© Libro N° 6252.
El Universo Como Obra De Arte. Barrow, John D. Emancipación. Julio 27 de 2019.
Título
original: © El
Universo Como Obra De Arte. John D. Barrow
Versión Original: © El Universo Como Obra De Arte. John D. Barrow
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL UNIVERSO COMO OBRA DE ARTE
John D. Barrow
CONTENIDO
Prefacio
a la primera edición
Prefacio
a la segunda edición
Cuentos
de lo inesperado
El
impacto de la evolución
Tamaño,
vida y paisaje
Los
cielos y la Tierra
La
historia natural del ruido
Bien
está lo que bien acaba
Bibliografía
Créditos
de las ilustraciones
A
WJT, con agradecimiento
En
cierta ocasión, T. S. Eliot tomó un taxi en Londres y el taxista le dijo «Usted
es T. S. Eliot». El poeta, sorprendido, le preguntó cómo lo sabía. «Oh
—respondió el taxista—, tengo ojo para las celebridades. Sin ir más lejos, la
otra tarde recogí a Bertrand Russell y le dije “Bien, lord Russell, ¿cómo va
todo?” y, ¿sabe usted?, no supo decírmelo».
JOHN
NAUGHTON
La
vida, como la ciencia y el arte, es una teoría acerca del mundo: una teoría que
en nuestro caso toma forma corpórea. Gracias a una serie de adaptaciones, la
mayoría de las cuales son favorables y ninguna de las cuales es letal, los
seres vivos han invertido en expectativas concretas sobre el curso futuro de
sus entornos. Si estas teorías son suficientemente buenas, la vida crecerá y se
multiplicará; pero si han quedado obsoletas por las condiciones cambiantes, sus
encarnaciones disminuirán y perecerán.
La ciencia y el arte son dos cosas muy inequívocamente humanas. Testimonian
un deseo de ver más allá de lo visible. Muestran los éxitos culminantes de las
visiones objetiva y subjetiva del mundo. Pero aunque manan de una misma fuente
—la cuidadosa observación de las cosas— elaboran teorías diferentes acerca del
mundo: qué significa, cuáles son realmente sus conexiones internas y qué
deberíamos juzgar importante.
La ciencia y el arte han divergido. A medida que la ciencia se hacía más
acertada en su búsqueda por explicar lo visible a partir de las invisibles
leyes de la Naturaleza, también el arte se hacía cada vez más subjetivo, más
metafórico y más divorciado de la representación realista. Exploraba otros
mundos, dejando que la ciencia tratara con éste. Pero hay más en el arte de la
apreciación que la apreciación del arte. Las ciencias pueden iluminar nuestra
predilección por la creación artística. Recíprocamente, la creciente
fascinación de los científicos por los frutos de la complejidad organizada en todas
sus formas debería llevarlos hacia las artes creativas donde existen
extraordinarios ejemplos de complejidad estructurada. Este libro es un intento
de examinar con ojos de científico algunas cosas que normalmente se mantienen
fuera de la visión científica. Las cosas que son admiradas antes que
explicadas.
El ambientalismo es el plato del mes. En consecuencia, tenemos que apreciar
cómo el entorno cósmico se imprime en nuestras mentes y cuerpos para configurar
sus estructuras, sus fascinaciones y sus prejuicios. Los astrónomos han
revelado que vivimos en un Universo grande y viejo, oscuro y frío; pero no
podría ser de otra manera. En efecto, veremos que estos puros hechos de la vida
cósmica son esenciales para que el Universo pueda albergar vida. Y de estas
características que soportan la vida fluye una percepción particular del
Universo que muy bien podemos compartir con todos sus perceptores, cualesquiera
que puedan ser. Nos detendremos en algunas de las maneras en que la estructura
del Universo influye en el modo de nuestro filosofar y sentir sobre el
Universo: cuál podría ser el impacto metafórico del descubrimiento de vida
extraterrestre; cómo se filtran las características inevitables de un planeta
que soporta vida para influir en la estructura y el comportamiento de los seres
vivos, y cómo las estrellas y el cielo, revestidos por la interpretación que
les damos, han influido en nuestros conceptos de tiempo y determinismo. Estas
investigaciones nos llevarán por vericuetos inesperados a considerar cómo nuestro
entorno pasado ha forjado conceptos de entornos favorables que, a su vez,
influyen en nuestra apreciación artística del paisaje. Esto revelará nuevas
cosas sobre nuestra ambigua atracción hacia el arte generado por ordenador y
nos llevará a explorar una antigua analogía del problema de si el arte por
ordenador es verdaderamente arte. También veremos por qué se originan los
colores naturales, y cómo han ayudado a forjar la visión del color de los seres
vivos e influido en el uso simbólico del color en el arte y la sociedad
modernos. Pasando de la imagen al sonido, consideraremos los orígenes de la
música. La música tiene el poder de influir en las emociones humanas como no
pueden hacer otras formas de complejidad organizada. En nuestras exploraciones
de sus fuentes y estructura, encontraremos pruebas sugerentes de un factor
común detrás de toda la música humanamente disfrutable, que la vincula a ella,
y a nosotros, con la estructura general del entorno.
Los antropólogos y los científicos sociales han puesto énfasis tradicionalmente
en la diversidad de las actividades artística y social humanas, pero han
ignorado en general las características comunes de la existencia que derivan de
la universalidad de nuestro entorno cósmico y las características necesarias
que deben mostrar los entornos que soportan vida. Igual que la ciencia se ha
centrado durante mucho tiempo casi exclusivamente en las regularidades y
simplicidades del mundo a expensas de las irregularidades y complejidades,
también nuestra contemplación de las artes se ha complacido demasiado en las
diversidades e impredecibilidades de sus formas a expensas de la madeja de
características compartidas que nos ligan con estas formas de complejidad al
entorno subyacente que ofrece el Universo. El estudio de las acciones humanas,
las mentes humanas y la creatividad humana ha sido rápido en ver la
complejidad, pero lento en apreciar la simplicidad. La ciencia, creada para
reflexionar sobre la simetría, ha empezado finalmente a apreciar la diversidad.
En los frutos de la actividad creativa, la ciencia encontrará los ejemplos más
impresionantes de complejidad organizada, mientras ofrece, a cambio, una nueva
perspectiva sobre las fuentes de nuestros sentidos, nuestros gustos, y las
imágenes y sonidos que los rodean.
Muchas personas han ayudado a este proyecto, directa o indirectamente, a
sabiendas o sin saberlo, en diferentes etapas. Me gustaría dar las gracias a
Mark Bailey, Margaret Boden, Laura Brown, Giuseppe Caglioti, Paul Davies, John
Grandidge, Mike Land, John Manger, el difunto John Maynard Smith, sir William
McCrea, Stephen Medcalf Jim Message, Leon Mestel, Geoff Miller, Marjorie
Mueller, Andrew Murray, Cari Murray, Keith O’ Nions, Mike O’Shea, Tim Roper,
Robert Smith, David Streeter, Debbie Sutcliffe, el finado Roger Tayler, Frank
Tipler y Tatyana Tchuvilyova.
Los miembros de la familia siempre están intrigados por los escritores, puesto
que parecen ser personas para quienes escribir es más difícil que para otros.
Mi mujer Elizabeth ayudó de innumerables y pacientes formas; nuestros hijos,
David, Roger y Louise, observaron con interés, expresaron escepticismo sobre el
hecho de que alguien puede llamarse a sí mismo científico y no jugar con juegos
de ordenador o manejar la grabadora de vídeo, y anunciaron que pronto estarían
escribiendo sus propios libros.
Me
complace que la Oxford University Press quisiera publicar una nueva edición de
El Universo como obra de arte para satisfacer la continua demanda del original.
Desde que la primera apareció en 1995 se han producido varios desarrollos
interesantes en áreas de la ciencia y el arte que eran tratadas en la primera
edición. He aprovechado la oportunidad para ampliar el libro original en muchos
lugares para tener en cuenta dichos desarrollos. Estoy particularmente
agradecido a Michael Rodgers, cuya idea era empezar, a Marsha Filion, cuya idea
era acabar, a Latha Menos, cuya tarea era terminar, y a Roger Taylor, Paul
Davies, Janna Levin, Nick Mee, Richaed Bright, Jean-Pierra Boon, Geoff West,
Jayanth Banavar y Martin Kemp por las discusiones y contribuciones que ayudaron
a crear lo que sucedió entre medias.
Capítulo
1
Cuentos de lo inesperado
Los
argumentos contra las ideas nuevas pasan en general por tres fases distintas:
de «No es cierto» a «Bien, quizá sea cierto, pero no es importante», y
finalmente «Es cierto y es importante, pero no es nuevo, siempre lo hemos
sabido».
SABIDURÍA IMPOPULAR
Somos
espectadores contumaces. Pasamos gran parte de nuestra vida observando cómo la
gente actúa, compite, trabaja o simplemente descansa. Y nuestro interés no está
confinado al espectáculo humano. También nos cautivan los «objetos»: pinturas,
esculturas, fotografías de experiencias pasadas… todos tienen el poder de
captar nuestra atención. Y si no podemos observar la vida real, nos vemos
atraídos por los mundos virtuales del cine, la televisión y los vídeos. Incluso
es posible que uno se encuentre leyendo un libro.
Mientras que algunas personas son hábiles en la creación de imágenes y sonidos
interesantes, otras son observadores entrenados. Buscan imágenes inusuales o
registran sucesos que la mayoría de nosotros no advertiríamos nunca. Algunos,
con ayuda de sensores artificiales, profundizan mucho más y llegan mucho más
lejos de lo que permiten nuestros sentidos por sí solos. De estas sensaciones
ha surgido un bordado de actividades artísticas que son inequívocamente
humanas. Pero, paradójicamente, de la misma fuente ha brotado un estudio
sistemático de la Naturaleza al que llamamos ciencia. Sus orígenes comunes
pueden sorprender a muchos, porque parece haber una gran laguna entre ciencia y
arte, demarcada por nuestros prejuicios y nuestros sistemas educativos. Las
ciencias pintan una explicación del mundo impersonal y objetiva, privada
deliberadamente de «significado», que nos habla de los orígenes y la mecánica
de la vida, pero no revela nada de las alegrías y penas de vivir. Por el
contrario, las artes creativas codifican la antítesis de la visión del mundo
científico: una celebración desatada de esa subjetividad humana que nos separa
de las bestias; una expresión única de la mente humana que la separa del
insensible torbellino de electrones y galaxias que, según los científicos, es
la trama del mundo.
Este libro es un intento de ver las cosas de forma diferente. Queremos explorar
algunas de las maneras en que nos afecta nuestra experiencia común de vivir en
el Universo. Desde los años sesenta del siglo pasado se ha puesto de moda el
considerar todos los atributos humanos interesantes como cosas que hemos
aprendido de nuestros contactos con los individuos y la sociedad —como
resultados de la educación, no de la naturaleza— y a ignorar los universales
del pensamiento humano. Recientemente este prejuicio ha sido seriamente
cuestionado. Las cosas son mucho más complicadas. Las complejidades de nuestras
mentes y cuerpos testimonian una larga historia de sutiles adaptaciones a la
naturaleza del mundo y sus otros ocupantes. Los seres humanos, junto con todas
sus querencias y antipatías, sus sentidos y sensibilidades, no cayeron hechos
del cielo; ni nacieron con mentes y cuerpos sin huellas de la historia de sus
especies. Muchas de nuestras capacidades y susceptibilidades son adaptaciones
específicas a viejos problemas ambientales, más que manifestaciones
independientes de una inteligencia general válida en cualquier circunstancia.
Tenemos instintos y propensiones que guardan sutil testimonio de los
universales de nuestro propio entorno y el de nuestros ancestros lejanos.
Algunos de estos instintos, como el del lenguaje, son tan importantes que, para
cualquier fin práctico, son inalterables; otros son más maleables y pueden ser
reescritos en parte, o totalmente reprogramados, por la experiencia: aparecen
por defecto sólo en ausencia de influencias culturales u otras respuestas
aprendidas. Algunos de estos universales ambientales se extienden más allá de
nuestro propio planeta. Reflejan las regularidades de sistemas solares,
galaxias y universos enteros. Pueden decirnos cosas importantes sobre cualquier
forma de inteligencia viviente —dondequiera que pudiera estar en el universo.
Desenredar todas estas hebras es una tarea imposible. Nuestros objetivos en
este libro son más modestos. Vamos a examinar algunas de las formas inesperadas
en que la estructura del Universo —sus leyes, sus entornos, su apariencia
astronómica— deja su impronta en nuestros pensamientos, nuestras preferencias
estéticas y nuestras ideas sobre la naturaleza de las cosas. En algunos casos,
dichas influencias cósmicas alterarán los entornos de los seres vivos de formas
inevitables; en otros, nuestras propensiones aparecerán como subproductos de
adaptaciones a situaciones a las que ya no nos enfrentamos. Dichas adaptaciones
siguen con nosotros, a menudo en formas metamorfoseadas, como evidencia viva de
la presencia del pasado.
Siempre ha habido una división entre quienes ven la ciencia como el
descubrimiento de cosas reales y los que la consideran una elaborada creación
mental diseñada para dar sentido a una realidad incognoscible. El primer punto
de vista es atractivo para los científicos porque les hace sentirse bien con lo
que están haciendo: explorar territorio desconocido y desenterrar nuevos hechos
sobre la realidad. El segundo punto de vista es adoptado más fácilmente por
quienes están implicados en el estudio del comportamiento humano. Sociólogos y
psicólogos están tan impresionados por la inventiva de la mente humana, y por
las actividades humanas colectivas de los científicos, que piensan que esto es
todo lo que hay. Pero, aunque la ciencia encarna ciertamente esos elementos
humanos, es un salto lógico injustificado concluir que no hay otra cosa que
dichos elementos humanos. Este énfasis en la ciencia como tan sólo otra
actividad humana, más que un proceso que implica descubrimiento, puede ser una
manifestación sutil de oposición a la empresa científica pues degrada el
estatus de su actividad. Después de todo, los jardineros no parecen tan
excitantes como los exploradores.
Cualesquiera que sean las virtudes de estas afirmaciones y contraafirmaciones,
hay indudablemente un dilema para el profano. ¿Son las ciencias y las
humanidades respuestas alternativas al mundo en que vivimos? ¿Son
irreconciliables? ¿Debemos abrazar lo subjetivo o lo objetivo: el ábaco o la
rosa? ¿O hemos creado una falsa dicotomía y las dos visiones del mundo están
más íntimamente entrelazadas de lo que parece a primera vista?
Uno de nuestros objetivos es iluminar la relación entre las ciencias y las
artes con una nueva perspectiva de nuestra emergencia en el Universo. El hecho
de que hayamos evolucionado en un tipo de Universo concreto pone restricciones
insospechadas a lo que pensamos y cómo pensamos. ¿Qué juegos y rompecabezas
encontramos desafiantes? ¿Por qué nos gustan ciertos tipos de arte o de música?
¿Por qué tenemos una propensión a ver pautas donde no existe ninguna? ¿Por qué
tantos mitos y leyendas tienen factores comunes? ¿Cómo están estas cosas
influenciadas por nuestra experiencia del tiempo y el espacio, y por la
apariencia de los cielos? ¿Cuál es la influencia de nuestro tiempo de vida
característico —ni muy corto, ni muy largo— sobre nuestro pensamiento acerca
del mundo y el valor que damos a la vida? ¿Cómo determina la estructura de
nuestra mente los problemas filosóficos que encontramos desafiantes? ¿Por qué
hay algunas imágenes tan atractivas al ojo humano? ¿Cómo han influido los
conceptos de azar y aleatoriedad en nuestro pensamiento ético y religioso?
¿Cuáles son las fuentes del fatalismo y de nuestras ideas sobre el fin del
mundo? Si entráramos en contacto con civilizaciones extraterrestres ¿a qué
podrían parecerse? ¿Qué podríamos aprender sobre ellos de su estética? Aunque
la mayoría de la gente prevé que un posible contacto con extraterrestres
avanzados traería grandes avances científicos, descubriremos que los mayores
beneficios podrían resultar muy diferentes. También es tentador adoptar una
variedad de gerontofilia cósmica que pone grandes esperanzas en el contacto con
extraterrestres de larga vida. Dados espacio y tiempo suficientes, se espera
que ellos estén cada vez más cerca de descubrir todo lo que hay que conocer
acerca del funcionamiento del Universo. Quizá este optimismo sea exagerado. Si
queremos entender el Universo, quizá no basten inteligencia y longevidad.
Veremos que nuestro propio desarrollo científico depende de varias
coincidencias extraordinarias en nuestro entorno y nuestra visión del cielo. En
ausencia de dichas circunstancias fortuitas, nuestra comprensión del mundo
estaría muy reducida, y nuestras creencias sobre el significado de nuestro
lugar en el esquema de las cosas estarían radicalmente alteradas. Además, hay
indicios que sugieren que cierto grado de irracionalidad puede ser más que un subproducto
embarazoso de la evolución de la inteligencia: quizá sea una característica
esencial del progreso en entornos naturales.
En nuestra búsqueda por desentrañar cómo nos influye el Universo tenemos mucho
que andar. Empezaremos considerando la cuestión de la perspectiva —nuestra
forma de mirar el mundo—. La importancia del punto de vista del espectador fue
reconocida en arte antes de que fuese siquiera planteada en ciencia. A los
científicos les gustaba verse a sí mismos como observadores de aves cómodamente
instalados en un puesto de observación perfecto. Cuando tuvieron que
enfrentarse al impacto que tenía su forma de percibir sobre lo que era
percibido, la certeza de sus interpretaciones del mundo fue ampliamente
cuestionada. Visto en retrospectiva, la base de nuestra confianza en la
fiabilidad de nuestra visión de un área importante del mundo quedó establecida
por el descubrimiento de que los seres vivos evolucionan y se adaptan a sus
ambientes. Estamos acostumbrados a considerar los entornos como locales e
inmediatos. En este libro descubriremos cómo nuestra existencia deriva de un
entorno cósmico que tiene un tamaño de miles de millones de años-luz. Para que
la vida sea posible dentro de un universo, éste debe tener una forma
particular. Cuando emerge la vida consciente, sus experiencias y conceptos
están extrañamente influidos por el hecho de que el Universo debe ser grande y
viejo, oscuro y frío.
Nuestra siguiente exploración será sobre los tamaños de las cosas.
Descubriremos algo de la red de interrelaciones entre seres vivos y las
características necesarias de los ambientes que soportan vida. Este camino nos
llevará atrás en el tiempo hasta los orígenes de la humanidad; pero al final de
esta ruta descubriremos claves inesperadas sobre los orígenes de la estética,
el irresistible atractivo de cuadros y paisajes y la importancia de la simetría
para los seres vivos. Estas intuiciones arrojarán nueva luz sobre nuestras
respuestas al arte moderno generado por ordenador, y nos ayudarán a apreciar lo
que exigimos de los paisajes creados por el hombre para que puedan calmamos o
estimulamos.
Nuestra tercera excursión nos lleva a las estrellas: a desvelar las formas en
las que la mecánica celeste ha influido en la crianza y la naturaleza de la
vida en la Tierra. Los seres vivos responden a una sinfonía de ritmos celestes.
Durante millones de años han interiorizado muchos de dichos ritmos. Con la
llegada de la conciencia y de la cultura, han respondido a su latido de forma
diferente pero no menos impresionante. De las cosas que no se ven, pasamos a
las cosas que se ven. La apariencia del cielo nocturno es una experiencia
universal. Algunas de sus influencias son directas e inadvertidas; otras son
generadas por nuestra propia imaginación. Estas imágenes nocturnas dependen, de
forma crucial, de dónde y cuándo vivamos. Y cuando la noche pasa, llega el día,
con luz resplandeciente —luz coloreada—. Luz y vida se combinan de forma que
nos permiten entender nuestras percepciones de color y algunas de sus profundas
influencias psicológicas sobre nosotros.
De forma sorprendente, nuestros sistemas de medida del tiempo también esconden
antiguas inclinaciones astrológicas, que han resistido todos los esfuerzos de
autoridades y poderes para redefinirlos. Los tabloides y las revistas populares
aún perpetúan los mitos de la astrología. Irónicamente, encontraremos que,
aunque las constelaciones no pueden decimos nada sobre el futuro, tienen mucho
que decimos sobre el pasado.
Desde la vista nos volvemos al sonido para explorar los orígenes de nuestra
sensibilidad a la música. ¿Por qué nos gusta? ¿De dónde procede? Llena de
sonido y furia, ¿significa algo? Estas son algunas de las preguntas que guían
nuestra búsqueda de un entendimiento de lo que es la música, y de qué forma su
atractivo universal podría ser un subproducto inevitable de adaptaciones a
otros aspectos del ambiente que nos rodea.
Las humanidades no son sólo manifestaciones de la creatividad humana. La
estética y el desarrollo cultural pueden encontrarse limitados por un corsé
mental impuesto por nuestra naturaleza física y por la universalidad del
entorno cósmico en el que vivimos. Las artes y las ciencias manan de una misma
fuente, están conformadas por la misma realidad, y sus ideas están relacionadas
de forma que poco a poco dejan de verse como actividades alternativas.
Capítulo 2
El impacto de la evolución
La
pintura es el arte de proteger superficies planas del clima y exponerlas a los
críticos.
AMBROSE BIERCE
Una
habitación con vistas. Cuestiones de perspectiva
El
titular en el Semanario del Loro decía: Titanic hundido, ningún loro herido.
KATHERINE WHITEHORN
La
imaginación —la formación de imágenes— yace en la raíz de toda creatividad
humana y dirige nuestra experiencia consciente del mundo. Desde la temprana
infancia, estamos formando constantemente imágenes de las cosas, de las
personas y de los lugares. A medida que crecemos, aprendemos nuevas maneras de
hacerlo. La fotografía, la pintura, la escritura descriptiva, la escultura, la
poesía: todos son medios de capturar imágenes en forma permanente, de modo que
podamos saborear y reexperimentar los frutos de nuestra imaginación. Pero las
artes creativas no son las únicas manifestaciones del impulso imaginativo. La
ciencia es otra búsqueda para hacer imágenes del mundo. Tiene objetivos
diferentes, y a menudo requiere habilidades diferentes, pero sus comienzos tuvieron
mucho en común con los del arte: la observación y representación precisas del
mundo. Pese a todo, hay más en el mundo que lo que ve el ojo. La precisión de
nuestras percepciones del mundo no es algo que podamos dar por hecho. La
ilusión es el lado oscuro de la imaginación, y la ilusión tienta con
autoengaño, bajo cuyo dominio no podemos sobrevivir mucho tiempo. El uso de la
imaginación para ampliar nuestra imagen de la realidad sin subvertirla al mismo
tiempo es una empresa delicada.
Lámina 1. Caza de aves en los pantanos, de la tumba de Nebamun, c. 1450 a.
C.
En
cuanto empezamos a cuestionar la fiabilidad de nuestras impresiones del mundo
—preguntando si el político o el vendedor de automóviles es realmente todo lo
que parece ser o si la carretera en el tórrido desierto está llevando realmente
a un vasto oasis— nos convertimos en filósofos. Durante siglos los filósofos
han disputado sobre si podemos confiar en nuestras imágenes del mundo. Al
hacerlo, no se han preocupado demasiado de por qué tenemos una visión del
mundo, y de dónde procede. Nuestras mentes no han caído hechas del cielo.
Tienen una historia que las une a la naturaleza del entorno de formas profundas
e influyentes. Descubriendo algunos de los propósitos con que evolucionaron
nuestras mentes, y la extensión del entorno al que deben adaptarse, podemos
arrojar nueva luz sobre las ideas que las mentes pueden tener. Encontraremos
que nuestro «entorno» se extiende mucho más allá de lo que nunca hubiéramos
sospechado —imprimiendo su naturaleza sobre la dirección de nuestro
pensamiento, conformando nuestras ideas sobre nosotros mismos y el universo en
que vivimos.
Apreciar el mundo es una cuestión de perspectiva. Miremos una antigua pintura
egipcia (Lámina 1) y parece característicamente singular: complicada y poco
realista, como si alguien hubiera aplastado la escena contra la pared. Parte
del encanto de las imágenes dibujadas por niños muy pequeños es la ingenuidad
de esta misma apariencia carente de profundidad (véase la Figura 2.1). Lo que
les falta a estos dibujos es una sensación de perspectiva: la presentación de
información espacial tridimensional en una superficie plana. Nuestros ojos son
inmediatamente sensibles a su ausencia o presencia imperfecta: es la piedra de
toque del realismo en el arte figurativo. Tradicionalmente, el uso sistemático
de la perspectiva se remonta a su manifestación en una obra de Masaccio,
pintada entre 1424 y 1426, denominada El tributo (Lámina 2).
Lámina 2. El tributo, de Masaccio, pintado en 1424-1426, en la capilla
Brancacci, iglesia de Santa María del Carmine, Florencia.
En
esta obra se da una profundidad relativa a tres escenas independientes mediante
el artificio de crear un punto lejano (el «punto de fuga») al que parecen
converger todas las visuales. El efecto se amplía reduciendo la intensidad de
los colores en el fondo.
Figura 2.1. Una ausencia de perspectiva caracteriza los dibujos realizados
por niños pequeños. Este dibujo es obra de Danny Palmer, de 9 años.
Aunque
Masaccio murió cuando sólo tenía poco más de 20 años, su construcción
sistemática de una perspectiva realista retó a otros para crear
representaciones aproximadas de objetos en el espacio tridimensional. Piero
della Francesca sacó su inspiración de los estudios de Filippo Brunelleschi en
perspectiva arquitectónica y de la obra de Masaccio; perfeccionó la
organización artística del espacio combinando líneas paralelas a los lados del
cuadro con líneas dirigidas hacia el punto de fuga. El espectador siente que
está mirando el mundo a través de una ventana abierta (Lámina 3).
Lámina 3. La flagelación, de Piero della Francesca, pintado en 1455, en el
palacio Ducal de Urbino
Los
artistas del Renacimiento desarrollaron las intuiciones geométricas que se
requieren para crear una perspectiva tridimensional en una superficie
bidimensional, y se unieron a los escultores poniendo al observador en una
relación más próxima con las cosas representadas. Pero dicha relación era
todavía una relación de separación.
La creación de perspectiva elimina al observador de la escena representada
dentro del marco, y con ello llega una subjetividad inevitable. Nos quedamos
fuera, mirando. Esta separación entre la escena y el observador tiene paralelos
en las contemplaciones más abstractas de la relación entre la mente humana y el
mundo exterior. Los filósofos europeos, empezando por Descartes, mantenían una
división clara entre el observador y lo observado. Nuestra percepción del mundo
nos pone en el papel de observadores perfectamente ocultos. Ninguna observación
del mundo podía alterar su carácter: el mundo exterior estaba realmente fuera.
Pero no todas las culturas reflejaron esta separación entre el perceptor y lo
percibido. La pintura paisajística china manifiesta una aproximación
comprometida a la relación entre el espacio tridimensional y su representación
en dos dimensiones. No introducía perspectiva lineal de la forma que
encontramos en Occidente, en la que el punto de vista del observador está
situado fuera del cuadro, delante del lienzo. En lugar de ello, en la pintura
china el punto de vista se localiza de manera ambigua dentro del paisaje. Uno
no puede decir dónde está situado el observador con relación a las montañas y
las corrientes representadas.
Así, uno se convierte en parte de la escena, igual que el propio artista se
siente uno con lo que está representando. Los paisajes chinos dejan
deliberadamente al observador privado de claves respecto a su localización en
la imagen. Debemos estudiar todo el cuadro si la mente quiere encontrar su
punto de vista. La búsqueda de la perspectiva escurridiza anima a muchas
lecturas diferentes del cuadro y desafía los intentos de dotarle de un único
mensaje (Figura 2.2).
Otra forma de sutileza visual en estos paisajes orientales es la ausencia de
sombra. La sombra amplía la ilusión de perspectiva al dotar al observador de
una posición privilegiada en el espacio o el tiempo, determinada por la
longitud y dirección de las sombras arrojadas por los rayos del Sol. El
contraste entre la obra oriental sin sombras y un maestro occidental del uso de
la sombra, como Rembrandt o Wermeer, no podría ser mayor.
Figura 2.2. Vacas en Derwentwater de Chiang Yee, perteneciente a El Viajero
silencioso, un artista chino en el país de los lagos, publicado originalmente
en Londres en 1937.
El
dibujo del observador y lo observado en un nexo contemplativo, mediado por una
ambigüedad de perspectiva, refleja el tono de mucho del arte oriental. Lo que
busca es ampliar nuestra mediación de la belleza natural, antes que celebrar
meramente nuestro poder de replicarla en otro medio estático. Este énfasis en
el acto de observación es sorprendente. Mientras que una obra del arte
occidental sería exhibida continuamente, una delicada seda oriental podría
desenrollarse sólo para períodos ocasionales de silenciosa meditación en
solitario.
La violación más extrema de la separación occidental entre el medio y el
mensaje se encuentra en una forma de arte como el origami (papiroflexia)
japonés. Mientras que el arte occidental se centra en la libertad de mover
imágenes en un papel o en un lienzo para crear pautas fijas, el origami ignora
esa separación entre la imagen y el papel. El papel se convierte en parte de la
imagen, y se retuerce y se pliega hasta que él mismo es el cuadro, y no
simplemente la superficie que lo contiene.
Otra diferencia profunda entre las actitudes oriental y occidental hacia el
observador y lo observado puede verse en la espontaneidad que se requiere al
artista. En Occidente, el desarrollo de la pintura al óleo permitía al artista
evolucionar y revisar su obra durante un largo período de tiempo. Ya no estaba
cautivo de la naturaleza irrevocable del medio como lo estaban el pintor al
fresco o el acuarelista. Pero este revisionismo incesante no era una respuesta
aceptable para el artista oriental. El exquisito trabajo a tinta sumi-e japonés
se ejecutaba con un solo trazo ininterrumpido del pincel sobre el papel,
capturando la idea del momento en un gesto irrevocable. La sensación de tiempo
y evolución debe encontrarse no en las revisiones del artista, refinando
continuamente su imagen del mundo, sino en las representaciones del cambio
natural.
El arte del bonsái representa este aspecto temporal al sugerir el crecimiento
natural de las cosas mediante una hábil intervención hortícola. En miniatura,
simboliza la naturaleza viva y creciente —pero inacabada— del mundo. Está en
abierto contraste con el énfasis de muchas formas primitivas del arte
occidental. Allí, el ojo era invitado a contemplar la compleción y perfección
en la disposición de las cosas, ya fuera un paisaje idílico o una matriz de
símbolos religiosos.
Otro contraste entre las primitivas representaciones occidental y oriental del
mundo queda subrayado por una tendencia que se desarrolló en Europa durante los
siglos siguientes al Renacimiento. Mientras que el arte medieval había sido
fuertemente simbólico en sus mensajes religiosos, y el arte oriental subrayaba
el uso de una delicada armonía compositiva como ayuda a la meditación, en el
arte occidental posterior empezó una búsqueda de realismo. En lugar de
organizar símbolos en un lienzo para impartir un mensaje que sólo los versados
en el simbolismo podían descifrar, los artistas occidentales ponían su mira en
la perfección de la representación de la imagen que había registrado el ojo. Esto
supone dos habilidades vitales, que son todavía más difíciles de adquirir
porque son diametralmente opuestas. Por una parte, el realismo requiere un
conocimiento avanzado de la geometría, la perspectiva y el comportamiento de la
luz. Pero, por otra, nos exige que nos vaciemos de nuestro entendimiento de lo
que se está representando. Si creemos que el niño que estamos dibujando es
divino, esto tendrá una influencia en nuestras representaciones que oscurecerá
de alguna manera los objetivos del realismo literal. Desde el siglo XVI hasta
mediados del siglo XIX, los artistas occidentales desarrollaron métodos que
producían obras cada vez más realistas gracias al refinamiento de técnicas
sutiles de sombreado y perspectiva. Tan influyente llegó a ser este trabajo que
fijó los cánones para el realismo por los que se han juzgado todas las obras
posteriores, y nos llevó a considerar el realismo como el pináculo hacia el que
todas las técnicas anteriores estaban ascendiendo. Pero, a pesar de su
familiaridad, el realismo tiene algo de novedad sofisticada que no se
desarrolló en culturas que carecían de un elaborado conocimiento geométrico y
óptico. Esto resalta la laguna que hay entre el proceso de ver el mundo de
forma clara y precisa (lo que la mayoría de nosotros creemos hacer), y producir
un dibujo preciso de lo que percibimos. Perdemos de vista la imagen real y
añadimos todo tipo de cambios y correcciones al mensaje que nuestros ojos
tratan de damos. Si miramos algunas formas artísticas muy primitivas, sacamos la
impresión de que la idea de ajustar la imagen a la realidad nunca entraba en
juego, y su interpretación final de las cosas vistas se reducía a las primera
imágenes espontáneas. Una influencia interesante sobre algunas culturas, como
el Islam y el judaísmo, era el tabú religioso de la representación artística de
seres vivos. Esto sofocó el nacimiento de cualquier tradición de representación
realista de la realidad. En el arte islámico encontramos una tradición
completamente diferente de diseño geométrico y teselación, que explora la forma
en que puede ordenarse y dividirse el espacio antes que representarse de forma
precisa[1].
La lección interesante que aprendemos de estas visiones artísticas es que hasta
hace sólo unos pocos cientos de años el realismo era bastante menos obvio de lo
que parece hoy a muchos. El fuerte énfasis medieval en el símbolo y la
representación esquemática levanta una cuña entre la realidad en bruto y la
realidad aprendida[2].
El paso del simbolismo al realismo trajo consigo una nueva actitud hacia el
color en el mundo posrenacentista. El color desempeña un papel central en la
aproximación simbólica a la representación porque los colores llevan
significados. De hecho, aún lo hacen; sólo tenemos que considerar la
importancia de los colores en los asuntos públicos —en uniformes, vestimentas
religiosas y banderas nacionales—. Los más fuertemente simbólicos siguen siendo
el dorado, el negro, el blanco y el rojo. Aunque para los realistas el color se
hizo menos importante que la línea, la composición y la perspectiva, ofrecía el
máximo ámbito para la novedad. Algunos, como Georges Seurat, invirtieron un
gran esfuerzo en la comprensión de la visión del color y la mezcla de colores.
La técnica de Seurat de cubrir un lienzo con una multitud de puntos minúsculos
de diferentes colores pero tamaño similar ilustra el principio de mezcla de
color que utilizan nuestras pantallas de televisión. Una pantalla de televisor
muestra los colores de tres tipos de material fosforescente que brilla cuando
sobre él incide el haz de electrones disparado desde el cañón del tubo.
Cada uno de estos materiales brilla con un color diferente cuando es excitado,
y el ojo percibe la muestra total de puntos coloreados como una imagen en color
integrada. Puesto que las intensidades de los colores primarios, como el rojo y
azul, son muy bajas para dichos materiales, se hace un compromiso y se utilizan
el naranja, el azul claro y el verde amarillento como colores básicos.
Lámina 4. Los lienzos de Georges Seurat están cubiertos de miles de puntos
del mismo tamaño. El ojo los ve como una variación de color uniforme. Este
«puntillismo» se ilustra en su famoso cuadro Tarde de domingo en la isla de La
Grande Jatte, de 1884-1886, en el Art Institute de Chicago. Abajo se presenta
un fragmento ampliado que muestra la construcción multipunto de la imagen.
Los
artistas pueden adoptar el mismo enfoque pintando muchos pequeños puntos de
color, que, cuando se ven a una distancia de algunos decímetros, son mezclados
por el ojo para producir un campo de color de variación suave (Lámina 4).
Cuando se ven de cerca la granulación es evidente.
Seurat explotaba este proceso de manera muy literal, pero fue utilizado con
sutileza aún mayor por Monet y muchos otros impresionistas. Al generar un campo
de color aditivamente, se crea un contraste con la tradicional creación «substractiva»
del color que mezcla pigmentos de diferentes colores primarios. Este se
denomina método «substractivo» porque el pigmento no produce luz del color
requerido. Un pigmento azul se denomina así porque absorbe todos los colores
del espectro de la luz blanca distintos del azul. Esto significa que las leyes
para la adición de luces coloreadas son completamente diferentes de las de la
adición de pinturas coloreadas. La pintura roja absorberá todos los colores de
la luz blanca excepto el rojo; la pintura verde todos salvo el verde. Así pues,
si se mezclan pinturas roja y verde, todo es absorbido y resulta una inútil
mezcla negra. Por el contrario, la proporción de luz reflejada por los
diferentes colores es bastante similar y por ello es muy difícil producir una
mezcla brillante con una gama de colores estrecha; la mayoría de las mezclas
sólo producen un marrón oscuro.
Lavadores
de cerebros. Distorsiones de pensamiento y espacio
La
literatura se expresa por abstracción, mientras que la pintura, por medio de
dibujos y color, da forma concreta a sensaciones y percepciones.
PAUL CÉZANNE
La
imagen occidental de la mente, separada del cuerpo, percibiendo el mundo
exterior solo e imperturbado, sufrió su más profundo examen a manos del
filósofo alemán del siglo XVIII Immanuel Kant. En su juventud, Kant fue un
entusiasta de una descripción científica del mundo basada en las leyes de
Newton del movimiento y la gravitación. Hizo contribuciones importantes a la
astronomía —propuso una teoría para el origen del sistema solar— y estaba
satisfecho con la visión común según la cual había un mundo real «ahí fuera»
que podía ser descrito por nuestras mentes. Pero, pese a su primer éxito, Kant
desarrolló una actitud cada vez más crítica hacia la naturaleza del
conocimiento humano y cómo se adquiere. Reconoció que la mente humana hace algo
cuando procesa percepciones sensoriales del mundo exterior.
Figura 2.3. Artista y modelo, de Pablo Picasso, c. 1932. Cahier d’Arts.
Organiza
la información. Podría decirse que nuestras mentes tienen casilleros, o
categorías, en donde deben encajarse nuestras percepciones del mundo. Y por
ello debe existir un hueco irreducible entre el mundo real y nuestra
aprehensión de él. Nunca podemos conocer las «cosas en sí» inexpurgadas y no
traducidas, sino sólo una versión corregida —y posiblemente distorsionada— que
ha sido filtrada por nuestro aparato conceptual. Nuestra concepción de su
naturaleza estará sesgada por la gama de imágenes mentales que podemos
acomodar, como parodia la Figura 2.3.
Kant se valió de esta idea para socavar todo tipo de afirmaciones vagas que
habían estado haciendo confiadamente sus contemporáneos sobre la naturaleza de
la realidad, y luego la utilizó como punto de partida para su propia y compleja
teoría del conocimiento. Kant nos ve como observadores del mundo a los que les
está negado el acceso a la verdadera realidad independiente del observador —un
hecho que nos coloca a cada uno de nosotros en el centro de nuestro propio
«pequeño» universo.
Figura 2.4. El Cubo de Necker, con todas las líneas continuas, se muestra en
el centro como (ii). A ambos lados, (i) y (iii) ofrecen interpretaciones
visuales alternativas del mismo. Al mirar el cubo de Necker podemos ver la
interpretación (iii), seguida inmediatamente después por la interpretación (i),
seguida por rápidos cambios de una a otra cuando tratamos de decidir si es A o
A’ la que está más próxima a nosotros. Como Necker resaltó por primera vez, la
diferencia más notable entre (i) y (iii) parece ser la orientación del cubo.
Consideremos
un ejemplo en el que nuestra mente se desgarra entre dos posibilidades ante el
problema de la perspectiva. Fue descubierto por un cristalógrafo suizo, Louis
Albert Necker, en 1832. Si miramos fijamente los cubos de la Figura 2.4, el
sentido de perspectiva en el que nos basamos para crear una buena
interpretación tridimensional de una imagen puramente bidimensional, formada en
el fondo de la retina, se confunde: no hay una única imagen tridimensional que
produzca esta proyección bidimensional[3]. El cerebro ha
construido dos modelos de un cubo sólido, cada uno de ellos con una orientación
diferente en el espacio, y salta continuamente de uno a otro, ofreciéndonos
ambas perspectivas posibles. Es como si hubiera una ventaja en cambiar de vez
en cuando a otra visión de las cosas, por si la que uno ya ha escogido es
errónea. Movimientos artísticos enteros han crecido explotando esta ambigüedad
en el procesamiento de imágenes. Victor Vasarely y otros representantes del
movimiento op-art han creado imágenes complicadas que explotan las
incertidumbres en la identificación de líneas por el cerebro, y sus
asociaciones entre formas y puntos, de modo que hay una perspectiva
continuamente cambiante. La imagen nunca parece estática. Un ejemplo de esta
forma de arte dinámica se muestra en la Figura 2.5. Ilustra el impacto de
nuestras categorías mentales sobre la percepción: las líneas de la página no se
mueven por mucho que se lo digan sus ojos.
Pese a la fuerte actitud escéptica de Kant hacia la posibilidad de un
conocimiento del mundo independiente de la mente, hay interrogantes. ¿Por qué
hay tantas personas de acuerdo en tantas de las cosas que ven? Parece que los
seres humanos comparten muchas categorías de pensamiento idénticas. ¿Por qué
nuestra imagen mental del mundo permanece relativamente constante de un
instante al siguiente? ¿Hay alguna razón por la que nuestras categorías
mentales no pudieran cambiar de la noche a la mañana?
Hay dos polos extremos de opinión respecto a la relación entre la realidad verdadera
y la realidad percibida. En un extremo encontramos a los «realistas», para
quienes el filtrado de la información sobre el mundo que hacen las categorías
mentales es una complicación inocua que no tiene ningún efecto importante sobre
el carácter de la realidad verdadera «ahí fuera». Incluso cuando supone una
gran diferencia, a menudo podemos entender lo suficiente de los procesos
cognitivos implicados para reconocer cuándo están siendo sesgados y hacer una
corrección adecuada. En el otro extremo encontramos a los «antirrealistas», que
nos negarían cualquier conocimiento de esa escurridiza realidad verdadera.
Entre estos dos extremos encontraremos un espectro de posiciones de compromiso
lo bastante numerosas para llenar la biblioteca de cualquier filósofo: cada una
asigna un peso diferente a la distorsión que hacen nuestros sentidos de la
realidad verdadera.
Podemos ver que la perspectiva de Kant es preocupante para la visión científica
del mundo. A finales del siglo XVIII había una gran confianza en los éxitos de
la ciencia en desvelar los secretos de la Naturaleza. El triunfo de las «leyes»
de la Naturaleza de Newton llevó a afirmaciones cada vez más confiadas en que
la perfecta armonía de las leyes de la Naturaleza, y su acuerdo con el
bienestar humano, apuntaban a la existencia de una deidad legisladora benigna.
Pero los argumentos de Kant socavaron la fuerza de cualquier argumento a favor
de la existencia de Dios que apelara a las leyes observadas como prueba de un
diseño antropocéntrico de la Naturaleza. Dichas leyes podrían estar impuestas
al mundo por nuestras categorías mentales: no reflejaban necesariamente la
verdadera naturaleza de las cosas. Éste no es un argumento contra la existencia
de Dios, ni siquiera contra el diseño antropocéntrico de la Naturaleza. No era
ése el blanco de Kant; de hecho, él era bastante comprensivo con los propósitos
de esas teorías del diseño. Lo que él pretendía era convencer a sus lectores de
que no podemos utilizar la evidencia de nuestros sentidos, o nuestros pensamientos,
para extraer conclusiones absolutamente fiables acerca de la naturaleza y
propósito últimos de cualquier «realidad verdadera».
Figura 2.5. Op Art en la forma de Cascada de Bridget Riley, 1963. Tate
Gallery, Londres.
Si
Kant hubiera vivido en la era del ordenador, habría dicho que las categorías
mentales que ordenan aspectos básicos de nuestra experiencia del mundo, como
nuestras intuiciones del espacio y el tiempo, están «cableadas» en nuestros
cerebros. Distinguir estos rasgos cableados en el cerebro no es fácil. Para
Kant nuestra concepción del espacio era una de estas categorías mentales
innatas e inalterables. No era algo que aprendiéramos por experiencia; era una
base para nuestra experiencia. Al considerar así nuestra percepción del
espacio, Kant estaba influido por la asentada creencia en el carácter absoluto
del espacio euclídeo. Ésta es la geometría de las líneas sobre superficies
planas que aprendemos en la escuela. Se caracteriza por el hecho de que si formamos
un triángulo uniendo tres puntos por líneas de mínima longitud, entonces la
suma de los tres ángulos interiores del triángulo es siempre igual a 180 grados
(Figura 2.6).
El descubrimiento de tales verdades y otras (como el teorema de Pitágoras para
triángulos rectángulos) llevó a filósofos y teólogos a creer en la existencia
de una verdad absoluta y en nuestra capacidad para discernir (al menos) parte
de ella. La formulación y la presentación de la teología medieval no es
distinta del estilo de los clásicos Elementos de geometría de Euclides. Esto no
es casual. Testimonia un deseo de dotar a las deducciones teológicas de un
estatus similar al de los teoremas de las matemáticas. La geometría euclídea
era considerada como un fragmento de verdad absoluta sobre la naturaleza del
mundo. No era simplemente un razonamiento matemático sobre un mundo posible,
sino que mostraba cómo era realmente la realidad. Sustentaba la creencia de
teólogos y filósofos en que había razón para creer en la existencia de la
verdad absoluta. Más aún, que la habíamos descubierto y entendido. Así pues,
podíamos tener confianza en nuestra capacidad para apreciar, al menos
parcialmente, verdades absolutas sobre el Universo. En este contexto es como
debe verse la elección de Kant de la geometría euclídea como una verdad
necesaria sobre la realidad. Por desgracia, resultó ser una mala elección. No
mucho tiempo después, a mediados del siglo XIX, Karl Friedrich Gauss, Johann
Bolyai y Nikolai Lobachevski descubrieron que pueden existir otras geometrías
lógicamente consistentes que difieren de la concepción de Euclides. Estas
geometrías «no euclídeas» describen las propiedades de líneas y curvas en una
superficie que no es plana, y donde los triángulos construidos a partir de las
líneas más cortas entre tres puntos no tienen ángulos interiores que suman 180
grados (véase la Figura 2.6).
Figura 2.6. (i) Un triángulo euclídeo en una superficie plana y dos
triángulos no euclídeos en superficies curvas cerrada (ii) y abierta (iii). En
la superficie plana los ángulos interiores del triángulo suman 180 grados. En
la superficie cerrada suman más de 180 grados; en la superficie abierta suman
menos de 180 grados. En cada superficie se define una «línea recta» entre dos
puntos como la distancia más corta entre ellos que yace en la superficie.
Kant
creía que nuestra aprehensión de la geometría euclídea era inevitable porque
estaba preprogramada en el cerebro. Sabemos que esto no es cierto.
Figura 2.7. Barcas en Berck-sur-Mer, de Édouard Manet, de 1873. Museo de
Arte de Cleveland.
No
sólo podemos concebir fácilmente geometrías no euclídeas, sino que, como
Einstein propuso primero y las observaciones han confirmado desde entonces, la
geometría subyacente del Universo es no euclídea. Pero esta desviación de la
regla de Euclides sólo se manifiesta a distancias astronómicas. Una propiedad
de todas las superficies curvas es que parecen planas cuando se ven localmente
en regiones suficientemente pequeñas. La superficie de la Tierra es curva, pero
parece plana cuando recorremos distancias cortas. Sólo cuando observamos de
forma precisa sobre grandes distancias se hace evidente la curvatura del
horizonte, como en la famosa marina de Manet Barcos que fue pintada en 1873
(véase la Figura 2.7).
Este descubrimiento geométrico supuso un fuerte golpe para la confianza de
teólogos y filósofos en el concepto de verdad absoluta. Dio crédito a muchas
formas de relativismo que ahora nos son familiares. Aparecieron libros y
artículos que exploraban las consecuencias del carácter no absoluto de
cualquier sistema concreto de hipótesis para códigos de ética, sistemas
económicos y actitudes hacia las culturas no occidentales. Mientras que hasta
entonces había razones para creer, por analogía con la naturaleza
incontrovertible de la geometría de Euclides, que había un sistema «mejor» de
valores, o mejor para dirigir una economía, y todos los demás eran inferiores,
ahora había razones para repensarlo. Más tarde, los matemáticos socavarían aún
más los cimientos de la verdad absoluta al demostrar que ni siquiera son
absolutas las reglas del razonamiento lógico que Aristóteles nos había legado.
Con la lógica sucede lo mismo que con las geometrías: puede construirse un
número infinito de esquemas consistentes de razonamiento lógico. No hay nada
como una verdad absoluta en lógica y en matemáticas. Lo más que podemos hacer
es hablar de la verdad de enunciados dado un conjunto de reglas de
razonamiento. Es totalmente posible tener enunciados que son verdaderos en un
sistema lógico, pero falsos en otro.
Mucho se ha escrito sobre el impacto del desarrollo de la geometría no euclídea
sobre las imágenes artísticas del mundo a comienzos del siglo XX. Algunos han
argumentado que la introducción de nuevas geometrías, y las concepciones
revisadas del espacio y el tiempo que surgieron gracias a las teorías de la
relatividad de Einstein, inspiraron el desarrollo de nuevas formas de arte
geométricas como el cubismo —aunque Picasso afirmaba que él no sacó ninguna
inspiración artística directa de la teoría de la relatividad, pues, decía él,
Matemáticas,
trigonometría, química, psicoanálisis, música y lo que sea han sido
relacionados con el cubismo para darle una interpretación más fácil. Todo esto
ha sido pura literatura, por no decir puro absurdo, que dio malos resultados al
cegar a la gente con teorías. El cubismo se ha mantenido dentro de los límites
y limitaciones de la pintura, sin pretender nunca ir más allá.
Quienes
buscaban tales motivaciones para las nuevas y poco convencionales formas de
arte abstracto quizá estaban mirando en el lugar equivocado. No pueden ser las
líneas curvas y los triángulos de la geometría no euclídea, que son
manifestaciones de dicha novedad, las que inspiran a Manet a pintar un
horizonte curvo realista en una marina, o a Cézanne o Picasso a distorsionar o
a apartarse de los estilos de representación tradicionales.
Las geometrías no euclídeas han estado siempre con nosotros y fueron bien
apreciadas por los artistas mucho antes de que fueran reconocidas por los
matemáticos[4]. Para verlo
basta con mirar una obra del siglo XV como el retrato del Matrimonio Arnolfini
(Lámina 5) de Jan van Eyck. En ella se muestra al mercader toscano Giovanni
Arnolfini y su mujer, junto con su fiel perro, en su hogar; toda la escena está
perfectamente reflejada en un espejo convexo que cuelga en la pared que tienen
detrás (mostrado dentro del cuadro) y la perspectiva se complica por el uso de
más de un punto de fuga. El hecho de que el sistema lógicamente impecable de la
geometría euclídea diera formas planas que podían verse en un espejo
distorsionante debería haber sugerido que la visión distorsionada era
igualmente consistente como una geometría axiomáticamente definida, que podía
haber sido unívocamente creada en una superficie plana aplicando un conjunto
diferente de reglas «distorsionadas».
Lámina 5. El matrimonio Arnolfini, de Jan van Eyck, pintado en 1434. Toda la
escena se refleja en el pequeño espejo circular convexo que cuelga en la pared
del fondo, mostrado abajo en detalle.
Resulta
intrigante que la técnica de la anamorfosis utilizada por artistas desde el
siglo XVI en adelante (véase el ejemplo en la Figura 2.8) estaba también basada
en tales distorsiones, pero el énfasis se ponía enteramente en el hecho de que
la imagen «euclídea» plana puede restaurarse mirando desde un ángulo o en un
espejo adecuadamente curvo, y no en la consistencia lógica de la imagen «no
euclídea».
Un cambio revolucionario en la perspectiva del mundo, y su representación,
puede haber sido promovido por el ambiente general de relativismo que fue
estimulado por el descubrimiento de que ni siquiera la verdad geométrica era
absoluta. Si no había razón para creer en verdades matemáticas absolutas acerca
del mundo, ¿por qué debería haber sólo una manera de pintarlo o sólo una lógica
para regir nuestros pensamientos sobre el mismo? Es probable que este clima
general de exploración de nuevas posibilidades, donde en un tiempo hubo
certeza, haya sido más influyente que cualquier formalización de una geometría que
ya era, aunque fuera de forma inconsciente, apreciada por los artistas.
Figura 2.8. Un retrato anamórfico de Eduardo VI, realizado por William Scott
en el siglo XVI, visto (arriba) de frente y (abajo) oblicuamente, con lo que se
recupera la imagen no distorsionada.
Los
herederos. Adaptación y evolución
Ícaro
ascendió hacia el Sol hasta que la cera que unía sus alas se fundió y su vuelo
terminó en un fracaso… Las autoridades clásicas nos dicen, por supuesto, que
sólo estaba «haciendo una temeridad», pero yo prefiero considerarle como el
hombre que sacó a la luz un serio defecto de construcción en las máquinas
voladoras de su tiempo.
ARTHUR S. EDDINGTON
En
el siglo XVIII empezaba a sospecharse de que el espectro de los seres vivos no
era fijo. Resultaba evidente que era posible una transformación de sus
características corporales y hábitos de una generación a otra. Esto podía verse
si se examinaban los resultados de la cría selectiva. También se estaba
evidenciando que muchas especies vivientes se habían extinguido. Bestias
exóticas —mamuts y tigres de grandes dientes— habían dejado espectaculares
restos fosilizados; a comienzos del siglo XIX su estudio se convertiría en una
ciencia bien establecida. Estos hechos apuntaban a que la creencia en que los
seres vivos eran creados en perfecta armonía con su entorno y con sus
congéneres dejaba mucho que desear. De todas formas, quedaba el hecho admirable
de que los seres vivos parecían estar hechos a medida de su ambiente. Esto
convenció a los teólogos naturales de que una guía divina estaba actuando en el
mundo viviente, diseñando criaturas que se ajustaban a su hábitat de forma
óptima. Recíprocamente, otros argumentaban que la existencia de un encaje tan
perfecto entre los requisitos ambientales de los seres vivos y el statu quo
mostraba que existía un gran diseño —y con ello que debía haber un Gran
Diseñador—. Existían otras formas de la teoría del diseño, pero eran bastante
diferentes. Éstas no apelaban a las notables interrelaciones entre las
características del entorno y el funcionamiento de los organismos vivos, sino a
la maravillosa simplicidad y universalidad de las leyes de la Naturaleza que
gobernaban los movimientos de la Tierra y los cuerpos planetarios. Dichos
argumentos tendían a atraer a los físicos y astrónomos de tendencia religiosa
antes que a los biólogos.
El primer intento por desarrollar una teoría que explicara la sorprendente
compatibilidad entre los organismos y su entorno apelando a cambios que hacían
que los dos convergieran en el tiempo fue obra del zoólogo francés Jean
Baptiste de Lamarck (1744-1829). Como los teólogos naturales, Lamarck partía de
la hipótesis de que los organismos están siempre bien adaptados a su hábitat.
Pero a diferencia de ellos, reconocía que, puesto que el entorno cambia, así
deben hacerlo los organismos si van a permanecer en un estado de adaptación.
Lamarck creía que los cambios ambientales llevarían a los organismos a aprender
nuevos comportamientos o a desarrollar cambios anatómicos que se reforzarían
mediante el ejercicio repetido. Por el contrario, los que cayeran en desuso
desaparecerían poco a poco. Cualquier cambio estructural o conductual inducido
por las nuevas condiciones ambientales sostendría un estado de adaptación que
podría transmitirse por herencia. Subyacente a todo el proceso había una
creencia en que los seres vivos tienden a evolucionar hacia las formas
estructurales más perfectas y armoniosas.
En el escenario de Lamarck, cualquier cambio en el ambiente determina
directamente la evolución de los seres vivos. A medida que los árboles se
hicieran más altos, también las jirafas tendrían que desarrollar patas o
cuellos más largos para seguir alimentándose de sus hojas. Si un minero
desarrollara músculos más grandes por elevar cargas pesadas, entonces su
estructura muscular sería heredada por sus hijos. Éste, por supuesto, es el
tipo de hipótesis razonable que encuentra su lugar en el folclore; era ya una
vieja noción en la época de Lamarck. Por lo tanto, no era inverosímil.
La teoría de la evolución por selección natural de Darwin difería de la de
Lamarck. Abandonaba la hipótesis injustificada de que los organismos recibían
del entorno sus órdenes de marcha, como si estuviesen ligados a sus cambios por
un cordón umbilical oculto o dirigidos por una mano invisible. Darwin se dio
cuenta de que el entorno era un constructo extraordinariamente complicado,
consistente en todo tipo de influencias diferentes. No hay ninguna razón por la
que sus caprichos debieran estar ligados a los que tienen lugar dentro de un
organismo. Él veía que cuando se producían cambios dentro de un entorno, el
resultado era que algunos organismos se encontraban capaces de defenderse en el
nuevo entorno, mientras que otros no lo hacían. Los primeros sobrevivían,
transmitiendo los rasgos que los capacitaban para sobrevivir, y los últimos
desaparecían. De esta manera, aquellos rasgos que ayudaban a la supervivencia,
y podían heredarse, eran transmitidos de forma preferente. A este proceso se le
denominó «selección natural». No puede garantizar que la siguiente generación
sobrevivirá; si ocurren cambios adicionales en el entorno que sean tan
drásticos que ningún residente en el mismo puede afrontarlos, entonces puede
seguir una extinción. La esencia de esta imagen es que el hábitat presenta
simplemente problemas desafiantes para los organismos, y los únicos recursos
disponibles para su solución deben encontrarse en la variación de las capacidades
entre una población que se reproduce. Si el entorno cambia durante un largo
período, entonces la supervivencia preferente de los miembros de una especie
que tienen en mayor medida los atributos que los adaptan mejor para afrontar
los cambios ambientales dará como resultado un cambio gradual en la especie.
Como resultado, nuevas especies pueden emerger. Los supervivientes estarán
mejor adaptados, en promedio, que sus competidores fracasados; pero no hay
ninguna razón por la que sus adaptaciones debieran ser las mejores posibles
cuando se juzgan por un patrón matemático de eficiencia estructural o
funcional. La perfección podría ser un lujo muy caro, y prácticamente imposible
en un ambiente que está cambiando continuamente.
El contraste entre la evolución lamarckiana y la evolución darwiniana es
evidente. Mientras que Lamarck imaginaba que los organismos generarían
adaptaciones en respuesta a los problemas ambientales que encontraran, Darwin
veía a los organismos desarrollando todo tipo de rasgos, inicialmente al azar,
antes de que hubiese ninguna necesidad de ellos. No había ninguna mano
invisible en acción que generara solamente las variaciones que serían
necesarias para afrontar los requisitos futuros. Darwin llamó a este proceso
«evolución por selección natural». Fue descubierto también, independientemente,
por Alfred Russel Wallace. Cuando Darwin publicó las pruebas detalladas en
apoyo de su propuesta en 1859 no sabía cómo podría aparecer la variación de los
rasgos en los seres vivos o cómo podrían transmitirse a la descendencia unos
rasgos específicos, perpetuando con ello a los que podían enfrentarse al
entorno existente. El trabajo de Gregor Mendel, realizado entre 1856 y 1871,
descubrió factores heredables (que ahora llamamos «genes») que transmiten información
orgánica de una generación a la siguiente. Aunque se podría haber pensado que
los rasgos heredados serían siempre tan sólo un promedio de los de los padres
de un organismo, resultó que no era así. Algunas características específicas
podían ser heredadas intactas o incluso almacenadas sin expresarse sólo para
aparecer en generaciones posteriores. Durante el siglo XX, las ideas pioneras
de Mendel se desarrollaron en la disciplina de la genética y luego dieron lugar
a la biología molecular, que se propone elucidar cómo la información genética
es almacenada, transmitida y expresada por moléculas de ADN. La fusión del
concepto de evolución por selección natural y las ideas sobre los medios por
los que la información genética es almacenada, expresada y heredada por los
seres vivos ha llegado a conocerse como la «síntesis moderna».
Creemos que la evolución darwiniana tiene sólo tres requisitos:
·
La existencia de variaciones entre los miembros de una
población. Pueden ser en estructura, en función o en comportamiento.
·
La probabilidad de supervivencia, o de reproducción, depende de
dichas variaciones.
·
Debe existir un medio de heredar características, de modo que
hay una correlación entre la naturaleza de los padres y su progenie. Las
variaciones que contribuyen a la probabilidad de supervivencia de los padres
serán así heredadas con más probabilidad.
Habría
que resaltar que bajo estas condiciones la evolución no es una opción. Si una
población tiene estas propiedades, entonces tiene que evolucionar. Más aún, los
tres requisitos podrían satisfacerse de muchas maneras diferentes. Las
variaciones podrían ser en constitución genética o en la capacidad para
entender conceptos abstractos; el mecanismo de herencia podría ser social,
cultural o genético. Además, aunque la fuente inicial de variación puede
contener un elemento que sea independiente del entorno, habrá en general una
interrelación complicada entre las fuentes de variación y el entorno. Una
influencia exterior sobre el entorno puede llevar a la supervivencia preferente
de individuos con rasgos particulares, pero dichos miembros pueden tener una influencia
particular sobre el desarrollo posterior del hábitat. Además, el concepto del
entorno de un organismo no carece de ambigüedad, pues incluye a otros
organismos y las consecuencias de sus actividades. Sólo si el entorno es
extraordinariamente estable, este acoplamiento complicado entre organismos y
entorno tendrá poca importancia. Más adelante en este capítulo veremos que
existen hábitats muy restrictivos que no son alterados por sus habitantes.
¿Cuál es el resultado a largo plazo de la evolución por selección natural?
Sobre esta cuestión hay división de opiniones. Algunos mantienen que la
evolución de un sistema suficientemente complejo no tiene fin. Todas las
especies seguirán cambiando incluso si su adaptación relativa sigue siendo la
misma. Para este estado de cosas se ha acuñado el término «carrera de ratas».
Alternativamente, la evolución podría aproximarse a un estado de equilibrio en
el que cada organismo mostraría una serie de rasgos y comportamientos (llamado
«una estrategia evolutivamente estable»), y cualquier desviación de la misma
rebajaría la probabilidad de su supervivencia. En esta segunda imagen, la
evolución podría cesar en un entorno invariable o en uno en donde todos los
cambios ambientales fueran inocuos. Los intentos por investigar cuál de estos
escenarios a largo plazo debería aparecer en general han encontrado que es
necesario considerar por separado aquellos rasgos que están sujetos a una
restricción global. Estas restricciones podrían ser estructurales —no se pueden
llevar trozos de alimento más pesados de un cierto valor sin venirse abajo; no
se puede correr más rápido de un cierto límite; no se puede crecer demasiado y
seguir volando—. Estas restricciones ponen límites precisos a la carrera de
ratas en ciertas direcciones. Por el contrario, los rasgos no restringidos
pueden aumentar o disminuir indefinidamente sin comprometer otras capacidades.
Con el tiempo, los rasgos no restringidos de los organismos tienden a terminar
en carreras de ratas con otras especies, mientras que los restringidos por
retroalimentación negativa terminan en un equilibrio que está caracterizado por
una estrategia evolutivamente estable.
A partir de este esbozo de la teoría de la evolución por selección natural
sería demasiado precipitado concluir que todos los rasgos y comportamientos
mostrados por los seres vivos deben ser adaptaciones beneficiosas a algún
aspecto del entorno natural o que deben optimizar las probabilidades de
supervivencia en presencia de competidores que dependen de los mismos recursos.
Hay un peligro de convertir la biología evolutiva en un «así debe ser» si
simplemente presuponemos que todos los aspectos de los seres vivos deben ser
soluciones óptimas a problemas particulares planteados por el entorno. Por
desgracia, la situación no es tan simple. Aunque un entorno suele plantear
problemas estructurales bien definidos, pueden ocurrir cambios que no estén
gobernados por selección natural. Pueden ocurrir cambios en una población
debido a fluctuaciones puramente aleatorias en la constitución genética de los
organismos. Si dos especies poco numerosas difieren sólo de forma muy ligera en
su grado de adaptación, entonces es posible que la especie que estimaríamos más
adaptada, en promedio, se extinga como resultado de una pequeña variación azarosa
en su constitución genética que contrapese la tendencia sistemática creada por
la selección natural. Cuando una población es pequeña es especialmente
susceptible a la influencia dominante de la constitución genética de sus
miembros originales (el «efecto Adán y Eva») y esto puede contrapesar la
influencia de la selección natural. Para complicar aún más las cosas, algunas
variaciones genéticas son selectivamente neutras en los entornos en los que
surgen y por ello no estarán sujetas a selección. Podrían ser simplemente
efectos colaterales de un aumento o una disminución del tamaño de los
organismos, por ejemplo. Análogamente, puede haber estrategias diferentes que
ofrezcan ventajas indistinguibles para el organismo. Es decir, pueden existir
soluciones diferentes pero igualmente efectivas al mismo problema; el hecho de
que se escogiera una antes que otra podría deberse a un «efecto Adán y Eva» o
sólo a una elección inicial accidental. Quizá, por ejemplo, no hay ninguna
ventaja adaptativa en tener nuestro corazón en el lado izquierdo de nuestro
tórax; el lado derecho parecería igual de bueno. Finalmente, un rasgo podría
ser difícil de interpretar correctamente como una adaptación, porque un único
cambio genético podría expresarse como dos rasgos diferentes del organismo. Uno
podría ser ventajoso para la supervivencia y el otro desventajoso. Si el efecto
neto es ventajoso, entonces el segundo rasgo, negativo, podría persistir en
generaciones futuras. Los organismos son paquetes de comportamientos, algunos de
los cuales son ventajosos, otros neutros y otros desventajosos. Lo que
determina su probabilidad de supervivencia es el nivel global de adaptación que
confieren con respecto al que poseen los competidores en el mismo entorno.
Así pues, si un organismo muestra un comportamiento particular o posee alguna
característica estructural, ello no significa necesariamente que éste sea el
comportamiento óptimo o la estructura óptima requerida para afrontar algún
problema ambiental. Puede serlo, como es el caso con los perfiles
hidrodinámicos de muchos peces; pero en otros casos, como cuando consideramos
por qué hay camellos con una joroba o con dos, quizá no exista tal adaptación
óptima en absoluto. La Naturaleza es extraordinariamente económica con los
recursos: sobreadaptaciones dispendiosas para afrontar un desafío aumentarán la
probabilidad de adaptaciones inadecuadas en otro lugar. Asimismo, los
comportamientos pueden ser altamente adaptativos sin surgir de selección. Por
ejemplo, es altamente adaptativo volver al suelo después de haber dado un salto
en el aire, pero esto ocurre debido a la ley de gravitación; no tiene nada que
ver con la selección[5].
Si a pesar de todas estas salvedades uno quiere ofrecer explicaciones para
estructuras coordinadas complejas, es en la selección natural donde debe buscar
primero. La deriva aleatoria o los caprichos de la situación inicial pueden
alterar comportamientos sencillos durante un tiempo, pero no van a ofrecer
explicaciones plausibles para sistemas vivos complicados de gran complejidad y
estabilidad.
Nuestras acciones no están predeterminadas por los resultados del principio de
selección natural. Irónicamente, nuestra constitución genética nos ha permitido
crecer lo suficiente y desarrollar cerebros suficientemente complejos, para
manifestar conciencia. La información genética por sí sola es insuficiente para
especificar la naturaleza y los frutos de la conciencia humana. Pese a todo, de
ella fluye un enorme aparato de estructuras individuales y sociales, de donde
derivan la mayor parte de las acciones humanas y muchas de las partes más
importantes del entorno humano. Utilizando signos y sonidos para transmitir información
hemos sido capaces de puentear el lento proceso de la selección natural, que
está limitado por los tiempos de vida de los miembros individuales de la
especie. También está limitado a transmitir generalidades, antes que
informaciones específicas sobre la geografía local, el clima, los lugares donde
encontrar alimento y similares. Por supuesto, la posesión de cerebros
suficientemente sofisticados para aprender de la experiencia, en lugar de
responder meramente a la programación genética, no se da a cambio de nada.
Requiere una enorme inversión de recursos comparada con el simple desarrollo de
respuestas genéticas instintivas. También corre el riesgo de error y falsa
evaluación de una manera que no lo hacen las reacciones instintivas, a menos
que el entorno cambie con una rapidez inesperada. Con la imaginación viene el
riesgo, pero los beneficios lo compensan sobradamente. En un ambiente precario
y rápidamente cambiante, la única forma de hacer probable la supervivencia es
predecir lo que podría ocurrir y planear diversas alternativas. Tenemos la
capacidad de cambiar nuestro comportamiento y responder a cambios debilitadores
en el entorno (no utilizando CFC en aerosoles, por ejemplo). Estos cambios de
comportamiento no son genéticamente heredables; sin embargo, somos capaces de
transmitir esta información, de forma escrita o audible, así como de puentear
las largas escalas de tiempo requeridas para la herencia genética. Además,
estos métodos de transferencia de información ofrecen posibilidades para la corrección
y la revisión continuas a la luz de las circunstancias variables y el
conocimiento creciente. La pluma es más poderosa que la espada.
Después
de Babel. Una digresión lingüística
Podría
haber habla entrecortada sin pensamiento.
Tendría que ser pensamiento anterior a pensamiento estructurado. Una vez
establecida, el habla estructurada podría ser dominada con menos pensamiento.
Una vez dominada, el habla estructurada hace más pensamiento.
FLORIAN VON SCHILCHER Y NEIL TENNANT
Hay
un área viva de investigación en donde el dilema de instinto versus
comportamiento aprendido es central: el origen del lenguaje. El lenguaje es tan
fundamental para nuestra experiencia consciente que no podemos concebir su
ausencia. Sin lenguaje estamos atrapados. Mucho de nuestro pensamiento
consciente parece habla silenciosa con nosotros mismos. Pero ¿cuál es el origen
del lenguaje? Hay dos opiniones extremas y otras muchas entre medias. En un
extremo está la idea de que nuestras capacidades lingüística y cognitiva están
latentes dentro de nosotros en el nacimiento, después del cual se despliegan
poco a poco en una escala de tiempo y con una lógica que está general y
universalmente preprogramada. Esa programación es parte de lo que define a un
ser humano. En el otro extremo encontramos la creencia de que la mente del niño
es una hoja en blanco sobre la que se grabará el conocimiento solamente a
través de la interacción con el mundo. La primera de estas ideas sobre el
origen del lenguaje ha sido explorada y desarrollada más extensamente por el
lingüista americano Noam Chomsky, quien fue el primero en exponerla frente a
una gran oposición por parte de antropólogos y científicos sociales a finales
de los años cincuenta del siglo XX. La opinión contraria, que nuestra
apreciación mental del mundo está creada enteramente por nuestra interacción
con él, se suele asociar con el psicólogo suizo Jean Piaget, quien intentó
establecerla sobre una base firme realizando estudios extensivos de procesos de
aprendizaje en niños pequeños. Uno de los intereses centrales de Piaget estaba
en el proceso por el que los niños llegan a apreciar conceptos matemáticos,
geométricos y lógicos gracias a la manipulación de juguetes que llevan
información concreta sobre estas abstracciones. Nociones simples como la
igualdad de dos cantidades, o que una cantidad sea más grande o más pequeña que
otra, la invariancia de objetos cuando son movidos, y similares, se extraen del
mundo por una experiencia lúdica. Un tren de juguete, por ejemplo, proporciona
una comprensión de la lógica y la geometría, porque su construcción requiere la
asimilación de las reglas que gobiernan el empalme de los vagones. Aunque el
enfoque de Piaget suena verdadero en relación con muchos aspectos de nuestra
experiencia de aprendizaje temprano, la adquisición de habilidades lingüísticas
le enfrenta a varios hechos sorprendentes que Chomsky utilizaba en apoyo de su
idea de que el lenguaje es un instinto innato.
Aunque los niños están expuestos a la estructura del lenguaje —su gramática y
su sintaxis— sólo en un nivel superficial, ellos son capaces de realizar muchas
construcciones abstractas y complicadas. La exposición media de un niño de
cinco años al lenguaje es insuficiente para explicar su competencia
lingüística. Los niños pueden utilizar y comprender frases que nunca han oído
antes. Por deficientes que puedan ser en otras actividades, los niños sin
minusvalías nunca dejan de aprender a hablar. Su destreza se consigue sin
instrucción específica. La cantidad de interacción ambiental que experimentan
es insuficiente para explicar su dominio lingüístico. Los niños parecen
desarrollar dominio lingüístico con más rapidez entre los 2 y 3 años,
independientemente de sus niveles de exposición. Los intentos de los mayores por
aprender lenguas extranjeras no tienen el mismo éxito, ni los adultos responden
a los mismos procesos educativos. La capacidad de asimilar como una esponja que
tiene un niño parece apagarse a una edad temprana.
El lenguaje parece ser una capacidad con un alcance potencialmente infinito.
¿Cómo puede aparecer a partir solamente de una experiencia del mundo muy
limitada y necesariamente finita? Un estudio detallado de la estructura de los
lenguajes humanos ha revelado una unidad profunda en sus estructuras gramaticales
en un grado tal que un visitante del espacio exterior podría concluir, en
cierto nivel, que todos los seres humanos hablan dialectos diferentes del mismo
lenguaje.
Para Chomsky, el lenguaje es una capacidad cognitiva particular innata en los
seres humanos. Nuestros cerebros contienen un «cableado» neural genéticamente
programado que predispone al estudiante a dar los pasos que llevan al lenguaje.
Este «cableado» inicial del cerebro es algo que comparten los miembros de
nuestra especie. Cuando nos exponemos por primera vez a un ambiente en el que
se está hablando una lengua, es como si se fijaran ciertos parámetros en dicho
programa incorporado, y el programa realiza entonces el vocabulario, la
gramática y la sintaxis del lenguaje que oímos. El alcance, y el nivel de
sofisticación que resultará de este proceso, variará de una persona a otra y
será muy sensible a ligeras variaciones en la experiencia. Por esto es por lo
que los niños se adaptan y asimilan el lenguaje con tanta facilidad. En el
fondo, Chomsky argumentaba que el lenguaje no es una invención humana. Es
innato a la naturaleza humana, igual que saltar es innato a la naturaleza del
canguro. Pero lo que es innato es un tipo de programa, que se ejecuta en
respuesta a estímulos externos. Cómo tiene lugar ese desarrollo es tema de
mucha controversia e investigación[6].
Para Chomsky, la adquisición del lenguaje por un niño es tan sólo uno más de
los muchos elementos de preprogramación genética que le equipan para pasar de
la infancia a la pubertad y a la edad adulta. Antes de sus propuestas, los
lingüistas habían centrado la atención en construir las gramáticas de tantas
lenguas humanas como fuera posible (se conocen casi tres mil). Chomsky volvió
las cosas del revés. Partiendo de la hipótesis de que la mente está en posesión
de una «gramática universal» desconocida, que tiene parámetros variables que
pueden fijarse de maneras diferentes para lenguas diferentes, la búsqueda
consistía en descubrir la gramática universal subyacente a partir de estudios
de las lenguas particulares que surgen de ella. Chomsky advirtió que tenemos
una sensación intuitiva de la estructura formal del lenguaje que es
independiente de su significado. Nos presenta una frase «Las ideas verdes
incoloras duermen furiosamente»[7]. Vemos esto
como un fragmento de inglés sin significado, pero sentimos que su gramática y
su forma parecen correctas. Las categorías de pensamiento que delinean la forma
pueden existir independientemente de la necesidad de abordar el significado.
Son estas categorías formales las que Chomsky veía como la clave del lenguaje,
y su programa de investigación estaba dedicado a aislar los ingredientes
formales básicos que constituyen la gramática universal que hay tras todas las
lenguas.
Piaget presenta la inteligencia humana como algo que procesa información del
mundo exterior y poco a poco construye un modelo de realidad que se hace más
sofisticado conforme atravesamos la infancia. Él apela a este proceso
interactivo como base para la adquisición de todas nuestras habilidades
cognitivas. Por el contrario, Chomsky parece negar este papel activo de la
mente, al considerarla un receptor de información pasivo. El niño no recibe de
una vez por todas una impresión de cómo son las cosas realmente, sino que fija
los parámetros de un programa preexistente en la mente. Nuestra preprogramación
lingüística es única para su propósito, más que ser parte de una programación
más general para resolver problemas de todo tipo, como afirmaba Piaget. Es esta
última afirmación la que hacía difícil de defender la posición de Piaget. Si la
adquisición del lenguaje es tan sólo otra parte de nuestro desarrollo de la
capacidad de resolver problemas, ¿por qué es en la práctica tan distinta?
Tenemos pocas dificultades en aprender cualquier otro tipo de procedimiento y
adquirir otras habilidades hasta una edad mediana y más lejos, pero nuestras
capacidades instintivas de adquisición del lenguaje no persisten más allá de la
temprana infancia. Una vez que han aprendido su lengua nativa, ajustando los
«botones de mando» en su programa universal innato, los lingüistas de talento
se distinguen por su capacidad para cambiar los botones y aprender otras
lenguas —aunque no las aprenden de la misma manera en la que un niño adquiere
su primera lengua.
Si suponemos que nuestras mentes poseen cierto tipo de cableado para la
adquisición del lenguaje, es apropiado preguntar si podemos reducir la
naturaleza de dicho cableado. El lingüista Derek Bickerton ha sugerido que no
estamos simplemente cableados con una gramática universal y botones ajustables
cuyas posiciones se fijan al oír una lengua. En su lugar, estamos cableados
realmente con algunos de estos botones ya fijos. Éstos permanecen así hasta que
son reajustados por la lengua que el niño oye hablar en su entorno. Lo
interesante de esta idea es que permite realizar algunos tests. Si el niño
crece en una cultura en la que el lenguaje hablado es una mezcla primitiva de
jergas, entonces los botones iniciales no serán reajustados y persistirán. Hay
evidencia de que los botones iniciales están fijados para una simple forma
lingüística mestiza. Errores típicos de gramática y ordenación de palabras,
como negaciones dobles, persisten entre niños pequeños, y son característicos
de la forma mestiza. Los hablantes regresan así a gramáticas mestizas innatas
si no han sido expuestos a una gramática local que reajuste sus «conmutadores»
lingüísticos a la nueva forma. Si el niño no oye ningún lenguaje
sistemáticamente estructurado, sino que crece en medio de un conjunto de jergas
sin estructurar, entonces los botones originales criollos tenderán a persistir
y se harán más difíciles de cambiar con el paso del tiempo.
Finalmente, podríamos añadir que Chomsky mantiene una actitud ambigua hacia el
origen de nuestra gramática universal. Aunque hay fuerte evidencia de que el
lenguaje es instintivo, y no un comportamiento aprendido, todavía tenemos que
explicar el origen de la gramática universal, determinar si es una entre muchas
posibilidades y descubrir el proceso paso a paso mediante el que evolucionó a
partir de sistemas más primitivos de sonidos y signos. Hasta ahora ha habido
pocos progresos al abordar dichos problemas. En términos generales, podemos ver
que el lenguaje es adaptativo: confiere enormes ventajas a sus usuarios. Una
vez que se convirtiera en una posibilidad genética, habría una enorme presión
para su propagación y una selección para su mejora. No obstante, será
probablemente muy difícil reconstruir la secuencia precisa de pasos evolutivos,
porque para ser efectivo el lenguaje requiere una combinación de diseños
anatómicos que coincidan con la programación cerebral.
Una
sensación de realidad. La evolución de las imágenes mentales
Los
seres humanos son lo que ellos mismos entienden que son; están compuestos
enteramente de creencias sobre sí mismos y sobre el mundo en que habitan.
MICHAEL OAKESHOTT
La
idea de Kant de que nuestra concepción del mundo está separada de su realidad
por nuestro aparato cognitivo debe modificarse a la luz de lo que hemos
aprendido sobre la evolución de organismos y entornos. También la cognición
está sujeta a evolución. Platón reconoció por primera vez que la «observación»
implica hacer algo. Nuestros sentidos están ya en su sitio antes de que reciban
sensaciones. Pero esta idea potencialmente profunda iba seguida de una
afirmación menos convincente, según la cual nuestro conocimiento instintivo de
las cosas surgió porque poseíamos un conocimiento previo de los planos de
cualquier objeto concreto que pudiéramos encontrar en el mundo. Ésta es una
forma extraordinariamente poco eficiente de diseñar un sistema. Kant era más económico:
él no quería dotamos con un conocimiento instalado de todo objeto particular,
sino sólo de categorías y modos generales de comprensión. Utilizando estas
categorías podríamos construir conceptos de las cosas, igual que podríamos
construir edificios a partir de ladrillos. Estas categorías de pensamiento
innatas se suponían universales para todos los seres humanos sin impedimentos.
Pero ¿por qué debería ser así? Puesto que Kant no podía decir de dónde proceden
estos casilleros mentales, no podía estar seguro de que no empezaran a cambiar
repentinamente o que no difirieran de una persona a otra.
En la naturaleza de las cosas hay una verdad fundamental que nosotros
apreciamos ahora, pero que Kant no hizo. Nosotros sabemos que el mundo no
apareció ya hecho. Está sujeto a fuerzas de cambio inevitables. Esta visión de
las cosas empezó a emerger durante el siglo XIX. Los astrónomos empezaron a
describir cómo podría haber nacido el sistema solar a partir de un estado
anterior más desordenado; los geólogos empezaron a entender la evidencia del
registro fósil; los físicos se hicieron conscientes de las leyes que gobiernan
los cambios que pueden darse en un sistema físico con el paso del tiempo. Pero
la contribución más importante fue la de Darwin, y se ha hecho evidente que
tiene cosas importantes que enseñamos, no simplemente sobre las moscas de la
fruta y los hábitats animales, sino sobre las profundas preguntas de Kant
concernientes a la relación entre realidad y realidad percibida.
Una consideración del proceso evolutivo que ha acompañado el desarrollo de la
complejidad viviente disipa algunos de los misterios de por qué compartimos
categorías de pensamiento similares: por qué tenemos muchas de las categorías
que tenemos y por qué permanecen constantes en el tiempo. Pues estas categorías
han evolucionado, junto con el cerebro, por el proceso de selección natural.
Este proceso selecciona aquellas imágenes del mundo que modelizan con más
exactitud el carácter de su verdadera realidad subyacente en la arena de la experiencia
donde ocurre la adaptación. La biología evolutiva presta así apoyo a una
perspectiva realista sobre una parte importante del mundo: esa parte cuya
aprehensión correcta es ventajosa. Muchas de estas aprehensiones no nos dan
simplemente ventajas sobre otros que las poseen en menor grado: son condiciones
necesarias para la existencia continuada de cualquier forma de complejidad
viviente. Mentes que nacieran espontáneamente con imágenes del mundo que no
correspondieran a la realidad no podrían sobrevivir. Esas mentes contendrían
modelos mentales del mundo que se mostrarían falsos al enfrentarse a la
experiencia. Nuestras mentes y nuestros cuerpos expresan información sobre la
naturaleza del entorno en el que se han desarrollado, nos guste o no. Nuestros
ojos han evolucionado como receptores de luz por un proceso adaptativo que
responde a la naturaleza de la luz. Su estructura nos dice cosas sobre la
verdadera naturaleza de la luz. No hay lugar para una visión según la cual todo
nuestro conocimiento de la luz no es otra cosa que una creación mental.
Precisamente porque es una creación de nuestra mente, nuestro conocimiento de
la luz contiene elementos de una realidad subyacente. El hecho de que poseamos
ojos testimonia la realidad de algo que llamamos luz.
Aunque no sabemos si estamos solos en el Universo, es seguro que no estamos
solos en la Tierra. Hay otros seres vivos con diversos niveles de «conciencia»
que se reflejan en la sofisticación de los modelos mentales que son capaces de
crear acerca del mundo que les rodea. Algunas criaturas pueden crear un modelo
que puede simular el futuro bajo la hipótesis de que se desarrollará de una
forma idéntica a como lo ha hecho a partir de circunstancias similares en el
pasado. Otras criaturas, como los cocodrilos, carecen de esta capacidad para
unir pasado, presente y futuro, y viven en un presente eterno. Todas las
plantas y todos los animales han codificado un modelo o han encarnado una
teoría sobre el universo que los equipa para la supervivencia en el entorno del
que han tenido experiencia. Dichos modelos varían mucho en sofisticación.
Sabemos que una hormiga está genéticamente programada para realizar ciertas
actividades dentro de su colonia. Posee un modelo sencillo de un pequeño
fragmento del mundo. Los chimpancés poseen un modelo de realidad mucho más
sofisticado, pero sabemos que en cualquier caso es una abreviación drástica de
lo que podemos saber sobre el mundo. Podríamos colocar a un chimpancé en una
situación que estuviera más allá de su capacidad de comprender con éxito —por
ejemplo, en los controles de un simulador de vuelo—. Aunque nuestras propias
imágenes mentales del mundo son más sofisticadas que las de cualquier otra
forma de vida terrestre, no son ni mucho menos completas. Lo notable es que sean
suficientemente completas para reconocer que deben ser incompletas. Sabemos que
cuando miramos una silla recibimos sólo parte de la información sobre ella que
está disponible para los observadores. Nuestros sentidos son limitados. «Vemos»
sólo algunas longitudes de onda de la luz; «olemos» sólo una gama de olores;
«oímos» sólo un intervalo de sonidos. Si no vemos nada, esto no significa que
no haya nada ahí. El alcance de nuestros sentidos, tanto cuantitativa como
cualitativamente, es también el resultado de un proceso de selección que debe
aprovechar recursos escasos. Podríamos haber desarrollado ojos que fueran miles
de veces más sensibles, pero dicha capacidad habría tenido que pagarse
utilizando recursos que no podrían haberse utilizado en otras cosas. Hemos
terminado con un paquete de sentidos que hace un uso eficiente de los recursos
disponibles.
Pese a la fuerza del soporte evolucionista a una visión generalmente realista
de las cosas, debemos tener cuidado en no afirmar demasiado. Ya hemos visto que
algunas características de los organismos pueden existir como subproductos
inocuos de adaptaciones a otros propósitos. Lo mismo sucede con nuestras
imágenes de la realidad. Más aún, nos encontramos en posesión de todo un
conjunto de capacidades que no tienen ninguna ventaja selectiva obvia. Wallace,
el codescubridor de la teoría de la evolución, no reconoció esta sutileza y
concluyó que muchas capacidades humanas eran inexplicables sobre la base de la
selección natural. Pero Darwin fue capaz de apreciar el hecho de que somos
conjuntos de capacidades, adaptaciones anticuadas y subproductos inocuos. El
distinguido biólogo teórico John Maynard Smith argumentaba que
Es
un hecho sorprendente que, aunque Darwin y Wallace llegaron independientemente
a la idea de evolución por selección natural, Wallace nunca siguió a Darwin en
dar el paso adicional de afirmar que la mente humana era también un producto de
la evolución… [Stephen Jay Gould sugiere que esto fue]… porque Wallace tenía
una idea demasiado simplista de la selección, según la cual toda característica
de cualquier organismo es el producto de la selección, mientras que Darwin era
más flexible y reconocía que muchas características son accidentes históricos
de los corolarios no seleccionados de algo que ha sido seleccionado. Ahora hay
características de la mente humana que son difíciles de explicar como productos
de la selección natural: pocas personas han tenido más hijos porque fueran
capaces de resolver ecuaciones diferenciales o jugar al ajedrez a ciegas. Por
lo tanto, Wallace fue llevado a la idea de que la mente humana requería un tipo
de explicación diferente, mientras que Darwin no encontró ninguna dificultad en
pensar que una mente que evolucionó porque podía entender la complejidad de la
vida en las sociedades humanas primitivas mostraría propiedades impredecibles y
no seleccionadas.
Aunque
podemos entender qué nociones clave, como las de causa y efecto, son necesarias
para una evolución acertada por selección natural, no es tan fácil ver por qué
las imágenes mentales de las partículas elementales o los agujeros negros
deberían estar aseguradas de la misma manera. ¿Qué valor de supervivencia puede
atribuirse a la comprensión de la relatividad y la teoría cuántica? Los seres
humanos primitivos evolucionaron con éxito durante centenares de miles de años
sin ninguna noción de estos aspectos de la estructura profunda del Universo.
Pero estos conceptos esotéricos son meramente conjuntos de ideas mucho más
simples unidas de formas complicadas. Esas ideas más simples tienen un alcance
mucho mayor y son útiles para evaluar un vasto abanico de fenómenos naturales.
Nuestro conocimiento científico sofisticado podría verse como un subproducto de
otras adaptaciones para el reconocimiento del orden y la forma en el entorno.
Es evidente que la apreciación artística está íntimamente relacionada con esta propensión.
Pero una susceptibilidad para reconocer pautas y atribuir orden al mundo es un
impulso poderoso. La abundancia de mitos, leyendas y pseudoexplicaciones del
mundo testimonia una propensión que tenemos a inventar principios ordenadores
espurios para explicar el mundo. Tenemos miedo de lo inexplicado. Caos,
desorden y azar estaban íntimamente ligados a un lado oscuro del Universo: eran
la antítesis de los dioses benevolentes. Una razón para ello es que el
reconocimiento del orden ha pasado de tener una recompensa que es beneficiosa
—reconocer fuentes de alimento, predadores o miembros de la misma especie— a
ser un fin en sí mismo. Hay una satisfacción que ganar de la creación de orden
o del descubrimiento del orden. Estas sensaciones tienen su origen
probablemente en un pasado evolutivo, donde la capacidad para hacer tales
identificaciones era adaptativa.
Puesto que nuestras mentes y sensibilidades han evolucionado en respuesta a un
proceso selectivo que recompensa la correspondencia con lo que es el mundo,
cabe esperar que encontremos variaciones en aquellos atributos mentales
restringidos o implicados por algunos aspectos de la estructura subyacente del
Universo. El entorno en el que hemos evolucionado es más profundo que el mundo
superficial de otros seres vivos. Brota de las leyes y constantes de la
Naturaleza que determinan la propia forma y tejido del Universo. La complejidad
de nuestras mentes y cuerpos es reflejo de la complejidad del entorno cósmico
en el que nos encontramos. La naturaleza del Universo ha dejado su sello en
nosotros, restringiendo nuestras sensibilidades de maneras sorprendentes e
inesperadas.
