© Libro N° 6253.
Un Camino Entre Dos Mares. McCullough, David. Emancipación. Julio 27 de 2019.
Título
original: © Un Camino Entre Dos Mares. David McCullough
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
UN CAMINO ENTRE DOS MARES
David McCullough
CONTENIDO
Prólogo
Libro
I. La visión (1870-1894)
Los
umbrales
El
héroe
El
consenso de uno solo
Costas
lejanas
Una
tarea increíble
Soldados
bajo el fuego
La
caída
Los
secretos de Panamá
Libro
II. Barras y estrellas para siempre (1890-1904)
Teodoro,
el hilandero
El
«lobby»
Contra
todo pronóstico
Aventura
empleando la trigonometría
Contra
todo pronóstico
Enviado
extraordinario
Libro
III. Los constructores (1904-1914)
El
imperturbable doctor Gorgas
Pánico
John
Stevens
El
hombre con el sol en los ojos
El
punto de ataque principal
La
vida y la época
El
triunfo
Epílogo
Fuentes
Prólogo
La creación del canal de Panamá fue mucho más que una portentosa
obra de ingeniería sin precedentes. Fue un acontecimiento histórico de gran
importancia y un drama humano arrollador, muy semejante al de una guerra.
Exceptuando los conflictos bélicos, constituyó el esfuerzo más grande y costoso
de cuantos se han emprendido en la Tierra. Retuvo la atención mundial durante
un lapso de cuarenta años y afectó a la existencia de decenas de millares de
personas de todas las posiciones sociales y de casi todas las razas y
nacionalidades. Junto con el canal se crearon y destruyeron reputaciones muy
sólidas. Para numerosos hombres y mujeres fue la aventura de toda una vida.
Por su causa una nación entera, Francia, se sacudió hasta los cimientos. Otra
nación, Colombia, perdió el istmo de Panamá, una de sus más preciadas
posesiones. Nicaragua, que estaba a punto de convertirse en un cruce de caminos
mundial, tuvo que quedarse esperando una futura oportunidad. Nació la República
de Panamá. Estados Unidos asumió un papel de alcance global.
Fue un acontecimiento de asombrosas consecuencias en la historia del
capitalismo financiero y la medicina. Señaló una serie de avances en la
ingeniería, la planificación gubernamental y las relaciones laborales. Fue una
respuesta a Sedán, una respuesta a la idea de la potencia marítima. Fue, al
mismo tiempo, la coronación del esfuerzo constructivo, «La Gran Empresa» de la
Era Victoriana y la primera manifestación grandiosa y asertiva del poder
estadounidense al inicio del nuevo siglo. Y, sin embargo, el paso del primer
barco por el canal en el verano de 1914 —el primer viaje a través de la masa
continental americana— supuso la realización de un sueño tan antiguo como los
viajes de Colón.
Así pues, este libro constituye un intento de proporcionar al tema el alcance
preciso para poder verlo completo. He tratado de descubrir las causas
subyacentes de lo que sucedió, de medir las fuerzas del orgullo nacional y la
ambición, de captar el ideal de progreso todavía impoluto.
¿Cuál fue la índole de esa época ahora desaparecida? ¿Qué fue lo que impulsó a
la gente?
Mi interés primordial han sido los participantes. Me pareció que era de gran
importancia mostrar la variedad inmensa de gente que tomó parte en la empresa,
y las destrezas y energías que requirió, además de la pericia técnica. Deseaba
contemplar a esas personas tal como fueron, como hombres y mujeres vivos,
falibles y casi siempre valerosos, embarcados en una lucha común que les
superaba y atrapados con frecuencia por fuerzas que estaban más allá de su
dominio o de sus cálculos. He intentado presentar los problemas que arrostraron
tal como los vieron, percibir lo que sabían y lo que ignoraban en un momento
determinado y tener siempre en mente que, como todos los mortales de cualquier
época, no conocían a ciencia cierta cuál iba a ser el resultado. Este libro es
su historia.
La simple casualidad, o si se prefiere el destino, desempeñó un papel
importante, como siempre sucede. Los errores comunes, las pequeñas y las
grandes decepciones, fueron factores determinantes a lo largo de toda la
trayectoria, desde el momento en que Ferdinand de Lesseps puso en marcha la
empresa. Asimismo, resulta sorprendente la fuerza tan poderosa e impulsora que
puede llegar a ser una personalidad, constituyendo los ejemplos más notables De
Lesseps y Theodore Roosevelt. Pero no me parece menos admirable el número de
ocasiones en las que hechos importantes suscitaron la actuación de individuos
que apenas se daban cuenta de que estaban representando un papel en la historia.
Buena parte del texto que sigue se ha extraído de entrevistas, fuentes no
publicadas y de documentos editados hasta ahora pasados por alto. Varios de los
personajes principales aparecen muy diferentes de los retratos previos, y
extensas partes del libro se desarrollan en lugares muy lejanos de las selvas
panameñas.
Creo que buena parte del lado francés del relato resultará una sorpresa para
muchos lectores. Asimismo, la revolución de Panamá y la extraña cadena de
acontecimientos que la rodearon tal vez parezcan a muchos lectores recreaciones
fantásticas. Sin embargo, he de subrayar que en el libro no hay nada inventado.
Creo que debería añadir una breve explicación acerca de la polémica actual
sobre el canal.
Esta obra se empezó años antes de que el tema del canal volviera a saltar a las
primeras planas de los periódicos, y mi objetivo general ha seguido siendo el
mismo que al inicio: relatar una historia extensa e importante que comenzó en
1870 y terminó en 1914, porque esa es la época a la que pertenece mi historia,
antes de la Gran Guerra. Ese fue el mundo que construyó el canal.
Sin embargo, todas las causas fundamentales de la polémica actual aparecen en
el libro, porque también forman parte de la historia, como descubrirá el
lector.
DAVID MCCULLOUGH
West Tisbury (Massachusetts)
Octubre de 1976
Libro primero.
La visión (1870-1894)
«Esta nueva búsqueda posee el encanto de la aventura.»
The New York Times
I
La carta de varias páginas firmada por el secretario de Marina,
George M. Robeson, iba dirigida al capitán de fragata Thomas O. Selfridge. Era
un documento claro y formal, como cabía esperar, con cierto tono majestuoso que
al capitán Selfridge le pareció muy adecuado. No se insinuaba en absoluto el
hecho de que él y el secretario se conocían personalmente, se habían
emborrachado juntos en una ocasión pasada y se habían jurado amistad eterna
cuando su coche rodaba por la capital oscura. Carecía de importancia, a no ser
porque Selfridge, hombre serio y sobrio, se iba a preguntar el resto de su vida
que influencia tuvo dicha velada en la forma como le resultaron las cosas.
Sus proyectos y preparativos ya le habían mantenido muy ocupado durante varios
meses. La carta no era más que la orden oficial definitiva:
Departamento de Marina
Washington, 10 de enero de 1870
Señor: Se le ha asignado para que quede al mando de una expedición que deberá
hacer una inspección en el istmo de Darién a fin de determinar el lugar más
conveniente para abrir un canal desde el océano Atlántico hasta el Pacífico. El
balandro de vapor Nipsicy el carguero Guardquedarán bajo su mando […]
Este departamento le ha encomendado una misión relacionada con la mayor empresa
de nuestra época; de su iniciativa y celo dependerá que su nombre quede identificado
con honor con uno de los logros del futuro […]
Por muchas investigaciones que se hayan realizado y sea cual fuere su
precisión, el pueblo de este país no se sentirá satisfecho hasta que cada palmo
del istmo no sea inspeccionado por una autoridad responsable y equipos bien
pertrechados, como los que estarán bajo sus órdenes, trabajando sobre proyectos
bien madurados […]
Así pues, el 22 de enero de 1870, un sábado claro, luminoso y
anormalmente templado, el Nipsic zarpó del Arsenal Naval de
Brooklyn y comenzó a descender por el East River. El Guard, al
mando del capitán de fragata Edward P. Lull, lo siguió cuatro días más tarde.
La expedición comprendía en total casi un centenar de marineros y oficiales,
dos médicos de la Marina, cinco civiles de la Inspección Costera (inspectores y
delineantes), dos geólogos civiles, tres telegrafistas del Cuerpo de Señales y
un fotógrafo, Timothy H. O'Sullivan, quien había sido ayudante de Mathew Brady
durante la guerra.
A buen recaudo en la bodega del Guard se
hallaba la mejor colección de instrumentos científicos modernos que se hubiera
reunido para una tarea semejante —teodolitos de tránsito, niveles de burbuja,
medidores de pendientes, compases y cadenas de agrimensura y deslinde,
delicados barómetros aneroides de bolsillo, barómetros de mercurio para alta
montaña, medidores de corriente— «para llevar a cabo el trabajo enérgica y
científicamente». (Los teodolitos Stackpole, fabricados por la empresa
Stackpole e Hijos de Nueva York, tenían los ejes del telescopio montados sobre
un doble soporte cónico, lo que otorgaba al instrumento mayor firmeza que en
los modelos anteriores, y la simplificación de la escala graduada para lectura
horizontal permitía lecturas más rápidas y con menores márgenes de error.)
Había mantas de hule y rifles de retrocarga para cada hombre, whisky, quinina,
seiscientos pares de botas extra, y más de 150.000 metros de alambre
telegráfico. Los comestibles, «empaquetados de manera que quedaran expuestos lo
menos posible a la humedad y la lluvia», eran suficientes para cuatro meses:
3.200 kilos de tocino, 4.500 kilos de pan, 2.725 kilos de sopa de tomate, 114
litros de judías, 1.125 kilos de café, 100 botellas de pimienta y 275 kilos de
mantequilla enlatada.
El destino final era la selva del Darién en el istmo de Panamá,
a más de 3.200 kilómetros de Brooklyn, a diez grados del ecuador y,
contrariamente a la imagen mental de la mayoría de la gente, al este del
meridiano 80, es decir, al este de Florida. Iban a desembarcar en la bahía de
Caledonia, a unos 240 kilómetros al este de las vías del ferrocarril de Panamá.
Era el mismo sitio desde el cual Balboa había iniciado su cruce en 1513 y
donde, a finales del siglo XVII, William Paterson, fundador del Banco de Inglaterra,
había establecido la desventurada colonia escocesa de Nueva Edimburgo, porque
la bahía de Caledonia (como él la bautizó) iba a ser la futura «puerta de los
mares». Hostigado por los españoles y diezmado por la enfermedad, el pequeño
asentamiento duró poco más de un año. Sus últimos vestigios desaparecieron hace
mucho tiempo.
Se sabía que el Darién era el punto más estrecho del istmo
centroamericano, cuya extensión comprendía todo el puente de tierra entre la
parte inferior de México y el continente sudamericano, incluyendo el istmo de
Tehuantepec, Guatemala, Honduras, Honduras Británica, El Salvador, Nicaragua,
Costa Rica y Panamá, la última todavía una provincia —y muy apreciada— de
Colombia. Desde Tehuantepec hasta el río Atrato de Colombia, la frontera
natural del extremo oriental de América Central, hay una distancia de 2.160
kilómetros en línea recta, la misma que de Nueva York a Dallas, y no eran pocos
los sitios a lo largo de esa masa continental zigzagueante donde, al menos en
el mapa, se podría abrir un canal. Pocos años antes, el almirante Charles H.
Davis había informado al Congreso de que había no menos de diecinueve posibles
lugares para abrir un canal centroamericano para barcos. Pero se sabía que en
el Darién la distancia entre marea y marea en línea recta era inferior a 64
kilómetros.
Debido a la configuración particular del istmo de Panamá —cuya tierra forma una
barrera casi horizontal entre los dos océanos—, la expedición cruzaría el mapa
hacia abajo. Los hombres se abrirían paso desde el Caribe en el norte hacia el
Pacífico en el sur, tal como lo había hecho Balboa. (De ahí que su designación
del Pacífico como el Mar del Sur fuera completamente lógica.) El ferrocarril de
Panamá, el signo de civilización más próximo en el mapa, también corría de
norte a sur. Su tenue línea roja de trazos inseguros parecía algo añadido por
un cartógrafo zurdo, con su punto de partida en Colón, en la bahía de Limón, un
poco más al oeste que el punto final en la ciudad de Panamá, situada en la
bahía de Panamá.
Debían medir las cimas de las montañas y la profundidad de los ríos y las
radas. Tenían que recoger muestras botánicas y geológicas. Iban a realizar
observaciones astronómicas, redactar informes sobre el clima y observar el
carácter de los indios que encontraran. Y debían perder el menor tiempo
posible, puesto que se aproximaba la estación de las lluvias —la estación
malsana, como la llamaba el secretario Robeson.
Otras seis expediciones iban a seguir a la primera. Se crearía una comisión
presidencial, la primera Comisión del Canal Interoceánico, para examinar los
resultados y los informes de las exploraciones, y establecer cuál era la vía
escogida. En la comisión iban a figurar el jefe de Ingeniería de la Marina, el
jefe del Servicio de Inspección Costera y el jefe de la Oficina de Navegación.
Nunca se había intentado antes realizar una empresa tan sistemática, elaborada
y sensata.
Pero la Expedición del Darién fue la primera, y el hecho de que fuera en el
Darién, uno de los rincones más salvajes y menos conocidos del mundo, era
motivo de gran preocupación para el Departamento de Marina. Muchos
estadounidenses recordaban todavía que dieciséis años antes, en 1854, una
expedición a la bahía de Caledonia había terminado en un desastre del que se
habló en todo el país e infundió en la Marina un profundo respeto por los
horrores de la selva tropical. Esto fue lo que sucedió.
En 1850, el doctor Edward Cullen, médico irlandés y miembro de la Royal
Geographical Society, había anunciado el descubrimiento de un camino a través
del Darién que él mismo había recorrido varias veces y sin mayores
contratiempos desde el Atlántico hasta el Pacífico. Declaró que había marcado
el trayecto con gran cuidado y en ningún lugar se encontró con una altura mayor
de 41 metros sobre el nivel del mar. Era la ruta milagrosa que se andaba
buscando, y el relato causó sensación. Inglaterra, Francia, Colombia (entonces
conocida como Nueva Granada) y Estados Unidos organizaron una expedición
conjunta. Pero cuando el barco estadounidense Cyane atracó en
la bahía de Caledonia antes que los demás, el teniente de navío Isaac Strain y
veintisiete de sus hombres se internaron en la selva sin esperar a nadie, con
provisiones para unos cuantos días y seguros de hallar el sendero de Cullen.
Cuando Balboa se internó por esa misma selva llevaba una fuerza de 190 soldados
españoles bien armados y varios centenares de indios, algunos de los cuales
conocían el camino.
No se volvió a tener noticia del teniente Strain durante cuarenta y nueve días.
Sus calamidades habían comenzado desde el momento en que puso pie en tierra.
Los indios, impresionados por los cañones del Cyane, dejaron pasar
a los exploradores, pero se negaron a servir de guías. La senda de Cullen no se
encontró por ninguna parte. A los pocos días, la expedición se había perdido
sin remedio. Los alimentos se agotaron; los rifles se oxidaron hasta quedar
inservibles. Strain siguió el curso de un ancho río —el Chucunaque—, creyendo
que lo llevaría hasta el Pacífico, pero que en realidad lo dirigió hacia el
este en un curso lleno de vueltas y revueltas por el centro mismo del Istmo.
Cuando una partida de indios le advirtió que seguía un camino equivocado, optó
por creer que aquella gente trataba deliberadamente de desencaminarlo.
Acosados por el hambre, los hombres de Strain devoraban cualquier cosa que
cayera en su mano, incluidos sapos vivos y las nueces de una variedad de
palmera que carcomían el esmalte de los dientes y provocaban atroces calambres
en el estómago. El calor sofocante, las lluvias y la intimidante penumbra de la
selva día tras día eran experiencias muy distintas de las que esos hombres
habían tenido. Siete murieron; otro se volvió loco temporalmente. Si los demás
conservaron la vida se debió sobre todo a la disciplina impuesta por Strain y
su extraordinaria fortaleza. Dejando atrás a los otros, acompañado por tres de
sus hombres más fuertes, siguió adelante en busca de socorro. Cuando por fin
llegaron tambaleándose a una aldea indígena cerca de la costa del Pacífico,
Strain, casi desnudo, con la piel desgarrada y sangrando, regresó a la cabeza
de un grupo de rescate para auxiliar a los demás. Un médico británico que
examinó a los sobrevivientes los describió como «el conjunto de seres humanos
más lastimoso» que había visto. «En casi todos la mente había quedado levemente
afectada, como demostraban sus observaciones infantiles y descabelladas, aunque
su memoria y los recuerdos de sus sufrimientos permanecieron intactos. […]
Eran, literalmente, esqueletos vivientes, cubiertos de úlceras inmundas.»
Strain no alcanzaba los 34 kilos de peso. Pocos años después, sin haberse
recobrado por completo, murió en Colón a la edad de treinta y seis años.
Strain había descubierto en el Darién que las montañas no tenían una altura
menor de los 280 metros. Por lo que había visto, allí era «completamente
impracticable» una ruta para el canal. Pero hubo muchos que no se mostraron tan
dispuestos a abandonar la idea. Aunque el Departamento de Marina se tomó la
dura prueba de Strain como una terrible demostración práctica, seguía habiendo
personas dispuestas a aceptar la posibilidad de que Edward Cullen había dicho
la verdad.
Cullen había zarpado con uno de los buques ingleses, pero efectuó una
apresurada retirada a Colón (y de allí a Nueva York) tan pronto como surgieron
los primeros indicios de que estaba equivocado; más tarde reapareció como
cirujano de la Marina británica durante la Guerra de Crimea. Y siguió
sosteniendo su historia. Alegaba que la expedición se había extraviado
deplorablemente. Strain no debía haberse internado en la selva sin tenerlo a él
como guía o sin su mapa, lo cual habría hecho que los resultados fueran
diferentes.
Entre los que seguían considerando abierta la cuestión estaban el almirante
Davis, el capitán de fragata Selfridge y sobre todo el almirante Daniel Ammen,
jefe de la Oficina de Navegación. «Es en el istmo del Darién donde tendremos
que buscar primero la solución al gran problema», había informado Davis al
Congreso. «Las declaraciones del doctor Cullen se han criticado con tanta
severidad —explicó Selfridge— y han sido defendidas por él con tanta persistencia
que me he sentido inclinado a dar algún crédito a sus afirmaciones.» Para el
almirante Ammen, que había estudiado con atención todos los detalles
registrados del episodio, la clave se encontraba en el propio informe de
Strain. Pocos días después de internarse tierra adentro, cuando ya debía de
hallarse a una distancia en la que no era posible escuchar los ruidos
producidos en la bahía de Caledonia, escribió en su diario que había oído el
cañonazo vespertino del Cyane, y esto, creía Ammen, era prueba de
que existía un valle que se extendía tierra adentro deslíe la bahía; de lo
contrario el sonido del cañonazo lo habrían bloqueado las colinas interpuestas.
El interés por la nueva expedición era considerable en numerosos sectores. La
misma época parecía muy favorable desde la perspectiva histórica. Si había una
palabra que caracterizaba el espíritu del momento era confianza.
Por todas partes se reemplazaban antiguos espacios en blanco y misteriosos. El
verano previo, el manco John Wesley Powell, en interés de la ciencia, había
encabezado una expedición por el río Colorado abajo hasta el Gran Cañón. Las
grandes inspecciones geológicas y geográficas del Oeste habían comenzado con el
brillante Clarence King. Husmeando en los rincones más recónditos del desierto
occidental, Othniel C. Marsh, de la Universidad de Yale, que sin haber cumplido
los cuarenta era el primer y único profesor de Paleontología, había
desenterrado los fósiles necesarios para presentar la evolución completa del
caballo, la demostración más espectacular hasta entonces de la teoría de
Darwin.
La gente leía Veinte mil leguas de viaje submarino, de Julio Verne.
Los Roebling habían comenzado la construcción de su puente de Brooklyn. La
Universidad de Harvard había elegido a un químico como rector. En Pittsburgh se
estaban realizando experimentos con un nuevo procedimiento ideado por el
metalúrgico inglés Bessemer. Y en los nueve meses anteriores habían ocurrido
dos de los acontecimientos más célebres del siglo: la terminación del
ferrocarril Union Pacific y la apertura del canal de Suez. De buenas a primeras
el planeta se había vuelto mucho más pequeño. Con el canal, el ferrocarril y
los nuevos vapores transatlánticos con hélices de hierro era posible —al menos
en teoría— dar la vuelta al mundo en la décima parte del tiempo que se hubiera
empleado una década antes, como ilustraría Julio Verne en su próximo voyage
extraordinaire.
Imperaba el sentimiento de que los poderes revelados de la ciencia, «los
grandes progresos efectuados en la ingeniería y el conocimiento de la
mecánica», como declaraba el capitán de fragata Selfridge, habían llevado a la
humanidad a los umbrales de algo nuevo. Se decía que la energía generada por un
barco de vapor durante una sola travesía del Atlántico bastaría para levantar
el Nilo y colocar en su sitio cada una de las piedras de la Gran Pirámide. Los
hombres hablaban seguros sobre futuros sistemas de transporte que pondrían a
todos los pueblos en comunicación mutua, propagarían el conocimiento,
suprimirían las divisiones entre las naciones y harían de la humanidad un todo
unificado. « ¡Las barreras han caído!», proclamó un prelado francés en las
playas de Port Said cuando se abrió el canal de Suez. «Uno de los más
formidables enemigos de la humanidad y de la civilización, la distancia, ha
perdido en un momento dos mil leguas de su imperio. Los dos lados del mundo se
aproximan uno al otro para saludarse […] La historia del mundo ha alcanzado una
de sus etapas más gloriosas.»
En efecto, parecía que no había límites para lo que el hombre podía hacer.
Aunque un informe oficial como el que iba a presentar el capitán Selfridge contuviera
la expresión «bajo la guía de la Providencia» (refiriéndose a algunos logros),
dichos términos parecían rutinarios. El hombre moderno —el científico, el
explorador, el constructor de puentes, canales y máquinas de vapor, el
emprendedor visionario— se había convertido en la fuerza creadora central. En
el verano de 1870, la época en que Selfridge volvió del Darién, treinta mil o
tal vez cuarenta mil personas llenaban el Crystal Palace de Londres para
brindarle una recepción pública que poco tiempo antes solo se hubiera ofrecido
a un Nelson. Miles de cohetes iluminaron la noche y doscientos niños de las
escuelas industriales de Lambeth ondearon cuatrocientos estandartes de
brillantes colores en un «saludo egipcio» en honor del francés Ferdinand de Lesseps,
constructor del canal de Suez. Era un júbilo desconocido hasta entonces que a
las generaciones futuras les costaría entender. El paso de De Lesseps, de 169
kilómetros a través del desierto, había acercado a Europa 9.332 kilómetros de
la India. El Medio Oriente había recuperado su antigua posición de cruce de
caminos. De golpe, África se había convertido en una isla. Y el hecho de que el
proyecto hubiese sido denigrado por hombres que se suponían mucho más
inteligentes que De Lesseps —en especial, por el británico Robert Stephenson—
hizo que la victoria final del ingeniero francés fuera más extraordinaria.
Victoria, la reina que iba a dar nombre a la época con su elegancia, su sentido
del progreso, sus grandes muebles relucientes y sus pequeñas y grandes hipocresías,
estaba en la flor de la vida a los cincuenta y un años. Samuel Smiles, el
victoriano más destacado, había publicado Lifes of the Engineers (Vidas de los
ingenieros), un libro en el que los gigantes bondadosos y magnánimos —Brindley,
el de los canales ingleses; Rennie, el del puente de Waterloo, y el genial
Telford— hacían obras buenas y útiles para beneficio de todos. París acababa de
ser transformada por el brillante Georges Haussmann, prefecto del Sena, y las
vistosas tropas de Napoleón III, con sus quepis y pantalones rojos, se
consideraban las más formidables de la tierra en un momento en que la guerra
franco-prusiana todavía no se vislumbraba en el horizonte.
Entre los turistas estadounidenses que se encontraban paseando por los
magníficos bulevares del barón Haussmann cuando el Nipsic y
el Guardnavegaban hacia el Darién había un muchacho de once años
bajo para su edad en compañía de sus padres: era Theodore Roosevelt, cuya
ambición por entonces era la de llegar a ser naturalista.
En ese momento, Ulysses S. Grant era el presidente de Estados Unidos, y había
sido él quien un año antes le había dado instrucciones al almirante Ammen para
que organizara la serie de expediciones o «investigaciones prácticas», como él
las denominaba. Pese a su fama posterior de haber sido un gobernante con escasa
visión e iniciativa, Grant mostró mayor interés que cualquiera de sus
predecesores en la construcción de un canal en el Istmo. De hecho, fue el
primer presidente que se planteó la cuestión. Si era necesario que hubiera un
paso acuático, debería estar en el lugar más indicado que determinarían los
ingenieros civiles y las autoridades navales, y además quería que dicho paso
quedara bajo control estadounidense. «Los beneficios y ventajas del canal
propuesto —escribió más tarde— son grandes para los europeos, pero
incalculables para los estadounidenses.»
Con el paso del tiempo, su confianza ciega en sus viejos amigos iba a resultar
el mayor error que cometió, pero en el caso del almirante Ammen, amigo desde la
infancia, la elección fue acertada. Poco después de que Grant ocupara la
presidencia, Ammen dejó de navegar y fue puesto al frente de la Oficina de
Navegación. El almirante era la imagen de la autoridad, con sus grandes
patillas grises como las de Grant, pero con una nariz imponente y el ceño
fruncido en todo momento. En cierta ocasión, cuando iba al mando de un crucero
de entrenamiento a Panamá, acabó en un abrir y cerrar de ojos con un motín al
disparar con total tranquilidad a los dos cabecillas. También contaba con una
mente ágil e ingeniosa.La Marina debía proporcionar los barcos y la mayor parte
del personal. Ammen eligió a los oficiales. Thomas Oliver Selfridge, sin tener
en cuenta la impresión que hubiera causado en el secretario Robeson: había sido
el primero de su promoción en Annapolis y se había distinguido como capitán de
cañoneros en Vicksburg y el río Rojo. En el viaje hacia el Darién celebraría su
trigésimo cuarto cumpleaños. El capitán Robert Shufeldt, que dirigiría la
expedición a Tehuantepec en el otoño de 1870, llevaba treinta años de servicio
en el mar. Físicamente era un gigante capaz de enfrentarse a cualquier selva,
pero además poseía un tacto considerable. (Aunque habían transcurrido más de
veinte años desde la guerra mexicana, había mucho temor acerca de cómo se
recibiría una expedición estadounidense en Tehuantepec.) Y el erudito y amable
Edward P. Lull, que iba al mando del Guard y más adelante
encabezaría las expediciones a Nicaragua y Panamá, era un joven oficial de los
más diestros de la Marina.
Además a estos oficiales en particular se les había infundido un profundo
sentido patriótico sobre el destino de Estados Unidos en el océano Pacífico.
Cuando Daniel Ammen era un joven teniente, navegó con el comodoro James Biddle
a China y Japón en el viaje que en 1846 dio como resultado la firma del primer
tratado entre China y Estados Unidos. Selfridge también había iniciado su
carrera con un crucero por el Pacífico Sur y Shufeldt había estado al mando
del Wachusetts en el Oriente solo un año antes de la
expedición a Tehuantepec.
«Baste señalar que por muy grandes que fueran las ventajas de un canal
interoceánico para la prosperidad comercial del mundo entero, lo serían mucho
mayores para los intereses y necesidades de Estados Unidos», escribió
Selfridge. «El Pacífico es, por su misma naturaleza, dominio nuestro.»
«Es posible que el futuro de nuestro país se encuentre oculto en este
problema», dijo Shufeldt al dirigirse a los hombres de su tripulación cuando
el Kansas iba a zarpar hacia Tehuantepec. Y desde la
barandilla del maltrecho vaporcillo fluvial que se afanaba para abrirse paso en
la corriente parda del río San Juan, con los ojos entornados debido a la fuerte
luminosidad de la mañana nicaragüense, Edward Lull se imaginó a los barcos de
las navieras estadounidenses surcando la misma ruta hacia el Pacífico.
Eran marinos profesionales, no hombres notables, como sin duda habrían
afirmado. Tenían experiencia de mando, eran meticulosos con los detalles y
físicamente fuertes, pero sin presunción ni aires de grandeza. En el campo, con
sus sombreros para protegerse del sol, sus gemelos y sus ojos azules de
septentrionales, tenían el mismo aspecto que cualquier precursor anglosajón de
la civilización en alguno de los llamados «rincones oscuros» del mundo. Pero no
había en ellos un ego desbordante; no eran Burton, Spike o Stanley, poseídos
por visiones de destinos personales. Tampoco eran grandes hombres a la manera
de Powell o King por sus dotes intelectuales ni por la originalidad de su
objetivo. Si se les hubiera preguntado, se habrían limitado a responder que
estaban realizando su trabajo.
II
Las siete expediciones enviadas por Grant a América Central
entre 1870 y 1875 se podrían considerar una línea precisa y clara en la larga
historia de los proyectos y planes para la construcción del canal, historia que
se remonta a una oscura referencia sobre un español desconocido, Álvaro de
Saavedra, pariente de Cortés, quien al parecer «había abierto la tierra de
Castilla del Oro […] de mar a mar». Nunca hubo la más remota posibilidad de un
canal durante la época del dominio español. «Hay montañas, pero también hay
manos —fue la bonita declaración de un fraile español del siglo XVI—, y para un
rey de Castilla son muy pocas las cosas imposibles.» El sacerdote Francisco
López de Gómara fue el primero que habló de su localización, nombrando a
Panamá, Nicaragua, el Darién y Tehuantepec como los lugares más adecuados en un
libro publicado en 1552. Pero, por desgracia, se estaba engañando. Hasta que no
transcurrieron otros trescientos años, hasta el siglo XIX, la construcción de
un canal, por pequeño que fuera, no se convirtió en una posibilidad razonable.
Entre otras cosas, se requerían ciertos avances en ingeniería hidráulica,
además del motor de vapor.
El lugar en que la mayoría de los estadounidenses del siglo XIX, incluido el
presidente, esperaban ver la construcción del canal era Nicaragua. De no
hacerse en el Darién, debería atravesar el lago de Nicaragua; y si no se
construía allí, tal vez se haría en Panamá. Tehuantepec ofrecía la ventaja de
estar mucho más cerca de Estados Unidos, pero eso era todo lo que podía decirse
en su favor. Sin embargo, el problema primordial era la escasez de información
geográfica fiable sobre Centroamérica, pese a más de cincuenta años de debate
sobre dónde debía abrirse el canal, multitud de volúmenes de supuesta
investigación geográfica, estudios de ingeniería, unos cien artículos en
revistas populares y publicaciones eruditas, folletos publicitarios, libros de
viaje y el hecho de que Panamá, Nicaragua y Tehuantepec habían sido atajos muy
transitados hacia el Pacífico desde la época de la fiebre del oro en
California. Como había afirmado con acierto el almirante Davis, en las
bibliotecas del mundo no existían los medios para determinar ni siquiera
aproximadamente la ruta más practicable.
El primer estudio serio del problema, o más bien el primero que se tomó como
serio, apareció en 1811 y designaba a Nicaragua como la ruta que planteaba
menores dificultades. El autor de esta conclusión bastante tentadora fue
Alejandro von Humboldt, el naturalista y explorador alemán aventurero, y desde
entonces se convirtió en la «ruta de Humboldt». Pero en realidad este jamás
había puesto los pies en Nicaragua ni en ninguna de las cuatro alternativas que
citaba. Había formado sus teorías basándose en rumores, libros antiguos,
manuscritos y los escasos y deplorables mapas disponibles en la época, todo lo
cual reconoció sin rodeos. Advirtió que ni siquiera se conocía la situación
precisa de la ciudad de Panamá. Tampoco se había determinado la altura de las
montañas de Panamá o de cualquier otro punto a lo largo de la espina dorsal de
América Central.
Consideraba que Panamá era la peor opción, debido sobre todo a las montañas, a
las que asignó una altura tres veces mayor que la real. Tehuantepec parecía
demasiado ancho, además de montañoso, y recelaba de sus ríos «sinuosos». Lo más
que se podía hacer en Panamá o Tehuantepec era construir algunos buenos caminos
para camellos.
Humboldt era todavía bastante poco conocido cuando escribió Ensayo
político sobre el reino de la Nueva España, el libro que contenía su largo
ensayo sobre el canal; su fama se limitaba a los círculos científicos. Ninguna
corriente peruana, glaciar o río había recibido su nombre. Las localidades de
Humboldt en Kansas y en Iowa eran todavía praderas de hierba silvestre. Sin
embargo, sus opiniones iban a ejercer mayor influencia en el tema del canal que
todo lo que se había escrito hasta entonces, pues a mediados de siglo descolló
sobre todos los demás como el amado sumo sacerdote de la ciencia moderna,
siendo él mismo una universidad, como afirmaría Goethe.
El Ensayo político de Humboldt fue el resultado de un viaje de
cinco años por Hispanoamérica, algo que jamás se igualaría. Remontó el Orinoco
y el Magdalena, y cruzó los Andes a pie. En Ecuador escaló el Chimborazo, que
entonces se creía la montaña más alta de la Tierra, y aunque no logró alcanzar
la cumbre, subió hasta los 5.320 metros, que era una altura mayor
—considerablemente mayor— de la que un ser humano había alcanzado, incluso en
globo. Si bien no había estado en Nicaragua, Panamá, Tehuantepec ni en ninguna
otra parte del húmedo valle verde del río Atrato, donde situó los otros dos
posibles pasos al Pacífico, sí estuvo en muchísimos lugares y se daba por
sentado que nadie poseía más conocimientos de primera mano de la selva americana.
El hecho bastante esencial de que sus teorías sobre el canal eran simples
conjeturas fue pasado por alto. Además, a quienes usaban su nombre para
corroborar sus nociones preferidas y a quienes lo citaban una y otra vez les
resultó conveniente olvidar que había sido él quien insistió en que no debía
considerarse la construcción de un canal hasta que personas expertas no
hubieran examinado las ventajas y desventajas de todaslas rutas
posibles sobre el terreno siguiendo normas análogas.
El canal de Nicaragua que imaginó se parecía mucho al canal de Caledonia en
Escocia de Thomas Telford, por entonces la obra más ambiciosa de su clase. El
lago de Nicaragua, además de ser navegable, proporcionaría, como los lagos
escoceses de Telford, una fuente natural e ilimitada de agua para el canal —un
enorme «estanque»— en su misma cumbre.
Pero si se descubría que Nicaragua no resultaba un lugar satisfactorio, tal vez
fuera mejor una de las dos rutas del río Atrato. La ruta de Napipi-Cupica, como
la bautizó Humboldt y sigue llamándose, seguiría el curso del río Napipi,
afluente del irregular Atrato, hasta su cabecera para continuar luego hacia
abajo hasta la bahía de Cupica en el Pacífico.
El otro proyecto del Atrato, el llamado «Canal Perdido de la Raspadura», impresionaba
particularmente la imaginación de Humboldt. Según había oído decir, varios años
atrás un monje español «de gran actividad» convenció a algunos indios para que
construyeran un pasaje secreto entre el Atrato y el Pacífico con anchura
suficiente para barcas pequeñas, pero que seguía una ruta casi perfecta para
abrir un canal de mayor tamaño, en algún lugar no lejos del río de la
Raspadura, otro afluente distante. Lo único que había que hacer era
encontrarlo.
Se desconoce qué discutió de todas estas teorías con Thomas Jefferson en la
primavera de 1804, al finalizar la odisea hispano-estadounidense. Pero es muy
probable que su estancia en la Casa Blanca señale el comienzo del interés
presidencial por la apertura de un canal. Se sabe que Jefferson ya había dado
muestras de curiosidad sobre el tema cuando fue ministro en Francia. Por lo
demás, la visita coincidió con la partida de Lewis y Clark desde San Luis para
buscar, por órdenes de Jefferson, un pasaje acuático noroccidental hacia el
Pacífico. Y Humboldt, joven, delgado, muy bronceado y lleno de energía, había
entusiasmado de tal modo a Jefferson con los relatos de sus viajes que lo
retuvo como huésped durante dos semanas. Así pues, resulta difícil imaginar que
no hubieran conversado sobre la apertura de un corredor centroamericano
mientras paseaban por los jardines de la Casa Blanca o cuando se sentaban a
charlar interminables horas frente a la enorme mesa que Jefferson tenía en su
oficina del primer piso, una de cuyas paredes estaba repleta de mapas y cartas,
mientras el sinsonte del presidente se columpiaba en una jaula sobre sus
cabezas.
* * * *
Los viajes de Humboldt por Hispanoamérica fueron el resultado de
una concesión sin precedente de la corona española para que investigara donde
deseara en aras del progreso científico. Hasta entonces se había puesto freno a
cualquier tipo de exploración realizada por extranjeros dentro del ámbito del
Nuevo Mundo español. Pero una vez que comenzó a debilitarse el dominio hispano
en la década de 1820, se abrió el paso para casi cualquier persona. Y empezaron
a llegar ingenieros, oficiales de la marina, franceses, ingleses, holandeses,
estadounidenses, empresarios y periodistas, muchos de los cuales expresaron sus
sueños de abrir un canal siempre que se consiguiera el permiso de las
autoridades políticas y se pudiera reunir el capital necesario. Algunos de estos
extranjeros eran personas capaces, pero muy pocos poseían conocimientos
técnicos. Asimismo, muchos de ellos eran sinceros en sus aspiraciones y creían
realmente en sus promesas fantásticas por muy ineptas o ingenuas que hieran.
Otros, muchísimos más, eran simples aventureros o chiflados[1].
Los canales que habían ideado, prescindiendo de su localización específica,
eran realizables desde el punto de vista técnico y, viables desde el punto de
vista financiero, y estaban destinados a beneficiar enormemente a todos los
inversionistas y a cualesquiera de las empobrecidas repúblicas centroamericanas
que participaran. Se despacharon emisarios desde Bogotá, Managua y México a las
capitales de Europa y a Washington para buscar apoyo. Incluso se pidió el
respaldo del Papa. Se firmaron y sellaron con la debida formalidad acuerdos y
concesiones especiales. El futuro ofrecía multitud de posibilidades.
Con la apertura del canal de Telford y el canal del Erie, ambos en la década de
1820, los hombres sensatos pensaron que también estaba justificado proyectar
obras semejantes que cruzaran el mapa de América Central. La «Escalera de
Neptuno», el espectacular sistema de esclusas y compuertas del canal de
Caledonia, podía levantar barcos de altura —podía levantar una fragata de
treinta y dos cañones, por ejemplo— unos treinta metros por encima del nivel
del mar. El canal del Erie, aunque se había construido para el paso de barcazas
de poco calado, era el más largo del mundo y sus compuertas lograban una
elevación de casi 192 metros. Así pues, sobre el papel no parecía poco realista
un canal en Panamá, Nicaragua o cualquier otro sitio en boga en el momento. En
sus últimos años de vida, Telford estaba considerando un «gran plan» para el
Darién. De Witt Clinton, «padre» del canal del Erie, se había unido a Horacio
Allen, constructor del acueducto de Croton, para planear un paso acuático por
Nicaragua.
Las voces escépticas o precavidas constituían la excepción. Las apreciaciones
de alguien como el coronel Charles Biddle, enviado por el presidente Andrew
Jackson para que hiciera investigaciones de campo en Panamá y Nicaragua,
surgían en solitario contraste ante todo lo demás que se decía o escribía. El
coronel, después de viajar río arriba en canoa por el Chagres, siguió por
tierra hasta la ciudad de Panamá, caminando cuatro días, y llegó a la
conclusión de que cualquier idea de construir un canal en Panamá era una
solemne tontería, lo cual debería quedar claro para todos, «tuvieran o no
sentido común». (No se molestó en ir a inspeccionar Nicaragua.)
Mucho más representativas eran las opiniones de John Lloyd Stephens, que se
dieron a conocer más o menos por la época en que John O'Sullivan, editor de
la Democratic Review, escribía: «Nuestro destino manifiesto es
extender el continente que nos asignó la Providencia para el libre desarrollo
de nuestros habitantes, que cada año se multiplican por millones».
La tarea, declaraba Stephens, no planteaba problemas importantes y no debía
costar más de 25.000 millones de dólares, cifra que muchos consideraron
absurdamente elevada.
Stephens era «el viajero estadounidense», el abogado de barba pelirroja
atrayente y romántico, autor de varios libros de viajes populares, que pasó por
Nicaragua de camino hacia las provincias mexicanas de Chiapas y Yucatán en
1840. Iba en busca de las «ciudades perdidas» de los mayas, y las encontró; del
libro donde relata esos descubrimientos, Incidents of Travel in Central
America(Incidentes de un viaje por América Central), se hicieron varias
ediciones. Era una obra clásica y emocionante que ahora se puede considerar el
comienzo de la arqueología estadounidense. Pero Stephens no tenía más capacidad
para pronunciarse sobre la viabilidad de construir un canal en Nicaragua con lo
poco que había visto que el ingeniero Horatio Allen desde la comodidad de su
despacho en Manhattan.
La construcción de un canal en Nicaragua no planteaba mayores problemas,
declaró Stephens. Era una tierra encantadora de lagos azules y vientos suaves,
altas montañas volcánicas y extensos valles de praderas verdes donde pastaba el
ganado. Nicaragua se podía convertir en el mejor lugar de veraneo del mundo si
se construyera un canal. Al igual que Humboldt, había escalado un volcán, el
Masaya, y luego, para horror de su guía, había descendido valientemente por el
cráter apagado. «Aquí ese volcán constituiría una fortuna con un hermoso hotel
en la cima, una barandilla para evitar que los niños se caigan al precipicio,
una escalera en zigzag por la pendiente y, al pie del monte, un lugar para
beber un vaso de limonada helada.» Señalaba que la montana probablemente se
podía comprar por diez dólares.
Lo cierto es que todos los proyectos propuestos para abrir un canal y tollos
los cálculos de coste presentados eran poco realistas, cuando no absurdos.
Todas las supuestas investigaciones sobre el canal realizadas hacia la mitad
del siglo presentaban defectos evidentes debido a suposiciones equivocadas o
dalos inadecuados. Las afirmaciones de que la tarea sería fácil provinieron de
necios o de personas sin el conocimiento preciso o que nunca habían visto una
selva tropical lluviosa.
El único paso importante que se dio antes de la fiebre del oro en California
fue de otra clase, pero tuvo escasa utilidad.
* * * *
El 12 de diciembre de 1846, en Bogotá, el nuevo encargado de
Negocios de Estados Unidos, Benjamin Alden Bidlack, natural de Wilkes-Barre
(Pensilvania), por iniciativa propia, firmó un tratado con el Gobierno del
presidente Tomás Cipriano de Mosquera. El acuerdo crucial se contenía en el
artículo XXXV. Nueva Granada garantizaba a Estados Unidos el derecho exclusivo
de tránsito por el istmo de Panamá, «utilizando cualquiera de los medios de
comunicación que ahora existen o que pueden ser construidos de aquí en
adelante». A cambio, Estados Unidos garantizaba «de manera positiva y efectiva»
tanto «la absoluta neutralidad» de la zona del istmo como los derechos de
soberanía de Nueva Granada en él. (Gracias a este acuerdo fue posible construir
el ferrocarril de Panamá.)
En Washington la noticia del acuerdo se recibió con moderado interés debido a
que Bidlack había actuado sin pedir instrucciones y porque existía una antigua
y arraigada desconfianza hacia las alianzas «enredosas». Fue necesario que
transcurriera un año y medio para que el Senado lo confirmara, cuando Nueva
Granada ya había enviado un representante especial a Washington, el sagaz Pedro
Alcántara Herrán, a fin de recabar apoyos.
El Tratado de Bidlack, como se le solía denominar, fue el único triunfo
diplomático de dicho político. Abogado y editor de un periódico en una ciudad
pequeña, fue congresista durante breve tiempo antes de viajar a Bogotá, y murió
siete meses después de la ratificación de su tratado.
* * * *
Durante tres siglos, el oro que había en los lechos de los
arroyos de Sierra Nevada había pasado inadvertido, y a pesar de la polémica
creada sobre los canales centroamericanos en la primera mitad del siglo XIX que
tanto sacudió al Nuevo Mundo, la región centroamericana continuó siendo un
lugar apartado. No se abrieron canales ni se tendieron vías férreas. Ni
siquiera había un camino para carretas que cruzara el Istmo. Pero en enero de
1848 un carpintero de Nueva Jersey vio que algo brillaba en el fondo del canal
de un molino en Coloma (California), y antes de un año América Central resurgió
de las sombras. Una vez más, como en la época de la conquista española, el oro
sirvió de catalizador.
Había tres rutas hacia el nuevo El Dorado —«cruzando las llanuras, rodeando el
cabo de Hornos o pasando el Istmo»—, y para los miles de individuos que
eligieron «pasar el Istmo» iba a ser una de las experiencias inolvidables de su
vida. La avalancha comenzó primero en Panamá, en la madrugada del 7 de junio de
1849, cuando el vaporcillo Falcon ancló frente a las tierras
bajas pantanosas de la desembocadura del río Chagres y unos doscientos
norteamericanos —en su mayoría jóvenes barbudos con camisas de franela roja,
cargados con rifles, pistolas, cuchillos de monte, colchonetas enrolladas,
vasijas y cacerolas, picos y palas— se precipitaron hacia la orilla como una
oleada ruidosa e incontenible. Al grupo disperso de panameños que los
contemplaba boquiabierto debió de parecerle que el pirata Morgan había vuelto
tras doscientos años para asaltar la fortaleza española de San Lorenzo, cuyas
severas murallas de piedra parda todavía dominaban el paisaje. Los invasores
gritaban y gesticulaban para darse a entender. Nadie parecía tener la menor
idea de dónde estaba el Pacífico y todos mostraban una prisa enorme por
emprender la marcha.
Por sorprendente que resulte, todos los integrantes de este primer grupo
sobrevivieron al cruce. Llegaron arrastrándose a la ciudad de Panamá, empapados
por la lluvia, cubiertos de barro, con los ojos hundidos por la falta de sueño
y un hambre voraz. Habían navegado río arriba en canoas indígenas por el
Chagres y luego avanzado por tierra a pie o a lomos de mula, como había hecho
Biddle y como lo harían otros miles como ellos, año tras año, hasta que el
ferrocarril de Panamá empezó a prestar servicio. Las viejas cartas y los breves
diarios encuadernados en cuero mencionan el calor sofocante y los repentinos
aguaceros cegadores. Hablan del espeso fango verde del Chagres, de las noches
pasadas en las chozas de los indígenas plagadas de bichos, de las epidemias de
disentería y de las mulas esparrancadas luchando por avanzar sobre el imposible
lodo negro azulado del camino. Un hombre de Troy (Nueva York) contó cuarenta
mulas muertas a lo largo del Camino de las Cruces, la serpenteante senda de la
selva que no alcanzaba un metro de anchura y por la que todos transitaban desde
el río hasta la ciudad de Panamá. Otros escribieron sobre los compañeros que
caían en el camino enfermos de cólera o de la temible fiebre del Chagres.
«No tengo tiempo de dar razones —escribió a su familia un hombre de
Massachusetts después de cruzar el istmo de Panamá—, pero al decir esto expreso
el sentimiento unánime de todos los viajeros a quienes he oído hablar; lo digo
con temor de Dios y amor a los hombres: nadie, por ninguna circunstancia, venga
por esta ruta. No tengo nada que decir de las otras, mas no tomen esta.»
Sin embargo, el ahorro en tiempo y distancia era considerable. De Nueva York a
San Francisco rodeando el cabo de Hornos el viaje suponía 20.917 kilómetros y
duraba varios meses. De Nueva York a San Francisco vía Panamá el viaje suponía
poco más de 8.000 kilómetros, lo que representaba un ahorro de 11.272
kilómetros. De Nueva Orleans a San Francisco por Panamá, en vez de rodear el
cabo de Hornos, el ahorro era de más de 13.881 kilómetros.
Además, la situación que se afrontaba en Panamá dependía a menudo de la
estación del año y el modo de ser del viajero. A muchos les encantaba el
espectáculo exuberante y primigenio de la selva, «abrumados por el pensamiento
de que todas estas maravillas han estado aquí desde el principio», como
escribió un hombre. A la esposa o a los padres que se habían quedado en casa
les describían como mejor podían los momentos en que los extraordinarios
pájaros multicolores irrumpían en el cielo; los enjambres de mariposas azules,
«como capullos de flores que se echaran a volar»; las montañas de un verde
brillante, «unas montañas que dejarían en vergüenza a Vermont», según decía un
joven de Bennington que estaba disfrutando mucho navegando por el Chagres. «El
clima era cálido, pero nuestra barca tenía techo […] y más importante aún es
que había a bordo una caja de botellas de vino clarete, tocino, pan y una barra
de ¡HIELO!»[2].
El pequeño ferrocarril comenzó a construirse en 1850 con la idea de terminarlo
en dos años. Pero se concluyó cinco años después con un coste de ocho millones
de dólares, seis veces más de lo calculado. Toda una generación de
estadounidenses sintió una atracción especial por la imagen de las vías que
cruzaban Panamá, de la locomotora de vapor que avanzaba a toda máquina por la
selva, arrastrando una serie de brillantes vagones de pasajeros y dejando oír
el silbato de vapor que dispersaba a los monos que trepaban a los árboles; «de
océano a océano» en algo más de tres horas. También era el primer ferrocarril
transcontinental del mundo —una sola vía de 1,50 metros de anchura (o vía
ancha) y una longitud precisa de 79,65 kilómetros— y la línea más cara del mundo
calculando a un dólar el kilómetro y medio, cara de construir y cara para
viajar en ella. Un billete sencillo costaba 25 dólares en oro.
Para los propietarios, el ferrocarril era el pequeño pero importantísimo enlace
terrestre del primer sistema de máquinas de vapor exterior que abarcaba los
nuevos Estados Unidos continentales. La Pacific Mail Steamship Company, con
oficinas en Nueva York, acababa de establecerse cuando llegaron al este las
noticias sobre el oro de California, es decir, cuando la idea de fundar una
empresa semejante parecía peligrosa o decididamente descabellada. Los barcos
iban y venían de Panamá por ambos océanos, proporcionando un servicio regular
de pasajeros y correo a California. (Un generoso subsidio del Gobierno federal
por el transporte del correo hizo que se considerara menos descabellada la
empresa.) William Henry Aspinwall, rico comerciante de Nueva York, fue el
fundador y el guía espiritual de la línea de vapores, y en la aventura del
ferrocarril se asoció con un banquero llamado Henry Chauncey y con John Lloyd
Stephens, quien en el tiempo transcurrido desde sus viajes a Nicaragua había
llegado a la conclusión de que el futuro estaba en Panamá. Stephens fue el
primer presidente de la Panama Railroad Company y su fuerza rectora hasta que
murió a los cuarenta y seis años. Fue el único de los tres socios que estuvo en
la selva durante la construcción del ferrocarril, y allí contrajo la fiebre
cuya recaída le produjo la muerte en el otoño de 1852.
Como el ferrocarril tenía el monopolio del tránsito por el istmo de Panamá, fue
un negocio muy lucrativo. Seis años después de haberse terminado, las ganancias
superaban los siete millones de dólares. Los dividendos eran del 15 por 100
como término medio, pero alcanzaron hasta el 44 por 100. Hubo ocasiones en que
las acciones del ferrocarril de Panamá, a 296 dólares, eran las de mayor precio
en la Bolsa de Valores de Nueva York.
Una demostración tan patente del valor en metálico de una conexión oceánica en
Panamá, incluso de una tan precaria como el pequeño ferrocarril de una sola
vía, estaba destinada a llamar la atención. Matthew Fontaine Maury, pionero de
los oceanógrafos, había afirmado a una comisión del Senado en fecha tan
temprana como 1849 que la construcción del ferrocarril en Panamá conduciría
directamente también a la de un canal, «una vez que se haya demostrado al mundo
la inmensidad de este negocio», pero nadie había previsto un éxito a tan gran
escala. Tan solo el volumen del tráfico humano —más de 400.000 personas desde
1856 hasta 1866— otorgaba a Panamá la posición de ruta más transitada, no
igualada por ninguna de las restantes que se habían indicado para abrir un
canal.
Asimismo, las exploraciones realizadas para la construcción del ferrocarril
produjeron dos informaciones pertinentes. Los ingenieros habían descubierto una
brecha en la montaña, a unos 19 kilómetros de la ciudad de Panamá, en un lugar
llamado La Culebra, donde la altura sobre el nivel del mar no era más que de 84
metros, es decir, unos 60 metros menos del lugar que hasta entonces se
consideraba la brecha más baja. Después, cuando estaban a punto de terminar sus
trabajos, determinaron de forma definitiva que no había ninguna diferencia de
nivel entre los dos océanos. El nivel del Pacífico no era seis metros superior
que el del Atlántico, como había sido la opinión aceptada durante siglos. El
nivel del mar era el mismo en ambos lados; la diferencia estribaba en la altura
de las mareas.
(Las mareas del Pacífico son tremendas y alcanzan una altura de cuatro a seis
metros, mientras que en el Caribe no hay mareas o apenas alcanzan una altura de
treinta centímetros. Cuando Balboa llegó por fin a la orilla del Pacífico, no
vio un mar enorme con olas majestuosas rompiendo contra la costa, sino una fea
llanura de barro ocre que se extendía cerca de dos kilómetros, pues la marea
estaba baja.)
Sin embargo, por irónico que parezca, fue la experiencia de los constructores
del ferrocarril la que sostuvo con mayor énfasis la elección de un camino
diferente, cualquier otra localización, para el canal. Si se tomaban en cuenta
las consideraciones humanas, Panamá era el peor de los lugares posibles para
enviar hombres a construir cualquier cosa.
Panamá se había conocido como un foco de epidemias desde los primeros
asentamientos españoles. Pero las historias de horror que surgieron de la
región a medida que las vías del ferrocarril avanzaban kilómetro a kilómetro
superaron todo lo que hubiera podido contarse. El precio que se pagó en vidas
humanas por la corta vía férrea fue tan alto como el que se asocia con las
épocas oscuras y bárbaras, anteriores a la edad del vapor y del acero y a la
marcha ascendente del progreso. El rumor que corría de boca en boca, repetido
de un lado a otro de los campos auríferos de California, el que llegaba a Nueva
York en el vapor, el que reiteraban una y otra vez las páginas deslustradas de
las viejas cartas, aseguraba que se podía contar un hombre muerto por cada
tramo de riel de la vía entre Colón y la ciudad de Panamá. En algunas
versiones, la mayoría de los fallecidos eran irlandeses; en otras, eran chinos.
La historia era un disparate —había unos sesenta y cuatro mil tramos de rieles
en el ferrocarril de Panamá—, pero eso no impedía que se propagara, y a juzgar
por lo que muchos miles de personas habían visto con sus propios ojos, parecía
bastante creíble.
No se sabe con certeza cuántos murieron. La compañía no llevaba un registro
sistemático y no había un recuento de cadáveres, a no ser que se tratara de
trabajadores blancos, que representaban una fracción del total de la mano de
obra empleada durante los cinco años de construcción. (En 1853, por ejemplo, de
unos 1.590 hombres que figuraban en las nóminas, 1.200 eran negros.) Sin
embargo, las reiteradas afirmaciones de la compañía de que solo habían muerto poco
menos de un millar de hombres eran claramente absurdas. Un cálculo más
razonable es 6.000 muertos, pero muy bien pudo haber sido el doble. Nadie lo
sabrá jamás, y las estadísticas no son tan importantes como la forma en que
murieron —de cólera, disentería, fiebres, viruela, todos los azotes contra los
que no se conocía prevención o cura.
Se había llevado a los trabajadores en barcos de carga desde todas las partes
del mundo. Eran hombres blancos, la mayoría irlandeses que ya habían construido
canales y ferrocarriles por toda Inglaterra, «marchitos como plantas cortadas
al sol». Pero de un millar de peones chinos, cientos cayeron tan rápidamente
como los irlandeses, atacados por las enfermedades, y casi todos tuvieron una
muerte miserable, mientras que otros cientos estaban tan afectados por la
«melancolía», un efecto posterior de la malaria, que se suicidaban ahorcándose,
ahogándose o ensartándose en afiladas cañas de bambú.
Durante el primer año, antes de que las vías llegaran más allá de los pantanos
y se pudiera contar con un cementerio en tierras más altas, fue un grave
problema desembarazarse de los cadáveres. Y como muchos de los que morían no
tenían más identidad que la de un nombre sin apellido, sin dirección ni
familiares conocidos, se desarrolló un negocio bastante macabro pero muy
próspero: se enviaban los cadáveres metidos en salmuera dentro de grandes
barricas a las escuelas de medicina y hospitales de todo el mundo. Durante
años, la Panama Railroad Company fue la abastecedora constante de dicha
mercancía, y las ganancias obtenidas bastaron para pagar el pequeño hospital
que construyó en Colón.
Un periodista que visitó el hospital en 1855, el año en que se terminó el
ferrocarril, escribió haber visto «las filas de melancolía» de hombres enfermos
y moribundos, después de haber sido acompañado por el médico que lo dirigía a
una plazoleta adjunta, «donde me mostró, sin ocultar su orgullo, su colección
de esqueletos y huesos, muy bien escogidos, que se estaban secando y
blanqueando bajo el sol ardiente». Tenía la intención de crear en aras de la
ciencia un «museo completo» en el que estuvieran representados todos los tipos
raciales que se encontraran entre los trabajadores del ferrocarril muertos.
El peor año había sido 1852, el año de la muerte de Stephens, cuando la
epidemia de cólera barrió todo el Istmo, comenzando en Colón con la llegada de
un vapor procedente de Nueva Orleans. Con la excepción de dos, todos los
técnicos estadounidenses que trabajaban allí —unos cincuenta ingenieros,
inspectores y delineantes— murieron. En el mes de julio, un nutrido
destacamento militar de varios cientos de hombres del 4.º Regimiento de
Infantería de Estados Unidos, en ruta a su guarnición en California, tuvo que
cruzar el istmo, y la trágica consecuencia fue la muerte de 150 hombres,
mujeres y niños. «Son indescriptibles los horrores del camino en la estación de
lluvias», escribió en su informe un joven oficial, el capitán Ulysses S. Grant,
cuyos terribles recuerdos de la experiencia se mantenían vivos en su memoria
años después, cuando ocupó la silla presidencial en la Casa Blanca.
Nicaragua era diferente.
Estados Unidos y Gran Bretaña estuvieron al borde de la guerra por su causa,
porque al iniciarse la fiebre del oro en ambos lados del Atlántico se le dio
una importancia enorme como el sitio adecuado para abrir un canal. La entrada
al canal nicaragüense por el Caribe sería San Juan del Norte, en la
desembocadura del río San Juan, y una cañonera británica se había apoderado de
la ciudad en 1848, rebautizándola con el nombre de Graytown. Se pudo evitar la
crisis con la firma de un tratado que comprometía específicamente a Estados
Unidos y Gran Bretaña a controlar de forma conjunta cualquier canal que se
construyera en Nicaragua o, por implicación, cualquier canal que se abriera en
cualquier parte de América Central. Fue el Tratado Clayton-Bulwer de 1850 —así
llamado en honor de John Clayton, secretario de Estado estadounidense, y sir
Henry Lytton Bulwer, el enviado especial británico—, que se recibió con aprobación
en Washington porque parecía evitar que el Imperio británico se introdujera en
América Central y excluía la posibilidad de que hubiera un canal de plena
propiedad y administración británicas en el hemisferio occidental. El
importante documento firmado por las dos potencias colocaba al posible canal de
Nicaragua en una categoría especial.
Nicaragua y Tehuantepec competían con Panamá por el comercio de California, y
aunque el tránsito por Tehuantepec nunca fue importante, el de Nicaragua sí lo
era, y mucho mayor de lo que suele suponerse. En 1853, por ejemplo, el tráfico
en ambas direcciones por Panamá rondó las veintisiete mil personas; el mismo
año, otras veinte mil prefirieron la ruta de Nicaragua, pasando de un océano a
otro en un improvisado sistema de transbordos de los vapores de poco calado del
río San Juan a los grandes vapores del lago y de allí a las diligencias
pintadas de azul celeste para viajar desde el lago al Pacífico. El cruce por
tierra de Panamá era más corto y rápido, pero Nicaragua estaba más próxima a
Estados Unidos y ofrecía un viaje total más breve y más rápido: ochocientos
kilómetros más corto y dos días más rápido. También era más barato el pasaje
completo vía Nicaragua y, tal vez tan importante como todo lo demás, este país
no tenía fama de trampa mortal.
El sistema de Nicaragua fue creación de Cornelio Vanderbilt, quien se interesó
por la construcción del canal y contrató al capacitado ingeniero Orville Childs
para que inspeccionara la estrecha faja de tierra que separaba el lago de Nicaragua
del Pacífico. Y en 1851 Orville Childs tuvo la buena fortuna de dar con un paso
que se encontraba a 47 metros sobre el nivel del mar. En otras palabras, había
encontrado un lugar que estaba más de 37 metros por debajo del punto más alto
del ferrocarril de Panamá, y en 1870 todavía no se había hallado un paso más
bajo en ninguna parte.
El ímpetu por resolver la cuestión del canal fue creciendo a medida que las
máquinas de vapor fueron transformando los viajes oceánicos a escala global. En
1854, el comodoro Matthew Perry con sus «barcos negros» obligó a Japón a abrir
sus puertas al comercio de Occidente. Siete años más tarde, la primera
delegación japonesa llegada a Estados Unidos, formada por dieciocho señores
armados con espadas y ataviados con las túnicas de los samuráis, cruzó por
Panamá en su viaje a Washington.
Un financiero de Wall Street llamado Frederick Kelley calculó que un canal que
cruzara América Central podría representar un ahorro anual de 36 millones de
dólares cuando menos para el conjunto del comercio estadounidense en reducción
de los seguros, los intereses sobre los cargamentos, uso y desgaste de los
barcos, salarios, abastecimientos, tripulaciones, y un ahorro total de 48
millones de dólares para todas las naciones marítimas. Afirmaba que bastaría,
sin tomar en cuenta los peajes, para pagar en pocos años lo que costara el
canal, aunque alcanzara los 100 millones de dólares, una posibilidad que casi
nadie preveía.
Desde la tragedia del teniente Strain, se había intentado varias veces la ruta
del Darién, así como en la cabecera del Atrato, pero sin resultado alguno. En
la década de 1860 comenzaron a aparecer pequeños grupos de exploradores
franceses en ambas zonas, y Frederick Kelley, que se convirtió en el propulsor
más ingenuo del canal en la época, gastó una fortuna para respaldar varias
expediciones desalentadoras, incluida una en búsqueda del «Canal Perdido de la
Raspadura» señalado por Humboldt. El jefe de esa expedición particular de
Kelley fue un hombre curtido por su larga experiencia en la selva, John C.
Trautwine, que ya había tomado parte en las investigaciones para construir el
ferrocarril de Panamá. No existía el tal canal perdido, informó al término de
su búsqueda por cientos de kilómetros en la región selvática del Atrato. Tal
vez un fraile español convenciera a sus fieles para que abrieran «un paso para
canoas», pero nunca hubo nada más. «He cruzado el Istmo tanto por la ruta del
ferrocarril de Panamá como por otros tres puntos más al sur —escribió Trautwine
en un destacado periódico científico—. Por cuanto pude observar, sumado a todo
lo que he leído sobre el tema, no puedo alentar la más leve esperanza de que
llegue a encontrarse allí un lugar practicable para la apertura de un canal
para barcos.»
¿Pero en qué palabra se debía confiar? ¿Cuáles eran los datos fiables?
La información disponible se había reunido de maneras tan distintas y por
individuos tan dispares que hasta al mejor de ellos le resultaba imposible ser
objetivo con su propia obra. Cuanto más difícil era obtener datos, mayor era el
coste en penurias físicas, tiempo o capital propio, y más difícil resultaba
apreciarlos sin apasionamiento. Las condiciones en las que tenía que realizarse
el trabajo de campo no solo eran extremadamente difíciles, sino que hasta los
hombres mejor intencionados y más experimentados podían equivocarse mucho si se
dejaban influir por la «sensación» del terreno, como les sucedió a casi todos
en un momento o en otro.
Los exploradores e ingenieros franceses tenían poca confianza en las investigaciones
estadounidenses; estos daban aún menor crédito a los datos atribuidos a una
fuente francesa. Las únicas investigaciones de importancia fueron las que se
realizaron para el ferrocarril de Panamá y las que llevó a cabo Childs en
Nicaragua. Solo una de ellas se hizo con miras a la apertura de un canal, y no
fue muy adecuada. Jamás se había intentado realizar el estudio organizado en el
que insistió Humboldt, pese a lo mucho que se habló y las energías gastadas.
Debe añadirse además que ninguna corporación o institución seria
—estadounidense, europea, científica o militar— había dedicado su atención a la
cuestión crucial de qué clase de canal se iba a construir: en
interés del comercio y las futuras generaciones, tendría que ser un canal
abierto al nivel del mar, como el canal de Suez, o bien uno que elevara los
barcos para pasarlos por encima de la barrera terrestre mediante un sistema de
esclusas.
III
Al caer la tarde del 21 de febrero de 1870, después de hacer una
escala en Colón para recoger al comisario colombiano don Blas Arosemena, quien
iba a acompañar a la expedición, así como a un grupo de macheteros, el balandro
de vapor Nipsic llegó a la bahía de Caledonia. El tiempo era
agradable. En el Darién, la estación seca es la época en que los vientos suaves
y frescos soplan del norte y a lo largo de la costa el cielo despejado es de un
azul intenso. Las lluvias son escasas, salvo en las montañas, y las
temperaturas oscilan de los 20 a los 23 grados centígrados; el cielo se
mantiene inmaculado de día y de noche.
Se iba a marchar hacia las abruptas montañas verdes que se alzan a pocos
kilómetros de la costa. Selfridge se dirigiría al paso de Caledonia, que desde
la bahía parecía más bajo de lo que era en realidad y que incluso un observador
experimentado podría tomar por el lugar perfecto para abrir un canal. Era el
que había atraído la atención del doctor Edward Cullen.
Selfridge dio órdenes estrictas respecto a los indios. Sus propiedades serían
«respetadas por completo» y no se entraría a las aldeas sin su consentimiento.
Al menor «ultraje a sus mujeres» se respondería con un castigo ejemplar.
Las operaciones se iniciaron el 22 de febrero, a la mañana siguiente de la
llegada. Selfridge se encontró en la playa con el jefe de la tribu de
Caledonia. «Cuando tú das una orden a cualquiera de tus jóvenes, esperas que te
obedezcan, ¿no es así? — preguntó Selfridge—. He sido enviado aquí por mi gran
jefe —prosiguió—, con órdenes de cruzar el país, y debo obedecer. Cruzaré hasta
el Pacífico en son de paz si es posible; pero si no es así, tengo una gran
fuerza bajo mi mando.» El indio respondió que los hombres blancos podían ir
donde quisieran, mas advirtieron que no conocían el interior. Al igual que los
restantes indios que se vieron en la playa, era un hombre de corta estatura,
pero musculoso y rápido, con ojos brillantes e inteligentes. «No fui capaz de
descubrir su antigua forma de culto —escribió Selfridge—. Creen en los malos
espíritus y […] creen que Dios hizo el país tal como es, y que se enfadaría con
ellos y los mataría si ayudan en cualquier construcción de los hombres
blancos.»
Cuatro días después, dejando en la bahía un pequeño grupo para que organizara
una estación de telégrafos y un observatorio astronómico, partió Selfridge
tierra adentro con una fuerza de unos ochenta hombres, contando a marinos y
macheteros, para hacer un reconocimiento. Regresaron, transcurrida una semana,
sucios, agotados y con mucho que contar. Habían encontrado el río Sucubti que
corre hacia el Pacífico, el mismo río que debió de seguir Strain. Una vez que
llegaron a las montañas, llovió casi continuamente y en algunos lugares
tuvieron que andar entre despeñaderos por veredas angostas con grandes
gargantas a cada lado («en cuyo fondo se escuchaba el rugido de las fieras
salvajes»). Algunos de los hombres de mayor edad, veteranos de la Guerra Civil,
aseguraban que nunca habían tenido una experiencia que igualara a la marcha.
Pero habían cruzado la divisoria.
El 8 de marzo, un grupo de inspección a gran escala emprendió la marcha,
llevando consigo lo necesario para ir instalando una línea telegráfica a medida
que avanzaban a fin de informar de los progresos al campamento base. Dos
semanas después, el 22 de marzo, W. H. Clarke, el jefe de telegrafistas que iba
con el grupo, envió el siguiente mensaje:
Voy al frente. Avanzamos bien por la peor comarca que haya
visto, en camino hacia el Pacífico; imposible escribir; todos estamos bien y
con buen ánimo.
El 30 de marzo llegó otro mensaje del telegrafista Clarke,
dirigido al comandante Lull y a la tripulación del Guard.
La columna entera de los Cuerpos de Inspección y Telégrafos se
une para enviarles a todos los amigos de a bordo un saludo desde la cumbre de
la cordillera divisoria. Mirando hacia el oeste, contemplamos la tan buscada
vertiente del Pacífico que se extiende a lo lejos con la apariencia de una
selva impenetrable; hacia el noroeste la bahía de Caledonia y el Guardson
claramente visibles; a mi alrededor veo al teniente Schulze, el señor J. A.
Sullivan, los alféreces Collins y Eaton del Guard, los señores H. L. Merinden,
J. P. Carson, T. H. O'Sullivan y Calvin MacDowell, y mientras telegrafío este
mensaje están cantando
Es muy duro el camino hacia el Jordán.
De lo que no se informó, aunque ya se sabía, fue de que el paso más bajo en la
ruta del Sucubti se hallaba a 166 metros sobre el nivel del mar y que las
montañas tenían una altura de 300 metros o más, tal como había informado
Strain. Así pues, lo dicho por Edward Cullen era un fraude.
Pero la expedición siguió adelante, soportando considerables penalidades. Con
mucha frecuencia, el terreno presentaba tales condiciones que resultaba
imposible llevar a cabo los trabajos de nivelación y la colocación de cadenas;
fue necesario dar grandes rodeos y la labor de inspección fue tan lenta que
solo se conseguía avanzar unos trescientos metros cada día. Las cámaras de
Timothy O'Sullivan, las pesadas bandejas de vidrio y la tienda oscura que había
llevado fueron completamente inútiles debido al calor, la humedad y la
vegetación que casi ocultaba la luz del día.
La vestimenta de los expedicionarios consistía en un sombrero de paja de alas
anchas, camisa azul de franela, pantalones de lona y zapatos con polainas de
lona. La camisa de franela la llevaban directamente sobre la piel. Al comenzar
la jornada, cada hombre bebía una cucharada de whisky y se tragaba dos tabletas
de quinina. Gracias a esas medidas de precaución y «a la ayuda de la
Providencia» el comando gozó de «una salud espléndida» durante todo el tiempo
que estuvo en la selva, según afirmó Selfridge.
Tal vez a causa de las órdenes preliminares de Selfridge, o quizá por la
llamativa guardia de marines, no hubo ningún conflicto con los
indios del interior, a pesar de que los encontraron en número mucho mayor al
esperado y a que ninguno de ellos había visto antes a un hombre blanco. Cierta
vez, estando en el Sucubti, varios indios armados con flechas envenenadas se
ofrecieron para servirles de guías, pero condujeron al grupo por el curso más
tortuoso posible. Los estadounidenses cayeron en la cuenta del engaño, pero no
dijeron nada porque «les pareció más prudente no ofenderlos».
Algunas anotaciones del diario de campaña que escribió Selfridge sirven para
indicar lo que fueron aquellos días:
Jueves, 7 de abril. —Emprendimos la marcha a las seis y
media de la mañana en compañía del indio Jim y otros más. […] Uno de los
marines hirió en el brazo a otro soldado con un disparo accidental. Dejamos al
herido en el campamento. Los indios se sorprendieron mucho de que tomásemos el
asunto con tanta frialdad y dos o tres fueron corriendo a decírselo a su jefe.
Alrededor de las nueve de la mañana llegamos otra vez al río y los indios nos
dejaron. […] A las dos y media vadeamos el río de La Paz; era el río más
profundo de los que hemos encontrado, pues el agua nos llegaba a los sobacos y
nos vimos obligados a llevar el parque y las provisiones sobre la cabeza.
Pudimos ver varios árboles en los que había muchos monos, veinte o treinta en
cada árbol; matamos algunos, que nos proporcionaron una comida agradable que
tanto necesitábamos. […]
Viernes, 8 de abril. — […] Eugenio, el machetero, fue picado durante la
noche por un escorpión o una tarántula, y se le hincharon tanto la pierna y el
pie que tuvimos que dejarlo atrás. […] Pasamos una noche horrible, atormentados
por los mosquitos y los jejenes.
Sábado, 9 de abril. —Caminamos río abajo por la orilla derecha. Dejamos
atrás a nueve hombres que estaban descalzos. Nos abrimos paso con los machetes
a través de una tupida maleza para avanzar poco más de un kilómetro y medio […]
Domingo, 10 de abril. —Otra noche en vela por culpa de los insectos […]
«Íbamos a descubrir —escribió Selfridge más tarde— que, a pesar
de los preparativos hechos con el mayor cuidado, el éxito de la expedición
dependía sobre todo de nuestra tenacidad extraordinaria y voluntad para
resistir las penalidades.» Eran indescriptibles los tormentos que les infligían
los jejenes y los mosquitos: «había tantos mosquitos que muchas veces vi cómo
apagaban la llama de una vela con sus cuerpos quemados». Ya no era un misterio,
bromeaba, el hecho de que los secretos del Istmo hubieran permanecido ocultos
durante tantos años.
Una semana después, en la bahía de Caledonia, Selfridge llegó a la conclusión
de que ya había visto todo lo preciso de la ruta de Cullen. Por consiguiente,
el 20 de abril la expedición recogió sus pertenencias y partió en dirección al
golfo de San Blas, otro magnífico puerto sobre la costa del Darién, a unos 160
kilómetros al oeste, cerca del ferrocarril de Panamá. También allí las montañas
parecían ofrecer un paso de poca altura, y, según los informes de una de las
expediciones de Frederick Kelley, la distancia entre marea y marea era de 48
kilómetros. San Blas era una simple cresta a cuyos lados se acercaban ambos
océanos hasta casi tocarse como no sucedía en ninguna otra parte del Darién ni
de América Central.
Selfridge hizo desembarcar a sus hombres para ir en busca del Mandinga, el río
más grande en la vertiente del Atlántico, entre el Atrato y el Chagres. Para
entonces había vuelto la estación de las lluvias y las tierras bajas se habían
convertido en un enorme pantano de superficie temblorosa. Con frecuencia «los
hombres se vieron obligados a pasar la noche en los árboles, pues el agua
crecía con tanta rapidez que los arrebataba de las camas». Durante una semana
de esfuerzos incesantes, consiguieron examinar tres kilómetros escasos, y
transcurrió un mes completo antes de que pudieran medir el portillo que desde
el mar había parecido tan cercano. Su desalentadora altura era 91 metros.
Con las provisiones a punto de acabarse, los hombres agotados («y sin el
incentivo de la novedad»), todos los zapatos de repuesto — ¡seiscientos pares!—
gastados, Selfridge pensó que tal vez debían regresar y navegar rumbo a casa.
Pero «si pudiéramos transportar nuestros teodolitos y niveles hasta la
divisoria, tendríamos la oportunidad de decidir si esta ruta es practicable».
Así pues, prosiguió con un grupo escogido transportando su voluminoso y
delicado equipo de un punto a otro, clavando estacas, llenando cuadernos de
páginas de cifras, observaciones sobre plantas y animales, y anotaciones
geológicas. El 7 de junio, sobre la cumbre de la cordillera, a una altura de
348 metros en el barómetro, clavaron la estaca número 96.000.
En la vertiente del Pacífico cambiaba el clima y las restantes características
de la comarca. «Los árboles, el suelo, todo es distinto —anotó Selfridge—; y el
tiempo es muy bueno.» Marcaron la línea hasta el punto en que coincidió con la
que la gente de Kelley había trazado en el mapa. Después, habiendo seguido la
línea de Kelley lo bastante lejos como para quedar satisfechos con su
exactitud, regresaron a su punto de partida, sin recorrer todo el camino hasta
el Pacífico.
Entonces Selfridge pudo informar de que el canal era igualmente impracticable
en la ruta de San Blas que en la ruta de la bahía de Caledonia. Sería necesario
abrir un túnel, y aunque fuera posible construir suficientes esclusas para
elevar los barcos sobre las montañas hasta la altura inverosímil de 1.609
metros, a ese nivel no se podría contar con ríos que suministraran agua para el
canal.
* * * *
Selfridge volvería al Darién con una segunda expedición antes de
que terminara el año en busca del sector situado frente al golfo de Urabá,
donde el Istmo se une a América del Sur. En esa segunda expedición navegó río
arriba por el Atrato hasta el Napipi para explorar la ruta que a Humboldt le
había parecido tan prometedora. Más tarde, en 1873, estuvo al mando de una
tercera expedición que subió por el Atrato hasta sus fuentes. Pero ninguna
obtuvo resultados comparables a la del Darién en 1870. Aquel fue el mayor logro
de su vida. Nada de lo que se había hecho antes o de lo que hizo después
presentó tantas dificultades ni proporcionó tanta satisfacción personal. No
importaba que no hubiesen hallado el paso, como escribió al final de su larga
vida, pues habían marcado el camino.
En el informe oficial que Selfridge presentó al secretario Robeson decía
sencillamente que el esfuerzo había servido para facilitar las cosas: «el campo
de investigación se ha reducido, y el problema, limitado». Estaba convencido de
que el factor determinante debía ser el tipo de canal que se pensaba construir.
El canal «debe compartir las características de un estrecho, sin esclusas ni
impedimentos que prolonguen el paso […]». Debe ser «un corte transversal» al
nivel del mar, escribió; un canal como el de Suez; y, por lo que se sabía de
América Central, el único punto donde dicho paso sería factible era Panamá.
«¡Qué triste es detenerse y darlo todo por concluido!
¡Qué triste es enmohecerse sin arder, y dejar de brillar por egoísmo!»
ALFRED TENNYSON, Ulysses
I
La independencia, la fuente de energía para su vida como tantas
veces señaló, llegó con retraso a la existencia de Ferdinand de Lesseps.
Ferdinand De Lesseps. (Calves Pictures Inc.)
Siempre había poseído ese encanto irresistible mundialmente
famoso que lo llevó tan lejos, había nacido con él, pues se decía que era un
rasgo familiar, lo mismo que el gusto por la aventura y la buena apariencia.
Desde el principio de su carrera en Lisboa había causado una profunda
impresión. Los observadores más viejos decían que se parecía a su padre y a su
célebre tío Barthélemy de Lesseps. Congregaba a su alrededor amigos de ambos
sexos sin ningún esfuerzo. «Ferdinand encuentra amigos en todas partes —escribía
su primera esposa en una carta enviada desde Málaga—. Lo quieren con verdadero
afecto […]. Es maravilloso tener un esposo tan amado por todos.» Un poco más
adelante, añadía: «Ferdinand es tan bueno, tan amable, que va esparciendo vida
y alegría por donde pasa».
Era inteligente y apasionado; amaba los libros, la música, los caballos, su
trabajo, a sus hijos, a su primera esposa, llena de gracia e ingenio, a su
deslumbrante segunda esposa y, de vez en vez, si hemos de creer a un biógrafo
francés que le admiraba, a las esposas de los demás. Pero no obtuvo su anhelada
independencia hasta cumplidos los cuarenta, y le llegó inesperadamente, por
impulsos ajenos a él.
En el verano de 1870, cuando se hallaba en la plataforma rodeada de flores
dentro del Palacio de Cristal, sonriendo mientras los niños de las Escuelas
Industriales Lambeth efectuaban su «saludo egipcio», Ferdinand de Lesseps tenía
sesenta y cuatro años, y casi era tan viejo como el siglo. Había nacido el 10
de noviembre de 1805, el año de Austerlitz, en una casa de piedra ocre y
contraventanas blancas que todavía se conserva en la ciudad de Versalles. A
unos cuarenta y cinco metros de la casa, pasando la puerta de hierro al final
de la Rue de la Paroisse, estaban los jardines del palacio de Versalles, el
gran estanque de Neptuno con sus fuentes espectaculares, y más allá, a
kilómetro y medio, el Gran Canal de Versalles, que en los tiempos de Luis XIV
estaba lleno de góndolas pintadas de vivos colores y fue el escenario de
batallas navales simuladas con auténticos barcos.
Desde hacía mucho tiempo, su familia se había distinguido en el servicio
diplomático francés. A los hombres de la familia se les tenía por «amantes del
progreso y la actividad»; eran cultos, atléticos, amigos de la buena vida y
extraordinariamente atractivos para las mujeres. Un tío abuelo, Dominique de
Lesseps, fue ennoblecido por sus servicios al Estado un siglo antes del
nacimiento de Ferdinand. El abuelo, Martin de Lesseps, había sido cónsul
general de Francia ante la corte de Catalina la Grande, y el padre de
Ferdinand, el conde Mathieu de Lesseps, fue un destacado diplomático
napoleónico y amigo de Talleyrand. En Egipto, durante la época de la ocupación
británica, es decir, poco antes de que Ferdinand naciera, el sagaz Mathieu de
Lesseps había obrado milagros en favor de las relaciones franco-egipcias, y en
1818, cuando el joven Ferdinand entraba en el Liceo Napoleón, Mathieu fue
enviado a Estados Unidos. Unos sesenta años más tarde, durante la inauguración
de la Estatua de la Libertad en Nueva York, Ferdinand recordaría que fue su
padre el que negoció el primer tratado comercial entre Francia y Estados
Unidos.
Barthélemy de Lesseps, el famoso tío, hablaba tres idiomas a los diez años. En
la veintena se embarcó en la última expedición del navegante La Pérouse para
rodear el cabo de Hornos hasta California y de allí navegar a Petropavlosvsk,
en la península de Kamchatka. Desde allí, por órdenes de La Pérouse y con el
invierno acercándose, partió solo en 1787 para regresar a Francia. Un año
después, vestido como los habitantes de Kamchatka, fue presentado al rey Luis
XVI en Versalles, después de haber viajado todo el trayecto por Siberia hacia
San Petersburgo en trineos tirados por perros, y de allí a París. De la noche a
la mañana se convirtió en héroe nacional, y en su carrera diplomática posterior
—primero bajo la Monarquía, después bajo el Imperio y por último bajo la
Restauración— se distinguió en repetidas ocasiones: sobrevivió a tres años de
prisión en Turquía y a la retirada de la Grande Armée de
Moscú. Así pues, Ferdinand pasó toda la infancia nutriéndose de relatos sobre
resistencia numantina, empresas heroicas y triunfos clamorosos en los confines
más remotos del mundo.
Su madre fue Catherine de Grivignée, hija de un francés que se había
establecido en España para prosperar en el negocio de vinos y se había casado
con una española de buena familia. La madre había vivido en España hasta que se
casó; el español era su lengua materna, y su carácter era muy hispano, como
recordaría Ferdinand. Él había crecido hablando español con la misma soltura
que francés, lo cual aduciría más adelante para explicar el atractivo especial
de Panamá, «un país hecho para seducirlo».
Nunca abundó el dinero en la familia, aunque pareciera lo contrario. Las joyas
de su madre fueron empeñadas a escondidas por lo menos una vez para cubrir los
gastos de la casa, y su padre había muerto casi en bancarrota. Ferdinand
tampoco llegó a tener grandes riquezas. Al igual que su progenitor, se casó
bien y, al igual que él, vivió siempre a lo grande. Pero la fama de la fortuna
de los De Lesseps era una fantasía.
Es imposible decir si en su primera juventud se imaginó una vida que no
estuviera relacionada con la diplomacia. Pero a los diecinueve años, después de
haber estudiado algo de derecho, fue nombrado élève-consul junto
a su tío y luego embajador francés en Lisboa. Posteriormente prestó sus
servicios en Túnez con su padre hasta 1832, año en que murió; luego vinieron
los siete años bíblicos en Egipto, donde ser el hijo de Mathieu de Lesseps fue
una ventaja manifiesta. Más tarde llegaron Rotterdam, Málaga y Barcelona. En
1848, a los cuarenta y tres años, fue nombrado ministro en Madrid.
Era un trabajo que disfrutaba y realizaba bien. Era eficaz y gallardo. Montaba
a caballo con gran prestancia. Era buen tirador y destacaba entre los
deportistas. («Estas saludables ocupaciones —escribió un biógrafo muy
victoriano— contribuyeron ampliamente a fomentar una salud robusta y una
constitución de hierro, gracias a las cuales fue capaz de soportar, sin
sentirlas siquiera, las innumerables fatigas, penurias y viajes a todas partes
del mundo.»)
Aunque su estatura era algo inferior a la media, estaba muy bien proporcionado.
Tenía una bonita cabeza con espeso cabello negro, una buena barbilla y una
sonrisa brillante que la gente recordaba. Sus ojos eran oscuros y vivos. Y
todavía no se había dejado bigote.
Su esposa, de soltera Agathe Delamalle, le dio cinco hijos, de los cuales solo
dos vivieron hasta la edad adulta; Agathe parece que fue otra de las
influencias importantes en la carrera de Ferdinand. Un oficial francés la
describió como «esa joven señora de mirada clara, ingenio y decisión […]».
«Brillaban diamantes por todas partes —se leía en otro relato de la época sobre
un baile que ofreció en Barcelona—. Madame de Lesseps recibió a los invitados
con una gracia exquisita. Su atuendo era encantador y lo llevaba con esa
prestancia maravillosa de la que solo una parisienne tiene el
secreto. Hemos de añadir que el afecto que todos le profesan contribuyó mucho
al éxito de la magnífica velada que se prolongó hasta las primeras horas de la
madrugada.»
Al parecer, el interés por la construcción de canales se despertó en Ferdinand
cuando estaba en Egipto, a principios de la década de 1830, con la llegada de
los sansimonianos, unos veinte franceses, ingenieros civiles en su mayoría,
encabezados por un personaje increíble llamado Prosper Enfantin. Anunciaron que
habían ido para cavar un canal en Suez, una obra de profundo carácter religioso.
Su mesías era el difunto Claude Henri de Rouvroy, conde de Saint-Simon, quien
había luchado a las órdenes de Lafayette en Yorktown y luego, al regresar a
Francia, fundó su propia filosofía radical, encaminada a crear un nuevo orden
mundial. Fue él quien escribió: «De cada uno según su capacidad, a cada uno
según su trabajo». La propiedad privada y el nacionalismo iban a ser cosas del
pasado. La dirección de la humanidad iba a confiarse a una clase privilegiada
de artistas, científicos e industriales. La buena sociedad se lograría mediante
el trabajo ennoblecedor y regenerativo. El mundo iba a ser salvado de la
pobreza y de la guerra mediante mejoras públicas inmensas, redes de carreteras,
ferrocarriles y dos grandes canales para barcos en el istmo de Suez y en el
istmo de Panamá.
Prosper Enfantin había recogido el estandarte tras la muerte del Maestro,
llamándose a sí mismo Le Père, «una mitad de la Pareja de la
Revelación». Afirmaba que la otra mitad era una mujer divina que todavía se
tenía que dar a conocer. Se estableció una «iglesia» en la Rue Monsigny en
París, donde se organizaban lujosas recepciones para dar la bienvenida a las
«mujeres mesías», candidatas al honor de ser recibidas en el adornado
dormitorio del padre Enfantin. Además, en una finca privada cercana a París,
fundó una colonia masculina para sus fieles, donde el hábito prescrito,
diseñado por el pintor Raymond Bonheur, consistía en una larga túnica suelta de
color violeta, pantalones blancos muy ajustados, chaleco escarlata y una enorme
faja de seda ricamente bordada. Enfantin, que era un hombre alto y con barba,
llevaba bordadas las palabras «Le Père» sobre la pechera de su blusa. Cuando
fue llevado ante los tribunales por su defensa del amor libre, apareció calzado
con altas botas militares y una capa de terciopelo orlada de armiño. Al
pedírsele que defendiera su conducta, permaneció de pie inmóvil y callado, y
luego explicó que deseaba que el tribunal tuviera un momento de silencio para
que reflexionara sobre su belleza.
Pero, a pesar de todas esas extravagancias, su inteligencia era extraordinaria.
Había sido un estudiante sobresaliente en la École Polytechnique, la máxima
autoridad en formación científica en Francia. Era un financiero importante y
entre los convertidos a su credo figuraban financieros destacados, hombres de
negocios respetables, periodistas y muchos de los más notables ingenieros
civiles de Francia.
Enfantin había juzgado que Suez era una empresa más fácil que la de Panamá. Por
añadidura, había recibido la premonición de que su cónyuge femenina lo estaba
esperando en alguna parte de aquella antigua cuna de la civilización. Así pues,
después de cumplir una breve sentencia en la cárcel, se embarcó hacia Egipto, y
fue De Lesseps quien convenció al virrey gobernante, Muhammad Alí, para que no
ordenara su expulsión. Tal vez fuera también De Lesseps quien le prestó ayuda
económica. Sea como fuere, Enfantin y sus ingenieros se fueron al desierto de
Suez.
Al cabo de cuatro años, más de la mitad había muerto de cólera y lo que habían
realizado carecía de valor práctico. Sin embargo, por fin se hablaba en Europa
con seriedad de la perspectiva de abrir un canal en Suez como resultado del
proselitismo de Enfantin, y el joven De Lesseps, aunque no era un sansimoniano
del todo convertido, había adquirido convicciones que iban a durarle toda la
vida. «No olvides que para realizar grandes cosas debes sentir entusiasmo», le
había dicho Enfantin, repitiendo una de las exhortaciones del Maestro en su
lecho de muerte.
Sin embargo, no hubo un desvío inmediato del avance de su carrera modélica, y
nadie habría podido profetizar con los métodos habituales de valoración el
futuro que aguardaba al joven diplomático. Las cimas a las que aspiraba solo
pueden imaginarse, y probablemente eran del tipo predecible.
Contemplándola en retrospectiva, la vida de De Lesseps destaca como una de las
más extraordinarias del siglo XIX, incluso sin tomar en cuenta la aventura de
Panamá. El hecho de que entre todos los hombres de su tiempo haya sido él quien
realizó «el milagro» en Suez es de por sí milagroso. Ahí estaba de repente.
Aunque desde 1869 se le conoció como «El Gran Ingeniero», no era tal cosa. No
tenía conocimientos técnicos ni experiencia en las finanzas. Sus dotes como
administrador eran modestas. Cualquier tipo de rutina le aburría de inmediato.
El gran momento decisivo, el traumático acontecimiento personal del que iba a
provenir tanta historia, llegó en 1849. Que sucediera precisamente ese año, el
de la fiebre del oro, cuando Panamá resurgió de las sombras, parece una
jugarreta del destino que ni siquiera un novelista de su época se habría
atrevido a soñar.
La fuerza expedicionaria francesa enviada para someter a la República Romana
recién creada por Mazzini y restaurar el dominio papal fue inesperadamente
rechazada en Roma por Garibaldi. De Lesseps, que en esos momentos se encontraba
en París, recibió la orden de partir de inmediato para resolver la crisis.
«Guiado por las circunstancias», iba a complacer a todas las partes y lograr un
arreglo pacífico. Con todas las miradas puestas en él, había hecho gala de la
increíble resistencia y resolución que era capaz de reunir. Convencido de que
podría tener éxito, estuvo a punto de lograrlo, sin darse cuenta, al parecer,
de que su Gobierno lo estaba utilizando solo como un medio para ganar tiempo.
Se acordó un alto el fuego temporal. Pero entonces llegaron los refuerzos
franceses; Luis Napoleón, el nuevo «Príncipe-Presidente» de Francia, dio la
orden y el ejército francés atacó.
Llamado a consultas de inmediato, De Lesseps fue reprendido públicamente ante
la Asamblea por haberse excedido de sus instrucciones. Cuando Roma cayó ante el
ejército francés, De Lesseps no tuvo más alternativa que renunciar. Corrieron
rumores de que la tensión de la misión había sido excesiva y que había perdido
temporalmente la razón.
Así pues, a los cuarenta y tres años, se quedó sin la carrera que sus
antecedentes y sus dotes naturales le habían augurado y a la que se había
entregado en cuerpo y alma. El futuro era una página en blanco. Tenía deudas.
Nunca había experimentado el desprecio público. Sin embargo, hacia el exterior
siguió siendo el hombre de siempre, ostentoso, seguro de sí mismo, madrugador y
ocupado todo el día. Se mudó con su esposa y sus tres hijos jóvenes a un piso
de la Rue Richepanse y durante los cinco años siguientes dividió su tiempo
entre la ciudad de París y una finca campestre en el centro de Francia, un
viejo castillo con torres en la provincia de Berri que había pertenecido a
Agnès Sorel, la amante de Carlos VII. Conocido como La Chesnaye, había sido
adquirido a instancias de De Lesseps por su suegra Madame Delamalle, que
acababa de recibir una considerable herencia. La finca se encontraba cerca de
la aldea de Vatan, en una llanura abierta de fértiles tierras dedicadas en su
mayoría al cultivo del trigo, con un gran cinturón de bosque a unos kilómetros
hacia el sur. La ambición de De Lesseps era crear allí una granja modelo, y se
entregó de lleno al papel de caballero del campo.
Para ocupar su mente volvió a interesarse por el canal de Egipto, leyendo todo
lo que caía en sus manos. Retomó el contacto con Prosper Enfantin, para quien
el sueño egipcio seguía vigente. Este le proporcionó estudios y artículos de
sus archivos con la idea de unir sus fuerzas. Sin embargo, De Lesseps no tenía
tal intención. Había decidido que de allí en adelante su destino estaría en sus
propias manos. Años atrás, cuando se encontraba en Egipto, Muhammad Alí le
había aconsejado: «Mi querido De Lesseps […] cuando tienes algo importante que
hacer, si sois dos, siempre sobrará uno».
Mientras tanto, otro sangriento giro político convulsionaba a Francia. El
inverosímil «Príncipe-Presidente» provocó un golpe de Estado, se nombró
dictador y proclamó el nacimiento del Segundo Imperio. Como emperador Napoleón
III, anunció su propósito de guiar a Francia hacia una nueva era de progreso.
«Tenemos campos inmensos que cultivar, carreteras que abrir, puertos que
acondicionar, canales que cavar, ríos para hacerlos navegables y vías férreas
que terminar.» Los sansimonianos se incluían entre sus partidarios más
fervientes.
Napoleón III se rodeó de una corte brillante en las Tullerías, y en una soleada
mañana de invierno se casó en Notre-Dame con la espectacular Eugenia de
Montijo, mitad española y mitad escocesa, algo aventurera y prima lejana de
Ferdinand de Lesseps. (La madre de este y la abuela de la emperatriz fueron
hermanas.) Lo bastante joven como para ser hija de su primo Fernando, como lo
llamaba en español, siempre había recurrido a él para solicitar consejos.
Apreciaría sus opiniones de manera especial ante sus nuevas responsabilidades,
escribió una semana antes de la boda.
Pocos meses después, en la primavera de 1853, Agathe Delamelle de Lesseps murió
de escarlatina, y un hijo suyo, homónimo de su padre, falleció por la misma
causa. De Lesseps buscó refugio en La Chesnaye y se entregó a proyectos
rutinarios y sus estudios sobre el canal. La vida —escribió a su hijo mayor—
exigía valor, resignación y confianza en la Providencia. Charles, muchacho de
doce años amable y atento que estudiaba en París, se había convertido en una
fuente de orgullo especial.
Entonces, cuando menos se esperaba, llegó la noticia de que el virrey que
gobernada Egipto había sido asesinado por dos esclavos. De Lesseps se hallaba
sobre un andamio, trabajando con unos albañiles en la reparación del viejo
castillo, cuando llegó el cartero con el correo de París. «Los trabajadores se
pasaron mis cartas y papeles de mano en mano. Imagínense mi asombro cuando leí
la noticia de la muerte de Abbas-Bajá […]. Me apresuré a bajar del andamio y
escribí de inmediato una carta de felicitación al nuevo virrey.» El nuevo
virrey era Muhammad Said, con quien De Lesseps había entablado amistad años
atrás, cuando no era más que un muchacho solitario, gordo y sin atractivos.
Muhammad Said, en cuyo honor De Lesseps dio el nombre a Port Said, se había
convertido desde entonces en un hombre corpulento de mirada fiera, buen comedor
y bebedor, y narrador jovial de «cuentos franceses», un gobernante al que le
gustaba hacer que sus bajás avanzaran entre pólvora portando velas encendidas
para poner a prueba su fortaleza. Pero, lo que es más importante, era conocido
por sus impulsos, por lo cual De Lesseps no perdió tiempo para viajar a Egipto.
Como bienvenida, Muhammad Said organizó unas maniobras en el desierto
occidental con un ejército de diez mil hombres, a los que se unieron los
beduinos de varias tribus y una banda militar. Esa era la clase de espectáculos
que le encantaban a De Lesseps. Viajó a lo grande, con su tienda particular,
muebles de caoba, ropa de cama de seda y hielo para el agua de beber.
En las páginas de su diario se percibe una euforia repentina, un gran
sentimiento de liberación y aventura.
Se reunió con Said en el puesto de mando del desierto, a las afueras de
Alejandría, el 13 de noviembre de 1854. Los dos estaban muy contentos. Said
expresó su deseo de iniciar su régimen con alguna gran empresa. ¿Tenía
Ferdinand alguna idea? Pero De Lesseps no dijo nada del canal; estaba a la
espera de una señal, como explicó más tarde.
Por la noche observó el cielo del desierto. Antes del amanecer ya estaba de pie
fuera de su tienda y pasó el día galopando kilómetros y kilómetros por el
desierto montado en un magnífico caballo árabe. Pero a la mañana siguiente supo
que el momento había llegado. Estaba de pie ante su tienda, envuelto en una
bata roja, observándolo todo a su alrededor, como un jeque árabe. La
descripción que sigue está tomada de su diario.
Los rayos del sol comenzaban a brillar en el horizonte por
Oriente; en Occidente todavía estaba oscuro y cubierto por bruma. De repente
apareció un arco iris de vivos colores cruzando el cielo de este a oeste. Debo
admitir que sentí latir mi corazón con violencia […] porque ese signo de
alianza […] me pareció el presagio de que había llegado el momento de la
consumación de la unión entre Oriente y Occidente.
Antes del desayuno, cuando todo el mundo observaba, montó su
caballo y saltó una alta muralla, un acto de imprudencia, afirma en su diario,
pero «que propició después que el séquito del virrey diera la necesaria
aprobación a mi plan. Los generales con quienes compartí el desayuno me
felicitaron y señalaron que mi osadía había aumentado considerablemente la
buena opinión que tenían de mí». Y así fue como se lanzó a la aventura del
canal de Suez. Al final del día le presentó un borrador a Said, quien le hizo algunas
preguntas y luego declaró el asunto decidido. Convocó a los miembros de su
estado mayor para comunicarles la noticia. No se había mencionado la cuestión
de los costes. Se diría que a ninguno de los dos les preocupaba que De Lesseps
no tuviera ninguna experiencia relacionada con una empresa semejante, que no
representara a ninguna organización poderosa, ni combinación de intereses, y
que no gozara de ningún rango ni cargo, ni acceso a fuentes financieras.
Durante los siguientes quince años pareció que De Lesseps estaba en todas
partes al mismo tiempo —Egipto, Londres, Constantinopla, París—, engatusando,
adulando, convenciendo a monarcas y editores de periódicos, enviando
interminables informes, dirigiendo los trabajos en el desierto, vigilando cada
uno de los detalles, desoyendo muchas veces a sus consejeros técnicos,
desafiando a los banqueros europeos y haciendo frente a la burla del primer
ministro inglés, Palmerston, que lo calificaba de estafador y loco, y que no
veía en el canal más que una estratagema de los franceses para lograr poder en
el Mediterráneo.
El ingeniero Stephenson, constructor del puente de Britannia y miembro del
Parlamento, se levantó de su escaño en la Cámara de los Comunes para declarar
que el plan era descabellado. De Lesseps, cuyo inglés era desastroso y cuya
experiencia como constructor había comenzado y terminado con las obras de
restauración de La Chesnaye, colgó una bandera francesa en la ventana de su
hotel en Piccadilly y se fue a viajar por Inglaterra, pronunciando más de
ochenta discursos en un mes. «Aquel que no crea en el éxito jamás logrará
nada», le gustaba afirmar.
Cuando los Rothschild pidieron un 5 por 100 por administrar la suscripción
inicial de acciones, replicó que alquilaría una oficina y él recaudaría el
dinero. «No lo lograrás», le advirtió el barón de Rothschild, viejo amigo suyo.
«Ya lo veremos», repuso De Lesseps.
Aproximadamente la mitad del dinero había llegado de Francia (de veinticinco
mil pequeños inversionistas), y el resto lo había aportado Muhammad Said.
Cuando este murió en 1863, su sucesor, el jedive Ismail Bajá, fue todavía más
espléndido, en tal grado que para 1869 había dejado a Egipto al borde de la
bancarrota. En las últimas etapas se apresuró la obra gracias al trabajo de las
enormes dragas de vapor diseñadas por los ingenieros franceses. Tampoco hay que
despreciar la repetida influencia de la emperatriz y su fe en su brillante
primo. No obstante, De Lesseps continuó siendo el espíritu impulsor, a decir
verdad, algo nuevo bajo el sol, puesto que no tuvo igual en la historia. Fue
—llegó a ser— el entrepreneur extraordinaire, con todas las
características necesarias para el papel: el ánimo, la persistencia, la energía
dinámica, el talento para la propaganda, la capacidad para hacer frente a las
decepciones, la imaginación. Tenía algo de actor y la astucia y habilidad del
mejor diplomático de su época.
No le interesaba hacer dinero, según manifestaba. «Voy a lograr algo sin buscar
la conveniencia, sin procurar la ganancia personal», escribió con su letra
rápida, firme y derecha. «Eso, gracias a Dios, me ha servido para conservar
hasta hoy la visión clara y mi curso a salvo de las rocas.» En cualquier
momento podría haber vendido sus concesiones y conseguir una fortuna, pero
nunca lo hizo. La ambición que le impulsó desde el principio fue la de
construir el canal «pour le bien de l'humanité» (por el bien de la
humanidad).
«Lo consiguió por su perseverancia —recordaría un nieto suyo—. Era un hombre
muy tenaz.» Julio Verne calificó aquella tenacidad de «genio de la voluntad».
Pero De Lesseps hablaba de paciencia. «Espero con paciencia —escribió a un
corresponsal en el último año de la obra—, una paciencia que te aseguro que
requiere mayor fortaleza de carácter que la acción.»
En la mañana del día de la Gran Inauguración, el 17 de noviembre de 1869, las
decenas de miles de personas que se apiñaban en ambas orillas del canal lo
vieron pasar por delante. Radiante de salud, con el cabello casi blanco, iba de
pie junto a la emperatriz en el puente del yate imperial Aigle.
Ella llevaba un enorme sombrero de paja y ondeaba un pañuelo blanco.
El jedive Ismail no había reparado en gastos para la ceremonia inaugural. Envió
seis mil invitaciones, comprometiéndose a pagar los gastos del viaje y los de
la estancia. Para la ocasión se construyó el Teatro de la Ópera de El Cairo y
se le encargó a Verdi la partitura de una nueva ópera espectacular, Aída[3].
También se importaron de Europa quinientos cocineros y mil camareros. Junto al
lago Timsah, en la parte media del canal, se construyó toda la ciudad de
Ismailía, se plantaron árboles, se acondicionaron hoteles y se edificó un
palacio.
Detrás del Aigle navegaba una fragata austríaca que
transportaba al emperador Francisco José, quien apareció vistiendo pantalones
escarlata, túnica blanca y un sombrero de tres picos con una pluma verde.
Había, además, dos corbetas austríacas, cinco acorazados británicos, un
balandro de guerra ruso y varios vapores franceses, que formaban un total de
cincuenta navíos. «El cielo era auténticamente egipcio —recordaría más tarde la
emperatriz Eugenia—. Tenía una claridad encantadora y un resplandor de
ensueño.»
Durante los ocho meses siguientes, hasta que estalló la guerra franco-prusiana,
fue el héroe reinante en Europa. La emperatriz le otorgó la Gran Cruz de la
Legión de Honor. El emperador alabó públicamente su perseverancia y su genio.
En París se organizaron decenas de banquetes en su honor. Su nombre se
mencionaba constantemente en los periódicos y su retrato aparecía en las
revistas ilustradas. Y el hecho de que también contrajera matrimonio acabó de
acaparar la atención del público.
La breve ceremonia privada se ofició en Ismailía, pocos días después de la
inauguración del canal. La novia era una deslumbrante joven francesa de veinte
años, hermosos ojos oscuros y gran vivacidad, llamada Louise Hélène Autard de
Brogard, hija de un viejo y acaudalado amigo de De Lesseps y de una mujer tan
hermosa como su hija que en su juventud había servido de inspiración para un
soneto de Baudelaire. Louise Hélène creció en la isla Mauricio, en el océano
Índico, donde su familia (hugonotes) poseía vastas plantaciones. Según el
relato tradicional, cuando ella y Ferdinand se encontraron en uno de los
«lunes» de la emperatriz, surgió un amor a primera vista. Este segundo
matrimonio iba a producir nada menos que doce hijos —seis mujeres y seis
hombres—, lo que en diversos círculos se consideraba una proeza más notable que
la del canal.
Palmerston ya estaba en la tumba. En Londres, pocos días después de la gran
recepción del Crystal Palace, el primer ministro Gladstone informó al héroe de
Suez de que Su Majestad le había concedido la Gran Cruz de la Estrella de la
India.
Pocos hombres han sido tan reivindicados o ensalzados en vida.
II
La primera escaramuza de la guerra, «La Débâcle» que
asoló a Francia con furia tan devastadora en 1870, se libró el 4 de agosto, el
día en que Ferdinand de Lesseps volvió de Londres, y el resultado, pese al
heroísmo francés, fue claro casi de inmediato. Napoleón III había envejecido de
repente y estaba tan enfermo que apenas se tenía a caballo; sin embargo, se
empeñó en tomar el mando de su ejército en el campo de batalla. Un observador
estadounidense, el general Sheridan, escribió sobre la «mente maravillosa» de
Moltke y afirmó que la infantería alemana era «la mejor que yo haya visto». Los
cañones de acero de las fábricas Krupp tenían un alcance dos veces mayor que el
de los cañones de bronce franceses.
Al cabo de dos semanas de guerra, el grueso del ejército francés quedó
encerrado en Metz. El 2 de septiembre, en Sedán, Napoleón III y cien mil de sus
hombres se rindieron. Fue la derrota más brutal y humillante de la historia de
Francia. El Segundo Imperio se derrumbó al instante. El domingo 4 de
septiembre, Léon Gambetta trepó hasta el alféizar de una ventana del Hôtel de
Ville (Ayuntamiento) para anunciar a la turba de París el nacimiento de la
Tercera República francesa. La emperatriz, ayudada por Ferdinand de Lesseps,
salió huyendo de las Tullerías y buscó refugio en la casa de un dentista
estadounidense, un tal doctor Evans, quien la llevó hasta las costas de
Normandía y le consiguió un yate que la condujera a buscar asilo en Inglaterra.
La guerra terminó en enero con la capitulación de París, después de un sitio de
cuatro meses durante el cual los ciudadanos asediados acabaron por comerse a
los gatos y a los elefantes del zoológico. Las bajas francesas triplicaron a
las alemanas, y por los términos del tratado de paz Francia perdió las ricas
provincias industriales de Alsacia y Lorena. Además, Bismarck exigía una
indemnización de 5.000 millones de francos (algo así como mil millones de
dólares), pensando que con eso bastaba para mantener a los franceses
paralizados y a su merced durante otra generación. Y como humillación final se
debía autorizar que las detestadas tropas alemanas, con sus cascos puntiagudos,
desfilaran por los Campos Elíseos.
Luego, con el regreso de la primavera, la tragedia se complicó. Mientras el
ejército de ocupación alemán permanecía ocioso, se desencadenó una furiosa
guerra civil; los salvajes días de la Comuna se convirtieron en una época más
sangrienta que la del infame Terror.
Sin embargo, la Tercera República sobrevivió y el rápido resurgimiento de
Francia tras la guerra fue más asombroso que su derrota. Fue como si Sedán hubiera
liberado un recurso vital interno. La gente redoblaba sus esfuerzos por doquier
impulsada por un espíritu de revanche. Iba a ser una venganza
obtenida en los campos de batalla de «la paz y del progreso», al menos por el
momento. Se retiraron los escombros en París y el nuevo Gobierno prosiguió con
los programas de construcciones grandiosas de Napoleón III y el barón Haussmann.
Aumentó la producción de carbón y acero incluso sin Alsacia y Lorena. Además
había abundancia de dinero para la financiación de nuevas industrias aportado
por inversores extranjeros. Por sorprendente que parezca, la indemnización
reclamada por Alemania ya se había pagado totalmente en 1873, dos años antes de
lo estipulado. No habían pasado para siempre los días de la grandeur;
Francia volvería a ser lo que fue.
Por su parte, Ferdinand de Lesseps estaba tan poco interesado en retirarse como
veinte años antes. Su segundo matrimonio y la constante atención del público le
habían infundido nuevos ánimos y estaba contemplando la perspectiva de
conquistar otros mundos. Se encontraba entre los muy pocos a los que la guerra
no había afectado. La gente hablaba de él como de la personificación de la
vitalidad francesa y el «magnífico optimismo» del siglo. «Hemos tenido a otros
hombres que tal vez realizaran cosas más notables y que han sido menos
populares —recordaría uno de sus nietos—. Así era él.» En cierta ocasión, el
día de la Bastilla, cuando se dirigía a la estación para tomar el tren hacia su
finca campestre, una multitud que lo aclamaba detuvo su coche, desunció los
caballos y tiró de él el resto del camino hasta la estación. Gambetta lo
llamó Le Grand Français —el Gran Francés, el Gran Patriota— y
desde entonces todo el mundo le dio ese título.
Seguía conservando su excelente condición física. Hacía ejercicio regularmente
—esgrima, montar a caballo— con el entusiasmo de un hombre con la mitad de su
edad. Parecía diez o quince años menor de lo que era. Un estadounidense de su
época que lo admiraba le describió como «un hombre bajo, con porte muy francés,
y eso que se denomina "presencia magnética"». Un reportero del Heraldde
Nueva York proporcionó esta descripción:
Lleva su edad con gracia y buen porte, sin dar muestras de vejez
en sus movimientos, que son rápidos y frecuentes, aunque nunca desmañados. […]
Tiene el pelo casi enteramente blanco. Sus ojos son negros, grandes, vivaces, y
están bordeados por espesas pestañas bajo unas cejas pobladas. Tiene el rostro
bronceado […] y rubicundo como una expresión de su buena salud. Un bigote
hirsuto es el único adorno de su cara. Es un bigote corto de color gris acero,
con pelos duros y flexibles, de aspecto agresivo. Su estatura es un poco menor
a la media. Es de porte erguido, tiene modales suaves, es cortés y educado.
Por regla general, al llegar el invierno se trasladaba a Egipto
con su esposa y sus hijos, y dondequiera que fueran esta atraía más la atención
sobre su marido. «Las formas de la señora De Lesseps son la admiración de todos
los modistas de la capital francesa —informaba desde París el corresponsal
del News de Chicago—, y por eso le confeccionan unos vestidos
ajustados que hacen resaltar su elegante figura.» La pareja se dejaba ver
cabalgando en el Bois de Bologne, en los bailes del Élysée, donde el imponente
mariscal MacMahon, presidente de la República, y su esposa iniciaban la danza
con un vals, girando entre los muros adornados con guirnaldas que todavía
llevaban las iniciales imperiales «N» y «E».
Ellos mismos ofrecían frecuentes fiestas y reuniones en un nuevo piso de la Rue
Saint Florentin, decorado con «todas las elegancias»: alfombras persas,
tapices, grandes fotografías de familia y pinturas en pesados marcos dorados,
un par de enormes colmillos de elefante en una antecámara, y en otra, una
vitrina con las condecoraciones. Después, con el dinero de la esposa, compraron
una mansión privada, un Hotel particulier de cinco pisos en la
avenida más chic, la nueva Avenue Montaigne, donde la hospitalidad siguió
siendo como la de La Chesnaye. Siempre había de diez a doce invitados para la
cena, con frecuencia algún antiguo camarada de Suez, un pariente lejano o cualquier
otro huésped que llegaba a pasar la noche y se quedaba una semana o seis meses.
Como director y presidente de la Compañía del Canal de Suez, era el custodio
mimado de las fortunas de miles y miles de accionistas que las iban aumentando
a medida que crecía el valor de las acciones. Cumplía a la perfección el papel
público que se esperaba de él, relatando cuando se presentaba la oportunidad
—en los banquetes y en las entrevistas con los periódicos— sus aventuras en el
desierto y, cada vez con mayor frecuencia, hablando de nuevos planes grandiosos
que estaban en el aire. Se refería, por ejemplo, a la construcción de un
ferrocarril que uniera a París con Moscú, Pekín y Bombay. Tenía también unos
planes fantásticos para crear un mar interior en medio del desierto del Sahara.
El proyecto consistía en cortar un paso en una cordillera baja del golfo de
Gabes, en Túnez, e inundar de agua una depresión del tamaño de España.
Resulta interesante que cuando se nombró una comisión de ingenieros para
valorar este proyecto no bastó la confianza absoluta de De Lesseps en él. Entre
los miembros de la comisión figuraba Sadi Carnot, futuro presidente de Francia,
quien recordaba años más tarde la reacción de De Lesseps: «No tuvimos
dificultad en demostrarle que todo eso era una simple quimera. Pareció muy
asombrado y vimos que no lo habíamos convencido. Tengo por cierto que si la
decisión hubiera estado en sus manos, habría invertido millones y más millones
en hacer su mar con la mayor fe del mundo».
Se afirmaba que nadie como él podía disponer del dinero que quisiera, puesto
que desde todas partes se lo ofrecían. Victor Hugo afirmaba que «asombraba al
mundo por las grandes proezas que pueden lograrse sin una guerra».
* * * *
Había un foro para que De Lesseps hablara de sus intereses, un
foro que se convirtió en el lugar de reunión favorito de todos los que querían
enterarse de sus futuros planes: la Société de Géographie de París, de la que
Humboldt había sido su faro años atrás. Desde la guerra, la geografía se había
convertido en algo así como una causa nacional. También se había puesto de moda
entre los hombres de buena posición. Se decía que el desconocimiento del mundo
más allá de las fronteras había colocado a Francia en una situación inferior en
el comercio, lo cual había contribuido a los desastrosos resultados de la
última guerra. Surgieron sociedades geográficas por las provincias. La
geografía se convirtió en asignatura obligatoria en los colegios. El número de
miembros de la Sociedad Geográfica de París se multiplicó por cuatro en poco
tiempo, y su presidente, el vicealmirante Clement, barón de La Roncière-Le
Noury, describió «ese ardor por la geografía» como una de las características
de la época. Cuando en 1872 el periódico Le Temps comenzó a
publicar por entregas los capítulos de La vuelta al mundo en ochenta
días, los corresponsales de los periódicos extranjeros en París mandaban
por cable el material de Le Temps a sus publicaciones, como si
se tratara de la información más importante. Nunca nadie había expuesto la
disposición geográfica del planeta con tanta claridad o de forma tan
interesante desde el punto de vista humano. En un teatro de París se presentó
una extravagante producción sobre la novela, en la que aparecían en vivo
serpientes, cocodrilos y elefantes. Durante los entreactos, el público se
apiñaba en el vestíbulo para ver cómo un ayudante iba señalando en un
gigantesco mapamundi los progresos de Phileas Fogg.
Julio Verne, que era en realidad un aventurero de salón, trabajaba en el
estudio que tenía en una torre en su casa de Amiens, aunque iba a París con
frecuencia para asistir a las sesiones de la Société de Géographie y para
buscar datos en su biblioteca. Se le nombró Caballero de la Legión de Honor a
instancias de Ferdinand de Lesseps, y la vista de estos dos hombres en las
reuniones de la Sociedad, charlando y estrechando la mano de sus admiradores,
era de por sí una medida de la posición que ocupaba dicha organización.
En el curso de un congreso internacional celebrado bajo los auspicios de la
Société en el verano de 1875, De Lesseps hizo su primera declaración pública
sobre su interés en la construcción de un canal interoceánico. El congreso tuvo
lugar en el Louvre, junto con una enorme exposición de geografía, la primera de
su clase, que conmocionó a París. La visitaban cada día entre diez y doce mil
personas.
De Lesseps advirtió que había que resolver dos cuestiones: primero, descubrir
la mejor ruta; y segundo, determinar el tipo de canal que se iba a construir,
al nivel del mar (à niveau era la expresión francesa) o con
compuertas y esclusas. Varios exploradores franceses que habían estado en el
Darién hablaron sobre sus experiencias y presentaron propuestas. Joseph E.
Nourse, del Observatorio Naval de Estados Unidos, informó sobre la reciente
expedición estadounidense a Nicaragua y Panamá. Pero De Lesseps era el centro
de la atención general, y cuando declaró que en el istmo americano el canal
tendría que ser à niveau et sans écluses (a nivel y sin
esclusas), pareció que esa parte del problema se había resuelto.
Los acontecimientos comenzaron a sucederse. Con el apoyo de los Rothschild,
Inglaterra se hizo de la noche a la mañana con el control económico del canal
de Suez, y aunque De Lesseps siguió dirigiendo la compañía con sus oficinas en
París, su influencia disminuyó considerablemente. La amada empresa, el orgullo
de Francia, había pasado a ser la cuerda de salvamento del Imperio británico.
Entonces, antes de que terminara el invierno, llegó la decisión de la Comisión
del Canal Interoceánico de Grant. Después de haber sopesado los resultados de
sus inspecciones en América Central, la comisión se había decidido por la ruta
de Nicaragua. La decisión fue unánime. Panamá solo se mencionó de pasada.
A las pocas semanas se anunció que la Société de Géographie iba a patrocinar un
gran congreso internacional con el propósito de evaluar las consideraciones
científicas pertinentes en la construcción de un canal centroamericano. Se
afirmó que los esfuerzos estadounidenses habían sido insuficientes.
III
Se prestó a grandes debates la cuestión de si Ferdinand de
Lesseps era solo una figura decorativa en la Sociedad Financiera Türr, un
cómplice voluntario o su guía espiritual. En algunos relatos se le representaba
como una víctima de fuerzas más allá de su control. «Era inevitable que el
torbellino fuera arrastrando a Ferdinand cada vez más cerca de su vórtice»,
afirma una interpretación de los hechos que rodearon los orígenes de la
aventura de Panamá, y se le presenta luchando valientemente contra la corriente.
Para muchos observadores estadounidenses de la época, aparecía más bien como el
ingenuo inocentón que se dejaba envolver por oportunistas —«influencias
maléficas» las llamó un periódico neoyorquino— que colocaban al viejo héroe
ante el pueblo francés como chivo expiatorio.
Sin embargo, si las cosas hubieran resultado diferentes, a nadie más que a
Ferdinand de Lesseps se le hubiera atribuido el liderazgo impulsor de la
empresa, puesto que según las pruebas disponibles, y en virtud del carácter del
personaje, solo él parecía estar en posesión de la verdad. Como él mismo señaló
una vez a un reportero estadounidense, «o yo dirijo o me niego a actuar».
La recién formada Sociedad Financiera Türr contaba con un número escaso de
miembros, pero «muy bien seleccionados» para reclamar atención y confianza
inmediatas. Entre los accionistas más conocidos figuraba el senador Émile
Littré, autor del gran diccionario francés, y el novelista Octave Feuillet.
(Littré declaró que los cinco mil francos con que contribuyó eran la primera
inversión financiera que había hecho en su vida.) También estaban el general
Claude Davour, Charles Cousin, del Ferrocarril del Norte, el financiero
sansimoniano Isaac Perier, y Jules Bourdon, conservador del Teatro de la Ópera.
El doctor Henri Bionne, miembro de la Sociedad de Geografía, era una autoridad
en las finanzas internacionales, había sido teniente de navío en la Marina
francesa y tenía títulos en medicina y derecho. El doctor Cornelius Herz,
médico y empresario estadounidense que acababa de establecerse en París,
declaraba que era amigo personal de Thomas Edison.
El título oficial de la agrupación era Société Civil International du Canal
Interocéanique de Darien. Contaba con un capital de 300.000 francos repartidos
en unas sesenta acciones y De Lesseps no figuraba como accionista ni ostentaba
ningún cargo. La dirección y el mayor volumen de acciones estaban en manos de
tres presidentes. El más notable de ellos era el general Istvan Türr, militar
húngaro que se había cubierto de gloria en Sicilia como segundo en el mando
junto a Garibaldi y a quien el rey Víctor Manuel II había confiado misiones
diplomáticas durante algún tiempo. Con su elegante y esbelta figura y su rostro
bien parecido adornado por un bigote tan espectacular como el de Víctor Manuel
—debe de haber sido el bigote más largo de todo París en la década de 1870—,
Istvan Türr se había convertido en una auténtica celebridad, en uno de esos
personajes que todo el mundo señalaba en los bulevares. Entre sus relaciones
sociales se contaba Le Grand Français.
El segundo era el financiero barón Jacques de Reinach, hombre bajo y robusto,
afable y famoso por su gran fuerza política y su desaforado interés por las
mujeres jóvenes. Al igual que Türr, había nacido en el extranjero, pero era
alemán y judío, como se sabría más adelante. Fue el fundador de la casa
bancaria Korn, de Reinach et Compagnie, y se había hecho rico especulando con
los ferrocarriles franceses y vendiendo suministros militares al Gobierno
francés. Sus negocios se habían puesto en tela de juicio, aunque no se había
demostrado nada serio.
El más importante de los tres presidentes era el teniente de navío Lucien
Napoleón-Bonaparte Wyse, hijo ilegítimo de la princesa Leticia, sobrina del
primer Napoleón. Tenía veintinueve años y se hallaba en excedencia temporal de
la Marina francesa. No se parecía demasiado a los Bonaparte. Alto y esbelto,
tenía un rostro amable de amplia frente, ojos azules y barba tupida. Su madre,
una mujer sensacional que se había dado a conocer en todas las capitales de
Europa, era hija de Lucien Bonaparte, príncipe de Canino, el caprichoso hermano
de Napoleón. Se casó muy joven con sir Thomas Wyse, diplomático irlandés, y
aunque el matrimonio fracasó, nunca llegó a disolverse legalmente, y cuando nació
el teniente Wyse hacía cerca de diecinueve años que la princesa Leticia y su
esposo no se veían. También tuvo otras dos hijas ilegítimas, mujeres tan bellas
como su madre. Una de ellas se había casado con Istvan Türr, de manera que este
y Wyse eran cuñados. La otra, conocida como Madame Rattazzi, era una figura
literaria y uno de los personajes más deslumbrantes y comentados de la época.
El padre de las dos hermanas era un oficial del ejército inglés que había
rescatado a la princesa Leticia de un estanque del parque Saint James cuando
esta hizo un intento público de suicidio bastante ridículo en los días de su
ruptura matrimonial. Pero la identidad del que fuera el padre del joven
teniente jamás se dio a conocer, a pesar de las muchas especulaciones que se
hicieron, sobre todo cuando empezó la aventura comercial de Panamá. El dinero
que el teniente aportó a la sociedad procedía de su esposa, una acaudalada
inglesa.
Fue Wyse quien visitó a De Lesseps, y este desde un principio dio muestras de
profundo afecto por un joven con el que se identificaba. Wyse también sería el
único miembro de la sociedad que se mostró dispuesto a someterse a peligros
físicos o penalidades[4].
El proyecto inicial anunciado por la Société de Géographie comprendía una serie
de exploraciones e investigaciones definitivas, un esfuerzo binacional ajeno a
cualquier partidismo y la participación de las más destacadas sociedades
científicas. Pero todas las conversaciones cesaron en cuanto se dispuso de la
Sociedad Financiera Türr, que se ofreció para hacerse cargo de todo. A fin de
obtener la autorización para llevar a cabo las exploraciones en territorio
colombiano, se envió a un intermediario a Bogotá, y seis meses después, a
principios de noviembre de 1876, partió una expedición de diecisiete hombres a
bordo del vapor Lafayette, el buque insignia de la línea francesa
de las Indias Occidentales. El teniente Wyse iba al mando del grupo, secundado
por otro oficial naval francés, el teniente Armand Réclus. Llevaban órdenes de
hallar y examinar una ruta para el canal, pero limitando sus actividades a la
región del Darién, hacia el este de las vías del ferrocarril, puesto que el
Gobierno de Colombia había prohibido cualquier intromisión en los derechos de
ruta del ferrocarril. En otras palabras, los expedicionarios tenían que buscar
el paso únicamente en el área donde la sociedad poseía derechos legales para
hacer sus investigaciones, una faja de tierra que apenas llegaba a la anchura
propuesta en el proyecto original de la Société.
Los exploradores dedicaron seis meses a cumplir su cometido, contando los dos
meses que emplearon en el viaje de ida y vuelta. Todos fueron atacados por la
malaria, dos hombres murieron en la selva y otro más durante el viaje de
regreso. Wyse volvió muy delgado y agotado, con la piel cubierta de pequeñas
cicatrices dejadas por la mordedura de los insectos. También volvió
completamente desilusionado y ni siquiera trataba de ocultar su desaliento.
Aunque habían logrado cruzar la divisoria, el terreno, el calor agobiante y las
lluvias les habían derrotado. Lo más que podía recomendar —y por mera
suposición— era la construcción de un canal en el Darién con un túnel de por lo
menos 14,5 kilómetros de largo.
De Lesseps mostró su insatisfacción. Se desconoce cuál fue su participación en
la organización de la expedición. Al parecer, su papel se limitaba a hacer de
árbitro, pues era el director de la Comisión de Iniciativas de la Société.
En todo caso, después de haber escuchado el informe del joven oficial, declaró
que no servía de nada. Dijo que él solo estaría dispuesto a dar su aprobación a
un canal al nivel del mar, sin esclusas ni túneles. Además, ahora ya sabía
dónde debía abrirse el canal. Así lo declaró más tarde a un periodista de Nueva
York: «Cuando los señores Wyse y Réclus presentaron su informe, les dije claramente
que no podía haber otra ruta que la que seguía el ferrocarril. "Si
regresan con un informe favorable para abrir un canal al nivel del mar sobre
esa ruta, yo me inclinaré por él"».
Así pues, Wyse y Réclus volvieron a embarcarse, acompañados por muchos de los
hombres que habían tomado parte en la primera expedición. Pero esta vez las
cosas fueron distintas. Si consideramos lo mucho que dependía de sus esfuerzos
y todo lo que se arriesgaba en la llamada Investigación Wyse en Panamá, resulta
interesante ver en qué ocuparon su tiempo.
Tras desembarcar en Colón y cruzar hasta la ciudad de Panamá, Wyse reunió las
provisiones necesarias y zarpó hacia las costas de San Blas en el Pacífico,
donde parece que sus esfuerzos fueron limitados. En realidad, resulta extraño
que se tomara esas molestias conociendo la actitud de De Lesseps. Al cabo de
tres semanas, con la certeza de que no era posible abrir un canal en San Blas
sin horadar un túnel, Wyse ordenó a todos que regresaran a la ciudad de Panamá.
Al teniente Réclus se le pidió que explorara la ruta de Panamá siguiendo la
línea del ferrocarril, y puesto que eso constituía una violación del acuerdo
concertado, Wyse decidió ir él mismo a Bogotá. El tiempo apremiaba. A primeros
de abril, el presidente de Colombia, Aquileo Parra, dejaría su puesto, y se
sabía que apoyaba la empresa Wyse-Türr.
Mientras tanto, el teniente Réclus inició un reconocimiento extraoficial de la
vertiente del Pacífico a unos cuantos kilómetros al este de las vías del
ferrocarril con la ayuda de un joven ingeniero panameño, Pedro Sosa. Como el
propio Réclus anotó en su diario, no se trataba «de una exploración en el
verdadero sentido de la palabra». Era más bien un paseo, una excursión en tren.
Sosa cayó enfermo antes de que transcurriera una semana; luego también Réclus
sufrió terribles dolores de oído y dio por terminados los trabajos. El 20 de
abril habían regresado a la ciudad de Panamá, y diez días después, al no tener
noticias de Wyse, Réclus zarpó rumbo a Francia.
Y ese fue el resultado de la Investigación Wyse. La exploración de la ruta de
Panamá, que «no era una exploración», abarcó dos semanas y cuatro días. Wyse no
había tomado parte en ella y en realidad no se había hecho ninguna
investigación.
Por el contrario, la expedición estadounidense de tres años antes había
permanecido dos meses y medio en Panamá, y se había dedicado prácticamente todo
ese tiempo al trabajo de campo. Los estadounidenses, más de un centenar, habían
tendido una línea de niveles de un océano al otro, explorado la cuenca del
Chagres y trazado mapas, cartas y cuadros estadísticos. Y la Imprenta del
Gobierno de Washington había puesto a disposición de los interesados la mayoría
de los hallazgos, salvo los planos y los mapas, en un amplio documento de
varios cientos de páginas, algo con lo que a Wyse le habría gustado contar. Lo
cual supuestamente no habría planteado ningún conflicto, puesto que el material
había sido publicado con el fin de establecer un intercambio de información
científica y los estadounidenses ya habían rechazado la ruta de Panamá.
Fue mucho después, una vez que Wyse había regresado sano y salvo a París,
cuando escribió sobre su misión en Bogotá, por entonces una de las ciudades más
inaccesibles de la faz de la Tierra. De la ciudad de Panamá a Bogotá solía
hacerse un viaje de tres o incluso cuatro semanas, aunque la distancia en línea
recta no era de más de 805 kilómetros. Además, a la llegada se encontraba un
mundo completamente distinto al de Panamá: una ciudad de piedra gris enclavada
sobre una meseta a 2.622 metros de altura, bordeada por dos de las tres
ingentes cadenas montañosas de los Andes que dividen a Colombia como los dedos
de un gigante; un clima húmedo y templado que varía muy poco, con el cielo casi
siempre cubierto de nubes; una población solemne y empobrecida, vestida con
ropas negras; y una clase dirigente formada por los banqueros, eruditos y
poetas que hablaban el castellano más perfecto que se podía escuchar en América
latina.
Puesto que las selvas del Darién se hallaban entre Panamá y el resto de
Colombia, Panamá estaba tan aislada como si fuera una isla, y a Colombia solo
se llegaba por mar, ya fuera el Caribe o el Pacífico. Primero se navegaba hasta
Barranquilla o Buenaventura. El viaje Barranquilla-Bogotá suponía 523
kilómetros en vapor remontando el río Magdalena hasta un punto llamado Honda, y
de allí otros 160 kilómetros entre las montañas, a caballo o en carro. No había
ferrocarriles.
El otro camino, desde el puerto de Buenaventura, que fue el que tomó Wyse, era
más corto, pero mucho más difícil. Comprendía en total 523 kilómetros, los que
tuvo que recorrer Wyse a caballo junto con su compañero, un abogado francés
llamado Louis Verbrugghe, los dos envueltos en ponchos y cubiertos con los
grandes sombreros de Panamá. La dirección general que siguieron, según escribió
Wyse, fue la perpendiculaire (perpendicular).
Llegaron a Bogotá en once días justos, durante los cuales a veces pasaron las
veinticuatro horas a caballo. Llegaron sin afeitar, con la ropa desgarrada y
asquerosa. Wyse había perdido una espuela y llevaba rota la otra, de suerte que
provocaba un ruido metálico desconcertante al caminar por las piedras de las
calles. En los hoteles se negaban a recibirlos por su aspecto, como cuenta Wyse
en su relato. Pero a la mañana siguiente, el 13 de marzo, bañado, afeitado y
más presentable, se reunió con Eustorgio Salgar, el ministro de Relaciones
Exteriores. El 14 de marzo visitó al presidente Parra, quien se sentía
particularmente «bien dispuesto» hacia sus propuestas.
Los periódicos de Bogotá, estrechamente ligados al partido en el poder, los
liberales, se refirieron escuetamente a la visita de Wyse a la capital. No se
sugirió en absoluto que esa visita tuviera una importancia enorme para el
futuro de Colombia, que Wyse había llegado expresamente para concertar el
contrato básico para construir un canal en Panamá, un contrato que podría
significar un mundo diferente para Colombia en los siglos venideros o, de forma
más inmediata, una ayuda para resolver los grandes problemas financieros del
país. Tal vez alguien había decidido que se podría alcanzar un trato más
ventajoso con el joven teniente menospreciando su importancia.
El 15 de marzo, tres días después de su llegada, Wyse presentó un borrador del
contrato. Todo iba marchando tan bien como cabría esperar. Cinco días más
tarde, apenas con unas leves modificaciones, Salgar y Wyse estamparon sus
firmas al pie del documento, y al cabo de tres días, el 23 de marzo de 1878, el
presidente Parra, a quien solo le faltaba una semana para dejar el poder, firmó
también. La aprobación por parte del Senado colombiano requirió más tiempo,
pero a mediados de mayo, con la concesión por fin en el bolsillo, Wyse
emprendió el viaje de regreso a Panamá, esta vez en los vapores del río
Magdalena.
En la ciudad de Panamá, el ingeniero Pedro Sosa le informó sobre lo poco que él
y Réclus habían logrado realizar, pero Wyse no se detuvo por ello. Se apresuró
a dejar arreglados sus asuntos lo antes posible, vendió los suministros
sobrantes de las expediciones, le regaló a Sosa los instrumentos de
investigación y se marchó. Parece que solo se sintió obligado a ver Nicaragua
—a viajar por la ruta que los estadounidenses habían establecido—, y fue otro
recorrido realizado en un tiempo récord. Cruzó desde San Juan del Norte,
navegando en vapor por el río San Juan y luego por el lago. Los estadounidenses
habían «simplificado» considerablemente su tarea, informó después. De hecho, su
expedición a Nicaragua había sido la más extensa y completa. Para trazar su
ruta del canal habían tenido que abrir un camino casi de la longitud del valle
entero, o más del doble de la distancia cruzando Panamá, y buena parte del
tiempo los hombres habían trabajado en pantanos con el agua hasta los hombros.
Su investigación había sido una hazaña que Wyse supo apreciar en lo que valía.
Él solo se detuvo el tiempo suficiente para recoger algunas muestras de las
rocas.
De Nicaragua se dirigió a Washington, pero vía San Francisco, otro de los
aspectos extraños del relato, puesto que habría podido regresar fácilmente a
Colón, tomar un vapor a Nueva York y ahorrarse varios miles de kilómetros. Es
probable que quisiera valorar personalmente el interés financiero en San
Francisco, la ciudad estadounidense que más beneficios obtendría con la apertura
del canal. Pero puede que solo quisiera tomar el tren transcontinental para
viajar, como Phileas Fogg, a lo largo de «la cinta metálica ininterrumpida».
Fueran cuales fuesen las razones, se le puede representar sentado en un sillón
de los vagones de lujo del ferrocarril Union Pacific, observando el «variado
paisaje», como lo había hecho Fogg, comprobando su reloj al llegar a Great Salt
Lake, o tomando el aire durante la parada en la estación de Green River.
En el Departamento de Marina, en Washington, fue recibido por el comandante
Edward P. Lull y Aniceto García Menocal, autores de las investigaciones sobre
Nicaragua y Panamá. Lull había estado al mando de todo; Menocal, nacido en
Cuba, había encabezado al grupo de ingenieros civiles designados por el almirante
Ammen «para situar los resultados de los trabajos fuera del alcance de las
críticas».
La conversación fue cordial pero infructuosa para Wyse. Los estadounidenses
dieron muestras de interés por sus viajes, y Wyse, que hablaba un inglés
perfecto, les relató buena parte de sus esfuerzos pioneros en la selva. Sin
embargo, lo que había ido a buscar eran los mapas y los planos, que se le
negaron educadamente, pues el Departamento «no estaba dispuesto» a concederle
lo que solicitaba. Preguntó si podía presentarle sus respetos al almirante
Ammen, pero también se le respondió que «no estaba disponible».
Así pues, sin llevar otra cosa que el contrato obtenido en Bogotá —la famosa
Concesión Wyse—, zarpó de Nueva York; no había hecho una investigación propia
en Panamá, ni mapa alguno, y únicamente contaba con el trazado para el
ferrocarril veinte años atrás. Sin embargo, por el momento, la concesión era
más que suficiente. Estaba por verse si su valor monetario iba a ser
extraordinario.
El acuerdo estipulaba lo siguiente:
Los Estados Unidos de Colombia garantizan a la Société Civile —la Sociedad
Financiera Türr— el privilegio exclusivo, válido por noventa y nueve años, de
construir un canal a través del istmo de Panamá. A manera de fianza que
garantizara su buena fe, los concesionarios estaban obligados a depositar
750.000 francos en un banco de Londres antes del año 1882. Se establecía el
requisito de que las investigaciones fueran realizadas por una comisión
internacional de ingenieros competentes, que debía formarse y realizar sus
tareas en el término de tres años, mientras que a los concesionarios se les
concedían dos años más para que organizaran una compañía para el canal, y luego
doce años adicionales para construirlo.
Colombia, por su parte, iba a recibir el 5 por 100 de los ingresos brutos que
obtuviera el canal durante veinticinco años, el 6 por 100 durante los
siguientes veinticinco años, el 7 por 100 en los veinticinco años siguientes y
el 8 por 100 en los últimos veinticinco años de la concesión. Sin embargo, la
cifra mínima de los pagos nunca podría ser inferior a 250.000 dólares, la misma
que se pagaba a Colombia como parte en las ganancias del ferrocarril de Panamá.
Asimismo, Colombia concedía a la compañía, sin cargo alguno, 500.000 hectáreas
de terreno público, además de una faja de tierra de veinte metros de ancha a
cada lado del canal. Los puertos terminales, así como el canal mismo, se
declararon zonas neutrales a perpetuidad. Al término de noventa y nueve años,
el canal quedaría en manos de Colombia.
Se estipulaban otras condiciones, pero las principales eran estas:
a concesión podía ser transferida (es decir, vendida) a otros individuos o
agrupaciones financieras, pero bajo ninguna circunstancia se vendería a un
gobierno extranjero. Se dejaba a la discreción de los concesionarios negociar
algún «acuerdo amistoso» con el ferrocarril de Panamá sobre sus derechos y
privilegios.
* * * *
Tan pronto como volvieron a reunirse en París Wyse y Réclus,
redactaron un proyecto conjunto para presentárselo a De Lesseps. Se trataba de
abrir un canal al nivel del mar siguiendo la línea del ferrocarril de Panamá,
pero de nuevo recurrían a un túnel como característica esencial. De Lesseps no
puso objeciones. Tampoco dio muestras de descontento por la llamada
Investigación Wyse. La única voz que se levantó en contra en ese estadio fue la
de un joven ingeniero húngaro llamado Bela Gerster, que había estado al
servicio de Wyse en las dos expediciones y que se negó rotundamente a firmar el
informe definitivo de su jefe. Gerster preparó su propio informe, pero cuando
lo llevó a varios periódicos franceses ninguno se interesó en publicarlo.
Había que atar algunos cabos sueltos antes de que De Lesseps pudiera convocar
su congreso sobre el canal. Tenía que contar con una garantía de que los
estadounidenses asistirían —su presencia era esencial para el prestigio del
asunto— y también necesitaba un compromiso por parte de la Compañía del
Ferrocarril de Panamá, en el sentido de que no habría problemas para llegar al
«acuerdo amistoso» que requería la Concesión Wyse. En realidad, lo que quería
era comprar el ferrocarril. Por lo tanto, Wyse partió una vez más a principios
de 1879 y llegó a Nueva York para entrevistarse con el presidente de la Panama
Railroad Company, un inteligente especulador de Wall Street llamado Trenor W.
