© Libro N° 6257.
Menudas Historias De La Historia. Concostrina, Nieves. Emancipación. Julio 27 de
2019.
Título
original: © Menudas Historias De La Historia. Nieves Concostrina
Versión Original: © Menudas Historias De La Historia. Nieves
Concostrina
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
MENUDAS HISTORIAS DE LA HISTORIA
Nieves Concostrina
CONTENIDO
Agradecimientos
Dedicatoria
Nota
de la autora
Señor,
Señor… qué cruz
¡Qué
momento!
A
vueltas con el arte
Algaradas
Amor,
amoríos y chanchullos
Cuestiones
mundanas
De
presidiarios, asesinos y asesinados
Descubriendo,
asesinando…
Idas
y venidas de reyes políticos
Ilustres,
cada uno a su manera
Malaventuras
Mamarrachadas
Revoltosos
Agradecimientos
A mi
compañero Jesús Pozo, porque sin sus ideas, sus críticas, su brío y su
incondicional empuje este proyecto no hubiera sido posible. Ni éste… ni los
anteriores. Ni los que están por venir. El éxito de mi trabajo en la radio y su
posterior repercusión en papel no es mío, es nuestro. Indiscutiblemente
nuestro. Gracias, Jesús.
Dedicatoria
A
Meli, mi hermana
Quiero
dedicar este libro a todos los profesores de Historia que me cayeron en suerte
durante mi esponjosa infancia y que se empeñaron en hacerme aprender de memoria
tratados, concilios, fechas y retahílas de reyes, que yo olvidaba en el primer
cuarto de hora de recreo con mi bocata de fuagrás en la mano. Con su falta de
entusiasmo me hurtaron la diversión y la simpatía que la Historia guarda entre
líneas y que, sin duda, me hubieran ayudado a situarme en el tiempo y en el
espacio, a comprender y a hilar acontecimientos más allá de sesudas
conclusiones que había que plasmar en un examen. Ninguno sonrió jamás en clase.
Va por ellos.
Nota
de la autora
Aunque
las fechas señaladas intentan ser exactas y contrastadas, la consulta de
distintas fuentes lleva sin remedio a localizar varias para el mismo
acontecimiento. No lo tengan en cuenta. Día arriba, día abajo no cambiaría el
curso de la Historia. Ejemplo: Franco habría sido igual de nefasto si se
hubiera pronunciado el 18 o el 20 de julio.
Nadie
vea en los siguientes textos pretensiones eruditas inexistentes. Un rápido
vistazo deja a la vista exactamente lo contrario. He intentado única y
exclusivamente facilitar un acercamiento a determinados episodios, serios unos
y absurdos otros, a los que la inmensa mayoría profana no hemos podido
aproximarnos por la frontera que nos marcaron los textos académicos. Se trata
sólo de pequeñas pinceladas que únicamente pretenden ser útiles para aguijonear
la curiosidad y empujar, ojalá, a beber en fuentes más doctas.
Capítulo
1
Señor,
señor… qué cruz
Contenido:
§.
El animado concilio de Pisa
§.
Juan Pablo I: Caso abierto
§.
La polémica Inmaculada Concepción
§.
El cabreo de Lutero
§.
Thomas Becket, el contestón
§.
Nace la Guardia Suiza
§.
Calixto III, primer papa español
§.
El último auto de fe en Sevilla
§.
El saco de Roma
§.
Decisiones tridentinas
§.
Dieta de Worms
§.
Primera piedra de San Pedro
§.
Comienza la Hégira
§.
La bronca de Savonarola
§.
Querella de las Investiduras
§.
Pedrada al papa Lucio II
§.
Bula contra el Temple
§.
El catecismo imperial
§.
La guerra de los obispos
§.
El motu proprio de Pío X
§.
Pío XI, el negociador
§.
El animado concilio de Pisa
Hablar
del concilio de Pisa suena, de entrada, a petardo, pero aquel concilio que
comenzó el 25 de marzo del año 1409, el que intentó poner fin al famoso Cisma
de Occidente, es cualquier cosa menos petardo, porque fue uno de los más
broncas y animados que se recuerdan. Se trataba de acabar con un problema
grave: había dos papas reinando en la cristiandad. Bueno, pues cómo sería la
que allí se montó, que cuando terminó el concilio en vez de dos papas había
tres.
Como
el Cisma de Occidente merece capítulo aparte, sólo decir que en el año que nos
ocupa, 1409, la situación de la Iglesia pasaba de castaño oscuro. Hacía treinta
años que había dos papas mandando en paralelo, uno desde Aviñón y otro desde
Roma. Cada vez que se moría uno de los dos papas, los cardenales de cada bando
elegían sucesor, con lo cual el cisma seguía y seguía y no se solucionaba
nunca. Aquello era insostenible; hasta que el rey de Francia Carlos VI dijo «ya
basta». La única forma de solucionar esto era retirar toda obediencia a los dos
y deponerlos; y, por cierto, uno de los dos papas era el nuestro, Benedicto
XIII, el aragonés, el Papa Luna.
Los
cardenales de uno y otro bando se alarmaron ante el enfado del rey francés,
aparcaron sus diferencias un rato y se reunieron a ver qué hacían. De esta
reunión salió el concilio de Pisa. Muy bien, pero resulta que el único que
puede reunir un concilio y firmar todo lo acordado es el papa. Y como había dos
y ninguno quería ceder el poder, aquel concilio era como de juguete. Lógico,
ninguno de los papas contendientes iba a convocarlo para facilitar su
expulsión. Los papas se mantuvieron en sus trece (esta frase hecha procede
precisamente de entonces, porque Benedicto XIII fue el que se mantuvo en sus
ídem), así que el seudoconcilio los declaró herejes, los separó de la Iglesia y
eligió a otro papa para sustituirlos, Alejandro V. No hay dos sin tres.
Y
Alejandro V tuvo que buscarse otra sede, porque en Aviñón y Roma seguían
amarrados a la silla los otros dos papas. Se fue a Bolonia, donde la mortadela,
y allí pasó su pontificado sin pena ni gloria hasta que lo envenenaron. Los
otros dos estuvieron todavía cinco años más peleados.
§.
Juan Pablo I: Caso abierto
El
28 de septiembre de 1978 es una fecha negra en el Vaticano, y no sólo porque se
les muriera un papa. Al fin y al cabo se les han muerto doscientos y pico y lo
tienen bastante asumido. Pero las dudas que surgieron en torno a aquella muerte
aún no se han disipado, ni mucho menos se ha solucionado la crisis interna que
arrastró. Albino Luciani, Juan Pablo I, murió a los 34 días de pontificado. Aún
no les había dado tiempo a recoger todo lo del entierro de Pablo VI, cuando
tuvieron que sacarlo de nuevo para los funerales del papa efímero.
Ahora
que el Vaticano ha desclasificado los documentos del pontificado de Pío XI para
que el mundo sepa qué datos del nazismo, la Guerra Civil española y el fascismo
italiano se guardaron con tanto secreto, es de esperar que en algún momento
alguien explique exactamente de qué murió Juan Pablo I. Haciendo un cálculo,
así por encima, no nos toca enterarnos hasta, más o menos, el año 2076. El papa
Luciani murió en algún momento de la noche del 28 al 29 de septiembre. Se
prohibió la realización de autopsia, nunca se pudo saber qué cenó la noche
anterior, las cuatro monjas que asistieron al papa fueron trasladadas al Santo
Oficio con la prohibición de hacer declaraciones, y no hubo un boletín médico
que explicara claramente las causas de la muerte. El médico que certificó el
deceso dijo que probablemente se debió a un infarto de miocardio. Pero aquel
infarto no convenció. La negativa a hacer autopsia se basó en que la
Constitución Apostólica promulgada por Pablo VI en 1975 lo prohibía, pero en
realidad ni lo prohíbe ni lo ordena, lo omite. O sea, ni sí ni no, ni todo lo
contrario. La omisión de autopsia se entiende cuando el papa muere tras una
enfermedad tratada por los médicos o cuando se le conoce una dolencia crónica.
Pero es que Juan Pablo I no estaba enfermo y apareció muerto en su cama cuando
la noche anterior se había acostado más ancho que largo.
Aún
hoy hay voces que piden que se exhume y que se investigue. Por pedir…
§.
La polémica Inmaculada Concepción
El 8
de diciembre de 1854 un papa, el noveno de los Píos, Pío Nono, definió como
obligatorio para los católicos creer que la Virgen fue concebida libre del
pecado original, ése que transmitieron a todo homo sapiens cristiano Adán y
Eva. La Inmaculada Concepción es uno de los símbolos más característicos del
catolicismo, pero también ha sido uno de los más polémicos. En contra estuvo
Santo Tomás de Aquino. A favor, los franciscanos; y mucho más en contra que
Santo Tomás, los dominicos. La guerra interna por demostrar si la Virgen nació
o no con el pecado original puesto trajo más de un insulto entre religiosos.
Los
argumentos a favor de la inmaculada concepción de María no eran muy poderosos
cuando se empezó a discutir sobre ello, allá por el siglo XII, pero como
encontró un magnífico altavoz en la devoción popular durante los siguientes
siglos, la creencia arraigó. En contra había argumentos más elaborados.
Primero, que aquí el único ser humano concebido libre de pecado era Jesucristo;
segundo, que hacer una segunda excepción con María daba lugar a graves
problemas teológicos; y tercero, si estaba aceptado que fue Jesucristo quien
redimió a su madre del pecado original y resulta que María también nació libre
del pecado, ¿de qué la redimió su hijo?
Fueron
los dominicos quienes mantuvieron durante siglos que tal idea era una
paparruchada producto de la «plebe indocta», arrastrada por religiosos
interesados que rehuían el debate. La chispa definitiva para conseguir el dogma
se prendió en Sevilla, después de que un dominico rechazara en público la pura
concepción de la Virgen. Los sevillanos se encabritaron, y el enfado saltó al
resto de España y luego a la Europa católica. El asunto de la Virgen se
convirtió casi en una campaña electoral de los franciscanos y el clero
sevillano. Se organizaron procesiones diarias, responsos, por no llamarlos
mítines, y hasta pegada de carteles por toda la ciudad en los que se leía
«María, sin pecado original».
La
respuesta popular fue masiva y, aunque varios papas se resistieron a definir el
dogma, Pío Nono acabó haciéndolo a mediados del XIX. Desde entonces, se acabó
la discusión. La buena noticia es que, gracias a aquella decisión, ese día es
fiesta.
§.
El cabreo de Lutero
El
31 de octubre del año 1517 un monje muy cabreado agarró un martillo, cuatro
clavos y se fue a la iglesia de Wittenberg, en Alemania. Sacó un papel con
noventa y cinco cláusulas escritas, lo dejó clavado en la puerta y se volvió a
su convento agustino con el martillo, pero más desahogado. El monje se llamaba
Martín Lutero y ese día, con aquel monumental enfado, nació la Reforma
protestante. ¿Por qué renegó Lutero de la fe establecida? Porque Roma era un
despiporre. Los papas eran unos negociantes, corruptos la mayor parte de las
veces. El que no tenía cinco hijos al retortero tenía tres amantes. Compraban
Estados, vendían indulgencias, se asesinaban unos a otros, se robaban las
novias… Y aquel 31 de octubre Lutero dijo «hasta aquí hemos llegado».
En
Roma, al principio, no le tomaron muy en cuenta. No era la primera vez que
alguien se quejaba. Pero al papa León X se le escapó un pequeño detalle en esta
ocasión. La imprenta ya estaba en marcha y cualquier cosa tenía repercusión.
Eso ocurrió con las noventa y cinco tesis de Lutero, que en poco tiempo las
conoció toda Alemania. Y si algo enfadaba especialmente a los alemanes era la
venta de indulgencias, un invento papal de lo más rentable que no servía
absolutamente para nada.
En
aquel siglo XVI, la muerte estaba más que presente. Todo el mundo andaba muy
preocupado por no acabar en el purgatorio, un estado intermedio inaugurado por
el Vaticano en el siglo XIII, situado entre el cielo y el infierno y con lista
de espera para ir a uno u otro sitio. Como en Roma necesitaban hacer caja, se
dijeron: pues para que la gente no se muera tan preocupada les vendemos una
milonga. O sea, las indulgencias. Al que las compre le colamos en el purgatorio
y le aseguramos plaza en el cielo. Y la gente compraba. Y Roma prosperaba.
El
camelo de las indulgencias no fue lo único que enfrentó a Lutero con Roma. Dijo
también que qué era eso del celibato, así que fue y se casó. Y encima se casó
con una monja. Pero es que luego predicó la Biblia en lengua vulgar, porque en
latín no había Dios que la entendiese. Y así una tras otra. Lutero quiso
incordiar hasta después de muerto y redactó un epitafio que no se atrevieron a
poner: «Durante mi vida fui tu peste, papa. Con mi muerte, seré tu muerte». La
maldición no se ha cumplido, pero sí hizo bastante la puñeta. El Vaticano
perdió la mitad de la clientela.
§.
Thomas Becket, el contestón
Sólo
cinco datos para resumir la historia del inglés Thomas Becket: vivió en el
siglo XII, se hizo cura, se metió en política, mandó más de la cuenta y acabó
en la tumba. Pese a todo, le hicieron santo. Thomas Becket murió asesinado el
29 de diciembre del año 1170.
El
rey Enrique II y él eran íntimos, y Thomas Becket acabó siendo arzobispo de
Canterbury, el cargo eclesiástico más importante de Inglaterra. Pero Becket le
salió respondón al monarca y la relación acabó en trifulca, porque no se ponían
de acuerdo sobre quién tenía que mandar más en el país: Dios o el rey. El
arzobispo salió por pies de Inglaterra y luego regresó ante una aparente
reconciliación. Pero como volvió a levantarle la voz a Enrique II, acabó
pagando caros sus gritos.
Enrique
II siempre negó haber ordenado asesinar a Thomas Becket. Dijo que sólo hizo un
comentario. Algo así como: « ¿Será posible que nadie me quite de encima este
clérigo pesado?». Cuatro pelotas de la corte lo oyeron y se fueron a por el
arzobispo. Le sorprendieron rezando en el altar de la catedral de Canterbury.
Allí mismo lo asesinaron y allí mismo fue enterrado.
El
crimen indignó a los católicos ingleses y la historia corrió por toda Europa.
La tumba de Becket se convirtió en lugar de peregrinación y, tres años después
de su muerte, el arzobispo fue declarado santo. Los ánimos se calmaron durante
un tiempo, hasta que llegó Enrique VIII, aquel rey orondo que cuando no estaba
casándose o cortando la cabeza de alguna de sus esposas se entretenía en
discutir con el papa de Roma. Y tanto discutió, que Enrique VIII acabó
desterrando el catolicismo y erigiéndose en principal cabeza de la Iglesia de
Inglaterra. ¿Quién continuaba incordiándole desde la tumba? Santo Tomás Becket.
Enrique
VIII ordenó destruir todos los sepulcros de santos católicos y quemar sus
huesos, y puso especial interés en el de Santo Tomás. Se supone que aquí se
pierde el rastro de los huesos, aunque todavía hoy muchos se empeñan en que los
frailes de Canterbury no eran tan estúpidos como para esperar sentados a que se
cumpliera la orden del rey. Que sacaron los huesos, los sustituyeron por otros
y escondieron los originales. Pues vale, poro los debieron de esconder mejor
que el dinero de Marbella, porque de Santo Tomás nunca más se supo.
§.
Nace la Guardia Suiza
Julio
II es uno de los papas con peor genio que ha pasado por el Vaticano. Fue aquel
que se pasó media vida discutiendo con Miguel Ángel y la otra media
reconciliándose con él. Cuando no tenían una bronca por la Capilla Sixtina, la
tenían por el gran mausoleo que el artista tenía que hacerle al papa y que
nunca terminó. Julio II era un belicoso, nacido para la conquista y la
dominación. Un príncipe del Renacimiento, ávido de grandeza, de gloria y de
inmortalidad, y alguien así necesita guardaespaldas. Por eso, el 22 de enero de
1506 Julio II recibió a los primeros 150 miembros de su propia empresa de
seguridad privada, la Guardia Suiza, el Prosegur vaticano del siglo XVI.
¿Por
qué Julio II decidió que fueran soldados suizos? Porque eran los mejores
mercenarios de la época. Si eran o no católicos era lo de menos. Lo importante
es que defendieran la vida del papa y las posesiones vaticanas, aunque esto,
evidentemente, ha cambiado en los últimos cinco siglos. Porque ahora los
guardias suizos deben ser fieles católicos, tener entre diecinueve y treinta
años, medir más de 1,74 y no estar casados. El celibato no es condición
indispensable, pero si están solteros y enteros, miel sobre hojuelas.
La
actual Guardia Suiza la componen unos cien soldados. A saber: setenta
alabarderos, veintitrés mandos intermedios, cuatro oficiales, dos tamborileros
para poner ritmillo a los desfiles y un capellán, que no haría mucha falta
porque si algo hay en el Vaticano son curas.
La
autoría del diseño del uniforme que tanta gracia nos hace a todos, lleno de
colorines, algunos la atribuyen a Miguel Ángel, lo que tiene su sentido, porque
hubiera sido una forma de venganza contra Julio II. Pero no, no los diseñó
Miguel Ángel. Las bandas amarilla y azul de los trajes están ahí porque eran
los colores de la familia Della Rovere, la familia del papa Julio II. Pero
luego llegó otro papa, León X, y también quiso meter cuchara, por eso añadió el
color rojo, el color de su dinastía, la de los Medici. El resultado es que
ahora tenemos unos señores bastante estrafalarios, pero todos de muy buen ver,
que ganan mucho en cuanto se quitan el uniforme.
El
ejército más ridículo del mundo por su número y por su vestimenta.
§.
Calixto III, primer papa español
Día
grande para España en el Vaticano el 9 de abril de 1455, porque en esa fecha el
cardenal Alonso de Borja fue elegido papa, el primer español que aposentó sus
reales en el solio pontificio. Y para ser el primer papa exportado, no estuvo
mal. Ha dado mucho juego a la historia, sobre todo porque dejó bien colocado al
resto de la familia, léase su sobrino y futuro papa Borgia, Alejandro VI, y a
los hijos de este disipado pontífice, entre ellos los famosos Lucrecia y César
Borgia. Los papas, por aquel animado siglo XV, gustaban de tener mucha y
variada descendencia.
El
primer papa español tomó trascendentales decisiones, pero la más extravagante y
cómica, no de su papado, sino de toda la historia del Vaticano, fue la
excomunión de un cometa. Calixto III excomulgó al cometa Halley, ese que sólo
se deja ver cada setenta y tantos años y que tuvo la mala suerte de pasar justo
cuando estaba Calixto III. Pero el asunto no quedó en mera anécdota, porque
además de excomulgar al cometa, el papa ordenó a la cristiandad que el rezo del
Ángelus, además de al amanecer y al anochecer, se hiciera también al mediodía.
Y hasta hoy.
Cuando
el papa llevaba un año en el trono, los astrónomos corrieron a advertirle que
en la bóveda celeste había un cometa grande y terrible, con una cola de color
amarillo que parecía una llama ondulante. Textual. Calixto III buscó sus
propias explicaciones al fenómeno: aquello era un signo de la ira de Dios
porque los turcos acababan de apropiarse de Constantinopla. Así que tomó varias
medidas: primera, excomulgar al cometa; segunda, que todos los príncipes
cristianos se unieran contra la invasión musulmana; y tercera, decretar que
todos los católicos rezaran el Ángelus a mediodía para hacer desaparecer el
cometa o, en su defecto, provocar su caída sobre Constantinopla para exterminar
a los turcos de un golpe.
El
cometa, afortunadamente, se tomó en serio lo de la excomunión y se largó,
porque si llega a caer en Constantinopla, se van a hacer gárgaras no sólo los
turcos, también los Borgia, el Vaticano y la cristiandad al completo.
§.
El último auto de fe en Sevilla
Mira
que le gustaban a la Inquisición los autos de fe. Se lo pasaban pipa quemando
herejes, y el 13 de abril de 1660 se verificó en Sevilla uno muy animado:
quemaron a ochenta judíos. No todos estaban allí, porque los autos de fe
permitían quemar en persona o en estatua. Es decir, si el judío era espabilado
y salía por pies del país antes de que lo pillaran, se libraba, pero no por
ello la Inquisición iba a dejar de carbonizarle. Se le condenaba en rebeldía,
se hacía una estatua representativa y la quemaban en su lugar. El caso era
quemar algo.
El
auto de fe de Sevilla de 1660 se celebró en la plaza de San Francisco, a
espaldas de donde está ahora el Ayuntamiento y donde termina la calle Sierpes.
Se necesitaban espacios grandes, porque el espectáculo concitaba multitudes
enfervorizadas al calor sagrado de las llamas, y también para instalar las
gradas donde se sentaban la jerarquía pirómana, la nobleza, las autoridades
civiles y las militares. La mayoría de los ochenta judíos quemados en el auto
sevillano fueron ejecutados en persona. Pero hubo uno, el poeta Antonio
Enríquez Gómez, que fue quemado en estatua porque se largó a Ámsterdam con
suficiente tiempo para huir del Santo Oficio.
Hay
una anécdota en torno a este episodio. Cuenta que un amigo se topó en Ámsterdam
con Antonio Enríquez días después de su figurada ejecución y que le dijo:
«Señor Enríquez, vi quemar vuestra estatua en Sevilla». Y el escritor
respondió: «Allá me las den todas». La Inquisición, y esto hay que decirlo en
su favor, al menos ofrecía al hereje la opción del arrepentimiento para abrazar
la indiscutida fe: si el pecador se arrepentía, lo ahorcaban. Si no se
arrepentía, lo quemaban vivo. Era un piadoso detalle.
La
Santa Inquisición continuó dos siglos más celebrando autos de fe para enmendar
sacrílegos en territorio español y ultramarino. De hecho, la última víctima
cayó en Valencia en pleno siglo XIX (ver La última víctima de la Inquisición).
Fue un profesor que no llevaba a los alumnos a misa; ocurrió en este país,
conviene no olvidarlo, no hace ni dos siglos.
§.
El saco de Roma
Lo
que sucedió en Roma el 6 de mayo de 1527 no entraba en cabeza humana. Cómo
podía imaginar nadie que el beato emperador Carlos V, el mayor defensor de la
fe católica, el que se pasaba media vida rezando y la otra media batallando,
reuniera sus tropas y se fuera directamente a por el papa. Quién podía
sospechar que el emperador del Sacro Imperio Romano fuera a saquear y destruir
la capital de la cristiandad. Pues lo hizo. Puso Roma patas arriba con la ayuda
de Dios.
Hay
que contar a vuela pluma los antecedentes para entender por qué Carlos V atacó
Roma y apresó al papa, ese señor que, según la propia fe del emperador, era
intocable. Carlos V mandaba mucho, y esto no hacía pizca de gracia ni al rey
francés Francisco I ni al papa Clemente VII. Estos dos se aliaron y organizaron
la Liga de Cognac o Liga Clementina para quitarle los territorios italianos al
emperador. Carlos V dijo: « ¿Cómo?»; aparcó la fe y añadió: «Os vais a
enterar». Movilizó un ejército de treinta y cinco mil hombres y lo envió a Roma
a las órdenes del condestable Carlos de Borbón.
Cuando
Clemente VII vio la que se le venía encima, intentó negociar, pero ya era
tarde, porque la soldadesca imperial andaba escasa de víveres y encima llevaba
meses sin cobrar; así que estaba deseando llegar a Roma, con riquezas más que
apetecibles, para rapiñar lo que encontrara a su paso. No quieran imaginar la
que se montó. Se saquearon las casas, se robó en todas las iglesias, se prendió
fuego a media ciudad, todos los palacios fueron desvalijados y el papa salió
por pies con toda la curia y se refugió en el castillo de Sant'Angelo. Fue una
orgía de sangre y, como los males nunca vienen solos, al saqueo o saco de Roma
le siguió el hambre y una epidemia de peste.
¿Consecuencias?
Pues nada, que al final el papa y el emperador quedaron como amigos cuando se
firmó la paz. Clemente VII pasó por ser un bobo al haber provocado al
emperador. Carlos V consolidó su poder en toda Italia. Dios volvió a ser el
objetivo común de los dos, y aquí paz y después gloria.
§.
Decisiones tridentinas
Desde
que San Pedro convocó el primer concilio, la Iglesia ha celebrado veintiuno,
que no es que sean muchos en dos mil años, pero es que tampoco cambian tanto
las cosas como para celebrar más. El más pesado de todos fue el de Trento, que
se celebró en tres fases, y el día 29 de noviembre de 1560 se convocó la
última. El concilio había comenzado en 1545 y discurrió a lo largo de dieciocho
años, con nivel amarillo, circulación lenta con paradas intermitentes y cinco
papas por medio.
Una
de las decisiones tridentinas que ahora está más de actualidad es la del
celibato. No es que se decidiera en Trento, porque la supuesta obligatoriedad
del celibato venía desde el concilio de Letrán, pero en Trento se insistió, por
si a algún cura se le había olvidado. Y esto tiene gracia, porque el papa que
convocó el concilio de Trento tenía cuatro hijos.
El
de Trento ha sido, quizás, el más trascendental de la historia de la Iglesia,
porque daba respuesta a la Reforma protestante. Es imposible resumir las
decisiones tridentinas, pero lo que más suena a los profanos es que quedó claro
que, además del ADN, el pecado original también se hereda y si no te bautizas
vas de cabeza al infierno. Quedó sentado que las Escrituras no las interpreta
cualquiera, sólo la Iglesia; que a los santos hay que rendirles culto; que el
purgatorio existe sin posibilidad de recalificación; que había que crear
seminarios para educar al clero; y que los obispos tenían que trabajar más y
mejor. Nada de acumular diócesis y no aparecer por ellas.
Para
entender por qué se hizo tan pesado el concilio de Trento hay que conocer a los
cinco papas que reinaron en aquellos dieciocho años. Lo convocó Pablo III, un
pontífice con genio y sin escrúpulos célibes, porque éste es el de los cuatro
hijos. No le dio tiempo a rematarlo. Y tampoco pudo el siguiente, Julio III, un
papa con poco espíritu y menos coraje. Subió después al papado Marcelo II, que,
como sólo duró tres semanas, no tuvo tiempo ni de cogerle gusto al papado.
Llegó un cuarto papa, Pablo IV, pero salió respondón. Dijo que qué era eso de
concilios ecuménicos para revisar doctrinas y disciplinas. Que si la máxima
autoridad era el papa, él se bastaba y se sobraba para dictar lo que había que
hacer. Menos mal que también se murió y, por fin, un quinto papa, Pío IV, logró
concluir el concilio de Trento, el más accidentado de la historia de la Iglesia
y el que más le gusta a Benedicto XVI porque no deja casarse a los curas.
§.
Dieta de Worms
Qué
tensión la que se vivió el 17 de abril de 1521 en la ciudad alemana de Worms.
Se vieron las caras el emperador Carlos V, con sólo veintiún añitos, y Martín
Lutero, el monje alemán y respondón que traía de cabeza a Roma y que terminó
por dividir a la cristiandad: los que estuvieran de su parte, protestantes, y
los que no, católicos. Aquel día compareció Lutero ante la asamblea presidida
por Carlos V, conocida como la Dieta de Worms, y ante la que se supone que
debía retractarse de todo lo dicho contra el papa, sus concilios y su
jerarquía. Era el último intento para meterle en cintura.
El
papa León X ya había excomulgado meses antes a Lutero por hereje, pero no
sirvió de nada. Cuanto más le reprendían, más adeptos se sumaban a la Reforma
protestante. Como además Lutero no atendía las llamadas de Roma, el papa dijo,
bueno, pues vamos a reunimos en su terreno, en Alemania. Pero que vaya el
emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, porque si Carlos V no puede con
él, ya no puede nadie.
Lutero
expuso al emperador los argumentos de su protesta. A saber, que Roma se había
convertido en una corte dirigida por el vicio, la política y el despilfarro;
que el único mediador ante el Supremo era Jesucristo, ni los cientos de
vírgenes ni los miles de santos inscritos en la nómina vaticana; que la Biblia
tenía que predicarse en lengua vulgar, porque el latín era un peñazo; que los
curas podían casarse, que debían trabajar… en fin, que Carlos V escuchó y luego
dijo: « ¡Que te retractes!». Y Lutero, que no. «Mira que te condeno». «Pues
vale, pero no me retracto». Y le condenó.
Pero
la chispa que encendió las iras de Lutero fue la escandalosa venta de
indulgencias, una especie de título que se vendía por una millonada y que
aseguraba la salvación eterna. ¿Por qué vendía Roma las indulgencias? Por algo
que tiene mucho que ver con un acontecimiento que recoge la siguiente historia
menuda: la colocación de la primera piedra de la basílica de San Pedro. Ahí
empezó el lío.
§.
Primera piedra de San Pedro
El
papa Julio II era un gran vanidoso, y su petulancia le llevó a encargar el más
majestuoso sepulcro de toda la cristiandad. Se lo confió a Miguel Ángel, y el
artista diseñó un mausoleo de tales dimensiones que no entraba en ningún sitio.
Solución: había que remodelar el pequeño templo de San Pedro para que el
sepulcro de Julio II pudiera lucir con todo su esplendor. El 18 de abril de
1506 Julio II colocaba la primera piedra de la basílica de San Pedro. En
resumen, más de un siglo de trabajos y un daño colateral: el nacimiento de la
Reforma protestante.
Construir
la basílica de San Pedro llevó ciento veinte años y, claro, como no hay
arquitecto que viva tanto, se iban sucediendo unos a otros. El que venía
corregía lo que había hecho el anterior, y el siguiente corregía sobre lo
corregido. Bramante fue el primero. Luego Rafael modificó el proyecto de
Bramante, Antonio Sangallo el de Rafael y Miguel Ángel el de Sangallo. Y así
continuó el asunto con un par de arquitectos más.
Pero
la construcción de la nueva basílica de San Pedro no se llevó sólo mucho
tiempo, también necesitó mucho dinero. Así que había que sacar cuartos de donde
fuera.
El
mejor invento se hizo durante el papado siguiente a Julio II, el de León X, y
consistió en la venta de indulgencias, un negocio que funcionó como sigue. El
papa vendía por cantidades astronómicas a los arzobispados la posibilidad de
predicar y vender títulos de indulgencias, que a su vez los arzobispados
vendían a los católicos que querían asegurarse un lugar en el cielo. En aquel
siglo XVI los cristianos vivían aterrorizados por el temor al infierno, así que
casi nadie se oponía a pagar por un título que les librara de las llamas
eternas.
Ese
dinero llegaba a la banca Fugger, que era la que estaba financiando las obras
de San Pedro. El negocio soliviantó al monje Lutero, Alemania se negó a pagar
las indulgencias y el gran cisma de la cristiandad quedó visto para sentencia.
Conclusión: la construcción de San Pedro provocó la pérdida de millones de
fieles, y todo porque Julio II se empeñó en meter su tumba dentro. Total, para
que al final acabara enterrado en un sepulcro más pequeño y en otra iglesia.
§.
Comienza la Hégira
Día
clave, fundamental, el 16 de julio del año 622 en el calendario musulmán,
porque en esa fecha Mahoma salió sin prisa pero sin pausa camino de Medina con
un puñado de seguidores. En La Meca, vaya por Dios, no gustaba su prédica. Esta
migración a Medina marcó el inicio del calendario musulmán.
La
tradición musulmana cuenta que a Mahoma se le apareció el arcángel Gabriel,
enviado por Alá para hacerle las revelaciones que luego quedarían plasmadas en
el Corán. Y esto es curioso, porque fue el mismo Gabriel quien reveló la
palabra de Dios a los judíos y el mismo que anunció el nacimiento de Cristo.
Así que no se entiende por qué discuten tanto judíos, cristianos y musulmanes
si tuvieron el mismo interlocutor.
Mahoma,
al principio, guardó secreto sobre las revelaciones que recibía, porque a él
mismo le asustaban y no estaba seguro de que fueran bien recibidas. Entre otras
cosas porque los valores que predicaba entonces eran la igualdad, la
generosidad y el cuidado de los más débiles. En resumen, una sociedad más
justa, cosa esta que no cuadraba con el capitalismo instalado en La Meca.
¿Quiénes
fueron los primeros y escasos seguidores de Mahoma? Pues los esclavos, los
pobres y los que no tenían nada que perder. Nadie más se apuntó al islam. Ni
siquiera su familia. Tanto se cerró el cerco en La Meca, que Mahoma negoció con
Medina su llegada a la ciudad con ciento cincuenta seguidores para transmitir
el mensaje de Alá. Aquel día de julio partieron y esa partida se conoce como
Hégira.
No
alcanzaron la ciudad hasta septiembre, y nada más llegar a Medina, Mahoma dejó
libre su camello y allí donde se detuvo construyó la primera mezquita del islam
y orientó los rezos hacia Jerusalén, porque Jerusalén era el centro del
monoteísmo y porque el Profeta buscaba el apoyo de los judíos. Luego tuvieron
sus diferencias, sus discusiones y Mahoma dijo. «Pues ahora lo cambio, todo el
mundo mirando a La Meca». Ahí se lió el as unto y la madeja no ha parado de
enredarse en catorce siglos.
§.
La bronca de Savonarola
El
21 de septiembre de 1452 nació al norte de Italia, en Ferrara, un crío que
empezó berreando y no terminó de hacerlo hasta que lo hicieron callar por la
fuerza ya mayorcito. Lo bautizaron como Girolamo Maria Francesco Matteo
Savonarola, el mismo que se metió luego a fraile dominico y acabó en la hoguera
por exaltado y hereje. Girolamo Savonarola se propuso a lo largo de su vida
eclesial reformar la Iglesia, acabar con los príncipes corruptos y los papas
caraduras. Hasta que se dio de bruces con el papa Borgia. Reformadores a él…
Savonarola
era un tipo listo, consecuente con su fe, gran orador… hasta que se le fue la
cabeza. Al principio sus esfuerzos se dedicaron, sobre todo, a devolver a la
Iglesia su sentido de pobreza, obediencia y castidad. Pero a nadie se le ocurre
en pleno Renacimiento italiano decirles a papas y cardenales que se estén
quietos. El fraile Savonarola, en cuanto obtuvo un mínimo de poder entre los
dominicos, comenzó sus reformas en Florencia.
Al
principio fue prudente: prohibió la ostentación en los conventos e impuso que
los frailes tenían que trabajar para asegurarse el sustento. El monje fue
cogiendo confianza y acabó metido a político. Llegó a gobernar Florencia cuando
los Medici fueron expulsados, y ahí se creció y perdió del todo las formas.
Ordenó
la quema de libros, prohibió cantar y bailar, requisó cosméticos, espejos,
peines, ropas coquetas, instrumentos musicales… todo lo que oliera a vanidad
mandó quemarlo, y a los vanidosos también los quemó. Fue la famosa hoguera de
las vanidades. No fue la única ni la primera, pero sí la más famosa. Los
florentinos, evidentemente, acabaron cabreados con Savonarola, y el papa
Alejandro VI dijo: «Ésta es la mía».
Excomulgó
a Savonarola, pero a Savonarola no se le movió una pestaña y fue él quien
excomulgó al papa y le acusó de pecador, incestuoso y mentiroso. Lo cual era
verdad, pero no por ello se libró de la hoguera. Aquí fue cuando Girolamo Maria
Francesco Matteo Savonarola dio su último berrido, cuarenta y seis años, ocho
meses y dos días después de haber dado el primero.
§.
Querella de las Investiduras
Los
desencuentros entre Iglesia y Estados no son nuevos. Vienen de antiguo, porque
se trata de ver quién manda más. Pero si en algún momento se enzarzaron a
muerte fue a finales del siglo XI, en la famosa Querella de las Investiduras, a
raíz de la cual papas y emperadores se tiraron de los pelos durante cincuenta
años. El 9 de febrero del año 1111, todo unos, se firmó el tratado con el que
se pretendió poner fin a la guerra. Pero sólo fue un amago, porque volvieron a
enzarzarse.
Todo
el embrollo comenzó cuando llegó al papado Gregorio VII. Hasta ese momento el
nombramiento de cargos eclesiásticos los hacía directamente el emperador de
turno del Sacro Imperio. Como era el emperador el que pagaba, el que los
mantenía y el que facilitaba las tierras para que se instalaran, también se
guardaba el derecho de nombrar a los cargos eclesiásticos. No hacía falta ser
un buen cura, sólo caerle bien al emperador para que te nombrara obispo y darte
la vida padre. Hasta que Gregorio VII dijo que sanseacabó: publicó veintisiete
axiomas, y tres de ellos levantaron en armas al emperador Enrique IV. Uno decía
que el papa era el señor absoluto de la Iglesia; otro, que también era señor
supremo del mundo, y que, por tanto, príncipes, reyes y emperadores le debían
sometimiento. Y el tercero decía que la Iglesia nunca se había equivocado y que
seguiría sin hacerlo por los siglos de los siglos.
Enrique
IV despidió a Gregorio VII y el papa excomulgó al emperador. Así se tiraron
unos años, hasta que Enrique IV se fue a Roma, acorraló a Gregorio VII y al
papa se le acabaron las ínfulas de ser señor supremo del mundo.
La
Querella de las Investiduras duró mucho más tiempo, hasta después de que el
papa y el emperador que la iniciaron estuvieran criando malvas. Aquel 6 de
febrero se firmó una paz, más o menos apañada, entre Enrique V y el pontífice
Paulo II, por el que el emperador dejaba de nombrar obispos a cambio de que el
papa devolviera tierras al imperio civil. Pero fue sólo un conato. La Querella
de las Investiduras continuó, y algunos, aún hoy, están dispuestos a
continuarla.
§.
Pedrada al papa Lucio II
¿Conocen
a algún papa que haya muerto de una pedrada en la cabeza? Pues hubo uno, Lucio
II, y ocurrió el 15 de febrero del año 1145. El papa Lucio intentaba hacerse
con el poder civil en Roma, por aquel entonces constituida en comuna y libre
del poder papal. Los romanos, atrincherados en el Capitolio, vieron acercarse a
Lucio II al frente de un pequeño ejército y, en plan Intifada, se liaron a
pedradas. Ahí se le acabó el papado.
Lucio
II sufrió las consecuencias de una época muy convulsa. La Iglesia acababa de
salir de uno de sus numerosos cismas, una época en la que los papas no duraban
ni un año en la silla de Pedro y en la que a veces reinaban dos o tres a la
vez. El papa Lucio estaba ya instalado en el solio pontificio, cuando un cura
reformista y respondón, Arnaldo de Brescia, se erigió como guía espiritual de
los romanos.
Lucio
II ya llevaba mal que Roma fuera una república comunal regida por un Senado y
que nadie le hiciera caso, pero que le saliera competencia de un sacerdote
rebelde lo llevó aún peor. Arnaldo de Brescia propugnaba una Iglesia austera,
la lucha contra los clérigos caraduras y, sobre todo, que el pontífice dejara
de involucrarse en asuntos políticos.
El
papa decidió entonces disolver el Senado por la fuerza, a lo que el poder civil
respondió con una revuelta y con la constitución de otro Senado. Los romanos se
hicieron fuertes en el Capitolio, instalado por aquel entonces en una de las
siete colinas, justo en la misma en la que ahora está la Alcaldía de Roma.
Lucio
II sabía que iba a tener difícil el asalto al Capitolio, así que pidió ayuda a
Conrado III, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Pero Conrado estaba
en sus cosas y no envió el socorro requerido por el papa.
Al
final, Lucio II se arriesgó solo en el asalto al frente de un pequeño ejército,
pero calculó mal el poder laico. Lo recibieron a pedradas y una lo dejó en el
sitio. Aquella victoria republicana fue tan contundente que el papa siguiente,
Eugenio III, se pasó casi todo su pontificado de ocho años exiliado de Roma.
Por si acaso no se les había pasado el enfado y aún les quedaban piedras.
§.
Bula contra el Temple
La
disolución de los templarios fue uno de los episodios más extravagantes de la
historia de la Iglesia, y fue el 21 de marzo de 1312 cuando el papa Clemente V
promulgó la bula Vox in Excelsoordenando la desaparición de la orden. Otras
fuentes señalan el 3 de abril, pero fue hace tantos siglos que igual da semana
arriba o abajo. Lo importante es que, gracias a aquella decisión, las
editoriales siguen sin dar abasto a vender tanto libro repleto de misterios
templarios. El patrón de los editores es San Juan Bosco, pero conste que
Clemente les ha salido más rentable.
Lo
que hizo el papa Clemente fue dar legitimidad divina a los desbarres terrenales
que ya llevaba cometiendo el rey francés Felipe IV desde un lustro antes. ¿Por
qué tenía tal servidumbre Clemente V hacia el rey? Porque el papa había llegado
a papa gracias a los tejemanejes y las intrigas de Felipe IV, y había llegado
el momento de pagar los favores. Fue durante el concilio de Vienne, en Francia,
cuando se promulgó la bula Vox in Excelso, que decretaba la supresión de la
Orden del Temple, aunque se supone que aquel concilio llevaba otros asuntos más
importantes en el orden del día, como, por ejemplo, qué demonios hacer para
recuperar Tierra Santa de una vez por todas y alguna que otra reforma de la
Iglesia. Pero esto sólo fue una tapadera. El verdadero objetivo del concilio
era borrar del mapa a los templarios con todas las bendiciones apostólicas.
Se
habían vuelto demasiado poderosos, demasiado ricos, demasiado de todo. Los
templarios eran un Estado dentro de los Estados donde vivían y otra iglesia
dentro de la propia Iglesia. Había que hacerlos desaparecer. En aquel 1312,
Felipe IV ya llevaba cinco años deteniendo y quemando templarios para quedarse
con todas sus propiedades y riquezas, que era el fin último de la estrategia,
pero él insistía en tener un documento oficial que avalara MIS desmanes. Así
que el rey le dijo a Clemente, mira, móntate un concilio, redáctate una bula y
ya los quito de en medio con todas las de la ley. Dicho y hecho, el Temple se
fue a hacer gárgaras.
§.
El catecismo imperial
A
Napoleón, ya se sabe, le dabas la mano y se tomaba el pie, y cuando te dabas
cuenta ya habías perdido el brazo y la pierna. Eso le pasó al papa Pío VII
cuando, primero, aceptó firmar un concordato con Francia y, después, ungir al
Bonaparte como emperador. Cuando se percató de lo que se venía encima, Napoleón
le había redactado hasta un nuevo catecismo. El 4 de abril de 1806 se publicó
un decreto por el que se impuso a la Iglesia en Francia el catecismo imperial.
El
catecismo imperial amenazaba con la condenación eterna a quien no sirviese de
buen grado al emperador y, encima, exigía amar a Napoleón como a Dios, por
encima de todas las cosas. Y lo más grande es que el Vaticano aceptó el
catecismo imperial. Tal sumisión tenía un origen.
Tras
la Revolución francesa, la Iglesia en Francia había quedado para el arrastre, y
fue Napoleón quien, mediante un concordato con la Santa Sede, restableció la
religión católica en el país y una serie de privilegios perdidos. Como este
hombre no daba puntada sin hilo, consiguió que la Iglesia, a cambio de
recuperar y mantener una serie de beneficios a costa del Estado, aceptara que
entre los deberes cristianos estuviera adorar al emperador.
Encima
logró que el propio papa le ungiera como emperador en Notre Dame, con lo cual
Pío VII, al aceptar que Napoleón era emperador por orden divina, también
reconocía una obligación divina, la sumisión a Napoleón. En resumidas cuentas,
que el Bonaparte enredó al papa. Cómo sería, que hasta logró que los curas
leyeran desde los púlpitos los boletines oficiales del ejército napoleónico e
incluso metió en el ajo al propio San Pablo. A la pregunta « ¿Qué hay que
pensar de aquellos que faltaran a su deber hacia nuestro emperador?», el
catecismo imperial respondía «Según el apóstol San Pablo, se resistirían al
orden establecido por Dios mismo y se harían dignos de la condenación eterna».
Y,
por supuesto, el Bonaparte no se iba a quedar sin su propio santoral: el 15 de
agosto sustituyó la Asunción por San Napoleón. Con un par.
§.
La guerra de los obispos
¿Creen
que Franco siempre estuvo a partir un piñón con el Vaticano? Al principio sí,
pero el enamoramiento duró sólo hasta la elección del cardenal Montini como el
papa Pablo VI. En ese momento las relaciones entre Franco y el Vaticano se
enfriaron hasta menos cero, y el origen del desencuentro se situó el 7 de junio
de 1941, el día en que España firmó un acuerdo con la Santa Sede por el cual
Franco señalaría con el dedo a los obispos españoles que el Vaticano debería
nombrar. Pablo VI pidió al dictador que abandonara tal privilegio y Franco dijo
que nones. Comenzó la guerra de los obispos.
La
Santa Sede aceptó en 1941 que Franco eligiera a los obispos porque aún no se
había celebrado el aperturista concilio Vaticano II. Era un año en que Iglesia
y Estado se besaban en la boca, porque estaban de acuerdo en que había que
volver a cristianizar España después de haberla exorcizado con la Guerra Civil.
El Estado asumió la sustentación económica de la Iglesia, desde los salarios de
los curas hasta la reconstrucción de los templos, desde el mantenimiento de los
seminarios hasta la financiación de las misiones. A cambio, el Vaticano
concedió el derecho de señalar los obispos a nombrar.
Pero
las cosas cambiaron tras el concilio Vaticano II y el nombramiento de Pablo VI,
un papa que caía fatal a Franco porque lo consideraba un progresista. Ver para
creer. Pablo VI le pidió al dictador que, de acuerdo con las resoluciones del
concilio, abandonara por las buenas su privilegio de nombrar obispos. Pero
Franco se negó, porque si los obispos le debían el cargo difícilmente harían
oposición, dado que no todos estaban de acuerdo con cómo se estaban haciendo
las cosas.
Pablo
VI lo intentó todo, incluso ofreció una visita oficial a España que Franco
rechazó. Y las delegaciones diplomáticas estuvieron años de idas y venidas
intentando apaciguar los ánimos. No hubo forma. El papa y España se retiraron
la palabra y Pablo VI decidió esperar a que Franco se muriera para salirse con
la suya. Así se entiende por qué en treinta y seis años de dictadura tan
católica ni un solo papa pisara este país.
El
motu proprio de Pío X
El
recuerdo siguiente es un poco simple, pero en su momento tuvo su enjundia,
porque el 23 de julio de 1911 el papa Pío X emitió un motu proprio reduciendo
el número de días festivos. Y está bien escrito, motu proprio, porque se dice
así, aunque todos digamos «motu propio», malamente dicho. Un motu proprio es un
documento que expide el papa por propia voluntad, porque así lo considera,
aunque aquel en que se redujeron los días de fiesta en España el gobierno le
animó a que lo hiciera, porque en este país estábamos más tiempo de vacaciones
que trabajando. Para entendernos, España tiene actualmente nueve fiestas
nacionales, a las que cada comunidad puede añadir dos más y cada pueblo otras
dos, siempre y cuando no pasen en total de catorce al año. A estas catorce se
añaden los domingos, lo que se traduce en sesenta y un días festivos. Pues
resulta que en el siglo XIX en España había noventa y un fiestas de guardar,
treinta más que ahora, y a las que luego había que añadir fiestas
extraordinarias, rogativas para que lloviera y alguna otra que se le antojaba
al obispo de turno y que se imponía por el artículo 33. ¿Qué pasaba? Que en
este país no se trabajaban tres días seguidos.
Ni
había forma de gobernar, porque los funcionarios se tomaban todas las fiestas,
ni la productividad era la deseada en comercios y fábricas. Y como las fiestas
eran de las llamadas «de guardar», impuestas por la Iglesia, eran obligatorias.
Pío
Nono ya redujo las festividades a petición del gobierno español en 1867. Pero
luego llegó Pío X aquel 23 de julio y las redujo tanto que se pasó. Quitó la
del Corpus, la de la Purificación, la de la Anunciación del 15 de agosto, la de
la Natividad de la Virgen, la de San José y la mayoría de las fiestas locales.
Por supuesto, ni Dios le hizo caso, porque, por ejemplo, en Valencia,
consideraron que una cosa era reducir fiestas y otra muy distinta que les
birlaran las de San Vicente y San José.
Los
valencianos hubieran sido capaces de organizar una cremá en el Vaticano antes
de consentir que les quitaran las Fallas.
§.La
última víctima de la Inquisición
Allá
va una efeméride con dos caras, una buena y otra mala. Primero, la mala. El 31
de julio de 1826 fue ejecutado en Valencia, con la recurrente excusa de la ley
de Dios, Cayetano Ripoll, un maestro de escuela catalán que no llevaba a misa a
sus alumnos. Y ahora, la parte buena. Aquél fue el último auto de fe que
pudieron celebrar los diabólicos tribunales eclesiásticos que se repartían por
España y que vigilaban la observancia de la fe católica. Cayetano Ripoll fue la
última víctima de la barbarie, pero a él, la verdad, le dio igual llevarse a la
tumba tan dudoso honor.
No
fue la Inquisición quien ordenó ejecutar a Cayetano Antonio Ripoll, porque la
Inquisición, aunque seguía existiendo, se había visto obligada trece años antes
a suspender sus maléficas prácticas por orden de las Cortes de Cádiz. Pero como
la Iglesia de aquel tiempo buscaba mil recovecos para seguir haciendo de las
suyas con el beneplácito del Borbón Fernando VII, en sustitución del
anestesiado Santo Oficio se crearon las Juntas de Fe, que venían a ser el mismo
perro con distinto collar. Y le tocó a Cayetano.
Fue
el Tribunal de la Fe del arzobispado de Valencia, presidido por el infausto
obispo Simón López García —Satanás lo tenga en su gloria—, quien firmó la
sentencia del maestro Cayetano Ripoll, acusado de leer libros malos (o sea, los
de la Ilustración francesa), de tener cierto tufillo a masón y de no llevar a
sus alumnos a misa, y acusado también por haber sustituido, no se lo pierdan,
el tradicional saludo de «Ave María» por el de «Alabado sea Dios». Con
argumentos tan contundentes en la mano, se le tachó de hereje y se le condenó a
la horca, aunque para conseguir la oportuna puesta en escena al reo se le subió
a un barril con llamas pintadas para que figurara una hoguera, y el cadalso fue
adornado con caras de demonios y fuegos infernales. Todo muy teatrero.
Cayetano
Antonio Ripoll, buen hombre y buen maestro, fue la última víctima de aquella
pesadilla inquisitorial. No obstante, todavía hubo que esperar ocho años más
para que la Inquisición y los Tribunales de la Fe se fueran definitivamente al
infierno.
§.
Pío XI, el negociador
El 6
de febrero de 1922 Damiano Achille Ratti ocupó la cátedra de San Pedro con el
nombre de Pío XI. ¿Y qué tiene esto de especial? Aparentemente nada, sólo es
uno más de los doscientos y pico papas que ha tenido la Iglesia. Pero el fondo
de su política es más que reseñable, porque con él, con Pío XI, el Vaticano
adquirió la condición de Estado independiente. El Estado con el índice de
natalidad más bajo del mundo.
Bien
es cierto que fue Pío XI quien consiguió un Estado para la Iglesia. Pero de no
haber sido él hubiera sido otro, porque ya tocaba llegar a un acuerdo por doble
interés: Mussolini quería arrimarse las simpatías de los católicos y el papa
quería de una vez por todas un Estado reconocido en el panorama internacional.
Le tocó reinar a Pío XI y por eso le tocó también a él firmar con Mussolini los
pactos de Letrán, de donde salió Ciudad del Vaticano.
La
bronca venía de antiguo, aunque tampoco conviene remontarse a cuando los papas
eran señores feudales y dueños de media Italia en nombre de los Estados
Pontificios. Pero el Estado italiano y el papa se retiraron la palabra
definitivamente en 1870, cuando el rey Víctor Manuel II anexionó a Italia esos
Estados Pontificios; o sea, Roma, porque los papas querían Roma toda para
ellos. Pontificaba por aquel entonces Pío Nono, que ante la decisión del rey
agarró el canasto de las chufas y decretó el auto-cautiverio en el Vaticano.
Esto suena raro, pero fue así. Es lo que vulgarmente llamamos un encierro.
A
partir de Pío Nono los papas se encerraron y le retiraron a todo el mundo la
bendición urbi et orbi. Hasta que Pío XI, elegido aquel 6 de febrero, pudo
reanudar conversaciones con Mussolini, y Mussolini le dio el completo gobierno
de un territorio llamado desde entonces Ciudad del Vaticano. Por lo demás, muy
poco que añadir, salvo que Pío XI pactó con Hitler, bendijo a las tropas
fascistas italianas y se hizo amiguete de Franco. De izquierdas, seguro, no
era.
Capítulo
2
¡Qué
momento!
Contenido:
§.
Eppur si muove
§.
La entelequia de los Derechos Humanos
§.
Laika se va al espacio
§.
César cruza el Rubicón
§.
El ascenso de Torquemada
§. A
hacer puñetas el Muro
§.
Esclavitud, divino tesoro
§.
Sufragio universal en Francia… pero sólo un rato
§.
Canal de Panamá: El buen ojo de Carlos V
§.
El regreso de La Pinta
§.
El «Yo acuso» de Zola
§.
La Pepa
§.
La caída de Acre
§.
Reparto en Tordesillas
§.
Atentado en Sarajevo
§.
Estados Unidos independiente
§.
Dragon Rapide
§.
Faraónico Napoleón
§.
Semana Trágica de Barcelona
§.
El 9 de termidor
§.
La carrera de Filípides
§. Y
nació la Casa Blanca
§.
Marcha sobre Versalles
§.
Unamuno versus Millán Astray
§.
Fin de los Templarios
§.
La Noche de los Cristales Rotos
§.
Motín del té
§.
El juicio de Núremberg
§.
Lunatic Express
§.
Leyes de Burgos
§. Y
llegó Mendizábal con las rebajas
§.
Adiós, Florida, adiós
§.
El Reichstag, la excusa de Hitler
§.
Las elecciones que perdió Alfonso XIII
§.
Constantinopla al garete
§.
Juramento del Juego de Pelota
§.
Puente aéreo a Berlín
§.
La Noche Triste
§.
Arde Roma
§.
El incidente del equinoccio de otoño
§.
«España ha dejado de ser católica»
§.
En un tris por culpa de los misiles
§.
Primer sufragio universal en España
§.
Los cimientos del Congreso
§.
Eppur si muove
«Maldigo
y reniego de mis errores y herejías, y juro que en el futuro no diré jamás ni
afirmaré, de palabra ni por escrito, que La Tierra se mueve alrededor del Sol».
Más o menos con estas palabras y puesto de rodillas ante los inquisidores de
Roma, el anciano y achacoso Galileo Galilei tuvo que abjurar el 22 de julio de
1633 de la teoría heliocéntrica. Después de mucho pensarlo, casi cuatro siglos
después, la Iglesia por fin reconoció que metió la pata hasta el corvejón y que
Galileo tenía razón. Que por mucho que diga la Biblia, la Tierra no es el
centro del universo.
El
origen de todo el proceso a Galileo fue la publicación de su obra Diálogo sobre
los dos máximos sistemas del mundo, tolemaico y copernicano, donde defendía con
nuevos datos la teoría heliocéntrica de Copérnico sobre los movimientos de los
cuerpos celestes. La obra tenía el permiso para imprenta, pero dio igual, los
envidiosos denunciaron a Galileo ante la Inquisición por contradecir a las
Sagradas Escrituras.
El
hombre, que ya no estaba para muchos trotes, tuvo que hincar la rodilla como
pudo para decir que, de lo dicho, nada de nada. Que la Tierra era el centro de
todo, que no se movía de donde la había puesto Dios y que el resto del universo
giraba a nuestro alrededor.
Fue
entonces, después de su famosa abjuración, cuando dijo aquello de «eppur si
muove», que traducido viene a ser «sin embargo, se mueve». O dicho de forma más
coloquial, vale, para ti la perra gorda, pero la Tierra, moverse, se mueve. Era
la pataleta de Galileo ante los inquisidores que le obligaron a renegar de la
verdad. Unos cuentan que lo dijo por lo bajini y otros aseguran que lo soltó a
voz en grito, pero Galileo, casi con total seguridad a decir de los expertos,
no dijo nada de esto, porque en aquella época de clérigos con cerebro de
mosquito le hubieran quemado allí mismo.
Galileo
vio prohibidos sus escritos, fue recluido para los restos y humillado por saber
ver más allá de sus narices. La Iglesia rehabilitó a Galileo a finales del
siglo XX, quizás porque tardó casi cuatro siglos en entender eso de la teoría
heliocéntrica.
§.
La entelequia de los Derechos Humanos
El
10 de diciembre de 1948 cuarenta y ocho países miembros de Naciones Unidas
votaron en París a favor de una Declaración Universal que protegiera los
derechos del hombre. Ya saben, la libertad, la justicia y todas esas cosas que
quedan tan majas sobre el papel. Son treinta artículos muy bonitos, con su
preámbulo y todo. Treinta artículos que el país que quiere los cumple y el que
no, pues no pasa nada.
Nos
vamos más de seis décadas atrás, cuando Naciones Unidas creó en 1946 una
Comisión de Derechos Humanos a la que pidió que pusiera sobre el papel en qué
consistían las libertades fundamentales. Presidió aquella comisión formada por
ocho países Eleanor Roosevelt, y se lo tomaron con calma, porque tardaron dos
años en decidir nuestros derechos inalienables. Y conste que eso que nos hace
tanta gracia cada vez que alguien dice aquello de «persona humana», está puesto
tal que así en la Declaración de Derechos Humanos. Dos años discutiendo para
declarar que las personas son humanas.
La
Declaración Universal salió adelante porque votaron a favor cuarenta y ocho
países miembros, pero ocho se abstuvieron y otros dos decidieron directamente
no ir a votar tonterías que no pensaban cumplir. ¿Dónde está la trampa de esta
enternecedora Declaración de Derechos Humanos? Pues en que no es un documento
de obligado cumplimiento. Lo dicho, quien quiere los respeta y quien no, pues
se los salta a la torera. Ahí tienen a las mil doscientas personas ejecutadas
en 2007 por países miembros de la ONU. Ahí están las mujeres lapidadas por
países miembros de la ONU. Y ahí están también ochocientos cincuenta y cuatro
millones de personas torturadas por el hambre en países miembros de la ONU.
La
Declaración Universal de los Derechos Humanos es el texto traducido a más
idiomas del mundo. Está en trescientas treinta y siete lenguas, pero muchos aún
no lo han entendido.
§.
Laika se va al espacio
El 3
de noviembre de 1957, una perra mil leches, feúcha y de padres desconocidos se
llevó la gloria de ocupar con nombre propio un espacio en las enciclopedias. Se
llamaba Laika, era moscovita y fue el primer ser vivo que salió a orbitar la
Tierra. El primer ministro soviético, Nikita Krushchev, quiso dar a los
americanos con un triunfo en las narices a la vez que celebraba el cuarenta
aniversario de la Revolución bolchevique, y ese triunfo era ganarles la carrera
espacial con la primera criatura viviente astronauta.
Laika
ladraba en vez de hablar, pero eso era lo de menos. Lo importante era que, a
las diecinueve horas y doce minutos de aquel 3 de noviembre, la Unión Soviética
pudo entonar el chincha rabiña mirando a Washington. Pero hicieron trampa.
El
Sputnik 2, una cápsula cónica de cuatro metros de alto con una base de dos
metros de diámetro, se lanzó con Laika dentro. El plan era matarla después de
diez días en órbita con una emisión de gas o con una ración de comida
envenenada, porque era del todo imposible hacerla regresar viva. La tecnología
no daba para tanto. La cápsula iba a pulverizarse cuando volviera a entrar en
contacto con la atmósfera, y se trataba de proporcionar a Laika una muerte
dulce. Ahora viene la trampa.
Los
soviéticos hicieron creer al mundo que Laika había muerto, según los planes,
unos días después del despegue y con la misión cumplida, pero la pobre perra
murió a las siete horas de viaje. La verdadera causa de la muerte de Laika se
conoció en 2002: fue el estrés y el sobrecalentamiento de la cápsula. La nave
Sputnik dio 2.570 vueltas a la Tierra antes de desintegrarse el 4 de abril de
1958, pero Laika llevaba ya cinco meses en el otro barrio. Después de Laika no
se organizó otra misión tripulada por perros mientras no se pudiera asegurar el
regreso del animal vivo. Eso ocurrió dos años después: otras dos perras
soviéticas, Belka y Strelka, regresaron con éxito de su misión. Yuri Gagarin ya
fue sobre seguro. En la Ciudad de las Estrellas, un pueblo al noroeste de
Moscú, está el monumento con estatuas de los astronautas rusos. Laika asoma
entre las piernas de uno de ellos.
Después
de Laika, al espacio se mandaron chimpancés, moscas, tortugas, escarabajos,
renacuajos, macacos, amebas, abejas, esporas… No enviaron camellos por si se
quedaban traficando con el polvo estelar.
§.
César cruza el Rubicón
Cruzar
el Rubicón. Casi todos hemos usado esta frase alguna vez para decir que vamos a
emprender algo de arriesgadas consecuencias y sin posibilidad de marcha atrás.
La sentencia viene de antiguo, del 12 de enero del año 49 antes de Cristo. El
día en que Julio César se la jugó cruzando el río Rubicón con un único
objetivo: plantarle cara a Pompeyo, cargarse la República y erigirse como el
dictador de Roma. Por eso cruzó el Rubicón y por eso dijo nada más cruzarlo
aquello de Alea jacta est. Y que los dioses nos pillen confesados.
Julio
César era el gobernador de las Galias. Lo sabemos porque sus tropas traían
frita a la aldea de Astérix, y cuando el general ya había ganado todo lo que
tenía que ganar en la guerra de las Galias reclamó a Roma la promesa que le
hicieron de ser nombrado cónsul. Pero había dos problemas. Uno, que en Roma no
lo querían y dos, que César ya había sido cónsul antes, y la ley decía que
tenían que pasar diez años antes de un nuevo nombramiento. Así que el Senado le
dijo que nada de cónsul por el momento, que licenciara a sus tropas y se
volviera a Roma, pero sin el cargo. La respuesta mosqueó mucho a César, porque
si se plantaba en Roma sin el suficiente poder, Pompeyo y el Senado se lo
cargarían en cualquier momento. Por eso cruzó el Rubicón.
Y el
Rubicón es en realidad un río bastante escuchimizado, un riachuelo de caudal
ridículo comparado con la grandeza con la que ha pasado a la historia. Pero en
la antigua Roma, el Rubicón tenía un significado crucial, porque marcaba el
límite del poder del gobernador de las Galias. Si se cruzaba por las buenas, en
plan paseo bucólico, vale, pero si se atravesaba con las tropas y malas
intenciones significaba declararle la guerra a la República de Roma. Cesar,
cabreado por no haber sido nombrado cónsul, en vez de disolver sus tropas, las
reunió y cruzó el Rubicón. Aunque cuentan que se paró en la orilla gala y dijo,
lo cruzo… no lo cruzo. Venga. Alea jacta est. Ese día murió la República de
Roma.
§.
El ascenso de Torquemada
Qué
buen día el 11 de julio de 1486 para Tomás de Torquemada. Qué contento se puso
cuando el papa de Roma lo confirmó como inquisidor general de España. Ya lo
era, porque llevaba ejerciendo como tal desde tres años antes, cuando le nombró
la que en realidad llevaba los pantalones en España, Isabel la Católica. Lo que
pasa es que le hizo especial ilusión que fuera el papa quien le confirmara con
poder divino el cargo del que ya disfrutaba gracias al poder civil. Y encima le
felicitó por lo bien que lo estaba haciendo. Nadie quemaba judíos con tanto
arte como él.
La
verdad es que Torquemada cumplió al milímetro los objetivos de la corona. Fue
nombrado inquisidor general para neutralizar, o sea, para mandar a la hoguera,
a todos los herejes que pululaban por el país, y hereje era todo aquel que
protagonizara una acción o pronunciase una sola palabra al margen de las
creencias y dogmas de la Iglesia católica. Pero sobre todo para detectar a los
judíos mentirosillos que aseguraban haberse convertido sin haberlo hecho. Y
aquí residía la mayor habilidad de Torquemada y sus secuaces, en hacer cantar
La Traviata a los falsos conversos.
Los
métodos que utilizaban eran tan efectivos, que alguno confesó incluso haber
matado a Manolete. La defensa ante la acusación de herejía era tan imposible de
rebatir, que en la hoguera acabaron judíos conversos, católicos convencidos,
cristianos reconocidos y cualquiera que se le metiera a Torquemada entre ceja y
ceja.
De
sus pesquisas no se libraba nadie. Sólo los obispos estaban fuera de su
jurisdicción, porque sólo Roma podía juzgarlos, aunque eso no les salvaba de
ser acusados de ser presuntos judíos y Torquemada consiguió que varios fueran
llamados a capítulo por el papa.
La
lucha por la supervivencia en aquella España del siglo XV se centró en escapar
de las garras de Torquemada, aquel tonsurado consumido por el odio que se ha
convertido en el paradigma universal de la crueldad, la intolerancia y la
represión. Isabel la Católica lo tenga en su gloria.
§. A
hacer puñetas el Muro
Aquel
9 de noviembre de 1989 era jueves. Medio mundo se quedó boquiabierto cuando un
miembro del Politburó de la República Democrática Alemana anunciaba por
sorpresa, en directo, en televisión, que caía el Muro de Berlín. Sólo unos
minutos después, miles de alemanes de uno y otro lado se agolpaban en los
puestos de paso cuando ni siquiera los guardias habían recibido la orden de
abrir las puertas. Aún sin tenerla, a las once de la noche el Muro cayó
simbólicamente y los alemanes lo atravesaron. Al día siguiente cayó a golpes de
pico y libertad.
A
quién no se le puso la carne de gallina en aquellos días viendo a los alemanes
más felices que unas pascuas, escalando el Muro y abriendo agujeros. La
decisión se tomó aquella misma jornada. Nadie lo esperaba. A las siete menos
tres minutos de la tarde de aquel 9 de noviembre terminó una rueda de prensa
transmitida en directo por televisión, donde Günter Schabowski, del Politburó,
dijo que todos los pasos del Muro quedarían abiertos. Un periodista, el único
que reaccionó al shock, preguntó: «Pero ¿cuándo?». Y Schabowski contestó: «En
cuanto lo diga. Ya». El grito que corrió por toda Alemania, ya casi, casi
unificada, fue « ¡El Muro está abierto!». Hubo cerveza gratis en los bares
cercanos, los desconocidos se abrazaban entre sí… la gente enloqueció.
En
la memoria y en la vergüenza quedaban aquellos ciento y pico kilómetros de
hormigón y las más de doscientas personas que habían dejado la vida intentando
saltar lo que las autoridades de la RDA llamaron «barrera protectora
antifascista», el eufemismo más bobo jamás inventado después de «cese temporal
de convivencia conyugal». Como si las ideologías se frenaran con un muro.
Muchos
tenemos un trocito de hormigón del Muro de Berlín, y todos creemos que el
nuestro es auténtico. Sin embargo, con esto del Muro pasa como con las
reliquias de la cruz de Cristo: que si se juntaran todas saldrían 18 cruces,
pero si uniéramos todos los trozos del Muro de Berlín nos saldría otra Gran
Muralla China.
§.
Esclavitud, divino tesoro
Cada
vez que se juntan varias potencias mundiales y acuerdan algo, ya se sabe que lo
primero que va a ocurrir es que la mitad de los acuerdos no se van a cumplir y
ha sucedido siempre, pasa ahora y continuará ocurriendo. El 8 de febrero de
1815 las potencias europeas reunidas en el Congreso de Viena acordaron acabar
con el tráfico de esclavos… pero ojo, no con la esclavitud. Cincuenta años
después, aquellos acuerdos eran papel mojado. Lo más gracioso de aquel Congreso
de Viena es que el fin de la trata de negros lo firmaron todos los países
presionados por Inglaterra, gran experta en el tráfico de seres humanos
mientras pudo. Pero, claro, es que aquel acuerdo tenía trampa.
Inglaterra
guardaba detrás de su petición, aparentemente humanitaria, un par de maniobras
políticas magistrales. Primera: Gran Bretaña apenas tenía intereses en América,
y lo que quería era agotar la rentabilidad económica que tenía el Nuevo Mundo.
Si faltaban esclavos, mano de obra, menos ganancias tendrían los países con
intereses en América. Y segunda maniobra: con la prohibición de la trata de
negros, la marina británica tendría la excusa perfecta para inspeccionar
cualquier barco, con lo cual se haría con la hegemonía total en el Atlántico.
Ahora
bien, no perdamos de vista a los compañeros españoles del siglo XIX, porque a
Cuba llegaban diez mil esclavos anuales cincuenta años después de la abolición
de la trata de negros. Insisto en que lo que se prohibió en Viena fue el
comercio, pero no la esclavitud en sí. O sea, el que tuviera esclavos, pues muy
bien. Santa Rita, Rita, lo que se da no se quita.
Todavía
en 1870, Emilio Castelar se batía el cobre en el Congreso de los Diputados para
acabar con los negreros en Cuba.
Le
restregó al ministro de Ultramar un anuncio en un periódico cubano que decía:
«Se venden dos yeguas de tiro y dos negras, hija y madre; las yeguas, juntas o
separadas; las negras, separadas o juntas».
§.
Sufragio universal en Francia… pero sólo un rato
El
12 de febrero de 1932 fue un buen día en Francia, pero lo fue sólo un rato.
Aquel día, por fin, después de muchos años de lucha, la Asamblea Nacional
francesa aprobaba el voto femenino… se aceptaba el sufragio universal. Pero el
triunfo duró menos que un globo de cumpleaños, porque luego llegó el Senado y
dijo que qué era eso de que las mujeres votaran, así que tiró la ley a la
basura... ¿Dónde está la maldita gracia de la efeméride? En que las francesas
fueron las primeras en empezar a luchar por el sufragio universal y acabaron
siendo de las últimas en conseguirlo.
La
primera lucha del mundo por el voto femenino precisamente comenzó en plena
Revolución francesa, en 1789. Porque mucha liberté, mucha egalité y mucha
fraternité, pero sólo para los señores. Comenzaron las primeras protestas,
argumentando que si las mujeres podían ser guillotinadas por sus actividades
políticas, no tenía sentido que no pudieran votar. Ni caso.
De
hecho, la principal sufragista de aquella época, llamada Olimpia de Gouges,
murió guillotinada por decir tonterías. Luego llegó Napoleón y su código civil,
donde dejó muy clarito que el hogar era el ámbito exclusivo de la actuación
femenina. Fuera de él, las mujeres sólo podían pasear palmito, a ser posible,
empujando el carrito de un bebé.
Las
sufragistas francesas tampoco tuvieron mucho apoyo del exterior. Por referir
sólo un caso, el poeta, periodista y diplomático nicaragüense Rubén Darío,
después de una gira por Francia, dejó escrita su opinión sobre las sufragistas.
Escribió el diplomático: «Tengo a la vista unas cuantas fotografías de esas
políticas. Como lo podréis adivinar, todas son feas y la mayor parte más que
jamonas. Estos marimachos merecen el escarmiento».
Las
francesas no consiguieron su derecho a votar hasta 1945, después de la Segunda
Guerra Mundial. Hasta las españolas pudieron votar antes que ellas, lo que pasa
es que luego Franco llegó con las rebajas y volvió a impedirlo, aunque bien es
cierto que iban en el mismo saco hombres y mujeres. Pero la verdad es que daba
igual. Total, no había nada que votar.
§.
Canal de Panamá: El buen ojo de Carlos V
Carlos
I de España y V de Alemania no tenía un pelo de tonto. Es más, sentido del
negocio tenía un rato, porque el 20 de febrero de 1534 firmó el decreto por el
que ordenaba al gobernador regional de Panamá estudiar muy seriamente cómo unir
el Atlántico con el Pacífico a través del istmo de Panamá. Textualmente, el
emperador pidió que «se abriera una vía que uniera los dos océanos», y el
encarguito recayó en el gobernador Antonio de la Gama. La idea inicial no fue
de Carlos I, sino del navegante español Saavedra y del portugués Galvao, que
estaban hartos de dar la vuelta a América por abajo, cuando los dos océanos
sólo estaban separados por un miserable hilillo de tierra de 50 kilómetros.
La
idea era buena, buenísima, porque así España podría llegar en línea recta a sus
posesiones asiáticas navegando hacia el oeste, sin pasar por el infernal
estrecho de Magallanes. Pero una cosa es que la idea fuera brillante y otra
cómo y quién la hacía. El gobernador le pasó la patata caliente al regidor de
Panamá, a Pascual de Andagoya, y le dijo, anda, hazme un estudio topográfico
para ver cómo podemos para llegar en barco al otro lado. Andagoya se mordió la
lengua para no hacerle una rima y a cambio emitió un informe totalmente
desfavorable. Argumentó que se trataba de una obra, más que gigantesca,
desmesurada, y que no había dinero en el mundo para realizarla.
El
proyecto no se materializó, pero los españoles, durante la realización del
estudio topográfico construyeron caminos pavimentados con guijarros que el
tiempo ha demostrado que circulan muy cerca de donde ahora está el Canal de
Panamá. Descaminados no iban, pero en aquellos años resultó materialmente
imposible convertir en navegable aquella franja mínima de tierra. Y continuó
siendo imposible durante los cuatrocientos ochenta y cinco años siguientes.
Hasta que en agosto de 1914 el buque a vapor Ancón inauguró oficialmente el
Canal. Entró por el Caribe y salió al Pacífico. Panamá se había partido en dos
a cambio de acercar un poco más el mundo, pero Carlos I no lo vio.
§.
El regreso de La Pinta
Tres
carabelas partieron de España en busca de las Indias, pero sólo regresaron dos
de aquel primer viaje. El 1 de marzo de 1493La Pinta llegaba al puerto de
Bayona, en Pontevedra, comandada por Martín Alonso Pinzón, muy contento porque
había conseguido tocar tierra antes que Colón, que iba en La Niña y que atracó
días más tarde en Lisboa. Como Pinzón y Colón ya habían tenido más de una
bronca en América, venían de morros. De hecho, Martín Alonso intentó comunicar
a los Reyes Católicos el descubrimiento, pero como eran muy protocolarios, no
le dejaron. El único que podía dar parte era el almirante.
La
Pinta llegó a Galicia con sus bodegas hasta los topes. Y por supuesto con oro.
Pero, además, por primera vez vimos el maíz, aunque no le hicimos mucho caso,
porque se comenzó a cultivar sólo para dárselo al ganado. La Pinta traía
también maní, cacahuetes, que tampoco nos debió de gustar mucho por aquel
entonces, porque sólo se les echaba a los cerdos. Llegaron además la guindilla,
la batata y la planta del algodón, aunque era muy parecida a la que ya habían
introducido los árabes en España siglos antes. Y animales, también trajeron
animales exóticos, pero pocos porque se mareaban. De los pocos que trajo La
Pinta sólo se salvaron de la travesía unos cuantos papagayos.
Pero
La Pinta trajo otra cosa sin saber que la traía: la sífilis, consecuencia del
despiporre que los marineros tuvieron con las indígenas. Toda Europa echó la
culpa a los españoles por haber introducido la sífilis, y Martín Alonso Pinzón,
el capitán de La Pinta, pasó a la historia como la primera víctima mortal y
oficial de la enfermedad. Murió sólo días después de su regreso a España, en el
monasterio de la Rábida, en Palos (Huelva), su tierra. Colón seguía tan
enfadado con él que ni siquiera fue a verle. Pinzón no tuvo tiempo de contar su
versión del descubrimiento. Por ligón.
§.
El «Yo acuso» de Zola
Imaginen
que escriben una carta al director de un periódico para protestar por algo y al
día siguiente se la encuentran en la primera página de ese diario de gran
tirada a seis columnas y bajo el título «Yo acuso». Eso mismo le ocurrió al
escritor francés Emilio Zola el 13 de enero de 1898. Su carta abierta para
protestar por una de las mayores vergüenzas que salpicaron a Francia salió en
la portada del diario La Aurora y aquella carta se convirtió en uno de los
artículos más celebrados de toda la historia del periodismo. El origen de todo
fue el «caso Dreyfus».
El
«caso Dreyfus», ocurrido en Francia a finales del siglo XIX, fue uno de los
mayores sinsentidos que se recuerdan. Un caso que dividió Francia y provocó una
crisis social y política tremenda, porque jueces, militares, gobernantes y
clero la emprendieron con un joven capitán, al que acusaron de ser espía de los
alemanes. No repararon en gastos para demostrar que aquel oficial era un judío
traidor, cuando el pobre tenía una trayectoria intachable. En el fondo subyacía
un descomunal odio a los judíos y Alfred Dreyfus fue el chivo expiatorio. Se
manipularon pruebas y se compraron delatores; Dreyfus fue humillado, degradado
y condenado.
Aquella
farsa, la mayor idiotez que cometió Francia, dividió a toda la opinión pública.
Nadie quedó al margen, pero había tanto manipulador de las altas esferas
implicado que hubo una negativa en rotundo a revisar el caso, porque entonces
tendrían que reconocer la pantomima que habían orquestado. Emilio Zola fue uno
de los que se infló y escribió aquel «Yo acuso», porque, dijo, no quería ser un
ciudadano cómplice de aquel espantoso crimen judicial. Por supuesto, el texto
le costó a Zola el exilio, pero movió muchas más conciencias y quedó para los
anales del periodismo.
Si
fue trascendente el «caso Dreyfus» que aquello desembocó en la separación
definitiva de la Iglesia y el Estado en Francia y puso la semilla del sionismo
y la creación del Estado de Israel. Con eso está todo dicho.
§.
La Pepa
«
¡Viva La Pepa!» Así saludó el pueblo de Cádiz la proclamación de la primera
Constitución española el 19 de marzo de 1812. Lo de La Pepa es evidente, porque
aquel día era San José. Proclamar aquella Constitución tuvo mucho mérito, pero
también fue muy raro, porque se redactaron unos preceptos liberales en un país
que todavía llevaba a cuestas el Antiguo Régimen. Y encima, el preámbulo de
aquella Carta Magna que comenzaba diciendo «En el nombre de Dios Todopoderoso,
Padre, Hijo y Espíritu Santo», reclamaba el regreso de Fernando VII, cautivo en
Francia, para restaurarlo en el poder. Así pasó lo que pasó. Que el Padre, el
Hijo, el Espíritu Santo, Fernando VII y la Libertad no hicieron buenas migas.
Pero
el mérito estuvo, sobre todo, en que la Constitución de 1812 se proclamó con
Cádiz asediada por las tropas de Napoleón y sacudida, además, por una epidemia
de fiebre amarilla. De hecho, los diputados cayeron como moscas y muchos
quedaron enterrados en Cádiz.
La
Pepa trajo muchas cosas buenas: la libertad de prensa, la independencia de la
Justicia, la prohibición de las pruebas de nobleza para evitar la desigualdad
legal de las clases sociales y, por supuesto, la supresión del Santo Oficio, de
la Inquisición. Cuando Fernando VII asentó sus reales, todo esto quedó en papel
mojado.
Pero
La Pepa trajo bonanzas, sobre todo para América. Sesenta de los más de
trescientos diputados que formaron las Cortes de Cádiz eran americanos, y
consiguieron que por primera vez se proclamara que la nación española era «la
reunión de españoles de ambos hemisferios». Es decir, los españoles de España y
los españoles de América serían ciudadanos con idénticos derechos. Menos los
negros, claro.
Los
negros siguieron siendo negros y sólo a los mulatos se les dio la nacionalidad
española, aunque no la condición de ciudadanos. Había que ser más pálido para
ser español y ciudadano. Lo bueno de La Pepa es que fue el principio de algo
grande, cuando la mayoría de españoles no sabía lo que significaba la palabra
Constitución.
§.
La caída de Acre
A
orillas del Mediterráneo, en el norte de Israel, hay una ciudad portuaria que
tenía un ambientazo tremendo en el siglo XIII. Era la puerta de entrada de los
occidentales a Oriente Próximo, tanto de peregrinos que iban a Jerusalén como
de mercaderes de todo el mundo que hacían allí jugosos negocios. La ciudad se
llamaba San Juan de Acre y era el último bastión de los cruzados. Ya no les
quedaba ni un solo dominio cristiano en Tierra Santa, salvo San Juan de Acre.
Pero el 18 de mayo del año 1291 vinieron los mamelucos y se acabó lo que se
daba. Fin de las Cruzadas.
Un
siglo antes de la caída definitiva, San Juan de Acre no era un ejemplo de
ciudad cristiana. Las costumbres se fueron relajando y, salvo un puñado de
caballeros templarios, el resto eran unos vivalavirgen. En Acre se juntaron
mercaderes, peregrinos, judíos, musulmanes, cristianos, venecianos, francos,
sirios, bizantinos… Los cruzados se desahogaron tanto que ya se ponían hasta
turbantes, decoraban sus casas con alfombras, hablaban en árabe, comían con
tenedor y se bañaban mucho. Aprovechando el relajo, el sultán de Egipto
Saladino tomó San Juan de Acre, pero Ricardo Corazón de León pudo recuperarla
para los cristianos en la Tercera Cruzada.
Pasó
un siglo, y los cruzados fueron perdiendo posesiones poco a poco, hasta que
sólo les quedó San Juan de Acre. Y continuaron igual de relajados. La ciudad
era un enjambre humano en el que cada uno iba a lo suyo con el único objetivo
de hacer dinero y buscar placer. La inseguridad ciudadana creció como la
espuma, y un día un grupo de italianos mató a unos campesinos musulmanes y de
rebote también murieron varios cristianos sirios. El sultán de Egipto, que
necesitaba cualquier excusa para atacar la ciudad, pidió la entrega de los
asesinos. San Juan de Acre dijo que nones y el sultán se plantó allí con
doscientos mil soldados.
Los
cruzados vendieron caro el pellejo, pero fueron literalmente aplastados. Aquel
18 de mayo las Cruzadas se fueron a hacer gárgaras, comenzó la leyenda de los
templarios y las posesiones cristianas en Oriente se esfumaron para los restos.
§.
Reparto en Tordesillas
En
una fecha como la del 7 de junio de 1494 está la explicación de por qué en
Brasil hablan portugués y en el resto de Iberoamérica, español. Porque ese día
se firmó el famoso Tratado de Tordesillas, ratificado tiempo después por los
Reyes Católicos y Juan II de Portugal. Puesto sobre el papel es un documento
muy serio, pero el resumen es que los enviados de los Reyes cogieron un mapa y
dijeron, de aquí para allá os lo quedáis vosotros y de aquí para acá, nosotros.
El
principio de todo está en el propio descubrimiento de América. Cuando un país
conquistaba nuevas tierras tenía que contar con el beneplácito del papa de
turno, puesto que todo el universo estaba escriturado a nombre de Dios. Roma
tenía que dar el visto bueno para que tal o cual país se quedara con las
tierras, siempre a cambio de que ese país se comprometiera a evangelizarlo.
Cuando
Portugal conquistó zonas de África, tuvo la aprobación de tres papas distintos.
Pero como España, hasta que llegó Colón, no había descubierto prácticamente
nada, no tenía ninguna bula papal que lo respaldara. Así que los Reyes
Católicos se apresuraron a que Alejandro VI, el papa Borgia, aprovechando que
era valenciano, les diera pleno dominio católico sobre las tierras americanas.
No fuera a ser que los portugueses sacaran del cajón las antiguas bulas y
dijeran que se quedaban con América entera porque ellos evangelizaban con más
gracia que los españoles.
Fue
entonces cuando Alejandro VI trazó la famosa línea alejandrina, por la que
todas las tierras descubiertas y por descubrir hacia el Occidente, contando
determinadas leguas a partir de las islas Azores, se las quedaba España. Los
portugueses se mosquearon, porque eso les impedía conquistar nada en América.
Al final, los Reyes Católicos aceptaron revisar la línea alejandrina para no
entrar en guerra con Portugal, y fue entonces cuando en vez de tomar como
referencia las Azores, se firmó en Tordesillas que la referencia fueran las
islas de Cabo Verde. Al modificar la línea, un pico de América, el futuro
Brasil, entró en la parte de la raya que le tocaba a Portugal. Por eso cuando
lo descubrieron, se lo quedaron.
§.
Atentado en Sarajevo
El
28 de junio de 1914 se produjo el atentado que dio pie a la Primera Guerra
Mundial: los asesinatos en Sarajevo, en Serbia, del archiduque austrohúngaro
Francisco Fernando y de su mujer. A los nacionalistas serbios no les caían bien
los austrohúngaros, y un grupo de desquiciados que se puso por nombre La Mano
Negra decidió que la mejor manera de meter el dedo en el ojo era matando a dos
austríacos importantes.
Los
Balcanes siempre han sido un polvorín. De hecho, el canciller alemán Bismarck
vaticinó, diecisiete años antes de que ocurriera, que una gran guerra europea
acabaría estallando por culpa de alguna maldita estupidez en los Balcanes. Y
aquella maldita estupidez fue el atentado contra la pareja real austrohúngara
en Sarajevo. Imposible resumir en una historia menuda la situación europea para
que la Primera Guerra Mundial acabara reventando por culpa de este magnicidio.
Pero sí conviene recordar que a muchos se les pusieron los pelos de punta
cuando en 1991, con la dislocación de la antigua Yugoslavia, volvió a estallar
la guerra. Otra vez los Balcanes, otra vez Europa boca abajo, otra vez las
limpiezas étnicas y los nacionalismos asesinos.
Aquel
28 de junio, la pareja real hacía una insignificante visita oficial a Sarajevo.
En el recorrido de la comitiva hacia el ayuntamiento se habían distribuido
veinticuatro miembros de La Mano Negra, pero todos muy zoquetes. Sólo uno se
atrevió al final a lanzar una granada que rebotó en el coche e hirió a doce
espectadores. En el trayecto de regreso se hizo el mismo recorrido y, en un
momento en que el carruaje paró, otro terrorista de La Mano Negra cosió a
balazos al archiduque y a su mujer. Los dos asesinos implicados, el que tiró la
granada y el que luego disparó, intentaron suicidarse según los planes tomando
cápsulas de cianuro, pero el veneno estaba caducado y sólo consiguieron
vomitar. Fueron juzgados y ejecutados, pero la que liaron fue fina: Austria
contra Serbia, Rusia contra Austria, Alemania contra Rusia, Inglaterra contra
Alemania y, al final, todos contra todos, la guerra y la muerte.
§.
Estados Unidos independiente
Cada
amanecer de cada 4 de julio comienza en Estados Unidos un día de lo más
patriótico, porque ese día de 1776 se firmó el acta que hacía libres a las
trece colonias que dieron origen a la confederación norteamericana. Inglaterra
se quedó sin su posesión occidental más preciada.
Los
ingleses comenzaron a ocupar América para evitar que los españoles se la
quedaran entera, así que empezaron a instalarse en la costa este. Virginia fue
la primera colonia que fundaron, bautizada así en honor de Isabel I, la reina
virgen… Bueno, que decían ellos que era virgen. Luego vinieron otras doce.
Nueva York, Pensilvania, las dos Carolinas…
Llegó
un momento en que Inglaterra empezó a freír a impuestos a los colonos, porque
los ingleses de Inglaterra pagaban mucho a Hacienda y los ingleses de allende
los mares, una birria. Y aquí vino el primer mosqueo de los ingleses de
América, cuando les tocaron el bolsillo. La cosa se fue complicando, porque
además las colonias tenían que contribuir al mantenimiento de un ejército
carísimo dedicado a protegerlas. Pero el remate fue cuando subió el precio del
té enviado a las colonias. Por ahí ya no pasaron. Les podían tocar cualquier
otra cosa a los colonos, pero ¿el té…? de ninguna de las maneras (ver Motín del
té).
Las
colonias se fueron haciendo más fuertes, siguieron las luchas, surgieron
grandes políticos, se creó un Congreso, hasta que aquel 4 de julio quedó
aprobada la Declaración de Independencia que redactó Thomas Jefferson, que, por
cierto, se murió también el 4 de julio para aprovechar la celebración. No crean
que todo acabó aquí, porque una cosa es declarar la independencia en un papel y
otra, defenderla en el campo de batalla. Pero el caso es que aquella
declaración, muy progre, muy ilustrada ella, acabó saliendo para adelante. Era
bonita. Declaró a todos los hombres iguales, libres y con derecho a buscar la
felicidad. Menos a los negros, evidentemente.
§.
Dragon Rapide
El
golpe de Estado que arreó Franco el 18 de julio dio inicio a la Guerra Civil.
Esto lo sabe todo el mundo. Pero fue el 6 de julio de 1936 cuando la maquinaria
se puso en marcha. El director del diario ABC, Juan Ignacio Luca de Tena, llamó
a su corresponsal en Londres y le dio la siguiente orden: Luis, vete a tal
banco, coge todo el dinero que necesites, alquila un avión y lo llevas con todo
el disimulo a Canarias. No preguntes. Pero Luis Bolín, el corresponsal del ABC,
no tenía que preguntar lo que ya sospechaba: el avión era el que trasladaría a
Franco desde Canarias al norte de Marruecos para ponerse al frente de sus
leales y dar el golpe de Estado. Fue el vuelo del Dragon Rapide.
Algunas
fuentes siempre señalan el asesinato del teniente socialista José Castillo y la
inmediata represalia de los militares republicanos asesinando a su vez a Calvo
Sotelo como las dos últimas gotas que colmaron el vaso de la inminente Guerra
Civil.
Pero
esto no puede ser así, porque Franco ya había puesto en marcha la logística de
su traslado desde Canarias para ponerse al frente de los rebeldes días antes de
que se produjeran estas dos muertes.
Y el
alquiler en Londres de aquel avión bimotor modelo Dragon Rapide fue el primer
paso efectivo de la guerra. El corresponsal del ABC en la capital británica
cumplió a rajatabla la petición del director de su periódico. Tenía la ayuda y
la asesoría aeronáutica del ingeniero Juan de la Cierva, y tenía la
financiación de Juan March y del duque de Alba, porque todos ellos estaban en
el ajo para acabar con la República.
Aquel
vuelo sufrió muchos incidentes y fue bastante peliculero, desde que en él
volaban dos rubias inglesas y explosivas para simular un vuelo de placer, hasta
que el radiotelegrafista resultó ser un manta y hubo que orientarse en
determinados tramos sobrevolando la Península con un mapa de carreteras
Michelín.
Pero
esto fue lo de menos, porque ganaron ellos, y el principio de todo fue el
famoso vuelo del Dragon Rapide. El final llegó cuarenta años después.
§.
Faraónico Napoleón
Napoleón
siempre tuvo a Gran Bretaña metida entre ceja y ceja. Hubiera renunciado a la
mitad de sus conquistas con tal de que los británicos acabaran hablando
francés. Pero como no era tonto y sabía que no podía competir con la
superioridad naval inglesa, centró sus objetivos en incordiar a los british
todo lo posible. Pensó en quitarles la India, pero antes había que invadir
Egipto, y tal cosa la llevó a cabo el 25 de julio de 1798. Ese día Napoleón
entró triunfante en El Cairo. El primer paso ya estaba dado. El último no lo
daría jamás.
La
posesión más preciada de Inglaterra era la India, porque de este país obtenía
la mayor parte de sus materias primas. Napoleón, para estrangular
económicamente a los ingleses, proyectó quitarles la India, pero para ello
tenía, primero, que invadir Egipto, luego, conquistar Palestina y Siria, y de
aquí saltar a la India para quedársela. La campaña de Egipto al principio no se
dio mal. Ganó en la famosa batalla de las Pirámides, porque los mamelucos, los
guerreros que mandaban en Egipto a las órdenes de Turquía, aunque eran más y
estaban en su terreno, iban armados prácticamente con tirachinas y lanzas,
mientras que los franceses respondían con armas de fuego y artillería eficaz.
Aquélla
fue la batalla en la que Napoleón exaltó a sus soldados con la famosa frase
«desde lo alto de estas pirámides, cuarenta siglos os contemplan». Aquello
debió de gustar a la tropa, porque dieron una paliza a los mamelucos.
Pero
mientras Napoleón se dirigía a su siguiente objetivo, Siria, los ingleses no se
quedaron quietos, porque sabían que el premio final que buscaban los franceses
era la India. Al final, turcos e ingleses se unieron contra los franceses y
Napoleón tuvo que largarse con viento fresco. La campaña napoleónica acabó
siendo un desastre, pero el mundo de la egiptología nunca le estará lo
suficientemente agradecido al emperador francés. Gracias a aquella invasión y a
los expertos que Napoleón llevó consigo se sentaron las bases de la egiptología
y el mundo descubrió las maravillas de la antigüedad faraónica. Lo que pasa es
que esto, a Napoleón, le importaba un pito. Él quería la India, no una momia.
§.
Semana Trágica de Barcelona
Muchos
barceloneses estaban hasta el gorro aquel mes de julio de 1909. Cansados de las
enormes diferencias sociales que había creado la industrialización, hartos de
la indefensión laboral, enfadados con la Iglesia por su falta de apoyo a los
trabajadores… La gota que colmó el vaso llegó con el embarque en el puerto de
Barcelona de nuevos y pobretones soldados reclutados a la fuerza para luchar en
Marruecos. Aquello lo reventó todo, y el 26 de julio de 1909 comenzó la Semana
Trágica de Barcelona.
Nada
se produce por un hecho aislado, pero un hecho aislado sí puede ser la chispa
que encienda mucha pólvora acumulada. La pérdida de Cuba, Puerto Rico y
Filipinas había sido una sangría y al gobierno conservador del momento, con una
España analfabeta, sumida en una crisis social y económica tremenda, no se le
ocurrió mejor cosa que volver a reclutar soldados para luchar en Marruecos y
defender unas empresas mineras propiedad de grandes señorones españoles.
Pero
sólo se movilizó a soldados pobres, a obreros, padres de familia que dejaban
mujer e hijos sin posibilidad de sustento. Claro que, si hubieran tenido 1.500
pesetas, hubiera sido distinto, porque pagando 1.500 uno podía librarse de ser
reclutado. Los ricos no iban a la guerra.
El
embarque de aquellos desgraciados se produjo en Barcelona, y en el puerto las
señoras de la alta sociedad, señoras que habían pagado 1.500 para que sus hijos
no fueran reclutados, repartían escapularios a manos llenas y prometían rezar
por ellos. Aquello fue el colmo. Los ánimos se crisparon y el embarque tuvo que
suspenderse. A la vez, llegaron noticias de los primeros muertos en Marruecos
y, claro, el ambiente se crispó más.
Se
crearon comités obreros, se convocó una huelga general y el día 26, primero de
la Semana Trágica de Barcelona, ardieron algunos edificios religiosos. El
anticlericalismo tomó la calle. ¿Por qué la emprendieron contra la Iglesia? Por
su nulo apoyo a las clases más desfavorecidas, por su monopolio de la
educación, por la defensa que hacía de empresarios y patronos, y por su
connivencia con la aristocracia. El cabreo era mucho y variado.
§.
El 9 de termidor
Ya
sabemos lo que tienen las revoluciones, que suelen empezar bien, por algo por
lo que merece la pena luchar, hasta que la lidia da un giro, la lucha original
se olvida y se instala la lucha por el poder. Esto ocurrió con la Revolución
francesa, y el 27 de julio de 1794, día 9 del mes de termidor en el calendario
republicano francés, se produjo un golpe de Estado que terminó con la época del
Terror. Pero terminó a medias, porque las guillotinas siguieron echando humo.
Cuando
la Revolución francesa triunfó, cuando Luis XVI y María Antonieta ya eran
historia guillotinada, se instaló en la Convención Nacional una tremenda lucha
de poder. Los jacobinos se dividieron en radicales y en muy radicales. Tan
radicales que los llamaban rabiosos. Los girondinos eran moderados unos y otros
corruptos, y al final acabaron a tortas girondinos contra jacobinos y jacobinos
entre sí. El que cortaba el bacalao en Francia era Maximiliano Robespierre,
aquel que se inventó el lema «Libertad. Igualdad, Fraternidad». El mismo que se
manifestó al principio enemigo de la pena de muerte, pero a la que luego le
sacó gustillo, porque cortaba cabezas a dos manos. Cabezas de su partido,
cabezas del partido contrario… cabezas en general.
Cuando
ni uno solo de los diputados se vio libre de pasar por la guillotina porque
Robespierre amenazó con cargarse a todos los corruptos, decidieron unirse para
acabar con él antes de que Robespierre dejara la Convención vacía. Se produjo
el golpe de mano, y allí mismo, en la Asamblea, se ordenó la detención del
tirano.
Como
aquella misma noche sus partidarios lo liberaron, la Asamblea dio un paso más:
lo declaró a él y a sus partidarios «fuera de la ley», una excusa perfecta para
ordenar su inmediata ejecución sin derecho a juicio. En la noche del día
siguiente, 10 de termidor, 28 de julio, las cabezas de Robespierre y veintidós
de los suyos rodaron como canicas. Luego cayeron muchos más terroristas, porque
así se llamó a los que impusieron el Terror francés. El término «terrorista»
procede de entonces, y entonces, como ahora, los terroristas habían perdido el
norte de la lucha y la revolución.
§.
La carrera de Filípides
Al
amanecer del 12 de septiembre del año 490 antes de nuestra era, persas y
griegos se enzarzaron en una monumental bronca que terminó fatal para los
persas. Se pegaron en la llanura de Maratón, y además de por el triunfo griego,
aquella jornada se hizo memorable por el carrerón que se pegó un tipo hasta
Atenas para anunciar la victoria. La leyenda impuso que el soldado que corrió
fue Filípides, pero, caramba, no fue él. Fue otro. Unos tienen la fama y otros
cardan la lana.
Sólo
hay que irse a lo que dejó documentado el historiador Herodoto para entender de
dónde viene el lío. En aquella famosa batalla de Maratón, como sucedía con
todas, los ejércitos tenían correos que iban y venían a la carrera con
distintos recados. Eran corredores profesionales, llamados hemerodromos, que,
por cierto, iban hasta arriba de estimulantes porque nadie les hacía un control
antidopaje al final de la misión. El correo Filípides, a donde en realidad
corrió, y justo antes de la batalla, no después, fue a Esparta.
Llevaba
el encargo de pedir ayuda a los espartanos para hacer frente a los persas. Pero
resulta que en Esparta tenían las fiestas patronales, las Carneas, que
coincidían con la luna llena y en las que estaba prohibido luchar, así que
Filípides volvió a Maratón con la mala noticia. Y aquí reside el mérito, porque
la distancia que recorrió Filípides fue de 240 kilómetros, 120 de ida y 120 de
vuelta. Y encima no se murió.
El
correo que fue hasta Atenas para anunciar la victoria sobre los persas sólo
recorrió 40 kilómetros, y fue éste el que cayó derrengado y muerto después de
gritar « ¡hemos vencido!». Pero como nadie apuntó su nombre, la fama se la
llevó el otro, Filípides. La leyenda juntó las dos historias y de ahí nació el
mito. Quienes aún se empeñan en defender la autoría de Filípides en su mortal
carrera hasta Atenas, lo arreglan diciendo que se murió allí porque antes ya se
había dado la paliza hasta Esparta. Pero no cuela.
§. Y
nació la Casa Blanca
Día
importante para la historia estadounidense, el 3 de octubre de 1792, cuando
George Washington puso la primera piedra de la Casa Blanca. Un edificio que más
que un edificio es una gran olla donde se cuece todo el guiso mundial. Hasta el
siglo XX se llamaba oficialmente Mansión Presidencial, pero como todo el mundo
pasaba de este nombre tan pomposo y se referían a ella como la Casa Blanca
tuvieron que cambiarle el nombre. De hecho, en lo único que se parece la Casa
Blanca de hoy a la que se proyectó hace doscientos quince años es en el blanco
de su fachada. Blanquearla es un derroche, porque se emplean más de dos
millones de litros de pintura.
Cada
vez que aterrizaba un presidente en la Casa Blanca se empeñaba en hacer obras y
la santa esposa, en redecorarla. Theodore Roosevelt añadió la famosa ala oeste
para trasladar allí a los empleados, porque no le entraban sus cinco hijos. Y
también se hizo un despacho rectangular. Pero luego llegó el presidente William
Taft y dijo: «No me gusta, que me lo hagan ovalado». Después apareció Franklin
Delano Roosevelt y se hizo una piscina; pero más tarde llegó Nixon y construyó
encima la Sala de Prensa.
La
señora Lincoln compró una cama, a la señora Monroe le dio por la estética
francesa, otras primeras damas compraron vajillas, cambiaron cortinas y
levantaron baños… Hasta que llegó la revolución con la estilosa Jackie Kennedy.
Ella fue la que le dio la vuelta a la decoración de la Casa Blanca. Y tras
ellas, todas van dejando su toque personal, lo cual da la excusa perfecta a la
siguiente primera dama para criticar a la anterior por su mal gusto. Sobre todo
cuando la entrante es republicana y la saliente, demócrata.
Laura
Bush, por ejemplo, puso a parir a Hillary Clinton, sin tener en cuenta que la
señora Clinton estaba más ocupada en espantar becarias que en colocar jarrones.
Sobre una de las chimeneas de la mansión está escrito el deseo de John Adams,
el primer presidente que habitó la Casa Blanca: «Que sólo hombres honestos y
sabios gobiernen siempre debajo de este techo». Nixon no entraba en los planes
honestos. Y alguno posterior, tampoco en los sabios.
§.
Marcha sobre Versalles
Se
veía venir, porque el ambiente estaba calentito en Francia, El 5 de octubre de
1789 una horda de cinco mil mujeres muy cabreadas asaltó el palacio de
Versalles. Llegaron dando voces, preguntando por el panadero y por la panadera,
que no eran otros que los señoritos Luis XVI y María Antonieta. Porque en París
el pan se convirtió en un artículo de lujo, y mientras, ellos, seguían
ofreciendo banquetes y mofándose de una revolución recién iniciada a la que
todavía no daban importancia alguna. Aquel día fue la última vez que los reyes
de Francia vieron Versalles.
París
se moría de hambre, los precios estaban por las nubes y la revolución ya no
tenía marcha atrás. Pero Luis XVI y María Antonieta estaban a por uvas. A lo
suyo. Hay un detalle que ilustra esto muy bien. Luis XVI llevaba un diario
personal donde apuntaba sus cosas; bien, pues unos meses antes, el rey había
escrito. «Martes, 14 de julio. Nada». ¿Cómo que nada? ¿Los parisinos habían
tomado la Bastilla aquel 14 de julio y para el rey era «nada»?
Todo
iba de mal en peor y el remate vino con un banquete pantagruélico que los reyes
ofrecieron a los oficiales de un regimiento de Flandes recién llegado a París.
Se pusieron como el Quico y al final de la comida, entre vino y copita, se
fueron animando unos a otros. Acabaron pisoteando las escarapelas de tres
colores, el símbolo de la revolución, y se enarbolaron sólo las blancas, el
color de los Borbones. Los ecos de la juerga llegaron a París, y las primeras
en tomar la iniciativa fueron las mujeres.
