© Libro N° 6259.
Galileo. Hemleben, Johannes. Emancipación. Julio 27 de 2019.
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original: © Galileo. Johannes Hemleben
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
GALILEO
Johannes Hemleben
CONTENIDO
Prólogo
El
perjuro
Infancia
y juventud
Un
joven profesor
El
espíritu tolerante de una república
La
invención del telescopio
Al
servicio del gran duque de Toscana
La
sombra de la Inquisición
Una
apasionada polémica con los peripatéticos
Controversias
en torno al copernicanismo
Una
efímera victoria
«Il
saggiatore»
Diálogo
sobre los dos sistemas del mundo
El
proceso
Y,
sin embargo, la batalla continuó
Conocimiento
y creencia
Cronología
Testimonios
Prólogo
Galileo: el compromiso con la verdad
Víctor
Navarro Brotóns
El
nombre de Galileo es, probablemente, el que mejor evoca el conjunto de cambios,
acontecimientos y circunstancias que dieron lugar al nacimiento y constitución
de la ciencia moderna en el Occidente europeo, es decir, lo que los
historiadores suelen llamar la «revolución científica» de los siglos XVI y
XVII. Héroe, mártir y profeta, la fama de Galileo procede en gran medida del
proceso de que fue objeto, por parte de la Inquisición romana, por su
(¿obstinada?) defensa de las ideas copernicanas. También procede esta fama de
sus notables realizaciones científicas y de la valoración que tradicionalmente
se ha hecho de las mismas y de su personalidad intelectual como paradigma del
científico y «padre de la ciencia moderna».
Galileo, por Justus Sustermans. Galería Uffizi, Florencia.
Cerca
de 6.000 títulos relativos a Galileo y consistentes en trabajos biográficos,
estudios de conjunto o estudios dedicados a analizar tal o cual aspecto de su
vida o de su obra constituyen un indicador del interés que ambas han despertado
en los tres siglos que nos separan de la época en que vivió. Por otra parte,
los veinte gruesos volúmenes de sus Opere, preparados por Antonio
Favaro, que incluyen los escritos procedentes de su pluma y la correspondencia
y polémicas con otros científicos y personalidades, testimonian de modo muy
expresivo, aunque sin agotarla, la intensa actividad desplegada por aquel «famosíssimo
vecchio», como le llamaba su discípulo Torricelli, actividad que sólo la
muerte logró detener. Uno de los rasgos destacados de Galileo es su gran
longevidad científica, que le permitió ser discípulo de sí mismo: hacia los
veinticinco años redactó De motu, obra que señala la primera etapa
en el desarrollo y evolución de sus ideas acerca del movimiento, y a los
setenta y cuatro dio a la imprenta los Discorsi, su obra de madurez
sobre el mismo tema, que aún continuó reelaborando y ampliando en los años que
le quedaban de vida. En 1641 Galileo, que contaba setenta y siete años, le
escribía a Torricelli: «Espero poder gozar de su compañía algunos días antes de
que mi vida, ahora próxima a su fin, se acabe… así como poder discutir con
usted algunos restos de mis pensamientos sobre matemáticas y física y disponer
de su ayuda para pulirlos y dejarlos más presentables junto con otras cosas
mías».
La interpretación y valoración de la obra de Galileo se ha visto enfrentada a
varias dificultades. Algunas procedentes precisamente de la longevidad
científica que hemos señalado y del notable volumen de sus escritos. También,
del carácter frecuentemente fragmentario, inacabado o polémico de los mismos
escritos. Por otra parte, Galileo no presentó una exposición sistemática de sus
concepciones epistemológicas y metodológicas, un Discurso del método, sino tan
sólo breves comentarios dispersos entre sus diversos trabajos y,
ocasionalmente, alguna discusión más detallada de cuestiones de esta
naturaleza. Pero estos pasajes suelen ser difíciles de interpretar y algunas
veces son, al menos en apariencia, contradictorios entre sí. Consecuentemente,
han servido de base para interpretaciones radicalmente diferentes. Como
señalaba el historiador A. C. Crombie, Galileo ha sido un símbolo filosófico,
de modo que los filósofos, buscando precedentes para la particular versión o
reforma de la ciencia que sustentaban o defendían, han encontrado realizados
sus deseos en él. Y otro tanto cabría decir de los historiadores de la ciencia,
que también han recurrido frecuentemente a Galileo para apoyar su peculiar
manera de entender la naturaleza de la empresa científica.
En la actualidad, no hay una lectura canónica de Galileo y, en cierto modo,
cada uno tiene su Galileo. Pero sí que hay acuerdo entre los estudiosos en que
su actividad científica, sus métodos y pensamientos reflejan o son una
expresión de aspectos cruciales de la transición de la ciencia medieval a la
moderna y en que Galileo hizo importantes contribuciones, si no esenciales, a
estos cambios.
Los cambios que tuvieron lugar como consecuencia de la revolución científica de
los siglos XVI y XVII afectaron, si bien con distinta intensidad, a las
diversas áreas del saber acerca de la naturaleza e incluso del saber del hombre
sobre sí mismo. También afectaron a los criterios de inteligibilidad y a la
propia organización de la actividad cognoscitiva. Uno de los resultados más
notables de esta revolución fue la constitución de la mecánica clásica, cuyos
elementos fundamentales fueron ofrecidos al mundo por Newton en su obra Philosophiae
Naturalis Principia Mathematica (Principios matemáticos de
filosofía natural, 1687). Esta obra fue la culminación del esfuerzo de
varias generaciones de estudiosos por construir una nueva ciencia, una mecánica
de los cielos y la tierra, sometidos a las mismas leyes, que viniera a
sustituir a las concepciones tradicionales del mundo físico dominantes desde
Aristóteles. Y es principalmente en este contexto donde la aportación de
Galileo cobra toda su importancia: en el proceso de constitución de la mecánica
clásica y de la nueva concepción del mundo físico asociada con ella.
Dos preocupaciones esenciales dominan el programa científico de Galileo: la
justificación del copernicanismo, por una parte, y la construcción de una
ciencia matemática del movimiento de los graves, por otra. Dos obras marcarán
la realización y culminación de este doble y ambicioso programa: el Diálogo
sobre los dos principales sistemas del mundo (1632) y los Discursos
y demostraciones matemáticas sobre dos nuevas ciencias (1638).
En el Diálogo sobre los dos principales sistemas del mundo Galileo
dice, por boca de Simplicio, uno de los interlocutores del Diálogo:
«lo decisivo es ser capaces de mover la Tierra sin causar miles de
inconvenientes». Esta frase expresa bien las intenciones del científico pisano:
hacer el movimiento de la Tierra, postulado por Copérnico, filosóficamente
—físicamente— posible y razonable. Presentar el copernicanismo como la doctrina
que el espíritu humano debe adoptar cuando prescinde de la autoridad de los
textos y supera el prejuicio de los sentidos.
La idea de una Tierra en reposo, en el centro del mundo, era un ingrediente
fundamental del pensamiento tradicional que tenía a Aristóteles como principal
punto de referencia. Dicha idea se articulaba perfectamente con la estructura
jerárquica y ordenada de aquel mundo y con sus presupuestos básicos. Así, la
filosofía natural tradicional se oponía al movimiento de la Tierra en, al
menos, tres de sus tesis fundamentales. Primero, por su teoría de los
movimientos naturales, que impedía atribuir a un cuerpo más de un movimiento
determinado: así, los cuerpos graves o ligeros se mueven hacia abajo o hacia lo
alto «porque ésta es la esencia de lo ligero y lo pesado, esencia determinada
por lo alto y por lo bajo». En segundo lugar, por su teoría de los elementos,
cuyo resultado más claro era instaurar una heterogeneidad radical entre la
Tierra y los cuerpos celestes, aquélla frágil y caduca y éstos incorruptibles e
inalterables. Finalmente, por su concepción del movimiento como un proceso:
«acto del ser en potencia en tanto que es en potencia», lo que impedía conferir
a la Tierra como movimiento ontológicamente significativo otro movimiento que
no fuera el rectilíneo hacia el centro del mundo.
Copérnico, al escribir su gran obra Sobre las revoluciones de las
esferas celestes(1543) (De revolutionibus orbium coelestium), era
consciente de las objeciones que su teoría iba a tener que afrontar. Por ello,
a pesar de que dicha obra es principalmente un tratado de astronomía altamente
técnico y matemático, dedicó varios capítulos a polemizar con los geocentristas
—más con Aristóteles que con Ptolomeo—, mostrando así, paradigmáticamente, que
en el paso del geocentrismo al heliocentrismo no se trataba tanto de la
sustitución de un sistema de círculos o de movimientos celestes por otro, como
del primer estallido de una revolución científica de alcance más profundo y
amplio que el de una mera reforma de la astronomía.
Los argumentos de Copérnico no convencieron a nadie. O a casi nadie. Y ello
porque, a pesar de que son ingeniosos —si bien no totalmente originales— y
extremadamente interesantes, ya que apuntan en la dirección futura de la
revolución científica, eran totalmente insuficientes para reemplazar un
edificio tan compacto y bien articulado como la filosofía natural
aristotélico-escolástica.
Su obra astronómica, en cambio, fue muy admirada; se tomó de ella tal o cual
método de cálculo, se usaron sus tablas y algunos, incluso, situaron en paridad
de «hipótesis» la astronomía copernicana y el sistema de Ptolomeo. Con la ayuda
del prólogo al libro de Copérnico, escrito por el teólogo luterano Osiander, y
merced a la entonces habitual separación académica entre la astronomía y la
filosofía natural, entre el «papel» del astrónomo y el del filósofo, según la
cual se consideraba que no era competencia del astrónomo discutir cuestiones
relativas a la verdadera estructura y composición del mundo, se difundió una
interpretación instrumentalista o ficticia de la teoría copernicana. Algunos
astrónomos profesionales destacados, como Johannes Praetorius de Wittenberg y
Tycho Brahe, racionalizaron su postura reinvirtiendo la geometría copernicana
de modo que la Tierra volviera a ocupar de nuevo el centro del sistema. Así,
Copérnico, pese a que fue frecuentemente saludado como un «segundo Ptolomeo»,
tuvo pocos seguidores en el siglo XVI en lo que se refiere al núcleo esencial
de su teoría y a la verdad de la misma.
Recorriendo la literatura producida en este siglo posterior a la obra de
Copérnico y relativa a la teoría heliocéntrica, se advierte que los obstáculos
religiosos para la aceptación de esta teoría (la contradicción entre el
movimiento de la Tierra y algunos pasajes de la Biblia, interpretados
literalmente) no eran los únicos ni, en esta época, quizá los más decisivos.
Más aún, dicha lectura pone de relieve que, para que el copernicanismo fuese aceptado
como expresión de la verdad física del universo, era necesario, además de
superar aquellos obstáculos religiosos, derribar el dogma de la
incorruptibilidad de los cielos, sin lo cual la idea de una Tierra planetaria
era impensable: ello implicaría, a la larga, destruir la división tradicional
entre el mundo sublunar, del cambio y la corrupción, y el mundo celeste,
inalterable e incorruptible, y por lo tanto anular la división entre las dos
físicas: una para los cielos y otra para la Tierra. Era necesario, además,
construir una nueva física, ya que la física de Aristóteles es incompatible con
el movimiento de la Tierra. Esta tarea es precisamente la que asumiría Galileo,
a saber: «mover la Tierra sin causar miles de inconvenientes».
En las últimas décadas del siglo XVI, la doctrina de la incorruptibilidad de
los cielos y de la solidez de las esferas celestes que supuestamente arrastran
a los planetas comenzó a ser ampliamente discutida y cuestionada por una serie
de destacados astrónomos europeos, principalmente con motivo de la aparición de
una supernova en 1572 y del cometa de 1577, así como de una serie de cometas
aparecidos en años ulteriores, abriéndose así una nueva etapa en el proceso de
abandono de la cosmología aristotélica y medieval y en la sustitución de ésta
por la idea de un universo infinito —o indefinido— de la física y la astronomía
modernas. Con observaciones precisas y cálculos apropiados, varios astrónomos,
y a la cabeza de todos ellos, Tycho Brahe, pusieron de relieve que dicha supernova
(de 1572) era efectivamente una estrella nueva y no una ilusión óptica o un
meteoro, de lo que debía deducirse que en los cielos se producen cambios y
alteraciones. Así mismo, al probar el carácter celeste de las trayectorias de
los cometas y que dicha trayectoria es secante a los pretendidos orbes o
esferas que arrastraban a los planetas, resultó cada vez más insostenible la
existencia y solidez de dichas esferas. No obstante, como hemos señalado
anteriormente, Tycho Brahe no aceptó la teoría del movimiento de la Tierra y
diseñó un sistema alternativo al de Copérnico, con la tierra de nuevo en reposo
en el centro del mundo, reconciliando así las Escrituras, las leyes
aristotélicas del movimiento y la ausencia de paralaje estelar perceptible, e
incorporando las principales ventajas matemáticas del sistema copernicano.
El sincretismo conciliador de Tycho Brahe no satisfizo las ambiciones de su
mejor discípulo, Kepler, quien, apoyándose en la enorme masa de observaciones y
técnicas acumuladas y elaboradas por su maestro, puso en marcha el programa de
reformar, desde bases copernicanas, la astronomía y de descubrir las leyes que
rigen los movimientos planetarios y las «armonías celestes». Tampoco satisfizo,
desde luego, a Galileo.
El convencimiento, por parte de Galileo, de la verdad del sistema copernicano
fue relativamente temprano. Aunque se ignora la fecha exacta, las cartas
dirigidas en 1597 a su colega de Pisa Jacoppo Mazzoni y a Kepler testimonian
sin ambigüedad dicho convencimiento. Para entonces, al parecer, estaba ya
elaborando lo que él creía iba a ser una prueba decisiva del movimiento de la
Tierra: su teoría de las mareas, tema sobre el que escribió un tratado en 1616
y que constituiría el núcleo de la cuarta jornada de los Diálogos.
La
aparición en 1604 de una supernova motivó de nuevo, como habla sucedido en
1572, una considerable serie de escritos y discusiones sobre la naturaleza del
fenómeno. Galileo observó la estrella y escribió a astrónomos de otras
ciudades, comparando las observaciones de éstos con las suyas propias.
Seguidamente, pronunció tres lecciones en Padua ante una numerosa audiencia, en
las que demostró la situación celeste de la nueva estrella y criticó las tesis
peripatéticas sobre la heterogeneidad de los cielos y la Tierra.
En
1609 tuvo noticias de un hecho que modificaría las condiciones de la reflexión
cosmológica, proporcionándole datos concretos que hasta entonces ni él ni nadie
habla poseído: la invención del anteojo astronómico. Elevando este aparato,
inventado por artesanos, a la categoría de instrumento científico y sometiendo
con él los cielos a una exploración sistemática, una serie de descubrimientos
consumó la ruina de la cosmología tradicional. Nuncius sidereus (El
mensajero de los astros), tal es el título de la obra con la que, en 1610, el
genial pisano dio a conocer al mundo «grandes cosas… tanto por la excelencia de
la materia misma, como por su inaudita novedad, y, en fin, por el instrumento
en virtud del cual esas cosas se han desvelado a nuestros sentidos», y entre
ellas, el relieve lunar, innumerables nuevas estrellas, la verdadera naturaleza
de la Vía Láctea y los satélites de Júpiter. El mismo año, prosiguiendo sus
investigaciones, percibió la naturaleza oval de Saturno y las fases de Venus.
Con este último descubrimiento mostró de manera sensible que Venus giraba
alrededor del Sol y, al propio tiempo, que carece de luz propia, como la
Tierra. Los satélites de Júpiter, a su vez, le dieron ocasión de mostrar un
sistema planetario en miniatura y que no todos los cuerpos celestes se movían
alrededor de la Tierra. Después, con el estudio minucioso de las manchas
solares y de su movimiento, asestó el golpe definitivo al dogma de la
incorruptibilidad de los cielos, poniendo punto final a una crisis que la
reflexión sobre los cometas y las novae había abierto en el
último cuarto del siglo XVI. Así, con estos trabajos, afirmó definitivamente la
unificación física de los cielos y la Tierra y, si no demostró, hizo plausible
el movimiento de ésta y su naturaleza planetaria.
Con la unificación física del mundo todos los argumentos filosóficos gracias a
los cuales el pensamiento tradicional creía poder imponer el geocentrismo
resultaban caducos. Con todo, esto hacía el copernicanismo tan sólo probable, y
Galileo aspiraba a mostrar su necesidad. En este sentido, la trama de la
justificación del copernicanismo por parte de Galileo podemos considerarla
configurada por tres proyectos: primero, un esfuerzo metódico para mostrar que
el movimiento de la Tierra es plenamente compatible con nuestra experiencia
cotidiana; segundo, la búsqueda de fenómenos de los que sólo este movimiento
aporta una explicación válida; tercero, establecimiento de las premisas de una
cosmología copernicana, consistentes básicamente en la afirmación de la
necesidad de un orden del mundo y en la primacía del movimiento circular para
conservar dicho orden. Esta nueva cosmología establecía un marco que hacía
posible una profunda transformación de las ideas acerca del movimiento,
caracterizada por los siguientes aspectos:
1. abolición
del vínculo, considerado necesario desde Aristóteles, entre el movimiento local
y la naturaleza de los cuerpos movidos
2. presentación
del movimiento como un estado neutro para los cuerpos
3. afirmación
de su relatividad absoluta y de su equivalencia ontológica al reposo
4. Admisión
de la composición de los diferentes movimientos.
La
física aristotélica consideraba el movimiento como una especie de proceso de
cambio, en oposición al reposo que, siendo el fin y la meta del movimiento,
debía ser reconocido como un estado. Todo movimiento, según esta física, es
cambio, y por eso el movimiento afecta siempre al cuerpo que se mueve. Por
consiguiente, si un cuerpo está provisto de dos o varios movimientos, éstos se
entorpecen, se obstaculizan mutuamente y son a veces incompatibles uno con
otro. Los cuerpos terrestres se mueven en línea recta, y los celestes, en
círculos; los cuerpos pesados descienden, mientras que los ligeros se elevan;
estos movimientos son «naturales» para ellos, porque corresponden a su
naturaleza; al contrario, no es natural para un cuerpo pesado subir y para un
cuerpo ligero bajar: sólo por «violencia» podemos hacerles efectuar estos
movimientos, que son, por lo tanto, movimientos violentos.
Frente a estas ideas, Galileo separó el movimiento de la naturaleza de los
cuerpos. El movimiento es meramente un estado en el que un cuerpo se encuentra
y, como Galileo repite reiteradamente, un cuerpo es indiferente a su estado de
movimiento o de reposo. El reposo no es en nada distinto del movimiento; es
meramente «un infinito grado de lentitud» y, puesto que somos indiferentes al
movimiento, podemos estar moviéndonos a una velocidad enorme sin percibirlo:
«El movimiento es movimiento —dice Galileo— y opera como tal movimiento en
tanto en cuanto tiene relación con cosas que carecen de él; pero entre las
cosas que participan igualmente de él, nada opera y es como si no existiese».
El movimiento así entendido no requiere más causa que la que exige el reposo.
Sólo los cambios de movimiento requieren una causa. Además, en razón de su
indiferencia al movimiento, un cuerpo puede participar en más de un movimiento
a la vez, ya que ninguno de ellos impide los otros, pudiendo combinarse entre
sí. La idea de la composición de movimientos aparecía desde la Antigüedad de
manera implícita en los trabajos de los astrónomos; sin embargo, el abismo que
separaba los fenómenos terrestres de los celestes y el carácter ficticio o
instrumental atribuido generalmente a los modelos astronómicos habían
obstaculizado que esta idea se utilizase para analizar las cuestiones del
movimiento local. La consideración del movimiento como un estado y no como un
proceso, realizada por Galileo, hizo posible esta aplicación.
Con su nueva concepción del movimiento y con los principios, derivados de ella,
de relatividad (o idea de sistema inercial), conservación (del movimiento
uniforme) e independencia de varios movimientos combinados, Galileo pudo
refutar las objeciones habitualmente presentadas a la posibilidad del
movimiento de la Tierra.
No obstante, debe señalarse que ni la manera como Galileo usó estos principios
en el Diálogo está libre de críticas y contradiciones, ni
dichos principios, tal y como Galileo los presentó, coinciden exactamente con
los de la mecánica clásica newtoniana. Así, refiriéndonos al principio de
conservación del movimiento rectilíneo uniforme o ley de la inercia, en la
mecánica newtoniana esta ley precisa muy claramente el carácter de estado
—neutro para los cuerpos— de dicho movimiento. Sin embargo, Galileo no llegó a
distinguir entre movimiento circular y movimiento inercial. Es más, según algunos
de entre los más destacados estudiosos de su obra, el científico pisano nunca
abandonó la idea no solamente de que el movimiento circular posee el poder de
conservarse por sí mismo, sino que, de hecho, es el único movimiento que lo
posee. Esto, por otra parte, y como hemos apuntado anteriormente, hay que
ponerlo en relación con la cosmología galileana, o con el programa de Galileo
de establecer una cosmología, y con las incertidumbres que plantea a todo
pensamiento creador la sustitución de una teoría sobre el mundo físico por
otra.
No hemos de buscar en Galileo, prefiguradas ya, las leyes de Newton, por más
que el propio Newton atribuyó al científico pisano el descubrimiento de los dos
primeros «axiomas o leyes del movimiento»:
1. Primera
ley: todos los cuerpos perseveran en su estado de reposo o de movimiento
uniforme en línea recta, salvo que se vean forzados a cambiar ese estado por
fuerzas impresas.
2. Segunda
ley: el cambio de movimiento es proporcional a la fuerza motriz impresa, y se
hace en la dirección de la línea recta en la que se imprime esa fuerza.
Para
convertir las ideas de Galileo en las leyes del movimiento, del modo como las
formuló Newton en los Principia, eran necesarias determinadas
transformaciones conceptuales, tales como: precisión en lo tocante a que la
inercia es solamente rectilínea; conexión de la inercia, y, por consiguiente,
del movimiento inercial, con la masa como cantidad de materia; distinción entre
masa y peso, e idea de la gravedad como resultado de una fuerza exterior y
ajena al móvil, que actúa sobre una masa inerte. Todo esto exigía, a su vez, la
introducción en la mecánica del concepto de «fuerza» generalizado como «aquello
que genera un cambio de movimiento» (que es precisamente una —si no la
principal— de las contribuciones de Newton a la dinámica clásica).
No obstante, y aunque Galileo no desarrolló el concepto newtoniano de fuerza,
ni describió la gravedad en términos de una acción exterior a los cuerpos, con
su análisis de la caída de graves proporcionó el prototipo de la ecuación
básica de la dinámica moderna (la segunda ley de Newton): F = m x a (fuerza
igual al producto de la masa por la aceleración). Durante muchos años Galileo
luchó con el problema de fundar sobre principios de la Mecánica (la ciencia de
las máquinas simples) la ciencia del movimiento y de explicar el movimiento
natural acelerado como consecuencia o, de algún modo, como efecto de la
gravedad. Pero ¿cómo explicar, sin la teoría newtoniana de la gravitación, que
todos los cuerpos, sea cual sea su peso, experimentan la misma aceleración y,
dejados caer desde una misma altura, llegan al suelo con la misma velocidad?
Al no poder dar cuenta teóricamente de estos hechos ni poder derivarlos de
otros principios, Galileo decidió presentar los teoremas sobre el movimiento
uniformemente acelerado prescindiendo de las causas: «No me parece ocasión
oportuna para entrar, al presente, en investigaciones sobre la causa de la
aceleración del movimiento natural…» dice Salviati, portavoz habitual de las
opiniones de Galileo, en los Discursos. Es decir, optó por ofrecer
una cinemática de los graves o, con sus propias palabras, por «investigar y
demostrar algunas propiedades de un movimiento acelerado (cualquiera que sea la
causa de su aceleración)» cuya velocidad en cada instante sea proporcional al
tiempo transcurrido desde el comienzo del movimiento, y, si estas propiedades
«se verifican en el movimiento de los graves naturalmente descendentes y
acelerados, podremos juzgar que la definición adoptada comprende un tal
movimiento de los graves…». Pero esto no debe interpretarse como un desinterés
por las causas o como una renuncia a la búsqueda de las mismas, sino más bien
como un aplazamiento y un rechazo del conocimiento puramente verbal de los
aristotélicos. Tras la publicación de los Discursos y hasta el
final de su vida, Galileo continuó trabajando con estos problemas de
«fundamentación» de la ciencia del movimiento, «una ciencia nueva sobre un tema
muy antiguo», cuyas puertas él más que nadie contribuyó a abrir para que «otras
mentes penetraran, después, hasta sus lugares más recónditos», tal y como dejó
escrito al principio de su tratado Sobre el movimiento local.
Galileo describe las leyes del movimiento acelerado ante el príncipe
Giovanni de Médici.
Capítulo
1
El perjuro
«Yo,
Galileo, hijo de Vincenzo Galilei de Florencia, de setenta años de edad,
compareciendo personalmente en el juicio y arrodillado ante Vosotros,
Eminentísimos y Reverendísimos Cardenales, Inquisidores generales contra la
perversidad herética en toda la República Cristiana, teniendo ante mis ojos los
sacrosantos Evangelios que toco con mis propias manos, juro que siempre he
creído, creo ahora y con la ayuda de Dios creeré en el futuro, todo aquello que
considera, predica y enseña la Santa, Católica y Apostólica Iglesia. Más como por
este Santo Oficio, tras haber sido jurídicamente intimado mediante precepto a
que de cualquier modo debía abandonar totalmente la falsa opinión de que el Sol
es el centro del universo y que no se mueve, y que la Tierra no es el centro
del universo y que se mueve, y que no podía sostener, defender ni enseñar en
modo alguno, ni de palabra ni por escrito, la mencionada falsa doctrina, y
después de haberme sido notificado que la citada doctrina es contraria a las
Sagradas Escrituras, por haber yo escrito y publicado un libro en el cual trato
de dicha doctrina y aporto razones muy eficaces en favor suyo sin aportar
solución alguna, he sido juzgado vehementemente como sospechoso de herejía,
esto es, de haber creído y sostenido que el Sol es el centro del universo y que
es inmóvil, y que la Tierra no es el centro y que se mueve. Por todo ello,
queriendo apartar de la mente de Vuestras Eminencias y de todo fiel cristiano
esta vehemente sospecha, justamente concebida a propósito mío, con sinceridad
de corazón y no fingida fe abjuro, maldigo y aborrezco los mencionados errores
y herejías, y en general cualquier otro error, herejía o secta contraria a la
Santa Iglesia; y juro que en el futuro no oiré nunca más ni afirmaré, por
escrito o de palabra, cosas por las cuales pueda ser objeto de semejantes
sospechas; y si conociera algún hereje o a alguno que fuera sospechoso de
herejía lo denunciaré a este Santo Oficio, o ante el Inquisidor u Ordinario del
lugar donde me halle.
«Juro
también y prometo cumplir y observar enteramente todas las penitencias que me
han sido o me serán impuestas por este Santo Oficio, y si contravengo alguna de
estas promesas y juramentos, cosa que no quiera Dios, me someto a todas las
penas y castigos que los sagrados cánones y otras constituciones generales y
particulares imponen y promulgan contra semejantes delitos. Que Dios me ayude,
y estos sus Santos Evangelios que toco con mis propias manos.
»Yo,
Galileo Galilei, he abjurado, jurado, prometido y me he obligado del modo que
figura más arriba. En testimonio de la verdad he escrito la presente cédula de
abjuración y la he recitado palabra por palabra en Roma, en el convento de
Minerva, este 22 de junio de 1633. Yo, Galileo Galilei, he abjurado y firmado
con mi puño y letra»[1].
En
el mismo lugar donde treinta y tres años antes Giordano Bruno, arrodillado y
cubierto con un sambenito, escuchó su sentencia de muerte, en el orador del
claustro románico de Santa María sopra Minerva, pronunció Galileo Galilei este
perjurio. Aunque Bruno se encontró en la misma situación que Galilei, no estuvo
dispuesto a abjurar y a declarar que su concepción del mundo, de la Tierra y
del hombre era una herejía. Antes bien, arrojó contra sus jueces la siguiente
frase: «Dictáis vuestra sentencia contra mí tal vez con mayor temor del que yo
experimento al recibirla», y ascendió hasta la hoguera donde fue quemado vivo
«en el nombre de Cristo».
Galileo soportó con resignación el dictamen del «Santo Oficio» que siguió a su
abjuración, y aunque también fue muy duro para él, que ya era anciano, este
comportamiento le permitió salvar su vida. Estaba convencido de que los propios
jueces que le habían obligado a cometer perjurio eran conscientes de la
falsedad de la situación.
Ninguna de las personas que se encontraban presentes en el recinto donde el
tribunal de la Inquisición llevó a cabo sus deliberaciones podía sostener
honradamente la opinión de que Galileo Galilei siempre había creído,
seguía creyendo ahora y…, creería en el futuro que la Tierra está
quieta en el centro del universo, y que el Sol, la Luna y las estrellas se
mueven alrededor de ella. Todos los participantes sabían perfectamente que el
juramento no era más que una simple mentira.
Sin embargo, la concepción moral que reinaba en el seno del llamado «Santo
Oficio» a principios del siglo XVII superaba todos los escrúpulos de conciencia
que pudieran tener tanto los acusadores como el acusado. Desde hacía ya mucho
tiempo, este tipo de falsas situaciones se había ido convirtiendo en algo
habitual. Cuando los hombres permiten que las ansias de poder falsifiquen las
leyes y la administración de justicia, comienzan a sucederse procesos de este
género, que resultan insostenibles para la conciencia humana.
Por
eso, tampoco se trata hoy de conseguir una «rehabilitación de Galileo», como
exigía el cardenal vienés Köning en el verano de 1968. Un juicio tan vergonzoso
como aquél, cuya sentencia fue además ejecutada, no puede ser anulado al cabo
de varios siglos. La sentencia absolutoria de una institución que es culpable
de haber llevado a cabo un juicio falso carecería de sentido y, además, sería
irreal. Por ello, vale la pena analizar en profundidad un proceso como el «caso
Galilei» para poder averiguar las verdaderas causas del error y aprender de
ellas para el futuro.
Lo que ocupó, y todavía ocupa, el primer plano en el «caso Galilei» no es
precisamente el aspecto científico de la cuestión, es decir, el lugar de la
Tierra en el universo, sino la legislación empleada por la jerarquía
eclesiástica para decidir sobre los criterios de verdad y de error que debían
aceptar obligatoriamente todos los creyentes. Atribuyéndose el papel de
guardianes de la verdad, los dirigentes de la Iglesia perpetraron innumerables
crímenes en nombre de la cristiandad, que provocaron el exterminio o la
excomunión de muchas personas cuya rectitud de creencias se había puesto en
duda.
El
cristianismo primitivo sobrevivió gracias a la fuerza del martirio. El triunfo
de los cristianos sobre los «paganos» tuvo lugar, ante todo, gracias a los
mártires que cayeron en los primeros siglos del cristianismo, que murieron por
sus convicciones y de ese modo le dieron credibilidad.
Pero,
desde el momento en que los cristianos comenzaron a aplicar los mismos métodos
que sus enemigos, su credibilidad empezó a disminuir. El esfuerzo que llevaron
a cabo los dirigentes de la Iglesia por imponer, en la medida de lo posible,
una doctrina unitaria tuvieron que pagarlo muy caro, demasiado caro.
La
serie de innumerables sucesos de los que es culpable la Iglesia cristiana
incluye desde las calumnias vertidas sobre las sectas gnósticas, pasando por la
impugnación de los arríanos y de los pelagianos, de los cátaros y de los
valdenses, hasta los asesinatos de Jan Hus, Girolamo Savonarola, Miguel Servet,
Giordano Bruno y otros muchos mártires, que lo fueron precisamente por sus
ideas.
Nada
ha traicionado ni ha perjudicado más a la propia cristiandad, a su misma
esencia, que las numerosas persecuciones, torturas y crueles ejecuciones
llevadas a cabo contra miles de cristianos por la Inquisición. La simple
sospecha de que alguien pudiera ser un hereje era ya razón suficiente, en
determinados momentos históricos, para que tuviera que padecer las peores
torturas. Con toda razón afirma Walter Nigg en su Libro de los herejes:
«El
encubrimiento silencioso como forma de acusación moral fue reemplazado por la
conciencia de culpa que ha tenido que padecer toda la cristiandad a causa de la
Inquisición, lo cual, además, únicamente expresa un punto de vista religioso
del problema. En el proceso inquisitorial contra los herejes no se trata
solamente de cuestiones relacionadas con el culto religioso, sino que hay que
hablar de una culpa de toda la cristiandad».
El
«caso Galileo» cuenta a su favor con algo positivo, y es que, a pesar de que la
documentación no está completa, se encuentra, sin embargo, relativamente bien
conservada.
Galileo no fue en realidad un verdadero mártir. Sin duda, fue perseguido por la
Inquisición y tuvo que soportar una enorme injusticia a causa de sus opiniones;
pero no murió por ellas. Fue perseguido y obligado a abjurar en contra de su
voluntad, pero al renegar de su visión del mundo consiguió salvar la vida y,
después del proceso, pudo continuar todavía durante nueve años sus trabajos en
la calma del exilio, muy cerca de Florencia, y siguió manteniendo relaciones
«ilegales», especialmente con otros investigadores e impresores extranjeros.
En realidad, el «proceso de Galileo» constituía, ya en su época, un anacronismo
por lo que se refiere a la concepción del movimiento de la Tierra alrededor de
su propio eje y alrededor del Sol. La jerarquía eclesiástica había tenido que
iniciar la batalla sobre este tema setenta años antes, inmediatamente después
de la publicación de la obra de Nicolás Copérnico, canónigo de Frauenburg.
Realmente, no se puede decir que Copérnico fue acusado personalmente por el
tribunal de la Inquisición, puesto que la muerte le sobrevino el mismo día en
que tuvo por primera vez en sus manos, impresa, la obra de su vida. Él ya había
previsto de antemano la enorme conmoción que la publicación de sus ideas iba a
provocar en los espíritus de la curia eclesiástica y en los de los fieles que
vivían y pensaban de acuerdo con la tradición. Demoró la publicación de su
trabajo tanto tiempo que, según sus propias palabras, «lo había guardado en
secreto no nueve años, sino cuatro veces nueve». No obstante, antes de editarlo
hizo lo que en su caso era lo más inteligente: le dedicó el libro al papa Pablo
III, y gracias a ello consiguió que la obra pudiera sobrevivir, aunque
alcanzara sólo a ser leída por muy poca gente.
¿Por qué, entonces, hasta 1633 no se produjo el escándalo? ¿Por qué tuvo que
cargar Galileo con todas las culpas, si lo que hizo fue considerar que eran
verdaderas unas ideas que también habían sido aceptadas por otros
contemporáneos suyos? La respuesta que puede darse es clara y categórica:
Galileo Galilei era, como hombre y como investigador, la personalidad más representativa
del método de investigación en las ciencias de la naturaleza adoptado por el
hombre moderno.
Copérnico había construido su imagen del mundo valiéndose principalmente de la
especulación y no de la observación. Su actitud espiritual, incluso en el terreno
de la investigación, era la propia de la Edad Media y seguía vinculada al
escolasticismo dominante. Sólo con Galileo empezó a plantearse la humanidad por
primera vez que la observación con los sentidos debía preceder al discurso
racional.
En lugar de la revelación contenida en las Sagradas Escrituras y de las
doctrinas de los padres de la Iglesia, para este nuevo tipo de hombres lo
fundamental como objeto del conocimiento era la naturaleza palpable, en la
medida en que es accesible a los órganos de los sentidos del hombre y a los
procedimientos técnicos auxiliares, como, por ejemplo, las lentes de aumento.
En último extremo, no fueron las consecuencias de sus investigaciones físicas o
astronómicas las que llevaron a Galileo hasta el banquillo de los acusados,
sino más bien los métodos de investigación que había utilizado y, unido a esto,
el cambio radical en la actitud del hombre frente al mundo. En la Edad Media se
había adoctrinado a los creyentes para que pensaran el mundo desde Dios y se
ocuparan de él bajo la autoridad exclusiva y la dirección de la jerarquía
eclesiástica.
Galileo personificaba al hombre nuevo frente a los guardianes de la tradición,
decidido a investigar y a pensar por sí mismo sobre el mundo que se abría ante
sus ojos, a riesgo de abandonar totalmente la revelación cristiana. Los
adversarios de Galileo comprendieron todo esto sensiblemente mejor que él
mismo, que no supo prever las consecuencias de su conducta; lo que realmente le
interesaba era la investigación científica, y a ella consagró su pensamiento y
su quehacer. Por lo demás, en su ánimo siempre se atuvo a las doctrinas de la
Iglesia, considerándose como un miembro fiel de ella. Precisamente por eso se
convirtió, para muchos de sus seguidores, en un modelo ideal.
Sin embargo, ya en Galileo estaba presente el dilema que afecta en la
actualidad a nuestra civilización en su conjunto. Brevemente expresado: la
escisión que existe entre los saberes y las creencias, entre el cerebro y el
corazón, entre la ciencia y la religión. Galileo se entregó precisamente al
cultivo de una ciencia que, si bien satisfacía plenamente su espíritu, no así
su ánimo, y por eso siguió manteniendo una actitud religiosa firme que le
servía para tranquilizar su corazón, pero que enajenaba su espíritu cada vez
más.
El científico pisano representa el comienzo de esa escisión de la conciencia
que ha llegado a ser hoy una característica esencial de la civilización
técnico-cristiana, en vías de desaparición. Los principios del conocimiento
científico exigen una actitud anímica y espiritual muy distinta de la que
exigía la teología medieval. La ciencia, entendida correctamente, nunca podrá
concebirse como una servidora de la teología. Sin embargo, tal era la
pretensión de todos aquellos que se sentían obligados a defender la teología en
contra de Galileo. Por todo ello, la vida, los sufrimientos y el trabajo de
Galileo constituyen un paradigma de ese gran conflicto espiritual de los
comienzos de la Edad Moderna. En este sentido, cabe esperar que la comprensión
del «caso Galileo» nos brinde también un esclarecimiento de las tendencias
fundamentales del «caso Occidente».
Capítulo 2
Infancia y juventud
Galileo
Galilei nació el 15 de febrero de 1564. Tres días después, el 18 del mismo mes,
moría en Roma Michelangelo Buonarroti. Es, además, el mismo año en que William
Shakespeare inició su trayectoria vital en la ciudad inglesa de Shrewsbury.
Galileo murió en 1642, en Arcetri, cerca de Florencia, lugar al que había sido
desterrado; al año siguiente nacería en Inglaterra Isaac Newton. Estos breves
datos históricos señalan el importante periodo de la historia intelectual de
Occidente que nos conduce desde los últimos momentos del Renacimiento italiano
hasta la consolidación de la ciencia moderna. El padre de Galileo, Vincenzo
Galilei (1520-1591) era florentino, descendiente de una familia que ya en el
siglo XIV pertenecía al grupo de los patricios de la ciudad. Vincenzo Galilei
se había establecido de forma transitoria como vendedor de paños en Pisa; no
obstante, como el ejercicio de su profesión no le bastaba para llenar su vida,
extendió sus intereses hacia otros terrenos, debiendo destacarse de modo muy especial
su notable predisposición para la música. Seguramente debió de llevar a cabo
realizaciones importantes como músico, desarrollando además la actividad de
escritor en temas relacionados con ese arte. Un libro suyo sobre notación y
ejecución musical para instrumentos de cuerda y viento alcanzó dos ediciones, y
en el Handbuch der Musikgeschichte (Manual de historia de la
música), publicado en Leipzig en 1866, se citaba a Vincenzo Galilei como un
innovador de la música italiana laica del siglo XVI. Es interesante constatar
que ya el padre de Galileo polemiza, en el capítulo introductorio de su teoría
musical, y empleando palabras muy duras, contra los criterios de autoridad y de
idealismo estético que no se basaban en la exacta percepción sensible, sosteniendo
que cada una de las afirmaciones había de apoyarse en una argumentación clara.
En estas palabras del padre parece que se escucha ya la voz del hijo.
El 5 de julio de 1562 Vincenzo Galilei contrajo matrimonio en Pisa con Giulia
Ammannati (1538-1620), de Pescia. El contrato matrimonial se ha conservado, y
en él, el hermano de la novia, que era al mismo tiempo su tutor, se comprometía
a aportar una dote por valor de cien escudos de oro, en monedas de oro y plata
y en ropas de lino y de lana. También asumía la obligación de ocuparse durante
un año de la manutención de la joven pareja. El matrimonio tuvo seis o siete
hijos, de los cuales sólo consiguieron sobrevivir dos varones (Galileo y
Michelangelo) y dos hembras (Virginia y Livia). Los únicos datos que conocemos
de su madre son que tenía un carácter muy fuerte y que sobrevivió a su marido
aproximadamente treinta años. Murió en 1620, cuando Galileo Galilei tenía ya
cincuenta y seis.