El
cuidado y mantenimiento de un pequeño planeta.
Ambientalismo cósmico
La
oración del teórico: «Señor, perdóname el pecado de arrogancia, y, Señor, por
arrogancia entiendo lo siguiente…».
LEON LEDERMAN
El
proceso evolutivo asegura que nos hemos convertido en encarnaciones de muchos
aspectos de nuestro entorno cuya existencia es necesaria para nuestra
supervivencia. Pero ¿cuál es exactamente este entorno? Hace tiempo que los
biólogos nos han enseñado cómo el clima inmediato, la topografía y los recursos
disponibles determinan las condiciones en que ocurre la evolución. En años
recientes nos hemos hecho conscientes de condiciones más generales que aseguran
todas y cada una de las formas de vida en la Tierra. Conforme la expansión y la
influencia humanas han crecido hasta niveles que ponen en peligro la
estabilidad del ambiente terrestre global, hemos descubierto que el origen y la
persistencia de la vida deben mucho a un equilibrio invisible que es profundo y
delicado. Lo irónico es que sólo hemos llegado a conocer muchos aspectos de
este equilibrio cuando nos hemos desviado involuntariamente del mismo. El
crecimiento de la producción tecnológica y sus productos residuales han
empezado a cambiar el clima de la Tierra. Cuando descubramos si esto es una
tendencia sistemática, antes que una fluctuación de corta vida, podría ser
demasiado tarde para hacer algo para remediarlo. Otras actividades humanas han
generado gases residuales que alteran los procesos químicos que controlan la
abundancia de ozono en la atmósfera. A medida que se adelgace la capa de ozono,
nos encontraremos expuestos a una intensidad de luz ultravioleta contra la que
no nos equipó el lento proceso de evolución. La reducción de la capa de ozono acelerará
el daño a las células humanas e incrementará la incidencia de cánceres de piel
letales. También hay influencias insospechadas cuyo origen está más allá de los
límites de nuestro sistema solar. En 1992, los medios de comunicación de todo
el mundo difundieron excitados las predicciones de que, después de fallar por
poco en esta vuelta, el cometa Swift-Tuttle regresaría el 14 de agosto de 2126
e impactaría en la Tierra: un suceso que supondría el final de la vida humana.
De hecho, se ha argumentado que impactos anteriores de detritus procedentes del
espacio han desempeñado un papel principal en las extinciones en masa de vida
en la Tierra que están inscritas en el registro fósil. Es ahora generalmente
aceptado que la colisión de un cometa o un meteoro contribuyó a la extinción en
masa de hace 65 millones de años en la que desaparecieron los dinosaurios. El
polvo y los detritus del impacto ascendieron a la alta atmósfera, ocultando la
superficie del planeta a los rayos del Sol por un período suficientemente largo
para acabar con todas las plantas sobre las que descansaba la cadena
alimenticia. Otras extinciones ocurrieron en otras épocas. Paradójicamente,
tales extinciones catastróficas pueden haber sido un precedente necesario para
nuestra propia evolución rápida hacia la vida sintiente, porque cuando el medio
ambiente se recupera de estas catástrofes parece haber un florecimiento de la
diversidad de vida. Al limpiar el escenario ecológico, las extinciones abren un
gran número de nichos ambientales no ocupados y quitan el freno al proceso
evolutivo. A ello le sigue un período de rápida diversificación antes de que
las limitaciones usuales de la sobrepoblación y la escasez de recursos se
impongan de nuevo.
Uno puede ser a veces testigo de esta rápida expansión en nichos vacíos en una
escala local más pequeña. Hace algunos años, el sureste de Inglaterra fue
devastado por un huracán sorpresa que generó vientos con velocidades nunca
antes registradas en las islas Británicas. En los condados de Sussex y Kent, regiones
enteras de bosques desaparecieron de la noche a la mañana. Stanmer Woods, en el
límite de la Universidad de Sussex, fue especialmente golpeado. Un día, miraba
por mi ventana y veía un inmenso y viejo olmedo; al día siguiente, sólo un
horizonte desnudo cubierto de troncos partidos, ramas desgarradas y hojas
caídas. Cuando la madera fue quemada o retirada, los bosques parecían estériles
y desolados, pero con el paso del tiempo ha aparecido una nueva y gran
diversidad de flores, árboles jóvenes y arbustos. La desaparición de los
árboles permitió que la luz penetrara hasta el suelo, hubiera más humedad en el
suelo y se creara espacio para que crecieran otras cosas. Por supuesto, ninguna
especie fue llevada a la extinción por la tormenta, pero la forma en que el
bosque se ha recuperado con sorprendente rapidez de una destrucción en masa de
árboles y pérdida de aves pone de manifiesto una rica diversidad que constituye
un microcosmos de la recuperación de la Tierra entera tras ocasionales
catástrofes ecológicas hace millones de años.
En una primera aproximación, la vida se extingue. Más del 99 por 100 de todas
las especies que han vivido alguna vez han seguido el camino de los
dinosaurios. La batalla constante entre éxito reproductivo y desaparición sólo
ha favorecido ligeramente al primero. Antes de la extinción de los dinosaurios,
los mamíferos habían sido bastante pocos y muy diseminados, y la mayoría de
ellos parecidos a las musarañas. Poco después, en tan sólo una docena de
millones de años surgió prácticamente toda la enorme diversidad actual de
mamíferos, desde los ratones hasta los elefantes.
El registro fósil muestra que, si el ritmo al que parece haber aparecido la
diversidad en la frontera Precámbrico-Cámbrico hubiera continuado intacto hasta
el presente, entonces los océanos contendrían más de 1027 especies marinas
diferentes, en lugar del millón aproximadamente que se estima que hoy existen.
Claramente la evolución podría ir mucho más deprisa de lo que lo hace.
Presumiblemente está atenuada por el espacio y los recursos limitados que
existen para mantener a las diferentes criaturas.
Importantes catástrofes ambientales pueden ser necesarias para que la evolución
alcance altos niveles de diversidad y sofisticación en una serie de pasos
relativamente rápidos. Si la vida se origina en otros mundos abarrotados,
entonces la emergencia de formas de vida complejas puede requerir una sucesión
de acontecimientos catastróficos para acelerar el ritmo de la evolución. Sin
ellos, la evolución puede frenarse lentamente. Los mundos seguros sin
acontecimientos destacados no son necesariamente ventajosos para el proceso de
la vida: para vivir de modos complejos, uno tiene que vivir peligrosamente,
porque afrontar el peligro requiere la evolución de la complejidad.
Si las extinciones en masa fueran causadas por sucesos locales internos al
entorno —algún tipo de enfermedad, por ejemplo— entonces cabría imaginar que el
proceso evolutivo produciría más descendencia con resistencia aumentada a tales
amenazas, y las extinciones se harían más raras y menos catastróficas. Como
resultado, el potencial para un rápido cambio evolutivo y para la innovación
estaría suprimido. El reloj de la evolución sólo podría ponerse a cero mediante
intervenciones enormes e impredecibles de sucesos catastróficos para los que la
evolución genética sistemática no podría desarrollar resistencia. La única
manera de romper este ciclo, y superar los desastres a gran escala, es mediante
la producción de un rasgo como la conciencia, que permite que la información
sea transmitida mucho más rápidamente que por medios genéticos.
Visto a esta luz, puede ser que el ritmo global de evolución de la vida en la
Tierra haya sido influido de forma significativa —y positiva— por sucesos como
el cambio climático o los efectos de perturbaciones externas procedentes del
espacio. Por supuesto, si nosotros tuviéramos que ser los siguientes candidatos
para una extinción en masa producida, digamos, por el impacto de un cometa, nos
resultaría difícil adoptar el punto de vista a largo plazo que califica a esta
influencia como «positiva». Estos encuentros cósmicos no son tan improbables
para que los podamos ignorar por completo. En 1992 supimos de la amenaza del
cometa Swift-Tuttle. En julio de 1994, los astrónomos tuvieron la oportunidad
de ser testigos de las consecuencias de un impacto cometario muy cerca de
nosotros cuando los fragmentos del cometa Shoemaker-Levy 9 golpearon la cara
oculta del planeta Júpiter. La energía liberada por los fragmentos de la
explosión fue millones de veces mayor que la de las más grandes explosiones
nucleares terrestres. Se conocen otras aproximaciones cercanas a la Tierra, lo
que ha llevado a un serio debate respecto a cuál sería la mejor forma de
desarrollar defensas contra tal bombardeo celeste. Algunos han propuesto que
habría que desarrollar una tecnología de Guerra de las Galaxias con la idea de
hacer explotar, o desviar, los cometas y los asteroides incidentes cuando
todavía se encuentran en el sistema solar externo. Otros creen que la búsqueda
de estas armas poderosas crea mayores peligros para la humanidad que los
objetos que se pretende destruir. Después de todo, cualquier tecnología
suficientemente avanzada para desviar un pequeño cuerpo celeste que se acerca a
la Tierra sería capaz, en las manos equivocadas, de desviarlo hacia una parte
concreta de la superficie de la Tierra.
En ausencia de catástrofes, nuestra propia existencia se hace posible por la
presencia de nuestra amable estrella vecina, el Sol. Su estabilidad y su
distancia a nosotros aseguran que el ambiente terrestre promedio es
relativamente templado: suficientemente frío para que exista agua en estado
líquido, pero suficientemente caliente para evitar una interminable era
glacial. Pero el Sol no es invariable; sabemos que su superficie muestra
estallidos complejos de actividad magnética que produce ciclos regulares de
actividad de manchas solares. No existe ninguna explicación completa para
dichos ciclos, y su posible influencia sobre el clima de la Tierra sigue siendo
un tema de especulación recurrente. El Sol no es la única estrella que podría
desempeñar un papel crítico en la estabilidad de nuestro entorno. En 1987, la
observación de una estrella en explosión, una supernova, en la Gran nube de
Magallanes (una galaxia «enana» cercana en el mismo grupo local de galaxias que
nuestra Vía Láctea) excitó a los astrónomos de todo el mundo.
Figura 2.9. Constantes de la Naturaleza. La frecuencia media de impactos en
la atmósfera de la Tierra por parte de objetos de diferentes tamaños junto con
el tamaño esperado de los cráteres creados en la superficie de la Tierra y sus
probables efectos.Basado en fig. 8.1 en P. D. Ward y D. Brownlee, Rare Earth,
Copernicus, Nueva York (2000), p. 165.
Si
hubiera ocurrido cerca, en nuestra propia galaxia, podría haber extinguido toda
la vida terrestre. Es posible que explosiones de supernovas cercanas en el
pasado distante produjeran radiación que alterara la capa de ozono de la Tierra
e influyera en el curso de la evolución de las simples formas de vida marina,
radicada en arrecifes, que fueron las precursoras de organismos posteriores más
complejos.
Cuando contemplamos estos riesgos astronómicos empezamos a apreciar lo azarosa
que es la supervivencia a largo plazo en el Universo, tanto para nosotros como
para otros. La Figura 2.9 muestra las frecuencias probables de incidencia y las
consecuencias energéticas de impactos de tamaño creciente.
El reconocimiento de estos peligros puede ayudamos a entender misterios más
profundos de la vida en el Universo. Se han propuesto muchas explicaciones de
por qué no hemos encontrado pruebas de la existencia de vida extraterrestre
avanzada en el Universo cercano. Quizá seamos demasiado poco interesantes para
que valga la pena entrar en contacto con nosotros; quizá seamos demasiado
inteligentes para ser perturbados; quizá la vida requiera ambientes
extremadamente improbables para sostenerla. Lo más probable, creo yo, es que la
vida nunca sobrevive durante períodos de tiempo muy largos. Impactos de
asteroides, paso de cometas, estallidos de radiación gamma… todos estos
peligros externos son sucesos comunes. Estamos protegidos de muchos de ellos
por el planeta Júpiter y nuestra gran Luna. Sin estos escudos gravitatorios habríamos
sufrido una serie de impactos catastróficos que habrían servido para poner a
cero continuamente el reloj evolutivo. Si se unen estos azares a la amenaza
para la vida que presentan los peligros internos como la guerra, la enfermedad
o el desastre medioambiental, empezamos a ver que quizá no sea totalmente
sorprendente que no haya nadie «ahí fuera» en nuestra parte del Universo.
Estos ejemplos ilustran los riesgos para el ambiente delicado de la Tierra que
plantean las influencias cósmicas exteriores. Los factores ambientales que han
conformado la evolución de la biosfera de la Tierra pueden tener un impacto
errático y súbito, más allá de las posibilidades de supervivencia de la mayoría
de las formas de vida terrestres. Pero las catástrofes celestes pasadas no son
nada comparadas con los acontecimientos que aguardan en el lejano futuro. Algún
día, unos 5000 millones de años a partir de ahora, el Sol comenzará a morir.
Habrá agotado su suministro de hidrógeno que le sirve como combustible nuclear.
En sus últimos esfuerzos por ajustarse a esta última crisis energética solar,
se expandirá y vaporizará los planetas interiores del sistema solar antes de
contraerse hacia un estado de reposo final, con un tamaño tan sólo un poco
mayor que las dimensiones actuales de la Tierra. Al principio, ese estado será
muy caliente, pero a lo largo de miles de millones de años el Sol se enfriará
continuamente, dejando un rescoldo negro que se desvanecerá en la invisibilidad
(véase la Lámina 6).
Lámina 6. La nebulosa de la Hélice, a 400 años-luz de la Tierra. Una
estrella moribunda ha perdido una capa de material caliente, que se expande
hacia fuera, enfriándose y haciéndose más tenue. Finalmente se dispersará y
mezclará con el gas y el polvo interestelar.
¿Habrá
encontrado para entonces la humanidad un medio de desplazarse a otro lugar?
Parece poco probable. Ya es bastante difícil hacer el equipaje para ir a unas
cortas vacaciones con unos pocos miembros de la familia. ¡Imagínese hacer el
equipaje para 10 000 millones, ninguno de los cuales piensa regresar![8]
Para bien o para mal, el entorno cósmico se extiende mucho más lejos y es mucho
más amplio de lo que Darwin imaginara nunca. La estructura del Universo más
allá de la Tierra restringe el ambiente dentro del cual pueden ocurrir los
procesos más familiares de la evolución biológica, la adaptación y el
desarrollo cultural. Pone límites a la diversidad que es posible en la Tierra y
modela nuestras impresiones del mundo. Desarrollando una apreciación de las
sutilezas de nuestro entorno cósmico, podemos empezar a distinguir las
características que han emergido por azar de las que son consecuencia
inevitable de la estructura profunda e inalterable del Universo.
El
arco iris de la gravedad. El tejido del mundo
¡Condenado
Sistema Solar! Mala luz, planetas demasiado lejanos, peste de cometas,
artilugios inadecuados… Yo mismo podría hacerlo mejor.
LORD JEFFREY
Distanciémonos
de las minucias de la evolución biológica en la Tierra, donde una enorme
complejidad es promovida por un proceso que hemos venido a llamar
«competición», por el que cada especie busca realmente un nicho que minimice su
necesidad de competir con rivales. Toda esta interacción coadaptativa entre
organismos y hábitats requiere un telón de fondo. Antes de que los genes puedan
ser «egoístas», antes de que la complejidad biológica pueda empezar a
desarrollarse deben existir átomos y moléculas con propiedades que permitan el
desarrollo de la complejidad y la autorreplicación, deben existir entornos
estables y deben existir lugares suficientemente templados para que dichas
estructuras existan. Todas estas cosas deben persistir durante períodos de tiempo
enormes.
En la profundidad de los espacios interiores de la materia, invisibles e
inadvertidas, existen las características que hacen posible satisfacer estas
condiciones. En definitiva, son estas cosas las que permiten que florezca la
vida y todas sus consecuencias en nuestro solitario puesto avanzado en los
suburbios de una galaxia vulgar denominada Vía Láctea. No garantizan la vida,
pero sin ellos sería imposible cualquier estructura suficientemente compleja
para evolucionar espontáneamente por selección natural.
Hay cuatro aspectos de la estructura profunda del Universo que se combinan para
asegurar el ambiente cósmico dentro del cual la lógica de la selección natural
ha permitido que la mano del tiempo modele la complejidad viviente.
Las leyes de la Naturaleza dictan cómo cambia el mundo con el paso del tiempo y
de un lugar a otro. Actualmente creemos que dichas leyes gobiernan la actuación
de sólo cuatro fuerzas naturales: gravedad, electromagnetismo, la fuerza débil
(radioactiva) y la fuerza fuerte (nuclear). Superficialmente, estas fuerzas
parecen ser distintas en cuanto a alcance, intensidad e identidad de las
partículas de materia que están sometidas a sus inflexibles jurisdicciones.
Pero a medida que sus efectos se sondean a temperaturas cada vez mayores, las
fuerzas cambian; sus diferencias desaparecen, junto con muchos de los problemas
que han dificultado nuestros intentos pasados de entender cada una de estas
cuatro fuerzas como una simple característica autónoma del Universo. Casi todos
los físicos esperan que, en última instancia, se encontrará que las cuatro
formas naturales son manifestaciones diferentes de una «superfuerza» básica,
que manifiesta su unidad sólo a temperaturas muy altas. De hecho, tal
unificación ya ha sido confirmada experimentalmente para dos fuerzas: la fuerza
electromagnética y la fuerza débil. Resulta intrigante saber que la simplicidad
del mundo depende de la temperatura del entorno. A las bajas temperaturas a las
que es posible la bioquímica que soporta la vida —a las que pueden existir los
átomos— el mundo parece ser complicado y diverso. Esto es inevitable. Las
simetrías que ocultan a la vista la unidad subyacente de las fuerzas de la
Naturaleza deben estar rotas para que puedan aparecer las estructuras complejas
necesarias para la complejidad viviente. La verdadera simplicidad de las leyes
de la Naturaleza sólo es evidente en un ambiente tan próximo al infierno del
Big Bang que no puede existir ningún «observador» complejo. No es casual que el
mundo no parezca simple; si fuera simple, entonces nosotros seríamos demasiado
simples para saberlo.
Los trescientos años de éxitos de los que hemos disfrutado utilizando el
concepto de leyes de la Naturaleza para dar sentido al Universo han tenido
efectos indirectos. La idea de que la marcha del mundo está gobernada por
«leyes» impuestas desde fuera, en lugar de por tendencias innatas dentro de los
objetos individuales, reflejaba y alentaba una creencia religiosa en una única
deidad omnipotente que decretaba dichas leyes de la Naturaleza. La economía de
las leyes de la Naturaleza, su comprensibilidad y su universalidad han sido
interpretadas, en el pasado, como pruebas convincentes de la existencia de un
artífice divino detrás del funcionamiento del Universo visible.
Además de las leyes de la Naturaleza necesitamos alguna receta para el estado
del Universo cuando éste empezó o, si no hubo principio, una especificación de
cómo debe haber sido en algún instante en el pasado. Por fortuna, muchos
aspectos del Universo parecen depender muy poco de cómo empezó. Las altas
temperaturas de las etapas tempranas del Big Bang borran la memoria de muchos
aspectos del estado inicial. Ésta es una razón por la que es tan difícil
reconstruir el Big Bang, pero también nos permite entender muchos (aunque no
todos) aspectos de la estructura presente del Universo y su historia reciente
sin saber cómo era al principio. Algunos cosmólogos creen que sería mejor que
se hubiera perdido toda memoria de las condiciones iniciales, porque entonces
cada aspecto de la estructura actual del Universo podría entenderse sin saber
cómo era el estado inicial del Universo. Otros, muy en especial James Hartle y
Stephen Hawking, han intentado en años recientes seleccionar un candidato
especial para el estado inicial[9].
Por desgracia, la parte del Universo que es visible para nosotros, pese a tener
un tamaño de 15 000 millones de años-luz, ha surgido de la expansión de una
minúscula parte del estado inicial entero. Aunque algún gran «principio» pueda
dictar en realidad la estructura promedio del estado inicial del Universo
entero (posiblemente infinito), eso no puede ayudarnos a determinar la
estructura de la minúscula parte del total que se expandió para convertirse en
la parte del Universo que hoy es visible para nosotros.
Además de las leyes de cambio y la especificación inicial del Universo,
necesitamos algo más para distinguir nuestro Universo de otros que podamos
imaginar. Las intensidades de las fuerzas de la Naturaleza y las propiedades de
los objetos elementales gobernados por dichas leyes, que crean el tejido del
Universo, están prescritas por una lista de números que llamamos «constantes de
la Naturaleza». Éstas catalogan aquellos aspectos del Universo que son
absolutamente idénticos en todo tiempo y lugar[10]. Incluyen
las intensidades intrínsecas de las fuerzas de la Naturaleza, las masas de las
partículas elementales de materia, como electrones y quarks, la carga eléctrica
portada por un electrón individual y el valor de la velocidad de la luz.
Actualmente sólo podemos determinar estas cantidades midiéndolas con precisión
cada vez mayor. Pero todos los físicos creen que muchas de estas constantes, si
no todas, deberían estar determinadas por la lógica intrínseca de una teoría
final de las fuerzas naturales. Y, de hecho, la predicción correcta de dichas
constantes podría ser el test definitivo de cualquier teoría.
Nuestro cuarteto de fuerzas que aseguran la estructura de la Naturaleza se
completa con información sobre la manera en que se desprenden los productos de
las leyes de la Naturaleza. Una sutileza profunda del mundo es la forma en que
un Universo gobernado por un pequeño número de leyes simples puede dar lugar a
la plétora de estados y estructuras complicados que vemos a nuestro alrededor,
y de la cual nosotros mismos somos ejemplos dignos de destacar. Las leyes de la
Naturaleza se basan en la existencia de una pauta que liga un estado de cosas
con otro, y donde hay pauta hay simetría. No obstante, a pesar del énfasis que
hacemos en ellas, no somos testigos de las leyes de la Naturaleza. Sólo vemos
los productos de dichas leyes. Más aún, las simetrías que las leyes consagran
están rotas en estos productos. Supongamos que ponemos en equilibrio una aguja
sobre su punta y luego la soltamos. La ley de la gravedad, que gobierna su
movimiento posterior, es perfectamente democrática. No tiene preferencia por
ninguna dirección particular en el Universo: es simétrica a este respecto. Pero
cuando la aguja cae, debe caer en una dirección particular. La simetría direccional
de la ley subyacente está rota en cualquier resultado particular gobernado por
ella. Por la misma razón, la aguja caída oculta la simetría de la ley que la
determinó. Tal «ruptura de simetría» gobierna mucho de lo que vemos en el
Universo, y sus orígenes pueden ser verdaderamente aleatorios. Permite que un
Universo gobernado por un pequeño número de leyes simétricas exhiba una
infinita diversidad de estados asimétricos y complejos. Así es como el Universo
puede ser simple y complicado a la vez. Para el físico de partículas que busca
las leyes últimas de la Naturaleza, todo está gobernado por la simplicidad y la
simetría, pero para quienes tratan de dar sentido a la caótica diversidad de
los productos asimétricos de las leyes simétricas de la Naturaleza, simetría y
simplicidad raramente son sus manifestaciones más admirables. El biólogo, el
economista o el sociólogo se centran en las complejidades que se encuentran en
los complicados productos de las leyes de la Naturaleza. Estos productos no
están gobernados por la simplicidad ni por la simetría. Hace cientos de años,
los teólogos naturales trataban de impresionar a sus lectores con historias de
la maravillosa simetría y las simplicidades de la Naturaleza; ahora vemos que,
irónicamente, es la desviación respecto a dichas simplicidades la que hace
posible la vida. Es de los defectos de la Naturaleza, y no de las leyes de la
Naturaleza, de lo que depende la posibilidad de nuestra existencia.
Es útil dividir nuestros cuatro factores (leyes, condiciones iniciales,
constantes y rupturas de simetría) en dos pares. Las leyes y las constantes de
la Naturaleza son características que respetan la uniformidad y la simplicidad,
mientras que las condiciones iniciales y las rupturas de simetría permiten la
complejidad y la diversidad. Estos cuatro factores determinan la naturaleza del
entorno cósmico. Sólo si su combinación cae dentro de un intervalo bastante
estrecho será posible que se desarrolle cualquier forma de complejidad en el
Universo. Este intervalo delimita los universos dentro de los que es posible la
vida. Muestra las condiciones que son necesarias para que evolucione la vida.
Ninguna de ellas es suficiente para garantizar que la vida evolucione, y mucho
menos para que continúe sobreviviendo. Conforme descubrimos los modos en que el
entorno cósmico satisface las condiciones necesarias para que evolucione y
persista la vida, encontramos que tienen subproductos inusuales. Aseguran que
muchas de nuestras actitudes hacia el Universo y sus contenidos, junto con algunas
de nuestras propias creaciones y fascinaciones, son consecuencias sutiles de la
estructura del Universo.
Al principio, parece muy poco probable que el Universo, en conjunto, pudiera
haber tenido mucha influencia sobre las cosas aquí y ahora. Estamos acostumbrados
a que las influencias locales sean las más fuertes. Pero los vínculos pueden
ser sutiles. ¿Quién hubiera pensado que el enorme tamaño del Universo tendría
un papel que desempeñar en nuestra propia existencia? De hecho, durante cientos
de años los filósofos han utilizado la enormidad del Universo como un argumento
contra la trascendencia de la vida en la Tierra. Pero las cosas no son
exactamente lo que parecen. La vida es en el fondo una manifestación de un alto
nivel de complejidad organizada en los niveles atómico y molecular. Cualquier
forma estable de complejidad debe estar basada en combinaciones de elementos
químicos que son más pesados que el hidrógeno y el helio. La forma química de
la vida que parece haber evolucionado espontáneamente en la Tierra está basada
en los elementos carbono, oxígeno, nitrógeno y fósforo, que pueden realizar
todo tipo de gimnasias moleculares en combinación con el hidrógeno. Pero ¿de
dónde proceden los elementos como el carbono? No salen del Big Bang: éste se
enfrió demasiado deprisa. En su lugar, son producidos en una lenta cadena de
reacciones nucleares en las estrellas. Primero, el hidrógeno se transforma en
helio; luego, el helio en berilio, y luego el berilio se quema para dar carbono
y oxígeno. Cuando las estrellas explotan como supernovas dispersan estos
elementos biológicos por el espacio. Finalmente, encuentran su camino hacia los
planetas, las plantas y las personas. La clave de estos procesos de alquimia
estelar es el tiempo que necesitan. La cocina nuclear es lenta. Se necesitan
miles de millones de años para producir elementos como el carbono que
proporcionan los ladrillos para la complejidad y la vida. Por ello, un universo
que contenga seres vivos debe ser un universo viejo. Pero, puesto que el Universo
se está expandiendo, un universo viejo debe ser también un universo grande. La
edad del Universo está inextricablemente ligada a su tamaño. El Universo debe
tener un tamaño de miles de millones de años-luz, porque se necesitan miles de
millones de años de alquimia estelar para crear los ladrillos de la complejidad
viviente. Incluso si el Universo fuera tan grande como la Vía Láctea, con sus
cien mil millones de sistemas estelares, sería totalmente inadecuado como un
ambiente para la evolución de la vida, porque tendría poco más de un mes de
edad.
El gran tamaño del Universo puede ser inevitable si tiene que contener vida.
Pero el enorme tamaño y la baja densidad del Universo en que se encuentran los
seres vivos tienen consecuencias para su visión del mundo y de sí mismos. El
distanciamiento de los cuerpos celestes lejanos ha tentado a algunos a
considerarlos divinos; para otros, una conciencia creciente de la inmensidad
del espacio ha inducido sentimientos de pesimismo y de insignificancia final.
Nuestras actitudes filosóficas y religiosas, nuestras ficciones y fantasías
especulativas se han desarrollado a la luz de la vida extraterrestre como una
mera posibilidad lejana. Los extraterrestres son raros. Una de las razones es
el puro tamaño del Universo y la escasez de material en su interior. Si
tomáramos toda la materia a la vista en el Universo —todos los planetas,
estrellas y galaxias— y la distribuyéramos por igual en un mar de átomos
uniforme, terminaríamos con no más de un átomo por cada metro cúbico de
espacio. Ésta es una aproximación mucho mejor a un perfecto vacío que la que
podríamos crear nunca en uno de nuestros laboratorios. El espacio exterior es,
en realidad, básicamente eso: espacio. Por supuesto, la densidad local de
materia en el sistema solar es inmensamente mayor que este valor medio, porque
está empaquetada en densos grumos como son los planetas, meteoritos y montañas.
Si se piensa en reunir esta materia en agregados, podemos ver cuán ampliamente
separados tienen que estar estrellas y planetas, y con ellos cualquier
civilización que pudieran soportar. Una densidad media de diez átomos por metro
cúbico es lo mismo que colocar un solo ser humano (o, digamos, 100 kilogramos
de masa) en cada región esférica de espacio de un millón de kilómetros de
diámetro. Es también lo mismo que colocar un solo planeta del tamaño de la
Tierra en cada región con un diámetro de mil billones de kilómetros, y un
sistema solar en cada región que es todavía diez veces más grande.
Crónica
de una muerte anunciada. De muerte e inmortalidad
Mientras
hay muerte, hay esperanza.
POLÍTICO ANÓNIMO en busca de un cargo más alto.
El
ritmo al que se expande el Universo, y con ello su tamaño y su edad, está
dictado por la densidad global de materia en su interior, porque la densidad de
materia determina la intensidad de la gravedad que decelera la expansión del
Universo. Un Universo suficientemente viejo para contener vida debe ser muy
grande y contener una densidad de materia promedio muy baja. Esta conexión
entre el tamaño, la edad y la densidad del Universo garantiza que las posibles
civilizaciones del Universo estén probablemente separadas unas de otras por
enorme distancia. Cualquier fenómeno natural muy complicado que se base en una
secuencia de procesos improbables será raro en el Universo, y su rareza
reflejará la escasez de la propia materia. Esto es frustrante para quienes estén
dispuestos a comunicar con extraterrestres, pero para el resto de nosotros
puede ser una bendición disfrazada. Asegura que las civilizaciones
evolucionarán independientemente unas de otras hasta que estén tecnológicamente
avanzadas —o, al menos, hasta que tengan la capacidad de enviar señales de
radio a través del espacio—. Significa también que su contacto está (casi con
certeza) restringido a enviar señales electromagnéticas a la velocidad de la
luz. No podrán visitar, atacar, invadir o colonizarse unas a otras, debido a
las enormes distancias que hay que atravesar. Las visitas directas estarían
limitadas a minúsculas sondas espaciales robóticas que podrían reproducirse
utilizando las materias primas disponibles en el espacio. Además, estas distancias
astronómicas aseguran que incluso las señales de radio necesitarán muchísimo
tiempo para transmitirse entre civilizaciones en sistemas estelares vecinos. No
será posible ninguna conversación en tiempo real. Las respuestas a las
preguntas planteadas por una generación serán recibidas en el mejor de los
casos por generaciones futuras. La conversación será medida, cuidadosa y
ponderada. El aislamiento cultural que ofrecen las enormes distancias
interestelares e intergalácticas protege a las civilizaciones de las
maquinaciones, o el imperialismo cultural, de extraterrestres que sean
enormemente superiores. Impide la guerra interplanetaria y anima el arte de la
pura especulación. Si se pudiera dar saltos en el proceso de avance cultural y
científico consultando un oráculo que ofrezca conocimiento que nos llevaría
miles de años descubrir sin su ayuda, entonces los peligros de manipular cosas
que no se entienden por completo superarían a los beneficios. Toda motivación
para el descubrimiento y el progreso humano podría quedar eliminada. Los
descubrimientos fundamentales estarían para siempre fuera del alcance. Podría
resultar una humanidad decadente y empobrecida.
Si miramos atrás a través de la historia de la cultura occidental podemos
rastrear un debate continuo sobre la probabilidad de vida en otros mundos.
Nuestra incapacidad para dirimir la cuestión, en un sentido u otro, alimentó el
debate especulativo sobre las consecuencias teológicas y metafísicas de la vida
extraterrestre. Para san Agustín (354-430), la unicidad supuesta de la
reencarnación de Cristo significaba que no podía existir vida extraterrestre,
porque también hubiera existido la necesidad de reencarnación en esos mundos.
Siglos más tarde, un deísta anticristiano, Thomas Paine (1737-1809), volvió este
argumento del revés: él encontraba que la existencia de extraterrestres era
evidente, porque no había nada especial en nosotros. Puesto que este estado de
cosas era incompatible con la unicidad de la reencarnación, él concluyó que la
Cristiandad estaba equivocada. Más recientemente, una trilogía de
ciencia-ficción de C. S. Lewis[11] exploraba
seriamente una tercera posibilidad: que los seres extraterrestres fueran
perfectos y por ello no necesitasen redención ni una reencarnación adicional.
La Tierra era una especie de paria moral en el Universo.
La virtud de estas instantáneas es simplemente la de ilustrar cómo el enorme
tamaño del Universo, y las enormes distancias que necesariamente existen entre
civilizaciones, ha estimulado preguntas teológicas y actitudes metafísicas
concretas. Aunque las ramificaciones teológicas de la vida extraterrestre son
generalmente ignoradas por los teólogos que piensan seriamente sobre la ciencia
moderna, sigue habiendo sombras del antiguo debate sobre los aspectos
teológicos de otros mundos que ponen la cuestión bajo una nueva luz. Muchos de
los entusiastas que buscan señales procedentes de otros mundos han argumentado
que las señales de civilizaciones más avanzadas serían de enorme beneficio para
la humanidad. Frank Drake, el líder de un proyecto SETI (Búsqueda de
Inteligencia Extraterrestre) a largo plazo, ha sugerido que el contacto con
extraterrestres avanzados ayudaría a la humanidad a afrontar sabiamente los
«peligros del período que ahora estamos atravesando». Carl Sagan previo la
atractiva posibilidad de recibir un mensaje que «podría ser una receta
detallada para evitar el desastre tecnológico». Puesto que es más probable que
tengamos noticia de las sociedades de más larga vida, éstas son las que con más
probabilidad habrán atravesado crisis como la proliferación de armas de
destrucción, evitado la contaminación ambiental letal derivada de la expansión
tecnológica, resistido catástrofes astronómicas y superado enfermedades
genéticas debilitadoras o malestar social. Como conclusión lógica, esta línea
argumental lleva a especular que es más probable que recibamos señales de
civilizaciones de vida ultralarga que han descubierto el secreto de la
inmortalidad, porque éstas tenderán a sobrevivir el máximo posible.
Drake afirma que:
Hemos
estado cometiendo un terrible error en no centrar todas las búsquedas… en la
detección de señales de inmortales. Pues son los inmortales los que
descubriremos con más probabilidad… Un buen seguro para una civilización
inmortal sería hacer otras sociedades inmortales como ella, más que arriesgarse
en aventuras militares peligrosas. Así pues, cabría esperar que difundieran
activamente los secretos de su inmortalidad entre las civilizaciones jóvenes en
desarrollo tecnológico.
Lo
interesante en todas estas citas es que presentan los objetivos de una búsqueda
de inteligencia extraterrestre de una manera que las hace sonar como una
religión tradicional. Buscan una forma de conocimiento transcendente a partir
de seres que conocen las respuestas a todos nuestros problemas, que se han
enfrentado a ellos vicariamente y los han superado. Al hacerlo, han alcanzado
la inmortalidad. Su objetivo ahora es darnos el secreto de la vida eterna.
Se podría argumentar que la inmortalidad no es probablemente un punto final
para la evolución avanzada de los seres vivos. A veces parece que el legado
universal de la evolución por selección natural es encarnar comportamientos
que, aunque ventajosos para la supervivencia en el área pretecnológica, inevitablemente
se muestran fatales más tarde, cuando se han hecho disponibles los medios de
destrucción total. O, de forma menos pesimista, quizá la difusión inevitable de
la vida agota siempre los recursos disponibles para sostenerla. Éstas son dos
razones por las que los «inmortales» (incluso si su existencia fuera compatible
con la edad finita de un universo Big Bang[12]), o incluso
civilizaciones que tienen millones, más que sólo miles de años, pueden no
existir en la práctica —incluso si pueden existir en teoría.
La muerte y las extinciones periódicas desempeñan un papel vital en promover la
diversidad de la vida. Ya hemos discutido cómo la súbita extinción de especies
permite que se acelere el proceso evolutivo. A este respecto, los inmortales
evolucionarían más lentamente que los mortales. La inmortalidad también provoca
cosas extrañas. Uno recuerda la memorable historia de Alan Lightman[13] sobre
un mundo en el que todos viven para siempre. Su sociedad se dividía en dos
grupos completamente diferentes. Estaban los que dejan las cosas para más
tarde, carentes de toda urgencia; con una eternidad por delante, había mundo y
tiempo suficiente para todo —su lema, sospecha uno, era una palabra como mañana[14], pero sin
ningún sentido de urgencia—. Por el contrario, había otros que reaccionaban al
tiempo ilimitado haciéndose maniáticamente activos porque veían el potencial
para hacer cualquier cosa. Pero ellos no habían contado con la rémora que
frenaba todo progreso, detenía la terminación de cualquier gran proyecto y
paralizaba la sociedad. Esa era la voz de la experiencia. Cuando el padre de
cualquier artesano, y el padre de su padre y todos sus ancestros antes que él,
siguen estando vivos, la experiencia deja de ser solamente beneficiosa. No hay
final para la jerarquía de consultas, para la riqueza de experiencias y para la
diversidad de alternativas. La tierra de los inmortales podría estar repleta de
proyectos inacabados, dividida en zánganos y trabajadores con filosofías de la
vida diametralmente opuestas. Con tiempo de sobra, el tiempo quizá no les
habría sobrado.
La muerte puede ser algo útil dentro del proceso evolutivo, al menos hasta el
momento en que sus efectos positivos para la especie en conjunto puedan
garantizarse por otros medios. Por supuesto, el hecho de que la muerte humana
ocurra en una escala de tiempo que es corta tiene un impacto importante sobre
el pensamiento metafísico humano y, como consecuencia, domina los fines y
contenidos de la mayoría de las religiones. A medida que nos hemos hecho más
sofisticados en nuestra capacidad para sanar y prevenir la enfermedad, el ritmo
de muertes ha disminuido, y el tiempo de vida humana promedio ha crecido de
forma significativa en los países más ricos del mundo. Con este incremento de
la esperanza de vida ha llegado un mayor temor a la muerte, y una experiencia
reducida de ella entre amigos íntimos y miembros de la familia. Hay mucha
especulación sobre el posible descubrimiento de una droga o terapia mágica que
aislara algún gen individual que produjera la muerte humana por causas
naturales. Modificándolo, habría esperanzas de que estuviéramos en posición de
prolongar el tiempo medio de vida humana. Sin embargo, es muy poco probable que
el proceso evolutivo hubiera dado lugar a organismos que tengan un único
eslabón débil que domine en la determinación del tiempo medio de vida. Es mucho
más probable que la asignación óptima de recursos dé como resultado que muchas
de nuestras funciones naturales se deterioren aproximadamente al mismo tiempo,
de modo que, en promedio, no hay un único factor genético cuyo resultado sea la
muerte. Más bien, muchas disfunciones diferentes ocurren aproximadamente en el
mismo tiempo de vida. ¿Por qué asignar recursos para desarrollar órganos que
trabajaran perfectamente durante quinientos años si otros órganos vitales no
duran ni siquiera cien años? Tal reparto de recursos saldría perdiendo frente a
una estrategia que repartiera los recursos de modo más uniforme entre los diversos
órganos críticos, de modo que éstos tuvieran esperanzas de vida similares. Hay
una historia sobre el finado Henry Ford que ilustra la aplicación de esta
estrategia en la industria del automóvil. Ford envió a un equipo de agentes a
viajar por regiones de Norteamérica en busca de automóviles Ford Modelo T fuera
de uso. Les encargó que descubrieran qué componentes no habían fallado nunca.
Cuando regresaron informaron de fallos de casi todo, excepto de los ejes de la
dirección. Siempre les quedaban años de servicio cuando alguna otra pieza
fallaba de modo irrecuperable. Sus agentes esperaban oír que el patrón
mejoraría la calidad de todos esos componentes que fallaban. Poco después,
Henry Ford anunció que en el futuro los ejes del modelo T se fabricarían con unas
especificaciones menos exigentes.
Podría parecer razonable que nuestros cuerpos desarrollaran la capacidad de
reparar todos los daños y defectos de los órganos esenciales, igual que sanan
los cortes y heridas triviales. Pero éste no sería un uso económico de recursos
cuando se compara con la inversión que se requeriría para generar nueva
descendencia. Cuando los animales envejecen y superan el período en el que
pueden reproducirse, no se invierten recursos genéticos en repararlos. Una
estrategia que beneficia a un organismo joven, pero penaliza a uno viejo, será
superior a una con el mismo beneficio medio distribuido por igual,
independientemente de la edad del beneficiario. Además, cualesquiera de los
genes que favorecen a los organismos jóvenes por encima de los viejos tenderán
a acumularse en la población en escalas de tiempo largas. Así pues, una
decadencia general de nuestras funciones corporales y nuestra capacidad de
autorreparación y regeneración no es sorprendente.
Por supuesto, si llegásemos a recibir cualquier señal extraterrestre, eso
tendría enorme transcendencia filosófica tanto como científica. Curiosamente,
la primera podría superar con mucho a la segunda. Por ejemplo, supongamos que
recibiéramos una descripción de un simple fragmento de física o de química.
Esto no podría decimos nada sobre estas disciplinas que ya no conociéramos,
pero si utilizara estructuras matemáticas similares a la nuestra, si mostrara
ideas similares sobre la estructura del Universo físico —conceptos análogos, como
constantes o leyes de la Naturaleza— entonces su impacto sobre nuestros
filósofos sería inmenso. Tendríamos evidencia directa de la existencia de una
única y legítima estructura en el corazón de la Naturaleza que existía
independientemente de la naturaleza e historia evolutiva de sus observadores.
En el dominio de las matemáticas podrían emerger similares revelaciones
profundas. Si los mensajes revelaran un uso familiar de las matemáticas, con
énfasis en la demostración y la manipulación de cantidades infinitas antes que
en matemáticas experimentales con computadores en búsqueda de relaciones
habituales, entonces necesitaríamos reafirmar nuestras actitudes respecto a la
idea de que las matemáticas existen y se descubren, en lugar de ser meramente
inventadas o generadas por la mente humana. Esperaríamos que los
extraterrestres tengan lógica, pero ¿sería nuestra lógica? ¿Tendrían
actividades artísticas como la música o la pintura? Puesto que éstas son
actividades que explotan los limitados rangos de nuestros sentidos humanos, no
esperaríamos encontrarlas en la misma forma, pero, como veremos en capítulos
posteriores, esperaríamos encontrar tendencias artísticas particulares. Las
actividades artísticas que brotan de desarrollos no adaptativos podrían tener
casi cualquier forma. Las que son modificaciones o subproductos de
comportamientos adaptativos podrían ser algo más predecibles. El simple hecho
de tener pruebas de una capacidad para comunicar información en formas
específicas sería muy revelador. La apreciación artística podría convertirse
incluso en una fascinante actividad predictiva (¿científica?) que intentara
predecir, sobre la base de una evidencia primaria, básicamente técnica o
científica, la naturaleza de las actividades artísticas que pudieran haber
surgido de ellas. Con respecto al lenguaje, podríamos encontrar que la
programación genética que parece residir en el corazón de la capacidad
lingüística humana es sólo una manera de alcanzar un fin locuaz o podríamos
encontrar que nuestros interlocutores extraterrestres mostraban una
programación gramatical de un tipo sorprendentemente similar a la nuestra.
Descubrimientos de este tipo serían mucho más trascendentes que un fragmento de
física o metalurgia no conocido que los físicos terrestres podrían descubrir
por sí mismos en el futuro. Las cosas que aprendiéramos sobre la unicidad de
nuestros conceptos, lenguajes y otros modos de descripción serían cosas que
nunca podríamos aprender sin acceso a una civilización extraterrestre
independiente, por mucho que avanzáramos en nuestro estudio.
Volvamos a nuestro descubrimiento de que el Universo no sólo es grande, sino
que tiene que ser grande para contener objetos suficientemente complicados para
denominarse «observadores». A medida que han transcurrido los siglos los
astrónomos han elevado continuamente sus estimaciones del tamaño del Universo.
Las respuestas a esta ampliación de perspectiva han sido dobles. Ha habido
quienes han buscado consuelo en su creencia de que, pese a nuestra
insignificancia física en el espacio, nuestra posición era de todas formas
privilegiada. Éramos el objeto de la Creación, si no en una posición central,
sí ciertamente de interés cósmico central. Por el contrario, había quienes se
desesperaban por nuestra posición en un esquema de cosas que parecía no
preocuparse en absoluto por nuestro pasado, nuestro presente o nuestro futuro.
En los primeros años del siglo pasado había quienes veían la inminente muerte
térmica del Universo como un telón final, que daría un fin poco glorioso a todo
lo que valoramos y buscamos.
Sus frustraciones tienen aún eco en las palabras de aquellos como Steven
Weinberg, cuya exposición divulgativa del Universo en expansión le llevó a
exclamar que «cuanto más comprensible se hace el Universo, más absurdo parece».
Movimientos enteros y «procesos» en teología surgieron en respuesta a la imagen
de un Universo que funcionaba como un gran motor Victoriano, sometido a la
doctrina de la segunda ley de la termodinámica que sólo predica la
inevitabilidad de la marcha de lo malo a lo peor. Los teólogos desarrollaron el
concepto de un Dios en evolución que no conoce todo lo que aguarda en el
futuro. Incluso hoy, encontramos una clara distinción entre teólogos que
consideran que la presencia del tiempo, y el flujo de acontecimientos, tiene
una importancia teológica vital, y los que, como muchos cosmólogos modernos,
ven el futuro como algo ya establecido y determinado porque la totalidad del
espacio y del tiempo deben simplemente estar ahí.
El objetivo de discutir estas dos respuestas opuestas al tamaño del Universo, y
a nuestra posición accidental dentro de él, no es convencer al lector de la
corrección de una u otra de ellas. Más bien, es mostrar que estas nociones
filosóficas y teológicas son consecuencias de la naturaleza del Universo en que
nos encontramos. Si el Universo fuera significativamente diferente; si, de
algún modo, pudiera ser muy pequeño y estar rebosante de otras formas de vida
con las que fuera fácil entrar en contacto, entonces nuestra lista de preguntas
filosóficas y teológicas importantes sería muy diferente, y nuestra imagen de
nosotros mismos tendría poco en común con nuestras ideas actuales. Nos
sentiríamos sólo niños en el Universo, y ese sentimiento tiene muchas
consecuencias.
Estas consideraciones nos alertan de la trampa de creer que todo lo que importa
es el desarrollo científico racional, y de juzgar el progreso de los
hipotéticos extraterrestres solamente en términos de su progreso técnico. Las
consecuencias de la adaptación evolutiva a entornos inusuales pueden ser
completamente inesperadas, y la emergencia de conciencia parece producir
impredecibles usos duales de habilidades que hubieran evolucionado para encarar
desafíos que ya no existen. Más aún, adaptaciones que son muy fructíferas a
corto plazo pueden tener consecuencias letales a largo plazo, como hemos
descubierto con respecto a la contaminación industrial de la atmósfera y el
medio ambiente de la Tierra. Una manera de considerar el pensamiento humano es
verlo como una progresión hacia la racionalidad: cualquier otra cosa es como un
virus informático en el cerebro. Pero esto es muy difícil de justificar. No hay
muchas pruebas de racionalidad en la historia de la vida consciente en la
Tierra. Por otra parte, el pensamiento místico, simbólico y «religioso» —todas
ellas formas de pensamiento que el racionalista condenaría como «irracionales»—
parece caracterizar el pensamiento humano en todo lugar y en todas las épocas.
Es como si hubiera alguna ventaja adaptativa en tales modos de pensamiento que ofrecen
beneficios que la racionalidad no puede proporcionar. ¿Cómo podría ser esto?
Incluso si pudiéramos establecer más allá de toda duda que un conjunto de ideas
religiosas era correcto, esto no explicaría el fenómeno, porque las creencias
religiosas humanas han estado dirigidas hacia deidades sin cuenta, acompañadas
por una multitud de rituales diferentes y creencias relacionadas. La existencia
de una religión verdadera no sirve para explicar la profusión de otras
creencias religiosas.
Una posibilidad es que la racionalidad genera precaución; la irracionalidad, el
fervor emocional y la creencia ciega no lo hacen. En un mundo donde los
conflictos hostiles fueran comunes y cuestión de vida o muerte, demasiada
racionalidad podría no ser útil. El celota sin miedo que se siente guiado por
fuerzas sobrenaturales es un enemigo difícil de superar. Si uno cree que su
territorio es la morada de los dioses, lo defenderá con más pasión que si fuera
simplemente su casa. La racionalidad es indudablemente ventajosa cuando se
tienen montones de información en la que aplicarla. Pero cuando la comprensión
de las cosas es fragmentaria, y se requieren interpolaciones considerables para
construir una visión de gran alcance, quizá no sea tan efectiva como una osadía
desinhibida. ¿Nos hubiéramos embarcado en viajes de descubrimiento sabiendo lo
que ahora sabemos de la geografía y las condiciones climáticas en el océano
Atlántico? El espíritu de búsqueda del explorador y el autosacrificio del
soldado heroico ofrecen claves para la naturaleza de este lado de la psique
humana. Lógicamente, no deberían existir, pero quizá las ventajas que ofrecen
las creencias irracionales, especulativas y religiosas, por su capacidad para
espolearnos a acciones con consecuencias positivas, son suficientemente
importantes para explicar nuestra propensión hacia su adopción. Robots
extraterrestres que fueran completamente racionales podrían evolucionar muy
lentamente.
El
factor humano. Luz en la oscuridad
Somos
la gente sobre la que nuestros padres nos advirtieron.
ANÓNIMO
Todo
nuestro ciclo vital, y el curso de la evolución por selección natural, responde
al ciclo diurno del día y la noche. Sería fácil pensar que la existencia de la
noche es solamente una consecuencia de la rotación de la Tierra y su posición
con respecto al Sol. Pero no es así. Es una consecuencia de la expansión del
Universo. Si el Universo no se estuviera expandiendo, entonces, donde quiera
que miráramos en el espacio, nuestra visual terminaría en una estrella. El
resultado sería como mirar dentro de un bosque. En un universo que no se
expandiera, el cielo entero parecería la superficie de una estrella; estaríamos
iluminados por luz estelar perpetua. Lo que nos salva de esa luz eterna es la
expansión del Universo. Ella degrada la intensidad de la luz procedente de
estrellas y galaxias lejanas y deja oscuro el cielo nocturno. Durante
aproximadamente la mitad de cada día, esa oscuridad siluetea la Luna y las
estrellas de la bóveda celeste. De estas siluetas han fluido todas las
imágenes, especulaciones e impresiones que las estrellas han inspirado en
nosotros. Ninguna civilización carece de historias del cielo y de los cuerpos
que brillan en el día y la noche.
Lámina 7. Salida de la Tierra vista desde la Luna, fotografiada por la
tripulación del Apolo 11.
Estas
impresiones astronómicas del borde de la oscuridad tampoco están confinadas al
pasado lejano o a culturas todavía en su infancia. Recordemos las primeras
imágenes de la Tierra desde el Apolo 11, en su misión para poner a los primeros
hombres en la Luna (Lámina 7): lo sorprendente que era el disco de océano azul,
tras los jirones de nubes algodonosas, contra un fondo de total oscuridad,
comparado con la Luna árida, gris e inerte.
Estas imágenes hicieron probablemente más que cualquier otra cosa por despertar
la conciencia colectiva de la humanidad a lo que podría perderse por
contaminación, descuido o locura.
El sentimiento de que el Universo es enorme está profundamente encajado en la
psique humana. Las estrellas aparecen cuando el Sol se pone, y con ellas surgen
peligros e incertidumbres. Ahora sabemos que las estrellas están demasiado
lejos para molestamos, pero todavía pueden inspiramos con su brillo o
deprimimos con su infinitud.
El descubrimiento de que nuestro Sol es un actor menor en el reparto de cien
mil millones de estrellas que constituyen nuestra galaxia, que esta galaxia no
es sino una en una población de al menos cien mil millones dentro de la porción
visible del Universo, todo esto nos ha dado motivos para ser modestos cuando
apreciamos nuestro lugar en el esquema de las cosas. Es sorprendente que
semejante perspectiva sobre nuestra parte en el drama cósmico sólo pudo llegar
cuando tuvimos la sofisticación tecnológica para examinar y apreciar la
estructura del Universo. Viene como un subproducto de esos mismos avances en
capacidad científica que nos tientan con una peligrosa superconfianza en
nuestros poderes para controlar, o ignorar, las fuerzas de la Naturaleza. La
búsqueda de ciencia pura y aplicada es más que una simple cuestión de equilibrio
la investigación de «cielos azules» es más que sólo una prudente inversión en
cosas que podrían transformarse inesperadamente en industrias provechosas. Es
más que una zanahoria para apaciguar a los científicos o un gancho para atraer
a los más jóvenes a las filas de los científicos. Mantener el equilibrio entre
conocimiento puro y aplicable sobre la Naturaleza alienta una sana conciencia
de la profundidad lógica y el alcance astronómico de la estructura del Universo
a medida que se desarrolla la tecnología, pues ello conlleva una humildad sobre
nuestra propia situación. Si se busca aisladamente, la tecnología, con sus
deslumbrantes beneficios, amenaza con cegarnos. Nuestros pequeños éxitos al
manipular la Naturaleza pueden impresionamos demasiado. El hecho de que una
imagen madura de nuestro lugar en el Universo sólo puede emerger cuando se han
desarrollado estas habilidades, y las ideas acumuladas que también pueden
pervertirla, es algo que hace reflexionar. Muestra por qué el avance de
cualquier rama de investigación genera naturalmente nuevas elecciones y plantea
problemas éticos. Los problemas que plantea el reconciliar nuestra visión
científica siempre cambiante del mundo con otras cosas no son un defecto de la
ciencia, o de estas otras cosas, ni son una señal de que hayamos creado una
crisis grave. Estos problemas son una consecuencia natural de ampliar nuestros
horizontes hasta un grado que nos permite vernos a nosotros mismos en un nuevo
contexto, que entonces debe ser utilizado para juzgar las actividades mismas
que le dieron lugar. Cualquier civilización que haya desarrollado la tecnología
que le permita hablarnos a través de los grandes desiertos del espacio exterior
debe haber tropezado con los dilemas que se generan por crear una nueva imagen
científica que las incluye a sí mismas. Si han desdeñado o abandonado la
búsqueda del conocimiento por sí mismo, y se han convertido en técnicos
dedicados meramente a su propia elaboración y supervivencia, quizá carezcan de
ese choque de puntos de vista que llamamos conciencia. En nuestro propio
planeta, en tiempos recientes, ha habido muchos ejemplos de sociedades cuyo
desarrollo técnico galopante se ha llevado por delante la dignidad de los
individuos y el valor de la flora y la fauna que nos rodea. Siempre hay una
tendencia a que las posibilidades técnicas sean dominadas por lo peor de
nuestra naturaleza. Pese a todo, en su mayor parte, los frutos de nuestra pura
curiosidad, cuando busca en la estructura interna del mundo, nos toman por
sorpresa, nos muestran que las cosas son más profundas y más racionales de lo
que sospechábamos, y revelan que estamos más a menudo equivocados que
acertados. Tienen la virtud de promover humildad y animarnos a respetar las
virtudes de la paciencia, la persistencia y la autocorrección.
El
mundo no es suficiente. La gran ilusión
Nada
es real.
LOS BEATLES
Últimamente
ha habido mucho interés en los multiversos. ¿Qué tipos podría haber? ¿Y cómo
podría su existencia ayudarnos a entender aquellas características de nuestro
Universo que apoyan la vida, que de lo contrario parecerían ser sólo
coincidencias muy fortuitas? En el fondo, estas preguntas no son en definitiva
cuestiones de opinión o especulación ociosa. La Teoría de Todo subyacente, si
existe, quizá requiera que muchas propiedades de nuestro Universo hayan sido
seleccionadas al azar, por ruptura de simetría, de entre una gran colección de
posibilidades, y el estado vacío del Universo quizá esté lejos de ser único.
El modelo cosmológico inflacionario preferido que ha sido apoyado de forma tan
impresionante por las observaciones de los satélites COBE y WMAP contiene
muchas «coincidencias» aparentes que permiten que el Universo soporte
complejidad y vida. Si tuviéramos que considerar un «multiverso» de todos los
universos posibles, entonces nuestro Universo observado parecería especial en
muchos aspectos. La física cuántica moderna proporciona incluso maneras en las
que podrían existir realmente estos universos posibles que constituyen el
multiverso de todas las posibilidades.
Una vez que se toma en serio que todos los universos posibles pueden existir (o
lo hacen), una pendiente resbaladiza se abre ante nosotros. Hace tiempo que se
ha reconocido que las civilizaciones técnicas, sólo un poco más avanzadas que
la nuestra, tendrán la capacidad de simular universos en los que pueden emerger
entidades autoconscientes y comunicarse entre sí. Tendrían una potencia de
computación que diferiría de la nuestra en un factor enorme. En lugar de
simular meramente su clima o la formación de galaxias, como hacemos nosotros,
ellos podrían ir más lejos y observar la aparición de estrellas y sistemas
planetarios. Luego, tras haber introducido las reglas de la bioquímica en sus
simulaciones astronómicas, podrían observar la evolución de vida y conciencia
(todo ello acelerado para que ocurra en cualquiera que sea la escala de tiempo
conveniente para ellos). De la misma forma que nosotros observamos los ciclos
vitales de las moscas de la fruta, ellos serían capaces de seguir la evolución
de la vida, observar civilizaciones que crecen y se comunican entre sí,
discutir sobre si existía un gran programador en el Cielo que creó su universo
y que podría intervenir a voluntad desafiando las leyes de la Naturaleza que
ellos observaban habitualmente.
Una vez que se ha alcanzado esta capacidad de simular universos, los universos
falsos proliferarán y pronto superarán mucho en número a los reales. Así, Nick
Bostrom ha argumentado que es más probable que un ser pensante aquí y ahora
esté en una realidad simulada antes que en una real.
Motivadas por esta alarmante conclusión, ha habido incluso sugerencias sobre la
mejor forma de conducirnos si tenemos una gran probabilidad de ser seres
simulados en una realidad simulada. Robin Hanson sugiere que deberíamos actuar
de forma que se incrementen las probabilidades de seguir existiendo en la
simulación o de ser resimulados en el futuro: «Si uno pudiera estar viviendo en
una simulación, entonces todos los demás iguales a uno deberían preocuparse
menos de los demás, vivir más el hoy, hacer que parezca más probable
enriquecerse en su mundo, esperar y tratar de participar en acontecimientos
centrales, ser más divertido y digno de elogio, y mantener a la gente famosa
que te rodea más feliz y más interesada en ti». En respuesta, Paul Davies ha
argumentado que esta alta probabilidad de vivir en una realidad simulada es una
reductio ad absurdum para la idea entera de que existen multiversos de todas
las posibilidades. Ello socavaría nuestras esperanzas de adquirir cualquier
conocimiento seguro sobre el Universo.
El escenario multiverso fue sugerido por algunos cosmólogos como una forma de
evitar la conclusión de que el Universo fue diseñado especialmente para la vida
por un gran diseñador. Otros lo vieron como una forma de evitar el tener que
decir algo más sobre el problema del ajuste fino. Vemos que una vez que se
permite que observadores conscientes intervengan en el Universo, en lugar de
ser meramente amontonados en la categoría de «observadores» que no hacen nada,
terminamos en un escenario en el que los dioses reaparecen en número ilimitado
disfrazados de los simuladores que tienen el poder de vida y muerte sobre las
realidades simuladas que crean. Los simuladores determinan las leyes, y pueden
cambiar las leyes, que gobiernan sus mundos. Pueden preparar ajustes finos
antrópicos. Pueden desconectar la simulación en cualquier momento, intervenir
en o distanciarse de su simulación, observar cómo las criaturas simuladas
discuten sobre si hay un dios que controla o interviene, hacer milagros o
imponer sus principios éticos sobre la realidad simulada. En todo momento
pueden desprenderse de cualquier reparo de conciencia por el hecho de molestar
a alguien, porque su realidad de juguete no es real. Incluso pueden observar
cómo sus realidades simuladas crecen hasta un nivel de sofisticación que les
permite simular sus propias realidades de orden superior.
Enfrentados a estas perplejidades, ¿tenemos alguna posibilidad de discernir las
realidades falsas de las verdaderas? ¿Qué esperaríamos ver si hiciéramos
observaciones científicas dentro de una realidad simulada?
En primer lugar, los simuladores se habrán visto tentados a evitar la
complicación de utilizar un conjunto consistente de leyes de la Naturaleza en
sus mundos cuando pueden arreglárselas simplemente con efectos «realistas».
Cuando la compañía Disney hace una película que representa los reflejos de la
luz en la superficie de un lago, no utiliza las leyes de la electrodinámica
cuántica y de la óptica para calcular la dispersión de la luz. Eso requeriría
una fabulosa cantidad de potencia de computador y de detalle. En su lugar, la
simulación de la dispersión de la luz se reemplaza por reglas empíricas
plausibles que son mucho más breves que el objeto real pero dan un resultado de
apariencia realista —mientras no miremos demasiado de cerca—. Sería un
imperativo económico y práctico que las realidades simuladas se quedaran en eso
si se hicieran por puro entretenimiento. Pero tales limitaciones en la
complejidad de la programación de la simulación provocarían presumiblemente
ocasionales problemas reveladores —y quizá incluso serían visibles desde
dentro.
Incluso si los simuladores fueran escrupulosos en simular las leyes de la
Naturaleza, habría límites a lo que podrían hacer. Suponiendo que los
simuladores, o al menos las primeras generaciones de ellos, tengan un
conocimiento muy avanzado de las leyes de la Naturaleza, es probable que aún
tuvieran un conocimiento incompleto de dichas leyes (algunos filósofos de la
ciencia argumentarían que siempre debe ser así). Podrían saber mucho sobre la
física y la programación necesarias para simular un universo, pero habría
lagunas o, peor aún, errores en su conocimiento de las leyes de la Naturaleza.
Por supuesto, serían sutiles y nada obvios; de lo contrario, nuestra
civilización «avanzada» no sería avanzada. Estas lagunas no impiden que se
creen las simulaciones y se ejecuten suavemente durante largos períodos de
tiempo. Pero, poco a poco, los pequeños defectos empezarían a acumularse.
Con el tiempo, sus efectos crecerían como una bola de nieve y estas realidades
dejarían de computar. La única escapatoria es que sus creadores intervengan
para parchear los problemas uno a uno conforme aparezcan. Ésta es una solución
que será muy familiar para el propietario de cualquier ordenador doméstico que
recibe actualizaciones regulares para protegerlo contra nuevas formas de
invasión o reparar lagunas que sus creadores originales no habían previsto. Los
creadores de una simulación podrían ofrecer este tipo de protección temporal,
actualizando las leyes operativas de la Naturaleza para incluir cosas extra que
hubieran aprendido desde que se inició la simulación.
En una situación de este tipo, surgirán inevitablemente contradicciones lógicas
y las leyes parecerán fallar de vez en cuando dentro de las simulaciones. Los
habitantes de la simulación —especialmente los científicos simulados— estarán
intrigados ocasionalmente por los resultados experimentales que obtienen. Por
ejemplo, los astrónomos simulados podrían hacer observaciones que muestren que
sus denominadas constantes de la Naturaleza están cambiando muy lentamente.
Es probable que pudiera haber incluso cambios repentinos en las leyes que
gobiernan estas realidades simuladas. Esto se debe a que con gran probabilidad
los simuladores utilizarían una técnica que se ha encontrado efectiva en todas
las demás simulaciones de sistemas complejos: el uso de códigos de corrección
de errores para volver a poner las cosas en su sitio.
Tomemos, por ejemplo, nuestro código genético. Si se dejara a su aire no
duraríamos mucho. Los errores se acumularían y rápidamente seguirían muerte y
mutación. Estamos protegidos contra esto por la existencia de un mecanismo de
corrección de errores que identifica y corrige errores en la codificación
genética. Muchos de nuestros sistemas informáticos complejos poseen el mismo tipo
de «corrector gramatical» que previene contra la acumulación de errores.
Si los simuladores utilizaran códigos informáticos de corrección de errores
para prevenirse contra la falibilidad de sus simulaciones en conjunto (así como
para simularlas en una escala más pequeña en nuestro código genético), entonces
de cuando en cuando tendría lugar una corrección en el estado o las leyes que
gobiernan la simulación. Ocurrirían misteriosos cambios repentinos que
parecerían contravenir las leyes mismas de la Naturaleza que los científicos
simulados estaban habituados a observar y predecir.
Cabría esperar también que las realidades simuladas poseyeran un nivel similar
de máxima complejidad computacional sobre el tablero. Las criaturas simuladas
deberían tener una complejidad similar a las más complejas estructuras no
vivientes simuladas —algo para lo que Stephen Wolfram (por razones muy
diferentes, que no tienen nada que ver con realidades simuladas) ha acuñado el
término Principio de equivalencia computacional.
Así pues, llegamos a la conclusión de que si vivimos en una realidad simulada
deberíamos esperar ocasionales temblores súbitos, pequeños cambios en las
supuestas constantes y leyes de la Naturaleza con el tiempo, y una incipiente
comprensión de que los defectos de la Naturaleza son tan importantes como las
leyes de la Naturaleza para nuestra comprensión de la realidad verdadera.
Capítulo 3
Tamaño, vida y paisaje
Las
adaptaciones a características universales de nuestro mundo tienden a escapar a
nuestra atención simplemente porque no observamos nada con lo que tales
adaptaciones guarden contraste.
ROGER N. SHEPARD
Un
balance delicado. Equilibrios en el Universo
La
singularidad puede ser el resultado de procesos que son generales para toda la
materia viviente.
ROBERT FOLEY
El
tamaño importa. Pero ¿cómo importa? ¿Qué determina el tamaño de los seres vivos
y de las masas inanimadas de materia celeste en las que viven? Hemos
descubierto que las condiciones ambientes en el Universo —la escasez de materia
y la inmensa oscuridad tachonada de estrellas del espacio— son consecuencias de
la gran edad del Universo. Esta longevidad es esencial para la existencia de
los seres vivos: sin ella no habría ni biología ni biólogos. Pese a todo, la
vida implica mucho más que saber simplemente lo que se necesita del Universo
para que sea habitable. Vamos a seguir una senda que empieza considerando por
qué las cosas tienen el tamaño que tienen. Esto nos ayudará a entender por qué
los seres vivos se dan en un rango concreto de formas y tamaños. Luego
descubriremos que las ramificaciones de tamaño están inesperadamente ligadas a
aspectos de nuestra evolución pasada que influyen en nuestro comportamiento
actual y en nuestra tendencia a un tipo concreto de gusto estético.
El Universo que nos rodea está lleno de multitud de cosas. Estamos a mitad de
camino entre la inmensidad del espacio intergaláctico y el microcosmos
subatómico de partículas elementales dentro de los átomos de nuestros cuerpos.
Para apreciar la diversidad de la Naturaleza, y para ver dónde estamos situados
en el esquema de las cosas, deberíamos empezar haciendo un poco de trabajo de
campo. Enviemos un equipo de observadores al Universo para que anoten los
tamaños y las masas promedio de todas las cosas que encuentren. Busquemos todo:
desde los átomos más pequeños a los más grandes cúmulos de galaxias.
Coordinemos toda esta información haciendo una gráfica de los tamaños frente a
las masas de las cosas examinadas. El resultado se parecerá a la Figura 3.1.
La imagen tiene una pauta fácilmente discernible. Entre el espacio interno de
las partículas subatómicas y la extensión del Universo visible entero hay una
variedad más allá de lo imaginable: hay cúmulos de galaxias, galaxias simples
de estrellas, cúmulos de estrellas, estrellas brillantes como el Sol, un
reparto secundario de planetas y lunas, asteroides y cometas; luego, aún más
pequeños, encontramos seres vivos, como árboles y plantas, y un surtido de
animales, peces, aves e insectos, antes de llegar al micromundo de bacterias y
células; morando dentro de ellas encontramos moléculas grandes y pequeñas, y,
finalmente, simples y solitarios átomos de hidrógeno.
Nuestro inventario cósmico promete ser iluminador. Cuando hacemos balance de la
figura resultante, una simplicidad oculta invita a una explicación. Uno podría
haber esperado que los objetos del mundo estuvieran diseminados por toda la
gráfica de una forma completamente aleatoria, mostrando que la Naturaleza
explora todas las posibilidades. Nada podría estar más lejos de la verdad. Hay
una restricción y un orden oculto para las cosas. Grandes regiones de nuestra
gráfica están vacías, y las estructuras de la Naturaleza forman un pasillo
estrecho que corre en diagonal desde la parte superior derecha a la inferior
izquierda de la gráfica. Hay evidentemente regiones en las que hay algo y otras
donde no hay nada. Tan sólo necesitamos saber por qué.
Figura 3.1. Masas y tamaños de algunas de las estructuras más importantes
encontradas en el Universo.
En
primer lugar, tenemos que apreciar que las cosas que nos rodean están en el
sentido más amplio. Cualquier estructura que vemos en el Universo es resultado
de un balance entre fuerzas opuestas de la Naturaleza. Puesto que existen en la
Naturaleza cuatro fuerzas con intensidades y alcances distintos, hay lugar para
una diversidad de equilibrios muy diferentes en los que la materia se mantiene
sometida a dos fuerzas opuestas. Tenemos la suerte de que el número de fuerzas
naturales sea pequeño: como resultado, la Naturaleza es razonablemente
inteligible para nosotros. Si hubiera miles de fuerzas básicas de la
Naturaleza, en lugar de sólo cuatro, entonces el número de estructuras
diferentes que podrían resultar de dos cualesquiera de ellas en equilibrio aumentaría
enormemente, y la búsqueda de pautas simples sería mucho más difícil —quizá más
allá de nuestra capacidad de análisis.
No todas las estructuras de nuestro inventario deben su existencia a
equilibrios entre dos fuerzas del cuarteto de fuerzas de la Naturaleza; en
algunas situaciones el equilibrio se produce cuando una fuerza de la Naturaleza
contrarresta el movimiento. Los cúmulos de galaxias y las galaxias espirales
muestran los resultados de un equilibrio entre la fuerza centrípeta de la
gravedad que tira de unas estrellas hacia las otras, y la rotación de las
estrellas que describen órbitas alrededor del centro del cúmulo.
Las estrellas individuales se mantienen en un equilibrio entre el aplastamiento
hacia adentro de la gravedad y la presión hacia afuera del hidrógeno, o de la
radiación, sostenida por las radiaciones nucleares que ocurren cerca del centro
de la estrella. Los cuerpos que son demasiado pequeños para que el
aplastamiento gravitatorio en sus centros produzca temperaturas de millones de grados,
que son necesarias para iniciar las reacciones nucleares, nunca pueden
convertirse en estrellas. En su lugar, quedarán como los cuerpos fríos que
llamamos «planetas». Los planetas son actas de balance en las que las fuerzas
interatómicas, que resisten cualquier tendencia de los átomos a solaparse, son
suficientemente fuertes para resistir el empuje hacia adentro de la gravedad.
Estas simples consideraciones han revelado a los astrónomos por qué los
planetas y las estrellas tienen el tamaño que tienen. Por desgracia, todavía no
sabemos si las galaxias y los cúmulos de galaxias deben sus tamaños a un
principio de balance similar o si son sólo residuos de irregularidades
aleatorias que nacieron con el propio Universo. Las galaxias son muy
probablemente los mayores agregados de gas que tienen tiempo para enfriarse y
fragmentarse en estrellas en el tiempo que necesitan para contraerse de tamaño
bajo la influencia de la gravedad. Si es así, los tamaños de las galaxias
estarán determinados por las intensidades intrínsecas de las fuerzas
electromagnética y gravitatoria de la Naturaleza, como sucede con las
estrellas. Pero los cúmulos de galaxias probablemente no tienen una explicación
similar. Durante el primer millón de años de la historia del Universo, cuando era
demasiado caliente para que existieran átomos y moléculas, o estrellas, un mar
cósmico de radiación fue capaz de suavizar cualquier irregularidad en la
distribución de materia que fuera suficientemente pequeña para que la
atravesaran las ondas de radiación. Los cúmulos de galaxias parecen ser las
irregularidades más pequeñas que sobrevivieron a este proceso de suavización.
Probablemente hubiéramos predicho la existencia de estrellas y planetas,
incluso si nunca hubiéramos visto unos u otros, pero sospecho que no habríamos
predicho que el Universo contiene bestias como galaxias y cúmulos de galaxias.
Se da un equilibrio entre fuerzas gravitatorias y atómicas cuando la materia
tiene una densidad próxima a la densidad de los átomos individuales. Planetas,
montañas, árboles, personas, insectos, células y moléculas están compuestos de
conjuntos de átomos estrechamente empaquetados. La densidad de estos conjuntos
de átomos es por lo tanto similar a la densidad de tan sólo uno de los átomos
de los que están hechos. Si dos objetos tienen la misma densidad, eso quiere
decir que la razón de su masa a su volumen es la misma. Puesto que el volumen
es proporcional al cubo de una medida lineal media de tamaño, vemos por qué
todos estos objetos sólidos yacen a lo largo de una línea con una pendiente
próxima a tres en el diagrama. Ésta es una línea de densidad constante, y esa
densidad es la densidad atómica: la densidad de los átomos individuales. Se
extiende desde el átomo más simple de hidrógeno (que consiste en un protón y un
electrón) hasta las mayores estructuras sólidas en el Universo. Cúmulos de
estrellas, galaxias y cúmulos de galaxias son conjuntos de estrellas en órbita,
más que objetos sólidos; por ello tienen menor densidad y yacen ligeramente por
debajo de la línea de densidad atómica constante. Vemos así por qué las cosas
que se muestran en el Universo forman tal conjunto ordenado. Pese a su
diversidad superficial, están unidas por un solo hilo —la similitud de sus
densidades— que deriva del hecho de que representan estados que pueden soportar
la aplastante fuerza de la gravedad.
¿Qué pasa con los espacios vacíos de nuestro diagrama? La región que queda
aparte de los objetos de pequeño tamaño y gran masa debe estar completamente
vacía. Los astrofísicos han llegado a apreciar poco a poco la razón de esta
vaciedad. Es el dominio del «agujero negro». Estamos familiarizados con la
necesidad de lanzar proyectiles a gran velocidad para que escapen a la
atracción de la gravedad de la Tierra. Si arrojamos una piedra al aire,
entonces la gravedad de la Tierra la devuelve al suelo. Lancémosla un poco más
deprisa y la piedra llega más alto antes de volver. Pero si lanzamos un cohete
suficientemente rápido, entonces puede escapar por completo a la atracción de
la Tierra. Cuanto más grande es un planeta, más material contiene, mayor es la
atracción de su gravedad y con más rapidez hay que lanzar un objeto para que
escape al espacio exterior. Se requiere una velocidad de lanzamiento de unos 11
kilómetros por segundo para que un cohete escape de la gravedad de la Tierra.
Conforme aumenta la masa del planeta, o disminuye su radio, la velocidad
requerida para escapar del tirón de su campo gravitatorio aumenta. En el siglo
XIX, un científico inglés, John Mitchell, y un matemático francés, Pierre
Laplace, concibieron la idea de cuerpos celestes que eran suficientemente
masivos, y suficientemente pequeños, para que fuese imposible que escapase la
luz. Serían invisibles a los observadores exteriores y sólo podrían ser
detectados gracias a la atracción de su gravedad. Estos agujeros negros, como
han llegado a conocerse, parecen poblar el Universo con gran profusión. Apenas
hay una rama de la astrofísica que no encuentre pruebas de su existencia o
necesidad de apelar a sus campos gravitatorios ultrafuertes para explicar un
conjunto de sucesos astronómicos cataclísmicos de otro modo inexplicables. Su
existencia es la razón de la misteriosa carencia de estructuras masivas y
pequeñas en nuestro inventario del Universo: dichos objetos no podrían verse.
Cualquier cosa que cayera en esa parte de nuestra gráfica sería invisible,
atrapada, incomunicada, dentro de un agujero negro.
Esto nos deja con la tarea de explicar la otra región vacía de nuestra gráfica.
Una vez más, hay una limitación fundamental a lo que la Naturaleza nos permite
observar, independientemente de la sensibilidad de nuestros instrumentos.
Cuando «vemos» algo, registramos un fotón de luz que rebota en ello,
directamente hacia la retina de nuestro ojo o indirectamente a través de las
lentes focalizadoras de un microscopio. Si el objeto que estamos viendo es
grande, entonces el retroceso que experimenta cuando rebota el fotón es
totalmente despreciable. Vemos el objeto claramente en una posición definida:
los fotones de luz que rebotan de un autobús hacia nuestro ojo cuando cruzamos
una carretera no producen ninguna ambigüedad sobre la posición y la velocidad
real del autobús. Pero, en el caso de objetos muy pequeños, el efecto del
retroceso puede producir una perturbación relativamente grande en lo que
estamos tratando de medir. Para «ver» algo necesitamos exponerlo a una luz de
longitud de onda similar a su tamaño; por ello, los objetos pequeños requieren
pequeñas longitudes de onda de la luz, que tienen altas frecuencias y altas energías
de vibración; éstas son más capaces de perturbar el sistema bajo investigación.
Esta situación trampa se expresa por el famoso Principio de incertidumbre
descubierto por primera vez por Werner Heisenberg. Afirma que no podemos medir
simultáneamente la posición y la velocidad de algo con precisión cada vez
mayor, por perfectos que sean nuestros instrumentos. Una medida de la situación
de un objeto pequeño da necesariamente como resultado que su posición quede
perturbada por la radiación utilizada en el proceso de medida.
Figura 3.2. Distribución de masas y tamaños donde se ha añadido una línea de
densidad constante igual a la de las estructuras atómicas sólidas, una recta
que acota la región poblada por agujeros negros, y una recta que acota la
región en la que la incertidumbre cuántica hace los objetos inobservables.
Es
esta consideración del efecto perturbador en el proceso de medida lo que
distingue lo que quiere decir un físico cuando dice que algo es «pequeño» antes
que «grande». «Pequeño» suena como un adjetivo totalmente relativo. «¿Más
pequeño que qué?» es nuestra respuesta a alguien que nos dice que algo es
pequeño. Pero la línea divisoria absoluta entre objetos grandes y objetos
pequeños se distingue preguntando si el acto de observarlos con instrumentos
perfectos tiene un efecto despreciable o un efecto importante en sus estados.
Hemos trazado el límite de Heisenberg en el diagrama (Figura 3.2). Revela por
qué está vacía la última porción de nuestro diagrama. La Naturaleza está
construida de forma que no podemos «ver» ningún objeto en el triángulo inferior
de la imagen sin perturbarlo por el propio acto de observación. No hay manera
de medir objetos que sean discretos y suficientemente suaves para permitimos
sondar la región «incierta». Los verdaderos estados en la región cuántica
estarían siempre en o por encima de la línea de Heisenberg debido al proceso de
medida.
Una lección importante de estas simples consideraciones es que los tamaños de
los objetos en el Universo no son aleatorios. Yacen en los rangos que ocupan
porque son manifestaciones de balances entre fuerzas opuestas de la Naturaleza.
Sus posiciones están determinadas por los valores inflexibles de las constantes
de la Naturaleza que expresan las intensidades de dichas fuerzas. Ésta es la
explicación para los objetos que vemos. Para los objetos que no vemos, la
existencia de agujeros negros y del Principio de incertidumbre de Heisenberg
excluye un enorme rango de combinaciones masa-tamaño de la vista de los
observadores. El inventario cósmico no es el resultado de un proceso de
selección natural ni de un desgaste del conjunto de todas las posibilidades, y
no es meramente fortuito: es una cuestión de equilibrio y de censura a la vez.
De
ratones y hombres. La vida en la Tierra
«Me
gustaría ser un poco más grande, Señor, si a usted no le importa —dijo Alicia—.
Medir ocho centímetros es muy triste». «En realidad es una altura excelente»,
dijo la Oruga.
LEWIS CARROLL,
Alicia en el País de las Maravillas
Acerquémonos
un poco más a casa. Cuando cruzamos hacia arriba la línea de densidad constante
de la Figura 3.2, la intensidad de la gravedad en la superficie de cada objeto
aumenta linealmente con el tamaño y es más difícil escapar de su superficie.
Esta simple diferencia entre cuerpos grandes y pequeños tiene consecuencias del
mayor alcance. Para entender por qué, sólo necesitamos comparar la Tierra y la
Luna.
La Tierra y la Luna son totalmente diferentes. La Tierra está rodeada por una
biosfera de extraordinaria complejidad. La Luna es árida y muerta. La razón es
que la Tierra tiene una atmósfera de gases, como nitrógeno y oxígeno, que
provocan procesos químicos y biológicos complicados en su superficie, mientras
que la Luna no tiene ninguno. La Luna es demasiado pequeña para que la
atracción de su gravedad retenga una atmósfera gaseosa. Si el aire que hay en
su habitación fuera teletransportado a la Luna, las moléculas de gas se
estarían moviendo a velocidad suficiente para escapar a la atracción de la Luna
y se dispersarían rápidamente por el espacio. Por ello, sólo los planetas con
un tamaño superior a uno crítico poseerán atmósferas y ofrecerán la posibilidad
de bioquímica. No obstante, el tamaño de los planetas que soportan vida no debe
ser demasiado grande. Los seres vivos están formados por conjuntos
complicadamente organizados de átomos y moléculas, que se mantienen unidos por
enlaces interatómicos y moleculares. Estos enlaces pueden romperse por una
presión o una temperatura excesivas. Cuando se rompen, la materia cambia sus
propiedades, a veces de forma irreversible. Fría un huevo y verá lo que le
sucede a las moléculas de las proteínas en la clara cuando la temperatura es
demasiado alta. De repente, pierden su movilidad fluida y se hacen rígidas a medida
que las proteínas de la clara se solidifican. Cuando ocurre este cambio de
estado, decimos que el huevo está «cocido». La «cocción» consiste simplemente
en alcanzar la temperatura a la que los enlaces intermoleculares se transforman
—o se «desnaturalizan» como dicen los químicos. (Otros en mi casa me aseguran
que hay más que eso).— Del mismo modo, los delicados enlaces moleculares se
romperán si son aplastados, o estirados, por fuerzas intensas. Los seres vivos
compuestos de números enormes de átomos y moléculas, que se mantienen unidos
por una estructura reticular de enlaces interatómicos, viven por lo tanto más
bien peligrosamente. Pongámoslos en un lugar demasiado caliente y sus complejos
enlaces moleculares se cocerán hasta la inmovilidad. Pongámoslos en un planeta
que sea demasiado grande y serán aplastados por la fuerza abrumadora de la
gravedad en su superficie.
Por consiguiente, los planetas habitables no deben ser ni demasiado grandes ni
demasiado pequeños. Sólo los mundos intermedios, como la Tierra, combinan la
posibilidad de retener una atmósfera con unas condiciones en su superficie que
sean suficientemente moderadas para permitir la presencia de arquitecturas
moleculares complejas. Incluso en la Tierra, la fuerza de la gravedad desempeña
un papel clave para limitar el alcance de seres vivos y objetos inanimados. La
necesidad de enlaces entre los átomos para mantener unidas las moléculas es la
razón por la que las montañas terrestres no puedan ser mucho más altas que el
Everest. Cuando la montaña se hace más alta, y más pesada, la presión en su
base aumenta. Si fuera demasiado alta, los enlaces entre los átomos empezarían
a romperse y las montañas se hundirían en la corteza de la Tierra hasta que la
presión en la base se redujera lo suficiente para que se solidificaran los
materiales en la misma. Los seres vivos —árboles y aves, animales terrestres y
criaturas marinas— están también fuertemente limitados en tamaño por las
fuerzas de la Naturaleza. Un árbol que creciera demasiado sufriría presiones
inaceptables en su base y se rompería. En la práctica, es la susceptibilidad a
la ruptura cuando son doblados por el viento la que rompe el árbol y limita su
altura máxima. Los árboles no pueden crecer sin límite, porque su fuerza no
sigue el ritmo de su tamaño cuando crecen.
Figura 3.3. Una hormiga es suficientemente fuerte para llevar una carga
muchas veces mayor que su propio peso corporal.
Empezamos
a ver así como el mundo viviente que nos rodea está conformado por las fuerzas
de la Naturaleza a través de una larga cadena de conexiones. Las intensidades
relativas de la gravedad y de las fuerzas atómicas de origen electromagnético
determinan estrechamente los tamaños de los planetas con atmósferas. El tamaño
de las estructuras que pueden aguantarse de pie, o moverse con seguridad, sobre
las superficies de dichos planetas también está limitado por el aplastamiento
destructivo de sus enlaces atómicos por la gravedad. Hay límites a los tamaños
de los seres vivos porque la resistencia no puede seguir el ritmo del tamaño y
el peso a medida que crecen. Este fallo de la resistencia para mantenerse a la
par con el peso y volumen crecientes es evidente si observamos criaturas de
diferentes tamaños. Una hormiga puede llevar una carga diez veces mayor que su
propio cuerpo (Figura 3.3). Un perro pequeño puede llevar fácilmente a otro
perro en su espalda. Un niño puede llevar a otro niño a cuestas sin demasiada
dificultad, pero un adulto tiene mucha más dificultad, y ningún caballo es
suficientemente fuerte para llevar a otro caballo en su espalda. A medida que
uno se hace más grande, la resistencia de sus huesos se hace mayor; tienen que
ser más largos y más gruesos para soportar la tensión. Un ejemplo gráfico de
esta disparidad entre resistencia y tamaño se muestra en un ejemplo doméstico.
La cola de un gatito permanecerá levantada como una lanza, porque el gatito es
suficientemente fuerte para soportar su pequeña cola. Pero miremos a su madre,
más grande. Su cola más larga no se levanta, porque no es suficientemente
fuerte para mantenerla erguida. La resistencia de las cosas está determinada no
por su peso o por su volumen, sino por el área de un corte transversal. Cuando
los huesos se rompen lo hacen a lo largo de una lámina del hueso. Es el número
de enlaces que hay que romper en esa lámina lo que determina su resistencia. La
masa del cuerpo está determinada por su extensión total; su resistencia a la ruptura
está determinada por la estructura de las áreas en las que está sometida a
tensión. Visualmente juzgamos la resistencia de un atleta por el tamaño de una
sección transversal de sus bíceps[15]. La
resistencia de una varilla está determinada por su grosor en el lugar donde
tratamos de doblarla, no por su longitud total o su volumen. De todas formas,
para la mayoría de los objetos hay una relación simple entre el área promedio
de una sección y su volumen o masa total. Un área es proporcional al cuadrado
de alguna medida promedio de la longitud de un objeto, mientras que su volumen
(y con ello su masa, si la densidad es constante) es siempre proporcional al
cubo de dicha longitud. Si escogemos que la longitud sea un diámetro medio del
objeto en cuestión, entonces, a medida que crece en tamaño, su resistencia
aumentará como el cuadrado de su tamaño, pero su peso crecerá en proporción a
su volumen, y por lo tanto al cubo de su tamaño. Así pues, a medida que se hace
más grande, es cada vez menos capaz de soportar su propio peso. Hay un tamaño
máximo, después del cual simplemente se rompe.
Uno de los dinosaurios más grandes era el Apatosaurus (previamente llamado
Brontosaurus). Con 85 toneladas, estaba muy cerca del tamaño límite para un
animal terrestre. Tenía poco margen de error cuando fuera a inclinarse o a
transferir demasiado peso a una pata. (Por comparación, la mayor criatura
terrestre actual, el elefante africano, pesa sólo unas 7 toneladas). Subir la
más mínima pendiente hubiera sido extraordinariamente gravoso para un gran
dinosaurio, porque entonces tendría que elevar una componente de su peso
corporal contra la fuerza hacia abajo de la gravedad. Cuanto más pesado es uno,
con más lentitud se puede mover cuesta arriba. Los dinosaurios aliviaban las
presiones sobre su base repartiendo su carga sobre sus patas muy separadas.
Esto ayuda a la estabilidad, pero en cualquier caso, si se cayeran,
probablemente se romperían los huesos. Los humanos adultos tienen una distancia
mucho más corta para caer si tropiezan, pero a veces se rompen los huesos. Los
niños caen desde distancias más cortas y no se suelen romper los huesos a pesar
de que están tropezando constantemente. (También ayuda el hecho de que los
huesos jóvenes son más blandos y menos frágiles que los viejos). Un adulto
puede golpear el suelo con una energía de movimiento más de seis veces mayor
que la de un niño cuando ambos tropiezan y caen. Si los adultos fueran el doble
de grandes, entonces caminar erguidos sería un asunto muy peligroso —más bien
como caminar sobre zancos.
Una manera de superar el fallo de la resistencia para seguir el ritmo del
volumen es explotar la flotación. Cuando cualquier objeto se coloca en un medio
líquido, como el agua, experimenta una fuerza de flotación, que le empuja hacia
arriba, igual al peso del líquido que desaloja. Como resultado, la tensión en
su base se alivia. No es casual que las mayores ballenas azules (con 130
toneladas) sean enormemente más grandes que los más grandes dinosaurios que
hayan existido alguna vez o que hubieran podido existir.