Se
remangaron y, sin quitarse los mandiles, se fueron armadas de cuchillos y palos
camino de Versalles. Al rey lo pillaron de caza y a la reina moneando por los
jardines de Le Petit Trianon, pero les dio tiempo a reunirse y atrincherarse en
palacio con sus hijos. Horas después, toda la familia real enfilaba camino de
París sin rechistar. Fue el principio del fin de la monarquía: es lo que tiene
tocarle las narices a la plebe.
§.
Unamuno versus Millán Astray
Lo
siguiente va de frases para la posteridad, porque el 12 de octubre de 1936 se
cruzaron unas cuantas el rector de la Universidad de Salamanca, Miguel de
Unamuno, y el general franquista José Millán Astray, el fundador de la Legión.
El incidente que protagonizaron los dos hombres hizo que, en aquel mismo
momento, Unamuno se arrepintiera en lo más hondo de haber apoyado a Franco y
contribuido al golpe de Estado con cinco mil pesetas.
Se
celebraba el Día de la Raza, y hasta la Universidad de Salamanca llegó Millán
Astray rodeado de legionarios, el obispo de la ciudad y la mujer de Franco.
Presidía el acto el rector Miguel de Unamuno. Todo discurrió dentro de lo
previsible, hasta que a Millán Astray se le fue la olla. Dijo que País Vasco y
Cataluña eran la anti España, cánceres en el cuerpo de la nación. Que sus
valientes moros habían llegado para combatir a los malos españoles y a dar la
vida por la sagrada religión de España. Para rematar la faena, sonó en el salón
de actos el famoso grito de Millán Astray, « ¡Viva la muerte!», que el general
consumó vociferando tres veces « ¡España!», para que la concurrencia contestara
« ¡Una!», « ¡Grande!» y « ¡Libre!».
El
aire se cortaba cuando Unamuno tomó la palabra. «El obispo es catalán —dijo—, y
yo, que soy vasco, llevo toda mi vida enseñándoos la lengua española que no
sabéis». Millán Astray volvió a gritar: « ¡Muera la inteligencia! ¡Viva la
muerte!», esta vez jaleado por José María Pemán, que vociferó « ¡Mueran los
falsos intelectuales!». Todo el mundo quería que muriera alguien o algo. Pero
Unamuno volvió a replicar: «Venceréis, pero no convenceréis».
A
esas alturas, el obispo ya no sabía dónde meterse; la mujer de Franco, agarrada
al brazo de Unamuno, tiraba de él para sacarle de allí, y cientos de brazos
fascistas se alzaban en aquel templo de la inteligencia. Unamuno quedó en
arresto domiciliario al día siguiente. El último día de aquel año de 1936 el
escritor vasco moría al amor del brasero y no vio cumplirse su profecía.
Vencieron, pero no convencieron.
§.
Fin de los Templarios
El
principio del trágico fin de los templarios, esos señores mitad monjes mitad
caballeros que han generado tanta y tan fantasiosa literatura, comenzó hace
siglos, el 13 de octubre del año 1307. Aquel día empezaron las detenciones de
cientos de ellos en toda Francia y pasaron en un santiamén de ser los héroes de
la Santa Cruz a los villanos blasfemos más despreciables. Esa jornada fue
viernes, viernes 13, y en Francia quedó la coincidencia del día y el número
marcada para los restos como la más nefasta del calendario.
¿Qué
pasó aquel viernes 13 de octubre? ¿Qué provocó que los templarios cayeran en
picado después de haber disfrutado durante casi dos siglos de todos los
beneplácitos reales y papales por su lucha en la recuperación de Tierra Santa?
Pues pasó, haciendo un resumen simplista, que las Cruzadas se fueron
desinflando; que Europa tenía problemas más graves y cercanos que luchar contra
los musulmanes; que el enemigo, la orden de los hospitalarios, se la tenía
jurada; que los templarios se hicieron inmensamente ricos… Pero, sobre todo,
pasó que el rey francés Felipe IV se empeñó en acabar con los templarios porque
sus planes no le salieron como él quiso.
En
total hubo ocho Cruzadas, pero el rey francés quiso liderar la novena. Para
ello necesitaba que se fusionaran todas las órdenes militares-religiosas, sobre
todo la del Temple y la del Hospital. El objetivo era hacerse con los
cuantiosos bienes y posesiones de los templarios, terminar con la exención del
pago de impuestos del que disfrutaban y, con todo ese dinerito en el bolsillo,
ponerse a la cabeza de la reconquista de Tierra Santa.
Los
templarios dijeron que nanay, que no se fusionaban con los hospitalarios y que
no cedían sus bienes. Resolución real: todos a la cárcel. ¿Bajo qué
acusaciones? También todas las imaginables: por herejes, sodomitas, idólatras,
hechiceros… Mentira cochina, pero unos mil monjes-caballeros, templario arriba,
templario abajo, fueron encarcelados. Las perrerías que les hicieron no tienen
nombre.
§.
La guerra de los mundos
Hace
siete décadas que a la radio se la comenzó a llamar de usted. Fue
inmediatamente después del 30 de octubre de 1938, aquella víspera de Halloween
en la que un jovenzuelo Orson Welles hizo creer a los neoyorquinos más
despistados que los marcianos estaban atacando la Tierra. Pero todo hay que
decirlo… la historia ha crecido con el paso de los años. La histeria no se
apoderó de los estadounidenses porque la mayoría no oyó el programa, ni
millones de oyentes acabaron de los nervios. Sólo fueron un puñado de miles,
los menos espabilados; pero si aquello sirvió para que la radio dejara de ser
el hermano tonto de la prensa, bienvenido sea.
Ahora
se sabe que los periódicos del día siguiente exageraron con sus titulares.
Vamos a ver, todos los domingos a las ocho de la tarde Orson Welles ponía en
escena el guión adaptado de un libro de éxito. En eso consistía el programa y
sus oyentes lo sabían. Lo había hecho con Drácula, con historias de Sherlock
Holmes, con El conde de Montecristo… y lo hizo con La guerra de los mundos. La
presentación fue como siempre: «La CBS y sus estaciones afiliadas presentan a
Orson Welles y el Teatro Mercury en La guerra de los mundos, de H. G. Wells».
Y
comenzó aquel programa de apenas cincuenta minutos. Lo que alarmó a los oyentes
más aprensivos fue, primero, que algunos lo pillaron a la mitad; y, segundo,
que Welles utilizó la fórmula del informativo radiofónico para relatar la
historia. Cierto que algunas personas se echaron a la calle a ver si se veían
ataques de hombrecitos verdes, y cierto también que hubo muchas llamadas a la
policía, pero el susto duró un rato, hasta que el presentador despidió el
programa diciendo: «Éste es Orson Welles, señoras y señores, fuera de
personaje, para asegurarles que La guerra de los mundos no es otra cosa que la
diversión de un día libre. Es la forma radial del Teatro Mercury de cubrirse
con una sábana y aparecer detrás de un arbusto gritando ¡buu!».
No
fue para tanto, pero a Orson Welles le vino de perlas.
§.
La Noche de los Cristales Rotos
Mal
día el que vivieron Alemania y Austria el 9 de noviembre de 1938. Mal día y
mala noche, porque lo peor llegó cuando se puso el sol, cuando los comercios
cerraron y cuando la oscuridad favoreció que una histeria nazi y antisemita
recorriera los dos países de punta a punta. Aquella noche la convivencia se
hizo añicos. Aquella noche pasó a la historia como la de los Cristales Rotos.
El resto del mundo no supo ver que el Holocausto judío estaba a sólo un paso.
¿Por
qué el nombre de la Noche de los Cristales Rotos? Pues lo cierto es que el
calificativo no puede ser más definitorio: porque aquella noche del 9 de
noviembre los nazis se dedicaron a romper todos los escaparates de los
comercios regentados por judíos. Y ojalá la cosa hubiera quedado ahí, con unos
cristales rotos y con los cristaleros tan contentos. Lo malo es que las
sinagogas fueron incendiadas; los cementerios, destruidos… miles de judíos
fueron arrestados, noventa acabaron asesinados y varios centenares resultaron
heridos.
La
Noche de los Cristales Rotos tuvo un precedente, una excusa que dio pie a la
salvajada nazi. Alemania ya había realizado algunas expulsiones de judíos a
Polonia, y el hijo de uno de estos judíos, cabreado por la expulsión de sus
padres, atentó en París contra la vida de un diplomático alemán. Hitler, cuando
conoció la muerte de su hombre, animó a las Juventudes Hitlerianas, a las SA
—las Secciones de Asalto del partido nazi— y a las temibles y sanguinarias SS a
que dieran un escarmiento a los judíos.
No
es que se les fuera la mano, es que les tenían ganas e hicieron exactamente lo
que se propusieron. Es más, el asesinato del diplomático fue sólo un pretexto
para dar rienda suelta a la histeria, pero podrían haber buscado cualquier
otro. Si un judío hubiera estornudado en el bigote de Hitler, la purga se
habría producido igualmente.
Aquella
noche de violencia y exterminio provocó que varios países rompieran relaciones
diplomáticas con Alemania, pero todos fueron demasiado miopes para entender la
que se venía encima.
§.
Motín del té
Las
tiranteces entre Inglaterra y sus colonos en América no tardaron mucho en
manifestarse. A mediados del siglo XVIII comenzaron a mirarse de reojo, porque
los impuestos que aplicaba la corona a sus súbditos del otro lado del Atlántico
tenían fritos a los ciudadanos, que ya se sentían más americanos que europeos.
El 16 de diciembre de 1773 saltó en Boston el primer chispazo de la revolución
americana. Y la culpa la tuvo un cargamento de té.
¿Por
qué un vulgar cargamento de té encendió los ánimos de los bostonianos? Porque
esta infusión era carísima en las colonias americanas, debido a que Londres
cargaba unos impuestos salvajes. Los colonos se buscaron la vida para conseguir
de contrabando té holandés, más barato que el que suministraba la Compañía de
las Indias Orientales, que era la que tenía el monopolio del producto. Para
defender los intereses de la compañía, el gobierno británico aprobó la ley del
té, y le permitió vender el producto directamente en América, sin pagar
impuestos, con lo cual podrían ponerlo más barato que el que se vendía de
contrabando. O sea, ¿que los colonos estaban fritos a impuestos, la compañía no
pagaba ni un penique y encima fastidiaba los negocietes montados con el té
holandés? Ni hablar.
El
asunto encendió a comerciantes y contrabandistas que traían el té de Holanda. Y
en mitad de todo este fregado llegaron a Boston tres barcos de la compañía con
cuarenta toneladas de té. Los barcos estuvieron fondeados tres semanas sin
atreverse a descargar, y los bostonianos no hacían más que merodear para evitar
que el té desembarcara. Hasta que se lanzaron.
Cincuenta
hombres disfrazados de indios asaltaron los barcos y allá que te fue el té, al
agua. El episodio no habría pasado de mera anécdota de no haber sido porque
aquel motín, el motín del té en Boston, puso de acuerdo a las colonias para
iniciar la revolución y desembarazarse de Inglaterra. La peor consecuencia fue
que los colonos dejaron de hablar inglés para comenzar a hablar americano.
Suena casi igual, pero con un chicle en la boca.
§.
El juicio de Núremberg
El
juicio de Núremberg fue algo absolutamente extraordinario. Por primera vez en
la historia los vencedores de una guerra iban a juzgar a los vencidos, y ese
proceso comenzó el 20 de noviembre de 1945. Diecisiete naciones se unieron en
un juicio contra el nazismo y sentaron en el banquillo a veintiún máximos
representantes del Tercer Reich. Excluido Hitler, que se quitó de en medio por
su cuenta. Tras nueve meses de juicio, se dictaron once penas de muerte, siete
condenas a prisión y tres absoluciones. Alguno se libró de la horca con un
suicidio a tiempo.
Parece
mentira, pero el juicio de Núremberg se hizo gracias al empeño de Stalin. Si
hubiera sido por Churchill y Roosevelt, los habrían fusilado a todos. Dos años
antes de que acabara la Segunda Guerra Mundial, estos tres personajes firmaron
una declaración tripartita en la que se comprometieron a juzgar a los
criminales nazis en cuanto acabara la barbarie. Y allá va el chiste: Churchill
y Roosevelt, aunque firmaron el acuerdo, eran partidarios de cazar a los nazis
y fusilarlos en el mismo momento, pero Stalin dijo que de eso nada, que en la
Unión Soviética no se ejecutaba a nadie sin juicio previo. Lo dicho, para
partirse.
¿Por
qué se eligió Núremberg? Pues, primero, porque los acusados tenían que ser
juzgados en su propio país y, segundo, porque el palacio de Justicia de
Núremberg era casi el único que seguía en pie de toda Alemania y también el
único edificio capaz de acoger un proceso de tales características. Los nueve
meses que duró el juicio debieron de ser para verlos. Núremberg, sin embargo,
dejó un regusto amargo, porque nunca acabó de entenderse cómo pudo ser parte
activa de aquel proceso la Unión Soviética, un país donde se cometían los
mismos crímenes que se estaban juzgando.
Pero
el juicio de Núremberg sirvió al menos para que Naciones Unidas aprobara que
los crímenes de guerra, contra la paz y la humanidad pudieran ser juzgados en
las personas de sus gobernantes. Lástima que algún país todavía no reconozca al
Tribunal Internacional de La Haya. Estados Unidos juzgó, pero no quiere correr
el riesgo de ser juzgado.
§.
Lunatic Express
Vámonos
a territorios exóticos, a África, al día 20 de diciembre de 1901, cuando los
ingleses finalizaron, aunque no se lo podían creer, el Lunatic Express, un
tendido ferroviario de mil kilómetros que unía Mombassa con el lago Victoria.
¿Y qué tiene de especial este hecho? Pues que su construcción fue demencial,
repleta de tragedias y atravesando territorios inexplorados. Que gracias a la
base de operaciones que se montó para su construcción nació la actual Nairobi,
la capital de Kenia; y lo peor, que durante el tendido del Lunatic Express
nació la leyenda de los leones devoradores de hombres. Se pusieron ciegos.
Inglaterra
se propuso construir un ferrocarril como fuera y cuanto antes, desde Mombassa,
en la orilla del océano Índico, hasta el lago Victoria, en Uganda. ¿Por qué
tanta prisa y tanto interés por abrir una ruta hacia el interior? Porque a
finales del siglo XIX las potencias europeas se estaban repartiendo África. En
el sentido más literal: repartiéndosela. El que primero llegaba a un
territorio, plantaba sus reales y se quedaba con él. Los alemanes ya estaban
construyendo su ferrocarril hacia el interior de África para abrir nuevas rutas
comerciales, y si Inglaterra no reaccionaba se quedaría a verlas venir.
Aquellos
mil kilómetros de tendido fueron un vía crucis. Murieron cientos de
trabajadores, el calor deformaba las traviesas, los cenagales se tragaban los
raíles, había que subir montañas, atravesar desiertos… A los obreros, cuando no
les picaban las moscas tse-tsé les breaban los mosquitos de la malaria, y
cuando no caían fulminados por la disentería, les atacaban los masais.
El
ingeniero jefe, George Whitehouse, no sabía si pegarse un tiro o arrojarse a
los leones, que, por cierto, se comieron a más de doscientos obreros. Cinco
años y siete meses después, aquel 20 de diciembre, el ferrocarril llegó a
destino y a los ingleses ya no hubo quien les tosiera de Uganda a Egipto. El
Lunatic Express aún funciona, pero las cosas han cambiado mucho. Los masais ya
no atacan al extranjero. Ahora le cobran por dejarse hacer fotos.
§.
Leyes de Burgos
Mucho
se tardó, y no es que fuera la panacea contra los maltratados derechos humanos
en la América conquistada, pero fue un primer paso. El 27 de diciembre de 1512
se firmaron en Burgos las treinta y cinco leyes que pretendían proteger a la
población indígena americana de los desmanes españoles. Los indios, unas gentes
que treinta años atrás disfrutaban del derecho de corretear en taparrabos y de
adorar al Sol y la Luna, ahora se deslomaban al servicio de unos señores
blancos y barbudos llegados del otro lado del mar. Y al que se resistía,
latigazo o patíbulo.
Las
Leyes de Burgos, al menos, pusieron un poquito de orden en aquel gran campo de
concentración en el que se había convertido América. Pero estas leyes tuvieron
un precedente que se remontaba a la Navidad del año anterior. El famoso fraile
dominico Antonio de Montesinos, indignado por el trato que recibían los indios,
reunió a los altos funcionarios de la isla de La Española, con el virrey Diego
Colón a la cabeza, y les metió una bronca monumental durante un sermón
dominical. Les dijo: « ¿Cómo los tenéis tan oprimidos y fatigados, sin darles
de comer ni curarlos en sus enfermedades… que los matáis por sacar y adquirir
oro cada día? ¿Con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y
horrible servidumbre a estos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan
detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y
pacíficas?».
Por
supuesto, los españoles se indignaron y exigieron que el fraile se retractara,
pero el dominico plantó cara. Aquel famoso sermón de Montesinos llegó a España
y se dictaron deprisa y corriendo las treinta y cinco Leyes de Burgos que
prohibían abusos tan descarados como hacer trabajar a mujeres embarazadas y que
obligaban a dar sanidad, descanso y alimentación a los indios. Pero había
contrapartidas: si se negaban a ser cristianizados, los españoles podían
utilizar la violencia.
Y
así, poquito a poco, América se hizo católica, apostólica y romana. Aquellas
treinta y cinco leyes que se firmaron el 27 de diciembre fueron las primeras
ordenanzas españolas que llegaron a América. Pero es que antes, sin leyes y sin
españoles, los indios vivían mejor.
§. Y
llegó Mendizábal con las rebajas
Decir
«Desamortización de Mendizábal» recuerda al bachillerato, porque no había curso
en el que no cayera la maldita pregunta en la que había que explayarse con los
bienes de manos muertas y las reformas hacendísticas. Y fue el 19 de febrero de
1836 cuando se promulgó el primero de los dos decretos desamortizadores que
puso en marcha Juan Álvarez Mendizábal. Al que, por cierto, llamaban Juan y
Medio porque era muy alto. La desamortización que impuso Mendizábal no fue ni
la primera ni la última que tuvo España. De hecho, fue la tercera. Antes que
él, Carlos III desamortizó a los jesuitas, y José I Bonaparte también
desamortizó pero poco. Y después de Mendizábal, también desamortizaron el
general Espartero y Pascual Madoz. En total hubo cinco, pero la más importante
y la de mayores consecuencias fue la de Juan y Medio. ¿Por qué desamortizó
Mendizábal? Porque las arcas del Estado estaban tiritando y porque había
infinidad de latifundios improductivos en poder de la Iglesia, los bienes de
manos muertas. Se trataba de que esas propiedades, confiscadas por las bravas,
pasaran al pueblo, a manos que las trabajaran.
Y
aunque la intención era buena, aquella desamortización se gestionó muy mal. Los
bienes pasaron de manos muertas a manos muy espabiladas, porque el Estado no
hizo pequeñas particiones para que el pueblo pudiera adquirir un terrenito,
sino que los terrenos se vendieron en grandes bloques que el ciudadano de a pie
no podía pagar. Es decir, que los latifundios fueron comprados por los
pudientes, así que llovió sobre mojado. Las tierras desamortizadas se las
quedaron la alta burguesía, los nobles y los campesinos más pudientes. El
pueblo, otra vez, se quedó a dos velas.
Por
supuesto, la Iglesia encontró un truco para poner impedimentos a la
desamortización de sus innumerables posesiones: excomulgó a los que las
vendieron y a quienes las compraran. Para algunos la excomunión fue un
inconveniente, pero a otros muchos, la verdad, les dio exactamente igual.
§.
Adiós, Florida, adiós
La
Florida es uno de esos territorios por los que cuando no estábamos a tortas con
los ingleses, nos pegábamos con los franceses y cuando no, con los
estadounidenses. Al final se lo quedaron los de siempre, que además eran los
mejor situados para pelear la península, porque para eso vivían en aquella
parte de América. Los españoles perdimos definitivamente La Florida a favor de
Estados Unidos el 22 de febrero de 1819. Dicen que nos la compraron por cinco
millones de pesos fuertes, pero es mentira. No vimos ni un duro.
Lo
cierto es que Estados Unidos estuvo hábil, porque supo cuándo y cómo
acogotarnos. España estaba hasta las cejas de problemas internos, con Fernando
VII haciendo de las suyas, los liberales dando guerra, las arcas del Estado
temblando… O sea, que el menor de nuestros problemas era una península allende
los mares. Estados Unidos fue poco a poco metiéndose en el territorio y
asentando sus reales, y aunque España nunca entró en guerra, cuando nos
quisimos dar cuenta los yanquis estaban dentro.
El
que se olía lo que se avecinaba era el ministro plenipotenciario de España en
Washington, Luis de Onís, que años antes de 1819 advirtió a las autoridades
coloniales españolas que Estados Unidos iba a ir a por La Florida de cabeza.
Fue un profeta. Aquel 22 de febrero él mismo tuvo que firmar el tratado por el
que nos despedíamos definitivamente de la península. Por eso se llamó el
Tratado Adams-Onís, porque lo firmaron el secretario de Estado estadounidense
John Quincy Adams y Luis de Onís.
La
habilidad de Estados Unidos no terminó aquí, porque el acuerdo era pagar a
España por el terrenito cinco millones de pesos fuertes, pero se sacaron de la
manga que los españoles habían dañado intereses particulares estadounidenses y
que ese dinero se destinaría a indemnizar a los damnificados. Menos mal que al
menos nos dejaron California, Nuevo México, Texas, Utah, Wyoming, Nevada,
Arizona y Colorado. Dio igual, porque al final lo perdimos todo, pero si
hubiéramos conservado Florida al menos no hubieran podido grabar CSI Miami.
§.
El Reichstag, la excusa de Hitler
Le
vino de perlas a Hitler lo que ocurrió el 27 de febrero de 1933. El Reichstag,
el antiguo Parlamento alemán, ardió por los cuatro costados, y aquello fue la
perfecta excusa para emprenderla contra los marxistas. Cierto es que del
incendio se auto inculpó un pirómano loco perdido que además se creía
comunista, con lo cual Hitler vio el cielo abierto. Ya no tenía que esperar
más. A por ellos. El incendio lo provocó un holandés que actuó por su cuenta y
riesgo, pero sólo aquella noche del 11 de febrero acabaron detenidos casi cinco
mil comunistas.
La
alegría que le entró en el cuerpo a Hitler cuando supo que el Reichstag estaba
ardiendo fue tal que aún hoy algunos historiadores sospechan que fueron los
propios nazis los que organizaron toda la operación. En menos de veinticuatro
horas, Hitler puso en marcha la apisonadora nazi con el beneplácito de Paul von
Hindenburg, el presidente de la República, que con ochenta y cinco años dio
claros síntomas de demencia poniendo al frente de la cancillería al Führer.
Estaban todos locos, el presidente, el canciller y el pirómano.
Al
día siguiente del incendio, cuando el Reichstag todavía humeaba, se
suspendieron siete artículos constitucionales. Justo los que aseguraban los
derechos humanos, las libertades de reunión, de asociación, de opinión, de
prensa… Y con todos estos derechos eliminados, Hitler tuvo vía libre para
detener a quien le viniera en gana.
Llevaba
menos de un mes como canciller y ya había puesto Alemania boca abajo. No paraba
de encerrar a gente, todos supuestos comunistas, y como las cárceles no daban
abasto, fue entonces cuando se inventó los campos de concentración. Sólo dos
meses después del incendio del Reichstag había internadas en estos campos
25.000 personas.
Europa
no daba crédito a lo que estaba pasando y tampoco supo ver que a raíz de aquel
hecho nacía, sin tapujos, sin fingimientos, la Alemania nazi que ya no
desaparecería hasta doce años después.
El
presunto autor del incendio del Reichstag, un albañil en paro y claramente
desequilibrado, acabó en la guillotina. Porque no procedía, pero Hitler, le
hubiera puesto un monumento por haberle dado la excusa perfecta.
§.
Las elecciones que perdió Alfonso XIII
País…
que diría Borges. ¿Cómo se pueden convocar unas, aparentemente vulgares
elecciones municipales, no generales, y que de ahí salga, no un triunfo de
izquierdas o de derechas, no liberal o conservador, sino todo un cambio de
régimen? Eso sucedió el 12 de abril de 1931, que los españoles fueron a votar
alcaldes y acabó perdiendo las elecciones el rey Alfonso XIII. Dos días después
se proclamó por arte de birlibirloque la Segunda y, de momento, última
República española.
El
rey tuvo un error de cálculo, porque creyó que organizando primero unas
elecciones municipales los partidos favorables a la monarquía las ganarían, con
lo cual luego sería pan comido triunfar en unas generales. Gran fiasco. Los
monárquicos sólo ganaron en nueve de las cincuenta capitales de provincia.
Estaba claro que España quería la República, y lo que comenzó siendo un intento
para afianzar el trono, acabó convirtiéndose en el paso definitivo para acabar
con la monarquía. Pero este error de Alfonso XIII sólo fue el último de muchos.
Y el primero fue haber aceptado unos años antes, y de forma entusiasta, que un
dictador como Miguel Primo de Rivera, un militar que había dado un golpe de
Estado, ocupara el poder.
Pero
cuando al rey le salieron mal las cuentas con Primo de Rivera, cuando el país
atravesaba una tremenda crisis, social, política y económica, nombró a otro
militar de su confianza para que presidiera un gobierno de transición. Otro
desastre, porque el general Dámaso Berenguer no sabía dirigir un país, sólo
representaba a Alfonso XIII.
El
resultado de aquellas elecciones municipales del 12 de abril lo precipitó todo.
Viva la República, el rey al exilio y a intentar reconstruir un país repleto de
caciques. Los resultados fueron tan desconcertantes que el general Aznar, en
respuesta a un periodista que le preguntó si España podía entrar en crisis tras
el resultado de las municipales, contestó: « ¿Qué más crisis quiere que la de
un país que se acuesta monárquico y se levanta republicano?». Al general se le
notaba muy, muy cabreado.
§.
Constantinopla al garete
El
29 de mayo de 1453 vio la caída de Constantinopla. El fin de lo poco que
quedaba del Imperio romano de Oriente. El fin de Bizancio. O sea, que se fue a
tomar vientos el cristianismo en esa parte del mundo en beneficio de los
otomanos, de los turcos. Es un episodio histórico clave, porque supuso el paso
de la Edad Media a la Edad Moderna y el inicio de una nueva era en la historia
del Mediterráneo. Un capítulo tan fundamental, que no había forma de librarse
de él ni en un solo examen.
Resumir
aquí por qué cayó Constantinopla, la actual Estambul, es del todo imposible,
así que hay que ir a lo fácil. Constantinopla cayó, primero, porque los
otomanos se empeñaron en conquistarla para iniciar la expansión por el
Mediterráneo oriental y, segundo, porque los católicos de Roma y los ortodoxos
griegos perdieron más tiempo en discutir entre ellos por ver quién mandaba más
en Constantinopla que en buscar la unión contra el turco y estar ojo avizor con
la que se les venía encima. También es cierto que los constantinopolitanos
tenían cierta confianza en que las defensas de la ciudad funcionaran, porque lo
llevaban haciendo mil y pico años. Su situación era tan estratégica que la
convertía en inexpugnable.
Por
tierra la defendían los famosos muros teodosianos y un poco más adentro, la
muralla de Constantino; pero es que, además, unas inmensas cadenas impedían la
entrada de barcos enemigos al puerto del Bósforo. ¡Ja! No contaron con la
estrategia turca; una estrategia a lo bestia. Para el ataque por tierra
inventaron un cañón nunca visto y que hizo papilla los muros.
Pero
lo mejor fue cómo se saltaron a la torera los impedimentos para entrar al
puerto. Los turcos sacaron sus barcos del agua y se los llevaron por tierra, a
pulso, al otro lado de las cadenas. La suerte ya estaba echada y sólo entonces
católico-romanos y greco-ortodoxos corrieron a rezar juntos a la basílica de
Santa Sofía. Pero ya era tarde para unir fuerzas y confiar su destino a Dios.
Aquel 29 de mayo la media luna sustituyó a la cruz en todas las iglesias de
Constantinopla.
§.
Juramento del Juego de Pelota
Decir
que el 20 de junio de 1789 se realizó el famoso Juramento del Juego de Pelota
podría hacer pensar a los poco avisados que en el siglo XVIII ya existía la
Eurocopa. Pues no, aunque sí es cierto que aquel día comenzó a jugarse en
Francia el partido del siglo, un derbi que dio la vuelta a la clasificación de
la historia, porque era la fase previa de la Revolución francesa. Al final, el
equipo de cola acabó en cabeza y al rey lo enviaron de farolillo rojo. Luis XVI
llevó tan mal el descenso que acabó perdiendo la cabeza.
Los
Estados Generales existían en Francia desde el siglo XIV, pero hacía ciento
setenta y cinco años que no se reunían porque a los reyes les importaba un pito
lo que decidieran o dejaran de decidir un puñado de súbditos. Luis XVI, sin
embargo, resolvió volver a convocarlos a ver si le echaban un cable con la
crisis hilandera que atravesaba el país, pero se encontró con que una parte de
los diputados se había vuelto respondona.
Los
Estados Generales estaban compuestos por tres estamentos: nobleza, clero y
burguesía. La burguesía tenía más del doble de diputados que los nobles y los
curas juntos, pero a la hora de votar esa mayoría no servía, porque cada
estamento representaba un voto. Como nobleza y clero estaban a partir un piñón,
siempre ganaban por dos a uno.
La
burguesía se cansó de ser el equipo de los tontos y comenzó a dar la matraca
para que el rey y sus amiguetes del clero y la nobleza aceptaran cambiar las
reglas del juego y que cada hombre emitiera un voto. Con este tira y afloja
estuvieron mes y pico reunidos en Versalles, hasta que Luis XVI se hartó y
ordenó clausurar el campo; o sea, la sala donde se reunían los Estados
Generales.
El
tercer estado, los burgueses, dijeron « ¡conque ésas tenemos!», y se fueron a
jugar a otro campo ellos solos. Se encerraron en el pabellón del Juego de
Pelota, donde juraron permanecer aquel 20 de junio hasta redactar de pe a pa
una constitución para Francia. Y lo hicieron. Cuando comenzó a jugarse aquel
partido, en el terreno de juego peloteaban súbditos, pero de aquel campo
salieron ciudadanos. Francia 1, monarquía 0.
§.
Puente aéreo a Berlín
Cuando
el mundo se repartió el control de Alemania tras la Segunda Gran Guerra, a la
Unión Soviética le cayó en suerte la zona noroeste, justo donde está Berlín.
Pero a su vez, también Berlín estaba divida en zonas, una para los soviéticos y
otra para las potencias occidentales. A Stalin, sin embargo, no le venía bien
el apaño. Quería toda Berlín para él. Los berlineses, aunque tenían poco que
decir, no querían a Stalin. ¿Después de deshacerse de Hitler, ahora Stalin? Era
como salir de Málaga para meterse en Malagón. Volvieron sus ojos al mundo libre
y pidieron que no les abandonara a su suerte. Y no les abandonó. El 26 de junio
de 1948 comenzó el puente aéreo a Berlín.
El
asunto es un tanto complejo, porque entra en la órbita de la Guerra Fría,
aquella época en la que nadie pegó un tiro, pero todos se miraban de reojo a
ver quién pegaba el primero. Las potencias occidentales pretendían democratizar
la Alemania que controlaban para que el país comenzara a andar solo y se
recuperara económicamente. Y en este proyecto incluyeron a Berlín, puesto que
gran parte de la ciudad estaba también bajo control occidental.
Pero
Stalin estaba enrabietado. A ver por qué tenía que meter nadie las narices en
Berlín, cuando Berlín estaba en el pedazo de Alemania que le tocó a él. Así que
Stalin bloqueó la ciudad por tierra y agua para que los suministros no pudieran
llegar desde Alemania del oeste. Los berlineses quedaron aislados,
desasistidos. Ése era el plan de Stalin para que los ciudadanos acabaran
rendidos por el hambre y la necesidad, cayeran en brazos soviéticos y se
olvidaran del cochino capitalismo.
Pero
hubo algo que escapó al control de Stalin: el aire. Estados Unidos, con ayuda
británica, utilizó tres pasillos aéreos desde Bromen, Hannover y Fráncfort y
estableció «el puente aéreo de la libertad». Durante once meses un constante ir
y venir de aviones repletos de suministros descargaron mercancías en los
aeropuertos berlineses bajo control occidental. Aquello fue una sangría de
dinero y de esfuerzo humano, pero Berlín resistió y mereció la pena ver cómo a
Stalin se le congeló la sonrisa en plena Guerra Fría.
§.
La Noche Triste
La
que tenían montada la noche del 30 de junio de 1520 las tropas de Hernán Cortés
y los súbditos de Moctezuma. Luchaban a brazo partido en las afueras de
Tenochtitlán. Los españoles y sus aliados intentando huir, y los aztecas
empeñados en matarlos a todos para que no volvieran. Fue la famosa Noche
Triste, la que comenzó el 30 de junio y no terminó hasta la madrugada del 1 de
julio. Pasado lo peor, en el camino de Tacuba, Hernán Cortés se recostó en un
árbol y lloró como un crío.
Las
cosas estaban más o menos calmadas con los aztecas, siempre teniendo en cuenta
que los españoles habían invadido el imperio y que tenían prisionero a
Moctezuma. Pero bueno, ahí estaban. Calma tensa, que se dice. A Hernán Cortés,
sin embargo, se le abrió un frente inesperado y tuvo que ausentarse un par de
meses de Tenochtitlán. Resulta que el conquistador extremeño, cuando desembarcó
en México, llevaba orden de explorar, sólo de explorar nuevas tierras, no de
conquistar. Como él llegó y conquistó, su jefe, Diego de Velázquez, envió
tropas desde Cuba para darle un escarmiento. Cortés salió al encuentro de sus
camaradas españoles y dejó a un manazas a cargo de Tenochtitlán hasta su
vuelta, a Pedro de Alvarado.
Qué
liaría este hombre, que durante la ausencia de Cortés cabreó a los aztecas más
de lo que estaban, ejecutó a varios, provocó que en la refriega muriera
Moctezuma y que al final la cosa se liara de mala manera. Cuando Cortés
regresó, se encontró Tenochtitlán boca abajo, y dijo mejor nos vamos sin que se
enteren, y ya volveremos en mejor ocasión. Pero en los planes aztecas estaba
que los españoles y sus aliados no regresaran nunca. Les montaron una emboscada
durante su disimulada retirada, y allí fue masacrado el 80 por ciento de la
expedición de Cortés, cuatrocientos españoles, además de cinco mil indios
aliados y casi todos los caballos.
La
Noche Triste de los españoles fue la más feliz de los aztecas. Por eso un árbol
engullido ahora por la mastodóntica Ciudad de México recuerda hoy el lugar
donde Cortés lloró la masacre. Aunque luego se secó las lágrimas y volvió a por
ellos.
§.
Arde Roma
Una
tórrida noche de verano, en las tiendas que rodeaban el Circo Máximo de Roma,
aquel por el que correteaban los aurigas ante doscientos cincuenta mil
espectadores, se declaró un incendio. Era uno más de los que se producían en
los barrios populosos de la ciudad imperial, pero el de aquella madrugada del
19 de julio del año 64 no hubo quién lo parara. Las callejuelas estrechas, las
casas hacinadas y el fuerte calor propagaron las llamas a una velocidad
endiablada. Roma ardió por los cuatro costados. ¿Fue Nerón? Pues ni sí ni no ni
todo lo contrario.
Como
culpar a Nerón del incendio de Roma es lo fácil, mejor acudir a las fuentes
documentales. Tres cronistas contemporáneos sitúan a Nerón en lugares distintos
la noche del incendio, y según de qué pie cojeara cada informador señalaba o no
al locuelo emperador como el pirómano. Parece cierto que Nerón estaba fuera de
Roma cuando se declaró el incendio y que de inmediato regresó a la ciudad para
comprobar cómo ardía incluso su villa palaciega, luego no parece muy sensato
afirmar que él provocó el incendio.
Otra
cosa es que, una vez en Roma, Nerón, a la vista del espectáculo, sacara su lira
y soltara unos gorgoritos, pero esto entraba dentro de lo previsible, porque
estaba como una regadera. Dicen que cantó, mal, muy mal, los versos que
emulaban la destrucción de Troya.
Ahora
bien, lo que sí es posible, a decir del historiador Tácito, es que Nerón fuera
responsable de un segundo foco del incendio. El primero arrasó parte de Roma
durante seis días consecutivos, pero cuando fue controlado, el incendio se
reprodujo en otra zona de la ciudad, con lo cual terminó de quemarse lo poco
que quedaba. ¿Qué interés pudo tener Nerón en terminar de arrasar Roma? Pues
reconstruirla a su gusto, con calles anchas, fuentes, edificios porticados y
grandes espacios. Y eso fue lo que hizo.
Es
cierto que Roma mejoró mucho, pero sobre todo mejoro el pisito de Nerón, porque
se hizo una pequeña villa de recreo de medio millón de metros cuadrados. A los
romanos, sin embargo, no les gustó la nueva ciudad. Decían que las calles
estrechas guardaban mejor el fresquito. Nunca arde a gusto de todos.
§.
El incidente del equinoccio de otoño
Faltó
el canto de un duro para que el mundo se enfrascara el 26 de septiembre de 1983
en una guerra nuclear. Un satélite ruso detectó el lanzamiento de cinco misiles
balísticos estadounidenses hacia territorio soviético. Sólo la prudencia del
oficial Stanislav Petrov, un técnico informático que usaba la cabeza para algo
más que para rellenar la gorra de plato, evitó que comenzaran a volar misiles
intercontinentales sobre nuestras cabezas. Aquello se conoció como el incidente
del equinoccio de otoño.
La
mala pasada la jugaron los fenómenos astronómicos, porque coincidió una extraña
conjunción de la Tierra, el Sol y la red de satélites rusos que, mezclada con
el equinoccio de otoño, tuvo como consecuencia que se detectaran una serie de
señales térmicas que daban a entender que los yanquis estaban lanzando misiles.
Pero el oficial Petrov pensó para sus adentros: «Qué país empieza una guerra
nuclear con sólo cinco misiles. Mucho menos Estados Unidos, que tiene miles.
Algo falla. Si en veinte minutos no impacta nada en territorio soviético, esto
es una falsa alarma». Y lo era. Estados Unidos no había lanzado misil alguno, y
la Guerra Fría continuó siendo eso, fría.
Stanislav
Petrov fue quizás el héroe del siglo XX, pero pagó cara su sensatez. El
protocolo del centro soviético de inteligencia militar obligaba a dar la alarma
de inmediato para, también de inmediato, iniciar el contraataque. Petrov no
dijo nada a nadie, porque si comunicaba la emergencia, sabía que se iba a liar.
Y ahora viene la parte absurda: el alto mando soviético amonestó al oficial y
lo relegó a puestos inferiores por pensar por su cuenta.
Menos
mal que en 2006 Naciones Unidas felicitó públicamente a Petrov, hoy retirado
del ejército, por haber empleado la genuina inteligencia militar, términos
antagónicos casi siempre, pero que tuvieron sentido aquel 26 de septiembre de
1983. Porque se mascó la tragedia.
§.
«España ha dejado de ser católica»
Aquel
13 de octubre de 1931 se presentaba calentito en el Congreso de los Diputados.
Se debatía el proyecto de la Constitución de la Segunda República, y en la
sesión de la tarde se aprobó el título preliminar, aquel que decía «El Estado
español no tiene religión oficial». La bronca vino después, cuando hubo que
discutir sobre las medidas específicas para que España fuera laica. Fue cuando
Manuel Azaña soltó su perla más famosa: «España ha dejado de ser católica».
Algunos diputados sacaron hasta las pistolas.
Quizás
no se eligió un buen momento para debatir asunto tan espinoso, porque aquel día
era martes y 13. El tiempo ha demostrado que la frase de Azaña era consecuente
con el contexto en el que se pronunció, porque la sentencia tenía todo su
sentido. Si el Congreso había aprobado que el Estado no tuviera religión
oficial, en ello iba implícito que España ya no era, oficialmente, católica.
Otra cosa es que muchos españoles lo fueran, pero no España como nación.
Aunque
más que la implantación del laicismo, aquello fue la revolución. El presidente
del Gobierno, Niceto Alcalá Zamora, católico practicante, amenazó con dimitir
si se aprobaban en la Constitución asuntos como la eliminación del presupuesto
destinado al clero, la disolución de algunas órdenes religiosas y la
prohibición de que ejercieran la industria, el comercio y la enseñanza. Manuel
Azaña montó un revuelo tremendo con su discurso de defensa de estas premisas.
Hubo mucha bulla, los diputados arreaban collejas a los de los escaños de más
abajo y algunos tiraron de su arma.
Al
final, las propuestas de Azaña fueron aprobadas por 178 votos a favor y 59 en
contra, Niceto Alcalá Zamora cumplió su amenaza de dimitir, y aquel discurso de
Azaña y su frase «España ha dejado de ser católica» pasaron a los anales del
Congreso.
§.
En un tris por culpa de los misiles
El
mundo estuvo en un tris de enfrascarse en otra guerra hace cuatro décadas por
un quítame allá esos misiles. El 22 de octubre de 1962 John Fitzgerald Kennedy,
trigésimo quinto presidente estadounidense, se plantó delante de una cámara y
lanzó un mensaje televisado a la nación, aunque en realidad el recado iba para
los soviéticos. Estuvo diecisiete minutos hablando y anunció el bloqueo naval a
Cuba para impedir que la Unión Soviética continuara instalando petardos
atómicos en la isla. El mundo pensó, ya está, ya la tenemos otra vez liada.
Sólo
unos días antes, aviones espías estadounidenses habían fotografiado unas
extrañas instalaciones en Cuba. Cuando las estudiaron de cerca, dijeron,
carallo, si son misiles soviéticos. Y a sólo cien kilómetros de Florida.
Nikita
Kruschev había prometido a su reciente amigo y aliado Fidel Castro protegerle
ante un eventual ataque yanqui; hombre, y ya de paso, la Unión Soviética podría
instalar armamento en las mismas narices de su mayor enemigo. Pero Estados
Unidos se percató de la maniobra y decidió bloquear la isla para impedir que
llegaran más misiles. Kennedy, además, les dijo a los soviéticos que ya se
estaban llevando los instalados. Y rapidito.
Nikita
Kruschev dijo que ni en broma. Que los barcos rusos seguirían pasando y que no
permitirían registro alguno en sus buques porque a los estadounidenses no les
importaba si llevaban a Cuba ositos de peluche o misiles. Pero, al final, la
Unión Soviética se arrugó. Pese al desplante de Kruschev, los barcos soviéticos
cambiaron de ruta o regresaron a la espera de que volviera la calma. Kennedy y
Kruschev se sentaron a negociar: Kennedy juró no invadir Cuba; el soviético
prometió desmantelar los misiles, y los dos acordaron no contar nada hasta
pasados seis meses para que nadie se enterara de la bajada de pantalones
soviética. El mundo respiró y Fidel Castro se agarró un mosqueo de órdago.
§.
Primer sufragio universal en España
El
22 de diciembre de 1933 las mujeres votaron por primera vez en España. Pero
esto es una verdad a medias. En realidad, las mujeres votaron por segunda vez,
porque ese día se celebró la segunda vuelta de las elecciones generales durante
la Segunda República. La primera vuelta había sido el 19 de noviembre, y el
triunfo de la derecha fue tan incontestable que se podrían haber ahorrado la
segunda. ¿Quién tuvo la culpa de que perdiera la izquierda? Pues según los
sesudos analistas y tertulianos de la época, las mujeres. Y se quedaron tan
anchos.
Éste
era el mayor temor de la izquierda desde que en 1931 se aprobara en Cortes el
sufragio universal, porque las mujeres representaban más de la mitad del censo:
seis millones de votos. En octubre de 2006 se celebró el 75 aniversario del
famoso debate parlamentario entre dos mujeres de izquierdas, Clara Campoamor y
Victoria Kent. La primera defendió el voto femenino y la segunda lo rechazaba
porque, como las mujeres estaban engullidas por un exagerado espíritu católico,
darían su voto a la derecha. Pero al final se aprobó, las mujeres votaron y la
izquierda perdió.
Como
siempre es bueno que haya un niño al lado para echarle la culpa, la izquierda
señaló a las mujeres como culpables de su derrota. Pero si las mujeres se
hubieran quedado en la cocina, la izquierda también habría perdido. Las razones
del desastre fueron otras.
La
izquierda se dispersó tanto, que su presencia en las Cortes quedó también
desperdigada. Los de la Izquierda Republicana, por un lado; los socialistas,
por otro; y por otro distinto, los radicales. Los federales por su lado, y por
el suyo los radical-socialistas. El PCE a su bola, y mucho más a la suya los
anarcosindicalistas. Enfrente, sin embargo, tenían a una derecha organizada en
torno a la CEDA, la Confederación Española de Derechas Autónomas, y también
perfectamente aglutinados los veintinueve partidos agrarios conservadores.
Era
una cuestión de organización que les permitió aprovecharse de que la izquierda
estaba a la greña. La desmesurada legislación anticlerical y la crisis
económica del país completaron el desastre. Pero la culpa, por supuesto, fue de
las mujeres.
§.
Los cimientos del Congreso
Cuánto
monarca veleta ha pasado por España. Hacía muy pocos años que Fernando VII
había estado rebanando el pescuezo a todo el que gritara « ¡Viva la
Constitución!», cuando la hija hizo borrón y cuenta nueva y se lanzó a
inaugurar el foro del pueblo: el 10 de octubre de 1843 una pipiola Isabel II
puso la primera piedra del Congreso de los Diputados.
Cuatro
mil invitados acudieron a la puesta de aquella primera piedra y, por allí
abajo, por los cimientos de la Carrera de San Jerónimo debe de andar la caja de
plomo que se enterró con varias monedas, un ejemplar de la Constitución de
1837, los periódicos del día y la paleta de plata con que la reina había
volcado el primer cemento. En la paleta iba inscrita la siguiente frase: «Doña
Isabel II, Reina Constitucional de las Españas, usó esta paleta en el solemne
acto de asentar con sus reales manos la primera piedra del Congreso: 10 de
octubre de 1843, cumpleaños de Su Majestad». Porque aquel día, Isabel II
cumplía trece añitos.
El
anecdotario parlamentario ha dado tanto juego que es imposible seleccionar
alguna genialidad protagonizada por oradores irrepetibles. Pero allá va alguna.
Una ocasión en la que José María Gil Robles estaba en uso de la palabra, un
diputado le gritó desde su escaño: «Su señoría es de los que aún usan
calzoncillos de seda». Gil Robles replicó: «Desconocía que la esposa de su
señoría fuera tan indiscreta». O esta otra, cuando el diputado Ortega y Gasset
subió al estrado para dar uno de sus sesudos discursos, en el hemiciclo se oyó
la voz de Indalecio Prieto que decía: «Atención, habla la masa encefálica». O
cuando un presidente de la Mesa le dio la Valparda al diputado Palabra.
Cuánta
historia ha pasado por el Congreso y cuánto mérito tienen sólo los que se han
sentado en épocas democráticas. Y esto se lo dejó muy claro el torero Joselito
a Antonio Maura. Maura no sabía de qué hablar con el maestro porque no entendía
de toros y sólo acertó a decir: «Pues ya es arriesgado su oficio…»; a lo que el
torero contestó: «Pues anda que el suyo».
Capítulo
3
A
vueltas con el arte
Contenido:
§.
Una dama ilicitana en entredicho
§.
La juerga del Ulises
§.
La Traviata y el tiquismiquis de Verdi
§.
La Gioconda, italiana pese a quien pese
§.
El Ermitage, de los zares para la plebe
§.
Un pedrusco de 3.106 quilates
§.
23-F: el golpe de Gutenberg
§.
El Juicio Final en pelotas
§.
El privilegio de la segunda parte del Quijote
§.
Idas y venidas del calendario azteca
§.
Las claves de la Piedra de Rosetta
§.
El regalo de cumpleaños de Ana Frank
§.
Petardazo al Partenón
§.
Guerreros de terracota y de pacotilla
§.
Felipe V, Borbón y censor
§.
Cómo birlar una Venus en Milo
§.
El gótico: y se hizo la luz
§.
Una dama ilicitana en entredicho
La
Dama de Elche siempre está de actualidad. Cuando no es porque la encuentran, es
porque la venden; cuando no, porque la llevan y, si no, porque la traen. Pero
ha llegado a ser noticia en alguna ocasión hasta por cosas que no le han
pasado… Como aquella vez, cuando se le adjudicó ser víctima de un robo que
jamás existió. Ocurrió el 10 de noviembre de 1906, en el Museo del Louvre de
París. Alguna enciclopedia, de esas que supuestamente se actualizan cada dos
por tres, aún hoy recuerda la efeméride como cierta. Pero no. El único robo que
sufrió la Dama de Elche fue al estilo diplomático.
En
1898 unos franceses que daban vueltas por España para ampliar los fondos del
Louvre se enteraron de que un agricultor que andaba plantando alfalfa había
desenterrado en Elche una pieza ibérica inigualable a la que España no le hizo
el menor caso. Los franceses le dieron cuatro mil francos al agricultor, el
agricultor siguió sembrando alfalfa un poco más feliz y la pieza se fue camino
de París. La Dama habló francés hasta 1941.
En
1906 un aventurero belga con ansias de protagonismo robó del Louvre dos
estatuillas ibéricas, y una de ellas, aunque muy pequeñita, se daba un aire a
la Dama de Elche. De hecho se la conocía como «Cabeza femenina con trenzas
enrolladas». Algunos periódicos recogieron la noticia y titularon «Robada La
Dama de Elche del Louvre». Y ahí se armó el entuerto, pero la buena mujer
ilicitana de rodetes en las orejas seguía en su sitio. Aquel robo del 10 de
noviembre en el Louvre trajo mucha cola. Primero, porque dejó al descubierto la
pésima seguridad del museo y, segundo, porque Picasso y su amigo el poeta
Apollinaire compraron el material robado que años después tuvieron que
devolver. Esa era la verdadera noticia.
La
Dama de Elche luce palmito en el Museo Arqueológico de Madrid, y la última vez
que salió de paseo fue en 2006 para viajar a su tierra y permanecer allí
durante seis meses. Y aprovechando la circunstancia, conviene enderezar un
entuerto más: aquel viaje a Elche, que casi todos los medios titularon como «La
Dama regresa a casa cien años después de su hallazgo», no fue el primero.
La
Dama fue a Elche desde el Museo del Prado en el año 1965, pero no se pierdan
cómo: dentro de una caja de madera, en un Citroën destartalado y custodiada por
dos guardias civiles. En 2006, la Dama fue y volvió en furgón blindado,
escoltada por Policía Nacional y Benemérita; en un embalaje isotérmico con
materiales de PH neutro y sondas de medición de humedad, temperatura e impacto.
O nos pasamos, o no llegamos.
§.
La juerga del Ulises
Según
los puritanos, el Ulises de Joyce era obsceno e irreverente. Una guarrería de
novela en la que se habla sin tapujos de todos los aspectos de la vida, la
ciencia, los problemas raciales, los religiosos, los familiares… La primera
edición completa del Ulises tuvo que editarse en París, y como los tipógrafos
franceses se manejaban mal con el inglés, salió plagada de erratas. Dio igual,
el éxito no tuvo precedentes. Si aún no lo han leído, cojan carrerilla, porque
el Ulises tiene mil páginas.
La
novela narra un día, el 16 de junio de 1904, en la vida de Leopold Bloom. La
repercusión de la obra es tal, que todos los años desde 1954, cada 16 de junio,
dublineses y turistas se echan a la calle para hacer el mismo recorrido que
hizo por tabernas y bares el protagonista de Ulises. Celebran el Bloomsday.
Los
más ortodoxos se visten de época y comienzan haciendo el mismo desayuno que
Leopold Bloom toma en la novela: una taza de té, una rebanada de pan con
mantequilla y un riñón a la plancha, pero muchos bares de Dublín sustituyen el
riñón por salchichas y beicon, porque si no, no hay quien desayune.
El
Bloomsday continúa luego con tentempié, almuerzo, cena… todo ello regado con
varias pintas de Guinness, con lo cual es fácil imaginar que la fiesta termina
de aquella manera en la madrugada del día siguiente. Pero lo que también
celebran los dublineses cada año es el éxito de James Joyce sobre la
hipocresía, las convenciones sociales y el puritanismo. El triunfo de la
libertad de imprenta. Pues eso, que viva la Constitución.
§.
La Traviata y el tiquismiquis de Verdi
Menudo
enfado el que se agarró el gran Giuseppe Verdi aquel 6 de marzo de 1853.
Estrenó La Traviata y a sus ojos resultó un absoluto fiasco. Así ha pasado a la
historia, como el día en que se estrelló la que ahora es la ópera más
representada y conocida del mundo. Pero ¿por qué aquel 6 de marzo pasó a la
historia La Traviata como un estrepitoso fracaso, si Verdi tuvo que salir
varias veces a saludar al público y a la crítica puestos en pie? Pues porque a
él no le gustó.
Al
día siguiente del estreno en el teatro La Fenice de Venecia, Verdi escribió
varias cartas, todas en el mismo tono: «La Traviata ha sido un fiasco; un
fracaso, un auténtico fracaso». Y como ésta fue la sensación del compositor,
así ha quedado para los restos.
Pero
La Traviata no fracasó, sólo ocurrió que no tuvo los mejores cantantes, ni los
mejores músicos, pero el libreto y la composición eran inmejorables. El guión
de La Traviata está basado en La dama de las camelias, y el personaje
principal, en Alphonsine Plessis, aquella joven de moral distraída que murió de
tuberculosis e inspiró a Alejandro Dumas hijo para escribir la obra. De hecho,
traviata significa eso, mujer disipada… una perdida.
Y
precisamente Verdi vivía una situación personal parecida, porque por entonces
estaba liado con una traviata, con Giusseppina Strepponi, una soprano retirada
que había tenido cuatro hijos de otros tantos padres y todos abandonados en
hospicios. Los hijos, no los padres. Con la ópera La Traviata, Verdi pretendió
hacer una defensa de la que acabaría siendo su segunda esposa y terminar con
los ataques que recibía por aquella relación. Quiso trasladar unas emociones
que no llegaron como él quiso que llegaran, pero de ahí a considerar el estreno
un fracaso iba no un abismo, si no dos.
A
Verdi no le gustó su obra porque los cantantes no transmitieron lo que él
pretendió, pero el público vio en la obra uno de los mayores éxitos del
compositor. ¿Cómo iba a ser un fracaso si el teatro estuvo a reventar durante
las diez representaciones programadas en Venecia? Está claro que Verdi era un
tiquismiquis, porque hasta quienes sólo escuchan heavy metal saben tararear eso
de «Libiamo, libiamo…».
§.
La Gioconda, italiana pese a quien pese
Es
el cuadro más valorado del mundo, el más estudiado, sobre el que más tonterías
se han dicho, el más enigmático y el más difícil de admirar por los codazos de
los turistas. Y La Gioconda también es el más difícil de robar, al menos ahora.
En 1911 lo birlaron, pero dos años después, el 12 de diciembre de 1913, la Mona
Lisa fue recuperada en Florencia con la sonrisa puesta.
El
autor del robo fue el italiano Vincenzo Peruggia, un carpintero del Louvre que
salió tan pancho del museo con la tabla debajo de su bata de trabajo. Lo hizo
por patriotismo. Si don Leonardo era italiano, si la dama era italiana y si el
cuadro se pintó en Italia, ¿qué diablos hacía La Gioconda en París?
Peruggia
fue el autor material del robo, pero el cabeza pensante fue un argentino que
enredó al italiano diciéndole que el único interés del escamoteo estaba en
devolver La Gioconda a su país de origen. El carpintero picó, pero el objetivo
del argentino era otro. Porque, previo al robo, había encargado a un virtuoso
de la falsificación seis Giocondas, de tal manera que cuando el italiano
consumó el robo, el argentino vendió las seis copias a distintos magnates
haciéndoles creer que compraban la auténtica, la robada. La jugada fue redonda,
porque el argentino se embolsó 60 millones de dólares y los que habían comprado
las seis falsas Giocondas no pudieron denunciarle.
El
cuadro lo han estudiado psiquiatras, neurobiólogos, oftalmólogos,
otorrinolaringólogos, cirujanos plásticos y odontólogos… y cada uno saca sus
propias conclusiones. Los odontólogos dicen que la Gioconda parece que sonríe
porque la modelo padecía bruxismo, esa patología que te hace apretar los
dientes involuntariamente; los oftalmólogos dicen que no sonríe, que sólo es
una ilusión óptica de la visión periférica cuando el espectador mira a
cualquier parte del cuadro menos a la boca; los ginecólogos apuestan a que sí
sonríe, pero porque estaba embarazada… Y si entramos en la identidad de la
modelo, las teorías se disparan. Según unos, fue la esposa de un comerciante
toscano; según otros, una amante de Leonardo, y otros dicen que era el propio
Leonardo travestido y afeitado. Y justo aquí se desmontaría la hipótesis del
embarazo. La Gioconda disfruta hoy de una sala enorme y exclusiva, iluminación
especial, vitrina con climatización propia y un cristal antibalas, casi
antimisiles. Si Mona Lisa aún sonríe, ya es bastante.
§.
El Ermitage, de los zares para la plebe
El
famosísimo Museo del Ermitage, en San Petersburgo (Rusia), uno de los más
importantes del mundo, ahora es eso, museo, pero nació con pretensiones de
colección privada para ser contemplada sólo por ojos imperiales; ya saben,
zares, zarinas y amiguetes. Pero el 5 de febrero de 1852 el zar Nicolás I
declaró el Ermitage museo estatal y tuvo la deferencia de abrir una puerta para
que entrara el público. Ojo, no cualquier público. Sólo nobles. Pero bueno, fue
un primer paso. La plebe tenía vetada la entrada, pero hay que entenderlo,
porque en San Petersburgo había tanta miseria y tanta hambre fuera de los
palacios imperiales, que si un pobre llega a ver un bodegón de Rembrandt, se lo
come.
La
primera que comenzó a coleccionar arte a golpe de talonario fue Catalina la
Grande, emperatriz de todas las Rusias, en 1764. Coleccionaba arte con el mismo
desparpajo que coleccionaba amantes. Ella iba de ilustrada por la vida, de
déspota ilustrada, y quiso llenar el palacio de Invierno de San Petersburgo, su
residencia, sobre todo de pinturas. Y lo hizo. Sólo en el comedor colgó noventa
y dos cuadros. Las pinturas las compraba de doscientas en doscientas. Obras de
Rafael, de Da Vinci, de Murillo, de Rubens, de Velázquez… Luego comenzó a
interesarse por las antigüedades griegas, romanas y renacentistas. Y así,
tacita a tacita, se fue decorando su choza.
Sus
sucesores continuaron con la costumbre, hasta que a mediados del XIX se puso de
moda en Europa la creación de museos estatales, y Rusia, que no quería ir a la
zaga de la modernidad europea, también se propuso presumir de uno. Nació
entonces el Museo del Ermitage, considerado hoy la pinacoteca más importante
del mundo junto con el Museo del Prado.
Pero
sus fondos se ampliaron con monedas, muebles, piezas prehistóricas, joyas, arte
oriental, armas… porque la revolución rusa nacionalizó todos los palacios de la
aristocracia, y obra que se quedaba el Estado, obra que engrosaba las
colecciones del Ermitage. Ahora sus fondos cuentan con tres millones de piezas,
y la buena noticia es que las pueden ver reyes, siervos y hasta turistas.
§.
Un pedrusco de 3.106 quilates
El
diamante en bruto más grande de la historia salió a la luz en una mina de
Pretoria, en Sudáfrica, el 25 de enero de 1905. Un pedrusco como no se ha
vuelto a ver otro y al que bautizaron como Cullinan. Pesaba 3.106 quilates, es
decir, 680 gramos. Imposible colgárselo al cuello sin sufrir una lesión
cervical crónica. Imposible también venderlo porque nadie tenía dinero para
comprar más de medio kilo de joya. En resumen, el diamante más grande del mundo
sólo trajo problemas.
Los
dueños de la mina al principio estaban encantados, pero se les desinflaron los
ánimos después de dos años intentando vender el diamante en Londres. Todo el
mundo admiraba aquel prodigio de mineral; todos lo deseaban, pero nadie
aflojaba los cuartos. Al final se buscó una salida diplomática: el gobierno de
Transvaal, una de las provincias sudafricanas de entonces, compró la piedra por
150.000 libras y se la regaló al rey Eduardo VII el día que cumplió sesenta y
seis años. Siempre llueve sobre mojado. Pero ni siquiera el rey de Inglaterra
quería una joya de semejante tamaño, así que se la entregó a Robert Asscher, el
mejor tallador holandés, para que pensara qué hacer con olla. Como la
orfebrería es un arte que requiere paciencia, seis meses estuvieron dándole
vueltas.
Del
Cullinan salieron muchos diamantes, pero tres especialmente gordos. Lo
interesante, sin embargo, es saber dónde están ahora. Cuando vean a la reina de
Inglaterra, a doña Isabel II, con el cetro en la mano en algún acto de esos tan
solemnes que se montan los británicos, fíjense en la cabeza del cetro: ahí está
lo más gordo que queda del Cullinan. E inmediatamente después de mirar el
cetro, miren la corona y verán que a la altura de la frente, en el centro, está
el Estrella de África II. Y cuando vean a la reina en actos menos solemnes, más
de prêt à porter, miren a la altura de su hombro izquierdo. Si ven un pedazo de
pedrusco con forma de pera, estarán viendo el tercer pedazo del Cullinan.
La
familia real inglesa lleva las joyas con tanta soltura, que a las piezas hechas
con el Cullinan las llaman «las lascas de la abuela». Marilyn las llamaba los
mejores amigos de las chicas
§.
23-F: el golpe de Gutenberg
El
23-F es una jornada que todos deberíamos guardar en la memoria, porque ese día,
el 23 de febrero de 1455, Johannes Gutenberg comenzó a imprimir el primer libro
de la historia. La imprenta empezó a funcionar y no ha parado desde hace
quinientos y pico años para gozo de editoriales, libreros y lectores. Los
autores también gozan, pero menos.
Gutenberg
decidió que el primer libro que saldría de su infernal máquina sería la Biblia.
El proceso fue lento, porque tardó cinco años en imprimir 180 biblias de 1.282
páginas cada una. Cada página llevaba dos columnas de 42 renglones, por eso se
llamó «la Biblia de las 42 líneas» o «Biblia de Mazzarino», porque el primer
ejemplar que se descubrió estaba en la colección del político francés Giulio
Mazzarino.
Luego
han venido las controversias. Que si Gutenberg no fue el primero, que si otros
habían descubierto la imprenta antes que él, que si la Biblia tampoco fue el
primer libro en ser impreso con técnicas tipográficas… Pero ya que nos han
machacado a todos en la escuela con Gutenberg y que su invento caía cada dos
por tres en los exámenes, mejor creer que él fue el primero.
Y
como la ciencia avanza que es una barbaridad, resulta que ya no hace falta una
imprenta para leer un libro, aunque Gutenberg siempre esté en el recuerdo. En
el año 1971, Michael Hart desarrolló el Proyecto Gutenberg aprovechando el
tirón que se le adivinaba a Internet, y que consistía en crear una biblioteca
de libros electrónicos gratuitos que previamente existían en papel.
Evidentemente,
son libros que no tienen derechos de autor, porque si no los escritores
morirían de inanición. En el Proyecto Gutenberg ya hay recogidos 20.000 libros,
pero lo malo es que están todos en inglés. Menos mal que en España está la
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, que ya tiene a disposición de quien
quiera leerlos 11.000 libros de autores en español. Si Gutenberg levantara la
cabeza no creo yo que le hiciera mucha gracia que Internet le esté comiendo
terreno a su magnífica imprenta. Con el trabajo que le costó… Y total, para
morir arruinado.
§.
El Juicio Final en pelotas
Menuda
polvareda se levantó en Roma el 24 de diciembre de 1541. Cuando Miguel Ángel
descubrió El Juicio Final, pintado en la pared del altar de la Capilla Sixtina,
lo más suave que se oyó es «a este tipo se le ha ido la cabeza». Todos los
protagonistas del Antiguo y el Nuevo Testamento estaban en pelotas y con todas
sus cositas puestas. Gestos crispados, escenas caóticas, miedo, espanto… Si eso
era lo que le esperaba a un cristiano, mejor hacerse musulmán.
El
Juicio Final era un festival de testículos, culos y posturas obscenas, y esto,
en la Roma del siglo XVI, dejó a algún cardenal infartado. Dónde había quedado
aquella armonía de las figuras que Miguel Ángel había pintado veinte años antes
en la bóveda de la Capilla Sixtina. Pues se había quedado en el camino. Miguel
Ángel era ya muy mayor, más pesimista, estaba de vuelta de todo, había tratado
hasta con diez papas distintos y volcó todo su genio en aquel fresco convulso y
caótico. Porque Miguel Ángel iba a su bola, y quien lo contratara ya sabía a lo
que se exponía.
En
El Juicio Final Miguel Ángel dio la vuelta a los cánones establecidos. Los
ángeles carecen de alas, los apóstoles tienen cara de mala leche, las
matriarcas de Israel están con los pechos fuera y Jesucristo, sin barba y muy
joven, hace un gesto a todos como diciendo «dejadme en paz». Y todo ello en el
Vaticano.
A
Miguel Ángel casi se lo comen, pero le dio igual. Es más, a todo aquel que le
atacó mientras pintaba, lo plantó en su obra en postura comprometida: el rostro
de un alto cargo de la curia vaticana lo puso representando a Minos, el juez
del averno, con una serpiente mordiéndole el pene. De lo que no se libró Miguel
Ángel, aunque al menos no llegó a verlo, fue que el Vaticano ordenara a un
pintor tapar culos y genitales con trapitos y calzones. El repintador pasó a la
historia como Il Braghettone. Triste curriculum artístico ponerle bragas a El
Juicio Final.
§.
El privilegio de la segunda parte del Quijote
Felipe
III no ha pasado a la historia por ser un rey lumbreras, pero al César lo que
es del César: el día 30 de marzo de 1615 firmó el privilegio real de impresión
para que Cervantes pudiera publicar la segunda parte del Quijote. Pero ojito,
que Felipe III no se leyó el segundo libro del Quijote para dar su beneplácito
de impresión; encargó a otro que lo hiciera y firmara la autorización en su
nombre. Esto era lo habitual, y menos mal que así era, porque, dada la
capacidad intelectual de Felipe III, no habría pasado de la primera página y
Cervantes se habría muerto sin verlo publicado.
Conseguir
el privilegio de impresión para un libro era un calvario para el autor. No es
como ahora, que el escritor entrega su obra a la editorial, la editorial la
imprime, la distribuye, la promociona (a veces) y la vende. Antes no. Antes,
Cervantes, como todos, tuvo que entregar la segunda parte de su manuscrito a
dos grupos de censores, el Consejo Real de Castilla y el vicario de la villa de
Madrid. El Consejo, a su vez, se lo pasó a un censor, que aprobó su publicación
porque en el libro no había cosa indigna de un cristiano ni nada que ofendiera
a la decencia.
El
vicario de Madrid tampoco se leyó el libro. Se lo pasó al capellán del
arzobispo de Toledo, y el capellán dijo que no había nada que atentara contra
las buenas costumbres. Los dos primeros obstáculos, salvados.
Llegó
entonces el libro al rey, a Felipe III, y Felipe designó a un propio que en su
nombre firmó el permiso para imprimir el libro. Ese era el privilegio de
impresión que se logró aquel 30 de marzo para la segunda parte del Quijote, al
que Cervantes no llamó esta vez ingenioso hidalgo, sino ingenioso caballero,
porque el manchego ya había sido armado caballero por dos rameras en la primera
parte.
Con
todos estos agotadores permisos en la mano, Cervantes le vendió este privilegio
de publicación a su editor… y no quieran saber por cuánto se lo vendió. Basta
un dato: a Cervantes sólo le quedaba un año de vida y murió en la más triste
miseria.
§.
Idas y venidas del calendario azteca
Quién
no conoce el famoso calendario azteca, la Piedra del Sol, que llaman en México.
Pues el 27 de junio de 1964 esa gigantesca piedra redonda esculpida en lava
basáltica y que pesa veinticinco toneladas iniciaba el último de sus traslados.
Un milagro, que todavía ese magnífico y enigmático calendario azteca pueda ser
admirado en el Museo de Antropología e Historia de Ciudad de México, porque a
este disco de casi cuatro metros de diámetro le han hecho mil perrerías desde
que lo desenterraron.
La
Piedra del Sol estaba instalada en Tenochtitlán cuando por allí se dejó caer
Hernán Cortés. Como luego el extremeño destruyó la ciudad, el calendario quedó
enterrado. Hasta que a finales del siglo XVIII, haciendo unos desagües en la
plaza del Zócalo, la que siempre vemos por la tele con una enorme bandera
mexicana en el centro, reapareció la piedra. Se conocía su existencia, pero
todos se quedaron pasmados. Allí estaban las cuatro edades en las que los
aztecas dividían la vida del mundo; los 360 días del año solar, los 20 días de
cada uno de los 18 meses, las semanas, la noche, el día, la predicción del
futuro… Y eso que aún no se ha descubierto la mitad de los enigmas que
encierra.
Al
principio, la Piedra del Sol quedó expuesta sin vigilancia alguna, pero luego
fue colocada en un muro de la catedral para asegurar su conservación. Mala
idea. Mientras que muchos indígenas se concentraban allí para adorar su piedra
sagrada, los criollos, los descendientes de europeos, se dedicaban a tirarle
piedras y porquería porque la consideraban un símbolo azteca y pagano. Si se
fijan, la cara del dios que aparece en el centro del calendario está molida a
disparos.
La
volvieron a cambiar de sitio, y esta vez la metieron dentro del antiguo Museo
de Historia. Pero cuando se inauguró el nuevo, el Antropológico, se decidió que
era necesario otro traslado. Un mes se tardó en desprender la piedra. Se
utilizaron seis grúas para moverla y un enorme vehículo que la arrastró por la
ciudad a 10 kilómetros por hora. Los aztecas serían muy brutos, pero desde
luego eran mucho más mañosos moviendo piedras.
§.
Las claves de la Piedra de Rosetta
Gran
jornada en los anales de la Arqueología, la de aquel 19 de julio de 1799. Se
encontró por casualidad, sin buscarla, porque nadie tenía ni idea de que
existiera. Era la Piedra de Rosetta, un bloque de basalto escrito en tres
idiomas que permitió descifrar a partir de entonces qué demonios querían decir
los egipcios cuando pintaban un búho, una pluma y un ojo. La Piedra de Rosetta
permitió transcribir la escritura jeroglífica y desde entonces no hay secreto
faraónico que se resista.
La
Piedra de Rosetta se descubrió de una manera muy tonta. Estaban los franceses
en una de las suyas, invadiendo Egipto, cuando se pusieron a cavar trincheras
en un lugar conocido como Rosetta. Un soldado dio con el pico en una piedra muy
dura de metro y pico de alto por setenta y dos centímetros de ancho. Cuando la
sacaron, vieron que había tres bloques de texto escritos de tres formas
distintas: el de arriba, en caracteres jeroglíficos; el del medio, en demótico,
que era la escritura posterior que usaron los egipcios; y el de abajo, en
griego.
El
texto resultó ser una sentencia del rey Tolomeo escrita de tres formas
distintas, y puesto que dos de las lenguas se conocían, ya sería fácil
trasladar a lenguaje común los búhos, las plumas y los ojos. Pero para hacer la
traducción hizo falta que un joven cerebrito francés, Jean François
Champollion, experto en multitud de lenguas desde muy jovencito, se dejara los
ojos en descifrar la Piedra de Rosetta hasta enunciar los principios que regían
la escritura jeroglífica.
Fue
él quien descubrió que los signos se correspondían con una letra, con un grupo
de letras o con un ideograma; o sea, con un dibujo que representaba exactamente
lo figurado. Es decir, si pintaban una vaca, significaba eso, vaca. Pero como
los egipcios mezclaban dos plumas, una garrota y la vaca, ya no se sabía qué
querían decir sobre la vaca. Champollion logró descifrarlo signo a signo y el
mérito de tan importante descubrimiento se lo llevaron los franceses. Ahora
bien, ¿por qué la Piedra de Rosetta está en el Museo Británico, si la
encontraron los franceses? Pues porque los ingleses echaron a los franceses de
Egipto y se quedaron con la piedra.
§.
El regalo de cumpleaños de Ana Frank
Contentísima
se puso Ana Frank el 12 de junio de 1942 cuando su padre se presentó con un
cuaderno de tapas a cuadros.
Ana
cumplía trece años, y aquel regalo, su diario, fue su desahogo durante los
veinticinco meses siguientes, escondida en lo que ella llamaba «la casita de
atrás», un refugio en Ámsterdam (Holanda) donde ella y su familia judía
intentaban evitar caer en manos de los nazis. Los descubrieron. El testimonio
de Ana, escrito con pluma madura y sensibilidad precoz, quedó tirado en el
refugio, confundido en el desastre del registro, hasta que alguien lo rescató
y, finalizada la guerra, lo entregó al padre. El Diario de Ana Frank ha vendido
veinticinco millones de copias en todo el mundo.
Ana
y su familia vivían en Francfort cuando en el Ayuntamiento de la ciudad se izó
la bandera nazi. Eran judíos, o sea, que tenían una ligera idea de lo que les
esperaba. Huyeron a Ámsterdam, pero hasta allí también llegaron los nazis, así
que no quedó más remedio que esconderse en un cuchitril, disimulado por una
estantería que tapaba la entrada, con provisiones y un poco de ropa. Y allí
mismo fue donde Ana escribió las últimas líneas de su diario, justo antes de
que los alemanes los descubrieran, dos años después, tras recibir un chivatazo.
Era
agosto de 1944 cuando la familia Frank salía cautiva camino del campo de
concentración de Auschwitz. El padre quedó allí, pero Ana, su madre y su
hermana fueron trasladadas a otro encierro, el de Bergen-Belsen. Ahí se
perdieron la pista y entró en juego la mala suerte. El padre fue liberado del
campo cuando las tropas soviéticas llegaron a Auschwitz en enero de 1945. Pero
cuando los británicos liberaron el campo de Bergen-Belsen, sólo dos meses y
medio después, el resto de la familia Frank no daba señales de vida.
Bergen-Belsen
no era un campo de exterminio como Auschwitz, pero el bicho nazi que lo
gestionaba lo convirtió en un matadero repleto de inmundicia. El hambre, el
frío y la suciedad mataron a sesenta mil judíos. Ana, su hermana y su madre
habían muerto de tifus apenas unos días antes de la liberación. Hoy, Ana Frank
sería octogenaria.
§.
Petardazo al Partenón
A
los griegos, entre unos y otros, los dejaron sin Partenón, la obra más imitada
de la historia de la arquitectura. El mayor desastre llegó el 26 de septiembre
de 1687, cuando los venecianos bombardearon el Partenón porque sabían que los
turcos tenían allí su depósito de pólvora. Un petardazo y ¡pum!, el templo voló
por los aires. Aquel monumento de mármol había sobrevivido al tiempo durante
dos mil años y el hombre se lo cargó en menos de lo que Atenea hubiera tardado
en acordarse del padre de todos los venecianos.
La
Acrópolis griega, y por encima de ella el Partenón, se mantuvo en pie desde su
construcción pese a las muchas perrerías que le hicieron. La invasión romana
respetó aquel templo dedicado a Atenea, diosa de la guerra y la sabiduría y
protectora de Atenas. Y todavía aguantó cuando fue consagrado como iglesia
cristiana y luego como mezquita. Y continuó intacto cuando en la Edad Media se
convirtió en una residencia cuartelera. Pero el límite de la resistencia del
Partenón llegó cuando venecianos y turcos se enfrascaron en una de sus muchas
guerras. Los venecianos sabían que dentro de aquel templo griego los turcos
guardaban su polvorín, y la mejor manera de dejarlos sin munición era
reventándolo. El general italiano Francesco Morosini pasó a la historia como el
tipo que se cargó el Partenón.
Pero
todavía tenían que llegar los ingleses un siglo y pico después para rematar la
faena. Total, como ya estaba medio roto, decidieron arrasar con todo el arte
que aún quedaba. Esculturas, trozos de frisos, columnas, bajorrelieves… Si
hasta intentaron llevarse una cariátide del templo de al lado. Aquella gran
estructura que supervisó Fidias, ahora sí, quedó para el arrastre. Si quieren
ver casi todo lo que le falta al Partenón, vayan al Museo Británico, que lo
tienen allí a buen recaudo por mucho que los griegos reclaman que devuelvan lo
que les robaron hace sólo doscientos años. Triste final para una de las más
bellas obras arquitectónicas de todos los tiempos. Venecianos, turcos e
ingleses tuvieron la culpa. Entre todos lo mataron y él solito se murió.
§.
Guerreros de terracota y de pacotilla
¿Se
acuerdan de Galerías Preciados? ¿Aquellos grandes almacenes que luego se quedó
su gran competidor, El Corte Inglés? Pero antes de que esto ocurriera, el 24 de
noviembre de 1981, el centro de Galerías en Madrid estaba encantado de anunciar
que, después de Barcelona, sería el segundo de España en exponer las milenarias
figuras de Xian: los famosos guerreros de terracota. Apenas unos días después,
a los gestores del centro comercial se les descolgó el labio. Las figuras eran
un timo.
Aquellas
figuras llegadas de China estaban exponiéndose en varias muestras a lo largo y
ancho de Europa. Ya habían estado en Londres, París, Basilea y Barcelona, y
Madrid fue el siguiente destino. Las figuras, cinco guerreros y dos caballos,
llegaron el 24 de noviembre y quedaron convenientemente instaladas para su
exposición en una planta en donde, de paso, se aprovechó para vender
tallarines. Pero una crónica del corresponsal de El País en Alemania alertó de
que, según declaraciones de arqueólogos chinos y alemanes, aquellas figuras que
habían recorrido media Europa eran falsas. Pues ya podrían haberlo dicho antes.
Los arqueólogos, no el corresponsal.
Los
responsables de Galerías Preciados dijeron que la falsedad era imposible, que
las figuras estaban certificadas por el Comité Arqueológico de Pekín. Pues ya,
pero es que el certificado también era falso. Se hicieron pruebas de carbono 14
y termoluminiscencia para asegurar su autenticidad, y pasó lo peor: aquellos
monigotes estaban hechos con barro del siglo XX. Hubo que retirar la exposición
de Madrid, suspender la prevista en Valencia y decir a los barceloneses que de
lo dicho, nada de nada, que todo mentira.
Al
final no quedó más remedio que esperar varios años a que llegaran los
auténticos guerreros de terracota chinos. Ocurrió a finales de 2004 y, en las
colas de espera que se montaron para verlos en el Fórum de Barcelona y en la
Fundación Canal de Madrid, algún visitante presumía de no entender la
expectación despertada. Al fin y al cabo, mucha gente ya los había visto en el
año 1981.
§.
Felipe V, Borbón y censor
La
Historia de España, así, con mayúsculas, recibió el 13 de marzo de 1720 un
varapalo que le arreó Felipe V, el primero de los Borbones. Ordenó el rey que
se arrancaran tres hojas de una de las compilaciones históricas más serias y
documentadas que se habían hecho hasta aquel siglo XVIII. Tres hojas de la
Sinopsis Histórica y Cronológica de España, escrita por el ilustrado Juan
Ferreras. ¿Y de qué hablaban aquellas tres hojas? Acabáramos… de la Virgen del
Pilar.
Juan
Ferreras era un erudito. Llegó a bibliotecario mayor y fue uno de los
fundadores de la Real Academia de la Historia; o sea, que saber, sabía un rato
largo. Escribió aquella cronología en dieciséis volúmenes con la intención de
reparar los defectos que se encontraban en la historia de España, repleta,
según dijo, «de fábulas y ficciones que la oscurecen». Con la Iglesia hemos
dado, Sancho, porque no se le ocurrió otra cosa que decir que la imagen de la
Virgen del Pilar no la habían traído unos ángeles, sino que había llegado
directamente de Francia en el siglo XV. Ferreras, encima, era sacerdote, para
nada sospechoso de tirar piedras contra su propio tejado, aunque eso no le
impidiera revisar las fuentes históricas.
La
tradición indiscutida e indiscutible decía que el apóstol Santiago estaba
predicando en Zaragoza, allá por el año 40, cuando se le apareció la Virgen en
carne mortal y le ordenó que edificara una iglesia. A la vez, unos ángeles le
entregaron una imagen sobre un pilar de jaspe, de ahí lo de la Virgen del
Pilar, y se suponía que desde entonces esa talla milagrosa se hallaba en
Zaragoza.
Ferreras
no negaba la existencia de la Virgen, sino la fábula de los angelitos. Además,
no hacía falta ser muy listo para averiguar que el estilo de la talla coincidía
con la imaginería salida de los talleres de La Borgoña, en Francia,
probablemente tallada por Juan de la Huerta.
Sea
como fuere, aquellas tres hojas que negaban el descenso milagroso de la imagen
fueron arrancadas de cuajo por real orden. Ahora… no me digan que no tiene
guasa que la imagen del Pilar, aquella que no quería ser francesa, fuera
tallada, precisamente, en Francia.
§.
Cómo birlar una Venus en Milo
Casi
doscientos años llevan los expertos estudiando a la Venus de Milo y todavía no
han averiguado en qué postura fue esculpida esta mujer. No saben si sujetaba
algo con las dos manos o si con una se apoyaba en una columna y con la otra se
agarraba las faldas. Sigue siendo un misterio, y el misterio arrancó el 8 de
marzo de 1820, cuando un labrador arreó un golpe de azada y apareció una cabeza
de mujer que sólo era la punta del iceberg. El campesino y la escultura eran
griegos, pero la Venus se la quedaron los franceses.
La
Venus salió a la luz en Plakas, un pueblo de la isla de Milo, y por allí se
afanaban en excavar arqueólogos franceses a ver qué podían llevarse para seguir
rellenando el Museo del Louvre. Era una época, a principios de aquel siglo XIX,
en que ingleses y franceses andaban a tortas por rapiñar el patrimonio de las
civilizaciones antiguas de Europa y Egipto para exhibirlo en París y Londres, y
la Venus de Milo era un tesoro de primer orden.
Cuando
la escultura terminó de ser desenterrada, se descubrió un pedazo de mujer de
dos metros que o había perdido los brazos y lo que demonios sujetara con las
manos, o empezó comiéndose las uñas y se quedó en los muñones.
A
Francia no le costó mucho hacerse con la propiedad de la Venus. Pagó unos
francos al agricultor que la encontró, otro puñado a las autoridades locales de
Plakas y una multa que impuso Turquía por haber sacado la estatua de la isla de
Milo. Porque los turcos, que en 1820 ejercían la dominación sobre la isla, ya
tenían vendida la Venus por otro lado y los franceses se la birlaron en el
último momento. Pero el caso es que la isla era griega, la Venus la esculpió un
griego y también un griego la encontró. Pero como en Grecia mandaban los
turcos, les importaba un pito que se expoliara el patrimonio arqueológico.
Los
griegos del siglo XXI se consuelan ahora con una réplica exacta de la Venus,
que han instalado justo en el sitio en donde fue desenterrada. Pero, además,
albergan una esperanza: encontrar los brazos que nunca hallaron los franceses.
Por eso siguen excavando. Como los encuentren, los franceses tendrán que
negociar.
§.
El gótico: y se hizo la luz
Qué
depresión entrar a una catedral antes del siglo XII. Qué oscuridad, qué
penumbra… ¡qué miedo! Pero eso se acabó el 11 de junio del año 1144, el día en
que se consagró la catedral de Saint-Denis, al ladito de París; el día en el
que el rey de Francia, Luis VII, acompañado de varios obispos, se quedó pasmado
ante la luminosidad de aquel templo, la ligereza de su construcción y, sobre
todo, porque era alto, muy alto. Ellos no lo sabían, pero estaban asistiendo al
nacimiento del gótico. Cómo lo iban a saber, si ni siquiera existía el término.
Gótico
significa «propio de los godos» y fue una palabreja cuya invención se atribuye
al arquitecto y pintor toscano del siglo XVI Giorgio Vasari. Este arquitecto no
buscó una palabra con buena intención, al contrario. Lo llamó así
despectivamente, por considerar el gótico de origen bárbaro, de los godos. O
sea, que el gótico nació en el siglo XII pero nadie lo bautizó hasta el XVI.
Vale, pero, ¿por qué nació?, ¿quién fue el primero que se planteó que no se
podía entrar a una catedral para salir deprimido perdido?
Pues
fue el abad Suger, superior del monasterio de Saint-Denis, quien volvió locos a
los constructores de la catedral para que le hicieran una de diseño distinto a
todas. Porque para él Cristo era la luz del mundo y esa luz no entraba en las
catedrales mazacotes del románico ni empujando. No se veía tres en un burro.
Los
maestros de obras cavilaron cómo complacer al abad, pero para ello había que
desterrar los muros macizos y pesados, necesarios para sostener las bóvedas.
Había que conseguir luz y verticalidad… y se inventaron el arbotante, un arco
de apoyo que todos hemos visto por fuera de las catedrales y que permitía
descargar el peso hacia el exterior del edificio.
Estupendo,
porque con los arbotantes, los muros principales podían ser más altos, y en
ellos podrían abrirse grandes ventanales y poner rosetones de colores… y
vidrieras… y mil pijaditas que antes eran impensables. Y entró la luz. Después
de Saint-Denis llegó Chartres y Notre Dame y Canterbury y Burgos… sobre todo
Burgos, que por algo es nuestra.
Capítulo
4
Algaradas
Contenido:
§.
Castilla invade Tenerife
§.
La batalla de Elviña
§.
¿Marines en la Alhambra?
§.
Torpedos soviéticos contra el Wilhelm Gustloff
§.
Vikingos en París
§.
La excusa del acorazado Maine
§.
Cascos azules
§.
Una inhóspita isla llamada Iwo Jima
§.
«Quan el mal ve d'Almansa…»
§.
Goya, el pintor pelota
§.
España 0, Gibraltar 1
§.
Waterloo antes de Abba
§.
Batallando en Montjuïch
§.
Scapa Flow: todos a una
§.
Armada… ¿Invencible?
§.
El primer tanque
§.
La eterna guerra de Marruecos
§.
Los ingleses se empeñan con Menorca
§.
El triste final del Castillo de Olite
§.
La maléfica Legión Cóndor
§.
La Giralda a salvo
§.
Séptimo de Caballería: mucho ruido y pocas nueces
§.
Tratado de Utrecht
§.
Rebelión en Fuenteovejuna
§.
Batalla de Mühlberg
§.
Comienza la primera guerra árabe-israelí
§.
La guerra de las naranjas
§.
Las Malvinas, españolas
§.
Fin de la guerra de las Malvinas
§.
La resistencia francesa
§.
Batalla de Solferino
§.
Custer en la batalla de Little Bighorn
§.
La Vicalvarada
§.
Franco abandona Tenerife
§.
Horatio Nelson, héroe pero manco
§.
Septiembre Negro
§.
Comienza la Gloriosa
§.
China invade Tíbet
§.
Batalla de Trafalgar
§.
Batalla de Milvio
§.
Trágico armisticio
§.
Castilla invade Tenerife
Hay
quien cree que las islas Canarias han sido españolas de toda la vida. Pues no.
En realidad, Castilla no terminó de conquistar el archipiélago hasta después de
haber descubierto América, y fue la noche del 13 de noviembre de 1494 cuando
comenzó la batalla que puso en manos castellanas la última de las islas por
conquistar Tenerife. Los guanches lucharon como fieras para defender su
terruño, pero no pudo ser. En el cuerpo a cuerpo no había quien pudiera con
ellos, pero los castellanos llevaron consigo un arma secreta: la enfermedad.
La
historia de las Canarias es muy compleja, pero por resumir y llegar cuanto
antes a aquel 13 de noviembre, baste decir que dos años después de haber
iniciado la conquista de América, a Castilla sólo le faltaba Tenerife para
completar el archipiélago. Así que, Alonso Fernández de Lugo, que, como su
propio nombre indica, había nacido en Sanlúcar, en Cádiz, se fue a por la isla.
El primer intento de conquista fracasó estrepitosamente. Los isleños dieron la
del pulpo a los peninsulares en La Matanza del Acentejo. Los arcabuces no
pudieron con el genio guanche.
Pero
los perdedores volvieron, y aquel 13 de noviembre atrajeron a los guanches a
una llanura. Gordo error indígena el de bajar a luchar a campo abierto en la
famosa batalla de La Laguna, aunque los castellanos contaron con una ayuda
extra. Los guanches fueron definitivamente derrotados después de la batalla
gracias a una epidemia, una enfermedad que aún hoy es un enigma y que no afectó
a un solo castellano.
Dos
y dos son cuatro, y parece claro que los isleños sucumbieron a los virus, no a
los invasores. Se la llamó «la modorra guanche», porque a los castellanos les
pareció que aquellos guerreros tan bravos estaban así, amodorrados. Pobres,
sólo estaban enfermos y por eso terminaron de perder su isla. Si no, quién
sabe, a lo mejor todavía hoy deberíamos estar enseñando el pasaporte para
visitar el Teide.
§.
La batalla de Elviña
Uno
de los mayores revolcones que nos dio Napoleón se produjo el 16 de enero de
1809. En realidad el revolcón se lo dio a los ingleses, que habían venido a
echarnos un cable contra los franceses en la Guerra de la Independencia. Fue la
famosísima batalla de Elviña, la misma que los ingleses recuerdan como Battle
of Coralina y a la que los franceses llaman Bataille de Corogne. Quede claro,
de cualquier forma, que tuvo lugar en La Coruña, que nos dieron por delante,
por detrás y por los lados y que en mitad de aquel desastre nació un héroe: el
general sir John Moore. Cualquier inglés con estudios sabe que sir John Moore
nació en Glasgow, pero que murió y está enterrado en Corunna, Coruña o Corogne.
Los
ingleses vinieron a echarnos una mano contra Napoleón, no porque les preocupara
que en adelante habláramos francés, sino porque al Bonaparte había que pararle
los pies como fuera para que abandonara sus pretensiones de invadir Inglaterra.
John Moore quedó al mando de las tropas inglesas en España, pero el endiablado
avance napoleónico le obligó a replegarse hacia Galicia con la intención de
embarcar allí a sus tropas y volver a casita. No tuvo suficiente tiempo, porque
el general francés Soult le dio alcance. En el valle de Elviña, en Coruña,
ingleses y franceses se vieron las caras.
John
Moore intentó cubrir el embarque de sus hombres luchando en tierra con
infantería ligera y aguantando el tipo en primera línea de fuego. Su heroicidad
le valió recibir un balazo de cañón por cuyas consecuencias murió la tarde de
aquel mismo 16 de enero. Es decir, que John Moore quedó como un héroe en España
porque luchó como un jabato contra Napoleón, pero también fue un héroe en
Inglaterra porque su estrategia permitió salvar la vida de la mayor parte de
sus hombres.
E
igualmente fue un héroe para los franceses, porque el general Soult, cuando
supo que su enemigo Moore había muerto en plena batalla cubriendo la retirada
de sus soldados, ordenó que se le construyera un sepulcro de honor en la ciudad
y que fuera enterrado con todos los empaques militares. Y allí sigue Moore, en
el parque de San Carlos de Coruña, Corunna o Corogne.
§.
¿Marines en la Alhambra?
¿Dónde
está la isla de Granada? Esa pregunta nos la hicimos casi todos el 25 de
octubre de 1983, cuando supimos que Estados Unidos la había invadido. Bueno,
Reagan no hablaba de invasión; dijo que sólo intervino porque se lo pidieron
varios países caribeños. Aquella minúscula isla que había que buscar con lupa,
era, según Estados Unidos, un enclave estratégico para asegurar la paz mundial
y el comercio internacional. La gran verdad es que Granada era un enclave
marxista ligado a Cuba y la Unión Soviética. O Estados Unidos intervenía o los
soviéticos acabarían quedándose con las mejores playas del Caribe.
La
isla de Granada la descubrió Colón en 1498, pero la bautizó Guadalupe. Y si se
hubieran estado quietos con el nombre no hubiera pasado lo que pasó. Que
algunos estadounidenses se imaginaron a las tropas pisoteando los jardines del
Generalife. Merece la pena recordar aquella tira cómica de Gallego & Rey en
la que se veía a dos fornidos marines a las puertas de la Alhambra. Nosotros
sabíamos que nuestra Granada estaba a salvo, pero también tuvimos que ir a un
mapa para saber por dónde paraba esa minúscula isla de 344 kilómetros cuadrados
de superficie. Casi la mitad de Ibiza. Y peor fue lo de la principal televisión
soviética, que para ilustrar la noticia puso un mapa de España y una flechita
en mitad de Andalucía.
Ronald
Reagan reconoció que tomó la decisión de intervenir en Granada mientras jugaba
al golf en Augusta con su secretario de Estado, George Shultz. En el hoyo
nueve, un par cuatro de 420 metros, ya estaba claro el cuándo, el cómo y por
dónde. Quinientos marines por el norte y mil rangers por el sur. Tampoco podían
mandar a muchos, porque la isla era muy pequeña y se iban a estorbar. Estados
Unidos tardó casi dos meses en salirse con la suya, y luego el que más partido
sacó fue Clint Eastwood, que en su papel de oficial chusquero y macarra en El
sargento de hierro, se erigió en héroe de la toma de Granada. Al Pentágono no
le gustó la peli.
§.
Torpedos soviéticos contra el Wilhelm Gustloff
Hubo
un naufragio mucho menos famoso que el del Titanic. Con pasajeros totalmente
carentes de glamour, pero un naufragio muchísimo más costoso en vidas humanas
y, sobre todo, en esperanzas perdidas. Fue una tragedia ocurrida el 30 de enero
de 1945 en las aguas heladas del Báltico. Murieron seis o siete mil personas.
Ni siquiera se sabe el número, porque a los refugiados no se les cuenta uno a
uno. Como mucho, de mil en mil, y van que chutan. Eran refugiados civiles
alemanes, la mayoría niños con sus madres, que huían de un fuego cruzado entre
nazis y soviéticos.
Nos
situamos en el tiempo, enero de 1945. Hitler ya ha perdido la guerra, pero aún
no se quiere enterar. Se defiende como puede por el oeste frente a los aliados
y por el este frente a los soviéticos. La población civil de la zona costera
del Báltico ya no sabe cómo ni por dónde escapar. Por tierra, imposible, porque
las patrullas soviéticas los aniquilan, no tienen alimentos y caminan a 25
grados bajo cero.
En
la bahía de Dánzig, que en aquel año era ciudad alemana pero ahora es polaca
por el movimiento de fronteras que se produjo, estaba la salvación. Cuatro
buques alemanes estaban embarcando a personal militar y material bélico. El
espacio que sobró lo llenaron con refugiados, miles de ellos, que aceptaban
cualquier exigencia, cualquier soborno, con tal de embarcar.
Los
ocho mil que subieron en el buque Wilhelm Gustloff hicieron el último viaje de
su vida aquel 30 de enero. A sólo 25 millas de la costa y sólo tres horas
después de haber zarpado, el barco recibió el primer torpedo soviético; luego
vinieron dos más… y el pánico… y la escasez de botes salvavidas… y las aguas
heladas… y la muerte. La presencia amenazadora de dos submarinos soviéticos
sólo permitió el salvamento de unas mil personas. Las otras siete mil, que
huían del infierno con lo puesto, desaparecieron entre el hielo.
Lo
del Titanic fue una broma comparado con la tragedia del Wilhelm Gustloff.
§.
Vikingos en París
Siempre
que se habla de vikingos los imaginamos con cuernos, sembrando el terror a
diestro y siniestro y navegando entre los hielos del norte. Pero resulta que de
estas tres cosas sólo una es cierta: que eran temibles, pero ni llevaban
cuernos en los cascos ni mucho menos sus andanzas se limitaron al mar. El 26 de
noviembre del año 885 setecientos barcos vikingos atacaron París. En realidad,
atacaron los veinte mil vikingos que iban dentro de los barcos. Todos muy
altos, muy rubios y muy bestias. Cuando los vikingos se hacían a la mar a ver
qué pillaban había que echarse a temblar, porque llevaban todo tipo de
intenciones menos la de hacer amigos. Llegaron a París remontando el río, y
allí vivían los parisinos muy recogiditos en una isla del Sena, donde ahora
está la catedral de Notre Dame. Y menos mal que la isla estaba amurallada,
porque sólo así pudieron resistir el asedio vikingo durante tres meses. Los
parisinos lucharon con uñas y dientes, y hasta arrojando aceite hirviendo
mezclado con cera y betún para freír a los atacantes, pero no había forma. Los
vikingos eran muy pesados.
El
señor de París, el conde Eudes, no encontró otra que pedir ayuda al emperador
carolingio Carlos III el Gordo. Este emperador no es que se diera mucha prisa
ni tuviera ganas de guerrear, porque además de llegar cuando París estaba en
las últimas, lo único que hizo fue sentarse a beber y comer durante dos días
con el vikingo Sigfrido, darle una fortuna en joyas y convencerle de que se
fuera a invadir Borgoña, que allí el vino era mejor.
París
se libró, pero al emperador le salió cara la negociación: su pasividad, su
gordura y su falta de arrojo para echar a los vikingos de Francia le costaron
el reino. En su lugar subió al trono el conde Eudes, que, por dar sólo una
pista, fue el que pondría en marcha la dinastía de los Capetos, la de los reyes
de Francia.
Hay
que ver la que liaron los vikingos con la tontería de invadir París. Y eso que
por aquel entonces no había mucho que ver.
§.
La excusa del acorazado Maine
El
hundimiento del Maine, el acorazado estadounidense que saltó por los aires en
el puerto de La Habana (Cuba), ha pasado a la historia como una de las mayores
fullerías perpetradas por Estados Unidos contra España. Ocurrió el 16 de
febrero de 1898, todavía noche del 15 en La Habana. Aquel hundimiento le vino
de perlas a Estados Unidos, que acusó a España del desastre, deseoso como
estaba de enzarzarse en una guerra para echarnos de Cuba. Una comisión de
investigación demostró que al Maine no lo había hundido nadie, que se había ido
a pique él solito, porque prendió el carbón almacenado y el fuego alcanzó los
depósitos de municiones. Estados Unidos dijo que de eso nada, que lo habíamos
hundido nosotros. Y nos declararon la guerra.
Antecedentes
del hecho: Cuba y España estaban enfrentadas por la independencia de la isla, y
ojo avizor andaba Estados Unidos, que ayudaba bajo cuerda a los rebeldes
cubanos para acabar con el dominio español y poder empezar a dominar ellos. En
mitad de este fregado amarró en La Habana el acorazado Maine. Aquella noche de
febrero, un monumental estruendo rompió la celebración del martes de Carnaval.
El Maine había estallado. Washington acusó a España del atentado, pero España
dijo que de qué estaban hablando, que nosotros no habíamos hundido nada.
Estados Unidos buscaba una excusa para hacer la guerra y el hundimiento del
Maine era inmejorable. Como las pruebas salvaban a España porque los daños del
casco demostraban que la explosión había sido interna, Estados Unidos se buscó
un gran aliado, la prensa.
Los
dos más poderosos editores, William Randolph Hearst y Joseph Pulitzer,
intoxicaron todo lo que pudieron y más hasta conseguir que todos los
estadounidenses señalaran a España como la asesina de los doscientos sesenta y
seis marineros que murieron con el Maine. La guerra estaba servida. Ahora bien,
peor fue lo de la prensa española, con titulares del tipo «Los estadounidenses
desertarán al oír los primeros disparos españoles». Menudo ojo. A España le
quedaban dos telediarios para perder Cuba, Puerto Rico, Filipinas y la isla de
Guam. Fin del imperio colonial español.
§.
Cascos azules
A
los soldados enviados por la ONU a regiones en conflicto los llamamos cascos
azules, pero éste es el nombre fácil, porque en realidad se llaman, por resumir
mucho, División Militar del Departamento de Operaciones de Naciones Unidas para
el Mantenimiento de la Paz, término que no utiliza nadie porque los telediarios
se harían eternos. Fue el 5 de noviembre de 1956 cuando la ONU encargó a un
general canadiense que se pusiera a reclutar soldados, los uniformara, les
pusiera un casco azul y los enviara a Oriente Próximo a poner orden. Israel,
Inglaterra, Francia y Egipto andaban a tortas por el control del Canal de Suez.
Meses
antes, al presidente egipcio Nasser no se le ocurrió mejor cosa que
nacionalizar el Canal de Suez, y a Gran Bretaña y Francia, las propietarias,
les dio un pasmo. Y otro pasmo más gordo le dio a Israel, porque Egipto dijo
que por su canal no pasaría ningún barco israelí, que rodearan África si
querían llegar al Índico. La guerra se instaló en Oriente Próximo y el asunto
llegó a la ONU, que aquel 5 de noviembre inició el reclutamiento de los seis
mil soldados de la FENU 1, siglas de la primera Fuerza de Emergencia de
Naciones Unidas para el Mantenimiento de la Paz.
En
cuanto los soldados aparecieron por la península del Sinaí, la sabiduría
popular los llamó cascos azules, y hasta hoy. Curiosamente, y por llevar la
contraria, en el único sitio donde no llaman cascos azules a los cascos azules
es en la ONU. Allí siguen empeñados en utilizar siglas para las misiones de sus
soldados, y encima les ponen un nombre distinto según la misión: Lo de FENU
quedó para Oriente Medio, pero luego llegaron la UNOSOM de Somalia, la MONUA de
Angola, la MINUGUA de Guatemala, la UNIPOM de Pakistán o la APRONUC de Camboya…
y así hasta cuarenta y siete misiones a cual más larga de nombrar. Cualquier
cosa con tal de no decir «oye, que os enviamos a los cascos azules».
§.
Una inhóspita isla llamada Iwo Jima
La
batalla de Iwo Jima ha pasado a la historia por ser una de las más cruentas,
míticas y cinematográficas de la Segunda Guerra Mundial. Comenzó el 19 de
febrero de 1945 y resulta increíble que en aquella minúscula, inhóspita y
perdida isla del Pacífico se pegaran veintidós mil japoneses contra cien mil
estadounidenses. Era tanta gente en tan poca tierra que, más que luchar, se
estorbaban. Dispararan donde dispararan, daban a alguien. Digo que la de Iwo
Jima es una batalla mítica porque allí se hizo la famosa foto de los seis
marines levantando la bandera de las barras y las estrellas atada a una
tubería, y digo que fue cruenta porque en aquel mínimo pedazo de tierra de
veinte kilómetros cuadrados murieron veintiocho mil hombres.
Y
digo también lo de cinematográfica porque Clint Eastwood dirigió casi a la vez,
no una, sino dos películas sobre el asunto. Una, Banderas de nuestros padres,
para agradar a los estadounidenses, y otra para contar la visión japonesa del
asunto, titulada Cartas desde Iwo Jima, ambas estrenadas en 2007.
¿Por
qué era tan importante para los estadounidenses conquistar aquella agreste isla
del Pacífico y por qué era aún más crucial para los japoneses conservarla?
Fácil. Estados Unidos acababa de conquistar las islas Marianas y el pequeñajo
islote de Iwo Jima estaba justo a mitad de camino entre las Marianas y Japón.