Una de las fachadas del monasterio de Vallombrosa con la torre de la
iglesia.
De
su infancia y juventud conocemos muy pocas cosas. Los diez primeros años de su
vida transcurrieron en su ciudad natal, es decir, en Pisa; su padre había
trasladado su residencia a Florencia, y en el otoño de 1674 decidió que la
familia se le reuniera. A partir de ese momento, los Galilei se establecieron
definitivamente en la capital de la Toscana, aunque al poco tiempo Galileo fue
enviado al monasterio de Santa María en Vallombrosa, situado en las cercanías
de Florencia, donde había de recibir su educación y donde tal vez llegó incluso
a ser novicio. No sabemos cuánto tiempo permaneció en el monasterio; se ha
dicho que el muchacho se sentía muy a gusto en él y que disfrutaba con la
enseñanza de la poesía, la música, la aritmética y la mecánica práctica. ¿Qué
habría sido de Galileo si se hubiera quedado en el monasterio y hubiera llegado
a ser sacerdote? Pero el padre tenía otros planes para él: quería que su hijo
fuera médico. Por eso le sacó del monasterio y decidió que asistiera a las
clases particulares de su amigo Ostilio Ricci, que por aquel entonces era un
famoso matemático. Ricci fomentaba en sus alumnos aquellas facultades que más
tarde convertirían a Galileo Galilei en el fundador del método matemático de la
física y, de este modo, de toda la ciencia moderna. Ostilio Ricci no sólo se
dedicaba a dar clases particulares, sino que era principalmente profesor de la
Academia de Bellas Artes de Florencia. En sus clases de matemáticas evitaba la
abstracción, de manera que Galileo no aprendió la geometría de Euclides hasta
mucho después, y tan sólo llegó a adquirir a lo largo de su vida ligeros
conocimientos de álgebra. Ricci estaba interesado en primer término por la
solución de cuestiones prácticas tales como el cálculo del peso de determinados
cuerpos sin necesidad de recurrir al auxilio de la balanza, la determinación
del volumen de los cuerpos, las cuestiones relacionadas con el desplazamiento
de agua, o las investigaciones matemáticas sobre la trayectoria de los
proyectiles, entre otras.
Su padre le enseñó también a tocar el laúd y a dibujar, y según afirma Viviani,
que fue el último discípulo y el primer biógrafo de Galileo, por esta época el
muchacho tenía deseos de inscribirse en la escuela de pintura. Sin embargo, su
padre decidió, cuando Galileo contaba diecisiete años de edad, que debía
regresar a Pisa para estudiar medicina, y así lo hizo. El 5 de septiembre de
1580 se matriculó en aquella universidad.
El triunfo de Santo Tomás de Aquino. Cuadro de Benozzo Cozzoli. Museo del
Louvre, París.
En
el siglo XVI los estudios de medicina consistían, sobre todo, en adentrarse en
el conocimiento de las obras de Aristóteles (-384 a −322) y de Galeno (129 a
199). La «física» de Aristóteles dominaba desde los tiempos de la escolástica
—es decir, desde Tomás de Aquino (1225-1274)— las enseñanzas sobre la
naturaleza en las universidades europeas. Después de haber quedado en el olvido
durante varios siglos, el poderoso pensamiento de Aristóteles se introdujo,
indirectamente, a través de los árabes en la teología cristiana, y ello de tal
modo que la escolástica resulta inconcebible sin Aristóteles. Así, Tomás de
Aquino, la figura más eminente de la Edad Media, encontró en Aristóteles a su
verdadero maestro. Todo cuanto logró alcanzar Tomás de Aquino en su propia vida
intelectual que no tuviera su origen en la «revelación» divina, fue fruto de un
trabajo modélico a partir de Aristóteles. Opinaba que sólo cuando el
pensamiento sobrepasa los límites de la razón, es licito volver la mirada hacia
la revelación. De este modo, en todas las áreas del conocimiento situadas por
debajo de la revelación, Aristóteles pasó a ser autoridad absoluta. O, dicho
más sencillamente: la visión dualista del mundo propia de la teología medieval
reconoció dos autoridades.
En el caso del mundo suprasensible, que de acuerdo con la concepción entonces
vigente se consideraba como generalmente inaccesible a las aspiraciones
cognitivas del hombre individual, la autoridad recala en la revelación divina,
a la que se podía acceder a través de la fe. Pero en el caso de la ciencia, es
decir, del conocimiento del mundo sensible que es accesible al entendimiento
humano, la autoridad por antonomasia era Aristóteles. Las ciencias naturales y
la medicina se enseñaban, en los siglos anteriores a Galileo, a la luz de sus
escritos. En principio, los estudiantes no recibían en el seno de las
universidades ninguna formación específica en historia natural, limitándose a
aprender cómo habla concebido Aristóteles la naturaleza, es decir, su «física».
De la misma forma, los estudiantes de medicina apenas sí tenían oportunidad,
durante las clases, de contemplar el cuerpo humano directamente. Tanto más
cuanto que debían aprender también lo que, aparte de Aristóteles, hablan
escrito Hipócrates y Galeno. Los estudios de filosofía ocupaban un lugar
preferente respecto a todos los demás, y estaban constituidos por un híbrido de
teología cristiana y de filosofía aristotélica. Aristóteles es el padre de la
lógica como ciencia, y todavía hoy todo aquél que quiera ejercitar el
raciocinio puede hacerlo con su ayuda. Lo que no se le puede pedir a este
filósofo griego es ninguna manera de proceder que esté fuera de sus
posibilidades. Resulta sencillo señalar la existencia de errores, por lo que
respecta a la percepción sensible, en sus principales trabajos, y es fácilmente
comprensible que se produjeran verdaderas revueltas a principios de la Edad
Moderna en contra de la tiránica autoridad que se le atribula: Nihil
nisi Aristóteles. El desarrollo de la conciencia humana a lo largo de la
Edad Moderna está vinculado de modo patente a un triple proceso que se
manifestó por medio de la aspiración a obtener un conocimiento propio, un
desarrollo del yo y un creciente dominio de la observación sensible. Así, el
que la vida de Galileo esté bajo el signo de la lucha contra la autoridad de
Aristóteles se puede entender como una necesidad del desarrollo histórico. En
sus años de estudiante, apenas se percibe señal alguna de estos problemas. Los
cuadernos de clase, que Viviani guardó con sumo cuidado, no muestran ningún
indicio de que por aquel entonces Galileo se encontrara ya en oposición
consciente al método de enseñanza aún dominante. A pesar de todo, sus primeros
trabajos llevan ya la impronta del nuevo carácter que imprimiría a la investigación.
Libro de bautizos de la catedral de Pisa, correspondiente a los años 1564 a
1568, que contiene el registro del de Galileo, el 19 de febrero de 1564.
De
su época de estudiante en Pisa se han conservado algunos cuadernos de clase,
que están escritos de puño y letra por el joven Galileo. Tratan Del
Cielo y De la generación y la corrupción. No sabemos quién
fue el profesor que las dictó, pero las notas son un buen reflejo del método
escolástico de pensamiento vigente en Pisa en aquellos momentos. Todas esas
indagaciones que llevaba a cabo la escolástica tienen muy poco que ver con la
ciencia natural, en el sentido actual del término. «Además —dice Wohlwill en su
obra sobre Galileo—, lo característico del profesor, de cuyos labios recibió
Galileo su instrucción, e incluso aún más del espíritu que guiaba la
universidad bajo el régimen de la Casa Médicis, era la continua mezcla de temas
y argumentos religiosos y teológicos, y, por consiguiente, de frecuentes citas
a los padres de la Iglesia y a los teólogos, junto con otras a los
peripatéticos paganos, árabes y cristianos». Como en estas lecciones se
mencionaban cuestiones astronómicas, Galileo tuvo noticia por primera vez de
que no sólo existía la comúnmente aceptada doctrina de Ptolomeo, sino también
la obra De revolutionibus orbium coelestium de un tal Nicolás
Copérnico, que, de conformidad con el filósofo griego Aristarco de Samos,
pensaba que el Sol se halla situado en el centro del mundo y que la Tierra y
los planetas giran a su alrededor. Ni que decir tiene que al propio tiempo que se
mencionaba esta doctrina se esgrimían todos los argumentos propios del
pensamiento académico ortodoxo que la clasificaban como errónea. En sus
escritos de clase no aparece ninguna indicación que nos permita pensar que
Galileo, a la edad de diecinueve años, albergara ya dudas sobre la concepción
del mundo de Ptolomeo.
Nicolás Copérnico, según una pintura de la época. Biblioteca de la
Universidad de Leipzig.
Por
esta época sucedió un acontecimiento sumamente importante para la evolución del
joven físico, al parecer durante su asistencia a la misa que se celebraba en la
catedral de Pisa. En tal circunstancia, su mirada recayó sobre una lámpara que
se movía de forma muy ligera, y observó lo que miles de personas habían visto
antes que él: el vaivén de la lámpara que colgaba de una de las bóvedas del
techo.
Sin embargo, no se contentó con la observación; su mente comenzó a trabajar
para buscar una explicación de la misma. Advirtió que, si bien la amplitud de
las oscilaciones era cada vez más corta, en cambio la duración del movimiento
pendular de ida y vuelta, medido con sus propios latidos cardiacos, era siempre
la misma. Así, de la forma más elemental, descubrió que con un péndulo
oscilante podía obtener un método sencillo de medir el tiempo.
Galileo observa las oscilaciones de la lámpara de la catedral de Pisa
Pintura de Luigi Sabatellio. Museo de Física e Storia Naturale, Florencia.
Muchos
autores han derrochado inteligencia para averiguar si la información que ofrece
Viviani sobre cuándo descubrió Galileo las leyes del péndulo se corresponde
realmente con la verdad. Ese esfuerzo por atenerse estrictamente a los hechos
históricos con la mayor honradez no siempre resulta productivo. Por lo general,
después de más de trescientos años no podemos pretender una mejor
reconstrucción del desarrollo aparente de un suceso histórico que la conseguida
por un contemporáneo de Galileo. Viviani —a quien, como ya hemos dicho, debemos
la primera biografía de Galileo— fue discípulo suyo, y su registro de los
hechos procede de las propias declaraciones del maestro. Aun en el caso de que
Viviani, en su fervor, hubiera añadido algunas consideraciones de su propia
cosecha, el mito de la lámpara que colgaba de la catedral de Pisa expresa el
punto de partida de toda la física galileana mejor que todas las otras
declaraciones que se han dado como «muy seguras». Aunque el propio Galileo no
haga ninguna mención de este acontecimiento en sus obras, Viviani describe
acertadamente con su relato el momento del nacimiento de la dinámica moderna.
Como ya hemos visto, su etapa de estudiante en Pisa tuvo una duración de apenas
cuatro años, entre 1581 y 1585. Durante el cuarto curso, su padre se esforzó
por conseguirle una ayuda que no le fue concedida y, tal vez como consecuencia
de esa negativa, Galileo abandonó la ciudad de Pisa sin haber alcanzado un
grado académico. De este modo dejó los estudios de medicina y regresó nuevamente
a Florencia con objeto de proseguir sus estudios de matemáticas bajo la
dirección de Ostilio Ricci. Entonces se consagró a la geometría de Euclides y a
las obras de los matemáticos griegos, especialmente las de Arquímedes. En el
prólogo de su primer opúsculo original, La Bilancetta(1586), donde
describe la balanza hidrostática para la determinación del peso específico,
afirma: «Estos trabajos permiten discernir claramente hasta qué punto todos los
demás ingenios son inferiores al de Arquímedes, y qué poca esperanza hay de
llevar a cabo un hallazgo que se aproxime a sus realizaciones».
De una manera instintiva reconoció en Arquímedes, a quien otorgó los
sobrenombres de «el divino» y «el inimitable», a su modelo y precursor.
En esta época, Galileo compuso también, estimulado por Guidobaldo dal Monte, un
primer trabajo matemático de estudios sobre el centro de gravedad, pero no
llegó a publicarlo. Hacia el final de su vida lo añadió a su última obra como
un apéndice, de manera que este texto fragmentario también se ha conservado.
Por otra parte, comunicó algunos detalles de estas investigaciones acerca del
centro de gravedad a otros matemáticos y logró, de este modo, que éstos —entre
otros, Giuseppe Moletti, en Padua, y el padre Christoph Clavius, en Roma— se
mostraran interesados por su talento matemático. Pero quien descubrió a Galileo
y realizó notables esfuerzos por ayudarle a conseguir una posición fue, sobre
todo, el entonces llamado marqués Guidobaldo dal Monte de Pesaro (1545-1607),
un destacado matemático y arquitecto teórico. Sin embargo, a pesar de tan
excelente ayuda, Galileo aún tuvo que esperar cuatro años y ganarse el
sustento, mientras tanto, en Florencia y Siena dando clases particulares. En el
año 1587 intentó lograr la cátedra de matemáticas de Bolonia, que habla quedado
libre, pero fracasó. En el verano de 1589, estando vacante la cátedra de Pisa y
gracias, sobre todo, a la intercesión de Dal Monte, Galileo logró que se
atendiera su solicitud, obteniendo, cuando contaba sólo veinticinco años, el
puesto de profesor de matemáticas de aquella universidad.
Del periodo comprendido entre estas dos fechas que acabamos de mencionar,
destaca el texto de la segunda conferencia de Galileo, pronunciada en 1587 ó
1588 en la Academia de Florencia, en torno a la topografía del infierno de
Dante. El contenido y el método de exposición son un fiel reflejo del estilo de
su tiempo. Galileo intentaba dar una respuesta a los primeros trabajos de
Cristoforo Landino (1481) y de Alessandro Vellutello (1544) sobre la
«mensuración del infierno de Dante». De acuerdo con Hans Blumenberg, podemos
considerar estas fútiles conferencias de Galileo como simples «devaneos de
juventud», que, sin embargo, al igual que sus Comentarios a Tasso (compuestos
hacia 1610), nos informan de que el joven científico también estaba interesado
por otras cuestiones al margen del mundo de la matemática y la física.
En
la Antigüedad, la ciudad de Pisa se encontraba situada al borde del mar.
Actualmente, debido a la sedimentación del Arno, está alejada de su
desembocadura alrededor de siete kilómetros. Durante la Edad Media, Pisa era
una poderosa república marítima que había conseguido dominar, tras
arrebatársela a los sarrracenos, la totalidad de Cerdeña y parte de Córcega y
de las Baleares, compitiendo con Génova y Venecia por mantener dicho dominio.
$in embargo, en 1284 los genoveses infligieron a los písanos una aplastante
derrota en una batalla marítima, a causa de lo cual Pisa perdió su hegemonía.
En 1405 fue cedida a Florencia por un miembro de la dinastía de los Visconti
que entonces dominaba la ciudad.
La Piazza del Duomo, con sus tres edificios históricos —la catedral, el
baptisterio y la torre inclinada—, flanqueada por las antiguas murallas del
siglo XII, evoca inmediatamente el recuerdo de Galileo. En Pisa había nacido,
allí transcurrieron los primeros años de su vida, allí estudió de adolescente
cuatro cursos académicos, y en 1589, a los veinticinco años de edad, volvió a
la ciudad, convertido ahora en un joven profesor.
Vista aérea de la plaza de la catedral de Pisa, con el baptisterio, el duomo
y el campanile.
El
padre de Galileo ya no volvió a insistir, al menos públicamente, en la
pretensión de que su hijo fuera médico. Probablemente, durante todo ese tiempo
advirtió su extraordinaria capacidad para las matemáticas, y dejó que eligiera
libremente su profesión. Sin embargo, como comerciante que era, el padre no
debió de sentirse satisfecho con los primeros honorarios de su hijo: sesenta
escudos al año, una suma de dinero que, por bien que se administrara, a nadie
podía bastar para vivir. Por ello, y como es fácil suponer, el joven profesor
tuvo que procurarse ingresos adicionales por una vía diferente, que consistió
de nuevo en recurrir a las clases particulares.
Su primer trabajo (1590) del periodo pisano es un comentario al Almagesto de
Ptolomeo, que se mantiene perfectamente dentro de los límites de los hábitos de
pensamiento propios de la época. No se observa en él ningún indicio que delate
la fuerza investigadora revolucionaria que latía dentro del joven profesor.
El matemático italiano Niccolò Fontana, conocido como Tartaglia (1500 1557),
padre espiritual de la obra de Galileo.
Sería
un error creer que la historia de las matemáticas y de la física modernas tuvo
su punto de partida en Galileo. Anteriormente había habido ya precursores
importantes, sobre todo en Italia, y entre ellos debe mencionarse
principalmente a Tartaglia (1499-1557), cuyo verdadero nombre civil era Niccoló
Fontana. Cuando era niño fue maltratado y recibió cinco cuchilladas, a
consecuencia de lo cual le quedó una tartamudez durante toda su vida, y de ahí
que le dieran el sobrenombre de Tartaglia, que significa «tartamudo».
Este autor enseñó y murió en Venecia, después de haber trabajado como
matemático en Verona, Piacenza y Milán. En esta última ciudad participó en una
viva disputa de prioridades con dos de sus colegas, el matemático y físico
Hieronymus Cardanus (1501-1576) y el discípulo de éste, Ferrari, cuando
descubrió (1530) la posibilidad de resolver las ecuaciones de tercer grado.
Tartaglia mejoró notablemente los conocimientos sobre balística vigentes en su
tiempo, llevó a cabo numerosas determinaciones de pesos específicos y se ocupó
de algunas cuestiones relacionadas con el cálculo de probabilidades, temas de
una enorme importancia para la naciente ciencia natural. En este sentido, es
notable que muchas de las cuestiones resueltas por Tartaglia le hubieran sido
planteadas por profesionales prácticos, es decir, por ingenieros, artilleros,
orfebres y comerciantes. La amenaza de guerra con los turcos que se cernía
sobre Venecia favoreció que Tartaglia se consagrara a estudios fundamentales
sobre la trayectoria de los proyectiles. De esta forma se convirtió en un
adelantado del estudio del movimiento de caída de los cuerpos y en el precursor
inmediato de Galileo. También hay que agradecer a Tartaglia el redescubrimiento
y reconocimiento de la gran trascendencia de Arquímedes, por parte de los
matemáticos del siglo XVI y de los siglos siguientes. Sobre esta cuestión
afirma Leonardo Olschki: «Los experimentos de Tartaglia, encaminados a calcular
la flotación de los cuerpos en los líquidos según su composición, delatan una
conciencia metodológica cuyas consecuencias fueron absolutamente
extraordinarias. De ellos procede el afán no sólo por aceptar los principios de
Arquímedes, sino además por probarlos y completarlos a fin de basar en ellos
las cuestiones prácticas». La principal obra de Tartaglia contiene también, en
opinión de otros muchos autores, una crítica a la mecánica aristotélica.
Tartaglia murió en un total abandono cinco años antes de que naciera Galileo.
Por lo tanto, no pudieron conocerse en vida. Pero a partir de unas pocas
referencias a su obra puede deducirse claramente hasta qué punto este gran
matemático del siglo XVI fue el padre espiritual de la obra de Galileo.
La torre inclinada de Pisa.
Al
parecer, el discípulo más aventajado de Tartaglia fue Giovanni Battista
Benedetti (1530-1590), quien a la edad de veintiún años publicó un texto
titulado Demostración contra Aristóteles y todos los filósofos.
Este trabajo iba dirigido directamente al tema específico que fue punto de
partida de la obra de Galileo: el estudio de las leyes del movimiento
simultáneamente con la impugnación de la física aristotélica. No cabe ninguna
duda de que el trabajo de Benedetti ejerció una influencia decisiva en el origen
y el desarrollo de las cuestiones que se planteó el joven Galileo. Tartaglia y
Benedetti fueron ante todo quienes prepararon el terreno sobre el cual pudieron
desarrollarse los específicos, únicos e independientes procedimientos de
investigación de Galileo. Además de eso, Galileo mantuvo una estrecha amistad
con el filósofo Jacopo Mazzoni, que vivió en Pisa desde 1588, y del cual
recibió numerosos estímulos para su trabajo. El propio Galileo le comunicó a su
padre en una carta que era amigo de Mazzoni y que deseaba fervientemente
estudiar y aprender cosas de él.
La disconformidad con la interpretación aristotélica del mundo fue el origen de
la búsqueda de nuevas formas de investigación. En relación con ello se
descubrió una figura que había caído totalmente en el olvido: Johannes
Philoponos. Setecientos cincuenta años después de Arquímedes, a comienzos del
siglo VI, vivió en Alejandría este primer y «único científico de la historia
del pensamiento en la Antigüedad cristiana», como le denomina con toda justicia
su editor moderno, Walter Böhm. En su calidad de sabio cristiano, escribió un
comentario crítico a la física de Aristóteles, que incluye la demostración de
que la velocidad de caída de los cuerpos en modo alguno es proporcional al
peso. Pero esto constituía precisamente una de las tesis básicas de
Aristóteles: los cuerpos pesados caen tanto más rápidamente cuanto mayor es su
peso. Este comentario se publicó originalmente en lengua griega, en Venecia, en
1536, y estuvo al alcance de cualquier persona que estuviera interesada en el
tema. Así pues, tanto Benedetti como Galileo debieron experimentar la
influencia esencial de Johannes Philoponos.
Arquímedes, Philoponos, Tartaglia y Benedetti son los nombres de los
antepasados intelectuales a quienes hay que agradecer que allanaran el camino
para la formulación de la ley de caída de los cuerpos; ellos realizaron el
trabajo preparatorio, a partir del cual Galileo, mediante la combinación de la
observación, la medida y la demostración matemática, no sólo estableció las
bases de la teoría científica del movimiento (dinámica), sino que también fundó
el método cuantitativo propio y consustancial de la ciencia moderna. Según sus
propias palabras:
«Quien
pretende resolver las cuestiones científicas sin ayuda de las matemáticas,
acomete una tarea inviable. Debemos medir siempre lo que es medible y hacer que
sea medible lo que no lo es».[2]
A
esta tesis debe su desarrollo la ciencia occidental. Por sus aplicaciones
técnicas, llegó a ser un gran poder intelectual que puso en cuestión todas las
concepciones anteriores del mundo, de carácter mítico, y transformó
profundamente la vida de todos los pueblos de la Tierra.
Galileo se planteó la tarea de sustituir la concepción vigente de las
cualidades naturales por el consiguiente método cuantitativo. En este sentido,
hay que situarlo en el comienzo de un proceso que determinó el destino de toda
la humanidad. Isaac Newton, a su vez, prosiguió lo que él había iniciado. Así,
estos dos nombres están inseparablemente unidos a la fundación de la física
moderna.
En la que fue la obra definitiva de su vida, los Discorsi (Discursos),
Galileo ofrece también la síntesis de los trabajos que había escrito durante
sus tres años de estancia en Pisa, a saber: la teoría de la caída libre y el
principio de la pesantez (gravitación). «Se han advertido algunas [propiedades]
más aparentes, como por ejemplo que el movimiento natural de los cuerpos en
caída libre es continuamente acelerado, pero no se ha hallado hasta ahora en
qué proporción tiene lugar esta aceleración… Se ha observado que los cuerpos
arrojados, o proyectiles, describen una línea curva de cierto tipo; sin
embargo, nadie ha puesto en evidencia que esa curva es una parábola. Que esto
es así, lo demostraré juntamente con otras muchas cosas, también dignas de ser
conocidas; y lo que es todavía más importante, se abrirán las puertas de una
vasta e importantísima ciencia, de la que estas investigaciones nuestras
pondrán los fundamentos. Otras mentes más agudas que la mía penetrarán,
después, hasta sus lugares más recónditos».
Como puede verse, la evaluación que Galileo hace de su propia obra da la medida
exacta de su situación histórica. Lo que él aún no pudo realizar fue llevado a
cabo por Newton.
En Pisa, Galileo se enfrentó con las cuestiones esenciales de la dinámica. Su
escrito De motu (Sobre el movimiento) contiene los resultados
de todos esos esfuerzos. En él se investiga el fenómeno puro de la caída, es
decir, el aumento de velocidades que tiene lugar durante el tiempo de caída,
así como las leyes que rigen el movimiento sobre un plano inclinado. Sin
embargo, Galileo no se decidió a la publicación de su trabajo; sin duda no le
satisfacían plenamente las soluciones que hasta entonces había encontrado.
La tradición ha establecido una relación entre el estudio práctico de la ley de
caída de los cuerpos y la torre inclinada de Pisa, que se encuentra junto a la
catedral; la imagen de Galileo experimentando está indisolublemente ligada al
campanario, tal y como Viviani nos la transmitió. Sin embargo, un opúsculo
filológico del siglo XIX relegó también esta referencia del experimento en la
«torre inclinada» al terreno de la leyenda. Y nosotros tenemos que repetir que
el «mito» Galileo no corresponde a ninguna arbitrariedad, sino que expresa la
realidad histórica. El argumento de que, dado que el propio Galileo no ha
transmitido por escrito ni el suceso de la catedral ni el experimento de la
torre inclinada, tenemos que dudar de todo ello, es muy débil. Los trabajos de
Galileo son pobres en referencias autobiográficas, y no existe ninguna
necesidad de suprimir de una biografía «rigurosa» estas imágenes tan
expresivas.
Los años que vivió en Pisa no siempre fueron satisfactorios para Galileo. Sus
escasos ingresos debieron restringir en gran medida su régimen de vida y sus
alegrías. También parece que tuvo algunos enfrentamientos ocasionales con sus
colegas. Sobre este punto, los antiguos biógrafos afirman que Galileo, debido a
una opinión negativa que había expresado acerca de un invento mecánico —al
príncipe Giovanni de Médicis se le denominó «el inventor»—, se granjeó la
indignación de la dirección de la universidad. Lo que sí es cierto es que, en
un poema en verso, In biasimo della toga, polemizó en contra de un
decreto de la universidad, que prescribía a los profesores la utilización del
uniforme incluso en su vida cotidiana. Es una primera protesta contra las
falsas autoridades que se refugian debajo de las sotanas.
El año 1591 ensombreció su vida la muerte de su padre. En su calidad de hijo
mayor, Galileo debió asumir entonces el papel de cabeza de familia y cuidar de
la manutención de su madre y de sus hermanas, lo que le llevó a una situación
económicamente insostenible. Nuevamente fue Guidobaldo dal Monte quien, al
tener noticia de la carga que pesaba sobre su amigo, le escribió el 21 de
febrero de 1592: «Ciertamente, no puedo veros en esa situación». Y,
aprovechando las buenas relaciones de que disponía, Dal Monte pasó del dicho al
hecho. El Senado de Venecia había determinado que fuera ocupada la cátedra de
la Universidad de Padua, que entonces pertenecía a la República veneciana,
vacante a raíz de la muerte del profesor de matemáticas Giuseppe Moletto.
Galileo fue presentado por el hermano de Dal Monte, que era cardenal y residía
en Venecia, como el candidato más idóneo, y después de unas breves
negociaciones, el 26 de septiembre de 1592 consiguió Galileo Galilei el título
de profesor de matemáticas de la Universidad de Padua, con un contrato de seis
años. A sus veintiocho años había alcanzado una importante meta en su vida.
Capítulo 4
El espíritu tolerante de una república
Padua
fue construida en el mismo lugar en que se hallaba situado el antiguo y
acomodado emporio de los tiempos romanos llamado Patavium, que fue donde nació
el primer historiador científico, Tito Livio. Durante la Edad Media, Padua
logró alcanzar la posición de sede episcopal y, desde 1222, de ciudad
universitaria, con nuevos honores. En cambio, Pisa, a pesar de su universidad,
sólo alcanzó el rango de capital de provincia, y tanto la ciudad como su
universidad quedaron subordinadas en todas las decisiones importantes a los
príncipes de Florencia.
Claustro de la antigua Universidad de Padua. Desde sus comienzos, en 1222,
gozó de merecida fama en toda Europa por la calidad de sus enseñanzas y su
espíritu tolerante, especialmente en relación con las del resto de Italia.
En
una relación de dependencia semejante se encontraba Padua con respecto a
Venecia. El Dux de Venecia y la Signoria pudieron
decir siempre, desde la ciudad laguna, la última palabra sobre Padua. Sin
embargo, la Universidad de Padua gozaba de renombre mundial. Formaba parte de
las más antiguas escuelas universitarias del occidente cristiano —el jardín
botánico de Padua es el más antiguo de todos— y a finales del siglo XVI era
considerada como «la más moderna» de todas las universidades italianas.
Allí acudían jóvenes estudiantes, no sólo de Italia, sino de todos los rincones
de Europa. La cercanía de la «metrópoli», a la que se podía llegar con
facilidad, hacía especialmente atractivo el estudio en Padua, pues en Venecia,
que se encontraba a través de su puerto en activa relación con todos los países
del Mediterráneo y, especialmente, con los del cercano Oriente, soplaban
vientos de libertad, en la medida en que se puede hablar realmente de libertad
en el siglo de la Contrarreforma.
Los representantes de la universidad, encabezados por el profesor Caesar
Cremonini, habían conseguido de la República de Venecia que se impidiera a la
Compañía de Jesús la creación de una universidad competidora. En cambio, esta
valiente actitud no se puso de manifiesto a la hora de defender al dominico
Giordano Bruno, perseguido y acusado, de las garras de la Inquisición. En este
caso no entraba en juego ningún interés de Estado para Venecia, y después de
algunas protestas ante las insistentes demandas del Vaticano, que solicitaban
la extradición de Bruno, éste fue finalmente entregado. Todo esto duró medio
año (1592-1593), y coincidió con el momento en que Galileo comenzaba su
actividad académica en Padua.
Una muestra más del talante liberal que predominaba en la universidad
veneciana, en contraste con el resto de Italia, es el hecho de que los
protestantes, en tanto no hicieran una exhibición pública de sus creencias,
podían estudiar sin problemas en Padua y llevar a cabo sus exámenes. Así, como
ha quedado demostrado, durante el siglo XVII más de un centenar de protestantes
alemanes obtuvieron el grado de doctor en Padua. Entre ellos, el que más tarde
sería un eminente profesor en Hamburgo, Joachim Jungius de Lübeck (1619).
A diferencia de las demás universidades italianas, el estudiante extranjero no
padecía en Padua ningún género de limitación, e incluso en su vida cotidiana
estaba perfectamente integrado en las costumbres del lugar.
Su distinto modo de ser no sólo era respetado, sino que además se aceptaba de
buen grado. Un texto de aquella época nos ofrece una buena muestra de todo
ello: «Pues en ninguna parte, dondequiera que se busque en Europa, es posible
encontrar una academia que además de ser amiga de las musas, de la tranquilidad
y de los hombres de ciencia, invite a permanecer en ella. Allí no hay nadie que
por curiosidad pretenda averiguar de qué forma vive el extranjero; si éste se
consagra a la buena vida o si se priva de llevarse algo a la boca, nadie se
preocupa de eso.
De dondequiera que procedan los extranjeros, viven del mismo modo que si
estuvieran en su propio país; alemanes, franceses, polacos, conservan los
mismos hábitos de vida que tenían cuando estaban en su propia casa. En ninguna
otra parte puede verse algo semejante, pues en otros lugares lo habitual es que
los extranjeros acaten las costumbres de la población autóctona y echen de
menos su propia patria. Esto es lo que les sucede, por no ir demasiado lejos,
en Bolonia a los alemanes, franceses, españoles, que se convierten en completos
italianos y adoptan las costumbres de la población autóctona; no así en Padua.
Las causas de esta peculiaridad pueden estar en que los paduanos, del mismo
modo que los venecianos, se han acostumbrado a esa noble tolerancia, a que cada
uno pueda vivir de acuerdo con su voluntad, o tal vez sea que el gran número de
extranjeros que aquí hay hace que tengan que ser aceptados de buen grado, por
así decirlo, por parte de los ciudadanos. Por eso acuden gustosos, como a su
propia casa, los extranjeros que aman la vida silenciosa de los doctos, tanto
si atienden a sus propios intereses en el estudio retirado, como si sirven a
los de otros a través de la enseñanza pública. Y junto a todo ello, no es menos
importante el hecho de que la suavidad de su aire los acoge tan familiarmente,
que todos cuantos acuden de fuera, cualquiera que sea el cielo bajo el que han
nacido, después de haber vivido allí cierto tiempo, por más que se
enorgullezcan de los honores y dignidades de su patria o de cualquier otro
lugar, suspiran por la libertad de Padua hasta donde les alcanza la memoria[3]».
Iglesia sepulcral de San Antonio en Padua.
Sin
embargo, esto no significa que el ambiente espiritual de la Padua de entonces
fuera semejante al que existe en la actualidad en una universidad libre. Pues
nos encontramos, como ya hemos dicho, en el siglo de la Contrarreforma, y el
destino de Giordano Bruno nos alecciona respecto al espíritu de la época,
cuando las fuerzas de la tradición religiosa desencadenaron toda su actividad.
Y Padua no era tan sólo una ciudad universitaria. Albergaba, entre otras muchas
cosas dignas de verse, la magnífica basílica románico-gótica de San Antonio, a
la que se denominaba abreviadamente Il Santo, y que es la iglesia
donde se encuentra el sepulcro del popular San Antonio (1195-1231). El mismo
lugar en el que Andrés Vesalio (1514-1564) y sus clásicas demostraciones con
cadáveres humanos inauguraron la anatomía moderna, ha sido y sigue siendo también
el centro de la superstición medieval, según la cual, San Antonio acude en
auxilio de los creyentes católicos en sus quehaceres diarios y les ayuda, por
ejemplo, a encontrar un objeto que se había extraviado.
El primer anfiteatro anatómico de la Universidad de Padua. En él tuvieron
lugar las lecciones de anatomía de Andrés Vesalio.
Un
monumento inmortal del más sublime arte lo constituye la Cappella degli
Scrovegni, que contiene los famosos frescos de Giotto, y está situada en los
jardines de la ciudad, donde se encuentran los restos de un circo romano. Entre
1303 y 1306 se pintaron en la pared de las pequeñas estancias que forman la
capilla treinta y ocho escenas de la vida de María, de la vida, muerte y
resurrección de Cristo y del juicio final.
Es fácil suponer que Galileo, durante los dieciocho años que permaneció en
Padua, debió de contemplar más de una vez estos singulares frescos, e
igualmente caminaría innumerables veces por la Piazza del Santo, donde está
situada la imponente estatua ecuestre del veneciano condottiere Gattamelata,
que fue esculpida en 1453 por Donatello. Se trata del primer monumento vaciado
en bronce que realizó un maestro italiano.
El Gattamelata, estatua ecuestre realizada por Donatello. Padua.
Podría
imaginarse que, al contemplar la estatua ecuestre, Galileo sintió, consciente o
inconscientemente, algo parecido a una llamada o advertencia de esa obra
maestra del Renacimiento, que le impulsó a llevar a cabo su propia obra.
El destino que le llevó hasta Padua fue pleno y absolutamente favorable para
Galileo. El mismo calificó los dieciocho años que pasó en esta ciudad como «los
más felices de mi vida». Tanto para su vida privada como para su desarrollo
como profesor e investigador, Padua fue especialmente estimulante.
La última cena, uno de los frescos que decoran los muros de la Capella degli
Scrouegni, en Padua, debido a la mano del magnífico pintor del trecento
italiano, Giotto.
El 7
de diciembre de 1592 impartió Galileo su lección inaugural ante una numerosa
concurrencia de estudiantes. De los programas de cursos[4] de la
universidad que se han conservado, puede afirmarse que Galileo debió de
impartir las siguientes materias:
1. 1593-94:
Sobre la Esfera y Euclides;<1594-95: Sobre el Almagesta de Ptolomeo;
2. 1597-98:
Sobre Euclides y la mecánica aristotélica;
3. 1599-1600
y 1603-04: Sobre la Esfera y Euclides;
4. 1604-05:
Sobre la teoría de los planetas.
De
un pequeño texto de Galileo, Trattato della sfera, que elaboró
durante estos años de estancia en Padua, se puede deducir claramente que en el
curso de sus clases aún no se había atrevido a desmontar el modelo tradicional
de la concepción ptolemaica del mundo. En una carta que envió a Johannes
Kepler, fechada en Padua el 4 de agosto de 1597, fundamenta así su
comportamiento:
«Yo
me atrevería sin duda a exponer mis consideraciones en público, si hubiera más
hombres como tú. Pero como no ese el caso, prefiero postergar tal empresa».
Pero
con mayor claridad aún le expresa Galileo a Kepler que desde hace mucho tiempo
es partidario de la visión copernicana del universo:
«Prometo
leer enteramente tu obra con una total calma de espíritu, pues estoy seguro de
que encontraré en ella cosas muy hermosas. Lo haré con tanta mayor alegría por
cuanto que, desde hace ya varios años, me he convertido a la doctrina de
Copérnico, gracias a la cual he podido descubrir las causas de un gran número
de fenómenos naturales que, sin ningún género de dudas, la hipótesis
generalmente aceptada no es capaz de explicar. En torno a esta materia he
escrito muchas consideraciones, razonamientos y refutaciones que hasta el
momento presente no me he atrevido a publicar, asustado por la suerte que
corrió el propio Copérnico, nuestro maestro, que si bien en relación a algunos
ha alcanzado una gloría inmortal, se ha visto expuesto, por otra parte, a la risa
y al desprecio de muchos otros».
Kepler
se equivocó al confiar en que Galileo se iba a sumar como aliado y combatiente
activo a la defensa de la nueva imagen del mundo. No sólo era casi ocho años
más joven que Galileo (nació el 27 de diciembre de 1571), sino que poseía
también un dinamismo sin igual. No había tenido que padecer aún en su propia
carne las intrigas que algún tiempo después desembocaron en su expulsión de
Gratz (1600). Por eso, en su carta de contestación a Galileo, fechada el 13 de
octubre de 1597, intentaba estimularle para que se incorporara a la lucha, para
«con la ayuda y el esfuerzo de todos llevar el carro a buen fin». Kepler le
exhorta con las palabras latinas (las cartas estaban escritas en latín) «Confide,
Galileae, et progredere» («¡Ten valor, Galileo, y camina hacia adelante!»)
para que dé a conocer públicamente sus ideas, lo que significaba hacerlo
también, y en primer lugar, ante las jerarquías eclesiásticas.
Por su condición de protestante suabo, Kepler no se daba cuenta de las enormes
dificultades que una declaración de este género le hubiera planteado. El
consideraba que: «si no me equivoco, existen bien pocos matemáticos importantes
en Europa que quieran separarse de nosotros», es decir, que mantuvieran una
opinión distinta de la suya y de la de Galileo acerca del tema del
copernicanismo. Y añadía en un tono triunfalista: «Tanta vis est veritas»
(«Tan grande es la fuerza de la verdad»). Llegó hasta el punto de proponer a
Galileo la publicación de sus escritos no en Italia, sino en Alemania, dada la
mayor libertad que existía en este país. Es comprensible que Galileo no
volviera a contestar al ingenuo y tempestuoso joven que era Kepler. Tan sólo
seis meses después tendría éste ocasión de sufrir en Gratz la creciente
opresión de la Contrarreforma.
Y tres años más tarde hubo de sacrificar todas sus ideas y cargar sobre sus
espaldas con el difícil destino que deparó para él y para los suyos la más
terrible pobreza en el exilio. A propósito de esto, le escribía a Mästlin el 19
de septiembre de 1600: «Toda esta situación es muy difícil. Sin embargo, nunca
hubiera podido pensar que, en compañía de los hermanos, fuera tan dulce
soportar daños y ultrajes a causa de mis creencias, y por razón del honor
debido a Cristo, tener que abandonar la casa, la tierra, los amigos y la
patria.
Retrato del astrónomo alemán Johannes Kepler, el hombre que estableció una
física celeste fundamentada en el razonamiento matemático.
Cuando
todo esto va también acompañado de un verdadero martirio y de la entrega de la
vida misma, y cuando la alegría crece con la magnitud de las pérdidas, entonces
debe resultar fácil morir por las ideas…». Por lo tanto, no se puede reprochar
a Galileo, italiano y miembro de la Iglesia de Roma, que no estuviera dispuesto
a poner en peligro su cátedra de Padua, y mucho menos aún su vida, por el
copernicanismo. Lo que le preocupaba no eran las creencias religiosas, sino los
problemas científicos. Y éstos constituían, sin duda, para él una cuestión
esencial, pero no hasta el punto de impulsarle a convertirse en un mártir a
cualquier precio.
Desde 1599 mantuvo Galileo una relación de amistad y de amor con la veneciana
Marina Gamba, sin que sintieran la necesidad de transformar su vida en común en
un matrimonio legítimo. Naturalmente, se ha hablado y se ha escrito mucho
acerca de esta relación. Sin embargo, en realidad conocemos muy pocas cosas
sobre esta parte de la vida privada de Galileo. El hecho es que, fruto de esta
unión amorosa, nacieron tres hijos, dos niñas y un niño. El 13 de agosto de
1600 Marina Gamba dio a luz a su primera hija, a la que bautizó con el nombre
de Virginia. Un año más tarde, el 18 de agosto de 1601, nació la segunda:
Livia. Estas dos niñas se hicieron después monjas y vivieron en el Monasterio
de San Matteo, muy cerca de Arcetri, lugar donde fue confinado su padre.