Park. Al ponerse de pie para saludar a Wyse, Park no parecía más alto que un
muchachito de doce años, pero había llegado muy lejos en el mundo de los
negocios por su destreza para aprovechar cualquier situación ventajosa, y en
aquel momento se hallaba en una extremadamente privilegiada, como él y Wyse
bien sabían. Para entonces los detalles del contrato de Bogotá eran del
conocimiento público, y si no se lograba un entendimiento amistoso con Trenor
Park, el mayor accionista del ferrocarril, era evidente que el contrato
carecería de valor.
Estaba en manos de Park decidir si Wyse o De Lesseps podían seguir adelante con
sus planes.
Park «no se mostró enteramente reacio» a vender el ferrocarril. Su precio, le
dijo a Wyse, era de 200 dólares por acción, es decir, el doble del valor de
mercado en ese momento. Debe quedar bien entendido que Park poseía quince mil
acciones.
Después, en Washington, no solo consiguió Wyse entrevistarse con el almirante
Ammen, sino que fue presentado al secretario de Estado, William Evarts, y más
adelante al presidente Hayes, quien manifestó un profundo interés en el próximo
congreso de París. Sin embargo, Evarts parecía tan desconfiado como lo había
estado Palmerston respecto a Suez. El infortunado intento de Napoleón III de
instalar a Maximiliano como emperador de México había inquietado a Evarts y a
muchos estadounidenses acerca de Francia y sus aspiraciones en el hemisferio
occidental, y tomaban con muchas precauciones a cualquiera que llevase el
nombre de Bonaparte, por muy amable que pareciera el teniente Wyse. Así pues,
fue una entrevista difícil.
Finalmente, Evarts aceptó que Estados Unidos participara en el congreso, pero
solo Ammen y García Menocal podrían asistir como delegados autorizados. Los dos
podrían unirse a las discusiones técnicas —para «comunicar las informaciones
científicas, geográficas, matemáticas o cualquier otro dato […] que se les
pidiera o que pareciera importante»—, pero no tendrían poder oficial o función
diplomática, ni voto en relación con la política de Estados Unidos sobre el
canal.
Poco tiempo después, en París, al comienzo de la primavera de 1879, justo antes
de que se inaugurara el congreso, Charles de Lesseps se reunió con su padre en
el despacho del doctor Henri Bionne, una de las figuras más respetadas de la
Sociedad Financiera Türr.
A los treinta y ocho años, Charles estaba casi calvo y, debido a sus gruesas
cejas oscuras y su barba espesa, parecía mucho mayor de lo que era. Al igual
que su padre, era orgulloso y de naturaleza amable. Era, además, un
administrador capaz, lo cual, unido a su sentido común y su capacidad de
trabajo, le había granjeado la admiración general en Suez, donde había estado
como ayudante principal de su padre. Era inteligente más que brillante,
minucioso y considerado, pero carecía del glamour paterno o su
necesidad de reconocimiento público. Charles era un jugador de ajedrez.
Las exigencias que se le habían impuesto en Suez fueron pesadas. Su único hijo,
«el pequeño Ferdinand», había muerto en 1865 de cólera en la infancia en la
ciudad de Ismailía. Seguía idolatrando a su padre y siendo su brazo derecho en
muchos sentidos. Charles, como se diría más tarde, era sobre todo un hijo
devoto, y además sabía que su devoción se recompensaba con creces.
Charles se opuso enérgicamente a la aventura de Panamá desde el primer día que
el teniente Wyse llegó a La Chesnaye para presentar su proyecto. Le parecía que
todo el plan era una locura.
Charles de Lesseps defendiendo su causa en el Tribunal de Apelación de París
en enero de 1893, al comienzo del primero de los dos sensacionales juicios. Los
otros tres procesados sentados detrás de él son, de izquierda a derecha,
Gustave Eiffel, Henri Cottu y Marius Fontane. Henri Barboux, abogado de
Ferdinand y Charles de Lesseps, es la figura de pelo blanco que aparece de pie
detrás de la silla vacía de Charles. Esta sala de tribunal permanece idéntica
en la actualidad. (Bibliotèque Nationale.)
El relato que tenemos sobre la escena que se desarrolló en el
despacho de Bionne es el que hizo Charles años más tarde en sus memorias
particulares.
« ¿Qué es lo que deseas encontrar en Panamá? —le preguntó a su padre—. ¿Dinero?
No te preocuparías por ganar dinero en Panamá, del mismo modo que no lo hiciste
en Suez. ¿Gloria? Ya tienes bastante. ¿Por qué no dejas esta cuestión en manos
de otro? Todos los que hemos trabajado a tu lado tenemos derecho a descansar.
Sin duda, el proyecto de Panamá es grandioso […] pero considera los riesgos que
afrontará quien lo dirija. Tu triunfo en Suez fue un milagro. ¿No debería estar
más que satisfecho quien ya ha realizado un milagro en su vida?»
Luego, sin esperar una respuesta, agregó: «Si estás decidido a actuar, si ya no
hay nada que te detenga […], si quieres que te ayude, entonces aceptaré con
gusto lo que venga. No me quejaré, suceda lo que suceda. Todo lo que soy te lo
debo a ti; tienes el derecho de quitarme lo que me has dado».
Ferdinand de Lesseps repuso que ya había tomado su decisión. Lo que no dijo, lo
que tal vez fuera incapaz de admitir para sí mismo en aquellos momentos, era
hasta qué punto su confianza en Charles había influido en esa decisión.
Capítulo 3
El consenso de uno solo
«Los grandes desatinos están hechos, como las cuerdas
gruesas,
de una multitud de fibras.»
VICTOR HUGO
I
El Congrès International d'Études du Canal Interocéanique, como
se le llamó oficialmente, se reunió en París a las dos de la tarde del jueves
15 de mayo de 1879. Tras siglos de sueños y conversaciones, de exploraciones
fallidas y promesas huecas, de escaso conocimiento científico, de poca o
ninguna cooperación entre las naciones, las principales autoridades del mundo
—ingenieros, oficiales de marina, economistas, exploradores— se reunían bajo un
mismo techo, «en la imparcialidad serena de la ciencia», para inaugurar
la grande entreprise, la mayor empresa de la época. O por lo menos
eso se afirmaba.
El escenario era la nueva sede de la Société de Géographie, en el Barrio
Latino, en el número 184 del Boulevard Saint Germain, donde las hileras de
jóvenes castaños, protegidos por una verja de hierro, ostentaban su follaje
nuevo, y la multitud de transeúntes se apiñaba al sol para ver bajar de sus
carruajes a los delegados. De Lesseps había elegido mediados de mayo porque en
esa época el clima era perfecto para estar en París. Había enviado
personalmente cada una de las invitaciones y supervisado el programa, las
reglas, la formación de las comisiones e incluso la diversión. No quiso dejar
nada al azar.
En total, entraron 136 delegados por las grandes puertas de roble que daban a
la calle. Además de Francia y sus colonias (Argelia y Martinica), estaban
representadas otras veintidós naciones: Austria-Hungría, Bélgica, China,
Colombia, Costa Rica, Alemania, Gran Bretaña, Guatemala, Hawai (que todavía era
una nación independiente), Holanda, Italia, México, Nicaragua, Noruega, Perú,
Portugal, Rusia, El Salvador, España, Suecia, Suiza y Estados Unidos. Entre los
delegados holandeses figuraba el famoso Jacob Dirks, constructor del canal de
Amsterdam. Sir John Stokes y sir John Hawkshaw, ambos ingenieros distinguidos,
habían venido de Londres. Los alemanes enviaron a un inspector general de
minas; los rusos, a un almirante (en realidad, los rusos se habían interesado
tan poco en la histórica convocatoria que ni siquiera se preocuparon por
nombrar a un delegado, y no habrían enviado a nadie si De Lesseps no les
hubiera mandado un cable en el último momento). Colombia había enviado una
delegación de cuatro miembros, uno de los cuales era el joven ingeniero Pedro
Sosa. El delegado de México, Francisco de Garay, tenía tanta prisa para no
perderse las palabras de apertura de De Lesseps que dejó sus maletas en la
aduana de la estación de Saint Lazaire y llegó al Boulevard Saint Germain sin
afeitar y con la ropa del viaje. En una tienda cercana adquirió el atuendo
apropiado (sombrero de copa, chaqué y guantes grises), mandó que le enviaran un
barbero y luego hizo su entrada con tiempo de sobra, una historia que divirtió
mucho a De Lesseps.
La delegación de Estados Unidos, la más numerosa de todas las extranjeras, la
componían once personas, incluidos el almirante Ammen, Menocal y el comandante
Selfridge, más los delegados de la American Geographical Society, la National
Academy of Science, los de la Junta de Comercio de Estados Unidos y los de la
municipalidad de San Francisco. En el grupo francés destacaban personajes tan
distinguidos como el explorador Jules Flachat, el economista y geógrafo
Levasseur; Daubrée, presidente de la Académie des Sciences; Alexandre Gustave
Eiffel, de la Société des Ingénieurs; y el elegantísimo almirante de La
Roncière-Le Noury. Por último, figuraba el mismo De Lesseps, el foco de
atención, con su joven esposa del brazo.
Se reunieron en la grande salle del primer piso de la Société,
un auditorio muy bien decorado en color crema, con un alto techo abovedado y un
pequeño estrado, que tenía capacidad para casi cuatrocientas personas sentadas.
De Lesseps, los restantes directivos y el almirante de La Roncière-Le Noury
ocuparon el estrado; los delegados llenaron las cinco primeras filas, mientras
que todos los asientos restantes los ocuparon los espectadores, incluidas, como
no dejó de señalar ningún reportero, muchas damas elegantes con los sombreros
de plumas que estaban de moda por entonces. Cuando De Lesseps se puso en pie
para dar la bienvenida, se produjo una nutrida ovación.
Sin embargo, la primera sesión fue puramente ceremonial y no se entró en
materia. De Lesseps dijo algunos cumplidos («La presencia de damas en una
reunión científica siempre es un buen presagio»), y Henri Bionne, quien iba a
ser el secretario del congreso, leyó un artículo bastante aburrido sobre el
particular interés de la Société por la idea del canal. Después, De Lesseps
presentó a las personas que iban a encabezar las diversas comisiones, describió
rápidamente las funciones de cada una y luego fue leyendo la lista completa de
los delegados, pidiéndoles que se pusieran de pie a medida que los nombraba
para darse a conocer. (El señor Li-Shu-Chang, primer secretario de la legación
de China en Londres, fue el que recibió los aplausos más prolongados, puesto
que se tenía la esperanza de que fuera China la que proporcionara el mayor
número de trabajadores para excavar el canal.)
A varios de los miembros de la delegación estadounidense les molestó todo esto.
Era evidente que las palabras de De Lesseps habían sido improvisadas. Toda la
sesión duró apenas una hora y no se había escuchado a nadie más que a De
Lesseps y a Bionne. Parecía algo deliberadamente preparado de antemano. A pesar
de la insistencia para que fueran muchas las naciones participantes, era
palpable el predominio de la delegación francesa, la mayoría de cuyos delegados
parecían comprometidos por una antigua lealtad o por razones de ambición
personal a aceptar el curso que De Lesseps dictara. Entre los delegados
franceses más prominentes, por ejemplo, se incluían el antiguo director general
de Suez, Voisin Bey; Abel Couvreux, de la gigantesca compañía Couvreux y
Hersent, la principal contratista de Suez; y Alexandre Lavalley, que había
construido las enormes dragas de vapor que se emplearon en Suez.
De las diversas comisiones, solo una, la cuarta, se podía tomar en
consideración: la llamada Comisión Técnica, encargada de decidir el lugar
preciso en que se construiría el canal, de qué tipo sería y cuánto iba a
costar. Era la comisión más numerosa, y el propio De Lesseps formaba parte de
ella junto a los restantes 52 delegados que había asignado, más de la mitad
franceses. En realidad, de los 136 delegados que asistían al congreso, un total
de 73 eran franceses, y ni una cuarta parte, ingenieros.
Además, De Lesseps parecía dispuesto a agilizar las cosas en un tiempo récord.
El congreso, había afirmado como conclusión, tenía que realizar su cometido «al
estilo estadounidense, es decir, con rapidez y de forma práctica». Pensaba que
una semana bastaría.
Tal vez la valoración menos cohibida del congreso fue la del representante de
la American Geographical Society, el doctor William E. Johnston, médico
neoyorquino que describió a De Lesseps como un hombre «de buen corazón y
condescendiente […] pero también muy ambicioso», y desde el principio estaba
convencido de que él y los restantes delegados no franceses contarían muy poco.
Escribió que en especial Ammen y Menocal estaban de sobra en aquella reunión.
Ningún plan que no fuera el del famoso francés y sus compatriotas tendría la
menor oportunidad de ser considerado.
No obstante, De Lesseps había recibido a los estadounidenses con tanta
cordialidad y cortesía que incluso Ammen se distendió. Le había designado como
el primero de los cinco vicepresidentes del congreso; hizo que se sentara a su
derecha; e insistió para que Ammen y Menocal participaran en la Comisión
Técnica.
Las labores de las comisiones menores, que se reunían en otras partes del edificio,
eran mínimas y muy poco significativas. Un grupo llegó a la conclusión de que
el canal se abriría de allí a diez años y le asignó un tráfico anual más o
menos del doble que el de Suez. (En el informe se hacía hincapié en que no
podía preverse dicho tráfico en el primer año de operación, pero De Lesseps
pasó por alto esta advertencia.) El grupo encargado de hacer los cálculos sobre
el comercio mundial, encabezado por Nathan Appleton, de Boston, delegado de la
Cámara de Comercio de Estados Unidos, se reunió tres veces sin ningún
resultado. La comisión para el estudio de las dimensiones de los barcos llegó
de inmediato a la conclusión de que el canal no tendría que ser ni más ancho ni
más profundo que el de Suez, y la comisión dedicada a calcular los peajes,
presionada para presentar datos de la nada, puesto que no se conocía lo que la
Comisión Técnica decidiría, hizo su informe con suposiciones. Estableciendo un
peaje de 3 dólares la tonelada, el canal podría obtener un ingreso bruto de
1.800.000 dólares anuales, con lo cual las ganancias netas no serían inferiores
a los 8 millones de dólares anuales, es decir, un rendimiento del 8 por 100 si
el canal costaba 100 millones de dólares.
Las deliberaciones de la Comisión Técnica, cuyas reuniones tenían lugar en el
auditorio, continuaron siendo el centro de la atención general, pues «la serena
imparcialidad de la ciencia» quedó hecha pedazos en la primera de las sesiones,
el 16 de mayo.
El primer orador iba a ser el almirante Ammen —otra de las cortesías de De
Lesseps—, pero el baúl que contenía los informes y mapas de las investigaciones
estadounidenses se hallaba detenido en alguna parte entre Liverpool y París.
Así pues, fue el comandante Selfridge quien habló en lugar de Ammen, y eligió
el tema de la ruta por el río Atrato, lo cual no debería haber sido un problema
si Ammen hubiera permitido que Selfridge hablara como quisiera. Pero Ammen
pensaba que los proyectos sobre el río Atrato carecían de valor y no estaba
dispuesto a que alguien tuviera la impresión de que Selfridge hablaba como
representante oficial del Gobierno estadounidense; y, al parecer, tampoco le
gustó que tuviera una buena aceptación, pues nunca le había tenido aprecio
personal. (No llegó a saberse la causa de su antipatía.) Ammen rechazó
abiertamente algunas de las afirmaciones de Selfridge y en un abrir y cerrar de
ojos se entabló una violenta e indigna disputa entre ambos: Ammen insistía en
que él, como jefe de la delegación estadounidense, tenía la última palabra;
Selfridge se negaba a condescender ante el augusto almirante (ya retirado) y
alegaba con la misma convicción que tenía perfecto derecho a ser escuchado y
que, además, podía hablar con autoridad, puesto que él por lo menos había
estado allí.
A Selfridge le pidieron que volviera a dar una charla a la comisión a los pocos
días. Sus exploraciones en el Darién, sus alegatos en favor de un canal à
niveau y su francés bastante aceptable le convirtieron en una figura
popular. (Más adelante, cuando el congreso finalizó, se le concedió la Legión
de Honor por sus exploraciones pioneras en el Darién.) Pero el proyecto del
Atrato, a pesar de que era un projet sans écluses, nunca tuvo la
oportunidad de atraer una atención seria, como debía haber reconocido Ammen, y
fue descartado en cuanto acabó de hablar sobre él. Lo que sí interesó a los
delegados fue el tono de la disputa entre los dos eminentes estadounidenses,
ver con cuánta intensidad, con qué apasionamiento, discutían el tema dos
compatriotas, dos oficiales y caballeros.
El turno de Ammen llegó al día siguiente, una vez que se localizó el baúl
perdido, y fue seguido inmediatamente por Menocal. El efecto fue sorprendente.
«Cuando les llegó el turno a los señores Ammen y Menocal de presentar las
cifras y estimaciones para las distintas rutas, se produjo una verdadera
revolución —escribió el doctor Johnston—. Los numerosos ingenieros que habían
asistido para estudiar seriamente y sin prejuicios la cuestión se quedaron
asombrados al comprobar que nadie en Europa sabía nada al respecto. La exposición
de los delegados estadounidenses fue una revelación.»
La parte que le correspondió a Ammen fue una breve descripción general de las
investigaciones estadounidenses, pero los mapas y planos que empleó para
ilustrar sus comentarios provocaron un efecto instantáneo, puesto que nada de
ese tipo se había visto antes en Europa. Después siguió la «exposición técnica»
sobre Nicaragua de Menocal.
La apertura de un canal en Nicaragua ofrecía menores problemas de ingeniería
que su construcción en cualquier otro lugar, se informó al auditorio. El coste,
basado en una investigación real, resultaba tan reducido, en comparación con
los otros, que solo por razones económicas debería dársele preferencia al canal
de Nicaragua. El plan era para un canal con esclusas, pues uno a nivel del mar
estaba fuera de cuestión.
La ruta del canal era muy semejante a la que había trazado el ingeniero Orville
Childs, enviado por Vanderbilt al comienzo de la década de 1850. El río San
Juan se haría navegable mediante la construcción de pequeñas presas que se
comunicarían en sectores relativamente cortos. Subiendo por el oeste hasta el
lago habría unos 64 kilómetros de canal y diez esclusas. Desde el lago hasta el
Pacífico, una distancia de solo 26 kilómetros, habría un segundo sector de
canal con otras diez esclusas para descender hasta el nivel del mar. Toda la
ruta, desde Greytown hasta Brito, en el Pacífico, mediría algo más de 291
kilómetros, es decir, más de tres veces la longitud de la ruta de Panamá. Pero,
como en el proyecto de Childs, 90 de los 291 kilómetros ya los proporcionaba el
lago y casi 112 kilómetros del río San Juan podrían hacerse navegables para
barcos de altura. Así pues, solo quedaban 80,5 kilómetros —93,692 kilómetros,
de acuerdo con los cálculos de Menocal— de construcción real de un canal, lo
que equivalía a un poco más de la longitud del canal en Panamá.
El coste de ese canal podría ser de 65.600.000 dólares, un tercio menos que el
precio citado por el teniente Wyse para su proyecto.
Fue una exposición brillante y convincente que duró cinco horas, y resultó aún
mejor ante el orador que siguió: el teniente Wyse. Menocal había hablado como
alguien que había valorado todos los ángulos del problema, había examinado cada
detalle y había recorrido cada metro del terreno con sus propios pies. Era el
profesional con conocimiento, la voz de la experiencia. Wyse, en cambio, fue
muy vago en los detalles y muy inseguro en los hechos. Uno de los delegados
opinó que había hablado como si hubiese soñado todo su proyecto sin haber salido
de París.
Wyse, el general Türr, Armand Réclus y varios socios más estuvieron presentes
desde la primera sesión y, si bien ninguno de ellos era un delegado acreditado,
por lo que en teoría no tenían poder ni voz, como miembros de la Société de
Géographie se sentían como en casa en ese recinto y todos los conocían. Dio la
casualidad de que a Wyse se le otorgó la medalla de oro de la Société ese año
por sus exploraciones en el Darién. Sin embargo, desde que empezó a hablar
sobre su proyecto de Panamá, numerosos delegados comprobaron que tenía muy poco
conocimiento del terreno y que en realidad no existía la comentada
Investigación Wyse. Y mientras que Menocal había solicitado que se le hicieran
preguntas y las había respondido a plena satisfacción de los ingenieros
presentes, Wyse fue incapaz de defender su plan siquiera en lo más fundamental.
De forma específica, no sabía qué se podía hacer respecto al río Chagres, que
aparecía en el camino de cualquier canal que siguiera la ruta del ferrocarril,
o cuando bajaba al nivel del mar, cómo se podían afrontar las mareas de seis
metros de altura del Pacífico.
El lunes 19 de mayo, el general Türr y el teniente Réclus aparecieron ante el
comité y hablaron durante varias horas más, pero no aportaron mucho más que
Wyse.
El martes 20 de mayo, Menocal volvió a ocupar la tribuna y declaró que, tras
haber pasado tres meses en el valle del Chagres, su juicio profesional era que
cualquier intento de construir un canal en Panamá resultaría desastroso. El río
planteaba un problema absolutamente inevitable. Un canal cualquiera en Panamá
—con esclusas o al nivel del mar— tendría que cruzar el río una o varias veces.
Si se abriera un canal al nivel del mar cortando el cauce del río, el
resultado, como podía suponer cualquiera, sería una magnífica catarata. La
caída del río dentro del canal tendría una altura de casi trece metros, y eso
tomando la medida durante la estación seca, cuando el río tiene una profundidad
de pocos metros. Pero durante la temporada de lluvias el río se convertía de
improviso en un torrente impetuoso. A veces crecía más de tres metros en una
hora. Cuando se producían las crecientes y había inundaciones, la altura de las
aguas en su cauce podía llegar a once metros, y la anchura, hasta 457 metros.
El coste de una obra para dominar esa fuerza colosal —si fuera posible
realizarla— superaba todo cálculo.
Admitió Menocal que la primera vez que fue a Panamá, en 1875, tenía la
intención de esbozar un proyecto para un canal al nivel del mar. Había
abandonado la idea tan pronto como advirtió la verdadera naturaleza del río
Chagres. Cualquier proyecto que no tomara en cuenta ese río sería poco
realista.
El teniente Wyse pidió la palabra para preguntar dónde había obtenido el orador
sus datos. Menocal le respondió que los había sacado de investigaciones sobre
el terreno y de las informaciones que le proporcionaron las autoridades
locales. Sus cifras procedían de sus observaciones de campo.
El proyecto oficial estadounidense para Panamá consistía en un canal con
esclusas que salvara el problema del Chagres pasando por encima. Menocal había
diseñado un colosal viaducto de piedra con una longitud de 580 metros para que
el canal pasara por encima del río en un punto llamado Matachín. La elevación
del canal en el viaducto —es decir, el punto más alto del canal— sería de 38
metros, y para elevar los barcos hasta esa altura y bajarlos al nivel del mar
habría veinticuatro esclusas (doce en cada dirección, desde el punto más alto).
La construcción de dicho canal costaría 94.600.000 dólares, una cifra que dejó
confusos a muchos de los presentes, puesto que era más o menos la misma que
había calculado Wyse para su canal al nivel del mar.
Menocal creía que era la solución más ingeniosa posible considerando las
circunstancias, pero no se atrevía a recomendarla. En conciencia, no se
aventuraba a recomendar la construcción de ningún tipo de canal en Panamá.
Hasta un canal de esclusas, subrayó, estaría siempre a merced de posibles
inundaciones, y además advirtió que los profundos cortes que deberían hacerse
en la cordillera, en la zona llamada La Culebra, crearían el peligro constante
de deslizamientos de tierra y aludes de lodo sobre el canal.
«La sorpresa y la dolorosa emoción de todos aquellos que esperaban poder
construir un canal al nivel del mar y de sus muchos amigos que habían asistido
fue indescriptible —escribió Daniel Ammen—. Veían ante sí que los proyectos que
con tanta confianza habían presentado para su adopción resultaban completamente
impracticables.»
«Desde ese momento —observó el doctor Johnston—, el congreso empezó a ser real
y no una farsa.»
En conjunto, la Comisión Técnica iba a considerar las propuestas para catorce
puntos distintos en el mapa de América Central. Se había presentado, por
ejemplo, el viejo proyecto de Frederick Kelley por la ruta de San Blas.
Francisco de Garay, el delegado mexicano, habló en favor de la ruta de
Tehuantepec. Pero esas y otras propuestas fueron rechazadas una por una. En
menos de una semana, la cuestión se había reducido a dos proyectos, el de Wyse,
por Panamá, y el de Estados Unidos, por Nicaragua, y para muchos delegados que
habían escuchado la exposición de Menocal la opción se reducía a la ruta de
Nicaragua. De haberse hecho una votación después de que Menocal dio a conocer
sus observaciones sobre Panamá, es probable que el congreso hubiese elegido la
ruta de Nicaragua, como admitió en privado el mismo De Lesseps; pero, como era
este quien mandaba, tal iniciativa no llegó a considerarse.
De Lesseps desarrollaba una actividad extraordinaria entre bambalinas, hablando
con los delegados franceses de forma «que dejaría avergonzado a un moderno
candidato político estadounidense». No había vuelta atrás. No darían su acuerdo
a ninguna otra decisión que no fuera la de Panamá. «Aquella era la ruta de los
franceses —escribió el doctor Johnston—. Habían estado creando entusiasmo hacia
su ruta; los banqueros y el público en general no hubieran dado un céntimo por
otra ruta que no fuera la que patrocinaban el señor De Lesseps y el teniente
Wyse. Así pues, el descarte de esa ruta significaba la renuncia de Francia a
conquistar la gloria de abrir el canal interoceánico, y eso no le pasaba a
nadie por la cabeza ni por un momento.»
Además, para entonces se daba por cierto que estaban en juego enormes sumas de
dinero. Corría el rumor de que se había formado en secreto una compañía para el
canal de Panamá. «Íbamos a presenciar cara a cara el singular espectáculo de un
congreso que se había vuelto serio y honrado y que veía claramente dónde estaba
lo cierto —observó el doctor Johnston—, y, sin embargo, se veía obligado a ser
deshonesto y llevar a cabo los planes originales por cualquier medio. […] Era
como si en una partida de naipes en la que los jugadores no tuvieran cartas,
sino mucho dinero, se dijera: "Acepto tu apuesta y la doblo".»
Pero debe destacarse que los estadounidenses no fueron los únicos en poner
pegas. Un respetado ingeniero francés llamado Ribourt, uno de los constructores
del célebre túnel de Saint Gothard, pidió a los delegados que no juzgaran a la
ligera la magnitud de la empresa. Para abrir un canal al nivel del mar a través
de Panamá y horadar un túnel, como proponía el teniente Wyse, se requerían al
menos nueve años de trabajo incesante, incluso si se trabajaba las veinticuatro
horas del día. Afirmó que el coste sería el doble de la cifra presentada por
Wyse. En opinión del respetado John Hawkshaw, era físicamente imposible abrir
un canal al nivel del mar, puesto que se necesitaría drenar por completo el
Istmo en el punto requerido. El túnel que se proponía construir no sería del
tamaño suficiente para dar paso a un volumen tan enorme de agua, y mucho menos
a los barcos.
Wyse y Réclus estaban furiosos. Réclus salió del paso con una lista rápida de
afirmaciones superfluas y reconvenciones. Cuando el presidente de la sesión le
pidió que limitara sus observaciones a la cuestión que se estaba tratando, Wyse
interrumpió a gritos y replicó que sus proyectos se veían constantemente
atacados y que nunca se les daba la oportunidad de defenderlos. Sus modales,
según observó Daniel Ammen, denotaban «una gran excitación».
Por de pronto, Wyse y Réclus se pusieron a trabajar para hacer drásticas
revisiones. Se descartó la idea del túnel. El canal sería abierto de un océano
al otro. Las grandes mareas del Pacífico podrían dominarse mediante una esclusa
gigantesca que las contuviera en el extremo del canal. El cauce del Chagres se
desviaría a un canal que se crearía al efecto, aunque Wyse mostraba gran
vaguedad al explicar cómo se iba a realizar.
Ya había transcurrido la semana que De Lesseps consideraba suficiente para
solucionar todos los problemas que se plantearan y el consenso parecía más
lejano e improbable que nunca. Por lo tanto, el viernes 23 de mayo «se despojó
del manto de indiferencia», como escribió uno de los delegados, y convocó otra
sesión general en el auditorio. «Es tan tenaz como hábil —observó el doctor
Johnston—, y no tiene el propósito de sufrir una derrota.»
Por primera vez habló extensamente, solo en el estrado, con un gran mapa
desplegado a sus espaldas. El auditorio estaba pendiente de cada una de sus
palabras y hablaba como si todos fueran sus amigos más queridos, tan seguro de
su apoyo como lo estaba de su propia superioridad en esos temas. Caminando de
un lado a otro delante del mapa, hablaba sin esfuerzo, sin pausas, sin notas.
Parecía un actor en el escenario, radiante, viril, formulando sus ideas en los
términos más sencillos, directos y sensatos.
Bastaba con mirar el mapa para comprender que Panamá era el lugar indicado para
abrir un canal. La ruta ya estaba bien establecida, había un ferrocarril y
ciudades prósperas a cada lado. Únicamente en Panamá se podría construir un
canal al nivel del mar. Como es natural, había problemas, pues siempre los hay.
En Suez hubo problemas formidables, y muchas autoridades respetables pensaron
también que eran insuperables. A medida que fue pasando el tiempo, cuando fue
avanzando el trabajo, como es lógico aumentaron las dificultades, pero
aparecieron los hombres de ingenio para afrontarlas y vencerlas. Y volvería a
suceder lo mismo. Para cada desafío hay un hombre de ingenio capaz de hacerle
frente y vencerlo. Era necesario confiar en la inspiración. Respecto al dinero,
en Francia había muchísimo en espera de que se abrieran las listas de
suscriptores.
Conocía muy bien a su auditorio y pronunciaba cada frase con una seguridad
completa en el efecto que produciría. Su público lo adoraba.
II
Ese mismo día, algo más tarde, otro delegado francés que no
había tenido nada que decir hasta entonces se plantó ante el auditorio para
hacer la declaración más extraordinaria de todo el congreso. Era un hombre de
ingenio quien ocupaba el estrado, aunque nadie, ni siquiera De Lesseps, se
percató.
Era el barón Godin de Lépinay —Nicholas-Joseph Adolphe Godin de Lépinay, barón
de Brusly—, aristócrata de corta estatura y barba, jefe de ingenieros del Corps
des Ponts et Chaussées(Departamento de Puentes y Caminos) y bien conocido
tanto por su talento como por su no disimulado desprecio por todos aquellos que
no estuvieran de acuerdo con él. Había encontrado una respuesta original e
ingeniosa para el problema de Panamá, incluido su clima infernal, que
consideraba el aspecto más serio y conflictivo. Era, como explicó a los
delegados, uno de los muy pocos entre los presentes que contaba con una
experiencia real para la construcción de una obra de ingeniería «en las tierras
calientes de la América tropical». No dijo que esa experiencia había sido la
construcción del ferrocarril entre la ciudad de Córdoba y el puerto de Veracruz
en 1862, durante la cual una tercera parte de la mano de obra y dos terceras
partes de los ingenieros murieron de fiebre amarilla.
La solución que proponía era la que Philippe Bunau-Varilla denominaría la «idea
de la Nicaragua artificial». Por increíble y trágico que parezca, los delegados
no le prestaron ninguna atención. Los estadounidenses rechazaron el proyecto,
calificándolo de ridículo. Menocal apenas mencionó su nombre en su informe
sobre el congreso. Ammen se refirió al «plan», entre comillas, como un medio
para ilustrar hasta qué extremos llegaban los franceses en su afán de rescatar
la ruta de Panamá. Pero si los delegados hubiesen reaccionado de forma
diferente, si hubiesen tomado en serio a De Lépinay, la historia del canal
habría sido muy distinta.
Philippe Bunau-Varilla. (Bblioteca del Congreso)
El barón reconocía como cierto todo lo que Menocal había dicho
respecto al río Chagres. Él mismo había considerado la posibilidad de abrir un
canal en Panamá durante años. La idea de excavar hasta el nivel del mar estaba
totalmente fuera de la realidad debido a las condiciones del terreno y debía
rechazarse sin más. Los que hablaban de desviar el río Chagres de cualquier
manera no sabían lo que estaban diciendo y se engañaban. Permitían que el
triunfo de Suez distorsionara su capacidad para ver las cosas tal como eran.
Dijo que Suez y Panamá no se podían considerar comparables, puesto que las
condiciones medioambientales eran enteramente opuestas. «En Suez, el agua es
escasa, el terreno es blando, el nivel de la tierra es casi el mismo que el del
mar y, aunque hace mucho calor, el clima es saludable. En la América tropical
hay agua en exceso, el terreno es duro, de piedras y de roca, y su relieve es
accidentado, y además el campo está literalmente envenenado.» Actuar de igual
modo en lugares de características tan opuestas sería «ultrajar a la
Naturaleza» en lugar de beneficiarse de ella, «que es la meta primordial del
ingeniero».
Su propio plan —«el método más natural»— era sencillo y brillante, un auténtico
toque genial, y, como el tiempo demostraría, completamente acertado.
Al igual que Menocal, había llegado a la conclusión de que era necesario pasar
por encima del río Chagres; pero en vez de un viaducto de piedra en Matachín,
tenía en mente la construcción de un puente de agua que cruzara la mayoría del
Istmo. Habría dos lagos artificiales con tramos de esclusas en escalera a los
que se subiría desde los dos océanos. Del mismo modo que el lago de Nicaragua
era el elemento esencial en el proyecto nicaragüense, puesto que facilitaba la
navegación y proporcionaba agua en abundancia para el canal, los lagos
artificiales darían ese servicio en Panamá. En otras palabras, por medio de la
ingeniería crearía en Panamá las condiciones que ya existían en Nicaragua.
Lo que De Lépinay proponía no era propiamente un canal en el sentido
convencional. Los lagos artificiales se crearían construyendo dos grandes
presas, una en el río Chagres, cerca del Atlántico, y otra en el río Grande,
que vierte sus aguas en el Pacífico. Las presas deberían construirse lo más
cerca de los dos océanos que permitiera la configuración del terreno. La del
Chagres, la mayor de las dos, debería construirse en la confluencia de los ríos
Chagres y Gatún, en un punto llamado Gatún, y contendría el lago más grande. La
superficie de los lagos quedaría a unos veinticinco metros sobre el nivel del
mar y estarían unidos por un canal que se abriría en la cadena montañosa en La
Culebra. Esta sería la única excavación profunda requerida.
Las virtudes del plan eran enormes. Para empezar, reducía considerablemente los
trabajos de excavación; eliminaba todos los riesgos de inundación por las
crecidas del Chagres, puesto que el río iría a desembocar directamente en los
lagos. Las represas controlarían el río y este serviría para abastecer de agua
a los lagos y el canal de forma ilimitada. De este modo, el río se convertiría
en la sangre vital del sistema y no en su enemigo mortal.
El paso resultante, además, sería un amplio lago y no un canal estrecho. Los
barcos navegarían a mayor velocidad y podrían adelantarse sin encerrarse en los
apartaderos ni detenerse, como se hacía en Suez. El paso por un canal así no
requería más de doce horas, calculando media hora para pasar cada esclusa,
aunque en realidad solo serían necesarios quince minutos. Y doce horas solo
sobrepasaba en una hora y media el tiempo que se calculaba para cruzar el mejor
canal al nivel del mar en Panamá.
Este proyecto podía realizarse en seis años con un coste de 500 millones de
francos (100 millones de dólares), incluidos intereses y gastos
extraordinarios, pero sin contar lo que costara comprar el ferrocarril de
Panamá, adquisición que subrayó como paso esencial y gasto muy considerable.
Afirmó que lo más importante de todo era el ahorro que el proyecto suponía en
vidas humanas. Como todo el auditorio comprendía, casi todas las variedades de
fiebre tropical se producían a causa de «miasmas y vapores nocivos» que se
desprendían de la vegetación en putrefacción y el suelo degradado de la selva.
Toda perturbación excesiva de dicho suelo significaba la propagación natural de
la enfermedad en proporciones de epidemia. Pero como su proyecto abogaba por
una excavación mínima, habría también una perturbación mínima durante la
construcción, y la correspondiente incidencia de las enfermedades sería baja.
Por añadidura, una vez que se construyera el canal, buena parte de esos
«terrenos venenosos» quedarían sellados por los lagos, lo que produciría un
efecto benéfico permanente. Afirmó que excavar un canal à niveau en
Panamá costaría la vida de no menos de cincuenta mil hombres.
El barón Godin de Lépinay expuso sus ideas con elocuencia y precisión
profética, pero los delegados no las consideraron ni siquiera dignas de una
simple discusión. El congreso pasó a examinar otros asuntos.
Dos subcomisiones —una sobre túneles y otra sobre canales con esclusas—
mantuvieron sesiones a puerta cerrada durante el fin de semana, y el lunes 26
de mayo presentaron sus conclusiones. Se consideraba enteramente practicable el
canal de Nicaragua propuesto por Menocal. Según sus cálculos, el coste sería de
140 millones de dólares y, en opinión de la mayoría, podía quedar concluido en
seis años. También se consideraba practicable el plan de Wyse, pero su coste se
calculaba en 209 millones de dólares. Además, serían necesarios por lo menos doce
años para construirlo y se hacía la advertencia explícita de que la apertura de
un canal al nivel del mar en Panamá, así como cualquier medida destinada a
restringir o modificar la corriente del Chagres, planteaba muchos problemas que
no se habían valorado.
Los delegados partidarios del teniente Wyse respondieron comentando en privado
—en los pasillos del auditorio, en los cafés y restaurantes del Boulevard Saint
Germain— que De Lesseps «se negaría rotundamente» a quedar al frente de la
construcción de cualquier canal que no fuera el de Panamá y al nivel del mar.
Esos comentarios produjeron el efecto deseado de hacer que varios delegados que
seguían vacilando cerraran filas.
El comandante Selfridge se unió a los que atacaban el proyecto de Nicaragua y
por primera vez suscitó el tema de la frecuencia de los terremotos y la
actividad volcánica en la historia de Nicaragua. Pero dos de los delegados
franceses pertenecientes a la Comisión Técnica, los ingenieros Cotard y
Lavalley, que habían trabajado con De Lesseps en Suez, se alinearon con las
fuerzas que apoyaban el proyecto de Nicaragua, y lo mismo hizo Gustave Eiffel.
El miércoles 28 de mayo, después de haber asistido a un banquete que se
prolongó hasta muy tarde la noche previa (en el Hotel Continental, que daba a
los jardines de las Tullerías), el lenguaje de varios oradores se volvió mucho
menos diplomático que hasta entonces. Menocal en particular no hizo esfuerzo
alguno para ocultar su creciente disgusto. Afirmó que había viajado a París
para presentar propuestas serias basadas en volúmenes de información reunidos
con grandes esfuerzos y gastos. Él y sus colegas esperaban que los restantes
delegados presentaran un material de naturaleza comparable, y mediante una
consideración adecuada de todos esos datos, las personas serias, los
profesionales de probada competencia, tomaran sus decisiones de una manera
razonable e imparcial. En lugar de ello, los proyectos estadounidenses se
medían con el mismo rasero que los planes imaginarios esbozados sobre mapas imprecisos,
algunos de ellos resultado de la inspiración de una noche.
Con estas declaraciones, la oratoria se fue cargando. Un delegado francés habló
durante varias horas y afirmó que debía ser un canal al nivel del mar, fuera
cual fuese el coste.
Se llegó a la recomendación final de la Comisión Técnica, la decisión que todo
el congreso esperaba, bien entrada esa noche, en medio de una confusión y una
excitación tremendas. Hasta en la sosegada relación oficial de las actas se
advierte que esa sesión estuvo a punto de convertirse en un altercado. Veinte
delegados, casi la mitad de los miembros de la Comisión, abandonaron la sala
antes de que tuviera lugar la votación. Al final, solo Ferdinand de Lesseps y
otros dieciocho delegados se mostraron dispuestos a votar una determinación, y
de ellos, únicamente tres se negaron a votar como quería De Lesseps.
Se determinó que Panamá era el lugar indicado para el canal y se recomendaba
especialmente un canal al nivel del mar.
Había estado lloviendo de forma intermitente durante los últimos días, y volvió
a llover al día siguiente, jueves 29 de mayo, cuando a la una y media de la
tarde se reunió el congreso en pleno para escuchar el informe de la comisión y
proceder a la histórica votación definitiva. «El salón estaba repleto y había
muchas damas —recordaba el almirante Ammen—. Había más de un centenar de
miembros o delegados y de trescientos a cuatrocientos espectadores.» El doctor
Johnston, quien no se hacía ilusiones sobre el resultado de la votación,
escribió lleno de amargura:
Habíamos llegado al momento de las «decisiones sublimes», de
esas «decisiones sublimes» que han sido la gloria y el ridículo de Francia. Se
iban a sacar cientos de millones de francos al extranjero para el bien de la
humanidad en general. Costaría muchísimo dinero, pero lo tenían; se requerirían
hombres de ingenio, mas también los tenían. La barrera absurda que la
Naturaleza había levantado entre los dos mares iba a caer ante la fuerza del
genio francés y el poder del dinero francés.
Los observadores franceses recordarían la solemnidad del momento
en que De Lesseps leyó en voz alta la crucial resolución:
El congreso cree que es factible la excavación de un canal
interoceánico al nivel del mar, tan deseable para los intereses del comercio y
la navegación; y que, para sacar provecho de las indispensables instalaciones
de acceso y operación que debe ofrecer ante todo un canal como este, debe
extenderse desde el golfo de Limón hasta la bahía de Panamá.
El tiempo necesario para la construcción se estableció en doce
años —el canal estaría terminado en 1892— y el coste se estimaba en 1.070
millones de francos, o 214 millones de dólares. Suponiendo que los intereses
que deberían pagarse en ese tiempo fueran de 130 millones de francos, los
gastos totales calculados ascenderían a 1.200 millones de francos, es decir,
240 millones de dólares, casi tres veces más del coste de Suez.
Se hizo una votación oral por orden alfabético. Henri Bionne fue diciendo los
nombres
* * * *
Daniel Ammen se levantó y se abstuvo de votar, alegando que solo
se debería permitir votar esa proposición a los ingenieros. Otros dos
estadounidenses, Nathan Appleton y Christian Christiansen, este último de San
Francisco, dieron su voto afirmativo. El primer voto negativo fue el del
delegado de Guatemala. Daubrée, que había sido presidente de la Comisión
Técnica, dio su voto favorable, lo mismo que un antiguo ingeniero de Suez
llamado Dauzats. Gustave Eiffel votó no.
Flachat, Hawkshaw y el doctor Johnston decidieron ausentarse del acto.
Alexandre Lavalley también estaba ausente. Cuando se pronunció el nombre del
barón Godin de Lépinay, se puso de pie y miró a su alrededor a la multitud.
«Aunque he sido incapaz de hacer que triunfara mi consejo, no lo abandonaré. Y
para no cargar mi conciencia con muertes innecesarias y gastos inútiles, digo
no.» Cuando se sentó hubo un ruidoso coro de burlas y abucheos.
Hasta ese momento habían votado setenta y siete delegados, de los cuales
cuarenta y tres habían votado sí. Como todo el mundo sabía, el siguiente nombre
por orden alfabético era el de Ferdinand de Lesseps.
«¡Voto sí! —gritó, y su voz llenó la sala—. ¡Y he aceptado el mando de la
empresa!» Era la primera vez que lo declaraba en público, y bastó para exaltar
al auditorio. Los aplausos y los vítores prosiguieron, interrumpiendo la
votación durante varios minutos.
El resto se desarrolló con rapidez. Eli Lazard, de San Francisco, el almirante
ruso, el delegado chino y un enviado de la Sociedad Geográfica italiana votaron
a favor. García Menocal se abstuvo. Mientras se hacía el recuento final, De
Lesseps, que parecía extraordinariamente complacido, manifestó al auditorio:
«Hace dos semanas no me había pasado por la cabeza la idea de colocarme al
frente de una nueva aventura. Mis amigos más queridos trataban de disuadirme,
diciéndome que después de Suez debía tomar un descanso. ¡Bien! Cuando a un
general que acaba de obtener su primera victoria se le pregunta si desea ganar
una segunda, ¿acaso se negaría?».
Posteriormente, ante otros auditorios iba a declarar que fue la aprobación
abrumadora del congreso, los rostros que veía ante sí, y sobre todo la mirada
que le envió su esposa, lo que le impulsó a tomar la decisión, añadiendo que
haberse retirado entonces habría sido un acto de cobardía. También agregaría
que su esposa había sido la primera del grupo de amigos muy queridos que trató
de disuadirlo, pues deseaba que su vida siguiera igual. Así pues, ella también
se había dejado llevar por la emoción del momento.
En medio de un silencio absoluto se anunciaron los resultados de la votación:
74 votos a favor de la resolución; 8 en contra; 16 abstenciones; 38 ausentes.
Los delegados se pusieron en pie vitoreando; las damas agitaban sus pañuelos.
Era como si se hubiese obtenido una victoria asombrosa. De Lesseps subió al
estrado y prometió el triunfo; el almirante de La Roncière-Le Noury afirmó que
ese día marcaba el comienzo de una de las mayores empresas de los tiempos
modernos. «Me parece que nada podría haber sido más glorioso —recordaría años
más tarde Henri Barboux, abogado de Ferdinand y Charles de Lesseps, frente a
una concurrida sala de tribunal—. ¿No se podría pensar que era como un concilio
que se reunía después de setecientos años para organizar una nueva cruzada?»
* * * *
Ferdinand de Lesseps era un hombre acostumbrado a imponer sus
opiniones, y en esta ocasión se salió con la suya. El congreso, como declararon
sus críticos más severos, se había reunido ante todo para dar legitimidad a la
Concesión Wyse, y una autoridad que de otra manera le faltaría y que necesitaba
con urgencia para conseguir el respaldo financiero indispensable, como De
Lesseps sabía mejor que nadie. No se había concebido esa gran reunión
internacional para lograr un consenso, sino para proporcionar una ceremonia
inaugural pública a una determinación ya tomada por el único delegado que
contaba: Ferdinand de Lesseps. Desde un principio, el objetivo del congreso fue
ordenar y consagrar la Concesión Wyse, el Plan Wyse, a la vista del público y
con las ceremonias más brillantes que fuera posible para dar la impresión de
que se había logrado una sanción imparcial, científica e internacional. Los
estadounidenses, con sus planos, sus mapas y sus convicciones, estuvieron a
punto de echar a perder el efecto; pero ni siquiera ellos fueron rivales para
«el primer promotor de la época».
Casi todos los puntos ciegos y los errores trágicos de De Lesseps quedaron
expuestos en el curso de las dos semanas: su patente desprecio por los
problemas técnicos; su incapacidad para escuchar, para confiar en los puntos de
vista de las autoridades reconocidas si no estaban de acuerdo con los suyos; su
fe en que el futuro se las arreglaría por sí mismo, que la necesidad daría
lugar a la inventiva en las proporciones requeridas y en el momento oportuno;
su confianza inquebrantable en su propia infalibilidad.
Pero todas estas cualidades habían sido fundamentales para su éxito en Egipto,
y combinadas con su amor por la gente y su simpatía habían hecho de Ferdinand
de Lesseps lo que era. ¿Y quién iba a atreverse a decir que sabía más que él
sobre construcción de canales, más que él sobre el éxito en empresas tan
grandiosas?
Los estadounidenses regresaron a su país furiosos y extremadamente escépticos
de que llegara a lograrse algo.
Siguió siendo una incógnita para muchos y una desilusión para algunos el hecho
de que Ammen y Menocal no votaran que no y expusieran en público sus puntos de
vista negativos cuando podían haber tenido repercusión. Como explicación, el
doctor Johnston declaró que «nuestros delegados fueron acogidos y rodeados
durante toda su estancia con tantas muestras de hospitalidad, con tantas
fiestas y banquetes, que muy bien se les puede perdonar por no haber tenido la
valentía de mirar de frente a sus amables anfitriones y pronunciar una palabra
tan dura como "no"».
Más adelante, García Menocal hizo un análisis muy interesante sobre la
votación. Si bien los votos afirmativos fueron predominantemente franceses,
ninguno de los cinco delegados de la Sociedad de Ingenieros francesa había
votado en favor de la determinación. De los setenta y cuatro delegados que se
pronunciaron en favor de un canal al nivel del mar en Panamá, solo diecinueve
eran ingenieros, y entre ellos solamente uno, el joven Pedro Sosa, había puesto
los pies en el suelo de Panamá.
«… y sostengo que Panamá será más fácil de hacer, más fácil de
completar y más fácil de conservar que Suez.»
FERDINAND DE LESSEPS
I
Sin más dilaciones, Ferdinand de Lesseps se lanzó a la acción.
En pocos días organizó una sociedad particular de unos doscientos setenta
amigos ricos e influyentes que por aportar dos millones de francos iban a
recibir acciones de fundadores a un precio de ganga una vez que quedara
legalmente establecida la compañía. Era lo mismo que había hecho en Suez.
A continuación compró la Sociedad Financiera Türr por diez millones de francos
(dos millones de dólares). La mitad del pago se hizo al contado y la otra mitad
en acciones de la nueva compañía. La Concesión Wyse pasó a ser de propiedad
exclusiva de De Lesseps, al igual que había sido suya buena parte de la
concesión de Suez, y Wyse, Türr y los demás obtuvieron una ganancia de más del
3.000 por 100 sobre sus inversiones iniciales. Istvan Türr tomó su dinero y se
fue a Grecia para gestionar ante el rey una concesión destinada a construir un
canal por el istmo de Corinto. Pero Wyse y los demás se quedaron, convencidos
de que lo bueno estaba por llegar. Wyse, radiante de felicidad, comentaba con
sus amigos que De Lesseps había prometido ponerlo al mando de la tarea como
recompensa por sus esfuerzos. Pero ya otros habían aprendido en Suez que De
Lesseps no era de los que compartían con nadie el poder ni la gloria. Negó
haber garantizado a Wyse un papel de ningún tipo. El joven oficial había
servido para que De Lesseps consiguiera sus propósitos y ahora lo dejaba de
lado. Wyse se sentía traicionado.
Se preparó un folleto para la Compagnie Universelle du Canal Interocéanique de
Panamá, y De Lesseps realizó una rápida gira por las provincias con el fin de
recaudar 400 millones de francos, el doble de lo que había reunido para iniciar
la empresa de Suez. Estaba seguro de que, como la otra vez, conseguiría el
respaldo más firme mediante la participación de los pequeños inversores, gente
de todos los sectores sociales. La confianza en sí mismo nunca había sido
mayor. Anunció que iría a Panamá para realizar una valoración personal, y que
también se proponía hacer una gira por Estados Unidos para explicar su misión a
la gente de ese inmenso país. «Monsieur de Lesseps está convencido de que [el
canal] debe hacerse —escribía el corresponsal en París de The New York
Times—, y el simple hecho de que De Lesseps esté vinculado a él hará
funcionar esa palanca de Arquímedes del siglo XIX que es el dinero.»
Pero no iba a ser tan sencillo. Los tiempos habían cambiado desde que se
organizó la compañía del canal de Suez. Los poderes del mundo financiero y la
prensa se habían consolidado, y la nueva aventura era blanco de un ataque muy
bien calculado. Los influyentes banqueros franceses deseaban demostrar el
carácter indispensable de sus servicios en esos momentos para entrar en la
empresa y administrar las suscripciones posteriores, una vez que fracasara la
suscripción inicial de De Lesseps, fracaso que daban por seguro. Influyentes
editores esperaban recibir el pago de su respaldo.
Comenzaron a difundirse en la Bolsa los rumores de que De Lesseps ya chocheaba
y de que no era prudente confiarle el dinero de otras personas. También se
aseguraba que, en cuanto un francés diera el primer golpe de pico en el suelo
de Panamá, aparecería la flota de Estados Unidos para acabar a cañonazos con
los trabajadores. El Crédit Maritime sostenía que en el canal se iba a gastar
una cantidad de dinero tan enorme que nunca se llegaría a pagar un dividendo.
Otro periódico financiero calificaba de «estafa colosal» el proyecto y advertía
a sus lectores para que no arriesgaran sus ahorros en él.
El resultado fue que fracasó la emisión de bonos, un revés tan rotundo que
cualquier otro que no fuera De Lesseps habría abandonado los planes de
inmediato para ahorrarse al menos otra humillación futura.
De las ochocientas mil acciones que se ofrecían, solo se vendieron sesenta mil,
algo menos del 10 por 100. Sin embargo, «el maravilloso anciano» permanecía
impertérrito. En privado decía que ya estaba al tanto de lo que era necesario
hacer: invitar a los banqueros a que participaran. «Los organismos de las
finanzas demuestran su hostilidad —explicaba— porque no se les ha dado la
oportunidad de ganar dinero.»
Los que habían suscrito la emisión de bonos recibieron su dinero junto con una
nueva circular que les prometía otra emisión en cuanto se arreglaran las cosas
debidamente. Mientras tanto, la empresa Couvreux, Hersent et Compagnie, una de
las contratistas de De Lesseps en Suez, envió al mejor de sus hombres para que
examinara la ruta de Panamá de principio a fin. «Nunca les he tenido miedo a
los obstáculos y los retrasos —declaró De Lesseps—. La experiencia me ha
enseñado que quienes aceptan una creencia rápidamente nunca la tendrán bien
arraigada.»
El 1 de septiembre apareció el primer ejemplar del Bulletin du Canal
Interocéanique, un periódico quincenal de ocho páginas que se publicaba con
fines de propaganda y que a partir de entonces saldría regularmente, cuyo
contenido constaba sobre todo de artículos escogidos que se tomaban de otros
periódicos y revistas. (Un periódico similar, financiado por Muhammad Said, se
había publicado durante todos los años que duró la construcción del canal de
Suez.) De Lesseps renovó su compromiso de viajar a Panamá. Iría acompañado por
un grupo de afamados ingenieros de varias nacionalidades —su propia Comisión
Técnica Internacional, creada recientemente—, que se haría responsable de la
investigación definitiva exigida por Colombia de acuerdo con la Concesión Wyse.
Para demostrar que no había nada que temer del clima, también llevaría a varios
miembros de su familia.
Cuando el representante de la empresa Couvreux y Hersent, un ingeniero llamado
Gaston Blanchet, regresó de Panamá con un informe favorable, De Lesseps anunció
que partiría de inmediato con un grupo de zapadores para hacer perforaciones de
prueba a lo largo de la proyectada línea del canal. Los técnicos zarparon en
noviembre. En diciembre, De Lesseps subió a bordo del Lafayette en
Saint Nazaire con un numeroso cortejo, dejando sus asuntos en manos de Charles.
En el grupo figuraban su esposa, dos de sus hijos menores y una hija —Mathieu,
de diez años; Ismael, de nueve; y Ferdinande, de siete—, y una institutriz;
Henri Bionne, el teniente Réclus, Gaston Blanchet; Abel Couvreux fils(hijo
del viejo amigo de De Lesseps); el ingeniero holandés Jacob Dirks, y alrededor
de doce personas más. Los gastos del viaje los pagaría la empresa Couvreux y
Hersent.
Al parecer, la travesía fue muy agradable y sin más incidente que un airado
intercambio de palabras ante todo el mundo en el salón del barco entre De
Lesseps y el teniente Wyse, quien no había sido invitado a viajar con los
demás, pero había comprado un pasaje con dinero de su bolsillo. Durante el
resto del viaje, Wyse permaneció «apartado y taciturno», mientras que De
Lesseps era literalmente «el alma de la fiesta».
Era un viaje de unos 7.400 kilómetros por una ruta que describía un gran
semicírculo, señalado, si el tiempo lo permitía, por las estrellas más
brillantes del firmamento: Cabra, la estrella doble, Altair y Vega; y después,
Rigil Kent y Acrux, nuevas en el cielo meridional. El barco, un bonito velero
negro de vapor de dos mástiles, navegaba a razón de ocho a diez nudos hacia las
latitudes australes, y su avance quedaba marcado por la progresiva inclinación
hacia el horizonte de Polaris, la Estrella del Norte, la gran constante del
extremo del mango del Carro Menor. Y al mismo tiempo, en el lado opuesto del
horizonte, muy abajo, hacia babor por la proa, surgía la Cruz del Sur.
II
El Lafayette entró en la bahía de Limón bajo un
sol calcinante y con todos sus pasajeros apiñados sobre el puente la tarde del
30 de diciembre de 1879, al iniciarse la estación seca en Panamá. Sobre el
muelle del Correo del Pacífico, una pequeña banda tocaba con entusiasmo.
Las ceremonias de bienvenida tuvieron lugar en el salón del barco momentos
después de haber amarrado. Se proclamó que aquella ocasión no podía superarla
ninguna otra aparte de la llegada de Colón a la bahía de Limón. El señor J. A.
Céspedes, presidente de un comité de recepción extremadamente sobrio, pronunció
el primero y más largo de los discursos que se sucedieron durante la ceremonia.
De Lesseps, a su vez, le respondió en un español perfecto y «de forma muy
amable, con esa sonrisa diplomática que lo había hecho tan famoso —según las
palabras del único estadounidense que se hallaba presente, un funcionario del
ferrocarril de Panamá llamado Tracy Robinson—. Cuando él hablaba, el oyente
quedaba convencido de que lo que dijera era cierto, o por lo menos de que así
lo creía él».
Al anochecer, la ciudad resplandeció con farolillos japoneses, y cuando el
último estallido de los fuegos artificiales cayó sobre la bahía, De Lesseps
bajó por la pasarela del barco a tierra. Acompañado por algunos de sus amigos y
una pequeña y ruidosa multitud —formada casi exclusivamente por niños negros
mal vestidos—, paseó un rato por la calle del Frente, la única vía pública de
Colón.
Al día siguiente se levantó a tiempo para presenciar el amanecer tropical que surge
de repente. Junto con Madame de Lesseps, salió a dar «un paseo de inspección»,
y sus hijos, contentos de hallarse de nuevo en tierra firme, iban y venían
corriendo, se subían a los postes y las verjas, y asombraban a la población
que, viéndolos con el cabello largo y los vestidos de terciopelo, creían que
los tres eran niñas. De Lesseps, fresco y limpio, enfundado en su traje de lino
blanco, hablaba sin parar, terminando cada una de sus frases con la afirmación:
«Haremos el canal». Se desviaría el curso superior del Chagres hacia el
Pacífico para poner fin a las inundaciones del valle. «Haremos el canal.» El
gran corte de la cima se facilitaría con el uso de los modernos explosivos.
«Haremos el canal.» El aire de la mañana lo llenaba de satisfacción. Colón era
un lugar encantador, «fiaremos el canal.»
Aspecto de la calle del Frente de Colón durante la etapa francesa. (Culver
Pictures Inc.)
Sin embargo, resulta difícil imaginar que De Lesseps no hubiera
experimentado una gran desilusión al visitar Colón. Viéndola de lejos, desde un
barco que entrara en la bahía, la ciudad parecía flotar sobre el agua por arte
de magia. Las paredes blancas y los techos rojos de las casas surgían del agua
azul y se destacaban sobre el verde brillante de las colinas. Pero más de cerca
eran casuchas sucias, construidas sobre pilotes y con costras de pintura vieja
en las paredes. Había una iglesia de piedra que en la guía del ferrocarril se
mencionaba como una «obra destacada», pero que habría despertado escaso interés
en cualquier otro lugar. Una variedad de cantinas y tiendas se alineaba en el
lado oriental de la calle del Frente, delante de la bahía. Había una fábrica de
hielo, una oficina del ferrocarril, un gran almacén de mercancías construido en
piedra, dos o tres hoteles miserables y la «tolerable» Washington House, un
negocio con una galería exterior protegida por barandales blancos que, como
casi todo lo demás, pertenecía a la empresa del ferrocarril. Las vías del tren
pasaban por el medio de la calle del Frente, y en un parque —si podía llamarse
parque—, delante de la Washington House, se levantaba un horrible monumento de
granito rojo en honor de los fundadores del ferrocarril, Aspinwall, Chauncey y
Stephens. En un patio del ferrocarril cercano había otro monumento, la estatua
en bronce de Cristóbal Colón con una muchachita india a su lado. La efigie era
un donativo enviado por la emperatriz Eugenia años atrás. Esa era la suma total
de las «obras más notables» de Colón.
La ciudad había sido levantada por la empresa del ferrocarril sobre la isla de
Manzanillo, un mero islote de coral llano de 1.600 metros de largo y 1.200 de
ancho a la entrada de la bahía de Limón. Como tal isla, estaba rodeada de agua
salada por todas partes, menos por el sur, donde corría un estrecho canal,
llamado río del Pueblo, que la separaba de la tierra firme. John Lloyd Stephens
había bautizado a la ciudad con el nombre de Aspinwall, pero los colombianos
insistieron en llamarla siempre Colón, en honor del descubridor de América, y
esta tonta disputa continúa desde entonces. Para los estadounidenses viejos
sigue siendo Aspinwall; para los colombianos de todas las edades y el resto de los
latinoamericanos continúa llamándose Colón.
Las calles estrechas, que se encontraban apenas por encima del nivel de las
mareas, carecían de cualquier obra de pavimentación y, de un extremo al otro,
estaban cubiertas de basura, pedazos de muebles rotos y animales muertos. (Un
visitante francés escribió que, al pasar por esas calles, sus pies se hundían
hasta el tobillo en «les immondices imaginables».) Los grandes
buitres negros volaban silenciosamente en círculos interminables sobre el
lugar, y la población humana, negra en su mayoría —jamaicanos llevados para
trabajar en la construcción del ferrocarril—, vivía entre la inmundicia en
condiciones lamentables. Las enfermedades y la miseria, esa pobreza sin
esperanza que se encuentra en cualquier parte del Caribe, parecían colgar del
aire de las calles posteriores tan densas como la atmósfera.
Toda la ciudad apestaba a putrefacción. No había manera de evitarlo. Era como
si un miserable pueblo de mineros se hubiese comprimido para arrojarlo en medio
de un pantano ecuatorial y dejarlo allí que se pudriera y se desintegrara. En
otro tiempo, cuando la fiebre del oro se hallaba en su apogeo, se había hecho
el intento de redimir a la ciudad y salvarla de su miseria. La gente de esa
época hablaba de establecimientos tan famosos como la Maison du Vieux Carré,
que se especializaba en chicas francesas. Ahora los viajeros que desembarcaban
para tomar el tren temían pasar allí una hora más de lo necesario.
Sin embargo, la ciudad contaba con un sector bastante agradable en el extremo
norte de la isla, cerca del enorme faro de hierro que podía verse desde una
distancia de dieciséis kilómetros mar adentro. Allí las casas daban a una playa
de coral blanco y estaban limpias y recién pintadas, tenían praderas verdes y
estaban rodeadas de palmeras. Era el barrio reservado para los estadounidenses
blancos que trabajaban en el ferrocarril, y fue a una de aquellas casas, la de
Tracy Robinson, a la que llevaron a De Lesseps y su familia para que juzgaran
por sí mismos las supuestas privaciones de la vida en la América tropical.
Robinson era un hombre amable e inteligente que había vivido veinte años en
Panamá. Le encantaba la región, le gustaba la gente del lugar y la vida que
llevaban, y estaba seguro, como le dijo a De Lesseps, de que el futuro de la
humanidad se encontraba en los trópicos.
A eso de las diez de la mañana, el vapor Colón de la línea del
Correo del Pacífico ancló junto al Lafayette. Traía como pasajeros
a Trenor W. Park y a un grupo de caballeros de Nueva York que venían a tomar
parte en la gira. A las once y media, una vez hechas las presentaciones y
puesto a buen recaudo el equipaje, subieron todos al tren que les esperaba en
la calle del Frente, con sus vagones amarillos adornados con banderas de
Francia y Colombia.
Entre los recién llegados había varios accionistas del ferrocarril que, según
declaraban, venían más por el placer del viaje que por negocios; un periodista
del World de Nueva York; un antiguo ingeniero grande y robusto
del Ejército de la Unión llamado W. W. Wright; y el coronel George M. Totten,
uno de los constructores originales del ferrocarril de Panamá. Wright y Totten
habían aceptado prestar sus servicios en la Comisión Técnica de De Lesseps.
Pero Wright no era un hombre que gozara de una reputación particular. Totten
fue el que atrajo la atención de De Lesseps, pues había estado a cargo del
ferrocarril durante todos los años que duró su construcción. Había soportado el
calor, las alimañas, el fango, los levantamientos políticos, las giras de
inspección de los accionistas, las inundaciones, las enfermedades, e incluso
una epidemia de fiebre amarilla que le llevó tan cerca de la muerte que sus
compañeros ya tenían dispuesto un ataúd para enterrarlo. Ahora era un hombre
viejo de piel curtida, barba blanca recortada y gafas de montura de acero.
También se decía de él que poseía un magnífico sentido del humor, pero el
análisis de las fuentes disponibles no revela ningún indicio al respecto.
La banda tocaba de nuevo cuando el tren echó a andar por la calle del Frente;
sonó la campana y se escuchó el vocerío de la multitud que se había agrupado a
lo largo de las vías bajo el brillante sol. Tras ofrecer una amplia visión de
la reluciente bahía, las vías giraban para internarse en la selva.
Entre varios relatos que todavía se conservan sobre aquella gira, el más
detallado es el del periodista del World J. C. Rodríguez,
quien se mostraba tan fascinado por los «franceses bulliciosos» y su jefe como
estos al contemplar el escenario que iba pasando ante sus ojos.
Monsieur De Lesseps pasó la mayor parte del viaje sobre la
plataforma posterior del último vagón del pequeño tren. Durante la media hora
que estuve a su lado, fui testigo del profundo interés con que observaba la
exuberante vegetación que para él era enteramente nueva […]. Pero dentro del
vagón reinaba un entusiasmo más tórrido que tropical. El vuelo de una mariposa
amarilla era motivo de conmoción entre aquella gente tan sensible. Pero lo que
nadie puede imaginar es el tumulto emocional que se produjo cuando nos
acercamos por primera vez al río Chagres. Todo el vagón se convirtió en un
pandemonio. El tren tuvo que detenerse para que el río Chagres, el enemigo,
pudiera ser inspeccionado.
El lugar donde por primera vez vieron el río fue Gatún, una
aldea de indígenas a poco más de once kilómetros de Colón, en la confluencia
con el río Gatún, precisamente el sitio que el barón Godin de Lépinay había
elegido para construir la gran represa sobre el Chagres. Pero antes de llegar
hasta allí, al salir de Colón, pasaron junto al Cerro del Mono (Mount Hope,
como lo llamaron los estadounidenses), un altozano a la izquierda de las vías
donde los trabajadores del ferrocarril sepultaban a sus muertos. Poco más
adelante, y a lo largo de varios kilómetros, habían cruzado el ancho manglar de
un pantano sobre el cual los raíles corrían a pocos centímetros de la
superficie del agua. Entre el pantano y Gatún, la sobreabundante vegetación
casi formaba un túnel verde por donde pasaba el tren. Sobresalían los cedros
gigantescos, dominando la frondosa maleza con sus troncos grises de hasta
treinta metros, semejantes a pilares de cemento. Enredaderas, plantas
trepadoras en flor, hibiscos escarlata, orquídeas, pasionarias rojas y plantas
parásitas de todas las variedades imaginables colgaban por todas partes donde
se mirara. Las cañas de bambú se apiñaban a los lados de las vías en grupos de
la altura de una casa. Era como si el tren serpenteara por el fondo de un estrecho
cañón verde que se prolongaba más y más entre dos impenetrables murallas de
vegetación que apenas dejaban ver una franja de cielo entre las copas de los
árboles. De cuando en cuando aparecía un claro —una plantación de plátanos o un
campo de caña de azúcar—, pero era cosa de un instante y la selva lo volvía a
invadir todo de nuevo. A los pasajeros del tren se les informaba de que la
selva luchaba sin descanso por recuperar el terreno que le había robado el
ferrocarril, y lo hacía tan deprisa que muchos de los tramos de las vías tenían
que ser limpiados varias veces al año.
En Gatún, toda la población se había congregado para la ocasión. Cientos de
personas de piel oscura, cara ancha y aspecto amable: los hombres, vistiendo
ropas blancas de lino y cubiertos con sombreros de paja; las mujeres, con
amplias faldas de percal de diversos colores desteñidos por el sol; y la
mayoría de los niños, desnudos, todos sonriendo y saludando. Por el lado
izquierdo del tren se hallaba la estación de Gatún, un edificio de dos pisos de
muros blancos, ventanas con persianas pintadas de verde y una alta verja de
barrotes de hierro verdes que parecía importada directamente de Massachusetts.
Por el otro lado estaba el río, cuyas aguas «corrían con una taimada
mansedumbre», como señaló Rodríguez. El poblado estaba cruzando el río. Unas
cincuenta chozas de hierba se hallaban esparcidas dentro del recodo del río y,
hacia el fondo, había una sabana de un verde claro bañada de sol que se
extendía hasta una cadena de colinas de un verde más oscuro a unos cuatro o
cinco kilómetros de distancia.
Casi todos los pasajeros bajaron de los vagones para echar un vistazo, y el
verde desbordante del paisaje, la intensidad y la variedad infinita de los
tonos verdes bajo el cielo azul cobalto los tomó por sorpresa. Como tantos
antes que ellos, vinieron a Panamá sin pensar en admirar paisajes, y ese
panorama de belleza tan extraordinaria les resultó una revelación. «La plus
belle región du monde» (La región más bella del mundo), exclamaba De
Lesseps en una carta a su hijo Charles.
En Gatún se quitaron las banderas que colgaban de algunas ventanillas de los
vagones para que se pudiera ver mejor. Siguieron por el valle del Chagres,
donde el río descendía formando amplias curvas de aguas oscuras y mansas
—porque había vuelto la temporada seca—, cruzando retazos intermitentes de
sombra oscura y luz brillante. El río corría a la derecha del tren, que
avanzaba hacia el sur con una leve inclinación hacia el este. Todavía se
hallaban a pocos metros sobre el nivel del mar, mas iban subiendo poco a poco
por el valle (es decir, avanzaban en sentido contrario a la corriente del río),
pero «bajando» por el mapa, como hubo que explicar a varios de los viajeros.
Cruzaron kilómetros de pantanos, incluido el siniestro Pantano Negro, del que
se decía que no tenía fondo; pero sí lo tenía, puesto que Totten y sus
ingenieros lo encontraron a más de 57 metros de profundidad, si bien el lecho
de las vías del ferrocarril seguía hundiéndose en ese lugar y había que
levantarlas todos los años. «Todo continúa hundiéndose cada vez más —declaró
ante un comité del Senado en Washington un antiguo empleado del ferrocarril—, y
los trabajadores siguen rellenando una y otra vez.»
Pasaron frente a otras casitas blancas de las estaciones bastante similares,
limpias y bien cuidadas, pero a menudo con nombres mucho más en consonancia con
los alrededores: Cerro del Tigre, Cerro del León, Ahorca Lagarto… Durante unos
momentos se volvió a ver el Chagres en Bohío del Soldado y en Frijoles. Después,
cuando se hallaban a unos 37 kilómetros de Colón, es decir, a la mitad del
camino hasta la ciudad de Panamá, el tren se detuvo y se pidió a todos los
pasajeros que bajaran. Habían llegado a Barbacoas, nombre indio que significa
'puente', el punto por donde el ferrocarril cruzaba el río Chagres; pero en ese
momento dicho puente estaba fuera de servicio.
En ese punto el río era rápido y rocoso, tenía una anchura de 90 metros y
parecía más caudaloso porque estaba encajonado entre dos muros de piedra. El
puente era una pesada estructura de hierro sostenida por pilares de piedra;
tenía una longitud de 183 metros y había sido construido a más de doce metros
sobre el nivel normal del río, una altura que se consideraba suficiente para
quedar a salvo de las crecidas. Pero en el mes de noviembre, pocas semanas
antes, había azotado el viento del norte, durante tres días llovió
torrencialmente y se produjo una crecida tan violenta que el nivel del Chagres
subió catorce metros en tres días. Más de 48 metros de las vías quedaron bajo
el agua y la fuerza de la corriente había torcido los raíles en varios tramos
del puente. Como los futuros estudios hidrográficos demostrarían, el caudal
normal del Chagres en aquel punto era menor a los 28,30 metros cúbicos por
segundo en la estación seca. Durante la época de lluvias y en condiciones
normales, el caudal era diez veces mayor, o más, puesto que el fluviómetro
llegó a registrar entre 283 y 367,90 metros cúbicos por segundo. Sin embargo,
en la crecida de aquel mes de noviembre, según los estudios posteriores basados
en los registros del ferrocarril, el caudal del río debió de ser de unos 1.624
metros cúbicos por segundo.
El área de desagüe del río, desde su nacimiento hasta su desembocadura en el
Caribe, no era muy grande, unos 482 kilómetros cuadrados. Sin embargo, siempre
había agua en ella, aunque mucho menos en la temporada seca. El río tenía sus
fuentes en la tupida selva húmeda de las mesetas altas a muchos kilómetros al
este, una región salvaje casi impenetrable con montañas de 600 a 1.200 metros
de altura, donde había reinado un legendario cacique indio llamado Chagre en la
época de la conquista española. Incluso en condiciones normales, era
impresionante la cantidad de agua que manaba de aquella región montañosa y
selvática. Cuando se presentaba una época anormal de fuertes lluvias, parecía
que se había reventado una presa gigantesca. Además, la última crecida, la de
noviembre, había sido una de las mayores entre las registradas como
catastróficas: las de 1837, 1862, 1865, 1868, 1872, 1873 y 1876.
La situación que pudieron observar en Barbacoas debió de haber sido una
advertencia muy clara para De Lesseps y sus acompañantes. La situación del
puente de hierro era tal que los trenes no habían cruzado el Istmo desde hacía
cinco semanas y no se había movido la carga que aguardaba en Colón para ser
transportada a Panamá. Los pasajeros pudieron cruzar por un ingenio improvisado
con cuerdas y tablones, y abordaron un tren que los esperaba al otro lado.
Resultaba indudable que en aquella ocasión la crecida del río fue más violenta
que la descrita por Menocal en su discurso ante el congreso de París.
Sin embargo, los lectores del Bulletin du Canal Interocéanique no
se enteraron de la inutilización del puente por causa de la inundación. La
crónica oficial sobre la gira solo se refería de pasada a un inexplicable
retraso en Barbacoas.
Los viajeros cruzaron uno por uno despacio, con cuidado y entre alegres bromas,
mientras el río se deslizaba a doce metros bajo sus pies. Se produjo cierto
alboroto sobre la seguridad de los hijos de De Lesseps, que disfrutaron mucho
cada instante de la experiencia. En cambio, dos o tres de los viajeros
estadounidenses, tras valorar la situación, decidieron arriesgarse a cruzar
otro día. Parece que algo tuvo que ver con su decisión la cantidad de champán
que habían bebido en el tren desde que dejaron Colón.
Al otro lado del río esperaba un segundo tren junto con otra delegación
oficial, una docena de ciudadanos de Panamá, todos muy formales. Entre ellos se
hallaba el presidente electo de la provincia, Dámaso Cervera, y el ex
presidente de la República Rafael Aizpuru, quien fue presentado a De Lesseps
como «un revolucionario incorruptible». Debido al calor, solo hubo un breve
discurso de bienvenida, y luego, con varios silbidos estridentes de la
locomotora, se reanudó el viaje.
El tren corría ahora por grandes vegas y el río quedaba a su izquierda. «En
Suez tuvimos que hacerlo todo —hizo notar De Lesseps—; pero aquí ya contamos
con este ferrocarril.» Poco después se pudieron ver las primeras montañas,
pequeñas, de un verde brillante y cimas redondas, como las que aparecen en los
dibujos de los niños. Se sirvió la comida «con vinos, etcétera, etcétera, de
manera que todos quedaron muy satisfechos».
En un tramo de pocos kilómetros el ferrocarril atravesó los ríos Camilo Mulato,
Baila Monos, Culo Seco y Caribalí, afluentes del Chagres. (Los 76,5 kilómetros
de la línea férrea habían requerido más de 170 puentes y atarjeas de más de
cinco metros, y 134 puentes y atarjeas de menos de cinco metros, unas cifras
que dan una idea de las dificultades que hubo que vencer para hacer un camino
en aquellas tierras medio sumergidas en agua.) Pasando la estación de Gorgona,
el ferrocarril se apartaba otra vez del río y tomaba un atajo entre altos
terraplenes de tierra roja. Después rodeaba un cerro y se encontraba con el río
en Matachín, otro grupo de chozas de hierba y el lugar donde Menocal proponía
que se construyera el gigantesco viaducto de piedra. De nuevo se detuvo el tren
y de inmediato quedó rodeado por caras oscuras y sonrientes.
Matachín era bien conocido porque fue allí donde los trabajadores chinos,
atacados por la desesperanza que llamaban «melancolía», se suicidaron en masa.
Muchos afirman que de aquel suceso le viene el nombre al lugar, formado por las
palabras 'mata' y 'chino'; pero Matachín es una palabra castellana que
significa 'matarife', y es casi seguro que ese lugar se llamaba así desde mucho
antes de que se construyera el ferrocarril. El caso es que al pasar por
Matachín siempre se recuerda dicha historia.
Lo que nunca se ha sabido a ciencia cierta es si De Lesseps y Totten hablaron
sobre este tema; si se le preguntó a este sobre el número de bajas habidas
durante la construcción del ferrocarril, o si se habló sobre enfermedades o
cadáveres puestos en salmuera dentro de barriles, ni lo poco o lo mucho que
Totten estuvo dispuesto a admitir delante de De Lesseps. En lo que sí hizo
hincapié —la gran lección que aprendió por experiencia propia— fue en que todo, absolutamente todo,
tendría que llevarse a Panamá, incluidos los hombres que fueran a trabajar. No
se podía contar con los panameños. Los más pobres no estaban acostumbrados a
los trabajos rudos y no tenían interés porque carecían de ambición; y las
clases más elevadas consideraban indigno el trabajo físico. Por lo tanto, en
esta ocasión no se podía contar con la mano de obra local, ni con ejércitos de
campesinos egipcios, como en Suez. La mano de obra tendría que calcularse como
mercancía importada, y una mercancía muy cara. Además, cada pico y cada pala,
cada tienda, colchoneta, colchón y cama, cada cocina y cada locomotora tendrían
que ser transportadas por barco a través de miles y miles de millas marinas. De
Lesseps no podía contar con que Panamá le proporcionara otra cosa que el
terreno para excavar el canal.
Una vez pasado Matachín, el tren dejó las tierras bajas del valle del Chagres y
se internó por el estrecho valle de río Obispo, el mayor de los afluentes del
Chagres. Después de la estación de Emperador venían los escarpados pasos de La
Culebra, en la estación de Cumbres. Allí, en la medianoche del 27 de enero de
1855, en la más profunda oscuridad y bajo una llovizna constante, se había
tendido el último tramo de raíles. El propio Totten puso el clavo postrero con
un mazo de cinco kilos.
La Cumbre se encontraba a diecisiete kilómetros de la ciudad de Panamá, y en el
resto del recorrido, descendiendo hacia el Pacífico, los viajeros contemplaron
un escenario que recordaba la pintura de un paisaje chino, con las verdes
montañas cónicas que surgían por todas partes. Las vías describían una curva
pronunciada y el tren quedó de pronto en el fondo de un profundo cañón de
basalto, cuyos arrecifes de piedra oscura parecían colgar peligrosamente sobre
los vagones. Las vías seguían por la orilla del río Grande, «un torrente
estrecho de aguas agitadas y ruidosas que serpenteaba entre bosques frondosos».
El río corría hacia el sur para desembocar en el Pacífico.
Paraíso, otra aldea indígena, parecía anidar entre altas colinas con forma de
tazas invertidas. Seguían las estaciones de Pedro Miguel y Miraflores; luego
había una franja de tierra mullida, un pantano salobre con tierra color carbón,
y después, más adelante, la cima pelada de la colina de Ancón desde donde se
divisaba la ciudad de Panamá. El tren recorrió los últimos kilómetros silbando
constantemente y haciendo repicar su campana. Ya podían verse a lo lejos, a la
derecha, las torres de la catedral y los techos de tejas rojas de las casas, y
más allá, en el horizonte, el océano Pacífico. De inmediato hubo un clamor de
voces entre los viajeros.
Con todas las paradas del camino y el retraso en Barbacoas, el viaje había
durado seis horas. En su carta al Bulletin, De Lesseps decía que lo
habían realizado en tres horas.
III
La primera ciudad de Panamá había sido fundada en 1519, seis
años después de que Balboa descubriera el Pacífico, por un individuo
traicionero llamado Pedro Arias de Ávila, mejor conocido por Pedrarias, que
había sido gobernador de Castilla del Oro, nombre que se había dado a la región
del Istmo en América Central, y que para consolidar su poder fraguó un juicio
por traición contra Balboa y lo hizo morir decapitado.
Panamá es una palabra de los indios cueva que significa 'lugar de muchos
pescados'. Para los españoles, Panamá fue un centro de almacenaje y aduana en
el cruce de caminos más importante del Nuevo Mundo, el Camino Real, que no era
otra cosa que una senda para las recuas de mulas abierta a golpe de machete
desde Panamá hasta Nombre de Dios, el fuerte de los españoles en las costas del
Caribe. El oro de los incas, las perlas, la plata de Bolivia —quién sabe
cuántos miles de toneladas de tesoros— llegaron a Nombre de Dios para ser
recogidos allí por los galeones españoles. A pesar de que Panamá nunca creció
lo suficiente —sobre todo por causa de las enfermedades— ni llegó a tener las
riquezas fabulosas que le atribuían algunas crónicas antiguas, su importancia
era muy considerable. Todavía hoy, a lo largo de varios kilómetros por la costa
de la bahía, se encuentran las ruinas de la ciudad original, el Panamá viejo.
Todo aquello quedó abandonado después de que la ciudad fuera saqueada e
incendiada por el pirata Morgan en 1671. Tres años después se inició la
construcción de la actual Panamá, una ciudad amurallada a la entrada de la
bahía sobre una estrecha península, una mera lengua de rocas volcánicas que se
adentra en el mar.
«Panamá es una vieja ciudad despreciable […] que se está cayendo a pedazos
rápidamente», anotó en su diario el capitán del vapor estadounidense Californiaal
comienzo de la fiebre del oro, después de haber «rodeado el cabo de Hornos» por
primera vez llevando pasajeros y carga desde San Francisco. «Las casas se
encuentran en condiciones verdaderamente lamentables y las iglesias se están
derrumbando.» Asimismo, la profundidad de la bahía no era suficiente para que
pudieran entrar los grandes barcos. Sin embargo, el capitán del California admitió
que el clima era «una delicia por las mañanas y al anochecer». A partir de
entonces, y durante varios años, la ciudad fue un centro de actividad y
movimiento que prosperaba con rapidez, donde, según comentaba un viajero
escandalizado, «la mayoría de las personas carece de los atributos morales más
elevados». Entonces el ritmo se asemejaba más a lo que había sido siglos atrás.
El fuego había devastado la ciudad una y otra vez. En fecha tan reciente como
1878, una tercera parte de la ciudad quedó consumida hasta los cimientos por un
incendio. Sus calles eran tan estrechas que apenas podían pasar dos coches, y
los balcones sobresalían tanto a ambos lados que la calle siempre estaba en
sombra. No había ni una sola alcantarilla y las condiciones higiénicas eran
precarias. Al igual que en Colón, el agua dulce para beber se recogía de las
lluvias en grandes barricas que se encontraban por todas partes, o bien se
traía desde los campos en grandes cántaros transportados por mulas; pero, fuera
cual fuese su origen, nunca parecía enteramente limpia. La tuberculosis, la
viruela, el cólera, la fiebre amarilla y el paludismo eran enfermedades
comunes. Un médico canadiense llamado Walferd Nelson, que se estableció en
Panamá poco después de la visita de De Lesseps, describió la ciudad como «algo
espantoso».
Sin embargo, era muy superior a Colón y, a diferencia de esta última, casi
enteramente española en arquitectura, rostros y tradiciones. La sede del
gobierno de la provincia se encontraba en la ciudad de Panamá, donde también
residía el obispo. El periódico Star & Herald se publicaba
diariamente en español y en inglés. Existía una sociedad bien establecida de
terratenientes y profesionales, cuyos apellidos familiares se remontaban a los
Balboa y los Cortés. La ciudad de Panamá era todo Panamá. La humedad no era tan
densa como en la costa del Atlántico y llovía menos. El clima era «delicioso
por las mañanas y al atardecer» —se podía calificar de ideal en la estación
seca con la brisa suave que venía del mar—, así como en las noches de luna,
cuando el panorama de la bahía, contemplado desde las Bóvedas, el viejo malecón
de los españoles y el lugar preferido por los ciudadanos para dar un paseo,
ofrecía una de las más bellas vistas que se podían hallar en la América
tropical.
Además, para celebrar la llegada de De Lesseps, se había operado una
transformación casi milagrosa en la ciudad. A la población local se le pidió
que limpiara las calles, pintara, lavara o encalara todos los muros que pudiera
ver a su paso. Según uno de los informes, entre los habitantes más antiguos no
había memoria de que se hubiera hecho en la ciudad una limpieza general
semejante. Para dar al famoso visitante una buena impresión, para honrarlo y
agasajarlo como merecía, el gobierno local había dedicado todo el presupuesto
que se le había asignado para el año entero.
«La recepción ofrecida a Monsieur de Lesseps en esta ciudad fue algo que nunca
podrá olvidarse», escribió J. C. Rodríguez en el primer despacho que envió
desde la ciudad de Panamá.
Parecía que cada uno de los 14.000 habitantes se había dado cita en la
estación del ferrocarril y todos gritaban y luchaban por lograr echar una
mirada al distinguido huésped. Dudo mucho de que más de la vigésima parte de
aquella multitud conociera la verdadera importancia y el significado de la
ocasión. Pero [… su] entusiasmo no tenía límites. Podemos reírnos cuanto
queramos de su manera de expresarlo, pero la del señor De Lesseps fue una
entrada auténticamente triunfal. Después de los previsibles discursos
en la estación, partió una procesión de coches hacia la Plaza de la Catedral a
lo largo de la Avenida Central, enteramente bordeada por una doble guardia de
honor de pequeños soldados colombianos con pantalones y casacas blancos y
gorras azules ribeteadas de rojo. La plaza estaba en el centro de la ciudad,
dominada por el imponente edificio de la vieja catedral con sus campanarios
gemelos de piedra parda, considerada el monumento más destacado del Istmo. De
Lesseps y sus acompañantes debían hospedarse en el Gran Hotel, un bonito
edificio nuevo que también estaba en la plaza, por lo cual toda ella, así como
los faroles, los portones, las ventanas y los balcones aparecían adornados con
la bandera francesa, los signos perfectos, escribiría De Lesseps a los lectores
del Bulletin, de «nos bonnes revanches».
Aquella tarde hubo un banquete oficial en el hotel, seguido por un baile que se
prolongó durante toda la noche, desbordándose hasta la plaza alumbrada por
cientos de farolillos japoneses. Casi nadie pudo dormir. Pero a la mañana
siguiente, día de Año Nuevo, De Lesseps estaba en pie, enteramente fresco,
vestido con mucha formalidad y con todas sus medallas prendidas en el pecho.
Muy temprano cruzó la plaza para dirigirse a la catedral y asistir a las
ceremonias de toma de posesión del presidente Dámaso Cervera.
Después se trasladó a la bahía, donde ya lo esperaba un remolcador de vapor con
capacidad para unas cien personas y varias cajas de champán y coñac, que debía
llevarle a unos cinco kilómetros por la bahía, hasta la desembocadura del río
Grande, lugar que se había señalado como término del canal en la costa del
Pacífico. Antes de salir de París, De Lesseps había prometido dar el golpe
inaugural para la construcción del canal el primer día del nuevo año.
Pero fueron unas seiscientas personas las que llegaron, además de De Lesseps,
su familia, los miembros de su Comisión Técnica, el obispo de Panamá, y el
barco tardó tanto en zarpar que perdió la marea y no pudo llegar al lugar
elegido. «Parecía que la fiesta se había echado a perder», recordaba Rodríguez.
Pero De Lesseps no era un «hombre que cambiara de planes fácilmente». Se
encaramó a un taburete de madera, sostenido por un hombre en cada brazo, y
pidió la atención de los pasajeros, lo que no era cosa fácil, puesto que el
barco se balanceaba terriblemente y desde hacía dos horas el champán y el coñac
se habían distribuido a discreción bajo el calor del sol. Pero De Lesseps habló
y dijo que en cualquier parte se podía dar el primer golpe —«le premier coup
de pioche»—, porque era un acto puramente simbólico. No había ninguna razón
para que no se hiciera allí mismo, donde todos estaban reunidos. Su hija
pequeña, Ferdinande, se encargaría de dar el golpe histórico.
Entonces la niña levantó un zapapico reluciente que se había traído
expresamente desde Francia para la ocasión y lo dejó caer sobre una caja de
champán llena de arena, tras lo cual cada uno de los miembros de la Comisión
Técnica levantó su copa para hacer un brindis («en signe de l'alliance de
tous les peuples qui contribuent à l'union des deux océans pour le bien de
l'humanité»). El obispo, don José Telésforo Paúl, bendijo los trabajos, y
el barco dio la vuelta para regresar a la ciudad.
En los días que siguieron hubo más banquetes, discursos, brindis, fuegos
artificiales, una carrera de caballos y una corrida de toros. Entre un festejo
y otro, los visitantes franceses iban a pescar en la bahía, paseaban por el
malecón de las Bóvedas o escogían sombreros de Panamá en el «emporio» de
Vallarino y Zabieta, frente a la catedral.
El hotel era el centro de las actividades. «Todos se encuentran en el Gran
Hotel», escribió Rodríguez. Las comidas eran à la française, como
se indicaba en el menú, y se confeccionaban con lo mejor que se podía obtener
en Panamá. En el salón se anunciaba la actuación de «un pianista de primera
clase». Todo era nuevo, reluciente y limpio. Las habitaciones, amplias y bien
ventiladas, daban a los corredores y galerías interiores que, a su vez, daban a
un fresco patio en el cual se encontraban el bar y el gran salón de billares;
en ese lugar se planteaban, se discutían y se arreglaban todos los negocios de
Panamá. Las mesas de billar, las más grandes que hubieran visto los huéspedes,
estaban ocupadas a todas horas; el bar, de acuerdo con las palabras de los
mismos visitantes, era «una de esas largas barras que ocupan un lugar tan
importante en la vida americana». En una mesa de ruleta contigua a esa barra
siempre llena de gente, un croupieranunciaba los números ganadores
en español, francés e inglés.
En una ocasión, como legado para la posteridad, De Lesseps los reunió a todos
para que se hiciera un retrato de grupo. La fotografía, amarillenta por el
tiempo, se conserva todavía. Aparecen sentados o de pie, en tres filas, algunos
con sus sombreros nuevos en la mano, otros con sombrillas y todos con chaqueta
y corbata, en un país donde apenas puede soportarse una camisa ligera. De
Lesseps está sentado en el centro de la fila del medio, lleva un traje blanco y
tiene buen aspecto, un poco distraído. Totten está a su derecha, en el lugar de
honor; Dirks, a su izquierda, con un aspecto extraño porque sus gafas redondas
de gruesos vidrios hacen que aparezca con los ojos saltones. Es fácil imaginar
que De Lesseps tuvo buen cuidado de hacer una serie de preparativos para que se
tomara aquella fotografía, una serie de ceremonias para que cada cual quedara colocado
en el lugar correspondiente.
Wyse, que se encuentra en el extremo derecho de esa fila, bajo una gran
sombrilla, parece a punto de ofrecernos una sonrisa, no se sabe si amable o
socarrona, puesto que podría ser cualquiera de las dos. Gaston Blanchet, el
ingeniero de Couvreux y Hersent, que está de pie en el centro de la última
fila, es un hombre alto y bien parecido, con su mata de pelo negro. Rodríguez,
que también está en la última fila, es el último de la derecha, con sus espesas
barbas enmarcando un rostro vivaz; pero se le ve particularmente incómodo,
enfundado en su pesado traje de tres piezas, completado con cuello duro de
pajarita, alfiler de corbata y cadena de reloj. Trenor Park no aparece en la
fotografía, lo cual tal vez tenga algún significado sobre los sentimientos de
De Lesseps hacia él. Tampoco está claro qué estaba haciendo Park durante todo
ese tiempo. Solo sabemos que él y la mayoría de los demás que lo habían
acompañado desde Nueva York zarparon de regreso poco después de hacerse la foto.
No contamos más que con sus comentarios antes de emprender el regreso. Afirmó
que seguía sin ver razón alguna para que no se concertara la venta del
ferrocarril tan pronto como se organizara la compañía francesa, lo cual era la
manera educada de decir que se haría la venta una vez que De Lesseps tuviera el
dinero.
La Comisión Técnica se puso formalmente a trabajar la mañana del 6 de enero en
el salón del Gran Hotel. La primera reunión fue breve. De Lesseps les recordó
que el canal iba a ser un corte abierto. «Y ahora, caballeros —anunció—, ya ven
lo que tienen que hacer. Adelante. Háganlo.»
«Desde aquel momento —recordaría el general Wright— tendríamos que
arreglárnoslas como pudiéramos. Salió del salón y nos dejó para que hiciéramos
consultas. Éramos de varias nacionalidades y teníamos ideas distintas sobre la
forma en que debería realizarse el trabajo.» Más tarde, ese mismo día, De
Lesseps, Wright y Jacob Dirks, los tres con más de setenta años, tomaron el
tren para regresar hasta Matachín, y durante más de una hora, bajo un sol que
De Lesseps calificó benignamente de «muy brillante», navegaron río abajo por el
Chagres en una canoa hecha con un tronco. Pudieron ver varios caimanes
adormilados en las orillas, y Wright, que no hablaba francés ni español y por
lo tanto era incapaz de intercambiar ideas con De Lesseps, decidió, tras mirar
a su alrededor, que «el mejor tipo de canal es, evidentemente, el canal al
nivel del mar».
El baile que se celebró en el hotel la noche del 15 de enero se interrumpió a
la una de la madrugada para servir un abundante banquete, tras el cual la
música y el baile continuaron hasta el amanecer. Hubo una excursión de un día a
la isla de Taboga, a dieciocho kilómetros por la bahía. Llegó un buque de
guerra francés, el Grandeur. Incluso hubo una boda celebrada en la
catedral a las ocho de la noche, que fue comentada como «un acontecimiento
alegre que contó con la asistencia de lo mejor de la sociedad de Panamá». El
novio fue Gaston Blanchet; la novia, una hermosa muchacha panameña, hija del
dueño del Gran Hotel, de la que Blanchet tuvo tiempo de enamorarse durante su
anterior viaje de inspección. Durante la ceremonia, Madame de Lesseps cantó
«con gran dulzura y sentimiento» una selección de Gounod.
Si Ferdinand de Lesseps no lo pasó como nunca durante ese viaje, dejó la
impresión de que así fue. Los panameños lo admiraban por su energía, su
simpatía, «su vivo interés por la existencia bastante monótona que llevamos en
el Istmo» (como decía el Star & Herald), por sus preciosos
hijos y por su bella esposa («sus formas voluptuosas y su cabellera negra, sin
mucho brillo, que tan bien contrastaba con la rica palidez de sus rasgos»,
recordaría todavía Tracy Robinson casi treinta años después). «Realmente, las
gentes del lugar tenían puesta su confianza en aquel hombre», escribió
Rodríguez.
Este, cuya habitación era la contigua a la de los De Lesseps, recordaba que a
las cinco de la mañana la risa sonora y saludable de De Lesseps ya resonaba por
los corredores del hotel. Después, aprovechando el fresco de las primeras horas
de la mañana, ese hombre de edad avanzada emprendía una expedición de pesca en
la bahía o una caminata con sus hijos. Cierta mañana, en la plaza, mientras
Madame de Lesseps miraba desde el balcón de su habitación y una muchedumbre
admirada observaba en las calles, apareció cabalgando un brioso caballo. Si
hubiera habido un muro de piedra como en Egipto, sin duda habría intentado
saltarlo.
«El señor De Lesseps es uno de esos hombres que saben cómo agradar y cómo
ganarse a los demás —observaba Rodríguez—. Comienza por disfrutar enormemente
con todas las atenciones populares que le rinden, y como le encanta recibirlas,
hace lo posible por merecerlas.» Esta observación del periodista podría ser una
explicación de los motivos del viejo héroe para hacer lo que hacía. Su
vivacidad era irreducible. Había en Panamá un anciano francés que desde hacía
años residía en el Istmo y en cierta ocasión le dijo que si insistía en
realizar sus planes no habría suficientes árboles en la región para fabricar
las cruces que se pondrían en las tumbas de sus trabajadores. De Lesseps
permaneció impasible. Según escribió Robinson, «nunca hubo nada que apagara ni
por un instante el ardor de su entusiasmo, ni hubo nada que empañara la visión
de un futuro glorioso que ya había grabado en su imaginación».
Sin embargo, entre los datos que se tienen hay una señal muy clara de que el
viejo héroe veía más allá de lo que aparentaba ante los demás. En una
sorprendente entrevista que se publicó pocos años después, le dijo a Emily
Crawford, corresponsal en París del Daily News de Londres y
el Tribune de Nueva York, que tan pronto como viajó por Panamá
tuvo la certeza de que la tarea sería mucho más difícil de lo que le habían
hecho suponer y que el proyecto de Wyse para abrir un canal era un fraude; un
«engaño muy audaz», fueron sus palabras. «Pero —escribió la señora Crawford—
estaba a favor de la empresa, y como la consideraba factible, tenía la
intención de seguir adelante.»
Menos de veinticuatro horas antes de que De Lesseps se embarcara hacia Nueva
York, los nueve miembros de su Comisión Técnica le presentaron su informe
final. Eran trescientas páginas que no hacían más que sellar lo que De Lesseps
había proyectado: se aprobaba la construcción del canal al nivel del mar; se
recomendaba construir una presa para contener las crecidas del Chagres; tendría
que haber un rompeolas en Colón, como había pedido De Lesseps; y habría una
esclusa para las mareas en la terminal del Pacífico. Se daba un plazo de ocho
años para la construcción del canal, en vez de los doce estimados por el
congreso de París.
De Lesseps estuvo conforme con todo, exceptuando el coste, calculado en 843
millones de francos, es decir, 347 millones de francos menos de lo estimado en
el congreso de París. Le parecía que esta nueva cifra era todavía demasiado
alta, aparte de que en ella no estaban incluidos los intereses del capital
durante ocho años, los gastos de administración, las sumas que se le debían a
la Sociedad Financiera Türr y al Gobierno de Colombia ni la cifra enorme para
la compra del ferrocarril de Panamá. Es cierto que muchos de estos detalles
tampoco se habían tenido en cuenta en el cálculo de París. Sin embargo, la
cifra que allí se dio incluía un 25 por 100 extra para gastos imprevistos, y la
cantidad que en estos otros cálculos se asignaba para el mismo concepto era del
10 por 100 solamente.
Pero lo que hacía que la nueva valoración pareciera más destacable era el hecho
de que el volumen de lo que se debía excavar —la cantidad de tierra que tendría
que eliminarse— había aumentado casi en un 50 por 100 (de 43 millones de metros
cúbicos calculados en el congreso a 75 millones de metros cúbicos). Después de
haber estado en Panamá, de haber visto el terreno que sería necesario excavar y
de comprobar que el volumen de la tierra ascendería por lo menos a la mitad más
de lo que se había calculado, los miembros de la Comisión Técnica redujeron el
coste total de la construcción y asignaron una cantidad menor para los gastos
imprevistos. Y la única queja de De Lesseps fue que sus recortes eran muy
tímidos. «Nuestro trabajo en Panamá será más fácil que en Suez», anunció. A su
hijo Charles le escribió: «Ahora que he recorrido varias de las localidades del
Istmo en compañía de nuestros ingenieros, no logro comprender por qué titubean
tanto para decidirse a declarar que es practicable el canal al nivel del mar,
puesto que la distancia es tan corta como la que hay entre París y
Fontainebleau». También decía en la misma carta que los comentarios sobre «el clima
mortal» no eran más que «invenciones de nuestros adversarios».
Ninguno de los integrantes del grupo había dado señales de mala salud. Lo único
más cercano a una crisis fueron las quemaduras del sol que sufrió la señora de
De Lesseps en la excursión a Taboga.
Cuando se hallaba a bordo del Colón en algún lugar entre la
bahía de Limón y Nueva York, en la tranquilidad de su camarote, De Lesseps tomó
un lápiz y se puso a hacer cálculos sobre el informe de su Comisión Técnica. Al
llegar el barco a su destino, ya tenía hecho un nuevo presupuesto de
184.400.000 francos, con lo que el coste estimado originalmente se reducía en
37 millones de francos. A los periodistas que subieron a bordo para
entrevistarlo cuando el Colón atracó en los muelles de Nueva
York, les declaró que el canal no iba a costar más de 131.720.000 dólares.
Todos estuvieron de acuerdo en que era una reducción muy considerable de la
cifra de 240 millones de dólares prevista en París.
IV
A nadie le sorprendió que De Lesseps ocupara la primera plana
durante el tiempo que permaneció en Nueva York. Los periódicos afirmaban que
hacía veinte años que la ciudad no tributaba a un visitante extranjero una
recepción tan calurosa con una demostración de afecto tan cordial. Los
artículos periodísticos se referían sobre todo a su espléndida apariencia
física, su cabello blanco como la nieve, su bronceado tropical y el vigor
juvenil de su persona, todo ello en notable contraste con las afirmaciones que se
hicieron posteriormente acerca de que cuando visitó Panamá por vez primera era
ya un anciano de espíritu apagado. Un periodista que lo había entrevistado años
atrás en Suez lo encontró «sin el menor cambio. Los mismos ojos
extraordinariamente brillantes, la misma voz vehemente, el mismo gesto
rebosante de simpatía, su personalidad magnética de siempre, erguido, impulsivo
y, si acaso, más joven». Para un cronista del World no parecía
tener más de cincuenta y cinco años.
Aquella era la primera vez que visitaba Estados Unidos, y, como había hecho en
Panamá, se divirtió sobremanera. Paseaba a pie por la Quinta Avenida, hacía
recorridos por el tren elevado, subió en ascensor hasta lo más alto del
edificio de Equitable Life Assurance en Broadway (seis pisos) e «inspeccionó»
el puente de Brooklyn, que aún no estaba terminado. Declaró que el gran corte
de La Culebra en Panamá tendría la misma profundidad que la altura de las
torres del puente, 83,5 metros.
En su suite del hotel Windsor de la Quinta Avenida, hablando
con rapidez y muchos ademanes, pero en tono suave, aseguró a los periodistas
que sus proyectos sobre Panamá no planteaban conflictos con la Doctrina Monroe.
La iniciativa sería particular, y el pueblo estadounidense debía entender
especialmente las ventajas de la empresa privada. Recibiría con agrado sus
inversiones. «Yo no soy más que el ejecutor de la idea estadounidense»,
insistía, y en realidad le hubiera gustado ver que la mayoría de las acciones
se vendían en Estados Unidos y la sede de la compañía se instalaba en Nueva
York o Washington.
La bandera tricolor ondeaba sobre el hotel Windsor como si el huésped fuese
algún jefe de Estado. La American Geographical Society le recibió y la
comunidad francesa residente en la ciudad le organizó una recepción a la que
asistieron unas ocho mil personas. Otra noche, vistiendo corbata blanca y
chaqué, subió a un escenario adornado con palmeras en macetas para dirigirse a
la American Society of Civil Engineers, diciéndoles que él era un diplomático,
pero se sentía profundamente honrado de que los ingenieros lo hubiesen acogido
como a uno de sus colegas. Como en todas esas ocasiones, habló por medio de un
intérprete de forma improvisada. Explicó que nunca usaba notas porque siempre
decía la verdad, y esta no requería preparación.
Para el banquete celebrado en Delmonico's, el salón principal fue decorado con
banderas francesas y estadounidenses; la araña central se había transformado en
una gigantesca campana de flores y de ella salían largos lazos en los que se
habían trenzado ramos de siempreverde que llegaban a todas las esquinas; el
centro de cada mesa se adornaba con figurillas de repostería que representaban
a Ferdinand de Lesseps en frac y una pala en la mano sobre el mapa de África;
una esfinge; una máquina dragadora de las que se usaron en Suez; y el
vapor Colón. En el menú estaba grabado el escudo de armas de De
Lesseps, y en la lista de los invitados, todos hombres, figuraban unos
doscientos cincuenta «notables», incluidos el alcalde Cooper, Andrew Carnegie, Jesse
Seligman, Russell Sage, Albert Bierstadt, Clarence King, Octave Chanute, Abram
Hewitt, Chauncey Depew, Peter Cooper y David Dudley Field. A eso de la una de
la mañana, antes de que comenzaran los discursos, Madame de Lesseps hizo su
entrada espectacular al balcón de los músicos, acompañada por Emily Roebling,
esposa del ingeniero jefe del puente de Brooklyn, que estaba lisiado.
Los oradores fueron Alexander Lyman Holley, pionero del «proceso Bessemer» en
América; John Bigelow, diplomático y publicista; el famoso Unitario, doctor
Henry W. Bellows; y Frederick M. Kelley, quien pronunció el discurso principal.
Por las personalidades presentes, las cosas que se dijeron, la decoración, el
ambiente y todo lo demás, ese homenaje fue una de esas ocasiones maravillosas
en torno a la cual se podría realizar el estudio de toda una época. (Uno de los
grandes lienzos de Bierstadt, un paisaje del Oeste, acababa de ser adquirido
por la Corcoran Galery de Washington, por ejemplo; el imperio del acero de
Carnegie era por entonces el más poderoso del mundo, gracias sobre todo a las
innovaciones de Alexander Holley; un guía espiritual como el doctor Henry
Bellows aún podía hablar, como lo hizo, con plena fe en «la paloma de alas
blancas del comercio».) Sin embargo, como señalaron varios editoriales de los
periódicos a la mañana siguiente, el espléndido homenaje y los sentimientos
expresados fueron todos en honor del hombre, pero no de sus actuales proyectos.
A la ciudad de Nueva York le interesaba enormemente la personalidad de
Ferdinand de Lesseps, pero mucho menos su canal de Panamá.
«Por lo que ha hecho, le brindamos nuestra más cordial bienvenida y los
sinceros homenajes de nuestro aplauso —afirmaba Whitelaw Reid, del Tribune—.
Lo que se propone hacer es otro asunto.»
Lo mismo iba a suceder en los restantes lugares de Estados Unidos que visitó.
En Washington, donde no hubo banquetes, homenajes ni recepciones, su mensaje
fue especialmente directo. Sin duda, todos se mostraron cordiales, incluido el
presidente Hayes. En el Capitolio, De Lesseps fue recibido por la Comisión de
la Cámara para el Canal Interoceánico y realizó un elocuente alegato a favor de
su proyecto. Después fue invitado a escuchar al capitán James B. Eads,
constructor del famoso puente de San Luis (Missouri), que presentó sus
proyectos para construir un ferrocarril colosal, capaz de transportar barcos
enteros por el istmo de Tehuantepec. El proyecto consistía en sacar los barcos
del agua con su carga y llevarlos a tierra firme rodando sobre soportes tirados
por varias poderosas locomotoras. Según explicó Eads, un ingenioso sistema de
arietes hidráulicos colocaría firmemente los soportes en los lugares
convenientes del casco del barco. Cada soporte estaría equipado con
articulaciones universales, de manera que se adaptaría de forma automática a la
forma del casco en el punto de contacto y así se equilibraría el peso del
barco. Aseguraba que no llevaría más de media hora colocar a un buque de seis
mil toneladas sobre los soportes rodantes. Estos, que formarían una especie de
cuna bajo el barco, rodarían sobre doce raíles colocados a un metro y medio de
distancia uno del otro; sobre cada raíl irían cien ruedas, de modo que los
soportes tendrían un total de 1.200 ruedas (cien en cada raíl). Las
locomotoras, que tendrían una potencia cinco veces mayor que la más poderosa de
las que existían entonces, arrastrarían el barco por el Istmo a una velocidad
entre los dieciséis y los diecinueve kilómetros por hora. El traslado completo
de un barco de un océano al otro en una distancia de 215 kilómetros requería
dieciséis horas. La construcción de ese sistema, aseguraba Eads, no costaría
más de cincuenta millones de dólares, es decir, la tercera parte más o menos de
lo que supondría el canal de Ferdinand de Lesseps.
Este escuchó educadamente todas las explicaciones de Eads, y tal vez ciertos
aspectos tocaron alguno de sus nervios sensibles. La visión de los grandes
barcos alzados del mar como si fueran de juguete y arrastrados luego sobre las
montañas de México debió de parecerle una de esas fantasías grandiosas dignas
de haber sido concebidas por Julio Verne en su estudio de la torre de Amiens.
Sea como fuere, le felicitó calurosamente y se marchó a encontrarse con los
periodistas que le habían traído el texto completo del último mensaje
presidencial al Congreso. Hayes manifestaba sin tapujos que Estados Unidos no
cedería nunca el dominio sobre un canal del Istmo a ninguna potencia o alianza
de potencias europeas. Tampoco deberían las empresas ni los ciudadanos
particulares que invirtieran en dichas empresas buscar la protección de una
potencia europea. «Un canal interoceánico […] será el gran cruce de caminos
marítimos entre nuestras costas del Atlántico y nuestras costas del Pacífico y
formará parte de la línea costera de Estados Unidos. La política de este país
es que el canal quede bajo el control estadounidense.»
El mensaje constituía un rechazo evidente y mortal de las intenciones de De
Lesseps. Este podía haber protestado o haberse mostrado diplomático y evasivo,
o no haber dicho nada de momento. En lugar de ello, le pidió a Henri Bionne que
enviara un cable a París dirigido a Charles para que este lo llevara al Bulletin;
decía: «El mensaje del presidente Hayes garantiza la seguridad política del
canal».
La declaración implícita era que de nuevo Le Grand Français había
obtenido una notable victoria. Si Estados Unidos afirmaba que ninguna potencia
extranjera podía aparecer como protectora del canal, se sobrentendía que
Estados Unidos cumpliría esa función vital. Y con ese país velando por la
empresa durante la construcción y después, los inversionistas podrían estar
seguros del éxito. Pero eso no era de ningún modo lo que quería decir el
mensaje. «Lo que el presidente manifestaba —escribió J. C. Rodríguez en un
análisis posterior— era que no deseaba ver a las empresas europeas construyendo
canales en Panamá; pero el señor De Lesseps hizo frente a las circunstancias y
actuó una vez más según la trama de la representación en la que él era el
protagonista.»
Entonces, al igual que el actor veterano que sabe bien cuándo los movimientos
físicos pueden concentrar la atención, emprendió un viaje en tren cruzando el
continente, de Filadelfia a San Luis y luego a San Francisco para regresar por
Chicago, las cataratas del Niágara y Boston. Mientras tanto, Madame de Lesseps
y sus hijos se quedaron en Filadelfia, donde residían algunos parientes.
Pasó tres semanas en la gira y fue el hombre del momento en cada una de las
etapas. Grandes multitudes se congregaban para recibirlo, siempre con amabilidad.
En ocasiones había demostraciones de entusiasmo tan ferviente como las
anunciadas en el Bulletin, que calificó a los estadounidenses como
la gente más hospitalaria del mundo. En Chicago, un agitador le gritó un
sarcasmo sobre la Doctrina Monroe. «Aquí están unos veinte mil estadounidenses
—le respondió De Lesseps—. Ahora yo quisiera que alguno de ustedes me explicara
de qué manera la Doctrina Monroe podría impedirme la construcción del canal.»
Esperó que alguien le respondiera. Luego les explicó con paciencia en qué
consistía la Doctrina Monroe y por qué no podía afectar a la construcción de su
canal, añadiendo: «No puedo estar de acuerdo con una ciudad que apenas tiene la
tercera parte de mi edad […] si sostiene que es imposible hacer lo que me propongo».
«¡Bravo! ¡Este es el hombre que queremos!», gritó alguien, y hubo una serie de
vítores de aprobación.
En Washington, el ministro de Francia entregó al secretario Evarts una nota en
la que se ponía en claro que el Gobierno francés no tenía nada que ver con las
empresas de De Lesseps en Panamá y que «no tenía el propósito de intervenir en
esas cuestiones ni de prestarles su apoyo de forma directa o indirecta».
De Lesseps y sus acompañantes se embarcaron el 19 de abril de 1880.
Se le alabó y se le festejó hasta el último día de su visita, cuando se ofreció
en su honor un almuerzo en la casa de Cyrus Field, quien había tendido el cable
bajo las aguas del Atlántico. Además, había encontrado tiempo suficiente en
Nueva York para poner las bases de lo que iba a llamar su Comité
Américain, para que manejara la venta de las acciones de Panamá en Estados
Unidos.
Tres prestigiosas firmas neoyorquinas aceptaron participar: J. & W.
Seligman & Company, Drexel, Morgan & Company, y Wislow, Lanier &
Company. Sin embargo, a pesar de su popularidad y su elocuencia, no hubo
compradores. No vendió ninguna acción. Ni un solo capitalista estadounidense
digno de tomarse en cuenta había expresado el menor interés en su Compagnie
Universelle.
Ferdinard de Lesseps con su séquito en Panamá en 1880. (Compañía del Canal
de Panamá)
No obstante, aseguró a sus seguidores que el verdadero dinero
provendría de Francia: «Únicamente en Francia, donde tenemos costumbre de
trabajar a favor de la civilización del mundo entero […] reuniré el capital
necesario». Y a las dos horas de haber llegado a París ya estaba sentado junto
a un magnífico candelabro veneciano en el salón del piso superior de Madame
Juliette Adam, comentando las peripecias de su viaje ante viejos amigos y
admiradores.
Durante las semanas siguientes estuvo ocupado con conferencias, cenas y
entrevistas, y cumplió el programa al menos como lo había hecho durante sus
miles y miles de kilómetros por mar, con incontables caras nuevas, comida
exquisita, hoteles extraños y charlas interminables. Los amigos le aseguraban
que nunca había tenido mejor aspecto. Un médico, durante un discurso tras una
cena, le acusó de poner en peligro a su profesión, puesto que era evidente que
su visita a Panamá le había permitido descubrir la fuente de la juventud.
* * * *
Así pues, la odisea de cuatro, casi cinco meses, terminó con una
ruidosa manifestación de la aprobación popular que sabía bien que era esencial.
Al haber viajado a Panamá y haber vuelto entero y saludable, logró una
asombrosa transformación en su propio país. Su gran error fue infravalorar su
éxito. Ahora gozaba de un respaldo popular mucho mayor del que hubiera
imaginado, y, por irónico que resulte, no saber apreciarlo iba a ser casi tan
fatal como su evidente error al valorar el terreno de Panamá.
Capítulo 5
Una tarea increíble
«Por la patria, la ciencia y la gloria.»
(Lema de la École Polytechnique)
I
Los primeros años de existencia de la Compagnie Universelle du
Canal Interocéanique se caracterizaron por las grandes esperanzas, la
propaganda engañosa y algunos progresos reales, pero muy costosos. En Panamá,
hombres cuya devoción a la empresa era ejemplar, muchas veces heroica,
consiguieron cosas asombrosas. Mas sus logros no llegaron nunca a lo que
Ferdinand de Lesseps había prometido, y, a pesar de sus nobles intenciones,
cometieron graves errores casi desde el principio. No obstante, si se tienen en
cuenta las dificultades que tuvieron que vencer, la magnitud de la tarea, los
muchos factores que desconocían y los reiterados ejemplos de sufrimiento y
tragedia personal, fue mucho lo que hicieron.
En París, la venta de acciones de la compañía —el segundo intento de Ferdinand
de Lesseps de llegar al público— se convirtió en uno de los acontecimientos más
extraordinarios de la historia de las finanzas.
La grande entreprise iba a ser el mayor empeño financiero
acometido hasta entonces. Las acciones de Panamá iban a ser las de propiedad
más repartida de las emitidas hasta el momento. Y jamás una propuesta
estrictamente financiera había despertado una devoción tan ardiente entre los
inversionistas. En buena parte, la explicación estribaba en que para la mayoría
nunca fue una proposición estrictamente financiera. Algo tan vital para el
orgullo francés, algo respaldado por De Lesseps, no podía considerarse nada más
que eso. También tuvo mucha importancia la expectación sin límites asociada con
el capitalismo de riesgo, le pionnier capitalisme. Se hablaba de
«la poesía del capitalismo» y de la «democracia de los accionistas». La
respuesta sin precedentes del pueblo francés a De Lesseps tuvo muchos ángulos y
muchos planos psicológicos; solo más tarde, en una visión de conjunto, la
lealtad de los accionistas parecería ciega, y el liderazgo de De Lesseps,
decepcionante.
Esta vez puso la gestión de la venta en manos de Marc Lévy-Crémieux,
vicepresidente del poderoso Banco Franco-Egipcio, quien había sido uno de sus
oponentes más decididos cuando hizo su primer intento para reunir fondos.
También Lévy-Crémieux había enviado a su hombre de confianza —un ingeniero—
para valorar la situación en Panamá, y había regresado con un informe
confidencial en el que afirmaba que el canal no llegaría a recuperar nunca lo
que se gastara en él. Más de una docena de compañías quedarían en la ruina
antes de que cruzara un barco el canal de Panamá, insistía el ingeniero. Pero
no dijo en público ni una sola palabra al respecto.
Se organizó un consorcio de bancos comerciales y de inversión. El capital
inicial se estableció en 300 millones de francos (60 millones de dólares). Por
supuesto, no había ni para empezar, pero así lo había decidido De Lesseps, y
fue una mala decisión.
Se ofrecieron seiscientas mil acciones a 500 francos (100 dólares) cada una.
Así pues, para una persona común y corriente, que era la clase de
inversionistas con los que De Lesseps quería contar, era una acción muy cara:
500 francos era casi lo que ganaba en un año más o menos la mitad de la
población trabajadora de Francia. En cambio, las condiciones eran muy
atractivas: solo el 25 por 100 al contado y seis años para pagar el resto. A
eso había que añadir el hecho de que las acciones de Suez, que también habían
costado 500 francos cada una inicialmente, se cotizaban entonces en la Bolsa a
más de 2.000 francos y estaban pagando dividendos del 17 por 100.
Mientras se procedía a la construcción, los accionistas deberían recibir el 5
por 100 de los plazos pagados.
Una vez que el canal se hubiera terminado, recibirían el 80 por 100 de las
ganancias netas. El 20 por 100 restante se dividiría entre los «fundadores» —De
Lesseps, su hijo Charles y los amigos que habían aportado los dos millones de
francos iniciales— y la Sociedad Financiera Lévy-Crémieux. Las acciones de los
fundadores en la compañía de Suez, cuyo precio fue el mismo originalmente
—5.000 francos cada una—, se valoraban entonces en 380.000 francos.
Las «subvenciones» a periódicos y revistas comenzaron en el mismo momento en
que se formó la sociedad. En su mayoría, los pagos se hicieron con discreción y
el efecto fue favorable. Casi sin excepción, los mismos periódicos que habían
denunciado con gran ahínco al canal y a su progenitor ponían a ambos por las
nubes. Panamá se había convertido en una «palabra mágica», era le
synonyme de dividens fantastiques (el sinónimo de dividendos
fantásticos). «Jamás se había presentado la oportunidad de que el capital y la
ciencia se unieran en un matrimonio feliz», decía el Journal des Débats.
Le Figaro anunciaba que el canal quedaría terminado en siete años, y
entonces la energía de De Lesseps podría dedicarse a una obra más titánica.
Declaraba La Liberté que el canal había dejado de tener
opositores. «¡Ay de vosotros, hombres de poca fe! ¡Escuchad las palabras de
Monsieur de Lesseps y creed!»
Émile de Girardin, propietario de Le Petit Journal, poderoso señor
de la prensa en Francia y uno de los que se habían mostrado particularmente
desagradables en sus ataques contra De Lesseps el año anterior, se declaraba
ahora complacido de hallarse entre los miembros de la junta administrativa de
la compañía.
Fue muy alto el precio que se pagó para despertar tanto entusiasmo —más o menos
1.595.573 francos, según se pudo comprobar por las indagaciones posteriores—, y
las comisiones para los corredores alcanzaron una cifra todavía más alta: más
de cuatro millones de francos. Para los banqueros era una revalorización
perfecta. Su comisión por la venta de acciones era del 4 por 100, es decir, 20
francos por cada una. Sin embargo, como hacían notar algunos corresponsales
extranjeros en París, ciertas casas, como el Crédit Foncier y la de los
Rothschild, «se habían negado tenazmente a que se utilizaran sus mostradores
para que se tendiera una trampa semejante».
Los resultados superaron la fantasía más desbordante. En realidad, el éxito de
la venta fue tan enorme que puso de manifiesto lo equivocado que estaba De
Lesseps al juzgar el efecto acumulativo de todo lo que ahora obraba en su
favor. Había pedido muy poco dinero —menos de la mitad de lo que decía que
costaría el canal— y lo irónico del caso es que habría obtenido todo lo que
pensaba necesitar y más desde un principio. Además, lo habría obtenido sin
mucho esfuerzo y sin necesidad de pagar subvenciones a la prensa. Pero no había
sido capaz de comprender lo que habría conseguido con el respaldo de sus
antiguos adversarios en el mundo de las finanzas, ni había reconocido la
repercusión psicológica de su viaje a Panamá.
La venta de las acciones se inició el 7 de diciembre de 1880. En tres días, más
de cien mil personas habían suscrito un total de 1.206.609 acciones, es
decir, más del doble de las disponibles. Como resultado, mucha
gente tuvo que conformarse con bastantes menos de las que deseaba.
Tal como había previsto De Lesseps, fueron los pequeños inversionistas los que
hicieron de la venta un éxito tan espectacular. Unas ochenta mil personas
habían comprado de una a cinco acciones cada una. Solo catorce personas
adquirieron mil o más acciones. Alrededor de dieciséis mil accionistas eran
mujeres.
Nada semejante había ocurrido hasta entonces. El ferrocarril
Paris-Lyon-Méditerranée, una sociedad muy poderosa con un capital de 1.200
millones de francos y 800.000 acciones —200.000 más que las ofrecidas por la
Compagnie Universelle—, no tenía más que 33.000 accionistas, menos de una
tercera parte del número de accionistas con que empezó la Compagnie
Universelle. La primera reunión de los accionistas, en enero de 1881, tuvo que
convocarse en el enorme local del Cirque d'Hiver, en el Boulevard des Filies du
Calvaire, que solo pudo acoger a cinco mil personas. En esa ocasión, De Lesseps
les anunció que todos los problemas estaban resueltos, y las dificultades,
superadas.
La incorporación oficial de la compañía se efectuó el 1 de marzo de 1881. De
Lesseps asumió formalmente el cargo de presidente; Henri Bionne, el de
secretario general, y a Charles de Lesseps se le nombró director.
Los salarios que se establecieron fueron notablemente bajos considerando la
magnitud de la empresa: De Lesseps iba a recibir solamente 75.000 francos
(15.000 dólares) al año; Bionne, 18.000 (3.600). Es interesante señalar que,
por el contrario, se asignó un salario de 25.000 dólares, mucho más que a De
Lesseps, a un estadounidense llamado Richard Wigginton Thompson, quien había
aceptado encabezar la Comisión Estadounidense, que iba a ser una de las
operaciones más costosas y menos útiles de la compañía.
Thompson, que había sido secretario de Marina, era la segunda opción de De
Lesseps para desempeñar el cargo. La primera era el propio general Grant, a
quien De Lesseps consultó por medio de Jesse Seligman; pero el general Grant
declinó el ofrecimiento por razones que expuso en una carta a Daniel Ammen: «si
bien es cierto —le decía— que me sentiría muy complacido de que mi nombre
quedara asociado a la obra de abrir un canal que comunique los dos océanos, no
quisiera verlo relacionado con un fracaso, sobre todo con un fracaso en el que
creo que los accionistas perderán todo lo que han aportado».
De acuerdo con De Lesseps, la Comisión Estadounidense se dedicaría a fomentar
la oposición al proyecto rival para construir un canal en Nicaragua —por medio
de la prensa y de grupos de presión en Washington— y a demostrar al pueblo
estadounidense las ventajas del canal al nivel del mar en Panamá. También se
ocuparía la Comisión de supervisar la compra de equipo y material fabricado en
Estados Unidos que se utilizaría en Panamá. Pero su misión primordial sería
convencer a los inversionistas estadounidenses para que tomaran parte en la
empresa de Panamá. No obstante, tanto en esto como en todo lo demás, la
Comisión resultó inoperante. Thompson fue el único de sus miembros que hizo
algo para justificar el sueldo, sobre todo como miembro de un grupo de presión.
Tampoco las oficinas instaladas en Nueva York sirvieron de mucho. Se
encontraron muy pocos inversionistas. Todo lo que De Lesseps obtuvo del trato
fue el uso de unos artículos de escritorio imponentes, más la libertad de
mencionar cuando era necesario nombres tan importantes como el de Jesse
Seligman entre sus patrocinadores.
Sin embargo, se pagaron de inmediato unos honorarios de 300.000 dólares a la
firma de Seligman y a las otras dos, con la promesa de que las tres recibirían
otros 100.000 dólares más adelante. El coste total de la Comisión
Estadounidense fue de unos dos millones de dólares.
Así pues, contando las comisiones a los corredores, que sumaban cuatro millones
de francos, y los 11.800.000 francos de la comisión a la sociedad
Lévy-Crémieux, más los 12 millones de francos asignados a la Comisión
Estadounidense, 1.600.000 francos de gastos de «publicidad» y otros 750.000
francos para gastos diversos de organización, la cantidad total para la emisión
y venta de las acciones y para poner en marcha la compañía ascendió a
32.200.000 francos, es decir, unos 6.400.000 dólares.
A principios de 1, entre las fechas de la primera y la segunda reunión de los
accionistas, De Lesseps compró también, por un millón de francos un edificio
para las oficinas, situado en la Rue Caumartin, cuya pared posterior colindaba
con la del edificio de oficinas del canal de Suez, en la Rue Charras. Diez mil
acciones que habían sido retenidas se entregaron a la Sociedad Financiera Türr,
como se había acordado previamente, y De Lesseps cedió a la nueva empresa sin
cargo alguno todos los derechos y privilegios obtenidos antes por parte de la
Sociedad Financiera Türr. De este modo, la Concesión Wyse perteneció desde
entonces a la Compagnie Universelle. El proyecto estaba en marcha.
II
Los ingenieros civiles franceses del siglo XIX eran de una
categoría extraordinaria y tenían motivos para sentirse orgullosos de su
herencia. Fueron los franceses quienes utilizaron por primera vez los cajones
neumáticos sumergibles en los cimientos de los puentes y quienes perfeccionaron
el empleo de las vigas de hierro forjado en T para la construcción de
edificios. El famoso mercado parisiense de Les Halles, la fábrica de chocolate
Menier, la asombrosa Galérie des Machines en la reciente Exposición de París se
consideraban estructuras audaces e innovadoras que ofrecían infinitas
posibilidades para la arquitectura del futuro. Fue en Francia donde se probó
por primera vez el hormigón armado y los ingenieros franceses seguían
destacando en su empleo. Los franceses descollaban sobre todo en la ingeniería
civil, y las escuelas técnicas francesas, como las de medicina, se consideraban
las mejores del mundo.
Además de los ingenieros militares, había otras dos clases de ingenieros en
Francia: los ingénieurs de l'État, que se habían formado primero en
la École Polytechnique y luego en la École des Ponts et Chaussées, y los ingénieurs
civils, que habían estudiado en la nueva École Centrale des Arts et
Manufactures. De ellos, los licenciados en la École Polytechnique eran la flor
y nata, una élite técnica con mucha influencia en la burocracia y, por
consiguiente, en toda la vida económica de Francia.
Ser admitido en la École Polytechnique estatal era todo un honor. El riguroso
examen de ingreso eliminaba a todos los que no fueran los candidatos más
brillantes. Y desde el momento en que un joven cruzaba los grandes portales de
piedra gris de la Rue Descartes, sabía que se esperaba de él nada menos que una
superioridad intelectual y la más completa devoción a la Patrie, les
Sciences, et la Gloire. La escuela, fundada en 1794, era la principal
creación científica de la Revolución. Napoleón la llamó «mi gallina de los
huevos de oro», y el símbolo de la gallina y los huevos se había tallado en las
dovelas y convertido en la pieza central de la vidriera del gran tragaluz
situado en el techo de la mayor sala de conferencias para que ningún estudiante
lo olvidara. No era una escuela de ingeniería, sino una escuela militar —reglas
estrictas, uniformes azules muy ajustados, espadas, el bicorne tradicional
para las ceremonias con desfiles— dedicada al estudio de la ciencia pura. El
programa de estudios proporcionaba una educación secundaria clásica, más lo que
por entonces eran los conocimientos matemáticos más adelantados del mundo.
Al terminar los estudios en la Polytechnique, los licenciados con
calificaciones más elevadas solían pasar a la de Ponts et Chaussées —una école
d'application—, donde se especializaban y salían convertidos en ingenieros
al servicio del Estado para trabajar en la construcción de puentes, carreteras
y puertos, o bien como funcionarios en los ferrocarriles estatales. A comienzos
de la década de 1860, tras un amplio estudio del sistema, una autoridad
estadounidense en el campo de la educación, Henry Barnard, aseguró que la
escuela le había proporcionado a Francia el cuerpo de ingenieros civiles y
militares mejor adiestrado de cualquier nación del mundo. Lavalley, constructor
de las máquinas dragadoras empleadas en Suez, Sadi Carnot y Godin de Lépinay
habían salido de la Polytechnique, al igual que Ferdinand Foch y, en época más
reciente, Valéry Giscard d'Estaing.
Los ingénieurs civils licenciados en la École Central eran los
que contrataban las empresas particulares y su mentalidad era más parecida a la
de los ingenieros estadounidenses. Gustave Eiffel era uno de los ejemplos más
destacados; otro era William Le Baron Jenney, arquitecto e ingeniero de Chicago
que construiría el primer rascacielos del mundo.
Pero todos los ingenieros franceses, especialmente los que procedían de la
Polytechnique, se consideraban hombres de ciencia. Sus obras eran resultado de
cálculos abstractos. Desde el punto de vista francés, los ingenieros
estadounidenses solo tenían habilidades para la improvisación, que, por muy
ingeniosa e inspirada que fuera, siempre pertenecería a un orden intelectual
inferior. Este sesgo no estaba enteramente justificado, si bien el rasgo
estadounidense esencial era la improvisación. Era la actitud expresada en una
observación atribuida al ingeniero John Fritz, quien, mientras construía una
nueva máquina, parece que dijo: «Bueno, chicos, ahora que la hemos terminado,
pongámosla en marcha para ver por qué no funciona».
Sin embargo, en Panamá los franceses tuvieron que improvisar o, mejor dicho,
tuvieron que aprender a improvisar obligados por las circunstancias. Y carecían
de experiencia previa. Prácticamente todo debía aprenderse por prueba y error,
y su mayor dificultad a medida que pasaba el tiempo fue el precio colosal que
tenían que pagar por sus errores. No sirvió de mucho la pericia adquirida en
Suez. Es posible que a la larga hubieran trabajado mejor sin la experiencia del
canal de Suez en su pasado. Porque, a pesar de lo que De Lesseps dijera a la
prensa y al público, Panamá no tenía más que una ventaja sobre Suez: la
distancia que debería abarcar el canal. Todo lo demás era muchísimo más difícil
en Panamá. La tarea era infinitamente más ardua, más amplia y más engañosa que
en Suez, tal y como había advertido Godin de Lépinay.
Para empezar, estaban las condiciones geológicas del Istmo, un tema al que se
había dedicado una mínima parte del estudio que merecía. Casi todas las
excavaciones que se hicieron en Suez fueron sobre terrenos de arena. Allí, el
clima era cálido, pero seco; en Panamá, durante ocho meses del año, el clima no
solo era muy cálido, sino pesado, sofocante, con una humedad del 98 por 100. En
Suez se presentó la dificultad de acarrear el agua potable suficiente para que
bebieran los trabajadores, pues las precipitaciones suponían 229 milímetros al
año. En Panamá, la pluviosidad se medía en decímetros y no en milímetros: más
de 30 decímetros anuales en la vertiente del Caribe, y de 15 a 18 decímetros en
la ciudad de Panamá, en el Pacífico.
Suez era llano, como la superficie de una mesa, con una altura máxima de 15
metros sobre el nivel del mar. Panamá estaba cubierto de pequeñas colinas
empinadas y la altura máxima en la línea del canal era de más de cien metros
sobre el nivel del mar. También estaban la selva panameña y el río Chagres, que
seguía cruzándose en el camino del canal.
Asimismo, era necesario afrontar las cuestiones del alojamiento, la mano de
obra y la salud. John Bigelow, que visitaría el Istmo más adelante para valorar
los esfuerzos de los franceses, escribió sobre el particular: «Es probable que
nunca se haya enfrentado el hombre con un problema tan complicado como este, un
problema acuciado por una gran cantidad de factores inciertos e inesperados
para los ingenieros que allí trabajan […]. Cada paso […] es más o menos experimental».
Pero Ferdinand de Lesseps nunca lo vio de ese modo. «Se trata —informaba a sus
accionistas— de una operación cuya exactitud matemática se conoce
perfectamente.» Couvreux y Hersent había construido el canal de Suez; Couvreux
y Hersent y la exactitud matemática iban a construir el canal de Panamá. De
Lesseps no podía quitarse a Suez de la cabeza, y los ingenieros que había
mandado al campo de trabajo carecían de experiencia en los trópicos y adolecían
de preparación para improvisar. Así pues, no solo tuvieron que aprender a
medida que avanzaban, lo que ya hubiera sido bastante difícil, sino que además
tuvieron que aprender a aprender a medida que avanzaban y a olvidar todo lo que
supuestamente se les había «enseñado» en Suez.
El primer grupo llegó a Colón a bordo del fiel Lafayette a
finales de enero de 1881. Había unos cuarenta ingenieros, encabezados por
Gaston Blanchet y Armand Réclus, que era el nuevo gerente general de la
compañía del canal, y su ayudante Louis Verbrugghe, el abogado que fue a Bogotá
con el teniente Wyse. Varios de los ingenieros habían llevado con ellos a sus
esposas, y en la ciudad de Panamá se organizaron muchas fiestas en honor de los
visitantes. Pero no existe ningún dato que corrobore el relato de que Sarah
Bernhardt había viajado también en el Lafayette y que «había
representado un drama en el reducido y destartalado escenario del único teatro
que había por entonces en la ciudad». La primera y única visita que Bernhardt
hizo al Istmo fue más tarde, en 1886.
El 1 de febrero, Réclus envió a Ferdinand de Lesseps un telegrama que no
contenía más que dos palabras, pero que tuvo la virtud de conmocionar a los
lectores de periódicos en toda Francia: «Travail comencé» (Empezó el
trabajo).
Réclus estaba al mando de todo mientras se organizaban las cosas, pero
Blanchet, como alto cargo de Couvreux y Hersent, fue el que se ocupó del
trabajo propiamente dicho. El contrato de De Lesseps con la empresa
constructora era por dos años y la obra tendría que hacerse sin costes extra,
es decir, que cualquier gasto que sobrepasara lo estipulado correría a cargo de
la compañía del canal.
Blanchet era el indicado para poner las cosas en marcha. Era un hombre decidido
y enérgico, y gracias a su matrimonio se había abierto camino en la sociedad
panameña. Su estrategia era dedicar un año a preparar las excavaciones. Su
intención era abrir un paso de 122 metros de ancho de un lado al otro del
Istmo, es decir, de 80 kilómetros de longitud, con el fin de proporcionar
suficiente espacio para seguir el trazado del canal con la mayor precisión
posible. Pero la idea fue rechazada de inmediato por las oficinas de París.
Blanchet tuvo que conformarse con despejar una franja de terreno de no más de
quince metros de ancho, espacio que resultó demasiado estrecho para lo que se
proponía hacer, por lo cual hubo que acabar ensanchando todo el paso a la
medida que había planteado desde un principio.
Con una mano de obra compuesta por jornaleros negros e indios contratados allí
mismo, Blanchet procedió a desmontar y despejar el paso desde Colón hasta la
ciudad de Panamá en una línea que cruzaba el serpenteante cauce pardo del
Chagres no menos de catorce veces. Esta primera tarea de desmonte ya era
bastante difícil y peligrosa. Fue necesario derribar árboles enormes y extraer
sus profundas madejas de raíces, y todo el trabajo se hizo a mano. Salvo por
las vías férreas, la selva no era diferente a como había sido cuando se
construyó el ferrocarril o incluso en la época de los primeros exploradores
españoles. Los hombres trabajaban bajo el miedo constante de encontrarse con
las serpientes venenosas (la coralillo, la víbora de las malezas, la fer-de-lance,
tres de los reptiles más mortales del mundo) o con los grandes felinos (el puma
y el jaguar). Los días y sobre todo las noches se convertían en un infierno por
causa de los «bichos», nombre con que se designaba a las garrapatas,
escarabajos, arañas, hormigas, mosquitos, moscas, moscardones y toda clase de
insectos que se arrastraban, zumbaban y picaban, para los cuales nadie tenía un
nombre. No había más instrumentos de trabajo que el machete y el hacha, y la
selva, como escribió uno de los ingenieros, «era tan densa que muchas veces no
se podía ver más de uno o dos metros en cualquier dirección». Más allá de
Gatún, la línea transcurría durante once kilómetros sobre una llanura de
ciénagas y pantanos.
Y antes de que se terminara el trabajo, comenzaron las lluvias.
En Panamá no había más que dos estaciones, como todos los recién llegados
aprendieron: la que había conocido De Lesseps y la estación de las lluvias. La
estación seca, con sus cielos despejados y sus vientos frescos, solía comenzar
a mediados de diciembre y duraba unos cuatro meses, durante los cuales había
que traer el agua en carros a la ciudad de Panamá para regar las calles y
evitar que se levantara el polvo. Después, al iniciarse el mes de mayo, volvían
las lluvias de improviso. Durante esa temporada no llovía constantemente, como
muchos suponen. En un país donde caen más de 2,5 centímetros de lluvia en una
hora, 305 o 330 centímetros de agua al año no significan más que ciento veinte
o ciento treinta horas de lluvia en total. Los aguaceros torrenciales no
duraban más que algunos minutos, pero era así como llovía casi todos los días.
En Colón, por ejemplo, no era extraño que se recogieran más de quince
centímetros de agua en veinticuatro horas. Solo en el mes de noviembre, cuando
se producían las tormentas más fuertes, la precipitación pluvial en el cauce
del Chagres —en la vertiente del Atlántico— alcanzaba entre 60 y 90
centímetros.
Pero no había estadísticas que reflejaran el verdadero panorama de la lluvia en
Panamá. Había que verlo, sentirlo y olerlo; también había que escuchar la
lluvia para poder apreciarla. Parecía como si los cielos se hubieran abierto y
el aire se hubiera vuelto líquido al instante.
Cuando no llovía, el cielo estaba casi siempre cubierto por nubes inmensas,
sobre todo contempladas con las primeras luces de la mañana. Luego, de pronto,
había una inconfundible ráfaga de viento entre los árboles, un notable descenso
de la temperatura y un rápido oscurecimiento, seguido de un ruido que alguien
comparó con el que harían «miles de pisadas sobre montones de hojas». En las
aldeas y las ciudades, todos corrían instintivamente a buscar refugio. Desde
las colinas de La Culebra se veía desaparecer la selva tras la cortina plateada
de la lluvia, y los monos aulladores comenzaban su misterioso alboroto.
Si alguien se veía obligado a refugiarse de la tormenta bajo un techo de chapa
metálica, el sonido era como el de una locomotora. A menudo estas tormentas se
convertían en violentas tempestades eléctricas con «rayos y truenos tremendos
—escribió un estadounidense— que hacen que una persona se sienta como
borracha». Y luego, mientras los árboles seguían sacudiéndose y rugiendo,
cesaba la lluvia en un instante. Aparecía de nuevo el sol tan feroz como
siempre. Todo brillaba con el agua de la lluvia y el aire se llenaba con ese
olor pesado y fecundo de invernadero, el olor a selva y a fango.