Como los japoneses disponían en Iwo Jima de un potente radar y los bombarderos
estadounidenses tenían que pasar por allí sin más remedio cuando quisieran
bombardear Tokio, los nipones los pillaban a todos.
Encima,
los bombarderos, los temibles B-29, tenían que ir escoltados por cazas, y estos
cazas no tenían suficiente autonomía de vuelo para hacer Las Marianas-Japón.
Japón-Las Marianas, así que Estados Unidos necesitaba Iwo Jima para repostar.
Por eso Estados Unidos echó el resto en conquistar la isla y los japoneses
sacrificaron veinte mil hombres en defenderla. La batalla duró cinco semanas,
las cinco semanas más sangrientas de la guerra del Pacífico.
§.
«Quan el mal ve d'Almansa…»
Las
aspiraciones austríacas al trono de España recibieron hace poco más de
trescientos años su tiro de gracia. Fue el 25 de abril de 1707 cuando se
produjo en los campos de Almansa, en Albacete, la batalla decisiva para que
Felipe V asentara sus reales en el trono español. No es que los austríacos
dieran por perdida la lucha, porque aún plantaron cara en otras dos batallas
posteriores, las de Villaviciosa y Brihuega, pero los Borbones ya se los habían
merendado en la famosa batalla de Almansa.
Borbones
y austríacos se disputaban el trono de España desde que en 1700 muriera Carlos
II sin descendencia. El lío vino porque Carlos II era un Habsburgo, austríaco,
y pese a ello dejó como heredero al trono a un Borbón, a un francés, a Felipe
V. Los austríacos pensaron que Carlos II estaba tonto (que es verdad que lo
estaba) y, por supuesto, no aceptaron perder una corona que monopolizaban desde
hacía doscientos años. Felipe V, el Borbón beneficiado en la herencia, dijo que
Santa Rita, Rita, lo que se da no se quita, y se plantó en España. El
archiduque Carlos de Austria también hizo las maletas y se encajó aquí con
todas sus tropas. La guerra por la sucesión quedó servida en bandeja.
En
el bando de Felipe V estaban Francia y España, y en el del archiduque Carlos,
Austria, Gran Bretaña, Portugal y una unión temporal de empresas formada por
siete provincias del norte de los Países Bajos conocida como Provincias Unidas.
En Almansa nunca habían oído hablar tantos idiomas, pero encima los almanseños
tuvieron que hacer de sepultureros, enfermeros y posaderos de dos ejércitos con
más de cuarenta mil hombres. Ganó el Borbón.
Y
menos mal que cuando se conmemoró en 2007 el tercer centenario del
encontronazo, en Valencia estaban entretenidos con la Copa América de vela,
porque no les hacía ninguna gracia recordar que después de aquella batalla
perdieron todos sus fueros y vieron arrasadas sus tierras por haber apoyado al
austríaco. Por allí dicen que «Quan el mal ve d'Almansa, a tots alcança»
(Cuando el mal viene de Almansa, a todos alcanza). No lo dicen por los
almanseños de ahora, sino por los Borbones de entonces.
§.
Goya, el pintor pelota
Qué
desastre el que sufrió Madrid aquel 3 de mayo de 1808. Y qué calamidad la que
le esperaba a España a partir de entonces y durante los siguientes años. El
insaciable Napoleón invadió el país, los madrileños se levantaron y luego las
tropas napoleónicas los tumbaron a bayonetazos. La resistencia madrileña del
día anterior a la ocupación de veinte mil soldados napoleónicos tuvo
consecuencias inmediatas: los goyescos fusilamientos del 3 de mayo. Pero, ojo,
que el cuadro se pintó para hacerle la pelota a Fernando VII.
El
mariscal francés Murat se cabreó muchísimo por la resistencia ciudadana.
Escribió en su diario: «El pueblo de Madrid se ha dejado arrastrar a la
revuelta y al asesinato. Sangre francesa ha sido derramada. Sangre que demanda
venganza». No esperaría Murat que los madrileños se quedaran de brazos cruzados
y empezaran a estudiar francés con entusiasmo. Cuarenta y cinco revolucionarios
fueron pasados por las armas en la montaña del Príncipe Pío, los fusilamientos
más famosos del 3 de mayo porque fueron los que plasmó Goya, pero también los
hubo en El Retiro y en el Paseo del Prado. Todo aquel que tenía un arma con la
que luchar contra los franceses fue detenido y ajusticiado. Hasta la bordadora
Manuela Malasaña, que se fue a por los franceses con sus tijeras de costura.
El
mayo madrileño quedó grabado en la memoria de los españoles como símbolo de
resistencia, y Goya también lo tuvo muy presente cuando quiso bailarle el agua
a Fernando VII una vez reinstaurado en el trono. Goya había pasado por ser un
colaboracionista. Congenió muy bien con los franceses y hasta pintó a José
Bonaparte.
Para
reconciliarse con la monarquía y salvar su cuello, rogó, suplicó el permiso
para, textual, «perpetuar por medio del pincel las escenas de nuestra gloriosa
insurrección contra el tirano de Europa». A Goya se le dio la venia, su
patriotismo quedó a salvo, se congració con la corte y el cuadro de los
fusilamientos del 3 de mayo pasó a ser uno de los más emotivos de la historia
de la pintura.
§.
España 0, Gibraltar 1
España
nunca se ha resignado a perder Gibraltar, lo que pasa es que ahora las cosas
discurren por la vía diplomática. Pero el 7 de mayo de 1727 veinte mil hombres
armados hasta los dientes intentaron recuperar Gibraltar por las bravas. A los
pobres les dieron por todos lados, porque los británicos estaban atrincherados
en las cuevas del Peñón y cada vez que los españoles disparaban daban en roca.
Un mes duró el sitio de los españoles para recuperar Gibraltar, pero no hubo
forma. Al final, España tragó bilis y aceptó retirar el asedio. Años más tarde
volvimos a la carga.
Muy
peliagudo este asunto de Gibraltar, pero es que viene de largo, y los granos y
los peñones se enquistan con el tiempo. España no habría perdido Gibraltar si
Carlos II hubiera tenido al menos un hijo. Aunque fuera feo y corto de luces,
pero uno al menos. Al morir sin descendencia acabaron pegándose por el trono
español Felipe V y el archiduque Carlos de Austria. Al austriaco le apoyó en la
Guerra de Sucesión Gran Bretaña, que, aprovechando la coyuntura, instaló sus
tropas en el Peñón de Gibraltar.
La
guerra al final la perdió el archiduque Carlos, así que Gran Bretaña se retiró
a sus cuarteles. Sin embargo, ya que estaban en el peñón, se quedaron porque
hacia buena temperatura y las vistas eran inmejorables. Pero es que luego llegó
el famoso Tratado de Utrecht, aquel por el cual quedaba claro que Felipe V se
quedaba con el trono de España y a cambio cedía Gibraltar a los ingleses,
textualmente, «en plena y entera propiedad».
Años
más tarde, Felipe V tuvo oportunidad de recuperar el peñón, porque así se lo
propuso el rey inglés Jorge I a cambio de que el Borbón dejara de asediar
Sicilia. Pero Felipe V se empeñó con Sicilia y al final ni una cosa ni la otra:
en Sicilia hablan italiano y en Gibraltar, inglés.
Pero
hubo una oportunidad más: Inglaterra propuso de nuevo al Borbón recuperar el
Peñón si a cambio cedíamos la parte española de la isla de Santo Domingo. Y
tampoco. Como Felipe V estaba gafado, al final acabó perdiendo Santo Domingo en
favor de los franceses. Este hombre, negociando, era un completo despropósito.
§.
Waterloo antes de Abba
El
fin del sueño imperialista de Napoleón se llama Waterloo, porque el 18 de junio
de 1815 el emperador de Francia agachaba definitivamente las orejas frente a
ingleses y prusianos en las llanuras de Waterloo, cerca de Bruselas, daba media
vuelta y se largaba a Francia. Pero se rindió con la boca pequeña, porque no
hizo más que llegar a París y ya la estaba armando otra vez para reunir las
tropas y volver a la carga. Menos mal que los franceses ya estaban hasta el
gorro de sus obsesiones invasoras y le dijeron, mira Napo, hasta aquí hemos
llegado.
Desde
que Napoleón quedó exiliado en la isla de Elba, en el Mediterráneo, Europa
estaba más o menos tranquila. Pero cuando se escapó y retomó el poder, las
naciones se pusieron de uñas y sacaron del cajón un tratado firmado un año
antes por el que todas se obligaban a ser beligerantes con Francia mientras
Napoleón estuviera en el poder. El Bonaparte, en realidad, no tenía muchas
ganas de guerra, pero Europa no aceptaba ningún acuerdo con él. O se retiraba
de inmediato o a la porra la paz: los aliados invadirían Francia.
Como
no hacía falta pincharle mucho para que se animara, Napoleón reunió las tropas
y dijo, vale, pues antes de que me invadáis vosotros, vuelvo a invadir yo, y
primero se fue a por los ingleses. Pero, claro, invadir Inglaterra siempre ha
sido muy difícil porque los ingleses están atrincherados en una isla, así que
no quedó más remedio que pegarse en tierra firme, en Bélgica. Y en Bélgica
esperaban a Napoleón ingleses y prusianos bastante cabreados. Las otras
potencias no fueron a Bélgica porque estaban preparando sus ejércitos para
invadir Francia el primero de julio. Pero tampoco se las echó de menos.
A
Napoleón le dieron la del pulpo en Waterloo y luego el propio Parlamento
francés lo remató cuando le obligó a abdicar por haber perdido. Fue entonces
cuando le mandaron a otra isla, a la de Santa Elena, donde da la vuelta el aire
en mitad del Atlántico y a 2.000 kilómetros de la costa más cercana. La única
tierra que conquistó a partir de entonces fue la de su tumba.
§.
Batallando en Montjuïch
La
épica catalana tiene mucho que ver con lo sucedido el 26 de enero de 1641. Se
produjo la batalla de Montjuïch, en la que el ejército del rey Felipe IV
recibió un varapalo estrepitoso que le obligó a retirarse de Cataluña, no sin
antes haber provocado que los catalanes se arrojaran en los brazos de Francia.
No es que se sintieran más franceses que españoles, ni mucho menos, es que el
rey de España les instaló en Cataluña un ejército de miles de hombres y les
dijo, hala, los mantenéis vosotros. Y una cosa es dar un bocata a un soldado y
otra muy distinta que se empadrone en casa.
Orígenes
de la algarada: España estaba enfrascada en la Guerra de los Treinta Años, una
sangría de dinero y de hombres. Las arcas del Estado estaban tiritando y la
plebe hasta el gorro. Pero decirle a un Habsburgo español, acostumbrado a tener
medio mundo en sus manos, que se ocupara más de España que de guerrear fuera
era pedirle peras al olmo.
Y
especialmente hastiados estaban los catalanes, porque el nefasto conde duque de
Olivares convenció al manejable Felipe IV para atacar Francia desde Cataluña y
que fueran los catalanes los que pusieran los recursos para mantener a los
tercios. Ahí empezó el cabreo de los segadores, hartos ya de abrir sus casas y
aportar sus escasos recursos para mantener una guerra sin sentido.
Una
cosa llevó a otra, y el rechazo al ejército se amplió a los funcionarios reales
y a los nobles. La bola creció, las relaciones se agriaron y ahí estaba Francia
para aportar su interesada solución. Le dijo a los catalanes: « ¿Queréis que os
echemos una manita contra Felipe IV? Eso sí, a cambio de que Cataluña se ponga
bajo soberanía francesa…». Y Cataluña, con tal de quitarse de encima al conde
duque de Olivares y al rey, aceptó el trato. Por eso las fuerzas francesa y
catalana vencieron de manera incontestable en la batalla de Montjuïch de aquel
26 de enero, y durante los siguientes doce años Cataluña fue francesa. Para
entender cómo empezó una bronca, a veces hay que irse siglos atrás.
§.
Scapa Flow: todos a una
El
orgullo es lo único que le puede quedar a una nación derrotada en una guerra, y
el día 21 de junio de 1919 la vencida Alemania tras la Primera Mundial dio
señales de ser un país más que orgulloso: hundió todos sus barcos antes que
entregarlos a las naciones vencedoras. Casi todos se fueron a pique y todos a
la vez. En total se auto hundieron cincuenta y un barcos entre acorazados,
destructores y cruceros de batalla. Se salvaron veintitrés, pero porque estaban
varados. Fue el fin de la marina imperial alemana. Años después Hitler tuvo que
empezar de cero porque no tenía ni una barquita.
Alemania
había perdido la Primera Guerra Mundial y las naciones vencedoras se reunieron
en París para firmar el famoso Tratado de Versalles, con el que se impondrían
las sanciones oportunas a los alemanes por haber liado la que liaron. A la
espera de que se firmara el tratado se ordenó a toda la flota imperial alemana
que se reuniera en la base británica de Scapa Flow, en las islas Orcadas, al
norte de Reino Unido, donde se acaba Escocia. Los alemanes, muy obedientes
porque habían perdido, reunieron allí sus setenta y cuatro buques a la espera
de que el Tratado de Versalles decidiera cómo se los repartían los que habían
ganado, aunque ya se sabía que la mayor parte de la flota se la iba a quedar
Gran Bretaña.
Aquel
21 de junio, los ingleses que custodiaban la armada alemana se hicieron a la
mar y, aprovechando la falta de vigilancia, el comandante en jefe alemán inició
un plan previamente pactado con todos los oficiales de los buques: izó la
bandera de su acorazado con una señal que preguntaba si estaban dispuestos a
hundir sus barcos. Todos izaron sus banderas con la señal afirmativa, y el
buque insignia volvió a izar otra con la orden inmediata de hundir los buques.
En ese momento, todos a una, como Fuenteovejuna, abrieron las espitas y las
válvulas, y se fueron a pique.
Fue
el suicidio de la flota imperial alemana antes de entregarla a manos
extranjeras. En aquel acto de honor, murieron nueve marineros. Las últimas
víctimas de la Primera Guerra Mundial cuando ya nadie estaba en guerra.
§.
Armada… ¿Invencible?
Han
pasado cuatrocientos veinte años y a los ingleses aún no se les ha cortado la
risa. La Gran Armada, la conocida irónicamente como la Armada Invencible,
partió tan contenta de España para invadir Inglaterra, y el día 31 de julio de
1588 se produjo la primera escaramuza a la entrada del Canal de la Mancha.
Aquel primer encuentro no fue especialmente grave, porque sólo perdimos dos
barcos, pero mejor hubiera sido dar media vuelta y volver, porque ya estaba
claro lo que nos esperaba.
El
objetivo de la Gran Armada era recoger en Flandes a treinta mil soldados y de
allí partir para invadir Inglaterra y derrocar a la reina Isabel I. Pero,
claro, para llegar a Flandes había que atravesar el Canal de la Mancha, y en
los planes españoles estaba hacerlo con disimulo, como mirando para otro lado,
para llegar a Flandes y embarcar a los soldados. Primer fallo: los ingleses no
son imbéciles. Segundo fallo: es imposible que ciento veintisiete barcos en
comandita pasen por el Canal de la Mancha sin ser vistos. Tercer fallo: los
soldados de Flandes no estaban preparados.
Aquella
aventura se planteó, en parte, por el dominio del Atlántico, y en parte, como
una cruzada, porque en el trono de Inglaterra se había instalado una reina
protestante y Felipe II la quería católica. Las tripulaciones de los barcos
rezaban todos los días el rosario a bordo y en los mástiles ondeaban imágenes
do Vírgenes y Cristos con el lema «Álzate Señor y defiende tu causa». Pero el
Señor debía de tener mejores causas que atender, porque los ingleses nos dieron
la del pulpo.
La
mala pericia en la navegación (porque Felipe II puso al frente de la Armada al
tipo más torpe del reino, a Alonso Pérez de Guzmán, séptimo duque de Medina
Sidonia), una pésima planificación y unas cuantas borrascas inoportunas dieron
al traste con la expedición. De ahí la famosa excusa que se le atribuyó a
Felipe II diciendo que él «había enviado a sus naves a pelear contra los
hombres, no contra los vientos y las olas de Dios».
Pero
Felipe II nunca dijo esto, porque se percató de que ni teniendo como aliado al
anticiclón de las Azores hubiera podido invadir Inglaterra.
§.
El primer tanque
Vaya
susto se llevaron los alemanes el 15 de septiembre de 1916, en plena Primera
Guerra Mundial, cuando vieron aparecer unos armatostes de hierro gigantescos
que arrasaban todo lo que encontraban a su paso y con unos agujeritos de donde
salían balas. Era la primera vez que veían aquel trasto infernal que se
desplazaba sobre dos orugas y que pasaba por encima de las trincheras como
Perico por su casa. Aquello eran tanques, los primeros carros de combate de la
historia.
Fue
idea de los británicos construir aquel artilugio que, además de disparar,
servía de parapeto a los soldados que avanzaban a pie, aplastaba las barreras
de alambre, sorteaba las trincheras y no se inmutaba ante las ráfagas de
ametralladora. Eso sí, era más lento que el caballo del malo, porque avanzaba a
tres kilómetros por hora. O sea, que los alemanes tenían tiempo de verlos
venir.
El
nombre, tanque, era en realidad una tapadera, porque se trataba de confundir a
quienes los construyeron. Aquello era un arma de alto secreto y a quienes
trabajaron en su fabricación, para que no se fueran de la lengua, se les dijo
que eran tanques móviles para transportar agua a los soldados británicos en
zonas de guerra. Así que con tanque se quedó.
Se
utilizaron por primera vez en la batalla del Somme, un río que circula por el
norte de Francia, para romper las líneas enemigas alemanas. Los tanques, no es
que cambiaran el curso de la Primera Guerra Mundial, porque, lo dicho, eran
lentos, eran pocos y tenían una mecánica poco fiable, pero psicológicamente
dieron en la línea de flotación a los alemanes. Como dijo Gila, «no mataban
mucho, pero deprimían».
Ahora
bien, cuando se les pasó el susto, los alemanes cavilaron qué hacer contra
aquellos cacharros de hierro para que dejaran de saltarse las trincheras a la
torera. Ya está, las hicieron más anchas, de tal forma que los tanques ya no
podían pasarlas por encima. En cuanto llegaban a una trinchera más amplia, la
parte delantera perdía contacto con el suelo y se hincaba de morros en el
fondo. Los alemanes eran eso, alemanes, pero no tontos.
§.
La eterna guerra de Marruecos
La
situación entre España y Marruecos a mediados del siglo XIX estuvo
especialmente revuelta. Cierto es que al reinado de Isabel II le venía muy
bien, porque estaba en la cuerda floja y meterse en guerras en el exterior
servía como maniobra para distraer a los españoles de la crisis interna. El 7
de noviembre de 1859 comenzó una de esas aventuras que tuvo a los españoles
mirando a Marruecos en vez de a Madrid. El presidente del Gobierno Leopoldo
O'Donnell acudió a palacio para despedirse de la reina Isabel II y de su
marido, Francisco de Asís. Se iba a Marruecos, al frente de treinta y ocho mil
hombres, para defender Ceuta y Melilla.
Hacía
años que las tribus beréberes cercanas a Ceuta y Melilla estaban revoltosas.
España levantaba defensas para proteger las ciudades, pero venían los beréberes
y las tiraban. España colocaba escudos patrióticos para señalar las
demarcaciones, y los beréberes los echaban abajo. España se cabreó, pidió que
restituyeran los escudos y que las tropas marroquíes los saludaran. Marruecos
respondió con una pedorreta y les declaramos la guerra.
Hubo
mucho voluntario para ir a luchar, porque España pagaba doscientos reales de
enganche y noventa al mes, y eso era una pasta teniendo en cuenta que la mitad
de los españoles estaba en paro y con pocas posibilidades de encontrar empleo.
Y, por cierto, hubo una nutrida presencia vasca. Los «tercios vascongados» se
fueron a luchar voluntariamente por España como un solo hombre.
Aquella
guerra se ganó, aunque, paradójicamente, España perdió mucho. Murieron siete
mil hombres y las arcas del Estado se vaciaron. Como dijeron algunos expertos,
«fue una guerra muy grande y una paz muy chica». Lo más simpático que queda
para recordar de aquella lucha en Marruecos fue precisamente los términos en
los que se produjo la despedida de O'Donnell de la reina y su marido aquel 7 de
noviembre. Dijo Isabel II:
—Si
yo fuera hombre, te acompañaría.
Y
dijo el rey Francisco: —Lo mismo te digo, O'Donnell. Lo mismo te digo.
§.
Los ingleses se empeñan con Menorca
Lo
que hicieron los ingleses el 10 de noviembre de 1798 está feo, pero es
comprensible. Se quedaron con Menorca. Afortunadamente fue la última vez que lo
hicieron, porque hay que ver la tabarra que dieron con la isla. Su situación
estratégica era inmejorable… ahí plantada, en pleno Mediterráneo. Y qué decir
del clima, de las playas y de sus calitas. Menorca era una perita en dulce que
quería todo el mundo. La peor parte la llevaron los menorquines, porque durante
el siglo XVIII los pobres ya no sabían si hablar francés, inglés, español o
catalán.
Durante
aquel siglo XVIII, cada vez que España se metía en una guerra, alguien nos
quitaba Menorca. Era como la moneda de cambio para firmar luego los tratados de
paz. Primero la cedió amablemente el primer Borbón, Felipe V, a cambio de que
los ingleses le reconocieran como rey de España. Y, por cierto, en aquella
misma jugada perdimos Gibraltar. Luego llegó la Guerra de los Siete Años, y la
isla la ocuparon los franceses, pero como Francia perdió la contienda, los
ingleses volvieron a quedarse con ella. España, mientras, a verlas venir.
Llegó
más tarde la Guerra de la Independencia de Estados Unidos, y como también ahí
estuvimos involucrados, entre lo poco que se pudo rascar estuvo recuperar
Menorca. Pero sólo un rato, porque los ingleses la habían cogido llorona con la
isla y volvieron a por ella. Por supuesto, nos la quitaron por tercera vez
aquel 10 de noviembre de 1798.
El
asunto comenzaba a ser cansino, así que, aprovechando los acuerdos de paz de
otra guerra en la que se habían enfrascado los ingleses y Napoleón, España pudo
meter cuchara y recuperar Menorca, otra vez, a principios del siglo XIX. Ahora
sí, de forma definitiva. La riqueza cultural que Menorca ha ido acumulando con
tanta ida y venida de unos y otros ya no hay quien se la quite y, aunque ya no
hay quien la pretenda por las malas, sigue abierta a todo ciudadano de
cualquier potencia extranjera. Eso sí, a ser posible con billete de ida y
vuelta.
§.
El triste final del Castillo de Olite
El 7
de marzo de 1939 se producía en la bocana del puerto de Cartagena la mayor
catástrofe naval de la historia de España. Se fue a pique el transporte de
guerra Castillo de Olite, y en su hundimiento arrastró mil quinientas almas.
Fue en una acción de guerra en la que los republicanos tuvieron mucha puntería
y en la que los sublevados franquistas en Cartagena mostraron una torpeza
imperdonable. La muerte de aquellos mil quinientos hombres de una sola tacada
se podría haber evitado, primero y evidente, si los republicanos no hubieran
disparado y, segundo, si los sublevados no hubieran dado por hecho que
Cartagena ya estaba ganada.
El
Castillo de Olite partió del puerto de Castellón con destino al de Cartagena
junto con otros buques. Iban en auxilio de los sublevados en esa ciudad, porque
los republicanos, aunque tocados de muerte, no acababan de rendirla. El
Castillo de Olite transportaba dos mil doscientos hombres, era muy pesado, muy
lento y llevaba la radio estropeada. O sea, que se quedó el último del convoy.
El día 6 de marzo la artillería de costa de Cartagena estaba en manos de los
golpistas, con lo cual pudieron proteger de los ataques republicanos la llegada
de los barcos que iban por delante del Castillo de Olite.
Pero,
en una rápida maniobra, los republicanos recuperaron las baterías de costa y
como el Castillo de Olite iba el último, llevaba un día de retraso y encima
navegaba sin radio, no fue advertido de que iba derechito a una ratonera,
convencidos todos sus mandos de que Cartagena estaba ganada para la causa.
Cuando recibieron el primer disparo estaba claro que no era así. El segundo
remató el hundimiento. El episodio del Castillo de Olite, más que un pírrico
triunfo republicano, lo que dejó al descubierto fue el caos y la
desorganización de los sublevados en Cartagena. Pero, sobre todo, dejó dos
preguntas en el aire. Una: ¿por qué se ordenó el embarque de dos mil doscientos
hombres en un barco sin radio? Y dos: ¿por qué nadie frenó el avance del buque,
aunque fuera por paloma mensajera? Mil quinientos hombres murieron esperando
respuestas.
§.
La maléfica Legión Cóndor
El
16 de noviembre de 1936 los sevillanos se quedaron a cuadros. Tuvieron el
dudoso privilegio de recibir a los 697 hombres que formaban la primera
expedición de la Legión Cóndor, los alemanes que pilotarían en ayuda de Franco
los temibles cazas que bombardearon y arrasaron toda la España republicana.
Guernica también.
Franco
necesitaba ayuda para que su golpe de Estado triunfara, y cuando alguien
necesita ayuda la pide a conocidos y amiguetes. Igual que la República solicitó
ayuda a Stalin para defenderse, Franco se la pidió a Hitler para atacar. La
verdad es que, con amigos como ellos, quién necesitaba enemigos…
Aquellos
697 hombres de la Legión Cóndor que llegaron a Sevilla sólo eran los primeros.
Todavía faltaban por llegar seis mil más, aunque Alemania se pasó toda la
guerra diciendo que no los conocía de nada.
Hitler
exigió que la ayuda alemana a Franco se hiciera de forma discreta y que quedara
perfectamente claro que Alemania no estaba ayudando al golpe de Estado contra
la República. Estaba ayudando a Franco de forma personal. Pues vale, para él la
perra gorda.
El
nombre que se dio a la operación especial de ayuda a Franco, no a la rebelión
franquista, fue Fuego Mágico. Y es que Hitler, en el fondo, era un poeta. La
noche que accedió a apoyar a Franco, no a la rebelión franquista, había visto
la ópera La Valkiria, de Wagner, y en el tercer acto se ve a Brunilda rodeada
por un fuego mágico que la protege del ataque de los dioses. Pues ya está, dijo
Hitler, «Operación Fuego Mágico» será el nombre, y dentro de ella estaba la
Legión Cóndor.
Lo
que Alemania hizo con este ejército de especialistas en España fue ensayar su
armamento y sus tácticas, lo cual le vino de perlas de cara a la Segunda Guerra
Mundial. Las masacres de la Legión Cóndor son de sobra conocidas, aunque una se
ha llevado la fama y otras han cardado la lana. En Guernica arrasó la ciudad y
la vida de cientos de personas. Pero cuando bombardeó a miles de familias
malagueñas que huían por la carretera de la costa camino de Almería, se perdió
la cuenta de los muertos. No bajaron de cinco mil.
§.
La Giralda a salvo
Son
los Reyes Católicos los que se han llevado las mieles de la definitiva
expulsión de los musulmanes de la Península, pero conviene hacer constar de vez
en cuando que esto fue así porque otro rey, Fernando III, ya les había allanado
el camino. El 23 de noviembre de 1248 Fernando III el Santo, patrón de Sevilla,
les quitó la Giralda a los musulmanes. La Giralda, la Torre del Oro, los Reales
Alcázares y el Guadalquivir. Sevilla pasó a formar parte de territorio
cristiano. La Macarena, el Cachorro y el Jesús del Gran Poder aún estaban por
llegar.
La
conquista de Sevilla en aquel siglo XIII quedó como la más importante en varios
siglos, lo que pasa es que la toma posterior de Granada tuvo mejor
mercadotecnia. Fernando III, la verdad, desde que decidió conquistar Andalucía
para Castilla fue de triunfo en triunfo. Primero Andújar, Martos y Baeza; luego
Úbeda, Córdoba, Arjona, Jerez, Jaén… Hasta que llegó a donde quería, a Sevilla.
Ni que decir tiene que las visiones de vencedores y vencidos fueron distintas
según escribiera la historia un cristiano o un musulmán. Para los cristianos,
Fernando III entró en Sevilla con mejor talante que Zapatero; los musulmanes,
en cambio, dejaron escrito que Fernando III fue un tirano. Así es la historia
de la historia.
Sevilla
pasó a ser, a raíz de la conquista, la ciudad más importante de la corona de
Castilla y León, y Fernando III le tomó tanto gusto que se quedó a vivir. La
convirtió en capital y corte de sus reinos, y no consiguieron que abandonara la
ciudad ni con los pies por delante, porque allí murió y allí sigue enterrado. Y
es fundamental reconocerle una cosa al rey cristiano: si el más precioso
alminar almohade, la Giralda, sigue en su sitio es porque Fernando III se
empeñó. Los musulmanes quisieron derribarlo junto con la gran mezquita, donde
está ahora la catedral, cuando tuvieron que abandonar la ciudad, pero el rey
dijo que como alguien tocara una sola teja del alminar y de la mezquita,
degollaría a todos los moros que había en Sevilla. Visión turística tenía un
rato.
§.
Séptimo de Caballería: Mucho ruido y pocas nueces
Al
Séptimo de Caballería y al general Custer les ha dado fama y gloria el cine,
porque la realidad de aquel regimiento creado a mediados del XIX para combatir
a las tribus indias era bien distinta. El 27 de noviembre de 1868 el general
Custer lanzó a sus hombres contra un campamento de cheyenes instalado a orillas
del río Washita. El Séptimo de Caballería se ganó su primera gloria atacando un
campamento repleto de ancianos, mujeres y niños. Caballo Loco juró venganza
contra «Cabellos Largos». O sea, contra Custer.
El
general Custer y sus supuestos valientes del Séptimo de Caballería llevaban dos
años, justo desde que se creó este regimiento, buscando indios para ganarse un
triunfo que llevarse a la boca y sacar pecho ante el alto mando estadounidense.
Pero entre que Custer era bastante manta como general y que los soldados del
Séptimo desertaban más que en ningún otro regimiento del ejército regular, la
efectividad brillaba por su ausencia.
Cuando
el general recibió el soplo de que a orillas del Washita había un enorme
campamento de cheyenes, no se anduvo con miramientos. Ni reconoció el terreno
ni calculó cuántos inocentes caerían en la refriega. Mandó que la banda de
música tocara la famosa canción irlandesa que identifica al Séptimo de
Caballería, Garry Owen, y lanzó el ataque con orden de disparar a todo lo que
se moviera. Murieron doscientos, la inmensa mayoría, madres con niños y
ancianos de la tribu.
Aquella
masacre no fue aplaudida en el ejército, pero mucho peor cayó entre el resto de
tribus. Varios jefes indios se unieron a la caza del general Custer en los
siguientes años y, al final, se llevó el gato al agua Caballo Loco, que lo más
suave que le hizo a Custer Cabellos Largos fue arrancarle el cuero cabelludo en
la famosa batalla de Little Bighorn.
Esta
vez Custer no se enfrentó a mujeres y niños indios, sino a cuatro mil guerreros
muy cabreados. Y eso que le avisaron. Cuidado Custer, ¿tantos años en la
pradera y no conoces a Caballo Loco?
§.
Tratado de Utrecht
La
historieta de hoy es de las fáciles, de las que se aprendían de carrerilla.
¿Con qué tratado se puso fin a la Guerra de Sucesión española? Con el Tratado
de Utrecht. ¿Y qué se consiguió con él? Que los Borbones alcanzaran el trono de
España. ¿Y qué se perdió a cambio? Casi todo. El día 11 de abril de 1713 se
firmó el más importante de los acuerdos de Utrecht, porque hubo varios
(estuvieron dos años firmando acuerdos mientras los españoles se desangraban en
los campos de batalla), pero el que se rubricó este día nos dejó listos. Eso
sí, en el reparto nos tocó un rey con una exquisita pronunciación francesa.
Ya
sabemos todos que cuando a Carlos II, a quien llamaron el Hechizado por no
llamarle directamente Lelo, le dio por morirse sin descendencia, nos dejó un
bonito berenjenal en España. Él nombró como sucesor a un Borbón, a un francés,
pero en Austria se consideraban los legítimos herederos de la corona porque así
había sido desde dos siglos atrás. Ahí empezó el lío y ahí fue cuando
austríacos y franceses se enredaron. Los países europeos tomaron partido por
unos o por otros, porque, ya se sabe, a río revuelto, ganancia de pescadores. Y
las ganancias se repartieron aquel 11 de abril. Gibraltar y Menorca para los
ingleses, que además consiguieron el monopolio de determinadas rutas en el
comercio de esclavos. Parte de los Países Bajos, Nápoles, Cerdeña y el ducado
de Milán, para Austria, siempre y cuando el aspirante austríaco renunciase al
trono español, y Sicilia para el duque de Saboya…
Fue
una guerra que duró más de diez años y en la que ganó todo el mundo menos
España. Ganaron los Borbones, que asentaron sus reales en este país. Ganó
Inglaterra, que consolidó su hegemonía en el Mediterráneo y pasó a ser el rey
del mambo en América, y, por supuesto, ganaron Francia y Austria, porque cada
una se llevó su parte del pastel. Europa recolocó sus fronteras y todos
contentos. Pero todavía hay quien se pregunta por qué Gibraltar es de los
ingleses. Felipe V, el primer Borbón, tiene la respuesta.
§.
Rebelión en Fuenteovejuna
¿Quién
mató al comendador? Ese mismo en el que están pensando. En la madrugada del día
23 de abril del año 1476 los vecinos de un pueblo cordobés asaltaron el palacio
del comendador Fernán de Guzmán, mataron a los catorce criados que intentaban
cortarles el paso y finalmente se cargaron y mutilaron a su señor. Fue la
rebelión del pueblo cordobés de Fuenteovejuna. Lope de Vega inmortalizó el
episodio, pero lo hizo de aquella manera, porque parece que entre lo ocurrido y
lo narrado cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.
La
historia es fácilmente manipulable según cómo respiren los cronistas encargados
de transmitirla, y con la rebelión de Fuenteovejuna hay un enredo considerable.
Existen tres versiones históricas de lo que allí ocurrió: una que dice que los
vecinos, hasta el gorro del tiránico comendador de la Orden de Calatrava Fernán
de Guzmán, que se dedicaba sólo a cobrar impuestos y a violar jovencitas, se
fueron a por él y lo mataron. Así lo trasladó un fraile cronista y de él
recogió todos los datos Lope de Vega para escribir su drama.
Otro
cronista, en cambio, escribió que el comendador era buena persona, afable,
piadoso y solidario, pero que los vecinos, manipulados por un enemigo del
noble, lo mataron. Y luego hay una tercera versión, al parecer la más aceptada
por la historiografía moderna, que dice que el episodio fue más político que
popular. En aquel siglo XV la villa de Fuenteovejuna pasaba de mano en mano:
tan pronto pertenecía a Córdoba, como era entregada a la Orden de Calatrava.
Enrique IV la cambió tres veces de dueño y luego llegaron los Reyes Católicos y
la entregaron definitivamente a Córdoba. Como la Orden de Calatrava no la
soltaba, Córdoba azuzó a los vecinos contra el comendador, que, ayudados por
soldados, lo mataron. ¿Qué ocurrió de verdad? ¿Fernán de Guzmán fue buena gente
o un villano? ¿Nos engañó Lope de Vega por beber en fuentes contaminadas? Vaya
usted a saber. Eso sí, en el final de la historia, coinciden todas las
versiones. ¿Quién mató al comendador? Fuenteovejuna, señor.
§.
Batalla de Mühlberg
Cuando
el rey Carlos I de España consiguió erigirse, además, como emperador del Sacro
Imperio Romano Germánico vio cumplida una ambición: dominar medio mundo
política y religiosamente. ¿Quién amenazaba este perfecto conglomerado de la
espada y la cruz? Los luteranos, esos pertinaces protestones que ni aceptaban
al papa ni aceptaban al emperador. Carlos V, hasta el casco de ellos, se fue a
buscarlos a su propio territorio, y lo hizo el 24 de abril de 1547. Fue la
famosa batalla de Mühlberg. Famosa porque la ganó y famosa porque Tiziano dejó
inmortalizado el triunfo en el famoso cuadro del emperador montado a caballo.
Desde
el mismo momento de la coronación de Carlos V en 1520, su principal empeño fue
regir un imperio católico en Europa. Pero al emperador le salieron tres granos
en salva sea la parte que no estaban de acuerdo con eso de que el rey de
España, encima, fuera emperador de Alemania y el mayor mandón de Europa.
El
primer forúnculo fue el papa, pero finalmente se desinfló porque hubo acuerdo.
El segundo, el rey de Francia Francisco I, que estuvo guerreando contra Carlos
V hasta que se le acabó el aliento; pero el tercer grano, el más incómodo y el
más gordo, fueron los protestantes.
Los
príncipes alemanes protestantes se unieron en la Liga Esmalcalda y, aunque no
llegaron a declarar la guerra al emperador, sí le incordiaban todo lo que
podían con su defensa de la reforma luterana. Cuando no expulsaban de Alemania
a obispos y príncipes católicos, le confiscaban tierras a la Iglesia. Carlos V
se hartó y se fue a por ellos. Por Mühlberg pasa el caudaloso río Elba, y los
protestantes, muy listos, se apostaron en una orilla y destruyeron los puentes
para que los tercios imperiales no pudieran atravesarlo. Se relajaron de más y
no calcularon que los soldados españoles sabían nadar.
La
mesnada del emperador cruzó el río en plena noche y pilló por sorpresa y
adormilado al enemigo. La tropa protestante salió despiporrada, los príncipes
cabecillas fueron capturados y Carlos V creyó haber dado un paso más para
acabar con la reforma luterana. Sólo fue una alucinación.
§.
Comienza la primera guerra árabe-israelí
Cara,
muy cara le ha costado a la humanidad aquella arbitraria decisión que tomó la
ONU de partir Palestina para que los judíos pudieran ocupar un territorio que,
según ellos, les correspondía por mandato divino, histórico y moral. La ONU
adoptó el papel de Salomón y dio el primer paso para que el 15 de mayo de 1948
comenzara, oficialmente, la primera guerra árabe-israelí. En la jornada
anterior, David Ben Gurion había proclamado el nacimiento del Estado de Israel.
Sesenta años de enfrentamiento al que le esperan sesenta más.
Hay
que poner la boca pequeña para decir que fue el mundo occidental, desde sus
sillones de Naciones Unidas, el que puso en bandeja de plata el perfecto
escenario para la guerra. Porque el mundo se sentía culpable y en deuda con los
judíos por no haber puesto freno al genocidio cuando debió hacerlo. El
remordimiento se convirtió en simpatía hacia los judíos, que jugaron hábilmente
sus cartas para que la creación de su Estado tuviera el beneplácito mundial.
Pero
los judíos tenían algo más: suficientes fieles desplazados para dar ciudadanía
a ese Estado y una impresionante infraestructura económica e institucional que
operaba desde distintas partes del mundo. Sólo les faltaba conseguir un
territorio para instalarse y, como el mundo ya tenía las fronteras marcadas al
milímetro, está claro que había que quitárselo a alguien. Le tocó a Palestina.
Los
árabes argumentaron que el mundo se convertiría en un manicomio si todos los
pueblos desplazados a lo largo de siglos y siglos de historia tratasen de
regresar a las tierras de sus antepasados, pero la queja no tuvo suficiente
efecto. Al final, la ONU repartió la parcela en beneficio de Israel, pero
Israel arrugó el ceño porque quería más.
Cuando
el nuevo Estado judío se liberó del control internacional, hizo lo planeado:
tomó otra porción del pastel y expulsó a setecientos mil palestinos. Los
judíos, el pueblo que se lamentaba por su expulsión miles de años atrás, habían
aprendido a expulsar. Lo hicieron en el nombre de Dios, un dios distinto al de
los árabes pero igualmente harto de tanta guerra en su nombre.
§.
La guerra de las naranjas
Una
cosa tenemos que reconocerle los españoles a los vecinos portugueses: que los
hemos traído fritos a lo largo de la historia. Cada dos por tres los estábamos
invadiendo, y el 20 de mayo de 1801 fue una de esas veces. Comenzó una guerra
muy tonta, que apenas duró unos días y a la que los españoles bautizaron con
rechifla «la guerra de las naranjas».
Para
entender por qué los españoles invadieron por enésima vez Portugal hay que
meter a Napoleón en el ajo. El año anterior, en 1800, España y Francia habían
firmado el tercer tratado de San Ildefonso, por el que los dos países se
obligaban a ser amiguetes y a emprenderla con Portugal si Portugal se empeñaba
en seguir siendo amiga de los ingleses. Suena a patio de colegio, pero era así.
Portugal no renunció a su amistad con los ingleses y Napoleón le dijo a España,
hala, a invadir. Así que Manuel Godoy, el favorito de Carlos IV y más favorito
aún de su mujer, la reina María Luisa de Parma, se plantó aquel 20 de mayo con
un ejército de sesenta mil hombres en el país vecino. La guerra se ganó, pero
además de ser una victoria muy tonta, también fue bastante improductiva.
Las
conquistas logradas por los españoles en sólo un par de semanas se devolvieron
más tarde a los portugueses mediante la firma del Tratado de Badajoz. Con lo
cual, no habíamos hecho nada. Todo quedó igual que antes de comenzar la guerra.
Tiempo, dinero y tiros pegados ¿para qué? Para nada. Por eso el pueblo español
no dejó quieta la maledicencia y llamó a la guerra «la de las naranjas», porque
lo único que se le ganó a Portugal fueron las naranjas portuguesas que recibió
la reina María Luisa de Parma y que le envió Manuel Godoy con todo su amor en
plena contienda mientras sitiaba la ciudad de Elvas.
Una
pena de guerra, porque si se hubiera gestionado bien y se hubieran seguido las
indicaciones de Napoleón, las provincias portuguesas conquistadas se habrían
usado para intentar la devolución de Gibraltar. Ése era el plan, pero el
Borbón, siguiendo la costumbre de sus antecesores, no dio importancia a aquel
peñón inhóspito y lleno de monos.
§.
Las Malvinas, españolas
La
historia de las islas Malvinas está enquistada en el tiempo. Entender por qué
Reino Unido y Argentina se enfrascaron en el 1982 en una guerra por su posesión
no es fácil si antes no nos vamos dos siglos y pico atrás. Fue el día 10 de
junio de 1770 cuando se produjo uno de los muchos episodios que tuvieron que
ver con el asunto, cuando los españoles enviaron varias naves para expulsar a
los ingleses de las que ellos llamaban islas Falkland. La historia trae cola.
Hagamos
un recorrido en el tiempo a toda mecha. Según los españoles, las Malvinas las
descubrimos nosotros y según los ingleses, las descubrieron ellos. Sea de quien
fuera el mérito en aquel lejano siglo XVI, la cuestión es que nadie se instaló
en ellas hasta dos siglos después. Las Malvinas están formadas por doscientos
islotes y en los dos mayores, en isla Soledad y en Gran Malvina, se
empadronaron franceses e ingleses. Según el Tratado de Tordesillas, las islas
pertenecían a España, y así lo entendieron los franceses, que aceptaron una
indemnización y se largaron. Pero no los ingleses, que continuaron allí hasta
que España los expulsó en 1770. Ahí quedó la cosa, aunque con los
enfrentamientos propios de la época. Que vete, que las islas son mías… que vale,
me voy pero volveré… que si ahora te vuelvo a expulsar… lo típico.
El
dominio español llegó hasta mediados del siglo XIX, cuando cedió las islas
Malvinas a la recién creada República Argentina. Los españoles se fueron y allí
se quedaron los argentinos con sus islas, a las que no prestaron mayor
atención. Ni siquiera se preocuparon de nombrar un gobernador.
Como
los ingleses no olvidan, volvieron a por ellas, y como sólo se encontraron a
veinte habitantes, las invadieron y se las quedaron. Y hasta hoy. Las
intenciones argentinas de recuperar las Malvinas en 1982 quizás fueran
legítimas, pero el momento elegido fue el peor. Al menos la guerra trajo una
cosa buena: la rendición de Argentina dejó al ejército a la altura del betún,
el régimen militar cayó y el país restauró la democracia. Para más información,
el 14 de junio. O sea, unas líneas más adelante.
§.
Fin de la guerra de las Malvinas
Argentina
quemó su penúltimo cartucho para arrebatar las islas Malvinas a los británicos
en 1982, y el 14 de junio de aquel año se rendía ante Reino Unido después de
una guerra de setenta y cuatro días, mal llevada, peor planteada y
absolutamente innecesaria. ¿Por qué se empeñó el general Leopoldo Galtieri en
recuperar las islas por las bravas cuando el asunto se estaba tratando por la
vía diplomática en Naciones Unidas? ¿A qué vino aquella invasión anacrónica y
en el momento más inoportuno? Todo fue una mascarada, una patochada más del
régimen militar argentino que costó la vida a mil hombres.
Los
militares arrearon un golpe de mano en Argentina porque el país iba mal. Pero
luego llegaron ellos y lo dejaron mucho peor. La crisis que vivía la República
en aquel 1982 alcanzó niveles históricos, y había que hacer una maniobra de
distracción para que el país dejara de mirar hacia dentro. Leopoldo Galtieri
enfocó a las Malvinas y despertó en los argentinos un sentimiento patriótico
por recuperar aquellas islas que les quitaron los británicos en el siglo XIX.
Pero
Galtieri calculó mal, porque pensó que el Reino Unido no respondería
militarmente. ¿Por qué se iban a preocupar los british por unas islas que les
pillaban a 8.000 kilómetros de distancia, áridas y donde hace un frío que pela?
Pues, primero, porque a Margaret Thatcher nadie le tocaba las narices y,
segundo, porque, en el hipotético caso de que algún día se cerrara el Canal de
Panamá, las Malvinas tendrían una enorme importancia estratégica para el Reino
Unido.
Así
que la Thatcher envió veinticinco mil soldados a defender las islas, bien
preparados, mejor asistidos y con excelente material bélico. Argentina tuvo que
capitular y dejó en el camino a seiscientos cincuenta hombres. El fracaso de la
guerra dio la puntilla al régimen militar, y quedó claro que el ejército
argentino sólo tenía buenas estrategias para torturar y asesinar a los
disidentes de su país, para organizar los vuelos de la muerte y hacer
desaparecer a treinta mil ciudadanos. Un año después, la democracia volvió a
Argentina. Fue la única consecuencia bondadosa de aquella estúpida guerra.
§.
La resistencia francesa
El
cobardón y traicionero general Pétain entregó París a Hitler a la vez que
aceptaba la ocupación alemana. Qué infamia ver al Führer y sus secuaces nazis
paseando a sus anchas por debajo de la torre Eiffel camino de Trocadero. Pero
además de millones de franceses, un personaje clave no estaba dispuesto a
aceptar la ocupación sin plantar cara: el general Charles de Gaulle. Huyó a
Londres y el 18 de junio de 1940 su voz sonó potente en las radios francesas a
través de la BBC llamando a los militares y a los ciudadanos galos contra la
invasión nazi: comenzaba a organizarse la resistencia francesa.
De
Gaulle se convirtió por arte de birlibirloque en el representante internacional
de la Francia Libre. No era nadie para ser reconocido como tal, pero es que no
había otro; no había autoridad francesa alguna dispuesta a luchar contra los
alemanes, porque el gobierno de Pétain cayó en los brazos nazis cual enamorada
descerebrada. Así que fue De Gaulle el que se plantó en Londres delante de
Winston Churchill y le pidió ayuda para luchar contra los alemanes. Bastante
tenía Churchill con lo suyo y con defender el Reino Unido de Hitler como para
facilitar ayuda a De Gaulle, pero al menos puso en sus manos el arma más
mortífera y eficaz contra los nazis: la radio. Le prestó los micrófonos y las
antenas de onda corta del segundo canal de la BBC, y desde la emisora
transmitió De Gaulle sus arengas patrióticas, pidiendo la movilización de los
militares de su país y de los ciudadanos.
No
es que con aquella primera intervención radiofónica del 18 de junio naciera la
resistencia, porque ya existía. Había nacido de forma espontánea desde el mismo
momento en que llegó la amenaza nazi, pero estaba desorganizada y no daba pie
con bola. El hecho de que De Gaulle se erigiera desde Londres como único líder
de la Francia Libre y que avivara el patriotismo contra los invasores dio un
impulso importante para que la resistencia comenzara a organizarse: sabotajes,
propaganda, atentados, redes de evasión, refugios para los perseguidos… y al
final, Hitler a freír espárragos.
§.
Batalla de Solferino
La
batalla de Solferino, en la Lombardía, al norte de Italia, podría haber sido
una más de las muchas que se libraron a mediados del XIX. Muy cruenta, pero una
más. Se entabló el 24 de junio de 1859 y en ella se pegaron austríacos contra
piamonteses y franceses en la guerra de la independencia de Italia. Tras varias
lloras de batalla, miles de heridos sin asistencia, agonizantes, quedaron en el
campo de batalla. Pero algo bueno salió de aquel desastre humano. Comenzó a
gestarse la Cruz Roja.
El
filántropo suizo Jean Henry Dunant, así, a primera vista, no parecía un tipo
muy oportuno, porque se plantó en Solferino para proponerle al emperador
francés Napoleón III no sé qué planes para mejorar la agricultura en Argelia.
Aquel 24 de junio, en plena batalla, ni Napoleón III ni nadie estaba para
discutir sobre las cosechas argelinas, así que Jean Henry Dunant, para hacer
tiempo, se sentó a mirar, y lo que vio fue tal desastre en el campo de batalla,
cuarenta mil víctimas entre muertos y heridos, que aparcó sus proyectos
agrícolas y puso manos a la obra.
Con
la ayuda de mujeres de Castiglione, un pueblo cercano a la batalla, participó
en la organización de un servicio de voluntariado para curar heridos,
confortarlos y darles comida y agua.
El
suizo se quedó con la copla y no paró de darle vueltas a la cabeza en los años
siguientes. Es que era filántropo, y el amor al género humano era lo suyo.
Llegó a la conclusión de que había que crear organizaciones neutrales, ajenas a
uno u otro bando, que se dedicaran a ayudar a los soldados heridos en tiempo de
guerra, sin importar quién ganara, sin que importaran los credos y las
ideologías. Y así fue como propuso al mundo que se creara la Cruz Roja. Volcó
sus ideas en un libro y un año después consiguió que se organizara en Ginebra
una conferencia internacional para discutir el proyecto. Dicho y hecho: la
Convención de Ginebra de 1864 fundó la Cruz Roja Internacional permanente.
Jean
Henry Dunant fue luego Premio Nobel de la Paz, quizás uno de los más merecidos
que nunca haya entregado la Academia sueca.
§.
Custer en la batalla de Little Bighorn
Un
puñado de líneas más atrás recordaba aquella batalla en la que el célebre busca
glorias general Custer logró una dudosa fama al atacar un campamento de
cheyenes a orillas del río Washita, ocupado sobre todo por mujeres, ancianos y
niños. Custer se quedó tan a gusto tras la masacre, pero dos jefazos indios,
Caballo Loco y Toro Sentado, se la juraron por un ataque tan desproporcionado y
sangriento. Y la venganza llegó en la batalla de Little Bighorn el 25 de junio
de 1876. Custer calculó mal sus fuerzas y, lo que es peor, contó indios de
menos. Creyó que su Séptimo de Caballería se merendaría a mil quinientos cuando
en realidad había cuatro mil.
La
batalla de Little Bighorn se produjo porque en el territorio que ocupaban los
indios en Montana apareció oro. Hasta allí llegaron colonos en masa y, aunque
los sioux vivían en aquella zona con el beneplácito del gobierno, ante la
presencia de oro se les pidió que se largaran a una reserva para poder sacar el
vil metal. Los indios dijeron que ya estaba bien de tanto acoso y que a la
reserva se fuera el padre del hombre blanco.
La
única solución fue desalojarlos a la fuerza, y a por ellos se fueron tres
columnas del ejército. En una de ellas iba Custer al mando del Séptimo de
Caballería. Pero como además de mal estratega era un impaciente, en lugar de
esperar al resto del ejército, decidió atacar por su cuenta para llevarse la
gloria.
El
poblado que decidió atacar tenía, según sus cuentas, mil quinientos guerreros,
pero por algo fue el último de su promoción en West Point, porque allí había
cuatro mil pieles rojas armados hasta la pluma, con Caballo Loco y Toro Sentado
al frente y con el único objetivo de hacerse con la cabellera de Custer. Los
sioux acabaron en un pispás con el Séptimo de Caballería, acorralaron a Custer
y, efectivamente, le arrancaron sus melenas largas y rubias. Toro Sentado contó
años después que Custer murió con la sonrisa puesta porque la última bala de su
revólver la empleó en matar a un indio. La batalla de Little Bighorn fue el
mayor desastre que sufrieron los estadounidenses en las guerras indias, pero a
la vista está que al final ganaron los rostros pálidos.
§.
La Vicalvarada
Nadie
crea que las corruptelas en España son asunto de nuestro tiempo. Los casos que
ahora nos abofetean desde los medios de comunicación son pantuflas chinas
comparados con los pelotazos que se daban a mediados del siglo XIX con el
beneplácito de su oronda majestad Isabel II. Los desmanes de aquella corte de
los milagros financieros para un grupo de corruptos con levita y chistera
acabaron provocando lo que sucedió el 28 de junio de 1854: «la Vicalvarada».
La
Vicalvarada fue un pronunciamiento militar para apear del gobierno a un tipo
que no se iba ni con agua caliente: Luis José Sartorius, un individuo que llegó
a presidente gracias a que lo nombró Isabel II, pero sin que nadie conociera
sus méritos. Su trabajo era tapar las corruptelas de gentes como la madre de la
reina, María Cristina de Borbón, y de su marido, Fernando Muñoz, duque de
Riánsares; pero sobre todo las del marqués de Salamanca, que con sus turbios
negocios se hizo con el monopolio del ferrocarril en España. Y aquí estuvo el
detonante de la Vicalvarada.
Sartorius
quiso rectificar la ley de ferrocarriles en el Senado para que las subvenciones
fueran más transparentes, pero con la condición de que no se tocara lo hecho
hasta entonces. Es decir, que se confirmaran las concedidas y que no se
investigara ni a quién ni cómo se habían concedido. El Senado contestó que
nones, y ¿qué hizo Sartorius? Cerró las Cortes y destituyó a los que habían
votado contra su ley. Con un par. El escándalo fue de órdago, pero Isabel II
mantuvo en el poder a su «favorito imbécil», como ya conocía el populacho a
Sartorius.
El
ambiente se fue calentando y el ejército acabó pronunciándose para derrocar al
gobierno en el pueblo madrileño de Vicálvaro, de ahí lo de «Vicalvarada».
Aquello quedó en agua de borrajas en un primer momento, porque los sublevados
no derrocaron al gobierno ni el gobierno sofocó la sublevación, pero fue el
principio del fin de la década moderada y corrupta, y el principio del bienio
progresista. La España del pelotazo, quede claro, viene de antiguo. Cómo sería
aquella época que hasta el director del Banco de España acabó en la cárcel.
§.
Franco abandona Tenerife
Qué
hacía Franco en Tenerife el 15 de julio de aquel fatídico 1936? Pues pasar la
última noche tranquila con doña Carmen, porque al día siguiente el militar
golpista abandonó la isla camino de Gran Canaria para iniciar su aventura
guerrera, subirse al Dragon Rapide y organizar la marimorena en Marruecos. Fue
el principio del fin de las libertades en España.
El
Dragon Rapide esperaba a Franco en Gran Canaria para llevarle a Tetuán, junto a
sus tropas leales y con las que emprendería el golpe de Estado contra la
República. Pero el militar tenía muy difícil salir de Tenerife, porque desde el
gobierno ya se olían que tramaba algo. Pero se produjo un hecho providencial:
el gobernador militar de Las Palmas murió cuando se le disparó su pistola
mientras hacía prácticas de tiro, y el entierro iba a ser el día 17 de julio.
Era la excusa que necesitaba para trasladarse a Gran Canaria sin levantar
sospechas. Nunca ha quedado claro si la muerte del gobernador fue,
efectivamente, un accidente o si alguien provocó ese accidente para que Franco
pudiera acudir al funeral.
Porque
resultó que todo estaba perfectamente organizado. Aquel 16 de julio, antes de
embarcar para Gran Canaria, Franco confesó y comulgó, fue absuelto de sus
pecados presentes y futuros, metió a su mujer y a su hija en un barco francés,
encarceló al gobernador civil, cerró las comunicaciones con la Península y dio
por comenzada la guerra. Cuando Franco desembarcó el día 17 en Gran Canaria, el
entierro de su supuesto amigo pasó a segundo plano, porque la sublevación ya
era evidente. Allí le estaba esperando la Guardia de Asalto para impedir que
subiera al Dragon Rapide, y de hecho éste fue el primer combate de guerra.
Queda claro que ganó Franco.
El
siguiente paso que dio Franco fue afeitarse el bigotito hitleriano para no ser
reconocido, vestirse de civil y emprender el vuelo en aquel avión que consiguió
gracias a sus amigos Juan de la Cierva, Juan March, el duque de Alba y Luca de
Tena. En Tetuán le esperaba otro aliado de apellido famoso: Eduardo Sáenz de
Buruaga. Era el 18 de julio de 1936.
§.
Horatio Nelson, héroe pero manco
Aunque
sólo sea por meter el dedo en el ojo bueno del más celebrado héroe inglés,
conviene recordar que el almirante Horatio Nelson también tuvo sus tropezones.
Y uno de ellos fue el 25 de julio de 1797, cuando perdió primero un brazo y
luego la batalla por la bravura de los tinerfeños. Le estuvo bien empleado, por
intentar quitarnos las Canarias. No está de más recordarlo, porque cada vez que
se habla de Nelson es para cantar sus victorias ante Napoleón o para insistir
en que nos dio la del pulpo en Trafalgar. Pues no siempre ganaba, y en Tenerife
las cuentas le salieron mal.
Cuando
Nelson surcaba los mares, la verdad es que iba un poco sobrado, y más de una
vez se confió con eso de que era un gran estratega. Aquel verano de 1797 se
empeñó en anexionar las Canarias a la corona británica y pensó que sería pan
comido. Atacó Santa Cruz de Tenerife con nueve barcos y casi dos mil hombres.
Pero el general español Antonio Gutiérrez había armado a todos los paisanos y
el ataque sorpresa que esperaba dar Nelson se volvió del revés. El almirante
inglés replegó sus tropas y volvió al ataque días después, y esta vez, aunque
llegaron un poco más lejos, porque la pelea se extendió a las calles de Santa
Cruz, otra vez Nelson perdió la batalla.
Y no
sólo la batalla, porque un cañonazo medio le arrancó el brazo derecho, que
luego hubo que amputarle. Si a esto añadimos que tres años antes había perdido
un ojo en otra ofensiva, tenemos como resultado que Nelson quedó un poco
perjudicado. Pero es igual, manco y tuerto, nos ganó en Trafalgar.
Lo
que sí hay que reconocer en aquella batalla canaria es que el combate acabó de
forma muy caballeresca. Los tinerfeños trataron muy bien a los heridos ingleses
y Nelson se lo agradeció al general Antonio Gutiérrez enviándole un queso y
cerveza. El militar español agradeció el detalle del almirante inglés y
respondió enviándole vino, y recordándole su promesa de no volver a poner los
pies en las islas Canarias, a no ser que fuera en plan turista.
§.
Septiembre Negro
El
polvorín de Oriente Próximo sufrió el 16 de septiembre de 1970 un estallido
devastador. Un punto de no retorno. Los palestinos instalados en Jordania
iniciaron una huelga general que terminó de inflar al rey jordano Hussein.
Aquello ya era el colmo. La lucha armada palestina contra Israel había
instalado un feudo dentro de Jordania y, pese a la necesaria solidaridad entre
los países árabes, Hussein no dejó que los palestinos le pusieran el país patas
arriba. Los masacró en aquel Septiembre Negro. La verdad es que todos se
pasaron por el lado que les tocaba. Los israelíes, por lo que todos sabemos;
los palestinos, por haberse creído que Jordania era suya; y los jordanos, por
haber reaccionado con un ataque tan desproporcionado. Pero cuando un asunto se
sale de madre, ya no se sabe qué fue primero, si el huevo o la gallina.
Civiles
y organizaciones armadas palestinas encontraron refugio en territorio jordano,
pero comenzaron por aceptar la mano y acabaron por tomarse el pie. Se
instalaron sin miramientos: regulaban hasta su propio tráfico de vehículos,
gestionaban su aeropuerto e incluso emitieron sellos oficiales. Crearon una
especie de Estado dentro del Estado. Y Hussein dijo, caray, que a este paso se
van a quedar con mi reino.
Aquella
huelga general palestina del 16 de septiembre colmó el vaso jordano, y al día
siguiente Hussein ordenó una represión brutal. Murieron cientos de civiles y
las aldeas palestinas en Jordania fueron arrasadas con napalm. La OLP y el
Frente para la Liberación de Palestina, en otros tiempos enfrentados a cara de
perro, olvidaron sus diferencias y se unieron contra Jordania en una lucha que
duró una semana; una lucha desigual, pero encarnizada. En el recuerdo popular,
aquel enfrentamiento quedó como «Septiembre Negro». Fue el mismo nombre que
luego adoptó un grupo terrorista para reivindicar la matanza de atletas
israelíes en los Juegos Olímpicos de Múnich.
§.
Comienza la Gloriosa
Discretamente,
a la chita callando, el 17 de septiembre de 1868 el almirante Topete y el
general Prim subieron a la fragata Zaragoza en aguas gaditanas. Su plan,
revolucionar España de sur a norte. El objetivo, apear a Isabel II del trono,
deshacerse de los Borbones y recuperar la soberanía nacional. El grito común de
aquella revolución, de la Gloriosa, fue: « ¡Viva España con honra!». Lo raro es
que dos de los tres partidos que se aliaron en esta revolución eran
monárquicos. Ni siquiera los realistas soportaban a la oronda e ineficaz Isabel
II.
La
Gloriosa fue la revolución más facilona de conseguir. Y lo fue por varias
razones. Primera y fundamental, porque los dos partidos liberales involucrados
tenían en sus filas a militares, luego era fácil arrastrar al ejército al
pronunciamiento. Segunda, porque el tercer partido, el de mayoría republicana,
no tenía mano con los militares pero sí con la población civil, así que animó
fácilmente el alzamiento. Ya saben, el ejército se pronuncia y el pueblo se
alza.
Y la
tercera razón que ayudó al triunfo de la Gloriosa fue, inexplicablemente, la
propia Isabel II. No hizo nada. Se quedó más parada que una señal de tráfico.
Comprensible por otra parte, porque la Gloriosa la pilló de vacaciones.
La
reina, a esas alturas de septiembre, continuaba su descanso estival en el norte
de España, con toda su prole y su numerosa servidumbre. Acostumbrada como
estaba a ser reina desde que tuvo uso de razón, ni se le pasó por la cabeza que
aquella bronca revolucionaria pasara a mayores. Ni fue a Madrid a tomar las
riendas ni se dirigió al pueblo diciendo, hombre, estaos quietos, que soy yo.
Lo único que se le ocurrió fue hacer las maletas, tomar un tren en Irún y pedir
asilo político en Francia.
Se
fue con lo puesto, aunque lo puesto eran tropecientos baúles y la corona. El
triunfo de la Gloriosa fue un paseo militar y dio comienzo el sexenio
democrático, que, la verdad, también tuvo lo suyo.
§.
China invade Tíbet
Qué
difícil se nos hizo a casi todos entender el lío que se montó en el Tíbet en
marzo de 2008. Cargas policiales, manifestaciones, comercios ardiendo, los
Juegos Olímpicos de Pekín encima, los medios de comunicación expulsados y venga
fotos en los periódicos con monjes corriendo con las togas remangadas. Pero los
sucesos de marzo tenían, evidentemente, un origen. El 7 de octubre de 1950,
ochenta mil soldados del Ejército Rojo de Mao Tse Tung invadieron el Tíbet y se
lo quedaron.
Desde
entonces el Tíbet es un polvorín que estalla de tarde en tarde y cuya mecha,
todo hay que decirlo, la encendieron los británicos. Las relaciones de chinos y
tibetanos hasta principios del siglo XX no eran malas. Al contrario, porque el
Dalai Lama era el consejero espiritual de los emperadores chinos. Es decir, la
China imperial brindaba protección al Tíbet y los tibetanos, a cambio, rezaban
por la China imperial. Todos contentos. Cada uno en su casa y Dios en la de
todos. Y en esta cordialidad vivían unos y otros cuando, en 1904, los
británicos se encapricharon del Tíbet por su posición estratégica. Así que los
ingleses invadieron el País de las Nieves.
Y
ahí fue cuando China dijo, un momento, antes de que se lo queden los
británicos, nos lo quedamos nosotros. Ingleses y chinos comenzaron a pegarse
por el Tíbet, hasta que alcanzaron un acuerdo. Dijeron los británicos a China,
vale, tú te quedas con el Tíbet y a cambio me firmas un jugoso acuerdo
comercial. Por supuesto, sin preguntar a los tibetanos qué opinaban. Desde
entonces Pekín consideró el Tíbet como propio, hasta que llegó Mao Tse Tung
aquel 7 de octubre y puso la guinda al pastel. Envió al Ejército Rojo, se
empeñó en acabar con el dirigismo religioso e impuso la Revolución Cultural. Y
hasta hoy. Dice un proverbio tibetano que, aun sin armas, Buda puede derrotar
al más grande enemigo. Lo que pasa es que se toma su tiempo.
§.
Batalla de Trafalgar
Qué
tremendo palizón nos dieron. Fue el 21 de octubre de 1805 en Trafalgar, frente
a las costas de Cádiz. De un lado nosotros, luchando junto a los franceses,
pero sin saber exactamente qué hacíamos allí; y del otro, los británicos,
avanzando como posesos con cien cañones por banda y el almirante Nelson
arengando a sus chicos con aquello de «Inglaterra espera que cada hombre cumpla
con su deber». La batalla de Trafalgar, orgullo de los británicos y vergüenza
de los franceses, lo único que nos sugiere a los españoles es qué demonios
hacíamos metidos en aquel fregado.
En
1805 los españoles éramos aliados de los franceses. De mala gana, pero lo
éramos. Así que cuando el Bonaparte nos pidió ayuda para enfrentarse a los
británicos, allá que fuimos, aun sabiendo que nos iban a dar la del pulpo. No
era nuestra guerra, no nos incumbía. El asunto andaba entre ellos, embroncados
por los continuos intentos de Napoleón para que los británicos hablaran
francés.
Trafalgar
no fue una batalla al uso. Es decir, lo normal es que una flota se pusiera en
línea y enfrente de la otra, y todos se liaran a cañonazos a ver cuántos navíos
hundían. Pero el almirante inglés utilizó una estrategia que él llamaba el
«toque Nelson» y que en realidad era un ataque a lo bestia. Hay que imaginar a
la flota combinada franco-española colocada en línea y esperando un ataque de
los de toda la vida de Dios, cuando vieron acercarse a la flota británica en
plan kamikaze, dividida en dos columnas que avanzaban sin intención de pararse.
La estrategia era romper la línea enemiga en tres partes y provocar el
desbarajuste.
Un
ataque así era suicida, porque durante el avance y antes de partir la flota
enemiga, las dos escuadras inglesas estaban expuestas al cañoneo
indiscriminado. Pero eso estaba dentro de los planes. Al final, ya saben,
ganaron los ingleses, pero conste que Nelson fue un héroe a nuestra costa y que
en Londres tienen Trafalgar Square gracias a nosotros.
§.
Batalla de Milvio
El
28 de octubre de hace la tira de años, el romano Constantino, que aún no era el
Grande, era Constantino a secas, tuvo un sueño. Vio en el cielo dos signos, una
X y una P superpuestas, mientras una voz machacona le decía «con este símbolo
vencerás». Cuando despertó el 28 de octubre del año 312, Constantino grabó
aquel monograma en sus armas y se fue tan contento a entablar la famosa batalla
del puente Milvio contra otro romano, Majencio. Y ganó. El imperio cristiano
estaba a punto de pegarle un codazo a la Roma imperial.
La
leyenda del sueño no hay quien se la crea, sobre todo porque tiene más
versiones que el Seat Ibiza, pero la batalla fue tan real como que el mundo
pegó un giro espiritual como no ha pegado otro. Que la religión tuvo mucho que
ver con el fin de la Roma imperial nadie lo pone en duda, pero no es menos
cierto que el desastre político del Imperio romano ayudó lo suyo.
Por
aquella época, Roma tenía cuatro gobernadores provinciales, cuatro tetrarcas al
mando de distintas zonas del imperio. Uno de ellos era Constantino, al que le
había tocado Britania y la Galia, la zona de Astérix. Y en éstas andaban cuando
otro de los tetrarcas, el tal Majencio, comenzó a creerse emperador por encima
del resto de tetrarcas. Constantino dijo que nones, que si Roma tenía que tener
emperador, era él, así que se fue a por Majencio.
Constantino
lo derrotó en la batalla del puente Milvio y luego fue quitando de en medio a
los dos tetrarcas que quedaban. Su política proclive al cristianismo, la
libertad de culto que impuso en Roma y la devolución de los bienes incautados a
la Iglesia fueron haciendo hueco al nuevo culto monoteísta y desplazando a los
dioses paganos.
Entonces,
sí. Constantino se convirtió en el Grande, se fue a vivir a Constantinopla, dio
por clausurado el decadente Imperio romano y abrió las puertas de la Edad
Media. Así de simple.
§.
Trágico armisticio
Parece
una incongruencia, pero quizás uno de los momentos más trágicos que se vivieron
durante la Primera Guerra Mundial se produjo precisamente el día que se firmó
el armisticio. Hace nueve décadas, el 11 de noviembre de 1918, Alemania se
rindió ante los aliados. Ya está, se acabó la guerra. Pero dos oficiales con
mando, un francés y un estadounidense, ordenaron a las tropas seguir luchando
hasta seis horas después de haberse firmado la paz. Murieron casi tres mil
hombres y siete mil acabaron mutilados. Los señores de la guerra, desde sus
despachos, fueron sus verdugos.
A
las cinco de la mañana del 11 de noviembre, a bordo de un tren detenido en un
bosque al norte de París, los alemanes plantaron su firma bajo las condiciones
escritas por los aliados para poner fin a la Primera Guerra Mundial. Se
rindieron. Pero el alto mando aliado decidió que la hora oficial para dar por
terminado el conflicto serían las 11 de la mañana y, por tanto, las órdenes de
combate se mantuvieron inalterables hasta esa hora, pese a que hacía seis que
la guerra había terminado y que la radio ya había transmitido la gran noticia
en todo el mundo.
Los
oficiales aliados más sensatos habían dejado de ordenar los ataques desde
cuatro días antes, cuando se supo que la paz estaba a un paso. Pero otros, los
menos si bien también los más furiosos, los que deseaban aplastar y humillar a
los alemanes hasta el último minuto tomaron al pie de la letra la hora final
del conflicto: once de la mañana. Sólo entonces ordenaron el alto el fuego.
Desde
los despachos de Washington, París y Londres no midieron que en aquellas seis
horas de más se producirían miles de víctimas por culpa de un puñado de
oficiales rabiosos. Miles de cartas de padres llegaron en los años posteriores
a esos despachos preguntando por qué sus hijos habían muerto en la mañana de
aquel 11 de noviembre, horas después de que hubiera acabado la guerra. Nunca
hubo respuesta.
Capítulo
5
Amor,
amoríos y chanchullos
Contenido:
§.
El sí de Sissi
§.
Petrarca se enamora
§.
Ana Bolena: donde las dan, las toman
§.
El primer encuentro de Isabel y Fernando
§.
La boda tramposa de los Católicos
§.
María Cristina de Habsburgo, la malquerida
§.
Eduardo VIII, la vida padre con la excusa del amor
§.
María Cristina de Borbón, la amante doliente
§.
Boda de Pocahontas
§.
Alfonso XII y María de las Mercedes, una boda coplera
§.
Napoleón y Josefina, se acabó lo que se daba
§.
La velación de Carlos V e Isabel de Portugal
§.
Segundo matrimonio de Fernando el Católico
§.
Madame de Pompadour
§.
La jugada maestra de Wallis Simpson y Eduardo
§.
Enrique VIII se divorcia de Ana de Cleves… y van cuatro
§.
Isabel II y Francisco de Asís, un matrimonio con los mismos gustos
§.
Locura y hermosura… mal apaño
§.
El sí de Sissi
Vámonos
de boda a la pija corte de Viena, porque el día 24 de abril de 1854 el
emperador austríaco Francisco José I se casaba con una jovencita de dieciséis
años llamada Elisabetta Amalia Eugenia von Wittelsbach, duquesa de Baviera y
mundialmente conocida como Sissi emperatriz. Fue un casorio por carambola,
porque todo estaba organizado para que el emperador intimara con la hermana
mayor de Sissi, pero le acabó gustando la pequeña. La boda fue de órdago a la
grande, no obstante ésa fue prácticamente toda la felicidad de la que pudieron
disfrutar. La desgracia les persiguió durante todo su matrimonio. Y esta vez,
sí, algo de culpa tuvo la suegra.
Al
pueblo austríaco le cayó bien esta boda, porque significaba el triunfo del amor
por encima de los arreglos familiares. Pero Sissi sólo estaba hecha para las
ventajas de la corte, no para los inconvenientes, ni mucho menos para el rígido
protocolo vienés. Ella tenía que ser mona y estar callada, pero Sissi quería
ser más mona y hablar. Su suegra Sofía, la madre del emperador, no tenía
inconveniente en que Sissi fuera todo lo mona que quisiera, pero eso de pensar
por su cuenta y meterse en política apoyando la independencia húngara era otra
historia. Suegra y nuera se llevaron a matar todos los días de su vida.
Quítense
de la cabeza la imagen de Romy Schneider, porque el cine ha convertido a Sissi
en una reina de cuento y ha obviado, por ejemplo, que era bulímica y anoréxica,
que cultivaba su belleza hasta la exageración, que despilfarraba a manos llenas
y que manejaba hábilmente con una mano la frivolidad y el derroche mientras con
la otra ayudaba a los pobres y desheredados. Visitaba un asilo de pobres por
sorpresa y se ganaba el favor del pueblo, pero sólo con lo que pagaba a su
peluquera, el sueldo más alto de toda la corte, hubiera comido un asilo todo un
mes. El resto de su vida, un desastre. Tuvo cuatro hijos, una murió, de otro
aún no está claro si se suicidó o lo suicidaron, y la propia Sissi acabó
asesinada por un anarquista. Un cuento que acabó de pena.
§.
Petrarca se enamora
Al
poeta Francesco Petrarca se le salió el corazón del pecho el día 6 de abril del
año 1327. Fue un Viernes Santo que acabó convertido en viernes de pasión porque
vio por primera vez a Laura, el amor de su vida y fuente de toda su
inspiración. La conoció en la iglesia de Santa Clara de Aviñón, en Francia,
durante la primera misa de la mañana. Si hubiera estado pendiente del responso
en vez de mirar a las feligresas, Petrarca se habría librado de pasar toda su
vida atormentado por un amor imposible. Gracias a ella, a Laura, Petrarca se
convirtió en el primer poeta lírico moderno. Y todo porque no le hizo caso.
La
historia nos ha trasladado que el amor de Petrarca por Laura de Noves fue puro
y casto, y parece que así es, pero no es menos cierto que así fue porque Laura
no le dejó. Laura, además de ser muy mona, estaba casada y, aunque Petrarca
intentó ver por dónde la entraba, la joven le paró los pies y le cortó las
visitas a su casa. Petrarca se alejó entonces de Aviñón para calmar sus ardores
y tuvo dos hijos, pero a la madre no le dedicó ni un miserable soneto. Todos
eran para Laura, pese a que su enamorada sólo se dedicaba a tener hijos con su
marido. Once churumbeles en total.
Algunas
fuentes insisten en que Laura no existió, que fue una creación de Petrarca para
cantar a través de ella el amor puro e incondicional. Pero Laura existió,
porque el propio poeta anotó la muerte de su amada en un códice de la
Biblioteca Ambrosiana. Y qué casualidad, porque Laura murió como consecuencia
de la peste también un día 6 de abril, pero de 1348, veintiún años después de
haber conocido al poeta.
Mientras
Laura vivió, Petrarca sufrió el tormento del amor no correspondido, pero en
cuanto murió pasó de la pasión platónica a la más negra de las melancolías, con
lo cual este hombre se pasó la vida sufriendo. Y sólo con desconsuelo un poeta
puede escribir así:
Aquí
termine mi amoroso canto:
seca
la fuente está de mi alegría,
mi
lira yace convertida en llanto.
§.
Ana Bolena: donde las dan, las toman
Enrique
VIII, rey de Inglaterra, redondo como don Pimpón, bronquista y famoso por
haberse casado seis veces y haberle cortado la cabeza a dos de sus mujeres,
obtuvo el 28 de mayo de 1533 uno de sus mayores triunfos. Consiguió que el
arzobispo de Canterbury otorgara validez a su segundo matrimonio con Ana Bolena
en contra de la decisión del papa de Roma. A grandes males, grandes remedios:
Enrique VIII se convirtió en cabeza de la Iglesia de Inglaterra y así pudo
ordenar que se anulara su matrimonio. Consecuencia: Inglaterra y los papas se
enfadaron para los restos.
Para
entender los líos matrimoniales de Enrique VIII hay que remontarse a su primer
matrimonio con una de las nuestras, Catalina de Aragón, hija de los Reyes
Católicos. Catalina se casó primero con Arturo, heredero al trono de Inglaterra
y hermano de Enrique. Pero como Arturo se murió antes de tiempo, Enrique lo
sustituyó en todo. Fue el nuevo heredero y de paso se quedó con la mujer de su
hermano. Veinte años estuvieron casados Catalina y Enrique VIII. Todo iba muy
bien, pero un día el rey cruzó la mirada con una cortesana muy mona llamada Ana
Bolena. El rey dijo, pues me busco una excusa para contársela al papa, me
separo de Catalina y me caso con Ana.
La
excusa era un tanto peregrina: el rey había leído en la Biblia que un hombre
que se casara con la esposa de su hermano estaría condenado a no tener hijos
varones. Como él sólo tenía una hija con Catalina, dijo, ya está, Dios me ha
castigado. Así que pidió a Roma la anulación del matrimonio para reparar el
pecado. Pero Roma no acababa de verlo claro y no hacía sino dar largas al rey.
Enrique
VIII se cansó de esperar, se casó con Ana Bolena y rompió sus relaciones con el
papa. Consiguió que el Parlamento inglés estableciera que los asuntos
espirituales, incluyendo los divorcios, se decidirían en Inglaterra, no en
Roma, con lo cual el primer matrimonio quedó anulado y bendecido el segundo.
Ana
Bolena, tan contenta, pero la ingenua no sabía que donde las dan, las toman.
Tres años después, su marido, para casarse con la tercera, le cortó la cabeza a
la segunda.
§.
El primer encuentro de Isabel y Fernando
En
la España del siglo XV no había boda principesca que se realizara por amor…
valiente tontería. La de Isabel y Fernando tampoco lo fue. Se casaron porque el
poder que aglutinarían entre ambos sería tal que ya no habría reino europeo que
les tosiera. El 11 de octubre de 1469 se entrevistaron por primera vez los
novios católicos en Dueñas, en Palencia. Aquello no fue su primera cita, fue
una reunión de negocios.
Todo
estaba apalabrado desde meses antes, organizado al milímetro por Isabel, que
era quien daba las órdenes. Por ahora sólo era la sucesora al trono de Castilla
después de haberse quitado de en medio a la legítima, a su sobrina Juana la
Beltraneja. Pero necesitaba que su futuro marido fuera Fernando de Aragón,
aunque no lo hubiera visto en su vida. Tenía que ser él para poder reunir más
territorio bajo su poder. Fernando no es que pusiera inconvenientes, porque a
él el trato le venía de perlas, pero le quedó meridianamente claro que los
pantalones los llevaría, a partir de entonces, siempre ella.
El
primer encuentro de los príncipes fue secreto, porque había muchas intrigas
para impedir ese matrimonio. Uno de los pretendientes de Isabel era Alfonso V,
el rey de Portugal; otro, el duque de Guyena, francés; y el tercer aspirante
era el duque de York, el futuro Ricardo III. Pero ninguno de los tres servía a
los intereses de Isabel, porque ella hubiera quedado como segundona en
Portugal, en Francia y en Inglaterra.
El
único dispuesto a aguantar que Isabel llevara la voz cantante era el príncipe
Fernando. La futura Isabel I de Castilla acudió a aquel primer encuentro
vestida de moza plebeya; y él, el futuro Fernando II de Aragón, disfrazado de
mozo de mulas. Ella tenía dieciocho y él, diecisiete años.
Lo
cierto es que se gustaron nada más verse. Eran monos, pero aunque ella hubiera
sido coja y él tuerto se hubieran gustado igualmente, porque en ese matrimonio
sólo debía prevalecer la razón política. Y vaya si prevaleció… ahí tienen
España. Ocho días después de aquel primer contacto se casaron y ella llegó al
matrimonio sin haber catado varón. Al menos eso dijo. Había estado tan ocupada
asegurándose el gobierno de Castilla, que no tuvo tiempo ni de tontear. El
bodorrio está al caer.
§.
La boda tramposa de los Católicos
Y si
unas líneas más atrás los hemos presentado, ya va siendo hora de que los
casemos, porque el 19 de octubre de 1469, Isabel y Fernando, los futuros Reyes
Católicos, contrajeron matrimonio en Valladolid. No hubo invitados de lujo ni
delegaciones diplomáticas… ni siquiera estuvieron los padres de los novios.
Porque aquella boda tenía que ser muy discreta y debían despacharla rapidito
para ponerse a trabajar. Había que unificar España.
Pero
aquella boda tuvo trampa, porque los niños no se podían casar si se hubieran
atenido a las reglas de la Santa Madre Iglesia que tanto pregonaban. Isabel y
Fernando eran primos hermanos y tenían una consanguinidad en tercer grado, y si
se casaban sin una dispensa papal se condenarían. Pero esto no fue un problema,
porque a Isabel no se le ponía nada por delante. El infierno tampoco.
Aquel
matrimonio arrastró un lío tremendo de idas y venidas de bulas, dispensas,
falsificaciones y chanchullos burocráticos. El papa reinante se negó a dar la
dispensa papal. Pero, milagro, el mismo día de la boda apareció una nueva
dispensa de otro papa (Pío II) dando el permiso; un permiso que dos años
después confirmó otro papa distinto (Sixto IV). ¿Dónde estaba la trampa? Pues
en todas partes, porque el papa que había dado la dispensa a favor del
matrimonio no sólo no tenía nada que decir, es que se había muerto cinco años
antes de la boda. En resumidas cuentas, que los niños estuvieron dos años dale
que te pego sin autorización eclesial.
La
boda fue sencilla, oficiada en el palacio de los Vivero de Valladolid. Las
partes se dieron mutuo consentimiento, se leyeron las condiciones estipuladas
para la futura posesión del cetro, por supuesto favorables a Isabel, y listo,
cada uno a sus aposentos. La primera noche después de la boda no pasó nada.
Pero la segunda sí, porque entonces yacieron juntos y se consumó el tanto
monta, monta tanto. Así lo relató el médico de la reina, el doctor Toledo, en
El Cronicón de Valladolid: «Esa noche fue consumado el matrimonio entre los
novios, donde se mostró cumplido testimonio de su virginidad y nobleza en
presencia de jueces, regidores y caballeros». Qué falta de intimidad, por Dios.
§.
María Cristina de Habsburgo, la malquerida
No
sabía la que se le venía encima María Cristina de Habsburgo cuando aquel 17 de
noviembre de 1879 abandonaba Austria con su madre y algunos familiares más para
casarse con Alfonso XII y ser reina de España. La mujer lo puso todo de su
parte, pero tenía en contra las costumbres de un país que no conocía de nada,
un idioma que no hablaba, un futuro marido liado con una cantante de ópera y,
lo peor, una antecesora de leyenda cuyo recuerdo aún dolía a los españoles.
Porque María Cristina sólo era la sustituía de María de las Mercedes, la de la
copla. La otra. El primer error que cometió María Cristina de Habsburgo cuando
aceptó casarse con Alfonso XII fue enamorarse, porque nunca iba a ser
correspondida. El rey sólo necesitaba otra esposa para asegurarse descendencia
oficial a la que sentar en el trono, ya que sus necesidades amorosas estaban
más que cubiertas. De hecho, cuando se celebró la boda de María Cristina con
Alfonso XII a finales de noviembre, la cantante Elena Sanz, su amante, estaba
embarazada de siete meses.
Y no
sería el único hijo que el rey tendría con ella, ni ella sería la última amante
del rey. Así que éste es el panorama que se encontró la joven Cristina cuando
ya había dado el «sí quiero» y no había marcha atrás. Y encima su suegra,
Isabel II, llamaba a la amante de su hijo, a la cantante, «mi nuera ante Dios»,
y a los hijos que tuvo con ella, «mis nietos ante Dios». Bonita forma de
comenzar un matrimonio.
María
Cristina hizo todo lo femeninamente posible por enamorar a Alfonso, pero el rey
sólo veía a su esposa como una mujer culta y virtuosa. Y encima, mientras su
amante Elena le daba hijos varones, la reina sólo le daba niñas. Alfonso XII
murió muy joven y se quedó sin saber que había dejado en camino a su heredero
oficial, a Alfonso XIII. En el otro extremo estaba el auténtico primogénito del
rey, Alfonso Sanz, quien murió luchando en los tribunales por ver reconocido el
apellido Borbón. No pudo ser. La Justicia dijo que el rey de España no estaba
sujeto al derecho común. Ya lo dijo la abuela Isabel II, era su nieto ante
Dios, pero la justicia de los hombres es otra cosa.
§.
Eduardo VIII, la vida padre con la excusa del amor
Nació
para ser rey, pero no le apeteció. Aunque en realidad llegó a serlo durante
casi un año, pero, la verdad, sin ganas. Eduardo de Sajonia-Coburgo-Gotha,
príncipe de Gales, fue proclamado rey justo tras la muerte de su padre Jorge V,
pero duró con el nombre de Eduardo VIII apenas once meses. El 11 de diciembre
de 1936 anunció su renuncia al trono. ¿Fue por amor? Bueno, eso dicen.
Eduardo
y la señora Wallis Simpson, luego duques de Windsor, se han paseado por todo el
siglo XX con un halo de enamorados dispuestos a todo por defender su pasión, y
con esa edulcorada pose los ha recogido la historia. Es cierto que Eduardo se
empecinó en casarse con la divorciada Wallis Simpson, y que todo el mundo fuera
de Inglaterra aprobó la decisión porque el romanticismo vende mucho y bien.
Pero no es menos cierto que, puesto que renunció al trono por aquel inoportuno
enamoramiento, igualmente debería haber renunciado al resto de prebendas de las
que disfrutaba por ser un miembro destacado de la realeza.
Lejos
de ello, al duque de Windsor sólo le preocupaba tener suficiente presupuesto
personal para sus gastos a lo largo y ancho del mundo. Viajes en el Oriente
Express, fiestas millonadas, residencia en París, en el castillo austríaco del
barón Rothschild, en Lisboa, en el hotel Ritz de Madrid, un carguito cómodo
como gobernador de Bahamas… lo cierto es que la renuncia al trono le permitió
pegarse la vida padre. Continuos festejos y bastantes excentricidades le
acompañaron hasta su muerte. Y lo peor, su simpatía y la de su querida Wallis
hacia el nacionalsocialismo y la cercanía con Hitler trajo más de un disgusto
para su país. En algún momento, hasta intentó convencer al gobierno británico
para que se aliara con el Tercer Reich. Los servicios británicos tuvieron que
enfocar muy bien sus movimientos porque su insensatez ponía en peligro las
relaciones diplomáticas del Reino Unido cada dos por tres.
Que
Wallis y Eduardo se quisieron mucho, pues mira qué bien, pero eso no tiene ni
mérito ni premio.
§.
María Cristina de Borbón, la amante doliente
¿Cómo
puede pretender una reina regente casarse en secreto y que nadie se entere?
Pues eso pretendió María Cristina de Borbón, viuda de Fernando VII, cuando el
28 de diciembre de 1833 se casó con su guardaespaldas. Hacía sólo tres meses
que había enviudado y le entraron unas prisas tremendas por tener nuevo marido.
Las Cortes españolas y España entera pensaron que la reina les estaba gastando
una inocentada. Pero no, se casó de verdad.
Aquel
secreto duró apenas unos días, aunque la reina estuvo diez años silbando el
pío, pío que yo no he sido. Su secreto lo conocía todo el mundo, pero la
hipocresía política y la ignorancia popular permitieron a María Cristina
aprovecharse de su situación y seguir manteniendo un trono al que debería haber
renunciado. El marido se llamaba Fernando Muñoz, un guardia de corps, alto y
guapetón, al que los españoles bautizaron con guasa como Fernando VIII.
La
boda no fue lo que más escandalizó; lo peor fue que la reina estuvo más tiempo
embarazada que rigiendo el país. La pareja tuvo ocho hijos, cinco de ellos
paridos también en secreto en El Pardo y en el Palacio de Oriente. Dio igual.
La reina continuó negando su matrimonio y sus embarazos, pese a que tuvo que
levantarse de un Consejo de Ministros porque se puso de parto.
Al
final, en el pecado llevó la penitencia. Entre la desfachatez de su actuación
personal, entre los manejos económicos que me llevaba la pareja y las
corruptelas en las que se vieron metidos la reina y su marido, lo único que
consiguió María Cristina fue ser expulsada de España por dos veces. Renunció a
la regencia obligada por Espartero, quien la amenazó con desvelar su boda y los
hijos paridos si no entregaba el poder. Para partirse… como si no lo supiera
nadie.
Al
final la reina claudicó y se fue al exilio con su marido y su prole, pero
Espartero hizo igualmente público el asunto. De entonces es aquella famosa
frase de María Cristina a Espartero: «Te hice duque, pero no logré hacerte
caballero». Bueno, tampoco ella era una dama.
§.
Boda de Pocahontas
Siento
la decepción, pero Pocahontas no estaba tan buena como en los dibujos animados.
Y tampoco se llamaba Pocahontas. Se llamaba Matoaka, pero en la tribu la
llamaban Pocahontas, traviesa, porque siempre estaba enredando. Y tanto enredó
que acabó casándose con un inglés el 5 de abril de 1614. Pero el inglés no era
el famoso colonizador John Smith, porque con éste sólo estuvo tonteando. Era
otro John. John Rolfe. Con él tuvo un hijo y con él se fue a Inglaterra, donde
la pobre Pocahontas, ya convertida al protestantismo y con el nombre de
Rebecca, acabó muriendo en plena juventud. Se acabó el mito.
La
india Pocahontas corría melena al viento por las verdes praderas cuando hasta
allí llegaron los ingleses y fundaron Virginia. Los indios defendieron su
territorio y acabaron a tortas con los británicos. En una de las escaramuzas,
los guerreros de la tribu de Pocahontas capturaron al famoso John Smith, y
cuando el jefe del clan, el padre de Pocahontas, ordenó su ejecución, la india
se echó encima del soldado inglés para impedir que lo mataran. Solicitó
clemencia, le salvó la vida y comenzó la leyenda.
Pocahontas
primero se casó con un nativo americano, pero acabó distanciándose de los
indios porque John Smith le había llenado la cabeza de pájaros con historias
europeas y con lo bien que se vivía en Inglaterra. Así que Pocahontas aprendió
inglés, se hizo protestante, se bautizó como Rebecca y cazó a un british. Luego
se recogió el pelo, se puso corsé y una gorguera alechugada al cuello y se fue
a vivir a Inglaterra.
Cuando
regresaban a Virginia, Pocahontas enfermó en el barco, al parecer de neumonía,
así que dieron media vuelta. Al final murió y fue enterrada en el cementerio de
la iglesia de Saint George, en Gravesend, en el condado de Kent, pero no
busquen la tumba porque ya no está. Para una india virginiana que tenían en
Inglaterra, van y la pierden. Lo que sí hay es un monumento que la representa
vestida de india. Ella empeñada en ser inglesa y van y le hacen una estatua con
una pluma en la cabeza.
§.
Alfonso XII y María de las Mercedes, una boda coplera
Alfonso
XII se casó con María de las Mercedes porque así se le metió entre ceja y ceja.
No contó con apoyo alguno; todo lo contrario. Ni su madre, la reina Isabel II,
ni el presidente Antonio Cánovas del Castillo ni las Cortes aprobaban aquel
matrimonio. Cómo iban a aceptar la boda si el padre de la novia era uno de los
más acérrimos enemigos de la reina, uno de los que la envió al exilio. Pero al
final se casaron, y el día 23 de enero de 1878 hubo bodorrio en la basílica de
Atocha.
Aquella
boda escondía un temporal familiar de fuerza cuatro. Como decía la copla, los
niños eran primos hermanos, porque Isabel II era madre del novio y la hermana
de la reina, madre de la novia. Pero lo peor era que Isabel II no podía ver al
padre de Mercedes, al duque de Montpensier, que, aunque era su cuñado, había
sido uno de los que acabaron con su reinado. Su propio cuñado, el mismo que se
postuló para rey de España cuando consiguió deshacerse de ella, ¿iba a ser
ahora su consuegro? Ni hablar. Los monarcas de este país llevaban siglos
arreglando matrimonios consanguíneos y, para una vez que no interesaba el
arreglo, van los dos primos y se enamoran por su cuenta. El mundo al revés.
Al
final, Isabel II tuvo que tragar con el romance, pero no asistió a la boda.
Cogió el canasto de las chufas y se volvió a París al grito de «contra la
muchacha no tengo nada, pero con Montpensier no transigiré nunca».
El
que al final anduvo listo y acabó allanando el camino hacia el altar fue el
presidente Cánovas del Castillo. Porque él, en vez de ofuscarse, se fijaba. Y
se percató de que el pueblo español seguía muy atento los avatares de aquel
noviazgo. Tan jovencitos, tan enamorados, tan monos… Cómo no lo iban a seguir,
si era el Aquí hay tomate del siglo XIX, sólo que en directo y sin manipular.
Aquella boda, al ojo de buen cubero de Cánovas, serviría para apuntalar una
monarquía recién restaurada. No hay como darle al pueblo una tierna historia de
amor para embelesarlo y hacerle olvidar. Y encima, con la boda, Madrid estrenó
alumbrado eléctrico. Miel sobre hojuelas. Pues hala… venga… que viva el rey. La
historia, sin embargo, terminó mal. Muy mal.
§.
Napoleón y Josefina, se acabó lo que se daba
A
Josefina se le acabó el chollo de ser emperatriz de Francia el día 15 de
diciembre de 1809, cuando Napoleón se plantó delante del Consejo de Familia
francés y, con todo el dolor de su corazón, comunicó su divorcio. Y es verdad
que lo sentía, porque no había amado ni amaba a otra mujer, pero prevaleció más
la necesidad de un heredero que Josefina no le podía dar. La pregunta es quién
diablos le dijo a Napoleón que Francia necesitaba un heredero suyo.
Es
cierto que el matrimonio tuvo altibajos, unas veces por culpa de uno y otras
por culpa de Josefina. La cosa no es que empezara bien, porque Napoleón impuso
una luna de miel de sólo dos días y sus dos noches con la excusa del trabajo.
Le dijo a Josefina, «paciencia querida, ya haremos el amor cuando hayamos
ganado la guerra». Y se largó a pelear por Europa.
¿Qué
hizo Josefina? Pues buscarse entretenimientos con otros señores, además de
derrochar a manos llenas, montar bailes, hacerse modelitos y comprar joyas. Se
pasaron discutiendo casi catorce años de matrimonio por las infidelidades y los
despilfarras de ella y las continuas ausencias de él. Pero quererse, se
quisieron mucho, y precisamente cuando el matrimonio atravesaba el mejor
momento llegó el divorcio.
Mucho
tuvo que ver con él la familia Bonaparte, que no tragó a Josefina desde el
mismo instante de la boda y no perdió oportunidad de incordiar al matrimonio.
El pretexto perfecto para meter el dedo en el ojo la encontraron los Bonaparte
en el ansiado heredero que no llegaba, y le hicieron ver a Napoleón que el
interés de Francia y la continuidad del imperio no estaban en el vientre de
Josefina.
Si
tendrían mala leche los Bonaparte, que el día de su coronación como emperatriz,
dos hermanas de Napoleón que ayudaban a Josefina con los veinticinco metros del
manto que arrastraba lo soltaron en mitad de las escaleras hacia el altar para
desequilibrarla y hacerla caer en medio de tan solemne acto. Josefina aguantó
como pudo, pero ya estaba claro que se la tenían jurada.
§.
La velación de Carlos V e Isabel de Portugal
Real
boda en los Reales Alcázares del emperador Carlos V con Isabel de Portugal. En
realidad, ya estaban casados por poderes desde mes y pico antes, pero la boda
de Sevilla fue la fetén. La del banquete, la del festejo… la de la consumación.
Pero no crean que el emperador se había estado quieto hasta entonces, porque ya
tenía cuatro hijos y una retahíla de amantes en varios puertos de su Sacro
Imperio Romano Germánico. Pero, bueno, aquel 11 de marzo de 1526 se casó con la
novia oficial. Era Sábado de Pasión, un buen día para matrimoniar.
El
primer escollo a salvar, aunque se salvó fácilmente, fue conseguir una dispensa
papal, porque Carlos e Isabel eran primos hermanos. Una vez conseguido esto, y
sin chanchullos, lo más atractivo era la dote que aportaba la novia:
novecientas mil doblas de oro, que venían de perlas a las menguadas arcas
castellanas. Carlos V, en cambio, tuvo que hipotecar varias de sus villas para
tributar con las trescientas mil doblas que le tocaban. Solucionados los
asuntos pecuniarios, sólo faltaba rematar los carnales.
El
desposorio se celebró a las doce de la noche en el Salón de Embajadores de los
Reales Alcázares de Sevilla, por donde ahora pasan miles de turistas. En un
altar preparado en la habitación de la reina, el arzobispo de Toledo celebró
misa y veló a los novios, que no era otra cosa que ponerle un trapito blanco en
la cabeza a ella, y sobre los hombros a él. Con esta ceremonia de las
velaciones se daba vía libre a la cohabitación, al sexo divino consentido.
Despidieron
entonces al emperador para que la emperatriz se pusiera el salto de cama; el
arzobispo y los testigos se largaron a esperar fuera y el emperador regresó a
la cámara de su esposa para iniciar su duro trabajo: buscar un heredero para el
imperio. El cronista de Carlos V, el bufón Francesillo de Zúñiga, le puso
picardía a la noche con esto de la velación. Dijo este maestro de bufones que
el emperador se desposó, se veló y se desveló. Y desvelado estuvo dos horas.
Poco aguante para tanto emperador.
§.
Segundo matrimonio de Fernando el Católico
Fernando
el Católico guardó ausencia a la difunta Isabel el tiempo justo, porque tardó
menos de un año en volver a casarse, primero por poderes y luego de forma
oficial. Y no con cualquiera. Fue con una chavalita bastante mona, francesa y
muy pija. Se la bautizó como Germaine de Foix, pero como pronunciado en francés
sonaba a paté de oca, en España la conocimos más como Germana de Foix. El 22 de
marzo de 1506, Fernando, cincuenta y tres años, oficializó su segundo
matrimonio con Germana, de dieciocho abriles.
El
interés de Fernando por matrimoniar con la francesita comenzó siendo meramente
político, pero luego no le amargó un dulce tan jovencito. ¿Por qué con Germana,
al margen de que estuviera buena? Porque la muchacha era sobrina de Luis XII de
Francia, y este matrimonio traía para el rey de Aragón apoyos del país vecino
que hasta entonces ostentaban su hija Juana la Loca y su yerno Felipe el
Hermoso. Esto es un lío, pero el meollo de la cuestión está en que Fernando y
Felipe no se podían ver.
Los
reyes castellanos, Felipe y Juana, disfrutaban ya del reino de Castilla por
herencia y serían los futuros reyes también de Aragón si el viudo Fernando el
Católico no tenía un heredero de un segundo matrimonio. Pero es que el rey de
Aragón, además, maniobraba todo lo posible por quedarse con Castilla.
Juana,
ya se sabe, un poco trastornada estaba, pero su padre ayudó lo suyo para que se
trastornara un poco más y hacerse con el trono castellano. Como Felipe el
Hermoso tenía el apoyo francés, su suegro, en una jugada maestra, le robó ese
apoyo casándose él con la sobrina de Luis XII, y así el hijo que tuvieran
acabaría siendo el heredero de la corona de Aragón. Como ese niño tendría
sangre francesa, el reino estaría bien defendido de las garras de Felipe el
Hermoso.
En
el fondo, tanto Fernando como Felipe querían unir Castilla y Aragón bajo el
mismo trono, pero ninguno quería que lo consiguiera el otro. Y aquel crío
nació, pero se murió a las pocas horas, con lo cual los planes se le
desbarataron al rey Fernando. El hombre continuó intentándolo, pero, qué
quieren, ya no pudo.
§.
Madame de Pompadour
¿Cómo
se llamaba la esposa de Luis XV, la reina de Francia? Casi nadie lo sabe. Pero
¿cómo se llamaba la más famosa amante del rey? Todo el mundo la conoce. Madame
de Pompadour. Era monísima, era ilustrada, tenía conversación y encandiló, no
sin esfuerzo, a toda la corte versallesca. Tan correcta en sus formas como
hábil en el manejo de la política. Y tan lista, que decidió morirse joven,
exactamente el día 12 de abril de 1764, con sólo cuarenta y dos años, pero
justo a tiempo de no ver la que se venía encima con la Revolución francesa.
Madame
de Pompadour sólo fue una de las muchas amantes del rey Luis XV, pero, puesta a
ser la segundona, mejor hacerlo tan bien que acabes siendo más admirada que la
legítima, y esta mujer bordó hasta tal extremo su papel que se ganó su hueco en
las enciclopedias. Ya sabemos todos que las amantes de los reyes eran
oficiales, una especie de cargo público. Pero su trabajo les llevaba ser
aceptadas, y madame de Pompadour lo hizo fetén.
Además
de ser culta, cantar bien, bailar como nadie el minué, impulsar la cultura,
mediar en política y ser una estupenda maestra de ceremonias, logró granjearse
el respeto de la reina, que ya era rizar el rizo. Los únicos que la traían
frita eran los hijos de los reyes, que la llamaban «notre maman putain». No
hace falta traducción. Pero bueno, no ofende quien quiere sino quien puede, y
aquellos mocosos no eran nada.
Y
ojo, que a madame de Pompadour nadie le regaló nada, porque tuvo que estudiar
mucho para ganarse el puesto. Era la primera vez que una amante oficial no
procedía de la aristocracia; era plebeya y al principio su lenguaje y sus
modales no eran tan refinados como exigía el puesto de amante oficial en
Versalles. Puso remedio de inmediato, se preparó a fondo y acabó imponiendo un
estilo propio. Los embajadores ya no entendían una cena sin ella, ni los
políticos una reunión sin su arbitraje, ni los intelectuales una velada sin su
conversación. Fue tal la impronta que dejó, que el mundano de Luis XV sólo fue
un rey pánfilo que contó con el honor de ser el amante de madame de Pompadour.