El agua también puede soportarle a uno si es pequeño. Coloquemos un clip de
papel en la superficie sin perturbar del agua, y flota, soportado por la fuerza
de la «tensión superficial» que aparece en la interfaz de su superficie con el
agua. Si se añade detergente al agua, entonces esta fuerza se reduce y el clip
se hundirá. Criaturas muy pequeñas, como las chinches acuáticas, pueden
utilizar la tensión superficial para soportar su peso mientras tienen las patas
extendidas sobre unos poco milímetros cuadrados de superficie. De nuevo, la
fuerza superficial aumenta más lentamente con el tamaño que el peso de una
criatura; hay así un tamaño máximo, y un peso, que pueden ser soportados de
esta manera. Sólo funciona si uno es muy pequeño. Los seres humanos
necesitarían piernas extendidas sobre 7 kilómetros para caminar sobre el agua,
como el escarabajo acuático de Hilaire Belloc:
El
escarabajo del agua te enseñará
Un sermón mucho más allá de tu alcance:
Él asombra a la raza humana
Deslizándose sobre la superficie del agua
Con facilidad, celeridad y gracia,
Pero si dejara alguna vez de pensar
En cómo lo hace, se hundiría[16]
. Si
uno quiere volar, entonces el precio a pagar es ser pequeño. Sus alas deben
generar suficiente ascensión para superar la atracción de la gravedad. Cuando
se hace mayor, la potencia requerida para soportar el peso crece más
rápidamente que la potencia que pueden ejercer los músculos. En consecuencia,
hay un tamaño máximo para una criatura voladora. Los pájaros más grandes que
pueden cernirse en el aire durante largos períodos son los colibríes; varían
entre 2 y 20 gramos de peso. De hecho, pueden incluso despegar verticalmente.
Por supuesto, hay pájaros mucho más grandes. En lo más alto están las más
grandes avutardas Kori, que pesan unos 12 kilogramos. Pero se mantienen arriba
aprovechando los vientos ascendentes o las corrientes térmicas. Análogamente,
cuando uno mira un cernícalo que se cierne sobre un punto en el suelo, en
realidad no está cerniéndose; está volando contra el viento —con suficiente
fuerza para asegurar que permanece en reposo con respecto al suelo—. No es
suficientemente fuerte para mantener su propio peso en el aire en reposo.
Estos ejemplos revelan algo de la continua batalla terrestre entre resistencia
y peso, que enfrenta la fuerza de gravedad contra las fuerzas intermoleculares
de origen electromagnético. Fueron estas mismas fuerzas las que determinaron
inicialmente los tamaños inevitables de planetas habitables con atmósferas, la
intensidad de la gravedad en sus superficies y, con ello, los tamaños de los
seres vivos complejos que pueden existir en sus superficies. Nuestro tamaño no
es casual. Está impuesto, dentro de cotas muy estrechas, por las intensidades
invariantes de las fuerzas de la Naturaleza. Pero las consecuencias de nuestro
tamaño para nuestro desarrollo, nuestra cultura y nuestras capacidades son
profundas y amplias. Arrojan luz sobre cómo hemos superado a otros seres vivos
en el control de los recursos naturales.
La batalla entre resistencia y tamaño se manifiesta en una lucha más sencilla:
la que hay entre volumen y la superficie que lo encierra. Observemos una bola de
nieve que, mientras cae rodando, recoge más nieve y se hace más grande. Su
radio aumenta; por ello, tanto su volumen como su superficie también aumentan.
Pero mientras que su volumen crece de acuerdo con el cubo de su radio, su
superficie aumenta sólo en proporción al cuadrado del radio: su superficie no
puede seguir el ritmo del crecimiento en volumen. Esta batalla perdida que
libra el área de la superficie con el volumen cuando aumenta el tamaño impone
muchas ligaduras clave sobre los tamaños de los seres vivos. A medida que el
volumen aumenta con el crecimiento, también los órganos que generan calor
aumentan en volumen y producción de energía. Pero la capacidad para mantenerse
frío depende de cuánto calor pueda escapar a través de la superficie expuesta.
Las criaturas pequeñas tienen una superficie relativamente grande para su
volumen; las criaturas grandes poseen una superficie relativamente pequeña. En
climas fríos las criaturas pequeñas tendrán así una desventaja, incapaces de
generar calor suficiente a partir de la comida para mantenerse calientes. Por
esto es por lo que los niños necesitan estar mucho más abrigados que los
adultos en condiciones frías. Los animales grandes, por el contrario, tendrán
ventaja en el frío. Por ello encontramos animales grandes —osos polares, antes
que ratones pequeños— en los Polos, y el tamaño medio de las aves aumenta entre
el Ecuador y los Polos. Las musarañas más pequeñas son tan pequeñas como pueden
ser los animales sin estar termodinámicamente en grave peligro en un ambiente
que en ocasiones se enfría hasta unos pocos grados por debajo de sus
temperaturas corporales. Los animales pequeños pueden combatir este riesgo de
exposición apiñándose para retener el calor. Comparten su calor corporal y
reducen sus superficies expuestas imitando la geometría de una criatura más
grande. Los animales pequeños también pueden adoptar otras estrategias para
reducir sus pérdidas de calor: desarrollando pelo, por ejemplo, o, incluso,
como algunas criaturas que conocemos bien, llevando el pelo de otras criaturas
que proporciona aislamiento cuando se requiere.
El área superficial también determina con qué rapidez arderán los materiales,
porque es en la superficie expuesta donde se consume el oxígeno que sostiene
las llamas. Los objetos pequeños tienen relativamente más superficie que los
grandes y cuanto más lejos están de una forma esférica, mayor será la
superficie que exponen. Por esto es por lo que los copos de lana, de un tamaño
de tan sólo una fracción de centímetro, arden mucho más rápidamente que un
tronco de diez centímetros de diámetro. Cuando queremos encender una chimenea
con trozos de papel, los arrugamos en lugar de extenderlos para aumentar la
superficie de papel expuesta.
Nos hemos acostumbrado a descubrir que una estructura que se da de forma
natural es la mejor posible de acuerdo con criterios de ingeniería. Pero, como
resaltamos en el último capítulo, es erróneo creer que todas las soluciones que
da la Naturaleza a los problemas planteados por el entorno son óptimas. Quizá
no necesiten serlo. Y el intervalo de variaciones disponible para la selección
natural podría no incluir siquiera el caso óptimo, debido a otras limitaciones
sobre lo que puede suceder o simplemente debido a la mala suerte. Un ejemplo
interesante de este tipo es el panal que construyen las abejas. Esto implica el
problema de optimizar el área de la superficie que limita un volumen concreto.
Los primeros griegos habían conjeturado que debía existir algún principio de
optimización oculto que explicara los panales simétricos de las abejas; en el
siglo XVII, el problema fue reconocido como la búsqueda de una pauta que
minimizara la cantidad de cera que era necesaria para crear una red de celdas.
El panal es una red de celdas de forma prismática, cuyo extremo superior son
hexágonos con lados iguales, pero cuyas bases están compuestas cada una de tres
planos con forma de diamante (rombos), que están unidos a los lados del
hexágono (véase la Figura 3.4). El zigzag de la superficie inferior del panal
hace ciertamente un uso más económico de los recursos que una superficie plana,
pero ¿es la mejor forma posible?
Figura 3.4. (i) Un panal; (ii) una sección longitudinal del panal; (iii) una
sección transversal del panal; (iv) una celda individual del panal; (v) la
forma de celda descubierta por Fejes Tóth, más económica en materiales que la
utilizada por las abejas.
En
1964, el matemático húngaro Fejes Tóth planteó el «problema del panal» como la
determinación de la forma de celda que había que utilizar cuando se construye
un panal de una anchura dada, que encierra un volumen dado, de modo que las
celdas presenten el área más pequeña posible. El problema todavía no está
resuelto. Hasta ahora, nadie ha descubierto cuál es la forma de celda más
económica, pero se sabe que no puede ser la que utilizan las abejas. Tóth
encontró una pauta básica, utilizando dos hexágonos y dos diamantes, que lo
hacía mejor que las abejas, pero sólo consigue economizar en superficie menos
de un 1 por 100 del área del extremo superior hexagonal de cada celda. Por lo
tanto, las abejas podían hacerlo mejor, aunque parece que no mucho mejor.
El
borde escarpado. Fractales vivientes
Rodeando
las rocas escabrosas corren los rapaces revoltosos.
RIMA INFANTIL
El
estudio de superficies que encierran un volumen concreto de espacio dentro de
un área superficial anormalmente grande se ha puesto muy de moda entre
matemáticos y aficionados[17] al
diseño gráfico por ordenador. Tales superficies son ejemplos de lo que el
matemático francoamericano Benoit Mandelbrot ha denominado «fractales». Los
fractales pueden construirse copiando una forma básica una y otra vez, a una
escala cada vez menor. Podemos encontrar espectaculares imágenes fractales a
nuestro alrededor, en pósters y portadas de revistas —ha habido incluso
exposiciones de «arte» fractal generado por ordenador en importantes galerías
internacionales— pero también hay aplicaciones más serias. La complejidad de
los diseños fractales ofrece una manera de aumentar la capacidad de las
memorias de ordenador y minimizar los efectos de perturbaciones vibratorias en
estructuras mecánicas.
Vemos que la Naturaleza utiliza fractales por todas partes: en la ramificación
de los árboles y en la forma de las hojas, flores y plantas. Echemos una mirada
a una coliflor, o a un brócoli, y podremos ver cómo la misma pauta se repite
una y otra vez en diferentes escalas. ¡Qué plan tan económico para el desarrollo
de la complejidad! Otra razón para la ubicuidad de los diseños fractales en la
Naturaleza es que ofrecen una receta general para escapar a la camisa de fuerza
que impone la relación sencilla entre volumen y superficie que encontramos en
los objetos regulares, como nuestra bola de nieve rodante. Si se permite que la
superficie de la bola se haga complicadamente corrugada, la superficie expuesta
puede incrementarse enormemente por encima de la necesaria para encerrar ese
volumen de forma suave. Hay abundantes ejemplos de incremento de la superficie
fractal (Figura 3.5).
Figura 3.5. Algunos ejemplos de pautas fractales que aparecen en la
Naturaleza: (i) el pulmón humano; (ii) un fragmento de plumón; (iii) la cabeza
de una coliflor.
Nuestros
pulmones muestran una red fractal de tubos ramificantes que maximizan la
absorción de oxígeno a través de sus superficies. Las esponjas tienen una
superficie mucho mayor que una bola sólida del mismo volumen para aumentar la
superficie expuesta a los organismos que ingiere. Cuando salimos de la ducha,
nos secamos con una toalla que muestra una superficie de rizos minúsculos.
Éstos aumentan el área de la toalla que entra en contacto con el cuerpo, y así
aumenta la absorción de la humedad por la toalla.
Donde quiera que se necesita exponer una superficie lo más grande posible, pero
hay una restricción sobre el volumen total de material disponible, o se incurre
en una penalización por aumento de peso, los fractales son seleccionados por el
proceso evolutivo. Las estructuras fractales también son buenas para amortiguar
vibraciones. Por ejemplo, si se hiciera un tambor con un borde de forma
fractal, entonces un golpe en dicho tambor se amortiguaría rápidamente. Por
ello, las formas fractales pueden ser extraordinariamente robustas en
situaciones como las de los árboles en el viento, los pulmones jadeantes o los
corazones latientes, donde es necesario soportar gran cantidad de vibración
asociada.
Cuanto más examinamos la estructura de la Naturaleza, más fractales
encontramos. De hecho, su ubicuidad en el mundo natural del que somos parte es
una razón por la que los encontramos tan confortablemente atractivos. Son una
forma de arte por ordenador que ha captado el programa esencial —reproducción
autosimilar de la misma forma en tamaños diferentes— que han utilizado los
sistemas vivientes para establecer sus propios nichos distintos a través de la
historia evolutiva. Podría argumentarse que las obras de arte fractal generadas
por ordenador no llegan a ser formas artísticas que nos parezcan
suficientemente interesantes para examinar y reexaminar precisamente porque son
puramente autosimilares. La imagen sólo se hace artísticamente interesante
cuando hay una desviación ocasional de la reproducción autosimilar exacta, en
lugar de ser tan sólo simétricamente agradable. A veces es el placer menos
exigente de simetría lo que requerimos. No disfrutaríamos de un papel de pared
en la sala de estar que hiciese que el cerebro se embarcara en interminables
accesos repetidos de análisis e interpretación cada vez que descansáramos
nuestra vista en él. Preferimos que las composiciones más desafiantes estén
enmarcadas en fronteras que señalen su naturaleza y alerten a la mente del
desafío interpretativo que se va a establecer. Al final de este capítulo
tendremos mucho más que decir sobre la cuestión de si el «arte fractal» es
realmente arte.
Las tortuosas texturas de las superficies fractales llaman nuestra atención
sobre la cuestión de la simetría y la forma. Los seres vivos son llamativamente
simétricos. Mientras que los objetos inanimados raramente muestran simetría
perfecta, los animales suelen poseer simetría bilateral —al menos
externamente—. Éste es un estado de cosas improbable; testimonia una delicada
ingeniería y se consigue a un alto coste genético. La simetría está ausente en
la dirección vertical porque los cuerpos están adaptados para acomodar la
variación de la fuerza de gravedad con la altura, y a la necesidad de
permanecer estables frente a pequeñas perturbaciones que de otra forma los
harían caer. Un bajo centro de gravedad sobre una base amplia es aquí más
ventajoso y conduce a un estrechamiento del cuerpo con la distancia al suelo.
Desviaciones de una forma corporal simétrica señalan invariablemente alguna
lesión o defecto genético. Algunas de las peores consecuencias de la enfermedad
aparecen por la pérdida de nuestra delicada simetría corporal. Muchas de
nuestras estimaciones de la belleza física se centran en las simetrías de la
forma del rostro y del cuerpo humanos; los cirujanos plásticos reciben grandes
sumas por restaurarla o ampliarla. Entre los animales inferiores, la perfección
de la forma corporal es un indicador importante para la selección de una pareja
y para distinguir a los miembros de la misma especie de los predadores.
El mayor beneficio de un cuerpo bilateralmente simétrico llega cuando uno
quiere moverse. En situaciones en las que la supervivencia es reforzada por una
capacidad de moverse de una manera predeterminada, los organismos simétricos
tienen una ventaja. Los desequilibrios creados por las asimetrías hacen difícil
de conseguir el movimiento en línea recta; la simetría asegura que el
movimiento lineal aparezca en respuesta a extremidades impulsoras. Los
beneficios de la simetría son incluso mayores si dicho movimiento tiene que
tener lugar en el agua o en el aire. La evitación de la simetría cabeza-cola es
testimonio del coste más alto que tiene diseñar una configuración que permita
movimiento hacia adelante y hacia atrás con la misma facilidad, en lugar de
diseñarla con asimetría cabeza-cola y una capacidad de darse la vuelta.
La simetría de los cuerpos de los animales tiene también implicaciones para el
cerebro y los sentidos. Las respuestas de un sistema nervioso necesitan un
procesamiento más complicado si tienen que crear un mapa corporal mental para
monitorizar la actividad en la superficie de una periferia asimétrica. Pero, en
cambio, cuando se examina el mapa del propio cerebro, éste es altamente
asimétrico. Un lado del cerebro gobierna en general el lado opuesto del cuerpo,
y hay una división de actividades cognitivas entre los dos lados del cerebro.
Aquí vemos una situación en la que la simetría sería costosa e inapropiada. Si
todas las actividades estuvieran controladas por una distribución simétrica de
redes neurales, situadas en ambos hemisferios del cerebro, entonces se estaría
dando una duplicación de actividad y una malversación de recursos. Tal
duplicación no tendría éxito en competencia con sistemas que la evitaran, a
menos que hubiera una alta tasa de fracaso de la función cerebral en un
hemisferio que hiciera conveniente instalar un sistema de copias de seguridad
en el otro. Una situación semejante no evolucionaría. La asimetría de la
estructura cerebral refleja la optimalidad ganada por tener unos circuitos
próximos a otros. Buena parte del control del cerebro se ejerce sobre
secuencias de operaciones que tienen que estar coordinadas meticulosamente, y
el esquema asimétrico de la programación del cerebro refleja la necesidad de
asociar el control de los movimientos del cuerpo y los sentidos. Puesto que el
cerebro gobierna el movimiento, pero no tiene que moverse él mismo, puede estar
programado asimétricamente.
Acuerdos
bilaterales. Apreciando curvas
Una
figura con curvas presenta siempre muchos ángulos interesantes.
MAE WEST
Nuestro
gusto por la simetría bilateral parece deber algo a las ventajas evolutivas
ofrecidas en otro tiempo a quienes tenían sensibilidad hacia ella. Influye en
nuestra valoración de la belleza facial en otras personas y define normas
culturales a las que aspiran muchas personas en términos de apariencia
corporal. Pero hay también formas artísticas tradicionales que han explotado
nuestro gusto por la simetría bilateral en su forma más pura. El mejor ejemplo
lo encontramos en la producción de vasijas. La forma de las vasijas es
atractiva para el estudio porque es relativamente sencilla. Si consideramos
vasijas que tienen una simetría rotacional, como en la tradición china,
entonces sólo tenemos que considerar un perfil bidimensional para resaltar lo
que hay en la forma que encontramos atractiva. Es lateralmente simétrica, pero
puede añadirse un número infinito de variaciones al contorno visual de la
vasija que respetan su perfecta simetría izquierda-derecha. Hay una larga
tradición de ver rasgos de la forma humana en las formas de las vasijas, como
si fueran esculturas. Los términos utilizados para describir las partes de una
vasija, la «boca», el «cuello» o el «pie», dan buena fe de ello.
El matemático norteamericano George Birkhoff se interesó durante toda su vida
por la estética. Trató de desarrollar maneras sencillas de cuantificar el
atractivo estético para captar lo que más nos impresionaba en las obras de arte
y ver lo que sucede si creamos obras nuevas que deliberadamente maximicen
dichas «medidas estéticas», como él las llamaba. En 1933 escribió un libro de
gran interés en donde estudiaba cómo algunos aspectos de la apreciación
estética y su búsqueda de «unidad en la diversidad» podían ser captados por
sencillas medidas. En general, para una misma clase de creaciones artísticas
similares, las medidas de Birkhoff tienen la forma de cociente:
Medida
estética = Orden/Complejidad
Figura 3.6. Un típico perfil de vasija clásica.
Éste
es un intento de cuantificar algunas intuiciones simples. Nos gusta el orden y
la simetría, y por ello un aumento en el orden aumenta la medida, pero si
también aparece la complejidad, nuestra estima se reduce. Por supuesto, ésta es
una aproximación muy simplificada tanto al orden como a la complejidad, pero la
pregunta real es cómo se puede definir el orden y la complejidad en esta
fórmula.
En el caso de los perfiles de vasijas vistos en proyección nos enfrentamos a
evaluar una forma bidimensional como la de la Figura 3.6, si ignoramos el color
y la textura. Siempre hay simetría lateral y dos lados curvilíneos con dos
extremos circulares o elípticos (por simplicidad, ignoraremos la posibilidad de
tapas).
Nuestra apreciación estética del perfil de la vasija está influida por varias
características geométricas simples: lugares donde terminan los contornos (la
boca y la base de la vasija), lugares donde la tangente al contorno es
vertical, lugares donde la dirección de la tangente cambia abruptamente (las esquinas),
y puntos de inflexión en la dirección de la tangente donde cambia la curvatura.
Estos puntos especiales en el contorno crean nuestra impresión estética de su
forma simétrica (véase la Figura 3.7).
Figura 3.7. Un contorno de vasija en donde se indican los puntos visuales
críticos. No todos estos puntos tienen que darse, pero los que lo hacen
influyen fuertemente en el impacto estético.
Birkhoff
decidió definir la complejidad, C, de la forma de la vasija como el número de
puntos especiales donde la tangente a su contorno es vertical, tiene
inflexiones, esquinas o puntos extremos. Inspeccionando el posible diseño de la
Figura 3.7, vemos que la complejidad debe estar entre 6 y 20. Calibrar el
orden, O, del perfil es algo más complicado. Birkhoff lo definió como la suma
de cuatro factores:
a. H:
número de relaciones de distancia horizontal que están en una razón de uno a
uno o de dos a uno. Este es siempre menor que cuatro.
b. V:
número de relaciones de distancia vertical independientes que están en razón de
uno a uno o de uno a dos. Éste es siempre menor que cuatro.
c. HV:
número de interrelaciones independientes entre distancias verticales y
horizontales que están en razón uno a uno o de uno a dos. Éste es siempre menor
que dos.
d. T:
número de relaciones perpendiculares y paralelas independientes entre tangentes
más el número de tangentes verticales en puntos extremos e inflexiones y el
número de tangentes características que pasan por un centro adyacente. Éste es
siempre menor que cuatro.
Vemos
así que el orden debe ser siempre menor que 14. La Medida estética, M, se
determina dividiendo el orden por la complejidad, de modo que M = O/C, y nunca
puede ser mayor que 14/6 = 2,333.
De esta manera se analizaron cuatro vasijas clásicas chinas Ming, Sung y Tang:
los números resultantes se muestran al lado de sus perfiles en la Figura 3.8.
Sus valores M son 0,8; 0,625 y dos de 0,583.
Figura 3.8. El Orden (O), Complejidad (C), y Medida estética (M) de
Birkhoff, M = O/C, de cuatro formas de vasija china clásica.
Birkhoff
creó luego algunas formas clásicas experimentales de su propia cosecha con
vista a maximizar la razón de O/C. Éstas se muestran en la Figura 3.9. Tienen
valores M de 1 y 1,08, que son mucho mayores que los de las vasijas reales
mostradas en la Figura 3.8.
Figura 3.9. Tres formas de vasija generadas artificialmente con altas
Medidas estéticas de (a) M = 1.0, (b) M = 1.0, y (c) M = 1.08. Todas éstas
superan los valores de Medida estética encontrados para los perfiles de vasijas
reales mostrados en la Figura 3.8.
Estos
ejemplos no pretenden caracterizar unívocamente el atractivo visual de las
vasijas; éste estaba lejos de ser el objetivo de Birkhoff e incluso más lejos
de ser su conclusión. Más bien, muestra cómo unas consideraciones geométricas
específicas pueden captar algunas de las cosas que nos gustan en las curvas y
los perfiles. La ponderación real de estos elementos atractivos y visuales en
una fórmula es una cuestión totalmente subjetiva.
Birkhoff utilizó esta aproximación para evaluar el atractivo visual de pautas
más simples, en las que sólo aparecen líneas rectas, como las que se utilizan
en los ornamentos embaldosados. En esta situación las medidas de complejidad y
orden son mucho más complicadas y hay muchos más tipos de formas a crear.
Cuanto más restringido está el problema, más significativa es cualquier medida
numérica comparativa de impacto estético, aunque ninguna puede reemplazar
totalmente al gusto individual.
Expresionismo
fractal. El extraño caso de Jack el Goteador
El
amor a la complejidad sin reduccionismo produce arte; el amor a la complejidad
con reduccionismo produce ciencia.
E. O. WILSON
Hemos
visto que los fractales pueblan el mundo natural que nos rodea. Son una
solución ubicua al problema de maximizar la cantidad de superficie que posee un
cuerpo sin aumentar su volumen y peso al mismo tiempo. Los árboles compiten por
luz y humedad, y por ello cuanto mayor es la superficie de las hojas que tienen
en contacto con el aire mejor les irá. La receta fractal para crear abundante
superficie es copiar el plano una y otra vez con un tamaño cada vez más pequeño
(o más grande). La ramificación de un árbol sigue esta receta cuando lo
seguimos del tronco a la sucesión de las ramas y a las puntas de las ramitas
más pequeñas. Cuando el ángulo de ramificación es pequeño terminamos con un
árbol alto y estrecho como un abeto o un álamo, pero cuando el ángulo de
ramificación se hace mayor terminamos con un árbol frondoso como un roble. Como
acabamos de ver, nuestro gusto por los fractales generados matemáticamente debe
mucho a nuestra biofilia por el entorno natural que nos rodea. Los árboles
tienen formas «interesantes» que son estéticamente agradables. ¿Es posible que
la base fractal para estas formas pueda captarse artificialmente de modo que
resuene con el mismo sentido estético innato?
Hay un caso llamativo donde parece que esto ha sucedido. Es especialmente
interesante porque el aspecto fractal sólo fue detectado más de cincuenta años
después de haberse establecido un consenso general de que la obra era
artísticamente convincente. La obra en cuestión es el expresionismo abstracto
de Jackson Pollock. En 1947 Pollock desenrolló un enorme lienzo blanco en el
suelo de su estudio en un granero en el campo y empezó a dejar caer gotas y a
salpicar pintura sobre el mismo. La pintura se vertía en un chorro continuo, de
modo que el resultado fue una red compleja de líneas continuas que trazaban
locas figuras ondulantes de varios colores.
Pollock se ha convertido en un ejemplo de arte abstracto para muchos no
artistas. Uno le ama o le odia. Si le odia, suele pensar que un niño de tres
años puede hacer lo que él hizo y no puede entender por qué sus obras se
valoran hoy en 40 millones de dólares. De hecho, ningún otro artista moderno
alcanza precios tan altos. Pero si uno mira muchas de las obras de Pollock en
la galería al lado de otras obras de expresionismo abstracto, hay algo
diferente en Pollock que no es fácil de captar. Y ciertamente es diferente de
la obra de un niño. Hay una similitud entre una obra y otra pese a diferencias
obvias en las pautas. La obra es abstracta y aparentemente aleatoria, pero
posee una cualidad ordenada. Hay color pero su papel parece secundario. Entre
1947 y 1952, el período de sus mejores trabajos, Pollock solía calificar a sus
cuadros como «orgánicos» en forma, sugiriendo una afinidad con pautas y
complejidades naturales. Veía sus cuadros como ambientes especialmente creados
sin ningún centro de atención, como enormes paisajes privados de símbolos y
signos.
El misterio y atractivo de la obra de Pollock ha sido significativamente
desentrañado por las investigaciones de Richard Taylor sobre su estructura
fractal. Existen muchas películas que muestran a Pollock en acción sobre sus
lienzos, y su técnica pone de manifiesto un orden en medio del caos aparente.
El desarrolla la pauta por capas, que con el tiempo dejan de estar en contacto
con el lienzo, lanzando pintura con jeringas y matraces, o pasando largos palos
sobre el lienzo en movimientos de barrido.
Poco a poco fue dominando aspectos más sofisticados del método, que se basaban
en utilizar pintura de la textura correcta. Tras una primera pauta que servía
de base, Pollock incrementaba el detalle y la complejidad, trabajando a escalas
más pequeñas. Había largos períodos de reflexión durante los cuales trabajaba
en otros cuadros antes de volver a trabajar en los más antiguos. Odiaba la idea
de acabar, y especialmente firmar, sus obras. Era como si eso señalara el fin
de sus vidas. Los lienzos eran a veces estirados o sometidos a bombardeos con
fragmentos pequeños. Para el observador, nada podía parecer más aleatorio.
Taylor, que era al mismo tiempo estudiante de arte y de física, decidió aplicar
un sencillo análisis de reconocimiento de pautas a la obra de Pollock
—afortunadamente no se necesitaban los originales— para descubrir si la
intuición de Pollock estaba imponiendo alguna pauta que pasaba desapercibida
para los críticos de arte tradicionales. El resultado fue bastante
sorprendente. Descubrió que los cuadros de Pollock son fractales casi perfectos
con un rango bien definido de fractalidad que evolucionó durante su carrera. La
estructura fractal significa que estadísticamente los cuadros de Pollock
parecen iguales si se los amplía o si se los reduce de tamaño. Decimos que sus
pautas son «invariantes por escala». No tienen un tamaño definido. Uno no sería
capaz de decir, sólo mirando, si está viendo un Pollock de tamaño real o una
imagen reducida. Si usted compra uno, ¡córtelo en dos mitades y venda una de
ellas!
Superponiendo a una imagen digital de un lienzo de Pollock una serie de
cuadrículas cada vez más finas —como el antiguo papel cuadriculado que se
utilizaba en las clases de aritmética en la escuela— podemos determinar cuántos
cuadrados tienen pintura en ellos y cómo cambia este número a medida que
aumenta la finura de la malla. Esta variación se denomina dimensión fractal.
Varía entre los valores 1 y 2. Si la pauta es muy simple —una línea recta—
entonces el número de cuadrados que tienen pintura en ellos decrecerá como L−1
a medida que aumentamos el tamaño de la malla, L. Por el contrario, una línea
muy retorcida y complicada que cubriera casi toda la superficie mostraría un
cambio en el número de cuadrados cubiertos que decrece como L−2 cuando
aumentamos el tamaño de la malla. El número D que aparece en la potencia L−D es
la dimensión fractal de la pauta. Nos dice cuánta información está contenida en
la pauta. Una pauta de líneas rectas simples tiene D = 1 y es de tipo lineal.
Sin embargo, la pauta complicada, aunque sigue estando generada por una línea,
cubre un área bidimensional como si fuera bidimensional. A diferencia de la medida
geométrica ordinaria de dimensión, ésta tiene la característica de que puede
ser fraccionaria. Entre D = 1 y D = 2 hay toda una gama de pautas de
complejidad intermedia con dimensión fraccionaria (por ejemplo, «fractal»). Se
muestran algunos ejemplos en la Figura 3.10.
Figura 3.10. Pautas con dimensión fractal baja, media y alta.
Los
resultados de las investigaciones de Taylor y sus colaboradores son
sorprendentes. Las 23 obras de Pollock que analizaron seguían la regla L−D de
recuento de cuadrados característica de un fractal. Estos cuadros cubrían el
período completo de su vida activa e incluían obras con una amplia gama de
tamaños. Cuando los examinaron con más detalle, encontraron que hay dos
procesos en curso en la obra de Pollock. Cuando se consideran las dimensiones
más grandes de los lienzos, las películas que le muestran en acción revelan que
está efectivamente arrojando pintura, utilizando los movimientos de su cuerpo
para cubrir el lienzo desde escalas de unos pocos centímetros hasta casi dos
metros. Pero, cuando miramos en escalas más pequeñas, desde milímetros a unos pocos
centímetros, vemos los efectos del proceso de goteo. En consecuencia, en las
dimensiones pequeñas, los índices fractales se acumulan en torno a 1,5 o 1,7,
mientras que en escalas más grandes es de aproximadamente 1,95, lo que refleja
la transición entre los dos comportamientos (véanse las Láminas 22 (a) y (b) y
23 (a) y (b)).
Láminas 22. (a) Polos azules; número 11, 1952, esmalte y pintura de aluminio
sobre lienzo, 210 x 487 cm, pintada por Jackson Pollock en 1952 (The National
Gallery de Australia, Camberra). (b) Después de cubrir una imagen escaneada de
Polos azules; número 11, 1952 con una malla generada por ordenador, Richard
Taylor y sus colaboradores contaron el número de cuadrados, N, en la capa de
aluminio que contenían parte de la pauta como una función del tamaño del
cuadrado L. Estos cuadrados llenos están sombreados en la muestra del recuadro.
Los datos ponen de manifiesto una característica de toda la obra de Pollock:
los 1000 datos son ajustados por dos líneas rectas —una para los datos a gran
escala, la otra para los datos a pequeña escala—. El carácter de línea recta es
indicativo de comporta miento fractal en cada una de estas regiones con una
típica escala de transición, LT, de unos pocos centímetros. Estos dos regímenes
son generados por el uso de dos técnicas diferentes (goteo y barridos
aleatorios) para crear las pautas a pequeña y gran escala.
Lámina 23. (a) Una pintura a gotas de origen desconocido, esmalte sobre
lienzo, 70 x 112 cm. (b) El análisis de la complejidad de la pauta de la capa
de pintura negra en esta pintura anónima realizado por Richard Taylor y sus
colaborado res utilizando el mismo método que para 22(b). A diferencia de un
Pollock verdadero, los datos no quedan bien ajustados por líneas rectas ni en
las escalas pequeñas ni en las grandes, como sería el caso para el
comportamiento fractal sobre dichas distancias. Se han dibujado las dos líneas
continuas que muestran las rectas que mejor se ajustan al comportamiento a
pequeña y gran escala para forzar un empalme y dar una longitud de transición
de Lr = 3 cm.
Estos
estudios revelan que Jackson Pollock había intuido las características de los
fractales mucho antes de que Benoit Mandelbrot atrajera la atención del público
hacia estos objetos matemáticos y les diese su nombre. Los fractales tienen
pautas en todas las escalas y el ojo no es atraído a ninguna particular escala
dominante de pautas estadísticas. Pollock fue extraordinariamente perceptivo en
su identificación visual de este aspecto estadístico a partir de la
experiencia. Si se hace un análisis similar de la pintura sobre el suelo del
estudio de Pollock —las gotas que no cayeron en el lienzo— es reconfortante
descubrir que no siguen una pauta fractal. Las pautas de Pollock no son
casuales.
Las obras de Pollock son fractales con un alto grado de exactitud, tanto que
Taylor y sus colegas han tomado parte en la autentificación de una obra de
Pollock de origen desconocido y en el descarte de otras como Pollocks
auténticos basados en la presencia o ausencia de pautas fractales distintivas y
transiciones entre estructura a pequeña escala y gran escala (véanse las
Láminas 22 (a) (b) y 23 (a) (b)). Hasta ahora, diez cuadros no atribuidos de
colecciones en Estados Unidos han sido analizados con la esperanza (de sus
propietarios) de que pudieran ser auténticos Pollocks. Lamentablemente, ninguno
tiene las firmas fractales de Pollock en escalas pequeñas y grandes.
Superficialmente, estas obras se parecen a las verdaderas. Tienen un colorido y
un estilo rudo que podría ser confundido con el de Pollock. Pero sólo un análisis
fractal se centra en el ingrediente clave de Pollock que revela su auténtico
pedigrí.
Guerra
y paz. Tamaño y cultura
Joe
Gillis: «Usted salía en las películas. Usted era grande».
Norma Desmond: «Yo soy grande. Son las películas las que se han hecho
pequeñas».
CHARLES BRACKETT,
El crepúsculo de los dioses (película, 1950)
Ha
habido muchos intentos de crear fantasías pobladas por gigantes o enanos: el
gigante Desesperación de John Bunyan y los viajes de Gulliver entre los
minúsculos liliputienses y los gigantescos brodingnagianos han entretenido a
lectores durante siglos (Figura 3.11). En tiempos modernos, se les han unido
ejércitos de insectos gigantes y superhéroes que caminan por las páginas de los
cómics que sirvieron de base a un millar de horribles películas de Serie B en
los años cincuenta del siglo pasado. Lamentablemente, estos seres exagerados no
soportan un diseño estructural.
Figura 3.11. Gulliver en Lilliput, por C. E. Brock, 1894.
El
hecho de que la resistencia no cambia al mismo ritmo que el volumen y el peso
significa que si aumentamos la escala del cuerpo humano entero, es muy probable
que se rompa cuando alcance unos 300 kilos de peso. Para soportar un peso mayor
en un estado de movimiento tendría que ser rediseñado —con huesos más cortos y
más anchos, pies más anchos y órganos internos muy diferentes— para
proporcionar la potencia extra necesaria para mover el monstruo.
Evidentemente, nuestro tamaño —y somos las criaturas más grandes que caminan
sobre dos patas— ha influido en muchos aspectos de nuestro desarrollo
tecnológico y social, tanto para bien como para mal. Es posible incluso
argumentar que nuestro tamaño ha sido el factor más importante en nuestro
desarrollo de la tecnología compleja, y las muchas actividades sociales,
culturales y artísticas que derivan de ella. Somos suficientemente grandes, y
con ello suficientemente fuertes, para llevar herramientas que pueden
transferir energía suficiente para romper rocas y deformar metales. Ésta es una
consecuencia de nuestro gran tamaño. A medida que disminuye la escala de una
criatura viva, aunque pueda ser relativamente más fuerte en términos del número
de sus propios pesos corporales que puede levantar, su resistencia absoluta
decrece.
La resistencia de las rocas y los metales está determinada por la intensidad de
las fuerzas electromagnéticas de la Naturaleza y por las masas de protones y
electrones. Cuando el tamaño de una criatura cae por debajo de un nivel
crítico, no será capaz de romper los enlaces moleculares en los materiales
sólidos. Nuestro propio tamaño nos ha permitido cincelar y excavar rocas,
tallar la madera y forjar los metales. Gracias a estos medios, nuestro gran
tamaño nos ha permitido explotar el ambiente de formas que están próximas a las
de los organismos más pequeños. Por supuesto, con el paso del tiempo hemos
desarrollado ayudas artificiales para cortar y dar forma a materiales duros, de
modo que ya no estamos limitados por la resistencia de nuestros cuerpos. Pero
estas sofisticadas capacidades secundarias no pueden aparecer sin el uso
anterior de la fuerza manual. Evidentemente, la evolución de nuestra posición
bípeda única fue importante pues permitió el desarrollo de nuestra destreza
manual. También desempeñó un papel importante en facilitar nuestra movilidad.
No sólo nos da más agilidad, sino que en las primeras etapas del proceso
evolutivo hizo posible que las criaturas se mantuvieran frías en climas cálidos
de forma más eficiente que si hubieran caminado a cuatro patas. Durante las
horas de luz diurna en los trópicos se expone menos superficie para absorber
radiación y, al estar más lejos del suelo, la cabeza (y con ella el cerebro que
contiene) se mantiene significativamente más fría soportada sobre dos patas que
sobre cuatro.
Pero también podemos utilizar dichas herramientas como armas que transfieren
cantidad de movimiento suficiente para matar a otros seres vivos, ya sea para
procuramos alimento, para protegemos o por ninguna razón en absoluto. Una vez
más, resulta que nuestro tamaño es apropiado para matar animales pequeños con
armas sencillas, como piedras o toscas mazas. Nuestra capacidad para asestar
golpes letales a congéneres humanos es también una consecuencia de nuestro
tamaño. El alcance y consecuencias de las acciones violentas, que llevan
finalmente a la guerra, derivan de un nivel concreto de resistencia que varía
de la misma forma que nuestro tamaño. Si nuestro tamaño fuera sólo una cuarta
parte del real, nuestra historia sería de hecho muy diferente.
Nuestra capacidad para utilizar el fuego también está relacionada con nuestro
tamaño. Hay un tamaño mínimo para una llama que arde en el aire, porque la
superficie que encierra un volumen de material ardiente determina el aporte de
oxígeno que puede sostener la combustión. Cuando disminuye el volumen que arde,
la superficie disminuye más rápidamente y el fuego está cada vez más hambriento
de oxígeno. Finalmente se alcanza un límite, de aproximadamente medio
centímetro, por debajo del cual la llama no puede mantenerse. El inicio de la
combustión requiere una temperatura de algunos centenares de grados Celsius. Si
la temperatura cae por debajo de este valor, la llama morirá. Por consiguiente,
el tamaño de la llama debe ser suficientemente grande para mantener la
temperatura de combustión en presencia del aire frío que entra del exterior. Si
la llama es demasiado pequeña, entonces dichas corrientes de aire la enfriarán
lo suficiente para extinguirla. De hecho, sabemos que cualquier llama es vulnerable
a la extinción por fuertes corrientes de aire de este tipo, y por eso
protegemos nuestros primeros intentos cuando encendemos una fogata. Para
mantener las llamas cerca de los límites inferiores de viabilidad, necesitamos
hacer uso de un combustible que sea muy volátil. Se requiere un tipo de gas
(como metano) o líquido inflamable (como parafina o alcohol metílico). Si
quisiéramos mantener un fuego de hojas, carbón, madera o turba, lo que sería el
escenario más realista para una cultura primitiva, el tamaño crítico sería
mucho mayor. Es una agradable coincidencia que los fuegos de carbón, madera o
turba tengan que tener un tamaño, mínimo para mantener la temperatura de
ignición de los materiales bajo las condiciones, atmosféricas típicas, y ese
tamaño mínimo es precisamente el requerido para mantener caliente a un ser
humano en un abrigo natural de tamaño conveniente.
Estas consideraciones ponen una restricción a lo pequeño que se puede ser y
seguir haciendo uso del fuego. Si no hubiera límite al tamaño de una llama que
pueda arder en el aire, entonces las criaturas muy pequeñas podrían utilizar el
fuego para proveerse de calor, empezar a desarrollar tecnologías y cambiar sus
entornos. Pero, puesto que hay una llama mínima, las criaturas muy pequeñas
tienen que enfrentarse a grandes fuegos incontrolables si quieren alimentarlos
con combustible. Su incapacidad para controlar el fuego no es sólo crucial para
impedirles desarrollar diversas formas de tecnología; también puede limitar su
diversidad. No pueden dispersarse a regiones en donde las fluctuaciones
climáticas sean grandes, no pueden poblar regiones en las que la temperatura
media sea muy baja, y sus actividades están restringidas a las horas diurnas si
sus sensores receptores de luz responden solamente a la luz visible.
El uso del fuego por los seres humanos es universal. Encontramos pruebas del
uso sistemático del fuego hace cien mil años, y de la explotación de los fuegos
naturales hace casi un millón y medio de años. Su mayor ventaja es la
posibilidad de hacer una barbacoa. La cocción hace que el alimento sea más
fácil de consumir y digerir, mata bacterias nocivas y permite que la comida se
conserve durante más tiempo. Estos factores gastronómicos sirven para ampliar
la gama de alimentos disponibles para los humanos que hacen fuego, mejorar su
salud y reducir el espacio en el que necesitan buscar presas apetitosas.
Cocinar estimula también la aparición de un sentido del gusto selectivo. La
carne puede cocinarse de varias maneras; su gusto difiere del de la carne no
cocinada[18]. Los matices
del gusto que crea la cocina, y la división del trabajo que implica, han
desempeñado claramente un papel en la evolución social humana. Sólo los
homínidos practicaban la cocina y, a diferencia de otros animales, nosotros nos
molestamos en hacer que la comida parezca agradable además de tener buen gusto.
Así pues, la capacidad de hacer y controlar el fuego abre otros caminos
evolutivos a una especie. Altera la gama de alimentos que puede explotar y los
beneficios nutricionales a ganar de ellos. Aumenta la longitud de la vigilia,
proporciona seguridad contra los predadores y proporciona un medio de limpiar
la tierra y ahuyentar animales. También se ha sugerido que la transición a una
dieta de alta calidad, con comida fácilmente digerible, que propició la cocción
puede haber desempeñado un papel en la rápida evolución del cerebro. El cuerpo
humano manifiesta dos anomalías con respecto a su tamaño global: el cerebro
humano es relativamente grande mientras que el estómago humano es muy pequeño.
Lo último es una señal de que la dieta humana no requería enormes capacidades
digestivas. De este modo, quedaba energía disponible para reforzar la costosa
expansión del cerebro. Esto quizá no hubiera sido posible si se hubiesen
requerido grandes cantidades de energía para la digestión.
Uno de los desarrollos más importantes en la historia humana fue la innovación
de la palabra escrita, junto con el uso del papiro, el papel y otros materiales
ligeros para su representación y almacenamiento. Para hacer uso de materiales
como el papel, es necesario ser grande. Las criaturas pequeñas como las moscas
y los lagartos explotan las fuerzas adhesivas entre moléculas porque estas
fuerzas de superficie son más fuertes que la gravedad sobre áreas muy pequeñas.
Las criaturas más grandes no pueden utilizar fuerzas de superficie adhesivas
para vencer la gravedad porque sus pesos son demasiado grandes. Pero esas
mismas fuerzas de superficie que ayudan a las criaturas minúsculas a desafiar
la gravedad hacen que no puedan manipular superficies. Uno no puede volver las
páginas de un libro por pequeñas que sean si se le pegan las superficies de las
páginas. Por supuesto, también pueden idearse estrategias que podrían
utilizarse hoy para superar este problema (cubrir las páginas con algún
detergente transparente especial que reduzca espectacularmente la adhesión
superficial, de la misma forma que un detergente para lavar hace que la grasa
no se pegue a los platos). Pero tal situación compleja no se produciría
espontáneamente, ni existiría como primer paso en el desarrollo de los medios
de registro de información.
La existencia de fuerzas superficiales es la razón por la que hay una abrupta
división entre el comportamiento de los seres vivos por encima y por debajo de
una dimensión de unos pocos milímetros. Por encima de esta divisoria, la
gravedad domina, mantiene nuestros pies firmemente en el suelo y, en
definitiva, pone un límite a lo grande que podemos hacernos. Por debajo de
dicha escala, la vida está dominada por la presencia de fuerzas adhesivas que
pegan las superficies y superan a la fuerza de la gravedad (Figura 3.12). En la
vecindad de la línea divisoria, los equilibrios que son posibles entre gravedad
y fuerzas adhesivas dan lugar a una enorme profusión de seres vivos.
Esta región ofrece una sorprendente diversidad de posibilidades de
supervivencia y nichos evolutivos que no están sometidos a presión. Ya decida
uno caminar sobre el agua, por el techo o cabalgar sobre la piel de otros
animales, todos esos estilos de vida sólo son posibles allí donde las
adhesividades intermoleculares pueden igualar a la intensidad de la gravedad.
Figura 3.12. Variaciones en energía de movimiento, intensidad de adherencia
superficial y peso con el tamaño medio: La escala donde las tres intensidades
coinciden está densamente poblada por organismos minúsculos.
Sin
embargo, no todo son ventajas en este mundo submilimétrico. Las ruedas son
menos que útiles: sus superficies sentirían la atracción de las fuerzas
superficiales y rodarían como si hubiera frenos continuamente. No serían
adaptativas[19].
Lejos
del mundanal ruido. El tamaño de las poblaciones
Los
mansos heredarán la Tierra.
SAN MATEO
El
tamaño es una clave para la supervivencia. Los animales pequeños son comunes;
los grandes, especialmente los predadores feroces, son raros. Y si examinamos
ecosistemas particulares, encontramos que los tamaños de los animales no varían
continuamente sobre todas las posibilidades. Parecen acumularse alrededor de
escalones definidos en una escala de tamaños creciente. Esta estratificación
refleja la naturaleza predadora de la existencia animal: se ha alcanzado un
equilibrio en el que, hablando en general, cada criatura encaja en la boca de
una criatura más grande, y se alimenta de otras suficientemente pequeñas para
que encajen en la suya. La misma pauta de abundancia creciente con el tamaño
decreciente se encuentra a lo largo de todo el mundo viviente hasta que los
organismos se hacen tan pequeños que sería necesario un rediseño estructural
para que evolucionasen en la dirección de tamaños aún más pequeños (Figura
3.13).
Figura 3.13. Censo de especies terrestres versus tamaño.
De
entrada se podría pensar que esta tendencia descendente en la abundancia de
criaturas más grandes es totalmente geométrica. Debe haber criaturas más
pequeñas antes que criaturas más grandes, simplemente porque se pueden hacer
más cosas pequeñas que cosas más grandes con la misma cantidad de tejido vivo.
Pero ésta no es una explicación suficiente. Si miramos cómo está invertida la
biomasa total en la Naturaleza a lo largo del espectro de tamaños de los seres
vivos, descubrimos que la tendencia «lo pequeño es mejor» se hace todavía más
impresionante (Figura 3.14).
Figura 3.14. Composición de la biosfera. La masa total de materia viva se
estima en 1841 petagramos (donde un petagramo = 1015 gramos es
aproximadamente igual a la masa de un kilómetro cúbico de agua). De dicho
total, sólo 4 Pg se encuentra en los océanos, pese al hecho de que cubren dos
tercios de la superficie de la Tierra; el resto se encuentra sobre tierra. Se
divide entre animales, insectos y plantas en las cantidades mostradas. Se
estima que hay más de 1,2 millones de especies de criaturas vivas (excluyendo
al menos 100 000 microorganismos) de las cuales al menos 800 000 son insectos.
Como puede verse, la biomasa está totalmente dominada por árboles (97,3 por
100) y la masa de la humanidad es despreciable (0,01 por 100) comparada con la
de otros animales e insectos.
La
estrategia inversora de la selección natural consiste en poner sus recursos en
los cuerpos de las plantas y en animales pequeños antes que en los grandes.
Parece que el Todopoderoso, en palabras de J. B.S. Haldane, «ha tenido un gusto
desmedido por los escarabajos».
Ya hemos visto que las intensidades intrínsecas de las fuerzas de la Naturaleza
determinan los tamaños máximos hasta los que pueden crecer los seres vivos en
la superficie de un planeta que soporte la vida. Pero ¿por qué el planeta no
está lleno de criaturas grandes que exploten al máximo ese límite superior de
tamaño? ¿Qué es lo que determina cuánto pueden acercarse al límite y en qué
cantidad es probable que lo hagan?
Una restricción la proporciona la ubicua segunda ley de la termodinámica. Ésta,
recordará el lector, es la expresión científica de la experiencia familiar de
que las cosas tienden a ir de lo malo a lo peor. Afirma que, en un entorno
cerrado, el desorden nunca puede disminuir. La razón para esta calle de
dirección única es simplemente que hay muchas más maneras en las que un sistema
puede evolucionar de orden a desorden, antes que a la inversa, y por ello es
aplastantemente probable que los sistemas en conjunto tiendan a hacerse cada
vez más desordenados.
La energía no puede crearse ni destruirse, pero inevitablemente se degrada a
formas cada vez menos útiles. Si uno inicia un proceso industrial en el que el
producto de una etapa se utiliza para alimentar la siguiente, entonces la razón
de producción de energía utilizable a energía entrante decrecerá en cada paso
sucesivo. Las máquinas de movimiento perpetuo son imposibles. En la práctica,
podemos romper el ciclo de degradación inyectando una energía altamente
ordenada (como potencia eléctrica) en alguna etapa del proceso, pero eso
significa que el sistema en consideración ya no es cerrado. Estas restricciones
termodinámicas se aplican con la misma fuerza a la energética del mundo
viviente. Podemos considerar la biosfera como una línea de producción en la que
una enorme abundancia de plantas es comida por insectos, que a su vez son
consumidos por otros más grandes, que son presa de animales pequeños, que
proporcionan el almuerzo para otros más grandes, y así sucesivamente. En cada
nivel de esta pirámide, la energía de los alimentos disponible se divide en
excrementos, mantenimiento de los procesos vivos y producción de descendencia.
Sólo una fracción de la energía que entra en un nivel de la cadena alimenticia
queda para los predadores que se alimentan de ella. Cada nivel de la cadena alimenticia
actúa como un mezquino avaricioso: toma su ración de los recursos energéticos
que recibe antes de transmitirlos. Cuando subimos por la pirámide, y entramos
en el dominio de los predadores más grandes, no quedan demasiadas calorías. La
segunda ley de la termodinámica está degradando la energía en cada eslabón de
la cadena alimenticia. Vemos así que las criaturas mayores se enfrentan con el
final de una cuña cada vez más estrecha (Figura 3.15).
Los animales grandes en la cima de la cadena alimenticia están utilizando
solamente una pequeña fracción de la energía alimenticia que hay por debajo de
ellos en la cadena, y por eso no pueden ser tan abundantes como sus presas más
pequeñas. Las cantidades relativas de animales de diferentes tamaños reflejan
la pequeña fracción de la energía alimenticia a la que tienen acceso en el
eslabón de la cadena que hay inmediatamente debajo de ellos. Además, vemos que
las especies mayores están pilladas entre dos fuegos porque, a medida que las
especies se hacen más grandes, tienen que alimentarse de criaturas cada vez más
feroces, o más ágiles, sólo un poco más pequeñas que ellas. Para atraparlas,
necesitan hacer una fuerte inversión de sus escasos recursos en armas ofensivas
y deben practicar un comportamiento más energético. Un guepardo puede ser
rápido, pero vive muy cerca de la bancarrota energética porque sus
persecuciones a alta velocidad son muchas veces infructuosas y derrochan
enormes cantidades de energía.
Figura 3.15. La pirámide de la cadena alimenticia de un entorno particular.
En la base están las especies de vida vegetal que obtienen energía a partir de
fotosíntesis. Su valor calorífico es explotado por criaturas herbívoras, que a
su vez son devoradas por carnívoros de tamaño y ferocidad crecientes. Datos
recogidos por H. T. Odum en Silversprings, Florida.
Vemos
así por qué habrá un límite superior para los tamaños de los predadores. Los
dragones se enfrentan a una ley de rendimientos decrecientes. Los recursos
alimenticios disponibles para ellos disminuyen finalmente hasta estar por
debajo de los requeridos para mantenerlos. Por esta razón, la abundancia de
especies diferentes decrece cuando su tamaño aumenta: su cantidad está
determinada por el número de calorías alimenticias disponibles para ellos en su
nivel de la cadena alimenticia. Las excepciones a este argumento general son
pocas y reflejan la adopción de una estrategia inusual que puentea niveles de
la cadena alimenticia. Los elefantes y los pandas gigantes se alimentan de
plantas, y con ello prescinden de intermediarios en forma de pequeños animales.
Incluso así, los pandas pasan la mayor parte de sus horas de vigilia comiendo
simplemente para sobrevivir. Su fuente de alimento es el bambú, que es único en
su hábitat porque está disponible todo el año. Es interesante que los pandas
tienen dientes de carnívoros, y quizá en otro tiempo hayan sido comedores de
carne u omnívoros que sólo sobrevivieron adoptando una estrategia consistente
en comer plantas en la base de la cadena alimenticia. Las grandes ballenas
también se alimentan en el fondo de la cadena alimenticia, pero por medios que
no están disponibles para las criaturas que se mueven sobre la tierra.
Filtrando enormes volúmenes de agua, pueden extraer grandes cantidades de krill
y gambas sin gastar mucha energía en la caza, y tampoco gastan energía para
escapar de los predadores naturales. Su único enemigo es el hombre. Su
suministro de alimento también muestra una enorme abundancia y se recupera con
mucha rapidez. Algunos autores, como Paul Colinvaux y Beverly Halstead, han
afirmado que los dinosaurios de ferocidad legendaria, como el Tyrannosaurus
rex, vivían en realidad vidas relativamente inactivas para conservar preciosas
calorías alimenticias. Evitaban gastar su energía en la caza de presas ágiles y
centraban su atención en animales incapacitados y carroña. Con el tiempo,
salieron perdiendo frente a criaturas más pequeñas y más rápidas, que eran
mucho más eficientes limpiando estas presas fáciles. Estos argumentos parecen
débiles. Los dinosaurios como el Tyrannosaurus rex no tienen el diseño biomecánico
de los perezosos que se mueven pesadamente; en su lugar, parecen equipados para
correr a velocidades de hasta 65 kilómetros por hora y andar hasta 16
kilómetros por hora. Tampoco sus enormes dientes y mandíbulas parecen el punto
final de una adaptación a una existencia carroñera. Parecían carnívoros, y si
esos equipamientos del estilo de vida carnívoro hubieran dejado de ayudar a la
supervivencia y la fecundidad, habrían tenido tiempo de sobra para perderlos
durante su largo período de adaptación exitosa al entorno —una adaptación que
sólo parece haber fallado cuando se tuvieron que enfrentar a un drástico cambio
medioambiental que acabó con la mayoría de los seres vivos—. Hay otras
posibilidades que podrían servir para explicar el hecho enigmático de que,
cuando terminó la era de los dinosaurios gigantes, éstos nunca fueron sucedidos
por mamíferos carnívoros de un tamaño similar. Quizá ser más grande y más fiero
se hizo termodinámicamente imposible en la nueva situación en la que había
cambiado el espectro de criaturas más pequeñas.
Independientemente de los dinosaurios, nuestro argumento termodinámico general
muestra por qué las calorías se hacen cada vez más escasas a medida que se sube
por la cadena alimenticia. Finalmente, las calorías alimenticias disponibles
caerán por debajo del nivel de subsistencia para el modo de vida necesario para
reunirías. Por ello, el tamaño de los carnívoros más grandes dependerá del
porcentaje que extrae cada predador de la cadena alimenticia y de la cantidad
total disponible en la base de la cadena. Las eficiencias de extracción no
cambian mucho cuando se sube por la cadena, y están determinadas en definitiva
por aspectos invariantes de la bioquímica. El factor dominante es la cantidad
de energía útil disponible en las plantas en la base de la pirámide. Esto fija
el máximo al que pueden estirarse las reservas de energía utilizable.
La piedra fundamental de toda la pirámide de la vida es la cantidad de energía
solar disponible en la superficie de la Tierra, combinada con la eficiencia con
la que puede incorporarse en las plantas por el proceso de fotosíntesis. Este
proceso es en promedio muy poco eficiente. Sólo alrededor de un 1 por 100 de la
energía solar entrante es utilizada para producir azúcares en las plantas.
Las razones para esta poca eficiencia —veinte o treinta veces menor que las
buenas máquinas hechas por el hombre— son diversas. Sólo una fracción de los
rayos solares cae en bandas de longitud de onda suficientemente energéticas
para desencadenar reacciones fotoquímicas. El resto no hace más que calentar
ligeramente las superficies de las plantas. Los niveles de intensidad en las
diversas bandas de onda recibidas por las plantas terrestres están determinados
por la astrofísica interna del Sol y por su distancia a la Tierra. Pero el
eslabón débil en la cadena de la fotosíntesis, que es responsable del uso
ineficiente de la energía solar por las plantas, es la falta de la materia
prima que utiliza la fotosíntesis para hacer azúcares alimenticios: el dióxido
de carbono. Sólo un 0,03 por 100 de nuestra atmósfera terrestre está en forma
de dióxido de carbono. Este es el cuello de botella que impide que entre más
energía solar en la cadena alimenticia. Incluso si aumentara enormemente la
intensidad de la luz solar, la eficiencia de la producción de azúcar apenas
cambiaría, porque no hay suficiente dióxido de carbono para explotar la luz
solar extra[20].
Así pues, debido a la escasez de dióxido de carbono, la energía alimenticia
total disponible en la base de la cadena alimenticia para que los predadores
tomen una rebanada en la parte superior de cada nivel es sólo de un 1 por 100
de la energía solar total que cae en la superficie de la Tierra. En definitiva,
el tamaño máximo de los predadores, y su rareza, es un reflejo de la escasez
del dióxido de carbono en la atmósfera de la Tierra.
Estas consideraciones revelan algo más que la razón por la que los animales
grandes son más raros que los pequeños. La necesidad de los animales de extraer
alimento de su entorno, alimentándose de otros más pequeños, asegura que los
animales grandes también necesitan cazar y pastar sobre un espacio muy amplio.
Como resultado, cabría esperar que la densidad de población de animales
decrezca con su tamaño, y así lo hace realmente, como puede verse en la Figura
3.16.
Figura 3.16. Densidad de población de criaturas vivas de diferentes tamaños.
Si
examinamos la distribución reciente de grandes animales carnívoros, encontramos
que cubrían continentes enteros (y a veces más de un continente) antes de que
la intervención humana se convirtiera en un serio peligro para ellos (véase la
Tabla 3.1).
|
TABLA3.1. |
|
|
León (Panthera leo) |
De Balcanes y Arabia a la India central, casi toda África |
|
Tigre (P. tigris) |
Gran parte de Eurasia |
|
Leopardo (P. pardus) |
Gran parte de África y Eurasia |
|
Jaguar (P. onça) |
De sur de Estados Unidos a norte de Argentina |
|
Leopardo de las nieves (P. uncia) |
Areas montañosas desde Afganistán al lago Baikal y este
delTibet |
|
Guepardo (Acinonix jubatus) |
De Oriente Medio a la India central, África excepto el
Saharacentral y las selvas tropicales |
|
Puma (C. latrans) |
De casi toda América del Norte al sur de Chile y Patagonia |
|
Hiena moteada (Crocuta crocuta) |
África subsahariana excepto en selvas tropicales |
|
Lobo gris (Canis lupus) |
Casi toda Eurasia y América del Norte |
|
Perro cazador (Lycaon pictus) |
Casi toda África |
|
Oso negro asiático (Ursus thibeianus) |
Casi toda Asia central y oriental |
|
Oso negro americano (U. americanus) |
Casi toda América del Norte |
|
Oso pardo (U. arctos) |
Casi toda Eurasia (excepto las regiones tropicales), nortede
África, casi toda América del Norte |
|
Oso polar (U. maritimus) |
Eurasia ártica y América del Norte |
Esta tendencia demográfica crea otro problema para los animales grandes:
necesitan estar muy dispersos para que haya suficientes presas para satisfacer
las necesidades energéticas de cada uno, pero si los miembros de una especie
están muy dispersos, no encontrarán parejas potenciales con la frecuencia
suficiente para mantener un nivel de población viable. Puesto que los animales
grandes tienden a tener camadas pequeñas y dedican largos períodos de tiempo a
alimentar a sus crías hasta la edad fértil, están doblemente sometidos a las
presiones de las bajas densidades de población. En islas, o en masas de tierra
continental, donde los límites de los terrenos de caza disponibles pueden estar
impuestos por lagos o cadenas montañosas, es probable que la rareza de los
grandes, predadores sea exacerbada por las restricciones contrapuestas que
imponen la necesidad de oportunidades de cría adecuadas y la de suministros
alimenticios suficientes. Ambas se combinan para hacer que la supervivencia de
los animales grandes sea bastante precaria.
Aumentar el tamaño conduce también a inflexibilidad y sobrespecialización.
Aunque el tamaño grande protege acertadamente a los organismos de cambios
pequeños en su ambiente, los pone en riesgo de otros mayores. Cuando llega el
desastre, necesitan un tiempo más largo para recuperarse debido a sus camadas
pequeñas y al hecho de que el tiempo de reproducción sexual aumenta con el
tamaño del animal (Figura 3.17).
Figura
3.17. Variación con el tamaño corporal del tiempo requerido para producir una
primera camada.
Su
largo ciclo reproductivo significa que las criaturas grandes cambian más
lentamente que las pequeñas, porque los cambios genéticos sólo pueden ocurrir
durante la etapa unicelular del ciclo vital. Se necesitan cambios mucho más
pequeños para producir un efecto apreciable en un animal grande. A medida que
vamos del Ecuador a los polos, vemos que la diversidad animal decrece con la
predecibilidad del clima. Los cambios estacionales se hacen más severos y
abruptos; la rápida congelación y el rápido deshielo del agua se hacen
habituales y erráticos, igual que sucede a medida que subimos a una montaña. Al
pie de las montañas, la vida sigue siendo relativamente diversa pero, cuando
ascendemos, la creciente severidad e impredecibilidad de los cambios de temperatura
lleva a una variedad cada vez menor. En general, los entornos cambiantes o
peligrosos favorecen a los organismos que producen mucha descendencia y tienen
tiempos de generación cortos. Por el contrario, los ambientes benignos
favorecen a los organismos con poca descendencia y largos tiempos de
generación, cuyas crías pueden situarse en nichos ecológicos favorables para
cuya explotación están bien equipadas. La relativa vulnerabilidad de los
animales grandes frente a los caprichos de un entorno rápidamente cambiante
significa que es muy probable que las criaturas más pequeñas tiendan a
sobrevivir a las revoluciones climáticas. En consecuencia, ellas dictan el
ritmo subyacente del cambio evolutivo. La pauta para los predadores grandes se
muestra en la Figura 3.18.
Figura 3.18. Número de grandes predadores existentes y extinguidos versus
peso corporal.
Volvamos
al enigma de por qué los dinosaurios grandes no fueron seguidos por mamíferos
carnívoros igualmente grandes. Podríamos apelar a las presiones contrapuestas
—suministros de alimento escasos y necesidad de mantener densidades de
población en un nivel suficientemente alto para la reproducción— como un límite
para la evolución de esos grandes mamíferos comedores de carne, y podríamos
buscar alguna peculiaridad de los dinosaurios que les permitiera evitar toda la
fuerza de dichos límites. ¿Tenían quizá unas recuperaciones de población mucho
más rápidas y unos sistemas digestivos más eficientes que los mamíferos
grandes? ¿Podían quizá los dinosaurios jóvenes comer una amplia variedad de
animales pequeños e insectos grandes, lo que ampliaría su acceso a los niveles
más bajos de la cadena alimenticia? Esto les distinguiría de los carnívoros
actuales, cuyas crías comen la misma dieta que sus padres. Otra posibilidad es
que los dinosaurios tuvieran muchas más crías de lo que cabría esperar
extrapolando a partir de lo que sabemos de los mamíferos grandes. Sabemos que
el número de crías producidas en cada camada por los animales terrestres
contemporáneos decrece con el tamaño del cuerpo, pero las grandes aves que
anidan en el suelo no siguen esta tendencia. Los tamaños de sus polladas no
varían de forma significativa con el tamaño del cuerpo. Como resultado, las
aves tienen un potencial mucho mayor para el éxito reproductivo que los
mamíferos de tamaño similar. ¿Podrían haber seguido la misma tendencia los dinosaurios
comedores de carne? Como alternativa se ha sugerido que su metabolismo era más
eficiente que el de los mamíferos, lo que les permitía hacer mejor uso de sus
suministros de alimento. En algunos emplazamientos fósiles, el abanico de
restos óseos encontrados en hábitats de dinosaurios sugiere que sus necesidades
alimenticias pueden haber sido considerablemente menores que las de los
mamíferos grandes. Aunque cualquiera de estos factores podría ser suficiente
para explicar la preponderancia de dinosaurios grandes comparados con los
mamíferos, también es posible que todos ellos se combinaran de maneras
complicadas para vaciar las escalas, de manera que permitieran a los
dinosaurios continuar su precaria existencia hasta que importantes cambios
medioambientales intervinieran para eliminarlos. La cuestión está lejos de
zanjarse.
De todas formas, a pesar de todos estos problemas de ser grande, el único lugar
donde siempre hay espacio para la evolución de la novedad es en la parte alta
del espectro de tamaños. Sólo haciéndose más grande que los animales más
grandes existentes puede uno entrar en un nicho que no esté ya habitado por
competidores. Si uno evoluciona hacia un tamaño más pequeño, entra en un nicho
donde debe alimentarse de criaturas más pequeñas que las que le servían de
alimento en el pasado. Para empeorar las cosas, uno se enfrenta a una fuerte
competencia con los que ya están adaptados a dicho nicho.
Les
liaisons dangereuses. Complejidad, movilidad y evolución cultural
La
mente del hombre es capaz de cualquier cosa, porque todo está en ella: todo el
pasado tanto como todo el futuro.
JOSEPH CONRAD
Hemos
aprendido que cuando exploramos el espectro de tamaños de los seres vivos, el
número de especies que encontramos decrece conforme crece el tamaño. Pero esta
disminución de la diversidad se compensa con un crecimiento en la complejidad
de estas especies cuando crece su tamaño (Figura 3.19).
Figura 3.19. Pauta de la variación en complejidad con el tamaño de los
organismos. La complejidad interna está medida por el número de tipos de
células presentes en el organismo, y la complejidad externa por el número de
especies diferentes.
Pasando
de los pequeños organismos a los grandes, encontramos un incremento continuo en
el número de tipos de células diferentes que están presentes en sus cuerpos —un
reflejo de la subdivisión gradual de función que va asociada con la evolución
de la complejidad organizada.
Puesto que estos diferentes tipos de células son aproximadamente del mismo
tamaño, el tamaño total de un organismo está controlado por el número total de
células. Uniéndose en gran número, las células evitan la competencia con otros
organismos pequeños. Exploran un nicho nuevo, que a menudo ofrece la mejor
estrategia para transmitir su información genética al futuro. El paso de seres
vivos pequeños a seres grandes revela una gradual transferencia de diversidad
desde el dominio de las apariencias externas —el abanico de especies diferentes
que existen— a la constitución interna de un número menor de especies.
Esta correlación entre tamaño y complejidad sugiere que la selección evolutiva
a favor de una de ellas conduce a un incremento en la otra.
No se sabe si hay un límite al número de células que podrían formar un
organismo que funcione. Probablemente lo hay, aunque sólo sea por las
restricciones impuestas por la necesidad de mantener el equilibrio térmico y la
conectividad entre partes del organismo. Para ver por qué, consideremos el
problema de construir un «cerebro» artificial y preguntémonos si hay límites a
su tamaño y capacidades. Al principio, uno podría pensar que cuanto más grande
sea el cerebro, mejor. Pero parémonos a pensar en lo que hacen los computadores
y en lo que nosotros hacemos cuando pensamos en lo que ellos hacen. Cada paso
computacional procesa información, trabaja y produce calor residual
—precisamente como exige la segunda ley de la termodinámica—. Si construimos un
cerebro artificial cada vez mayor, el volumen de sus circuitos crecerá más
rápidamente que el área de la superficie que lo encierra y a través de la cual
puede irradiarse el calor residual. Volvemos a nuestro viejo dilema: la
competición entre volumen y área. Si todo se escala simplemente en tamaño, el
«cerebro» acabará por sobrecalentarse y fundirse. Para superar este problema,
podríamos seguir el ejemplo del libro de la Naturaleza y dar al computador una
estructura de superficie corrugada fractal, para aumentar su área con relación
a su volumen[21].
Sin embargo, hay también un precio que pagar por esta estrategia. Mantener
todas las partes del ordenador cerca de una superficie irregular interconectada
requerirá unos circuitos de mucha mayor longitud. Esto significa que el
computador operará más lentamente. Se necesitará más tiempo para coordinar
señales enviadas desde una parte de la superficie a otra. Parece haber un
compromiso entre aumento de volumen, potencia de computación, refrigeración de
superficie y velocidad de procesamiento. ¿Hay quizá un límite final a lo
grande, o lo potente, que puede ser un computador? Por ahora no lo sabemos.
Análogamente, si buscamos tamaños pequeños, hay evidentemente un número mínimo
de células para que un ser vivo funcione o responda a las presiones de la
solución natural. En nuestro experimento mental de construir un cerebro
artificial, encontraríamos que la frecuencia de pulsación del procesador
central tendría que aumentar si se contrajera el tamaño, para mantener la
potencia requerida. Ahora bien, la superficie tendría que ser lo más esférica
posible, o estar muy bien aislada, para minimizar las pérdidas de potencia al
exterior. Con el tiempo intervendrían las tensiones impuestas por el procesador
(o, más probablemente, los efectos físicos relacionados con interacciones de
corto alcance por otras fuerzas de la Naturaleza). Este mismo efecto limita la
pequeñez de animales y aves. Sus pulsos aumentan cuando disminuye el tamaño, y
cualquier ave significativamente más pequeña que los más pequeños colibríes se
haría anatómicamente imposible debido al pulso enormemente rápido que sería
necesario para mantener su temperatura corporal.
Cadena
de noticias. Ramificación
Todas
las grandes verdades son verdades obvias. Pero no todas las verdades obvias son
grandes verdades.
ALDOUS HUXLEY
En
años recientes ha habido un renovado interés por las formas en que muchos
atributos de los organismos vivos varían con su masa, M. El enigma principal lo
constituía la aparición de potencias un cuarto en las relaciones de escala. Por
ejemplo, encontramos que las tasas de metabolismo celular son proporcionales a
M1/4, el tiempo de vida es proporcional a M1/4, y la tasa metabólica del
organismo entero es proporcional a M3/4.
Hay bastante más de un centenar de «leyes» de escala observadas que tienen
potencias múltiplos de 1/4. El enigma, está en que si uno hubiera tratado de
predecir estas relaciones antes de ver los datos, habría esperado que la
potencia ubicua fuera 1/3 en lugar de 1/4. En efecto, uno espera que estas
relaciones se escalen con el tamaño, que es proporcional a M1/3, pues la masa
es igual al producto de la densidad por el volumen, y la densidad de la materia
viva es constante. Es como si la Naturaleza estuviera operando realmente en un
mundo tetradimensional en lugar de uno tridimensional.
Geoffrey West, James Brown y Brian Enquist propusieron por primera vez que
todas estas leyes de escala podían explicarse si supusiéramos que los
organismos vivos eran redes fractales que distribuían los recursos de un modo
óptimo desde su escala más grande a su escala más pequeña (dictada por el
tamaño capilar, que es el mismo en todos los organismos, independientemente del
tamaño), de manera que se maximice el área a través de la que pueden absorber y
liberar nutrientes y se minimice el tiempo necesario para transportarlos por el
organismo. La red fractal produce la eficiencia que obtendríamos añadiendo una
dimensión extra al espacio. Si trazamos una línea recta en una hoja de papel,
sólo cubre un camino unidimensional. Pero tracemos una línea en zigzag en toda
la página y la línea unidimensional puede cubrir casi un área bidimensional
entera. La línea en zigzag se comporta como si fuera una superficie. Éste es el
efecto de la red fractal en los seres vivos. Esta simple consideración explica
la ubicuidad de las potencias 1/4 en todas las leyes de escala biológicas.
A pesar del éxito de estas sencillas consideraciones ha habido otros que creen
que las redes fractales no son una parte necesaria del argumento. Jayanth
Banavar, Amos Maritan y Andrea Rinaldo argumentaron que las reglas de potencia
1/4 se siguen de un modelo más simple en el que los recursos de cualquier tipo
fluyen desde una fuente hacia una variedad de puntos. Argumentan que cualquier
red para distribuir nutrientes tiene una longitud de circulación L que sirve a
aproximadamente a L3 lugares donde se utilizan los nutrientes. Cualquier
nutriente pasaría por L de dichos lugares en el camino hasta el punto de uso
final.
Figura 3.20. Incremento de la tasa metabólica con la potencia 3/4 de la masa
corporal para una amplia gama de tamaños animales.
De
modo que el total de nutrientes en el sistema en cualquier instante determinado
debe estar dado aproximadamente por el número de destinos finales multiplicado
por el número de paradas en el camino, que es proporcional a L4 y no a L3.
Por el momento, estos dos sencillos argumentos dan la misma conclusión
bienvenida, pero están basados en modelos diferentes del organismo.
El modelo del flujo de recursos no necesita suponer estructura fractal, pero
supone implícitamente que la red interna del organismo llena su volumen de
forma tan eficiente que tiene efectivamente un volumen interno
tetradimensional, exactamente igual que los fractales de West y sus
colaboradores. Probablemente queda todavía un paso final que dar en este debate
para clarificar la relación entre estos dos argumentos o subsumirlos en algo
que sea ligeramente más general.
Los
mediadores. Pasando el tiempo con el señor intermedio
La
seriedad de ser importante[22].
El pequeño libro del estrés
Entre
los seres vivos más pequeños y los más grandes entramos en un mundo de
complejidad creciente. Conforme los organismos se hacen más complejos, se basan
en formas cada vez más delicadas de enlace intermolecular y en configuraciones
moleculares más complicadas. La inversión de recursos en una sola colección muy
numerosa de células interrelacionadas, en lugar de en muchos organismos
pequeños e independientes de unas pocas células cada uno, sería un experimento
evolutivo de corta vida si los complejos grandes corrieran invariablemente un
peligro mayor ante las fluctuaciones que los pequeños. Por fortuna, lo cierto
es lo contrario. Una ventaja de estar compuesto de un número muy grande de
componentes es que las fluctuaciones aleatorias en su distribución y
funcionamiento decrecen en proporción inversa a la raíz cuadrada del número de
componentes. Si el sistema es demasiado pequeño, sufrirá fluctuaciones
relativamente grandes y probablemente caerá víctima de una fatal falta de
fidelidad en sus programas de copia genética. Sólo si supera esta restricción
tendrá la oportunidad de desarrollar formas más altas de complejidad que
incluyen (como nuestros cuerpos y algunos programas informáticos) sistemas para
corregir errores de copiado genético. Por supuesto, la inversión de unos
recursos escasos sólo es rentable si se hace en tipos concretos de reparación y
corrección de errores. Mientras que los recursos utilizados para sanar pequeños
cortes y heridas están bien invertidos —evitando el riesgo de infección fatal
en una edad temprana, antes de que se haya tenido descendencia— no sucede lo
mismo con los repuestos que regeneran extremidades amputadas.
Si examinamos cómo varía el tamaño cerebral de diferentes especies de criaturas
vivas (no miembros diferentes de la misma especie) con sus tamaños corporales,
encontramos que hay una relación directa, como se muestra en la Figura 3.21.
La pendiente exacta de la gráfica es tema de mucha discusión, que todavía tiene
que dar una explicación convincente. Muestra que, aproximadamente,
(Peso
del cerebro) ∝
(Peso del cuerpo)3/4
Sin
embargo, la estructura plegada del cerebro, junto con la importancia de sus
conexiones con el sistema nervioso, puede significar que su peso (o su volumen)
es un indicador inapropiado. Su superficie puede ser más importante. Si la
inteligencia aumenta con el tamaño cerebral, entonces ambos parecen ser rasgos
evolutivos únicos. Aunque han existido animales más grandes, más rápidos y más
fuertes en el pasado, ninguno ha sido tan inteligente como algunos de los que
viven hoy. Un examen detallado de cómo varía el tamaño del cerebro con el
tamaño del cuerpo muestra un espectro prácticamente continuo de incremento para
criaturas terrestres hasta un cierto tamaño grande; luego hay un espacio vacío,
tras el cual sólo está el Homo sapiens. Parece que no hay ejemplos intermedios.
Quizá fueron eliminados pronto por las tendencias agresivas del Homo sapiens.
Sabemos que hubo en otro tiempo otras especies inteligentes, como el hombre de
Neanderthal y el hombre de Cro-Magnon, pero las heridas que se encuentran en muchos
de sus esqueletos fósiles sugieren que pueden haber sido eliminados en
conflictos con el Homo sapiens. Por el contrario, si examinamos el espectro de
la vida marina, estos espacios vacíos no aparecen. La vida en el mar parece
mucho menos competitiva. Hay menos presión por los recursos alimenticios y el
territorio. Pero si hay tan poca presión en el medio ambiente marino, ¿por qué
no aumenta drásticamente la población del mar?
Quizá hacerse grande es la única forma en la que es posible que el cerebro se
haga grande, y con ello que aumente la inteligencia. Algunos biólogos, como
Stephen Jay Gould, han argumentado que una capacidad tan específica como el
lenguaje podría ser simplemente un subproducto del tamaño cerebral aumentado.
Pero éste parece un argumento extraño. Aumentar el tamaño cerebral es un camino
evolutivo arriesgado y costoso. Sólo sería rentable si ofreciera algunas
ventajas espectaculares. El lenguaje es la más admirable de tales ventajas. Es
mucho más probable que la evolución de un cerebro grande fuera un subproducto
de la selección natural en favor de una capacidad lingüística ampliada (quizá
por selección sexual, porque los individuos locuaces son más interesantes y con
ello atractivos, como ha sugerido Geoff Miller) que viceversa.
Figura 3.21. Variación en el peso del cerebro con el peso corporal.
Si
simplemente duplicamos el tamaño de un cerebro, sin cambiar la naturaleza de
las conexiones neurales, la duplicación de tamaño no supondría una duplicación
de capacidades. Los animales grandes tenderán a tener cerebros más grandes que
los animales pequeños debido a la escala global de su ingeniería corporal. Para
dar cuenta de esto, reexaminemos la relación entre tamaño del cerebro y tamaño
del cuerpo, pero eliminemos el aumento del tamaño del cerebro que se debe
solamente al crecimiento del tamaño corporal. Lo que queda se denomina cociente
de encefalización, EQ (definido como el tamaño del cerebro del mamífero en
cuestión dividido por el tamaño medio del cerebro de todos los mamíferos con el
mismo tamaño corporal): indica si el tamaño del cerebro supera el nivel
esperable de un tamaño corporal dado. Como cabría esperar, los seres humanos
están enormemente superdotados con materia gris cuando se ven de esta manera.
Nuestros rivales más próximos, los delfines y las marsopas, son bastante
enigmáticos. En general, podemos entender cómo tienen que aumentar la
complejidad y la inteligencia —y con ello el EQ— con el tamaño. Nuestra
discusión de la termodinámica de la cadena alimenticia mostraba lo difícil que
se hace la vida para los predadores grandes. No sólo se hacen más escasas las
calorías sino que las presas con que se alimentan se hacen consecuentemente más
raras, más fieras y más ágiles cuando se hacen más grandes. Un predador grande
debe dedicar cada vez más recursos a programar un sofisticado sistema de
orientación que le permita cazar eficientemente presas móviles. Somos lo que
comemos. En el caso de los delfines es difícil ver para qué sirven sus grandes
cerebros. Tienen recursos alimenticios abundantes, que son fáciles de atrapar,
y no parecen estar excesivamente amenazados por predadores, pues es muy baja la
población de grandes criaturas marinas. ¿Quizá tiene esto algo que ver con su
sistema de guía sónico? Recientemente se ha visto que los delfines muestran un
comportamiento agresivo hacia las marsopas más pequeñas que quizá han estado
haciendo demasiado ruido para que el sonar de los delfines funcione
adecuadamente.
Si volvemos al enigma del tamaño aumentado de nuestro propio cerebro, es claro
que un aumento en el tamaño del cuerpo no es suficiente para explicarlo.
Tampoco es realmente necesario. La introducción de unos pocos genes ventajosos
que prolonguen la porción de juventud durante la que crece el cerebro puede dar
a una especie un cerebro anormalmente grande en relación con su tamaño
corporal. Y, de hecho, éste parece ser el caso si se compara el crecimiento
humano con, digamos, el de nuestros más cercanos parientes genéticos, los
chimpancés.
El beneficio de la evolución de la complejidad del cerebro humano ha sido la
posibilidad de desarrollo, adaptación y evitación de competencia por medios no
genéticos. Transmitiendo ideas por interacción social, mediante el lenguaje,
los registros, las imágenes, símbolos, gestos y sonidos, nuestro desarrollo ha
avanzado mucho más rápidamente que codificando tipos concretos de información
en genes. La información que puede transmitirse por estos medios conductuales y
culturales es de un tipo que no puede transferirse por herencia genética.
Posibilita la acumulación del aprendizaje, la enseñanza y el conocimiento.
Mientras que la transferencia de información por medios genéticos está limitada
a la herencia que recibe la progenie de un individuo, no hay límite para el
alcance potencial de la influencia de las ideas y la cultura. Las adaptaciones
favorables pueden difundirse muy rápidamente a través de la población. Una
idea, como hacer ejercicio físico o evitar productos alimenticios insanos, que
visiblemente aumenta la probabilidad de supervivencia, puede convertirse en una
posesión común casi de la noche a la mañana, una vez propagada por los medios
de comunicación. La transmisión cultural permite que pueda transmitirse
rápidamente información sobre el entorno natural, y es esencial para la
supervivencia en un entorno que cambia más rápidamente que el intervalo de
tiempo entre generaciones sucesivas.
En el capítulo anterior vimos algo de la potencia explicativa de la selección
natural. Donde quiera que encontramos intrincadas complejidades entretejidas,
hallamos la mano del tiempo, modelando adaptaciones lentamente. En este
capítulo hemos visto que factores comunes a todos los organismos ponen
restricciones a su desarrollo que limitan las variaciones sobre las que la
selección natural es libre de actuar. El tamaño es una influencia siempre
presente que determina aspectos de la estructura de un organismo y la
estrategia para la supervivencia; está ligado al hábitat y al hábito, al estilo
de vida y a la calidad de vida.
Pese a los impresionantes logros de los últimos cuatro mil años de la historia
humana, este período es un interludio relativamente breve en el curso de la
existencia humana. El enorme número de generaciones que los humanos pasaron
cazando y recolectando podría así tener las claves del origen de nuestros
comportamientos, gustos y antipatías instintivos. Examinando el medio ambiente
primitivo en el que vivían y evolucionaban los humanos durante tan enormes
períodos de tiempo, deberíamos encontrar claves para la selección del
comportamiento adaptativo y la eliminación del comportamiento maladaptativo,
que ha dejado una impronta que aún llevamos hoy. Aunque hemos advertido contra
la creencia de que todas las adaptaciones son perfectas o que todos los rasgos
están optimizados, algunas capacidades mentales humanas pueden ser resultado de
adaptaciones a circunstancias primitivas. Es probable que los enormes períodos
de tiempo durante los que nuestros ancestros eran buscadores y
cazadores-recolectores en el Pleistoceno, entre hace dos millones y diez mil
años, hayan sido formativos para nuestra especie (véase la Figura 3.22).
Figura 3.22. Escala de tiempo para el Cuaternario, los últimos dos millones
de años de tiempo geológico.
Aunque
hace tiempo que se ha puesto de moda considerar cada mente humana como una
tabla rasa que es informada por aprendizaje sólo después de su nacimiento, esta
visión se ha mostrado lamentablemente inadecuada para explicar el desarrollo
del lenguaje humano (véanse pp. 50-55). La preprogramación genética por
selección natural nos dota con capacidades lingüísticas. Quienes estaban en
posesión de tales capacidades, incluso en una forma primitiva, tenían una clara
ventaja para la supervivencia sobre los que no la tenían: la capacidad
lingüística es adaptativa. Cuando quiera que encontremos características y
conductas humanas ampliamente compartidas —especialmente las de gran
complejidad— debemos buscar una posible explicación adaptativa. En la práctica,
son las diferencias en comportamiento entre una persona, o grupo, y otra las
que parecen más fácilmente atribuibles al aprendizaje.
Nuestros ancestros homínidos del Pleistoceno vivían principalmente en climas
tropicales con condiciones ambientales muy características. Las horas de luz
diurna variaban poco a lo largo del año e igualaban aproximadamente a las de
oscuridad. Había muy poca variación estacional en temperatura. La poca que
había sería despreciable comparada con las variaciones de temperatura diurna; éstas
podrían ser considerables porque una ausencia de cubierta de nubes permite un
enfriamiento radiativo muy rápido. En esas latitudes tropicales los vientos
eran también suaves y los factores de enfriamiento eran despreciables, pero
había altas exposiciones a la radiación ultravioleta y un riesgo de
deshidratación. Las altas temperaturas diurnas aseguraban que la clave para la
supervivencia estaba en la pluviosidad —y, más críticamente, en los niveles
pluviométricos más bajos durante las estaciones secas—. La pluviosidad es muy
variable en climas tropicales, con largas estaciones secas seguidas de diluvios
torrenciales. La longitud de estas estaciones secas es el factor más influyente
para determinar la diversidad de vegetación. Cuando se considera en combinación
con la pluviosidad anual media, nos ayuda a crear una imagen de cómo surgen los
diferentes hábitats (véase la Figura 3.23). Conforme se alargan las estaciones
secas, la vegetación se hace más simple y más pobre. Estas variaciones influyen
también en el espectro de los seres vivos que viven de ello, el tiempo que
deben dedicar a buscar alimento, y con ello en las pautas de comportamiento que
adoptan.
Nuestra propia fisiología muestra vestigios de una primitiva adaptación a
ambientes tropicales. Tenemos una tasa de sudoración mayor y un vello corporal
mucho menor que otros mamíferos. Estas características ayudan a regular muy
eficientemente nuestra temperatura corporal, incluso cuando participamos en
actividades de caza que producen considerable estrés térmico y pérdidas de
agua. Aquí, nuestro tamaño empieza a desempeñar un papel. Los animales pequeños
necesitan comer una fracción mucho mayor de su peso corporal para satisfacer
sus necesidades energéticas diarias. Deben elegir alimentos con valores caloríficos
muy altos o, de lo contrario, pasan la mayor parte de su vida alimentándose.
Por consiguiente, deben encontrar suministros de alimento fiables y duraderos,
hibernar o inventar maneras de almacenar alimentos para los tiempos duros. Los
animales grandes no están tan limitados. Son más móviles y pueden mantenerse
con recursos más desiguales. La bipedestación ayuda a la movilidad y dota a los
humanos con una notable resistencia a las grandes distancias y flexibilidad de
movimiento en terrenos muy diferentes. Si hay presión evolutiva para desechar
la búsqueda incesante de recursos impredecibles, entonces habrá ventaja
adaptativa en la movilidad y el tamaño grande. Hay penalizaciones para la
evolución en esta dirección, que deben ser compensadas con creces por estas
ventajas. Con tamaño y peso aumentado, la tierra es un ambiente más seguro que
los árboles.
Figura
3.23. Caracterización de diversos hábitats por la pluviosidad anual media y la
longitud de la estación seca.
El
ambiente en el que parece haber tenido lugar el desarrollo de los homínidos
terrestres más grandes era el de las sabanas abiertas, con sólo una esporádica
cubierta arbórea. Como vimos en la Figura 3.23, éste es un ambiente con
pluviosidad limitada pero altamente variable. La supervivencia requiere
adaptación a los problemas que plantea un entorno semejante. La pobreza de la
vegetación en la estación más seca requiere búsquedas de alimentos mucho más
diversas, y probablemente conduce a la introducción de carne en la dieta. La
caza es una actividad desafiante, que selecciona mejores capacidades
cooperativas y una inteligencia más alta. También estimula la interacción
social. Además de la necesidad de cazar presas grandes y peligrosas, existe
también la posibilidad de compartir las grandes cantidades de alimento no
almacenable que cada matanza proporciona. El grano y las bayas pueden
conservarse; la carne no. Comer carne es una fuente de sustento mucho menos
especializada que las plantas y las bayas. Hay muchos y variados vegetales y
frutas (parte de los cuales son incomestibles o venenosos), pero poca variación
en las formas de carne. En consecuencia, las criaturas herbívoras manifiestan
una correspondiente diversidad, que supera con mucho a la de los carnívoros. En
contraste, la necesidad de moverse y explotar fuentes de alimento impredecibles
en un clima cambiante anima a la caza en gran escala. Esto hace al cazador
hábil para utilizar recursos de muchos nichos ambientales, cada uno de los
cuales puede estar ocupado por especies locales especializadas pero
relativamente inmóviles. Los cazadores pueden sacar relativamente poco de cada
nicho en comparación con su predador principal, pero el beneficio total hará de
esta ecléctica explotación de recursos una estrategia muy ventajosa. La caza
diversa, la movilidad y una población dispersa están estrechamente unidas. Hoy,
estamos muy impresionados por la gran concentración de personas en áreas
concretas de la Tierra, y obtenemos grandes beneficios aumentando las densidades
de población locales. Pero esto difícilmente sucedía en el pasado lejano.
Cuando los recursos globales son muy grandes y los niveles de población bajos,
compensa dispersarse y encontrar una fuente de alimento que no esté siendo
explotada por otros, antes que aumentar la demanda de recursos locales
limitados.
Uno de los correlatos más intrigantes con el tamaño de un organismo es su vida
media. Un organismo grande, especialmente uno con un gran cerebro, es una
inversión evolutiva considerable. Hacerse grande es una estrategia que se
extinguirá si los organismos grandes no viven mucho tiempo y utilizan su
longevidad con algún propósito que amplíe la fecundidad y la supervivencia.