El 21 de agosto de 1606 nació su hijo, a quien bautizaron con el nombre del
abuelo, Vincenzo.
Cuando Galileo abandonó Padua en 1610, se separó también de Marina Gamba, quien
poco tiempo después contrajo matrimonio con un veneciano de nombre Giovanni
Bertolucci. Su hijo, que contaba sólo cuatro años de edad, permaneció
inicialmente con la madre, pero después marchó con su padre a Florencia y fue
adoptado por éste. Por consiguiente, Vincenzo perteneció al grupo de familiares
que se encontraba con Galileo en Arcetri, y estuvo también a su lado cuando
murió.
En 1593 escribió Galileo su obra Trattato di Meccaniche, que puede
ser considerada como el primer texto-programa del «siglo de las máquinas».
Contiene como concepto clave la idea de que, mediante la aplicación de las
leyes de la palanca, con una máquina «se gana en fuerza lo que se pierde en
tiempo y en velocidad». Mientras Galileo verificaba la regularidad de esta
relación en diversos ingenios mecánicos —sus comprobaciones incluyeron también
la construcción de tornillos y el empleo del plano inclinado—, llegó a la
conclusión de que este principio tenía validez para todos los dispositivos
mecánicos «que han sido inventados o pueden llegar a inventarse».
Es cierto que antes de Galileo hubo otros investigadores y descubridores —baste
con recordar los audaces ingenios mecánicos de Leonardo da Vinci—, pero ninguno
fue capaz de considerar en abstracto las leyes generales que rigen los efectos
de las máquinas y formularlas, además, matemáticamente como hizo Galileo a los
treinta años de edad. Él sabía que la solución no era intentar «engañar a la
naturaleza», sino más bien acatar sus firmes e invariables leyes en el terreno
de la física y en la construcción de ingenios mecánicos capaces de ser útiles
para los fines del hombre. Los trabajos que había comenzado a realizar en Pisa,
relacionados tanto con los problemas de la estática como de la dinámica,
tuvieron su continuidad en Padua, donde estableció las bases científicas de
ambas materias.
Ya en Pisa había intentado Galileo determinar las leyes que rigen la «la línea
descrita por los proyectiles». La idea de que la forma matemática de la
trayectoria que describen los proyectiles es una parábola supuso para él un
estímulo decisivo. A partir de ese momento, su trabajo se fue orientando cada
vez más a buscar la ley que gobierna la caída de los cuerpos, es decir, la
relación existente entre el espacio recorrido durante la caída y el tiempo
transcurrido. Mediante una constante interacción entre la experiencia y la
elaboración teórica, se dedicó a buscar la explicación científica de la caída
libre y del movimiento de los proyectiles.
En 1604 Galileo escribió a su amigo íntimo Giovanni Francesco Sagredo, de
Venecia, manifestándole que acababa de encontrar el principio fundamental del
que se podía deducir la ley de la caída. Había advertido que la velocidad, en
el caso de la caída libre, aumenta proporcionalmente a la longitud del trayecto
recorrido. Tres años más tarde se dio cuenta de que esta interpretación
descansaba sobre un supuesto erróneo y que lo que sucede en realidad es que la
velocidad, durante la caída libre, aumenta en proporción directa con el tiempo.
Pero todos estos esfuerzos de Galileo por fundamentar científicamente la
estática y la dinámica no lograron su objetivo hasta los últimos años de su
vida.
Al propio tiempo, como un subproducto de su trabajo principal, elaboró en Padua
dos tratados sobre los sistemas más modernos de fortificación de su tiempo.
También existe un documento según el cual Galileo recibió un encargo de la
ciudad de Venecia para diseñar un dispositivo que permitiera la elevación de
masas de agua y el regadío de la tierra. Tenemos razones suficientes para
suponer que estos encargos, que están documentados, representan tan sólo una
pequeña parte de los que Galileo tuvo que aceptar durante sus años en Padua,
junto a su actividad oficial como profesor y como investigador. El 7 de mayo de
1610, escribe con su aplomo característico al ministro de Estado en Florencia,
Belisario Vinta: «Secretos útiles, curiosos o maravillosos, los tengo en tan
gran número que su sola excesiva abundancia me perjudica y me ha perjudicado siempre».
Todos los trabajos que Galileo había realizado hasta ese momento quedaron
manuscritos; fueron copiados en parte a mano, pero no llegaron a imprimirse
durante su vida. El primer texto impreso de Galileo se publicó en 1606, por
consiguiente, a sus cuarenta y dos años de edad, y se trata de unas
instrucciones para el manejo del compás de proporción construido por
Marcantonio Mazzoleni siguiendo las indicaciones y bajo la supervisión de
Galileo. Este instrumento pertenece a los precursores del denominado
«pantógrafo» y también de la «regla de cálculo», sin los cuales sería
impensable en la actualidad el trabajo de tantos técnicos, ingenieros y
matemáticos.
El compás de proporción de Galileo permite, incluso sin tener conocimientos
matemáticos, dividir una línea en las partes que se desee, reproducir un plano
a diferentes escalas, extraer raíces cuadradas y cúbicas y llevar a cabo
operaciones de interés compuesto.
En el prólogo de su manual de instrucciones, cita Galileo con orgullo a
importantes personalidades a las que ya había adiestrado verbalmente en el
manejo del compás de proporción: el príncipe Johann Friedrich de Holstein, el
conde de Oldenburg, el archiduque Ferdinando de Austria, el duque Philipp de
Hesse y el archiduque regente de Mantua. AI margen de la vanidad humana que hay
detrás de los nombres de estas personalidades principescas, este hecho muestra
el radio de acción personal alcanzado por Galileo durante su estancia en Padua.
El círculo de sus discípulos fue creciendo de manera importante. Por lo que
dice Viviani, parece que Galileo, tanto por su atractivo personal como por su
trabajo científico, encontró en Padua una extraordinaria consideración, que iba
mucho más allá del grupo restringido de los estudiantes de física.
Viviani relata que, en cierta ocasión, había concentrado a una cantidad tan
inmensa de público que fue necesario hacerles abandonar el aula que había sido
destinada para su conferencia y trasladar la lectura de la misma a la sala de
los juristas, capaz de albergar en su interior a mil personas. Pues bien, ni
siquiera ésta bastó. Y no nos equivocaríamos al pensar que esa extraordinaria
afluencia de público a la conferencia puede atribuirse también a la curiosidad
despertada por la aplicación del telescopio a la observación de los fenómenos
celestes, realizada por Galileo.
Grabado que aparece en la primera publicación de Galileo sobre el compás de
proporción (1606).
Capítulo 5
La invención del telescopio
Galileo
no inventó el telescopio. El mérito corresponde a los holandeses, que fueron
los maestros en el arte de pulir vidrios para lentes. A partir de ello se
desarrollaron los cristales de aumento, llamados lupas, y aparecieron los
primeros constructores aficionados de microscopios; de aquí a la invención del
telescopio no había más que un paso. Galileo oyó hablar de estos progresos de
los vidrieros holandeses, que permitían hacer visible al ojo humano con ayuda
de un tubo distancias inaccesibles. Al parecer, los primeros de tales
instrumentos llegaron en 1609 a Italia desde Holanda a través de Francia. A
Galileo le bastó con averiguar el principio del que partieron los holandeses
para construir un telescopio análogo, que sin pérdida de tiempo fue ofrecido al
Senado de la ciudad de Venecia. No es difícil imaginarse el asombro de los
siete patricios venecianos que, el 21 de agosto de 1609, dirigidos por el
procurador Antonio Priuli, fueron adiestrados por Galileo en el manejo del
nuevo instrumento desde el campanario de San Marcos. Ahora comprobaban con sus
propios ojos lo que anteriormente habían oído, a saber: que con este tubo se
podían ver objetos distantes con tanta claridad como si verdaderamente
estuvieran cerca[5].
Antonio Priuli describe el instrumento «como un tubo de hojalata, forrado por
el exterior con tejido de lana y algodón rojo carmesí, de longitud aproximada
de tres cuartos y medio (unos 60 cm) y anchura de un escudo, con dos vidrios,
uno… cóncavo y el otro no».
La Piazzetta con el campanile en Venecia. Cuadro de Canaletto. Galería
Nacional, Ottawa.
Tres
días después de la impresionante presentación en el campanario de San Marcos,
Galileo ofreció su telescopio a la Signoria de Venecia como
regalo.
Como era usual, lo acompañó de una carta en la que ponderó justamente su
hallazgo: «Un nuevo artificio… que lleva los objetos visibles tan próximos al
ojo… que puede ser de inestimable ayuda para todo negocio y empresa marítima o
terrestre, al poder descubrir en el mar embarcaciones y velas del enemigo… dos
horas o más antes de que él nos descubra a nosotros, y distinguiendo además el
número y características de sus bajeles podremos estimar sus fuerzas
aprestándonos a su persecución, al combate o a la huida. De igual manera se
puede descubrir en tierra, desde alguna elevación, aunque sea distante, los
alojamientos y abrigos del enemigo en el interior de una plaza, o incluso se
puede, a campo abierto, ver y distinguir en particular todos sus movimientos y
preparativos con grandísima ventaja nuestra…».
Anteojo de Galileo. Museo de Física e Storia Naturale, Florencia.
La Signoria reaccionó
rápidamente a un ofrecimiento tan seductor, sobre todo para los casos de
guerra. Sin tardanza, al día siguiente, el Senado de la República de Venecia
acordó, en consideración al celo de Galileo para el bien común, hacer vitalicio
su cargo de profesor ordinario de matemáticas, para el que sólo tenía un
contrato de seis años, elevando al mismo tiempo su asignación anual a mil
florines, lo que equivalía a duplicarla. Sin embargo, la aprobación, por parte
del Senado de la Universidad de Padua, de este inusual privilegio para un
profesor de matemáticas (lo que entonces quería decir: para el propietario de
una cátedra de una disciplina auxiliar o propedeútica, de importancia inferior
a las de medicina, jurisprudencia y filosofía) no fue unánime. Se levantó una
oleada de críticas, alimentada principalmente por la rivalidad y la envidia,
hacia el extraordinario éxito de Galileo.
Como muy pronto se hizo patente que Galileo sólo era uno entre los muchos que
en el año 1609 habrían podido ofrecer un telescopio, ya que incluso a Venecia
llegó el nuevo instrumento procedente de Holanda y Francia a bajo precio en el
mercado, el Senado veneciano se sintió, por así decirlo, engañado por el
científico pisano. Pero, como al propio tiempo se reconocía la importancia de
aquel matemático y físico sin par, los responsables de haber asegurado su
puesto en Padua no se arrepintieron. Los adversarios de Galileo no han
desperdiciado hasta nuestros días ninguna ocasión para atacarlo con motivo del
asunto del telescopio. Bertolt Brecht, con su obra dramática Vida de
Galileo, se cuenta entre ellos.
Los resentimientos y reproches en torno a los derechos de prioridad sobre la
construcción del primer telescopio no deben obstaculizar el reconocimiento del
mérito específico de Galileo en la aplicación de este nuevo instrumento. Hasta
1609, por propia voluntad y vocación, Galileo había sido matemático y físico.
Los problemas astronómicos, e incluso astrológicos, sólo le habían preocupado
anteriormente de modo marginal. Lo cierto es que, como veremos, muy
tempranamente había admitido como verdadero el movimiento de la Tierra, en el
sentido de Copérnico. Pero en el ámbito de sus investigaciones no se incluían
cuestiones relacionadas con este tema, el cual se convirtió en fundamental a
partir del instante en el que, sosteniendo un telescopio construido con sus
propias manos, comenzó a observar la Luna, el Sol, los planetas y las estrellas
fijas. Nadie lo había hecho antes que él.
La primera publicación de Galileo a sus cuarenta y seis años, si exceptuamos el
pequeño escrito introductorio anteriormente mencionado sobre el compás de
proporción, apareció en marzo de 1610 en Venecia con el título Sidereus
nuncius(El mensajero de los astros). Este libro fue una sensación literaria
de primer orden. Con la mayor brevedad —a lo sumo, empleó seis meses en
observar, escribir e imprimir— Galileo recopiló la suma de sus nuevos
descubrimientos realizados con ayuda del telescopio, y el 1 de marzo recibió la
licencia de impresión de las autoridades venecianas. La última de sus
observaciones lleva la fecha del 2 de marzo, y el 13 de este mismo mes enviaba
el primer ejemplar, aún húmedo y sin encuadernar, a Florencia. Evidentemente,
lo guió la idea apremiante de que otro se le pudiese adelantar en la
publicación.
«El opúsculo no es ningún modelo de precisión metodológica, sino un caso único
de transformación de la emoción en descripción, como proclamación de nuevas
evidencias, de las que Galileo creía que nadie debía privarse», escribe Hans
Blumenberg en la Introducción de la nueva edición del Sidereus nuncius.
Portada del Sidereus nuncius (1610).
A
guisa de prefacio y en forma de Boletín Astronómico, Galileo da una síntesis de
toda la obra: «Contiene y expone recientes observaciones realizadas por medio
de un nuevo anteojo en la faz de la Luna, en la Vía Láctea, en las estrellas
nebulosas y en innumerables fijas, así como también en cuatro planetas nunca
vistos hasta ahora, bautizados con el nombre de astros medíceos».
El anuncio suena a nuestros oídos algo publicitario. Pero debemos atribuir ese
tono menos al estilo de Galileo que al de su época. Verdad es que no hay que
pasar por alto que precisamente nuestro autor dominaba ese estilo con maestría
y sabía cómo aprovecharse de él. El texto del Sidereus nuncius propiamente
dicho comienza con las palabras:
«Grandes,
sin duda, son las cosas que en este breve compendio propongo a la contemplación
de los estudiosos de la naturaleza. Grandes, digo, tanto por la excelencia de
la materia misma, como por su inaudita novedad, como, en fin, por el
instrumento en virtud del cual esas cosas se han desvelado a nuestros
sentidos».
La
modestia no era una virtud de Galileo. Pero, por otra parte, con estas palabras
acierta plenamente acerca de la esencia de su obra, pues son ciertamente
grandes las novedades que nos ha comunicado y que antes que él nadie había
observado: la superficie de la Luna con sus cráteres, montañas y depresiones;
el carácter estelar de la Vía Láctea, los satélites de Júpiter y más tarde las
fases de Venus. Con este pequeño escrito queda fundada la astronomía moderna;
en él se describe lo que puede apreciarse de los cuerpos celestes con los
sentidos, y lo observado, una vez descrito, se intenta explicar por sus
relaciones mutuas y proporciones matemáticas. Durante milenios, los hombres
habían levantado la vista hacia las estrellas, adorándolas como moradas de los
dioses o como manifestación del Único, en quien se basa todo el mundo.
En la astrología, que Kepler y Galileo aún cultivaban, vivía un último residuo
de esa astronomía espiritual, para la que la estrella visible sólo era cuerpo y
signo de un poder invisible, las «inteligencias espirituales» y las cualidades.
En aquel momento comenzó la nueva era, inaugurada por el propio Galileo como
mensajero de los astros, que prescindió totalmente de cualquier suceso
espiritual y decidió situar, por el contrario, estos acontecimientos
exclusivamente «fuera» del cosmos. Aunque haya otro mundo más allá de lo
visible y le abran los hombres sus corazones con un acto de fe, en cuanto a
ciencia, en el sentido de Galileo y sus seguidores, sólo vale lo que se muestra
como medible en el reino de lo evidente.
Una escena de la obra de Bertolt Brecht La vida de Galileo Galilei. En ella
se ofrece una peculiar visión de la personalidad del científico.
Asistimos
al momento del nacimiento de la astronomía moderna cuando leemos en el Sidereus
nuncius: «Grande cosa es, sin duda añadir a la numerosa multitud de las
estrellas fijas que hasta nuestros días se han podido observar con la facultad
natural otras innumerables nunca vistas con anterioridad, exponiéndolas
patentemente ante los ojos en un número más de diez veces superior al de las
antiguas ya conocidas.
«Bellísima cosa es, y sobremanera agradable a la vista, poder contemplar el
cuerpo lunar… tan próximo… Gracias a ello, cualquiera puede saber con la
certeza de los sentidos que la Luna no se halla cubierta por una superficie
lisa y pulida, sino áspera y desigual, y que, a la manera de la faz de la
Tierra, hállase recubierta por doquier de ingentes prominencias, profundas
oquedades y anfractuosidades…
Primer mapa lunar realizado por Galileo.
»Mas
lo que supera con mucho todo lo imaginable… es precisamente haber descubierto
cuatro estrellas errantes que nadie antes que, que nosotros ha conocido ni
observado, las cuales… presentan sus propios periodos en torno a una estrella
insigne… Cosas todas ellas por mí observadas y descubiertas no ha muchos días,
mediante un anteojo de mi invención, previamente iluminado por la gracia
divina».
Júpiter y las cuatro lunas descubiertas por Galileo.
Las
cuatro «estrellas errantes» son los cuatro satélites que él descubrió, que
giran alrededor de Júpiter.
En
relación con este importante descubrimiento, Galileo se adhirió públicamente
por primera vez al sistema del mundo de Copérnico: «Tenemos aquí un argumento
notable y óptimo para eliminar los escrúpulos de quienes, aceptando con
ecuanimidad el giro de los planetas en torno al Sol según el sistema
copernicano, se sienten con todo turbados por el movimiento de la sola Luna
alrededor de la Tierra, al tiempo que ambas trazan una órbita anual en torno al
Sol, hasta el punto de considerar que se debe rechazar por imposible esta
ordenación del universo…».
Como
puede suponerse, un escrito tan revolucionario como El mensajero de los
astros dio lugar a una apasionada oposición. Galileo necesitaba estar
firmemente convencido para salir airoso de aquel torrente de escarnios, burlas,
ignorancia y envidias. De entre los numerosos adversarios mencionaremos sólo a
dos: Giovanni Antonio Magini, un renombrado astrónomo y matemático de Bolonia,
y Martin Horky, de Bohemia, un antiguo discípulo de Kepler. Entre los motivos
de la agresividad de Magini contra Galileo se encontraba, sin duda, la envidia
de este profesor hacia su rival de Padua.
No
es necesario detenerse a considerar la agresividad del exaltado Horky.
Contagiado por la hostilidad de Magini, pero sin sus conocimientos matemáticos
y astronómicos, se atrevió a pesar de todo a dar publicidad a su escrito
polémico contra Galileo, cuya quintaesencia era: «He averiguado y sé con
seguridad y certeza de dónde proceden todas las fantasías de esos tus
hallazgos. Como sé que hay un Dios trinitario en el cielo y que mi alma está en
mi cuerpo, así también sé que todas aquellas ilusiones proceden de la reflexión
de los rayos de luz». De este modo tan necio creía Horky poder refutar el
descubrimiento de los cuatro satélites de Júpiter. Quien esté interesado en
este aspecto de la lucha contra El mensajero de los astros de Galileo puede
encontrar material sobre ella en el primer volumen del trabajo de Wohlwill.
Capítulo 6
Al servicio del gran duque de Toscana
Galileo
entendía por Sidereus nuncius un «mensaje de las estrellas»
que la fortuna, gobernada por la divinidad, le había encomendado transmitir
como una asombrosa nueva a todo el mundo. Pero, a pesar del impulso espiritual
que le había movido a esa «hora estelar», no olvidó el objetivo terrenal en el
que manifiestamente pensaba desde hacía tiempo: trasladar su lugar de trabajo y
residencia desde Padua a la ciudad que sentía como su propia patria, Florencia.
Aún no habían transcurrido siete meses desde que había obtenido, con la ayuda
de su telescopio, un contrato vitalicio del Senado veneciano y de los
dirigentes de la universidad, además del aumento de su sueldo. Existe la firme
sospecha de que Galileo actuó así con el fin de conseguir una posición más favorable
en las negociaciones con Florencia. Del mismo modo, cabe suponer que el
calificativo que otorgó a los satélites de Júpiter de estrellas medíceos
formaba parte de sus esfuerzos por aumentar la protección de que disfrutaba por
parte de sus soberanos toscanos.
En este cuadro encaja perfectamente la hiperbólica dedicatoria dirigida al
príncipe de Florencia, Cosimo II, en El mensajero de los astros.
Éste había sucedido en 1609, con diecinueve años, a su padre Ferdinando I, y se
había convertido así en gran duque de Toscana. Cuando era príncipe, Galileo se
había ocupado de su instrucción en matemáticas en Florencia durante las
vacaciones estivales desde 1605, naciendo entre profesor y alumno una íntima
amistad. Se acercaba, pues, la hora de utilizar la coronación del joven gran
duque —aún menor de edad— y de obtener a través de él una colocación honorable
en Florencia.
El mismo mes de febrero en que escribió a Cosimo la carta de condolencia por la
muerte de su padre —por lo tanto, en el año de los hechos sensacionales del
telescopio y de El mensajero de los astros—, cogió Galileo la pluma para
escribir al mayordomo de la casa gran ducal, Vincenzo Vespucci, y exponerle su
deseo de volver a Florencia: «Veinte años, los mejores de mi vida, los he
pasado malgastando el modesto talento que Dios me dio y que alcancé en mi
profesión por mi propio esfuerzo, a petición de cualquiera y, como suele
decirse, al menudeo; por ello, si el gran duque en su bondad y magnanimidad,
además de la suerte de poder servirle, me concediera mis aspiraciones, entonces
confieso que mi verdadero deseo sería conseguir tanto ocio y tranquilidad que
pudiera poner fin, antes que a la vida, a tres grandes obras que tengo entre
manos, para poder publicarlas, tal vez con algunos elogios míos de quien me
hubiera ayudado en tal empresa, las cuales quizá fueran, para los seguidores de
la ciencia, de mayor, más universal y duradera utilidad que lo que aún pueda
producir en los años que me restan.
Galileo sosteniendo entre sus manos un instrumento óptico. Cuadro de la
escuela de Justus Sustermans. Galería Pitti, Florencia.
»Ocio
mayor del que tengo aquí no creo que pudiera tenerlo en otra parte, si no fuera
que estoy obligado a proveer el sostenimiento de mi casa con las lecciones
públicas y privadas; tampoco me dedicaría con gusto a esta clase de actividad
en otra ciudad que no fuera ésta, por diversas razones que no puedo exponer en
pocas palabras; con todo esto, ni siquiera me basta la libertad que tengo aquí,
siéndome necesario consumir varias horas del, y muy a menudo las mejores, a
petición de éste o de aquél. Obtener de una república, aunque sea espléndida y
generosa, paga sin servir al público no se acostumbra, porque para conseguir
ganancias del público es preciso satisfacerlo, y no a un solo particular, y
mientras sea capaz de dar clase y de ser útil, nadie de una república puede
eximirme de esta carga…; en una palabra, no puedo esperar semejante suerte de
nadie más que de un príncipe absoluto.
»Pero no quiero, Señor, que de lo que digo penséis que planteo pretensiones
injustificadas, queriendo pago sin méritos o servicios a cambio; ésta no es mi
intención. Antes bien, en lo que a los servicios se refiere, tengo varios
hallazgos que ofrecer, de los cuales sólo uno de ellos, si encontrase un gran
príncipe que estuviese interesado en él, bastaría para librarme de la miseria
durante toda la vida; pues la experiencia me ha demostrado que cosas mucho
menos apreciables han reportado gran provecho a sus inventores; y siempre he
pensado ofrecerlo, antes que a cualquier otro, a mi príncipe y señor natural;
por ello, está en su voluntad disponer de ello y de su inventor según su buen
criterio, y si así lo desea, coger no sólo el mineral sino también la mina;
pues cada día hallo cosas nuevas y hallaría aún más si tuviera más ocio y más
artesanos a mi disposición que me pudieran ayudar en mis diversas
investigaciones. En lo que se refiere a las tareas cotidianas, sólo tengo una
servidumbre, por la que al modo de las rameras debo entregar mis esfuerzos al
precio arbitrario del mejor postor; pero servir a algún príncipe o gran señor,
y lo que de ello se derive, no será nunca aborrecido por mí, sino, al
contrario, deseado y ambicionado.
»Y como vos, Señor, aludís a los ingresos que aquí tengo, os diré que mi
salario oficial asciende a 520 florines, que espero poderlo aumentar con
seguridad en otros tantos escudos, en pocos meses, mediante la renovación de mi
cargo; y esa suma puedo hacerla considerablemente mayor recibiendo gran ayuda
para el mantenimiento de la casa, del alojamiento de estudiantes y del producto
de lecciones privadas, lo cual es cuanto deseo. Digo esto porque antes huyo de
leer muchas que lo busco, y deseo infinitamente más el tiempo libre que el oro,
porque sé que me sería más difícil conseguir una cantidad de dinero que me
ayudara a adquirir notoriedad ante el mundo que alguna fama por mis
investigaciones».
Ponte della SS. Trínitá, en Florencia. La decisión de Galileo de abandonar
Padua para instalarse en Florencia al servicio del gran duque de Toscana supuso
dar la espalda a una república tolerante, donde posiblemente habría tenido más
libertad para desarrollar y exponer su disidente pensamiento científico.
Se
cree que esta carta está escrita antes de la negociación con el Senado
veneciano en agosto de 1609, lo que parece evidente teniendo en cuenta las
alusiones de Galileo: residencia en Florencia como lugar de reposo, dispensa de
las obligaciones molestas y pesadas, tener que mantener las lecciones y un
salario no extraordinario, pero suficiente. Parece como si la corte de
Florencia no hubiera reaccionado como Galileo se imaginaba.
Ello explica que aprovechara la ocasión para mejorar su situación en Padua. Sus
espectaculares descubrimientos le ayudaron a considerar que el objetivo estaba
cerca, y cuando en las vacaciones de la Pascua de 1610 visitó Florencia para
realizar varias gestiones, éstas se relacionaron todas con sus ambiciones
profesionales. El mensajero de los astros contribuyó de modo
importante a aumentar su fama también fuera de Padua. Tan pronto como hubo
regresado allí, se dirigió de nuevo con una carta a la corte florentina, en
esta ocasión enviada al ministro de Estado Belisario Vinta, ofreciendo un
informe exacto de sus proyectos de investigación y publicación, tan sólo
insinuados en la carta a Vespucci:
«Las
obras que tengo por terminar son, principalmente, dos libros De sistemate seu
constitutione universi, idea grandiosa y llena de filosofía, astronomía y
geometría; tres libros De motu locali, ciencia completamente nueva, pues no ha
habido ningún otro, ni antiguo ni moderno, que haya descubierto alguno de los
muchísimos síntomas admirables que yo demuestro hallarse en los movimientos
naturales y violentos; por lo cual puedo yo con toda razón llamarlo ciencia
nueva y descubierta por mí hasta en sus más elementales principios; tres libros
de Mecánica, dos concernientes a la demostración de los principios y
fundamentos y uno dedicado a problemas; y aunque otros hayan tratado esta misma
materia, lo que se ha escrito hasta el presente no representa, en cantidad o de
otra manera, el cuarto de lo que yo mismo he escrito. Tengo también diversos
opúsculos sobre temas naturales, como De sono et voce [Sobre el sonido y la
voz], De viso et coloribus [Sobre la visión y los colores], De maris aestu
[Sobre las mareas], De animalium motibus [Sobre el movimiento de los animales]
y otros varios. Tengo también la intención de escribir algunos libros relativos
al arte militar, con vistas no sólo a la formación del soldado en el campo de
las ideas, sino también a la enseñanza, mediante reglas muy exquisitas, de
todos aquellos conocimientos basados en las matemáticas que debe adquirir:
castramentación, ordenanzas, fortificaciones, expugnaciones, levantamiento de
planos, evaluación de las distancias, nociones de artillería, manejo de
diversos instrumentos, etcétera…».
Corrientemente,
quien de tal modo se alaba resulta sospechoso. Sin embargo, al parecer Galileo
obtuvo un éxito total con esa ardorosa propaganda. Dos meses después recibió la
respuesta, esperada con ansiedad en la forma de un título gran ducal, fechado el
10 de julio de 1610, por el que se le nombraba primer matemático y filósofo del
gran duque de Florencia y, al propio tiempo, primer matemático de la
Universidad de Pisa. Su salario permaneció aproximadamente a la altura de sus
ingresos en Padua: mil escudos florentinos, a pagar por la Universidad de Pisa,
sin que ello implicase obligación alguna por parte de Galileo de dar lecciones
en ella o de residir en la ciudad. A los cuarenta y siete años Galileo había
llegado a cumplir sus deseos más manifiestos.
Su estado de ánimo se desprende de una carta que escribió el 19 de agosto a
Kepler, quien había recibido a través del embajador toscano en Praga el Sidereus
Nuncius, expresando con entusiasmo: «Tú, mi Galileo, abriste el Santuario
de los cielos. Cómo podrías hacer otra cosa que despreciar el ruido que se
levantó», a lo que respondió Galileo: «Tú eres el primero y casi el único que,
con sólo un examen superficial de las cosas, y debido a tu independencia de
pensamiento y a tu elevado espíritu, concedes total crédito a mis afirmaciones…
Muchos en Pisa, mi Kepler, así como en Florencia, Bolonia, Venecia y Padua, han
visto lo mismo, pero todos ellos callan y vacilan, pues la mayoría no reconoce
ni a Júpiter ni a Marte, y apenas a la Luna, como planeta… ¿Qué hacer?… Deseo,
mi Kepler, que nos riamos ante la estupidez del vulgo, ¿Qué dirías de los
principales filósofos de esta Universidad, a los que mil veces y por propia
iniciativa les he ofrecido mostrarles mi trabajo y que, con la tenacidad de la
serpiente, no han querido nunca ver los planetas y la Luna, ni mirar por el
telescopio?… Esta clase de hombres cree que la filosofía es algo así como un
libro, como la Eneida o la Odisea, de modo que no se debe buscar la verdad en
el universo, sino, usando sus propias palabras, en el examen comparado de los
textos».
El 12 de septiembre de 1610 llegó Galileo a Florencia, donde permaneció, tal y
como deseaba, hasta el final de su vida.
En los últimos meses de estancia en Padua, Galileo aún había realizado, con
ayuda de su anteojo, un nuevo descubrimiento: el anillo de Saturno.
Ciertamente, su descripción no coincide con la actual; pero, con todo, no es
menos cierto que los principales cambios en las apariencias ópticas de Saturno,
diversas a las de los otros planetas, fueron advertidas por él por primera vez.
Percibió Saturno como un astro ovalado en forma de aceituna, que mediante
observaciones más precisas se resolvía en tres estrellas, de las cuales la del
medio era mucho mayor que las otras dos.
El gran duque Cosimo II. Retrato realizado por Justus Sustermans. Galería
Corsini, Florencia.
Galileo
le envió a Kepler, en agosto de 1610 y a través del embajador florentino
Giuliano de Médicis, una misteriosa línea de treinta y siete letras: Smaismrmilmepoetaleumibunenugttauiras,
añadiendo que en esas letras se encerraba un descubrimiento. En vano se esforzó
Kepler por resolver el enigma, y hasta noviembre no reveló Galileo el secreto,
comunicando entonces, otra vez por medio del embajador florentino, al kaiser
Rodolfo II y a Kepler el significado del anagrama: Altissimun planetam
tergeminun observavi (Observé que el planeta más alto era triple).
Acompañó la solución de una corta descripción de las tres partes de Saturno, y
añadió: «Así parece que, del mismo modo que Júpiter tiene su séquito, este
anciano tiene dos esclavos que le ayudan y no se apartan de su lado».
Johannes Kepler, según un cuadro de la época.
Tan
pronto como se dio a conocer este nuevo descubrimiento de Galileo, se elevaron
de nuevo voces contra él. Aunque Ludovico delle Colombe no había mirado nunca
por un telescopio, como el más fiel de los aristotélicos, estaba convencido de
que lo percibido por Galileo no era sino una ilusión óptica («semejante forma
no puede existir»), pues Saturno es el planeta más próximo a las estrellas
fijas y por ello debe poseer la forma perfecta que corresponde a los cuerpos
celestes, es decir, la forma esférica. Irónicamente, Colombo, que nunca había
mirado por un telescopio, acertó en cierto modo, pues el aspecto de Saturno,
con su anillo, es de forma esférica. Galileo replicó a ello: «De todo lo que
dice, nada entiendo, pero muy atrevido debe ser el que quiere contradecir,
sobre cosas que nunca ha visto, a quien las ha visto miles de veces».
Las fases de Venus descubiertas por Galileo. Cuando el astro se acerca,
aparece como una media luna (izquierda).
Recién
llegado a Florencia, el 12 de septiembre de 1610, Galileo empezó nuevas
observaciones. Ahora se trataba de Venus, uno de los dos planetas más cercanos
al Sol. El 11 de diciembre envió sin tardanza a los interesados de Fraga el
resultado de su investigación, de nuevo en la forma de un anagrama: Haec
immatura a me jam frustra leguntur o, añadiendo a esas palabras yuxtapuestas
sin sentido:
«El
mensaje cifrado de otro particular por mí observado recientemente conlleva la
decisión de grandísimas controversias en astronomía, conteniendo en concreto un
poderoso argumento a favor de la constitución pitagórica y copernicana».
Kepler
apenas cabía en sí de contento, ya que, aunque no descifró el enigma, tenía la
mayor confianza en Galileo, quien el 1 de enero dio la solución: Cynthiae
figuras aemulatur mater amorum. El significado astronómico de esta poética
frase es que Venus tiene cambios como la Luna, es decir, fases crecientes y
decrecientes, según sea su posición en relación al Sol. Se trata de nuevo de un
descubrimiento que se inscribe en las grandes líneas de la revolución contra la
astronomía medieval. «Tendrán, pues, el Sr. Kleper —escribe Galileo a Giuliano
de Médicis— y los otros copernicanos que felicitarse por haber creído y
filosofado bien».
Nadie puede decir con seguridad cuál fue el motivo principal de que Galileo
dejara Padua para instalarse en Florencia. Alguna tuvo que ser la causa. Se
supone generalmente que de ese modo quería romper su relación con Marina Gamba,
ya rota en la práctica. Pero en poco errará quien considere como principal
impulso de su inclinación primaria hacia su patria, a su familia, incluida aquí,
la buena relación con la dinastía «hereditaria», y la creciente necesidad de
seguridad, posibilidades de trabajo con mayor sosiego y de una existencia más
apacible.
A pesar de todo, queda la cuestión de por qué cambió la relativa gran libertad
y autonomía de Venecia y Padua, sobre todo en comparación con Roma, por la
dependencia, aunque amable, y la protección frágil de la corte toscana. Por
ello, no carece de fundamento la pregunta: ¿habría habido un «caso Galileo» si
se hubiera quedado en Padua? ¿No hay un menosprecio de sus adversarios reales y
potenciales cuando, por propia voluntad, renuncia al amparo de Venecia?
En cualquier caso, Galileo no encontró en Florencia precisamente lo que
esperaba: reposo no perturbado para el trabajo y protección segura contra las
agresiones. Los amigos vieron el traslado a Florencia con más circunspección
que él mismo. Independientemente del resentimiento que Galileo dejó en Padua y
en Venecia ante su radical cambio de intención inmediatamente después de firmar
su contrato «vitalicio», debió haber reflexionado acerca de si su rápida
decisión, objetivamente considerada, le procuraría unas óptimas condiciones
vitales.
Entre los mejores amigos de Galileo del periodo paduano figura el veneciano
Giovanni Francesco Sagredo (1571-1620). Cuando Galileo dejó Padua, Sagredo se
encontraba de viaje en el extranjero al servicio de la república y hasta su
regreso no recibió la noticia, mediante una carta de su amigo del 13 de agosto
de 1611, con cálidas palabras de despedida. Le resultó inconcebible que Galileo
cambiara Padua por Florencia, pero trató de abstenerse de emitir un juicio
sobre ello. Con todo, no pudo por menos de llamar la atención del amigo sobre
lo que, en opinión de Sagredo, había abandonado con demasiada ligereza:
«Habéis
partido del lugar donde teníais vuestro bien. Servís en el presente a vuestro
príncipe natural, grande, lleno de virtud, joven de singulares miras; más aquí
teníais mando sobre aquéllos que mandan y gobiernan a los otros, sin tener que
servir más que a vos mismo, casi cual monarca del universo… Gustan a veces los
príncipes de algunas curiosidades; pero, generalmente, reclamado su interés por
cosas mayores, vuelven su espíritu hacia ellas. Así creo yo que el gran duque
encontrará placer en ver la ciudad de Florencia y alrededores a través de
vuestras lentes; pero para sus objetivos es necesario ver lo que sucede en toda
Italia, Francia, España, Alemania y en el Levante, por lo que dejará de lado
vuestras lentes… ¿Quién puede hallar unas lentes con las que distinguir los
locos de los cuerdos, el buen consejo del malo, el arquitecto hábil del
obstinado e incapaz maestro de obras?».
Una escena ciudadana frente a la iglesia degli Scolopi y el palacio
Medici-Riccardi de Florencia.
A
pesar del acatamiento de la decisión de Galileo y de la voluntad de no
discutirla, Sagredo, como conclusión a su carta, manifiesta la preocupación de
que aquél no sea consciente de los peligros de su decisión: «Y el que os
encontréis en un lugar en el que la autoridad de los amigos de Berlinzone, como
se oye decir, pesa mucho me preocupa aún más». Como sólo los «iniciados»
entienden la expresión «amigos de Berlinzone», Wohlwill puso en su lugar «los
padres de la Compañía de Jesús» y añadió: «Berlinzone era para Sagredo el
prototipo de los jesuitas, a los que detestaba». Los ulteriores acontecimientos
en la vida de Galileo mostrarían cuán realista era la preocupación de Sagredo,
muerto en marzo de 1620. Galileo le dedicó un monumento literario en 1632 al poner
su nombre a uno de los tres personajes del Diálogo sobre los sistemas del
mundo.
Capítulo
7
La sombra de la Inquisición
Cuando
Galileo recibió la carta de Sagredo, hacía ya diez meses que estaba establecido
en Florencia. Para entonces, era más rico en experiencias que le debían de
haber hecho más inteligibles las advertencias de Sagredo. Poco después de
concluir provisionalmente sus estudios sobre las fases de Venus, realizados
entre los meses de octubre y diciembre de 1610, se dispuso a ir allí donde
estaba la verdadera autoridad ante la que tenía que responder: Roma. No cabe
ninguna duda de que Galileo, con esta visita, proyectaba obtener el
reconocimiento del sistema copernicano por parte de los sabios de la Iglesia.
En la solicitud de permiso al ministro Belisario Vinta formuló ese propósito,
sin nombrar a Copérnico, con las palabras: «los nuevos hechos, que con mis observaciones
he sacado a la luz, aportan tan importantes progresos y necesarios cambios que
por su influencia esa ciencia parece en gran parte como nueva y como si se la
hubiera llevado de las tinieblas a la luz».
El viaje fue autorizado, pero no llegó a realizarse hasta la última semana de
marzo de 1611, y ello a pesar de los esfuerzos de Galileo, que actuó con toda
su energía y celeridad. El gran duque había cargado generosamente los costes
del viaje al erario florentino, decidiendo que el transporte se realizaría en
una litera ducal, un criado y todos los gastos de ambos pagados. Además Galileo
había reservado una habitación en la embajada toscana para el tiempo que durase
su estancia en Roma. El viaje transcurrió a través de S. Casciano, Siena, S.
Quirico, Acquapendente, Viterbo y Montesori, durante el cual Galileo, cada
noche, en la medida en que el tiempo lo permitía y como hasta entonces en
Florencia, observaba los satélites de Júpiter.
No era la primera vez que pisaba suelo romano. Ya en 1587, cuando tenía
veintitrés años, había estado allí, y Favaro supone que con motivo de solicitar
una cátedra de matemáticas en Bolonia, que no obtuvo. Por aquel entonces era un
joven desconocido y no un sabio mundialmente famoso que, en calidad de
orgulloso embajador de la ciencia, pedía reconocimiento. Encontró lo que se
podía esperar que hallaría en Roma: triunfo e intrigas.
Acerca de sus experiencias de este viaje le escribió a Filippo Salviati
(1582-1614), un amigo de Florencia y antiguo condiscípulo en Padua: «He sido
recibido y agasajado por muchos ilustres cardenales, prelados y príncipes de
esta ciudad, que deseaban ver las cosas que yo he observado y se sintieron muy
satisfechos, como también me siento yo, por mi parte, al ver las maravillas de
sus estatuas, pinturas, frescos, palacios, jardines, etcétera».
Busto del papa Pablo V, por Gian Lorenzo Bernini. Galería Borghese, Roma.
Los
nuncios florentinos le prepararon la audiencia con el papa. Pablo V
(1532-1621), en la Santa Sede desde 1605, le escuchó después de la habitual
ceremonia del besapiés y le instó a que no se arrodillara, según refiere
expresamente Galileo, y a que hablara permaneciendo de pie. En realidad,
Camillo Borghese, que tal era el nombre del papa, no entendió mucho de la
explicación de Galileo. Había estudiado derecho en Perugia y Padua y fue
nombrado cardenal después de varias misiones diplomáticas. En su pontificado
tuvieron lugar los intensos conflictos con Venecia y, más tarde, el decreto
contra el copernicanismo.