§.
La jugada maestra de Wallis Simpson y Eduardo
Otra
boda. Esta vez la que puso de los nervios a la familia real inglesa y los pelos
de punto al gobierno y a la Iglesia anglicana. A la boda de la plebeya
estadounidense y divorciada Wallis Simpson con el ex rey de Inglaterra Eduardo
VIII. Se casaron en Francia el día 3 de junio de 1937. Afortunadamente, la
historia ya ha tirado por tierra la versión que defendía tan empalagosa
historia de amor, porque esta pareja dejó mucho que desear.
En
realidad, Eduardo hubiera sido un pésimo rey de Inglaterra de haber continuado
en el trono; o sea, que con su empeño de casarse con Wallis Simpson le hizo un
favor al país. Llevaba menos de un año reinando cuando anunció: «Me es
imposible seguir soportando esta inmensa carga de responsabilidad y mi tarea
como rey sin la ayuda y el apoyo de la mujer que amo».
Oído
así, enternece, pero lo que hizo Eduardo VIII fue salir por la puerta de atrás
para poder mantener una vida de francachelas. La Iglesia anglicana acabó
espeluznada con la decisión, pero lo que no iba a permitir era que su cabeza
visible, el rey, se casara con una divorciada. Para ellos era como para los
católicos aceptar que Benedicto XVI se eche novia. De eso nada.
Tras
la abdicación, la pareja se instaló en Austria a la espera de que llegara el
segundo divorcio de Wallis Simpson y, cuando la novia fue civilmente libre, se
casaron en un castillo francés propiedad de un nazi. Aún se conserva el último
pedazo de la tarta de bodas, que la pareja, dicho sea entre comillas, ordenó
embalsamar como dulce testimonio de su imperecedero amor.
Lo
que son las cosas: el pedazo de tarta acabó en manos de Al Fayed, quien acabó
subastándolo en 1998 y por el que algún excéntrico pagó veintinueve mil
dólares. A partir de este matrimonio, las únicas preocupaciones de Eduardo y
Wallis fueron a qué hora tenían partida de golf y cuál era la del masaje. Con
la renuncia al trono, el rey se quedó sólo como duque de Windsor; es decir, con
excelente nómina y nula responsabilidad. Fue un matrimonio muy ventajoso.
§.
Enrique VIII se divorcia de Ana de Cleves… y van cuatro
Qué
hombre tan cansino con las bodas y los divorcios este Enrique VIII. El día 9 de
julio de 1540 consiguió la anulación de su cuarto matrimonio, contraído con la
sosa Ana de Cleves sólo seis meses antes. La buena noticia es que esta cuarta
esposa mantuvo la cabeza sobre los hombros, quizás porque fue la que menos le
interesó y a la que se unió sólo para cuajar un apaño político. Ahora bien, es
a la única de sus seis mujeres a la que no le puso la mano encima. Ni para
bien, ni para mal.
Enrique
VIII quiso casarse con Ana de Cleves sólo porque la muchacha era hermana del
líder de los protestantes alemanes, e Inglaterra necesitaba alianzas con los
luteranos del norte de Europa por si los católicos del sur se iban a por él.
Ana era joven, o sea, que tampoco suponía un esfuerzo sobrehumano casarse con
ella, pero como Enrique no la había visto en su vida, hizo lo que se hacía en
estos casos: encargar un retrato para hacerse una idea de lo que se iba a
encontrar. Y, caramba, la muchacha no estaba nada mal a sus veinticinco años,
con lo cual, mejor que mejor: Inglaterra sellaba un pacto con los protestantes
del continente y de paso el rey se llevaba un bombón.
Pero,
claro, al pintor se le fue el pincel y retocó de más a Ana de Cleves. El
Photoshop de la época. Le quitó las marcas de viruela, le afinó la cara, le
redujo la envergadura… y tan mona que quedó ella sobre el lienzo. Cuando
Enrique VIII vio frente a frente a su futura cuarta esposa, se le cayeron los
palos del sombrajo: era grandota, fea, destartalada y no hablaba ni papa de
inglés.
Pero
se casó, porque necesitaba sellar la alianza con los alemanes, aunque el rey
avisó desde el principio que no se acostaría con ella porque el cuerpo no le
iba a responder. Así que estaba cantado que entre que a Ana de Cleves no le
gustaba un pelo al rey y que con ella llegó una dama de compañía muy mona
llamada Catalina Howard, al matrimonio de Enrique y Ana le quedaban dos
telediarios. Y así fue cómo seis meses después se
§.
Isabel II y Francisco de Asís, un matrimonio con los mismos gustos
Vámonos
de boda. A una de las bodas más desacertadas de la monarquía española, a la que
se celebró el 10 de octubre de 1846 entre Isabel II y Francisco de Asís y
Borbón. Ella no quería. Y él, tampoco. Porque a ella le gustaban los hombres. Y
a él, también. Pero mandaban los intereses de Estado y había que casar a la
reina, que aquel mismo día cumplía dieciséis años. Lo único que acertó a decir
la adolescente Isabel II cuando le anunciaron el nombre de su futuro marido
fue: « ¡No, por favor, con Paquita no!». Eso dicen.
Pero
el matrimonio tenía que ser, porque las monarquías europeas andaban maquinando
cómo casar a sus solteros con la reina de España. Hubo largas y muy complejas
negociaciones para seleccionar al futuro rey consorte y evitar así las
presiones extranjeras. Ahora bien, ya les vale a los diplomáticos de entonces,
porque después de tanto pensar colocaron en el altar al único candidato que,
como dijo Isabel II, llevaba camisones con más encajes que los de ella. El
matrimonio, más que un fracaso, fue un disparate, y la reina acabó buscando
lechos más animados. Oficialmente, Isabel II tuvo doce embarazos. Sean
discretos y no pregunten en cuántos fue el coprotagonista Francisco de Asís.
Durante
el reinado de la pareja, el matrimonio aguantó carros y carretas, pero era el
coste de figurar en una corte hipócrita. Fue el casorio que provocó las mayores
chirigotas y en el que sólo se acordó un cese temporal de convivencia conyugal
cuando la reina fue destronada en la revolución de 1868. Ahí vieron el cielo
abierto. Se acabaron los disimulos y el rey consorte se fue a vivir con su
novio a un palacete francés a muchos kilómetros del de su mujer. Pero a
Francisco de Asís, al margen de que ahora provoque cierta solidaridad por su
homosexualidad vapuleada, no hay que dejar de reconocerle que reinó mal y
conspiró todo lo que pudo y más.
§.
Locura y hermosura… mal apaño
Otro
casorio muy sonado que acabó de mala manera. Ella, diecisiete años. Él,
dieciocho. Ella, mona. Él, hermoso. La novia, hija de los Reyes Católicos. El
novio, hijo del emperador austríaco. Era un matrimonio calculado al milímetro
por los soberanos de Castilla y Aragón para unir fuerzas contra Francia. Pero
cuando aquel 20 de octubre de 1496 se celebró la boda de la princesa Juana de
Castilla con el archiduque Felipe de Habsburgo, nadie podía sospechar que su
unión daría lugar al mayor y más poderoso imperio de Occidente.
Cuando
Juana y Felipe se casaron en Flandes no estaban destinados a ser reyes, pero,
por estas cosas que tiene el azar mortuorio, los herederos naturales fueron
muriendo y la pareja acabó reinando en Castilla. Y su primogénito, Carlos, como
lo heredó todo, terminó siendo emperador del viejo mundo y del mundo recién
descubierto. Dicho más claro, Felipe, sin saberlo, dio todo un braguetazo.
Y
eso que al principio hubo muchas discusiones sobre si convenía casar al niño
con una princesa castellana, un poco paleta desde el elitista punto de vista
centroeuropeo y representante de una corte añeja. Pero, bueno, al final se
aceptó, y eso que los austríacos no sospechaban, porque no podían, que en la
faltriquera de la novia venía el poder sobre un nuevo mundo.
El
matrimonio arrancó bien, salvo por el inicial choque cultural de la joven
Juana, acostumbrada a una sombría corte castellana de misa diaria. Flandes era
una corte desinhibida y jaranera, pero la princesa, poquito a poco, se
acostumbró. Lo que no aceptó nunca fueron las aventuras galantes de su marido,
ni el Hermoso soportaba los ataques de locura de su mujer cada vez que lo
pillaba con otra. Peor fue el viaje de retorno, cuando la pareja tuvo que
hacerse cargo del trono de Castilla y Aragón. Ahí se cortó la risa de golpe. Él
acabó creyéndose más guapo de lo que era y ella acabó más loca de lo que se
sospechaba.
Capítulo
6
Cuestiones
mundanas
Contenido:
§.
Banderita, tú eres roja
§.
Cambio de calendarios
§.
La peseta, descanse en paz
§.
Un rey en metro
§.
El primer Seat 1.400
§.
El hermano pequeño de TVE
§.
Libro Guinnes, el caso es destacar…
§.
3.604, un décimo de cuatro reales
§.
Señorita España
§.
Los mil goles de Pelé
§.
Se sienten… por favor
§.
Primera venta de Coca-Cola
§.
Absurdos límites de velocidad
§.
Patentada la máquina de escribir
§.
Anulada la ley del divorcio
§.
Comienza a instalarse el reloj de la Puerta del Sol
§.
Primera escuela de taquigrafía
§.
Día de la Marmota
§.
Més que un club
§.
Hora arriba… hora abajo
§.
Pedrada extraterrestre a un humano
§.
El primer No-Do
§.
Historias de la mili
§.
El triste principio de RNE
§.
Nace el Paricutín
§.
Un kilo de 800 gramos
§.
Baja natalidad en el Vaticano
§.
Tigres sin trapío
§.
Diario 16: libertad sin ira
§.
Estreno de La Dolores
§.
La Santa Hermandad
§.
El león de la Metro
§.
Arranca el Orient Express
§.
Nace Wimbledon
§.
Eiffel, una torre mal querida
§.
El cruasán vienés
§.
Lluvia de codornices en Madrid
§. A
ritmo de schottischs
§.
Primer reto Oxford-Cambridge
§.
Crece la Sagrada Familia
§.
La Benemérita
§.
Se crea el Pony Express
§.
Inaugurado el Camp Nou
§.
Aparece El Murciélago
§.
El Golden Gate
§.
Pasajeros, al tren
§.
Nace el primer club de fútbol del mundo
§.
Banderita, tú eres roja
La
bandera española es roja y gualda. Lo sabe no todo el mundo, pero sí mucha
gente. Los españoles, todos. Lo de que sea gualda en vez de amarilla es tan
sencillo como que el tinte que da exactamente el color de la bandera de España
procede de una flor llamada así, gualda. Bien, pues tal preámbulo de Perogrullo
es para significar que el día 13 de octubre de 1843 Isabel II firmó un decreto
por el que quedaba instituida la rojigualda como bandera nacional.
Hasta
ese día, España no tenía una bandera que aglutinara a toda la tribu, porque las
enseñas las utilizaban sólo los ejércitos. Cada uno tenía la suya y cada
regimiento, a su vez, la suya propia; y cada batallón de cada regimiento, otra
distinta. Así que, cuando el enemigo se encontraba con las tropas españolas
sólo les quedaba preguntar: « ¿Y tú de quién eres?».
Ahora
bien, si Isabel II plantó sus reales para que la nación tuviera una bandera
unificadora, el primero que había dado una pista fue, otra vez, Carlos III. El
rey montó un concurso de diseño para ver qué bandera debería enarbolar a partir
de entonces la armada española. Fue sólo una cuestión de necesidad, porque
resulta que los pabellones que llevaban los buques, casi siempre con fondo
blanco, eran tan parecidos a los del enemigo que a veces nos disparábamos a
nosotros mismos. Al rey le gustó la encarnada y amarilla. Ni roja ni gualda.
Luego,
sí, luego llegó Isabel II y la declaró aquel 13 de octubre, por decreto,
bandera nacional para todos los ejércitos. Desde entonces las variaciones han
sido al gusto del gobernante. ¿Qué viene la República? Pues tapamos la franja
roja de abajo con una morada. ¿Qué viene el coco? Pues le ponemos el águila de
San Juan, esa que identificaba al evangelista por el alto vuelo de su
pensamiento. ¿Que viene el rey? Pues quitamos la fauna y ponemos, si se tercia
pero sin obligación, el escudo nacional.
Banderas
hay muchas, aunque no siempre aglutinen un mismo sentimiento. Hay tantas como
países, ciento noventa y ocho; más, por supuesto, las autonómicas, las
provinciales, las municipales, la comunitaria; la de cuadritos blancos y negros
para decirle a Fernando Alonso que ya ha llegado; la blanca para rendirse; la
pirata para atacar; las que son un puntazo, como las de Japón y Bangladesh; las
de diseño, como la de Groenlandia; y otras casi recién nacidas, como la de
Bosnia-Herzegovina. Lo importante es que a quien bien le parezca le signifique
algo.
§.
Cambio de calendarios
El
día 5 de octubre bien podría ser aún hoy 25 de septiembre si el papa Gregorio
XIII no hubiera decidido aquel día de 1582 borrar diez días del calendario. Fue
la fecha en que España comenzó a regirse por el actual calendario gregoriano y
que desterró para siempre al calendario juliano. Para mejor entenderlo: ¿cómo
es posible que Santa Teresa muriera el 4 de octubre y fuera enterrada 24 horas
después, el día 15 de octubre? Pues porque Santa Teresa sufrió en pleno
velatorio la transición de calendarios.
Aquel
día, los españoles se acostaron un 5 de octubre y amanecieron el día 15. Fueron
los únicos diez días en la historia de este país en los que no pasó nada.
El
calendario que ahora conocemos, con el nombre de sus meses y de sus días, se lo
inventó Julio César, de ahí lo de juliano. Fue César quien dio al mundo un
medio racional para registrar el tiempo basándose en el sol. Fijó el año normal
en 365 días, y el año bisiesto, cada cuatro años, en 366 días. Pero el año
juliano tenía un fallo: era once minutos y catorce segundos más largo que el
año solar. Esta diferencia se acumuló hasta que en 1582 el equinoccio de
primavera se produjo diez días antes.
Pero
allí estaba Gregorio XIII para enmendarle la plana a Julio César, porque el
Sumo Pontífice no estaba dispuesto a que las fiestas de la Iglesia se le fueran
descontrolando de fecha. Para conseguir que el equinoccio de primavera se
produjera el 21 de marzo, el papa Gregorio, de ahí lo de calendario gregoriano,
promulgó un decreto eliminando diez días. Estipuló que los años centenarios
divisibles por 400 debían ser años bisiestos y que todos los demás años
centenarios debían ser años normales.
El
calendario gregoriano se fue adoptando lentamente en toda Europa, aunque España
lo aceptó de inmediato porque lo que decía el papa iba a misa. Hoy está vigente
en casi todo el mundo. Entre los países más tardíos en pasar por el aro
gregoriano fueron la Unión Soviética, en 1918, y Grecia, que lo aceptó en 1923
por motivos administrativos. Y es que las citas diplomáticas se complicaban
sobremanera. Quedabas con un griego tal que hoy y llegaba diez días después.
§.
La peseta, descanse en paz
Parece
cosa del Cretácico Superior, pero hasta hace nada aún nos rompían los bolsillos
las pelas, las perras, las rubias, las calas y las pesetas, que todas eran lo
mismo y todas daban las mismas alegrías, ya fueran sueltas o agarradas en un
duro. La nostalgia viene a cuento porque el 19 de octubre de 1868 un ministro
de Hacienda que atendía por Laurea Figuerola firmó el decreto por el que se
implantaba la peseta como unidad monetaria en España.
El
choque fue tan brutal como cuando nos quitaron 166 pelas y nos dieron, a
cambio, un euro. Desde el 28 de febrero de 2002 los españoles no hemos vuelto a
ver una cala. Las echamos tanto de menos que aún hoy, cuando la cifra en euros
tiene varios ceros, seguimos haciendo la fatal pregunta: «Y eso ¿cuántas
pesetas son?».
Cuando
el euro asentó sus reales, todos lloramos la peseta, pero todos nos habíamos
olvidado del tipo que la puso en circulación, el ministro Figuerola. En Girona
repararon en él justo cuando la peseta estaba a punto de ser enterrada, y lo
mejor para brindarle un homenaje adecuado era buscar dónde estaba enterrado su
impulsor. Costó encontrarlo, porque paraba el hombre en un panteón de Girona
donde su nombre no aparecía por ningún lado. Era un ministro de Hacienda muy
bien escondido. ¿Y qué hacía en Girona un hombre que había nacido en Calaf,
Barcelona, y había muerto en Madrid en 1903?
La
respuesta la tenía su esposa, Teresa Barrau. La mujer del ministro había estado
casada anteriormente, y aún vivía su segundo esposo cuando construyó un panteón
en el cementerio de Girona para su primer marido. Luego le tocó morir a ella, y
su viudo, el ministro, la enterró en Madrid. Cuatro años después murió
Figuerola y alguien decidió que, ya que había un panteón en Girona, este
segundo esposo fuera a hacer compañía al primero.
Allí
quedaron los dos maridos intercambiando impresiones hasta que, pasados tres
años más, otro alguien se preguntó qué hacían los dos maridos enterrados en
Girona sin la mujer. Así que también trasladaron a Teresa Barrau, y ahora
descansan los tres en amor y compaña. Nunca quedó claro, sin embargo, por qué
tanto la mujer como su primer marido tenían sus nombres inscritos en el panteón
y el del ministro no estaba. El Ayuntamiento de Girona enderezó el entuerto y
puso la placa de rigor. Tuvo que morir la peseta para que resucitara el
ministro que la puso en circulación.
§.
Un rey en metro
Allá
va un chiste malísimo de principios del siglo XX. ¿Cuál es la distancia más
corta en Madrid? De Sol a Cuatro Caminos, porque hay un metro. El chiste, ya he
dicho que era malo, lo sacaron los madrileños el 17 de octubre de 1919, porque
ese día Alfonso XIII andaba inaugurando la primera línea del metropolitano.
Las
obras habían empezado dos años antes, cuando una noche de julio, casi a
escondidas, llegó al lado del oso y el madroño una carreta de bueyes con
herramientas que daban risa. Un torniquete, unos picos y unas palas, unas
cuerdas… Y con útiles tan precarios se estaba haciendo el primer agujero cuando
pasó por allí un guardia municipal que en tono chulesco preguntó: «Tendrán
permiso, ¿no?». «Por supuesto», contestó el ingeniero al mando. «Ah, bueno»,
dijo el guardia. Se dio media vuelta y se fue. Y menos mal que no exigió verlo,
porque las obras del metro de Madrid comenzaron sin permiso municipal.
Cuando
el metro aún estaba en mantillas, nadie creía en él. Nadie, salvo los tres
ingenieros que lo proyectaron, el rey Alfonso XIII y un puñado más de
inconscientes. Costó mucho encontrar financiación, porque los bancos se negaban
a aportar los ocho millones de pesetas que requería ponerlo en marcha. Sólo
uno, el Banco de Vizcaya, dijo que él pondría cuatro millones si los madrileños
ponían los otros cuatro. Los ingenieros reunieron tres a duras penas y el
millón que faltaba lo puso Alfonso XIII, por eso el rey fue el primero en
subirse a inaugurar la primera línea y, por supuesto, sin pagar los 15 céntimos
que costaba el trayecto.
Luego
el Metro dejó de ver a su majestad, porque la República le invitó a irse. Pero
más tarde llegó la guerra y el Metro, además de transportar vidas, se dedicó a
salvarlas, porque era el mejor refugio durante los bombardeos y el medio más
rápido y seguro para los heridos que eran trasladados en vagones-ambulancias.
En
el primer año de servicio, el Metro registró 14 millones de viajeros. Una
minucia cuando ahora sabemos que a diario viajan más de dos millones y medio de
pasajeros. Pero, claro, hemos pasado de aquella humilde línea Sol-Cuatro
Caminos de 4 kilómetros y 8 estaciones, a 284 kilómetros y 292 estaciones. Y
tiene gracia que Miguel Otamendi, ahora felizmente jubilado y hasta hace nada
actual jefe de Relaciones Externas del Metro de Madrid, sea descendiente
directo de otro Miguel Otamendi, uno de los tres ingenieros que puso en marcha
el proyecto. De casta le viene al galgo.
§.
El primer Seat 1.400
¿Guarda
usted en el garaje un coche matrícula de Barcelona 87223? Pues, qué suerte,
porque es una pieza de museo. Fue un 1.400, el primero que fabricó la Sociedad
Española de Automóviles de Turismo, la Seat de la Zona Franca de Barcelona, y
que salió de la cadena de montaje el 13 de noviembre de 1953. Era negro,
sobrio, redondeado… muy americano.
Junto
a él se hizo una foto, muy orgulloso, el primer presidente del INI, general
Juan Antonio Suanzes, aquel que luego se enfadó tanto con Franco que no fue ni
a su entierro. El dueño de aquel primer 1.400 debió de ser como poco capitán
general, porque costó 128.675 pesetas. El primer coche de la Seat española se
montó artesanalmente con las piezas llegadas desde la Fiat italiana. La Seat ha
puesto desde entonces en el mundo más de quince millones de vehículos.
La
Seat la creó el INI, el Instituto Nacional de Industria, para motorizar la
España de la posguerra. Pero los españoles que de verdad sufrían la posguerra
sólo podían mirar cómo pasaban, muy vacilones, aquellos primeros Seat 1.400 que
alcanzaban como máximo los 120 kilómetros por hora. Aunque nadie superaba los
60, porque se trataba de que te vieran el carro, con su volante elegantísimo y
sus llantas con banda blanca.
Era
un coche para privilegiados, porque el españolito medio tuvo que esperar cuatro
años más, hasta 1957, para poder subirse en un 600. Entonces, sí se motorizó
España. Se pasó de no poder comprar un 1.400 a que hubiera una lista de espera
de cuatro años para tener un 600.
Ya
no se ven aquellos entrañables 850, donde podía viajar una familia de cinco
hasta arriba de maletas camino de Gandía; ni los picudos 1.500, unos armatostes
que hacían las veces de taxi; ni los 124, ni los 133. La Seat dejó los dígitos
y pasó a los Fura, los Ritmo y los Panda, y luego se sofisticó con los Toledo,
los Córdoba y los León hasta llegar a su última berlina Exeo. Pero también pasó
de los 925 empleados en 1953 a los 11.000 de plantilla en 2006, y de sacar
cinco coches diarios de aquel modelo 1.400 a los dos mil que ahora sacaba cada
día antes de que la crisis hiciera de las suyas.
§.
El hermano pequeño de TVE
Televisión
Española ya ha superado el medio siglo de vida y está muy bien, pero no hay que
olvidar que su hermano pequeño, el UHF, todavía es cuarentón. El 15 de
noviembre de 1966, la televisión de España, con menos medios pero con grandes
aspiraciones, ya podía mirar de frente al resto de teles europeas, porque
también ella tenía dos canales. A partir de ese día en que se inauguraron
oficialmente las emisiones del segundo canal, cambió la forma de referirse a la
tele y comenzó la tortura infantil. O bien tu padre te decía, «niña, pon la
tele», que se entendía era la primera cadena porque era la que siempre salía
por defecto, o «niña, pon el UHF». El mando a distancia era ciencia ficción. El
nacimiento del UHF, después de un año en pruebas, tuvo varios inconvenientes.
Primero, que al principio sólo podían verlo barceloneses y madrileños del
núcleo urbano; segundo, que si la tele no estaba preparada para recibir el
nuevo canal, había que comprar un adaptador que costaba dos mil pesetas, igual
que ahora con el descodificador de la TDT; y tercero y peor de los tres, que
había que levantarse cada dos por tres a apretar la tecla para ver si había
empezado Iñigo con su atrevido Ultimo grito mientras se apuraban al máximo en
la primera cadena las peripecias de los detectives de Hawai 5-0. Aquello sí que
era un zapeo convulso.
El
UHF jugó con ventaja, porque cuando nació ya había cinco millones de familias
con una tele en casa. La frase más repetida en cualquier hogar con tele era esa
de «enchufa el Askar», aunque fuera un Marconi o un Philips. Pero la segunda
cadena también fue una grata sorpresa, porque parece mentira que se pudieran
hacer entonces programas como Último grito, con aires hippies y estética pop,
tan alejado del esmoquin de Joaquín Prat y de los moños lacados de Laurita
Valenzuela en el primer canal. El UHF fue refugio de jóvenes recién salidos de
la Escuela Oficial de Cine, jóvenes rompedores, creativos, que tuvieron en la
segunda cadena una válvula de escape. Después vendría La Edad de Oro,
Metrópolis y, por supuesto, los documentales de la 2. Los que vemos todos, pero
que nunca salen en los índices de audiencia. Un misterio televisivo aún sin
resolver más de cuarenta años después.
§.
Libro Guinnes, el caso es destacar…
A
los humanos nos gusta rodearnos de récords absurdos con tal de destacar en
algo. Quién come más huevos duros, quién hace la paella más grande… Y si encima
la excéntrica plusmarca queda plasmada en el Libro Guinnes, mejor que mejor.
Pero ¿cuándo surgió? ¿Por qué se comenzaron a recoger hazañas?
Pues
la idea, no el libro, nació el 10 de noviembre de 1951, mientras un grupo de
amiguetes discutía sobre cuál era el ave de caza más veloz de Europa.
Hugh
Beaver, un ejecutivo de la fábrica de cerveza Guinness, estaba tomándose unas
pintas con unos amigos durante una jornada de caza mientras dirimían si el ave
más rápida de Europa era el urogallo o el chorlito dorado. Resultó que no es ni
una ni otra, pero a raíz de esta discusión surgió la idea de publicar un libro
que recogiera estos asuntos. El ejecutivo consiguió el patrocinio de Guinnes
para que dos periodistas recopilaran unas cuantas gestas. El primer Libro de
los Récords se publicó en 1955, pero nadie imaginó que aquello se iba a
prolongar en el tiempo y que los humanos comenzarían a dejarse la piel por ver
quién mejoraba la anterior marca.
Al
parecer, el tipo que ha logrado más plusmarcas es un estadounidense que en 1954
batió más de 160 récords. La mayoría tan absurdos como dar 900 saltos a la
comba bajo el agua o caminar 140 kilómetros con una botella de leche en la
cabeza. Récords bastante estériles, por otra parte, aunque los hay tan brutos
que se han dejado la vida en el intento de superar la marca anterior.
De
hecho, el Libro Guinnes tiene mucho cuidado con los récords que publica y sólo
refleja 1.500 de los 40.000 que se baten cada año para evitar piques entre
competidores. Ejemplo: una vez se publicó el récord del gato más gordo del
mundo y varios insensatos cebaron a sus mascotas para superar el récord, con lo
cual sólo consiguieron matarlas. Por cierto, el récord sin respirar bajo el
agua son 17 minutos y 4 segundos. Ánimo.
§.
3.604, un décimo de cuatro reales
Antes,
la Navidad no empezaba hasta que a alguien le tocaba el gordo. El chupinazo de
las fiestas era el Sorteo Extraordinario de la Lotería de Navidad. Pero muchos
ayuntamientos, accionistas, sin duda, de grandes almacenes, se empeñan en que
la Navidad empiece en noviembre. Pues no, la Navidad empieza con la lotería y
la lotería empezó gracias a Napoleón.
Tras
la Guerra de la Independencia, las arcas españolas se quedaron temblando y hubo
que inventarse algo para rellenarlas con dinero de los ciudadanos, sin que los
ciudadanos se enteraran. El 23 de noviembre de 1811, las Cortes de Cádiz
aprobaron, sin un solo voto en contra, la institución de una lotería llamada
Nacional. Lo que pasa es que sólo podían jugarla en Cádiz y San Fernando.
La
lotería se creó, y cito textualmente, como «un medio de aumentar los ingresos
del erario público sin quebranto de los contribuyentes». Las Cortes llamaron a
esta lotería nacional, pero los gaditanos comenzaron a llamarla «la moderna»,
porque había que diferenciarla de otra que ya existía, «la primitiva», la que
introdujo Carlos III años antes.
La
venta de lotería se fue extendiendo, sin prisa pero sin pausa, a medida que los
franceses iban abandonando territorio español. De Cádiz pasó a Ceuta, luego a
toda Andalucía y después al resto de España. El primer premio del primer sorteo
lo ganó un gaditano que se llamaba Bernardo Nueve Iglesias. Pagó cuatro reales
por un décimo y se llevó ocho mil pesos fuertes. No tengo ni idea de la
equivalencia en euros, pero el caso es que a Bernardo lo pusieron en casa. El
número premiado fue el 3.604.
El
Sorteo de Navidad no llegaría hasta seis años después, en 1818, y para entonces
la lotería era un juego al que casi nadie se sustraía. Los españoles no hemos
dejado de jugar ni un solo año, ni siquiera durante la Guerra Civil; lo que
ocurre es que cada bando hacía su propio sorteo y tocaban dos gordos. Malos
tiempos, por mucho gordo que hubiera.
En
los últimos años, con o sin crisis, los españoles siguen gastándose más de
2.500 millones de euros en lotería de Navidad, y luego nos pondremos tan
contentos cuando nos toquen un par de terminaciones. La mala noticia es que de
un par de Navidades a esta parte ha desaparecido el calvo del gabán negro dando
soplidos y repartiendo décimos premiados. Pero peor lo lleva él, que dejó de
cobrar los 120.000 euros que se llevaba por cada campaña. A él sí que le tocaba
la lotería cada Navidad.
§.
Señorita España
Elegir
a la chica más guapa de España viene de antiguo, pero no nos lo inventamos
nosotros. Se lo copiamos a los franceses, que a su vez se lo copiaron a los
americanos. El 2 de enero de 1929 España se sumó, a través del periódico ABC, a
la iniciativa de dos diarios franceses para buscar a la mujer más mona de toda
Europa. Los galos copiaron al diario The Chicago Tribune, que cada año buscaba
a la americana más bella. O sea, que ojo con criticar desde la seria prensa
escrita los certámenes de belleza, porque fue precisamente la prensa escrita la
que puso en marcha el invento.
Torcuato
Luca de Tena, fundador del ABC, fue el principal impulsor del concurso y se
convirtió en el primer mánager de la primera Miss España. Y como la tradición
manda, ahora se entiende por qué Luis María Ansón no se pierde un jurado de
Miss España ni con gripe.
Para
buscar a la europea más maja, antes cada país tenía que aportar la suya propia,
y antes, por lógica, elegía cada región. La primera guapa oficial de España fue
la valenciana Pepita Samper, que había sido seleccionada como «Señorita
Valencia», porque eso de llamarlas misses vino después. Antes se elegía a
«Señorita España».
Pero
el título de Señorita España no fue el único que consiguió Pepita Samper. Y
esto es curioso. La bella Pepita fue elegida aquel mismo año de 1929 imagen de
las Fallas de Valencia, cuando todavía no existía la figura de Fallera Mayor.
Al año siguiente, 1930, coincidió que otra valenciana, Elenita Pla, salió
elegida Señorita España, y también fue imagen de las Fallas. Pero como al otro
año, 1931, Valencia no se llevó el título, la ciudad tuvo que buscarse a una
valenciana para vestirla de fallera aunque no fuera la más guapa de España.
Acababa de nacer la figura de la Fallera Mayor al rebufo de Señorita España.
En
todos estos años de idas y venidas de misses, España sólo ha aportado una Miss
Universo, que no es mucho, pero al menos somos el único país con una baronesa
hipermillonaria en el ránking. Carmen Cervera se llevó el título en el 61
porque desfiló con mucho arte. Ahora tiene mucho más arte que antes, aunque sea
un poco menos mona.
§.
Los mil goles de Pelé
Fue
de penalti, fue en el estadio de Maracaná y fue el 19 de noviembre de 1969.
Jugaba Pelé con el Santos frente al Vasco de Gama, y en el minuto treinta y
tres del segundo tiempo el árbitro pitó la máxima pena. Pelé metió la pierna
derecha, disparó y anotó su gol número mil. Mil goles. Lloros, abrazos, el
estadio que se viene abajo… pero qué pasa con el pobre arquero que encajó el
gol. El argentino Edgardo Andrada pasó de ser un gran guardameta a ser
recordado como el portero al que Pelé le coló su gol número mil. Pero estas
cuentas tienen un pelín de trampa.
Pelé,
«o rey do gol», como todos los reyes, se apunta tantos dudosos. El jugador
llevaba una muy particular cuenta de sus goles. Es decir, contabilizaba los
goles en partidos oficiales, en amistosos, contra amiguetes y en los
entrenamientos, con lo cual, según él, llegó a anotar 1.282 goles en toda su
carrera. Pero aquí las estadísticas que cuentan son las oficiales, y para
contar como es debido y no hacer la cuenta de la vieja está la Federación
Internacional de Historia y Estadística del Fútbol, que ya ha dejado claro que
los goles que cuentan son los que se hacen jugando en Primera División. Según
este organismo, Pelé sigue siendo el mayor goleador de todos los tiempos, pero
los tantos oficiales que metió se quedan en unos seiscientos, que no son moco de
pavo.
Lo
que sí disgustó a Pelé fue enterarse de que un compatriota, el delantero
Romario, también alcanzara el número mil. Y curiosamente Romario logró la
hazaña jugando con el Vasco de Gama, el equipo al que «o rey» le marcó su
milenario gol.
Pelé
querría haber sido el único en llegar a esta cifra extraoficial, pero tuvo que
aguantarse con que Romario también se contara los goles fuera de Primera
División. Eso sí, para dejar constancia de su rabieta, Pelé porfió y recordó a
todo el mundo que él había metido el gol número mil con veintinueve años, y que
Romario lo hizo con cuarenta y uno. Lo dicho, se enfadó.
§.
Se sienten… por favor
Las
mujeres españolas de principios del siglo XX que aspiraban a algo más que a
cuidar maridos, niños y cocidos fueron arañando derechos civiles muy poco a
poco. Por ejemplo, el derecho a trabajar y ganar un salario, cuestión esta que
se consiguió aunque no se viera con naturalidad que la mujer trabajase. Eran
frágiles, débiles, flojas… por eso el 27 de febrero de 1912 se promulgó una de
las leyes más tontas de este país: la ley de la silla. La Ley no era tonta en
sí, lo que era tonto es el hecho de que se pensara sólo para las mujeres, no
para los hombres.
La
ley de la silla obligaba a los empleadores a proporcionar una silla a toda
mujer que trabajara en la industria o el comercio. De los hombres no decía
nada. Ellos podían seguir de pie.
En
la ley de la silla estaba implícito el derecho de las mujeres a sentarse un
ratito cada hora. La promotora de la ley fue María de Echarri, concejal del
Ayuntamiento de Madrid e inspectora de Trabajo. Lo que ocurre es que la ley,
aunque fuera buena, más que apoyar la incorporación de la mujer al trabajo lo
que hacía era recalcar su debilidad. Lo lógico es que la ordenanza hubiera sido
para empleados en general, no sólo para empleadas.
A
quienes les vino muy, pero que muy bien, la ley de la silla fue a las
operadoras de Telefónica de España, esas señoritas que sacaban y metían
frenéticamente clavijas en un panel frontal repleto de agujeros. Telefónica las
obligaba a ser solteras y a que la falda llegara muy por debajo de la rodilla;
hasta les medían los brazos antes de contratarlas para asegurarse de que
llegarían a los agujeritos más altos. Pero Telefónica las tenía de pie derecho.
Cuando llegó la ley de la silla, las otras condiciones seguían inalterables,
pero pudieron trabajar sentadas. Y también pudieron sentarse las que
desplumaban pollos y las que clasificaban tornillos.
España
no fue la primera en aplicar la Ley de la Silla. Fue Argentina, a la que
después se unieron Chile, Uruguay, Colombia… y varios de estos países aún
recogen la Ley de la Silla en sus actuales códigos de derecho laboral. Hay que
ver lo que costó trabajar y lo que luego costó hacerlo sentada.
§.
Primera venta de Coca-Cola
Hacía
calor en Atlanta (very hot, que dicen ellos) aquel 8 de mayo de 1886, cuando un
ciudadano entró en una farmacia y pidió algo para el dolor de cabeza. Le
vendieron un producto nuevo inventado por el farmacéutico John Pemberton, un
jarabe de sabor agradable realizado a base de planta de coca y nuez de cola. El
ciudadano se fue tan contento y no hay datos de si se le quitó la jaqueca o si
sólo se le quitó la sed, pero aquel hombre fue la primera persona del mundo que
compró una Coca-Cola, aunque él nunca lo supo.
En
la farmacia donde se realizó la primera venta de una Coca-Cola aquel 8 de mayo
había unos empleados que también probaron el brebaje, y como por aquel entonces
estaban muy de moda las fuentes de soda, unas máquinas que añadían dióxido de
carbono a las bebidas para darles efervescencia, decidieron añadir a aquel
jarabe de sabor dulce y agradable un poco de gas y enfriarlo, de tal forma que
acabaron descubriendo que aquel líquido oscuro les quitaba la sed y les
refrescaba sobremanera.
John
Pemberton, el inventor, comenzó a percatarse de que, por mucho que se empeñara,
su jarabe no servía ni para curar la impotencia ni la jaqueca ni la
neurastenia, y que, en cambio, la gente se lo bebía por litros cuando estaba
fresquito y con burbujitas. Así que fue y registró la marca Coca-Cola.
Y lo
hizo en un momento en que Atlanta había votado a favor de prohibir la venta de
alcohol, luego el nuevo brebaje fue bien aceptado. Vaya si lo fue. La receta de
la Coca-Cola, ya saben, es medio secreta. La mayoría de los ingredientes
siempre han sido de dominio público: azúcar, caramelo, cafeína, ácido
fosfórico, zumo de lima y esencia de vainilla. El triunfo está en un
saborizante codificado con el nombre 7X. Lo guardan con tanto celo que cuando
el gobierno de la India exigió conocer la composición exacta, la compañía
prefirió dejar de venderla en el país antes que revelar su secreto. Indios y
cocacoleros llevan treinta años de tiras y aflojas por los ingredientes del
refresco: tan pronto se prohíbe la venta como se vuelve a autorizar. Ahora
bien, lo único que está claro que no contiene la Coca-Cola son precisamente los
ingredientes que le dan el nombre: ni coca ni cola.
§.
Absurdos límites de velocidad
La
velocidad mata. De esto estaba convencido el Parlamento británico hacia
mediados del siglo XIX, porque por algo aprobó el 5 de julio de 1865 la primera
ley del mundo que limitaba la velocidad de circulación en carretera. Fue una
ley muy severa. Ríanse de los puntos que se quitan ahora o de las sanciones
económicas. Entonces fue mucho peor, y nadie se atrevía a pasar de los 6
kilómetros por hora de velocidad máxima permitida.
Gran
Bretaña se puso en este plan porque también fue el país pionero en contabilizar
las primeras víctimas de tráfico. Ocurrió años antes, cuando la caldera de una
diligencia con motor a vapor explotó y mató a cinco viajeros e hirió a otros
muchos. Aquí le cogieron miedo al vehículo a motor, porque los tradicionales
caballos no explotaban. Para evitar males mayores, se pusieron en marcha para
elaborar una ley muy restrictiva en límites de velocidad y en la construcción
de vehículos a motor. La llamaron la Locomotiv Act, estuvo vigente treinta años
y frenó cualquier intento de los fabricantes de desarrollar vehículos
autopropulsados.
Porque
fíjense lo que hacían. No sólo limitaron la velocidad a 4 millas por hora, unos
6 kilómetros de velocidad máxima, es que, además, un tipo agitando un trapo
rojo tenía que correr delante de cada coche alertando a los peatones del
peligro que se les venía encima. Claro, los constructores de vehículos y los
ingenieros se negaron a desarrollar la industria mientras el gobierno no
quitara al tipo del trapo rojo, que, por supuesto, corría más que los coches.
Pero nada, los del trapo rojo siguieron corriendo delante durante tres décadas.
Precisamente
por ello, Gran Bretaña sufrió un parón en el desarrollo automovilístico y se le
adelantaron en la industria Francia, Alemania y Estados Unidos. El propio
Thomas Alva Edison, aquel que lo inventó casi todo, echó una bronca tremenda a
los ingleses. Les dijo: «Ustedes tienen las mejores carreteras, los mejores
ingenieros, pero también tienen tantos prejuicios estúpidos que siempre irán
por detrás del resto de la industria». Y encima conducen por la izquierda.
§.
Patentada la máquina de escribir
El
23 de julio de 1829 quedó marcado en el calendario de efemérides como una fecha
reseñable. Pero lo cierto es que quien lo marcó lo mismo podría haber señalado
el nacimiento de un sobrino, porque mérito, lo que se dice mérito, no tiene
mucho. Aquel día, un señor llamado William Austin Burt patentó la máquina de
escribir. Gran invento si no hubiera sido porque ya estaba inventada, porque no
se parece en nada a la que todos hemos conocido y porque era más lenta que
escribir a mano.
Lo
que William Austin Burt patentó no servía prácticamente para nada. De hecho
nadie compró la patente y nadie comercializó el invento. Hubo que esperar hasta
principios del siglo XX para tener una máquina de escribir de teclas y rodillo,
las mismas que comenzaron a vender como churros las empresas Remington y
Underwood.
Ahora
bien, todos nos hemos preguntado alguna vez, mirando el teclado del ordenador,
a quién se le ocurrió distribuir el abecedario de forma tan anárquica. ¿Por qué
la «ese» está junto a la «a» y por qué entre la «erre» y la «uve» doble está la
«e»? Pues tiene su sentido. Porque se trataba de que las letras que formaban
las combinaciones más comunes de palabras estuvieran alejadas lo más posible.
Así se evitaba que las varillas que golpeaban el papel e imprimían la letra se
amontonaran, provocando el atasco de la máquina.
Es
evidente que esto ya no tiene sentido, porque como todo el mundo sabe la letra
sale ahora del teclado y aparece milagrosamente en una pantalla de ordenador,
pero la distribución del alfabeto es igual a la de hace siglo y pico. Y no es
la única herencia de la máquina de escribir. Hay muchas, pero una especialmente
simpática. Cuando escribimos un correo electrónico existe la opción de mandarlo
con copia: es lo que en la pantalla aparece como «CC». Pues estas siglas CC
significan, literalmente, copia de carbón; una clara referencia a aquel papel
negro que poníamos entre dos folios en una máquina de escribir para tener dos
textos por el trabajo de uno. Ahora somos todos muy modernos, pero gran parte
de la jerga del ordenador se la debemos directamente a la abuelita, la máquina
de escribir.
§.
Anulada la ley del divorcio
El
divorcio es una de esas leyes españolas que aparecen y desaparecen del panorama
político según la amplitud de miras y el respeto a la libertad del gobierno de
turno. En 1939, ya se sabe, las miras y las libertades individuales comenzaron
una larga agonía que duró casi cuarenta años, y fue el 23 de octubre de 1939
cuando el gobierno de Franco anuló la ley del divorcio aprobada en la Segunda
República. Si el dictador viera la cantidad de nietos que se le han divorciado,
alguno varias veces, le daba algo.
La
ley de divorcio aprobada durante la República era muy avanzada para su tiempo,
porque contemplaba aspectos tan novedosos como la fórmula del mutuo disenso, la
posibilidad de que la pareja acordara el destino de los hijos menores o la
obligación mutua de pensión alimenticia. Hasta que en el 39 volvieron a
insistir en eso de «hasta que la muerte os separe», pero no para quien lo
eligiera. Para todos. Porque, dicho por boca de los falangistas y los
franquistas, el divorcio fue uno de los ataques más violentos a España y a los
católicos. De todos es sabido que la totalidad de los españoles era católica.
Los que no lo eran, también, aunque ellos no lo supieran.
Desde
1981, España y los españoles vuelven a disfrutar de una ley de divorcio; una
ley que costó mucho sacar adelante, porque la oposición de la Iglesia y los
conservadores todavía era muy violenta. La Conferencia Episcopal hizo aquel año
una advertencia catastrofista: «El divorcio —dijeron los obispos— se
transformará en una puerta abierta a la generalización del mal en España». Pero
al final el sentido común se impuso a la intransigencia.
Luego
vino la segunda parte, que es la más interesante. Hombre, ya que el divorcio
volvía a permitirse, por qué desaprovecharlo. Muchos de los que se opusieron a
él tomaron camino del juzgado para disolver matrimonios insoportables. Y un
dato para los agoreros: en veinticinco años, la tasa bruta de divorcios en
España se situó en torno al 1 por mil, la mitad de la media de la Unión
Europea. Y la mejor noticia es que quien no quiere, no se divorcia.
§.
Comienza a instalarse el reloj de la Puerta del Sol
Si
alguien no conoce el reloj de la Puerta del Sol es que es noruego. Ahí
colocado, en el kilómetro cero del país, con su péndulo de 3 metros y con su
bola bajando en el comienzo de cada día. Dando las horas, imperecedero, desde
hace más de ciento cuarenta años.
El 6
de noviembre de 1866 su creador, el relojero leonés José Rodríguez Losada,
comenzó a montarlo ante el pasmo general de la concurrencia madrileña. Era muy
grande, muy bonito y había venido directo de Londres.
Y
llegó de Londres porque el relojero Losada, un liberal exiliado, lo construyó
allí para luego regalarlo a la reina Isabel II y al pueblo de Madrid. Se
decidió colocarlo en la sede del Ministerio de la Gobernación, lo cual dio
lugar a bastantes chuflas, porque al principio el reloj no funcionaba con
demasiada precisión y enseguida le sacaron coplillas. Esta tiene guasa:
Este
reló tan fatal
que
hay en la Puerta del Sol,
dijo
un turco a un español,
¿por
qué funciona tan mal?
Y el
turco con desparpajo
contestó
cual perro viejo:
este
reló es el espejo,
del
gobierno que hay debajo.
Dicen
los expertos que la maquinaria es una maravilla. Cualquiera de sus piezas se
puede cambiar sin tener que desmontar el reloj, y tiene sonería, no sólo de
horas, sino de cuartos, lo cual es muy raro pero también muy divertido el día
de Nochevieja. El reloj de la Puerta del Sol lleva sonando así casi siglo y
medio, y todavía muchos se hacen un lío con los cuartos, las uvas y las
campanadas.
Es
también uno de los más precisos del mundo, porque sólo se retrasa cuatro
segundos al mes, y esto no lo pueden decir todos los relojes. Pero sepan una
cosa: en Nochevieja, el reloj de la Puerta del Sol tiene truco. Todos los
finales de año se manipula la maquinaria para que el ritmo de las doce
campanadas sea más lento y dé tiempo a comerse las uvas, truco este que no se
empleó en la Nochevieja de 1996 por un fallo de comunicación entre técnicos,
con lo cual media España acabó atragantada porque fue imposible comerse las
uvas a tal velocidad. Es trampa, sí, pero una trampa bienintencionada.
§.
Primera escuela de taquigrafía
Luz
y taquígrafos, o sea, claridad en los planteamientos y por escrito para que
quede constancia. Es una frase que popularizó el cinco veces presidente de
Gobierno Antonio Maura cuando dijo aquello de: «Yo, para gobernar, no necesito
más que luz y taquígrafos». Pues bien, la taquigrafía nació como cátedra en
España el 21 de noviembre de 1802. Fue entonces cuando se creó la escuela
oficial de esta técnica de escritura que sólo entiende quien la escribe.
No
hay un inventor concreto a quien achacarle esto de la taquigrafía, que es un
conjunto de signos con los que se puede representar la palabra simultáneamente
a su pronunciación. Pero sí se sabe que el asunto viene de antiguo y que ya el
romano Cicerón tenía un esclavo que pillaba los discursos al vuelo gracias a
que utilizaba unos garabatos para poder escribir a la misma velocidad que
hablaba su jefe. Luego los pasaba a limpio. Bien, pues desde los tiempos de
Cicerón hasta ese año de 1802, no habíamos oído hablar en España de la
taquigrafía.
Fue
Francisco de Paula Martí el que logró que el gobierno de Carlos IV creara la
cátedra de taquigrafía y quien publicó uno de los métodos para aprenderla. Se
titulaba «Tachigrafía castellana ó arte de escribir con tanta velocidad como se
habla». La primera vez que se usó oficialmente fue en las Cortes de Cádiz, o
sea, que la transcripción de los debates para la creación de la primera
Constitución española, La Pepa, salió de los garabatos de los taquígrafos. Y
hasta hoy. Los taquígrafos de las Cortes tienen tal importancia, que sin ellos
quedaría cojo el Diario de Sesiones.
Da
igual que se vaya la luz, pero los taquígrafos tienen que estar. Acceder al
puesto no es fácil. En las oposiciones que se convocan a Cortes aprietan mucho
y la mayoría sale cateada. En 2007 se nombró sólo a siete nuevos taquígrafos,
todas chicas, por cierto. Lo que sí tienen que tener es mucha calma para
aguantarse las ganas de tirarle la máquina de estenotipia a la cabeza a algún
orador que no se le entiende ni papa cuando habla. Pero si sobrevivieron a
Manuel Fraga, aguantarán lo que les echen.
§.
Día de la Marmota
El
asunto va de tradiciones. Nos pilla un poco lejos, pero es una costumbre
simpática que comenzó a celebrarse el 2 de febrero de 1887 en Punxsutawney, un
pueblito de Pensilvania (Estados Unidos). Es el Día de la Marmota, que consiste
en esperar a que un bicho de estos salga de su madriguera y ver qué hace. Si
vuelve a meterse, es que aún quedan seis semanas más de invierno. Si se queda
fuera, es que la primavera llegará antes de tiempo. Cosas de yanquis.
No
está claro si esta tradición la llevaron los irlandeses o los alemanes que se
instalaron en el Estado de Pensilvania. Se trataba de un truco doméstico con el
que los granjeros pretendían adivinar si era o no buen momento para cultivar
los campos. Y se hacía de la siguiente forma. Se buscaba la madriguera de una
marmota, ya saben, un roedor grande y rechoncho, de patas cortas y cola peluda,
y se esperaba a que saliera del refugio donde había hibernado. La marmota podía
tener dos reacciones: quedarse fuera o volverse a la madriguera para dormir
unas semanas más. Está claro que si continuaba fuera, es que al invierno le
faltaba poco para irse.
Hasta
aquí la realidad más rural, y a partir de ahora el festejo y la leyenda. Hace
más de ciento veinte años, los vecinos de Punxsutawney se plantearon que por
qué no convertir en fiesta esta costumbre, y que en vez de ir a buscar
madrigueras, mejor adoptar una marmota y echar unas cañitas a su costa. La
marmota de Punxsutawney se llama Phil. Siempre se llama Phil, aunque ya se
pueden imaginar que han pasado muchas marmotas con este nombre.
Cada
2 de febrero se mete a Phil en una cuba que hace las veces de madriguera.
Entonces se abre sobre un escenario la cuba mientras varios señores con
chistera y levita esperan la reacción. Dicen que si el 2 de febrero hace sol,
la marmota se asustará de su sombra y volverá al refugio, indicando que aún
quedan seis semanas de invierno. Si está nublado y la marmota se queda fuera,
la primavera está cerca. Pues muy bien, pero está demostrado que la marmota
sólo acierta una vez de cada diez.
§.
Més que un club
El
Futbol Club Barcelona lo fundó un suizo, lo presidió un inglés y nació en un
gimnasio. Y todo ello ocurrió el 29 de noviembre del año 1899. Al principio el
club no tenía banquillo, porque lo componían doce jugadores mondos y lirondos,
o sea, que no valía lesionarse porque no había repuesto. Pero éstas son sólo
las anécdotas de hace más de un siglo. Hoy lo que cuenta es que el Barça es uno
de los equipos más grandes del fútbol mundial. «Més que un club», es un
sentimiento y una identidad.
El
suizo Hans Gamper, rebautizado luego como Joan Gamper, fundó el Barça poniendo
un anuncio en el diario Los Deportes. Respondieron once: dos suizos, tres
ingleses, un alemán y seis catalanes. Hala, ya tenían equipo. Se juntaron en
una primera cita aquel 29 de noviembre en el gimnasio Solé y acordaron montar
un club de fútbol para divertirse y hacer deporte. Qué tiempos. Divertirse y
hacer deporte. A quien se le diga…
El
primer partido lo perdieron por un gol a cero, pero es que jugaron con un
equipo de ingleses que vivían en Barcelona, y los british se las sabían todas
en esto del fútbol.
Uno
de los mayores misterios del Barça son precisamente sus colores. ¿Por qué el
azul y por qué el grana? Pues a día de hoy, ni siquiera los barcelonistas han
podido confirmar los orígenes. Una de las teorías, la más simple y quizás la
más razonable, dice que la madre de uno de los jugadores, al ver que el equipo
no tenía uniforme, hizo fajas de colores azules y granates para que pudieran
diferenciarse de los contrarios. No es ninguna tontería, al fin y al cabo
siempre son las madres las que acaban encontrando la solución oportuna.
Otra
hipótesis decía que el blaugrana lo eligió el propio Joan Gamper, porque ésos
eran los colores del escudo del cantón suizo donde nació. Falso. Gamper nació
en Winthertur, en el cantón de Zúrich, y los colores del escudo son el blanco y
el azul; o sea, que si alguien lleva los colores del pueblo del fundador del
Barça, lamentándolo mucho, ése es el Español. Jugarretas del fútbol.
§.
Hora arriba… hora abajo
Alguien
se preguntará de dónde viene esto de retrasar una hora los relojes en octubre y
volverlos a adelantar en marzo. Pues venir viene de lejos, de principios del
siglo XX, y el argumento oficial era el mismo que el de ahora: se trata de
aprovechar más horas de sol y ahorrar energía. Los tres primeros países del
mundo que adoptaron el cambio de hora fueron Inglaterra, Irlanda y Francia, y
el 5 de junio de 1916 aprobó la medida oficialmente uno de ellos: Francia.
La
Asamblea francesa acordó como medida de ahorro el adelanto de una hora, para
disgusto de los franceses, a quienes molestó sobremanera que les tocaran los
relojes. España también se sumó poco después al cambio horario, y con ella
varios países, hasta que llegó la Segunda Guerra Mundial y los horarios de
invierno y verano se fueron al garete. Bastante tenían los europeos esquivando
bombas como para estar pendientes de los relojes.
En
1974, como consecuencia de la crisis del petróleo, la mayor parte de los países
industrializados volvió a tomar la misma medida. Todos, salvo uno, el de
siempre, Suiza. Los suizos se negaron a cambiar la hora y se convirtieron en un
islote horario europeo. Dijeron que ellos no tenían por qué seguir las
sugerencias de la Comunidad Económica Europea porque iban por libre y eran más
ricos que nadie. Ya. Pues muy ricos y muy independientes, pero acabaron hechos
un lío en los aeropuertos y las estaciones de tren, porque las salidas de sus
transportes no coincidían con las de los países vecinos. Al final se rindieron
y, en 1981, dieron el brazo a torcer.
Pero
aunque los ajustes horarios son del siglo XX, las preocupaciones por el ahorro
energético vienen de antes, del siglo XVIII, y el primero en dar ideas para
aprovechar más el sol y ahorrar energía fue Benjamín Franklin. Lo que pasa es
que el señor Benjamín era un poco drástico en sus propuestas. Una de ellas
decía que todas las campanas de las iglesias repicaran a la misma hora para que
todo el mundo se levantara a la vez. Claro, como él madrugaba mucho porque
estaba inventando el pararrayos…
§.
Pedrada extraterrestre a un humano
O el
meteorito tuvo mucha puntería o el humano mala suerte. El 30 de noviembre de
1954 es la fecha en la que está registrado el único impacto de meteorito sobre
una persona. Aquel día, una piedra extraterrestre y malintencionada de casi
cuatro kilos de peso cayó sobre una casa de Alabama, en Estados Unidos,
atravesó el tejado, destrozó una radio y de rebote hirió a la señora Hodges.
Abraracúrcix, el jefe de la aldea donde vive Astérix, sólo le teme a una cosa:
que el cielo le caiga sobre la cabeza, pero, como él dice, eso no va a ocurrir
mañana. Pues se equivoca, porque, de hecho, ocurre a diario.
Geólogos
y astrónomos calculan que diariamente caen sobre la Tierra 150 toneladas de
materia procedente del espacio; lo que pasa es que la inmensa mayoría son
proyectiles más pequeños que un grano de arena y no nos enteramos. Otros de
mayor tamaño impactan, sobre todo, en océanos y en zonas despobladas, y de los
poquísimos que caen en zonas habitadas, la mayoría lo hace sobre casas y
coches. Aunque algún animal sí se ha visto dañado. En 1911, un meteorito mató a
un perro en Egipto.
Para
todos aquellos que disfrutan con la visión de una estrella fugaz y que se
apresuran a pedir un deseo, sólo un consejo. Que el deseo sea que no les caiga
en la cabeza, porque esa estrella fugaz no es tal, es un cuerpo sólido rocoso o
metálico que al entrar en la atmósfera, literalmente, arde y, casi siempre, se
desintegra. Cuando no se descompone por completo y logra impactar en la
superficie de la Tierra es cuando al pedrusco se le da el nombre de meteorito.
La
última caída sonada de un meteorito se registró en Perú en 2006. Tenía el
tamaño de una pelota de baloncesto y no dio a nadie, porque cayó en una zona
despoblada de Carancas. El cráter que dejó la piedra midió 13 metros de
diámetro. Afortunadamente, los científicos aciertan bastante, y sus cálculos
dicen que la probabilidad de que un meteorito impacte contra un ser humano es
de una vez cada ciento ochenta años. Como a la señora Hodges le arreó uno aquel
30 de noviembre de 1954, ya no caerá otro hasta el año 2134. A nosotros, seguro
que no nos da.
§.
El primer No-Do
Qué
bonito era el No-Do, con sus inauguraciones de pantanos, con sus señoritas de
la Sección Femenina formando a futuras amas de casa, con sus obispos y sus
arzobispos bendiciendo grupos de Coros y Danzas, con sus desfiles de la
Victoria… El 4 de enero de 1943 las salas de cine españolas estrenaban el
primero de los 4.016 Noticiarios y Documentales Cinematográficos que hubo que
tragarse por obligación durante los siguientes treinta y tres años. La mayor
parte de las veces, el No-Do tenía más ficción en sus guiones que la película
que venía después.
El
No-Do era la propaganda de la dictadura, el telediario de Franco, y aquel 4 de
enero los ciudadanos de posguerra que tenían cuerpo y una perra gorda para ir
al cine en plena hambruna vieron un reportaje sobre el ambiente navideño que
vivía España. La primera imagen que se vio fue un puesto repleto de pollos con
la que se pretendía demostrar la oferta alimenticia que tenían los españoles,
cuando gran parte de los españoles se pasaban el día en las colas del auxilio
social con la cartilla de racionamiento en la mano.
Pero
aquel No-Do proyectó muchos más asuntos interesantes en su primera edición. En
el bloque de deportes se informó del partido de fútbol entre la selección Arma
Aérea Italiana y el Atlético Aviación, y también de la gran demostración
deportiva nazi que hubo en Berlín ante Hitler. La sección de sociedad se ocupó
de la moda de peinados en París, y la internacional acercó asuntos tan
interesantes como la cosecha de algodón en Ucrania, la utilización del metano
en Italia como sustitutivo de la gasolina y el desfile de las tropas japonesas
ante el emperador Hiro-Hito.
El
aguinaldo de la División Azul, un reportaje sobre el teniente general Muñoz
Grandes y, por último, un señor bajito, gordo y con bigote que en la intimidad
atendía por Paco entregando despachos a los nuevos oficiales del Estado Mayor
completaron aquel primer No-Do.
Cuando
uno se había tragado toda la propaganda franquista, entonces sí, ya se podía
ver a «Tirone Pover», a «Clar Gable» y a «Josefine Baquer».
§.
Historias de la mili
Hace
años que se acabó aquello de ir a la mili por obligación, algo que venía
impuesto desde el 10 de enero de 1877, cuando se implantó en España el servicio
militar obligatorio. Cuatro años de mili. Un infierno peor que el de Rambo,
porque entonces España estaba metida en guerras cada dos por tres, y cuando el
Estado te arrebataba a un miembro de la familia para hacer la mili… malo. Ya lo
decían entonces: Hijo quinto sorteado, hijo muerto y no enterrado.
Aquella
ley de 1877 obligaba a que todo mozo español de veinte años dedicara cuatro
años de su vida al ejército. Con excepciones, claro, porque se podía pagar por
librarse de la mili o mandar a un primo como sustituto del recluta sorteado. Es
decir, uno se libraba pagando mil quinientas pesetas al Estado, una millonada,
con lo cual es fácil imaginar quiénes podían librarse de ser llamados a filas.
Esto se llamaba «redención a metálico», pero no era la única opción legal para
excusar el alistamiento: la familia del quinto podía pagar a un pariente hasta
en cuarto grado civil para que acudiera a filas en su lugar. El que aceptaba,
además de tener que ser como mínimo un primo carnal, también hacía, más que el
primo, el panoli. Pero, bueno, para algo tenían que servir los parientes
pobres.
Queda
claro, pues, que a la mili sólo iban los más desgraciados, y éstos no se podían
librar a no ser que midieran menos de 1,54. Y a veces ni por ésas, porque a
estos reclutas dados inicialmente como inútiles se les obligaba a volver a
medirse tres años después por si acaso habían crecido.
Con
la ley de 1912 llegaron otras posibilidades para quedar excluido de la mili: el
peso y el perímetro torácico. Pero el ejército fue tan hábil para que no se les
escapara ni uno, que lucieron creer que ser bajito, con poco peso y estrecho de
pecho tenía pésimas connotaciones sociales y sexuales. Es decir, les hacían
sentirse poco hombres, y así, en vez de ponerse contentos por librarse de la
mili, los dados por inútiles se agarraban una depresión de caballo porque,
socialmente, estaban mal vistos.
Pero
todo aquello acabó, y lo malo es que también acabaron las divertidas y
fantasiosas batallitas de la mili.
§.
El triste principio de RNE
Suena
a rancia, pero lo hecho, hecho está, y cada uno nace donde puede y cuando le
toca. El 19 de enero de 1937 nació en Salamanca Radio Nacional de España. La de
entonces y la de hoy se parecen como un huevo y una castaña, y sólo el nombre
se mantiene invariable. Pero el término nacional que se empleó entonces,
tampoco tiene nada que ver con el de ahora, porque hace setenta y un años
Franco se apropió de la palabra y ahora la palabra es la antítesis de Franco.
Antes era Nacional porque era de unos pocos y ahora es Nacional porque es la
pública.
Fue
Millán Astray, aquel que dijo eso de « ¡Muera la inteligencia!», el primero que
se encargó de organizar aquella Radio Nacional de la guerra. Y la organizó
igual que organizó la legión: los periodistas tenían que alinearse y cuadrarse
al toque de silbato, como en un cuartel, porque bien es cierto que muchos de
ellos eran militares metidos a periodistas.
La
voz que inauguró las emisiones oficiales en Salamanca fue la de Fernando
Fernández de Córdoba, que era, por supuesto, militar, pero que, sobre todo, era
actor metido a locutor. Muchos recuerdan su voz, porque fue la misma que leyó
el famoso parte de final de guerra, aquel que decía: «En el día de hoy, cautivo
y desarmado, el ejército rojo, bla, bla, bla…».
Fernández
de Córdoba confesó que aquel 19 de enero estaba muy nervioso, porque enfrente
de él estaban sentados el embajador de la Alemania nazi. Von Faupel, y el
propio Franco, envuelto en un capote del Tercio. Los dos estaban muy pendientes
de ver qué tal se daba la inauguración. El alemán estaba allí porque la
tecnología la habían aportado e instalado ellos, los nazis.
Era
una emisora Telefunken de 20 kilovatios de potencia y una antena de 40 metros.
Sólo
un pero que ponerle al soldado locutor Fernández de Córdoba: gritaba mucho.
Tanto, que no le hubiera hecho falta emisora para que España se diera por
enterada de cómo iba la guerra. Pero, bueno, de su boca salieron las primeras
palabras de esa santa casa. Fue a las nueve en punto de la noche de hace más de
setenta años, en la Radio Nacional de entonces y en la Pública de ahora.
§.
Nace el Paricutín
Curioso
nacimiento el que se produjo el 20 de febrero de 1943. Vino al mundo la que
todavía hoy es una de las montañas más jóvenes del mundo, y lo hizo de una
manera muy tonta y dando un tremebundo susto a un paisano que cuidaba sus
ovejas. Nació el Paricutín, un volcán que no era nada hace seis décadas y que
ahora es una montañita de 600 metros de altura. Está en el Estado de Michoacán,
en México, en un pueblito que entonces se llamaba Parangaricutiro y que hoy,
como es fácil imaginar, está debajo de la lava.
El
vecino que se llevó el susto fue Dionisio Pulido, y hasta ahora es el único
testigo directo que registra la vulcanología. Tan, tan directo que el volcán
nació bajo sus narices. Estaba el hombre cuidando sus borregas cuando notó un
temblor y vio cómo se abría una grieta. Comenzó a salir vapor y piedras, y ya
no se quedó a mirar qué más pasaba. Salió corriendo hacia el pueblo y contó lo
que sucedía.
Al
día siguiente el Ayuntamiento se reunió con carácter de urgencia y levantó un
acta muy simpática con los hechos. Entre otras cosas decía que había emergido
una fogata de una zanja abierta y situada entre las parcelas de cuatro
propietarios. Como ya dedujeron ellos que aquello parecía un volcán, decidieron
bautizarlo en aquel mismo momento como volcán de Paricutín.
En
sólo una jornada el Paricutín se elevó 6 metros sobre el suelo. Al día
siguiente alcanzó los 50 metros, y 140 en la primera semana. Después de nueve
años de erupción continuada, ahí lo tienen, todo un señor volcán de 600 metros
de altitud. Menos mal que el volcán nació avisando y no murió ningún vecino. La
zona se despobló y los ríos de magma ganaron para sus fueros 25 kilómetros
cuadrados de terreno. Las casas y los comercios de varias poblaciones se
esconden ahora bajo la lava, y lo único que asoma es el campanario de la
iglesia de San Juan. La buena noticia es que la torre, allí plantada en mitad
de un mar de negra roca volcánica, ha convertido la zona en un atractivo
turístico. Turistas que aún buscan la experiencia de que les crezca un volcán
bajo los pies.
§.
Un kilo de 800 gramos
¿Se
puede decretar por ley que un kilo de pan pese 800 gramos? Poderse se puede,
aunque sea una tomadura de pelo y, de hecho, se hizo. El 10 de abril de 1918 el
gobierno del conservador Antonio Maura admitió oficialmente que el kilo de pan
pesara 800 gramos. Para entendernos: no es que se aprobara la venta de 800
gramos al precio de un kilo, porque eso sería simplemente un encarecimiento del
producto, sino que tú pedías un kilo de pan y te daban 800 gramos. Aunque
también podías comprar medio kilo. Pero entonces te daban 400 gramos.
El
episodio se sitúa en mitad de una crisis social que el gobierno no supo atajar
por pura inutilidad, porque en vez de legislar para defensa del consumidor,
decretó a favor de los especuladores. Se sabía que los acaparadores ocultaban
mercancías para provocar la escasez y la inflación. Lo sabía todo el mundo,
pero el gobierno se mostró absolutamente incapaz de frenar los abusos. Y eso
que antes ya se había aprobado una ley de subsistencias para evitar situaciones
de este tipo.
¿Por
qué estaba tan caro el precio del pan en 1918? Los tahoneros decían que porque
la harina se había disparado. ¿Y por qué estaba cara la harina? Pues los
fabricantes decían que porque no había trigo. Pero trigo había para parar un
tren. Parte de él estaba acaparado y oculto, y otra parte se exportaba
clandestinamente al extranjero.
Puestos
en este plan, las tahonas iban a lo suyo y cada una ponía el pan al precio que
le apetecía. Así que, un buen día el gobierno, incapaz de obligar a que la
mercancía acaparada se distribuyera y de frenar la exportación clandestina,
decidió subir el pan y que todas las tahonas lo pusieran al mismo precio. Pero
como era muy impopular decir el kilo de pan pasa de 36 céntimos a 54,
decidieron que mejor dejar el precio del kilo al mismo costo, pero declarando
por ley que a partir de entonces el kilo de pan pesaba 800 gramos.
Era
una patada al sistema métrico, pero una patada legal. Tal y como escribió un
cronista de la época, el gobierno, por no frenar una ilegalidad, legalizó una
inmoralidad. Y de paso llamó tonto al ciudadano.
§.
Baja natalidad en el Vaticano
Decir
que en Ciudad del Vaticano nacen pocos niños es una perogrullada, porque, de lo
contrario, estaría feo. Pero para cuando eso ocurre, hay un Registro Civil como
Dios manda, y ese Registro Civil se inauguró el 17 de junio de 1929. Ese día se
inscribió al primer nacido dentro de los límites del Vaticano, pero, teniendo
en cuenta que el país sólo existía desde cuatro meses antes, está claro que el
crío fue concebido en el extranjero.
Ciudad
del Vaticano existe como país desde febrero de 1929, por eso todos los nacidos
anteriormente en el recinto de la Santa Sede eran simplemente romanos. Tampoco
es que nazcan una enormidad de críos en el Vaticano; de hecho, es el país con
el índice de natalidad más bajo del mundo, pese a que su gobierno es el más
preocupado por la baja tasa de nacimientos en el planeta Tierra. Lo que pasa es
que no se les puede sugerir que prediquen con el ejemplo.
Otro
asunto son los bautizados, en su mayoría hijos de parejas que trabajan como
funcionarios de la Santa Sede, y que suelen contar con el privilegio de ser
cristianados por el papa. Uno de los bautizos multitudinarios se produjo el 13
de enero de 2007, día en que Benedicto XVI bautizó a trece críos en la Capilla
Sixtina. El dato de trece niños bautizados el día 13 arroja un nuevo dato: en
el Vaticano no son supersticiosos.
La
cuestión demográfica vaticana es muy curiosa, porque es un Estado que cuenta
sólo con alrededor de 900 habitantes. Pero, según el padrón elaborado por
Ciudad del Vaticano, sólo 557 de ellos tienen la ciudadanía vaticana. Si
tenemos en cuenta que de esos 557 ciudadanos vaticanos, vaticacenses o
vaticaceños sólo 43 son laicos, así se entiende cómo tienen tan poca prole.
El
resto son cardenales, eclesiásticos y los 101 componentes de la Guardia Suiza,
que, vaya por Dios, son los únicos que están en edad de merecer porque tienen
entre diecinueve y treinta años. Lamentablemente, para ejercer como guardias
suizos también se les exige soltería, con lo cual es del todo imposible que la
población del Vaticano alcance niveles mínimamente decentes de natalidad. Así
no hay quien pueda.
§.
Tigres sin trapío
¿Creen
que las plazas de toros sólo servían antes para eso, para lidiar toros? Ahora
también se usan para mítines, conciertos, para instalar circos y hasta para
exhibiciones acrobáticas. Pero antes, a principios del siglo pasado, las plazas
también se utilizaban para que el respetable disfrutara de la lucha entre
fieras salvajes. Y fue el 24 de julio de 1904, en plena Semana Grande de San
Sebastián, cuando en una jaula plantada en el centro del ruedo se enfrentó un
toro sevillano a un tigre de Bengala. Resultado: los dos bichos fulminados, un
espectador muerto y más de veinte heridos.
Aquel
suceso sirvió para que la autoridad competente prohibiera a partir de aquel
momento el enfrentamiento de toros con tigres, de toros con elefantes y de
toros con leones. O toros contra toreros, o nada.
Aquella
tarde del 24 de julio en la plaza de San Sebastián se anunció una novillada de
la ganadería sevillana de Antonio López Plata, y una segunda parte de
espectáculo en la que el toro Hurón (cárdeno, astifino y con trapío) se
encerraría con el tigre César (rayado, bajo de agujas y bien armado). Comenzó
la lucha. Hurón se fue a por César… le arreó… y el tigre, un poco manso, todo
hay que decirlo, tras recibir el primer envite se hizo el muerto pegado a los
barrotes de la jaula.
Al
público le supo a poco la pelea y protestó, así que el personal asistente azuzó
a César para que se levantara y plantara cara a Hurón. Para que se metiera en
su papel de tigre, vamos. César se fue a por el toro y el toro volvió a
embestirle, con tan mala fortuna que el golpe del tigre en la puerta abrió la
jaula. La pelea siguió en el ruedo para espanto de los espectadores, porque la
barrera sirve para frenar a los toros, y no siempre, pero un tigre se la salta
a la torera y se hubiera merendado a un par de donostiarras.
Tuvo
que intervenir la autoridad armada, que acabó con las dos fieras a tiros en
mitad de un caos impresionante. Entre los nervios, el rebote de los disparos,
el pánico del respetable y que algunos espectadores también sacaron sus armas,
aquella tarde murieron Hurón, César y un humano. Otros veinte acabaron heridos
de bala o pisoteados y nunca más se celebraron estupideces de este tipo. Olé.
§.
Diario 16: libertad sin ira
Aquel
lunes 18 de octubre de 1976 un nuevo periódico se instaló en los quioscos
españoles. Se llamaba Diario 16, lo dirigía Ricardo Utrilla y costaba doce
pesetas. Fue atrevido y se desenvolvió con desparpajo. Vespertino en sus
principios, sensacionalista unas veces, riguroso muchas más… sufrió un atentado
de los Grapo, destapó el escándalo de los GAL, las gamberradas de Luis Roldán…
y, al final, entre todos lo mataron y él solito se murió.
De
Diario 16 quedan sus profesionales, porque dio mejor cantera que el Athlétic de
Bilbao, y la canción compuesta para el lanzamiento del periódico y que se
convertiría en el himno de la Transición democrática. El director general de
RTVE en aquel 1976, Rafael Ansón, ahora Anson, un político heredado del
franquismo, prohibió la difusión de Libertad sin ira en todas las radios y
televisiones del país. Quedó en agua de borrajas, porque eso ya no había quien
lo parara.
Diario
16 arrancó como intentan hacerlo todos, con una exclusiva: «El rey anula el
castigo de Franco a los vascos», un titular que anunciaba la inmediata
derogación del decreto franquista que declaraba a Vizcaya y Guipúzcoa
«provincias traidoras». Pero el mayor espacio de aquella primera portada se la
llevó otro guiño de libertad: la actriz Blanca Estrada subida a lomos de un
burro en su papel de la republicana Mariana Pineda. Era la foto de uno de los
capítulos de la serie de televisión Paisaje con figura, escrita por Antonio
Gala y que regresaba a la programación tras un serio intento de censura.
Comenzaba el regreso de los depurados.
Por
las portadas más impactantes de Diario 16 pasaron titulares tan irreverentes
como «Wojtila Superstar» en la primera visita de Juan Pablo II a España; la
pornográfica foto de Emilio Butragueño en la que la tensión por robar el balón
a un jugador del Español le emocionó hasta límites insospechados; el titular a
seis columnas que se llevó el regreso de «El último exiliado del franquismo»,
El Gernika de Picasso; y las otras seis que le tocaron a los Rolling Stones en
el memorable concierto del 82. Tanto le gustó a Mick Jagger, que encargó una
tirada especial para llevársela de recuerdo.
Diario
16 dejó de vivir aniversarios porque murió antes de tiempo, pero contribuyó
sobremanera a que este país aún disfrute de libertad sin ira. Sólo con algún
que otro cabreo esporádico.
§.
Estreno de La Dolores
El
día que el maestro Tomás Bretón estrenó la ópera en tres actos La Dolores, la
auténtica protagonista de la historia llevaba muerta siete meses. El 16 de
marzo de 1895 la alta alcurnia madrileña acudía al estreno en el Teatro de la
Zarzuela de La Dolores, pero todos desconocían que Petra María de los Dolores
Juana Benita Íñiga Peinador Narvión, natural de Calatayud y madre de seis
hijos, ya había muerto a muy pocas calles del aquel teatro en la más absoluta
miseria y soledad. La Dolores de Calatayud existió, pero su vida fue por un
lado y el teatro la llevó por otro.
Cuenta
la historia que un ciego cantaba coplas frente a un mesón de Calatayud para que
le echaran unas monedas. Una moza salió del mesón y le dio una limosna
generosa. El ciego, agradecido, supo que la maña se llamaba Dolores e improvisó
una jota: «Si vas a Calatayud, pregunta por la Dolores, que es un chica muy
guapa y amiga de hacer favores». ¿En qué momento estos favores caritativos se
convirtieron en carnales? Cuando un periodista catalán, José Feliú y Codina,
escuchó esta copla y con la única base de la famosa estrofa de los favores,
escribió una obra de teatro que protagonizó la dama de las tablas, María
Guerrero.
El
estreno de la obra en Madrid se produjo a sólo unas manzanas de donde vivía la
Dolores, pero el teatro había diseñado una vida que nada tenía que ver con la
de la desgraciada joven que había salido de Calatayud.
La
auténtica Dolores, la bilbilitana que inspiró la copla del ciego, fue, primero,
una rica heredera en Calatayud y, después, una mujer despreciada por su familia
porque dilapidó su fortuna con un marido codicioso. Acabó muriendo sola en
Madrid y enterrada en una tumba de caridad mientras los espectadores aplaudían
a rabiar la interpretación que de ella hizo María Guerrero.
Luego
llegó la ópera de Tomás Bretón, y más coplas y más operas y varios dramas y
seis novelas y siete películas. Pero la Dolores continuó pudriéndose en el
osario común del cementerio de La Almudena, ajena a una farsa en la que ella
puso la vida y otros, el mito.
§.
La Santa Hermandad
Día
importante para los miembros de las fuerzas y cuerpos de Seguridad del Estado,
el 27 de abril de 1476. Quizás ellos no le den importancia, pero aquel día de
hace cinco siglos se aprobaba en las Cortes de Madrigal, en Valladolid, el
proyecto de ordenanzas de la Santa Hermandad, un cuerpo de policía rural que se
hizo especialmente famoso gracias a don Quijote. El hidalgo disfrutó de todas
sus aventuras desafiando a la Santa Hermandad, y Sancho sufrió las aventuras de
su señor temiendo que apareciera alguno de sus cuadrilleros.
Las
primeras hermandades nacieron en Asturias en el siglo XII. Las componían
caballeros y nobles dispuestos a perseguir malhechores. La eficacia de aquellas
hermandades del norte llegó hasta Castilla y éste fue el principio de la Santa
Hermandad Vieja de Toledo. A los Reyes Católicos les gustó la idea, y mucho más
les gustó lo de Santa, así que establecieron en todos sus reinos aquel 27 de
abril lo que se llamó la Santa Hermandad Nueva. Los cuadrilleros dejaron de
tener que ser nobles para poder ser simples villanos; villanos que recorrían
los caminos de cuatro en cuatro, de ahí lo de cuadrilla.
Y
también había entre los cuadrilleros un buen puñado de caraduras. Los venteros,
por ejemplo, que se sumaban a la Santa Hermandad porque eso les protegía ante
sus propios desmanes. Un cuadrillero que fuera dueño de una venta podía darte
gato por liebre o cobrarte de más, y daba igual que gritaras aquello de «favor
a la Santa Hermandad», porque el ventero decía, «yo mismo».
Los
de la Santa Hermandad iban uniformados, pero luego ya se les diferenciaba sólo
por otros atributos: la media vara verde, la espada y un canuto de hojalata que
llevaban colgado a la cintura con los documentos que acreditaban su condición.
El uniforme de la Santa Hermandad fue verde en sus principios, aunque más tarde
utilizaron sólo una camisa de ese color y, encima, un chaleco de cuero, de tal
forma que sólo asomaban las mangas. Y aquí quería yo llegar. Porque ya les
resultará fácil sospechar de dónde procede eso de «a buenas horas, mangas
verdes».
§.
El león de la Metro
Los
estadounidenses fueron los primeros en olerse que esto del cine era un buen
negocio. Y como fueron los primeros en empezar, lógico que ahora sean los que
mejor lo hacen. Como la unión hace la fuerza, sobre todo en los negocios, el 17
de mayo de 1924 se llevó a cabo la fusión empresarial más rentable: se unieron
las corporaciones Metro Picture, Goldwyn Picture y Louis B. Mayer Pictures.
Resultado: la Metro Goldwyn Mayer. Y con ella nació su primera estrella: el
león de la Metro.
El
león al principio no rugía. Lógico, porque el cine era mudo y no iba a ser el
león el único que hablara. Pero, en 1928, cuando se puso de moda el sonoro, se
decidió grabar un rugido e incorporarlo al felino. El primer león de la Metro
se llamaba Slats y había nacido en Sudán. Se hizo tan famoso que acudía a los
estrenos de las películas en un cochazo y acompañado de sus cuidadores. Cosas
de los americanos, que saben vender cine como nadie. Pero hay que fijarse,
porque no siempre sale el mismo león. A Slats le sucedieron tres felinos más,
porque los leones también se mueren.
El
eslogan de la Metro en sus dulces años treinta, cuarenta y cincuenta era «más
estrellas que en el firmamento». Y era verdad que las tenían. En su nómina
tuvieron a Elizabeth Taylor, Marlon Brando, Clark Gable, Greta Garbo, Gene
Kelly, Judy Garland, Frank Sinatra, Katherine Hepburn, John Wayne… Y, claro,
con estos mimbres se pudieron hacer muy buenos cestos: Ben Hur, Lo que el
viento se llevó, Cantando bajo la lluvia, El mago de Oz…
Los
estudios de la Metro se convirtieron en la sede del glamour y la contrapartida
fue que a sus estrellas se les subió el pavo. Cary Grant, por ejemplo, que se
destapó como un tacaño redomado y cobraba los autógrafos a 15 centavos. O Clark
Gable, que al principio se negó a hacer el papel de Rhett Butler en Lo que el
viento se llevó porque no le gustaban los personajes de época. Y también se
negó a interpretar a Fletcher Christian en Rebelión a bordo porque tenía que
afeitarse el bigote. En la Metro le dijeron: «Francamente querido, nos importa
un bledo». Y se lo afeitó.
§.
Arranca el Orient Express
Unos
cuantos privilegiados se apresuraban a hacer las maletas con sus mejores galas
el 3 de octubre de 1883 porque al día siguiente emprenderían una aventura
apasionante. Eran los elegidos para realizar el primer viaje oficial del Orient
Express, un tren de reyes y el rey de los trenes. Aquel expreso era un empeño
del belga Georges Nagelmackers, el joven visionario que puso en marcha el
primer tren que atravesó Europa de este a oeste. Cuando el Orient Express
abandonó la estación de Estrasburgo de París aquel 4 de octubre, arrancó un
sueño sobre raíles.
La
idea del belga no era original, sólo le dio una vuelta de tuerca. El proyecto
se lo trajo madurado de Estados Unidos, porque comprobó que allí se podían
hacer largos recorridos ferroviarios durmiendo en coches cama. Pero quiso ir un
paso más allá, más hacia el lujo, hacia la comodidad más insospechada, así que
se inventó el tren más pijo posible. Porque no se trataba de desplazarse, se
trataba de viajar, de negociar a bordo, de amancebarse, de intrigar; de comer
mejor que en el mejor de los restaurantes parisinos, de dormir en sábanas de
seda, de manejar cubertería de plata; de ducharse con agua caliente, de hacer
pis en sanitarios de mármol… lo nunca imaginado en un tren.
Pero
aquel belga, además de emprendedor, era listo y necesitaba la mayor publicidad
para su proyecto. La mejor manera de asegurársela era invitando a aquel viaje
inaugural a ocho periodistas de los ocho principales periódicos europeos.
Imaginen las maravillas que contaron los ocho reporteros después del viaje que
se pegaron.
Pero
Nagelmackers también tuvo la precaución de completar la lista de sus cuarenta
exclusivos pasajeros con aristócratas, políticos y hombres de negocios. Cuando
cada uno cantó en su respectivo círculo social las excelencias del Orient
Express ya estaba todo hecho.
Aquel
tren había alcanzado la fama en su primer viaje. Luego llegaron malos tiempos,
peores guerras, la decadencia y el final de un sueño. Pero, caramba, qué bien
se lo pasaron… sobre todo Mata Hari, que ligó a cuatro manos a bordo del Orient
Express.
§.
Nace Wimbledon
Wimbledon
es el más antiguo de los torneos de tenis y el único del Gran Slam que se juega
sobre hierba, y fue el 9 de julio de 1877 cuando se dieron los primeros
raquetazos de esta competición. Nació el famoso torneo de Wimbledon, ése
durante el cual llueve en el noventa por ciento de las ocasiones, porque por
algo se celebra en Inglaterra, y que es el orgullo de los ingleses pese a que
no lo ganan ni sobornando al contrario.
Al
principio, los ingleses sí ganaban Wimbledon, porque por algo eran ellos los
organizadores, pero en cuanto aprendieron a jugar los extranjeros y comenzaron
a participar, los británicos ya no daban pie con bola. El último inglés que
ganó lo hizo en 1936 y la última inglesa, en el 77. Eso de que jugar en casa
ayuda a ganar es una paparruchada, al menos en Wimbledon. En los inicios del
torneo sólo podían jugar hombres, y uno contra uno. Pero siete años después se
pensó que no era un juego indecoroso para mujeres y ya las dejaron saltar a la
hierba. Aprovechando la innovación, se comenzaron a disputar partidos de
dobles.
Pero
lo que tardó mucho en igualarse entre hombres y mujeres fue la cuantía de los
premios. Durante ciento veintinueve años los hombres ganaban más que las
mujeres, hasta 2007, cuando, por primera vez, cada ganador individual se llevó
un millón cien mil euros. El trofeo, sin embargo, no es el mismo, los señores,
como antaño, reciben una copa y las señoras, una bandeja, mucho más útil para
servir el té. Lo que tiene de especial Wimbledon, al margen de la propia
competición, es el mantenimiento del protocolo y las tradiciones. Allí hay que
seguir jugando vestido casi totalmente de blanco, los jueces y recogepelotas
visten de verde y en las instalaciones se toma el té con el meñique estirado
caiga quien caiga. Decir que ha llovido mucho desde que se estrenó el torneo de
Wimbledon es una obviedad, pero un detalle da la media del tiempo. En 1877 los
espectadores pagaron un chelín por entrada. En 2007 algunos han aflojado hasta
mil euros.
§.
Eiffel, una torre mal querida
Menudo
disgusto tenían los parisinos de finales del siglo XIX. Un ingeniero
vanguardista llamado Gustavo les estaba construyendo en la ciudad una torre de
hierro enorme, horrible y que no servía para nada, salvo para ser la estructura
más alta del mundo. El único consuelo que les quedaba es que aquella torre,
cuya cimentación comenzó el 28 de enero de 1887, iba a ser desmontada en cuanto
terminara la Exposición Universal de París. Menos mal que no lo hicieron. La
Torre Eiffel sigue donde el ingeniero Gustave la dejó.
La
pena es que la Torre Eiffel la podríamos tener plantada en Cataluña, porque el
ingeniero Gustave Eiffel propuso construirla para la Exposición Universal de
Barcelona de 1888. Pero los responsables del Ayuntamiento barcelonés dijeron
que aquello era muy caro, muy raro y que no encajaba en la ciudad. Además,
Gaudí ya estaba construyendo su gran obra y la Sagrada Familia y la Torre
Eiffel se daban de tortas. No pegaban. Así que Eiffel se fue con su torre a
otra parte, a París, que era la anfitriona de la siguiente Exposición
Universal, la del 89.
París
dijo que bueno, que la hiciera, pero que luego la desmontara porque tampoco
pegaba con la fina estética parisina. Y la torre comenzó a crecer, y los
parisinos cada vez más espeluznados, y los artistas franceses con los pelos de
punta… ¡Qué horror de monumento! ¡Qué monstruo de hierro que amenazaba con
desmoronarse! Aquello había que desmontarlo a la voz de ya, y a punto
estuvieron de hacerlo en la primera década del siglo XX.
Pero
llegó la Primera Guerra Mundial y se descubrió que la elevadísima antena que
coronaba la Torre Eiffel era crucial, porque interceptaba las comunicaciones de
los alemanes. Por fin servía para algo aquella estructura de hierro de 300
metros de altura. Bueno, sirvió entonces para ganar la guerra y sirve ahora
para que sea el monumento más visitado del mundo. Y no está en Barcelona. Pena.
§.
El cruasán vienés
Allá
va una historia simpática para el recuerdo y para cuando se moje un cruasán en
el café con leche. Gracias a lo sucedido el 4 de septiembre de 1683, los
austríacos inventaron el cruasán. Y no, no fueron los franceses. Los franceses
inventaron la baguette, pero el cruasán es de los vieneses. Parece mentira que
gracias a la bronca que tuvieron turcos y austríacos durante el sitio de Viena
naciera un bollo tan rico y con dos patitas.
Los
turcos se la tenían jurada a los vieneses. Vamos, que se querían quedar con la
ciudad y organizaron el famoso sitio de Viena. Llegaron a las puertas de la
capital del imperio cien mil otomanos (turco arriba, turco abajo) con intención
de no moverse de allí hasta que los vieneses se rindieran. Dos meses duró el
cerco, pero como Viena resistía, los turcos se aburrían y comenzaron a hacer
túneles para acceder a la ciudad por debajo de las murallas.
Los
túneles los hacían de noche, para que los vieneses no se coscaran de la
estrategia, pero había un gremio que madrugaba mucho para dar de desayunar a la
población, el de los panaderos. Fueron ellos, panaderos y pasteleros, los que
se percataron del ruido de picos y palas que tenían formados los turcos. Dieron
aviso, el ejército se puso en marcha y los turcos tuvieron que retroceder para
seguir asediando desde fuera. Fin a la estratagema de los túneles.
Leopoldo
I, el emperador de Austria, premió a los panaderos con varios privilegios,
entre ellos el de poder llevar espada al cinto. Los tahoneros, agradecidos a su
vez, se dijeron «pues vamos a hacerle un bollo especial al emperador», y
crearon un panecillo con forma de media luna para mofarse de los turcos. No es
que los panaderos salvaran Viena del ataque, sólo dilataron el asedio hasta que
llegara la ayuda exterior. Viena se salvó de los otomanos cuando llegaron el
duque de Lorena y los polacos, y sólo entonces los turcos pusieron pies en
polvorosa. Cuando mojen un cruasán, mírenlo de lado, verán la forma de la media
luna. A los turcos también les gusta.
§.
Lluvia de codornices en Madrid
Lo
que sucedió en Madrid el 7 de septiembre de 1907 debió de ser para verlo, no
para contarlo. Aquel día descargó una fenomenal tormenta en la ciudad. Pero en
un área determinada, en la plaza de Oriente, frente al Palacio Real, lo que
cayó fue una lluvia de codornices. Repito, codornices. Caían a cientos; otros
dicen que a miles, pero el caso es que llovían muchas codornices. No dejó de
ser la consecuencia de un fenómeno meteorológico, pero, caramba, qué susto.
Es
de suponer que, pasado el sobresalto, los madrileños menos remilgados se
pondrían ciegos de codornices escabechadas aprovechando la provisión del cielo,
pero otros muchos quisieron adivinar un castigo divino en aquella lluvia de
animales. Por aquel entonces no había demasiados medios de comunicación ni la
suficiente cultura científica como para hacer llegar la explicación del
fenómeno, que no tiene nada de misterioso si lo expone un meteorólogo.
Dicho
muy simplemente, a aquellas codornices las pilló despistadas un tornado que las
absorbió en su torbellino, las desplazó por el cielo y, cuando se aburrió de
llevarlas en su regazo, las soltó en la plaza de Oriente.
Lo
que nunca se determinó es si el tornado las recogió en tierra, mientras
holgazaneaban y estaban en sus cosas, o si las sorprendió en plena migración,
volando tranquilamente hacia África. Sea como fuere, a aquellas codornices el
tornado les hizo la pascua. El fenómeno no es que sea muy habitual, pero
tampoco excesivamente extraordinario. Años antes ya llovieron codornices en
Valencia y Bilbao; pero en Menphis, Estados Unidos, llovieron serpientes; y
peces y ranas en varias partes del mundo; y en Nápoles llovió sangre según los
agoreros, pero los científicos dijeron que era agua con alto contenido en
hierro y cromo. Y lo mejor, en Montreal llovieron mejillones, aunque lo malo de
que te llueva un mejillón es que te descalabra y se te quitan las ganas de hacértelo
al vapor.
Y ya
que llueve casi de todo en todo el mundo, a ver si un día de éstos pasa un
tornado por el Banco de España y nos cae algo gracioso.
§. A
ritmo de schottischs
Reinaba
por estos lares Isabel II cuando en el Palacio Real de Madrid, el 3 de
noviembre de 1850, se celebró uno de los muchos saraos para gozo y disfrute de
la corte. En aquella fiesta sonó por primera vez una música de pianola que ya
bailaba la sociedad de casi toda Europa. En España se la llamó la polca alemana
porque se supone que procedía de allí, pero en Alemania la llamaban schottischs
porque era música escocesa. Fuera como fuese, aquella música se quedó en Madrid
para los restos y, como eso de schottischs sonaba demasiado fino y demasiado
largo, lo llamaron chotis.
Fue
la zarzuela la que se encargó de popularizar el chotis, de cambiarle el nombre
y de que la plebe aprendiera a bailarlo, pero conste que la tradición de este
baile no va más allá de siglo y medio. Las pianolas con las que al principio se
tocaba el schottischs mudaron en organillos callejeros, las danzas de palacio
en verbenas y los marqueses en chulos. Ahí nació el chotis. No hay datos de
cómo se apañaron los bailarines en la fiesta del Palacio Real aquel 3 de
noviembre, porque era la primera vez que lo bailaron, pero sí se sabe que a los
cortesanos les gustó porque ya estaban un poco hartos del vals, un baile muy
cansado porque no había forma de estarse quieto.
El
schottischs requería menos esfuerzo, era más galante y más ceremonioso. El
señor sólo tenía que juntar los pies, agarrar a la mujer con una mano, meterse
la otra en el bolsillo y, girar en redondo sobre las punteras de sus zapatos.
La señora bailaba alrededor y sólo de vez en cuando, al cambio de compás, se
daban tres pasitos para adelante y tres para atrás. Este baile, trasladado
luego a las verbenas y a la zarzuela, se hizo más agarrao, más estirao y más
exagerao. Pero ya no era el schottischs, ya era el chotis, un nombre que
facilitó que los madrileños le cogieran el gusto a la che, al chato, al chulo,
al churro y a todo lo chipén. Ahora bien, no intenten explicarle a un escocés
cómo se baila el chotis, ni mucho menos que ellos tuvieron la culpa.
§.
Primer reto Oxford-Cambridge
Las
tradiciones empiezan de la manera más tonta. Sin ir más lejos, la centenaria
regata entre Oxford y Cambridge. El 12 de marzo de 1829 un estudiante de
Cambridge, Charles Merivale, escribió una carta a un antiguo compañero de
colegio, en ese momento estudiante en Oxford, Charles Wordsworth, retando a su
universidad a una regata por el Támesis. Oxford aceptó y, salvo ligeros parones
en el tiempo por las guerras y otras zarandajas, el reto ha llegado hasta hoy.
Aquel
primer desafío que se formalizó el 12 de marzo y se concretó en junio congregó
a veinte mil personas a orillas del Támesis. Los contrincantes de Oxford y
Cambridge tuvieron que tomar la salida dos veces, porque la primera chocaron
entre ellos. Era la primera vez y no estaban muy duchos con los remos, la
segunda salida fue válida y acabó ganando Oxford. Todavía es costumbre que el
perdedor se encargue de retar al ganador para verse las caras al año siguiente.
Muy
pocas cosas han cambiado en ciento y pico años en la tradicional regata, porque
continúa siendo un honor ser seleccionado como remero y la carrera sigue
marcando el comienzo de la primavera. Por mantenerse, incluso se mantiene que
la universidad que consigue pasar primera bajo el puente de Hammersmith acaba
ganando.
En
total son casi 7 kilómetros dándole que te pego al remo y, cuanto más pesados
sean los remeros, mejor. Son ocho en cada bote, y cada uno pesa entre noventa y
tantos y ciento diez kilos. El timonel o timonela, que también las hay, es otra
historia, porque no debe llegar a los cincuenta kilos. Ya que no rema, que sólo
dirige, por lo menos que no añada lastre. Doscientas cincuenta mil personas con
una cerveza en la mano se congregan cada año para volver a cruzarse apuestas y
ver cómo el timonel de la universidad ganadora acaba en remojo. Como es el más
escuchimizado de la tripulación…
§.
Crece la Sagrada Familia
Buen
día el que vivió Barcelona el 19 de marzo de 1882, aunque los barceloneses no
se percataran en aquel momento de lo que crecía en sus alrededores. Hace siglo
y pico que se colocó la primera piedra de la Sagrada Familia, una catedral
rompedora, incomprendida al principio, pero de una belleza tan anacrónica, tan
fuera de su tiempo, que ahora no hay templo medieval que le tosa. Conste que la
primera piedra no la puso Gaudí, y conste también que aún no se ha puesto la
última. Con un poco de suerte, en el año 2026 veremos terminada la Sagrada
Familia.
El
proyecto original de la Sagrada Familia fue del arquitecto Francesc de Paula
Villar, pero si la hubiera terminado tal y como él pretendía, con un estilo
neogótico, seguramente ahora no estaríamos hablando de ella porque no hubiera
quedado tan mona. Pero ocurre que el arquitecto Villar salió tarifando con el
Ayuntamiento de Barcelona y, por eso, un año después entró en escena Antoni
Gaudí, que con apenas treinta años ya sabía que aquello tenía que ser algo
innovador, que nada tuviera que ver con la corriente arquitectónica que
recorría Europa. Así que, cogió los planos de su antecesor y les dio la vuelta.
Modificó el proyecto de arriba a abajo: fachadas, claustro, campanarios y
capillas.
La
Sagrada Familia se convirtió en la obra de la vida de Gaudí, en su obsesión,
aunque ya sabía él que no viviría para terminarla. Y encima con lo tiquismiquis
que era. Supervisaba cada detalle, cada escultura, cada vidriera, cada
ladrillo, y los trabajos avanzaban con mucha lentitud. Tampoco es que pase
nada, porque una catedral que se precie no debe concluirse antes de que pase
por lo menos siglo y medio.
Qué
no daría Gaudí por ver su obra terminada… tan distinta a como la retomó cuando
la hizo crecer en mitad de un descampado rodeado de cabras y sembrados, y
abrazada ahora por una Barcelona que ya no se entendería sin él. Qué no daría
por verla por fuera, porque desde dentro, desde la cripta, ya la siente.
§.
La Benemérita
La
Guardia Civil es un cuerpo con solera y a veces, según la época, con salero. El
28 de marzo de 1844 Isabel II firmó el real decreto por el que se creaba el
cuerpo, aunque esta primera ley quedó en papel mojado. No cuajó porque tenía
grandes defectos, pero fue el embrión para poner a la Guardia Civil en orden
dos meses después con otro decreto definitivo. Nacía el primer cuerpo de
seguridad pública de ámbito nacional, y los que peor se lo tomaron fueron los
bandoleros.
Porque
los bandoleros fueron el principal objetivo de la Guardia Civil. Se habían
adueñado de caminos, sierras y pueblos tras la Guerra de la Independencia, y en
las zonas rurales los paisanos estaban desasistidos. De organizar el cuerpo se
ocupó el archiconocido duque de Ahumada, un tipo listo que supo fijarse en
quien ya lo había hecho antes. Tomó ejemplo de los gendarmes franceses y de los
Mossos d'esquadra catalanes, y cogiendo lo mejor de uno y otro montó la
Benemérita. Esto de la Benemérita se lo pusieron los propios ciudadanos, porque
la Guardia Civil prestaba como nadie ayuda humanitaria.
Pero
además de crear el cuerpo y adiestrar a profesionales había que cuidar su
estética y sus modales. No hay que dejar de leer la Cartilla del Guardia Civil
que redactó el duque de Ahumada. Es una joya de principio a fin, un manual de
comportamiento cívico y humano que le sirve a cualquiera.
Es
tan extenso el anecdotario de la Guardia Civil y tantas las especialidades con
las que se ha ido ampliando desde que sólo apresaban bandoleros, que lo mejor
es pasarse por su museo. Divertidísimo. Allí está desde el primer atestado que
se hizo por una bronca en una taberna de Valencia hasta la evolución del
tricornio, que no era de charol sino de fieltro. Pero como se manchaba mucho,
se permitía forrarlos con hule negro. Y al final, para qué andar poniendo y
quitando el forro. Los hicieron de charol y se acabó. Este gorro es tan
desconcertante que sólo hay que recordar el titular de un diario de un país
desinformado aquel 23-F: «Militares disfrazados de toreros asaltan el Congreso
español».
§.
Se crea el Pony Express
Un
tipo llamado William H. Russell puso el siguiente anuncio en un periódico de
Missouri hace siglo y medio: «Se buscan jóvenes delgados y resistentes menores
de dieciocho años. Deben ser jinetes expertos, dispuestos a arriesgar la vida
todos los días. Preferentemente huérfanos. Veinticinco dólares semanales de
sueldo». Se presentó un buen puñado y el 3 de abril de 1860 nació de forma
oficial el Pony Express, el primer servicio de correos efectivo de Estados
Unidos y también el más peligroso. William Cody entró en nómina con quince
años. Cuando creció ya se le conocía como Buffalo Bill.
Y es
que mandar una carta de la costa este a la oeste era un calvario. Tardaban
hasta seis meses en llegar a destino, y no era plan. En carreta se hacía
eterno; el ferrocarril quedaba cortado gran parte del invierno por las nevadas,
y si las cartas viajaban en barco tenían que bordear América del Sur. Era de
locos. Solución: había que crear una ruta a caballo desde Missouri hasta la
costa del Pacífico para que el correo llegara en un máximo de ocho o diez días.
Y
para eso se necesitaban jinetes delgaduchos y caballos veloces y pequeños —de
ahí lo de Pony— que se fueran dando el relevo a lo largo de 3.200 kilómetros. Y
sin parar ni de noche ni de día, salvo en los puntos concertados, donde un
jinete le pasaba la saca de correos al siguiente. Aquello era tecnología punta.
El
anuncio en el periódico sirvió para contratar a doscientos jinetes, que
prometieron no beber mientras condujeran, no blasfemar y no pegarse con sus
compañeros. Seguramente incumplirían las tres promesas, sobre todo la de no
blasfemar, porque cada dos por tres les atacaban los pieles rojas y era
imposible no blasfemar con un indio a la espalda tirando a dar.
Una
pena que año y medio después de su inauguración este original servicio postal
se fuera al garete. Lo mató el telégrafo, un invento, más rápido que el Pony
Express, al que los indios llamaban el cable parlante. Cuando hicieron balance
de la empresa, resultó que se había invertido doscientos mil dólares y se
habían ingresado noventa mil. No siempre las buenas ideas son las más
rentables.
§.
Inaugurado el Camp Nou
El
24 de septiembre de 1957 Barcelona amaneció engalanada. Lógico, era el día de
la Merced, la patrona. Pero más que de adornos marianos, la ciudad estaba
vestida de blaugrana, porque aquel día se inauguró el Camp Nou. El Barça
abandonaba así sus antiguas instalaciones de Les Corts endeudado hasta las
cejas, porque el presupuesto inicial de la construcción, 67 millones de
pesetas, acabó convertido en 288. Pero no importaba. Comenzaba a forjarse «més
que un club».