Gracias a su longevidad, una criatura grande podría maximizar su producto
reproductivo. Pero el número de descendientes de los animales grandes suele ser
muy bajo, y el tiempo de gestación y el período entre nacimientos es grande. En
consecuencia, las criaturas grandes dedican mucho más cuidado a sus crías que
las más pequeñas y más efímeras, y sus tasas de mortalidad son menores. Las
criaturas grandes han sacrificado la eficacia reproductiva a los intereses de
una mayor eficacia en el uso de recursos alimenticios. Estas estrategias
requieren estructuras sociales particulares. La longevidad requiere que las
criaturas interactúen con miembros de su propia especie durante largos
intervalos de tiempo. Largos períodos de cría ayudan también a crear una pauta
compleja de comportamiento social que hace ventajoso el comportamiento altruista.
Estas interdependencias se entretejen para producir una red de consecuencias
que derivan de un tamaño aumentado (véase la Figura 3.24). Las ventajas que
presentan son considerables y pueden haber desempeñado un papel vital en la
rápida evolución de capacidades humanas durante sus etapas primitivas.
Los
rivales. La evolución de la cooperación
Un
amigo en una vida es mucho, dos son demasiados, tres apenas son posibles. La
amistad necesita cierto paralelismo de vida, una comunidad de pensamiento, una
rivalidad de objetivos.
HENRY BROOKS ADAMS
La
selección natural pone a prueba y criba las estrategias para las interacciones
sociales entre individuos. Muestra que ciertas «estrategias» de interacción o
de organización social conducirán a mayores beneficios que otras. Si se
adoptan, deben ser resistentes a la invasión por individuos y grupos que
adopten variantes de ellas. De este modo es posible que surjan espontáneamente
pautas ordenadas y concretas de comportamiento social. Como veremos, la
interacción social repetida con muchos individuos desempeña un papel clave en
la emergencia espontánea de estructuras sociales estables. Deberíamos resaltar
que aunque aquí se emplea la palabra «estrategia», ello no implica
necesariamente que las acciones tengan un propósito consciente (aunque podrían
tenerlo). Es simplemente un término para describir una pauta de comportamiento
empleada frente a los competidores, ya sean conocidos o desconocidos. Un
organismo no necesita «saber» conscientemente por qué una pauta de
comportamiento es más ventajosa que otra. Una estrategia sólo tiene que tener
mejores resultados que las estrategias alternativas para que sea seleccionada a
largo plazo, porque sus usuarios sobrevivirán con más frecuencia. Uno de los
resultados más interesantes de dicha aproximación es una comprensión de cómo
puede surgir el altruismo recíproco. Los comportamientos cooperativos que
ofrecen beneficios mutuos —yo te ayudo a reparar tu automóvil a cambio de que
tú me ayudes a arreglar mi tejado— pueden mejorar a ambas partes, incluso si
pueden incurrir en costes por acciones que no les benefician directamente.
Figura 3.24. Cadena de consecuencias que surgen de aumentos evolutivos en el
tamaño corporal.
Las
ventajas y errores de la cooperación se ilustran con el clásico problema del
Dilema del prisionero. Dos prisioneros están en celdas separadas y no pueden
comunicarse. Sus guardianes los presionan para que confiesen, diciendo a cada
uno de ellos que si él confiesa y su compañero no lo hace, entonces él quedará
libre, mientras que el otro será castigado a la máxima pena de cinco años de
prisión. Si ambos confiesan, la confesión de cada uno de ellos será menos
valiosa, de modo que ambos serán condenados a tres años. Si ninguno de ellos
confiesa, entonces ambos serán convictos de un crimen menor e irán a prisión
durante sólo un año. ¿Qué estrategia debería adoptar cada prisionero?
Consideremos la posición del prisionero A. Si su colega, el prisionero B,
confiesa, entonces A también debería confesar, puesto que de lo contrario le
caerían cinco años en lugar de tres. Por otra parte, si B no confiesa, entonces
a A le interesa confesar porque entonces quedaría libre. Así pues, sea lo que
sea lo que hace B, a A le interesa confesar. Puesto que el mismo razonamiento
se aplica a B, concluimos que la mejor estrategia a adoptar por cada uno de
ellos es la confesión. Pero esta confesión conjunta da como resultado que ambos
reciban tres años de condena, en lugar del año que habría recibido cada uno si
se hubiera mantenido en silencio. Sin embargo, sería contrario al interés de
cada uno mantenerse silencioso, incluso sabiendo que a ambos les iría mejor si
ninguno de ellos confesara. Éste es el Dilema del prisionero; en esencia, es un
dilema al que se enfrenta todo individuo que mantiene interacciones y contratos
sociales con otros individuos. En efecto, siempre es en autointerés de un
individuo obtener algo por nada; siempre parece ser en interés de un individuo
hacer trampa a otro, incluso cuando ambos estarían mejor si ninguno de ellos
hiciera trampa. Esto parece un argumento a favor de que el altruismo y la
cooperación no pueden evolucionar espontáneamente en un grupo de individuos,
cada uno de los cuales persigue su propio interés. Tendría que haber un
dictador —real o imaginario— para imponer pautas de comportamiento cooperativo
a los miembros del grupo. Sin embargo, el razonamiento olvida incluir los
efectos de la interacción repetida entre individuos en una comunidad. Ésta es
una consecuencia de la complejidad social que puede hacer ventajosa la
cooperación.
Consideremos una secuencia de interacciones (llamadas «juegos») del Dilema del
prisionero que implica a dos personas. Las ganancias del jugador A y del
jugador B según adopten políticas de cooperación o no cooperación se
especifican en la tabla adjunta que describe las cuatro situaciones.
Para
concretar, escojamos R= 3, P = 1, S = 0 y T = 5. Entonces, como hemos visto, no
cooperar va en interés racional de ambos jugadores, incluso si ello significa
que obtendrán una ganancia 1 en lugar de la ganancia 3 que habrían obtenido si
hubieran cooperado. En general, el Dilema del prisionero aparece en situaciones
donde las ganancias para pares de estrategias obedecen a las desigualdades
T
> R > P > S y R> (T + S)/2
si
ambos jugadores seleccionan su estrategia antes de saber qué estrategia ha
escogido el otro. Pero supongamos que este juego se juega muchas veces en una
gran comunidad de jugadores, sumándose las ganancias totales en todos los
juegos. En este caso, hay un factor de depreciación a considerar. El valor real
de una ganancia potencial en el futuro no es tan grande como el de una ganancia
ahora, pues el juego podría detenerse por alguna razón antes de que se
obtuviera la ganancia —el jugador podría morir o su banca podría venirse
abajo—. Por consiguiente, la ganancia de cada juego se reduce respecto a la
anterior por un factor de descuento, d, donde 0 < d < 1. La ganancia
esperada de un gran número de juegos se obtiene sumando las ganancias esperadas
de cada juego, donde la ganancia de cada juego se calcula multiplicando la
ganancia del juego inmediatamente anterior por el factor de descuento, d. Por
ejemplo, si el número de juegos sucesivos es muy grande, de modo que podamos
tratarlo como si fuera infinito, la ganancia acumulativa esperada para ambos
jugadores si cooperan en todos los juegos se aproxima mucho a la suma[23]
R +
Rd + Rd2 +… = R/(1 – d)
Así,
la cooperación se convierte en una posible estrategia racional que es
mutuamente beneficiosa, porque aunque un jugador dado no sabe la elección de
otro en el juego actual, sabe lo que el otro eligió en los juegos anteriores.
Puede escoger su estrategia para el n-ésimo juego de acuerdo con las elecciones
que ha hecho su oponente en los (n − 1) juegos anteriores.
El parámetro de descuento, d, mide la importancia del futuro. Sólo si d es
suficientemente próximo a 1 (es decir, sólo si el valor presente de la ganancia
futura es suficientemente alto) es posible que una estrategia «amistosa», en la
que el jugador coopera hasta que el otro jugador no coopera, sea una estrategia
colectiva estable; es decir, una estrategia que, si fuera adoptada por todos,
no podría ser mejorada por alguien que adoptase una estrategia diferente. Para
que una estrategia persista en la Naturaleza debe ser colectivamente estable,
pues siempre aparecerán individuos que ensayarán estrategias diferentes. Sin
embargo, una población de no cooperantes será invadida con éxito por grupos de
cooperantes si d es suficientemente grande y si la frecuencia relativa con la
que los cooperantes interaccionan entre sí, antes que con los no cooperantes,
es suficientemente alta. Por ejemplo, si escogemos T = 5, R = 3, P = 1, S = 0 y
d = 0,9, entonces un grupo de individuos que utilice una estrategia «amistosa»
de «cooperar hasta que el otro no lo haga, luego no cooperar durante un juego,
y luego cooperar hasta que el otro deje de cooperar de nuevo» puede invadir con
éxito una población de no cooperantes si sólo el 5 por 100 de sus interacciones
son con los que no adoptan esta estrategia. Por el contrario, los cooperantes
individuales no pueden invadir con éxito a una población de no cooperantes
porque la estrategia de total no cooperación también es colectivamente estable.
Sin embargo, un grupo de no cooperantes no puede invadir con éxito a una
población de cooperantes que utilicen cualquier estrategia colectivamente
estable.
En general, un patrón de respuesta que incorpore una estrategia cooperativa
puede invadir a una población de no cooperantes si, y sólo si, conduce a
cooperación con otros cooperantes y excluye (o penaliza) a los no cooperantes.
Cualquier patrón de comportamiento que viole esta regla terminará siendo
descartado. Hay muchos patrones de decisión que siguen esta prescripción, y
cualquiera de ellos podría en principio haber sido seleccionado durante enormes
períodos de la primitiva historia humana. Se puede ver que, aunque es
importante ser capaz de detectar no cooperantes incondicionales (tramposos), no
hay necesidad de tener habilidad para detectar cooperantes incondicionales
(altruistas) —porque pocos sobrevivirán a largo plazo—. Los altruistas siempre
pueden aparecer debido a deriva genética, o mantenerse por decisión consciente,
o por las acciones de un «dictador» en la comunidad.
Cuando se trata de examinar interacciones sociales concretas en tiempos
antiguos, es necesario evitar el asignar valores contemporáneos de costes y
beneficios, en lugar de los apropiados para una economía primitiva de
cazadores-recolectores. Hemos heredado un gusto por el azúcar y los alimentos
grasos —un hecho que la industria alimenticia y sus agencias publicitarias
explotan sin reparos—. Nuestro gusto instintivo por tales alimentos es
probablemente un remanente del enorme beneficio calórico de estos recursos
escasos para los primeros cazadores-recolectores. Ahora estimamos de manera
diferente su valor alimenticio. Es poco probable que poseamos respuestas adaptativas
importantes a los productos agrícolas, puesto que la agricultura ha sido una
actividad humana durante poco más de diez mil años, comparados con los dos
millones de años de caza y búsqueda de comida.
El análisis de las pautas de comportamiento óptimas podría aplicarse al hecho
de compartir comida, al intercambio de servicios, el cuidado de los jóvenes, la
caza en nombre de los demás y así sucesivamente. También nos lleva a esperar
que las tácticas de trueque, y de juegos de estrategia, sean actividades para
las que los seres humanos poseen afinidad transcultural. Muestran cómo la
interacción social —en particular la interacción social repetida que deriva de
la longevidad y el gran tamaño en circunstancias en las que la individuación no
da ganancias— tiene consecuencias inesperadas para la evolución de pautas de
comportamiento que a primera vista parecen ir en contra de las expectativas de
la selección natural. Deberíamos resaltar, no obstante, que el hecho de que
ciertas pautas de comportamiento sean óptimas de esta manera no las hace
«buenas» o «deseables»; una prescripción ética basada en estrategias
evolutivamente estables no tiene un estatus especial y muy bien podríamos
decidir rechazarla por otras razones.
Si entráramos en contacto con una civilización extraterrestre, esperaríamos que
evolucionara a partir de pautas de comportamiento social que fueron en otro
tiempo seleccionadas «naturalmente» con preferencia a otras. No debería
sorprendernos, en circunstancias adecuadas, encontrar comportamiento cooperativo
y altruista—independientemente de la existencia de creencias trascendentales en
la existencia de cánones absolutos de comportamiento bueno y malo que
encontramos en la raíz de casi todos los sistemas de creencias religiosas—.
Podríamos añadir que tales creencias no están necesariamente socavadas por el
hecho de que coincidan con patrones de comportamiento que son óptimos para el
bien de los individuos en un análisis coste-beneficio. Incluso se podrían
incorporar las ganancias de creencias religiosas correctas o erróneas en el
análisis global de ganancias y estrategias. El primero en hacerlo, aunque de
forma limitada, fue el filósofo francés Blaise Pascal. En sus Pensées, reunidos
a finales del siglo XVII y publicados póstumamente, expuso muchos argumentos en
apoyo de la creencia religiosa cristiana. Uno de ellos muestra el primer
ejemplo de un juego de estrategia. Consideraba a alguien que está pensando en
hacer una apuesta de la que depende su destino futuro. Partiendo de la
hipótesis agnóstica de que «si hay un Dios… somos incapaces de saber lo que Él
es, o si Él es» y «la razón no puede establecer nada aquí… es un juego
abierto», Pascal argumentaba que la respuesta lógica de una persona prudente
ante su ignorancia es apostar su vida a la «existencia» de Dios[24]. Si uno lo
hace, entonces hay dos posibles resultados. Si Dios existe, entonces la
creencia trae una recompensa infinita, y la no creencia una pérdida infinita;
mientras que si Dios no existe, entonces la creencia infundada no cuesta nada
en el mejor de los casos, y en el peor sólo una pérdida finita de tiempo y
esfuerzo. Sobre esta base, la conclusión de Pascal es que el agnóstico debería
apostar por la existencia de Dios.
Es importante reconocer que este tipo de altruismo de «gen egoísta» no es
exactamente lo que parece. Aunque los biólogos sugieren a menudo que esto
sienta una base para entender el altruismo humano y el valor que le damos,
queda corto en muchos aspectos. Es altruismo sin un motivo altruista. De hecho,
es exactamente lo contrario: altruismo con un motivo egoísta. Es la idea que
hay detrás de la actividad altruista recíproca de la variedad «yo te rasco la
espalda y tú me las rascas a mí». En la práctica hemos llegado a admirar el
altruismo que va mucho más allá que el que se requiere simplemente para
maximizar la ganancia en un problema de teoría de juegos. Las preguntas
interesantes a responder por antropólogos y éticos es por qué lo hacemos y por
qué los individuos actúan en ocasiones de maneras que no van en su interés
común y ni siquiera en el de otros individuos que comparten sus genes.
Curiosamente, reconocemos que, como admiten Edward O. Wilson y Michael Ruse,
«los seres humanos funcionan mejor si sus genes les hacen creer que existe una
moralidad objetiva desinteresada que les une y a la que todos deberían
obedecer».
El
jardín secreto. El arte del paisaje
Roca
de los tiempos, ábrete a mí, ocúltame en Ti.
AUGUSTUS TOPLADY
El
hecho de que nuestros ancestros pasaran períodos muy largos en hábitats de
sabana tropical nos lleva a esperar que algunas de nuestras respuestas
emocionales a un entorno semejante pueden tener características adaptativas.
Las reacciones estéticas instintivas ante el mundo no podrían haber
evolucionado si, en promedio, contribuyeran negativamente a la supervivencia.
Por el contrario, las respuestas que amplían las posibilidades de supervivencia
persistirán. Por esto es por lo que la carne podrida nos sabe desagradable,
mientras que el azúcar es dulce. Algunas de las respuestas desarrolladas más
interesantes son las asociadas con nuestras respuestas al entorno. Nos
proporcionan claves importantes para la fuente de nuestras más básicas
preferencias estéticas.
La relativa longevidad de los humanos primitivos hacía que necesitaran varios
hábitats para mantener un suministro de recursos duradero. Su movilidad les
permitía satisfacer esa necesidad. De hecho, los estudios muestran que los
cazadores-recolectores primitivos se desplazaban con frecuencia. La movilidad
de los seres humanos asegura que tendrán que tomar decisiones sobre el mejor
entorno; los criterios utilizados para tomar esas decisiones serán impuestos
por selección natural durante períodos de tiempo muy largos. Los organismos
pequeños que son de corta vida, están fijos en el espacio, se mueven
erráticamente llevados por vientos y corrientes de agua, o están limitados en
su abanico de búsqueda de alimento, no se enfrentan al problema de la elección
de ambiente.
Como se ha mencionado, el hábitat en el que se originaron los seres humanos era
el de la sabana tropical africana. Por consiguiente, es posible que hayamos
desarrollado preferencias por ambientes con muchas de las características y
aspectos favorables a la vida que ofrecía este hábitat durante la época del
Pleistoceno. Esperamos que las propensiones generadas por la adaptación nos
predispondrían a identificar buenos hábitats —tanto con respecto a su estado
actual como al estado esperado en el futuro—. Estos tendrán interesantes
subproductos estéticos porque nuestros ancestros no tenían acceso directo a
ninguna medida infalible de la seguridad, o de la fertilidad, de un ambiente
particular. No tomaban muestras del suelo ni controlaban los niveles de
criminalidad. Todo lo que podían hacer era examinar varios indicadores
correlacionados con la adecuación del entorno en su experiencia —experiencia
que valoraba la seguridad y la supervivencia—. Análogamente, cuando las aves
exploran los potenciales lugares de anidada en los bosques, necesitan ser
sensibles a una variedad de factores concernientes a la seguridad y la
disponibilidad de alimento, pero los ornitólogos han descubierto que ellas
toman sus decisiones de anidar en un lugar concreto sobre la base de la
abundancia y las pautas de ramificación en los árboles. De un modo similar, es
probable que algunas elecciones humanas de hábitats apropiados se tomaran en
respuesta a ejemplos fácilmente accesibles. Este es un estado de cosas que
puede llevar a respuestas oportunas cuando el atributo primario no está
presente. Así, la aparición de nubes en el horizonte es una señal bienvenida en
una pradera polvorienta. Su aparición está fuertemente correlacionada con la
lluvia y una abundancia local de alimento, incluso cuando se tiene agua
corriente en abundancia, una disposición a encontrar agradables los patrones de
nubes quedaría como una adaptación heredada, que en otro tiempo tuvo una
ventaja de supervivencia positiva frente a una actitud desinteresada hacia el
cielo.
Figura 3.25. Algunos paisajes tipo sabana naturales, hechos por el hombre:
(i) Richmond Park, Londres; (ii) Woburn Fram, Surrey, grabado de Luke Sullivan,
1759; (iii) Holkham Hall, Norfolk, (c. 1738), dibujo de William Kent de una
plantación sugerida para las praderas del norte.
Los
psicólogos han realizado varios experimentos controlados con niños y adultos
para descubrir qué ambientes prefieren. Utilizando fotografías es posible
eliminar factores extraños (como la presencia de agua o animales) que no son
comunes a todas las imágenes y exponer a los observadores a hábitats de los que
no han tenido experiencia directa. Los resultados son interesantes. Se encontró
que entre los niños muy jóvenes el ambiente de la sabana era el preferido. (El
desierto era el menos preferido). Pero los adolescentes mayores, que tenían
experiencia de otros entornos (como bosques de hoja caduca o selvas
tropicales), solían apreciarlos tanto como la sabana. La pauta global de los
estudios sugiere que, entre los muy jóvenes, hay una preferencia innata por el
paisaje de la sabana; esta preferencia se modifica más tarde por la experiencia
y el aprendizaje de otros ambientes a medida que los sujetos se hacen mayores.
Lámina 8. Un típico paisaje de la sabana africana que muestra la ventajosa
posibilidad de ver sin ser visto.
Cuando
la experiencia es limitada y los sujetos están escogiendo a partir de
fotografías de ambientes de los que no tienen experiencia, entonces el paisaje
de la sabana es el más agradable. Hay pruebas de un sesgo innato a favor de la
sabana que, en ausencia de experiencias primordiales en otras condiciones, crea
una predisposición estética natural como legado del éxito adaptativo de
nuestros ancestros primitivos.
El paisaje de la sabana (Lámina 8 y Figura 3.25) es un ambiente con muchas
claves fiables para la habitabilidad humana segura y fructífera. Estos rasgos
son ampliamente reproducidos en nuestros parques y áreas de recreo. Hay árboles
frondosos que ofrecen sombra y seguridad frente a los predadores feroces,
entremezclados con hierba, pero hay amplias vistas con frecuentes ondulaciones
que permiten buena visión, orientación y guía para el camino. La mayoría de las
fuentes de alimento están a menos de uno o dos metros del suelo, mientras que
en un ambiente boscoso la vida está concentrada a gran altura del suelo, fuera
del alcance, y las criaturas terrestres están condenadas a buscar en la basura
las sobras que caen de la bóveda del bosque[25]. La
impredecibilidad más distintiva en la vida de la sabana es la disponibilidad de
agua. Aquí se reconoce la importancia de claves como la formación de nubes, los
cambios de temperatura y perspectivas climáticas, y las variaciones
estacionales en el color y la vitalidad de la vida vegetal, junto con los
niveles de agua en ríos y corrientes. La sensibilidad a estos indicadores del
ambiente tiene una clara ventaja adaptativa sobre la insensibilidad. La
presencia de árboles, follaje y agua ofrece una evaluación instantánea de la
idoneidad de un hábitat potencial. Estos indicadores primarios, junto con un
sentido de la apertura del terreno, sus perspectivas de abrigo, y la visión
furtiva de los demás, son sensibilidades valiosas que indican si puede hacerse con
seguridad una posterior exploración o asentamiento. Si el entorno se estima
seguro para la exploración, entonces otras características hacen resaltar los
lugares más atractivos. La topografía debe permitimos una fácil orientación;
los puntos de referencia, curvas y variaciones son bien recibidos por el ojo,
mientras no creen complejidades confusas o enmascaren peligros.
Lámina 9. Una obra de arte que muestra una situación peligrosa: detalle de
Barcos navegando con fuerte oleaje, de François Étienne Musin. El título de
esta obra merece un premio al eufemismo
También
reconocemos el incentivo para la exploración que crea el elemento misterioso en
el terreno: el sendero que lleva fuera de la vista o detrás de una colina. Su
exploración posterior será segura sólo si combina aventura con precaución
automática y un instinto para retroceder ante el peligro. Esta sorprendente
fascinación por el riesgo y el peligro nos atrae hacia todo tipo de adornos
culturales: desde historias de terror y viajes en la montaña rusa hasta
pinturas de naufragios (Lámina 9) y películas de catástrofes; surgen de un
impulso heredado a explorar y comprender los entornos tan extensamente como sea
posible desde el punto de vista más seguro posible (Figura 3.26). El hecho de
que estos riesgos sean potencialmente fatales es la razón por la que un deseo
de informarse más completamente sobre su naturaleza tiene ventaja selectiva
sobre una actitud de indiferencia apática.
Figura 3.26. Izquierda. Algunas obras de arte apelan al impulso de explorar
territorio desconocido: (p. 173) Gran Cañón del Colorado, de Exploración del
río Colorado del Oeste, 1869, de John Wesley Powell. Derecha. Figura 3.26. (p.
174) A. Boens, El roquero del castillo de Attre, Bélgica, 1825.
Hay
una clara ventaja adaptativa a ganar escogiendo entornos que ofrecen lugares
seguros y visiones despejadas del terreno —que permiten ver sin ser visto—
suavizadas por una misteriosa invitación a explorar. Estas combinaciones siguen
siendo una preferencia innata: su atractivo informa muchas de nuestras
preferencias estéticas, desde la arquitectura paisajística a la pintura. Vistas
amplias y acogedoras chimeneas, castillos tenebrosos, el árbol-casa, la «Casa
de la pradera»; la misteriosa puerta en el muro del jardín secreto; muchas de
las clásicas escenas de paisajes seductores combinan signos de refugio y
seguridad con la perspectiva de vistas panorámicas ininterrumpidas o la
tentación para explorar, suavizada por los pastos verdes y el agua. Estas escenas
confortables y pastoriles apelan a nuestras sensibilidades instintivas debido a
las ventajas selectivas que tales atracciones tuvieron inicialmente para
nuestros antiguos antepasados (Figura 3.27).
Figura 3.27. Ejemplos de paisajes que muestran imágenes de (i) una
panorámica abierta ilustrada por Petworth Park: Iglesia de Tillington al fondo,
de J. M.W. Turner, 1828, Tate Gallery; (ii) un paisaje dominado por la imagen
de un refugio, ilustrado por El bardo, de John Martin, 1817, Laing Gallery, y
(iii) un equilibrio entre imágenes de perspectiva y refugio, ilustrado por
Castillo en las rocas, de C. F. Lessing, 1828.
Figuran
de forma destacada en nuestros más apreciados diseños paisajísticos, parques
públicos y jardines, donde están calculados para ayudar a la relajación e
inducir sentimientos de paz y bienestar. Arquitectos distinguidos, como Frank
Lloyd Wright, han puesto un énfasis particular en la deseabilidad de crear
doseles y refugios dentro de los edificios, y a menudo colocarlos frente a
vistas panorámicas, o incluso cascadas de agua, para aumentar la sensación de
seguridad que crean estos nichos acogedores.
Figura 3.28. Un edificio urbano desagradable que no ofrece ninguna sensación
de acogida o refugio.
Techos
inclinados, colgantes, voladizos y porches son características arquitectónicas
que acentúan la sensación de refugio frente al mundo exterior, mientras que
terrazas, plazas y ventanales satisfacen nuestro deseo de una perspectiva de
amplio alcance. La utilización hábil de árboles y agua en el diseño de
edificios y jardines puede reforzar estas características. Su negación en
muchos edificios y proyectos urbanos ha tenido consecuencias muy evidentes:
cemento, pasarelas descubiertas, innumerables ángulos ciegos, predecibilidad
gris y banal, que no dan refugio para nadie más, y edificios que no ofrecen
ningún atractivo para entrar: estas abominaciones han llevado a la depresión,
el crimen y el desequilibrio emocional (Figura 3.28).
La guía breve de la arquitectura moderna de Mike Harding vuelve a despertar los
temores que tan felizmente había disipado el salmista:
El
urbanista es mi pastor, él me guía; por subterráneos y túneles oscuros me
obliga a caminar.
Hace que cañones de cemento se alcen por encima de mí.
Me hace caminar por ríos de tráfico.
Él derriba todo lo que es bueno, endereza las curvas.
El hace de la ciudad una tierra yerma y un aparcamiento.
Con
la oscuridad llega la importancia del fuego; las llamas vacilantes siguen
fascinándonos. El fuego era el centro de la vida cuando llegaba la oscuridad,
ofreciendo calor y seguridad, camaradería y luz. Inflama fuertes emociones
—positivas y negativas— por sus ofertas contrapuestas de confort y peligro.
Esta mezcla singular de miedo y fascinación aparece en otros lugares. Los
animales grandes son extrañamente atractivos, pero amenazadores. Los animales
grandes fueron en otro tiempo un peligro y una fuente fácil de alimento
abundante. Nuestra atracción instintiva hacia ellos, atemperada por el miedo y
el respeto, parece un residuo de una reacción que aumentaba la probabilidad de
supervivencia, frente a una respuesta de miedo y aislamiento total, o una de familiaridad.
Los animales eran la clave para la supervivencia de nuestros ancestros. No es
sorprendente que las reacciones instintivas hacia ellos evolucionaran y se
extendieran. El carácter instintivo de dichas reacciones indica la propensión
que tenemos hacia el simbolismo que utiliza animales. El dominio del león, la
libertad alada del águila, la malvada serpiente, la agilidad de la gacela: son
algunos de los símbolos que operan en nuestra historia ambiental.
Nuestras preferencias estéticas son una fusión de instinto y experiencia.
Cabría esperar que, en ausencia de experiencias y de influencias especiales,
permanecieran nuestras sensibilidades innatas hacia estas características
favorables a la vida en las escenas naturales. De hecho, los paisajes sencillos
y las escenas tranquilas suelen ser preferidos por quienes no tienen un interés
especial en el arte. Un gusto por la vanguardia o lo abstracto es fruto de una
experiencia que supera al instinto. Incluso entonces, lo que atrae en el arte
hecho por el hombre es el juego simbólico, o el contrajuego, de esas mismas
características adaptativas que durante tanto tiempo han informado las imágenes
artísticas tradicionales.
«El tiempo y la marea no esperan a ningún hombre», pero quien esté alerta a las
señales que anuncian cambios ambientales importantes estará mejor equipado para
sobrevivir a ellos. Nuestra capacidad de alerta y sensibilidad a tantas de las
características transitorias de nuestro entorno —el alargamiento de las sombras
que señala el final de la luz del día, las nubes oscurecidas o los vientos
huracanados que anuncian frío o tormenta, el horizonte lejano que oculta lo
desconocido «sobre las montañas y más allá»— son indicadores que reclaman
respuesta y apreciación. Nuestra fascinación por las puestas de sol y las
figuras de las nubes, nuestra sensibilidad a los matices de luces y sombras en
la representación del mundo natural, la amenaza de la tormenta y la tempestad:
todos estos sentimientos instintivos tienen sentido como residuos de reacciones
a cambios en el entorno que requieren evaluación y respuesta. La sombra
proporciona nueva información sobre distancia y profundidad; ofrece la
perspectiva de una apreciación más detallada del entorno.
Lámina 10. Puesta de sol.
El
peligro acecha en las sombras; recompensa ser especialmente sensible a él. La
atención a la puesta del Sol (Lámina 10) y a las sombras que indican la llegada
de la oscuridad, y la necesidad de cambiar pautas de comportamiento para
asegurar el calor y la seguridad, tienen una clara ventaja sobre el desinterés.
Por el contrario, la reacción a la apariencia del Sol cuando está lejos de la
salida o el ocaso no ofrece nada de importancia vital para los organismos. Uno
no necesita saber que el Sol está en lo alto para decir que hace demasiado
calor.
Para los moradores de la sabana tropical, los cambios diarios en luz y
temperatura son regulares y rápidos, pero otros cambios críticos son lentos y
sutiles. El elemento más impredecible del paisaje de la sabana es la variación
estacional de pluviosidad. Por lo tanto, esperaríamos encontrar en los seres
humanos adaptaciones que manifiesten sensibilidad a los indicadores de cambio
estacional y de pluviosidad inminente y fructífera. Vemos respuestas
emocionales a los cambios estacionales en los colores de las hojas y arbustos:
la gente vuela a New Hampshire en otoño. Encontramos las flores bellas,
terapéuticas y románticas. ¿Qué haría el patio de un hospital sin ellas? ¿Qué
regalo más normal para un ser querido? ¿Qué tema más común que una naturaleza
muerta? ¡Y qué esfuerzo dedica el horticultor para producir flores más grandes
y más brillantes para nuestra admiración! Nuestro interés inusual por las
flores de colores, y las molestias que nos tomamos para cultivarlas y arreglarlas,
es impresionante. No comemos flores, pero la apariencia de las flores es una
clave útil que permite que formas vegetales diferentes sean rápidamente
identificadas y distinguidas. Si no hay flores presentes, todas las plantas son
verdes y sólo pueden distinguirse mediante una inspección detallada. Las flores
dan también información sobre el fruto. Así, aunque las plantas dan flores por
razones que no tienen nada que ver con nuestros gustos o manías, el hecho de
que una sensibilidad a las flores tenga un propósito, que es adaptativo, nos
proporciona una clave del origen de lo que de otro modo sería una fascinación
completamente misteriosa.
Se ha puesto de moda considerar las preferencias estéticas humanas como
respuestas totalmente subjetivas al aprendizaje y la educación. Esto ahora
apenas parece creíble. Nuestras sensibilidades y respuestas emocionales no han
sido creadas de la nada. La evaluación de los entornos fue un instinto crucial
para nuestros ancestros lejanos, uno del que dependía su propia supervivencia.
Las respuestas adaptativas que hemos heredado de ellos forman una base sobre la
que se asienta nuestra experiencia. En muchas manifestaciones de las artes
visuales vemos claros residuos de imperativos pasados, quizá ahora sustituidos
por símbolos o subvertidos, pero innegablemente presentes en nuestras
representaciones y recreaciones de paisajes naturales. Incluso donde las
representaciones artísticas están cargadas con simbolismos artificiales de tipo
religioso o romántico, podemos encontrar a menudo una resonancia de fondo que
es eco de nuestras emociones innatas. Los fondos de retratos y obras religiosas
contienen a menudo escenas que combinan imágenes de seguridad, peligro y
espacios abiertos. Un equilibrio de estos tres ingredientes puede despertar
emociones encontradas y ambigüedad.
Deberíamos apreciar que estas ideas sobre los orígenes de la respuesta estética
serían consideradas profundamente heréticas por muchos críticos de arte, a
quienes les gusta creer que la apreciación artística es inmune al análisis
«científico». Pero consideremos cómo hemos apreciado el papel de las
estructuras matemáticas en la estética. Utilizamos formas particulares o pautas
simétricas cuando queremos realzar estas armonías matemáticas subyacentes.
Nuestro conocimiento del comportamiento de la luz, o de la percepción del
color, que se hizo posible gracias a los estudios de los físicos, se explota al
máximo para crear imágenes que son atractivas y agradables a la vista. Cabría
sospechar que nuestra afinidad por estas pautas geométricas y ópticas está
ligada a la facilidad con la que el cerebro puede producir modelos mentales de
ellas y al grado en que son ejemplificadas en el mundo natural en situaciones
donde su reconocimiento será recompensado. Estos importantes aspectos
matemáticos y ópticos de la estética deben añadirse a la perspectiva biológica
que proporciona la evolución adaptativa. Arroja luz sobre nuestra atracción por
los símbolos en el arte y revela por qué imágenes concretas pueden ponerse tan eficazmente
al servicio de evocar respuestas emocionales. El arte no sería una actividad
humana universal si no hubiera respuestas y resonancias emocionales universales
que pudiera despertar. Si los seres extraterrestres evolucionaron por selección
natural, esperaríamos que su entorno les hubiera presentado desafíos
completamente diferentes del nuestro. Tendrían que haber afrontado dichos
desafíos heredando reacciones instintivas a su entorno que tuvieran valor de
supervivencia. Cabría esperar que también retuvieran respuestas emocionales
acentuadas a aquellos aspectos de su entorno cuya apreciación fuera ventajosa
para su supervivencia. Sabiendo algo de su entorno y de sus sentidos (que
también estarían adaptados a sus condiciones ambientales: niveles de luz,
niveles de sonido, visibilidad y demás), podríamos aventurar imágenes de
refugios seguros, puntos claros de observación y peligros que produjeran
respuestas instintivas. Si nos presentaran ejemplos de sus creaciones y
preferencias artísticas, es así como podríamos empezar a interpretarlos y
comprenderlos. Aunque sus símbolos de seguridad, peligro y visión panorámica
podrían haber sido modificados por sus prácticas sociales hasta el punto de ser
ahora irreconocibles, si quedaran huellas seríamos capaces de dar los primeros
pasos hacia la comprensión de cómo trabajaban sus mentes.
Figuras
en un paisaje. El dilema del arte por ordenador
Si
de repente empezamos a romper los lazos que nos ligan a la Naturaleza y nos
dedicamos puramente a la combinación del puro color y la forma independiente,
produciremos obras que son mero diseño geométrico, algo parecido a una corbata
o una alfombra.
WASSILY KANDINSKY
Las
fuentes de nuestro cariño por los paisajes naturales arrojan luz sobre nuestras
respuestas a los paisajes antinaturales. La ubicuidad de potentes sistemas
informáticos ha creado una explosión de gráficas por ordenador que adornan
galerías, dormitorios, estanterías y postales. El ordenador puede generar
imágenes a demanda, con colores escogidos.
Lámina 11. Un paisaje generado por ordenador que capta las características
fractales de los paisajes reales que se han desarrollado por procesos
autosimilares. Nótese, sin embargo, la falta de perspectiva y símbolos de
refugio (imagen de Richard Voss).
Esta
tecnología ha llevado a la creación de paisajes fractales generados por
ordenador (Lámina 11) que muestran sorprendentes similitudes con escenas
naturales. Nuestra discusión de la adaptación humana para apreciar rasgos del
paisaje nos ayuda a entender nuestras respuestas a escenas generadas por
ordenador. Podemos ver cómo su foco en la textura de paisajes a pequeña escala
excluye cualquier reconocimiento de la importancia de asociaciones simbólicas
mezcladas de perspectiva, refugio y peligro. Están dominados por vistas y
amplios horizontes, pero carecen de la inclusión deliberada de símbolos de
refugios y estímulos a la exploración. No resuenan con nuestra adaptación
evolutiva a respuestas emocionales a símbolos paisajísticos particulares. No
son paisajes hacia los que nos sintamos atraídos. De todas formas, hay algo
intrigante en estas imágenes: algo que es compartido por otros muchos ejemplos
de arte por ordenador. Para identificar de qué se trata, podríamos considerar
algunas cuestiones fascinantes planteadas por imágenes generadas por ordenador
que se presentan como obras de arte.
El arte por ordenador amenaza con dar la vuelta a siglos de reverencia por el
concepto de una obra de arte «original». Pues ¿qué es «lo original» de una obra
de arte por ordenador, cuando se pueden sacar innumerables copias idénticas en
la impresora láser? El original muestra la marca de la propia mano del artista,
lleva la firma del artista, muestra las pinceladas detalladas que utilizó para
hacerla. La fotocopia carece de todos estos toques personales. Algunos sienten
que esto es una devaluación subversiva de la obra de los artistas que acabará
por reducir su demanda. Pero, aunque el artista por ordenador no puede poner un
precio elevado a la singularidad de una de sus copias impresas, puede compensar
esto gracias a la enorme cantidad de obras que puede producir. Una devaluación
del estatus de la obra de arte original podría incluso ser bienvenida en
algunos sectores. Impediría que la propiedad de obras de arte sea básicamente
una actividad de los ricos, y que la adquisición y posesión de obras de arte
sea para algunas personas simplemente una inversión financiera. Indudablemente
hay muchos a quienes no les gustaría ver una revolución tan igualitaria.
Cuestiones como éstas muestran que el arte por ordenador es delicado. Aunque
quizá no ha producido (todavía) obras de una belleza que supere a las de los
artistas humanos, plantea nuevas preguntas sobre la naturaleza del arte.
Herbert Franke ve el efecto a largo plazo de este mundo de arte rival como una
dramática revolución en nuestra actitud hacia el arte y lo que podemos esperar
de él:
La
desmitificación del arte es uno de los efectos de mayor alcance del uso de los
ordenadores en las artes. En cuanto se reconoce que la creación del arte puede
ser formalizada, programada y sujeta a tratamiento matemático, todos aquellos
secretos que se utilizaban para consagrar el arte desaparecen. Lo mismo sucede
con la recepción del arte; la descripción de la realidad en términos racionales
aleja inevitablemente de los modos irracionales de pensamiento, tales como la
idea de que el arte causa efectos que no pueden describirse científicamente o
que el artista transmite al público información que no podría ser expresada de
otra manera. Y con ello el arte pierde su función como un sustituto para la fe,
que aún cumple aquí y allá.
La
reproducibilidad del arte por ordenador es una consecuencia de su cualidad de
«pulsar un botón». Parece estar dominada por la tecnología utilizada en su
fabricación. La tecnología se utiliza hoy en la pintura convencional:
proporciona pinturas acrílicas, pinceles y otros materiales y métodos
innovadores, pero éstos todavía pueden considerarse como mejoras a las
herramientas y técnicas tradicionales que son vehículos para la expresión,
antes que la esencia de dicha expresión. El arte por ordenador, por el
contrario, parece totalmente dependiente del computador para su presentación.
Es un reflejo del estado de la tecnología de computadores y de la estructura de
algoritmos impersonales concretos. El artista Gary Glenn lo ataca como la
última actividad basura:
El
arte por ordenador está vacío de sentimiento; no hay encuentro directo con los
materiales. Los materiales tradicionales no ocultan lo que se ha hecho; hay
pinceladas, marcas de cincel… Hay un registro de los gestos y la presencia del
artista. Hay una carencia absoluta de humanidad en el arte generado por
ordenador. ¿Es un artista quien trabaja solamente con ordenadores y solamente
por razones estéticas o artísticas?
Las
obras de arte por ordenador han sido exhibidas, en cualquier caso, en las más
famosas galerías del mundo. Hay revistas dedicadas a su valoración. Se hacen
películas multimillonarias que giran en torno a efectos artísticos especiales
que sólo los ordenadores pueden crear. Pero ¿es realmente arte? Quizá depende
de a quién se pregunte y cómo. Cliff Pickover, un reputado virtuoso de las
gráficas por ordenador de IBM en Nueva York, invitó a los lectores de uno de
sus libros a enviarle sus opiniones. El resultado fue una ilustración clásica
de la muestra sesgada; él señala que «una mayoría de los que respondieron a
“¿es el arte por computador realmente arte?” por correo electrónico decían
“sí”. Una mayoría de los que me escribieron sus respuestas en papel de cartas a
través del correo convencional, decían “no”». También es difícil evaluar la
respuesta del público a las obras de arte por ordenador, porque muchos de los
que aman el arte por ordenador lo hacen porque admiran la habilidad técnica que
testimonia —les gusta la representación por ordenador de una escena que sería
de poco o ningún interés estético si fuera presentada como un cuadro o una
fotografía—. En el caso de figuras intrincadas, como el conjunto de Mandelbrot,
el testimonio de los matemáticos es equívoco porque su juicio está sesgado por
un conocimiento de la extraordinaria estructura que se está representando —que
es más notable porque sus propiedades más extraordinarias no pueden ser
captadas por ninguna imagen finita.
Robert Mueller mantiene que las imágenes que aparecen a partir de la
implementación de fórmulas matemáticas y algoritmos informáticos no son
verdaderamente artísticas porque son esencialmente secundarias: son
representaciones que están limitadas por reglas externas.
Aunque podemos decir que las matemáticas no son un arte, algunos matemáticos se
consideran artistas de la forma pura. Parece evidente, sin embargo, que sus
formas elegantes y casi estéticas fallan como arte, porque son ideas visuales
secundarias, producto de un conjunto de restricciones intelectuales antes que
la causa de una intuición realizada en y a través de la forma visual.
Mueller piensa que, mientras que el artista crea imágenes libremente, el
artista por ordenador está simplemente explorando los límites de un
procedimiento, de un algoritmo o del número de colores que puede mostrar su
impresora. Pese a todo, quizá la situación es más sutil. El artista puede
sentirse libre de ataduras técnicas, pero, como hemos visto, hay sesgos
inadvertidos y ligaduras impuestas por nuestra historia evolutiva. Lo que
creamos debido a afinidad emocional o lo que creamos para anular afinidad
emocional: ambas cosas son producto de ligaduras, cuya influencia puede ser
mucho más abrumadora que las que controlan el algoritmo informático. Además, la
reacción de la mayoría de los artistas a las gráficas por ordenador está
matizada por el hecho de que la pintura es la forma de arte menos influida por
hallazgos tecnológicos. Los pigmentos naturales esparcidos por brochas de pelo
han estado sujetos a muy pocas innovaciones. Un contraste interesante lo
proporciona la música. Como la pintura, es universal entre las culturas
humanas, y puede ser rastreada hasta el alba de la historia registrada. Pero, a
diferencia de la pintura, tiene una tradición igualmente antigua de utilizar
artefactos para generar sonidos que los humanos no pueden producir de forma
natural. Más aún, en tiempos modernos, la producción y la grabación de música
han incorporado muchos tipos de artefactos electrónicos. Como consecuencia, la
creación de música electrónica está a menos distancia de la música tradicional
que el arte informático lo está del arte humano. La distinción entre música
generada por ordenador y música «humana» es mucho menos evidente para el oyente
casual que la distinción entre arte por ordenador y arte humano para el
observador casual.
Volvamos a la cuestión de lo que nos atrae hacia las imágenes fractales
generadas por ordenador. Nos hemos detenido en aquellos subproductos de nuestra
historia evolutiva que nos adaptaron para la supervivencia en los primitivos
ambientes de la sabana, pero para llegar a esa etapa de desarrollo muchas otras
y más básicas respuestas han sido descartadas por la selección natural. Quizá
la más básica de todas es una capacidad para sentir y clasificar pautas. Esta
capacidad permite identificar el peligro en el entorno, reconocer amenazas y
oportunidades pasadas cuando reaparecen, y clasificar pautas de sucesos y
conjuntos de cosas. Es adaptativo seleccionar experiencias que ayuden al proceso
de clasificar pautas en el entorno. Hay un amplio grupo de estructuras, que
podemos clasificar como simétricas, bellas o estéticas, cuyas pautas nos son
fáciles de captar y hacia las que cabría esperar que estemos predispuestos.
Además, vemos que los seres vivos tienden a distinguirse de las cosas naturales
no vivientes (frente a los objetos manufacturados que ahora nos rodean) por su
simetría. Como ya hemos discutido, los seres vivos poseen simetría
izquierda-derecha respecto a un plano vertical; si se mueven no poseen simetría
delante-detrás, y la gravedad dicta una asimetría arriba-abajo. Cualquier
predisposición hacia la detección y la respuesta a pautas con simetría
izquierda-derecha podría resultar altamente adaptativa. Revelaría cuándo se
acercaba otro animal en nuestra dirección, mirándonos. Esto podría ser una
señal para escapar, para prepararse para la cena o para considerar la
perspectiva de una posible pareja. Una respuesta a la simetría no siempre será
correcta, por supuesto; uno podría estar mirando una roca bellamente
redondeada, en lugar de un predador. Se requieren respuestas seguidas para
obtener más información. Pero el coste de construir una sencilla respuesta
instintiva a la simetría es bastante pequeño comparado con los beneficios. El
valor de supervivencia de un rápido reconocimiento de pautas es considerable.
Si podemos identificar pautas en un paisaje, entonces es más probable que lo
exploremos. Una vez más, como sucede con nuestras respuestas innatas al
paisaje, no estamos encadenados por estas disposiciones. Pueden ser reescritas
por la experiencia, pero en ausencia de experiencias formativas individuales
nuestras respuestas heredadas a las pautas serán las respuestas por defecto. Y,
como sucede con otras actividades con alto valor de supervivencia, como comer o
volver a casa a salvo, inevitablemente se harán placenteras. En el caso de las
pautas fractales estamos expuestos a una forma altamente desarrollada de pauta
organizada que también está presente en el mundo natural (en hojas, árboles y
formaciones rocosas); por lo tanto no es sorprendente que nuestra capacidad
para identificar, seleccionar y clasificar pautas sea activada y aumentada por
obras de arte fractal. Pero el carácter soso y poco atractivo de los paisajes
fractales es testimonio de su incapacidad para excitar las respuestas más
específicas del hábitat que sí evocan los atractivos paisajes naturales. Todo
el arte por ordenador está fuertemente sesgado para atraer la atención de las
habilidades más básicas de reconocimiento de pautas de nuestro cerebro, y el
hecho de que esta forma de representación tiende a excluir la mayoría de las
formas tradicionales de simbolismo sólo sirve para acentuar la respuesta a las
pautas. Hay mucho lugar para que la apreciación estética florezca como un
subproducto de la selección para el reconocimiento de pautas. Considerando el
reconocimiento de pautas como un tipo de juego realizado contra una amenaza
ambiental potencial, podemos ver por qué cabría esperar que nuestras mentes
sean supersensibles a la presencia de pautas. Las consecuencias negativas de
«ver» pautas cuando no hay ningún león acechando son muy pequeñas comparadas
con las consecuencias fatales de no identificar a un león cuando está allí. Por
ello es comprensible una tendencia hacia la paranoia, el autoengaño y una
supersensibilidad a la presencia de pautas.
Esta sensibilidad a identificar pautas tiene manifestaciones que son
especialmente interesantes porque aparecen en muchas culturas del Medio Oriente
donde está prohibida la representación artística de seres vivos. Cuanto más se
examinan los productos ordenados del arte por ordenador, con su énfasis en la
simetría y la reflexión, más se siente que son ejemplos de exploración de
pautas en lugar de arte. Podemos imaginar un antiguo debate entre árabes y
europeos respecto a si sus respectivas formas de arte eran «realmente» arte.
Figura 3.29. (i) Diversas pautas de teselación islámica utilizadas por los
diseñadores árabes de La Alhambra, bosquejadas por Maurits Escher; (ii) Ocho
cabezas, de Maurits Escher, 1922. Un primer grabado hecho cuando el artista era
un alumno de la Escuela de Arquitectura y Artes Decorativas en Haarlem.
A lo
largo de la historia, los seres humanos han producido diseños decorativos en
forma de mosaicos, teselas y frisos. La tradición islámica es especialmente
notable a este respecto, porque las enseñanzas de El Corán prohíben la
representación de seres vivos con fines decorativos. En consecuencia, los
árabes explotaron todo el espectro de complejidad que permite la geometría,
tanto en superficies planas como en superficies curvas. La intuición geométrica
de sus artistas sobrepasaba la que muestran los matemáticos contemporáneos.
Tienen mucho en común con la obra de Maurits Escher, que también ha estimulado
nuevos descubrimientos en geometría (Figura 3.29).
En estos ejemplos se ven en acción nuestros instintos para el reconocimiento,
generación y clasificación de pautas. El uso sistemático más extendido de las
pautas decorativas es el más simple: la creación de frisos lineales. La gama de
alternativas no es tan grande como los catálogos de papel de pared nos
llevarían a pensar. Hay solamente siete pautas lineales que pueden repetirse en
una franja de papel para dar un friso que utilice dos colores; el número total
de pautas repetitivas que pueden crearse en una superficie plana para crear un
friso, utilizando sólo dos colores, es diecisiete[26].
Cuando se utilizan dos colores (digamos, blanco y negro) para producir un friso
lineal, sólo pueden emplearse cuatro ingredientes básicos para crear una pauta
repetitiva. El primero es la traslación: simplemente mover una pauta a lo largo
del friso, en bloc. El segundo es la reflexión respecto a un eje vertical u
horizontal. El tercero es una rotación de 180 grados alrededor de un punto
fijo. El cuarto es una reflexión con deslizamiento, que consiste en una
traslación hacia adelante junto con una reflexión de la imagen respecto a una
línea paralela a la dirección en la que se ha trasladado, lo que da como
resultado que las imágenes especulares creadas por la reflexión estén
ligeramente desplazadas una de otra, en lugar de estar alineadas verticalmente.
Cada uno de estos cuatro movimientos se muestra en la Figura 3.30. Estas cuatro
operaciones sólo pueden combinarse de siete maneras diferentes para producir
diseños repetitivos como los mostrados en la Figura 3.31. Las diferentes
posibilidades aparecen al actuar sobre un motivo inicial, que no tiene por qué
tener simetría, con las siguientes operaciones:
Figura 3.30. Las cuatro operaciones básicas que pueden utilizarse para
generar un friso.
Figura 3.31. Los siete frisos distintos que pueden generarse mediante
combinaciones de las cuatro operaciones básicas mostradas en la Figura 3.30.
Las etiquetas corresponden a las combinaciones de estas operaciones cuya lista
se da en la página 192 del texto.
a. traslación
b. reflexión
horizontal
c. reflexión
con deslizamiento
d. reflexión
vertical
e. rotación
de 180 grados
f. reflexión
horizontal/vertical
g. reflexión
vertical/rotación
Ejemplos
de las siete variedades posibles de pautas de frisos se encuentran en
decoraciones en todo el mundo antiguo: desde la cerámica de San Ildefonso a los
vasos de los incas y las formas tradicionales de la decoración maorí. Algunos
magníficos ejemplos de las siete, tomados de culturas diversas, se muestran en
la Figura 3.32.
Figura 3.32. Las siete posibles simetrías en frisos, cada una de ellas
ilustrada por dos ejemplos tomados de las tradiciones decorativas de culturas
diferentes.
Aumentemos
una dimensión y pasemos de los frisos al papel de pared. Las pautas simétricas
en dos dimensiones tienen más libertad para reproducir utilizando combinaciones
de las reflexiones, traslaciones y rotaciones básicas. Hay diecisiete
posibilidades, que fueron clasificadas por primera vez por Eugraf Federov en
1881, pero parece que todas eran bien conocidas, y empleadas con fines
decorativos, por los antiguos egipcios. Las muestras más espectaculares de
ellas se encuentran en las decoraciones de La Alhambra (véase la Figura 3.29
(i)). Los diecisiete ejemplos se muestran en la Figura 3.33, utilizando
ejemplos recogidos de antiguas decoraciones en un amplio abanico de culturas.
Si nos apartamos de estos diseños regulares, que tienen una estructura reticular
que es invariante después de atravesar direcciones verticales u horizontales,
entonces el número de diseños posibles crece espectacularmente. De hecho,
cualquiera de las pautas puede combinarse con las demás en un número infinito
de permutaciones diferentes.
Figura 3.33. Las 17 pautas bidimensionales («papeles de pared») posibles,
ilustradas por ejemplos de culturas diferentes.
La
ubicuidad de estas formas de decoración, en culturas que carecen de una
comprensión matemática de su significado y compleción, es testimonio de la
sensibilidad humana hacia las pautas —una sensibilidad que tiene claras
ventajas adaptativas—. En el mundo antiguo, el equivalente del contraste
moderno entre arte por ordenador, paisaje y otras formas de arte figurativo iba
a encontrarse en el contraste entre decoración y representación de ambientes y
seres vivos. La perenne atracción de ambos tipos de imágenes testimonia los
diferentes hilos en nuestro mosaico de apreciaciones estéticas. En las formas
de pintura más tradicionales las resonancias simbólicas son dominantes sobre el
reconocimiento instintivo de pautas; pero, como veremos en un capítulo posterior,
los papeles están invertidos en nuestra apreciación de las pautas de sonido.
Hijos
de la medianoche. Una primera ojeada a las estrellas
El
sensual contraste entre el fondo oscuro —más negro cuanto más clara es la noche
y más estrellas podemos ver— y el fuego palpitante de las propias estrellas no
podría ser superado por ningún artificio posible.
GEORGE SANTAYANA
Este
capítulo empezó con las estrellas. De ellas emergieron los ladrillos
bioquímicos de la complejidad, junto con los rayos de calor y luz que promueven
y sostienen la nueva forma de complejidad que llamamos vida. Hemos visto cómo
las características invariantes del tejido del Universo fijan los tamaños de
los cuerpos celestes, y los planetas, de maneras que limitan las formas y
tamaños de las estructuras y los organismos en la superficie de la Tierra. Al
parecer, la influencia del tamaño es omnipresente y afecta al abanico y las
escalas de tiempo de la vida de maneras insospechadas. Conforme dichas
restricciones del entorno natural fueron acomodadas por la evolución de
organismos adaptativos, la selección llevó a curiosas sensibilidades al
entorno, cuyo legado se manifiesta en nuestras sensibilidades estéticas hacia
las escenas naturales y en muchas de nuestras antipatías por lo antinatural.
Estas consideraciones revelan algo de nuestras intuiciones de lo natural y lo
antinatural; yacen en el corazón de nuestros deseos latentes de apreciar,
alimentar y recrear el entorno de maneras sensibles. Nos enseñan algo sobre
nuestras respuestas a los símbolos y sobre el placer que obtenemos de las
pautas simétricas. Y, con ello, qué agradable conclusión sería que nuestro
final pudiera coincidir con nuestro principio, que pudiéramos volver a las
estrellas para cerrar esta parte de nuestra historia. Lamentablemente, no lo
es. No hemos heredado de nuestros ancestros respuestas a las estrellas; no hay
tradición de pintar el cielo nocturno. Ni la esperaríamos. Los cielos cambian
lentamente. Mientras que la puesta de sol estimula las respuestas emocionales
necesarias para acomodar rápidamente las circunstancias cambiantes, la llegada
de las estrellas no señala nada tan urgente en la mente del cazador o el
recolector. La tapicería celeste es un gusto adquirido, pero su influencia,
aunque sutil, no es menos general. Como vamos a descubrir.
Capítulo 4
Los cielos y la Tierra
La
ciencia es análisis espectral.
El arte es fotosíntesis.
KARL KRAUS
Lo
que queda del día. Ritmos de vida
La
educación es algo admirable, pero es bueno recordar de cuando en cuando que
nada de lo que merece la pena saber puede ser enseñado.
OSCAR WILDE
Todos
los meses, organizaciones sin rostro me envían facturas. Cada trimestre, otras
se les unen. Y, cuando empieza el Nuevo Año, otra caterva de ordenadores decide
que mi dirección aparezca en ventanillas de sobres de correo. Estas
notificaciones periódicas se repiten en todo el mundo, y la pauta laberíntica
de nuestras vidas cotidianas se mantiene unida por un armazón de días, meses y
años. Estructuramos el tiempo y organizamos nuestra vida de acuerdo con estos
ciclos, y con ello reflejamos las pautas celestes que han estimulado y dirigido
la evolución de nuestro entorno. Días y noches, estaciones y mareas, ciclos de
fertilidad, descanso y actividad: todo son reflejos de los ritmos que nos
imponen los movimientos celestes. Han tenido influencia en dónde y cómo vive la
gente, los elementos que deben superar; el refugio y el vestido que deben
fabricar y las historias que cuentan sobre todo ello. A través de estos
artificios y deseos, los movimientos inexorables de los cielos y la Tierra han
arrojado sus sombras sobre nuestros cuerpos, nuestras acciones y nuestras
supersticiones acerca del sentido del mundo. En este capítulo exploraremos
algunas inesperadas conexiones entre los cuerpos celestes y los patrones de
vida en la Tierra. Examinaremos estos vínculos en diferentes niveles, empezando
con las pautas temporales subyacentes en el entorno terrestre y terminando con
las respuestas que los seres humanos hemos aprendido a dar al reino
astronómico. Estas respuestas aún se manifiestan en nuestra organización social,
y también subyacen a muchas de nuestras respuestas metafísicas y emocionales al
Universo. Hemos estado tentados a ver las estrellas como dioses, como demonios,
como guías de navegación, como profecías de mala suerte o, lo que es peor, como
los gobernantes de cada una de nuestras acciones. Descubriremos también que
hemos sido extraordinariamente afortunados por encontramos viviendo, por azar,
en circunstancias celestes que influyen significativamente en el alcance y
dirección de cualquier investigación científica del Universo. Si apreciamos
algunas de las delicadezas de esta situación, estaremos mejor situados para
evaluar la probabilidad de que organismos extraterrestres alcancen el nivel de
comprensión científica del Universo que nosotros hemos alcanzado. Veremos que
el progreso no es sólo una cuestión de inteligencia, sino que depende en gran
medida de nuestro punto de vista en el Universo.
Los primeros pasos preconscientes de nuestros ancestros primitivos a lo largo
del sendero evolutivo se dieron en un mundo con una alternancia diaria de noche
y día, una crecida y bajada mensual de las mareas, y una variación anual en las
horas diurnas y en el clima. Todos estos cambios de escenario han dejado su
impronta sobre los actores en el serial de la vida. Algunos sobrevivieron mejor
porque variaciones fortuitas les dieron ritmos corporales que reflejan con
precisión el pulso de cambios ventajosos en el entorno. Otros sintieron directa
y vivamente algún aspecto de los ritmos celestes y respondieron a sus órdenes de
marcha. El mundo está lleno de plantas y animales que han crecido sensibles al
ciclo de la noche y el día, el ciclo estacional del calor del Sol y la
variación mensual de las mareas. Las mareas oceánicas provocadas por las fases
de la Luna influyeron en la evolución de los crustáceos y los anfibios. La
formación de regiones con grandes diferencias entre mareas vivas y muertas, con
alternancia de períodos de inmersión y períodos secos, puede haber animado la
difusión de la vida del mar a la tierra. Las condiciones cambiantes estimulan
la evolución de un tipo de complejidad que lleva a la vida porque crea
condiciones en las que la variación supone una diferencia en las perspectivas
de supervivencia.
Hay huellas claras de un período anual en los ciclos vitales de los animales.
La adaptación evolutiva favorecerá la supervivencia de «relojes» innatos que
hacen coincidir el nacimiento de las crías con momentos en que las
probabilidades de supervivencia son máximas, especialmente en las regiones
templadas, donde las estaciones cambian abruptamente. Un ejemplo excelente lo
proporciona el desove del grunión en las aguas del sur de California. Éste se
produce en la marea viva de primavera, durante la Luna nueva o la Luna llena, y
los peces desovan después de enterrar la mitad de sus cuerpos en la arena.
Puesto que las mareas siguientes son cada vez menores, los huevos permanecen
fuera del alcance de los predadores marinos. Los huevos se abren dos semanas
más tarde, cuando vuelve la marea viva, justo a tiempo para llegar al mar con
facilidad aprovechando la siguiente marea alta. Una falta de respeto por este
ciclo de las mareas sería penalizada por los predadores, y los organismos
provistos de relojes innatos que marchen al ritmo de las variaciones de las
mareas prosperarán a expensas de los que carecen de ellos. Puesto que las
fuerzas de marea son manifestaciones del mismo ciclo mensual de variaciones
lunares que altera la fracción de la cara de la Luna que puede verse de noche
por reflejo de la luz del Sol, hay varias maneras de establecer una
sincronización con los ciclos de las mareas: sintiendo las fuerzas
directamente, sintiendo las variaciones de la luz de la Luna o por variaciones
de comportamiento en la región con grandes diferencias de marea.
Los animales sienten el cambio de las estaciones por una respuesta a la
duración de la luz diurna. Hay ejemplos notables de la precisión de esta
sensibilidad, que optimiza la fertilidad de las hembras para que coincida con
el equinoccio de primavera. Parece que la actividad de apareo se desencadena
cuando la duración de la luz diurna alcanza un valor crítico. Los experimentos
muestran que puede haber sólo dos fases: amor a la luz y amor en la oscuridad.
En la primera fase, cuando la luz cae en el cuerpo estimula el crecimiento y la
actividad; en la segunda fase estas cosas se inhiben. En días largos, más luz
estimula respuestas bioquímicas más fuertes. Pero la situación no es siempre
tan sencilla. Las criaturas pueden poner a cero sus relojes internos
exponiéndolos a entornos artificiales. Ha habido mucha discusión entre biólogos
sobre los papeles respectivos de los relojes internos, regulados genéticamente,
y las influencias externas en la explicación de los ciclos biológicos. Parece
que los seres vivos tienen unos ritmos basales, heredados a través de
adaptaciones al entorno, que pueden ser corregidos por cambios en el entorno y
transformados en nuevos ciclos.
El día y el año son las más simples de nuestras divisiones temporales. La
longitud del día está determinada por el tiempo que tarda la Tierra en dar una
vuelta alrededor de su eje. El día sería mucho más largo si la Tierra rotara
más lentamente, y las variaciones diurnas no existirían en absoluto si la
Tierra no poseyera rotación. En ese caso, los seres vivos estarían divididos en
tres poblaciones distintas: una en el lado oscuro, otra en el lado luminoso y
una tercera en la zona crepuscular intermedia. El día no podría ser mucho más
corto porque hay un límite a lo rápido que puede girar un cuerpo antes de que
empiece a despedir a los objetos en su superficie y desintegrarse. De hecho, la
longitud del día está alargándose muy lentamente, aproximadamente dos milésimas
de segundo por siglo, debido a la atracción de la Luna. Durante los enormes
períodos de tiempo necesarios para un cambio geológico o biológico destacable,
este pequeño aumento se hace bastante importante. El día habría sido once horas
más corto hace dos mil millones de años, cuando vivían las más antiguas
bacterias fósiles conocidas. Se han encontrado pruebas directas de este cambio
impresas en los seres vivos en algunos arrecifes coralinos de Las Bahamas. En
el coral se depositan bandas de crecimiento diario y anual (parecido a los
anillos en los árboles), y contando cuántas bandas diarias hay en cada banda anual
se puede determinar cuántos ciclos diarios había en un año. El crecimiento del
coral contemporáneo muestra unas trescientas sesenta y cinco bandas por cada
año, aproximadamente lo que se esperaba, mientras que los corales de hace 350
millones de años muestran unos cuatrocientos anillos diarios en cada banda
anual, lo que indica que el día era entonces de sólo unas 21,9 horas. Este es
casi exactamente el valor que esperaríamos en ese momento del pasado, dado el
ritmo al que está cambiando la atracción de la Luna. Si extrapolamos hacia
atrás hasta la formación de la Tierra, entonces la Tierra joven podría haber
tenido días que durasen solamente unas 6 horas. Así pues, si la Luna no
existiera, nuestro día sería probablemente de sólo un cuarto de su longitud actual.
Esto también hubiera tenido consecuencias para el campo magnético de la Tierra.
Con un día de sólo 6 horas, la rotación más rápida de partículas cargadas
dentro de la Tierra produciría un campo terrestre unas tres veces más intenso
que el actual. La sensibilidad magnética sería una adaptación más económica
para los seres vivos en un mundo semejante. Pero los efectos ambientales de más
largo alcance de un día más corto se seguirían de los vientos mucho más fuertes
que azotarían la superficie en rotación del planeta. El grado de erosión por el
viento y las olas sería muy grande. Habría presión selectiva hacia árboles más
pequeños y para que las plantas desarrollaran hojas más pequeñas y más fuertes
que fueran menos susceptibles de arrancar. Esto podría alterar el curso de la
evolución de la atmósfera de la Tierra al retrasar la conversión de su
primitiva atmósfera de dióxido de carbono en oxígeno por acción de la
fotosíntesis.
El año está determinado por el tiempo que tarda la Tierra en completar una órbita
alrededor del Sol. Este período de tiempo no es en modo alguno aleatorio. Las
temperaturas y emisiones de energía de las estrellas estables están fijadas por
las intensidades invariantes de las fuerzas de la Naturaleza. En un planeta
sólo puede haber actividad biológica si su temperatura superficial no es
extrema. Demasiado calor, y las moléculas se fríen; demasiado frío, y se
congelan; pero en medio, hay un rango de temperaturas en el que pueden
multiplicarse y crecer en complejidad. El estrecho rango dentro del cual el
agua es líquida puede ser muy bien el óptimo para la evolución espontánea de la
vida. El agua ofrece un ambiente maravilloso para la evolución de la química
compleja porque aumenta tanto la movilidad como la acumulación de grandes concentraciones
de moléculas.
Estas limitaciones a la temperatura garantizan que los seres vivos deben
encontrarse en planetas que no están demasiado cerca, ni demasiado lejos de la
estrella alrededor de la cual orbitan. Estarán en una «zona habitable»
alrededor de una estrella central de mediana edad, de la que el Sol es un
ejemplo típico. Dichas órbitas deben estar necesariamente muy cerca de ser
circulares si queremos que estos planetas permanezcan en la zona habitable a lo
largo de sus viajes orbitales. Si se mueven en órbitas ovales muy excéntricas,
como las de los cometas que periódicamente pasan cerca de nosotros,
experimentarán alternativamente condiciones de extremo frío e intenso calor que
hacen poco probable la evolución de la complejidad y la vida. La ley de
gravitación fija el tiempo que tardará un planeta en completar su órbita si se
conoce su distancia a la estrella madre. Los planetas que son habitables tienen
así la longitud de su «año» firmemente determinada por las constantes
inalterables de la Naturaleza.
Estas consideraciones nos muestran que la vida que tiene su base en planetas se
encontrará en un ambiente periódico. Además, los ciclos de cambio introducidos
por su rotación, y por su movimiento alrededor de su estrella madre, no serán
distintos de los que caracterizan nuestra propia situación, porque todos están
fuertemente ligados a las condiciones necesarias para el mantenimiento de un
ambiente habitable constante. Las adaptaciones al cambio periódico serán
adaptaciones que debería compartir toda la vida inteligente[27].
Se puede especular sobre qué aspectos del mundo habrían dejado la impronta más
profunda en nuestra común visión del mundo en la antigüedad primitiva. Existe
la clara división entre la Tierra y el cielo, separados por el horizonte; la
atracción de la gravedad de la Tierra orienta «arriba» y «abajo», donde quiera
que vayamos. Estas experiencias son invariables, pero otras, como los ciclos de
luz y oscuridad, son periódicas. El Sol domina las horas del día; es la fuente
de luz y calor. Por la noche, su papel es asumido por la Luna y las estrellas,
que se extienden por el cielo en la banda difusa que llamamos Vía Láctea. Todos
los seres conscientes en planetas habitables en órbita en torno a estrellas
estables estarán bajo influencias similares. Dioses-Sol y diosas-Luna son los
objetos de culto más extendidos en la historia humana; su veneración muy bien
puede extenderse mucho más allá de los confines de nuestro sistema solar.
El
imperio del Sol. Las razones de las estaciones
Yo
leo buena parte de la noche, y en invierno me voy al sur.
T. S. ELLIOT,
La tierra baldía
Cuando
la Tierra hace su circuito anual alrededor del Sol describe una órbita con
forma elíptica. Su máxima distancia del Sol es 1,017 veces la distancia media,
y su mínima distancia es sólo 0,983 veces la media. Esta ligera desviación de
un círculo perfecto produce una variación anual de aproximadamente un 7 por 100
en el flujo de energía que la superficie de la Tierra recibe del Sol. La
cercanía de la órbita de la Tierra a un círculo tiene una importancia evidente.
En el caso de Marte, la variación en el calentamiento solar es un sorprendente
90 por 100. Tales variaciones drásticas presentan desafíos importantes para los
poderes adaptativos de los organismos.
Pese a lo que la mayoría de la gente espera, la pequeña variación anual en la
distancia de la Tierra al Sol tiene poco o nada que ver con los cambios
estacionales en el clima de la Tierra. ¿Cómo podría tenerlo, cuando los veranos
australianos coinciden con los inviernos europeos? Si dividimos la órbita
elíptica de la Tierra en cuatro cuadrantes, podemos ver que, debido a que pasa
más tiempo en los cuadrantes en los que está más lejos del Sol, recibe de hecho
el mismo flujo de energía solar mientras está atravesando cada uno de los
cuatro cuadrantes. Esto es una consecuencia de la ley de la inversa del
cuadrado para la gravitación y para la iluminación.
La clave de las variaciones estacionales de la Tierra, y de toda la diversidad
que deriva de ellas, es un pequeño accidente de su formación: el hecho de que
su eje de rotación está inclinado con respecto al plano de su órbita alrededor
del Sol. Si usted imagina la Tierra en órbita alrededor del Sol en la
superficie de una mesa, entonces el tablero de la mesa especifica el plano de
la órbita de la Tierra. Este plano se denomina la «eclíptica». Al tiempo que la
Tierra órbita alrededor del Sol, rota alrededor de su eje polar cada 23 horas y
56 minutos, pero el eje polar no es perpendicular a la eclíptica: está
inclinado con respecto a la perpendicular un ángulo de 23,5 grados.
Es esta modesta inclinación la que hace la superficie de la Tierra un lugar tan
diverso. La Tierra mantiene su orientación con respecto a las estrellas lejanas
mientras órbita alrededor del Sol, de modo que su oblicuidad asegura que los
diferentes hemisferios reciben diferentes flujos de energía solar. Dos
paralelos, conocidos como los Trópicos de Cáncer y de Capricornio, tienen
latitudes iguales a 23,5 grados norte y sur respectivamente; entre dichas
latitudes, la duración de la luz del día apenas varía, y hay un día en el año
en el que el Sol está directamente en la vertical. Por el contrario, dentro de
los dos Círculos Polares localizados a latitudes de 66,5 grados norte y sur,
hay enormes variaciones en horas de luz diurna: el Sol no sale en absoluto
durante parte del invierno y no se pone durante parte del verano («la tierra
del Sol de medianoche»). En las zonas templadas, entre los trópicos y los
círculos polares, el Sol se eleva mucho más en el cielo durante el verano que
durante el invierno; en consecuencia, las horas de luz diurna en verano son
significativamente mayores y las temperaturas son más altas (Figura 4.1). Por
el contrario, en los Trópicos hay poca variación de temperatura entre las
estaciones. En su lugar, éstas están caracterizadas por una alternancia de
períodos húmedos y secos, con sus variaciones en la vida de plantas e insectos,
y por las enfermedades asociadas que siguen a los cambios de humedad.
Figura 4.1. La razón de las estaciones: la inclinación del eje de rotación
de la Tierra con respecto al plano de la órbita de la Tierra alrededor del Sol
(no dibujado a escala).
La
Tierra habría sido un lugar más aburrido si el eje de rotación no estuviera
inclinado respecto a la perpendicular al plano de la órbita. Esto, junto con
otras propiedades de la Tierra, puede verse en el contexto de los demás
planetas en la Tabla 4.1. Si no estuviera inclinada, no habría estaciones. El
Sol saldría cada mañana y se pondría cada tarde después de seguir el mismo
camino diario en el cielo. Las horas de oscuridad y de luz serían iguales en
todas partes; el clima sería estacionario; los vientos más moderados, y, sin
estaciones, las zonas climáticas estarían abruptamente definidas sólo por la
latitud. La flora y la fauna serían muy especializadas porque cada especie
ocuparía ambientes particulares invariables. En el capítulo anterior vimos cómo
el clima puede influir en los tamaños de los seres vivos. Como resultado de
ello, en la Tierra hay tendencias importantes en el tamaño y la diversidad de
los seres vivos conforme nos movemos desde los ambientes estables de las
regiones ecuatoriales a los caprichos de los extremos polares. Toda esta
variación es una consecuencia de la inclinación del eje de rotación de la
Tierra. Sin ella, la mezcla de criaturas de diferentes tamaños no tendría
ninguna restricción climática y la ecología de la Tierra sería muy diferente.
TABLA 4.1 Algunos datos de los planetas y de la luna. «Días» son aquí días
solares de la Tierra y «años» son años terrestres. Los planetas exteriores
gigantes (Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno) son fluidos hasta profundidades
importantes y no tienen una superficie bien definida. Los valores de sus
temperaturas en superficie, gravedades en superficie y composiciones están
especificados para una capa de la atmósfera en donde la presión es igual a la
presión atmosférica terrestre al nivel del mar.
Por
el contrario, si el eje de la Tierra estuviera inclinado mucho más de lo que
está, entonces las condiciones se habrían hecho mucho más hostiles. Las
variaciones estacionales más extremas ocurrirían para una inclinación de 90
grados, en cuyo caso el eje de rotación de la Tierra yacería en el plano de la
rotación orbital[28]. Los cambios
estacionales serían mucho más abruptos y extremos. La superficie de la Tierra
oscilaría abruptamente entre veranos tropicales e inviernos árticos. Extensas
capas de hielo se formarían y fundirían cada año, lo que llevaría a enormes
variaciones en el nivel del mar. Si la inclinación de la Tierra fuera de 90
grados, la fusión de los hielos polares produciría incrementos en el nivel del
mar superiores a 30 metros cada 6 meses. Las masas de tierra continentales se
reducirían en tamaño y el área del planeta disponible para la evolución de la
vida se reduciría de forma significativa. Las formas de vida tendrían que tener
una movilidad extraordinaria para resistir los cambios estacionales. Todos los
animales necesitarían ámbitos mayores y serían mucho más susceptibles a la
extinción si repentinos cambios geológicos les impidieran migrar a climas más
cálidos. Las velocidades del viento serían mucho mayores, las tormentas más
fuertes y más abundantes. Los Círculos Polares abarcarían una parte mucho mayor
de la superficie de la Tierra y los animales pequeños encontrarían sus hábitats
reducidos y más poblados por competidores. De hecho, la Tierra sería un lugar
más pequeño y menos hospitalario para los seres vivos. Sólo una pequeña parte
de su superficie estaría durante largos períodos a una temperatura favorable
para la vida. Y una parte aún mucho menor estaría dentro del rango de variación
estacional al que podría seguir el paso el proceso de adaptación evolutiva.
En la época Victoriana era habitual que científicos y teólogos de cierta
tendencia escribieran obras apologéticas que exponían una maravillosa colección
de características manifiestas en la Naturaleza, sin las que la vida humana
sería insoportable, si no imposible. Estas características del mundo eran
presentadas invariablemente como prueba convincente de un diseño benevolente en
el corazón de la Naturaleza, del que nosotros éramos los principales
beneficiarios. Las características del mundo natural favorables para la vida
eran presentadas como algo tan inusual y esencial que sólo podrían haber
aparecido gracias al propósito de un gran diseñador. Así, un argumento a favor
de la existencia de Dios se apoyaba haciendo énfasis en la milagrosa abundancia
de circunstancias favorables al mantenimiento de la vida humana. Este estilo de
argumentación generó toda una subdisciplina de «teología natural», que fue
especialmente dominante en Inglaterra y se ganó el apoyo de muchos científicos
famosos. No es sorprendente que la inclinación del eje de rotación de la Tierra
con respecto a su plano orbital fuera una de las características resaltadas por
los defensores de estas teorías del diseño. Deberíamos señalar que no
pretendemos reiterar argumentos como ésos. Nuestra argumentación se dirige en
dirección opuesta. Más que inferir algo metafísico a partir de la forma de los
movimientos celestes, o concluir que han sido establecidos para permitir que
exista la vida, queremos mostrar cómo las disposiciones celestes han influido
inevitablemente en las formas de vida que surgen, evolucionan y se extienden en
la Tierra. Aunque cambios en algunas de estas características del Sistema Solar
harían imposible la vida en la Tierra (especialmente si los cambios fueran
grandes), otros no lo harían. La vida seguiría apareciendo en estas
circunstancias alteradas y mostraría las adaptaciones apropiadas a ellas[29].
La cercanía de la órbita de la Tierra a la circularidad significa que su
inclinación domina las variaciones anuales en el clima. Si la órbita estuviera
lejos de la circularidad, éste ya no sería el caso. Un ejemplo interesante de
ello es Marte, que tiene un período de rotación que hace su día de duración
similar al de la Tierra (24 horas 37 minutos). Su eje de rotación está
inclinado 24 grados, un ángulo muy similar al de la Tierra (aunque varía entre
16 y 35 grados durante un período de 160 000 años). Sin embargo, la variación
climática de Marte es drásticamente mayor que la de la Tierra, simplemente
porque está dominada por la variación de la energía solar que recibe a lo largo
del largo «año» marciano. Además, sin océanos que actúen como un sumidero para
estos cambios de temperatura, y con enormes variaciones en la topografía de su
superficie, sus variaciones climáticas son extremas.
El grado de inclinación de la Tierra es un término medio feliz. No podemos
concluir, como los teólogos naturales de antaño, que esta inclinación sea
óptima —que vivimos «en el mejor de los mundos posibles»— o que la vida no
podría haber evolucionado en la Tierra si su inclinación fuera
significativamente diferente (aunque muy bien podría ser cierto). En su lugar,
ilustramos cómo el ritmo de las estaciones y las variaciones climáticas en la
Tierra, que han modelado tantos caminos de desarrollo humano y animal, guardan
la impronta de la estructura del Sistema Solar.
Planetas
extrasolares. Un caso de prejuicio espacial
Que
Dios me ayude en mi búsqueda de la verdad y me proteja de quienes creen que la
han encontrado.
Antigua oración inglesa
Hasta
1995 no podíamos hacer otra cosa que preguntamos si las propiedades singulares
de nuestro Sistema Solar que han hecho posible la vida y han modelado nuestra
perspectiva del Universo eran fortuitas o no. Ciertamente parecían especiales,
pero con una única muestra no había mucho más que decir: podría haber sido que
los sistemas planetarios se formaron solamente cuando ocurrió alguna rara
explosión cataclísmica, o podría ser que aparezcan de forma natural cuando
quiera que se forma una estrella como el Sol. Entonces, de forma más bien
repentina, todo cambió. El 5 de octubre de 1995, Michel Mayor y Didier Queloz
del Observatorio de Ginebra, anunciaron la primera detección de un planeta
fuera de nuestro Sistema Solar. Fue detectado en una órbita de 4,23077 días
terrestres alrededor de la estrella 51 Pegasi. Su masa era similar a la del
planeta Júpiter, unas mil veces mayor que la de la Tierra. Tan sólo una semana
más tarde, Geoff Marcy y Paul Butler, entonces en la Universidad Estatal de San
Francisco, confirmaron su presencia y lanzaron la carrera para detectar un buen
número de otros planetas. Hoy la cuenta pasa de 130, y el descubrimiento de uno
nuevo ni siquiera aparece ahora en los periódicos a menos que haya algo
especial sobre el planeta o su órbita.
Conforme ha aumentado el catálogo de planetas extrasolares hemos aprendido
varias cosas importantes y ligeramente confusas sobre los planetas. Es evidente
que la formación de planetas es un proceso general en el Universo. A este
respecto nuestro propio planeta no es un caso especial. Pero, a medida que el
número de planetas extrasolares crecía en el catálogo, empezamos a ver hasta
qué punto nuestro Sistema Solar es distinto. De los planetas conocidos, sólo 14
están en sistemas planetarios con más de un planeta. Once de ellos muestran dos
planetas en órbita y dos de ellos muestran tres. Es importante reconocer que
quizá éste no sea un inventario completo de los planetas, ni siquiera en dichos
sistemas, porque la técnica observacional sólo es sensible para detectar
planetas gigantes como Júpiter. Los astrónomos registran el «bamboleo» de la
posición de la estrella que provocan los planetas en órbita en torno a ella.
Los planetas grandes producen bamboleos mayores. Estos «jupíteres» son grandes
bolas de hidrógeno líquido y gaseoso sin superficie sólida. No son lugares
donde encontremos formas de vida convencionales. Sin embargo, pueden
perfectamente poseer sistemas de pequeñas lunas que sean sólidas como la
Tierra.
Cuando examinamos las órbitas de dichos planetas hacemos el descubrimiento más
interesante de todos. Todos los planetas que están muy cerca de su estrella
madre están en órbitas casi circulares. Esto es lo que cabría esperar: las
fuerzas gravitatorias ejercidas sobre los planetas por sus estrellas madre los
obligan a órbitas circulares. Lo que no esperábamos, sin embargo, era encontrar
planetas gaseosos gigantes en órbitas tan próximas a su estrella madre. No
sabemos cómo pudieron formarse tan cerca de su estrella, de modo que quizá se
formaron más lejos y migraron al interior a medida que el sistema envejeció.
Pero no es éste el único enigma. Conforme nos alejamos, encontramos que las
órbitas tienen formas ovaladas extraordinariamente excéntricas. Esto está en
abierto contraste con la situación en nuestro Sistema Solar en donde las
órbitas son casi circulares.
Este extraño estado de cosas puede estar diciéndonos algo sobre lo que se
necesita para que la vida evolucione. Si los planetas se mueven en órbitas
circulares, sienten las mismas condiciones climáticas promedio durante todo el
año orbital. Pero si sus órbitas son muy excéntricas, se achicharrarán cuando
estén cerca de la estrella y luego se congelarán cuando su órbita los aleje.
Hay una enorme variación climática a lo largo de su año, y cualquier superficie
acuática se congelará y se derretirá (incluso hervirá) con notable regularidad.
Éste podría ser un ambiente demasiado desafiante para que la vida pueda poner
un pie en la escala evolutiva. Alrededor de cada estrella hay una zona
habitable dentro de la cual el agua puede existir en forma líquida en la
superficie de un planeta en órbita. Las órbitas circulares permanecen dentro de
la zona habitable a lo largo de toda la órbita; las órbitas elípticas saldrán
en general de la zona habitable. Por alguna razón, nuestro Sistema Solar tiene
simples movimientos orbitales circulares. Uno de los planetas en órbita en este
sistema se encuentra cómodamente en medio de la zona habitable, y en ese
planeta es donde vivimos. Nuestro descubrimiento de muchos planetas extrasolares
ha sido extrañamente ambiguo en su mensaje. Por un lado, estamos convencidos de
que los planetas como Júpiter son comunes y esperamos encontrar con el tiempo
que también lo sean los planetas y lunas sólidos del tamaño de la Tierra. Pero,
por otro lado, hemos llegado a apreciar que el movimiento de la Tierra
alrededor del Sol es especial. Con el tiempo seremos capaces de determinar
aproximadamente las velocidades de rotación y los ángulos de inclinación de
planetas similares a la Tierra. Entonces podremos juzgar en qué medida es
realmente especial la situación terrestre, utilizando evidencia real en lugar
de mera especulación.
Un
puñado de polvo. La Tierra debajo
Las
formaciones geológicas del globo ya señaladas se catalogan así: La Primaria, o
inferior, consiste en rocas, huesos de mulos cubiertos de lodo, tuberías de
gas, herramientas de minero, estatuas antiguas sin nariz, doblones españoles y
ancestros. La Secundaria está compuesta básicamente de lombrices y topos. La
Terciaria comprende vías de ferrocarril, pavimentos, hierba, serpientes, botas
mohosas, botellas de cerveza, latas de tomate, ciudadanos borrachos, basura,
anarquistas, perros que muerden y locos.
AMBROSE BIERCE
La
geografía de la superficie y la geología subterránea de la Tierra contribuyen a
su singularidad de formas sutiles que hacen posible nuestra propia existencia y
nuestras pautas de comportamiento. La disposición de las masas continentales
con respecto al eje de rotación es un ejemplo interesante (Figura 4.2). La
difusión temprana de la influencia de la humanidad tras el desarrollo de la
agricultura se logró con más facilidad en continentes situados a lo largo de
líneas de clima estacional constante que sobre aquellas masas que cubrían toda
la gama de variaciones climáticas. Eurasia se extiende sobre enormes
distancias, de oeste a este, a lo largo de líneas de latitud constante,
mientras que América se extiende de norte a sur. En consecuencia, es más difícil
que plantas y animales se extiendan por América que a lo largo de Eurasia,
debido a la adaptación adicional necesaria para vivir en un clima diferente.
Una zona templada va desde las islas Británicas hasta China, y los animales
domesticados y los cereales son universales a lo largo del continente
euroasiático. Por el contrario, la región tropical que separa Norteamérica de
Sudamérica fue suficiente para impedir la migración de animales y cultivos
entre ellas. Si las líneas de temperatura constante, o la orientación de las
masas continentales, estuvieran rotadas 90°, entonces la primera colonización y
desarrollo de América habría sido muy diferente. La aparición de la agricultura
en el Nuevo Mundo habría sido más rápida, y sus civilizaciones habrían madurado
y se habrían dispersado más rápidamente que las del Viejo Mundo. Así, la
geografía y la astronomía fijan el escenario para la evolución de la vida y la
cultura. La difusión de plantas y animales va seguida de sus cultivadores y
criadores. Con ellos va el lenguaje y las costumbres, el comercio y la
influencia.
Figura 4.2. La orientación de los continentes en la historia geológica
reciente ha facilitado la migración de cereales a través de Eurasia porque
abarcaba zonas de latitud y clima similares. Lo contrario sucede en el caso en
las Américas.
También
la composición interna de la Tierra tiene profundas implicaciones para
nosotros. Todos nuestros combustibles son gases, líquidos y sólidos
fosilizados, extraídos del subsuelo. El petróleo y el gas se acumulan en
lugares donde hay una capa de roca porosa extendida en una configuración
particular bajo una capa impermeable. Por desgracia, no hay forma de predecir
dónde están situados estos depósitos con una mera inspección de la superficie
de la Tierra. Lo mismo sucede con los metales y otros minerales útiles: los
depósitos superficiales de fácil acceso se agotaron hace tiempo, y se necesitan
prospecciones profundas para localizar nuevas reservas. Si no conseguimos
localizar más suministros de metales y minerales particulares en el futuro, las
sociedades industriales se apagarán poco a poco en ausencia de combustibles y
materias primas para construir y fabricar. Una vez más, cuando se trata de
especular sobre la probabilidad de extraterrestres, esto nos da pie para
pensar. El desarrollo de la ciencia y la tecnología avanzada por parte de los
habitantes de un planeta exige enormes suministros de minas metálicas y otros
materiales especiales. La presencia de estos materiales influye también en el
curso del desarrollo científico. Por ejemplo, la intensidad del campo magnético
de un planeta determinará cuán vital es para los habitantes del planeta
comprender el fenómeno del magnetismo cuando comiencen a desarrollarse; si hay
mares que cubren la mayor parte de la superficie del planeta entre las masas de
tierra habitables, entonces el estudio de la astronomía se hará vital para la
navegación.
La producción de concentraciones de minas de metales pesados que son tan útiles
técnicamente puede requerir que en el planeta exista un estado de cosas
bastante especial: un estado de cosas que, en el Sistema Solar, sólo existe en
la Tierra. La existencia de movimientos de larga duración en el interior de la
Tierra y un ciclo de erosión que transporte compuestos metálicos solubles
gracias al movimiento global del agua desempeñan un papel clave en este
proceso. La superficie de la Tierra está dividida en varias áreas bastante
rígidas, denominadas «placas»; hay muy poco movimiento en el interior de cada
placa, pero los movimientos en los bordes de las placas son habituales y tienen
consecuencias espectaculares: terremotos, volcanes, nuevas cadenas montañosas y
fosas oceánicas.
La superficie de la Tierra posee varias características simples pero profundas,
sin las cuales el desarrollo de la vida se habría inhibido o impedido. La división
de la superficie de la Tierra entre agua (un 70 por 100) y tierra seca (un 30
por 100) ha desempeñado un papel clave al dictar las direcciones en que puede
ir la evolución. Los organismos terrestres tienen bastantes ventajas sobre los
organismos acuáticos porque son capaces de desarrollar un abanico más amplio de
sentidos. La mezcla de tierra y agua en la superficie de la Tierra indica que
no está en equilibrio. Si lo estuviera, toda la tierra estaría cubierta de agua
con una misma profundidad. En realidad, continuamente se están produciendo
cambios, debidos a la erosión, deposición, movimiento de placas y actividad
ígnea. Pero hay un equilibrio isostático aproximado, pues si el desequilibrio
fuera demasiado grande, o hubiera mucha menos agua en la Tierra que la que hay
ahora, habría enormes variaciones en la elevación de la tierra, y una fracción
mucho mayor de ella sería inhabitable y climáticamente extrema.