Pocos dias después se le concedió a Galileo el honor de ser incluido en la
famosa Accademia dei Lincei (linces), y éste entabló una estrecha amistad con
el presidente de la misma, el príncipe Federico Cesi. De todos los encuentros
que tuvo Galileo durante los dos meses de estancia en Roma, éste fue para él el
más importante y duradero.
Emblema de la Accademia dei Lincei y Diploma de la Accademia dei Lincei.
Todas
las noches el príncipe ponía a su disposición las estancias de su palacio para
que, mediante contactos personales y discusiones, la visita de Galileo fuera lo
más efectiva posible. Así, pronto consiguió Galileo excelentes resultados de su
viaje a Roma. El cardenal Francesco María dal Monte, siempre favorable a
Galileo, informó acerca de éste al soberano Cosimo II:
«Sus
descubrimientos han sido considerados por todos los hombres de mérito y
eruditos de esta ciudad, no sólo muy verdaderos y ciertísimos, sino también
asombrosos; y si estuviéramos ahora en aquella antigua república romana, estoy
convencido de que se le habría erigido una estatua en el Capitolio para honrar
la excelencia de su valía».[6]
Es
evidente que Galileo aspiraba a ese claro reconocimiento universal. Por ello, y
quizá instintivamente, colocó en primer plano sus espectaculares observaciones
de la Luna, Venus, Júpiter y las estrellas fijas y sólo aludió ocasionalmente
al tema fundamental y arriesgado del copernicanismo. La mayoría de sus oyentes
romanos no debieron advertir en absoluto el fuego tan peligroso con el que jugó
Galileo. Dado que Roma no es sólo la sede del papado, sino también de los
magistrados eclesiásticos al servicio del llamado «Santo Oficio», es decir, la
Inquisición, era de esperar que durante su estancia en aquella ciudad sería
sometido a vigilancia. Al parecer, Galileo no sólo no rehuyó el encuentro con
ella, sino que lo buscó conscientemente. En tal sentido, celebró conversaciones
con la personalidad más notable de entre los dirigentes de la Inquisición, el
cardenal Roberto Bellarmino.
Se trata del mismo hombre cuya intervención fue esencial en el juicio contra
Giordano Bruno. Poco antes de que Bruno fuera quemado, todavía le visitó
Bellarmino para persuadirle de que se retractara y salvara su vida. Como es
sabido, Bruno rechazó esta solución como indigna de él. En el encuentro con
Bellarmino cayó sobre la vida de Galileo, por primera vez, aquella sombra que,
a partir de entonces, oscurecería progresivamente su camino hasta el día de su
muerte.
El cardenal Roberto Bellarmino. Grabado de la época.
La
primera impresión fue favorable. Bellarmino había pedido al Colegio Romano un
dictamen sobre las afirmaciones de Galileo. En este Colegio trabajaban como
astrónomos destacados varios jesuitas, bajo la dirección del alemán Christoph
Clavius (1537-1612), de Bamberg, y del austríaco Christoph Grienberger
(1561-1636) de Hall, cerca de Innsbruck. Los jesuitas se habían procurado un
telescopio y no podían por menos que confirmar las principales observaciones de
Galileo. De este modo, Bellarmino obtuvo un juicio muy favorable sobre el
científico pisano.
La «conversión» de estos astrónomos había sido profunda y expresaron su
aprobación de todos los modos posibles. Galileo podía sentirse satisfecho. Los
jesuitas celebraron una asamblea en su honor. Uno de los firmantes del
dictamen, el jesuita Odo Malcotio, se detuvo en alabanzas a Galileo,
declarándole «el más famoso y afortunado de los astrónomos contemporáneos». El
problema del copernicanismo fue totalmente dejado de lado, pero sólo
públicamente. En la conversación privada entre Bellarmino y Galileo debió sin
duda de mencionarse. Al parecer, Galileo, totalmente convencido como estaba de
la verdad del copernicanismo, creyó ingenuamente que el cardenal podría
participar de esta convicción después de aprobar sus observaciones. Quizá no
notó, en las respuestas prudentes y evasivas de Bellarmino, la férrea
resistencia contra todas las conclusiones que Galileo deducía de sus
observaciones.
Galileo no logró persuadir de ningún modo al cardenal, que era el hombre
decisivo de la curia, acerca de aquellas cuestiones sobre la concepción del
mundo implicadas en el copernicanismo. En cambio, el cardenal sí que advirtió
bien con qué intensidad defendía Galileo las enseñanzas, peligrosas a los ojos
de la Inquisición y en ningún caso aceptables, del canónigo de Frauenburg.
Un informe posterior, enviado a Florencia, del embajador toscano en Roma
contiene estas declaraciones de Bellarmino sobre Galileo:
«Por
grande que sea el respeto que debemos al gran duque, si Galileo va demasiado
lejos nos veremos obligados a pedir cuenta de sus actos». Y el escrito añade:
«Ciertas indicaciones y advertencias que le he dado no han sido de su gusto.»[7]
Finalmente,
hay un acta de una sesión de la Congregación General de la Inquisición romana,
celebrada el 17 de mayo, poco antes de la partida de Galileo, en la que se lee:
«Véase si en el proceso del doctor Cesare Cremonini se alude a Galileo,
profesor de filosofía y matemáticas». Por oscura que sea la relación con el
proceso contra el infortunado Cremonini, lo cierto es que el 17 de mayo la
Inquisición romana, a pesar de todos los aparentes elogios, se interesaba por
los antecedentes de Galileo Galilei. Su nombre quedó, así, «anotado» en las
actas de la Inquisición.
Galileo tenía buenas razones para no dejarse impresionar por los homenajes que
le tributaron en Roma.
Vista parcial de la ciudad del Vaticano. A la derecha puede verse el
castillo de Sant' Angelo; a la izquierda, la cúpula de San Pedro.
Un
amigo suyo, Paolo Gualdo, sacerdote en Padua, le advirtió en una carta: «Acerca
del movimiento de la Tierra, no he hallado hasta ahora a ningún filósofo ni
astrónomo que pudiera suscribir la opinión de V. S. y mucho menos querrán
hacerlo los teólogos; piénselo, pues, bien antes de sostener públicamente que
esta opinión es cierta, ya que muchas cosas son las que se pueden decir a guisa
de disputa y que no deben tenerse por verdaderas, máxime cuando la opinión
universal está en contra, puede decirse que desde la creación del mundo.
Disculpadme, porque el gran respeto que tengo a vuestra reputación me hace
hablar de este modo. Me parece que habéis adquirido suficiente fama mediante
las observaciones de la Luna, los cuatro planetas y otras cosas semejantes, sin
necesidad de apoyaros en algo que tanto repugna a la inteligencia y comprensión
de los hombres…». Resulta asombrosa la exactitud con la que Gualdo sabe
distinguir aquellos descubrimientos que encontrarían el reconocimiento general
de los que tropezarían con un rechazo absoluto. No parece que Galileo poseyera
esta claridad de criterios al abandonar Roma.
Capítulo 8
Una apasionada polémica con los peripatéticos
También
en Roma, en la medida en que pudo disponer de su tiempo, entre el bullicio de
los homenajes, conversaciones y negociaciones, observó Galileo diligentemente
el cielo estrellado. En abril consiguió medir el periodo de revolución de los
satélites de Júpiter. Al propio tiempo, dirigió el punto de mira al Sol y halló
un nuevo objeto de estudio: las manchas solares. De vuelta a Florencia, se
enzarzó en una polémica acerca del problema de la relación entre cuerpos
sólidos y fluidos con los seguidores de la antigua escuela, los peripatéticos,
que obtenían su saber menos de la naturaleza que de las obras de Aristóteles.
Cuestiones que durante muchos siglos se habían respondido con la doctrina de
las cuatro cualidades (calor, frío, sequedad y humedad), aparecían bajo una
nueva luz a través del pensamiento de Galileo. Sus adversarios sostenían que el
hielo era en realidad más pesado que el agua, pues el frío actuaba condensando
y lo condensado es más pesado que lo fluido. Galileo lo contradijo.
El hielo flota sobre el agua; mediante la fusión disminuye su volumen y por
ello se le debe considerar agua dilatada o rarificada. La polémica fue
apasionada, pues en realidad no se trataba tanto del comportamiento de la
naturaleza del agua y del hielo como del método de conocimiento. Así nació, en
el otoño de 1611, el Discurso sobre los cuerpos que flotan en el agua o
se mueven en ella. El trabajo se publicó a finales de mayo o a principios
de junio de 1612 en Florencia. Este mismo año aún fue necesario realizar una
segunda edición. En la introducción se advierte ya que, para Galileo, se trata
de algo más que de un tema especial de física. «Me ha parecido conveniente que
la A. V. quede informada por mí (…) Y como la doctrina que he seguido en el
examen de la cuestión no coincide con la de Aristóteles ni con sus principios,
he considerado que contra la autoridad de aquel extraordinario hombre (…) podrá
argumentarse de mucho mejor modo con la pluma que con la lengua, por lo que me
he resuelto a escribir el presente Discurso».
Busto del filósofo griego Aristóteles (-384 a -322). Se trata de una copia
romana del modelo griego realizado hacia -325, conservada en el
Kunsthistorisches Museum de Viena.
Era
claramente una declaración de guerra, y así lo entendieron sus adversarios,
aunque Galileo evitó toda polémica personal. Pero caracterizó agudamente el
turbio método de pensamiento por el que le resultaban odiosos sus adversarios.
Y éstos se sintieron ofendidos. Entre las numerosas réplicas que le dirigieron
hay una, titulada Consideraciones, de Arturo d’Elci, procurador de
la Universidad de Pisa, de la que Galileo ya era miembro oficial. Aunque Arturo
d’Elci firmó sólo como «traductor» de un académico anónimo, hay pocas dudas
—como presumen también Wohwill y Favaro— acerca de su autoría. Este escrito
polémico es un modelo de defensa de una escuela condenada a la desaparición.
Donde cesa el pensamiento propio se instalan las doctrinas tradicionales. El
procurador ve su posición perdida, pero no puede basar sus lamentaciones en
auténticos argumentos. Así, Galileo puede con razón defenderse fácilmente
caracterizando la lógica del autor de las Consideraciones con
la expresión: «Pero, aunque nosotros, en nuestra ignorancia, nos asombremos de
que las serpientes puedan andar sin pies, no por ello dejan de moverse».
Arturo d’Elci presintió el peligro que re-presentaban, para él y sus
correligionarios, investigadores y pensadores como Galileo. Por ello le ataca y
escribe sobre su obra: «Ahora ya no es tiempo de atender a las burlas, (…) con
banderas al viento viene ya el autor a asaltar, osadamente, la roca de la
doctrina peripatética, hasta ahora invencible y gloriosa (…) No obstante,
apreciar en todo momento a los enemigos y no permitir que crezca su valor y su
fuerza siempre ha sido un precepto militar muy elogiado, sobre todo cuando
aquéllos son locuaces, de ingenio agudo, de inventiva fácil y sedientos de
gloria. Quién sabe cuántos jóvenes de ingenio vivaz y llenos de múltiples
deseos de saber, atraídos por la novedad de la doctrina se desviarán
incautamente del camino llano y seguro de la filosofía peripatética hacia otra
nueva (…) Grande será la pérdida de asistencia a la Universidad y a la escuela
pública y poco serán escuchados los grandes profesores que tienen a Aristóteles
por guia y por primer maestro».
A las Consideraciones de Arturo d’Elci siguieron, en rápida
sucesión, tres panfletos más contra Galileo. En primer lugar, el del lector de
lengua griega de la Universidad de Pisa Giorgio Coresi, y luego los de dos
florentinos, Ludovico delle Colombe y Vincenzio di Grazia. De modo totalmente
incomprensible para el propio empeño de Galileo, ensayaron seudorrefutaciones
con palabras vacías y llenas de referencias a Aristóteles. Donde falta la
lógica se usa la burla y el escarnio como argumentos.
Iglesia de Santa María Maggiore, en Roma.
Además,
del mismo modo que Galileo había dedicado su escrito al gran duque («Al
Serenissimo Don Cosimo II, Granduca di Toscana»), sus cuatro adversarios
eligieron también «mecenas» en la Casa de los Médicis: Arturo d’Elci, a la gran
duquesa María Magdalena; Coresi y Di Grazia, a los hermanos de Cosimo II; y
Colombe, al príncipe Giovanni. La lucha se extendió, al menos aparentemente,
hasta la familia de los gobernantes medíceos.
Galileo comenzaba a preguntarse si había hecho bien al cambiar la república de
Venecia por la monarquía de Florencia.
Por otra parte, también intervinieron en la lucha los amigos de Galileo,
ofreciéndole su apoyo: el príncipe Cesi, Sagredo, Castelli y otros. Conmovedora
fue la esforzada ayuda del pintor Cigoli: «Si queréis contestar a todos, no
haréis otra cosa. Dejad que contesten otros…», le escribió a Galileo y pintó
sobre el re-trato de una Madona, en la cúpula de la capilla papal de Santa
María Maggiore, la luna con sus bordes recortados y sus islillas, tal y como
Galileo la había descrito. El apoyo más importante en aquella lucha en la que
Galileo se vio envuelto en 1611-1612, procedió de Johannes Kepler, cuya Dioptrica apareció
en 1611, difundiéndose pronto en Roma. Poco antes había sacado a la luz
su Narratio de observatis quatuor Jovis satellitibus (Tratado
sobre la observación de los cuatro satélites de Júpiter), en donde confirmaba
con observaciones propias la realidad de los cuatro satélites descubiertos por
Galileo. En la introducción a la Dioptrica, Kleper elogia a Galileo
por haber abierto caminos totalmente nuevos a la astronomía con sus reveladores
descubrimientos. ¡Una gran ayuda en el momento adecuado! El propio Galileo se
había esforzado por moderar el tono de su defensa contra las agresiones. Pero
ahora, su magistral talento, claro, frío e implacable en su modo de expresarse,
entró en acción. Según Castelli, Ludovico delle Colombe fue «no sólo
desplumado, sino desollado y disecado hasta los huesos»[8].
En esta lucha defensiva, Galileo no había tenido satisfacciones. Su último
escrito de réplica contra Grazia permaneció manuscrito. El texto se interrumpe
bruscamente y a continuación figuran sólo las palabras añadidas con letra de
Galileo:
«…
Hasta tal extremo había llegado de indescriptible repugnancia, y sintiéndome
presa de arrepentimiento por lo que había hecho, reconocí de qué modo tan poco
fructífero había malgastado esfuerzo y tiempo».
Hay
que añadir que Galileo no sólo era superior a sus adversarios en el método
científico, sino que también los superaba por su magistral estilo de escritura
y conversación. El mismo hecho de que renunciara con gusto también en sus
tratados científicos a la usual lengua latina, sirviéndose en su lugar del
italiano, fue mal visto por sus enemigos. Igual que Lutero en el ámbito
eclesiástico, Galileo derribó para la ciencia un viejo y sagrado tabú de los
guardianes de la tradición. Conscientemente se dirigió al pueblo, es decir, a
todos aquellos que, independientemente de sus conocimientos lingüísticos,
reunían los requisitos intelectuales necesarios para comprender los problemas
científicos. Pero también esta «ilustración popular» fue mal recibida,
considerada como un acto revolucionario por sus adversarios.
Por mucho que sus adversarios se apasionaran por Aristóteles, Galileo no
dirigió nunca una guerra contra él. Ciertamente, como sucede en el escrito
sobre los cuerpos que flotan en el agua, señaló como erróneas determinadas
representaciones y consideraciones de Aristóteles, sustituyéndolas por las
suyas propias. Pero reconoció sin ambages la grandeza del sabio griego y nunca
se propuso criticarlo, ni siquiera rechazarlo como obsoleto. Para Galileo, se
trataba de la soberanía de los filósofos, de la independencia interior del
pensamiento.
En su Diálogo sobre los dos sistemas del mundo, el libro que más
tarde le llevaría a la ruina, aclaró con palabras carentes de ambigüedad su
postura hacia Aristóteles y hacia los aristotélicos de su época. Allí pone en
boca del ya de por sí ingenuo Simplicio la pregunta: «Y sin embargo, si se
abandona a Aristóteles, ¿quién servirá de guía en la filosofía?». Salviati, que
por regla general sostiene las propias opiniones de Galileo, responde: «Hay
necesidad de guía en los países desconocidos y salvajes, pero en los lugares
abiertos y llanos, sólo los ciegos tienen necesidad de guía; y quien esté
ciego, que se quede en casa; pero quien tiene ojos en la cara y en la mente, de
ellos se ha de servir como guías.
Y no quiero decir con eso que no se deba escuchar a Aristóteles, e incluso
alabo el leerlo y el estudiarlo diligentemente, y sólo desprecio al que a
ciegas se suscribe a cualquiera de sus preceptos, y al que, sin buscar más
razones, los toma como preceptos inviolables; lo cual es un abuso que lleva
tras de sí otro inconveniente mayor, que es que ni siquiera se molesta en
entender la fuerza de sus demostraciones. Y ¿qué cosa hay más vergonzosa que
ver en las disputas públicas, cuando se está tratando de proposiciones
demostrables, ¿cómo alguien, saliéndose por la tangente con un texto,
frecuentemente escrito con otro propósito, intenta cerrar la boca al
adversario? Si alguien hay que quiera continuar los estudios de esta manera, que
renuncie al nombre de filósofo, y que se llame historiador o doctor de la
memoria, que no es conveniente que quien nunca filosofó usurpe el honroso
título de filósofo».
Esta caracterización de los filósofos que se comportan dogmáticamente puede
calificarse verdaderamente de clásica. No se dirige contra ninguna afirmación
determinada, ni contra ningún dogma, sea éste de género religioso, filosófico o
científico, sino contra cualquier declaración dogmática. Para Galileo, es lo
mismo decir sin más razonamientos: «figura en la Biblia» o «la
Iglesia lo enseña», que «la ciencia lo prueba» o «el maestro —sea este
Aristóteles, Tomás de Aquino, Goethe, Karl Marx o Rudolf Steiner— lo ha dicho».
Se yerra constantemente cuando se pone como prueba una cita en el lugar del
esfuerzo propio del conocimiento.
Cada filósofo, más aún, cada ser pensante, se convertirá en un sectario
dogmático si se apropia del trabajo intelectual ajeno. Quede entendido que
estos ataques de Galileo estaban dirigidos contra los peripatéticos de su
tiempo, no contra las oportunas referencias a los pensamientos e ideas de los
Evangelios, de la Iglesia y de los antiguos pensadores. Sin duda, pensaba en lo
que más tarde Goethe llamaría (en su Historia de la teoría de los
colores, capítulo sobre Copérnico) la «imprevista libertad de pensamiento y
grandeza de concepciones», y, finalmente, Rudolf Steiner, «la filosofía de la
libertad». Galileo fue un heraldo temprano de la aspiración humana al
conocimiento libre y basado sólo en las percepciones y razonamientos propios.
Esto es precisamente lo que le procuró muchos enemigos —y amigos—. Era una
cuestión de valor profesar esta actitud de independencia ante el conocimiento
en 1612. Gotthold Ephraim Lessing escribió con la misma arrogante convicción:
«No es la verdad, en cuya posesión se está o se cree estar, sino el sincero
esfuerzo que se ha empleado para alcanzarla lo que constituye el valor de los
hombres. Pues no es a través de la posesión, sino mediante la investigación de
la verdad como crece la fuerza en la que únicamente reside su siempre mayor
perfección. ¡La posesión conduce a la calma, a la pereza y a la vanidad!».
La lucha espiritual de Galileo afectaba sobre todo a los apáticos, quienes,
dándose cuenta de ello, reaccionaron con desusada agudeza y astucia y con la
denuncia.
Capítulo 9
Controversias en torno al copernicanismo
En
marzo de 1613 apareció, como resultado de las observaciones del Sol realizadas
por Galileo, el trabajo Sobre las manchas solares. En el Discurso
sobre los cuerpos flotantes hay ya un anuncio de ello: «Menciono
además las observaciones de algunas oscuras manchas que aparecen en el cuerpo
solar y que por los cambios de su posición en el mismo hacen muy verosímil que,
o bien el Sol se mueve alrededor de sí mismo, o bien quizá otras estrellas (…)
se muevan a su alrededor».
La percepción que tuvo Galileo de los satélites de Júpiter fue un
descubrimiento totalmente nuevo. Nadie antes que él había manifestado nada
semejante. El fenómeno de las manchas, por el contrario, era conocido desde
hacía mucho tiempo, pero faltaba una interpretación exacta. Hay, por ejemplo,
numerosas indicaciones sobre el aparente oscurecimiento del Sol en la
literatura astronómica china. También los árabes se habían ocupado del tema.
Asimismo, la idea de que el Sol tenía un movimiento en torno a su propio eje no
era nueva. Giordano Bruno, el inglés Edmund Brutuis y Johannes Kepler lo habían
pensado antes que Galileo, aunque sin poder fundamentarlo.
La observación entró en una nueva etapa cuando, casi simultáneamente y de
manera independiente, tres astrónomos se ocuparon del asunto con ayuda del
telescopio: el frisio-oriental Johann Fabrizius, hijo del astrónomo David
Fabrizius, de Osnabrück; el profesor de astronomía y jesuita de Ingolstadt,
Christoph Scheiner y, finalmente, el propio Galileo Galilei. Entre estos dos
últimos se entabló una disputa de prioridad desarrollada con inusual acritud, y
la amarga enemistad que de aquí surgiría tendría después trágicas consecuencias
para Galileo. Por todo ello no deja de resultar paradójico que Fabrizius se
anticipara a ambos, publicando sus observaciones en 1611, en Wittenberg, con el
título: Joh. Fabricii Phrysii de Maculis in Sole observatis et
apparente earum cum Sole conversione Narratio. Pero Scheiner y Galileo,
cuando comunicaron sus observaciones al mundo, no tenían ningún conocimiento
del escrito de Fabrizius.
El padre Christoph Scheiner observa las manchas solares. En Rosa Ursina
(1630). La disputa entablada con este astrónomo tendría trágicas consecuencias
para Galileo.
Pero
el trabajo de Scheiner apareció en Augsburgo en 1612, bajo el seudónimo Apelles
latens post tabulam (Apelles oculto detrás del cuadro), en atención a
la orden provincial de la Compañía de Jesús. Este trabajo fue desarrollado en
forma de tres cartas que el autor apócrifo dirigió a Markus Welser, editor de
Augsburgo. El intento de Scheiner de esclarecer las manchas solares no pasó de
conjeturas que luego no se confirmaron. Las tomó, como a Venus y Mercurio, por
pequeñas lunas que giraban alrededor del Sol.
La importancia de las Cartas de Apelles estriba en que, como
alcanzaron una gran difusión, consiguieron atraer considerablemente la atención
pública sobre las manchas solares que ahora también centraban el interés de
Galileo. Pero Galileo debió de sentirse ofendido. Sus descubrimientos habían
sido mencionados por Scheiner, pero no su nombre; asimismo, su interpretación
del fenómeno había sido discutida y cuestionada. Scheiner había hablado en
términos de sus propios «Descubrimientos sobre las Manchas Solares». Las
respuestas de Galileo establecieron, con precisión cada vez mayor, que las
manchas no pueden estar fuera del Sol, que pertenecen al propio Sol y que
constituyen una demostración muy exacta del movimiento de este astro alrededor
de su propio eje.
En abril de 1613 apareció en Roma, como conclusión de una polémica que se había
desviado hacia detalles muy desagradables, la obra de Galileo Istoria e
dimostrazioni intorno alie macchie solari e loro accidenti. La edición
corrió a cargo de la Accademia dei Lincei, y estaba dedicada al florentino
Filippo Salviati, en cuya villa había realizado Galileo muchas de sus
observaciones solares. Sus amigos romanos Cesi, Cigoli y Luca Valerio pusieron
todos los medios a su alcance para que el escrito decidiera la cuestión de
prioridad a favor de Galileo y, al propio tiempo, que en estilo y contenido no
manifestase nada que pudiera provocar la intervención de la censura.
Después de que Scheiner fuese reconocido como el autor de las Cartas de
Apelles, resultaba necesario ser a la vez claro y prudente, pues el jesuita
tenía una relación mucho más estrecha con el tribunal de la Inquisición romana
que Galileo.
Aparentemente se trataba de la explicación de las manchas solares, pero en
realidad había comenzado la lucha en torno a la concepción copernicana del
mundo. Todo cuanto Christoph Scheiner afirmó se adaptaba por completo al
pensamiento de Aristóteles y Tomás de Aquino. En cambio, la exposición de
Galileo aportaba más material para la fundamentación del copernicanismo. El
propio Galileo lo dice en la discusión epistolar con Apelles-Scheiner: «A los
muchos peritos en la ciencia astronómica les bastaba haber entendido cuanto
escribe Copérnico en sus Revoluciones para convencerse tanto
del movimiento de Venus alrededor del Sol como de la verdad de las otras partes
del sistema».
En el tiempo transcurrido entre las diversas cartas —Galileo respondió a las
tres Cartas de Apelles, dirigiendo a su vez a Welser tres escritos más—,
descubrió que las dos estrellas que al principio había demostrado que giraban
alrededor de Saturno, se habían ocultado. Con ello aparecía un nuevo enigma en
el sistema planetario que esperaba su solución por los astrónomos. ¿Quizá se
había equivocado Galileo y la «forma triple» de Saturno había sido una ilusión
óptica? «¿Ha devorado Saturno», se pregunta, recurriendo al mito clásico, «a
sus propios hijos?» (…) «¿Ha llegado tal vez el tiempo en que la esperanza, que
estaba ya próxima a secarse, volverá a reverdecer para aquellos que (…) habían
considerado todas las nuevas observaciones como falaces y totalmente
insostenibles?».
Galileo hace la presentación «oficial» del anteojo al Dux de Venecia, el 24
de agosto de 1610 (Óleo de Giuseppe-Bertini).
Galileo,
que se sentía absolutamente seguro de sus afirmaciones, estaba convencido de
que fenómenos tales como el eclipse de los astros que circundan a Saturno
servirían precisamente para afianzar su doctrina, cuando se los observara con
exactitud y durante suficiente tiempo. «Tanto si los fenómenos se presentan
como yo espero, como si lo hacen de otro modo, digo a V. S. que también este
astro contribuirá admirablemente, y quizá en no menor modo que las apariencias
del cornudo Venus, a la armonía del gran sistema copernicano, hacia cuyo más
completo descubrimiento tan favorables vientos nos impulsan y tan luminoso
séquito nos ilumina el camino, de modo que ya hemos de temer poco a las
tinieblas o travesías».
Página manuscrita con las primeras observaciones acerca de Júpiter.
Estas
frases muestran de manera casi pasmosa hasta qué punto Galileo, con el
consentimiento del investigador y descubridor afortunado, se dejaba llevar por
sus deseos más allá de lo que le permitía su ciencia. Al mismo tiempo que
aparecían sus adversarios y se acumulaban las primeras tempestades en su
contra, él creía sentir «vientos favorables» y pensaba que «hemos de temer poco
a las tinieblas o travesías». No daba la debida importancia a la hostilidad que
despertaba en quienes se consideraban guardianes de la concepción tradicional
del mundo.
Pero incluso los bien dispuestos tenían extraordinarias reservas para aceptar
las ideas centrales de Copérnico, a saber: el movimiento de la Tierra alrededor
de su eje y alrededor del Sol.
En este sentido, Paolo Gualdo de Padua le comunica, el 27 de mayo, lo difícil
que le resulta a Markus Welser, alcalde de Augsburgo, comprender las ideas
fundamentales de la nueva concepción del mundo: «Habría que concederle aún un
tiempo para que pueda seguir a Galileo también en el punto del movimiento de la
Tierra, pues le cuesta encadenar de tal forma su espíritu».
Nicolás Copérnico, según un retrato de la época (hacia 1570).
No
sólo había nuevas ideas que aceptar; la antiquísima disposición de ánimo de
sentirse, junto con la Tierra, en el centro de los acontecimientos del mundo
era difícil de abandonar. Incluso una figura tan eminente como el astrónomo
Tycho Brahe, que en cierto sentido fue el maestro de Kepler, no lo apoyó.
Retrato de Tycho Brahe.
Pero
la oposición decisiva surgió de los creyentes en la Biblia. En este
contexto se colocó la inexorable palabra «incompatibilidad» en el platillo de
la balanza, trazándose de este modo una barrera infranqueable. A partir de ese
momento la cuestión se planteó inequívocamente así: ¿Hay que hacer compatible
la doctrina del movimiento de la Tierra con los textos bíblicos? Además, para
cualquiera que conociera más o menos las relaciones de poder en aquellos
tiempos resultaba totalmente claro que con una negación de esta pregunta
cardinal, Galileo sería tachado de hereje y vería su vida comprometida.
En el Concilio de Trento se había decretado, frente a las interpretaciones de
Lutero sobre la Biblia, «que en adelante nadie que confiara en su
propia prudencia debería atreverse, en cuestiones de fe y costumbres que atañen
al contenido de la doctrina cristiana, a alterar o interpretar las Sagradas
Escrituras según su propio criterio, contra el sentido que ha aceptado y acepta
la Santa Madre Iglesia, que es a quien corresponde decidir sobre el sentido
verdadero y la interpretación de las Sagradas Escrituras, o incluso contra el
concorde juicio de los Padres».
El primero en aparecer en escena es, de nuevo, el ya conocido por nosotros
Ludovico delle Colombe. Con mucha prosopopeya cree aportar pruebas en favor de
Aristóteles y Ptolomeo y poner de manifiesto que la nueva doctrina es contraria
al sagrado espíritu de la Biblia.
Aunque este escrito circuló sólo en forma manuscrita, Galileo recibió una copia
del propio autor. También se hizo llegar, por supuesto, el escrito a los
dirigentes del Colegio Romano. El padre Clavius, nacido en 1577 en Bamberg, aún
llegó a verlo. Murió el 6 de febrero de 1612, antes de que la lucha subterránea
contra Galileo adoptara formas peores. El propio Galileo guardó silencio.
Su fiel discípulo y amigo, el benedictino Benedetto Castelli, proporcionó la
respuesta adecuada, al tiempo que le daba a Colombe el siguiente consejo: «Hará
usted bien en estudiar primeramente los elementos de Euclides, y comenzar,
además, con la definición del punto; esfuércese después por comprender las
teorías de las esferas y los planetas; una vez tenga usted estas nociones, pase
al Almagesto de Ptolomeo y ponga todo su afán en dominarlo bien; una vez
obtenido ese conocimiento, pase usted al libro De las Revoluciones de
Copérnico y si consigue alcanzar la posesión de esta ciencia, de este modo se
dará usted cuenta, en primer lugar, de que la matemática no es una ciencia para
niños, como usted dice en su escrito, sino un estudio para hombres de cien
años, y lo que todavía será más asombroso: cambiará de opinión acerca de
Copérnico y se convencerá de que resulta imposible comprenderlo y no estar de
acuerdo con él». Con otras palabras: Querido amigo, su ignorancia no tiene límites.
Procúrese primero, de una vez, los conocimientos más elementales en matemáticas
y astronomía, antes de creer que puede intervenir en el asunto. Mientras tanto
carece de sentido ni siquiera conversar con usted, y mucho menos aún esperar
algún resultado de una discusión conjunta. Pero todos estos servicios prestados
por la amistad no podían evitar que el veneno de la denuncia: «incompatible con
las Sagradas Escrituras», fuera cada vez más activo. A primera vista parecía
que sólo de Roma, de la Curia y del tribunal de la Inquisición podía surgir una
verdadera oposición a Galileo y al copernicanismo; sin embargo, Galileo
comprendió que el auténtico peligro amenazaba más cerca, a su alrededor, en
Pisa y en Florencia.
Castelli fue invitado a palacio, con ocasión de la presencia del gran duque y
de la gran duquesa madre en Pisa, a dos veladas, durante las cuales tomó parte
en discusiones que giraban en torno al peligro de las nuevas doctrinas. El
relato que de todo ello hizo a Galileo indujo a éste a escribirle una carta, en
la que, con la mayor sinceridad, exponía los motivos que tenía para hablar en
favor de Copérnico y en contra de Ptolomeo, dando además a conocer su opinión
de que la Biblia y la ciencia natural nunca pueden
contradecirse, ya que sólo existe una verdad. «Puesto que es evidente que dos
verdades no pueden contradecirse, el deber de los intérpretes sabios es
plantearse la tarea de mostrar que los verdaderos significados de las Sagradas
Escrituras concuerdan con las conclusiones naturales, en la medida en que éstas
nos resultan seguras y ciertas por el testimonio manifiesto de los sentidos o
por demostraciones irrefutables».
Tan sólo debería tenerse en cuenta que la Biblia no es un tratado astronómico,
sino que ha sido escrita adaptada a la capacidad de comprensión del pueblo
llano. En tanto se trate de clarificar cuestiones de la naturaleza, no es a los
teólogos sino a los físicos a quienes corresponde la tarea de explicar el
sentido, casi siempre metafórico, de las Escrituras. Una «intromisión de las
Sagradas Escrituras en las discusiones científicas» sería inadmisible.
Según Castelli, en la conversación que tuvo lugar en el palacio ducal había
desempeñado un papel fundamental la interpretación del pasaje del Antiguo
Testamento (Libro de Josué, Capítulo 10), como lo había desempeñado ya en
anteriores ataques contra el copernicanismo: «Aquel día, el día en que el Señor
entregó a los amorreos en las manos de los hijos de Israel, habló Josué al
Señor, y a la vista de Israel dijo: sol, detente sobre Gabaon; y tú luna, sobre
el valle de Ayalón. Y el sol se detuvo, y se paró la luna, hasta que la gente
se hubo vengado de sus enemigos. El sol se detuvo en medio del cielo y no se
apresuró a ponerse casi un dia entero. No hubo, ni antes ni después, dia como
aquél en que obedeció el Señor a la voz de un hombre, porque el Señor combatía
por Israel». Galileo insistió en «desmitificar» este pasaje y señaló que el
mismo efecto se produciría si el movimiento de la Tierra se detuviera
momentáneamente, por orden de Josué y con la ayuda de Dios.
El hombre rompe el mapa celeste y descubre las esteras. Grabado anónimo
(hacia 1530).
Además,
Galileo se esforzó por establecer los límites entre la religión y la ciencia
natural, la separación y la unión entre la fe y el conocimiento. Con sus
afirmaciones se sitúa ante el fenómeno primario del cisma interno del hombre,
la escisión moderna entre conocimiento y fe. El propio Galileo era, en
conciencia, como ya vimos, un católico convencido, un hijo fiel de su iglesia.
Pero se resistió a creer que las verdades de fe pudieran contradecir a los
conocimientos de la naturaleza:
«Me
inclino a creer que la autoridad de las Sagradas Escrituras no tiene otra
intención que enseñar a los hombres los artículos y las proposiciones que,
siendo necesarios para su salvación y superando toda comprensión humana, no
pueden hacerse creíbles por otra ciencia o por otros medios sino por la misma
boca del Espíritu Santo. Pero que el mismo Dios que nos ha dotado de sentidos,
razón e intelecto, haya querido que abandonemos su uso, dándonos otros medios
de conocer lo que podríamos saber por ellos, no pienso que sea necesario
creerlo».
Con
otras palabras: ¿Para qué ha recibido el hombre de Dios sentidos e inteligencia
si ello no le sirve para averiguar las verdades?
Al cabo de poco tiempo, una copia de esta carta de Galileo a Castelli se
encontraba en manos de la Inquisición, en Roma, para su inspección y crítica.
Pero todavía tenían que suceder cosas peores. Los celosos dominicos del
monasterio de San Marcos de Savonarola fijaron su atención en Galileo y en su
«herética» manera de pensar. El primero en atacarle fue el padre Niccolò Lorini
desde el púlpito, en noviembre de 1612. Ciertamente, en la polémica todavía no
se mencionaba ningún nombre, sino que estaba dirigida textualmente contra «la
opinión de ese Ipernico o como quiera que se llame», cuyas doctrinas se
encuentran en manifiesta contradicción con los textos sagrados. Sin embargo,
todos los oyentes sabían que se estaba refiriendo a Galileo.
Dos años más tarde, el cuarto domingo de Adviento de 1614, un hermano de la
misma orden que Lorini, el padre Tommaso Caccini, se expresó aún con más
claridad desde el púlpito de Santa María Novella. También a él le había
seducido el pasaje del Libro de Josué. A partir de este pasaje se podría
descubrir hasta qué punto es errónea la doctrina difundida por Nicolás
Copérnico y proclamada ahora también por el matemático Galileo Galilei en
Florencia. Se oyeron las palabras «incompatible con las Sagradas Escrituras» y
«herético».
Si bien Caccini calificaba sus palabras ante todo como una «amonestación
afectuosa», acto seguido intensificaba su vehemente ataque contra las
matemáticas en general, a las que calificaba de arte diabólico, y contra los
matemáticos, señalados como causantes de todas las herejías, de tal manera que
«se les debería expulsar de todos los Estados». Esto ya no tenía nada de
«afectuoso»; era una descarga de artillería. De acuerdo con esto, Lorini y
Caccini se preocuparon además de que en Roma estuvieran bastante informados
acerca de las herejías de los matemáticos de la corte de Florencia. Lorini fue
quien, el 7 de febrero de 1615, envió al cardenal secretario de la Inquisición
romana un ejemplar de la carta de Galileo a Castelli. La carta que lo
acompañaba es típica de un denunciante:
«Porque,
además del deber común de todo buen cristiano, es infinita la obligación que
tienen todos los hermanos de Santo Domingo, por cuanto que fueron determinados
por su Santo Padre a ser los perros guardianes blancos y negros del Santo
Oficio, y en particular todos los teólogos y predicadores; por esto yo, ínfimo
entre todos y devotísimo siervo y afecto de V. S. Ilustrísima, habiendo llegado
a mis manos un escrito, que corre por las manos de todos, debido a aquellos que
son llamados galileístas, que afirman que la Tierra se mueve y el cielo está
inmóvil, siguiendo las doctrinas de Copérnico, donde a juicio de todos nuestros
padres de este religiosísimo convento de San Marcos se contienen muchas
proposiciones que parecen sospechosas y temerarias… viendo no sólo que este
escrito pasa por las manos de todos, sin que nadie se detenga a dar cuenta a
los superiores, y que pretende interpretar las Sagradas Escrituras a su manera
y contra la común exposición de los santos padres y defiende opiniones que se
presentan como contrarias a las santas palabras, advirtiéndose que se habla
poco honrosamente de los santos padres antiguos y de Santo Tomás, quedando
pisoteada la filosofía toda de Aristóteles (de la que tanto se sirve la
filosofía escolástica) y, en suma, que para demostrar un gran ingenio se dicen
mil impertinencias y se siembran por toda nuestra ciudad, que en virtud no sólo
del carácter bondadoso de sus habitantes, sino también de nuestros serenísimos
príncipes tan católica se ha conservado; por todo ello me he decidido a
enviárselo… a V. S. llustrísima para que Vos, como saturado de Santísimo celo y
ya que por el grado que desempeña le corresponde con sus ilustrísimos colegas
mantener la vista despierta ante semejantes materias, podáis, si juzga V. S.
que se requiere corrección alguna, tomar las medidas que consideréis
necesarias… para que el error, pequeño en principio, no sea grande al final».[9]
La
Inquisición romana no podía, ni quería, desatender una declaración semejante.
Tal vez incluso fue solicitada por ella misma.
El 25 de febrero tuvo lugar una primera sesión del tribunal, naturalmente sin
conocimiento de Galileo. Se examinó su carta a Castelli y se hizo constar que
contenía afirmaciones erróneas sobre el sentido y la interpretación de las
Sagradas Escrituras. Entre tanto, el padre Caccini se había trasladado de
Florencia a Roma y vivía en la sede del Santo Oficio, en el monasterio de Santa
María sopra Minerva. El 20 de marzo compareció ante el comisario general de la
Inquisición romana para prestar declaración.
«Declaro,
por consiguiente, ante el Santo Oficio que corre el rumor público de que
Galileo considera como verdaderas las dos siguientes frases: la Tierra se mueve
como un todo con respecto a si misma, en movimiento diario, y el Sol permanece
inmóvil, frases que según mi conciencia y razón están en contradicción con las
Sagradas Escrituras, tal y como las comentan los santos padres, y por lo tanto
contradicen la fe que nos enseña que debemos aceptar como verdadero lo que está
contenido en las Escrituras».[10]
La
piedra había comenzado a rodar, pero, en un principio, sólo a escondidas. Ni
siquiera a los amigos de Galileo, como el príncipe Cesi, monseñor Piero Dini y
Giovanni Ciampoli, generalmente bien informados, les había llegado la noticia
de estos procesos, y procuraron tranquilizar a Galileo, que presentía la
desgracia: «A pesar de que monseñor Dini y yo hemos puesto tanto empeño en
descubrir si sucedía algo digno de mención, no hemos encontrado lo más mínimo»,
escribía Ciampoli a Florencia.