El
Camp Nou no es que trajera suerte al Barça, porque, salvo en las dos primeras
temporadas tras la inauguración, el equipo no levantó cabeza en los años
sesenta. Dio igual, porque la afición no dejó de tirar del carro. Los noventa
mil espectadores que acogía el nuevo estadio continuaron llenándolo domingo sí,
domingo no. Los actos del día de la apertura comenzaron con una misa solemne,
siguieron con la bendición del estadio por parte del arzobispo, continuaron con
el canto del Aleluya de Haendel y remataron con la entronización de la imagen
de la virgen de Montserrat. Así se entiende que al Camp Nou lo llamen la
catedral del Barça.
Saltaron
al césped en el partido inaugural Ramallets, Olivella, Brugué, Segarra, Vergés,
Gensana, Basora, Villaverde, Martínez, Kubala y Tejada, que dieron la del pulpo
a la selección de Varsovia. Era lo previsto. Cuando un equipo estrena estadio e
invita a otro a un encuentro amistoso no es para perder. Fueron los primeros
cuatro goles marcados por el Barça en el Camp Non, que, por cierto, no era el
nombre oficial del estadio. Se llamaba Estadi del Fútbol Club Barcelona, porque
así lo votaron los socios, pero la prensa y la afición continuaron llamándolo
Camp Nou. Así que se impuso una nueva consulta en el año 2001 y, esta vez, sí,
se votó mayoritariamente como nombre oficial el de Camp Nou. Dentro de poco,
Foster Camp Nou.
§.
Aparece El Murciélago
Menudo
ambientillo había en España en los primeros meses de 1854. Como para
perdérselo. Un desastre de gobierno, un desastre de reina, la revolución social
y militar a punto de caramelo y la prensa amordazada. El caldo de cultivo
perfecto para que saliera una publicación clandestina llamada El Murciélago,
que no dejaba títere con cabeza. El primer número apareció el 26 de abril de
1854 y puso las Cortes y el palacio del revés. Nadie sabía quién lo editaba, ni
dónde se imprimía, ni quiénes firmaban los escandalosos artículos. Los
confidenciales de ahora son una pantufla comparados con El Murciélago de
entonces.
El
Murciélago estaba redactado con tanta violencia como gracia tenía. Sus
principales víctimas eran los miembros del gobierno moderado, la reina Isabel
II y dos de los personajes más descaradamente corruptos que pisaban la Villa y
Corte: María Cristina de Borbón y el marqués de Salamanca.
Cuando
la prensa progresista fue silenciada por criticar los turbios negocios de la
monarquía y las corruptelas ministeriales, El Murciélago decidió volar desde la
clandestinidad para dejar impresas todas las desvergüenzas sobradamente
conocidas y que pasaban de boca en boca en conversaciones privadas. Se
distribuía por correo en unos sobres con orla negra, aparentando una esquela
funeraria, y llegaba a políticos, empresarios y hasta a los aposentos reales.
Quienes
recibían personalmente un número de El Murciélago, al margen de las víctimas
vilipendiadas en sus páginas, se convirtieron en unos privilegiados. Pero para
la policía fue un suplicio, porque tenía orden de dar caza a los autores,
impresores y distribuidores, pero no sabía por dónde empezar. Sólo salieron
cinco números, pero tuvo tan exagerada repercusión que hasta Pérez Galdós lo
recogió en sus Episodios Nacionales.
Nunca
se confirmó la autoría, pero detrás parecían estar un ex jefe de gobierno, el
progresista Luis González Bravo, y un futuro presidente, el conservador Antonio
Cánovas del Castillo. Siempre lo negaron, pero fueron ellos.
§.
El Golden Gate
Ya
no es el puente más largo del mundo, pero sigue siendo el más famoso porque es
su momento fue un prodigio de la ingeniería civil. El Golden Gate, el puente
colgante que une los dos extremos de la bahía de San Francisco, se abrió al
tráfico el 28 de mayo de 1937. La única faena es pintarlo. La última vez que le
dieron una mano a todo el puente se tardaron treinta años, pero lo hicieron tan
bien que el Golden Gate sólo necesita ligeros retoques de los que se encarga
una brigada de treinta y ocho pintores de brocha gorda, muy gorda, porque el
puente es grande, muy grande.
Antes
de construirse el Golden Gate, ya saben, ése de color rojizo que tiene dos
grandes torres y muchos cables colgando, la única manera de cruzar la bahía de
San Francisco era en ferry, y la densa niebla que suele empadronarse allí
convertía la travesía en un suplicio. El caos marítimo que se montaba por el
intenso tráfico era peor que la operación retorno del puente de mayo.
Pero
nadie se atrevía a construir un puente, porque era imposible salvar aquella
gigantesca distancia de casi 3 kilómetros, luchando, encima, contra los fuertes
vientos y las corrientes marinas durante su hipotética construcción. Hasta que
llegó el arquitecto Joseph Strauss y dijo, venga, yo lo hago.
Calculó
todo al milímetro: las desviaciones del puente en función del azote de los
vientos y la carga; la resistencia a los posibles seísmos que lo sacudirían…
ordenó que se fuera pintando a medida que se construía, porque se oxidaba a la
velocidad del rayo… Por calcular, calculó hasta la siniestralidad laboral que
se iba a producir durante los cuatro años de construcción: treinta y cinco
muertes. Y en esto fue en lo único que se equivocó Strauss. Porque calculó tan
estupendamente bien las medidas de seguridad, vigilando que todo el mundo
llevara casco, haciendo controles de alcoholemia y colocando redes, que el
Golden Gate sólo se cobró doce víctimas durante su construcción.
Pero
las cifras más siniestras del puente las han puesto las más de mil trescientas
personas que han decidido saltar al vacío desde sus barandillas. Una tragedia
que rompe la enorme belleza del Golden Gate.
§.
Pasajeros, al tren
En
el calendario de la Revolución industrial hay que marcar en rojo el 15 de
septiembre de 1830. Arrancó en Liverpool la primera locomotora a vapor, una
máquina infernal que alcanzaba la endiablada velocidad de 30 kilómetros por
hora. El destino era Manchester y con ella quedó inaugurada la primera línea
férrea del mundo para el transporte de pasajeros y carga que funcionaba sólo
con vapor. Ahora, la mala noticia: aquel día se produjo la primera víctima
mortal de un accidente de ferrocarril.
La
inauguración de la línea Liverpool-Manchester puso a Inglaterra boca abajo y al
inventor de la locomotora, a George Stephenson, en la vanguardia industrial.
Cincuenta mil espectadores acudieron a ver el estreno y los primeros espadas de
la política hicieron aquel primer viaje para ser testigos de cómo la revolución
del transporte arrancaba a todo tren. Todo fue bien, muy bien, hasta que la
locomotora paró en mitad del recorrido para repostar agua. Como en el tren iban
varios parlamentarios, alguno bastante pelota, uno de ellos quiso aprovechar la
parada para ir a saludar al duque de Wellington, el primer ministro inglés, que
viajaba en otro vagón.
El
duque hablaba desde la ventanilla y el político William Huskisson desde las
vías, pero no se percató, enfrascado en su charla con el primer ministro, de
que por la vía contraria se acercaba otra locomotora. Lo arrolló, y el
parlamentario se convirtió en el primer muerto por accidente de tren. Se
confirmó así la desconfianza que tiempo antes un político de la Cámara de los
Comunes le planteó a Stephenson cuando acudió a defender su proyecto. Le
preguntó el parlamentario: «Supongamos que una de sus máquinas va marchando a
razón de unos 3 kilómetros por hora y que una vaca cruzase la línea e
interceptara el camino de la máquina, ¿no sería esto una circunstancia muy
delicada?». A lo que Stephenson respondió: «Sí, muy delicada para la vaca».
§.
Nace el primer club de fútbol del mundo
De
que el fútbol es una religión para algunos ya no cabe duda y si no, ahí están
los argentinos, que han elevado a Maradona a los altares. Pero más allá de la
pasión y de la devoción, está la solera, el abolengo y por eso hay que recordar
que el 24 de octubre de 1857 se fundó el primer club de fútbol del mundo. Por
supuesto, inglés. Es el Sheffield FC, más conocido en Inglaterra como «Los
antiguos» por razones obvias. Siglo y medio de historia son muchos años
metiendo goles. Aunque en su caso, más que metiendo, encajando.
El
fútbol existía desde antes de que el Sheffield fundara su club, porque dar
patadas a una pelota es un juego milenario. En Atapuerca es probable que
también jugaran a algo parecido. Pero los ingleses, al ser los primeros en
fundar un club, también crearon las reglas del fútbol moderno. Es decir, nadie
antes que ellos había empleado el juego aéreo. Y también inventaron el saque de
esquina, el de banda, la prórroga y el gol de oro o muerte súbita. Y mejoraron
el larguero de la portería, porque hasta entonces era una cuerda que unía los
dos postes, y el Sheffield utilizó por primera vez un madero.
La
idea de fundar el Sheffield se debió a dos jugadores de críquet que se aburrían
en invierno, porque el criquet sólo se jugaba en verano. Así que, decidieron
montar un equipo para seguir jugando a algo entre temporadas. Los partidos que
organizaban eran de lo más cándidos: solteros contra casados o profesionales
contra obreros. No había interés alguno más allá del deporte puro y duro.
Cuando
fueron creándose nuevos equipos, los del Sheffield decidieron seguir siendo
amateurs, no quisieron profesionalizar su deporte. Y así les fue, claro… sus
estanterías tienen más polvo que trofeos. Está claro que ser el decano del
fútbol universal no le aseguró ser también el mejor.
Capítulo
7
De
presidiarios, asesinos y asesinados
Contenido:
§.
El Hombre de la Máscara de Hierro
§.
Madame Guillotina
§.
El bello Candelas
§.
Primera inyección letal
§.
«Decíamos ayer»
§.
La testa de Luis XVI
§.
Sifilítico Al Capone
§.
Atentado a Isabel II
§.
El locuelo cura Merino
§.
Agnes Sorel
§.
El secuestro del hijo de Lindbergh
§.
Duelo por un trono
§.
Idus de marzo
§.
La polifacética Alcatraz
§.
Los Niños de Guadix
§.
La conjura de los Pazzi
§.
Muerte en el Liceo
§.
Venganza con Calvo Sotelo
§.
El compromiso de Aldo Moro
§.
Anwar el-Sadat, el fin de la esperanza
§.
José Canalejas
§.
Rafael del Riego, sin cabeza pero con himno
§.
«Mister Lennon?»
§.
Calígula, alias Sandalita
§.
Adiós al alma grande de Gandhi
§.
El enigma de Mayerling
§.
El gustillo de Sevilla por los autos de fe
§.
Lady Jane Grey, nueve días trágicos
§.
La madre de Ramón Cabrera
§.
La vuelta de tuerca de Malcolm X
§.
Magnicida Booth
§.
El buen talante mató a Enrique IV
§. A
la caza del nazi Eichmann
§.
Ejecución del matrimonio Rosenberg
§.
Fusilado el cura Hidalgo
§.
Pat Garret mata a Billy el Niño
§.
Ejecución de Mata Hari
§.
El Hombre de la Máscara de Hierro
Ocurrió
el 18 de septiembre de 1698, pero se mantiene aún hoy como uno de esos enigmas
por el que cualquiera pagaría por desvelar. Este día ingresó en la prisión de
la Bastilla, para no salir nunca más, el enigmático Máscara de Hierro. Nunca se
ha sabido a ciencia cierta quién fue ni jamás alguien ha aclarado por qué lo
encerraron… lo único cierto es que no se parecía en nada a Leonardo di Caprio
ni era el hermano gemelo de Luis XIV.
El
Hombre de la Máscara de Hierro existió porque su detención, su encarcelamiento
en la isla de Santa Margarita, su traslado a la Bastilla y su muerte están
documentados. Pero lo que no aparece por ningún lado es su identidad y las
razones por las que el Rey Sol, Luis XIV, ordenó su encarcelamiento. El prolijo
Voltaire, que durante su estancia en la Bastilla recogió testimonios de presos
que habían coincidido con Máscara de Hierro, escribió en su obra El siglo de
Luis XIV que «quedan aún muchos de mis contemporáneos que atestiguan la verdad
de lo que apunto, y no conozco hecho más extraordinario ni mejor comprobado».
Luego llegó Alejandro Dumas y terminó de liarla, porque en su obra El vizconde
de Bragelonne, una de las muchas continuaciones de Los tres mosqueteros,
introdujo al misterioso personaje como hermano gemelo de Luis XIV, encarcelado
para que no pudiera disputarle el trono.
Pero
esto es literatura de ficción y luego cine, porque hasta hoy ha sido del todo
imposible averiguar quién era el hombre oculto bajo la máscara y que, por
cierto, según otras fuentes más fiables, no era de hierro, sino de terciopelo
negro. Lo único que se sabe es que en prisión era tratado con exquisitez, que
no le faltaron comodidades, que había orden de matarlo si hablaba de más y que
se murió, probablemente de aburrimiento, en 1703.
Fue
enterrado en el cementerio de San Pablo de París bajo una lápida con seudónimo.
Aquí se acabó El Hombre de la Máscara de Hierro, un personaje que continuó
seduciendo a los herederos de la corona francesa. Luis XV y Luis XVI ordenaron
revolver todos los archivos para averiguar la identidad de aquel individuo,
pero se quedaron con las ganas. Al Hombre de la Máscara de Hierro se lo tragó
la tierra.
§.
Madame Guillotina
Más
de la mitad de los países del mundo ha abolido la pena de muerte. Pero esto es
el falso consuelo de ver la botella medio llena, porque si la miramos medio
vacía, las cuentas dicen que en 2007, veinticuatro países aplicaron la pena
capital. China, por supuesto, se llevó la medalla de oro olímpica, pero también
subieron al podio Irán, Arabia Saudí, Pakistán y Estados Unidos. Asunto tan
desagradable viene a cuento porque el 10 de octubre de 1789 se presentó en
sociedad la propuesta que daría pie al más afilado de los artilugios para
matar: madame Guillotina.
La
Asamblea revolucionaria francesa no hizo mucho caso aquel 10 de octubre a la
propuesta del diputado del tercer estado Joseph Ignace Guillotin, y hasta tres
años después no se decidieron a diseñarlo, construirlo y probarlo. El diseño
correspondió al médico cirujano Antoine Louis, porque nadie mejor que un médico
sabía dónde apuntar para matar a un reo sano. Pero la construcción del primer
prototipo corrió a cargo de un hombre con sensibilidad: el famoso constructor
de pianos alemán Tobías Schmidt. Funcionó tan bien, que le encargaron otros
ochenta y tres, así que Schmidt dejó de afinar pianos y comenzó a afilar
guillotinas.
El
armatoste consistía en una hoja oblicua de acero, coronada por un peso de 60
kilos que caía a velocidad endiablada desde casi 3 metros de altura. La caída
la frenaba el cuello del reo, sujeto por un cepo de madera. La cabeza iba a una
bolsa de cuero, el cuerpo a un cesto de mimbre, y, hala, que pasara el
siguiente. En la Francia revolucionaria, la guillotina contribuía a que la
muerte fuera igual para todos, sin distinción de rangos. Cortaba con la misma
precisión, a la altura de la cuarta cervical, el pescuezo de un burgués, un
clérigo o un rey.
Francia
le cogió el gusto a la guillotina, porque la hoja cayó por última vez en 1977
sobre el cuello de un reo en la prisión de Marsella.
§.
El bello Candelas
El
bandolerismo urbano lo inventó Luis Candelas a principios del siglo XIX. Luego
le han salido presuntos imitadores, pero ni el Dioni, ni Luis Roldán, ni Juan
Antonio Roca han alcanzado su arte y sus buenas maneras. Luis Candelas, el
bandolero más guapo de Madrid, murió ajusticiado a garrote vil el 6 de
noviembre de 1837. Eran las once de la mañana cuando en el patíbulo instalado
en la Puerta de Toledo el verdugo le rompió el pescuezo a Candelas entre los
quejidos de las damas madrileñas.
Su
ficha policial decía: ladrón, de estatura regular, pelo y ojos negros, boca
grande, dientes iguales y blancos, muy bien formado, sin bigote, perilla ni
patillas. Con tal descripción no se sabe si Luis Candelas fue el más famoso
bandolero urbano del siglo XIX o mister Madrid, pero a las señoras las traía de
cabeza.
Luis
Candelas se hizo tan popular porque introdujo importantes mejoras en los robos
a domicilio, sin daños a terceros ni destrozos innecesarios; porque se ocupaba
de que sus rehenes permanecieran cómodos y tranquilos mientras los robaba;
porque no dejó viudas ni huérfanos y jamás hirió a nadie ni acogotó a
ciudadanos pobres. Además, era muy educado y muy ilustrado, lo cual está
estupendo, porque al menos se puede mantener una conversación inteligente
mientras te roban.
Pese
a no tener delitos de sangre, Luis Candelas fue condenado por cuarenta robos y
condenado a garrote vil, el que obligaba al condenado a llegar hasta el
patíbulo en burro o arrastrado. Si le hubieran sentenciado a garrote noble,
habría llegado en caballo ensillado. Y son curiosas las cabriolas que hace la
historia, porque Luis Candelas, que robaba de noche y de día se hacía pasar por
un rico hacendado peruano, un inmigrante de los que entonces entraban en España
por la puerta grande porque traían la faltriquera llena, nunca supo que su
lugar de encierro en la cárcel de la Corte acabaría siendo el actual Ministerio
de Asuntos Exteriores.
Cárcel
o ministerio, Luis Candelas salió de allí hacia el patíbulo y pasó luego, ya
con los pies por delante, al cementerio general del sur, a la fosa común que
esperaba a todos los ajusticiados. Triste fin para un bandolero guapo.
§.
Primera inyección letal
El
asunto no tiene la menor gracia, porque se trata de recordar que el 7 de
diciembre de 1982 un hombre de raza negra llamado Charles Brooks estrenaba un
revolucionario método de ejecución: la inyección letal. Por supuesto, fue en
una cárcel de Texas, ese Estado tan orgulloso de ser el que más y mejor mata en
Estados Unidos. Lo cierto es que lo hacen muy bien, no se les escapa ni uno
vivo. En los diez primeros meses de 2008, según informaciones de Amnistía
Internacional, habían sido ejecutados veinticuatro reos, todos por inyección
letal, salvo uno, que eligió ser electrocutado en Carolina del Sur. Los hay
caprichosos.
Estados
Unidos es el único país democrático, junto con Japón, que sigue aplicando la
pena de muerte. Intenta, eso sí, que duela menos, por eso optaron en 1982 por
inaugurar la inyección letal, porque la cámara de gas, la silla eléctrica, la
horca y el fusilamiento hacen más daño y, además, son muy desagradables para
los testigos que acuden a los asesinatos. Alguno salía hasta vomitando. En
Estados Unidos creen haber revolucionado las técnicas de ejecución con esto de
la inyección letal, pero, en realidad, se lo copiaron a los nazis, que ya las
usaban en los campos de concentración.
La
aplicación es sencilla: consiste en atar a una camilla al futuro asesinado e
inyectarle un cóctel letal. Primero, pentotal de sodio para atontarlo; luego,
bromuro para relajar los músculos y después, cloruro de potasio, que colapsa
primero los pulmones y luego el corazón. Ya está. Se supone que este método es
el más humano porque te liquidan en segundos y no duele. La mala noticia es que
a veces sí duele, y mucho, y que la agonía de algunos condenados se ha alargado
durante cuarenta y cinco minutos. Unas veces porque no le encuentran una buena
vena; otras, porque los espasmos involuntarios expulsan la aguja; otras, porque
el aparato se atasca; y otras porque los enfermeros anestesistas son unos
inútiles.
Ya
se sabe lo que creen muchos estadounidenses, que la pena de muerte evita
futuros crímenes. Está claro que los últimos informes del FBI están mal hechos,
porque resulta que gran parte de las ciudades con mayor criminalidad de Estados
Unidos son de Estados que aplican la pena de muerte. Será que matan a pocos.
§.
«Decíamos ayer»
Fray
Luis de León aguantó con paciencia de místico los casi cinco años de cautiverio
que le impuso la Inquisición, hasta que el 11 de diciembre de 1576 salió de la
cárcel de Valladolid absuelto de todo delito y de todo pecado. Le acusaron por
dos tonterías, y como con la Inquisición todo el mundo era culpable mientras no
se demostrara lo contrario, defender su inocencia le costó lo dicho, casi cinco
años. Cuando recuperó su cátedra, se dirigió a los alumnos con la famosa frase
«Decíamos ayer…». Y les dejó a todos con un pasmo, porque esperaban que Fray
Luis al menos les cotilleara todo lo relativo a su cautiverio. Él ni se inmutó.
Volver al lugar exacto donde lo había dejado años antes era su particular
triunfo contra la maldad humana.
La
envidia y las constantes rencillas entre dos órdenes religiosas fue el móvil
del encarcelamiento. Fray Luis era agustino, y los agustinos se llevaban fatal
con los dominicos. En la Universidad de Salamanca trabajaba Fray Luis de León
como catedrático de Teología, y en la misma universidad enseñaba un dominico
muy envidioso de nombre fray Bartolomé de Medina, que no soportaba que el
agustino Fray Luis escribiera muy bien, enseñara mejor y fuera muy admirado por
los alumnos.
¿Qué
hizo el dominico? Denunció a Fray Luis. Primero, como presunto traductor al
castellano del Cantar de los Cantares, de Salomón, que como estaba considerado
un texto sagrado tenía prohibida la traducción a lengua vulgar. Sacrilegio. Y
la segunda denuncia era porque, supuestamente, Fray Luis defendía el texto
escrito en hebreo del Antiguo Testamento, cuando la Iglesia sólo aceptaba la
traducción latina de la Biblia, la Vulgata. En la época de Fray Luis, cualquier
cosa que oliera a judío le llevaba a la cárcel de cabeza, así que sólo faltó,
encima, que alguien dejara caer, así, como quien no quiere la cosa, que el
fraile tenía un abuelo judío. Fue la puntilla para que el catedrático acabara
siendo sospechoso de herejía.
Fray
Luis escribió en su encierro el famoso verso que empezaba «Aquí la envidia y la
mentira me tuvieron encerrado», el mismo que terminaba considerando dichoso al
que por la vida pasa, «ni envidiado ni envidioso».
§.
La testa de Luis XVI
Para
el rey de Francia Luis XVI, el 17 de enero de 1793 fue un mal día. Se le cortó
la risa al conocer su sentencia a muerte. Claro, que lo peor llegó cuatro días
después, cuando además de la risa le cortaron la cabeza. Entre las cosas más
innecesarias, absurdas e ilegales que se hicieron para consolidar la Revolución
francesa estuvo precisamente la decapitación de Luis XVI. Quizás mereció la
cárcel por tonto o por rey, pero, como los revolucionarios se envenenaron con
su propia ideología, lo fueron a condenar justo por lo que no hizo: traicionar
a Francia.
A
Luis XVI no lo sentenció un tribunal de justicia. Lo hizo una asamblea de
políticos, voto a voto y de viva voz. Las sesiones de la Convención francesa
donde se discutía la conveniencia o no de ejecutar al rey fueron de locos. Allí
había tres grupos políticos: los girondinos, representantes de la burguesía
pudiente; los montañeses, llamados así porque estaban en la parte alta de la
cámara y que defendían a la pequeña burguesía y al populacho; y los de la
llanura, que eran mayoría pero que en vez de mandar por ser más se dedicaban a
dejarse arrastrar por montañeses o girondinos. Unos veletas.
Y
tantos políticos con peluca se olvidaron de un detalle que ellos mismos habían
aprobado: el rey tenía inviolabilidad constitucional, que sólo se vería
suspendida en tres supuestos: si el rey abandonaba el reino, si se ponía a la
cabeza de un ejército extranjero o si rechazaba el juramento de fidelidad a la
Constitución. Ninguno de los tres supuestos se dio, pero, como a todos se les
fue la cabeza, 361 votaron a favor de la decapitación, 277 en contra y 72 se
abstuvieron. Si se suman votos en contra y abstenciones, resulta que Luis XVI
fue decapitado por un solo voto de diferencia.
Robespierre
fue uno de los que se cubrió de gloria al intervenir con su frase «decapitar al
rey es una medida indispensable para la salud pública». Como si fuera un
antigripal. Si hubiera sabido que él mismo iba a ser uno de los 74 asambleístas
que acabarían con el pescuezo en la guillotina, otro hubiera sido su voto y,
quién sabe, a lo mejor Francia iría ahora por el Luis número XXVII.
§.
Sifilítico Al Capone
Llevamos
más de seis décadas sin Al Capone y nadie le echa de menos. El 25 de enero de
1947 moría demente perdido sin ser ni sombra de lo que fue Alfonso Capone, uno
de los malos más malos de la historia del hampa.
Malo,
pero también más listo que el hambre, porque después de toda una vida de
fechorías, asesinatos, sobornos, trata de blancas, tráfico de alcohol y drogas,
y apuestas clandestinas sólo pudo ser condenado por un mísero delito fiscal. De
jovencito sí firmaba sus crímenes, porque se estaba haciendo una carrera
criminal y no le quedaba más remedio que apretar el gatillo para pasar el
examen, pero en cuanto organizó su propia banda ya se hizo muy difícil
pillarle. Sobre todo porque tenía en nómina a media policía y a tres cuartos de
la judicatura.
Pero
al final le cazaron. Y lo hizo Kevin Costner, que se parecía horrores a Elliot
Ness, el policía que con sus nueve agentes intocables consiguió que Al Capone
diera con sus huesos en prisión por evasión de impuestos. Le condenaron a diez
años y lo encerraron en un vulgar centro penitenciario, con lo cual Al Capone
seguía controlando sus negocios desde la cárcel y viviendo a cuerpo de rey.
La
buena vida se le acabó cuando fue trasladado a Alcatraz, donde se le vinieron
encima todas sus miserias y las consecuencias de una sífilis que nunca se dejó
tratar. Y esto tiene guasa, porque este criminal casi sin alma le tenía tanto
miedo a las inyecciones que nunca permitió que le pusieran una para curarle la
sífilis. El pánico a las inyecciones es una subfobia de la hematofobia, el
miedo a la sangre, y los dos terrores suelen ir unidos. Así que ya me contarán
qué hacía Capone cuando se encontrara con las matanzas que él mismo provocaba.
O miraba para otro lado o se desmayaba cada dos por tres.
§.
Atentado a Isabel II
El
cura Merino le suena a casi todo el mundo, a unos como héroe y a otros como
villano, y todos tienen razón, porque hubo dos curas Merino y los dos
contemporáneos. Uno fue un héroe de la Guerra de la Independencia y el otro, el
que atentó contra Isabel II el 2 de febrero de 1852. Se llamaba Martín Merino,
era franciscano y estaba un poco loco, porque le dio por ir agrediendo a todo
dirigente que se le pusiera por delante y que no comulgara con sus ideas
liberales extremistas.
El
cura Merino ya apuntaba maneras desde el reinado de Fernando VII. Se le
atribuye aquella frase que gritó al rey con la Constitución en una mano y una
pistola en la otra. «O te la tragas o te mato», le dijo. De aquí fue derechito
al exilio.
Pero
el cura Merino volvió y, en plan comando Vizcaya, como no tenía cosa más
productiva que hacer, se elaboró una lista de sus objetivos. Entre ellos el
general Narváez y la reina Isabel II. Decidió empezar por arriba, por la reina,
y lo primero que hizo fue equiparse con el armamento adecuado, así que se fue
al Rastro madrileño y se compró una navaja de Albacete de segunda mano.
Aquel
2 de febrero esperó a que la reina saliera de palacio camino de la basílica de
Atocha, porque acababa de parir hacía poco más de un mes y llevaba a la niña, a
la conocida luego como la Chata, para ofrecerla a la Virgen. El cura Merino
esperó entre el gentío, se abrió paso entre los alabarderos… porque, claro,
quién iba a desconfiar de un tipo vestido de cura… se fue a por la reina y le
clavó la navaja en un costado. La frase esta vez fue «toma, ya tienes
bastante». Este hombre, desde luego, no tenía desperdicio con sus frases
lapidarias.
La
reina se desmoronó con su bebé en brazos, el coronel de los alabarderos cogió
al vuelo a la niña, el rey consorte Francisco desenvainó su espada en un ataque
de hombría extraño en él y el cura Merino se salvó por los pelos en aquel
momento. La reina sólo tenía un rasguño, porque aquellos ropajes eran
auténticos chalecos antibalas y antipuñales de Albacete, pero al cura Merino
sólo le faltaban seis días para pisar el patíbulo. Su ejecución es otra
historia…
§.
El locuelo cura Merino
El 7
de febrero de 1852 el cura Merino recibió garrote vil tras comprobarse en una
rápida investigación y tras un interrogatorio kafkiano que, efectivamente, no
sólo había intentado matar a la reina con una navaja de Albacete de segunda
mano, sino que, además, estaba como una chota. Su defensor de oficio, Julián
Urquiola, intentó salvarle el cuello alegando enajenación mental, pero el cura
Merino se negó a aceptarlo. Él lo tenía muy claro, quiso matar a la reina
porque era una impresentable. Es más, cuando le preguntaron si tenía cómplices,
muy ofendido respondió: « ¿Pero os creéis que en España hay dos hombres como
yo?».
En
el interrogatorio se identificó como Martín Merino Gómez, riojano, natural de
Arnedo, de sesenta y tres años, ordenado sacerdote, residente en Madrid y hecho
un saltamundos. Literal. Confesó ser un regicida, reconoció su odio a los reyes
y su cabreo por la falta de justicia. Su frase fue: «Siempre he creído que en
España no había justicia y ahora me convenzo de ello al ver que aún estoy
vivo». La sentencia fue garrote vil, pero antes de la ejecución hubo de
cumplirse un protocolo: la degradación de sus derechos sacerdotales. Se le
vistió con todos sus avíos de cura y medio Madrid intentó ver la ceremonia de
degradación en la cárcel del Saladero, en la actual plaza de Santa Bárbara.
Arrodillado
el cura Merino, sujetando el cáliz y la patena con la hostia, el obispo de
Málaga se los quitó de las manos, privándole así de la potestad para celebrar
misa; luego le rayó las yemas de los dedos con un cuchillo para privarle de
bendecir y continuó despojándole de la casulla y la estola. Lo último fue
cortarle pelo del cogote para hacer desaparecer la tonsura. Y fue entonces
cuando intervino de nuevo el cura Merino. Pidió que no le cortara mucho porque
aquel febrero hacía frío y no quería resfriarse.
Pero
no tuvo tiempo de estornudar. A la una del mediodía ya le habían dado garrote y
a las cinco apenas quedaba nada de él. El Consejo de Ministros, para disuadir a
los fetichistas, ordenó quemar el cadáver y echar las cenizas a una fosa común.
Fin del locuelo cura Merino.
§.
Agnes Sorel
La
primera amante oficial de un rey francés fue Agnes Sorel, liada con Carlos VII.
No significa que los anteriores soberanos no tuvieran amantes; significa que no
estaban reconocidas socialmente. Agnes Sorel era la amante oficial, admirada
incluso por la reina porque metió en cintura al rey y aceptada por la corte.
Marcó tendencia. Era joven, monísima, lista y estilosa. Pero el 9 de febrero de
1450 Agnes Sorel murió durante el embarazo de su cuarto hijo. Se diagnosticó
entonces que el fallecimiento se produjo por un «flujo de vientre», o sea, un
embarazo complicado. Pero la ciencia ahora ha dicho que no, que murió con
mercurio hasta las cejas.
Carlos
VII, para situarnos, llegó al trono de Francia gracias a Juana de Arco. Se
enamoró de Agnes con el beneplácito de la reina María de Anjou, porque la reina
estaba aburridísima de su marido y lo que quería es que alguien lo mantuviera
entretenido. Agnes Sorel era la mejor opción. Mejor ella, una mujer sensata,
que cualquier pilingui ansiosa de poder.
La
amante del rey, sin embargo, murió de forma extraña, por eso un grupo de
genetistas, toxicólogos, parasitólogos y forenses decidieron no hace mucho
averiguar exactamente las causas de la muerte. Así que, exhumaron sus restos y
descubrieron que, efectivamente, Agnes Sorel murió por una sobredosis de
mercurio.
Ahora
bien, los expertos se han curado en salud y, aunque aseguran que el mercurio
mató a la amante del rey, no están seguros de si la envenenaron o si lo tomó
ella misma. Antes los maquillajes contenían mucho mercurio, y Agnes Sorel iba
pintada como una puerta. Pero también es cierto que el mercurio se usaba como
purgante y, como el análisis de los restos ha descubierto la presencia de
lombrices, puede que tomara mercurio de más para combatirlas.
La
teoría del envenenamiento, sin embargo, es la más probable. Primero, porque
Agnes Sorel tenía muchos enemigos; y segundo, porque el mercurio era un veneno
habitual. Una pena que acabara envenenada la amante más lista que ha tenido la
corte francesa. Ya se sabe, las peores amantes son las que piensan.
§.
El secuestro del hijo de Lindbergh
Charles
Lindbergh saboreó las mieles del éxito al convertirse en el primer piloto que
atravesaba el Atlántico en un vuelo sin escalas y en solitario. Tardó 33 horas
y 32 minutos. Antes que él ya lo habían hecho dos pilotos, pero viajaban
juntos, y poder charlar restó mérito al vuelo. La fama de Lindbergh y los
25.000 dólares con que fue recompensado le trajeron, sin embargo, amargas
consecuencias. El 2 de marzo de 1932 secuestraron a su hijo pequeño, de año y
medio.
Pidieron
un rescate de 50.000 dólares y Lindbergh pagó, pero el crío apareció muerto con
un golpe en la cabeza. Aquella noticia llenó todos los diarios de Europa y
América, y la policía no paró hasta que en 1934 detuvo a un inmigrante alemán y
lo acusó del secuestro. A raíz de aquello, se creó la Ley Lindbergh, que
convertía el secuestro en delito federal seguido de pena de muerte.
Pero
además de la repercusión mundial que tuvo el asunto, Salvador Dalí y su musa
Gala vinieron a empeorar las cosas por pasarse de listos con sus surrealismos y
sus excentricidades. Ocurrió lo siguiente: Dalí y Gala llegaron a Nueva York en
plena ebullición del asunto, cuando ya se sabía la identidad del secuestrador y
su destino, la silla eléctrica. El artista y su musa fueron invitados a una
fiesta de disfraces y Gala llegó con aqueste atuendo: muy elegante de cuello
para abajo, vestida de negro y marcando figura; y en la cabeza, sobre una gran
cofia negra, una muñeca con una herida en la cabeza en la que Dalí pintó muchas
hormigas. Parecía, y de hecho era, la representación del cadáver del hijo de
Lindbergh.
La
que se montó fue de órdago. Era la provocación por la provocación, un guiño de
Dalí a sus compañeros surrealistas de París. Pero como la repercusión fue tan
enorme, Dalí tuvo que medio disculparse en Nueva York y decir que su disfraz
nada tenía que ver con el secuestro del niño. Pero entonces los que se
enfadaron fueron los surrealistas, sobre todo André Breton, porque Dalí había
renegado en público de un acto provocador. Así eran los surrealistas y así era
Dalí: capaz de cualquier cosa con tal de salir en los papeles y abrirse paso en
Estados Unidos.
§.
Duelo por un trono
Hace
casi ciento cuarenta años, en la madrugada del 12 de marzo de 1870, se produjo
uno de los episodios más tontos de este país en la lucha por el trono. Dos
duques se retaron en duelo: Enrique de Borbón, duque de Sevilla, y Antonio de
Orleans, duque de Montpensier. Los dos eran cuñados de Isabel II, porque uno
era hermano del marido de la reina y el otro estaba casado con la hermana de
Isabel. Para más inri, los dos duques eran primos y no se soportaban.
Tras
la caída de Isabel II llegó la mayor bronca entre ellos. Se insultaron en
público, se acusaron de traidores y acabaron batiéndose en duelo. Enrique de
Borbón murió de un disparo, pero aquel tiro también fue el suicidio político
del asesino, Antonio de Orleans.
Para
entender este tremendo lío familiar y político hay que irse al destronamiento
de Isabel II con la revolución de 1868, conocida como la Gloriosa. Antonio de
Orleans, el duque de Montpensier, era un conspirador y de hecho financió y
participó en el derrocamiento de su cuñada. Con Isabel II en el exilio, se
planteó si España optaba por la república o por una monarquía renovada, sin
Borbones, y como aspirante al trono se colocó el duque de Montpensier. Su
primo, el duque de Sevilla, dijo que por ahí no pasaba, y comenzó entre ambos
un cruce de acusaciones y manifiestos en periódicos franceses, ingleses y
españoles en los que se ponían a caldo.
Llegó
un momento en que Antonio de Orleans retó en duelo a su primo Enrique de
Borbón, que, por supuesto, aceptó. Y aceptó porque dijo: «Si yo le mato, no
será rey de España y si él me mata, tampoco será rey». Y así ocurrió. El duelo
fue en Madrid. Cada uno disparó dos veces, pero no se dieron. El tercer disparo
de Enrique de Borbón rozó el brazo de Antonio de Orleans, y el tercer tiro de
Antonio mató a Enrique. La profecía se cumplió. El duque de Sevilla fue
enterrado y el de Montpensier vio sepultadas definitivamente sus aspiraciones
al trono.
Del
duelo se enteró toda España. Pero no se lo pierdan, todos los periódicos
dijeron que Enrique se había matado accidentalmente limpiando sus pistolas.
§.
Idus de marzo
Los
idus más famosos son los de marzo, aunque todos los meses del calendario
juliano tenían sus idus. En mayo, julio, octubre y marzo, los idus eran los
días 15, y el resto de los meses del año los idus caían en día 13. Y tal idus
como el del mes martius del año 44 antes de nuestra era, Julio César tuvo el
peor de sus días. Mira que le avisaron: guárdate de los idus de marzo…mira que
tienes muchos enemigos… no vayas al Senado, que te la tienen jurada. Pero Julio
César fue y allí lo mataron de una puñalada. Le dieron veintitrés, pero, como
los conjurados eran un poco mantas, sólo una fue mortal.
¿Por
qué mataron a César? Demasiado poder acumulado en sólo dos manos. Era amo y
señor absoluto del Imperio romano, general de todos los ejércitos y sumo
sacerdote, pero lo peor es que se había hecho nombrar dictador vitalicio,
perpetuo. Y esto era una patada a la República, que sólo admitía dictaduras
durante seis meses en situaciones graves.
César
dijo que no, que eso de dictador a él le gustaba para siempre. Así que se le
pusieron enfrente, no sus enemigos de toda la vida, los seguidores de Pompeyo,
sino también antiguos colaboradores a quienes cada vez gustaba menos tanta
acumulación de poder. En total, sesenta hombres estuvieron implicados en el
asesinato de Julio César. Cuando llegó el momento de matarlo, hubo que pedir
turno para apuñalar.
Pero
ya le avisó Espurina, el sacerdote que días antes del asesinato analizó las
vísceras de un animal sacrificado. Los higadillos le dijeron que César sería
asesinado «no más tarde de los idus de marzo», y así se lo hizo saber. No es
que el sacerdote fuera especialmente hábil con la casquería, es que todo Roma
era un hervidero de rumores sobre el complot contra César, y el adivino sólo
trasladó sus temores al dictador. Lo que pasa es que clavó la fecha.
Julio
César se cruzó con Espurina en el Senado y encima se puso chulo y le dijo al
sacerdote: «Son los idus de marzo y no me ha sucedido nada»; a lo que Espurina
respondió: «Sí, pero aún no han pasado». Minutos después, Julio César ya era
historia y Espurina, digo yo, subiría sus tarifas.
§.
La polifacética Alcatraz
Hay
un lugar junto a la bahía de San Francisco, en California, a donde antes nadie
quería ir ni muerto, pero ahora la gente paga para que la lleven. Fue el 21 de
marzo de 1963 cuando Alcatraz dejó de existir como prisión de máxima seguridad
de Estados Unidos. Ahora, por 60 dólares más o menos, dependiendo de si uno
tiene menos de cinco o más de sesenta y siete años, te llevan a Alcatraz, te
enseñan dónde estuvo encerrado Al Capone, en qué cuchitril se hizo un experto
ornitólogo Robert Stround y hasta te encierran un minuto a oscuras en un celda
de castigo para que sepas lo que se siente. Pero con bermudas y cámara digital
al hombro no se siente nada.
El
islote de Alcatraz lo descubrió un español, Juan Manuel de Ayala, en 1755, pero
fue visto y no visto. Como era muy pequeño —el islote, no Ayala—, llegó, lo
exploró un rato y se fue. No se quebró el pensamiento a la hora de bautizarlo.
Vio que había muchos alcatraces allí instalados y lo llamó Alcatraz. El islote
luego se convirtió en fuerte y prisión militar, después en cárcel para los
indios que se negaban a someterse a los rostros pálidos, más tarde en penal
para delincuentes peligrosos y, por último, en plató cinematográfico y destino
para turistas, algunos más peligrosos que los delincuentes.
Pero
hubo un grupo humano que se encerró voluntariamente en aquel islote cuando
Alcatraz ya había dejado de ser prisión. Ocurrió en 1969. Un grupo de sioux,
basándose en el Tratado de Fort Larami, se hizo fuerte en Alcatraz. Aquel
tratado de 1868, firmado por Estados Unidos y los sioux, reconocía el derecho
de los pieles rojas a quedarse con las tierras desocupadas por el Gobierno. Lo
único desocupado en Estados Unidos era Alcatraz, y los sioux fueron y se lo
quedaron.
Pretendían
comprárselo a Nixon por 24 dólares y convertirlo, no en reserva, sino en
territorio indio. Montaron sus tiendas y ocuparon Alcatraz durante diecinueve
meses, hasta que trascendió lo suficiente aquella protesta simbólica. Al final
abandonaron. Demasiados indios para tan poco islote.
§.
Los Niños de Guadix
Si
hubo algo que sentó fatal a los bandoleros de la segunda mitad del siglo XIX
fue la fundación del Benemérito Cuerpo de la Guardia Civil. Y les sentó mal
porque fue aparecer los civiles y comenzar el principio del fin del
bandolerismo. El 3 de abril de 1881 la Benemérita se apuntaba otro tanto con la
desarticulación definitiva de la temible banda de Los Niños de Guadix, cinco
reclusos que se conocieron en la cárcel y que al salir se convirtieron en azote
de la provincia de Granada. Fueron los penúltimos en caer, pero dieron mucha
guerra. Y además de bandoleros eran unos optimistas, porque se llamaron Los
Niños de Guadix si bien la mayoría no cumplía los cuarenta.
Los
bandoleros eran admirados por los viajeros británicos, que se empeñaban en
escribir relatos románticos sobre sus peripecias siempre y cuando no les
asaltaran a ellos, y por las clases populares, que se creían libres de sus
ataques porque nada les podían robar. Pero salvo Curro Jiménez, el de la tele
no, el auténtico, y Luis Candelas, que era guapo y educado, los bandoleros eran
eso, delincuentes, ladrones y la mayor parte de las veces, asesinos.
Los
Niños de Guadix actuaron sólo durante unos meses, y al final sólo quedaron dos:
Juan Jiménez y Rafael Olivenza, los más insensatos de la banda. Y estos dos
fueron los que se encerraron en una cortijada del municipio de La Peza cuando
aquel 3 de abril la Guardia Civil dio con ellos. Lo que pasa es que no había
forma de hacerlos salir. Durante treinta horas se estuvieron cruzando disparos,
así que la Benemérita tiró por la calle de en medio. Un par de civiles se
acercaron a Guadix a por dos latas de petróleo, un guardia se subió al tejado,
roció el líquido y prendió fuego al cortijo.
Pero
antes de provocar el incendio, el teniente y los catorce civiles midieron las
consecuencias. En caso de que el Estado no se hiciera cargo de la
reconstrucción del cortijo, ellos pondrían el dinero. Pero por su tricornio que
de aquélla no salían vivos los bandoleros. Y no salieron. Lo que no sé es quién
pagó al final el cortijo.
§.La
conjura de los Pazzi
Impresionante
la que se montó en Florencia el 26 de abril de 1478. Un complot cuidadosamente
urdido intentó acabar con la poderosa familia de los Medici, asesinando a los
hermanos Juliano y Lorenzo dentro de la catedral. Sólo pudieron matar a uno y
cometieron el error de dejar sólo herido a Lorenzo de Medici, a Lorenzo el
Magnífico. Su venganza fue terrible. Aquel episodio fue conocido como la
conjura de los Pazzi, y ha pasado a la historia como uno de los más
apasionantes y noveleros del Renacimiento.
Las
familias de los Pazzi y los Medici se odiaban cordialmente. Todos eran
banqueros y mantenían las formas, pero los Pazzi miraban a los Medici como unos
nuevos ricos que habían adquirido un poder excesivo y una influencia desmedida
a base de corrupción y engaño. Las cosas se pusieron feas cuando el papa Sixto
IV pidió a la banca de los Medici un préstamo para comprarse unos terrenitos.
Concretamente la ciudad de Imola. Lorenzo de Medici le negó el préstamo porque
él quería Imola para Florencia, no para el papa. Los Medici pidieron a la banca
Pazzi que tampoco diera el préstamo, pero los Pazzi lo concedieron. El papa se
puso a bien con los Pazzi y desde entonces los Medici dejaron de ser la banca
de la Santa Sede.
Así
que ya tenemos el enfrentamiento de dos bancos y de dos familias; con el papa
de parte de una de ellas y en medio de todo un asunto de expansión territorial.
Estaba claro, había que matar a Lorenzo y Juliano de Medici para que dejaran de
molestar. Los Pazzi organizaron un gran banquete para agasajar a los Medici,
pero antes se celebraría una misa en la catedral. Juliano dijo que iría a la
misa pero no al banquete, porque no se encontraba bien. Vaya por Dios. Hubo que
modificar los planes para matarlos mientras rezaban, no mientras comían.
A la
señal convenida, dos Pazzi se fueron a por Juliano y dos curas a por Lorenzo.
Juliano murió, pero los curas, un poco negados para esto del homicidio, sólo
hirieron a Lorenzo. Los conjurados creyeron que los florentinos apoyarían su
acción, pero no fue así. El apoyo se lo llevó Lorenzo, y entonces la
escabechina la organizó él.
§.
Muerte en el Liceo
Lo
más granado de la burguesía barcelonesa acudió el 7 de noviembre de 1893 a ver
la ópera Guillermo Tell, de Antonio Rossini. Se representaba en el Teatro del
Liceo de Barcelona y aquel día llovía a cántaros. Por una puerta lateral del
Liceo entró un personaje tapado hasta la nariz y con dos bombas escondidas en
su faja. A las diez y cuarto, durante el segundo acto, el anarquista Santiago
Salvador arrojó una de las bombas. Impactó en una butaca de la fila 13. Mal
número. Pero peor fue el de las víctimas: veintidós muertos y treinta y cinco
heridos.
La
segunda bomba no llegó a estallar, porque el anarquista tuvo el buen tino de
arrojarla sobre el vestido de una mujer ya cadáver que amortiguó el impacto y
frenó la explosión. De haber estallado el segundo artefacto, la matanza se
habría duplicado. Barcelona enmudeció tras el atentado, los burgueses se
encerraron en casa y los espectáculos y restaurantes se resintieron por el
miedo de las clases pudientes a salir de casa y cruzarse con un anarquista
desquiciado. Porque burgueses, religiosos, políticos y reyes eran los
principales objetivos anarquistas. Tiraban al tuntún, pero tiraban a dar.
Los
seguidores de Mikhail Bakunin, aquel ruso empeñado en imponer la anarquía en el
mundo a base de bombazos, se cebaron con Barcelona porque, decían, era el
símbolo industrial de España gracias a la cruel explotación obrera. Y no había
quien los sacara de ahí. Cuando Santiago Salvador fue detenido, se demostró que
sus argumentos no iban más allá de cuatro frases hechas del tipo «mi objetivo
era destruir la sociedad burguesa y atacar la organización de la sociedad para
implantar el comunismo anárquico».
Subió
al patíbulo gritando « ¡Viva la anarquía!» y « ¡Mueran las religiones!», pero
la última frase que pronunció este genio de la revolución fue otra. Cuando su
verdugo comenzó a darle garrote vil, le dijo: «No aprietes tanto que me haces
daño».
§.
Venganza con Calvo Sotelo
Calentito
estaba el ambiente de preguerra en Madrid el 13 de julio de 1936 cuando un
sonado atentado vino a echar más leña al fuego: el asesinato de José Calvo
Sotelo, el líder más carismático de la derecha española y por ello en el punto
de mira de la izquierda. Su muerte fue una represalia sin disimulo por otro
asesinato cometido justo el día anterior, el del teniente republicano José
Castillo, muerto a tiros por la extrema derecha mientras paseaba con su esposa
por el antes castizo y ahora cosmopolita y rosado barrio de Chueca.
Aquellas
dos muertes de uno y otro bando, patrocinadas por uno y otro bando, fueron,
como bien definió Clara Campoamor, un episodio más de una lucha de odio entre
dos grupos que resolvían sus diferencias fuera de la ley. Algunos tomaron el
asesinato de Calvo Sotelo como la excusa perfecta para justificar el golpe de
Estado que dio inicio a la Guerra Civil. Pero esto es más falso que un euro de
madera, porque el golpe estaba en marcha desde días antes de los dos atentados.
Las
del teniente Castillo y Calvo Sotelo sólo fueron dos muertes más de las que se
venían produciendo en Madrid, y sobre todo la del militar republicano ni
siquiera hubiese pasado a la historia de no haber sido porque soliviantó los
ánimos de la izquierda y provocó a su vez la de Calvo Sotelo.
Fueron
las dos muertes más famosas justo antes de que empezara la guerra, pero no las
últimas, porque tras el entierro de Calvo Sotelo una manifestación que intentó
adentrarse en el centro de Madrid en protesta por el asesinato del líder acabó
en un enfrentamiento en el que murieron cinco personas más. España ya estaba
muy lejos de toda normalidad política. Las formas se habían perdido. Y aún hoy,
cuando ya han pasado más de setenta años del entierro de uno y de la muerte del
otro, el teniente Castillo y Calvo Sotelo siguen guardando las distancias.
Yacen enterrados en el mismo cementerio, separados por pocos metros, pero uno
en la zona civil de la Almudena y el otro en la católica. Los dos bajo la misma
tierra sagrada de la sinrazón.
§.
El compromiso de Aldo Moro
Durante
cincuenta y cinco días el mundo entero cruzó los dedos para que el político
italiano Aldo Moro salvara la vida. Pero pedir cordura a una banda terrorista
es pedir peras al olmo, y el 9 de mayo de 1978 apareció desmadejado y envuelto
en una manta, dentro del maletero de un coche, el cadáver de Aldo Moro. El
golpe de efecto puso en la picota de la actualidad mundial a la banda
terrorista Brigadas Rojas, porque eso era lo que buscaban: ser famosos. Pero el
asesinato de Aldo Moro fue el principio de su fin, porque las Brigadas Rojas
perdieron el poco apoyo político que tenían. Terrorismo y política son polos
opuestos. En pleno siglo XXI algunos no se han enterado.
El
secuestro se produjo a mediados de marzo, cuando Aldo Moro, presidente de la
Democracia Cristiana y primer ministro en dos ocasiones, se dirigía al
Parlamento italiano para votar un asunto clave para el país: la formación de un
nuevo gobierno democristiano que impulsaría el llamado Compromiso Histórico.
Una especie de alianza entre todas, absolutamente todas, las fuerzas políticas
italianas para sacar a la nación de una crisis que arrastraba desde hacía años.
El
principal artífice de este Compromiso Histórico era Aldo Moro, que había
conseguido implicar en esta unión política incluso al Partido Comunista. Pero,
claro, no más a la izquierda del Partido Comunista, sino veinte pueblos más
allá estaban las ultraizquierdistas y descerebradas Brigadas Rojas, que lo
último que aceptaban, como les ocurre a todas las bandas terroristas, era
negociar sin sangre. O se hacía como ellas decían, o no se hacía. Así que, un
comando de locos secuestró al político, asesinó a sus cinco guardaespaldas y
luego ejecutó a sangre fría a Aldo Moro.
Lo
hicieron, según dijeron, en defensa de la revolución proletaria de Italia,
aunque las Brigadas Rojas no llamaban al país Italia; lo llamaban Estado
Imperialista de las Multinacionales. A los terroristas italianos se les acabó
el rollo cuando su brazo político les dijo que por ese camino iban mal. Les
negó su apoyo y las Brigadas murieron de inanición social.
§.
José Canalejas
El
atentado anarquista al Liceo de Barcelona sólo fue uno de los primeros
estornudos de una gripe anarquista que infectó España a finales del siglo XIX y
principios del XX. La fiebre estaba aún alta cuando el 12 de noviembre de 1912
José Canalejas, presidente del Consejo de Ministros y líder del Partido
Liberal, fue una muesca más en la culata anarquista. El exaltado Manuel
Pardiñas lo dejó en el sitio de dos disparos en plena Puerta del Sol.
Iba
el hombre tan tranquilo caminito del Ministerio de la Gobernación, lo que hoy
es la sede de la Comunidad de Madrid, cuando se paró don José donde se paraba
siempre: frente al escaparate de la librería San Martín, en la esquina de Sol
con la calle Carretas. Dos policías que se supone que escoltaban a Canalejas
iban demasiado rezagados, y un tercero se había adelantado para comprobar que
la entrada al Ministerio estuviera despejada. Conclusión: Canalejas estaba
solo. Genial protección. Y allí, frente a la librería, sin moros en la costa,
el anarquista Manuel Pardiñas descerrajó dos tiros en la cabeza al presidente
del Consejo.
El
terrorista intentó huir, pero uno de los policías acertó a liarse a porrazos y,
con la ayuda de algún viandante, logró corlarle la huida. Manuel Pardiñas se
vio perdido y allí mismo se pegó un tiro para evitar el garrote vil. La
conexión anarquista quedó más que demostrada en el asesinato de José Canalejas,
pero aún hubo gente que siguió buscando tres pies al gato. Un tal Hakim Boor se
empeñó en que a Canalejas lo mataron los masones. Pero nadie le hizo caso,
porque Hakim Boor era el seudónimo de Francisco Franco.
Y
otro asunto: el primero que reglamentó que los políticos eligieran entre jurar
por los Evangelios o prometer por el propio honor fue Canalejas. Sepan, pues,
quienes creen que esto de jurar o prometer es una modernez, que se hace desde
hace casi cien años. Prometido.
§.
Rafael del Riego, sin cabeza pero con himno
Unas
líneas más atrás les hablaba de la pérdida del bandolero más guapo de Madrid, y
ahora le toca el turno a un colega de patíbulo que salió de la misma cárcel y
terminó en las mismas y deplorables condiciones: muerto. El general Rafael del
Riego, el que puso apellido al famoso pronunciamiento, no coincidió en la celda
con el bandolero, porque el militar que inició el levantamiento liberal contra
el absolutismo de Fernando VII fue ejecutado el 7 de noviembre de 1823, catorce
años antes que Luis Candelas.
Pero
ya hubiera querido Riego tener la misma muerte que el bandolero. Si lo llega a
saber con tiempo, no se pronuncia y hasta se hace paje del rey. Riego perdió
todo lo ganado y la España constitucional perdió mucho más, pero al menos las
dos repúblicas que ha tenido el país aprovecharon el canto de Riego como himno
nacional.
Del
general Riego habría mucho que contar, bueno y malo, porque alguna vez patinó y
como político era un poco bocazas. Pero no es menos cierto, que diría un
letrado, que provocó tal cascada de acontecimientos que su lugar en la historia
está más que merecido. Rafael del Riego fue asturiano, masón y un liberal un
tanto exaltado. Obligó a Fernando VII a jurar la Constitución de 1812, pero,
como el rey era un cínico y no estaba dispuesto a dejar que los liberales
corrieran a sus anchas por España, llamó a los Cien Mil Hijos de San Luis para
que le echaran cien mil pares de manos. Menuda estafa… porque resultaron ser
sólo 95.062.
Con
la ayuda de los franceses, a Rafael del Riego le acabaron apresando en
Andalucía y no tardaron en condenarle a muerte. Estuvo encerrado en la cárcel
de la Corte de Madrid, recuerden, el actual Ministerio de Exteriores, y de allí
salió hacia la horca en la plaza de la Cebada. Llegó arrastrado encima de un
serón para mayor humillación, pero su condena iba más allá. Tenía que ser
decapitado… después de ahorcado, claro, porque si no la ejecución hubiera sido
harto complicada. El fiscal pretendió que la cabeza de Riego fuera enviada a
Las Cabezas de San Juan, en Sevilla, porque allí inició Riego su
pronunciamiento. Pero lo cierto es que en Las Cabezas de San Juan no tienen
noticias de la cabeza de Riego porque el tribunal no aceptó semejante
sugerencia. Allí lo recuerdan con cariño y como héroe, pero la cabeza no la
tienen. De Riego, sólo queda su himno.
§. «
Mister Lennon?»
Han
pasado casi treinta años y muchos aún seguimos con la boca abierta por una
muerte tan absurda y tan innecesaria como la de John Lennon. El 8 de diciembre
de 1980 John Winston Lennon y su mujer, Yoko Ono, regresaban a su casa del
edificio Dakota, en el número 1 de la calle 72 de Nueva York, cuando alguien
llamó la atención de la pareja por la espalda. «Mister Lennon?».
El
músico se giró y recibió por toda respuesta cinco tiros. Aquella frase que
salió del genio de Lennon y que decía «imagina que no hay nadie por quien matar
o morir» se fue al garete.
Mark
David Chapman fue su asesino. Un tipo desquiciado, un mitómano de veinticinco
años que admiraba a Lennon hasta la obsesión. Un vulgar cazador de autógrafos a
quien el propio músico le había regalado su firma, estampada sobre el disco
Double Fantasy, sólo unas horas antes de morir. Chapman llevaba en los
bolsillos el libro de Salinger El guardián entre el centeno, de donde, según él
mismo declaró, sacó la inspiración para matar al Beatle. Pero esto es lo de
menos, porque dado su estado mental, también un prospecto de aspirinas le
hubiera empujado a asesinar a Lennon.
Lennon
llegó todavía vivo al Hospital Roosevelt en un coche de policía, pero una de
las cinco balas había destrozado la aorta y murió desangrado. Chapman cumple
cadena perpetua en la prisión neoyorquina de Attica, alejado del resto de los
internos por su propia seguridad. Lleva desde el año 2000 intentando salir con
la condicional, pero no hay tutía. Cuatro veces se la han denegado, y se la
volvieron a rechazar en octubre de 2008 cuando la solicitó por quinta vez.
Todos
los 8 de diciembre, los admiradores de John Lennon se congregan en Central
Park, junto al gran mosaico que recuerda al Beatle con la inscripción
«Imagine». Es su única y simbólica tumba. David Chapman ya ha cumplido más de
medio siglo, pero por su culpa Lennon no pudo cumplir más de cuarenta.
§.
Calígula, alias Sandalita
Roma
sólo ha tenido un emperador más chiflado que Nerón, Calígula, y el 24 de enero
del año 41 se le acabó lo de hacer más chifladuras. Durante la celebración de
los Juegos Palatinos dos miembros de la guardia pretoriana, Casio Querea y
Cornelio Sabino, le esperaron en un pasillo que llevaba del palco real al lugar
donde se servía la comida. Le arrearon treinta espadazos y lo dejaron en el
sitio. El imperio se libraba así de un pirado, pero sólo a la espera de que
llegara Nerón.
Calígula
no se llamaba Calígula, que ése era su apodo. Su nombre era Cayo Julio César,
pero cuando era pequeñito lo presentaron ante los ejércitos romanos con las
sandalias típicas que llevaban los soldados y que se llamaban cáliga. A partir
de ahí le pusieron Calígula, que era diminutivo de cáliga. O sea, que el
emperador más perturbado de Roma pasó a la historia con el nombre de Sandalita.
Fue
asesinado con sólo veintiocho años, pero tuvo tiempo de casarse cuatro veces,
de sacar a los romanos de sus casillas y de convertir su palacio en un lupanar.
Su gobierno estuvo tan lleno de excentricidades que es imposible extraer alguna
que destaque. Empezando por el nombramiento de su caballo Incitatus como cónsul
y terminando por aquella guerra que se inventó contra germanos y británicos
sólo para volver a Roma y recibir una ovación. Pero no se había pegado con
nadie.
Calígula,
como todos los emperadores defenestrados, acabó incinerado apresuradamente y
sus restos enterrados en cualquier parte. Había que pasar página cuanto antes,
y mientras la guardia pretoriana nombraba a su tío Claudio como nuevo
emperador, el Senado decretó una damnatio memoriae contra Calígula, una condena
de la memoria que implicaba borrar su nombre de los monumentos, destruir sus
imágenes y prohibir la pronunciación de su nombre. Dio igual. Casi dos mil años
después resulta que su memoria nos ha alcanzado por encima de la de cualquier
otro emperador precisamente por ser un estrafalario y el más peliculero.
§.
Adiós al alma grande de Gandhi
Un 2
de octubre nació Mahatma Gandhi y esto fue suficiente excusa para que la ONU
declarara esta jornada de cada año como el Día Internacional de la No
Violencia, una entelequia que adorna el calendario, pero que, lamentablemente,
sirve para poco más. Gandhi fue asesinado el 30 de enero de 1948… qué gran
incongruencia. El más destacado abanderado de la no violencia, el tipo más
pacífico del mundo y el líder más escuchimizado del que se tienen noticias caía
bajo las balas de un fanático.
La
mañana que precedió a su muerte, Gandhi pronunció unas proféticas palabras: «Si
todos los que ahora me escucháis caminarais hacia la paz por el sendero de la
no violencia, me iría de este mundo muy satisfecho, aunque muriera abatido por
la violencia de los fusiles». Menuda puntería la suya, la misma que tuvo, sólo
unas horas después, el hombre que le descerrajó tres tiros en el pecho cuando
el líder indio se dirigía a los rezos de la tarde. Su muerte se consideró una
catástrofe internacional y la condena fue unánime. Hasta la Asamblea de
Naciones Unidas declaró un periodo de luto, y esto ha ocurrido muy pocas veces.
Dos
millones de personas acudieron a los funerales del «alma grande». Eso significa
Mahatma, alma grande, y aquel pedazo de alma se hizo humo en una impresionante
pira funeraria de madera de sándalo en la ciudad de Allahabad. Allí confluyen
los ríos Ganges y Yamuna, y un tercero que sólo existe en la mitología hindú,
el Sarasvati, una poderosa corriente de propiedades purificantes. En esa
confluencia debían diluirse parte de las cenizas de Gandhi, porque otra parte
aún pulula por la India en un rito de veneración que el líder jamás hubiera
aceptado.
Gandhi,
aquel que nunca dejaba que muriera el sol sin que antes hubieran muerto sus
rencores, desapareció hace sesenta años, y con este hombre calvo y delgaducho
que logró la independencia de todo un país con su voz y en taparrabos, también
se fue el Mahatma. Su gran alma se quedó sin hueco en un mundo violento.
§.
El enigma de Mayerling
El
emperador austrohúngaro Francisco José I cavilaba el 31 de enero de 1889 cómo
escamotear a la historia oficial el mayor escándalo de su imperio. Y tomó una
decisión: el emperador dio orden de enterrar en una tumba secreta en las
afueras de Viena, sin nombre y sin lápida, el cuerpo de la amante de su hijo,
la baronesa María Vetsera. Mientras, su heredero, el archiduque Rodolfo de
Habsburgo, muerto junto a su enamorada de dieciocho años, salía camino de unas
honras fúnebres imperiales. Nació el enigma de Mayerling.
La
tragedia de Mayerling sigue siendo uno de los mayores misterios de la historia
de Austria. Aún hoy no se ha aclarado oficialmente si aquellas dos muertes
fueron producto de un suicidio concertado, un crimen de Estado o un complot
internacional. Ocurrió en el antiguo pabellón de caza de Mayerling, en las
afueras de Viena. Allí, sobre la cama, se descubrieron los cuerpos de los dos
amantes. Continúa sin saberse si fueron asesinados, o si el desequilibrio
emocional de Rodolfo le llevó a disparar a su amante para luego suicidarse,
porque aquel amor no tenía solución de continuidad.
El
crimen recorrió las monarquías europeas, a su paso convulsionó el Vaticano y
cuando los ecos regresaron a Austria la orden era, por encima de todo, guardar
silencio. Francisco José I y su mujer, la edulcorada emperatriz Sissi,
utilizaron todas las trampas a su alcance para evitar que se supiera la verdad.
De aquellas dos muertes sólo trascendió una, la del heredero, porque María
Vetsera acabó enterrada en secreto aquel 31 de enero, bajo 2 metros de tierra
mezclada con chanchullos imperiales. Se impuso un pacto de silencio entre los
Habsburgo, que se mantuvo hasta 1983, cuando Zita de Borbón-Parma, la que fue
última emperatriz de Austria, se negó a llevarse el secreto a la tumba. Aseguró
que el archiduque Rodolfo fue asesinado junto a su amante por negarse a
participar en una maniobra internacional para convertir el imperio en una
federación. Nadie hasta hoy lo ha desmentido, quizás porque para que el enigma
de Mayerling siga siendo apasionante, necesita seguir rodeado de misterio.
El
gustillo de Sevilla por los autos de fe
La
Inquisición le cogió el gustillo a organizar autos de fe el 6 de febrero de
1481. Se celebró el primero y se lo pasaron tan bien que ya no pararon hasta
siglos después. Sevilla tuvo el dudoso honor de presenciar aquel primer auto de
fe en el que murieron en la hoguera seis supuestos herejes, a los que se
acusaba de ser conversos judaizantes. Es decir, que se habían convertido al
catolicismo… pero poco, porque como los convirtieron a la fuerza, ellos seguían
a lo suyo, a sus ritos judíos. Es lo que tiene vencer sin convencer.
Torquemada
ya llevaba unos años dando la matraca a los Reyes Católicos para que dieran
caña a judíos y falsos conversos. Y al final consiguió que Isabel y Fernando,
previa bula del papa Sixto IV, nombraran a los dos primeros inquisidores,
Miguel Morillo y Juan de San Martín, que se fueron en comisión de servicio a
Sevilla a ver si recolectaban para la hoguera unos cuantos herejes. Y los
primeros seis que pillaron tenían como cabecilla al famoso banquero converso
Diego de Susón, una de las mayores fortunas del país. Y esta circunstancia
dineraria provocó la sospecha de si de verdad el tal Susón era un mal cristiano
o si se lo cargaron para poderle confiscar los bienes. Y, por cierto la hija de
Diego Susón, la bella Susona, se hizo tan famosa que la ciudad aún tiene una
calle dedicada a ella.
A
las seis primeras víctimas de la Inquisición se las acusó de ser falsos
conversos. El auto de fe se celebró en una explanada que se conocía como Prado
de San Sebastián, un lugar donde siglos más tarde se asentó la Feria de Abril
de Sevilla. O sea, que se quedó como una zona de jolgorio. Pero aquellos
primeros seis condenados sólo fueron el principio, porque durante los
siguientes cuarenta y cuatro años, y según los estudios del profesor Francisco
Morales Padrón, fueron quemadas en Sevilla mil personas. Calculen las que
ardieron en el resto de España. El que no era judío, era blasfemo, el que no,
usurero y el que no, sodomita.
Qué
época aquella. Si alguien estornudaba y el de al lado no decía Jesús, a la
hoguera.
§.
Lady Jane Grey, nueve días trágicos
Hay
quien nace con estrella y quien nace estrellado. Lady Jane Grey fue de las que
se estrellaron. El 12 de febrero de 1554 la decapitaron en la Torre de Londres
sin comerlo ni beberlo. Se la conoce como la reina de los nueve días, aunque
ella jamás pretendió ser soberana de Inglaterra. La utilizaron católicos y
protestantes en beneficio propio, y cuando hubo que buscar una cabeza de turco,
cayó la suya. Cuando subió al patíbulo con diecisiete años, no entendía qué
demonios hacía allí.
Jane
Grey creció sin afecto y con una educación muy severa en previsión de que, por
una lejana eventualidad, pudiera llegar a reina de Inglaterra. La casaron a la
fuerza y la sentaron en el trono para que rigiera un país convulso y a la greña
por el poder y la religión. Fue una época, aquellos mediados del siglo XVI, en
la que Inglaterra se había separado de Roma y todo el país andaba a trastazos
por ver quién mandaba más, católicos o anglicanos.
La
buena suerte quiso que se muriera Enrique VIII y la mala fortuna decidió que su
hijo y sucesor, Eduardo VI, durara vivo menos que un Bollicao en la puerta de
un colegio. La heredera más cercana para seguir manteniendo el protestantismo
en Inglaterra era lady Jane Grey, porque María Tudor, de la facción católica,
era la otra alternativa. En realidad, era la legítima alternativa, porque
también era la heredera legítima.
Pero,
al final, lady Jane Grey fue proclamada reina hecha un mar de lágrimas y en
contra de su voluntad, porque ella también consideraba a María Tudor la
legítima sucesora. Pero dio lo mismo, porque lady Jane Grey sólo era un
monigote al servicio de intereses políticos y religiosos. Nueve días después de
la entronización, María Tudor consiguió arrebatarle la corona a lady Jane y
ordenó que rodaran todas las cabezas implicadas en impedir que ella llegara a
reinar. Y a punto estuvo de perdonar a lady Jane, porque no la consideró
culpable de las maquinaciones de los demás, pero puso una condición a la joven:
que abjurara de su fe anglicana y se uniera a los católicos.
Fue
la única vez en toda su vida que lady Jane Grey pudo decidir por ella misma,
aun a riesgo de perder la vida. No quiso aceptar ni una sola imposición más.
§.
La madre de Ramón Cabrera
Madre
no hay más que una, por eso, cuando al líder carlista Ramón Cabrera le
fusilaron a la suya simplemente por haberlo parido, perdió del todo los
estribos. El 16 de febrero de 1836 María Griñó fue fusilada por orden del
general isabelino Agustín Nogueras para escarmentar al hijo de la rea, pero lo
único que consiguió con ello fue que Ramón Cabrera decretara la guerra sin
piedad y se convirtiera en el general carlista más sanguinario que se recuerda.
La pobre mujer no tenía culpa de nada.
No
queda otra que recordar por qué se pegaban isabelinos y carlistas. Fernando VII
se muere y deja como heredera a su hija Isabel II, porque no tenía un niño al
que ajustarle la corona. Esto sentó fatal, pero que muy mal, al hermano del
rey, a Carlos María Isidro, que estaba loco por reinar y que se sentía heredero
legítimo por obra y gracia de la ley sálica. Y en torno al aspirante Carlos se
unió un sector poco dado a las ideas liberales, católico a muerte y muy
tradicionalista: los carlistas.
Ramón
Cabrera se unió a la causa de Carlos María Isidro y tenía tal cerebrito para
esto de batallar que organizó un ejército regular con lo que hasta entonces
sólo eran grupos de carlistas desperdigados y anárquicos. Y andaba Ramón
Cabrera por Teruel cuando se enteró de que dos alcaldes de la zona se chivaron
a los isabelinos de que los carlistas andaban cerca. Cabrera fusiló a los
alcaldes acusicas, y a un general isabelino, Agustín Nogueras, no se le ocurrió
otra que irse a por la madre del carlista a Tortosa.
La
detuvo y la fusiló por no haber hecho nada. La decisión de matar a la madre de
Ramón Cabrera fue torpe a más no poder, y más torpe aún la de Cabrera, cuando
en represalia fusiló a cuatro mujeres vinculadas con los liberales. A partir de
aquí la pelota engordó de tal manera que aquella primera guerra carlista se
convirtió en un sinsentido de sangre y violencia. Se les fue a todos la cabeza,
a los carlistas, a los isabelinos, a los soldados y a los civiles. Y todo por
un trono en el que los únicos que no se mancharon de sangre fueron la que
reinaba y el que pretendía reinar.
§.
La vuelta de tuerca de Malcolm X
La
muerte de Malcolm X se veía venir, porque al final todo el mundo le tenía
ganas: los blancos, los negros, los suyos, los de enfrente, el Ku Klux Klan, el
FBI… todos. Así que estaba claro que unos u otros lo quitarían de en medio el
día menos pensado. Y ese día fue el 21 de febrero de 1965. Durante uno de sus
mítines en Harlem (Nueva York, Estados Unidos), un tipo le descerrajó un tiro
en el pecho con una recortada. Aquel disparo le catapultó a la gloria y a las
enciclopedias.
Malcolm
X fue fundamental en la lucha por los derechos civiles, pero la religión
radicalizó sus posturas más allá de la lucha civil. Mezcló churras con merinas
y acabó volviéndose tan extremista como los mismos a los que combatía. La
verdad es que no lo tuvo fácil, porque vivir una infancia marcada por los
desmanes del hombre blanco, la humillación social y el racismo más brutal no le
dejó muchas opciones.
Su
abuela fue violada por un blanco; su padre, hostigado y finalmente asesinado
por el Ku Klux Klan; su madre, internada en un manicomio; Malcolm, primero
adoptado y luego, en un reformatorio… Con estos antecedentes está claro que el
niño no iba a salir físico nuclear. Se metió a delincuente y acabó en la
cárcel.
Seis
añitos entre rejas le dieron tiempo para estudiar y encontrar una salida: el
islam, pero el islam racial más radical, el que afirmaba la superioridad de
raza sobre los blancos, con lo cual se metió en la misma espiral de
discriminación. Fue entonces cuando cambió el apellido que le legó su padre,
Little, por una X que representaba el nombre desconocido de sus antepasados
africanos, su herencia esclava. Se convirtió en un líder indiscutible, porque
labia la tenía toda, y logró tanto éxito popular que los mismos miembros de su
organización se la juraron. Rompió con su líder espiritual, montó su propio
movimiento y conminó haciendo amigos.
Los
Musulmanes Negros no le perdonaron el abandono ni el giro hacia posturas más
políticas y menos religiosas. Tres ex colegas suyos fueron detenidos por el
asesinato, y sólo uno continúa cumpliendo cadena perpetua. Está artrítico, pero
en la cárcel.
§.
Magnicida Booth
Decir
que el 10 de mayo de 1838 nació un crío al que llamaron John Wilkes Booth suena
a poco. Pero a Abraham Lincoln este nacimiento le hizo la pascua, porque Booth
fue su asesino. Era hijo de actores, él mismo se metió a actor y llegó a ser
todo un especialista en Shakespeare. Pero llegó un momento en que buscó más
protagonismo del que aconseja la cordura y decidió cometer el primer magnicidio
de la historia de Estados Unidos. Triste honor.
John
Wilkes Booth estaba cabreado con el presidente Lincoln porque los confederados
habían perdido la guerra con la Unión. Tampoco se entiende muy bien de dónde
había mamado esas ganas de guerrear por la secesión estadounidense ni por qué
le enfadó tanto que los esclavos fueran liberados. El era hijo de inmigrantes
ingleses… prácticamente un recién llegado. Y encima apuntó hacia Lincoln,
precisamente el hombre que le había aplaudido un año antes tras una
representación teatral. Y, eso sí, teatrero era un rato, porque asesinar al
presidente al grito de «sic semper tyrannis», dicho así, en latín, es querer
pasar a la historia dando la nota. Ése era el lema del Estado de Virginia, uno
de los primeros en sumarse a la secesión, y significa, más o menos, «así suceda
siempre a los tiranos».
Días
después del asesinato la policía dio caza al magnicida, pero como en Estados
Unidos les encantan las teorías conspiratorias, de inmediato se inventaron una:
todavía hay quien dice que no mataron a Booth, sino a un cabeza de turco para
cerrar el caso. Unos dicen que se suicidó más tarde en Oklahoma y otros, que
huyó a Japón y vivió feliz y contento el resto de sus días. Y una última
curiosidad en torno a este hombre, recientemente desvelada por el diario
londinense The Times y que ha resultado ser uno de los secretos mejor guardados
por la esposa del ex primer ministro británico Tony Blair. El nombre de soltera
de Cherie Blair era Booth, porque desciende del hermano del asesino de Abraham
Lincoln. Vamos, que el que mató al presidente era su tío abuelo. Sorpresas te
da la vida.
§.
El buen talante mató a Enrique IV
Iba
Enrique IV tan tranquilo en su carroza abierta por las calles de París, cuando
al mediodía del 14 de mayo de 1610 un católico ferviente, perturbado y
aspirante a cura le asestó tres puñaladas mortales. Así murió el primer Borbón
de la historia, uno de los mejores reyes que ha tenido Francia, a manos de un
fanático loco perdido que le quitó de en medio porque, dijo, Enrique IV era
culpable ante Dios de no haber sometido a los protestantes franceses a la
Iglesia católica. Y todo porque el rey firmó alianzas con los holandeses y fue
tolerante con los calvinistas. Qué falta de buen talante, por Dios.
Enrique
IV pasa por ser para los franceses el mejor rey y el más querido. Afable,
currante, pacificador, con cuatro amantes, negociador. Sólo tuvo un defectillo,
que era protestante, pero lo solucionó de inmediato. Se planteó: ¿qué hay que
hacer para pacificar Francia y acabar con todas las guerras de religión?
¿Hacerse católico?; pues me hago, que todo el problema sea ése. Y su conversión
ha pasado a la historia gracias a la famosa frase que se le atribuye, «París,
bien vale una misa». Pero a decir de los estudiosos, ésta es una de las muchas
falacias de la historiografía, porque la cita se la adjudicaron con
posterioridad quienes quisieron demostrar la actitud cínica del rey.
Fuera
por convencimiento o por política, lo cierto es que renegar del protestantismo
fue una decisión acertada, se lo creyera o no. Convertirse al catolicismo le
permitió ser coronado, poner fin a treinta años de guerras religiosas y
reconstruir la economía, pero en sus cuentas no entraba masacrar a los
protestantes. Y esta tolerancia nunca gustó a España, el país que abanderaba la
defensa del catolicismo en Europa y que apoyó con armas y con malas artes a los
fanáticos franceses de la Liga Católica, que buscaban, más allá de una Francia
pacífica, un país que se erigiera como verdugo de los infieles. Enrique IV
intentó reinar con sentido común, pero siempre hay alguien que, usando el
nombre de Dios en vano, lo fastidia todo.
§. A
la caza del nazi Eichmann
Israel
nunca se ha dado un respiro a la hora de dar caza a los nazis responsables del
holocausto, y el 21 de mayo de 1960 logró uno de sus mayores triunfos al
secuestrar y sacar de incógnito de Argentina a uno de los nazis más buscados:
Adolf Eichmann, el arquitecto del Holocausto, el tipo que organizó todo para
dar con la llamada «Solución Final», con el exterminio. Como la vida da muchas
vueltas, acabó siendo el exterminador exterminado.
Israel
estuvo durante cuarenta y cinco años cantando el pío, pío que yo no he sido y
manteniendo que el secuestro lo llevaron a cabo caza-nazis ajenos al gobierno.
Pero, por fin, en el año 2005 reconoció que fueron, sus servicios secretos, el
Mossad, los que orquestaron toda la maniobra para localizar a Eichmann en
Argentina, sacarlo ilegalmente del país, trasladarlo a Tel' Aviv, juzgarlo y
ejecutarlo. ¿Por qué no se utilizó la vía diplomática para lograr la
extradición del criminal nazi? Porque ya se había intentado con el perturbado
de Joseph Menguele y la Argentina de Perón, gran admirador del fascismo, había
denegado la entrega. Así que, Israel sabía que o lo hacía por las bravas, o
nunca conseguiría ejecutar a un nazi con sus propias manos.
Eichmann
llevaba años viviendo de incógnito en Argentina, como muchos otros nazis,
gracias a los documentos falsos que la Asociación San Rafael, una organización
que operaba desde el Vaticano, proporcionaba a los criminales de guerra para
ponerse a salvo. Y en Argentina vivió Eichmann feliz y contento, con identidad
falsa, durante dieciséis años, hasta que el Mossad dio con él y aquel 21 de
mayo lo subió a un avión con destino a Israel.
El
gobierno argentino se agarró un cabreo impresionante y exigió a través de la
ONU las disculpas de Israel. Pero los judíos no estaban dispuestos a pedir
escusas por haber cazado a un asesino. Apenas un año después, Eichmann fue
juzgado durante un proceso de tremenda repercusión internacional, sentenciado a
la horca, incinerado y sus cenizas arrojadas al Mediterráneo. Fue la primera y
última vez que Israel aplicó la pena de muerte. Oficialmente, se entiende.
§.
Ejecución del matrimonio Rosenberg
A
las ocho de la tarde del 19 de junio de 1953 la silla eléctrica de la prisión
estadounidense de Sing-Sing dejó frito al ingeniero Julius Rosenberg. Quince
minutos después se sentó en el mismo lugar su mujer, Ethel. Murieron acusados
de haber facilitado a la Unión Soviética los secretos de la bomba atómica. Pero
hoy, desclasificados ya los documentos de aquel proceso y tras la confesión de
uno de los cómplices, Morton Sobell, se sabe que no hubo ni una sola prueba en
firme contra ellos. Cierto que Julius pasó a los soviéticos secretos militares,
pero no atómicos. Tan cierto como que Ethel no tuvo nada que ver. Pero esto es
peccata minuto, lo importante es que los estadounidenses, en plena caza de
brujas, respiraron tranquilos. Dos rojos menos.
El
matrimonio Rosenberg, una pareja judía que en su juventud militó en el Partido
de los Jóvenes Comunistas, cargó con la culpa de haber facilitado a los
soviéticos las claves para fabricar la bomba atómica, un monopolio de Estados
Unidos. A los yanquis les entró el pánico cuando vieron a la Unión Soviética
hacer pruebas nucleares y se dijeron, ya está, nos han robado la exclusiva.
El
cirrótico senador Joseph MacCarthy y sus secuaces se pusieron a buscar
culpables como locos, y los Rosenberg les cuadraron como sospechosos. La pareja
siempre negó la acusación, pero gobierno, FBI y jueces echaron mano de eso que
llaman «la duda razonable», que viene a ser algo así como no tengo pruebas
contra ti, pero como me tienes muy mosqueado te acuso por si acaso. Dio lo
mismo que hasta el último aliento Julius y Ethel Rosenberg reivindicaran su
inocencia. MacCarthy necesitaba culpables para escarmentar a los comunistas.
Quienes
han estudiado a fondo los documentos del proceso, desclasificados en 1987,
aseguran que aquel juicio rebosaba irregularidades, que sólo se basó en
indicios y en testimonios negociados con testigos que facilitaron acusaciones
falsas a cambio de librarse ellos mismos de la imputación. Pero a buenas horas,
mangas verdes. La caza de brujas llegó a la cima de la insensatez con la
ejecución de los Rosenberg aquel 19 de junio, y MacCarthy se fue a la cama
feliz por el deber cumplido. Si le hubieran sentado a él en la silla eléctrica
no hubieran podido apagar las llamas en meses. Sustituyó su sangre por whisky
con tal de no tener glóbulos… rojos.
§.
Fusilado el cura Hidalgo
La
independencia de México comenzó en un púlpito de la ciudad de Dolores. A él se
subió un cura de nombre Miguel Hidalgo y, aprovechando que la iglesia estaba
hasta los topes en la misa del domingo, arengó a indios y campesinos para que
se levantaran contra la tiranía española. Fue el famoso «Grito de Dolores», con
el que el cura Hidalgo armó la marimorena e inició el camino de la
independencia. El 1 de agosto de 1811 el cura Hidalgo pagó caros sus gritos y
fue fusilado por los españoles. No hay nada que echarles en cara a los
mexicanos… al fin y al cabo, a los curas los llevamos nosotros.
Había
pasado casi un año desde que el cura Hidalgo, desde su iglesia de la ciudad de
Dolores, terminara su sermón al grito de « ¡Viva la Virgen de Guadalupe! ¡Abajo
el mal gobierno! ¡Viva Fernando VII!». Este último viva al rey no se supo a qué
venía, puesto que se estaba promoviendo el levantamiento contra los españoles y
Fernando VII era el rey de España. Quizás el cura se hizo un lío en el fragor
del discurso, pero el caso es que aquel momento marcó de manera formal el
comienzo de la lucha por la independencia de Nueva España. Por aquel entonces,
México no se llamaba México sino Nueva España.
El
cura Hidalgo finalmente fue capturado, y como era eso, cura, la parafernalia de
su ejecución aquel 1 de agosto fue un poco más teatrera de lo habitual. Hubo
que rasparle las manos y las yemas de los dedos con un cuchillo para quitarle
la potestad de consagrar y bendecir; se le despojó del hábito y se le arreó un
trasquilón en el pelo para descuajaringarle la tonsura. Y, ahora sí, como ya no
era cura se le podía fusilar. Lo fusilaron sentado, no se fuera a hacer daño al
caer.
Lo
único que consiguieron los españoles con aquella ejecución fue convertir a
Miguel Hidalgo en un héroe y a su famoso «Grito de Dolores» en el emblema de la
nueva nación. Por eso ahora México tiene un parque nacional, un Estado,
infinidad de ciudades y numerosos municipios que se llaman Hidalgo. Pues eso,
que Hidalgo fue, además de cura, el padre de la patria.
§.
Pat Garret mata a Billy el Niño
Pasados
sólo unos minutos de la medianoche del 14 de julio de 1881 se largó de este
cochino mundo William McCarthey para entrar en la leyenda como el mítico Billy
el Niño, el imbatible forajido de veintidós años y con veintiuna muescas en la
culata de su revólver. Aquella noche de hace casi ciento treinta años, el
sheriff Pat Garrett se cargó a Billy el Niño, consiguió los 5.000 dólares de la
recompensa y se pasó el resto de su vida vacilando de haber matado al bandido
más famoso de Nuevo México.
Billy
el Niño tenía muy cabreado a Pat Garrett, porque hacía menos de tres meses que
el sheriff había logrado encarcelarlo, pero el forajido se le escapó de la
cárcel con el viejo truco de ir al servicio. Como tenía unas muñecas muy finas,
se zafó de las esposas, desarmó a los dos ayudantes de Garret y le pegó un tiro
a cada uno. Sin embargo, el gran error de Billy el Niño tras su huida fue
quedarse en Nuevo México. Al parecer andaba en tratos con una hispana muy mona
y no se quiso ir. Se empleó en un rancho donde relajó sus costumbres porque se
sentía protegido y rodeado de amigos.
Billy,
que nunca salía sin su Colt 41 al cinto y su Winchester al hombro, aquella
medianoche abandonó su habitación descalzo y desarmado para buscar algo de
comer. Cuando regresaba vio unas sombras que entraban en su cuarto y, ya
dentro, con el perfecto español que manejaba preguntó: « ¿Quién es?, ¿quién
anda ahí?». La respuesta fue un certero disparo al corazón.
Aquí
comenzó la leyenda de Billy el Niño, capturado gracias a la traición de un
amigo que le chivó a Pat Garret el paradero del pistolero más buscado de Nuevo
México. Es el bandido más biografiado y peliculero de la historia, cuyo mérito
fue sobrevivir veintidós años en el duro oeste jugando al póquer, robando
ganado y disparando antes de que le dispararan a él. Todo lo demás que rodea a
Billy el Niño navega entre la realidad y la ficción más romántica. Ya lo dijo
alguien, «los americanos adoran a los héroes y siempre los eligen entre los
fuera de la ley».
§.
Ejecución de Mata Hari
Cuentan
que lanzó un beso al pelotón de fusilamiento antes de caer bajo las balas. Y
dicen también que los doce soldados franceses que la dispararon tuvieron que
ser vendados para no sucumbir a los encantos de la condenada. Pero esto es del
todo falso, porque la agente H-21, vestida de negro del cuello a los tobillos,
sin velos, sin perlas y sin joyas, perdía bastante. Al amanecer del 15 de
octubre de 1917, Mata Hari fue fusilada.
Mata
Hari significa en malayo «Ojo del Amanecer», un nombre que se inventó porque el
verdadero, Margarita Gertrudis, no servía para ser bailarina exótica. Como
agente secreto era H-21 porque la espía Margarita tampoco servía. ¿Y cómo se
metió en aquel lío Margarita Gertrudis? Pues empujada por sus delirios de
grandeza, por sus ganas de codearse con los galones y por sus pocas luces al
creer que aquello de tontear con el espionaje durante la Primera Guerra Mundial
era moco de pavo. Porque espiar, lo que se dice espiar, espió poco, y como,
lejos de moverla el patriotismo, Mata Hari se movía sólo por dinero, además de
cotillear para los alemanes, comenzó a hacerlo también para los franceses. Se
convirtió en agente doble, bastante manía, pero en agente doble al fin y al
cabo.
Los
franceses la habían pillado ocho meses antes gracias a que supuestamente
interceptaron un mensaje cifrado que la implicaba. Pero a estas alturas parece
estar claro que ni una sola de las operaciones de Mata Hari hizo pupa a uno u
otro bando, ni las informaciones que facilitó provocaron un estropicio en el
desarrollo de la Primera Guerra Mundial.
El
proceso que terminó con su condena a muerte fue más que irregular, y las
pruebas condenatorias hubieran dado como mucho para un par de azotes. Pero
Francia necesitaba un chivo expiatorio y aquella mujer de moral disipada sirvió
para el caso. Y no, no es cierto que el pelotón de fusilamiento disparara con
los ojos vendados para evitar sucumbir a sus encantos. Pero sí debieron de
cerrar los ojos, porque de doce disparos sólo impactaron cuatro. Uno de ellos,
el que le atravesó el corazón, convirtió a Mata Hari en mito.
Capítulo
8
Descubriendo,
investigando…
Contenido:
§.
El Mici sepe
§.
La penicilina, asesina de estafilococos
§.
Núñez de Balboa se queda el mar del Sur
§. …
y Rodrigo de Triana gritó: «¡Tierra!»
§.
Roland Garros, sin red
§.
Paul Ehrlich: a la 606 va la vencida
§.
Los riesgos del sombrero de copa
§.
Isaac Peral, el sumergible hundido
§.
Lo que inició Magallanes lo terminó Elcano
§.
Scott llega al Polo Sur
§.
Las minas de Potosí
§.
Plutón, un planeta birlado
§.
Leonardo y su «ornitóptero»
§.
El buen ojo de los Lumière
§.
Yuri Gagarin
§.
Océano… ¿Pacífico?
§.
La travesía del Mayflower
§.
Colón, vuelta a las andadas
§.
Hernán Cortés versus Moctezuma
§.
Sir Francis Drake
§.
Muere Juan de la Cosa
§.
Colón regresa a Palos
§.
Descubierta la isla de Pascua
§.
El Mici sepe
René
Robert Cavelier de La Salle es de los pocos exploradores franceses que han
descubierto algo. Hombre, hubo varios, pero en comparación con ingleses,
portugueses y españoles, lo que se dice descubrir, descubrieron poco, aunque el
9 de abril de 1682 se produjo uno de esos grandes hallazgos. Monsieur de La
Salle navegó el río hasta el golfo de México y tomó posesión de la
desembocadura del Misisipi, un delta tan formidable, que al quedarse con él se
quedó con todo un Estado.
El
río Misisipi, además de tener muchas eses y muchas pes, tiene mucho caudal, una
exageración de caudal. Pero esto ya lo sabían los indios, porque el nombre
viene de antiguo. Mici sepe significa «gran río» en lengua indígena, pero los
blancos cambiaron el mici sepe por Misisipi.
El
francés desembocó con el río tras navegado desde el sur del lago Michigan y se
quedó pasmado cuando vio el tamaño de aquel delta. Si sería grande, que La
Salle tomó posesión del territorio en nombre del rey Luis XIV y aquella vasta
extensión pasó a ser el Estado de Luisiana. Ahora bien, René Robert Cavelier de
La Salle ni fue el primer rostro pálido en navegar aguas del Misisipi ni
tampoco el primero en ver la desembocadura.
El
primer europeo que vio el río y lo cruzó fue un extremeño, Hernando de Soto, y
ocurrió más de cien años antes de que apareciera el francés. Lo que pasa es que
el español no hizo mucho caso del Misisipi porque a él sólo le interesaba
llegar al otro lado para buscar otros territorios.
Pero
incluso antes que el extremeño, otra expedición española, la de Pánfilo Narváez
y Alvar Núñez Cabeza de Vaca, se dio de bruces con la desembocadura. Pasaban
con sus barcos por aguas del golfo de México, cuando la violencia del agua del
río y las corrientes que provocaba su caudal les enviaron a hacer gárgaras mar
adentro. Parece mentira que un río que mide en su nacimiento menos de cuatro
metros de ancho y cubre hasta las rodillas se anime tanto en su recorrido hasta
alcanzar una anchura de kilómetro y medio. Vamos, que un miope no ve la otra
orilla desde la contraria.
§.
La penicilina, asesina de estafilococos
El
hallazgo más extraordinario del siglo XX, aún sin parangón en lo poco que
llevamos del XXI, es la penicilina, la primera sustancia que demostró ser capaz
de mantener a raya a las bacterias dentro del organismo humano. A mediados de
agosto de 1928 el profesor de bacteriología británico Alexander Fleming, harto
de ver la cara sólo de los microbios que criaba en su laboratorio, decidió
tomarse unas vacaciones. Y era 22 de septiembre cuando el profesor Fleming
regresó a sus probetas y sus pipetas y descubrió que era un genio. Por
casualidad, pero un genio.
Fleming,
prototipo del investigador desordenado, por no decir cochino, antes de irse de
vacaciones olvidó sobre una de las mesas del laboratorio una placa de cultivo
con bacterias, concretamente estafilococos. A su regreso comprobó que en aquel
cultivo bacteriano se había instalado un hongo. Un «hongo okupa» al que nadie
había invitado. Igual que cuando te olvidas en un rincón de la nevera un bote
de tomate frito y cuando meses después te apetecen un par de huevos con tomate
descubres que dentro del bote hay una decorativa capa de moho verde y blanco.
Eso sucedió en el laboratorio de Fleming. Y menos mal que se fijó en el hongo,
porque estuvo a punto de tirarlo.
Pero
se fijó, sobre todo, en que sus estafilococos, aquellos que se olvidó cuando se
fue de vacaciones, y justo los que estaban en contacto con aquel hongo, estaban
aniquilados. Al asesino le puso por nombre penicilina.
Como
la envidia es muy mala, a Fleming le dieron en principio un par de palmaditas
en la espalda y le dijeron que, bueno, para curar un par de infecciones
sencillitas la penicilina estaría bien. Años después, las palmaditas en la
espalda se las dio el rey de Suecia cuando le entregó el Nobel de Fisiología y
Medicina. La penicilina había salvado miles de vidas en la Segunda Guerra
Mundial, y aún hoy las sigue salvando. Tanto, que hasta los toreros agradecidos
le dedicaron un monumento en Madrid, porque morían más de infecciones que de
cornadas. No hay japonés que pase por la plaza de Las Ventas que no se pregunte
qué pinta un torero de bronce haciendo un brindis al busto del doctor Fleming.
§.
Núñez de Balboa se queda el mar del Sur
El
capítulo más importante de la conquista de América, después, evidentemente, de
la propia conquista, fue la toma de posesión de lo que había al otro lado. Pues
bien, eso sucedió el 29 de septiembre de 1513, fecha en la que Vasco Núñez de
Balboa tomó posesión del mar del Sur, al que luego Fernando de Magallanes
cambió el nombre por el de océano Pacífico, una historieta que encontrarán unas
páginas más adelante. Alguna fuente señala que todo esto sucedió el 25 de
septiembre, pero no. El día 25 Núñez de Balboa vio el mar, pero no se lo pudo
quedar oficialmente hasta el día 29. ¿Y cómo se toma posesión de un océano?
Pues fácil. Es conveniente saberlo por si se presenta la oportunidad.
Se
mete uno en las aguas hasta las rodillas, con la espada en la mano derecha y un
estandarte con la Virgen en la izquierda. Se levantan los brazos y dice uno
algo así como «me quedo con esto en nombre de mis soberanos los reyes de
Castilla y Aragón y bla, bla, bla». Al menos así lo hizo Núñez de Balboa y ha
quedado para la historia.
Núñez
de Balboa llevaba meses empeñado en comprobar si era cierto lo que le contaban
los indígenas. Que muy cerca del Atlántico, hacia el oeste y atravesando unas
montañas había otro inmenso mar. Ahora sabemos que Balboa estaba en el istmo de
Panamá, esa franja larga y estrecha de tierra sujeta a Norteamérica y de la que
pende América del Sur. Y no es en sentido figurado, porque Estados Unidos no
dejó el control del famoso Canal en manos de Panamá hasta el 31 de diciembre de
1999.
El
Canal, el principal recurso del país, no para de dar dinero y satisfacciones y
ya está en marcha la ampliación de este emporio acuático, una obra que va a ser
de órdago a la grande.
El
Canal no pierde actualidad y Balboa, tampoco, porque cada vez que un ciudadano
abre el monedero saca eso, unos cuantos balboas.
§. …
y Rodrigo de Triana gritó: « ¡Tierra!»
El
12 de octubre de 1492 un tipo subido en lo alto de un mástil gritó: «
¡Tierra!», y el mundo se puso del revés. Se llamaba Juan Rodríguez Bermejo, era
sevillano y pasó a la historia como Rodrigo de Triana. El marinero iba a bordo
de La Pinta, por delante de la carabela en la que estaba don Cristóbal, cuando
vio la isla de Guanahaní.
Está
muy bien eso de que el 12 de octubre Colón descubrió América. Pues, no. Colón
la descubriría, pero fue Rodrigo el que la vio. Con este asunto hubo sus más y
sus menos, porque el descubridor había prometido 10.000 maravedíes al primero
que divisara tierra, y cuando Rodrigo de Triana le reclamó la recompensa Colón
dijo que nanay. Que él la había visto primero. Pero, por el amor de Dios… si
Colón iba en la carabela de atrás. El marinero Rodrigo acabó tan enfadado que
se largó al norte de África y allí terminó sus días convertido al islamismo.
Está
claro que Colón era un tacaño importante y que se embolsó los 10.000
maravedíes. Menos mal que fray Bartolomé de las Casas hizo una crónica de
alcance y puso las cosas en su sitio. El fraile dejó escrito que fue Rodrigo el
primero en ver y gritar « ¡tierra!», y que Colón, mientras el marinero se
desgañitaba en lo alto de la torre, preguntaba a otro oficial: « ¿Tú ves algo?
Porque yo no veo nada…». Y el oficial le respondía: «Pues yo tampoco veo nada».
Y Rodrigo seguía en su puesto de vigía dando brincos y gritando « ¡tierra!»
como un poseso.
Con
la llegada de Colón, en América se acabó el sosiego y el correr en taparrabos
por la selva. La cruz se impuso a sangre y fuego; el oro, la plata y los
tomates comenzaron a salir a manos llenas con destino a España, y hasta hoy.
§.
Roland Garros, sin red
Roland
Garros antes de ser un torneo de tenis era un señor, lo que pasa es que ha
perdido su verdadera identidad en beneficio del Gran Slam. Roland Garros no se
hizo famoso con una raqueta, porque, como mucho, jugaba los domingos en una
pista alquilada de once a doce. Garros era piloto de aviación, y en el aire es
donde a él le gustaba competir. El 18 de diciembre de 1912 el señor Garros
batió la plusmarca mundial de altura al alcanzar los 5.600 metros en un
aeroplano. Ahora parece una tontería, pero entonces se podía haber matado,
porque los aviones eran unas tartanas.
El
que bautizaran con su nombre al estadio de París y al trofeo más importante de
tenis en tierra batida no tuvo otra razón que el considerarlo un héroe
nacional. Es como los Premios Goya. Se llaman así pese a que Goya jamás dirigió
una película.
Roland
Garros fue un pionero de la aviación. Además del récord de altitud, que se
arrebató a sí mismo varias veces, también fue el primero en cruzar el
Mediterráneo. Pero ganó más cosas. Fue el ganador en una carrera de aviones
entre París y Roma, y también el primero de la historia de la aviación que
derribó a tiros a otro avión; por eso está considerado el primer piloto de
guerra del mundo. Y esto fue clave en el desarrollo de la Primera Guerra
Mundial.
Roland
Garros se convirtió en héroe durante la Primera Gran Guerra gracias a que
desarrolló con un ingeniero un artilugio que permitía disparar frontalmente a
un avión enemigo. Antes no quedaba más remedio que hacerlo de costado, porque
si disparabas al frente te cargabas tu propia hélice y te derribabas a ti
mismo. Garros y su ingeniero se inventaron un blindaje de las hélices para que
las balas rebotaran, mientras que las que pasaban entre aspa y aspa podían
hacer blanco.
Después
de cuatro derribos, los alemanes capturaron el avión de Roland Garros y le
copiaron el invento. No sólo lo copiaron, sino que lo mejoraron con un
sincronizador que sólo permitía el disparo cuando las balas pudieran pasar
entre las aspas. Garros continuó con sus hazañas aéreas hasta que, tanto fue el
cántaro a la fuente, que acabó derribado y muerto sin haber ganado un solo
trofeo de tenis en toda su vida de aviador.
§.
Paul Ehrlich: a la 606 va la vencida
Muchos
investigadores se empeñan en poner nombres muy rebuscados a los medicamentos
que descubren para que los demás no sepamos pronunciarlos. Por eso hay que
estarle doblemente agradecido al alemán Paul Ehrlich, porque el 30 de julio de
1910, además de descubrir el primer fármaco eficaz contra la sífilis, tuvo el
buen juicio de bautizarlo con un nombre tan sencillo como 606. Ehrlich era un
tipo listísimo, meticuloso y muy paciente, pero poniendo nombre a sus
descubrimientos era más simple que el asa de un cubo.
Ehrlich
llamó 606 a su medicamento contra la sífilis por una cuestión muy sencilla.
Porque fue en el experimento 606 cuando llegó a donde quería. Había realizado
previamente 605 ensayos con compuestos a base de arsénico que durante años
estuvo inyectando en roedores para ver si les curaba de la sífilis que
previamente les había contagiado. Fue una faena para los ratones, porque
contrajeron la enfermedad sin haber conocido ratita que les transmitiera el mal
como Dios manda. Ni se sabe los miles de roedores que se cargó Ehrlich en su
laboratorio hasta que su fármaco 606 empezó a curarles.
Pero
el 606 también se llamó de otra manera, Salvarsán, que no es otra cosa que
«arsénico salvador», el primer medicamento con el que se inició la
farmacoterapia moderna. Por eso a su descubridor, a Paul Ehrlich, se le
considera el padre de la quimioterapia, de la terapia química.
Aquel
primer fármaco capaz de curar la sífilis fue una revolución en todo el mundo,
porque la enfermedad llevaba 418 años matando a diestro y siniestro. ¿Y quién
fue la primera víctima mortal y oficial? Pues un viejo conocido nuestro. Cuando
en 1493 La Pinta llegó al puerto de Bayona, en Pontevedra, además de maíz,
cacahuetes y papagayos, trajo otra cosa igualmente desconocida y exótica: la
sífilis. La traía puesta Martín Alonso Pinzón, que acabó siendo el primero que
se murió sifilítico perdido por andar haciendo de las suyas con las americanas.