La Tierra es muy diferente de cuerpos como la Luna o Marte, porque sobre casi
toda su superficie actúa una fuerza gravitatoria neta muy similar. Esto se debe
en parte a que mucha de su superficie está cubierta de agua, y en parte a que
muy poco está a más de unos centenares de metros sobre el nivel del mar. En
planetas donde no hay océanos vemos enormes variaciones en la topografía de su
superficie. Los océanos de la Tierra y la atmósfera húmeda desempeñan un papel
que reduce las modestas variaciones topográficas mediante el ciclo de la
erosión por la lluvia, el viento y los ríos que continuamente mueven material
del terreno alto al bajo. Este proceso continuo tiende a nivelar la superficie,
pero periódicamente es superado por la actividad de elevación de montañas como
resultado de movimientos de las placas. La altura máxima que pueden alcanzar las
montañas está determinada por la intensidad de las fuerzas intermoleculares,
pero el espesor y la profundidad de las cortezas continentales y oceánicas por
debajo de ellas parecen estar controlados por la necesidad de mantener un
equilibrio global. Cómo ocurre esto y cuáles son los límites, todavía no se
entiende por completo.
Igualmente crucial para la habitabilidad de la Tierra ha sido la evolución de
su atmósfera. Durante la mitad de su tiempo de vida ha tenido una composición
reductora o neutra que podía disolver materiales ferrosos, y durante la otra
mitad ha tenido una composición oxidante que podía transportar grandes
cantidades de metales no ferrosos. Combinemos estos requisitos con la necesidad
de grandes masas de tierra, de modo que estos metales queden en una forma
accesible cerca de la superficie durante miles de millones de años, y empezamos
a ver que los planetas explotables tecnológicamente no van a ser abundantes.
Además, con respecto a la existencia de materiales radiactivos, hemos sido los
beneficiarios de otro capricho de los procesos geológicos que incluyeron tales
materiales en la Tierra. El uranio natural está casi todo en forma del isótopo
uranio-238. (Los isótopos son formas del mismo elemento en las que los núcleos
atómicos tienen el mismo número de protones pero distinto número de neutrones).
Esta forma de uranio no sostendrá reacciones en cadena. Si queremos obtener una
bomba, o una reacción en cadena utilizable, es necesario extraer del uranio-238
las trazas de otra forma de uranio, el uranio-235, que puede sostener una
reacción en cadena estable. Sin embargo, en el uranio que se da de forma
natural no más del 0,3 por 100 está en forma de uranio-235; para conseguir una
reacción en cadena se requiere al menos un 20 por 100 de uranio-235. (El
denominado uranio «enriquecido» o «utilizable en armas» tiene un 90 por 100 de
uranio-235). La baja abundancia relativa del isótopo 235 del uranio explica por
qué los depósitos y minas de uranio no experimentan reacciones nucleares
espontáneas que culminen en enormes explosiones[30]. Una
abundancia de uranio-235 distribuido de forma utilizable, pero segura, depende
claramente en una secuencia de accidentes impredecibles en la composición y
evolución geológica de un planeta. Podríamos especular aún más. Imaginemos que
la Tierra estuviera sometida a un pequeño chaparrón de meteoros ricos en
diamantes o metales preciosos como el oro. La economía del mundo se agitaría;
con oro ahora tan abundante como el hierro, las reservas de oro de las
principales naciones industriales caerían en picado en el mercado como si
fueran chatarra.
La abundancia de elementos radioactivos en el interior de la Tierra desempeña
un papel importante en su historia. Actúan como fuente de calor interno que
debe disiparse desde la superficie del planeta. El ritmo de esta pérdida de
calor determina cuánta parte del núcleo de la Tierra permanece sólida. Como
vimos en el capítulo anterior, una esfera pequeña tiene una relación entre
superficie y volumen mayor que una esfera grande. Así, los planetas como
Mercurio y Marte, que son mucho más pequeños que la Tierra, tienen mucho menos
calor interno acumulado, y con ello mucho menos magma y vulcanismo subterráneo.
El calentamiento interno de la Tierra desempeña un papel principal en mantener
la plasticidad del manto. Esto crea oportunidades para que se genere magma y
suba a través de la corteza. Si la Tierra fuera más pequeña, sería más fácil
extraer el calor generado por su radioactividad interna, una parte mayor del
núcleo sería sólida y los volcanes serían más raros. Sin embargo, esta
disminución en la frecuencia de las erupciones volcánicas estaría más que
compensada por el impacto mucho mayor que tendrían las que ocurrieran. Una
Tierra más pequeña tendría una atracción gravitatoria más débil en su
superficie, lo que permitiría que el polvo y las cenizas volcánicas fueran
expulsados a una altura mucho mayor en la atmósfera. Los efectos sobre el clima
serían considerables; la luz del Sol quedaría apantallada y se formarían ácidos
en la atmósfera superior por la condensación de gases volcánicos sulfurosos.
Un
guijarro en el cielo. La Luna arriba
¡No
sirve de nada decirme que hay una roca muerta en el cielo! Yo sé que no lo
está.
D. H. LAWRENCE
La
vista más impresionante en el cielo nocturno es la del creciente y el menguante
lunar. La Luna es mucho más grande con respecto a la Tierra que cualquier otro
satélite del Sistema Solar lo es comparado con su planeta mayor. Júpiter y
Saturno son 317 y 95 veces más masivos que la Tierra, respectivamente, pero sus
lunas más grandes no son mucho mayores que la nuestra. El gran tamaño de la
Luna ha dejado su huella en nuestro pensamiento sobre el mundo. Desde los
«asilos para lunáticos» hasta el «hombre en la Luna» vemos su influencia
psicológica. Pero su influencia física directa sobre nosotros ha sido aún
mayor. La Luna está muy cerca —a una distancia de sólo 60 veces el radio de la
Tierra— y su tamaño relativamente grande significa que la Tierra y la Luna se
comportan más bien como un planeta doble.
Figura 4.3. La Luna brilla sólo a la luz reflejada del Sol y por ello su
apariencia en el cielo está determinada por su posición con respecto al Sol. La
mitad de la Luna está siempre iluminada por el Sol, pero la parte que vemos
iluminada desde la Tierra varía. Esta figura muestra lo que vemos en el cielo
cuando la Luna recorre sus diversas fases.
Las
influencias lunares a nuestro alrededor han dejado su huella en nuestros
cuerpos por las presiones del tiempo. La doceava parte del año que llamamos
«mes» es realmente una «luna»[31]: un período
próximo al período de 27,32 días que la Luna tarda en dar una vuelta alrededor
de la Tierra, con respecto a las lejanas estrellas fijas (Figura 4.3).
Durante este período que se denomina período sidéreo de la Luna, la Tierra
también se habrá movido en su órbita alrededor del Sol, y la Luna tendrá que
moverse una distancia adicional (unos 27 grados) para completar su ciclo de
fases con respecto al Sol. De hecho, teniendo esto en cuenta, el ciclo mensual
entero de las fases lunares es de 29,53 días.
La presencia de la Luna ejerce una atracción sobre la Tierra que es más fuerte
en el lado de la Tierra que está más próximo a la Luna. Esto crea una variación
de marea en las alturas de los océanos, que varía mensualmente con el
movimiento de la Luna alrededor de la Tierra. Hay indicios sorprendentes de que
esta variación ha dejado su huella de diversas maneras en las pautas de
conducta de los seres vivos. En el caso de criaturas que viven en aguas
someras, o son anfibias, la variación de las mareas proporciona una variación
importante, y la adaptación a ella será beneficiosa. Las mujeres muestran un
ciclo de producción de estrógenos de 28 días, que está próximo al período
mensual lunar. Le llamamos «ciclo menstrual» —derivado de menses, o mes—.
Muchos otros mamíferos tienen ciclos menstruales, con variaciones asociadas en
temperatura corporal, y se ha encontrado que el tiempo de ovulación en los
primates varía entre 25 y 35 días. No parece haber ninguna explicación simple
para estas correlaciones entre las fases de la Luna y los ciclos menstruales.
¿Por qué la fertilidad humana debería reflejar el ciclo de las fases cambiantes
de la Luna? Se ha sugerido que podría ser un vestigio de una etapa anterior de
nuestra evolución, cuando nuestros ancestros vivían en el mar y estaban
sometidos de alguna manera al ciclo de las mareas. Otra propuesta es que estos
ciclos son ligeras adaptaciones del período en que los humanos eran
cazadores-recolectores primitivos. En tales circunstancias, la luz del día es
un bien escaso y la Luna llena debe explotarse al máximo. El período oscuro
cuando la Luna había desaparecido podría dedicarse de forma natural a la
actividad de apareamiento, y entonces habría adaptación a un ciclo corporal con
una periodicidad química que reflejaría la variación lunar. Pero sigue siendo
un misterio cómo una variación suficiente robusta se podría preservar de forma
tan universal hasta el presente, y en tantas especies.
La conciencia de las estrellas por parte de la humanidad, y de los cambios
periódicos en las apariencias del Sol y la Luna, estaba ya bien arraigada en el
alba de la historia registrada. Mucho antes de que se llevaran registros
escritos de cualquier tipo, había una apreciación de cambios sistemáticos en
los cielos. La visión más sorprendente debe haber sido la de los cambios
mensuales en la forma de la Luna. Uno de los artefactos humanos más tempranos
que ofrece prueba de una actividad de recuento quizá haya sido un intento de
registrar el ciclo lunar. Hace unos treinta años se encontró en Ishango, junto
al lago Eduardo en la frontera del actual Zaire, un mango de hueso que
originalmente había estado unido a una herramienta para grabar de cuarzo. Fue
fabricado en torno al 9000 a. C., tallado por un miembro de una sociedad que
vivía cazando y pescando en las orillas del lago hasta que finalmente fue
destruida por una erupción volcánica. El mango de hueso petrificado es
aproximadamente cilíndrico y muestra tres hileras de marcas, como se muestra en
la Figura 4.4. La forma en que están agrupadas las marcas ha alimentado muchas
especulaciones. Las dos hileras superiores suman 60. La tercera hilera suma 48.
Hay trazas de duplicación, con agrupamientos contiguos de 10 y 5, 8 y 4, y 6 y
3 marcas. Además, la primera hilera muestra la secuencia 9, 19, 21, 11; es
decir 10 - 1, 20 - 1, 20 + 1 y 10 + 1. Una especulación dice que el 60
representa 2 meses lunares de días, y que las marcas eran un calendario. La
hilera que totaliza 48 es anómala, pero se ha dicho que el análisis
microscópico revela otras marcas en esta sección del hueso, aunque igual de
probable es que la línea esté incompleta: de hecho, cabe esperar que si el
propietario murió, o el hueso se perdió, eso habría ocurrido con más
probabilidad en un momento que no coincidiera con un múltiplo entero de meses.
Figura 4.4. Fotografías de los lados de la herramienta de hueso mesolítica
encontrada en Ishango. Tiene tres hileras de marcas grabadas. Las marcas están
indicadas en el diagrama inferior.
Sabemos
que un método aproximado de representar cambios estacionales sería importante
probablemente para el pueblo Ishango, porque los cambios estacionales en su
región les obligaban a dejar la orilla del lago y migrar a las montañas cuando
llegaban las lluvias y crecía el nivel del agua.
Un artefacto de este tipo mucho más antiguo lo proporciona un fragmento de
hueso de 30 000 años de edad encontrado en los primeros años del siglo XX en
Blanchard, en la región de Dordoña en Francia. Contiene una secuencia de 69
muescas en un lado, dispuestas a lo largo de una línea curva que serpentea de
un lado a otro cinco veces, como se muestra en la Figura 4.5.
Figura 4.5. Placa ósea grabada de 30 000 años de antigüedad encontrada en
Blanchard en la Dordoña, junto con un esquema de la pauta de las marcas, que se
parecen a las fases lunares, y la guía propuesta por Alexander Marshack para el
orden a seguir. Empieza con las dos marcas próximas al centro que marca el día
del último creciente lunar visible y el primer día de la Luna nueva invisible.
Subiendo hacia la derecha y posteriormente bajando a la izquierda, se llega a
la Luna llena con el primer grupo de cuatro trazos en la segunda vuelta. Cuando
la línea vuelve hacia la derecha, los cuatro puntos negros en la tercera curva
coinciden con la siguiente Luna nueva. Con el cuarto giro, en la parte inferior
izquierda, la cuenta llega a otra Luna llena, y la marca final en un grupo de
cinco marcas está próxima a la quinta y última curva.
Cuando
se examinó al microscopio, se encontró que las marcas caían en grupos y que
habían sido hechas por 24 tipos diferentes de puntadas de herramienta, quizá
incluso con herramientas diferentes. Ésta parece ser una forma laboriosa de
hacer unas figuras decorativas, y parece más probable que dichas marcas
constituyan una forma de notación. Además, las formas de creciente de las
marcas recuerdan las fases de la Luna. El arqueólogo Alexander Marshack cree
que esto es lo que nos están diciendo las marcas, siempre que las leamos en el
orden correcto, partiendo de las dos marcas en el centro que señalaban el día
de la última medialuna visible y la desaparición de la Luna nueva. Conforme se
siguen las marcas a lo largo de la curva, se alcanza la Luna llena en el primer
grupo de cuatro marcas similares; a continuación, las Lunas llena y nueva están
marcadas por grupos de cuatro puntos, y la figura entera se interpreta como un
registro de días en términos de la apariencia de la Luna durante un período de
dos meses y cuarto.
En el capítulo anterior vimos cómo sensibilidades concretas al entorno natural
habrían sido ventajosas para una primitiva especie homínida que viviera en
hábitats de sabana tropical hace medio millón de años. Podríamos preguntamos si
una respuesta a cualquier aspecto de los cielos les ofrecería alguna ventaja,
lo que podría dar lugar a una adaptación. En este mundo primitivo la noche
estaba llena de peligros: era el único momento en que los homínidos no podían
utilizar su vista aguda y su plan estratégico para sorprender a animales más
fuertes y más rápidos con un mejor sentido del olfato. Es fácil ver por qué
tendemos a tener miedo de la oscuridad. Es más probable que las desgracias
ocurrieran por la noche, y por ello las ocasiones en que sucedieran serían
asociadas de manera natural con la forma de la Luna. La Luna y las estrellas
también serían visibles cuando los grupos se reunieran en torno a hogueras para
hablar de sus aventuras de caza y hacer planes para el día siguiente. En tales
circunstancias, alertas a la apariencia de pautas en el cielo, existe una
tendencia a que las luces en el cielo lleguen a relacionarse con la narración
de historias, actos de heroísmo, lugares excitantes y sucesos imaginados por
encima del horizonte.
Tinieblas
a mediodía. Eclipses
Si
las estrellas aparecieran una noche cada mil años, ¡cómo creerían y adorarían
los hombres, y conservarían para muchas generaciones el recuerdo de la ciudad
de Dios!
RALPH W. EMERSON
Rodeados
por el resplandor nocturno de la luz artificial que baña nuestras ciudades,
vemos pocas estrellas. Para los antiguos, especialmente aquellos que vivían
bajo cielos claros, o en el aire rarificado de las regiones montañosas, las
cosas eran muy diferentes. El espectáculo de miles de estrellas brillantes
habría sido lo más impresionante que veían en su vida. No es sorprendente que
crecieran mitos e historias de creación en los que las pautas de luz celeste
desempeñaban un papel destacado. Con el tiempo, la sorpresa daría paso a la
familiaridad, sólo para ser reavivada ocasionalmente por cambios impredecibles
en los cielos. A comienzos del siglo pasado, el filósofo George Santayana
pronunció una famosa serie de conferencias en Estados Unidos sobre el tema de
la belleza y la estética. Escogía la apariencia del cielo nocturno como ejemplo
de lo que es atractivo para la mente humana: un nivel de dificultad
delicadamente situado entre la complejidad insondable y la simplicidad
monótona. El indicio de una pauta reta a la mente a reflexionar y buscar.
Entonces, ¿qué pasaría si viéramos el cielo nocturno por primera vez? Las
palabras de Emerson, que encabezan esta sección, imaginan las consecuencias
espirituales de semejante despertar astral. Inspiraron al joven Isaac Asimov
para escribir su famoso cuento Anochecer sobre los últimos días de la
civilización en el planeta Saro. Ese mundo disfrutaba de la luz de seis soles.
Al menos uno de ellos estaba siempre en lo alto del cielo. La oscuridad natural
era desconocida y, con ella, también lo eran las estrellas. Los habitantes
habían evolucionado en un mundo de luz sin ningún condicionamiento psicológico
por la oscuridad y con una fuerte susceptibilidad a la claustrofobia cuando
eran privados de luz. Sus astrónomos estaban convencidos de la pequeñez del
Universo. Incapaces de ver más allá de su propio sistema solar séxtuple, se
contentaban con demostrar lo bien que podían entenderse sus complicados
movimientos utilizando la misma ley de gravitación que tan bien funcionaba en
la superficie de Saro. Estos racionalistas compartían su mundo con los
románticos cultistas, que perpetuaban una «vieja sabiduría» que hablaba de un
mundo de luz más allá del cielo y el advenimiento de la oscuridad que sería el
fin del mundo. Muchos despreciaban a los cultistas como irracionalistas, pero
otros veían sus creencias como una confusa tradición surgida de una pasada
aparición de oscuridad y luces en el cielo, tiempo atrás. Las tensiones
sociales aumentaron cuando los astrónomos predijeron que debía haber una luna
oscura invisible en su sistema solar que solamente se haría visible cuando
estuviera a punto de eclipsar a uno de sus soles. Su presencia era necesaria
para explicar los complicados movimientos de los soles. Algunos astrónomos se
dan cuenta de que la luna eclipsará al segundo sol del sistema en un momento en
que será el único sol en el cielo. El eclipse será total. Se filtran noticias
de esta predicción. Los disturbios aumentan cuando los cultistas agitan la
fiebre escatológica; el eclipse comienza a morder el disco del sol solitario y
termina siendo total. La oscuridad oculta el cielo y aparecen decenas de miles
de estrellas brillantes, envolviendo al planeta en un dosel de luz estelar
centelleante. Pues Saro no es un extraño en los aledaños escasamente poblados
de una galaxia como la Vía Láctea, sino que se encuentra en el centro del denso
corazón de un cúmulo estelar. Se desencadena el pánico y los disturbios
civiles. Ahí termina la historia; queda para el lector reflexionar sobre la
revolución que está a punto de producirse.
Buscando paralelismos en la historia, podríamos comparar el impacto de la
primera aparición de la oscuridad tachonada de estrellas en el mundo de ficción
de Saro con las primeras respuestas humanas a un eclipse total de Sol por la
Luna. Los eclipses antiguos son famosos por su influencia en los asuntos
humanos. El eclipse total que ocurrió el 28 de mayo del año 585 a. C. fue tan
espectacular e inesperado que puso fin a la guerra de cinco años entre los
lidios y los medos. Sus registros nos dicen que en medio de la batalla «el día
se convirtió en noche»; el combate se detuvo inmediatamente y se firmó un
tratado de paz respaldado por matrimonios entre las familias reales. En marcado
contraste, el eclipse de Luna del 27 de agosto del año 413 a. C. trajo un final
muy diferente para la guerra del Peloponeso, entre los atenienses y los
siracusanos. Los soldados atenienses estaban tan aterrorizados por el eclipse
que se hicieron reacios a dejar Siracusa, como estaba planeado. Interpretando
el eclipse como una mala profecía, su comandante retrasó la partida por un mes.
El retraso entregó a todas sus fuerzas en manos de los siracusanos: fueron
derrotados por completo y su comandante fue condenado a muerte.
Muchos siglos después, Cristóbal Colón explotó su conocimiento astronómico de
un eclipse de Luna por la Tierra para obtener la ayuda de los jamaicanos
después de que sus barcos dañados quedaron varados en su isla en 1503.
Inicialmente intercambió baratijas por comida con los nativos, pero con el
tiempo éstos se negaron a darle más y sus hombres se enfrentaban a morir de
hambre. Su respuesta consistió en acordar una conferencia con los nativos la
noche del 29 de febrero de 1504, momento en que empezaría un eclipse de Luna.
Colón anunció que su Dios estaba disgustado por su falta de ayuda y que iba a
eliminar la Luna como señal de su profundo disgusto. Cuando la sombra de la
Tierra empezó a caer sobre la cara de la Luna los nativos accedieron
rápidamente a darle todo lo que quisiera, siempre que les devolviera la Luna.
Colón les dijo que necesitaba ir y convencer a su Dios de que restaurara la
pequeña luz del cielo. Tras retirarse con su reloj de arena durante el tiempo
apropiado, volvió, justo a tiempo, para anunciar el perdón del Todopoderoso por
sus pecados y la restauración de la Luna en el cielo. Inmediatamente después,
el eclipse terminó. Colón ya no tuvo problemas en Jamaica; él y sus hombres
fueron rescatados posteriormente y volvieron triunfantes a España.
Figura 4.6. Eclipses solar y lunar: (a) un eclipse parcial de Sol en el que
la Luna nueva ha interceptado parte de la superficie solar visible; (b) un
eclipse total de Sol; (c) un eclipse parcial de la Luna en el que la sombra de
la Tierra oculta casi dos tercios de la superficie visible de la Luna; (d) un
eclipse casi total de Luna por la sombra de la Tierra.
Los
eclipses son hechos notables. Su existencia ha influido en culturas de todo el
mundo durante miles de años. Han encontrado su lugar en el arte, la teología,
el folclore y la astrología. Su espectacularidad garantizaba que los
historiadores antiguos los registrasen invariablemente, y con frecuencia los
interpretaban como profecías de gran trascendencia. Esto los hace útiles como
medio de datar de forma muy precisa narraciones escritas. Por ejemplo, en el
libro bíblico del profeta Amos, éste escribe (capítulo 8, versículo 9) de
Nínive: «Y llegará el día, dijo el Señor, en que yo haré que el Sol descienda a
mediodía y oscurecerá la Tierra en pleno día». El «día» en cuestión era el 15
de junio de 763 a. C., y también está registrado en las crónicas asirías tras
ser observado en Nínive.
Los eclipses ocurren por un accidente de la Naturaleza (Figura 4.6). El
diámetro verdadero del Sol es aproximadamente 400 veces mayor que el de la
Luna; su distancia a la Tierra también es aproximadamente 400 veces mayor que
la de la Luna. Estas enormes disparidades conspiran para hacer que los tamaños
aparentes del Sol y la Luna en el cielo sean iguales. Como resultado, el paso
de la Luna por delante del Sol puede cubrir por completo la cara del Sol y así
se produce un eclipse total de Sol. Por comparación, si examinamos los otros
planetas del Sistema Solar encontramos que sus lunas parecerán mucho más
grandes que el Sol en sus cielos. En promedio, nuestra Luna parece ser sólo un
poco más pequeña que el Sol cuando se ve desde la Tierra, pero la diferencia es
suficientemente pequeña para ser superada por las variaciones en la distancia
entre la Tierra y la Luna, de modo que también hay períodos en los que la cara
de la Luna es ligeramente más grande que la del Sol. La situación está
minuciosamente equilibrada: si la distancia a la Luna aumentara en un simple 8
por 100 (unos 29 000 kilómetros), entonces nunca se verían eclipses totales de
Sol desde la Tierra[32]. Ahora bien,
ya hemos explicado que la distancia entre la Tierra y la Luna está aumentando
poco a poco en algunos centímetros por año. Dentro de quinientos millones de
años, la Luna estará tan alejada que ya no habrá eclipses totales de Sol.
Vivimos en un tiempo propicio para los observadores de eclipses. Pero, como
vamos a ver dentro de poco, el accidente fortuito de tiempo y espacio que nos
permite ver eclipses totales tiene consecuencias de mayor alcance.
Los eclipses fueron siempre malas noticias para los antiguos. Incluso cuando
culturas avanzadas comprendían por qué se producían, seguían atribuyéndoles un
significado que estaba relacionado con asuntos humanos. La palabra eclipse
deriva del griego ekleipsis que significa una «omisión» o un «abandono», y en
muchas otras culturas hay residuos de una vieja imagen del Sol siendo consumido
por una bestia salvaje durante un eclipse. En chino, eclipsar es shih, «comer»,
con el Sol siendo devorado —tradicionalmente por un dragón—. Pero para los
astrónomos modernos los eclipses no son malas noticias. La coincidencia de que
el Sol y la Luna tengan el mismo tamaño aparente en el cielo, a pesar de la
enorme diferencia entre sus tamaños verdaderos, ha tenido la más profunda
importancia para el progreso de nuestra comprensión del Universo. Antes de que
veamos por qué, recordemos las muchas especulaciones sobre la inevitabilidad de
que civilizaciones extraterrestres de larga vida se hagan científicamente
avanzadas. Supongamos que la profunda y unificadora «Teoría de Todo» que están
buscando los físicos modernos existe realmente. Supongamos incluso que las
matemáticas son un lenguaje universal de la Naturaleza que es apropiado para
expresar dicha Teoría de Todo. Así, cualquier entendimiento pleno de la
Naturaleza, cualquier explotación profunda del potencial de la Naturaleza, debe
llegar a través de un entendimiento de esas leyes matemáticas que rigen la
marcha del Universo. Esta es, por supuesto, una filosofía reconfortante para
quienes escuchan, o envían, señales extraterrestres. La búsqueda de señales
procedentes de extraterrestres se basa en la creencia en la universalidad de
las matemáticas y las leyes de la Naturaleza. Esto no significa que esperamos
que los extraterrestres utilicen los mismos alfabetos, o sistemas de
numeración, que nosotros. Pero creemos que, en cualquier caso, ellos deben
describir por algún medio las mismas conexiones lógicas que describen nuestros
propios sistemas, y por ello serán capaces de traducir nuestra descripción a la
suya —igual que podemos conversar sobre números con gentes de otras culturas
haciendo una traducción—. Por esto es por lo que los mensajes que enviamos —con
tantas esperanzas— al espacio utilizan longitudes de onda de la luz que tienen
especial importancia para los físicos. La importancia de estas longitudes de
onda debería ser apreciada por cualquiera cuyo conocimiento de la materia y la
radiación le permita enviar o recibir señales de radio. Es interesante
preguntarse cuán razonables son las hipótesis que hay detrás de estas grandes
expectativas. Pero admitámoslas por ahora, porque lo que más nos interesa es
otra hipótesis implícita: que las civilizaciones avanzadas, de inteligencia
similar a la nuestra, serán capaces de deducir las leyes de la Naturaleza con
la misma facilidad que nosotros. Tendemos a considerar que estamos en la media
de la clasificación del IQ celeste, elevado, reconozcámoslo, por el Einstein
ocasional que tanto se aparta del promedio (Figura 4.7). También tendemos a
considerar «avanzada» como un elogio generalizado: si saben mucho sobre algo,
sabrán mucho sobre todo.
Figura 4.7. Un dibujo de Herblock en el Washington Post publicado el 18 de
abril de 1955, día de la muerte de Einstein.
Cualquier
civilización más avanzada tiene muchas probabilidades de ser más vieja y más
inteligente de lo que somos nosotros hoy. Físicos como Ed Witten han hecho la
hipótesis mencionada y han argumentado que, dado el tiempo suficiente, los
demás tendrían que converger a una Teoría de Todo, si tal teoría existe. Pero
quizá no sea así. Nuestro propio progreso en ciencia ha sido acelerado muchas
veces por algunas notables circunstancias casuales de nuestra situación en el
Universo. La igualdad de los tamaños aparentes del Sol y la Luna es un ejemplo
notable.
Uno de nuestros atisbos más claros de una Teoría de Todo lo proporciona la
extraordinaria teoría de la gravitación de Einstein: la teoría de la
relatividad general. Ésta fue presentada por primera vez en 1915, 228 años
después de ser publicada la ley de la gravedad de Newton. La ley clásica de
Newton funciona muy bien en todas las situaciones prácticas en la Tierra,
porque la gravedad es relativamente débil. Pero, en presencia de fuerzas
gravitatorias muy intensas, las trayectorias de los rayos luminosos pueden
curvarse y la teoría de Newton no puede explicar lo que se ve. En estas
situaciones, la teoría de Einstein es acertada con una precisión impresionante.
Pero las diferencias entre las predicciones de la teoría de Einstein y las de
la teoría simplificada de Newton son muy pequeñas: incluso en la escala del
Sistema Solar, suponen no más que una parte en una cienmilésima, y sólo son
observables en circunstancias inusuales.
La teoría de Einstein predice que cuando la luz de una estrella lejana pasa
rozando la superficie del Sol, su trayectoria se curvará como si estuviera
sintiendo la atracción de la gravedad del Sol. La cantidad de esta «curvatura
de la luz» es muy pequeña, y las únicas circunstancias en que podemos verla son
las creadas por un eclipse total de Sol. Durante un eclipse, los astrónomos
pueden determinar qué estrellas lejanas pueden verse y cuáles están eclipsadas.
Puesto que sus posiciones en el cielo en cualquier momento pueden predecirse con
mucha precisión, podemos determinar cuánto se ha curvado la luz procedente de
una estrella lejana a causa del Sol anotando simplemente las posiciones de las
estrellas que habrían sido eclipsadas si la luz viajara en línea recta (Figura
4.8). Sin la coincidencia que crean para nosotros los eclipses totales de Sol,
esta predicción de la teoría de la relatividad general de Einstein no podría
haber sido comprobada. Einstein hizo estas predicciones sobre la curvatura de
la luz estelar en 1916, durante la Primera Guerra Mundial. Afortunadamente hubo
un eclipse en 1919, poco después del final de la guerra, y ocurrió frente al
mejor campo estelar para poner a prueba las predicciones de la curvatura de la
luz.
Figura 4.8. Desviación gravitatoria de los rayos luminosos procedentes de
estrellas lejanas cuando pasan cerca del Sol. La desviación es el ángulo entre
la posición observada de una estrella en el cielo durante el eclipse total
(cuando la luz es desviada por la gravedad del Sol) y su posición cuando el Sol
está en otro lugar en el cielo (y así el efecto gravitatorio del Sol es
despreciable). En el caso del Sol, esta desviación (el ángulo δ) es de
aproximadamente 0,000486 grados.
El
otro gran éxito de la teoría de Einstein para nuestra comprensión del Sistema
Solar, que sirvió para confirmar a los astrónomos de la época la verdad
esencial de la teoría, depende también de una rareza del Sistema Solar. Cuando
los planetas orbitan alrededor del Sol, sus órbitas no son perfectamente
elípticas debido a las perturbaciones que sufre cada planeta por parte de los
demás. Los óvalos no llegan a cerrarse, y la órbita siguiente traza un óvalo
similar pero ligeramente desplazado respecto a la órbita anterior. Con el
tiempo, la trayectoria del planeta tendría una forma de roseta, como la que se
muestra en la Figura 4.9. Decimos que la órbita oval «precede». La cantidad de
precesión puede medirse por el ángulo entre los ápsides sucesivos de la órbita.
Figura 4.9. Una órbita que precede. La órbita del planeta es aproximadamente
una elipse que rota su orientación.
Algunas
contribuciones a esta precesión se conocían desde la época de Newton. Las
mayores proceden de los tirones que recibe el planeta en órbita debidos a las
atracciones gravitatorias de todos los cuerpos del Sistema Solar aparte del
Sol. Pero a finales del siglo XIX se había planteado un problema embarazoso.
Una vez que se habían tenido en cuenta todas las perturbaciones conocidas, la
órbita del planeta Mercurio mostraba una misteriosa precesión residual
inexplicada. Equivalía a una precesión de tan sólo 43 segundos de arco[33] por
siglo.
La teoría de la relatividad general de Einstein predecía correcciones
minúsculas (de una parte en 100 000) a las predicciones clásicas de Newton
relativas a las órbitas de los planetas en torno al Sol. En efecto, muy cerca
del Sol, donde la atracción de la gravedad del Sol es más intensa, hay
desviaciones minúsculas de la famosa ley de la gravedad de Newton que había
predicho que la intensidad de la fuerza gravitatoria del Sol debería decrecer
como el cuadrado de la distancia a su centro. La teoría de Einstein predecía
que la corrección a la ley de Newton debería producir una precesión de la
órbita de Mercurio equivalente a 43 segundos de arco por siglo —exactamente lo
que se requería para explicar la persistente discrepancia—. Ahora bien, esta
precesión ocurre para todas las órbitas planetarias, pero su magnitud depende
de la distancia del planeta al Sol. Cuanto más lejos está el planeta del Sol,
más pequeña es la cantidad de precesión que crea la gravedad del Sol. Para
todos los planetas de nuestro Sistema Solar aparte de Mercurio (el más próximo
al Sol), la precesión es demasiado pequeña para ser observada. Si nuestro
Sistema Solar no hubiera contenido un planeta tan próximo al Sol como Mercurio,
no se habría alterado el curso de los acontecimientos que condujeron a la
evolución de la vida inteligente en la Tierra, pero se nos hubiera robado una
oportunidad única de comprobar la verdad de la teoría de la gravedad de
Einstein.
La doble coincidencia de la proximidad de Mercurio al Sol y la visibilidad de
eclipses desde la Tierra, ocasionada por la similitud de los tamaños aparentes
de la Luna y el Sol, ha tenido las más profundas consecuencias para el
desarrollo del conocimiento humano. Debido a estos dos accidentes fuimos
capaces de poner a prueba la teoría de la gravedad con gran precisión, y
utilizarla con confianza para explicar fenómenos mucho más alejados en el
Universo. Sin estas coincidencias nos habríamos quedado durante medio siglo con
la bella teoría de Einstein como un monumento al ingenio humano, sin ninguna
forma de descubrir si era verdadera o falsa. Vemos así cómo aspectos
accidentales de una civilización extraterrestre podrían tener consecuencias
sutiles y de gran alcance para su desarrollo intelectual. Si se vive en un gran
planeta solitario, que da vueltas alrededor de una estrella como el Sol,
entonces, para que las condiciones sean suficientemente frías para soportar la
vida, dicho planeta debe estar tan lejos de la estrella que su precesión
orbital sea demasiado pequeña para que se pueda descubrir una teoría de la
gravedad mejor que la de Newton. Sin una luna en una situación muy especial, y
del tamaño correcto, no se verían eclipses totales y sería imposible descubrir
la curvatura de la luz por la gravedad de su estrella. Y, de hecho, sin la
existencia de otros planetas sólo se tendría una visión muy sesgada de todo el
asunto de la formación planetaria.
La lección a sacar de este pequeño ejemplo es simple. No hay que suponer que
los extraterrestres, por muy avanzados que estén cerebralmente, vayan a
descubrir inevitablemente todas las aproximaciones a las leyes de la física que
finalmente convergerán en una Teoría de Todo. Muchos de estos descubrimientos
requieren la presencia de configuraciones ambientales en las que se manifiestan
las diferencias entre aproximaciones sencillas y aproximaciones mejores a las
verdaderas leyes de la Naturaleza. Todo lo que se necesita es un planeta
cubierto de nubes para que una civilización desarrolle una comprensión
maravillosa de la meteorología, sin la más mínima idea de astronomía. Una
ausencia de magnetita, o una velocidad de rotación planetaria que sea demasiado
lenta para crear un campo magnético apreciable, significa que el desarrollo de
una comprensión del magnetismo se retrasaría considerablemente. Una rareza
geológica podría significar que los elementos radioactivos estuvieran ausentes
o enterrados a una profundidad inaccesible: el resultado sería un impedimento
para una comprensión de las fuerzas nucleares débil y fuerte. Por supuesto, es
fácil pensar en maneras de superar tales restricciones para nuestro
conocimiento si nos fueran impuestas repentinamente aquí y ahora[34]. En realidad
esto no importa. Quizá no hubiéramos dado nunca los primeros pasos difíciles
por la ruta que llevaba a nuestro estado de conocimiento actual sin las
posibilidades únicas que han proporcionado las rarezas de nuestra posición en
el Universo. El conocimiento científico en civilizaciones de niveles de madurez
muy similares será probablemente muy desigual. Reflejará los caprichos de su
entorno local y los problemas que hay que superar para sobrevivir más
cómodamente durante largos períodos de tiempo antes de que pudiera iniciarse
cualquier investigación científica. La frecuencia de las guerras desempeñará un
papel importante en la velocidad del avance tecnológico. El nivel de
comprensión que posee cada civilización sobre la escala del Universo, y la
naturaleza de sus contenidos, será muy susceptible a quedar truncado por una
pobre visibilidad. Debemos recordar que aunque hay razones evolutivas para que
los seres vivos promuevan su comprensión del entorno local —por ejemplo, las
perspectivas de supervivencia aumentan por la comprensión del movimiento, la
electricidad, la inmunología y la radioactividad— ninguna ventaja semejante
parece ofrecer el conocimiento de que el Universo se está expandiendo o de que
existen los agujeros negros. Quizá un día encontremos una. Si lo hacemos, quizá
no sea una ventaja simple y directa. Sospecho que alguna otra ventaja práctica
será posible sólo como un subproducto de este conocimiento más esotérico.
El
molino de Hamlet. La errante Estrella Polar
[Jacob]
tuvo un sueño en el que veía una escala que, apoyándose sobre la tierra, tocaba
con su extremo en los cielos, y que por ella subían y bajaban los ángeles de
Dios.
GÉNESIS 28: 12-13
La
Tierra no está sola girando sobre su eje en las profundidades del espacio. La
Luna y el Sol conspiran para crear un peculiar efecto adicional sobre el
movimiento de la Tierra. La rotación de la Tierra hace que desarrolle una panza
alrededor de las regiones ecuatoriales, donde son mayores las fuerzas
centrífugas de rotación. Puesto que el eje de rotación de la Tierra está
inclinado con respecto al plano de su órbita en torno al Sol, el abombamiento
ecuatorial de la Tierra tampoco está localizado en el plano de su órbita. Como
resultado, el campo gravitatorio del Sol ejerce una fuerza sobre la Tierra que
tiende a mover el eje de la Tierra de modo que su abombamiento quede en el
plano de su órbita (Figura 4.10).
Figura 4.10. Precesión del eje de rotación de la Tierra. La atracción del
Sol y la Luna sobre el abombamiento ecuatorial de la Tierra (exagerado aquí)
provoca que el eje de rotación de la Tierra preceda lentamente alrededor del
polo de la eclíptica cada 26 000 años aproximadamente con respecto a las
estrellas lejanas.
Además,
el plano ecuatorial de la Tierra no está alineado con el plano de la órbita de
la Luna y, puesto que está más cerca de la Tierra, la Luna ejerce un par de
fuerzas sobre la Tierra en rotación que es incluso mayor que la que ejerce el
Sol. Los efectos de dichas fuerzas sobre la Tierra son similares a los que
vemos cuando empujamos una peonza. En lugar de cambiar simplemente la dirección
de su eje de rotación, lo que hacemos es que la dirección en que apunta el eje
rote, o preceda, en un círculo. La atracción gravitatoria de la Luna y el Sol
sobre el abombamiento ecuatorial de la Tierra tiene un efecto similar, y por
ello cambia lentamente la dirección del Polo Norte de la Tierra. El polo tarda
26 000 años en completar su círculo de precesión y volver a apuntar en la misma
dirección. La tradición sostiene que este fenómeno fue descubierto inicialmente
por el astrónomo griego Hiparco el año 125 a. C. Se cree que comparó las
posiciones de las estrellas que él observaba en el cielo con las posiciones registradas
por otros dos siglos antes, y así descubrió que habían cambiado
sistemáticamente. (No obstante, más adelante en este mismo capítulo sugeriremos
que pudo haberse dado cuenta de otra manera).
Figura 4.11. La trayectoria del Polo Norte celeste visto desde una latitud
de 50 grados norte (por ejemplo, la de Praga o Frankfurt). La posición del Polo
Norte celeste está trazada (en línea de trazos) para varias fechas antes y
después del año 1950 d. C. Actualmente está muy cerca de Polaris, la Estrella
Polar.
Una
de las consecuencias de la precesión de la Tierra es cambiar la dirección en
que apunta el Polo Norte. Actualmente somos bastante afortunados. La posición
de la Estrella Polar (Polaris) marcada por sus compañeras, los dos «punteros»,
es una aproximación muy buena a la posición verdadera del polo celeste exacto.
Por el contrario, no hay ninguna estrella situada convenientemente en el cielo
austral que señale la dirección del Polo Sur en el cielo. «Polaris» es el
término latino para «del polo», y deriva de la palabra griega polos que
significa un «pivote» o un «eje», aunque este término no fue utilizado por los
astrónomos hasta el Renacimiento. Somos bastante afortunados, porque Polaris es
una de las estrellas más brillantes en el cielo —de hecho, la más brillante en
un radio de aproximadamente medio grado (el tamaño de la Luna llena) en el
cielo durante los 26 000 años que dura la trayectoria de precesión del «polo»—.
Durante la mayor parte de esta trayectoria no había ningún candidato cercano
para utilizar como Estrella Polar, pero Polaris está actualmente a tan sólo
unos 44 minutos de arco del verdadero Polo Norte. Los griegos y los romanos no
tenían ninguna Estrella Polar. Shakespeare, que escribía en 1599, hace decir a
Julio César que él es «constante como la estrella del Norte», pero esto es un
completo anacronismo. Hiparco nos dice, aproximadamente en el año 125 a. C.,
que «en el polo no hay ninguna estrella». La Figura 4.11 muestra la trayectoria
de la dirección del Polo Norte frente a las estrellas, durante el pasado y en
el futuro. Dentro de mil años le tocará a Vega ocupar el puesto como estrella
más próxima a la dirección del polo, pero los navegantes encontrarán que es una
pobre sustituta para Polaris, porque estará a varios grados del polo verdadero.
Figura 4.12. Una fotografía de larga exposición dirigida hacia el Polo Norte
celeste registra las estelas que dejan las estrellas septentrionales cuando
siguen sus trayectorias circumpolares. El Polo Norte celeste es el único punto
en el cielo que no se mueve; está muy cerca de Polaris, nuestra Estrella Polar,
que está situada convenientemente sobre el vértice del árbol en esta fotografía
de Michael McDermott.
Los
polos tienen una profunda importancia para muchos de los que observan el cielo.
Determinan un eje alrededor del cual parece dar vueltas todo el cielo. En la
Figura 4.12 se muestra esto de forma muy gráfica en una fotografía de larga
exposición donde aparecen las estelas que dejan las estrellas en sus
trayectorias circulares centradas en el eje del polo. Podemos ver cómo Polaris
(oportunamente cerca de la copa del árbol en la fotografía) marca el punto
central alrededor del que se mueven todas las demás estrellas. No es
sorprendente que para los antiguos, y para los pueblos de muchas culturas
tradicionales, esta rotación celeste y la dirección alrededor de la cual se
hace, tuviera un significado profundo y mágico. El polo era el único objeto
estable y fijo en el cielo en un mar de movimiento que amenazaba con
desplazarlo y sumirlo en el caos. Los antiguos egipcios lo veían como un camino
celeste que llevaba a la vida eterna. En muchas culturas escandinavas y de
Eurasia septentrional, la Estrella Polar se llama la «Estrella Clavo» para
resaltar su posición fija —«clavada» en el cielo—. En el Imperio Chino, el polo
apuntaba al trono del soberano del cosmos, alrededor del cual se disponían las
estrellas.
En virtud de su profundo estatus en el centro del cielo, la estrella más
próxima al polo se convirtió en fuente de leyendas de todo tipo. Su ubicuidad
inspiró a dos historiadores, Hertha von Pechend y Giorgio de Santillana, para
atribuir un enorme corpus de mitologías y leyendas antiguas a pronósticos
cataclísmicos sobre el gran eje del cielo. Titularon su libro El molino de
Hamlet, en reconocimiento de las muchas tradiciones antiguas que comparaban el
movimiento circular de las estrellas alrededor del polo celeste con el
movimiento de una rueda de molino. Encontramos este motivo en muchas de las
leyendas de Siberia y Escandinavia. En el siglo I a. C. hallamos a los
astrónomos griegos que se refieren al polo como un lugar donde «los cielos dan
vueltas a la manera de una rueda de molino». Armados con este tema mitológico
común a varias culturas centrado en un molino mágico en el cielo, y su
simbolización de estabilidad y riqueza, Von Dechend y De Santillana se proponen
interpretar muchos mitos y fábulas en todo el mundo como identificaciones
codificadas de la importancia del eje del cielo. Intentan argumentar que en
muchos mitos y creencias humanas sostenidos por culturas separadas —y con ello
en las inclinaciones culturales que inducen— hay una homogeneidad que nace de
la importancia compartida que atribuyen al eje del cielo. Este es un tema
potencialmente más amplio que el estudio que ellos hacen. Las civilizaciones
extraterrestres estarán limitadas casi con certeza a vivir en sistemas solares
que compartan muchas características con el nuestro: una estrella estable
similar, aproximadamente a la misma distancia para crear condiciones
suficientemente templadas para soportar la vida, rotando en torno a un eje que
apunta hacia dos direcciones privilegiadas («norte» y «sur») en el cielo. Muy
bien podrían aparecer mitos, especulaciones e historias no muy diferentes en
acento (aunque diferentes, por supuesto, en sus particularidades) de las que
encontramos en la Tierra. Aunque los autores de El molino de Hamlet
indudablemente se exceden en su búsqueda de un soporte astronómico para cada
mito y leyenda humanos bajo el Sol, y su montaña de información histórica
representa a veces poco más que una mezcla de asociaciones bien intencionadas,
su libro contiene un núcleo de verdad. La lección que nos enseña es que la
experiencia humana compartida de los cielos ha dejado su impronta en nuestra
imaginación en épocas precientíficas. Los mitos suelen ser intentos de unir los
cielos y la Tierra. Las impresionantes imágenes celestes, ya sean de la Luna o
del Sol, o del eje del cielo en torno al cual gira el mundo, son experiencias
humanas compartidas por muchos. No es casual que constituyan la base de tantas
fantasías humanas y anhelos religiosos.
Todos los mitos sobre el eje del cielo se encuentran en culturas que viven en
latitudes septentrionales. Hay una razón profunda para ello: una razón que ha
tenido consecuencias mucho más amplias para la conciencia creciente del paisaje
celeste por parte de la humanidad. El cielo nocturno en los trópicos es muy
diferente del cielo en latitudes más templadas. Durante mucho tiempo,
exploradores y antropólogos estuvieron intrigados por las diferencias entre los
sistemas astronómicos desarrollados por culturas tropicales sofisticadas
durante los últimos dos mil años y los encontrados en Europa y Norteamérica. No
llegaron a darse cuenta del carácter diferente del cielo a bajas latitudes.
Como ya hemos comentado, cuando se ven desde el Ecuador, las estrellas parecen
rotar alrededor del polo celeste, dándole la apariencia del centro de las
cosas. Cuanto mayor sea la latitud, más alto en el cielo estará el polo
celeste. Desde latitudes septentrionales todos los movimientos celestes parecen
estar centrados en el polo; pueden verse menos estrellas, pero muchas de ellas
son visibles siempre y por ello pueden ser utilizadas como medida del tiempo y
como orientación. Los cielos tropicales no son así. Un observador encuentra en
ellos que los movimientos de las estrellas reflejan la rotación de la Tierra.
Figura 4.13. Variación en la apariencia del cielo nocturno con la latitud
del observador debida al cambio de posición del polo celeste alrededor del cual
parecen rotar las estrellas: (a) en el Ecuador; (b) a latitudes medias; (c) en
el Polo Norte.
En
el Ecuador pueden atisbarse todas las estrellas, aunque los polos celestes se
pierden en el horizonte. Las estrellas ascienden, alcanzan su cénit y luego
descienden y se ocultan. Cuando una estrella asciende, su dirección permanece
relativamente constante y ofrece un excelente «punto fijo» para la navegación
durante un buen período de tiempo. Hay muy poco movimiento horizontal y el
cielo parece muy simétrico. Por esta razón, encontramos que muchas culturas
oceánicas imaginaron constelaciones lineales que seguían los caminos
ascendentes de las estrellas. Por el contrario, cuando pasamos a latitudes
septentrionales los movimientos estelares tienen una mezcla de componentes
vertical y crecientemente horizontal, y el cielo parece más asimétrico. La
apariencia del cielo nocturno es así, en muchos aspectos, más sencilla para el
observador tropical. Él parece estar en el centro de las cosas, por debajo de
una bóveda celeste de movimientos en arco que puede utilizar para fijar
direcciones de viaje (Figura 4.13).
En el caso de nuestros observadores del Pleistoceno en África no hubiera
existido ningún eje polar aparente; las estrellas hubieran pasado sobre sus
cabezas, haciéndoles sentirse en el centro del mundo. Sin embargo, aunque se
puede ganar una ventaja adaptativa de una sensibilidad a los períodos de la
Luna —de modo que las noches de luz de Luna pueden explotarse para la caza, y
la vigilancia puede incrementarse en oscuras noches sin Luna cuando el peligro
de un ataque por sorpresa es máximo— ninguna ventaja semejante se les ofrecía a
los primitivos observadores de estrellas. En las noches más oscuras, la luz de
miles de estrellas podría ofrecer cierta comodidad y seguridad. Pero es mucho
más útil generar una fascinación por el fuego. Las hogueras ofrecen protección
de las bestias, mientras que la luz de la Luna y la luz de las estrellas ayudan
a ser visto tanto como a ver. Los moradores terrestres de la sabana no
necesitaban navegar de noche. Sólo los marineros y los viajeros nocturnos de
largas distancias necesitaban estudiar las estrellas. Pero quizá un interés por
las estrellas sea un subproducto inevitable de una fascinación por la Luna.
Puesto que una respuesta a las fases de la Luna ofrece ventaja adaptativa, la
sensibilidad a la luz de la Luna y de las estrellas sería generada de forma
natural en los supervivientes.
Luna
de papel. Controlando los planetas caóticos
Quizá
era ésa la condición necesaria para la vida planetaria: tu Sol debe encajar con
tu Luna.
MARTIN AMIS,
Campos de Londres
Hemos
visto que la inclinación del eje de la Tierra —la oblicuidad de la eclíptica—
es la fuente de nuestras variaciones estacionales. Incluso pequeños cambios en
esta oblicuidad pueden tener consecuencias potencialmente catastróficas para
nuestro clima. Durante mucho tiempo se ha sospechado que perturbaciones en el
período de 26 000 años de precesión de la Tierra, provocadas por la Luna o los
planetas, podrían crear pequeños cambios en el ángulo de oblicuidad que, tan
sólo con que equivalieran aproximadamente a un grado, serían suficientes para
explicar la existencia de las eras glaciales. Esta teoría fue propuesta por
primera vez hace sesenta años por un yugoslavo, Milutin Milankovitch, mientras
era prisionero del Imperio Austro-Húngaro durante la Primera Guerra Mundial.
(Pese a ello, la Academia de Ciencias húngara le permitió proseguir sus
estudios en Budapest). Argumentó que cambios pasados en la rotación y
oblicuidad de la Tierra alterarían la cantidad de energía solar que llega a
diferentes partes de su superficie a altas latitudes y producirían variaciones
en temperatura y glaciación que podrían estar correlacionadas con las pruebas
geológicas de eras glaciales pasadas. Más recientemente, el comportamiento
pasado de la oblicuidad de la Tierra ha sido ilustrado por nuevos estudios, por
parte de Jacques Laskar y sus colegas en París, que revelan la importancia de
la presencia de la Luna para la habitabilidad de la Tierra.
Sobre períodos de tiempo muy largos, la velocidad a la que precede el eje polar
de la Tierra (actualmente unos 50” por año), su oblicuidad y la forma de la
órbita de la Tierra alrededor del Sol cambian ligeramente en respuesta al
incremento de la distancia de la Tierra a la Luna y a las influencias
gravitatorias de los demás planetas. Actualmente el efecto es muy pequeño: la
oblicuidad está cambiando a una velocidad de 47” cada siglo. Pero si este
cambio se extrapolara hacia atrás tan siquiera medio millón de años, el cambio
en la oblicuidad de la Tierra sería enorme —más de 65 grados— y los cambios
climáticos absolutamente devastadores: los trópicos dejarían de existir. Por
suerte para nosotros, extrapolar hacia atrás la velocidad de cambio actual de
la oblicuidad no es una indicación fiable de lo que le sucede durante
centenares de miles de años. Su comportamiento es mucho más complejo. Para
determinar cómo evoluciona la oblicuidad, debemos considerar otros aspectos del
movimiento de la Tierra a los que está ligada. El más importante es la
velocidad de precesión, que está determinada por la longitud del día, puesto
que es una medida de la velocidad de rotación del planeta. Lo que hace
potencialmente azarosa la evolución a largo plazo de la oblicuidad es el
fenómeno de «resonancia». Estamos familiarizados con ello en muchas situaciones
mundanas. Si impulsamos a un niño en un columpio, hay una frecuencia particular
de los impulsos que crea una respuesta del columpio especialmente grande. Esto
es una resonancia; se da en cualquier situación en la que la frecuencia con la
que se aplica una perturbación externa coincide con la frecuencia de oscilación
natural del sistema. Las consecuencias pueden ser a veces devastadoras, como lo
fueron para el tristemente famoso Puente de Tacoma en Oregón, que se rompió
tras la amplificación resonante de las oscilaciones de torsión del puente
provocadas por vientos fuertes. Cuando otros planetas perturban la Tierra con
una frecuencia igual a su frecuencia de precesión, se produce resonancia, y
puede crear un cambio en su oblicuidad en tan sólo decenas de miles de años.
Puesto que la distancia entre la Tierra y la Luna está aumentando
continuamente, a una tasa de unos 3 centímetros por año (aproximadamente, la
velocidad de crecimiento de las uñas), muchas de estas interacciones resonantes
podrían haber ocurrido en el pasado, cuando la Luna estaba más cerca y la
Tierra estaba rotando más deprisa.
Simulaciones detalladas por computador de la evolución de la rotación,
precesión y oblicuidad de todos los planetas del Sistema Solar han revelado una
situación notable. Debido a su extrema sensibilidad a los efectos combinados de
las perturbaciones resonantes, la oblicuidad de un planeta puede evolucionar
caóticamente durante largos períodos de tiempo en respuesta a pequeñas
perturbaciones. Con ella cambian la velocidad de rotación y, como consecuencia,
la distorsión de la forma del planeta. Antes de considerar la Tierra, es
interesante ver los resultados para Marte. Marte es un objeto más simple para
estudiar porque no tiene lunas lo bastante grandes para desempeñar un papel importante
en la evolución de su rotación y oblicuidad; probablemente su rotación es
primordial, residuo de las condiciones que acompañaron su formación. Precede a
8,26” por año, un ritmo que está próximo a la frecuencia de algunas de sus
vibraciones naturales. Como resultado, se espera que su oblicuidad haya variado
caóticamente en todo el rango de 0 a 60 grados (véase la Figura 4.14). Por lo
tanto, su oblicuidad presente de 24 grados podría haber aparecido a partir de
cualquier valor dentro de ese amplio intervalo. La sensibilidad caótica de su
precesión significa que no podemos reconstruir su historia pasada antes de 100
millones de años y determinar así su oblicuidad inicial: las incertidumbres en
su movimiento actual destruirán con el tiempo cualquier intento de
extrapolación adicional al pasado. Ésta es la situación clásica para un sistema
físico «caótico». Aunque podamos estar en posesión de una ley exacta que
predice el futuro del sistema a partir de su pasado, cualquier incertidumbre en
la especificación de su estado pasado se amplificará tan rápidamente que la ley
exacta es cada vez menos útil; finalmente, no da la más mínima información
sobre el estado futuro del sistema. Del mismo modo, el pasado no puede
encontrarse a partir del futuro.
Figura 4.14. Rangos de oblicuidad de un planeta y velocidad de precesión de
giro que llevan a evolución caótica o regular de su oblicuidad con el tiempo.
La precesión de giro está dada en unidades de segundo de arco por año en el eje
vertical izquierdo, con el correspondiente período de rotación mostrado en el
eje vertical derecho. Se muestran los casos de Mercurio, Venus, la Tierra y
Marte. Las regiones oscuras son las que muestran variaciones caóticas; las más
iluminadas significan evolución regular de la oblicuidad. En una zona caótica,
la oblicuidad puede variar en cualquier parte a lo largo de una línea
horizontal dentro de la zona. Típicamente, la anchura entera de una zona
caótica será explorada erráticamente en unos pocos millones de años. La situación
actual de la Tierra, con la Luna cercana, está representada por un punto con
una velocidad de precesión de 55 segundos de arco por año y una oblicuidad de
aproximadamente 23 grados. Esto cae cómodamente dentro de la zona regular.
Valores actuales para la oblicuidad (inclinación) de cada planeta y período de
rotación pueden encontrarse en la Tabla 4.1.
Una
evolución caótica similar es válida para Mercurio y Venus. En contraste, la
evolución de la oblicuidad de los grandes planetas exteriores (Urano, Júpiter,
Saturno y Neptuno) es mucho más estable porque sus velocidades de precesión son
mucho menores (menos de 5” por año) y difícilmente se dan fuertes efectos
resonantes. Entre estos extremos de caos y estabilidad, que distinguen los
planetas interiores de los exteriores, se encuentra el caso único de la Tierra.
Figura 4.15. Variación temporal esperada en la oblicuidad de la Tierra con
la Luna presente (izquierda) y ausente (derecha). La presencia de la Luna
conduce a variaciones pequeñas estables (1,3 grados alrededor de un valor medio
de 23,3 grados). Si la Luna estuviera ausente, habría variaciones grandes e
irregulares. El ejemplo de la derecha fue computado eliminando la Luna del
cálculo de la izquierda de la historia en el tiempo cero.
La
evolución de su oblicuidad está dominada por la presencia de la Luna. Si la
Luna no existiera, o fuera mucho más pequeña, la oblicuidad de la Tierra
evolucionaría caóticamente en todo el intervalo de 0 a 85 grados, permaneciendo
durante millones de años por encima de 50 grados. Esto crearía una espantosa
situación climática en la Tierra: los polos recibirían mucha menos radiación
que el Ecuador. Dado que variaciones pasadas de sólo uno o dos grados han sido
suficientes para desencadenar eras glaciales, variaciones de esta magnitud
serían catastróficas para la evolución de la vida. Afortunadamente, la Luna
existe. Su presencia actúa como una poderosa influencia estabilizadora, y su
influencia gravitatoria permite que la oblicuidad de la Tierra no haga nada más
espectacular que oscilar unos 1,3 grados en torno a su posición media de 23,3
grados[35](véase la
Figura 4.15). El periodo actual de decrecimiento de la oblicuidad es sólo una
bajada en la secuencia oscilatoria. Algún día se invertirá. Sin embargo, no
podemos concluir que la oblicuidad de la Tierra ha oscilado siempre en torno a
su valor actual porque quizá la Luna no ha estado siempre presente. Podría
haber habido un período de evolución caótica de la oblicuidad previo a la
captura de la Luna por el campo gravitatorio de la Tierra o a su creación como
resultado de un impacto en la proto-Tierra hace 4600 millones de años[36]. Después de
dicha captura, su oblicuidad variable habría sido guiada por la Luna hacia un
futuro de oscilaciones estables en torno a un valor de 23,3 grados. Una posible
historia térmica para los dos casos se muestra en la Figura 4.16.
Figura 4.16. Variación temporal esperada en el calentamiento solar de la
superficie de la Tierra en una latitud de 65 grados norte con la Luna presente
(izquierda) y ausente (derecha).
Estos
descubrimientos ponen de manifiesto la importancia crucial de una presencia
lunar durante escalas de tiempo muy largas. Las moderadas variaciones
climáticas de la Tierra están ligadas a los niveles de inclinación y rotación
que posee la Tierra. Durante largos períodos de tiempo, la precesión del eje
polar de la Tierra está impulsada por su velocidad de rotación y, junto con su
oblicuidad, responde ocasionalmente a los otros cuerpos del Sistema Solar.
Estas respuestas serían erráticas, cambiando espectacularmente cada 100 000
años o menos, si no fuera por la presencia pacificadora de la Luna. Un clima
estable necesita la Luna; en otros mundos en los que haya empezado la evolución
de vida compleja, ésta puede encontrarse extinguida, o eternamente paralizada,
por la necesidad de adaptarse a enormes variaciones climáticas a menos que
también su planeta tenga una luna como pareja de baile.
Marte
en sus ojos. Vinieron del espacio exterior
El
objetivo de la ciencia no es abrir la puerta a la sabiduría infinita, sino
poner un límite al error infinito.
BERTOLT BRECHT
Marte
es el cuarto planeta a partir del Sol y el séptimo en tamaño en el Sistema
Solar. Recibe su nombre en honor de Ares, el mitológico dios griego de la
guerra por razones que no están totalmente claras, pero quizá debido a su color
rojo. En nuestras culturas, Marte es sinónimo de extraterrestre. La palabra
«marciano» es habitual. El mes de marzo deriva de Marte, y secciones enteras de
las tiendas de golosinas están dedicadas a vender barras de chocolate Marte.
Esto es curioso. Los grandes planetas como Saturno, Júpiter y Neptuno tienen un
perfil terrestre mucho más bajo. ¿Es que sus habitantes han recurrido a una
mala agencia publicitaria o podría haber algo en Marte que le haga mucho más
fascinante para el terrícola medio? ¿Cómo se convirtió en la personificación de
un mundo alienígena?
Marte es fácilmente visible a simple vista en el cielo nocturno. Su brillo es
muy variable, como lo es su distancia a la Tierra. Cada 26 meses Marte alcanza
su máxima aproximación a la Tierra y podemos enviar allí una sonda espacial con
el mínimo gasto de combustible. Por eso es por lo que en 2004 parecía que
estábamos viendo naves espaciales de Europa y América haciendo cola para
aterrizar u orbitar en torno al planeta rojo. Era una de esas épocas de máxima
aproximación.
Aunque es bastante más pequeño que la Tierra, Marte tiene aproximadamente la
misma superficie de tierra firme. Tiene dos lunas minúsculas, Deimos y Phobos,
que parecen patatas deformadas. Phobos sólo tiene unos meros 22 kilómetros y
Phobos unos insignificantes 12 kilómetros de diámetro. Ambos son simplemente
asteroides que se acercaron demasiado a Marte y quedaron atrapados por su
gravedad.
Nuestra fascinación por Marte ha estado alimentada por sugerentes pautas
visibles en su superficie. En otoño de 1877, cuando Marte estaba también
próximo a la Tierra, el gran astrónomo planetario italiano Giovanni
Schiaparelli (tío de la famosa diseñadora de moda Elsa Schiaparelli) en el
Observatorio Brera en Milán creyó que veía cañones naturales (canali) en la
superficie de Marte. Cuando sus informes se tradujeron al inglés, canali se
convirtió en «canales», sugiriendo que habían sido construidos artificialmente
por marcianos locales con fines de irrigación o transporte. Bautizó a las áreas
oscuras y brillantes en la superficie del planeta con nombres de mares, cabos y
penínsulas terrestres, acuñando nombres exóticos y eufónicos como las Herculis
Columnae (Columnas de Hércules), Aurorae Sinus (Bahía de la Aurora) y Solis
Lacus (Lago del Sol). Con estos vuelos de imaginación, Schiaparelli había
recreado Marte a imagen de una antigua Tierra, preñada de mito y significado.
No volvió a ser lo mismo.
Intrigado por los dibujos y detallados informes observacionales de
Schiaparelli, el astrónomo americano Percival Lowell añadió peso a esta idea
equivocada. En 1894, afirmó que la malla intrincada de marcas superficiales era
resultado del trabajo de seres inteligentes que habitaban en el planeta Marte
incluso ahora. Lowell expuso sus ideas en tres libros: Marte (1895), Marte y
sus canales (1906) y Marte como morada de la vida (1908), y para entonces Marte
se había convertido en el lugar más fascinante del Sistema Solar.
Este trabajo preliminar especulativo puso los cimientos para la obra de grandes
escritores de ciencia-ficción como H. G. Wells y Olaf Stapleton y un montón de
sucesores que continúan hoy con la misma fuerza. El público norteamericano
asumió de forma tan entusiasta la idea de marcianos inteligentes que el sábado
30 de octubre de 1938, víspera de Halloween, el joven Orson Welles creó el
pánico entre millones de norteamericanos que sintonizaron ya empezada su
adaptación radiofónica de La guerra de los mundos de Wells. Llegaron a
convencerse de que estaban oyendo informes de una invasión real de América por
parte de los marcianos. Un enorme objeto llameante había aterrizado en New
Jersey. Los noticiarios entraban en la historia, leídos por actores que
describían a los marcianos cuando salían de sus naves espaciales:
Me
parecen tentáculos. Allí puedo ver el cuerpo de la cosa. Es grande como un oso
y brilla como el cuero mojado. Pero esa cara. Es… es indescriptible. Me resulta
difícil mantener la mirada. Los ojos son negros y brillan como una serpiente.
La boca tiene forma de V y derrama saliva de sus labios sin bordes que parecen
temblar y latir… La cosa se está levantando. La multitud retrocede. Han visto
suficiente. Es la experiencia más extraordinaria. No encuentro palabras. Estoy
tirando de este micrófono mientras hablo. Tendré que interrumpir la descripción
hasta que haya tomado una nueva posición. Aguarden, por favor, volveré en un
minuto.
Finalmente,
el noticiario real tuvo que llamar a la calma y aclarar la razón del pánico en
masa.
Hoy somos nosotros quienes estamos «invadiendo» Marte. Hace tiempo que
observaciones detalladas revelaron que los canales de Lowell eran sólo efectos
ópticos que engañan al ojo humano que ha evolucionado para detectar pautas,
uniendo puntos vecinos para hacer líneas siempre que puede. Pese a todo, los
canales serpenteantes son reales. A comienzos de 2004 tuvimos pruebas, gracias
a la nave espacial Mars Express, de que hay agua congelada en el Polo Sur de
Marte y que probablemente en tiempos pasados la erosión de corrientes de agua
labró grandes canales en su superficie. Quizá a gran profundidad bajo la
superficie la presión sobre el hielo es suficientemente grande para mantener
agua líquida incluso ahora.
Para los astrónomos, gracias a Marte aprendemos las maravillosas propiedades de
la Tierra. Marte no tiene tectónica de placas: su suelo es simple. Además, a
diferencia de la Tierra, Marte no tiene campo magnético. Esto dejó la atmósfera
marciana a merced de un viento de partículas eléctricamente cargadas que se
mueven a gran velocidad procedentes del Sol. Poco a poco, este viento barrió la
atmósfera marciana, sin dejar prácticamente nada detrás. La atmósfera de la
Tierra hubiera corrido la misma suerte de no haber existido nuestro campo
magnético. Éste desvía el viento incidente de partículas solares alrededor de
la atmósfera, de modo que dependemos de él.
Marte tuvo una historia climática mucho más extrema que la Tierra. La razón es
de nuevo notable, como acabamos de ver. Tanto la Tierra como Marte rotan con un
eje de rotación inclinado aproximadamente 23-24 grados respecto a la vertical
al plano de sus órbitas alrededor del Sol. Pero sin el beneficio del efecto estabilizador
de una gran Luna e incapaz de mantener su atmósfera, Marte ha estado sometido a
esta historia climática caótica, como testimonian las enormes variaciones en
hielo y temperatura de su superficie. Sin la Luna, la vida compleja en la
Tierra quizá sólo hubiera podido existir, como la de Marte, en las mentes de
otros seres y en las páginas de sus libros de ciencia-ficción.
En el futuro nuestras exploraciones del Sistema Solar se centrarán con un
énfasis aún mayor en la superficie de Marte. Y, con ello, el aura de Marte se
adornará con nuevas imágenes de un mundo que en un tiempo estuvo vivo pero que
muere, sembrando quizá vida en la Tierra y desempeñando un último papel en la
creación de mundos como la Tierra, que pueden conocerse a sí mismos.
El
hombre que fue Jueves. Los orígenes de la semana
Debo
de tener una mente prodigiosa; a veces necesito hasta una semana para
decidirme.
MARK TWAIN,
Inocentes en el extranjero
El
día, el mes y el año son períodos de tiempo llenos de significado celeste. Si,
por algún descuido, perdiéramos la cuenta de estos ciclos, no todo estaría
perdido. Nuestra medida del tiempo podría ser reinstaurada pronto porque está
anclada en las periodicidades de los cielos que, aunque no exactamente
constantes, son lo suficientemente constantes durante largos intervalos de
tiempo para cualquier fin práctico. Las escalas de tiempo terrestres, lunares y
solares dejaron su impronta sobre los moradores de la Tierra de formas que son
independientes de la cultura; posteriormente fueron elaboradas y celebradas de
acuerdo con la multitud de respuestas culturales al tiempo. Puesto que reflejan
periodicidades reales en el ambiente terrestre, crean una variación a la que es
posible adaptarse por grados. Nuestros cuerpos llevan el sello de los cambios
diarios y mensuales; nuestro mundo refleja la pauta anual del movimiento de la
Tierra alrededor de nuestra estrella local y los flujos y reflujos del agua en
una danza incesante con la Luna. Pero no todas nuestras divisiones del tiempo
se nos imprimen tan directamente desde fuera. Hay aspectos de nuestra
experiencia que han sido estructurados indirectamente por nuestra
interpretación de los movimientos celestes, más que por dichos movimientos
directamente. El más extendido es nuestro hábito de reunir grupos de días en
períodos convenientemente pequeños que llamamos semanas. Hoy, una división de
siete días es universal, y en muchas lenguas la palabra para semana es simplemente
la equivalente a «siete días»[37]. ¿De dónde
procede esta ubicua división?
La duración del mes lunar no corresponde a un múltiplo entero de días; pese a
todo, hay claramente una influencia astronómica en los días de la semana
—Sun-day (día del Sol) y Mo(o)n-day (día de la Luna) son innegablemente
celestes— aunque no haya a la vista en los cielos un ciclo de cambio de siete
días exactos. En algunas culturas no occidentales, las «semanas» tenían
originalmente longitudes diferentes, y en el pasado algunos regímenes
totalitarios occidentales han intentado, sin éxito, redefinir la longitud de la
semana. La historia de cómo surgió nuestra semana es curiosa porque muestra una
fusión inesperada de dos influencias opuestas. La primera es un intento de
resistencia a las influencias celestes sobre los asuntos humanos, mientras que
la otra es el abrazo de influencias astrológicas. Veremos que los días de la
semana tienen mucho que decirnos sobre los procesos históricos que culminaron
en sus nombres actuales.
La más antigua división del tiempo sin ninguna relación con las fases de la
Luna fue la de los antiguos egipcios. Como devotos adoradores del Sol, tenían
una razón para excluir cualquier influencia lunar de ciertos aspectos de su
estructura social. Dividían el año en doce meses de 30 días, cada uno de los
cuales se dividía en tres semanas de 10 días, lo que dejaba cinco días
especiales para encajar a lo largo del año. Parece que esta división del año en
36 semanas ha tenido básicamente una importancia astrológica; cada semana
estaba asociada con una constelación de estrellas particular cuya elevación
coincidía con el primer día de la semana.
Si buscamos la fuente de la tradición occidental de la semana de siete días,
hay dos hilos, posiblemente entremezclados. Por una parte, está la tradición
judía del ciclo de siete días de la creación, que terminaba en el sabbath o día
de reposo; por otra, encontramos, en Babilonia y Caldea, la aparición de
relaciones astrológicas entre los siete planetas antiguos. Ambas fuentes están
situadas en la misma región geográfica y podrían derivar de una fuente común
anterior. Algunos han argumentado que la tradición del sabbath judío y las
historias de la creación en el Génesis surgieron durante la época de su exilio
en Babilonia, tras la destrucción de Jerusalén en el año 586 a. C. La adopción
judía del ciclo de siete días estaba ligada a consideraciones particulares de
identidad nacional y teología excluyente. Mientras otras naciones en la región
tenían fuertes prácticas astrológicas, e hicieron un hábito de adorar el Sol y
la Luna como divinidades, parece que esta práctica nunca ha aparecido entre los
judíos. Para ellos, la adopción de un ciclo temporal que no estaba ligado al
Sol ni a la Luna era una manera de rehuir el culto del Sol y la Luna, y
reforzar su creencia en el estatus de dichos cuerpos como objetos creados. Ésta
fue una parte importante de la evolución de su pensamiento religioso hacia el
reconocimiento de Dios como absolutamente otro e irrepresentable por materiales
creados. Si el ciclo semanal se hubiera basado en algún otro período (por
ejemplo, un cuarto del ciclo de la Luna), entonces la veneración del sabbath se
hubiera encontrado asociada con un ciclo celeste natural[38].
Aunque ésta fue la manifestación final de la observancia del sabbath judío, hay
otras huellas bíblicas de un vínculo más antiguo entre el sabbath y las fases
de la Luna. Hay cuatro pasajes del Antiguo Testamento que sugieren esta
conexión. En el primero (Reyes II, 4,26), el marido de la mujer sunamita le
pregunta cuándo piensa visitar a Elisha, «¿Por qué vas hoy donde él? No es Luna
nueva ni sabbath». Puesto que el viaje requiere utilizar un asno, esta pregunta
se interpreta en el sentido de que normalmente el asno está disponible sólo en
sabbath, cuando no se necesita para el trabajo en el campo; por ello se espera
que la mujer haga el viaje ese día. Alternativamente, puesto que ella va a
buscar al profeta para pedirle ayuda en la curación de su hijo, quizá la Luna
nueva o el sabbath son tiempos propicios para buscar la intercesión del
profeta. En Isaías (1,3) se mencionan «la Luna nueva y el sabbath» en una lista
de observancias religiosas insatisfactorias. En Oseas (2,11), Yahveh lanza una
advertencia a Israel: «Haré cesar todo su regocijo, sus fiestas, sus lunas
nuevas, sus sabbaths y todas sus solemnidades». Y en Amos (8,5), el profeta
denuncia a los mercaderes que censuran las restricciones que impone la
observancia religiosa sobre su horario, diciendo: «¿Cuándo pasará la Luna
nueva, para poder vender el grano, y el sabbath para dar salida al trigo?»
Estas referencias han llevado a afirmar que el sabbath puede haber sido
originalmente el día de la Luna llena o de la Luna nueva. Más tarde, los judíos
tuvieron una fiesta en la Luna nueva, pero no con ocasión de la Luna llena.
Esto es compatible con que una temprana celebración de la Luna llena haya sido
absorbida y sustituida por la pauta más frecuente de la observancia del
sabbath. La práctica está prescrita en Números 28: hay que quemar ofrendas al
comienzo de cada mes. Superan en mucho el tamaño de las que se requieren en
sabbath. Pero esto no nos ayuda a decidir si las celebraciones mensuales
precedieron a las del sabbath. El libro del Génesis no hace mención a ninguna
de ellas.
La tradición judía marcaba el ciclo de siete días de la semana por la
observancia del sabbath como día de reposo y de culto religioso. Con el tiempo,
este aspecto de la semana ha llegado a dominar la estructura de las sociedades
occidentales. Su testamento más interesante es la cuña que pone entre los
asuntos humanos y la estructura de la Naturaleza. Cuando la vida se organiza en
torno a un programa creado por el simbolismo humano, está liberada de las
restricciones de la Naturaleza y genera cierto espíritu de independencia. Para
los hebreos, esta práctica antigua se estableció para reflejar sus creencias
sobre la pauta de la creación. Yahveh actuó creativamente durante seis días, y
el séptimo descansó. La palabra «sabbath» deriva de shabath, que significa
«dejar de trabajar», mientras que la palabra hebrea para semana (shavu’ a) está
relacionada con la palabra para siete (sheva). El sabbath estaba dedicado a
Dios y se convirtió en el fulcro en torno al que giraban todas las actividades
sociales y religiosas. Su origen preciso se ha mostrado imposible de apuntar,
pero algunos estudiosos han llamado la atención sobre los antiguos registros
babilonios de cosas que estaban prohibidas, incluso para el rey, cada siete
días; hay una palabra babilonia similar shabbatum, o shappatum, que significa
«el día del resto del corazón», con un significado relacionado con el hebreo.
No está claro, sin embargo, si estos tabúes se aplicaban solamente durante
meses especiales; tampoco parecen haber sido muy prohibitivos. El examen de un
gran número de documentos comerciales babilonios datados revela que no había
reducción en el número de transacciones realizadas en esos séptimos días cuando
se comparan con los demás. Si había un ciclo babilonio de siete días, tenía una
orientación diferente del de los hebreos. La similitud de las palabras hebrea y
babilonia para sabbath puede apuntar a un origen común para ambas. Muy
probablemente dicho origen habría sido el marcar (por celebración o
abstinencia) las Lunas nueva o llena, con cuartos intermedios que poco a poco
producían observancias menores. Los hebreos adoptaron esta pauta, inyectándole
un significado especial para reforzar su solidaridad nacional y su exclusividad
frente a la posible dilución por influencia cultural y matrimonios cruzados. De
todas formas, una conexión residual con festivales lunares siguió existiendo y
reemergió en tiempos en los que decayó su observancia religiosa. Pese a todo,
sus observancias deben haber sido muy diferentes de las de los babilonios en la
época del exilio, porque ellos se jugaban su identidad nacional y religiosa
respecto de los babilonios en la práctica del sabbath[39]. Su
importancia en el Decálogo, segunda solamente por detrás de sus obligaciones
hacia Yahveh, muestra la importancia que se le daba.
De hecho, las prácticas astrológicas babilonias se han mostrado tan extendidas
como la institución del sabbath judío. Nuestra descripción de los días de la
semana deriva de las complejidades de dichas creencias y prácticas. Esto se
revela en las conexiones obvias entre los nombres de los días de la semana en
muchas lenguas europeas y los de los siete antiguos «planetas» —Saturno, el
Sol, la Luna, Marte, Mercurio, Júpiter y Venus— mostradas en la Tabla 4.2. En
el mundo antiguo, los «planetas», o «errabundos», del cielo incluían al Sol y
la Luna, junto con los otros cinco cuerpos del Sistema Solar visibles a simple
vista. En las lenguas influidas por el latín podemos ver que muchos de los
nombres romanos para los días reflejan los nombres de los antiguos planetas. En
otras, como el inglés y el alemán, el proceso de traducción ha adoptado los
correspondientes dioses o diosas nórdicos como sustitutos de los
correspondientes dioses romanos para los planetas. Así Thursday (día de Thor)
en inglés, y Donnerstag (Donarstag, día de Donar) en alemán han reemplazado a
Júpiter, el dios romano del cielo, por Thor o Donar, el dios nórdico del
trueno, que a veces es también conocido por Thunar.
TABLA 4.2. Palabras que designan los días de la semana que tienen una raíz
astronómica en varias lenguas europeas. Véase también la Figura 4.7.
En
todas estas lenguas vemos la correspondencia directa entre los días de la
semana y los siete antiguos planetas en el corazón de la interpretación
astrológica, en lugar de la correspondencia con los días de la historia hebrea
de la creación que culminó en la institución del sabbath. El sistema
astrológico babilonio y caldeo atribuía a cada uno de los cuerpos celestes que
«erraban» entre las estrellas un dios que controlaba aspectos de los asuntos
humanos. Podemos encontrar una asociación explícita de planetas con días en los
antiguos horóscopos babilonios que datan de aproximadamente el 410 a. C. La
posterior llegada al sistema actual, y la forma en que se ordenan los nombres
de los planetas en nuestra secuencia de días bautizados, es más evidente, aunque
curiosamente elaborada. En el siglo II a. C. se estableció un ordenamiento
convencional de los siete cuerpos planetarios. Fue dictado según la jerarquía
de sus velocidades en los cielos. Los que se mueven a más velocidad tenían los
períodos orbitales más cortos cuando se ven desde la Tierra (recordemos que se
suponía que todos estos cuerpos, incluido el Sol, describían órbitas alrededor
de la Tierra). Esto da la siguiente secuencia descendente (con sus períodos
aproximados con relación a la Tierra entre paréntesis):
·
Saturno (29 años)
·
Júpiter (12 años)
·
Marte (687 días)
·
Sol (365 días)
·
Venus (225 días)
·
Mercurio (88 días)
·
Luna (27 días)
Cabría
esperar que este ordenamiento dictara la secuencia de días. Si así fuera, la
pauta sería sábado, jueves, martes, domingo, viernes, miércoles, lunes. Pero la
secuencia real es diferente. Se obtiene empezando un día cualquiera y saltando
luego los planetas de tres en tres para obtener el día siguiente. Por ejemplo,
partiendo del sábado nos saltamos jueves y martes para obtener domingo, luego
saltamos viernes y miércoles para obtener lunes; luego (volviendo a empezar)
saltamos sábado y jueves para llegar a martes, y así sucesivamente, hasta que
se han agotado los siete días y regresamos al sábado.
El índice de una obra del historiador Plutarco, que data del año 100 d. C.,
cita una obra suya titulada ¿Por qué los días nombrados según los planetas
siguen un orden diferente del orden real?, pero esta obra se ha perdido. Una
discusión posterior por parte del historiador romano Dión Casio habla de una
práctica astrológica que probablemente tuvo su origen en Alejandría. La
doctrina de las «cronocracias» asignaba cada una de las veinticuatro horas del
día a uno de los siete dioses planetarios. El dios que controlaba la primera
hora del día tenía también la distinción añadida de ser nombrado «regente»
controlador del día. Se creía que la vida de cada persona estaba controlada,
hora a hora, por la deidad adecuada, o «cronócrata», bajo la égida del regente
que gobernaba ese día.
Estas dos creencias astrológicas son las que determinaron nuestra secuencia de
días. Había veinticuatro horas en cada día, y siete dioses asociados con los
siete planetas. La primera hora del primer día sería asignada a Saturno, el
planeta más alejado. Cada hora subsiguiente se asignaba entonces a los planetas
de acuerdo con sus períodos orbitales descendentes.
Saturno-Júpiter-Marte-Sol-Venus-Mercurio-Luna-Saturno-Júpiter-Marte-Sol… y así
sucesiva e indefinidamente. Pero puesto que 24 no es exactamente divisible por
7 (deja un resto de 3), la vigésimo quinta entrada en la secuencia, que se
asigna a la primera hora del segundo día, es el Sol; la cuadragésimo novena
entrada, que marca la primera hora del tercer día, es la Luna; la septuagésimo
tercera entrada, que marca la primera hora del cuarto día, es Marte; la primera
hora del quinto día es Mercurio, la primera del sexto es Venus, y la primera
hora del séptimo día vuelve de nuevo a Saturno. La secuencia de planetas
asignados como regentes para la primera hora que controla cada día de
veinticuatro horas da el orden de los días de la semana astrológica, que
mantenemos hasta hoy. Sábado-domingo-lunes-martes-miércoles-jueves-viernes, y
así cíclicamente, como se muestra en la Tabla 4.3.
TABLA 4.3. La secuencia babilónica de los días planetarios. La secuencia de
siete «planetas» va en orden decreciente de su período orbital en el cielo y
por lo tanto empieza con Saturno. El «planeta» que cae en la primera hora de
cada día sucesivo es designado gobernante astrológico de dicho día, y la secuencia
siguiente de siete gobernantes diarios genera el orden de los días en la semana
astrológica que todavía utilizamos hoy.
El
desarrollo primitivo de las semanas judía y astrológica fue independiente
después de los posibles puntos de contacto en su nacimiento. Pero su período
común de siete días aseguraba que con el tiempo se fusionarían en un sistema
común distinguido solamente por el significado atribuido a días concretos. En
el siglo I d. C. había una conexión entre el sabbath y el día de Saturno. Es
interesante que la fuerza de la tradición del sabbath judío se manifiesta en el
hecho de que los hebreos llamaban Shabtai al planeta Saturno, por la palabra
hebrea original para el sabbath. Así, la práctica astrológica de llamar a los
días según los planetas se invirtió en este único caso. Pese a todo, la semana
astrológica se difundió a todas partes desde Alejandría en el siglo II a. C.
Los imperios de Alejandro Magno y de los romanos reunieron a las grandes
culturas en torno al Mediterráneo y el Asia occidental. Todas estas culturas
estaban relacionadas por la astrología y rápidamente adoptaron el patrón de la
semana astrológica. Esta tradición fue finalmente asumida por la Cristiandad y
el Islam, y se difundió con sus conversos. Pero la astrología se difundió más
rápidamente a través del Imperio Romano que de la Cristiandad, y caló tan
fuerte que, incluso cuando se adoptó el cristianismo, no había ninguna
esperanza de renombrar los días de la semana para desligarlos de su origen
pagano. Es interesante señalar que la asignación astrológica de los días de la
semana sigue completa en lenguas como el galés, inglés y holandés, que se hablaban
en los márgenes del Imperio Romano, y por ello estaban entre los últimos en
sentir la influencia cristiana durante los primeros siglos después de Cristo.
Por el contrario, las lenguas habladas cerca del corazón del imperio, donde la
influencia de la Cristiandad se extendió rápidamente y con más fuerza, reflejan
el deseo de expresar aspectos de la religión cristiana al reemplazar los
nombres astrológicos de los días con otros nuevos de significado religioso
(Figura 4.17 y Tabla 4.2).
El ejemplo más evidente de esto es la eliminación de cualquier asociación entre
nuestro domingo y el Sol. Este día se había convertido en el primer día de la
semana para los creyentes cristianos que, si eran también judíos, le dotaban,
como al sabbath (sábado), de un estatus especial. Su importancia religiosa
deriva de que era el día en el que tuvo lugar la Resurrección —y de aquí su
posterior descripción en la Iglesia Primitiva como «El Día del Señor»—. En
latín, esto se traduce directamente como dies Dominica, y de ahí en italiano
(como domenica), francés (como dimanche), español y portugués (como domingo), y
análogamente en muchas otras lenguas. En algunas lenguas, como el ruso, la
palabra para domingo es simplemente «resurrección» (voskresénie). Del mismo
modo, la influencia del sabbath judío puede encontrarse en otras lenguas,
desplazando el día de Saturno con sabbato en griego, con sabato en italiano y
con samedi en francés.
Figura 4.17. El árbol evolutivo de las lenguas indoeuropeas.
La
observancia dual de sábado y domingo en el mundo judeocristiano terminó
oficialmente alrededor del año 360, cuando cesó la observancia del sabbath. La
decisión de la Iglesia Cristiana de mantener una identidad separada fijando su
día de descanso particular en el domingo, para distinguirlo del sabbath judío,
muestra la importancia de las identidades de calendario para los movimientos
religiosos. La misma tendencia se encuentra en la fundación del Islam. Mahoma
escogió el viernes como día sagrado de la semana, copiando presumiblemente la
característica encontrada en el judaísmo y la cristiandad. La difusión del
Islam en África y Asia conllevó la estructura de siete días de la semana
astrológica. Así, seguimos encontrando una difundida diferencia de los días
viernes, sábado y domingo en todo el mundo occidental, y en las regiones
coloniales del Nuevo Mundo, que refleja las influencias formativas de las
tradiciones islámica, judía y cristiana. Una de las cosas más sorprendentes (y
frustrantes) para cualquiera que visite Jerusalén es la confluencia de estas
religiones en los diversos barrios de la ciudad vieja. Diferentes monumentos e
iglesias abren y cierran con ciclos diferentes, y la ciudad entera parece
trabajar durante sólo cuatro días a la semana. Recuerdo que me dijeron que éste
era un factor que siempre frenaba el ritmo de las negociaciones
árabe-israelíes.
La característica más interesante del día sagrado es su influencia sobre los
asuntos sociales y civiles. Cada vez que un Estado ha pensado en erradicar la
influencia religiosa, ha apuntado al patrón de la semana, y con ello al día
sagrado distinguido, sin el cual la comunidad de practicantes de la religión
quedaría desorganizada y debilitada. Ha habido en la historia europea dos
ejemplos espectaculares, aunque en última instancia infructuosos, de Estados en
guerra con las tradiciones religiosas. El primero fue el plan francés, entre
1792 y aproximadamente 1799, para decimalizar el tiempo. Tras la Revolución
Francesa de 1789, hubo un deseo de cambio revolucionario en otras áreas de la
vida. Científicos y matemáticos franceses habían creado el sistema métrico de
pesas y medidas que aún utilizamos hoy. Otros vieron esto como una oportunidad
de promover la decimalización del tiempo, introduciendo una división de cada
mes en tres ciclos de diez días llamados «décadas»[40]. Esto dejaba
el año con cinco días especiales, a tomar tras el último mes del verano, junto
con un sexto día cada año bisiesto. El sistema es similar al que se adoptó en
el antiguo Egipto, que mencionamos antes. Para consolidar el calendario
revolucionario de la nueva República Francesa se renombraron los doce meses,
utilizando nombres que describían una típica característica climática o
actividad agrícola del mes.
El nuevo «Calendario Revolucionario» fue introducido por decreto oficial el 24
de noviembre de 1793. Se sugirió una decimalización adicional para dividir cada
día en diez horas decimales de cien minutos decimales, cada uno de una duración
de cien segundos decimales. Esta reforma se propuso con la intención de
sustituir la lógica astrológica en el corazón de la semana de siete días.
Además, se estableció que el nuevo calendario no debería parecerse al utilizado
por la Iglesia Católica Romana u otras iglesias apostólicas. Parece que uno de
sus objetivos fue la abolición de la observancia religiosa del domingo. El
conflicto posterior entre la Orden Católica de los Dominicos (que recibe su
nombre del latín dies dominica o «el día del Señor») y los «decadistas» fue una
consecuencia de este propósito. La oposición a la observancia del domingo se
hizo draconiana durante el Reino del Terror, cuando se prohibió el cierre de
los negocios, la vestimenta especial del domingo y la apertura de las iglesias
en el domingo del viejo ciclo de siete días. En 1794, Robespierre intentó
instaurar una nueva religión estatal dedicada al culto del Ser Supremo cada
décadi. Su objetivo era alterar el centro de gravedad de la vida francesa y
reemplazar la influencia de la Iglesia por la del Estado. Sin embargo, tras
alcanzar su cénit en 1798, toda la empresa se desintegró poco a poco, y era
prácticamente inexistente a finales del siglo XVIII[41]. Su fracaso
fue reconocido oficialmente por la reinstauración oficial por Napoleón de la
semana de siete días, junto con el domingo como día de descanso, en septiembre
de 1805. Se readoptó el calendario gregoriano, ya en uso en Gran Bretaña y
Norteamérica, y aún utilizado hoy universalmente.