* * * *
En mayo la línea de canal quedó despejada desde Colón hasta
Panamá, y Colón se había convertido en una colmena de construcción y descarga
de barcos. Había surgido un aserradero junto con cincuenta casas prefabricadas,
traídas desde Nueva Orleans. A lo largo de la calle del Frente se amontonaban
los grandes cajones de la maquinaria y las herramientas.
Se hicieron grandes claros en la selva junto a Gatún y Emperador para edificar
pueblos intermedios. (El de Gatún se llamaría Ciudad de Lesseps.) Habría
talleres para las máquinas en Bohío Soldado, y campamentos de trabajadores en
San Pablo (un poco más allá de Barbacoas) y en Matachín. Se levantaron barracas
para los trabajadores negros sobre altas plataformas de hormigón como
protección contra las inundaciones y las ratas. Los edificios eran lo bastante
grandes como para dar cabida a cincuenta camastros cada uno. Se utilizó buena
madera seca para construirlos y su diseño era el adecuado para el clima, con
largos corredores exteriores y muchas ventanas.
Las casitas de campo para los técnicos de raza blanca también eran muy cómodas
y bien construidas teniendo en cuenta las condiciones. Se levantaron cerca del
agua, a lo largo de la costa oriental, en la que se convertiría en una nueva
comunidad llamada Cristóbal Colón (rebautizada después como Cristóbal
solamente). Eran casitas de un solo piso, todas más o menos iguales, pintadas
de blanco y con ventanas verdes, rodeadas por terrazas, y por lo general con
una hamaca de Yucatán colgando en la esquina de la terraza frontal. Teniendo en
cuenta las circunstancias, la situación de las casas era ideal. Por las noches,
con la luna llena bañando con su luz las arenas blancas de la playa y la brisa
fresca que venía del mar, cualquier joven ingeniero francés que acabara de llegar
podría decir que Panamá le ofrecía todo lo que había soñado.
En la ciudad de Panamá, la compañía compró el Gran Hotel para establecer su
sede. Desde su oficina del segundo piso, dominando la plaza, Armand Réclus
escribía regularmente a París, de acuerdo con las instrucciones, para informar
sobre la política local, la moral de los trabajadores y empleados, y sus
problemas diarios. Parecía casi imposible mantener una mano de obra estable.
Durante el primer año, solo diez de cada cien trabajadores traídos desde muy
lejos permanecieron en su puesto más de seis meses. Pero, en contra de las
acusaciones posteriores, el bienestar de los hombres se consideraba una
responsabilidad prioritaria. «Debemos estar seguros de que el personal no sufre
privaciones y que se procura su protección —escribió Charles a Réclus—. Siempre
nos encontrará bien dispuestos para dar nuestra aprobación a las medidas que
nos proponga en esta materia.» La gran esperanza de los De Lesseps, padre e
hijo, era establecer «una familia panameña». «Todo cuanto pueda hacer en favor
del bienestar del personal, incluso de sus diversiones y placeres, lo
aprobaremos de inmediato —advertía Charles—. Haga todo lo que esté en su mano
para que fuera del trabajo no haya jefes ni empleados, sino miembros de una
misma familia unidos por el sentimiento.» Y su padre escribió una posdata de su
puño y letra: «Esta carta es excelente y yo me adhiero a ella por entero».
Se había proyectado un hospital, que se conocería con el nombre de L'Hôpital
Notre-Dame du Canal (Hospital de Nuestra Señora del Canal), en un
espacioso terreno en la colina de Ancón, dominando la ciudad y la bahía. El
médico que lo dirigiría era el doctor Louis Companyo, el mismo que estuvo a
cargo de la división sanitaria en el canal de Suez. Existían planes para
construir varios edificios amplios, bien ventilados y con grandes terrazas
entre magníficos jardines. Habría un equipo de médicos a tiempo completo y las
enfermeras serían les Filles de la Charité (las Hermanas de la
Caridad). Se iba a construir otro hospital más pequeño en la costa, al norte de
Colón, para aprovechar la brisa del mar. Además, se convertiría en sanatorio
para los convalecientes un hotel que se había construido en la isla de Taboga,
frente a la bahía de Panamá, y que parecía un arca blanca con filigranas.
Más tarde se diría que los franceses se habían internado alegremente en Panamá
sin valorar la amenaza de las enfermedades, y que los medios de que disponían
para combatirlas eran ineficaces y anticuados. Sin embargo, las intenciones
expresadas repetidas veces en la correspondencia que se intercambiaba entre
Panamá y París, los esfuerzos que se hacían en Panamá y el dinero gastado por
la compañía del canal en todo esto desmentían las críticas. El mismo De Lesseps
se había enfrentado a una epidemia de cólera en Egipto y había perdido a su
primera esposa y a uno de sus hijos por causa de las enfermedades; además, no
era ningún tonto como para pasar por alto estas cuestiones, por mucho que sus
frecuentes declaraciones públicas respecto a las condiciones de salubridad en
Panamá hicieran pensar lo contrario. Las instalaciones de la colina de Ancón,
que iban a incluir unos setenta edificios una vez terminadas, costarían
5.600.000 dólares, una cifra muy considerable para la época. En el hospital de
Colón se gastó un millón de dólares más y cerca de quinientos mil dólares en el
sanatorio de la isla Taboga. El doctor Wolfred Nelson, el médico canadiense que
había instalado su consultorio en Panamá el año anterior y que criticaba
duramente todo lo que hacían los franceses, admitía en un escrito: «Los
hospitales del canal de Panamá son indudablemente los mejores y el sistema más
perfecto de hospitales de cuantos se hayan hecho en la zona de los trópicos».
William Crawford Gorgas, quien escribió unos treinta y cinco años después,
manifestaba su admiración por el conjunto de Ancón y afirmaba que «se trata de
una institución mucho mejor que cualquiera de las que había en Estados Unidos
[…] en el mismo período administradas por una empresa o por una sociedad».
El efecto que producía el clima sobre las herramientas, las ropas y los
diversos objetos personales era devastador. Todo lo que estaba hecho de hierro
o de acero adquiría un brillante color anaranjado por la herrumbre. Los libros,
los zapatos, los cinturones, las mochilas, las cajas para los instrumentos, las
fundas de los machetes, se enmohecían de la noche a la mañana. Los muebles
pegados con cola se desmontaban. Era muy difícil que la ropa se secara. Al
terminar la jornada, los hombres que trabajaban en los campos regresaban
empapados por la lluvia y el sudor; pero al día siguiente tenían que empezar de
nuevo con la misma ropa, tan mojada como cuando se la quitaron la noche
anterior. No había lavanderías, y una camisa o unos pantalones limpios y
planchados eran lujos de los que la gran mayoría no gozaba nunca.
Panamá era «el infierno en la tierra», escribió un viajero inglés que atravesó
el Istmo en el tren; además, observaba, «está plagado de yanquis». Y para los
responsables franceses que luchaban por dar orden y concierto a sus esfuerzos,
los yanquis que administraban el ferrocarril de Panamá iban a resultar un
fastidio tan molesto como los restantes que tenían que afrontar. A juzgar por
la correspondencia de Armand Réclus, la gente del ferrocarril rara vez hacía lo
que le pedía, y puesto que el tren era el único medio de transporte y de
comunicación, los resultados eran como para volver loco a cualquiera. Cuando el
tren no se movía, nada se movía en el Istmo. Si había retrasos, si la carga que
se bajaba de los barcos quedaba retenida, si se perdía o se maltrataba, el
efecto se sentía en toda la línea del canal.
Réclus veía más que una mala o descuidada gestión o simple mala suerte como las
causas fundamentales de sus problemas. Creía que formaban parte de un plan
diabólico fraguado para obligar a De Lesseps a comprar el ferrocarril a un
precio exorbitante. «Estoy convencido de que este es su plan», informó a
Charles en una carta. Los estadounidenses se limitaban a seguir «las órdenes
procedentes de Nueva York de valerse de todos los medios para crearnos la mayor
cantidad de dificultades posibles». La única solución factible era la que los
dueños del ferrocarril deseaban. «Es necesario que lleguemos a ser los dueños
absolutos del ferrocarril», y eso, subrayaba Réclus, no se conseguiría más que
comprándolo lo antes posible. Trenor Park poseía más acciones todavía de la
línea férrea y además había elevado el precio por si los franceses seguían
interesados en comprarlas. De los 200 dólares por acción originales se había
pasado a 250 dólares. Además, Park seguía insistiendo en el pago total y al
contado.
Era un atraco a mano armada, según afirmaban muchos, pero poco cabía hacer.
Park tenía arrinconado a De Lesseps. «Es necesario arreglar la cuestión del
ferrocarril a cualquier precio —suplicaba Réclus desesperado—, porque de su
posesión depende la realización del canal.»
Así pues, en junio de 1881, tras extenuantes negociaciones entre Nueva York y
París, se acordó la venta. La compañía del canal adquirió unas 68.500 acciones
de las 70.000 existentes, a razón de 250 dólares cada una, para alcanzar un
total de 17 millones de dólares. Además, la compañía del canal asumió el fondo
de amortización de deuda consolidada del ferrocarril por un valor de unos seis
millones de dólares. Así pues, en total, el corto tramo de vías férreas costó
más de 20 millones de dólares, lo que equivalía a una tercera parte de los
recursos de la compañía. Las acciones se liquidaron a 292 dólares cada una en
un momento en que su verdadero valor nominal era inferior a los cien dólares.
Pese a todo ello, la situación legal del ferrocarril siguió siendo la misma.
Funcionaba todavía como una compañía estadounidense regida por las leyes del
estado de Nueva York; y la licencia del Gobierno colombiano permaneció sin
cambios. Trenor Park, que en la transacción obtuvo una ganancia personal de
unos siete millones de dólares, dejó la presidencia del ferrocarril, pero el
hombre que lo reemplazó, John G. McCullough, era su yerno[5].
Por otra parte, el viejo Tratado Bidlack, el tratado de 1846 entre Colombia y
Estados Unidos, seguía en vigor. El derecho fundamental de tránsito del
ferrocarril, que figuraba en el artículo XXXV del tratado para garantizar el
tráfico en la línea sin interrupciones, lo mismo que la soberanía de Colombia
sobre el Istmo, seguía siendo obligación de Estados Unidos, por lo cual la
presencia estadounidense continuaría con las cañoneras ancladas frente a Colón
y la ciudad de Panamá.
En la reunión de los inversionistas celebrada en junio, De Lesseps habló sobre
la compra del ferrocarril de forma directa y con términos comerciales. Solicitó
autorización para pedir un préstamo a fin de pagar la cuenta, junto con otros
300 millones de francos que, añadidos al capital con que contaba la compañía,
le otorgarían una cantidad más que suficiente para construir el canal. Los
accionistas dieron su aprobación.
* * * *
Mientras tanto, Gaston Blanchet había encabezado un grupo de
inspección río arriba por el Chagres para comenzar la labor cartográfica y de
cálculos. Los exploradores constituían el grupo de avanzada y ofrecían un
aspecto impresionante, con sus rostros tostados por el sol bajo los cascos
blancos y las pistolas al cinto. Masticaban sus puros habanos mientras
observaban por las mirillas de bronce de sus instrumentos de medición y se
palmeaban la frente, las mejillas y el cuello, tratando de aplastar los interminables
mosquitos; por las mañanas, al vestirse, sacaban de sus botas escorpiones tan
grandes como una mano. Disparaban contra los caimanes de seis metros de largo y
se llevaban como trofeos las pieles rayadas de jaguar. Y todos eran
extraordinariamente diestros en su trabajo.
Las copias de sus investigaciones, las compilaciones de datos recogidos, se
enviaron a París, y cuando comenzó a materializarse una imagen detallada en las
oficinas de la Rue Caumartin, De Lesseps convocó una nueva junta asesora, una comisión
técnica más, para que diera su opinión sobre los planes. Ninguno de esos
hombres iba a tomar parte en los proyectos ni en la preparación o control de
los contratos; solo estaban allí para dar su opinión. Y, por supuesto, el
simple hecho de que se hubieran reunido, de que se supiera que estaban sentados
frente a la mesa como jurado de todas las decisiones técnicas, tuvo un valor
considerable para las relaciones públicas.
Lo importante es que De Lesseps, una vez más, consiguió lo que quería; se mantendría
en sus opiniones y los demás asentirían y lo seguirían con la misma buena
voluntad que lo habían hecho los accionistas, sin suscitar objeciones serias,
lo cual debe considerarse otro testimonio de su poder de persuasión y no una
falta de percepción por parte de los demás. Es indudable que eran hombres
eminentes y capaces. A la cabeza del grupo se encontraba Lefebure de Lourcy,
inspector general de Ponts et Chaussées; Jacob Dirks y Daubrée Voisin Bey
volvían a participar. Había seis ingenieros jefes de Ponts et Chaussées. Uno
era el jefe del puerto de Marsella; otro, un almirante. Pero ninguno estaba
dispuesto o contaba con el valor suficiente para poner en entredicho los
juicios de De Lesseps, ni para tomar en serio el precio inevitable de un canal
al nivel del mar. Más tarde se lanzaría la acusación de que De Lesseps nunca
escuchó a sus ingenieros. Pero en realidad fue al contrario; eran ellos los que
escuchaban a De Lesseps.
«Es probable que no haya habido otro hombre que poseyera en un grado tan extraordinario
ese poder para comunicar a las mentes de los demás la confianza y el fervor que
animaban la suya», observó por entonces un comentarista del Illustrated
London News.
III
En el verano de 1881 ya estaban trabajando en el Istmo unos
doscientos técnicos y asistentes procedentes de Francia y otros países de
Europa, así como unos ochocientos jornaleros dedicados a hacer perforaciones de
prueba con grandes taladros de vapor, construir barracas y hospitales, y montar
y probar el equipo que acababa de llegar.
Pero también en ese verano resultó evidente que la fiebre amarilla había vuelto
al Istmo. La temporada de las lluvias era tradicionalmente la época de las
enfermedades, y ese año no había sido la excepción. En el mes de mayo hubo
varios casos. Después, durante la segunda semana de junio, murió de fiebre
amarilla el primer empleado del canal, otro de los detalles secundarios que no
se mencionaron en el Bulletin.
El 25 de julio, un ingeniero llamado Étienne, licenciado en la Polytechnique y
considerado el más capaz de los jóvenes técnicos, murió en Colón —supuestamente
de «fiebre cerebral»— y fue sepultado a toda prisa en la Colina del Mono la
misma tarde de su muerte. El 28 de julio falleció Henri Bionne.
En París, el deceso de Bionne se atribuyó a «complicaciones en la zona de los
riñones». Pero en el Istmo se dio una versión muy diferente mientras los
franceses estuvieron allí. Bionne había llegado de Francia enviado por De
Lesseps para realizar una inspección personal, y varios ingenieros organizaron
en su honor una cena en el comedor de empleados del campamento de Gamboa. Fue
una noche de fiesta, al parecer. Bionne, el último en llegar, entró en el
comedor cuando ya todos estaban sentados y en el preciso momento en que una de
las invitadas, una noruega, vociferaba con gran alboroto que eran trece a la
mesa. «Puede estar segura, señora, de que en estos casos el último en llegar es
el que paga por todos», dijo Bionne alegremente. «Bebió por nuestro triunfo en
el Istmo —recordaba uno de los ingenieros—, y todos brindamos con él por su
buena suerte.» Dos semanas después, cuando acababa de embarcarse para regresar
a Francia, Henri Bionne murió de lo que el médico del barco diagnosticó como
una fiebre, sin decir que se trataba de la fiebre amarilla. Su cadáver fue
arrojado al mar.
«Lo cierto es que el clima […] como todos los climas cálidos, es peligroso para
los que no toman precauciones sobre sus efectos […] se descuidan y dejan de
observar los principios de la higiene», explicaba el Bulletin. La
fiebre amarilla no es frecuente en Panamá, aseguraba el periódico a sus
lectores, pero «desgraciadamente» algunos de los trabajadores han sido víctimas
del mal.
El vicecónsul británico en Panamá, el joven Claude Coventry Mallet, impulsado
por la curiosidad, decidió unirse a uno de los grupos de investigadores que se
hallaban en la parte alta del Chagres. La expedición estaba formada por
veintidós hombres. Al cabo de pocas semanas, todos los expedicionarios, con
excepción de Mallet y un ingeniero ruso llamado Dziembowski, estaban enfermos,
no se sabe si del mal conocido como «fiebre del Chagres» o de fiebre amarilla.
La expedición regresó precipitadamente, y de los veinte hombres que ingresaron
en el hospital, murieron diez. Mallet y Dziembowski volvieron a la Plaza de la
Catedral sin experimentar ningún malestar. Mallet, quien fue el que relató más
tarde lo sucedido, dijo que convinieron almorzar juntos al día siguiente y le
prestó a Dziembowski dinero para comprarse un traje nuevo. Pero este no acudió
a la cita y Mallet fue a las oficinas de la compañía del canal para informarse
de su paradero. Le dijeron que el ingeniero ruso había muerto de fiebre
amarilla a las tres de la madrugada y que había sido sepultado al amanecer con
su traje nuevo.
Hubo otras muertes antes de que pasara el verano; pero en octubre, hablando
ante un congreso de geografía en Viena, De Lesseps aseguraba que no había
epidemias en Panamá y que los pocos casos de fiebre amarilla que se registraron
habían sido «importados del extranjero».
Luego, en noviembre, a los pocos días de haber regresado de una exploración
particularmente agotadora en la parte superior del Chagres, murió Gaston
Blanchet, al parecer de malaria. La importancia de Henri Bionne en las
funciones realizadas en París había sido considerable y su muerte fue un duro
golpe personal para Ferdinand de Lesseps, pero Blanchet era el espíritu
impulsor de la empresa sobre el terreno y su pérdida se dejaría sentir por largo
tiempo.
No se sabe a ciencia cierta cuántas personas murieron aquel primer año. El
registro oficial de la compañía es de sesenta muertes. Tal vez la malaria, que
es una enfermedad completamente distinta de la fiebre amarilla, causó mayor
número de víctimas, entonces y después. Lo cierto es que en Panamá moría más
gente por la malaria que por la fiebre amarilla, aunque se creyera lo
contrario.
La malaria, la más común de las enfermedades tropicales, se consideraba una
enfermedad endémica en Panamá. Se presentaba de muchas formas y se le daban
varios nombres en el Istmo: calenturas, temblores, miasmas, paludismo,
escalofríos, fiebres, fiebre perniciosa, fiebre podrida, fiebres intermitentes
y, en su forma más virulenta, fiebre del Chagres. La historia nos dice que la
malaria fue un flagelo mortal para el mundo y que no estaba limitada a una zona
geográfica. Sin ir más lejos, durante el año anterior se había declarado una
epidemia bastante considerable de malaria en Nueva Inglaterra. Pero en lugares
como Panamá la malaria nunca quedó erradicada. Se solía afirmar que todos la
padecían de algún modo antes o después. Entre la población nativa, la malaria
se contraía en la infancia.
El ataque típico de la malaria comenzaba con fuertes escalofríos que causaban
un temblor incontrolable, acompañado por el castañeteo de los dientes. El
ataque solía durar quince minutos o a veces más. A menudo los temblores de los
pacientes de una sala de malaria eran tan violentos que parecía que la
habitación también temblaba y las camas se movían por el suelo.
Después de las sacudidas subía la temperatura y se sentía una sed abrasadora.
Cuando bajaba la fiebre, el enfermo se ponía a sudar copiosamente. Para los que
sobrevivían, la experiencia resultaba inolvidable. Cuando pasaba la fiebre, el
paciente se sentía extenuado física y mentalmente. Muchas veces se adueñaba de
él una depresión profunda y se producía ese estado de «melancolía» que tan bien
se conocía en Panamá.
Y el ataque podía repetirse. En realidad, se consideraba imposible recuperarse
por completo de la malaria mientras se permaneciera en el país donde se
contrajo. Pero, de igual modo, un paciente podía trasladarse a un clima
distante y seguro, y sufrir una recaída de malaria, pues la reincidencia es una
de las características de la enfermedad. Como ya señalamos, John Lloyd Stephens
contrajo la malaria en la primavera de 1852 y se restableció lo suficiente para
regresar a Nueva York; pero en el mes de octubre murió a causa de una recaída
de la misma enfermedad.
No existía inmunidad contra la malaria. Mas la fiebre amarilla era diferente.
Una persona tenía fiebre amarilla una sola vez. Podía morir o sobrevivir al
ataque. Si sobrevivía, ya nunca volvería a padecer la enfermedad. En cambio, la
malaria podía durar toda la vida, y si no mataba en el primer ataque, podía
matar en el segundo, en el tercero o en el cuarto.
En los trópicos, la malaria se consideraba un hecho inevitable de la vida, una
parte del paisaje. Por el contrario, la fiebre amarilla aparecía y desaparecía
en oleadas malignas, repentinas y misteriosas. En aquellos lugares donde la
enfermedad era más común —La Habana, Panamá, Veracruz—, atacaba particularmente
al forastero, al recién llegado, al residente temporal, mientras que no solía
afectar a los nativos. Donde quiera que aparecía, producía un pánico terrible
que paralizaba a la comunidad afectada. Era una cosa mucho más violenta y atroz
de ver, un modo horrible de morir.
La mortalidad entre los que contraían la enfermedad variaba muchísimo, puesto
que iba de un 12 o 15 por 100 hasta un 70 por 100. En términos generales, un
enfermo de fiebre amarilla en Panamá, en 1880, tenía menos de un 50 por 100 de
probabilidades de salvarse. Los primeros síntomas, igual que en los casos de
malaria, consistían en escalofríos, temblores, convulsiones, fiebre elevada y
una sed insaciable. Después se presentaban otros síntomas más serios, como las
jaquecas insoportables y agudos dolores en la espalda y en las piernas. El
paciente era presa de una inquietud desesperada. Luego, en uno o dos días,
desaparecían esos síntomas y todo el cuerpo del paciente se teñía de color
amarillo, sobre todo la cara y los ojos.
En las últimas etapas de la enfermedad, el paciente lanzaba bocanadas de sangre
muy oscura: el temible vómito negro de triste fama. Después sobrevenía la
muerte. La temperatura corporal descendía y se debilitaba el pulso. La carne se
enfriaba. Al tocarla se sentía «casi tan fría como la piedra y el paciente
continúa en ese estado, con la mente serena, tranquila». Al cabo de ocho o diez
horas, por regla general, el enfermo moría. Y era tan grande el miedo que la
enfermedad generaba, que sus víctimas eran enterradas con la mayor rapidez.
Las gentes de color, los negros y los indios eran menos susceptibles a contraer
la malaria que los blancos. Aunque se creía firmemente —y hasta algunas
publicaciones seudocientíficas lo aseguraban— que los negros eran inmunes a la
fiebre amarilla, no era así. Panamá, conocida como el «cementerio de los
hombres blancos», fue un territorio mortal para toda persona no inmune de
cualquier raza o color. Muchos negros que vivieron siempre en las islas o las
costas del Caribe gozaban de cierta inmunidad, resultado de ataques previos
leves de la enfermedad, sobre todo en la infancia. La investigación médica moderna
también indica que la enfermedad tropical común conocida como dengue o
rompehuesos puede inmunizar a quien la sufre contra la fiebre amarilla. Pero
ningún ser humano ha descubierto la inmunidad contra la malaria; tampoco existe
una «inmunidad natural» contra la fiebre amarilla, y aunque muchos negros
estaban inmunizados antes de llegar a Panamá, hay que tener en cuenta que en
los trabajos del canal había un número mucho mayor de negros que de blancos, de
modo que la cantidad de negros inmunizados tendría que ser siempre mayor que la
cantidad de blancos. Sin embargo, también los trabajadores negros morían, tanto
de malaria como de fiebre amarilla, y de una manera igual de terrible que los
blancos.
Durante siglos, la fiebre amarilla —fièvre jaune, yellow jack—, la
«plaga americana», mantuvo aterrorizados a los marineros de todo el mundo. Un
solo caso a bordo de un barco podía significar la muerte para toda la
tripulación. La leyenda de El holandés errante está tomada de
la historia de un buque condenado a recorrer para siempre los mares cuando se
presentó a bordo una epidemia de fiebre amarilla y en ningún puerto se le
permitió atracar. La epidemia de fiebre amarilla en Filadelfia de 1793 fue tan
feroz como un ataque de peste bubónica y acabó con la supremacía de la ciudad
entre las restantes de Norteamérica. En fecha más reciente, en 1878, más de
cinco mil personas murieron de fiebre amarilla en Menphis (Tennessee) y las
pérdidas materiales por el cierre de los comercios se elevaron a más de cien
millones de dólares.
La historia nos enseña que esta enfermedad ha desempeñado un papel crucial en
la América Central y el Caribe desde su aparición en la isla de Barbados en
1647, y, por ironías del destino, los franceses ya habían visto fracasar
desastrosamente otro de sus sueños en el Nuevo Mundo debido en buena parte a la
enfermedad. Napoleón, que tenía planes para crear un imperio propio en América,
había enviado una expedición de veinticinco mil hombres al mando de su cuñado,
el general Leclerc, en el año 1801; los expedicionarios debían desembarcar en
Haití para sofocar la insurrección de los negros, iniciada por Toussaint
L'Ouverture. Una vez cumplida esta misión, los franceses debían tomar la ciudad
de Nueva Orleans y ocupar toda Luisiana. Pero la fiebre amarilla atacó a las
veteranas tropas de Napoleón con una fuerza superior a la de cualquier ejército
enemigo; los soldados franceses murieron por millares, incluido su jefe, el
general Leclerc, y esa mortandad fue el factor que contribuyó de forma decisiva
al triunfo final de los patriotas negros. Haití logró la independencia y
Napoleón, profundamente desilusionado con su aventura americana, decidió vender
todo el territorio de Luisiana a Estados Unidos.
Todavía no se conocía ningún remedio o paliativo para la fiebre amarilla. La
profesión médica no podía hacer nada. Sin embargo, contra la malaria ya existía
la quinina, ese polvillo amargo e incoloro que se obtiene de la corteza del
árbol llamado chinchón, un paliativo que los indios de Perú conocían desde hacía
siglos. La quinina se distribuyó sin límites entre los franceses que se
hallaban en Panamá y todos la tomaban con regularidad en dosis preventivas, por
lo general en las comidas y mezclada con el vino para quitarle un poco de su
sabor desagradable. Nadie sabía por qué la quinina combatía la malaria, pero el
caso es que era eficaz. El único problema era que las dosis elevadas podían
producir vómitos, dolores de cabeza y, lo peor, un zumbido fuerte y constante
en los oídos que acababa por dejar sordo al paciente.
La palabra malaria proviene del italiano mal'aria, que quiere decir
'aire malo', y era creencia general que precisamente un aire malo, un «noxious
effluvium» —el gas venenoso de las marismas y pantanos—, era la causa de la
enfermedad. Su nombre francés, paludisme, es todavía más
específico, puesto que significa 'fiebre de los pantanos'. Esta teoría del
miasma, como se la llamaba, fue aceptada durante siglos sin que nadie la
discutiera, puesto que parecía enteramente lógica en vista de que la enfermedad
imperaba en las comarcas calientes de tierras bajas donde había una humedad
elevada y el crecimiento y la descomposición de la vegetación era
extremadamente rápido.
También se pensaba que la fiebre amarilla era una enfermedad que se contraía
por el aire contaminado por la suciedad: el alcantarillado, las aguas negras,
los cadáveres putrefactos y todos esos desperdicios humanos y animales que se
encontraban en las calles de Colón o de la ciudad de Panamá. Se suponía que la
mayor fuente de contaminación era el enfermo mismo, y el hecho de tocar sus
ropas, las sábanas de su cama, cualquier objeto que hubiera estado en contacto
con él, significaba una muerte segura; de ahí el gran temor que se le tenía al
cadáver de la víctima y la extraordinaria premura para enterrarlo.
Se pensaba que el aire nocturno era especialmente peligroso en cualquier lugar
infectado por algún tipo de fiebre. También se había observado que los vientos
afectaban la propagación del mal. Las gentes hablaban, por ejemplo, de los
vientos de fiebre amarilla. En la ciudad de Panamá se consideraban
especialmente peligrosos los vientos del sur, los que soplaban desde las
tierras bajas y cenagosas, cercanas al Viejo Panamá.
Había, sin embargo, otra teoría en una fecha tan temprana como era el año 1881.
El doctor Josiah Clark Nott era un médico general de la ciudad de Mobile
(Alabama) y, por una de esas coincidencias extraordinarias de la historia, fue
él quien atendió en 1854 a la señora Amelia Gayle Gorgas en el nacimiento de su
hijo William Crawford. En 1848, el doctor Nott había publicado un artículo en
el New Orleans Medical and Surgical Journal, en el que hacía la
fantástica afirmación de que la malaria y la fiebre amarilla eran transmitidas
sin duda por los insectos, y posiblemente por los mosquitos. La mención de los
mosquitos se hacía de pasada. Su argumento principal consistía en que la propagación
de esas enfermedades no se podía explicar por ninguna de las leyes que regían
los vapores o los gases. Pero, en 1854, Lewis Beauperthuy, un viajero
naturalista del Museo de París que por entonces se hallaba en Venezuela, llegó
a la conclusión de que la malaria y la fiebre amarilla «eran enfermedades
producidas por un fluido venenoso inyectado bajo la piel por los mosquitos, de
la misma manera que las serpientes inyectan su veneno». Decía que los pantanos
y las marismas propagaban las enfermedades, pero no por los vapores que
exhalaban, sino por los mosquitos que se criaban allí. En Washington, un doctor
llamado Albert Freeman Africanus King, profesor de obstetricia, había llegado a
la misma conclusión.
El doctor King era un personaje muy bien conocido. La noche en que asesinaron
al presidente Lincoln se hallaba en el teatro Ford y fue el primer médico que
atendió al mandatario moribundo. No presentó oficialmente su teoría sobre el
mosquito hasta 1882, y cuando sugirió un medio para erradicar la malaria de la
capital, mucha gente lo tomó como una broma. Era natural que así fuera, porque
lo que el doctor King proponía era circundar la ciudad con una tupida tela de
alambre, tan alta como el monumento a Washington. Sin embargo, mucho tiempo
antes de que los ingenieros franceses llegaran a Panamá, el doctor King ya
había conseguido reducir la propagación de la fiebre con una serie de medidas,
como la colocación de mosquiteras en las ventanas, el drenaje de los pantanos y
lagunas, y la destrucción de los insectos por medio de trampas especiales.
Hubo otros a los que les faltó muy poco para dar con la solución. Resulta
sorprendente que, sepultadas entre los informes sobre la Expedición a Nicaragua
de 1872-1873 y la Expedición a Panamá de 1875, se encontraran dos pequeñas
anotaciones de John Bransford, un médico naval que acompañó a los
expedicionarios. El médico había observado que las redes protectoras que la
Marina proporcionaba a sus hombres para librarlos de las picaduras de los
mosquitos habían conseguido protegerlos también contra las fiebres y los
miasmas de toda clase «al filtrar el aire y eliminar los gérmenes y la
humedad».
En 1880, el mismo año en que De Lesseps creó su Compagnie Universelle, un
médico francés que prestaba sus servicios en el hospital militar de Argel, el
doctor Alphonse Laveran, descubrió la presencia de unos microorganismos en
forma de media luna en una muestra de sangre que se había tomado de un enfermo
de malaria. Eran infinitamente pequeños y solo se podían ver a través de un
microscopio muy potente, pero el doctor Laveran estaba seguro de que se trataba
de organismos vivos, y además creía que eran la causa de la malaria. El médico
francés describió sus descubrimientos en una carta dirigida a la Academie de
Médicine de París y también publicó una breve monografía.
Pero las afirmaciones del doctor Laveran no fueron aceptadas, así como tampoco
las teorías de los doctores Nott y King. La teoría de los miasmas estaba
arraigada en la mente de la gente desde varias generaciones. Por añadidura,
acababa de aparecer una nueva hipótesis que parecía confirmar esa teoría con
hechos científicos. Dos médicos que trabajaban en Roma, un alemán llamado Klebs
y el italiano Tommasi-Crudeii, habían conseguido aislar una bacteria encontrada
en una muestra del suelo de una región infestada de malaria, y esa bacteria,
inyectada en un conejo, produjo en el animal un trastorno semejante al de la
malaria. Los descubrimientos extraordinarios de Pasteur y Koch habían instruido
a todos los investigadores sobre el papel de las bacterias, ese otro mundo
desconocido que se iba descubriendo bajo el microscopio; por lo tanto, se
admitió de inmediato que una bacteria, la Bacillus malariae, era la
causante de la enfermedad que tanto se había buscado.
(Por entonces, Ronald Ross tenía veintipocos años y acababa de alistarse en el
Servicio Médico Indio, después de haber pasado a duras penas el examen de
admisión. Era un estudiante mediocre que se dedicó a la medicina porque su
padre se lo exigía, pero mucho más interesado por la música y la poesía.)
Pero en 1881, el año en que el infortunado Gaston Blanchet comenzaba a abrir su
camino por el istmo de Panamá, un médico de La Habana volvió a proclamar la
teoría del mosquito con mayor convicción que nunca.
El doctor Carlos Juan Finlay era hijo de padre escocés y madre francesa. Se
educó primero en Francia y luego en el Jefferson Medical College de Filadelfia,
y después de ejercer su profesión en La Habana durante más de veinte años había
llegado a la conclusión de que la fiebre amarilla no solo era transmitida por
el mosquito, sino por uno específico, un ejemplar autóctono de color plateado
que, a diferencia de los demás, apenas hacía ruido, el Stegomyia
fasciata (que después se denominó Aedes aegyptii). Entre
unas ochocientas variedades conocidas de mosquitos, el doctor Finlay había
escogido a este como portador de la enfermedad.
Finlay era un hombre de apariencia poco agraciada y nariz aguileña que miraba
el mundo a través de sus gafas de montura de oro y balbuceaba al hablar como
resultado de la enfermedad del baile de San Vito que había padecido en su
infancia. Era lingüista, historiador aficionado y un trabajador infatigable. Estaba
convencido de la certeza de su teoría, pero no había podido ofrecer una prueba
concreta —no era muy brillante en la investigación— y sus colegas de La Habana
no lo apoyaban. Hizo que innumerables mosquitos que habían picado a enfermos de
fiebre amarilla lo hicieran después a otras personas sanas, pero no consiguió
ningún resultado. De ese modo, su propio trabajo parecía desacreditar su
teoría.
Al igual que Nott, Beauperthuy y King, el doctor Finlay estaba en lo cierto
sobre los mosquitos y había señalado con asombrosa exactitud la variedad
precisa. Más adelante, Gorgas habría de calificar los trabajos de Finlay como
un ejemplo magnífico de clarividencia médica y una «hermosísima manifestación
de la imaginación científica». Sin embargo, en aquel momento no se le dio
ninguna importancia. Sus investigaciones fueron ignoradas por completo. En el
hospital de Ancón, el doctor Girard, cirujano jefe de la compañía del canal y
«profundo microscopista», estableció un sistema de experimentos mediante el
cual examinaba la sangre de los trabajadores cuando llegaban y luego, más o
menos transcurrido un mes, volvía a tomar una muestra de sangre de los mismos
trabajadores. De forma invariable, en esta segunda muestra de sangre descubría
los supuestos bacilos de la malaria.
Y mientras tanto, en los hermosos jardines que rodeaban el hospital, miles de
platos de barro en forma de anillo, llenos de agua para proteger a las plantas
y las flores de las hormigas, proporcionaban el lugar perfecto para la cría de
los mosquitos. Incluso en las salas de los enfermos las patas de las camas se
colocaban dentro de cazuelas de barro poco profundas con agua para impedir que
se subieran las hormigas, y no había mosquiteras en ninguna de las puertas o
ventanas. Además, los pacientes eran acomodados en salas de acuerdo con su
nacionalidad y no la enfermedad que padecían, de modo que cada una de las salas
tenía casos de malaria y de fiebre amarilla. Según escribió más tarde el doctor
Gorgas, si los franceses hubieran tenido la intención deliberada de propagar la
malaria y la fiebre amarilla, no habrían podido crear condiciones más propicias
para ello.
Pero si la malaria y la fiebre amarilla venían de aire, si la plaga iba y venía
con los vientos, si las charcas y lagunas pantanosas a lo largo de las vías del
tren y las callejuelas apestosas de Colón y Panamá eran las fuentes de los
mortales aires nocturnos, también era «bien sabido» que no todos corrían el
mismo peligro. Las fiebres atacaban de acuerdo con un modelo bastante definido.
Algunas personas tenían más probabilidades de sobrevivir que otras, como lo
atestiguaban muchísimos ejemplos. Dicho llanamente, las posibilidades de
sobrevivir estaba en proporción directa con la fortaleza moral. Una vida limpia
e intachable en los trópicos era una larga vida. La confianza, el valor, la fe
en el propio destino, el «desprecio al peligro», como diría Philippe
Bunau-Varilla, también importaban mucho. El libertinaje, los pecados de la
carne, la cobardía moral o física eran un camino seguro hacia la ruina.
Sin duda, había algunos que sostenían que una dosis de whisky o ron era tan
buen paliativo como la quinina. (El aguardiente con semillas de mostaza era «un
brebaje infalible» y muy popular contra la fiebre amarilla.) Pero pocos
veteranos del Istmo aceptaban dichas teorías. «Numerosos extranjeros fueron
víctimas del miedo más que de la fiebre —escribió Tracy Robinson—, mientras que
muchos otros labraron su propia destrucción con la bebida […] que de forma
directa o indirecta ha matado a mucha más gente que toda la lista de
enfermedades juntas.» (Robinson había llegado a esta conclusión, según dijo,
después de haber intentado tanto la abstinencia como «la indulgencia
moderada».) El doctor Nelson era de la «firme opinión de que las personas más
capacitadas para resistir esos climas y las que mejor combaten contra las
enfermedades son las totalmente abstemias».
Al igual que muchos de los estadounidenses que se hallaban en el Istmo,
Robinson y Nelson miraban con desagrado la forma de comportarse de los franceses
en sus horas libres. Nelson, debido a los sufrimientos y las muertes que su
profesión le obligaba a presenciar, desarrollaría un odio implacable hacia
Ferdinand de Lesseps, a quien llamaba «el Gran Sepulturero». Pero muchos
ingenieros franceses tenían opiniones igual de puritanas y casi todos se
sentían conmovidos cuando la muerte de alguno cuya conducta consideraban
intachable parecía burlarse de dichas opiniones. «No hay duda de que su
carácter moral estaba por encima de cualquier reproche», escribió un ingeniero
francés, desconcertado por la muerte de otro ingeniero muy respetable, víctima
de la fiebre amarilla, durante el primer año.
En Estados Unidos sobre todo, se atribuía la nutrida lista de bajas entre los
franceses a su decadencia moral. Por ejemplo, uno de los contratistas del
ferrocarril declaró ante una comisión del Congreso que, con gran escándalo por
su parte, había visto en Colón montones de botellas de vino y de licor ya
vacías, verdaderas montañas tan altas como un edificio de dos pisos. Joseph
Bucklin Bishop, un escrupuloso periodista neoyorquino que iba a pasar diez años
en Panamá, escribió que los años de los franceses constituyeron una «época de
auténticas orgías y bacanales desenfrenadas». Colón era «un verdadero sumidero
de iniquidades […]. En particular, el champán, que costaba tan poco, corría por
todas partes como el agua y […] las consecuencias eran tan inevitables como
deplorables». Bishop sería más tarde autor de la biografía oficial de Theodore
Roosevelt y sus opiniones sobre los franceses en Panamá, expuestas en uno de
sus primeros libros más populares, produjeron un efecto muy amplio y duradero.
Roosevelt trabajando en su estudio de Sagamore Hill. (Colección de Theodore
Roosevelt, Harvard)
Las frases que con más frecuencia se citaban para denigrar a los
franceses pertenecían a James Anthony Froude, el famoso historiador y biógrafo
inglés del momento, y fue él quien declaró que «quizá no se encuentre en todo
el mundo un lugar donde se concentre tanto pillaje, tanta vileza, tanta
enfermedad inmunda, tan extenso estercolero de abominaciones físicas y morales
como en el escenario de esa famosísima y muy comentada empresa de la ingeniería
del siglo XIX». Según Froude, el lugar estaba contaminado por «tahúres y damas
dudosas». «Todo lo más horrible y más detestable que la imaginación pueda
forjar parece haberse reunido en ese sitio.» Sin embargo, Fraude hablaba
únicamente de lo que le habían contado durante una visita a Jamaica. Le habían
instado para que fuera también a Panamá y viera las cosas con sus propios ojos,
pero afirmó que «mi curiosidad era menos fuerte que mi disgusto».
A pesar del fariseísmo subyacente en esas descripciones chocantes,
probablemente estaban justificadas. No tenemos relatos de testigos oculares que
narren lo que pasaba; no se han encontrado diarios particulares de los
jugadores profesionales o confesiones de las «damas dudosas». Pero es fácil
imaginar el ambiente que imperaba. Tracy Robinson, que sin duda vio lo
suficiente sobre la vida que se llevaba en el Istmo durante sus años de
estancia, quedó aterrado por el espectáculo. «El vicio florecía por todas
partes —escribió—. Los juegos de azar de toda clase, así como las otras
manifestaciones de la maldad, eran cosa común día y noche.» Varios ejemplares
del Star & Herald abundan en noticias sobre riñas en las
cantinas y tumultos callejeros. Solo en el primer año hubo media docena de
asesinatos entre los trabajadores del canal. En Gatún, por ejemplo, la noche
del 25 de mayo de 1881, un empleado holandés se volvió loco y mató a puñaladas
a dos compañeros mientras dormían; después desapareció en la selva.
En lo que se refiere al consumo de vino, no hay ninguna duda: era enorme y por
motivos comprensibles. Los franceses estaban acostumbrados a beber vino en las
comidas, y además era un riesgo menor beber el vino que el agua contaminada de
aquellos lugares, como admitió incluso Joseph Bucklin Bishop. Los montones de
botellas eran tan altos como casas. El asqueroso callejón de detrás de la calle
del Frente estaba pavimentado con botellas de vino vueltas del revés y se hizo
famoso con el nombre de «Callejón de las Botellas». Casi medio siglo después,
los albañiles y los arqueólogos seguían encontrando botellas de vino francés.
Los juegos de azar estaban extendidos y la prostitución parece haber florecido
desde el principio. Las industrias más prósperas eran las casas de juego, los
burdeles y la fabricación de ataúdes. La llegada de un nuevo cargamento de
«mujeres galantes» era anunciada mediante un telegrama en clave que se
transmitía a lo largo de la línea del ferrocarril y que decía: «langoustes
arrivées» (llegaron langostas). Esas mujeres, al igual que la mano de obra
y los técnicos, procedían de todas las partes del mundo. Si hubo una
característica clara en los llamados «años de los franceses» que se
malinterpretaría en las épocas posteriores, fue esa cualidad cosmopolita de la
sociedad en todos los niveles.
A finales de 1881 ya había más de dos mil hombres trabajando en Panamá,
incluido el personal técnico y los empleados de oficina. Se había descartado
cualquier posibilidad de contratar trabajadores del lugar. Algunos de los
obreros eran de Colombia y otros de Venezuela y Cuba. Pero la gran mayoría eran
negros de lengua inglesa procedentes de las Indias Occidentales, principalmente
de Jamaica. Después llegarían unos quinientos negros estadounidenses de Nueva
Orleans y otros puertos de Estados Unidos. Así pues, entre los obreros la
lengua hablada era el inglés, no el francés.
Asimismo, participaron más blancos estadounidenses de los reconocidos en
Estados Unidos. Muchos técnicos blancos llegaron con la maquinaria y el
material adquiridos en Estados Unidos. Casi todos los mecánicos eran
estadounidenses. Los contratistas de esta nacionalidad llegaron con su propio
personal, así como todos los que gestionaban el ferrocarril: ingenieros,
conductores, jefes de estación y telegrafistas.
También había ingenieros alemanes, suizos, rusos e italianos; y contratistas
holandeses e ingleses. El campamento de Gamboa contaba con un cocinero belga.
Mirando hacia atrás, Tracy Robinson no podía recordar ningún país que no
estuviera representado.
IV
La excavación de La Grande Tranchée (la gran
zanja) comenzó en Emperador el viernes 20 de enero de 1882, con mucho champán y
dinamita. A partir de entonces se avanzó de Emperador hacia delante con palas
mecánicas movidas con vapor y con picos y palas —sobre todo con picos y palas—,
y se logró un avance inesperado porque el suelo era inusualmente blando. Era de
nuevo la estación seca.
En febrero, la compañía francesa Couvreux y Hersent accedió a subcontratar el
dragado del extremo atlántico del canal a una empresa estadounidense, Huerne,
Slaven & Company, y poco después, en el mes de noviembre, otra empresa de
Estados Unidos, la Franco-American Trading Company, recibió el contrato para
comenzar por el extremo del Pacífico. Además, aparecieron otros pequeños
subcontratistas, varios de ellos estadounidenses, y comenzaron a trabajar. Las
excavaciones progresaban en La Culebra, el Cerro del Mono, Gorgona y el
Paraíso. En Colón se construyó una gigantesca plataforma que se adentraba en
las aguas de la bahía con la tierra transportada desde el Cerro del Mono. Se
terminaron los hospitales y llegó el primer coche de bomberos.
Pero fue un año marcado por una serie de tropiezos repetidos e inesperados, que
comenzó con la renuncia repentina de Armand Réclus y terminó con la retirada
total de Couvreux y Hersent del Istmo y de toda responsabilidad en el proyecto.
Entre ambos sucesos, la mortandad aumentó de manera alarmante y hubo un
terremoto en el Istmo.
Jamás se dieron explicaciones sobre la renuncia de Réclus. La suposición más
lógica es que había llegado al extremo de su resistencia para hacer frente a lo
que él mismo describió como «el desorden de los detalles». Sea como fuere,
Réclus regresó a París para hacer de asesor de De Lesseps una vez que había
terminado su utilidad real. Mientras se encontraba a alguien apropiado para
sustituirlo, Louis Verbrugghe, abogado y no ingeniero, se convirtió en la
máxima autoridad en las obras. Cuando por fin llegó el sustituto, el comodoro
Richier, no resultó más capaz de dominar «el desorden de los detalles» que
Réclus y al poco tiempo también dejó el puesto.
El problema peor y más urgente para cualquiera que estuviese al mando era el
volumen y la diversidad del equipo empleado. Su despliegue era impresionante y
muy confuso: treinta y tantas palas mecánicas, tres mil vagones abiertos y
vagonetas basculantes, cincuenta locomotoras, lanchas de vapor, remolcadores,
lanchones de carbón, dragas, cientos de taladros, bombas, unos 130 kilómetros
de raíles de ferrocarril y muchísimas cosas más. Casi todas las grandes
máquinas llegaban por partes que tenían que ensamblarse en Colón. En su mayoría
eran también lo mejor que se podía adquirir por entonces. Pero más adelante se
puso de moda entre los políticos y los escritores estadounidenses ridiculizar
la maquinaria fabricada en Europa y diversos artículos que encargaron los
ingenieros franceses para su imperio tropical, incluidas «diez mil palas para
la nieve» en una tierra «donde jamás ha nevado».
Los problemas que planteaba el equipo no se debían a su calidad, sino a su
diversidad desconcertante. Las vías férreas que había tendido la compañía
Couvreux y Hersent eran de distinto ancho que las del ferrocarril de Panamá.
Los vagones hechos en Francia tenían diferentes tamaños y anchos de vías. Las
locomotoras belgas y francesas estaban construidas con la precisión de un reloj
y contaban con calderas de cobre, pero la distancia entre los ejes de sus
ruedas era tan rígida que requerían que la vía estuviera tendida con la mayor
precisión, pues de lo contrario, como señaló un estadounidense, «se salían y
avanzaban fuera de ellas».
En realidad, la «maquinaria» francesa era una especie de Arca de Noé de la
mecánica en la que estaban representadas todas las especies imaginables.
Parecía casi imposible lograr que todo funcionara bien de acuerdo con algún
sistema de organización. Y aunque en unos cuantos casos algunas herramientas y
máquinas resultaron de poca o ninguna utilidad en los trópicos, no había habido
modo de saberlo por adelantado. Nunca se enviaron a Panamá diez mil palas para
quitar nieve, como se dijo después, sino mil palas muy semejantes a las de
nieve, pero que se habían diseñado específicamente para extraer las cenizas de
las calderas de las palas mecánicas de vapor, uso para el que resultaban muy
apropiadas.
* * * *
La primera sacudida del terremoto se produjo a las tres y media
de la madrugada del 7 de septiembre, y a pesar de que no duró más que una
fracción de minuto, fue el más prolongado e intenso de los ocurridos en el
Istmo. En la ciudad de Panamá, una de las dos torres de la catedral se derrumbó
sobre el techo del templo cerca de la entrada principal, mientras una gran
parte de la fachada caía sobre la plaza. El edificio del Cabildo (Ayuntamiento)
se derrumbó también en parte y los muros del Gran Hotel quedaron tan agrietados
que se temió que el edificio se viniera abajo si se producía otra sacudida.
Wolfred Nelson, que vivía en una casa contigua al hotel, declaró que en los
primeros momentos no pudo ver nada. Había saltado de la cama para salir
corriendo a la plaza. «Allí se hallaba apiñada toda la gente que […] buscaba
algún lugar abierto, alejado de las casas que podían derrumbarse. La luna, en
su cuarto menguante, nos daba un poco de luz. Todo era confusión y sombras que
iban y venían, y el rumor de las voces excitadas. Había gente de todas clases,
negros y blancos, algunas vestidas, otras medio desnudas, y muchas de ellas
habían traído sus sillas.» Una anciana que estaba al servicio de una familia
distinguida de la ciudad fue encontrada muerta sobre una silla en mitad de la
plaza, víctima de un ataque al corazón.
Los daños causados por el temblor en las vías del ferrocarril fueron enormes.
En algunas partes, el terraplén de las vías se hundió hasta más de tres metros
y los raíles quedaron rotos o torcidos. En Colón se abrió una grieta de casi
medio metro de ancho, que comenzaba en el depósito de carga y se extendía más
de treinta metros a lo largo de la calle del Frente.
Al día siguiente, antes de que saliera el sol, hubo otra violenta sacudida, y
esta vez el pánico fue mayor. En total, murieron cinco personas, contando a la
anciana de la silla. Se tardó una semana para que el tren pudiera volver a
funcionar. Las comunicaciones por cable con Jamaica (y Estados Unidos) no se
reanudaron hasta que hubo transcurrido un mes.
Sin embargo, lo que más preocupaba a los responsables franceses era el daño
psicológico que podían producir las noticias del terremoto entre los inversores
de Francia, puesto que se suponía que Panamá estaba a salvo de esas
convulsiones naturales. Pero cuando las noticias llegaron a París, De Lesseps
se limitó a prometer que no habría más terremotos. Ante dicha actitud, cabría
preguntarse si su propaganda engañosa no había acabado por engañarlo también a
él.
Se había avanzado más en Panamá en los dos años iniciales que en Suez durante
los seis primeros, explicó a los accionistas. ¿Quién se atrevería a refutar esa
afirmación? Los que observaban de cerca el aspecto financiero de la compañía
pudieron ver que las acciones de los fundadores subieron de 50.000 a 75.000
francos en el mercado. La prensa seguía mostrándose entusiasta. El público
tenía una confianza absoluta en que todo marchaba bien. La primera emisión de
bonos para comprar el ferrocarril de Panamá se suscribió de inmediato. Además,
la confianza en De Lesseps no se limitaba a los franceses. «Con los 30 millones
de dólares que ha invertido ya en el canal —informaba el Tribune de
Nueva York— y con la lluvia de peticiones de acciones que le llega desde todos
los rincones de Francia […] el señor De Lesseps ya cuenta con los recursos
necesarios para una empresa tan vasta como la suya. Puede conseguir el dinero,
pues sin duda cuenta con el rasgo genial que le permite superar las
dificultades de ingeniería que se le han presentado. Ya es tiempo de que los
ingleses y los estadounidenses acepten la situación.»
A finales del año, cuando se anunció repentinamente que la poderosa empresa
Couvreux y Hersent se retiraba del Istmo, dejando toda la responsabilidad en
manos de De Lesseps, este se mantuvo imperturbable sin perder su liderazgo. La
noticia podía haber asestado un golpe mortal a cualquier otra empresa, pero De
Lesseps conservó frente al público la compostura y la serenidad.
Según su contrato, la compañía Couvreux y Hersent tenía el derecho legal a retirarse.
El contrato se había redactado en un ambiente de absoluta confianza mutua; por
ejemplo, en él se designaba a De Lesseps entre las personas que podrían mediar
ante cualquier malentendido que surgiera, y ahora la despedida se realizó con
una ecuanimidad comparable. Los socios Couvreux y Hersent declararon que su
honorabilidad les obligaba a afirmar que la excavación se efectuaría con mayor
eficacia sin su participación. Dijeron que el canal avanzaría con mayor rapidez
y menores gastos si se distribuía el trabajo entre varios contratistas menores,
especializándose cada uno en una tarea particular, organización que ya se había
puesto en práctica parcialmente y mostraba resultados excelentes. De allí en
adelante, la compañía del canal se limitaría a supervisar las obras.
De Lesseps estuvo de acuerdo con todo; no se renovó el contrato, y Couvreux y
Hersent quedaron libres de toda responsabilidad.
Sin embargo, las verdaderas razones de la ruptura parecen haber sido otras muy
distintas, según se reveló en las investigaciones posteriores llevadas a cabo
por la Cámara de Diputados. La muerte de un hombre tan resuelto como Gaston
Blanchet fue un golpe descorazonador para Couvreux, Hersent et Compagnie. En la
empresa no quedaba nadie con una capacidad comparable que estuviera dispuesto a
desplazarse a Panamá para ocupar su lugar. Pero mucho más importante fue darse
cuenta, tras dos años de trabajo, de que el canal no se construiría en el
tiempo estipulado ni por el coste previsto por el grandilocuente Grand
Français, cuyas encendidas declaraciones procedían la mitad de las veces de
las cifras y los pronósticos suministrados por Couvreux y Hersent.
Podían, por supuesto, haber hecho público su desencanto, pero prefirieron
ocultarlo porque, como explicaron más tarde, sentían un gran respeto por
Ferdinand de Lesseps y no querían agregar más peso a su carga. «La verdad es
—expone el informe emitido después por la comisión de diputados— que durante el
período de pruebas Couvreux y Hersent pudieron hacerse una buena idea de las
dificultades de la empresa, pero no deseaban socavar el crédito de la compañía
[del canal] admitiendo francamente el motivo que les había llevado a
retirarse.»
La situación era verdaderamente grave para la Compagnie Universelle, y resulta
difícil imaginar que alguien en la posición de De Lesseps no hubiera partido de
inmediato a Panamá para determinar a ciencia cierta lo que debía hacerse. Sin
embargo, De Lesseps se consideraba el principal activo de la compañía —el único
activo— y creía firmemente, como los intereses financieros implicados, que su
presencia al timón en París era indispensable. Las apariencias, como siempre,
eran de gran importancia. No debía haber ningún signo de alarma, nada que
sugiriera que la renuncia de los contratistas había sido perjudicial o
reveladora de un fallo más profundo y fundamental, o de ninguna otra cosa que
no fuera una reorganización administrativa perfectamente natural.
Además, en aquellos momentos tenía que resolver otros asuntos. Las tropas
británicas habían ocupado la ciudad de Alejandría con el pretexto de proteger
el gobierno del jedive, y De Lesseps acudió allí a toda prisa en un vano
esfuerzo para impedir que los ingleses tomaran también la zona del canal de
Suez. Después viajó a Londres con el propósito de gestionar con más éxito un
acuerdo que protegiera las operaciones de Suez; pero tuvo que volver
apresuradamente a su casa de la Avenue Montaigne para estar presente en el
nacimiento de su décimo hijo.
Veinte años atrás, con «el celo de su autoridad personal», De Lesseps se había
interesado directamente por todo cuanto ocurría en Suez. Ahora, cada vez con
mayor frecuencia, era Charles quien tomaba la iniciativa y se ocupaba de las
múltiples decisiones pequeñas que se le presentaban a diario; Charles, que nunca
había puesto un pie en Panamá. «Gracias a tu buen juicio, arreglarás las cosas
tal como debe ser —decía De Lesseps en una de sus notas a su hijo—; todo lo que
hagas tendrá mi aprobación.»
Así pues, fue Charles, y no su padre, quien partió rumbo a Panamá tras la
deserción de Couvreux y Hersent; Charles y un nuevo ingeniero jefe, el
primer Directeur Général.
Capítulo 6
Soldados bajo el fuego
«Caballeros, somos soldados bajo el fuego; saludemos al camarada
que ha caído en la batalla, pero no pensemos más que en la lucha de mañana y en
la victoria.»
PHILIPPE BUNAU-VARILLA
I
Jules Isidore Dingler —que se pronuncia Danglé en francés— no
era lo que se dice un tipo impresionante. Rondaba los cuarenta y cinco años,
era calvo y de corta estatura. Era estrecho de hombros, tenía la cara redonda y
blanda, ojos azules de mirada amable y un bigote caído color caoba. Podía haber
sido un empleado de banca o un comerciante de vinos provinciano. Su apariencia
no sugería resolución ni iniciativa, pero era engañosa.
En sus días de estudiante en la Polytechnique había sido una estrella rutilante
y terminó casi a la cabeza de su promoción, pasando a la École de Ponts et
Chaussées. Como ingeniero del Estado, ascendió con rapidez hasta convertirse
en chef des Ponts et Chaussées, y era un buen profesional,
acostumbrado a las múltiples exigencias de las obras públicas a gran escala. A
Charles de Lesseps y a su padre les pareció un hombre con las mejores
cualidades para confiarle la tarea de Panamá; además, a diferencia de los otros
tres o cuatro a quienes se habían acercado para ofrecerles el puesto, solo él
se había mostrado dispuesto a aceptarlo. Respecto a esta decisión de Jules
Isidore, es necesario advertir que estaba casado con una mujer muy ambiciosa y
que fue ella la que tomó la decisión.
Durante los dos años siguientes, desde principios de 1883 hasta el verano de
1885, habría de dirigir el esfuerzo de ingeniería más formidable y ambicioso
que el mundo había visto hasta entonces. Sus decisiones no fueron siempre las
mejores. Antes de salir de Francia, por ejemplo, hizo una declaración
desatinada al asegurar que, una vez en el Istmo, daría pruebas de que
«únicamente los borrachos y los libertinos mueren allí de fiebre amarilla». A
pesar de esto, tendría que pasar mucho tiempo antes de que se enviara un jefe
de ingenieros más eficaz a Panamá —no hubo otro hasta que Theodore Roosevelt
mandó a John Stevens, en 1905—, y Jules Isidore Dingler iba a pagar un precio
terrible por su dedicación al trabajo.
John Stevens. (Archivos Nacionales)
No obstante, las crónicas posteriores sobre el canal apenas se
ocupan de Dingler. De forma injusta, en muchas de ellas el recuerdo del
ingeniero se limita a la gran mansión que se hizo construir en la colina de
Ancón, conocida como «la folie Dingler» (la locura de Dingler).
Charles y el director general Dingler llegaron al Istmo el 1 de marzo de 1883 y
fueron agasajados con la consabida ronda de banquetes y discursos. La obra
entraba en su «segunda gran etapa»; había comenzado el período de construcción.
Saltaron corchos del champán, y Charles, con palabras que parecían dictadas por
su padre, prometió grandes progresos en todos los frentes. El propio Ferdinand
de Lesseps, declaró su hijo, vendría al Istmo para inspeccionar las obras, y un
centenar de sillas se corrieron en el comedor del Gran Hotel cuando todos se
levantaron para brindar a la salud de Le Grand Français, que se
hallaba en París, a unos siete mil kilómetros de distancia.
Charles se quedó un mes. Dingler se puso a trabajar de inmediato en las oficinas
del segundo piso del hotel, que ya tenía reparados los daños causados por el
terremoto. Comenzó por restaurar el orden y la confianza, deteriorados desde la
renuncia de Couvreux y Hersent. El papeleo era un verdadero caos. Hasta
entonces, observaba un escritor francés, la empresa había estado en manos de
apasionados pioneros y contadores mediocres. Dingler era un organizador. Se
imponía la necesidad de deslindar las responsabilidades; la carga del trabajo
tenía que quedar bien distribuida. Así pues, de entrada, varios individuos que
se habían acostumbrado a la relativa facilidad y comodidad de la oficina
central fueron reasignados de forma arbitraria a uno de los campamentos de la
selva. Se propaló la voz de que el nuevo jefe no tenía reparos en pisotear a
los demás, y a la primera oportunidad varios de los que se sintieron más
ofendidos se vengaron difundiendo rumores sobre las comodidades regias de las
que disfrutaba Dingler a expensas de la compañía.
Dingler no se conformaba con mostrarse despectivo hacia los holgazanes e
incompetentes, sino que los calificaba de cobardes, ingratos, indignos de ser
considerados verdaderos franceses. «Prosigue la purga —le informó a Charles
casi un año después de su llegada—. Puedo imaginar perfectamente que en París
estarás oyendo los ecos de las quejas de las víctimas [… pero] yo nunca [actúo]
si no estoy seguro de los hechos.» Más tarde, en otra carta a Charles, le
decía: «Se les metió en la cabeza que yo había venido al Istmo solo para
martirizarlos. Hoy deben de haber comprendido que no odio más que a los
holgazanes y los traidores».
Después de inspeccionar toda la línea, examinar las investigaciones terminadas
y los informes sobre los sondeos, preparó un plan maestro para el canal, el
primero que se había realizado desde que se iniciaron los trabajos y el único
que hicieron los franceses.
Al igual que en las investigaciones, los informes y los mapas, en el plan se
utilizó el sistema métrico decimal. La línea de Colón a Panamá tenía una
longitud de 74 kilómetros, incluido un canal de aguas profundas en la bahía de
Panamá, que terminaba cerca de la isla de Naos. La anchura del fondo del canal
era de veintidós metros; su profundidad, de nueve metros.
Para contener al Chagres se iba a hacer una formidable represa de tierra, una
de las mayores construidas hasta entonces, posiblemente de unos cuarenta y ocho
metros de altura, que se extendería por el valle fluvial en Gamboa, varios
kilómetros más arriba del puente de Barbacoas. El río es el centro del
problema, escribió Dingler; era «el gran desconocido». Pero no por eso dudaba
del éxito final: «solo será necesario cuadruplicar nuestros esfuerzos, lo cual
es absolutamente posible». Las mareas altas del Pacífico se podían dominar por
medio de una esclusa de mareas que mantendría un nivel de agua constante en el
canal, desde Colón hasta Panamá.
Entre los cambios que hizo Dingler en su plan había uno muy importante: reducir
la pendiente del corte. Declaró que el declive gradual de las paredes del canal
debería ser mucho mayor de lo previsto, y este cambio era de enormes
consecuencias, puesto que aumentaba el llamado «cubo» de la excavación total en
un 60 por 100.
De acuerdo con sus cálculos, la cantidad de tierra y piedras que iban a sacarse
era de 120 millones de metros cúbicos. Esta cifra representaba 45 millones de
metros cúbicos más que la calculada por la Comisión Técnica y 74 millones de
metros cúbicos más de lo que se había previsto en París en 1879. En realidad,
la diferencia entre la cantidad calculada por Dingler y la que se había
determinado al principio en París equivalía al total de la excavación requerida
para todo el canal de Suez. Sin embargo, cuando Dingler regresó a París a
comienzos del otoño de 1883 para revisar el plan con De Lesseps y la junta
asesora, todo fue aprobado sin discusiones. Pese a una nueva valoración tan
radical de la tarea, De Lesseps no propuso ninguna modificación en la fecha de
terminación ni sobre el coste previsto. Lo que sí afirmó fue que todo marchaba
perfectamente, tal como se había proyectado.
Solo en el mes de marzo, Dingler firmó diecisiete nuevos contratos para hacer
excavaciones. Se efectuaron pedidos de equipo a Bélgica, Francia y Estados
Unidos. El número de palas mecánicas de vapor, locomotoras y vagones de
plataforma que iban a utilizarse se iba a duplicar con creces e incluso
triplicar en menos de dos años. Se construyeron nuevos almacenes, talleres,
patios de máquinas, depósitos de carbón y más de quinientos metros de muelles.
Dingler gastaba el dinero a manos llenas. En el mes de septiembre de 1883, la
mano de obra ya había aumentado a diez mil hombres. A finales de ese mismo año
había trece mil hombres en nómina. En la bahía de Colón se apiñaban los barcos
y muchos de ellos tenían que esperar semanas enteras hasta que les llegara el
turno de descargarlos.
Antes de darse por vencido, Dingler utilizó a cerca de treinta contratistas,
pero el espectáculo más impresionante lo realizó la Huerne & Slaven
Company, más tarde conocida como American Contracting and Dredging Company. Su
relación con el canal era anterior a la llegada de Dingler, pero fue en abril
de 1883, más o menos cuando este trataba de tomar las riendas, cuando hicieron
su aparición las monstruosas dragas Slaven.
Prosper Huerne, uno de los socios, era un arquitecto de San Francisco que había
sido contratado para construir algunos de los campamentos franceses en Panamá y
para supervisar las reparaciones del Gran Hotel. Slaven era la figura impulsora
de la sociedad, una muestra fascinante del tipo de individuos a los que podía
atraer una empresa semejante. En realidad, había dos Slaven, Moses y su hermano
H. B. (Henry Bartholomew). Eran canadienses establecidos en San Francisco,
donde H. B. tenía una farmacia y Moses se dice que era «ingeniero mecánico», lo
cual podía significar un sinfín de oficios. Pero H. B., el farmacéutico, era el
que mandaba, y fue él quien llevó adelante su empresa en Panamá, reuniendo una
fortuna tras la muerte de Moses.
Ninguno de los dos Slaven ni Prosper Huerne tenían el más mínimo conocimiento
de lo que era construir un canal, pero no les importó. Oyeron hablar de los
jugosos contratos que hacían los franceses y decidieron «meter un dedo en el
pastel del canal». H. B. envió ofertas para varios kilómetros de excavación, y
fueron aceptadas. Encontró apoyo financiero en Nueva York en el banquero Eugene
Kelly, quien no lo conocía ni sabía nada de él hasta que entró en su despacho.
Kelly puso 200.000 dólares para la empresa.
Las famosas dragas Slaven fueron construidas y embarcadas en Filadelfia, y
llevarlas hasta Colón fue una terrible experiencia. Cada máquina parecía un
inmenso tanque de madera, cuadrado en ambos extremos, con más de treinta y seis
metros de largo y nueve de ancho. En el mar tenían las mismas cualidades de
navegación que un granero de tamaño medio. Mientras el mar estuviera en calma
no había mayores dificultades, pero el remolque de aquellas máquinas con el mar
picado era una auténtica pesadilla, sobre todo para los hombres que se
encontraban dentro de la draga.
La primera máquina que llegó llevaba anclada en Colón una semana cuando se
incendió en el borde del agua y no quedó de ella más que un armazón
ennegrecido. Después iban a llegar la Comte de Lesseps, la Prosper
Huerne, la Nathan Appleton, la Jules Dingler, y
milagrosamente ninguna se perdió en el camino. Una vez equipadas con sus
plumas, sus cadenas y sus cangilones de hierro, debían de parecer máquinas de
guerra fantásticas. A cada draga la movían varios motores de vapor, el mayor
para hacer girar las grandes ruedas mediante las cuales se ponía en marcha una
cadena sin fin de cangilones de hierro. Estos, con capacidad para un metro
cúbico de tierra cada uno, subían hasta el final de una torre de madera, como
una escalera mecánica. Allí un chorro de agua limpiaba la tierra y la recogía
en tubos de más de un metro de diámetro que colgaban a ambos lados de la torre,
como gigantescos brazos sueltos que se prolongaban unos cincuenta y cinco
metros o la distancia necesaria para vaciarse lejos del lugar de trabajo.
Los motores de vapor más pequeños se utilizaban para que funcionara la potente
bomba que mandaba el chorro de agua a lo alto de la torre o bien para mover
hacia delante y hacia los lados la draga, y también para que alzara o bajara
unos grandes tentáculos o patas «mediante los cuales caminaba paso a paso sobre
el material que debía excavar».
«Las torres tenían una altura de quince a veintiún metros —recordaría Tracy
Robinson—, y muchas veces me encaramaba a lo más alto y allí me quedaba largo
rato, observando lo que más bien parecía un monstruo antediluviano inteligente
que hubiese revivido.»
Los estadounidenses que manejaban las dragas —Crawford Douglas, Nath Crowell,
los capitanes Ward, Morton y Brawdel— eran hombres rudos e independientes que
vivían en las mismas máquinas y allí lavaban y tendían su ropa. Algunos de
ellos habían traído consigo a sus esposas y hasta a sus hijos pequeños; otros
habían traído mujeres que aparecían simplemente como esposas. Una vez que todo
estaba en orden, comenzaba a salir humo por las chimeneas como en una fábrica.
Las ruidosas cadenas de cangilones funcionaban día y noche.
Para los recién llegados a Colón, las monstruosas dragas Slaven eran el primer
signo visible de la construcción del canal, algo que Ferdinand de Lesseps había
«tomado muy en cuenta» (según afirmaba un corresponsal de The Times de
Londres). Los gigantescos artilugios estadounidenses, sacudiéndose frente a la
puerta de entrada del canal, por así decirlo, estaban destinados a producir un
efecto favorable. De Lesseps tenía una gran confianza en las máquinas y contaba
con frecuencia cómo las dragas de Alexandre Lavalley habían revolucionado los
trabajos en Suez. Estaba seguro de que en Panamá otras máquinas más
extraordinarias obtendrían un éxito todavía más espectacular.
Pero lo verdaderamente asombroso era que las dragas estadounidenses avanzaban
con rapidez, metiéndose tierra adentro desde las fangosas llanuras de la bahía
de Limón. Más adelante aumentaron las dificultades y los progresos fueron mucho
más lentos a medida que el terreno se complicó, y necesariamente el precio del
trabajo ascendió. En total, la empresa Slaven recibiría más de catorce millones
de dólares por sus esfuerzos. Cuáles fueron sus ganancias se mantuvo en
secreto, puesto que los libros de la compañía se guardaban en Nueva York. Mucho
tiempo después, una comisión investigadora francesa llegó a la conclusión de
que la compañía sacó en limpio siete millones de dólares. Sea como fuere, H. B.
no regresó a su farmacia de San Francisco.
El extremo del Atlántico era la parte más fácil del trabajo y el avance en las
llanuras fangosas habría sido el más notable para cualquier compañía que
hubiera tenido la suerte de que le asignaran dicha zona. No obstante, de las
doscientas o más compañías contratadas, solo Slaven completó el tramo que le
habían asignado dentro del plazo fijado, y excavó ella sola tanto como los
otros cinco contratistas mayores en su conjunto. Entre los datos más curiosos
del canal francés de Panamá figura el hecho de que aproximadamente una tercera
parte de este fue excavado por los estadounidenses.
Las excavaciones prosiguieron a lo largo de toda la línea, organizando el
trabajo en tres sectores: el primero comprendía la zona de la bahía de Limón y
las estribaciones bajas del río Chagres; el segundo abarcaba el Alto Chagres y
las colinas entre Matachín y La Culebra; el tercero iba desde La Culebra hasta
las proximidades de la bahía de Panamá. Al frente de cada sector estaba un
ingeniero francés y había una docena o más de contratistas que trabajaban a su
mando. En el Bajo Chagres y en el canal que se iba a abrir en la bahía de
Panamá, por el lado del Pacífico, los trabajos se hacían casi exclusivamente
con las dragas. En el primer sector, por ejemplo, la empresa holandesa Artigue
y Sonderegger tenía funcionando unas veinte dragas. También eran de escalera y
vertedor, hechas en Bélgica con un material excelente, y, aunque no eran tan
grandes y potentes como las máquinas de Slaven, eran más eficaces y estaban muy
bien construidas. Las dragas que se utilizaban en la bahía de Panamá eran
marinas y autopropulsadas, y estaban construidas como los barcos. Habían sido
fabricadas en Escocia y llegaron hasta el Istmo navegando por sí mismas.
En los terrenos altos se trabajaba con palas mecánicas de vapor, picos, palas y
carretillas. Era allí donde se concentraba el ejército de trabajadores negros,
y donde casi todo el trabajo se hizo a mano, lo mismo que en Suez. Los salarios
se consideraban muy buenos, puesto que eran de un dólar a dólar y medio por
día, mucho más dinero del que hubiera soñado ganar la mayoría de esos
jornaleros. A cada uno se le pedía que hiciera una determinada cantidad de
trabajo durante la jornada —una determinada cantidad de cubetas de tierra—,
pero podía trabajar más deprisa y obtener una paga mayor, de acuerdo con el
número de cubetas de tierra extra que sacara.
El teniente Raymond Rodgers, oficial de una cañonera de Estados Unidos anclada
frente a las costas, hizo una gira de inspección por toda la zona en 1883, y en
su informe dijo que el canal estaba «bastante adelantado». Estuvo observando a
las dragas en acción. En Gamboa subió hasta lo más alto del fluviómetro, que
era una torre pintoresca, pintada de colores brillantes, desde donde se
vigilaba al temperamental Chagres. En lo alto de la torre había un balcón,
protegido por un barandal de hierro forjado, y desde allí el teniente Rodgers
contempló el horizonte, por encima de las copas de los árboles, mientras los
ingenieros franceses exponían sus planes. En Matachín tuvo ocasión de ver a un
grupo de trabajadores que empleaban taladros y explosivos para excavar una zona
de roca dura. Se quedó asombrado «por la cantidad enorme de maquinaria y
material que tienen a su alcance» y por la cortesía que le demostraron. Se puso
a su disposición un tren especial y se le entregaron mapas y estadísticas. En
La Culebra, un grupo de trabajadores descalzos acudió a posar para él junto a
una impresionante máquina estadounidense, una pala mecánica de vapor de la casa
Osgood y MacNaughton, fabricada en Albany (Nueva York). Pero contemplada desde
la cima de una colina cercana a la que subió el teniente Rodgers para obtener
una vista panorámica, la misma máquina le pareció un juguete, pues la línea de
la excavación se prolongaba hasta perderse en la verde espesura de la selva.
A los visitantes se les informaba de que el ritmo de avance superaría pronto un
millón de metros cúbicos al mes, y luego se llegaría a los dos millones de
metros cúbicos. Pero en realidad el ritmo era mucho menor de 200.000 metros
cúbicos: 146.000 en mayo y 156.000 en junio. Además, había en el cielo una nube
irrefutable.
Según los registros de la compañía, en 1882 habían muerto 125 empleados, más
del doble del número de muertes admitido en el primer año. En 1883 se
registraron 420 fallecimientos, casi ocho veces más que en 1881. Sin embargo,
esas cifras deben tomarse solo como indicativas. En los hospitales de la
compañía, a cada paciente se le cobraba un dólar diario, es decir, casi el
salario de una jornada de trabajo. Si bien la compañía pagaba esos gastos de
hospital a sus empleados, casi la totalidad de la mano de obra estaba a las
órdenes de los contratistas y no de la compañía. Sabiendo lo que podían
representar los gastos de hospital y conociendo el elevado índice de mortalidad
en sus salas, los contratistas rehusaban pagar los gastos de sus trabajadores e
incluso preferían despedir a un hombre que presentara señales de estar enfermo
para evitar la responsabilidad. Los mismos trabajadores consideraban con horror
su ingreso en un hospital, puesto que se había difundido la creencia de que si
un enfermo no tenía malaria o fiebre amarilla cuando ingresaba era seguro que
allí dentro las contraería. Una baja hospitalaria se consideraba poco menos que
un billete para el cementerio[6].
Así pues, por todas estas razones, la mayoría de los enfermos no se acercaban
siquiera a los hospitales y, en consecuencia, la mayoría de los fallecimientos
no se registraban en los libros de la compañía. El doctor Gorgas calculaba que
por cada fallecimiento registrado en los hospitales de los franceses se
producían por lo menos otros dos más fuera que no se contabilizaban. Dicho en
otras palabras, las cifras oficiales de muertos tenían que multiplicarse por
tres: las bajas en 1883 se acercaron más a los 1.300 que a los 420.
Pero, más que las cifras totales, era el sufrimiento y la muerte de los
enfermos lo que afectaba a los que los rodeaban.
En el otoño de 1883, cuando Dingler regresó al Istmo después de revisar sus
planes con De Lesseps, trajo consigo a su familia: Madame Dingler, un hijo, una
hija y el prometido de esta. El Bulletin subrayaba que aquel
viaje de la familia era la mejor prueba posible de la absoluta confianza que el
director general tenía en Panamá. Todos llegaron a una casa grande, cómoda y
hasta elegante que se hallaba en la Avenida Central, muy cerca de la Plaza de
la Catedral, la Casa Dingler, como habría de llamársele desde entonces, y que
iba a servir de domicilio temporal hasta que se construyera una mansión más
digna. A toda la familia le encantaba cabalgar, y el señor Dingler, que era un
tanto inclinado a la exhibición, se las arregló para que cada uno de los
habitantes de su casa fuera dueño de un magnífico caballo traído desde Francia.
(Los diminutos ponis que había en la localidad no podían satisfacer a ningún
jinete europeo que se preciara de tal.) Era la temporada seca y se organizaban
excursiones familiares a las colinas, en compañía de los criados que cargaban
cestos enormes llenos de viandas.
En una vieja fotografía puede verse a la hija de Dingler a caballo, una hermosa
muchacha de cabello oscuro que no parece tener más de dieciocho años, sentada a
la amazona sobre su silla de montar, con amplia falda y un pequeño sombrero de
Panamá.
Pero en el mes de enero la joven hija de Dingler contrajo la fiebre amarilla y
murió en pocos días. El director general quedó aniquilado por el dolor. «Da
pena ver a mi pobre esposo, que se encuentra hundido en la más profunda
desesperación —le escribía la señora Dingler a Charles de Lesseps—. Mi primer
impulso fue salir huyendo de este país asesino, llevando conmigo, lo más lejos
posible, a los que todavía me quedan. Pero mi esposo es un hombre apegado a sus
obligaciones y trata de convencerme de que debe honrar la confianza que han
depositado en él y de que no puede faltar a sus deberes sin faltar a su honor.
Nuestra amada hija era nuestro orgullo y nuestra alegría.»
La muerte de la joven causó efectos muy hondos entre todos los directivos,
empleados y trabajadores del canal, así como en la población local. El obispo
Paúl presidió los funerales en la abarrotada catedral, y las campanas
estuvieron doblando a muerto durante el tiempo que duró la ceremonia. Dingler y
el prometido de la muchacha encabezaban el larguísimo cortejo que acompañó el
féretro hasta el cementerio.
Apenas había transcurrido un mes cuando el hijo de Dingler, un joven de veinte
años, presentó los síntomas de la temible enfermedad. Tres días después murió
también. Unas semanas más tarde, el propio Dingler escribió a Charles:
Nunca podré agradecerte lo bastante tu amable carta, tan llena
de afecto hacia nosotros. Madame Dingler ya sabe que ella es para mí el único
consuelo, el único cariño que me queda en el mundo, y por eso trata de
dominarse con mucho valor; pero está profundamente conmovida […]. Si nos
aferramos a la vida es para ver terminado el canal, la ocupación que puede
distraernos; y si hablo en plural es porque Madame Dingler me acompaña en todas
mis excursiones y ella también sigue con interés los progresos del trabajo.
Luego, el prometido de la hija de Dingler murió a su vez de
fiebre amarilla. Al llegar el verano, habían muerto de la misma enfermedad
cuarenta y ocho directivos de la compañía del canal, y, según un oficial de la
Marina estadounidense, los jornaleros morían a razón de doscientos cada mes.
Pero el trabajo seguía adelante. Los viajeros que cruzaban el Istmo en tren
quedaban asombrados por el espectáculo. Es cierto, escribían, se está
construyendo un canal en Panamá. Por todas partes hacia donde se mirara surgían
edificios nuevos, y para edificar más se derribaban árboles y se abrían claros
de cientos de hectáreas en la selva. En el puerto de Colón se descargaban uno
tras otro los barcos que traían equipo por valor de varios millones de dólares.
Llegaban sin cesar jóvenes franceses recién contratados, más ingenieros, más
médicos, más enfermeras, más y más barcos procedentes de Jamaica con multitudes
de trabajadores negros apiñados sobre cubierta. En el mes de mayo ya habían
trabajado más de diecinueve mil hombres y la nómina ascendía a 200.000 francos
(40.000 dólares) diarios.
En París ya no era un secreto la espantosa lista de muertos, a pesar de que la
prensa parecía obedecer a una consigna de silencio sobre el particular. Sumaban
miles los padres y las madres a quienes se había informado de la muerte de sus
hijos. Entre los ingenieros profesionales, la tragedia de la familia Dingler
había provocado una profunda conmoción. En la École de Ponts et Chaussées, los
más antiguos miembros de la facultad aconsejaban en privado a los alumnos ya
licenciados que no fueran a Panamá porque eso equivaldría a un suicidio. Sin
embargo, nunca hubo escasez de voluntarios; los jóvenes que cruzaban el
Atlántico para llegar a Colón eran lo más selecto de los técnicos mejor formados.
Para ellos, el canal era una oportunidad llena de emociones, era una «causa»
—grande en escala, gloriosa en su concepto, francesa—, y por eso partían como
si fueran al frente de batalla, como afirmaban con frecuencia. Eran guerreros
que portaban la bandera de Francia. Las incomodidades, los peligros, las
posibilidades de sufrir una muerte terrible en aquel lado malo del mundo, todo
eso, escribió Philippe Bunau-Varilla, «no hacía sino exaltar la energía de
aquellos jóvenes que estaban llenos de un amor sincero por la gran tarea
emprendida. A su influencia irradiadora sumaban la heroica dicha con que
aceptaban el sacrificio propio por la grandeza de Francia».
Philippe Bunau-Varilla merece gran atención, pues es uno de los personajes más
fascinantes de toda la historia de Panamá, tan importante y polémico como
Ferdinand de Lesseps, como se vería con el paso del tiempo. Y es justo afirmar,
como lo han hecho sus admiradores, que sin él no existiría el canal de Panamá.
Como sobrevivió a los llamados «años de los franceses» y escribió extensamente
sobre el asunto basándose en sus experiencias, nos ha proporcionado la crónica
más completa sobre los esfuerzos galos vistos desde el punto de vista elitista
de un joven técnico francés, un hombre sobre el que descansó el destino de la
empresa y tal vez el honor nacional. Y aunque sus declaraciones de fe en la
tarea, su ardiente defensa de la histórica misión civilizadora de Francia,
puedan parecer altisonantes en otra época, más como frases de un melodrama
contemporáneo, parece que fueron sinceras y representaban sus sentimientos.
En el último año de sus estudios en la École Polytechnique, el joven Philippe
se sentó embelesado en primera fila cuando De Lesseps, recién llegado de su
gira triunfal por Panamá, acudió a dar una conferencia sobre la tarea colosal
que iba a emprender. En 1884, una vez terminados sus estudios en la École de
Ponts et Chaussées y haber cumplido un breve servicio militar en el norte de
África, se embarcó hacia Colón en el Washington (nave hermana
del Lafayette), al mismo tiempo que Jules Dingler y su esposa
regresaban a Panamá, tras unas vacaciones en Francia.
Era un hombre de corta estatura. No medía más de 1,60 metros, era más bajo que
Dingler, y probablemente no pesaba más de 58 kilos. Sin embargo, tenía la
frente amplia y cuadrada, una buena barbilla, los ojos de un azul muy pálido,
un bigote poblado pelirrojo, y su postura era siempre perfecta. También era
orgulloso, ambicioso, dotado de gran energía y de una confianza indoblegable en
sí mismo; pero al mismo tiempo era un hombre muy agradable que sabía atraerse a
los demás con sus modales rápidos y desenvueltos. Acababa de cumplir los
veintiséis años, hecho que ni siquiera el bigote podía disimular.
Años más tarde, cuando llegó a ser una celebridad en Estados Unidos, se decía
que procedía de una familia honorable y acaudalada de París. Pero, según su
inscripción en la Escuela Politécnica, era el hijo de Pamela Caroline Bunau y
de un père inconnu (padre desconocido), lo cual solo puede
significar que era hijo ilegítimo. Además, al nacer fue registrado
sencillamente como Philippe Jean Bunau. Su madre, según los registros, era la
viuda de un hombre llamado Varilla; pero parece ser que Philippe nació mucho
después de la muerte de aquel, o al menos lo bastante tarde como para que se
viera obligada a dar a su hijo su apellido de soltera. También se indica que la
viuda de Varilla era rentière, lo que significa que tenía alguna
pensión o una renta fija. Sin embargo, ese ingreso que percibía la viuda no
debía de ser muy cuantioso, puesto que Philippe gozaba de una beca para sus
estudios. Por otra parte, se registró en la escuela como protestante, y al
terminar sus estudios en la Politécnica agregó a su nombre el apellido Varilla.
Tan pronto como llegó al Istmo, se le nombró ingeniero de la división encargada
de las obras en La Culebra y la terminal del Pacífico. Ese rápido nombramiento
bastó para hacerse respetar. (Parece que causó tan buena impresión en Dingler
durante el viaje como Dingler la causó en él.) Su avance a partir de entonces
iba a ser notable.
¿Por qué, en nombre de Dios, se empeñaba en ir a Panamá?, le había preguntado
en París el anciano bibliotecario de la École des Ponts et Chaussées. «Por la
misma razón que un oficial corre hacia el campo de batalla —le había respondido
Bunau-Varilla— y no como el cobarde que huye de las penalidades de la vida.»
Una vez en Panamá, al ver morir uno tras otro a sus compatriotas, exhortaba a
los que seguían vivos recordándoles que eran soldados bajo el fuego, que solo
pensaran en lograr la victoria. El desprecio al peligro era el mejor escudo. No
había nada que los hombres de verdad no pudieran realizar si se hallaban
comprometidos en una Noble Tarea. A todos sus compañeros los veía como a los
personajes de una novela, embarcados en lo que él mismo llamaba La Gran
Aventura de Panamá. Eran más como ellos, mejores hombres, en ese salvaje campo
de batalla.
Para Bunau-Varilla y para todos los jóvenes ingenieros, Dingler siguió siendo
la figura inspiradora. Era el personaje «intrépido, leal, científico y
estimulante». Soportaba sus grandes sufrimientos estoicamente, con mucha
dignidad y un gran valor. Estaba decidido a conquistar el éxito. Ninguno de
ellos parecía sentirse ofendido por los rumores sobre el supuesto salario
exorbitante que se le pagaba a Dingler y sobre el lujo al que tan aficionado
era.
En las oficinas de la Plaza de la Catedral había criados con librea. Era dueño
de pobladas caballerizas. Había importado de Nueva York varios caballos de pura
raza y coches muy costosos para uso del personal. El caballerango era un barón
con títulos auténticos. Para sus giras de inspección en tren había un vagón
especial Pullman que supuestamente costaba 42.000 dólares. Y en la colina de
Ancón se alzaba, ya casi terminada, la famosa mansión particular, una imponente
estructura con tejados abuhardillados y amplias terrazas.
Wolfred Nelson informó de que el salario de Dingler ascendía a 50.000 dólares,
que uno de los ingenieros franceses era dueño de un palomar por cuya
construcción los accionistas tuvieron que pagar 1.500 dólares, y que otro de
los altos cargos se había mandado hacer una casa de baños para su uso
particular por 40.000 dólares, a costa de la compañía, desde luego.
Los relatos más divertidos sobre las supuestas extravagancias que se
perpetraron con Dingler se encuentran en un librito que escribió un amargado
accionista llamado Henri Maréchal, quien visitó el Istmo en el invierno de 1884
y disfrutaba propagando tonterías.
Había visto cómo en un rincón de la selva estaban los hombres construyendo
espléndidas avenidas y jardines ornamentales: «es una especie de Bois de
Boulogne en miniatura, donde los altos empleados de la compañía organizan
espléndidas comidas campestres y largas excursiones diarias en los caballos de
la compañía […]. Las damas, posiblemente demasiado morenas pero no demasiado
virtuosas, hacen más agradables esas excursiones y se les paga por sus
servicios mediante su inscripción en la nómina de los asalariados de la
compañía». Declaraba que puesto que las vagonetas de carga traídas de Europa
resultaban demasiado altas para que pudieran alcanzarlas los trabajadores, la
compañía había destinado una considerable suma de dinero para enviar a México
una delegación que investigara a una tribu de gigantes, de cuya existencia
había informado algún bromista práctico.
La verdad era mucho menos sensacional. El vagón Pullman, aunque poco necesario,
no tenía la suntuosidad que se le atribuía en los relatos posteriores y parece
haberse utilizado poco. Tampoco se usaron los caballos y fueron vendidos en
poco tiempo. La mansión, demasiado grande y ostentosa para lo que se usaba en
Panamá, no debió de costar más de cien mil dólares —no un millón de dólares,
como se había afirmado—, y nunca fue habitada debido a las tragedias sufridas
por la familia Dingler. El salario que percibía el director general era de
20.000 dólares y no de 50.000.
Es muy posible que algunas «damas de virtud no demasiado estricta» figuraran en
la nómina de asalariados. Según docenas de informes, la mala administración era
notable; y la compañía sufrió pequeñas y repetidas estafas. Una de las más
comunes es la que se hacía con la entrega del carbón en el puerto de Colón.
Cuando llegaba un barco cargado de carbón, solo se bajaba a tierra una parte de
la carga, pero se presentaba a firmar el recibo por el total. Después partía el
barco para regresar al poco tiempo con una supuesta carga completa por la que
se presentaba otro recibo; como resultado, la compañía pagaba por el mismo
cargamento dos e incluso tres veces.
Es indudable que se derrochaba el dinero en la compra de material inútil y a
veces absurdo. Pero todos esos hombres que luchaban contra la selva y el calor
llevaban una existencia muy difícil y a menudo trágica. Viendo las cosas en
retrospectiva, se podría calificar de patética la actitud de Dingler, que se
esforzaba por crear en Panamá un remedo de la civilización que conocía. ¿De qué
tamaño podría ser un coche Pullman para un ferrocarril que tenía 76,5
kilómetros de longitud?
Bien se puede imaginar la intensidad del aburrimiento y la añoranza por su país
de aquellos hombres en sus horas libres. No había restaurantes ni cafés de
categoría; no había teatros, galerías ni bibliotecas, ni siquiera un concierto.
El paseo a lo largo del viejo rompeolas, como uno de ellos recordaba, era tan
agradable como cabía esperar, «pero al cabo de ir y venir por el mismo
rompeolas todos los días […] durante meses y meses, deja de proporcionar la más
mínima diversión». Incluso sentarse por la noche a leer un libro se convertía
en una tortura porque la luz de la lámpara o vela más pequeña atraía millares
de insectos.
El reconocimiento y el respeto que merecían llegaron mucho tiempo después de
los ingenieros estadounidenses, que nunca despreciaron ni criticaron el trabajo
de los franceses, a pesar de todo lo que se decía en los periódicos y de todos
los conceptos erróneos que habían arraigado en la mente del público desde
tiempo atrás. Entre los críticos del trabajo, como observó un oficial de la
Marina estadounidense, ni siquiera uno de cada cien tendría el valor suficiente
para ir y quedarse en un sitio semejante. Los ingenieros franceses, declaraba,
«eran hombres jóvenes, enérgicos y entusiastas […] y nadie mejor que ellos
puede apreciar las dificultades que se alzaban a su paso. En vez de críticas y
censuras, merecen la mayor alabanza y respeto».
Pero la imagen de los altos cargos derrochadores e inmorales, despilfarrando
los fondos de la compañía sin preocuparse por la vida miserable que llevaban
los demás, ciegos como el rey Baltasar ante la advertencia escrita en la pared
por el dedo de Dios, iba a resultar una imagen muy útil más adelante, no menos
en Francia que en Estados Unidos.
II
Cada vez se hacían más terribles las tareas que había que
afrontar a diario. Podría pensarse que el trabajo adelantaría más con el correr
del tiempo y la experiencia adquirida, pero no era así. Por mucho que se
esforzaran los ingenieros, por muy curtidos que estuvieran contra el clima
sofocante y las lluvias interminables, siempre se presentaban más dificultades
que antes y los problemas técnicos eran cada vez mayores y más complejos. Para
su desesperación, algunos parecían no tener solución.
El río continuaba siendo el peor. El éxito de la obra, como comprendían los
mejores ingenieros franceses, dependía del esfuerzo para contener y gobernar la
corriente del Chagres, que, según las palabras de Dingler, seguía siendo «el
gran desconocido». La represa que él mismo había propuesto construir al paso
del río por Gamboa era una buena solución, pero únicamente en abstracto. No se
había podido encontrar en el terreno una formación de rocas adecuada que
sirviera de base para una estructura tan enorme. Nadie había ideado un medio
realista para dominar la fuerza tremenda de la corriente cuando se produjera
una crecida. Después de una en mayo de 1884, el fluviómetro de Gamboa había
registrado una elevación de más de tres metros en el nivel del río en
veinticuatro horas. El 18 y el 19 de julio del mismo año, subió más de cuatro
metros.
A los que llegaban para visitar las obras se les decía que no se disponía de
los planos para la presa de momento. En privado, uno de los ingenieros
franceses declaró que todo el proyecto era inviable. Mientras los trabajos
progresaban a fuerza de valor, el río respondía al cambio de estación y el
anciano De Lesseps seguía insistiendo en París, siempre optimista, en que algo
surgiría —su hombre de ingenio con la respuesta perfecta—, nadie en el Istmo
sabía qué se podía hacer. Así que el problema más complicado se dejó de lado.
Más urgentes y mucho más desalentadores eran los aludes de tierra y lodo en los
cortes de La Culebra, que iban empeorando a medida que progresaban las
excavaciones. Para los que estaban a cargo de esa tarea constituían la parte
más exasperante de toda la empresa. Casi veinte años después, un estadounidense
llamado S. W. Plume, que ya para entonces era un anciano, sacudía la cabeza
desalentado cuando trataba de describir ante una comisión del Senado las
dificultades con las que tropezaron los franceses en La Culebra. El anciano
había pasado su vida construyendo ferrocarriles y canales en América Central y
América del Sur, pero nunca había visto nada semejante a Panamá «en tiempos de
los franceses». Había sido contratado por el ferrocarril de Panamá y había
tenido la oportunidad de echar un ojo a todo lo que allí sucedía. En una
ocasión, Dingler le pidió que llevara a cabo una inspección personal en las
obras de La Culebra. «Toda la cumbre de la colina, señor, está cubierta de
manantiales de agua hirviendo —recordaba—. El suelo es de esa clase de barro
tan pegajoso que si un hombre lo recoge con una pala, no podrá despegarlo.
Tendría que tener un raspador para quitarlo.» Ninguna de las medidas que se
habían tomado pudieron impedir que se produjeran los deslizamientos en la
colina. «Ese barro nunca se quedará donde está.» Le preguntaron por qué:
—Porque en la estación de las lluvias todo aquello queda
convertido en un lodazal.
— ¿Eso fue lo que sucedió cuando estuvo allí?
—Sí. Hicimos un corte justo a lo largo de la línea que se iba a seguir en la
construcción del canal y se produjo un deslizamiento y el lodo lo cubrió
totalmente; calculamos que iba a resultar muy caro y muy difícil seguir por el
mismo lugar, de modo que interrumpí el terraplén y lo hicimos en otra parte.
Más o menos un año después sucedió lo mismo y tuvimos que tender otros raíles,
de manera que donde está ahora el terraplén con sus vías hay dos raíles por
debajo. […] Aquella semana, cuando estuve en La Culebra, mi casa estaba en la
ladera de la colina, a unos ciento veinticinco o ciento cincuenta metros del
canal, y una mañana, al salir, me di cuenta de que la tierra había
desaparecido, dejando una zanja de unos sesenta a noventa centímetros de ancho.
Yo no dije nada, pero ya sabía de lo que se trataba […]. Toda esa ladera de la
montaña se estaba deslizando hacia el canal. En las temporadas de lluvia, por
poco que llueva, la tierra se satura y comienza a resbalar sobre la capa de
arcilla azul.
— ¿Resbala sobre arcilla azul?
—Así es.
En términos un poco más precisos, las tierras altas de La
Culebra podrían describirse como una combinación desordenada de varias
formaciones geológicas, algunas de origen sedimentario y otras de origen
volcánico, una combinación muy inestable, destinada a causar innumerables
problemas. La más antigua de esas formaciones data del período geológico
conocido con el nombre de Oligoceno, que tiene treinta millones de años. Es
probable que el Istmo haya tenido su origen en el Oligoceno, como una hilera de
islas en un mar poco profundo. Entre las islas se formó un puente de tierra, y
en el transcurso de los largos períodos geológicos que siguieron, dicha faja de
tierra volvió a hundirse en el mar por lo menos en cuatro ocasiones distintas.
A finales del Pleistoceno, la época de los glaciares —el día de ayer en el
tiempo geológico—, la tierra se levantó a varios cientos de metros por encima
de su actual nivel y luego volvió a bajar, quizá hasta nueve metros por debajo
de su nivel actual. Siguió una nueva elevación del suelo, que empezó unos mil
años antes de la llegada de los constructores del canal (como prueban las
antiguas playas marinas que surgieron en fecha reciente), y esa elevación
prosiguió durante años y años. En cualquier punto del Istmo, el suelo es cambiante
e inestable. Sobre la línea recta de más de 65 kilómetros entre Colón y la
ciudad de Panamá se encuentran diecisiete formaciones distintas de rocas, seis
grandes fallas geológicas y cinco núcleos importantes de roca volcánica.
En La Culebra hay una formación con el mismo nombre que comprende capas de
pizarras oscuras y quebradizas, margas y arcillas carbónicas —la arcilla azul
que recordaba S. W. Plume—, y capas de piedras calizas y areniscas,
intercaladas entre capas delgadas de lignito. Todo ese material se podía
taladrar fácilmente y se deshacía con las explosiones de dinamita, según
comprobaron los ingenieros; pero después aparecían otras formaciones compuestas
por rocas ígneas y volcánicas, basalto oscuro de grano fino, andesita o diorita
y la vítrea rayolita, todas ellas rocas emparentadas con los granitos. El gran
núcleo volcánico de la colina de La Culebra, por ejemplo, está formado por
basalto sólido.
Un suelo semejante era el paraíso de los geólogos, pero para los ingenieros
constituía una pesadilla constante. Los peores problemas surgieron en la
formación llamada La Cucaracha, compuesta principalmente por arcillas verdes y
rojizas, lodos de lava, arena gruesa y algunas pizarras. El primer
deslizamiento de La Cucaracha ocurrió por el lado oriental del corte de La
Culebra, donde las capas superiores de arcilla porosa de tres a doce metros de
espesor cubrían estratos impenetrables de roca dura. En las temporadas de
lluvias, esas arcillas quedaban completamente saturadas y constituían un
lodazal pegajoso, con la consistencia del jabón que se ha dejado largo tiempo
en el agua. Pero la saturación se detenía al llegar a los estratos inferiores
de roca, donde la concentración de agua creaba una zona resbalosa sobre todo el
plano de contacto. Si ese plano estaba inclinado hacia el corte, no era más que
cuestión de tiempo que el barro comenzara a deslizarse por la simple fuerza de
la gravedad para caer en el corte. Masas colosales de las capas superiores
avanzaban incontenibles con la fuerza de un alud y arrastraban consigo tramos
completos de vías, palas mecánicas y todo lo que se atravesaba a su paso.
En los meses de sequía, los taludes del corte se mantenían estables. Pero era
inevitable que volvieran los deslizamientos al regresar las lluvias. (Para
comprender la magnitud del problema, hay que tener siempre presente lo que
suponían esas lluvias: 33 centímetros en el mes de junio de 1884, por ejemplo,
40 centímetros en agosto, casi tres centímetros en septiembre y 56 centímetros
en octubre.)
En un intento de aliviar el problema, los franceses cavaron un extenso sistema
de zanjas de drenaje paralelas al corte para canalizar el agua de las lluvias y
alejarla de los taludes. Pero sus esfuerzos no tuvieron más que un efecto
pasajero. Un año tras otro, cientos de miles de metros cúbicos de lodo y
piedras caían estruendosamente dentro del corte abierto. Todo lo que caía se
limpiaba laboriosamente. El avance disminuía o se detenía y los cálculos de los
contratistas tenían que revisarse.
La retirada del lodo y los desechos solo era una parte del trabajo, porque la
única forma de evitar los deslizamientos futuros consistía en cortar cada vez
más hacia atrás los taludes; es decir, estabilizar los taludes disminuyendo su
inclinación, aplanándolos hasta que llegaran a un ángulo de reposo, un punto en
que el lodo se quedara quieto por sí mismo. Sin embargo, por mucho que se
allanaran los taludes del corte, nunca parecía bastante. Además, la cantidad de
material que se excavaba era siempre mayor de lo que cabía imaginar por la
sencilla razón de que el canal se excavaba en una depresión entre colinas
empinadas. Así pues, a medida que el corte se ensanchaba en su parte superior,
sus taludes resultaban cada vez más altos frente a las colinas limítrofes.
Expresado en otros términos, cada metro que se añadía a la anchura del corte en
el extremo superior aumentaba su profundidad medida desde la cresta del talud.
Lo que significaba que el volumen de la excavación, el total de metros cúbicos
extraídos, crecía continua y enormemente. Cuanto más profundo era el corte, más
altos e inclinados eran los taludes y más tendrían que ampliarse en la parte
superior. Cuanto más se cavaba, más quedaba por cavar. Era un trabajo de Sísifo
a una escala que los ingenieros nunca habían afrontado.
La matemática más sencilla hacía que las perspectivas parecieran abrumadoras.
Antes de que Dingler realizara una revaluación inicial de la situación, todas
las estimaciones sobre la cantidad de excavaciones que debían hacerse tomaban
como base el «uno por uno» en ambos lados del corte —un metro de amplitud en
los taludes por cada metro de profundidad—, es decir, una inclinación de 45° en
cada talud. Pero ya en la práctica se vio que era necesario adoptar como base
«uno por cuatro» —cuatro metros hacia atrás en cada talud por cada metro de
profundidad—. Así pues, si la colina de La Culebra se hallaba a 103,50 metros
sobre el nivel del mar y el canal debía tener nueve metros de profundidad, el
total del corte tendría que ser de 112,50 metros. El ancho del fondo sería de
22 metros; el ancho en la línea del nivel del agua, de 27,50 metros. Si desde
la línea del nivel del agua hacia arriba se ensanchaban los taludes a razón de
cuatro metros por cada metro de profundidad, el corte final alcanzaría una
amplitud de 1.200 metros.
Para complicar más la cuestión, quedaba el problema fundamental de qué hacer
con las montañas de roca y tierra que se sacaban de las excavaciones, y fue un
problema que los franceses no lograron resolver.
El método que siguieron para las excavaciones en La Culebra consistió en
rebajar las cumbres de todas las colinas que quedaban en la línea proyectada y
después poner en marcha sus gigantescas excavadoras de vapor, sus palas
mecánicas y sus grupos de jornaleros para trabajar en la dirección de la línea,
excavando una serie de terrazas escalonadas de unos cinco metros de ancho por
cinco metros de profundidad, el máximo que podían alcanzar las máquinas
excavadoras. (Estas máquinas parecían grandes vagones de ferrocarril, con altas
chimeneas y largas escaleras de hierro que colgaban por un lado, provistas cada
una de una cadena sin fin de sucias cucharas. Funcionaban siguiendo el mismo
principio que las dragas, pero sobre carriles en lugar de agua.) La tierra que
sacaban las cucharas se vaciaba sobre las vagonetas de volteo (vagonetas
Decauville, con una capacidad de 4,5 metros cúbicos) que formaban largos trenes
para transportar la tierra hasta algún valle cercano. Allí se amontonaba hasta
que había la cantidad suficiente para formar una terraza dentro del valle.
Entonces se levantaban las vías por donde rodaban las vagonetas y se tendían de
nuevo sobre la terraza para formar otra nueva, y de este modo se iba rellenando
el valle. Así pues, con el paso del tiempo, los lugares escogidos para tirar
los desperdicios adquirían el aspecto de una escalinata gigantesca, formada por
terrazas de lodo gris.
Este sistema era rápido y económico, que era lo que buscaban los contratistas,
quien, según señaló Bunau-Varilla, «eran los amos absolutos cuando se trataba
de escoger su método de trabajo».
Lo malo era que había un fallo fundamental en los planes: las terrazas formadas
con los desperdicios eran todavía más inestables que los taludes del corte.
Cuando caían las lluvias torrenciales, se deslizaban terrazas enteras y las
vías se levantaban y quedaban enterradas. Todo el sistema quedaba destruido.
Era necesario suspender las excavaciones hasta que las cosas volvían a ponerse
en orden y los trenes de vagonetas cargadas de tierra podían funcionar,
mientras centenares de hombres con palancas y palas trabajaban sin cesar
hundidos hasta las rodillas en el fango.
Las corrientes de agua naturales quedaban bloqueadas; el agua se reunía en
estanques y se formaban nuevas superficies pantanosas, criaderos perfectos para
los mosquitos.
El tiempo perdido y los esfuerzos desperdiciados adquirieron proporciones
alarmantes. Pero, por alguna extraña razón, los franceses no idearon otro modo
de actuar. No se les ocurrió que la realización del corte era más un problema
de transporte —de sacar los desechos fuera— que de excavación efectiva. Nunca
se dieron cuenta de que la clave era el ferrocarril de Panamá, lo cual resulta
especialmente irónico considerando el alto precio que pagaron para controlarlo.
Entre los errores más graves de De Lesseps figura el de no haber enviado jamás
a Panamá un solo experto en ferrocarriles.
Como es de suponer, a medida que se dificultaba el avance, los contratistas,
sobre todo los más pequeños, se obstinaban cada vez más o abandonaban la tarea.
De forma invariable, los nuevos contratistas que asumían las mismas tareas
exigían condiciones más ventajosas. Como muy pocos podían permitirse contar con
el equipo requerido, la compañía compró las máquinas para alquilarlas a los
contratistas. Y a pesar de la gran cantidad de maquinaria que había, nunca era
suficiente o había la apropiada para un trabajo determinado.
Además de comprar las máquinas, la compañía del canal estaba obligada a
proporcionar —a llevar hasta el Istmo— la mano de obra necesaria y facilitarle
el alojamiento adecuado. Los contratistas no hacían más que pagar los salarios
a sus hombres. Cualquier fallo por parte de la compañía en el suministro de
trabajadores o de máquinas era motivo suficiente para que el contratista
rompiera el compromiso si no le resultaba rentable, pero podía seguir con él si
le parecía ventajoso, aunque no cumpliera con la obligación que había
contraído. La gran Anglo-Dutch Company —su nombre oficial era Cutbill, De
Longo, Watson & Van Hattum— poseía el contrato para excavar en La Culebra y
se había comprometido a sacar 700.000 metros cúbicos al mes. Solo había sacado
100.000 metros cúbicos en un mes, pero seguía en la brecha y hacía subcontratos
para las tareas más difíciles con un número cada vez mayor de pequeños
operarios. Una alta colina que se hallaba junto a la ladera occidental del
valle contó pronto con tantos contratistas trabajando en ella que acabó
conociéndose como la Colina de los Contratistas.
Al otro lado de dicha colina, en el talud oriental del corte, se hallaba la
Colina del Oro, así llamada porque se suponía que era una de las mayores
riquezas de la compañía, una riqueza que bastaría para pagar los costes
crecientes. Según un folleto publicado en París, se había informado a los
cargos de la compañía de que «la montaña está llena de oro y se tiene la
certeza de que el mineral extraído de ella tendrá un valor superior al coste
total de la construcción del canal».
En el mes de octubre de 1884 ya había 19.243 empleados trabajando; de ellos,
16.249 eran negros. Como es natural, ordenar y distribuir los suministros,
vigilar a los contratistas, llevar los libros de contabilidad y atender las
necesidades de la mano de obra requería un pequeño ejército de oficinistas,
pagadores y taquígrafos, un total de seiscientas a setecientas personas que
trabajaban en las oficinas, la mayoría franceses. Y se pudo comprobar que la
burocracia francesa florecía lo mismo en la selva que en París. A los
archiveros se les otorgaba el título de Guardianes de los Archivos. Entre los
abastecimientos que se descargaban en Colón había unos cajones que pesaban
cientos de kilos y que no contenían más que plumas de acero para escribir.
Wolfred Nelson detalló: «Hay demasiado trabajo burocrático y en el Istmo hay
tal cantidad de cargos que bastarían para abastecer todos los ministerios de
una docena de repúblicas de primera clase».
Observadores más serios y con preparación técnica también habían comenzado a
informar de que los trabajos no iban tan bien como se suponía. Con los planes
que seguían, era muy poco probable que llegaran a completar la obra del canal.
Así lo manifestó a sus superiores en Washington el teniente de Marina Robert M.
G. Brown. Un articulista del American Engineer, tras pasar varios
meses en el Istmo, calculaba que con el ritmo de trabajo que llevaban se
necesitarían veinticuatro años para terminar el canal, y afirmaba que se estaba
sobornando a la prensa francesa para que ocultara la verdad. En octubre de
1884, un tal capitán Bedford Clapperton Pim, de la Marina británica, envió un
memorando confidencial al secretario de Marina de Estados Unidos para
notificarle que el sueño de De Lesseps de construir un canal a nivel del mar
era definitivamente imposible. Las únicas palabras laudatorias del informe eran
para «los intrépidos empleados que habían luchado con valentía para realizar
los deseos de su jefe».
La víspera del Año Nuevo de 1885 murió de fiebre amarilla Madame Dingler,
penúltimo miembro de la familia que quedaba con vida. No se sabe si su agonía
fue larga o breve, pero la mañana siguiente a su muerte Dingler estaba sentado
frente a su escritorio a la hora acostumbrada, aunque apenas podía hablar por
la aflicción. Más tarde, después de los funerales, reunió todos los caballos
que habían sido de la familia, incluido el suyo, los llevó a una barranca entre
las montañas y allí los mató a tiros.
La lista de los muertos en Panamá crecía horriblemente, de una manera que nadie
había previsto, a excepción quizá de Godin de Lépinay. El año 1885 fue el peor
de todos. Probablemente murió entonces un mayor número de gente que en los
restantes años del régimen de los franceses. En los años siguientes, los
estragos de la fiebre amarilla, la malaria, la fiebre tifoidea, la viruela, la
pulmonía, la disentería, el beriberi, la intoxicación por alimentos, las
mordeduras de serpientes y la insolación fueron ligeramente menores. Por regla
general, en el Istmo la fiebre amarilla aparecía y desaparecía en ciclos de dos
a tres años. Pero en esa ocasión, de manera inexplicable, la enfermedad no
desapareció, y nadie podía hacer nada. La malaria, presente como siempre,
continuaba siendo la causante del mayor número de muertes.
Los que más sufrían eran los recién llegados, que todavía no se habían
acostumbrado al clima. En los archivos del Star & Herald de
Panamá se encuentran las notas necrológicas de directivos franceses que habían
estado en el Istmo tan poco tiempo que apenas se les conocía. El nuevo cónsul
de Francia, Paul Savalli, murió el 25 de julio de 1885, cuando acababa de
llegar para hacerse cargo de su puesto. Louis Frachen, un joven ingeniero de la
École Central, enviado con la misión especial de hacer un inventario de la
maquinaria que se estaba usando, fue inmediatamente atacado por la fiebre
amarilla y sufrió una muerte terrible el 10 de agosto. Dos jefes de división,
llamados Petit y Sordoiliet, que llegaron de Francia en el mismo barco,
murieron de fiebre amarilla el mismo día que Frachen. Los tres fallecieron
cuando hacía apenas dos semanas que se hallaban en Panamá. Hubo muchos otros
que murieron igual. Sobre un ingeniero llamado Henri Berthaut, el Star
& Herald no podía decir más que su edad, veintiséis años, y que
«prometía mucho, y sin duda llegaría a distinguirse en su profesión».
Bunau-Varilla calculaba que, de cada cien recién llegados, morían por lo menos
veinte, y de los que sobrevivían, solamente otros veinte quedaban con la fuerza
física suficiente para desempeñar efectivamente un trabajo; «además, casi todos
habían perdido lo mejor de su valor intelectual». (No se sabe con certeza si estaba
hablando de todos los recién llegados, blancos y negros.) Según otros cálculos,
de cada cuatro personas que llegaban de Francia, por lo menos dos y muchas
veces tres morían a causa de las fiebres.
Pero esos eran promedios estrictamente matemáticos, mientras que numerosas
experiencias individuales recordadas más adelante resultaban mucho más
trágicas. Un joven ingeniero francés le contó a William Gorgas que se había
embarcado rumbo a Colón junto con diecisiete franceses tan jóvenes como él. Al
cabo de un mes, él era el único del grupo que aún vivía. De los treinta y tres
trabajadores italianos que llegaron en 1885, veintisiete murieron en el término
de tres semanas. En el mes de octubre de 1886, treinta ingenieros franceses
llegaron a Colón y, al cabo de un mes, trece de ellos habían muerto a causa de
lo que una vez llamó De Lesseps «el supuesto azote mortal» de Panamá. Hubo
períodos en los que la lista de muertos por cualquier causa crecía a razón de
cuarenta diarios.
Bunau-Varilla escribiría de barcos que habían fondeado en Colón sin un alma a
bordo. La tripulación íntegra había muerto de fiebre amarilla. Del grupo
inicial de monjas francesas que llegaron a prestar sus servicios en el hospital
de Ancón —eran veinticuatro Hermanas de la Caridad que vestían esa toca de
grandes alas blancas que les valió el cariñoso sobrenombre de «ocas de Dios»—,
solo dos habían sobrevivido, y una de ellas, afortunadamente, era la enfermera
jefe, la madre superiora, la hermana Marie Rouleau, una mujer con valor y
temple extraordinarios. Marie Joseph Louise Rouleau había ingresado en la orden
en 1868, cuando apenas había cumplido los veinte años, y prestó sus primeros
servicios en el hospital de Versalles; en 1877, varios años antes de la llegada
del primer ingeniero francés, fue enviada a Panamá. Durante todos los años en
que la fiebre amarilla atacó con mayor fuerza y en el período de los franceses
en Panamá, la hermana Marie fue una figura destacada, conocida por todos.
Un corresponsal del Tribune de Nueva York informaba de que el
número de muertos en las salas del hospital —más o menos un 75 por 100 del
total— jamás se mencionaba delante de un paciente. No había «caras largas» en
el hospital de Ancón y la hermana Marie daba ejemplo porque «era una de esas
raras mujeres cuyo entusiasmo personal es contagioso». Al pie de cada cama
colgaba una tarjeta con el nombre del paciente, su puesto de trabajo y la
enfermedad que padecía. Rara vez se anotaba la dolencia real si se sabía que
era mortal. La fiebre amarilla, por ejemplo, se solía apuntar como gastritis.
Los pacientes morían con tanta rapidez y era tanta la necesidad de contar con
camas vacías que el moribundo, en sus últimos momentos de vida, a veces veía
cómo le traían el ataúd. Incluso se aseguraba que los cuerpos colocados en los
ataúdes no siempre estaban muertos. Cuando se envió a Francia para que
descansara a uno de los médicos del hospital agotado por el trabajo, estaba en
tal estado de tensión nerviosa que fue necesario encerrarlo en su camarote.
Para los enfermos que no iban al hospital —es decir, para la gran mayoría— el
fin solía ser todavía más espantoso. Las acusaciones de que los trabajadores
negros que morían eran enterrados en los vertederos —sencillamente, los
arrojaban rodando dentro de una zanja y luego los sepultaban bajo varias
toneladas de desechos— aparecen en varios relatos y sin duda están basadas en
hechos reales.
El siguiente relato, escrito por el corresponsal del Tribune que
se hospedaba en un hotel de Panamá, es bastante fiable, incluido el episodio
del buitre:
[…] sentado en la terraza, ya bien entrada la noche, ves abrirse
la puerta de la casita de adobe de enfrente. La mujer de la casa, que tiene
como huéspedes a dos o tres empleados de la compañía, se asoma con cuidado a
mirar la calle, vuelve a entrar y cuando sale de nuevo arrastra algo por el
umbral hasta la estrecha acera y lo deja tirado en la sucia calle. Cuando
cierra otra vez la puerta, no hay más ruido que el que producen las olas. […]
Pronto aumenta la luz. Un buitre se deja caer perezosamente desde el tejado de
la catedral y se encarama sobre algo que hay en la calle. Los contornos se
hacen más nítidos. Caminas hasta allí y espantas al pájaro, que vuela resentido
hasta su atalaya, y te quedas mirando en el rápido amanecer de los trópicos lo
que ayer era un hombre, un mes antes, un hombre esperanzado que zarpaba de Le
Havre. Ha muerto de fiebre amarilla.
Todas las mañanas partía de Colón un tren funerario del
ferrocarril de Panamá en dirección a la Colina del Mono. S. W. Plume recordaba
en su memorable testimonio: «En Panamá siempre era igual, entierros, entierros,
entierros en dos, tres y hasta cuatro trenes diarios cargados con negros
jamaicanos muertos. Nunca había visto nada igual. No importaba que fueran
blancos o negros para ver la forma en que morían allí. Morían como animales».
La tasa de enfermedad durante el período de los franceses (frente a la tasa de
mortalidad) sería tan imposible de determinar con precisión con los registros
que quedan como la tasa de mortalidad; pero era muy grande. Un cálculo
conservador realizado después por los médicos estadounidenses señalaba no menos
de un tercio de la mano de obra total en todo momento. Así pues, en un año como
1884, cuando había más de diecinueve mil personas trabajando, probablemente
seis mil estaban enfermas.
Los médicos de la compañía aconsejaban protegerse del calor del sol y evitar
mojarse, que era lo mismo que decirle a un explorador del Ártico que evitara el
frío. A los recién llegados se les advertía que se cuidaran del aire nocturno y
se les decía que no comieran fruta. Algunos médicos no ocultaban que importaba
poco lo que una persona hiciera, comiera o bebiera, y que nadie entendía las
causas de las fiebres. Tanto los médicos como los empleados aceptaban con
sarcasmo que el único medio seguro era marcharse, abandonar el Istmo lo más
rápido posible.
Uno de los muchos que lo hicieron fue el pintor impresionista Paul Gauguin,
cuya llegada y partida tuvieron lugar bastante tiempo después, pero cuyos
sentimientos sobre la experiencia fueron compartidos por muchísimos otros.
Gauguin llegó de Francia con otro joven pintor, Charles Laval, en 1887. Era su
primer intento de escapar del ambiente europeo. Su sueño era comprar un pedazo
de tierra en Taboga para vivir allí «de los pescados y las frutas, sin
comprarlos […] sin preocupación por el día de hoy ni el de mañana», según
escribió. Pero cuando llegó a Colón ya no tenía dinero, y, como muchos otros
aventureros que acabaron en el Istmo —vagabundos tropicales, se les llamaba—,
se puso a trabajar de jornalero en el canal. (Aunque la inmensa mayoría de los
jornaleros eran negros, la compañía contrataba a cualquiera que pareciera apto
y dispuesto para trabajar.) Pero manejar el pico todo el día en ese clima
sofocante era una prueba durísima. «Tengo que cavar desde las cinco y media de
la mañana hasta las seis de la tarde, bajo el sol y bajo las lluvias de los trópicos
—le escribía a su esposa—. Por la noche, los mosquitos me devoran.» Su
compañero, el pintor Laval, había encontrado la manera de ganar dinero pintando
retratos a los directivos de la compañía; pero Gauguin se negó a tomar parte en
el negocio, porque solo se vendían retratos hechos «de un modo muy especial y
malo».
Muy pronto descubrió que en Taboga, al igual que en cualquier otro sitio cerca
del canal, la tierra tenía un precio completamente fuera de su alcance. Se
sentía debilitado —envenenado— por el calor húmedo y empezó a sentir una fuerte
aversión hacia los panameños. Llegó a ser detenido por orinar en público en la
ciudad de Panamá. Su defensa, que la calle no era más que una cloaca abierta,
no logró convencer al policía, quien lo condujo a punta de pistola por toda la
ciudad para que pagara una multa de una piastra (cuatro francos). A partir de
entonces su único deseo fue ganar dinero suficiente para marcharse, y
transcurrido un mes ya estaba navegando contento hacia Martinica.
III
Los franceses reconocían que el fondo del problema de salud era
su falta de jurisdicción sobre las dos ciudades por las que todo y todos tenían
que pasar y donde vivía y trabajaba un número considerable de empleados. Sin la
jurisdicción, no podía haber un control sobre la salubridad en Colón ni en
Panamá, y tal como estaban las cosas, en ninguna de las dos ciudades existían
ni las más elementales condiciones de salubridad. Colón —puerto de entrada para
todos los nuevos empleados procedentes de Francia, para los miles de
trabajadores que llegaban de Jamaica, para todos los abastecimientos enviados
desde Nueva York, y la estación donde todos tomaba el tren para ir a Panamá y
los puntos intermedios— era un lugar inmundo. Comparados con Colón, escribía un
periodista francés, los guetos de la Rusia Blanca y los barrios pobres de
Toulon o Nápoles parecerían modelos de limpieza. En Colón aún no había
alcantarillas propiamente dichas, ni cuartos de baño. Basura, gatos muertos y
caballos se arrojaban a las calles y por todas partes pululaban ratas de un
tamaño descomunal. Y como se tenía la creencia de que la fiebre amarilla era
una enfermedad producida por la suciedad, Colón se consideraba el gran criadero
del mal.
Donde los franceses tenían control, el contraste era asombroso. Su ciudad de
Christophe-Colomb, pegada a Colón, estaba muy limpia y era tan diferente como
si las separaran kilómetros.
Entonces, a comienzos de 1885, surgió la tragedia, tomando a todos por sorpresa
y eliminando de un golpe el problema de la salubridad en Colón. El 31 de marzo,
con un fuerte viento que soplaba del norte, la ciudad entera quedó envuelta en
llamas.
El incendio fue el clímax de lo que habría de conocerse con el nombre de la
«Rebelión de Prestán», un breve reinado del terror que se inició con otro
suceso sangriento en la ciudad de Panamá, obra del ex presidente Rafael
Aizpuru. Aunque a los franceses les había inquietado desde un principio el
carácter incendiario de la política panameña —debe recordarse que desde su
primer día en el Istmo a De Lesseps le advirtieron sobre la peligrosidad de
Aizpuru—, la violencia de lo sucedido los tomó por sorpresa.
Pedro Prestán era un mulato haitiano diminuto con un odio arraigado hacia los
extranjeros, y más en especial hacia los hombres blancos y los estadounidenses.
Parece que era un sentimiento compartido por Aizpuru, aunque no hay pruebas de
que existiera una conexión directa entre ambos. Como en la mayoría de las
insurrecciones políticas del Istmo, la situación tuvo su origen en la política
de la lejana Bogotá, y era algo complicada. En esencia, esto fue lo que
sucedió.
Rafael Núñez, importante figura política durante años, militó primero en las
filas de los liberales y luego se pasó a las de los conservadores. Por eso, su
elección para ocupar la presidencia de la República de Colombia había provocado
brotes de insurrección en diversos lugares del país, incluidos Cartagena y
Buenaventura. Las tropas del Gobierno que se hallaban acuarteladas en el Istmo
fueron enviadas precipitadamente a Cartagena y Buenaventura, de suerte que en
Colón no quedó más que una reducida tropa de pocos cientos de hombres. La
ciudad de Panamá quedó desguarnecida, y esa fue la ocasión que aprovechó
Aizpuru, el dirigente liberal que desde hacía tiempo la estaba esperando, para
lanzar su «ejército» de unos doscientos cincuenta hombres contra la ciudad.
Después de mucha destrucción y pérdidas de vidas, se hizo con el control. Las
tropas leales al Gobierno que se hallaban en Colón, al mando de un oficial
apellidado Gónima, salieron por tren hacia Panamá para expulsar a los rebeldes.
Aizpuru buscó refugio en las colinas, donde se hizo fuerte; pero en Colón, con
la partida de Gónima y sus hombres, Prestán entró en acción.
En esta etapa de la lucha, la banda de Prestán probablemente no contaba más que
con una docena de hombres descalzos, armados con machetes y, si acaso, una o
dos pistolas. Sin embargo, con los franceses por todas partes y una cañonera
estadounidense, la Galena, anclada en la bahía, se apropió de la
prefectura y logró considerables «préstamos» de varios comerciantes de la calle
del Frente. Sus acciones fueron muy rápidas y, como todos tuvieron que admitir
posteriormente, tenía una extraordinaria habilidad de dirigente. Nadie hizo
nada para detenerlo.
La mañana del 29 de marzo llegó al puerto el vapor Colón de la
Pacific Mail, procedente de Nueva York, con un cargamento de armas de
contrabando consignado a «quien reclamara el pedido». Prestán y sus hombres
fueron al muelle de la Pacific Mail y exigieron que se les entregaran las
armas. Cuando el encargado de la compañía, un estadounidense llamado William
Connor, se negó a hacer la entrega, Prestán lo tomó como rehén junto con otros
cinco compatriotas: el agente de la naviera, el cónsul de Estados Unidos, el
inspector del ferrocarril de Panamá y dos oficiales de la cañonera Galena,
uno de los cuales fue enviado al barco para advertir a su comandante que
ninguno de los rehenes quedaría en libertad hasta que no se le entregaran todas
las armas a Prestán. Además, si el comandante estadounidense hacía el intento
de desembarcar a sus hombres, Prestán daría la orden de matar no solo a los
rehenes, sino a todos los estadounidenses que hubiera en Colón.
El comandante de la cañonera, Theodore F. Kane, se hallaba en una posición muy
difícil. La presencia de la cañonera Galena en la bahía era
una cuestión de rutina (una parte del acuerdo firmado con Colombia en 1846),
con instrucciones precisas de no intervenir en los asuntos locales, a no ser
con una orden expresa de Washington o en el caso de que la propiedad o los
servicios del ferrocarril estuvieran en verdadero peligro. Al otro lado del
Istmo, en la bahía de Panamá, se hallaban anclados otros dos navíos de Estados
Unidos, el Shenandoahy el Wachusett, con instrucciones
similares.
Pero el cónsul estadounidense se encontraba en una situación mucho más difícil.
Como estaba seguro de que Prestán cumpliría sus amenazas, ordenó al agente de
la Pacific Mail, un hombre apellidado Dow, que le entregara las armas. En
cuanto Prestán lo escuchó, dejó en libertad a los rehenes. Y entonces, antes de
que el rebelde se enterara de lo que estaba sucediendo, el comandante Kane hizo
que la Galenase acercara al muelle, abordó el Colón y
lo remolcó por la bahía hasta alejarlo lo suficiente para que quedara fuera del
alcance de los insurrectos. Prestán, enfurecido, volvió a tomar como
prisioneros a Connor y a Dow. Así estaban las cosas al caer la noche.
Con las primeras luces del día siguiente, el comandante Kane hizo desembarcar a
un centenar de sus hombres. Sin embargo, para irritación de los directivos
franceses y los estadounidenses del ferrocarril, preocupados por lo que pudiera
suceder a sus propiedades, se negó a capturar a Prestán o a intervenir de
ninguna forma. Para entonces, las fuerzas de Prestán habían aumentado a varios
cientos de hombres. Las noticias de los acontecimientos llegaron a la ciudad de
Panamá, y esa misma noche las tropas de Gónima tomaron el tren para regresar.
Para evitar una batalla campal en Colón, el inspector de los ferrocarriles,
George Burt, requirió que Gónima desembarcara con sus tropas en la Colina del
Mono. Así pues, antes de que amaneciera el 31 de marzo, llevando consigo a
Connor y a Dow como escudos, Prestán y sus hombres avanzaron sobre dicho
enclave. Allí, durante casi una hora, se libró una batalla salvaje a ambos
lados de la vía del tren, en el curso de la cual los dos rehenes
estadounidenses se las arreglaron para escapar a la selva. Entonces, Prestán
emprendió la huida y al llegar a Colón prendió fuego a la ciudad. En pocas
horas no quedaba de ella más que montones de cenizas humeantes. Solamente se
salvaron los edificios de ladrillo de las oficinas del ferrocarril, los de la
línea de vapores, la iglesia de piedra y una franja de casas a lo largo de la
playa. Murieron dieciocho personas y tal vez más de ocho mil quedaron sin
techo.
El movimiento de vaivén de los conflictos continuó. Mientras Prestán era
derrotado en la Colina del Mono, Aizpuru volvía a atacar la ciudad de Panamá,
causando otras veinticinco muertes. De nuevo triunfante, se declaró la
autoridad suprema de Panamá.
El cónsul George Burt, desesperado, pidió a los oficiales de Marina que
hicieran algo. Declaró que los hombres de Aizpuru habían estado manipulando las
agujas de las vías del ferrocarril y que habían abordado y saqueado un tren.
Prestán había causado destrozos en un tramo de las vías, cortado las líneas del
telégrafo y provocado el descarrilamiento de una locomotora. Por todo ello, los
oficiales ordenaron el desembarco de los hombres del Shenandoah y
del Wachusett, con lo que rápidamente se restableció el orden a lo
largo de las vías férreas. El 10 de abril llegaron a Colón el Tennessee y
el Swatana, al mando del vicealmirante James Jouett, con un
batallón de la Infantería de Marina.
En la ciudad de Panamá, una gran multitud se congregó en la Plaza de la
Catedral para presenciar el desfile de los marines estadounidenses
con sus flamantes uniformes y tirando de un cañón Gatling sobre sus grandes
ruedas. Solo hubo un momento de conmoción cuando estalló una pelea entre
algunos de los ciudadanos. Entonces, los estadounidenses colocaron su cañón en
una esquina de la plaza, lo levantaron de tal manera que la granada pasara por
encima de las azoteas de los edificios y dispararon. En cuestión de segundos,
la plaza quedó vacía.
Las tropas cruzaron el Istmo en improvisados carros blindados; eran las
plataformas abiertas, pero ahora protegidas por gruesas láminas de acero y
armadas con más cañones Gatling. Los guardiamarinas, con sus cascos blancos
para protegerse del sol, se apostaron en el puente de Barbacoas y la localidad
de Matachín; pero no volvió a ocurrir ningún disturbio a lo largo de las vías.
Las tropas del Gobierno hicieron una redada en Colón, atraparon a cincuenta y
ocho personas, las sometieron a un juicio sumarísimo por traición y las
fusilaron. Más tarde se afirmó que muchos eran inocentes.
En la ciudad de Panamá, Aizpuru declaraba que contaba con las fuerzas
suficientes para mantener el orden por sí mismo, pero los estadounidenses
hicieron caso omiso de sus invitaciones para que acudieran al palacio de
gobierno a conferenciar con él. Después prometió declarar independiente a
Panamá si Estados Unidos reconocía a su gobierno, mas tampoco esta oferta
obtuvo respuesta. «No debe usted desempeñar ningún papel en los desórdenes
políticos o sociales que se produzcan en Colombia —decían las instrucciones
explícitas enviadas al vicealmirante Jouett en un telegrama que recibió antes
del desembarco—, y entre sus estrictas obligaciones estará la de evitar que su
presencia en el Istmo provoque irritaciones o enemistades.» El vicealmirante
tendría que proteger los intereses de Estados Unidos sin afrentar la soberanía
de Colombia.
El 24 de abril, Aizpuru se reunió con los oficiales estadounidenses en el hotel
Central y les presentó su rendición. Poco después llegaron por barco más tropas
colombianas y al cabo de una semana la mayoría de las fuerzas estadounidenses
se habían retirado del Istmo.
Prestán, que había huido a la selva después de incendiar Colón, fue capturado y
llevado al puerto para esperar su juicio en la cárcel. La ingrata tarea de
retirar los escombros, atender a los heridos y a los que se habían quedado sin
casa, el esfuerzo para reconstruir Colón desde sus cimientos —una tarea que se
iba a llevar a cabo con increíble rapidez—, recayó en buena parte en los
responsables estadounidenses del ferrocarril.
La compañía del canal no había sufrido daños de consideración. La ciudad
francesa de Christophe-Colomb, a pesar de estar pegada a Colón, quedó intacta.
Durante el breve dominio de Aizpuru, el populacho invadió el camino al hospital
de Ancón, pero la hermana Marie tomó una sombrilla grande, se recogió las
faldas del hábito y salió para hacerle frente a las puertas del hospital:
«Escúchenme —dijo—. Algún día estarán enfermos, y si nos molestan ahora, ¿creen
que los vamos a recibir cuando vengan al hospital? ¡No! ¡Vale más que se
vayan!» Y todos se marcharon por donde habían venido.
Dingler informó a París: «Nuestra tarea sigue adelante de la forma acostumbrada».
Pero las rebeliones produjeron sus efectos en la empresa francesa, y algunos
fueron muy serios. En La Culebra, las tropas del Gobierno irrumpieron en un
campamento de la compañía y asesinaron a numerosos jamaicanos, alegando que los
trabajadores negros habían hecho fuego primero contra ellos. Estalló un feroz
tumulto entre los trabajadores negros, se perdieron más vidas y cientos de
hombres dejaron el trabajo y tomaron el primer barco rumbo a Kingston, donde
desde entonces la compañía tropezaría con muchas dificultades para reclutar
trabajadores. En lo que se refiere a las causas de lo que había sucedido, los
franceses y los estadounidenses estaban de acuerdo. El comandante Kane podía
haber evitado toda la tragedia si hubiera arrestado a Prestán la mañana en que
comenzó su revuelta; pero eso era algo que el prudente comandante Kane entendía
que no tenía derecho a hacer.
A su debido tiempo, Prestán y Aizpuru tuvieron su castigo. Vestido con traje
negro y sombrero de bombín, Prestán y su escolta marcharon sobre las vías por
la calle del Frente y allí mismo fue ahorcado, a la vista de la mayor multitud
congregada en Colón. Aizpuru fue más afortunado. Se le envió a Bogotá para ser
juzgado y se le condenó a pagar una multa y a pasar diez años en el exilio.
En el campo de la política volvió a reinar la calma. Pasaron las crisis, al
parecer, sin mayores consecuencias. Pero en realidad las rebeliones en Panamá y
otras provincias señalaron el inicio de un período crítico en Colombia. Las
repercusiones de largo alcance fueron considerables. Para consolidar su
posición, el presidente Núñez proclamaría una nueva Constitución por la que
todos los poderes se concentraban en Bogotá. De allí en adelante, las nueve
provincias de Colombia, incluida Panamá, quedarían bajo el mando del gobernador
nombrado por el Gobierno federal de Bogotá.
Como el tiempo demostraría, también fue importante la presencia durante todo lo
que había sucedido en el Istmo de tres observadores cuyos papeles personales
fueron relativamente menores, pero que no olvidarían lo que vieron ni las
lecciones que extrajeron.
Uno de ellos era Philippe Bunau-Varilla. Otro era el doctor Manuel Amador
Guerrero, un médico empleado por el ferrocarril. El tercero era el capitán
Alfred Thayer Mahan, del navío Wachusett, que había desembarcado
con uno de los guardiamarinas para proteger el ferrocarril.
El capitán (después, almirante) Alfred Thayer Mahan. (Biblioteca del
Congreso)
Lo que más impresionó a Bunau-Varilla y al doctor Amador
Guerrero fue el cariz que tomaron los hechos por la simple presencia de la
fuerza naval estadounidense. Durante el curso de los acontecimientos, en la
mente de todos habían estado esos barcos y la cuestión de lo que sus
comandantes podrían o no hacer ante los conflictos que se desarrollaban en
tierra. Y apenas unos meses más tarde, el capitán Mahan, nombrado profesor del
War College de Newport (Rhode Island), comenzaría a dar una serie de conferencias
sobre la influencia del poder marítimo.
Luego las cosas comenzaron a desmoronarse. En las oficinas que daban a la
plaza, con sus últimas reservas de energía casi agotadas, Jules Dingler se
había convertido en un ser irritable que trataba con tanta dureza y descortesía
a su personal que varias personas que ocupaban puestos clave, incluido un jefe
de división, presentaron su renuncia. A finales de agosto, próximo al derrumbe
físico y moral, el propio Dingler se rindió y se embarcó hacia Francia como un
hombre solitario y vencido. Había dejado a toda su familia sepultada en Panamá.
Jamás regresaría.
Su puesto lo ocupó Maurice Hutin, que era el siguiente en la lista. Pero
también estaba enfermo y fatigado, y un mes después renunció. Ya solo quedaba
Bunau-Varilla. Así pues, al año de haber llegado al Istmo, a los veintisiete
años, se encontró a la cabeza de toda la empresa. Durante los meses siguientes,
hasta que fue nombrado otro director general, rara vez pudo dormir más de dos
horas.
Se trasladó al despacho de Dingler con la firme determinación, como declaró más
tarde, de llegar a ser todo lo que De Lesseps había sido en Suez. «Las energías
del hombre reciben un impulso espontáneo cuando encuentran a un jefe inspirado
por la absoluta confianza en el triunfo de una empresa muy difícil —afirmaría
más adelante en uno de sus libros—. Los que trabajan con él ocupan su lugar
preciso, en orden, como las partículas de hierro alrededor del polo de un
poderoso imán.» Cuando el nuevo cónsul general de Francia entró en su despacho
para conocerlo y expresó su sorpresa al encontrarse con un hombre tan joven en
una posición de tan amplias responsabilidades, Bunau-Varilla repuso que el
nuevo cónsul general debía aprender a juzgar a los hombres según su capacidad y
no su edad.
Pero se había extendido un sentimiento de amargura entre el personal de la
empresa. La sensación del fracaso estaba en el aire y la gente buscaba a
alguien a quien culpar. El teniente William Kimball, oficial del Tennessee que
acompañó a Bunau-Varilla en una gira de inspección por las obras, escribió que
se percibía una creciente desconfianza hacia los estadounidenses. Bunau-Varilla
seguía siendo cortés, señalaba Kimball, pero muchos otros directivos franceses
no se esforzaban por disimular sus sentimientos. Ya no se quería maquinaria,
contratistas ni técnicos estadounidenses. Los mecánicos franceses acusaban a
sus colegas estadounidenses de tratar de sabotear el equipo con el fin de
detener el trabajo para que así Estados Unidos pudiera hacerse cargo del proyecto.
El teniente de navío Kimball atribuía esos rumores a la depresión causada por
la malaria.
Sus observaciones figuraban en un informe especial y secreto transmitido al
jefe de la Oficina de Navegación de Washington. Era un documento muy
interesante. Consideraba que no se había realizado más de una décima parte del
trabajo, una valoración muy precisa, según se pudo comprobar después.
«Constantemente surgen descomunales dificultades imprevistas y penosas, al
parecer, insuperables.» En Paraíso vio un deslizamiento tan grande que cayó
entero, con la hierba que crecía en la parte superior intacta, y con tanta
fuerza que abarcó toda la amplitud del corte.
Los servicios del hospital, que ya eran muy extensos, no bastaban. Los precios
de los alimentos eran muy altos. Los trabajadores, negros y blancos, temían que
hubiera más violencia política. Los negros abandonaban su trabajo sin dar
tiempo a que se los pudiera reemplazar y se marchaban a su casa a gastar el
dinero «antes de que los matara el maldito clima». Pero Kimball subrayaba que
la pérdida de vidas humanas no era un motivo disuasorio en sí mismo. El dinero
era lo que contaba. La vida humana «siempre era barata».
«Fiel a mi pasado, cuando tratan de detenerme, yo prosigo.»
FERDINAND DE LESSEPS
I
El 23 de abril de 1885, tres semanas después de llegar a París
las noticias sobre el incendio de Colón, Ferdinand de Lesseps recibió la toga
verde de la Académie Française. En el pequeño salón de ceremonias, bajo la gran
cúpula del venerable instituto y con toda la solemnidad tradicional, obtuvo el
máximo honor de la sociedad francesa. Desde aquel momento podía contarse entre
los cuarenta «Inmortales», los elegidos de los elegidos.