Nosotros les llevamos la viruela y ellos nos devolvieron el favor.
§.
Los riesgos del sombrero de copa
Cuánto
riesgo para la integridad física acarrea ser diseñador de moda. Alguno del
siglo XVIII vio peligrar su vida por crear más allá de lo socialmente aceptado.
El 15 de enero de 1797 un inglés de nombre John Etherington salió a pasear por
las calles de Londres con un nuevo diseño en la cabeza: el sombrero de copa. Su
paseo vespertino acabó en comisaría y él detenido por extravagante. Algún
diseñador contemporáneo que se empeña en que todas tengamos la talla 36 debería
correr igual suerte.
John
Etherington salió de su mercería aquel 15 de enero muy confiado en que su nuevo
diseño de sombrero atraería las miradas de los caballeros londinenses, todos
tocados con el típico bombín de fieltro duro y ala corta que quince años antes
había puesto de moda el XII conde de Derby para acudir a las carreras de
caballos. Etherington, efectivamente, concitó la atención con su sombrero de
copa, y tanta gente comenzó a seguirle, tanto tumulto provocó, que la
muchedumbre o el propio Etherington, nunca quedó claro, rompió un escaparate.
Llegaron los polis, buscaron al causante del desastre callejero, todos
señalaron al del sombrero raro y el pobre mercero acabó detenido.
Se
le impuso una multa de 500 libras por alteración del orden público. La multa
fue excesiva, pero no importó. La repercusión de la noticia provocó que, un mes
después, Etherington no diera abasto para atender la descomunal demanda de
sombreros de copa. Ya se sabe que los ingleses se ponen cualquier cosa en la
cabeza. Fue el diario The Times el que recogió el revuelo diciendo que un
comerciante de reputación intachable había osado salir a la calle con un
sombrero «de ala estrecha y alto como una chimenea».
Dado
el éxito del nuevo tocado, los franceses, por supuesto, dijeron que ese inglés
no había inventado nada. Que un año antes, un comerciante textil había creado
algo muy parecido a lo que Etherington se puso en la cabeza. Nadie prestó
atención a la protesta, porque los franceses no soportan ir por detrás en algo
que tenga que ver con la moda.
§.
Isaac Peral, el sumergible hundido
Nadie
es profeta en su tierra. El cartagenero Isaac Peral, tampoco, y si lo fue, sólo
durante diez minutos. El 9 de septiembre de 1885 presentó oficialmente al
gobierno español su proyecto de torpedero sumergible. Pasmados se quedaron.
Aquello era tecnología punta, un arma de destrucción masiva de las de entonces,
la oportunidad de dejar boquiabierto al mundo porque era el primer submarino
efectivo con motor eléctrico. Pero fue un espejismo. La mojigatería de algunos
políticos, las presiones internacionales interesadas y la envidia de sus
colegas marinos acabaron por hundir el sumergible de Isaac Peral. ¿Un
submarino? Valiente paparruchada.
La
escuadra naval española estaba para el arrastre, con barcos que no se renovaban
desde ni se sabe y con la tecnología obsoleta. Para colmo, en aquel 1885 España
andaba a la greña con Alemania por la posesión de las Carolinas, unas islas
perdidas en mitad del Pacífico, que al final se quedaron los alemanes. Como
nuestra armada se componía sólo de un puñado de cafeteras desgastadas con casco
de madera, en caso de que Alemania intentara atacar nuestras costas nos iban a
dar la del pulpo. Por eso Isaac Peral caviló un artefacto que pudiera
sorprender a los alemanes en caso de ataque. Un arma que les diera por donde
menos lo esperasen.
Y al
principio todo fue muy bien. Peral fue celebrado, aclamado, comparado con Colón
y apoyado política y económicamente para que construyera su sumergible. El
ingeniero naval superó cien pruebas y mil desconfianzas; sorteó zancadillas y
demostró que la armada española podría recuperar su esplendor. Hasta que
entraron en juego mentes estrechas como la del conservador Cánovas del
Castillo. ¿Saben lo que dijo de Isaac Peral?: «¡Vaya! un quijote que ha perdido
el seso leyendo la novela de Julio Verne».
Ahí
se acabó el sueño, y aunque el sumergible de Peral consiguió una velocidad que
no alcanzaron ni de lejos los submarinos construidos muchos años después y una
efectividad como arma sorprendente, al submarino lo hundieron. Y Peral, harto,
envió a todo el mundo al mismo sitio a donde enviaron su proyecto, a hacer
gárgaras.
§.
Lo que inició Magallanes lo terminó Elcano
A
Magallanes le pasó lo mismo que a Colón, que salió para hacer una cosa y
terminó haciendo otra. Colón descubrió un continente y se murió sin saberlo, y
Magallanes comenzó lo que sería la primera circunvalación al globo y también se
murió sin enterarse porque se lo comieron en el camino. El 20 de septiembre de
1519 cinco barcos partieron de Sanlúcar de Barrameda con la misión de abrir una
ruta marítima hacia las islas de las Especias. Volvió sólo uno y, de milagro.
Hasta
entonces las especias llegaban a Europa por vía terrestre, y aquello era una
paliza. Pero era la única forma de echar a los guisos clavo, canela, pimienta y
nuez moscada. Cuando Magallanes consiguió que la corona española apoyara su
aventura, Portugal, que previamente le había negado la financiación, inició una
carrera desenfrenada contra España. Los portugueses estaban picados. Siempre
les ganábamos por la mano, así que cuando se enteraron de que Fernando de
Magallanes tenía intención de abrir una ruta hacia las Molucas, en Indonesia,
pero atravesando el Atlántico y pasando por debajo de América, los lusos
salieron en su busca para fastidiarle los planes.
Más
de un año estuvieron jugando al ratón y el gato por el mar, pero los
portugueses no dieron caza a Magallanes. A Magallanes se lo acabaron merendando
unos indígenas durante una escala técnica y, por eso, Juan Sebastián Elcano
asumió el mando de la flota, que ya no era flota ni era nada, porque fueron
perdiendo barcos por el camino.
Lo
que sí tenía claro Elcano es que no volvería por donde habían venido, que no
atravesaría otra vez ni loco el maldito estrecho de Magallanes. Y, además, esa
ruta no era tan corta como creían cuando zarparon. Así que Juan Sebastián
volvió a casa siguiendo ruta hacia el oeste y, cuando se quiso dar cuenta,
había sido el primer hombre en dar la vuelta al mundo. El objetivo de la misión
se cumplió, pero a qué precio. Habían partido cinco barcos y doscientos
cincuenta hombres. Regresó una nave, la Victoria, y quince marineros
harapientos y mareados. Eso sí, las bodegas venían hasta arriba de canela y
clavo.
§.
Scott llega al Polo Sur
Qué
chasco. Robert Falcon Scott, aquel expedicionario que intentó ser el primero en
llegar al Polo Sur, cuando finalmente lo hizo, el 18 de enero de 1912, se
encontró clavada y tiesa por congelación la banderita noruega que un mes antes
había puesto Roald Amundsen. El trágico diario de Scott, la muerte de los otros
cuatro aventureros, Evans, Wilson, Bowers y Oates, y ese magnífico orgullo
inglés que eleva a héroes hasta a los perdedores acabaron dejando a Amundsen en
segundo plano. El único héroe de la Antártida fue Robert Scott.
Amundsen
y Scott estaban picados. Eran como Hamilton y Fernando Alonso pero en el Polo,
que tiene más mérito porque hace más frío. Ya cuando las dos expediciones iban
de camino hacia la Antártida el noruego le hizo llegar un mensaje al inglés
diciéndole que abandonara a tiempo, porque él no aceptaba competidores. Scott
se vino arriba con lo que entendió como una bravuconada, y descartó que
Amundsen —craso error— estuviera mucho mejor preparado para alcanzar el Polo
Sur. Entre otras cosas porque el noruego llevaba explorando tierras y aguas
gélidas desde los quince años y la estrategia que puso en marcha para ganar el
objetivo estuvo calculada al milímetro.
Aquella
chulería noruega no fue la última que le llegó a Scott. Cuando aquel 18 de
enero a los cinco ingleses se les congelaban las lágrimas al ver la bandera
noruega clavada en los 90 grados de latitud sur, vieron allí al lado una
pequeña tienda que había construido Amundsen. Dentro había algunos alimentos y
una carta para el inglés. Decía: «Mi querido capitán Scott, probablemente será
usted el primero que alcance el Polo después de nosotros. Le ruego acepte mis
sinceros deseos de un feliz retorno».
Pero
el regreso fue de todo menos feliz. Cayeron uno a uno en unas condiciones de
frío extremo, Oates incluso sacrificándose para que se salvaran los demás.
Ahora bien, la historia está para revisarse y, al margen de enternecedoras
heroicidades, quede dicho que Scott fue mal equipado, se organizó mal, no
conocía el terreno y calculó mal la carga. Amundsen ganó porque lo hizo mejor.
§.
Las minas de Potosí
«En
el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y a nombre del muy augusto
emperador de Alemania, España y los reinos del Perú, señor don Carlos, tomamos
posesión de esta montaña». Sucedió el 1 de abril de 1545. Cinco capitanes del
ejército español se apropiaban bajo fórmula tan divina del cerro Potosí, un
monte cuajado de plata en sus entrañas que haría un poco más rico al imperio
español y mucho más esclavos a los indios del virreinato de Perú.
El
cerro Potosí está ahora en Bolivia, pero cuando se descubrió, aunque no se ha
movido del sitio, estaba en territorio peruano, según la división que hicieron
los conquistadores. Está aceptado que fue un pastor indio, Diego Huallpa, el
que encontró la primera veta de plata del cerro Potosí, pero no está tan claro
que, como dice el mito, fuera por casualidad, porque los incas ya conocían las
minas de plata antes de que llegara el hombre blanco. Es más, no fue el indio
Diego quien les dijo a los españoles lo que había encontrado, sino otro indio
chivato amigo del indio Diego.
Sea
como fuere, el monte Potosí se destapó como un yacimiento excepcional y por eso
creció en sus faldas la ciudad más próspera, desordenada y comercial de
América. Pasó de ser poblacho a villa imperial y luego a metrópoli; tan grande
en habitantes en el siglo XVII como las grandes ciudades europeas de la época.
Pero
más divertido que el crecimiento comercial de Potosí es el origen del nombre.
Se remonta a la época prehispánica del emperador inca Huayna Cápac. Le gustó a
él aquel cerro y lo bautizó como «el monte más hermoso» por su color rojizo. Y
fue precisamente el color el que le hizo sospechar al inca que allí habría
piedras preciosas, por eso envió a sus súbditos a extraerlas. Cuando empezaron
a picar, surgió un trueno de las profundidades del cerro que dijo: «Esta plata
no es para vosotros, es para quienes vendrán del más allá». Los indios se
acongojaron, dejaron el monte en paz y lo llamaron Potocsi, que significa
«estruendo, explosión».
Como
leyenda está muy bien, pero eso de que los dueños iban a venir del más allá
suena a invento español puesto en bocas indígenas.
§.Plutón,
un planeta birlado
Qué
tendrá el 13 de marzo para el mundillo científico, porque a muchos astrónomos
parece gustarles descubrir algo ese día. Algunos incluso decidieron nacer o
morir un 13 de marzo. En 1781, William Herschel descubrió Urano, el séptimo
planeta del Sistema Solar. En 1930, Clyde Tombaugh y Percival Lowell anunciaron
el 13 de marzo el descubrimiento de Plutón, noveno planeta; pero es que uno de
sus descubridores, Lowell, nació este mismo día de 1855. El 13 de marzo de
1933, sin embargo, subió al cielo el astrónomo inglés Robert Thorburn,
descubridor de la estrella más cercana a la Tierra después del Sol, Próxima
Centauri. Salvo la mala noticia del que se murió, el 13 de marzo es un buen día
para la Astronomía.
De
los dos planetas descubiertos el citado día, Urano y Plutón, el que peor suerte
ha corrido es Plutón, aunque no es de extrañar porque recibió el mismo nombre
que el dios de los infiernos en la mitología romana. Plutón, en dos palabras,
nació muerto. Sólo ha ocupado un lugar privilegiado como uno de los grandes
nueve planetas durante sesenta y siete años, hasta que la Unión Internacional
de Astronomía decidió en Praga en agosto del año 2006 degradarlo a planeta
enano.
Se
levantó una buena polvareda no entre los científicos, sino entre la plebe
terrestre, porque nos quitaron de un plumazo un planeta que habíamos tenido que
recitar en la escuela y al que le habíamos tomado cariño, Plutón murió, pero
murió con dignidad, porque fue la estrella de todos los periódicos.
Los
astrónomos, ante la irreparable pérdida de Plutón, nos han consolado con otro
dato: el número de planetas que giran alrededor del Sol y descubiertos hasta el
1 de enero de 2007 asciende a 362.447, y entre toda esta morralla está Plutón.
Como la técnica afina tanto, hemos pasado de tener localizados 5.000 planetas
en 1991, a los trescientos y pico mil de ahora. Lo raro no es que, como
pronostican los cerebritos del espacio, en 2036 se nos caiga un asteroide
encima, lo extraño es que en el Sistema Solar no haya un atasco impresionante
de nivel amarillo y circulación lenta con paradas intermitentes.
§.
Leonardo y su «ornitóptero»
La
primera vez que alguien escribió sobre aviación civil fue el 14 de marzo de
1505. Hace cinco siglos que Leonardo da Vinci dejó escrito en su diario que el
hombre un día llegaría a volar, y se le ocurrió mientras observaba el vuelo de
un buitre cuando iba de camino desde Florencia a Fiesole —Leonardo, no el
buitre—. Escribió que «las aves de grandes alas y ala corta despegan del suelo
con ayuda del viento», y a partir de ese momento no abandonó la idea de diseñar
algo que permitiera volar al hombre mezclando la mecánica y eso mismo, la
fuerza del viento. El primero que voló se la pegó.
Leonardo
construyó un artilugio con alas de tela parecidas a las de un murciélago,
cortas y anchas. Sólo había que agitar los brazos para mover un sistema de
poleas y tensores que trasladarían ese movimiento a las alas. Da Vino lo llamó
«ornitóptero» y cuando estuvo terminado él y sus asistentes trasladaron el
artefacto a un monte en un día soleado de ligera brisa. Leonardo era un genio,
pero no era tonto, así que no tripuló el su aparatejo. Subió a uno de sus
asistentes, a Antonio, y Antonio voló un rato y luego cayó en picado y se
rompió una pierna. Pero, bueno, ésos eran los riesgos de ser asistente de
Leonardo da Vinci, que todo lo que inventaba el maestro había que probarlo.
Leonardo
inventó de todo y, aunque la mayoría de sus ingenios no funcionaron, al menos
sentó las bases para que sí lo hicieran siglos después. Construyó algo parecido
a un submarino, a un traje de buzo, unos flotadores para caminar sobre el agua,
un carruaje sin caballos que era claramente el antecesor del automóvil… diseñó
volantes, paracaídas… de todo, aunque lo cierto es que tuvo más fracasos que
éxitos.
Como
cuando se empeñó en desviar el curso del río Arno para unir Florencia con el
mar y acabó convirtiendo la ciudad en un enorme pantano. Llegó el verano, los
mosquitos proliferaron y Leonardo acabó provocando una epidemia de malaria. Un
desastre.
§.
El buen ojo de los Lumière
Los
hermanos Lumière, Louis y Auguste, inventaron el cinematógrafo, pero, como
suele ocurrir, no alcanzaron a ver las posibilidades de su descubrimiento.
Fueron, como su apellido indica, unos iluminados, pero al principio ni se
enteraron. El 22 de marzo de 1895 los hermanos Lumière presentaron a un grupo
de empresarios en la Sociedad de Fomento a la Industria Nacional, en París, una
peliculita de quince minutos titulada Salida de los obreros de una fábrica.
Sólo se veía eso, obreros saliendo de una fábrica, pero se les veía moverse, y
eso sí que fue lo nunca visto.
Después
de aquella proyección a los empresarios, un industrial francés se dirigió a
Auguste Lumière para ver cómo se podía explotar aquel invento comercialmente.
Auguste respondió al industrial lo siguiente: «Nuestro descubrimiento no está
en venta. Y puede usted estar contento, porque se arruinaría. Como curiosidad
científica vale, pero no tiene futuro comercial». Auguste Lumière se percató
años después de que aquélla había sido la mayor tontería que había dicho en su
vida.
El
invento del cinematógrafo consistía en la proyección de dieciséis imágenes por
segundo y, en realidad, era un paso más allá del invento que unos años antes
había presentado Thomas Alva Edison, aquel que lo inventó todo. El de Edison se
llamaba el kinetoscopio y era un artilugio que también mostraba imágenes en
movimiento, pero había que mirar a través de una ventanita.
Los
Lumière perfeccionaron el invento proyectando esas imágenes a una pantalla,
pero lo único que se les ocurría hacer eran documentales. Los obreros, la
llegada de un tren, la familia Lumière jugando a las cartas, un niño
almorzando… Menos mal que meses después de aquella proyección a empresarios
hubo otra pública en un café de París. A ella acudió Georges Meliès, y fue el
primero en entender las posibilidades de aquel invento. Mientras los Lumière se
fueron a recorrer mundo grabando documentales, George Meliès se dedicó a hacer
cine. El cinematógrafo… de los Lumière. El cine… de Meliès.
§.
Yuri Gagarin
El
12 de abril de 1961 John F. Kennedy se mordía los codos en la Casa Blanca. Los
soviéticos habían mandado el primer hombre al espacio mientras ellos sólo
habían podido enviar un par de monos cosmonautas. Yuri Gagarin despegó de
Kazajistán aquel 12 de abril, dio una vuelta completa a la órbita terrestre y 1
hora y 48 minutos después ya estaba de regreso. Nunca ha sido más cierto eso de
voy a dar una vuelta y enseguida vengo. Fue visto y no visto, porque conducía
como loco, a 27.400 kilómetros por hora. Tardó menos en darse un garbeo
alrededor de la Tierra que lo que tardaron en reaccionar en Washington. Había
comenzado la carrera espacial. Unión Soviética uno, Estados Unidos cero.
Un
año después los estadounidenses también mandaron a John Glenn a que se diera
una vueltecita. Igualados a uno. Pero el desempate llegó cuando los soviéticos
pusieron a la primera mujer en órbita. Dos a uno. Aunque el primer alunizaje se
lo llevaron los americanos. Empate a dos. Al final se dejaron de tonterías y
acabaron jugando juntos en la estación internacional MIR.
Pero
el hito espacial por excelencia fue el de Yuri Gagarin, que además tiene el
récord de ascensos en la carrera militar. Cuando despegó aquel 12 de abril era
segundo teniente y cuando aterrizó, hora y pico después, ya era mayor. Los
rusos no tenían muy claro que fuera a regresar vivo, así que lo ascendieron de
rango en pleno vuelo para al menos enterrarlo, si lo recuperaban, con todos los
honores.
Gagarin
se convirtió en el héroe nacional y en un ídolo internacional. A partir de ese
momento todos los niños del mundo quisieron ser astronautas. Yuri Gagarin
debería haber muerto de viejo y disfrutar de su fama, pero no pudo ser.
Pilotando un vulgar cazabombardero cayó desde el cielo y se hundió seis metros
bajo tierra. Sigue siendo un héroe y como tal está enterrado en las murallas
del Kremlin. Como cada 12 de abril, Rusia celebra fiesta nacional desde que
Yuri Gagarin se dio un garbeo por el espacio.
§.
Océano… ¿Pacífico?
El
28 de noviembre de 1520, el explorador Fernando de Magallanes, navegando en
calma por el mar del Sur después de haberlas pasado canutas en el Canal de
Todos los Santos, decidió enmendarle la plana a uno de colegas de conquista.
Vasco Núñez de Balboa, siete años antes, había bautizado las aguas por las que
ahora discurría Magallanes como mar del Sur. Pero el portugués pensó que el
nombre no le hacía honor, lo cambió por el de océano Pacífico, que de pacífico
tenía poco, pero a él se lo pareció. Magallanes aún no sabía que aquélla era la
mayor masa de agua que existe sobre la faz de la Tierra.
Magallanes
había sudado la gota gorda atravesando los 560 kilómetros de aquel maldito
estrecho que hay en la punta sur de América. Lo llamó el Canal de Todos los
Santos porque entró en él, precisamente, el primero de noviembre, aunque tuvo
tanto mérito que saliera vivo de allí que luego también le enmendaron la plana
a él y rebautizaron aquel canal como estrecho de Magallanes.
Cuando
por fin pudo abandonar aquel laberinto de islas y arrecifes, después de veinte
días asediado por corrientes que ya no sabía ni de dónde le venían, azotado por
tormentas encadenadas y cruzándose sólo con pingüinos, se encontró con unas
aguas calmadas y profundas que le parecieron gloria bendita. Tras ocho días
navegando en completa calma, Magallanes pensó que era una tontería llamar mar
del Sur a aquella inmensa cantidad de agua. Eso era un océano en toda regla,
tranquilo y sereno. Ocurre que el navegante tuvo la inmensa fortuna de que en
su camino hacia Asia le acompañara permanentemente el buen tiempo, y por eso el
nombre de ese océano no podía ser otro que Pacífico. Pero, claro, no siempre es
así, y en los siguientes siglos más de uno se ha acordado del padre de quien
bautizó al océano, porque los huracanes, los tifones y los seísmos están en la
orden del día. Pero, bueno, ya no es cuestión de cambiarle otra vez el nombre.
§.
La travesía del Mayflower
Menuda
aventura en la que se embarcaron el 6 de septiembre de 1620 un grupo de
disidentes religiosos ingleses camino de América. Eran peregrinos que no
comulgaban con el anglicanismo oficial inglés y se dijeron, pues, mira,
fletamos un barco y nos vamos a la otra punta del mundo, que allí sólo hay
indios y no nos meterán el dedo en el ojo. El famoso buque Mayflower partió
aquel día 6 de Plymouth con ciento dos colonos a bordo. Qué mareo de travesía.
Los
peregrinos del Mayflower se fueron a América en busca de riqueza y libertad,
para que nadie les dijera cómo pensar ni en qué creer, lo cual no quiere decir
que no fueran religiosos. Eran más que eso. Eran puritanos. Como al rey de
Inglaterra, Jacobo I, no le gustaban, y a ellos tampoco les gustaba Inglaterra,
llegaron a un acuerdo con la corona, el rey les dio permiso y se largaron con
viento fresco y mar en calma. Dos meses duró la travesía, porque se metió el
mal tiempo, hubo muchas avenas y el pasaje tuvo que encerrarse en las bodegas,
mareado perdido. Tenían muy claro que llegaban vivos o no llegaban, pero no
iban a dar la vuelta. Fue un milagro, en el periplo sólo murió una persona.
Tres
mujeres se embarcaron embarazadas y una de ellas parió en el camino. Al niño,
por supuesto, lo llamaron Océanus. Al final llegaron, pero no les interesaba
desembarcar en una colonia inglesa, porque estaría llena de anglicanos y
acabarían teniendo el mismo problema que en Inglaterra. Continuaron hasta un
lugar que John Smith, aquel que dijeron que fue el novio de Pocahontas, había
bautizado como Plymouth. Qué casualidad, partieron de Plymouth, Inglaterra, y
se instalaron en Plymouth, América.
Los
indios recibieron bien a los peregrinos del Mayflower, les enseñaron cómo
cultivar allí la tierra y todos hicieron buenas migas. Meses después recogieron
la primera cosecha, tan abundante, que montaron una juerga de tres días. Y esta
fiesta fue la que dio origen al famoso y machacón Día de Acción de Gracias, ese
que sale en todas las películas con la familia comiéndose un pavo.
§.
Colón, vuelta a las andadas
Había
una buena montada en Cádiz aquel 25 de septiembre de 1494. Un tipo de nombre
Colón iniciaba su segundo viaje hacia unas nuevas tierras conquistadas en
nombre de la corona de Castilla un par de años antes. Nadie sabía entonces que
aquello era un continente nunca explorado, porque Colón seguía empeñado en
llegar a Cipango, a Japón, por una ruta hacia el oeste y demostrar, así, que la
tierra se podía rodear en barco. De hecho, Colón se murió sin enterarse de que
entre Asia y Europa, en mitad del mar, estaba América.
Este
segundo viaje de Colón ya no tenía la modestia del anterior. Ahora viajaban
diecisiete naves, nada de tres miserables carabelas, y casi mil quinientos
hombres entre soldados, frailes, artesanos y campesinos. Se trataba de
afianzarse en los nuevos territorios, de comenzar la colonización, pero, sobre
todo, Colón estaba empeñado en llegar a Cipango, y anda que no quedaba lejos
Cipango; como unos 15.000 kilómetros más hacia Occidente. Pero, bueno, mientras
buscaba lo suyo, Colón iba desembarcando en islas caribeñas y tomando posesión:
La Deseada, Dominica, Guadalupe, Montserrat, Puerto Rico… Hasta que se dio de
bruces con el primer disgusto: el fuerte Navidad, aquel que se construyó en La
Española durante el primer viaje con los restos de la carabela Santa María,
estaba hecho añicos. Y lo peor, a los treinta y nueve hombres que dejó allí los
habían matado los indios.
Aquí
comenzaron las tiranteces con los indígenas y desde entonces nos tienen cierta
manía. Lógico, porque los nativos querían seguir a lo suyo y correteando en
taparrabos, y los conquistadores se empeñaron en quitarles el oro con una mano
mientras con la otra los cristianizaban. Sin olvidar los desmanes con la
población femenina, que ésta fue otra. Pero, bueno, aquel segundo viaje quedó
marcado en la historia porque fue en el que se fundó la primera ciudad española
en América, La Isabela, y en donde comenzó la mala fama de Cristóbal Colón,
porque, además de descubrir, ahora había que gobernar. Y eso era otra historia.
§.
Hernán Cortés versus Moctezuma
La
jornada del 8 de noviembre de 1519 a los españoles no nos dice gran cosa, pero
los mexicanos tienen la fecha clavada en el alma. Este día se vieron por
primera vez las caras Hernán Cortés y el señor de México, Moctezuma. El
encuentro fue en Tenochtitlán, una impresionante urbe construida sobre el agua,
justo donde ahora está la caótica ciudad de México Distrito Federal.
En
aquel encuentro entre Moctezuma y Hernán Cortés se juntaron el hambre y las
ganas de comer. El conquistador extremeño iba a por todas y el emperador mexica
tenía mejor talante con el español que espíritu guerrero, así que, a la primera
de cambio, Cortés hizo prisionero a Moctezuma, le quitó el penacho de plumas y
se quedó con México. Cierto es que Hernán Cortés fue un hábil invasor, porque
desde que desembarcó en la costa de Veracruz supo ver que los aztecas, con
Moctezuma al frente, tenían muy descontentos a otros pueblos.
En
su camino desde Veracruz a Tenochtitlán, Cortés fue estableciendo alianzas con
las poblaciones sometidas, y esto fue fundamental para vencer a Moctezuma.
Utilizó el viejo truco del divide y vencerás.
La
superstición también jugó un papel importante, porque el emperador mexica temía
que aquel tipo llegado del mar fuera en realidad el mismísimo dios
Quetzalcoátl, literalmente «serpiente emplumada», a veces representado en la
imaginería azteca con aspecto de hombre blanco, rubio y barbudo. O sea,
clavadito a Cortés. Los caballos, unos animales que en México no habían visto
nunca, y el despliegue de armas con pólvora que hicieron los españoles,
terminaron por convencer a Moctezuma de que aquélla era una delegación
sobrenatural retornando del pasado.
Cuando
Cortés por fin se encontró con el emperador aquel 8 de noviembre, la mitad del
camino para la conquista estaba andado. El boato con el que fueron recibidos
los españoles y las riquezas que desplegaron los aztecas para agasajarlos fue
el último buen rollito que tuvieron invasores e invadidos.
§.
Sir Francis Drake
Cuán
cierto es eso de que todo es según el color del cristal con que se mira, porque
no hay país que no tenga en la nómina de los héroes a personajes que no son más
que villanos para el resto del mundo. Francis Drake, por ejemplo. Una figura en
su país y un ladrón y asesino a sueldo para quienes sufrieron sus saqueos y sus
bandidajes. O sea, los españoles. El 9 de enero de 1595 se acabaron sus
fechorías. Murió de disentería y dio con sus huesos en el agua porque así lo
dictaba la ley del mar. Para Inglaterra murió un héroe; para España, un
bandido.
Sir
Francis Drake no era exactamente un pirata, ni un bucanero, ni un filibustero.
Era un corsario, una rama finolis de la piratería, porque actuaba con patente
de corso expedida por la reina y bajo el amparo de la corona de Inglaterra. No
tenía parche en el ojo, ni tenía un loro por mascota, ni iba zarrapastroso.
Vestía bien, llevaba la barba bien peinada y era limpio y aseado, pero tan
delincuente como los que llevaban la pata de palo. Drake, simplemente, era el
más pijo de los piratas.
Los
golpes más sonados de este corsario los dio en puertos españoles en el Caribe y
a barcos que transportaban de América a España lingotes de plata, monedas de
oro, joyas y piedras preciosas. Una vez consiguió abordar un buque español,
conocido como El Cagafuego por la cantidad de cañones que llevaba a bordo para
proteger las riquezas, y se calcula que birló un botín de 400.000 pesos de la
época, unos 18 millones de euros de ahora según los que saben calcular estas
cosas.
Cierto
es también que Francis Drake fue un gran navegante, aunque no tan bueno como
los españoles. Fue el primer inglés en pasar el estrecho de Magallanes, después
de Magallanes, por supuesto; y el primer inglés en completar la vuelta al
mundo, después, evidentemente, de Juan Sebastián Elcano. Y fue también el que
logró derrotar a la Armada Invencible, aunque ya quedó claro en su día —y en
este caso concreto nos interesa creerlo— que no fue él, que fueron los
elementos. Es lógico que tuviera tanta ojeriza a los españoles. Robar, nos
robaba mucho, pero ganar, no nos ganaba ni una.
§.
Muere Juan de la Cosa
Fue
un tipo muy importante Juan de la Cosa. No sólo navegante, aventurero y
conquistador, sino que gracias a estos tres oficios se convirtió también en el
primer cartógrafo de América. Menos mal que el primer mapa en el que aparecía
el nuevo mundo descubierto le dio por hacerlo antes del 28 de febrero de 1510,
porque ésta fue su última jornada de trabajo. Se lo cargaron los indios. Y,
encima, él lo sabía. Sabía que iba a ocurrir.
Juan
de la Cosa vivió el descubrimiento paso a paso. No perdió ripio desde el mismo
momento en que Colón le pidió prestada su nave para que fuera una de las tres
carabelas del viaje inaugural a las Indias. El barco de Juan de la Cosa se
llamaba La Gallega, pero acabó pasando a la historia rebautizado como Santa
María. A partir de entonces no dejó de ir y venir. Si Colón hizo cuatro viajes,
Juan de la Cosa acabó haciendo siete, y fue, evidentemente en el último, cuando
las cosas se torcieron.
La
expedición iba comandada por Alonso de Ojeda, pero el que conocía el terreno
era Juan de la Cosa. Ojeda quería desembarcar en las costas de Cartagena, en la
actual Colombia, atacar a los indios y quedarse con aquel pedazo de selva. De
la Cosa le aconsejó que no hiciera eso. Le dijo, más o menos, «mira que a estos
indios los conozco yo de antes, que gastan malas pulgas, lanzan flechas
envenenadas y son poco dados a las relaciones publicas. Mejor desembarcamos en
otro sitio y luego ya veremos». Pero Ojeda, erre que erre, desembarcó, se fue a
por los indios y les leyó la famosa proclamación por la que tenían que
someterse al imperio español y a la cruz cristiana. Los indios dijeron que de
eso nada y se enzarzaron.
Al
principio, ganó Ojeda, pero los indígenas se replegaron hacia el interior, el
conquistador se envalentonó y los siguió tierra adentro. Juan de la Cosa,
mientras, insistía «no vayas, Alonso, acuérdate de lo de las flechas». Y,
efectivamente, en plena selva cayeron los españoles como chinches, y fue Juan
de la Cosa quien recibió un flechazo envenenado por salvar el pellejo de Ojeda.
Mira que lo venía advirtiendo. Pues ni caso.
§.
Colón regresa a Palos
Tan
contento llegó Colón, el 15 de marzo de 1493, al mismo puerto de donde había
partido siete meses antes. Regresaba de su primer viaje a las Indias,
triunfante, con una nave menos, una tripulación hecha polvo, un par de indios
mareados, varios papagayos y una ignorancia supina. Anunció a bombo y platillo
que había abierto una nueva ruta y que había llegado a los alrededores de
China. Aun después de cuatro viajes, siguió sin enterarse de que había
descubierto un continente.
Colón
tocó el puerto de Moguer, a orillas del río Tinto y al mando de La Niña, sólo
unas horas antes de que lo hiciera La Pinta, comandada por Martín Alonso
Pinzón. Y, por cierto, llegaron de morros y no se volvieron a dirigir la
palabra, sobre todo porque el Pinzón se murió a los pocos días.
Lo
primero que hizo la tripulación de La Niña, con Colón a la cabeza, nada más
desembarcar aquel 15 de marzo fue encaminarse al convento de Santa Clara, allí
mismo, en Moguer, para cumplir lo que se conoció como el voto colombino. Esto
del voto fue una promesa que hizo la tripulación sólo un mes antes, a mediados
de febrero y en pleno temporal en las Azores, si se daba el milagro de salir
con vida de aquel mar embravecido. Tiene gracia. Toda la vida oyendo hablar del
anticiclón de las Azores y al pobre Colón le pilló una borrasca.
Como
aquel milagro se dio, la tripulación cumplió con el voto colombino y se fue de
inmediato al convento de Santa Clara, donde el descubridor encendió un cirio de
cinco libras de cera, pidió una misa y se pasó toda la noche de vigilia. Los
papagayos los dejó fuera. Precisamente por esta acción de gracias el convento
ha pasado a ser el monumento colombino más importante de Moguer y cada año aún
se conmemora el evento.
Una
vez en paz con Dios, Colón emprendió camino a Barcelona para recibir de los
reyes los agasajos, gobiernos, virreinatos y títulos prometidos. Se los dieron,
pero conste que él continuó empeñado en que había llegado a China.
§.
Descubierta la isla de Pascua
El 5
de abril de 1722 cayó en domingo, en Domingo de Resurrección, y aquel día, por
primera vez un europeo puso los ojos en una isla perdida en mitad del Pacífico.
Era inhóspita y estaba superpoblada por unos señores bronceados cuya principal
actividad era erigir esculturas gigantescas de sus ancestros. La isla era rara,
muy rara, pero, incluso así, el marino holandés Jakob Roggeveen se la quedó. ¿Y
cómo se bautiza a una isla descubierta un Domingo de Resurrección? Pues no hay
que darle muchas vueltas. Isla de Pascua.
Al
marino Roggeveen le pasó lo que a todos, que iba buscando una cosa y se
encontró otra. Era una manía habitual en los descubridores. El intentaba llegar
a la Tierra de Davis, un supuesto continente que ni siquiera existía, pero se
encontró con una pequeña isla que los vecinos del lugar llamaban Rapa Nui. No
es que le apeteciera mucho quedarse, porque aquello estaba de bote en bote.
Demasiada gente en tan poco terreno. Es lo que tiene vivir en una isla tan
alejada de otra tierra, que no hay otro entretenimiento más que reproducirse y
llega un momento en que la isla no da más de sí. Eso pasaba en Rapa Nui, que
tenía quince mil habitantes y muchos clanes a la greña, porque todos querían
mandar.
Rapa
Nui era la viva imagen de la desolación, aunque en su día fue un paraíso
tropical, una isla frondosa, repleta de palmerales. Pero a los indígenas les
dio por construir moáis, gigantescas esculturas de piedra volcánica que
representaban a sus ancestros y que se supone protegían su civilización. Y
tantos moáis construyeron y tantos árboles talaron para construir trineos,
postes y palancas con los que trasladar las esculturas desde las canteras que
la isla quedó deforestada.
Lejos
de proteger su modo de vida, los moáis acabaron siendo los verdugos de la
civilización Rapa Nui. Pero si mal estaban los indígenas antes de que llegaran
los europeos, peor lo tuvieron después, porque entre las enfermedades y el
comercio de esclavos, la población quedó prácticamente exterminada. Aquel
Domingo de Resurrección a los rapanui les hicieron la pascua.
Capítulo
9
Idas
y venidas de reyes y políticos
Contenido:
§.
Carta con mala leche a Enrique IV
§.
El timo de Fontainebleau
§.
Juana I de Castilla
§.
El príncipe don Carlos
§.
Napoleón abole la Inquisición
§.
La cómoda neutralidad suiza
§.
Bonaparte, le roi
§.
Pragmática Sanción
§.
El belicoso cardenal Cisneros
§.
Mao Tse Tung ve la luz
§.
Fuga de Varennes
§.
Declaración de Carlos María Isidro
§.
Carlos XIV, un francés haciéndose el sueco
§.
Isabel y María, dos reinas a la greña
§.
Marshall tiene un plan
§.
Fernando VII, el veleta constitucional
§.
Muere el infante Alfonso
§.
La «espantá» de la corte portuguesa
§.
Napoleón se aburre en Elba
§.
Congreso de Verona
§.
Legión Cóndor, el orgullo de Hitler
§.
Bando real contra el « ¡Viva la Constitución!»
§.
El Congreso bailón de Viena
§.
Doce balas contra Prim
§.
Amadeo I de Saboya: «Yo dimito»
§.
La abdicación de Isabel II
§.
La efímera Primera República
§.
Alfonso XII, un pipiolo restaurador
§.
María Cristina, el regreso de los Austrias
§.
La jura de Alfonso XIII
§.
Hitler y Franco: cita a ciegas en Hendaya
§.
Salmerón, leal a sí mismo
§.
Primo de Rivera, golpe de mano
§.
El rey de Roma
§.
Alfonso XIII abdica
§.
El regreso de Victoria Kent
§.
El corazón de Stalin
§.
Autocoronado Bokassa
§.
Calígula
§.
Los pactos de Múnich
§.
El insensato Cromwell
§.
El triste fin de Clara Campoamor
§.
Cirrótico Joseph McCarthy
§.
Caso Profumo
§.
Atentado contra Hitler
§. Y
en éstas llegó Carlos I
§.
Rodilla en tierra ante Idí Amín
§.
Nace Nerón
§.
Traslado de la corte a Valladolid
§.
Muere Victoria I de Inglaterra
§.
Nace Ana de Bretaña
§.
El baño de Fraga en Palomares
§.
Comienza el juicio de la UMD
§.
El fin de María Antonieta
§.
Los chanchullos de Edward Kennedy
§.
Nasser nacionaliza el Canal de Suez
§.
Un emperador marxista
§.
Carta con mala leche a Enrique IV
Los
nobles y la jerarquía eclesiástica de Castilla se la tenían jurada al rey
Enrique IV. Por eso, el 28 de septiembre de 1464 se pusieron de acuerdo para
hacerle llegar un mensaje cargado de mala leche. Le escribieron diciendo que su
hija, la princesa Juana, no era su hija. Le dijeron que su mujer se la había
pegado con un jovenzuelo llamado Beltrán de la Cueva. Le dijeron que aquella
niña no podía ser la heredera al trono porque no era legítima. Pobre cría, en
aquel momento la marcaron como Juana la Beltraneja.
La
historia ya ha sido revisada y en algunos puntos se ha vuelto del revés. Que
Enrique IV fuera homosexual… puede; que la niña no fuera suya… pues quizás;
pero a ver desde cuándo eso ha sido un inconveniente para reinar en España. La
historia de las monarquías está repleta de hijos extramatrimoniales. Parece
demostrado que todo el tinglado que le montaron a Enrique IV iba destinado a lo
que al final ocurrió, a desacreditar su imagen y su hombría para declarar
heredero al hermano menor del rey.
Porque
aquellos nobles castellanos que se propusieron deshonrarlo eran como el Aquí
hay tomate del siglo XV: primero lanzaban el rumor y luego lo convertían en
noticia.
Y
fueron ellos quienes propagaron por todo el reino que la princesa Juana era
hija de otro hombre porque el rey era impotente. Nunca se ha demostrado que
Enrique IV fuera incapaz; aquello fue una maniobra aprovechada a raíz de su
presunta homosexualidad. Como si una cosa tuviera que ver con la otra.
Ni
mucho menos se ha probado que la princesa Juana no fuera su hija. Enrique IV
siempre defendió que era legítima, y además hay un detalle que hace sospechar
que esto es cierto: el supuesto padre de la niña, Beltrán de la Cueva, cuando
Juana y su tía Isabel se enzarzaron en la lucha por el trono, guerreó en el
bando de la futura Isabel la Católica. De haber sido realmente el papá de
Juana, ¿no hubiera sido más lógico que defendiera los intereses de su hija? Sea
como fuere, a Juana la Beltraneja le birló el trono su tía Isabel. Conste.
§.
El timo de Fontainebleau
A
quién no le ha caído en un examen de historia el Tratado de Fontainebleau. Los
libros dicen que fue un acuerdo entre Francia y España firmado el 27 de octubre
de 1807 para invadir y repartirse Portugal. Pero se puede añadir algo más: el
Tratado de Fontainebleau fue una imperial tomadura de pelo a Carlos IV, que se
resume en cuatro pactos que Napoleón no pensaba cumplir, para, de paso,
quedarse con España.
Toda
Europa sabía que Napoleón no daba puntada sin hilo. Bueno, toda no. En España
había un rey convencido de que si le bailaba el agua al Bonaparte su trono
quedaría a salvo. Así que Napoleón, aprovechando que Carlos IV le comía en la
mano, le dijo, verás, vamos a hacer una cosa… tú me dejas que entre en España
con unas cuantas tropas y luego entre los dos atacamos Portugal y nos lo
repartimos. Como los portugueses son amigos de los ingleses, si nos quedamos
con los puertos del Atlántico, Inglaterra se fastidia sin poder abastecerse en
las costas, le quitamos a uno de sus aliados principales y de paso nos vengamos
de la paliza que nos dieron en Trafalgar. ¿Hace? Dijo Napoleón. Vale, contestó
Carlos IV.
No
es que Napoleón tuviera una carta en la manga, es que tenía la baraja entera.
Primero, no sólo iba a quedarse con todo Portugal, porque en el paquete también
iba España. El puñadito de tropas napoleónicas acordado acabó convirtiéndose en
ciento veinte mil hombres, que atravesaron nuestra frontera con todos los
permisos y sin pegar ni un solo tiro. Siguiente paso, efectivamente, invadir
Portugal y, tercero, quedarse con España y pegar un cambiazo de dinastía:
Borbones por Bonapartes.
Carlos
IV picó como un pipiolo cuando autorizó la firma de aquel pacto envenenado que
ha pasado a los libros de historia como el Tratado de Fontainebleau. Bastaba
con que se hubiera hecho una sencilla pregunta antes de firmar: ¿desde cuándo
Napoleón atraviesa un territorio sin quedárselo?
§.
Juana I de Castilla
Hija
de reyes, esposa perturbada y madre de emperador, Juana I de Castilla, Juana la
Loca, murió el 11 de abril de 1555 en su encierro del convento de Santa Clara,
en Tordesillas (Valladolid). Loca, lo que se dice loca, no estaba. Un poco
trastornada sí, primero por herencia genética de su abuela, Isabel de Portugal,
y segundo y lo que la remató, porque su marido Felipe el Hermoso, míster
Flandes, la tenía de los nervios de tanto correr tras las faldas de otras.
Encima de enviudar embarazada de su sexto retoño, le robaron la corona, le
quitaron sus hijos y la encerraron cuarenta y seis años. Así no hay reina que
mantenga la calma.
Al
margen de sus ataques de celos más que justificados, lo que contribuyó a tejer
la leyenda definitiva sobre la locura de la reina Juana fue su peregrinaje por
Castilla con el guapo cadáver de Felipe. ¿Iba ya loca perdida o la terminaron
de enloquecer en el camino? Pues de todo un poco. Ella quería enterrar a su
marido en Granada, junto a su madre Isabel la Católica; pero su padre, el
católico Fernando, y su acólito, el cardenal Cisneros, le cerraban el paso en
cualquier avance porque lo único que querían era que Juana dejara en sus manos
la corona. Al final, lo consiguieron.
La
encerraron en Tordesillas con sólo treinta años y la poca cordura que le
quedaba la mantuvo gracias a la menor de sus seis hijos, Catalina, la única a
la que le permitieron conservar a su lado. Durante aquel encierro de cuarenta y
seis años, y vestida de monja, Juana la Loca pasó el tiempo desvariando,
rezando y tocando el clavicordio. Fernando el Católico la visitó sin ganas tres
veces, y su hijo, el emperador Carlos, ni siquiera intentó librarla del
encierro cuando era una anciana inofensiva.
Juana
I de Castilla, la reina que murió loca pero murió reinando, no mereció a su
lado ni uno sólo de los hombres que tuvo.
§.
El príncipe don Carlos
El
primer hijo de Felipe II fue un desastre de hijo, pero también Felipe II fue un
desastre como padre. El príncipe don Carlos, primogénito del rey, estaba
llamado a ser el heredero de la corona española, pero desde el principio se vio
que eso sería imposible. El 24 de julio de 1568, con sólo veintitrés años,
Carlos de Habsburgo moría de no se sabe qué durante el encarcelamiento que le
impuso su propio padre. Aún no está claro si se murió de un ataque de rabia o
si fue Felipe II quien le quitó la rabia de un golpe.
El
príncipe Carlos vino al mundo con mal pie. Su madre, primera de las cuatro
esposas de Felipe II, murió a los cuatro días del parto, y el padre estaba más
atento a sus gobiernos que a su vástago. Creció sin padre, sin madre, sin
abuelos, pasando de mano en mano y con tutores que eran unos peñazos. Era
enfermizo, tenía chepa, una pierna más corta que otra, el pecho hundido, pocas
luces… y a todo esto hay que añadir un carácter violento y mucha soberbia. ¿Era
todo culpa suya? Pues quizás no, porque además de crecer desatendido, el chaval
era producto de la endogamia más exagerada.
Como
los monarcas europeos se organizaban esos matrimonios en los que se casaban
primos con primas y tíos con sobrinas, al príncipe Carlos le tocó una mezcla
totalmente insana. Ejemplo: cualquier persona tiene ocho bisabuelos y dieciséis
tatarabuelos. El príncipe Carlos tenía cuatro bisabuelos y seis tatarabuelos.
Cuando
llegó a la adolescencia ya era un joven insufrible: le arrancó la cabeza de un
mordisco a una ardilla viva, tiró a un criado por la ventana e intentó apuñalar
al duque de Alba. Este intento de agresión fue lo que colmó el vaso.
Carlos
quería responsabilidades de Estado, pero Felipe II no se las daba porque
hubiera acabado con el imperio español en dos patadas. Y cuando su padre le
negó ir a Flandes y en su lugar mandó al duque de Alba, el príncipe se fue a
por él, a por el duque. Felipe II ordenó el encarcelamiento de su hijo y tiempo
después murió de forma más que extraña. Al final, el heredero fue Felipe III,
menos violento pero tres veces más tonto que su hermano el príncipe Carlos.
§.
Napoleón abole la Inquisición
Si
alguien preguntara cuándo fue abolida la Inquisición en España, la respuesta
correcta es… varias veces. Pero la primera ocasión que se presentó para acabar
con los desmanes de aquellos que se proclamaron jueces de Dios en la tierra fue
el 4 de diciembre de 1808. Y tuvo que ser Napoleón. Después de tres siglos
campando por sus respetos, el Tribunal del Santo Oficio se disolvió. Del
Bonaparte se puede decir de todo, pero también que fue enemigo de la
intolerancia religiosa, del fanatismo devoto y de la mística superstición,
precisamente los tres pilares de la Inquisición.
Con
España ya bajo el poder napoleónico, el emperador francés firmó aquel 4 de
diciembre, justo antes de entrar en Madrid, los famosos Decretos de Chamartín.
Uno de ellos suprimía la Inquisición y reducía las comunidades religiosas a un
tercio de las existentes, porque había más frailes y monjas en España que
población civil. No es que el Santo Oficio estuviera muy activo a principios de
aquel siglo XIX, al menos no tanto como lo estuvo en las tres centurias
anteriores, cuando casi te llevaban a la hoguera por estornudar en misa. Pero
mejor era suprimirlo, porque era un virus latente con suficiente autoridad para
hacer la puñeta.
Napoleón,
tras firmar el decreto, argumentó su decisión: «He abolido el tribunal contra
el cual estaban reclamando el siglo y Europa. Los sacerdotes deben guiar las
conciencias, pero no deben ejercer jurisdicción alguna sobre los ciudadanos». Y
sería francés, pero tenía razón. Como no hay mal que por bien no venga, cuando
España expulsó a Napoleón y el absolutismo volvió a sentarse en el trono con
Fernando VII, la Inquisición recuperó poderes. A partir de entonces, apareció y
desapareció según los vaivenes políticos del país, hasta que la abolición
definitiva llegó con la reina regente María Cristina. Una pena que no se
hiciera antes, porque entre tanta ida y venida del Santo Oficio, aún hubo
tiempo de ejecutar a un hereje más.
§.
La cómoda neutralidad suiza
Todos
sabemos que Suiza es un país neutral, pero no siempre se entiende a cuento de
qué y desde cuándo los suizos tienen la ventaja de no pringarse en nada con el
beneplácito internacional. Pues fue el 20 de noviembre de 1815 cuando las
potencias europeas ratificaron que Suiza disfrutaría de una perenne neutralidad
y de un territorio inviolable. Aquel día a Suiza le tocó el gordo, porque,
dicho a las claras, desde entonces va a su hola.
Pero
todavía hay que irse trescientos años más atrás para saber por qué Suiza es
neutral. En mil quinientos y pico, los suizos se metían en guerras como todo
hijo de vecino; es más, eran famosos mercenarios que luchaban al lado de quien
mejor pagara. Había una frase muy utilizada hace cinco siglos en Europa que
decía: « ¿No hay dinero? Pues no hay suizos».
Pero
a raíz de una derrota ante Francia, los suizos tuvieron que firmar una paz
perpetua que les exigía estarse quietos y no meterse en guerras ajenas. Luego
vinieron más acuerdos y más tratados en los que, con altibajos, se fue
perpetuando esta neutralidad, a la que se fueron acomodando los suizos, porque,
la verdad, es un chollo. Si un país iba y le decía a los suizos, oye, echadnos
un cable, los suizos decían «ahhhh, se siente, somos neutrales». Si ellos no
ayudaban a nadie a guerrear, nadie se metería con ellos.
Y
así continuó la cosa hasta 1815, cuando se ratificó la perenne neutralidad de
Suiza durante el famoso Congreso de Viena, aquel en el que se reunieron
representantes absolutistas europeos para arreglar el desbarajuste de fronteras
que había dejado Napoleón. Cuando los congresistas terminaron de repartirse
Europa, vieron que ahí seguía la Confederación Suiza, una parcela en mitad del
continente que no tenía rey, ni emperador, ni papa. Sólo suizos. Y ahí fue
cuando toda Europa dijo, bueno, pues tú sigue ahí quieta y neutral para los
restos. No eres chicha ni limoná. Y hasta hoy.
§.
Bonaparte, le roi
En
menudo berenjenal metió Napoleón a su hermano mayor José Bonaparte el 6 de
junio de 1808. Le proclamó en Bayona, en Francia, rey de España. No se le
cayeron los pantalones porque llevaba tirantes, pero sabía que aquel encargo
iba a ser el peor de toda su vida. Era consciente, y así se lo dijo a su
hermano Napoleón, de que entraba en España sabiendo que tenía como enemigo a
una nación con doce millones de habitantes bravos y exasperados hasta el
extremo. Y encima, nadie hablaba francés. Hombre, a José Bonaparte hay que
tenerle manía porque sí, porque no era de la casa y porque llegó impuesto tras
la invasión francesa, pero peores reyes hemos tenido. Cuando Napoleón nos
invadió, los españoles estaban absolutamente despistados por la bronca que
había en el seno de la familia real. Carlos IV y su hijo, el futuro Fernando
VII, estaban enfrentados, lo cual le venía de perlas al emperador francés.
Fernando le quitó la corona a su padre, Napoleón le obligó a que se la
devolviera, y cuando Carlos IV la recuperó se la vendió a Napoleón por treinta
millones de reales y un palacio. Así que, Carlos IV se largó con viento fresco,
Fernando VII quedó cautivo en Francia y José I Bonaparte acabó proclamado rey.
Y todo esto sin salir de Bayona.
El
francés formó allí mismo su primer gobierno para luego trasladarse a Madrid,
donde sólo contaba con el apoyo de unos cuantos afrancesados. Y, además,
tampoco es que pudiera hacer mucho con todo un país levantado en armas y unos
súbditos que le sacaban apodos con cualquier excusa. Le llamaron Pepino y
Pepito Plazuelas, porque se empeñó en construir plazas por todo Madrid. Pero en
España se le conoció sobre todo por el Rey de Copas y Pepe Botella, y esto
tiene gracia porque apenas probaba el alcohol. Cuentan que en su viaje hacia
Madrid, al pasar por Calahorra le robaron el vino de la comitiva real. Como
represalia, dio orden de que se decomisara toda la reserva de vino de las
bodegas de Calahorra. Corrió la voz de todo el vino incautado y le colgaron el sambenito
de borrachín.
Pero
José Bonaparte entró sobrio en España y salió sobrio unos años después.
Escaldado, pero sobrio.
§.
Pragmática Sanción
Isabel
II llegó a reinar en España porque su padre, Fernando VII, firmó la Pragmática
Sanción, aquella que tiró a la papelera la famosa ley sálica que prohibía
reinar a las mujeres. Y la firmó en palacio el 29 de marzo de 1830; dos días
después se leyó públicamente y el 3 de abril la publicó La Gaceta de Madrid.
¿Alguien cree que Fernando VII promulgó aquella Pragmática Sanción en defensa
de la igualdad de hombres y mujeres? Pues no, lo hizo por pura desesperación,
porque no atinaba a tener hijos, y cuando por fin apuntó bien, en pleno
embarazo y sin saber si lo que venía era niño o niña, quiso asegurarse de que,
fuera lo que fuese, reinara.
Fernando
VII se casó tres veces con mujeres que murieron sin darle descendencia. En el
cuarto matrimonio, con su sobrina María Cristina de Borbón, hubo suerte y la
reina quedó embarazada. Pero, claro, Fernando VII estaba ya muy cascado y no
podía asegurar un segundo embarazo. Así que tenía que dejar muy bien atado que
la criatura que iba a nacer siete meses después llegara a reinar. Al final, fue
niña y se llamó Isabel.
Pero
las consecuencias de aquella Pragmática Sanción fueron terribles para España,
porque había un señor al acecho del trono: Carlos María Isidro, que era hermano
del rey Fernando VII y que ya estaba tomándose medidas para la corona, porque
él era el siguiente en la línea de sucesión.
Cuando
Fernando VII firmó la Pragmática los planes de Carlos María Isidro para reinar
se fueron a hacer gárgaras. El rey lo expulsó del país, él se negó a jurar
fidelidad a la futura reina y España se vio metida en la Primera Guerra
Carlista. Luego vino la segunda y hasta una tercera, porque Carlos María Isidro
tuvo descendencia que aún seguía aspirando al trono. Es más, los carlistas han
seguido inasequibles al desaliento, erre que erre, casi hasta finales del siglo
XX.
§.
El belicoso cardenal Cisneros
Que
el cardenal Cisneros fue un gobernante excepcional, es imposible ponerlo en
duda. Que lo hiciera bien, es otra historia. Sí hay que agradecerle que pusiera
en marcha una de las universidades más prestigiosas de España, la de Alcalá de
Henares, aunque resulta contradictorio que espíritu tan humanista en bien de la
educación no lo empleara antes en apaciguar las relaciones humanas entre
musulmanes, judíos y cristianos. Muy al contrario, animó el cotarro, calentó
los cascos de los Reyes Católicos y las consecuencias las conocemos todos. Los
judíos salieron a carretadas, los musulmanes se rebelaron en Las Alpujarras y
el crisol de culturas se fue al garete. Y, encima, como Cisneros vivió tanto,
ochenta y un años, tuvo mucho tiempo para dar guerra.
Murió
en Roa, en Burgos, el 8 de noviembre de 1517, pero lo hizo sin querer, porque
sólo estaba de paso camino de recibir al futuro rey de España Carlos I, aquel
que cuando llegó a gobernarnos no hablaba castellano ni en la intimidad.
El
cardenal Cisneros fue de todo en esta vida: confesor de la reina, inquisidor,
primado de España, consejero real, estratega militar, capitán general,
gobernante, látigo de infieles y acosador de reinas locas. En resumidas
cuentas, un tipo muy listo que contribuyó a forjar la nueva España que entonces
nacía. Tuvo participación directa en la toma de Granada y en el encierro de
Juana la Loca en Tordesillas para que Fernando el Católico recuperara el trono
castellano. Pero también metió en cintura al clero de la época, que adoptaba
poses muy relajadas porque tenía como ejemplo a Alejandro VI, papa y papá de
una numerosa prole.
También
impulsó Cisneros las campañas militares en el norte de África; pero no sólo las
impulsó, es que diseñó los ataques y se empeñó hasta en encabezar las tropas.
No le dejaron, porque con las faldas cardenalicias, la espada, el caballo y el
báculo hubiera tenido un disgusto.
Existencia
tan batalladora y fructífera acabó en un magnífico sepulcro de mármol de
Carrara en Alcalá de Henares, tal como fue su deseo, aunque Cisneros pidió ser
enterrado en la Universidad y lo dejaron en la iglesia de al lado, la de San
Ildefonso. Llegó a abrirse un proceso largo y muy costoso para su canonización,
pero no hubo éxito. Al curriculum del cardenal Cisneros sólo le faltaba el
título de santo. Fue lo único que no logró, porque no dependía de él.
§.
Mao Tse Tung ve la luz
Si
Mao Zedong no se hubiera muerto, cada 26 de diciembre estaría soplando ciento y
pico velitas para disgusto de mil millones de chinos… chino arriba chino abajo.
Nació aquel día de 1893 en el pueblo de Shaoshan. Era un niño regordete que en
vez de seguir la honrosa tradición agrícola de su familia se empeñó en
estudiar. Y tanto estudió que se pasó de listo.
Resumir
aquí el pensamiento de Mao, del gran revolucionario cultural que ejecutaba al
que se salía de la fila, es imposible. Y, además, innecesario. Todo el mundo
tiene alguna referencia, porque el Libro Rojo de Mao, el que recoge su
doctrina, es el segundo más editado en el mundo después de la Biblia. En China,
el que más, porque su lectura era obligatoria en casa, en el partido, en el
ejército y en el colegio. Así cualquiera se hace un escritor de éxito.
Mao
Tse Tung dejó de respirar en 1976. Pero una cosa es dejar de respirar y otra
muy distinta irse de este mundo. Mao no se ha ido, sigue allí, en Beijing,
antes Pekín, anclado en el mundo de los vivos, embalsamado, vigilante, dentro
de una urna de cristal. Mao está más tieso que la mojama y a la vista de todos
en su gigantesco mausoleo de la plaza de Tiananmen. Pero lo cierto es que Mao
permanece insepulto en contra de su voluntad, porque él pidió ser incinerado.
Le llevaron la contraria porque estaba muerto… si no, de qué.
Tres
de cada cuatro chinos quieren que entierren a Mao, porque están hartos de
tenerlo allí, como si no se hubiera muerto. Perfectamente peinado,
perfectamente vestido y perfectamente serio. Pero no hay forma, porque el
Partido Comunista chino lo sigue utilizando como si fuera el coco. Los que más
desean que retiren a Mao de la plaza de Tiananmen son, precisamente, los de su
pueblo, porque Shaoshan se ha convertido en una especie de gran parque temático
en torno a la figura del Gran Timonel y lo único que les falta es la estrella
invitada, el propio Mao. El día que lo consigan, Shaoshan se llevará una parte
importante del pastel turístico chino. Mao volverá a su pueblo, el pueblo
ganará muchos yuanes a su costa, en Pekín se librarán de la momia acartonada y
todos contentos.
§.
Fuga de Varennes
Estamos
en plena Revolución francesa, con Luis XVI, María Antonieta y su prole
confinados en el palacio de Las Tullerías de París. Los revolucionarios los
tenían allí con el pretexto de protegerlos, pero, en realidad, estaban
prisioneros. Hasta que la familia real se hartó y decidió salir por pies camino
de la frontera el 20 de junio de 1791, para conseguir ayuda extranjera,
recuperar la corona de Francia y aplastar la Revolución. Ese día comenzó la
famosa fuga de Várennos, llamada así porque allí los pillaron. Y menudo
desastre de fuga. Fue un milagro que no los pillaran antes. La que convenció al
rey de que había que huir de París para conseguir aliados fuera de Francia fue
María Antonieta, cansada como estaba de vivir en un palacio desvencijado como
el de Las Tullerías, no hacer fiestas y no corretear por los jardines de
Versalles. Pero además de frívola, María Antonieta era muy lista y enredó a uno
de sus amantes para que preparara toda la huida. La fecha se fijó en la tarde
del 20 de junio. Pero, claro, de poco les sirvió disfrazarse de plebeyos para
luego viajar como viajaron: enormes baúles de ropa; carruajes lujosísimos, y
una comitiva tremendamente larga compuesta por enfermeras, estilistas,
peluqueros, criados… Así no hay quien se fugue.
Para
colmo, Luis XVI, como no tenía intención de regresar si no era triunfante, dejó
una carta en Las Tullerías quejándose del trato que habían recibido. Era
lógico, porque hasta su salida de Versalles ellos estaban acostumbrados a vivir
a cuerpo de rey, y en Las Tullerías, además de no tener libertad de
movimientos, los cristales estaban rotos y había corriente, no había muebles ni
lámparas y las puertas no cerraban. Un desastre de palacio. Pero el caso es que
lograron salir de París y que llegaron hasta Varennes, en un tris de alcanzar
la frontera. Allí los reconocieron y les dijeron «andad, tirad pa casa que no
son horas». Así que, de vuelta a Las Tullerías. Seguro que en el viaje de
regreso hubo bronca:
—Si
no te hubieras traído al estilista y a la peluquera, no seríamos tantos y
hubiéramos llegado antes…
—Pues
si tú no estuvieras tan gordo, no nos habrían reconocido.
§.
Declaración de Carlos María Isidro
«Yo,
Carlos María Isidro de Borbón y Borbón, infante de España, hallándome bien
convencido de los legítimos derechos que me asisten a la corona de España,
siempre que sobreviviendo a vuestra majestad no deje un hijo varón, digo, que
ni mi conciencia ni mi honor me permiten jurar ni reconocer otros derechos, y
así lo declaro». Estas líneas las firmó Carlos María Isidro el 29 de abril de
1833, para dejarle muy clarito a su hermano Fernando VII que el heredero de la
corona de España tenía que seguir llevando pantalones. Comenzó la bronca
carlista.
La
declaración anterior fue la contestación de Carlos María Isidro a una carta de
su hermano Fernando VII en la que le pedía que jurara a la niña Isabel, a la
futura Isabel II, como Princesa de Asturias y, por tanto, como siguiente reina
de España. El infante Carlos se sentía legítimo heredero de la corona, puesto
que su hermano Fernando VII no había tenido hijos varones. Ya palpaba el trono
Carlos María (no porque le apeteciera; ¡nooo!, qué va, sino porque era su
obligación) cuando su hermano, el rey, derogó la ley que prohibía reinar a las
mujeres. Su hija Isabel pasó a ser la heredera y Carlos María se quedó a verlas
venir.
Pese
a que aquella declaración firmada el 29 de abril suena muy contundente, no
crean que lo fue tanto. Esas líneas sólo eran la parte oficial que debía quedar
para los anales de la historia, porque la carta que adjuntó Carlos María a
Fernando VII junto con esa declaración solemne, en realidad, empezaba diciendo:
«Mi muy querido hermano de mi corazón, Fernando de mi vida», para luego añadir
que la corona era suya y de nadie más. Carta a la que Fernando contestó igual
de cariñosamente, diciendo: «Mi muy querido hermano mío de mi vida, Carlos de
mi corazón…», para decirle más adelante lárgate del país y no vuelvas. Y a
propósito, te he confiscado todos tus bienes. Es decir, que los hermanos más
que quererse se adoraban, pero las consecuencias de tanto corazón mío y tanto
cariño de mis entretelas fueron las tres guerras carlistas que desangraron al
país. Porque hay cariños que matan.
§.
Carlos XIV, un francés haciéndose el sueco
Carlos
XIV, rey de Suecia, es uno de esos ejemplos que sirven para demostrar que los
humanos somos unos chaqueteros. Nos ponemos al sol que más calienta. El 5 de
febrero de 1818 subió al trono de Suecia Carlos XIV, lo cual, aparentemente, no
tiene mayor interés si no fuera porque se llamaba Jean Baptiste Bernadotte, o
sea, que era francés, y que en su juventud odiaba a los reyes. Nunca se puede
decir de este agua no beberé, pero en su haber hay que indicar que lo hizo muy
bien, francamente bien.
Es
curioso tirar del hilo y saber que el actual rey de Suecia es directo
descendiente de un general napoleónico. Hablamos de una época en la que Europa
estaba revuelta porque Napoleón no dejaba títere con cabeza, y en un intento de
Suecia de congraciarse con el emperador francés para que les dejara en paz
aceptaron a uno de sus generales, a Jean Baptiste Bernadotte, como príncipe
heredero. El rey que tenían, Carlos XIII, además de estar muy cascado, no tenía
descendencia.
Así
llegó al trono Carlos XIV, y se lo tomó tan en serio que se le olvidó que era
francés, católico y que había luchado contra la monarquía durante la Revolución
francesa. Abrazó el protestantismo con mucho cariño, aparcó lo de Jean Baptiste
para comenzar a llamarse Carlos Juan e intentó aprender a hablar sueco, aunque
jamás lo consiguió. Se pasó todo su reinado con un traductor al lado. Y tanto
se metió en su papel, que cuando Napoleón le dijo «oye, como rey de Suecia que
eres ahora, ayúdame a invadir a los ingleses, que fui tu jefe», Carlos XVI le
dijo que de eso nada, que quería paz para su país y que bastante tenía con
haberse anexionado Noruega como para meterse en camisas de once varas más allá
de Escandinavia.
Y no
sólo no le echó una mano a Napoleón, sino que acabó pegándose con él. A Carlos
XIV se le recuerda como un buen rey, pero las malas lenguas dicen que cuando
murió se le descubrió un tatuaje que decía «muerte a los reyes». Se lo hizo
durante la Revolución francesa. Pecadillos de juventud que los suecos supieron
perdonar.
§.
Isabel y María, dos reinas a la greña
¿Qué
es lo peor que le podía pasar a una reina católica en la Escocia del siglo XVI?
Tener una prima también reina y, además, protestante en la Inglaterra de ese
mismo siglo. La escocesa era María Estuardo y la inglesa, Isabel I, la reina
virgen y con un genio endiablado ya imaginan por qué. El 1 de febrero de 1587
Isabel I de Inglaterra firmaba la sentencia de muerte de su prima María
Estuardo. Esa es la fecha oficial, pero, en realidad, la reina Isabel no firmó
nada, todo el lío lo armaron sus consejeros, que al final ejecutaron a María
Estuardo por su cuenta. Cuando Isabel I se enteró, casi se los come, porque
ella no firmó una fecha para la ejecución.
Tras
la ejecución de María Estuardo de dos hachazos —el primero falló— lo que
subyace es una monumental bronca entre ingleses y escoceses, entre católicos y
protestantes, entre los que querían una unión de Escocia, Francia y España para
que el catolicismo se impusiera en la isla británica y los que luchaban con
uñas y dientes para que el protestantismo gobernara.
La
Estuardo, queriendo reinar también en Inglaterra, e Isabel queriendo hacer lo
propio en Escocia. Las dos altas, las dos pelirrojas; María más mona que
Isabel, la verdad, e Isabel más envidiosilla que María, pero también más sabia
y mucho más lista. Isabel, soltera y sola en la vida, porque un marido no
servía para sus fines políticos; María, con tres esposos a cual más desastroso.
Cuando
María Estuardo no pudo con las argucias y la presión protestante en Escocia,
cuando ya perdió hasta el favor de los católicos, abdicó y pidió refugio a su
prima Isabel en Inglaterra. Isabel no se lo podía creer. La Estuardo… la que no
había parado de conspirar para acceder al trono inglés… su enemiga número uno…
¿le pedía su protección?
Pues
se la dio. La encerró en varias cárceles durante casi veinte años hasta que
reunió suficientes pruebas en su contra. El final, ya saben, la decapitación.
Se presentó ante el verdugo con un vestido rojo chillón, el color del martirio
para los católicos, pero muy coqueto. Antes muerta que sencilla. Y menos mal
que Isabel y María nunca se vieron las caras. Si se hubieran llegado a
encontrar, se arañan.
§.
Marshall tiene un plan
Hubo
un tiempo en que el gobierno de Estados Unidos tenía mejores planes que meterse
en guerras perdidas. El 2 de abril de 1948 el Congreso estadounidense aprobó el
Plan Marshall, un método, una inversión a futuro que ayudó a Europa a levantar
cabeza después de la Segunda Guerra Mundial. Pero Estados Unidos no daba
puntada sin hilo y aquel Plan Marshall tenía dos objetivos: por un lado, unir a
Europa contra el avance comunista y, por otro, dar créditos a los países
europeos para que reactivaran su producción a cambio de que estos países
compraran todo lo que necesitaran en Estados Unidos. Era un dinero de ida y
vuelta.
El
plan lo propuso el general George Marshall, pero quien lo trasladó del papel a
la realidad y consiguió la aprobación del Congreso fue el presidente Harry
Truman. A Marshall al final le dieron el Nobel de la Paz por tener un buen plan
y Europa pudo reconstruirse económicamente en tiempo récord.
Sin
embargo, no todos los países pillaron un buen trozo del pastel. Gran Bretaña se
llevó el más gordo y, luego, Francia, Alemania Occidental e Italia. España, al
principio, no pilló ni las migajas, porque teníamos a un dictador con el brazo
en alto que llevó al país al aislamiento internacional. Pero tiempo después
Estados Unidos negoció, porque tenía que instalar unas cuantas bases militares
y España era un lugar estratégico. Así que, los americanos nos dieron unos
cuantos millones de dólares (no muchos), mantequilla, unas bolas de queso
amarillo y leche en polvo a cambio de instalarse en Rota, Torrejón, Morón,
Zaragoza…
El
Plan Marshall también tenía previsto apoyo económico para la Unión Soviética y
los países de su influencia, pero Stalin dijo que de eso nada… que de los
yanquis ni agua… que Estados Unidos no iba a manipular la economía interna. Así
que, Moscú, en respuesta al Plan Marshall, puso en marcha su propio plan, el
Plan Molotov. Un poco más incendiario, pero también útil.
§.
Fernando VII, el veleta constitucional
A
Fernando VII eso de la Constitución y la monarquía parlamentaria le parecían
mamarrachadas, tonterías de la plebe. Pero el día 9 de marzo de 1820 tuvo que
firmar por segunda vez la Constitución de 1812, aquella que sancionaron las
Cortes de Cádiz el día de San José y por ello felizmente bautizada como La
Pepa. Pero Fernando VII firmó la Constitución ocho años después de su
aprobación porque, prácticamente, le pusieron un trabuco en el cogote. Como era
un cínico redomado, cuando se vio sin salida, soltó la famosa frase: «Marchemos
francamente, y yo el primero, por la senda constitucional». Comenzaba en España
el Trienio Liberal, un trienio que acabó cuando Fernando VII dijo que de lo
dicho nada. Que era broma.
Los
diputados de Cádiz no sabían lo que hacían cuando proclamaron en el preámbulo
de la Constitución que Fernando VII era el rey elegido por las Cortes. El
monarca estaba cautivo en Francia y se creían los diputados que cuando volviera
estaría tan contento de que España tuviera su primera Constitución. Fernando
VII volvió, juró la Constitución en 1814 e inmediatamente después se retractó.
Dijo que qué era eso de soberano constitucional. De eso nada. El era soberano
absoluto y punto. Derogó la Constitución, declaró nulos todos los decretos y La
Pepa se fue a freír espárragos.
Comenzó
entonces la revolución, porque el ejército estaba a rebosar de liberales
contrarios al poder absoluto del rey. Hubo constantes pronunciamientos
militares y todos empezaban igual, con una arenga a la tropa que decía:
Es
de precisión para que España se salve, que el rey Nuestro Señor jure y respete
la Ley Constitucional de 1812, afirmación legítima y civil de los derechos y
deberes de los españoles. ¡Viva la Constitución!
Pero
los pronunciamientos no triunfaban, hasta que llegó un militar que se pronunció
un poco mejor: Rafael del Riego. Gracias a él Fernando VII tuvo que acatar,
otra vez, la Constitución, y gracias al apoyo de los Cien Mil Hijos de San Luis
el rey pudo retractarse de nuevo tres años después. Otra vez La Pepa al garete.
§.
Muere el infante Alfonso
La
muerte del infante Alfonso sigue siendo un caso abierto. Se largó de este mundo
con sólo catorce años, exactamente el 5 de julio de 1468, y, pese a morir a tan
corta edad, se vio envuelto en uno de los mayores chanchullos monárquicos de
este país. ¿Creemos a quien asegura que murió de peste aunque el médico aseguró
que no tenía el más mínimo síntoma? ¿O hacemos caso de quienes dicen que lo
quitó de en medio su hermana Isabel? Isabel la Católica, la que luego se subió
al trono. Hace cinco siglos que esto huele a chamusquina.
Deshagamos
la madeja. Juan II de Castilla tuvo tres hijos: Enrique, Isabel y Alfonso. Como
Enrique era el mayor, fue el que subió al trono castellano con el nombre de
Enrique IV, y que a su vez tuvo una hija, la famosa Juana la Beltraneja, a la
que todos señalaban como hija de otro hombre. A esto le daban importancia
cuando venía bien que así fuera, porque a ver de cuándo a esta parte los reyes
se han estado quietos en su cama. Pero, bueno, en aquel momento interesaba
insistir en el tema. ¿Por qué? Porque los nobles castellanos querían derrocar a
Enrique IV para poner en su lugar a un rey-títere, a un fantoche al que poder
manejar a su antojo. Y ese rey era el infante Alfonso, el hermano pequeño del
rey, un chavalín de once años que ni pinchaba ni cortaba.
Enrique
IV no aceptó el arreglo porque él defendía a su hija Juana como legítima
heredera, así que se metieron a batallar por ver quién se quedaba con el trono,
si los partidarios de Enrique o los de su hermano Alfonso, al que los nobles
proclamaron como Alfonso XII en mitad de una farsa de chiste. Con lo que no
contaron los defensores de Alfonso es que el chaval se iba a morir sólo tres
años después.
Pero
ahí estaba Isabel para subir en el escalafón y convertirse en la favorita de
los nobles castellanos rebeldes en sustitución del difunto Alfonso. Como el
chaval se murió no se sabe cómo ni a cuenta de qué, aún hoy se mantienen las
sospechas de que la hermanísima le dio matarile para ser ella la candidata a
reinar. El resto de la historia ya la conocen.
§.
La «espantá» de la corte portuguesa
Hace
sólo unas líneas que recordábamos cómo el listo de Napoleón enredó a Carlos IV
para que le dejara entrar en España y así poder invadir Portugal. Tal asunto se
materializó a finales de noviembre de 1807, y el día 27 el puerto de Lisboa era
un hervidero de nobles, ministros y arzobispos que, encabezados por la realeza,
se hacían hueco a codazos por embarcar y huir del país. Hacía sólo unas horas
que Napoleón había puesto el pie en Portugal y toda la monarquía ya ponía pies
en polvorosa. Los portugueses no daban crédito.
La
élite del país abarrotaba el puerto para largarse a paraísos más tranquilos
donde instalar la corte. Y Brasil parecía un buen sitio. La nobleza, el alto
clero y los reyes no viajaban solos, porque como no sabían freír un huevo ni
hacerse una cama, se llevaron a sus criados. En total, se calcula que aquel 27
de noviembre se echaron a la mar diez mil personas camino de la colonia
brasileña, y eso que Napoleón aún no había ni estornudado. Menuda corte de
valientes, y valiente dinastía la de la Casa de Braganza.
Y
así fue como Río de Janeiro se convirtió en capital del imperio portugués
mientras la metrópoli se quedaba a verlas venir, abandonada por sus regidores y
sin un duro, porque la casa real no embarcó sola: se llevó la mayor parte del
tesoro del país. En los meses siguientes continuaron saliendo barcos con
carruajes de lujo, y muebles, y bibliotecas completas, y vajillas y todas esas
menudencias que necesitaba la realeza para estar en su salsa.
La
única nota cómica a esta cobarde huida de la casa real portuguesa fue que, en
la travesía hasta Brasil, se instaló una epidemia de piojos en el buque que
trasladaba a toda la línea sucesoria de la casa de Braganza, así que todas las
princesas acabaron con la cabeza afeitada y todos los príncipes tuvieron que
tirar sus pelucas al mar. Lo demás no tuvo ninguna gracia, porque tuvieron que
ser los ingleses los que acabaran defendiendo Portugal frente a Napoleón. Por
propio interés, pero lo hicieron.
§.
Napoleón se aburre en Elba
Se
las prometía felices Napoleón Bonaparte el 26 de febrero de 1815, el día que
huyó de su primer destierro en la isla de Elba, en el Mediterráneo. Napoleón
salió más cabreado de lo que entró y dispuesto otra vez a comerse el mundo.
¿Por qué acabó Napoleón desterrado en la isla de Elba? Porque tenía a las
potencias europeas hasta el gorro. Es que lo invadió todo. Egipto, Holanda,
España, Polonia, Italia, Austria… hasta que en Rusia calculó mal sus fuerzas y
más que escaldado salió helado. Aquella caída en desgracia provocó que Europa
se uniera y que hasta sus mariscales se rebelaran contra él. Entre todos le
obligaron a abdicar y Francia le dio el gobierno de la isla de Elba, que era
como decirle, anda, quédate allí y déjanos en paz.
Pero
en Elba Napoleón se aburría como una ostra, y en los nueve meses y medio que
permaneció confinado no dejó de darle vueltas a la cabeza para recuperar su
trono imperial. La noche del 26 abandonó la isla acompañado por su escolta,
pero, claro, no podía plantarse en París y decir aquí estoy yo. Necesitaba
apoyo popular y, sobre todo, tropas. Así que desembarcó en Cannes, donde el
festival de cine, y marchó hacia el este para conseguir el favor de los
campesinos.
Al
paso le salió el Quinto de Infantería, y el oficial al mando ordenó disparar,
pero los soldados se quedaron petrificados. Napoleón se percató de que aún
tenía el apoyo de la soldadesca y fue cuando soltó su famosa arenga: «Soldados
del Quinto… ¿me conocéis? Soy vuestro emperador. Quien quiera puede disparar».
Ni un tiro se oyó.
En
menos de un mes Napoleón entraba en París, y como los franceses no estaban muy
conformes con Luis XVIII, que era quien gobernó durante el destierro de
Bonaparte, pues al principio no tuvo mayor problema. Pero las potencias
europeas no tragaban con su regreso, y aunque Bonaparte prometió estarse
quieto, la guerra se hizo inevitable. Los famosos Cien Días del emperador en el
poder terminaron en Waterloo. Pero ésa es otra historia y, como dijo Rudyard
Kipling, debe ser contada en otra ocasión.
§.
Congreso de Verona
El
Congreso de Verona de 1822 fue una reunión donde se juntaron Francia, Rusia,
Inglaterra, Prusia y Austria para que nadie les tocara las coronas. Habían
conseguido deshacerse de Napoleón y ahora se trataba de asegurar el orden
europeo y de proteger a las monarquías de molestos liberales y de
constituciones y otras mandangas que otorgaban derechos a los ciudadanos. De
aquel congreso salió un acuerdo que hizo la puñeta a España y a los españoles.
Menos Inglaterra, que votó en contra, los otros cuatro países firmaron el 22 de
noviembre de 1822 el Tratado de Verona o, lo que es lo mismo, el envío de los
Cien Mil Hijos del santo más fecundo del mundo, San Luis. Llegaron a España
para que el señor Fernando VII recuperara su poder tan absoluto como nefasto.
El
Tratado de Verona hay que leerlo para creerlo, porque parece que lo redactaron
los hermanos Marx. Comienza diciendo que las altas partes contratantes están
convencidas de que el sistema de gobierno representativo es incompatible con el
principio monárquico. Que la libertad de imprenta perjudica a los príncipes, y
que la religión es la única que puede contribuir a la obediencia pasiva que los
ciudadanos deben a sus reyes. Dado que en España había unas Cortes, libertad de
imprenta y la obediencia pasiva a Fernando VII brillaba por su ausencia, las
altas partes contratantes acordaron encargar a Francia la formación de un
ejército para auxiliar al rey.
Luis
XVIII, tío de Fernando VII, reunió casi cien mil hombres para echar un cable a
su sobrino e invadir de nuevo España. Hacía sólo diez años que nos habíamos
librado de Napoleón y otra vez los franceses encima.
Esa
fue la principal ventaja de Francia para ganar. Que los españoles estaban
hartos de pegarse con los galos y no levantaron un dedo en esta segunda
invasión. Ahora bien, ya les vale a los liberales la oposición que ofrecieron.
Porque los Cien Mil Hijos no habían terminado de cruzar los Pirineos cuando
ellos ya habían hecho las maletas y estaban instalados en Sevilla. Pero es que
de Sevilla huyeron a Cádiz, y porque en Cádiz se acababa España y aquí no les
quedó más remedio que plantar cara, si no, los liberales acaban en Ciudad del
Cabo huyendo de los Cien Mil Hijos de San Luis.
§.
Legión Cóndor, el orgullo de Hitler
«Camaradas,
me siento feliz de saludaros personalmente y teneros ante mí, porque estoy
orgulloso de vosotros. Partisteis para ayudar a España en una hora de peligro y
volvisteis convertidos en aguerridos soldados. Sois un ejemplo. ¡Viva el pueblo
español y su jefe Franco!». Dicho lo cual, pero en alemán, Hitler, se quedó tan
ancho. Fue el 6 de junio de 1939. Los que escuchaban en posición marcial eran
los catorce mil soldados supervivientes de la Legión Cóndor.
Los
últimos soldados de la Legión Cóndor habían regresado a Alemania apenas una
semana antes, después de muchos y variados homenajes en España por haber
prestado su inestimable ayuda al bando golpista. Pero aún faltaba la traca
final, el recibimiento que les dispensó Hitler. El Führer dio la bienvenida a
la Legión Cóndor en un lugar por el que hoy pisan miles de turistas, la Isla de
los Museos de Berlín. Hitler estaba en una tribuna sobre las escalinatas, justo
en la mitad del frontis que forman las dieciocho columnas de lo que ahora es el
Viejo Museo, el que guarda el famoso busto de Nefertiti.
Frente
a Hitler se alineaban con la típica bizarría germana catorce mil soldados más
tiesos que una vela. La escena era extraña, porque vestían un uniforme que no
correspondía a ninguna unidad del ejército alemán. Además, había muchos
estandartes con nombres de soldados muertos y Alemania no estaba oficialmente
en guerra con nadie. Todavía.
Eran
los soldados con los que Alemania materializó su ayuda al bando golpista en la
Guerra Civil, que regresaban triunfantes y perfectamente preparados
tácticamente para la que se estaba preparando. Porque la Legión Cóndor no sólo
le vino de perlas a Franco, también sirvió a los intereses estratégicos de
Alemania.
España
fue el perfecto banco de pruebas para que los soldados adquirieran experiencia
y para probar la efectividad de nuevo armamento. Inmediatamente después de
aquel 6 de junio, la Legión Cóndor quedó disuelta, pero cuando los soldados no
habían terminado de quitarse las botas, tuvieron que volver a calzárselas. Tres
meses después comenzaba la Segunda Guerra Mundial, y los mejores especialistas
para acometerla se habían forjado en la Legión Cóndor.
§.
Bando real contra el « ¡Viva la Constitución!»
La
noche del 8 de octubre de 1824 estaba todo preparado para que alguaciles y
funcionarios de la corte comenzaran a clavar en todas las plazuelas de Madrid
un bando que condenaba al patíbulo a todo aquel insensato que gritase en
público « ¡Viva la Constitución!». El bando lo leyeron primero los madrileños,
pero en pocos días no había plaza de ciudad o pueblo de España donde no quedara
colgada la amenaza. Dio lo mismo, unos cuantos gritones siguieron dando voces
por la libertad.
La
Constitución a la que no se podía jalear era La Pepa, la de 1812, un texto que
más que una Constitución era el río Guadiana. Aparecía y desaparecía según
tuviera el día Fernando VII. Dos años después de promulgada volvió el rey de su
exilio y la tiró por tierra. Se recuperó durante el Trienio Liberal, pero
volvió otra vez el rey a dar la matraca con eso de que el único que podía
mandar era él y, esta vez, para defender su tesis se trajo a los Cien Mil Hijos
de San Luis. Como ya eran muchos, la Constitución se fue definitivamente al
garete y comenzó la famosa Década Ominosa, la restauración del absolutismo con
el maligno y cínico Borbón en el trono. Cínico, porque fue él quien dijo eso de
«Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional». Hasta
que se cansó de andar.
Fernando
VII se la tenía jurada a los liberales y a su maldita Constitución, y tuvo un
apoyo excelente en el mayor pelota de la corte, el ministro de Justicia
Francisco Tadeo Calomarde, que fue quien redactó el bando. Para la historia
política de España ha quedado la frase que acuñó Jacinto Benavente para meterse
con los gobernantes de turno. «Este es el peor gobierno desde los tiempos de
Calomarde», se decía.
El
bando condenando a muerte a quien vociferara « ¡Viva la Constitución!» surtió
relativo efecto, porque el alboroto no se acalló. Es más, cuando los detenían,
al grito constitucional añadían «muera el Rey», «viva la libertad», «abajo los
realistas». Total, como no les podían matar cuatro veces…
§.
El Congreso bailón de Viena
Decir
que el 8 de octubre de 1814 comenzó el Congreso de Viena para reorganizar las
fronteras europeas tras el desbarajuste que dejó Napoleón suena a historieta
petardo. Pero aquel congreso tuvo su gracia, no sólo por lo mucho que
disfrutaron todos los asistentes durante casi un año, porque se lo pasaron de
baile en banquete y de cacería en concierto, sino porque aquella convención fue
de las más trascendentes en la historia de la diplomacia. Pero, sobre todo,
eso, se lo pasaron en grande.
Napoleón
había dejado Europa patas arriba y era necesario volver a organizaría. El
Congreso de Viena fue el encargado de hacerlo. La primera decisión fue que
Francia perdía todos los territorios conquistados por Napoleón, y la segunda,
que el absolutismo tenía que volver a regir Europa. Lógico, porque todos los
representantes eran enviados de los reyes. Nada de lo acordado podía oler a
república ni a liberalismo. En el Congreso de Viena, el que no era duque era
marqués y el que no, rey. Y como la nobleza mezcla bien ocio y trabajo, cuando
no había banquete en el palacio austríaco, había una cacería organizada por los
ingleses. Y cuando no había baile de los franceses, había un picnic de los
prusianos. Así se entiende que alguien dijera que el «congreso de Viena no
marcha, sólo danza».
España
también tuvo su representante. Fue el marqués de Labrador, de quien el duque de
Wellington llegó a decir que era el hombre más estúpido que había visto en su
vida. Muy espabilado no era, digno representante de Fernando VII, pero tampoco
podía hacer mucho, porque el Congreso acordó que las potencias de segundo orden
no intervinieran en las decisiones importantes, y España era una segundona. Así
que, a nuestro enviado lo tomaron a chufla y se volvió con lo puesto. Y,
encima, fue con un presupuesto tan ajustado que no organizó ni un baile. Así no
hay forma de hacer amigos.
§.
Doce balas contra Prim
El
general Prim, Juan Prim, presidente del Gobierno español, fue aquel que echó a
Isabel II del trono y luego sentó en su lugar al italiano Amadeo de Saboya.
Pagó caro su empeño, porque el 27 de diciembre de 1870 Prim sufrió un atentado
muy cerca de la plaza de la Cibeles. Volvía de las Cortes en coche de caballos
cuando le metieron por las ventanillas seis trabucos. Impactaron en Prim doce
balas. Ninguna mortal, porque sólo fue herido en un hombro, un codo y una mano
gracias a que llevaba puesto el chaleco antibalas de la época: una cota de
malla debajo del gabán. Lo que mató a Prim tres días después del atentado fue
una infección. Una simple inyección de penicilina le habría salvado, pero el
doctor Fleming no había nacido. Le faltaban once años para ser, al menos,
cigoto.
Prim
fue el primer presidente de gobierno asesinado en España. Luego cayeron
Cánovas, Canalejas, Eduardo Dato, Carrero Blanco… pero el atentado a Prim ha
sido el único que ha quedado sin resolver. ¿Sospechosos? Muchos. Media España.
Unos, porque no les gustó que contratara a un rey en Italia; otros, porque
sospechaban que Prim era partidario de dar la independencia a Cuba, con lo cual
se perderían grandes fortunas; los aspirantes a monarcas que no fueron elegidos
para reinar en España también le tenían ganas; y los anarquistas no podían
verle. Con tanto enemigo suelto, era más fácil y rápido preguntar quién no
quería matar a Prim antes que localizar al culpable.
Tenía
tantos frentes abiertos que nunca quedó del todo claro por qué lo mataron ni
mucho menos quién lo hizo. Ahora bien, el que ha pasado a la historia como el
más firme sospechoso fue José Paúl y Angulo, un parlamentario extremista que ya
había sentenciado a muerte a Prim en un artículo. Precisamente se cruzó con él
minutos antes del atentado, en los pasillos de las Cortes, y como Prim era un
provocador, le dijo: «Qué, ¿por qué no se viene con nosotros a Cartagena a
recibir al nuevo rey?». Y el periodista respondió: «Mi general, a cada uno le
llega su San Martín», por no llamarle directamente cerdo.
Luego,
qué casualidad, el parlamentario estaba junto al lugar del atentado silbando el
pío, pío que yo no he sido. Cuando Amadeo de Saboya llegó a Madrid y se
encontró a Prim en una capilla ardiente, supo que lo suyo no había empezado
bien.
§.
Amadeo I de Saboya: «Yo dimito»
Menos
de tres años duró Amadeo de Saboya con la corona española puesta. Fue Amadeo I,
alias «quién me ha mandado a mí meterme en esto». Las Cortes lo eligieron rey
el 16 de noviembre de 1870 con 191 votos a favor. El resto de la Cámara hizo
una votación de locos: 60 pretendían la república federal; 1, la república
indefinida; 2, la unitaria; 27 querían por rey al duque de Montpensier, cuñado
de Isabel II; 9 votaron por Espartero y su caballo… en fin, que de aquella
sesión no podía salir nada bueno, por eso salió Amadeo. El nuevo rey entró con
mal pie. España estaba empobrecida, la bronca política era monumental; la
aristocracia lo miraba como un extranjero chulito; la Iglesia no lo quería ni
en pintura y a la plebe no le gustaba un pelo que su nuevo rey no hablara
español.
Las
Cortes de 1870 se empeñaron en que España volviera a tener monarquía —por
costumbre más que nada, no por necesidad—, pero no podía ser un Borbón porque
dos años antes habían echado a Isabel II. Y, además, tenía que ser un rey que
gustara al resto de países europeos. Se llegó a pensar en el príncipe alemán,
atentos, Leopoldo Hohenzollern-Sigmaringen, al que en Madrid llamaban «Ole, ole
si me eligen» porque aquello no había dios que lo pronunciara. Con un rey que
diera lugar a tal pitorreo, finalmente fue seleccionado Amadeo de Saboya, un
apellido también con rima pero más fácil de pronunciar. Amadeo de Saboya puso
el pie en su trono sin saber por dónde le venían los tiros y con infinidad de
frentes políticos abiertos. Y, encima, nada más llegar a Madrid su primer acto
oficial fue ir a la basílica de Atocha a comprobar que el general Prim, su
principal valedor, estaba muerto. Ya nada salió bien. Su reinado fue a
trompicones y llegó el momento en que Amadeo I de Saboya se largó al grito de
«los españoles son ingobernables». Dos años y tres meses después de haber sido
proclamado rey de España, Amadeo firmó la dimisión y salió hacia Italia sin
hacer las maletas. ¿Dimisión? Hombre… un rey abdica o huye, pero no dimite.
Dónde se ha visto semejante extravagancia.
§.
La abdicación de Isabel II
Cuando
Alfonsito, el único hijo varón de la reina Isabel II abandonó España camino del
exilio y agarrado a las faldas de su madre, sólo era un mocoso. Cuando regresó,
ya sabía limpiarse los mocos sólo y volvió como Alfonso XII, rey de España, el
monarca de la Restauración borbónica. Pero antes de llegar a este punto, el 25
de junio de 1870, su madre, la reina Isabel, renunció en París a los derechos
al trono en favor de su hijo. Oficialmente, abdicó «libre y espontáneamente».
Extraoficialmente, a regañadientes. Alfonso XII no había cumplido los trece
años.
Ya
sabemos que la revolución de la Gloriosa forzó el exilio de la familia real,
porque ya nadie aguantaba a Isabel II, sus líos amorosos y su manía de meter la
nariz constantemente en política. Se instalaron en París, en un magnífico
palacete de tres plantas que compraron a un magnate ruso. Aquélla fue la
residencia de Isabel, sus cuatro hijas y su hijo Alfonso. El marido, el rey
consorte Francisco de Asís, no duró allí dos telediarios, porque en cuanto se
vio libre y en el exilio lo primero que hizo fue salir por pies y largarse a
vivir con su novio, Antonio Meneses.
Y
allí, en París, comenzó su formación en el exilio el futuro Alfonso XII, bajo
la atenta mirada política de Antonio Cánovas del Castillo, que fue el que
convenció a Isabel II de que abdicara en su hijo. España era partidaria de la
monarquía, pero bajo ningún concepto admitía que ese monarca fuera la reina
Isabel, así que hubo que preparar al futuro rey para restaurar a los Borbones
en el trono. Pero Alfonsito no se preparó sólo en París, porque su formación
tenía que ser católica y, como en Francia se instaló la república, los
monárquicos españoles no querían que recibiera una educación laica y
republicana. Menuda incongruencia. Así que de París, lo enviaron a Viena, donde
además aprendió de qué iba eso de la formación militar; de Viena, a Inglaterra,
donde se fijó mucho en qué era eso de la democracia; y de Inglaterra a España
para demostrar todo lo que había aprendido. Entre otras muchas cosas, francés,
alemán e inglés.
§.
La efímera Primera República
La
primera intentona de España para ser republicana duró exactamente once meses,
porque el 3 de enero de 1874 un nutrido grupo de guardias civiles irrumpió en
el Congreso de los Diputados y, siguiendo órdenes del capitán general Manuel
Pavía, ordenó la disolución de las Cortes como sólo ellos saben hacerlo: a
tiros. La Primera República se fue a hacer gárgaras.
Aquel
pronunciamiento militar sólo dio el tiro de gracia a la Primera República
española, porque la República ya estaba herida de muerte. El golpe de Estado
del general Pavía fue una locura más dentro del psiquiátrico en el que se había
convertido España. La política no había por donde agarrarla, la Administración
era un caos y cada provincia campaba por sus respetos, con Sevilla declarándose
por su cuenta República Social mientras en Cartagena se instalaba una Junta
Revolucionaria y los carlistas daban la matraca en Vascongadas y Navarra.
España era un circo de tres pistas.
Hubo
cuatro presidentes del Gobierno en menos de un año y, en la madrugada de aquel
3 de enero, a punto de votarse un quinto —el que iba a sustituir al dimitido
Emilio Castelar— el presidente de la Cámara, Nicolás Salmerón, leyó una nota
que acababan de pasarle dos guardias civiles y en la que se ordenaba «desalojar
el local en un término perentorio o de lo contrario se ocuparía a viva fuerza».
Serían golpistas, pero también cursis como repollos.
Los
señores diputados se indignaron y olvidaron sus diferencias de sólo minutos
antes; hubo hasta quien propuso que todos aguardaran la muerte sentados en sus
escaños, y la propuesta se aprobó, pero les pudo la sangre cuando por fin
irrumpieron los guardias civiles. Algunos diputados se liaron a trompadas con
ellos en los pasillos, pero en cuanto se oyeron los primeros tiros, otra parte
de sus señorías escaló el hemiciclo a la velocidad del rayo.
Al
final triunfaron las armas, pero el éxito de aquel golpe se debió sobre todo al
agotamiento de los españoles, que ni prestaron atención a los militares ni
hicieron caso a los políticos. Tejero quiso repetir la jugada, pero se equivocó
de época y, sobre todo, equivocó el país.
§.
Alfonso XII, un pipiolo restaurador
Los
monarcas españoles se han pasado los dos últimos siglos de la ceca a la meca.
Pocas cosas hacían con tanta soltura como ir y venir del exilio, y una de estas
venidas se produjo el 9 de enero de 1875, cuando Alfonso XII desembarcó en
Barcelona para reasentarse en el trono tras seis años de exilio forzoso y
compartido con su madre, Isabel II. Los libros de Historia marcan este día como
aquel en el que el rey Alfonso XII restauró la dinastía de los Borbones en
España, pero él no restauró nada. Lo restauraron a él, porque Alfonso XII sólo
vino cuando se le llamó. Nunca antes.
El
desastre político de España era tal en aquella segunda mitad del siglo XIX, que
el menor de los males era tener un rey. En pocas palabras: Isabel II se exilió
en París con toda su prole tras la revolución de 1868; llegaron después varios
gobiernos provisionales, todos a la greña; más tarde apareció un rey italiano
de saldo que atendía por Amadeo I de Saboya; después vino la Primera República,
liquidada por un golpe de Estado del general Pavía, que entró hasta el
hemiciclo montado a caballo; por último, y tras el número circense del general,
vinieron varios gobiernos provisionales más. En mitad de todo esto, los
carlistas dando la tabarra por el norte; los cantonalistas, por el sur; y los
cubanos levantándose contra la madre patria. Todo este galimatías político es
lo que la historia llama el Sexenio Revolucionario, por no llamarlo el Sexenio
frenopático, porque los políticos de entonces acabaron con camisa de fuerza.
Pero
durante estos seis años la causa borbónica estuvo siempre muy bien defendida en
las Cortes por Antonio Cánovas del Castillo, que preparó el terreno para
reinstaurar una monarquía moderna y constitucional. Todo estaba a punto de
caramelo, cuando el general Martínez Campos va, se subleva en Sagunto y declara
por su cuenta rey a Alfonso XII. A Cánovas le subió el azúcar, porque él
llevaba años preparando el regreso de Alfonso XII por medios legales y
políticos, y llega un general que hace lo mismo con un innecesario golpe de
Estado.
Los
objetivos del político y el general eran el mismo, pero, ya saben, para un
militar del siglo XIX donde estuviera un buen golpe y cuatro tiros que se
quitaran las interminables sesiones del Congreso, con mociones que aburrían a
las ovejas.
§.
María Cristina, el regreso de los Austrias
No
está claro si la muerte de Alfonso XII fue una fatalidad más para María
Cristina de Habsburgo o el mayor golpe de suerte de su vida. Es una faena que
se te muera tu marido, pero si tu marido no te quiere, pues sólo es una faena a
medias. Alfonso XII sólo se casó con María Cristina para asegurar un heredero
oficial al trono, porque extraoficiales ya los tenía. Dos exactamente, pero no
servían para reyes. Eran hijos de una actriz… qué desfachatez.
El
único que podría servir para rey era el vástago que estaba en camino cuando
Alfonso XII se murió y al que María Cristina juró fidelidad el 28 de noviembre
de 1885. Lo que ocurre es que María Cristina juró ser fiel a un feto, a un
proyecto de rey para España sin saber aún si era chico, chica, tonto o lista.
Al final sonó la flauta. Alfonso XIII vino con una corona debajo del brazo.
Aquel
28 de noviembre, apenas unas horas después de haber entregado a los monjes
agustinos del Monasterio de El Escorial el cuerpo de Alfonso XII para su
custodia en el Panteón Real, a María Cristina de Habsburgo le cambió la vida.
Muerto el rey se acabó su calvario. Dejó de ser un simple vientre de alquiler,
una reina que ni pinchaba ni cortaba, para ser la regente de España durante los
siguientes dieciséis años. Y sólo entonces se descubrió el genio político que
llevaba dentro, su profundo conocimiento de la política internacional y su
buena mano con liberales y conservadores. Antes no lo tuvo fácil. Era la
segundona, la que tuvo que luchar contra la figura ñoña y coplera de María de
las Mercedes, la primera mujer de Alfonso XII, que se parecía horrores a
Paquita Rico.
Y
también tuvo que aguantar carros y carretas con el rey y sus amantes, hasta
soportar que nacieran hijos ilegítimos casi en paralelo a las dos infantas de
España. Pero llegó su turno y, como lista era un rato, lo primero que hizo en
cuanto asumió la Regencia fue cambiarse el nombre de María Cristina de
Habsburgo por el de María Cristina de Austria. ¿Por qué? Porque así recordaba a
todos que la dinastía de los Austrias volvía a estar sentada en el trono de
España. Alumbraría un Borbón, de acuerdo, pero ella era una Austria. Con
Alfonso XIII, los Borbones se pusieron otra vez la corona, pero quedó claro que
entre el XII y el XIII de los Alfonsos hubo una número uno con acento alemán a
la que los españoles bautizaron como doña Virtudes.
§.
La jura de Alfonso XIII
Doble
recuerdo histórico el del 17 de mayo de los años 1886 y 1902. Por un lado, el
nacimiento del rey de España Alfonso XIII y, por otro, su mayoría de edad para
hacerse cargo, con dieciséis años, de las labores de gobierno. Ese día de
principios del siglo XX, su cumpleaños, Alfonso XIII juró la Constitución y
España dio por terminada la regencia de María Cristina. Todo empezó muy bien,
porque el rey entró por la puerta grande, pero salió por la de atrás.
Alfonso
XIII, al ser hijo póstumo, nació con la corona puesta. Es decir, vino al mundo,
no como heredero, sino como rey con todas las de la ley, pero como sólo
balbuceaba, su madre María Cristina fue su voz y su voto. Alfonso XII había
muerto de tuberculosis seis meses atrás y dejó al país con la duda de si lo que
nacería sería otra niña o, por fin, el sucesor deseado. Y una curiosidad: dados
los antecedentes familiares y ante el temor de que naciera muerto, el crío fue
bautizado en el útero materno, no se fuera a quedar en el limbo. Pero llegó el
feliz día del alumbramiento y el rey nació sano. Tal y como obligaba el
protocolo, toda la corte y el gobierno esperaron en la sala contigua a la del
parto a que Alfonso XIII fuera presentado sobre una bandeja de plata repujada.