El otro intento notable de reformar la semana fue la institución de Stalin de
la «semana de producción ininterrumpida» en la Unión Soviética en 1929. Aquí
había un doble propósito. Uno era evitar un día perdido por semana, en el que
toda la maquinaria quedaría ociosa y cesaría toda la producción; el otro era
romper la pauta de vida familiar y comunitaria de tal modo que fuera imposible
mantener la observancia religiosa tradicional. Stalin se propuso conseguir
estos objetivos introduciendo un ciclo de cinco días con cuatro días de trabajo
seguidos de un día de descanso. El ciclo no era el mismo para todos. Los días
de reposo estaban escalonados a lo largo de la población, de modo que factorías
y granjas estaban constantemente en producción, con un 80 por 100 de la
población trabajando, y el 20 por 100 descansando, cada día. Al principio, cada
uno de los días de la nueva semana de producción fue etiquetado con un número,
pero los números fueron pronto reemplazados por colores. Los individuos
empezaron a etiquetar a sus amigos, familiares y conocidos por sus «colores».
La sociedad se fragmentó en cinco subsociedades cromáticas. Los «amarillos»,
que tenían su día libre el primer día de la semana, sólo podían socializar con
otros amarillos. Las familias se fragmentaron porque se asignaban diferentes
días de descanso a diferentes miembros de la misma familia. Los intentos de
observancia religiosa fueron cortados por la falta de oportunidades que tenían
familias, o comunidades enteras, para reunirse el mismo día.
A pesar de la atención de las autoridades, la «semana de producción
ininterrumpida» degeneró con el tiempo en producción débil ininterrumpida. Los
trabajadores cuyos deberes, amigos y responsabilidades estaban compartimentados
en un único día empezaron a valorar muy poco su trabajo. La ausencia de
trabajadores clave que eran necesarios para mantener el equipamiento resultó
catastrófica para el objetivo de la producción continua. En 1931, las tensiones
internas se estaban agudizando, y Stalin suspendió la reforma, echando la culpa
a la irresponsabilidad de los trabajadores y prometiendo la reintroducción de
la semana de producción tras un proceso de reexamen y reeducación. Pero nunca
se reintrodujo, y la idea general murió por decreto suyo dos años más tarde.
Sin embargo, para resaltar el conflicto con la tradición religiosa, no fue
reemplazada por la semana de siete días tradicional. En su lugar, dio paso a
una semana de seis días —aunque con un único de descanso universal—. Este
esquema encontró una resistencia que se hacía más fuerte cuanto más lejos
estaba de los centros de gobierno. Las comunidades campesinas siguieron con su
ciclo de siete días donde era posible, y finalmente el Estado cedió,
reinstaurando el ciclo de siete días con el tradicional «día de resurrección»
como día de descanso el 26 de junio de 1940.
Estas batallas por la semana de siete días y su día de observancia religiosa
son instructivas. Muestran la fuerza de la tradición cultural para ordenar
nuestras vidas. La historia muestra que la estructuración de los días en un
ciclo semanal permite que las creencias religiosas establezcan su identidad
mediante el artificio de santificar días concretos, o introducir una práctica
particular en días concretos (por ejemplo, la antigua tradición Católica Romana
de abstenerse de comer carne los viernes). Habría que recordar que no hay
ninguna necesidad astronómica de que el ciclo de días sea séptuple. Si entramos
en culturas de África, Asia y las Américas que estaban fuera de la esfera de
influencia de la primitiva tradición judía y de la astrología mesopotámica,
encontramos «semanas» de otras longitudes. En África y América Central, el
ciclo semanal se suele estructurar en torno a las comunidades agrícolas y el
comercio. El día de mercado es el día más importante, y el ciclo semanal de la
vida gira en torno a él. En algunas partes de África la palabra para «semana»
es la misma que para mercado. Otra característica interesante de la longitud de
los ciclos semanales en algunas civilizaciones no occidentales es su conexión
con la base del sistema de recuento utilizado[42]. Ejemplos
característicos se encuentran en América Central y del Sur, donde abundaban
sistemas de recuento basados en 20 (el número de dedos de las dos manos más los
dedos de los dos pies), en lugar de nuestro propio sistema «decimal» basado en
10 (el número de dedos de las dos manos). Tanto los mayas como los aztecas
empleaban sistemas de recuento de base 20 y ciclos temporales de 20 días para
definir sus semanas; los mayas decidieron dividir su año en 18 semanas de 20
días y 5 días especiales adicionales.
Nos hemos detenido en los orígenes de la semana porque es una institución
social extendida cuya raison d’être es desconocida para la mayoría de la gente,
aunque domina la pauta de nuestra vida diaria. Su fuente es más sutil que la
del día, el año o las estaciones, y su papel en la estructuración de la
identidad religiosa es sorprendente; combina huellas de orígenes lunares, pero
su forma presente pone de manifiesto la antigua influencia de la astrología
como forma de organizar la percepción humana de los sucesos en los cielos. Los
astrónomos modernos no encuentran ninguna prueba de conexión astrológica entre
las estrellas y las actividades humanas; pero, en cualquier caso, el hecho de
que dicha conexión fuera ampliamente creída en el pasado fue razón suficiente
para establecer la pauta de las actividades humanas y determinar los nombres de
los días de la semana en las culturas occidentales. Una vez más, casi
inadvertida, hemos encontrado la impronta de los cielos en nuestras maneras de
ser, aunque sea de forma indirecta; esta vez, a través del deseo de nuestros
predecesores de dotar de significado a sus movimientos y de relacionar el
avance del tiempo en la Tierra con la voluntad de los dioses.
Larga
jornada hacia la noche. El origen de las constelaciones
Todos
estamos en la cuneta, pero algunos de nosotros estamos mirando a las estrellas.
OSCAR WILDE,
El abanico de Lady Windermere
Hay
una parte de la astronomía que todo el mundo conoce. Para algunos, influye en
su vida. Hablamos, por supuesto, de las constelaciones: el material de la
mitología, los horóscopos y todo eso. La influencia de la astrología en la
historia humana ha sido tan grande como la de cualquier otra idea, y los
asuntos de algunas naciones aún están influidos de forma importante por
proyecciones astrales. Las razones para la aparición de la astrología en el
mundo antiguo no se conocen con certeza, y probablemente difieren de una
civilización a otra. Los egipcios creían que las estrellas eran otro mundo
donde descansaban nuestros espíritus después de la muerte. El diseño y la
disposición de las pirámides estaban íntimamente correlacionados con las
posiciones de las estrellas en los campos estelares próximos, en un intento de
recrear el plan terrenal de la otra vida aquí en la Tierra. Puesto que los
movimientos celestes controlan las horas de luz diurna, las mareas y las
estaciones, no es completamente antinatural creer que controlan también todo lo
demás. Tales supersticiones sobre las pautas de las estrellas han persistido
durante muchos miles de años. Las personas parecen tener una inclinación
natural a creer que el curso de sus vidas está determinado por fuerzas externas
y a identificar pautas invisibles tras las apariencias. Pese a todo, estas
mismas imágenes que los antiguos proyectaban en el cielo para ayudarles a
identificar grupos especiales de estrellas servían a un fin práctico. La lenta
variación en la apariencia del cielo ofrecía a las civilizaciones duraderas
formas sofisticadas de seguir el curso del tiempo. Y más importante desde el
punto de vista cotidiano era el uso del cielo nocturno como ayuda a la
navegación. Esto es esencial para las naciones marineras. Mientras que los
viajeros terrestres pueden detenerse a salvo cuando cae la luz y los puntos de
referencia se hacen invisibles, los marineros no pueden hacerlo.
Figura 4.18. Una versión contemporánea de las constelaciones de Tom Lynham,
tomada del Observer.
Muchos
mitos peculiares son simplemente reglas mnemotécnicas para identificar la
disposición de grupos de estrellas concretos. Las constelaciones tienen nombres
que fueron escogidos por otras culturas antiguas, que les adscribían sus
propias imágenes. Hoy, no dudaríamos en hacer elecciones diferentes (véase la
Figura 4.18). Pero ¿de dónde procedían las constelaciones originales? ¿Quiénes
crearon esta variedad en el cielo oscuro nocturno? ¿Cuándo lo hicieron? ¿Y por
qué? Irónicamente, al responder a estas preguntas descubriremos que las
constelaciones pueden decirnos algo sobre el pasado, incluso si no pueden
predecir el futuro.
Podemos precisar cuándo, y dónde, vivían los que idearon las constelaciones
recordando que el eje de la Tierra precede cuando ésta gira, como una peonza
que cabecea, de modo que el eje polar traza un círculo en el cielo cada 26 000
años. Si consideramos un observador en la Tierra, situado como en la Figura
4.19, el horizonte del observador divide el cielo por la mitad. Sólo la parte
del cielo por encima del horizonte es visible en cualquier momento. Si la
latitud del observador es de L grados norte, entonces el Polo Norte celeste
está situado a L grados por encima del horizonte, y el Polo Sur lo está a L
grados por debajo del mismo. La rotación de la Tierra hace que el cielo parezca
rotar hacia el oeste en torno al Polo Norte celeste. Las estrellas se levantan
en un punto oriental del horizonte, luego ascienden en el cielo antes de
alcanzar su punto más alto, después de lo cual descienden para ponerse en un
punto del horizonte occidental. La mayoría de las estrellas siguen esta pauta,
con estaciones de visibilidad seguidas de estaciones de invisibilidad. Por
ejemplo, desde Gran Bretaña y desde gran parte de Europa septentrional podemos ver
Orión y Sirio en invierno, pero no durante el verano.
Hay dos grupos de estrellas que no siguen esta pauta de salida y puesta
nocturna. Las estrellas dentro de un círculo que se extiende L grados desde el
Polo Norte celeste nunca desaparecen por debajo del horizonte. Pueden verse
siempre si el cielo está claro. Se denominan estrellas circumpolares del norte.
Para los observadores europeos incluyen la Osa Mayor y Casiopea. Por la misma
razón, hay un grupo de estrellas circumpolares del sur dentro de una región
circular de la misma extensión angular alrededor del Polo Sur. Nunca las ve el
observador de nuestra figura, porque nunca se levantan sobre su horizonte. Así,
la Cruz del Sur no puede verse desde Europa septentrional, incluso si es
visible en Tasmania. El tamaño de estas regiones siempre visibles y nunca
visibles, y con ello el número de estrellas abarcadas por ellas, varía con la
latitud del observador. Cuanto mayor es la latitud, mayores son las regiones
circumpolares del cielo, como puede verse en la Figura 4.19.
Figura 4.19. La esfera celeste. El observador está situado a una latitud de
L grados norte. Sólo la mitad de la esfera celeste es visible para el
observador en cualquier momento. Algunas estrellas están tan próximas al Polo
Norte celeste que nunca desaparecen bajo el horizonte. Son las estrellas
circumpolares. Un segundo grupo de estrellas, llamadas estrellas circumpolares
sur, nunca son vistas por el observador porque no se levantan por encima del
horizonte. Véase también la Figura 4.13 en p. 245.
El
camino anual del Sol puede superponerse a esta imagen. Como ya hemos visto al
discutir las estaciones, el eje de rotación de la Tierra está inclinado con
respecto al plano de su órbita alrededor del Sol. Así, desde una perspectiva
terrestre, el Sol traza en la esfera celeste un círculo máximo que está
inclinado hacia el ecuador celeste, como se muestra en la Figura 4.20.
Figura 4.20. Trayectoria del Sol en la esfera celeste. Su trayectoria anual
es un círculo máximo llamado eclíptica. Los antiguos dividieron la eclíptica en
doce constelaciones, las denominadas casas del zodiaco, para representar
gráficamente la trayectoria del Sol.
Este
camino en la esfera celeste estaba dividido en tiempos antiguos en los doce
signos, o «casas» del zodiaco, por las doce constelaciones por las que pasaba
el Sol por orden en su viaje anual alrededor de la Tierra. (Recordemos que, en
tiempos antiguos, se creía que la Tierra estaba en el centro del sistema
solar). Estos doce signos se siguen utilizando hoy en las columnas astrológicas
de las revistas populares. De hecho, los signos del zodiaco difieren de las
constelaciones del zodiaco, incluso si comparten los mismos nombres. Las
constelaciones son grupos destacados de estrellas que tienen una forma fácil de
advertir. Tienen diferentes tamaños y contienen diferentes números de
estrellas. Los signos del zodiaco, por el contrario, son sectores de la eclíptica
del mismo tamaño: cada uno de los doce signos cubre una zona de 30 grados (de
modo que el total, 360 grados, cubre todo el círculo), y por convenio se toman
de 18 grados de anchura. Inicialmente, había una clara correspondencia
aproximada entre cada signo y la constelación que llevaba el mismo nombre. Pero
había muchas más constelaciones antiguas tradicionales que signos del zodiaco,
y cabe especular que en esto vemos prueba de dos hilos de invención que con el
tiempo se entremezclaron. Aunque los fines astrológicos podían satisfacerse con
una neta división en doce partes, las necesidades de la navegación podían ser
menos predecibles y cambiar con el tiempo. De esta manera, podrían ser
necesarias adiciones al esquema astrológico y, una vez hechas, serían
duraderas.
La dirección del polo celeste cambia lentamente, trazando en el cielo un
círculo de un radio angular de 23,5 grados cada 26 000 años. Como ya se ha
dicho, la dirección de este polo se hace aparente como el eje alrededor del
cual giran todas las estrellas. Así, en el pasado lejano los observadores de
estrellas habrían visto una dirección diferente de la que vemos hoy como centro
de las estrellas giratorias. Si encontramos un registro antiguo de
observaciones detalladas del cielo, la fecha de su autoría puede calibrarse
aproximadamente viendo qué estrella se está utilizando como indicador más
próximo al Polo Norte celeste. Hoy, esa estrella es Polaris, pero en el 3000 a.
C. habría sido Alpha Draconis. Conociendo estas características del variable
cielo nocturno, los astrónomos han tratado de descubrir quién «creo» las
constelaciones antiguas. El método es simple. Si examinamos la pauta antigua de
las constelaciones con nombre en los hemisferios septentrional y austral,
mostrada en la Figura 4.21, encontramos que hay una región del cielo austral
que está vacía de constelaciones antiguas.
Figura 4.21. Las constelaciones antiguas de los cielos septentrional y
austral.
Los
atlas estelares modernos muestran que esta región se ha llenado con adiciones
hechas durante los últimos siglos[43]. (En las
Láminas 18 y 19 se muestran dos bellos mapas coloreados a mano del cielo
medieval cristianizado, dibujados por Andreas Cellarius en 1660). Mirando de
nuevo la Figura 4.19, vemos que este estado de cosas es de esperar. Un
observador en una latitud L grados norte no puede ver un disco circumpolar de
estrellas de un diámetro angular de 2L grados, centrado en el Polo Sur celeste.
Así, el tamaño de la región vacía de constelaciones antiguas nos dice algo
sobre la latitud en la que vivían quienes hicieron las constelaciones. El
diámetro de la zona vacía en el cielo subtiende aproximadamente 72 grados, de
modo que quienes hicieron las constelaciones deberían encontrarse próximos a
una latitud de 36 grados norte. También podemos datarlos. La región vacía no
está centrada alrededor del Polo Sur celeste actual, ni esperaríamos que lo
estuviera: la lenta precesión de la dirección del Eje polar en el cielo lo rota
en un ciclo de 26 000 años. Deberíamos esperar que la zona vacía esté centrada
en la dirección del polo celeste en la época que estaban observando quienes
hicieron las constelaciones.
Lámina 18. Una ampliación cristianizada del siglo XVII de las constelaciones
antiguas. El hemisferio norte y su cielo, del Atlas Coelestis seu Harmónica
Macrocosmica, de Andreas Cellarius, Amsterdam, 1660.
Lámina 19. El cielo austral, del Atlas Coelestis seu Harmónica Macrocosmica,
de Andreas Cellarius, Amsterdam, 1660
Se
encuentra que el centro de la zona vacía coincide con la posición del Polo Sur
celeste en el período 2500-1800 a. C. (Figura 4.22). Queda ahora una pregunta:
¿quiénes eran?
Es fascinante que exista un cuerpo adicional de evidencia literaria que
utilizaron Edward Maunder, en 1909, y más recientemente Michael Ovenden, en
1965, para estrechar más las civilizaciones candidatas[44]. La primera
descripción completa de las constelaciones antiguas, excluyendo las posiciones
exactas de las estrellas individuales, se encuentra en un poema de Arato de
Soli titulado Los Phaenomena («Las Apariencias»), publicado hacia el 270 a. C.
Figura 4.22. La zona del cielo austral que está vacía de constelaciones
antiguas. N marca la localización actual del Polo Sur celeste; H marca su
posición en la época en que Hiparco observaba el cielo (190-120 a. C.); C marca
el centro de la zona circular del cielo (marcada 36Q) que está vacía de
constelaciones cuando se ve desde una latitud de 36 grados norte. La zona
circular (marcada 31Q) demarca la región del cielo que Hiparco no pudo haber
visto, suponiendo que él observara desde Alejandría (latitud 31 grados norte).
Los segmentos recortados por la intersección de los dos círculos dan las
regiones del cielo que veían los creadores de constelaciones, pero que Hiparco
no podía haber visto, y viceversa.
Su
lista de constelaciones corresponde, en casi todo, a las 48 enumeradas por el
gran astrónomo Ptolomeo, junto con sus posiciones, en su catálogo de 137 d. C.
Es fascinante saber que san Pablo, que como Arato era natural de Cilicia,
estaba familiarizado con esta información, porque cita los versos de apertura
del poema de Arato en su alocución al Tribunal Ateniense del Aerópago en la
Colina de Marte, que está recogida[45] en el
Nuevo Testamento (Hechos 17). Arato se educó en Atenas, y su obra habría sido
bien conocida para un público instruido. La cita aumentó la credibilidad de
Pablo al mostrar su conocimiento de la literatura griega, y su contenido
concreto ofrecía un punto favorable en el que empezar su sermón sobre la
identidad de su «dios desconocido».
Las constelaciones de las que escribe Arato no eran creación suya. Su poema fue
escrito como un tributo a Eudoxo. Versificaba la famosa exposición de las
estrellas de Eudoxo, también titulada los Phaenomena, que había sido escrita
más de un centenar de años antes. Y, de hecho, a juzgar por otras referencias
de pasada a constelaciones concretas en su literatura[46], los griegos
estaban familiarizados con las constelaciones al menos un millar de años antes
de Cristo.
Eudoxo de Cnido vivió entre el 409 y el 356 a. C., y fue uno de los más grandes
matemáticos del mundo antiguo. Es más conocido como autor del quinto libro de
la obra geométrica de Euclides, los Elementos. Fue atraído al estudio de la
astronomía por el desafío que planteó Platón a los matemáticos para explicar
los ordenados movimientos celestes. Además de sus dos importantes tratados
astronómicos sobre la apariencia de los cielos, también es famoso por dejar a
sus sucesores un globo grabado, «la esfera de Eudoxo». Lo utilizó para estudios
astronómicos y probablemente contenía la eclíptica, el Ecuador, las estrellas
conocidas y los nombres de algunas constelaciones. Debe haber sido el prototipo
del moderno globo celeste que utilizan los astrónomos para representar en forma
tridimensional la información contenida en la Figura 4.19. Por desgracia, ni
sus escritos ni su esfera sobreviven. No obstante, sabemos mucho sobre ellos
gracias al poema de Arato, que fue encargado en el 270 a. C., por el rey
Antígono Gonadas de Macedonia como un tributo póstumo a Eudoxo.
Figura 4.23. Mapas de las constelaciones de Carl Swartz, de 1809, que
muestran la zona vacía en el cielo austral, de lo que dedujo que quienes
crearon las constelaciones vivían a 40 grados de latitud en Bakú.
Al
autor se le encargó hacer un tributo en verso que incorporase el contenido
astronómico del estudio de los cielos de Eudoxo. Puesto que el autor no era
astrónomo, sigue de cerca el original de Eudoxo y ofrece una guía del cielo muy
detallada, constelación por constelación.
Ciento cincuenta años más tarde, Hiparco de Rodas, el más grande de los
astrónomos griegos (descubrió la precesión del Eje Polar de la Tierra) estudió
el poema de Arato. Quedó intrigado por lo que encontró. Ni Arato ni Eudoxo
podían haber visto la disposición de constelaciones allí registrada. Describían
disposiciones de estrellas que nunca aparecían sobre el horizonte en la época
en que escribieron. Además, había otras estrellas, ahora obvias para Hiparco,
de las que Arato no hacía ninguna mención. Hay una explicación para estas
discrepancias. Las constelaciones fueron identificadas inicialmente por
astrónomos muy anteriores a Eudoxo. Y, como resultado de la precesión del eje
de rotación de la Tierra, el cielo que veían era significativamente diferente
del cielo visto por Eudoxo, Arato e Hiparco. Incluso es posible que Hiparco
hubiera empezado a desvelar el fenómeno de la precesión polar de la Tierra al
tratar de reconciliar los datos de Eudoxo, en el poema de Arato, con lo que él
conocía del cielo en su propia época, aunque no hay prueba directa de esto.
Es evidente que mediante un análisis cuidadoso de las constelaciones incluidas
y omitidas se podría determinar a partir del poema de Arato la época para la
que ofrece una descripción correcta del cielo. En 1965, el astrónomo escocés
Michael Ovenden realizó este análisis de las descripciones astronómicas en la
obra de Arato para deducir la latitud y la fecha de los creadores originales de
la información que daba el poema de Arato sobre las constelaciones. (Un colega
comprobó el análisis). Ovenden encontró una latitud entre 34,5 y 37,5 grados
norte, y una época entre 3400 y 1800 a. C. Esto concuerda extraordinariamente
bien con las anteriores deducciones extraídas de la ausencia de antiguas constelaciones
australes (2500-1800 a. C.), y ofrece una confirmación de la idea de que los
creadores de constelaciones originales vivían en una época y en una región.
Precedieron a Eudoxo en miles de años. Eudoxo debe haber repetido meramente la
información que heredó de ellos sin ponerla a prueba frente a las
observaciones. Si lo hubiera hecho, habría descubierto que describía pautas de
estrellas que no eran visibles para él y omitía otras que lo eran. Arato hizo
lo mismo, pero difícilmente se le podría culpar, después de todo, él no
pretendía ser un astrónomo.
En 1984, un colega de Ovenden en Glasgow, Archie Roy, llevó a cabo un estudio
más detallado de la época astronómica a la que se refiere el poema de Arato
utilizando las frases concretas del poema para deducir cómo los Trópicos de
Cáncer y de Capricornio, y el Ecuador, intersecan a las constelaciones. Para
apreciar el detalle que se puede conseguir con este tipo de análisis,
consideremos la información que da el poema sobre el Ecuador (que se identifica
en las tres primeras líneas); Arato da una especificación detallada de las
constelaciones asociadas:
En
medio de ambas, enorme como la Vía Láctea,
un círculo divide la Tierra en dos,
y en él dos veces son iguales días y noches,
cuando termina el verano y cuando empieza la primavera.
Como marca allí yace el Carnero y las rodillas del Toro,
el Carnero se extiende a lo largo del círculo,
pero sólo aparecen las patas encogidas del Toro.
Y, en ella, el brillante cinturón de Orión,
la curva brillante de la Serpiente de agua; el Cuenco
aunque pequeño, el Cuervo y algunas pocas estrellas de las Garras.
Las rodillas del Serpentario están en el límite.
No comparte el Águila, mensajera
del poder que vuela en la noche, al trono de Zeus.
En ella se revuelven la cabeza y el cuello del Caballo.
Roy
tomó este pasaje, junto con otros dos que tratan de las intersecciones de los
Trópicos de Cáncer y de Capricornio, y utilizó la información para programar un
planetario que recreara las apariencias de los cielos nocturnos entre el
presente y el año 5000 a. C. Hay una sorprendente convergencia de todas las
frases con la apariencia del cielo en las latitudes mediterráneas de interés,
tal como se habrían observado entre aproximadamente el 2200 a. C. y el 1800 a.
C.
Hemos seguido tres líneas de investigación diferentes que apuntan a la misma
localización y marco temporal para los creadores de constelaciones.
Evidentemente, Eudoxo no podría haber ideado la famosa esfera que lleva su
nombre y de la cual derivaban en última instancia las posiciones de las estrellas
en el poema de Arato. La astronomía encarnada en su esfera, y quizá la propia
esfera, deben haber sido heredadas de otra civilización cuyos astrónomos
estaban activos más de mil quinientos años antes de que naciera Eudoxo. Esa
esfera fue grabada probablemente para permitir que un navegante utilizara las
constelaciones para fijar una ruta recordando el orden en que aparecían y se
ponían en el horizonte. Esto habría sido particularmente útil porque, a
diferencia de los marinos de hoy, a ellos les hubiera faltado una estrella
polar conveniente para guiarlos.
Una interpretación de este notable conjunto de pruebas es que los antiguos
creadores de constelaciones realizaron las figuras astrológicas y mitológicas
en el cielo como una encarnación de sus propios espíritus, héroes y demonios
familiares, y organizaron su paisaje de una forma general y fácil de recordar
para sus propios fines de navegación. El poema de Arato está lleno de alusiones
a los peligros en el mar, lo que implica que los creadores de su astronomía
eran una raza de marinos que necesitaban una comprensión del cielo para fines
de navegación. Pueden haber sido los inventores de las constelaciones, o pueden
haber adaptado un esquema mitológico más primitivo de nombres de estrellas a un
sistema de uso práctico para navegantes. Una tradición afirma que Eudoxo obtuvo
su esfera, o la información necesaria para construirla, durante sus viajes por
Egipto, pero no se ha encontrado nada similar en la enorme colección de restos
de la antigua civilización egipcia. Incluso así, si Eudoxo la recibió durante
su vida, ¿por qué los egipcios le dieron una información sobre el cielo que
estaba miles de años desfasada? Ellos mismos no podrían haber visto estas
figuras en el cielo. ¿Eran ellos conscientes de que le estaban dando un modelo
inferior y muy desfasado? Si es así, ¿dónde está la prueba de otros modelos
mejores que estuvieran utilizando? Es más probable que también ellos hubieran
heredado algo que no entendían por completo. Incluso si supieran que no describía
el cielo que podían ver, fueron incapaces de corregirlo mediante otras
observaciones. De modo que ¿por qué no obtuvieron una nueva versión de sus
suministradores originales? Para ofrecer algunas respuestas posibles a estas
preguntas tenemos que estrechar la lista de candidatos para los primeros
creadores y usuarios de constelaciones.
Dejemos la astronomía, y volvamos a la geometría y la historia. La línea de
latitud de 36 grados, que identificamos como el hogar de los creadores de
constelaciones, corre a través del Mediterráneo y el Próximo Oriente (véase la
Figura 4.24). Había varias antiguas civilizaciones avanzadas próximas que
podrían haber establecido las constelaciones antiguas como ayudas para la
navegación. Los fenicios, que vivían en la región ahora denominada Líbano,
pueden descartarse pues, a pesar de su historia como comerciantes y marinos, su
civilización tuvo su período dorado más de mil años después de la época del
2500 a. C. en la que estamos interesados. Por el contrario, aunque los antiguos
egipcios fueron sobresalientes en sus logros matemáticos y técnicos en esa
época, su latitud está por debajo de los 32 grados norte; esto parece demasiado
al sur para que ellos hayan sido los creadores de constelaciones. Los
babilonios son ciertamente mejores candidatos. Ellos han dejado miles de
tablillas cuneiformes que detallan sofisticados estudios matemáticos y
astronómicos que se remontan al 3000 a. C. Además, sus intereses astrológicos
eran fuertes. Tenían un interés especial en registrar las posiciones y figuras
de las estrellas, porque creían que los asuntos humanos estaban controlados por
ellas; ya hemos visto que su preocupación por la jerarquía de los planetas dio
forma a la estructura de su semana astrológica de siete días. Sus registros escritos
dan copiosa información sobre las estrellas y asocian algunas de ellas con las
mismas imágenes que utilizamos hoy. Las frases del poema de Arato parecen ser
completamente compatibles con el cielo tal como se ve desde la latitud de
Babilonia en torno al 2500 a. C. Parece haber poca duda de que los temas
representados por las antiguas constelaciones estaban profundamente inmersos en
la cultura sumeria de Mesopotamia en esa fecha. Otro indicador está contenido
en los nombres de las propias constelaciones. Se han descubierto en la vecindad
del río Éufrates tablillas astronómicas que datan de aproximadamente el 600 a.
C. Dan nombres griegos para las constelaciones, pero las imágenes que
representan las figuras de estrellas son mucho más antiguas. Por ejemplo, la
constelación que seguimos llamando Tauro, «El Toro», es mencionada en estas
tablillas como el «Toro al frente». En esa época, el año se medía a partir del
comienzo de la primavera, que estaba definido por el equinoccio vernal (el día
en que hay horas iguales de luz diurna y oscuridad). Esto, como el equinoccio
de otoño, ocurre cuando la eclíptica interseca la proyección del Ecuador
terrestre sobre el cielo.
Actualmente, el Sol está en la constelación de Piscis en el equinoccio vernal,
pero en la época de Hiparco estaba en Aries, y Ptolomeo hace de Aries la
primera constelación del Zodiaco. La descripción «Toro al frente» indica que el
nombre del Toro se le dio a la constelación cuando estaba al frente del año —en
el momento del equinoccio vernal—. Si calculamos cuándo estaba el Sol en la
constelación de Tauro durante el equinoccio vernal obtenemos 2450 a. C.: casi
dos mil años antes de que se grabaran las tablillas y en notable acuerdo con
nuestros otros indicadores sobre el origen de las constelaciones. Además, en
esta temprana época hay una lógica para el resto del cielo: en el solsticio de
verano, el Sol estaba cerca de Regulus, la estrella más brillante en Leo; en el
equinoccio de otoño, estaba cerca de Antares, la estrella más brillante en
Escorpio, y en el solsticio de invierno estaba próximo a Formalhaut, la
estrella más brillante cerca de Acuario, la corriente de agua.
Figura 4.24. Líneas de latitud que atraviesan el Próximo Oriente.
Éste
no es el fin de la historia. Aunque quizá los babilonios hayan sido los que
dieron la forma original a las constelaciones, sus actividades marinas parecen
demasiado pequeñas, y están en las latitudes equivocadas para hacer gran uso de
los elaborados sistemas de constelaciones descritos por Eudoxo y Arato. Esta
disonancia llevó a Roy a buscar otra antigua civilización marina que podría
haber adoptado y mejorado el sistema astrológico de los sumerios para usar en
la navegación por el Mediterráneo. Hay sólo una civilización candidata en la
latitud correcta (aproximadamente 36 grados); se encuentra a menos de 1800
kilómetros al oeste de Babilonia, en la isla de Creta —el hogar de los
minoicos.
Hasta principios del siglo XX, el reino de Minos significaba poco más que la
tierra perdida de la Atlántida; el hogar de figuras míticas como Dédalo e
Ícaro, o del gran Minotauro, mitad toro y mitad humano, que moraba en el
Laberinto. Luego, poco a poco, los arqueólogos empezaron a probar las sospechas
previas de una gran cultura innovadora, centrada en Creta. Pueden encontrarse
referencias a actividades comerciales entre Creta y otras culturas
mesopotámicas tan tempranas como el 2350 a. C.; su comercio con Egipto era
extensivo, y se han encontrado tesoros de origen egipcio entre las ruinas del
palacio minoico en Knossos. La gama de materiales de construcción no indígenas
que utilizaban da una idea de navegación extensiva en toda la región
mediterránea. Pero cuando estaba en su apogeo, esta sofisticada cultura tuvo un
final súbito y catastrófico. Aproximadamente en el 1450 a. C. un gran desastre
natural llevó a su civilización a una caída en picado. Habían capeado un primer
terremoto hacia el 1700 a. C. pero el desastre que siguió parece haber sido de
otra magnitud. En esa época tuvo lugar una enorme erupción volcánica en la isla
de Thera en el Egeo, y se produjo una explosión que dejó un cráter de cientos
de metros de profundidad que abarcaba casi un centenar de kilómetros cuadrados.
Las cenizas, residuos, temblores y enormes olas que produjo acabaron con los
minoicos. Sus viejos puertos muestran evidencia de una espectacular
compactación y movimiento de piedra. Lo que no fue destruido cayó presa de
otros invasores; de repente, la más avanzada civilización europea de su tiempo
había desaparecido.
No se ha encontrado ningún documento o aparato astronómico entre las ruinas de
Minos que pruebe que los minoicos fueran los grandes navegantes y usuarios de
constelaciones alrededor de quienes giraba el cielo en el tercer milenio antes
de Cristo. Pero ellos encajan perfectamente. Sus horizontes comerciales se
estaban agrandando en el 2500 a. C.; vivían en el paralelo 36; sus habilidades
de navegación y construcción dan la impresión de ser capaces de adaptar y
superar cosas que aprendían de otras culturas. Tenían fuertes vínculos
comerciales con Babilonia y habrían estado expuestos a su patrón astrológico de
constelaciones. Roy conjetura que la fuente del globo celeste que Eudoxo
encontró en Egipto, con su misteriosa imagen fosilizada de los cielos como sólo
podrían haberse visto dos mil años antes, era Minos. Si así fuera, se aclara la
razón por la que nunca fue reemplazado por una versión actualizada. En el
período entre el 2500 a. C. y la visita de Eudoxo, más de dos mil años después,
la civilización minoica había sido completamente destruida. Y de su hallazgo de
estrellas no queda nada salvo la historia de Eudoxo.
Incluso si esta historia ofrece la explicación para el diseño global y la
cubierta celeste de las antiguas constelaciones, hay aún muchas posibilidades
para el desarrollo de las diferentes constelaciones, ya aparecieran al mismo
tiempo o sobre un período dilatado. Alex Gurstein, un historiador ruso de la
astronomía antigua, ha tratado de explicar la aparición de constelaciones
concretas en épocas muy anteriores considerando su lugar como marcadores de
características astronómicas clave del cielo. Estos marcadores cambian durante
miles de años debido a la precesión del eje de rotación de la Tierra, y así se
definen nuevas constelaciones como marcadores en diferentes milenios. No se
sugiere que estos antiguos observadores del cielo tuvieran que comprender el
fenómeno de la precesión. Probablemente atribuían la carencia de grupos de
estrellas bautizadas en puntos especiales del cielo a descuidos de generaciones
anteriores, o quizá incluso a grandes cambios en los cielos debidos a la
voluntad de los dioses celestes.
Gurstein propone que observaciones astronómicas del movimiento del Sol a lo
largo de la eclíptica —la denominada via Solis— habrían establecido una
correlación entre la apariencia del cielo nocturno y las estaciones del año.
Esto habría conducido de forma natural a la identificación de cuatro grupos de
estrellas especiales, uno por cada estación. Los cambios estacionales están
marcados por el equinoccio vernal, el punto del solsticio de verano (cuando el
Sol alcanza su máxima altura en el cielo a mediodía), el equinoccio de otoño y
el punto del solsticio de invierno (cuando el Sol está más bajo en el cielo a
mediodía). Se habrían apreciado cuando se hiciera evidente que el movimiento
anual del Sol en el cielo permite predecir con fiabilidad los cambios
estacionales. Gurstein cree que la identificación de las primeras
constelaciones se hizo básicamente para marcar áreas importantes de la esfera
celeste, más que para unir simplemente grupos de estrellas brillantes, por
razones simbólicas o para navegación. La precesión de 26 000 años de la Tierra
hará que la posición de los marcadores de las cuatro estaciones cambie durante miles
de años y requerirá que se introduzcan nuevas constelaciones marcadoras.
Mientras tanto, el plano de la eclíptica permanece prácticamente invariante en
el cielo. Por consiguiente, las constelaciones marcadoras se mueven en sentido
contrario a las agujas del reloj a través de los signos del zodiaco (que
literalmente significa «círculo de animales»), atravesando un signo cada 26
000/12 = 2140 años. Por lo tanto, las mismas estrellas marcadoras definirán los
equinoccios y solsticios razonablemente invariantes durante aproximadamente dos
mil años.
Gurstein
investigó los símbolos religiosos y mitológicos concretos que eran dominantes
en las sociedades conocidas en diferentes épocas y que habrían llevado a la
elección de criaturas para expresar las estrellas marcadoras. Probablemente una
clave para la cronología procede también de los tamaños de las constelaciones
en el cielo. Las más grandes tenderían a ser las primeras en escogerse como
marcadoras. Él concluye que las cuatro primeras constelaciones en el camino del
Sol se escogieron durante el sexto milenio antes de Cristo, posiblemente dentro
de la región de la Tierra que difundió la cultura y las lenguas indoeuropeas.
Estudio
en escarlata. Las fuentes de la visión del color
Tengo
miedo de la oscuridad y sospecho de la luz.
WOODY ALLEN
En
el capítulo segundo examinamos algunas de las restricciones que impone la
habitabilidad de un cuerpo celeste. Dos propiedades se revelaban importantes
para la evolución y mantenimiento de la vida basada en átomos en una superficie
planetaria sólida y estable: la existencia de una estrella estable en la
«secuencia principal», como el Sol, y la presencia de una atmósfera gaseosa.
Una tercera propiedad, una rotación del planeta en torno a su eje, es muy
probable; se necesitaría una improbable combinación de circunstancias para
impedirla. Esperaríamos que éstas fueran características de los planetas en
donde es probable la evolución espontánea de la vida. Pero estas propiedades se
combinan para crear una propiedad del ambiente planetario resultante que puede
dar lugar a una adaptación tan inesperada como trascendental.
La mezcla de longitudes de onda emitidas por una estrella estable como el Sol;
la alternancia diaria de períodos de luz y oscuridad debida a la rotación
planetaria, y la dispersión y absorción de la luz estelar por una atmósfera
planetaria: estos procesos se combinan para dar condiciones de iluminación en
la superficie del planeta que hacen ventajosa y adaptativa la evolución de un
tipo particular de visión del color.
Figura 4.25. Intensidades espectrales relativas de las componentes media,
azul-amarillo y rojo-verde de la luz diurna.
Si
consideramos la recepción de la luz solar dispersada en la superficie de la
Tierra, sabemos que buena parte de la energía radiante del Sol es absorbida por
el vapor de agua y el ozono en la atmósfera. La intensidad de emisión del Sol
tiene su máximo en la región azul-verde del espectro de colores (Figura 4.25),
pero la dispersión de la luz por las moléculas en la atmósfera de la Tierra
afecta más a las longitudes de onda más cortas (índigo, azul y verde); de modo
que no llegan a nuestros ojos y por ello el disco del Sol aparece amarillo. La
luz azul dispersada es la que hace azul el resto del cielo. El agua pura parece
azul por la misma razón. Si apartamos la vista del Sol estamos viendo luz que
ha sido dispersada en la atmósfera. Los fotones de longitud de onda más corta
(más azules) son más dispersados, y por ello el cielo es azul; si miramos hacia
la puesta de sol (véase la Lámina 10) recibimos los fotones de longitud de onda
más larga (más rojos) que son menos dispersados en route hacia nuestros ojos. (Resulta
irónico que las puestas de sol más espectaculares, con fuertes rojos, naranjas
y púrpuras, ocurren sobre las ciudades con más polución industrial o en la
vecindad de erupciones volcánicas, porque el aire contiene una sobreabundancia
de gases procedentes del escape de los automóviles o partículas de humo que
amplifican el proceso de dispersión). Cuando las partículas dispersoras en la
atmósfera se hacen más grandes —gotitas de vapor de agua, copos de nieve o
partículas de arena o de polvo— la dispersión deja de depender
significativamente de la longitud de onda (color) de la luz solar[47]. Todas las
longitudes de onda son entonces dispersadas más o menos por igual, y el
resultado es una escena blanca o neblinosa. Por eso es por lo que las nubes y
los cielos cubiertos o con niebla parecen blancos, y por lo que el océano
parece blanco cuando se ve a través de la bruma desde una playa arenosa en
condiciones duras y ventosas. También hay animales blancos, como los osos
polares, que deben su apariencia a este efecto más que a la presencia de un
pigmento intrínseco de color blanco. Los huecos de la piel en un oso polar
contienen minúsculas burbujas de aire que dispersan la luz incidente y dan al
conjunto de pelos transparentes una apariencia blanca.
La luz de Luna, que es tan sólo luz solar reflejada en la cara de la Luna,
tiene un espectro muy similar al de la luz solar directa, aunque su intensidad
es un millón de veces menor. Toda la luz estelar procedente del resto del
Universo es todavía mil veces más débil. Entre la luz de Luna y la luz solar
tenemos el crepúsculo. Su espectro de colores difiere del de la luz solar y la
luz lunar; los tres espectros se muestran en la Figura 4.26.
Figura 4.26. Composición espectral de la luz lunar, la luz solar y el
crepúsculo. Datos tomados en el verano de 1970 en Einewetok Atoll.
En
el crepúsculo, los rayos de luz solar deben atravesar un trecho mayor de
atmósfera antes de llegarnos, y la absorción de la luz amarilla y naranja por
las moléculas de ozono se hace importante. Esto da al color del cielo un ligero
tono magenta en los últimos 30 minutos antes de la puesta de sol y en los 15
minutos anteriores a la salida.
Hemos mencionado el fenómeno del crepúsculo transitorio porque puede ser la
razón de una característica peculiar de la visión humana del color. En 1819, un
fisiólogo checo, Jan Purkinje, advirtió un curioso fenómeno cuando observaba
las flores de su jardín en el crepúsculo. Se dio cuenta de que el brillo
relativo de las flores de diferente color cambiaba a medida que la luz se
debilitaba. Las flores rojas se hacían negras, mientras que las hojas verdes
seguían verdes y brillantes. A bajos niveles luminosos el ojo humano se hace
más sensible a la luz azul y verde que a la luz roja (Figura 4.27).
Figura 4.27. Eficiencias de la recepción humana de los colores en la visión
diurna y la visión nocturna.
Al
principio, este comportamiento parece ser poco adaptativo porque, como se puede
ver en la Figura 4.26, la luz lunar (y también la luz estelar) contiene luz de
longitud de onda más larga (roja) que la luz diurna. Por lo tanto, podríamos
haber esperado que la sensibilidad humana al rojo aumentara, y no que
disminuyera, a bajos niveles de iluminación. Sin embargo, si comparamos las
Figuras 4.26 y 4.27 vemos que, cuando descienden los niveles luminosos, la
longitud de onda a la que el ojo es más sensible se desplaza hacia donde se
requiere una mayor sensibilidad en condiciones de penumbra[48]. La
consecuencia es que esta zona de penumbra es la más peligrosa: las condiciones
de iluminación están variando rápidamente, aparecen los predadores nocturnos y
comienza a notarse la fatiga. Podría ser más adaptativo tener mejor visión
durante este período breve pero peligroso que optimizar la recepción al
espectro de luz lunar cuando los niveles luminosos son demasiado bajos para
permitir que de ello se obtenga cualquier ventaja real.
Las descripciones humanas transculturales de los colores son fascinantes.
Sabemos que el color está determinado por la longitud de onda de la luz, y hay
un espectro totalmente continuo entre el rojo y el violeta. De todas formas,
todos identificamos un pequeño conjunto de colores definidos —rojo, anaranjado,
amarillo, verde, azul, índigo, violeta— y exageramos las diferencias entre
ellos[49]. Se han
hecho estudios detallados de las palabras utilizadas para designar los colores
en diversas culturas y lenguas. Un estudio sobre 98 lenguas en el que se
mostraba a hablantes nativos un conjunto de cartas de colores diferentes
encontró que había una elección prácticamente universal de las regiones del
espectro luminoso a las que se asignaban palabras para el color. La diferencia
principal estaba en el número de colores distinguidos por palabras de color.
Aquí también había una tendencia general. Las lenguas más sencillas sólo tenían
palabras para el negro y el blanco; el siguiente añadido más habitual era rojo,
seguido de verde y amarillo con aproximadamente la misma frecuencia, seguido
por azul, luego marrón, y luego púrpura, rosa, naranja y gris. La pauta de
ocurrencia de palabras de color se muestra en la Tabla 4.4; sólo 22 de los 2048
conjuntos lógicamente posibles de los once términos de color básicos se
encontraron en los lenguajes estudiados. Estos estudios se han interpretado en
el sentido de que indican cómo tiende a desarrollarse nuestro léxico de color.
Sugieren una pauta de desarrollo evolutivo de las palabras para el color, como
se muestra en la Figura 4.28.
TABLA 4.4. Los 22 vocablos de color identificados originalmente por Beriin y
Klay en su estudio de los pueblos tradicionales. El más simple (tipo I) tiene
solo dos palabras que designan colores para negro y blanco; el más sofisticado
(tipo 22) tiene once palabras para distintos colores.
Aunque
la tendencia es clara y no enteramente sorprendente, hay que tener cuidado en
no llevar demasiado lejos estos datos más bien unidimensionales. Mantener una
lista de palabras divorciadas de la situación y circunstancias en las que viven
sus hablantes está lleno de sesgos potenciales. Quien viva en la nieve tendrá
necesidad de un espectro diferente de palabras para el color que si viviera
todo el año bajo un cielo azul o errara por verdes selvas.
Figura 4.28. Desarrollo evolutivo de la descripción del color sugerido por
los datos de la Tabla 4.4.
Blanco
y negro son los primeros términos necesarios para transmitir información sobre
los niveles de luz y oscuridad en el ambiente. Los vocabularios que les siguen
en complicación añaden términos para «rojo», que incluyen matices de marrón y
suelen estar ligados a la descripción del suelo o de la sangre. Incluso hoy
reconocemos la preponderancia de negro, rojo y blanco como símbolos de cargo, y
con frecuencia se utilizan en uniformes o vestimentas ceremoniales; recordemos
el Rojo y Negro de Stendahl.
Nuestras categorías de color no parecen accidentales. Están ligadas al hecho de
que el sistema visual es tridimensional. En condiciones de brillo, los ojos
tienen tres tipos de detectores (conos) en la retina, con pigmentos
fotoquímicos cuyos máximos de sensibilidad están ajustados respectivamente a
las regiones de longitud de onda larga, media y corta del espectro visible. El
ojo registra tres elementos de información independientes, que luego son
sopesados y combinados para darnos la sensación de color final. Estas tres
sensibilidades visuales pueden reexpresarse como el nivel de brillo, la
variación amarillo-azul y la variación rojo-verde. A veces se representan en un
círculo de color (véase la Figura 4.29), introducido por primera vez por Isaac
Newton en 1704. Este círculo une los dos extremos del espectro para ilustrar la
tendencia humana a encontrar el color rojo de larga longitud de onda y el
violeta de corta longitud de onda más parecidos que otros colores del espectro
que están mucho más próximos uno a otro en longitud de onda.
Figura 4.29. Círculo de colores de Newton. Una parametrización
tridimensional esquemática de nuestra representación normal del color en
términos de los ejes de brillo versus oscuridad, azul versus amarillo, y rojo
versus verde.
Es
ahora un desafío identificar aspectos del entorno tales que una adaptación a
los mismos tendería a seleccionar discriminación oscuro-luminoso, azul-amarillo
y rojo-verde junto con la asociación psicofisiológica de los dos extremos del
espectro de colores. El intervalo total de sensibilidad espectral del ojo
humano (400-700 nanómetros[50]) refleja el
intervalo de longitudes de onda de la radiación solar que nos llega después de
atravesar la atmósfera. Por lo tanto, podríamos preguntar si aspectos más
detallados de la luz transmitida y dispersada influyen en los detalles finos de
la recepción del color. La sensibilidad oscuro-luminoso es necesaria para
acomodar las grandes variaciones en los niveles de luz que se dan en ambientes
naturales debido a la sombra, la nubosidad, las fases de la Luna y la altura
variable del Sol en el cielo. Ya hemos visto que la transición de visión
adaptada a la luz a visión adaptada a la oscuridad en el crepúsculo apunta a
una ventaja adaptativa, pues la discriminación de contraste en el eje de color
amarillo-azul tiene sentido si es una adaptación a los colores introducidos en
el ambiente por el Sol. El azul del cielo es una influencia primaria, mientras
que el centro del resto del espectro solar (después de que se hayan sustraído
por dispersión los azules y violetas) es característico de la luz solar directa
y, como la cara del Sol, es de color amarillo. La variación azul-amarillo
refleja la gama de colores de la luz solar: desde la luz solar directa y
vertical a la luz solar azul dispersada que da color al cielo y el agua. La
variación rojo-verde en la visión del color también puede estar relacionada con
la influencia de la dispersión atmosférica. La porción roja de la luz solar,
aunque menos dispersada por las moléculas del aire, es la parte más fácilmente
absorbida por el vapor de agua que encuentra en su camino. Así, un aumento del
contenido de vapor de agua en la atmósfera produce una reducción en la
componente roja de la luz solar que llega a la superficie de la Tierra cuando
el Sol está a poca altura sobre el horizonte. Una vez que los rojos han sido
eliminados de esta forma, la longitud de onda central de la luz restante está
en el verde. Esta vinculación de colores opuestos, como azul y amarillo, por el
proceso de promediar lo que queda del espectro después de sustraer parte del
mismo, tiene también el efecto de crear un círculo cerrado de variaciones de
color, del tipo mostrado en la Figura 4.29.
Las influencias atmosféricas por sí solas podrían haber desencadenado una
secuencia de adaptaciones debido a la ventaja selectiva conferida por los genes
que promueven el desarrollo del procesamiento neural para distinguir, de forma
simultánea y económica, las tres variaciones de color.
Hay otras influencias ambientales que refuerzan respuestas adaptativas a
colores particulares. Los verdes de las hojas son producidos por la clorofila[51]. A los
pájaros y los animales que precisan alimento les irá mejor buscando fuentes de
alimento que puedan ser fácilmente identificadas en sus entornos naturales. La
mayoría de las plantas se propagarán con más éxito si se hacen notar, porque
necesitan insectos que las polinicen o se basan en la ingestión y excreción por
otros seres vivos para dispersar sus semillas. Hay lugar aquí para la
coadaptación de estas dos propensiones en beneficio mutuo. Los verdes de las
plantas están determinados por la química; por ello, las bayas y frutos más
fácilmente identificables serán aquéllos con fuertes contrastes de color —de
los que el rojo es el más llamativo y el más habitual—. Del mismo modo, quienes
recogen tales frutos se beneficiarán de una aguda discriminación en el verde y
en el intervalo de contraste rojo-verde (Lámina 14).
Lámina 14. Bayas rojas entre follaje verde.
Si
las fuentes de alimento coloreadas están siendo explotadas por, digamos,
pájaros con visión de color, los que lleguen posteriormente al escenario
evolutivo (como los primates), y compitan por las mismas fuentes, encontrarán
adaptativa una visión del color mejorada. Las criaturas que sólo se alimentan
de hierba, o de carne, tienden a ser ciegas a los colores. Relacionada con este
uso de la visión del color podría estar la tendencia de nuestro sistema visual
a poner colores como el rojo en primer plano y llevar el azul a segundo
término. Es como si hubiera una adaptación al siempre presente telón de fondo
del cielo y una ventaja que sacar viendo el rojo primero como un primer término
destacado.
El conjunto de colores a la vista en el mundo natural deriva de pigmentos
químicos y de los efectos de la luz dispersada. En algunos casos notables el
color que vemos deriva de una combinación de ambos. Los efectos de la
dispersión de la luz toman tres formas. La difracción, cuando la luz atraviesa
una pequeña abertura y pasa junto a un objeto opaco, puede apreciarse en los
colores visibles en una tela de araña colgada cerca de una ventana. La
interferencia de diferentes ondas luminosas es la fuente del colorido en las
finas alas de una libélula y, de modo muy espectacular, en la cola de un pavo
real (véase la Lámina 13). Allí, curiosamente, es la melanina en las barbillas
de las plumas la responsable de la figura de interferencia óptica. La tercera,
y más habitual, contribución de la estructura de la superficie al color natural
la ofrece el fenómeno de la dispersión de la luz descubierto por John Tyndall
en 1869. El ejemplo más espectacular es el azul del cielo, que Tyndall fue el
primero en explicar. A diferencia de los efectos de interferencia y difracción,
los resultados de la dispersión de Tyndall no son iridiscentes; es decir, los
colores vistos no varían con el ángulo desde el que se ven. Tyndall demostró
que cuanto mayor es la frecuencia de la luz (es decir, más azul es el color),
más dispersión experimenta por parte de partículas pequeñas. Por esto es por lo
que el humo de un cigarrillo seco tiene un tono azulado y por lo que algunos
ojos humanos son azules. Minúsculas partículas de proteína en el iris producen
dispersión de la luz blanca que entra en el ojo. Cuando uno se hace mayor,
estas partículas se hacen ligeramente más grandes y los ojos azules se
difuminan. Los colores de los ojos marrones y amarillos son producidos por la
presencia de melanina que impide la dispersión (el verde aparece justo en el
borde donde el amarillo se combina con el efecto azul). La dispersión de
Tyndall es también responsable de las plumas azules del martín pescador y el
periquito, y del matiz azul que puede verse en el mentón de un hombre de pelo
oscuro después de que se haya afeitado. La dispersión de Tyndall es también
responsable de la coloración de la mayoría de las plumas verdes de los pájaros
y de las pieles de muchas ranas y lagartos (la clorofila, que produce los
colores verdes de las plantas, no se da en los tejidos animales). Una rana
arborícola verde (véase la Lámina 16) es químicamente amarilla, pero el
pigmento carotinoide amarillo que contiene actúa como un filtro para la luz
dispersada, y la combinación del amarillo con el efecto azul de la dispersión
de Tyndall hace que la rana aparezca verde brillante. Si colocamos una rana
verde muerta en alcohol, el pigmento amarillo se disuelve y aparecerá azul.
Los pigmentos carotinoides que también dan color a la rana son responsables de
los amarillos y naranjas habituales que se ven en plantas, peces y animales. El
paradigma lo proporciona la zanahoria, de la que reciben su nombre estos
pigmentos, pero sus efectos pueden verse también en objetos tan dispares como
tomates, peces de colores y flamencos.
El pigmento más abundante es la melanina negra, que da color a cosas como la
piel, el cabello humanos y las plumas de los mirlos. También puede entrar en
tonos de marrón, y en general proporciona el telón de fondo contra el cual
vemos los azules y Verdes más espectaculares producidos por la dispersión.
Los otros colores naturales comunes son rojos y púrpuras. Los rojos derivan
principalmente de la hemoglobina, o su compuesto la oxihemoglobina, que da
color a la sangre de los seres humanos y la mayoría de los animales. En las
orejas y las regiones nasales de los gatos es responsable de los colores
carnosos rosáceos. En crudo se muestra en las carnicerías, donde podemos verla
en las células de los músculos de la carne o en las chuletas más vivamente que
en la sangre. Cuanto más activa es la existencia de una criatura, más capacidad
de transporte de oxígeno requiere, y más roja es su sangre. En consecuencia,
las ballenas que se sumergen a gran profundidad tienen una coloración muscular
muy oscura, mientras que algunos peces muy poco activos tienen realmente sangre
incolora. Finalmente, los púrpuras, junto con algunos rojos vivos y azules, se
dan en plantas debido a una forma disuelta de un pigmento antocianina en la
savia. Esta es la fuente de la familiar coloración de los tomates, ruibarbos y
uvas rojas, y con ello, y esto es lo más impresionante, del vino tinto.
Lámina 17. Flores generadas por ordenador creadas por Przemyslaw
Prusinkiewicz.
Podemos
identificar cuatro usos adaptativos del color en los seres vivos. En primer
lugar, se utiliza para llamar la atención: por ejemplo, las flores señalan su
presencia a los insectos[52]; las frutas
de colores señalan que son buenas para comer (Lámina 14). En segundo lugar,
advierten: por ejemplo, los reptiles con colores chillones señalan que son
venenosos (Lámina 15). En tercer lugar, da la posibilidad de camuflaje (Lámina
12) o imitación.
Lámina 15. Color para advertencia: rana venenosa, Venezuela.
Lámina 12. Color para camuflaje: cabeza de camaleón, Kenya.
En
cuarto lugar, actúa como un estímulo para las emociones. Las exhibiciones de
cortejo hacen un uso abundante de señales coloreadas (véanse la Lámina 13 y
Lámina 21[53]), y los
babuinos muestran zonas brillantemente coloreadas en sus traseros para indicar
su disponibilidad sexual. Como resultado de esta historia, los animales con
visión del color responden de forma diferente a colores diferentes. Los monos
prefieren el azul al verde y éste al amarillo, y éste al naranja y luego al
rojo; normalmente tienen una aversión al rojo y al naranja, pero son tibiamente
atraídos por el azul y el verde.
Lámina 13. Color para atracción: el abanico del pavo real.
Una
de las características distintivas de los seres humanos es su capacidad, y
propensión, a darse color con pigmentos artificiales y objetos coloreados.
Desde la pintura de guerra a la cosmética, esta tendencia es un rasgo humano
persistente. Tiene muchas funciones, que reflejan las cuatro que acabamos de
señalar: el deseo de ser vistos; transmitir información sobre rango y estatus,
o advertir del peligro; permanecer invisible, e inspirar admiración, respeto o
miedo. Algunos colores se han hecho estimuladores especialmente poderosos de
las emociones. El ejemplo principal es el color rojo, que, como ya hemos visto
es el primer color que se añade a los vocabularios humanos tras el negro y el
blanco. También es el color más habitual utilizado por pájaros y flores. Su
efecto sobre los seres humanos es impresionante: en casos de lesión cerebral,
la visión del rojo es la última parte de la visión del color en desaparecer y
la primera en reaparecer si hay recuperación. Pero también es intrigante.
Indica peligro, como en los ojos de las ranas arborícolas venenosas (Lámina
16), y por eso se suele utilizar como señal de advertencia («rojo para
peligro»), pero también se utiliza cosméticamente para aumentar la atracción
sexual.
Lámina 16. Rana arborícola de ojos rojos.
¿Por
qué tiene este confuso simbolismo dual? Aunque se puede pensar en fenómenos
naturales —como las llamas— de color similar que envían señales de seguridad y
peligro, Nick Humphrey ha sugerido que es la propia ambigüedad de nuestra
respuesta lo más importante. Parece desempeñar el papel de aumentar nuestra
concentración cuando nos preparamos para recibir más información. El mensaje
que envía el rojo depende del contexto, y necesitamos reunir más información
antes de extraer la conclusión correcta. La propia ambigüedad de la situación,
con la posibilidad de una respuesta completamente incorrecta, provoca el estado
de atención aumentada que tan a menudo estimula el rojo.
La adaptación evolutiva al color, y las fuertes respuestas que tenemos hacia
él, significan que los colores artificiales de nuestro ambiente moderno pueden
ser manipulados para producir respuestas concretas. Un ejemplo sorprendente de
señales de color poco familiares procedentes de un objeto familiar lo ofrece el
animal generado por ordenador que se muestra en la Lámina 20.
Lámina 20. Bestia de Fuego. Una sorprendente imagen digital creada por
Ryoichiro Debuchi.
Esto
es algo que, sea o no consciente, desempeña un papel en la elección de las
decoraciones domésticas o los esquemas de color de aulas, hospitales y otros
edificios públicos. Pese a todo, en su mayor parte, nuestro entorno es una
mezcla azarosa de muchos objetos coloreados. Su efecto es diluir nuestra
sensibilidad y respuesta a los símbolos de color. Sensible a esta tendencia,
Humphrey escribe sobre la apariencia de su estudio y sobre la tendencia
masculina a neutralizar la información de color a expensas de otros
descriptores.
Cuando
miro alrededor de la habitación en la que estoy trabajando, el color artificial
me grita desde cualquier superficie: libros, cojines, una alfombra en el suelo,
una taza de café, una caja de chinchetas —azules, rojos, amarillos, verdes
brillantes—. Hay tanto color aquí como en cualquier selva tropical. Pero,
aunque casi todos los colores en la selva tendrían significado, aquí en mi
estudio casi nada lo tiene. La anarquía de colores impera. Esto ha atenuado
nuestra respuesta al color. Desde el primer momento en que a un niño se le da
una cadena de cuentas multicolores —pero por lo demás idénticas— para que
juegue con ella, se le está enseñando inconscientemente a ignorar el color como
señal.
Cuando
enseñamos a niños muy pequeños tenemos tendencia a dar los nombres de las cosas
y el número de cosas; raramente hacemos mucho énfasis en sus colores. Cuando
consideramos cómo se utiliza el color en la representación artística
occidental, resulta sorprendente que su uso como símbolo estuviera tan limitado
hasta finales del siglo XIX. Otros tipos de simbolismo han sido mucho más
influyentes. Sólo con el desarrollo de la pintura abstracta y otras formas de
arte moderno se ha hecho notable el espectacular uso del color como símbolo
primario. Uno recuerda el Período azul de Picasso, y la obra de Mondrian,
Vasarely y Kandinsky, en la que hay una fuerte llamada a nuestras respuestas
innatas a colores concretos. No están siendo utilizados simplemente para suministrar
colores «naturales» a símbolos preñados de otros significados —como es el caso
en los paisajes— o simplemente para reproducir los colores de objetos naturales
—como frutas y flores— a los que tenemos respuestas innatas. Más bien, se
extienden para despertar una reacción instintiva más básica al color. Wassily
Kandinsky reconocía que el color cambia el humor y las respuestas de una
persona a las imágenes:
El
color es una fuerza que influye directamente en el alma. El color es el
teclado, los ojos son los martillos, el alma es el piano con muchas cuerdas. El
artista es la orquesta que interpreta, tocando una tecla u otra para causar
vibración en el alma.
La
escuela de diseño alemana de la Bauhaus trató, en los años veinte, de
desarrollar una nueva forma de iconografía. Ludwig Hirschfeld-Mack, miembro de
la escuela durante mucho tiempo, habla[54] de uno
de sus primeros estudios que investigaba las propensiones humanas a vincular
formas con colores particulares:
Durante
aquellos años se mantuvo un seminario muy interesante. Estaba bajo el liderazgo
de Paul Klee, Wassily Kandinsky y otros. Querían descubrir las reacciones de
los individuos a ciertas proporciones, composiciones lineales y de color… Para
descubrir si hay una ley universal de la fisiología que relaciona forma y
color, enviamos alrededor de un millar de postales a una muestra de la
comunidad pidiéndoles que llenaran tres formas elementales, un triángulo, un
cuadrado y un círculo, con tres colores primarios, rojo, amarillo y azul,
utilizando sólo un color para cada forma. El resultado fue una aplastante
mayoría para amarillo en el triángulo, rojo en el cuadrado y azul en el
círculo.
En
el Capítulo 2 vimos algo del uso que hacía Georges Seurat de aplicaciones de
color puntillistas para producir coloración y sombra con una calidad intrínseca
que no pretende verse como si derivase del ángulo o la intensidad de la luz
solar. De hecho, Seurat había estado influido por el poeta y Científico Charles
Henry, que defendía vínculos entre los estados de ánimo, los colores y las
direcciones de las líneas en la composición. Seurat asociaba los tres estados
de ánimo de alegría, tranquilidad y tristeza con los colores primarios rojo,
amarillo y azul. La alegría también estaba asociada con líneas ascendentes y la
tristeza con líneas descendentes, mientras que se sostenía que las líneas
laterales transmiten tranquilidad y quietud. Estas recetas pueden verse en
acción en una imagen como La grande jatte (Lámina 4).
En el diseño moderno se presta mucha atención a la figura y la forma, pero
mucho menos al uso del color. No obstante, nuestro sentido innato del color no
es menos importante que nuestro instinto para la pauta y el orden, o nuestro
deseo de símbolos de seguridad. Para utilizar el color de formas que agraden se
requiere una comprensión de cómo se utiliza en la Naturaleza y por qué, y cómo
evolucionó nuestro sentido visual para acomodar sus formas naturales. Su
presencia es un regalo de la luz solar, un subproducto de la necesidad de los
planetas habitables de estar en órbita en torno a estrellas, estar rodeados de
atmósferas y pasar la mitad de su vida dando la espalda a su estrella madre.
Sin ello, el mundo monocromo sería un lugar menos inspirador. Enterradas bajo
capas de aprendizaje yacen nuestras respuestas innatas hacia el color. De
cuando en cuando, en momentos de estremecimiento, o de maravilla, emergen sin
ser invitadas desde un repertorio que en otro tiempo nos unía a este
extraordinario ambiente de aire y cielo, de hojas y agua brillante, bañados a
la luz de una estrella llamada Sol.
Salida
al exterior. La marcha del mundo
Sé
humilde pues estás hecho de tierra.
Sé noble pues estás hecho de estrellas.
Proverbio serbio
Una
de las características más interesantes de la pauta del progreso en la ciencia
es la forma en que una mayor comprensión de la realidad, y nuestro éxito
creciente en predecir sus cambios, se ha desarrollado a la par que se alejaba
de la experiencia centrada en el hombre. Cuando buscamos las predicciones más
precisas sobre la forma en que funciona el mundo, no las encontramos en
nuestros intentos de entender las actividades de la sociedad, las fluctuaciones
en los mercados financieros o los caprichos del clima. En su lugar, es en la
descripción de las interacciones de las partículas elementales o los
movimientos de lejanos objetos astronómicos donde hay que buscar precisiones de
una parte en 1016.
Algunos sociólogos de la ciencia han argumentado que la contribución humana a
las teorías científicas es el factor dominante en su éxito, no su
descubrimiento de una realidad objetiva. Pero si esto último fuera cierto,
sería de esperar que nuestras teorías científicas se hagan cada vez menos
acertadas cuando se aplican a los extremos del espacio interior y exterior.
Esperaríamos encontrarlas más desacertadas cuando se aplican a ambientes que
estuvieran muy alejados de la experiencia humana inmediata o las circunstancias
a partir de las cuales la selección natural ha conformado nuestros sentidos y
sensibilidades durante millones de años. Lo que se encuentra es exactamente lo
contrario. Es en la descripción de sucesos fuera del ámbito directo de la
experiencia humana donde nuestro poder de predecir y explicar es mejor, y es
peor en aquellas áreas más próximas a la intuición y la experiencia humanas, en
virtud de su complejidad intrínseca. El solo hecho de que haya una innegable
sociología de la ciencia no significa que la ciencia no sea nada más que
sociología.
El curso del progreso científico puede verse como una marcha hacia una
concepción de la realidad que está divorciada todo lo posible del sesgo humano.
Hay varios hitos en este viaje desde nosotros a la realidad última. En primer
lugar, Copérnico nos enseñó que no deberíamos esperar que el mundo dé vueltas a
nuestro alrededor —la estructura del Universo no nos garantiza ninguna posición
especial en el espacio—. Más tarde Darwin nos enseñó que no somos la
culminación de ningún diseño especial, y Lyell descubrió que la mayor parte de
la historia geológica de la Tierra ocurrió, de forma bastante azarosa, sin
nosotros. Estas ideas no significan que nuestra posición en el Universo no
pueda ser especial en alguna forma —no podríamos esperar vivir en un lugar
donde la vida sea imposible, como el centro de una estrella, por ejemplo—. Pero
nuestra posición no debe ser especial en cada uno de los aspectos. Sabemos que
nuestra localización en el tiempo es bastante especial, en un nicho de historia
cósmica unos 13 700 millones de años a partir de que empezara la expansión del
Universo, después de formarse las estrellas pero antes de que mueran. Por esto
es por lo que no deberíamos sorprendernos de encontrar que nuestro Universo es
tan grande y tan viejo.
Aún más profunda fue la intuición de Einstein, quien mostró cómo expresar las
leyes de la Naturaleza de modo que parezcan iguales para todos los
observadores, independientemente de dónde están o cómo se están moviendo. Las
famosas leyes del movimiento de Newton no poseían esta expresión universal.
Sólo tomaban su forma simple para observadores especiales que se mueven de un
modo simple, sin aceleración o rotación. Para estos observadores especiales,
las leyes del Universo aparecerían más simples que para otros. Semejante situación
antidemocrática era para Einstein una señal de que algo estaba mal en nuestra
concepción de las leyes de la Naturaleza. Y tenía razón. Ahora expresamos las
leyes básicas de la Naturaleza de formas que serían encontradas por todos los
observadores que investigan el Universo, desde Vega a Vegas, dondequiera que
estén, cuando quiera que miren, independientemente de cómo se estén moviendo.
Éste es el segundo paso.
El tercer gran paso en el divorcio de la ciencia de la idiosincrasia humana
ocurrió cuando se reconoció otro ingrediente. Además de las leyes de la
Naturaleza y sus productos, la estructura del Universo que nos rodea está
determinada por un conjunto de cualidades invariantes que podemos codificar en
una lista de números que llamamos «constantes de la Naturaleza». Estas
cualidades incluyen cosas tales como las masas de las más pequeñas partículas
subatómicas, las intensidades de las fuerzas de la Naturaleza y la velocidad de
la luz en el vacío. Están cuantificadas por medidas cada vez más precisas, y en
las contraportadas de los libros de física de todo el mundo se podrán encontrar
los últimos valores medidos con un gran número de cifras decimales. En general,
estas cantidades tienen unidades —la velocidad de la luz se mide en metros por
segundo o en estadios por noche— que suelen ser bastante antropocéntricas:
centímetros, pies y pulgadas están convenientemente relacionados con la escala
del sistema humano. O también pueden tener un origen geocéntrico o
heliocéntrico —días y años son unidades de tiempo que derivan del tiempo que
tarda la Tierra en dar una vuelta en torno a su eje y describir una órbita en
torno al Sol—. Estas constantes no son ni mucho menos universales. Fueron
definidas mediante propiedades de piezas de metal o por las longitudes de metros
patrón mantenidos en recipientes especiales en laboratorios en la Tierra. Pero,
poco a poco, los físicos se dieron cuenta de que las constantes universales de
la Naturaleza permitían definir patrones de masa, longitud y tiempo que no
dependían de artefactos concretos hechos por el hombre. Contando las longitudes
de onda de la luz emitida por un cierto tipo de átomo, contando sus vibraciones
o la masa de su núcleo, es posible definir unidades de longitud, tiempo y masa
que pueden ser comunicadas a través del espacio interestelar a físicos que
nunca hayan visto la Tierra o a sus homólogos humanos.
Esta marcha hacia las constantes establecidas de la Naturaleza que no fueran
explícitamente antropocéntricas, sino basadas en el descubrimiento y definición
de constantes de la Naturaleza universales, puede verse como un paso
supercopernicano. El tejido del Universo y la estructura axial de las leyes
universales derivaban de patrones e invariantes que eran verdaderamente
sobrehumanos y extraterrestres. El patrón fundamental de tiempo en la
Naturaleza, tan sólo 10−45 de nuestros segundos y definido por las constantes
gravitatoria, cuántica y relativista de la Naturaleza, no guarda ninguna
relación sencilla con las edades de hombres y mujeres; ningún vínculo con los
períodos de días, meses y años que definían nuestros calendarios, y es
demasiado corto para permitir cualquier posibilidad de medida directa.
Estos pasos han despersonalizado la física y la astronomía en el sentido en que
intentan clasificar y comprender los objetos en el Universo con referencia
solamente a los principios que son válidos para cualquier observador en
cualquier parte. Si hemos identificado dichas constantes y leyes correctamente,
entonces nos ofrecen la única base que conocemos en la que basar un diálogo con
inteligencias extraterrestres ajenas a nosotros. Serán la última experiencia
compartida por cualquiera que habite nuestro Universo.
La cosmología moderna hace otra sugerencia tentadora sobre la naturaleza del
Universo. Antes del nacimiento de la teoría de la relatividad general de
Einstein, todas las teorías de la física eran de un tipo similar.
Proporcionaban fórmulas matemáticas que podían utilizarse para predecir cómo se
moverían o cambiarían las cosas cuando se encontraran con otras cosas.
Describían la acción de fuerzas, tales como la gravedad, el magnetismo y el
movimiento. Pero, en todos los casos, estas leyes describían las acciones de
fuerzas y movimientos en el Universo y dentro de su espacio y tiempo
preespecificados. Ningún movimiento o fuerza podía alterar la naturaleza del
espacio o del tiempo. Eran fijos: divinos y eternos.
Einstein cambió todo eso. Su teoría es mucho más sofisticada. Cuando las
partículas y sus movimientos se introducen en un mundo gobernado por la teoría
de la relatividad general, ellas dictan la propia geometría del espacio y el
flujo del tiempo. Este espacio y tiempo curvo dicta cómo pueden moverse la
materia y la energía, y el movimiento de éstas dice a su vez al espacio y al
tiempo cómo deben curvarse. Es esta característica la que da a la teoría de
Einstein su cualidad más notable. Cada solución a las ecuaciones de Einstein
describe un Universo entero. Algunos son muy simples —demasiado simples para
describir nuestro Universo en conjunto, pero muy útiles para describir partes
del mismo—; otros son más elaborados y nos proporcionan con maravillosa
precisión descripciones de nuestro Universo visible entero. Otros describen
universos diferentes del nuestro e imprimen en nosotros la extraordinaria
naturaleza de sus propiedades especiales. Oímos hablar mucho de esa descripción
precisa del Universo, de su pasado y su presente, y de lo que esperamos en un
futuro muy, muy lejano. Pero ha pasado inadvertido lo extraordinario que es que
una teoría matemática, un conjunto de rayas hechas con un lápiz en una hoja de
papel, pueda ofrecer una descripción de un universo entero. El hecho de que
pueda existir una estructura matemática de la cual nuestro Universo entero es
un producto particular es bastante sorprendente. No podría haber prueba más
fuerte de la inadecuación del materialismo ni argumento mejor a favor de la
realidad de una lógica tras las apariencias que es mayor que la propia realidad
visible. Es sorprendente que la estructura matemática que parece ser algo más
grande que el propio Universo astronómico sea el medio por el que podemos
entender su funcionamiento. El Universo puede ser sobrehumano, pero la
simplicidad final de la realidad matemática en su corazón es lo que nos permite
comprenderlo y tener fe en que nuestra comprensión puede converger en la
verdad.
Capítulo 5
La historia natural del ruido
La
música crea orden a partir del caos, pues el ritmo impone unanimidad sobre lo
divergente; la melodía impone continuidad sobre lo disjunto, y la armonía
impone compatibilidad sobre lo incongruente.
YEHUDI MENUHIN
El
club de los oficios raros. Paisajes sonoros
La
música, sin embargo, como un modo extraverbal de funcionamiento mental, permite
una regresión sutil y específica a lo preverbal, es decir, a formas
verdaderamente primitivas de experiencia mental sin dejar de ser social y
estéticamente aceptable.
HEINZ KOHUT
Ha
habido culturas sin capacidad de recuento, culturas sin pintura, culturas
desconocedoras de la rueda o de la palabra escrita, pero nunca ha habido una
cultura sin música. La música, sonido perfumado, nos rodea por todas partes,
está entre nuestras orejas y en las puntas de los dedos; nos hace mover desde
la cabeza a los dedos de los pies. Sin aprender conscientemente sus reglas, o
adivinar su estructura profunda, podemos responder al ritmo de una nana, ser
enardecidos por una llamada a las armas o quedar cautivados por la Quinta
Sinfonía de Beethoven. La edad no es una barrera. La capacidad musical entre
los muy jóvenes, como también sucede con el genio matemático, puede ser
alarmantemente sofisticada e ir completamente desacompasada con otras habilidades.
Pero mientras que nadie encuentra que hacer una larga división aritmética le
ayuda a concentrarse en otras cosas, el acompañamiento musical suele ayudamos a
completar otras tareas. Una razón para la extensión de la influencia de la
música es la enorme gama de niveles y frecuencias sonoras que llenan su
pentagrama: desde un tamborileo simple y repetitivo a obras sinfónicas de
enorme complejidad, en la que las potencias mentales y la destreza de docenas
de individuos se combinan para recrear las pautas codificadas en su partitura.
Los más antiguos instrumentos musicales conocidos se han encontrado en
asentamientos de Cro-Magnon en la Europa central y noroccidental. Son flautas
decoradas hechas de huesos de mamut y sencillos instrumentos de percusión como
castañuelas, y tienen entre 20 000 y 29 000 años de antigüedad. Otros
artefactos encontrados con ellos indican que estos instrumentos se utilizaban
en la representación de una ceremonia. Todas las culturas humanas conocidas
tienen prácticas musicales bien desarrolladas.
Cuando encontramos actividades humanas transculturales —como escribir, hablar y
contar— que muestran muchas características comunes, es conveniente tratar de
ver cómo dichas actividades podrían haber evolucionado a partir de otras más
sencillas cuya persistencia es biológicamente ventajosa. Si el precursor
sencillo de la actividad compleja de hoy dotaba a sus poseedores con una clara
ventaja en la vida —porque los hacía más seguros, más sanos o simplemente más
felices— entonces es probable que se extienda debido a su transmisión cultural,
o si deriva de algún rasgo genético heredable que aumenta la fecundidad, lo
hará debido a que es más probable que sobreviva y sea heredado. En definitiva,
tratamos de identificar aspectos del mundo físico que se imprimen en la mente
humana con firmeza creciente durante generaciones, porque una fiel impresión
mental de ellos reduce los riesgos para la vida que crean los cambios en el
entorno.
A primera vista, no es fácil ver qué ventaja confiere una predilección por
Beethoven o por los Beatles. ¿Cuál podría haber sido la utilidad de una forma
tan abstracta y elaborada de generar y apreciar el sonido? No hay una respuesta
sencilla. Nuestras impresiones están recubiertas de muchos miles de años de
complejidad e idiosincrasia crecientes. Estas preguntas no se limitan al origen
de la música. Podemos plantearlas a propósito de todas las bellas artes. Si
pudiéramos prescindir de nuestros embellecimientos culturales, podríamos ser
capaces de ver sus comienzos en prácticas más prosaicas que son ventajosas para
sus practicantes. No obstante, incluso si ayudaron a la supervivencia en el
pasado lejano, esto no significa que tengan que desempeñar ahora un papel
similar.
La pintura parece ser un producto natural de la falibilidad de la memoria
humana y de la necesidad de comunicar. Las imágenes pueden transmitir
información sobre los paraderos del alimento o sobre el peligro; permiten que
una familia, o un grupo, hereden y acumulen experiencia. Esto no niega que
encontremos otros imperativos menos familiares en las mentes y los corazones de
los constructores de imágenes. En tiempos antiguos no solía haber ninguna
divisoria abrupta entre el objeto que se estaba representando artísticamente y
la propia representación. Muchas culturas creían que fabricar o poner nombre a
una imagen les daba poder sobre ella. De tales creencias surgieron muchas
tradiciones y prejuicios sobre nombrar a objetos y personas. Una cultura
influyente, la de los primeros hebreos, se abstenía de hacer cualquier imagen
artística de seres vivos —incluso si se dedicaban a la música con notable
entusiasmo.
La literatura y la escritura creativa también parecen tener precursores
naturales en la búsqueda de bienestar y cohesión social que puede satisfacer
una historia oral, o en la narración de historias en las que los oyentes
aparecen con un papel destacado. Tales historias sirven para desarmar a lo
desconocido; dan significado a la vida, hacen retroceder las fronteras de lo
desconocido y estimulan la autoconfianza que llega cuando se da sentido al
mundo. Su efectividad aumenta al volver a narrar y, como resultado, la
importancia de las cosas narradas aumenta de forma segura y constante.
Estas actividades son ventajosas si la información que encierran sobre el mundo
es verdadera y útil. Pero las creencias falsas también pueden ser útiles,
siempre que no inspiren actividades fatales; también ellas pueden estimular la
cohesión social y las creencias compartidas. Este espíritu comunitario genera
entereza frente a las presiones exteriores. El conocimiento de que las hazañas
históricas son registradas y reverenciadas alienta actos de valentía y
autosacrificio que de otra forma serían contrarios al sentido de
autopreservación del individuo.
En las artes plásticas, como la escultura, es fácil ver un vínculo con el
desarrollo de habilidades ventajosas. La fabricación de herramientas, armas,
arpones y puntas de lanza era una actividad en la que los mejores diseños, los
materiales más robustos y los procesos de manufactura más económicos eran
cuestión de vida o muerte para los participantes. La construcción de refugios
estimulaba la explotación de diversos materiales, desde arcilla hasta madera,
piedra y metales. Estos materiales tienen un espectro de texturas y propiedades
que requiere la invención, evaluación y refinamiento de diversas técnicas.
Había otras razones para dar forma a elementos del mundo: la búsqueda de
trascendencia personal, la celebración de la fertilidad humana y el culto a las
fuerzas manifiestas de la Naturaleza; todas parecen presentar un deseo de
fabricar imágenes. Ídolos y deidades suficientemente pequeños para caber en
nuestra casa, o alrededor del cuello, abundan en culturas primitivas en todo el
mundo —de hecho, persisten también en el mundo moderno—. Y asimismo, la
confección de reliquias desempeña un papel poderoso, aunque a veces irracional,
en cohesionar pequeñas comunidades de maneras que las distinguen de otros
grupos.
Otra actividad que puede verse a esta luz pragmática es la de la danza. Cuando
quiera que hay necesidad de actividad frenética o sensibilidades aumentadas —en
la preparación para la guerra, en celebraciones de fertilidad o de nacimiento,
o en velar a los muertos— los giros rítmicos de la danza primitiva unen a la
gente en una experiencia compartida. La comunidad entera parece más grande que
el agregado de sus partes; el individuo se hace parte de un movimiento dinámico
mayor que está ligado, por solidaridad, al grupo. Estas prácticas ofrecen
ventajas que no son accesibles para los de fuera. Destilan orden y confianza
mutua, barren la inseguridad y la duda que genera la introversión; pero, por
encima de todo, ofrecen condiciones iniciales plausibles a partir de las que
puede florecer y crecer parte de la rica diversidad de la civilización.
La ubicuidad de la danza suele estar ligada a intentos por entrar en contacto
con los poderes espirituales. Los antropólogos informan de que es habitual que
los espíritus sean conjurados por golpes de tambor. En consecuencia, hay
normalmente un vínculo estrecho entre el sonido de un tambor y la señal de un
muerto. El tamborileo rítmico tiene un poderoso efecto sobre nosotros, e
invariablemente indicamos aprobación o desaprobación haciendo chocar nuestras
manos. Cuando el tamborileo es grave, sentimos las reverberaciones además de
oírlo. Es fácil creer que estos sonidos habrían sido los primeros que los
humanos crearan artificialmente. Son simples de producir. Pueden hacerse sólo
con las manos, o utilizando palos y piedras. La percusión es un fenómeno
primario. Siempre está presente en las antiguas ceremonias de iniciación o en
los intentos por entrar en contacto con otros reinos. El tamborileo parece
ayudar a alcanzar estados de éxtasis o trance, y anima a actividades colectivas
sincronizadas como la danza. Pero quizá el latido interno del corazón humano es
también importante. En cualquier actividad enérgica, la palpitación del corazón
se haría notable. Su tamborileo ligaría estas excitantes actividades a su ser
interior. El impulso sexual que proporcionan estas actividades las habría hecho
ciertamente adaptativas —y aún encontramos un vínculo íntimo entre exhibición
sexual y música fuerte y rítmica—. Pero el sonido rítmico también podría ayudar
en el proceso de aprendizaje. Si ciertos recuerdos pudieran ser reforzados por
una rúbrica emocional se retendrían más fácilmente («el efecto
todo-el-mundo-puede-recordar-qué-estaba-haciendo-cuando-se-enteró-de-que-J.-F.-Kennedy-había-sido-asesinado»).
Es posible que la música fuera originalmente un lenguaje especial para entrar
en contacto con el reino celestial. El sonido parece ser siempre el medio a
través del que entramos en contacto con los dioses. El ruido del viento y el
trueno sugiere que los dioses hablan con una fuerza espectacular. Muchos
rituales y ceremonias primitivos tenían lugar tras la llegada de la oscuridad,
cuando el oído es relativamente más importante como órgano sensorial. Una
persona ciega podía participar en un ritual antiguo; una sorda no podría. (La
palabra latina surdus, que significa sordo o mudo, es el núcleo de nuestra
palabra «absurdo»).
La música nos invita a explorar los antecedentes a partir de los cuales podría
haber evolucionado o surgido accidentalmente su apreciación. Hay muchas
posibilidades. Los sonidos humanos más primitivos y espontáneos son los llantos
de un niño cuando nace, cuando está hambriento o disgustado —sonidos a los que
respondemos en circunstancias de gran intimidad—. Se ha sugerido que estos
llantos imprimen en nosotros una sensibilidad hacia sonidos concretos, y desarrollan
una disposición hacia sonidos musicales. Pese a todo, seres humanos de todas
las edades retienen una capacidad para producir sonidos y gritos emocionales no
muy diferentes de los llantos de un niño para llamar la atención, y no hay
similitud entre estos llantos y la música. Reconocemos nuestra reacción
instintiva a gritar como una reacción de irritación, incomodidad o disgusto
—igual que la reacción que cabría esperar que hayan impreso estas experiencias
sobre nuestros ancestros— y no la respuesta que la mayoría de las formas de
música despiertan en nuestra mente. A pesar de esta diferencia, hay
innegablemente algún condicionamiento prenatal del feto humano a los ritmos
corporales de la madre, porque éstos son suficientemente regulares para ser
reconocidos en presencia de otros ruidos irregulares. Además, estos ritmos
corporales ponen limitaciones precisas a nuestra música. La división de las
melodías en frases musicales tiende a producir intervalos de tiempo que son
similares al ciclo de la respiración humana; una aproximación aún más estrecha
a este ciclo tiene lugar si en la producción del sonido están involucrados el
canto o los instrumentos de viento. Un resultado del crecimiento de nuestros
cuerpos es que el pulso se hace más lento con la edad. Probablemente no es
casual que las personas jóvenes se sientan muy cómodas con un ritmo musical más
rápido que el que les gustará en una edad más avanzada. Si la música apareció
inicialmente como un acompañamiento a la danza, el ritmo de la primera música
habría estado dictado por la frecuencia con que podrían hacerse diferentes
movimientos rítmicos.
Otra clave para los antecedentes de la música podría estar en su poder
emocional —un poder que crece con una exposición repetida—. En civilizaciones
antiguas y modernas, en todo el mundo, encontramos el sonido de la música
cuando quiera que hay una necesidad de aumentar los lazos grupales o inspirar
actos de valor. Crea una atmósfera dentro de la cual ideas y señales pueden
causar una fuerte impresión en la mente. Pero aquí hay una paradoja, pues
encontramos que la música puede tranquilizar la mente agitada tanto como puede
exaltarla. Esta dicotomía sugiere que no encontraremos la fuente de cualquier
representación musical, o apreciación musical, en una función tan específica
como la excitación o la pacificación. Tal vez, como comentamos cuando
consideramos nuestras respuestas encontradas al color «rojo», esta ambigüedad
es en sí misma el objeto más importante de nuestra atención. La música es
utilizada a veces por los psicoanalistas como una forma de terapia para
pacientes mentalmente perturbados. Esta tradición se remonta al menos hasta
Sigmund Freud, quien, pese a odiar la música, la consideraba como un vehículo
que podía liberar tensiones mentales y acelerar el retorno de la psique a ese
equilibrio, que, para él, estaba tipificado por la íntima unión de la madre y
el niño.
Puesto que nuestra percepción actual de la música está oscurecida por el amplio
abanico de medios mediante los que se ejecuta, y por las notaciones simbólicas
que utiliza, no debemos olvidar que la primera música fue la que ahora
llamaríamos «música folk»: música que no había sido deliberadamente compuesta o
escrita. No estaba hecha para su estudio o apreciación a la manera moderna; se
oía sólo para aprender a participar en su ejecución. Tales formas de música
desempeñaban un papel social que ahora se considera un aspecto menor de la
ejecución musical —a menos que uno sea un aficionado al fútbol—. Este cambio de
papel muestra que la música se ha convertido en una forma altamente
estructurada. Ha evolucionado hasta alejarse mucho de su función original. Y,
al hacerlo, se ha hecho la más teórica y formalmente estructurada de nuestras
formas artísticas mayores. Mientras que el pintor o escritor futuro puede
empezar de repente una ambiciosa obra creativa, el aspirante a músico debe
sumergirse más profundamente en las reglas y teoría de la música antes de que
sea posible cualquier comienzo coherente. Pero, a pesar de la disciplina
especial que requiere de sus compositores e intérpretes, la música puede ser
apreciada sin ningún estudio. Más que cualquiera de las artes, ofrece grandes
recompensas a cambio de poca o ninguna inversión previa en conocimiento.
Una ubicua fuente de sonido es el mundo natural inanimado: el viento, el ruido
del agua que corre o el choque del trueno. Pero ¿tienen algo que ver con la
música? Ciertamente hay muchos sonidos en la Naturaleza, pero la mayoría son
sonidos que dificultan la comunicación humana; no son plantillas para la emulación
humana. Sólo se copian en circunstancias muy específicas —en intentos de
camuflar nuestra presencia mientras cazamos, o para ocultamos de los enemigos—
y estas actividades pueden distinguirse fácilmente de lo que es hacer música.
Pueden oírse sonidos más armoniosos en otros lugares del mundo viviente. Las
llamadas de apareamiento y los complejos cantos de las aves desempeñan un papel
clave en el proceso evolutivo: con ellos se señala la disponibilidad sexual, se
atrae a las parejas y se demarca el territorio.
El canto de las aves resulta ser muy elaborado. Hay una pauta definida de
desarrollo a medida que el ave madura, que culmina en su canto final.
Superficialmente, esto no es diferente del desarrollo paso a paso del lenguaje
en los niños. Algunas especies de aves exhiben sólo un canto local, y todas las
aves lo aprenden; otras exhiben una gama de cantos y «dialectos» diferentes que
están influidos por condiciones ambientales locales. (Los «cantos» de la
ballena son similares a este respecto). Estudios neurológicos de las aves
revelan que su capacidad canora está localizada en la parte izquierda de su
cerebro; una lesión en esa parte del cerebro de un ave elimina su capacidad
para cantar. Los cantos de una especie particular no son innatos, porque aves de
una especie pueden aprender los cantos de otra. Las aves domesticadas pueden
ser expuestas a «cantos» humanos, y los aprenderán sin ninguna resistencia
instintiva. En la Figura 5.1 se muestran algunas transcripciones de cantos de
aves hechas por el biólogo William Thorpe.