La realidad era muy distinta. En la siguiente sesión de la Congregación
general, el papa fue informado del interrogatorio de Caccini por medio de la
lectura del protocolo. También se informó a la inquisición de Florencia y se le
encargó que interrogara a nuevos testigos. Galileo no sabía nada de nada.
Mientras tanto, después de la muerte de Christoph Clavius (1612) su discípulo
Christoph Grienberger le sucedió como director matemático en el Colegio de los
Jesuítas de Roma. Galileo había confiado en él y en su apoyo. Por ello, fue
para él una decepción que Grienberger, informado de la carta a Castelli, se
expresara de forma tan comedida:
«Le
habría gustado que Galileo hubiera aportado sus pruebas y que sólo después se
hubiera comprometido a hablar de las Escrituras; por lo que a sus argumentos se
refiere, podrían ser evidentemente más plausibles que verdaderos.»[11]
Por
lo general, influyó de manera desfavorable que Galileo exigiera en su carta el
derecho de los científicos laicos a participar en la interpretación de las
Escrituras. Incluso los cardenales Dal Monte y Barberini (el futuro papa Urbano
VIII), que mostraban por aquel entonces sentimientos amistosos hacia Galileo,
se habían escandalizado ante esta exigencia. La advertencia que llegó a
Florencia fue unánime; incluso el cardenal Bellarmino era de la opinión de que
Galileo sólo debía hablar y escribir como físico, matemático y astrónomo,
dejando las manos libres a los teólogos.
Tal y como escribió Osiander en el prólogo a la obra de Copérnico, Galileo
debió limitarse, en opinión de todos ellos, a exponer las cuestiones relativas
al movimiento en el sistema planetario de manera hipotética y no afirmarlas
apodícticamente.
Pero precisamente esto era lo que Galileo no quería hacer, ya que para él se
trataba de la verdad y no de una «filosofía del como sí». ¿Cómo son, en
realidad, los movimientos de los planetas? ¿Quién está en lo cierto, Ptolomeo o
Copérnico? ¿Se mueve la Tierra o permanece quieta? Galileo había volcado todos
sus esfuerzos en responder a estas cuestiones y, por ello, para él no cabía la
componenda de hacer la verdad relativa. Según sus propias palabras, a Copérnico
«hay que condenarlo totalmente o dejarlo tal y como es».
Galileo se abandona a la ilusión de poder ganarse a su favor a la Inquisición
y, especialmente, al cardenal Bellarmino. De nuevo coge la pluma y escribe una
carta de confesión sobre sus investigaciones, dirigida ahora a Piero Dini
(mayo, 1615), en la cual expresa que gustosamente desea atender la advertencia
del padre Grienberger y «confiar la interpretación de la Biblia a aquellos que
entienden infinitamente más de ello». Así escribe y así debía pensarlo también.
Pero siendo así que de lo que se trata ahora es del acuerdo entre investigación
y doctrina eclesiástica, entre saber y creencia, naturaleza y Biblia, acompaña
su carta dirigida a Dini con un trabajo que demuestra exactamente una actitud
contraria. Dini le había comunicado que Bellarmino había introducido en el
campo de batalla, como argumento contra el copernicanismo, el salmo 19, en el
que se dice que el Sol «se alegra como un héroe de recorrer el camino».
Mediante una detallada explicación, Galileo intenta demostrar que este pasaje
puede ser perfectamente entendido precisamente desde su punto de vista, es
decir, el de Copérnico.
Concluye con las siguientes palabras:
«Sabemos
que la idea de este salmo es alabar la ley divina y que, por eso, el salmista
la compara con el cuerpo celeste que es más bello, más beneficioso y poderoso
que todas las demás cosas del mundo sensible; pero, después de haber cantado la
alabanza al Sol, del cual él conoce perfectamente que mueve a todos los cuerpos
del universo en sus órbitas alrededor suyo, pasa a la ley divina que es
preferente. «La ley del Señor» dice él (según el texto latino) «no tiene
manchas, transforma las almas», como si quisiera decir: "la ley es más
excelente que el propio Sol, tanto como el carecer de manchas y poseer la
fuerza de dirigir las almas es superior a estar cubierto de manchas, como lo
está el Sol, y a hacer girar, a su alrededor las esferas corpóreas del mundo
sensible."»
Hay
que leer repetidas veces estas frases complicadas y encadenadas entre sí para
que su contenido resulte claro, porque entonces nos haremos una idea de la
ingenuidad con que Galileo se enfrentó a la Inquisición. Satisfecho, por no
decir poseído, de sus propios descubrimientos y con auténtica fe en la victoria
de la verdad del copernicanismo, confía en poder persuadir con argumentos a sus
adversarios y solicita de sus lectores que acepten que el salmista tenía
información sobre las «manchas solares» y la posición del Sol en el sistema
planetario, en el sentido de Copérnico y Kepler.
Además, lleva a cabo de manera ejemplar precisamente aquello que Grienberger le
habla desaconsejado que hiciera y que él mismo había prometido evitar:
interpreta como investigador científico la Biblia en su propio beneficio. Por
otra parte, el escrito adjunto contiene un comentario que refleja la concepción
de Galileo acerca del fondo espiritual de todas las criaturas y, especialmente,
de la naturaleza del Sol. De modo semejante a Kepler, considera que el Sol,
como centro del sistema, no sólo irradia luz, sino que, de forma análoga a la
actividad del corazón en un organismo, recibe también como un receptáculo la
que refluye de los planetas.
Para él constituye el centro del espíritu que «antes de la creación del Sol y
después del Génesis volaba con su fuerza calentadora y fertilizadora sobre las
aguas». Por eso está en reposo y todos los demás cuerpos celestes le rodean.
Piero Dini, destinatario de este «himno al Sol», estaba dispuesto inicialmente
a transmitir la carta a Bellarmino, pero se lo impidió el príncipe Cesi,
respondiéndole: «No dejaré ver a nadie que no esté con vos la explicación del
Sol, porque no parece que la necesidad del movimiento terrestre haya encontrado
aún una acogida adecuada».
A pesar de la confusión a que le conducía su propio entusiasmo, debió de
advertir que su situación general se hacía progresivamente más peligrosa. La
carta dirigida a Dini no había surtido el efecto esperado y no había conseguido
con ella ampliar el círculo de aquellos que en Roma estaban dispuestos a
defenderle a él y al copernicanismo.
Al no disponer, como sus adversarios, de púlpitos desde los cuales justificar
sus pensamientos, cogió de nuevo la pluma. Como destinataria de su siguiente
«carta» eligió entonces a la muy influyente gran duquesa madre Cristina y le
dirigió la más detallada de sus defensas. Esperaba llegar, a través de Cristina
de Toscana, a un auditorio más amplio que pudiera estar informado tanto acerca
del copernicanismo como de su propia situación personal. El contenido de esta
nueva carta no difiere en los puntos fundamentales del de las dirigidas a
Castelli y a Dini. Sin embargo, Galileo, se esfuerza esta vez, ante todo, en
exponer su relación claramente positiva con la Iglesia, detallando además sus
principales ideas sobre la relación entre fe y conocimiento. Así, comienza con
el testimonio de su plena lealtad a la Iglesia y a sus dirigentes:
«Yo
respeto y acato como las más altas autoridades a las Escrituras, los santos
teólogos y los concilios, y considero, por ello, la mayor temeridad
contradecirlas en lo referente a los preceptos de la Santa Iglesia. Pero no
creo que sea erróneo hablar cuando hay razones para sospechar que otros hombres
desean, por algún motivo personal, escudarse en tales autoridades para fines
muy diferentes de los sagrados propósitos de la Santa Iglesia». Galileo estaba
bien dispuesto a reconocer que la teología era la princesa de todas las
ciencias, sólo que, en su opinión, una princesa debía cuidar de no inmiscuirse
en las cosas que no entendía. En justicia, para poder exigir obediencia, un
príncipe sabio nunca se atrevería a curar a los enfermos o a construir las casas.
Eso lo dejaría en manos de los médicos y de los arquitectos, que precisamente
de esas actividades entienden más que el príncipe. Así, tampoco se les puede
decir a los astrónomos lo que, según la opinión de los teólogos, tienen que
encontrar en los cielos. «Pedir, además, a los profesores de astronomía que
cuiden ellos mismos de protegerse contra sus propias observaciones y
demostraciones, porque no pueden ser más que falacias y sofismas, es algo que
está más allá de cualquier posibilidad de realización, porque esto equivaldría
no sólo a pedirles que no deben ver lo que ven, ni entender lo que entienden,
sino que en sus búsquedas deben hallar lo opuesto a lo que realmente
encuentran».
Galileo
intentaba también aclarar de nuevo en esta carta que para el estudio de la
naturaleza sólo existe una autoridad: la verdad, y que también se acata el
magisterio de la Iglesia cuando se respeta esta autoridad. En este sentido cita
a San Agustín, que escribió: «Lo que los sabios de este mundo han demostrado
acerca de la naturaleza de las cosas, queremos hacer ver que no contradice a
nuestras Escrituras; pero en la medida en que enseñen en sus libros algo que
contradiga a las Sagradas Escrituras, lo consideraremos sin vacilar como
plenamente falso y, de acuerdo con nuestras fuerzas, demostraremos que es
falso». Galileo se refiere aquí a frases que en ocasiones se habían empleado
contra él y contra Copérnico. Pero se aferra a las últimas palabras: «en la
medida en que podamos, demostraremos que es falso», ya que está profundamente
convencido de que no puede existir nada frente al copernicanismo, porque es
verdadero. No se debería prohibir el copernicanismo mientras no sea refutado.
«Si para hacer desaparecer del mundo esa opinión y doctrina bastara con cerrar
la boca a una sola persona… entonces se conseguiría con extrema facilidad. Pero
las cosas no son así, y para llevar a cabo tal decisión habría que prohibir no
sólo el libro de Copérnico y los escritos de los otros autores que defienden la
misma doctrina, sino también toda la ciencia de la astronomía. Además, sería
necesario prohibir a los hombres mirar a los cielos para que no vieran cómo
Marte y Venus están a veces muy cerca de la Tierra y a veces muy distantes,
siendo tanta la variación que éste llega a aparecer cuarenta veces más grande
en un tiempo dado que en otro, y aquél sesenta veces… y aún otras muchas cosas
que los sentidos perciben, que de ningún modo pueden reconciliarse con el
sistema ptolemaico y que constituyen los más fuertes argumentos a favor del
copernicano». Evidentemente, Galileo teme que se produzca una prohibición del
copernicanismo y se defiende atacando: «Prohibir a Copérnico ahora, cuando sus
supuestos se confirman diariamente como los más verdaderos y su doctrina se
refuerza cada vez más a través de muchas nuevas observaciones y mediante el
estudio de su obra por numerosos sabios… parecería, a mi juicio, ir contra la
verdad… cuando ésta se muestra de modo más claro y manifiesto…
San Pedro mártir exhorta al silencio. Pintura de Fra Angélico conservada en
el Museo San Marco de Florencia.
«Prohibir
la ciencia entera, ¿acaso no equivaldría censurar cien pasajes de las Sagradas
Escrituras que nos enseñan que la gloria y grandeza del Altísimo se reconoce
maravillosamente en todas sus obras y se lee de forma divina en el libro
abierto de los cielos?».
En este pasaje aparece el Galileo Galilei que no sólo pretende ser un fiel
servidor de su Iglesia, sino que, más allá de todo celo religioso, es un hombre
devoto y su devoción le dice que la naturaleza es, a su vez, revelación. De
igual modo que la tarea de la teología consiste en descifrar, leer y entender
en las Sagradas Escrituras la revelación oculta de la divinidad, también siente
Galileo la obligación, como científico, de aprender a leer en el libro de la
naturaleza la revelación divina, para alcanzar la verdadera comprensión
espiritual.
«Y
no crea nadie que los más altos pensamientos que están escritos en las páginas
de este libro se han acabado de leer sólo con que observemos el brillo del Sol
y de las estrellas, su salida y su ocaso, que es el límite adonde alcanzan los
ojos de los brutos y del vulgo; no, contienen secretos tan profundos y
pensamientos tan elevados que las noches de desvelo, los trabajos y estudios de
cientos de los espíritus más sublimes aún no han bastado durante miles de años
de investigación ininterrumpida para penetrarlos».
Galileo
está convencido de que Copérnico, Kepler y él mismo son la voz de la verdad, y
que una prohibición de su visión del mundo sólo podría suponer un mal para la
Iglesia y sus instituciones. En su opinión, la Iglesia y la investigación
tienen un interés común —él mismo no pretende de ninguna manera «conseguir un
resultado que no fuera devoto y católico»—. Galileo todavía espera que las
cosas cambien a mejor, según él lo entiende.
En este mismo año de 1615 en que Galileo escribió sus cartas a Piero Dini y a
la gran duquesa Cristina para defenderse de las denuncias de Lorini y Caccini,
apareció en Nápoles un escrito del carmelita Pater Paolo
Antonio Foscarini (1580-1616), titulado Sobre la opinión de los
pitagóricos y de Copérnico. Sin ningún género de restricciones, Foscarini
se declara partidario del copernicanismo, de Kepler y de Galileo. Considera los
antiguos sistemas astronómicos como definitivamente obsoletos. «¿Qué otro se
podrá encontrar mejor que el copernicano?», se pregunta.
Como es un sacerdote y no un astrónomo, se interesa ante todo por el precario
problema de si existe una contradicción de las teorías con las Sagradas
Escrituras. Explica:
«O
bien esa opinión de los pitagóricos es verdadera, o no lo es; si no lo es,
entonces no vale la pena hablar de ella; si es verdadera, nada importa que
contradiga a todos los filósofos y astrónomos… Así mismo, por lo que atañe a
las Sagradas Escrituras, no las perjudicará porque una verdad no puede
contradecir a las otras. De modo que, si la opinión pitagórica es verdadera,
habrá dictado Dios sin duda las palabras de las Sagradas Escrituras de tal modo
que puedan admitir un sentido que concuerde con esa opinión y pueda conciliarse
con ella».
Foscarini
se siente llamado, como teólogo, a acudir en ayuda de los copernicanos. Ordena
en seis grupos las objeciones que pensaba podrían plantearse a partir de
ciertos pasajes bíblicos en contra del nuevo sistema del universo, e intenta
refutarlas. Cuando se publicó su escrito, Foscarini se encontraba en Roma. «Su
escrito no podía haberse publicado en un instante más apropiado», se regocijaba
Cesi en una carta a Galileo… y volvía a engañarse de nuevo.
En este momento Galileo parece haber juzgado la situación de un modo más
realista. Debió de decirse a sí mismo: ¿Cómo va a permanecer callada la
Inquisición cuando «herejes» como Foscarini se han expresado tan vivamente en
favor de estas teorías, aunque sean, según su propia consideración, hijos tan
fieles de la Iglesia? Por eso emprende en noviembre, a pesar de ser tan mala
época, un viaje a Roma para hacer frente a las difamaciones de sus enemigos e
impedir, en la medida de lo posible, la prohibición que amenazaba a la doctrina
copernicana.
Capítulo 10
Una efímera victoria
El
embajador toscano en Roma, Pietro Guicciardini, que en 1611 había hablado con
Bellarmino sobre Galileo, aguardaba su venida con sentimientos contradictorios.
Reconocía plenamente el importante talento y el excepcional espíritu del
matemático de la corte florentina, pero su secretario de Estado en Florencia,
Curcio Picchena, le había expresado claramente lo que pensaba acerca de aquella
nueva visita de Galileo a Roma: «No sé si ha cambiado con respecto a su
temperamento y doctrina, pero sé que ciertos hermanos de Santo Domingo, que
forman parte del Santo Oficio, y también algunos otros le atribuyen malas
intenciones. Este no es el país adecuado para discutir sobre la Luna ni
defender o querer introducir, precisamente en esta época, nuevas doctrinas».
«Esta época», y es algo que no debemos olvidar nunca para comprender el «caso
Galileo», es la época de la Contrarreforma. Y la disposición de ánimo que
Galileo encuentra en las personas competentes está también influida por ella.
Al cabo de unas pocas semanas comprende que se le han tendido tantos lazos que,
si no «hubiera venido a Roma, habría caído irremediablemente en ellos y no
habría podido después zafarse nunca, o en todo caso, no sin grandes
dificultades». Le han arrebatado todas las ilusiones que durante tanto tiempo
había alimentado. Conoce todo el juego de intrigas de Roma, pero sobre todo las
de los dominicos y jesuitas asociados a las autoridades inquisitoriales. De
ello se lamenta en la carta a Picchena: «Me lo reservo todo hasta la
comunicación oral, pues tendré que informar de cosas increíbles, que han sido
forjadas en tres potentísimas fraguas: la ignorancia, la envidia y la
impiedad». (Enero de 1616).
De este modo pensaba Galileo después de dos meses de experiencia romana. A
primera vista, parecía realmente distinto. Vino con cartas de recomendación de
su gran duque a diversas personalidades de elevada posición, como los
cardenales Borghese, Dal Monte y Orsini, y fue recibido con todos los honores.
De inmediato buscó, y encontró, numerosas oportunidades de expresar con
franqueza sus ideas. Los amigos pusieron casas y salones a su disposición y en
ellos tuvieron lugar, según la composición de los participantes, charlas,
discusiones y conferencias. Los informes de monseñor Antonio Querenghi han sido
muy valiosos para conocer lo que ocurrió.
30 de diciembre 1615. «Tenemos aquí a Galileo, que a menudo en reuniones de
amigos de la ciencia organiza charlas sobre las opiniones de Copérnico, que él
considera verdaderas; las reuniones tienen lugar casi siempre en la casa del
señor Cesarini…»[12] 20 de
enero de 1616. «Le agradaría mucho Galileo, si V. S. Ilustrísima tuviera el
gusto de oírlo conversar como a menudo hace entre quince o veinte personas que
le atacan cruelmente, ya sea en una casa ya en otra. Pero él domina tanto la
situación que se burla de todos ellos; y aun cuando la novedad de sus opiniones
no consigue persuadir a la gente, convence sin embargo de la vanidad de la
mayor parte de los argumentos con los que los adversarios intentan derrotarlo…
Y lo que más me gustó fue que, antes de responder a las razones contrarias, las
fortaleció y amplió con nuevas razones que parecían invencibles, de modo que,
al derribarlas después, hizo aparecer a sus adversarios aún más ridículos»[13] (Al
Cardenal Alessandro d’Este, Modena).
En casa del cardenal Orsini expone, en decidido apoyo del copernicanismo, su
interpretación del flujo y reflujo del mar, así como de los vientos alisios, y
explica ambos fenómenos como consecuencia del movimiento terrestre. Mientras
que en el caso de los vientos alisios se aproxima mucho a la explicación
actualmente vigente, estaba equivocado con respecto a las causas que provocan
el flujo y el reflujo. Pretende descartar a la Luna como «motor» y hacer
responsable de estos fenómenos tan sólo a la rotación terrestre. Parece una
ironía del destino que Galileo exponga, justamente en los momentos de mayor
peligro en Roma, y con especial detalle, las peores de entre todas sus pruebas.
No obstante, lo más probable es que sus enemigos no lo advirtieran, ya que, por
lo general, no estaban en absoluto en condiciones de seguir sus demostraciones,
ni mucho menos aún de encontrarle faltas en ellas. Wohlwill caracteriza así la
estancia de Galileo en Roma: «Lo que Galileo ofreció a sus oyentes romanos como
principal causa de las mareas fue, sin duda, un sofisma, y resulta
verdaderamente trágica la ilusión con que él, precisamente entonces, cuando era
necesario aplacar y convertir a los espíritus obstinados, saca a la luz como
argumento más fuerte a favor del movimiento de la Tierra ese conocimiento
—basado en un error— que durante décadas había conservado oculto».
Entre todos los encuentros que Galileo tuvo en Roma, debía de considerar su
conversación con el cardenal Roberto Bellarmino como la más decisiva para su
futuro. En aquellos momentos Bellarmino era la personalidad central de la Curia
y de la Inquisición. De dicha conversación, sólo conocemos el resultado:
Galileo no consiguió atraer a su lado a este diplomático romano de primer
rango. Con ello quedaba confirmada su derrota, que se produjo en el corto
espacio de tiempo que media entre el 19 de febrero y el 3 de marzo de 1616. Las
etapas del proceso que llevó a cabo el Santo Oficio para la condena del
copernicanismo fueron:
·
19 de febrero. Por orden del papa se
requirió a once teólogos competentes en la materia a que probaran la validez o
invalidez de las dos siguientes sentencias: 1) El Sol es el centro del mundo y,
por consiguiente, está inmóvil. 2) La Tierra no es el centro del mundo ni está
inmóvil, sino que se mueve con respecto a sí misma, y además con movimiento
diario.
·
23 y 24 de febrero. Deliberación de los
once teólogos, casi todos dominicos o jesuitas, que concluyó con la siguiente
sentencia, por unanimidad: «ad. 1, que esta afirmación es insensata y absurda
filosóficamente y formalmente herética, puesto que contradice expresamente
numerosos pasajes de las Sagradas Escrituras tanto en su significado literal
como según la correspondiente exposición de los santos padres y de los doctores
teólogos; ad. 2, que la segunda sentencia debe juzgarse filosóficamente como la
primera, y con respecto a la verdad teológica, cuanto menos errónea en relación
a la fe».
·
La sentencia sobre el copernicanismo fue
firmada por los once teólogos.
·
25 de febrero. El cardenal Bellarmino
recibe la orden del papa de llamar a Galileo y exhortarle a comportarse de
acuerdo con esta sentencia.
·
26 de febrero. Galileo se presenta en el
palacio del cardenal Bellarmino. En presencia del comisario del Santo Oficio,
P. Michelangelo Leghizzi de Lauda, el cardenal le informa acerca de lo erróneo
de su opinión y le exhorta a abandonarla. Galileo expresa su sometimiento a la
orden.
·
3 de marzo. Bellarmino informa en la
sede de la Congregación General de la Inquisición romana acerca del
sometimiento de Galileo. El decreto en contra del copernicanismo es leído y se
ordena su publicación.
·
5 de marzo. Se publica el decreto,
firmado por el prefecto de la Congregación del Indice, el cardenal Sfondrati, y
por el secretario de la misma, el dominico Francescus Magdalenus Capiferreus.
Se adjuntaba la determinación de «hacerlo público en todos los lugares». El
decreto no contenía el nombre de Galileo. En su lugar se nombraba expresamente
el libro de Nicolás Copérnico De revolutionibus orbium coelestium, así como el
escrito de Diego de Zúñiga sobre Job y la obra del P. Antonio Foscarini.
Mientras que los libros de Zúñiga y de Copérnico sólo debían ser suspendidos
hasta que fueran corregidos, el escrito de Foscarini era totalmente prohibido y
condenado. «Nadie, cualquiera que sea su grado o posición y bajo las penas que
se ordenaron en el Santo Concilio tridentino y en el Indice de libros
prohibidos, puede atreverse a imprimir o a dejar que se impriman los
mencionados escritos, así como tenerlos consigo o leerlos…»
En
1543 se había publicado la monumental obra del canónigo de Prusia del Este,
Nicolás Copérnico, que sólo alcanzó repercusión en círculos muy restringidos.
Setenta y tres años después se veía sometida a ese juicio condenatorio de la
Congregación del Indice. Hasta 1835 no sería borrada del Indice, e incluso muy
avanzado el siglo XX ha tenido la Iglesia romana que experimentar las
consecuencias de este atentado contra la libertad de pensamiento de sus fieles.
Con esta resolución acababa también el primer acto del «caso Galileo». Cayó el
telón y siguieron siete años de silencio.
Nadie puede decir con seguridad lo que sucedió en el alma de Galileo Galilei
después de esta sentencia de muerte contra el copernicanismo. Sus enemigos
habían triunfado; sus amigos intentaron consolarle. Al fin y al cabo, había
salido bien librado. Ni siquiera sus escritos, como los referentes a las
manchas solares, que entrañaban una terminante adhesión a Copérnico, habían
sido prohibidos. A pesar de ello, todo el mundo tenía claro que el proceso
contra Copérnico, Foscarini y sus correligionarios se había dirigido en primer
lugar en contra de Galileo. Ahora le había prometido a Bellarmino que
intentaría «enmendarse». Pero su nervio vital había sido herido, aunque en
apariencia Galileo se había mostrado extrañamente reservado y tranquilo.
Sin embargo, corrieron rumores por todas partes que nuevamente lo difamaban.
Según éstos, Galileo había tenido, y así lo comunica Castelli desde Pisa, «que
abjurar ante el cardenal Bellarmino». Por otra parte, a su amigo Sagredo, de
Venecia, le llegó la noticia de que Galileo había sido citado a Roma por la
Inquisición para ser sancionado a causa de sus falsas y heréticas teorías, con
penitencias, ayuno, negación de los sacramentos y otros castigos. Para acabar
con estas falsas murmuraciones y sospechas difamatorias, cuya fuente Galileo
podía fácilmente imaginar, se dirigió a Bellarmino con el ruego de que le
confirmara, en un escrito de rehabilitación, la inconsistencia de los rumores
recogidos por Castelli y Sagredo.
El cardenal cumplió de inmediato este ruego y aclaró por escrito «que Galileo
no ha abjurado ante nos ni ante ningún otro aquí en Roma, y menos en otro lugar
que nos sepamos, de opinión o doctrina suya alguna, sino que solamente le ha
sido comunicada la declaración hecha por Su Santidad y publicada por la Sagrada
Congregación del Indice en la que se afirma que la doctrina, atribuida a
Copérnico, de que la Tierra se mueve en torno al Sol y de que el Sol permanece
quieto en el centro del mundo, sin moverse de oriente a occidente está en
contradicción con las Sagradas Escrituras y que, por tanto, no se puede
defender ni mantener».
De poco le serviría a Galileo que los cardenales Dal Monte y Orsini escribieran
sobre él a Cosimo II: «Se podría asegurar que no existe la menor mancha en la
persona de Galileo; se despide de Roma con el nombre intacto y con el
encomiástico reconocimiento de todos cuantos le han tratado»[14]. En
Florencia se consideraba su caso con ecuanimidad. El secretario de Estado
Picchena exhortó de modo apremiante a Galileo, a fines de mayo, a que
abandonara ya Roma: «V. S., que ha probado ya las frailunas persecuciones,
conoce perfectamente sus sinsabores; y sus Altezas temen que la permanencia de
V. S. en Roma por más tiempo pueda acarrearos disgustos y por ello preferirían
que, ya que hasta ahora habéis salido de ello con honor, no pinchéis de nuevo
al perro mientras duerme y regreséis lo más pronto posible aquí, pues circulan
rumores que no son favorables y los frailes son todopoderosos»[15]. La
advertencia no podía ser más clara, y también Galileo conocía los colmillos del
«perro que duerme». Así pues, regresó a su casa de Florencia a principios de
junio de 1616, herido, pero no destruido.
Galileo
había viajado a Roma para impedir la inminente prohibición de la concepción
copernicana del mundo. Pero el fervor que puso en ello le ocasionó más
enemistad que amistad. Especialmente, se había acarreado la animadversión de
los jesuitas activos en Roma, y ahora ya no era sólo Scheiner quien, por la
envidia surgida de la disputa sobre prioridad en la cuestión de las manchas
solares, estaba predispuesto contra él. El menosprecio de este poderoso grupo
de la Orden de Ignacio de Loyola y, al propio tiempo, la excesiva autoestima de
sus propios argumentos, le condujo con rapidez al fracaso. Su derrota fue
completa, a pesar del tratamiento aparentemente cortés que recibió.
De no haber sido por eso, las esperanzas que había albergado, antes de su viaje
a Roma, acerca de un giro de las circunstancias a su favor, tal vez podrían
haber resultado confirmadas. Pero ya en 1616 valía el juicio que hizo de la
situación en 1633 el padre Grienberger: «Si Galileo hubiese sabido conservar la
estima de los padres de ese Colegio [de los jesuitas del Colegio Romano]
viviría en el mundo lleno de gloria».
Quizá Galileo no llegó a comprender, ni siquiera entonces toda la gravedad de
la condena de la doctrina copernicana. Estaba demasiado persuadido de su verdad
y, como se consideraba a sí mismo sin ninguna duda un fiel hijo de la Iglesia
romana, no renunció a la esperanza en un posible reconocimiento por parte del
Santo Oficio. Probablemente el comportamiento de Bellarmino también contribuyó
a que Galileo no se curara en Roma totalmente de sus ilusiones.
El cardenal había actuado en el asunto, en lo que a Galileo respecta, con toda
formalidad y distinción. Pero había recibido el encargo del papa, mediante el
decreto del 25 de febrero, de «hacer venir ante él a Galileo y exhortarle a
abandonar el error de Copérnico; y en caso de que rehusase obedecer, el
comisario de la Inquisición debe imponerle de nuevo, ante notario y testigos,
la prohibición. Pero si aún sigue ofreciendo resistencia, deberá ser conducido
a la prisión». Hay que suponer que Galileo nada supo de esta amenazadora
versión. Pero tal vez la autoridad inquisitorial sí tenía conocimiento, a
través del cardenal Mellinus, de esta disposición papal. Actualmente se
sospecha que la disposición se añadió a las actas mucho más tarde, tratándose,
por tanto, de una falsificación. No existe ninguna razón convincente que abone
tal sospecha —tampoco la hay en la aclaración entregada por Bellarmino para la
«rehabilitación» de Galileo—. Sin embargo, la posibilidad de una falsificación
sigue abierta.
Lo que sucedía en el ánimo de Galileo se desprende de una carta que escribió en
1618 al archiduque Leopoldo de Austria. Éste le había solicitado su escrito
acerca de las manchas solares. Galileo accedió a sus deseos, le envió las
cartas impresas y le adjuntó también su opúsculo acerca «del flujo y reflujo
del mar», que era la copia de una conferencia que había dictado a finales del
año 1615 en casa del cardenal Orsini, «mientras aquellos señores teólogos
deliberaban en torno a la prohibición del libro de Nicolás Copérnico, así como
la teoría de la movilidad de la Tierra sostenida por este autor y considerada
verdadera por mí hasta el día en que estos señores tuvieron a bien prohibir el
libro y declarar falsa la teoría y en desacuerdo con las Sagradas Escrituras».
Así pues, no puede tratarse de que Bellarmino no hubiera manifestado con
bastante claridad la prohibición y por ello Galileo se hubiera ilusionado sobre
lo terminante de la misma. Está claro que entendió plenamente la cuidadosa
formulación del decreto de la Congregación del Indice: La doctrina de Copérnico
es una herejía, se contradice con la doctrina de la Iglesia y está prohibida.
Galileo prosigue en su carta al archiduque: «Ahora sé que me conviene obedecer
y creer en las prescripciones de los superiores, teniendo en cuenta que están
en posesión de altos conocimientos a los que mi humilde espíritu no podría
llegar con sus solas fuerzas». Estas líneas son totalmente irónicas. En
realidad, lo que Galileo está pensando es: esos ignorantes de Roma están
totalmente anticuados en su modo de pensar, pero de nada sirve; mientras ellos
estén gobernando, se debe ceder a la fuerza, hacerse el muerto y esperar a que
pasen sus días. Él se comportó conforme a estas consideraciones, aunque ocasionalmente
las pasó por alto y actuó algo a la ligera.
Por ello, su conocimiento de la prohibición no le impidió proseguir de esta
forma la carta: «El escrito que va adjunto se basa en la movilidad de la
Tierra, o más bien, lo presento como uno de los argumentos físicos que
confirman esta movilidad». ¡Tal y como era de esperar! Inquebrantable,
permanece fiel a Copérnico y difunde sus propios escritos, a sabiendas de que
contienen herejías. Para mantenerse inocente, continúa: «ruego a V. A. lo
considere como un sueño o como una fábula. Tal y como les sucede a menudo a los
poetas que tienen apego a sus fantasías, así también le he tomado yo algún
afecto a esta mi vanidad». Lleva tan lejos este inequívoco sarcasmo con el
propósito de hacer valer sus derechos de prioridad en cualquier circunstancia y
sobre todo en aquellos países en los que no rige la ley romana: «Tras
escribirlo y mostrárselo al mencionado cardenal —se refiere a Orsini— y a un
pequeño número de personas, he hecho llegar algunas copias a las manos de otros
grandes señores, y ello a fin de poder invocar, en el caso de que alguno de
aquellos que, separados de nuestra Iglesia, quisieran atribuirse este capricho
salido de mi pluma, como ha sucedido con otras varias de mis invenciones, el
testimonio de algunas personas intachables y establecer así que yo he sido el
primero en soñar esta quimera… Mi intención era desarrollar lo que había
escrito y tratarlo de manera más extensa y ordenada, pero una voz celeste me
despertó y dispersó en una nube mis confusas y vanas "fantasías"».
Carta manuscrita al archiduque Leopoldo de Austria. La condena del
copernicanismo no disuadió a Galileo de seguir expresando, si bien con cierto
disimulo, sus convicciones científicas.
El
contenido de la carta sobre las manchas solares no deja al lector ninguna duda
de que el conjunto sólo es comprensible en conexión con el sistema copernicano.
Por eso difícilmente se comprende que se exteriorizara la sospecha de que quizá
Galileo había reconsiderado su postura respecto de Copérnico y se había
doblegado interiormente al fallo inapelable de la Iglesia. Por si era
necesario, la carta (que se ha conservado) dirigida al archiduque Leopoldo,
escrita en tono irónico, es una prueba terminante de la postura discrepante de
Galileo desde 1616. Sin embargo, pronto alimentaría de nuevo la esperanza de
que, a pesar de todo, podría lograr algún día para sí el favor de la jerarquía
eclesiástica, es decir, para las ideas copernicanas.
En el año 1618, cuando comenzó la Guerra de los Treinta Años, aparecieron tres
cometas. Dos se perdieron de vista en poco tiempo, pero el tercero estuvo
visible durante un tiempo más largo, a simple vista, en el cielo nocturno. Un
miedo sin límites se desató en el corazón de la población de Europa Central
ante los acontecimientos venideros que creían presagiaba este fenómeno de la
naturaleza. También trajo a la vida de Galileo más inquietudes y renovada
hostilidad.
Tras la invención del telescopio, fue éste el primer cometa que se ofrecía al
nuevo modo de observar de los astrónomos. En los lugares adecuados para ello se
trató de investigar al cometa y se discutieron las observaciones del mismo.
Según Aristóteles, los cometas pertenecen al mundo sublunar y son fenómenos de
la amplia capa que envuelve a la Tierra. Tycho Brahe destruyó esta concepción y
reconoció que los cometas se mueven, sin lugar a duda, en regiones que se
encuentran más allá de la órbita lunar, y no por debajo de ella. De este modo,
las nuevas preguntas a plantear eran qué son los cometas, cuáles son sus
trayectorias y cómo se relacionan con los planetas. Entre los numerosos
investigadores dedicados a estos problemas de la mayor actualidad en aquel
tiempo, figuraban también los sabios del Colegio Romano.
El padre jesuita Oratio Grassi fue el portavoz encargado de dar a conocer
públicamente los esfuerzos realizados en la investigación sobre la naturaleza y
trayectoria del nuevo cometa. Dio una conferencia pública que despertó tanto
interés, que luego se imprimió con el fin de que alcanzara mayor difusión. El
contenido era avanzado, sobre todo por su adhesión a Tycho Brahe; pero el
estilo era el propio de los antiguos métodos, a saber: llegar al final a una
conclusión prefijada de antemano. Galileo se sintió provocado, probablemente
también porque Grassi no había mencionado su nombre. Entonces sus
circunstancias personales le obligaban, como consecuencia de una enfermedad
—probablemente un ataque de reúma—, a guardar cama estrictamente. Por eso,
indujo a su discípulo y cónsul de la Academia florentina, Mario Guiducci, a
divulgar en su lugar el contenido de las conversaciones que ambos habían
mantenido sobre el tema mediante una lectura académica. Esta disertación
también se imprimió, con una dedicatoria al archiduque Leopoldo, y se difundió
rápidamente. No era ningún secreto que Galileo había participado de modo muy
importante, si no decisivo, en su elaboración. El manuscrito existente muestra
incluso que un fragmento esencial fue escrito de su puño y letra por Galileo.
La investigación sobre los cometas se encontraba en aquel tiempo, como hemos
dicho, en sus comienzos. Por eso no es de extrañar que ambas disertaciones
dieran muestras sólo de un lejano atisbo en la comprensión adecuada de los
cometas. Tal vez las interpretaciones de Grassi alcanzaron un grado más elevado
de exactitud, de acuerdo con el estado de la cuestión, que las de Guiducci;
pero, sin duda, el método de Grassi era el viejo, y el de Galileo, el nuevo.
Wohlwill acierta cuando dice: «Incluso en el error, piensa Galileo de una forma
más científica que su adversario».
El papa Urbano VIII.
Pero
las consecuencias eran evidentes. Para el Colegio Romano, cuyos sabios jesuitas
no dudaron en ningún momento que Galileo era el verdadero autor de la réplica,
se trataba de una ofensa. Entre líneas, lo entendieron como si estuviera
dirigido contra dicho Colegio como institución, es decir, «contra los
jesuitas». Un amigo de Galileo, Ciampoli, le informó, preocupado, desde Roma:
«Los jesuitas se consideran gravemente ofendidos y se preparan para dar una
respuesta».
Y la respuesta, que apareció ese mismo año (1619), la presentó un tal Lotario
Sarsi de Sigensa, con el título Balanza astronómica y filosófica.
Era fácil reconocer que bajo el nombre de Lotario Sarsi Sigensano se escondía
Oracio Grassi de Salona, oculto tras un anagrama, tal y como en aquel tiempo
era práctica frecuente. Pero, así como hasta entonces Grassi había luchado sin
dar la cara, Sarsi planteó abiertamente la batalla. De nuevo la verdad y el
error no estaban completamente de un solo lado, pero también ahora el método de
Sarsi es el escolástico anticuado, mientras que el de Galileo es el propio de
la ciencia de la naturaleza. Por ello, el escrito resultaba peligroso en su
intención, pues era evidente el deseo de provocar a Galileo y hacer que se
pronunciara a favor de Copérnico.
Así, Sarsi se refiere en él repetidas veces al decreto de la Congregación del
Índice. Niega que sus ideas se basen esencialmente en Tycho Brahe, pero luego
pregunta: «… Y si así fuera, ¿es un crimen tan grande? ¿A quién debía seguir en
su lugar? ¿A Ptolomeo?… ¿Tal vez a Copérnico? Pero quien es piadoso tratará más
bien de alejarse de él y rechazará y condenará la hipótesis recientemente
condenada. Por lo tanto, el único a quien podemos elegir de entre todos como
guía en los desconocidos cursos de las estrellas es a Tycho. ¿Por qué,
entonces, se apasiona Galileo contra mi Maestro, por qué éste no lo refuta?».
Más claro no puede estar; sin embargo, Sarsi lo indaga: «Llegados a este punto,
escuché una voz débil y tímida que me susurró al oído: el movimiento de la
Tierra. ¡Apártate de mí, oh, palabra ajena a la verdad y cruel para los oídos
piadosos! A fe mía que fue prudencia susurrarlo a media voz, pero, así las
cosas, con la opinión de Galileo sucedería que no tendría otra base que estas
falsas razones, pues si la Tierra no se mueve…». Y de este modo hacía
intervenir en la discusión de nuevo este peligroso tema. La opinión de Galileo
sobre los cometas sólo se comprende si se la considera en relación con el
movimiento de la Tierra, pero ningún buen católico se atrevería, ni
remotamente, a sostener esta herética opinión. Y concluye el hipócrita Sarsi:
«Sin embargo, éste nunca ha sido el caso de Galileo, pues siempre lo he tenido
por devoto y religioso».[16]
Para Galileo no había duda de que esta provocación abierta exigía una
respuesta. Sin embargo, ¿cómo responder a este refinado y alevoso ataque?
Galileo se tomó tiempo. Más de tres años necesitó para tener listo el
manuscrito y un año más para vencer todas las resistencias, tras de lo cual y
con el título Il Saggiatore (El ensayador, el que pesa con una
balanza, llamado por ello también abreviadamente La balanza de oro) apareció en
Roma la respuesta a Lotario Sarsi Sigensano. Il Saggiatore también
está escrito en forma de epístola, dirigida al monseñor Virginio Cesarini,
amigo de Galileo en Roma, tesorero del papa y miembro de la Accademia dei
Lincei. En el último instante se incluyó en el libro una dedicatoria a Urbano
VIII, que poco antes había sido nombrado papa.
El valor científico del libro no debe estimarse como especialmente alto y no se
puede comparar en este sentido, por ejemplo, con el de El Mensajero de
los astros, que aportó una gran cantidad de nuevas observaciones. En
cambio, el trabajo destaca por la agudeza con la que, polémicamente, se
argumenta en él y por la claridad de su método científico. También ha sido
alabado por los especialistas italianos por el magistral estilo de su prosa.