Se afirma que «muy rara vez se había reunido esa galaxia de celebridades» y que
De Lesseps habló ante ellos con el tono de un general victorioso en la batalla.
Nunca fueron fáciles las grandes tareas, declaró. En este mundo nada era fácil,
y mucho menos las cosas útiles. Había que esperar encontrarse con escépticos,
vaticinadores de fatalidades y asesinos del temperamento. Siempre había
existido el mal en el mundo. «Reza el proverbio árabe: "Ladran los perros,
pero la caravana pasa". Yo paso y sigo adelante.»
Pero hasta aquel momento glorioso apenas se habían oído los ladridos de los
perros. En los círculos financieros se hablaba constantemente sobre las sumas
enormes que había gastado Jules Dingler, y la diatriba de Henri Maréchal había
dado origen a una oleada de rumores y murmuraciones; pero ninguna de las
publicaciones más influyentes de Francia, ninguno de los personajes de
importancia, había dicho hasta el momento una sola palabra despectiva.
La popularidad de De Lesseps parecía invulnerable, como siempre. Aunque las
acciones de Panamá habían comenzado a bajar notablemente en la Bolsa de Valores
y a pesar de que el crédito de la compañía se había puesto en entredicho por
primera vez, la mayoría de los pequeños accionistas se mostraban decididos a
conservar sus títulos. En la reunión anual de los accionistas en julio, De
Lesseps fue vitoreado una y otra vez; y como si fuera un personaje de
Shakespeare, proporcionó a su auditorio visiones de la heroica conquista que se
libraba dentro del exótico marco de la distante selva. Todos eran soldados de
la misma cruzada, todos eran uno en este enorme trabajo, benéfico para la
humanidad y terriblemente difícil. El triunfo de los ingenieros —sus ingenieros—
era real; más de la mitad de la tarea estaba terminada: «los esfuerzos que
hasta ahora se han hecho pueden considerarse más de la mitad de los esfuerzos
necesarios», fueron sus palabras exactas, lo cual era una ficción absoluta.
(Solo se había excavado la décima parte del canal, tal como había calculado el
oficial estadounidense Kimball.)
También dijo que la fecha de finalización se había retrasado ligeramente y que
la estimación original del coste en 1.200 millones de francos, según estableció
el congreso de París, se estaba asumiendo. Pero esos anuncios no se pusieron en
tela de juicio. Nadie cuestionó nada de lo que dijo. Cuando una de las personas
pidió una investigación formal sobre la administración de la compañía, no hubo
nadie en todo el salón que secundara la propuesta.
Fue más tarde, durante el verano, cuando comenzaron a escucharse con más fuerza
los rumores de fracaso. El prestigioso comentarista financiero Paul
Leroy-Beaulieue, del que se sabía que era un viejo amigo de De Lesseps,
advirtió en el Économiste Français del 8 de agosto que, de no
reorganizarse radicalmente la compañía del canal, «veremos muy pronto el más
terrible desastre financiero del siglo XIX». Entre otros periódicos
extranjeros, el Tribune de Nueva York insistía en llamar al
canal «la especulación colosal del gato montés» y se lamentaba de que los
pobres accionistas se encontraran en la imposibilidad de ir a ver por sí mismos
la verdad.
El ataque más fuerte lo lanzó el Financial News de Londres en
una serie de artículos escritos por J. C. Rodríguez, el periodista
estadounidense que había cambiado radicalmente de opinión desde su gira por
Panamá, cinco años atrás. Al igual que De Lesseps, Rodríguez no había vuelto a
Panamá en ese período. Tampoco se había molestado en hablar con alguien
relacionado con el canal o que tuviese un conocimiento de primera mano sobre la
situación allí o en las oficinas de la Rue Caumartin. En realidad, los
artículos no contenían ninguna información nueva. Pero repasando las
observaciones publicadas por otros periodistas, examinando lo que De Lesseps y
la prensa francesa decían de un año a otro, destacando todo lo que no había
dicho la compañía sobre los datos firmes que recibía respecto al coste y el
volumen de la excavación realizada (y no la que se había previsto), consiguió
presentar un panorama verdaderamente descorazonador en todos sus aspectos.
Sostenía que si los periódicos franceses le daban a De Lesseps su apoyo
incondicional era porque los editores y reporteros se habían vendido al mejor
postor. Esa era quizá la décima vez que aparecía impresa la misma acusación
durante el último año, pero, como los demás que la habían formulado, Rodríguez
carecía de pruebas o testimonios para respaldarla.
Había tomado sus datos del Bulletin, de las cartas de De Lesseps a
los accionistas, de las declaraciones públicas y demás. Se mostró que la
supuesta fecha para la terminación de la obra había sido una fantasía desde el
principio, al igual que todas las cifras previstas de coste. Después de cinco
años, no existía aún un plano para la presa sobre el Chagres. El canal estaba
destinado al fracaso porque la compañía iba a pique. La empresa se desharía en
París, no en el Istmo, y su ruina solo era cuestión de tiempo. «Todo el asunto
es una patraña, y lo ha sido desde el principio.»
En octubre, mientras los artículos se publicaban en Estados Unidos en forma de
libro, las acciones de Panamá descendieron al nivel de 364 francos. Después, en
la primera semana de diciembre, un norte violentísimo barrió el Caribe y azotó
a Colón, destrozando dieciocho barcos contra la costa y destruyendo buena parte
de las instalaciones del puerto. Perecieron cincuenta marineros. Cayeron
aguaceros torrenciales y el Chagres, que creció más de nueve metros en pocas
horas, inundó varios kilómetros de vías y excavaciones del canal. Los trenes no
podían pasar. Para inspeccionar la línea tras la tormenta, Philippe
Bunau-Varilla tuvo que hacer la mayor parte del recorrido en canoa. Después
escribiría que pasó entre árboles medio sumergidos, cuyas copas estaban negras
por los millones de tarántulas que se habían encaramado allí para salvarse.
Puede imaginarse el efecto que semejantes noticias produjeron entre los
escépticos. Sin embargo, De Lesseps, optimista como siempre, recordó a todo el
mundo que no había pasado un año en Suez sin que hubiera una crisis. A la
empresa de Suez se le habían dirigido los mismos calificativos; y a él también.
La caravana pasaría adelante.
En mayo había hablado por primera vez sobre bonos de lotería para garantizar el
canal. Y en la reunión de los accionistas en julio pidió y obtuvo un voto de
confianza. Ahora habló un poco más. Los bonos del canal se venderían junto con
boletos numerados, algunos de los cuales, los ganadores, recibirían grandes
premios en efectivo. Durante el último año del canal de Suez, cuando no se
obtuvieron los fondos necesarios para terminar la obra mediante una emisión de
bonos ordinarios, la creación de una lotería como esta había salvado al canal.
Además, esos mismos bonos valían ahora casi el doble de su precio original.
Para «terminar pronto» en Panamá, afirmó De Lesseps, se necesitaban 600
millones de francos más. Lo único que hacía falta era la autorización del
Gobierno para una emisión de lotería. Así pues, cuando el verano cedió paso al
otoño, la Cámara de Diputados quedó inundada con las peticiones firmadas por
miles de accionistas del canal de Panamá, una magnífica y espontánea
manifestación de confianza, declaró Ferdinand Martin, el banquero de Nyons que
inició la campaña. Al mismo tiempo, para evitar cualquier posible desconfianza
sobre la situación en el Istmo, De Lesseps declaró que él mismo iría de nuevo
para ver cómo andaban las cosas.
Impresionados por la marejada de peticiones, los diputados de la Cámara
formaron una comisión para que estudiara la proposición de la lotería y se
eligió a un destacado ingeniero civil, Armand Rousseau, para que fuera a Panamá
e informara a la comisión. Rousseau partió antes de que lo hiciera De Lesseps.
No se sabe si lo hizo deliberadamente para evitar la influencia persuasiva del
anciano, pero el caso es que embarcó en el Lafayette al mismo
tiempo que Charles, quien acompañaba al nuevo director general, Léon Boyer, de
treinta y cinco años, para ocupar el lugar de Philippe Bunau-Varilla.
Mientras tanto, este había decidido presentar su renuncia a la compañía del
canal, pero se quedaría en Panamá como empleado de un contratista particular,
al frente de la principal excavación en La Culebra.
Cuando partió para esta segunda gira por el Istmo —su primera inspección
personal a las obras del canal de Panamá—, Ferdinand de Lesseps había cumplido
los ochenta años. Para millares de accionistas seguía siendo el número clave de
la ecuación, más importante que los precios de las acciones o las estadísticas
de las excavaciones. No tenían puesta su confianza en una compañía, ni en un
canal que cruzara el istmo de Panamá, sino en un ser humano al que consideraban
excepcional. Para ellos, aquel hombre era la grande entreprise. Así
pues, dicho en pocas palabras, la cuestión era cuánto tiempo más podría durar y
actuar ese ser mortal.
En ese viaje se hizo acompañar de un gran cortejo de personalidades, de
asesores técnicos, de altos funcionarios de la compañía y de invitados
especiales (los delegados de por lo menos seis cámaras de comercio de Francia,
un ingeniero alemán, un diplomático italiano y un almirante de la Marina Real
británica, el duque de Sutherland), y todos viajaban a expensas de la compañía.
Su mujer y sus hijos permanecieron en París. Como dato interesante se debe
señalar que en aquel segundo viaje no figuraba ninguno de los que fueron en la
primera expedición. Bionne y Blanchet habían muerto; De Lesseps y el teniente
Wyse no se dirigían la palabra desde hacía años; también habían fallecido Jacob
Dirks, el coronel Totten y Trenor Park.
Al final, cuando todo estaba en ruinas, muy pocos admiraron a De Lesseps por
haber hecho un esfuerzo como ese viaje. Visto en retrospectiva, la confianza
ciega parecería casi maniática y patética. Se olvidaría su grandeza en muchos
aspectos. Solo se ensalzaría al hombre de épocas anteriores, al héroe de Suez.
Sin embargo, entre todas las realizaciones de su larga y brillante carrera,
ninguna se podría comparar con aquel sobrehumano esfuerzo final para triunfar
en Panamá. La estrella que caía seguía resplandeciendo.
Llegaron a Colón el 17 de febrero, pocos días después de que Armand Rousseau,
cumplida su misión de estudio, emprendiera el viaje de regreso a Francia.
Aquella vez solo permanecieron dos semanas en el Istmo, y las actividades que
se proponía desarrollar De Lesseps eran las mismas que seis años antes: servir
de inspiración para el trabajo, infundir valor y confianza, y atraer la
atención sobre sí mismo. Todo esto lo consiguió con creces una vez más. Entre
el ejército de trabajadores dispersos por el Istmo, reunió muchedumbres que lo
aclamaban como lo habían hecho las de Egipto. Para los miles de trabajadores,
la sola presencia de De Lesseps era electrizante. Uno de los ingenieros, en un
discurso de bienvenida, le dijo: «Para nosotros usted es el jefe venerado en
torno al cual nos reunimos, siempre dispuestos al sacrificio, incluso de
nuestras vidas, para asegurarle el triunfo en su glorioso trabajo».
De Lesseps respondió: «Si puedo contar con corazones generosos y espíritus
recios como los vuestros, todo es posible».
De nuevo había escogido la estación seca. Como la vez anterior, aparecía bajo
la brillante luz del sol. En una de las giras de inspección apareció montado a
caballo. «El señor De Lesseps —informaba uno de los miembros del grupo—,
infatigable como siempre, cabalgaba al frente de la caravana. En La Culebra, lo
vi subir al galope por la cuesta de la colina entre las aclamaciones
aprobatorias de los trabajadores negros y blancos, asombrados todos frente a
aquella muestra de ardor juvenil.» Pocos años después, los jóvenes ingenieros
estadounidenses, descansando cómodamente en los sillones del club, escucharían
los relatos de los viejos panameños sobre las cabalgatas de De Lesseps,
ataviado con un manto ondeante de vivos colores, «como un monarca oriental».
Hubo desfiles y fuegos artificiales en la ciudad de Panamá. En la plaza se
levantó un arco de triunfo con una leyenda que decía: «Gloria al genio del
siglo XIX». Las niñas le ofrecían ramilletes de flores. Dio charlas e hizo
brindis. Asistió a banquetes que hubieran matado a muchos hombres de su edad.
Bailó toda la noche en la gran fiesta que se organizó en su honor.
Su alojamiento en la parte del Atlántico era una casa enorme con vistas al mar,
construida especialmente para él en Christophe-Colomb y que desde entonces se
conoció con el nombre de palacio De Lesseps. En la ciudad de Panamá se
hospedaba en el palacio arzobispal, donde contaba con un guardián frente a su
puerta, un gran perro al que llamaban Bravo, que era un ejemplar
local de raza y origen desconocidos que había estado unido a Dingler años
atrás, luego a Hutin, después a Bunau-Varilla y más recientemente a Charles de
Lesseps.
Por las mañanas, durante largas horas, mientras una ruidosa muchedumbre llenaba
la plaza, conferenciaba con los ingenieros en las oficinas de la compañía.
Visitaba los hospitales, los talleres de maquinaria y los campamentos de
trabajo. Bunau-Varilla hizo estallar una enorme carga de dinamita en su honor y
luego le obsequió con cierta solemnidad un pedacito de roca, diciéndole que era
«la milésima parte de la millonésima parte del pequeño monte que había visto
volar por los aires». Más tarde, y sin tanta ceremonia, De Lesseps hizo entrega
del pedacito de roca a la Académie des Sciences.
A Bunau-Varilla se le tenía siempre a mano para que respondiera a todas las
preguntas técnicas. También Charles estaba cerca. Era un hombre «muy capaz y de
claro entendimiento», señaló John Bigelow, un emisario de la Cámara de Comercio
de Nueva York que se había unido al grupo. Desde entonces se entabló entre
Bigelow y Bunau-Varilla una amistad que habría de durar toda la vida.
En general, el viaje fue una excelente exhibición. Se restableció la moral en
el Istmo hasta un grado que nadie hubiera creído posible. Boyer, el nuevo
director general, ocupó su puesto. Los miembros del grupo disfrutaron de la
estancia, con excepción de Bigelow, que tuvo un ligero malestar y pensó que se
estaba muriendo de fiebre amarilla. De Lesseps no cabía en sí de gozo. Cuando
llegó el momento de partir, todos (contando también a Bigelow) se hallaban en
perfecto estado de salud.
Parece que el único que no estaba satisfecho era Philippe Bunau-Varilla, cuya
dedicación al trabajo no era menor por haber sido relevado del mando, pero que
se sentía desairado por Le Grand Français. En el curso de sus
conversaciones privadas, De Lesseps no había escatimado alabanzas ni
manifestaciones de gratitud por todo lo que el joven había hecho, pero en
público no dijo una palabra sobre el particular. «Si se rendía homenaje a
cualquier otra persona que no fuera él, parecía robarle un rayo a su corona de
gloria», escribiría años más tarde Bunau-Varilla, todavía resentido.
Cuando volvieron a Francia, los delegados de las cámaras de comercio francesas
expresaron su confianza incondicional. Estaba fuera de toda duda que el canal
se podía construir, siempre y cuando De Lesseps contara con los fondos
necesarios (siempre y cuando el Gobierno le permitiera hacer su lotería).
También Bigelow, en una valoración extensa, detallada y completamente
imparcial, llegó a la conclusión de que el canal podría y debería hacerse, por
la sencilla razón de que «se había gastado ya una proporción tan grande del
coste total que resultaría igual de caro retroceder que avanzar». A Bigelow le
había parecido muy molesto el calor y le preocupaba profundamente el gran
número de vidas que se habían perdido, una cuestión que apenas se mencionó
durante la gira. Pero, al igual que el teniente Kimball, llegó a la conclusión
de que la cuestión del coste era la crucial y la que no tenía respuesta; y no
se trataba simplemente del coste de la construcción —y sobre eso, cualquier cifra
que se ofreciera, aunque la hubieran calculado los ingenieros más
experimentados, no pasaría de ser una simple conjetura—, sino del coste del
mismo dinero. «Hasta que no se tenga asegurado el dinero y no se conozca en
firme el coste de obtenerlo, dar una cifra sería como predecir en qué dirección
soplará el viento el próximo día de Navidad en San Petersburgo.»
Bigelow era una figura prominente, además de muy inteligente y observador;
antiguo copropietario (junto con William Cullen Bryant) del Evening
Post de Nueva York, ministro de Estados Unidos en Francia, abogado y
erudito. Se había tomado muy en serio su gira por Panamá y preparó por
adelantado largas listas de preguntas para formularlas a los ingenieros
franceses. Pero lo que más le impresionó fue la magnitud del esfuerzo realizado
por los franceses, y esa impresión, al igual que un mal presentimiento, pueden
leerse entre líneas a lo largo de todo su informe. Afirmaba que la empresa no
tenía paralelo en la historia. Los estadounidenses no habían sabido apreciar
debidamente lo que los franceses intentaban hacer. En cierta ocasión, y para su
sorpresa, Charles le dijo que Estados Unidos tendría que acabar asumiendo el
control financiero, como había hecho Inglaterra en Suez. Había sido una
observación confidencial —cabe imaginar que realizada con tristeza— y Bigelow
solo habló de ella en su diario. Pero en su informe, publicado mucho antes que
cualesquiera de las teorías del capitán Mahan, Bigelow sí escribió que cuando
se completara la construcción del canal, de la forma que fuera, Estados Unidos
sería el más beneficiado, «puesto que el canal le aseguraría para siempre una
indiscutible posición ventajosa en la inevitable competencia de las naciones
por la supremacía en los mares».
Tan pronto como De Lesseps llegó a París, hizo la predecible profesión de fe en
la pronta terminación de los trabajos. Pero de inmediato, sin cambiar el tono
de voz y con tanto optimismo como si anunciara un giro favorable en los
acontecimientos, admitió que la de Panamá era una empresa mucho más difícil que
la de Suez, diez veces más difícil.
El 29 de marzo, en una entrevista concedida a Emily Crawford, corresponsal
del Daily News de Londres, declaró además que por fin había
quedado resuelto el complicado asunto del río Chagres: «hemos cambiado todo el
curso del río y lo hemos obligado a correr por el otro lado de las montañas».
Es indudable que quería decir que se había cambiado el curso del río sobre el
papel, pues así se había hecho, y había comenzado la excavación real para
construir un gran canal de desvío. Pero no era esa la impresión que dejaba la
lectura del artículo de la señora Crawford, el cual, como ella misma señalaba
en la conclusión, había sido leído y aceptado por el propio De Lesseps antes de
su publicación. La clara impresión que dejaba era que el río ya no se
interponía, que había sido colocado en otro lugar fuera del camino y, de este
modo, el éxito estaba asegurado.
Mientras tanto, cuando el Gobierno y toda Francia esperaban el otro pronóstico,
el de Armand Rousseau, la compañía del canal tenía dificultades para pagar sus
cuentas, pese a la nueva emisión de bonos ordinarios.
El informe de Rousseau apareció en mayo, y para la opinión pública francesa,
acostumbrada al respaldo constante que recibía el canal en la prensa, y para
los accionistas, muy fortalecidos por el Bulletin y por el
mismo De Lesseps, su repercusión fue considerable. Rousseau, antiguo chef
des Ponts et Chaussées, gozaba de una reputación magnífica y sus opiniones
se consideraron completamente francas.
Había llegado a la conclusión de que era impensable abandonar el canal. Eso
sería un desastre, no solo para los millares de accionistas, sino también para
el prestigio de Francia. Si la actual compañía abandonaba la obra, otra
compañía extranjera —no se mencionaba ninguna— se haría cargo de la empresa.
Por lo tanto, el Gobierno debería proporcionar alguna ayuda moral a la
compañía. Él estaba a favor de la lotería. Pero luego venían los asuntos
cruciales. Era posible terminar la construcción del canal; sin embargo, hacerlo
con los recursos previstos y en el tiempo anunciado parecía muy poco probable,
a menos que la compañía accediera de inmediato a modificar radicalmente sus
planes. No especificaba lo que se debería hacer porque creía que no era la
persona indicada para hacerlo. Pero quedaba poca duda respecto a lo que
pensaba. La única modificación radical posible era la de renunciar a la
construcción de un canal a nivel del mar antes de que fuera demasiado tarde.
En suma, decía que las esperanzas alimentadas por Ferdinand de Lesseps carecían
de fundamento en cuanto a tiempo, dinero y, lo más importante, el canal que le
había estado vendiendo al pueblo francés durante todos esos años. El
canal à niveau había sido el axioma de la noción de De Lesseps
desde antes de celebrarse el congreso de París. Esa había sido la razón por la
que eligió Panamá. Así pues, era muy fácil extraer del informe la sombría e
inquietante conclusión de que todo el plan había sido un error colosal desde el
principio.
En rápida sucesión se dieron a conocer otras dos opiniones, ambas solicitadas
por la compañía del canal. La primera procedía de otro muy respetable
ingeniero, un hombre llamado Jacquet, cuya franqueza fue muy valiente en vista
de la situación y del estado de ánimo de quienes pagaban sus servicios. Después
de inspeccionar las obras, declaró que la construcción de un canal al nivel del
mar era inalcanzable e instaba a que se construyera un canal con esclusas en el
mismo corte.
La segunda opinión, enviada desde Colón, estaba escrita por el director general
Boyer, a quien Bunau-Varilla recordaría como uno de los mejor dotados hijos de
Francia. Boyer había llevado a sesenta ingenieros de Francia. A los pocos
meses, casi todos estaban enfermos, desmoralizados o muertos. Más tarde, una o
dos semanas después de que su informe llegara a París, se dio la noticia de que
también Boyer había muerto, una víctima más de la fiebre amarilla.
Su informe era el más inquietante, puesto que hablaba como el técnico de más
alto rango de la compañía. Al igual que Rousseau y Jacquet, consideraba
imposible la construcción del canal al nivel del mar dentro de los límites de
tiempo y dinero disponibles. No tuvo necesidad de pasar más que unos cuantos
días sobre el terreno para llegar a esta conclusión.
Charles sabía que su padre tendría que ceder, pero, aunque se diera cuenta,
jamás lo reconocería en público. Por el contrario, seguía insistiendo en que
debía ser un canal al nivel del mar —un «gran Bósforo oceánico» era su
expresión favorita—, afirmando que podía quedar terminado en tres años más. Su
voluntad era de acero. Todos los críticos eran enemigos. Nunca se sabrá cuáles
eran sus temores secretos, ni cuáles las premoniciones de desastre que lo
acosaban en sus horas de soledad. Pero sin duda disponía de todos los datos, y
la verdad de la situación era clara como la luz del día: en el quinto año de
excavaciones, los contratistas no habían logrado extraer más que un cuarto del
volumen de la excavación total calculada por Dingler.
El ministro de Obras Públicas, Charles Baïhaut, instó a que se aprobara sin
demora la lotería, pero con la nube del Informe Rousseau suspendida sobre sus
cabezas, los diputados de una nueva comisión especial para la lotería votaron
posponer la cuestión y solicitaron una auditoría sobre las cuentas de la
compañía del canal. De Lesseps se sintió ultrajado y se negó a colaborar.
Además, pidió que se retirara su solicitud para que se autorizara la lotería.
«He sido postergado y yo no acepto ninguna postergación —decía en una carta a
los accionistas—. Fiel a mi pasado, cuando tratan de detenerme, yo prosigo […].
Tengo plena confianza en que todos juntos superaremos los obstáculos y en que
vosotros proseguiréis conmigo.»
Pero no había descartado de sus planes la idea de la lotería, a pesar de sus
palabras desafiantes. Su siguiente movimiento fue lanzar otra emisión de bonos
ordinarios, y aunque los resultados fueron bastante respetables —se vendió el
90 por 100 de lo que se ofrecía—, la compañía seguía pagando mucho para obtener
demasiado poco. Se estaba convirtiendo en una tendencia peligrosa y costosa. En
total, la compañía estaba pagando entonces la suma descomunal de 750 millones
de francos (15 millones de dólares) de interés anual por el dinero que había
pedido prestado.
París estaba lleno de declaraciones y rumores contradictorios procedentes de la
Bolsa de Valores, de las oficinas de la Rue Caumartin o de las oficinas del
Canal de Suez, a la vuelta de la esquina, donde De Lesseps pasaba todavía
varias horas de su jornada. Philippe Bunau-Varilla, que se hallaba en París
desde la primavera, charlaba con los visitantes estadounidenses sobre el mucho
dinero que lo respaldaba, afirmando que ya tenía bien meditado un nuevo
concepto que revolucionaría el trabajo y salvaría el canal. Había regresado de
Panamá después de haber estado a punto de morir por un ataque de la fiebre
amarilla, cuando ya había renunciado a su puesto en la compañía y estaba al
frente de la reorganizada Artigue, Sonderegger et Compagnie, que era la
contratista en La Culebra.
Pero otros hablaban de la renuncia del secretario general de la compañía del
canal, Étienne Martin, porque consideraba que el contrato con Artigue y
Sonderegger resultaba «ultrajantemente ventajoso» para dicha compañía. Martin
fue reemplazado por Marius Fontane, el agente de publicidad de la compañía del
canal. Para cada rumor sobre el fracaso y la bancarrota surgía otro, siempre de
fuentes autorizadas, afirmando que el Gobierno estaba decidido a rescatar el
canal a cualquier precio y que el «gran poder secreto» de la compañía era su
influencia política. Se señalaba, por ejemplo, que el ministro de Obras
Públicas, Baïhaut, que había presentado el proyecto de ley de la lotería,
reiteraba su apoyo sin hacer caso de la conclusión a la que pudiera llegar Rousseau.
Baïhaut, a quien se conocía como «el hombre de la bella esposa», era un
moralista riguroso (un dirigente de la Sociedad para la Propaganda de Dios) y
un tema de conversación popular desde que «la bella esposa» había huido con su
mejor amigo.
Por añadidura, la administración de los asuntos financieros de la compañía se
hallaba en nuevas manos. Marc Lévy-Crémieux, el banquero que había dirigido los
triunfos iniciales de De Lesseps en el mercado de valores, ya había muerto. El
principal agente financiero de la compañía del canal fue desde entonces el
barón Jacques de Reinach, miembro original de la Sociedad Financiera Türr. El
pequeño e inquieto barón tenía muy buenos amigos colocados en los puestos más
altos, como Adrien Hebrard, editor de Le Temps; Jules Grévy; Gerard
Boulanger, el sofisticado nuevo ministro de la Guerra; el dirigente radical
Georges Clemenceau; y el primer ministro, De Freycinet.
El Petit Journal de Émile de Girardin, el periódico más
popular de Francia, mantenía su lealtad a «la causa de Panamá». Como señalaba
Emily Crawford, el principal editorialista del periódico, «inflaba Panamá»,
hasta tal punto que ha llegado «a desafinar con su entusiasmo el tono armonioso
que tenía su periódico». La señora Crawford era viuda de un periodista inglés y
figuraba entre los corresponsales extranjeros más capaces del momento. Era una
guapa irlandesa de mediana edad que conocía a todos los que estaban en el poder
y «no se preocupaba por ser convencional».
De Lesseps seguía estando tan activo como siempre; era una figura familiar en
los bulevares, todavía procreaba hijos y cabalgaba en el Bois con el grupo de
los mayores. Parecía no tener problemas. Se contaba que unos vendedores
entablaron conversación con él a bordo de un tren fuera de París y, como no lo
habían reconocido, le preguntaron a qué se dedicaba. « ¡A los istmos!»,
respondió. Estaba introduciendo los canales para barcos, y después de Panamá
iba a construir el canal de Kra, cruzando la península de Malaca.
En octubre, en buena medida como respuesta al persistente rumor de que estaba
gravemente enfermo, volvió a cruzar el Atlántico una vez más —la última— para
tomar parte en la inauguración de la Estatua de la Libertad. Durante la
estruendosa celebración que tuvo lugar en la bahía de Nueva York el 28 de
octubre de 1886, con disparos de cañones y silbatos de los remolcadores por
todas partes, estuvo junto al presidente Grover Cleveland sobre una plataforma
adornada con banderas colocada al pie de la colosal estatua.
«Muy pronto, caballeros, nos reuniremos otra vez —dijo— para celebrar una
conquista pacífica. Adiós, hasta que nos veamos en Panamá.»
II
La fachada del «Bósforo oceánico» se pudo mantener durante un
año más. En enero de 1887, la comisión asesora de De Lesseps se reunió
oficialmente para analizar la posibilidad de construir un canal con esclusas.
De ese encuentro resultó la creación de una subcomisión para que examinara el
asunto, pero no se reuniría hasta el otoño.
Charles de Lesseps volvió a Panamá en marzo, haciéndose acompañar por otra
delegación de expertos para que hicieran otra valoración, y todos regresaron
con la opinión unánime de que los planes para un canal al nivel del mar debían
descartarse cuanto antes para evitar el desastre. La compañía puso a buen
recaudo este informe y no dijo nada.
Cada día que se postergaba la decisión era un día más de esfuerzos carísimos y
desperdiciados en el Istmo. Las reservas de dinero en París disminuían de
manera alarmante. No había esperanzas de que el Gobierno tomara cartas en el
asunto apoyando la emisión de bonos con premios de lotería hasta que se
desechara el proyecto para el canal a nivel del mar.
Si en el otoño de 1886 De Lesseps se hubiese decidido por la construcción de un
canal de esclusas; si en lugar de irse a Nueva York hubiese presentado a los
accionistas su nuevo plan, el resultado de la grande entreprise habría
sido muy distinto. El sueño podría haber tenido un desenlace diferente si De
Lesseps hubiese empleado los primeros meses de 1887 en preparar al público para
el cambio de planes. Pero no lo hizo. Parece que seguía creyendo que la crisis
se resolvería de alguna manera o que un milagroso giro del destino salvaría el
canal al nivel del mar. Resulta difícil imaginar en qué giro del destino podría
pensar el anciano, pero entonces como antes seguía considerando su existencia y
todo lo que consideraba parte de un glorioso modelo cósmico.
Mientras tanto, se estaba estudiando una solución temporal propuesta por
Bunau-Varilla. Quería excavar un tipo de canal para hacer dentro de él un canal
distinto. Todos los ingenieros estaban de acuerdo en afirmar que las dragas
resultaban inútiles cuando se tropezaba con una capa de roca. En Suez, por
ejemplo, cuando las dragas llegaron a las capas subterráneas de roca, entre los
lagos Amargos y el mar Rojo, los ingenieros levantaron diques de tierra de un
lado a otro del corte para drenar esa sección y poder excavarla «en seco». En
consecuencia, se había asumido en Panamá que solo se podían dragar los estratos
blandos. Cuando las máquinas de Slaven llegaron a las capas de roca en un punto
llamado Mindi, cerca de Colón, Bunau-Varilla concibió una técnica mediante la
cual se dinamitaba la roca para fragmentarla en pedazos regulares que las
dragas podían sacar. El sistema se basaba en la colocación matemática de las
cargas de dinamita bajo el agua, y una vez perfeccionado, no resultaría más
caro que el sistema de excavación en seco, o por lo menos eso era lo que
aseguraba. Poco después, en La Culebra, avanzó un paso más su idea. Construyó
lagunas artificiales a ambos lados de la depresión; levantó diques de tierra y
dejó entrar el agua; después se llevaron las dragas, flotaron en las lagunas y
prosiguió la excavación.
La propuesta de Bunau-Varilla era llevar la idea a su conclusión última:
subdividir la línea completa del canal en una serie de lagunas artificiales y
unirlas con esclusas; en otras palabras, se trataba de construir un canal de
esclusas en el que flotarían las dragas para que acabaran transformándolo en un
paso sin interrupciones al nivel del mar. Utilizaría el agua en lugar de las
vías de ferrocarril para el transporte de las máquinas excavadoras y para
deshacerse del material que se sacaba de las excavaciones. Ese sistema
resultaría poco afectado por las lluvias o los deslizamientos. De momento, el
corte de La Culebra se podía hacer a la mitad de la profundidad total. Las
esclusas se irían eliminando de dos en dos a medida que avanzara el dragado. Y
puesto que las esclusas se construirían para dar cabida a barcos ordinarios, el
tráfico regular del canal podría comenzar tan pronto como estuvieran listas
dichas esclusas. De este modo, los barcos irían y vendrían por el canal
mientras avanzaba la obra y los peajes cubrirían el coste de esta.
Bunau-Varilla era un hombre vigoroso y persuasivo, como los acontecimientos
futuros demostrarían; y parece que había convencido a la mayoría de los
ingenieros y asesores técnicos de que su plan daría buenos resultados. Sin
embargo, la genialidad de la propuesta, su enorme valor práctico en esos
momentos, no radicaba en el ingenio de su técnica, sino en el concepto
fundamental de que un canal con esclusas solo era un paso de transición hacia
la vieja meta última del canal a nivel. No representaba una traición al sueño y
le ofrecía a De Lesseps una alternativa honorable. No había necesidad de romper
las promesas ni parecería una retirada o fracaso.
Se lanzó otra emisión de bonos, la tercera en poco más de un año, y produjo una
cantidad de dinero que De Lesseps se apresuró a declarar suficiente para
proseguir los trabajos durante dos años más. Pero de nuevo la compañía había
pagado un precio muy alto para obtener capital y al llegar el otoño su
situación financiera era desesperada.
Fue entonces cuando, acorralado contra las cuerdas, De Lesseps hizo por fin lo
que debía hacer. Se reunió la subcomisión de su comisión asesora y dio el visto
bueno al canal de esclusas temporal; de inmediato se hicieron los planos
necesarios. A finales de octubre, De Lesseps aprovechó la invitación a hablar
ante la Académie de Sciences para preparar al público sobre la trascendental
modificación. Sin referirse al nuevo plan, anunció que para 1890 el canal
estaría seguramente en condiciones de permitir el paso de por lo menos veinte
barcos diarios. Los peajes anuales ascenderían a 100 millones de francos.
Las acciones de Panamá, en constante descenso desde finales del verano, cayeron
a un nuevo mínimo de 282 francos.
El 15 de noviembre, De Lesseps envió dos cartas. Una iba dirigida al ministro
de Finanzas para pedirle de nuevo la autorización para vender bonos de lotería.
La otra, dirigida a los accionistas, contenía el impresionante anuncio de que,
«a partir de esta mañana», Alexandre Gustave Eiffel se había comprometido a
diseñar y construir las esclusas que abrirían el canal de Panamá a los barcos
del mundo.
El nuevo canal seguiría la misma línea. Iban a construirse dos grandes tramos
de esclusas, con cinco esclusas cada uno, en Bohío Soldado por el lado del
Atlántico y entre La Boca y Paraíso por el lado del Pacífico. Serían esclusas
simples —es decir, esclusas que permitirían el tránsito de los barcos en una
sola dirección a la vez— con una dimensión cada una de 180 por 18 metros. Al
recorrer uno de los tramos de esclusas, el barco era elevado o bajado a una
altura máxima de 49 metros, la cual se hallaría muy por encima del nivel del
Chagres en sus épocas de crecida. Así pues, en vez de un canal cuyo fondo
quedara a nueve metros bajo el nivel del mar, habría otro a poco más de 49
metros sobre dicha cota. La excavación total requerida se estimaba en solo 80
millones de metros cúbicos (en vez de los 120 millones que Dingler había
calculado); pero, contando lo que ya se había hecho, solo faltaban por extraer
34 millones de metros cúbicos (en vez de los 74 millones restantes utilizando
como base la cifra calculada por Dingler).
También se iba a revisar el coste del canal terminado; sería la cuarta
modificación desde el congreso de París. Como se recordará, los cálculos
realizados durante el congreso daban una cifra de 1.200 millones de francos; en
1880, en Panamá, la Comisión Técnica la redujo a 843 millones de francos;
luego, al llegar a Nueva York, De Lesseps anunció que el coste total sería de
658.600.000 francos. En julio de 1885, la cifra volvía a ser la del principio:
1.200 millones de francos. Ahora, para el canal con esclusas a 49 metros sobre
el nivel del mar, se declaraba un precio de 1.654 millones de francos (unos
331.200.000 dólares).
Para construir un canal en Panamá, el pueblo francés había contribuido hasta la
fecha con algo más de mil millones de francos. Y ahora aparecía De Lesseps y
declaraba con el mismo tono positivo y confiado que se necesitaban otros 600
millones de francos para abrir un canal del tipo que desde hacía mucho tiempo
les había enseñado a considerar inferior y, por lo tanto, inaceptable.
Contar con Eiffel había supuesto gran habilidad y rapidez por ambas partes y un
contrato que tanto él como los directivos de la compañía pensaron que convenía
mantener en secreto. De Lesseps consideraba el nombre de Eiffel un toque
mágico. Fue como si el «hombre genial» hiciera su emocionante aparición al
final del último acto, tal como el propio De Lesseps había previsto hacía
muchos años: Eiffel, el ingeniero más brillante de Francia, el que acababa de
lograr la celebridad como creador de la gigantesca torre de acero que se estaba
levantando en el Campo de Marte. Concebida como pieza central de la nueva
Exposición de París que se celebraría en 1889, la torre iba a ser la estructura
más alta del mundo. El proyecto había causado mucho ruido entre los parisienses
—muchos se alarmaron al pensar que su ciudad quedaría desfigurada con esa monstruosidad
de hierro—, pero para la mayoría del público la torre, al igual que el canal de
Panamá, eran una confirmación de la genialidad francesa, de la supremacía de
Francia en el arte de la civilización. Así pues, la entrada de Eiffel en el
escenario para unir sus fuerzas a las de De Lesseps era el golpe perfecto, el
rasgo magistral para culminar la obra. Su anuncio sirvió para restaurar las
energías de De Lesseps, cuya respuesta a ese giro sensacional de los
acontecimientos, aunque artificial, fue contagiosa, como siempre. Las esclusas
de Eiffel, las compuertas y el mecanismo de funcionamiento se fabricarían en
Francia y no eran más que una versión ligeramente modificada de las esclusas
que había diseñado para su proyecto de Nicaragua diez años antes, previo al
congreso de París. Asimismo, la construcción de las dársenas para las esclusas
quedaría en manos de otro contratista, una nueva empresa organizada por
Philippe Bunau-Varilla. También Eiffel creía en la acción y la decisión.
Procedió con gran rapidez. En enero, sus ingenieros ya estaban en el Istmo, y
al cabo de un mes ya habían comenzado las excavaciones para construir las
dársenas de las esclusas.
Pero, a pesar de todo, las acciones de Panamá siguieron bajando.
Pasaron los meses y el nuevo primer ministro de Francia, Pierre Tirard, se negó
incluso a enviar a la Cámara de Diputados la solicitud para la lotería. «De
acuerdo con las informaciones recogidas en otras fuentes que no son las de la
compañía —afirmaba el Économiste Français—, ha quedado demostrado
con toda claridad que cada vez hay menos esperanzas en la situación de la
empresa […]. No hay duda de que en este año de 1888 se procederá a la
liquidación de la compañía. Los bonos de lotería no servirán ni para cubrir la
mínima parte de sus necesidades.»
El 4 de marzo de 1888, varios diputados presentaron un proyecto de ley para que
se autorizara a la compañía a vender sus bonos de lotería. Pero no se sabía si
la Cámara procedería con rapidez sobre el proyecto ni cuáles eran sus
posibilidades de ser aprobado. Sin embargo, De Lesseps estaba a punto de lanzar
una nueva emisión de bonos —era la octava vez en ocho años que recurría al
público en busca de dinero—, pero con la indicación de que podrían convertirse
en bonos de lotería si la Cámara aprobaba la ley. Actuaba como el náufrago a
quien se arroja un salvavidas y, según su costumbre, daba por hecho una
solución favorable.
No obstante, la venta de los bonos fue un fracaso. Ni siquiera llegó a venderse
la tercera parte. La lotería dejó de ser una esperanza de salvación. Se habían
agotado los medios convencionales para obtener dinero.
El proceso parlamentario que siguió fue dolorosamente lento. La Cámara tuvo que
votar primero si estudiaba el proyecto; después, este tuvo que ser examinado
por una comisión de once diputados designados por elección. Pasaban las
semanas. Todo indicaba que la comisión iba a rechazar el proyecto con una
votación de seis contra cinco, hasta el momento en que uno de los miembros, un
héroe de la guerra franco-prusiana, Charles François Sans-Leroy, cambió su voto
en el último minuto y el proyecto fue aprobado por un margen de uno. Ya era
mediados de abril. Comenzaron los debates en la Cámara ante un público leal a
la causa de Panamá que abarrotaba las galerías. Cada orador que defendía el
proyecto era vitoreado; todo el que lo atacaba o incluso que cuestionara la
idea era abucheado o interrumpido, lo que hizo que algunos de los opositores
más empecinados del proyecto se apasionaran y enconaran más. « ¡La ruina avanza
muy bien! — gritó desde la tribuna un diputado iracundo—. Apenas queda un poco
más del cincuenta por ciento para perder.»
El 28 de abril la Cámara aprobó la lotería por un amplio margen, y al instante
subió el valor de las acciones de la compañía. También el Senado aprobó el
proyecto el 5 de junio. El día 8 del mismo mes, cumplidos los tres años desde
que De Lesseps propuso la lotería por primera vez, entró en vigor la nueva ley.
Apenas quedaba tiempo. La desesperada situación de la compañía había llegado a
tal extremo que Charles de Lesseps se vio obligado a negociar precipitadamente
un préstamo de 30 millones de francos en dos de los principales bancos
comerciales, el Crédit Lyonnais y la Société Générale. Se le exigió como
garantía el total de las acciones del ferrocarril de Panamá. Además, los bancos
habían insistido en que ellos gestionarían una gran parte de los bonos de la
lotería en caso de que se aprobara el proyecto de ley, por lo cual iban a
recibir comisiones muy considerables.
Es razonable pensar que todo lo que sucedió después podría haberse evitado. Así
lo sostuvieron muchos de los que se vieron implicados en los acontecimientos.
En virtud de la nueva ley, la compañía estaba autorizada a obtener un préstamo
de 720 millones de francos. Seiscientos millones deberían emplearse para
terminar el canal según el nuevo plan de las esclusas, mientras que el resto se
invertiría en títulos del Estado que servirían de garantía al pago de los bonos
y los premios en efectivo.
La nueva ley no estipulaba nada sobre la forma como debía organizarse la
emisión, y las opiniones estaban muy divididas en la compañía del canal y los
dos bancos. El barón Jacques de Reinach sostenía que se programara la venta en
pequeñas etapas en vez de venderlo todo de golpe. Hasta aquel momento, afirmaba
el barón, el público había suministrado a la compañía del canal un promedio de
150 millones de francos anuales. Si el atractivo de los premios en efectivo
resultaba tan fuerte como para duplicar dicha cifra, lo más que se podría
obtener serían 300 millones de francos, menos de la mitad de lo que se trataba
de conseguir. Por lo tanto, lo más conveniente era dividir la emisión en muchas
partes e irlas vendiendo por etapas durante un año o más.
Los bancos no pensaban igual. Sobre todo Henri Germain, el augusto fundador y
presidente de la junta del Crédit Lyonnais. Insistía en que la fuerza del
concepto de la lotería radicaba en las cantidades que se asignaran a los
premios en efectivo. Puesto que la subdivisión de la emisión reduciría
proporcionalmente los premios, estaba en contra. «La prudencia, la madurez de
criterio del hombre que ha dotado a Francia con uno de sus más grandes
establecimientos bancarios, parecían excluir la posibilidad de un error de
juicio», escribiría Bunau-Varilla. Sin duda, también tenía gran importancia el
hecho de que Germain tuviera en sus manos las acciones del ferrocarril, con lo
cual tenía a la compañía agarrada por el cuello. Pero fue Charles de Lesseps, y
no el barón de Reinach, el responsable de la decisión final.
Los bonos salieron a la venta en una emisión gigantesca de dos millones,
amortizables hasta 1897 a 400 francos (80 dólares), a un precio de 360 francos
(72 dólares). Su venta se iniciaría el 20 de junio, duraría seis días y a
partir de entonces habría sorteos de la lotería cada dos meses un año tras
otro. En un año, los premios comprenderían desde los 500.000 francos (200.000
dólares) el mayor hasta 1.000 francos (200 dólares) el menor.
Se lanzó una estupenda campaña publicitaria que costó más de siete millones de francos,
una cifra que, como muchas otras, no se divulgaría hasta mucho tiempo después.
La intensidad de los sentimientos en favor y en contra de la compañía era
enorme. En toda Francia no se hablaba de otra cosa.
La mañana en que los bonos salieron a la venta, una persona —su identidad sigue
hasta ahora en el misterio— envió un telegrama desde París a cada una de las
mayores ciudades de provincia, a Londres y Nueva York, anunciando la muerte de
Ferdinand de Lesseps. La noticia era falsa y la compañía publicó de inmediato
un desmentido, pero el daño ya estaba hecho. Dos días más tarde, los
especuladores a la baja ofrecieron en el mercado las acciones de Panamá a
precios mucho más bajos de los reales, con lo cual se produjo un pronunciado
descenso. Ahora se podían comprar los títulos de la compañía en el mercado
libre a casi cien francos menos del precio al que se ofrecían los bonos.
La derrota parecía inevitable, y así fue. De los dos millones de bonos que se
ofrecían, solo se vendieron ochocientos mil; menos de la mitad. Los ingresos de
la compañía sumaban 255 millones de francos, es decir, mucho menos de la mitad
de lo que se quería obtener. El coste de la emisión había sido enorme —31
millones de francos—, y puesto que la ley exigía que se dejaran en reserva 120
millones de francos para pagar los intereses y como fondo para el pago de los
premios de la lotería, lo que le quedaba a la compañía eran poco más de cien
millones de francos.
Según las reglas del juego establecidas, ese debía haber sido el fin de la
Compagnie Universelle. La burbuja debía haber estallado entonces, y así habría
sido, sin duda, si De Lesseps hubiera aceptado la derrota. Su fe, sin embargo,
estaba depositada en el pueblo. Veía la aritmética de forma diferente. (Édouard
Drumont, que iba a ser su crítico más encarnizado, aseguraba que el fondo del
problema había sido siempre que De Lesseps no aprendió jamás a sumar ni
restar.) Aunque es cierto que solo se vendieron ochocientos mil bonos, los
suscriptores fueron 350.000 personas. Eso significaba que había 350.000 hombres
y mujeres que todavía creían en él, que todavía lo respaldaban a él y al honor
de Francia. Asimismo, esa cifra era tres veces mayor que el número de personas
que habían suscrito la emisión de acciones de 1880, que se consideró una
demostración sin precedentes del «capitalismo del pueblo». La venta de los
bonos le había demostrado que al cabo de ocho años, después de todas las
dificultades, los gastos, las pérdidas de vidas, sus seguidores eran más que
nunca.
En palabras de un escritor inglés contemporáneo, «el señor De Lesseps demostró
muy pronto que no estaba muerto, ya que estaba trabajando deprisa y con gran
energía para reparar los efectos del golpe». Pero un editorialista del Tribune de
Nueva York, que sin duda lo admiraba menos, habló de «su audacia sin
escrúpulos».
Lanzaría una campaña para vender el resto de la emisión de la lotería. De nuevo
expondría su caso ante el pueblo de Francia. Mientras recorría a zancadas el
estrado durante un encuentro multitudinario con sus accionistas en agosto, lo
vitorearon como nunca antes en su carrera. Su mera presencia era una carga
magnética; era inspirador, cordial, imperioso, todo al mismo tiempo; era la voz
de la autoridad, el emblema vivo e inmortal de la grandeza de Francia. En esa
ocasión, De Lesseps anunció a su auditorio que si el canal de Suez había
aportado 2.000 millones de francos al tesoro de Francia, el canal de Panamá
aportaría 3.000 millones. «Bien se puede decir —agregó— que toda Francia se ha
unido para completar la obra del canal de Panamá. A decir verdad, más de
seiscientos mil compatriotas nuestros están directamente interesados en un
éxito rápido de la empresa. Si cada uno de ellos adquiere dos bonos de la
lotería o los vende a otro, el canal estará hecho.»
Era un llamamiento para un ataque culminante todos a una. La propuesta se
asemejaba a la de una carta en cadena: solo se lograría el triunfo si todos
participaban; solo si nadie rompía la cadena. Para atraer nuevos
inversionistas, nuevos compradores de títulos en toda Francia, se organizaron
cientos de comisiones, que debían ser la expresión de un extenso apoyo popular.
De Lesseps y su hijo Charles emprendieron una gira extenuante por todo el país,
visitando Lyon, Nîmes, Marsella, Burdeos, Nantes (donde se estaban fabricando
las esclusas de Eiffel) y Lorient, veintiséis ciudades en los meses de octubre
y noviembre, durmiendo en los trenes, escuchando consejos, estrechando manos,
posando para las fotografías, respondiendo preguntas, exhortando a los jefes de
las comisiones locales y soportando interminables banquetes oficiales. Se había
programado una gira de conferencias, pero De Lesseps, que cumplió los ochenta y
tres años el 19 de noviembre, ya no podía mantener su antigua euforia. Fue
Charles quien pronunció la mayor parte de los discursos, mientras su padre
permanecía sentado en el escenario como un monumento nacional. A una señal de
su hijo, se ponía de pie para saludar o decir algunas palabras.
El precio de los bonos que no se habían vendido se redujo una, dos, tres veces,
hasta llegar a un precio de ganga de 320 francos. El comprador no tenía que
pagar más que 90 francos (18 dólares) al contado y el resto en plazos mensuales
durante ocho meses.
Solo en una ocasión la fatiga de esa odisea hizo mella en la férrea
constitución del héroe. Decidieron llevar la campaña hasta Inglaterra y ofrecer
una conferencia ante la British Association en Bath. Más tarde se conocieron
informaciones sobre algunas manifestaciones de amargura personal, informaciones
que la prensa francesa pasó por alto, pero que fueron recogidas por el Star
& Herald de Panamá. En Londres, De Lesseps insinuó que en sus
trabajos había mucho más de lo que se podía apreciar a simple vista. Amenazó
con «publicar un relato sobre los pasos que se había visto obligado a dar en la
Cruzada de Panamá», pasos en los que estaban implicados algunos altos
personajes del Gobierno francés.
Fue una tentativa para asustar al Gobierno de su país y conseguir la salvación
de la compañía en el último momento, pero no dio resultado.
El resto de los bonos de la lotería salió a la venta el 29 de noviembre. El
cierre de la emisión se fijó para el 12 de diciembre. Se impuso como condición
para la venta que si no eran adquiridos por lo menos 400.000 bonos quedaría
anulada la suscripción. Apelo a todos los franceses —escribió De Lesseps en la
carta donde hacía su dramático llamamiento final—. «Apelo a todos mis colegas
cuyas fortunas están amenazadas […]. Vuestros destinos están en vuestras
propias manos. ¡Decidíos!»
Las oficinas de la Rue Caumartin se convirtieron en el centro de una terrible
tensión emocional que se extendía a toda Francia. Para cientos de miles de
personas el destino de la compañía significaba la diferencia entre la
posibilidad única de obtener la seguridad en sus vidas y el más absoluto
desastre económico. Si la compañía fracasaba sería, como había afirmado Paul
Leroy-Beaulieu, la catástrofe financiera más terrible que se hubiese registrado
en los anales de la historia; pero para todos aquellos que habían respaldado a
Ferdinand de Lesseps durante años y años, invirtiendo los ahorros de su vida,
con frecuencia solicitando fuertes préstamos, hipotecando tierras, vendiendo
las haciendas familiares —joyas, cuadros— para invertir más, sería un desastre
personal de proporciones casi inimaginables.
De nuevo, los especuladores a la baja lanzaron un ataque frontal y las acciones
de Panamá se desplomaron más de cien puntos en menos de dos semanas: de 270 a
165 francos. El 8 de diciembre los bonos de la lotería ya se vendían en la
Bolsa a 260 francos, cuarenta menos de lo que pedía De Lesseps.
El 11 de diciembre, la fecha anterior al último día de la venta, el gran salón
de la planta baja del edificio de oficinas de la compañía estaba lleno de
inversionistas «sofocados y excitados» —según escribió Emily Crawford—, pero
decididos a jugarse hasta el último céntimo con la esperanza de recuperar sus
fortunas. Decía la corresponsal que parecían jugadores desesperados que
mantenían más altas sus esperanzas cuando sus pérdidas eran mayores. «Los
desconocidos se presentaban y se reconfortaban mutuamente con palabras de
aliento. Un hombre que se aventuró a expresar dudas sobre la posibilidad del
canal se encontró en una situación muy incómoda.» Aquel mismo día, las acciones
de Panamá se cotizaban en la Bolsa de Valores a 145 francos; habían bajado
otros 115 puntos en tres días.
Al día siguiente, el último de la venta, las oficinas de la compañía parecían
las salas de un manicomio; el gran salón público estaba abarrotado por una
multitud frenética. A eso de las cuatro de la tarde, apareció De Lesseps, y su
presencia causó una gran sensación. Se le abrió paso y avanzó hasta el fondo
del salón, donde se subió a una mesa. Pidió silencio.
« ¡Amigos míos —gritó—, la suscripción está a salvo! Nuestros adversarios han
quedado frustrados. No necesitamos la ayuda de los financieros. ¡Vosotros os
habéis salvado por vuestros propios medios! ¡El canal está hecho!»
Las lágrimas bañaban su rostro. Luego le ayudaron a bajar de la mesa, mientras
la multitud lo aclamaba delirante. La gente lloraba, reía, se abrazaban unos a
otros. De Lesseps estrechaba las manos que se le tendían. Varias mujeres
trataron de besarle la ropa.
No se tenían detalles sobre el éxito de la venta. Pero al caer la noche
circularon por la ciudad las noticias de que solo en París se habían vendido
más de los 400.000 bonos requeridos, y en Marsella se habían adquirido otros
86.000.
Las multitudes que se apiñaban en la Rue Caumartin a la mañana siguiente, 13 de
diciembre, habían acudido para celebrar la victoria. Se anunció que todavía se
estaban recibiendo pedidos cuando se abrieron las puertas del edificio de la
compañía. La suscripción había llegado ya al asombroso número de 800.000 bonos
vendidos. Hubo gritos pidiendo la presencia de De Lesseps; todos se apretujaron
en torno a la mesa desde la que había hablado el día anterior. Transcurrió
alrededor de una hora. Entonces se vio aparecer una figura que se abría paso
entre la muchedumbre y subía a la mesa: era Charles de Lesseps.
« ¿Desean ver al señor De Lesseps?», preguntó, y hubo un estruendo de
aprobación. « ¡Sí! ¡Por supuesto que queremos ver al buen señor De Lesseps!»,
exclamó una anciana que estaba de pie junto a la señora Crawford.
«Mi padre los verá con mucho gusto, como siempre, pero supongo que todos
querrán conocer alguna información.»
Esperó a que cesaran las aclamaciones.
«Estamos reunidos en una importante junta de directores que yo acabo de dejar
por un momento para venir aquí. Todavía no sé cuáles serán las decisiones que
se tomen en esa junta; pero estoy dispuesto a deciros todo lo que sepa.»
La multitud se quedó callada de improviso. Apenas tuvo que levantar la voz para
hacerse escuchar.
«Yo seré completamente sincero con vosotros y solo os pido que no me hagáis
responsable si mañana escucháis otra cosa. Si queréis aguardar una hora más, os
haré saber el resultado completo de nuestras deliberaciones. Pero tal vez
queráis saber ahora lo que puedo deciros.»
Según la señora Crawford, cuya narración de la escena es la más gráfica de las
disponibles, todos asintieron. Charles les preguntó qué clase de información
querían conocer, «y al responderle que deseaban saber el resultado de la
suscripción, él siguió hablando con el mismo tono pausado».
Les dijo que, hasta ese momento, la suscripción había alcanzado un total de
180.000 bonos. «Como este número está por debajo del mínimo fijado por el señor
De Lesseps, a partir de mañana comenzaremos a devolver los depósitos. Como
podéis ver, os estoy diciendo cómo están las cosas exactamente.»
Un murmullo de voces se extendió por todo el salón… Sí, eso era lo mejor; sí,
tendría que hacerse otra suscripción. Era como si no hubiesen entendido todavía
el significado de lo que había dicho Charles. Muchas de esas personas estaban
tan confundidas que permanecían allí, como paralizadas, sin decir nada y con
una expresión indefinible en sus rostros. Alguien preguntó por fin cómo era
posible que hubiese cambiado tan radicalmente el panorama de la noche a la
mañana; Charles respondió: «Mi padre tiene un espíritu más joven que yo mismo.
Los anuncios que os hizo se fundaron en un informe esperanzador que yo mismo
redacté para él. El resultado es la bancarrota o la liquidación de la
compañía».
Desde la mañana del 14 de diciembre, la compañía suspendió pagos y solicitó del
Gobierno una moratoria de tres meses en las cuentas e intereses, de modo que se
pudiera organizar una nueva compañía para continuar con los trabajos. Las
noticias se cablegrafiaron de inmediato y en pocas horas los periódicos del
mundo anunciaron: «El derrumbe del gran canal». En el Palais Bourbon, al otro
lado del Sena, la Cámara de Diputados convocó con urgencia a sus miembros, y al
día siguiente, 15 de diciembre de 1888, rechazó la propuesta de la compañía por
256 votos contra 181. En cuestión de horas, el Tribunal Civil del Departamento
del Sena nombró a tres síndicos temporales para administrar los asuntos de la
compañía.
Fue un periodista de Le Fígaro quien llegó a la casa de De
Lesseps diez minutos después de la votación de la Cámara y le informó de los
resultados. De Lesseps se puso intensamente pálido, escribió después el
periodista, y solo atinó a murmurar: « ¡Es imposible! ¡Es una vergüenza!».
La palidez y la falta de palabras fueron momentáneas. Los viejos reflejos
respondieron instintivamente. Otra vez se puso en movimiento, haciendo
declaraciones y hablando de nuevos planes. La compañía estaba en ruinas, el
Gobierno le había dado la espalda; la vieja batalla había terminado y él estaba
aniquilado. Era un nuevo Sedán para Francia. Pero él se negaba a aceptarlo. Era
incapaz de aceptar algo semejante.
Para sus familiares y amigos, las semanas siguientes fueron una agonía porque
el anciano se embarcó en un desesperado intento final de recoger los pedazos y
reunir sus fuerzas. En todas partes de Francia se organizaron manifestaciones
populares de apoyo. En una de ellas, celebrada en París en la enorme pista de
patinaje sobre hielo del Palais d'Hiver, se reunieron cinco mil simpatizantes.
Durante el acto, uno de los oradores preguntó: « ¿Podríamos comprometernos,
cada cual según sus medios, a sacar a flote esta gran empresa, comprando nuevas
acciones de Panamá?». La respuesta afirmativa de la multitud fue
estruendosa: Mais oui, mais oui! H. B. Slaven llegó a París y
mantuvo largas conversaciones diarias en la Rue Caumartin. Después se anunció
que los principales contratistas continuarían con las operaciones esenciales
por el momento, trabajando a crédito, puesto que el cese abrupto de las
actividades significaría una pérdida de maquinaria por valor de varios millones
(una maquinaria que pertenecía por entero a la compañía), así como un daño
tremendo a las excavaciones que no estaban terminadas.
De Lesseps anunció que se iba a organizar una nueva compañía y, en efecto, a
finales de enero salieron a la venta nuevas acciones. Por supuesto, la idea no
podía prosperar: de las 60.000 acciones no se vendieron más que 9.000.
El final oficial llegó el 4 de febrero de 1889. Obedeciendo al deseo expreso de
los accionistas de la compañía original, el Tribunal Civil designó a un
liquidador. La Compagnie Universelle du Canal Interocéanique había dejado de
existir.
Capítulo 8
Los secretos de Panamá
«¿Qué habéis hecho con el dinero?»
ÉDOUARD DRUMONT
I
Fue casi tres años después cuando el escándalo de Panamá estalló
con toda su violencia, sacudiendo a Francia hasta sus cimientos. En ese período
se había realizado la gran Exposition Universelle de París bajo la gigantesca
torre de Gustave Eiffel, y la vida política francesa prosiguió su curso
acostumbrado año tras año, sucediéndose los gabinetes, a pesar de la ardiente
oratoria y la crisis de Boulanger. El general Boulanger, «el hombre fuerte»,
había aguardado hasta el final su oportunidad para hacerse con el poder, huido
para refugiarse en Bruselas con su adorada amante, Madame de Bonnemains, y
también, poco después de su muerte, se había matado de un disparo junto a la
tumba de su amada.
Sin lugar a dudas, Panamá seguía siendo un tema importante. Unos ochocientos
mil franceses, hombres y mujeres, resultaron directamente afectados, y los
ahorros de familias enteras habían desaparecido. Gentes que apenas podían
permitirse el lujo de perder algo lo habían perdido todo. Sin embargo, no se
desencadenó el pánico cuando la compañía se hundió. No hubo manifestaciones por
las calles el 15 de mayo de 1889, el día en el que el liquidador ordenó el cese
de los trabajos en el Istmo. En cambio, los accionistas presentaron sus quejas
mediante la petición formal por escrito de una compensación del Gobierno. Los
ánimos se enfriaron; los rumores sobre fraude y sobornos políticos se negaron o
acallaron, o simplemente fueron perdiendo vigencia. Cuando el liquidador formó
una comisión para que fuera a Panamá a fin de calcular sobre el terreno lo que
había que gastar para terminar la construcción del canal, renacieron las
esperanzas en la mayoría de los accionistas, convencidos de que el Gobierno
estaba a punto de rescatarlos.
Entre los que desconfiaron de la empresa de Panamá desde el principio y se
habían mantenido al margen existía el sentimiento de que esa era la vida de los
incautos, que las ovejas estaban para ser trasquiladas. Para los demás, para
casi todos a medida que pasaba el tiempo, tomaba cuerpo el sentimiento de que lo
mejor era dejar de lado Panamá. La opinión pública en general no preveía ni
deseaba que se agravara la tragedia con un escándalo sensacional y ruinoso. Y
es muy posible que no se hubiera producido nunca el affaire de Panamá de
no haber sido por el dirigente antisemita de la nación, el extraño y misterioso
Édouard Drumont.
Édouard Drumont, católico ferviente y enamorado de la historia, se había
dedicado a observar el mundo que le rodeaba para llegar a la conclusión de que
la Francia moderna —por la que entendía Francia desde La Débacle—
estaba enferma, y la causa de la enfermedad era el capitalismo financiero, y
que los enemigos más traidores de la nación eran los judíos. Por su misma
naturaleza, sostenía Drumont, el judío no tiene sentido de la justicia ni de
ninguna otra de las virtudes más nobles que han hecho posible la civilización.
Los judíos eran portadores de enfermedades, criminales natos y traidores, a los
que se podía identificar fácilmente por su «nariz ganchuda, los dedos ávidos y
el olor desagradable». Esto y mucho más había dicho en La France Juive (Francia
judía), un libro de más de mil páginas que se publicó en 1886, que tuvo más de
cien ediciones y que hizo famoso a su autor —temido, despreciado y secretamente
admirado— en toda la nación.
Drumont era moreno y usaba gafas; tenía la nariz delgada y aguileña, y una
espesa barba y bigote negros que le cubrían toda la parte inferior de la cara y
ocultaban su boca. Mucha gente opinaba que tenía aspecto de judío. Su esposa
había muerto sin darle hijos; guardaba su dinero en ocultos rincones y ranuras
de su casa. Era periodista profesional, y hasta la aparición de su libro se
había sentido muy frustrado por carecer de reconocimiento, después de haber
probado suerte como viajante de comercio y novelista sin éxito.
El hecho de que su extenso volumen recibiera tanta atención era de por sí un
fenómeno curioso, porque hasta entonces el antisemitismo había sido muy raro en
Francia. Fuera de París, apenas se conocía. Drumont afirmaba que había
quinientos mil judíos en Francia, aunque en realidad no eran más de ochenta
mil. Pero era la época de los pogromos en Polonia y Ucrania, y los que habían
podido refugiarse en Francia, a pesar de que fueron pocos, resultaban muy
notorios y habían despertado la inquietud entre algunos miembros de la sociedad
gala, incluidos los judíos franceses. Pero más importante era la creencia en
aumento de que el capitalismo financiero se había convertido en una
conspiración, que el país estaba bajo el dominio de los financieros y que
frente a un poder tan grande el pequeño tendero o el trabajador ordinario
contaban poco.
Drumont reservaba su peor veneno para los monarcas judíos de las finanzas —los
Rothschild, los Ephrussi— y los cristianos que los cortejaban para ganarse el
favor de esa gente. Declaraba que el sansimonismo no era otra cosa que una
treta de los judíos para salir del gueto. La guerra franco-prusiana había sido
maquinada por los judíos. Si se hacía un examen detenido, afirmaba Drumont, se
llegaría a la conclusión de que todos los fallos de la sociedad francesa
moderna se podían adjudicar al sistema capitalista judío.
Así pues, cuando se hundió la Compagnie Universelle —la mayor hasta entonces de
las empresas de capitalismo financiero— comenzó a buscar culpables.
El primer resultado fue otro libro, La Dernière Bataille (La
última batalla), una autoproclamada «historia» de la grande entreprise que
apareció en 1890 y tuvo una gran venta. ¿Cómo pudo un gobierno recto abstenerse
de hacer una auditoría a los libros de la compañía del canal?, preguntaba
Drumont. ¿Cómo era posible que a la gente como Ferdinand de Lesseps se le
permitiera andar por la calle como hombres libres? «A ese malhechor se le trata
como a un héroe. Al pobre diablo que rompe el cristal de un escaparate para
robar una barra de pan se le arrastra […] ante el juez de un tribunal de lo
penal. Pero en este asunto, que se ha tragado casi un billón y medio de
francos, no se ha hecho ninguna investigación; ni una sola vez se le ha
preguntado a ese hombre: "¿Qué has hecho con el dinero?".» Le
Grand Français, clamaba, era en realidad un gran fraude, un estafador y un
mentiroso, un manantial de corrupción. Pintaba un cuadro gráfico y muy
distorsionado de los lujos extravagantes que había en el Istmo y parecía
complacerse sobre todo en el ataque personal despiadado contra Jules Dingler.
Insistía en que la casa de Dingler había costado un millón de francos. «Ese
hombre que parece haber soportado grandes aflicciones, pero que era ajeno a
todo sentimiento de justicia y de humanidad, era odiado con tanta amargura que
la muerte de su esposa se convirtió en ocasión para una alegre fiesta. El
champán corrió a mares.» El 60 por 100 de los trabajadores habían muerto,
aseguraba. El recuento de los cadáveres no pudo haber sido menor de treinta
mil. «El Istmo se ha convertido en […] un inmenso osario.»
Había fundado su propio periódico, un diario ilustrado antisemita llamado La
Libre Parole (La Palabra Libre). Entre sus principales colaboradores
figuraban individuos de la calaña de Jacques de Biez, quien se complacía en
preguntar a los sacerdotes si era verdad que Cristo fue judío («A Drumont no le
importa —decía—, pero yo no me lo puedo tragar»), y el marqués de Morès, un
psicópata de la aristocracia, cuya esposa fue Medora von Hoffman, hija de un
banquero de Wall Street. En cierta ocasión, De Morès, magnífico tirador, había
sustituido a Drumont en un duelo y había matado a un oficial del ejército
francés, un judío que había desafiado a Drumont a causa de ciertos comentarios
insultantes sobre los oficiales judíos aparecidos en La Libre Parole.
Drumont y De Morès fueron acusados de organizar todo el episodio como una
especie de ejecución, y De Morès fue juzgado por homicidio, pero quedó absuelto[7].
Sin embargo, La Libre Parole no tuvo un éxito clamoroso hasta
septiembre de 1892, cuando Drumont inició una serie de artículos
sensacionalistas bajo el título general de «Los secretos de Panamá», firmados
con el seudónimo de Micros. Por fin se había descubierto el «complot judío» en
el fondo de la tragedia de Panamá, y muchas cosas más habían comenzado a
suceder mientras alertaban a la opinión pública.
El más alto magistrado del Tribunal de Apelación de París, Samuel Périver,
obedeciendo órdenes del Ministerio de Justicia, había nombrado un asesor
jurídico y un contable experto para que hicieran una auditoría de los libros de
la compañía del canal y sometieran a interrogatorio a varios ex directivos,
incluidos Ferdinand y Charles de Lesseps. Se les acusaba de fraude y abuso de
confianza.
Ferdinand de Lesseps había hecho una aparición inolvidable ante el asesor
jurídico, un hombre llamado Henri Prinet. Desde hacía casi dos años, De Lesseps
vivía en reclusión. Durante los primeros meses de 1889, tras el desastre de la
compañía, hizo el valiente intento de ayudar en el proceso de liquidación,
mientras proseguía en su casa las actividades acostumbradas de cabeza de
familia. Desde los pisos altos de la gran mansión de la Avenue Montaigne había
observado cómo se iba elevando la Torre Eiffel a medida que se acercaban la
primavera de 1889 y la inauguración de la Exposición. Pero en el verano ya se
había convertido en un anciano distraído y confuso. En los últimos meses había
tenido que quedarse en cama al cuidado de un médico.
Sin embargo, el día en que iba a comparecer ante el asesor jurídico, revivió de
repente. Fue como si algo se hubiese conectado dentro de su vieja cabeza y de
pronto fuera él otra vez. Más adelante, Charles describió lo que sucedió:
El doctor […] expresó su opinión de que se cometería una grave
imprudencia si mi padre salía a la calle […]. Sin embargo, la reunión debía
tener lugar tarde o temprano. Yo tenía la esperanza de que bastaría con una
sola conferencia […] y por lo tanto, me pareció mejor que recibiera la
impresión enseguida. Mi padre se levantó de la cama […] y dijo: «Iré». Se
vistió, y cuando llegó ante M. Pinet, parecía haber recuperado toda su energía;
permaneció con él tres cuartos de hora […] y cuando salió, su rostro irradiaba
encanto y energía, como siempre le sucedía frente a las dificultades.
No se sabe lo que dijo De Lesseps en la entrevista, aparte de
que defendió su administración de la compañía y al canal mismo. Pero al
regresar a casa se fue directamente a la cama y durante tres semanas apenas se
movió y no dijo nada a nadie. Un día o dos después comunicó a su esposa que
había tenido un sueño horrible. «Imaginé —explicó— que me llamaban a comparecer
ante el magistrado examinador. Fue algo atroz.»
La policía entró en las oficinas y los domicilios de los directivos de la
compañía y los de Gustave Eiffel para incautarse de los documentos. El 5 de
enero de 1892, en respuesta a las insistentes protestas de un joven y exaltado
boulangerista llamado Jules Delhaye, la Cámara de Diputados votó de manera
unánime en favor «de una acción rápida y resuelta» contra todos los que
estuvieran complicados en cualquier acto delictivo en el asunto de Panamá. A
continuación, el contable designado por el tribunal para realizar la auditoría
de los libros de la compañía informó de que, si bien no había encontrado indicios
de que los directivos hubiesen obtenido beneficios personales, sí podía afirmar
que varios de ellos eran encausables por malversación de fondos y engaño
deliberado al público.
Pero estos fueron ligeros estremecimientos comparados con la repercusión de los
artículos de Micros en el periódico de Drumont, el primero de los cuales
apareció el 10 de septiembre. Más tarde se supo que Micros era el seudónimo de
Ferdinand Martin, el banquero de Nyon que había organizado la primera petición
de bonos con lotería en 1885. El gran espectáculo de apoyo popular, según el
testimonio de Martin, había sido concebido y organizado en las oficinas de la
Rue Caumartin. A él mismo se le había pagado para que desempeñara su papel en
el espectáculo, pero no lo suficiente, según su criterio, y a raíz de ello
habían surgido desavenencias con Charles de Lesseps al año siguiente. Los
artículos que escribió para el periódico de Drumont seis años después fueron su
modo de saldar cuentas.
En los artículos se acusaba de que veinte miembros de la Cámara de Diputados y
del Senado habían aceptado sobornos de la compañía para que votaran a favor del
proyecto de ley para autorizar los bonos con lotería, y que el principal
sobornador era el barón Jacques de Reinach. También estaban implicados Henri
Cottu, uno de los directores de la compañía, y otra persona apellidada Blanc,
que era dueño del periódico L'Économiste Practique. Las entregas
del dinero las había realizado un tal Léopold Émile Arton.
Arton o Aron, como también se le conocía, era un estafador consumado, antiguo
agente de ventas de la Société de Dynamite, el consorcio de explosivos. Había
vendido y entregado un cargamento de dinamita en mal estado a los confiados
directivos del canal y como recompensa le colocaron en un puesto de secretario
en la oficina central de la Société. Desde allí se las arregló para apropiarse
de unos 4.600.000 francos; por entonces pesaba sobre él una orden de busca y
captura y se hallaba en paradero desconocido.
Casi a diario, La Libre Parole proporcionaba nuevos datos e
indicios adicionales, dirigidos sobre todo contra el barón Jacques de Reinach.
El periódico llegó a ser el más leído de Francia y muchas otras publicaciones
de París se lanzaron a explotar la misma veta. Para una figura tan poderosa
como Arthur Meyer, dueño del periódico realista Le Gaulois, el
escándalo representó la oportunidad esperada desde hacía mucho tiempo de
lanzarse contra la República, de manera que se hacía eco de cada nueva
revelación, pese al hecho de que él mismo era judío.
Cuando La Cocarde, otro periódico de la derecha, publicó una
entrevista con Charles de Lesseps en la que este parecía confirmar las
revelaciones de Micros, el nuevo ministro de Justicia, Louis Ricard, se sintió
obligado a actuar. De Reinach, Cottu, Blanc y Charles de Lesseps fueron citados
para someterse a un interrogatorio. Con excepción de De Reinach, todos los
demás rechazaron las acusaciones o se negaron a contestar. El editor Blanc lo
negó todo con tanta vehemencia que el magistrado no creyó necesario citarlo
para otro interrogatorio. De Reinach, en cambio, admitió ante su interrogador,
Henri Prinet, haberle entregado a Arton un millón de francos para que los
utilizara en publicidad y que él personalmente había distribuido grandes sumas
—más de tres millones de francos en total—, pero nunca había sobornado a nadie
que ocupara un puesto de confianza público.
Convencido de la culpabilidad del barón, Prinet ordenó al comisario de policía
que lo condujera a su casa de inmediato y que le confiscara todos los papeles
relacionados con sus tratos con el canal de Panamá. Sin embargo, por alguna
razón inexplicable, el comisario dejó pasar varios días antes de cumplir las
órdenes. Cuando al fin apareció a la puerta de la casa de De Reinach, en el
elegante barrio del Parc Monceau, se le informó de que el barón había partido
hacia la Riviera. Así pues, no pudieron obtenerse los papeles.
Mientras tanto, los cargos que formulaba Drumont eran cada vez más específicos
y detallados. Era evidente que había encontrado una nueva fuente interna,
alguien que sabía con toda precisión cómo se habían manejado los negocios de
Panamá. El clamor popular aumentaba y el Ministerio de Justicia se hallaba bajo
una presión enorme. El diputado Delahaye y otros miembros de la Cámara habían
comenzado a exigir una investigación parlamentaria. Pero el primer ministro,
Émile Loubet, y los miembros de su gabinete estaban a la expectativa y pedían
prudencia y paciencia, sin atreverse a actuar, viviendo al día y en espera de
lo peor. Ninguno de ellos sabía cuántos de sus viejos amigos podrían estar
implicados, ni quiénes serían destruidos si se desataba el alud.
En octubre, el fiscal Jules Quesnay de Beaurepaire propuso una demanda civil
por daños en lugar de un proceso criminal. No quería ver a Ferdinand de Lesseps
en prisión. Su propósito, declaró, era proporcionar alguna reparación a los
accionistas arruinados y no imponer «el estéril castigo de la prisión a un
octogenario que chocheaba». La decisión estaba en manos del Gobierno, y
finalmente el 15 de noviembre se convocó una reunión extraordinaria del
gabinete. El primer ministro, Loubet, de corta estatura y acicalado con esmero,
se eximió de tomar parte en la decisión porque consideraba que era prerrogativa
del ministro de Justicia. (Esa deferencia era una cualidad desconocida hasta
entonces en el primer ministro Loubet.) La decisión ya estaba tomada, anunció
el ministro de Justicia, Ricard, hombre alto y grueso, con abultadas patillas
canosas. Había ordenado que se presentaran acusaciones contra Ferdinand de
Lesseps y las demás personas implicadas hasta el momento.
Pero el lunes por la mañana, 21 de noviembre, el día en que debían hacerse las
notificaciones, París se despertó con la asombrosa noticia de que el barón
Jacques de Reinach había aparecido muerto.
Los periódicos apenas daban detalles. Solo se sabía que el domingo, cuando el
criado fue a despertarlo como de costumbre a las siete de la mañana, al entrar
en el dormitorio se encontró con «un miembro de la familia» que se volvió para
decirle que el barón había muerto. El «miembro de la familia», como se supo
después, era el sobrino del barón Joseph Reinach (sin de),
influyente editor que fue quien informó primero de la muerte a Adrien Hebrard,
de Le Temps.
El resto del día fue inolvidable para todos. Por la mañana, tal como se había
programado, se entregaron las citaciones a Ferdinand y Charles de Lesseps,
Henri Cottu, Marius Fontane (ex secretario general de la Compagnie Universelle)
y Gustave Eiffel. Por el Palais Bourbon circuló el rumor de que Delahaye
hablaría por la tarde, y cuando otro diputado lo vio entrar en la sala, lo
detuvo para recomendarle prudencia. Pero Delahaye le respondió: «No abandones
la sesión; habrá un bombazo».
A las cinco de la tarde, cuando Delahaye se levantó de su escaño y se dirigió
hacia la tribuna, todos los escaños de terciopelo rojo de las filas en
semicírculo de la Cámara estaban ocupados. El primer ministro Loubet y los
miembros de su gabinete ocupaban la primera fila y los espectadores se apiñaban
en las galerías destinadas al público. Los periodistas y los veteranos ujieres
de la Cámara, vestidos con levita y cadena de plata, no recordaban haber visto
nada semejante.
Delahaye subió los ocho escalones de la tribuna y se colocó justo debajo del
presidente de la Cámara, Charles Floquet. Delahaye, diputado por Chinon y
miembro de la extrema derecha, era conocido como un «experto en odio». Era
enjuto y atlético, con el cabello lacio y moreno, y un largo bigote puntiagudo
del tamaño de la hoja de una hoz. Rara vez sonreía y bizqueaba claramente con
el ojo derecho. Era un rostro que expresaba «una crueldad inflexible», escribió
su compañero diputado y boulangerista Maurice Barrès. No se sabe con certeza si
Delahaye y Drumont trabajaban juntos, pero Barrès, entre muchos otros, lo daba
por seguro.
«Estoy aquí para poner en juego mi honor contra el vuestro», comenzó
anunciando. No diría nombres, pero detrás de la compañía del canal actuaba «un
genio del mal»: los directores engañaban al público y el «genio del mal»
engañaba a los directores.
« ¡Su nombre! ¡Queremos su nombre!», gritaron varias voces entre el público que
colmaba la sala.
«Si queréis nombres, tendréis que votar para que se haga una investigación»,
respondió Delahaye.
Acusó de que se habían distribuido tres millones de francos en la Cámara y que
ciento cincuenta diputados se habían dejado comprar. Había visto la lista. Se
produjo un violento revuelo. « ¡Sus nombres! ¡Danos sus nombres!»
Solo había dos clases de diputados, exclamó Delahaye: los que aceptaron el
dinero y los que no lo hicieron. Floquet, que también había sido primer
ministro, se levantó y fue a colocarse detrás de Delahaye. «Nadie tiene derecho
a venir a este recinto y lanzar acusaciones contra todo el cuerpo», clamó
dirigiéndose a los diputados. De nuevo surgieron voces iracundas exigiendo los
nombres.
« ¡Votad en favor de la investigación!», gritó Delahaye.
Cuando se dirigió a su escaño, reinaba una enorme confusión en la sala. Algunos
le abuchearon; los diputados golpeaban las mesas para aumentar el ruido. El
primer ministro subió los escalones de la tribuna, pero durante varios minutos
no pudo hablar a causa del alboroto. Semejantes acusaciones irresponsables,
gritó, no eran más que el producto de las pasiones políticas desenfrenadas,
refiriéndose a que la antigua facción boulangerista estaba tratando de destruir
la República. Todos podían estar seguros de que se haría la luz en un asunto
tan grave y que el Gobierno no ocultaría nada.
La Cámara votó en favor de la investigación. Se formó una comisión de treinta y
tres diputados y continuaron los acalorados debates. En otra sesión de la
Cámara, dos días más tarde, uno de los diputados se excitó tanto que sufrió un
desmayo y tuvo que ser sacado fuera. Había hombres que lloraban al escuchar las
acusaciones lanzadas desde la tribuna. En los pasillos hubo peleas que llegaron
a los puños.
Buena parte de la prensa nacional y extranjera apenas daba crédito a lo que
estaba sucediendo. George Smalley, el periodista estrella de la batalla de
Antietam, que ahora era corresponsal en Londres del Tribune de
Nueva York, envió un cable a su periódico indicando que por muy fraudulentos,
venales o malintencionados que hayan sido los negocios de Panamá, «nos resulta
difícil explicarnos cómo este asunto ha podido llegar a desquiciar la vida
pública de Francia».
Circularon persistentes rumores sobre De Reinach, señalándolo como el «genio
del mal» del que habló Delahaye. Su cadáver había sido sacado de París y
sepultado de inmediato tras las veinticuatro horas de espera requeridas. Se
afirmaba que se había envenenado. (Le Gaulois, el periódico de la buena
sociedad, describía su agonía final con detalles tan minuciosos que parecía
como si alguien del periódico hubiese estado presente en el dormitorio.) Se
afirmaba que alguien le había envenenado, que había sido asesinado mientras
dormía. También decían los rumores que estaba vivo y había salido del país.
Durante su discurso, un diputado anunció que su ataúd estaba vacío.
Un médico de cabecera había atribuido la muerte a una «congestión cerebral»; el
certificado de defunción había sido firmado por un médico de la ciudad. Sin
embargo, los diputados clamaban a gritos para que se hiciera la autopsia al
cadáver. Se había encontrado el punto débil; se había trazado la línea. Y el
Ministerio de Justicia actuó deprisa. Louis Ricard anunció que únicamente se
podría exhumar el cadáver del barón si existía alguna sospecha bien fundada de
que había sido asesinado, y como no era así, se negaba a tomar medidas que
estuvieran fuera de la ley.
Pero ya era demasiado tarde; era, como escribiría Bunau-Varilla, «el principio
de una convulsión». El 28 de noviembre, la Cámara en pleno votó para que se
hiciera una investigación de la muerte de Jacques de Reinach. Y eso provocó la
caída del Gobierno de Loubet.
A la semana siguiente, el presidente de la República, Sadi Carnot, pidió a
Alexandre Ribot, ministro de Asuntos Exteriores de Loubet, que formara un nuevo
Gobierno.
II
Nadie llegó al fondo del caso de Panamá, ni nadie lo hará jamás.
La propia comisión investigadora de la Cámara, la famosa Comisión de los
Treinta y Tres, celebró 63 sesiones; recibió 158 declaraciones y reunió más de
mil expedientes individuales. El informe final llenaba tres gruesos volúmenes.
Pero una y otra vez la búsqueda de datos se detenía ante hechos que podrían
resultar demasiado comprometedores o destructivos. Se protegió a los viejos
colegas. Barrès, que no era en absoluto un observador imparcial pero sí sagaz
juez de la naturaleza humana, escribió: «La comisión cayó en los errores que
cometen todos los tribunales investigadores sin experiencia. Se vio
excesivamente afectada por las hábiles actuaciones emocionales de muchos de los
viejos y taimados pecadores que comparecieron ante ella».
Los labios de De Reinach habían quedado sellados para siempre. Su muerte, el
eje central de los acontecimientos que se desarrollaron, seguiría siendo
también uno de los misterios más desconcertantes sin resolver.
El ataúd fue exhumado cuatro días después de que el nuevo Gobierno tomara
posesión. Un nutrido grupo de médicos, policías y gente de la prensa se reunió
en la casa de campo de la familia en Nivillers y permaneció sobre la nieve que
cubría el suelo del cementerio para presenciar la exhumación. El cadáver estaba
en el ataúd, pero la autopsia no pudo probar nada porque los órganos vitales
estaban ya en un estado tan avanzado de descomposición que fue imposible
determinar la causa de la muerte.
Tan pronto como los restos mutilados fueron devueltos a la tumba, el diseño
fundamental del escándalo —como entonces se percibía— se alteró radicalmente
con la aparición de un personaje nuevo en un elenco todavía más siniestro. Para
asombro de todos, se reveló que De Reinach no había sido más que nominalmente
el malo de la obra. De pronto el asunto apareció más complicado, más fascinante
y mucho más sensacional desde el punto de vista político, porque ahora
implicaba a la figura más formidable de la vida pública francesa: Georges
Clemenceau.
El nuevo personaje de la trama había figurado desde la época en que se había
organizado la Sociedad Financiera Türr. El personaje era Cornelius Herz
—conocido entre sus colegas como Le Docteur—, y, para enorme
satisfacción de Édouard Drumont y su número creciente de simpatizantes, no solo
era extranjero, sino, además, judío. Cuando surgió su nombre, era enteramente
desconocido para el público en general y para la mayor parte de la prensa. Lo único
que podían informar los periódicos es que era un estadounidense al que por
alguna razón se le había concedido la Gran Cruz de la Legión de Honor y que
gozaba de prestigio en la industria eléctrica.
El resto se fue conociendo poco a poco, a medida que los periodistas reunieron
las partes de su historia con datos recogidos en París y en San Francisco, y
rara vez se había descubierto a un charlatán más perfecto. El hombre era
taimado, audaz y encantador cuando convenía a sus propósitos. Aunque había
conseguido su fortuna inicial y la aceptación por parte de la sociedad como
médico y «hombre de ciencia», la mejor prueba era que carecía del título de
médico y de todo conocimiento científico.
Herz había nacido en Besançon, en el este de Francia, en 1845, de modo que
tenía cuarenta y siete años cuando su nombre comenzó a aparecer en los
titulares de los periódicos. Cuando contaba tres años, sus padres, judíos
alemanes los dos, emigraron a Nueva York, donde el padre se ganó la vida
fabricando cajas de cartón. A los trece años, Cornelius ingresó en el College
of the City of New York; en 1864 obtuvo su graduación como el último de su
promoción. Entonces regresó a Francia para estudiar medicina, y en la época de
la guerra franco-prusiana ya contaba con la formación suficiente —o eso decía—
para que lo nombraran ayudante de cirujano en el Ejército francés.
Después de la guerra se fue a Chicago, donde sus padres se habían establecido.
Más tarde apareció entre el personal médico del Hospital de Mount Sinai en
Nueva York; pero a los pocos meses ya se había trasladado. Los jefes del
hospital habían comenzado a investigar sus antecedentes y descubrieron que, en
palabras de su informe, «se las había arreglado ingeniosamente para evitar
examinarse como médico y cirujano interno de la casa» y que «su supuesto título
de la Universidad de París era ficticio». Siempre que se le solicitaba el
diploma, alegaba que se había destruido en el gran incendio de Chicago.
Llegó a San Francisco con un volumen de terminología médica (el Dispensatory
and Therapeutical Remembrancer, de John Mayne, una edición de hacía
veintiséis años), unos cientos de dólares y una esposa estadounidense de
cabello moreno, llamada Bianca Saroni. Anunciándose como especialista en
enfermedades del cerebro, abrió un consultorio lleno de aparatos eléctricos. «Era
un hombre de mundo, aparentemente muy bien equipado para su profesión
—informaría después el Evening Bulletin de San Francisco—,
pero con un temperamento optimista y arribista que lo hacía elevarse por encima
del común de los hombres y buscar logros maravillosos que asombraran al mundo.
Fueron suyas una docena de inventos valiosos y a su genio se deben cientos de
magníficos procesos científicos.»
Su consulta creció con rapidez hasta 1877, cuando partió repentinamente hacia
Francia con su mujer y sus dos hijas pequeñas. Después se descubrió que se
había marchado con varios cheques cuya suma ascendía a 80.000 dólares, firmados
bajo los efectos de la hipnosis por un fabricante de cerveza retirado que era
su paciente. En Nueva York, cuando su barco estaba a punto de zarpar, Herz hizo
efectivo un cheque por 30.000 dólares, firmado por otro de sus pacientes para
que invirtiera el dinero en un proyecto de electricidad en Francia. A un
electricista de San Francisco le había estafado 13.000 dólares, y a un médico que
había sido su socio, 20.000 dólares.
En París se dio a conocer como un joven y acaudalado estadounidense con grandes
planes. Decía que Edison y Alexandre Graham Bell eran amigos personales suyos y
que muchas de las ideas de Edison le pertenecían. Fundó una revista industrial
y científica muy respetable, La Lumière Électrique. Estableció el
servicio telefónico entre París y Versalles e invirtió considerables sumas de
dinero en varias empresas especulativas de tinte científico, incluido el
proyecto de Türr y Wyse. En un tiempo extraordinariamente corto pareció conocer
a todas las personas que contaban: Charles de Freycinet (cuatro veces primer
ministro), Hebrard, el dueño de Le Temps (quien le presentó a
Clemenceau), Emily Crawford, Ferdinand de Lesseps, Boulanger y el presidente
Jules Grévy.
Había sido De Freycinet quien dispuso que recibiera la Gran Cruz de la Legión
de Honor. La condecoración, explicaría este más tarde ante las numerosas
protestas, se le concedió a solicitud de la comunidad científica.
Según la expresión de Emily Crawford, Herz comprendía «la urdimbre oculta» de
la política francesa, y su amistad más valiosa era Clemenceau, con quien tenía
mucho en común. Este también había iniciado su carrera como médico, había
vivido en Estados Unidos y se había casado con una joven estadounidense. Era
una amistad que Herz sabía cómo divulgar y que a Clemenceau después le
resultaría oportuno olvidar. Aquel proporcionó el dinero para lanzar el famoso
periódico de Clemenceau, La Justice, y siguió invirtiendo fuertes
sumas para sostenerlo, en total unos dos millones de francos. La amistad llegó
hasta el extremo de que Clemenceau nombró a Herz tutor de sus hijos en caso de
que muriera.
Clemenceau, el republicano vehemente, la feroz voz de la revanche,
editor, ateo, abstemio, el orador más agresivo de la Cámara de Diputados,
ocupaba una posición única. Era temido por todos: la izquierda, la extrema
izquierda (su propio Partido Radical), el centro, la derecha y la extrema
derecha. Duro, incluso despiadado, y brillante, hacía que los restantes
políticos parecieran mediocres y endebles de espíritu. Se le conocía como el
Tigre, y con su físico tenso, sus cejas pobladas y su tez amarillenta cumplía
bien el papel.
Herz, en cambio, era un hombre común y corriente. «Todo está en contra mía —se
afirma que señaló una vez—, comenzando por mi aspecto físico.» A cualquiera que
hubiera intentado recordarlo en la escena de un crimen le habría resultado
difícil pensar un solo rasgo distintivo. Tenía un bigote como los que usaban
por entonces la mayoría de los parisienses de más de veinte años. Su cara era
redonda y de expresión afable, y tenía entradas en el cabello. Era de corta
estatura y algo grueso. Podía haber sido cualquiera de la decena de hombres que
pasaban por una calle transitada de la ciudad. Se dice que solo los ojos
sugerían la energía y la astucia con que contaba.
La primera vez que se mencionó públicamente el nombre de Herz en relación con
el escándalo de Panamá fue cuando la comisión de diputados interrogó a Antoine
Thierrée, un banquero que había sido empleado de la empresa de Kohn y De
Reinach. Declaró que, en julio de 1888, De Reinach había depositado en su banco
un único cheque emitido por la compañía del canal por 3.390.000 francos. A
cambio, había solicitado veintiséis cheques separados por diversas cantidades
que en total sumaban la cifra mencionada. Todos los cheques se hicieron al
portador. A primera vista, la transacción parecía enteramente normal. Aunque el
banquero declaró al principio que no había registro de esos cheques, muy pronto
se confiscaron los talonarios en la caja del banco, y en todos menos en uno
estaban escritas claramente las iniciales o las primeras letras del nombre de
los personajes prominentes que los habían recibido, así como las cantidades de
los cheques individuales.
Los talonarios constituyeron la primera prueba sólida que se tuvo en el caso, y
causaron sensación. Los cheques se rastrearon por los bancos de toda Europa.
Las cantidades entregadas a varios funcionarios del Gobierno y legisladores
iban de los 20.000 a los 195.000 francos (de 4.000 a 39.000 dólares). Entre los
que los recibieron figuraban personas como el senador Albert Grévy, hermano del
ex primer ministro; el senador Léon Renault, uno de los abogados con mayor
prestigio de Francia; y un ministro de Agricultura que ya había muerto. El
único talón con destinatario ilegible ascendía a 80.000 francos y la identidad
del receptor se convirtió en otro de los misterios sin solución que vendían
cantidades enormes de periódicos y daban pábulo a los rumores en los pasillos
de mármol del Palais Bourbon.
Pero la cantidad más grande —dos cheques de un millón de francos cada uno
(400.000 dólares)— había ido a parar a manos de Cornelius Herz sin ninguna
explicación, quien, según se supo entonces, se había trasladado a Londres.
Unos días después de que la comisión confiscara los talonarios, uno de los
abogados de Herz, Louis Andrieux, un dandi con mala fama que había sido
prefecto de la policía, se presentó ante la comisión para enseñar una
fotografía de una lista de nombres. La fotografía había sido hecha por Herz y
contenía todos los nombres que figuraban en los talonarios; pero además
indicaba que había existido otro cheque por un millón de francos que el
desagradable Léopold-Émile Arton había dividido y entregado a ciento cuatro
miembros de la Cámara de Diputados. Las dos cantidades mayores, según reveló
también la fotografía, un cheque por 250.000 francos y otro por 300.000, fueron
destinadas ni más ni menos que a Charles Floquet y al diputado Charles
Sans-Leroy, el hombre cuyo voto emitido en el último momento había conseguido
que se aprobara en la Cámara el proyecto de ley para los bonos de la lotería.
La lista venía a corroborar todas las acusaciones que había lanzado Jules
Delahaye durante su memorable ataque. De la noche a la mañana, el pueblo acuñó
una expresión, una imagen tangible y entendible, el chéquard, el
receptor de cheques. Se añadió una palabra nueva a la lengua francesa. «Esa
palabra fatal se convirtió en tema de canciones, chascarrillos, anécdotas y
manifestaciones populares —escribió un cronista de la época—. Por los
bulevares, los vendedores ambulantes ofrecían hojas impresas con los versos de
una canción satírica que decía: "¿Quién no ha recibido su
chequecito?". Los comediantes, los cantantes de los cabarets y todos los
demás habían encontrado en el cheque una mina inagotable para la sátira.»
Cuando la comisión intensificó las investigaciones, y después, cuando empezaron
los juicios formales con las declaraciones juradas de los testigos, el cuadro
de lo que había sucedido comenzó a mostrar un cambio espectacular. Poco a poco
fue surgiendo Herz como una figura crucial pero oculta durante mucho tiempo,
descubierta bajo la superficie de una pintura conocida. Para todas las personas
absortas en el escándalo —para casi toda Francia— sería imposible a partir de
entonces pensar en Panamá sin recordar a Cornelius Herz.
Hubo testimonios de que Charles de Freycinet había obtenido de la compañía del
canal contribuciones para su campaña. Un diputado que había participado con
Charles Sans-Leroy en la comisión sobre el proyecto de ley de la lotería
admitió que a él también le habían ofrecido dinero —cien mil francos— para que
emitiera un voto favorable. El que se lo ofreció había dicho que era un
emisario de Charles de Lesseps, y cuando el diputado rechazó la oferta, la
había triplicado. El hijo de Ferdinand negó tener conocimiento de esa oferta;
sin embargo, cuando le acusaron de que el antiguo ministro de Obras Públicas
Baïhaut («el hombre de la bella esposa») había recibido la suma de un millón de
francos por dar su apoyo al proyecto de ley de la lotería, Charles de Lesseps
no lo negó.
Adrien Hebrard admitió que había sido socio en secreto de Gustave Eiffel cuando
este hizo la licitación para el canal de Panamá. Además, afirmó que Eiffel le
había pagado dos millones de francos y otro tanto a De Reinach por su
influencia.
Entonces, Andrieux, el abogado de Herz, soltó la asombrosa noticia de que el
informador oculto de Drumont durante las semanas que siguieron a la publicación
de los artículos de Micros había sido el mismísimo De Reinach. En efecto, si no
hubiera sido por este, el judío a quien Drumont detestaba, el periódico se
habría quedado falto de material. El trato había sido que Drumont se
comprometía a omitir toda referencia a De Reinach en las columnas de su
periódico mientras este le proporcionara detalles incriminatorios sobre Panamá.
Andrieux lo sabía porque había sido el intermediario.
Cuando se llamó a Drumont para que compareciera ante el tribunal a testificar,
dio la casualidad de que estaba en la cárcel —por fin le habían condenado por
difamación— y se negó a ir a menos que se le suspendiera la sentencia,
proposición que rechazó el tribunal.
Pero lo que más sorprendía a los investigadores era que las pruebas acumuladas
indicaban que De Reinach, considerado el mayor sinvergüenza de la trama, no se
había guardado nada para sí. El que había desangrado millones a la compañía del
canal —para «subvencionar» a la prensa aparentemente, pero en realidad para
comprar a muchos otros también—, el que había recibido sobornos de varios
contratistas de Panamá además de Eiffel, era a su vez desangrado por otro. Y
ese otro era Herz.
Herz y el barón se conocieron cuando el primero llegó a París procedente de San
Francisco. De Reinach había resultado decisivo para que Herz obtuviera
contratos del Gobierno para varias de sus empresas. Fue De Reinach quien
consiguió que Herz llegara a un acuerdo con Istvan Türr y el teniente de navío
Wyse. Pero a partir de entonces, ni una sola vez durante los años en que se
trató de construir el canal, Herz no había movido un dedo para ayudar a la
Compagnie Universelle. Jamás había prestado el más mínimo servicio —legal o
ilegal— a la compañía y, por supuesto, nunca obtuvo una compensación directa;
sin embargo, se pudo calcular que había recibido millones de francos a través
de De Reinach, hasta unos diez millones de francos (dos millones de dólares).
Además, se descubrió que la compañía había hecho por lo menos un pago directo a
Herz por 600.000 francos.
Los acuerdos fueron los siguientes. En la época en que Ferdinand de Lesseps
inició su primera campaña para la emisión de bonos con lotería, Herz había
convencido al anciano y a su hijo Charles para que le adelantaran 600.000
francos por el beneficio político que pudiera proporcionarles —el pago se
registró en los libros de la compañía como «gastos de publicidad»— y se convino
entregarle diez millones de francos tan pronto como se aprobara el proyecto de
ley de la lotería. El anciano De Lesseps llegó incluso a comprometerse a
entregarle a Herz una copia escrita del acuerdo secreto, que dejó a la compañía
a merced de Herz hasta 1887, cuando Charles recuperó el documento
incriminatorio y lo quemó.
Al parecer, el pago final de diez millones de francos se iba a realizar a
través de De Reinach, que se iba a quedar con una parte para saldar lo que Herz
le debía. Pero, de improviso, Herz cambió las tornas del juego. Cuando se
aprobó el proyecto de ley para los bonos con lotería en junio de 1888, la
compañía se negó a darle a De Reinach los diez millones de francos para que se
los entregara a Herz, alegando que este no había hecho absolutamente nada y, por
lo tanto, no se los merecía. Herz se hallaba entonces en Frankfurt y desde allí
envió de inmediato un telegrama a los directores de la compañía para
notificarles que De Reinach debía «pagar o sería destruido […]. Yo mismo lo
destruiré todo antes de consentir que me roben un solo céntimo. Tomad en cuenta
mi advertencia; hay poco tiempo».
Fue entonces cuando los directores entregaron a De Reinach el cheque por
3.390.000 francos que este llevó al banco y fraccionó en varios cheques al
portador; los dos cheques con las cantidades mayores fueron para Herz. Desde
ese momento, este había estado chantajeando a De Reinach y, por lo tanto, a la
compañía del canal, por todo lo que pudiera conseguir.
Se desconoce el dominio que ejercía Herz sobre De Reinach, aunque hay
innumerables teorías sobre varios secretos sombríos del pasado de De Reinach,
cosas tan terribles que había estado dispuesto a llegar a donde fuera para
mantener callado a Herz. Una de las teorías preferidas sostenía que De Reinach
había cometido una traición para progresar socialmente o en el mundo de las
finanzas, vendiendo secretos de Estado probablemente a Italia o bien al
Ministerio de Relaciones Exteriores de Inglaterra, y que Herz había logrado
conocer los detalles. En un momento dado, De Reinach había amenazado a Herz con
desenmascararlo si no lo dejaba en paz, pero había sido una amenaza hueca. En
otra ocasión, según Louis Andrieux, De Reinach, en el colmo de la
desesperación, contrató los servicios de un asesino a sueldo para que acabara
con Herz, pero esta acusación nunca fue verificada ni desmentida.
El relato de la última noche que De Reinach pasó con vida se fue revelando poco
a poco, comenzando con un artículo que apareció en Le Figaro. Tan
pronto como el barón se enteró de que Ricard había decidido proseguir con las
acusaciones criminales, De Reinach regresó precipitadamente de la Riviera, y la
noche fatal del 19 de noviembre fue a visitar a Herz en su casa cerca del Bois
de Boulogne. Pero no logró verlo a solas, informaba el periódico. Otras dos
personas estaban de visita: el ministro de Hacienda, Maurice Rouvier, y Georges
Clemenceau, cuya misión era solicitar clemencia para De Reinach. Cuando se
reveló este aspecto de la cuestión, la respuesta en la Cámara y en los cafés
fue el surgimiento de numerosas teorías sobre la muerte de De Reinach: había
sido envenenado por Rouvier, por Clemenceau o por Herz.
Rouvier renunció a su cargo de inmediato. Era cierto que había estado con De
Reinach, explicó a sus asombrados colegas en un emocionado discurso. Le había
parecido que cumplía con un deber de humanidad; De Reinach se estaba volviendo
loco por las acusaciones de los periódicos, y Rouvier pensaba que Herz tenía el
poder suficiente para acallar los ataques. Sin embargo, esas explicaciones no
satisficieron a nadie y la caída de una figura del relieve de Rouvier —era el
más brillante experto financiero del Gobierno y había sido primer ministro—
sacudió todo París y desató el pánico en la Bolsa.
Clemenceau contó un relato similar, sin ningún vestigio de arrepentimiento.
Dijo que había aceptado ir esa noche a la casa de Herz a petición de Rouvier,
pues el ministro pensaba que su presencia era importante. La reunión en el
despacho de Herz había sido breve. De Reinach había dado muestras de una
agitación extrema: «Tenía el rostro congestionado y se diría que los ojos se le
iban a salir de las órbitas». Herz había declarado que ya era demasiado tarde
para silenciar a los periódicos; por su parte, el asunto estaba concluido.
Clemenceau recordó que Herz se había mostrado muy tranquilo, frío y controlado,
sin ninguna compasión.
Más tarde, esa misma noche, De Reinach fue a visitar a su sobrino Joseph y
luego a dos mujeres jóvenes a quienes mantenía en un ambiente respetable en la
Rue Marbeuf. Parece que llegó a su casa a eso de la una de la mañana y fue
hallado muerto seis horas después. La opinión general en París era que él mismo
se había envenenado, y posiblemente eso fue lo que sucedió.
Fue Adrien Hebrard quien informó a Herz sobre la muerte de De Reinach, inmediatamente
después de que este recibiera la noticia de labios de Joseph Reinach. Así pues,
Herz fue uno de los primeros en enterarse y partió hacia Londres esa misma
tarde, es decir, la tarde del domingo, un día antes de que se iniciaran las
detenciones. Camino de la estación, se detuvo para ver a Andrieux a fin de
informarle de que Joseph Reinach estaba «trabajando» en los papeles de su tío y
se podía confiar en que no quedaría nada comprometedor por ese lado.
Herz fue el blanco de un torrente de invectivas en la Cámara, como era de
esperar. Pero estaba fuera del país y era de suponer que allí se quedaría, así
que en buena medida era un hombre de paja. El blanco real era Clemenceau.
¿Cómo era posible que un individuo como Herz, extranjero y médico charlatán,
hubiese llegado tan lejos y tan deprisa? Detrás de De Reinach estaba Herz,
¿pero quién estaba detrás de Herz? ¿Quién era el poderoso jefe invisible de ese
«pequeño judío alemán»?
«El nombre de ese infatigable y devoto intermediario, tan activo y peligroso,
está en los labios de todos —exclamó el diputado Paul Déroulède, partidario
fanático de Boulanger, que se autoproclamaba gran patriota—. De todos modos,
ninguno de vosotros se atreverá a decir su nombre, porque os paraliza un triple
temor: el miedo a su espada, a su pistola y a su lengua. Bien, yo hago frente a
las tres amenazas y digo su nombre: es… Monsieur Clemenceau.»
Al instante, la Cámara se convirtió en un tumulto de gritos. Uno de los
diputados saltó a la tribuna y vociferó que Herz era un agente del Foreign
Office, un espía británico. Así es, proclamó Déroulède, y Clemenceau había sido
su colega.
Clemenceau respondió con furia contenida y, mirando directamente a su acusador,
exclamó que era un mentiroso: «Monsieur Paul Déroulède, vous en avez menti».
Siguió el inevitable duelo, en un prado de la pista de carreras de caballos de
Saint Ouen, a las afueras de París, en una tarde gris y fría pocos días antes
de la Navidad. Déroulède, alto y sombrío, ocupó su puesto con la cabeza
descubierta; Clemenceau, famoso como tirador experto, conservó el sombrero
puesto. Se había convenido con anterioridad que pudieran estar presentes
fotógrafos y que las palabras del agonizante se recogerían fielmente. Cada uno
disparó tres veces; cada uno falló tres veces. Tras la descarga final, se vio a
Déroulède examinando un rincón de su abrigo «con aparente aprensión».
Así pues, a finales de año, en menos de cuatro meses desde que Édouard Drumont
comenzó a hacer sus revelaciones en La Libre Parole, había caído un
Gobierno; se habían mencionado en la trama a tres antiguos primeros ministros,
junto con dos ex ministros y dos prominentes senadores; más de un centenar de
diputados o ex diputados estaban acusados de haber recibido sobornos; había
ocurrido un probable suicidio; se produjo un pánico en la Bolsa y un duelo al
que se dio mucha publicidad. El siniestro Herz se había convertido en un tema
de fascinación mundial e iba aumentando la convicción de que Francia había sido
víctima de una conspiración diabólica.
El único ingrediente que faltaba era la femme fatale y la
sugerencia de que los altos cargos del Gobierno hubieran participado en
placeres de la carne ilícitos. Pero poco después el corresponsal en París
de The New York Times también añadió ese ingrediente. En una
larga crónica publicada en primera plana del Times del 15 de
enero de 1893, se hacía referencia a la deslumbrante cortesana Léonide LeBlanc.
No era demasiado lo que se decía, pero sí lo bastante como para dar a entender
mucho más, aunque no había manera de verificar ni de ampliar los datos. Según
la información del Times, la «casa de Léonide en París era el
centro de todas las intrigas de Panamá y en sus comidas los ministros,
diputados y periodistas incriminados se encontraban con los cajeros de la
corrompida empresa. Ella misma emplumó lujosamente su nidito con el botín
obtenido». Según el Times, Léonide «estaba tan enterada de todos
los detalles» del asunto que nadie se hubiese atrevido a decir una palabra
sobre ella, en particular en la Cámara de Diputados, «puesto que más de la
mitad de sus miembros habían sido huéspedes bajo su techo en aquellos días de
espléndida hospitalidad». Y eso fue todo, porque ya no se volvió a hablar de
ella.
III
Para Ferdinand de Lesseps, los acontecimientos que se
desarrollaban en París pasaban inadvertidos. Aunque su salud física había
mejorado algo, pasaba los días ajeno a todo cuanto le rodeaba, sin desear otra
cosa que la paz. Lo habían sacado de la ciudad para recluirlo en el retiro de
su casa de campo, donde la señora De Lesseps tenía buen cuidado de que no viera
a nadie a quien pudiera escapársele algo de lo que estaba pasando. Abrigado con
una chaqueta cruzada de marinero, cubierta la cabeza con una gorra de lana y
con un manto forrado de piel en las rodillas, se pasaba las horas mirando
fijamente el fuego que ardía en la chimenea. Solo el día de Año Nuevo, cuando
Charles no apareció para tomar parte en la tradicional reunión familiar,
comenzó a mostrarse inquieto y quería saber lo que había pasado. Entonces se le
informó de la verdad, y el efecto fue devastador; pero luego cayó en el lento
declive silencioso del que ya no habría de recuperarse.
La detención de Charles en su piso de la Avenue Montaigne la realizó la policía
con tanta discreción que su esposa no se dio cuenta de su presencia. Sin
embargo, al igual que Marius Fontane, Cottu y el ex diputado Sans-Leroy,
Charles iba a ser tratado a partir de entonces como si fuera un peligroso
enemigo público. Los detenidos fueron llevados a Mazas, la vieja cárcel
metropolitana situada frente a la Gare de Lyon, y cada uno quedó en celdas
separadas. No se permitían más visitas que las de los abogados; las pocas veces
que fueron sacados de la cárcel para prestar declaración antes de los juicios
iban esposados y bien custodiados dentro del carro cerrado que se utilizaba
para transportar a los presos comunes.
Para Charles, la prueba iba a ser muy larga. Fue juzgado dos veces en dos
tribunales separados y por diferentes acusaciones. El primer juicio fue por
fraude y mala administración, por «maniobras fraudulentas para inducir la
creencia en proyectos irreales y para suscitar esperanzas imaginarias sobre la
realización de un suceso quimérico». El segundo juicio fue por corrupción de
funcionarios públicos —soborno político—. Y puesto que el anciano señor De
Lesseps se hallaba incapacitado para comparecer debido a las condiciones de su
salud y su avanzada edad, Charles tendría que soportar todo el peso de la
defensa.
El primer juicio comenzó en el Tribunal de Apelación de París, el 10 de enero
de 1893, y duró cuatro semanas y dos días[8]. En vísperas
de la primera sesión, reinaba en la ciudad un estado de ánimo extraño e
inquieto. La gente, el pueblo de cualquier tendencia política, empezaba a
cuestionarse abiertamente toda la estructura de la sociedad francesa. Un
ambiente de desconfianza general impregnaba Francia entera. «En París, la
situación se hace cada vez más insoportable», informaba Smalley, del Tribune.
Se hablaba de un inminente golpe de Estado de los realistas; las unidades
militares apostadas en torno a la ciudad se mantenían en estado de alerta. El
embajador de Italia informaba a su Gobierno de que Francia estaba al borde de
la revolución.
«Panamá» se había convertido en un término universal de ultraje y, para muchos,
en un grito de batalla. La Libre Parole organizó para la noche
del 6 de enero una gran concentración antisemita en el anfiteatro de los
jardines del Tívoli. Los judíos crearon Panamá, gritó el principal orador, el
marqués de Morès, y eran los judíos los que ahora se regocijaban ante la ruina
del honor de Francia. Cuando varios centenares de espectadores se pusieron de
pie para protestar (mientras el resto del auditorio vitoreaba salvajemente),
estalló un tumulto. Se destrozaron sillas, la gente cayó al suelo por los
golpes y fue pisoteada.
Aquella no era «la verdadera Francia», telegrafiaba a su periódico en Nueva
York el incrédulo Smalley. «La verdadera Francia es la del doctor Pasteur
—decía a sus lectores para que lo tuvieran muy presente— […]. Es la Francia del
barón Alphonse de Rothschild, quien donó un millón de francos para obras de
caridad y logró que muchos pobres de París pudieran darle la bienvenida al Año
Nuevo. No es la Francia de Panamá, sino la que permite pensar a los franceses,
con inmensa alegría […] que ellos forman una gran república de Europa.»
Grandes multitudes se reunieron frente a las bonitas puertas de hierro forjado
del inmenso y gris Palacio de Justicia y un inconfundible ambiente de recelo
llenó la sala del Tribunal desde el momento en que entraron los prisioneros.
Pronto volvió a reinar el silencio e hicieron su aparición Périver, el primer
magistrado, los otros cuatro jueces y el fiscal, ataviados con togas y birretes
negros con incrustaciones doradas. Ocuparon sus lugares, dejaron el birrete
frente a ellos sobre el escritorio, tomaron sus lápices y Périver hizo una
señal con la cabeza al escribano para que leyera las acusaciones.
Charles, el primero en testificar, se levantó del banquillo de los prisioneros,
una hilera de cuatro sillas plegables colocadas directamente frente a los
jueces. Detrás de él, también de pie, estaba su abogado defensor, Henri
Barboux, quien, al igual que los restantes miembros de su profesión presentes,
vestía la tradicional toga negra y blanca, con la pechera y cuello almidonados
de los avocat. Charles parecía gozar de buena salud, incluso «se le
veía lleno de energía», a pesar de que ya había pasado un mes en la soledad de
su celda; pero mantenía una actitud circunspecta y levemente señorial. No se
esforzaba por poner de manifiesto, como dijo uno de los periodistas, «ese ánimo
que hubiera hecho de él una figura más digna de compasión».
Los demás prestaron declaración cuando les llegó su turno: la figura opaca y
encogida de Fontane manifestaba el miedo que le embargaba y que le hizo
aferrarse a su declaración de que había hecho lo que se le había ordenado; el
impecable Cottu, que se retorcía nerviosamente el bigote negro; Gustave Eiffel,
apuesto y miope, enérgico al hablar, junto a su abogado Pierre
Waldeck-Rousseau, futuro primer ministro de Francia. Aunque Eiffel no estaba en
prisión con los demás, había sido formalmente acusado de obtener ganancias
ilícitas de un contrato por el cual se le garantizaba, entre otras cosas, el
pago de una suma enorme en concepto de adelanto, así como otra gran suma como
indemnización si la compañía no cumplía con el compromiso de proporcionarle la
maquinaria para las esclusas dentro de un plazo ridículamente corto. En
conjunto (según estimó la comisión de diputados), la compañía había pagado a
Eiffel más de 74 millones de francos, lo que suponía unos beneficios
descomunales. Como ejemplo, en concepto de indemnización por no haber entregado
la maquinaria requerida a tiempo, la compañía le pagó 18 millones de francos,
mientras que su presupuesto para esa misma maquinaria no llegaba a los dos
millones de francos.
Sin embargo, en defensa de Eiffel cabría decir, como admitió la misma comisión,
que el famoso ingeniero no había hecho nada deshonesto, sino que había
aprovechado las ventajas que le ofrecía aquel «curioso» contrato. Además, si se
hubiera completado el proyecto y se hubiesen construido las esclusas, las
ganancias de Eiffel habrían disminuido considerablemente.
En respuesta a las preguntas de los magistrados, Eiffel admitió que le había
impresionado mucho que Ferdinand de Lesseps solicitara su ayuda, pero que todos
los tratos y negociaciones los había hecho con el barón De Reinach. «Y había
dudado —recordó Eiffel—. Dudé mucho tiempo.»
Un anciano decrépito, sordo y casi ciego, citado como testigo del fiscal y que
había llegado desde Nîmes, hizo una conmovedora descripción sobre cómo había
invertido hasta el último céntimo de sus ahorros en comprar acciones de Panamá,
después de haber visto a Ferdinand de Lesseps durante una de las reuniones
organizadas para vender los bonos con lotería. Después el fiscal hizo
comparecer a otras cuatro «víctimas» similares; el último en declarar, tras
decir al tribunal que se había arruinado, recordó que el propio Ferdinand de
Lesseps le aconsejó que conservara sus acciones de Panamá. «Su caso es terrible
—admitió el primer magistrado—. Todos los que estamos aquí lo compadecemos.»
Ninguno de los testigos puso en duda la buena fe de Charles de Lesseps. Armand
Rousseau descartó toda idea de que Charles hubiera podido albergar intenciones
fraudulentas. Como el aspecto político de la cuestión no se estaba tratando y
no aparecieron personalidades políticas para declarar, Charles siguió siendo la
figura central. Afirmó que desde el principio sus propósitos fueron servir a su
padre como mejor pudiera y que estaba orgulloso de haber podido desempeñar esa
misión y de haber permanecido a su lado hasta el fin. Confirmó que a Baïhaut,
que ya estaba detenido y en espera de juicio, se le había pagado para que
presentara en la Cámara el proyecto de ley sobre los bonos de la lotería, y que
a De Reinach se le había pagado también.
—Habéis dispuesto de los millones de vuestros accionistas
intencionalmente —acusó el fiscal, un hombre calvo, de mirada feroz, que se
llamaba Ráu.
—Lo hicimos con la misma intención que uno entrega su reloj cuando se le
requiere a punta de pistola —repuso Charles.
— ¿De qué manera, según usted, utilizó el barón De Reinach esas enormes sumas?
—interrumpió el juez Périver.
—Las utilizó para remunerar a los financieros y, sin duda alguna, a los
senadores, diputados y ministros. También hubo otros que ayudaron a De Reinach
—dijo Charles. Había tenido cuidado de no preguntar qué se había hecho con el
dinero.
—Eso significa que dejó en sus manos el trabajo sucio que usted prefería no
hacer personalmente; pero al mismo tiempo les proporcionaba los medios para
hacerlo.
Charles no respondió, y a medida que avanzó el juicio se mostró
cada vez más solemne e inseguro. A veces hablaba en voz tan baja que solo los
que estaban en primera fila podían escucharlo.
El fiscal se refirió «al mayor fraude de los tiempos modernos». Dirigiéndose a
los acusados, exclamó: «No puede haber titubeos para castigar a esos criminales
que para atraer los millones recurrieron a todas las maniobras, a cualquier
fraude […] Yo exijo para ellos la más rigurosa aplicación de la ley».
El alegato de defensa de Ferdinand y Charles de Lesseps, realizado por Henri
Barboux, un hombrecillo de cabello blanco, fue el clásico ejemplo de la
oratoria jurídica del siglo XIX y duró casi dos días. Con frases vibrantes y
una emoción cada vez mayor, apeló al tribunal para que recordara quién era
Ferdinand de Lesseps, lo que había hecho durante su vida, lo que había
significado para Francia, lo que todavía significaba para los corazones de
millones de personas, incluidos los que más habían sufrido por el fracaso de Panamá.
Pasaban las horas, marcadas por un gran reloj de bordes dorados que colgaba de
una pared. Cuanto más hablaba el defensor, mayor era la tensión de su
auditorio. «Imaginaos lo que sucedería —dijo— si el viejo héroe entrara en este
momento en la sala para hablar en su defensa», y pareció que parte del
auditorio contenía el aliento, esperando que las puertas traseras se abrieran
de par en par en cualquier momento.
¿Cómo era posible que a sus clientes se les acusara de cometer fraudes, si
ninguno de ellos había tomado nada para enriquecerse?[9]Era verdad que
se habían calculado mal los gastos de la obra, ¿pero cuál de los grandes
proyectos había costado lo que se había calculado originalmente? Sus clientes
no habían sido los únicos en depositar su confianza en el éxito final de la
empresa. Le Grand Français podía ser culpable de haber caído
en un pecado solamente: el exceso de optimismo. Pero debía tenerse en cuenta
que únicamente los optimistas triunfarán en este mundo; los pesimistas no
llegan a ser más que espectadores.
El Tribunal de Apelación emitió su juicio la mañana del 9 de febrero, frente a
una sala «tan colmada de público que el ambiente era sofocante». A los cinco
implicados se les declaró culpables de todas las acusaciones; y la sentencia
que se dictó contra ellos fue más severa de lo que se esperaba. Ferdinand y
Charles de Lesseps fueron condenados a cinco años de prisión y al pago de una
multa de 3.000 francos. Fontane y Cottu fueron sentenciados a dos años de
cárcel y el pago de la misma suma. Eiffel, a quien se declaró inocente de complicidad
en la estafa, fue considerado culpable del uso indebido de los fondos que se le
habían confiado. Según la sentencia, debía cumplir dos años de prisión y pagar
20.000 francos de multa.
Varios días después, por la noche y escoltado por dos oficiales de policía,
Charles salió de la prisión de Mazas con un permiso especial. Ferdinand de
Lesseps había estado pidiendo con insistencia que su hijo lo fuera a ver y
acusaba a Charles de ingratitud porque lo había abandonado. La ansiedad del
anciano llegó a tal extremo que su médico se había preocupado mucho.
Charles, su esposa y los dos policías llegaron a la pequeña estación de tren
más próxima a La Chesnaye pasada la medianoche. Un coche los estaba esperando y
viajaron otros veinticuatro kilómetros por la oscura campiña para llegar al
castillo a eso de las tres de la mañana. Al despuntar el día, Charles fue a ver
a su padre.
Encontró al anciano despierto, pero todavía en la cama. Sobre una mesita, al
lado del lecho, había muchos periódicos de París, todos con fechas de más de un
año de antigüedad.
—Buenos días, padre. Hoy he podido dejar mi trabajo y aquí
estoy.
— ¡Ah, Charles! —respondió el anciano—. ¿Qué hay de nuevo en París?
Sin esperar respuesta, besó varias veces a su hijo, repitiendo solo:
— ¡Ah, Charles! ¡Ah, Charles!
Al mediodía, cuando la familia se reunió en el inmenso comedor
con sus grandes aparadores tallados del siglo XVII, Ferdinand de Lesseps entró
lentamente, apoyándose en un bastón, y fue a ocupar su lugar acostumbrado en la
cabecera de la mesa. Nadie le explicó quién era el policía que se sentó junto a
Charles, ni él lo preguntó. Hubo un momento en que sonrió a su hijo y pareció
que iba a decir algo.
Por la tarde, Charles, la familia y los dos policías dieron un largo paseo;
luego, al anochecer, el prisionero fue llevado de regreso a París.
Después de aquella visita, Charles se transformó en otro hombre. Se comentaba
que su actitud durante el primer proceso había sido muy meditada, pues la
estrategia era que la discreción e incluso el silencio en ciertas cuestiones
supondrían una sentencia más leve. Quizá hubiera algo de cierto en esa
interpretación, pero no concordaba con su carácter. Es más probable que los
meses en prisión, las humillaciones del juicio y la visita a La Chesnaye le
incitaran a hacer un examen de conciencia del que resultaron opiniones
enteramente distintas sobre sí mismo y sus responsabilidades.
Su comportamiento durante el segundo juicio fue también el de un perfecto
caballero, pero ahora se adivinaba en él un inconfundible atisbo de
resentimiento; eso y la compostura externa —incluso la tranquilidad— de un
hombre a quien no le quedaba nada que perder, que ya no tenía a nadie a quien
proteger, que ha decidido pasarse la vida en los tribunales.
De nuevo, el escenario era el Palacio de Justicia, pero esta vez el más amplio
Tribunal de lo Penal y ante un jurado. A Charles y a Fontane se les acusaba de
haber distribuido sobornos; Baïhaut, Sans-Leroy, tres diputados relativamente
desconocidos, un senador sin relevancia y un intermediario llamado Blondin,
antiguo empleado del Crédit Lyonnais, fueron acusados de haberlos aceptado. Las
acusaciones contra los personajes más conocidos implicados hasta entonces
—Floquet, De Freycinet, los senadores Grévy y Renault, varios diputados
notables— se habían desestimado por falta de pruebas. Así pues, los políticos
importantes no serían juzgados. Tampoco Ferdinand de Lesseps.
Arton, el artista de la estafa, también iba a estar ausente. Había sido un
quebradero de cabeza para la policía, pues en las últimas semanas había
mantenido muy ocupados a dos detectives de París, uno de ellos ayudante del
jefe de la Sûreté, que lo anduvieron persiguiendo por media Europa, de Budapest
a Bucarest, Jassy, Nuremberg, Praga, Magdeburgo, Hannover y después otra vez a
Budapest, donde los detectives perdieron la pista. Nadie podría decir dónde se
encontraba.
También Cornelius Herz figuraba esta vez en la lista de los acusados. Pero se
hallaba recluido en un hotelito junto al mar en Bournemouth (Inglaterra) y se
negaba a regresar a París, alegando que él, lo mismo que el anciano De Lesseps,
estaba demasiado enfermo para viajar. Y al parecer no se podía hacer nada. Para
asegurar su aislamiento total, Herz había alquilado el hotel completo, lo que
no fue difícil en esa época del año. Se enviaron dos detectives de Scotland
Yard para detenerlo con una orden de extradición, pero aseguraron que no habían
podido hacerlo porque, en efecto, era un hombre muy enfermo. Se le impuso la
detención domiciliaria en el hotel hasta que varios eminentes galenos de
Londres, incluido el médico particular de la reina, el doctor Russell Reynolds,
pudieron acudir a Bournemouth para emitir una opinión. Cuando examinaron a
Herz, certificaron por unanimidad que el enfermo se hallaba en un estado de
extrema gravedad.
¿Pero y si Herz había montado una representación? ¿Y si en realidad era un
agente del Foreign Office, como se le había acusado, y todo aquello no era más
que teatro?
París estaba lleno de estas conjeturas, y hasta hoy nos hacemos las mismas
preguntas. Pero si todo era fingido, a Herz habría que darle un premio como
actor insuperable del teatro, o bien sería necesario admitir que el nuevo
Gobierno francés, el del primer ministro Alexandre Ribot, había intervenido en
el asunto, puesto que varios médicos franceses, en rápida sucesión, acudieron
también a Bournemouth, invitados por el Foreign Office para ver a Herz, e
informaron de que el paciente se encontraba en un estado desastroso, física y
mentalmente.
Así pues, Herz, todavía bajo arresto, se quedó en su hotel particular,
contemplando el mar inglés. Nadie podía verlo ni conseguir noticias suyas,
hasta que apareció Emily Crawford y convenció a los guardias que custodiaban la
puerta principal, subió las escaleras y se metió en el dormitorio de Herz. La
entrevista fue la única que este concedió en su vida y en ella se hicieron
preguntas sobre el asunto de Panamá que nunca se responderían.
Emily Crawford informó de que Herz sufría la enfermedad de Bright (una aguda
inflamación de los riñones), complicada con un padecimiento sin nombre del
sistema nervioso. Ella misma vaticinaba que ya no saldría con vida de aquel
hotel.
Lo encontró en la cama, incorporado entre almohadas y cubierto con mantas y
pieles. Emily se impresionó al advertir los cambios que se habían operado en
él, «pero las lucecillas de sus ojos claros no habían perdido nada de su brillo
eléctrico […]. La claridad y el vigor con que se expresaba eran asombrosos».
Le dijo que De Reinach se había dejado envolver en las redes de una vasta
intriga europea que tenía por objeto el «reajuste» de las alianzas en las que
por entonces tomaban parte las potencias centrales y «llenar los bolsillos» de
una sociedad de políticos que estaban trabajando bajo la dirección de De
Reinach.
Iban a dividirse entre ellos una suma de dinero tremendamente
grande que debería obtenerse como comisión de un préstamo estatal emitido en
París bajo los auspicios de M. Rouvier y mediante virementso transferencias de
créditos aprobadas por votación en el Parlamento [la Cámara de Diputados] de
los Departamentos de Guerra y de Obras Públicas al Ministerio de Asuntos
Exteriores, que debería pagar a los miembros de la sociedad.
La historia parecía extraída de Las mil y una noches,
escribía Emily. «Pero yo no la consideraría tan fantástica. El señor Herz era
el personaje clave de muchos escándalos peores que el de Panamá.»
Herz declaró que los documentos incriminatorios se hallaban en Londres, en un
lugar absolutamente seguro. La razón por la que se negaba a volver a Francia
era que se le había acusado de traición y espionaje en la Cámara, lo cual
significaba que podría ser juzgado a puerta cerrada. Estaba casi seguro de que
la sentencia sería una larguísima condena de cárcel en la isla del Diablo.
«Aquí huele muy mal», se dice que exclamó uno de los espectadores la mañana del
8 de marzo cuando comenzó el segundo juicio. «Es cierto —respondió otro—. Huele
a chivo expiatorio.»
Aquella vez los jueces estaban ataviados con magníficas togas rojas y en la
fila de testigos figuraban Floquet, De Freycinet y Clemenceau. También hubo la
novedad de que las observaciones de algunos testigos lograron que el auditorio
se desternillara de risa. Sans-Leroy, por ejemplo, declaró durante el segundo
día del juicio que los 200.000 francos que había depositado en su cuenta
bancaria inmediatamente después de que la comisión de la Cámara votó en favor
de los bonos con lotería eran una parte de la dote de su esposa. Su actitud,
insistió después de que el juez pidiera orden, siempre había sido «la de un
miembro de una comisión que deseaba ser ilustrada», lo que provocó en el
auditorio otra convulsión de risa.
Después, ese mismo día, Charles Baïhaut, con la cabeza baja y la voz
entrecortada, hizo una larga y dolorosa confesión. El en otro tiempo ministro
intachable admitió haber recibido el pago de 375.000 francos por dar su apoyo
al proyecto de ley de la lotería. «Durante quince años fui un servidor fiel de
Francia, como diputado y como ministro, y llevé una vida irreprochable. Ni
siquiera ahora soy capaz de entender cómo pude haber pecado.»
Pese a todo esto, Charles de Lesseps volvió a ser el centro a cuyo alrededor
giraba un drama que mantenía a la nación hechizada. Su relato fue franco,
gráfico y muy interesante. Los espectadores se dieron cuenta inmediata del
cambio. «Su inteligencia, su habilidad y la dignidad de su porte causaron una
marcada impresión —escribió el historiador francés André Siegfried—. Apareció
sobre todo como alguien que ha estado luchando contra una banda de
delincuentes. Había asumido una tarea imposible, lo había hecho a sabiendas de
que era un error, y a pesar de ello había tratado de combatir valientemente
hasta el final. Pero los estafadores le habían ganado la batalla.»
Podía haber echado la culpa a su padre, pero no lo hizo, ni siquiera de forma
indirecta. Su posición, expresada con palabras sencillas, era que ni él ni
ningún otro directivo de la Compagnie Universelle habían sobornado a nadie; por
el contrario, habían sido víctimas de la extorsión repetidas veces. Todos
querían sacar tajada. A la compañía le habían exigido pagar para obtener apoyo
político, para conseguir influencia en la Bolsa, por la buena disposición para
no desacreditarla, advirtiéndole que de lo contrario se atuviera a las
consecuencias. Reporteros de periódicos, asesores financieros, personas que
conocían a otras personas que supuestamente podían ayudar o perjudicar.
«Parecían surgir del pavimento. Teníamos que hacer frente a sus amenazas, sus
difamaciones y sus promesas rotas.»
En un momento dado, cuando el juez Pilet Desjardins le dijo que «abreviara»,
Charles le replicó con calma: «No; tengo tiempo suficiente. Todo esto es
necesario para mi defensa».
Continuó explicando que los financieros poderosos no podían obligar a nadie a
comprar acciones o bonos, pero sin duda sí podían impedir que se compraran.
Describió las propuestas iniciales de Herz, hablando de las «mejoras» que podía
conseguir para la posición de la compañía frente al Gobierno. «Habríamos
preferido que nunca se hubiese acercado a nosotros, pero […] era mejor hacer lo
que sugería y tenerlo como aliado, que hacer lo contrario y tenerlo como
enemigo.» Herz lo había llevado a visitar al presidente Grévy en su casa de
campo, y Charles recordaba que fue recibido como un amigo de la familia.
«Entonces quedé convencido de que Herz era un hombre al que convenía tener de
nuestro lado.»
—Vuestro deber como un hombre honrado era señalar la puerta a un individuo de
esa calaña —interrumpió el juez.
—Pero no podíamos tener como enemigo al socio oculto de La Justice —repuso.
Recordó que la primera venta de bonos con lotería había sido un fracaso por los
telegramas anónimos que anunciaban la muerte de su padre. «Se detuvieron las
suscripciones, se cancelaron las ventas y apelamos a los tribunales para que se
impusiera un castigo a los que habían enviado los telegramas, pero no se
persiguió a los culpables. Nos vimos obligados a protegernos por nosotros
mismos […]. Los financieros nos aleccionaron sobre la manera de recurrir a esos
métodos que ahora son del dominio público. Ellos nos decían: "A menos que
entreguéis dinero a todos los bancos que están bajo la influencia de Girardin
[Émile de Girardin, el propietario de Le Petit Journal], tendréis a
todos los periódicos de París en vuestra contra". Seguíamos resistiéndonos
a utilizar esos métodos, los periódicos nos atacaron y al final nos vimos
obligados a pagar cantidades enormes a derecha y a izquierda […] y ese modo de
proceder era alentado por el Gobierno.»
«Deje en paz al Gobierno», replicó el juez con aspereza, y sus palabras
provocaron un gran tumulto entre el auditorio y gritos de: « ¿Por qué el
Gobierno no? Queremos la verdad», y el juez ordenó desalojar la sala.
Charles testificó después que había decidido no pagar a De Reinach y que este
lo había amenazado con hacer que la compañía compareciera ante los tribunales,
advirtiéndole que un escándalo público colocaría a la compañía al borde de la
bancarrota. Pero Charles había decidido correr el riesgo, y habría logrado sus
propósitos de no ser porque primero Floquet, después De Freycinet y luego
Clemenceau, por riguroso turno, le mandaron llamar para decirle —«por el bien
de la República»— que pagara a De Reinach y mantuviera las aguas tranquilas.
Boulanger había resurgido, explicó Charles, y tenían miedo de las consecuencias
en el caso de que la compañía de Panamá se arruinara de repente. «Se mostraron
muy corteses en las entrevistas. No me agarraron del cuello de la camisa…»
Cuando les llegó su turno, De Freycinet y Clemenceau negaron haber tomado parte
en el asunto. Charles Sans-Leroy aseguró que no tenía la menor idea de cómo sus
iniciales habían aparecido en los talonarios de los cheques incriminadores.
Cuando el fiscal formuló contra él la acusación de haber vendido su voto,
Sans-Leroy, hombre alto y muy feo que usaba quevedos, repuso con total
serenidad: «Pruébelo».
Es probable que Charles de Lesseps dijera la verdad tal como la conocía durante
todo «El Gran Juicio de los Sobornos». Sin embargo, ni Floquet, De Freycinet,
Clemenceau, Rouvier ni nadie importante fueron procesados jamás. Tampoco fueron
sometidos a juicio los propietarios de periódicos o los periodistas. Los
diputados y el senador sometidos a juicio fueron absueltos, incluido
Sans-Leroy. La única figura política que fue condenada fue Baïhaut, y solo
porque había confesado.
El jurado entregó su veredicto el 21 de marzo de 1893. Charles y Blondin, el
intermediario en el trato con Baïhaut, fueron declarados culpables con
circunstancias atenuantes. A Charles se le condenó a un año de prisión; a
Blondin, a dos. La condena contra Baïhaut fue de cinco años de prisión, la
pérdida de sus derechos civiles, una multa de 750.000 francos y la devolución
de la cantidad total de 375.000 francos con que había sido sobornado. En caso
de que Baïhaut fuera incapaz de hacer frente a esos pagos, se nombraba
responsable a Charles de Lesseps. Este fue el único que mantuvo su actitud
digna durante la prolongada lectura de la sentencia.
De todo lo que se dijo en el curso de los dos juicios y del gigantesco informe
elaborado por la comisión de diputados cuando dieron por terminadas sus
investigaciones en junio, cabe extraer algunas generalidades y uno o dos datos
interesantes.
La cantidad total pagada a De Reinach, Herz y diferentes políticos,
directamente o por medio de De Reinach o Arton, solo se puede aproximar. De
Reinach, por ejemplo, recibió unos 4.500.000 francos por ocuparse de las
emisiones de acciones, más otros tres millones de francos por «publicidad», más
casi cinco millones de francos cuando Herz amenazaba con «arruinarlo todo», lo
que hace un total de 12.500.000 francos (2.500.000 dólares). Una parte de esa
suma constituía un pago enteramente legítimo, por lo menos en teoría (por las
tareas que desempeñó en las diversas emisiones de acciones); una buena porción
de la suma (según los talonarios de los cheques) sirvió para ganar los favores
de varios políticos; y el resto, una suma muy importante, fue a dar a manos de
Cornelius Herz. Pero se sabía que este había recibido otros 600.000 francos
directamente de la compañía; Baïhaut obtuvo 375.000; Floquet, 250.000, y, casi
seguro, Sans-Leroy consiguió 300.000. Y sin duda hubo otros más. ¿Cuántos?
Quizá fueran más de cien, como había denunciado el valiente y desagradable Delahaye.
Jamás se sabrá. Pero parece razonable suponer que la cantidad total que se pagó
para conseguir influencias políticas y «simpatías» en la Bolsa no debió de ser
menor de los veinte millones de francos (unos cuatro millones de dólares). Y
puede que fuera mucho más.
Las cantidades pagadas a la prensa desde la primera emisión de bonos en 1880
—un asunto sobre el que se habló muy poco durante los juicios—, según los
cálculos de la comisión, fluctuaron entre los doce y los trece millones de
francos. No fueron menos de 2.575 periódicos y diarios franceses los que
obtuvieron beneficios de la compañía. Hubo incluso algunas publicaciones
efímeras que se fundaron con el único propósito de sacar tajada. Además de los
gigantes como Le Temps y Le Petit Journal (que
recibieron las sumas mayores), en la lista completa figuraban algunas
publicaciones tan curiosas como el Boletín de Vinos y Alcoholes,
el Diario de los Apicultores y el Eco de las
Sociedades Corales.
Con frecuencia se realizaban pagos a un editor o escritor particular (por
ejemplo, los cheques extendidos a nombre de Arthur Meyer, de Le Gaulois,
supusieron cien mil francos); aunque a menudo, sobre todo en los primeros años,
la confianza que esos periodistas manifestaban en la empresa de Panamá, su fe
en Ferdinand de Lesseps, eran auténticas. Un cronista que escribió varios
artículos sobre el canal de Panamá, a razón de mil francos cada uno, quedó tan
profundamente convencido de lo que había escrito que invirtió sus ahorros en la
compra de acciones de Panamá, y los perdió.
Asimismo, se debe señalar que esas prácticas no eran ilegales ni poco
ortodoxas. En realidad, lo que más impresionó a la comisión fue la extensión de
los servicios prestados por el dinero que se invirtió. Sumas tan enormes como
doce o trece millones de francos solo representaban el 1 por 100 de los gastos
totales de la compañía. Era lamentable, por supuesto, declaró la comisión, que
la prensa tuviera necesidad de recurrir a semejantes prácticas, pero así era la
realidad de la supervivencia.
De los condenados, fue Baïhaut el que más sufrió. Se le recluyó en solitario en
una cárcel donde se obligaba a los internos a llevar una capucha cada vez que
se los sacaba de sus celdas. Al cabo de los tres años, los tribunales y la
opinión pública decidieron que ya había recibido suficiente castigo.
Gustave Eiffel, el único ingeniero a quien salpicó el escándalo, fue absuelto
más tarde de haber cometido «actos deshonestos» por una comisión investigadora
especial formada a solicitud del gran canciller de la Legión de Honor. Pero su
brillante carrera como constructor llegó a su fin; desde entonces se dedicó a
trabajos completamente distintos, en el campo de la meteorología y la
aerodinámica.
De Freycinet, Floquet y Rouvier lograron recobrarse de su desgracia y se les
volvió a admitir en sus cargos. Con el tiempo, Loubet llegó a ser presidente de
la República.
Para Georges Clemenceau, el futuro salvador de Francia —Le Père de la
Victoiredurante la Primera Guerra Mundial—, las elecciones de 1893 fueron
un desastre. Los votantes habían dado su veredicto sobre el papel que desempeñó
en el asunto de Panamá y fue necesario que pasaran nueve años para que
regresara con éxito a la vida pública. La interpretación que él mismo dio al
escándalo fue que había sido tramado por los partidarios de Boulanger y que la
única razón por la que atacaron a Herz fue porque se había negado a darles
dinero. En 1917, cuando volvió a surgir para salvar al país, Clemenceau tenía
ya setenta y seis años, la misma edad que contaba De Lesseps cuando se propuso
rescatar el honor de Francia después de la derrota de Sedán.