Durante
aquel solemne acto, los cronistas cuentan que don Práxedes Mateo Sagasta, líder
del Partido Liberal, comentó a su oponente Cánovas del Castillo al ver al niño:
«Sí, ya tenemos rey. Una mínima cantidad de rey».
Alfonso
XIII alcanzó la mayoría de edad sin sobresaltos y al abrigo de su madre. Sobre
si después llevó con acierto sus veintinueve años de reinado, ahí está la
historia para discernirlo. Pero es curioso leer unas líneas de su diario
escritas sólo cuatro meses y medio antes de comenzar a reinar: «Yo puedo ser un
rey que se llene de gloria regenerando a la patria, cuyo nombre pase a la
historia como recuerdo imperecedero de su reinado, pero también puedo ser un
rey que no gobierne y por fin puesto en la frontera». Fue, efectivamente, rey,
pero también profeta.
§.
Hitler y Franco: cita a ciegas en Hendaya
¿Quién
dijo que preferiría que le sacaran las muelas antes que volver a entrevistarse
con Franco? Ese mismo, Hitler.
Se
vieron las caras en el famoso encuentro en la estación de Hendaya el 23 de
octubre de 1940. Franco, con gorro cuartelero. Hitler, con gorra de plato. Fue
una cita a ciegas entre dos señores con bigote que, lejos de enamorarse,
acabaron pensando que el otro era un imbécil. En realidad, quedaron para ver
quién podía sacar mayor tajada.
A
Hitler no le iban tan bien las cosas contra Gran Bretaña y le hubiera venido
bien que España entrara en guerra para invadir Gibraltar, asentarse en el norte
de África y tomar el control del Estrecho. Franco dijo, vale, pero a cambio
quiero el Marruecos francés, el Oranesado, la ampliación territorial del Sáhara
y Guinea… mucha comida, mucho material militar y la defensa de las Canarias.
«Hombre, camarada Paco —debió de replicar Hitler—, yo cuando te mandé a la
Legión Cóndor no puse tantas condiciones».
Al
principio, el encuentro de Hendaya prometía. Pero cuando Franco abría la boca
sólo para pedir y adular e intentaba adornar la charla con anécdotas de la
mili, Hitler comenzó a bostezar. A las seis y media de la tarde, aburrido, el
Führer le dijo a su asistente, anda, dale el protocolo y que lo estudie. Al
darse media vuelta soltó la famosa frase: «Con éstos no se puede ir a ningún
sitio». El protocolo era el Pacto Tripartito, un acuerdo de colaboración entre
Alemania, Italia y Japón. Franco lo firmó, pero con la condición de que España
entraría en guerra cuando el gobierno lo considerara conveniente.
Todo
salió mal aquel día. Hasta el último momento. Franco, al despedirse en posición
de firmes y saludo castrense desde la plataforma de su tren, perdió el
equilibrio porque la máquina arrancó de golpe. Si no lo agarra Moscardó, Franco
acaba en el suelo. Pero es que salieron mal hasta las fotos. La agencia Efe
descubrió en 2006 que otras dos imágenes del encuentro de Hendaya estaban
trucadas. Cuando Hitler y Franco no salían en posturas poco marciales,
aparecían con los ojos cerrados, así que hubo que hacer recorta y pega para que
las fotos de la cita de Franco y Hitler que se distribuyeron aquel 23 de
octubre tuvieran la gallardía que requerían aquellos dos señores con bigote y
brazo en alto. Quedaron monos.
§.
Salmerón, leal a sí mismo
Uno
de los políticos más íntegros y honrados que ha tenido este país se llamó
Nicolás Salmerón. Es de suponer que por eso duró sólo dos meses en la
presidencia de la Primera República. No temía al rey ni a Dios; sólo tenía
miedo de traicionar su conciencia, por eso el epitafio que reza en su magnífico
panteón del cementerio Civil de Madrid, el más bonito de la necrópolis, el que
atrapa la mirada del visitante nada más entrar, es uno de los más célebres y
celebrados: «Dejó el poder por no firmar una sentencia de muerte».
Fue
un 20 de septiembre de 1908 cuando Nicolás Salmerón se largó de este mundo
mientras estaba de vacaciones en los Pirineos franceses. No tuvo tiempo de
sufrir el estrés pos vacacional. El traslado de sus restos en un tren especial
desde el sur de Francia hasta Madrid fue, como poco, apoteósico, pero es que su
llegada a la capital colapsó la ciudad. Todos los diputados, todos,
interrumpieron la sesión del Congreso, aquel que presidió Salmerón en tres
ocasiones, para salir a las escalinatas de la Carrera de San Jerónimo e
inclinar la cabeza al paso del féretro.
Era
lo menos que podían hacer por un tipo que se había partido la cara en voz alta
y sin tapujos por la educación en España. La contundencia de sus planteamientos
provocó que los Borbones del siglo XIX se la tuvieran jurada. Dijo el temerario
Salmerón: « ¿Sabéis lo que cuesta la Monarquía… el mantenimiento de una
familia? Pues trece millones de pesetas. ¿Sabéis qué se paga en España por el
mantenimiento de todos los Institutos de Segunda Enseñanza? Pues diez millones
de pesetas. Es decir, que vale más mantener la persona del monarca que educar
la nación». Después, evidentemente, lo echaron. Porque tenía razón.
§.
Primo de Rivera, golpe de mano
Jornada
dedicada a los salvapatrias la del 13 de septiembre de 1923, el día en que
Miguel Primo de Rivera arreó su famoso golpe de Estado. La guerra de Marruecos
y la inestabilidad política animaron a don Miguel a dar el golpe desde su
Capitanía General de Barcelona. Se hizo un silencio sepulcral en el país, nadie
reaccionó y Primo ganó. El primer pasmado fue él. Luego llegó Alfonso XIII y le
dijo: «Dios quiera que aciertes, te voy a dar el poder». Mira qué bien, un rey
golpista.
El
acuerdo al que llegaron rey y militar era que pondrían el país en orden en tres
o cuatro meses, harían una limpia de políticos corruptos, solucionarían la
sangría del ejército en Marruecos y luego España elegiría a sus gobernantes
como Dios manda. ¿Alguien conoce a algún dictador con palabra? Pues eso. Seis
años costó apearlo del poder. Como diría Groucho Marx, «éstos son mis
principios, si no le gustan, tengo otros».
Primo
de Rivera era un militar metido a político, a mal político. Carecía de
ideología y sólo tenía un patriotismo exacerbado y un fervor enfermizo hacia la
monarquía, dos cosas absolutamente contraproducentes para hacer buena política.
Al principio, consiguió el apoyo de todos, pero porque a todos prometía cosas
que puestas todas juntas eran incompatibles. Pactó con los catalanistas, con
los españolistas, con los liberales, con los radicales, con los que querían
abandonar la guerra de Marruecos, con los que querían seguir… con todos. Y
luego empezó a liarla: prohibió el catalán, continuó en Marruecos, sustituyó a
todos los gobernadores civiles por militares, disolvió todos los Ayuntamientos,
desterró a Unamuno… Al final, acabó con todo el mundo en contra: intelectuales,
políticos y militares.
Y
ahora la parte buena: España vivió en aquellos locos años veinte uno de sus
mejores momentos económicos durante la dictadura, ayudado, qué duda cabe, por
la bonanza económica que vivía Europa. Pero el mérito no fue del Primo, fue del
Calvo. De José Calvo Sotelo, el ministro de Hacienda que manejó los dineros con
mucho más arte que el general el país.
§.El
rey de Roma
El
20 de marzo de 1811 nacía Napoleón II, el último rey de Roma, ese que está en
boca de todos cuando por la puerta asoma. Pero esto hay que matizarlo, porque
ni el refrán es correcto —no se sabe a cuento de qué el ruin de Roma derivó en
rey de Roma— ni Napoleón II, hijo del Napoleón de toda la vida, era rey de Roma
como se entendió, primero, en la Antigüedad clásica y, después, durante el
Sacro Imperio Romano Germánico. Napoleón II fue, el pobre, un rey de Roma de
pacotilla.
El
Bonaparte, ya saben, repudió a la famosa Josefina porque no le daba un heredero
para su imperio. Casó después con la archiduquesa María Luisa de Austria, una
artimaña para entroncar con una de las dinastías imperiales con más solera de
Europa y con la esperanza de que así fuera mejor aceptado como emperador. No
sólo él, sino también el heredero que se supone que debería de llegar. Y llegó.
Nació aquel 20 de marzo Napoleón Francisco Bonaparte, un chavalín al que su
padre otorgó nada más nacer el título de rey de Roma, paso previo para ser
luego emperador. Pero esto se lo inventó directamente Napoleón para intentar
continuar una tradición que ya había perdido toda su enjundia en el siglo XIX.
Pero, bueno, mejor lo del rey de Roma que no el otro apodo que le pusieron, el
Aguilucho.
Le
llamaron así porque el águila era el símbolo de las tropas francesas, copiado
de las legiones de la antigua Roma. Como el águila simbolizaba el imperio
napoleónico, al hijo de Napoleón le pusieron el aguilucho, la cría del águila.
Pero, al final, por culpa de los desmanes de su padre, todo se le quedó en nada
al heredero: el imperio, el título de rey de Roma y hasta la vida, porque acabó
exiliado en Austria, la tuberculosis lo mató con veintiún años y fue
oficialmente emperador menos de una semana.
Padre
e hijo casi ni llegaron a conocerse y sólo consiguieron reunirse después de
muertos, y encima gracias a Hitler, que fue el que envió los restos de Viena a
París para que el rey de Roma y el emperador de Francia, enterrados ahora muy
cerquita, se lamenten por los siglos de los siglos del hundimiento de su
imperio.
§.
Alfonso XIII abdica
Alfonso
XIII estaba ya muy malito cuando entendió que jamás recuperaría el trono de
España, así que no le quedó otra que abdicar en su hijo Juan. Ocurrió en Roma
el 15 de enero de 1941. A Alfonso XIII sólo le quedaba un mes de vida y a su
hijo Juan la esperanza de que Franco le diera permiso para reinar como Juan
III. Pero no pudo ser, porque para que reinara Juan, Franco tenía que retirarse
a sus cuarteles y el dictador no estaba dispuesto a dejar de mangonear España.
Siguiendo
el orden sucesorio, a Juan de Borbón no le hubiera correspondido reinar ni de
lejos, porque era el penúltimo de los seis hijos de Alfonso XIII y Victoria
Eugenia. Echen cuentas. El primogénito, Alfonso, tuvo que renunciar a sus
derechos sucesorios para casarse con una cubana plebeya. Jaime, el siguiente,
era sordomudo y también renunció porque se lo pidió Alfonso XIII, aunque años
más tarde dio la matraca para recuperar sus derechos. No coló.
La
tercera hija era Beatriz y la cuarta, María Cristina, y como las dos eran
chicas ya se sabe que no están capacitadas para reinar mientras haya otro chico
en la cola, y ese chico era Juan.
Y
miren que intentó Juan de Borbón caerle bien a Franco. Se puso a sus órdenes,
le escribió cartas rogándole que le dejara luchar a su lado, le deseó que Dios
le ayudara en la noble empresa de salvar España, y hasta entró por Navarra de
incógnito, vestido de falangista y con el nombre de Juan López, para luchar al
lado de los golpistas. Pero Franco lo estuvo toreando con buenas palabras
porque no quería enemistarse con la familia real, que apoyaba fervientemente la
Cruzada.
Franco
le decía al voluntarioso Juan que no podía permitirle correr riesgos por el
importante puesto que ocupaba en el orden dinástico; que si le pegaban un tiro,
España se quedaría sin heredero, y esto era muy malo para los intereses del
país. A Juan de Borbón le costó enterarse de que aquel señor al que tanto
admiraba sólo era un dictador que no tenía intención de dejar el poder hasta el
mismo momento de su muerte. Franco descartó al padre, descartó al hijo y coronó
al nieto.
§.
El regreso de Victoria Kent
A
Victoria Kent se le pueden reprochar algunas cosas, pero hay muchas más que
reconocerle. Fue la primera mujer que ejerció la abogacía en España, la primera
que puso las cárceles en orden desde su puesto de directora general de
Prisiones y también la primera en meter la pata en contra de que las mujeres
pudieran ejercer el derecho al voto en la Segunda República. Fue el 11 de
octubre de 1977 cuando Victoria Kent regresó a España tras un exilio de
cuarenta años. Si hubiera llegado sólo cuatro meses antes, hubiera podido votar
en las elecciones parlamentarias donde los españoles, y las españolas, dieron
el triunfo a la ahora extinta y enterrada UCD. Victoria Kent estuvo sólo un
rato en España antes de regresar a Estados Unidos; pero tuvo suficiente tiempo
de ver que a este país, como dijo Alfonso Guerra, ya no lo conocía ni la madre
que lo parió.
Ya
se han cumplido siete décadas desde que las Cortes aprobaran el sufragio
universal en España, un derecho que salió adelante gracias al demoledor
discurso de Clara Campoamor, diputada por el Partido Radical, en la réplica a
su compañera del Partido Radical Socialista Victoria Kent, empeñada en que las
mujeres no tenían suficiente cabeza para saber qué votar. Pero esto no se lo
creía ni ella. Su verdadero pánico estaba en que las españolas, engullidas por
el espíritu católico, si se les daba el derecho a votar lo hicieran a la
derecha. Victoria Kent prefirió renunciar a su ideal feminista y tragar bilis
antes que ver gobernando a los conservadores.
Sería
injusto recordar a Victoria Kent sólo por su empecinamiento contra el voto
femenino, porque tuvo que ser ella, una mujer, la que aplicara con mano de
hierro la reforma carcelaria española. Cerró ciento quince centros
penitenciarios que mantenían condiciones infrahumanas; suprimió las celdas de
castigo; mejoró la alimentación de los presos y asumió el famoso axioma
expresado por la reformadora social Concepción Arenal: «Odia el delito y
compadece al delincuente». Victoria Kent lo hizo tan bien, que desde que ella
ocupó el cargo sólo en dos ocasiones más los gobernantes se han atrevido a
nombrar a otra mujer responsable de Instituciones penitenciarias. Por si las
arreglaban del todo. Son Paz Fernández Felgueroso y Mercedes Callizo.
Victoria
Kent acabó muriendo en Nueva York en 1987, con noventa años, y ahora sus restos
incinerados descansan en la ciudad de Redding, en Connecticut (Estados Unidos).
Entre sus cenizas seguro que hay una espinita que se llevó clavada por haber
rechazado, en contra de sus ideales, el sufragio universal.
§.
El corazón de Stalin
El 5
de marzo de 1953 moría uno de los malos más malos de la historia: Iósiv
Visariónovich, pero como este nombre no daba suficiente miedo, pasó a llamarse
Stalin, «acero». El día 5 es la fecha oficial, pero aún hoy no se sabe qué
ocurrió entre el 1 y el 5 de marzo. La noche del 1 al 2 sufrió una hemorragia
cerebral y luego se hizo un silencio sepulcral en el Kremlin. Ni un parte
médico, ni una comunicación oficial. Nada. El día 5, sencillamente, se dijo al
pueblo soviético que el corazón de Stalin había dejado de latir. Pero lo que
falló fue su cerebro. El corazón le había dejado de latir muchos años atrás.
Él
fue quien decidió en 1924, y sin que nadie se atreviese a rechistar, que había
que embalsamar y exponer a Lenin en un inmenso mausoleo de la plaza Roja. Pero
no lo hizo sólo para mantener a Lenin como un icono vivo de la Revolución
bolchevique. En sus planes también estaba embalsamarse junto a él y permanecer
como otro símbolo indestructible. Sus propósitos sólo se cumplieron a medias.
Los dos líderes compartieron escaparate durante ocho años, pero desde el mismo
día de la muerte de Stalin comenzó a gestarse el fin del estalinismo. Había que
acabar con aquella figura de terror como fuera y cuanto antes, pero había que
dar pasos firmes.
La
última zancada se dio en 1956, durante el XX Congreso del Partido Comunista. Se
revisó la figura de Stalin y se consideró entonces que durante sus treinta años
de gobierno había cometido inexcusables errores y numerosos crímenes que habían
manchado el comunismo. Se decidió castigarlo sacándole de su mausoleo de honor.
En 1961 cogieron su cuerpo, lo encerraron en un ataúd y se lo llevaron a una
sepultura de las murallas del Kremlin.
Los
millones de muertos que se llevó a la tumba y las condenas injustas nunca
pudieron ser resarcidos. Y ahí va un chiste que corría por la Unión Soviética
en pleno estalinismo: un preso le pregunta a otro por qué le han condenado a
veinticinco años, y el preso responde: «Por nada». «Imposible», contesta el
otro. «Por nada sólo te caen diez años».
§.
Autocoronado Bokassa
¿Alguien
se acuerda de Bokassa, aquel dictador centroafricano borracho de poder y
empeñado en parecerse a Napoleón? Las imágenes de su coronación como emperador
dieron la vuelta al mundo del derecho y del revés, porque era muy difícil dar
crédito a aquella monumental payasada que se desarrolló el 4 de diciembre de
1977. El sanguinario presidente centroafricano se autoproclamó emperador y
continuó gobernando su demencial imperio con la ayuda de la interesada Francia.
Bokassa
era un loco peligroso necesitado de pompas regias. No tenía dos dedos de frente
ni sangre azul, así que tuvo que autocoronarse emperador montándose un
teatrillo en el que invirtió veinte millones de dólares para que no faltaran
oros, terciopelos y armiños. Tomó como modelo el cuadro La coronación de
Napoleón y lo reprodujo como pudo.
Bokassa
disfrazó a su guardia de soldadesca napoleónica, se calzó unos zapatos de
diamantes —acabaron en el Libro Guinnes como los más caros del mundo—, se
plantó una capa de armiño de 15 metros que tuvieron que sujetar nueve soldados
y tomó asiento en un trono de oro con forma de águila.
Tras
unas palabras ceremoniosas, Bokassa agarró una corona enorme, se la plantó en
la cabeza y luego coronó emperatriz a su favorita. Ninguna delegación
diplomática acudió a esta bufonada, salvo Francia, que mandó a un ministro en
apoyo de aquel perturbado. Y también acudió un cardenal, muy blanco él y con
cara de «quién me mandaría a mí venir a esta patochada».
Lo
de Francia tenía explicación, porque Giscard d'Estaing, el presidente, quería
los diamantes y el uranio centroafricanos, y no iba a renunciar a ello por la
bobería de no apoyar a un dictador que torturaba y masacraba a sus ciudadanos.
Pero no sólo Francia apoyó a Bokassa. La Argentina del dictador Jorge Videla lo
recibió con honores de Estado. Entre locos e interesados andaba el juego.
§.
Calígula
Calígula
estaba como una cabra romana, esto no lo discute nadie, lo que pasa es que el
pueblo de Roma aún no lo sabía cuando el 28 de marzo del año 37 le aclamó en su
primer día como emperador. Cómo iban a sospechar que aquel jovenzuelo de
veinticinco años alcanzara tales niveles de perturbación.
Calígula
hizo trampa para llegar a emperador. Su antecesor, su abuelo adoptivo Tiberio,
dejó dicho en su testamento que el imperio debía ser repartido entre sus dos
nietos Gemelo y Calígula. Pero «Sandalita» —eso significaba Calígula—, con la
ayuda de otros de su calaña, consiguió que el Senado invalidara el testamento
para proclamarle emperador sólo a él.
Al
principio la cosa fue bien. Se metió a todo el mundo en el bolsillo: decretó
una amnistía, dio al pueblo el derecho a voto para elegir magistrados, repartió
dinero, regalos y comida entre la plebe, subió el sueldo a los soldados,
organizó banquetes para los senadores… todo estupendo. Hasta que los
desequilibrios mentales que aparentemente no se apreciaban salieron a flote
todos de golpe tras un ataque epiléptico.
Se
vio entonces la otra cara de Calígula: comenzó a envenenar a troche y moche,
nombró cónsul a su caballo Incitatus, llenó Roma de estatuas de oro, vació las
arcas del Estado y, el colmo, se hizo declarar dios viviente y todo el mundo
tenía que arrodillarse ante él. Sus depravaciones sexuales son tan conocidas
que no es innecesario mencionarlas. En menos de cuatro años de gobierno
desquiciado ya había cola para asesinarle, y el fin de Calígula, de
«Sandalita», llegó con treinta heridas de espada.
Su
tío Claudio, el de la serie de la tele, fue el sucesor. Pero él no quería.
§.
Los pactos de Múnich
Si
hubo algún hecho que convenció al perturbado de Hitler de su omnipotencia ante
Europa, ése fue el que se produjo el 29 de septiembre de 1938. Se firmaron los
nefastos pactos de Múnich, aquellos que permitieron al Führer invadir
Checoslovaquia con el beneplácito europeo. El ministro inglés Chamberlain,
después de estampar su firma, se volvió a Londres convencido de su heroicidad
por haber evitado la guerra. Cuando notó el aliento de Hitler en el cogote, le
bajaron los humos. Y es que fue Europa la que alimentó al monstruo. En los
Sudetes, al norte de Checoslovaquia, habitaba gran número de alemanes, y Hitler
dijo, puestos en este plan, me quedo la zona. Y lo quiso hacer con la venia de
las potencias europeas. Se sentaron a negociar, por un lado, Reino Unido y
Francia, y, por otro, Alemania. Como mediador, Mussolini. Menudo cuarteto. Y,
por supuesto, en la mesa de negociación no dejaron sentarse a Checoslovaquia.
Era el país directamente afectado, pero como sabían que iba a votar en contra
de que le invadieran los nazis, le dijeron «tú no negocias».
Los
pactos de Múnich dieron alas a Hitler, que al día siguiente de la firma comenzó
la invasión. Pero no se quedó en los Sudetes. Unos meses después había borrado
del mapa a Checoslovaquia. Tras la firma de aquellos pactos, el ministro
británico Chamberlain volvió a su país encantado de haberle conocido y los
ingleses le recibieron como un héroe por haber evitado una guerra en Europa.
Aunque lo que en realidad hizo junto con su colega francés fue echarle un hueso
checoslovaco a los nazis para que se entretuvieran y así les dejaran en paz a
ellos.
Hitler,
mientras, se quedó en Múnich partido de la risa por la ingenuidad de los
representantes europeos. La Segunda Guerra Mundial comenzó a gestarse y se
demostró que Chamberlain no había evitado absolutamente nada. Cero patatero.
§.
El insensato Cromwell
Son
muy pocos, poquísimos, los que se han atrevido a lo largo de la historia de
Inglaterra a acabar con la monarquía. Una cosa es meterse con las orejas del
príncipe Carlos y otra muy distinta tocarles la corona. El que lo ha intentado
lo ha pagado caro, y el más famoso de todos ellos fue Oliver Cromwell. Después
de hacerse con el poder y decapitar al rey Carlos I, consiguió que el
Parlamento proclamara la Primera República de Inglaterra. La primera y la
última, claro. Pero es que el 20 de abril de 1652 Cromwell, ya totalmente beodo
de poder, además disolvió el Parlamento a lo bestia, al estilo Tejero. A
Cromwell le salió bien.
En
aquella época tan convulsa no tenía excesiva importancia la disolución de un
Parlamento. Cuando no lo hacía uno lo hacía otro. Pero lo curioso es cómo lo
hizo Oliver Cromwell: entró con sus soldados, llamó borrachos a unos
parlamentarios, a otros los tildó de bandidos, luego los echó a todos a la
calle, cerró las puertas, se guardó las llaves y al día siguiente colgó un
cartel en la puerta que decía «Casa en alquiler». Nadie se atrevió ni a
preguntar por cuánto al mes ni si hacía falta aval bancario.
La
decisión de Cromwell fue del todo desproporcionada, sobre todo porque él había
sido parlamentario y debería haber mostrado el máximo respeto por la
institución a la que perteneció. Pero entre los fallos de Cromwell durante su
carrera estuvo el de inclinarse más hacia el ejército que hacia la política,
con lo cual en vez de usar la diplomacia en sus decisiones, las hacía cumplir
manu militari. Llegó a creer que el ejército era el instrumento elegido por
Dios para mantener el orden y una gobernación sensatos. Es más, Dios le había
elegido a él para comandar ese ejército.
Cuando
se proclamó la república, Cromwell ejerció el poder sin que nadie le hubiera
dicho que lo hiciera, y cuando el Parlamento le recordó que él no mandaba tanto
como se creía, se mosqueó y lo disolvió. Entonces se hizo nombrar Lord
Protector. Líbrenos, precisamente Dios, si es que puede, de tantos y tan
desquiciados salvapatrias.
§.
El triste fin de Clara Campoamor
El
30 de abril de 1972 moría en Lausana, en Suiza, exiliada, nostálgica y en
soledad, Clara Campoamor, la diputada radical durante la Segunda República que
se partió la cara por el sufragio universal. No paró hasta conseguirlo, y eso
que tenía enfrente a una compañera republicana, a Victoria Kent, empeñada en
que las mujeres no tenían suficiente seso para saber qué votar. Campoamor se la
merendó con un discurso que ha pasado a la historia parlamentaria.
Aquel
monumental triunfo le trajo a Campoamor tremendos sinsabores, y al final acabó
repudiada y humillada por la propia Izquierda Republicana. Luego llegó el
exilio, y la diputada Clara acabó deambulando por el mundo para ganarse el pan
traduciendo textos, escribiendo biografías, trabajando en un bufete de
abogados, juntando algunas perras con conferencias aquí y allí…
En
los años cincuenta intentó volver a España, pero si ya estaba tachada de roja,
añádanle a esto que perteneció a una logia masónica. O sea, que de regresar,
nada de nada, así que el final de su vida le llegó en Suiza, ciega y enferma de
cáncer y melancolía. Pero su deseo no era quedarse allí. Quiso volver a su país
aunque fuera con los pies por delante. Esto es un decir, porque fue incinerada.
Regresó
hecha polvo, en todos los sentidos posibles de la frase. Sus cenizas llegaron
al cementerio de Polloe, en San Sebastián, en mayo, unos días después de la
muerte, pero en aquel año 1972, con Franco todavía haciendo de las suyas. El
traslado fue absolutamente discreto, sin un solo reconocimiento. La mujer que
había conseguido el voto femenino en España regresaba en medio del más absoluto
silencio social e institucional.
§.
Cirrótico Joseph McCarthy
Estados
Unidos también tuvo su particular Inquisición a mediados del siglo XX. Lo que
pasa es que allí el malo no se llamaba Torquemada, se llamaba Joseph McCarthy,
aquel senador republicano que desató la famosa caza de brujas, una campaña
anticomunista en defensa de los intereses norteamericanos y que convirtió a la
mitad de los estadounidenses en paranoicos y a la otra mitad en sospechosos. El
2 de mayo de 1957 Joseph McCarthy moría con el hígado consumido por el alcohol.
En sus alucinaciones ebrias no veía insectos, veía comunistas.
Joseph
McCarthy era un agorero y consiguió contagiar su obsesión a medio país, hasta
que el país acabó hasta el gorro de él. Pero mientras le dejaron actuar hizo la
vida imposible a intelectuales, artistas, actores, directores de cine,
ciudadanos anónimos, científicos… Cualquier comentario un poco distanciado del
Dios salve a América le mosqueaba. Se fue a por Humphrey Bogart, a por Lauren
Bacall, a por Bertolt Brecht, a por Charles Chaplin… Atacó, incluso, al físico
Robert Oppenheimer, el padre de la bomba atómica, y todo porque después de
comprobar los devastadores efectos de su invento se manifestó en contra de la
carrera armamentística nuclear entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Para
McCarthy, Oppenheimer era un sospechoso antiamericano, así que consiguió que lo
expulsaran de su cargo en el gobierno.
El
asunto pasó de castaño a oscuro cuando el loco McCarthy comenzó a señalar como
comunistas a militares y políticos estadounidenses. No es de extrañar, porque
sus conclusiones las sacaba con el whisky en una mano y los expedientes en la
otra. Al final, se deshicieron de él y lo apartaron de la vida política, hasta
que murió en mitad de la indiferencia más absoluta.
Si
sería obsesivo este hombre que consiguió que se retiraran de librerías y
bibliotecas treinta mil libros sospechosos de alentar el comunismo. Entre
ellos, no se lo pierdan, Robín Hood, porque Robin, como robaba a los ricos para
dárselo a los pobres, también era comunista. Y es que la ignorancia es la madre
del atrevimiento.
§.
Caso Profumo
Muchos
ni se acordarán, porque ocurrió a mediados del siglo pasado, pero el caso
Profumo fue uno de los más divertidos y escandalosos que se dieron en la
política internacional en plena Guerra Fría. En el caso Profumo se mezclaron
con mucha gracia política, espionaje y prostitución. Fue el 4 de junio de 1963
cuando el ministro de Defensa británico John Dermis Profumo dimitió en medio de
un escándalo social y político cuando se supo que estaba liado con una
prostituta de lujo que a su vez tenía como amante a un espía soviético. A la
reina de Inglaterra se le puso la corona de punta.
Las
relaciones sexuales de los políticos no es que le importen a nadie, salvo
cuando esos líos amatorios trascienden más allá del colchón y afectan a asuntos
públicos.
El
caso Profumo fue como sigue: el ministro de Defensa, aristócrata, educado en
Oxford, conservador y perfectamente casado, se lió con Christine Keeler, una
prostituta de alto copete. El tenía cuarenta y ocho años. Ella, diecinueve. Los
servicios secretos británicos descubrieron que la jovencita, además de ser
amante de Profumo, también lo era de un espía soviético llamado Eugene Ivanov.
Lógico, era prostituta. Pero aquélla era una época en la que los bloques
capitalista y comunista en los que se dividió el mundo se miraban de reojo,
atentos a ver quién apretaba antes el botón del misil.
Se
sugirió al ministro de Defensa que tuviera cuidadito y se le alertó de que a
ver qué le había contado a su amante, porque esa información podría estar
llegando a la Unión Soviética. Profumo, de entrada, lo negó todo. Un
conservador como él cómo iba a estar engañando a su mujer, y encima con una
prostituta. Tuvo el desparpajo, incluso, de negarlo ante toda la Cámara de los
Comunes.
Los
servicios secretos británicos siguieron tirando del hilo, acabó montándose un
proceso judicial y ahí estalló todo. Profumo terminó confesando, la mujer le
esperó en casa con un rodillo en la mano, la sociedad se escandalizó y el
Partido Conservador perdió las siguientes elecciones. Y todo por unos cuantos
achuchones extramatrimoniales.
§.
Atentado contra Hitler
El
escritor irlandés George Bernard Shaw dijo en una ocasión: «Un chisme es como
una avispa; si no puedes matarla al primer golpe, no te metas con ella». Y esto
mismo podría aplicarse a Hitler: si no le podías matar a la primera, mejor no
tocarle las narices. El 20 de julio de 1944 un grupo de militares conjurados
que le tenía ganas intentó acabar con el Führer poniéndole un bombazo en su
sala de operaciones. Pero no acabaron con él. Hitler acabó con ellos.
A
Hitler no sólo le odiaban fuera de Alemania. En su país también había militares
y oposición civil, convencidos tanto o más que en el exterior de que Hitler
llevaría al país al desastre, por eso hubo decenas de intentonas para
asesinarle. Un grupo contrario a los planes agresivos del Führer intentó
frenarle e, incluso, buscó ayuda internacional para acabar con él. Pero nadie
confió en ellos, empezando por el propio Churchill. Los planes se pusieron en
marcha años antes, en 1938, y consistían en arrestar al canciller Hitler,
juzgarle por un delito contra el Estado y luego internarle en un psiquiátrico.
Pero
mientras se hacían los preparativos para dar el golpe de Estado, el Führer iba
consiguiendo más poder y los conjurados no conseguían ayuda exterior. Y tanto
se aplazaron los planes, que al final la única solución que vieron fue la de
acabar con la vida de Hitler.
El
atentado se fijó para el 20 de julio y sería en la «Guarida del Lobo», el
cuartel general del Führer en Rastenburg. El jefe del Estado Mayor del Ejército
de Reserva fue el encargado de colocar disimuladamente cerca del Führer durante
una reunión una cartera repleta de explosivos. El militar salió de la sala con
la excusa de hacer una llamada y, unos minutos después, ¡pum!, la bomba
explotó. Dieron por hecho que Hitler habría muerto, pero no. Murieron otros
cuatro, pero no él.
Resulta
que la cartera con la bomba molestaba a otro de los asistentes a la reunión,
así que la cambió a otro lugar bajo la mesa, más alejado del sitio donde estaba
Hitler. La madera maciza hizo de escudo y el del bigote se salvó. Entre cinco y
siete mil personas fueron detenidas por estar en el ajo de aquel atentado y
cientos de ellas fueron ajusticiadas. A Hitler o le dabas a la primera o mal
asunto.
§. Y
en éstas llegó Carlos I
Primero,
murió su padre, el guapo Felipe; luego, encerraron a su madre, la locuela
Juana; después, se murió su abuelo, el católico Fernando; y fue entonces cuando
Carlitos de Austria fue proclamado Carlos I, rey de Castilla y Aragón. El 19 de
septiembre de 1517 el rey desembarcaba en España para tomar posesión de sus
reinos con sólo diecisiete años. Los asturianos casi le dan una somanta de
palos cuando le vieron llegar.
La
flota que traía al nuevo rey procedía de Flandes y desembarcó más al oeste de
lo previsto. Se supone que debía atracar en Cantabria, pero el tiempo se
complicó, la ruta se desvió y los barcos acabaron entrando en las costas
asturianas. Cuando los paisanos de Villaviciosa, Llanes y Ribadesella vieron
llegar aquella comitiva de naves extranjeras, dijeron, tate, nos están
invadiendo, y se fueron a por ellos. Costó convencerlos de que aquel chaval del
que todo el mundo estaba pendiente era el nuevo rey de España, y que lo único
que pretendían ahora era llegar a pie hasta San Vicente de la Barquera, para
desde allí iniciar el recorrido oficial hacia Valladolid.
Al
final pudieron, y aquello fue sólo el principio de un largo peregrinaje, muy
accidentado, recorriendo tierras españolas para darse a conocer como nuevo
monarca. Tordesillas, Valladolid, Aranda de Duero. Luego Zaragoza, Barcelona… y
todo esto sin hablar ni papa de español.
Pero
con quien se entendió muy bien Carlos I nada más llegar fue con su abuela,
Germana de Foix. Tuvieron tanto gusto de conocerse que acabaron liados y
teniendo una hija. El hecho de que fuera su abuela es una anécdota, porque no
lo era de sangre. Germana de Foix era la segunda esposa de Fernando el Católico
y una viuda muy mona de veintinueve años cuando acudió a recibir al nieto de su
marido para hacerle más agradables sus primeros contactos con el reino.
Por
la niña que tuvieron no pregunten; la bautizaron como Isabel y fue
convenientemente enclaustrada en un convento. Qué cosas pasan en los imperios
sacros.
§.
Rodilla en tierra ante Idí Amín
Idí
Amín, el dictador de Uganda, estaba como una cabra, eso lo recuerda casi todo
el mundo, lo que pasa es que era un loco peligroso, y pocos se atrevieron a
llevarle la contraria. Uno de los episodios más surrealistas de su gobierno se
produjo el 2 de octubre de 1975: obligó a cinco británicos a arrodillarse ante
él, a integrarse en el ejército ugandés y a prometer que lucharían contra el
régimen del apartheid. La foto de aquel momento es para verla: cinco ingleses
con traje y corbata, arrodillados frente a un mastodonte de casi 2 metros y 110
kilos de peso, vestido de militar y puesto en jarras. A ver quién se negaba.
A
Idí Amín, los términos derechos humanos le sonaban a chino, por algo acabó con
la vida de casi medio millón de compatriotas durante sus nueve años de
dictadura. Asunto que no preocupaba al resto de líderes africanos, porque le
llevaron a la presidencia de la Organización para la Unidad Africana, la OUA, y
total, sólo porque Amín criticaba abiertamente el régimen racista de Sudáfrica.
Ya les vale… como si la sartén tuviera algo que decirle al cazo.
Aquella
peripecia de los británicos arrodillados no fue la única por la que pasaron los
ciudadanos ingleses residentes en Kampala, en la capital. Aquel mismo año de
1975 también les obligó a que, de vez en cuando, le llevaran a hombros en su
trono. Y ni rechistaban, porque les había salido el tiro por la culata. Fueron
los británicos quienes entrenaron a Idí Amín como militar y los que le dieron
todo su apoyo cuando arreó el golpe de Estado del año 71. Luego vinieron mal
dadas y ya era demasiado tarde para actuar.
Aquel
extravagante antropófago se les había ido de las manos. Sólo les quedó
aguantarse, reírle las gracias cuando se hacía llamar «el último rey de
Escocia» y salir por pies en cuanto pudieron. Por supuesto, el mundo nunca se
planteó poner orden en el régimen tiránico de Uganda. Todos hicimos mutis por
el foro, Estados Unidos cerró su embajada y dejamos que se apañaran ellos. Hay
que entenderlo, en Uganda no hay petróleo.
§.
Nace Nerón
Se
llamaba Lucio Domicio Ahenobarbo y vino al mundo el 15 de diciembre del año 37.
Nació de pie, dicen que un signo de éxito en la vida, y cierto es que, justo
hasta el momento en que se murió, todo le fue bien. El nombre de Nerón no lo
recibió hasta unos añitos después de nacer, cuando se lo puso su padre
adoptivo, Claudio. Ahora, el nombre de Nerón es un sinónimo de chiflado,
pirómano, asesino, desviado sexual, megalómano, suicida y, lo peor, un pelmazo.
Nerón
llegó a emperador con sólo dieciséis años, gracias a que su madre, la maléfica
Agripina, se cargó a Claudio y logró que su hijo fuera aclamado por el Senado y
la guardia pretoriana. En la Roma de aquel siglo primero esto no era difícil.
Bastaba presentarte en los cuarteles y prometer todo tipo de favores a soldados
y oficiales, repartir trigo y dinero entre el pueblo y tener contentos a los
senadores. Y la verdad es que cumplió todas sus promesas. De hecho, durante sus
primeros cinco años de gobierno fue un emperador modélico.
Buscó
la paz, redujo los impuestos, estableció un ecuánime modelo de justicia para
todo el mundo, recortó los gastos ostentosos de palacio… ¿En qué momento se le
fue la cabeza? Pues no está claro, pero se le fue del todo. A partir de ahí le
dio por matar a todo el mundo que amenazara su poder o le llevara la contraria.
Pero
el peor castigo que sufrió el pueblo de Roma con Nerón fueron sus supuestas
dotes artísticas. La primera vez que actuó fue en Nápoles. Estuvo cantando y
tocando la cítara durante varios días. Él paraba y descansaba, pero ordenó el
cierre del teatro para que nadie pudiera abandonarlo. Las crónicas cuentan que
algunas mujeres dieron a luz durante su soporífera actuación y que algunos
espectadores se hicieron los muertos para que retiraran sus cadáveres y así
poder huir del castigo.
Lo
malo es que Nerón estaba convencido de haber nacido para el arte y la
declamación. La última frase que pronunció demuestra que no se apeó del burro
ni siquiera en su último momento. Dijo: «Qué gran artista muere conmigo». Lo
dicho, un pelmazo.
§.
Traslado de la corte a Valladolid
Que
Felipe III es uno de los reyes más lerdos que ha tenido España está admitido
por la Historia. Dadas sus pocas luces, el rey se buscó a alguien que le
hiciera el trabajo y, como era torpe de natural, eligió al peor: al duque de
Lerma, el tipo más corrupto del siglo XVII. Allá va una prueba más allá de la
duda razonable: el 11 de enero de 1601 la corte abandonó Madrid y se trasladó a
Valladolid. Lo ordenó Felipe III, sí, pero a él se lo impuso el duque de Lerma.
Se trataba de una maniobra especulativa inmobiliaria sin precedentes.
Para
entender por qué se trasladó la corte a Valladolid sólo hay que coger la
operación Malaya y ubicarla cuatro siglos atrás. En España mandaba el duque de
Lerma como en Marbella mandaba Roca. Y si los alcaldes de Marbella se dejaban
llevar a cambio de estar bien comidos, Felipe III andaba en lo mismo. El duque
hizo lo siguiente: antes de convencer al rey para trasladar la corte de Madrid
a Valladolid, adquirió infinidad de solares y casas en la ciudad castellana, de
tal forma que cuando el traslado se hizo efectivo, como Valladolid no tenía
infraestructuras públicas para alojar a funcionarios y cortesanos, el duque
alquiló a la corona a precio de oro todas las posesiones que previamente había
comprado.
Pero
el valido de Felipe III aún tenía que redondear su jugada. Al perder Madrid su
capitalidad, se produjo una gran depresión económica y los precios de edificios
y terrenos cayeron de forma espectacular. El duque de Lerma, aprovechando lo
baratito que estaba todo y sabiendo que tarde o temprano la corte regresaría a
Madrid, compró a precio de saldo fincas en los mejores barrios y en los que se
adivinaba la expansión urbanística. Ejemplo: toda la zona donde ahora está el
Museo del Prado. Y, efectivamente, la corte regresó a Madrid cinco años
después.
Al
duque se le acabó el chollo cuando se murió Felipe III y al final pudo ser
procesado. Pero sólo un poco, porque para evitar su detención y ejecución más
que cantadas, consiguió que el papa le nombrara cardenal. Madrid le sacó unas
coplillas:
Para
no morir ahorcado,
el
mayor ladrón de España
se
viste de colorado.
§.
Muere Victoria I de Inglaterra
Ahí
va una pregunta de Trivial, ¿cuál ha sido hasta hoy el reinado más largo de
Inglaterra? Ese mismo, el de Victoria I, reina de Gran Bretaña e Irlanda y
emperatriz de la India, más conocida como la abuela de Europa. Pinchen a
cualquier monarca o príncipe europeo, incluidos los nuestros, y les saldrá ADN
de la reina Victoria. Murió el 22 de enero de 1901, después de sesenta y tres
años, siete meses y dos días de reinado. Isabel de Inglaterra intenta
alcanzarla, pero para pulverizar el récord de su tatarabuela tendrá que llegar
a soplar noventa y cuatro velitas.
La
reina Victoria murió en su residencia de verano de la isla de Wight, situada en
el Canal de la Mancha. No pregunten por qué se fue a su residencia de verano en
pleno enero; es que lo hacía todos los años por Navidad desde que enviudó. Era
su costumbre. Y tampoco pregunten por ella en la Abadía de Westminster, porque
no la enterraron allí. Reposa en un mausoleo propio, enorme y más ancho que
largo, como ella, situado muy cerquita del castillo de Windsor. Ordenó
construirlo para su marido, el príncipe consorte Alberto, que tuvo la mala idea
de morirse por unas fiebres tifoideas en 1861 y que, además de sumir a la reina
en una soberana depresión, la dejó con nueve churumbeles. Durante los cuarenta
años que sobrevivió a su marido, jamás consintió quitarse el luto.
Al
menos su prole no dejó de darle alegrías. Vio crecer a sus nueve hijos y a sus
cuarenta nietos, y a todos los casó con miembros de otras familias reales
europeas. Alemania, Prusia, Rumanía, España, Suecia y Rusia acabaron teniendo
monarcas con sangre inglesa.
Precisamente
tanta estirpe real emparentada fue un problema a la hora de sepultar a la
reina, porque hubo que esperar trece días desde el fallecimiento hasta el
entierro para que llegaran representantes de todas las monarquías europeas.
Victoria está considerada, a día de hoy, quizás la soberana más influyente y
poderosa, la única que hasta ahora ha marcado en la sociedad inglesa no una
época, sino una era. La era victoriana. De gustos refinados, formas
conservadoras y fondo hipócrita.
§.
Nace Ana de Bretaña
El
mapa de Francia que hoy conocemos está así de completito y de mono gracias a
que el 26 de enero de 1473 nació una cría a la que pusieron el nombre de Ana,
Ana de Bretaña, que, como su propio nombre indica, fue dueña y señora de este
ducado. Conste, pues, que la Bretaña es francesa porque el rey galo Carlos VIII
se empecinó en casarse con la duquesa Ana. Por el interés te quiero Andrés. El
rey matrimonió con Ana de Bretaña para que a Francia no le faltara en el mapa
el pico de arriba a la izquierda.
Pero
el rey Carlos VIII fue más allá, porque obligó a Ana de Bretaña a firmar un
acuerdo por el que, en caso de que él se muriera antes y sin heredero, quedaba
obligada a casarse con el siguiente rey de Francia para que la Bretaña siguiera
siendo francesa. Qué líos me llevaban entonces. Pero así ocurrió. A Ana de
Bretaña y Carlos VIII se les malograron los hijos y encima el rey se murió de
forma imprevista y bastante estúpida, porque arrearse contra el dintel de una
puerta por no agacharse lo suficiente y quedarse en el sitio por el golpe es
una forma muy tonta de morir. Qué velocidad llevaría este hombre.
Ana
de Bretaña dejó de ser reina, pero sólo un rato, porque al año siguiente de
enviudar tuvo que casarse con el siguiente rey, Luis XII. Así que otra vez se
sentó en el trono y otra vez la quisieron por el interés, para que la Bretaña
no se desgajara de Francia. Y además de estas idas y venidas con la Bretaña,
¿por qué otros asuntos se recuerda a la reina Ana? Por sus innovaciones en la
moda de la realeza y por el protocolo.
Ana
de Bretaña fue la primera de las reinas francesas que cambió el luto blanco por
el luto negro tras la muerte de Carlos VIII, y también la primera en poner de
moda el armiño blanco entre los monarcas. Pero hizo más cosas que no se habían
hecho nunca. Por ejemplo, tener siempre a su lado lo que entonces se llamaban
las «hijas de calidad»; denominadas luego «hijas de honor de la reina», después
«damas de palacio» y que luego se quedaron con «damas de honor», a secas. Esas
que comenzaron bailándole el agua a las reinas y han terminado en bañador
flanqueando a las misses.
§.
El baño de Fraga en Palomares
Han
pasado más de cuarenta años desde que Manuel Fraga se calzara aquel bañador
infame para darse su mediático baño en la playa de Palomares (Almería). Ocurrió
el 7 de marzo de 1960 y formaba parte de un show que se montaron Fraga y el
embajador estadounidense en España, Angier Bidle Duke, para demostrar a los
futuros turistas que las aguas de Almería no eran radiactivas y que los
salmonetes y los meros seguían siendo tan buenos como siempre. Allí abajo había
una bomba de hidrógeno mil veces más potente que la que destruyó Hiroshima,
pero de algo había que morir.
Está
claro que la bomba que había caído al mar y que aún no se había localizado
cuando se bañaron aquellos dos valientes no liberó su carga de plutonio, uranio
y americio, porque el embajador acabó muriendo a los setenta y nueve años,
atropellado por un coche mientras patinaba, y de Fraga… en fin, nada que decir.
Ahí sigue en el momento de rematar estas líneas.
Pero
en aquel espectáculo televisivo faltó alguien que estuvo en un tris de ir para
darse también el baño oportuno. Lo que pasa es que si hubiera ido ella, ni el
embajador ni Fraga habrían acaparado la misma atención. Anne Baxter, la que fue
Eva al desnudo, la que se llevó el Oscar por El filo de la navaja, estaba
rodando un «spaghetti western» en el desierto de Tabernas, en el interior de la
provincia almeriense, y cuando se enteró de la que había montada en Palomares
dijo que se presentaba allí con unas chicas y así todas se bañaban con Fraga y
el embajador.
Anne
Baxter rodaba en aquellos momentos una película más infame aún que el bañador
de Fraga, Las 7 magníficas, y se supone que la actriz, metida en su papel de
heroína del Oeste, quiso probar las aguas a trece grados de temperatura. Anne
Baxter pidió permiso a Fraga, y Fraga le dijo que sí, que se fuera con sus
chicas porque cuanta más gente, mejor. Pero se enteró el embajador y dijo que
de eso nada. Aquel golpe de efecto estaba perfectamente medido y la presencia
de la actriz lo convertiría en un espectáculo hollywoodiense. Como allí los que
mandaban eran los yanquis, Anne Baxter se quedó vestida de vaquera rodando su
«spaghetti western» y Fraga, compuesto y sin chicas. Con lo bien que hubiera
quedado en el NO-DO.
§.
Comienza el juicio de la UMD
La
mañana del 8 de marzo de 1976 comenzó el consejo de guerra contra nueve
militares españoles que pretendieron reinstaurar la democracia en España
poniendo su grano de arena desde dentro del ejército. Ahí es nada. Porque
declararte demócrata con Franco vivo, y encima siendo oficial, significaba
tenerlos muy bien puestos y estar para que te encierren. Y eso hicieron,
encerrarlos.
Eran
los «úmedos», los fundadores de la UMD, la Unión Militar Democrática. Este país
aún no ha agradecido lo suficiente aquella intentona.
Lo
que movió a aquel puñado de militares a fundar la UMD en 1974 fue el triunfo de
la Revolución de los Claveles en la vecina Portugal. Aquella en la que el
ejército se echó a la calle empujado por capitanes y tenientes y que acabó con
la dictadura de cuarenta y dos años del maléfico Salazar. Las libertades
volvieron a Portugal, y, mientras, en España muchos ciudadanos se preguntaban
dónde estaban nuestros capitanes. Pues haberlos, habíalos, como las meigas, y
los capitanes se organizaron.
Elaboraron
un ideario en el que se mencionaba a la bicha: soberanía popular, elecciones
libres, libertad de asociación… Todo ello dejando claro que no habría ningún
intento golpista… que la democracia había que conseguirla desde dentro y por
las buenas.
Militares
demócratas a Franco… venga hombre. Los pillaron, y aquellos oficiales
comenzaron a visitar distintos encierros en castillos militares hasta que
comenzó el juicio aquel 8 de marzo del 76. Y menos mal que para entonces Franco
ya había pasado a peor vida y la democracia se sospechaba en el horizonte,
porque si no las penas no hubieran sido la cárcel y la expulsión del ejército.
Aquellos
militares demócratas vieron su vida y su carrera partida por la mitad, y ni
siquiera con la democracia instaurada vieron reconocidos sus méritos. Se
legalizó hasta el PCE, pero no hubo el suficiente valor de reconocer
públicamente y desde el poder político que un puñado de capitanes rebeldes
había intentado lo más difícil: promover un ejército y una sociedad
democrática. Los «úmedos» ahora son, con la ley en la mano, memoria histórica,
pero, sobre todo, son un grato recuerdo de libertad.
§.
El fin de María Antonieta
María
Antonieta Juana Sofía de Habsburgo Lorena, conocida por los franceses como la
Austríaca tuvo un mal día aquel 16 de octubre de 1793. La guillotinaron por su
mala cabeza. Sus caprichos, sus lujos, su especial habilidad para mirar hacia
el lado opuesto a la miseria y la frivolidad en su modo de vida provocaron que
fuera una de los tres mil decapitados que dejó la época del Terror francés.
Está muy bien esa leyenda que dice que el molde de un pecho de María Antonieta
sirvió para fabricar la primera copa de champán, pero es injusto que anécdotas
como ésta hayan reducido al personaje a la mínima expresión. Casquivana,
frívola, trivial, ligona… todo es verdad, pero no es menos cierto que la reina
pasó de los palacios a las mazmorras con una dignidad que ya hubieran querido
los nobles que la condenaron.
María
Antonieta no era tan tonta, porque si no, no hubiera sabido cómo cometer alta
traición y revelar al extranjero los planes militares franceses. Y también supo
cómo plantar cara a los cortesanos parisinos para acabar con una serie de
etiquetas que a ella le aburrían terriblemente. Cuando encima se largó a
Versalles para disfrutar de un mundo a su medida, en París no quedó sólo un
pueblo descontento, sino también unos nobles cabreados. No necesitaba más
enemigos porque ya los tenía todos.
Fue
de mañanita cuando aquel 16 de octubre le anunciaron a María Antonieta que
fuera preparándose. Le ordenaron quitarse el luto que guardaba desde la
ejecución de su marido, Luis XVI, para evitar que la plebe se impresionara. Le
cortaron el pelo, le ataron las manos a la espalda, la subieron a un carro y un
cura al que ella ignoró le fue dando la tabarra todo el trayecto para que se
arrepintiera de sus pecados. Su cabeza se clavó luego en una pica, su cuerpo
fue al muladar y se acabó la Austriaca.
La
reina francesa volvió a estar de moda en octubre de 2006 gracias al cine,
cuando se estrenó la película de título tan rebuscado como María Antonieta. A
decir de la mayoría de los críticos, la película es tan mala que el pueblo
volvió a pedir la cabeza de María Antonieta porque hubiera estado feo pedir la
de Sofía Coppola, su directora.
§.
Los chanchullos de Edward Kennedy
La
cacareada maldición que pesa sobre la saga de los Kennedy añadió el 18 de julio
de 1969 un nuevo capítulo, quizás el menos difundido por ser uno de los más
vergonzosos. Lo escribió Ted Kennedy y fue el día en que sufrió un accidente de
tráfico en el que murió su joven acompañante. Ted salió por pies del lugar
huyendo del escándalo, pero el escándalo le alcanzó. La familia de la fallecida
dice que ésta es la historia mejor tapada de todos los tiempos, pero que al
menos sirvió para frenar las aspiraciones presidenciales del pequeño de los
Kennedy.
Sucedió
en la isla de Chappaquidick, en Massachusetts. Ted Kennedy regresaba por la
noche de una fiesta en honor de las secretarias que habían participado en la
campaña presidencial de su hermano Robert. Le acompañaba en el coche una de
ellas, Mary Jo. ¿Su amante? Una mala maniobra, un despiste por quitar las manos
del volante… quizás el alcohol… o quién sabe si todo junto provocó que el coche
acabara en el río. Ted salió del vehículo, abandonó a su acompañante, se fue a
su hotel, se duchó, se cambió de ropa, llamó a su abogado y sólo al día
siguiente avisó a la policía. Mary Jo llevaba horas sumergida en el río y había
muerto ahogada.
Ted
Kennedy vendió la publicación de sus memorias en 2007 por ocho millones de
dólares. ¿Recordará Teddy, el bueno de Teddy, aquella noche de 1969? ¿Desvelará
si conducía borracho? ¿Explicará por qué dejó abandonada a Mary Jo mientras él
corría a cambiarse de traje? ¿Recordará por qué llamó de inmediato a su
abogado, pero se le olvidó el número de emergencias? ¿Explicará por qué se fue
al hotel y sólo al día siguiente, duchado y afeitado, avisó a la policía del
accidente? A lo mejor, de todo esto no se acuerda y puede que sus memorias sólo
sean frívolos recuerdos embriagados.
Ted
Kennedy, tras aquel accidente, nunca pasó de senador y tuvo que hacer frente a
una condena de dos meses de cárcel. Pero no los cumplió, porque la justicia
suspendió la sentencia. ¿Un Kennedy en la cárcel? Por Dios, menudo
despropósito. Eso sí, su carrera presidencial se fue al garete. Y su
matrimonio, también.
§.
Nasser nacionaliza el Canal de Suez
La
tarde del 26 de julio de 1956 debía de hacer un calor sofocante en Alejandría,
pero esto es irrelevante, porque los egipcios están acostumbrados. Sin embargo,
en la plaza Mohamed Alí subió la temperatura de golpe cuando Camal Abdel
Nasser, presidente de Egipto, en mitad de un discurso aparentemente
intrascendente, soltó un bombazo. Dijo Nasser: «Yo, hoy, en nombre del pueblo,
tomo el Canal de Suez. A partir de esta tarde el Canal será egipcio y estará
dirigido por egipcios». La que se montó fue de órdago a la grande.
A
Gran Bretaña y Francia, propietarias de la compañía del Canal, les dio un
pasmo. Nasser les acababa de birlar el Canal de Suez, ese próspero negocio que
consistía en cobrar una pasta a cada barco que pasara del Mediterráneo al mar
Rojo sin necesidad de rodear África. El mundo se puso de los nervios, porque se
dio por hecho que si los egipcios gestionaban el Canal de Suez, el tráfico de
barcos quedaría bajo mínimos y se produciría un desabastecimiento petrolífero.
Nada de eso ocurrió. Es más, en los planes posteriores de Nasser estaba
alcanzar un acuerdo con Gran Bretaña y Francia para indemnizarles hasta que
expiraran los derechos de explotación del Canal, pero con una condición: los
barcos israelíes no podrían pasar. Ellos tendrían que dar la vuelta a África.
El desarrollo de aquella crisis de 1956 es de imposible resumen, porque el
mundo estuvo al borde de una tercera guerra mundial. Menos mal que, al final,
Eisenhower, recién elegido presidente estadounidense, paró los pies a Israel
bajo amenazas muy serias, porque los judíos, aprovechando la crisis, intentaron
convencer a Europa y Estados Unidos de que había que derrocar a Nasser y
reorganizar el reparto de Oriente Próximo. Y en ese nuevo reparto, Israel se
anexionaba Cisjordania, el sur del Líbano y toda la península del Sinaí. Pero
el mundo le dijo a Israel que no aprovechara que el Pisuerga pasa por
Valladolid para hacer otra de las suyas. Le dijeron, mira, te damos una central
nuclear, mil millones de dólares, te vendemos armas y te estás quieto.
Nasser
salió reforzado de aquella crisis, a Israel se le vio el plumero y nacieron los
cascos azules.
§.
Un emperador marxista
Al
último emperador de China le tocó vivir una mala época. Elemental, porque si no
hubiera sido el último. Pasó de emperador a presidiario para terminar siendo
jardinero. Ocupó el trono del Dragón con la misma soltura que luego empleó en
reintegrarse a la vida civil como el camarada Pu Yi. Fue primero monarca y
después marxista convencido. Se puede creer o no, pero es que no le quedaba
otra. El 17 de octubre de 1967 murió en Pekín un buen jardinero, casualmente,
el último emperador.
Casi
todos conocemos la historia del último emperador porque nos la acercó el cine
de la mano de Bernardo Bertolucci. La peli era buena. Nueve Oscar. Y fiel,
porque estaba basada en la autobiografía que escribió Pu Yi, la que tituló Yo
fui emperador de China. La figura del último emperador a estas alturas
despierta ternura y, eso seguro, no se puede decir que tuviera una vida
envidiable. Tuvo la vida que le tocó. Nació en la corte imperial, fue coronado
emperador con dos añitos y luego se lo llevó por delante el vendaval rojo. Fue
encarcelado en la Unión Soviética para limpiarle la mente de toda idea
capitalista y diez años después pudo ser excarcelado y reinsertado a la vida
civil porque se volvió más comunista que Mao Tse Tung.
Pu
Yi, simplemente, fue dócil y supo adaptarse. Sabía que no había más vuelta de
hoja, así que aprovechó bien las sesiones de autocrítica y de enseñanza
ideológica. Al menos funcionó para recuperar la libertad. En una ocasión, el
jefe de Gobierno soviético Alexei Kosyguin realizó una visita oficial a Pekín a
mediados de los sesenta, y durante un paseo por el Jardín Botánico observó que
algunas personas se inclinaban ante un anciano que arreglaba uno de los
jardines. Cuando preguntó por qué reverenciaban a aquel obrero, le contestaron
que en consideración a su antigua posición. Era el último emperador de China.
Capítulo
10
Ilustres,
cada uno a su manera
Contenido:
§.
Padre Coloma: un ratón para un rey
§.
Alexander Selkirk
§.
Fray Juan Gil trapicheando en Argel
§.
Agustina la Bella
§.
Pío Baroja, un respondón con boina
§.
El previsor Severo Ochoa
§.
François, el ilustrado
§.
Poliintelectual Jovellanos
§.
Galileo: el precio de la sabiduría
§.
Carlo Broschi, sin un par
§.
El sambenito de Sade
§.
Madame Pimentón
§.
Monsieur Parmentier
§.
José Rodríguez Losada
§.
Divino Newton
§.
Maltratado Maquiavelo
§.
Nostradamus se murió sin avisar
§.
Muere Houdini
§.
Catedrática Curie
§.
Echegaray, un Nobel discutido
§.
Indulto a Dostoievski
§.
El celosón Lope de Vega
§.
Calderón, el ilustre gamberro
§.
Arthur Conan Doyle, más allá de lo elemental
§.
Isadora Duncan, esa genial excéntrica
§.
Padre Coloma: un ratón para un rey
Además
de los Reyes Magos, hay otro personaje al que no hay forma de pillar in
fraganti. Muchos críos, cada mañana, siguen recogiendo la moneda que un roedor
con lentes de oro, sombrero de paja, zapatos de lienzo y cartera roja a la
espalda les deja bajo la almohada a cambio de sus dientes de leche. El ratón
Pérez nació de la pluma del jesuita jerezano Luis Coloma Roldan, y el padre
Coloma nació el 9 de enero de 1851 para fortuna de todos los que, gracias a él,
pudimos llenar, diente a diente, nuestra primera hucha en previsión de futuros
implantes.
La
vocación de Luis Coloma era la literatura, pero acabó vistiendo los hábitos por
una promesa: rozó la muerte cuando, limpiando su pistola, se disparó un tiro en
el pecho. Salir de aquel trance casi mortal le animó a seguir una vida
religiosa. Luis Coloma quizás no estaría muy feliz de saber que casi toda su
carrera literaria se ha visto eclipsada por culpa de un ratón miope, y que
pocos le recuerdan como autor de novelas como Pequeñeces, una obra que levantó
tremenda polvareda porque en ella sermoneaba a las clases pudientes madrileñas.
La protagonizaba una aristócrata de vida disoluta, y todas las nobles de la
capital se dieron por aludidas. Quien se pica, ajos come.
Calmados
los ánimos, el padre Coloma abandonó la sátira social y optó por argumentos
odontológicos. Nació entonces el ratón Pérez. Fue la reina regente María
Cristina quien pidió al padre Coloma que escribiera un cuento para su hijo
Bubi, que acababa de perder su primer diente y andaba el muchacho deprimido por
los salones de palacio. Bubi no era otro que el futuro Alfonso XIII. Así que,
el padre Coloma se cuadró y escribió la historia de un ratón que vivía con su
familia en una caja de galletas de una confitería de la calle del Arenal. Si
pasan frente al número 8 de esta calle madrileña, a escasos metros de la Puerta
del Sol, levanten la vista y verán la placa que recuerda la pastelería
imaginada por el padre Coloma, desde donde todas las noches salía un roedor
esquivando los gatos que andaban al acecho. Aún hoy hace su diaria recogida de
dientes, pero hubo un tiempo en que, en vez de esquivar felinos, sorteaba obras
y palas excavadoras con las que sembró la capital el alcalde Ruiz Gallardón.
Alguna que otra noche hubo que rescatarle de una zanja.
§.
Alexander Selkirk
En
el Pacífico Sur, frente a las costas de Chile, hay un archipiélago que se llama
Juan Fernández. Una de las islas de este archipiélago fue bautizada en pleno
siglo XX como Robinson Crusoe y otra, como Alejandro Selkirk. Está claro que un
nombre procede de la ficción pero el otro, no, porque Alexander Selkirk fue un
escocés que hace tres siglos, el 2 de febrero de 1709, fue rescatado después de
pasar cinco años sobreviviendo en solitario. El fue el auténtico Robinson
Crusoe y el que inspiró la novela a Daniel Defoe.
Alexander
Selkirk, en realidad, no naufragó, lo abandonaron en una isla desierta porque
se puso chulo. Era contramaestre en un barco corsario inglés y acabó a la greña
con el capitán. El barco estaba hecho polvo y, mientras el capitán se empeñaba
en continuar, Selkirk le discutía que, de seguir navegando, acabarían
haciéndoles compañía a los peces. Y tanto se enconó la bronca que Selkirk le
dijo, pues me bajas en la siguiente isla que yo no sigo. Y el capitán lo bajó.
El contramaestre contaba con que la tripulación secundara el motín, pero cuando
el resto de marineros vio la isla dijeron aquí te quedas tú solo. La chulería
de Alexander Selkirk, en realidad, le salvó la vida, porque, efectivamente, el
barco se hundió.
Y
allí se quedó el marinero, en una isla donde los huracanes estaban empadronados
y por donde no pasaba ni Dios. Dejó de hablar, porque los cangrejos no le
contestaban, pero poco a poco se reconcilió con su soledad, aprendió a
vestirse, a cazar y a pensar en sobrevivir. Se puso ciego a marisco, a sopa de
tortuga y a cabrito asado. Y su dieta la completó con muchas verduras, porque
en el interior de su isla crecían los huertos que habían dejado los españoles
años atrás. Así que, no nos engañemos, cuando lo rescataron, Alexander Selkirk
estaba bastante rollizo. Luego llegó Daniel Defoe, se inspiró y nos contó todo
esto en su libro Vida y extraordinarias y portentosas aventuras de Robinson
Crusoe de York, navegante. Pero quede claro que aquel escocés se salvó gracias
a las cabras y las verduras que dejamos los españoles.
§.
Fray Juan Gil trapicheando en Argel
La
nomenclatura de media vida cultural española gira en torno a Cervantes. Calles,
plazas, cines, teatros, premios, colegios, institutos e instituciones llevan a
Cervantes en el apellido. Sólo nos taita un club de fútbol en Primera con el
nombre de Cervantes. Pero nada de esto hubiera cuajado sin el Quijote, y menos
hubiera cuajado el Quijote si un tipo que atendía por fray Juan Gil no hubiera
liberado de su cautiverio de Argel a Miguel de Cervantes.
En
la ciudad de Argel, a diecinueve días del mes de septiembre de 1580. En
presencia de mí, notario, el muy reverendo padre fray Juan Gil rescató a Miguel
de Cervantes, natural de Alcalá de Henares, vecino de Madrid, mediano de
cuerpo, bien barbado, estropeado el brazo y mano izquierda, cautivo en la
galera del Sol yendo de Nápoles a España. Costó su rescate quinientos escudos
de oro, en oro.
Así
se escribió su acta de redención.
Volvía
Cervantes a España, con una mano inútil pero más contento que unas pascuas por
el triunfo de Lepanto, cuando unos corsarios berberiscos y bellacos le
trastocaron sus planes de llegar a oficial de los tercios españoles. Durante
cinco años y un mes permaneció el futuro escritor entre mazmorras y cadenas,
hasta que el susodicho fray Juan Gil, con paciencia de santo y empeño de
pedigüeño, reunió los cientos de escudos que permitieron a Cervantes salir por
pies.
Fray
Juan Gil era monje trinitario y el pobre sudó tinta para reunir el dinero del
rescate en tiempo récord, porque si no se daba prisa, a Cervantes se lo
llevaban a Constantinopla aquel mismo 19 de septiembre. Su dueño era el rey
Hazán Bajá, que estuvo mareando la perdiz con el precio con tal de no soltar a
don Miguel. Primero pidió mil ducados; luego rebajó a quinientos, pero en oro,
de los de curso legal en España. Fray Juan Gil sólo llevaba moneda en doblas,
así que además de tener que andar trapicheando con el cambio en Argel, la
devaluación le haría perder parte del dinero previsto. Era como pasar de
dólares a euros, pero de doblas a ducados. Llegó por los pelos, pero aún tuvo
que rascarse el bolsillo para pagar a los oficiales de la galera que le trasladarían
a él y a su liberado a España. Otras nueve doblas. Estaba carísimo rescatar
escritores en el siglo XVI.
§.
Fray Juan Gil trapicheando en Argel
La
nomenclatura de media vida cultural española gira en torno a Cervantes. Calles,
plazas, cines, teatros, premios, colegios, institutos e instituciones llevan a
Cervantes en el apellido. Sólo nos taita un club de fútbol en Primera con el
nombre de Cervantes. Pero nada de esto hubiera cuajado sin el Quijote, y menos
hubiera cuajado el Quijote si un tipo que atendía por fray Juan Gil no hubiera
liberado de su cautiverio de Argel a Miguel de Cervantes.
En
la ciudad de Argel, a diecinueve días del mes de septiembre de 1580. En
presencia de mí, notario, el muy reverendo padre fray Juan Gil rescató a Miguel
de Cervantes, natural de Alcalá de Henares, vecino de Madrid, mediano de
cuerpo, bien barbado, estropeado el brazo y mano izquierda, cautivo en la
galera del Sol yendo de Nápoles a España. Costó su rescate quinientos escudos
de oro, en oro.
Así
se escribió su acta de redención.
Volvía
Cervantes a España, con una mano inútil pero más contento que unas pascuas por
el triunfo de Lepanto, cuando unos corsarios berberiscos y bellacos le
trastocaron sus planes de llegar a oficial de los tercios españoles. Durante
cinco años y un mes permaneció el futuro escritor entre mazmorras y cadenas,
hasta que el susodicho fray Juan Gil, con paciencia de santo y empeño de
pedigüeño, reunió los cientos de escudos que permitieron a Cervantes salir por
pies.
Fray
Juan Gil era monje trinitario y el pobre sudó tinta para reunir el dinero del
rescate en tiempo récord, porque si no se daba prisa, a Cervantes se lo
llevaban a Constantinopla aquel mismo 19 de septiembre. Su dueño era el rey
Hazán Bajá, que estuvo mareando la perdiz con el precio con tal de no soltar a
don Miguel. Primero pidió mil ducados; luego rebajó a quinientos, pero en oro,
de los de curso legal en España. Fray Juan Gil sólo llevaba moneda en doblas,
así que además de tener que andar trapicheando con el cambio en Argel, la
devaluación le haría perder parte del dinero previsto. Era como pasar de
dólares a euros, pero de doblas a ducados. Llegó por los pelos, pero aún tuvo
que rascarse el bolsillo para pagar a los oficiales de la galera que le trasladarían
a él y a su liberado a España. Otras nueve doblas. Estaba carísimo rescatar
escritores en el siglo XVI.
§.
Pío Baroja, un respondón con boina
Ha
pasado más de medio siglo sin Pío Baroja. Murió el 30 de octubre de 1956, y aún
sigue quieto donde lo dejaron, en el cementerio Civil de Madrid, aunque
infinidad de actos con ocasión del quincuagésimo aniversario de su
fallecimiento nos recordaron que la obra rebelde de este escritor respondón
sigue viva. Como a don Pío le encantaba meter el dedo en el ojo de la tradición
religiosa, dejó muy clarito antes de morir que quería ser enterrado como un
ateo. O sea, que nada de cristianas sepulturas, ni esquelas de esas de
«descansa en el Señor» y nada que oliera a práctica cristiana. Su sobrino Julio
Caro Baroja estuvo veinticuatro horas esquivando presiones para enterrarlo en
sagrado… y lo logró. A Franco se le escapó otro escritor.
El
cementerio Civil de Madrid guarda la tumba de Pío Baroja. Allí se le preparó
una sepultura sobria que aún hoy conserva toda su sobriedad. Sólo una lápida de
granito con la inscripción Pío Baroja. Sin fechas, ni epitafios. Nunca hay
flores y sólo una enredadera, cuando llega la primavera, se extiende sobre el
granito y abraza la tumba. Don Pío se queda entonces en el anonimato más
absoluto hasta que llega la época de poda. El día del entierro, el 31 de
octubre, llovía a cántaros en Madrid, y el que peor llevó el aguacero fue
Camilo José Cela, uno de los que cargaron con el féretro. Se quejó Cela de que
el ataúd era tan barato que con la lluvia que caía destiñó y le puso el traje
perdido. También fueron hasta el cementerio John Doss Passos, Juan Benet, Vicente
Aleixandre, Dámaso Alonso… Menudo escándalo. Toda la intelectualidad enterrando
a un ateo.
Pero
hubo más desafíos en aquel entierro. Por ejemplo, que se trajera tierra
guipuzcoana para mezclarla con la de Madrid y que Baroja pudiera agitarse en
contacto con lo que más quiso. Años después, cuando murió su sobrino Julio Caro
Baroja, el proceso se hizo al revés. Fue enterrado en Vera de Bidasoa y en su
tumba se mezcló tierra de Madrid. El único fallo en aquel funeral tan medido es
que a don Pío lo enterraron sin boina. Estuvo el hombre cincuenta años sin
quitársela y van y lo entierran sin ella.
§.
El previsor Severo Ochoa
Morirse
un 1 de noviembre parece que viene a cuento, pero no. Nunca viene a cuento
morirse. La única ventaja es que como estos días los cementerios están muy
concurridos, los entierros son más animados y los recintos están más floridos.
El Nobel Severo Ochoa fue uno de los que corrió la mala suerte de morir el 1 de
noviembre de 1993. Afortunadamente, antes había dejado los deberes hechos:
aisló una enzima que luego resultó fundamental para descifrar el código
genético. Por eso le dieron el Nobel de Fisiología y Medicina. La enzima se
llama polinucleotidofosforilasa, que tiene más letras que
esternocleidomastoideo y menos que supercalifragilisticoespialidoso.
Severo
Ochoa esperaba su muerte desde hacía tiempo, y tan meticuloso como lo era en su
laboratorio, lo fue con sus asuntos funerarios. Dejó instrucciones muy
precisas. El lugar de entierro no podía ser otro que el de su nacimiento:
Luarca, en el cementerio más bonito de Asturias y uno de los más bellos de
España. Y, por supuesto, tenía que ser en la tumba donde ya estaba su mujer,
Carmen.
La
esposa de Severo Ochoa murió siete años antes que él, en 1986, y aquello le
dejó tocado. Y tanto pensó desde entonces en su propia muerte, que el profesor
dejó por escrito el epitafio que debería grabarse en la tumba cuando fuera a
reunirse con Carmen. Lo escribió en un papel y se lo entregó a su amigo y
biógrafo Marino Gómez Santos. Pero Severo Ochoa quizás desconfió de que su
deseo fuera a cumplirse y decidió actuar por su cuenta. Un día, el científico
se presentó en casa de su sobrino Joaquín y le entregó un paquete muy pesado.
Le
dijo que lo abriera cuando él ya no estuviera, y que entonces sabría qué hacer
con él. En el paquete había una plancha de mármol blanco con la siguiente
inscripción: «Aquí yacen Carmen y Severo Ochoa, unidos toda una vida por el
amor. Ahora, eternamente vinculados por la muerte». El día 1 murió Severo Ochoa
en la Clínica de la Concepción de Madrid. El día 3, ya estaba otra vez junto a
su mujer. Pasen a saludarle si van por Luarca, porque allí está enterrado un
genio. Y díganle, de paso, que gracias en parte a su enzima de nombre
interminable, el genoma humano ha sido un éxito.
§.
François, el ilustrado
Casi
todos tenemos la obligación de saber quién era Voltaire, porque sin saberlo no
había forma de aprobar filosofía y literatura del bachillerato. Ahora sabemos
que Voltaire fue un gran pensador, un gran escritor y un gran especialista en
incordiar a nobles y eclesiales; uno de los que abrió el siglo XVIII a las
luces de la Ilustración. Pero el 21 de noviembre de 1694 Voltaire no era nada
de eso… acababa de nacer.
Voltaire
no se llamaba así. Sus padres le pusieron François para que no cupiera la menor
duda de que era francés. Pero él, en cuanto le dio la ventolera de la escritura
se lo cambió por Voltaire, igual de francés, pero más exclusivo.
Los
estudiosos aún no se ponen de acuerdo en concluir poiqué François pasó a
llamarse Voltaire y, como este filósofo escribir, escribía mucho pero casi
nunca sobre él, ahí sigue la duda. François, de ingenio maligno y lengua ácida
desde pequeñito, no dejó títere con cabeza, porque se empeñó en revisar la
historia y contar las cosas tal como eran, no como los mandamases querían que
fueran y para lo que contaban con historiadores prácticamente a sueldo que sólo
cantaban alabanzas.
Fue
Voltaire el que dijo aquello de que la verdadera utilidad de la historia es
prevenir nuevas calamidades, y si para eso había que revolcar a reyes, papas y
pueblos… si había que separar las fábulas de la realidad y si había que dejar
en ridículo a los historiadores franceses que sólo peloteaban al poder, lo
hacía. El coste fue estar entrando y saliendo de la cárcel cada dos por tres.
No
es que Voltaire no metiera la pata, porque la metió, a veces hasta el corvejón,
pero puso los cimientos de la historia moderna y defendió ante todo la razón
humana sobre la divina. Su frase favorita era: «Ni supongo, ni propongo:
expongo». Pero insisto en que todo esto fue posterior, porque el 21 de
noviembre de 1694 el arrapiezo François sólo daba gritos ilustrados.
§.
Poliintelectual Jovellanos
Asturias
no ha dado un tipo más listo que Jovellanos. Fue de todo y casi todo lo hizo
bien: magistrado, ministro, literato, orador, poeta, jurisconsulto, filósofo,
economista… En resumen, un ilustrado, un pozo de sabiduría, una enciclopedia
con patas. Los padres le destinaron al sacerdocio, pero Jovellanos no podía
encerrar su inquietud intelectual en un monasterio y se echó al mundo para
aprender, para enseñar y para compartir. El 27 de noviembre de 1811 una
pulmonía mató a Baltasar Melchor Gaspar María de Jovellanos, un hombre
bautizado con los tres nombres de los Reyes Magos porque nació el 5 de enero.
Se desconoce por qué extraña razón las enciclopedias siempre obvian el nombre
del negro.
Jovellanos
tuvo una cabeza privilegiada. Tan pronto reformaba la ley agraria como
fomentaba la marina o promovía el libre ejercicio de las artes. Aconsejaba cómo
impulsar la minería de una provincia a la vez que pegaba la nariz al suelo para
estudiar con entusiasmo la botánica de una zona aprovechando que le habían
desterrado. Cada minuto de su vida lo empleó en aprender y en promover la
cultura en beneficio del país.
Su
legado escrito aún lo tenemos, pero se nos ha perdido el artístico. Verán
cuándo y por qué: poco antes de la Guerra Civil, el Colegio de los Jesuitas de
Gijón guardaba el famoso legado artístico de Jovellanos, ahora de un valor
incalculable porque estaba compuesto por unos setecientos bocetos de Rembrandt,
Goya, El Greco y Velázquez.
Durante
la guerra, el Colegio de los Jesuitas se reconvirtió en cuartel del ejército de
tierra, el famoso cuartel de Simancas, que acabó incendiado y destruido. Desde
entonces se desconoce qué ocurrió con el legado artístico de Jovellanos. Hace
cinco años hubo una falsa alarma porque un anónimo aseguraba que ese legado
estaba oculto en un nicho del cementerio de Ceares, en Gijón, y la que se montó
fue considerable.
Hubo
que contratar seguridad privada en el cementerio para evitar que alguien se
sintiera tentado por el jugoso botín, exhumar al ocupante del nicho y comprobar
que allí no había nada. Jovellanos duerme su sueño ilustrado en la capilla de
los Remedios de Gijón y la sabiduría que nos dejó es tan suculenta que el
legado material da exactamente igual.
§.
Galileo: el precio de la sabiduría
Hubo
un tiempo en el que todos estaban convencidos de que la Tierra estaba inmóvil
en el centro del universo. Algunos insensatos defendieron que no, que la Tierra
giraba sobre sí misma y que el único centro universal era el Sol. Entre
aquellos insensatos estaba Galileo Galilei, que el 8 de enero de 1642 abandonó
este mundo aburrido de tanto ignorante con sotana. Tuvo que renegar de su
propia teoría para salvar el cuello, y admitir que si las Sagradas Escrituras
decían que la Tierra era el ombligo del universo, eso iba a misa. Pero Galileo
dijo sólo lo que la Iglesia quería oír. ¿Que la Tierra es el centro de la
creación? Pues muy bien. ¿Que no gira? Pues también. Pero Galileo murió en
posesión de una verdad más grande que una catedral.
El
geocentrismo era una verdad religiosa indiscutible, luego afirmar que eso era
una patraña se convirtió en herejía. El hereje Galileo defendió la teoría de
Nicolás Copérnico, la que decía que el centro del universo era el Sol y que los
terrícolas, incluidos los que habitaban el Vaticano, dábamos vueltas a su
alrededor como todo hijo de vecino de cualquier otro planeta. Esta afirmación
de Galileo, argumentada y calculada, sentó fatal a la Iglesia, especialmente a
unos chivatos inquisidores que la tomaron con Galileo y lo denunciaron al Santo
Oficio. Estos acusicas gustaban de llamarse dominicos, del latín domini canes,
que traducido viene a ser «los perros del Señor».
Pese
a que el matemático acabó dando la razón a cardenales, inquisidores y papas…
pese a que demostró ser un fiel cristiano… pese a que suplicó benevolencia y
perdón, Galileo murió cumpliendo su pena y no fue rehabilitado por la Iglesia
hasta tres siglos después de su muerte. En 1992, Juan Pablo II reconoció en una
solemne declaración oficial que Galileo fue un físico genial; que tenía razón,
caray, que la Tierra no está quieta y no es el centro del universo conocido,
aunque disculpó a los teólogos cazurros que lo condenaron porque lo hicieron
sin mala fe. Menos mal. Trescientos cincuenta años tardaron en reconocer que
Galileo tenía razón y sólo entonces Roma comenzó a girar alrededor del Sol. El
Vaticano, sin embargo, se mueve.
§.
Carlo Broschi, sin un par
Carlo
Broschi nació el 24 de enero de 1705. Y cómo chillaba el condenado niño, qué
pulmones. Nació con todos sus atributos, con un par, pero no se hizo famoso
hasta que los perdió a cambio de quedarse para los restos con voz de soprano.
Lo rebautizaron como Farinelli il castrato, porque era un protegido de los
hermanos Farina. Este hombre sin testosterona fue el más famoso de los
castrati, de los castrados, unos señores a quienes les cortaban los testículos
cuando eran niños para que continuaran conservando una voz delgada. Mi
ignorancia me decía que eso de cantar dependía de la garganta. Pero no. Resulta
que la voz sale de otro sitio.
La
historia de los castrati es de sobra conocida. Y también sobradamente cruel.
Extirpar a un niño de seis, siete u ocho años los testículos para educar su voz
como la de una soprano e intentar hacerle famoso en los escenarios operísticos
era una práctica muy extendida. En los siglos XVII y XVIII llegaron a castrarse
a cuatro mil niños al año, y encima sólo triunfaba el 10 por ciento. Las
consecuencias físicas eran tremendas. Se volvían gordos o muy larguiruchos,
pero, además, se les satinaba la piel, les desaparecía el vello, se les retraía
el pene (es de suponer que porque se habían llevado a sus dos mejores amigos),
sufrían enfermedades vasculares, sabañones… En fin, una calamidad. Y a todo
esto hay que añadir que mucha gente los trataba con desprecio. Les llamaban
capones, huevazos, elefantes sonoros…
Farinelli,
al menos, fue uno de los que triunfó. También en España, donde fue contratado
por la reina Isabel de Farnesio, segunda esposa de Felipe V, para curar la
melancolía del rey. Cuentan que la primera vez que Felipe V oyó la voz de
Farinelli, lloró a moco tendido; o sea, que la melancolía no se le curó, pero a
cambio consiguió un gran amigo. Pero es que si la pérdida testicular de Carlo
Broschi ya no tenía remedio, menos aún lo tenía el trastorno bipolar de Felipe
V.
§.
El sambenito de Sade
No
hay nada peor que pasar a la historia con mala fama. No hay forma de
sacudírsela de encima. El marqués de Sade no es que fuera un bendito, pero tan,
tan, tan malo, tampoco. Era un crápula viciosillo, pero no peor que muchos de
sus colegas de época, lo que pasa es que unos cardaban la lana y el marqués de
Sade se llevó la fama. Sea como fuere, el 2 de diciembre de 1814 el marqués de
Sade murió y legó al mundo un sinónimo de perversión sexual: sadismo. Menudo
sambenito le cayó encima. Se llamaba Donatien Alphonse François, y Sade era el
apellido. El panorama que se le presentó en la vida fue el siguiente: el padre
tan pronto estaba corriendo tras las faldas de madame de Pompadour, como le
tiraba los tejos al mismísimo Voltaire; la madre se desentendió del crío; el
tío, encargado de su educación, era sacerdote, pero impartía misa por la mañana
con el mismo desparpajo que utilizaba por la noche para montarse juergas con
las parroquianas. La esposa del marqués era una puritana y la suegra cumplía
todos los tópicos: era más mala que un dolor, así que se la juró a su yerno y
usó todas las influencias de la corte para no dejarle a sol ni a sombra. Con un
ambiente familiar tan sugerente, el marqués se dio a las orgías y, como era muy
imaginativo, se lió de más.
Pero
el marqués de Sade también fue un gran escritor, buen dramaturgo y aceptable
actor. No hacía nada que no estuviera de moda en la época entre los nobles, el
clero, los profesionales de alto standing y los varones de alta alcurnia:
frecuentar los prostíbulos parisinos con señoritas especializadas en prácticas…
eso, especiales. Pero el foco se centró en él y fue él quien se largó a la
tumba con cargo de conciencia por haber sido un mal bicho. Por eso escribió que
sobre su tumba se plantaran semillas para que la espesura la tapara y se
borrara entre los hombres el recuerdo de su existencia. Pobre, no era tan malo.
§.Madame
Pimentón
Les
hablo de un personaje muy desconocido ahora, pero que dio mucho juego en el
Madrid castizo de principios del siglo XX. Al parecer se llamaba Timotea Conde,
pero esto es lo de menos porque todo Madrid la conocía como madame Pimentón.
Era un ejemplar castizo y estrafalario, admirado por escritores de la época y
recurrente en las crónicas periodísticas, que murió el 6 de febrero de 1918.
¿Su curriculum? Ex prostituta, mendiga, borracha conocida más que alcohólica
anónima y con la única habilidad de cantar a los transeúntes y frente a las
terrazas retazos de conocidas óperas y zarzuelas con la mano extendida. Un
personaje tan pinturero, que la intelectualidad de la época celebró un banquete
en su honor.
Poco
o nada se sabía de madame Pimentón. Salvo eso, que cantaba ópera, seguramente
mal, que era una excéntrica vestida del color del pimentón de los pies a la
cabeza, que no hacía daño a nadie y que malvivía de las monedas que le daban
por sus gorgoritos. En el año 1910, el cotarro periodístico y literario del
momento decidió que madame Pimentón, a su manera, era un personaje de éxito, y
en aquella época era habitual celebrar banquetes para testimoniar admiración,
madame Pimentón era más conocida que la Chelito, y justo era que tuviera su
homenaje con discurso a los postres.
Escuchen
los versos que leyó el escritor José López Silva al final del banquete homenaje
a madame Pimentón:
Deja
que tu mano estreche,
fenómeno
de mujer,
y
ojalá que te aproveche
la
ensalada de escabeche
que
te acabas de comer.
Aquel
reconocimiento era merecido, porque madame Pimentón inspiró a muchos escritores
costumbristas, incluso años después de fallecer. Camilo José Cela, por ejemplo,
menciona a madame Pimentón en La colmena. Los trinos de la madame se apagaron
cuando cumplió los setenta y cuatro años, pero al menos tuvo donde caerse
muerta. Una actriz se ocupó de arreglarle el entierro para evitar que sus
huesos fueran a una tumba de caridad aquel frío febrero. Ya se acabaron los
personajes pintorescos. Sólo nos quedan frikis que venden sus miserias en
televisión y encima no se saben ni un párrafo de Doña Francisquita.
§.
Monsieur Parmentier
La
ONU declaró 2008 como el año internacional de la patata y apenas alguien hizo
puñetero caso a ese tubérculo tan socorrido. Así que, como sentido homenaje a
la patata, recordar que el 17 de diciembre de 1813 murió el principal impulsor
de las papas para el consumo humano, Antoine-Augustin Parmentier. Si no llega a
ser por él, aún estábamos echándoselas a los cerdos.
La
patata la trajimos los españoles de América, pero allí ya llevaban
consumiéndola los peruanos desde hacía ocho mil años. Aquí en Europa, como
éramos muy finolis, decidimos que, como mucho, la patata servía para dar de
comer al ganado y a los pobres. Y en este plan estuvimos tres o cuatro siglos,
hasta que, llegados al XIX, a la academia de la ciudad francesa de Besançon se
le ocurrió hacer un concurso de ideas para saber cuáles eran los vegetales más
nutritivos en tiempos de hambruna. Varios presentaron la patata, aunque esto no
era nuevo, porque miles de pobres habían confirmado a lo largo de siglos que la
patata quitaba el hambre.
Pero
fue Antoine Parmentier quien presentó la tesis más convincente y el que
demostró no sólo que la patata era apta para el consumo humano más allá de
estómagos necesitados, sino que con ellas se podían hacer verdaderas virguerías
en la cocina.
Cuando
los gastrónomos se percataron del filón que tenían en sus fogones, ya está, la
patata se convirtió en la reina, sola o en compañía de otros. Por servir, sirve
hasta para salir sonrientes en las fotos siempre y cuando se diga patata, no
pomme de terre, que es como la llaman los franceses. Y más rebuscados fueron
los alemanes, que la llamaron falsa trufa y de ahí derivó a kartofel. Huevos
fritos con kartofel. Suena raro pero saben bien.
Todo
este lío armó Parmentier. Adivinen qué tipo de ofrendas dejan en su tumba los
estómagos agradecidos que pasan por el cementerio Père-Lachaise de París. Eso
mismo. Pommes de terre.
§.
José Rodríguez Losada
José
Rodríguez Losada, puede que así, a bote pronto, no suene a nadie digno de
mención. Pero gracias a este leonés nos tomamos puntualmente las uvas con las
campanadas de fin de año que retransmite Televisión Española. El 6 de marzo de
1870 moría en Londres José Rodríguez Losada, probablemente el mejor relojero
del siglo XIX. No sólo construyó el reloj de la Puerta del Sol, también hizo el
de la catedral de Málaga y el del Ayuntamiento de Sevilla. Pero, sobre todo,
era un maestro requerido por reyes, ministros, marinos, generales y ricachones
europeos para fabricar relojes de sobremesa, de bolsillo, de viaje, de
bitácora, cronómetros de marina, reguladores astronómicos… Fabricó 6.275
relojes.
La
especialidad de Rodríguez Losada eran los cronómetros para la marina, porque la
precisión aquí es fundamental. Con que un cronómetro de marina atrasase un
segundo en aquel siglo XIX, ya la habíamos liado, porque suponía una desviación
en la longitud geográfica de casi medio kilómetro. El relojero Losada acabó
desarrollando su profesión en Londres, porque tuvo que salir por pies de España
por sus ideas liberales. Vamos, que Fernando VII se la tenía jurada.
Su
huida de España fue curiosa. Sucedió en 1828. El superintendente de Madrid
tenía como distracción favorita disfrazarse de lo que fuera y colarse en
reuniones clandestinas de liberales para espiarlos y denunciarlos. Pero los
liberales le tenían perfectamente fichado, así que un día que el
superintendente acudió disfrazado de fraile, le cogieron y le obligaron a
firmar un salvoconducto que permitiera salir del país a Rodríguez Losada.
Todo
este episodio lo contó el dramaturgo José Zorrilla. Lo sabía de buena tinta
porque el superintendente era su padre. El relojero consiguió huir a Francia,
donde estuvo dos años, y luego se instaló en Londres, ciudad en la que se casó,
se hizo rico y famoso, y murió. Fue desaparecer Rodríguez Losada de la escuela
de relojería británica y empezar a hacerse famosos los suizos. Si no, de qué.
§.
Divino Newton
La
noche del 20 de marzo de 1727 fallecía en mitad de un cólico nefrítico y
frenético uno de los más grandes científicos que ha dado la historia, sir Isaac
Newton. Listo como él solo, despistado como no ha habido otro… y también
vanidoso y tirando a antipático, pero tan lúcido en sus deducciones y tan
observador que no ha habido nadie que hiciera tal cantidad de aportaciones a la
ciencia. Lo que pasa es que la fecha de su muerte tiene trampa, porque
Inglaterra se regía por el calendario juliano; o sea, que el 20 de marzo inglés
era en realidad 31 de marzo en España. Quiere esto decir que a los ingleses se
les murió once días antes que a nosotros. Chincha.
Newton
trabajó todos los campos posibles: la óptica, la dinámica, la teología, la
alquimia, las matemáticas, la geometría, la filosofía y la astronomía. Allá
donde hubiera algo incomprensible, allá estaba él para intentar descifrarlo.
Hasta se metió en política, probablemente el político más callado que también
ha dado la historia. Jamás intervino en el Parlamento, y un día que pidió la
palabra fue para rogar que alguien cerrara una ventana porque había corriente.
Como buen científico, Isaac Newton fue un obsesivo de la experimentación, y
experimentaba con todo, hasta con un huevo para dar con el punto exacto de
cocción. Precisamente el experimento con un huevo dio lugar a uno de sus más
famosos despistes: con el reloj en una mano y el huevo en la otra, puso a cocer
el reloj y se quedó mirando el huevo.
Pero
si algo dejó Newton fueron dos cosas: la famosa ley de la gravitación universal
y un interminable epitafio en su tumba de la Abadía de Westminster, en Londres,
ante el que cualquier humano que lo contemple se siente a la altura del betún.
Lo resumo mucho: «Aquí descansa sir Isaac Newton, caballero que con fuerza
mental casi divina demostró el primero, con su resplandeciente matemática, los
movimientos y figuras de los planetas, los senderos de los cometas y el flujo y
reflujo del océano. Dad las gracias, mortales, al que ha existido así, y tan
grandemente como adorno de la raza humana». El que lo escribió se quedó a
gusto.
§.
Maltratado Maquiavelo
Nicolás
Maquiavelo es ese señor que cuando nos obligan a estudiarlo en la escuela
resulta ser un peñazo insufrible. Por eso a Maquiavelo se le coge mucha manía
desde el principio, mucha más cuando su apellido encima ha quedado para definir
a la gente retorcida, astuta y con mala leche. Maquiavélicos los llamamos.
Pobre Maquiavelo, si sólo fue un adelantado a su tiempo, un gran político de la
época y un cerebrito de ideas muy claras. Hasta que las ideas se le secaron el
22 de junio de 1527. Se murió sin ver publicada la obra que le dio cruel fama
mundial, El Príncipe.
Lo
cierto es que Nicolás Maquiavelo fue un tipo muy listo, que sabía cómo
funcionaba y cómo había que manejar la política en la Europa de los siglos XV y
XVI. Lo que no se puede hacer, evidentemente, es aplicar aquellos métodos
ahora, porque ni existe el contexto, ni mandan los Medici, ni viven los Borgia,
ni la Iglesia domina el mundo. Bueno, un poco sí. En la Italia de Maquiavelo se
jugaba con las cartas disponibles o no se jugaba.
La
mala fama la arrastra Maquiavelo por su más libro más célebre, El Príncipe.
Como los tipos más poderosos de la tierra aseguraban que éste era el libro que
inspiraba sus gobiernos, pues le hemos cargado a Maquiavelo ser el culpable de
las doctrinas que seguían Hitler o Napoleón. Todos nos hemos quedado con la
frasecita «el fin justifica los medios», y se nos olvida que lo dijo
refiriéndose a que si un gobernante quiere alcanzar un fin bueno para su
pueblo, queda excusado de los medios empleados para conseguirlo.
Hace
casi quinientos años que murió Maquiavelo, y que levante el dedo quien crea que
su principal máxima es mentira: si un gobernante sólo se dirige por la
prudencia, la justicia, la clemencia y la lealtad, nunca conservará el poder,
porque a su alrededor siempre habrá injustos, imprudentes, desleales y crueles.
O sea, que hay que aprender a ser un poco malo, a tener peor talante, para que
no te tomen por el pito del sereno.
Si
pasan por la Santa Croce de Florencia, saluden a Maquiavelo en su magnífico
sepulcro. Por aquel entonces no era malo, era realista.
§.
Nostradamus se murió sin avisar
La
peor publicidad para un adivino es morirse sin haber avisado de que lo iba a
hacer. Y eso le ocurrió a Michele de Notredame (más conocido por su nombre
latino de Nostradamus) el 2 de julio de 1566, que se murió sin avisar. Cada vez
que el mundo está pendiente de un acontecimiento trascendental o sufre un
suceso grave, siempre se descuelga alguien diciendo que Nostradamus ya lo
advirtió. Nostradamus sólo fue un hombre del Renacimiento más listo que el
hambre.
Nostradamus
era un buen médico, avanzado a su tiempo, pero descubrió que hacer horóscopos
para nobles era más rentable que curar a la plebe. La fama le llegó a
Nostradamus cuando publicó las famosas Profecías y algunos quisieron ver que
sus pronósticos se cumplían. Una de las más convencidas fue la reina de Francia
Catalina de Medici, y, claro, al tener a la reina como principal cliente, lo
demás le vino rodado. El truco de Nostradamus estaba en escribir sus supuestas
profecías con un estilo enrevesado, incomprensible, construyendo mal las frases
y comiéndose los verbos, de tal forma que su dificultosa lectura da lugar a
infinidad de interpretaciones.
Escrutando
sus textos del derecho y del revés muchos han llegado a ver que predijo el
atentado a las Torres Gemelas, la guerra de Yugoslavia, el nacimiento de
Hitler… Pero es que es muy recurrente buscar acontecimientos en quinientos años
de historia, luego irse a una profecía de Nostradamus y decir, ¡albricias!,
¡coincide!
Lo
gracioso es que la reina de Francia Catalina de Medici intentó usar a
Nostradamus contra Felipe II para amedrentarle justo antes de que se produjese
la batalla de San Quintín. La reina encargó a su profeta la carta astral de
Felipe II y ordenó que se la entregaran en mano. Felipe, que no era tonto,
supuso que allí dentro irían malos augurios para acobardarle e intentar hacerle
desistir de plantear batalla, así que directamente la quemó sin mirarla. Y aquí
se supone que Nostradamus patinó estrepitosamente, porque Felipe II ganó en San
Quintín por goleada.
§.
Muere Houdini
El
31 de octubre de 1926 moría en Estados Unidos el inigualable, el sorprendente,
el más hábil de los escapistas: Harry Houdini. Del único sitio donde, al
parecer, no ha podido escaparse es de la magnífica tumba que le custodia en el
cementerio del barrio neoyorquino de Queens. Murió con sólo cincuenta y dos
años, de una supuesta peritonitis; supuesta, porque nunca se demostró, y no se
demostró porque no se hizo autopsia. El certificado de defunción se firmó
veinte días después de haber sido enterrado. Raro, raro, raro…
Y
tantas dudas hay en torno a la muerte de Houdini que no es extraño que parte de
sus descendientes haya pedido la exhumación para estudiar los restos y
determinar si se murió solo o le echaron una mano. Hay serias sospechas de que
fue envenenado por espiritistas, porque Houdini les desmontaba su farsa cada
dos por tres. Houdini fue un genio de la magia, pero él defendía que lo que
hacía era eso, magia, que no había nada paranormal en el asunto.
Les
tenía declarada la guerra a los espiritistas y a sus supuestas comunicaciones
con los muertos, les puso pruebas que jamás pudieron superar y les tendía
trampas en las que caían como pipiolos. En resumidas cuentas, que se la tenían
jurada porque el espiritismo estaba en boga por aquel principio del siglo XX,
reportaba mucho dinero y Houdini les tiraba el negocio abajo cada vez que
podía. Le amenazaron directamente, diciéndole que estaba acosando a los
espíritus inmortales y que eso traería consigo «inevitables y terribles
consecuencias». ¿Fue, pues, casualidad que muriera la noche de Halloween?
La
causa oficial de la muerte del mago fue una peritonitis, producto a su vez de
una apendicitis provocada, supuestamente, por un puñetazo en el estómago que
recibió voluntariamente durante la realización de uno de sus espectáculos. Pero
como fue enterrado muy rápidamente, cualquier evidencia de un posible asesinato
fue sepultada con él. Si Houdini será o no finalmente exhumado aún no se sabe,
pero estaría bien que cuando abrieran la tumba, Houdini, el gran escapista, no
estuviera.
§.
Catedrática Curie
a
noche anterior a aquel 15 de noviembre de 1906, María Curie no haría más que
dar vueltas en la cama por la responsabilidad que la esperaba al día siguiente:
sería la primera mujer en la historia docente de la Sorbona que pisaría un aula
como catedrática. Meses antes, el consejo de la Facultad de Ciencias acordó que
ya era hora de que las mujeres pudieran dar clases en la universidad, y la
primera no podía ser otra que madame Curie. María Curie habría sacrificado de
mil amores el honor de ser la primera profesora universitaria de Francia, la
primera catedrática de Física, a cambio de que su esposo Pierre continuara
vivo. Porque era él el titular de la cátedra, pero un mal día de abril de aquel
mismo año de 1906, un pesado coche de caballos lo arrolló y lo mató en una
calle de París. La Facultad de Ciencias tenía que sustituirle, y no era fácil
encontrar a alguien de la altura de todo un premio Nobel de Física. A no ser
que tuvieran a mano a otro premio Nobel de Física. Y lo tenían: María Curie.
Porque la Academia sueca entregó el premio a los dos, al matrimonio, luego
tanto montaba uno como otro.
El
día que la catedrática ingresó en su clase por primera vez, la expectación era
descomunal. El aula estaba a rebosar, con estudiantes sentados por los
pasillos, por la escalera, con la puerta abierta porque no entraban todos, pero
todos querían estar en la primera lección de la descubridora del radio. ¿Cómo
empezaría su clase? Esa era la gran pregunta.
La
costumbre exigía agradecer la distinción de la cátedra al ministro de
Educación, al consejo de la Sorbona y a todo mandamás académico. A la una y
media de la tarde la nueva catedrática entró en clase. Miró al frente, esperó
que callaran los aplausos y dijo: «Cuando consideramos los progresos logrados
en los dominios de la física durante los diez años últimos, nos sorprende el
gran avance de nuestras ideas en lo concerniente a la electricidad y a la
materia». María Curie había comenzado su clase con la frase exacta que
pronunció su marido cuando dio por terminada su última lección, sólo minutos
antes de que le arrollara aquel carruaje en París.
§.
Echegaray, un Nobel discutido
Pocas
veces la concesión de un Nobel de Literatura fue tan criticada como cuando se
le otorgó a José Echegaray, el primer español que conseguía el galardón sueco
de las letras. El 12 de diciembre de 1904 la Academia de Estocolmo anunciaba
que el dramaturgo español recibiría el premio, compartido con el francés
Frédéric Mistral. Aquello cayó muy bien entre la oficialidad española, pero
fatal en los círculos literarios. La generación del 98 le puso la proa.
Lo
raro es que a Echegaray le dieran el Nobel de Literatura, porque distaba mucho
de ser un dramaturgo de calidad excepcional. El de Matemáticas hubiera sido más
acorde, porque como matemático no tenía rival. A no ser que sea cierto lo que
se dijo en su momento: que la Academia sueca se vio obligada a cambiar su
inicial veredicto por presiones del gobierno español, porque el galardonado
elegido había sido Ángel Guimerà, el máximo exponente del resurgimiento de las
letras catalanas.
Aquel
premio trajo mucha cola, pero también mucho anecdotario. Lo más divertido que
ha quedado para la historia literaria es la guerra que Valle-Inclán le declaró
a Echegaray. Sólo por eso mereció la pena. El escritor gallego desplegó la
mejor de sus retrancas contra el Nobel y no perdió oportunidad de provocarle y
reventarle el estreno de sus obras. En el teatro Fontalba de Madrid, durante la
representación de El hijo del diablo, con Margarita Xirgu en el principal
papel, Valle-Inclán se levantó de su butaca en mitad de la ovación y gritó por
tres veces: « ¡Muy mal!». Un policía que había cerca intentó parar los
improperios, Valle se resistió y acabó detenido. Salió del teatro gritando una
frase que ha quedado para la historia: « ¡Arreste a los que aplauden!».