La licencia de impresión de la Inquisición la dio el entonces censor, padre
dominico Niccolò Riccardi (1585-1639), con las más elevadas palabras de
reconocimiento:
«He
leído por orden del Rvdmo. P. Maestro del Sacro Palacio esta obra El ensayador,
y no sólo no encuentro en ella nada que desdiga de las buenas costumbres ni que
se aleje de la verdad sobrenatural de nuestra fe, sino que he encontrado tantas
bellas consideraciones sobre nuestra filosofía que considero que nuestro siglo
no podrá vanagloriarse en el futuro únicamente de haber sido el heredero de las
fatigas de los pasados filósofos, sino también de ser el descubridor de muchos
secretos de la naturaleza que aquéllos no pudieron descubrir, gracias a la
sólida y sutil investigación del autor; me considero dichoso de haber nacido en
un tiempo en el que, no con la romana y a bulto sino con balanzas de exquisita
precisión, se sopesa el oro de la verdad».[17]
¡Y
esto, del censor de la Inquisición! Se comprende que Galileo se hiciera nuevas
ilusiones. Pero no debe pasarse por alto que este apoyo por parte de los
dominicos se producía a costa de los jesuitas. Éstos salían perdiendo y, como
puede suponerse, de este modo se ahondó su enemistad, hasta convertirse en
odio, en contra de Galileo, que tan elogiado y acreditado resultó.
La lucha de Galileo se había convertido en una lucha interna de poder en el
seno de la dirección de la Iglesia romana. Así lo ve también el destinatario
de Il Saggiatore, el tesorero papal Cesarini: «Nos armaremos contra
esos adversarios con el escudo de la verdad y además con el favor de las
superioridades». En esta época, la esperanza en el favor de las superioridades
estaba justificada, pues el 6 de agosto de 1623 el cardenal Maffeo Barberini
había subido al trono papal bajo el nombre de Urbano VIII. Galileo tenía
motivos para pensar que ahora uno de sus amigos había alcanzado el puesto de
«Sucesor de Cristo» en la Tierra. En efecto, Maffeo Barberini, a quien Galileo
conocía personalmente desde que se entrevistó con él en Florencia, le había
dedicado, para honrarlo, un poema compuesto por él mismo en agosto de 1620:
Adulatio perniciosa. Además, numerosas cartas de Barberini a Galileo ofrecen
testimonios repetidos del respeto hacia sus importantes trabajos. Asimismo,
otro amigo de Galileo, Giovanni Ciampoli, fue nombrado secretario de breves,
siendo requerido a la curia como tesorero. También el príncipe Cesi pertenecía
a los círculos cercanos al nuevo papa.
El papa hizo que le leyeran, en largas sesiones durante las comidas, el
libro Il Saggiatore tan pronto como lo recibió, y lo escuchó
desde el principio hasta el final con aprobación y deleite. Cuando el príncipe
Cesi se presentó a la audiencia, el papa lo recibió con las palabras: «¿Viene
Galileo? ¿Cuándo viene?». Esta nueva situación debió de enardecer el ánimo de
Galileo. «Ahora o nunca», le escribe al príncipe Cesi, «en circunstancias tan
favorables es cuando debemos de procurar la realización de nuestros deseos»[18]. Tras las
palabras de Galileo se esconde, por supuesto, la esperanza de que ha llegado el
momento de lograr el reconocimiento por parte de la Iglesia del doble
movimiento de la Tierra. En consecuencia, se puso en camino y viajó por cuarta
vez en su vida a Roma. Durante el viaje se detuvo en Acquasparta, en la
residencia del príncipe Cesi, para planear con éste los siguientes pasos.
Precisamente en esos días de abril de 1624 murió en Roma, de tuberculosis
pulmonar, su fiel amigo Virginio Cesarini. Había esperado con anhelo la venida
de Galileo, pero falleció inmediatamente antes de que éste llegara.
Galileo fue recibido con todos los honores por muchos dignatarios romanos y el
papa le concedió, en el curso de dos meses, seis largas audiencias. Por
desgracia no existe ningún protocolo acerca de estas entrevistas. Sólo es
seguro que Galileo le expuso al papa entusiásticamente su problema cardinal y
solicitó una derogación del decreto contra la doctrina copernicana. Pero,
evidentemente, en esta cuestión se estrelló contra un muro de hierro. Por lo
demás, la postura del papa seguía siendo extremadamente afable.
Retrato del gran duque Ferdinando II, por Justus Sustermans.
Con
obsequios (entre otros: una pintura, una medalla de oro y otra de plata) y
bendiciones, Galileo fue despedido amablemente por Su Santidad hacia Florencia.
En su viaje de regreso, el sabio llevó con él una misiva del papa al gran duque
Ferdinando II: «Hace ya mucho que abrazamos a este gran hombre, cuya gloria
ilumina los cielos y recorre la tierra con amor paternal. Pues conocemos no
sólo el brillo de su sabiduría, sino también el celo de su devoción, y es rico
en esa sabiduría que fácilmente se hace merecedora de nuestra benevolencia
papal. Pero ahora, habiendo venido a Roma para felicitarnos por la dignidad
papal, le hemos acogido con el mayor amor y hemos escuchado con regocijo en
repetidas ocasiones cómo aumenta el brillo de la elocuencia florentina con
sabias disertaciones. Ahora bien, no queremos que regrese a su país sin una
rica dote de amor papal. Todo el bien que Tú, muy noble príncipe, a él le
dispenses nos llenará de satisfacción».
Rara vez ha sido rechazado un hombre importante de tan elegante modo y ha
fracasado tanto en los asuntos para él centrales como le aconteció a Galileo
Galilei en Roma, en la primavera de 1624.
Hay que añadir que en el intervalo de tiempo que media entre 1616 y 1624, a
Galileo le sucedieron muchas cosas en el terreno privado. Las expondremos
abreviadamente:
·
1616. El 4 de octubre ingresa su hija
Virginia Gamba en un monasterio, con el nombre de María Celeste.
·
1617. La Universidad de Bolonia insinúa
a Galileo que solicite la cátedra de matemáticas que había quedado vacante. En
marzo se dirige a Livorno, para experimentar con un nuevo instrumento náutico,
una especie de anteojo doble. En octubre ingresa en el monasterio su segunda
hija, Livia Gamba, bajo el nombre de hermana Arcángela.
·
1618. Galileo emprende una peregrinación
a Loreto, y en el viaje de regreso se detiene algunos días en Urbino.
·
1619. El hijo de Galileo, Vincenzo
Gamba, es legitimado como Vincenzo Galilei el 25 de junio.
·
1620. Galileo discute con algunas
personalidades españolas sobre el problema de la determinación de la longitud
en el mar. A principios de agosto muere su madre, que es enterrada el día 10 de
ese mes.
·
1621. Galileo es elegido cónsul de la
Academia florentina. El 28 de febrero muere su antiguo discípulo y, más tarde,
principesco patrono Cosimo II, gran duque de la Toscana. Le sucedió su hijo
Ferdinando II.
·
1623. Galileo es elegido nuevamente
cónsul de la Academia florentina, pero Alessandro Sestini ocupa su lugar.
·
1624. Perfecciona el microscopio.
Capítulo 12
Diálogo sobre los dos sistemas del mundo
Cuando
Galileo regresó a Florencia, fijó de nuevo su residencia en la Villa de
Bellosguardo, que ya en 1617 habla arrendado a Lorenzo di Giovanni Battista
Segni.
Ahora se trataba de extraer las consecuencias de las experiencias romanas,
aunque, después de todo, no era sino un hecho consumado. Por su parte, tenía
como única meta procurar el triunfo del copernicanismo, lo que significaba para
él mostrar la verdad del doble movimiento de la Tierra como algo irrevocable.
Pero el decreto del 5 de marzo de 1616 prohibía a todos los católicos creyentes
presentar el pensamiento de Copérnico de otro modo que, como una mera
hipótesis, ya que como «verdad» era una herejía que estaba en contradicción con
la Biblia. Galileo, no obstante, se tenía por un católico creyente a quien
también le correspondía el derecho de los dirigentes de la Iglesia de decidir
acerca de lo verdadero y lo falso. Pero como en el caso del copernicanismo
consideraba equivocada la decisión de la Congregación del Indice, esperaba
poder demostrarlo con argumentos convincentes. Sin embargo, precisamente eso
era lo que se había prohibido: presentar al copernicanismo de otro modo que,
como una concepción errónea, válida sólo en el terreno de la pura teoría. ¡Un
auténtico círculo vicioso!
Cualquier otro habría abandonado el empeño para no arriesgar la vida. Galileo
Galilei siguió adelante, aunque tardó ocho años en empezar la siguiente fase de
su lucha.
Un abogado de Ferrara, de nombre Francesco Ingoli, había elevado su voz en el
coro de los adversarios de Galileo y le envió un escrito en el que, con la
ayuda de Aristóteles, Ptolomeo y Tycho Brahe, y mediante sus propias
consideraciones, había argumentado en contra del movimiento de la Tierra.
Ingoli le desafió a que le contestara, en caso de que fuera capaz de mostrar
errores, pero este retorno fue atendido a su debido tiempo por Galileo; tal vez
porque el trabajo de Ingoli le pareció demasiado insignificante o quizá incluso
porque, tras la prohibición por parte de la autoridad inquisitorial, consideró demasiado
peligroso en esa situación interceder por escrito en favor del movimiento de la
Tierra.
Al parecer, durante la estancia de Galileo en Roma en el año 1624 se encontró
con que allí, los en realidad pobres argumentos de Ingoli habían causado gran
impresión, según sospecha Wohlwill, entre los «cardenales influyentes». Por
ello se sintió obligado a contestar a Ingoli, respuesta que, como dice
Wohlwill, es el primer trabajo «que dedicó exclusivamente a la defensa
científica de Copérnico».
Esta carta, que no habría podido obtener nunca el permiso de impresión de la
censura, se la envió en septiembre a su amigo Mario Guiducci a Roma,
confiándosela para su uso táctico. El contenido de ella constituye un preludio
de aquel trabajo que lo llevaría a la gloria en todo el mundo y a la desgracia
en Roma: Dialogo di Galileo Galilei Linceo Dove si discorre sopra i due
Massimi Sistemi Del Mondo Tolemaico e Copernicano (1632), en lo
sucesivo mencionado como Diálogo. El escrito a Ingoli tiene en común con el
Diálogo la posibilidad de la doble interpretación. Lo que en la carta al
archiduque Leopoldo se expresaba de manera claramente irónica, se convierte
desde 1624 para Galileo en método.
En el prólogo se muestra ingenuo, insiste en su sumisión ante el magisterio
eclesiástico y su fidelidad como cristiano y como miembro de la Iglesia.
Después sigue el desarrollo de la cuestión con el propósito de poner en
evidencia el movimiento de la Tierra como un hecho innegable, y finalmente lo
cubre de nuevo con la bruma de una aparente ingenuidad. En esta falta de
sinceridad interna y consciente ambigüedad del método descansa la culpa
innegable de Galileo. Después de todo, con ello da pie a sus enemigos para que
le acusen de mentiroso y señalen su proceder como ofensivo para los preceptos
de la Iglesia. Pero Galileo no veía otro camino, excepto el de resignarse al
silencio, lo cual no concordaba ni con su carácter ni con su voluntad.
La obra se titula Diálogo porque está compuesta en forma de
una conversación desarrollada entre tres hombres durante cuatro días sucesivos.
Los interlocutores llevan los nombres de Salviati, Sagredo y Simplicio.
Salviati, que aparece en el diálogo como el sobresaliente director de la
conversación, expresa generalmente las ideas del propio Galileo. Es el
científico moderno e inteligente que sabe invalidar los argumentos presentados
por todos los demás en contra del movimiento de la Tierra.
Frontispicio del Diálogo, impreso en Leyden.
Al
propio tiempo, la elección del nombre representa un agradecimiento amistoso de
Galileo a su discípulo Filippo Salviati, nacido el 19 de enero de 1582 en
Florencia, quien ya en Padua escuchó sus conferencias y probablemente por
influencia de Galileo tuvo el honor de recibir en 1612, cuando tenía treinta
años, el nombramiento de miembro de la Accademia dei Lincei. Con gran aflicción
para Galileo, Salviati murió prematuramente en 1614, durante un viaje a España,
concretamente a la ciudad de Barcelona.
Aristóteles, Ptolomeo y Copérnico en una página del Diálogo.
Sagredo
ocupa el segundo lugar como interlocutor en el Diálogo. Con sus preguntas
precisas y su clara comprensión de los problemas contribuye de forma esencial
al buen desarrollo de la conversación. También éste recuerda a un buen amigo de
Galileo, Giovanni Francesco Sagredo, nacido el 19 de junio de 1571 en Venecia,
y muerto siendo senador en su ciudad natal, el 5 de marzo de 1620. Con
preocupación vio partir a Galileo de Padua y le advirtió con la debida
antelación de las intrigas de los jesuitas. Galileo había sentido un sincero
afecto por él y sufrió una amarga pérdida con la también prematura muerte de
este compañero de lucha espiritual.
Simplicio, como representante de los aristotélicos y los peripatéticos, es una
figura simbólica y en cuanto tal se le designa irónicamente con el nombre de
«el simple», o mejor, «el ingenuo». Como es el portavoz de las objeciones
contra la doctrina de Copérnico, se sirve ocasionalmente también de las tesis
propuestas por los jesuitas del Colegio Romano y hasta recita textualmente en
un pasaje una objeción del papa Urbano VIII. No es sorprendente que Galileo,
por este «Simplicio», se granjeara nuevas enemistades, porque en Roma estaban
con el oído atento a tales alusiones y, en definitiva, a nadie le gusta verse
en el papel de una figura ridícula, limitada por la cortedad mental y la
necedad.
El propio Galileo razona la elección de los tres nombres: «Ya hace muchos años
visité a menudo la maravillosa ciudad de Venecia, donde me relacioné con el
señor Giovanni Francesco Sagredo, hombre de familia muy ilustre y de agudísimo
ingenio. Allí venía desde Florencia el señor Filippo Salviati, cuya menor
virtud era la nobleza de sangre y la magnificencia de sus riquezas; un sublime
ingenio, que de ninguna delicia se complacía más que de las exquisitas
especulaciones. Con ambos reflexionaba yo frecuentemente sobre estas materias,
con la intervención de un filósofo peripatético, a quien nada impedía tanto el
conocimiento de la verdad como la fama que había alcanzado por sus comentarios
a Aristóteles.
»Hoy, que una muerte inexorable ha privado, en la flor de la vida, a Venecia y
Florencia de aquellos dos grandes ingenios, he decidido prolongar, en cuanto
puedan mis débiles fuerzas, la vida a su fama, introduciéndolos como
interlocutores de la presente controversia. También tendrá su lugar el buen
peripatético, al cual, por su desmedido afecto hacia los comentarios de
Simplicio, le ha parecido decoroso no expresarse en su nombre sino en el del
reverenciado escritor. Acéptenme las almas de aquellos dos grandes hombres, a
mi corazón siempre venerables, este público homenaje de mi amor nunca muerto, y
que el recuerdo de su elocuencia me ayude a explicar a la posteridad las
prometidas especulaciones».
Estas declaraciones de fidelidad hacia sus amigos Salviati y Sagredo, así como
la caracterización de Simplicio, eran tan abiertamente sinceras como falso e
hipócrita el comienzo del prólogo: «En Roma se promulgó en estos últimos años
un edicto saludable, que para evitar algunos peligrosos escándalos de la edad
presente impuso oportuno silencio a la opinión pitagórica de la movilidad de la
Tierra». La expresión «edicto saludable» en la boca de Galileo sólo puede sonar
a mofa. Todo el mundo sabía que había vivido ese edicto del año 1616 como un
duro golpe dirigido en su contra. La continuación del texto, que se desarrolla
a través de una conversación prolongada durante cuatro jornadas, no deja la
menor duda de que Galileo sigue convencido de la verdad de la doctrina
«pitagórica».
Izquierda: Portada del Diálogo correspondiente a la edición de 1632.
Derecha: Portada del Diálogo correspondiente a la edición de 1635.
A
pesar de todo, da la impresión de que está profundamente de acuerdo con la
prohibición. En la introducción pretende persuadir al lector de que ha escrito
el libro sólo para demostrar a los no católicos que en Roma se tiene la mejor
información acerca del fundamento de la doctrina de Copérnico y que la
prohibición no es consecuencia de la falta de ciencia y de la ignorancia. En
realidad, y éste es su verdadero propósito, el lector atento recibe la
impresión inversa. Si el movimiento de la Tierra puede fundamentarse tan
inequívocamente como sucede a través del Diálogo, ¿cómo es posible, entonces,
que se prohíba una verdad tan convincente?
La lucha para obtener la licencia de impresión de las autoridades eclesiásticas
se prolongó durante casi dos años. El manuscrito debió de estar concluido entre
finales de 1629 y principios de 1630. El 1 de mayo de 1630, Galileo, que
contaba ya sesenta y seis años, cargó sobre sí el penoso esfuerzo de un quinto
viaje a Roma para conseguir personalmente la licencia de impresión. El papa
Urbano VIII lo recibió el 18 de mayo, y según todos los indicios, con extremada
amabilidad.
El 26 de junio Galileo se marchó de Roma «con total satisfacción» por lo
conseguido. Al parecer, el papa le había dado algunos consejos para que
considerara algunos cambios, pero, en principio, había aceptado el libro en su
totalidad, e incluso había dado instrucciones sobre ello a las autoridades
inquisitoriales, a través del jefe de palacio Niccolò Riccardi. Esta vez,
Galileo tenía en verdad motivos para estar satisfecho de su éxito en Roma, y
hasta los meses de verano posteriores a su regreso no llegó a darse cuenta de
lo problemático de la conversación con el papa.
Por un escrito oficial, que Riccardi dirigió un año más tarde (mayo, 1631) al
inquisidor de Florencia, se puede inferir en qué dirección apuntaban las
propuestas del papa. Ante todo, Urbano VIII deseaba un cambio en el título del
libro. En lugar del previsto por Galileo, Del flujo y del reflujo del
mar, el libro debía titularse: Consideraciones matemáticas acerca
de la hipótesis copernicana sobre el movimiento de la Tierra. Pretendía que
ya con el título quedara claro que sólo se trataba de una suposición
hipotética. Además, debía indicarse en el texto «que el único fin de este
trabajo es mostrar que se conocen todas las razones existentes en favor de esta
opinión y que no es por ignorancia por lo que Roma pronunció la sentencia sobre
ella».
Como puede verse, en esta comunicación de Riccardi para conceder el permiso de
impresión se encuentra el origen y la causa de la falsa hipocresía del prólogo
a la obra de Galileo. De todo ello, lo importante es que estas recomendaciones
en el sentido de una «doble verdad» no procedían del padre Riccardi, sino del
mismo papa Urbano VIII.
Él es el responsable del falso carácter híbrido de la obra que, por la
contradicción existente entre el prólogo y el contenido de la misma, llevaría a
Galileo a la ruina. Si se quiere hablar de una culpa de Galileo, ésta sería la
de no haberse opuesto de inmediato a las advertencias, equivalentes a órdenes,
del papa, y haber intentado llevarlas a cabo obedientemente. Finalmente,
Riccardi indica que es deseo del papa que Galileo «añada importantes razones
aducidas [en la conversación con él] acerca de la omnipotencia divina, las
cuales deben sosegar la inteligencia en el caso de que no se pudieran refutar
los argumentos pitagóricos».
También este «deseo» papal fue satisfecho por Galileo a su manera, al poner en
boca de Simplicio, en la cuarta jornada y, por lo tanto, al final de todo
el Diálogo, la trivial expresión religiosa: «¿No podría Dios,
mediante su infinito poder y sabiduría, comunicar al elemento agua el
movimiento alternante —es decir, el flujo y el reflujo— que en él observamos de
otro modo que haciendo moverse al recipiente que lo contiene?» Y añade
Simplicio: …«que sería un orgulloso atrevimiento si alguien quisiera coartar y
limitar la sabiduría y el poder divinos a su fantasía particular». Ese
agnosticismo religioso le permite a Galileo responder con Salviati —son sus
últimas palabras—: «¡Una admirable y verdaderamente angelical doctrina! Con
ella concuerda aquella otra, igualmente divina, que nos permite discutir acerca
de la constitución del mundo, negándonos para siempre, sin embargo, el
descifrar verdaderamente la obra de Sus manos…».
Casi puede decirse que Salviati se expresa aquí de acuerdo con Kant: «El
fenómeno» es lo accesible a nuestra inteligencia, mientras que la «cosa en sí»
nos está vedada para siempre. Pero Galileo —Salviati— no era ningún precursor
de Kant. Por ello continúa, con una actitud cognoscitiva bien dispuesta: «Que
se nos deje, por consiguiente, servimos de la actividad espiritual por Dios
permitida y ordenada para, de este modo, conocer y admirar tanto más su
grandeza cuanto menos capaces nos sintamos de penetrar en los profundos abismos
de Su infinita Sabiduría».
Esta respuesta a la indicación hecha por el papa de dejar patente la
omnipotencia de Dios y los límites del conocimiento humano era rotunda. Es
análoga a la que más tarde, no Kant, sino Goethe expresarla como su credo: «El
hombre debe averiguar lo averiguable y venerar lo inexplorable». Para Galileo,
sin duda, el movimiento de la Tierra pertenece a lo explorable que puede ser
descubierto por la intervención del hombre.
No sabemos en qué momento cambió la disposición de ánimo en Roma. Se puede
suponer que los jesuitas del Colegio Romano no se habían dormido. Recibir la
noticia de que Galileo tenía el «permiso de impresión» para una exposición del
copernicanismo, aunque fuera de una forma tan hipotética, debió de resultar
alarmante para hombres como Scheiner, que entonces vivía en Roma, y para
Grassi.
A esto hay que añadir que en los primeros días de agosto, el fiel aliado de
Galileo, el príncipe Cesi, quien con motivo de la impresión de la carta sobre
las manchas solares y de Il Saggiatore había estado a su lado
para protegerle, había muerto. Los vientos soplaban ahora en otra dirección.
Castelli, que fue llamado a Roma desde Pisa, le dio el 24 de agosto una clara
advertencia: «Por muchas razones dignas de tenerse en cuenta, y que actualmente
no quiero confiar al papel, prescindiendo de que el príncipe Cesi, de gloriosa
memoria, ha sido apartado de esta vida, considero que obraríais bien, muy
respetado Señor, haciendo imprimir vuestro libro ahí en Florencia, y a decir
verdad, tan pronto como sea posible»[19]. Galileo
hizo suyo este consejo e inmediatamente inició en Florencia los pasos
necesarios. El 11 de septiembre de 1630 el vicario general, Petrus Nicolinus, y
el inquisidor general, P. Clemens Aegidius, ambos responsables en Florencia,
dieron su aprobación. Al día siguiente, el 12 de septiembre, obtuvo el permiso
de impresión del censor estatal, Niccolò dell’Altella. Por consiguiente, estaba
despejado el camino para la impresión del libro en Florencia. Pero entonces
comenzó la verdadera carrera de obstáculos. Evidentemente, se habían ejercido
sobre Riccardi, por parte de las autoridades inquisitoriales romanas, presiones
más intensas con el propósito de obstaculizar totalmente la publicación del
libro. El propio Riccardi trabajaba con lentitud. El 24 de mayo de 1631 dejó al
arbitrio del inquisidor de Florencia el concluir las discusiones con Galileo
acerca de la impresión del Diálogo.
En diciembre de 1631 la República de Venecia, que había oído hablar de las
nacientes dificultades, ofrece a Galileo la posibilidad de publicar el trabajo
en Venecia. También se manifestó su disposición a contratarlo nuevamente para
ocupar la cátedra de matemáticas en Padua. Así se hizo. La impresión del Dialogo
dei Massimi Sistemi se llevará a cabo en Florencia; los libros podían
finalmente ser entregados por el impresor Battista Landini a la librería.
El permiso de impresión para el Diálogo, emitido en 1630, apareció en la
edición de 1635.
Sin
embargo, la alegría duró poco. Seis meses más tarde, a mediados de agosto, la
librería recibe la orden de suspender la venta del Diálogo. Al
mismo tiempo, Galileo recibe la orden de no difundir ningún ejemplar más. La
batalla final de la guerra en torno a la obra de Galileo ha comenzado.
El Diálogo encontró
una acogida sinceramente entusiástica en los círculos de amigos y estudiosos
interesados por la obra de Galileo. Pero a todos aventajó en júbilo Tommaso
Campanella, que había sido liberado por fin de la prisión: «Estas novedades de
verdades antiguas, de mundos nuevos, de nuevas estrellas, de nuevos sistemas,
de nuevas naciones, etc., son el comienzo de una nueva época. El resto lo hará
aquel que conduce el Todo. Nosotros, en la pequeña parte que nos toca, queremos
ayudarle. ¡Amen!». Benedetto Castelli expresó asimismo su adhesión ferviente y
comenzó sin tardanza a explicar la obra a sus discípulos Magiotti y Torricelli.
Francesco Bonaventura Cavalieri manifestó su regocijado asentimiento. Desde
Francia, también se declaró favorable el físico y filósofo Petrus Gassendi
(1592-1655). Y lo que muchos pensaron sobre el Diálogo lo dijo
acertadamente el humanista y filósofo del derecho holandés Hugo Grotuis (de
Groot, 1583-1645): «Es tan rico en aclaraciones sobre cosas oscuras, que no me
atrevo a compararlo con ninguna obra de nuestro siglo, y lo prefiero a muchas
de las Antiguas».
Los profesores reaccionaron de otro modo. Sabían, podría decirse que de
antemano, que el libro había sido escrito contra ellos, es decir, contra los
peripatéticos.
Pero para Galileo lo decisivo fue la acogida por parte del Colegio Romano y de
Urbano VIII. Evidentemente, a pesar de todas las advertencias, Galileo pisaba
de nuevo en falso. ¿Fue ingenuidad o deseo de provocar el que, de los primeros
ocho ejemplares de su libro, enviara sendos ejemplares a Campanella y al padre
Riccardi, y también al asesor del tribunal de la Inquisición, monseñor
Serristori, y al jesuita León Santi?
La rápida difusión del libro se vio entorpecida por la peste que se extendió,
en la primavera de 1632, por la Italia central. A pesar de todo, los sucesos
subsiguientes acusaron un cambio muy súbito. Inmediatamente después de que se
recibieran los ejemplares en Roma, los adversarios personales de Galileo se
lanzaron sobre la obra y analizaron de manera crítica su texto. Para ellos, el
asunto no ofrecía dudas: había faltado contra el decreto de 1616, e incurría en
clara herejía al difundir una doctrina contraria a la interpretación de las
Escrituras dada por la Iglesia. Sin tardanza, en agosto de 1632, Galileo y el
impresor florentino recibieron la orden de no entregar ningún ejemplar más del
libro. Una protesta del gran duque no tuvo efecto. Era una prueba más de que
Galileo, al cambiar su residencia de Padua a Florencia, había prescindido voluntariamente
del único poder capaz de prestarle auxilio.
Galileo estaba desesperado. En sus apuros se dirigió al cardenal Francesco
Barberini, un pariente del papa que hasta entonces podía contarse entre sus
amigos: «Cuando considero que el fruto de todos mis estudios y fatigas (…) ha
venido a parar en una citación del Santo Oficio, acción que no se practica
nunca sino para los delitos graves, hasta tal punto esto me aflige que he
llegado a detestar todas las horas que he consumido en estos estudios (…) y,
además de arrepentirme de haber comunicado al mundo una parte de mis trabajos,
he experimentado deseos de destruir y de entregar a las llamas los que me
quedan en las manos, dando así plena y entera satisfacción a las ansias de mis
enemigos, a quienes mis pensamientos tanto incomodan». Con la expresión «mis
enemigos» Galileo dio en el blanco. En adelante —y, probablemente, desde hacía
tiempo— ya no se trataría de la verdad o de la falsedad de la teoría de
Copérnico, sino del triunfo o la derrota de los implicados personalmente en la
lucha. Galileo tenía muchos amigos teólogos, incluso en Roma. Pero desde que
Urbano VIII se había pasado a las filas de sus adversarios, éstos tenían la
supremacía tanto en el Colegio Romano como en la Inquisición. El poder se desplazó
claramente a favor de los enemigos personales de Galileo, que ya no pudo
ofrecer una auténtica resistencia[20].
El propio papa autorizó al inquisidor de Florencia para que obligara a Galileo
a presentarse en Roma para responder ante el tribunal de la Inquisición.
Estamos a 1 de octubre de 1632. Galileo intenta retrasar el viaje. Tiene casi
setenta años, está enfermo y a menudo debe guardar cama. Tres médicos
atestiguan y certifican su estado, señalando que un viaje en una estación poco
propicia del año no es aconsejable. Se le concede una prórroga de un mes para
que aplace el viaje, y transcurrido este plazo, el papa ordena de nuevo que se
le obligue a realizarlo.
Como el viaje continúa demorándose, Urbano se muestra más severo y despótico de
lo habitual y toma él mismo la dirección del asunto: «Escríbase al inquisidor
de Florencia que Su Santidad y la Santa Congregación no pueden tolerar de
ningún modo tales subterfugios». Se comisionará para el caso a los mismos
médicos de la Inquisición. Si éstos determinan que se encuentra bien para hacer
el viaje, deberá traérsele encadenado a Roma. Caso de que los médicos soliciten
un aplazamiento, tan pronto como se cure se le transportará a Roma encadenado.
Las costas del acompañamiento por un médico y comisario de la Inquisición
tendrá que pagarlas el propio Galileo, «porque ha rehusado venir cuando debía,
al ordenársele por primera vez». Estas órdenes de Urbano bastan para probar con
claridad el compromiso personal de este notable sucesor de Pedro. La razón y
los motivos de su comportamiento siguen siendo, después de trescientos años,
poco claros. Posiblemente sea cierta la hipótesis más frecuentemente formulada
de que Urbano VIII se sintió humillado a través de la figura de Simplicio en
el Diálogo y, en consecuencia, respondió así a la ofensa. Pero
¿es eso todo? Es bastante dudoso.
Por su parte, el gran duque Ferdinando II considera poco conveniente seguir
ofreciendo resistencia y da a entender a Galileo (el 11 de enero) que debe
atender a la orden del papa. Hacia la mitad del invierno —según las fuentes más
recientes, el 20 de enero de 1633— inicia Galileo el penoso viaje, llegando a
Roma el 13 de febrero, después de guardar la cuarentena reglamentaria en Ponte
Centino a causa de la peste. Al día siguiente de su llegada se anuncia ante el
comisario del Santo Oficio y se le concede el permiso de hospedarse en la
residencia del embajador florentino, si bien se le prohíbe salir de ella, así
como relacionarse con ninguna persona, salvo los habitantes de la casa.
Pórtico de la iglesia de Santa Maria sopra Minerva, en Roma.
Después
de tenerle así atrapado mediante la imposición de un arresto domiciliario, a la
Inquisición se le van las prisas y pasan dos meses antes de que se produzca, el
12 de abril, un primer interrogatorio, cuya conclusión es que Galileo no puede
volver a la embajada toscana, sino que deberá ser recluido en las habitaciones
de la Inquisición. La acusación alcanza su punto culminante, como ya sabemos, a
propósito de la violación del decreto de marzo de 1616. En esto desempeñan un
papel decisivo dos actas del 25 y 26 de febrero de 1616, que discrepan de modo
importante entre sí y del certificado dado por el cardenal Bellarmino (el 26 de
mayo)
Según el acta del 26 de febrero —que varios autores consideran falsa—, el
comisario general del Santo Oficio le indicó a Galileo personalmente que la
doctrina prohibida «no debía sostenerla como verdadera de ningún modo, ni
enseñarla o defenderla, de palabra o por escrito. De no ser así, se actuaría
contra él en el Santo Oficio. A este precepto el propio Galileo asintió y prometió
obedecer». Galileo no puede recordar si, además del cardenal Bellarmino, fue
exhortado por alguna otra personalidad, imponiéndosele que «de ningún modo
enseñara» las ideas de Copérnico.
En las líneas que siguen, vamos a limitarnos a una exposición fragmentaria del
curso del proceso.
El 17 de abril, el cardenal Oregio, Zacearía Pasqualigo y el jesuita alemán
Melchior Inchhofer, los tres teólogos encargados de examinar el Diálogo,
declaran que Galileo ha faltado con este escrito contra las advertencias y
contra el Decreto de la Congregación del Indice. Dos de ellos añaden que
subsiste la fuerte sospecha de que sigue siendo seguidor del copernicanismo. Es
interesante señalar que, desde 1629, un escrito del propio Inchhofer estaba en
el Indice. Si a un hombre que se ha hecho sospechoso se le encarga que actúe de
censor, la jugada está clara: se le daba a Inchhofer la oportunidad de
rehabilitarse.
El 27 abril se procede a un interrogatorio oficioso por parte del comisario de
la Inquisición, Maculano; y el 30 del mismo mes se procede a un segundo
interrogatorio oficial. Galileo, durante las dos semanas y media de arresto
transcurridas, se ha preparado para ese día. A través de su sirviente se ha
procurado un ejemplar del Diálogo y ahora, en el reposo de la
reclusión, relee una vez más su propia obra. Llegado el momento, da a los
inquisidores una larga aclaración, para que conste en las actas, de la que
tomamos el siguiente fragmento: «Me he aplicado con la mayor diligencia a la
lectura y a una detenida consideración.
Altar de la actual sacristía de Santa María sopra Minerva, entonces sala de
audiencia de las autoridades inquisitoriales.
Y
después de transcurrido tanto tiempo me parece como si fuera otro libro escrito
por otro autor. Libremente confieso que en varios pasajes me parece compuesto
de tal forma que un lector ignorante de mis verdaderas intenciones podría haber
tenido razón al suponer que los argumentos en favor de la falsa doctrina, que
era mi intención refutar, estaban expresados de tal modo como si se hubiesen
calculado más para forzar a la convicción por su fuerza que para ser fácilmente
disueltos… Ellos en verdad llegan a los oídos del lector con mayores muestras
de fuerza y poder que las que les debería haber impartido alguien que los
concebía como no concluyentes y que trataba de refutarlos, tal y como yo
verdadera y sinceramente los tenía y los tengo por no concluyentes y
susceptibles de refutación».
Se ve la clara estrategia defensiva que Galileo ha elaborado entre tanto. Lo
más asombroso del caso es que parece esperar que sus enemigos tomaran en serio
esta absurda representación. Como razón para explicar por qué se ha expresado
de manera tan contraria a sus intenciones aporta la vanidad humana, que se
complace en realzar el propio espíritu y en «mostrarse más hábil que la
generalidad de los hombres, ideando, incluso en favor de proposiciones falsas,
argumentos ingeniosos y plausibles». Tras estas palabras, hace la ridícula
oferta al tribunal de completar el Diálogo con dos jornadas
más. De ese modo podría hacer valer razones de suficiente peso contra la
doctrina falsa y condenada. «Ruego, por lo tanto, a este Santo Tribunal que me
apoye en esa buena resolución y me dé la posibilidad de llevarla a cabo»
(firmado por el propio Galileo).
Después de estas aclaraciones sumamente funestas y ciertamente carentes de
entereza, Galileo puede regresar de nuevo al palacio de la embajada toscana.
El 10 de mayo tiene lugar el tercer interrogatorio. Galileo, en el intervalo,
ha redactado un escrito de defensa que acompaña con el certificado del cardenal
Bellarmino del 26 de mayo de 1616. Subraya en él, principalmente, que no
recuerda haber recibido la orden de «no enseñar [el copernicanismo] de ningún
modo».
El 16 de junio de 1633 comienza la conclusión de la tragedia. El papa ordena un
interrogatorio en el que Galileo sea amenazado con el tormento caso de que no
esté dispuesto a confesar toda la verdad.
El 21 de junio tiene lugar un último interrogatorio. A la pregunta acerca de si
ha sostenido como verdadera la doctrina prohibida, Galileo responde: «Hace
mucho tiempo, es decir, antes del Decreto de la Santa Congregación y antes de
que se me notificara la prohibición, yo era indiferente y consideraba ambas
opiniones, a saber, la de Ptolomeo y la de Copérnico, como abiertas a la
discusión en la medida en que cualquiera de ellas podía ser verdad en la
naturaleza. Pero, después de dicho Decreto, convencido de la prudencia de las
autoridades, dejé de dudar; y sostuve y aún sostengo como la más verdadera e
indiscutible, la opinión de Ptolomeo, es decir, la estabilidad de la Tierra y
el movimiento del Sol».
Galileo miente; debe mentir, ya que otra cosa le hubiera costado la vida. Nadie
que no se haya encontrado en una situación semejante (como, por ejemplo, en
manos de una «policía secreta del Estado») tiene derecho a juzgarlo por su
clarísima hipocresía. Y el que se haya visto en tal situación no arrojará
piedras sobre él. Galileo miente de nuevo: «Afirmo, por lo tanto, con mi
conciencia que no sostengo ahora la opinión condenada y no la he sostenido
desde la decisión de las autoridades». Hubiera sido fácil mostrar la
inexactitud de sus afirmaciones con su trabajo sobre las manchas solares y
algunas de sus cartas. Pero manifiestamente, no desean leerlo, sino oírlo de su
propia boca. Así, se le conmina de nuevo, amenazándole con la posibilidad de un
tormento, de acuerdo con las órdenes del papa, pero Galileo persiste en la
mentira: «Sostengo que la doctrina de Copérnico no es verdadera y lo he
sostenido así desde que se me prescribió abandonarla». En un arranque de ánimo,
en la desesperación, añade: «Por lo demás, estoy en vuestras manos, haced conmigo
lo que deseéis».
Se insiste en la anterior amenaza: deberá procederse a la tortura si no dice la
verdad. Galileo responde: «Estoy aquí para obedecer y yo no he sostenido esta
opinión desde que se pronunció la decisión —se refiere al Decreto de 1616—,
como ya he dicho».
Una vez registradas y firmadas por Galileo todas las declaraciones, éste es
trasladado de nuevo a las habitaciones de la Inquisición. Todo está preparado
para el acto final, que tendrá lugar el día siguiente.
22 de junio de 1633: el gran día ha llegado. La sala del claustro dominico de
Santa María sopra Minerva sirve de escenario. Este recinto tiene su historia.
Antes de que la Inquisición lo usara como tribunal de justicia, debió de tener
una importancia clave. Una antigua inscripción mural dice que los cónclaves
para la elección de papa, tanto de Eugenio III (1145) como de Nicolás V (1447)
tuvieron lugar allí.
Hoy la sala sirve, en primer lugar, como sacristía, aunque tiene un altar
lateral en el que aún se llevan a cabo celebraciones. A la luz crepuscular de
las coloreadas ventanas de la iglesia, debe de haber ofrecido antiguamente una
imagen más sombría que la que ahora presenta. El camino desde la iglesia hasta
esta sala pasa por delante de una imagen del Redentore, debida a
Miguel Angel, y del monumento sepulcral realizado por la mano del piadoso
pintor de Fiésole y San Marcos, Fra Angélico. Ambos monumentos parecen en este
lugar como una evocación de Florencia, donde la cristiandad alcanzó a través
del arte un florecimiento tan puro y elevado.
Monumento funerario de Fra Angélico en la iglesia romana de Santa Maria
sopra Minerva.
Todos
los cardenales y funcionarios de la Inquisición están reunidos con sus
clericales ropajes. Ningún profano molesta. Se hace pasar a Galileo, con toda
probabilidad vestido con un sambenito. Debe oír la sentencia de pie. Tras un
circunstanciado examen retrospectivo de los sucesos del año 1616, en el que se
reitera y se da por probado que Galileo fue advertido, acerca de la doctrina
copernicana, «que no debía tenerla por verdadera, ni defenderla, ni enseñarla
de ningún modo», sigue la sentencia sobre el contenido del Diálogo:
«Dicho libro fue cuidadosamente considerado, descubriéndose en él una violación
patente de la prohibición antes mencionada que os había sido impuesta, porque
en este libro habéis defendido la dicha opinión previamente condenada y ante
vos declarada ser así, aunque en el dicho libro recurrís a varias estratagemas
para producir la impresión de que dejáis la cuestión sin decidir y expresamente
como probable, lo que, sin embargo, es un error de los más graves, ya que una
opinión que ha sido declarada y definida contraria a las Sagradas Escrituras de
ningún modo puede ser probable».
Bajo los supuestos a los que recurre el magisterio eclesiástico, la acusación
se levanta sobre terreno seguro. Los subterfugios de Galileo no pueden ocultar
que sus declaraciones están en clara contradicción con sus escritos, incluyendo
en ellos de modo especial el contenido del Diálogo. Desde hacía más
de dos décadas, estaba convencido del movimiento de la Tierra y había abogado
en favor de Copérnico, de palabra y por escrito. ¿Cómo, pues, podía esperar que
alguien creyera que todo eso lo había hecho sólo para debilitar los argumentos
que hablan en favor del movimiento de la Tierra?