En cuanto a Cornelius Herz, pasó el resto de su vida enclaustrado en el hotel
de Bournemouth. No se puede determinar cuánto de verdad o de mentira había en
lo que le contó a Emily Crawford. Nunca llegó a encontrarse el escondite
secreto de los documentos acusadores. Murió en 1898 y se llevó consigo a la
tumba todo lo que sabía sobre el asunto.
A Léopold Émile Arton se le descubrió por fin viviendo tranquilamente en
Londres. Se le obligó a regresar a Francia, fue procesado, declarado culpable y
enviado a prisión. A los pocos años de quedar en libertad se suicidó. Sin
embargo, había alcanzado una especie de inmortalidad. Las anécdotas de su fuga
de los dos detectives se convirtieron en la delicia de las revistas de
variedades de París, y entre los observadores más fascinados de su juicio se
hallaba Henri de Toulouse-Lautrec, quien hizo una serie de rápidos esbozos a
lápiz del proceso.
Gustave Eiffel no fue nunca encarcelado porque en junio de 1893 el Tribunal de
Casación, el tribunal supremo de Francia, anuló el veredicto del Tribunal de
Apelación. Eiffel, Fontane, Cottu, Ferdinand y Charles de Lesseps fueron
absueltos por cuestiones técnicas: las órdenes de detención, emitidas el 21 de
noviembre de 1892, habían llegado más de tres años después del más reciente de
los delitos supuestos y, por lo tanto, dictaminó el tribunal, dichos delitos
habían prescrito.
Puesto que la decisión no era aplicable a la reciente sentencia del Tribunal de
lo Penal, Charles tuvo que cumplir un año de cárcel, pero le fueron descontados
los meses que había pasado en la prisión de Mazas esperando el juicio, y cuando
cayó enfermo, fue trasladado a un hospital y allí permaneció hasta completar su
sentencia. Fue puesto en libertad en septiembre de 1893.
Sin embargo, no terminaron ahí sus problemas. Como Baïhaut no estaba en
condiciones de pagar su multa e indemnización, en 1896 se le ordenó a Charles
que pagara cerca de 900.000 francos en su nombre. Incapaz de conseguir más que
una mínima parte de esa suma y ante otra sentencia de prisión si no la saldaba
por completo, huyó del país y se refugió en Londres, donde vivió en un exilio
impuesto por él mismo. En enero de 1899, el Gobierno francés acabó aceptando un
pago parcial y Charles de Lesseps pudo regresar a París. Para entonces habían
transcurrido diez años desde la ruina de la compañía del canal y hacía cuatro
años que Ferdinand de Lesseps había muerto.
Durante los restantes años de su vida se negó a hablar de Panamá con sus
familiares y amigos. No hablaba de eso —recordó un sobrino suyo que lo adoraba—
«nunca, nunca, nunca». Y en opinión de los que mejor lo conocían, se le siguió
considerando un hombre honrado y admirable. La compañía de Suez lo mantuvo en
su puesto de la mesa directiva, incluso durante el tiempo que pasó en la
cárcel. «Es necesario reconocer que era un hombre honorable, chapado a la
antigua —afirmaría su sobrino—. Estoy absolutamente seguro, aunque no conozco
bien la historia porque es muy complicada, de que él no habría hecho nunca nada
que le pareciera deshonesto. Eso lo sostengo.»
Charles estuvo con su padre cuando este murió. El fallecimiento ocurrió al año
siguiente de la salida de Charles del hospital. También estaban presentes la
señora De Lesseps y el resto de la familia cuando la muerte llegó
tranquilamente para el viejo aventurero. Murió en La Chesnaye, en su dormitorio
del segundo piso que daba al sur, en el atardecer del 7 de diciembre de 1894,
tres semanas después de haber cumplido los ochenta y nueve años.
El cuerpo fue llevado a París en tren para que lo sepultaran en el cementerio
de Père Lachaise. No hubo un gran cortejo fúnebre, ni se reunieron multitudes
durante los servicios religiosos junto a la tumba; solo los familiares, un
representante de la Société de Géographie, un amigo de la infancia muy anciano
y los directores de la Compañía del Canal de Suez. Esa compañía pagó todos los
gastos del funeral. En los panegíricos no se mencionó jamás la palabra
«Panamá».
IV
La extraordinaria aventura había durado más de una década. Según
los cálculos más fiables, había costado 1.435 millones de francos (unos 287
millones de dólares), mil millones de francos más que el coste total del canal
de Suez y muchísimo más de lo que se había gastado hasta entonces en una obra
de cualquier clase en tiempos de paz.
El número de vidas perdidas —cuestión que, por extraño que parezca, se evitó en
el transcurso del caso— no se determinó, y sigue desconociéndose con certeza.
Tras el examen de los registros franceses, el doctor Gorgas llegaría a la
conclusión de que habían muerto por lo menos veinte mil hombres, tal vez
veintidós mil. Posiblemente sea una cifra muy alta, pero sigue siendo el
cálculo aceptado.
La derrota financiera y psicológica experimentada por Francia tan poco tiempo
después del desastre de Sedán pareció una jugarreta cruel e injusta del
destino. Incluso Bismarck se lamentaba de que la dolorosa tragedia hubiese
caído sobre un pueblo tan intrépido. Además, la oleada de antisemitismo
desatada por Édouard Drumont pronto iba a desbordarse en el desdichado caso
Dreyfus.
Había sido un disparate tan descomunal, un fracaso de tal magnitud, con unas
repercusiones tan amplias, que nadie sabía qué hacer. A medida que fue pasando
el tiempo, se tendió a olvidarlo como la locura de un hombre, Ferdinand de
Lesseps, sobre quien había opiniones muy diferentes.
Entre los distintos conceptos que se tenían sobre él, el más difundido lo
presentaba como un hombre entusiasta que comenzó con una fe ilimitada en su
omnisciencia y acabó transformándose en sus peores instintos en el momento en
que sus planes comenzaron a zozobrar. Era natural que hubiese caído con De
Reinach, Herz y los restantes de su calaña, puesto que él también era un gran
estafador. Francia y el mundo habían sido engañados, según muchos abogados y
empresarios que exigían que el esfuerzo de Panamá se considerara «con las
reglas habituales de rectitud financiera», ni más ni menos.
Para muchos escritores estadounidenses, De Lesseps había sido el primer actor
de una comedia de lo absurdo, «bailando y haciendo piruetas delante del
escenario muy contento, al parecer completamente ajeno a todo lo que le
rodeaba, con excepción de sus cabriolas». Más tarde, en Panamá, fue creencia
general entre los trabajadores estadounidenses que De Lesseps había muerto en
un manicomio.
Para un número sorprendentemente alto de franceses, seguía siendo el héroe
querido, el «adorable viejecito» que por desgracia carecía de facultades para
analizar con sensatez o para utilizar el sentido común, como les sucedía a
todos los genios creadores. Su sometimiento a las demandas de los financieros y
los políticos corruptos había sido tan inocente como su indiferencia hacia lo
que los ingenieros llamaban cuestiones prácticas. Tenía la mirada puesta en su
buena estrella, aunque esta vez le falló. Discutir su tragedia era cuestionar
la influencia de los astros. Era un punto de vista que le concedía la
inocencia, convirtiéndolo en un bobalicón. Su gran ingenuidad le hizo un héroe
y le destruyó. Para una mente como la suya, la destrucción era, a fin de
cuentas, inevitable, como lo había sido para Juana de Arco, por ejemplo, porque
esa es la recompensa que otorga el mundo a la locura santa.
Pero cuando los acontecimientos se fueron alejando en la distancia, De Lesseps
se convirtió en algo completamente diferente. Se le veía cada vez más como la
víctima trágica de las fuerzas terrenales que no había podido dominar: la selva
infernal; los ambiciosos asesores técnicos, dispuestos a decirlo todo o a
ocultarlo todo para satisfacer sus fines egoístas; los financieros sin
escrúpulos (a los que mucha gente consideraría para siempre financieros judíos
sin escrúpulos). Según esta interpretación, el error fatal de De Lesseps había
sido envejecer. En cierta ocasión, durante el caso de Panamá, apareció un
artículo periodístico en el que se compadecía a De Lesseps y se insinuaba que
hubiera sido mucho mejor para él morir antes, cuando se hallaba en la cumbre de
su carrera; de inmediato, Madame de Lesseps respondió con una carta
conmovedora, que se citó mucho entonces y durante los años venideros.
«No protestaré por ese sentimiento tan poco cristiano —escribió—, pero sí
afirmaré que su autor no debe de haber pensado en la esposa y los hijos que
quieren y veneran profundamente a ese anciano y para quienes su vida, por
frágil que sea, es lo más precioso del mundo. No es ningún crimen llegar a
viejo.»
Así pues, la conclusión que se extraía era que habría triunfado si no hubiese
envejecido, y que habría repetido su victoria de Suez en Panamá si hubiese sido
el mismo De Lesseps, en plena madurez y en posesión de sus famosos «poderes».
Por supuesto, había algo de verdad en estas interpretaciones, pero en lo
fundamental no eran más que falsas ilusiones. El verdadero hombre había sido
mucho más complejo, sus motivos mucho más ambivalentes, y su personalidad
estaba compuesta de muchas más contradicciones; no era posible describirlo con
respuestas simplistas. Era al mismo tiempo el más audaz de los soñadores y el más
astuto de los manipuladores de trastienda. Era el optimista indestructible, el
que creía en lo más hondo de su alma que la bondad y la rectitud triunfaban
siempre a la larga; y era absolutamente capaz de engañar y de halagar la
vanidad y la avaricia de los demás. Era un hombre confiado, decente, atractivo,
que, varios años después de haber iniciado las obras del canal, confesaba a un
periodista que él ya sabía, desde un principio, que iba a haber grandes
tropiezos; y en tono despreocupado podía informar a la prensa de que sus
ingenieros habían desviado todo el curso del imprevisible río Chagres; y en
vísperas de que se produjera la caída definitiva e inevitable, era capaz de
anunciar a los accionistas que lo adoraban que el triunfo estaba al alcance de
la mano.
Sin duda, en su gastado sistema se habían endurecido las arterias, pero
sostener que la vejez fue la causa de su derrota es pasar por alto muchos otros
factores importantes. Además, su avanzada edad solo se presentó como un
problema al final, cuando la causa ya estaba perdida. Hasta entonces había
hecho alarde de una prodigiosa juventud que cautivaba a sus seguidores y que
impresionaba a observadores próximos tan parcos e imparciales como John
Bigelow. También se podría argumentar que su fracaso se debió a haberse negado
a envejecer, a su incapacidad para aparecer y actuar de acuerdo con su edad. No
es ningún crimen negarse a envejecer, había dicho Madame de Lesseps. Pero hay
que repetir de nuevo que las cosas podrían haber resultado de otro modo si hubiesen
prevalecido en él ideas más prudentes y apegadas a la realidad, si hubiese
renunciado a seguir utilizando sus famosos poderes: su capacidad para hechizar,
para halagar, para inspirar, para arrastrar a los hombres de buena voluntad en
contra de sus instintos sin emplear otra cosa que la fuerza fenomenal de su
personalidad. Hombres que sabían programar de forma realista una excavación,
hombres que vivieron la experiencia de La Culebra en «época de lluvias»,
ingenieros expertos muy serios en plena forma física, le habían escuchado,
habían estado de acuerdo y habían seguido adelante como él quería una vez tras
otra.
La causa fundamental de su caída había resultado evidente desde el congreso de
París de 1879: su insistencia para que se abriera un paso al nivel del mar por
un terreno que desconocía por completo, su total desinterés en otros conceptos
que no fueran los suyos, su negativa a atender las voces de la experiencia, su
rechazo de los datos e informaciones que pusieran en entredicho su punto de vista;
pero nada de todo esto habría significado gran cosa si no fuera por su
extraordinaria habilidad para inspirar lealtad y afecto en los seres humanos de
cualquier condición social o intelectual.
Desde el punto de vista técnico, la causa de la tragedia fue la decisión de
abrir un paso al nivel del mar, de hacer otro canal de Suez. Una obra semejante
en Panamá era demasiado imponente, cuando no imposible. La estrategia no era la
apropiada para el campo de batalla.
La advertencia ya estaba escrita en el muro unos tres o cuatro años antes de
que el dinero desapareciera. Con el equipo de que se disponía entonces habría
sido una tarea muy difícil y costosa hasta la construcción de un modesto canal
de esclusas. Pero si De Lesseps y sus asesores técnicos hubiesen decidido
construir un canal de esas características incluso en 1886, cuando De Lesseps
realizó su segunda gira por el Istmo, lo más probable es que hoy habría un
canal francés en Panamá, a pesar de las muertes, las enfermedades, la selva, la
geología, los gastos y la avanzada edad de De Lesseps. Las dimensiones de las
esclusas proyectadas habrían hecho que el canal quedara obsoleto en un tiempo
relativamente corto, pero se habría construido.
En cuanto a la posible complicidad por su parte en los turbios manejos que se
hacían entre bambalinas, no hay ningún misterio. No era inocente ni tampoco
tonto. Participó en los sobornos a la prensa, en las negociaciones con Herz, y
fue uno de los primeros en cometer transgresiones desde el principio, cuando se
lanzó la primera emisión de bonos. Sus declaraciones públicas y su Bulletinestaban
plagados de informaciones falsas, de estadísticas tendenciosas, de promesas
que, sabía muy bien, nunca llegarían a realizarse. «Con su estilo brillante y
despreocupado, decía una gran cantidad de mentiras a los que le entrevistaban»,
recordaba Emily Crawford. Tenía la firme determinación de construir el canal,
de triunfar de nuevo, de ser realmente todo aquello que la multitud de sus
adoradores pensaban que era. Cuando se fue deteriorando la situación, recurrió
a medidas desesperadas para ganar tiempo y retrasar el desastre. Cuando Charles
declaró en el tribunal que había hecho únicamente lo que pensaba que debía
hacer, sin duda hablaba en su nombre y en el de su padre. «¿Cuál hubiera sido
vuestra decisión en nuestro lugar?», había preguntado Charles.
Al final el misterio fundamental se reduce a la fe proclamada sin cesar de
Ferdinand de Lesseps en el éxito. ¿Era todo aquello el engaño hábil y
plenamente consciente de un gran impostor? ¿O era el autoengaño de un viejo
vanidoso que se había dejado atrapar por sus éxitos pasados? Son preguntas
implícitas que aparecen en casi todo cuanto se ha escrito sobre este hombre.
Sin embargo, las pruebas demuestran que había algo más.
En el fondo, por su misma naturaleza, por todos los instintos de su cuerpo, el
vizconde Ferdinand de Lesseps era un mago. Era, como Masefield dijo de
Shakespeare, «el loco excepcional que aparece una vez en diez generaciones». Y
en esa característica especial había basado Henri Barboux su defensa. «¡Bellas
ilusiones! —había exclamado el abogado en el punto culminante de su sonoro
discurso de dos días—. Así es como nuestro fiscal general denominaría a todas
las grandes aventuras que no alcanzan ningún éxito. Pero la humanidad necesita
esas "bellas ilusiones". Y cuando un gran pueblo deja de
entusiasmarse por ellas, debe resignarse a no ser más que un buey impasible,
con la cerviz agachada a la tierra.»
Pero el punto crucial es que De Lesseps era un mago para el siglo XIX: estaba
tan deslumbrado como cualquiera por los nuevos poderes mágicos de esa era. Una
buena parte de su atractivo, quizá su misma esencia, consistía en que no era
una mente técnica ni científica, sino el más humano de los humanistas. Eso hizo
posible que llegara al corazón de la gente. Y además había sido él quien
consiguió que en Suez la ciencia y la tecnología se aplicaran a un propósito
noble y humanitario; después de aquella hazaña, habría sido muy difícil dudar
de su palabra o desconfiar de sus visiones. A partir de Suez, como él mismo
dijo en cierta ocasión, pudo gozar del «privilegio de ser creído sin necesidad
de probar lo que se afirma». Eso fue lo que le convirtió en una fuerza tan
popular y un hombre tan peligroso.
La suya no era «la fe que podía mover montañas», como escribieron o afirmaron
muchos que no se habían tomado la molestia de escuchar lo que el mismo De
Lesseps seguía repitiendo desde que se celebró el congreso de París. No. La
suya era la fe de que a las montañas las podía mover la tecnología. Estaba tan
deslumbrado por el impulso del progreso como por sus pasados triunfos. «La
ciencia ha declarado que es posible la construcción del canal, y yo soy el
servidor de la ciencia», afirmó en su discurso durante el banquete celebrado en
Delmonico's en 1880. Las nuevas máquinas maravillosas habrían de conseguir el
triunfo definitivo, les repetía a sus accionistas una y otra vez. Aparecerían
hombres de ingenio, decía refiriéndose a los técnicos y los científicos
—expertos en física, matemática, geología, ingeniería de los suelos, química,
medicina tropical, hidráulica—, hombres con los que contaba porque él sabía
poco de esas cosas. Tenía la confianza del hombre que no es científico, que no
es técnico, en que la ciencia y la tecnología «encontrarían la solución». Esa
era su fe; esa había sido su experiencia. De los 75 millones de metros cúbicos
que se habían excavado en Suez, 60 millones habían sido extraídos por las
máquinas en los últimos cuatro años y medio de trabajo. Después, en los años
que siguieron, De Lesseps vio cómo se extendía el empleo de la dinamita y la
nitroglicerina. Había sido testigo de los milagros realizados por Pasteur. Así
pues, en el más amplio sentido, su trágica locura había sido malinterpretar el
avance del progreso; había tenido la certeza de que las máquinas, los
medicamentos, cualquier cosa que necesitara, estarían a su disposición, y se
equivocó. Y no se puede evitar pensar que al final se vio arrastrado a esa
última etapa oscura de su vida obsesionado por un espantoso sentimiento de
traición.
También cabe afirmar que no se habría intentado ni logrado nada en Panamá de no
haber sido por Ferdinand de Lesseps, apreciación que se echa en falta en los
análisis de la década de 1890, en buena medida porque el trabajo llevado a cabo
se había olvidado o asumido que carecía de todo valor. En Francia, como
observaba André Siegfried, nadie parecía recordar que en Panamá se intentó
construir un canal. «Al final casi se había llegado a creer que la compañía
apenas hizo nada en el Istmo.» El dinero, declaraba The Times de
Londres, había «desaparecido tan limpiamente» como si se hubiese hundido en el
Atlántico Norte.
Ya nadie hablaba de los hospitales que se habían construido, los edificios de
oficinas, los almacenes, las instalaciones portuarias, las viviendas, los
talleres; nadie volvió a acordarse de los mapas, los planos, las
investigaciones, los datos hidrográficos que se habían reunido; se olvidó la
extensión de tierra que se había adquirido y el ferrocarril de Panamá. También
se olvidó el hecho de que se habían extraído más de 50 millones de metros
cúbicos de tierra y roca del paso del canal, una cantidad que equivalía a las
dos terceras partes de la cantidad total extraída en Suez. La actitud
prevaleciente e indiscutible era que había sido en vano; la derrota del viejo
pionero había sido completa.
Pero sucedió que la comisión creada por el liquidador para valorar los trabajos
había vuelto a Francia con un informe alentador: la tarea ya realizada era «muy
considerable»; la obra estaba «en buen estado de conservación»; el canal de
esclusas podía terminarse en unos ocho años. Con miras al futuro, el liquidador
también había concertado una extensión de la antigua Concesión Wyse y había
enviado al propio Wyse a Bogotá. La Concesión fue declarada válida hasta 1903,
a condición de que se organizara una nueva compañía francesa para continuar con
los trabajos, y el 20 de octubre de 1894, siete semanas antes de la muerte de
Ferdinand de Lesseps, quedó formalmente establecida la Compagnie Nouvelle du
Canal de Panamá.
Pero fueron muy pocos los que tomaron el asunto en serio. Se hablaba de que la
selva había reconquistado ya casi todo lo que había cedido a los ingenieros
franceses y que además la construcción de un canal estadounidense en Nicaragua
se consideraba cosa segura, sin tomar en cuenta que el intento hecho por
Estados Unidos en ese país —el que llevó a cabo la Maritime Canal Company,
cuyos estatutos se aprobaron en 1889— terminó en un rotundo fracaso. Había sido
una empresa con escaso respaldo financiero que se derrumbó con el pánico de
Wall Street en 1893.
Ahora resultaba evidente que la construcción de un canal superaba la capacidad
de una empresa privada. Tendría que ser un empeño nacional. Estados Unidos
aparecía como la única nación en condiciones para hacer frente a semejante
esfuerzo, y si el pueblo estadounidense había sacado una conclusión primordial
del desastre de los franceses, era que Panamá no era el lugar adecuado para
construir un canal. El fracaso de los franceses —«el mayor fracaso de los
tiempos modernos»— estaba por encima de cualquier lección de geografía. Los
franceses habían sido derrotados no solo porque fueran franceses (y, por lo
tanto, incompetentes, decadentes y poco prácticos) ni porque estuvieran
dirigidos por Ferdinand de Lesseps, sino ante todo porque habían —De Lesseps
había— escogido un mal paso.
El corresponsal estadounidense Richard Harding Davis escribió en Harper's
Weekly que era muy probable que pesara una maldición sobre Panamá. Él
mismo había ido en 1896 a ver las cosas con sus propios ojos y había llegado a
la conclusión de que aquella era «una tierra profana». Escribió que era como si
un mal espíritu rondara las tierras bajas del Chagres. Le asombró comprobar el
cuidado con que se seguía conservando el equipo y la maquinaria franceses. Los
ejércitos de jornaleros negros ya no estaban desde hacía tiempo —fueron
enviados a su tierra por cuenta del Gobierno de Jamaica—, pero las locomotoras
permanecían colocadas sobre bloques, aceitadas y cuidadas como si estuvieran en
exposición en Baldwin Works. En los talleres, «cada tornillo y cada tuerca se
hallaban en su correspondiente cajoncito numerado, relucientes, pulidos y
cubiertos con una capa de aceite como si fueran a utilizarse al día siguiente».
Otros escritores que viajaron por Panamá habían encontrado motivos para la
melancolía en los armazones de las máquinas francesas abandonadas que yacían
volcadas en los pantanos al lado de los caminos. Pero para Davis el cuidado y
la atención fervientes resultaban más patéticos. «Porque era como si un general
se pusiera a limpiar su pistola, a sacar lustre a su cinturón de cuero y a
pulir sus botones metálicos después de que su ejército había sido derrotado y
aniquilado y de que él mismo lo había perdido todo, incluso el honor.»
Con el tiempo, escribió, cuando Estados Unidos construyera el canal de
Nicaragua, Panamá seguiría siendo una de las mayores ruinas de la tierra, una
reliquia de la estafa y la muerte y del trágico anciano tan iluso como para
creer que se podía construir un paso en Panamá.
Libro segundo
Barras y estrellas para siempre
(1890-1904)
Capítulo 9
Teodoro, el hilandero
«… el universo parecía estar girando como un huso, y Teodoro era
el hilandero.»
RUDYARD KPLING
I
En un día de verano del año 1901 no había en Washington, como
indicaban las guías para el visitante, otro sitio tan placentero para sentarse
y dejar pasar las horas como la plaza Lafayette. A la sombra de una magnolia
sureña o de una paulonia china en flor (o tal vez bajo un olmo o un haya
plantados por Jefferson), se podía observar el tráfico que discurría por la
avenida de Pensilvania, o contemplar la fachada norte de la Casa Blanca, o bien
tratar de comprender —como casi todos hacían— qué maravilloso rasgo de ingenio
mantenía la estatua ecuestre de Andrew Jackson en un equilibrio tan asombroso.
Los macizos de flores estaban bien cuidados; las sendas, bien barridas y
limpias. Los turistas iban y venían, y guapas chicas paseaban al mediodía en
grupos de dos o tres, luciendo los sombreros de paja de ala ancha y los
vestidos camiseros blancos recién planchados que estaban de moda.
Había además la sensación especialmente placentera de hallarse en el centro
mismo de las cosas. No era solo la proximidad de la Casa Blanca, sino las
hileras de las elegantes residencias particulares que cerraban los otros tres
costados de la plaza, el hotel Arlington, el Club Cosmos, la cercanía del
Metropolitan Club, el edificio del Tesoro, y esa gran mole barroca, el edificio
del Estado, la Guerra y la Marina, los que lograban crear ese entorno tan
excepcional y fascinante dentro del mundo de Washington.
En el costado oriental de la plaza, en la puerta de al lado del Club Cosmos,
vivía el senador Hanna, en el número 21 de Madison Place, la llamada «pequeña
Casa Blanca». En el edificio amarillo del Cosmos, en otro tiempo la casa de
Dolly Madison, se podían conocer a luminarias de la talla de Alexander Graham
Bell, o el profesor Samuel Langley, del Smithsonian Institute. El Arlington,
frente al Cosmos en línea diagonal, en la calle H, era «la casa de huéspedes
más distinguida y grande de la ciudad». Prácticamente todos los presidentes
desde Grant habían pasado allí la noche anterior a su toma de posesión.
El secretario de Estado, John Hay, que había llegado a Washington como
secretario particular de Abraham Lincoln, y Henry Adams, el culto descendiente
directo de dos presidentes, habitaban casas vecinas en la esquina de la calle H
y la calle 16, justo enfrente de la pequeña y bonita iglesia episcopal de San
Juan. El edificio de Hay y Adams, construido en la década de 1880, resultaba un
agregado nuevo en comparación con todos los restantes y daba a la plaza la
única nota discordante. Era una especie de baluarte de ladrillo rojo con remates
de piedra clara, innumerables ventanas, impresionantes escaleras de piedra y
sólidas puertas de madera oscura labrada, instaladas dentro de grandes y
sombrías arcadas, todo creación de Henry H. Richardson, el arquitecto más
solicitado del momento. Parecía el refugio más seguro para los dos frágiles
caballeros que vivían dentro, en apartamentos separados aunque contiguos, pues
ambos eran considerados una especie de tesoros nacionales. Adams afirmaba que
su domicilio era la única posesión importante que había logrado en su vida y
reinaba sobre lo más parecido a un salón de cuanto existía por entonces en
Estados Unidos. El que recibiera una invitación para desayunar en el número
1603 de la calle H podía decir que había «llegado».
La casa de John Hay, autor de la política de «Puerta Abierta» para China,
estaba a poco más de una manzana de sus oficinas del Departamento de Estado o
del Metropolitan de la calle 17, el club más distinguido y frecuentado de la
ciudad, o de la Embajada de Francia, el gran edificio amarillo situado junto al
Metropolitan. «La vida —había escrito Adams— es un valle estrecho donde se
juntan los caminos.» Era una opinión que pudo concebirse muy bien desde una
posición tan estratégica.
Pero a finales del verano, el 6 de septiembre de 1901, la tranquilidad
comparativa de la plaza Lafayette, al igual que el orden que imperaba en todo
Washington, terminaron abruptamente cuando una pistola de calibre 32 fue
disparada dos veces a quemarropa contra el indefenso William McKinley en
Buffalo (Nueva York).
Theodore Roosevelt y el senador Mark Hanna en Buffalo en el momento de la
muerte de McKinley. (Culver Pictures, Inc.)
Había viajado a esa ciudad para asistir a la Exposición
Panamericana y se hallaba de pie frente al Templo de la Música, junto a una
palma en maceta, estrechando la mano de una larga fila de personas, cuando una
de ellas, un joven anarquista trastornado llamado Leon Czolgosz, se adelantó,
con la mano derecha envuelta en lo que parecía un vendaje. Ocho noches después
murió McKinley.
«¡Mucho cuidado! —dicen que exclamó Mark Hanna al conocer la noticia del
atentado—. ¡Ese maldito vaquero es el presidente de Estados Unidos!»
* * * *
La repentina llegada de Theodore Roosevelt a la Casa Blanca iba
a marcar el cambio más espectacular en el estilo y la actitud presidenciales
desde la toma de posesión de Andrew Jackson, el primer «hombre del pueblo»
declarado, cuando se colocaron en la plaza Lafayette cubas de licor para
desviar a la delirante multitud de los aledaños de la Casa Blanca. La toma de
posesión de Roosevelt fue una breve ceremonia solemne, precipitada y casi
íntima, celebrada en un recargado salón Victoriano en una casa de Buffalo. Sin
embargo, puede decirse que el siglo XX empezó de verdad cuando hizo el
juramento para ocupar el cargo.
Con cuarenta y dos años, no era solo el presidente más joven de la historia del
país, sino también una figura enteramente nueva en el escenario de la política
estadounidense —un republicano del este con atractivo nacional (un atractivo
nacional extraordinario, como había demostrado la campaña electoral)—. Mientras
que McKinley procedía del Medio Oeste, de «la gente llana», «TR» era un
caballero de la gran ciudad, educado entre niñeras y espejos dorados. Había
estudiado en Harvard y era un gran lector de libros (una media de dos diarios);
era escritor, historiador, observador de aves y el luchador político más
infatigable que hasta entonces tuvo el país. Como candidato a la
vicepresidencia había visitado veinticuatro estados, recorriendo unos 23.800
kilómetros, y había pronunciado unos setecientos discursos, todo en una sola
gira, mientras que William McKinley, como era su costumbre, se quedó sentado a
la sombra de su porche delantero en su casa de Cantón (Ohio).
El destino violento en forma de Leon Czolgosz puso a Roosevelt en el poder en
una época en que el país prosperaba rápidamente, tal como había prometido Mark
Hanna; cuando su partido dominaba el Congreso; cuando el espíritu nacional se
desarrollaba y se consolidaba con una confianza ilimitada; cuando el
estadounidense medio se sentía «400 por 100 más grande» de lo que se había
sentido al terminar el siglo anterior, como observaba el senador Chauncey
Depew.
Y tenía toda la intención de ejercer el poder como no se había hecho en mucho
tiempo. «No me importaba un bledo la simple forma y exhibición del poder
—escribiría—, pero sí me interesaba enormemente el empleo que se le podía dar a
su sustancia.»
Las primeras semanas en el cargo iban a resultar inolvidables para todos los
que se encontraban alrededor. «Iba y venía entre nosotros con grandes zancadas
triunfales —recordaba Lincoln Steffens—, hablando y estrechando manos, dictando
y firmando cartas, riendo. Washington estaba de luto, lo mismo que todo el
país, y no hay duda de que el presidente sabía que su deber era contenerse, mas
no lo hacía; lo intentaba, pero su dicha se manifestaba en cada palabra y
movimiento.» Para el crítico literario Harry Thurston Peck, era «como una
corriente de aire puro y fresco que bajaba perfumado de las montañas para
limpiar la atmósfera fétida de la capital de la nación». El propio presidente,
al cumplir su primera semana en el poder, le confesaba a Henry Cabot Lodge: «Es
algo que causa miedo llegar a la presidencia de esta manera; pero sería mucho
peor recibirla con preocupación».
En el curso de los meses siguientes, se entrevistó con más gente, resolvió
mayor cantidad de papeleo y recortó más trámites burocráticos que cualesquiera
de los anteriores presidentes. Y le entusiasmaba el papel. A nadie le había
gustado tanto ser presidente como a él.
Sin duda, había algunos, sobre todo dentro de su propio partido, que no veían
con tanto agrado las perspectivas de que un hombre semejante ocupara el poder.
Hanna era el ejemplo más destacado. «No hay necesidad de reiterar a nuestros
lectores que hasta ahora no hemos podido descubrir en el señor Roosevelt ningún
rasgo que nos permita felicitarnos por su elección —declaraba el Post,
periódico conservador de Washington—. Hasta el momento, se ha mostrado
demasiado teatral para nuestro gusto.» Incluso el venerable Henry Adams, que
había calificado la personalidad del vicepresidente Roosevelt como «una brisa
fresca y tonificante», volvió a su casa cabizbajo, preocupado e inquieto, tras
la primera velada social con Roosevelt como jefe de Estado. Todo lo que había
ocurrido aquella noche en la Casa Blanca fue demasiado informal para los gustos
de Adams; hasta la comida le pareció mediocre y muy mal servida. Para colmo,
Roosevelt había tratado de aleccionarlo a él, antiguo profesor de Harvard.
«Como de costumbre, Theodore acaparó la conversación —decía Adams con disgusto
en una carta que le escribió a un amigo—. Si hace diez años me cansaba, ahora
[…] me aplasta materialmente. Theodore es exasperante.»
En cambio, para los periodistas y el público lector, era como un sueño hecho
realidad. Le daba el tono presidencial a cualquier asunto en todo momento. Sus
monólogos se comparaban con las cataratas del Niágara. Corría el rumor de que
si alguien quería que el presidente lo escuchara, tendría que acercarse a él a
eso de las 12.40, poco antes del almuerzo, cuando le estaban afeitando.
Fue el primer presidente que llamó a su residencia oficial la Casa Blanca (en
vez de Mansión del Ejecutivo); fue el primero a quien se llamó por las
iniciales de su nombre; el primero que jugaba al tenis, mal, pero con un vigor
explosivo; el primero que fue fotografiado saltando a caballo. (Al fotógrafo le
falló la primera toma, pero el presidente se prestó gustoso a repetir el salto
varias veces.) También llevó a Washington a su numerosa, joven y efusiva
familia, que iba a dominar la imaginación popular con tanta fuerza como no se
había visto antes ni se vería después. Edith Carow Roosevelt parecía tan joven
cuando paseaba por la ciudad en su coche que a veces se la confundía con su
hijastra Alice, que solo tenía diecisiete años; y Alice, como muy pronto sabría
el país, era un «torbellino». Los otros cinco hijos, el mayor de los cuales
acababa de cumplir catorce años, habían aceptado con naturalidad el esplendor
de su nuevo ambiente. A menudo los visitantes se los encontraban recorriendo
con zancos los salones de la Casa Blanca. Una reunión de gabinete tuvo que ser
interrumpida temporalmente debido al estruendo que producían los niños en el
piso de arriba. Según se llegó a saber, el presidente en persona adquirió la
costumbre de «echar una mirada» a los niños antes de los banquetes oficiales, y
esa mirada significaba la intervención presidencial en alguna terrible batalla
de almohadas.
Parecía avenirse a todo lo que le deparaba la vida. Había adquirido algunos
kilos de más en los años recientes, pero se puso de moda que los hombres de
buena posición abultaran, y no estaba gordo en absoluto. Solo medía 1,60 metros
de estatura, pero mucha gente, al verlo por primera vez, quedaba impresionada
por lo grande que parecía. Tenía un cuerpo grande, el cuello y la espalda eran
anchos, y mantenía una postura muy erguida, lo que le otorgaba una apariencia
aún más imponente. Mientras ocupó la presidencia, su peso medio fue de 92
kilos. «Caminaba —recordaba William Allen White— de una manera especial,
balanceando los hombros, golpeando los tacones y en línea recta; su manera de
andar era rápida y decidida, como la del hombre que suele estar muy ocupado en
sus asuntos.»
Pero, sobre todo, Theodore Roosevelt era una persona interesante, tan
interesante como no lo había sido ninguno de los restantes presidentes. Era una
persona que iba a provocar acontecimientos.
II
Dejando de lado las evidentes diferencias de edad y
nacionalidad, había algunas similitudes llamativas entre Theodore Roosevelt y
Ferdinand de Lesseps. Ambos procedían de buenas familias, cultas y con mucho
mundo. Ambos se educaron y crecieron con el ideal de servir a la patria,
escuchando los relatos sobre las heroicas empresas de sus antepasados. Tenían
en común la afición por la vida al aire libre, la caza y los caballos; los dos
encontraban su felicidad en los muchos hijos, la lectura de buenos libros, las
representaciones teatrales y en recibir las aclamaciones públicas. En el amor
apasionado por la vida y su vitalidad animal inmensamente atractiva, Theodore
Roosevelt podría haber sido un descendiente directo de Ferdinand de Lesseps.
Incluso existía entre ellos una especie de continuidad en algunos rasgos de sus
caracteres, precisamente los que más se les criticaron a ambos, como su
astucia, su autoglorificación y su autoengaño.
También Roosevelt pensaba que se necesitaba un canal en América Central que rivalizara
con el de Suez. «Ninguna gran obra material que quede por hacer en este
continente tiene esa trascendencia para el pueblo estadounidense», declaró en
su primer mensaje al Congreso. Es imposible afirmar si Roosevelt o los que
estaban entonces a su alrededor imaginaban que la construcción del canal sería
la gran obra material de su Gobierno, así como la tarea en la que pondría su
orgullo y la que se prestaría a más polémicas de todas las que emprendió
durante su presidencia. Pero su afán por iniciar la obra fue inconfundible.
Sin embargo, Roosevelt contemplaba la construcción del canal de una forma muy
distinta a como lo había hecho De Lesseps o casi todos los demás que se
interesaron en ella. No había inconveniente en que se calificara dicha obra
como el sueño de Colón, que la consideraran un paso gigantesco en la marcha de
la civilización o, como De Lesseps afirmó tantas veces, que la describieran
como una medida de incalculable valor para el comercio mundial. Roosevelt no
estaba promoviendo una aventura comercial, ni un provecho universal. El canal
fue siempre para él, ante todo y sobre todo, el paso vital, la senda indispensable para
que Estados Unidos de América lograra su destino global. Tenía la visión de su
país como la potencia dominante de dos océanos, unidos por un canal que fuera
construido, manejado, vigilado y protegido por su país. El canal iba a ser el
primer paso hacia la supremacía marítima de Estados Unidos. Todos los restantes
beneficios que pudieran resultar, por muy importantes y admirables que fueran,
eran secundarios para él.
El faro que lo guiaba en estas consideraciones, el profeta y maestro bienamado,
era un oficial de la Marina alto, enjuto, muy tímido y serio, que parecía un
ave de presa. Calvo como un huevo y de ojos claros y hundidos, Alfred Thayer
Mahan era miembro del profesorado del Naval War College de Newport (Rhode
Island) cuando Roosevelt, años atrás, fue invitado a pronunciar una conferencia
sobre una de sus especialidades como historiador: la guerra de 1812. Se gustaron
al instante y desde entonces mantuvieron una estrecha amistad y una
correspondencia fluida. Y desde hacía unos quince años, primero en las clases
que dictaba en el War College relatando sus experiencias en Panamá, después en
su famoso libro The Influence of Sea Power upon History, así como
en los artículos que publicaba en varias revistas y en sus cartas particulares,
Mahan había venido predicando una doctrina del canal estridente e
intransigente. Su papel como maestro y profeta fue un factor de gran importancia,
pues otorgó al viejo sueño de un paso hacia el Pacífico un significado del que
antes carecía.
Al igual que había sucedido en el siglo XIX con la señora Stowe, Mahan apareció
cuando menos se esperaba. Nació en West Point (Nueva York) en 1840; su padre
fue Dennis Hart Mahan, un destacado profesor de la Academia Militar que había
dado clases a Grant, Sherman, Lee y Jackson, y que había escrito un tratado de
matemáticas que utilizó toda una generación de cadetes, incluidos varios de los
que acabaron construyendo el canal de Theodore Roosevelt. La carrera naval del
joven Mahan transcurrió sin pena ni gloria. Él y su padre estaban de acuerdo en
que al joven podría haberle ido mejor en alguna otra profesión. Cuando le
nombraron profesor del War College, después de treinta años de servicio, aún
continuaba, según sus propias palabras, «navegando a la deriva en las aguas de
una sencilla respetabilidad, sin una meta precisa». Un compañero de clase de
Annapolis lo recordaba más tarde como el hombre más intelectual que había
conocido, pero nunca le había ocurrido nada extraordinario; no era un oficial
particularmente brillante, jamás llegó a saber hacer nudos, su «máxima
habilidad» era el nudo cuadrado, y no había escrito nada que pudiera indicar
que poseía dotes literarias o de observador penetrante de la historia
universal.
Su mundialmente conocido y ya citado libro fue el resultado de cuatro años de
trabajo agotador «encerrado en un armario», como él decía, leyendo, escribiendo
y reescribiendo, y se publicó en mayo de 1890 en Little, Brown & Company.
Lo esencial de sus puntos de vista se encontraba en las primeras noventa
páginas. Siguiendo el rastro del apogeo y declive de las potencias marítimas
del pasado, había logrado llegar a la simple teoría de que la grandeza de una
nación y la supremacía comercial estaban directamente relacionadas con el
dominio del mar. Declaraba que esta idea surgía de la historia como una verdad
gigantesca. Al igual que muchos otros conceptos trascendentales, el suyo no era
original en exceso; varios de sus contemporáneos en la Marina pensaban más o
menos lo mismo desde tiempo atrás. Sin embargo, él había desarrollado la tesis
desde la perspectiva histórica, algo que nadie había hecho antes. Además, como
muchos teóricos de voluntad férrea, había logrado que sus ideas parecieran
indiscutibles.
Como era de esperar, en Inglaterra se recibió el libro como si fuera un nuevo
evangelio y fue allí donde obtuvo su primer éxito. Vestido con su impecable
uniforme y con la espada bajo el manto académico rojo, el autor recibió títulos
honoríficos de Oxford y Cambridge, y después cenó con la reina en el palacio de
Buckingham.
El káiser Guillermo II envió un telegrama a su amigo Poultney Bigelow, hijo del
anciano John Bigelow, para alabar el libro: «Se le puede encontrar a bordo de
todos mis barcos, y mis capitanes y oficiales lo citan constantemente». En el
otro lado del mundo, el libro de Mahan se adoptó como texto en los colegios
militares japoneses.
Para no ser menos que Oxford y Cambridge, las universidades de Harvard y Yale
le confirieron títulos honoríficos, y en el Senado de Estados Unidos,
«expansionistas tan ardientes como Lodge y John Tyler Morgan quedaron
conquistados de inmediato. «El poder marítimo es esencial para cualquier pueblo
que busque su esplendor», afirmó Lodge a la nación desde el Senado.
El senador John Tyler Morgan. (Biblioteca del Congreso)
Lo verdaderamente importante, sin embargo, fue el efecto
arrollador que produjo el libro en el ambicioso joven con gafas y brillante
dentadura que por entonces trabajaba en la Comisión de Servicios Civiles. Se
sabe que Roosevelt fue la primera persona de influencia que leyó el libro y
captó su importancia. Es posible que ningún otro alto cargo político de la
nación hubiese oído hablar de Mahan cuando apareció su libro. En cambio, para
Roosevelt, que recibió uno de los primeros ejemplares y que escribió una amplia
reseña en el Atlantic Monthly, había llegado el profeta. Tan pronto
como leyó el libro, le dijo a Mahan que era «con creces el tratado general más
claro e instructivo sobre un tema que conozco a fondo […] El libro es muy
bueno».
Por su interés y su temperamento, Roosevelt era el discípulo ideal. En la
extensa introducción a su obra, Mahan se lamentaba de que los historiadores
convencionales se ocuparan tan poco del mar. Decía que por esa razón se había
«pasado por alto durante tanto tiempo la influencia profunda y determinante del
poder marítimo». Pero no había sido el caso de Roosevelt. Desde pequeño le
habían atraído los barcos y el mar. Dos de sus tíos maternos estuvieron en la
Marina de la Confederación. Su tío Irvine Bulloch fue guardiamarina en el
fabuloso Alabama, y en la familia se aceptaba la historia de que
fue él quien disparó el último cañonazo en la batalla contra el Kearsarge.
James Dunwoodie Bulloch había sido almirante de la Confederación y un hombre de
muchos recursos, como lo demostró como delegado confederado en Inglaterra; fue
él quien dispuso la construcción del Alabama. El propio Theodore
Roosevelt había cruzado varias veces el Atlántico viajando con sus padres, y en
una ocasión navegó por el canal de Suez. El primer libro que publicó, The
Naval War of 1812, lo había empezado a escribir cuando todavía no se había
licenciado. Además, había adquirido la convicción fundamental de que la vida
era una lucha constante, y la vida entre las naciones no menos que la vida
entre los animales y los hombres. Creía en la fuerza y las virtudes militares;
deploraba a los pacifistas, afirmaba, como deploraba a los hombres «con los
hombros como botellas de champán». Era, como todo joven estadounidense llegaría
a apreciar, el paladín de la vida extenuante, el niño antes miope y asmático
que se había propuesto ser la mayor prueba del mundo de «las cualidades que
poseía la lucha inquebrantable».
La determinación de Roosevelt de construir un canal puede remontarse a la
aparición de The Influence of Sea Power en 1890, que fue el
mismo año en que la Oficina del Censo declaró que ya no había fronteras
terrestres. El mar Caribe era el Mediterráneo de América, escribió Mahan, y, al
igual que el Mediterráneo, exigía un canal. La idea del canal fue la que despertó
«el impulso agresivo» y sacó al pueblo estadounidense de su «contradicción
pacífica». Una vez rota la barrera del Istmo, el Caribe no solo se convertiría
en un importante cruce comercial, sino también en un paso militar vital.
Estados Unidos necesitaba bases en el Caribe, «que por sus ventajas naturales,
por su facilidad para ser defendidas, por su cercanía al punto central
estratégico [el canal], permitirían que la flota permaneciera tan próxima a su
escenario como ningún otro rival».
El problema, según lo explicaba Mahan, era que hasta entonces la nación había
estado muy bien abastecida con sus propios recursos, demasiado complacida con
su autosuficiencia.
Así pues, el canal, «la cuestión estratégica central», tendría que ser la gran
tarea redentora. Sacudiría al país de su ingenuidad, lo liberaría de sus
preocupaciones miopes. Fomentaría un espíritu expansionista internacional.
Crearía barcos y astilleros, depósitos de carbón, bases navales, colonias
lejanas. Potenciaría una flota estadounidense. «Quiéranlo o no —escribía Mahan
en el número de diciembre del Atlantic Monthly—, los
estadounidenses tendrán que asomarse hacia el exterior de ahora en adelante.»
Su cabeza estaba llena de imágenes de flotillas estadounidenses navegando hacia
horizontes lejanos y gloriosos.
Roosevelt tenía treinta y un años cuando Mahan publicó su libro y ya ocupaba un
lugar propio entre las figuras destacadas de Washington. Exponía ampliamente
sus puntos de vista durante las veladas del Club Cosmos, por ejemplo, para
deleite del joven escritor inglés Rudyard Kipling, que solía presentarse hacia
las diez y media con el propósito expreso de escuchar la charla de aquel joven
estadounidense tan entusiasta. «Yo me acomodaba en el sillón frente a él —decía
Kipling— y escuchaba y dejaba vagar mi imaginación, hasta que el universo
parecía girar como un huso, y Theodore era el hilandero que lo hacía girar.»
En una carta «enteramente confidencial» que escribió desde Washington en 1897,
Roosevelt le decía a Mahan que el canal de Nicaragua tenía que construirse
«enseguida», añadiendo que «debemos construir una docena de nuevos acorazados».
Para entonces, por influencia de Lodge, quien seguía consejos de Mahan,
Roosevelt fue nombrado subsecretario de Marina, y entró a desempeñar sus
obligaciones como era habitual en él, como si llegara acompañado de una banda
que tocaba la marcha de Sousa Stars and Stripes Forever. Visitó los
astilleros, metió la nariz en las cuestiones técnicas, desde la artillería
hasta los diques secos, y tomó parte en las maniobras navales. Desde su
escritorio labrado del edificio de Estado, Guerra y Marina, con el retrato de
John Paul Jones mirándolo desde el marco dorado y una gran maqueta en una urna
de cristal del buque insignia de Dewey, el Olympia, al alcance de
sus manos, trazó la estrategia global y envió una carta tras otra a los
miembros del Congreso y a los editores de los periódicos para pedir con
urgencia más barcos y mejores armamentos. «Hubo una ligera mejoría gradual
—recordaría—, en la cual los escritos del capitán Mahan tuvieron mucho que
ver.»
Lodge, amigo íntimo de Roosevelt y su mayor admirador en el Senado, afirmaba
que era necesario contar con Hawai para el canal. El senador Morgan declaró que
también era necesario contar con Cuba debido a su posición en relación con el
canal. Para Roosevelt, Lodge y Morgan tenían una «visión de largo alcance» poco
común, el elogio favorito del capitán Mahan.
Pocos años después, al regresar de la Guerra de Cuba, Roosevelt afirmó ante un
club de hombres de negocios de Chicago: «No podemos seguir sentados, encogidos
y cruzados de brazos dentro de nuestras fronteras, admitiendo que no somos más
que un conjunto de mercaderes y revendedores a quienes no les importa lo que
pase más allá. Una política semejante no nos acarrearía más que desilusiones y
desastres. [Podía haber sido Mahan el que hablaba.] Si queremos mantenernos
firmes en nuestra lucha por la supremacía naval y comercial, tendremos que
forjar nuestro poder más allá de las fronteras. Tendremos que construir el
canal del Istmo y tendremos que dominar los puntos ventajosos que nos
permitirán tener voz para decidir el destino de los océanos de Oriente y
Occidente».
Ya se había establecido una base naval en Cuba. Se había anexionado Hawai. Se
habían comprado Puerto Rico, Guam y las Filipinas, y el canal se había
convertido en una causa muy popular en buena medida como resultado de un
incidente ocurrido al iniciarse la guerra, el famoso «Viaje del Oregon».
El Oregon, uno de los poquísimos acorazados que había por entonces,
hizo mucho por la causa de Roosevelt y Mahan. El buque se hallaba anclado en
San Francisco cuando el Maine estalló en la bahía de La
Habana, y se dijo que la victoria en el Caribe dependía exclusivamente de que
el Oregon entrara en acción. Las órdenes que recibió desde
Washington fueron que rodeara de inmediato el cabo de Hornos. Así pues, la
mañana del 19 de marzo, el Oregon emprendió una peligrosa
carrera de 19.300 kilómetros, en lugar de los 6.400 kilómetros que hubiese
tenido que recorrer de existir el canal en América Central. Durante los dos
meses siguientes, la nación entera estuvo en suspenso. Hubo largos períodos de
silencio, semanas enteras en que se «perdió toda comunicación con el barco».
Luego llegaban despachos desde algunos puntos de Perú o Chile. La tensión
seguía creciendo, todos los estadounidenses vivían pendientes de la suerte
del Oregon [10].
Desde Rio de Janeiro hacia el norte, el barco perdió su blanco resplandeciente
y quedó pintado de gris para entrar en combate. Después, al cruzar el ecuador,
cuando navegaba poco más o menos frente a la desembocadura del río Amazonas,
ocurrió un extraño cruce de rutas. El gran acorazado Oregon pasó
junto al pequeño balandro Spray, una minúscula cáscara de nuez en
la inmensidad vacía del mar, que no llevaba a bordo más que al capitán Joshua
Slocum, de Massachusetts, quien cubría la última etapa de la primera travesía
en solitario alrededor del mundo. «Al principio, solo vi un mástil —escribió el
capitán—. Surgió de pronto, como si saliera del mar, y en la punta ondeaba la
bandera de las barras y las estrellas […]. Después fue apareciendo rápidamente
en el horizonte, como una gran fortaleza, el Oregon». Se
intercambiaron señales, y Slocum se enteró de que su país estaba en guerra.
El 24 de mayo, sesenta y siete días después de haber partido de San Francisco,
el Oregon fue avistado frente a Palm Beach, en la Florida, y
la noticia se difundió rápidamente por todo el país. Había llegado a tiempo
para desempeñar su papel en la batalla de la bahía de Santiago.
Aunque el viaje se aclamó como algo sin precedentes en la historia de los
barcos de guerra, como un triunfo de la tecnología y los progresos de la
navegación, lo más importante del largo recorrido fue la lección implícita de
la experiencia. «Gracias a esa experiencia —escribió Mark Sullivan, el
historiador social de la época—, las vagas ambiciones de Estados Unidos de
tener un canal en el Istmo se transformaron en una decisión imperativa.» El
viaje del Oregon parecía hecho a medida para demostrar la
importancia militar del canal.
No obstante, de las muchas y poderosas razones que ofreció la guerra con España
para la construcción del canal, ninguna contó tanto para Washington como la
adquisición del archipiélago. Roosevelt había previsto que la posesión de las
Filipinas iba a afectar el futuro de Estados Unidos más que los resultados de
la guerra con España. Insistía en que él no era imperialista, y le parecía
inconcebible que se pudiera calificar a los estadounidenses como tales. En todo
Estados Unidos no había encontrado ni un solo imperialista, afirmó frente al
auditorio que escuchaba su discurso en Utah. Se sentía personalmente ofendido
por esa acusación. La expansión era otra cosa: era crecimiento, era progreso,
era el producto de la semilla estadounidense. Él se estaba esforzando para
conducir a su generación hacia un objetivo más amplio, más elevado y noble que
el de hacer dinero. («Pues después de todo —escribió el venerado Mahan—, si el
amor a la gloria es egoísta, nunca puede ser tan bajo como el amor a la
comodidad.»)
Roosevelt sabía que a cada generación se le había asignado una tarea. «Mi deseo
es ver que Estados Unidos se convierte en la potencia dominante de las costas
del océano Pacífico.»
Roosevelt era el gobernador de Nueva York cuando se lanzó a organizar una
política real sobre el canal. Su contribución no había sido requerida y
constituyó una provocación extrema para el secretario de Estado, John Hay.
En 1898, terminada la guerra en Cuba, el presidente McKinley encomendó a Hay
que iniciara las negociaciones con Gran Bretaña para llegar a un nuevo tratado
sobre el canal que reemplazara al antiguo Tratado Clayton-Bulwer que, tras casi
cincuenta años, continuaba siendo una barrera diplomática en la que tropezaban
todos los intentos del Gobierno estadounidense para construir un canal en
América Central. El secretario Hay y el embajador británico, sir Julian
Pauncefote, habían progresado rápidamente en sus gestiones. Maniatado por la
detestada guerra contra los bóers en Sudáfrica y desilusionado de América
Central como «esfera de influencia», el Ministerio de Asuntos Exteriores
británico se hallaba muy bien dispuesto a deshacer la sociedad para construir
el canal y ceder la tarea a los estadounidenses.
De acuerdo con la propuesta de Hay, Estados Unidos tendría derecho a construir
y gestionar el canal, que, al igual que el de Suez, debería «permanecer libre y
abierto, en tiempos de paz y de guerra, a los barcos comerciales y de guerra de
todas las naciones con una completa igualdad». Estados Unidos podría mantener
el orden a lo largo de la ruta con sus propios efectivos de policía, pero no
debería haber fortificaciones. El acuerdo fue firmado en las oficinas de Hay el
5 de febrero de 1900.
Ese fue el primer Tratado Hay-Pauncefote, y durante los primeros días después
de la firma, John Hay creía haber conseguido un hito. También McKinley hablaba
en tono laudatorio «del gran logro». Pero Hay había pasado por alto al Senado.
A ninguno de los senadores le había enseñado un borrador del tratado y no se
había molestado en informar de sus gestiones a ninguno de los miembros de la
Comisión de Relaciones Exteriores. «Cuando yo envié el Convenio del Canal —le
explicó después a McKinley—, estaba seguro de que nadie que no se hubiera
escapado de un manicomio dejaría de ver que todas las ventajas estaban de
nuestra parte.» Pero las críticas habían comenzado muy pronto, en particular
sobre el concepto de un canal neutral, cuestión que muy rara vez se había
discutido antes. Suez había establecido desde hacía mucho tiempo el precedente
de la neutralidad. El concepto concordaba con la antigua política
estadounidense de libertad de los mares. Además, las autoridades navales
opinaban que, si surgía la necesidad, el canal se podía defender muy bien desde
las bases de San Juan y Pearl Harbor.
El senador Lodge fue el «primero en lanzar el golpe», según palabras de Hay.
Los ingleses no habían cedido nada, le echó en cara; sencillamente, habían
decidido que Estados Unidos pusiera el dinero e hiciera el trabajo. John Tyler
Morgan, otro de los pilares de la Comisión de Relaciones Exteriores y jefe de
su propia comisión sobre el canal en el Senado, estaba de acuerdo.
Después llegó de Albany la denuncia más clamorosa de todas y, para mayor furia
de Hay, apareció en primera plana en uno de los periódicos de Nueva York, como
si se tratara de una declaración política trascendental.
George Smalley, que había sido corresponsal en Londres para el Tribune de
Nueva York y después corresponsal en Washington para The Times de
Londres, fue el que cruzó a la carrera la plaza Lafayette para informar a Hay
sobre el ataque de Roosevelt. «Bien podéis imaginaros lo caliente que está la
grasa en la sartén —escribía divertido Henry Adams—. Hay renunciará si lo
derrotan en la cuestión de su tratado; y en caso de que no renuncie, sin duda
dejará atado de pies y manos a Teddy. Va a ser muy divertido.»
Por su parte, Hay envió una fría respuesta a Albany, declarando que las
cuestiones de esa naturaleza no son de la incumbencia de un simple gobernador.
De todos modos, el simple gobernador sería escuchado. «No veo para qué vamos a
cavar un canal si no podemos fortificarlo a fin de asegurar que seamos nosotros
los que lo utilicemos y nos sirva contra nuestros enemigos en tiempos de
guerra», le escribió al capitán Mahan. Ante Hay insistió en que, en realidad,
el tratado era un paso atrás, «destinado a causar graves perjuicios». Le pidió
al secretario que tomara en cuenta el caso del Oregon. Si hubiese
existido un canal del tipo que propugnaba el tratado de 1898, sin duda el buque
habría llegado con mayor rapidez al Atlántico; pero la ventaja quedaría anulada
por el hecho de que también la flota española hubiese tenido la libertad de
usar el canal para incursionar en la costa del Pacífico o para perseguir a
Dewey hasta las Filipinas.
«Si el canal queda abierto a los buques de guerra enemigos, será una grave
amenaza para nosotros en tiempos de guerra; será una carga más, un punto
estratégico adicional que nuestra flota deberá defender. Pero si lo
fortificamos, llegará a ser la fuente más valiosa para nuestro posible poderío
naval.»
El punto de vista de Roosevelt ganó mucha popularidad y, al mismo tiempo,
creció la oposición al tratado. En el Senado, Morgan señaló que Inglaterra
había hecho todo lo posible, salvo la guerra, para evitar la apertura del canal
de Suez; pero, una vez terminado, se adueñó de él. Cabía suponer que esta vez
haría lo mismo.
Mientras tanto, para aumentar las complicaciones de Hay, su amigo Adams, que
acababa de trasladarse a París, le informó por correo de que el equilibro del
poder mundial descansaba en los dos istmos. El de Suez ya estaba establecido,
¿pero quién podría prever las consecuencias si el káiser decidía tomar alguna
medida para quedarse con Panamá? Le bastaban cinco minutos de gestiones en
París, afirmaba Adams, para garantizar la terminación del canal francés.
El Senado rehusó ratificar el tratado si no se le hacían enmiendas radicales.
Hay estaba fuera de sí. Sensible por naturaleza, le agobiaban las críticas al
tratado, pues se las tomaba como ataques personales. Ese había sido su primer
enfrentamiento con los «sucios improperios de la prensa». Tenía la seguridad de
que había obrado rectamente y le había garantizado a Pauncefote que el tratado
se aceptaría. Toda una carrera dedicada a resolver las diferencias
anglo-estadounidenses parecía deshacerse como el humo.
Le entregó su renuncia a McKinley y este, con toda calma, rehusó aceptarla.
«Debemos soportar el ambiente del momento —dijo el presidente—. Pasará pronto.»
Como había sucedido con muchas de las respuestas instintivas de McKinley,
también esta fue acertada.
Cuando los ingleses se negaron a aceptar una versión enmendada del tratado, Hay
retomó las gestiones desde el principio. Reanudó las negociaciones con
Pauncefote, y esta vez el Senado estuvo informado de todo. A finales del verano
de 1901, poco antes de que McKinley partiera hacia Buffalo, Hay le informó de
que se habían hecho grandes adelantos. Había trabajado con más constancia que
nunca, pese a una tragedia personal y algunos presentimientos recurrentes de
fatalidad. En junio, su hijo mayor, Del Hay, secretario particular de McKinley,
se mató al caer desde una ventana abierta en Nueva Haven, cuando asistía a una
inauguración en Yale. «Ahora tengo terribles presentimientos —le escribió Hay a
su amigo Adams—. La buena suerte me ha seguido como mi sombra. Ahora se ha
ido.»
Y después llegaron las trágicas noticias desde Buffalo. Para Hay había
terminado su mundo, su carrera, su utilidad, escribió a Roosevelt. Pero también
aquel veía en este «a un joven de inagotable originalidad y gran osadía». Así
se lo había confiado a un amigo el día de la muerte de McKinley, y cuando
Roosevelt llegó a Washington en el tren funerario la noche del 16 de
septiembre, Hay se hallaba entre los primeros que se adelantaron por el andén
repleto para presentarle sus respetos.
Hay era un hombre que despertaba un afecto duradero. El embajador francés,
Jules Jusserand, le recordaba como un hombre «muy modesto que nunca trataba de
sobresalir, que hablaba en tono suave y apenas movía los labios para decir una
sentencia memorable o una observación aguda». Cerca de tres cuartos de siglo
después, a la hora del té, bastaba la mención de su nombre para que la señora
Alice Roosevelt Longworth exclamara: «¡Oh, el querido señor Hay!». También fue
muchas cosas que Theodore Roosevelt no era: maniático, sutil, discreto, un funcionario
público que dejaba de dormir por discursos que se habían escrito perfectamente
por adelantado. Para Roosevelt «era una delicia charlar con él», pero para su
modo de pensar tenía «una naturaleza comodona […] lo que le hacía encogerse
ante todas las durezas de la vida».
Pero en el andén de la estación esa noche de septiembre, Roosevelt imploró a
Hay que permaneciera en su puesto de secretario de Estado. Estuvieron juntos un
momento, Roosevelt cogiendo del brazo a Hay, los dos vestidos de negro y con
sombreros de copa; el ruido de la estación ahogaba sus palabras para todos los
demás. Roosevelt le explicó a Hay que era necesario que se quedara junto a él;
era una orden, le advirtió, y este, profundamente emocionado, respondió que así
lo haría.
Así pues, fue Hay quien, después de todo, puso la firma en el que pasaría a la
historia como el segundo Tratado Hay-Pauncefote, el primer
tratado trascendental de la presidencia de Roosevelt.
Esa vez, la cláusula que prohibía las fortificaciones se había omitido. Estados
Unidos quedaba en libertad para hacer lo que considerara necesario a fin de
proteger el canal «contra la ilegalidad y el desorden», lo cual autorizaba las
fortificaciones, aunque no estuviera escrito. Roosevelt, Lodge y Morgan estaban
muy satisfechos y ya no hubo dudas sobre el destino del documento.
En la mañana del 18 de noviembre de 1901, Pauncefote, corpulento y con el
cabello blanco, fue conducido a la amplia oficina de Hay en el ala sur del
edificio de Estado, Guerra y Marina. No se tomó ninguna medida especial para
recibirlo y ni siquiera se supo que estaba allí hasta que pasó una hora con el
secretario de Estado. Entonces, dos hombres negros ya ancianos —William Gwin y
Edward Savoy, funcionarios del Departamento de Estado que habían desempeñado la
misma tarea en incontables ocasiones— entraron en el despacho. Gwin llevaba un
candelero de plata con una vela encendida para calentar el lacre de los sellos.
Savoy llevaba el lacre para aplicarlo. Hay y Pauncefote firmaron con sus
nombres. Los sellos quedaron grabados sobre el lacre. «Lo que más pudo
acercarse a una ceremonia fue el acto de apagar la vela —observó un
periodista—. Porque nunca se sopla […], sino que la llama debe ahogarse con un
matacandelas de plata.»
En la Casa Blanca, Theodore Roosevelt admitió que estaba «muy complacido».
III
Al igual que John Hay, el Ministerio de Asuntos Exteriores
británico, Lodge, el capitán Mahan, los editores de casi todos los grandes
diarios, y todos menos una exigua minoría de sus conciudadanos, Theodore
Roosevelt había venido utilizando la idea de que el canal se iba a construir en
Nicaragua. En ninguno de sus muchos discursos sobre la cuestión había
pronunciado la palabra «Panamá». (Se había referido tanto al canal de Nicaragua
como al canal del Istmo, pero nunca al canal de Panamá.) Y lo mismo que cualquier
otro cargo de Washington o que cualquiera que supiese cómo funcionaban las
cosas en la capital, recurrió al senador John Tyler Morgan no solo como la
mayor autoridad sobre el asunto, sino como el hombre cuya colaboración era
indispensable. Pocas semanas después de llegar a la presidencia, Roosevelt le
había escrito a Morgan lo siguiente: «Ya sabe la alta estima en que le tengo
[…]. Deseo en particular que nos veamos para consultarle sobre varias
cuestiones. Tengo la esperanza, mi querido senador, de que comprenda que deseo
vivamente escuchar su opinión sobre los nombramientos y los asuntos de política
y que en la medida de lo posible prestaré la mayor atención a su consejo».
Morgan era el presidente de la comisión senatorial sobre canales
interoceánicos, más conocido como el Comité Morgan, que incluía a
personalidades muy interesantes e influyentes: Spooner, de Wisconsin, uno de
los mejores oradores del Congreso; William Harris, hombre recio e imponente,
con conocimientos de ingeniería y que ya había visitado América Central; y el
senador Hanna, a quien se consideraba con razón la figura más importante de la
política estadounidense, incluido el propio Roosevelt. Pero el personaje
central era Morgan, el viejo Morgan de Alabama que, a los setenta y siete años,
descollaba entre las figuras más poderosas e interesantes de la política
estadounidense.
La apariencia de Morgan no era impresionante. Era bajo y frágil, y parecía un
palo seco al lado de un hombre como Hanna. Su cabello y su bigote eran blancos
como el papel, y su cuello esquelético era varias tallas más pequeño que el
inevitable cuello de pajarita. Se le conocía como uno de los personajes de los
viejos tiempos del Capitolio. Era un abogado de Selma (Alabama), condujo una
carga de la caballería en Chickamauga, sobrevivió a la batalla y fue nombrado
brigadier general. En 1876 se le eligió senador y había seguido siéndolo sin
interrupciones desde entonces. Amigos y enemigos lo consideraban el más
intelectual de los demócratas (así como Hoar era tenido como el más intelectual
de los republicanos), y a juzgar por sus actuaciones, más que por las
apariencias, su carrera seguía en ascenso. Ningún otro miembro del Senado, sin
tener en cuenta la edad, trabajaba tanto como él.
Los esfuerzos del senador Morgan en el curso de los años habían sido
constructivos. Siempre estaba atento y vigilante, no hacía concesiones de
ninguna especie, defendía ferozmente su independencia y, por regla general,
estaba irritado. Tenía la cualidad de ser escrupulosamente honrado. Jamás se
supo que emitiera un voto que no estuviera dictado por sus famosos
«principios», algunos de los cuales, como los referentes a las relaciones entre
la raza negra y la blanca, se consideraban «vergonzosamente anticuados». Su
letra manuscrita era un garabato ilegible, famoso en toda la ciudad, al igual
que su ingenioso sentido del humor, muy semejante al de Mark Twain, a quien
también se parecía en lo físico. «La mentira —declaró cierta vez en el Senado—
es abominable a los ojos del Señor, pero una ayuda siempre presente en caso de
necesidad.»
Se consideraba peligroso contrariarlo de alguna forma. «El senador Morgan era
un hombre extraordinario en muchos aspectos —escribió Shelby Cullom, presidente
de la Comisión de Relaciones Exteriores—. Poseía un maravilloso caudal de
informaciones sobre cualquier tema […] y resultaba muy agradable conversar con
él siempre que su interlocutor estuviera de acuerdo con lo que decía […] pero
solía abordar con una pasión tan intensa las cuestiones en las que se
interesaba, en particular todo lo relacionado con el canal interoceánico, que
se volvía casi malvado hacia cualquiera que le llevara la contraria.»
Se comentaba en toda la ciudad que los dos grandes placeres en la vida del
senador Morgan eran su trabajo y una acalorada discusión.
Su profundo interés por el canal se remontaba a los primeros años que estuvo en
el Senado. Conocía los informes de todas las exploraciones que se habían
enviado a América Central, así como los resultados de las diversas comisiones
sucesivas del canal, desde la época del Gobierno de Grant. Todo el mundo sabía
que John Tyler Morgan era quien había luchado con mayor tenacidad y más
arduamente para que el Congreso respaldara a la infortunada Maritime Canal
Company, que había sido autor de varios proyectos de ley sobre el canal, que
era quien más se había esforzado por informar al público, había escuchado mayor
número de testimonios, había leído más, había hecho más preguntas y tenía más
información sobre todos los aspectos del paso entre los dos océanos; estaba más
interesado que cualquier otro personaje político de ambos partidos. El canal
era el sueño de su vida y estaba seguro, en la medida de lo posible, de que
debería ser un canal que atravesara Nicaragua. En la mente del pueblo, el canal
de Nicaragua se había identificado con «la ruta estadounidense», y la lucha
prolongada y muchas veces solitaria de Morgan para que se construyera el paso
había hecho de él una figura nacional.
Los colegas que lo admiraban decían que el canal iba a ser un monumento en su
honor. Pero a él no le interesaba el prestigio. No quería un monumento, sino el
canal de Nicaragua.
Debido a sus intensos sentimientos expansionistas y el decidido apoyo que había
manifestado por las doctrinas de Roosevelt, Lodge y Mahan, el senador Morgan
también tenía un tipo de influencia único. En la mayoría de los restantes
aspectos era un demócrata leal y un sureño de corazón; sin embargo, solía
contar con el apoyo del otro lado del pasillo cuando lo necesitaba. Y desde
hacía muchos años se le recibía en la Casa Blanca con más cordialidad que a
cualquier otro demócrata de la capital.
Morgan, lo mismo que Roosevelt, quería un canal estadounidense bajo el dominio
estadounidense. En ningún momento había pensado que pudiera ser de otra manera,
y esa era una de las razones por las que Roosevelt lo admiraba. Sin embargo,
varios de sus argumentos más sólidos para la construcción de un canal en
Nicaragua resultaban declaradamente provincianos. Un paso interoceánico en
Nicaragua significaría la vuelta de la prosperidad para el sur. Un canal en
Nicaragua estaría mucho más cerca de los puertos estadounidenses que un canal
en Panamá; pero el canal de Nicaragua estaría también de 1.100 a 1.300
kilómetros más cerca de los puertos del golfo de Mobile, Nueva Orleans y
Galveston que de Nueva York o Boston. Acariciaba la visión de que su tierra
natal del sur diera a una de las principales líneas costeras del mundo y cada
puerto del golfo se convirtiera en una importante estación carbonera. Se
abrirían los mercados del mundo para las maderas del sur, para el hierro del
sur, para el algodón y los artículos manufacturados. Era una postura que lo
hacía gozar de una popularidad extraordinaria en su tierra.
Pero, por encima de eso, Morgan creía sinceramente que Nicaragua era la mejor
opción desde el punto de vista de la ingeniería y tomando en cuenta las
consideraciones políticas. Su argumento técnico era más o menos el mismo que
habían defendido la comisión del canal del Gobierno de Grant o Menocal y Ammen
en el congreso de París: Nicaragua ofrecía el paso de menor altura en toda la
larguísima cordillera que atravesaba América desde Alaska hasta la Tierra del
Fuego; Nicaragua proporcionaba una ruta de más de 80 kilómetros a través de un
magnífico lago y 96 kilómetros más por un río navegable; el lago ofrecía un
abastecimiento de agua inagotable en el nivel máximo del canal. Desde el punto
de vista político, Nicaragua era un país estable en el que era posible hacer
una inversión de capital y de trabajo tan enormes. El proyectado canal a través
de Nicaragua ya había sido objeto de seis tratados entre Nicaragua, Costa Rica
y Estados Unidos. El país era limpio, fértil y estaba relativamente libre de
enfermedades; contaba con un gran potencial para su desarrollo. Y Morgan podía
alegar datos y cifras impresionantes recurriendo a su prodigiosa memoria, los
informes gubernamentales y autoridades tan respetadas como Aniceto García
Menocal.
Al mismo tiempo, su desprecio por la ruta de Panamá era monumental, y sus
pronunciamientos en contra, notables. A primeros de año, cuando el recién
elegido vicepresidente Theodore Roosevelt dirigía nerviosamente un debate en el
Senado sobre el canal, Morgan había calificado el proyecto de Panamá como «una
tarea que había disgustado a Francia […] hasta el extremo de haberse
estremecido como una niña enferma ante la enormidad de las bajezas perpetradas
por su propio pueblo». Todo el asunto había sufrido «la gangrena de la
corrupción». Dijo también que la Compagnie Nouvelle du Canal de Panamá, pronunciando
las palabras como si despidieran mal olor, era la nueva empresa del canal. Los
bienes y privilegios de la compañía eran de un valor mínimo y sus accionistas
no eran más que ladrones comunes. Sus directivos eran estafadores pagados en
quienes no se podía confiar bajo ninguna condición. Esa gente, advirtió Morgan,
no tenía intención de terminar el canal; sus esfuerzos actuales en Panamá no
eran más que una treta; su único objetivo, su única razón para existir,
insistía, era la de vender su basura ponzoñosa a Estados Unidos.
Y puesto que esta era la opinión de la gran mayoría de los estadounidenses, la
posición de Morgan parecía inexpugnable. La nube negra que cubría el proyecto
de Panamá en la mente del pueblo parecía inamovible, mientras que el proyecto
de Nicaragua, en asombroso contraste, aparecía claro, factible en una tierra
hospitalaria y favorecida por la fortuna. Nicaragua sería el lugar ideal para
comenzar de nuevo.
A los pocos estadounidenses que habían hablado en favor de Panamá, Morgan los
calificaba de necios o, peor todavía, de peleles de las empresas de los
ferrocarriles transcontinentales, que conspiraban para impedir que se
construyera una vía acuática que cruzara América Central que no estuviera bajo
su control. El senador Morgan había luchado desde tiempo atrás contra la
expansión de los ferrocarriles e insistía en que sus poderosos directivos se
oponían a la apertura de un canal, tanto en Panamá como en Nicaragua. Pero
tenían la esperanza de que favoreciendo el proyecto de Panamá se impediría una
decisión del Congreso sobre Nicaragua. El senador no acusaba a nadie en
particular, pero no había necesidad de dar nombres. La opinión pública y la
mayoría de la prensa suponían que en el centro del «Complot de Panamá» se
hallaban E. H. Harriman, J. P. Morgan y James J. Hill. Posiblemente la
suposición era acertada, por lo menos en parte, aunque ni el senador Morgan ni
la prensa pudieron ofrecer pruebas concretas.
En vez de pruebas, allí estaban las frecuentes declaraciones de las gentes del
ferrocarril, y puesto que el ferrocarril no había mostrado aversión previa a la
intriga política y su dominio en todo el país se había convertido en una
cuestión política muy viva, el fantasma que suscitaba Morgan sobre supuestos
agentes del ferrocarril tratando de arruinar el proyecto del canal fue algo que
nadie tomó a la ligera.
Los discursos de diputados y senadores sobre el tema del canal de Nicaragua
llenaron cientos de páginas de las Actas del Congreso. En los archivos de la
Cámara y del Senado había decenas de miles de cuartillas de los informes de las
comisiones especiales para el canal, de testimonios de los exploradores,
ingenieros y capitanes de barco, respaldando todos la conveniencia fundamental
de la ruta de Nicaragua. (Si las plumas fueran palas, observaba el Times de
Minneapolis, el canal estaría terminado desde hace mucho.) Allí estaban todos
los mapas y los datos de las investigaciones de los expedicionarios enviados
por Grant, las tabulaciones sobre el clima, las mareas y las precipitaciones,
hechas por otras expediciones a Nicaragua desde 1880, cuando los franceses
estaban muy atareados en Panamá. Muchas de las revistas de mayor circulación —Harper's
Weekly, Atlantic Monthly, Munsey's, Century— habían publicado importantes
artículos sobre el proyecto de Nicaragua. Antes de ir a la bancarrota, la
Maritime Canal Company había hecho una magnífica maqueta del modelo de su canal
completo, con agua corriente y pequeñas esclusas que funcionaban muy bien, y
ese modelo se había exhibido en Washington y en otra docena de ciudades. Las
juntas de comercio de Estados Unidos, los gobiernos de estados y numerosos
grupos civiles de todas clases habían presentado solemnes resoluciones en favor
de un canal en Nicaragua. En las tribunas del Congreso, el proyecto del canal
en Nicaragua había sido el tema de innumerables discursos, tanto por parte de
los republicanos como de los demócratas. Pero el argumento de más peso en favor
de Nicaragua, repetido muchas veces, consistía en que si el viejo Morgan,
sabiendo todo lo que sabía y habiendo dedicado a la cuestión la mayor parte de
su vida, sostenía que ese era el sitio ideal, así tendría que ser sin duda
alguna.
Se suponía que en breve se presentaría al Congreso un proyecto de ley sobre el
canal en Nicaragua y que Morgan se las arreglaría para que se aprobara con
rapidez. Pero faltaba una pieza: la presentación de un estudio por parte del
presidente «sobre la ruta que resultara más practicable y factible» para abrir
el canal. William McKinley había ordenado que se hiciera ese estudio y el
Congreso lo había autorizado en 1899. Se había encomendado la labor a la
Comisión del Canal del Istmo, la segunda comisión de alto nivel creada por
McKinley (la primera, organizada en 1897, fue la Comisión del Canal de
Nicaragua), y su decisión sería la definitiva. El presidente de la comisión era
el vicealmirante John G. Walker, quien había presidido también el primer
estudio, por lo cual la comisión recibió el nombre de Segundo Comité Walker, o
más sencillamente, con el paso del tiempo, Comisión Walker. Además de Walker
integraban la comisión otros ocho miembros, la mayoría destacados ingenieros
civiles o militares. Se le asignó la suma de un millón de dólares. Los trabajos
sobre el terreno duraron dos años, se emplearon cientos de hombres
—investigadores, ingenieros, oficiales navales, médicos, geólogos— y en el mes
de noviembre, pocos días antes de que Hay y Pauncefote se reunieran para firmar
el tratado, el almirante Walker subió las escaleras del Departamento de Estado
para ver a Hay, seguido por dos hombres que llevaban el tan esperado informe en
dos grandes cajas de madera.
Se había decidido que el contenido del informe permaneciera en secreto hasta
que el presidente lo hubiese leído y enviado al Congreso; pero el 21 de
noviembre, tres días después de la firma del tratado por parte de Hay y
Pauncefote, William Randolph Hearst reveló los resultados en el Journal de
Nueva York. Habían sobornado a uno de los mecanógrafos del almirante y Hearst
tenía una copia del texto completo.
Después de haber tomado en cuenta todos los factores del clima, la salubridad,
los derechos legales y los privilegios existentes, y habiendo llegado a cifras
aproximadas para el coste de la construcción y el funcionamiento de los canales
para barcos tanto en Panamá como en Nicaragua, la Comisión Walker había elegido
también Nicaragua. Parecía que el asunto había quedado resuelto definitivamente
y que ya no restaban más que las formalidades legislativas.
Sin embargo, para los pocos que se molestaron en leer el informe de la
comisión, fue evidente que la noticia importante no era la de la decisión en
favor de Nicaragua —algo que ya se esperaba—, sino que habían surgido muchos
factores en favor de Panamá. No había necesidad de leer entre líneas para darse
cuenta. Bastaba con examinar las observaciones técnicas que se presentaban,
ninguna de las cuales era complicada o difícil de entender.
El factor decisivo era el precio que la compañía francesa había puesto a sus
posesiones en Panamá. Nicaragua era «la ruta más practicable y factible, una
vez considerados todos los datos aportados por las investigaciones y teniendo
en cuenta los términos ofrecidos por la Nueva Compañía del Canal de Panamá»,
que eran «tan irrazonables que la comisión no podría recomendar que se
acepten».
George Shattuck Morison. Fotografía extraída de Philippe Bunau-Varilla,
Panamá: The Creation, Destruction, and Rcsurrection, Robert M. McBride, 1920
Pero, por extraño que parezca, con muy pocas excepciones, los
editorialistas y los políticos no prestaron atención a esta cuestión. Los
resultados de la comisión se recibieron como la confirmación definitiva de la
ruta estadounidense.
El Journal prosiguió con su gran primicia y publicó un
artículo sobre un informe de la minoría (proporcionado también por el
mecanógrafo sobornado), en el que el más eminente ingeniero civil de la
comisión, George Shattuck Morison, subrayaba las virtudes de la ruta de Panamá
con mayor detalle. The New York Times y uno o dos periódicos
más también mencionaban un «grupo de presión de Panamá» que impulsaba una
«campaña furtiva» en Washington y de un «poderoso círculo» que trabajaba
secretamente en el Senado en favor de la ruta de Panamá, sin tomar en cuenta las
conclusiones de la comisión.
Pero todo eran rumores. Interrogado por los periodistas sobre la posibilidad de
haber oído algo de una tendencia favorable entre sus colegas sobre Panamá, John
Tyler Morgan masculló: «Yo no he escuchado ni el zumbido de una mosca al
respecto».
En la primera semana de diciembre, cuando el Congreso volvió a reunirse, se
introdujo en la Cámara el borrador de un proyecto para el canal en Nicaragua,
sin ningún anuncio previo. Su autor era William Peters Hepburn, de Iowa, un
republicano vanidoso que anteriormente había puesto obstáculos a un proyecto
similar, tan solo porque entonces se llamaba Proyecto Morgan. Había llegado a
la conclusión de que si tenía que haber un individuo o un partido inmortalizado
por la legislación sobre el canal, serían el diputado Hepburn y el Partido
Republicano. Morgan le aseguró a Hepburn que no le iba a responder con la misma
moneda y que le daría mucho gusto ver un proyecto de ley Hepburn, de modo que
se esperaba que se aprobara con bastante facilidad.
El 10 de diciembre se firmó en Managua un convenio diplomático formal, «con
miras a la construcción de un canal en Nicaragua por parte de Estados Unidos».
El 19 de diciembre, sin que nadie se sorprendiera, el Senado ratificó el
Tratado Hay-Pauncefote. Tres días después, la Cámara de Representantes, por
acuerdo unánime, colocó el Proyecto Hepburn en el calendario para ser tratado
inmediatamente después de las vacaciones navideñas.
Luego, justo antes de la Navidad, llegaron noticias de París sobre la repentina
renuncia del presidente de la Compagnie Nouvelle. La reunión de los accionistas
del 21 de diciembre culminó en un tumulto y tuvo que intervenir la policía. Lo
esencial de los discursos había sido lograr que Estados Unidos comprara el
canal a cualquier precio.
Hasta entonces, técnicamente hablando, la compañía francesa no había fijado un
precio para sus posesiones. Solo se le había informado al almirante Walker de
que todo lo que la compañía consideraba de su propiedad en Panamá, el equipo y
los privilegios, podían valer 109 millones de dólares. Como no había ninguna
otra base para los cálculos, Walker y los miembros de su comisión creyeron que
ese era el precio y basaron sus decisiones en él.
El nuevo precio, el primero aportado desde París, fue presentado a Walker el 4
de enero de 1902, la mañana en que la mayoría de Washington estaba absorta en
los comentarios sobre la presentación en sociedad de Alice Roosevelt en la Casa
Blanca la noche anterior. Walker y los ocho miembros de su comisión habían
llegado a la conclusión en su informe de que todo lo que la compañía francesa
quería vender valía bastante menos de 109 millones de dólares. Habían valorado
la parte utilizable de las excavaciones francesas en 27.400.000 dólares. Podían
añadirse otros dos millones de dólares por los mapas, investigaciones, dibujos
y registros franceses. Opinaban que el ferrocarril de Panamá podía valer unos
siete millones de dólares, y aún se podían sumar otros tres millones de dólares
para cubrir lo que se hubiese pasado por alto. De modo que el valor total
calculado ascendía a la cantidad de 40 millones de dólares. Es interesante
señalar que precisamente ese era el nuevo precio que estaban pidiendo los
franceses.
Walker se dirigió deprisa al Departamento de Estado al mediodía y desde allí se
pasaron las noticias a la Casa Blanca. Los franceses no solo habían bajado su
precio, sino que lo habían reducido en más del 60 por 100. Como el almirante
Walker iba a decir al Comité Morgan en su seco estilo: «Eso presenta las cosas
de muy distinta manera».
Pero cuando la Cámara se ocupó del proyecto de ley Hepburn, el debate, si puede
llamársele así, duró solo dos días. El 9 de enero los representantes votaron
casi por unanimidad —308 votos contra dos— para que se procediera con el canal
de Nicaragua. Como Mark Hanna observó, posiblemente ni uno de cada cuatro
congresistas había leído el informe de la Comisión Walker. Morgan, que sí lo
había leído minuciosamente, anunció que iniciaría las audiencias y se ocuparía
de que el proyecto llegara al Senado lo antes posible.
El Gobierno había permanecido en silencio mientras tanto, lo cual se
interpretaba en el sentido de que la elección era prerrogativa del Congreso y
Roosevelt seguía a favor del canal en Nicaragua. Sin embargo, tan pronto como
la Cámara dio su aprobación, el presidente convocó a los miembros de la
Comisión Walker a la Casa Blanca, uno por uno, para hacerles una consulta
privada. Quería conocer los puntos de vista personales, expuestos libremente
por cada uno.
Después hubo una reunión de la comisión en pleno, que se celebró a puerta
cerrada en la oficina del presidente, durante la cual se le pidió a Walker y a
los restantes miembros que redactaran juntos un informe complementario.
Roosevelt quería que se aceptara el ofrecimiento de los franceses. Advirtió que
la conclusión de la comisión tenía que ser unánime.
Morgan no podía dar crédito a lo que estaba escuchando cuando Hanna le comunicó
las noticias. «Vaya a preguntarle al presidente si no me cree», replicó Hanna,
y Morgan fue a la Casa Blanca ese mismo día. Lo que él y Roosevelt se dijeron
en el curso de la conversación no se reveló nunca.
La entrevista fue el jueves, día 16. El sábado los diarios decían que Roosevelt
tenía en su mano un nuevo informe sobre el canal. Walker, abordado por los
periodistas mientras cruzaba del Departamento de Estado a la Casa Blanca, solo
afirmó que muy probablemente el informe iba a desilusionar al público. El
lunes, 20 de enero, se dio a conocer la noticia. Por una moción de George S.
Morison, la comisión había cambiado su decisión: se elegía por unanimidad el
istmo de Panamá para construir un canal.
Por primera vez se presentó un inventario general de las propiedades francesas.
Había más de doce mil hectáreas de terreno que, sumado al que poseía el
ferrocarril de Panamá, comprendía toda la extensión requerida para construir el
canal. Estaba el ferrocarril. Había más de dos mil edificios (oficinas,
viviendas, almacenes, talleres, establos), además de la gran sede central en la
ciudad de Panamá y los hospitales en Panamá y en Colón. Había una cantidad
inmensa de maquinaria (remolcadores, lanchones, dragas, excavadoras, bombas,
grúas, locomotoras, vagones), así como instrumentos de medición para las
investigaciones, medicamentos y aparatos médicos. Las excavaciones realizadas
(las excavaciones valoradas por la comisión) se calculaban en 27.884.373 metros
cúbicos.
En Washington fueron pocos los que no comprendieron lo que se proponía.
Suponiendo que Theodore Roosevelt estuviera tan impaciente por construir el
canal como parecía, lo mejor y más rápido sería prescindir de la oferta de
última hora de los franceses y dejar que John Tyler Morgan se ocupara del
resto. De esa forma no se perdería más tiempo. Pero era evidente que Roosevelt
no había decidido eso, sino que se había opuesto frontalmente al senador,
desafiando la autoridad y el poder del anciano, por no mencionar los
sentimientos populares del país. Estaba tirando por la ventana toda la antigua
confianza en la ruta de Nicaragua y al hacerlo se arriesgaba a que hubiera más
demoras, más debates interminables y es posible que una derrota personal al
inicio de su presidencia. Estaba claro que algo o alguien lo había impulsado a
decidir que Panamá era la mejor alternativa y que bien valía la pena luchar por
ella.
También se decía que probablemente Roosevelt era tan susceptible como su
antecesor a la voluntad del senador por Ohio. Y no había ningún misterio en el
hecho de que Mark Hanna prefiriera Panamá, pues era evidente que este hablaba
en nombre de los ferrocarriles.
Hanna no podía «juguetear» con el público estadounidense como si fueran niños,
declaraba con irritación la prensa. El pueblo, estadounidense no es tonto,
decía el Herald de Nueva York. La opinión nacional era unánime
en favor de Nicaragua y la lección de la democracia era que se debía confiar en
el instinto del público.
Todas las objeciones expuestas ya han sido admitidas por las autoridades
científicas competentes, pero no pesan nada en comparación con la instintiva
convicción tan profundamente arraigada en la nación de que el proyecto del
canal en Nicaragua es una cuestión enteramente nacional, concebida por los
estadounidenses, apoyada y sostenida por los estadounidenses y (si más adelante
se construye) manejada por los estadounidenses, según las ideas estadounidenses
y para satisfacer las necesidades estadounidenses. En una palabra, es una
empresa nacional.
Los editorialistas insistían en que a veces era necesario reconocer los
sentimientos, lo mismo en las cuestiones personales que en las nacionales. Lo
que quedaba por saber era si el Senado de Estados Unidos «resultaría más
permeable a la influencia exterior» que la Cámara de Representantes.
El Courier-Journal de Louisville, en un artículo que John
Tyler Morgan recortó y guardó cuidadosamente, se refería a «la descarada
comicidad del robo por receta: veinte millones para lograr que los ladrones de
este lado aprobaran el proyecto; veinte millones para conformar a los intrusos
del otro lado; unos cuantos cacharros oxidados y un pleito legal internacional
para el Tío Sam».
Portada del suplemento ilustrado de Le Petit Journal, 16 de diciembre de
1894. (Archivo Espasa)
Las frecuentes afirmaciones de Morgan en el sentido de que el
título de propiedad era inválido, de que Colombia no abandonaría nunca
voluntariamente sus derechos sobre el Istmo, de que el desgobierno político en
Panamá era endémico se habían puesto en evidencia. «Se habla de comprar un
proceso legal —escribía William Randolph Hearst en el Journal de
Nueva York—; la compra del canal de Panamá significaría la adquisición de una
revolución. Parece ser que la única manera de lograr una concesión
satisfactoria por parte de Colombia sería visitar el país, agarrar por el
cuello
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a varios de los estadistas contendientes y mantenerlos
encerrados a todos el tiempo suficiente para firmar el contrato.»
Mientras tanto, el ministro de Colombia en Washington, el doctor Carlos
Martínez Silva, aseguraba al Departamento de Estado y a la prensa en general
que su Gobierno estaba dispuesto a tratar generosamente con el de Estados
Unidos sobre la provincia del Istmo. El Gobierno de Colombia no mostraría «un
espíritu mezquino ni ambicioso. Colombia está dispuesta a conceder todo aquello
que satisfaga las necesidades de Estados Unidos para garantizar la empresa de
construir el canal de Panamá».
El 28 de enero, el senador John Coit Spooner presentó una enmienda al proyecto
de ley Hepburn por la que se autorizaba al presidente de la República a
adquirir las propiedades que tenía en Panamá la compañía francesa y sus
concesiones a un precio que no excediera los 40 millones de dólares; también se
le autorizaba para obtener de Colombia un dominio a perpetuidad de una zona
para el canal de unos diez kilómetros de ancho a través del Istmo; y para
construir el canal en Panamá.
Si en «un período razonable» no se había obtenido el acuerdo satisfactorio con
Colombia, el presidente quedaba autorizado para proceder a la construcción de
un canal en Nicaragua.
Si esa enmienda se aprobaba, supondría la transformación radical del proyecto
de ley de la Cámara de Representantes. La presentación de esa enmienda fue la
prueba más clara de que Roosevelt ya se había decidido por un canal en Panamá.
Spooner no había dado muestras anteriores de inclinarse por la ruta de Panamá,
pero era un dirigente muy hábil para llevar por buen camino los proyectos de
ley que presentaba la presidencia y no hubiera adoptado esa posición sin la
plena aprobación de la Casa Blanca. Así pues, era evidente que el plan había
salido de allí.
Theodore seguía siendo el hilandero.
Una de las gigantescas excavadoras francesas en las que De Lesseps fundaba
sus grandes expectativas. (Academia Militar de EEUU)
Draga de escalera francesa en funcionamiento. En máquinas como esta basó
Bunau-Varilla su novedoso plan para salvar a la empresa francesa durante su
desesperado final. (Compañía del Canal de Panamá)
Una excavadora francesa abandonada es engullida por la selva cerca de
Tabernilla (Compañía del Canal de Panamá)
Fundadores de la República de Panamá. Sentados (de izquierda a derecha):
José Agustín Arango, doctor Manuel Amador y Federico Boyd. De pie (de izquierda
a derecha): Nicanor de Obarrio, Carlos C. Arosemena, Manuel Espinosa, Tomás
Arias y Ricardo Arias
«En el curso de una carrera profesional muy activa y extensa […]
la firma de Sullivan & Cromwell logró situarse en relaciones íntimas,
susceptibles de ser utilizadas para su ventaja, con hombres que poseían
influencia y poder.»
WILLIAM NELSON CROMWELL
«Se había escuchado el primer toque de corneta. Me apresuré a arreglar mis
asuntos y partí de Francia a bordo del Champagne[…] para esa travesía que iba a
dar como resultado la resurrección de Panamá.»
PHILIPPE BUNAU-VARILLA
I
Cuando el presidente de la comisión, John Tyler Morgan, la
reunió para iniciar las sesiones sobre el Proyecto Hepburn, la idea de
construir un canal estadounidense en Panamá, de comprar la obra de los
franceses y terminarla, carecía de atractivo popular y no contaba con ningún
portavoz de reputación nacional. No se podría precisar el apoyo decidido que
gozaba la propuesta de Panamá; solo algunos periódicos (el más persistente,
el Evening Post de Nueva York), unos cuantos grupos de
negocios del Medio Oeste y tal vez media docena de prominentes ingenieros
civiles. No parecía existir ningún respaldo político. Por extraordinario que
parezca a la luz de lo que habría de suceder, a principios de 1902 no había un
solo político importante que se hubiese pronunciado en favor de la construcción
de un canal en Panamá. La idea no parecía tener partidarios, mientras que el
entusiasmo por Nicaragua parecía abrumador, dentro y fuera del Congreso.
William Nelson Cromwell. (Fotografía cedida por Sillivan & Cromwell)
Un ciudadano cualquiera que se atreviera a sugerir siquiera que
los franceses habían elegido el mejor lugar, o que no debería desecharse la
construcción de un canal en Panamá porque era una idea francesa, se quedaría
hablando solo. Por ejemplo, el anciano John Bigelow se había convertido en algo
así como una curiosidad por exponer semejantes puntos de vista, así como en una
especie de estorbo para algunos de sus antiguos colegas tan influyentes como
John Hay, quien le respondía con la debida cortesía, pero nada más, a sus
largas cartas, llenas de reflexiones sobre la cuestión.
Tal como estaban las cosas, había innumerables razones para dar por sentado que
el comercio mundial, por no mencionar los blancos barcos de la Marina de
Estados Unidos, surcarían un día las aguas del hermoso lago de Nicaragua. Y eso
es, sin duda, lo que habría sucedido a no ser por ciertos acontecimientos
inesperados y por un puñado de individuos con mucho tesón, dos de los cuales
dieron el principal empuje, al que los periódicos se referían sombríamente como
el «lobby de Panamá». Esos hombres fueron William Nelson Cromwell y
Philippe Bunau-Varilla. Sus actividades hasta esa fecha requieren cierta
explicación.
Tanto Cromwell como su compañero francés eran hombres bajos, enérgicos y
huérfanos de padre, que podrían compararse con Napoleón. Sin embargo, solo
Cromwell había hecho de las «influencias» una profesión. Era alguien nuevo en
el mundillo judicial, un abogado de empresa, una especie de mutación surgida en
la selva de Wall Street durante el auge de los ferrocarriles. Era un hombre
bastante guapo, con espeso pelo ondulado y prematuramente encanecido, bigote
blanco, y grandes ojos azules chispeantes, «limpios como los de un niño», según
una de sus descripciones, y con una piel tersa y sonrosada «que envidiaría una
doncella». Con sus pantalones de rayas y su chaqué parecía un estudiante de
arte dramático vestido para representar el personaje de un viejo estadista.
Pero la apariencia que quería dar, el papel que le gustaba representar, era el
de un hombre que tenía todas las cartas en la mano, y posiblemente algunas más
en la manga. Como uno de sus jóvenes protegidos recordaría, a Cromwell le
encantaba que le tuvieran por un hombre misterioso, alguien que manejaba los
hilos desde bambalinas. Un congresista irritado iba a llamarlo «el hombre más
peligroso que ha producido este país desde los días de Aaron Burr», un
calificativo extravagante pero de la clase que satisfacían enormemente a
Cromwell.
No tenía interés en los juicios sensacionalistas ni le gustaba la publicidad.
Prefería hablar de hombre a hombre. «Ningún vendedor de seguros podría
superarlo —escribió un periodista de World después de una
larga entrevista—. Habla muy deprisa y, cuando quiere, sin ceñirse a ningún
tema.» Era genial para «arreglar» las cosas, para planear cada movimiento por
adelantado. «Los accidentes no suceden —les advertía a sus jóvenes asociados—; permiten
que sucedan los necios que no piensan en los infortunios.»
William Nelson Cromwell —prefería usar sus tres nombres— era un niño diminuto,
pobre, bueno y afanoso de Brooklyn, hijo de una viuda de la Guerra Civil. Era
«un muchachito de salud delicada» que había tocado el órgano en la iglesia de
los Peregrinos antes de entrar a trabajar como contable en una oficina de los
ferrocarriles. Era el modelo de la «ambición recompensada» que a diario
comenzaba a trabajar al salir el sol y que recomendaba a los demás: «El hombre
de éxito no olvida su trabajo. Se levanta con él por las mañanas; todo el día
está con él, se lo lleva a casa y vive con él». Había logrado llegar hasta la
Columbia Law School, en la que estudió durante sus horas libres, se licenció en
1876, y tres años después, junto con un abogado de mayor edad y bien
establecido llamado Algernon Sullivan, fundó en Wall Street la firma Sullivan
& Cromwell. Cuando aquel murió en 1887, Cromwell se convirtió en el socio
principal a los treinta y tres años.
Contrató a varios jóvenes tan prometedores como él (uno de ellos fue John
Foster Dulles) y se puso a cultivar su propia leyenda. A sus colegas más serios
les parecía que tenía un toque vulgar. «Su formación en las finanzas y la
contabilidad —explicaba uno de sus jóvenes asociados— le había proporcionado
una destreza muy valiosa y rara en los abogados de aquel tiempo, que por regla
general se ejercitaban en literatura, lógica, retórica, filosofía y los
clásicos.»
Las sumas que cobraba Cromwell por enderezar los asuntos de las empresas en
dificultades o por desenmarañar enredos colosales eran las más altas de las que
se pagaban en aquella época. Acababa de cumplir cuarenta años y ya era
multimillonario. En 1891, cuando la firma Decker, Howell & Company quedó al
borde de la quiebra con deudas por diez millones de dólares, se contrató a
Cromwell para que tratara de resolver el problema, y en cosa de seis semanas
puso en orden sus asuntos —se pagaron las deudas y se reanudaron las
operaciones—, por lo que cobró 250.000 dólares, una cifra que jamás se había
pagado por esa clase de servicios. En 1901 reorganizó el ferrocarril Northern
Pacific y ayudó a J. P. Morgan en la fundación de la United States Steel
Corporation. (Cromwell se encontraba entre el grupo de privilegiados que
tomaron parte en la sociedad de accionistas que hizo posible formar la
gigantesca empresa del acero, junto con potentados de la talla de H. H. Rogers,
W. K. Vanderbilt y John Gates. La parte de Cromwell era de dos millones de
dólares en acciones y solo se le había pedido que adelantara un 12,5 por 100.)
Era asesor y confidente de varios de los hombres más ricos y poderosos de
Estados Unidos, a los que admiraba y alababa sin cortapisas. Cierta vez,
hablando en una reunión de accionistas de la Wells Fargo, declaró: «Al señor
Harriman es a quien se le deben dar las gracias por lo que ha prosperado esta
compañía con el favor de los ferrocarriles. Nadie podría reemplazar al señor
Harriman porque se mueve en niveles superiores, tan altos que ninguno de nosotros
podríamos alcanzarlos». Y no tenía el más ligero reparo en comerciar con dichas
amistades.
En 1894, el año en que se organizó la Nueva Compañía del Canal de Panamá,
Cromwell se había convertido en el consejero general, accionista y director del
ferrocarril de Panamá. Obtuvo esos cargos como consecuencia de su asociación
con C. P. Huntington y su ferrocarril Southern Pacific, que debido a un acuerdo
sobre tráfico de mercancías controlaba casi por completo el ferrocarril de
Panamá. Cromwell ya había empezado a cuidar de los intereses de la Nueva
Compañía del Canal de Panamá y había prometido a sus directivos emprender «una
campaña audaz y agresiva de publicidad, ilustración y oposición», planeada con
«estrategia napoleónica». Más tarde afirmaría que al hacer esa promesa le movía
el propósito de que Estados Unidos consiguiera el mejor canal posible. Pero por
otras cosas que dijo e hizo resulta evidente que su objetivo fundamental era
vender la compañía francesa al Gobierno de Estados Unidos, o si fracasaba, a
otro gobierno o bien a una combinación de capitales extranjeros. Y esperaba ser
bien pagado por sus esfuerzos. La minuta por los servicios prestados que le
enviaría a la Compagnie Nouvelle sería de 800.000 dólares.
Pocos miembros de un grupo de presión se habían dedicado a su tarea con tanto
empeño e imaginación. Había hecho del cabildeo un arte animado, según declaró
alguien. No dejaba pasar ninguna oportunidad. A los periodistas y a los
miembros del Congreso les suministraba abundante material sobre Panamá, la
compañía francesa y los inconvenientes de la ruta de Nicaragua. Iba a
Washington una y otra vez, a menudo para quedarse durante varias semanas; veía
a personas en el Capitolio y negociaba con los colombianos. Le ayudaban en la
tarea un abogado llamado William Curtis y el periodista Roger Farnham, cuyos
servicios había contratado, sacándolo del World. Pero era él la
punta de lanza. Era quien contaba con los senadores Hanna y Spooner entre sus
«amigos íntimos». Era él quien llamaba a la puerta de la Casa Blanca.
Cromwell utilizaba con generosidad su dinero y el de sus clientes. Reunía a la
gente. En una ocasión llegó a concertar una entrevista entre el representante
de su cliente y William McKinley. En el Capitolio su estrategia consistía en
apagar cuanto fuera posible el ardiente entusiasmo por el canal de Nicaragua, y
se hacía tan «ubicuo y omnipresente» como se decía que era John Tyler Morgan.
En efecto, la aversión que engendró en el viejo senador probablemente sea la
prueba más patente de su eficacia.
Uno de sus logros más palpables fue la creación de la Comisión del Canal, o por
lo menos de ello se ufanó toda su vida. Para conseguirlo concentró sus
esfuerzos sobre el portavoz de la Cámara, Thomas B. Reed, y el congresista
Joseph Cannon (Uncle Joe), presidente de la Comisión de Caminos y Medios
de Comunicación de la Cámara, ambos republicanos y ambos, según observó después
Cromwell, con la capacidad suficiente para captar de inmediato el
«conocimiento, la justicia y las ventajas» de un grandioso estudio científico
concluyente y darle su respaldo, que era todo lo que se necesitaba. Era una
táctica dilatoria meditada —y, como demostraron los hechos, crucial—, pero
también una apuesta arriesgada, puesto que un veredicto de la comisión a favor
de Nicaragua destruiría por completo las posibilidades de su cliente, de por sí
escasas.
Una vez que puso en movimiento la idea, Cromwell tenía que actuar de inmediato
para influir en la selección de los nueve hombres que iban a integrar la
comisión. Instó a McKinley a que no volviera a elegir al almirante Walker.
Según su opinión, también eran inaceptables un oficial del Cuerpo de
Ingenieros, el coronel Peter Hains, y un profesor de ingeniería civil de la
Universidad de Pensilvania, Lewis Haupt, puesto que, al igual que Walker,
habían formado parte de la comisión anterior para el canal de Nicaragua, por lo
cual presentarían una marcada inclinación por esa opción. (El profesor Haupt
había llegado a declarar que nada le haría cambiar de parecer respecto a la
superioridad de la ruta de Nicaragua.) Había un cuarto hombre, Alfred Noble,
afamado ingeniero de Chicago, descalificado para integrar la comisión porque
había formado parte de un comité previo de existencia muy breve sobre el canal
de Nicaragua. Entre los ingenieros navales, casi todos con una fuerte aunque
oculta preferencia por Nicaragua, se comentaba que la influencia de Cromwell
sobre McKinley «era demasiado poderosa para que los mortales ordinarios
pudieran contrarrestarla».
Cromwell no logró impedir los nombramientos de Hains, Haupt, Noble y Walker;
pero los otros tres ingenieros civiles elegidos pertenecían a su lista de
aceptables. Entre ellos se encontraba George S. Morison, que no gozaba de muy
buena reputación entre los amigos del ferrocarril de Cromwell.
Una vez que la nueva comisión quedó formada y entró en funciones en el edificio
Corcoran, fue el «pico de oro» de Cromwell quien convenció al almirante Walker
de que el lugar para iniciar sus estudios era la ciudad de París y no América
Central. Por consiguiente, fue a Francia hacia donde embarcaron los nueve
comisionados, varios de ellos con sus esposas, en el mes de agosto de 1899.
Mientras tanto, Cromwell había zarpado poco antes con el mismo destino.
El informe final emitido por la comisión no hacía mención a Cromwell. Solo se
declaraba que en París los directivos de la Compagnie Nouvelle «recibieron a
los comisionados con gran cortesía y se mostraron dispuestos en todo momento
para ayudarlos a hacer un estudio de esta ruta [Panamá] en todos sus aspectos».
Sin embargo, el más importante y atento de esos directivos había sido el
abogado estadounidense. Fue Cromwell quien apareció en el hotel Continental
para dar la bienvenida a los comisionados al día siguiente de su llegada. Fue
Cromwell quien les sirvió como maestro de ceremonias durante las cinco semanas
que permanecieron en París y quien se despidió efusivamente de cada uno el día
de su partida.
Se les había mostrado una cantidad abrumadora de material, cuyo valor era mucho
mayor que el de los datos sobre Panamá de que se disponía en Washington o de
cualquier información que la comisión hubiera podido reunir en el tiempo
asignado, como Cromwell sabía muy bien y sus huéspedes comprendieron de
inmediato.
Las reuniones tuvieron lugar en las oficinas de la compañía, en el número 7 de
la Rue Louis-le-Grand. Se vieron mapas, informes de los ingenieros, estudios
hidrográficos del Chagres, perfiles geológicos, datos sobre las perforaciones
de prueba en los sitios donde se proyectaba construir presas y esclusas, planos
para las represas, planos para las esclusas, registros sobre las observaciones
de las mareas del Pacífico, informes sobre los gastos de las excavaciones en La
Culebra, y un detallado inventario del equipo, los bienes y propiedades de la
compañía. Todo cuanto se les mostró estaba cuidadosamente presentado. Se
entregó a cada miembro de la comisión copias impresas de los documentos más
importantes, un total de 340 expedientes diferentes, incluidos en quince
carpetas color marfil, debidamente etiquetadas y cerradas con cintas verde
oscuro.
A finales de agosto, Cromwell convocó una sesión especial del Comité Technique
International, una agrupación de ingenieros establecida previamente por la
Compagnie Nouvelle para evaluar los trabajos realizados en el Istmo. Era un
grupo impresionante. Lo presidía un inspector retirado del departamento de
Ponts et Chaussées; figuraba entre sus miembros el general Henry Abbot, que
poco antes se había retirado del Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados
Unidos; también estaban uno de los jefes del canal de Manchester, un ingeniero
ruso muy notable y un ex director técnico del canal de Kiel. Ese mismo grupo
había declarado un año antes que era factible terminar de construir el canal de
Panamá.
Para que los caballeros del comité y los caballeros que habían llegado de
Estados Unidos se conocieran, se organizó una comida en el suntuoso Pavillon
Paillard, un restaurante situado en los Campos Elíseos, frente a los jardines
del palacio del Elíseo. Todo había sido preparado con esmero —menús
personalizados con un grabado del Pavillon, cuatro vinos y seis platos— y fue
«una comida muy buena y una ocasión agradable», como señaló en su diario George
C. Morison, lo que para él era un comentario excelente.
El general Abbot, bien conocido por todos los comisionados y un hombre muy
capaz, les dijo que él estaba tan firmemente convencido de la solidez del plan
general de la compañía francesa para construir un canal con esclusas que estaba
seguro de que algún otro país o una combinación de capitales extranjeros
aprovecharían la oportunidad de proseguir los trabajos, en caso de que Estados
Unidos no lo hiciera y cometiera el error de construir su canal en Nicaragua.
Durante los seis años transcurridos desde el fracaso de la compañía de De Lesseps,
el canal había quedado prácticamente abandonado; no se excavó ni se hizo ningún
otro trabajo, pero en los últimos cuatro años, a partir de 1895, las
actividades se habían reanudado en el Istmo, aunque en escala muy modesta, pues
la nueva compañía estaba obligada a demostrar que se progresaba de alguna
manera a fin de conservar el privilegio otorgado por Colombia. El general Abbot
aseguraba que esos esfuerzos no eran solo aparentes, aunque se trabajaba a
pequeña escala. En la ciudad de Panamá se había construido por fin el muelle
tan necesario para el ferrocarril y se habían reanudado algunas excavaciones en
La Culebra. Al mismo tiempo se realizaba el trabajo de limpieza, se volvía a
desmontar la selva y se cuidaba la maquinaria. Aquella era la primera fase,
explicó el general; la segunda consistía en dirigirse a las personas «más
acaudaladas del mundo y demostrarles que sería una magnífica inversión la
construcción del canal de Panamá».
Las conversaciones técnicas que prosiguieron durante varias semanas se
desarrollaron «como un proceso frente a un alto tribunal», según declaró
posteriormente el atildado abogado de Nueva York, que «se hallaba siempre
atento en su puesto». Una vez de regreso en Washington y antes de que los
miembros de la comisión emprendieran sus primeras giras de inspección por
Panamá y Nicaragua, «se mantuvo en comunicación constante y personal con casi
todos los miembros de la comisión para proporcionarles informaciones
adicionales, copias de documentos […] con el propósito de resolver sus dudas».
Pero, según admitió más tarde, el servicio más valioso que prestó Cromwell a la
causa fue la conversión de un hombre, Mark Hanna. En la narración de Cromwell
no se indica con precisión en qué momento el senador Hanna vio la luz, pero
había sido él y no otro, insistía Cromwell, quien había llevado al famoso
senador a la verdad; la especialización de Hanna venía desde la época en que
McKinley le había pedido que le mantuviera al tanto de los aspectos comerciales
y técnicos del proyecto del canal, y Hanna había ocupado diligentemente su
puesto en la comisión del viejo senador Morgan.
II
La pareja de Cromwell en la cruzada, el antiguo director
ejecutivo de la Compagnie Universelle, se había comprometido en la nueva
empresa con la misma pasión que en sus tiempos de «la gran aventura de Panamá».
Ahora, pasados los cuarenta, había ganado algo de peso, tenía grandes entradas
y llevaba muy corto el poco pelo que le quedaba. También había adquirido una
mirada fija de orgullo feroz. En las fotografías de la época, mira fijamente a
la cámara; aparece impecable, obstinado e inmutable, con los ojos fijos y
graves. Como en épocas anteriores, domina el rostro un gran bigote, pero ahora
termina en finas puntas y parece de adorno, exagerado. Se diría que son bigotes
falsos, pegados bajo su nariz cómicamente, a no ser por la mirada de sus ojos,
que sin duda es la de un hombre que nunca hizo nada en broma. Roosevelt decía
que tenía la mirada de un duelista.
Philippe Bunau-Varilla iba a ser el gran incomprendido para las generaciones
venideras. La tendencia entre los historiadores sería considerarlo una figura
casi esperpéntica, una especie de saltimbanqui francés al que, a pesar de sus
evidentes atractivos, no se debía tomar muy en serio. Es posible que su bigote
influyera en el juicio, pero lo fundamental es su propio relato de lo que
sucedió, su uso obsesivo de la primera persona del singular en todo lo que
escribió, que hace que hasta al lector moderno más tolerante le resulte tan
absurdamente parcial y fatuo que raya en el ridículo. En sus libros —su obra
más importante es Panama: The Creation, Destruction, and
Resurrection (Panamá: creación, destrucción y resurrección) — sus
ideas son invariablemente brillantes, y sus acciones, siempre atrevidas,
inspiradas y centrales. Todo aquel que se le opusiera o que osara expresar su
desacuerdo con sus puntos de vista es retratado como tonto, malvado o
desequilibrado mental. Pero los que veían las cosas como él eran grandes
caballeros, de una inteligencia excepcional y dotados de un alto sentido de los
fines morales.
Se veía como el valiente cruzado —«un soldado de la Idea del Canal»— que salía
a pelear contra el Prejuicio para defender la causa de la Verdad Científica. Se
creía el personaje central de una novela de caballería. Estaba decidido a
restablecer el honor de Francia, un honor manchado por los casos de Panamá y de
Dreyfus. Con una sola mano si era necesario, él salvaría «la Gran Idea de
Panamá».
Las cosas le sucedían —escribe— como si estuviera en una novela. La fortuna le
«sonreía» como lo había hecho a muy pocos. «En cada uno de mis pasos parece que
me acompaña una divinidad protectora.»
No obstante, en vista de lo que sucedió en realidad y teniendo en cuenta que
provenía de una arraigada tradición romántica, no es de extrañar que se
sintiera tan afortunado. La pena es que también se sintiera obligado a
relatarlo en un estilo tan pomposo. Parece que nunca llegó a comprender que su
historia se habría aceptado más fácilmente —sobre todo en otra época más
escéptica y menos dada a las florituras— y habría causado mejor impresión si la
hubiera escrito con un estilo más sencillo y directo. Por otra parte, hay
pruebas de que el hombre tenía muy poca semejanza con el personaje que aparece
en sus libros. En realidad, era un individuo tenaz, práctico, excepcionalmente
inteligente y muy enérgico, que causaba una impresión inolvidable en quienes lo
conocían.
No hay pruebas de que en su época no le tomaran en serio. Edward P. Mitchell,
del Sun de Nueva York y uno de los periodistas más hábiles de
entonces, escribía: «Cuando llegué a conocerlo bien, descubrí que su mente y su
voluntad formaban una de las dualidades más sorprendentes que había tenido el
privilegio de encontrar; era, sin duda, napoleónico por su energía práctica y
la cantidad de recursos con que contaba, pero también un gran idealista, como
demostraba su desinteresada entrega a un sentimiento patriótico». John Hay,
quien iba a tener con él tratos más directos que cualquier otra persona de
Washington, se quedó asombrado por su diversidad y la rapidez incomparable con
que lograba las cosas. George Morison, que solo podía valorarlo como
profesional, afirmaba que era un «hombre brillante», atributo que otorgaba muy
rara vez.
Incluso aquellos que instintivamente desconfiaban de sus motivos jamás
parecieron negar sus habilidades. Cuando Bunau-Varilla llegó a Estados Unidos
para iniciar su campaña, Alfred Noble, el afamado ingeniero de Chicago,
advirtió al senador Morgan de forma confidencial que sería una equivocación
imperdonable menospreciarlo.
Hablaba inglés perfectamente y con marcada precisión. Saludaba con profundas
reverencias a las señoras y sus modales en la mesa eran impecables. Era el
modelo del caballero bien educado y culto de la clase alta europea y sabía bien
cómo llamar la atención dondequiera que fuera. «No se limitaba a entrar en una
habitación; él hacía su entrada», recordaba Alice Roosevelt
Longworth con admiración. Era él y no Cromwell —pese a su apariencia teatral—
quien poseía la oportunidad del actor, el sentimiento intuitivo para el gesto
dramático. Por extraño que parezca, el ingeniero francés era el evangelista de
la pareja y fue él quien se convirtió en el «predicador peripatético» (como
diría John Tyler Morgan), llevando su campaña por todo el país como De Lesseps
había hecho veinte años antes.
La repercusión de su rápida gira fue inconfundible. Era una novedad. Los
auditorios estadounidenses no se habían encontrado antes con una autoridad
sobre Panamá, y no digamos con un ingeniero que había vivido la experiencia
real de intentar excavar un canal allí. Y nunca se habían expuesto con claridad
y convicción los argumentos para construir un canal en Panamá en vez de hacerlo
en Nicaragua.
«Ese mensajero de la idea de Panamá se sabía al dedillo todas las fases de la
cuestión del canal», escribió Mitchell. Pero aún más atrayente era su capacidad
de entusiasmar a los demás con su visión, de iluminar la imaginación con las
posibilidades de un canal en Panamá. Era una capacidad que muchos de sus
oyentes consideraban muy notable en un francés. Los periódicos decían que
poseía «una especie de energía ingeniosa que algunas personas están
acostumbradas a considerar como una peculiaridad estadounidense». Era «el
francés que parece estadounidense».
Cuando la original compañía del canal fue a la bancarrota en 1889, el primer
impulso de Bunau-Varilla, como él mismo admitió después, fue reunir a sus
compatriotas para concluir los trabajos en Panamá. Para ese fin se había metido
en la política, lanzando su candidatura para diputado, porque desde la tribuna
de la Cámara pensaba «azotar a los difamadores con el látigo de la verdad».
Pero, desanimado al perder las elecciones por escaso margen, viajó a Nueva York
para visitar a su amigo John Bigelow y pedirle consejo. La amistad entre el
hombre de edad y el joven brillante «maduró hasta casi convertirse en una
relación padre e hijo», según escribió el autor de la biografía de Bigelow.
Este le aconsejó que regresara a Francia y expusiera su caso por escrito, de lo
que resultó la publicación del libro Panamá: pasado, presente y futuro,
en 1892. En él establecía una comparación técnica entre las rutas de Panamá y
Nicaragua, algo que no se había hecho hasta entonces más que en los informes
para el Gobierno del tipo de los redactados en la década de 1870.
Pero la idea de que Estados Unidos se hiciera cargo de los trabajos en Panamá
todavía no se le había ocurrido o seguía estando en pugna con su visión del
destino de Francia. Así pues, primero había ido a visitar a los rusos.
Había surgido un encuentro casual con un príncipe ruso a bordo de un tren en
1894, tras el cual Bunau-Varilla se dirigió a San Petersburgo para tratar de
convencer al zar Alejandro III de que Rusia proporcionara el capital para la
terminación del canal. No logró ver al zar, pero sí pudo hablar con el muy
poderoso ministro de Finanzas, el conde Sergei Witte. Le explicó que el canal
de Panamá y el ferrocarril transiberiano, entonces en construcción, podrían ser
el contrapeso perfecto a la combinación anglo-estadounidense del canal de Suez
y los ferrocarriles transcontinentales. Bunau-Varilla precisó que podría terminarse
un canal de esclusas en Panamá en cuatro años más si el soberano ruso daba una
garantía del 3 por 100 al capital necesario, que él calculaba en 140 millones
de dólares. Witte prometió presentar los planes al zar y Bunau-Varilla regresó
a París lleno de esperanzas. El Gobierno francés se quedó asombrado y muy
interesado por las informaciones, según el propio Bunau-Varilla, cuya palabra
es la única con la que contamos. Sin embargo, el Gobierno francés cayó poco
después y Alejandro III murió. Además, el liquidador de la extinta compañía de
Panamá, furioso por la intromisión de Bunau-Varilla, tomó medidas para que no
tuviera nada que decir en los asuntos de la compañía. Es interesante imaginar
cuáles podrían haber sido las consecuencias si los rusos hubiesen aceptado la
proposición de Bunau-Varilla.
Transcurrieron otros cinco años antes de que el ingeniero se decidiera a lanzar
su campaña estadounidense en París, en el verano de 1899, cuando llegaron los
miembros de la Comisión del Canal.
«Todos, en el mundo entero, suponían por entonces que el canal de Nicaragua —la
solución del problema según los estadounidenses— era el que se iba a construir.
Por lo tanto, decidí concentrar mis esfuerzos en la adopción del proyecto de
Panamá por parte de Estados Unidos. ¡Parecía una tarea imposible de lograr!»
Por entonces llegó una carta de John Bigelow, muy oportuna y detallada, como
las de las novelas. Lo que se necesitaba con urgencia era «un hombre competente
capaz de convencer a nuestros ingenieros», escribía el honorable anciano desde
Nueva York. «Cumpliré los ochenta y un años el día 25 de este mes —señalaba
Bigelow— y no puedo servir de mucho en una pelea, salvo quizá para tocar el
tambor.» Había pedido a uno de los ingenieros de la comisión, el coronel Oswald
Ernst, que se entrevistara con Bunau-Varilla tan pronto como llegara a París; y
un abogado de Yale llamado Frank D. Pavey, que más tarde estuvo en la nómina de
empleados de Bunau-Varilla, si no lo estaba ya en aquel entonces, desempeñó un
papel decisivo para concertar las primeras reuniones.
El ingeniero francés lo dispuso todo siguiendo la tradición de su antiguo
dirigente e ídolo, Ferdinand de Lesseps. Pero mientras que Cromwell dedicaba
sus energías a la comisión entera, Bunau-Varilla, quien todavía no conocía a
Cromwell, concentraba sus esfuerzos sobre tres hombres del grupo: el coronel
Ernst, el profesor William Burr, de la Universidad de Columbia, y George S.
Morison, los tres que, con la colaboración del almirante Walker, habían
aceptado hacer de Panamá su preocupación particular. De los tres, Morison era
el blanco principal, pues era el profesional más cualificado y tenía fama de
ser una persona muy independiente y persuasiva.
«Nuestras conferencias fueron frecuentes y largas», escribió Bunau-Varilla. Se
reunían en alguno de sus restaurantes favoritos o bien en su hôtel
particulier, un edificio palaciego de piedra gris en la Avenue Jéna, cerca
del Arco del Triunfo, que ha sido siempre una de las calles más elegantes de
París. «Las cenas en su casa tenían que ser a las ocho y media —relataba Frank
Pavey—; después de la cena nos instalábamos en la biblioteca, y jamás dejaba
irse a la víctima estadounidense que había entrado en ella hasta que no pensaba
que la había convertido […] la primera vez que cené en su casa me quedé hasta
las dos de la madrugada, escuchando su argumento pintoresco y fascinante.»
Con frecuencia, las esposas de los visitantes estadounidenses asistían a esas
veladas, y todas coincidían en que el dueño de la casa era un hombre
encantador. Tenía una reserva inagotable de temas de conversación, pero ese
verano el tema dominante era el proceso de Dreyfus, y los convidados se
quedaron asombrados al saber que Bunau-Varilla en persona había desempeñado un
papel muy importante en el drama. Entre las ocupaciones a que se entregó a su
vuelta de Panamá, se hallaba el periódico Le Matin, que había
comprado y dejado en manos de su hermano Maurice. Este se hizo con una copia de
una carta incriminatoria supuestamente escrita por el capitán Dreyfus al agregado
alemán en Francia. Philippe conoció a Dreyfus años atrás en la École
Polytechnique, donde habían sido amigos y compañeros de clase. Cuando vio la
copia, buscó una vieja carta de Dreyfus. La diferencia en la escritura de ambas
no solo era evidente, sino asombrosa. De manera que, convencidos de la
inocencia de Dreyfus, los hermanos Bunau-Varilla habían publicado fotografías
de las dos cartas en Le Matin, y esta sensacional muestra de buen
periodismo hizo que se reabriera el caso. El relato dejó embelesados a sus
invitados estadounidenses.
Antes de que los comisionados partieran de regreso en el mes de septiembre, los
tres ingenieros recibieron un ejemplar de Panamá: pasado, presente,
futuro, con instrucciones del propio autor para que lo tiraran si
encontraban en él un solo error de datos o de lógica. «Cuando mis tres
eminentes nuevos amigos abandonaron París, se había hecho un gran agujero en la
presa del prejuicio que entonces existía contra Panamá en sus mentes, así como
en las de todos.»
Sin embargo, no era lo bastante grande, pues en el otoño del año siguiente
(1900) la comisión redactó un informe preliminar en el que recomendaba la ruta
de Nicaragua. «La lucha final empieza ahora», escribió Bunau-Varilla, y a
partir de entonces, según su propio relato, le acompañó el sentimiento místico
de que el destino se ocuparía de todo. Tenía el pensamiento de que todo lo que
sucedía ya estaba decidido.
Llegó un telegrama inesperado, una invitación de un grupo de hombres de
negocios de Cincinnati que querían que acudiera a su ciudad lo antes posible
para dictar una conferencia comparando el valor de las rutas de Panamá y
Nicaragua. Lo habían conocido durante una estancia de verano en París. «No
hemos olvidado la charla que nos ofreció —le decían en una carta que siguió al
telegrama—, tan gráfica, tan comprensible y tan convincente, y estamos deseando
que llegue al público estadounidense de la forma más efectiva que pueda
idearse.»
Había sonado el «toque de corneta». Bunau-Varilla zarpó en un barco
llamado Champagne. Había pocas posibilidades de que pudiera influir
en la opinión pública estadounidense, pero estaba decidido a «conquistar a
todos los que pudiera para la causa de Panamá».
Paseando por cubierta, hizo amistad con un sacerdote francés, quien, después de
escucharle exponer su tema favorito, le sugirió que fuera a ver a un
estadounidense que había conocido en Roma. Su nombre era Myron T. Herrick,
banquero de Cleveland y amigo personal del presidente McKinley. Según el relato
de Bunau-Varilla, ese banquero se convirtió en una pieza más del gran
rompecabezas que el destino estaba armando. «Cada vez que necesitaba a un
hombre, aparecía; cuando necesitaba algún acontecimiento, sucedía.»
Pero en una carta escrita por el subcomandante Asher Baker, oficial de la
Marina estadounidense y otro de los que Bunau-Varilla había frecuentado en los
años recientes, se sugiere que no era solo el destino el que estaba trabajando
en favor del ingeniero francés. «Lo hemos hecho todo por Philippe», informaba
Baker al abogado Pavey. Los servicios de Baker, quien se había encontrado con
el francés en el barco, fueron generosamente recompensados por el abogado
Pavey, quien, a su vez, servía a Bunau-Varilla como hombre de confianza en
Nueva York.
La histórica cruzada relámpago comenzó con el discurso que pronunció al término
de un banquete en el Club Comercial de Cincinnati, ante los invitados que
llenaban un gran salón adornado con banderas francesas y estadounidenses la
noche del 16 de enero de 1901. Ese discurso, el primero que Bunau-Varilla
pronunciaba en inglés, tuvo un éxito clamoroso. Dijo a su auditorio más o menos
lo mismo que iba a decir dondequiera que fuera a partir de entonces, pero lo
dijo con tanta convicción que acaparó de inmediato la atención de los
presentes.
Entre la amplia colección de papeles de Bunau-Varilla que se encuentran
archivados en la Biblioteca del Congreso hay una notita afectuosa enviada por
su hija pequeña desde París que incluye un diminuto mapa de América Central,
dibujado a lápiz y coloreado con mucho cuidado. Sobre Nicaragua se cierne un
demonio negro blandiendo un tridente, mientras que sobre Panamá vuela un ángel
alado. La concepción era la misma que la de su papa adoré, y fue
precisamente ese tipo de parcialidad, así como el cúmulo de datos con que
contaba, lo que cautivó a su auditorio. Era «la intensidad de la convicción que
inspiraban todas sus declaraciones» la que producía el efecto más contundente,
escribió uno de sus anfitriones, añadiendo: «Me gusta el hombre que abraza una
gran causa».
Sus discursos solían comenzar con una profesión de independencia: no venía
representando intereses particulares, lo que debía tomarse como garantía de que
no venía como un vendedor de la Nueva Compañía de Panamá. Su misión era
exclusivamente defender «un concepto grande y noble que me proporcionó muchos
años felices de lucha y peligro […] durante los cuales no recuerdo haber tenido
una hora de desesperación».
Dicho esto, pasaba a los detalles. Básicamente, subrayaba lo que iba a destacar
el informe revisado de la Comisión Walker: un canal en Panamá tendría una
longitud equivalente a la tercera parte de un canal en Nicaragua; tendría menos
curvas; necesitaría menor cantidad de excavaciones en total, menos esclusas;
costaría bastante menos.
Hablaba del ferrocarril de Panamá, los puertos de Colón y la ciudad de Panamá.
Se refería al Chagres como a «ese monstruo de la imaginación». No hablaba de
las lluvias ni de los deslizamientos de tierra en La Culebra. Tampoco se
refería a la fiebre amarilla y la malaria. No mencionaba la rebelión de 1885 ni
su impresión al ver en llamas el puerto de Colón. No describía al Chagres
cuando ocurrían las crecidas y las inundaciones. Tampoco indicaba que era
accionista de la Compagnie Nouvelle, ni las circunstancias que le habían llevado
a serlo.
Sin embargo, había un elemento más en el conjunto de su discurso que parecía
casi accidental al principio, pero que de inmediato se convertía en el más
importante.
En Panamá no había volcanes. No había ni un solo volcán, activo o inactivo, a
290 kilómetros a la redonda de Panamá, aseguraba a su auditorio. En Nicaragua
sucedía todo lo contrario. En 1835, la erupción del volcán llamado Coseguina
había durado casi dos días. Afirmaba que el ruido ensordecedor de la erupción
se oía a más de 1.600 kilómetros de distancia y que cada seis minutos el cráter
del volcán vomitaba cenizas y piedras incandescentes en cantidad suficiente
para llenar el canal de Nicaragua.
No era el primero que suscitaba ese problema. Ya había dicho Humboldt que «no
había en el globo otra zona tan llena de volcanes» como la de Nicaragua. John
Lloyd Stephens, como se recordará, habló de la belleza del monte Masaya para
hacer allí un centro turístico. En el congreso de París, el comandante
Selfridge hizo serias advertencias sobre la actividad volcánica en Nicaragua.
Sin embargo, los que escucharon a Bunau-Varilla hablar sobre los volcanes lo
consideraron una revelación fascinante.
Para terminar su discurso declaraba que «en todo momento la fuerza de las
circunstancias» había impulsado a los hombres a construir en Panamá: para
empezar, allí hicieron los conquistadores españoles la ruta del oro; después,
los estadounidenses construyeron su ferrocarril; más adelante, De Lesseps
empezó el canal. En ocasiones, los hombres cambiaron de idea y fueron a
construir en otra parte, «pero la fuerza de las cosas los lleva a Panamá, y así
será de nuevo».
Sin embargo, la parte del discurso que se refería a los volcanes era la que
causaba una mayor repercusión.
Entre los hombres de negocios de Cincinnati que lo habían invitado había varios
que conocían personalmente a Myron T. Herrick. Bunau-Varilla se enteró de que
este no solo era amigo de McKinley, sino «de un hombre mucho más importante
para mis propósitos»: Mark Hanna. Se hicieron llamadas telefónicas, se
prepararon cartas de presentación, y Bunau-Varilla tomó el tren nocturno para
Cleveland.
Durante una comida privada en uno de los clubes de negocios de Cleveland,
sentado junto al alto y apuesto Herrick y otros veinte pilares empresariales de
Cleveland, se explayó durante tres horas y media, levantándose de vez en cuando
para ilustrar el punto que estaba tratando sobre un pizarrón que se había
mandado traer. «Jamás se me había presentado una ocasión tan propicia, ni un
triunfo tan completo había coronado mis esfuerzos. Todos los que me estaban
escuchando, a quienes había infundido una creencia sincera y profunda en
Panamá, integraban el círculo de amigos íntimos del senador Mark Hanna.»
De Cleveland viajó a Boston y allí habló durante un banquete en el New
Algonquin Club la noche del 25 de enero de 1901. «Ese ingeniero francés
—observaba el Herald de Boston en un extenso y halagador
editorial— abordó la cuestión [de un canal en Panamá] desde un punto de vista
estrictamente profesional», lo que era nuevo en Boston. Una semana después
estaba en Chicago en compañía de Asher Baker, que se ocupaba de los
preparativos. Su anfitrión era James Deering, de la Deering Harvester Company,
y esta vez la conferencia se celebró en el Central Music Hall, donde fue presentado
por el ilustre ingeniero civil William Sooy Smith.
«Pronunció su conferencia frente a doscientas cincuenta personas
representativas —informaba Baker al abogado Pavey con verdadero entusiasmo—: la
Western Society Civil Engineers, miembros de la Comisión del Canal de
Nicaragua, la mayoría de los miembros más sólidos y mejor conocidos de los
clubes de Chicago. Yo mismo le presenté a Marshall Field y Robert Lincoln, y se
le ofreció una comida en el club. Todas las noches había cena y teatro.
Coquelin y Bernhardt se hallaban en la ciudad, y nuestra visita resultó
perfecta.» Lo mejor de todo, agregaba Baker, fue que «por mediación de personas
muy importantes» le había concertado «UNA ENTREVISTA CON EL SENADOR MORGAN EN
WASHINGTON, en un ambiente íntimo y amistoso. Sería necesario escribir páginas
enteras para explicar cómo se ha logrado todo esto».
Bunau-Varilla regresó a Nueva York durante unos días y cenó con George S.
Morison, quien le aconsejó que hablara menos de la cuestión de los volcanes.
Formaban una pareja extraña. El francés, diminuto y estirado, con su bigote
encerado y su cabeza de bala, solía ser tomado por un agregado militar; y
Morison, corpulento, con una imponente doble papada y bigotes de morsa, parecía
un fabricante de salchichas alemán. Aunque Nicaragua era, sin duda, una zona de
actividad volcánica, Morison no creía que tuviera un efecto perjudicial sobre
la estructura de un canal. Desde el punto de vista de la ingeniería, el
planteamiento era falso.
Por medio de Cyrus MacCormick, de Chicago, se organizó una conferencia en la
Universidad de Princeton; después hubo una charla de media hora ante la Cámara
de Comercio de Nueva York, siendo esta, según la valoración particular de
Bunau-Varilla, la plataforma pública más importante de todas las posibles. El
auditorio de la Cámara de Comercio se mostró cortés pero sin entusiasmo; de
todos modos, la publicidad resultante fue muy valiosa. En Filadelfia,
Bunau-Varilla dijo ante un auditorio muy numeroso y atento que la preferencia
del canal de Nicaragua sobre el canal de Panamá equivalía a preferir la
estabilidad de una pirámide sostenida sobre su cúspide a la de otra sostenida
sobre su base; y «de esa estabilidad depende la prosperidad y el bienestar de
un continente entero».
Se hospedaba siempre en los mejores hoteles. Era recibido en calidad de miembro
honorario en los mejores clubes. A cambio, él se mostraba generoso
distribuyendo entradas de teatro y repartiendo los mejores puros (en una cuenta
de hotel se incluyeron 28 dólares de puros marca Segars). Para las esposas de
sus anfitriones había grandes ramos de rosas, acompañados por una tarjeta
personal de agradecimiento («por uno de los más hermosos recuerdos de esta
agradable estancia en Estados Unidos»), Para el servicial Asher Baker hubo un reloj
de cien dólares comprado en Tiffany's.
A pesar de que siempre estaba ocupado, se las arreglaba para escribir docenas
de cartas a personas que acababa de conocer o, más a menudo, a los amigos de
estas, con el fin de que se le abrieran más puertas, se concertaran nuevas
presentaciones y se establecieran nuevos contactos. Preparó también un folleto
titulado ¿Panamá o Nicaragua?, del cual mandó imprimir trece mil
ejemplares para su distribución. Desoyendo los consejos de Morison, insistía en
sus comentarios sobre la actividad volcánica. Que tomen nota quienes se sientan
inclinados a desechar sus advertencias:
Abrid un diccionario de geografía, abrid cualquier enciclopedia
y leed el artículo titulado «Nicaragua». También os diría que miréis el escudo
de armas de la República de Nicaragua; mirad los sellos de correos de
Nicaragua. Las naciones jóvenes gustan de poner en su escudo lo que más
simboliza su actitud moral o una característica de su suelo nacional. ¿Qué
escogieron los nicaragüenses para caracterizar a su país en el escudo de armas
y en los sellos de Correos? ¡Volcanes!
En la lista de correo del folleto figuraban todos los miembros
del Congreso, todos los gobernadores de estados, un millar de presidentes de
bancos, unos seiscientos dueños de barcos, doscientos comerciantes —cuyas
ventas superaran los cien mil dólares—, los dueños de cuatro mil periódicos y
revistas, centenares de juntas y cámaras de comercio, además de los nombres de
todas las personas con las que había establecido relaciones en el curso de sus
viajes y que sumaban más de mil.
Hizo que John Bigelow enviara sendos ejemplares al secretario Hay y al
almirante Walker, acompañados de cartas personales en las que explicaba cómo
había conocido al distinguido ingeniero francés en Panamá. Hay, que había sido
ayudante de Bigelow en la embajada de Estados Unidos en París, le dijo en la
carta de respuesta que era «un buen modo de ganarse voluntades» respecto a la
mejor ruta para el canal, pero recordaba a su viejo amigo que la decisión «no
dependía del criterio del Ejecutivo». Walker, por su parte, respondió que el ingeniero
francés exageraba mucho sobre el asunto de los volcanes.
Cuando llevaba casi tres meses de actividades continuas, Bunau-Varilla tuvo una
conversación privada con Bigelow y otras personas en Nueva York, y les habló de
que quería zarpar rumbo a Francia. Seguía pendiente su entrevista con el
senador Morgan y aún no se había reunido con Mark Hanna, pero por apremiantes
razones personales pensaba que era el momento de concluir. Una vez más, si
creemos su relato, intervino el destino.
Hacia la medianoche, cuando estaba a punto de salir a la calle a
respirar un poco de aire fresco antes de acostarme, me encontré con un grupo de
gente en traje de noche que entraba en el Waldorf Astoria. Mi sorpresa fue
grande cuando vi que a la cabeza del grupo iba el coronel Herrick con una dama
del brazo, y detrás de ellos la señora de Herrick acompañada por un caballero
robusto de corta estatura que cojeaba ligeramente.
Su rostro característico, reproducido con tanta frecuencia en los periódicos,
me resultaba familiar.
Era Hanna, y el coronel Herrick hizo gustoso las presentaciones.
«¡Ah! —exclamó Hanna, según relata el ingeniero—. Monsieur Bunau-Varilla, es un
placer conocerlo.» Y lo más importante es que el senador expresó su deseo de
que el ingeniero francés lo visitara en Washington en cualquier momento que
juzgara conveniente. «Se había roto el hielo en las condiciones mejores y más
cordiales», escribió el autor de la escena.
Le gustaban mucho los encuentros casuales, los personajes famosos vestidos con
elegancia y las conversaciones marcadas por el destino entre hombres poderosos
en un gran marco adecuado. Tal vez sucediera así o tal vez no. Pero el caso es
que se fue directamente a Washington «para lanzar el ataque contra la fortaleza
política». Allí vio a Hanna, primero en el hotel Arlington y luego en la
residencia que el senador tenía en la capital. Hanna fumaba y escuchaba,
sosteniendo su grueso cigarro entre los dedos de una mano sorprendentemente
delicada. Según Bunau-Varilla, las entrevistas fueron decisivas, lo cual
contradice lo que Cromwell afirmó más tarde. «Monsieur Bunau-Varilla, me ha
convencido —se dice que exclamó Hanna antes de despedirse. Como es natural, el
senador quería saber lo que pensaban los especialistas de Panamá de la
comisión—. Pero si, como afirma, piensan como usted, yo estaré de su parte.»
Pocos días después, Bunau-Varilla estaba en la Casa Blanca, charlando
agradablemente con William McKinley. En esta ocasión hizo las presentaciones
Charles G. Dawes, director del Departamento de Divisas, con quien Bunau-Varilla
había establecido amistad en Nueva York también como consecuencia de un
encuentro casual en el vestíbulo del Waldorf Astoria. Pero en la Casa Blanca se
limitó a presentar sus respetos. Como explicó más adelante, no quería «imponer»
al presidente una larga conferencia porque conocía el enorme valor de su tiempo
y «que la opinión del senador Hanna sería la suya». En otras palabras, ya había
hablado con el hombre clave.