Pero
hay otra anécdota que ilustra mejor la inquina que tenía al Nobel: cuando Valle
Inclán, a la espera de una transfusión sanguínea en un hospital, fue informado
por el médico de que José Echegaray había ido a donar sangre para salvarle la
vida. Valle se incorporó como pudo y dijo: «No quiero la sangre de ése… la
tiene llena de gerundios».
§.
Indulto a Dostoievski
Cómo
se le debe quedar el cuerpo a uno cuando, ante un pelotón de fusilamiento,
espera oír los disparos de los fusiles y lo que escucha es que le acaban de
indultar. Exactamente esto le ocurrió al escritor ruso Fiodor Dostoievski el 22
de diciembre de 1849. Con la capucha de los condenados puesta y hecho un flan,
supo que el zar Nicolás I había conmutado su pena de muerte por la de trabajos
forzados en Siberia. A Dostoievski sí que le tocó el gordo.
Dostoievski
consiguió un gran éxito literario con su primera novela, Pobres gentes, pero
las siguientes recibieron unas críticas demoledoras. Se deprimió y buscó salida
a su inconformismo social y personal en unas reuniones clandestinas de jóvenes
intelectuales rusos. En una de aquellas reuniones se les coló un topo y se
cayeron con todo el equipo. Dostoievski, un joven de veintiocho años,
delgaducho, desgarbado y pecoso, se vio envuelto en un proceso que le condenó a
él y a sus amigos a la pena de muerte.
Aquel
22 de diciembre, el grupo de condenados llegó escoltado por los cosacos. A los
tres primeros, entre los que estaba Dostoievski, les ataron a tres postes y
justo antes de que les vendaran los ojos tuvieron tiempo de ver, apilados en un
carro, los ataúdes que esperaban inquilino. Cuentan que el escritor murmuró al
compañero condenado: «No me puedo creer que me vayan a fusilar». Y tenía razón,
porque en ese instante irrumpió un cosaco a caballo con la orden del zar que
conmutaba las penas de muerte por cuatro años de trabajos en Siberia. Al
escritor le dio allí mismo un ataque epiléptico, una enfermedad que ya no le
abandonaría el resto de su vida.
Pero
hasta con epilepsia incluida, Fiodor Dostoievski se convirtió en uno de los más
grandes escritores del siglo XIX. Y menos mal que la sentencia de muerte no se
cumplió, porque con Dostoievski habrían muerto fusilados el joven Raskolnikov
de Crimen y castigo; el príncipe Myshkin de El idiota, todos los hermanos
Karamazov y cientos de personajes más que aún estaban por salir de su
atormentada pluma. A ellos también los indultó el zar Nicolás I, pero fue sin
querer.
§.
El celosón Lope de Vega
Mala
Nochevieja la que pasó Lope de Vega aquel año de 1587, porque sólo un par de
días antes, el 29 de diciembre, y mientras asistía a una representación teatral
en el Corral de la Cruz, fue detenido y tomó camino del penal de la Villa y
Corte. De allí no saldría hasta meses después, y sólo para iniciar un destierro
de varios años bajo amenaza de muerte si incumplía la sentencia. ¿Qué había
hecho el Fénix de los Ingenios para merecer tal condena? Pues ser un bocazas.
Lope
de Vega se metía en líos de faldas cada vez que podía, y si esas faldas eran de
dama no casadera sino casada, tanto mejor. El escritor le echó el ojo a Elena
Osorio, una joven muy mona, hija del famoso empresario teatral Jerónimo
Velázquez. En el siglo XVI, ninguna familia decente quería un escritor para su
hija, pero los padres de Elena Osorio consintieron la relación con dos
condiciones: que el escritor siguiera facilitando comedias que el empresario
pudiera estrenar en su teatro y que Lope no se opusiera a que la niña se casara
con un noble o alguien de posibles si se presentaba la ocasión.
Y la
ocasión se presentó. Elena Osorio inició tratos de matrimonio con el sobrino de
un cardenal, y Lope de Vega comenzó a soltar de todo por su boca en forma de
soneto:
Una
dama se vende a quien la quiera
en
almoneda está. ¿Quieren compralla?
Su
padre es quien la vende, que, aunque calla,
su
madre la sirvió de pregonera.
Esta
y otras lindezas poéticas comenzaron a circular por Madrid, y nadie dejó de
enterarse de los amoríos de Lope con la joven, de los de la joven con el
sobrino del cardenal y de los tejemanejes familiares para casar a la niña.
Jerónimo Velázquez denunció a Lope de Vega por difamación, la justicia condenó
al escritor y el escritor, camino del destierro, aún tuvo tiempo de buscarse
nuevos líos y secuestrar a la que sería su primera esposa.
Luego
vendrían más casamientos y muchos más amoríos extramatrimoniales, y hasta tuvo
tiempo Lope de Vega, entre esposa y amante, de ordenarse sacerdote. Aquel
trueno vestido de nazareno.
§.
Calderón, el ilustre gamberro
No
hay que fiarse de ese aspecto tan formal con el que siempre aparece don Pedro
Calderón de la Barca en sus retratos. No se dejen engañar por los hábitos
franciscanos o por ese pedazo de cruz de Santiago estampada en su pecho…
Calderón fue un libertino, un pendenciero. Se bebió la mitad de la herencia de
su padre y la otra mitad se la jugó, pero esto es lo de menos. Lo demás es que
el 17 de enero del año 1600, para fortuna de las letras españolas, vino al
mundo en Madrid el que iba a ser la última gran figura del Siglo de Oro. Un
dramaturgo excepcional. Gamberro, pero excepcional.
Llevar
la cuenta de los años con Calderón de la Barca es muy fácil. Como nació en 1600
y murió en 1681, está claro que fue longevo. Conoció tres reinados, porque vio
la luz durante el de Felipe III, vivió y triunfó en el de Felipe IV y murió con
el de Carlos II. A Calderón le impuso su padre ser sacerdote, pero de mozo le
gustaba echar antes mano de la espada y el vino que de los Santos Evangelios,
así que la carrera religiosa la dejó para la madurez, casi la ancianidad, y
antes se dedicó a vivir, a escribir, a luchar en cien batallas y a recolectar
laureles literarios en plena juventud que otros sólo disfrutaban cuando ya
peinaban canas. Hasta tuvo tiempo de entrar y salir de la cárcel, de verse
envuelto en un homicidio, de enemistarse con Lope de Vega…
Para
Calderón, toda su vida fue un frenesí, y ni siquiera a punto de alcanzar su
definitivo sueño soltó la pluma. Estaba escribiendo los últimos pliegos de La
divina Filotea cuando murió, y dada la ajetreada vida que había llevado, lógico
es que tuviera una muerte igual de activa. Siete entierros tuvo el autor de La
vida es sueño en los siguientes doscientos años, y en uno de estos cambios de
tumba tuvo Calderón el honor de inaugurar el Viaducto de Madrid. Pero con tanto
ir y venir, con tanto trajín, se entiende que en una de éstas los huesos
acabaran en paradero desconocido.
De
haber podido, Calderón habría rematado su extensísima obra, cinco veces
superior a la de Shakespeare, con un último drama titulado El alcalde me
zarandea.
§.
Arthur Conan Doyle, más allá de lo elemental
Sir
Arthur Conan Doyle fue a lo largo de toda su vida un culo inquieto, y ese
culete recibió el 22 de mayo de 1859 sus primeros azotes. Nació en Edimburgo,
Escocia, en una familia de artistas. De casta le viene al galgo. El padre de
Arturito era el menos artista de todos, el único que no prosperó, porque solo
demostró mucho arte para empinar el codo. Pero esto no fue un inconveniente
para que le saliera una lumbrera de hijo: polifacético, emprendedor,
aventurero, patriota y padre del más famoso detective de ficción de la
historia: Sherlock Holmes.
Rara
vez la vida discurre por donde uno la planea, esto es elemental, y sir Arthur
Conan Doyle tampoco consiguió su meta. El quería ser autor de novela histórica,
pero el triunfo le vino con el género que más odiaba: el policíaco. Acabó
tomándole tanta manía a su criatura, a Sherlock, que llegó un momento en que
decidió acabar con él, aunque ocho años después tuvo que resucitarlo en El
sabueso de los Baskerville para que dejaran de darle la tabarra sus
incondicionales y su madre.
Pero,
al fin y al cabo, Sherlock Holmes sólo fue un agradable accidente en la vida
del escritor, porque Conan Doyle fue mucho más allá y tuvo una vida
desmesuradamente variopinta: fue médico, hizo incursiones en política, impulsó
la creación de clubes de boxeo, se interesó por la aeronáutica, el
automovilismo y la navegación, contribuyó a introducir el esquí en Suiza, viajó
al Ártico y a África, y, además de cavilar las historias del detective y su
fiel Watson, escribió también muchos cuentos, ensayos y novelas alejadas de la
investigación.
En
los huecos que le dejaba tan frenética actividad le dio tiempo a lo más
excéntrico de todo: se hizo espiritista y pasó los treinta últimos años de su
vida convencido y convenciendo de que se puede comunicar con el espíritu de los
muertos. Y, hombre, no es por quitar mérito a sir Arthur Conan Doyle, pero se
le dio mucho mejor trenzar tramas para luego desenredarlas a golpe de deducción
científica que hablar con los espíritus. No le contestó ni uno.
§.
Isadora Duncan, esa genial excéntrica
El
27 de mayo de 1878 vino al mundo en California (Estados Unidos) uno de esos
personajes que merecerían haber nacido un siglo más tarde, aunque bien es
cierto que quizás haya pasado a la historia precisamente por su anacronismo.
Nació Dora Angela Duncan, la gran Isadora Duncan, la que vivió como quiso,
bailó como nadie e hizo lo que le vino en gana… Pero también hubo malas
noticias: vio morir a sus tres hijos y su propia vida se le quedó corta,
ahogada por un delicado y traicionero fular de seda.
Isadora
Duncan revolucionó el baile como ninguna otra. Mandó a freír espárragos los
tutús, las zapatillas de puntas y las reglas de la danza clásica, con sus
posturitas tan tiesas y sus delicados brinquitos. Ella bailaba de forma libre,
dejando que fluyera el movimiento y la expresión corporal, cubriendo su cuerpo
sólo con velos transparentes y evolucionando descalza. Así aprendió a bailar de
niña, imitando el movimiento de las olas de la bahía de San Francisco, y ese
peculiar arte danzarín fue el que mostró en los escenarios. Por supuesto, para
el público no dejaba de ser una excéntrica, pero esa extravagancia fue la que
la llevó a la cúspide de la danza. Y con el mismo descaro que atacó el baile,
atacó también su vida, saltándose de brinco en brinco la moral y los
convencionalismos. Se guiaba por impulsos y amaba tanto a hombres como a
mujeres. Jamás se casó porque jamás quiso casarse y tuvo hasta tres hijos de
tres padres distintos. Su mayor golpe fue perder a dos de los críos ahogados
cuando el carruaje que los llevaba cayó al río Sena, en París, y dar a luz a un
tercero que murió a las pocas horas.
Isadora
Duncan, que había nacido para bailar, acabó bailando para sobrevivir, aunque la
vida nocturna, el alcohol y sus peculiares amantes no la ayudaron a centrar su
vida. Una vida que terminó arrastrada por una carretera de la Costa Azul
francesa, cuando un extremo de su chalina de seda se enredó en los radios de la
rueda trasera del coche en el que viajaba, estrangulándola y arrancándola de su
asiento. Isadora quedó desmadejada sobre el asfalto cincuenta años, tres meses
y veintiún días después de haber nacido para la danza.
Capítulo
11
Malaventuras
Contenido:
§.
Titanic
§.
La niña de Vietnam
§.
Real Carlos contra San Hermenegildo
§.
Rescatados los náufragos de la Medusa
§.
Moriscos, pero españoles
§.
Santa María de Iquique
§.
Hundimiento del Santa Isabel
§.
El oro de Moscú
§.
Terremoto de San Francisco
§.
Tlatelolco
§.
Primero de Mayo
§.
La boda de sangre de Alfonso XIII
§.
Matanza de Tiananmen
§.
Cólera
§.
Teatro Novedades
§.
Presa de Tous
§.
Titanic
El
puerto de Southampton, al sur de Inglaterra, vivía el 10 de abril de 1912 una
fiesta sin precedentes. Prensa y fotógrafos no perdían ripio del embarque de
cientos de personas, entre ellas ricachones, emigrantes y Leonardo di Caprio,
en el más gigantesco e indestructible transatlántico jamás construido. El
Titanic iniciaba su viaje inaugural y era el más lujoso, el más rápido y el más
grande… tenía todo lo más, pero no hace falta describirlo porque todos hemos
estado a bordo. Lo único que no tenía de más eran botes salvavidas. Sólo
pusieron dieciséis en lugar de los cuarenta y ocho necesarios. Total, como
aquello era imposible que se hundiera…
La
compañía propietaria del Titanic se propuso batir dos plusmarcas: la de
velocidad y la de mayor número de pasajeros. Había que llegar a Nueva York más
rápido que nadie y con el pasaje hasta los topes. Incluso se robaron viajeros a
otros buques para cumplir este segundo objetivo. En total: 2.224 personas. Se
trataba de ser noticia de primera plana en todos los periódicos del mundo, y
desde luego que lo fue. El Titanic no ha dejado de ser noticia en un siglo.
El
buque partió de Southampton con destino a Cherburgo, en el norte de Francia; de
allí, a Queenstown, en Irlanda, y tras esta segunda escala comenzó la fiesta y
la verdadera travesía de aquel majestuoso transatlántico. Todo perfecto durante
tres días. Sólo atentos por si en el Atlántico Norte aparecía alguno de los
témpanos que anunciaba el radiotelégrafo. El capitán Edward John Smith ordenó
desviar el curso del Titanic un poco hacia el sur, dobló la vigilancia y se fue
a dormir tranquilo. Tampoco podría hacer mucho daño a aquel coloso un pedrusco
de hielo flotando en el mar. A las doce menos cuarto de la noche del 14 de
abril, el Titanic crujió. Dos horas y media más tarde, crujieron 1.517 almas.
Días después aún se pavoneaba por el Atlántico Norte un iceberg más alto que el
Titanic y con marcas de pintura. El iceberg más grande, más elegante y más
majestuoso, de la historia de la navegación. Y sin prisas por llegar a ninguna
parte.
§.
La niña de Vietnam
Visualicen
esta imagen: Vietnam, una niña desnuda corre por una carretera, con la cara
desencajada por el llanto y los brazos abiertos. Corre hacia un fotógrafo que
plasmó aquella imagen el 8 de junio de 1972. Aquel gráfico cambió con su foto
la percepción de la lucha en Vietnam, porque por vez primera se veía el
verdadero horror de la guerra. Ni soldados disparando ni aviones bombardeando.
Una niña desnuda y aterrorizada dijo mucho más. Después de tomar la imagen, el
fotógrafo colgó su cámara del cuello, agarró a la niña e inició una carrera
desenfrenada hacia el hospital.
Aquella
niña tenía nueve años, se llamaba Kim Phuc y vivía en una aldea de Vietnam del
Norte. El 8 de junio, un responsable militar estadounidense coordinó el ataque
que debían llevar a cabo aviones survietnamitas, y el plan incluyó el bombardeo
de la aldea de la niña porque por allí pasaba una estratégica carretera que era
la principal ruta de aprovisionamiento del enemigo. Pero no se lanzaron bombas
convencionales, se lanzó napalm, una sustancia química cuatro veces más tóxica
de lo que se dijo entonces. Pero, sobre todo, era muy difícil de apagar y
causaba inimaginables sufrimientos. La niña de Vietnam ardió, pero echó a
correr mientras sus ropas se iban consumiendo. Quedó desnuda, pero siguió
corriendo. Su piel ardía, pero siguió corriendo. Hasta que se dio de bruces con
el fotógrafo.
En
el hospital no dieron ni un duro por su vida, porque la niña llevaba quemado el
65 por ciento de su cuerpo, pero el fotógrafo les convenció para que lo
intentaran. El segundo problema fue distribuir la foto, porque no estaba bien
visto mostrar un desnudo frontal y menos de una niña. Todos los periódicos del
mundo la publicaron. Era la imagen del horror y había que verla. El fotógrafo
de la agencia Associated Press recibió el Premio Pulitzer, y aquella niña de
nueve años hoy es una mujer que ya disfruta de la cuarentena. Vive en Canadá
con todo su cuerpo marcado por el fuego y hoy vuelca todos sus esfuerzos desde
la UNESCO en ayudar a los niños víctimas de la guerra.
§.
Real Carlos contra San Hermenegildo
El
episodio ocurrido en aguas de Algeciras entre dos navíos españoles el 12 de
julio de 1801 es de esos que mejor tachar de los libros de historia, aunque
sólo sea por vergüenza torera. Porque aquella madrugada, dos barcos de la
armada española, el Real Carlos y el San Hermenegildo estuvieron disparándose
mutuamente como descosidos creyendo que el otro era el enemigo inglés. Cuando
amaneció y vieron que habían estado cañoneándose entre colegas, no daban
crédito.
El
Real Carlos y el San Hermenegildo eran buques gemelos, de unos 60 metros de
eslora y con 112 cañones cada uno. Los más grandes construidos por la marina
española. Discurrían ellos en paralelo por aguas de Algeciras la noche de aquel
12 de julio con otros buques, cuando una fragata inglesa que navegaba sin luces
se coló entre las líneas de nuestra gloriosa armada. El barco inglés lanzó una
andanada por babor y otra por estribor, e inmediatamente salió pitando sin que
nadie lo viera.
El
San Hermenegildo, uno de los acometidos, contraatacó en la dirección de la que
procedían los disparos, pero como la fragata inglesa ya había hecho mutis por
el foro, al único que dio fue a otro buque español, al Real Carlos. Éste, al
recibir el primer cañonazo, respondió a su vez, y disparó al San Hermenegildo
creyendo que atacaba al enemigo inglés. Y así se pasaron la madrugada, hasta
que llegó la clarita del día y los dos descubrieron que el supuesto enemigo era
en realidad un colega.
Cuando
los capitanes Ezquerra y Emparán se percataron de que habían estado
disparándose recíprocamente, ya era tarde. Los barcos estaban para el arrastre.
El capitán navarro José Ezquerra voló su navío, y el capitán guipuzcoano Manuel
Emparán vio cómo las llamas consumían el suyo. La historia hubiera dado para un
monólogo telefónico de los de Gila, del tipo « ¿está el enemigo?, que se
ponga», si no hubiera sido porque en aquel gran error murieron dos mil hombres.
Un desastre naval en el que ni siquiera quedó el consuelo de echarle la culpa
al enemigo.
§.
Rescatados los náufragos de la Medusa
Hay
un cuadro muy famoso, muy trágico, colgado en el museo parisino del Louvre. Se
titula La balsa de la Medusa y lo pintó Gericault, que se hizo célebre sólo por
este cuadro. La pintura se convirtió en emblema del Romanticismo, pero no sólo
por la calidad de la obra, sino por el drama real que encerraba la imagen: la
odisea de la balsa en la que intentaron sobrevivir ciento cincuenta náufragos
de la fragata Medusa, una fatal aventura que duró trece días y que terminó el
17 de julio de 1816. De aquellos ciento cincuenta infortunados sobrevivieron
sólo diez.
La
fragata francesa Medusa embarrancó en aguas poco profundas de la bahía de
Arguin, a la altura de Mauritania, con cuatrocientas personas a bordo. El barco
no llevaba botes salvavidas para todos, así que se decidió construir una gran
balsa que sería remolcada por los botes hasta llegar a la costa. En la balsa se
hacinaron ciento cincuenta personas, mientras que oficiales y viajeros de alto
postín se acoplaron en los botes. Pasa dos sólo unos días, cuando el hambre y
la sed apretaron, los que iban en los botes comenzaron a ponerse nerviosos.
Arrastrar la balsa era un lastre para alcanzar pronto la costa y, además,
temían que los balseros se amotinaran y acabaran asaltando los botes. Solución,
cortar las cuerdas y abandonar la balsa a su suerte. La orden la dio el propio
capitán.
Trece
días tardaron en encontrar la balsa. Trece días en los que se sucedieron a
bordo los suicidios, los asesinatos y el canibalismo. Sólo encontraron a quince
náufragos y cinco de ellos murieron días después. Los otros ciento treinta y
cinco fueron arrojados al mar o devorados.
Se
descubrió con posterioridad que el capitán era un navegante sin ninguna
experiencia, pero su irresponsabilidad le costó sólo tres años de prisión. El
naufragio de la balsa de la Medusa se convirtió en la obsesión de un pintor
llamado Gericault, porque en aquella pintura plasmó no sólo el drama de ciento
cincuenta náufragos. El lienzo iba cargado de simbolismo por el nefasto momento
político que vivía su país entre el loco Napoleón y el arbitrario Luis XVIII:
aquella balsa era Francia y Francia iba a la deriva.
§.
Moriscos, pero españoles
Una
de las mayores tragedias humanas, demográficas y económicas que ha vivido
España fue la expulsión de los moriscos, de los musulmanes bautizados. Comenzó
en 1609 y se prolongó durante cinco años, pero el 12 de enero de 1610 se
produjo una de las más masivas y dramáticas. Se cumplía así la real orden de
Felipe III, una decisión que no se atrevieron a tomar los anteriores monarcas,
porque supieron calcular mejor las nefastas consecuencias que tendría la
expulsión de cientos de miles de españoles. La historia tiene un principio: la
capitulación de Granada.
En
1492 los Reyes Católicos aceptaron en las capitulaciones de Santa Fe respetar
la forma de vida de los mahometanos, pero lo hicieron por las prisas de
anexionarse Granada, no porque tuvieran intención de respetar los acuerdos. Se
los saltaron a la primera de cambio y la Inquisición obligó a conversiones
masivas. O eso, o abandonaban el país.
Los
musulmanes aceptaron bautizarse porque ésta era su patria, la única que
conocían desde hacía ochocientos años. Muchos moriscos mantuvieron a escondidas
las normas musulmanas, a otros les daba exactamente igual Alá o Dios Padre, y
otros se convirtieron en cristianos convencidos. Pero dio igual. Al final fue
Felipe III el que metió a todos en el mismo saco y en las mismas galeras camino
del exilio.
España,
que apenas contaba con 5 millones de habitantes, perdió de golpe entre 500.000
y 900.000 ciudadanos. El país quedó despoblado; los campos, sin brazos; los
comercios, cerrados; los nobles, sin criados. La economía se hundió. Con los
moriscos nunca quedó claro qué fue antes, si el huevo o la gallina. Los
expulsaron por ser enemigos o acabaron siendo enemigos por las constantes
amenazas de expulsión.
Diego
Clemencín lo definió muy bien: «Como forzados, fueron malos cristianos; como
malos cristianos, perseguidos; como perseguidos, se hicieron enemigos, y como
enemigos, se les exterminó». Luego, llegó la paradoja. España no les quiso por
ser malos cristianos y Berbería los rechazó por estar bautizados y proceder de
la España cristiana. Enhorabuena Felipe III. Ya lo dijo tu padre, el segundo de
los Felipes: «Dios, que me ha dado tantos reinos, me ha negado un hijo capaz de
gobernarlos».
§.
Santa María de Iquique
Chile
conmemoró el 21 de diciembre de 2007 uno de los episodios más vergonzosos de su
último siglo. Habían pasado cien años desde que miles de obreros con sus hijos
y esposas fueron masacrados por el ejército chileno cumpliendo órdenes del
nefasto presidente Pedro Montt. Los trabajadores estaban en huelga, en lucha
contra unas condiciones de trabajo infrahumanas a cambio prácticamente de nada.
Murieron más de tres mil personas. Fue la matanza de la escuela de Santa María
de Iquique.
Los
salitreros que trabajaban en la zona norte del país, una región desértica de
donde se extrae el famoso nitrato de Chile, ya no podían con su alma. El
trabajo era insano, agotador y mal pagado. En Iquique se concentraron miles de
obreros que arrastraron con ellos a sus familias, y allí, en las salitrerías,
trabajaban, sobrevivían y morían a cambio de un sueldo mísero. Tan mísero, que
ni siquiera era un sueldo. Les pagaban con fichas de cambio que sólo podían
gastarse en los comercios de las propias compañías salitreras, y así no había
familia que ahorrara ni un peso. En diciembre de aquel año 1907 el vaso se
colmó y se produjo la primera y más grande reivindicación obrera de Chile.
Los
salitreros iniciaron una huelga… primero en una mina… luego en otra… y en otra…
y en otra. Hasta que la manufactura se paró. Las empresas salitreras eran
inglesas, apoyadas sin condiciones por el gobierno de Pedro Montt. Cuando las
compañías vieron disminuir la producción, pidieron ayuda al presidente y el
presidente no lo dudó. Envió al ejército con orden de disparar a quien se
negara a volver a su puesto de trabajo. Por eso mataron a tres mil. Porque los
obreros, sus esposas y sus hijos, atrincherados en la escuela de Santa María de
Iquique, se negaron a moverse de allí. Ahora, un siglo después, todavía los
arqueólogos buscan las fosas que ocultaron aquella matanza para devolver a
Chile parte de su memoria obrera. Una memoria vergonzosa, pero a la que los
chilenos del siglo XXI no están dispuestos a renunciar.
§.
Hundimiento del Santa Isabel
Las
bravas aguas gallegas tienen un largo historial de naufragios, porque cuando el
Atlántico se enfurruña no para en prendas. El 2 de enero de 1921 se produjo uno
de esos desastres que ya casi nadie guarda en la memoria. Se hundió el buque
Santa Isabel y se llevó con él la vida de 213 pasajeros y tripulantes. En la
noche de aquel nefasto principio de año, el capitán Esteban García Muñiz
intentaba con desesperación alcanzar el puerto de Villagarcía en mitad de un
fuerte temporal. No pudo ser. A la una y media de la madrugada, en la entrada
de la ría de Arosa, una roca truncó el rumbo.
En
aquella última travesía, el Santa Isabel regresaba de Bilbao haciendo varias
paradas en los puertos del norte para recoger a emigrantes que luego
embarcarían en Cádiz camino del sueño americano. En Villagarcía debían embarcar
los últimos pasajeros, pero un viento y una lluvia de mil demonios impidieron
que el buque llegara a puerto. En la isla de Sálvora, a la entrada de la ría de
Arosa, el barco encalló en una roca y quedó recostado de estribor. El capitán
ordenó que se desalojara el barco y que los telegrafistas comunicaran la
posición, pero en apenas quince minutos el barco quedó a oscuras, se desató el
pánico y la radio enmudeció.
Las
últimas palabras de auxilio del radiotelegrafista Ángel González Campos decían
«estamos en Salvo…», y ahí se cortó la comunicación. Algunos entendieron que
ese «salvo» indicaba que el barco no corría peligro, pero la realidad fue que
el tripulante no pudo rematar la palabra Sálvora. Otros buques, pese a la falta
de datos sobre su posición intentaron localizar al Santa Isabel, pero el
temporal del suroeste impidió cualquier intento.
Las
cincuenta y seis personas que pudieron salvar la vida lo hicieron alcanzando a
nado la isla de Sálvora y, sobre todo, ayudadas por tres mujeres que vivían en
aquella aldea y que se hicieron a la mar en una pequeña barca para remolcar los
botes salvavidas. Aquellas tres gallegas salvaron a cuarenta y ocho personas.
Se llamaban Josefa, Cipriana y María, y fueron las heroínas de la tragedia del
Santa Isabel.
§.
El oro de Moscú
Todavía
algunos dudan de que existiera el famoso oro de Moscú, aquel que sacó del Banco
de España el gobierno de la República para, según unos, ponerlo a salvo de los
franquistas y, según otros, para pagar la ayuda de la Unión Soviética a las
tropas republicanas. Para una u otra cosa, existir, existió. En 2006, el Banco
de España, en la exposición que conmemoraba sus ciento cincuenta años de
existencia, mostró por primera vez el acta por la que se aprobó la salida del
oro. Quinientas y pico toneladas de reluciente metal salieron del puerto de
Cartagena el 26 de octubre de 1936 en cuatro buques soviéticos. Llegaron a
Odessa el 2 de noviembre. Empezaron a contarlo a primeros de diciembre de 1936
y terminaron a finales de enero de 1937.
Stalin,
tan contento, porque se encontró con dieciséis clases de monedas en oro: desde
pesetas, que eran lo de menos, hasta francos franceses, belgas y suizos;
marcos, florines, pesos mexicanos, argentinos y chilenos; libras esterlinas y
una extraordinaria cantidad de dólares. Monedas que, al ser en oro, tenían más
valor que el de curso legal. Aquel oro valdría ahora, más o menos, 8.200
millones de euros, pero mejor no echar cuentas.
La
orden la dio el ministro de Hacienda, Juan Negrín, considerado un buen gestor
hasta que este asunto le puso en la picota. Aquel dinero en manos de Stalin no
iba a regresar, mucho menos cuando Franco avanzaba imparable. La Unión
Soviética se cobró con aquel oro todos los envíos de material para ayudar a los
republicanos. O sea, que lo que primero estuvo disfrazado de apoyo
desinteresado para combatir al fascismo tuvo un precio. A finales de 1938
Stalin había cuadrado perfectamente las cuentas y ya no quedaba ni un céntimo.
Tanto por los tanques… tanto por los víveres… tanto por esto… tanto por lo
otro… Si por él hubiera sido, hasta le deberíamos dinero.
Cuando
Franco ganó y abrió los sótanos del Banco de España se los encontró vacíos, así
que tuvo que comprar oro a los nazis para rellenarlos; el mismo oro que tuvo
que vender luego a Nueva York para afrontar los créditos contraídos con Estados
Unidos tras la Guerra Civil. ¿Que dónde está el oro de Moscú? En Moscú. ¿Y el
oro nazi? En Nueva York. Empate a uno.
§.
Terremoto de San Francisco
En
la madrugada del 18 de abril de 1906 los californianos de San Francisco se
arrebujaban entre sábanas ajenos a la que se estaba fraguando en el subsuelo.
En apenas unos minutos, un terremoto y los incendios posteriores les
destruyeron más de media ciudad, les mataron a tres mil ciudadanos, dejaron a
doscientos y pico mil sin sus casas y les metió un miedo en el cuerpo que
todavía no se les ha ido. No hay día que no piensen en la que se les vendrá
encima con el Big One.
El
terremoto de San Francisco tuvo una magnitud calculada entre 7 y 8; no se pudo
precisar en aquel momento porque el tipo que luego definió la famosa escala de
Richter, y que casualmente se llamaba igual, sólo tenía seis años. Es más, en
aquel 1906, ni sabían lo que era la magnitud, ni que por debajo de San
Francisco pasa una de las fallas más activas del mundo, a la que luego pusieron
nombre de apóstol, San Andrés; y ni mucho menos sabían qué era aquello de la
tectónica de placas.
Al
menos para eso sirvió el terremoto, porque aquel cataclismo fue el punto de
partida para el estudio de las causas de los seísmos. Y las causas ya las
tienen claras, y mucho más las consecuencias, pero la asignatura que aún está
por aprobar es la de la predicción. Predecir un terremoto es, hoy por hoy,
ciencia ficción.
Lo
peor del terremoto de San Francisco no fue la sucesión de temblores, sino los
incendios que se desataron y que estuvieron devorando la ciudad durante cuatro
días. El cálculo de muertos fue muy optimista al principio. Cuatrocientos y
pico, dijeron, pero es que se habían olvidado de contar a los cientos y cientos
de víctimas de los barrios chinos. Las cifras revisadas en 2005 hablan de tres
mil muertos, y lo peor es que murió mucha más gente en los incendios que por el
terremoto. Porque al final resulta que los terremotos son prácticamente
inofensivos. Hasta el más fuerte de los registrados, si nos pillara en mitad de
un campo, como mucho nos sentaría de culo. Ya lo dicen los geólogos, el
terremoto no mata, matan los edificios. De hecho, la falla de San Andrés
provoca diez mil terremotos al año y ni se enteran.
§.
Tlatelolco
El 2
de octubre de 1968 se produjo la irracional matanza en la plaza de las Tres
Culturas de Ciudad de México. La plaza de Tlatelolco, si prefieren el nombre
azteca. ¿Cifras oficiales? Pues nada, que murieron veintinueve y otros ochenta
salieron descalabrados. ¿Datos reales? No menos de trescientos cincuenta
muertos, miles de heridos y cientos de desaparecidos. El ejército mexicano no
ha levantado cabeza desde entonces y el PRI, el Partido Revolucionario
Institucional, inició un lento, lentísimo declive, que le hizo perder el poder
en el año 2000, después de siete décadas gobernando a sus anchas.
El
presidente Gustavo Díaz Ordaz gobernaba el país. Aunque, más que gobernarlo, es
que se lo había quedado. Controlaba absolutamente todo, desde lo más obvio
hasta medios de comunicación, sindicatos, patronales… todo. Pero como dicen las
historietas de Astérix, ¿todo? Nooo… Una universidad poblada por irreductibles
estudiantes resistía al PRI. No aceptaban que el 80 por ciento de la riqueza de
México estuviera en manos de un 10 por ciento de la población.
Pero
México y sus gobernantes eran en aquel año 1968, gracias a la inmediata
celebración de los Juegos Olímpicos, un escaparate al mundo para mostrar la paz
social del país y la bonanza económica conseguidas por el PRI. Así que, no iban
a permitir que unos cuantos miles de estudiantes les aguaran la fiesta.
Los
universitarios, que ya habían sufrido en septiembre ataques del ejército en el
propio campus, convocaron una manifestación pacífica en la plaza de las Tres
Culturas, pero no calcularon que los accesos eran muy fáciles de bloquear. Allí
había concentradas entre cinco mil y doce mil personas cuando el encargado de
arengar con el primer discurso no tuvo tiempo ni de dar las buenas tardes.
Vehículos blindados, helicópteros, tropas uniformadas y unidades especiales del
ejército abrieron fuego indiscriminado contra estudiantes, familias con niños y
simples civiles que habían acudido a la protesta.
Al
día siguiente la sangre se borró con agua, el presidente le dijo al mundo «aquí
no pasa nada», los Juegos Olímpicos se inauguraron una semana después y España
no se trajo ni una de bronce.
§.
Primero de Mayo
Primero
de Mayo, Día Internacional de los Trabajadores y casi siempre, puente. El
origen de la fiesta se remonta ciento y pico años atrás, cuando el 1 de mayo de
1886 las organizaciones sindicales de Estados Unidos convocaron una huelga
general para que se cumplieran las ocho horas de trabajo que estipulaba la ley
y que los empresarios se saltaban a la torera un día sí y otro también. El lema
de aquella primera manifestación fue «ocho horas de trabajo, ocho horas de
descanso, ocho horas de educación».
Porque,
efectivamente, existía una ley que marcaba una jornada laboral de ocho horas,
la Ley Ingersoll, pero en los contratos laborales, los empresarios añadían una
letra pequeña que obligaba a los obreros a trabajar catorce o dieciséis horas
si la empresa lo requería. Y lo requería a diario. Los trabajadores se
inflaron, especialmente los de Chicago, la ciudad que sufría condiciones
laborales más duras. Y fue en Chicago donde los obreros se llevaron la del
pulpo, en concreto los de la empresa McCormick, que continuaron con la huelga
durante los siguientes días al primero de mayo y que acabaron masacrados por la
policía. Cinco de ellos, incluso, ejecutados meses después tras una pantomima
de juicio.
La
prensa puso su magistral granito de arena en apoyo de los trabajadores; los
llamó «lunáticos antipatriotas», «rufianes rojos comunistas», «truhanes» y
«brutos asesinos». Pasados tres años de aquellos sucesos, la Segunda
Internacional Socialista, la de 1889, instituyó el Primero de Mayo como jornada
para perpetuar la memoria de aquellos trabajadores, y desde entonces hasta hoy
no hay comienzo de mayo sin manifestación en casi todo el mundo. Salvo, por
supuesto, en Estados Unidos, lugar del sucedido, porque como a ellos les gusta
ir por su cuenta, celebran el Día del Trabajo, no de los Trabajadores, el
primer lunes de septiembre. Y, por cierto, si usted, lector, disfruta de una
jornada laboral máxima de siete u ocho horas mondas y lirondas, felicidades.
§.
La boda de sangre de Alfonso XIII
En
la noche del 30 de mayo de 1906 un joven de veintiséis años se revolvía en su
cama sin poder conciliar el sueño. Tenía una misión importante que cumplir la
jornada siguiente: matar al rey Alfonso XIII. Pero cumplió malamente su tarea,
porque dejó decenas de víctimas, pero al rey no le hizo un rasguño. Era Mateo
Morral, el anarquista que arrojó una bomba camuflada en un ramo de flores al
paso del carruaje que llevaba a los recién casados Alfonso XIII y Victoria
Eugenia por la calle Mayor de Madrid.
Mateo
Morral había llegado procedente de Barcelona un par de semanas antes de la boda
real. En el propio tren encontró el anuncio que buscaba en las páginas de El
Imparcial: «Cedo habitación para estas fiestas. Calle Mayor, 88. Cuarto
derecha». Perfecto. Frente al balcón de esa habitación pasaría la comitiva con
los recién casados. Lo malo es que la habitación ya había sido alquilada, pero
Mateo Morral ofreció veinticinco pesetas diarias y pagando por adelantado a
cambio de quedársela. Una pasta para el casero en aquel tiempo.
Los
días previos al atentado Mateo Morral dejó todo organizado: compró el material
necesario en una ferretería, preparó la bomba, encargó el ramo de flores… y en
la víspera de la boda se acercó a tomar una horchata a la Puerta del Sol. Se
sentó justo al lado de donde tenían su habitual tertulia Pío Baraja, Azorín,
Valle Inclán y Gómez de la Serna. Estos cuatro grandes de la generación del 98
presenciaron la agarrada que tuvieron Mateo Morral y el pintor Leandro Oroz a
cuenta del anarquismo. Oroz llamó, más o menos, muertos de hambre a los
anarquistas, y Morral reaccionó de forma violenta. Se identificó como
anarquista y remató la discusión diciendo a Oroz: «Usted se calla si no quiere
que le rompa la cabeza». Y se fue. Nada más se sabe de él, salvo que durmió
hasta las once de la mañana de aquel 31 de mayo. Después… Bum…
Veinticuatro
muertos fue el saldo de aquellas bodas de sangre. Dos días después el propio
Morral se descerrajaba un tiro en el pecho al ser descubierto por la Guardia
Civil. Pero esto es otra historia.
§.
Matanza de Tiananmen
Recuerden
a aquel estudiante de camisa blanca y pantalón oscuro. Recuerden que llevaba un
par de bolsas de plástico en las manos y que se plantó delante de una columna
de tanques dispuesto a morir aplastado. Pero el primer carro de combate paró en
seco a 2 metros de arrollarle. El tanque giró a la derecha y el estudiante
volvió a ponerse en su camino. El tanque giró de nuevo a la izquierda y otra
vez el joven volvió a cruzarse. Ocurrió el 4 de junio de 1989, y sólo era el
principio de lo que se avecinaba: la masacre de Tiananmen.
Porque
en aquella ocasión los tanques pararon, pero no lo hicieron horas después,
cuando pasaron por encima de cientos de estudiantes acampados en la famosa
plaza de Pekín, la más grande del mundo. Los concentrados en Tiananmen llevaban
dos meses de protesta pacífica pidiendo, solamente, un poco más de libertad.
Hasta que al gobierno chino se le inflaron las narices con tanta tontería
demócrata.
Según
las autoridades, hubo un puñado de muertos antipatriotas, necesarios según
ellos para mantener el orden establecido. Fuentes menos frívolas, sin embargo,
han cifrado en dos mil los estudiantes asesinados, sin contar a los ejecutados
con posterioridad.
Por
el chico del tanque, no pregunten. Nadie sabe qué fue de él. Tras protagonizar
su plante, subirse al tanque y pedirle al conductor que diera la vuelta y no
matara a estudiantes, fue sacado de la carretera por un grupo de civiles que se
lo llevaron disimulado entre la multitud. Los testigos aseguran que eran
miembros del ejército vestidos de paisano y que aquel joven de diecinueve años
fue ejecutado en los días posteriores.
Lo
único que se llevó de este mundo fueron aquellos tres minutos de maldita gloria
y que la revista Time lo incluyera entre las cien personas más influyentes del
siglo XX. Pero ahí lo tienen, el gobierno chino sigue diciendo que lo hecho
bien hecho está y ha borrado del calendario aquel 4 de junio del 89. La única
fecha que contaba para ellos fue el 8 del 8 de 2008, el día en que comenzaron
los Juegos Olímpicos, organizados con el mismo arte y la misma diligencia que
organizaron la masacre de Tiananmen.
§.
Cólera
Tremendo
alboroto el que se montó en Madrid el 21 de junio de 1885. La Dirección General
de Sanidad declaró oficialmente el cólera en la capital y, en consecuencia, el
Círculo de la Unión Mercantil ordenó el cierre de comercios, bares y tabernas.
Si a eso se añade que antes se habían cerrado talleres y fábricas y que el
comercio y las transacciones se habían paralizado, los vecinos de Madrid,
encolerizados, hambrientos y sin trabajo, se amotinaron y se echaron a la calle
a montar bulla.
La
culpable de todo era una bacteria muy puñetera y viajera llamada vibrio
cholerae, un bicho que salta de humano en humano con una facilidad pasmosa,
siempre que el humano sea pobre. Una bestia microscópica que meses antes había
desembarcado en Alicante procedente de Argelia. Por el Levante andaban
segadores y arrieros que habían ido a recoger las cosechas y que luego se
trasladaron a Castilla, Aragón y Andalucía para buscar nuevos tajos en otras
recolecciones. Y con ellos viajó la bacteria, que fue empadronándose a la chita
callando en una cuarta parte de los municipios españoles. Las cuarentenas en
las poblaciones provocaron el cierre de las fábricas y el aumento del
desempleo, y, como dos y dos son cuatro, llegaron también el hambre y la
desesperación.
La
provincia de Madrid no fue de las más castigadas. Al fin y al cabo sólo
murieron tres mil y pico en la epidemia de 1885, y la mayoría fuera de la
capital. Pero a los castizos se les cruzaron los cables cuando les cerraron lo
último que quedaba por cerrar, bares y tabernas. Ni siquiera podían ahogar las
penas con un chato de vino.
Encima,
el cólera no atacaba a todas las clases sociales, sólo a las más bajas, con lo
cual llovía sobre mojado. Además de pobres y hambrientos, enfermos. El cólera y
la cólera hicieron buenas migas y los madrileños organizaron la marimorena en
las calles. Durante todo aquel 21 de junio se sucedieron las cargas de la
Guardia Civil, pero la cosa no se calmó hasta que apareció el general Pavía con
el ejército para repartir candela. Amotinados al general Pavía… si era el mismo
que había dado el golpe de Estado para acabar con la Primera República.
§.
Teatro Novedades
El
director Cayo Vela gobernaba con la batuta los compases que el maestro Alonso
había compuesto para el sainete La mejor del puerto. Novecientos espectadores
seguían el ritmillo con los pies desde el patio de butacas cuando a las nueve
menos cinco de la noche del 23 de septiembre de 1928 un farolillo comenzó a
arder. El tramoyista gritó fuego, se desató el pánico y ya no hubo escapatoria.
El teatro Novedades de Madrid ardió y dejó entre las llamas sesenta y siete
muertos.
Aquel
viernes de hace ocho décadas, noche de comedia, acabó en drama, porque las
condiciones del teatro y la escenografía ayudaron lo suyo. Cuando se inició el
incendio había sobre las tablas un barco de madera adornado con luces. Un
cortocircuito provocó que uno de los farolillos prendiera, las llamas
alcanzaron el techo y, para remate, el fuego impidió llegar hasta el manubrio
de madera que accionaba el telón metálico para separar el escenario del patio
de butacas.
Surgió
entonces el sálvese quien pueda, y las desesperadas carreras de espectadores
provocaron que las muletas de uno de ellos atascaran las escaleras. Ni siquiera
la orquesta, que en mitad del incendio intentaba calmar los ánimos tocando Las
lagarteranas, transmitió un poco de cordura. Este hecho recuerda a la orquesta
del Titanic tocando a Vivaldi mientras el transatlántico se iba a pique.
Mentes
supersticiosas dicen que ése era el destino del teatro Novedades por haberse
inaugurado un día 13, y lenguas viperinas añaden que el mal fario lo llevó
Isabel II por ser la encargada de inaugurarlo. Pero la verdadera razón del
incendio fue que el teatro estaba mal construido y con nulas medidas de
seguridad. Al menos sirvió para que, a raíz de la desdicha, se aprobara la
primera medida contra incendios en locales de pública concurrencia. Como en
tantas ocasiones, la tragedia llegó antes que la norma
§.
Presa de Tous
A
primeras horas de la mañana del 20 de octubre de 1982 los vecinos de las
poblaciones ribereñas del río Júcar, en Valencia, amanecieron con el corazón en
un puño. Sabían que el infierno estaba a punto de instalarse allí, y de hecho
se instaló aquella tarde cuando el muro de contención de la presa de Tous cedió
a la fuerza de las aguas. Fue la pantanada de Tous, y el resultado treinta y
ocho muertos, cien mil evacuados, cosechas de cítricos y arroz inutilizadas,
casas arrasadas, más de cincuenta pueblos devastados y trescientos millones de
euros en pérdidas. Después de la tempestad no vino la calma. Vino la
indignación, la rabia, el entierro de los muertos, la búsqueda de los
desaparecidos… La paradoja, la gran broma de la naturaleza, es que en 1982 el
embalse de Tous ahogó a una comarca de 100.000 almas y en 2006 estuvo a punto
de matarla de sed, porque llegó al 11 por ciento de su capacidad. Asomaba hasta
el campanario de la iglesia de uno de los pueblos que fueron anegados para su
construcción.
Hasta
el lugar del desastre fueron los reyes, fue el presidente Calvo Sotelo, fueron
ministros, gobernaciones civiles; fue Felipe González, al que sólo le quedaban
ocho días para alcanzar la presidencia del Gobierno; fue Carrillo, fue Fraga…
Fue medio mundo, pero nadie llevaba la solución en el bolsillo. Después de un
desbarajuste judicial que se dilató a lo largo de veinte años, con juicios que
se suspendían, con jueces que renunciaban y con los afectados buscando
culpables, por las vías penales unos y por la civil otros, al final se declaró
al Estado responsable civil subsidiario.
Se
han pagado en indemnizaciones unos doscientos cincuenta millones de euros, una
cifra que se aproxima mucho a los trescientos en los que se valoraron los daños
causados y que hubieran dejado satisfechos a los afectados de haberse pagado
meses después de la catástrofe. Pero, claro, los euros de ahora no son las
pesetas de entonces, y ahí está el IPC anual que puntualmente nos recuerda que
lo que antes valía uno ahora vale cuatro.
Capítulo
12
Mamarrachadas
Contenido:
§.
Hitler, Nobel de la Paz
§.
Estados Unidos se queda Guantánamo
§.
Napoleón y la prensa
§.
El cinismo de la esclavitud
§.
Las inexistentes brujas de Salem
§.
San Petersburgo
§.
Calendario republicano
§.
La maléfica ley Volstead
§.
Búfalo Bill por las Ramblas
§.
Hitler, Nobel de la Paz
La
historieta que nos ocupa es propia del 28 de diciembre, porque en sí misma es
una inocentada. Pero no. El 1 de febrero de 1939 un insensato parlamentario
sueco que había propuesto a Hitler como candidato al Nobel de la Paz intentó
borrar todo vestigio de su petición en la Academia sueca para que no quedaran
pruebas de su estupidez. Para evitar precisamente lo que estamos haciendo
ahora, sospechar que aquel político llamado Erik Brandt se ganó su escaño en
una tómbola.
La
cosa fue como sigue, porque tener, tiene explicación. En 1938, cuando las
potencias europeas simplemente mantenían las distancias con Hitler, sin pasar a
mayores, se firmaron los pactos de Múnich para poner fin a la crisis de los
Sudetes. Por un lado, Gran Bretaña y Francia, y, por otro, Alemania. Como
mediador, Mussolini. Tiene guasa, pero lo que acordaron no tiene nombre: Hitler
recibió el beneplácito para invadir Checoslovaquia a cambio de dejar en paz al
resto de sus vecinos. Increíble, cuatro países firmaron unos acuerdos que
afectaban directamente a un quinto, a Checoslovaquia, que jamás fue invitado a
esas reuniones. Aquello fue vergonzoso, pero las potencias europeas se quedaron
tan convencidas de que aquello había evitado la guerra.
Y en
éstas estábamos, con todos contentos menos los checoslovacos, que fueron
invadidos de inmediato por los nazis, cuando el parlamentario socialdemócrata
sueco Brandt, no se sabe si fumado o bebido, hizo su propuesta a la Academia:
Hitler, candidato al Nobel de la Paz. La Academia recogió la propuesta porque
ésa es su obligación, pero meses después la desestimó porque Hitler no recibió
más apoyos.
Brandt,
cuando se percató de la que había liado, intentó retirar a su candidato y que
la documentación donde apareciera su nombre fuera destruida. No pudo ser,
porque los estatutos de la Academia sueca prohíben tales escamoteos. Los
descendientes de aquel político sueco puede que vivan estigmatizados, pero no
es para tanto. Peor ha sido lo de Al Gore, porque a éste se lo dieron de
verdad.
§.
Estados Unidos se queda Guantánamo
¿Qué
pintan los yanquis instalados tan cómodamente en el feudo de Fidel Castro, en
Guantánamo, sin que nadie les tosa? El origen está en el 23 de febrero de 1903.
Hace más de un siglo Cuba firmó un acuerdo con Estados Unidos por el que le
otorgaba el derecho perpetuo a mantener una base naval en la bahía de
Guantánamo. Tiene guasa que la canción cubana más célebre (Guantanamera) se
refiera a la provincia ocupada por los estadounidenses. La historia une a
extraños compañeros de viaje.
La
manita que les echaron los estadounidenses a los cubanos para independizarse de
España tuvo un precio: instalarse ellos. Fue algo así como quítate tú que me
pongo yo. Lo cierto es que los cubanos estuvieron tontos, porque ya nos tenían
ganada la guerra sin necesidad de que interviniera Estados Unidos, pero los
yanquis se les colaron por una rendija y, cuando ya estaban acomodados,
comenzaron a poner condiciones. Estados Unidos reconoció la soberanía de Cuba,
pero previo pago de los servicios prestados. Y el precio era que la primera
Constitución cubana incluyera un apéndice conocido como la enmienda Platt.
Constaba
de ocho artículos. El primero prohibía al gobierno de Cuba concertar tratados
con otros países que menoscabaran su independencia y que implicaran la cesión
de parte de su territorio. Pero es que el artículo séptimo obligaba a Cuba a
ceder porciones de suelo cubano para la ubicación de estaciones navales o
carboneras norteamericanas. Qué gracioso, lo que prohibía el primer artículo lo
contradecía el séptimo.
Estados
Unidos le echó el ojo a la bahía de Guantánamo, una importante escala en la
ruta marítima entre el imperio y el Canal de Panamá. Aquel 23 de febrero de
1903 se hizo efectivo el acuerdo de la cesión del terrenito a los
estadounidenses como base naval y, tiempo después, en 1934, el acuerdo se
sustituyó por un tratado que arrendaba para los restos el emplazamiento de la
base.
Estados
Unidos paga 4.000 dólares al año por el arrendamiento de Guantánamo, dinero que
Cuba se niega a recibir, pero que no por ello los yanquis dejan de pagar.
Puntualmente lo ingresan en un banco suizo a nombre del gobierno cubano. Es de
chiste.
§.
Napoleón y la prensa
Napoleón
Bonaparte dejó a toda Francia y a medio mundo boquiabiertos el 1 de marzo de
1815. Desembarcaba en la Costa Azul francesa, después de huir de su encierro
mediterráneo en la isla de Elba, dispuesto a llegar a París, recuperar su trono
imperial y volver a hacer la puñeta a los ingleses. Era el último coletazo del
Bonaparte, capaz aún de arrastrar a sus antiguas tropas a la que sería su
última batalla, la de Waterloo.
Napoleón
no sólo tenía hasta el gorro a toda Europa, también resultaba cansino hasta
para los franceses, hartos ya de batallar en Egipto, invadir España y morirse
de frío en Rusia. Pero también es cierto que le tenían mucho miedo, y esto lo
ilustra muy bien un episodio que se dio en la prensa francesa cuando se conoció
la huida de Napoleón de Elba. Ocurrió lo siguiente: Napoleón tardó veinte días
en llegar a París desde que desembarcó en la Costa Azul aquel primero de marzo,
y nadie pudo imaginar que consiguiera tantos apoyos en su camino hacia la
capital.
Atentos
a la evolución de los titulares de un periódico parisino, El Monitor, a lo
largo de aquellos días. Cuando Napoleón huyó de Elba, el titular fue: «El ogro
sanguinario de Córcega ha abandonado su prisión». Cuando desembarcó en la costa
francesa, titularon algo así como «El bandido corso desembarca en Francia».
Días después, «El monstruo ha pasado la noche en Grenoble». Poco más tarde el
titular decía: «El tirano ha pasado por Lyon» y, más adelante: «El usurpador se
halla a cuarenta leguas de la capital». El siguiente titular decía: «Bonaparte
continúa su avance triunfal»; y el de un día después: «Napoleón estará mañana
al pie de nuestras murallas». Pasó un día más y el titular fue: «El emperador
ha llegado a Fontainebleau». La última cabecera fue de traca: «Su majestad
imperial llega a la capital de sus Estados en medio de sus fieles súbditos».
Napoleón
había pasado en un mes de ser un ogro sanguinario, un tirano, un bandido y un
usurpador a majestad imperial. Comenzaba el histórico imperio de los Cien Días,
los últimos cien días de gloria del Bonaparte.
§.
El cinismo de la esclavitud
Si
en algún momento de la historia de este país quedó patente la doble moral de
los gobernantes españoles fue el 29 de marzo de 1836: quedó abolida la
esclavitud en España. En la España peninsular, porque en las colonias
continuaba siendo legal y amparada por la corona. Dicho más claro, en España no
se podían tener esclavos porque estaba mal visto de cara a Europa, pero los
españoles de Cuba podían tener todos los esclavos que les diera la gana.
Qué
decisión tan absurda. Pero es que, más que absurda, era interesada. Por aquel
entonces regentaba el país María Cristina de Borbón, viuda de Fernando VII,
mamá de Isabel II y reina corrupta donde las haya. Esta reina regente y su
nuevo mando —uno de sus escoltas, al que luego regaló el título de duque para
darle un poco de postín— tenían intereses en empresas que se dedicaban al
comercio de esclavos. Es más, tenían plantaciones en Cuba con cientos de
esclavos como mano de obra y si la reina hacía extensiva a las colonias su real
orden para prohibir la esclavitud en España, se le caía el negocio abajo.
Pero
a María Cristina de Borbón también le preocupaba el qué dirán, y como en Europa
ya estaba muy mal visto tener a seres humanos cautivos y rascándote la espalda,
la reina abolió la esclavitud en la Península porque perjudicaba las costumbres
sociales europeas.
El
tráfico de negros en América continuó durante casi todo el siglo XIX, hasta
hace nada, y allí se forjaron inmensas fortunas de militares, nobles y
gobernadores españoles gracias al comercio y la explotación de los esclavos.
Por eso los miembros de gobiernos conservadores que se sucedieron en el siglo
XIX se negaban a aboliría esclavitud en colonias, porque les tocaba el bolsillo
directamente.
Para
quien tenga una imagen humana y bondadosa del conservador Cánovas del Castillo,
el que se empeñó y logró restaurar la monarquía en España, allá va esta perla:
«Todos quienes conocen a los negros os dirán que son perezosos, salvajes,
inclinados a actuar mal, y que es preciso conducirlos con autoridad y firmeza
para obtener algo de ellos». Y se murió convencido de que tenía razón.
Las
inexistentes brujas de Salem
Recurrir
a una efeméride del delirante episodio de las brujas de Salem se complica
sobremanera, porque no hubo día de 1692 en que no se produjera una acusación,
un interrogatorio o una ejecución. Por ejemplo, el día 19 de abril de aquel año
se celebró uno de los muchos juicios de Salem. Cuatro mujeres fueron juzgadas
por brujería y una de ellas fue la primera ejecutada del proceso de Salem. No
pararon hasta ahorcar a diecinueve personas más. Las pruebas se basaban en
«evidencias espectrales».
Lo
más extravagante del proceso a las brujas de Salem es que las acusaciones las
hacían niñas. Primero, fueron dos, casualmente la hija y la sobrina de un nuevo
reverendo llegado a Salem. Luego, el juego se extendió y hasta quince chicas
más encontraron muy divertido hacerse las hechizadas y acusar hasta a
doscientos ciudadanos de practicar brujería.
Pero
las primeras acusaciones no eran casuales. El reverendo del que hablo llegó a
Salem procedente de Boston, y precisamente en Boston había sido muy sonado un
caso conocido como el de «las niñas Goodwin», cuatro crías que señalaron a una
criada irlandesa como hechicera. Aquel asunto despertó mucho fervor entre los
creyentes y el reverendo decidió importar la idea a Salem. Un truco religioso
para atraer clientela.
Acusar
era muy fácil: bastaba señalar a alguien que te cayera mal y simular unas
cuantas convulsiones. Si encima el acusado faltaba de vez en cuando a misa, la
condena estaba asegurada. Muchos acababan confesando, porque las torturas eran
terribles, y el que se resistía a admitir ser hechicero también acababa
condenado porque se suponía que la fuerza de su resistencia provenía del
diablo. O sea, que no había por dónde escaparse.
Muchas
familias de Salem, ciudad ahora en el Estado de Massachusetts (Estados Unidos),
quedaron marcadas para los restos. Hasta el extremo de que en el año 2001 la
gobernadora tuvo que proclamar oficialmente la inocencia de todos los
procesados en 1692. Los jueces que los condenaron y los acusadores, con el
reverendo a la cabeza, se supone que andarán por el infierno, si es que existe.
Lo
dijo Shakespeare: hereje no es el que muere en la hoguera. Hereje es el que la
enciende.
§.
San Petersburgo
Es
difícil encontrar una ciudad en el mundo a la que le hayan cambiado más veces
el nombre que a San Petersburgo. El 26 de enero de 1924 se dio uno de esos
cambios. Pasó a llamarse Leningrado y es fácil imaginar en honor de quién, de
Lenin, porque hacía cinco días que se había muerto y quisieron hacerle la
gracia. Pero entre los nombres de San Petersburgo y Leningrado hubo otro,
Petrogrado. Los rusos, que ya pasan de tanto cambio, han decidido llamarla
«Piter».
San
Petersburgo nació a partir de la fortaleza de San Pedro y San Pablo, situada en
mitad de un islote, y el zar Pedro I el Grande se empeñó en 1703 en crear en
aquel mar de fango una ciudad que no pudiera envidiar a Ámsterdam. Costó lo
suyo, sobre todo vidas, porque los trabajadores murieron por miles. Se trasladó
a la fuerza a campesinos, a albañiles de toda Rusia, a arquitectos, a infinidad
de presidiarios… Hasta se prohibió que se usara la piedra para construir casas
en todo el país porque el zar la quería toda para levantar San Petersburgo. Fue
Dostoievsky el que definió la ciudad como «la más abstracta y premeditada del
mundo». Pero les quedó muy bonita, la verdad.
El
nombre de San Petersburgo duró hasta 1914, cuando otro zar, Nicolás II, lo
cambió por Petrogrado. ¿Por qué este primer cambio? Porque el nombre de San
Petersburgo era de origen alemán y, como Rusia entró en guerra con Alemania,
Nicolás II se negó a tener nada en Rusia que oliera a germano. Por eso le puso
Petrogrado. El nuevo nombre duró diez años, hasta que, lo dicho, se murió
Lenin.
Pero
en 1991 se hizo un referéndum entre los ciudadanos y se votó mayoritariamente
recuperar el nombre histórico de San Petersburgo. Entre tantas idas y venidas
de nomenclaturas se fueron muriendo los zares, y casi todos están allí
enterrados. Pero no se lo pierdan, porque Lenin, que permanece más tieso que la
mojama en su mausoleo de la plaza Roja de Moscú, pidió también ser enterrado en
San Petersburgo, porque allí están sepultados su madre y su hermano. Al final,
la muerte acabará reuniendo a bolcheviques y zares en San Petersburgo,
Leningrado, Petrogrado o Piter. Tanto da.
§.
Calendario republicano
¿Por
qué al mes de enero se le llama enero y al de septiembre, septiembre? Porque
así lo decidieron los romanos y los demás no hemos puesto inconveniente. Pero a
los revolucionarios franceses no les gustaba que el año estuviera definido con
nombres de meses que hacían referencia a dioses, emperadores y nomenclatura de
la antigua Roma. Así que, el 1 de vendimiario del primer año de la República la
Asamblea Nacional impuso el calendario republicano francés. Para el resto del
mundo seguía siendo 22 de septiembre de 1792.
En
aquella época quedar con un francés era un lío, porque si te citaba el 2 de
pluvioso tenías que andar calculando que en realidad era el 21 de enero. Y si
quedaba el 5 de frimario, más valía ir el 25 de noviembre si querías verle. Los
republicanos bautizaron sus meses según el paso natural de las estaciones y
siguiendo los consejos de un poeta que se llamaba, cómo no, François, aunque
firmaba Fabre d'Eglantine. Y como era eso, poeta, decidió que los tres meses de
verano terminaran todos en «or» (mesidor, termidor y fructidor); los tres de
otoño, en «ario» (vendimiario, brumario y frimario); los tres de invierno, en
«oso» (nivoso, pluvioso y ventoso); y los tres de primavera, en «al» (germinal,
floreal y pradial). Es lo que tiene dejar estas cosas en manos de un trovador.
Pero,
claro, estos meses les servían a los franceses entonces, pero no al resto del
mundo, porque en Cádiz se tirarían medio año en el mes de ventoso y en el
trópico se moverían sólo entre germinal, floreal y pluvioso. Es más,
actualmente, con el cambio climático, el calendario republicano francés no les
hubiera servido ni a ellos.
La
iniciativa tenía el futuro contado, y duró lo que duró, hasta que llegó
Napoleón en 1804, mucho más prosaico él, y decidió recuperar el calendario de
toda la vida de Dios. Y, por cierto, al poeta que discurrió los nombres de los
meses lo guillotinaron el 16 de germinal del tercer año de la República. Mucho
tardaron.
§.
La maléfica ley Volstead
En
menudo berenjenal se metió Estados Unidos el 16 de enero de 1920. Entró en
vigor la ley Volstead, más conocida como la ley seca, la que decretaba la
prohibición de toda clase de bebidas que contuvieran el 0,5 por ciento de
alcohol. No se podía tomar ni una cerveza, ni un vaso de sidra… ni mucho menos
una copa de vino. Y digo lo del berenjenal, porque lo único que consiguió
Estados Unidos con una ley tan moralista fue tender un puente de plata al mundo
del hampa. Los gánsteres daban palmas con las orejas sin estar borrachos.
Es
una pena que casi nadie conozca la ley seca por el nombre de la lumbrera que la
promovió, el congresista republicano Andrew Volstead. Vean lo que dijo para
anunciar la puesta en marcha de la ley: «Esta noche, un minuto después de las
doce, nacerá una nueva nación. El demonio de la bebida hace testamento, se
inicia una era de ideas claras y limpios modales. Los barrios bajos serán
pronto cosa del pasado. Las cárceles y correccionales quedarán vacíos; todos
los hombres volverán a caminar erguidos, sonreirán todas las mujeres y reirán
todos los niños. Se cerrarán para siempre las puertas del infierno». Desde
luego, lo clavó.
La
pregunta es quién dejó que un tipo como éste se metiera a político y por qué
nadie lo encarceló de inmediato. La ley Volstead promovió e instaló de forma
permanente el crimen organizado en Estados Unidos y provocó que el país
atravesara una de sus etapas más negras y corruptas. La ley permitió hacer
colosales negocios, por un lado, a los fabricantes de bebidas gaseosas no
alcohólicas (con la Coca-Cola se forraron) y, por otro, a los fabricantes
clandestinos de alcohol, que se hicieron de oro destilando whisky por su
cuenta.
Cómo
sería de lucrativo el negocio, que en un solo año la policía descubrió 172.000
alambiques ilegales; o sea, que es fácil imaginar los que no descubrieron. Allí
el que no bebía era porque no quería. Trece años después de su aprobación, en
1933, Estados Unidos derogó la ley tras considerarla un completo fracaso. De
Andrew Volstead, nunca más se supo. Seguramente se dio a la bebida.
§.
Búfalo Bill por las Ramblas
Se
llamaba William Frederick Cody y era el prototipo del vaquero americano;
perteneció al Séptimo de Caballería, luchó contra los indios —aunque luego se
hicieron colegas— y cazaba búfalos como nadie. Por supuesto, para no desentonar
de todos estos datos, su lugar de nacimiento fue Iowa. Era Búfalo Bill un
personaje de leyenda que el 21 de diciembre de 1890 llegó a Barcelona con su
espectáculo «Salvaje Oeste». Fue uno de los mayores acontecimientos de la
época, porque traía indios de verdad… y búfalos de verdad… y los Winchester
disparaban de verdad. Una pena que ese mismo año de 1890 se muriera Toro
Sentado, porque, si no, también habría ido a Barcelona. Y Toro Sentado por las
Ramblas no hubiera tenido desperdicio.
Búfalo
Bill había contratado al jefe sioux Toro Sentado, más conocido en su tienda
como Tatanka Yotaka, diez años antes, en 1880. El indio vivía en una reserva y
como Búfalo quería mejorar su espectáculo, le propuso incorporarse al circo
«Salvaje Oeste». Le ofreció a cambio mantas, collares, diversos utensilios,
whisky… en fin, todas esas cosas con las que se convencía a los pieles rojas.
Toro Sentado, por supuesto, rechazó la oferta. Le dijo a Búfalo que se dejara
de tonterías. Que actuaría a cambio de 40 dólares semanales, todos los gastos
pagados, alojamiento en los mejores hoteles y seguro de accidentes. Era Toro
Sentado, no Toro Imbécil.
El
jefe sioux no llegó a Barcelona, pero sí el resto de indios que integraba el
espectáculo. Lamentablemente, no todos regresaron. Durante las cinco semanas
que duró el show de «Salvaje Oeste», parte del personal artístico y técnico
enfermó de cólera o gripe. Nunca se supo exactamente qué los mató, pero el caso
es que diez indios de Dakota murieron y fueron enterrados en Barcelona.
Los
contratiempos del espectáculo no acabaron aquí. Búfalo Bill elevó una seria
protesta a las autoridades barcelonesas porque, tras la desaparición de dos
niñas en el barrio de Gracia, precisamente donde estaba instalado el show, los
vecinos acusaron a los indios de habérselas comido. Búfalo se enfadó mucho,
porque sus indios eran seres civilizados que no comían carne humana. Como
mucho, habían arrancado algún cuero cabelludo, pero de eso hacía muchos años.
Antes de alojarse en hoteles de lujo y montar a caballo con seguro contra
accidentes.
Capítulo
13
Revoltosos
Contenido:
§.
Valero Ripoll
§.
Rosa Parks
§.
Juana de Arco
§.
Guillermo Tell
§.
María Pita
§.
Vivian Malone
§.
Eulalia de Borbón
§.
Motín de Esquilache
§.
Agustina de Aragón
§.
El motín del Potemkin
§.
Comuneros respondones
§.
José María Torrijos
§.
Cristina de Suecia
§.
El Timbaler del Bruc
§.
John Scopes
§.
Aranjuez, un motín calculado al milímetro
§.
Valero Ripoll
Si
van a Calatayud no pregunten por la Dolores, que está feo, pregunten por Valero
Ripoll, a ver si tienen la suerte de que alguien les dé señas de él. Valero
Ripoll fue un paisano que el 19 de diciembre de 1808, en plena invasión
napoleónica, engañó a un destacamento de cien franceses diciéndoles que o se
rendían y abandonaban Calatayud, o la guerrilla que tenía a su mando les haría
fosfatina. Dado que los franceses ya tuvieron noticias durante el primer sitio
de Zaragoza de una tal Agustina de Aragón y de cómo se las gastaban los
guerrilleros maños, se rindieron sin plantar cara. Pero Valero Ripoll ni tenía
guerrilla ni nada parecido. Se tiró un farol y le salió redondo.
Los
franceses habían tenido que levantar su primer sitio a Zaragoza, el que se
produjo entre el 15 de junio y el 15 de agosto, tras perder Napoleón la batalla
de Bailén. Pero no estaban dispuestos a renunciar a la toma de la capital
porque era imprescindible para abrirse paso hacia el Levante, así que volvieron
a la carga para hacer capitular la ciudad. Las tropas napoleónicas fueron
tomando varios pueblos en su acercamiento a Zaragoza. En Calatayud se instaló
un destacamento francés de ciento diez hombres hasta el que se acercó el
chocolatero Valero Ripoll acompañado de un amigo. Nadie sabe cómo ni con qué
artes, ni mucho menos en qué idioma, Valero Ripoll convenció a los galos de que
muy cerca de allí tenía a su mando tres mil guerrilleros aragoneses muy
cabreados y dispuestos a atacar al destacamento francés si no se entregaba.
Ripoll
no tenía a nadie de apoyo, aunque bien es cierto que no muy lejos de allí
andaban los hombres de Juan Biec, un guerrillero conocido. Es decir, lo que
hizo el chocolatero Valero fue engatusar a los franceses, que se acongojaron
ante tanto supuesto maño, rindieron las armas y fueron conducidos a Zaragoza
por los dos amigos y una docena de paisanos que se les sumaron en el camino. Es
de suponer que éste es uno de los episodios más ridículos de las tropas
francesas durante la invasión española. Valero Ripoll llegó a Zaragoza con su
botín de cien franceses, se los entregó a Palafox y el general, claro está, lo
condecoró. Pero dio igual. Dos días después comenzó el segundo y cruento sitio
de Zaragoza. Y aquí no valieron trampas.
§.
Rosa Parks
Rosa
Parks era una mujer negra de cuarenta y dos años que trabajaba de costurera y
que el 1 de diciembre de 1955, sin planearlo, puso Estados Unidos del revés.
¿Qué ocurrió aquel 1 de diciembre? Pues que Rosa Parks se subió a su habitual
autobús en Montgomery, en Alabama, y se sentó en la quinta fila, porque las
cuatro primeras estaban reservadas a los blancos. El autobús se llenó, y un
rostro pálido se dirigió a Rosa y le dijo que se levantara. Rosa dijo que no,
que estaba en la zona para negros y ahí se quedaba. El blanco la denunció, la
policía la detuvo y, en ese mismo instante, saltó la chispa que inició la lucha
por los derechos civiles que acabaría con la segregación racial en Estados
Unidos. La primera vez que Martin Luther King alzó la voz fue en defensa de
Rosa Parks.
Cuando
Rosa Parks fue detenida, un joven de nombre Martin Luther King impulsó un
boicot contra la empresa de autobuses de Montgomery, y la respuesta fue
asombrosa. Los ciudadanos comenzaron a usar bicicletas, a coger taxis para
negros que bajaron sus tarifas, a organizarse en coches particulares… hicieron
lo que fuera con tal de no coger los autobuses. Un año después la empresa
quebró, porque sus clientes eran negros en un 75 por ciento hasta el momento de
la detención de Rosa Parks. Dos meses más tarde, el Tribunal Supremo de Estados
Unidos sentenció que la segregación racial en los autobuses violaba la
Constitución. Es que antes no habían caído en la cuenta de una cosa tan tonta.
Aquello
fue sólo el principio, porque se siguieron arañando derechos para los negros
poco a poco, pero, sobre todo, muerto a muerto. Hasta los dejaron ir a la
universidad y les permitieron entrar al cine por la misma puerta que los
blancos, e incluso ver la película sentados. Los blancos, en el fondo eran tan
buenos que, en 1999, a Rosa Parks le dieron la Medalla de Honor del Congreso.
Pero hay más. Porque Rosa murió en 2005, a los noventa y dos años, y su capilla
ardiente estuvo instalada en el Capitolio de Washington, reservado a
presidentes y héroes de guerra. Ahora viene el chiste.
Rosa
Parks fue enterrada en el cementerio de Detroit, y el precio de los nichos
cercanos se ha triplicado porque ahora hay tortas entre los blancos para
enterrarse al lado de la costurera negra que se negó a ceder su asiento a un
blanco. No tienen remedio.
§.
Juana de Arco
En
el siglo XV, los ingleses tenían frita a Francia. La invadían cada dos por tres
y, por supuesto, querían sentar en el trono francés a un inglés. A verlas venir
estaban dos herederos franceses, uno de Borgoña y otro de Orleans, pero la
guerra contra el inglés y las luchas entre ellos tenían el país sin gobierno. Y
en éstas andaban, jugando a la silla para ver quién se sentaba en el trono en
cuanto parara la música, cuando una jovencita muy mona llamada Juana se plantó
el 8 de marzo de 1429, Día de la Mujer Trabajadora, ante Carlos, el delfín de
Orleans, y le dijo: Oye, que yo hablo con Dios, y me ha dicho que tengo que
salvar a Francia y hacerte rey. Por si acaso era verdad, Juana de Arco acabó al
frente de las tropas.
Era
la época en que Francia estaba inmersa en la Guerra de los Cien Años, que, como
su propio nombre indica, duró ciento dieciséis. Juana de Arco consiguió unir a
Francia en torno al futuro rey Carlos VII y echó a los ingleses de Orleans.
Cuando el rey le dijo que se estuviera quieta, Juana siguió batallando por su
cuenta, porque Dios le insistía en que había que hacer fosfatina a los
ingleses. Como la doncella tenía mucho tirón, el ejército la siguió, pero a
Juana la cogieron los de Borgoña, cabreados como estaban por haber hecho rey a
su enemigo de Orleans. Los borgoñones la entregaron a los ingleses y se le hizo
un juicio, primero, por hablar con Dios sin que intermediara la Iglesia y,
segundo, por vestir pantalones en vez de faldas.
La
declararon hereje y marimacho, pero, como Juana al final flaqueó y se
arrepintió de sus pecados, le perdonaron la vida a cambio de que dejara de
decir tonterías y comenzara a vestir como una señorita. Pero no lo hizo. Volvió
a ponerse pantalones y a tener charlas con Dios. La condenaron a la hoguera por
relapsa; o sea, por herética reincidente. Veinticinco años después de su muerte
la Iglesia revisó su caso y determinó que, hombre, hereje no era y lo de la
vestimenta tampoco era tan grave. Tuvieron que pasar casi quinientos años para
verla canonizada y como patrona de Francia. La única santa patrona con
pantalones.
§.
Guillermo Tell
Estas
son las fechas, y sigue sin estar claro si la magnífica hazaña de Guillermo
Tell fue cierta. En Suiza todo el inundo la da por buena y aseguran que sucedió
el 18 de noviembre de 1307. Anda que no hace años que arreó el flechazo a la
manzana sobre la cabeza de su hijo. Todo pueblo necesita sus mitos y sus
héroes, y Guillermo Tell es uno de ellos. En Suiza se le atribuye, además del
episodio de la manzana, el haber iniciado con esta gesta la lucha por la
independencia frente a Austria. Conviene aceptarlo, porque los suizos no están
tan sobrados de héroes como para desinflarles una leyenda.
La
hazaña de Guillermo Tell, aquella que luego puso sobre el papel Friedrich
Schiller en forma de drama y Antonio Rossini en plan ópera, fue como sigue. Iba
Vilhelm Tell —porque Guillermo lo llamamos aquí, pero en Suiza era Vilhelm—,
iba, digo, con su hijo aquel 18 de noviembre paseando por la plaza mayor de
Altdorf, una ciudad en el centro del país, cuando se negó a reverenciar a un
austríaco invasor.
Austria
se había anexionado Suiza y tenía fritos a los ciudadanos. El mandamás
austríaco paró los pies de Guillermo Tell, de quien había oído sus habilidades
con la ballesta, y para escarmentarle por su desaire exigió que demostrara su
puntería atravesando una manzana colocada en la cabeza de su hijo. Si lo
conseguía, le dejaría ir.
Guillermo
Tell tomó dos flechas, las colocó en su ballesta y disparó una a la manzana.
Hizo blanco, pero cuando el austríaco le preguntó por qué había puesto dos
flechas si sólo tenía que lanzar una, Guillermo Tell no se calló y le dijo que
la segunda iba destinada a él en caso de que hubiera fallado y matado a su
hijo.
El
austríaco se mosqueó, detuvo al arquero, el arquero se escapó, luego mató al
austríaco, y aquello fue el chispazo que encendió la lucha de varios cantones
suizos para independizarse de Austria. Y colorín colorado.
§.
María Pita
La
historia guerrera española registra muchas y variadas heroínas: Casta Álvarez y
Agustina en Aragón, María Bellido en Bailén, Clara del Rey y Manuela Malasaña
en Madrid, Mariana Pineda en Granada… Pues en Galicia, en A Coruña, no hay más
heroína que María Pita, porque el 14 de mayo de 1589, al grito de «el que tenga
honra que me siga», hizo retroceder a los invasores ingleses cuando la ciudad
estaba prácticamente rendida. Sir Francis Drake volvió con el rabo entre las
piernas a Inglaterra y murió sin explicarse cómo una mujer hizo retroceder a
veinte mil hombres.
Pues
porque María Pita se cabreó. Y verán por qué. Isabel de Inglaterra estaba
mosqueada con Felipe II por haberle enviado a la Armada Invencible. Aunque
Inglaterra ganó y los elementos se merendaron a la famosa Armada, la reina
envió al año siguiente a sir Francis Drake, aquel que comenzó su carrera siendo
corsario y la terminó como almirante, a invadir España.
Así
que, 142 navíos se plantaron frente a las costas de Corulla, pero como Felipe
II estaba ya entretenido con sus tercios en Flandes, Galicia estaba
desasistida. Los ingleses desembarcaron, y los paisanos coruñeses tuvieron que
plantar cara en ayuda de las pocas tropas que tenían.
Un
alférez al mando, Gregorio de Recamonde, segundo esposo de María Pita, cayó
muerto de un tiro de arcabuz, y su mujer se encendió. Coruña estaba a punto de
rendirse, pero María Pita agarró la espada de su esposo, se puso al frente y se
fue a por un inglés que avanzaba con el estandarte de su país. Le arreó un
espadazo, le quitó la bandera inglesa, la alzó y aquel gesto provocó que los
coruñeses sacaran fuerzas de donde no tenían. Los ingleses se acongojaron,
comenzaron a retroceder y acabaron huyendo a sus barcos. Cuando sir Francis
Drake los vio volver, no podía creerlo.
Cinco
días después de la heroicidad de María Pita la escuadra del almirante inglés se
perdió en el horizonte camino de Inglaterra. Cuando la reina Isabel preguntó
qué había pasado para perder una guerra ganada, sir Francis Drake debió de
responder algo así como «es que María Pita nos quitó el banderín».
§.
Vivian Malone
El
11 de junio de 1963, una tremenda calorina caía sobre Tuscaloosa, una ciudad de
Alabama, cuando dos estudiantes negros pisaban con escolta política y policial,
por primera vez, una universidad de blancos en Estados Unidos. Eran un chico y
una chica, James Hood y Viviane Malone. Sólo querían estudiar en el mismo
pupitre que los blancos, con los mismos libros que los blancos para sacarse el
mismo título que los blancos. Pero los blancos no querían. Aunque no lo
parezca, aquel paseo primaveral de camino a las aulas, atravesando un camino
flanqueado por estudiantes rubios de ojos azules abucheando a los dos
compañeros negros, fue uno de los mayores triunfos de los derechos civiles.
Una
sentencia de la Corte Suprema de Estados Unidos había dejado claro que los
afroamericanos tenían derecho como ciudadanos a cursar estudios universitarios.
Y los dos primeros que se tiraron a la piscina fueron James y Vivian. Se
matricularon con la ley en la mano y se fueron el primer día de clase guapos y
aseados en busca de su sueño estudiantil. Pero tuvieron que esperar encerrados
en un coche cuatro horas, porque todo el campus estaba soliviantado y porque
hasta el propio gobernador del Estado de Alabama dijo que se plantaría en la
puerta para impedir la entrada de dos negros. El presidente Kennedy tuvo que
llamarle para que se reportara y ordenó a la Guardia Nacional que asegurara la
entrada de los jóvenes.
Vivian
entró segura y con la cabeza alta. James, no tanto. A cada insulto se hacían
más fuertes, a cada paso aplastaban el orgullo blanco y con cada zancada hacia
las aulas aseguraban el camino de miles de jóvenes negros que hasta ese momento
tenían prohibido estudiar.
Los
años de carrera fueron muy duros. Tanto, que James Hood no soportó la presión y
tuvo que abandonar. Pero Vivian, no. Vivian continuó entrando cada mañana a
clase, resistiendo ante la humillación y esquivando insultos. Hasta que tres
años después salió orgullosa con su título de empresariales bajo el brazo.
Tiempo después se llevó otra satisfacción: el gobernador de Alabama la llamó en
su lecho de muerte para pedirle perdón. Vivian aceptó sus disculpas.
§.
Eulalia de Borbón
Eulalia
de Borbón fue la hermana pequeña de Alfonso XII. Hija confirmada de Isabel II y
sólo supuesta de Francisco de Asís, el rey consorte que gustaba de usar encajes
en sus camisones. La infanta Eulalia salió rana a la familia real, porque era
lista, respondona, feminista y divorciada. El 4 de diciembre de 1911 una
imprenta de París escupía un libro firmado por la infanta Eulalia titulado Au
fil de la vie (A lo largo de la vida), una obra escandalosa en la que defendía
el divorcio, la independencia de la mujer y otra serie de asuntos que pusieron
los pelos de punta a su sobrino Alfonso XIII, que ya reinaba por estos lares.
El rey aplicó censura y prohibió la difusión del libro en España. Consecuencia
inmediata: la obra llegó de contrabando y fue un éxito de ventas.
El
nombre completo de la infanta era, tengan paciencia, María Eulalia Francisca de
Asís Margarita Roberta Isabel Francisca de Paula Cristina María de la Piedad.
Su problema, además del nombre, fue que pensaba por su cuenta, tenía ideas
propias y, la muy insensata, las publicaba. Su inaceptable progresismo la
convirtió en la oveja negra de la familia, porque ella rechazaba las
apariencias, cuando las apariencias eran precisamente lo único que se mantenía
en casa. María Eulalia de Borbón supo de la homosexualidad de su padre, el rey
Francisco, y del gusto de su madre por alcobas ajenas. Y no es que lo supiera
ella, es que lo sabía toda España.
La
infanta Eulalia intentó evitar su matrimonio impuesto con Antonio de Orleans,
un auténtico inútil salvo para dilapidar dinero y picar de burdel en taberna.
En contra de su familia, consiguió divorciarse de él y se negó a hacer lo que
hicieron sus padres: una separación disimulada.
El
divorcio sentó fatal a Alfonso XIII y mucho peor le cayó la publicación del
libro. La infanta continuó escribiendo y publicando en el extranjero sin que se
le permitiera vender sus libros en España. Lo cierto es que la infanta fue
consecuente hasta el final de sus días, y también lo fue Alfonso XIII, que
vivió separado de su mujer, la reina Victoria, pero jamás se divorció. Su
desprecio mutuo lo arrastraron hasta el mismo día de la muerte del rey en Roma,
pero cristianamente casados. Olé.
§.Motín
de Esquilache
La
que se lió en Madrid el 23 de marzo de 1766 fue de órdago. El motín de
Esquilache, esa revuelta popular producto del cabreo contra el gobierno de
Carlos III por obligar a los hombres a cambiar la capa larga por la corta y el
sombrero de ala ancha por uno de tres picos. Pero esto sólo fue la gota que
colmó el vaso. El cambio de vestimenta reventó el ánimo popular, pero podría
haberlo exacerbado cualquier otra cosa. El problema venía de antes y el marqués
de Esquilache estaba en el punto de mira. Menos mal que no estaba en casa
cuando fueron a por él.
Los
españoles llevaban meses soliviantados contra Carlos III. Demasiados
extranjeros en el gobierno y demasiadas reformas en muy poco tiempo. A la plebe
no le gustaba que le tocaran sus costumbres y le subieran el pan; y a la
nobleza y al clero les gustaba aún menos que les tocaran sus privilegios.
Encima, los productos de primera necesidad estaban por las nubes. Había hambre
y todos culpaban a un solo hombre de los males, al ministro Esquilache, al de
Hacienda. Un día que Isabel de Farnesio, la madre del rey, entró con su
carruaje en Madrid, se vio asaltada por un tumulto que reclamaba comida. La
madre se fue muy sofocada a los brazos de su hijo, el rey la emprendió contra
Esquilache, y Esquilache le dijo a Carlos III que no podía hacer más encaje de
bolillos con los presupuestos generales del Estado… que las arcas estaban
tiritando.
Meses
después de este incidente, el gobierno tomó la medida de prohibir la capa larga
y el sombrero de ala ancha para evitar que los ciudadanos fueran embozados y
con la cara oculta. Fue el colmo, y todos señalaron a Esquilache como el
culpable. Asaltaron su residencia, la casa de las Siete Chimeneas, hoy sede del
Ministerio de Cultura, y si lo llegan a encontrar no sale vivo de allí.
Los
motines se extendieron a toda España y las consecuencias fueron de lo más
variadas: Carlos III se escondió en Aranjuez, su madre murió de los disgustos,
Esquilache acabó exiliado y los jesuitas expulsados. Y todo por culpa de la
moda.
§.
Agustina de Aragón
Agustina
de Aragón, que, como muy bien recoge su apellido, era catalana, se convirtió en
la heroína por excelencia de la Guerra de la Independencia, en el símbolo de la
resistencia contra la invasión napoleónica. Murió el 29 de mayo de 1857, ya
mayorcita, con mucho vivido y lejos de la tierra que le dio fama. Así que,
tenemos a Agustina, curiosamente apellidada Zaragoza, nacida en Cataluña,
heroína en Aragón y muerta y enterrada en Ceuta. Qué mujer más inquieta.
La
heroicidad le vino un poco de chiripa, aunque sin restar mérito a su valentía;
una valentía que, por otra parte, demostraron todas las mujeres de Zaragoza en
aquella guerra de 1808. Estaba Agustina, como todas, ayudando en lo que podía:
con la munición, con los sacos terreros, llevando agua y comida, haciendo de
enfermera… cuando allí mismo, a su lado, en el Portillo de San Agustín, los
franceses se cargaron al último artillero que defendía aquella posición. Como
no había nadie más para disparar el cañón, ella prendió la mecha y tumbó de
golpe a un montón de franceses. A lo mejor cerró los ojos y miró para otro
lado, pero el caso es que apuntó bien.
La
fama le vino de golpe, fue condecorada por el general Palafox y Agustina le
cogió el gustillo a la guerra. Participó en muchas batallas y se hizo
tremendamente popular. Tanto, que Fernando VII la premió con el grado de
subteniente de infantería. Si hubiera sido hombre seguro que la hubieran
nombrado directamente teniente, sin el sub. Francisco de Goya también quedó
impresionado, porque la inmortalizó en uno de sus grabados… y Lord Byron, que
se acordó de ella en uno de sus escritos.
Pero
a Agustina se le acabó la juerga en Ceuta con setenta y un años. Allí fue
enterrada, en el cementerio de Santa Catalina, en el nicho número uno del
departamento de San Cayetano, aunque sólo descansó durante veinte años. Los
restos de Agustina volvieron a Zaragoza, a la iglesia de Nuestra Señora del
Portillo, muy cerca de donde tumbó a los franceses. El propio Alfonso XIII fue
a rendirle honores. No tengo a mano su discurso, pero le dijo algo así como,
hija, cuánto vales.
§.
El motín del Potemkin
El
motín a bordo del acorazado ruso Potemkin y el uso que de él hizo la posterior
Revolución bolchevique nos ha dejado a casi todos los profanos en historia un
pastel mental que no nos deja diferenciar entre la realidad y lo que luego nos
enseñó el cine de la mano del magistral y desmesurado Eisenstein. Fue el 14 de
junio de 1905 cuando se inició el amotinamiento de la tripulación del Potemkin.
Está más o menos aceptado, pero no confirmado a ciencia cierta, que el origen
fue el hambre. Los soldados se negaron a comer un guiso de carne con gusanos.
Con lo proteínicos que son.
¿Por
qué derivó esto en una masacre en la ciudad de Odessa, que acabó con mil
muertos y cuatro mil heridos? Pues, por nada, porque no derivó. Fueron hechos
coincidentes que el cine reunió muy hábilmente. Es decir, si el Potemkin no
hubiera llegado a Odessa, quizás los heridos y los muertos hubieran sido los
mismos.
Después
del amotinamiento en el Potemkin, que navegaba por el mar Negro, el acorazado
llegó a la ciudad de Odessa, donde, vaya por Dios, había una huelga general y
estaban a tiros los ciudadanos y huelguistas contra el ejército del zar. Se
juntaron el hambre con las ganas de comer. Los amotinados del Potemkin, por un
lado, y la huelga de Odessa, por otro.
Según
el cine, el Potemkin, ya que estaba metido en faena, se unió a la lucha del
pueblo contra los cosacos. Pero según los historiadores, los huelguistas
pidieron ayuda a la marinería del acorazado, que lo máximo que hicieron fue
disparar unos cuantos cañonazos sin mayores consecuencias contra el teatro
donde estaban reunidas las autoridades militares zaristas. Después de esto, el
Potemkin, cuando supo que venía por el mar Negro una flota para reducirlo, se
largó de Odessa. Al parecer hubo una guerra silenciosa en el mar entre el
Potemkin y la flota que fue a por él, pero no se disparó ni un tiro porque
todos se consideraban camaradas marineros.
Al
final, el Potemkin puso rumbo al puerto de Constanza, en Rumania, donde se
rindió a las autoridades. Pero, ojo, que todo esto no quita que la película de
Eisenstein sea una obra magistral. El cine es el cine.
§.
Comuneros respondones
Que
los comuneros y Carlos V no hicieron buenas migas ya es sabido. Que los
comuneros lo intentaron y Carlos V pasó de ellos, también. Y fue el 20 de
octubre de 1520 cuando los comuneros hicieron una última intentona para acabar
con las tiranteces: enviaron dos mensajeros a Bruselas para entrevistarse con
el rey y explicarle sus peticiones. Pero el rey los echó con cajas destempladas
sin ni siquiera escucharlos. Porque cuando los emisarios llegaron, el rey
acababa de ser coronado emperador y a un emperador no se le tose.
Castilla
se levantó contra Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico
porque el rey le estaba echando un poco de rostro al gobierno de la nación. No
vivía en el país, no hablaba español, les tenía fritos a impuestos, casi vació
las arcas para financiar su postulado al imperio, y España estaba gobernada por
flamencos que ni siquiera sabían arrancarse por bulerías. Flamencos de los de
Flandes.
El
cabreo en el país era general, pero los castellanos fueron los más
batalladores. Puesto que el rey estaba más preocupado de su imperio germánico
que de sus reinos españoles, los comuneros hicieron sus peticiones: que las
Cortes fueran la primera institución del reino, que actuaran al margen del
poder real y que los procuradores fueran elegidos por las ciudades, no por el
rey. Lo que pasa es que esto no cuadraba con los planes de Carlos V.
Pero,
sobre todo, pedían que el dinero que saliera de los castellanos se quedara en
Castilla, que no se fuera a Alemania. Y que si el rey era rey de España, que
viviera en el país, no a 2.000 kilómetros. Porque Carlos V se largó y dejó al
frente del gobierno a Adriano de Utrecht, que encima era cardenal, con lo cual
también manejaba la Iglesia. El gobernador se portó tan bien, fue tan
obediente, que al final Carlos V lo enchufó para que acabara siendo papa, el
papa Adriano VI. La lucha comunera no triunfó y ya sabemos todos dónde fueron a
parar las cabezas de sus líderes Padilla, Bravo y Maldonado. Ya lo dijo Miguel
Hernández: «Castellanos de alma, labrados como la tierra y airosos como las
alas».
§.
José María Torrijos
El 5
de diciembre de 1831 pagaron caros sus gritos el general José María Torrijos y
cincuenta y dos de sus valientes. Fueron apresados por las tropas realistas de
Fernando VII por empeñarse en derrocar el absolutismo. Les quedaban seis días
de vida.
Andaba
Torrijos dando guerra al absolutismo por Gibraltar, cuando, un supuesto amigo
le atrajo con engaños hacia las costas de Málaga. Su falso aliado resultó ser
el gobernador de la ciudad, que le tendió una trampa para capturarle
aprovechando que habían sido antiguos compañeros en el ejército. Torrijos y los
suyos se escabulleron como pudieron por Fuengirola, huyeron por Mijas y
llegaron a Alhaurín de la Torre. Y aquí les pillaron. Se los llevaron a Málaga
y allí estuvieron encarcelados cuatro días, hasta que el 9 de diciembre, el rey
Fernando VII hizo llegar un mensaje de puño y letra que decía: «Que los fusilen
a todos. Yo, el rey». Las cosas de palacio iban despacio, menos cuando se
trataba de fusilar liberales.
El
11 de diciembre, sobre las arenas de la playa malagueña de San Andrés, cayeron
Torrijos y los suyos al grito de: « ¡Viva la libertad!». El general, más chulo
que un ocho de canto, pidió una última voluntad: morir sin venda en los ojos y
dar él mismo la orden de disparar. Este último deseo no se lo concedieron,
porque si Torrijos llega a dar la orden, no hubiera sido una ejecución, habría
sido un suicidio. Torrijos era listo, pero el jefe del pelotón lo era más.
Y
viene al pelo recordar una situación graciosamente embarazosa que se dio
durante la apertura de la ampliación del Museo del Prado. Allí estaba colgado
el gigantesco cuadro que pintó Antonio Gisbert representando el fusilamiento de
Torrijos. El rey Juan Carlos I inauguró el nuevo Prado y los reporteros
gráficos que cubrieron el evento no pararon hasta que le captaron con sus
cámaras delante del cuadro en el que Torrijos está a punto de morir por orden
de un Borbón. Es lo que tiene la memoria.
§.
Cristina de Suecia
Cristina
de Suecia, qué mujer esta. El 7 de diciembre de 1626 llegaba al mundo en
Estocolmo la que se suponía que debía ser la futura reina sueca. Sus padres
querían un chico, pero, como no atinaron, no les quedó otra que conformarse con
la niña como heredera. Eso sí, ya que el rey no había podido tener un varón,
educó a la niña como si lo fuera. Y en aquel siglo XVII era harto arriesgado
meter los conocimientos destinados a un hombre en el cerebro de una mujer.
Con
trece años hablaba siete idiomas, era una estupenda amazona, sabía de
estrategia militar, manejaba la espada como nadie y leía a los clásicos. Suecia
acabó teniendo una reina más lista que el hambre; tan lista, que cuando cumplió
los veintiocho dijo que reine otro, que la vida es bella. Más o menos. Abdicó
en su primo y se largó del país. A partir de aquí se dedicó a hacer lo que le
vino en gana y a vivir sin importarle las acusaciones sobre sus gustos
sexuales.
Dedicó
su vida a lo que le gustaba: a charlar con filósofos, a ligar con quien le
apetecía y a defender las bellas artes. Pese a inclinaciones tan ilustradas y a
gozos sexuales tan veletas, Cristina logró meterse a tres papas en el bolsillo.
Pero es que jugó muy bien sus cartas: Suecia era en aquel siglo XVII el mayor
protectorado del luteranismo. La reina Cristina decidió abrazar la fe católica
y aquella conversión, además de causar un revuelo impresionante en el mundo
protestante, despertó las simpatías de Roma. Cristina de Suecia no fue santa ni
de lejos, pero sirvió muy bien a los intereses católicos de la época, por eso
los papas miraban para otro lado cuando ella se disipaba. Y si no, a ver de
cuándo a esta parte iban a aguantar que una mujer dijera en el siglo XVII una
frase como «no tener que obedecer a nadie es dicha mayor que mandar en toda la
Tierra». Por mucho menos te mandaban a la hoguera y, por supuesto, no pisabas
el Vaticano ni muerta. Salvo ella, porque es una de las cuatro mujeres que están
enterradas en las grutas vaticanas. Con los papas y entre los papas.
§.
El Timbaler del Bruc
No
hubo día de 2008 en que no se conmemorara algo que ensalzara el bicentenario de
la ocupación napoleónica. Cada pueblo escenario de alguna batalla o
acontecimiento organizó algún festejo, y El Bruc, en la comarca de Anoia
(Barcelona), no iba a ser menos, porque allí guardan en la memoria a un
personaje ajeno para la mayoría, pero muy aplaudido en su pueblo. Un personaje
que, para humillación gabacha, nació el 14 de marzo de 1791. Se llamó Isidro
Llussà, pero la historia, con sus justas dosis de leyenda, lo ha colocado entre
los héroes de la guerra contra el francés como el Timbaler del Bruc.
Cuentan
que el Timbaler del Bruc, un chaval que sabía tocar el timbal y criado en
Santpedor, cerca de Manresa, consiguió poner en fuga al francés en lo que se
convirtió en la primera victoria española. Todo comenzó cuando los manresanos,
cabreados por la llegada de papel timbrado francés, organizaron con él una
hoguera y encima emitieron un bando presumiendo de la hazaña. Al mando de
aquella zona estaba el general Schwartz, quien se dispuso a hacer pagar cara la
chulería de los catalanes y se fue a por ellos con 3.800 soldados.
Se
produjo el primer tiroteo, pero el Timbaler, subido en el risco del Bruc y
aprovechando la resonancia de las montañas de Montserrat, le dio al timbal
imitando el toque del ejército regular. Los franceses creyeron que más que
enfrentarse a un puñado de paisanos y unos pocos soldados, lo que había
emboscado en aquellas montañas era todo un ejército, así que, pensaron, mejor
volverse a Barcelona.
Hasta
aquí la leyenda con una importante dosis de realidad, aunque merece ser creída
porque los bicentenarios sin tradiciones románticas dejan mucho que desear. Una
revisión más moderna de la historia, sin embargo, habla de que fueron no uno,
sino dos timbaleros y un trompeta los que animaron a los aldeanos a crecerse
ante los franceses. Pero fue el constante repique de campanas de todas las
iglesias de la zona lo que terminó de poner en fuga al general Schwartz, que se
temió un alzamiento aún mayor del que le habían hecho creer. Fue la primera
derrota francesa y una excusa perfecta para que El Bruc, en la comarca de
Anoia, celebre cada año la derrota enemiga y se tomen unos vinos a la salud del
§.
John Scopes
Creacionismo
o evolucionismo, he ahí la cuestión. Hace siglo y medio que Darwin enunció su
teoría de la evolución y todavía muchos se ponen de los nervios cuando oyen que
descendemos del mono. Darwin nunca se posicionó contra Dios, pero muchos se
empeñan en que Dios se posicione contra Darwin, y esta situación se manifestó a
las claras el 10 de julio de 1925; el día en que el Estado de Tennessee
(Estados Unidos) sentó en el banquillo a un profesor de ciencias por enseñar en
clase la evolución de las especies. Comenzaba el «juicio del mono».
Las
leyes de Tennessee prohibían la enseñanza de la evolución. Lo único admitido
era que los maestros transmitieran que el hombre se plantó en el mundo cuando
Dios hizo a Adán con barro y a Eva con una costilla de Adán; luego vendría lo
de la serpiente, la manzanita y demás leyendas paradisíacas. Pero John Scopes,
un profesor de ciencias de veinticuatro años, sin quitar mérito a Dios, enseñó
a sus alumnos la teoría de la evolución.
El
profesor sólo explicó en clase que la historia bíblica no debía ser tomada de
forma literal, porque la vida animal sobre la tierra había evolucionado a
través de un largo y complejo proceso de desarrollo celular. Claro, decir esto
en la América profunda, repleta de granjeros ignorantes y dirigentes cristianos
fundamentalistas era una blasfemia como la copa de un pino, así que le acusaron
por menoscabar «la paz y la dignidad del Estado». El que redactó esta acusación
no descendía del mono, sino de un mosquito zoquete.
Tardaron
menos que nada en llevar al profesor ante los tribunales en lo que se llamó «el
juicio del mono», un proceso que atrajo a periodistas de todo el mundo y que
acabó celebrándose en la calle porque las tres mil personas que lo querían
seguir en directo no entraban ni de canto en el palacio de Justicia. El
profesor perdió el juicio y fue multado con cien dólares, aunque al final la
Corte Suprema le dio la razón. Algunos fundamentalistas han dicho que aquella
sentencia fue un torpedo a la línea de flotación de ese gran transatlántico que
es la Biblia. Vale, pero un transatlántico lleno de monos evolucionados.
§.
Aranjuez, un motín calculado al milímetro
El
año 2008 nos regaló una ristra de aniversarios del bicentenario de la Guerra de
la Independencia que arrancó con uno de los importantes: el 18 de marzo de
1808, apenas pasados unos minutos de la medianoche, una muchedumbre
aparentemente desordenada se fue a casa del ministro Manuel Godoy para cantarle
las cuarenta, darle un vapuleo y obligarle a abandonar el poder. Fue el motín
de Aranjuez, pero aquello de espontáneo tenía menos que nada.
Por
qué en Aranjuez, por qué a por Godoy y quién orquestó aquella farsa de motín
perfectamente calculado. Pues primero hay que entender en qué situación se
encontraba España: el ejército, descontento; la Iglesia, mosqueada con las
desamortizaciones; la alta nobleza, harta de que el advenedizo ministro Godoy
fuera tan poderoso a cuenta de sus amoríos con la reina; Carlos IV, el rey, a
por uvas; el príncipe Fernando, el heredero, el séptimo, intrigando para
quitarle el trono a su padre; y los franceses, mientras, invadiendo
disimuladamente España por el norte con la excusa de que sólo pasaban por aquí
para llegar a Portugal.
Godoy
estaba al tanto de todo esto y sabía también que el principal emboscado era el
príncipe Fernando, capaz de conchabarse hasta con el Pato Donald con tal de
conseguir el trono. Godoy intentó convencer a Carlos IV, instalado en Aranjuez,
para que huyera hacia el sur… para que se alejara del avance francés, pero el
rey no aceptó. Los partidarios del príncipe lograron, sin embargo, convencer a
las masas con pasquines y falsos rumores de que, efectivamente, el rey iba a
huir de España animado por Godoy. Así que, esas mismas masas se fueron a por
él.
En
los primeros minutos de aquel 18 de marzo, una multitud asaltó y saqueó el
palacio de Godoy en el Real Sitio con intención de apresar al valido, pero no
lo encontraron. Un criado lo escondió en la zona del servicio, de donde al
final salió y se entregó cuando la sed y el hambre apretaron. El final del
cuento, ya lo saben. Godoy, al exilio; Carlos IV, destronado; Fernando VII,
proclamado rey; luego, obligado a devolverle la corona a su padre; su padre, a
su vez, se la dio a Napoleón; Napoleón, a su hermano; y nosotros no hablamos
francés de chiripa. Mon Dieu…
F I N


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