En realidad, Galileo sabía que sus justificaciones no serían creídas, pero
intentó tender un puente sumamente estrecho entre él y sus acusadores para
pasar por encima de la sentencia de muerte. No es necesario recordar que
treinta y tres años antes Giordano Bruno se encontraba arrodillado exactamente
sobre el mismo metro cuadrado, y desde este mismo lugar emprendió el camino
hacia la hoguera. El que Galileo quedara con vida no se debió, ciertamente, a
ninguna simpatía especial del tribunal de la Inquisición hacia él, sino a que,
al fin y al cabo, no era como Bruno un dominico extraviado, sino un sabio
internacional que tenía muchos amigos dentro de la Iglesia.
Giordano Bruno de Ñola, según un grabado de la época. Tras ser condenado por
la Inquisición, fue quemado vivo en la hoguera.
También
hay que considerar que la disposición espiritual de la época había cambiado de
modo sensible. Así, el acusador pasó por el puente que el acusado había tratado
de tender, sin manifestarlo expresamente. Se le puede conceder crédito, y así
se dice en el ulterior pronunciamiento de la sentencia, de que con el paso de
los catorce o dieciséis años transcurridos desde el decreto hasta la concepción
de los Diálogos había olvidado que en sus enseñanzas de
entonces habían aparecido las palabras «demostrar» y «de ningún modo».
Evidentemente, se puso de manifiesto entonces, para agravar más la situación
del acusado, que al pedir permiso de impresión había pasado por alto la
exhortación de 1616. «No te ayuda nada el permiso de impresión obtenido con
malas artes, pues no mencionaste el mandamiento que se te había hecho»[21].
Galileo Galilei. Grabado de 1624.
Esto
último permite suponer que el acusador está ahora mintiendo indirectamente,
puesto que esta frase era una bofetada tanto al maestro de palacio, padre
Niccolò Riccardi —que, a causa de su obesidad, era conocido como el
«monstruo»—, que había dado el permiso de impresión, como a los censores de la
Inquisición de Florencia. Apenas puede admitirse que con el tira y afloja de
varios años que hubo en torno al Imprimatur también los
inquisidores, en su conjunto, se hubieran olvidado de los sucesos del año 1616.
Hay una frase del juicio sobre la que se ha especulado mucho, con razón:
«Como
nos parece que no dijiste toda la verdad sobre tu intención, consideramos
necesario proceder contra ti con un doloroso interrogatorio».[22]
Este
anónimo «nosotros», enojoso en tales circunstancias oculta que detrás de él se
encontraba no sólo una institución, sino también seres humanos vivos, con
voluntad, que servían a la institución para, con el adorno de la teología,
imponer sus objetivos de poder. Si con la expresión «doloroso interrogatorio»
se refiere a tormentos reales o tan sólo es una amenaza, ello quedará sin
aclarar tanto tiempo como tengamos que conformarnos con las pruebas históricas,
y éstas faltan.
Todo lo mencionado anteriormente corresponde a las razones de la sentencia. La
sentencia propiamente dicha, pronunciada en nombre de Jesucristo y de su Santa
Madre, la Virgen María, decía: «Eres sospechoso de haber mantenido y creído que
el Sol es el centro del mundo y que no se mueve de oriente a occidente y que la
Tierra se mueve y no es el centro del mundo, y que se puede considerar y
sostener como probable una opinión tras haber sido declarada y definida
contraria a las Sagradas Escrituras, y consiguientemente has incurrido en todas
las censuras y penas impuestas y promulgadas en los Sagrados Cánones y otras
constituciones generales y particulares contra semejantes delincuentes. Por lo
cual nos alegramos de que seas absuelto, siempre que, previamente, con corazón
sincero y fe no fingida, ante nosotros abjures, maldigas y detestes los
mencionados errores y herejías, contrarios a la Católica y Apostólica Iglesia,
de la forma y manera que nosotros te impondremos.
»Y para que tu grave y pernicioso error y transgresión no quede impune y seas
más prudente en lo venidero y un ejemplo para los demás, a fin de que se
abstengan de semejantes delitos, ordenamos que por público edicto sea prohibido
el libro Diálogo de Galileo Galilei.
»Te condenamos a reclusión formal en este Santo Oficio a nuestro arbitrio, y
como purificadoras penitencias te imponemos que durante tres años reces una vez
a la semana los siete Salmos expiatorios, reservándonos la facultad de moderar,
cambiar o quitar por completo o en parte las antes mencionadas penas o
penitencias»[23].
En el preámbulo de la sentencia figuran como jueces los nombres de diez
cardenales, pero sólo siete la firmaron. Eran éstos: cardenal de Ascoli;
cardenal Bentivoglio; cardenal de Cremona; Antonio, cardenal de San Onofrio;
cardenal Gessi; cardenal Verospi; cardenal Ginetti. Faltaban tres firmas, por
lo que se supone que la sentencia no fue dictada con unanimidad.
Galileo debía ahora arrodillarse ante todos los jueces, cardenales e
inquisidores que le rodeaban, y recitar la fórmula de abjuración, procedente
—como se sabe— de la misma pluma que le sentencia. Se trata del texto con el
que comienza el primer capítulo de esta biografía.
La leyenda cuenta que Galileo Galilei se puso de pie y murmuró entre dientes:
«Y, sin embargo, se mueve». Pero no cabe duda de que no pronunció esta frase,
aunque también es seguro que lo pensó. Incluso en esto, el mito reprodujo con
acierto la situación «existencial». Después del juramento efectuado, Galileo
fue conducido de nuevo a los recintos de la Inquisición. Había caído el telón
del último acto de la tragedia. Todo lo demás pertenece al epílogo.
Capítulo 14
Y, sin embargo, la batalla continuó
Al
día siguiente, el 23 de junio, Galileo recibió del papa el permiso para
abandonar el edificio de la Inquisición y trasladarse al palacio del gran duque
de la Toscana en Roma, Trinitá de Monti, sin duda bajo la rigurosa disposición
de que esta residencia tenía que hacer las veces de prisión. Esta orden de
arresto domiciliario fue mantenida en vigor hasta la muerte de Galileo, a pesar
de que se multiplican las peticiones para su abolición. Galileo ya no volvió a
recobrar su libertad de movimientos en los ocho años y medio que aún permaneció
con vida. El papa se cuidó, con la ayuda de la Inquisición, de que la
disposición se cumpliera El 30 de junio se publicó un decreto papal por el que
se le permitía a Galileo abandonar Roma y trasladar su residencia a Siena.
Mientras Galileo viajaba hacia su nuevo confinamiento (6 al 9 de julio), se
envían copias de la sentencia y de su abjuración a todas las provincias de
Italia. Desde Roma se procura que todo el mundo, y especialmente los
interesados, sepan cuán implacablemente procederá la Iglesia si la herejía del
copernicanismo se propagara de nuevo. El inquisidor de Florencia llama a los
científicos avecinados en la ciudad, y sobre todo a los filósofos, físicos y
matemáticos —entre ellos, a Mario Guiducci, Filippo Randolfini, Niccolò
Agginuti, Francesco Rinuccini y Dino Peri—, a una reunión conjunta
extraordinaria. De este modo, Galileo debe quedar estigmatizado públicamente de
una vez para siempre, y todos los demás, advertidos. Pero estas maquinaciones
de Roma no lograron que los verdaderos amigos de Galileo le abandonaran, y
éstos eran muy numerosos, tanto en los círculos civiles como en los clericales.
Sin embargo, debido al extraordinario poder del enemigo, el apoyo de los amigos
sólo podía intervenir de forma limitada. En Siena, el arzopispo Ascanio
Piccolomini, natural de Florencia, acoge con hospitalidad a Galileo durante
medio año en su palacio arzobispal, por supuesto en riguroso arresto
domiciliario, e intenta levantar el ánimo del anciano sabio.
Izquierda: Catedral de Siena. Derecha: Piazza Salimberi
La
hija de Galileo vivía con el nombre de sor María Celeste en el monasterio de
San Matteo, situado en las cercanías de II Gioiello, la villa alquilada por
Galileo en Arcetri, cerca de Florencia. Cuando recibe la noticia de que su
padre había llegado bien a Siena, se siente profundamente feliz: «¡Oh, si yo
pudiera describir la alegría que han sentido todas las madres y hermanas cuando
oímos aquí que vos habíais llegado felizmente a Siena! Fue absolutamente
extraordinario. La abadesa y muchas monjas corrieron hacia mí y me abrazaron».
(Carta a Galileo del 13 de julio de 1633).
Izquierda:
Il Gioiello (La Joya), la villa de Galileo en Arcetri. Una panorámica de
Arcetri, en la región toscana
Estas
líneas dicen más que todas las conjeturas: no sin razón se había temido por la
vida de Galileo Galilei. Ahora recobraban el aliento todos los que estaban
unidos a él por la amistad y el amor: había salido con vida, se podía tener
esperanza de nuevo. Por desgracia, sus amigos quemaron muchas cartas, así como
manuscritos de Galileo, para que no cayeran en manos de los confidentes de la
Inquisición. Entre ellas figuran incluso las cartas de Galileo a su hija mayor
Virginia, la entonces conocida como hermana María Celeste. Por sus
contestaciones podemos inferir cuán profundamente debió de afectar la sentencia
y la difusión propagandística a aquel hombre de casi setenta años. Ella le
escribe: «Dudo mucho que vuestro nombre sea borrado del libro de los vivos [de
libro viventium]. Eso no es así, ni en la mayor parte del mundo, ni en
nuestra tierra paterna. A mí me parece que por un momento se eclipsó vuestro
nombre y vuestra reputación, pero ahora se alzan ambos con un brillo aún
mayor. Nemo propheta acceptus est in patria sua… Pero ahora sois
amado y respetado más que nunca». Cuanto más se esfuerza María Celeste por
animar a su padre, tanto más sufre ella misma. La preocupación por él la
paraliza y la hace enfermar. Se consume literalmente de compasión y añoranza
hacia él. Cuando el papa Urbano VIII prohibió severamente a Galileo regresar a
Florencia, su hija, perdida toda esperanza, se lamentaba: «Ya no os veré más».
Por ello, tanto mayor es la alegría cuando Galileo, inesperadamente, el 1 de
diciembre, obtiene permiso para poder retirarse a su villa de Arcetri. Llega
allí a finales del año, entrando así, al mismo tiempo, en la última estación y
en los últimos ocho años de su vida. El mismo describe su situación de entonces
en una carta: «Después de Siena, mi prisión fue cambiada a confinamiento en mi
propia casa, esta pequeña villa distante una milla de Florencia, con las
órdenes estrictas de que no podía ir a la ciudad ni invitar a mis amigos, ni
reunirme con varios de ellos al mismo tiempo. Aquí vivía entonces muy
reposadamente». Uno de los primeros que, a pesar de todo, fueron a verle fue el
gran duque de la Toscana. Para éste, el proceso de Galileo significó una muy
penosa humillación, porque ponía de manifiesto su absoluta impotencia frente a
la injerencia clerical.
La petición para poder trasladarse a Florencia por motivos de salud, ya que en
Arcetri no había ningún médico, fue bruscamente rechazada mediante una carta
del cardenal Barberini al inquisidor de Florencia: «Que debía abstenerme en el
futuro de pedir permiso para mí de regresar a Florencia y que, de otro modo, se
me haría regresar a Roma, a las verdaderas cárceles del Santo Oficio». Con
amargura, Galileo añade al final de la carta en la que informa de esta negativa
a su amigo de París Elia Diodati:
(1516-1661): «De una tal respuesta me parece que se puede sacar la conjetura
muy probable de que no dejaré la prisión en la que estoy más que a cambio de
aquella otra, común, estrecha y de larga duración» (25 de julio de 1634).
En estos momentos ya no vivía su hija, la hermana María Celeste. Su convento se
encontraba en las proximidades de la villa Il Gioiello, de modo que había
podido visitar con frecuencia a Galileo. Éste, según sus propias palabras, la
quería mucho y alababa sus «destacadas dotes espirituales, unidas a una rara
bondad de corazón». El 2 de abril murió, tras una enfermedad de tan sólo seis
días de duración, a la edad de treinta y dos años. En opinión de Galileo, la
había consumido también la preocupación por su destino. «Ésta, como consecuencia
de una acumulación de humores melancólicos acaecida durante mi ausencia, que
ella consideraba era para mí tiempo de penosas pruebas… murió… dejándome en la
más profunda aflicción». Sólo tres meses había durado la alegría de verse
frecuentemente. No resulta extraño que Galileo, después de todo esto, se
lamente de sí mismo y de su situación: «Por ello he caído en la más profunda
melancolía, sin ningún apetito, hastiado de mí mismo; siento constantemente que
en breve seré llamado por mi querida hija».
Frente a todos los actuales intentos de trivialización, que pretenden que
Galileo fue tratado con distinción y todas las atenciones por parte de la
Inquisición, sólo se puede responder: Galileo era, después de la condena, un
anciano solitario y profundamente infeliz, que además padecía por su enfermedad
(reumatismo grave e insomnio crónico) y por la creciente pérdida de visión. Su
vista se había debilitado desde hacía ya mucho tiempo, de modo que en el año
1637 las cataratas le afectaban a los dos ojos, y le llevaron, en el invierno
de 1637-1638, a la total ceguera.
A pesar de todo, sus enemigos no lograron destruir los deseos de investigar de
Galileo. Incluso en su aislamiento, llegó a ser un poderoso y activo factor
espiritual de su siglo. En el mismo año de 1633 se preocupaba de que el libro
prohibido fuese trasladado ilegalmente a través de la frontera italiana hasta
Francia, y allí Diodati lo entregara en manos fieles. A Diodati le faltó tiempo
para emprender viaje hacia Estrasburgo. Una vez allí se hizo cargo del texto un
amigo de Kepler, el protestante Matthias Bernegger (1582-1640) y se ocupó de
que fuera traducido lo más rápidamente posible del italiano al idioma culto, el
latín. Al cabo de poco tiempo, continuó su camino hacia la «libre Holanda», donde
fue impreso en Leyden por Elzevir. El prólogo informa de que el libro ha sido
impreso sin el conocimiento del autor y en contra de su voluntad. Así quedaba a
salvo. Bernegger añadió al Diálogo la carta de Galileo a la
gran duquesa madre Cristina, traducida al mismo tiempo, y el escrito del
carmelita Foscarini, prohibido en 1616, de modo que todo ello quedó recopilado
en un volumen. Ya en 1635, los interesados podían obtener en las librerías de
toda Europa, impreso ahora en lengua latina, el libro que en Italia había sido
confiscado en todas partes. Diodati lo había urdido todo inteligentemente y se
había preocupado de que a Galileo no se le pudieran pedir cuentas.
Con tanta mayor razón, debió haberle dado a Galileo el triunfo indirecto de
ésta su última publicación una satisfacción esencial por la injusticia sufrida.
Ahora sabía que su trabajo ya no podía silenciarse. Con plena naturalidad
expresa su agradecimiento en una carta a Bernegger, complacido por el éxito de
la publicación.
Escultura de Galileo, en el exterior de la Galería de los Uffizi en
Florencia.
Sin
duda, el haber engañado a la Inquisición le dio el valor y la fuerza para
trabajar de nuevo y dedicarse a la que fue realmente la obra más importante de
su vida: Discorsi e demostrazioni matematiche intorno a due nuove
scienzi(Discursos y demostraciones matemáticas en torno a dos nuevas
ciencias), denominada en lo sucesivo como Discursos. Galileo
entendía por «dos ciencias» la teoría del movimiento (dinámica), presentada por
él de forma radicalmente nueva en esta obra, y la teoría de la resistencia de los
cuerpos. De hecho, los Discursos significaron la colocación de
la primera piedra de la física moderna y, por lo tanto, de la moderna ciencia
de la naturaleza.
Al igual que todo edificio necesita considerables preparativos hasta el momento
de la colocación de la primera piedra, la actividad de Galileo tuvo también,
como hemos visto, numerosos antecesores. Además de los ya mencionados
Pitágoras, Aristóteles, Euclides, Arquímedes, Ptolomeo, Filopon, Copérnico,
Benedetti y Tartaglia, debemos mencionar también a Nicolás de Cusa y a Leonardo
da Vinci. Todos ellos han contribuido con su obra a allanarle el terreno a
Galileo. Y su vida se prolongó de modo que hizo posible que el contenido de
los Discursos madurara lentamente. Lo que comenzó como
estudiante y joven profesor en Pisa, y continuó desarrollando en los dieciocho
años transcurridos en Padua, probándolo y profundizándolo en todos sus aspectos
en el periodo siguiente en Florencia, fructificaba ahora. Galileo, en los
últimos años de su vida, pudo fundar y elaborar de golpe y en su totalidad las
ciencias de la mecánica y la dinámica: las leyes de la caída libre, la caída
por un plano inclinado, las leyes del movimiento de los proyectiles, las leyes
del péndulo y el teorema del paralelogramo de movimientos. Todo ello es
consecuencia del método matematizante desarrollado. No como exigencia teórica,
sino como realización de su voluntad científica básica: «Quien quiera responder
a cuestiones de la naturaleza sin ayuda de las matemáticas, emprende lo
irrealizable. Se debe medir lo medible y hacer que lo sea aquello que no lo
es». Los Discursos están dedicados al embajador francés en Roma, el conde de
Noailles, que había sido en cierta ocasión, en Padua, alumno de Galileo y le
había guardado fidelidad incluso después de la condena. Muchas veces había
intercedido en favor de Galileo en las audiencias con el papa, si bien
inútilmente. Finalmente consiguió el permiso para encontrarse con él (el 16 de
octubre de 1636) en las afueras de Arcetri, en el pueblo de Poggibonsi.
Aprovechando la ocasión, Galileo entregó al conde una copia de los Discursos,
«para que de ese modo no quedara sepultado, sino manuscrito en un lugar y
accesible a muchos conocedores de la materia».
Inicialmente, Galileo había pensado dedicar la nueva obra al emperador alemán
Fernando II, pero cuando tuvo noticia de que en esa corte los jesuitas tenían
una influencia decisiva, cambió de opinión.
Curiosamente, una y otra vez se ha intentado considerar el «caso Galileo» como
si éste, por su avanzada edad, se hubiera vuelto dubitativo en sus opiniones
fundamentales y hubiera hecho suyo el contenido de su fórmula de abjuración.
Pero esto es totalmente falso. Galileo tuvo por cierto hasta el final el
sistema copernicano, y ni siquiera dudó un momento de la rotación de la Tierra.
Resulta instructivo, para conocer el estado de ánimo de Galileo mientras
escribía los Discursos, una carta del año 1637 dirigida al rey de Polonia,
Wladyslaw IV, que le había encargado unas lentes. En la carta con que las
acompañaba, Galileo dice: «He hecho las tres lentes lo mejor que he podido, en
la medida en que mi estado me lo permite, pues permanezco siempre en el
encierro en el que estoy, por orden del Santo Oficio, desde hace tres años,
porque publiqué el Diálogo, si bien con licencia del dicho Oficio,
a saber, del maestro del palacio romano. Vuestra Majestad y sus científicos
podrán juzgar hasta qué punto es verdad que se halla en esa obra una
escandalosa doctrina, más repugnante y peligrosa para la cristiandad que la que
se encuentra en los libros de Calvino, Lutero y otros herejes. La sentencia ha
influido tanto en el papa, que el libro está prohibido y yo estoy cubierto de
deshonra y condenado a prisión perpetua según es voluntad de Su Santidad. Pero,
adonde mi pasión me ha llevado…»[24]. Resulta
sorprendente que a pesar de —¿o precisamente por?— su intensa amargura y las
crecientes dolencias corporales Galileo llevara a cabo la obra maestra de
los Discursos.
El modo de pensar básico de Galileo aparece reflejado también en los Discursos,
incorporado y extendido tanto al estilo en el que está escrito el nuevo libro
como a los detalles internos del Diálogo. También en los Discursos figuran
los tres compañeros de conversación, Salviati, Sagredo y Simplicio, que durante
cuatro jornadas discuten entre sí acerca de los problemas de la caída y de la
resistencia del aire, de la resistencia de los cuerpos, del movimiento local y
pendular, así como de la trayectoria de los proyectiles. Y de nuevo es
Simplicio el que debe adoptar el papel del limitado peripatético, el cual,
finalmente, como no está a la altura del debate, es eclipsado totalmente en la
conversación. Por supuesto que Galileo no menciona la prohibida cuestión de los
«sistemas del mundo». Pero los fundamentos de la física desarrollados por él en
los Discursos ofrecen en su desarrollo ulterior las
posibilidades de argumentación en favor del sistema copernicano. Según el
estado de los conocimientos de entonces todo encajaba perfectamente.
Naturalmente, no se debe perder de vista que los dos grandes sucesores de
Galileo, el holandés Christiaan Huygens (1629-1695) y el inglés Isaac Newton
(1643-1727) aún no habían entrado en liza. Ellos perfeccionaron después, junto
con Evangelista Torricelli, Otto von Guericke y muchos otros investigadores, lo
que Galileo Galilei había iniciado.
No podemos describir aquí el contenido de los Discursos, ni siquiera
brevemente. Remitimos a los interesados a la obra en dos volúmenes de Friedrich
Dannemann (1910-1911) que hoy tiene todavía validez: Las ciencias naturales en
su desarrollo y en su conexión. En el segundo volumen de Dannemann, en
especial, el lector recibirá una excelente información sobre la contribución
específica de Galileo al desarrollo de los conceptos de la mecánica y de la
dinámica.
Galileo se recuperó en un tiempo relativamente corto gracias al contacto, desde
Arcetri, con sabios y personajes de relieve de todos los países. Le resultó
fácil que su nombre tuviera fama internacional, y ante todo en los países
protestantes se manifestó interés por sus trabajos, por él y por su destino. Ya
en mayo de 1635 le ofrecen una cátedra en Amsterdam; Galileo contesta con una
oferta a los Estados Generales de Holanda (agosto, 1636) para que adopten su
descubrimiento relativo a la determinación de la longitud en el mar. De este
modo, recoge un tema que ya desde 1612 había jugado un importante papel en su
vida. En aquel entonces, la secretaría de Estado de la Toscana habla ofrecido
al gobierno español el descubrimiento de Galileo para medir con precisión
matemática las longitudes geográficas en el mar, con ayuda de Júpiter y sus
satélites. Las numerosas negociaciones (1616, 1620, 1629) no condujeron a nada.
Evangelista Torricelli (1608 1647). Retrato anónimo. Galería Uffizi,
Florencia. Excelente físico y matemático, Torricelli ampliaría, entre muchas
otras cosas, los estudios de Galileo sobre el movimiento parabólico de los
proyectiles.
Como
Galileo era consciente de la gran importancia que su particular método de
determinar la situación de los barcos en el mar tenía para las potencias
coloniales marítimas de su tiempo, se dirigió ahora al gobierno de los ricos y
libres Países Bajos. A continuación se iniciaron diversas conversaciones.
Holanda permitió probar la propuesta a fondo; evidentemente, con resultado
positivo, pues el 25 de abril de 1636 los Estados Generales de los Países Bajos
acuerdan obsequiar a Galileo con una cadena de oro valorada en 500 florines,
como muestra de su agradecimiento por su oferta.
Con este honroso resultado final, Galileo se encontró en una situación
altamente delicada para él. Su frecuente intercambio de correspondencia con un
país protestante resultaba ya altamente sospechoso para los censores; ¡y ahora,
además, ese valioso obsequio! Galileo hizo lo más inteligente que podía hacer:
rehusó aceptar la valiosa cadena. Sólo así podía mantenerse a distancia de
ulteriores medidas coercitivas de la Inquisición. Los inquisidores florentinos
elogiaron esta actitud, que era todo menos un acto realizado con convicción, y
dieron cuenta celosamente a Roma de este «éxito» de su «obediente» cautivo.
Como la capacidad visual de Galileo disminuía progresivamente, se le permitió,
a partir de mayo de 1637 y por intercesión del gran duque, recurrir a la ayuda
de Dino Peri (1604-1640) para el trabajo de los Discursos. También
se asociaron como ayudantes al círculo de Arcetri: el padre Ambrogetti, para
las traducciones, en 1638; en 1639, el joven Vincenzo Viviani (1622-1703) como
discípulo, colaborador y más tarde biógrafo; y, finalmente, en 1641,
Evangelista Torricelli (1608-1647). A los veinte años Torricelli, hijo de una
familia de patricios de Faenza, se había trasladado a Roma, donde fue discípulo
de Castelli, el amigo de Galileo. Poco después de la aparición de los Discursos,
Torricelli publicó un escrito suplementario original suyo sobre temas análogos
a los tratados por Galileo. El texto le fue leído al maestro, ya ciego, despertándose
en Galileo el deseo de atraer a Torricelli al grupo de sus colaboradores; pero
hasta el 10 de octubre —por lo tanto, tres meses antes de la muerte de Galileo—
no llegó Torricelli a Arcetri. Aún bajo la dirección de Galileo, mortalmente
enfermo, Torricelli comenzó a elaborar una continuación de los Discursos y,
tras la muerte de aquél, pasó a ser su sucesor oficial como matemático de la
corte de Florencia. Pero en 1647 le sobrevino también la muerte. Su
trabajo Della scienza universale delle proporzioni lo publicó
Viviani más tarde. Torricelli fue el que añadió a la dinámica de los cuerpos
sólidos fundada por Galileo una dinámica de los fluidos. Por este trabajo ha
sido incluido, con todo derecho, entre los «grandes» del periodo de fundación
de la física moderna.
Pero volvamos al Arcetri del año 1638. Galileo se ha quedado ciego, sin
esperanzas de recuperación. Por orden del papa, el 13 de febrero le visita el
inquisidor florentino Giovanni Muzzarelli, acompañado de un médico. El informe
oficial de esta visita, dirigido al cardenal Francesco Barberini, reza: «Para
llevar a cabo el encargo de Su Santidad lo mejor posible, me he presentado
personalmente en compañía de un médico extranjero de mi confianza en casa de
Galileo, en su villa de Arcetri, de forma totalmente inesperada, para examinar
su estado. Yo pensaba menos en poder así informar sobre la naturaleza de sus
sufrimientos que en conseguir ojear los estudios y ocupaciones a los que se
dedica en estos momentos, para poder hacerme un juicio de si está en perfectas
condiciones de seguir difundiendo en Florencia, en charlas y reuniones, la
doctrina condenada del doble movimiento de la Tierra. Lo he encontrado
desprovisto de visión, completamente ciego. El confía, a decir verdad, en la
recuperación, pues la catarata se le ha formado hace nada más que seis meses;
sin embargo, el médico considera que el mal, a los setenta y cinco años, es
incurable. Tiene además una dolencia corporal muy penosa, que le ocasiona
dolores ininterrumpidos, y padece de insomnio, el cual, como él asegura y sus
compañeros de residencia confirman, no le deja dormir durante las veinticuatro
horas del día. Está también, por lo demás, tan disminuido que más parece un
cadáver que una persona viva [che la piú forma di cadavero che di persona
vivente]. La villa se encuentra muy alejada de la ciudad y su acceso es muy
incómodo, por lo que Galileo sólo muy raras veces puede obtener, con muchas
molestias y gastos, asistencia médica. Sus estudios han sido interrumpidos por
su ceguera, aunque a veces hace que le lean en voz alta; el intercambio verbal
con él se evita, pues en su mal estado de salud apenas puede hacer otra cosa
que quejarse de su enfermedad y hablar de sus males a los que a veces le
visitan. Creo también, en vista de ello, que si Su Santidad en su infinita
compasión lo estima oportuno y desea permitirle que viva en Florencia, no
tendría ninguna oportunidad de atender reuniones, y si, no obstante, lo
hiciera, hasta tal punto está al borde de la muerte [mortificato], que
pienso que bastaría, para estar seguro de él, conservar las riendas con una
fuerte advertencia»[25].
De todos los documentos de los últimos años de la vida de Galileo, éste nos
parece el más conmovedor. El propio inquisidor se compadece. Pero en ningún
momento se olvida de a qué ha venido: a conservar las riendas que sujetan a
Galileo, para que no pueda divulgar las doctrinas condenadas. Como eso está
garantizado, ya puede morir en paz.
Sea como fuere, el inquisidor tiene un cierto éxito. El 9 de marzo se comunica
a Galileo que Su Santidad le permite provisionalmente trasladarse a su casa de
Florencia, para tratar de curar allí su enfermedad. Pero él comienza a andar, y
como ve que no puede, permite que le lleven hacia la sede del Santo Oficio para
averiguar bajo qué únicas condiciones particulares se le permite la estancia en
Florencia. Allí supo «para su bien» que «no podía, bajo pena de efectivo
encarcelamiento a cadena perpetua, salir por la ciudad ni hablar con nadie,
quienquiera que fuera, sobre la opinión condenada del doble movimiento de la
Tierra». Compasivamente, en Pascua y por su «buena conducta» se le concedió
permiso [pro suo arbitrio concedat licentiam] para asistir a la misa en
una iglesia de las cercanías, por supuesto que cuidándose de que la gente no se
agrupe en torno suyo.
No debemos pasar por alto un último descubrimiento de Galileo: el fenómeno de
la libración lunar. Probablemente el anciano, que ya había perdido totalmente
la vista, no se había decidido a preparar la correspondiente publicación si no
le hubiera provocado el veneciano Alfonso Antonini, dedicado a la teoría
militar. Antonini, que había oído hablar de las últimas observaciones de
Galileo, supo atacarle por el lugar más sensible. Cómo puede mantenerse la
prioridad de su descubrimiento, pregunta, si el propio Galileo nunca se ha
expresado por escrito acerca de este tema. Galileo reaccionó en seguida a esta
advertencia y dictó sus ideas en una carta, muy a sabiendas de que pronto
circularía de mano en mano.
Izquierda: Iglesia de la Santa Croce en Florencia. Derecha: Interior de la
Santa Croce.
Así
como todo el mundo sabe que la Luna presenta a la Tierra siempre la misma cara,
se conocen mucho menos las oscilaciones o sutiles «libraciones» de la Luna en
torno a su eje, debido a las cuales los halos lunares presentan periódicamente
un aspecto diferente. Galileo fue, también en esto, el primer hombre que
percibió conscientemente esos ligerísimos movimientos: «He descubierto… que [la
Luna] cambia su aspecto con las tres variaciones posibles, realizando ante
nosotros los cambios que haría alguien que, exponiendo ante nuestros ojos su
rostro, cara a cara, y, como suele decirse, majestuosamente, lo fuera girando
de todos los modos posibles, volviéndolo un poco ora a la derecha, ora a la
izquierda, o bien subiéndolo o bajándolo, y finalmente, inclinándolo ora hacia
el hombro derecho, ora hacia el izquierdo. Todos esos cambios tienen lugar en
la cara de la Luna… añadiéndose, además, una segunda maravilla, y es que estas
tres mutaciones diversas tienen tres periodos diferentes: …diario… mensual…
anual». Así figura en la carta del 7 de noviembre de 1637, enviada a Venecia al
más fiel de sus fieles amigos, Fulgenzio Micanzio.
Galileo dirimió una última controversia científica en los años 1640 y 1641 con
uno de sus antiguos discípulos, Fortunio Liceti. Éste intentaba explicar la luz
cenicienta de la Luna cuando no la ilumina directamente el Sol, por analogía
con la piedra boloñesa fosforescente. Por el contrario, Galileo interpretaba
correctamente esta pálida luz como reflejo de la Tierra iluminada por el Sol.
En un detallado escrito que dictó, dirigido al príncipe mediceo Leopoldo de
Toscana, Galileo expresó su parecer. Una vez más hace saltar las chispas de su
brillante inteligencia: sobria exposición de los hechos naturales, tratamiento
irónico del adversario que no rehúsa recurrir a la lisonja y a la broma al
servicio de la contienda, y dominio magistral de la lengua italiana. Aunque
Liceti, que había ocupado incluso diversas cátedras de filosofía y medicina,
era, como hemos dicho, uno de sus discípulos, fue atendido concienzudamente por
Galileo. Del mismo modo que en las anteriores polémicas, también en ésta se
trata principalmente menos del resultado que del método aplicado. Con
«comparaciones verdaderamente ingeniosas» o «graciosas bromas», escribe
refiriéndose a su adversario, no se pueden alcanzar resultados en la ciencia
natural. Liceti pertenece, en opinión de Galileo, a los peripatéticos que
extienden la «influencia y las doctrinas de Aristóteles más allá de sus límites
y se sirven de ellas como apoyo en contra de cualquiera que piense
razonablemente». Con este último tratado polémico, Galileo se despide del campo
de batalla.
Aunque Galileo tuvo también de su lado, con ocasión de esta muy leída carta, a
los auténticos entendidos, íntimamente no se sintió en modo alguno un triunfal
vencedor, consciente de que se acercaba el final de su vida. No había asimilado
el veneno de las ofensas y humillaciones sufridas, y éste penetró en su alma
hasta la muerte. Probablemente se había esforzado, por religiosidad, en aceptar
los golpes del destino y olvidar. A su «querido amigo» Benedetto Castelli, que
trabajó incesantemente en Roma en su favor, le escribe: «Si es el deseo de
Dios, debe ser también el nuestro». Con todo, concluye la carta del 3 de
diciembre de 1639: «Os recuerdo que prosigáis vuestras oraciones por mí al Dios
de la misericordia y del amor, para que extirpe del corazón de mis malévolos y
desgraciados perseguidores su implacable odio». Hasta su muerte, Galileo estuvo
convencido de que era la víctima de malévolas intrigas de sus adversarios
personales.
La agonía de Galileo comenzó en noviembre. Su naturaleza vital opuso
resistencia todavía dos meses, hasta que, el 8 de enero de 1642, ésta debió de
reconocer que la muerte era más fuerte.
Monumento funerario erigido a Galileo en la iglesia de la Santa Croce.
Galileo
no estuvo solo en sus últimas horas. Siete personas rodeaban su lecho de
muerte: sus discípulos Torricelli y Viviani, su hijo Vincenzo y la mujer de
éste, Sestilia, el párroco del lugar, que le administró el viático y le ungió
para la muerte y, cómo no, al fondo dos representantes de la Inquisición;
Galileo entre sus discípulos y perseguidores. Del mismo modo que a lo largo de
su vida había reconocido a la Iglesia como guardiana y dispensadora de los
sacramentos, la reconoció como tal en el momento de la muerte.
Al igual que por su hija, sentía un cariñoso afecto por su hijo. Por ello, no
podían faltar en este último momento de su vida Vincenzo y su mujer. Y los
inquisidores, que tan profundas sombras habían arrojado sobre su vida,
ensombrecían también ahora el momento de su partida.
Después de la muerte de Galileo, prosiguió todavía la lucha contra él. Al día
siguiente, el 9 de enero, su cadáver fue inhumado en la torre-santuario de
Santa Croce, en Florencia. Con extremada habilidad, el papa Urbano VIII logró,
a través del embajador toscano en Roma, Niccolini, influir sobre el gran duque
para que la sepultura de Galileo no se instalara inmediatamente al lado de los
restos mortales de Michelangelo Buonarroti, en la nave principal de la iglesia,
sino en un lugar menos central, y ello, a ser posible, disimuladamente. Sería,
en efecto, poco digno erigirle un gran monumento a un hombre a quien el Santo
Oficio ha condenado como hereje, condena que todavía estaba en vigor en el
momento de su muerte. Debería considerarse esto antes que nada al pensar en su
monumento funerario. Wohlwill relata así la conversación del papa con
Niccolini: «Urbano se encontraba entonces en sus setenta y un años de vida.
Niccolini lo describe como físicamente acabado, con la cabeza hundida y
confundiéndose casi con los hombros; pero sus palabras respiraban
vehementemente contra la falsa y errónea opinión y contra el hombre que,
después de condenado, la enseñaba incluso en Florencia, inculcándola a muchos
otros y dando lugar con ello a un escándalo en toda la cristiandad». «Y en ello
se detuvo mucho tiempo», añadió el embajador.
El gran duque de Florencia, Ferdinando II, no supo tampoco en esta ocasión
mostrarse enérgico frente al papa y cumplió obedientemente los «consejos» de Su
Santidad. No se erigió ningún monumento, ni se llevó a cabo lo determinado por
Galileo en su testamento (trasladar el cadáver del difunto al panteón
familiar). Sus restos mortales descansaron casi un siglo en una capilla lateral
de Santa Croce, hasta que el 13 de marzo de 1736 el cadáver fue trasladado al
mausoleo de la nave principal de la iglesia, erigido en virtud del testamento
de Vincenzo Viviani.
Izquierda: Isaac Newton (1643-1727). Derecha:Christiaan Huygens (1629-1695)
Hasta
el año 1757 todos los libros que enseñaban la inmovilidad del Sol se
encontraban en el Indice de los libros prohibidos. El escrito de Foscarini,
el Epitome astronomiae Copérniconae (Compendio de astronomía
copernicana) de Kepler, el Diálogo de Galileo y la obra de
Copérnico De revolutionibus orbium coelestium no fueron
borrados del Indice hasta 1835.
Un año después de la muerte de Galileo, el 4 de enero de 1643, nació su
verdadero sucesor, Isaac Newton. Tycho Brahe había muerto en 1601 y Johannes
Kepler en 1630. Pasaron cuarenta y cinco años antes de que la obra de Galileo
encontrara su continuación en el gran trabajo de Newton Fundamentos matemáticos
de la filosofía natural (1687). Sólo una persona —si prescindimos de
Torricelli, que murió cinco años después (1647) que su maestro— tendió un
puente sobre el vado entre Galileo y Newton: Christiaan Huygens, el descubridor
del carácter ondulatorio de la luz, nacido el 14 de abril de 1629 en La Haya.
Newton le llamó Summus Huygenius y sabía por qué le daba este elogioso nombre.
El italiano Galileo Galilei, el holandés Christiaan Huygens y el inglés Isaac
Newton fundaron el método físico-matemático de la ciencia occidental, frente a
la oposición de los poderes conservadores que intentaban evitar el nacimiento
del espíritu moderno.
Capítulo 15
Conocimiento y creencia
La
ciencia de la naturaleza, como método de conocimiento válido, había sido
fundada. El destino de Occidente podía seguir su curso. Al triunvirato
Galileo-Huygens-Newton le sucedieron miles y miles de investigadores que
siguieron, más o menos, el mismo rumbo.
En la Edad Media sólo había, en realidad, una ciencia (llamada incluso «reina
de todas las ciencias»), la teología, que asignaba sus correspondientes tareas
a sus sirvientas, la filosofía, la medicina y la jurisprudencia. La historia
natural no era una disciplina autónoma, sino cosa de filósofos y médicos. La
naturaleza se les escapó cada vez más a los filósofos y médicos y la ciencia de
la naturaleza comenzó a desarrollarse, como ciencia auxiliar de los médicos, de
modo cada vez más autónomo. Se encontró el nuevo método para arrebatar a la
naturaleza sus secretos, independientemente de la filosofía y la teología. El
modo de proceder cuantitativo, basado en la observación y el razonamiento, se
había mostrado en dos campos de la física, la mecánica y la dinámica, como
eminentemente fructífero para alcanzar un conocimiento objetivo. Ahora, con el
método analítico-causal de plantear las cuestiones, se podía penetrar
científicamente en todos los otros campos de la experiencia sensible.
Como la jerarquía eclesiástica se colocó en contra de este proceso en un
momento decisivo, y como en los países puramente católicos esta oposición
continuó en pie también después de la muerte de Galileo, la ciencia emigró
progresivamente del Sur de Europa hacia el Norte. Holanda, Francia, Inglaterra,
los países escandinavos y Alemania ofrecieron a partir de entonces un terreno
fértil para la investigación. Después se sumaron a éstos también los países del
Este de Europa, sobre todo Polonia y Rusia (Lomonosov). Al propio tiempo,
comenzó el gran proceso de diferenciación de la ciencia natural: la química se
separó de la física como disciplina autónoma. Cuando apenas se había
constituido la geografía como ciencia autónoma, se segregó de ella la geología,
y de ésta, a su vez, también como áreas independientes, la mineralogía y la
paleontología. La biología y la antropología permanecieron durante mucho tiempo
en el seno de la medicina, pero el proceso era imparable. La botánica y la
zoología se separaron y arrastraron consigo a la materia médica. Este proceso
de diferenciación, que en muchos casos ha conducido a una excesiva dispersión y
a una nociva especialización, no ha concluido aún. Cada una de las llamadas
áreas científicas está hoy dividida en una gran cantidad de especialidades. Conocida
es la desdicha del especialista, que toscamente se ha llamado el problema del
«especialista-idiota» (/dios: el único, el peculiar), es decir, su incapacidad
para entender el lenguaje de cualquier otro considerado especialista en su
respectiva disciplina. Pero el mayor abismo se abre, a pesar de los incesantes
esfuerzos por evitarlo, entre la primitiva madre y sus hijos: la teología, como
ciencia de la creencia en la revelación, y la ciencia de la naturaleza, tal y
como se establece internacionalmente en la actualidad en las universidades y
escuelas superiores. Las dos se llaman «ciencias», pero hablan en dos lenguas
opuestas y excluyentes. El teólogo, en la medida en que no escucha al grupo de
los ilustrados liberalizadores, afirma la «revelación divina» como un hecho y
pone su pensamiento al servicio de esta revelación. El científico natural parte
de la naturaleza como dato y logra sus resultados mediante observaciones y
medidas, que exige sean reproducibles en cualquier momento y por cualquier hombre
con los conocimientos y preparación adecuados. En otras palabras: los teólogos
se siguen basando en las experiencias «interiores», y generalmente sobre
aquellas que experimentaron y manifestaron hace mucho tiempo hombres
particularmente eminentes como Moisés, los profetas judíos, los evangelistas,
Pablo, Juan y los «padres de la Iglesia». Su meta suprema es la comprensión del
contenido de la fe. Sin quererlo, y casi siempre de modo controvertido, la
tendencia a volver hacia atrás que manifiesta la teología cristiana es, ahora,
inequívoca a los ojos de cualquier observador imparcial.