Figura 5.1. Siete fragmentos de canto de pájaros, registrados por William
Thorpe. Las parejas de alcaudones africanos cantan duetos compulsivamente. Uno
de los dos sexos empieza el canto, y canta todo o sólo una parte del mismo.
Alternativamente, ambos pájaros pueden cantar toda la canción al unísono. Estas
partituras muestran extractos de diversas duraciones. Las contribuciones de los
dos pájaros a las canciones están señaladas por X e Y.
Charles
Darwin defendía el intento de explicar la música apelando a su posible origen
en las llamadas de apareamiento. Puesto que la música tiene un poderoso efecto
emocional en nosotros, quizá derive de actividades asociadas con intentos de
atraer a las parejas, con todas las emociones exacerbadas y sentimientos
negativos de celos que los acompañan. Incluso ahora, algunas canciones están
asociadas con sentimientos de amor, especialmente la tristeza por su pérdida o
por el amor rechazado. Darwin creía que la música era un precursor primitivo
del lenguaje, cuya primera función era la atracción de parejas, a partir del
cual evolucionó posteriormente una capacidad lingüística sofisticada. Las
llamadas y cantos de apareamiento son ejemplos de selección sexual, más que de
selección natural. Al igual que las exhibiciones de cortejo, desempeñan un
papel en atraer parejas, pero ahora no necesitan dar información sobre los
atributos genéticos de quien los exhibe (aunque pueden hacerlo en algunos
casos: el pájaro jardinero macho [Lámina 21] que ha construido el nido más
grande y más elaborado será probablemente el más apto y más fuerte; el sapo
amoroso con el croar más profundo será también el más grande).
Lámina 21. El extraordinario emparrado del pájaro jardinero de cresta
naranja (Amblyornis sabalaris).
La
selección sexual afecta a los rasgos externos de nuestra constitución que
influyen en las preferencias sexuales, y por ello cualquier forma de arte que
copie o embellezca dichas formas extrae muchas de sus idiosincrasias de la
selección sexual antes que de la natural. Pese a todo, incluso si una forma de
arte se origina de esta manera, puede evolucionar posteriormente utilizando
representaciones que no son visualmente atractivas para transmitir un mensaje
al espectador o al oyente. De esta manera, el arte se separó de los imperativos
de la selección sexual. El filósofo Victor Zuckerkandl veía claramente que la
belleza, aunque a menudo suficiente para el arte, no es en modo alguno
necesaria para conseguir sus objetivos:El arte no se dirige a la belleza;
utiliza la belleza, en ocasiones; otras veces utiliza la fealdad. El arte, no
menos que la filosofía o la ciencia o la religión, o cualquier otra de las
empresas superiores de la mente humana, se dirige en última instancia al
conocimiento, a la verdad.
Hasta finales del siglo XVIII, los filósofos se ejercitaban mucho en debates
acerca de en qué medida el arte en general, y la música en particular, copia la
Naturaleza y la vida. Para nosotros, esto parece una perspectiva estrecha.
Pues, aunque hay una plétora de sonidos en el mundo natural, éstos parecen
tener poco en común con las pautas de tonos que encontramos tan agradables y
que no han dado lugar a una forma específica de oyente instruido. La Naturaleza
casi nunca da lugar a tonos musicales. La apreciación de la Naturaleza se
centra más a menudo en su serenidad que en el retumbar del trueno o el rugir
del viento.
Sentido
y sensibilidad. Cuestión de coordinación
Nada
me tranquiliza más después de un largo y exasperante curso de recitales de
piano que sentarme y que me taladren los dientes.
GEORGE BERNARD SHAW
La
mente ha encontrado maneras de dar sentido al tiempo uniendo cadenas de sucesos
en una historia. Este papel fue desempeñado inicialmente por leyendas y
tradiciones, que complementaban la capacidad de la mente para dar sentido al
espacio que le rodeaba. El orden espacial manifiesto en la pintura o la
escultura se realza cuando se le dota de un aspecto temporal. Las películas
suelen ser más atractivas que las fotografías estáticas, y hoy los niños son
prácticamente adictos a los videojuegos. Las imágenes que no cambian dejan que
los espectadores busquen por sí mismos. Pueden mirar una y otra vez, siguiendo
primero una secuencia exploratoria, y luego otra[55]. Pero la
música impone su propio orden perceptual. Tiene un comienzo y un final. Una
pintura no lo tiene.
La apreciación musical puede estar asociada a una propensión de la mente a
estructurar el tiempo para ordenar y almacenar la información. Hacer música es
más complejo, porque requiere la acción coordinada de diferentes extremidades o
músculos. Así pues, podría ser que nuestro gusto por la música sea meramente un
subproducto de una adaptación ventajosa a las acciones coordinadas. ¿Qué tipo
de ventaja podría ofrecer tal adaptación?
La «coordinación» yace en el corazón de todo tipo de actividades humanas, desde
lanzar balones de fútbol a andar en bicicleta. Todas nuestras actividades
complejas —las que requieren una meticulosa coordinación del ojo, el cerebro y
la mano— se convierten en actos de exquisita coordinación secuencial cuando se
examinan en detalle. Consideremos algo tan «simple» como cruzar la calle.
Recibimos información visual y sonora de los vehículos que se mueven con
respecto a nosotros en varias direcciones y a velocidades desconocidas. Tenemos
que evaluar si hay un intervalo entre vehículos sucesivos durante el que
podamos cruzar la calle con seguridad; entonces debemos movemos a una velocidad
apropiada para llegar al otro lado —permaneciendo abiertos a la posibilidad de
que tengamos que actualizar toda la información anterior si sucede algo
inesperado—. No sólo podemos hacerlo instantáneamente, en carreteras con curvas
y pendientes, y en condiciones de visibilidad variable, sino que podemos
mantener una conversación y comer un helado al mismo tiempo. El cerebro ha
desarrollado claramente una facilidad extraordinaria para la coordinación
secuencial y paralela de diferentes movimientos, y los combina para producir
una única actividad continua como la que se requiere para servir una pelota de
tenis. Quienes practican deporte de competición reconocerán que esta facilidad
de coordinación puede mejorarse por repetición cuidadosa. Un velocista que no
haya hecho ninguna carrera rápida durante un tiempo encontrará, al volver a
correr, que su acción de esprintar se ha hecho bastante torpe y desigual.
Cuando el cerebro envía señales a las extremidades, se transmiten demasiadas
instrucciones y el rápido movimiento hacia adelante se ve interferido por todo
tipo de otros movimientos no deseados: se tensan músculos innecesarios, la
cabeza se balancea y los brazos se agitan de formas indeseadas. Pero, corriendo
muchas veces al máximo nivel, el sistema nervioso suaviza poco a poco las cosas
y descarta movimientos improductivos. De este modo, puede condicionarse al
cuerpo para poner en juego sólo la secuencia óptima de movimientos esenciales.
Esta actividad se denomina «entrenamiento». De hecho, en algunos deportes
técnicos es posible mejorar la ejecución de complicadas secuencias de
movimientos con la simple visualización del ejercicio.
Continuidad y sincronización son las claves para un ejercicio físico complejo.
La interpretación de la música está ligada al desarrollo de la facilidad del
cerebro para combinar acciones que requieren delicadas habilidades de
coordinación. Una teoría popular del desarrollo de la conciencia, defendida por
Gerald Edelman, ve el cerebro como un sistema que sigue evolución darwiniana
explorando muchas posibles interconexiones neurales, algunas de las cuales se
muestran más beneficiosas que otras. Estas conexiones se refuerzan con el uso,
a expensas de otras. El espectro de actividades mentales en las que se
compromete el cerebro influye claramente en su propensión a ciertas variedades
de asociación. Quizá la forma de coordinación, asociación y organización
temporal que refleja la música desempeña un papel importante en todo el proceso
de darwinismo neural, lo que da sustancia a la famosa afirmación de Igor
Strawinsky de que «la función exclusiva de la música es estructurar el flujo
del tiempo y poner orden en él… la música es el arte de la permutación del
tiempo».
Muchos animales poseen una coordinación superior: los monos ejecutan ejercicios
gimnásticos que nosotros no haríamos ni en sueños, y un oso puede pescar un
salmón en una rápida corriente con una regularidad que haría llorar de envidia
a un pescador, pero ninguno de los dos animales parece ser terriblemente
musical. Esto sugiere que la intuición musical está más íntimamente ligada a
una habilidad característicamente humana, como el lenguaje —que es también un
triunfo de coordinación entre el cerebro, los pulmones, los músculos del tórax,
la laringe, los músculos faciales y los oídos—. De la misma forma que parece
haber una programación genética universal de los seres humanos que les dota de
habilidades lingüísticas, también podría haber una gramática musical universal
que desempeña el mismo papel para las pautas sonoras. Pero, puesto que la
capacidad musical está mucho menos repartida, es más verosímil creer que fue un
subproducto de una primitiva programación para el lenguaje antes que un
elemento de programación independiente.
Antes de dejar el vínculo entre música y ordenamiento temporal, deberíamos
advertir que esta asociación creó un profundo problema teológico para los
pensadores cristianos medievales. Entraba en sus debates sobre la naturaleza de
Dios y su relación con el tiempo y la eternidad. La música creaba un dilema
porque, si Dios reside en una eternidad intemporal trascendente, la música no
puede formar parte de la esencia divina; pues sin el paso y latir del tiempo no
podía haber música. Pero las referencias bíblicas a los coros celestes de
ángeles, la importancia de la música en el culto y una creencia en que no podíamos
ser más privilegiados que Dios sintiendo la música cuando Él no lo hace, llevó
a otros a concluir que Dios debe compartir la temporalidad necesaria para la
apreciación musical.
Música
incidental. ¿Un subproducto inocuo?
La
música es esencialmente inútil, como lo es la vida; pero ambas tienen una
extensión ideal que presta utilidad a sus condiciones.
GEORGE SANTAYANA
Nuestros
sueños ofrecen una ventana a los intentos de la mente por unir experiencias y
sucesos. Si usted se ha embarcado alguna vez en un proyecto que requiere
referencias cruzadas de la información contenida en muchas páginas —ya sea para
completar su declaración de Hacienda o para escribir un ensayo— apreciará ese
maravilloso sentimiento catártico que llega cuando el proyecto está terminado y
se pueden desechar todas las hojas sobrantes. Los sueños se parecen a un
proceso similar de exploración, ordenamiento y asociación: un proceso que une
experiencias recientes a experiencias del pasado. A veces, los vínculos tienen
lugar sólo en puntos singulares, y producen yuxtaposiciones incongruentes en
otros lugares: los intentos de lamente por interpolar entre sucesos singulares
para crear una «historia» suelen producir resultados extraños. Quizá la música
nos afecta de modo tan profundo porque resuena con una tendencia similar de la
mente subconsciente a ordenar nuestras experiencias auditivas. Para que esta reorganización
de los estímulos exteriores tenga lugar, sirve de ayuda que estén temporalmente
aislados de influencias externas. La música ofrece esta protección y, con ello,
ayuda a la mente a ordenar la información. El sentimiento de expectación,
seguido de una resolución de las tensiones despertadas por una compleja pieza
musical, puede estar asociado a una pauta similar de actividad en el nivel
neurológico. La experiencia de la música despierta nuestros sentidos a formas
particulares de sonido ordenado. Al resonar con las naturales actividades
contables del cerebro, la música se percibe como algo relajante, vigorizante y
agradable.
Muchas personas encuentran más fácil estudiar o realizar actividades
lingüísticas y prácticas con un fondo musical. Es como si algunas de las
actividades de ordenación del cerebro se mantuvieran mejor ocupadas procesando
señales sonoras para que no interfieran con la tarea que se está realizando.
Alternativamente, el bajo nivel de procesamiento extra requerido para asimilar
una fuente de información ya bien ordenada, como ciertos tipos de música, puede
mantener las cosas en marcha de un modo que mejora la concentración y la
eficiencia del procesamiento. Se ha dicho que la puntuación en un test de
inteligencia mejora cuando los candidatos tienen como fondo una música de
Mozart. Y, de hecho, se dice que el propio Mozart pedía a su mujer que le
leyera mientras estaba componiendo, como para distraer al lado izquierdo del
cerebro procesando el habla mientras el lado derecho componía sin trabas. En la
misma línea, se dice que Carl Orff no admitiría a un muchacho en Los niños
cantores de Viena si ya hubiera aprendido a leer y escribir —pensando, se
supone, que ya se había perdido la oportunidad para hacer que el lado del
cerebro que procesa la música dominara sobre el lado que procesa el lenguaje.
Ya hemos visto que, a pesar de su elevado estatus artístico, la capacidad
musical quizá no «sirva para» ninguna otra cosa. Podría ser una elaboración
completamente inútil de una capacidad destinada a alguna otra cosa. Si al
cerebro le gusta ordenar información asociando factores comunes, entonces la
importancia emocional de una pieza musical para el oyente puede derivar
básicamente de un contexto en el que fue oída alguna vez. La marcha nupcial de
Mendelssohn, el himno nacional o una bien conocida cancioncilla de un anuncio
impresionan emocionalmente porque evocan recuerdos de exposiciones anteriores a
la misma canción y recrean algunos de los sentimientos pasados asociados con
ellos. Desde esta perspectiva, la forma y contenido de una pieza musical es
completamente irrelevante para el carácter emocional que percibimos en ella.
Más bien, dicho carácter está enteramente determinado por el contexto en el que
es oída. Esta visión de la música ha sido bautizada como la teoría «Querido,
están tocando nuestra canción». Pero es difícil creer que el significado de la
música esté enteramente determinado por el contexto de esta manera, aunque sólo
sea porque podemos entender algo de la estructura y «significado» de una pieza
musical sin ser emocionalmente conmovidos por ella. Además, las personas con
bases culturales similares pero diferentes historias personales pueden
responder de formas similares cuando oyen la misma pieza musical por primera
vez. El contexto es evidentemente importante, pero no es invariablemente de
importancia suprema.
Otra objeción a una interpretación puramente contextual de la apreciación
musical es el hecho de que mucha música parece ambigua, o simplemente opaca,
para el no experto: no evoca en absoluto sentimientos o asociaciones definidos.
Desde el punto de vista contextual, estaríamos obligados a concluir que esta
música carecía de significado para el oyente, pese al hecho de que podría
seguir reconociendo algunas de sus características estructurales. Por supuesto,
en tales circunstancias uno está siempre expuesto a críticas elitistas de que
«es incapaz de apreciar» la música. Se detecta algo de esta actitud, por
ejemplo, en los comentarios de Mendelssohn sobre la ambigüedad de la música en
su carta a Marc Souchay, escrita en octubre de 1842, en donde afirma que
La
gente se queja normalmente de que la música es ambigua, de que es muy dudoso lo
que deberían pensar cuando la oyen, mientras que todo el mundo entiende las
palabras. A mí me pasa exactamente lo contrario… Las ideas que para mí expresa
una pieza musical que amo no son demasiado indefinidas para ser puestas en
palabras, sino, por el contrario, demasiado definidas… Y por ello encuentro, en
cualquier intento por expresar tales ideas, que hay algo correcto, pero al
mismo tiempo hay algo insatisfactorio en todas ellas…
Pero
es evidente que ni la apreciación musical, ni ninguna destreza para la
interpretación musical, está compartida tan ampliamente, o con el alto nivel de
competencia, como lo están las capacidades lingüísticas. En tales
circunstancias es difícil creer que las capacidades musicales estén
genéticamente programadas en el cerebro de la forma que parecen estarlo las
capacidades lingüísticas. Las variaciones de nuestra capacidad para producir y
responder a la música son demasiado grandes para que la capacidad musical sea
una adaptación evolutiva esencial. Es más probable que aparezca dicha
diversidad si la apreciación musical es un subproducto de capacidades mentales
que evolucionaron adaptativamente con otros fines. ¿Podría ser que, a
diferencia del lenguaje, la música sea algo de lo que nuestros ancestros podían
prescindir?
Para apreciar el espectro de puntos de vista sobre la naturaleza y fuente del
significado en la música, deberíamos explicar dos teorías opuestas que
constituyen las dos opiniones más extremas. La primera de éstas es una versión
formal de las ideas contextuales que acabamos de presentar. Con el título de
referencialismo, sostiene que el auténtico significado de la música debe
encontrarse sólo fuera de la música. No está ni en sus pautas de sonido ni en
sus relaciones con alguna realidad estética absoluta; más bien, su significado
debe encontrarse solamente en las emociones, ideas y acontecimientos a los que
remite. Así, el papel de la música es «remitir» a algo extramusical; su valor
es la medida de su éxito al hacerlo. Este punto de vista constituía la teoría
oficial de las artes en los antiguos estados marxista-leninistas de la Europa
oriental. La música, como las demás artes, tenía una función; la promoción de
los objetivos del Estado y la motivación del pueblo para actuar por el bien
común de la sociedad. Su valor estaba definido solamente por el grado en que se
lograban estos objetivos. Si la emoción que produce la música se deriva
solamente de su estructura armónica interna y no muestra referencias externas,
entonces es incestuosa y decadente. Podemos ver que esta idea lleva a un rígido
control de la actividad artística, pues ahora hay una definición clara de
música «mala»: la que da lugar a emociones «erróneas» e inspira las acciones y
lealtades «equivocadas». Un defensor extremo de esta idea era el gran novelista
ruso León Tolstoi, quien creía que todo debía ser juzgado solamente en términos
de su temática no artística. Así, para él, las «mejores» composiciones
musicales eran las marchas, la música popular y las danzas de acompañamiento
que generaban sana solidaridad. Las peores, y esto no es sorprendente, incluían
buena parte del repertorio clásico. Tenía una opinión especialmente pobre de la
Novena Sinfonía de Beethoven, al afirmar que
no
solo no veo cómo los sentimientos transmitidos por la obra podrían unir a
personas tan especialmente entrenadas para someterse a su hipnotismo complejo,
sino que soy incapaz de imaginarme a una multitud de personas normales que
pudieran entender algo de esta obra larga, confusa y artificial, excepto cortos
fragmentos que se pierden en un mar de lo que es incomprensible. Y, por lo
tanto, me guste o no, me veo impulsado a concluir que esta obra pertenece a las
filas del arte malo… [como lo hace]… casi toda la música de cámara y la ópera
de nuestra época, empezando especialmente con Beethoven [Schumann, Berlioz,
Liszt, Wagner], por su temática carente de la expresión de sentimientos
accesibles a la gente que ha desarrollado una irritación nerviosa e insana
provocada por esta música exclusiva, artificial y compleja.
Esta
filosofía presenta la música como un lenguaje cuyos sonidos y símbolos
codifican emociones sobre el mundo exterior. Aunque la interpretación que hace
Tolstoi de la música es la versión más extrema del referencialismo —al
convertirla en una parte de 1 a propaganda del Estado—, versiones más moderadas
del mismo son dominantes. Se centran en respuestas emocionales inmediatas a la
música antes que en las reacciones sociales mayores. Algunos musicólogos, como
Deryck Cooke, han intentado formalizar esta correspondencia identificando
intervalos y pautas de notas particulares que invariablemente producen
respuestas emocionales específicas. Así, Cooke llegaba a afirmar que la segunda
menor induce sentimientos de angustia desalmada en un contexto de finalidad; la
alegría brota al oír la tercera mayor, mientras que el sonido de la tercera
menor señala aceptación estoica y tragedia inminente. Desde este punto de
vista, la música sería innecesaria si el compositor pudiera transmitir
directamente sus sentimientos a la audiencia de alguna otra manera más eficaz.
Pero, al convertir emoción en pautas sonoras, el compositor asegura que muchas
personas, incluso las que vivan después de él, experimentarán estas mismas
emociones. El autor americano Diane Ackerman explica cómo algunos autores
utilizan deliberadamente asociaciones contextúales de música para crear una
atmósfera particularmente activa:
Algunos
escritores se obsesionan con canciones country chabacanas y de mal gusto; otros
lo hacen con un preludio especial o un poema sinfónico. Creo que la música que
eligen crea un marco mental en torno a la esencia del libro. Cada vez que suena
la música, recrea el terreno emocional en el que el escritor sabe que vive el
libro. Actuando como recurso mnemotécnico, lleva al oyente fetichista a un
estado de quietud vigilante idéntico al que probablemente mostraría una
exploración cerebral.
Aunque
la visión referencial estricta de la música suena extrema, ella se esconde,
suavemente enmascarada, tras la idea ampliamente extendida de que hay un
«mensaje» en una pieza musical o que es «bueno» que un niño aprenda a tocar un
instrumento musical, porque la música contiene valores no musicales que son
beneficiosos o instructivos.
El extremo opuesto al referencialismo es el absolutismo. Éste busca el valor y
el significado de la música en aquellas cualidades intrínsecas que hacen de
ella una creación artística antes que en su contexto. Las pautas sonoras hacen
la música significativa: solamente atendiendo a dichos sonidos, y excluyendo
todas las alusiones externas, puede descifrarse su puro significado. Para el
absolutista, todo lo que realmente importa es lo que para el referencialista no
vale, y viceversa. La versión más extrema de este absolutismo es el formalismo
musical. Éste ve en la música un significado que no se encuentra en ninguna
otra experiencia humana. La música no es una representación de ninguna otra
cosa, y su apreciación debería verse como una forma superior de una experiencia
intelectual abstracta, no diferente de «El juego de abalorios» de la novela del
mismo título de Hermann Hesse, en la que una élite intelectual se esfuerza por producir
sinfonías mentales de significado que combinan conceptos musicales, matemáticos
e intelectuales en un amplio juego abstracto, cuya forma, aunque nunca
completamente revelada al lector, crea una exquisita variedad de ajedrez
musical abstracto con su propia estructura narrativa. Presumiblemente no era
casual que el maestro de este juego —el Magister Ludis— fuera iniciado en la
orden religiosa del Juego de Abalorios por el Maestro de Música, quien adivina
el potencial que muestran sus tempranas habilidades musicales.
El formalista no niega que la música tenga motivaciones externas y resonancias
con emociones extramusicales; simplemente las encuentra irrelevantes. Esta idea
no es privativa de la música. El filósofo Roger Fry la utiliza cuando considera
el contenido de la pintura:
nadie
que tenga una comprensión real del arte de la pintura da ninguna importancia a
lo que llamamos el tema de un cuadro —lo que está representado… [porque]… todo
depende de cómo está representado y nada depende de qué—. Rembrandt expresaba
sus sentimientos más profundos con la misma fuerza cuando pintaba una res
muerta colgada en una carnicería que cuando pintaba la Crucifixión o a su
mujer.
En
música, la visión formalista de la estética es particularmente atractiva,
porque el oyente no está distraído por la maquinaria periférica de la
representación o por la elección de un orden exploratorio. La verdadera
apreciación musical no debe ser molestada por emociones y aspiraciones humanas,
porque el formalista mantiene que estas emociones no pueden ser representadas
por la música. No hay afinidad entre lo que llamamos «belleza» en el mundo
natural y la belleza musical. Esta visión gnóstica de la estructura interna de
la música conduce a una forma más bien elitista de apreciación musical. La
verdadera apreciación musical es el disfrute de las formas estéticas puras
inherentes en la música por aquellos oyentes que son sensibles a ellas. La
mayoría de los oyentes son incapaces de responder de esta manera, y por ello se
satisfacen deteniéndose en las inferiores alusiones contextuales de la música
—es decir, en todos los aspectos caros al referencialista—. Cuanto más lejos de
la vida y la experiencia humana reside la música, mayor se considera su belleza
formal.
Estas dos filosofías extremas de la música parecen insatisfactorias debido a
que cada una de ellas excluye por completo lo que ofrece la otra. Una filosofía
alternativa, el expresionismo, sigue una vía intermedia, sin intentar ser una
posición de compromiso. Ve en la música una cualidad estética similar a la que
se encuentra en otros aspectos de la experiencia humana. El valor en la música
y la experiencia debe encontrarse en la relación entre ellas. De este modo, el
expresionista intenta explicar el enigma de cómo una obra musical puede ser
significativa como música y como experiencia emocional humana. Las emociones se
despiertan cuando una respuesta potencial es impedida o inhibida. Dentro de
tradiciones musicales concretas, algunos acordes son siempre seguidos por
otros, y los grandes compositores son los que son más hábiles en aumentar las
expectativas emocionales, posponiendo y elaborando su resolución. Para oídos
occidentales este tipo de desenlace pospuesto se lleva al extremo en la música
clásica de la India, donde una disonancia será bordada y elaborada con gran
extensión antes de ser finalmente resuelta.
El
juego de abalorios. La música de las esferas
Considero
que la música es, por su propia naturaleza, incapaz de expresar nada en
absoluto, ya sea un sentimiento, una actitud mental, un estado de ánimo, un
fenómeno de la naturaleza… si, como sucede casi siempre, la música parece
expresar algo, esto es sólo una ilusión, y no una realidad.
IGOR STRAVINSKY
Los
más fervientes sintetizadores del conocimiento fueron los primeros pitagóricos.
En el siglo V a. C. fueron de los primeros en contemplar lo que llamaríamos
«matemáticas puras»: relaciones matemáticas por sí mismas, más que con un fin
práctico. Pero, a pesar de su predilección por la aritmética y la geometría,
diferían de los matemáticos modernos en que para ellos la trascendencia de las
matemáticas reside en los propios números y formas geométricas, antes que en
las relaciones entre los mismos. Pitágoras fue atraído al estudio de la armonía
musical porque ésta consagraba relaciones numéricas que podían ser encontradas
en cualquier otro lugar del Universo. Parecía que estaban emergiendo conexiones
profundas entre partes de la realidad por lo demás inconexas. Su legendario
descubrimiento de las simples razones aritméticas entre intervalos armónicos le
convenció de que debe haber un íntimo vínculo entre matemáticas y música —que
la música era nada menos que el sonido de las matemáticas.
Existe una antigua historia, posiblemente apócrifa, sobre cómo descubrió
Pitágoras el vínculo entre número y armonía; Jámblico cuenta que
En
cierta ocasión [Pitágoras] estaba pensando en la música y razonando consigo
mismo si sería posible imaginar alguna ayuda instrumental para el sentido del
oído, de modo que lo sistematizara, como la vista se hace precisa gracias al
compás, la regla y el instrumento del agrimensor, o el tacto es evaluable por
el equilibrio y las medidas. Y en esto estaba pensando cuando Pitágoras pasó
por la puerta del taller de un herrero, donde oyó los martillos que golpeaban
en una pieza de hierro sobre un yunque, produciendo sonidos que armonizaban,
excepto uno.
Impresionado
por la armoniosa escala de sonidos procedentes de los martillos que golpeaban,
Pitágoras entró en el taller del herrero para descubrir cómo este martilleo
descuidado podía producir sonidos relacionados armónicamente. Encontró que los
intervalos musicales que producían estaban en proporción a los pesos de los
martillos. Fue a casa a experimentar más, colgando pesos diferentes de cuerdas
de longitudes ajustables y pulsando las cuerdas para producir diferentes
sonidos. Descubrió que las secuencias más atractivas de tonos musicales estaban
relacionadas por simples razones aritméticas de números enteros a los que él y
sus seguidores reverenciaban. Así estaba forjado el vínculo numerológico entre
número y música en el taller del herrero.
A Pitágoras se le atribuye el descubrimiento de que las notas en relación
armoniosa pueden producirse pulsando cuerdas cuyas longitudes están en razones
particulares entre sí. Cuanto más corta es la cuerda, más alta es la nota.
Reducir a la mitad la longitud de una cuerda vibrante produce una nota que es
una octava más alta; duplicar la longitud produce una nota que es una octava
más baja. El oído parece preferir las combinaciones de notas producidas por
cuerdas cuyas longitudes están en razones 1:1, 1:2, 2:3 (la «quinta» perfecta),
o 3:4. Tomemos una razón como 7:11 y el resultado es notablemente disonante.
Pitágoras pudo determinar las razones de las longitudes de cuerdas requeridas
para producir combinaciones que fueran agradables al oído. De este modo, la
reverencia religiosa de los pitagóricos hacia los números fue sobrestimulada, y
la creencia en que cada número posee un significado oculto quedó fuertemente
asociada con el estudio de la armonía musical durante casi dos mil años. La
unión pitagórica entre matemáticas y música fue asumida inicialmente por Platón
y, junto con la descripción matemática de los movimientos de los cuerpos
celestes, se convirtió en la base de una imagen cosmológica en la que las
armonías de la música, las matemáticas y el movimiento celeste estaban
inextricablemente unidas. Esta línea de pensamiento fue una de las formas más
extremas de reduccionismo nunca imaginadas. Puesto que los tonos musicales y
los movimientos celestes mostraban relaciones matemáticas, se pensaba que
debían ser equivalentes en algún nivel. A partir de esto se argumentaba que
cada uno de los cuerpos celestes en movimiento debía producir tonos musicales
que dependerían de la distancia del cuerpo a la Tierra y de su velocidad.
Además, estos tonos se combinaban para crear una armonía celeste: «La música de
las esferas» (Figura 5.2). Aristóteles describe las razones para esta idea en
su obra De Caelo (El Cielo):
el
movimiento de cuerpos de ese tamaño [astronómico] debe producir un ruido,
porque en nuestra Tierra el movimiento de cuerpos muy inferiores en tamaño y
velocidad de movimiento tiene ese efecto. Además, cuando el Sol y la Luna,
digamos, y todas las estrellas, tan grandes en número y en tamaño, se están
moviendo con un movimiento tan rápido, ¿cómo no iban a producir un sonido
inmensamente grande? Partiendo de este argumento, y de la observación de que
sus velocidades, medidas por sus distancias, están en la misma razón que las
consonancias musicales, ellos afirman que el sonido que produce el movimiento
circular de las estrellas está en armonía.
En
los siglos I y II d. C., hubo un serio debate erudito acerca de por qué no
podemos oír esta música celeste. Algunos argumentaban que estaba fuera del
rango de audición humana, otros que su ubicuidad significaba que no éramos
conscientes del mismo y sólo oímos los cambios de sonido con respecto a ello.
Otros mantenían que su volumen nos ha hecho sordos al mismo. Ninguna de estas
teorías parece haber ganado amplia aceptación.
Esta antigua creencia en un cosmos compuesto de esferas seguía existiendo en
tiempos isabelinos. Está muy elocuentemente expuesta por Shakespeare, en El
mercader de Venecia. Mientras se acerca a la casa de Porcia, Lorenzo describe
la armonía celeste a Lancelot; nuestra sordera a ella es una consecuencia de
nuestra mortalidad:
¡Cuán
dulcemente duerme el claro de Luna sobre este bancal!
Vamos a sentamos allí y dejemos que los acordes de la música
se deslicen en nuestros oídos. La dulce tranquilidad y la noche
convienen a los acentos de la suave armonía.
Siéntate, Jessica. ¡Mira cómo la bóveda del firmamento
está tachonada de patenas de oro resplandeciente!
No hay ni el más pequeño de esos globos que contemplas
que con sus movimiento no produzca una angelical melodía que
concierte con las voces de los querubines
de ojos eternamente jóvenes.
Las almas inmortales tienen en ella una música así;
pero, hasta que cae esta envoltura de barro
que las aprisiona groseramente entre sus muros, no podemos escucharla.
Figura 5.2. (a) Una división pitagórica de la esfera celeste en intervalos
musicales, (b) Una elaboración medieval del ideal pitagórico de armonía entre
la humanidad y el entorno como se muestra en «The Tuning of the World» de
Robert Fludd, de Ultriusque Cosmi Historia.
Hay
mucho más que armonía celeste en la teoría musical pitagórica. Además de la
música de las esferas celestes (música mundana) se distinguían otras dos
variedades de música: el sonido de instrumentos, como flautas y arpas (música
instrumentalis), y la continua música inaudible que emanaba del cuerpo humano
(música humana), que surge de una resonancia entre cuerpo y alma. La hipótesis
importante que hay tras estas distinciones, que fue asumida por Platón y luego
influyó en la filosofía occidental durante largo tiempo, es que la música
celeste existe y tiene sus propiedades con total independencia del oyente
humano. Para Platón, lo que oímos de la armonía musical es un pálido reflejo de
una perfección más profunda en el mundo de los números, que se manifiesta en
los movimientos planetarios. Nosotros la apreciamos solamente porque los ritmos
de nuestros cuerpos y almas están preformados para resonar con la armonía en el
reino celeste. Era esta filosofía trascendental de la música la que Platón
reforzó con su creencia más general en que el mundo de las apariencias es una
sombra de otro mundo perfecto donde habitan las formas ideales de los objetos
que nos rodean. En última instancia, la filosofía platónica es la fuente de la
filosofía absolutista de la música que hemos discutido antes.
En el mundo medieval, el estatus de la música se revela por su posición dentro
del Quadrivium —el cuádruple currículum— junto con la aritmética, la geometría
y la astronomía. Los estudiantes medievales de música se consideraban científicos,
y la relación de la música con las matemáticas y la astronomía se consideraba
el aspecto más importante de la música. Ellos creían que todas las formas de
armonía derivan de una fuente común. Antes de los estudios de Boecio en el
siglo VI, la idea de armonía musical no se consideraba independientemente de
cuestiones más generales de armonía celeste o ética. Un gran cambio en la
visión de la música sólo podía ocurrir en un nuevo clima que rechazara su total
reverencia hacia las autoridades del pasado y tratara de dar respuesta a
preguntas sobre las cosas examinándolas, y oyéndolas, más que meramente leyendo
sobre ellas.
En los primeros tiempos medievales, la interpretación de la música era una
actividad mundana y secundaria, irrelevante para su verdadero significado y
cualidad. Estamos tan acostumbrados a considerar la música como un arte para
interpretar que es difícil apreciar que un fuerte interés por la interpretación
musical no apareció hasta el Renacimiento. Otro aspecto de la interpretación
musical que ahora damos por sentado es su mezcla de diferentes melodías; es
decir, la polifonía. La polifonía —la combinación de dos o más hilos en una
textura musical— empezó con el añadido de una o más partes a una melodía llana.
El canto en quintas paralelas data del siglo VIII, pero partes vocales
independientes no aparecieron hasta el siglo XI. Estos desarrollos
proporcionaron la base de lo que con el tiempo iba a convertirse en la
elaborada estructura armónica de la música posterior.
El sonido simultáneo de notas diferentes es un fenómeno extraño. Mezclamos
colores o texturas y pierden su individualidad; pero los tonos musicales se
combinan sin perder sus identidades. Para quienes estaban embarcados en el
estudio metafísico de la música esto debe haber parecido un misterio profundo,
pero el enorme tiempo que se necesitó para que emergiera la música polifónica
sugiere que había una antipatía natural o una barrera ideológica a la misma.
Gracias a su desarrollo, la música occidental se apartó de otras tradiciones y
evolucionó de forma relativamente rápida hacia estructuras de gran complejidad.
Curiosamente, los mil años que necesitó la música para alcanzar el pináculo de
la complejidad clásica, de la que tantas personas siguen hoy disfrutando,
vieron un desarrollo paralelo de su antigua compañera de cama —las matemáticas—
hasta niveles nunca soñados de sofisticación abstracta, que superaban con
creces la aplicación práctica contemporánea.
Más tarde, la complejidad creciente de la composición polifónica clásica aportó
una dimensión humana al ámbito de la música hasta entonces impersonal y
trascendental. En composiciones como las de Beethoven y sus dotados
contemporáneos, vemos expresada la personalidad del compositor en su música.
Mientras la búsqueda del verdadero significado de la música había mirado en
otro tiempo a realidades trascendentales en los cielos para satisfacción final,
sus verdades podían ser encontradas ahora por introspección y psicología. La
música hablaría de las luchas internas de su creador o resonaría con las
emociones del oyente, amplificando, modificando o pacificándolas de maneras que
se veían derivadas de la música y que no aparecían meramente en respuesta a
ella. De este modo, los oyentes apasionados pretenden encontrar un significado
profundo en la música que trasciende a todas las demás formas artísticas. Tal
era la confianza que tenía la humanidad en sus propios logros cuando emergía
esta nueva música que, en lugar de degradar su estatus de música de las esferas
a musa de la humanidad, su nuevo acento sirvió principalmente para elevar la
estimación del hombre por el hombre. Y así, a medida que la sinfonía clásica se
hacía más grande y más elaborada en estructura, su centro y su interpretación
se hicieron más personales y más estrechamente asociados al carácter de su
compositor. Y al volverse desde nociones esotéricas de armonía celeste hacia el
significado personal, la popularidad de la música se hizo mucho mayor. Se
necesitaron grandes salas de conciertos para acomodar a los oyentes, y la
música desempeñó un papel central en la vida pública en toda Europa. Pero con
estas instituciones, y los estratos sociales que las frecuentaban, creció un
elitismo en la música. Muchas interpretaciones musicales eran exclusivas: era
caro asistir a los conciertos y, para apreciar lo que se interpretaba, era
necesario poseer una sensibilidad y una apreciación del escenario social de la
interpretación musical. Lo que sucedió en el siglo XIX fue una extraña puesta
al revés de las cosas. La música ya no era definida o interpretada por su
correspondencia con figuras geométricas perfectas, ya estuvieran en el cielo o
sobre el papel. Las notas, e incluso los intérpretes, se habían hecho
secundarios en el efecto que la música tenía sobre el oyente. Había tenido lugar
una revolución anticopernicana que colocaba al alma y el espíritu humanos en el
fulcro de la interpretación. Pero esto no duró mucho. Con la llegada de
psicólogos como Freud, el estatus de las respuestas humanas a algo tan
subjetivo y mezclado con otras respuestas emocionales como la música fue
degradado hasta quedar reducido a sólo otra forma de liberación emocional de
las tensiones psicológicas.
En los primeros años del siglo XX las posibilidades de la armonía tonal
occidental habían sido exploradas al máximo por un conjunto de compositores
dotados. Era el momento para una reacción contracultural. Llegó en 1907 con las
primeras interpretaciones de obras de Arnold Schoenberg que, en su cromatismo
extremo, llevaban el sistema tonal a su límite (si no más allá). Más tarde, en
los años veinte, Schoenberg iba a desarrollar el sistema de composición serial
utilizando doce tonos al que está asociado su nombre[56].
Surgieron protestas vehementes cuando fueron interpretadas por primera vez. La
interpretación de dicha música deliberadamente atonal sirvió para acelerar la
percepción de la música contemporánea como una actividad intelectual y oscura,
sólo para iniciados. Poco a poco, este énfasis, y el intenso foco sobre la
personalidad del artista como factor primario en su obra, ha tenido un fuerte
efecto negativo sobre el estatus de la música —un efecto que también puede
detectarse en otros lugares en las artes creativas—. Pues, cuando la
personalidad lo es todo, cualquier período durante el que faltan personalidades
excéntricas o poderosas puede ser interpretado como una era de debilidad en la
propia forma artística. La música clásica ya no desempeña un papel central en
nuestra cultura. No es noticia de cabecera en ningún sentido. Está demasiado
divorciada del centro de gravedad de las cosas. La más novedosa de las artes
—la música popular— desempeña un papel central en la cultura de los jóvenes,
pero podría argumentarse que, en una medida considerable, ha alcanzado también
dicha posición por razones que tienen poco que ver con su contenido musical.
Una vez más, el foco se ha centrado principalmente en los intérpretes como
personalidades, o figuras de culto, antes que como músicos. Su música ha
servido como una llamada de alistamiento para movimientos contraculturales que
reaccionan contra las normas de comportamiento establecidas en general, y no
simplemente contra sus gustos musicales. Sin embargo, la era moderna ha visto
la emergencia de un nuevo fenómeno musical: el del oyente solitario. Con la
disponibilidad de música en la radio y en el gramófono se hizo posible ser un
oyente privado. Esto ha contrarrestado el elitismo del siglo XIX, y ha
promovido el estudio y el análisis de la música por razones distintas del
entretenimiento. También ha permitido una diversidad mucho mayor en el
desarrollo del estilo musical. Formas inusuales de música, de interés sólo
minoritario, pueden interpretarse y oírse sin el coste de alquilar enormes
salas de conciertos en donde celebrar interpretaciones públicas. Resulta
irónico, no obstante, que muchas obras del pop moderno causan profunda
insatisfacción cuando se interpretan en vivo, debido a su enorme dependencia
del sonido sintetizado y con múltiples pistas que la producción en estudio
proporciona fácilmente pero que los intérpretes en directo no siempre
consiguen.
El
pianista. Oyendo por números
La
música y la ciencia estuvieron [en un tiempo]… tan profundamente identificados
que cualquiera que sugiriera que había una diferencia esencial entre ellas
habría sido considerado un ignorante [pero ahora]… alguien que proponga que
tienen algo en común corre el riesgo de ser etiquetado de hipócrita por un
grupo y de diletante por el otro, y, lo peor de todo, como un populista por
ambos.
JAMIE JAMES
Desde
hace tiempo ha existido la sospecha de que hay una conexión profunda entre
matemáticas y música. Pitágoras la destapó, y una vez que este genio hubo
salido de la botella fue terriblemente difícil volverlo a meter. Miles de años
más tarde, la profunda estructura en la música de Bach inspiró a Leibniz a
afirmar que «la música es el ejercicio aritmético oculto de un alma
inconsciente que está calculando». El origen y desarrollo de esta idea ha
modelado las actitudes hacia la música durante los últimos dos mil años, y sólo
en los últimos trescientos años ha sido descartado como paradigma central.
Examinando la música hoy, hay una similitud superficial entre matemáticas y
música porque ambas hacen uso de notaciones simbólicas (Figura 5.3).
Figura 5.3. Alien Musical Scores; dibujo de Robert Mueller.
Pero
hay muchas diferencias: las matemáticas tienen una inevitabilidad lógica de la
que carece la música; más clara aún es la división entre la habilidad para
hacer música, ya sea componiendo o interpretando, y el placer que da
escucharla. No hay división similar en las matemáticas. No son éstas un deporte
de espectadores: sólo los practicantes de la lógica matemática disfrutan
leyendo u oyendo hablar de ella. Además, las demostraciones matemáticas dan una
imagen algo confusa de lo que los matemáticos hacen realmente y de cómo
piensan. Hay una divisoria real entre la obra creativa de los matemáticos y la
presentación formal de sus resultados. Las diferentes reacciones de una
«audiencia» a las matemáticas, en contraposición a la música, ilustran la
capacidad de la música para despertar grandes emociones y acciones, una
capacidad de la que carecen por completo las matemáticas. Esto sugiere que la
música está más ligada a respuestas instintivas y primitivas al mundo que lo
está el recuento.
El perfil multicultural de la interpretación y apreciación musical es una
característica sorprendente de las civilizaciones humanas en todo el mundo.
Esta universalidad es compartida por una propensión humana hacia el lenguaje y
hacia el recuento. Aunque hay similitudes superficiales entre estas capacidades
humanas, nos impresionan más por sus diferencias. Los tonos musicales suenan
ciertamente diferente de las palabras, y el procesamiento de tonos musicales
por el cerebro difiere del procesamiento del lenguaje. Nuestra recepción de los
tonos queda interferida al introducir más tonos, pero no al añadir información
verbal en forma de palabras o números. Estas disparidades se manifiestan en un
nivel neurológico por lo que sabemos de la geografía del cerebro. En individuos
diestros, las capacidades lingüísticas están controladas casi enteramente por
el hemisferio izquierdo del cerebro, mientras que las sensibilidades musicales
están gobernadas básicamente por el hemisferio derecho. En consecuencia,
lesiones graves en el lado izquierdo del cerebro son generalmente catastróficas
para el habla, pero no perturban las capacidades musicales. Recíprocamente,
lesiones en los lóbulos central y temporal del hemisferio derecho, o una
enfermedad de este lado del cerebro, son desastrosas para el disfrute de la
música: reduce nuestra capacidad para discriminar sonidos y nuestra apreciación
de matices en el tono. Esta asimetría entre los dos hemisferios se manifiesta
también en nuestra audición; el sonido recibido por el oído derecho es procesado
en el hemisferio izquierdo, y el del oído izquierdo es procesado en el
hemisferio derecho. Por ello, tendemos a procesar el lenguaje más efectivamente
cuando es oído con el oído izquierdo, y los sonidos musicales que entran en el
oído derecho se recuerdan mejor que los que entran por el oído izquierdo. Sin
embargo, cuando se hacen tests similares con sujetos con buena formación
musical, estas diferencias se reducen considerablemente. Presumiblemente, la
formación musical aumenta la capacidad de análisis de la estructura musical por
medios cuya eficacia reside dentro del hemisferio izquierdo del cerebro. Esto
no es enteramente sorprendente. Sería de esperar que alguien educado en los
aspectos matemáticos de la estructura musical activara algunas de las redes de
procesamiento matemático dentro del cerebro cuando oye música. En general, si
existe una asociación contextual con un elemento de matemáticas o de música, su
contemplación debería despertar los procesos mentales específicos del lenguaje
que tratan con él.
A pesar de estas tendencias neurológicas, hay muchas peculiaridades y
excepciones que reflejan la diversidad de la capacidad musical humana. Aspectos
de la capacidad musical que están fuertemente ligados a habilidades
interpretativas sufren si hay lesiones en las partes del cerebro que gobiernan
las habilidades motoras asociadas. Además, aparte de nuestras propias
interpretaciones instrumentales, la música se dirige a nosotros desde una
variedad de fuentes —vocalistas, grupos de rock, orquestas, pájaros, grabaciones
y también como fondo de películas y de danza—. Es probable que la asociación
entre música y el «algo más» que va con ella, especialmente en situaciones
donde dicha asociación amplifica las emociones, produzca respuestas mentales
muy complicadas. Por el contrario, nuestra exposición al sonido del lenguaje es
relativamente uniforme —incluso las grabaciones de conversaciones suenan igual
que las voces en directo— y la exposición de la persona media a las matemáticas
es aún menos estimulante. Esta uniformidad hace de la capacidad lingüística una
capacidad mental mucho más centrada que la apreciación musical.
Si examinamos nuestra capacidad para contar y calcular desde una perspectiva
neurológica, encontramos que hay individuos que pierden sus capacidades
lingüísticas a causa de una lesión cerebral, pero pueden seguir contando. Algo
del circuito mental clave para los cálculos parece estar presente en el
hemisferio derecho del cerebro, aunque muchos de los aspectos cuasi
lingüísticos de la lectura y descripción de símbolos matemáticos son tratados,
como el lenguaje, por el lado izquierdo del cerebro. Algunas áreas del lado
izquierdo del cerebro, que desempeñan un papel importante en la orientación
espacial, también pueden ser importantes para el sentido de los números y el
tipo de intuición geométrica que valoran los matemáticos. Aunque nuestra simple
capacidad para contar puede tener sus orígenes en el hemisferio derecho, el
razonamiento matemático abstracto parece residir en el hemisferio izquierdo. Esto
deja el hemisferio derecho para controlar las operaciones más sintéticas y
holísticas, especialmente las que implican imágenes y descripción metafórica,
junto con el procesamiento de la música.
Las relaciones entre música, pauta y lenguaje nos invitan a proponer algunos
posibles escenarios para su desarrollo histórico. Seis opciones claras se
sugieren de forma natural. En la primera, existe una forma de función mental
ancestral, común entre los precursores de la humanidad, que se separa en hilos
independientes —uno de música, el otro de lenguaje— aunque retienen algunas
trazas residuales del vínculo entre ambos que se manifiesta en actividades como
el canto. En el segundo escenario posible, se supone que la música es primaria
y el lenguaje se desarrolla a partir de ella, quizá estimulado por la evolución
fisiológica o neurológica. En la tercera opción, el lenguaje es primario, y la
música evoluciona posteriormente a partir de él como una actividad
independiente —por ejemplo, debido al desarrollo del canto como un medio de
transmitir sonidos a largas distancias—. Cuarta: el lenguaje podría ser un hilo
conductor de la actividad y la cultura humana que se desarrolla en paralelo con
una función más básica para el reconocimiento de patrones. Inicialmente, el reconocimiento
de patrones espaciales se transforma en subproductos bien desarrollados, como
el arte y la creación de imágenes; luego se agudiza el reconocimiento de pautas
temporales y se diversifica en el ritmo musical. En este escenario, la música
se desarrolla después de otras prácticas artísticas. Quinta: podría haber una
función primaria para el reconocimiento de pautas, de la que se separa la
construcción del lenguaje. Posteriormente se desarrolla el reconocimiento de
pautas temporales y genera otro retoño cultural en la música: mientras que el
hilo del reconocimiento de patrones espaciales da lugar al arte como una
manifestación cultural. Sexta: una capacidad de reconocimiento de patrones
primaria podría haberse diversificado gradualmente en una secuencia de
capacidades más especializadas: primero, reconocimiento de patrones espaciales,
luego de secuencias temporales, y luego de lenguaje y secuencias numéricas.
Actualmente, la mayoría de los lingüistas parecen creer que el lenguaje es una
capacidad humana específica, en lugar de ser meramente otro subproducto de las
capacidades cerebrales de aprendizaje y reconocimiento de patrones generales.
Puede reunirse un impresionante conjunto de pruebas en apoyo de rasgos
compartidos por lenguajes humanos dispares, que son testimonio de una
«gramática» universal que está cableada en la estructura del cerebro. Esto da
sentido a la observación de que los niños no parecen aprender realmente el
lenguaje en una medida que sea conmensurable con su capacidad de utilizarlo.
Como describimos en el Capítulo 2, las capacidades lingüísticas parecen estar
preprogramadas para activarse en momentos concretos durante el desarrollo
temprano. El lenguaje se ve así como un instinto natural antes que como un
comportamiento aprendido: es básicamente un producto de la Naturaleza antes que
de la educación. Podríamos preguntar si podría decirse lo mismo de la capacidad
matemática o la musical. Esta idea es mucho más difícil de sostener. La
capacidad musical no está compartida al mismo nivel de competencia, o con la
misma ubicuidad, que la capacidad lingüística. Una de las cosas más
sorprendentes de la capacidad lingüística es su sofisticación y uniformidad si
se la compara con todas las demás habilidades. Hay montones de individuos sanos
que no pueden sumar o que apenas se preocupan por cualquier tipo de música,
pero ninguno que no pueda hablar un lenguaje. Si se examinan las lenguas de los
pueblos tradicionales, que con frecuencia no tienen sistemas matemáticos más
allá de contar hasta dos, cinco o diez, su lengua es similar en el fondo a la
nuestra, y en absoluto primitiva cuando se compara con el vocabulario requerido
por sus estilos de vida. Un estudio de los orígenes del recuento en pueblos
antiguos revela un patrón común de sistemas de recuento sencillos. Se podría
argumentar que los sistemas de palabras numerales que emplean tienen un
carácter principalmente lingüístico, antes que «matemático». Para introducirse
en las matemáticas difíciles y profundas —y no sólo utilizar símbolos como abreviaturas
de palabras que describen cantidades— se requieren sofisticados conceptos
notacionales, y éstos sólo han sido introducidos por unas pocas culturas
avanzadas. Uno de estos pasos cruciales es la invención de una notación
«posicional» para representar los números, en la cual la posición relativa de
un símbolo transmite información sobre la cantidad que representa. Así, para
nosotros, la expresión «341» significa tres centenas más cuatro decenas más una
unidad. Esta poderosa idea, junto con la idea de un símbolo, «0», que ello
requiere, fue concebida sólo por tres culturas avanzadas: los sumerios y
babilonios, los mayas y los indios. Nuestra propensión a esta notación
posicional puede estar ligada a la programación sintáctica que poseen nuestras
mentes para el lenguaje natural. Por desgracia, todavía no se ha hecho ningún
estudio detallado de los vínculos entre rasgos lingüísticos en las culturas
tradicionales y la estructura de sus sistemas de recuento. Hasta que no se haga
un estudio cuidadoso de esta relación entre el uso lingüístico de los términos
numerales, es difícil determinar si la propensión humana hacia el recuento es
realmente independiente de la propensión hacia el lenguaje en las culturas
antiguas.
Si comparamos la música con las matemáticas, es evidente que la música muestra
una mayor diversidad cultural. Esto no es sorprendente si consideramos la
música como una invención y elaboración humana, porque las matemáticas parecen
ofrecer más que eso. La música no nos ayuda a entender el funcionamiento del
mundo físico; las matemáticas sí lo hacen. Las matemáticas exhiben una multitud
de características que apuntan a que algo de nuestro conocimiento matemático es
fruto del descubrimiento, y no meramente un subproducto de capacidades
desarrolladas con otros fines. Las matemáticas nos afectan de formas
completamente diferentes que el lenguaje o la música. El lenguaje es totalmente
flexible; puede afectamos emocional o lógicamente. La música influye
principalmente en nuestras emociones, de una manera que las matemáticas no
pueden hacer. Pese a todo, cada una de estas tres actividades está ligada de
algún modo a los límites de nuestra fisiología. El lenguaje humano sofisticado
fue posible solamente gracias a la evolución de la estructura especial de la laringe
humana que otros mamíferos no poseen. Sin este desarrollo puramente anatómico,
ninguna programación neural especial para la capacidad lingüística nos hubiera
servido de nada. En el caso de las matemáticas, podemos ver cómo nuestros diez
dedos de las manos (y en algunos casos, también nuestros diez dedos de los
pies) determinaron la forma de muchos de los sistemas de recuento que se
desarrollaron primero. Sin embargo, el sistema decimal (de base 10) que hemos
adoptado no es el óptimo para todos los objetivos —como muestra el uso de la
aritmética binaria en los lenguajes de computador—. Las matemáticas podrían
haberse desarrollado muy satisfactoriamente si el sistema de recuento se
hubiera escogido de forma diferente (digamos en base 12) en las más influyentes
culturas indoeuropeas. Del mismo modo, veremos que la música atractiva está
significativamente limitada en rango, y forma, por la sensibilidad del oído y
por la capacidad de análisis de frecuencias del cerebro. Si quisiéramos hacemos
comprender por extraterrestres, podríamos confiar en utilizar matemáticas. Para
basarnos en nuestros lenguajes tendría que darse el caso de que nuestra
gramática básica, que opera en el nivel neurológico en el software de
procesamiento de lenguaje de nuestro cerebro, fuera el único programa capaz de
realizar tales trucos lingüísticos. En el caso poco probable de que fuera así,
los extraterrestres inteligentes compartirían la estructura raíz de las
gramáticas mentales humanas. Incluso así, tendríamos que hacer una enorme cantidad
de análisis y decodificación para desvelar un mensaje en su lengua; mientras
que una descripción de un sistema físico compartido —como un átomo o un rayo de
luz— permitiría eliminar mucho más fácilmente las diferencias superficiales en
el simbolismo matemático. Por el contrario, es muy probable que la música no
nos ayudara a entender al otro o a comunicar directamente. Más bien, revelaría
cosas importantes sobre la naturaleza y fisiología de sus generadores y
apreciadores. Es razonable especular que los extraterrestres poseerían
subproductos «artísticos» de sus adaptaciones evolutivas, pero no hay ninguna
razón por la que debieran estar principalmente asociados con señales sonoras
antes que con señales luminosas, funciones motoras o incluso papilas
gustativas. La música que conocemos es un subproducto humano muy especializado,
que es apreciado a causa de las adaptaciones especiales del cerebro a otros
aspectos del mundo y a la necesidad de predecir y anticipar los cambios que
pueden ocurrir en nuestro entorno. Mientras que la capacidad lingüística parece
ser una consecuencia necesaria de nuestra humanidad, la música no parece
mostrar la misma inevitabilidad o sofisticación, y la capacidad matemática no
parece ser necesaria ni evidente en ningún grado importante en la mayoría de
los humanos.
Podríamos estar tentados a pensar que si la música agradable pudiera reducirse
a pautas matemáticas de una variedad definida, entonces el enigma de lo que
«es» la música estaría de algún modo resuelto. Por desgracia, las cosas nunca
son tan simples, pues es un secreto bien guardado de los matemáticos que ni
siquiera ellos saben lo que son las matemáticas. Cuatro filosofías de las
matemáticas son corrientes entre los matemáticos, los filósofos y los usuarios
de las matemáticas. He argumentado en otro lugar[57] que la
notable aplicabilidad de las matemáticas a la estructura del mundo físico, y a
las leyes que lo gobiernan, debería tomarse como el dato más importante al
decidir entre ellas. Para apreciar la profundidad de la laguna entre
matemáticas y música, pese a sus similitudes superficiales y tradiciones
antiguas, tenemos que examinar con más detalle la extraordinaria utilidad de
las matemáticas y cómo se interpreta.
Los científicos creen tan profundamente en la estructura matemática de la
Naturaleza que han convertido en un incuestionable artículo de fe que las
matemáticas son necesarias y suficientes para describir cualquier cosa, desde
el espacio interior de las partículas elementales al espacio exterior de las
estrellas y galaxias lejanas —incluso el propio Universo—. Pese a todo, ¿por
qué el lenguaje simbólico de las matemáticas tiene algo que ver con manzanas
que caen, átomos que se dividen, estrellas que explotan o mercados de valores
que fluctúan? ¿Por qué la realidad marcha a un ritmo matemático? Las respuestas
dependen crucialmente de lo que pensamos que son las matemáticas.
A comienzos del siglo XX, los matemáticos se enfrentaban a algunos problemas
que minaban su confianza. Bertrand Russell propuso paradojas lógicas, como la
del barbero[58], que
amenazaban con minar todo el edificio de la lógica y las matemáticas. Pues
¿quién podía prever dónde podría salir a la superficie la siguiente paradoja?
Frente a tales dilemas, David Hilbert, el matemático más destacado de la época,
propuso que deberíamos dejar de preocuparnos por el significado de las
matemáticas. En su lugar, simplemente deberíamos definir que las matemáticas
son nada más, y nada menos, que el conjunto de fórmulas que pueden deducirse a
partir de un conjunto de axiomas iniciales consistentes manipulando los
símbolos implicados de acuerdo con reglas especificadas. Creía que este
procedimiento no podía crear paradojas si era ejecutado con precisión. El vasto
bordado de conexiones lógicas que resultaba de la manipulación de todos los grupos
de axiomas de partida compatibles, de acuerdo con todos los conjuntos de reglas
posibles, es todo lo que «son» las matemáticas. Este punto de vista se denomina
formalismo matemático. Como el formalismo musical, desecha cualquier búsqueda
del significado de una pauta de símbolos en un contexto que es externo a su
representación. El formalista no ofrecería una explicación para el carácter
matemático de la física como no lo haría el formalista musical para tratar de
explicar por qué Wagner puede ser deprimente.
Hilbert pensaba que, por definición, esta estrategia libraría las matemáticas
de todos sus problemas. Dado cualquier enunciado matemático, podíamos
determinar si era una deducción válida a partir de un conjunto consistente de
hipótesis de partida desarrollando la secuencia de conexiones lógicas. Hilbert
y sus discípulos se pusieron a la obra, confiados en que podían recoger todas
las matemáticas conocidas con sus reglas y axiomas, dejando fuera de la valla a
las quimeras paradójicas de Russell. Por desgracia, y de forma totalmente
inesperada, su empresa colapso repentinamente. En 1931, Kurt Gödel, entonces un
joven matemático desconocido de la Universidad de Viena, demostró que el
objetivo de Hilbert es inalcanzable en cualquier sistema matemático suficientemente
grande para incluir la aritmética ordinaria. Cualquiera que sea el conjunto de
axiomas de partida que uno escoja, cualquiera que sea el conjunto de reglas
consistentes que adopte para manipular los símbolos matemáticos implicados,
siempre debe existir algún enunciado, formulado en el lenguaje de dichos
símbolos, cuya verdad o falsedad no puede decidirse utilizando dichos axiomas y
reglas. Peor aún, no hay manera de decir nunca si los axiomas de partida son
lógicamente consistentes o no. Sorprendentemente, la verdad matemática es algo
más grande que axiomas y reglas. Tratemos de resolver el problema añadiendo una
nueva regla, o un nuevo axioma, y simplemente creamos nuevos enunciados
indecidibles. Si queremos comprender la verdad lógica tenemos que aventuramos
fuera de las matemáticas. Si se define una «religión» como un sistema de ideas
que contiene enunciados indemostrables, entonces Gödel nos demostró que las
matemáticas no son solamente una religión: son la única religión que puede
automostrarse como tal.
Un pariente mucho más interesante del formalismo es el estructuralismo. Éste es
la filosofía de las matemáticas que las ve como el conjunto de todas las
estructuras o pautas posibles. Algunas de estas pautas están ejemplificadas en
los objetos físicos, como nubes, diseños de papel de pared o las formas de las
galaxias; otras lo están en secuencias de operaciones, y otras más están
presentes en operaciones mentales o propiedades de aquellas cantidades que
llamamos números. Esta visión de las matemáticas corre el riesgo de ser
demasiado amplia porque incluye como matemáticas todas las actividades
generadoras de pautas —marcar líneas en una autopista, peinar, pintar o la
línea de montaje en una fábrica de coches— que no todos los matemáticos podrían
considerar como matemáticas. Pero es un pequeño precio a pagar por una imagen
de las matemáticas que suena verdadera y proporciona una respuesta simple al
misterio de por qué las matemáticas funcionan tan bien para describir el mundo.
Para que exista cualquier ser pensante en el Universo tendría que haber
existido algún orden en alguna parte del mismo. Lo que llamamos matemáticas es
tan sólo el estudio de ese orden y las pautas que somos capaces de generar a
partir de él. El misterio de la efectividad de las matemáticas cambia
ligeramente de foco: el misterio real no es ahora que las matemáticas
funcionen, sino que tales matemáticas simples sean tan poderosas y de tan gran
alcance que puedan decirnos algo sobre el mundo. El estructuralismo es
atractivamente simple. Es una manera útil de transmitir de qué tratan las
matemáticas a los no matemáticos. Pero si tratamos de aplicarlas a otros temas
más especializados, entonces su cualidad omniincluyente se convierte en un
problema más grande. Como filosofía de la música, terminaría definiendo la
música como una colección de todas las pautas hechas con sonidos. Incluiría
explosiones, ruidos de cubertería cayendo al suelo y también el habla humana.
La música moderna y experimental sería bienvenida en este marco inclusivo, pero
la debilidad de la definición es evidente. ¿Qué no es música?
Una imagen menos inflexible de las matemáticas es una que se centra en el hecho
de que es una actividad humana sin fin. El invencionismo es la creencia de que
las matemáticas no son otra cosa que lo que los matemáticos hacen. Las
entidades matemáticas, como los conjuntos o los triángulos, no existirían si no
hubiera matemáticos. Inventamos las matemáticas; no las descubrimos. El
invencionista no está impresionado por la utilidad de las matemáticas, pues
argumenta que las propiedades bien adaptadas a la descripción matemática son
las únicas que hemos sido capaces de descubrir. Esta visión de las matemáticas
es común entre «consumidores» de matemáticas, particularmente científicos sociales
y economistas, debido a su preocupación por las construcciones sociales
artificiales y su estudio de problemas que son tan complicados que se necesitan
muchas aproximaciones e idealizaciones para hacerlos tratables.
El descubrimiento independiente de los mismos teoremas matemáticos por
diferentes matemáticos con orígenes económicos, culturales y políticos
completamente diferentes —a veces en épocas ampliamente separadas de la
historia— es un argumento contra semejante visión simplista. El invencionista
podría responder señalando la universalidad de las lenguas humanas. Pese a sus
diferencias superficiales, hay fuerte evidencia de que comparten una estructura
subyacente común. Esta «gramática universal» significa que un extraterrestre
lingüísticamente sofisticado que visitara el planeta Tierra tendría base para
concluir que los seres humanos hablan una misma lengua, aunque con muchos
matices regionales. Por consiguiente, cabría esperar que aquellos aspectos de
esta gramática universal que comparten características de la simple lógica, y
con ello del recuento, harían que también el recuento parezca instintivo. De
hecho, aunque el simple recuento —a veces sobre bases diferentes de diez— es
casi universal en culturas antiguas y primitivas, prácticamente ninguna de
ellas llegó a realizar operaciones matemáticas más sofisticadas que contar.
Esto sugiere que estas operaciones matemáticas superiores no están
genéticamente programadas en el cerebro humano —¿y qué razón evolutiva podría
haber para prodigar recursos valiosos en semejante lujo?—. Es más probable que
sean subproductos de capacidades de reconocimiento de patrones multipropósito.
Pero el simple recuento, puesto que está tan íntimamente ligado a las
operaciones lingüísticas y a la lógica de la propia programación del cerebro
para el lenguaje, está efectivamente programado.
Otra objeción a la visión invencionista de las matemáticas emerge al contemplar
el origen evolutivo de nuestra mente. Incluso si las matemáticas, en cierto
sentido, salen de nuestra mente, o son impresas en ellas por sensaciones de los
fenómenos naturales de los que somos testigos, ¿cuál es la fuente de esa
estructura matemática? Nuestra mente no puede crearlas de la nada. Más bien, la
estructura matemática del mundo está instalada en la mente humana por un
proceso evolutivo que recompensa con supervivencia las representaciones fieles
de la realidad, y elimina imágenes equivocadas de la realidad porque tienen
poco valor de supervivencia. Cuando se sigue hasta su fuente, el invencionismo
se seca.
Una interesante variante moderna del invencionismo es el constructivismo
social, que ve las matemáticas como algo que ha surgido de nuestras
interacciones sociales colectivas. A este respecto es como una constitución
nacional, un código legal o un sistema monetario. Estas cosas son reales pero
no son ni físicas ni mentales. Surgen a partir de la interacción social y
cultural de muchos individuos. No residen solamente o completamente en la mente
de un solo individuo, y sin las personas que dieron lugar a ellos estos
constructos sociales no existirían. Esta aproximación a las matemáticas apela
al fenómeno de la emergencia, que se ha convertido en una aproximación de moda
para explicar la complejidad. Ve las matemáticas como una actividad social
complicada que ha surgido de actividades mentales y físicas más sencillas y
bien definidas, y ha conseguido un grado de consenso sorprendentemente alto
entre sus participantes. Esta visión no ayuda especialmente cuando se trata de
entender por qué las matemáticas trabajan tan bien como descripción del mundo o
por qué las matemáticas abstractas resultan ser tan a menudo útiles en la
práctica. Sus defensores argumentarían que agranda el contexto en el que puede
buscarse una solución a estos problemas. Si aplicamos esta aproximación a la
música encaja bastante mejor. La música puede verse como un fenómeno emergente
que tiene raíces locales que forman estilo y pauta. Se desarrolla en el tiempo.
Implica la formación de una opinión colectiva. Pero ninguna de estas características
es privativa de la música. Como en el caso del estructuralismo, hemos tropezado
con el problema de una definición omniincluyente.
La tercera opción es el platonismo. Para el platonista matemático, el mundo es
matemático en un sentido profundo. Los conceptos matemáticos existen y son
descubiertos por los matemáticos, no inventados por ellos. «Pi» está realmente
en el cielo[59]. Las
matemáticas existirían en ausencia de matemáticos y podrían utilizarse para
comunicarse con seres extraterrestres que se hubieran desarrollado
independientemente de nosotros. Es interesante que esta visión parece estar
asumida implícitamente por todos los practicantes actuales de la «Búsqueda de
Inteligencia Extraterrestre» (SETI), que emiten al espacio información que está
basada en la universalidad de los conceptos subyacentes a la ciencia y las
matemáticas humanas.
Mientras que el formalismo y el invencionismo se llevan mal con la irrazonable
efectividad de las matemáticas como descripción de la Naturaleza, el platonista
hace de ello la piedra angular de su argumento. La mayoría de los científicos y
los matemáticos realizan su trabajo cotidiano como si el realismo platónico
fuera verdadero, incluso si les resultara difícil defenderlo con fuerza cuando
se les hiciera reflexionar durante el fin de semana. Pero el platonismo
matemático tiene sus dificultades. Está impregnado de vaguedad. ¿Dónde está ese
otro mundo de objetos matemáticos que descubrimos? ¿Cómo entramos en contacto
con él? Si las entidades matemáticas existen realmente más allá del mundo
físico de los particulares que experimentamos, entonces parecería que sólo
podemos entrar en contacto con ellas por algún tipo de experiencia mística que
es más afín a la videncia que a la ciencia. Esto significa que no podemos
tratar la adquisición del conocimiento matemático de la misma manera que
tratamos otras formas de conocimiento sobre el mundo físico: Tratamos el último
como conocimiento significativo porque los objetos de los que tenemos
conocimiento pueden interaccionar con nosotros de una manera influyente,
mientras que no parece haber ningún medio por el que las entidades matemáticas
puedan afectamos o ser influidas por nosotros.
La última respuesta al fermento de incertidumbre sobre las paradojas lógicas
que plagaron el formalismo durante los primeros años del siglo XX fue el
constructivismo. Era una versión matemática de la doctrina del operacionalismo.
Su punto de partida, de acuerdo con Leopold Kronecker, uno de sus creadores,
era el reconocimiento de que «Dios creó los enteros; todo lo demás es cosa del
hombre». Lo que él quería decir con esto era que sólo deberíamos aceptar las
nociones matemáticas más simples —la de números-enteros 1, 2, 3, 4… y la
operación de recuento— como punto de partida, y luego derivar paso a paso todo
lo demás a partir de estas nociones intuitivamente obvias. Adoptando esta
postura conservadora, los constructivistas querían evitar la manipulación de
entidades contraintuitivas de las que no podíamos tener ninguna experiencia
concreta. Como resultado, el constructivismo llego a ser conocido como
intuicionismo, para resaltar su apelación autoenunciada a los cimientos de la
intuición humana.
Para el constructivista, las matemáticas son el conjunto de deducciones que
pueden construirse en un número finito de pasos deductivos a partir de los
números naturales. El «significado» de una fórmula matemática es simplemente la
cadena finita de computaciones que se han utilizado para construirla. Esta idea
puede sonar bastante inocua, pero tiene consecuencias catastróficas. Crea una
nueva categoría de enunciados matemáticos, pues el estatus de cualquier
enunciado puede ser ahora triple: verdadero, falso o indecidido. Un enunciado
cuya verdad no puede decidirse en un número finito de pasos constructivos
permanece en el limbo del tercer estatus. Los matemáticos preconstructivistas,
que se remontan a Euclides, habían establecido métodos de probar la verdad o
falsedad de fórmulas que no consistían en un número finito de pasos deductivos.
Un método famoso muy querido por los antiguos griegos era la reductio ad
absurdum. Para demostrar que algo es verdadero, suponemos que es falso, y de
esta suposición deducimos algo contradictorio (como 2 = 1). De esto concluimos
que nuestra suposición original debía ser falsa. Este argumento se basa en la
presuposición de que un enunciado es o verdadero o falso. Pero, para el
constructivista, un enunciado sólo se prueba cierto después de una demostración
explícita en un número finito de pasos deductivos.
Si examinamos detenidamente el constructivismo, parece una doctrina realmente
peculiar. Es más parecido a una filosofía de un juego deductivo como el ajedrez
que a una filosofía de las matemáticas. Para que funcione, debe eliminar del
arsenal del matemático formas bien establecidas de argumento lógico. Define las
matemáticas de un modo antropocéntrico: como la totalidad de todas las
deducciones paso a paso finitas a partir del cimiento de la intuición humana,
los números naturales. No hay existencia matemática antes de que tenga lugar
este proceso de construcción. Aparte de su postura anticopernicana, la noción
de que existe una «intuición» humana universal para los números naturales no
tiene un soporte histórico. El constructivista nunca puede decir si mi
intuición es la misma que la suya, o si la intuición humana ha evolucionado en
el pasado o evolucionará más en el futuro. La matemática que crea a partir de la
intuición humana es un fenómeno dependiente del tiempo que depende del
matemático involucrado en su construcción. Las matemáticas constructivistas
están cerca de ser una rama de la psicología. Plantean muchos problemas. ¿Por
qué deberíamos partir de los números naturales? ¿Qué cuenta como un posible
paso constructivo? ¿Por qué algunas construcciones son más útiles y aplicables
al mundo real que otras? ¿Por qué no podemos tener intuiciones de conjuntos
infinitos? ¿Cómo se explica la utilidad de conceptos no constructivos en el
estudio del mundo físico? Éstas son preguntas preocupantes. Después de todo,
también aparecen conjuntos infinitos en la intuición humana.
Pero el constructivismo tiene algo que enseñamos sobre el carácter matemático
de la Naturaleza. Gödel nos enseñó que siempre debe haber algunos enunciados de
la aritmética cuya verdad nunca puede ser probada o refutada, pero ¿qué pasa
con todos esos enunciados cuya verdad podemos decidir mediante los métodos
tradicionales de las matemáticas? ¿Cuántos de ellos pueden demostrar los
constructivistas? ¿Podemos construir, al menos en teoría, un computador que lea
datos de entrada, muestre el estado actual de la máquina, determine un nuevo
estado a partir del presente, y utilizar entonces el computador para decidir si
un enunciado dado es verdadero o falso en un tiempo finito? ¿Hay una
especificación para semejante «máquina» que le permita decidir si todos los
enunciados decidibles de las matemáticas son o verdaderos o falsos?
Contrariamente a las expectativas de muchos matemáticos, como Hilbert, la
respuesta resultó ser «no». Alan Turing en Cambridge, e independientemente Emil
Post y Alonzo Chuch en Princeton, encontraron enunciados tales que cualquier
máquina idealizada necesitaría un tiempo infinito para demostrar su verdad.
Son, en efecto, infinitamente más profundos que la lógica de la computación
paso a paso.
Para nuestros fines, un constructivista es un formalista con una mano atada a
la espalda. Limitando al matemático a sólo algunas de las reglas que estaba
acostumbrado a utilizar, el alcance de sus deducciones se reduce. El musicólogo
podría adoptar una visión de la música igualmente ascética, y concebir músicas
diferentes cuyas reglas de composición estuvieran limitadas de diferentes
maneras. Visto así, uno puede sentir la frustración que sentiría el compositor
al que se le asignara el conjunto de reglas más restrictivo y las menores
notas. No podría hacer nada que no pudieran hacer otros compositores, pero
muchas cosas que éstos pudieran hacer estarían fuera de su alcance. Esta es la
sensación que tienen muchos matemáticos con el constructivismo. Sin duda,
algunas matemáticas se construyen de una manera formal, pero no parece haber
ninguna razón para creer que todas lo necesitan. Una pregunta fundamental es si
todas las matemáticas necesarias para describir el Universo físico están dentro
del alcance del constructivista.
El
sonido del silencio. Descomponiendo música
… no
hay arte sin restricción. Decir que la música es un arte es decir que obedece a
reglas. El puro azar representa total libertad, y la palabra «constructo»
significa precisamente revolverse contra el azar. Un arte está definido
exactamente por el conjunto de reglas que sigue. El papel de la estética
considerada como ciencia es enumerar dichas reglas y vincularlas con las leyes
universales de la percepción.
ABRAHAM MOLES
Si
pensamos que hay algo en el vínculo antiguo entre matemáticas y música,
deberíamos intentar situar la música en una u otra de las cuatro casillas
filosóficas que acabamos de introducir —o quizá, como suele ser mejor con las
matemáticas, poner una música en una categoría y otra en otra—. Hemos concluido
que la visión platónica (absolutista) de la música parece innecesariamente
metafísica. Nos pide que creamos que el compositor descubre la música, en lugar
de inventarla. Ahora bien, aunque una visión platónica de las matemáticas puede
presentar otras pruebas en su apoyo —por ejemplo, el hecho de que matemáticas
puras, obtenidas hace tiempo, den tan a menudo una descripción física de alguna
parte del Universo físico— la filosofía platónica de la música, pese a su
antigüedad, tiene poco que decir. Adolece de todas las debilidades de la visión
platónica de las matemáticas, pero a cambio no posee ninguna de sus virtudes.
La Naturaleza no manifiesta una estructura musical; las creaciones musicales no
son culturalmente independientes; tampoco tienen muchas capas de estructura
inesperadas que las vinculen con otras creaciones musicales formalmente
distintas. La música puede ser generada, puede ser inventada, pero ciertamente
no puede ser descubierta.
Mientras que hay factores comunes que vinculan las matemáticas desarrolladas
por individuos diferentes en culturas diferentes, la música implica todo lo
contrario. Sus pautas y ritmos difieren significativamente de una cultura a
otra; los factores comunes son sus funciones. En los países musulmanes de
África del Norte y el Oriente Próximo hay poca influencia instrumental en la
música. Es monofónica, dominada por la voz que canta, y característicamente
poco melodiosa para oídos occidentales. En el África austral, el estilo cambia
de nuevo, con ritmos múltiples aportados por muchos ejecutantes. Toda esta
diversidad es un argumento convincente contra una visión platónica de la
música, sin llegar a plantear una objeción a la que debe enfrentarse la mejor
fundada visión platónica de las matemáticas: ¿cómo entramos en contacto con
este otro mundo de formas musicales? Aunque cabría esperar que pudiéramos
comunicamos con los extraterrestres utilizando el lenguaje de la música, no
esperaríamos hacer muchos progresos utilizando música.
La propia visión de la música de Platón, como su opinión de las demás bellas
artes, consistía en considerarlas como pálido reflejo de las formas ideales
invisibles de la armonía universal. Su interés en la música estaba básicamente
confinado a las armonías éticas que pudieran fluir de su interpretación, y cuya
apreciación podría acercamos al armonioso mundo ideal del que se extraía su
estructura. Por el contrario, Aristóteles, discípulo más pragmático de Platón,
se dio cuenta de que el placer que aporta la música tenía un valor que debía
algo a la impresión que causaba en nosotros la personalidad del intérprete. Las
formas ideales no eran suficientes para explicar todas las facetas individuales
que nosotros encontramos en la música. E incluso si lo fueran, ¿realmente
habríamos explicado algo? Nos quedaríamos con un cielo platónico lleno de
formas musicales, cuyas características armoniosas seguirían necesitando
explicación.
Formalismo y constructivismo difieren como visiones de las matemáticas porque
hay formas de deducción matemática que no pueden reducirse a deducciones paso a
paso a partir de los números naturales 1, 2, 3, 4… Es decir, hay pasos
deductivos que un computador no podría realizar en un tiempo finito. Esta
posibilidad no existe en la composición musical, y por ello una filosofía
formalista de la música es, en la práctica, una filosofía constructivista. Es
decir, supone que existe un conjunto de bloques constituyentes musicales
—notas, intervalos y demás— junto con el conjunto de reglas para combinarlas
para producir frases, melodías y así sucesivamente. La «música» es el conjunto
de todas las aplicaciones posibles de las reglas a los bloques constituyentes.
Se han hecho progresos considerables explorando un análisis de este tipo
gracias al trabajo pionero de Christopher Longuet-Higgins en la Universidad de
Sussex. Él ha aislado muchas de las características estructurales esenciales
que están incorporadas en la composición musical clásica en Occidente, haciendo
resaltar la estructura temporal que introducen los intérpretes expertos en su
interpretación, lo que las hace personales para ellos y atractivas para el
oyente. El éxito de este aislamiento de características definitorias de la
música atractiva puede ser entonces puesto a prueba programando un computador
para componer e interpretar de acuerdo con los mismos principios. Lo que
pretende esta producción de música generada por computador no es reemplazar la
interpretación humana, sino utilizar los matices de la composición e
interpretación musical como un test formidable de los intentos de crear formas
de inteligencia artificial. Si pudiéramos entender lo que hace el cerebro al
construir música, habríamos descubierto algo fundamental sobre su
funcionamiento.
La armonía existe porque ciertas combinaciones de notas se estiman más
agradables que otras. Una teoría de la armonía tiene que describirlas y
explicar por qué algunas parecen más naturales que otras. Longuet-Higgins ha
argumentado que puede utilizarse un modelo sencillo para la asignación de una
clave musical. Demuestra que todo intervalo musical puede representarse, de una
manera unívoca, por una combinación de tres variables: octavas, quintas
perfectas y terceras mayores. Parte del espacio tonal infinitamente repetitivo
de terceras mayores y quintas perfectas se muestra en la Figura 5.4. Cuando un
oyente escucha un pasaje musical, le atribuye una clave seleccionando una
región de este espacio. Dentro de una clave dada, uno puede ignorar la
dependencia en octavas y tratar el espacio tonal como si fuera bidimensional,
como se muestra en la Figura 5.4. Si la elección de clave da como resultado que
el oyente tenga que hacer grandes saltos en la tabla, entonces él abandona la
elección y selecciona otra región de la tabla (es decir, una clave diferente)
donde la secuencia de tonos pueda representarse de forma más compacta. Las
notas de cualquier escala se dan en grupos vecinos, cuyas formas están
determinadas por el hecho de que la clave sea mayor o menor. A partir de esta
pauta sencilla, Longuet-Higgins es capaz de poner de manifiesto todas las
maneras en las que los compositores pueden modular de una clave a otra con al
menos una nota compartida[60].
Figura 5.4.[61] Una
representación del espacio tonal que subyace a la atribución de claves
musicales propuesta por Christopher Longuet-Higgins. Dentro de una clave dada,
todos los intervalos armónicos están especificados por una configuración
bidimensional de quintas perfectas y terceras mayores. Dentro de esta
configuración cada nota está afinada una quinta perfecta más alta que la nota a
su izquierda, y una tercera mayor más alta que la nota que está inmediatamente
debajo de ella. Por lo tanto, si marcamos las notas dentro de cualquier clave
dada, aparecen en grupos de notas adyacentes, y estos grupos tienen formas
diferentes según la clave sea menor o mayor. Las modulaciones entre claves
utilizan el hecho de que dos claves cualesquiera tendrán al menos una nota en
común (C mayor está contorneada en la figura). Un oyente atribuye una clave a
un pasaje musical seleccionando una región de la configuración. Si esta
elección da como resultado que haya que dar grandes saltos dentro de la región
escogida, se abandona y se selecciona otra región en la que los tonos están
agrupados de forma más económica, y se atribuye una nueva clave.
Hay
muchas maneras de interpretar un conjunto dado de notas musicales. Algunas
suenan atractivos al oído; otros no. Esto significa que las reglas necesarias
para generar música interesante por medios artificiales —y, por consiguiente,
para definirla unívocamente como un formalismo lógico— tienen que ser mucho más
extensas que los ingredientes usuales de incluso la más detallada partitura
musical. Sin embargo, la incapacidad del oído para discriminar sonidos que
están demasiado próximos en tono e intensidad limita incluso estas reglas no
escritas a un número finito. En matemáticas, las reglas que gobiernan los pasos
lógicos permitidos son inequívocas y fácilmente establecidas. Si pudiéramos
representar delante de nosotros el enorme mar de deducciones matemáticas que se
siguen de todas las posibles hipótesis de partida, o axiomas, entonces muchos
de estos enunciados estarían vacíos de interés para los matemáticos. En
cualquier caso, serían deducciones lógicas, y por ello parte de las matemáticas
tal como están definidas. Sin embargo, la versión musical de esta situación
encuentra el reino de la música dominado por una enorme cacofonía de sonidos
que no son «musicales» en el sentido convencional. Las reglas para colocar la
nota siguiente no están en la práctica bien definidas a la manera en que está
encorsetada la lógica matemática. Podríamos hacerlas así, pero habría muchas
maneras de hacerlo; cada una de ellas produciría una definición diferente de
música y un catálogo de secuencia sonoras que el oído avezado podría distinguir
fácilmente. No hay ninguna «regla» para generar la nota siguiente en una pieza
musical que dependa sólo de la última nota, o incluso de todas las notas
interpretadas hasta entonces. Así, la imagen formalista de la música como el
conjunto de todas las secuencias de sonidos posibles que se desarrollan a
partir de todas las posibles primeras notas utilizando todos los desarrollos
posibles no captura lo que distingue la música del ruido.
Si pudiéramos examinar todas las secuencias posibles de símbolos musicales,
encontraríamos que casi todas ellas son aleatorias —en el sentido de que
ninguna abreviación de ellas podría transmitir toda su información musical a
algún otro—. La mayoría de las secuencias de números carecen de pauta y son
aleatorias en este mismo sentido. No pueden ser abreviadas reemplazando su
contenido de información por una regla más breve, una fórmula u algún otro
artificio mnemotécnico. De todas formas, ha habido intentos de generar todas
las secuencias musicales posibles —dentro de ciertos límites—. Mozart escribió
en cierta ocasión un vals que daba once variaciones posibles para catorce de
los dieciséis compases, con dos opciones adicionales para la interpretación de
uno de los otros dos compases. Esto da 2 × 1114 valses posibles —suficientes
para mantener a un millón de parejas de bailarines ocupados durante dos
millones de años—. Más recientemente, David Mutcer, un profesor de ingeniería
eléctrica de Harvard, programó un sintetizador para generar sistemáticamente
todas las melodías de cincuenta notas que pueden crearse seleccionando cada
nota de entre las ochenta y ocho del teclado del piano. El momento en que había
que tocar cada nota se decidía mediante un generador de números aleatorios. El
computador empezaba entonces a listar todas las secuencias posibles de
cincuenta notas. Con el tiempo se listarían todas las 8850 melodías posibles.
Este número es fabuloso —hay «solamente» unos 8841 átomos en el Universo
visible— y en el curso del experimento sólo se generó una minúscula fracción de
posibilidades. Como cabría esperar, la inmensa mayoría de las «melodías»
producidas hasta ahora por la Máquina musical de Mutcer son indistinguibles del
ruido, aunque ocasionalmente surgirá una canción agradable y vagamente
familiar. Pero incluso con una conocida melodía de 50 notas, la versión
generada por computador sonará plana y poco interesante para la mayoría de los
oídos, porque el proceso de generación no permite variación en los intervalos
entre notas, y excluye todas las posibilidades armónicas que se añaden cuando
suenan al mismo tiempo acordes múltiples en lugar de notas únicas.
El
juego de imitación. Languidez
En
definitiva, toda la confusión de valores procede de la misma fuente: el
desprecio de la importancia intrínseca del medio.
JOHN DEWEY
Hay
una manera útil de clasificar los atributos de las cosas que encontramos en el
mundo. Los atributos más simples son aquellos para los que existe un
procedimiento definido para determinar si algo lo posee o no. Los seres humanos
pueden a veces realizar este test sin ayuda de máquinas; por ejemplo, podemos
decir si un objeto flota en el agua o si un número dado es par o impar. Los
tests para algunos atributos, aunque sencillos en principio, son extremadamente
laboriosos de realizar: por ejemplo, en teoría siempre podemos decir si un
número es primo o no, pero si el número es grande, necesitaremos la ayuda de un
computador rápido, y si el número es muy grande (con miles de dígitos),
entonces incluso nuestros computadores más rápidos podrían necesitar miles de
años para decirlo. De todas formas, en teoría, la comprobación podría llevarse
a cabo para cualquier número dado, y la respuesta encontrada sería «primo» o
«no primo». Reflexionando sobre esto, vemos que buena parte de nuestro sistema
educativo está dedicado a enseñar a los jóvenes (y no tan jóvenes) a detectar
la presencia o ausencia de atributos de esta manera: «¿es esto un verbo?»; «¿es
esta frase gramaticalmente correcta?»; «¿es este triángulo equilátero?», y así
sucesivamente. Estamos tan acostumbrados a la solución tecnológica de nuestros
problemas que es fácil sacar la falsa idea de que podemos decidir la presencia
o ausencia de cualquier atributo de un modo similar, simplemente haciendo
computadores más rápidos. No es así ni mucho menos. De hecho, ni siquiera es
posible decidir la verdad o falsedad de todos los enunciados de la aritmética
mediante implementación de un programa informático[62]. Así pues,
existen atributos del mundo cuya verdad o falsedad no puede decidirse por la
aplicación de un test que necesite implementar un número finito de pasos.
Otra propiedad que podemos pedir de un atributo del mundo es que sea
«listable»: es decir, ¿existe un procedimiento definido que liste todos los
ejemplos que poseen el atributo? Esta lista podría ser infinita (como sería el
caso si el atributo fuera algo como ser un número par), en cuyo caso el proceso
de listado continuaría indefinidamente. La «listabilidad» difiere de la
decibilidad porque, aunque un atributo puede ser listable, puede no haber
ninguna manera de listar todas las entidades que poseen el atributo en
cuestión. El problema de decidir si esta página está escrita en un lenguaje
ortográficamente correcto es un problema decidible. La página contiene un
número finito de palabras, y cada una de ellas puede ser comparada con las
entradas del diccionario en todos los casos y tiempos verbales. (Esto es lo que
hace el «corrector ortográfico» de un procesador de textos). Cada palabra puede
juzgarse correcta o incorrecta por ese (o cualquier otro) criterio. De todas
formas, esta página de palabras inmaculadamente escritas podría seguir estando
garabateada en cualquier lenguaje conocido. Sin embargo, aunque un corrector
ortográfico no encontrará ninguna incorrección en la página, el texto seguiría
siendo carente de significado para un lector que no supiera nada de la lengua
en la que está escrito. A medida que el lector fuera aprendiendo dicha lengua,
las partes de la página irían adquiriendo significado; pero no podríamos
predecir qué partes se harían inteligibles, ni podríamos predecir si el lector
escribiría una página idéntica en el futuro. La propiedad de ser una parte
inteligible del lenguaje es así listable pero no decidible.
Por desgracia, la verdad no es una propiedad listable ni decidible; ni lo es la
verdad de un enunciado de la aritmética. El lógico norteamericano John Myhill
ha utilizado el término «prospectivo» para caracterizar aquellos atributos del
mundo que no son listables ni decidibles. Son propiedades que no pueden
reconocerse mediante la aplicación de una fórmula hecha para conformarse a una
regla o generada por algún programa informático. Están caracterizadas por una
incesante novedad que no puede ser abarcada por ningún conjunto finito de
reglas. «Belleza», «fealdad», «verdad», «armonía», «simplicidad» y «poesía» son
nombres que damos a algunos de los atributos de este tipo. No hay manera de
listar todos los ejemplos de belleza o fealdad, ni ningún procedimiento para
decir si algo posee o no cualquiera de estos atributos sin redefinirlos de
alguna manera más restrictiva que mata su carácter prospectivo.