Hubo otro encuentro final en Washington y debió de ser memorable. Poco después
del anochecer, se dirigió en coche por la avenida de Pensilvania y giró a la
izquierda en la plaza de John Marshall para detenerse ante el número 315 de una
hilera de casas de ladrillo, la residencia de John Tyler Morgan, «la jaula del
león». Iba convencido de que el viejo senador era un paranoico furioso. «El
estado mental fanático y casi demente del viejo senador, tras veinte años de
lucha ininterrumpida en favor de Nicaragua, le hace ver conspiradores por todas
partes.» Parece que nunca se le ocurrió pensar que Morgan podía ser un hombre
de clara inteligencia, cuyos motivos eran tan nobles y patrióticos como los
suyos. Una vez más, el relato de Bunau-Varilla es el único disponible.
«Mi visita le causó una profunda impresión. A pesar de su aparente cortesía,
pude ver que la pasión lo estremecía.» Morgan quería hablar todo el tiempo y
eso era algo que Bunau-Varilla no podía tolerar. «Pero los volcanes de
Nicaragua…», prorrumpió desesperado, interrumpiendo a Morgan en mitad de una
frase. El senador no le escuchó: «¡Entre nosotros —vociferó—, estoy seguro de
que usted no pondría ni un solo dólar de su dinero en ese absurdo proyecto, en
ese proyecto corrompido de Panamá!».
Al parecer, para entonces ambos estaban de pie, y Bunau-Varilla, incapaz de
dominarse, levantó la mano para abofetear a Morgan. Pero detuvo el brazo en el
aire porque tuvo la visión repentina de los gigantescos encabezamientos que
aparecerían en los periódicos:
AVENTURERO FRANCÉS ATACA AL DEFENSOR DEL SUEÑO DE NICARAGUA.
En un instante comprendió que Morgan lo había provocado
deliberadamente; aquel encuentro se había dispuesto con el propósito de
atraparlo y destruirlo. «Bajé la mano medio levantada y la extendí solemnemente
hacia el senador, diciendo: "Señor, me ha infligido un insulto cruel y
gratuito, pero estoy bajo su techo y me es imposible demostrarle mi
resentimiento sin quebrantar, como usted lo ha hecho, las leyes de la
hospitalidad".»
Y después de haber pronunciado este pequeño discurso, el Napoleón de los ingenieros
dio media vuelta y salió a la calle con paso rápido.
Se embarcó rumbo a Francia el 11 de abril de 1901.
¿Cuánto había costado todo aquello? ¿Quién había pagado los gastos?
Philippe Bunau-Varilla diría que él mismo cargó con todo y que obtuvo el dinero
de una fuente particular, que hasta hoy sigue envuelta en el misterio. La
cuestión fue tema de innumerables comentarios desagradables que circularon por
París.
Esta era la situación. Años antes en Panamá, después de haber renunciado a su
puesto en la compañía del canal, comenzó a trabajar como contratista particular
en La Culebra. Pero no podía cobrar más que el salario que pagaba el Gobierno
francés en virtud de una norma por la cual todos los ingenieros estatales
debían permanecer en servicio, sin recibir pagos ni compensaciones de empresas
particulares, durante un período de cinco años como mínimo. Sin embargo, él se
las había arreglado para que su hermano Maurice tuviera el cargo de gerente
financiero en las oficinas que la firma contratista tenía en París y ambos
habían llegado a un acuerdo secreto: Maurice le guardaría el salario que le
correspondía hasta que se cumplieran los cinco años. La maniobra despertó
recelos cuando se dio a conocer, pero Philippe alegaba que el dinero era suyo
con todas las de la ley, puesto que lo había ganado con su trabajo y además le
permitiría «consagrar» su vida al canal de Panamá, «a fin de rescatar aquel
noble concepto de la genialidad de Francia mediante su adopción por Estados
Unidos». Nunca llegó a determinarse cuánto dinero había acumulado Philippe por
los salarios retenidos, ni cuánto gastó en su campaña en favor del canal,
puesto que él y su hermano Maurice eran lo que se conocía como «accionistas
penalizados».
La fundación de la Compagnie Nouvelle se realizó de una forma muy ingeniosa,
pero que dio pie al senador Morgan y otros para considerar que toda la
organización no era más que un conjunto de ladrones. El liquidador de la
antigua compañía de De Lesseps nombrado por el tribunal, actuando en el interés
de los accionistas de la antigua compañía, había ideado un medio directo y
efectivo para capitalizar la arriesgada nueva compañía.
A los contratistas franceses que habían trabajado en las obras del canal y que
seguían siendo solventes se les dijo simplemente que les quedaban dos
alternativas: invertir sus capitales en la nueva compañía o hacer frente a un
proceso judicial por fraude y ruptura de contrato. Todos se inclinaron por la
compra de acciones. Las dos terceras partes del capital de la nueva compañía,
unos ocho millones de dólares, se obtuvieron por ese medio. En realidad, nunca
habría existido una nueva compañía si el liquidador no hubiera recurrido a ese
pequeño chantaje, y más de una vez el viejo Morgan sacó a relucir la cuestión
desde el Senado.
El mayor de esos «accionistas penalizados» era Gustave Eiffel, por lo cual
sería el que más ganancias obtuviera si se vendían los activos de la compañía a
Estados Unidos. Eiffel, amenazado con un juicio de 18 millones de francos por
ruptura de contrato, invirtió 10 millones de francos (dos millones de dólares)
en la nueva compañía. La inversión de los Bunau-Varilla fue de 2.200.000
francos.
Así pues, una teoría sostiene que Bunau-Varilla fue a Estados Unidos no solo en
representación de sus intereses y los de su hermano, sino los de Eiffel y los
restantes «accionistas penalizados», ninguno de los cuales tenía voz ni voto en
la administración de la compañía y pocos veían con respeto el modo de
gestionarla.
Otra intrigante teoría afirma que Bunau-Varilla fue «descubierto» y
subvencionado por los Seligman, los poderosos financieros judíos de Nueva York,
cuya reputación de estricta integridad quedó bastante deteriorada por haber
desempeñado un papel en el Comité Américain organizado por Ferdinand de
Lesseps. El difunto Jesse Seligman llegó a ser interrogado ante una comisión
del Congreso durante los días del caso de Panamá. El comité no descubrió nada
serio, aparte del hecho evidente de que la firma Seligman había recibido una
cantidad exorbitante como pago por haber prestado su nombre al plan de De
Lesseps. No obstante, los Seligman deseaban que la idea de Panamá recobrara
legitimidad para justificar de ese modo su intervención en la causa. Así pues,
prosigue la teoría, fueron los Seligman los que inventaron al «Hombre que
Inventó Panamá», Philippe Bunau-Varilla, quien había llamado su atención por su
intervención en el caso Dreyfus.
Se tiene constancia de que Bunau-Varilla conocía muy bien a los Seligman, a
Isaac Seligman en particular, y que la familia se tomó mucho interés en las
actividades de cabildeo del ingeniero francés en Washington. Isaac Seligman,
por ejemplo, escribió cartas de presentación al ingeniero, incluida una a Mark
Hanna, y llegó hasta el extremo de hablar en privado con este sobre la
capacidad de Bunau-Varilla como ingeniero. Pero no hay pruebas fehacientes de
que este fuera el protegido de los Seligman o de que le pagaran, y hasta el día
de su muerte negó irritado cualquier sugerencia de que hubiese sido agente de
alguien o aceptado dinero como pago por cualquier cosa que hubiese hecho o
dicho sobre Panamá[11].
Sin embargo, el rompecabezas que presenta Bunau-Varilla se hace aún más
complejo por la misma existencia de las fuentes privadas y personales de las
que, según relata, sacó dinero para los gastos de su campaña y para otros
todavía mayores que hizo después. ¿Dónde y cómo había obtenido el dinero? ¿Cómo
podía pagar su mansión enorme y lujosa de la Avenue d'Iena, una casa donde
«había criados para atender a los criados», como recordaba uno de los miembros
de la familia? Nadie lo sabía, o por lo menos nadie lo dijo. El hijo de una
madre soltera sin bienes de ninguna clase, el estudiante con beca de la École
Polytechnique, el que había ido a Panamá a ganar solo un modesto salario del
Gobierno, el que había regresado a París para meterse sin éxito en la política,
compró un periódico y escribió libros sobre la Genialidad de la Idea de Panamá.
Sin embargo, en algún momento de su carrera, al parecer mediocre, se convirtió
en un hombre extremadamente rico. Su esposa, que vivía medio recluida y comía
sola en su habitación por miedo a contraer alguna enfermedad, tampoco era rica.
El origen de la fortuna de la familia siempre fue un misterio hasta para los
mismos descendientes.
El único vendido, el único mercenario en la noble cruzada, según la versión que
el ingeniero daba de la historia, fue Cromwell, a quien había llegado a
detestar y a quien solía llamar «el abogado Cromwell», tomando la palabra
«abogado» como un epíteto. Lo mejor que Bunau-Varilla dijo de Cromwell fue que
era «un mensajero activo y útil entre los hombres importantes»; pero luego
añadió en otra ocasión: «Es muy fácil que un intermediario activo llegue a
pensar que es el autor del mensaje que debe transmitir».
Estos dos notables personajes no se encontraron por primera vez hasta el año
siguiente (1902). Durante la campaña inicial de Bunau-Varilla se mantuvieron lo
más alejados posible, a pesar de que su colaboración habría producido
considerables beneficios. El ingeniero francés nunca pidió favores al abogado;
este no recurrió jamás a la experiencia técnica del francés ni a su poder de
convicción. Lo más probable es que Cromwell hubiera recibido instrucciones de
su cliente en París, quien, teniendo en cuenta el episodio de Bunau-Varilla en
Rusia, debía considerarlo una persona en la que no se podía confiar y un
posible estorbo. Y, sin duda, Bunau-Varilla abrigaba el sentimiento de que una
relación abierta con un abogado que la Compagnie Nouvelle tenía a su servicio
solo crearía obstáculos a su postura como Paladín de la Verdad.
Sea cual fuere la explicación, cada uno de esos hombres se adjudicaría el papel
de héroe cuando llegara el momento de rendir cuentas de lo sucedido, y
menospreciaría o ignoraría todo papel constructivo reclamado por el otro.
La afirmación de Cromwell de que él había inspirado la creación de la Comisión
Walker, por ejemplo, era absurda, según Bunau-Varilla, quien sostenía que había
sido él; había convencido a Asher Baker de que Panamá era el sitio ideal para
el canal, y este, durante el invierno de 1898-1899, había «iluminado» al portavoz
Reed y al congresista Cannon.
En cuanto a la supuesta influencia sobre Hanna, de la que tanto se ufanaba
Cromwell, según Bunau-Varilla era solo una cuestión de negocios muy usual en el
«abogado Cromwell». Durante la campaña presidencial de 1900, Mark Hanna,
presidente de la Comisión Nacional Republicana, había recibido un donativo de
60.000 dólares entregado por Cromwell, un donativo que el abogado le cobró a la
Compagnie Nouvelle. A cambio de esa suma, afirmaba Bunau-Varilla, Hanna había
logrado que los candidatos republicanos apoyaran la construcción de un canal en
el Istmo, sin especificar que debía estar en Nicaragua, como habían hecho los
demócratas. Y a este respecto reconocía a Cromwell un papel en la conversión de
Hanna.
Bunau-Varilla no reveló nunca cómo se había enterado de ese donativo. Pero la
idea de que hubiesen bastado 60.000 dólares para que Hanna cambiara de opinión
parece remota y sugiere que Bunau-Varilla nunca llegó a conocer bien la
personalidad de Mark Hanna, que estaba acostumbrado, como él mismo afirmaba, a
«tajadas más grandes y libres de ataduras». Nunca estuvieron en venta su voto
ni sus declaraciones públicas, a pesar de sus deslices y de su fama de Dollar
Mark para engordar los bolsillos del partido.
Más adelante, Cromwell expondría al conocimiento público una sorprendente lista
de logros a favor de su cliente, pero fue más que nada un medio para justificar
su fabulosa minuta de 800.000 dólares. Era el profesional que da el mayor
resplandor posible a los servicios prestados. Para Bunau-Varilla, el cliente
era la posteridad, el juicio de la historia, ante la cual solo deseaba aparecer
como un caballero andante sin igual. Ninguno de los dos supo apreciar
plenamente la contribución del otro. Ninguno de los dos fue capaz de decir toda
la verdad.
III
El 10 de abril de 1900, el almirante Walker escribió una carta
al presidente de la Compagnie Nouvelle. Preguntaba si la compañía poseía un
título claro de sus privilegios y propiedades en el Istmo y también quería
saber por qué cantidad en dólares y al contado estaba dispuesta a venderlos.
El 25 de junio de 1901, sin que se hubiera recibido una respuesta definida de
París, el almirante hizo un viaje especial a Nueva York para ver a William
Nelson Cromwell en sus oficinas del número 49 de Wall Street. La comisión
estaba a punto de terminar sus estudios, le dijo el almirante a Cromwell, y,
por lo tanto, era urgente saber el precio definitivo de la compañía francesa.
¿Tenía el señor Cromwell alguna idea sobre la cifra que su cliente pensaba
pedir?
Cromwell prometió ocuparse del asunto. Aquel mismo día envió un cable a París
presentando el estado de las cosas con tanta brusquedad que la compañía no solo
se negó a dar una cifra definitiva para la venta, sino que le informó a vuelta
de telegrama de que ya no se requerían sus servicios como abogado. Al parecer,
los directivos estaban hartos de los métodos exigentes del abogado y su
generoso uso del dinero.
Así pues, ese otoño, después del asesinato de McKinley, cuando estaba a punto
de darse a conocer el informe de la Comisión Walker en Washington y se iba a
firmar el segundo Tratado Hay-Pauncefote, el «lobby de Panamá»
había quedado reducido a un solo hombre, el ingeniero Bunau-Varilla, quien se
apresuró a viajar a Nueva York.
El asesinato del presidente en Buffalo fue un golpe terrible para Cromwell y
Bunau-Varilla, pues ambos habían dedicado mucho tiempo y energías a frecuentar
a Mark Hanna, cuyas relaciones con el nuevo presidente no eran precisamente
amistosas. Cuando Roosevelt era solo vicepresidente, ni Cromwell ni
Bunau-Varilla se habían molestado en prestarle atención.
Cuando llegó a Nueva York el 13 de noviembre, Bunau-Varilla vio que la
situación era «tan mala como cabía esperar». Se movió con rapidez por la ciudad
tratando de determinar de qué lado soplaba el viento. Debía ver a Roosevelt
cara a cara, le dijo a Frank Pavey y a otros, pero nadie parecía saber cómo
concertar la entrevista. Hacía poco que Hay y Pauncefote habían firmado su
tratado y en los periódicos aparecían caricaturas de John Bull abriendo de par
en par las puertas a Nicaragua para que pasara el Tío Sam con un pico y una
pala.
Pero entonces el periódico de Hearst presentó el informe de la Comisión Walker,
y aunque el propio Hearst y otros muchos pasaron por alto su importancia —el
hecho de que el precio de la compañía francesa fuera todo lo que impedía a la
comisión señalar a Panamá como la ruta mejor—, Bunau-Varilla la advirtió
enseguida. Sin más dilación, se embarcó para regresar a Francia.
Lo que sucedió en París durante las siguientes semanas solo se puede aproximar.
El 17 de diciembre, el ingeniero recibió un telegrama enviado desde Washington
y firmado por un tal Walter Wellman, un periodista del Times-Herald de
Chicago, otro de los contactos que había establecido. Tal vez le estuviera pagando
un sueldo a Wellman o quizá este estuviera haciendo un favor a alguno de los
industriales de Chicago convencidos por la campaña de Panamá.
VARILLA
AVENUE D'IENA, 53, PARÍS
INFORME CONFIDENCIAL. COMISIÓN DEL SENADO PROBABLEMENTE ACEPTE LA OFERTA DE
CUARENTA MILLONES. INDISPENSABLE NO MAYOR. ACTÚE RÁPIDAMENTE.
WELLMAN
La respuesta de Bunau-Varilla decía textualmente:
WELLMAN
1413 G., WASHINGTON
AGRADEZCO TELEGRAMA Y HAGO LO POSIBLE PARA QUE LA GENTE COMPRENDA LA SITUACIÓN.
VARILLA
Estuvo presente en la tumultuosa reunión de los accionistas del
21 de diciembre y, tan pronto como terminó, mantuvo una conversación privada
con el nuevo presidente, Marius Bo, y con Henri Germain, del Crédit Lyonnais,
los cuales, al igual que Gustave Eiffel y Bunau-Varilla, se habían visto
obligados a invertir en la nueva compañía.
Era necesario establecer de inmediato el precio por la compañía. Se había
agotado el tiempo. Un día antes, todavía hubieran podido conseguir sesenta o
setenta millones de dólares, pero ya no. El precio ahora era cuarenta millones
de dólares y debían aceptar esa cifra. El Congreso de Estados Unidos se
reuniría de nuevo pasadas dos semanas, y si para entonces no se había
establecido el precio definitivo, todo se habría perdido y ellos tendrían que
aceptar la responsabilidad.
El día de Año Nuevo, en un enorme anuncio aparecido en Le Matin que
debió de costarle alrededor de seis mil dólares, Bunau-Varilla censuraba a la
compañía por descuidar sus intereses, así como el honor de Francia. El 3 de
enero mandó telegramas con idéntico texto a los senadores Hanna y Lodge, a
Wellman, John Bigelow, Myron T. Herrick, el profesor William Burr y a George
Morison:
CONSIDERE CASI SEGURA OFERTA DEFINITIVA VENTA PANAMÁ CUARENTA
MILLONES. MAÑANA SE ENVIARÁ CABLE Y SE PRESENTARÁ OFICIALMENTE EL LUNES.
VARILLA
El 4 de enero se envió desde París el telegrama al almirante
Walker ofreciendo la venta de toda la propiedad de Panamá por cuarenta millones
de dólares.
Y así, escribió Bunau-Varilla, el año de 1902 «se inició con un viento propicio
que hinchaba las velas de Panamá». Cuando la Comisión Walker anunció su cambio
de decisión el 18 de enero, Bunau-Varilla envió docenas de telegramas a
Cincinnati y Chicago, expresando su «cordial agradecimiento» a todos aquellos
que le habían permitido hablar «en nombre de la Gran Idea».
El 27 de enero, Cromwell recuperó su puesto de abogado de la compañía. Él mismo
explicó después que los directivos se hallaban en una situación tan desesperada
que se vieron obligados a pedirle el restablecimiento de sus antiguas
relaciones, «y en consecuencia, dejando a un lado todos los otros negocios,
aceptamos su petición». Pero Bunau-Varilla contaba otra versión de lo sucedido.
Había sido él quien arregló la situación de Cromwell, como un favor especial
hacia el senador Hanna. Cromwell no significaba nada para él, pero su banquero,
Edward Simmons, que también era presidente del ferrocarril de Panamá, le había
pedido que a su vez le pidiera a Bunau-Varilla la recontratación de Cromwell, o
al menos eso fue lo que Bunau-Varilla declaró en un informe redactado años más
tarde para una comisión de la Cámara que trataba de establecer la extensión de
la influencia de Cromwell. El 27 de enero, Bunau-Varilla le informó a Cromwell
de que ya se había arreglado su caso en París, pero que no había sido fácil.
Según la instrucción escrita en París, la compañía confiaba en la colaboración
de Cromwell para cerrar la venta de la propiedad de Panamá; sin embargo, «debe
quedar bien entendido […] que los resultados tendrán que procurarse únicamente
por los medios legítimos; eso quiere decir que en ninguna circunstancia
recurriremos a métodos tan peligrosos como ilegales que consisten sobre todo en
obsequios o promesas».
Para Philippe Bunau-Varilla, el regreso de Cromwell no era «más que un ligero
incidente en la gran batalla». Para Cromwell, el ingeniero francés era un
hombre al servicio de un propósito útil, pero cuyas «pretensiones de influencia
resultan muy exageradas».
Capítulo 11
Contra todo pronóstico
«No quiero que me interrumpan, porque estoy muy cansado.»
MARK HANNA
I
A los sesenta y seis años, el contraalmirante John Grimes Walker
todavía tenía una figura majestuosa. Incluso con su traje oscuro de civil y su
corbatín estrecho parecía el Viejo Lobo de Mar, como a veces le conocían en
Washington. Era grande y apuesto, y tenía un porte militar, sobre todo en las
apariciones públicas. Peinaba su cabello gris con una precisa raya al medio. Su
tez era rubicunda, las cejas, espesas y bien arqueadas, y en ambos lados del
rostro lucía unas anchas patillas que le llegaban hasta las mandíbulas y que
habían pasado de moda hacía varias décadas.
Durante más de cuarenta años, el almirante Walker había sido un personaje
mimado en la capital y se decía que gozaba de una influencia política mayor que
la de cualquier otro oficial de la Marina. Era franco y directo, de modales
sencillos, aunque se daba cierta importancia. Su fama de integridad era
insuperable.
Desde su retiro en 1897, se había dedicado exclusivamente al cumplimiento de
sus deberes como presidente de las dos comisiones presidenciales sobre el
canal, un puesto que había desempeñado con precisión. Su único defecto era su
falta de conocimientos de ingeniería o de experiencia, pero hasta entonces
nadie se lo había reprochado. Nunca había pretendido asumir el papel de un
experto técnico. Durante una cena en el Metropolitan Club, poco después de
haberse organizado la última comisión, declaró ante los ilustres comensales que
a ellos, a los expertos, les correspondía «llegar al fondo de los hechos», por
mucho tiempo que les tomara y por muy alto que fuera el coste, y desde entonces
no había dicho ni hecho nada que pudiera hacerlos dudar de su sinceridad y su
buena disposición para confiar en su criterio profesional.
Como presidente de la comisión, Walker fue el primero de sus miembros que
prestó testimonio ante la Comisión Morgan. Compareció la mañana del 7 de
febrero de 1902. Había habido otros testimonios hasta la fecha, pero salvo a
Édouard Lampré, portavoz de la Compagnie Nouvelle, los había presentado Morgan,
es decir, estaban a favor de Nicaragua y en contra de Panamá. Por ejemplo,
Aniceto García Menocal había comparecido dos días antes. Tenía más de sesenta
años, también se hallaba retirado de la Marina, y se suponía que era el testigo
fuerte de Morgan en el aspecto técnico. Acosado por las constantes preguntas
del senador, Menocal hizo una detallada exposición de su prolongada actuación
en Nicaragua. Pero no hubo ninguna novedad en lo que dijo, nada para los
periódicos.
La única observación que hasta entonces habían recogido los periodistas fue la
que hizo Morgan durante un diálogo con el testigo francés Édouard Lampré —el
senador dijo que él no daría ni treinta y siete centavos y medio por el canal
de Lampré—, una observación sacada de contexto que no había sido tan ofensiva
como aparecía en los titulares de los periódicos. Morgan solo trataba de
manifestar su desdén por la compra de las propiedades francesas, puesto que el
dinero iría a parar a manos de la nueva compañía y no a las de los pequeños
accionistas originales que tanto habían sacrificado. Si se les negaba una parte
justa, dijo Morgan, él no quería participar en los acuerdos, aunque pudiera
obtener el canal por treinta y siete centavos y medio.
Morgan se había estado divirtiendo mucho con estas audiencias. Habían sido su
espectáculo desde el primer día, cuando mantuvo a Lampré bajo el fuego graneado
de sus preguntas durante tres horas y media, recordándole varias veces que
estaba bajo juramento. Cuando S. W. Plume, el viejo directivo del ferrocarril
de Panamá, apareció un día antes que Walker, a Morgan no pareció molestarle que
la sala estuviera casi vacía. Solo se hallaba presente otro miembro de la
comisión, el senador Kittredge, quien demostró sin ambages que se estaba
aburriendo; pero Morgan había proseguido interrogando con animación al testigo,
como si toda la nación estuviera presente y como si los recuerdos del anciano
Plume sobre los horrores de Panamá tuvieran un peso muy superior al de las
opiniones de los enérgicos ingenieros.
El testimonio de Walker duró casi un día entero y la mañana del siguiente. En
las actas, la transcripción de su testimonio ocupa setenta y cinco páginas.
Esta vez, toda la comisión estaba presente. Desde el momento en que Walker
ocupó su asiento, fue evidente que Morgan y sus aliados habían afilado sus
cuchillos contra él. Para Morgan, sobre todo, la nueva posición de Walker
respecto a Panamá parecía poco menos que una traición. Pero también podía
resultar calamitosa para la causa de Morgan, a menos que fuera posible hacerlo
pasar por tonto o lograr que dijera, aunque fuera de forma indirecta, que no
tenía mucha confianza en el proyecto de Panamá. En los pasillos del Senado
corría el rumor de que, a cambio de su apoyo al proyecto de Panamá, la Casa
Blanca le había prometido a Walker la dirección de la construcción del canal
desde su oficina en Washington y con un considerable sueldo. Para Walker no era
difícil recomendar la ruta de Panamá, le escribió el ministro de Nicaragua en
Washington al senador Morgan, puesto que no se vería obligado a vivir allá. Era
sabido que al almirante le gustaban las comodidades.
El interrogatorio se concentró casi por entero en la comprensión de Walker de
las cuestiones técnicas que aparecían en el proyecto de la comisión sobre
Panamá, y fue el senador Harris, antiguo ingeniero civil del comité y fiel
aliado de Morgan, quien monopolizó la primera hora. Morgan, que fulminaba a la
gente con la mirada incluso en circunstancias ordinarias, no apartó sus ojos
del testigo.
El plan sobre Panamá de la comisión, el proyectado canal sobre el que se
basaban las estimaciones de coste y con el que se comparaban todas las virtudes
y defectos del plan de Nicaragua, se fundamentaba casi por completo en un plan
ideado por la Compagnie Universelle. El elemento esencial, su clave, era la
gigantesca presa que controlaría al río Chagres en la localidad de Bohío y
formaría un gran lago interior que abarcaría las dos terceras partes de la ruta
por el Istmo. La comisión había decidido abandonar el concepto del canal a
nivel del mar, como los ingenieros de De Lesseps habían acabado haciendo, y
construir un canal con esclusas, muy semejante al que había propuesto Godin de
Lépinay en 1879. El Istmo no sería cortado por una enorme zanja, sino salvado
mediante un lago artificial, el lago de Bohío, como se le llamaba en el plan.
Los barcos saldrían de uno de los dos océanos y subirían hasta el nivel del
lago por un tramo de esclusas, atravesarían el lago y bajarían después por otro
tramo de esclusas hasta el océano del lado opuesto, tal como De Lépinay había
esbozado. La única gran excavación se efectuaría en La Culebra, en el Pacífico,
o en el extremo sur del lago, donde sería necesario abrir un canal de 14,5
kilómetros entre las montañas.
La presa de Bohío sería la estructura más importante del canal y «una necesidad
vital para el plan»; pero también presentaba «dificultades enormes» para su
construcción. Numerosos ingenieros prominentes consideraban esta solución muy
incierta y atrevida, cuando no imposible.
La presa tendría que ser una montaña de nuevo cuño de treinta metros de altura
y crearía un lago artificial de unos 114 kilómetros cuadrados, la superficie
acuática creada por el hombre más grande del mundo. Pero esa montaña tendría
que tener además un núcleo de mampostería cuyas bases quedarían bajo el suelo a
una profundidad mayor que la altura de la montaña. Para construir los cimientos
del núcleo se emplearían cajones neumáticos que tendrían que hundirse a una
profundidad de 39 metros bajo el nivel del mar, y eso era algo que nunca se
había intentado.
¿Todo el proyecto de Panamá propuesto por la comisión dependía de la presa de
Bohío?, preguntó el senador Harris. Walker respondió que sí. Todo dependía de
la presa de Bohío, pero aún había una tarea más difícil que la construcción de
la presa. El gran corte por el lomo de la cordillera presentaba mayores
dificultades. Tal vez se necesitarían ocho años para hacerlo.
Cuando le llegó el turno a Morgan, preguntó sobre los costes. ¿Por qué había
una diferencia de un millón de dólares en los cálculos para los dos canales? La
causa principal de esa diferencia era el número de esclusas, repuso Walker. En
el canal de Panamá habría cinco esclusas, y en el de Nicaragua, ocho. Luego
explicó que la razón para la quinta esclusa en Panamá era el pronunciado ascenso
y descenso de las mareas en la bahía de Panamá.
—Levantaremos los barcos desde el Atlántico hasta la superficie del lago de
Bohío por medio de dos esclusas; después los bajaremos hasta el Pacífico por
medio de tres esclusas. La última es la esclusa en la que varía mucho el nivel
del agua según la altura de la marea […]. La esclusa es el método ideado para
pasar los barcos de un nivel a otro.
—Lo entiendo —replicó Morgan, arrastrando tranquilamente las palabras.
Los dos se estaban mirando frente a frente, sin bajar los ojos. El viejo marino
yanqui parecía tan resuelto como el anciano sureño de cabello blanco que había
comandado la caballería confederada.
¿Podría recordar el almirante algún hecho concreto por el cual había cambiado
de parecer de forma tan repentina sobre el lugar donde debería construirse el
canal?
—Bueno, es difícil responder a esa pregunta. Comencé a estudiar el asunto con
mis preferencias y mis prejuicios, si es que los tenía, en favor de la ruta de
Nicaragua; pero me propuse examinar la cuestión con la mente abierta a las
pruebas.
Morgan afirmó que no tenía dudas de que así había sido, pero deseaba saber si
la nueva posición del almirante se fundaba sobre algún hecho concreto.
—He cambiado de parecer hasta el extremo de que ahora sé que la ruta mejor es
la de Panamá…
—¿Desde el punto de vista de la ingeniería?
—Sí; desde el punto de vista de la ingeniería.
Antes de que se iniciaran los interrogatorios, Morgan había declarado a los
periodistas que estaba convencido de que la repentina inclinación de la
comisión por Panamá no tenía nada que ver con aspectos de la ingeniería, sino
que se fundaba exclusivamente en el coste. «El bajo precio», fueron sus
palabras.
—Muy bien. ¿Ha llegado a esa conclusión sin modificar para nada los datos de
sus declaraciones previas? —preguntó.
—Sí.
— ¿Tiene el convencimiento de que estaba en el error en la primera declaración?
—No, señor, de ninguna manera. Mi modo de pensar no ha cambiado ni un ápice.
En ese caso, quiso saber Morgan, ¿cómo había podido llegar a la conclusión de
que el de Panamá era el mejor canal, si antes había recomendado el de
Nicaragua?
—Debido a que cuando recomendé el de Nicaragua —dijo Walker— esa era la ruta
más factible en las condiciones que prevalecían entonces.
— ¿Qué condiciones?
—Cuando voté en favor de la ruta de Panamá, las condiciones eran muy distintas.
— ¿A qué condiciones se refiere?
—En sentido muy amplio, al precio irrazonable que los dueños de Panamá pedían
por su propiedad.
— ¿Era eso exclusivamente?
Walker vaciló, buscando las palabras adecuadas.
—No me viene a la cabeza ninguna otra cosa; pero no me retracto… Creo que los
aspectos de ingeniería en la ruta de Panamá son mucho mejores que en la ruta de
Nicaragua, aunque ambas son factibles.
— ¿Así lo cree?
—Así lo creo.
Morgan, que había logrado su fama en Selma como abogado procesalista, cambió de
tercio de improviso. Ahora parecía concentrar su interés en conocer las fuentes
de las que la comisión había extraído sus datos técnicos. Su propósito era
demostrar que toda la propuesta de la comisión en favor de Panamá, toda su
decisión, se basaba en la palabra de un francés o en planes franceses que a su
entender eran tan sospechosos como la gente que los preparó.
— ¿Cuántos días pasó la comisión en el istmo de Panamá?
—Estuvimos allí unas dos semanas.
— ¿No ha vuelto desde entonces?
—No, señor.
— ¿Alguno de los miembros de la comisión ha vuelto desde entonces?
—A Panamá, ninguno.
—Bien. En el lapso de dos semanas, supongo que procuraron obtener un
conocimiento preciso de la ingeniería y de todas las condiciones del canal y la
región que atraviesa.
—Sí —respondió Walker mordiendo la carnada—. Adquirimos un conocimiento
bastante amplio sobre la cuestión tras haber examinado los datos reunidos por
los franceses con gran cuidado; nuestros grupos de trabajo recorrieron el istmo
de Panamá […]. Contábamos con una locomotora y un vagón especial todos los días
para que nos llevara y nos trajera a lo largo de la ruta para no perder tiempo,
y además nos dedicamos por entero al trabajo durante todos los días que
estuvimos allí.
Morgan tenía en mente una imagen muy viva del viejo almirante y su grupo, yendo
y viniendo por el ferrocarril de Panamá en un vagón privado y tomando
decisiones sobre el destino del canal por lo que veían desde las ventanillas,
mientras recibían las atenciones de una muchedumbre de franceses obsequiosos,
que hacían lo posible por tenerlos contentos. Era una imagen falsa y muy
injusta, pero muchos de los presentes la compartían.
—Bien. ¿Afirma que revisaron las investigaciones francesas antes de ir a la
zona del canal?
—Sí.
— ¿Dónde las revisaron?
Como todos los miembros de la comisión, Morgan sabía perfectamente que había
sido en París; conocía las actuaciones de Cromwell y de la compañía francesa.
—En París. Pasamos casi un mes en París, trabajando todos los días en dos
sesiones por lo general con los directivos de la compañía francesa, que nos
presentaron todo para que lo examináramos […] y después nos fuimos al Istmo
para complementar en persona esas informaciones […]. Hicimos nuestros planes
para construir un canal después de haber examinado los datos, visitar en
persona el Istmo y recorrer con detenimiento el terreno.
— ¿No realizaron una investigación independiente del trazado del canal? [Como
era bien sabido por todos los presentes, toda la investigación en Nicaragua
había sido «independiente», lo que para Morgan quería decir realizada solo por
ingenieros estadounidenses.]
—No, señor —repuso el almirante, quien parecía haber caído en la cuenta de que
le estaban tendiendo una trampa—. Por ejemplo, hicimos perforaciones en el
emplazamiento de la presa de Bohío mucho más amplias que los franceses. En
cuanto a lo que se suele denominar investigación, el trabajo de topografía,
hicimos el suficiente para quedar convencidos de que las investigaciones
francesas eran buenas y podíamos aceptar su trabajo como si lo hubiésemos
realizado nosotros.
—Así pues, ¿lo aceptaron?
—Lo aceptamos después de habernos convencido de su exactitud.
—Pero la base de esa investigación y la de sus cálculos y planos fueron la
investigación francesa, ¿no es cierto?
—No. Aceptamos su investigación después de haberla verificado lo suficiente
como para estar seguros de que era acertada y luego los trabajos sucesivos
fueron nuestros.
— ¿Pero basados en qué?
—Basados en sus investigaciones, claro.
—A eso quería llegar —dijo Morgan con desenvoltura.
Y prosiguió hablando de la geología del valle del Bohío, el diseño de la
polémica presa, la intención de utilizar diques y el encenagamiento de las
viejas obras francesas. Era su planteamiento característico, persistente y
paciente hasta la exasperación. Parecía esforzarse en dar la impresión de que
Walker y su comisión, al recomendar Panamá, estaban pidiendo al Congreso y a la
nación que lo arriesgaran todo a la confianza absoluta en John Grimes Walker,
la confianza en las asunciones de un grupo de ingenieros civiles y, lo más
fundamental y peor de todo, la confianza en los franceses.
¿Sabía el almirante si la cuenca del Bohío contendría el agua si se construía
allí la presa? Era una pregunta con doble sentido, que insinuaba que los planes
del almirante hacían aguas por todas partes.
— ¿Por qué no iba a contenerla? —respondió Walker, evidentemente molesto.
—Solo le estoy pidiendo su opinión —repuso Morgan—. Yo no soy ingeniero ni
miembro de la comisión. No le estoy recomendando al Gobierno que acepte su
proyecto.
—No he visto nada que me haga suponer que exista el más leve peligro de que la
presa no vaya a contener el agua.
— ¿No hizo ninguna investigación sobre el particular?
—No —replicó Walker—. Hay muchas cosas sobre las que no he hecho una
investigación.
En la época en que Walker encabezaba la Comisión del Canal de Nicaragua, en
realidad hasta que pasó a la comisión actual, había trabajado con Morgan muchas
veces. Habían sido compañeros en una misión común, pero nunca hubo entre ellos
el menor signo de familiaridad, como tampoco los hubo durante la larga sesión
—acotaciones personales, cumplidos—, y cuando la comisión volvió a reunirse a
la mañana siguiente, Morgan reanudó su ofensiva. A menudo fue maleducado con
Walker o «resoplaba» (como expresó un periodista) exasperado ante las
respuestas de este.
No; las locomotoras que habían dejado los franceses no eran inservibles,
insistió Walker. Tendrían que ser puestas a punto, pero estaban en bastante
buen estado, al igual que muchas de las excavadoras y dragas. En las obras del
canal de Panamá no había nada que no cumpliera las normas de la ingeniería,
salvo la presa de Bohío. No; no había tenido la experiencia de estar en Panamá
durante la época de lluvias. No; no le parecía excesivo el precio de dos
millones de dólares por los mapas y los informes de los franceses. Sí; creía
que los ingenieros de la comisión estaban capacitados para desempeñar su tarea,
tan capacitados como cualquiera de Estados Unidos.
Solo cuando Morgan anunció, al cabo de una hora aproximada de interrogatorio,
que no tenía más preguntas que hacer, disminuyó la tensión que flotaba en el
ambiente. Entonces fue cuando Hanna, en marcado contraste, comenzó a hablar con
el testigo en un tono respetuoso y afable. Deseaba simplemente que el almirante
dijera a la comisión por qué —dejando a un lado el precio— debía construirse el
canal en Panamá.
—Para empezar, porque esa ruta tiene radas mucho mejores —repuso Walker—. El
canal será bastante más corto, tendrá menos curvas y con esa ruta estamos más
seguros de lo que estamos haciendo. Aunque realizamos un examen muy detenido
del curso del canal de Nicaragua, tan completo y preciso como nunca se había
hecho antes al iniciar una nueva empresa
—Permítame que le interrumpa —dijo Hanna—. ¿También tuvieron la ventaja de
contar con todas las investigaciones previas hechas por el Gobierno de Estados
Unidos en la ruta de Nicaragua?
—Sí; pero sabemos mucho menos del curso de Nicaragua que del de Panamá. Es
imposible saber lo mismo de ambos. En comparación, el trazado de Nicaragua
discurre por una comarca salvaje que no ha sido explorada tan ampliamente como
el de Panamá. Este ha sido un camino muy transitado durante doscientos o
trescientos años. Se había examinado con miras a construir un canal durante
muchos años […] y toda la zona alrededor del trazado está libre de selva, de
manera que se puede ver lo que se está haciendo. En las partes salvajes de
Nicaragua hay selva y a veces no es posible ver lo que hay a diez metros de
distancia, por lo que considero más probable que nos encontremos con una
sorpresa desagradable en el trazado de Nicaragua que en el de Panamá.
Afirmó que no tenía recelo alguno sobre ningún aspecto del proyecto de Panamá.
Además, no creía que el clima panameño fuera una amenaza mayor para la salud
que el de cualquier otro lugar de los trópicos.
—Hubo gran número de muertos cuando se construía el ferrocarril —admitió—, y
cuando los franceses empezaron a trabajar en el canal creció el índice de
enfermedades; sin embargo, la mayor parte del material de la superficie del que
al parecer procedían las enfermedades se ha eliminado y en los últimos años ha
sido tan sano estar allí como en cualquier otro país tropical.
— ¿No es posible —preguntó Hanna— que si se iniciara la construcción de un
canal en Nicaragua con mucha mano de obra, removiendo la superficie de ese
suelo y dragando, surgirían las condiciones propicias para la propagación de la
malaria?
—Sin duda —afirmó el almirante—. Tal como están las cosas ahora, la ruta de
Nicaragua es más sana porque no se ha hecho ningún trabajo de esa clase y
enferma poca gente, pero cuando se remueva el suelo habrá enfermedades, lo
mismo que en cualquier parte.
El desfile de testigos continuó durante el mes de marzo. La mayor parte de lo
que se dijo fue repetitivo o aburrido. Con frecuencia alguno de los miembros de
la comisión conducía al testigo a explayarse en sus explicaciones para recoger
algún punto oscuro. Sin embargo, se dijeron muchas cosas que no se sabían y de
un interés considerable.
Así, por ejemplo, Lewis Haupt, profesor de la Universidad de Pensilvania,
declaró que había firmado la decisión de la comisión sobre Panamá solo para que
hubiera unanimidad. A él no le parecía que Panamá fuera la ruta mejor. Alfred
Noble, otro prominente miembro de la comisión, dijo que ningún contratista
estadounidense que se respetara aceptaría el equipo de los franceses en Panamá
ni como regalo. Un tercer ingeniero de la comisión, William Burr, afirmó que
todo el trabajo que habían hecho los franceses en Panamá tendría que ampliarse
mucho, de una anchura de fondo de 30 metros y una profundidad de 8,50 metros, a
46 metros de fondo y 10,50 metros de profundidad. Señaló que de este modo sería
el canal más grande del mundo, pero no lo bastante para dar cabida a los navíos
de la Marina de Estados Unidos que se iban a construir[12]. Morgan, a
quien no gustó dicha declaración, replicó:
— ¿Espera hacer un canal para que pase el Arca de Noé o algo semejante?
—No, probablemente no —repuso Burr—. Esperamos que no haya ocasión para eso.
El nombre de Ferdinand de Lesseps se mencionó repetidas veces. Él y sus jóvenes
ingenieros franceses parecían llenar el gran salón como fantasmas. Se habló del
canal arruinado, de la maquinaria oxidada que yacía en la selva, de las tumbas
en la Colina del Mono, de los escándalos y la deshonra, y de que volvería a
suceder lo mismo si los estadounidenses iban a Panamá. Morgan estaba convencido
de que así sería. Los ingenieros afirmaron que no pasaría lo mismo. El fracaso
de De Lesseps se debió a que no se investigó a fondo el terreno, dijo el
general Abbot, del Comité Técnico. Un tema subyacente en buena parte de las
declaraciones fue que los hombres trabajadores, prácticos y morales —los
estadounidenses— podían triunfar donde otros habían fracasado. De hecho, en un
sentido inverso, la caída de los franceses y las dificultades y obstáculos de
adoptar la ruta de Panamá comenzaban a ejercer una atracción extraña. Esa
cloaca pestilente podría ser un terreno de prueba, podría brindar la ocasión de
triunfar gloriosamente, a la vista de todo el mundo, en el mismo lugar donde un
pueblo menos industrioso, menos viril y menos virtuoso había fracasado de forma
ignominiosa. Un testigo, un contratista del ferrocarril, le había contado a
Morgan en una carta: «A veces, los ingenieros son los hombres menos prácticos;
puede que les atraigan las dificultades».
Otro de los testigos de Morgan, un ingeniero notable y convincente llamado
Lyman Cooley, preguntó cómo era posible garantizar que los estadounidenses
serían el triple de honrados y competentes que los franceses, porque eso era
precisamente lo que se necesitaba.
El director de la Maritime Canal Company consiguió que las transacciones
legales que suponía la compra de sus propiedades y privilegios en Nicaragua
parecieran muy sencillas y claras. El general Edward Porter Alexander, ex
ingeniero del Ejército, aseguró a la comisión que no habría dificultades
legales para la construcción del canal de Nicaragua, y luego terminó con un
tributo a la belleza de la región que ni Morgan hubiese igualado. «Me
impresionó como uno de los países más atrayentes que yo haya visto jamás, ideal
para que un pobre hombre se gane la vida en él […] si yo tuviera que nacer de
nuevo, le pediría al ángel que me trajera que me dejara en Nicaragua.»
Sin embargo, la mayor parte del tiempo se dedicó a Panamá, y el testimonio más
impresionante fue el de George S. Morison, cuyas razones para desear que se
abriera allí el canal fueron esencialmente las mismas que las del almirante
Walker, pero expuestas por él parecían imbatibles. Morison, como alguien
señaló, era una «fuerza», un enorme baluarte humano lento y deliberado en sus
modales, lento para tomar una decisión y obstinado una vez que lo había hecho.
Afirmó que el proyecto de Panamá era sólido; cosas que veinte años atrás eran
imposibles ahora se podían realizar. Era posible construir la presa. Se podía
dominar el río. No era necesario que la presa tuviera un núcleo de mampostería;
era posible prescindir de todo ese asunto de los cajones neumáticos.
Lo que no cabía subestimar, dijo, era el tamaño de la tarea. El corte de La
Culebra sería la excavación más grande que se hubiera intentado. «Es un trabajo
que me recuerda lo que me dijo uno de mis maestros cuando estaba en Exeter
[Phillips Exeter Academy] hace unos cuarenta años: que si tenía cinco minutos
para resolver un problema, empleara tres en decidir la mejor manera de
hacerlo.» Habría que dedicar no menos de dos años, afirmó Morison, en
preparaciones para la tarea.
Una vez más, como en el caso de Walker, Hanna le preguntó por el problema de
las enfermedades. «Si los informes son acertados —respondió Morison—, podremos
deshacernos de la fiebre amarilla matando los mosquitos.» Nadie pareció
comprenderlo, nadie pareció interesarse lo más mínimo y no se volvió a hablar
sobre ello en el curso de las audiencias.
El último testigo, un viejo congresista retirado de Nevada que había pasado
algún tiempo en Nicaragua medio siglo antes, compareció el 10 de marzo. Tres
días más tarde, el comité se declaró favorable al Proyecto de Ley Hepburn: la
comisión quería un canal en Nicaragua. La votación fue de siete contra cuatro,
exactamente igual que habría resultado si la hubiera realizado antes de que
empezaran las audiencias.
Las probabilidades en contra de la victoria de Panamá en el Senado aparecían
ahora de cien a uno. También había la impresión de que se había desperdiciado
mucho tiempo hablando para nada. Y en contraste con los sucesos que se
sucederían poco después, el testimonio aportado por los ingenieros parecía
particularmente anodino y sin importancia. Pero la defensa de Panamá no había
pasado inadvertida en ciertos sectores, lo cual iba a resultar de gran
importancia. Un incidente que ocurrió en Brooklyn, por ejemplo, llamó la
atención a los periódicos de Nueva York, y también casi con seguridad al
inquilino neoyorquino de la Casa Blanca. Durante un banquete ofrecido el 16 de
marzo en Brooklyn en honor del ingeniero C. C. Martin, uno de los constructores
del puente de Brooklyn, habló como orador principal Irving M. Scott, de San
Francisco, jefe de la Union Iron Works y constructor del acorazado Oregon.
Escogió el tema del canal. «Es necesario que tengamos ese canal. Poco me
importa que sea en Nicaragua o Panamá; lo indispensable es que lo tengamos.»
Pero sí le importaba al auditorio, formado en su mayoría por ingenieros
civiles. «¡Panamá, Panamá!», gritó uno. En un instante, todos los presentes se
pusieron de pie y comenzaron a agitar sus pañuelos, gritando al unísono:
«¡Panamá, Panamá!».
II
Por irónico que resulte, uno de los aspectos que apenas se había
tocado en el curso de los debates fue el de las «alteraciones sísmicas».
La comisión había descartado por completo la actividad sísmica como una amenaza
seria para los canales, cualquiera que fuese su ubicación, pero entre los
volcanes y los terremotos, estos se consideraban un peligro más serio. Se
habían registrado catorce terremotos a lo largo del trazado de Nicaragua,
señalaba el informe, incluido el de 1844, que causó graves daños a 6,5 kilómetros
del trazado. Sin embargo, como indicaba dicho informe, los canales eran
estructuras subterráneas; incluso las represas propuestas iban a tener una base
tan amplia que casi formarían parte del suelo; y las esclusas se cimentarían en
roca.
De los catorce volcanes localizados en Nicaragua, solo uno había dado señales
de actividad desde la época española y todos, con excepción de uno —el de
Ometepec, situado en una isla del lago de Nicaragua—, estaban a una distancia
bastante considerable del trazado propuesto para el canal. Hasta el volcán de
Ometepec se encontraba a 21 kilómetros de la ruta que seguirían los barcos para
atravesar el lago; desde el Ometepec hasta el lugar más próximo donde debería
haber una esclusa había más de 32 kilómetros.
Sin embargo, a finales de abril de 1902, en la isla caribeña de la Martinica,
situada a unos 2.400 kilómetros de Nicaragua, un enorme volcán que se creía
apagado, la Montaigne Pelée, comenzó a rugir y a lanzar enormes nubes de ceniza
caliente. Después, la noche del 2 de mayo, la montaña entera experimentó
violentas sacudidas, acompañadas de explosiones subterráneas aterradoras. Sobre
la ciudad de Saint Pierre, llamada «el pequeño París», llovió ceniza volcánica
y varios kilómetros de mar se llenaron de pájaros muertos. A partir de ese
momento, el volcán experimentó sacudidas intermitentes. A las 7.52 de la mañana
del 8 de mayo, la montaña entera hizo explosión. La ciudad de Saint Pierre
quedó borrada del mapa en cosa de dos minutos. Fue uno de los mayores desastres
de todos los tiempos. Los marineros de un barco fondeado a unos trece
kilómetros de la costa sintieron la ráfaga caliente. Un hombre que observaba
desde la ladera de una distante montaña declaró que le había parecido «que toda
la isla de la Martinica resbalaba hacia el mar». Murieron cerca de treinta mil
personas y sobre la isla, suspendida en el cielo, quedó una densa nube negra de
más de ochenta kilómetros de diámetro. El único sobreviviente en Saint Pierre
fue un prisionero que estaba encerrado en un calabozo subterráneo y que no se
enteró de lo que había pasado hasta que fue rescatado.
En la Casa Blanca, prescindiendo de toda burocracia, Roosevelt ordenó al
crucero Cincinnati que zarpara de inmediato rumbo a la
Martinica, y al carguero Dixie, que lo siguiera, llevando raciones
del ejército, medicinas y médicos. Le pidió al Congreso una asignación de
auxilio y este concedió de inmediato 200.000 dólares. Mientras tanto, la
Montaigne Pelée siguió erupcionando de forma contenida.
Para Philippe Bunau-Varilla la noticia parecía caída del cielo. «¡Qué giro tan
inesperado de la rueda de la fortuna! —escribió—. Aunque la cuestión volcánica
no era mi argumento más fuerte contra Nicaragua, sí era el más comprensible, y
aquella erupción lo hizo cien veces más impresionante.»
Durante los últimos meses había andado persiguiendo a los editores de
periódicos y hablando con Hanna y con cualquiera que se prestara a escucharlo
con un fervor tan fanático que llegaron a París noticias de que se había vuelto
loco. Ahora se lanzó a la acción con mayor furia. Envió a la Casa Blanca una
carta que hablaba de la «terrible lección» de la Montaigne Pelée, y otra
versión más elaborada les llegó a Hanna y Spooner. También envió un llamamiento
apasionado, con el membrete del Waldorf Astoria, a John Tyler Morgan.
En Nueva York, puso una vez más en acción al anciano John Bigelow. Por su
mediación concertó una entrevista con Edward P. Mitchell, dueño del Sun,
cuyo resultado fue un vigoroso editorial declarando que ya no se podía
prescindir de «la amenaza de los volcanes» en Nicaragua.
Por increíble que parezca, el 14 de mayo llegó un despacho de Nueva Orleans que
describía la erupción del Momotombo en la mismísima Nicaragua. «Ahora, hasta
las montañas de Nicaragua se han conjurado para derrotar el gran objetivo de la
vida del senador Morgan», observaba Mitchell en el Sun. Se decía
que el Momotombo lanzaba enormes lenguas de fuego al cielo y un terremoto
simultáneo parecía haber lanzado al lago de Managua un muelle entero. El 20 de
mayo, la Montaigne Pelée hizo explosión por segunda vez, arrasando lo que
quedaba de Saint Pierre, y en la isla de Saint Vincent, al sur de la Martinica,
entró en erupción otro volcán.
A petición de Morgan, el ministro de Nicaragua en Washington telegrafió a
Managua para verificar la noticia sobre el Momotombo. Mientras tanto, Morgan
había obtenido seguridades por parte de John Hay de que el presidente no diría
nada sobre el asunto del canal. «Prefiere, como el presidente McKinley
—afirmaba Hay en su carta—, que sea el Congreso el que decida sobre la
cuestión.» El 14 de junio debían comenzar los debates en el Senado. El 3 de
junio, el ministro de Nicaragua le presentó a Morgan la copia de un telegrama
enviado desde Managua y firmado por José Santos Zelaya, presidente de
Nicaragua:
NOTICIAS PUBLICADAS ACERCA RECIENTES ERUPCIONES DE VOLCANES Y
TERREMOTOS EN NICARAGUA, ENTERAMENTE FALSAS.
«Puedo agregar —escribió el ministro de Nicaragua en una carta
adjunta dirigida a Morgan— que en Nicaragua no se ha registrado actividad
volcánica desde 1835, y entonces el Conseguina lanzó humo y cenizas, pero no
lava. No hubo muertos ni heridos, ni se registraron destrucciones de casas por
aquel motivo.» Momotombo se hallaba a 160 kilómetros del trazado donde se
proyectaba construir el canal.
El nombre del ministro era Luis Correa. Es imposible determinar si recibió
realmente ese telegrama del presidente Zelaya o fue él el responsable de la
copia que entregó a Morgan. Sea como fuere, Momotombo había hecho erupción; el
telegrama atribuido al presidente Zelaya era falso.
Fue el anciano Morgan quien pronunció el primer discurso el miércoles 4 de
junio de 1902, cuando se iniciaron en el Senado los debates sobre el Proyecto
de Ley Hepburn. «Señor presidente: No quisiera iniciar las discusiones sobre
esta importante medida envuelto en las nubes de humo y cenizas volcánicas que
sus opositores, fuera del Senado, han puesto como un palio funerario sobre su
ataúd, y creo conveniente tratar de limpiar la atmósfera.»
Leyó la carta de Luis Correa y luego otras dos de su amigo William Merry,
ministro de Estados Unidos en Managua, quien hacía hincapié en que no se había
producido ninguna alteración sísmica en el trazado propuesto para el canal.
Pero su discurso se centró fundamentalmente en el ataque contra Panamá debido a
la violencia política, «por su población turbulenta y por sus alteraciones
sísmicas». Leyó el dramático relato de un testigo ocular, publicado en el Star
& Herald de Panamá, sobre la destrucción causada por el terremoto
de 1882. Si las alteraciones sísmicas eran la única forma de derrotar el
proyecto de Nicaragua, lamentaba tener que informar de que la derrota
alcanzaría también a Panamá.
Durante un tiempo, los senadores se vieron sometidos a una lección de
geopolítica, pues Morgan explicó la relación especial de Panamá con el resto de
Colombia debido a la geografía. Tomando como libro de texto la Historia
de América Central de Bancroft, explicó el Tratado de Bidlack y el
delicado carácter de los compromisos de Estados Unidos en Panamá. La única
solución posible a la desmoralización política de Panamá, afirmaba el inmortal
Bancroft, sería un gobierno fuerte «proporcionado desde el extranjero». ¿Quería
decir esto que el historiador recurría a la retórica para pedir que Estados
Unidos —«como la potencia más interesada en conservar la independencia de la
ruta de agua de Panamá»— tendría que asumir «el dominio total para beneficio de
todas las naciones»? Solo el tiempo lo diría, había escrito Bancroft. Solo el
tiempo lo diría, repitió el frágil senador de cabello blanco de Alabama. Eso,
añadió mirando a su alrededor, era lo que más le preocupaba. Si Estados Unidos
decidía hacer un canal en Panamá, se vería obligado antes o después a tomar
Panamá por la fuerza. Y no quería tomar parte en eso. «Envenenaría
el sentimiento de las gentes contra nosotros en las repúblicas latinoamericanas
del hemisferio occidental y se afilarían los dientes contra nosotros […]
empañaría nuestro honor nacional entrar en Panamá proclamando que nuestro
propósito es construir un canal y proceder con su anexión.» Había llegado el
momento de las lamentaciones: «Y ninguna necesidad real de anexión, por
imperativa que sea, excusaría nunca ni paliaría ese resultado en opinión de los
pueblos latinoamericanos. Si esa medida se tomara como una necesidad para
proteger el canal, seguiría siendo el error más garrafal en el que pudiéramos
caer».
El sitio para hacer el canal continuaba siendo Nicaragua, «donde todo el pueblo
está esperando la llegada de Estados Unidos para recibir su ayuda con firmes
esperanzas y una cálida bienvenida a su hermosa tierra, fértil y saludable».
Morgan no era un orador consumado. Solía hacer largas pausas para enmarcar las
frases, y aquel discurso, como todos los suyos, resultaba mejor leído que
escuchado. Concluyó con un llamamiento a un acto de bondad hacia su amado sur:
«Yo quisiera hacer brillar esas tierras con el florecimiento de la próspera
industria y devolver a mis hermanos la conciencia de que ellos también viven y
se mueven en la corriente de los acontecimientos humanos. Tengo la esperanza de
ver las aguas del golfo de México y del Caribe tan llenas de comercio como la
bahía de San Francisco».
Había hablado unas dos horas y media, sin mencionar en absoluto consideraciones
de ingeniería.
Al día siguiente, 5 de junio, poco después de las dos de la tarde, Marcus
Alonzo Hanna entró cojeando en la sala del Senado para pronunciar el discurso
más importante de su larga carrera. Detrás de él, agobiado bajo una carga de
libros, papeles y folletos, avanzaba uno de sus secretarios.
El recinto estaba casi lleno y por todas partes colgaban grandes mapas y
planos. Un mapa enorme de América Central y las islas del Caribe pendía desde
la galería hasta el suelo. Mostraba la situación de los principales volcanes,
activos o apagados: los activos, marcados en rojo, y los apagados, en negro; y
podía verse una hilera de puntos rojos que corría sin interrupción desde la
frontera entre México y Guatemala en el Pacífico hasta Costa Rica. Había ocho
puntos rojos en Nicaragua. En la provincia colombiana de Panamá no había
ninguno. También, como advirtieron enseguida muchos observadores, la Montaigne
Pelée, en la Martinica, estaba marcada en negro como volcán apagado.
Los planos y los mapas eran ampliaciones de los que acompañaban el informe de
la Comisión Walker, de cuyas copias disponían desde hacía tiempo todos los
miembros del Senado. Hanna, que tenía instinto para la promoción, sabía el
efecto que produciría ese despliegue. Jamás se había hecho en el Senado una
exposición geográfica a tan gran escala.
«La galería estaba repleta de damas, diplomáticos, reporteros y enviados de las
potencias», informaba un periódico. Toda la mañana habían estado sonando los
teléfonos de la ciudad para comunicar que Hanna iba a hablar.
Mal comprendido en su época y ampliamente olvidado una vez que salió de escena
el último representante de su generación, Marcus Alonzo Hanna era un hombre
sencillo, brillante y eminentemente práctico, de palabras claras, que había
hecho un negocio de la política y se convirtió en lo más cercano que haya
existido a un jefe político nacional. Había sido comerciante de carbón,
ferretero y dueño de periódicos y de barcazas para el transporte de mineral.
Era un hombre recio, pero de aspecto suave, calvo, con grandes ojos castaños y
achaques de reumatismo. Había colocado a su muy querido amigo William McKinley
en la Casa Blanca, organizando la mayor campaña electoral y gracias a su aguda
percepción política. Cuando McKinley nombró secretario de Estado al senador
Sherman, hizo que Hanna ocupara su escaño vacante en el Senado. Todavía seguía
ocupando dicho escaño y no había tenido una actuación destacada en el Senado.
Consideraba que los discursos políticos eran «viento y nada más».
Sin embargo, ya se hablaba de la designación de Hanna como candidato a la
presidencia para las elecciones de 1904, y esa era la razón por la que había
despertado tanta expectativa el discurso que iba a pronunciar. Porque mientras
manifestaba sus posibles ambiciones presidenciales, la idea del viejo «Tío
Mark», favorable a los negocios, amigo de los obreros, recibido en las fiestas
más suntuosas, ocupando la Casa Blanca con su propio estilo, resultaba muy
atrayente para mucha gente y sobre todo para los magnates de Wall Street, que
consideraban a Roosevelt «poco seguro». Además, la historia parecía estar de
parte de Hanna. De los cuatro vicepresidentes que habían ocupado la presidencia
por la muerte del presidente, ninguno había sido designado por su partido como
candidato para el cargo.
«Llevará gran cantidad de material —informó Cromwell a Bunau-Varilla el día
anterior—, pero asegura que no va a utilizar casi nada, porque piensa hablar de
la forma sencilla y directa que acostumbra.» Cromwell, que estaba sentado en la
galería cuando Hanna hizo su entrada, era el responsable de uno de los
volúmenes de testimonios que se hallaba en los brazos del secretario que lo
seguía. Unos ochenta y tres dueños de barcos, capitanes mercantes, pilotos y
oficiales, las personas que se beneficiarían con el canal, habían firmado una
petición en favor de Panamá. El abogado había redactado un cuestionario
comercial sobre los vientos favorables para la navegación, las condiciones
meteorológicas, la curvatura del canal, el remolque y la navegación nocturna,
y, valiéndose de sus contactos en Wall Street, se había ocupado de enviar
copias a los más altos directivos de las líneas navieras como la Cunard, la
White Star, la American y la Red Star. Solo dos habían afirmado que se
arriesgarían a que sus barcos cruzaran el canal de Nicaragua por la noche;
ninguno pensaba que dicho canal representaría un gran ahorro de tiempo, pues
era muy largo, y sin excepción convinieron en que cuanto más corto fuera el
canal, cuanto menos tiempo se pasara en él, habría menos riesgos para sus
barcos y el canal sería mejor.
Bunau-Varilla, tan activo como Cromwell, había aportado una serie de ingeniosos
diagramas hechos por él mismo, basados en los datos estadísticos de la comisión
del canal, que señalaban todas las ventajas de Panamá para la ingeniería y la
navegación. Los diagramas eran tan sencillos como el dibujo de un niño y tan
claros que bastaba una mirada para comprenderlos. Hanna entendió enseguida su
valor. El problema inevitable de los informes técnicos era que solo unos
cuantos los leerían, y la única ventaja que Panamá podía reclamar era su
superioridad técnica. Así pues, se había dispuesto que los folletos con los
diagramas se distribuyeran en abundancia entre los senadores al finalizar el
discurso.
La oratoria de Hanna era peor aún que la de John Tyler Morgan. Por añadidura,
su salud no era muy buena y se vería obligado a extender sus comentarios
durante dos días, pues el primero se detuvo de improviso tras haber permanecido
de pie poco más de una hora. Pero tenía un modo de hablar cautivador, no
parecía que estuviera soltando un discurso. Hacía que las cosas parecieran
fáciles y sensatas. Había concebido todo el tema como una propuesta de
negocios. Era la voz del sentido común hablando de la empresa estadounidense,
del norte, del poder y de los «hechos obstinados», como él los llamaba. «Ese
anciano llano, con su discreto traje gris —escribió uno de sus biógrafos—,
estaba logrando que surgiera tensión dramática en el ambiente cálido del
Senado, mientras seguía charlando, explicando esta inversión sin frases
elocuentes.»
Hemos pasado de la etapa experimental, empezó diciendo. Hemos pasado de la
etapa sentimental; queremos la mejor ruta, queremos el mejor canal, queremos un
canal que responda a las necesidades del mundo entero; lo construiremos no solo
para hoy o el año próximo, sino para siempre.
«Gracias a la política estadounidense, amplia y liberal, luchamos por construir
un canal para el mundo. Yo comprendo a todos aquellos que en otras épocas se
esforzaron por lograr un canal en el Istmo y solo tenían una estrella como
guía, Nicaragua; ahora deben sentir que traicionan a un viejo amigo si la dejan
de lado. Pero en esta época de progreso y desarrollo, señor presidente, el
pueblo estadounidense tiene los ojos puestos en el Congreso para que le
responda sin tener en cuenta los sentimientos.»
De Lesseps no era un necio. En Panamá podía haber una posibilidad para el canal
al nivel del mar; en Nicaragua jamás existiría esa opción. En Panamá había
inestabilidad política, pero lo mismo sucedía en toda América Central. Además,
un canal estadounidense proporcionaría paz.
Fue entonces cuando sus piernas ya no pudieron sostenerlo. Dijo que estaba tan
cansado que no podía continuar y se sentó, causando una conmoción en la
galería. Pero al día siguiente estaba allí de nuevo y siguió hablando como si
no hubiera pasado nada.
Panamá era el lugar indicado para construir el canal por las siguientes
razones, comenzó diciendo Hanna, mientras su secretario, sentado detrás de él,
le entregaba unos papeles. Primero: El canal de Panamá sería 134,5 millas más
corto de un extremo a otro. Segundo: Tendría un número considerablemente menor
de curvas. Tercero: El tiempo que emplearía para recorrerlo un barco de vapor
sería menos de la mitad que el necesario para recorrer el de Nicaragua —doce
horas frente a treinta y tres—. Cuarto: Panamá necesitaba menos esclusas.
Quinto: Panamá tenía mejores puertos. Sexto: Panamá era «un camino trillado
para la civilización». Séptimo: Panamá tenía un ferrocarril «perfecto en todos
sus aspectos». Octavo: Costaría menos el funcionamiento de un canal en Panamá.
Noveno: Todas las cuestiones de ingeniería y las cuestiones prácticas
comprendidas en la construcción del canal de Panamá están bien establecidas y
aseguradas.
No quería que nadie subestimara la importancia de la novena razón. Los ingenieros querían
un canal en Panamá, y había que escucharlos. «Porque, señor presidente, ahora
se hacen muchísimas cosas que hace cincuenta años eran insospechadas, jamás se
habían soñado ni pensado posibles como producto de la inteligencia humana y de
la genialidad de la ingeniería. Ahora ya es casi un refrán que en manos de un
ingeniero hábil no hay nada imposible.»
Morgan había pedido más prosperidad para su tierra natal del sur. Hanna afirmó
que en una decisión tan seria no deberían tomar parte los sentimentalismos, los
sectarismos ni los personalismos. Morgan había citado la preferencia de las
anteriores comisiones por Nicaragua. Hanna pidió a sus colegas que no
recordaran el pasado, sino que pensaran en el futuro.
Cuando el senador Mitchell, ardiente defensor de Nicaragua, trató de intervenir
mientras Hanna estaba leyendo el informe de Cromwell sobre las respuestas de
los capitanes de barco para saber quién era el autor de un documento tan
cuestionable, este le replicó: «No quiero que me interrumpan, porque estoy muy
cansado».
Concluyó haciendo una advertencia. Si Estados Unidos decidía construir un canal
en Nicaragua, ¿quién o qué podría impedir a otras potencias —con lo cual
señalaba a Alemania— terminar la construcción del canal de los franceses? Y
entonces «nuestros competidores tendrían todas las ventajas».
«Mais, il est formidable!», se oyó señalar al enviado ruso.
Fue el mejor discurso de los que había pronunciado Hanna. No hubo frases
altisonantes, pero sí produjo un efecto muy raro en el Senado: algunos votos
cambiaron. Un senador le dijo a Hanna que había titubeado hasta ese momento,
pero que estaba decidido a votar por el «canal de Hannamá».
Pese a todo, las fuerzas de Hanna sintieron que el viento soplaba en contra al
continuar los debates en los días siguientes. Un discurso en favor de
Nicaragua, pronunciado por el senador Harris, fue aclamado por los periódicos.
Corrieron insistentes rumores de que el fantasma de los volcanes de Nicaragua
había sido inventado por Hanna y su corte. La embajada nicaragüense continuó
negando que se hubieran producido alteraciones sísmicas y en el Star de
Washington apareció una caricatura de Hanna ante un caballete salpicando de
volcanes en Nicaragua la tela para delicia de dos espectadores, Philippe
Bunau-Varilla y James J. Hill, jefe del Gran Ferrocarril del Norte (en
Minneapolis, Hill había hablado a los reporteros sobre los «asnos» del Congreso
y sobre el «detestable y torcido» canal de Nicaragua, y había agregado que
tenían la terquedad de una mula y que no abandonarían su idea «hasta que un
volcán nicaragüense hiciera erupción debajo de su asiento»), Hanna se enfadó al
ver la caricatura y trató de pergeñar una respuesta contundente con Cromwell y
Bunau-Varilla.
«Era absolutamente necesario responder con énfasis —recordó Bunau-Varilla—,
pero ninguna respuesta tendría peso si no contaba con respaldo oficial. ¿Cómo
podría obtener un documento de ese tipo? Nicaragua estaba lejos, Las
autoridades del país habían demostrado su mala fe. Parecía imposible obtener
algo […] Solo quedaban seis o siete días.»
Entonces se acordó del sello de Correos.
«A las naciones jóvenes —había escrito en un folleto el año anterior— les gusta
poner en su escudo de armas lo que mejor simboliza su actitud moral o una
característica de su suelo nacional. ¿Qué escogieron los nicaragüenses para
caracterizar a su país en el escudo de armas y en los sellos de Correos?
¡Volcanes!»
Conocía el sello perfecto, un bonito sello de un centavo de Nicaragua que
mostraba un andén de ferrocarril en primer plano y en el fondo el Momotombo «en
magnífica erupción». Recorrió todas las tiendas filatélicas de Washington y
consiguió comprar noventa de esos sellos, uno para cada senador. Pegó los
bonitos sellos sobre hojas de papel y al pie escribió: «Un testigo oficial de
la actividad volcánica en el istmo de Nicaragua». El sello llegó a manos de
cada uno de los miembros del Senado en el correo de la mañana del lunes 16 de
junio, tres días antes del voto decisivo. Bunau-Varilla declaró que había
disparado el último cartucho de la batalla.
Pero no fue así. El último disparo, lo mismo que el primero, lo realizó el
viejo Morgan. Al día siguiente se levantó de su asiento una vez más para
intervenir en el debate, blandiendo el nombre de William Nelson Cromwell como
un látigo, impulsado por los años de odio contenido hacia la «humillante y
detestable» intromisión del abogado en las decisiones y la política del
Gobierno de Estados Unidos.
Ni las declaraciones sobre los volcanes ni la más ingeniosa propaganda podrían
encubrir las maniobras insidiosas de aquel agente contratado, dijo Morgan. «He
seguido las huellas de ese hombre […] desde el principio de toda esta
cuestión.» Había sido Cromwell quien proporcionó a Hanna todos los datos que
después apoyó el senador y quien introdujo los intereses comerciales de la
nefasta compañía francesa en la legislación del Congreso, en las audiencias, en
las deliberaciones de las comisiones técnicas. «No ha dejado de aparecer en
ninguna parte en este asunto.» Era un hecho establecido, y Morgan no deseaba
saber nada más de dicho individuo. «No me atrevería a seguirlo cuando no actúa
en la superficie.»
Panamá, declaró el viejo senador, era «la incubadora de la muerte»; los que
quisieran meterse en ella, que lo hicieran.
El 19 de junio, después de catorce días, terminó el debate. El informe de la
mayoría —en favor del canal de Nicaragua— había sido defendido por Morgan,
Harris, Mitchell, Turner, Perkins, Stewart y Pettus. Además de Hanna, hablaron
en defensa de la minoría —en favor del canal de Panamá— Kittredge, Cullom,
Gallinger, Teller, Allison y Spooner. La mayor parte del tiempo la galería
había permanecido repleta; la prensa y todo el país habían seguido paso a paso
los debates. Hanna afirmaba tener seguros cuarenta y cinco votos, exactamente
la mitad del Senado. Todo el mundo sabía que el margen de la votación sería muy
estrecho.
La prueba llegó la tarde del día 19. La votación fue de 42 contra 34. Panamá
había ganado por ocho votos. Si hubiera habido una diferencia de solo cinco
votos, el resultado hubiese sido un canal en Nicaragua.
III
Hubo muchas felicitaciones entre Hanna, Spooner, Cromwell y
Bunau-Varilla. Se enviaron telegramas y cartas de agradecimiento a los
partidarios de Cincinnati y Chicago, y se recortaron y guardaron numerosos
editoriales. Bunau-Varilla calificó los resultados de «reivindicación
concluyente». A Hanna se le advirtió que ya tenía para siempre un lugar en la
historia. Cromwell, muy satisfecho, contaba a todo el mundo que él había
escrito la mayor parte del discurso de Hanna.
Con el correr del tiempo, se conocieron los detalles de lo que había sucedido,
y Cromwell y Bunau-Varilla fueron halagados (o criticados) por los papeles que
habían desempeñado en la sorprendente victoria que, como afirmaría un
historiador, figura entre las obras maestras del arte del cabildeo. También la
actuación de Hanna fue tomada muy en cuenta por sus colegas del Senado. El
senador Orville Platt calificaría su discurso del más eficaz de cuantos había
escuchado en su carrera política. El senador Frye confesó que Hanna lo había
convertido a su causa después de una vida dedicada a abogar por Nicaragua.
Pelée y Momotombo iban a figurar también de forma destacada en todos los
relatos posteriores sobre «la Batalla de las Rutas», y bien se lo merecían. De
no haber sido por esas oportunas erupciones durante la primavera, tal vez el
Senado no hubiese votado como lo hizo.
Es imposible precisar cuánto influyó el sello de un centavo, ni si fue capaz de
cambiar algún voto. Tal vez no causó ningún efecto, a pesar de las
aseveraciones de Bunau-Varilla. Es posible que sus diagramas hayan tenido un
efecto más decisivo. Pero el sello fue, sin duda, una treta muy hábil de
propaganda, más valiosa que decenas de miles de palabras de algún senador, y
además sirvió de tema de conversación durante la sobremesa en París y Nueva
York durante muchos años.
Pero un estudio detallado de los hechos y algunas conjeturas razonables
sugieren que hubo otra figura mucho más influyente de lo que pareció a primera
vista, un hombre que se merece nuestro reconocimiento. Fue George E. Morison.
Si nos remontamos en la cadena de acontecimientos que llevaron a la votación
del Senado, teniendo en cuenta quién influía sobre quién y cuándo, y si se
recuerda que Morison, a diferencia de Hanna, Bunau-Varilla o Cromwell, no se
preocupó de glorificar sus contribuciones, lo veremos surgir como al mayordomo
al final de la novela de misterio, es decir, como la figura siempre presente, a
menudo discreta y muy útil, a cuyo alrededor giraba toda la trama.
Lo más significativo en el resultado de «la Batalla de las Rutas» fue que se
decidió por los aspectos técnicos. Fue la opinión técnica, el juicio de los
ingenieros, el que triunfó en el Senado. La situación fue justo la contraria a
la que se presentó en el congreso de París de 1879 y, sin embargo, en ambos
casos Panamá fue el resultado victorioso. El poder emocional, la fuerza de la
personalidad —Morgan—, estuvieron esta vez del lado de Nicaragua. En París
fueron los ingenieros —Menocal, Eiffel y otros— los que pidieron una decisión
en favor de Nicaragua.
El ingeniero que mejor se expresaba y el defensor de Panamá más tenaz fue
Morison. Bunau-Varilla lo señaló como el líder de la comisión. Fue Morison
quien el verano de 1901, antes del asesinato de McKinley, se opuso a la
tendencia a concluir el asunto con una decisión unánime en favor de Nicaragua,
puesto que la compañía francesa se negaba a establecer un precio. Fue Morison
quien escribió el informe de la minoría en favor de Panamá. Y fue Morison el
que hizo todo lo posible por convencer a los miembros de la comisión, sobre
todo a Walker, de que era posible construir la presa de Bohío, y también fue él
quien después convenció a Mark Hanna.
En efecto, Morison parece haber influido a todos en un momento o en otro, salvo
a Morgan, por supuesto; y lo que es más importante, parece que fue quien logró
la conversión de Theodore Roosevelt. Alguien lo hizo, sin duda. No pudo haber
sido Cromwell ni tampoco Bunau-Varilla, pues por entonces ninguno de los dos
tenía acceso a la Casa Blanca. Tampoco fue Hanna.
La prueba más sólida con que se cuenta es una carta que Morison escribió al
presidente con fecha de 10 de diciembre de 1901, donde pone de manifiesto con
claridad los motivos técnicos por los que era necesario construir el canal en
Panamá, así como su renuencia a aceptar Nicaragua como única opción.
La fecha es importante porque nos indica que Roosevelt recibió la carta antes —un
mes antes— de convocar a los miembros de la comisión de uno en uno para que le
explicaran las cosas con sus propias palabras.
El mismo Morison sabía muy bien lo que había logrado, puesto que unos años más
tarde su amigo y confidente, el doctor Leonard Waldo, de Peterborough (Nueva
Hampshire), médico de la familia, escribía que Morison, «casi solo», había
cambiado la opinión oficial respecto al canal, y no es probable que el médico
haya tenido otra fuente para dicha afirmación que el mismo George S. Morison.
También resulta significativo el hecho de que Morison fuera precisamente el
tipo de hombre que Theodore Roosevelt admiraba, escuchaba y confiaba. Toda su
carrera se fundaba en la inteligencia y la audacia. Se hallaba en la cumbre de
su profesión por lo que había hecho, y por haberlo logrado a pesar de sus
antecedentes. Era hijo de un predicador, cursó estudios clásicos en Harvard y
se hizo ingeniero por sí mismo, estudiando y desarrollándose por su propia
cuenta gracias a su poderosa voluntad. Era un estudiante inteligente, pero no
había destacado entre sus compañeros cuando ingresó en la Facultad de Derecho
de Harvard, donde terminó la carrera al mismo tiempo que el juez Holmes. Pero
el derecho le aburría —lo mismo que a Ferdinand de Lesseps y a Roosevelt—, así
que decidió hacerse ingeniero para «llevar una buena vida y ser de utilidad».
A diferencia de Roosevelt, Morison era un soltero empedernido y bastante
mojigato. El único defecto que admitía era su incapacidad para manejar
caballos. «Hay una clase de hombres —dijo en cierta ocasión— a los que les
gustan los animales y saben cómo manejarlos, especialmente los caballos; por
regla general, esa clase de hombres gozan de gran popularidad entre los demás y
se conocen como "buenos tipos", pero esos hombres suelen ser tipos de
moral relajada.» A Morison nunca se le conoció como «un buen tipo». Era
arrogante, inflexible, poco simpático, un hombre al que había que admirar a
distancia.
Probablemente fuera su total franqueza, su inconmovible aire de autoridad, lo
que más atrajo a Roosevelt. También tenían en común los estudios en Harvard, el
amor por la lectura y el mutuo interés por el oeste. Pero además Morison era
brillante, sabía bien lo que se proponía y cómo comunicárselo a otros hombres
inteligentes. «No me gusta salir a comer con Morison porque siempre discute con
el camarero —observó cierta vez un famoso ingeniero—; pero confío más en sus juicios
que en los de cualquier otro ingeniero de los que conozco.»
Roosevelt llegó a reconocer que al principio apoyaba la opción de Nicaragua
hasta que los ingenieros le hicieron pensar de otro modo. No se sabe si hablaba
con Morison con frecuencia, pero es fácil imaginárselos expresándose con mucha
franqueza. Si Morison hubiese vivido, es probable que Roosevelt le hubiera
pedido que se ocupara de la construcción del canal. Tal vez lo habría nombrado
jefe de ingenieros; pero Morison murió en 1903, a los sesenta años, durante la
primera enfermedad que había sufrido desde su infancia.
El hecho importante es que Theodore Roosevelt había quedado convencido de que
era necesario elegir la ruta de Panamá desde un punto de vista estrictamente
técnico y objetivo. Y para comprender bien los movimientos siguientes de
Roosevelt hay que tenerlo presente. «Yo tomé el Istmo», iba a ser su
declaración arrogante e infortunada; pero en un sentido muy real y crucial,
tranquila y racionalmente, sin fanfarrias, mucho antes de la revolución de
Panamá, él «tomó el Istmo» porque los hombres que iban a construir el canal le
aseguraron que Panamá era el sitio para hacerlo. Esa trascendental decisión
política fue determinada por los asesores técnicos al comienzo del nuevo siglo.
Y Panamá era la mejor opción, como había afirmado George Morison, y por las
razones que él, Hanna y los demás habían señalado. Teniendo en cuenta el tipo
de canal que se necesitaba, considerando el tamaño de los buques de la época y
todas las ventajas ofrecidas por las dos rutas, Panamá era la más indicada.
Pero la elección no era tan clara como Bunau-Varilla quiso hacer creer, y
aunque la construcción de un canal en Nicaragua hubiera requerido más tiempo y
dinero, no habría sido un fracaso. Además, si se hubieran tomado en cuenta
cuestiones tan ajenas a la ingeniería como la salud y la política
centroamericana, tal como Morgan había insistido, la elección resultaría más
debatible tanto entonces como en la actualidad.
El 26 de junio, la Cámara aprobó el Proyecto de Ley Spooner por la abrumadora
mayoría de 259 votos contra 98, aunque Morgan había hecho saber a las fuerzas
favorables a Nicaragua en la Cámara que el juego no había terminado, porque no
sería posible obtener un título formal sobre las propiedades francesas y el
Gobierno tendría que recurrir a Nicaragua. « ¡Abrid paso al canal! — gritó un
congresista—. ¡Abrid paso al canal!»
El presidente firmó el Proyecto de Ley Spooner dos días más tarde, el 28 de
junio de 1902, y se convirtió en ley.
Capítulo 12
Aventura empleandola trigonometría
«El plan me parece bueno.»
MANUEL AMADOR
I
Aunque las negociaciones para el tratado del canal con la
República de Colombia se habían iniciado bastante antes de la aprobación de la
Ley Spooner, hasta enero del año siguiente no se firmó el acuerdo, y para
quienes participaron de forma más directa en su consecución fue la experiencia
más tortuosa y difícil de su vida profesional. El doctor Carlos Martínez Silva,
el primero de los tres diplomáticos colombianos que sucesivamente tomaron parte
en ellas, fue retirado en un estado de completo agotamiento y murió más o menos
al año de haber regresado a casa, al parecer víctima de la tensión sufrida en
Washington. Su sustituto, el doctor José Vicente Concha, sufrió un colapso
físico y emocional después de renunciar a su puesto y se dice que tuvo que ser
embarcado en Nueva York sujeto con una camisa de fuerza. Incluso el indomable
William Nelson Cromwell sucumbió a un largo período de «agotamiento nervioso»
en octubre. Para John Hay fue el más desgraciado y exasperante episodio de su
larga carrera.
Para comenzar, la rutina del Departamento de Estado se había visto muy alterada
por lo que el biógrafo de Hay describiría como «una nueva fuerza impulsora», el
hombre que estaba en la puerta de al lado, en la Casa Blanca. Sin embargo, los
colombianos habían sido la irritación dominante, de los cuales en 1903 incluso
el moderado y educado Hay podía hablar casi tan despectivamente como lo había
hecho Roosevelt. Acostumbrado a tratar con profesionales diestros y de mundo
como Julian Pauncefote —un hombre muy semejante a él—, Hay se había visto
obligado a negociar con una serie de latinoamericanos nerviosos e inexpertos
que consultaban con Bogotá cada uno de sus movimientos. Las comunicaciones con
la capital colombiana eran terribles. Un intercambio oficial de cartas entre el
ministro en Washington y su Gobierno podría tardar de tres a cuatro meses, y
las posiciones de Bogotá, frecuentemente enigmáticas y cambiantes, eran una
fuente interminable de frustración tanto para los ministros colombianos como
para cualquier otra persona.
Martínez Silva visitó por primera vez a Hay en marzo de 1901. Las instrucciones
que había recibido de Bogotá eran hacer todo lo que estuviera en su mano para
lograr que Estados Unidos adoptara la ruta de Panamá. Asesorado por Cromwell,
trabajó de forma concienzuda con Hay, se vio de forma regular con el almirante
Walker, y envió declaraciones a la prensa estadounidense en las que afirmaba
que su Gobierno estaba dispuesto a negociar generosamente con el Departamento
de Estado. Pero cuando sus superiores de Bogotá juzgaron que se había vinculado
demasiado con la compañía francesa del canal —es decir, con el abogado
Cromwell—, lo reemplazaron por el irritable y engreído José Vicente Concha,
antiguo secretario de Guerra colombiano, muy poco diplomático por su formación
como por su temperamento, quien jamás había estado fuera de su país y no
hablaba inglés.
El asunto principal, según habían declarado tanto Martínez Silva como Concha,
era la soberanía colombiana sobre la zona propuesta para el canal, y en el otoño
de 1902, justo cuando las conversaciones entre Hay y Concha se hallaban en el
punto crítico, la interminable guerra civil colombiana estalló de nuevo en el
Istmo. Para proteger el ferrocarril de Panamá, Roosevelt ordenó el desembarco
de la Infantería de Marina estadounidense sin haber recibido el consentimiento
expreso de las autoridades colombianas —ni de las del Istmo, ni de las de
Washington—, como siempre se había hecho antes siempre que habían desembarcado
fuerzas estadounidenses. Los marines acabaron retirándose,
pero el daño causado al progreso del tratado parecía irreparable. La decisión
de un almirante estadounidense de evitar cualquier movimiento de tropas
colombianas sobre el ferrocarril de Panamá en esa etapa crucial resultó particularmente
provocativa para los colombianos. Para el doctor Concha, semejante uso de la
fuerza estadounidense no solo había sido una violación al tratado de 1846, sino
una humillación inexcusable y la expresión perfecta de las ambiciones
imperialistas subyacentes de Estados Unidos. Su hostilidad personal hacia Hay
fue tal que durante semanas se negó a verlo. El hecho de que Hay hubiera
cablegrafiado su pesar por el malentendido que se había suscitado, declarando
que no había habido «intención de violar la soberanía de Colombia o de herir su
dignidad», no mejoró la situación.
Mientras tanto, el senador Morgan y otras figuras del Capitolio partidarias de
Nicaragua, al igual que varios periódicos influyentes, afirmaban que «el tiempo
razonable» concedido por la Ley Spooner para las negociaciones sobre el tratado
estaba a punto de expirar.
La presión sobre Concha era ingente y creció su suspicacia y obstinación por el
tema de la soberanía. También se mantuvo firme acerca del derecho de Colombia a
negociar con la Compagnie Nouvelle antes de exonerarla de la cláusula de la
Concesión Wyse que prohibía de forma explícita la venta del privilegio a
cualquier potencia extranjera. La posición de Concha, lo mismo que la de
Martínez Silva antes de él, era que si la compañía francesa iba a recibir 40
millones de dólares por sus propiedades en Panamá y los derechos otorgados por
el Gobierno colombiano, era de justicia que Colombia recibiera una parte
considerable de esa suma como pago por su buena disposición para permitir la
venta. Era una cuestión de enorme importancia financiera para Colombia.
Describiendo a los estadounidenses con los que trataba para su oficina central,
Concha escribió: «El deseo de aparecer como nación sumamente respetuosa de los
derechos de las demás naciones obliga a estos caballeros a jugar un poco con su
presa antes de devorarla, aunque cuando todo se haya dicho y hecho, lo harán de
una forma u otra». Por su parte, Hay y Cromwell no estaban seguros de la
cordura de Concha, y del ministro estadounidense en Bogotá llegó un informe que
indicaba que allí se sabía que estaba «sometido a una gran excitación
nerviosa».
Enfurecido por lo que tomó como un insulto al honor de su tierra natal, Concha
renunció varias veces seguidas, pero le ordenaron permanecer cumpliendo con sus
responsabilidades. Estaba convencido de que sus mensajes a Bogotá eran
interceptados y pidió a su oficina central que cambiara los códigos. En
noviembre, Bogotá le ordenó por fin que firmara el tratado, cualesquiera que
fueran SUS sentimientos al respecto (la decisión final, se le recordó, quedaría
en manos del Congreso colombiano), pero como su «conciencia» no se lo
permitiría hacer, renunció. El disgusto que le producía tratar con Hay,
escribió, se había convertido en una «neurosis».
Su sustituto fue un diplomático de carrera de sesenta años, el encargado de
Negocios colombiano doctor Tomás Herrán, un hombre de aspecto triste,
inteligente y discreto, hijo del general Pedro Alcántara Herrán, quien en 1848
había realizado una campaña muy efectiva en Washington para la ratificación del
Tratado Bidlack. Fue entonces, acompañando a su padre todavía niño, como llegó
Herrán por primera vez a Estados Unidos. Se licenció en la Universidad de
Georgetown. Dominaba cuatro idiomas. Su inglés era perfecto y tenía
innumerables amigos en Washington. En opinión de Hay, el nombramiento de Herrán
representaba un gran adelanto, así que el Departamento de Estado había
presupuesto que se prescindiría de los detalles finales del tratado con
rapidez. Pero Herrán demostró ser extremadamente cauto y muy aprensivo. En
privado, en su correspondencia con Bogotá, expresó su temor de que la
«disposición violenta e impetuosa de Roosevelt pudiera conducirlo a apoderarse
de Panamá mediante dominio supremo aduciendo su utilidad pública universal».
Solo cuando Hay lanzó un claro ultimátum —por órdenes del presidente, según
declaró este— se salió del punto muerto. Si Colombia rehusaba por más tiempo
aprobar el tratado tal y como estaba, Hay iniciaría las negociaciones para
construir un canal en Nicaragua.
El ultimátum fue lanzado el 21 de enero. El Tratado Hay-Herrán se firmó en la
casa de Hay al día siguiente por la tarde. «Me siento —escribía Herrán a un
amigo— como si estuviera despertando de una horrible pesadilla. Con gusto
reuniría todos los documentos relacionados con este terrible canal y los
quitaría de mi vista.» Uno de esos documentos que Herrán sepultó
silenciosamente en los archivos de la legación era un cable de Bogotá, recibido
tres días después de haber firmado el tratado, en el que se le ordenaba no
firmar y esperar nuevas instrucciones.
La reacción en Washington fue muy favorable. Casi a todos les pareció un
tratado sólido y recto, y a pesar de la feroz, a menudo brillante, e inflexible
oposición de John Tyler Morgan, quien propuso no menos de sesenta enmiendas,
fue ratificado por el Senado el 17 de mayo, sin enmiendas y con un margen
abrumador (73 contra 5).
Mediante el tratado, la Compagnie Nouvelle recibió autorización para vender
«sus derechos, privilegios, propiedades y concesiones» a Estados Unidos, y
Colombia le otorgó el control de una zona del canal de nueve kilómetros y medio
de ancho desde Colón hasta la ciudad de Panamá, pero sin incluir ninguna de
estas dos ciudades. El privilegio era durante cien años, renovable a elección
estadounidense. A cambio, Estados Unidos pagaría a la República de Colombia la
enorme suma de diez millones de dólares al contado (en oro) y una renta anual
de 250.000 dólares. Aunque la soberanía colombiana sobre la zona del canal se
reconocía de forma específica en el artículo IV, se permitía a Estados Unidos
establecer sus propios tribunales dentro de la zona y poner en vigor sus
propios reglamentos en lo tocante al canal, los puertos y el ferrocarril.
Colombia proporcionaría protección policial al canal y al ferrocarril, pero si
en algún momento no fuera capaz de cumplir esta obligación, Estados Unidos
podría actuar con el consentimiento colombiano, o en caso de urgencia, actuar
sin tal consentimiento.
Sin embargo, la respuesta al acuerdo en Bogotá era otro asunto, y el Congreso
colombiano tenía todavía que otorgar su aprobación. El Gobierno colombiano
seguía insistiendo en que tenía derecho a negociar su propio acuerdo con la
Compagnie Nouvelle. El pago anual de 250.000 dólares parecía más bien escaso,
puesto que no era más de lo que había estado recibiendo cada año del
ferrocarril de Panamá hasta entonces. Se pensaba que al ser mucho más extenso,
importante y valioso, el canal debería pagar más que el pequeño ferrocarril, y
los pagos por el canal, tal como estipulaba el tratado, no empezarían hasta
transcurridos nueve años de la ratificación. No eran suficientes diez millones
de dólares por la cesión de un territorio en Panamá, escribió un conocido
intelectual y activista político colombiano, Raúl Pérez, en las páginas
de North American Review. «Panamá es uña y carne de Colombia, y ha
sido siempre su esperanza abrigada.»
La explícita garantía de la soberanía colombiana dentro de la zona del canal
tampoco pareció tan convincente en Bogotá como lo había sido en Washington.
Arthur Beaupré, ministro estadounidense en Bogotá, informó repetidas veces al
Departamento de Estado sobre la cólera colombiana. «Sin duda alguna, la opinión
pública es muy contraria a su ratificación», escribió Beaupré el 30 de marzo.
Lo que comenzó como sospecha se había convertido deprisa en franca hostilidad,
informó dos semanas después. Los colombianos, añadió el 4 de mayo, creen que la
garantía de soberanía no significa nada, que «el arrendamiento es perpetuo […]
que todo el documento es favorable a Estados Unidos y va en detrimento de
Colombia».
Beaupré iba a ser blanco de muchas críticas después. Se le culparía por su
manejo sin consideraciones y poco profesional de la situación y su falta de
sensibilidad al modo de ser latino. Pero las acusaciones no se corresponden con
los datos de su carrera (contaba con seis años de experiencia en Guatemala,
Honduras y Colombia), sus «modales educados y dignos y su comportamiento
cortés», y la agudeza que demuestran sus impresionantes informes. Es un hecho
probado que con frecuencia fue directo e incluso dictatorial en sus
declaraciones a las autoridades colombianas, pero le quedaba poco donde escoger
en vista de las órdenes recibidas de Washington.
El día 28 de abril, por ejemplo, Beaupré recibió órdenes de informar al
Gobierno colombiano de que Estados Unidos consideraría cualquier modificación
de los términos del tratado casi como un «abuso de confianza» por su parte. En
junio, cuando el Congreso colombiano estaba a punto de reunirse en sesión
especial, John Hay había abandonado toda simulación de respeto por los deseos y
sentimientos del pueblo colombiano. El mensaje del 9 de junio a Beaupré fue
sorprendentemente aciago: «Si Colombia rechazara ahora el tratado o retrasara
demasiado su ratificación, el entendimiento amistoso entre las dos naciones se
vería tan seriamente comprometido que la acción que pudiera tomar el Congreso
el próximo invierno la lamentaría cualquier amigo de Colombia». A Beaupré se le
ordenó comunicar de palabra lo esencial del mensaje al ministro colombiano de
Asuntos Exteriores. Fue, como observaría después un conocido cronista
diplomático, «una agresividad que rara vez se encuentra en un intercambio
diplomático amistoso». El contraste con el tono de la correspondencia relativa
al tratado Hay-Pauncefote, por ejemplo, no podía ser más marcado.
La naturaleza de la «acción» con la que se amenazó nunca se especificó
oficialmente, pero, cuatro días después, William Nelson Cromwell salió de la
Casa Blanca tras una «larga conferencia» con el presidente, y de inmediato
envió a su agente de prensa Roger Farnham a las oficinas del World de
Nueva York en Washington. Al día siguiente, 14 de junio, el World publicaba
este notable artículo:
Washington, junio 13, 1903
El presidente Roosevelt está determinado a hacerse con la ruta
del canal de Panamá. No tiene intenciones de iniciar negociaciones para la ruta
de Nicaragua.
Se sabe que la opinión del presidente es que puesto que Estados Unidos ha
gastado millones de dólares en averiguar qué ruta es la más factible, puesto
que tres ministros de Colombia han declarado que su Gobierno está dispuesto a
otorgar la concesión para la construcción del canal y ya se han firmado dos
tratados que conceden derechos de paso por el istmo de Panamá, sería injusto
para Estados Unidos que no se obtuviera la mejor ruta.
Los informes que recibimos a diario indican que existe una gran oposición en
Bogotá al tratado del canal. Su derrota parece probable por dos razones:
1. La codicia del Gobierno colombiano, que insiste en un pago muchísimo mayor
por la propiedad y la concesión.
2. El hecho de que algunas facciones se han puesto frenéticas por la supuesta
cesión de la soberanía de las tierras necesarias para la construcción del
canal.
También ha llegado información a esta ciudad de que el estado de Panamá, que
abarca toda la zona del canal propuesto, está dispuesto a separarse de Colombia
y establecer un tratado sobre el canal con Estados Unidos.
El estado de Panamá se separará si el Congreso colombiano se niega a ratificar
el tratado del canal. Se organizará una forma republicana de gobierno. Se dice
que este proyecto es de fácil ejecución, puesto que no hay más de cien soldados
colombianos destacados en el estado de Panamá.
Los ciudadanos de Panamá se proponen, después de la secesión, establecer un
tratado con Estados Unidos para otorgar a este Gobierno el equivalente de una
soberanía absoluta sobre la zona del canal. La ciudad de Panamá será la única
que quede exceptuada dentro de esta zona, y Estados Unidos tendrá el control
sanitario y policial. La jurisdicción de este Gobierno sobre la zona será
considerada suprema. No habrá aumento en el precio o en la renta anual.
A cambio, el presidente de Estados Unidos reconocería de inmediato al nuevo Gobierno
una vez establecido y designaría un ministro para negociar y firmar el tratado
del canal. Esto puede hacerse con rapidez, puesto que ya se han proporcionado
todos los datos.
Se dice que el presidente Roosevelt está completamente a favor de este
proyecto, si se rechazara el tratado […].
Se sabe que el gabinete apoya la idea presidencial de reconocer a la República
de Panamá si fuera necesario para asegurar el territorio del canal. El
presidente ha consultado tanto en persona como por teléfono con los principales
senadores, y ha recibido un apoyo unánime […].
Se piensa esperar un tiempo razonable la determinación del Congreso colombiano,
que se reunirá el 20 de junio, y luego, si no se hace nada más, poner en
práctica el plan enunciado anteriormente.
El artículo no iba firmado. La Casa Blanca no lo desmintió.
Buena parte del problema en Washington era la ignorancia completa, en realidad
el desinterés crónico, acerca de Colombia en general, de la política colombiana
o de las personas con las que Beaupré estaba tratando. La misma Bogotá seguía
tan alejada del resto del mundo como cuando el teniente Wyse realizó su
recorrido por las montañas en 1878. Era una de las ciudades más aisladas e
inaccesibles en el mundo. En toda Colombia en 1903, en un territorio tan grande
como los estados de California, Oregon, Washington y Arizona juntos, había
menos de 640 kilómetros de vías férreas. Para llegar a Bogotá desde
Buenaventura o Barranquilla se requería un arduo viaje de dos semanas a un mes
de duración. Para los criterios estadounidenses, Colombia era patéticamente
pobre, estaba muy atrasada y su Gobierno era inestable e indigente como
resultado de una desastrosa guerra civil de tres años, que por fin había
terminado en noviembre de 1902.
El actual jefe de Estado era un conservador, descendiente directo políticamente
hablando de Rafael Núñez, cuyo triunfo después de los levantamientos de 1885
había centralizado el poder en Bogotá bajo una nueva Constitución. Este hombre
era José Manuel Marroquín, hombre de letras, erudito y de edad, cuya timidez le
había mantenido en un segundo plano la mayor parte de su carrera. En 1897 había
sido elegido primer designado, o vicepresidente, en una candidatura
en la que aspiraba a la presidencia un hombre de ochenta y cinco años, también
erudito y con una salud muy precaria, llamado Manuel Sanclemente. En 1900,
Marroquín había tomado el poder mediante un golpe de Estado.
En el Departamento de Estado y en la Casa Blanca se consideraba que Marroquín
era un déspota con mano de hierro. Se pensaba que su poder era absoluto, de
modo que todo el proceso de ratificación del tratado por un Congreso colombiano
convocado especialmente se juzgaba en Washington como una farsa. Se suponía que
Marroquín solo tenía que decir una palabra y se aceptaría el tratado. Y en el
Departamento de Estado y la Casa Blanca era opinión común que un día Marroquín
y unos cuantos secuaces se retirarían a un lugar privado y se repartirían los
diez millones de dólares que había pagado Estados Unidos.
Pero en realidad el poder de Marroquín era limitado, su prestigio personal
estaba en decadencia y en cada movimiento que efectuaba sobre el tema del canal
se veía sometido a los ataques salvajes de sus rivales políticos, los
liberales, quienes le acusaban de venderse a los estadounidenses. En lo
personal, era un idealista ineficaz bastante abstracto, y en líneas generales
estaba rodeado de hombres de carácter con elevados ideales políticos pese a sus
limitaciones y muy sensibles en lo tocante al honor nacional, cosa que jamás
fue comprendida en Washington.
El respeto de Colombia por los ideales políticos de Estados Unidos era enorme.
Los sistemas estatal y federal del país habían seguido el modelo de los
estadounidenses. Bolívar, el Libertador, era conocido como el «Jorge Washington
de Sudamérica». Los colombianos ricos y cultos enviaban a sus hijos a educarse
en Estados Unidos. Las figuras políticas principales no se ajustaban en
absoluto a la descripción que Theodore Roosevelt iba a proporcionar. Un
ministro estadounidense en Colombia, James T. Du Bois, escribiría algunos años
después al respecto: «Una imparcial investigación realizada en Bogotá […] me
convenció de que, en vez de "chantajistas" y "bandidos",
los hombres públicos de Colombia no son inferiores a los hombres públicos de
otros países en inteligencia y respetabilidad». Hasta 1903, decía Du Bois,
Colombia fue el mejor amigo que Estados Unidos tenía al sur del río Bravo.
Otra buena parte del problema en Washington lo constituía William Nelson
Cromwell, puesto que la apreciación que Roosevelt y Hay tenían de la situación
en Bogotá, la imagen que se habían formado de Marroquín y su régimen, las
tácticas ideadas e incluso la redacción de las instrucciones a Beaupré estaban
muy influidas por él[13]. Donde se
dejó sentir su influencia de un modo especial fue en el Departamento de Estado.
Se le consultaba casi a diario; se confiaba en su información (Cromwell tenía
en Bogotá sus propios agentes secretos que lo mantenían al corriente); su
opinión y su pericia fueron los factores determinantes en todas las coyunturas
importantes, como manifiestan los documentos y el mismo Cromwell pregonaría más
tarde.
Era algo poco ortodoxo, por decir lo menos grave, dejar que el abogado de la
empresa que más se iba a beneficiar del tratado, un hombre sin título oficial,
sin un derecho claro para participar con carácter oficial, operara a su
voluntad en los más altos niveles diplomáticos, desempeñando un papel solo
superado por el secretario y el presidente, y con plena impunidad. Pero esa era
la influencia que este hombre excepcional ejercía sobre Hay y así había sido
desde que comenzaron las negociaciones. Cuando Hay puso por fin su extensa y
legible firma en el tratado en enero, se volvió hacia Cromwell para entregarle
la pluma.
Más importante todavía, Cromwell había logrado persuadir a Hay —y de este modo
a Roosevelt— de que Estados Unidos no debía dar su aprobación o ser parte de
ningún movimiento de Colombia para negociar independientemente con su cliente,
la Compagnie Nouvelle. Roosevelt había enviado con anterioridad al fiscal
general Philander C. Knox a París para hacer una investigación completa de la
firma francesa, de la que Knox informó que «tenía derechos suficientes y
sólidos sobre la propiedad que pretendía transmitir». El 17 de febrero, Knox
había notificado formalmente a la compañía que su oferta de venta había sido
aceptada por Estados Unidos; es decir, que Estados Unidos pagaría el precio
inicial de 40 millones de dólares por las propiedades en Panamá. Así, como
abogado de la compañía, Cromwell estaba resuelto a que nada pusiera en peligro
esta transacción sin precedentes, la mayor venta de bienes inmuebles jamás
registrada.
De forma específica, Cromwell había decidido que a Colombia no se le diera
oportunidad de participar de los 40 millones de dólares. En principio, Hay no
solo se mostró de acuerdo, sino que instruyó a Beaupré para que lo hiciera
saber en Bogotá en los términos más llanos. Así pues, se estaba utilizando el
Departamento de Estado para garantizar los intereses de la compañía francesa,
sus accionistas y su abogado estadounidense, quien, si se realizaba la venta,
iba a obtener un beneficio personal mayor que cualquier otra de las personas
participantes. Y entonces fue cuando Beaupré informó de que la ratificación
podría lograrse si la compañía francesa accedía a pagar a Colombia 10 millones
de dólares, a lo que Hay respondió con el aciago cable del 9 de junio,
redactado por Cromwell.
El hecho de que el Gobierno de Estados Unidos carecía de autoridad legal en una
disputa entre una potencia extranjera y una empresa privada se había perdido de
vista. Un acuerdo entre Colombia y la Compagnie Nouvelle no le hubiera costado
nada a Estados Unidos, y retrospectivamente parecería que incluso un acuerdo modesto
—más un poco de tacto— podría haber resucito el asunto con bastante rapidez.
Pero para Hay y Roosevelt hablar de un derecho de retención colombiano sobre la
compañía francesa era una extorsión patente, un «atraco». Como hombres de
honor, nunca podrían «participar en la estafa», según lo expresó Roosevelt.
Debe destacarse que su consideración personal por los políticos
latinoamericanos de cualquier nacionalidad nunca había sido muy elevada, pero
Cromwell había logrado convencerlos de que en este caso estaban tratando con la
variedad de latinoamericanos más marrullera y corrupta, y que el tema de la
soberanía era la mayor hipocresía política. Así pues, el informe de Beaupré de
que 10 millones de dólares de la compañía francesa lo arreglarían todo solo
sirvió para fundamentar sus peores sospechas sobre «esos bandidos de Bogotá»,
como los llamaría Roosevelt. Cuando a comienzos de agosto el Departamento de
Estado dio a conocer la información de que los colombianos estaban posponiendo
la firma del tratado con la esperanza de obtener más dinero, la prensa informó
erróneamente de que el aumento del pago iba a provenir de Estados Unidos,
tergiversación que el Departamento de Estado no se molestó en contradecir. Así
pues, la impresión difundida fue que Colombia estaba tratando de «atracar» a
Estados Unidos, lo que no era cierto.
El tono generalmente arbitrario asumido por el Departamento de Estado y el
cable amenazador del 28 de abril fueron ideados para poner en evidencia a
Colombia, como explicaría más tarde Cromwell. La versión que publicó en
el World también se había inventado para asustar al Congreso
colombiano y lograr que ratificara el tratado.
Es posible que haya sido así, pero también es posible que la intención
subyacente, tal vez incluso la esperanza subyacente de la Casa Blanca, fuera
que el tratado fracasara en Bogotá. En otras palabras, si el lenguaje utilizado
por Beaupré o la versión divulgada por Cromwell tras su ostentosa salida de la
Casa Blanca enfureció a los colombianos fue porque eso era lo que se pretendía,
porque se deseaba una situación de crisis.
Mucho se escribiría y diría para refutar las acusaciones de que la Casa Blanca
o el Departamento de Estado tomaron parte en el plan que Cromwell había
profetizado para el World con tan minuciosos detalles. De
hecho, la historia completa de lo que estaba sucediendo tras bambalinas
probablemente nunca llegará a conocerse. Cromwell, por ejemplo, pese a todo lo
que tendría que decir para conocimiento público, parece haber creado de forma
deliberada una de las lagunas más grandes en los registros históricos, pues en
el legajo por lo demás completo de sus transacciones comerciales, que todavía
obra en poder de la firma Sullivan & Cromwell, no existe ningún documento
relacionado con sus operaciones en Panamá; toda la correspondencia, los cables,
los documentos, los comprobantes de gastos y cosas semejantes están
misteriosamente desaparecidos.
El 14 de agosto, una vez finalizado el almuerzo con el presidente en Sagamore
Hill, la residencia presidencial en Oyster Bay (Long Island), el senador Shelby
Cullom, presidente del Comité de Relaciones Exteriores, ofreció una conferencia
de prensa a los reporteros de los diarios neoyorquinos. El presidente, afirmó,
estaba preparado para las malas noticias que llegarían de Bogotá, y seguía
queriendo un canal en Panamá. «Lo que se va a hacer todavía debe discutirse y
considerarse una vez que el Congreso colombiano haya actuado finalmente.»
Cuando un reportero preguntó cómo podría construirse el canal sin el tratado,
Cullom replicó con total naturalidad: «Podríamos hacer otro tratado, no con
Colombia, sino con Panamá».
Se le preguntó si Estados Unidos estaba preparado para fomentar una revolución
en Panamá. «No, supongo que no. Pero este país quiere construir un canal y
quiere hacerlo ya.»
La entrevista apareció publicada la mañana del 15 de agosto, el mismo día en
que el esperado cable de Beaupré llegó al Departamento de Estado. Tres días
antes, el 12 de agosto, el Senado colombiano había rechazado el Tratado
Hay-Herrán por unanimidad.
El presidente fue notificado de inmediato, al igual que el secretario de
Estado, quien también se encontraba lejos de Washington, en su residencia
veraniega de Lake Sunapee, en Neubury (Nueva Hampshire). En el Departamento de
Estado todos los asuntos de importancia los atendían el secretario en
funciones, Francis B. Loomis, y el subsecretario segundo, Alvey A. Adee, ambos
conocedores de la situación colombiana. Adee, hombre de vasta experiencia en el
Departamento, amigo y colega de Hay durante treinta años, había colocado un
catre en su despacho y estaba de servicio prácticamente las veinticuatro horas
del día.
La creciente frustración de Roosevelt por toda la situación se había convertido
en una fuente de preocupación para Hay. «Estas despreciables criaturitas de
Bogotá deben comprender que están retrasando demasiado las cosas y poniendo en
peligro su propio futuro», había escrito Roosevelt al principio del verano. La
respuesta instintiva de Hay, entonces como ahora, fue recomendar moderación,
paciencia. «Yo iría de inmediato a Oyster Bay a recibir sus órdenes —escribía
ahora—, pero estoy seguro de que no hay nada que hacer por el momento.»
Aconsejó que se consultara el asunto con Hanna y Spooner. Luego,
deliberadamente, se refería a Nicaragua como el camino «sencillo y fácil»,
añadiendo: «Si decide finalmente negociar con Nicaragua, sería un asunto rápido
obtener un tratado favorable. Pero supongo que piensa que es mejor no hacer
nada definitivo hasta que nuestro Congreso se reúna».
Era Hay dando lo mejor de sí, y una carta muy diferente de la que habría
escrito si Cromwell hubiera estado con él en Nueva Hampshire. Esta carta se
cruzó en el correo con otra airada misiva en la que Roosevelt decía: «Tenemos
que darles una lección a esas liebres».
Aquellos debieron de ser días apasionantes para quien distribuía el correo en
la pequeña comunidad de Nueva Hampshire. El 18 de agosto, Alvey Adee previno
por carta al secretario contra cualquier idea de una participación
estadounidense en la revolución de Panamá. «Tal proyecto, por supuesto, no
contaría con nuestra aprobación; nuestra política ante el mundo debe aparecer
libre de sospechas, como la mujer del César.» Un día después, Adee escribía de
nuevo para sugerir a Hay que tal vez, después de todo, Nicaragua era la mejor
solución. «Lo sentimos mucho, pero no podemos evitarlo si Colombia no acepta el
canal en nuestros términos.»
Pero cuando escribió a Hay el mismo día, Roosevelt no dejó dudas sobre cuál era
su posición con respecto a Panamá: «Parece que la gran mayoría de los
ingenieros están de acuerdo en que esta ruta es la mejor; y yo no creo que a
esa partida de liebres de Bogotá deba permitírseles permanentemente
obstaculizar uno de los futuros caminos de la civilización […] lo que hagamos
ahora será de gran importancia no solo durante décadas, sino durante siglos, y
debemos estar seguros de que estamos dando los pasos acertados antes de
actuar».
Por el momento, lo que le interesaba de forma particular a Roosevelt era el
memorando que le había enviado el secretario en funciones, Loomis, un extenso
documento preparado por un especialista en derecho internacional y diplomacia
de la Universidad de Columbia, el profesor John Bassett Moore, que a su vez
Roosevelt había enviado a Hay. En esencia, la tesis del profesor Moore era que,
por los principios del viejo Tratado Bidlack, Estados Unidos tenía ya
suficiente base legal para proceder con el canal. El «derecho de paso» en
Panamá estaba ya «libre y abierto» para Estados Unidos, como se estableció en
el tratado de 1846.
Hay fue a Sagamore Hill el 28 de agosto y allí, mientras los numerosos niños
del presidente correteaban sobre un gran prado verde vestidos con ropa
veraniega, los dos hombres conferenciaron largo rato. Después, un corresponsal
del Heraldenvió un extenso mensaje a su oficina. El presidente y el
secretario habían fijado tres posibles vías de acción, en vista del fracaso del
tratado del canal. La primera era proceder a la construcción del canal bajo el
tratado de 1846 y «luchar contra Colombia, si se oponía» (se pensaba que sería
una guerra breve y poco costosa). La segunda era actuar de acuerdo con la Ley
Spooner y volver a la ruta de Nicaragua. La tercera vía era retrasar la gran
obra «hasta que sucediera algo que hiciera que Colombia viera la luz», y luego
negociar otro tratado.
Sin duda alguna, sorprenderá al público que una vía que con seguridad va a
implicar al país en una guerra con una república sudamericana sea uno de los
métodos de acción considerado seriamente por Estados Unidos […].
Las personas interesadas en obtener los 40 millones de dólares para la Compañía
del Canal de Panamá están por supuesto ansiosas de que este Gobierno siga
adelante y se apodere de la propiedad, aunque ello conduzca a la guerra.
II
Cuando el doctor Manuel Amador desembarcó por primera vez en
Nueva York, todavía tenía que reunirse con William Nelson Cromwell. El doctor
Amador, cuyo nombre completo era Manuel Amador Guerrero, fue un destacado
médico y una figura popular en la vida social de la ciudad de Panamá. Su esposa
era la brillante María de la Ossa, y a él mismo se le conocía como un hombre de
«personalidad inmaculada», grandes propiedades y mucha perspicacia política.
Nacido en Turbaco (cerca de Cartagena, Colombia) en 1833 —lo que le hacía
setentón en 1903—, se había licenciado en la Universidad de Cartagena y había
llegado a Panamá en la época de la fiebre del oro. Su carrera política como
conservador había florecido junto con su consulta médica hasta 1867, cuando fue
designado presidente del Departamento de Panamá, pero no asumió el poder debido
a la revolución. Derrotado y capturado por la oposición, fue enviado al exilio
durante un año, al cabo del cual volvió a ejercer la medicina en el Hospital de
Santo Tomás, donde llegó a ser director. Sin embargo, fue como médico jefe del
ferrocarril de Panamá como el doctor Amador obtuvo la mayor influencia y
prestigio, así como su interés por el canal. Había estado entre los prominentes
panameños que rindieron homenaje en varias ocasiones a Ferdinand de Lesseps.
Cuando el teniente Wyse realizó su segundo viaje a Bogotá en 1890 para obtener
una prórroga de la Concesión Wyse para el liquidador nombrado por el tribunal,
el doctor Amador estaba a la cabeza de la delegación de panameños que se
unieron a Wyse para influir en su favor.
Era un hombre pulcro, de aspecto frágil y peso medio, con escaso cabello
blanco, un enmarañado bigote blanco de morsa, orejas grandes y espesas cejas
negras, y usaba unas gafas pequeñas con montura de acero. Al menos en las
fotografías, parece tener la costumbre de mirar a la gente con la cabeza
ligeramente ladeada. También era un hombre templado y ambicioso, y había venido
a Nueva York para ayudar a preparar un golpe revolucionario en Panamá.
La primera reunión organizada que se conoce del movimiento había tenido lugar
en una finca campestre fuera de la ciudad de Panamá un domingo de finales de
julio, probablemente el 25 de julio de 1903, y el doctor Amador no había
asistido a ella. Entre los que sí asistieron estaban su viejo amigo el senador
José Agustín Arango, Carlos Constantino Arosemena y un estadounidense llamado
Herbert G. Prescott, todos empleados, como el doctor, del ferrocarril de
Panamá, y que habían mantenido una comunicación constante con William Nelson
Cromwell. Arango, senador por el Departamento de Panamá, era el abogado del
ferrocarril en el Istmo, su corredor de fincas rurales y principal cabildero;
Arosemena era un ingeniero civil del equipo, y Prescott, el subdirector.
También estuvieron presentes el cónsul general de Estados Unidos en la ciudad
de Panamá, Hezekiah A. Gudger, y dos oficiales del Cuerpo de Ingenieros de
Estados Unidos, los únicos militares estadounidenses en el Istmo, que habían
sido enviados por la Comisión Walker: el mayor William Black y el teniente Mark
Brooke. Se dice que la lista completa de invitados constaba de veinticinco o
veintiséis personas y que los anfitriones fueron Ramón y Pedro Arias. Hezekiah
Gudger, quien fue el orador principal, no podría recordar más tarde con exactitud
lo que la reunión había decidido, salvo que «los planes para la revolución se
habían discutido con total libertad».
Todo lo que se sabe es que el senador Arango (El Maestro), un caballero
de aspecto muy distinguido con una blanca barba a lo Vandyke, fue la fuerza
inspiradora; que en mayo había comenzado a hablar de la revolución con sus
hijos, sus yernos y el «inteligente y devoto» Arosemena, hombres ya en la
treintena y educados todos en Estados Unidos. El Maestro, cuya
oficina era contigua a la de Amador, fue también el que reclutó personalmente a
este a principios de agosto.
En ese momento, el grupo esperaba ansiosamente que regresara de Nueva York otro
empleado del ferrocarril, James Beers, agente de fletes y capitán de puerto,
quien había partido en misión secreta para entrevistarse con Cromwell. No se
puede probar si fue por órdenes de este o si de hecho fue llamado a Nueva York,
como más tarde se acusó. Pero al menos seis hombres testificaron que Cromwell
envió por Beers, y no es probable que este o cualquier otro empleado del
ferrocarril abandonara su trabajo para suscitar una revolución, a menos que
hubiera sido enviado por un superior, y como abogado en Nueva York de la
compañía, Cromwell dirigía el ferrocarril. Beers, antiguo capitán de buque,
«astuto y calculador», gozaba de la confianza de Cromwell; sea como fuere,
Beers regresó a Panamá con la promesa de que Cromwell estaba dispuesto «a
llegar hasta el límite» por ellos. (A Cromwell, en el relato posterior de
Arango, Data for the History of the Independence, nunca se le
mencionaría por su nombre; solo como «la persona responsable».)
Arango, Amador y Arosemena se convirtieron en el núcleo de la conspiración.
Durante un breve tiempo se unió a ellos Federico Boyd, hijo del editor fundador
del Star & Herald. Amador insistió en que Arango debería ser el
primer presidente de la nueva República de Panamá que se proyectaba. Arango,
por cortesía, dijo que debería serlo Amador, y este aceptó.
Después se decidió que Amador debería ser también quien viajara a Nueva York
para ver a «la persona responsable» con el fin de conseguir las armas y el
dinero necesarios y obtener algún tipo de seguridad por parte de la Secretaría
de Estado estadounidense de que Estados Unidos apoyarían militarmente la
revolución. Se pensó que Amador sería quien despertaría menos sospechas, puesto
que tenía en Estados Unidos un hijo que prestaba sus servicios como médico en
el Ejército y estaba destacado en Massachusetts. Siguiendo las instrucciones
que se le dieron, el hijo envió a su padre un cable en el que decía: «Estoy
enfermo; ven». Así pues, Amador se embarcó para Nueva York el 26 de agosto,
llevando consigo un código cablegráfico que habían ideado para cubrir cualquier
posible contingencia.
El código tenía treinta expresiones numeradas para que Amador las utilizara en
los cables que enviara a Panamá —lo único que necesitaba era cablegrafiar el
número apropiado o la combinación de números— y dieciséis expresiones también
numeradas como respuesta desde Panamá. La lista de Amador es muy interesante
porque muestra la incertidumbre que había todavía en esta etapa. Muestra, por
ejemplo, que los conspiradores no habían excluido la posibilidad de que
Cromwell pudiera ser un mentiroso.
El código de Amador era el siguiente:
1.
No he quedado satisfecho
con Hay en mi primera conferencia.
2.
He tenido mi primera
conferencia con Hay y me parece decidido a apoyar el movimiento con
efectividad.
3.
No he podido hablar
personalmente con Hay, solo a través de una tercera persona; creo que todo
resultará de acuerdo con nuestros deseos.
4.
Hay está decidido a
ayudarnos en todo y me ha pedido detalles exactos de lo que necesitamos para
asegurar el éxito.
5.
Mi agente va a ir
conmigo; está plenamente autorizado para arreglar todo allí.
6.
Cromwell se ha portado
muy bien y ha facilitado mis entrevistas con personas importantes que están
dispuestas a colaborar.
7.
Apresuren las cosas;
aquí todo marcha bien.
8.
Estoy satisfecho con el
resultado y puedo asegurar el éxito.
9.
El ministro Herrán ha
sospechado algo y está vigilante.
10.
No he podido obtener
garantías de apoyo de la forma en que las he solicitado.
11.
La tardanza de Cromwell
en presentarme a Hay me hace sospechar que todo lo que ha dicho es mentira y
que no sabe nada.
12.
Parece que Hay no
decidirá nada definitivo hasta que no haya recibido informes del comisionado
que se encuentra allí [en Panamá].
13.
Comprendo que Hay no
desee comprometerse a nada hasta no ver el resultado de la operación allí.
14.
La gente de la que yo
esperaba apoyo ha concedido poca importancia a mi misión.
15.
Quienes han decidido no
pueden hacer nada práctico por falta de los medios necesarios.
16.
Me he convencido de que
Hay está a favor de la ruta rival, y por esta razón no hará nada en apoyo de
nuestro plan.
17.
La noticia que ha
llegado de allí acerca de facilitar la construcción del canal ha hecho que la
opinión de aquí se vuelva favorable a nuestro plan.
18.
Las pretensiones
manifestadas en el nuevo proyecto de acuerdo [tratado] hacen imposibles todas
las negociaciones entre los dos gobiernos, y por esta razón he reanudado las
conversaciones.
19.
El nuevo comisionado es
esperado aquí para negociar. Mis futuros movimientos dependen de esto.
20.
Considero que no puedo
hacer nada útil aquí; por esta razón he decidido regresar a casa.
21.
Esperen la carta que
escribiré hoy.
22.
Aquí se piensa que es
mejor adoptar un plan diferente para obtener un resultado favorable a la
construcción de la obra.
23.
Cromwell está decidido a
llegar hasta el final, pero los medios de que dispone no son suficientes para
asegurar el éxito.
24.
Hay, Cromwell y yo
estamos estudiando un plan general de acción.
25.
El comisionado que se
encuentra allá es un agente de Cromwell, lo que Hay ignora.
26.
Deseo saber si se ha
logrado algún avance allá y puedo fijar aquí una fecha para proceder.
27.
La tardanza en obtener
una respuesta favorable me obliga a guardar silencio.
28.
B. [aparentemente,
Beaupré] comunica aquí que puede llegarse a un contrato satisfactorio.
29.
He considerado prudente
abandonar la capital [Washington] y continuar las negociaciones desde aquí
[Nueva York] por correspondencia.
30.
Espero cartas de allí en
respuesta a la mía para dar conclusión al asunto.
De interés adicional es el hecho de que Amador zarpó de Colón
sin el dinero necesario para hacer frente incluso a los gastos más modestos de
la travesía. Si logró salir del atolladero fue gracias al resultado de varios
días de suerte en la mesa de póquer durante el viaje.
Casi de inmediato hubo problemas. Entre los pasajeros compañeros de Amador —el
que más había ganado en la mesa de póquer— estaba un hombre de «grandes
intereses» en Panamá, J. Gabriel Duque, cubano por nacimiento y naturalizado
estadounidense, dueño del Star & Herald, una fábrica de hielo,
una compañía constructora y la muy lucrativa lotería de Panamá. Aunque no
formaba parte del círculo íntimo de Arango y Amador, Duque estaba al tanto de
todo lo que sucedía y aparentaba apoyarlo. Al llegar a Nueva York se fue directamente
a Wall Street para ver a Cromwell, mientras Amador desaparecía en busca de un
hotel barato.
No está claro qué era exactamente lo que se proponía Duque, pero Cromwell le
dijo que si proporcionaba 100.000 dólares para financiar la revolución, él,
Cromwell, vería la manera de que Duque fuera el primer presidente de la nueva
república. Afirmó que el secretario de Estado estaba ansioso por verlo, y
mientras Duque estaba sentado frente a él, levantó el teléfono, llamó a Hay al Departamento
de Estado y concertó una cita. Además sugirió que Duque fuera a Washington en
el tren nocturno para evitar tener que registrarse en un hotel de la capital,
sugerencia que Duque siguió al pie de la letra esa misma noche.
Llegó a Washington a las siete de la mañana del día 3 de septiembre, y después
de desayunar en el restaurante Harvey's se dirigió al Departamento de Estado. A
las diez en punto apareció Hay. La conversación se prolongó durante dos horas y
media. Se dice que este no le prometió a Duque ayuda directa estadounidense en
la conspiración. Pero, al mismo tiempo, destacó que Estados Unidos estaba
decidido a construir un canal en Panamá y no se pensaba dejar que Colombia se
interpusiera en el camino. Luego parece que todavía fue más lejos. En el caso
de que los revolucionarios se apoderaran de Colón y de la ciudad de Panamá,
dijo, podían estar seguros de que Estados Unidos impediría que Colombia
desembarcara tropas para sofocar la revolución. Esto se haría, afirmó Hay, para
garantizar «el tránsito libre e ininterrumpido» del ferrocarril, que Estados
Unidos estaba obligado a mantener por un tratado.
Duque comprendió perfectamente. Y tan pronto como bajó la escalinata del
Departamento de Estado se dirigió a la legación colombiana para ver a Tomás
Herrán y ponerlo al corriente de todo. Quizá fuera su intención desde el
principio por despecho a causa de un insulto real o imaginado proveniente del
círculo secreto. Tal vez fuera un impulso súbito nacido de algo que Hay hubiera
dicho o de la forma como lo dijo. O puede que pensara que cuando esa
advertencia se conociera en Bogotá el régimen colombiano caería en la cuenta de
la gravedad de la situación. Sea cual fuere la explicación, Cromwell había sido
traicionado.
Herrán hizo sonar la alarma de inmediato. Cablegrafió a Bogotá que los agentes
revolucionarios se encontraban en Washington entrevistándose con Hay y que si
no se ratificaba el tratado lo más probable sería que Panamá se separase con
apoyo estadounidense. Notificó al cónsul general colombiano en Nueva York que
la Compañía del Ferrocarril de Panamá estaba implicada en el complot y lo puso
al corriente de las actividades de Amador. El complot, escribió, había sido
«bien recibido» en Washington. Puso a detectives sobre la pista de Amador y luego
escribió a Cromwell y a la oficina en París de la Compagnie Nouvelle para
advertirles que se les responsabilizaría directamente de cualquier movimiento
secesionista en el Istmo. En la advertencia iba implícita la amenaza de la
abrogación total de todos los derechos y privilegios de la Compagnie Nouvelle
—todo lo que estaba a punto de venderse por 40 millones de dólares— en caso de
que la compañía o sus agentes participaran en un acto sedicioso.
Mientras tanto, para Amador la misión en Nueva York se había convertido de
improviso en un callejón sin salida.
Ignorante de lo que Duque había hecho, sin pensar que había detectives
siguiendo sus huellas, lo único que vio fue que Cromwell, modelo de
hospitalidad y entusiasmo durante la primera entrevista, se había tornado
inexplicablemente descortés y poco accesible. Parece que Amador hizo su primera
visita a Cromwell el 2 de septiembre, es decir, al día siguiente de su
entrevista con Duque. Cromwell hizo «miles de ofrecimientos para apoyar la
revolución» e incluso le prometió a Amador que financiaría la empresa. «Yo iba
a ir a Washington para ver al señor Hay», recordaría Amador. Pero cuando
regresó para mantener una segunda conversación con el abogado, Duque ya se
había entrevistado con Herrán. Este había enviado sus cartas de advertencia a
Nueva York y París, y Cromwell, resuelto a defenderse y salvaguardar los
intereses de su cliente, había decidido no tener más tratos ostensibles con los
conspiradores de Panamá.
Le dijeron a Amador que Cromwell se encontraba ausente, y cuando se negó a
retirarse, insistiendo en que sería recibido por el abogado, Cromwell acabó
saliendo de su despacho y ordenó a Amador que se fuera de inmediato y no
regresara. Al final, el veterano doctor fue empujado al vestíbulo y la puerta
se cerró tras él.
No se había dado ninguna explicación y parecía que no había ningún otro sitio
donde dirigirse. Furioso, preocupado porque el dinero se le estaba agotando,
sin saber cómo informar de lo que había sucedido por medio de sus frases
cifradas, envió un cable con una sola palabra (en inglés) —«Disappointed»—
a sus amigos en Panamá y se preparó para zarpar en el próximo barco.
Pero entonces, por mediación de un banquero panameño radicado en Nueva York,
Joshua Lindo, de Piza, Nephews & Company, situada en el número 18 de
Broadway, Amador recibió la promesa de que si se limitaba a permanecer callado
en Nueva York vendría «ayuda de otro sector».
«No podemos saber demasiado de la personalidad de Theodore Roosevelt», señaló
una vez un erudito estudioso de la carrera del presidente. Y para muchas
personas que trataban de valorar lo que estaba sucediendo en relación con
Panamá, o lo que era más importante, cuál podría ser el próximo movimiento, esa
personalidad parecía ser el punto crítico del problema.
«La advertencia que hice [en un cable previo] se basa en las declaraciones
amenazadoras que ha utilizado en conversaciones privadas, y que indirectamente
han llegado a mi conocimiento», escribió Tomás Herrán a su sede central el 11
de septiembre. «Su Excelencia conoce el carácter vehemente del presidente, y
está informado de la persistencia y decisión con que se dedica a cuanto se le
encomienda. Estas consideraciones me han llevado a dar crédito e importancia a
las expresiones de amenaza que se le atribuyen.»
La última respuesta de Roosevelt a la situación de Panamá iba a convertirse en
la decisión más discutida de su carrera, en buena medida porque parecía un acto
nacido de un impulso muy violento, una expresión de lo que incluso muchos de
sus fervientes admiradores consideraban una insistencia arrogante, casi
infantil, en hacer las cosas a su modo y en lanzarse hacia delante,
despreciando los obstáculos o las consecuencias. A algunos observadores les
pareció desagradablemente significativo que la diversión preferida por el
presidente en Sagamore Hill en el verano de 1903 fuera la llamada «caminata de
obstáculos», cuya única regla era que el participante debía subir o atravesar,
pero jamás rodear, todos los obstáculos. Siempre iba a la cabeza de esas
aventuras, seguido de una partida de chicos entusiasmados y uno o dos invitados
intrépidos. Una vez, su hermana Corinne Robinson lo vio acercarse a «una
pequeña caseta de baño de aspecto bastante desagradable, con un techo muy
inclinado», y pensó que entonces sí se desviaría. «Todavía puedo ver el robusto
cuerpo del presidente de Estados Unidos lanzándose hacia el obstáculo y con
singular agilidad agarrarse del techo y elevarse a pulso hasta arriba para
luego deslizarse por el lado opuesto.»
Pero a pesar de su reputación de «vehemente», de todas sus observaciones
desagradables realizadas en privado sobre las despreciables criaturitas de
Bogotá, a pesar de todas las mentiras o amenazas proferidas por Cromwell y
otras personas, Roosevelt todavía no había emprendido ninguna acción a finales
de verano, y los registros muestran que seguía considerando seriamente varias
posibles «alternativas» en Panamá.
El profesor Moore, experto en derecho internacional, fue invitado a pasar una
noche en Sagamore Hill para exponer su teoría. A Mark Hanna se le pidieron sus
puntos de vista. (Hanna recomendó moderación y paciencia. Estaba seguro de que
podría llegarse a un acuerdo satisfactorio con Colombia.) Hay siguió siendo una
caja de resonancia constante.
A principios de septiembre, Hay observó que una revolución en el Istmo era «muy
probable», pero aconsejó precaución y meditación cuidadosa. «A usted le toca
decidir si 1) espera el resultado de ese movimiento, o 2) si ayuda a rescatar
de la anarquía al Istmo, o 3) si entra en tratos con Nicaragua.»
La respuesta de Roosevelt el 15 de septiembre fue que estaba de acuerdo en no
hacer nada hasta su regreso a Washington a finales de mes. «Entonces
estudiaremos el asunto con sumo cuidado y decidiremos lo que haya que hacer.»
Había reducido el ámbito de elección. A partir de entonces, le dijo a Hay, ya
no quería tratos con «esa gente de Bogotá».
«Nadie puede asegurar qué sucederá en el asunto del canal ístmico», escribió
ese mismo día a su amigo Will Taft, que estaba en las
Filipinas.
Una vez, al describir su método de liderazgo ejecutivo, Roosevelt señaló a un
amigo: «Cuando me decido a hacer algo, actúo. Muchos […] me llaman aprensivo y
dicen que soy precipitado, cuando en realidad he considerado con detenimiento
cuanto tiene que hacerse». Su rapidez para poner en práctica la decisión tomada
es lo que desconcertaba a la gente, explicaría años más tarde su primo Nicolás;
pero rara vez llegaba a una decisión sin haberla meditado mucho.
Por el momento, Roosevelt esperaba también respuesta a una solicitud hecha a
través del secretario de Guerra, Elihu Root, desde mediados de marzo, antes de
que el Senado aprobara el Tratado Hay-Herrán. Había ordenado que se enviaran a
Panamá dos o tres militares escogidos, vestidos de civiles, para valorar la
situación desde el punto de vista castrense, y que a su vuelta le informaran
personalmente de sus conclusiones.
El 1 de octubre, varios días después de que Roosevelt regresara a Washington,
Tomás Herrán informó de que la política oficial era la «espera vigilante».
III
La «ayuda de otro sector» para Manuel Amador llegó el 22 de
septiembre. «Había ido a Nueva York por pura casualidad», afirmaría más tarde
Philippe Bunau-Varilla. Pero semejante coincidencia «fortuita» les parecería a
muchos sumamente improbable. Habían pasado dos semanas desde que Amador había
enviado su cable «Disappointed», es decir, el tiempo suficiente para que
Cromwell hubiera telegrafiado a París y Bunau-Varilla tomara el siguiente
vapor.
De cualquier manera, el pequeño y audaz ingeniero había dedicado la mayor parte
del verano a enviar costosos y apremiantes cables a Bogotá para advertir a
Marroquín de las terribles consecuencias que tendrían que afrontar si los
colombianos rechazaban el tratado. Había mantenido correspondencia con Loomis
en el Departamento de Estado y había publicado extensos comunicados pagados
en Le Matin. Estaba seguro de que las fuerzas que habían destruido
a Ferdinand de Lesseps se habían desatado de nuevo.
Una vez en Nueva York, según su testimonio posterior, nunca «vio ni la sombra»
de Cromwell. Había venido, dijo, para llevarse a su hijo de treinta años,
Étienne, víctima de la fiebre del heno, quien había pasado el verano en una
finca rural de John Bigelow, en el Alto Hudson. «Como es natural, aproveché mi
presencia en Estados Unidos para visitar y preguntar por la situación del
asunto de Panamá a quienes podían darme alguna información», escribió más
adelante. De hecho, por mediación de Joshua Lindo, al que había conocido en
Panamá años antes, Bunau-Varilla se puso en contacto telefónico con Amador al
día siguiente de su llegada.
Se había registrado en su hotel favorito, el Waldorf-Astoria, y en su
habitación, la número 1162, fue donde se sentó con Amador para conversar por
primera vez la mañana del 24 de septiembre, exactamente a las 10.30 horas,
según las memorias de Bunau-Varilla. Se habían conocido en el Istmo años atrás,
pero este no había olvidado de ninguna manera la diferencia de rango que había
entre un simple médico local empleado en el ferrocarril y el director general
de la Compagnie Universelle.
Amador, «profundamente conmovido por la emoción y la indignación» (según
Bunau-Varilla), se disculpó por todo lo que había sucedido. Si sus amigos de
Panamá hubieran sido localizados y fusilados como resultado de la intromisión
de Cromwell, declaró, él lo habría matado. Bunau-Varilla calificó de «locura
imperdonable» haber escuchado a Cromwell en primer lugar. «Con su imprudencia
se han metido en un atolladero», sentenció. La situación, sin embargo, no era
desesperada. Para salir del apuro, el doctor y sus amigos solo tenían que
apelar a la razón y poner el asunto en manos de Philippe Bunau-Varilla.
«Díganme cuáles son sus esperanzas y en qué se fundan sus probabilidades de
éxito. Díganmelo todo, calmada, metódica y precisamente.»
Los detalles, según los presentó Amador, eran los siguientes:
En el Istmo solo había destacada una pequeña y débil guarnición de tropas
federales. A los soldados no se les había pagado desde hacía muchos meses y se
sabía que su comandante, el joven general Huertas, se mostraba favorable al
movimiento revolucionario. Colombia, sin embargo, dominaba el mar, de modo que
podía desembarcar tropas a voluntad.
(Exceptuando la parte relativa al general Huertas, toda la información restante
podía haberse obtenido con una cuidadosa lectura de los periódicos de algunos
meses atrás, o de Cromwell, de haber estado Bunau-Varilla secretamente en
contacto con él; pero esta parte de la historia nunca será conocida.)
La necesidad inmediata era obtener dinero, explicó Amador. ¿Qué cifra es la que
tienen en mente?, preguntó Bunau-Varilla. Seis millones de dólares, replicó
Amador, que cubrirían el coste de las lanchas cañoneras que se precisaban.
Bunau-Varilla le dijo a Amador que ahora comprendía perfectamente la situación
y que necesitaría algunos días para presentar una solución. Entre tanto, Amador
debería esconderse y no hablar con nadie. Este le había causado la impresión de
ser un confederado arriesgado, «un soñador infantil». Si Amador deseaba ponerse
en contacto con él por teléfono, debería utilizar el nombre de Smith. «Yo
adoptaré el de Jones.»
Según Bunau-Varilla, se hallaba ante una grave cuestión de conciencia. «¿Tengo
el derecho moral de participar en una revolución y alentar su desarrollo?»
Decidió de inmediato que la respuesta era sí. «Sí, porque Colombia seguía una
política de piratería, tendente a la destrucción de la preciosa obra de los
franceses.»
IV
Al mediodía del 10 de octubre de 1903, el subsecretario de
Estado, Loomis, escoltó a Philippe Bunau-Varilla desde el Departamento de
Estado hasta la Casa Blanca. Loomis era un hombre encantador de poco más de
cuarenta años, almidonado y activo, con un maravilloso bigote fino y largo, y
el cabello negro peinado con brillantina. Antiguo agente de prensa, Loomis
planeaba presentar a Bunau-Varilla ante Roosevelt como editor de Le
Matin. Otro de los «amigos personales» de Bunau-Varilla, Loomis había sido
descubierto y frecuentado por el francés en París años atrás, cuando este se
encontraba de camino para ocupar un puesto en Portugal.
Según los recuerdos posteriores de Bunau-Varilla y Roosevelt, su conversación
comenzó con el tema del caso Dreyfus y del papel que había
desempeñado Le Matin; luego, Bunau-Varilla afirmó: «Señor
presidente, el capitán Dreyfus no ha sido la única víctima de pasiones
políticas detestables. Panamá es otra de ellas». La conversación que siguió se
desarrolló con escrupuloso cuidado por ambas partes. Al describir más tarde la
escena, Roosevelt señalaría que habría convenido que hubiera un dictáfono en la
sala. Bunau-Varilla predijo una revolución en el Istmo, y, según él, «la
expresión del presidente denotó profunda sorpresa».
«¿Una revolución? —murmuró Roosevelt (según el relato de Bunau-Varilla)—.
¿Sería posible?»
Bunau-Varilla afirmó más tarde que no preguntó a Roosevelt qué haría Estados
Unidos en el caso de tal sublevación. Pero en la versión de Roosevelt, aportada
de forma extraoficial diez años después, Bunau-Varilla preguntó a quemarropa si
Estados Unidos impediría el desembarco de tropas colombianas; y añadió:
«Supongo que usted no puede decirlo». A lo que Roosevelt replicó en lo esencial
que así era. Todo lo que podía afirmar era que Colombia había perdido por su
acción todo derecho a reclamar a Estados Unidos y que él no necesitaba en
absoluto al Gobierno colombiano.