Para un científico actual sólo vale la experiencia «exterior», pues la
sentencia válida desde Galileo: Se debe medir lo medible y hacer que lo sea
aquello que no lo es, sólo puede aplicarse al mundo exterior y objetivo. Al
hecho de haber seguido esta directriz debe la ciencia natural moderna su
grandeza. Su meta suprema es: conocer de tal modo las leyes de la naturaleza
que ese conocimiento pueda traducirse en actividades y habilidades técnicas. La
multitud de ingenieros y técnicos, de trabajadores y empleados de la industria,
las comunicaciones y los transportes, en suma, de toda la técnica en su
conjunto, se ajusta a esta meta. Se cambió la creencia por el saber acerca de
un mundo manipulable por el hombre. Aquí reside la tendencia a ir hacia
adelante, hacia el futuro, esforzándose con afán por alcanzar el modelo más
nuevo, de modo tan evidente como lo es que la tendencia fundamental de la
doctrina cristiana —a pesar de toda la escatología— es volverse hacia el
pasado. Más sencillamente expresado, el «hombre de hoy» siente en cierto modo
que las iglesias llevan consigo algo esencialmente reaccionario. La ciencia de
la naturaleza y la técnica son siempre revolucionarias.
Pero esto no es todo. El «hombre de hoy», que con ayuda de la ciencia natural
ha aprendido a manipular no sólo todo su entorno sino también el nacimiento y
la muerte, no se siente satisfecho a pesar de ello. Toda su existencia se
proyecta hacia el futuro, pero tiene miedo de ese futuro. Sabe que a partir de
la física clásica de Galileo y Newton ha surgido la física atómica de Einstein,
Planck, Born, Bohr, Rutherford y otros. Oppenheimer, Teller y sus colaboradores
transformaron estos conocimientos en medios de destrucción. En Hiroshima y
Nagasaki se manifestaron los resultados prácticos, los hechos originados por
ese fanatismo de la destrucción. Muchos tomaron estos acontecimientos como la
primera señal de alarma y las consecuencias son, cuanto menos, la inseguridad
interior y la inquietud general.
Cuando el papa Pablo VI, a través de la encíclica Humanae Vitae, en julio de
1963, prohibió a los creyentes de su Iglesia la utilización de medios
bioquímicos para el control de natalidad y se dirigió, al mismo tiempo, con su
mensaje a todos los hombres de «buena voluntad», se levantó una tormenta de
indignación, especialmente en circunstancias concretas. Más de una vez se
invocó el espíritu de Galileo. Un periódico alemán fue tan claro, si bien no
especialmente delicado, que tituló su artículo «Galileo y la píldora». La
conexión es evidente. En el siglo XVII la jerarquía eclesiástica intervino en
la libertad de pensamiento de sus creyentes, pero bajo el peso de la victoriosa
ciencia natural del siglo XIX tuvo que modificar su actitud. En el XX la cabeza
de la Iglesia trata de intervenir en la libertad de actuación de los creyentes.
¿Cuánto tiempo durará esto, hasta que se produzca de nuevo una retirada
forzosa?
Pero con todo esto apenas se menciona el problema nuclear. Dijimos que el
«hombre de hoy» no se siente satisfecho persiguiendo la marcha triunfal
arrolladora de la ciencia de la naturaleza aplicada. Tampoco se siente bien si
consigue impedir perfectamente la descendencia indeseada sin tener que
imponerse restricciones. En ambos casos, una voz «interior» le dice que «algo»
no está en orden. Pero ¿cómo hacer frente a ello? No es posible volver al punto
de partida, o, poco más o menos, a los siglos XII a XIV. La manipulación
técnica de todas las circunstancias de la vida es nuestro destino. Pero,
mirando hacia el futuro, ¿significa eso la pérdida de todos los valores
religiosos y morales? ¿Era un camino equivocado el que empezó con el cardenal
Nicolás de Cusa y continuó con Copérnico, Galileo y Newton? Un físico como Pascual
Jordán denomina al desarrollo moderno una «rebelión malograda». Entonces, ¿hay
que dar marcha atrás? Sólo los ilusos o los utópicos pueden creer en ello o
desearlo.
El camino que a partir de Galileo pasa por Newton no es el único posible en la
actualidad. No es casualidad que Goethe tuviera en muy alta estima a Copérnico
y a Galileo, mientras veía en Newton, a pesar de que había muerto en 1727, casi
a un enemigo personal.
Hoy está claro que hay otro camino, en contraposición al exclusivo método
cuantitativo, por el que pueden llegarse a conocer las «cualidades» del ser,
con ayuda de lo que Goethe llamaba «discernimiento intuitivo». Este camino
comienza también con el cardenal de Cusa, pasa por Copérnico, Paracelso,
Giordano Bruno, Johannes Kepler, Novalis y Goethe. Al borde de este camino se
encontró, aguardando ansioso la aurora espiritual, Jakob Bohme, el zapatero de
Górlitz, así como el religioso Johann Valentín Andreá. Esta segunda vía era
también la gran esperanza de los idealistas alemanes, de Herder, Hegel y
Schelling, y también de Schopenhauer y Alexander von Humboldt. Todos ellos
esperaban de una ciencia de la naturaleza, en el sentido de Goethe, una
ampliación y profundización de la ciencia oficial, orientada únicamente a «lo
externo» del mundo, la Tierra y el hombre. Hombres importantes, como Inmanuel
Hermann Fichte (el hijo de J. G. Fichte), el noruego Norunger Steffens, el
suizo Troxler, los alemanes Carus y Schubert, contribuyeron a la constitución
de un complemento espiritual de la ciencia «exacta» basada exclusivamente en la
observación mediante los sentidos, reforzados por el microscopio y el
telescopio. Sin embargo, su fuerza no fue suficiente. La tendencia hacia la
orientación causal-mecanicista era demasiado intensa. Los «románticos» sucumbieron.
Desde los comienzos del siglo XX se han realizado diversos esfuerzos de
profundización en la relación de la ciencia de la naturaleza con la ciencia del
espíritu para lograr una ampliación del campo del conocimiento. Pero, como se
ve fácilmente que esta «segunda» vía de la ciencia exige del investigador una
actividad adicional. La restricción de Galileo y Newton al método de «medida,
número y peso» ha cimentado la moderna «exactitud» y «objetividad» de la
investigación. Pero, al mismo tiempo, significa una considerable reducción del
campo del conocimiento, pues los tres niveles del ser que siempre se han
designado con las palabras «vida, mente, espíritu» se escapan en gran medida a
los métodos cuantitativos. Se sobreentiende que si el método de conocimiento
sólo es apropiado para relaciones materiales —por supuesto, para las
importantes—, el discurso al final sólo puede tratar de la materia como lo
propio del mundo. Sin más explicaciones, debería estar claro que la mente sólo
puede conocerse a través de la mente, y el espíritu, únicamente a través del
espíritu. La investigación del futuro debe, sin perjuicio de la exactitud y
objetividad conquistadas hasta ahora, perfeccionar su capacidad de observación
de tal modo que pueda llegar científicamente a «resultados de observación
psíquica» (K. Steiner). Del mismo modo que un astronauta no puede encontrar al
«Dios querido» detrás de la Luna o en algún lugar del universo, porque los
órganos de los sentidos sólo pueden reconocer sensaciones, tampoco la mente y el
espíritu pueden ser aprehendidos de otro modo que mediante la observación
psíquica activa y la reflexión espiritual. De este modo se haría viable el
camino capaz de incluir en el objeto de conocimiento no sólo lo puramente
sensorial, sino también el campo de lo suprasensible. El conocimiento se podría
extender a cuestiones que hasta hoy la teología ha reservado a la fe. Los
esfuerzos conjuntos de Goethe y Rudolf Steiner por el conocimiento natural y
espiritual señalan en esa dirección. Los esfuerzos de los «goethianos», si los
medimos en relación a los resultados de la ciencia natural actual, no han
germinado aún. Pero si, como nosotros opinamos, las semillas están sanas, están
justificadas las esperanzas de que a partir de ellas se desarrolle una investigación
que se apoye no sólo en el intelecto, sino también en el espíritu, la cual
podrá, de este modo, encontrar al espíritu en todo el mundo. Por este camino es
enteramente imaginable una reconciliación de los dos campos, el conocimiento y
la fe, tan trágicamente separados desde Galileo.
·
1473. 19 de febrero:
nace Nicolás Copérnico en Thorn.
·
1546. 14 de
diciembre: nace Tycho Brahe en KnudstTup.
·
1562. 5 de julio:
Vincenzo di Michelangelo di Giovanni Galilei se casa con Giulia di Cosimo di
Ventura degli Ammannati.
·
1564. El 15 de
febrero: nace en Pisa Galileo Galilei.
·
1571. 27 de
diciembre: nace Johannes Kepler en la ciudad de Weil.
·
1574. Galileo se
traslada a Florencia con su familia.
·
1579. Estudia en el
monasterio de Santa María de Vallombrosa. En julio regresa con su familia a
Florencia.
·
1561. 5 de
septiembre: se matricula como estudiante de medicina en la Universidad de Pisa.
·
1583. Primeras
observaciones de los movimientos del péndulo. Primeros estudios de geometría.
·
1584. Se supone que a
este año corresponden sus textos conocidos como Juuenilia.
·
1585. Tras finalizar
el cuarto curso académico, regresa a Florencia.
·
1586. Invención de
una balanza para medir el peso específico (Bilancettaj.
·
1587. Primer viaje a
Roma.
·
1588. Galileo
solicita la cátedra de matemáticas de la Universidad de Padua, que ha quedado
libre por la muerte de Moletti. Imparte dos conferencias públicas en la
Academia Florentina sobre la forma, localización y magnitud del infierno (Inferno)
de Dante. Intenta conseguir la cátedra de matemáticas de Pisa y la de
Florencia, que habla sido creada por Cosimo I.
·
1589. Galileo es
llamado a ocupar la cátedra de matemáticas de la Universidad de Pisa, con un
sueldo de 60 escudos anuales. El 12 de noviembre, lección inaugural, y el 14 de
este mes, comienzo de las clases.
·
1590. Experimento
sobre las leyes de calda de graves en la Torre de Pisa. Tratado De motu.
·
1591. 2 de julio:
muerte del padre de Galileo.
·
1592. Galileo
solicita la cátedra de matemáticas vacante en Padua. El 26 de septiembre, el
Senado de la ciudad de Venecia le confirma el nombramiento para esta cátedra
por cuatro años en firme y dos de respeto, y recibe un sueldo de 180 florines
anuales. El 7 de diciembre, lección inaugural, y el 13 comienzo de las clases.
·
1593. Tratado de
fortificaciones y Tratado de mecánica. Galileo inventa una máquina para
elevar el agua.
·
1597. Primeras
construcciones del compás de proporción, de usos geométricos y militares. Carta
en favor del copernicanismo a Kepler y Tratado sobre la esfera celeste
o cosmografía.
·
1599. Comienzo de sus
relaciones con Marina Gamba. Acoge al mecánico Marcantonio Mazzoleni, que
construye para él instrumentos matemáticos. Confirmación de la cátedra de la
Universidad de Padua, con un sueldo de 320 florines anuales durante seis años.
Se inscribe en la Academia dei Ricovrati.
·
1600. 13 de agosto
nace la primera hija de Marina Gamba y Galileo, que recibe el nombre de
Virginia.
·
1601. Nacimiento de
su segunda hija, Livia.
·
1604. Ensayo de una
máquina para elevar agua en los jardines de la Casa Contarini, en Padua.
Octubre: descubre las leyes del movimiento naturalmente acelerado. La nueva
estrella que ha aparecido en Sagitario es observada el 24 de diciembre por
Galileo. Giordano Bruno, condenado por la Inquisición, es quemado vivo en la
hoguera.
·
1605. Tres
conferencias sobre la Nueva estrella. Galileo comienza la
instrucción del príncipe heredero de Toscana, Cosimo de Médicis, en
matemáticas.
·
1606. Galileo
construye un termómetro. En su casa de Padua se imprimen sesenta ejemplares del
opúsculo Las operaciones del compás geométrico- militar. Agosto:
confirmación de su puesto durante seis años más en Padua; su sueldo asciende a
520 florines. El 21 de agosto nace su hijo Vincenzo.
·
1608. Galileo pasa
gran parte de sus vacaciones en Florencia, llamado por el gran duque a aquella
ciudad. Noviembre-diciembre: estudios preparatorios para las Nuevas ciencias.
·
1609. Cosimo II se
convierte en el gran duque de Toscana. Estudios sobre el movimiento de los
proyectiles. Construcción del anteojo. El 21 de agosto sube a la torre de San
Marcos para mostrar a algunos patricios venecianos los efectos del anteojo.
Regala el instrumento a la Signoria de Venecia. Se le confirma de modo
vitalicio en la cátedra de Padua, con un sueldo anual de 1.000 florines.
·
1610. Galileo
descubre cuatro satélites de Júpiter. Se imprimen los primeros ejemplares (550)
del Sidereus nuncius. Con ocasión de las vacaciones de Pascua se
traslada a Pisa, para mostrar a la corte toscana los planetas medíceos. El gran
duque de Toscana le otorga una cadena de oro valorada en 400 escudos, en
gratitud por la dedicatoria de los planetas medíceos. Galileo imparte tres
conferencias en la Universidad de Padua sobre su descubrimiento de los planetas
medíceos. Poco después, renuncia a la cátedra de esta Universidad. Galileo es
nombrado «Primer matemático y filósofo del gran duque de Toscana», con un
sueldo anual de 1.000 escudos florentinos. Descubrimiento de los tres cuerpos
que integran Saturno y de las manchas del sol. El descubrimiento de los planetas
medíceos es confirmado por Kepler. Regresa a Florencia. Descubre las fases de
Venus.
·
1611. Michelangelo
Buonarroti (el joven) le facilita una entrevista con el cardenal Maffeo
Barberini, más tarde papa Urbano VIII. Segundo viaje a Roma. Llega el 29 de
marzo; vive en casa del embajador de Toscana, G. Niccolini. El cardenal
Bellarmino interroga a los matemáticos del Colegio Romano acerca de su opinión
sobre los descubrimientos de Galileo. Se inscribe en la Accademia dei Lincei.
En junio parte de Roma y regresa a Florencia.
·
1612. Se publica en
Florencia el Discurso sobre los cuerpos flotantes. El secretario de
Estado de Toscana ofrece al gobierno español el descubrimiento de Galileo para
la determinación de la longitud geográfica. El padre Lorini pronuncia un sermón
en San Marcos, Florencia, contra la doctrina de Galileo del movimiento de la
Tierra.
·
1613. Se imprimen
las Cartas sobre las manchas solares. Carta de Galileo al padre
Castelli, en la que traza los límites entre la ciencia y la fe.
·
1614. Las hijas de
Galileo, Virginia y Livia, toman los hábitos en San Mateo de Arcetri. El
dominico Caccini se desata en improperios contra Galileo desde el púlpito de la
iglesia Santa Marta Novella.
·
1615. Escrito del
padre Foscarini sobre la opinión de los pitagóricos. Carta de Galileo a la gran
duquesa de Toscana, Cristina de Lorena. El dominico Lorini denuncia a Galileo a
la Inquisición. Carta del cardenal Bellarmino al padre Foscarini. Galileo contesta,
por intermedio de Castelli, a los ataques contra su escrito sobre los cuerpos
flotantes. Tercer viaje a Roma.
·
1616. discurso sobre
el Flujo y reflujo del mar. Cartas en defensa del sistema
copernicano. Se comunica a los teólogos de la Inquisición las frases que hay
que censurar en relación con el movimiento de la Tierra. Galileo es
«amonestado». El cardenal Bellarmino informa sobre la amonestación y lee el decreto
de la congregación del Indice a la congregación de la Inquisición. Se publica
el decreto. Disputatio de situ et quiete terrae contra Copernici
systema, de Francesco lngoli. Se reemprenden las conversaciones con España
sobre la determinación de la longitud geográfica. Testimonio del cardenal
Bellarmino en favor de Galileo. Junio: abandona Roma.
·
1617. Giovanni
Antonio Roffeni propone a Galileo que solicite la cátedra de matemáticas de
Bolonia.
·
1618. Peregrinación
de Galileo a Loreto. El padre Grassi publica su De Tribus Cometis Anni
MDCXVIII Disputatio Astronómica.
·
1619. Legitimación de
Vincenzo Galilei. B padre Grassi publica, bajo el seudónimo de Lothario Sarsi,
la Libra Astronómica ac Philosophica.
·
1620. Agosto: muere
la madre de Galileo. El cardenal Barberini envía a Galileo la Adulatio
perniciosa, que habla compuesto en su honor
·
1621. Galileo es
elegido cónsul de la Academia Florentina. Cosimo II, gran duque de Toscana,
muere.
·
1622. Galileo envío a
Cesarini el manuscrito de Il Saggiatore, para la aprobación de los
Lincei y su envío ulterior a la imprenta.
·
1623. Galileo,
elegido cónsul de la Academia Florentina, reemplaza a Alessandro Sestini.
Agosto: Maffeo Barberini sube al trono papal como Urbano VIII. Il
Saggiatore, aprobado para la impresión por el padre Riccardi, es publicado
y dedicado a Urbano VIII.
·
1624. En abril,
cuarto viaje a Roma; en Acquasparta, huésped del príncipe Cesi. Contestación al
escrito de Ingoli; perfeccionamiento de la construcción del microscopio
compuesto.
·
1626. El padre Grassi
contesta a Il Saggiatore con Ratio Ponderum Librae ac
Simbellae.
·
1628. Galileo enferma
gravemente en marzo. En diciembre se le confiere un puesto en el consejo de los
doscientos, y de este modo alcanza la ciudadanía florentina.
·
1629. Vincenzo
Galilei se desposa con Sestilia Bocchineri. Nace Galileo di Vincenzo Galilei.
Galileo adquiere en nombre de su hijo una casa en la ribera de San Giorgio
(Florencia).
·
1630. Urbano VIII
concede a Galileo una pensión de cuarenta escudos sobre una canonjía de la
catedral de Pisa. En mayo Galileo viaja por quinta vez a Roma, esta vez para
solicitar el permiso de impresión del Diálogo dei Massimi Sistemi.
El príncipe Cesi muere en Acquasparta.
·
1631. B hermano de
Galileo, Michelangelo Galilei, muere en Munich. Galileo consigue a través del
padre Riccardi la posibilidad de ultimar en Florencia las negociaciones sobre
la impresión del Diálogo dei Massimi Sistemi. Alquila por treinta y
cinco escudos anuales la villa II Gioiello, en las cercanías del monasterio de
San Mateo, en Arcetri.
·
1632. Se concluye en
Florencia la impresión del Diálogo dei Massimi Sistemi. Galileo
contrae una enfermedad ocular. Se comunica al impresor Landini que suprima la
venta del Diálogo y a Galileo que no difunda ningún ejemplar
más. El inquisidor de Florencia comunica a Galileo que comparezca lo más tarde
en octubre ante el comisario general de la Inquisición en Roma; pero da a
Galileo una prórroga. En diciembre el papa ordena que se obligue a Galileo a
comparecer. Los médicos Vettorio de Rossi, Giovanni Ranconi y Pietro Cervieri
atestiguan que Galileo se encuentra en un estado grave.
·
1633. Enero: Galileo
parte hacia Roma. Tras el primer interrogatorio, es detenido en las estancias
de la Inquisición. Después del segundo interrogatorio, se le permite regresar
al palacio del embajador deToscana. E 22 de junio: abjuración de Galileo en el
gran salón de Santa María sopra Minerva. Decreto papal por el cual se permite a
Galileo abandonar Roma y trasladarse a Siena. Desde Roma se emiten copias de la
sentencia contra Galileo y de su abjuración. Partida hacia Siena, donde se
persona en casa del arzobispo Ascanio Piccolomini. El embajador de Toscana
solicita por encargo del gran duque la liberación de Galileo, que es denegada
por el papa. En diciembre consigue el permiso para retirarse a su villa de
Arcetri.
·
1634. La petición de
Galileo para poder trasladarse a Florencia es rechazada por el papa. Muere su
hija, la hermana María Celeste, y también la viuda de Michelangelo Galilel, en
Munich, presumiblemente de peste.
·
1635. Negociaciones
secretas para que Galileo acepte la cátedra en la Universidad de Amsterdam. Se
envían a Alemania copias de su Diálogo sobre las nuevas ciencias.
El trabajo se traduce al latín y se Imprime en Leyden. Justus Sustermans hace
un retrato de Galileo.
·
1636. Galileo ofrece
a los Estados Generales de Holanda su descubrimiento para la determinación de
la longitud en el mar.
·
1637. Galileo sufre
una ceguera total del ojo derecho.
·
1638. Galileo
comunica a Diodati que se ha vuelto totalmente ciego irreparablemente. Solicita
de la Congregación de la Inquisición su liberación. Por mandato del papa, es
visitado por el inquisidor de Florencia y un médico y es encontrado «totalmente
privado de vista y completamente ciego». Carta de Antonini sobre las
libraciones de la luna. Galileo consigue permiso para trasladarse de II
Gioiello a su casa de la cuesta de San Giorgio, por motivos de salud, y
frecuentar los días festivos la iglesia más cercana. Afligido por la enfermedad
y postrado en cama, cree que el final de su vida está cerca. Redacta su
testamento.
·
1639. Vincenzo
Viviani es acogido junto a Galileo. Se publica una traducción francesa
del Diálogo. El papa deniega «diversas gratias» que Galileo
había pedido.
·
1641. Evangelista
Torricelli es contratado por Galileo con un sueldo de siete escudos mensuales.
Galileo concibe la utilización del reloj de péndulo.
·
1642. El 8 de enero
muere Galileo; su cadáver es inhumado en la capilla del campanario del
noviciado de Santa Croce.
·
1643. Nace Isaac
Newton, el 5 de enero, en Woolsthorpe.
·
1736. El cadáver de
Galileo es trasladado al mausoleo que habla sido erigido para él por Vincenzo
Viviani en Santa Croce.
·
1835. El Diálogo es
borrado del Indice.
Johann
Wolfgang von Goethe
El método Inductivo basado en la particularización habla hecho pedazos para
siempre la ciencia, al menos en apariencia, porque Galileo se encargó de
unificarla de nuevo. Galileo consiguió acercar la física al hombre, y demostró,
siendo aún muy joven, que el genio podía deducir de caso particular una teoría
generalizada, cuando, al ver una lámpara que se balanceaba en una iglesia,
descubrió la teoría del péndulo y la calda de los cuerpos. En el terreno
científico todo depende de lo que se denomina un aper^u, una iluminación súbita
de la causa de los fenómenos. Una intuición semejante es ¡limitadamente
fructífera.
(Historia de la teoría de los colores. Hacia 1800).
Werner Heisenberg
Casi todos los progresos en física implican una renuncia, porque los nuevos
conocimientos exigen sacrificar sistemas conceptuales anteriormente básicos. A
medida que se incrementan los conocimientos y el saber, disminuye
paulatinamente la pretensión de los físicos de «comprender» el mundo… El
análisis de esta «autolimitación», ligada por fuerza a los progresos de la
ciencia física, nos da una idea del grado de necesidad y de las limitaciones
que jalonan el camino de la física moderna para defenderse de las acusaciones
de estrechez de miras y de vanidad… El punto de partida de la física de Galileo
es abstracto y se sitúa dentro del contexto ya trazado por Platón para esta
ciencia: Aristóteles describió los movimientos de los cuerpos en la naturaleza
y constató que los menos pesados caen con más lentitud; Galileo, a su vez,
plantea el siguiente interrogante: ¿Cómo caerían los cuerpos si el aire no les
opusiera resistencia? Es decir: ¿Cómo caen los cuerpos en el «vacío»? Galileo
formuló matemáticamente las leyes de este movimiento teórico, que sólo pueden
comprobarse experimentalmente de manera aproximada. La aceptación inmediata de
los fenómenos naturales es reemplazada por la formulación matemática de una ley
limite, que sólo puede ser comprobada en condiciones limite. La posibilidad de
deducir de los fenómenos naturales leyes científicas y de formulación precisa
se obtiene a cambio de renunciar a aplicar directamente estas leyes a los
sucesos de la naturaleza.
(Las transformaciones de los fundamentos de la Física, 1943).
Ernesto Sábato
Galileo fue escasamente lo que se llama una persona bien educada. Ya antes de
ser profesor en la Universidad de Pisa era famoso por sus bromas contra la
escuela aristotélica; cuando comenzó a enseñar en la facultad declaró que las
teorías de Aristóteles no eran dignas del menor respeto; escribió un libro en
que ridiculizaba el afán académico por la toga; salía a beber con sus alumnos;
componía versos de amor; armaba pendencias con los colegas peripatéticos y se
divertía en refutar sus teorías arrojando piedras desde lo alto de la torre
inclinada. En pocas palabras: usó los métodos más eficaces para lograr mala
fama en los círculos filosóficamente decentes de la ciudad de Pisa.
(Uno y el Universo, 1945).
Arnold J. Toynbee
En el siglo XVII de la era cristiana, cuando el genio intelectual nativo de
Occidente se reafirmó sobre líneas «baconianas» al lanzarse a explorar el mundo
de la naturaleza, le teología de la Iglesia se hallaba tan penetrada de
aristotelismo que Giordano Bruno perdió su vida y Galileo incurrió en la
censura eclesiástica a causa de herejías científicas que no tenían la menor
relación con la religión cristiana tal como ésta se halla expuesta en el Nuevo
Testamento.
(Estudios de la Historia, vol. III, 1946).
Albert Einstein/Leopold Infeld
La sustitución de las ideas aristotélicas por las de Galileo proporcionó a la
física uno de sus pilares básicos. Una vez dado este paso, su posterior
evolución ya no ofrecía ninguna duda.
(La evolución de la Física, 1956).
Ortega y Gasset
Galileo nos interesa no así como así, suelto y sin más, frente a frente él y
nosotros, de hombre a hombre. A poco que analicemos nuestra estimación por su
figura, advertiremos que se adelantó a nuestro fervor, colocado en un preciso
cuadrante, alojado en un gran pedazo del pretérito que tiene una forma muy
precisa: es la iniciación de la Edad Moderna, del sistema de ideas,
valoraciones e impulsos que han dominado y nutrido el suelo histórico que se
extiende precisamente desde Galileo hasta nuestros pies. No es, pues, tan
altruista y generoso nuestro interés hacia Galileo como al pronto podíamos
imaginar. Al fondo de la civilización contemporánea, que se caracteriza entre
todas las civilizaciones por la ciencia exacta de la naturaleza y la técnica
científica, late la figura de Galileo. Es, por tanto, un ingrediente de nuestra
vida y no uno cualquiera, sino que en ella le compete el misterioso papel de
iniciador.
(En tomo a Galileo, 1959).
Gerhard Harig
Galileo supo infundir a la mecánica una nueva savia con elementos procedentes
de la astronomía; con ello, logró vencer el aislamiento del sistema cosmológico
de Copérnico, no porque este sistema hubiera sido absorbido por las ideas
tradicionales o se hubiera fusionado con ellas, sino precisamente dándole un
nuevo impulso que le hizo despegarse de concepciones tradicionales (sobre todo
en el campo de la mecánica) para sustituirlas por otras nuevas y más profundas.
Lo nuevo venció a lo viejo, se le impuso, desembocando en una transformación de
la imagen que la física se habla formado del mundo.
(La gran hazaña de Copérnico, 1961).
Cari Friedrich von Weizsácker
Al crear la ciencia de la mecánica, Galileo sentó los reales de la matemática
en la tierra. Seguía aquí el camino iniciado por otro pensador griego, su
admirado Arquímedes: Galileo quería realizar en la dinámica o ciencia del
movimiento la misma labor que Arquímedes había desarrollado en el campo de la
estática. Galileo no legó a la posteridad una teoría acabada: otros físicos
posteriores, Huygens y Newton sobre todo, los grandes matemáticos del siglo
XVIII, le añadieron nuevos elementos. Pese a todo, hay que decir que el
esfuerzo decisivo es obra de Galileo…
El hecho es que Galileo no se convirtió en un mártir, es más nunca pretendió
tal cosa. Él era un hombre de la vida, y un buen católico que jamás buscó
conflictos con la Iglesia. Quizá su extraordinaria talla como científico y como
católico se debió a que tenía conciencia clara de que el martirio es un
testimonio de convicción religiosa y ética, no de estar en posesión de la
verdad científica… Toda su meta se cifraba en convencer a la Iglesia de un
hecho: de que las ideas de Copérnico eran ciertas, muy importantes y de ninguna
manera contrarias a la fe católica. Para lograrlo escribió libros, hizo mirar a
las gentes por telescopios y sostuvo numerosas conversaciones con los
cardenales y con el papa. Cuando condenaron su libro, se mostró dispuesto a
«rectificarlo», y al obligársele a abjurar de sus tesis, sintió un profundo
odio contra los que hablan provocado esa situación y ya no volvió a hablar de ellos
más que con un profundo desprecio; posiblemente si los medios diplomáticos no
hubieran podido salvarle, Galileo se habría resignado a lo inevitable y habría
prestado juramento en contra de Copérnico; pero de haberlo hecho, es
completamente seguro que habría pensado en ese momento: «eppur si mouve» («y
sin embargo, se mueve»). Pero seguro que no pronunció tales palabras, porque
Galileo no era un tonto.
Max Born
La ciencia moderna nació a fines de la Edad Media tras una lenta separación de
la tradición antigua. En 1609 Galileo formuló las leyes de la calda libre de
los cuerpos y del movimiento de lanzamiento. Aproximadamente en esa misma
época, Kepler, después de analizar con sumo cuidado las observaciones de Tycho
Brahe, descubrió que la órbita de Marte no era circular, sino elíptica, y que
el movimiento del planeta a lo largo de su órbita tampoco era uniforme, sino
que obedecía a otra ley (segunda ley de Kepler).
Todos estos hechos provocaron el derrumbamiento de ideas que tenían 2.000 años
de antigüedad. Fue un giro radical, y su fecundidad no tardó en ponerse de
manifiesto: la mecánica de Newton, desarrollada a partir de los principios de
Galileo y Kepler, se convirtió en modelo irrefutable durante los siglos.
(Sobre la responsabilidad del físico, 1965).
Hans Blumenberg
La mecánica de Galileo supone para la Edad Moderna no sólo la creación de una
ciencia nueva, sino el fortalecimiento de una nueva concepción sobre el
progreso técnico del hombre, que ya no aparece como emergencia de la
naturaleza, sino como un elemento que participa con toda justicia en aquélla y
que, además, puede mejorar los rendimientos de la naturaleza. La comprensión de
la ley física posibilita la técnica, y el apoyo en las leyes naturales legitima
sus resultados. El descubrimiento del anteojo por Galileo ha de ser situado
dentro de este contexto que plantea un conflicto fundamental de la Edad
Moderna, aún no solucionado, cuya virulencia se patentiza en la oposición de
Goethe a microscopios y telescopios (porque confunden la mente y violentan la
sencillez del fenómeno), y en la moderna «demonización de la técnica»…
Si en Aristarco y Copérnico habla que alabar la victoria de la razón sobre la
percepción, la confianza de Galileo en el telescopio como medio de probar
definitivamente la teoría copernicana es al mismo tiempo una de las
inconsecuencias de Copérnico. Galileo experimentó una decepción con el
telescopio al no poder probar con él la verdad, y este hecho le puso
definitivamente en el camino de la ciencia y salvó su verdad, trasladándola del
plano de la evidencia al de la abstracción.
(Galileo Galilei, Sidereus Nuncius - Noticias de nuevas estrellas - Diálogos
sobre sistemas cosmológicos…, 1965).
Gerhard Szczesny
Galileo
se sometió a la fuerza, Brecht buscaba voluntariamente la sumisión. Galileo era
un individualista a ultranza, Brecht un discípulo de una sociedad modélica. La
rebeldía de Galileo frente a la autoridad era el polo opuesto, más aún, un
objeto de identificación. Los rasgos del carácter de Galileo más acentuados (su
gula y su cinismo, que llega a arruinar la vida de su propia hija) sólo se
entienden si se consideran un autorretrato (consciente o inconsciente) de su
autor. Brecht se vivenció a sí mismo como un vividor y un cínico, cuya buena
conducta social escondía o disimulaba al anarquista que llevaba dentro: un
individuo al que le interesaba su bienestar personal y que utilizaba todos sus
ideales políticos y estéticos para cimentar y alcanzar su peculiar concepto de
la vida.
(Brecht.
Galileo Galilei - Ficción y realidad, 1966).
Bertolt Brecht
El
delito de Galilei es el «pecado original» de la física moderna. Convirtió la
nueva astronomía, ciencia que interesaba profundamente a una nueva clase, la
burguesía, en una ciencia especializada y con limites muy precisos, y que
debido precisamente a esta «precisión», o lo que es lo mismo, a su indiferencia
por el modo de producción, logró desarrollarse relativamente sin ser estorbada.
La bomba atómica, en su doble vertiente de fenómeno técnico y social, es el
clásico producto final de su obra científica y de su fracaso social.
(Notas a Galileo Galilei, 1967).
Stilman Drake
La
importancia de Galileo para la formación de la ciencia moderna depende en parte
de sus descubrimientos y sus opiniones en física y en astronomía, pero mucho
más de su oposición a que la ciencia siguiera guiada por la filosofía. Su
rechazo de la tradicional autoridad de los filósofos indujo progresivamente a
éstos a buscar apoyo en la Biblia, a consecuencia de lo cual sobrevino una
batalla por la libertad en la investigación científica que influirá
profundamente en el desarrollo de la sociedad moderna.
Habitualmente se suele suponer que el papel desempeñado por Galileo en tal
batalla consistió en lanzar un provocativo desafio a la fe religiosa en nombre
de la ciencia. Esta no era en modo alguno su intención, si bien es cierto que
los teólogos —acaso con otro objetivo muy distinto— se apresuraron a salir al
paso de la ciencia galileana. La ciencia galileana sólo tomó parte de forma
directa en el famoso affaire, a saber, el proceso y condena de
Galileo por la Inquisición romana en 1633.
(Galileo, 1980).
Antonio Gala
La
propia Roma, el propio Padre Santo, acaba de darnos un ejemplo de sangre
gorda in excelsis. Ante los miembros de la Pontificia Academia de
las Ciencias, con motivo del centenario del nacimiento de Einstein, el papa ha
procurado ser moderno y ha reconocido: «No queremos ocultarlo: Galileo Galilei
tuvo que sufrir mucho por causa de personas y organismos de la Iglesia». A eso
se llama generosidad, sf, señor, Troylo. Por fin la iglesia con Galileo, se
vuelve madre comprensiva. ¡Aleluya! Lo de menos es que, del error que hoy se
acusa y de la triste muerte de Galileo, haga casi tres siglos y medio. Más vale
tarde que nunca, de sabios es mudar de opinión, etc. Y nosotros nos inquietamos
porque a los disidentes de Rusia o de Checoslovaquia sus Gobiernos se los quiten
de encima. Vamos, vamos, somos como chiquillos impacientes: melón y tajada en
mano. Un poco de paciencia. Tenemos toda la vida y toda la muerte por delante.
Y por si fuera poco, tenemos un papa rigurosamente vicario de Dios: el más
vicario. Un papa al que no le gusta dejar ni un cabo suelto. Tú observa,
Troylo, observa. Existen unas profecías de un santo, brumoso y nórdico, llamado
Malaquías. En ellas, a cada papa se le vaticina un lema: la empresa de su
reinado. La de éste era De labore solis. Y mira por donde ha venido a
cumplirse. Porque aquella pelea en que la Iglesia se puso como loca y excomulgó
a Galileo, provino de que el pobre señor habla tomado partido por la teoría
copernicana —la Tierra gira alrededor del Sol— en lugar de la tolemaica, que afirmaba
lo contrario. El pobre señor tenía razón, y ahora —de labore solis, ya lo creo—
se la da este papa (no sé cómo, porque quien la tenia era Galileo), que es de
la mismísima tierra que Copérnico. (Charlas con Troylo, 1981).
F I
N
Notas:
[1] Para
la traducción de los textos de Galileo hemos consultado la versión original de
los mismos, según la edición de las Obras (Le Opere) preparada por Antonio
Favaro. Ocasionalmente, hemos usado también las traducciones castellanas
existentes de algunas obras de Galileo. (N. del T.).
[2] Citado
en Szczesny, Das leben des Galilei und der Fall Bertolt Brecht.
[3] Wohlwill
Galilei und sein Kampf für die copernikanische Lehre, I, p. 127.
[4] Freiesleben,
Galileo Galilei Physik und Glaube ander Wende Zur Neuzeit, p. 34.
[5] El
25 de septiembre de 1608, el constructor de lentes Johann Lippershey, nacido en
Wesel y domiciliado en Middleburg, viajó a La Haya con una carta de
recomendación para ofrecer al príncipe de aquel lugar, el estatúder Mauricio de
Nassau, un anteojo construido por él mismo. Según los protocolos del 2 y del 5
de octubre de 1608, los representantes de los Estados Generales holandeses
aceptaron la oferta y sólo pusieron la condición de que el anteojo «fuera
perfeccionado de tal modo que se pudiera ver a través de él con los dos ojos».
Algunos días más tarde, el 17 de octubre de 1608, otro holandés, Jacob
Adriaanszon (llamado Metius), ofreció a su gobierno un instrumento semejante
para ver desde lejos. También a él se le prometió ayuda. Pronto entró en liza un
tercero, que igualmente se atribula el descubrimiento del anteojo. Quedó claro
que este «descubrimiento» estaba en el aire, de modo que no habla que
mantenerlo oculto, como deseaban los primeros constructores por razones
comerciales. Un protocolo de 15 de diciembre de 1608 establece ya que no pueden
concederse privilegios «puesto que es evidente que varios otros tienen
conocimiento de la invención para ver en la lejanía» (según Wohlwill I, p.
226).
La noticia del nuevo instrumento llegó a Italia probablemente a través de
Francia; en París, en abril de 1609 ya se ofrecían a la venta anteojos en
comercios públicos. En Italia se repitió lo que anteriormente habla sucedido en
Holanda: se presentaron también una serie de constructores, todos los cuales
solicitaban para si el honor de ser el inventor del anteojo. Entre ellos
figuraba —si bien su reclamación era sólo relativamente legitima— Galileo
Galilei.
[6] Wohlwill
1, p. 388
[7] Wohlwill
I, p. 390.
[8] Wohlwill
1, p. 437.
[9] Wohlwill
I. p. 524-526.
[10] Wohlwill
1, p. 531.
[11] Wohlwill
I, p. 534.
[12] Wohlwill
I, p. 585.
[13] Wohlwill
I, p. 586.
[14] Wohlwill
I, p. 641.
[15] Wohlwill
I, p. 640.
[16] Wohlwill
0, pp. 31-32-33.
[17] Freiesleben,
p. 96.
[18] Wohlwill
II, p. 61, 62.
[19] Wohlwill
II. p. 143.
[20] Con
la declaración del padre jesuita austríaco Christoph Grienberger (1561-1636)
del Colegio Romano de los jesuitas: «Si Galileo hubiera sabido conservar el
afecto de los padres y del Colegio, llevarla una vida gloriosa en este mundo,
no le habrían sucedido ninguna de esas desgracias, y habría podido escribir
acerca de todo según su voluntad, incluso acerca del movimiento de la Tierra»,
no se llega a determinar toda la verdad del «caso Galileo», pero como verdad
parcial, la declaración es válida. El propio Galileo era de esta opinión: «V.
S. puede ver, pues, que no es esta o aquella opinión la que ha causado mi
desgracia, sino la malevolencia de los jesuitas», escribe a su amigo.
[21] Bieberbach,
Galilei und die ínquisition, p. 105.
[22] Ibidem.
[23] Bieberbach,
pp. 106-108.
[24] Laemmel,
Galileo Galilei und sein Zeitalter, p. 255.
[25] Laemmel,
p. 281.


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