La división de los atributos del mundo en aquellos con propiedades decidibles,
listables y prospectivas ayuda a clarificar dónde fallan los intentos de
imponer filosofías de las matemáticas a la música. Podríamos listar todas las
secuencias sonoras posibles generadas por una lista prescrita de instrumentos
que tocan solos o al unísono, pero no podríamos implementar un criterio
universal para decidir si sonarían armoniosos o no, ni podríamos escribir un
programa que generara el subconjunto de todas las pautas sonoras que fueran
«armoniosas» —y mucho menos «significativas»— para el oyente humano. El
atractivo musical es una propiedad prospectiva. Si parece que pudiera ser
listable o decidible es solamente porque, como las palabras en una página, la
música se escribe utilizando un número finito de marcas simbólicas en hojas de
papel. Pero esa receta es necesariamente incompleta, y gran parte del atractivo
de la música se añade en el proceso especial de traducción que llamamos
interpretación.
La filosofía invencionista es una explicación implausible para el conjunto de
las matemáticas porque no explica la irrazonable efectividad de las
descripciones matemáticas de la Naturaleza —descripciones que son más
impresionantes cuanto más nos alejamos de los fenómenos de, la experiencia
humana inmediata y pasada—. Una filosofía invencionista de la música es más
convincente. Ve la música simplemente como una actividad de los músicos. Su
carácter es universal sólo con respecto a ciertos elementos psicoacústicos
asociados a características fisiológicas o neurológicas comunes a los oyentes
humanos o que apelan a las propiedades universales del sonido. En otros
aspectos refleja la diversidad de culturas humanas, de tendencias sociales y de
nuestras reacciones a dichas tendencias.
El
sonido de la música. Oír y escuchar
Somos
reacios, en lo que se refiere a la música, a examinar nuestras fuentes de
placer o tensión. En parte tememos el propio éxito —tememos que entender
pudiera estropear el disfrute—. Es exacto: el arte a menudo pierde poder cuando
se exponen sus raíces psicológicas.
MARVIN MINSKY
La
explicación adaptacionista para la llegada y maduración satisfactoria de una
capacidad como la musical atribuye su ubicuidad al hecho de que, en resumidas,
cuentas, su posesión es ventajosa para los seres humanos. Alternativamente, se
podría poner mayor énfasis en los aspectos instintivos de la capacidad mental y
tratar de demostrar que está modelada principalmente por la selección natural,
en lugar de ser adquirida por aprendizaje o como un subproducto de la
programación genética para alguna otra cosa[63]. Por el
contrario la mayoría de los psicólogos sociales tratan de atribuir las
capacidades humanas a los contextos sociales concretos dentro de los cuales se
desarrollan los individuos o a la interacción repetida entre individuos. El
científico social podría ver el estilo y el contenido musical como un producto
de intereses humanos específicos o restricciones económicas. Desde otro punto
de vista, un físico podría tratar la armonía musical simplemente como un
fenómeno sónico recibido por un analizador de frecuencias (el oído) conectado a
un computador (el cerebro) que es sensible a pulsos de sonidos estructurados
dentro de intervalos prescritos de frecuencia e intensidad. Sería necesaria
otra rama de estudio, la «psicoacústica», para descubrir la relación entre las
principales propiedades físicas del sonido —su frecuencia, intensidad o
variación espectral— y las cualidades de tono, sonoridad y timbre percibidas
por los oyentes. En el resto de este capítulo veremos qué luz puede arrojarse
sobre la Naturaleza e influencia del sonido musical adoptando el punto de vista
del físico. Esto nos ayudará a aislar qué propiedades de la música se hacen
inevitables para nosotros por las características fisiológicas y neurológicas
de la condición humana.
Una obra de arte debería mostrar orden en algún nivel discernible
—preferiblemente en muchos niveles—. Este ordenamiento significa que hay una
pauta y un conjunto de reglas para combinar sonidos o colores de acuerdo con el
medio empleado para representar la pauta. En el caso de la música, los
resultados pueden verse de cuatro maneras: en términos de las materias primas
utilizadas, los sonidos que transmite la música, las respuestas psicológicas a
ellos o el contenido de información de la música. Una comprensión de lo que «es»
la música requiere una discusión de todos estos aspectos. Ninguno de ellos por
sí solo puede dar la imagen completa, pero cada uno ofrece intuiciones
importantes. Por ejemplo, podemos estudiar la música como un fenómeno acústico
para descubrir si la música emocionalmente atractiva posee características
comunes; entonces, relacionando dichas propiedades con nuestro aparato
perceptivo, podríamos descubrir por qué algunas pautas acústicas producen
fuertes respuestas psicológicas.
Deberíamos empezar poniendo la música en un contexto acústico más amplio. Lo
que llamamos el «tono» de un sonido está determinado por la frecuencia de la
vibración que excita nuestros oídos. Cuando los sonidos tienen frecuencias más
bajas que unos 16 ciclos por segundo[64] dejamos
de oírlos y empezamos a sentirlos como vibraciones en nuestro entorno. Este
dominio de frecuencias muy bajas se denomina la región infrasónica[65]. Por encima
de 20 kHz, los sonidos entran en la región ultrasónica —una vez más, fuera del
rango de nuestra audición, aunque los niños pequeños pueden oír en general
frecuencias ligeramente más altas que los adultos—. Muchos animales, como los
gatos y los perros, pueden oír frecuencias mucho más altas: hasta 60 kHz en el
caso de los gatos. Pero con un umbral superior que es 1250 veces mayor que el
inferior, el rango de frecuencias sonoras a las que es sensible el oído humano
es enorme frente el rango minúsculo, apenas un valor doble del umbral superior
frente al inferior, de frecuencias luminosas que el ojo humano puede detectar.
La densidad y la calidad mucho mayor de la información que procesa el sentido
de la vista sale enormemente cara en términos de recursos del cerebro. Extender
dichas capacidades visuales sobre un rango de frecuencias mucho más amplio no
hubiera representado la utilización óptima de recursos mentales en un ambiente
que estaba en oscuridad la mitad del día.
Después de la frecuencia, la propiedad más importante del sonido es su nivel de
intensidad: su volumen sonoro. De nuevo, la fisiología humana determina qué
niveles sonoros podemos oír. El umbral inferior de audibilidad humana define el
nivel de decibelios cero, y los sonidos por encima de aproximadamente 130
decibelios son suficientemente intensos para producir sordera. Estos números
requieren una explicación adicional. Los niveles de intensidad sonora se miden
normalmente en «decibelios», donde un decibelio (abreviadamente dB) se define
como diez veces el logaritmo (en base diez) del nivel sonoro en unidades de un
nivel de intensidad de 10−12 vatios por metro cuadrado. Esto suena un poco
bizantino, pero se define así para que un decibelio sea igual aproximadamente
al sonido más débil que puede oír una persona normal. Así, una intensidad
sonora que es mil veces el nivel básico correspondería a 30 dB. Es útil
comparar estos números con los niveles sonoros más familiares: el ruido de los
árboles sujetos a la brisa, cuando caminamos por el bosque en un día de
primavera, produce de 10 a 18 dB, una orquesta produce entre 40 y 100 dB; una
conversación ordinaria produce unos 65 dB, pero un susurro poco más que 16 dB;
el tráfico a la hora punta puede generar 30 dB; un martilleo enérgico, o un trueno,
crea unos 110 dB. Nuestro umbral inferior de audición testimonia una
extraordinaria sensibilidad. El sonido audible más suave a una frecuencia de
1000 Hz es el resultado de que la membrana interna del oído es desplazada una
décima parte del diámetro de un átomo de hidrógeno. Esto está sólo un poco por
encima del nivel sonoro creado por el continuo golpeteo en el tímpano por parte
de moléculas de aire a las temperaturas ordinarias[66]. En las
Figuras 5.5 y 5.7 se muestran los dominios de intensidad y frecuencia que son
accesibles al oído, junto con las regiones utilizadas en la música.
Figura 5.5. La región audible dentro del dominio de intensidad sonora (en
decibelios) y frecuencia (medida en hertzios).
El
sonido de la música percibido depende delicadamente de la arquitectura del
oído. Como sucede con nuestros otros órganos sensoriales, el oído es una
estructura de extraordinaria complejidad. El tímpano es una fina membrana que
separa el oído medio del oído externo. Permanece en contacto con el aire a
presión atmosférica a ambos lados vía la trompa de Eustaquio (véase la Figura
5.6). Una onda sonora incidente crea una sucesión de compresiones y
dilataciones en el aire dentro del canal auditivo del oído externo. Esto
produce variaciones de presión en el tímpano, que le hacen vibrar de un lado a
otro. Estas vibraciones son transmitidas por una cadena de huesecillos, a lo
largo del oído medio, hasta una abertura en el oído interno, donde perturban un
fluido que transmite las perturbaciones a la cóclea. A continuación, éstas
perturban la membrana basilar, cuyos movimientos son registrados por minúsculas
células ciliadas que son capaces de transmitir estas señales al sistema
nervioso central donde, finalmente, se registra la sensación que llamamos
«oír».
Figura 5.6. El oído humano; (b) detalle fino del oído medio e interno que
muestra las componentes que transmiten las vibraciones del tímpano por la
cadena de huesos (martillo, yunque y estribo), a través de la ventana oval,
donde las perturbaciones se crean en el fluido perilinfático que pone en
movimiento la membrana basilar. Este movimiento es recogido por células
ciliadas, cuya respuesta envía señales al sistema nervioso. Los sonidos de baja
frecuencia activan las células ciliadas en el extremo lejano de la membrana;
las altas frecuencias excitan sólo las células próximas al área de la ventana
redonda.
Estas
señales sólo son enviadas cuando las vibraciones incidentes tienen frecuencias
en el rango «audible», 16 Hz a 20 kHz. Percibimos la frecuencia de estas
oscilaciones como su «tono»; su amplitud, que aumenta con la magnitud de las
variaciones de presión en el aire dentro del canal auditivo, se siente como
«intensidad». El oído no responde por igual a todas las frecuencias incidentes
dentro del rango audible: percibirá que sonidos con las mismas intensidades,
pero diferentes frecuencias, tienen volúmenes sonoros ligeramente diferentes.
Una característica interesante de la música, como muchos otros ejemplos de
fenómenos complejos emergentes, es la forma en que ha evolucionado para llenar
el dominio intensidad-frecuencia disponible. La historia muestra que la música
se ha estado haciendo cada vez más intensa y más diversa en su rango de tonos.
Antes del Renacimiento, el tono musical de las frecuencias fundamentales iba
desde aproximadamente 100 a 1000 Hz, y reflejaba el rango de frecuencias de la
voz humana. A medida que se han añadido nuevos instrumentos al repertorio
orquestal, este rango se ha ampliado continuamente. La llegada de la música
electrónica con sintetizador significa que ahora no hay prácticamente barreras
para las frecuencias (o intensidades) de los sonidos musicales que pueden
generarse. Una comparación de los dominios de la música prerrenacentista y la
música orquestal del siglo XIX se muestra en la Figura 5.7.
Figura 5.7. Los rangos de intensidades sonoras y frecuencias empleadas en la
música occidental han evolucionado para llenar una fracción más grande del
rango audible completo. Aquí el dominio de la música del Renacimiento se
compara con el de la música orquestal del siglo XIX. La música electrónica
moderna puede ser diseñada, en principio, para llenar todo el dominio audible
de la Figura 5.5.
Cada
instrumento tiene un rango dinámico relativamente estrecho, mucho más pequeño
que el de la orquesta en conjunto, o que el del piano, que llena el mayor rango
de frecuencias, como se muestra en la Figura 5.8.
Figura 5.8. Los rangos de frecuencias de los instrumentos musicales modernos
y las voces humanas comparadas con el rango del teclado del piano.
Nuestra
capacidad auditiva ha evolucionado para interpretar cambios de tono más que
niveles absolutos de tono. Se ha mostrado más económico invertir recursos
neurológicos en sentir cambios de tono en lugar de desarrollar la calibración
más sofisticada que se necesita para un reconocimiento de patrones absoluto. De
todas formas, algunas personas tienen la capacidad de reconocer, o producir,
notas en un tono absoluto. Esta envidiada capacidad se denomina «oído
absoluto». Nuestros oídos son sensibles a cambios en frecuencia de meramente
una mitad de un 1 por 100 en el rango audible. El cerebro hace poco o ningún
uso a largo plazo de la información sobre niveles de tono absolutos. La mayoría
de nosotros recuerda esta información solamente durante algunos minutos. No se
sabe si podríamos enseñar a niños muy pequeños a tener perfecto reconocimiento
del tono en las tempranas etapas de su desarrollo mental, de modo que la
información de tono llegue con el tiempo a almacenarse también en la memoria a
largo plazo.
Otra curiosidad de nuestra sensibilidad a cambios de tono es que está
infrautilizada en el sonido musical. La música occidental, en particular, está
basada en escalas que utilizan cambios de tono que son al menos veinte veces
mayores que los cambios más pequeños que podríamos percibir. Si utilizáramos al
máximo nuestro poder discriminatorio, podríamos generar un mar ondulante de
sonidos que mostrara una frecuencia cambiante de forma continua, similar a los
cantos sónicos submarinos de delfines y ballenas.
Cuando el cerebro recibe secuencias de tonos musicales, hace lo mismo que hace
con otras pautas: intenta «interpretarlas» sintiendo el mínimo número de
matices dentro de la señal. Si esta estrategia falla para identificar la señal,
el cerebro hace uso entonces de información almacenada en su memoria a largo
plazo sobre experiencias similares anteriores. Esta información puede permitir
que sean anticipados algunos aspectos de una señal futura —como sucede cuando
oímos las primeras notas de una canción familiar—. Esta capacidad para
extrapolar hacia adelante sobre la base de la experiencia pasada es una forma
de esa capacidad que llamamos «inteligencia»; puede aumentar espectacularmente
las probabilidades de supervivencia de un organismo. La forma alternativa de tratar
este entorno es por reacción instintiva. Los instintos son respuestas
preprogramadas a situaciones bien definidas; a diferencia de las respuestas
aprendidas, no pueden ser actualizados continuamente. Las respuestas
instintivas son mucho más simples y más económicas en su uso de programación y
recursos neurológicos. Son más «baratas» de desarrollar que los comportamientos
aprendidos, pero es mucho más probable que se muestren desventajosas cuando se
tropieza con novedades —como, por ejemplo, en forma de rápido cambio ambiental
o nuevas formas de competencia—. De todas formas, los comportamientos
instintivos no deberían ser considerados necesariamente como de segunda fila.
Nuestro atributo más extraordinario, el del lenguaje, parece ser de este tipo instintivo.
Se han hecho estudios para identificar la respuesta del cerebro a la ausencia
de un estímulo esperado. Hay un retraso con respecto a la respuesta que produce
el estímulo esperado. Algún procedimiento de reevaluación entra en juego cuando
el estímulo esperado se encuentra ausente. Podríamos asociarlo con la tensión
que se crea cuando un desarrollo musical sigue caminos nuevos o inesperados, o
cuando un sonido es inesperadamente discordante. Una obra musical muy compleja
estimulará los nervios auditivos, y con ello el cerebro, para producir un gran
número de encajes y extrapolaciones a una gran velocidad. El hecho de que los
amantes de la música tengan una experiencia agradable al oír la misma pieza
musical en muchas ocasiones sugiere que esta respuesta neurológica se da
automáticamente cuando quiera que se escucha la música. Quienes obtienen poco o
ningún placer de la música quizá tengan sistemas nerviosos auditivos que sólo
pueden manejar información de este tipo a un ritmo más lento y, con ello la experiencia
entera es poco o nada estimulante. Cuando se da algún cambio sutil en el sonido
que estimula al amante de la música, y quizá produce también alguna otra
emoción, los procesadores de sonido del oyente menos musical están ya saturados
por el flujo subyacente de información musical; por ello esta nueva sutileza no
produce ninguna respuesta —incluso si, a nivel puramente acústico, es oída.
La percepción del sonido musical también está influida por el escenario en que
se oye. Este efecto ambiental es familiar para nosotros: todos pensamos que
cantamos mejor en el baño, pero no tan bien al aire libre[67].
Aunque hemos estado construyendo auditorios desde la época de los primeros
griegos, hace 2500 años, sus acústicas no eran plenamente entendidas, de una
manera que les permitiera ser optimizadas para la interpretación musical, hasta
los primeros años del siglo XX. Incluso hoy, los diseños para mejorar las
calidades acústicas de una sala de conciertos pueden verse comprometidos por
las necesidades de seguridad estructural, tamaño, coste y apariencia
arquitectónica. Aunque muchos factores se combinan para determinar la calidad
del sonido que oye una audiencia en un edificio, la característica más
importante de un auditorio es su tiempo de reverberación. Este es una medida de
la rapidez con que se desvanece la audibilidad de cualquier sonido reflejado.
Más exactamente, es el tiempo requerido para que el sonido disminuya un millón
de veces en intensidad (es decir, en 60 dB). Una buena sala de conciertos
tendrá un tiempo de reverberación de unos dos segundos.
Es importante que el sonido decaiga suavemente, a un ritmo constante. Si el
decaimiento fuera esporádico, u ocurriera rápidamente durante un segundo y se
frenase luego, la música sonaría muy desigual. Nuestro sistema auditivo
recibiría simultáneamente sonidos que se generaron en instantes diferentes y se
enfrentaría al formidable problema de reconstruir su ordenamiento original
frente a tiempos de decaimiento variables: entonces no seríamos capaces de
discernirlos con suficiente claridad para reconstruir una frase musical suave.
Figura 5.9. Los mejores tiempos de reverberación para edificios de volúmenes
diferentes. El tiempo de reverberación óptimo depende del tipo de sonido que se
está produciendo. Hay una reverberación excesiva cuando el auditorio es
demasiado grande —normalmente porque el techo está demasiado alto— o donde las
superficies interiores reflejan con demasiada facilidad el sonido incidente.
Para
entender por qué hay tiempos de reverberación óptimos para diferentes
variedades de sonido tenemos que ser conscientes del hecho de que
aproximadamente tres cuartas partes de la intensidad del sonido se disiparán en
una décima parte del tiempo de reverberación; después de esta cantidad de
atenuación, el oído está listo para distinguir un nuevo sonido. Por
consiguiente, una décima parte del tiempo de reverberación da, recíprocamente,
el número de nuevos sonidos que el oído puede resolver por segundo cómodamente.
Esto revela que deberíamos diseñar una sala de conferencias con un tiempo de
reverberación de aproximadamente medio segundo, de modo que una audiencia
percibiera distintos nuevos sonidos a un ritmo de aproximadamente veinte por
segundo —un buen ajuste para el ritmo de producción de nuevos sonidos por un
hablante humano y de su recepción por un oyente humano—. Pero esta sala sería
un mal auditorio para la música. Casi toda la música suena mejor en salas con
un tiempo de reverberación de unos dos segundos, lo que proporciona a los
oyentes cinco nuevos sonidos por segundo, próximo al ritmo de interpretación de
notas en muchas formas de música. Si el tiempo de reverberación es demasiado
largo, el sonido se hace confuso porque la audiencia oye simultáneamente
demasiadas notas producidas en instantes diferentes. Pero si el tiempo de
reverberación es demasiado corto, entonces cada sonido es oído como si
estuviera aislado, en lugar de como una parte de una frase musical continua. En
la Figura 5.9 se muestran algunos tiempos de reverberación para diferentes
tipos de edificios cerrados.
Los ingenieros acústicos intentan predecir la calidad acústica de una sala de
conciertos utilizando simulaciones por computador para descubrir cómo dependen
las propiedades acústicas de características como la reflectividad de las
paredes, el tamaño y forma de la sala o el lugar en que se encuentre el oyente
en su interior. El pionero de estos estudios cuantitativos fue un notable
científico norteamericano, Wallace Sabine, cuyo interés por tales problemas se
despertó cuando, en 1895, la Universidad de Harvard le pidió que descubriera
por qué las conferencias impartidas en la sala de conferencias de la
universidad recién inaugurada en el Fogg Art Museum estaban resultando ininteligibles
para sus audiencias. Dando muestra de una admirable confianza en la lucidez del
profesorado de Harvard, Sabine inició un laborioso trabajo detectivesco
utilizando diferentes fuentes de sonido y un cronómetro. Descubrió que el
tiempo de reverberación muy largo de la sala (5,62 segundos en casi todas
partes) era el responsable de hacer que los estudiantes pensaran que se habían
matriculado en la Universidad de Babel. Colocando rellenos absorbentes en
algunas de las paredes, y cojines en los asientos, redujo la persistencia de la
voz del conferenciante al rebajar el tiempo de reverberación a aproximadamente
1,1 segundos, y el problema de la universidad quedó resuelto, Sabine pasó a
cosas mayores. En 1890 hizo el diseño acústico para la nueva Sala Sinfónica de
Boston —que al decir de algunos sigue siendo, acústicamente, la mejor sala de
conciertos del mundo—. Determinó el tiempo de reverberación óptimo para la
música realizando ensayos con diversos músicos y oyentes entrenados para llegar
a cierta unanimidad, y la diseñó en consecuencia[68].
Estilos de habla y de canto diferentes se oyen mejor en auditorios con tiempos
de reverberación óptimos que varían con el volumen de la sala para diferentes
tipos de generación de sonido estructurado; algunos se muestran en la Figura
5.9. Estas tendencias arrojan luz sobre el vínculo entre la evolución de los
estilos musicales durante siglos y la naturaleza de los edificios en los que se
interpretaba la música. La gran música coral y de órgano ejemplifica el lento y
majestuoso sonido que se oye mejor en edificios como catedrales enormes, con
grandes tiempos de reverberación. Así, los factores arquitectónicos realzan la
atmósfera trascendental de este elemento musical del culto religioso.
Por el contrario, la música del período Barroco (1600-1750), que alcanza su
clímax con Bach, estaba compuesta generalmente para ser interpretada en salas
pequeñas, teatros e iglesias, con paredes muy reflectantes. Estos ambientes son
más íntimos y tienen tiempos de reverberación relativamente cortos: en o por
debajo de unos 1,5 segundos. Gran parte de la variación estilística que
manifiesta la música en este período es un reflejo del amplio abanico de
lugares, con diferentes tiempos de reverberación, en los que se pretendía que
su interpretación sonara fresca y clara. Durante el período Clásico (1775-1825)
que le siguió, la constitución de la orquesta de conciertos evolucionó hasta su
forma actual, aunque la música se interpretaba generalmente en salas de
conciertos bastante más pequeñas que las que se utilizan hoy —típicamente con
tiempos de reverberación próximos a 1,5 segundos, que aumentan hasta 1,8
segundos en los mayores auditorios del siglo XIX—. Ésta es una razón por la que
la música clásica suena ahora mejor en salas de conciertos con este estrecho
intervalo de tiempos de reverberación. Por el contrario, los últimos
compositores románticos, como Tchaikovski y Berlioz, requieren mayores tiempos
de reverberación para que se sienta plenamente el efecto emocional de su
música. No es sorprendente enterarse de que dichas obras fueron escritas en una
época en que podían ser interpretadas en las primeras salas de conciertos
grandes con tiempos de reverberación de dos segundos.
Aventuras
de Roderick Random. Ruido blanco, ruido rosa y ruido negro
De
todos los ruidos, creo que la música es el menos desagradable.
SAMUEL JOHNSON
El
mundo que nos rodea está lleno de pautas: de luz, de sonido y de conducta. Como
resultado, el mundo se encuentra bien descrito por las matemáticas, porque las
matemáticas son el estudio de todas las pautas posibles. Algunas de dichas
pautas tienen expresiones concretas en el mundo que nos rodea, donde vemos
espirales, círculos y cuadrados. Otras son extensiones abstractas de estos
ejemplos mundanos, pero otras parecen residir solamente en las mentes fecundas
de sus inventores. Visto así, vemos por qué tiene que haber algo afín a las
«matemáticas» en el Universo en que vivimos. Nosotros, y todos los demás seres
sintientes, somos en el fondo ejemplos de complejidad organizada: somos pautas
complejas estables en el tejido del Universo. Para que haya vida con alguna
figura o forma debe haber un alejamiento de la aleatoriedad o la irracionalidad
total. Donde hay vida hay pauta, y donde hay pauta hay matemáticas. Una vez que
existe el germen de la racionalidad y el orden para convertir un caos en un
cosmos, también lo hacen las matemáticas. No podría haber un universo no
matemático que contuviera observadores vivos.
De todas formas, quizá podría haber existido solamente una pizca de orden en el
corazón de las cosas. La parte de la realidad que se cruza con nuestra historia
evolutiva provinciana podría ser una mera gota en un océano de irracionalidad.
Alternativamente, el orden que hay detrás del mundo, y con ello las matemáticas
necesarias para describirlo, podría ser de un tipo profundo e incomputable. Las
pautas de la Naturaleza podrían ser indescifrables por cualquier subconjunto
vivo de dichas pautas. Si la estructura matemática de un mundo semejante
estuviera llena de las funciones esquivas e incomputables de Turing, entonces
las matemáticas no ayudarían a sus habitantes a predecir el futuro, explicar el
pasado o capturar el presente. Pero, una vez más, quizá tales mundos no
estarían habitados por seres sintientes. Para que tales criaturas sobrevivieran
en un entorno natural complejo, deberían existir algunas regularidades dentro
de dicho entorno, y las mentes preconscientes deberían ser capaces de encarnar
algunas de estas regularidades ambientales. Para que evolucione con éxito la
complejidad debe ser capaz de almacenar representaciones de su entorno y realizar
computaciones de complejidad cada vez mayor. El éxito de este proceso descansa
en un cimiento de pautas fiables que puedan aproximarse paso a paso. Un mundo
gobernado por estructuras matemáticas incomputables no permite que la vida
evolucione por una sucesión de pequeñas variaciones, cada una de las cuales
produce una adaptación mejorada a la realidad. Tales mundos carecerían de vida.
Vista a esta luz, la existencia de un cierto nivel de orden discernible en el
mundo natural no es inesperada ni misteriosa, al menos no más —y no menos— que
su propia existencia.
Enfrentados a una conclusión de este tipo, necesitamos examinar más de cerca
las pautas naturales que nos rodean. Las formas artísticas como la música son
pautas también, pero parecen tener poco en común con la Naturaleza. La música
no suena como una imitación de nada. Pero si hemos evolucionado para entender
las pautas variables de un entorno complejo, puede haber formas de complejidad
que se dan naturalmente y que nuestros cerebros están capacitados para
aprender. En tales circunstancias cabría esperar que la apreciación artística
emerja como un subproducto de aquellas adaptaciones evolutivas que se acomodan
a pautas de variación vitales. La música que encontramos atractiva podría así
compartir algunas características exhibidas por las pautas naturales de sonido.
Para encontrar la mejor manera de clasificar pautas sonoras naturales y
artificiales es conveniente ver cómo estudian el sonido los ingenieros. Una
cantidad útil es el espectro de potencias de la señal, que muestra cómo varía
con la frecuencia el comportamiento promedio de una magnitud que cambia en el
tiempo. Si el sonido es oscilatorio, el promedio se toma sobre un tiempo mucho
mayor que el período de una simple oscilación (típicamente sobre más de treinta
oscilaciones). Otra cantidad informativa, la función de autocorrelación de la
señal, es una medida de cómo están relacionadas las señales en dos instantes t
y (t + T). Si la señal es en promedio siempre la misma, entonces la función de
autocorrelación no dependerá del tiempo absoluto t, sino meramente del
intervalo de tiempo, T, entre diferentes observaciones de la señal.
Secuencias sonoras definidas por un espectro de potencias son lo que físicos e
ingenieros llaman «ruido». Una característica importante del espectro de
potencias de muchas fuentes de ruido natural es que son proporcionales a una
potencia matemática de la frecuencia de la señal sobre un intervalo muy amplio
de frecuencias. En este caso, no hay ninguna frecuencia especial que
caracterice el proceso —como sería el resultado de tocar repetidamente una nota
con la frecuencia del la central, por ejemplo—. Tales procesos se denominan
libres de escala. Si dividimos por la mitad o duplicamos todas las frecuencias,
entonces un espectro libre de escala seguiría conservando la misma forma. En un
proceso libre de escala, cualquier cosa que suceda en un intervalo de
frecuencias sucede en todos los intervalos de frecuencias. Si la música fuera
exactamente libre de escala en todo su intervalo de frecuencias, un registro
discográfico sonaría igual a cualquier velocidad (si se hicieran cambios
compensatorios en el volumen). Obviamente, la voz humana está lejos de ser
libre de escala durante todo el intervalo de frecuencias de la conversación normal,
porque sabemos que una emisión acelerada de la voz humana suena
característicamente como el Pato Donald[69]. Del mismo
modo, un violonchelo o un violín suenan muy diferentes cuando se aceleran o se
frenan; por el contrario ruidos puros libres de escala sonarían igual.
Los procesos libres de escala tienen espectros de potencias que son
proporcionales a potencias inversas de la frecuencia f, como f−a. El carácter
del ruido cambia significativamente si se altera el valor de la constante a. Si
el ruido es completamente aleatorio, de modo que cada sonido es completamente
independiente de sus predecesores, entonces a es cero, y el proceso se denomina
ruido blanco (véase la Figura 5.10a). Como la mezcla espectral a la que
llamamos luz blanca, el ruido blanco es acústicamente «incoloro» —igualmente
anónimo, uniforme e impredecible en todas las frecuencias, y ello a cualquier
velocidad que se reproduzca—. Tiene autocorrelación nula. Cuando un televisor
no recibe señal, la «nieve» que llena la pantalla es una muestra visual de
ruido blanco que aparece debido al movimiento aleatorio de los electrones en
los circuitos. A bajas intensidades, el ruido blanco tiene un efecto suavizante
debido a su falta de correlaciones discernibles. Por esta razón, hay en el
mercado máquinas de ruido blanco para producir un ruido de fondo tranquilizador
que se parece al sonido de las olas que rompen suavemente.
La ausencia de cualquier correlación entre muestras de ruido blanco en
instantes diferentes significa que su secuencia sonora es invariablemente
«sorprendente» en el sentido de que no puede preverse el próximo sonido a
partir de su predecesor. Por el contrario, un ruido libre de escala con a = 2
produce una secuencia de sonidos más correlacionada, llamada ruido marrón[70] (véase
la Figura 5.10b). El ruido marrón resulta bastante indiferente al oído; su alto
grado de correlación hace su curso bastante predecible. «Recuerda» algo de su
historia. Cuando a se hace mayor que 3, entramos en el dominio de los ruidos
negros, que son todavía más correlacionados (Figura 5.10c). Tales procesos
parecen describir la estadística de una amplia variedad de desastres tanto
naturales como debidos al hombre, desde terremotos y diluvios a hundimientos de
bolsa y choques de trenes. La apariencia altamente correlacionada de tales
catástrofes podría tomarse como una base para el viejo adagio de que «las
desgracias nunca vienen solas». Ninguno de estos ruidos «coloreados» es
estéticamente agradable. Producen secuencias de sonidos que son o demasiado
predecibles o demasiado sorprendentes para estimular durante mucho tiempo las
rutinas de análisis de pautas de la mente. Los ruidos negros o marrones no
dejan ninguna expectativa insatisfecha, mientras que los ruidos blancos carecen
de cualquier expectativa que necesite satisfacerse. Esto sugiere que en algún
lugar entre estos extremos de sorpresa y predecibilidad nula podría haber
pautas que contengan suficiente de ambas cosas para despertar nuestras
sensibilidades.
Entre el ruido blanco y el marrón, cuando a está entre 0 y 2, se encuentra el
dominio del «ruido rosa» (véase la Figura 5.11). El ejemplo más interesante es
el caso intermedio en que a = 1, que los ingenieros llaman «ruido 1/f» o «ruido
parpadeante». La característica más interesante del ruido rosa es que está
moderadamente correlacionado en todas las escalas de tiempo y, por ello, en
promedio, debería mostrar una estructura «interesante» en todos los intervalos
temporales.
Figura 5.10. Muestras de (a) ruido blanco, (b) ruido marrón y (c) ruido
negro.
En
1975 Richard Voss y John Clarke, dos físicos de la Universidad de California en
Berkeley, analizaron una variedad de registros musicales y emisiones
radiofónicas para ver si mostraban alguna afinidad espectral con ruidos libres
de escala. Sus resultados fueron sorprendentes. Descubrieron que un amplio
abanico de composiciones clásicas se aproximaban estrechamente por un ruido
rosa 1/f en un amplio intervalo de frecuencias. Del mismo modo, se encontraban
atractivas composiciones musicales sintéticas en las que tanto la frecuencia
del tono como la duración de las notas eran seleccionadas a partir de
estadística 1/f. Por el contrario, fuentes de ruido blanco y marrón se
encontraban poco interesantes.
Figura 5.11. Muestra de ruido 1/f o «rosa».
Figura 5.12. La densidad espectral de la potencia de audio («volumen
sonoro») versus frecuencia sonora, f, en unidades logarítmicas para el Primer
concierto de Brandeburgo de Bach, medida por Richard Voss y John Clarke.
Centrándose
en composiciones musicales concretas, Voss y Clarke estudiaron primero la señal
de audio de una interpretación del Primer concierto de Brandeburgo de Bach. El
espectro, promediado sobre toda la interpretación, se muestra en la Figura
5.12. Como puede verse, el espectro tiene una pendiente cercana a la del ruido
1/f en casi todo su intervalo de frecuencias. Los dos picos abruptos entre 1 y
10 Hz están asociados, respectivamente, con el tiempo necesario para hacer
sonar una única nota, y con el tempo musical particular utilizado por el
compositor. A continuación, Voss y Clarke repitieron el experimento para una
variedad más amplia de fuentes musicales: algunos rags para piano de Scott
Joplin, una emisora de música de rock, una emisora de música clásica y un
programa radiofónico de noticias y música. Sus espectros se muestran en la
Figura 5.13 —de nuevo promediados sobre todo el registro (o sobre 12 horas en
el caso de las emisoras de radio)—. Los resultados son sorprendentes. Hay una
fuerte tendencia de todas estas fuentes de «ruido» a seguir la pendiente
espectral 1/f. Joplin tiene una estructura de frecuencia mucho más alta (es
decir, corto intervalo temporal), alrededor de 1-10 Hz, que Bach —un reflejo de
su estructura característica—, pero sigue estando próximo a un espectro 1/f por
debajo de 1 Hz. El resultado promedio de las emisoras clásica, de jazz y de
rock también se ajusta a la forma 1/f por debajo de las frecuencias que
empiezan a registrar la longitud típica de una pieza musical emitida. El
programa de noticias y música también muestra un espectro 1/f excepto por las
interrupciones, que señalan el tiempo típico que necesita el emisor para
pronunciar una palabra (aproximadamente 0,1 segundo), y la longitud de un ítem
típico (aproximadamente 100 segundos). También puede verse el efecto del cambio
de ruido blanco a marrón, característico del inglés hablado, alrededor de 2 Hz.
Una lección que se desprende de estos estudios es la naturaleza poco realista
de mucha de la denominada «música estocástica», que produce música programando
un generador de números aleatorios para seleccionar cada nota —como el
generador de melodías de Mutcer del que hablamos antes—. Esto producirá un
espectro parecido al del ruido blanco. Incluso si se programa una memoria de
las pocas notas anteriores para introducir algunas correlaciones atractivas, el
resultado es completamente diferente del que muestra un espectro 1/f para la
intensidad y los intervalos entre notas, en un amplio intervalo de frecuencias
como se muestra en la Figura 5.14. La «música» 1/f tiene correlaciones en todos
los intervalos temporales; no puede reproducirse introduciendo un único tiempo
de correlación característico por debajo del cual las notas están
correlacionadas y por encima del cual no lo están. El tiempo de correlación
único produce un espectro de ruido blanco hasta alguna frecuencia
correspondiente al tiempo de correlación, pero luego las correlaciones en
tiempos más cortos crean ruido marrón a frecuencias más altas.
Figura 5.14. Ejemplos de composiciones musicales derivadas de notas
seleccionadas en frecuencia y duración tomados de espectros de (a) ruido
blanco, (b) ruido 1/f, y (c) ruido marrón.
El
trabajo de Voss y Clarke parecía ser un paso importante hacia la
caracterización de la música humana como un proceso casi fractal de complejidad
intermedia en el intervalo de bajas frecuencias, por debajo de 10 Hz. Hizo que
otros físicos interesados en el sonido y la complejidad reexaminaran con gran
detalle lo que ellos habían hecho. Resultó que las cosas no eran tan nítidas
como ellos habían afirmado. Las longitudes de los fragmentos de música que se
utilizan para determinar el espectro de correlaciones son cruciales, y una
elección inadecuada puede sesgar los hallazgos globales. Trabajos de Nigel
Nettheim y de Yu Klimontovich y Jean-Pierre Boon demostraron que el espectro
1/f era algo que aparecería para cualquier señal de audio registrada durante un
intervalo suficientemente largo, como el requerido para interpretar una
sinfonía entera o para las horas de trasmisión de música radiofónica que Voss y
Clarke grabaron. Así, si uno analiza la señal sonora durante bastante tiempo,
todas las músicas mostrarán un comportamiento espectral 1/f. Esto significa que
el análisis de Voss y Clarke de largas piezas musicales no nos dice nada sobre
el gusto musical humano, como ellos creían. Si vamos al otro extremo, y
consideramos sonidos musicales sobre intervalos muy cortos de tiempo que
abarcan hasta unas doce notas, entonces encontramos que hay fuertes
correlaciones entre notas sucesivas, y los sonidos son muy predecibles y nada
aleatorios. Esto sugiere que es en los intervalos de tiempo intermedios donde
el espectro de la música será más interesante.
Boon y Oliver Decroly realizaron entonces una investigación como la de Voss y
Clarke, pero limitada al rango «interesante» intermedio de intervalos
temporales en el rango de frecuencias de 0,03 a 3 hertzios. Estudiaron 23
piezas diferentes de 28 compositores diferentes, de Bach a Cárter, promediando
sólo sobre cada parte de cada pieza. No encontraron la más mínima prueba de un
espectro 1/f. En su lugar, el espectro decaía como 1/f a, con a entre 1,79 y
1,97. Nettheim ha encontrado algo muy similar basado en un estudio de sólo
cinco melodías (véase la Figura 5.15).
Figura 5.15. Representaciones espectrales de varias melodías cortas de
compositores clásicos comparadas con espectros de ruido blanco y ruido 1/f. Las
longitudes de los extractos son de 3 o 4 compases, la longitud de una frase
musical típica, y se han tomado de un trabajo de Nigel Nettheim.
Este
análisis sugiere que la música apreciada por los seres humanos está mucho más
cerca del espectro del ruido marrón correlacionado (a = 2) que del ruido «rosa»
1/f. Hay intervalos de tiempo preferidos en las composiciones musicales y
correlaciones particulares. Todas estas investigaciones se limitaban a la
música occidental. Sería interesante ver los resultados de un estudio de
tradiciones musicales no occidentales sobre los mismos intervalos de tiempo.
Un filósofo como Immanuel Kant habría explicado nuestra afinidad por la música
apelando a una armonía preestablecida entre la música y la constitución de la
mente humana. Si fuera teletransportado al presente, Kant no se sorprendería al
encontrar que hay vínculos entre las propiedades del sonido musical y los
receptores sensoriales del cerebro. Pero mientras que Kant consideraría estos
vínculos como inexplicables, nosotros hemos aprendido a buscar maneras en que
la naturaleza del entorno puede imprimir poco a poco afinidades para ciertas
pautas sonoras porque es ventajoso, y por ello adaptativo, hacerlo así.
Sospechamos que la mente es especialmente sensible a estímulos que manifiestan
formas espectrales características de ruido libre de escala. Una amplia gama de
composiciones musicales, de una diversidad de culturas y tradiciones musicales,
exhiben esta propiedad. Pero no habría que considerar esta observación y la
especulación asociada como totalmente reduccionista, de la misma forma que no
habría que tomar en serio las afirmaciones de los amantes de la música de que
la música es una forma artística trascendental cuyo encanto está más allá de
las palabras. Nuestras mentes, su propensión a analizar, distinguir y responder
a sonidos de cierto tipo, pero ignorar otros, tienen historias. La apreciación
musical no es un atributo que aumente nuestra adaptación al mundo: no amplía
nuestras probabilidades de supervivencia. Si así fuera, encontraríamos que las
capacidades musicales estarían extendidas entre otros miembros del mundo
animal. La musicalidad parece explicarse más razonablemente como una
elaboración de capacidades y susceptibilidades que habían evolucionado
originalmente con otros propósitos más mundanos pero esencialmente acústicos.
Nuestra aptitud para el procesamiento del sonido convergió a una sensibilidad
instintiva óptima para ciertas pautas sonoras, porque su reconocimiento
mejoraba la probabilidad global de supervivencia. Con el desarrollo de una
capacidad de procesamiento más elaborada, que llamamos conciencia, ha llegado
la capacidad de explorar y explotar nuestra sensibilidad innata al sonido. Esto
ha llevado a formas organizadas de sonido que exploran todo el rango de tonos e
intensidades al que es sensible el oído humano. Dichas formas divergen en sus
matices estilísticos de una cultura a otra, como lo hacen los adornos en los
cuellos de las personas y en sus casas. Pero la universalidad de la apreciación
musical, y el carácter espectral común de gran parte del sonido que
disfrutamos, nos impulsa a mirar en los aspectos universales de la experiencia
temprana en busca de una explicación. Si la Naturaleza de nuestro mundo nos
hubiera permitido sobrevivir con un intervalo muy estrecho de sensibilidad a
diferentes frecuencias sonoras, entonces nuestras probabilidades de generar
música interesante habrían estado considerablemente restringidas. Si nuestros
oídos hubieran sido sensibles solamente a cierto intervalo de frecuencias
ultrasónicas que están más allá de nuestra capacidad actual de audición,
entonces nuestra música se hubiera concentrado en este rango de frecuencias, y
nuestros instrumentos —los aparatos que utilizamos para poblar ese reino del
sonido musical— serían muy diferentes. Si los sonidos que llenan nuestro mundo
hubieran sido diferentes en sus propiedades espectrales, entonces habrían sido
necesarios diferentes poderes de discriminación para que respondiéramos a
sonidos de peligro inminente o a utilizar el sonido para estimar distancias y
tamaños, y necesitaríamos diferentes sensibilidades para el análisis espectral.
El resultado habría sido una inclinación hacia sonidos con estructuras
completamente diferentes —estructuras que desde nuestra perspectiva habrían
sido más sorprendentes o más predecibles.
Capítulo 6
Bien está lo que bien acaba
No
puede haber duda de que, si no fuera corregido en general, el error perceptual
se manifestaría como una catástrofe biológica. El hombre que regularmente toma
a su mujer por un sombrero (o, peor aún, a su sombrero por una mujer) está
abocado a la extinción.
NICHOLAS HUMPHREY
Durante
miles de años, la visión científica del mundo ha centrado la atención en las
simplicidades y las regularidades de la Naturaleza. Se ha encontrado que dichas
regularidades residen en las reglas que gobiernan los acontecimientos que vemos
a nuestro alrededor, antes que en la estructura de los propios acontecimientos.
El mundo está lleno de estructuras complejas y sucesos erráticos que son
producto de un pequeño número de leyes simples y simétricas. Como hemos
aprendido, esto es posible porque los productos de las leyes de la Naturaleza
no tienen por qué poseer las propiedades de simetría de las propias leyes. Las
leyes pueden ser las mismas en todas partes y en todos los lugares; sus
productos no tienen por qué serlo. Así es como el Universo genera complejidad a
partir de la simplicidad. Por eso podemos hablar de encontrar una Teoría de
Todo y, sin embargo, no llegar a entender un copo de nieve.
Hasta muy recientemente las ciencias como la física hacían énfasis en la
deducción y confirmación de las leyes y las regularidades del mundo. La
enseñanza de la ciencia se estructuraba en torno a los problemas simples y
resolubles que podían tratarse utilizando papel y lápiz. Esto ha cambiado desde
principios de los años ochenta del siglo XX. La disponibilidad de computadores
pequeños, baratos y potentes con buenos sistemas gráficos interactivos ha hecho
posible estudiar observacionalmente situaciones grandes, complejas y
desordenadas. Se han inventado las matemáticas experimentales. El computador
puede ser programado para simular la evolución de sistemas complicados y así
estudiar, modificar y reproducir su comportamiento a largo plazo. Incluso se
pueden construir realidades virtuales que obedecen leyes de la Naturaleza que
no son las nuestras, y explorar simplemente. Gracias a estos medios, el estudio
del caos y la complejidad se ha convertido en una rama de la ciencia. El
estudio de los problemas simples y exactamente resolubles de la ciencia se ha
ampliado gracias a una apreciación creciente de la enorme complejidad que cabe
esperar en situaciones en donde hay muchas influencias competitivas en acción.
Los principales candidatos son los sistemas que evolucionan en sus entornos por
selección natural y, al hacerlo, modifican sus entornos de modos complejos. Un
primer descubrimiento en salir a la luz de dichos estudios fue la ubicuidad del
comportamiento caótico; es decir, comportamiento que muestra una delicada
sensibilidad a cambios pequeños, de modo que cualquier ignorancia de su estado
actual lleva a una completa ignorancia de su estado tras un corto período de
tiempo. La predicción del tiempo atmosférico sufre este problema. Si no somos
muy buenos prediciendo el tiempo que hará mañana es por nuestra ignorancia del
estado del tiempo hoy, no porque no sepamos cómo cambian los sistemas
climáticos. Conforme ha madurado nuestra apreciación de los matices del
comportamiento caótico gracias a la exposición de ejemplos naturales, han
surgido novedades. Se ha encontrado que caos y orden existen en una curiosa
simbiosis. Imaginemos un reloj de arena muy grande en el que está cayendo
arena, grano a grano, y formando una pila de arena cada vez mayor. La arena se
distribuye de un modo errático. Se producen avalanchas de arena de todos los
tamaños, cuyo efecto es mantener en equilibrio la pendiente global de la pila
de arena, justo al borde del colapso. Este proceso sostenido ha sido bautizado
como «criticalidad autoorganizada» por su descubridor Per Bak. A nivel
microscópico, el proceso es caótico. Si no hay nada peculiar en la arena, que
haga las avalanchas de un tamaño más o menos probables que las de otro,
entonces la frecuencia con que ocurren las avalanchas es proporcional a alguna
potencia matemática de su tamaño. (Las avalanchas son procesos «libres de
escala», igual que las fuentes de ruido que consideramos en el capítulo
anterior cuando discutimos las pautas de los sonidos musicales). Hay muchos
sistemas naturales, tales como los terremotos, y otros debidos al hombre, tales
como los derrumbes de la bolsa, en los que se combina una concatenación de
procesos locales para mantener de este modo un equilibrio aparente. Se
desarrolla un orden a gran escala mediante la combinación de muchos sucesos
caóticos a pequeña escala que se ciernen al borde de la inestabilidad. La pila
de arena está siempre en una situación crítica y la próxima avalancha podría
ser de cualquier tamaño, pero su efecto es mantener en la arena una pendiente
global bien definida. El curso de la vida en la Tierra podría perfectamente
describirse por dicha imagen. La cadena de las criaturas vivas mantiene un
equilibrio global dictado por la segunda ley de la termodinámica, como vimos en
el Capítulo 3, a pesar del impacto constante de extinciones, cambios de
hábitat, enfermedades y desastres, que conspiran para crear «avalanchas»
locales. Extinciones ocasionales abren nuevos nichos, y permiten que de nuevo
florezca la diversidad, hasta que el equilibrio se reestablece temporalmente.
Una imagen del mundo viviente en un estado crítico, en el que el caos local
sustenta una estabilidad global, es el compromiso más sutil de la Naturaleza.
Los sistemas adaptativos complejos prosperan en este terreno entre las
inflexibilidades del determinismo y los caprichos del caos. Allí obtienen lo
mejor de ambos mundos: del caos brota una riqueza de alternativas que son
filtradas por la selección natural, mientras que el timón del determinismo fija
un claro curso global.
Stephen Wolfram ha propuesto que existe un «Principio de Equivalencia
Computacional» en el Universo según el cual tanto los procesos y estructuras
naturales como los generados por el hombre tienen un nivel de complejidad
similar cuando se ven como procesos computacionales. En cierto sentido, son
todo lo complicados que pueden ser. El cerebro y las reglas de la aritmética
pueden aparecer muy diferentes en términos de su complejidad, pero en el fondo
tienen las mismas capacidades y las mismas impredecibilidades. Esto puede
ofrecer una nueva idea sobre la extraordinaria utilidad de las matemáticas como
descripción del mundo. En última instancia, esto es un reflejo de la abundancia
de operaciones computables sencillas. No es un misterio que el Universo sea
matemático; lo misterioso es que esas matemáticas simples sean de tan largo
alcance y nos digan tanto del funcionamiento del Universo. Tampoco parece haber
ninguna razón por la que nuestras capacidades mentales sean capaces de captar
una parte tan importante de la estructura profunda del Universo. La mera
supervivencia no lo necesitaba. La equivalencia computacional sugiere que hay
un ajuste entre nuestras mentes y el ambiente que nos rodea que refleja la
universalidad de la computación en el pensamiento y los procesos naturales.
Esta idea provisional resuena con fuerza con uno de los mensajes principales de
este libro. Las propensiones y sensibilidades de la mente humana han sido
heredadas de la complejidad del entorno en el que ha evolucionado y se ha
aclimatado. Somos reflejo de muchas de las características de las leyes de la
Naturaleza y de la estructura del Universo que nos rodea.
Hemos introducido estas ideas para resaltar un cambio de perspectiva científica
sobre el mundo. La ciencia ha puesto el acento durante largo tiempo en las
regularidades y factores comunes que hay tras las apariencias. Búsqueda de
«leyes», «invariancias», «constantes», «ecuaciones», «soluciones»,
«periodicidades» y «principios» —es la materia de la ciencia clásica. El patrón
era el objeto. Coleccionar mariposas y plantas, listar todas las estrellas en
el cielo, todo eso está muy bien. Pero no son actividades científicas hasta que
traten de dar sentido a lo que encuentran y separar el sentido del sinsentido
prediciendo lo que deberían encontrar en el futuro. Esta búsqueda de orden y
simplicidad bajo la hipótesis de leyes comunes que relacionan el presente con
el futuro y el pasado ha dirigido el desarrollo de la ciencia durante los
últimos trescientos años. Pero la complejidad no es tan simple. Sólo con la
llegada de estudios de lo complejo, por medio de nuevas tecnologías, el ojo
científico se ha vuelto hacia el problema de explicar la diversidad, la
asimetría y la irregularidad.
Si pasamos de la perspectiva científica a la perspectiva artística sobre el
mundo, encontramos un contraste interesante. Allí donde la ciencia ha
progresado buscando pautas y factores comunes, las artes han celebrado la
diversidad y se han resistido a los intentos por encerrar sus actividades en
reglas y fórmulas. Son las últimas manifestaciones de las impredecibilidades y
asimetrías de la Naturaleza. Después de todo ¿qué productos son más
caóticamente impredecibles que algunos de los que salen de la mente humana? Tan
intratable ha sido el problema de encontrar pautas en la actividad creativa que
pocos lo buscarían siquiera. Si miramos no a la ciencia y el arte, sino a los
científicos y los artistas, encontramos un reflejo de esta divisoria. Dos
poblaciones que se solapan tan sólo un poco, pensadores convergentes y
pensadores divergentes, especialistas y generalistas —estas etiquetas reflejan
las diferencias de las que hablamos.
Nos queda por sacar una última lección. Aunque la ciencia ha ampliado sus
horizontes pasados más allá del orden y la simetría para abarcar la diversidad
y la impredecibilidad, las humanidades todavía tienen que apreciar toda la
fuerza de lo común y la pauta como un factor unificador en la interpretación de
la creatividad humana. Del mismo modo que la ciencia ha empezado a apreciar que
su visión de la Naturaleza debe reconciliar simplicidad y complejidad, también
las artes y las humanidades deben apreciar las lecciones a sacar de las
regularidades de la Naturaleza. No es suficiente recoger ejemplos de
diversidad: la coexistencia de la diversidad con el comportamiento universal es
lo que requiere exploración y reconciliación.
Ninguna mente fue nunca una tabula rasa. Entramos en el mundo con mentes que
poseen una capacidad innata para aprender. Lo que aprendemos, cómo lo
aprendemos, lo que advertimos y lo que sabemos pero nunca aprendimos —estas
cosas guardan testimonio de nuestro pasado de maneras sutiles—. La creatividad
no es tan desorganizada como parece. Nuestra humanidad deriva de experiencias
compartidas en el pasado remoto, cuando muchos de nuestros instintos y
propensiones fueron adquiridos como adaptaciones a un entorno universal que
fija los problemas comunes a superar por nuestros ancestros. Nuestras mentes
desarrollaron sensibilidades que ayudaron a la solución de dichos problemas.
Muchos de éstos ya no son evidentes; por ello, algunos de nuestros sentidos y
sensibilidades son adaptaciones a situaciones a las que ya no nos enfrentamos.
Incluso pueden ser una dificultad. Aunque podemos reescribir estas respuestas
heredadas con aprendizaje, siguen existiendo (a veces inadvertidas) para
desencadenar nuestras emociones en ausencia de experiencia. A veces, incluso la
aparición de racionalidad consciente es incapaz de desplazar a estos instintos
innatos. La aparición repentina de una flor o la visión de un gran precipicio:
estas experiencias conjuran instintos latentes, establecidos y perpetuados en
los supervivientes durante millones de años.
No somos solucionadores de problemas globales. La historia de la especie humana
ha seleccionado el desarrollo de formas específicas de análisis y respuesta.
Muchas características de nuestro entorno, en el sentido más amplio de la
palabra, han sido interiorizadas en nuestra imagen mental del mundo. Nuestras
respuestas a dichas características han sido filtradas por la selección
natural. A veces respondemos a indicadores, o símbolos, que sólo ofrecen
ejemplos parciales de un aspecto potencialmente vital del entorno. En este
libro hemos examinado algunas maneras en que el Universo nos ha impuesto
aspectos de su estructura por la inevitabilidad de las leyes de la Naturaleza,
y hemos considerado la necesidad que tienen los seres vivos de adaptarse a sus
entornos. En un mundo donde triunfan los adaptadores, pero fracasan los no
adaptadores, esperamos encontrar vestigios de adaptaciones que en otro tiempo
sirvieron a otros fines básicos. Muchas de estas adaptaciones son sutiles y han
dado lugar a una serie de subproductos curiosos, algunos de los cuales han
desempeñado un papel para determinar nuestro sentido estético. Somos productos
de un mundo pasado donde las sensibilidades a ciertas cosas eran cuestión de
vida o muerte.
En el pasado, las humanidades y las ciencias del comportamiento humano han
estado dominadas por su celebración de la diversidad del comportamiento humano.
Los antropólogos estaban encantados de encontrar nuevas costumbres, nuevos
hábitos y prácticas diferentes en todo el mundo. Los factores comunes eran
ignorados por ser poco interesantes. A veces se hacía demasiado fácil encontrar
lo que se estaba buscando. Como sabe cualquier interrogador habilidoso, es
fácil encontrar la verdad que uno busca; no inventándola, sino permitiendo la
emergencia de sólo esa parte de la verdad total que uno quiere oír. Una
perspectiva que viera el contexto, la cultura y el aprendizaje como los únicos
determinantes del comportamiento humano hacía así progresos incuestionados. Por
el contrario, en este libro nos hemos centrado en los factores comunes de la
experiencia humana. Creemos que son potencialmente de mayor importancia que las
diferencias y, como los científicos encontraron hace tiempo, mucho más fáciles
de estudiar. Nos vinculan a las universalidades de los entornos antiguos en los
que la evolución de la vida ocurrió durante enormes períodos de tiempo, mucho
antes de la llegada de la civilización y la historia registrada, y nos ligan en
última instancia a la estructura y origen del Universo. El estudio de las
acciones humanas, la mente humana y la creatividad humana ha sido rápido en ver
la complejidad, lento en apreciar la simplicidad. La ciencia, rápida en ver la
uniformidad, ha empezado finalmente a apreciar la diversidad, pero las artes
creativas tienen mucho que aprender de la unidad del Universo sobre las
propensiones de nuestros sentidos y las imágenes y los sonidos que los excitan.
Y la ciencia, a su vez, descubrirá muchas cosas sobre la emergencia de
estructuras organizadas complejas a partir de un estudio renovado de las
invenciones más ingeniosas de la mente: un lugar donde se encuentran dos
caminos.
Entonces
me di cuenta de que no es infrecuente que los libros hablen de libros: es como
si hablaran entre ellos. A la luz de esta reflexión, la biblioteca me parecía
más inquietante. Era el lugar de un murmullo de siglos, de un diálogo
imperceptible entre un pergamino y otro, un ser vivo, un receptáculo de fuerzas
no gobernadas por una mente humana, un tesoro de secretos emanados de muchas
mentes, que sobrevivían a la muerte de quienes los habían producido o habían
sido sus transmisores.
UMBERTO ECO
Capítulo
1. Cuentos de lo inesperado
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Capítulo
2. El impacto de la evolución
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1. Scala,
Florencia/HIP/The British Museum.
2. Capilla
Brancacci, Florencia, Florence/www.bridgeman.co.uk
3. Palacio
Ducal, Urbino/Scala, Florencia, cortesía del Ministero Beni e att. Culturali.
4. Art
Institute of Chicago/www.bridgeman.co.uk
5. The
National Gallery, Londres/www.bridgeman.co.uk
6. ©
Anglo-Australian Observatory, fotografía de David Malin.
7. ©
Getty Images.
8. ©
ImageState.
9. Christie’s
Images, Londres/www.bridgeman.co.uk
10. ©
Getty Images.
11. Richard
Voss.
12. ©
Getty Images.
13. © E.
K. Thompson/Aquila Wildlife Images.
14. © A.
Cardwell/Aquila Wildfile Images.
15. © M.
Gilroy/Aquila Wildlife Images.
16. ©
Getty Images.
17. Przemyslaw
Prusinkiewicz.
18. Mapa
C6C2 Hemisphae Alis Coeli Sphaerigra, con el permiso de la British Library.
19. Mapa
Col 2096 Haemisphaemium Australe, con el permiso de la British Library.
20. Ryoichiro
Debuchi, High Tech Lab. Tapan Inc. 1991.
21. De
Karl von Frisch, Animal Architecture, Harcourt, Brace, Jovanovich, Nueva York y
Londres, 1974, il. 99. Fotografía © Dr Max Renner, Múnich.
22. (a)
The National Gallery of Australia, Canberra. © ARS, NY y DACS, Londres, 2005.
23. (a)
Cortesía de R. Taylor.
Notas:
[1] Del
mismo modo, el carácter particular de la tradición histórica cristiana, con su
foco en la crucifixión de Cristo, orientó a los artistas occidentales a
perfeccionar las representaciones estáticas del desnudo humano. El simbolismo
religioso y el deseo de representar un suceso histórico venció el pudor natural
por la representación del desnudo humano. Si, como afirmaba Enoch Powell,
Cristo hubiera sido apedreado, entonces la representación artística de la
movilidad y del movimiento humano se hubiera desarrollado de una forma más
significativa que como lo hizo la representación del cuerpo humano estático.
[2] Por
supuesto, con el tiempo se produjo una reacción por parte de los cubistas y
expresionistas contra la tendencia convergente hacia un realismo cada vez
mayor, y por parte de los fovistas y los impresionistas contra el dominio del
color por el simbolismo. Se han propuesto muchas razones para estas reacciones.
Están quienes las ven como nada más que la ubicua «oscilación del péndulo» que
se encuentra en tantos asuntos humanos: conforme se hace más difícil crear
obras nuevas e interesantes siguiendo el desarrollo en una dirección, crecen
las probabilidades de un giro iconoclasta de 180°. Alternativamente, están
quienes buscan paralelismos con desarrollos en otras esferas de actividad
humana —musical, científica, social— que estimulan las desviaciones artísticas
del status quo. Tal aproximación paralelista sigue dejando sin responder la
pregunta de por qué se da un cambio en cualquiera de estas actividades. Además,
las influencias de otras esferas suelen ser vehementemente negadas por quienes
practican cualquier forma de arte.
[3] Una
forma acústica de esta ambigüedad perceptual se da con la secuencia de acordes
que muestra el fenómeno diabolus in music.
[4] Los
ejemplos más impresionantes son las construcciones geométricas no euclídeas en
algunos Sriyantra, diseños utilizados como ayuda a la meditación en varios
lugares de la tradición tántrica en la India. Aunque la mayoría de los sellos
Sriyantra son planos y euclídeos, existen algunos ejemplos en los que el
intrincado diseño yace en una superficie curva regular. Para más detalles véase
mi libro La trama oculta del Universo.
[5] Un
malentendido sorprendentemente habitual consiste en creer que la Naturaleza
produce adaptaciones perfectas, presumiblemente porque con frecuencia las
produce muy buenas. Una hipótesis similar aparece en el argumento de Roger
Penrose, en La nueva mente del emperador, según el cual el teorema de Godel
impide que la mente humana sea un algoritmo computacional, si es infalible. Sin
embargo, creo que la conclusión correcta a extraer de este argumento (ignorando
otras objeciones) es que, puesto que la mente no es un dispositivo lógico
perfecto, el teorema de Godel no nos dice nada sobre limitaciones en sus
capacidades. No hay razón por la que la selección natural debiera dotamos de
cerebros infalibles. Nuestros procesos de pensamiento muestran evidencia de todo
tipo de inconsistencias. La capacidad lingüística —que es mucho más
impresionante que la capacidad matemática y de mucha mayor importancia
adaptativa— no ofrece ninguna evidencia de ser un sistema lógico perfecto.
[6] No
ha cambiado mucho desde 1866 cuando la cuestión del origen del lenguaje estaba
generando tantas especulaciones infundadas que la Sociedad Lingüística de París
prohibió su discusión.
[7] No
hace falta decir que esto provocó intentos de inyectar significado contextual
al ejemplo de Chomsky. Un verso de «Coiled Alizarine», de John Hollander, está
dedicado a Noam Chomsky:
Curiosamente
profundo es el sueño de las ideas carmesí: mientras que jadeantes, en pesado
viridiano, las ideas verdes incoloras duermen furiosamente.
[8] El
matemático Greg Chaitin me contó una vez una historia de ciencia-ficción en la
que una familia americana, que se mantenía muy aislada de los demás, sale de
acampada y cuando regresa descubre que el resto de la especie humana ha dejado
el planeta… sin decírselo.
[9] Esto
se describe en el libro de Hawking Una breve historia del tiempo, y en mi libro
Teorías del todo.
[10] Véase
mi libro Las constantes de la naturaleza para una exposición de mayor alcance.
[11] Más
allá del planeta silencioso, Perelandra y Esa horrible fortaleza.
[12] Uno
de los problemas con la ahora obsoleta cosmología del estado estacionario de
Bondi, Gold y Hoyle, en la que el Universo no tiene principio ni fin, y
mantiene siempre las mismas propiedades de densidad, expansión y temperatura,
era que el Universo debería estar abarrotado de vida. Este argumento fue
presentado por el autor y F. J. Tipler e el capítulo de The Anthropic
Cosmological Principle (Clarendon Press, Oxford)
[13] Véase
Sueños de Einstein (Tusquets, Barcelona, 1993).
[14] En
castellano en el original. (N. del t).
[15] Un
examen de los récords mundiales de levantamiento de pesas muestra esta
dependencia, siendo el récord de peso levantado proporcional a la potencia dos
tercios del peso corporal del levantador.
[16] The
water beetle here shall teach / A sermón far beyond your reacha: / He
flabbergasts the Human Race/ By gliding on the water’s face / With ease,
celerity and grace. / But if he ever stopped to think / Of how he did it, he
would sink.
[17] En
castellano en el original. (N. del t).
[18] Seguimos
identificando la cocina y los hábitos de comida como una forma de distinción
social. Ésta no es una innovación reciente: los indios algonquinos del nordeste
de América menospreciaban a sus vecinos del norte llamándoles «comedores de
carne cruda», es decir, «esquimales».
[19] De
todas formas, aunque la rueda parezca parte integral de nuestra cultura, han
existido culturas avanzadas, como los mayas (750 d. C.), que nunca la
inventaron. No conozco ningún ejemplo en donde la rueda haya evolucionado en
organismos vivos. La mejor aproximación es la hélice molecular que proporcionan
los flagelos de las bacterias.
[20] Como
cabría esperar, cuando las plantas crecen en condiciones artificiales, con más
dióxido de carbono añadido al aire, hacen un uso más eficiente de la luz solar
incidente.
[21] El
caso peor se presenta encerrando el volumen del «cerebro» dentro de una esfera,
pues esto da la superficie de mínima área posible que podría abarcar suvemente
el volumen. Es notable que en principio no hay ningún límite a lo grande que
puede ser el área si la superficie es suficientemente irregular. En la
práctica, la escala más pequeña de las irregularidades superficiales estaría
limitada por los tamaños de los átomos (10-8 cm) o de sus núcleos (10-13 cm)
[22] En
el original «The earnestness of being important», juego de palabras que
invierte el título de la obra de Oscar Wilde «The importance of be earnest».
(N. del t.)
[23] Esta
suma es una progresión geométrica infinita. Para comprobarlo, basta multiplicar
por (1 – d) los términos en ambos miembros de la ecuación; el miembro derecho
es claramente R, mientras que el izquierdo da una sucesión de términos que se
cancelan mutuamente, positivo con negativo, dejando sólo R.
[24] Pensées,
n.º 223.
[25] El
hábitat tiene un efecto importante en el comportamiento social. En su
influyente, aunque controvertido, libro Sociobiología, E. O. Wilson describe
algunas diferencias que cabría esperar que se desarrollasen entre las
poblaciones de moradores de la sabana y de los bosques. «Las criaturas que
moran en los bosques serán normalmente más solitarias que las que moran en la
sabana, que tienden a ser gregarias: en espacios abiertos hay seguridad en el
número (para la caza); en la selva es más fácil ocultarse si uno va en
solitario y también es más fácil acosar sigilosamente a una víctima. Los
animales solitarios tienden a ser más hostiles (agresivos) frente a otros
miembros de su especie, y desarrollan comportamientos, tales como exhibiciones
especiales, cuyo efecto último es dar a cada individuo su propio espacio o
territorio». Mientras que el movimiento rápido y la visión aguda estarán
favorecidos en los moradores de la sabana, los sentidos agudos del olfato y el
oído serán más ventajosos para los crípticos moradores de la selva.
[26] Si
hay C colores, entonces el número de pautas diferentes es 7 cuando C es un
número impar, 17 cuando C dividido por 4 deja un resto 2, y 19 cuando C es
exactamente divisible por 4.
[27] Si
miramos en nuestro sistema solar, encontramos que los planetas tienen «días»
cuya longitud varía entre unas diez horas (Júpiter y Saturno) y unos 243 días
terrestres (Venus), y «años» entre un sexto (Mercurio) y 248 años terrestres
(Plutón); véase Tabla 4.1.
[28] Ésta
es una situación similar a la del planeta Urano, cuyo eje de rotación está
inclinado 98 grados hacia su plano orbital. Esta situación extrema quizá sea el
resultado de un impacto de otro cuerpo muy poco después de formarse el sistema
solar. [El hecho de que el ángulo de inclinación sea mayor de 90 grados
significa que la rotación es retrógrada, es decir, en sentido contrario al del
movimiento orbital (N. del t.)].
[29] Recientemente,
el cosmólogo Edward Harrison, de la Universidad de Massachusetts, ha propuesto
una idea muy especulativa. Las teorías cosmológicas del universo primitivo han
revelado que, en principio, es posible crear dentro de una región de espacio
microscópicamente pequeña las condiciones requeridas para hacer que el espacio
se expanda a una velocidad próxima a la de la luz y producir una región
astronómicamente grande cuyos habitantes llamarían «universo observable».
Aunque esta capacidad está mucho más allá de los sueños de nuestra tecnología
actual, no es inconcebible que una civilización muy avanzada científicamente
pudiera tener esta capacidad. Si es así, Harrison especula con que estaría en
situación de determinar las condiciones locales que existen en las regiones que
hace que se expanda espectacularmente. De hecho, parece que también podría
influir en los valores efectivos de algunas de las constantes de la Naturaleza
que definen su entorno. Por lo tanto, una civilización avanzada podría «ajustar»
deliberadamente condiciones que favorezcan la vida en generaciones futuras de
grandes miniuniversos en expansión. Ellos seguirían el ejemplo de las
condiciones fortuitas que, como habían descubierto inicialmente, aseguraban su
propia existencia.
[30] Existe
un interesante ejemplo de un reactor nuclear natural que se dio en una mina en
Oklo, en el estado africano de Gabón. En 1976 se descubrió una mina de uranio
que contenía cantidades de dos isótopos de la tierra rara samario. En el
samario en forma natural, la razón entre estos dos isótopos es normalmente de
9:10, pero en la muestra tomada en la mina de Oklo la razón se había reducido a
sólo 1:50. Las condiciones del interior de la Tierra en el lugar de la mina
habían conspirado, durante miles de millones de años, para producir un «reactor
nuclear natural», que constantemente transformaba un isótopo en el otro. El
reactor alcanzó el estado crítico por primera vez hace dos mil millones de
años. De hecho, la transformación se basa en un equilibrio muy delicado entre
las intensidades de las fuerzas de la Naturaleza. Los productos del reactor
revelan que este equilibrio especial debe haber existido hace dos mil millones
de años, como sabemos que lo hace hoy. En consecuencia los físicos pudieron
poner restricciones muy fuertes a la posibilidad de que las fuerzas fuerte,
débil y electromagnética de la Naturaleza hubieran cambiado muy lentamente
durante miles de millones de años en lugar de permanecer constantes. En los
últimos años la cuestión de si las constantes de la física son verdaderas
constantes se ha convertido en tema de gran interés para físicos y astrónomos.
Su constancia puede ser comprobada incluso en un tiempo muy anterior al reactor
de Oklo comparando las pautas de absorción de la luz procedente de cuásares
lejanos cuando atraviesa nubes de polvo en su camino desde el cuásar a nuestros
telescopios. Estas observaciones nos permiten retroceder casi diez mil millones
de años en el pasado para poner a prueba si las constantes que gobiernan la
interacción entre materia y luz han permanecido constantes durante ese período
de tiempo. Actualmente hay alguna prueba, a partir de dichas observaciones, de
un aumento muy lento de unas seis partes por millón durante diez mil millones
de años, pero se necesitarán algunos años más para que esto sea confirmado o
refutado utilizando observaciones diferentes. Para una historia más completa,
véase mi libro Las constantes de la naturaleza.
[31] El
autor hace un juego de palabras entre month (mes) y moonth (por moon = luna)
intraducibie en castellano. (N. del t).
[32] El
otro único lugar en el Sistema Solar desde donde se vería un eclipse completo
sería Prometeo, un satélite irregular de Saturno. Pero desde la superficie de
Saturno, y por ello lejos del Sol, el eclipse de Sol abarcaría un área
minúscula del cielo y tendría una duración muy breve.
[33] Hay
360 grados en un círculo, 60 minutos de arco en un grado, y 60 segundos de arco
en un minuto de arco. Un segundo de arco se denota por”.
[34] La
mejor manera de comprobar ahora las predicciones de la curvatura de la luz
consiste en examinar la curvatura de las ondas de radio emitidas por fuentes
muy lejanas (cerca del límite del Universo visible), cuya posición puede
medirse con gran precisión. Este método no requiere un eclipse, pero las
fuentes lejanas de radiación son cuásares, y por eso nos encontramos sacando
ventaja de otra feliz coincidencia: que el Sol pasa por delante de dos
cuásares, de modo que la radiación de éstos pasa suficientemente cerca del Sol
para ser desviada en una cantidad medible. Esto se hace midiendo el cambio en
el ángulo entre los dos cuásares cuando pasan detrás del Sol.
[35] Algunos
estudios indican que cambios caóticos en oblicuidad podrían ser estabilizados,
incluso en ausencia de la Luna, si la Tierra estuviese rotando con la
suficiente rapidez, con días más cortos que 8 horas. Esto podría ocurrir porque
un alto nivel de rotación aumenta el abombamiento ecuatorial de la Tierra: las
mareas lunares tienen un efecto similar.
[36] Debido
a las dificultades de explicar una captura y las similitudes de composición de
la Luna y la Tierra con respecto a algunos isótopos, la «teoría del impacto» es
actualmente preferida por los científicos planetarios. Esta teoría propone que
la Luna surgió de un impacto entre la proto-Tierra y otro cuerpo. Un choque
casi rasante permitiría que el núcleo del cuerpo incidente acreciera parte del
corazón de la Tierra, mientras su manto se mezclaba con el de la Tierra en una
forma vaporizada. Algo de este material caería sobre la superficie de la Tierra
mientras que el resto se condensaría gravitatoriamente para formar la Luna.
Esto explicaría el pequeño tamaño del núcleo de la Luna.
[37] Por
ejemplo, en francés (semaine), en español (semana), en griego (hebdomas) y en
hebreo (shavu’a).
[38] Es
intrigante que en la quinta tablilla de la historia babilonia de la creación
Enuma elish, que presenta a la deidad solar Marduk como un padre del mundo
creado, y que a veces es comparada con la historia de la creación hebrea, haya
un indicio de que la semana está ligada a un cuarto de mes. Dice
Él
ha hecho que la Luna brille y le ha confiado la noche.
Le nombró una criatura de la noche para señalar los días:
mensualmente, sin cesar, forma dibujos con una corona.
Al principio del mes, ascendiendo sobre la tierra,
tendrás cuernos luminosos que significan seis días.
El séptimo día tendrás una media corona.
En la Luna llena está en oposición a mitad del mes.
Cuando el Sol te adelante en la base del cielo,
disminuya tu corona y vuelva la noche.
El
séptimo día una «media corona» se traduce de diferentes maneras como «media
tiara» o «la mitad de tu disco», lo que implica que el ciclo de siete días
estaba ligado a la apariencia visual de la Luna cuando pasaba de una forma
creciente como una tiara a su forma de media luna. Por desgracia, este indicio
de que el mes estuviera dividido en cuatro períodos de siete días no se hace
más explícito que esto en el resto del texto.
[39] Muchas
sociedades desarrollaron una pauta de días de descanso que estaba ligada a
tabúes, a menudo colocados para que coincidieran con cambios estacionales y con
las fases de la Luna. Los hawaianos tenían días tabú estrictos en los que no
podía encender fuego, guardaban silencio, no botaban canoas, no se bañaban y
las personas sólo salían fuera para las observancias religiosas. Debido a la
conexión lunar, el sistema utilizado no es diferente del del sabbath, con
cuatro períodos tabú en cada mes. Los hawaianos distinguían el período entre
las noches 3.ª y 6.ª, la Luna llena (incluyendo las noches 14.ª y 15.ª), las
noches 24.ª y 25.ª y las noches 27.ª y 28.ª. No inhabitual encontrar que se
practique la abstinencia en el tiempo de las Lunas nueva y llena, y en
consecuencia que esos días estén dedicados a alguna deidad.
[40] Los
documentos oficiales empezaron a utilizar nuevos nombres para los diez días en
el ciclo decádico: primidi, duodi, tridi, quartidi, quintidi, sextidi, sepredi,
octidi, nonidi, décadi.
[41] Otra
dificultad surgió de la adopción del día del equinoccio de otoño en París como
primer día del año. Esto habría llevado a discrepancias con otros sistemas
astronómicos, porque la iniciativa francesa no fue asumida por las demás
naciones.
[42] Puede
encontrarse una exposición detallada de la naturaleza, diversidad y evolución
de los diferentes sistemas de recuento en mi libro La trama oculta del
Universo.
[43] Por
ejemplo, Hidra, la serpiente de agua, y el Camaleón fueron ideadas por dos
navegantes holandeses del siglo XVI, Frederick de Houtman y Pieter Dirkszoon
Keyser, para llenar el espacio vacante en el cielo cerca del Polo Sur celeste.
[44] Un
funcionario y astrónomo aficionado sueco, Carl Gotlieb Swartz (1757-1824), que
estudió en la Universidad de Uppsala, abordó el problema del origen de las
constelaciones de una manera sistemática más de cien años antes que Maunder. En
1807 Swartz publicó sus ideas en el libro Recherches sur l’origin et le
signification des Constellations de la Sphère greque, traducido del sueco, que
más tarde fue reeditado en una segunda edición con el título más corto Le
Zodiaque expliqué en 1809. Swartz advirtió la región del cielo nocturno austral
que estaba despoblada de constelaciones y estimó que su diámetro angular
abarcaba unos 40 grados. Utilizó esto para datar la época del origen de las
constelaciones en torno a 1400 a. C. e identificó la ciudad costera de Bakú, en
Armenia en el mar Caspio, a 40 grados de latitud norte, como el hogar más
probable de la sociedad de marinos y navegantes que establecieron el plano de
las antiguas constelaciones (ver el corte a aproximadamente 50 grados de
longitud en la Figura 4.23). Los mapas de Swartz de las constelaciones
antiguas, con la zona vacía de 40 grados marcada en el cielo austral, se
muestran en la Figura 4.23.
[45] El
poema de Arato empieza
A
Dios que está arriba dedicamos esta canción;
nunca osamos dejar de adorarle,
pues Él está presente en cada multitud atareada,
Está en toda reunión solemne.
El mar es Suyo, y Suyo cada puerto abarrotado;
en todo lugar sentimos nuestra necesidad de Él;
pues nosotros somos Sus hijos.
El
discurso de san Pablo contiene las palabras:
El
Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él, que es Señor del cielo y de la
tierra, no habita en santuarios fabricados por la mano de hombres, ni es
servido por manos humanas, como si de algo estuviera necesitado, él que a todos
da la vida, el aliento y todas las cosas. Él creó, de un solo principio, todo
el linaje humano, para que habitase sobre toda la faz de la tierra, fijando los
tiempos determinados y los límites del lugar donde habían de habitar, con el
fin de que buscasen al Señor, para ver si a tientas le buscaban y le hallaban:
por más que no se encuentra lejos de cada uno de nosotros; pues en él vivimos,
nos movemos y existimos como han dicho algunos de vuestros poetas. Porque
también somos sus hijos.
[46] En
el quinto libro de la Odisea de Homero leemos que
Con
el corazón palpitante Ulises desplegó sus velas:
situado en el timón se sentó y señaló los cielos,
sus ojos siempre alerta no cedían al sueño.
A la vista estaban las Pléyades y el Equipo del Norte,
y el haz más refulgente del gran Orion,
al cual, girando en torno al eje del cielo,
la Osa apunta su ojo dorado.
[47] La
intensidad de la luz dispersada es proporcional a la cuarta potencia de su
frecuencia. Por ello, en el intervalo de frecuencias a las que es sensible el
ojo, la intensidad de la luz azul será 16 veces mayor que la de la luz roja
(cuya frecuencia es la mitad que la de aquélla).
[48] Sin
embargo, el máximo es poco pronunciado y todavía se discute mucho sobre la
razón del «desplazamiento al azul» de la sensibilidad del ojo, una
característica compartida por un gran número de crustáceos y vertebrados
aparentemente no relacionados. Quizá hay alguna ligadura bioquímica en las
moléculas involucradas, o una adaptación a una característica ambiental pasada
que ya no existe o alguna diferencia aún no descubierta entre los conos y los
bastones (células sensibles a la luz) del ojo.
[49] Los
siete colores del espectro que seleccionó Newton tienen una historia
interesante. En sus primeras lecciones y escritos sobre el color en 1669,
Newton delimitó solamente los colores primarios: rojo, amarillo, verde, azul y
púrpura. Más adelante, en 1671, introdujo otros colores secundarios. Parece que
el anaranjado y el índigo fueron añadidos para elevar el número total hasta
siete, porque él creía que las vibraciones luminosas eran análogas a las
vibraciones sonoras y por ello el número de colores primarios debería
corresponder a los siete tonos musicales de la escala diatónica. La elección
del índigo como un tono espectral distinto debe algo sin duda a su importancia
comercial en los días de Newton. El colorante de la India (índigo) fue
introducido en Europa durante el siglo XVI y fue ampliamente utilizado desde
entonces. Hoy, la mayoría de los científicos encuentran el término «índigo»
sólo en una lista de los colores del espectro
[50] Un
nanómetro es una milmillonésima de metro.
[51] En
ambientes donde hay una importante disminución estacional en las horas de luz
solar, o en su intensidad, las hojas de los árboles de hoja caduca se volverán
marrones para producir la mezcla espectacular de marrones, rojos y amarillos
que en Norteamérica se denomina «fall» y en Inglaterra «autumn». Después de
mediados de verano, los árboles de hojas grandes, como los robles, invierten
más nutrientes en su tronco y raíces que en mantener las hojas. Cuando los
niveles de luz son bajos y caen las temperaturas, las hojas grandes pierden
calor fácilmente a través de sus superficies grandes y no pueden mantener una
temperatura suficientemente alta para que las reacciones químicas produzcan un
suministro de nutrientes adecuado. Para el árbol es más económico perder las
hojas y generar un nuevo conjunto cuando llega la primavera, en lugar de
utilizar recursos escasos para retenerlas durante el invierno cuando en
cualquier caso hay poca luz que recoger.
Los árboles de hoja perenne siguen una estrategia diferente. Sus hojas son
pequeñas y agudas, y presentan una superficie más pequeña desde la que se puede
perder calor. Pueden mantener así un nivel útil de actividad química durante
los meses de invierno. De este modo, una picea puede mantener sus agujas todo
el verano y sacar provecho de ocasionales períodos brillantes de luz solar. En
el verano, con sólo agujas estrechas, es mucho menos eficiente en utilizar la
luz solar que el roble de hojas grandes, que ha emergido de su hibernación de
invierno provisto de un nuevo conjunto de hojas.
Cuando las hojas están verdes a mitad del verano, la clorofila, responsable del
color verde, se descompone con el calor, pero se repone constantemente. En
otoño, la reposición cesa y los marrones rojizos, antes ensombrecidos por los
verdes brillantes, empiezan a dominar.
[52] Se
ha encontrado que la distancia a la que una abeja se orientará hacia una flor
es proporcional al tamaño de la corola de la flor. Así, las flores pequeñas o
aisladas necesitan tener un color especialmente brillante, con un gran
contraste con el follaje verde, para sacar una ventaja reproductiva de no
invertir recursos en flores más grandes. Algunas impresionantes flores
generadas por ordenador, creadas utilizando simulaciones del crecimiento y
deterioro de una planta real, pueden verse en la Lámina 17.
[53] El
pájaro jardinero de cresta naranja (Amblyornis subalaris) es uno de los pájaros
más extraños de la Tierra. Del tamaño aproximado de un estornino común, vive
sólo en unas pocas selvas montañosas oscuras de Nueva Guinea. La Lámina 21 fue
el resultado de las primeras observaciones de estos pájaros construyendo sus
emparrados y realizando su posterior cortejo ritual. Esta pintura está basada
en una colección de fotografías tomadas en condiciones oscuras durante un
período de varias semanas por Heinz Sielmann. El orden y detalle del emparrado
es extraordinario. El tallo central del emparrado está construido alrededor dé
un árbol joven que ha sido rodeado de musgo aterciopelado. Una divisoria
central ha sido marcada por flores amarillas cuidadosamente colocadas, y hay
dos colecciones de objetos dispuestas a cada lado del mismo. El lado izquierdo
estaba decorado incrustando en el musgo docenas de escarabajos azules
iridiscentes, mientras que el lado derecho estaba compuesto de conchas de
caracol azules. Esta parte del emparrado es como una exhibición de objetos de
valor para llamar la atención de parejas futuras. Cuando pasa una hembra, el
macho (a la izquierda en la Lámina 21) exhibe su cresta naranja y danza delante
de sus decorados. Si él y todas sus obras son suficientemente impresionantes,
ella acabará uniéndose a la danza. La parte delantera del jardín del pájaro
está meticulosamente delimitada por filas de frutos coloreados. El borde, está
vallado por una red de ramitas estrechamente entretejidas que también ofrecen
un dosel protector, impermeable, con forma de cúpula. No hace falta decir que
esta obra de arte necesita un mantenimiento constante frente al viento y la
lluvia, y la atención de los ladrones. El resultado es una de las creaciones
más asombrosas de todo el mundo animal.
[54] En
The Bauhaus (Croydon, Australia, 1963).
[55] Hay
excepciones concretas, como los frisos estructurados o las imágenes del op art.
En los primeros, la simetría es tan abrumadora que el cerebro es atraído. En el
op art se explotan algunos de los atributos de reconocimiento de pautas del
cerebro, a los que se confunden con ambigüedades deliberadas. Por ejemplo,
tendemos a unir los puntos, creando líneas imaginarias entre unos puntos y sus
vecinos más próximos. Pero si se crea una pauta en la que algunos puntos tienen
más de un primer vecino equidistante, entonces el ojo saltará alternativamente
de una a otra de las dos posibles líneas imaginarias entre vecinos más próximos
y la imagen puede parecer dinámica (véase la Figura 3.5).
[56] En
una curiosa deferencia hacia la superstición numerológica, de la que el propio
Pitágoras se hubiera sentido orgulloso, Schoenberg utilizó la palabra «Aron» en
lugar de «Aaron» en el título de una de sus óperas, Moses und Aron para que
tuviera doce letras en lugar de trece. Es una ironía que él muriera el viernes
13 de julio de 1931.
[57] Véase
John Barrow, La trama oculta del Universo.
[58] Un
barbero afeita a los que no se afeitan a sí mismos. ¿Quién afeita al barbero?
[59] Se
trata de un juego de palabras con la expresión inglesa «a pie in the sky»
(literalmente, un pastel en el cielo) que corresponde aproximadamente a la
española «un castillo en el aire». (N. del t).
[60] Es
interesante que esta estructura es la del grupo matemático. No es
suficientemente grande para ser equivalente a la aritmética en conjunto, pero
parece igualar la estructura de una aritmética en la que sólo se incluyen
adición y sustracción (no multiplicación ni división). Esta aritmética «de
Presburger» más pequeña es decidible y no muestra el dominio de la aritmética
que debe exhibir incompletitud de Gödel.
[61] Equivalencia
de notas: A = la; B = si; C = do; D = re; E = mi; F = fa; G = sol. (N. del t).
[62] Sin
embargo, sí es posible para todos los enunciados de la geometría euclídea.
[63] Por
supuesto, incluso las capacidades «innatas» deben tener un origen y una raison
d’être asociada. Su estructura inicial debe aparecer o bien por puro azar, a
través de selección que actúa sobre alternativas, o porque constituyen el único
diseño que conseguirá un efecto beneficioso concreto.
[64] Un
ciclo por segundo se denomina también un «herzio» y se denota por la
abreviatura Hz; un millar de Hz se denota por 1 kHz (un kiloherzio).
[65] Puede
hacerse una comparación interesante entre este umbral inferior y la frecuencia
de las denominadas ondas «alfa» cerebrales, a 10 Hz, que se dan cuando uno
cierra los ojos y piensa en algo no visual. Se detienen si se abren los ojos.
[66] Si
usted acerca el oído a una caracola marina, el «ruido del mar» que oye es el
sonido de su flujo sanguíneo. La caracola apantalla el ruido de fondo que
normalmente es predominante y lo hace inaudible. Un efecto similar se da cuando
el oyente se encuentra en una habitación aislada acústicamente o en una cueva
subterránea.
[67] El
sonido se refleja bien en las paredes duras y lisas de la ducha, y hay una
considerable reverberación, que hace que el volumen sonoro de uno rivalice con
el de Pavarotti. Además, muchas frecuencias naturales de vibración están
disponibles en el aire a lo largo de las tres direcciones perpendiculares entre
los dos pares de paredes opuestas, y entre el suelo y el techo (mientras que un
instrumento de cuerda sólo puede sacar ventaja de ondas a lo largo de la
dirección de la cuerda). Dichas frecuencias pueden ser excitadas por un
cantante. Muchas de estas frecuencias están muy próximas y dentro del rango de
frecuencias de la voz humana cantante; el que canta en el baño recibe así un
impresionante soporte de fondo de muchas resonancias que se producen de manera
natural.
[68] Hay
muchos otros factores arquitectónicos que influyen en nuestra percepción de la
música. Si, por ejemplo, el sonido que está produciendo cada uno de los
intérpretes y sus colegas tarda demasiado tiempo en llegarles reflejado de las
paredes, ellos empiezan a tener la sensación de que no están tocando juntos en
un entorno íntimo, y su interpretación se resiente. Tiempos de retardo mayores
de dos centésimas de segundo resultan perturbadores: las mejores salas de
conciertos dan un retardo de entre dos milésimas y nueve milésimas de segundo.
[69] En
el caso del inglés hablado, los sonidos del habla están estadísticamente no
correlacionados, en promedio, sobre frecuencias por debajo de unos 2 Hz, pero
se correlacionan como «ruido marrón» (véase p. 233) a frecuencias más altas.
Por supuesto, una estrecha correlación entre ideas expresadas en palabras
habladas no surge necesariamente del uso de sonidos cuyas frecuencias estén
correlacionadas. Una larga serie de sonidos muy débilmente correlacionados
puede producir un mensaje con importantes correlaciones semánticas a tiempos
largos. No obstante, hay muchas lenguas no occidentales en las que las
variaciones de tono en la voz desempeñan un papel importante en darles
significado.
[70] Esta
terminología de color se debe a que el arquetipo para un proceso estadístico de
este tipo es la difusión de pequeñas partículas en un líquido, observada por
primera vez por el botánico escocés Robert Brown en 1827, y desde entonces
denominado «ruido browniano» en reconocimiento de su descubrimiento. [La
palabra inglesa «brown» significa marrón. (N. del t).]


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