En una carta dirigida a Roosevelt, escrita solo unos cuantos meses después, que
muy posiblemente fue solicitada, Loomis afirmaba: «No se dijo nada que de algún
modo pudiera interpretarse como consejo, instigación, sugerencia o aliento con
respecto a la iniciación de un movimiento revolucionario».
Sea como fuere, Bunau-Varilla abandonó el despacho del presidente convencido de
que conocía la posición de Roosevelt, y este reconoció más tarde que si
Bunau-Varilla no hubiera logrado captar lo que él, Roosevelt, intentaba hacer,
es que no era muy brillante. «Por supuesto, no tengo ni idea de lo que
Bunau-Varilla aconsejó a los revolucionarios —le diría Roosevelt a John
Bigelow— […], pero sí sé que no tenía ninguna garantía ni por parte de Hay ni
por la mía, o de cualquiera que estuviese autorizado para hablar en nuestro
nombre. Él es un tipo muy capaz y su deber era descubrir lo que pensaba que
haría nuestro Gobierno. No tengo la menor duda de que era capaz de hacer una
conjetura muy precisa y de aconsejar en consecuencia a su gente. De hecho,
habría demostrado ser muy torpe si no hubiera sido capaz de hacer semejante
conjetura.»
Sin embargo, Bigelow era uno de los que aún no estaban convencidos. Y sus
observaciones privadas arrojan una luz muy diferente sobre la situación.
Bunau-Varilla había ido a la finca rural de Bigelow de Highland Falls, a
orillas del Hudson —su familia estaba hospedada con los Bigelow— inmediatamente
después de ver al presidente, y por las conversaciones mantenidas el domingo
11, Bigelow entendió con toda claridad que se había informado a Roosevelt del
plan revolucionario de Bunau-Varilla. Debe señalarse que Bigelow era un fiel
admirador de Roosevelt y no compartiría después ninguno de los escrúpulos sobre
el papel de Estados Unidos en el «asunto de Panamá», como Roosevelt lo llamaba.
Lo siguiente está tomado del diario privado de Bigelow. Fue escrito a la semana
de la conversación de Bunau-Varilla en la Casa Blanca:
Bunau-Varilla llegó el domingo, había visto al presidente y al
subsecretario de Estado; les explicó su proyecto para proceder con el canal
ístmico sin mayores demoras […]. En resumen, consistía en llevar a cabo el
alzamiento contra el Gobierno colombiano, declarar su independencia […] emitir
una proclamación para tal efecto, adoptar la Constitución de Cuba al mismo
tiempo, y otorgar poderes dictatoriales al presidente [Amador], quien es un
viejo y fiel amigo de B.-V.; hacer que EE. UU. envíe navíos para proteger […]
al nuevo Estado de cualquier hostilidad que pudiera dañarlo, etcétera,
etcétera.
Pero, según Bunau-Varilla, no concibió su plan hasta que se
encontró en el tren para volver a Nueva York desde Washington. No difería en lo
fundamental del que Cromwell había esbozado para el World meses
atrás, salvo en que Bunau-Varilla concedía a las cañoneras estadounidenses el
papel decisivo. Sabía que tal plan funcionaría, señaló tiempo después, porque
había visto su puesta en práctica durante la revolución de 1885. Pero en
realidad no había sido así, pues ninguna fuerza estadounidense había evitado el
desembarco de tropas colombianas en Panamá en 1885 o durante cualesquiera de
los disturbios anteriores.
Bunau-Varilla se entrevistó con Amador en el Waldorf la noche del 30 y le dijo
que no había necesidad de comprar lanchas cañoneras, explicándole los motivos
de forma muy general. Amador insistió en que seguía precisándose dinero para
garantizar el apoyo de la guarnición colombiana en la ciudad de Panamá.
Bunau-Varilla pensaba que 100.000 dólares serían suficientes y prometió
proporcionar la cantidad de su propio bolsillo si era necesario. Amador seguía
muy inquieto. Había pensado en cantidades mucho mayores; creía que debía haber
un compromiso de alguien en Washington, algo más que la mera palabra del
francés. Le disgustaba la idea de Bunau-Varilla de que la nueva república solo
debía comprender la zona del canal y no todo el Istmo. Si él y sus amigos
querían todo el Departamento de Panamá, deberían tomarlo más tarde, había
afirmado Bunau-Varilla; una vez ratificado el tratado del canal, podrían obtener
los diez millones de dólares autorizados por la Ley Spooner y podrían hacer
todas las guerras que quisieran.
Se separaron «fríamente», pero lo primero que hizo Amador a la mañana siguiente
fue regresar, pálido y ojeroso después de una noche sin dormir, para declarar
que estaba dispuesto a hacer lo que Bunau-Varilla deseaba.
«Esto es lo que yo llamo un discurso sensato», respondió Bunau-Varilla. Al día
siguiente partiría para Washington de nuevo. Mientras tanto, el doctor debería
prepararse para zarpar hacia Panamá. Al regreso de Bunau-Varilla de Washington,
le entregaría el programa de acción concreto.
Durante los días siguientes, antes de entrevistarse con John Hay, Bunau-Varilla
preparó en su hotel de Washington todo lo que pensaba que Amador necesitaría:
un equipo revolucionario ya preparado que incluyera una proclamación de
independencia, un plan militar básico, un proyecto de defensa de Colón y de la
ciudad de Panamá, el texto de una Constitución, y un código mediante el cual
comunicarse con los rebeldes. El único elemento que faltaba por el momento era
una bandera para la nueva república.
Las cosas empezaron a ir deprisa. El 15 de octubre, Cromwell, quien había
permanecido a cubierto todo ese tiempo, se embarcó para Francia, eximiéndose
así de cualquier posible relación con las actividades que se estaban llevando a
cabo en Washington o Nueva York. Como un gesto de despedida, en una carta
dirigida a Roosevelt fechada el día 14, le informaba de que sus asociados en
Nueva York quedarían a las órdenes presidenciales. «Nunca ha estado este
problema de siglos tan cerca de una solución como en este momento —escribía
Cromwell—, y si se deja pasar la oportunidad, es probable que se pierda para
los siglos venideros.»
También el día 15 le llegó un despacho del Departamento de Marina al almirante
Henry Glass, comandante en jefe del Escuadrón del Pacífico. En una semana a
partir de esa fecha, el día 22, debería salir con sus barcos hacia Acapulco en
un «viaje de prácticas». Más tarde se le enviarían nuevas instrucciones.
Al día siguiente, 16 de octubre, sirviéndole nuevamente Loomis de introductor,
Bunau-Varilla se entrevistó con John Hay en la casa de este último, en
Lafayette Square. La reunión tuvo lugar por la tarde y fue un enfrentamiento
curioso y a la larga crucial.
Bunau-Varilla se había representado a Hay como un hombre frío y severo, un
Bismarck estadounidense, según escribió más tarde; pero en su lugar se encontró
con un hombre de «mente delicada y refinada», cuyas ideas «coincidían
rigurosamente con las mías». Juntos deploraron «la ceguera» de Colombia. La
situación terminaría, declaró el francés, en una revolución, y Hay estuvo de
acuerdo en que por desgracia era la hipótesis más probable. «Pero no nos debe
coger desprevenidos —dijo Hay—. Ya se han girado órdenes a las fuerzas navales
del Pacífico para que zarpen hacia el Istmo.»
Para cualquiera que tuviera un interés personal en la revolución, esta era,
como apreciaron ambos hombres, una importantísima información. Pero, al igual
que en la conversación de Bunau-Varilla con el presidente, el tono siguió
siendo de perfecta corrección. Bunau-Varilla no pareció haber acusado ninguna
respuesta a la noticia, ni dado a Hay ninguna indicación sobre sus propias
intenciones.
Lo que siguió fue más bien una larga digresión de Hay, una serie de comentarios
aparentemente acerca de una novela que el secretario acababa de leer y que por
casualidad tenía a mano. Le entregó el libro a Bunau-Varilla y le dijo que lo
leyera en la primera oportunidad que tuviera. El título era Captain
Macklin, y el autor, el amigo de Hay, Richard Harding Davis. Bunau-Varilla
escribiría que fue «el símbolo sutil, el santo y seña intercambiado entre el
señor Hay y yo».
La historia, tal como brevemente se la contó Hay a Bunau-Varilla, trataba de un
joven e idealista cadete de West Point, Royal Macklin, quien se embarca para
Centroamérica (en un navío llamado Panamá) en busca de fortuna,
después de haber sido expulsado de la Academia por una infracción leve a los
reglamentos. Se encuentra con un antiguo oficial francés y juntos logran hacer
una revolución en Honduras. En la obra se destaca el gusto habitual del autor
por los combates épicos. En determinado momento, el héroe, un personaje muy
semejante al autor, besa el relicario que le había dado su novia y así recobra
su confianza y determinación. Pero también es un libro en el que el dirigente
político local es una figura ridícula, la revolución es una «ópera cómica» y
Centroamérica se presenta como una región de indecibles oportunidades si los
hombres blancos tomaran el control.
«Conozco toda Centroamérica y es una región maravillosa», observa uno de los
personajes, un estadounidense.
No existe ni un fruto, ni un grano o planta que no se pueda sacar de allí
con los simples dedos. Tiene grandes bosques, enormes pastizales y tesoros
enterrados de plata, hierro y oro. Pero está maldecida con las más perezosas de
las criaturas de Dios, y los hombres que la gobiernan son los más corruptos y
los más viciosos […]. Son un insulto y una amenaza para la civilización, y ya
es tiempo de que caigan y salgan y dejen campo para los mejores, o de que sean
expulsados a patadas. Sin embargo, el personaje más memorable del
libro es el pirata francés, un caballero andante, quijotesco y honrado que
lucha a la cabeza de los soldados centroamericanos, pero que es demasiado bueno
para ellos. Para John Hay, según se lo expresó a Bunau-Varilla, el ambicioso
joven Macklin y el oficial francés eran hermanos de espíritu, «que iban en
busca de un ideal».
Según su propio relato, Bunau-Varilla salió de la entrevista en una especie de
aturdimiento espiritual. Había encontrado «uno de los personajes más nobles que
se me ha concedido conocer»; guardaría el recuerdo del señor Hay con «una
admiración casi religiosa». ¿Quería decir que ellos también iban «en busca de
un ideal»? ¿Había encontrado Hay alguna semejanza entre el papel del francés en
la epopeya de Panamá y en la novela? Sin duda, el secretario de Estado
estadounidense trataba de decirle algo. «¿No deseaba expresarme simbólicamente
que había entendido que la revolución que se preparaba para hacer triunfar la
idea estaba tomando forma bajo mi dirección? […] Lo único que faltaba era que
yo actuara.»
Esa misma tarde del 16 de octubre, dos oficiales del Ejército fueron recibidos
en el despacho del presidente en la Casa Blanca para informarle sobre su misión
confidencial en Panamá. El capitán Chauncey B. Humphrey era profesor de dibujo
en West Point; el teniente Grayson M.-P. Murphy se había licenciado en la
Academia el año anterior. Cualquiera de los dos podría haber sido elegido para
personificar al capitán Macklin si se hubiera estado haciendo el reparto para
una producción teatral.
Según lo que habían visto, explicaron los oficiales al presidente, podía
esperarse una revolución en el Istmo en cualquier momento. Estaban llegando a
Colón rifles y municiones de contrabando dentro de cajas de piano; en la ciudad
de Panamá se había organizado hacía poco un cuerpo de bomberos con la intención
de formar una unidad militar revolucionaria; un hombre llamado Arango era el
cabecilla (dio la casualidad de que habían recogido mal el nombre de Arango), y
la poca estima por el Gobierno de Bogotá parecía ser unánime entre los
habitantes de Panamá.
Como el teniente Murphy expresaría después de forma confidencial, las
perspectivas de una revolución rápida, limpia y potencialmente lucrativa les
habían resultado tan seguras que habían pensado en renunciar a su misión de
inmediato para «ayudar a su consumación». Su plan era acudir a J. P. Morgan
para obtener el financiamiento necesario. Por llevar la revolución al éxito sus
honorarios iban a ser de 100.000 dólares por cabeza, que pensaban que eran una
parte justa de los diez millones de dólares que Estados Unidos iba a dedicar a
Panamá.
Un informe escrito posterior confirma que su reconocimiento no había sido una
misión fortuita o casual, pues incluye detalles tan vitales para una campaña
militar como cuáles eran las mejores posiciones para la artillería a fin de
dominar Colón y la ciudad de Panamá, y el número estimado de mulas que podrían
obtenerse en los remotos poblados del interior. Tampoco hay duda de que la
palabra de estos hombres pesaría mucho para Roosevelt. Es probable que su
relato fuera el primero sobre la situación de Panamá que le pareció fiable.
Sin embargo, la respuesta que vieron fue tal que abandonaron la Casa Blanca
convencidos de que Estados Unidos no desempeñaría ningún papel en esa
revolución. Les había admirado lo mucho que Roosevelt parecía conocer ya de la
topografía del Istmo y otros detalles similares, pero su reacción inmediata fue
descartar toda idea de entrevistarse con J. P. Morgan. «Se acabó nuestra
revolución —dijo Murphy—. Me embarco para Filipinas.»
Philippe Bunau-Varilla estaba ahora en plena actividad. De la casa de Hay se
había ido directamente a la estación, había tomado el primer tren a Nueva York,
y durante la parada en Baltimore había enviado un cable en el que le decía a
«Smith» que «Jones» esperaba verlo en el lugar acostumbrado a las 9.30 de la
mañana. A la hora fijada, Amador llamó a la puerta de la habitación 1162 en el
Waldorf, que, según Bunau-Varilla, merecía ser considerada «la cuna de la
República de Panamá».
Pidió a Amador que se sentara. No había tiempo para entrar en detalles. Amador
no tenía que cuestionar sus afirmaciones ni sus fuentes. Ahora podía asegurarle
que tanto él como su junta serían protegidos por las fuerzas estadounidenses
dentro de las cuarenta y ocho horas siguientes a la proclamación de la nueva
república. Solo se requería un compromiso previo. Deberían estar de acuerdo en
confiarle a él, Philippe Bunau-Varilla, la representación diplomática de la
nueva nación ante Washington. Debía ser él quien esbozara el tratado del canal
con el secretario de Estado estadounidense.
Amador puso objeciones. Tener a un extranjero como su primer representante en
el exterior sería una bofetada al orgullo panameño.
«Lo entiendo —respondió Bunau-Varilla—, pero una ley suprema debe dictar
nuestra resolución. Ella nos ordena reunir todo elemento que pueda garantizar
el éxito final. Una batalla decisiva se librará en Washington. Dejemos que la
entable quien esté mejor equipado para obtener la victoria.»
Al día siguiente, 18 de octubre, esplendoroso domingo otoñal a orillas del río
Hudson, Bunau-Varilla se dirigió por tren hacia el norte, nuevamente a la casa
de John Bigelow en Highland Falls, junto a West Point. El lunes regresó con la
apariencia de cualquier otro hombre de negocios, revitalizado por el aire y los
paisajes del campo, pero trayendo en su portafolios una extraña «bandera de
liberación» de seda que la señora Bunau-Varilla y Grace, la hija de Bigelow,
habían bordado juntas, «en el mayor secreto», durante casi todo el domingo.
Amador se presentó de nuevo en la habitación 1162 para recibir las últimas
instrucciones. Bunau-Varilla desplegó la bandera, que, según él mismo,
«encontró perfecta». El diseño era muy semejante al de la bandera de Estados
Unidos, con la diferencia de que las franjas blancas eran amarillas, y en lugar
de las estrellas blancas había dos soles amarillos (que simbolizaban los dos
continentes) unidos por una banda amarilla (por el canal). Como señalaría uno
de los biógrafos de Roosevelt, hay cierta injusticia en el hecho de que este no
supiera nada de estos últimos preparativos. Con su sentido del humor y su gusto
por la aventura infantil, habría saboreado cada detalle.
Amador dijo que tardaría por lo menos quince días, después de llegar a Panamá,
en tener todo preparado. Su barco se esperaba en Colón el día 27. Bunau-Varilla
repuso que no podía esperar hasta entonces. Quería que la revolución estallase
el día 3 de noviembre —día de elecciones en Estados Unidos—, lo cual le
concedía a Amador exactamente siete días desde la llegada a su tierra. Si él y
sus amigos no podían hacer lo que debían en ese lapso de tiempo, si la
revolución no estallaba el día 3, tendrían que atenerse a sus propios recursos,
y él no se responsabilizaría de las consecuencias.
Amador recibió todos los documentos que Bunau-Varilla había preparado, el
código y la bandera, al día siguiente por la mañana, poco antes de que zarpara
su barco. También se le entregó el texto del cable que debería mandar a
Bunau-Varilla en el momento en que fuera proclamada la nueva república.
El Gobierno acaba de ser formado por aclamación popular. Su
autoridad se extiende desde Colón hasta la ciudad de Panamá, ambas inclusive.
Le ruego que acepte la misión de Ministro Plenipotenciario, a fin de obtener el
reconocimiento de la República y la firma del Tratado del Canal. Tiene usted
plenos poderes para designar un banquero para la República en Nueva York y
abrir un crédito para los gastos inmediatos de urgencia.
Una vez recibido este mensaje, y solamente a su
recibo, enviaría a Amador los 100.000 dólares prometidos, y la protección
militar ofrecida llegaría dentro de las siguientes cuarenta y ocho horas. Según
Bunau-Varilla, Amador salió entonces del Waldorf, habiendo ratificado
solemnemente su completo acuerdo con todas «las condiciones estipuladas».
Amador zarpó en el vapor Yucatán, el mismo barco que en otra
ocasión había transportado a Theodore Roosevelt y a sus soldados de caballería
a la Guerra de Cuba. Confió un paquete al sobrecargo, diciéndole que lo
colocara en la caja fuerte del barco y que lo guardara con cuidado, pues era
algo vital para el futuro de Panamá. El sobrecargo, el joven George Beers, era
el hijo del capitán James Beers.
«El plan me parece bueno», había escrito Amador a su hijo, el médico militar,
en una carta enviada poco antes de zarpar.
Para Bunau-Varilla, la semana que siguió fue interminable. Se ocupó de enviar
cables a los bancos de París para conseguir un préstamo de 100.000 dólares, garantizado
con sus valores personales, y concertó por cable la transferencia del dinero a
un banco de Nueva York (Heidelbach, Ickelheimer & Company). Pero su
preocupación principal era un posible movimiento de las tropas colombianas de
Cartagena a Panamá, un cambio de suerte que si se producía demasiado pronto
podría hacer fracasar todo. Consultaba los periódicos de Nueva York y el 26 de
octubre leyó con «alegría indescriptible» una pequeña nota en la que se decía
que aunque se esperaba que el general Tobar, comandante de las tropas
colombianas en Cartagena, partiría pronto hacia el Istmo, no era probable que
lo hiciera hasta noviembre.
El día 27, fecha en que el Yucatán era esperado en Colón, no
hubo noticias de Amador. Tampoco las hubo el día 28. Pero la mañana del 29
Bunau-Varilla recibió el siguiente cable, firmado por «Smith»:
DESTINO NOTICIAS DESFAVORABLES PODEROSO TIGRE.
URGE VAPOR COLÓN.
La primera parte del mensaje estaba en el código de
Bunau-Varilla y era perfectamente clara.
DESTINO: Este cable es para Bunau-Varilla
NOTICIAS: Llegada de tropas colombianas
DESFAVORABLES: Atlántico
PODEROSO: Cinco días
TIGRE: Más de 200
Aunque el resto —Urge vapor Colón— no se ajustaba al
código preestablecido, Bunau-Varilla lo tomó en el sentido de Envíe
vapor Colón. Eran palabras enigmáticas e irritantes y no sabía cómo
entender su significado. Pero entonces cayó en la cuenta de que Amador quería
que le enviara a Colón un buque de guerra a solicitud suya. Le estaba pidiendo
que demostrara a los demás de Panamá, es decir, al resto de la junta, que podía
enviar al punto y exactamente lo que se necesitara. «No era información lo que
se me transmitía; era una prueba a la que se me estaba sometiendo.»
De inmediato, el pequeño francés se vio presa de una gran agitación. Un buque
estadounidense debía ser enviado a Colón en el acto; todo dependía de eso. Pero
¿cómo? «Si yo triunfaba en esta tarea, el canal estaba salvado. Si fracasaba,
estaba perdido.» Decidió que podía pensar mejor a bordo de un tren, así que se
apresuró a salir del Waldorf y a tomar nuevamente el camino de Washington.
Se entrevistó con Francis Loomis en su casa aquella misma tarde, y le dijo que
guardara en la memoria la fecha del 3 de noviembre. Se repetiría cuanto había
sucedido en Colón en 1885, afirmó, y sería una terrible vergüenza que no
hubiera ningún barco estadounidense disponible, o que su comandante se
comportara como lo había hecho el del Galena durante la
sublevación de Prestan. Al parecer, Loomis expresó que no podía ni quería
comprometerse. Pero a la mañana siguiente, mientras Bunau-Varilla paseaba por
las inmediaciones de Lafayette Square, dudando si iría a visitar a Hay
personalmente, se tropezó con Loomis, y esta vez le declaró con mucha
formalidad que la situación reinante en Colón estaba sin duda «cargada de
peligro» y que sería «deplorable que se repitiera la catástrofe de 1885».
Según el relato posterior de Bunau-Varilla, fue todo lo que Loomis dijo. Sin
embargo, el mensaje era claro: «Las palabras que he escuchado no podían tener
más que una interpretación: "Ya ha sido enviado a Colón un crucero"».
Actuó en ese momento como el personaje de Las minas del rey Salomón que
recuerda que es inminente un eclipse solar y dice a sus salvajes captores que
va a mostrarles su poder apagando el sol. Ahora solo tenía que informar a
Amador de que el buque estaba en camino, y su vista en el horizonte desde Colón
tendría el efecto deseado.
Sin embargo, a mucha gente le iba a parecer esta explicación muy difícil de
creer. Se aduciría que el francés no había ido a Washington para aclarar sus
pensamientos ni para pasear ocioso por Lafayette Square, sino para pedir a
Loomis que enviara un buque de inmediato, y que este le había asegurado a la
mañana siguiente que el barco estaba en camino.
La respuesta dada a esta acusación es característica de Bunau-Varilla:
Mi única réplica a tales críticas es que no tienen ni la menor
idea de los métodos científicos.
Construí toda esta sutil estructura diplomática como se construye un puente;
esto es, calculando sus diversos elementos y no tratando de obtener información
directa que hubiera sido imposible de conseguir.
Las operaciones abstractas de trigonometría conducen a resultados más seguros
que las mediciones físicas, cuando ambas operaciones son posibles, pero en la
mayoría de los casos solo la trigonometría puede utilizarse. Yo he hecho
diplomacia como si empleara la trigonometría.
Sin duda alguna, este método le resultará incomprensible a muchas mentes.
Por los diarios neoyorquinos había tenido noticia de los
movimientos de algunos navíos estadounidenses. El Dixie se
hallaba camino de Guantánamo, según había informado pocos días antes The
New York Times. El Nashville se encontraba en Kingston
(Jamaica). Si se había destinado un barco a Colón, sería este, el único que se
encontraba situado más cerca, pues sabía que había estado en Colón a principios
de mes. Calculando que la velocidad del navío fuera de diez nudos, determinó
que podría cubrir las quinientas millas de distancia que hay de Kingston a
Colón en dos días. Añadió después doce horas para los preparativos previos a la
salida, lo que, calculaba, haría aparecer el navío sobre el horizonte de Colón
en la mañana del 2 de noviembre.
Después de hablar con Loomis, tomó el tren matutino (a las once en punto) con
destino a Nueva York, y de nuevo telegrafió a Amador desde Baltimore. El cable
se envió poco después del mediodía del 30 de octubre. Descifrado, decía así:
DE ACUERDO LLEGARÁ DENTRO DE DOS DÍAS Y MEDIO.
En The New York Times entregado en su cuarto el
domingo 1 de noviembre por la mañana, en la página 4, en el ángulo inferior
derecho, Bunau-Varilla encontró una pequeña nota fechada en Kingston (Jamaica)
el 31 de octubre:
La lancha cañonera de Estados Unidos Nashvillezarpó de aquí esta
mañana con órdenes secretas. Se cree que su destino es Colombia.
Capítulo 13
Una revolución extraordinaria
«Fue una revolución extraordinaria. Pienso que la más
extraordinaria que he leído en la historia.»
Senador SHELBY M. CULLOM
I
La llegada de Manuel Amador a Colón no tuvo contratiempos. Según
lo acordado previamente, ninguno de los restantes conspiradores lo estaba
esperando cuando el barco atracó. Solo acudió a recibirlo Herbert G. Prescott,
subdirector del ferrocarril de Panamá, quien subió a bordo con el capitán del
puerto como algo rutinario para llevarse los papeles o documentos que Amador no
quisiera que se encontraran en su poder. El doctor desembarcó como si tal cosa
y a nadie le extrañó el hecho de que partiera con Prescott en el próximo tren
que salió para la ciudad de Panamá. Si alguien hubiera registrado al doctor, le
habría encontrado, enrollada alrededor de la cintura, una extraña bandera.
El problema comenzó esa misma tarde cuando presentó a los demás la bandera y el
resto de los accesorios revolucionarios de Philippe Bunau-Varilla en una
reunión secreta que se mantuvo en una casa de la Plaza de la Catedral, hogar de
Federico Boyd. El informe de Amador provocó decepción o dura desaprobación. Las
meras promesas de un francés desconocido no impresionaron a nadie. La idea de
un movimiento independentista que no incluyera el Istmo entero se consideró una
necedad, pues varios de los presentes poseían extensas fincas fuera de la zona
propuesta por el francés. Lo que se esperaba era que Amador hubiera regresado
con un acuerdo efectivo firmado por John Hay o incluso por el mismo Roosevelt.
A nadie le gustó la bandera, que se juzgó demasiado parecida a la de Estados
Unidos.
Casi era medianoche cuando la reunión se disolvió, y el único acuerdo al que se
llegó fue que se enviarían emisarios al interior para solicitar apoyo
revolucionario. Amador se fue a casa completamente abatido.
Al día siguiente pareció que todo el juego estaba perdido. Tomás Arias, uno de
los miembros de la junta más rico e influyente, fue a comunicar a Amador que se
estaba arrepintiendo. «Tú eres un hombre viejo —dijo Arias—, Arango también lo
es, y no les importa si los ahorcan. A mí no me gusta la idea de ser ahorcado.»
A las pocas horas, Amador se enteró por José de Obaldía, gobernador del
Departamento de Panamá, de que una fuerza de tropas escogidas colombianas —un
destacamento de tiradores— había salido de Barranquilla y se hallaba camino de
Colón. Obaldía, otro de los terratenientes acaudalados, había sido designado
gobernador por José Marroquín el verano anterior, y como se sabía que estaba a
favor de la separación de Colombia en el caso de que el tratado del canal
fracasara, su designación había causado una gran agitación en Bogotá. Pero no
estaba implicado en la conspiración; solo era un simpatizante y amigo íntimo de
Amador. De hecho, había pasado temporadas viviendo en su casa[14].
Amador decidió, en primer lugar, que había llegado demasiado lejos para echarse
atrás y, en segundo lugar, que de momento no confiaría esta última información
más que a Herbert Prescott, al que describiría como «un hombre del ferrocarril
típico y muy enérgico, que jamás hacía las cosas a medias». Juntos decidieron
«seguir adelante».
Esto fue el 28 de octubre. Al día siguiente, muy temprano, Amador hizo su
jugada. Demostraría a los demás lo que podía lograrse diciendo la palabra
esperada. El crucial telegrama «Destino noticias desfavorables poderoso tigre.
Urge vapor Colón» fue enviado a Nueva York. Se concertaron entrevistas
apresuradas con Porfirio Meléndez, un jefe de policía intrépido muy metido en
política y capataz a tiempo parcial del ferrocarril de Colón, quien aceptó
comandar el levantamiento de la parte del Atlántico, y con el general Rubén
Varón, comandante del Padilla, una de las dos lanchas cañoneras
colombianas que se encontraba en la bahía de Panamá. Con la promesa de 35.000
dólares en plata, Varón accedió a entregar su barco a la junta en el momento en
que se iniciara la revolución. Se fijó el levantamiento para el 4 de noviembre.
El domingo 1 de noviembre, Amador recibió la respuesta que esperaba de Nueva
York, la cual «tuvo el efecto de dar nueva vida a los conspiradores». Tomás
Arias recobró al instante su fe en el proyecto. El doctor Carlos Mendoza,
dirigente de los liberales, y dos de sus prominentes compatriotas, Eusebio
Morales y Juan Enríquez, aceptaron preparar un manifiesto apropiado y mejorar
la declaración de independencia de Bunau-Varilla. Manuel, el hijo de Amador,
diseñó una nueva bandera, que fue bordada por la señorita María Amelia de la
Ossa, prometida del hermano de Herbert Prescott, quien era el telegrafista jefe
del ferrocarril. La bandera se componía de cuatro rectángulos: el inferior
izquierdo, azul; el superior derecho, rojo; el superior izquierdo, blanco con
una estrella azul en el centro, y el inferior derecho, blanco con una estrella
roja en el centro. Y de inmediato la copiaron otras damas, entre las que se
encontraban la señora Amador y su hija Elmira (quien estaba casada con el
sobrino de Felix Ehrman, vicecónsul de Estados Unidos) y varios miembros de las
familias Arango y Arosemena.
Incluso J. Gabriel Duque prestó su apoyo incondicional, prometiendo que podría
contarse con la brigada de bomberos de la ciudad, de la cual era jefe y
patrocinador principal —alrededor de doscientos hombres—, llegado el momento.
Ninguno de los que pertenecían al llamado círculo secreto, ni siquiera Arango,
sabían todavía que las tropas colombianas se hallaban en camino. Solo lo sabían
Amador, puede que su mujer, Herbert Prescott y, desde hacía muy poco, el
coronel James Shaler, director del ferrocarril. Tuvo que incluirse a Shaler
porque el ferrocarril no solo era el único medio de transportar hombres desde
Colón (donde desembarcarían) hasta la ciudad de Panamá (donde iba a iniciarse
la revolución), sino que contaba con el único sistema telefónico y telegráfico
entre Colón y la ciudad de Panamá.
Tan pronto como Amador lo puso al corriente de la situación, Prescott fue a
Colón para entrevistarse con Shaler, y con su consentimiento sacó de los
depósitos todo el material rodante disponible, todos los vagones que pudieran
utilizarse para transportar tropas, y lo llevó al término de la línea en la
ciudad de Panamá. Como de inmediato comprendieron estos dos hombres, el
ferrocarril era la clave. Shaler permaneció donde estaba; Prescott regresó a la
ciudad de Panamá para «esperar hasta que algo sucediera».
Así estaban las cosas el lunes 2 de noviembre, cuando el Nashville apareció
en el horizonte.
* * * *
El cable urgente al comandante Hubbard del Nashville,
un texto clasificado como secreto y confidencial, había sido enviado el 30 de
octubre, el día del encuentro casual de Philippe Bunau-Varilla con el
subsecretario Loomis en Lafayette Square. El Nashville tenía
que zarpar de inmediato hacia Colón; Hubbard iba a telegrafiar en clave la
situación, una vez que hubiera consultado con el cónsul de Estados Unidos; e
iba a mantener en secreto su destino. Nada se dijo de que se esperara una
revolución en el Istmo o de que hubiera que tomar parte en tal suceso. Así
pues, a Hubbard y a su tripulación el hecho de zarpar de Kingston les pareció
algo relativamente rutinario. La larga lancha cañonera blanca de dos chimeneas
había visitado el puerto de Colón en otras ocasiones y en fecha tan reciente
como hacía dos semanas.
El arribo del barco a Colón tampoco fue motivo de particular alarma para los
colombianos o los oficiales locales, que no sabían nada de lo que se preparaba.
Lo único que les sorprendió fue que el barco hubiese regresado tan pronto.
Sin embargo, para los conspiradores compañeros de Amador fue un momento
decisivo largamente esperado, el signo irrefutable de que Estados Unidos estaba
dispuesto a garantizar su triunfo y de que el francés de Amador era de verdad
su mensajero. «Acabo de telegrafiarle que el Nashville ha sido
avistado», escribió James Shaler en una breve nota a Prescott, alrededor de las
cuatro de la tarde del 2 de noviembre. «Esto, supongo, resuelve la situación.»
El barco ancló en el puerto a las 5.30, es decir, solo ocho horas después de lo
que Bunau-Varilla había especificado. Hubbard bajó a tierra y encontró que
«todo en el Istmo estaba en paz». Pero también habló con Shaler, y no hay razón
para pensar que este le ocultara algo. De modo que Hubbard, sin duda alguna, se
dio cuenta exacta de cuál era la situación cuando la cañonera colombiana arribó
al puerto a continuación.
Según el cuaderno de bitácora de Hubbard, el Cartagena llegó
cerca de la medianoche, con todas las luces apagadas. No se sabe si alguien se
encontraba de servicio en las oficinas del ferrocarril a esas horas o pudo
determinar qué barco era, ni qué mensaje enviaría Shaler a la ciudad de Panamá,
si es que envió alguno. Pero al amanecer del 3 de noviembre Hubbard se dirigió
en un bote hacia la embarcación colombiana, subió a bordo y el general Juan
Tobar le informó de que el navío transportaba cerca de quinientos soldados que
él tenía la intención de desembarcar de inmediato.
Hubbard no protestó, pese a lo que sabía. No tenía órdenes de impedir tal
desembarco y no había señal alguna de disturbios que pudieran justificar su
intervención.
La noticia del desembarco se comunicó de inmediato por teléfono a la ciudad de
Panamá, y fue una revelación aplastante para los conspiradores, a los que se
había mantenido en la ignorancia durante todo ese tiempo. De por sí, el anuncio
de que un barco de guerra colombiano se encontraba en Colón habría tenido un
efecto devastador, pero mucho peor era saber que la nave estadounidense no
había hecho ningún movimiento para evitar que las tropas colombianas —y con
ellas seguramente un pelotón de fusilamiento— desembarcaran. Todas las bravatas
provocadas por el arribo del Nashville esa tarde
desaparecieron en un instante. Los conspiradores se sintieron víctimas de una
diabólica traición yanqui. Incluso Amador, según se dice, comenzó a tener
dudas, y habría suspendido todo al amanecer del día 3 si no hubiera sido por el
imponente Arango, quien declaró que estaba dispuesto a permanecer fiel a su
antiguo amigo, y por la señora Amador, una mujer «de valor y brío» (como la
describiría William Howard Taft), que era mucho más joven que su marido y
declaró que era tiempo de proseguir la lucha, con soldados o sin soldados.
Se improvisó con prisas un plan, una estratagema muy hábil que también parece
haber sido inspirada por la señora Amador, y rápidamente se comunicaron los
detalles por teléfono al coronel Shaler, a quien se había escogido para ponerle
el cascabel al gato.
* * * *
El coronel James Shaler era un hombre de setenta y siete años,
mayor aún que Amador, y estaba considerado uno de los estadounidenses más
importantes y populares en el Istmo. Un reportero neoyorquino que lo entrevistó
pocos meses antes advirtió que «la impronta de su personalidad» podía sentirse
en todas partes. En una región donde la mayoría de las personas eran de baja o
mediana estatura, piel tostada y cabello negro, Shaler era alto y delgado, y
llamaba especialmente la atención por su enorme bigote blanco y su tupida
cabellera de pelo muy blanco. En una sociedad donde las familias prolíficas
eran muy estimadas, él era soltero, un hombre tranquilo de pausados placeres
contemplativos (los libros, el billar). Pero adoraba abiertamente a Panamá, y
tanto su vitalidad física como mental desmentían las tradicionales patrañas de
la apatía engendrada por una estancia permanente en ese clima. Para la junta se
volvió súbitamente indispensable. Como muchos reconocerían después, sin él no
habría habido una República de Panamá independiente.
El general Tobar y el batallón de tiradores (más una docena aproximada de
esposas de los soldados) desembarcaron en el antiguo muelle del ferrocarril de
Panamá. Tobar y sus ayudantes descendieron «deslumbrantes con sus primorosos
uniformes y portando todas las armas que les era permitido llevar a los
oficiales». Los estaban recibiendo con la cortesía acostumbrada varias de las
autoridades locales, cuando Shaler salió de las oficinas del ferrocarril y se
aproximó a ellos. Se presentó a sí mismo, dio la bienvenida a los oficiales y
con toda calma les recomendó que partieran de inmediato a la ciudad de Panamá
en un tren especial, compuesto por una locomotora y un solo vagón, que se había
preparado para su comodidad a petición personal del gobernador Obaldía. Las
tropas no podrían ser trasladadas de momento debido a una escasez temporal de
equipo, explicó, pero los seguirían en un breve lapso de tiempo. Tobar dudó;
Shaler insistió, diciendo que no había ninguna razón para que permanecieran ni
un minuto más en ese calor asesino.
«Yo señalé —explicó Tobar después en su defensa— que era necesario que tomara
las medidas oportunas para el desembarco de las tropas [… pero] como él seguía
insistiendo en su empeño y yo pude convencerme, y así me lo aseguró el propio
prefecto, de que las tropas nos seguirían en un tren especial, no encontré una
razón justificable para persistir en mi negativa.»
El joven coronel Eliseo Torres fue elegido para que se quedara al mando del
batallón. Pero cuando Tobar y sus asistentes —quince hombres en total— se
estaban instalando cómodamente en su vagón especial, el segundo de Tobar, el
general Ramón Amaya, empezó a sospechar algo y dijo que debía bajarse
enseguida. Tobar se opuso, alegando que sería impropio que no llegaran juntos a
la ciudad de Panamá. El asunto se resolvió cuando Shaler avanzó con
tranquilidad hacia la parte trasera del vagón, tiró del cordón de señales y
saltó fuera del tren. Sonreía abiertamente y saludaba con la mano mientras el
tren se alejaba.
La oficina del ferrocarril se convirtió entonces en una especie de puesto de
mando. Shaler telefoneó a Prescott y le dijo que esperara a los generales
alrededor de las once. Él haría todo lo posible para mantener las tropas en
Colón, pero no sabía cuánto tiempo pasaría antes de que empezaran a sospechar y
decidieran resolver por sí mismos el asunto.
Entre las 10.30 y las 11, el comandante Hubbard apareció en la oficina deseoso
de conocer la situación, pues acababa de recibir de Washington un cable muy
importante. Ahora sus órdenes específicas y secretas —órdenes que le habían
enviado el día anterior, 2 de noviembre— eran evitar el desembarco de las
tropas colombianas. El cable, un documento de particular interés con el
transcurso del tiempo, decía lo siguiente:
NASHVILLE, PROTEJA CÓNSUL
ESTADOUNIDENSE, COLÓN:
SECRETO Y CONFIDENCIAL. MANTENGA TRÁNSITO LIBRE E ININTERRUMPIDO. SI HAY
AMENAZA DE INTERRUPCIÓN POR FUERZA ARMADA, OCUPE LA LÍNEA DEL FERROCARRIL.
EVITE DESEMBARCO DE CUALQUIER FUERZA ARMADA CON INTENCIONES HOSTILES,
GUBERNAMENTAL O INSURGENTE, EN COLÓN, PUERTO BELLO U OTRO PUNTO. ENVÍE COPIA DE
INSTRUCCIONES AL OFICIAL MÁS ANTIGUO PRESENTE EN PANAMÁ AL ARRIBO DEL BOSTON.
ENVIADA COPIA DE INSTRUCCIONES Y TELEGRAFIADO AL DIXIE PARA
QUE SE DIRIJA CON TODA LA PRONTITUD POSIBLE DE KINGSTON A COLÓN. SE INFORMA
FUERZA GUBERNAMENTAL APROXIMÁNDOSE A COLÓN EN BARCOS. EVITE SU DESEMBARCO SI A
SU JUICIO PRECIPITARÍA UN CONFLICTO. SE PIDE ACUSE DE RECIBO.
DARLING, SECRETARIO EN FUNCIONES
Shaler le contó a Hubbard lo que había hecho con los generales,
y este se marchó para enviar un cable de respuesta a Washington. Las tropas
colombianas ya han desembarcado, informó; sin embargo, no se ha declarado la
revolución (Washington no había dicho nada de una revolución) y no ha habido
disturbios. «La situación es sumamente crítica si los dirigentes
revolucionarios actúan.»
Hubbard estaba manteniendo un cuidado escrupuloso. No se haría nada sin
instrucciones específicas de Washington. Era muy evidente que Shaler había
decidido «actuar», que las cosas también se estaban moviendo rápidamente en el
otro lado del Istmo. De hecho, es probable que Hubbard estuviera presente
cuando Porfirio Meléndez entró en la oficina, y Shaler y Meléndez empezaron a
urdir un plan por si los soldados exigían un tren a punta de pistola. El plan,
como detalló más tarde Shaler, consistía en colocar todos los rifles y las
municiones en el vagón trasero. Cuando el tren llegara a Lion Hill, uno de los
hombres de Meléndez quitaría el pasador de enganche trasero y dejaría las armas
perdidas en la selva. Después el maquinista llevaría el tren a todo vapor a
Culebra, donde abandonaría la máquina y dejaría a los soldados desarmados y
desamparados para que caminaran en la dirección que quisiesen.
Para informar a los que estaban en la ciudad de Panamá de este proyecto y de un
plan para apoderarse del Cartagena, se decidió preparar un tren no
previsto y enviar en él a la hija de Meléndez. Aminta Meléndez, una muchacha de
dieciocho años, menuda y agradable, que aparentaba mucha menos edad, hizo el
viaje como se le pidió, un acto de considerable valentía al que más adelante
restaría importancia con modestia. No fue detenida ni interrogada por nadie.
Simplemente, fue a buscar a Arango, a quien su padre consideraba el verdadero
dirigente del movimiento, y entregó el mensaje. Sin embargo, las cosas se
sucedieron de tal manera que la información no tuvo ningún efecto, ni fue
necesario poner en práctica ningún plan. Pero Aminta Meléndez y su «viaje» se
convertirían en un elemento esencial de la historia de la revolución. En una de
las versiones favoritas, se la describiría viajando en la cabina con el
maquinista, cuando en realidad fue cómodamente sentada en un vagón.
* * * *
Mientras tanto, se estaba preparando la trampa para Tobar y
Amaya. Tan pronto como Herbert Prescott recibió el mensaje de Shaler de que los
generales iban de camino hacia Panamá, se dirigió a la casa de Amador y le dijo
que tendría que ser «ahora o nunca». Era necesario pensar con rapidez, puesto
que solo contaban con dos horas para disponer las cosas. Por lo que había
asimilado durante su viaje a Nueva York, Amador estaba convencido también de
que un derramamiento de sangre excesivo pondría en peligro a su causa de perder
las simpatías estadounidenses. Se decidió que la revolución estallaría esa
misma tarde.
Amador pidió de inmediato su carruaje y se dirigió al cuartel de Chiriquí, las
barracas de la guarnición colombiana, una gran construcción de estacas cerca
del malecón, cuya fachada daba a la plaza Chiriquí. Estaba al mando de la
guarnición el general Esteban Huertas, un hombre pequeño, de facciones
agradables, impecable, joven y, como Amador sabía bien, muy ambicioso. Según
los recuerdos de uno de los hombres de Huertas que se encontraba por allí
cerca, cuando este recibió al doctor de cabellos blancos, Amador dijo que él
estaba viejo y cansado, pero que Panamá y el general tenían un gran futuro por
delante.
«Si usted quiere ayudarnos, alcanzaremos la inmortalidad en la historia de la
nueva república. Un barco estadounidense ha llegado y otros se encuentran en
camino —añadió Amador—. Usted y su batallón no pueden hacer nada contra la
fuerza superior de los cruceros, que tienen sus órdenes. Elija: aquí, gloria y
riquezas; en Bogotá, miseria e ingratitud.»
Se dice que Huertas permaneció «impasible» por un momento; luego extendió la
mano: «Acepto».
Pero puesto que esta parece haber sido la única vez que los dos hombres se
reunieron más o menos en privado aquella mañana, debió de haberse llegado
también a un acuerdo sobre las sumas que Huertas y sus hombres iban a recibir
por su participación, a menos que el asunto se hubiera arreglado en secreto
durante los días anteriores, lo que es muy posible. En cualquier caso, el pago
a los soldados iba a ser de 50 dólares por hombre, mientras que Huertas iba a
ser recompensado por su fervor revolucionario con 65.000 dólares, una verdadera
fortuna en Panamá en el año 1903.
A las 11.30 el tren llegó a la estación, y Tobar, Amaya y sus asistentes
descendieron y se encontraron con una sorprendente bienvenida. El gobernador
Obaldía estaba allí, acompañado de todo su séquito oficial: el general
Francisco Castro, comandante militar de Panamá, con sus asistentes; Ehrman,
vicecónsul de Estados Unidos, quien también era director del importante banco
Ehrman en la ciudad de Panamá; y Huertas con sus tropas, formadas en la pequeña
plaza polvorienta frente a la estación. Hubo muchos saludos y muchos vítores.
Obaldía se deshizo en melosas palabras de bienvenida, y había una fila de
elegantes carruajes esperando.
«No hubo nada —explicó Tobar más tarde— que no demostrara la mayor cordialidad
y no me diera la seguridad más completa de que la paz reinaba en todo el
departamento.»
A esto siguió un almuerzo ofrecido en la casa del gobernador. Pero como
avanzaba la tarde y no había señales de su tropa, crecieron las sospechas de
Tobar y acabó exigiendo que lo llevaran al cuartel, donde al punto tomó el
mando. Un oficial le confió que por la ciudad corrían rumores de un
levantamiento; y una enigmática nota de un ciudadano prominente le advirtió que
no confiara en nadie.
Hacia las dos de la tarde, el inquieto general envió a varios de sus asistentes
para informar a Obaldía de estos rumores y solicitar que ordenara el envío
inmediato de las tropas desde Colón. Los asistentes regresaron diciendo que el
gobernador les había asegurado que se ocuparía de todo.
Aparentemente satisfecho con la respuesta, Tobar y algunos de sus oficiales se
dirigieron hacia las barracas, donde pasó revista a las tropas locales con
Huertas y su comitiva. El malecón estaba al lado y Tobar le mostró a Huertas
dónde quería que se apostaran los mejores tiradores para dominar las calles que
venían del puerto a la Plaza de la Catedral.
Durante todo ese tiempo, Amador había estado muy ocupado terminando los
preparativos. Se había reunido con Arango, quien iba a decir a Carlos Mendoza
que tuviera lista la declaración de independencia. Se había entrevistado con J.
Gabriel Duque para comunicarle que el levantamiento tendría lugar a las cinco;
que la brigada de bomberos debería estar en la Plaza de la Catedral, preparada
para marchar sobre las barracas. Se había encontrado con Huertas en una esquina
cerca de la plaza, poco antes de que Tobar fuera a las barracas, y había
escuchado con bastante impaciencia sus argumentos en favor de un plan diferente
(Huertas quería dar el golpe durante el concierto que por la noche ofrecería la
orquesta, lo que haría más fácil capturar a los generales por separado).
Tobar y Huertas estaban todavía en el malecón cuando se presentó un secretario
del gobernador Obaldía para decirle a Tobar que por desgracia el director del
ferrocarril, el coronel Shaler, estaba poniendo obstáculos en el camino. No se
podría movilizar las tropas, había insistido Shaler, hasta que pagaran sus
billetes completos en efectivo; era una de las reglas de la compañía. Tobar le
dijo al enviado que regresara a informar a Obaldía que él estaba dispuesto a
pagar y que las tropas fueran despachadas de inmediato[15].
Llegaron informes a las barracas de que la situación se les estaba yendo de las
manos por todas partes de la ciudad. El jefe de la Tesorería de Panamá, Eduardo
de la Guardia, llegó para informar a los generales de que era inminente un
levantamiento y que Obaldía no haría nada para reprimirlo. En ese momento eran
cerca de las cuatro y media de la tarde.
* * * *
Alrededor de las cinco, mientras Tobar, sus oficiales y Huertas
se hallaban sentados en un banco conferenciando fuera de las barracas, cerca de
la puerta que daba al malecón, informaron a Tobar que una muchedumbre había
empezado a reunirse frente al edificio. El general Amaya salió y regresó para
confirmarlo. Huertas preguntó si no era el momento de ordenar que saliera la
primera patrulla. Tobar asintió y Huertas entró en el edificio con la disculpa
de que iba a quitarse el frac, seguido por el general Castro.
Cuando salió una compañía de soldados con las bayonetas caladas, los generales
seguían sentados en el mismo lugar. Los soldados giraron a la derecha de la
puerta del malecón, como para pasar frente a los generales, pero luego, de
improviso, se abrieron en dos filas, una por delante de los hombres sentados y
otra por detrás. A una orden, los soldados se detuvieron y viraron, con las
bayonetas dirigidas hacia los asombrados generales.
—Generales, son ustedes mis prisioneros —dijo el oficial que iba al mando, un
joven capitán llamado Salazar.
—Yo soy el comandante en jefe —declaró Tobar.
—Usted y sus asistentes —respondió Salazar.
— ¿Por órdenes de quién?
—Del general Huertas.
Tobar arremetió contra el soldado más próximo en un esfuerzo por escapar, pero
al instante fue rodeado por las bayonetas. Apeló a Salazar, rogándole que no
fuera un traidor. Exhortó a los centinelas apostados a lo largo del muro, a los
restantes soldados, a que acudieran en defensa de su país, pero todo fue en
vano. Ni él ni ninguno de sus compañeros habían intentado desenvainar la espada
o sacar la pistola.
Desarmados, fueron sacados por la puerta del malecón, en medio de una multitud
de varios miles de personas. En la Plaza de la Catedral y por la Avenida
Central hasta la cárcel, donde fueron conducidos, la multitud iba gritando: «
¡Viva Huertas! ¡Viva Amador! ¡Viva el Istmo libre!». Y los que estaban armados
empezaron a disparar al aire.
Pocos minutos después de que los generales fueran encarcelados, cuando el reloj
de pared de la oficina del ferrocarril señalaba las 17.49, Herbert Prescott se
puso al teléfono para informar a Shaler y a Meléndez. Era «la hora de la
libertad».
Amador ordenó que Obaldía fuera puesto bajo custodia —por pura formalidad— y
luego fue a ver al vicecónsul estadounidense, Felix Ehrman, quien dictó un
cable para Washington:
EL LEVANTAMIENTO OCURRIÓ ESTA NOCHE A LAS SEIS; NO HUBO
DERRAMAMIENTO DE SANGRE, OFICIALES DEL EJÉRCITO Y LA MARINA TOMADOS
PRISIONEROS, GOBIERNO SE ORGANIZARÁ ESTA NOCHE; CONSTARÁ TRES CÓNSULES, TAMBIÉN
GABINETE. SOLDADOS CAMBIADOS. SE SUPONE MISMO MOVIMIENTO SE EFECTUARÁ EN COLÓN.
PREVALECE ORDEN. SITUACIÓN SERIA. CUATROCIENTOS SOLDADOS DESEMBARCADOS HOY,
BARRANQUILLA.
Inmediatamente después, Amador, Ehrman, Arango, Federico Boyd y
Tomás Arias se dirigieron a la Plaza de la Catedral para ser aclamados por la
multitud.
Al anochecer, mientras el consejo municipal se reunía para reconocer
formalmente a la junta, la lancha cañonera colombiana Bogotá abrió
fuego y arrojó cinco o seis granadas a la ciudad, que mataron a un hombre —un
tendero chino que estaba dormido en su cama— y un burro. Fueron las únicas
bajas del día. Cuando una batería costera respondió, el barco se ocultó detrás
de una isla en la bahía y no se supo más de él. El Padilla, entre
tanto, se mantuvo en completo silencio.
Así pues, al anochecer solo quedaba el problema de las tropas en Colón.
II
La madrugada del 4 de noviembre el comandante Hubbard, del Nashville,
ordenó al director Shaler que prohibiera el movimiento de «tropas de cualquier
partido [colombianas o insurgentes] en cualquier dirección utilizando su
ferrocarril». Así pues, cuando el joven coronel colombiano Eliseo Torres, que
se había quedado al mando de las tropas, se presentó de nuevo en las oficinas
de Shaler esa misma mañana para reanudar sus esfuerzos a fin de obtener el
transporte de sus hombres, Shaler se limitó a decirle que estaba atado de pies
y manos. Las tropas y las mujeres que las acompañaban estaban acampadas en la
calle y eran objeto de gran curiosidad. No había habido fricción con el
populacho ni el menor signo de altercados. Y Torres, al carecer de medios para
comunicarse con la ciudad de Panamá, no sabía nada de lo que había sucedido
allí el día anterior y todavía no se había percatado de la gravedad de su
propia situación.
No lo supo hasta mediodía a través de Porfirio Meléndez, quien, después de
entrevistarse con Shaler, escoltó a Torres por la calle del Frente hasta el bar
del hotel Astor. Mientras tomaban una copa, Meléndez explicó lo que había
sucedido a los generales, advirtió al joven oficial que venía en camino más
ayuda estadounidense y le ofreció una generosa paga en efectivo si tenía la
sensatez de ordenar a sus hombres que regresaran al Cartagena y
zarpaban tranquilamente.
La respuesta del joven oficial fue explosiva. «Montó en cólera» y, como Pedro
Prestan, anunció que quemaría la ciudad y mataría a todos los estadounidenses
que había en ella, a menos que los generales fueran puestos en libertad a las
dos de esa misma tarde.
Las dos horas siguientes fueron extremadamente críticas.
Hubbard había hecho subir a bordo de un vapor alemán que se encontraba en el
puerto y en otro barco que pertenecía a la compañía del ferrocarril a todas las
mujeres y niños estadounidenses. Reunió a los hombres dentro del almacén de
piedra del ferrocarril y envió a tierra un destacamento de cuarenta marineros
con un suministro extra de armas. Autorizado para entrar en acción, el Nashville levó
anclas y se acercó a la costa, con sus cañones apuntados al muelle del
ferrocarril y al Cartagena, que, para sorpresa de todos, se puso en
movimiento y se marchó a toda velocidad.
Los colombianos habían rodeado el edificio del ferrocarril casi de inmediato
con el propósito, por lo menos según la opinión de Hubbard, de desencadenar un
ataque. La situación se acercaba a la catástrofe. Sin embargo, pese a la gran
tensión que reinaba en ambas partes, no hubo disparos, y, hacia las 15.13,
Torres entró en el edificio rodeado de barricadas y le dijo a Hubbard que
estaba «bien dispuesto hacia los estadounidenses» y solo deseaba ponerse en
contacto con el general Tobar para saber qué era lo que tenía que hacer.
Propuso retirarse con sus tropas a la Colina del Mono, que Hubbard y sus
fuerzas regresaran al Nashville y que a él se le permitiera
enviar a un emisario a Tobar para explicarle la gravedad de la situación y que
le trajera su respuesta.
Después de una apresurada conversación con Shaler, Meléndez y el cónsul
estadounidense en Colón, un hombre llamado Oscar Malmros, a quienes había
impresionado Torres, y convencidos de su «buena fe», Hubbard aceptó la
proposición. Se eligieron dos emisarios, uno de los hombres de Torres y un
policía local. De inmediato, Shaler puso a su disposición un tren especial e
hizo una llamada a la ciudad de Panamá para comunicar lo que había sucedido.
De esta forma se había evitado una confrontación violenta por el momento. Muchas
personas habían salvado su vida. Sin embargo, con la partida del Cartagena,
el problema de la evacuación de Torres y sus tropas se había complicado, y su
posible y rápida salida de Colón —y de todo el Istmo— era de capital
importancia para el triunfo de la revolución. Porque mientras las fuerzas
leales permanecieran donde se encontraban, la reclamación de Bogotá de la
soberanía de facto sobre Panamá era tan válida como la de la
junta. Además, el coronel Torres se hallaba en una posición comparativamente fuerte.
Ninguna fuerza insurgente se había presentado aún en Colón, y si el comandante
estadounidense mantenía su propia orden de que ni las fuerzas leales ni las
insurgentes fueran transportadas en ferrocarril, no podía traerse ninguna
fuerza rebelde de la ciudad de Panamá para hacerle frente. Con cerca de
quinientos soldados veteranos bien armados a sus órdenes, era un contingente
que había que tomar en consideración y que, sin duda, podía arrasar Colón, como
había amenazado, y gran parte del ferrocarril y sus propiedades. Pero lo más
importante, como escribió en una nota para Tobar, era que él y sus hombres
estaban plenamente dispuestos a «resistir cualquier ataque antes que
convertirse en traidores».
Torres era, en efecto, la carta de triunfo, y todo dependía de lo que Tobar
respondiera.
* * * *
En la ciudad de Panamá se decidió que un llamamiento personal
hecho por Amador (El Presidente, como ya lo llamaba la multitud) podría
resolver el problema. Ese día en la ciudad de Panamá había sido muy diferente
al transcurrido en Colón. La junta estaba funcionando bien; toda la ciudad
estaba de celebraciones; la nueva bandera había sido izada en el palacio de
Gobierno y en la Plaza de la Catedral. «El mundo está asombrado de nuestro
heroísmo —había dicho Amador a las tropas que estaban en las barracas esa mañana—.
Ayer éramos esclavos de Colombia y hoy somos libres […] el presidente Roosevelt
ha cumplido su promesa. ¡Viva el presidente Roosevelt! ¡Viva el Gobierno
estadounidense!» Él y Huertas estaban de pie junto a ocho cajones de madera
llenos de plata colombiana entregada por el banco Ehrman para las tropas.
(Huertas y sus oficiales, como se les informó en privado, recibirían su parte
dentro de cinco días, en cheques girados sobre otro banco local, el Isaac
Brandon & Brothers.) « ¡Tenemos el dinero! ¡Somos libres!», exclamó
Huertas, quien fue levantado en una silla y llevado en triunfo por las calles
al frente de una enorme multitud. Cuando el desfile llegó a la plaza, se desató
un súbito aguacero, y todos los que pudieron se agolparon en el hotel Central,
donde durante otra hora de júbilo se derramaron botellas de champán sobre la
cabeza de Huertas.
Amador llegó a la comisaría de policía cerca de las cinco, una media hora antes
de que aparecieran los emisarios de Colón. Habló primero con Amaya y luego con Tobar,
y su planteamiento fue el mismo con los dos: no tenía sentido que siguieran
resistiendo, puesto que Estados Unidos estaba en el asunto. «Tiene usted que
entender que los que hemos iniciado este movimiento no estamos locos», dijo a
Amaya, al que conocía desde hacía años. Estaban sentados en el cuarto de la
guardia solos. «Nos dimos perfecta cuenta de que en ningún caso podríamos
oponernos a todo el resto de la nación y, en consecuencia, tuvimos que recurrir
a medios que, aunque penosos, eran indispensables. Estados Unidos participa
plenamente en este movimiento […] y nuestra independencia está garantizada por
ese coloso.»
Con Tobar había sido más explícito, diciéndole que el plan había sido aprobado
por Washington y que Estados Unidos ya había proporcionado 250.000 dólares para
hacer frente a los gastos del establecimiento de una nueva república, lo cual
era completamente falso.
Los generales se negaron a doblegarse. «Yo le respondí al señor Amador
—explicaría Tobar más adelante— que no tomaría en cuenta lo que acababa de
decirme, puesto que mi deber y el deber del ejército que yo tenía a mis órdenes
era suficientemente claro y que, en consecuencia, ninguna fuerza humana podría
arrancarme la orden que él deseaba.»
No tuvo nada diferente que decir a la mañana siguiente, 5 de noviembre, cuando
se le informó desde Colón que Torres y sus hombres habían regresado de la
Colina del Mono al pueblo alegando que los mosquitos los habían hecho salir de
allí, que Hubbard había vuelto a desembarcar sus fuerzas y que, por lo tanto,
la situación era tan grave como antes.
Se convocaron reuniones urgentes en ambas partes del Istmo. Shaler llamó por
teléfono a Prescott cinco o seis veces. Luego, alrededor de las cinco, a Tobar,
a Amaya y a los restantes oficiales colombianos se les dijo que estuvieran
preparados para partir a la estación del ferrocarril. Se había decidido
volverlos a llevar a Colón. Salieron de la cárcel custodiados por una numerosa
y bien armada escolta. Pero en la estación Herbert Prescott se negó a que Tobar
subiera al tren hasta que diera su palabra de que no intentaría escapar. Hubo
un gran altercado. Prescott insistió en que Tobar debería ir como prisionero
voluntario, puesto que las órdenes del Gobierno estadounidense prohibían el
transporte de soldados que lo vigilaran.
Tobar, por desgracia para él, mantuvo su dignidad. Como oficial no podía dar
semejante garantía; podían trasladarlo como un prisionero de hecho, dijo, o
devolverlo a la prisión. La discusión se prolongaba e iba pasando el tiempo.
Prescott llamó a Shaler por teléfono para preguntarle qué hacía. El comandante
Hubbard, quien se encontraba en la oficina de Colón en ese momento, expresó a
Shaler que le dijera a Prescott que pusiera a los generales bajo la custodia de
una escolta de civiles armados y que se los enviara.
Y así iba a hacerse; los generales ya se encontraban sentados en el tren cuando
Shaler llamó de nuevo con voz muy excitada. Él y Porfirio Meléndez habían
logrado que el coronel Torres accediera a embarcarse en el Orinoco,
un vapor del Royal Mail que había llegado el día anterior. El precio, le dijo
Shaler a Prescott, sería 8.000 dólares. Prescott solo tenía que obtener el
dinero de la junta, y él, Shaler, le pagaría a Torres de la caja fuerte del
ferrocarril, y las tropas podrían comenzar su evacuación inmediata.
Prescott ordenó a uno de los otros que vigilara a los generales hasta que él
regresara; salió de la estación y tomó un carruaje hacia la Plaza de la
Catedral, donde encontró a Amador, Boyd y Arango. El único dinero disponible,
afirmaron los tres, ya se le había entregado a las tropas de Huertas, pero el
banco Brandon prestaría lo que fuera necesario. No queriendo perder ni un
minuto más de tiempo, Prescott corrió al teléfono para llamar a Shaler y le
comunicó que ya tenía el dinero. Quince minutos más tarde, Shaler respondió por
la misma vía que las tropas colombianas estaban en ese momento empezando a
abordar el Orinoco.
* * * *
El comandante Hubbard, como testificó más tarde en Washington,
no había tenido parte en el trato concertado con Torres. Shaler y Porfirio
Meléndez habían llevado a cabo las conversaciones, y Torres, como Shaler
reconoció, solo había accedido a su oferta después de que este le asegurara que
cinco mil soldados estadounidenses estaban a punto de arribar. Luego, a las
18.20, como si fuera una señal, el Dixie apareció en el
horizonte.
Los 8.000 dólares para Torres fueron cuidadosamente contados en la oficina del
ferrocarril por el cajero de la compañía, un tal señor Wardlaw, y por Joseph
Lefevre, un residente de la localidad que más tarde iba a convertirse en
ministro de Obras Públicas de la nueva República de Panamá. El dinero, todo en
monedas de oro de veinte dólares, fue colocado en dos sacos y sacado por la
puerta.
El único tropiezo ocurrió cuando las tropas se encontraban ya apiñadas en el
muelle junto al Orinoco. El agente local de la Royal Mail Steam
Packet Company había exigido de improviso un adelanto de su pasaje a Cartagena.
Shaler le explicó que no había dinero suficiente en la caja fuerte del
ferrocarril, pero que no se preocupara, que, cualquiera que fuera el coste,
sería cubierto muy pronto. Citando varias normativas, el agente se negó al
principio, pero luego afirmó que autorizaría la partida del barco si Shaler y
Hubbard firmaban un comprobante del dinero del pasaje, que suponía unas mil
libras esterlinas. Ambos hombres firmaron, y como gesto final Shaler envió a
Torres dos cajas de champán.
A las 19.05, mientras las tropas seguían subiendo a bordo, el Dixie ancló
en el puerto. Estaba muy oscuro y llovía a cántaros. A las 19.35, el Orinoco levó
anclas y se alejó. En menos de una hora habían desembarcado cuatrocientos
infantes de marina a las órdenes del capitán John A. Lejeune.
Las proclamaciones formales fueron leídas a la mañana siguiente frente a la
prefectura de Colón. «Nos separamos de nuestros hermanos colombianos sin odio y
sin alegría», leyó Porfirio Meléndez de la declaración de independencia, pero
la alegría de la multitud era evidente. Como un gesto de gratitud, Meléndez
pidió entonces al mayor William Black, el presidente de la Comisión Walker, que
izara la nueva bandera.
Esa misma mañana, en la ciudad de Panamá, el señor don Eduardo Ycaza, que había
sido designado tesorero de la junta, empezó a firmar cheques sobre el banco
Brandon: 30.000 dólares para Huertas, quien recibiría otros 50.000 más tarde
(nunca se ha explicado por qué se le iban a liquidar 80.000 dólares en vez de
los 65.000 prometidos); 35.000 dólares para el general Varón, del Padilla;
10.000 dólares para el capitán Salazar, quien había efectuado la detención de
los generales, y otro tanto para varios de los oficiales de Huertas, cuya
lealtad se consideró importante.
Tobar y sus generales, quienes habían sido conducidos de nuevo a la jefatura de
policía, fueron liberados y enviados por tren a Colón, donde esperarían pasaje
en el próximo barco que saliera para Cartagena.
Se redactaron y enviaron cables al secretario de Estado, Hay, uno firmado por
Arango, Arias y Boyd, y otro por el vicecónsul Ehrman. La autoridad de la nueva
república, decían los cables, se había establecido y había sido recibida con
gran entusiasmo en todo el Istmo (en realidad, aún no habían llegado noticias del
levantamiento a muchas partes importantes del interior), y se había designado a
Philippe Bunau-Varilla «agente confidencial» en la capital estadounidense.
La respuesta llegó esa misma tarde. Estaba fechada el 6 de noviembre a las
12.51 horas. El Gobierno de Estados Unidos había reconocido formalmente a la
nueva República de Panamá.
III
Habían pasado cincuenta y siete años desde que Benjamin Bidlack
había firmado el Tratado de Bogotá, cincuenta y cinco años desde que el Senado
de Estados Unidos había confirmado el tratado y cincuenta y uno desde que los
primeros trenes habían empezado a recorrer las vías de Panamá. Y en todo este
tiempo, durante toda la segunda parte del siglo XIX, no había habido
malentendidos serios en torno a los acuerdos críticos del tratado contenidos en
el artículo XXV. El acuerdo no dañaba en absoluto la soberanía colombiana sobre
el Istmo; Colombia iba a continuar siendo la única protectora del Istmo y su
tránsito ante cualquier impedimento interno. La intención clara y específica
era salvaguardar a perpetuidad la soberanía de Colombia, una garantía por la
que este país había accedido a otorgar a Estados Unidos el derecho de crear una
vía o canal a través del Istmo. Estados Unidos estaba obligado a mantener el
orden cuando así fuera requerido por Colombia y, como afirmó el presidente
Cleveland, «siempre respetando la soberanía de Colombia».
«El propósito de la cláusula [artículo XXV] —había declarado en 1865 el
secretario de Estado de Abraham Lincoln, William Seward— era solamente proteger
el Istmo contra la incautación o invasión por parte de una fuerza extranjera.
No podía haberse previsto que fuéramos a tomar parte en una guerra civil en ese
país, defendiendo el Istmo contra la otra parte.» En relación con Colombia,
Estados Unidos solo deseaba —escribió Seward— que disfrutara de una completa y
absoluta soberanía, y si esta fuera «atacada por cualquier fuerza interna o
externa», Estados Unidos estaría dispuesto a colaborar con Colombia para
«mantener y defender» su soberanía.
La misma o semejante política se había seguido en Washington durante el
siguiente Gobierno, incluidos tres ilustres secretarios de Estado: Hamilton
Fish, William Evarts y James G. Blaine. El secretario Fish, por ejemplo, había
notificado en una ocasión al ministro estadounidense en Bogotá que «nunca se
había reconocido» que el tratado de 1846 «incluyera el deber de proteger la vía
[el ferrocarril de Panamá] de la violencia de las facciones locales […] es
deber indudable del Gobierno colombiano protegerlo contra los ataques
insurgentes locales».
Así pues, las órdenes secretas cablegrafiadas al comandante Hubbard desde el
Departamento de Marina el 2 de noviembre —para evitar el desembarco de
cualquier fuerza armada, «ya fuera gubernamental o insurgente»— habían sido
contrarias no solo al espíritu e intención del tratado, sino a los precedentes
políticos establecidos desde muy atrás. A Colombia, la soberana, le iba a ser
negado el derecho de desembarcar a sus propias fuerzas, so pretexto de que
Estados Unidos estaba obligado a mantener «el libre e ininterrumpido tránsito»
del ferrocarril. Además, las órdenes se habían girado cuando no existía signo
alguno de disturbios en ninguna parte del Istmo, cuando ninguna revolución se
había declarado y menos aún puesto físicamente en movimiento.
Puesto que el general Tobar y sus tropas ya habían desembarcado cuando Hubbard
recibió la orden el 2 de noviembre, Estados Unidos todavía no había hecho nada
fuera de lugar hasta el momento en que Hubbard se hizo cargo del ferrocarril.
Fue en ese momento, en la madrugada del 4 de noviembre, cuando la fuerza armada
estadounidense se convirtió en un factor real, y no simbólico, de la conjura, y
en este momento continuaba sin haber ninguna señal de desorden en Colón —no se
habían reunido turbas, no se habían blandido armas de fuego— y nada había
puesto al ferrocarril o su funcionamiento en peligro. Tampoco había habido la
menor señal de un levantamiento en Colón cuando Hubbard y su pequeña fuerza se
enfrentaron al coronel Torres atrincherados en el interior de su almacén.
Ningún patriota local había corrido a ayudar a Hubbard, como se señalaría más
tarde; la única violencia que amenazaba en Colón era la que podía desatarse
entre las tropas colombianas y los marinos estadounidenses.
Hubbard había tomado el mando del ferrocarril porque esas eran sus órdenes. En
realidad, como se revelaría después, Washington había puesto tanto empeño en
que Hubbard lo entendiera, que el 3 de noviembre se enviaron dos cables, uno al
cónsul Malmros y otro al vicecónsul Ehrman, en los que se ordenaba a Hubbard
que tomara el ferrocarril y mantuviera a las tropas colombianas detenidas en
Colón. El primero de estos cables, firmado por el secretario de Estado interino
en funciones, Francis B. Loomis, se había enviado a las 8.45 de la mañana, es
decir, nueve horas antes del levantamiento que tuvo lugar en la ciudad de
Panamá. (De hecho, el secretario en funciones Loomis estaba tan agobiado por el
tema que esa misma mañana, un poco después, cablegrafió a Ehrman: «Se informa
de un levantamiento en el Istmo. Mantenga Departamento inmediata y plenamente
informado». Ehrman respondió: «Ningún levantamiento aún. Se informa será por la
noche. Situación crítica».)
Sin embargo, lo que determinó el destino de la pequeña república fue el arribo
del Dixie, seguido, esa misma semana, del Atlanta,
el Maine, el Mayflower y el Praire (a
Colón), y el Boston, el Marblehead, el Concord y
el Wyoming (a la ciudad de Panamá). Los barcos habían venido
de Acapulco y de Kingston; el Maine, uno de los últimos en llegar,
había estado efectuando maniobras en Martha's Vineyard. En varias de sus
comparecencias públicas, Theodore Roosevelt había mencionado un viejo adagio
que dice: «Habla suavemente y lleva un gran garrote; llegarás lejos». Con el
gran garrote quería dar a entender una poderosa armada, y por primera vez lo
estaba esgrimiendo. Las últimas órdenes llegadas de Washington eran evitar el
desembarco de las tropas colombianas en cualquier punto dentro de los límites
del Departamento de Panamá, no solo en las cercanías del ferrocarril. En el
lado del Pacífico, el Boston y el Concord patrullaban
hacia el este hasta el golfo de San Miguel. Desembarcaron más tropas
estadounidenses y algunas fueron enviadas al interior. En pocas ocasiones se
había llevado a la práctica de una manera tan clara y efectiva todo lo que
había predicado el capitán Mahan.
Sin la presencia militar de Estados Unidos —si no hubiera habido barcos de
guerra estadounidenses frente a las costas de Colón y la ciudad de Panamá— es
probable que la República de Panamá no hubiera durado ni una semana. El
contraalmirante Henry Glass, por ejemplo, después de una cuidadosa valoración
de la capacidad de la república para defenderse, concluiría que como mucho se
podría haber provisto de armas adecuadas a seiscientos hombres. Taft, en su
primera visita a Panamá al año siguiente, describiría al ejército panameño como
«no mucho mayor que el ejército de la representación de una ópera». Si Colombia
hubiera tenido libre acceso desde el mar, habría podido desembarcar varios
miles de soldados veteranos en ambos lados del Istmo, tal como los mismos
conspiradores habían calculado desde un principio. De hecho, una fuerza
colombiana de unos dos mil hombres intentó una marcha por tierra cruzando el
estrecho del Darién, pero fueron diezmados por la fiebre y renunciaron a su
intento.
Las órdenes que Hubbard envió a Colón de que protegieran el ferrocarril y que
diez barcos de guerra se dirigieran a Panamá desde puntos que se encontraban a
miles de kilómetros de distancia, provenían todas de la Casa Blanca y se
atribuyeron al secretario de Marina, William H. Moody, o al secretario en
funciones, Charles Darling, y al secretario de Estado, Hay, o al secretario en
funciones, Loomis. Pero la responsabilidad de «la dinámica solución del Asunto
de Panamá» (en palabras del biógrafo de John Hay) recae enteramente sobre
Theodore Roosevelt, como él mismo reconocía con orgullo: «No consulté a Hay ni
a Root [el secretario de Guerra, Elihu Root], ni a ningún otro sobre lo que
hice, porque un consejo de guerra no combate, y yo quería dar el golpe de una
vez por todas».
La bandera estadounidense llevaría «la civilización a los lugares desiertos de
la tierra», había declarado en uno de sus discursos a principios de año. La
obligación del imperio era proporcionar libertad, orden y progreso material.
«No tenemos alternativa en lo que se refiere a si desempeñaremos o no un gran
papel en el mundo —había dicho ante otra multitud vitoreante en San Francisco—.
Nos lo ha determinado el destino.» Estas palabras se hicieron populares y eran
muy semejantes a las expresadas en una novela que iba a aparecer algo menos de
un año después de que Panamá se convirtiera en república, Nostromo,
el relato de Joseph Conrad sobre una revolución latinoamericana y los engaños a
sí mismos que sufren los hombres con las palabras que emplean para engañar a
los demás. «Nosotros gobernaremos los asuntos del mundo, quiéralo el mundo o no
—señala un financiero de San Francisco al inicio de la novela—. Creo que el
mundo no puede evitarlo, ni nosotros tampoco.»
La mañana del 3 de noviembre, cuando el general Tobar y sus tiradores
desembarcaron en Colón, Roosevelt, como se esperaba, se encontraba en Oyster
Bay y había tomado el tren nocturno de Washington para votar en su ciudad
natal. En Main Street, en el segundo piso del Fisher's Hall, encima de una
lavandería china, rodeado de reporteros y simpatizantes, había emitido su voto
en favor de dos jueces del estado de Nueva York y un asambleísta. Poco después
de las ocho de la noche regresó a la Casa Blanca y a partir de ese momento se
enfrascó en el «asunto de Panamá».
Pero incluso cuando la crisis se estaba desarrollando había comenzado a abogar
por su causa, buscando la frase o expresión adecuadas. En una carta a su hijo
de catorce años escrita la noche siguiente, le explicaba que Estados Unidos
llevaba vigilando el orden público en el Istmo demasiado tiempo y que no tenía
la intención «de seguir desempeñando un trabajo que no solo no era provechoso,
sino ni siquiera agradecido». Dos días después, la tarde del día 6, hablaba
tranquilamente de una «obligación que corre pareja con la propiedad de la
tierra» en el Istmo, una expresión que su amigo Oscar Straus, autor, abogado y
diplomático, había sugerido durante el almuerzo como base legal para la
reclamación estadounidense sobre la zona del canal. El cable del vicecónsul
Ehrman desde Panamá, en el que informaba del aparente éxito del «movimiento del
Istmo», se había entregado en la Casa Blanca a las 11.31 de esa misma mañana; a
las 12.51, exactamente ochenta minutos después, John Hay había reconocido a
Panamá; y casi en el mismo momento, Straus había proporcionado la que parecía
la base legal perfecta. «Es espléndido. Exactamente la idea», exclamó
Roosevelt, y envió a Straus directamente desde la mesa a «explicárselo a Hay».
Al día siguiente, por órdenes de Roosevelt, Hay declaró a los reporteros que
«la acción del presidente no solo está en la más estricta conformidad con los
principios de la justicia […], sino que era el único camino que podía tomar de
acuerdo con los derechos y obligaciones de nuestro tratado».
«Se informa que hemos hecho una revolución, pero no es así», confió Roosevelt
al embajador francés Jules Jusserand. «Es una tontería ociosa hablar de que
hemos participado en una conspiración», afirmó al doctor Albert Shaw, miembro
de su camarilla.
Mientras tanto, el profesorado de la Universidad de Yale se había levantado en
armas. El presidente de American Bar Association habló con acritud del «delito»
cometido. Se desató un torrente de indignación por las columnas de los
periódicos.
Las primeras noticias de la revuelta habían encontrado poca acogida en los
diarios debido a las crónicas electorales. Las primeras páginas de los diarios
neoyorquinos, por ejemplo, la mañana en que se desencadenaron los hechos,
estaban acaparadas por el triunfo de George B. McClellan Jr., el candidato
demócrata para la alcaldía. Pero Panamá fue la noticia principal en los días
siguientes, y muchos periódicos influyentes empezaron a atacar de inmediato al
Gobierno, responsabilizando totalmente a Roosevelt de lo sucedido. The
New York Times apenas dejó pasar día sin lanzar un nuevo ataque contra
el presidente y su «acto de sórdida conquista». Las caricaturas en el World,
debidas a la pluma del brillante Charles Green Bush, mostraban a un brutal
soldado de caballería, armado hasta los dientes, arrojándose sobre Panamá o
apuntando la boca de un enorme cañón hacia la indefensa y pequeña Colombia.
Pero el editor de The Northwestern Christian Advocate lo
justificaba por la «opresión habitual» sufrida por el pueblo de Panamá e
insistía en que «nuestro Gobierno estaba obligado por consideraciones de honor
y humanidad […] a dar exactamente los pasos que dio».
Las explicaciones y las declaraciones de elevados propósitos continuarían
durante semanas, meses y años, en un mensaje especial al Congreso, en
conversaciones privadas y en cartas, en artículos de revistas, discursos y en
sus memorias.
Estados Unidos tenía un mandato otorgado por la civilización para construir el
canal, dijo Roosevelt ante el Congreso el 4 de enero de 1904, en un mensaje
dedicado por completo al tema. «El tiempo […] para permitir que cualquier
gobierno de desarrollo antisocial o imperfecto obstaculizara el trabajo ya
había pasado.» El propósito fundamental, «el gran designio» del tratado de
1846, afirmó, había sido garantizar la construcción de un canal ístmico; así
pues, Colombia estaba violando un tratado «cuyos beneficios había disfrutado
por más de cincuenta años». Ningún barco de guerra estadounidense había estado
presente, ni tropas o marineros de ese país, cuando la revolución estalló en la
ciudad de Panamá. En Colón, el comandante Hubbard había actuado con «absoluta
imparcialidad hacia ambos bandos, evitando cualquier movimiento, tanto de los
colombianos como de los panameños, que pudiera producir derramamiento de sangre
[…]. Nuestra acción fue en favor de la paz de Colombia y de Panamá».
«El pueblo del Istmo —dijo— se levantó literalmente como un solo hombre.» («Sí,
y ese solo hombre era Roosevelt», señaló el senador Edward Carmack, de
Tennessee.) «Yo pienso que es más justo decir, sin embargo, que ninguna persona
relacionada con este Gobierno tuvo la menor parte en la preparación, incitación
o animación de la última revolución en el istmo de Panamá, y que con excepción
de los informes de nuestros oficiales militares […] ninguna persona relacionada
con este Gobierno había tenido conocimiento previo de la revolución, salvo el
que era accesible a cualquiera que leyera los periódicos y fuera medianamente
inteligente.»
«Cumplimos nuestro deber, cumplimos nuestro deber para con el pueblo de Panamá,
cumplimos nuestro deber para con nosotros mismos», escribió en uno de sus
múltiples artículos. «No le causamos daño a nadie, a menos que la policía le
cause daño al bandido al que priva de la oportunidad de cometer un chantaje.» Hablar
de Colombia como de un poder responsable «con el que hay que tratar como lo
hemos hecho con Holanda, Bélgica, Suiza o Dinamarca» es algo absurdo —informó a
un corresponsal—. «Si [el pueblo de Panamá] no se hubiera sublevado, yo habría
recomendado al Congreso que tomara posesión del Istmo por la fuerza de las
armas.»
Su acción no había sido impulsiva, subrayaría en un extenso capítulo de
su Autobiografía. Nueve décimos de la sabiduría consistía en saber
ser inteligente en el momento adecuado; toda su política exterior, escribió, se
había basado en «el ejercicio de una deliberación inteligente y de una acción
decisiva suficientemente anticipada a cualquier crisis probable», y Panamá fue
«con creces la acción más importante que tomé en cuestión de asuntos
exteriores». Colombia había demostrado absoluta incapacidad para mantener el
orden en el Istmo; Colombia no tenía derecho a obstruir un paso tan vital para
los intereses de la civilización. Por razones de defensa nacional, no podían
tolerarse más retrasos. Él se había mostrado dispuesto a actuar; no había
habido derramamiento de sangre. «De principio a fin, nuestro comportamiento fue
recto y en total acuerdo con las normas más elevadas de la moral internacional.
Las críticas solo pueden provenir de una información errónea o de un
sentimentalismo que representa tanto debilidad mental como deformación moral.»
John Hay prestó su apoyo, expresándose cada vez más como Roosevelt. «Algunos de
nuestros mejores eruditos, en sus críticas sobre la vida pública, sufren el
defecto de argumentar desde la razón pura, sin tomar en cuenta las
circunstancias —escribió a un miembro del profesorado de Yale—. Era hora de
actuar y no de teorizar.» Los admiradores de Hay intentarían establecer que le
había «disgustado» todo lo que estaba sucediendo y que con el pretexto de su
mala salud no había tomado parte activa; pero el argumento no tenía solidez, y
el mismo Hay, en público y en privado, permaneció «tan categórico y seguro
acerca del camino tomado por el Gobierno» como el propio presidente.
Otros miembros del gabinete siguieron su ejemplo sin aparentes escrúpulos ni
ese aire solemne de rectitud que mostraba Roosevelt. El procurador general,
Knox, al pedirle Roosevelt que preparara una defensa, se dice que comentó: «Oh,
señor presidente, no deje que un logro tan grande sufra de una mancha de
legalidad». En otro momento, durante una reunión del gabinete, Roosevelt habló
de las incisivas denuncias aparecidas en la prensa y luego entró en una extensa
exposición formal de su posición. Cuando hubo terminado, miró en torno de la
mesa y finalmente, fijando sus ojos en Elihu Root, preguntó: «Bueno, ¿he
respondido a las acusaciones? ¿Me he sabido defender?». «Por supuesto, señor
presidente —replicó Root, famoso por su ingenio—. Ha demostrado que fue acusado
de seducción y ha probado de una manera concluyente que es culpable de
violación.»
Pero años después, el 23 de marzo de 1911, en Berkeley (California), en el
clímax de un discurso ante ocho mil personas reunidas en el Teatro Griego de la
Universidad de California, Roosevelt, vestido con toga, iba a hacer el
comentario que desvirtuaría todas sus restantes declaraciones sobre su «acción
más importante» y que se recordaría después, lo mismo por sus críticos que por
sus admiradores, como la más sencilla y mejor explicación de lo que había sido
en realidad la revolución de Panamá. Hasta ese punto, el discurso transcurría
como una sentida exhortación a la juventud de la vertiente del Pacífico para
proseguir con el mismo valor y los mismos propósitos de los pioneros
desaparecidos. Y el auditorio se había conmovido profundamente. Luego su tono
cambió:
Naturalmente que tengo un interés especial en el canal de
Panamá, puesto que yo lo inicié. [Risas y aplausos.]
Hay muchas otras cosas que empecé debido simplemente a que había llegado el
momento de que quien ocupara el poder las iniciara.
Pero el canal de Panamá no se hubiera empezado si yo no me hubiera encargado de
ello, porque si yo hubiera seguido el método tradicional o conservador, habría
presentado una admirable iniciativa que ocuparía un par de cientos de páginas
en las que se detallarían todos los datos y se pediría que el Congreso la
considerara.
En ese caso, habría habido un buen número de excelentes discursos en el
Congreso sobre el tema; el debate proseguiría todavía en estos momentos con
gran entusiasmo y la obra del canal se iniciaría dentro de cincuenta años.
[Risas y aplausos.]
Por fortuna, la crisis se presentó en un período en el que yo pude actuar sin
impedimentos. En consecuencia, tomé el Istmo, inicié el canal y luego dejé que
el Congreso debatiera no sobre el canal, sino sobre mí. [Risas y aplausos.]
«Yo tomé el Istmo» era una expresión típica de él, la clase de
exageración que le gustaba hacer, como observó Root. Era lo que Hay llamaba
«una incorrección concisa», como la de «No queremos ni a Pedecaris viva ni a
Raisuli muerto», la famosa declaración realizada durante el incidente del
secuestro de Marruecos en 1904 (una declaración que en realidad había escrito
Hay). También era a su modo tan engañosa como autoalabatoria, al igual que
algunas otras cosas que decía en su defensa, puesto que parecía descartar la
contribución de Amador y sus colegas revolucionarios, por no mencionar al
personal del ferrocarril o a Cromwell, el general Esteban Huertas y a su
guarnición, o a Philippe Bunau-Varilla. «Yo tomé Panamá porque Bunau-Varilla me
lo presentó en bandeja de plata», parece que Roosevelt comentó en privado, lo
cual sería una recapitulación más exacta.
Pero el error fundamental, dejando de lado las cuestiones de moralidad, fue
insinuar que hubo una estrategia magistral y deliberada, concebida y dirigida
desde el Despacho Oval. Los reporteros de los diarios y los historiadores
posteriores harían un tremendo esfuerzo para probar que Roosevelt había dicho a
Bunau-Varilla lo que tenía que hacer, que Amador también había ido en secreto a
Washington y había recibido instrucciones de Roosevelt y de John Hay, y que el
dinero para la junta se había proporcionado, como Amador pensaba, desde
Washington. Pero no se encontró ninguna prueba sólida ni de ningún tipo que
apoyara estas acusaciones. Y, de hecho, solo se necesita revisar los pasos
mediante los cuales se desarrolló la conspiración para darse cuenta de su falta
de concreción y de que varios movimientos decisivos se vieron determinados por
las respuestas individuales de personas de las que Roosevelt no sabía nada.
Si James Shaler no hubiera tirado del cordón de señales cuando lo hizo, si la
señora Amador no hubiera logrado restablecer la resolución de su marido, si al
general colombiano Tobar le hubiera importado menos su dignidad herida, si se
hubiera marchado pacíficamente a Colón y se hubiera limitado a permanecer allí
tranquilo con Torres y sus tropas, si algunos de los críticos acontecimientos
hubieran resultado de otro modo, los barcos de Theodore Roosevelt habrían
llegado y se habrían encontrado una situación muy diferente, y lo más probable
es que no hubiera habido una nueva República de Panamá que proclamar o
defender.
Si el poderío marítimo estadounidense había resuelto el problema al instante y
había hecho de Panamá un hecho consumado, también es obvio que la creencia en
una participación estadounidense mayor de lo que en realidad había sido fue
para los conspiradores la fuerza vital que los sostuvo: lo que Amador y sus
compatriotas creyeron que era la situación —sus equivocadas impresiones como
resultado de la llegada del Nashville— fue mucho más importante que
los hechos mismos. Varios participantes hicieron una enorme jugada de
consecuencias trascendentales y vitales, y según todas las leyes habituales de
la suerte, la historia no debería haber sido como fue. Pero como Conrad también
observó en Nostromo, «los hombres de negocios se arriesgan a veces
con actos que el juicio común del mundo calificaría de absurdos; toman sus
decisiones por motivos humanos y aparentemente impulsivos».
La precipitación de Roosevelt, su negativa —su incapacidad— para no ver la
posición de Colombia sobre el tratado más que como un «retraso», fueron errores
trágicos e inexcusables. Parece cierto que con una modesta cantidad de buena
voluntad y de paciencia el asunto con Bogotá podría haberse resuelto de forma
satisfactoria para ambas partes; una dilación de seis meses hubiera importado
poco. En realidad, no estaba haciendo otra cosa que garantizar que la Compagnie
Nouvelle recibiera sus 40 millones de dólares completos, lo que conduciría a la
acusación de que estaba protegiendo la inversión francesa porque algunos de sus
amigos y parientes eran accionistas secretos, acusación que más tarde
provocaría un litigio sensacional. En 1908, Roosevelt hizo que el Gobierno
procesara a Joseph Pulitzer, propietario del World, por difamación,
pero el tribunal decidió que aunque había «varias circunstancias muy peculiares
acerca […] de este negocio del canal», Roosevelt no aportó argumentos jurídicos
contra el World. Y puesto que no había ninguna prueba para apoyar
la acusación contra Roosevelt, el furor se apagó.
Para Colombia, debilitada ya por una costosa guerra civil, la «acción más
importante» de Roosevelt significó la pérdida de lo que desde la época de
Bolívar parecía su tesoro natural más valioso, el Istmo, con su privilegiada
situación geográfica «entre dos océanos». También significó la pérdida de la
enorme suma de 10 millones de dólares que iba a pagar Estados Unidos, la
contribución anual de 250.000 dólares del ferrocarril de Panamá (durante
décadas una partida decisiva de la renta nacional), y el pago anual de 250.000
dólares, proveniente de Estados Unidos como parte del acuerdo sobre el canal.
Hubo disturbios en Bogotá; emisarios colombianos especiales enviados a
Washington hicieron ofrecimientos desesperados, incluido el de aceptar el
tratado tal como estaba, lo que solo sirvió para convencer a la Administración
de forma concluyente de que el rechazo inicial había sido un ultrajante acto de
extorsión. El daño causado a las relaciones estadounidenses con Colombia, y con
todos los países de América latina, fue enorme, como había pronosticado John
Tyler Morgan. Un ministro estadounidense acreditado en Bogotá, James T. Du
Bois, escribiría en 1912 que la ruptura iba empeorando a medida que pasaba el
tiempo.
Al negarse a permitir que Colombia defendiera sus derechos de
soberanía sobre un territorio donde había dominado durante ochenta años,
desapareció la amistad de casi un siglo y se provocó la indignación de todos
los colombianos y de millones de otros latinoamericanos, indignación que sigue
vigente. La confianza y la fe en la justicia e imparcialidad de Estados Unidos,
demostrada durante tanto tiempo, se había desvanecido por completo, y la
maléfica influencia de esta situación está impregnando la opinión pública en
todos los países latinoamericanos, una situación que, si no se toman medidas
para remediarla, causará un daño irreparable en todo el hemisferio occidental.
«Temo —declaró en el Senado un John Tyler Morgan muy amargado—
que hemos obtenido demasiado para ser justos, y el pueblo de este país también
lo teme.» Pero en realidad el pueblo estaba en general bastante satisfecho con
lo que había sucedido, con los resultados y con Theodore Roosevelt.
Capítulo 14
Enviado extraordinario
«He cumplido mi misión […]. He salvaguardado la obra del genio
francés; he vengado su honor; he servido a Francia.»
PHILIPPE BUNAU-VARILLA
I
El recién designado «agente confidencial» de la República de
Panamá —un ciudadano francés que no había puesto los ojos en Panamá en
dieciocho años— había esperado el nacimiento de la nación en la intimidad de su
habitación en el hotel Waldorf-Astoria. Al recibir del doctor Amador la primera
noticia del triunfo, había enviado un emotivo cable en el que saludaba a la
naciente república («pequeña en extensión, pero grande por el papel que
desempeñará») y, como padres orgullosos, había celebrado con el banquero Lindo
el acontecimiento con una botella de champán en el comedor del hotel.
Siguieron algunos días llenos de nerviosismo, durante los cuales Amador hizo la
esperada petición de los 100.000 dólares, pero sin mencionar los poderes
diplomáticos para Bunau-Varilla, quien se volvió «muy suspicaz» y se negó a
cumplir su parte del trato. Se sucedieron los cables de un país a otro; durante
un tiempo el código dejó de funcionar bien. Luego, por fin, llegó el documento
oficial en el que Arango, Boyd y Tomás Arias lo designaban «enviado
extraordinario y ministro plenipotenciario ante el Gobierno de Estados Unidos
de Norteamérica». Así, el domingo 8 de noviembre ya estaba instalado en el
nuevo hotel Willard, en Washington, listo para embarcarse en otro capítulo de
«La Gran Aventura», y al día siguiente, en un almuerzo privado en Lafayette
Square, fue recibido por el secretario de Estado, a quien solo le preocupaba
una nota aparecida en los diarios matutinos en que se decía que una comisión
especial estaba a punto de salir de Panamá con destino a Washington para firmar
el Tratado del Canal.
La situación era sin duda peligrosa, declaró Bunau-Varilla. «Señor secretario
de Estado, la situación alberga los mismos gérmenes fatales, quizá incluso más
virulentos, que los que causaron en Bogotá el rechazo del Tratado Hay-Herrán.
Antes, contra lo único que había que luchar era contra las intrigas de los
colombianos. Ahora a estas hay que añadir las de los panameños.» («Contra mi
obra se han levantado en armas intereses formidables —confiaría en una
memorable y melodramática digresión aparecida en Panama: The Creation,
Destruction, and Resurrection—. Afortunadamente, la firme base de
perspicacia y honradez que durante toda mi vida había dado a mis actos
desafiaba el ataque más desesperado.» La salida del Istmo de una comisión
especial solo podía encubrir una «maniobra», y Amador tenía parte en ella. «Yo
conocía su infantil deseo de firmar el tratado.» Era el principio de «un
complot en mi contra».)
«Mientras yo esté aquí, señor secretario —dijo—, usted tendrá que tratar
exclusivamente conmigo.» Eso era todo lo que John Hay deseaba saber.
La comisión especial se embarcó al día siguiente, 10 de noviembre, en el vapor
correo City of Washington. El día 11, el vicecónsul Felix Ehrman
informó por cable de esta salida al Departamento de Estado, explicando que solo
iban para apoyar al enviado Bunau-Varilla. «Estoy oficialmente informado —decía
el cable— de que Bunau-Varilla es el representante autorizado para hacer los
tratados.»
Sigue sin saberse quién había dado esta información al vicecónsul
estadounidense, pero en realidad las instrucciones escritas para Bunau-Varilla
que se llevaban desde Colón eran muy diferentes. Especificaban con suma
claridad que el enviado extraordinario iba para «arreglar» un tratado, pero que
todas sus cláusulas tenían que discutirse más adelante con Amador y Boyd, y que
debía «actuar en todo en estricto acuerdo con ellos».
* * * *
Siete días después, el 18 de noviembre de 1903, llegó la firma
del Tratado Hay - Bunau-Varilla. Lo que sucedió en estos siete días, lo mismo
que el documento que se obtuvo como resultado, provocarían un remolino de
polémicas. El tratado sería el tema de uno de los más enconados debates en la
historia del Senado de Estados Unidos y continuaría siendo la manzana de la
discordia entre Panamá y Estados Unidos por generaciones. Esto es lo que
sucedió.
Entre su almuerzo del lunes con John Hay y una primera visita protocolaria a la
Casa Blanca el viernes 30 —la visita que marcó el reconocimiento diplomático
formal de Panamá por parte de Estados Unidos—, el representante diplomático
Bunau-Varilla hizo una rápida visita a las oficinas de mármol blanco de J. P.
Morgan & Company, situadas en el sexto piso de Wall Street, 23. Se
entrevistó con el majestuoso director de la firma en una oficina acristalada
del primer piso, y en menos de una hora se llegó a un acuerdo. Morgan
proporcionaría un préstamo inmediato de 100.000 dólares, que por el momento
Bunau-Varilla podría cubrir por medio del Lindo Bank. Morgan & Company iba
a tener también la «facultad exclusiva» (otorgada por el representante
diplomático Bunau-Varilla) de cobrar en efectivo la indemnización de diez millones
de dólares que debía ser pagada por Estados Unidos. Si el amigo y asesor legal
de Morgan, Cromwell, o el senador Hanna tuvieron alguna participación en este
asunto, Bunau-Varilla nunca lo dijo. Se limitó a subrayar el milagro de que la
naciente república lograra constituirse no solo bajo la protección de Estados
Unidos de América, sino de la casa Morgan.
Regresó de inmediato a Washington, acompañado ahora por su hijo de trece años,
quien esperaba que fuera testigo de un hecho histórico que estaba a punto de
ocurrir, y se hizo fotografiar con sus galas diplomáticas: chaqué y pantalones
de rayas. A las nueve y media de la mañana del viernes 30 estaba en el
Departamento de Estado, dispuesto a que lo escoltaran hasta la Casa Blanca. Sin
embargo, Hay insistió en que primero debían posar juntos en su despacho para un
retrato oficial. Se colocaron sillas en el extremo de una pesada y pulida mesa.
Tenues rayos de sol caían sobre la alfombra de Bruselas. Hay, impecable, rígido
como un maniquí de sastre, con sus pequeñas manos blancas sobre el regazo,
sentado de perfil y dirigiendo la vista vagamente hacia las ventanas;
Bunau-Varilla, en cambio, mirando directamente a la cámara, con expresión muy
seria y apoyando un codo sobre la mesa. Era un hombre en total armonía con lo
que le rodeaba y con un dominio perfecto de la situación.
Luego salieron a la calle, hacia el carruaje de Bunau-Varilla que estaba
esperando, donde el joven Étienne Bunau-Varilla esperaba mirando pasar a la
gente. Hay, como recordaría Bunau-Varilla, «tuvo de inmediato la brillante idea
de llevarlo a la Casa Blanca», de modo que momentos más tarde el muchacho fue
introducido también en el Salón Azul, donde se le ofreció una silla mientras su
padre y el presidente leían sus declaraciones formales y se estrechaban las
manos.
« ¿Qué piensa usted, señor ministro —preguntó Roosevelt—, de esa gente que
publica que hemos hecho juntos la revolución de Panamá?» «Yo pienso, señor
presidente, que la calumnia nunca pierde su oportunidad, ni siquiera en el
Nuevo Mundo. Hay que esperar pacientemente a que el manantial de la imaginación
de los débiles se seque y a que la verdad disipe la niebla de la mendacidad.»
Entonces le presentó a su hijo, y al presidente le agradó mucho la presencia
del muchacho.
La ceremonia había terminado. Panamá, en el sentido formal, había obtenido un
estatus legal en la familia de las naciones. Ni un solo panameño había estado
presente, ni se había pronunciado una sola palabra en español. Y, como
entendieron todos los que habían participado, solo faltaban cuatro días para
que la comisión especial que venía de Panamá llegara a Nueva York.
Para un gran sector de la prensa, había sido parte de una ópera bufa descarada.
«Sin duda alguna, el señor Bunau-Varilla, arrebatado por el torrente de su elocuencia
tropical, casi llegó a creer en ella y estaba demasiado apasionado para
pestañear —escribió The New York Times—. Tampoco podemos estar
seguros de que el presidente cediera a su impulso humano de cerrar los
párpados.» Una caricatura aparecida en el Times del domingo,
titulada «El hombre detrás del huevo», retrataba al enviado extraordinario con
sombrero de copa y polainas, empuñando en una mano acciones del canal francés y
aplicando con la otra una vela que decía «intriga» para empollar el pollito Panamá
para Theodore Roosevelt.
Una vez que hubo visto al presidente, Bunau-Varilla se concentró en Jusserand,
el embajador francés, al que escribió una carta formal ese mismo viernes para
expresarle el constante amor de Panamá por Francia y solicitarle ser recibido
oficialmente (esto es, que Francia reconociera a Panamá) a la mayor brevedad
posible. Luego, «con carácter estrictamente privado», se fue a ver a Jusserand
para asegurarle que todos los contratos formales y las concesiones entre
Colombia y las compañías francesas del canal serían respetados por el nuevo
Gobierno de Panamá, y que no habría ninguna «intriga contra los intereses de
Francia».
Dos días después, el domingo, un gran sobre de papel Manila fue entregado en
mano en el hotel Willard para el señor Philippe Bunau-Varilla, enviado
extraordinario de la República de Panamá. Contenía una copia del Tratado
Hay-Herrán, con modificaciones menores hechas a lápiz y una cubierta que decía
«Absolutamente confidencial», de parte de John Hay, en la que se le pedía que
el documento le fuera devuelto con las sugerencias del propio enviado tan
pronto como le fuera posible.
Bunau-Varilla recordó más tarde que consagró todo el día a la valoración del
tratado, al igual que toda la noche, salvo dos horas que dedicó al sueño, entre
las doce y las dos de la mañana. Al amanecer, había decidido que no lo haría.
La «condición indispensable para el éxito» era redactar un nuevo tratado «tan
bien adaptado a las exigencias estadounidenses» que fuera seguro que iba a ser
aprobado en el Senado por la mayoría de dos tercios exigida. Estaba convencido
de que si no se conseguía esa mayoría de dos tercios habría un canal de
Nicaragua después de todo. La diferencia principal del nuevo tratado debería
estar en la soberanía que se atribuiría a Estados Unidos dentro de la zona del
canal.
Ya había llamado a Nueva York a Frank Pavey, su abogado y antiguo colega de la
Compañía de Panamá, y apareció en la suite del hotel Willard
poco después del desayuno. Se instaló un taquígrafo en una habitación junto al
vestíbulo y los dos hombres se pusieron a trabajar. Bunau-Varilla redactó todos
los artículos del nuevo tratado a mano y en inglés. Pavey «corrigió las imperfecciones
literarias, pulió las fórmulas y les dio una forma académica impecable».
En un momento del día, Bunau-Varilla cruzó la ciudad para ir a comunicar a Hay
lo que estaba haciendo, y parece que este no tuvo nada que objetar. A las diez
de esa noche estaban listas dos copias del tratado. Pese a la hora,
Bunau-Varilla salió derecho a ver a Hay, pero al llegar a Lafayette Square
encontró la casa a oscuras, así que no le entregó el tratado hasta la mañana
siguiente, 17 de noviembre, el mismo día en que se esperaba en Nueva York al
vapor proveniente de Colón.
«Con gran ansiedad esperé una notificación del Departamento de Estado durante
el día —recordaría Bunau-Varilla—. No llegó. El señor Hay no dio señales.»
Entre tanto, envió a los delegados panameños un telegrama de bienvenida por
mediación de Joshua Lindo, indicándoles que permanecieran en Nueva York «para
guardar el mayor secreto respecto a su misión», y que no dijeran nada a los
periódicos.
Al anochecer seguía en el Willard esperando con Pavey noticias de Hay, sin
atreverse a abandonar su habitación. A las diez, incapaz de soportar el
suspense por más tiempo, Bunau-Varilla envió un mensaje: «No puedo abstenerme
de informarle respetuosamente que me gustaría mucho terminar las negociaciones
—le decía a Hay—. Siento la presencia de una serie de intrigas en torno a la
comisión que está por llegar y de personas que se apresuran a acercarse y que
sacarán mucho provecho en retrasar y debatir, y ninguno en ir directamente al
grano. Le suplico, por lo tanto, señor secretario, que cumplamos nuestro plan
como se estableció originalmente con el fin de terminar ya las negociaciones».
La respuesta fue inmediata: si lo prefería, podía ir esa misma noche a su casa.
Bunau-Varilla salió derecho hacia Lafayette Square, donde mantuvo una «larga
entrevista», a cuyo término Hay lo felicitó por su trabajo. Pero no le quedó
claro si Hay estaba realmente dispuesto a aceptar el tratado, y dio fin a la
velada con la que pretendió que fuera la más llana inducción a la acción.
«Mientras la delegación no llegue a Washington —declaró Bunau-Varilla—, seré
libre para tratar con usted yo solo, provisto de poderes absolutos y completos.
Cuando ellos lleguen, ya no estaré solo. En realidad, puede que pronto ni
siquiera esté aquí.» «A tu pobre y viejo papá lo están haciendo
trabajar por las noches y los domingos —diría John Hay a su hija en una carta—.
Nunca que recuerde he estado ocupado tan activa y constantemente como en estas
dos últimas semanas.» La verdad es que tampoco había disfrutado tanto nunca. La
intensa sensación de movimiento, los apremiantes mensajes nocturnos, el
extraordinario francés con el bigote engomado, todo era materia prima para una
novela de aventuras, y para Hay, un devoto de la forma y novelista, todo era
maravillosamente terapéutico. En el correo de la mañana, ese martes 17, había
una nota jocosa de Richard Harding Davis en la que contaba que había estado a
punto de escribir una novela sobre cómo un aventurero extranjero robaba Panamá
a Colombia. «El día que empecé a escribir la novela —explicaba Davis—, Panamá
se convirtió en república, y alguien me debe el dinero que perdí con ese
argumento.»
Hay también estaba muy satisfecho —cabe imaginar que lleno de alegría— con el
tratado que se le había presentado. Aunque gran parte del texto era idéntico al
de su propio Tratado Hay-Herrán, los privilegios otorgados ahora a Estados
Unidos eran más vastos y ventajosos que en el pacto anterior. Como el mismo Hay
iba a confiar en una carta al senador Spooner, el nuevo tratado era «muy
satisfactorio, sumamente ventajoso para Estados Unidos, y, debemos confesarlo,
no muy ventajoso para Panamá […] Usted y yo sabemos perfectamente bien cuántos
puntos hay en el tratado que podrían ser objetados por un patriota panameño».
Los principios básicos eran estos:
A Estados Unidos se le concedía la facultad de construir un canal a través de
una zona de dieciséis kilómetros y medio de anchura (en contraste con una zona
de nueve kilómetros y medio de anchura especificada en el pacto Hay-Herrán).
Colón y la ciudad de Panamá no quedaban incluidas en esta zona, pero el
saneamiento, el sistema de alcantarillado, el abastecimiento de agua y el
mantenimiento del orden público en estas ciudades terminales quedaban bajo el
control de Estados Unidos. Además, se otorgaban a este país cuatro pequeñas
islas en la bahía de Panamá —Perico, Naos, Culebra y Flamenco—, y tenía derecho
a expropiar las zonas adicionales de tierra y agua «necesarias y convenientes»
para la construcción, funcionamiento, saneamiento o defensa del canal. A
cambio, Estados Unidos garantizaba la independencia de Panamá.
A la compañía francesa del canal se le concedía el derecho de transferir sus
concesiones y propiedades (incluso el ferrocarril de Panamá) a Estados Unidos,
y la compensación para Panamá iba a ser la misma que se había ofrecido
anteriormente a Colombia: diez millones de dólares cuando el tratado se
ratificara y una renta anual de 250.000 dólares que se empezaría a pagar nueve
años después.
Sin embargo, la diferencia más importante entre este tratado y el anterior se
encontraba en el artículo III, el cual especificaba que Panamá otorgaba a
Estados Unidos dentro de la zona del canal «todos los derechos, el poder y la
autoridad […] que Estados Unidos poseería y ejercería si fuera el soberano del
territorio […], no pudiendo la República de Panamá ejercer ninguno de los
derechos de soberanía, poder o autoridad». Aunque Estados Unidos no era
soberano dentro de la zona del canal, podía actuar como tal.
Y en lugar de un arrendamiento de la zona durante cien años renovables
indefinidamente, como en el pacto Hay-Herrán, Estados Unidos conservaría la
zona en su poder «a perpetuidad».
La única obligación que le quedaba, pensaba Hay, era presentar el documento a
Root y a Knox para que lo revisaran, al igual que a Leslie Shaw, secretario del
Tesoro, a todos los cuales reunió en un almuerzo en Lafayette Square el
miércoles 18; es decir, al día siguiente de la visita nocturna de
Bunau-Varilla.
Hay iba «a toda máquina». El almuerzo transcurrió sin incidentes, todos
estuvieron de acuerdo y él regresó deprisa al Departamento de Estado y «puso a
todos a trabajar» en la redacción de los borradores finales. A Bunau-Varilla le
envió una breve nota pidiéndole que se presentara en su casa a las seis de la
tarde, pero él o su taquígrafo estaban tan excitados que pusieron mal la fecha.
Bunau-Varilla llegó a la puerta principal de Hay a la hora convenida. No había
tiempo que perder, pues se acababa de enterar por Joshua Lindo de que Amador,
Boyd y Arosemena habían salido de Nueva York y se los esperaba en Washington en
cuestión de horas.
Cuando los reporteros que se encontraban ante la casa de Hay preguntaron al
enviado si iba a firmar el tratado, la respuesta fue que no sabía.
Bunau-Varilla fue recibido con desacostumbrada solemnidad, y el secretario se
dirigió a él llamándole «excelencia». Era su deseo, afirmó Hay, si su
excelencia estaba de acuerdo, firmar el tratado que permitiría la construcción
del canal interoceánico. Bunau-Varilla respondió en un tono similar y dijo que
estaba plenamente dispuesto para firmar «a las órdenes de su excelencia».
Después examinaron el documento, cuyo texto, con excepción de unas cuantas
pequeñas alteraciones, era el que Bunau-Varilla había presentado. En el
artículo II había utilizado la expresión «arrendamiento a perpetuidad» para
describir el control estadounidense sobre la zona del canal. Hay prefería que
dijese «otorga a Estados Unidos a perpetuidad el uso, la ocupación y el
control». «Como ve —dijo Hay—, desde un punto de vista práctico es
absolutamente sinónimo.» No se había sugerido ningún otro cambio esencial. «Si
su excelencia está de acuerdo, leeremos ahora el tratado y luego lo
firmaremos.»
Bunau-Varilla accedió sin la menor vacilación y sugirió que la lectura «se
abreviara lo más posible». El tiempo contaba mucho para él. Llevaban juntos
unos cuarenta minutos.
Según la carta que Hay escribió a su hija, eran exactamente las siete cuando
firmaron «el importante documento». Se encontraban en un saloncito de paredes
azules desde el que se podían ver la plaza y las luces de la Casa Blanca.
Habían pasado dos años, señaló Hay, desde que se firmó el segundo Tratado
Hay-Pauncefote. Bunau-Varilla no había llevado con él el sello, de modo que Hay
le dio a elegir entre su propia sortija con sello (una sortija, como explicó
Hay, que lord Byron llevaba el día en que murió) o un anillo con las armas
familiares de Hay. Para Bunau-Varilla esta fue la única decisión difícil en esa
hora, y, como destacaría posteriormente, «no tenía mucho tiempo para
reflexionar». Eligió el sello familiar.
La pluma fue sumergida en un tintero que había pertenecido a Abraham Lincoln.
Bunau-Varilla firmó primero, con una letra pequeña, rápida y controlada, justo
debajo de la última línea del pacto: «Dado en la ciudad de Washington, el día
18 de noviembre, en el año de Nuestro Señor mil novecientos tres». Luego Hay
trazó su firma, clara y grande, y, con unas cuantas palabras finales, regaló la
pluma al enviado extraordinario.
«Nos separamos no sin emoción —recordaría Bunau-Varilla— y me apresuré a volver
a mi hotel.» Dos horas después se encontraba en la estación del ferrocarril
para dar la bienvenida «a los viajeros con las felices nuevas».
* * * *
Se hallaba en el andén cuando los panameños descendieron del
tren, y sus primeras palabras fueron estas: «La República de Panamá, de ahora
en adelante, está bajo la protección de Estados Unidos. Acabo de firmar el
Tratado del Canal».
Según el relato de Bunau-Varilla, Amador parecía que estaba a punto de
desmayarse. Federico Boyd, también según Bunau-Varilla, no pudo ocultar su
«consternación». Pero, tal y como se contó la historia después en Panamá, lo
que se expresó fue mucho más que consternación. Los panameños se mostraron
primero incrédulos, luego indignados y al final lívidos de cólera. Se dice que
Federico Boyd abofeteó a Bunau-Varilla.
Durante los días siguientes, Boyd siguió insistiendo en que Bunau-Varilla había
actuado sin autoridad, ilegalmente, en contra de lo especificado en sus
instrucciones escritas. Bunau-Varilla, con marcada impaciencia, le aseguró que
las protestas ya no servirían de nada, puesto que «todo estaba terminado».
El tratado solo tenía que ser ratificado por el Senado de Estados Unidos y por
el Gobierno de Panamá, y Bunau-Varilla estaba decidido a obtener la
ratificación inmediata de Panamá, antes de que el tratado fuera al Senado,
jugada en la que los tres panameños se negaron a participar. Bunau-Varilla les
advirtió que se esperaba en Washington una misión especial de Bogotá en
cualquier momento para negociar con los estadounidenses, y que la garantía más
segura contra cualquier posible problema era presentar a dicha misión el
tratado ratificado. Llevó a Amador y Boyd a ver a Hay, confiando en el efecto
conciliador de la afabilidad y cortesía del viejo diplomático, y este llegó aún
más lejos, prometiendo un tratado suplementario para corregir cualquier defecto
posible. Pero no sirvió de nada. Los panameños dijeron al secretario de Estado
que ellos no tenían ninguna autoridad para actuar sobre el tratado, y no se
retractaron de esa posición cuando, después de abandonar el Departamento de
Estado, Bunau-Varilla les echó en cara sus malos modales y les advirtió que
habían causado «una muy mala impresión» al secretario.
Así, una vez más, el dinámico francés decidió que debía quitar el asunto de las
«manos inexpertas» y tomarlo en las suyas, y esa fue la fase siguiente de sus
actividades, máxime cuando la apresurada firma del tratado sería considerada en
Panamá como un gran acto de traición.
Aunque por entonces apenas se hablaba con los tres panameños, acordaron que el
tratado debía enviarse a Panamá en el City of Washington cuando
el buque zarpara el martes siguiente, y que todos deberían reunirse en Nueva
York para efectuar la entrega oficial del documento a bordo.
Sin embargo, Bunau-Varilla salió de Washington antes que los panameños el
sábado 21 de noviembre y, sin consultarlo con ninguno de ellos, envió todo el
texto del tratado en un cablegrama al nuevo ministro de Asuntos Exteriores de
Panamá, el doctor F. V. de la Espriella. Informó al ministro que la comisión se
había comportado de forma muy insatisfactoria ante las autoridades
estadounidenses y que la súbita precaución de Panamá y su falta de voluntad
para colaborar se estaban convirtiendo en un obstáculo para el Gobierno de
Washington, al que condenaban sus enemigos políticos por haber actuado con una
prisa indecorosa en el reconocimiento de Panamá. Quería una ratificación
inmediata del tratado por parte de Panamá y «la inmediata expedición de
instrucciones telegráficas» a fin de que pudiera informar a Washington. El
tratado, advirtió, no sería enviado al Senado hasta que Panamá hiciera su
parte.
La respuesta del ministro De la Espriella no le llegó a Bunau-Varilla al
Waldorf hasta el lunes por la noche, y fue negativa. Estaba seguro de que
Amador y Boyd habían intervenido, cablegrafiando a Panamá para que no hiciera
caso de su advertencia y no sancionara el tratado.
No obstante, se reunieron todos al día siguiente, como estaba convenido, en la
habitación de siempre de Bunau-Varilla, la 1162, donde este les recordó que se
había preparado su liberación. Se colocó el tratado en un sobre, este se
envolvió en la bandera de Panamá y se colocó en una pequeña caja de seguridad
rellena con algodón. Luego fue sellada y todos juntos salieron con ella.
Cuando el City of Washington zarpó aquella tarde, la caja
fuerte se encontraba a bordo y Bunau-Varilla iba de regreso a Washington. Había
decidido, explicó más tarde, «sacudirse la telaraña que sentía que se estaba
tejiendo a mi alrededor».
El día 25 por la tarde envió un cable de 370 palabras al ministro De la
Espriella que pulsaba una nota de temor enteramente nueva. Si el Gobierno de
Panamá no ratificaba de inmediato el tratado cuando llegara a Colón, la
consecuencia más probable sería que se suspendería la protección estadounidense
sobre la nueva república y se firmaría un tratado del canal con Bogotá.
Es posible, como se sugeriría, que John Hay tuviera algo que ver con este
sorpresivo mensaje. Bunau-Varilla nunca lo sugirió, pero Hay iba a hacer notar
más tarde en una carta al senador Cullom que «nosotros» insistimos en una
ratificación inmediata.
En cualquier caso, fue la última navaja puesta en la garganta, y completamente
falsa. La idea de que Roosevelt abandonaría a Panamá en este punto, que dejaría
a la junta a merced de la venganza de Colombia, que daría un giro súbito y
volvería a negociar con Bogotá, no solo era infundada, sino ridícula para
cualquiera que conociera lo más mínimo al presidente o la disposición
prevaleciente en Washington. Nada de este tipo llegó a pensarse ni siquiera
remotamente en la Casa Blanca o en el Departamento de Estado.
«Esta vez di en el blanco —iba a exclamar Bunau-Varilla—. El Gobierno de Panamá
estaba libre al fin de la malsana influencia de su delegación.» Al día
siguiente, 26 de noviembre, recibió por cable instrucciones de Panamá, enviadas
por Arango, Tomás Arias, Manuel Espinosa y el ministro De la Espriella, para
que notificara a Washington de forma oficial que el tratado sería ratificado
tal y como se había firmado tan pronto como llegara al Istmo.
El Gobierno provisional de Panamá cumplió su promesa. El tratado fue aprobado
formalmente, por unanimidad y sin ninguna modificación, el día 2 de diciembre,
poco menos de un mes después de la revolución y cinco días antes de que el
Congreso fuera convocado en Washington.
El debate en el Senado comenzó de inmediato. John Tyler Morgan y Hoar, de
Massachusetts, un obstinado antiimperialista, dirigieron el ataque no solo al
tratado, sino a los medios por los que se había obtenido la independencia
panameña y la conducta presidencial. Sin embargo, pese a toda la acritud que
llenó las páginas del Diario de Debates del Congreso, fueron
relativamente pocos los fallos que se encontraron en el tratado, incluso entre
los más propensos a oponerse a cualquier medida presentada por el Gobierno. En
un extenso discurso, por ejemplo, el senador Hernando de Soto Money, de
Mississippi, un antiguo aliado del senador Morgan y empecinado defensor de la
ruta de Nicaragua, admitió que el tratado «llega a nosotros más liberal en las
concesiones que nos hace y dándonos más de lo que cualquiera en esta Cámara
hubiera soñado lograr alguna vez […] jamás se nos ha hecho una concesión tan
extraordinaria como esta. En realidad, parece como si lo hubiéramos escrito
nosotros mismos».
Además, el apoyo a la medida, encabezado por Spooner, Cullom y Lodge, fue
masivo. Las inminentes elecciones presidenciales ayudaron a cerrar las filas
republicanas. Así, a todos los observadores expertos el resultado les pareció
predeterminado. «Los debates serán largos y acalorados —escribió el doctor
Herrán—, pero no hay duda de que el tratado será finalmente aprobado.» El único
elemento ausente esta vez fue Mark Hanna, de Illinois. Agotado después de una
exitosa campaña para llevar a su amigo Myron Herrick a la gobernatura de Ohio,
Hanna permaneció en sus habitaciones del hotel Arlington muriéndose lentamente.
En una carta escrita el 10 de febrero, Roosevelt decía a su hijo Theodore
Roosevelt Jr. que la oposición panameña parecía «bastante derrotada». El mismo
día, el doctor Herrán cerró la legación colombiana y notificó a John Hay que se
estaba preparando para regresar a su tierra —«con el espíritu abatido y la
salud quebrantada», como le escribió a un amigo—. Poco después moriría.
El 15 de febrero, Mark Hanna murió, a los sesenta y seis años, y poco después,
el 23 de febrero de 1904, el Senado ratificó el tratado con un resultado de 66
votos contra 14.
II
En Panamá, el 15 de enero se había convocado una Asamblea
Nacional Constituyente en la capital y concluyó sus labores en menos de un mes.
En líneas generales, la nueva Constitución era semejante a la de Estados
Unidos, pero con algunas notables disposiciones añadidas. Solo el Gobierno
podía importar o fabricar armas, por ejemplo. Ningún presidente podía sucederse
a sí mismo ni tener como sucesor a un miembro de su familia. Podía suspenderse
la ciudadanía por ebriedad habitual.
El Gobierno estaba dividido en tres poderes, legislativo, ejecutivo y judicial.
Los delegados de la Asamblea legislativa y el presidente se elegirían por
votación popular. Y una vez completado el marco constitucional, la Asamblea se
disolvió de inmediato para convertirse en Asamblea Nacional y eligió a Manuel
Amador como primer presidente. Su toma de posesión se efectuó en la Plaza de la
Catedral el 20 de febrero de 1904, tres días antes de la ratificación del
Tratado Hay - Bunau-Varilla por el Senado.
La nación sobre la que presidía el nuevo Gobierno se extendía desde la frontera
de Costa Rica, por el este, hasta Colombia, por el oeste, donde la ubicación
precisa de la línea limítrofe permanecería indeterminada y sería uno de los
principales problemas en el futuro.
Puesto que nunca se había llevado a cabo una medición completa del territorio,
su área total solo podía aproximarse. Se pensaba que era de unos 48.000 a
56.000 kilómetros cuadrados. De hecho, una vez determinado el límite con
Colombia, Panamá tenía menos de 48.000 kilómetros cuadrados (46.995,
descontando la Zona del Canal). Así pues, era del tamaño aproximado de Carolina
del Sur, más pequeña que Portugal o Escocia y más extensa que Irlanda o Sierra
Leona. En 1904, su población se calculaba en 350.000 habitantes, aproximadamente
la del Distrito de Columbia.
Desde una perspectiva estrictamente económica, el futuro parecía espléndido,
más de lo que cabía imaginar. La larga noche de Panamá, los años de
estancamiento económico desde la desaparición de la Compagnie Universelle,
habían terminado. El único desarrollo importante y prometedor en la economía
local durante la década de 1890 había sido la producción de plátanos, como
resultado de los sistemáticos esfuerzos de un empresario estadounidense, Minor
C. Keith. Aunque los orígenes del comercio de plátanos se remontaban a la
década de 1860, cuando a modo de experimento un hombre llamado C. A. Frank
envió pequeños cargamentos de Colón a Nueva York, hasta que Keith no empezó a
comprar terrenos en Laguna Chiriquí, al este de Colón, y estableció enormes
plantaciones de plátano, la producción de esta fruta en el Istmo no empezó a
ser un negocio serio y en gran escala. En Bocas del Toro, junto a la Laguna
Chiriquí, en otro tiempo un diminuto poblado negro, había miles de hectáreas de
cultivo y el número de habitantes a comienzos de 1900 era de unos 90.000. Keith
habló de la posible conexión futura por ferrocarril entre Panamá y Nueva York.
«Veía el futuro del plátano y construía para ese futuro», explica un relato. En
1899 había unido fuerzas con la Boston Fruit Company (que tenía plantaciones en
Jamaica y en Cuba) para formar la United Fruit Company, que en su inicio fue la
empresa agrícola más grande del mundo. Para muchas personas del Istmo parecía
que el plátano iba a ser la salvación económica de Panamá.
Pero ahora la construcción del canal prometía el regreso de los tiempos de
auge, de una prosperidad que seguramente superaría la de la etapa francesa.
Habría las mismas demandas de bienes y servicios que entonces, pero esta vez
pagados en dólares. Con Estados Unidos comprometido en la tarea, nadie tenía la
menor duda de que se llevaría a cabo y de que en un futuro no muy lejano Panamá
iba a ser lo que Simón Bolívar había profetizado: «el emporio del universo».
Como médico, Amador preveía ingentes avances en el saneamiento y el fin de
siglos de epidemias. Panamá podía convertirse en modelo para todos los países
tropicales. En un plano más inmediato, su país estaba comenzando a funcionar
desde una posición única porque estaba libre de deudas. En lugar de deuda
nacional, Panamá contaba con la especie de legado nacional que suponía el pago
estipulado de diez millones de dólares por parte de Estados Unidos. De esta
cantidad, unos setecientos cincuenta mil dólares se mantendrían como capital
circulante; unos dos millones de dólares se destinarían de inmediato a las
obras públicas más necesarias; mientras que la mayor parte, unos seis millones
de dólares, se invertirían muy provechosamente en primeras hipotecas sobre
bienes raíces en la ciudad de Nueva York, de cuyos trámites se habían ocupado
J. P. Morgan & Company, designada representante fiscal de Panamá en Estados
Unidos, y William Nelson Cromwell, nombrado abogado de Panamá en Estados
Unidos.
El primer pago de los diez millones de dólares se hizo el 2 de mayo, cuando
Morgan & Company recibieron un cheque de la Tesorería por un millón de
dólares, de los cuales doscientos mil dólares se enviaron de inmediato al
Istmo. El 19 de mayo, dos semanas después de que Panamá hubiera transferido el
control de la Zona del Canal a Estados Unidos, el secretario del Tesoro, Leslie
Shaw, pagó a Morgan & Company los nueve millones de dólares restantes, la
mayor parte de los cuales iban a permanecer en Nueva York.
Sin embargo, lo que más interesaba al Gobierno de Roosevelt, al abogado
Cromwell, a J. P. Morgan, a Philippe Bunau-Varilla y a la multitud de personas
implicadas a uno y otro lado del Atlántico Norte, eran las transacciones
financieras de mayor cuantía entre Washington, Nueva York y París.
La compra de las posesiones francesas en Panamá era la mayor transacción
financiera que se había efectuado hasta entonces en la historia. La orden de
pago por 40 millones de dólares extendida por el Tesoro a «J. Pierpont Morgan
& Company, ciudad de Nueva York, Agente Administrador Especial», era la
mayor emitida por el Gobierno de Estados Unidos. La mayor orden de pago previa
había alcanzado la cantidad de 7.200.000 dólares y se había pagado a Rusia por
la compra de Alaska en 1867. La participación de la firma Morgan había sido
acordada por el comprador y el vendedor, y, antes de recibir la orden de pago
del Tesoro, J. P. Morgan se había embarcado a finales de abril rumbo a Francia
para supervisar personalmente la transacción. Su banco envió por barco a París
18 millones de dólares en lingotes de oro, compró divisas en París y pagó la
suma total en el Banco de Francia a la cuenta de la Compagnie Nouvelle y del
liquidador de la Compagnie Universelle. El día 2 de mayo, en las oficinas de la
Compagnie Nouvelle, situadas en la pequeña y angosta Rue Luis-le-Grand, se
formalizaron las escrituras y documentos. El 9 de mayo, en Nueva York, Estados
Unidos reintegró los 40 millones de dólares a la casa Morgan. Los honorarios
por sus servicios a la Compagnie Nouvelle fueron de 35.000 dólares.
Con los 10 millones de dólares pagados a Panamá y los 40 millones de dólares
pagados a la Compagnie Nouvelle, Estados Unidos había gastado más por los
derechos, privilegios y propiedades que se encontraban en la Zona del Canal
—una superficie que apenas alcanzaba el tamaño de una tercera parte de Long
Island— que por cualquier otra adquisición territorial en su historia, más que
por los territorios de Luisiana (15 millones de dólares), Alaska (7.200.000
dólares) y las Filipinas (20 millones de dólares) juntos.
Al tipo de cambio de entonces, 40 millones de dólares suponían 206 millones de
francos. Por un contrato privado anterior, los directores de la Compagnie
Nouvelle y el liquidador de la Compagnie Universelle habían acordado que
aproximadamente el 38 por 100 de las ganancias futuras del canal fueran para la
Compagnie Nouvelle y el 62 por 100 para el liquidador. De este modo, la
Compagnie Nouvelle recibió ahora 77.400.000 francos; y el liquidador,
128.600.000. Así pues, los accionistas de la nueva compañía, los mayores de los
cuales eran los accionistas penalizados como Eiffel y los hermanos
Bunau-Varilla, recibieron 130 francos por acción, lo que equivalía a un
beneficio aproximado del 3 por 100 de su inversión durante los diez precarios
años transcurridos desde la creación de la compañía. La firma Bunau-Varilla,
por ejemplo, recobró los 2.200.000 francos de su aportación (440.000 dólares)
en la Compagnie Nouvelle, más una ganancia de cerca de 66.000 francos, o sea,
13.200 dólares.
Cuando el liquidador distribuyó sus 128.600.000 francos entre unos doscientos
mil demandantes —todos ellos tenedores de bonos en la antigua Compagnie
Universelle—, el rendimiento de su inversión fue de unos diez centavos por
dólar. Los accionistas en la antigua compañía no recibieron ni un centavo.
Cromwell, quien fijó el valor de sus servicios a la Compagnie Nouvelle en
800.000 dólares, se vio obligado a esperar varios años más mientras se
determinaban sus honorarios en París. En 1907 se concedió a la firma Sullivan
& Cromwell la suma de 200.000 dólares.
Mientras tanto, Philippe Bunau-Varilla había regresado a París y reasumido sus
obligaciones como editor de Le Matin. Tres días después de la
ratificación del tratado por el Senado, había presentado su renuncia como
enviado extraordinario, solicitando que el salario por sus servicios lo
invirtiera la nueva república en la erección de un monumento en la ciudad de
Panamá a Ferdinand de Lesseps. Su sustituto, el nuevo embajador panameño en
Washington, fue el ex gobernador Obaldía.
El acto oficial final del francés se había efectuado en una brillante mañana de
febrero en Washington, cuando intercambió formalmente con John Hay los tratados
ratificados y se despidieron. Según escribió más tarde, fue un momento
profundamente conmovedor para ambos. Y en su ampuloso estilo literario recordó
un torrente de pensamientos íntimos:
[…] de todos aquellos héroes, mis camaradas en la terrible
batalla, dignos nietos de aquellos galos que conquistaron el Viejo Mundo,
dignos hijos de aquellos franceses que conquistaron el Nuevo Mundo, que cayeron
en la lucha contra la naturaleza […] de la vergonzosa liga de todas las
pasiones, de todos los odios, de todas las envidias, de todas las cobardías, de
todas las ignorancias para crucificar esta gran idea […] de mi solitario
trabajo, cuando yo iba predicando la verdad por los caminos […] del incalculable
número de estupideces que he tenido que combatir, de los prejuicios que he
tenido que desarmar, de los insultos que he tenido que soportar, de los
intereses que he tenido que frustrar, de las conspiraciones que he tenido que
desbaratar, a fin de celebrar la victoria de la Verdad sobre el Error y señalar
por fin la hora de laResurrección del Canal de
Panamá.
Sin embargo, en ese momento, mirando a Hay, se limitó a decir:
«Me parece que juntos hemos hecho algo grande».
La entrega efectiva de las obras del canal de Panamá ocurrió la mañana del 4 de
mayo de 1904, y para los panameños, que adoraban las ceremonias y las
celebraciones, que recordaban la Plaza de la Catedral adornada con hojas de
palma y banderas francesas, que no olvidaban desfiles y banquetes ni a
Ferdinand de Lesseps haciendo corvetear su caballo, fue una decepción terrible
y lo más indecoroso de la ocasión. A las 7.30 de la mañana, el teniente de
navío Mark Brooke se reunió con media docena de oficiales estadounidenses y un
representante debidamente autorizado de la Compagnie Nouvelle en las oficinas
centrales de dicha compañía, el viejo Gran Hotel. Una vez recibidas las llaves
de los almacenes y del hospital de Ancón, el teniente de navío Brooke firmó el
recibo de la propiedad y leyó en voz alta una breve proclama. La transacción no
tardó más de unos cuantos minutos. Pocos más de los que estaban presentes se
dieron cuenta de lo que pasaba. Al teniente de navío Brooke no se le había
ocurrido ni siquiera invitar al presidente Amador.
Después de haber estrechado las manos de los panameños y los oficiales
franceses, el joven oficial izó la bandera de las barras y las estrellas hasta
lo más alto del asta del hotel.
Libro tercero
Los constructores (1904-1914)
Capítulo 15
El imperturbable doctor Gorgas
«El mundo requiere por lo menos diez años para entender una
nueva idea, por importante o simple que sea.»
Sir RONALD ROSS
I
«Todo es insoportablemente repugnante», concluía un reportero
neoyorquino que se encontraba entre los primeros que llegaron a Colón. Que sus
compatriotas podían construir y construirían el extraordinario canal navegable
era cosa hecha tanto para él como para los demás. Cualquier punto de vista en
contrario lo hubiera colocado entre una imperceptible minoría. Después de haber
dominado un continente, haber alcanzado la supremacía industrial y haberse
embarcado en la gran aventura del liderazgo mundial, el pueblo estadounidense
—unos ochenta millones de personas— triunfaría ahora donde los franceses habían
fracasado de forma tan ignominiosa. «No existe nada en la naturaleza del
trabajo […] que atemorice a un estadounidense —insistía el reportero—. He hecho
tres excursiones a la ruta del canal […] y aunque no pretendo hablar como un
experto en los aspectos técnicos del problema, yo diría que la construcción del
canal será una tarea comparativamente fácil para los hábiles, emprendedores y
dinámicos estadounidenses.»
Pero Colón continuaba siendo inquietante. Los negros vivían de la forma más
atroz en cabañas fétidas sostenidas sobre pilotes en una «ciénaga, una vasta
extensión de aguas negras cubiertas de una nata verde». No había cañerías ni
alcantarillado. El hedor era indescriptible y las noches resultaban espantosas
por el interminable estruendo de miles de ranas.
Describía los venenosos vapores que se elevaban sobre el río Chagres, vapores
que podían verse desde Colón al amanecer; y no queriendo parecer ignorante de
las avanzadas teorías médicas, escribía también acerca de los mosquitos. ¿Qué
oportunidad existía de hacer que un lugar tan vil se convirtiera en un sitio
seguro para el hombre blanco?
El artículo apareció en el Tribune de Nueva York la primera
semana de febrero de 1904, tres meses antes de que el teniente de navío Brooke
izara la bandera sobre el antiguo edificio de la empresa francesa, y tres
semanas antes de que el presidente destacara un interés semejante ante los
miembros de su nueva Comisión del Canal del Istmo. «Como ustedes saben, pienso
que los problemas sanitarios e higiénicos […] en el Istmo son de primera
importancia, más importantes incluso que los problemas técnicos», declaró.
La trágica experiencia de los franceses nunca se olvidaba. Pero más inmediato y
vivo era el recuerdo de Cuba en 1898, cuando el número de soldados
estadounidenses que murieron de fiebre amarilla, malaria y fiebre tifoidea fue
trece veces mayor que el de soldados muertos en combate. Para Roosevelt, Cuba
había sido una lección inolvidable por el estrago que la enfermedad podía
producir en una fuerza expedicionaria. Lo sucedido en Cuba había sido, en
primer lugar, culpa de una dirección mala o indiferente en el terreno y de
«cierta carencia de sentido común» en Washington. Fue Roosevelt, después de la
toma de Santiago, quien escribió con Wood el famoso memorial al general Shafter
en el que se decía que el ejército debería ser retirado de inmediato o
perecería de malaria. Su propia brigada, diría en una segunda carta, «estaba
lista para morir como ovejas con morriña».
Para encabezar la nueva comisión, Roosevelt había optado de nuevo por el
anciano John Walker, pero el tiempo demostraría que fue una elección
desafortunada; era tan inadecuado para sus responsabilidades como lo había sido
el secretario de Guerra Russell Alger en 1898, causante de gran parte de las
angustias sufridas en Cuba. Pero las dificultades de organizar la tarea en
Panamá se complicaban aún más debido a la rígida composición de la comisión,
asunto sobre el que Roosevelt no tenía voz. La Ley Spooner exigía que tuviera
siete miembros, cuatro de los cuales, por lo menos, «debían ser expertos y
diestros en ingeniería», y de esos cuatro, dos debían ser militares (uno del
Ejército y otro de la Marina). Los siete iban a tener igual autoridad.
Walker era el representante de la Marina; por el Ejército estaba el general
George W. Davis, «un excelente guerrero de las llanuras», quien había sido
vicepresidente de la desaparecida Compañía para la Construcción del Canal de
Nicaragua. Los ingenieros civiles eran el profesor William H. Burr (de la
anterior Comisión Walker), Benjamin M. Harrod, Carl E. Grunsky y William
Barclay Parsons. El séptimo miembro, Frank J. Hecker, era un hombre de
negocios. A primera vista, se trataba de un conjunto distinguido, pero ninguno
de sus miembros había organizado nunca un proyecto de construcción gigantesco.
Ninguno estaba acostumbrado a ocuparse de los problemas de abastecimiento,
trabajo o planificación general a una escala siquiera aproximada a la que
tenían que enfrentarse ahora.
Tampoco ninguno de ellos tenía la menor preparación médica. El Congreso había
considerado el canal un problema técnico de construcción exclusivamente. No se
había juzgado esencial la presencia en la comisión de un médico o de alguien
que tuviera alguna experiencia en cuestiones de salud, así que no se había
nombrado a ninguno.
Se debió principalmente a la insistencia del doctor William Henry Welch, de la
Johns Hopkins, que se designara una autoridad sanitaria para prestar sus
servicios en la comisión, pues durante una visita personal a la Casa Blanca le
había instado a Roosevelt a que abordara las causas de las enfermedades antes
que cualquier otro problema en el Istmo. Welch, uno de los famosos «cuatro
grandes» (Welch, Osler, Kelley y Halsted) de la Johns Hopkins Medical School,
fue a la Casa Blanca con una delegación de médicos prominentes y el director de
la Oficina de Entomología del Departamento de Agricultura, Leland O. Howard.
«Atravesamos una sala llena de personas que esperaban para ver al presidente
—recordaba Welch— y pensé que nos iba a escatimar cada minuto de su tiempo.»
Pero Roosevelt después le dijo a Walker que buscara el mejor médico que hubiera
en el país para que se hiciera cargo de los hospitales y el trabajo sanitario
en Panamá, y aunque no le especificó quién debería ser, le dio instrucciones de
que no hiciera la elección sin consultar con Welch.
El resultado fue el nombramiento de un médico naval, un antiguo alumno de
Welch, el coronel William Crawford Gorgas, quien desde la muerte de Walter Reed
(de apendicitis en 1902) era conocido en los círculos profesionales como una
destacada autoridad en enfermedades tropicales. Gorgas era un hombre de
cuarenta y nueve años, educado, de cabello blanco, y cuyos ojos risueños y
carácter alegre ocultaban una tenacidad admirable. Todo el mundo hablaba bien
de él. Era hijo del general confederado Josiah Gorgas, un militar de carrera
nacido en Pensilvania que había llegado a ser jefe de artillería de Jefferson Davis;
y así, por motivos políticos, el nombramiento ayudó a compensar el predominio
de yanquis en la comisión.
Los siete habían sido elegidos bastante deprisa —demasiado deprisa, concedería
después Roosevelt— durante la última semana de febrero. El 4 de marzo envió
siete telegramas en los que anunciaba los nombramientos y daba a cada uno de
los destinatarios cuatro días para dejar lo que estuvieran haciendo y
presentarse en la Casa Blanca. (Walker y el general Davis ya se encontraban en
Washington; Burr y Parsons estaban en Nueva York; Hecker, en Detroit; Harrod,
en Nueva Orleans, y Grunsky, en San Francisco.) En su primera reunión con
ellos, Roosevelt manifestó que no estaba interesado en su opinión política.
Habían sido elegidos por su fama de integridad y su capacidad. No tenía nada
que apuntar sobre los detalles de su trabajo. «Esta nación insistirá en que se
logren resultados.»
La comisión estableció su cuartel general en el edificio Star, en la calle 14,
y el cargo de ingeniero en jefe se le ofreció a un directivo del ferrocarril de
Chicago llamado John Findley Wallace, quien lo aceptó en el entendimiento de
que el trabajo exigía residir en el Istmo. Su salario iba a ser de 25.000
dólares al año, que era mucho más alto que el de cualquier otro empleado
gubernamental en 1904, con excepción del presidente, y superior en 10.000
dólares al que él estaba recibiendo como gerente general de la Illinois
Central. El ingreso anual de William C. Gorgas como coronel del Ejército era de
4.000 dólares.
El 9 de mayo llegó la orden ejecutiva de poner a la comisión bajo la
supervisión directa del nuevo secretario de Guerra, William Howard Taft[16]. De este
modo, la comisión tenía plena autoridad para proceder con la obra del canal.
Así pues, seis meses después de la revolución de Panamá, todo parecía listo
para empezar. A los profesores de Yale que todavía ponían en tela de juicio la
legalidad de su participación en la revolución, el hombre de Harvard que
ocupaba la Casa Blanca respondió con otra de esas réplicas espontáneas dignas
de cita para las que tenía un don especial, que eludían por completo el tema,
pero que gustaban tanto al país: «Díganles que voy a hacer volar la tierra».
* * * *
Para William C. Gorgas no había ningún problema acerca de lo que
debía hacerse en Panamá. Ni parece que haya tenido ninguna duda de que podría
triunfar, pues suponía que de la oficina situada en el edificio Star le
llegaría el apoyo necesario. Se concentraría primero en la fiebre amarilla. A
su juicio, la malaria era la amenaza más grande y más seria, pero un brote de
fiebre amarilla podría causar pánico, y esta enfermedad era su especialidad.
Aunque ya se conocían los medios de transmisión de ambas enfermedades, solo se
había erradicado la fiebre amarilla como resultado de tal conocimiento —en La
Habana, en 1901—, y él había sido el principal responsable.
Se había determinado que el transmisor de la fiebre amarilla era el pequeño,
silencioso y plateado mosquito casero conocido como Stegomyia fasciata,
tal y como el médico cubano Carlos Finlay había anunciado años atrás. Se sabe
que existen no menos de dos mil quinientas especies diferentes de mosquitos (en
lugar de las ochocientas y pico que creía Finlay), pertenecientes a tres
importantes géneros: Culex, Anopheles y Aedes. El
grupo Culex incluye al mosquito casero de color gris que se
encuentra en las latitudes septentrionales (Culex pipiens pipiens).
Los Anopheles son los únicos transmisores de la malaria y
también transmiten la encefalitis o enfermedad del sueño. El Aedes
aegypti es el Stegomyia fasciata, como entonces se le
llamaba, el mosquito de la fiebre amarilla.
El mérito de haber encontrado la causa de la malaria, uno de los mayores
descubrimientos médicos de todos los tiempos, pertenece al médico inglés Ronald
Ross, quien se había dedicado solo al problema en un remoto hospital rural en
Secunderabad (India). Aunque la malaria era una asesina mundial que medraba en
una ancha zona a ambos lados del ecuador, su mayor número de víctimas humanas
estaba en Asia, y en la India era la principal destructora, cobrándose
posiblemente un millón de vidas al año. Ross, que había sido un estudiante
mediocre, poeta aficionado y músico, había entendido el patrón mediante el cual
la enfermedad se extiende, un patrón que parecía bastante simple una vez que lo
hubo explicado. En el verano de 1897 disecó bajo el microscopio a un
mosquito Anopheles después de haber picado a un enfermo de
malaria. En el estómago del insecto vio las mismas células circulares que el
médico francés Laveran había descubierto en Argelia en 1880, el parásito de la
malaria Plasmodium falciparum. Además descubrió que las células
estaban creciendo.
Esa noche escribió en su libreta un poema en el que describía el momento. Iban
a ser sus únicos versos publicados, cuya última estrofa se hizo famosa:
Yo sé que salvará miles de vidas
esta cosa tan pequeña.
Oh, muerte, ¿dónde está tu aguijón?
¿Tu victoria, oh, sepultura?
Sin embargo, hasta el año siguiente no se pudo probar por fin su
teoría del mosquito, localizando las glándulas salivales del insecto y
descubriendo que el parásito que crecía en su estómago acababa invadiendo todas
las partes del cuerpo, incluidas esas glándulas. «La puerta está abierta
—escribió en una carta exultante a Inglaterra—, y estoy entrando y recogiendo
los tesoros.»
La solución era esta: el Anopheles, un mosquito marrón
relativamente grande, con pequeñas manchas negras en las alas, transmitía la
malaria solo después de haber picado a alguna persona que estuviese infectada
por la enfermedad. El mosquito chupaba la sangre que contenía al parásito, este
se multiplicaba en su estómago, después se desplazaba hacia las glándulas
salivales, de donde el parásito pasaba a la sangre de quienquiera que fuera
picado a continuación por el mosquito. En otras palabras, el insecto no era la
fuente, sino solo el agente transmisor. Pero este insecto peculiar era el único
medio de transmisión. Por lo tanto, solo podía causar daño cuando había sangre
infectada que pudiera chupar, es decir, cuando hubiera cerca algunas personas
que estuvieran enfermas de malaria. Así pues, la forma de erradicar la malaria
no era solo acabar con el mosquito Anopheles, sino dificultarle lo
más posible acercarse a cualquiera que tuviera la enfermedad.
La idea de prevenir las epidemias de malaria exterminando al Anopheles fue
expresada por primera vez en una carta dirigida por Ross al Gobierno de la
India el 18 de febrero de 1901. Al año siguiente, Ross publicó un pequeño
libro, Mosquito Brigades, en el que explicaba cómo debería
organizarse tal campaña. Por entonces, sin embargo, Gorgas y sus médicos de la
Marina habían demostrado en La Habana lo que casi nadie creía posible. En 1901,
en una de las ciudades más asoladas por esta enfermedad, habían eliminado la
fiebre amarilla en menos de ocho meses y prácticamente habían acabado con la
malaria. No había existido en la historia médica o militar nada comparable a su
guerra contra los mosquitos.
Gorgas no había participado en el descubrimiento de las causas de la fiebre
amarilla. Dio la casualidad de que fue uno de los últimos médicos del Ejército
que aceptó la teoría del mosquito. Al igual que Ross, había llegado al
ejercicio de la medicina sin mayor interés o entusiasmo, y la mayor parte de su
vida profesional la había pasado de servicio en fuertes militares tan alejados
como Secunderabad de los descubrimientos e innovaciones que habían transformado
de forma tan espectacular la ciencia médica durante la última parte del siglo
XIX. En 1880, el año en que Gorgas terminó su formación en Bellevue, la teoría
de que la enfermedad se debía a un germen se hallaba todavía en discusión; de
1880 a 1900 —los años que marcaron el surgimiento de Pasteur, Koch, Lister, los
cimientos de la Johns Hopkins—, Gorgas se encontraba en lugares como Fort Brown
(Tejas) o Fort Randall (Dakota del Sur), atendiendo las obligaciones
rutinarias. Fort Randall, situado en una llanura ilimitada, se encontraba a 120
kilómetros del ferrocarril más cercano.
Gorgas se convirtió en médico por una determinación de su niñez de seguir la
carrera militar. En Richmond, cuando era niño, había visto a su padre
entrevistarse con Lee y Jackson en el salón delantero de su casa, y en el
último invierno de la guerra, cuando las andrajosas tropas confederadas
llenaron las calles, insistió, a los diez años, en andar descalzo. Se licenció
en letras en la pequeña y luchadora Universidad del Sur de Sewanee (Tennessee),
en la que habían nombrado rector a su padre, pero determinado todavía a ser
soldado en contra de los deseos de su padre, intentó ingresar en West Point.
Cuando la Academia lo rechazó, decidió estudiar medicina porque era el único
camino que le quedaba para entrar en el Ejército.
Sus compañeros de clase en el Bellevue Medical College de Nueva York
recordarían a Billy Gorgas como un cristiano devoto, un hombre
con descuidada ortografía, demasiado pobre para volver a casa en vacaciones, el
más simpático de la clase e «imperturbable». En Bellevue fue donde encontró al
doctor Welch, entonces casi de treinta años, y, después de haberse titulado en
junio de 1879, Gorgas pasó otro año como interno en el Hospital Bellevue.
Mientras tanto, su padre, enterado de que Gorgas no había cambiado de parecer,
afirmaba que la vida de un médico militar «no era una vida que debía desearse
como algo permanente. No es en el ejército donde la posición de un médico es
ennoblecedora».
Más adelante, Gorgas pensaría que la historia de su vida tenía un propósito
grande y definido, quizá voluntad de Dios. Era como si cualquier cambio
importante hubiera sido diseñado para prepararlo para una tarea histórica. No
era una persona que se detuviera demasiado en cuestiones de destino cósmico, y
su modestia genuina era una parte importante de su considerable encanto. «Yo no
tengo mucho de doctor —señaló una vez en una reunión de médicos destacados—, es
decir, no tengo experiencia en el cuidado de los enfermos, y tampoco tengo
mucho de militar, aunque he estado al servicio del Ejército prácticamente
durante toda mi vida profesional.» Pero aunque parecía incapaz de hablar de sí
mismo con seriedad, era sumamente serio cuando se trataba de su trabajo y de lo
que podía significar para sus semejantes mortales.
Para él, los años pasados en los fuertes fronterizos habían sido muy
estimulantes. Había desarrollado su fortaleza física y se había acostumbrado a
soportar aburrimiento y privaciones que habrían vencido a otros hombres.
Aprendió disciplina y adquirió una devoción inequívoca por el deber. Su esposa
recordaría noches en que, envuelto en un abrigo de piel de búfalo, salía en un
trineo en medio de una tempestad de nieve de las de Dakota del Norte para
ayudar a nacer a un niño en una cabaña a veces a 48 kilómetros de distancia.
«Una vida como esa era más que una preparación médica», escribiría más tarde.
Resultaba muy extraño hasta qué grado había afectado la fiebre amarilla su
carrera, su vida personal e incluso toda su existencia. Su padre y su madre se
conocieron debido a la epidemia de fiebre amarilla que hubo en Mobile en 1853.
Su madre era Amelia Gayle, hija de un ex gobernador de Alabama, a la que para
su seguridad habían enviado a casa de un hermano mayor que vivía en Mount
Vernon, en un pequeño pueblo de las tierras secas y altas al norte de Mobile,
donde se encontraba un arsenal federal. Este hermano, cirujano de la compañía
que custodiaba el arsenal, vivía junto al joven oficial de artillería que
estaba al mando, Josiah Gorgas. La boda se celebró ese mismo año en diciembre,
y William, el primero de seis hijos, nació al año siguiente, el día 3 de
octubre de 1854. El médico que asistió en el parto, como ya se ha señalado, fue
Josiah Nott, el especialista pionero en la fiebre amarilla de Alabama.
La primera prueba de Gorgas como joven oficial del Cuerpo Médico del Ejército
fue un brote de fiebre amarilla ocurrido en Tejas. En 1882 fue asignado a Fort
Brown, junto al río Grande, cerca del puesto fronterizo de Brownsville, donde
la epidemia arrasaba. «Le envío al joven cirujano más progresista de los que
están bajo mi mando», informaba el cirujano general al comandante del puesto, y
una vez incorporado al trabajo, Gorgas demostró tal persistencia, desoyendo las
órdenes estrictas de mantenerse alejado de los barrios infectados, que fue puesto
bajo arresto temporal.
Cuando la epidemia empeoró, uno de los casos más graves fue el de la señorita
Marie Doughty, cuñada del comandante de la plaza, a la que se daban pocas
esperanzas. Se había cavado para ella una fosa en el cementerio de víctimas de
la fiebre amarilla en un islote del río Grande, y Gorgas se había ofrecido
voluntario para acompañar el cuerpo y leer los últimos responsos. Pero entonces
él también cayó enfermo y, aunque estuvo a punto de morir, se recuperó, al
igual que la señorita Doughty, así que convalecieron juntos y se enamoraron.
Marie se convirtió en la esposa del médico, después de ir a Tuscalosa para
visitar a su madre viuda, y puesto que ya eran inmunes permanentemente a la
fiebre amarilla, a Gorgas iban a llamarlo en repetidas ocasiones para labores
especiales siempre que aparecía la enfermedad.
Fue ascendido a mayor en la época de la Guerra de Cuba, pero siguió
prefiriendo, como más adelante, que le llamaran doctor Gorgas. Cuando las
fuerzas estadounidenses ocuparon La Habana en 1898, le pusieron al frente del
campamento donde se atendía a los enfermos de fiebre amarilla en el pueblo de
Siboney. Uno de los pacientes, recordando la eficiencia y amabilidad de Gorgas,
escribió que de no haber sido por él la tasa de mortalidad entre las tropas se
habría duplicado. Pero Gorgas seguía sin entender la causa de la fiebre
amarilla. Cuando la situación en Siboney se hizo crítica, la única solución que
encontró fue quemar el poblado, junto con todos los materiales médicos.
* * * *
Los grandes descubrimientos sobre la fiebre amarilla realizados
en Cuba, que después se iban a llevar al teatro y al cine en la obra de Sidney
Howard Yellow Jack, se debieron al oficial superior de Gorgas, el
doctor Walter Reed, quien tomó la delantera a Carlos Finlay. Cuando los
estadounidenses entraron en Cuba, Finlay seguía esforzándose en demostrar que
solo el Stegomyia fasciata era el transmisor de la fiebre
amarilla. Pese a su gran perseverancia no había logrado resultados. Sus
mosquitos de laboratorio, cuidadosamente atendidos, chupaban sangre de
pacientes enfermos y luego se les permitía atacar los brazos desnudos de
víctimas voluntarias. Pero Finlay no consiguió ningún caso de fiebre amarilla.
Su idea de que el mosquito tenía que ser el agente transmisor era acertada, y
como Ross en la India había llegado a esa deducción solo. Lo que no sabía, lo
que Reed y su equipo iban a demostrar, es que el Stegomyia fasciata solo
transmite el parásito de la fiebre amarilla según una pauta de tiempo muy
especial, y que el desarrollo del parásito dentro del insecto requiere lo que
se conoce como período de «incubación extrínseca».
Para que el mosquito quede infectado debe succionar la sangre del paciente que
tiene fiebre amarilla dentro de los tres primeros días desde que el paciente ha
contraído la enfermedad. Luego, una vez que el mosquito ha chupado la sangre,
debe pasar un lapso de doce a veinte días antes de que el mosquito pueda
transmitir la infección. El fallo de Finlay era que había empleado a sus
mosquitos infectados demasiado pronto.
La determinación de este factor de tiempo crítico, un fenómeno que no solo se
le escapó a Finlay, sino a todos los investigadores anteriores, la había
efectuado en Mississippi el año de la Guerra de Cuba un virginiano aristócrata
que trabajaba en el Servicio de Salud Pública. El doctor Henry Rose Carter, al
igual que Gorgas, había sido inmunizado por un ataque previo de fiebre
amarilla, y después había hecho de la enfermedad su especialidad. Se había dado
cuenta de que era frecuente que cuando un hombre desarrollaba la fiebre
amarilla a bordo de un barco, ninguno de sus compañeros de navegación caía
enfermo. Se preguntaba si habría algún tipo de período de dilación o de
incubación al principio de la enfermedad. Así, durante una epidemia sufrida en
Mississippi, realizó un estudio estadístico entre familias rurales que vivían
aisladas, registrando minuciosamente cuántas personas —parientes, visitantes—
se acercaban al paciente de fiebre amarilla, cuándo y con qué resultado. Y descubrió
que un enfermo de fiebre amarilla podía ser visitado sin peligro durante los
diez o doce días posteriores a la fecha en que había caído enfermo. Pero
transcurrido este período, incluso después de que el paciente había muerto y el
cuerpo había sido sacado de la casa, la familia o los visitantes se encontraban
en peligro mortal. De ahí dedujo que podía ser que el enfermo no fuera la causa
de la contaminación y que tuviera que haber un período de «incubación
extrínseca», como Carter lo llamó.
Los descubrimientos de Carter se publicaron dos años después, en 1900,
precisamente cuando la Comisión Militar de la Fiebre Amarilla encabezada por
Reed llegó a La Habana[17].
Impresionado por Finlay, quien se ofreció para ayudar en lo que pudiera, y por
Carter, quien había sido enviado a La Habana, Reed decidió concentrarse sobre
el Stegomyia fasciata para demostrar que la fiebre amarilla no
era una enfermedad causada por la suciedad. Mientras tanto, a Gorgas, que
seguía afirmando que sí lo era, le habían encomendado limpiar la ciudad, calle
por calle y casa por casa.
Con Reed trabajaban el doctor James Carrol, el doctor Arístides Agramonte y el
doctor Jesse W. Lazear. En agosto, unos cuantos días después de haber permitido
que un mosquito le picara, el doctor Carrol cayó enfermo con fiebre amarilla, y
aunque se recobró, su salud quedó tan dañada que murió unos años después. A
mediados de septiembre, mientras colocaba mosquitos sobre pacientes en un
barrio donde había enfermos de fiebre amarilla, Lazear vio que un mosquito
libre de una especie indeterminada se le paraba en la mano y deliberadamente le
dejó que se alimentara con su sangre. Cinco días después, Lazear tenía lo que Gorgas
describió como uno de los casos más virulentos de fiebre amarilla que había
atendido nunca. El 25 de septiembre, el día en que murió, Lazear fue presa de
un delirio tal que se necesitaron dos hombres para mantenerlo en la cama.
Convencido ahora de que la teoría de Finlay era cierta, Reed realizó otros
experimentos que probaban de manera concluyente que el Stegomyia
fasciata era el transmisor, y que ni la inmundicia ni la ropa sucia de
vestir o de cama de los enfermos de fiebre amarilla tenían nada que ver con la
propagación de la enfermedad. Durante veinte noches, como parte de un
experimento, un doctor y tres soldados voluntarios, confinados en una cabaña de
un solo cuarto, durmieron con los pijamas sucios de los enfermos de fiebre
amarilla en camas que apestaban a vómito negro y otras excreciones, y pese a lo
desagradable que resultó la experiencia, ninguno sufrió la menor señal de la
enfermedad.
Gorgas había estado a la cabecera de Carrol y de Lazear. Había llegado a ser
amigo íntimo de Finlay y sabía que el trabajo de Reed era de capital
importancia. Sin embargo, permanecía «sin convencerse». No creía que los
mosquitos fueran la causa principal, y mucho menos la única causa. Solo había
una forma de determinar si el Stegomyia fasciata era el
transmisor, insistía, y era la de acabar con todos los insectos de la ciudad
para ver si la fiebre amarilla desaparecía. Reed lo aceptó en teoría, pero se
cuenta que le dijo a Gorgas: «No puede hacerse». Gorgas, no menos inseguro
acerca del éxito, siguió adelante porque «era nuestro deber tomar precauciones
en esa dirección».
Su histórica campaña en La Habana se inició en febrero de 1901. El año anterior
había habido 1.400 casos conocidos de fiebre amarilla en la ciudad. En 1901
hubo 37. Pero a partir de octubre de 1901 no se presentó ningún caso. «Por
primera vez desde la ocupación inglesa en 1762 —escribía Gorgas a Ronald Ross—,
tenemos un octubre libre de fiebre amarilla, y la malaria ha decrecido a menos
de la mitad.» En 1902 no hubo casos de fiebre amarilla y las muertes por
malaria sumaron 77, en contraste con las 325 habidas en 1900.
Las técnicas desarrolladas en La Habana eran las que Gorgas intentaba utilizar
en el Istmo. Sin embargo, como había explicado al general cirujano Sternberg,
había considerables diferencias entre la tarea en La Habana y las que había que
afrontar en un lugar como Panamá. Sternberg había sido una de las personas de
Washington que tanto habían infravalorado el problema de la enfermedad cuando
se libraba la guerra cubana. Pero también había sido responsable al final de la
guerra del establecimiento de la Comisión para la Fiebre Amarilla. Era uno de
los muy pocos que apreciaban la gran importancia de lo que Gorgas había logrado
en La Habana, y fue quien decidió que Gorgas fuera el hombre designado por el
Ejército en el tema de las enfermedades tropicales. En particular, Gorgas iba a
prepararse para desempeñar un papel en la construcción del canal interoceánico,
que ambos hombres habían pensado que sería en Nicaragua. En 1902, Gorgas fue enviado
a El Cairo para asistir a una conferencia mundial sobre enfermedades tropicales
y para supervisar la labor que se estaba realizando sobre la malaria en el
canal de Suez según los preceptos establecidos por Ross. Con la autorización de
Sternberg, Gorgas pasó también varios meses en París revisando los informes
médicos y los historiales archivados en las oficinas de la Compagnie Nouvelle,
en un esfuerzo por conocer con precisión las experiencias francesas en Panamá.
Pero como Sternberg se había retirado del servicio activo, pasó a depender de
John G. Walker.
II
Antes de salir para Panamá, Gorgas hizo un ardiente llamamiento
para que se le proporcionara material adecuado y personal experimentado para
llevar a cabo su programa. La comisión deliberó y decidió que por el momento
sería suficiente un personal mucho más reducido del que el doctor había
pensado, y en cuanto a los materiales, el asunto requería un estudio ulterior.
De este modo, la avanzada que desembarcó en Colón en junio de 1904 constaba
solo de siete hombres, incluidos el doctor Carter y una enfermera inglesa
llamada Eugenie Hibbard, y se vieron obligados a empezar su campaña sin la
ayuda de materiales tan esenciales como tela de alambre y desinfectantes. «No
es una exageración afirmar que […] cuando bajaron a tierra en Panamá para
emprender la ingente tarea de acabar en esta jungla con las enfermedades,
tenían poco más que sus propias manos y la determinación de su espíritu para
empezar a trabajar», recordaría Marie Gorgas.
Descubrieron que toda la región del Istmo era «el paraíso del mosquito». La
temperatura, casi uniforme a lo largo del año, permitía la procreación
constante de los insectos. Una primera inspección de la ciudad de Panamá reveló
una gran cantidad de Stegomyia en casi todos los edificios.
El Anopheles era todavía más numeroso. Según la costumbre
local, el agua potable que se utilizaba en las casas se guardaba dentro de
ellas en tinajas de barro rojo, en cuyo interior abundaban las larvas del Stegomyia.
Las larvas del mosquito prosperaban en las cisternas abiertas y barriles para
el agua de lluvia situados junto a casi todos los edificios. Era la época de
lluvias y por todas partes se formaban innumerables charcos de agua, perfectos
para la procreación de mosquitos, muy grandes en las viejas excavaciones
francesas, y menores en las depresiones dejadas al levantarse los durmientes
del ferrocarril o en las pisadas del ganado que pastaba a campo abierto en la
colina de Ancón.
En el hospital de Ancón, donde Gorgas estableció su cuartel general, no había
tela alambrada en las ventanas; las plantas de los jardines circundantes
creados por los franceses seguían protegidas de las hormigas mediante platos de
barro llenos de agua. En los barrios todavía era costumbre poner las patas de
las camas dentro de vasijas con agua. Entre los pocos enfermos que había en los
pabellones, no había casos de fiebre amarilla, solo de malaria; pero la mayor
parte del reducido personal del hospital —hermanas de la caridad francesas, dos
médicos de la misma nacionalidad y un sacerdote— estaban también enfermos de
malaria. Cuando anochecía, los enjambres de mosquitos eran tan numerosos en los
pabellones que el trabajo tenía que hacerse en relevos: un equipo de doctores o
enfermeras protegía al que trabajaba con ventiladores. Una enfermera llamada
Jessie Murdock, que llegó en julio con un pequeño contingente de enfermeras
estadounidenses, narraría cómo durante el turno de noche se envolvían con
vendas empapadas en aceite de citronela.
En La Habana la tarea se había reducido a un área relativamente pequeña, y el
éxito obtenido contra la malaria había sido en buena parte un efecto secundario
de la principal campaña: el combate contra el Stegomyia había
dado como resultado la destrucción también de la mayoría de los Anopheles.
Pero el Stegomyia y el Anopheles eran
criaturas bastante diferentes, al igual que la fiebre amarilla y la malaria
eran enfermedades muy distintas, y en Panamá no había una ciudad, sino dos, y
entre ellas 80 kilómetros de selva.
Gorgas intentó resolver el problema considerando a los mosquitos depredadores
mucho más mortíferos que las fieras más salvajes de la selva. Solo
comprendiendo su naturaleza exacta —sus procesos reproductivos, sus hábitos
alimentarios, su radio de vuelo y demás— podía tener la esperanza de
destruirlos.
Hasta la Guerra de Cuba se conocía relativamente poco acerca de los mosquitos.
Hasta 1895, por ejemplo, no se publicó un informe completo sobre las variedades
comunes en Norteamérica. La impresión general era que todos los mosquitos eran
más o menos iguales. En la época en que Reed y sus colaboradores identificaron
al Stegomyia fasciata como el mosquito transmisor de la fiebre
amarilla, nunca se habían hecho estudios sobre la vida de los insectos. Así
pues, también pasó a ser parte de la tarea de Gorgas en La Habana, y descubrió
con sus colaboradores peculiaridades asombrosas que fueron de enorme valor.
Visto bajo el microscopio, el Stegomyia es una criatura de
notable hermosura. Su color general es gris oscuro, pero el tórax está marcado
con un dibujo en forma de lira de color blanco plateado; el abdomen presenta
franjas plateadas, y las seis patas articuladas muestran listas alternativas
negras y blancas. Entre los mosquitos, el Stegomyia es el
colmo de la elegancia.
El Stegomyia es también, como la rata, una criatura vinculada
a la sociedad humana. Sobrevive manteniéndose cerca de los seres humanos. Como
sucede con todas las clases de mosquitos, solo la hembra es la que pica, es
decir, solo la hembra se nutre de sangre, mientras que los machos se alimentan
de otros líquidos, como los jugos de la fruta, y son bastante inocuos. Para la
hembra, la sangre es esencial para madurar sus huevos. Aunque la hembra
del Stegomyiapuede alimentarse de cualquier animal de sangre
caliente, tiene decidida preferencia por la sangre humana, y así el ciclo
completo de la vida del insecto debe mantenerse en estrecha asociación con la
sociedad humana.
Aunque todos los mosquitos ponen sus huevos en el agua, el mosquito transmisor
de la fiebre amarilla es muy singular en cuanto a la situación del agua y su
condición. El Stegomyia hembra solo depositará sus huevos en
un edificio ocupado por seres humanos o en sus cercanías, y solo en el agua
contenida en determinados tipos de recipientes artificiales, como una tinaja de
barro o un barril para el agua de lluvia. Además, es esencial que el agua esté
limpia.
Disponiendo de dicha información, adquirida durante los trabajos efectuados en
La Habana, el problema de la destrucción del transmisor de la fiebre amarilla
se hacía infinitamente más manejable. «Los hombres que logran la grandeza —iban
a escribir los hermanos Mayo en un ensayo sobre Gorgas— no trabajan con mayor
complejidad que el hombre común y corriente, sino con mayor sencillez […]. Al
tratar asuntos complejos, con la sencillez natural en él, iba directamente al
grano, sin dejarse influir por la confusión de detalles en la que los hombres
más pequeños se habrían perdido.» En La Habana, la tarea imposible de destruir
todos los mosquitos se redujo a acabar con una clase particular de mosquitos;
luego, una vez conocidas las peculiaridades naturales de esa especie, fue
posible reducir el trabajo todavía más. La campaña se centraría sobre el método
de propagación del insecto. La tarea, muy simple, consistía en eliminar toda
posible oportunidad de que la hembra del Stegomyia depositara
sus huevos. La fiebre amarilla fue erradicada principalmente haciendo
desaparecer de la ciudad todos los lugares donde hubiera agua estancada,
cerrándolos herméticamente con tela de alambre o tapas de madera, o
cubriéndolos con una delgada capa de queroseno, idea sugerida por primera vez
para el control del mosquito en 1892 por el entomólogo Leland O. Howard. (El
petróleo no solo hacía desistir al mosquito de poner sus huevos, sino que
mataba a las larvas que ya se encontraban en el agua, puesto que necesitan aire
para sobrevivir.)
En La Habana se destruyeron millares de mosquitos adultos mediante la
fumigación sistemática de las casas donde se presentaron casos de fiebre
amarilla. Se sellaron herméticamente puertas y ventanas con papel de periódico,
habitación por habitación, y se quemaron durante una hora o más cazuelas llenas
de azufre o piretro en polvo (una flor seca utilizada como insecticida). Pero
el blanco principal fueron las tinajas de agua, los barriles, las cisternas,
todos los recipientes abandonados, los botes de hojalata o platos rotos en los
que pudiera estancarse el agua de lluvia. Se hizo una ficha de cada casa o
edificio dentro de los límites urbanos; la ciudad se dividió en secciones, y se
enviaron inspectores para que informaran a diario sobre el estado de
reproducción del Stegomyia en las casas dentro de sus
distritos. El agua que se guardaba dentro de la casa para uso doméstico tenía
que cubrirse. Había sido una tarea laboriosa, a menudo desagradecida, pero muy
sencilla en teoría, y los resultados aparecieron asombrosamente pronto.
La hembra del Stegomyia pone en cualquier lugar de 35 a 120
diminutos huevos negros, y el ciclo de maduración del huevo a larva, pupa y
mosquito dura menos de diez días. Así que, una vez organizada y en práctica la
campaña, la población de Stegomyia disminuyó bastante deprisa.
Los mosquitos adultos murieron, ya sea por fumigación o por la edad, después de
tres o cuatro semanas, y puesto que el Stegomyia tiene un
radio de vuelo muy limitado (otra característica descubierta por Gorgas y su
equipo), se trasladaron a la ciudad pocos relevos desde los poblados
circunvecinos. Así fue como se obtuvo tan rápida y decisivamente esa victoria
sobre la fiebre amarilla.
El Anopheles, el mosquito transmisor de la malaria, era una
criatura muy diferente y, por lo tanto, presentaba un problema muy distinto.
Para empezar, el Anopheles no es un insecto que solo se críe
en las casas. La hembra, a diferencia de su semejante Stegomyia,
deposita sus huevos en cualquier clase de agua: pantanos estancados, marismas,
canales obstruidos, acequias o charcos lodosos. El Anopheles, por
consiguiente, es una criatura tanto de campo o selva como de patio trasero.
Así, mientras que los mosquitos Stegomyia eran fáciles de
encontrar dentro de un radio de vuelo y sus criaderos estaban claramente
definidos, el Anopheles estaba en todas partes y en cantidades
fantásticas, puesto que la hembra deposita alrededor de doscientos huevos cada
diez días.
Las medidas sanitarias tomadas en La Habana —la eliminación de los desperdicios
y la basura, la instalación de sistemas adecuados de drenaje, más la campaña
para eliminar los criaderos del Stegomyia— habían tenido el efecto
de no dar a los mosquitos, incluido el Anopheles, muchas
oportunidades de propagarse dentro de los límites de la ciudad. ¿Pero qué
posibilidad habría en Colón con sus pantanos o a lo largo del trazado del
canal?
Gorgas subrayó a sus colaboradores que la malaria, y no la fiebre amarilla, era
el problema sobre el que se decidiría su éxito o fracaso. La malaria, señalaba,
había sido la causa del mayor número de vidas perdidas durante los años de los
franceses. «Si podemos controlar la malaria, no me preocupan demasiado las
demás enfermedades. Si no podemos controlarla, nuestra tasa de mortalidad va a
ser muy elevada.» Los conocimientos reunidos en La Habana sobre el Stegomyiatendrían
que recabarse ahora sobre el Anopheles.
La cuestión inicial era en qué especie particular de Anopheles había
que centrarse. «No se sabía cuántas clases de Anopheles había
—escribió Joseph Le Prince, uno de los integrantes de la avanzada de Gorgas—,
ni tampoco a ciencia cierta cuáles eran las transmisoras importantes de la
malaria.» Para Le Prince, que había sido la mano derecha de Gorgas en La
Habana, era evidente que todavía se necesitaba mucho trabajo de investigación.
No teníamos medio de determinar de qué forma los cambios estacionales
afectarían la propagación, y los datos disponibles no eran fiables. En general,
se creía por entonces que todos los mosquitos viajaban más o menos con las
corrientes de aire suaves, pero no se conocían a ciencia cierta sus hábitos de
vuelo, y la amplitud de vuelo del Anopheles[…] estaba todavía por determinarse.
No se sabía si la topografía afectaba, o cómo afectaba, la distribución de las
especies; si las larvas del Anophelesque medraban en pequeñas acumulaciones de
agua recogidas por las plantas eran importantes o si algunas especies se
hallaban confinadas a límites geográficos fijos. Así, mientras se iba
reuniendo y archivando información detallada sobre el paradero de las larvas
del Stegomyiaen la ciudad de Panamá, se recogían cuidadosamente las
larvas y las pupas del Anopheles de las charcas y pantanos a
lo largo del trazado del canal, se las sacaba con cucharas esmaltadas de
blanco, se las vaciaba en frascos de boca ancha, y se llevaban a un laboratorio
provisional en el hospital de Ancón. Se descubrió que los Anopheles adultos
vivos recogidos en los poblados junto a las vías del ferrocarril no lograban
sobrevivir al viaje de vuelta a menos que se los protegiera cuidadosamente de
la luz solar directa, la lluvia y las corrientes de aire fuertes. Esta
observación iba a tener después un valor considerable.
Este estudio preliminar desveló la presencia de criaderos de Anopheles en
casi todos los asentamientos existentes o sus proximidades y en los campamentos
abandonados construidos por los franceses. En un campamento de trabajo en
Culebra, poblado por unos quinientos jamaicanos, Gorgas descubrió que todos los
niños que examinaba tenían el bazo muy agrandado, signo de una infección de
malaria crónica. Todos los adultos con los que conversó hablaron de ataques de
escalofríos y fiebre intermitentes durante los seis meses precedentes. En una
colina por encima de ese mismo poblado estaba acampado un destacamento de
Infantería de Marina estadounidense, y la mitad de sus miembros ya tenían
malaria. «La situación —escribió— es casi la misma que si estos cuatrocientos o
quinientos nativos tuvieran viruela y nuestros infantes de Marina no hubieran
sido vacunados nunca.»
Nadie intentaba siquiera calcular el número aproximado de Anopheles que
había en un lugar determinado. Dentro de las instalaciones del mismo hospital
su presencia era extraordinaria. Sobre el tablero de una sola puerta un
concienzudo ayudante contó cincuenta y cuatro. Al igual que el Stegomyia,
el Anopheles era fácilmente reconocible cuando estaba posado.
En contraste con los mosquitos comunes del norte, que presentan la trompa
prensil y la cabeza dobladas en ángulo recto respecto a su cuerpo, el Stegomyiay
el Anopheles mantienen la trompa prensil, la cabeza y el
cuerpo en línea recta, pero formando un ángulo con respecto a la superficie
sobre la que se encuentran. Cuando se está alimentando sobre un brazo o una
muñeca, el Anopheles parece que se sostiene sobre la cabeza.
Para determinar el momento del día o de la noche en que el Anopheles chupaba
sangre, los hombres se tendían en catres en uno de los pabellones, provistos
cada uno de varias cajitas y un reloj. Cada vez que un mosquito picaba o
trataba de picar, era capturado, metido en la cajita y sobre ella se anotaba el
día y la hora. Se llegó a la conclusión de que el Anopheles atacaba
al hombre en descanso a cualquier hora, aunque las nocturnas eran con creces
las peores. La duración de la vida del insecto parecía rondar el mes, y en ese
tiempo la hembra necesitaba una ingesta de sangre cada dos o tres noches. Su
picadura no producía una hinchazón apreciable, ni el picor era especialmente
molesto. Era frecuente que una persona no se diera cuenta de que había sido
picada por un Anopheles.
Transcurrido poco más de un mes, con escasas excepciones, la pequeña fuerza
estadounidense, Gorgas incluido, había caído enferma con malaria.
El tiempo era la preocupación acuciante, porque aunque no hubiera más que uno o
dos casos de fiebre amarilla, y nada graves por el momento, la situación podía
cambiar rápidamente tan pronto como el Stegomyia fasciata dispusiera
de un nuevo material humano para alimentarse. La comparación que utilizaba
Gorgas para explicar el violento efecto de onda de la fiebre amarilla —la
aparente ausencia de la enfermedad seguida de su súbita y nociva aparición— era
la de los rescoldos en los que las brasas ocultas estaban a la espera de nuevos
suministros de combustible. La llegada de varios miles de personas no
inmunizadas equivaldría a amontonar leña seca; al principio no ocurriría nada;
luego la enfermedad prendería fuego; los mosquitos transmisores infectarían
todavía más víctimas con el mortífero parásito, creando, por lo tanto, más
sangre enferma para alimentar más mosquitos. Incontrolada, la enfermedad se convertiría
en una monstruosa progresión geométrica de muerte, arrebatando cientos, quizá
miles, de vidas.
Si las condiciones en el Istmo permanecieran estables y se llevaban a Panamá de
veinte a treinta mil hombres como se planeaba, Gorgas calculaba que la tasa
anual de mortalidad debida solo a la fiebre amarilla podría alcanzar de tres a
cuatro mil personas.
Había comenzado la acumulación de hombres y equipo. Cada vapor que llegaba
traía un contingente de futuros carpinteros, mecánicos, oficinistas, ingenieros
auxiliares, ansiosos todos de estar «en los comienzos de Panamá». El general
Davis, que había sido nombrado primer gobernador de la Zona del Canal, y el
ingeniero en jefe Wallace habían llegado y fijado su residencia en la ciudad de
Panamá. Gorgas, que seguía trabajando con el mismo personal reducido, trató de
explicar la situación, la necesidad de decisiones inmediatas en lo relativo a
hombres y materiales, pero no logró nada.
En agosto, el almirante Walker y varios miembros de la comisión llegaron para hacer
una gira de inspección, y Gorgas volvió a intentar que lo escucharan. El
almirante y su comitiva se marcharon, las semanas pasaron y nada ocurrió. Las
solicitudes que Gorgas enviaba por cable eran respondidas de forma evasiva,
cuando eran respondidas. Al final se le recordó por cable de vuelta que este
sistema era caro y que en adelante utilizara el correo.
III
En esencia, el problema era que el almirante Walker, el
gobernador Davis y varios otros integrantes de la Comisión del Canal, al igual
que una gran parte del pueblo y sus dirigentes políticos, no tomaban en serio
la idea de que los mosquitos podían ser la causa de la fiebre amarilla y de la
malaria. Gastar tiempo y dinero cazando mosquitos en Panamá sería derrocharlos
de la manera más irresponsable.
Puede parecer inconcebible que las mentes de los hombres que ocupaban tales
puestos estuvieran tan cerradas ante todo lo que se había aprendido y
demostrado en Cuba, por no mencionar las insistentes advertencias de Roosevelt
y Welch. En la interpretación convencional de la historia, el avance humano
está marcado por pasos específicos importantes: el 17 de diciembre de 1903, en
Kitty Hawk, los hermanos Wright vuelan en una máquina más pesada que el aire y
de inmediato amanece una nueva era; en un pabellón hospitalario en las afueras
de La Habana, el doctor Jesse Lazear muere como mártir, y el desconcertante horror
del vómito negro se resuelve por fin. Pero rara vez las cosas suceden de este
modo. Las ideas también tienen su período de incubación extrínseca, en
particular si son contrarias a lo que siempre ha parecido de sentido común. En
el caso de los hermanos Wright, tuvieron que pasar cinco años desde la proeza
de Kitty Hawk para que el mundo aceptara la idea de que una máquina podía
volar.
Durante las largas audiencias del Comité Morgan en 1902, antes de que se
aprobara el Proyecto de Ley Spooner, a pesar de la preocupación expresada por
la enfermedad en Panamá y el recuerdo de la tragedia francesa, la teoría del
mosquito no se había discutido. George Morison la mencionó una vez de pasada,
pero sin provocar el menor interés en los demás, que se habían contentado con
divagar sobre los vapores miasmáticos que emanaban de todos los paisajes del
Istmo. No se hizo referencia a los importantes descubrimientos logrados por
Ross o Reed, ni se dijo nada del éxito patente de Gorgas en La Habana. Aunque
todos los esfuerzos de la Comisión sobre la Fiebre Amarilla y los trabajos de
Gorgas los había llevado a cabo el Ejército, los informes resultantes se habían
publicado a expensas del Gobierno.
En el otoño de 1904, sin que la situación en el Istmo hubiera mejorado, Gorgas
regresó a Washington para abogar por su caso. Habían pasado casi cuatro años
desde el memorable informe de la Comisión sobre la Fiebre Amarilla. Ross había
obtenido el premio Nobel en 1902 por sus descubrimientos. Un congreso
científico celebrado en París en 1903 había revisado por completo los trabajos
de Reed y había declarado que la transmisión de la fiebre amarilla por medio de
un mosquito era «un hecho demostrado científicamente». Pero para Walker, Davis
y los restantes miembros de la comisión, Gorgas estaba perdiendo el tiempo. La
palabra utilizada por Walker para calificar la teoría sobre la infección por
medio del mosquito era «tontería». Gorgas se pasó horas enteras esperando en la
antesala de Walker, y más horas todavía revisando con este las pruebas que
apoyaban su teoría. El procedimiento correcto, insistía Walker, era acabar con
la basura y los gatos muertos, pintar las casas, pavimentar las calles. En su
celo llegó a ofrecer darle a Gorgas una serie detallada de reglas para guiarlo
en su trabajo.
Walker seguía siendo un bastión de integridad. Los años que había dedicado a la
cuestión del canal, su estudio del desastre francés en particular, lo habían
convencido de que el gasto inútil de material y el soborno eran las amenazas
más graves para el éxito estadounidense en Panamá. A Gorgas le señaló: «Hagamos
o no el canal, dejaremos las cosas tan bien dispuestas que los miembros del
Capitolio no podrán encontrar después de nosotros nada que se parezca al
soborno».
Con Davis, quien había regresado por breve tiempo a Washington, Gorgas no
obtuvo mejores resultados. « ¿Qué tiene que ver eso con la construcción del
canal?», fue su réplica al plan del médico. Davis profesaba gran amistad a
Gorgas, así que trataba de «enderezarlo» con un tono que el médico describiría
más tarde como amable y paciente. «Lo del mosquito es un disparate —le dijo
Davis—. Todos los que están de acuerdo con usted están equivocados. Quítese esa
idea de la cabeza.»
Antes de que Gorgas saliera para Washington, varios de los miembros de su
equipo le habían instado a que renunciara antes que seguir afrontando un
obstruccionismo e ignorancia tan continuos. Pero sin haber llegado a nada con
la comisión —que le demostró la poca autoridad que en realidad poseía—, se
embarcó de nuevo rumbo a Colón a las pocas semanas. La actitud del viejo
Walker, aunque exasperante, ya la había experimentado antes en los militares.
Había sabido dominarse. No hizo ningún intento de socavar o desplazar a ninguno
de la comisión, ni recurrió a influencias políticas o sociales para llegar al
Departamento de Guerra o la Casa Blanca. El doctor no era un luchador ni un
intrigante, pero tampoco se daría por vencido. «Aquella tenacidad que había
sido siempre su principal cualidad […] lo obligó a continuar su misión», según
expresó su esposa. Regresaba para quedarse, pues esta vez la llevó consigo.
De todas las personas que habían sido nombradas para ocupar cargos de
importancia ese año, solo Gorgas continuaría. No solo estaba bien preparado
para su puesto y era la única designación cabal realizada en 1904, sino que
también iba a ser el único cargo importante que iba a permanecer trabajando en
el Istmo de principio a fin.
* * * *
En las memorias publicadas de Marie Gorgas encontramos algunas
de las primeras impresiones sobre Panamá tal como fueron registradas por un
miembro del grupo estadounidense del canal. Colón era «indeciblemente sucio»,
estaba atestado de niños desnudos, era horroroso, estaba ruinoso y resultaba
terriblemente deprimente. Pero el viaje de dos horas por el ferrocarril de
Panamá lo compensaba con creces. En algunos lugares la selva se agolpaba a los
costados de su vagón y era maravillosamente bella. Desde la estación de la
ciudad de Panamá se trasladaron a Ancón en un coche descubierto por «un mar de
lodo que a veces llegaba al eje de las ruedas». Su vivienda iba a estar en el
segundo piso del hospital, en el Pabellón Once, en otros tiempos, el pabellón
para los oficiales franceses.
El doctor Carter salió a recibirnos […]. Un tramo de escalera conducía a la
galería del segundo piso. Aunque solo eran un poco más de las cinco, el breve
crepúsculo daba un aspecto sombrío, aunque refrescante. Se me elevó el ánimo. A
la derecha, frente a las escaleras, estaba la amplia sala de estar, amueblada
confortablemente […] con sillas de mimbre y pequeñas mesas, era una habitación
con muchas ventanas. Siguiendo la galería, a la derecha había un dormitorio que
llegaba hasta el porche trasero […]. Dos pequeñas habitaciones al otro lado del
porche trasero estaban habilitadas como baño y cuarto de servicio. No había
agua corriente y, como descubrí después, el agua era muy escasa y se entregaba
a diario en pequeñas cantidades. Le contaron que durante los años de
la ocupación francesa en ese edificio —y en esos mismos cuartos— habían muerto
de fiebre amarilla más hombres que en cualquier otro edificio del Istmo.
Después de la comida en compañía del personal —servida «al estilo español», en
seis o siete platos, en una estancia protegida con tela de alambre e iluminada
con velas del piso bajo—, ella, su esposo, el doctor Carter y varios otros
regresaron a la galería superior.
La noche en el trópico tiene algo seductor. El doctor Gorgas experimentaba
un placer melancólico en escuchar el susurro de las palmas reales […] viendo
con la imaginación a través del humo de su cigarro los espíritus que rondaban
el viejo edificio […].
Era una noche hermosísima y llena de estrellas. Más allá se extendía el gran
Pacífico, las islas en la distancia se veían como tenues puntos […] cada lugar
repleto de la historia de glorias idas y grandes empresas. La noche,
con sus «ruidos crepitantes en el techo y en el suelo», tuvo mucho menos
encanto. Por la mañana tuvo la primera panorámica de la ciudad y la bahía que
se extendía debajo.
Estábamos en un punto elevado y solo el camino separaba nuestro pabellón de
la escarpada cuesta que descendía hacia el valle, una cuesta tan empinada que
se había tenido que construir un muro como protección. El camino estaba
bordeado por una fila de imponentes palmeras reales plantadas por los franceses
[…]. Más allá de una franja de valle verde se veían emerger colinas y montañas
de la pesada neblina […]. El sol se estaba levantando del Pacífico, un fenómeno
extraño, y los rayos daban una apariencia de joyas a las plantas húmedas por el
rocío y a las hojas de los árboles […].
La ciudad de Panamá se encontraba tentadoramente cerca […]. Desde nuestra
altura, las sombras pastel de los tejados de teja españoles se discernían con
facilidad, lo mismo que la animación y movimiento de las calles. Sin
embargo, se contentó con limitar sus excursiones a los paseos alrededor de la
colina de Ancón en compañía de las monjas francesas con sus hábitos azules y
amplias cofias blancas, o de Laura Carter, esposa del doctor Carter, quien
había llegado a mediados del verano.
La señorita Hibbard, la enfermera jefe, Jessie Murdock, y las restantes
enfermeras estadounidenses (Margaret Magurk, Mary Markham, Eleanor Smith y Anna
Turner) estaban alojadas en otro pabellón. «Viejas y oxidadas camas francesas,
con almohadas y colchones medio húmedos, se alineaban junto a las paredes»,
recordaba Jessie Murdock. «Cada [cama] tenía una vela, pero pronto se descubrió
que no era prudente que se encendieran porque atraían mariposas nocturnas y
toda clase de insectos. No obstante, a pesar de tantas dificultades, no
estábamos descorazonados, sino que disfrutábamos plenamente esta nueva
experiencia.»
El alojamiento en el pabellón para los miembros solteros del equipo no era
menos «lujoso», como uno de ellos, W. C. Haskins, recordaría a uno de sus
conciudadanos de Oelwein (Iowa):
Una silla de respaldo recto era todo el mobiliario […]. No
teníamos ni una sola lámpara […]. No había espejos, y el afortunado que poseía
uno de ellos era envidiado por todos. Algunos se peinaban y afeitaban con la
ayuda de los oscilantes cristales de las ventanas colocados contra la pared. No
había más que dos lavamanos para todos […]. Vivíamos en constante terror por
los alacranes o escorpiones, que parecían tener predilección por los edificios
que hacía mucho tiempo no se ocupaban y por dormir en tus ropas o zapatos.
Gorgas, que hablaba un poco de español, se había esforzado más
que cualquier otro estadounidense del Istmo para ganarse la amistad y la
confianza de los panameños. El apellido Gorgas era español. Según la tradición
familiar, era descendiente de un español que se estableció en Holanda en el
siglo XVI, cuando España gobernaba los Países Bajos. Por la experiencia que
había tenido en Cuba, apreciaba el orgullo y el humor latinos. En Manuel
Amador, un colega médico, tenía un aliado especialmente importante. Su tacto,
su sensibilidad hacia los sentimientos de los demás, eran inagotables. Un
ingeniero estadounidense lo recordaría como «un hombre bondadoso, comprensivo y
tranquilo». El doctor Victor Heiser, un joven médico estadounidense que estaba
de paso hacia las Filipinas, vio a un mendigo que detenía a Gorgas en la calle.
«Se inclinó hacia el hombre, estrechó su mano, le preguntó su nombre y luego le
dio un centavo, la única moneda que llevaba, supongo, pero lo hizo todo con
tanta naturalidad y dignidad que el hombre se alejó muy complacido.»
Por el secretario privado de Gorgas se sabría también años después que el
amable doctor, de apariencia tan imperturbable, podía exasperarse tanto por el
papeleo y la burocracia de Washington que recogía todos los papeles de su
escritorio, los guardaba en un cajón y se marchaba furioso del despacho para no
dejarse ver durante un día o dos.
Se levantaba temprano y se preocupaba poco de su ropa. Su conjunto acostumbrado
era un ajado traje de civil de tres piezas, con cuello duro y desmontable, y
corbata negra con alfiler. Sus placeres principales eran la comida —casi todo
cuanto se le ponía delante—, montar a caballo, un vaso de cerveza, la
conversación y los libros, cuya lectura efectuaba según una rutina de toda la
vida. Siempre tenía tres libros a la mano —uno científico, uno de literatura
clásica o historia, y una novela ligera— que tomaba por turno, otorgándole a
cada uno veinte minutos exactos medidos con un reloj de bolsillo colocado sobre
la mesa junto a su silla. De esta forma, decía, podía recordar lo que leía.
«Le gustaban sobre todo los relatos de aventuras de H. Rider Haggard
—recordaría su hija—. Las minas del rey Salomón. Yo pienso que esos
libros tuvieron mucho que ver con el entusiasmo que sentía por la aventura de
Panamá, por estar entonces en la selva.»
* * * *
En el otoño de 1904, durante el tiempo que Gorgas estuvo en casa
de vacaciones, fue cuando Ronald Ross hizo su breve y casi inadvertida visita a
Panamá, invitado por él. Ross cruzó el Atlántico para asistir a la Feria
Mundial en San Luis, donde, entre otras cosas, observó sorprendentes cantidades
de mosquitos Stegomyia y Anopheles prosperando
muy bien. A continuación, después de haber pasado unos agradables días con
William Osler en Baltimore, zarpó para Colón en el vapor Advance.
Gorgas fue al muelle de Nueva York para verlo partir. Antes de que el barco
zarpara, estuvieron sentados charlando durante una hora en el puente de popa
los dos hombres que habían hecho más que nadie para eliminar del mundo la plaga
tropical y cuya solitaria e interminable batalla contra la indiferencia y
hostilidad oficiales los había hecho desde hacía mucho tiempo hermanos de
sangre. Tras una semana en el Istmo, Ross describió la campaña proyectada de
Gorgas como un esfuerzo notable en todos los aspectos. Declaró que se podía hacer
de Panamá un ejemplo para todo el mundo.
« ¡Vas a tener la fiebre, ojos amarillos!»
JAMES STANLEY GILBERT
I
Más tarde, el ingeniero jefe John Findley Wallace diría en su
defensa que se le negó la libertad de acción que se le había prometido cuando
aceptó el puesto. Se quejaría del papeleo —«un sistema en decadencia»— y del
loco clamor de «hacer volar la tierra».
No es posible saber cuánta autonomía se le otorgó, pero el papeleo era tan
horroroso como afirmaba, y de eso no tenía culpa alguna. Lo que comenzó en
Washington como una preocupación escrupulosa sobre una posible malversación de
fondos, cualquier cosa que pudiera fomentar la corrupción, se convirtió
enseguida en un temor obsesivo hacia el más mínimo derroche. Cada uno de los
siete miembros de la Comisión del Canal del Istmo se consideraba personalmente
responsable de cualquier paso que se diera y de todo dólar que se gastara. Se
estableció un elaborado sistema de formularios y reglamentos, y cada detalle
del procedimiento tenía que pasar por los siete miembros que se sentaban a tres
mil kilómetros de distancia de la escena. El bienintencionado pero insoportable
Walker y el resto de los comisionados tenían que aprobar con las debidas
formalidades prácticamente cada recibo de compra, sin tener en cuenta su
importancia, lo que suponía que la entrega del equipo y del material tardaba
meses, en lugar de semanas, en efectuarse en Colón. Un cargamento urgente de
tuberías de agua pedido en agosto no llegaría hasta enero y en goleta. Cuando
Wallace, como Gorgas, cablegrafió a Washington desesperado, también fue
«informado con delicadeza» del elevado coste de las comunicaciones
telegráficas.
La contratación de cualquier empleado con un salario superior a 1.800 dólares
requería la aprobación de la comisión en pleno. A los comisionados no siempre
les resultaba fácil ponerse de acuerdo, y además la insistencia de Walker en
sus prerrogativas como presidente tenía un efecto cada vez más invalidante.
Cuando por fin dejó el puesto, se encontraron en su escritorio no menos de
1.160 solicitudes sin abrir, muchas de ellas con varios meses de antigüedad.
En el Istmo, para alquilar una sola carretilla de mano se necesitaban seis
comprobantes distintos. A los carpinteros se les había prohibido cortar
tablones de más de tres metros de longitud sin un permiso firmado. El trabajo
administrativo que se requería para cada nómina quincenal era asombroso; en
septiembre, con 1.800 trabajadores contratados, el pago ya precisaba seis horas
y media y suponía rellenar 7.500 hojas de papel distintas cuyo peso total era
de 50 kilos.
Previendo los prolongados retrasos en Washington, los jefes de los departamentos
pedían cantidades excesivas de material, mucho más de lo que se necesitaba, con
lo cual llegaban más cargamentos de los que podían descargarse, o una cantidad
mucho mayor de algunos artículos para los que no había una demanda verdadera o
inmediata. Como ejemplo, el arquitecto jefe de Wallace determinaba que se iban
a necesitar quince mil puertas nuevas, para las cuales precisaría quince mil
pares de bisagras. En consecuencia, se embarcaban de inmediato rumbo a Colón la
cantidad de puertas solicitadas, pero como alguien del despacho de Washington
decidía que quince mil pares de bisagras serían insuficientes y como parece que
el pedido original del arquitecto había sido inadvertidamente duplicado por
alguna otra persona en Washington, el pedido de puertas acababa acompañado por
240.000 pares de bisagras.
Si bien Philippe Bunau-Varilla, como dijo ante sus admirados oyentes
estadounidenses, nunca tuvo un día de desesperación en Panamá pese a los
retrasos más agobiantes, John Findley Wallace parece haber sufrido algo más que
desesperación. Desde el momento en que efectuó su reconocimiento oficial en
julio, se había mostrado incrédulo y desalentado. Lo único que había visto era
«selva y caos de uno al otro extremo del Istmo». Pero en realidad la selva que
podía verse desde el trazado del canal era relativamente poca; en contraste con
lo sucedido a los franceses en 1880, él y sus ingenieros comenzaron con la gran
ventaja de poder ver los problemas que tenían ante sí a lo largo del corredor
de 88 kilómetros. Cuando Wallace llegó por primera vez, el único caos lo
constituían los restos abandonados en el camino: los millones de dólares
invertidos en equipo francés que yacían en enormes montones de chatarra, las
silenciosas hileras de locomotoras oxidadas, cubiertas de enredaderas y maleza.
Dentro del radio de un kilómetro y medio desde Cristóbal (la antigua Cristóbal
Colón) había ochenta dragas volcadas o sumergidas en los bajíos. Cargamentos
enteros de hierro fundido para las esclusas de Eiffel habían sido abandonados
en los alrededores, y durante varios kilómetros a lo largo del trazado del
canal, los raíles y tuberías abandonados, los enormes engranajes y ejes de
cientos de partes y piezas sin nombre dispersos por doquier daban la impresión
de hallarse en un campo devastado cruelmente en una titánica batalla de
máquinas.
La mayoría de los edificios franceses, desocupados durante años, se encontraban
en pésimo estado. Las vigas de suelos y techos estaban podridas; el moho, las
ratas y las termitas se habían cobrado su tributo. Algunos de los campos de
labor se habían cubierto de maleza y de cañas de bambú hasta tal punto que era
casi imposible descubrirlos. Varios años después, mientras estudiaba uno de los
viejos mapas franceses, George Goethals advertiría un campo señalado como
Caimito Mulato que no aparecía en los mapas estadounidenses. Envió a algunos
hombres para que investigaran y encontraron un pueblo completo construido por
los franceses sepultado por la selva.
El ferrocarril de Panamá también se encontraba en condiciones deplorables: el
servicio era lento e impredecible, el equipo estaba deteriorado por el uso, los
vagones se hallaban desvencijados y sucios, y escaseaban los vagones de carga,
que además eran muy pequeños. La línea entera carecía de señales y desvíos. El
estado de los puentes era sumamente peligroso.
Pero los franceses habían dejado a sus sucesores un canal, una vía de agua
navegable de más de ocho metros de profundidad y veinticinco metros de anchura
que iba tierra adentro de Colón a Bohío, una distancia de 17,5 kilómetros. En
Bohío, al otro lado del río, había una vasta excavación en la roca donde se
iban a construir las esclusas de Eiffel. En los cuarenta y ocho kilómetros
siguientes hasta Miraflores había señales de excavación a lo largo de toda la
ruta, salvo en una extensión de once kilómetros justo antes de la cima en
Culebra. Allí se había cortado el terreno a una profundidad de cincuenta metros
por debajo de su superficie original; y más allá de Miraflores, cruzando las
marismas saladas del río Grande inferior hasta la bahía de Panamá, corría otro
canal abierto. Ciertamente, para muchos de los recién llegados, «la primera
sorpresa» de Panamá fue la «magnificencia del fracaso francés». «No se puede
pasar mucho tiempo en el Istmo sin descubrir un profundo respeto por los
franceses», era la envidiosa conclusión de un escritor para la revista Everybody's.
«Demostraron destreza en cada una de las partes de su trabajo —escribió un
corresponsal en The Outlook— y la excelencia de todo su material es
la maravilla de cualquier hombre práctico que lo prueba.» Una tercera persona
declaró: «Uno iba apreciando cada vez más la enorme importancia de lo que esos
franceses habían logrado. Es mucho más grande de lo que popularmente se cree
[…]. Llega de océano a océano».
Sin duda, había mucho que podía decepcionar al novato. El canal del extremo que
daba al Pacífico alcanzaba escasamente un tercio de la profundidad que debería
tener; incluso en el tajo con terrazas de Culebra, la prueba más espectacular con
creces del esfuerzo francés, era un mero comienzo comparado con el cañón que
habría que crear para que un barco pudiera pasar por allí.
Y lo que es más, una gran parte, algo más de la mitad del trabajo de los
franceses, sería de poca o ninguna utilidad para un canal del tipo proyectado
por la Comisión Walker, como se había señalado en su informe. Por ejemplo, la
enorme red de canales de desvío, construida por los franceses como una solución
de última instancia al problema del río Chagres, solo tendría valor marginal
para un canal con esclusas y lago, y esos canales se extendían más de cincuenta
y tres kilómetros.
Sin embargo, las porciones útiles de los trabajos franceses sumaban unos
aproximadamente 22.800.000 metros cúbicos de excavación; esto es, 22.800.000
metros cúbicos de Panamá que ya no se encontraban en el camino del canal, un
volumen aproximado a la tercera parte de la excavación del canal de Suez.
En Culebra todavía estaban en funcionamiento locomotoras, vagones de volteo y
dos excavadoras francesas, pues la Compagnie Nouvelle había estado excavando,
aunque lentamente, desde 1895. Grandes cantidades de herramientas, máquinas,
motores fijos y cargas de piezas de repuesto franceses estaban todavía seguros
bajo cubierto. Seis grandes talleres mecánicos y una planta de energía se
encontraban en condiciones de funcionamiento. Además, un porcentaje
sorprendente del equipo abandonado a los lados del camino, a pesar de su
apariencia, podía volver a funcionar, como Wallace determinaría pronto. En diciembre
de 1904, seis de las viejas excavadoras francesas ya se encontraban trabajando
en el Tajo de Culebra. En 1905, cien de las pequeñas locomotoras belgas y dos
mil vagones de volteo estarían funcionando. Las dragas y los remolcadores
hundidos serían izados, puestos a flote y reparados. De los 2.149 edificios
dejados por los franceses, un total de 1.500 serían restaurados con el tiempo.
El verdadero problema, casi tan grande como el de la burocracia en Washington,
lo constituía el mismo Wallace. Era un técnico bastante competente y una
persona que se entendía bien con los grandes empresarios. Hijo de un pastor
presbiteriano, de mirada inteligente y ecuánime, había construido vías férreas
y numerosas e impresionantes terminales para la Illinois Central (en Chicago,
Nueva Orleans y Memphis); había diseñado el sistema de transportes para la
Columbian Exposition de Chicago en 1893, y pocos ingenieros estadounidenses
habían alcanzado tales honores profesionales.
Cuadrilla de obreros trabajando en el Tajo de Culebra. (Archivo Espasa)
A los cincuenta y un años, era ex presidente de la Western
Society of Engineers, ex presidente de la American Railway Engineering and
Maintenance-of-way Association y miembro del Institute of Civil Engineers de
Gran Bretaña. Pero en Panamá nunca desplegó el menor entusiasmo por el trabajo.
Era un hombre poco decidido, apartado y carente de inspiración. Quienes
estuvieron bajo sus órdenes no tendrían después nada que decir en su contra,
pero tampoco nada en su favor. Y lo que era más grave, al parecer no tenía
claro cómo construiría el canal.
Decía que quería un año por lo menos para experimentar con el equipo francés
—para poder compararlo con el nuevo equipo estadounidense— y hacer lo mismo con
varios tipos de material estadounidense. Y aunque más tarde insistiría en que
desde el comienzo tenía un «sistema regular» en mente, ninguno de sus
asistentes jamás tuvo ni la menor idea de cuál pudiera ser.
Trabajos en el Tajo de Culebra. (Archivo Espasa)
Había empezado enseguida a excavar en Culebra, o más bien se
limitó a seguir adelante con las máquinas y la inercia de la Compagnie
Nouvelle. A principios de noviembre había conseguido instalar una nueva pala
estadounidense movida a vapor —una Bucyrus de noventa y cinco toneladas, tres
veces mayor que las palas estadounidenses utilizadas por los franceses— y el 12
de noviembre se puso en marcha y empezó a trabajar en la pendiente roja de Gold
Hill, en la margen oriental del tajo. La impresión que se tuvo en, Estados
Unidos era que el canal progresaba. Fue uno de los acontecimientos
sobresalientes del año, junto con la guerra ruso-japonesa y la victoria de
Roosevelt sobre el desventurado candidato demócrata a la presidencia, el juez
Alton B. Parker. Pero el esfuerzo llevado a cabo en Culebra fue enteramente
aleatorio. A efectos prácticos no sirvió de nada. Los trabajadores que tenían
que colocar la vía para la nueva pala y los vagones de desechos ni siquiera
tenían las herramientas adecuadas, y las escarpias de los rieles se estaban
clavando con hachas.
«El hombre y la máquina». Theodore Roosevelt asume su famosa posición
sentado a los mandos de una pala mecánica Bucyrus de 95 toneladas en pedro
Miguel. (Biblioteca del congreso)
Al igual que las autoridades de Washington con las que sentía
tan poca afinidad, Wallace insistía en dar prioridad a lo secundario. Si
hubiera vivido George Morison y estuviera al frente de la Comisión del Canal
del Istmo o como ingeniero jefe, no hubiera sucedido eso. («Es un ejemplo que
me recuerda lo que un maestro decía […] que si tuviera cinco minutos para
resolver un problema, emplearía tres para determinar la mejor manera de
resolverlo.») El fallo de Wallace fue no ver que su responsabilidad principal y
la tarea prioritaria no era cavar, sino preparar el camino; es decir, formular
un plan general, reunir el equipo necesario, proporcionar medios para la
alimentación y alojamiento de los trabajadores que llevarían a cabo la obra,
poner en orden el ferrocarril y resolver los problemas de la fiebre amarilla y
la malaria de la manera más efectiva y rápida posible. Tampoco fue capaz de ver
que su tarea era formular todo este plan a la comisión. El llamamiento a hacer
volar la tierra era tan ingenuo y descaminado como el grito de «Sobre Richmond»
proferido antes de la primera batalla de Bull Run, y parecería igualmente tonto
a la luz de los acontecimientos posteriores.
Una caritativa valoración de Wallace realizada por su sucesor John Stevens fue
que fracasó por falta de iniciativa, y que una actitud más exigente hacia sus
superiores hubiera sido la solución del problema. «Hay veces —escribió Stevens—
que luchar se convierte en una obligación estricta.» Cuando los comisionados
llegaron en viaje de inspección en agosto, a diario y durante casi un mes
sostuvieron conversaciones con él. En septiembre, Wallace regresó a Washington
para mantener más entrevistas, así que no fue que no tuviera oportunidad de
exponer su postura.
Los hombres que estaban a sus órdenes rara vez lo veían. A su personal
administrativo, que trabajaba en las antiguas oficinas francesas que daban a la
Plaza de la Catedral, les parecía que con frecuencia la atención de Wallace se
centraba sobre cosas sin importancia. Cuando un asistente, William Karner, le
envió por correo informes diarios escritos a mano a la luz de una lámpara al
terminar sus horas de trabajo y en medio de nubes de insectos voladores durante
todo el tiempo que permaneció en Washington, Wallace, en una respuesta fechada
el 16 de octubre, lo alabó por su escritura, pero añadía quisquillosamente que
no le gustaba leer informes escritos a mano.
Las instrucciones se cambiaban de forma constante. Los hombres pasaban de
improviso de un puesto a otro, con frecuencia sin ninguna explicación.
«Envíen lo mejor que tengan», escribió Kipling en su poema irónico «The White
Man's Barden». Pero a menudo los enviados por Washington no eran siquiera los
mejores segundones. «Un joven llegó contratado como jalonero —recordaba William
Kerner—. Suponiendo que era licenciado de alguna escuela técnica, le pregunté
de cuál. Respondió que no se había licenciado. Entonces le pregunté dónde había
adquirido su preparación técnica. Replicó que carecía de ella. Después le
pregunté si sabía qué diferencia había entre un nivel y un tránsito, y
respondió con franqueza que lo ignoraba […]. Vivía en uno de los estados del
sur y dijo que su diputado le había escrito que si quería un puesto en la obra
podía conseguírselo.»
De las dos docenas de peones de vía supuestamente experimentados que la oficina
de Washington había reunido, ninguno había trabajado nunca en el ferrocarril.
El teniente E. Wood, uno de los pocos oficiales del Ejército enviados por la
Comisión del Canal del Istmo, recordaría que «los primeros miembros de la mano
de obra reclutada en 1904 […] eran en su mayoría estadounidenses colocados en
las listas negras de sus ferrocarriles, borrachos y los que denominamos
vagabundos tropicales, estadounidenses errantes por Latinoamérica».
Por regla general, incluso los mejores de los hombres nuevos eran jóvenes sin
experiencia, pero con frecuencia se los arrojaba a puestos de importancia
crucial, sin saber nada o casi nada de lo que se esperaba de ellos. A Frank B.
Maltby, un ingeniero de Pittsburgh, se le dijo al llegar que se presentara ante
Wallace, quien, tras las usuales observaciones relativas al calor y la lluvia,
entró de lleno en el tema de lo que se estaba haciendo y de lo que debería
hacerse en el futuro próximo.
No se mencionó nada de cómo había llegado hasta allí —escribiría Maltby más
tarde—, de mi designación, mi categoría o salario, y no recuerdo que se haya
dicho una palabra sobre el dragado, salvo de una manera general. Luego, Wallace
afirmó: «Quiero que usted se encargue de las divisiones del Atlántico y del
Pacífico. Establecerá su cuartel general en Cristóbal, puesto que es el punto
más importante del canal por el momento. Puede vivir en la casa número 1 [el
viejo palacio de De Lesseps], Allí está ahora al mando un ingeniero residente,
quien le informará sobre lo que hay que hacer. Quiero que establezca una
organización tan completa y eficiente que solo tenga que sentarse en la terraza
a fumar buenos cigarros». En noviembre había 3.500 hombres trabajando.
Los nuevos contratados estadounidenses, a quienes se les había prometido
viviendas limpias y amuebladas, podían considerarse afortunados si encontraban
un espacio para poner su catre de campaña en un cuartucho desmantelado al lado
de otros cinco o seis. Muchas de las viejas barracas francesas se habían puesto
en servicio antes de repararlas. Mientras se construían dos nuevos «hoteles», a
la mayor parte de los hombres se les dejó que buscaran lo que pudieran en Colón
o en la ciudad de Panamá, donde una habitación decente costaba el doble o el
triple que en Estados Unidos. Para los jornaleros negros —es decir, para dos de
cada tres— no había prácticamente donde elegir, así que se apiñaban en la
asquerosa parte nativa de Colón o donde pudiera encontrarse una cabaña o
improvisarse en poblados junto a la vía férrea.
La comida disponible era escasa, monótona y muy cara, y tan nociva para el
estado de ánimo como el resto de las dificultades juntas. No había hielo ni
leche fresca y pocas veces verduras frescas; el pan era sucio e insípido. Nadie
se atrevía a probar el agua. Durante semanas los hombres se alimentaban con
sardinas enlatadas, mantequilla danesa enlatada y galletas. Casi todos estaban
desalentados. Unos cuantos habían hecho sus maletas y habían regresado a casa.
* * * *
Wallace no se había desentendido de la situación. Al principio
había decidido, por ejemplo, proveer a la ciudad de Panamá y Colón de su propio
sistema de agua (por esa razón había pedido las tuberías) e instalar el
alcantarillado en ambas ciudades. Incluso en sus directrices organizativas
aparece una valoración básica de la diversidad de tareas que hay que cumplir,
además de excavar la tierra: abastecimiento, personal y vivienda, edificios y
arquitectura, maquinaria, mapas e imprenta, condiciones climáticas, hidráulica
fluvial y comunicaciones. Pero su pensamiento estaba concentrado en el trabajo
en Culebra. Solo excavando podía adiestrar a los hombres; solo excavando podía
determinar su coste unitario: «el coste de los explosivos, el coste de la
extracción del material, el coste de la operación de carga, el coste del
transporte, el coste de la operación de descarga y el coste de los diversos
elementos de supervisión y mantenimiento del equipo, los raíles y aparatos por
metro cúbico». Solo excavando podía dejar satisfecho a Washington con informes
mensuales de progreso.
En su favor también puede anotarse que, como resultado de sus experimentos, la
pala Bucyrus se había impuesto como la máquina idónea para excavar el canal.
Fue una decisión de importancia trascendental. En octubre, cuando se
presentaron los requisitos para la adquisición de once palas y se pidieron
ofertas en Washington, fue la pala Bucyrus y su empresa las que obtuvieron el
contrato. En la primavera, Wallace pediría una docena más[18].
Pero sucedió que Wallace también estaba tratando de ganar tiempo. No tenía
ninguna prisa por presentar un plan general porque había llegado a la
conclusión de que el canal tal y como lo había concebido la Comisión Walker
previa era un gran error. Una serie de perforaciones de prueba recientes
realizadas en el lugar donde se había propuesto la construcción de la presa de
Bohío indicaba la existencia de un lecho rocoso a no menos de cincuenta metros
bajo el nivel del mar, una revelación que mantuvo en secreto antes de la visita
del secretario Taft a finales de noviembre.
Taft había sido enviado para solucionar ciertas complicaciones con la nueva
República de Panamá, en particular la política arancelaria y las tarifas
postales dentro de la Zona estadounidense, y transmitir la promesa personal del
presidente (ahora que comenzaba su primer período completo en el cargo) de que
Estados Unidos no tenía ningún designio imperialista sobre Panamá, de que los
estadounidenses estaban allí sin otro propósito que el de construir el canal. A
Taft, quien pesaba unos ciento cincuenta kilos, un reportero admirado le
atribuyó el mérito de «dominar toda la escena». En la comitiva oficial se
encontraba también William Nelson Cromwell, el asesor estadounidense de la
nueva república, quien se mantuvo muy cerca de Taft todo el tiempo, lo que tuvo
el efecto de que este pareciera todavía más alto.
Taft y su esposa asistieron a la fiesta de recepción. Bailó «ligero como una
pluma» con la señora Amador; sudó en abundancia; y del modo juicioso y franco
que lo había hecho tan eficiente en Filipinas, conversó largamente con Amador y
Arango. Se acordó que los productos panameños entraran en la Zona libres de
impuestos; las tarifas de correo serían las mismas en la Zona y en Panamá.
Pero Taft también regresó a Washington convencido de que la Comisión del Canal
del Istmo no debía continuar como estaba constituida, de que prácticamente
todos los problemas relativos al trabajo tenían su origen directo en la oficina
del almirante Walker, de que el canal era una tarea mucho más grande y más
complicada de lo que cualquiera en Estados Unidos podía figurarse y de que
debía construirse un canal al nivel del mar.
Taft, e incluso Roosevelt, ya habían pensado que era una torpeza emprender el
mayor esfuerzo de ultramar en la historia del país, la obra pública de mayor
envergadura intentada, poniendo su destino en las manos de siete hombres que se
hallaban en Washington. Pero hasta que Taft no hubo estado en Panamá, hasta que
no hubo escuchado a Wallace explayarse sobre sus problemas, no se convenció de
que había que realizar un cambio. Como muchos hombres de mente decidida, Taft
se preciaba de reconocer la misma cualidad en otros. Durante sus diez días de
estancia en el Istmo se hospedó con su esposa en casa de Wallace. Este le había
impresionado con su «seriedad e interés en el trabajo, su capacidad, y su
facilidad de expresión». (El ingeniero Wallace había tenido además la previsión
de llevar una gran silla del comedor a una herrería, para reforzarla con pernos
a fin de soportar el peso del distinguido visitante. Esta cortesía la apreció
mucho Taft, pues, según le dijo a Wallace, le había dado un gran sentimiento de
seguridad durante su estancia.)
Desde entonces intercambiaron frecuentes cartas, y las repercusiones no se
hicieron esperar debido al ilimitado respeto que sentía Roosevelt por Taft. El
13 de enero, el presidente pidió al Congreso que redujera la comisión de siete
hombres a tres, una solución solicitada de forma específica por Wallace. El
paso a nivel del mar se volvió a convertir en tema común y de polémica en los
periódicos.
Así, mientras el Congreso debatía qué hacer con la Comisión del Canal y
Roosevelt daba vueltas a la idea de crear otra junta de técnicos selectos para
que le indicaran qué tipo de canal debía ser, Wallace continuaba con sus
«experimentos» en Culebra. En enero del nuevo año ya había dos palas Bucyrus
trabajando en el tajo y 1.500 hombres; pero las palas solo podían funcionar a
una cuarta parte de su eficacia teórica porque había muy pocos trenes para
transportar los desechos y porque los que había se salían de los raíles
continuamente. Y sin un plan general todo el esfuerzo seguía siendo inútil.
La posibilidad de reemplazar a Wallace se había considerado, pero no
seriamente. Era, como informaba el gobernador Davis, «un hombre muy superior y
había que conservarlo», confirmando así lo que Taft ya sabía.
* * * *
John Wallace tenía un problema más. Vivía con un miedo mortal a
la enfermedad.
Detestaba Panamá —este «país olvidado de Dios», lo llamó en una de sus cartas a
Taft— porque parecía estar obsesionado por el destino de sus predecesores
franceses. La residencia oficial del ingeniero jefe era la misma que habían
tenido los franceses, la vieja Casa Dingler en la Avenida Central, donde había
vivido los primeros siete meses, hasta la llegada de la señora Wallace, con su
asistente William Karner. Incluso los sirvientes eran antiguos empleados de la
compañía francesa: un mayordomo francés llamado Benoit, un cocinero negro de
lengua francesa nacido en Martinica, un mozo panameño y un ayuda de cámara
personal, al parecer descendiente de uno de los jornaleros irlandeses que
construyeron el ferrocarril de Panamá. Así que Wallace había escuchado bastante
pronto y con detalle todo lo que le había acontecido a la familia Dingler. A la
preocupación por los costes unitarios y el sinnúmero de comprobantes por
triplicado, a los extraños sonidos nocturnos de la vieja ciudad que se
desmoronaba, se añadió la visión de la cruda tragedia dentro de sus propias
paredes. En tales circunstancias, incluso una mente técnica bien formada podía
empezar a imaginarse cosas.
Antes de septiembre y de su regreso a Washington, vio cómo Karner caía enfermo
de malaria y era llevado al hospital de Ancón. Su ayuda de cámara también
enfermó y fue sacado de casa, seguido al poco tiempo por el cocinero. Wallace
se marchó lleno de premoniciones de enfermedad. Cuando regresó en noviembre, su
esposa lo acompañó, lo cual parecía un signo de confianza; pero de inmediato
corrió el rumor en todo el Istmo de que también había tomado la precaución de
traer dos costosos ataúdes de metal.
II
El primer caso de fiebre amarilla se presentó en el Hospital de
Santo Tomás, en la ciudad de Panamá, el 21 de noviembre. El enfermo, un
jornalero italiano sin empleo, había sido hallado en un restaurante cerca del
centro de la ciudad. Fue aislado de inmediato en una cámara cubierta con un
mosquitero y acabó recuperándose. Se habló poco sobre el asunto.
De los seis casos que se presentaron en diciembre, ninguno era trabajador del
canal ni fue fatal. En enero se informó de otros ocho casos, incluidos tres a bordo
de un vapor en Colón, de los cuales dos murieron. Pero de nuevo las víctimas,
miembros de una compañía italiana de ópera que se hallaba de gira, no tenían
ninguna relación con la empresa del canal. A finales de mes, cuando la
enfermedad hizo su aparición en el crucero Boston, anclado en la
bahía de Panamá, la noticia no pudo ocultarse por más tiempo. Se le ordenó al
barco que se dirigiera de inmediato al norte, a Puget Sound, y no hubo más que
una muerte, la del médico de a bordo. La noticia, sin embargo, estaba en la
calle: FIEBRE AMARILLA EN PANAMÁ.
Mientras tanto, los especialistas en mosquitos habían dividido la ciudad de
Panamá en once distritos. Se designaron inspectores y se realizó un registro
casa por casa, exactamente igual que en La Habana. El objetivo era efectuar un
inventario de todos los pozos, depósitos de agua, cisternas, barriles o tinajas
de agua de la ciudad. Todo lo que no fuera indispensable sería eliminado. Pero
se avanzaba con una lentitud exasperante y la llegada de nueva población era
constante. A los inspectores, casi todos de la localidad, había que enseñarles
lo que tenían que hacer. Con frecuencia descuidados o indiferentes, su trabajo
tenía que verificarse una y otra vez, y un gran sector de la población oriunda
veía todo eso como una especie de juego yanqui disparatado cuyo objetivo
primordial era molestarlos.
Cuando alguien enfermaba de repente, cualquiera que fuera la causa, era llevado
de inmediato al hospital más cercano, aislado de todos y puesto bajo
observación. Frank Maltby, jefe de la división en Colón, enfermó gravemente a
medianoche, pero de diarrea común, y tuvo que pasar toda la siguiente semana en
el viejo hospital francés de Colón. «La gente viene y me mira a través del
mosquitero como si fuera algún tipo de animal salvaje.»
Un ingeniero del Ejército ya retirado, el coronel Philip G. Eastwick, persona
popular en su pueblo natal de Portland (Oregón), llegó a la ciudad de Panamá
para visitar a su hijo, miembro del equipo de Wallace. Murió de fiebre amarilla
a las dos semanas. Un carpintero llamado Thomas Clark murió a los diez días de
estancia en el Istmo.
La mayor parte de la gente de Wallace, alrededor de trescientos técnicos y
ayudantes, trabajaba en las oficinas centrales, en el edificio que daba a la
plaza. Durante una primera inspección al edificio, Gorgas había descubierto
criaderos de mosquitos en casi todas las oficinas en ciertos pequeños
recipientes de vidrio en los que se guardaban los pinceles utilizados para
copiar las cartas. Pero aquí también sus esfuerzos recibían poca o ninguna
cooperación. Wallace «desconfiaba» de la eficacia del programa sobre los
mosquitos. Tanto él como sus ayudantes consideraban el trabajo de Gorgas algo
puramente experimental, como sus labores en Culebra. Varias veces se le había
presentado, sin resultado alguno, la necesidad de colocar tela de alambre en
las ventanas y puertas del edificio. Su jefe de arquitectos, el señor M. O.
Johnson (el que había pedido las puertas y las bisagras), afirmó que estaba
demasiado ocupado con otros graves problemas para empezar a preocuparse por la
tela de alambre para las ventanas. Cuando Joseph Le Prince fue a visitarlo en
sus oficinas del tercer piso, Johnson todavía se burló por el alboroto que se
había formado. «Tenía —escribió Le Prince— poca fe en las ideas modernas sobre
la transmisión de la fiebre amarilla.»
Para acallar los rumores acerca de su salud, Wallace se paseó por la ciudad en
un carruaje abierto en compañía de su esposa. El gobernador Davis cablegrafió a
Washington para desmentir los rumores de la prensa, que calificó de «cruelmente
exagerados». Las condiciones iban mejorando, insistía. Pero luego también él
cayó enfermo de malaria y no pudo desempeñar sus obligaciones.
* * * *
Mientras tanto, como el Congreso no logró hacer nada respecto a
la Ley Spooner para organizar una comisión más efectiva, Roosevelt se limitó a
pedir la renuncia de los miembros de la actual, incluido el almirante Walker.
El ingeniero jefe fue llamado a Washington para que colaborara en la
organización de una nueva comisión siguiendo las directrices que le había
esbozado al secretario Taft.
Se volvieron a designar siete miembros, puesto que la Ley Spooner se encontraba
vigente, pero esta vez Roosevelt se las arregló ingeniosamente para que tres
actuaran de comité ejecutivo. De esta forma, el control de la obra se puso en
manos de tres, no de siete, y dos de ellos eran suficientes para que hubiera
quórum. Los otros cuatro, tres de los cuales cumplían la representación militar
necesaria, no eran más que figuras decorativas. La nueva disposición entró en
vigor el 19 de abril de 1905.
Así pues, la primera comisión había durado menos de un año. Sus miembros se
retiraron o regresaron a lo que cada uno hacía antes, con la excepción de
Benjamin Harrod, quien permaneció como una de las figuras decorativas[19].
El nuevo sistema no se limitaba a depositar el verdadero poder en tres hombres,
pues cada uno iba a dirigir un departamento administrativo particular. El
presidente de la junta, que se quedaría en Washington, se encargaría de la
compra de suministros y serviría de vínculo entre la comisión y el Gobierno. El
ingeniero jefe, por primera vez, iba a encargarse por completo del trabajo en
el Istmo, mientras que el gobernador supervisaría las condiciones higiénicas y
sanitarias, además de la administración política de la Zona estadounidense.
Como presidente de la junta, Roosevelt eligió al antiguo secretario de Guerra
Elihu Root, quien había logrado efectuar —a pesar de una encarnizada oposición—
la mayor reorganización del Ejército en su historia. En privado, Roosevelt
expresó la voluntad de pagar a Root el salario que pidiera con tal de que se
hiciera cargo del canal. Si Root no aceptaba, quería al barón del acero Henry
Clay Frick. Pero ninguno de los dos hombres estaba interesado en Panamá, al que
Root se refería como «ese cementerio de reputaciones».
Así pues, el hombre elegido para dirigir la segunda Comisión del Canal del
Istmo fue Theodore Perry Shonts, un abogado de Iowa convertido en ejecutivo del
ferrocarril. Wallace fue una de las personas que recomendaron a Shonts para el
puesto. Él permanecería como ingeniero jefe. El nuevo gobernador fue Charles E.
Magoon, un corpulento abogado del Departamento de Guerra cuya especialidad era
la administración colonial.
Taft anunció los cambios el día 3 de abril, pero hasta el 24 de mayo Magoon y
Wallace no llegaron a Colón. Taft, sumamente preocupado por los crecientes
relatos sobre la enfermedad y el caos que reinaban en el Istmo, había urgido a
Wallace para que partiera de inmediato sin esperar a Magoon, quien tenía otros
asuntos del Departamento de Guerra que resolver. Pero Wallace había pedido unas
vacaciones para pasar varias semanas en su casa de Illinois. Su ausencia se
alargó de nuevo casi dos meses.
Los diarios de todo el país publicaban cartas indignadas de ciudadanos que
habían ido a Panamá para construir el canal. Un administrativo de Cincinnati,
estado natal de Taft, informó a los lectores del Enquirer de
que, al paso que iban las cosas, el canal no iba a terminarse en cincuenta
años. Un joven llamado Will Schaefer, afirmando que hablaba en nombre de todos
los estadounidenses que se hallaban en Panamá, escribió al Herald de
Nueva York: «Aquí no hay ni la más remota posibilidad de divertirse o de
disfrutar […]. Lo único que hay es trabajo, trabajo y trabajo, a lo largo de
todo el día, y con frecuencia a lo largo de toda la noche, sin ninguna
recompensa a la vista. Las cosas son completamente diferentes de lo que se nos
ha hecho creer».
«Dile a los muchachos que se queden en casa, aunque solo ganen un dólar al
día», escribía Charles Carroll a su madre a McKeesport (Pensilvania). Estaba
harto del canal de Panamá, afirmaba en una carta recogida por los diarios de
Pittsburgh. «Todos sufren males intestinales […] Los alimentos enfermarían a un
perro.»
Wallace, en una entrevista que concedió en Nueva York, aseguró a los reporteros
que las condiciones no eran peores de lo que se esperaba. «Todo marcha ahora
armoniosamente, de acuerdo con un plan general.» En un artículo para Harper's
Weekly, con palabras muy semejantes a las de Jules Dingler, observó que la
buena salud en el Istmo no era más que una cuestión de comportamiento personal.
No había efectos climatológicos que un «estadounidense limpio, saludable y
moral» no pudiera resistir fácilmente.
* * * *
En realidad, la crisis era patente. Charles Magoon, poco después
de su llegada, no hizo ningún intento por ocultar su asombro ante la situación
e informó a Shonts acerca del desasosiego y la inseguridad que encontraba
dondequiera que volvía la vista, de los empleados que estaban «mal pagados,
sobrecargados de trabajo, mal alojados, durmiendo en pésimas camas y sujetos a
las amenazas de la fiebre amarilla y la malaria».
En ausencia de Wallace, la fiebre amarilla se había presentado en el edificio
de la administración, y entre los primeros que cayeron enfermos y murieron
estaba el arquitecto Johnson. Gorgas había atendido personalmente el caso y
poco o nada pudo hacer. El único tratamiento conocido para la fiebre amarilla
era el mismo que había habido siempre: mantener al enfermo tan quieto y cómodo
como fuera posible y esperar a que mejorara. Johnson, quien tenía veintinueve
años, había dejado su trabajo con la Illinois Central y había ido a Panamá por
invitación personal de Wallace. El gobernador Davis escribió: «Fue como el fin
de muchos jóvenes brillantes que he visto en el campo de batalla». Como Wallace
no estaba, Johnson fue sepultado en su ataúd metálico.
El auditor de Wallace Robert West había muerto, dejando en Estados Unidos mujer
y cinco hijos. J. J. Slattery, uno de los secretarios ejecutivos de la oficina,
había corrido la misma suerte. La esposa de John Seagar, secretario de Wallace,
también falleció. Había llegado a Panamá para casarse pocos meses antes.
Los jóvenes ingenieros y sus familias, unas sesenta personas, habían tenido que
ser trasladados apresuradamente fuera de la ciudad a un edificio vacío del
hospital de Ancón. En menos de dos semanas habían renunciado unos doscientos
empleados, incluidos varios del personal del hospital. Una enfermera, cuando
llegó a Nueva York, declaró a los reporteros que por mucho que dijera el
ingeniero jefe, y para su propio asombro, la fiebre amarilla estaba segando la
vida «de muchachos fuertes, limpios y con buenos principios». Aunque no se sea
decadente ni francés, se sucumbe. «Ir allí es una locura para el hombre blanco,
y una locura mayor, quedarse», declaró otro de los trabajadores que regresaron,
Harry Brainard, de Albany.
«Un sentimiento de alarma, casi de pánico, se extendió entre los
estadounidenses que estaban en el Istmo —escribiría Magoon con absoluta
franqueza en su informe oficial—. Muchos renunciaron a sus puestos para
regresar a Estados Unidos y los que se quedaron se vieron invadidos por una
sensación de letargo o fatalismo que brotaba de la convicción de que no había
remedio para el peligro. Esta actitud los hacía descuidar parcialmente o
condenar y abandonar por completo toda medida preventiva […]. La gravedad de la
crisis era evidente para todos.» Gorgas recordaría que «los jefes y los subordinados
empezaron a creer que, al igual que los franceses antes que ellos, estaban
sentenciados a muerte».
Se giraron órdenes para que todas las ventanas del edificio de administración
que no tuvieran tela de alambre se mantuvieran cerradas. El edificio fue fumigado
repetidas veces. Lo mismo se hizo con las casas que se encontraban en las
inmediaciones. Gorgas había hecho cambiar todos los días hasta el agua bendita
de la pila de la catedral, después de descubrir que allí se criaban mosquitos.
Brigada de fumigación, ciudad de Panamá. (Compañía del Canal de Panamá)
Muchos panameños lo consideraron una nueva y sutil forma de
persecución religiosa. Pero con los pocos hombres que tenía y sus limitados
recursos no era mucho lo que podía hacer. Faltaba, por ejemplo, papel de
periódico, papel suficiente de cualquier clase para sellar los edificios antes
de la fumigación. Cuando mandó un cable a Washington para que le enviaran dos
toneladas de papel de periódico viejo en el próximo barco, Washington respondió
rechazando su petición. Se pensaba que estaba pidiendo material de lectura para
los pacientes del hospital, y las toneladas les parecían excesivas. El
resultado fue que el barco zarpó sin el papel y la fumigación hubo de
retrasarse diez días.
Las salas para enfermos de fiebre se llenaron con rapidez. El Star
& Herald había introducido un informe regular sobre la fiebre
amarilla que incluía las esquelas y la lista de todos los nuevos casos. En
Colón, los empresarios de pompas fúnebres, acostumbrados a las epidemias
anteriores, tenían pilas de féretros listos a la vista de todos en el almacén.
Fue la época del «Gran Temor», durante el cual las tres cuartas partes de los
estadounidenses que se encontraban en el Istmo huyeron de vuelta a casa. Fue un
episodio que no debió suceder nunca y que la mayoría de la gente, la que se
quedó y la que se fue, prefirió olvidar cuando las cosas se calmaron de nuevo,
puesto que el pánico fue completamente desproporcionado a la verdadera gravedad
de la epidemia. Comparada con las experiencias pasadas en el Istmo con la
fiebre amarilla, esta no fue más que un rebrote suave.
Los empleados más antiguos del ferrocarril, veteranos del gran esfuerzo
francés, instaban a los demás a que permanecieran tranquilos, pero luego eran
también ellos quienes proporcionaban versiones espeluznantes de las epidemias
de 1885 y 1886, o de la ocurrida tres años antes, en 1902, cuando habían muerto
más de doscientos hombres. En junio, treinta nuevos contratados que habían
desembarcado en Colón escucharon tantos relatos en las primeras horas de su
estancia en tierra que volvieron a abordar el barco y regresaron a Nueva York.
¡Vas a tener la fiebre,
ojos amarillos!
Dentro de diez días,
tiras de hierro sujetarán tu frente;
tu lengua parece nata cortada,
una raya oxidada recorre el centro;
tu boca saboreará cosas indecibles,
con garras y cuernos y aletas y alas;
tu cabeza pesará una tonelada o más,
y cuarenta tormentas bramarán dentro de ella.
El poema «Ojos amarillos» y otros semejantes acababan de
aparecer en un pequeño volumen encuadernado en rojo oscuro titulado Panama
Pathwork y publicado por el Star & Herald. Su autor,
James Stanley Gilbert, estadounidense que había residido en Colón durante
muchos años, había hecho por Panamá algo comparable a lo que Robert Service iba
a hacer para el Yukon. Sus temas —en «Cortejo fúnebre», «Camino del Istmo»,
«Fiebre reinante», «Más allá del Chagres»— eran la enfermedad, el alcoholismo,
la muerte acechante y la inutilidad de toda empresa humana asociada con el
valle del río Chagres.
Más allá del río Chagres,
se dice, cuenta la historia,
hay caminos que llevan a las montañas
del oro virgen más puro;
pero es mi firme convicción,
por mucho que digan las historias,
que más allá del río Chagres
todos los caminos llevan derecho al infierno.
Los cortejos fúnebres recorrían continuamente las calles. Los
trenes fúnebres iban a diario a la Colina del Mono, haciendo sonar las campanas
al pasar por la calle principal de Colón. Al sentir el menor síntoma de
enfermedad, la gente pensaba de inmediato que el fin había llegado. El
gobernador Magoon, presa de escalofríos una tarde, permaneció junto a la
ventana en Ancón, contemplando la que pensaba que sería su última puesta de
sol.
* * * *
Luego, en el punto culminante del pánico a mediados de junio,
solo tres semanas después de su regreso, el ingeniero jefe Wallace y su esposa
hicieron las maletas y partieron rumbo a Nueva York. A uno de los editores
del Star & Herald y a los que fueron a despedirlo, Wallace
se limitaría a decirles que tenía «asuntos de importancia» que tratar con el
secretario Taft. Pero casi desde que el barco se hizo a la mar comenzaron a
correr los rumores de que incluso Wallace había huido y no tenía intención de
regresar nunca más. El Star & Herald publicó un desmentido
destacado, aunque algo vacilante: «Lo menos que cabe afirmar es que no parece
plausible que un hombre de la categoría del señor Wallace, que dejó un puesto
como el que estaba ocupando en Estados Unidos […] para venir al Istmo con el
fin de construir el canal, lo abandonara luego en esta etapa, cuando apenas
había comenzado el trabajo».
El 3 de julio, sin que los periódicos hubieran publicado nada más referente a
Wallace, llegó la sorprendente noticia de que un hombre había muerto en el
hospital de Ancón de peste bubónica. Un oriundo de la isla de Barbados,
estibador en el muelle de La Boca, había sido llevado al hospital el 21 de
junio con una enfermedad que se temía que fuera la peste, diagnóstico confirmado
por la autopsia. Guardando en secreto la causa de la muerte, Gorgas y su
personal se movieron con toda la rapidez posible. El muelle de La Boca fue
puesto de inmediato bajo cuarentena. Se colocaron cientos de trampas para
ratas; se puso veneno; se fumigaron las barracas donde el hombre se había
puesto enfermo; dos barcos que estaban atracados en el muelle fueron remolcados
a la bahía y fumigados, todo en menos de veinticuatro horas. Al día siguiente,
La Boca fue declarado oficialmente lugar prohibido y se colocó un cordón de
policía alrededor de toda la zona, por mar y tierra. Los edificios fueron
fumigados por segunda vez. Las paredes, los suelos y los techos fueron rociados
con una solución de bicloruro de mercurio. Las ropas sucias y la ropa de cama fueron
tratadas de la misma manera. Se retiró la basura. Los gallineros, las plumas de
los animales y las letrinas fueron derribados y quemados, al mismo tiempo que
en la ciudad de Panamá se ofrecía una recompensa de diez centavos por cada rata
o ratón. Entre los cientos de ratas muertas en La Boca —ratas del tamaño de un
conejillo de Indias, como un panameño recordó— se encontraron varias que
estaban infectadas con la peste.
En junio, a pesar de los esfuerzos de Gorgas, la incidencia de la fiebre
amarilla había duplicado la de mayo: sesenta y dos casos conocidos, diecinueve
de los cuales fueron mortales. Había habido dos o tres casos de viruela, que
apenas se mencionaron. Durante meses, la malaria y la neumonía, la tuberculosis
y la disentería se habían cobrado un número mayor de vidas que la fiebre
amarilla, sobre todo entre los trabajadores negros, un hecho al que todavía
nadie había hecho frente. En total, más de un millar de personas habían
ingresado en los hospitales del canal. Pero las noticias de nuevos casos de
peste bubónica fueron como un alarido en la noche. En el lenguaje de un informe
oficial, el número de los que abandonaban el Istmo solo lo limitaba ahora «la
capacidad de las embarcaciones para transportarlos».
* * * *
El ingeniero jefe Wallace había obtenido permiso para regresar a
Estados Unidos, su tercer viaje en un año, enviando un cable a Taft en el que
le decía que tenía «complicados negocios» que no podían tratarse por carta. No
daba mayores explicaciones, lo que irritaba en gran manera al secretario; pero
después de consultarlo con Roosevelt y Shonts, Taft había dado a regañadientes
su consentimiento.
Sin embargo, Taft se enteró por Magoon de lo que pensaba Wallace, pues se había
desahogado con él en el curso de dos largas conversaciones, afirmando que le
habían ofrecido un puesto con muy buen sueldo en una firma constructora
privada, y que tenía intenciones de abandonar su actual cargo. Le podían
persuadir para que se quedara —señaló también Wallace—, pero solo si le
nombraban jefe de la junta (en lugar de Shonts), se le daba autoridad sobre
toda la obra y se le pagaba un salario de unos 60.000 dólares. Insistía también
en tener libertad para acudir al Istmo «cuando lo considerara conveniente y
marcharse cuando su albedrío lo determinara».
Hizo una declaración más —continuó Magoon— a la que otorgué
mucha importancia: que había dejado dos veces la Illinois Central sin decirles
directamente lo que quería y que le habían llamado y ofrecido el triple de la
cantidad por la que se habría quedado.
Es evidente que se considera esencial para la empresa del canal, y por el
momento lo es. Nunca ha permitido que un ingeniero ayudante competente ocupe su
lugar o mantenga la obra en funcionamiento a buen ritmo durante el tiempo
suficiente para capacitar a un nuevo ingeniero jefe que pueda dominar la
situación […].
Hablando de su deseo de dirigir la empresa, me dijo que se había imaginado
desde el principio que el almirante Walker no duraría más de dos años y que
había intentado llevar las cosas de tal manera que, llegado ese momento, le
nombraran a él director de la junta, pero la vieja comisión se desbarató
demasiado pronto […]. Estoy convencido de que está tratando de llevar a cabo un
golpe de estado maquinado cuidadosamente […]. Espero no estar cometiendo una
grave injusticia, pues me agrada en lo personal. Entiendo que desde su punto de
vista la acción y el motivo que le atribuyo sean plenamente justificables. En
los círculos del ferrocarril, así como en las transacciones bursátiles, es
justificable e incluso recomendable «exprimir» al amigo o al enemigo cuando se
tiene la oportunidad y se puede sacar provecho de ello.
A esta carta de Magoon, fechada el día 11 de junio, le siguió
dos días más tarde otra valoración menos dura. Como resultado de sus
conversaciones con Wallace, Magoon tenía ahora una mejor opinión de sus
motivos. «Parece plenamente resuelto a retirarse, pero estaría dispuesto a
quedarse si las condiciones le parecen justificables […]. No hay diferencia en
su efecto sobre el servicio público, pero puede haber una diferencia
considerable entre las dos actitudes mentales.»
A Taft no le preocupaban lo más mínimo las actitudes mentales de Wallace. El
genial Taft, el hombre conocido como «el guasón más contagioso de la historia
de la política», estaba furioso. La nueva comisión se había creado
específicamente a la medida de los deseos de Wallace. Este había expresado su
aprobación inequívoca en varias ocasiones desde abril y por escrito. No había
escatimado elogios a Shonts y se mostraba lleno de gratitud por estar a las
órdenes de un hombre semejante.
Taft se sintió traicionado. Para él una ética tan egoísta como la que Magoon
describía no era entendible ni tolerable. Si Wallace se consideraba
indispensable para la empresa, Taft estaba seguro de que lo era. Aunque las
cartas de Magoon llegaron al Departamento de Guerra en vísperas de un
importante viaje a Filipinas, Taft se dirigió a Nueva York para entrevistarse
con Wallace en persona tres días después de su llegada de Panamá.
Comunicaron a Wallace que estuviera en la habitación de Taft en el hotel
Manhattan a las diez de la mañana del 25 de junio. Para su disgusto, fue
recibido en la habitación por William Nelson Cromwell, que no mostró signos de
marcharse. Wallace señaló que prefería hablar a solas con el secretario, pero
Taft, de una forma que Wallace describiría más tarde como «más bien
perentoria», le dijo a Cromwell que permaneciera donde estaba. Quería que
Cromwell estuviese presente como testigo. «Este acto, por supuesto, me produjo
irritación y me dio a entender que la entrevista no sería agradable —recordaría
luego Wallace— […] y la irritación bajo la que resultaba evidente que el
secretario estaba trabajando tendía a impedir esa calma y digna consideración
que debería habérsele otorgado a la cuestión en todos sus extremos.»
Taft, quien había sido juez la mayor parte de su carrera, deseaba saber en
primer lugar cuáles eran los «complicados negocios» que podían justificar la
ausencia de Wallace de Panamá en un momento tan inoportuno. Wallace replicó que
había recibido una atractiva oferta por parte de una empresa privada, y explicó
con cierta extensión por qué no podía «permitirse» despreciarla. Los ingresos,
con salario y varias oportunidades de inversión, equivaldrían a 60.000 dólares
al año, afirmó Wallace. La vida en Panamá, subrayó, era solitaria y estaba
«llena de riesgos» para su salud y la de su mujer. Propuso pasar el verano
concluyendo sus obligaciones desde su casa en Illinois. En el futuro, le
gustaría prestar servicio a la comisión como asesor.
«Señor Wallace —comenzó Taft tras una pausa—, estoy indeciblemente disgustado
no solo por el paso que ha dado, sino porque no parece darse cuenta del
significado de su conducta.» Luego siguió una recapitulación irritada pero
comedida que duró media hora. Taft le recordó a Wallace que cuando fue
designado por la comisión el año anterior se le había asignado un salario
superior en diez mil dólares al que disfrutaba en su trabajo anterior. Le
recordó que cuando aceptó el puesto sabía cuáles eran los riesgos, y que había
recomendado y aprobado los últimos cambios organizativos hechos por el
presidente. «Por mero lucro cambia de puesto de la noche a la mañana […]. Está
usted influido únicamente por sus intereses personales. Su puesto conlleva una
gran fama, pero también una gran responsabilidad, y ahora usted las abandona en
una hora.»
Le pidió su renuncia inmediata. Cuando Wallace contestó que prefería discutir
el asunto más adelante y que quizá pudiera llegarse a un nuevo acuerdo, Taft
replicó que no habría más conversaciones.
«Señor secretario —dijo Wallace—, aunque existe entre nosotros diferencia en el
punto de vista que adoptamos respecto a mis obligaciones, considero que no se
puede poner en entredicho que he cumplido plenamente mi deber hasta este
momento.»
Taft le respondió con calma: «Señor Wallace, no creo que ningún hombre pueda
dividir dicho deber hasta el momento en que le conviene dejar de cumplirlo […].
A mi juicio, un deber es un todo, y no está cumplido a menos que se cumpla por
completo».
Al día siguiente, Taft llevó la renuncia de Wallace a Cambridge
(Massachusetts), donde Roosevelt estaba asistiendo a una reunión en Harvard. El
28 de junio la renuncia fue aceptada por el presidente para que entrara en
vigor de inmediato. El día 29, ya de regreso en Washington, Taft, por
indicación de Roosevelt, entregó a la prensa la transcripción íntegra de su
conversación con Wallace, cuyo texto al parecer había grabado Cromwell. John
Wallace estaba hundido.
La respuesta inmediata en la prensa fue de terrible preocupación. Aunque unos
cuantos diarios sugirieron que ahora la cuestión se limitaba a encontrar a
otro, la gran mayoría consideró que lo que estaba en juego de improviso era la
reputación del Gobierno de Roosevelt, por no mencionar la de todo el país, y la
perspectiva, en palabras del Courier-Journal de Louisville, no
resultaba «nada alentadora». En los diarios londinenses se decía que Roosevelt
estaba pagando el precio de su temeraria «piratería terrestre» en Panamá.
Wallace, que acabó siendo presidente y director del consejo de Westinghouse,
Church, Kerr & Company, así como miembro del consejo de otras varias firmas
industriales, pasaría el resto de su vida tratando de reparar el daño causado a
su reputación. Las consideraciones monetarias, insistiría, nunca habían tenido
nada que ver con la decisión de «desconectarse» de Panamá. Negó haber tenido
alguna vez temor personal a la enfermedad, alegando que había sufrido un leve
ataque de fiebre amarilla mientras estuvo en el Istmo y que desde entonces se
había considerado inmune.
En privado afirmaba que Shonts le disgustaba profundamente y que sabía que
nunca podrían trabajar juntos. Y al comparecer ante el Comité sobre el Canal
del Senado, deleitaría a John Tyler Morgan admitiendo que era a Cromwell al que
odiaba más que a todos. La tragedia, decía Wallace una y otra vez, fue que Taft
nunca le dio oportunidad de expresar la verdadera razón que tenía para
renunciar, y que era la de que «llegó a convencerse de que otros hombres podían
ocupar su lugar prestando un mejor servicio a la empresa».
John Stevens, reflexionando sobre el episodio, se limitaría a señalar con sorna
que Wallace había sufrido un «caso de completo miedo».
«Lo que necesitábamos era un luchador, y lo conseguimos.»
FRANK MALTBY
I
John Stevens fue escogido para construir el canal de Panamá por
recomendación de James J. Hill, a quien nunca le había gustado el proyecto y
cuyo personal desagrado por Theodore Roosevelt era monumental. Roosevelt, se
quejó alguna vez el «Constructor del Imperio», nunca había hecho nada más que
«posar y cobrar un sueldo».
Hill consideraba que Stevens era el mejor ingeniero constructor que había en el
país, cuando no en el mundo, y parece que así se lo dijo a Roosevelt durante
una visita a Washington en junio de 1905. El hijo de Stevens recordaría que «el
señor Hill le dijo al presidente que él conocía a un hombre que podía construir
el canal de Panamá, y cuando el presidente mostró gran interés, Hill le habló
de mi padre […] y afirmó que lo vería en Chicago y le informaría del interés
del presidente por él. Así lo hizo, hablando del asunto con todo detalle».
Dio también la casualidad de que Stevens estaba a punto de salir con el
secretario Taft para Filipinas como nuevo asesor especial para la construcción
del ferrocarril. Así pues, Taft visitó a Stevens en Chicago y le habló de
ocupar el puesto de Panamá tan pronto como descubriera por qué Wallace venía de
Colón. El lunes siguiente al domingo en que Taft se entrevistó con Wallace, se
le confirmó a Stevens que el puesto era suyo si lo quería. El sueldo era de
30.000 dólares.
Su impulso inmediato, escribió más tarde, fue responder que no. Para entonces
Wallace había regresado a su casa a las afueras de Chicago. Stevens le envió
una nota pidiéndole que se encontrara con él en el Union League Club para
discutir el asunto, pero Wallace se negó. Así pues, Stevens tomó un tren
nocturno a Nueva York, donde se entrevistó con Cromwell, quien lo convenció de
que aceptara. Y es probable que este fuera el servicio más valioso que prestó
el inteligente y elocuente abogado. Más activo que nunca como mediador
multiusos para el Partido Republicano, Cromwell estaba sumamente preocupado
—como lo estaban otros— por lo que podía significar para el partido un fracaso
en Panamá.
De regreso a su casa en Chicago, Stevens consultó las cosas con su esposa,
quien le dijo que toda su carrera había sido una preparación para el mayor
proyecto de ingeniería y que, por supuesto, debía ir. «Admití el argumento de
que mi deber era prescindir de mis sentimientos […] y de mi sentido común»,
recordaba Stevens. El 30 de junio mandó un telegrama para anunciar que
aceptaba. Roosevelt y Taft tenían poco tiempo para prestarle mayor atención al
asunto. John Hay estaba enfermo y Taft, además de todo lo demás, atendía el
Departamento de Estado. Roosevelt estaba absorto en la preparación de la
histórica reunión en Portsmouth (Nueva Hampshire) en la que pondría fin a la
guerra ruso-japonesa. El 1 de julio, John Hay murió de repente; hubo que
asistir al funeral y nombrar un nuevo secretario de Estado (Elihu Root).
Mientras tanto comenzaban a llegar las delegaciones rusa y japonesa. Cuando
Stevens y Shonts fueron a Oyster Bay para que Roosevelt se reuniera con su
nuevo ingeniero jefe, uno de los restantes huéspedes en el almuerzo era el
ministro japonés.
Stevens tenía cuarenta y dos años, y era de complexión robusta, cargado de
hombros, medía 1,80 de altura, tenía el pelo y el bigote morenos, y un rostro
duro, curtido y bien parecido. Roosevelt escribió de él con admiración que era
como un «muchacho rústico», «un rudo y baqueteado habitante del Oeste», «un
tipo grande, un hombre osado y con sentido común, y muy fornido».
Al igual que Gorgas —y a diferencia de Wallace—, había pasado la mayor parte de
su vida sobreviviendo a situaciones extremas. Nacido en una pequeña granja en
Maine, tuvo poca educación formal, pero aprendió a sobrevivir, y en 1873 se fue
al este a trabajar en las inspecciones para la nueva ciudad de Minneapolis.
Desde entonces había ido ascendiendo por un camino difícil, primero como peón
de vía en Tejas y luego como ingeniero subalterno situando y construyendo vías
férreas en Nuevo México, Minnesota y Columbia Británica. En 1886, a los treinta
y tres años, como ingeniero auxiliar principal de la Duluth, South Shore and
Atlantic Railway, se le había encargado la construcción de una línea de casi
seiscientos kilómetros por los pantanos y pinares del Alto Michigan, desde
Duluth hasta Sault Ste. Marie. Cuando se fue a trabajar con James J. Hill en
1889, ya había sobrevivido a las fiebres mexicanas, los ataques de los indios,
los mosquitos del Alto Michigan y las tormentas de nieve canadienses. En una
ocasión había sido acorralado por lobos; había aprendido a dormir sentado
mientras cruzaba las llanuras en una calesa, con sus instrumentos de
agrimensura, su tienda y sus provisiones atados a la espalda; había recorrido
cientos de kilómetros por las Montañas Rocosas, calzado con raquetas para la
nieve. «Me hice resistente y duro físicamente —escribía después—. Aprendí a
dormir bajo la lluvia envuelto en una sola manta […] para adaptarme […] a las
condiciones más primitivas. Y me gustaba.»
Tenía puesta su fe personal en los hitos que podían alcanzar los hombres
comunes. «Respecto a los superhombres, puede que sea por mi mala suerte, pero
nunca he tenido la oportunidad de encontrarme alguno.» El trabajo tenaz —solía
afirmar— era el único «ábrete sésamo» que conocía por experiencia. Estudiando
durante las noches por su cuenta aprendió matemática, física y química. Y pese
a su modo de ser tosco y a menudo irreverente, su excepcional capacidad era
evidente.
Trabajar para Hill había sido el momento decisivo. En 1889 había comenzado como
uno de los ingenieros encargados de trazar la vía y se le asignó la exploración
de una ruta hacia el poniente desde Havre (Montana). Hill había decidido
construir un ferrocarril que llegara hasta el Pacífico; el Great Northern iba a
ser su camino personal del imperio; y a finales del invierno de 1889, Stevens
descubrió el Paso Marías, el paso de Hill sobre las Montañas Rocosas. El Paso
Marías ahorraba más de 160 kilómetros y, con una elevación de 1.564 metros,
proporcionaba al Great Northern la pendiente más suave de los ferrocarriles
hacia el Pacífico. Stevens se convirtió en una especie de leyenda en el
noroeste, «el Héroe de Paso Marías». Había hecho el descubrimiento a pie y
solo, puesto que su guía indio lo había abandonado. Por la noche, sin tener
madera para encender fuego y a una temperatura de 40° bajo cero, había evitado
congelarse correteando de un lado a otro sobre la nieve hasta el amanecer.
En las Cascadas, sobre la vertiente occidental, encontró otro paso clave
(llamado más tarde Paso Stevens). Hill lo nombró ingeniero jefe en 1895 y
finalmente gerente general. Stevens construyó puentes, túneles (incluido el de
Cascadas de poco más de cuatro kilómetros de longitud) y más de 1.600
kilómetros de vía férrea, mucho más de lo construido por cualquier hombre en el
mundo. Construía extraordinariamente bien, y Hill nunca tuvo que intervenir.
Hill era muy independiente (el Great Northern fue la única vía occidental
construida sin subvención gubernamental); era brusco, duro, un pionero y un
luchador. Tenía el don de saber tratar con la gente sencilla; con su solo
aspecto físico irradiaba fuerza. Y mucho de lo que Hill era se le había pegado
a Stevens, quien durante el resto de su vida hablaría de Hill como del hombre
más admirable que había conocido. Acerca de Stevens, Hill señaló una vez:
«Siempre está en el lugar adecuado en el momento oportuno y haciendo lo preciso
sin preguntar nada».
Pero Stevens también era incansable y a menudo temperamental, y en 1903 había
dejado a Hill para convertirse en ingeniero jefe y luego en vicepresidente de
la compañía Chicago, Rock Island and Pacific. Su razón, explicó más tarde, era
que Hill pensaba para él un puesto todavía más alto que exigía «una diplomacia
para la que yo, por mi temperamento, no servía». Después, en 1905, buscó nuevos
horizontes y aceptó el encargo de Filipinas porque afirmó que necesitaba un
cambio.
En el transcurso de la conversación durante el almuerzo en Oyster Bay,
Roosevelt le dijo a Stevens que tomara el mando y le informara directamente si
era necesario. En Panamá las cosas estaban hechas un lío de todos los diablos,
admitía. Le recordaba al hombre que contrató a un mayordomo y lo puso a
trabajar diciéndole: «No tengo ni la menor idea de lo que vas a hacer, pero […]
mantente ocupado y mayordomea como un loco».
Luego, cuando Shonts y Stevens se reunieron con los reporteros en la estación
de ferrocarril de Oyster Bay, Shonts fue quien habló. «Stevens no tendrá a
quien culpar si el trabajo no se hace bien —afirmó Shonts—, porque él será el
jefe supremo del departamento de ingeniería.» Stevens, sentado sobre un poste
de piedra que estaba a un lado, solo movía la cabeza en señal de asentimiento.
* * * *
Shonts y Stevens desembarcaron en Colón sin ceremonia alguna el
26 de julio de 1905. Ninguno de los dos hombres había estado antes en Panamá.
Taft cablegrafió a Magoon diciéndole que «Shonts y Stevens pronto estarán con
usted y las montañas se moverán». Pero la cuestión no era ya si la tierra
volaría o las montañas se moverían. La cuestión era si toda la aventura
estadounidense en Panamá podía ser rescatada de un humillante fracaso. El hecho
ineludible era que había tenido un desafortunado comienzo y que ya se habían
gastado 128 millones de dólares, como resaltaba The New York Times.
A pesar de todas las palabras de desprecio hacia la ineficacia y el fracaso
francés, pese a todas las orgullosas declaraciones sobre los conocimientos
prácticos y las soluciones estadounidenses, Estados Unidos había operado con
menos eficacia, menores resultados y mucho menos valor que los franceses en
cualquier momento de su severa prueba. Se había perdido un año entero y la
situación en el Istmo era absolutamente confusa.
Recordando sus primeras impresiones, Stevens escribió: «Creo que me encuentro
frente a una proposición tan desalentadora como jamás se le había presentado a
un ingeniero constructor». Los pasajes en los barcos de regreso seguían siendo
muy solicitados. Más de quinientos técnicos y trabajadores cualificados blancos
se habían marchado ya. Los que quedaban estaban asustados, «aterrorizados»
decía Stevens, y tenían toda la razón para desesperarse. Algunos de los
cargamentos que se amontonaban en Colón habían permanecido allí durante más de
un año. «No encontré organización […] ni cabeza responsable en que pudiera
delegar autoridad, ni ninguna colaboración entre los que caritativamente
podrían llamarse departamentos.»
La junta revisora designada por Roosevelt para decidir si el canal debería
construirse al nivel del mar, como exigía Wallace, no había sido convocada
todavía. De modo que aún no había un plan definitivo que pudiera seguirse, y
todos estaban esperando que se les dijera qué tenían que hacer. La mayor parte de
los estadounidenses que Stevens se había encontrado parecían creer que Shonts y
él habían llegado para ordenarles que abandonaran todo y se embarcaran rumbo a
casa.
Theodore Shonts, con sus quevedos, su bigote y su expresión de bulldog,
parecía una versión más antigua y reposada de Theodore Roosevelt. Fue quien se
encargó de casi todo mientras permaneció en el Istmo, que no fue mucho tiempo;
con sus modales abruptos y autoritarios, caía mal a casi todo el mundo.
Paciente con fiebre amarilla dentro de una cámara de aislamiento portátil en
el hospital de Ancón. (Archivos Nacionales)
«Señor gobernador, ¿qué está pasando aquí?», preguntó Shonts
mientras fumaba con Magoon, Gorgas y Stevens sentados en la terraza la primera
noche que pasaron en Ancón. Magoon era de trato fácil pero muy fino y educado
—un amigo lo asemejaba con un cardenal romano—, y pensaba que su principal
deber era mantener la paz con los panameños. El problema más urgente, le
explicó a Shonts, era la comida para los trabajadores. Los comerciantes locales
seguían subiendo los precios y a los hombres les resultaba casi imposible
sobrevivir con lo que ganaban. Algunos trabajadores, al borde de la inanición,
se habían entregado al pillaje como bucaneros.
Shonts afirmó que deberían establecerse economatos de inmediato, y cuando
Magoon explicó que violaría un acuerdo firmado con Panamá por el cual todos los
artículos alimenticios tenían que comprarse a los comerciantes locales, Shonts
respondió: «Es evidente que usted no ha oído la noticia […]. Yo he venido aquí
para construir el canal». La Comisión del Canal del Istmo alimentaría a los
hombres a precio de coste, comenzando de inmediato.
Asimismo, Magoon tenía la ambición de establecer un gobierno modelo dentro de
la Zona estadounidense, como un ejemplo «edificante» para Panamá y todo el
resto de América Central. Shonts le dijo que se olvidara de eso. No habría más
gobierno que el que fuera necesario para preservar el orden. «Nuestro único
objetivo […] es construir el canal, de modo que "no pierda de vista la
pelota".»
Volviéndose a Gorgas, declaró: «Tampoco estamos aquí para demostrar ninguna
teoría médica». No le había impresionado lo más mínimo lo que el médico había
logrado y le hizo saber que tenía cuatro meses para erradicar de Panamá la
fiebre amarilla.
Stevens, como en Oyster Bay, habló poco, y cuando Shonts se marchó algunas
semanas después, siguió con la misma tónica. Incluso en su modo de ser, en su
apariencia y en su forma de tratar a la gente era completamente diferente de su
antecesor. Se le veía en la obra a diario, hiciera el tiempo que hiciese,
caminando de un lado a otro con botas de goma y mono, llevando un sombrero
viejo y maltrecho, y dando constantes caladas a un cigarro negro. «Se le veía
en medio del lodo de las zanjas, manejando una locomotora de maniobras,
descansando entre la maquinaria —escribió el corresponsal de una revista— […].
Tenía muy poco que decir, salvo plantear preguntas. Era muy tranquilo y
eficiente. Al principio, los hombres no estaban seguros, sobre todo porque no
podían detectar en él ninguna actitud.»
Se descubrió que todos podían hablar con él, y con unas cuantas indicaciones
breves empezó a inyectar bríos en el trabajo por primera vez.
«Hay tres enfermedades en Panamá —les dijo a los hombres—. Son la fiebre
amarilla, la malaria y el miedo; y la mayor de todas es el miedo.» Había que
recuperar el tiempo perdido; había mucho que aprender. Cuando le señalaron que
en más de un año no había habido colisiones en el ferrocarril de Panamá, afirmó
que «una colisión tiene sus ventajas y sus desventajas: indica que hay algo que
se está moviendo sobre la vía».
Quería que las oficinas técnicas se trasladaran del edificio de la
administración que se encontraba en la ciudad de Panamá al Tajo de Culebra tan
pronto como fuera posible. Al mostrársele los planos para la nueva residencia
del ingeniero jefe programada para construirse en Ancón, los canceló. Él
viviría en Culebra, y especificó que fuera un bungalow de un
solo piso y con un techo de hierro acanalado. Hasta que la casa estuviera
lista, se contentaría con un pequeño espacio en las instalaciones del hospital.
En secreto estaba consternado por lo que había visto del trabajo de Wallace y
por lo anticuado del equipo que se encontraba en uso. Una vez, estando en un
sitio desde el que se dominaba el Tajo de Culebra, contó siete trenes
descarrilados. Todas las palas mecánicas que se veían estaban ociosas porque
las cuadrillas, junto con todos los restantes trabajadores, luchaban por volver
a poner los trenes sobre las vías, «un modo de proceder necio —señaló con
acritud— porque [los trenes] eran más valiosos donde se encontraban».
Mientras la opinión pública y la prensa estadounidenses especulaban sobre qué
progreso podría lograr el nuevo jefe, Stevens, el 1 de agosto, ordenó que se
suspendiera por completo el trabajo en el Tajo de Culebra. Informó a su
personal de que la excavación no se reanudaría hasta que lo tuviera todo listo.
Los maquinistas de las palas mecánicas y los hombres que manejaban las grúas
fueron enviados a Estados Unidos. Se les avisaría más adelante.
«La excavación es lo último», declaró. Por lo pronto, el doctor Gorgas iba a
tener los hombres e instrumentos que necesitara. Las ciudades de Panamá y Colón
se iban a limpiar y pavimentar. Se iban a edificar almacenes, talleres
mecánicos y muelles. Se iban a planificar y construir comunidades enteras desde
sus cimientos: casas, comedores, barracas, más hospitales, un hotel para
visitantes, escuelas, iglesias, clubes, almacenes refrigerados, lavanderías,
sistemas de drenaje y depósitos. Estaba decidido, como afirmaba en una carta
dirigida a Taft, a prepararse bien antes de empezar la construcción, «sin hacer
caso de las críticas […] mientras yo me encuentre al mando de la obra […] y
confío en que si esta política se acepta ahora, en el futuro mostraré su
absoluto sentido común».
* * * *
Trabajaba doce, a veces dieciocho horas diarias, y no veía la
razón para que los demás no lo hicieran. Durante los primeros meses, cuando
hacía sus rondas diarias, recorría andando todo el trazado de Colón a Panamá.
Ni el calor fundente, ni la lluvia, ni el terrible lodo parecían molestarlo o
afligirlo. Su salud se mantenía en perfecto estado.
Él y Gorgas se entendieron extraordinariamente bien desde un principio. Con su
apoyo, el verdadero trabajo de Gorgas empezó en serio. Durante el verano, las
enfermedades de todo tipo seguían diezmando las filas de los trabajadores. La
fiebre amarilla había amainado un poco, pero solo un poco: cuarenta y dos casos
en julio, y trece muertes; veintisiete casos en agosto, y nueve muertes. Pero
la malaria, la neumonía, la tuberculosis y las enfermedades intestinales
seguían proliferando y segaban más vidas que la fiebre amarilla, al mismo
tiempo que dejaban en completo estado de debilidad a un número de personas dos
o tres veces mayor que el de muertos, hechos que la opinión pública
estadounidense no llegaba a comprender. Entre el 1 de mayo y el 31 de agosto de
1905, época de la llamada epidemia de fiebre amarilla, esta enfermedad se cobró
cuarenta y siete vidas. En el mismo período, casi se duplicó el número de los
que murieron de malaria, cuarenta y nueve murieron de neumonía, cincuenta y
siete de diarrea crónica, y cuarenta y seis de disentería. Los trabajadores
negros eran los más duramente golpeados por la malaria y la neumonía. Cuando la
peste bubónica brotó por segunda vez en La Boca, la víctima fue de nuevo un
barbadiano.
Pero aunque a largo plazo se consideraba esencial la reducción drástica de
todas las enfermedades, la fiebre amarilla tenía que ser el objetivo inmediato.
Librar al Istmo de la fiebre amarilla, afirmaba Gorgas, sería liberarlo del
miedo.
Ahora dirigía la campaña sanitaria más concentrada y costosa que se hubiera
visto hasta entonces. Stevens, como se ufanaría más tarde, «lanzó todo el peso
del departamento técnico» en su apoyo. A partir de entonces, Gorgas tendría
prioridad para la mano de obra y se daría preferencia a sus peticiones. En
noviembre ya había cuatrocientos hombres dedicados a los proyectos de Gorgas.
Hasta entonces, su presupuesto anual para todos los gastos y materiales se
había limitado a 50.000 dólares. Stevens firmaría recibos de 90.000 dólares
gastados solo en malla metálica. Gorgas conseguía ahora todos los materiales
que necesitaba con un mínimo de trámites burocráticos: 120 toneladas de
piretrina (en vez de ocho toneladas), 300 toneladas de azufre y 189.000 litros
de queroseno al mes. Se pidieron 3.000 contenedores de basura, 4.000 cubos,
1.000 escobas, 500 cepillos de fregar, ácido fénico, azufre en polvo, alcohol
metílico, cloruro de mercurio, 2.500 kilos de «jabón común», candados,
linternas, machetes, cortacéspedes, 1.200 fumigadores y 240 trampas para ratas
solo para los terrenos del hospital.
La ciudad de Panamá se fumigó casa por casa, algunos sectores varias veces. Lo
mismo se hizo en Colón. Las brigadas fumigadoras —cientos de hombres que
llevaban escalerillas, botes de engrudo, cubos, rollos de papel de estraza y
periódicos viejos— se esparcían por las calles en la madrugada como un extraño
ejército de ocupación. Y al atardecer, cuando ya se habían ido, tiras de papel
revoloteaban en las ventanas y puertas de cientos de casas.
La persistencia con la que se localizaban los nuevos casos de fiebre amarilla
puede verse en este ejemplo tomado de un informe oficial:
Se informó de que había un hombre enfermo en un hotel […].
Cuando se le buscó, había desaparecido. Al día siguiente se le encontró
borracho en la calle y se le envió al hospital, donde, tras diagnosticar su
caso como fiebre amarilla, empezó a delirar y murió. Había afirmado que había
permanecido en el hotel todo el tiempo, pero como esa casa estaba llena de
personas no inmunes y ningún otro caso se había presentado en ese lugar, era
evidente que había contraído la enfermedad en algún otro sitio. El hombre murió,
nadie lo conocía y parecía que no se podía obtener ninguna información. Se
supo, sin embargo, que otra persona de la misma nacionalidad que el fallecido
tenía la costumbre de visitar un café cercano. Se interrogó a todos sus
compatriotas de ese establecimiento. Por fin se encontró a un hombre que dijo
que lo había visto con un italiano. Entonces se entrevistó a cada italiano que
se pudo encontrar, y finalmente se dio con uno que afirmó haber visto al
fallecido con el cantinero del teatro en dos ocasiones. Se buscó al cantinero y
no se le pudo encontrar. Después de una cuidadosa búsqueda, fue localizado al
día siguiente. Estaba en cama y tenía fiebre amarilla. Declaró que el hombre
que había muerto de fiebre amarilla, aunque se había registrado en el hotel,
había estado durmiendo todo el tiempo en el mismo cuarto que él en el teatro.
Parecía probable que el teatro hubiera sido el centro de infección, por lo cual
fue fumigado. Pocos días después se descubrió un tercer caso, el de una niñita
que había estado todas las noches en el teatro con su madre, con lo que se
confirmaron los indicios que ya se tenían.
Las cisternas y letrinas se rociaban con queroseno una vez a la
semana. Pero lo más crucial fue que se proporcionó agua corriente a la ciudad
de Panamá, Colón, Cristóbal, Ancón, La Boca, Imperio y Culebra, con lo cual se
eliminó, después de siglos, la necesidad de contar con recipientes domésticos
para su recogida.
Stevens no hizo una declaración pública de fe en Gorgas o en la teoría del
mosquito. «Como muchos otros probablemente, tenía cierta idea sobre la teoría
del mosquito —recordaría— […] pero como la mayor parte de los profanos en esta
materia, tenía poca fe en su efectividad y nunca soñé que su importancia fuera
tan tremenda.» Pero la presencia de Gorgas parecía «un acto de la Providencia»
y a Stevens le decía su instinto que había que respaldar a Gorgas plenamente.
Cuando se inició en Washington un movimiento para separar al médico de su
puesto —iniciado por Shonts y apoyado por Taft—, Stevens contraatacó. Taft
pensaba que Gorgas no tenía «ninguna capacidad ejecutiva». Shonts, quien
parecía estimar mucho a Gorgas, confiaba poco en la teoría del mosquito y no
era menos insistente que su predecesor, el almirante Walker, en que la tarea
prioritaria debería ser «limpiar completamente» Panamá. Shonts ya había
encontrado un sustituto para Gorgas: un hombre del Johns Hopkins llamado
Hamilton Wright, y se dirigió a Oyster Bay para anunciarle a Roosevelt lo que
pensaba hacer. Pero Stevens insistió por carta desde Panamá en que Gorgas debía
quedarse, y de este modo el asunto se convirtió en una contienda cuya decisión
última correspondía a Roosevelt. Una vez más, el presidente consultó con el
doctor Welch, así como con el doctor Alexander Lambert, amigo y compañero de
caza.
En realidad, a Welch se le pidió que recomendara a Wright, colega suyo en el
hospital Hopkins, más que un comentario sobre Gorgas y su progreso relativo en
Panamá. Pero además de atestiguar la capacidad de Wright, Welch insistió en que
no había nadie mejor preparado para dicho trabajo que Gorgas. El mejor hombre
se encontraba ya en el puesto, fue su mensaje implícito. «Ojalá hubiera más
hombres en Estados Unidos —escribía Roosevelt en respuesta a Welch— que
tuvieran el valor moral de escribir cartas de recomendación tan honradas como
las suyas.»
El doctor Lambert expresó sus puntos de vista durante una conversación privada
mantenida en el estudio de Sagamore Hill. «El hedor y la suciedad no tienen
nada que ver con la malaria o la fiebre amarilla —afirmó Lambert—. Usted se
encuentra ante la decisión más importante de su carrera. Tiene que escoger entre
Shonts y Gorgas. Si vuelve a caer en los antiguos métodos de saneamiento,
fracasará como fracasaron los franceses. Si respalda a Gorgas y sus ideas y le
deja proseguir su campaña contra los mosquitos, conseguirá construir el canal.»
Según la versión que Lambert ofreció de la conversación, Roosevelt decidió en
ese momento que Gorgas se quedaría. Shonts fue llamado a la Casa Blanca poco
después y se le pidió que «respaldara a Gorgas». Tuvo el mérito de aceptar la
decisión y se encargó de que el Departamento de Sanidad fuera lo que debía
haber sido desde el principio, un organismo independiente que informara de
forma directa al presidente de la junta. Shonts, como escribió Gorgas tiempo
después, era un hombre «que pensaba y actuaba en millones [dólares] cuando los
oficiales del Ejército y la Marina lo hacíamos en miles […]. Nunca me hubiera
atrevido a solicitar las cantidades inmensas de dinero que él me autorizó a
gastar».
Pero en su opinión el verdadero héroe era Stevens. «El efecto moral de que una
autoridad tan elevada adoptara dicha posición en este período […] fue enorme
—escribió Gorgas— y es difícil calcular cuánto le deben las condiciones de
salubridad en el Istmo a este hombre por su éxito posterior.» Años después, le
escribió a Stevens en privado: «El hecho es que usted es la única autoridad
importante del Istmo que siempre prestó su apoyo al Departamento de Sanidad […]
antes y después de su etapa en el cargo. Por consiguiente, entenderá que
nuestras relaciones mutuas permanezcan en mi memoria como un oasis verde y
agradable».
La erradicación de la fiebre amarilla en La Habana había durado ocho meses. En
Panamá fue necesario casi un año y medio. Pero de no ser por Stevens se hubiera
tardado muchísimo más tiempo. Sin duda, si Stevens hubiera sido el ingeniero
jefe desde el comienzo, se habrían salvado bastantes vidas; habría habido menor
aflicción y no habría habido pánico. Una vez que el programa de Gorgas se puso
en marcha, la incidencia de la fiebre amarilla disminuyó con la misma rapidez
espectacular que en La Habana. La epidemia terminó en septiembre, mes en el que
solo hubo siete casos y cuatro muertes. Una tarde, varias semanas después,
Gorgas y varios miembros de su equipo se reunieron en la sala de disección en
Ancón para efectuar una autopsia. Gorgas les dijo que «miraran bien a ese
hombre» porque era el último cadáver debido a la fiebre amarilla que verían. En
diciembre la enfermedad había desaparecido del Istmo.
II
John Stevens marcó el comienzo de la que iba a conocerse en el
Istmo como la Era del Ferrocarril. Y una de las ironías de la historia es que
cuando el canal empezó a funcionar, el invisible espíritu rector fuera James J.
Hill. Stevens no solo era un hombre de Hill, sino que dirigió la obra de la
misma manera que Hill dirigió el Great Northern. Sin duda, la construcción del
canal de Panamá fue, entre otras cosas, uno de los mayores triunfos de la
ingeniería de ferrocarriles estadounidense.
En el Great Northern a los hombres «más idóneos» se les dio gran autoridad y
luego se les pidió estricta cuenta de los resultados. El conocimiento de los
detalles se consideraba importante en todos los niveles, pero era obligatorio
para los directivos al mando. «La administración inteligente —según la conocida
frase de Hill— […] debe basarse en el conocimiento exacto de los hechos. Las
conjeturas no sirven.» Al principio parecía discutible que se pudieran
encontrar muchos hombres idóneos entre los veteranos del fracaso de Wallace.
Las bajas por enfermedad, las deserciones precipitadas y la gran dificultad
para contratar nueva gente había dado como resultado que ascendieran a puestos
clave jóvenes que en condiciones normales nunca lo habrían logrado.
«Personalmente, siempre he agradecido a la fiebre amarilla que me ofreciera la
primera gran oportunidad de mi vida», escribía Robert E. Wood casi sesenta años
después. Era un teniente de navío de veinticinco años, no «pensaba contraer la
fiebre, y no la contrajo […]. Todo el que se quedaba, era ascendido». Erguido,
bien afeitado, con la mandíbula cuadrada y prominente de un héroe de Charles
Dana Gibson, Wood se encontraba entre los primeros en los que Stevens se había
fijado para realizar su reorganización. Asignado al Departamento de Mano de
Obra y Vivienda, Wood iba a convertirse después en jefe del Servicio de
Intendencia de la Zona; más adelante llegaría a ser el general Wood y
finalmente el genio rector de Sears, Roebuck and Company.
Frank Maltby, jefe de división de Wallace en Colón, fue convocado a la ciudad
de Panamá una vez que Stevens se hubo establecido. «Estábamos sentados en la
terraza bajo una luna llena tropical […]. Todos los demás habían desaparecido
—escribiría Maltby recordando la entrevista—. El señor Stevens no hablaba
mucho, pero hacía preguntas, y en gran cantidad. Se puso al corriente de todo
lo que yo sabía. Me volvió del revés y exprimió hasta la última gota de
información […]. Nos retiramos a la una de la madrugada.» Al día siguiente,
Stevens cablegrafió a Washington para comunicar que ya tenía el hombre que
precisaba para el puesto de Colón; sería Maltby, cetrino y de piernas largas, a
quien le dio la siguiente consigna: «No será despedido si hace algo, pero se le
despedirá si no hace nada. Si hace algo mal, puede corregirlo, pero no hay
manera de corregir lo que no se ha hecho».
El ingeniero principal de Wallace en Culebra, un hombre sombrío y de aspecto
amenazador llamado W. E. Dauchy, también se quedó, pero no por mucho tiempo.
Con unas cuantas excepciones, todo el resto del nuevo equipo estaría formado
por hombres del ferrocarril experimentados traídos por Stevens. El fallo de
Ferdinand de Lesseps había sido no concebir el proyecto como un problema
fundamentalmente de ferrocarril y no haber enviado a ningún especialista en
ferrocarriles a Panamá. Stevens, en cambio, consideró ese aspecto básico y solo
contrató a especialistas en ferrocarriles. Jackson Smith, un joven maleducado
pero eficiente que se había dedicado a la construcción de ferrocarriles durante
cinco años en México y Ecuador, sustituyó al teniente Wood como jefe de Mano de
Obra y Vivienda. William Belding, el nuevo jefe de construcción de edificios,
había estado encargado de lo mismo en el Illinois Central. Edward J. Williams,
el nuevo pagador, había desempeñado idéntico puesto en el Chicago and North
Western. Un antiguo auditor general de la Oregon Rail Way and Navigation
Company era el nuevo jefe de contabilidad. Un almacenista general del Great
Northern era el jefe de Materiales y Abastos. William Grant Bierd, traído para
dirigir el ferrocarril de Panamá, había estado con Stevens en el Chicago, Rock
Island and Pacific. Reemplazó al ilustre coronel Shaler, quien se esfumó
silenciosamente a un retiro permanente.
El único hombre recomendado con insistencia a Stevens desde Washington —tanto
por Taft como por Shonts— no le interesaba porque no estaba relacionado con los
ferrocarriles. Taft pensaba que había encontrado al ingeniero adjunto perfecto,
alguien «extraordinariamente capaz», según anunció a Roosevelt, que podía
reemplazar a Stevens si a este se le ocurría hacer lo mismo que Wallace. Se
trataba del mayor George Goethals. Shonts lo describía en una carta a Stevens
como el mejor ingeniero constructor del Ejército, satisfactorio en todos los
aspectos: «directo, lleno de recursos, enérgico y un trabajador de la más
agradable personalidad». Taft llegó a llevarlo al Istmo en uno de sus viajes de
inspección. Pero Stevens no quiso saber nada y Goethals regresó a Washington.
Stevens se dio cuenta de inmediato, a diferencia de los franceses, de que el
ferrocarril de Panamá era la línea vital mediante la cual no solo se podrían
mover libre y eficientemente hombres, alimentos, materiales y cuanto se
necesitaba para mantener el trabajo, sino también los trenes que sacaban la
tierra de Culebra. También se dio cuenta de que no tenía sentido trabajar si no
era con el equipo más grande y pesado posible. Los franceses habían tratado de
mejorar su rendimiento modificando continuamente su maquinaria, utilizando diferentes
tipos de equipo en diversas combinaciones, pero en general era demasiado
pequeño y ligero para la magnitud de la tarea. «Ahora yo diría que la
maquinaria [francesa] en comparación con la moderna eran como carritos para
bebé comparados con automóviles —observó Stevens—, lo cual no es un reproche
contra los franceses, pero no puedo concebir cómo pudieron hacer la labor que
hicieron con la maquinaria que tenían.»
Para empezar, las mismas vías eran demasiado ligeras. A su juicio, el
ferrocarril, tal como estaba, era un juguete patético. El equipo del Great
Northern era cuatro veces mayor que el utilizado en la pequeña línea selvática.
(Hill había sido el primer barón del ferrocarril que equipó su línea con
vagones de carga de gran capacidad y locomotoras enormes.) Así pues, en el
término de un año, se reparó por completo la línea para dotarla de vías dobles
con raíles más pesados. Se reforzaron los puentes, se mejoró el sistema de
señales y desvíos, y se rehabilitó o reemplazó el equipo. Se instaló un nuevo
sistema de teléfonos y telégrafos, utilizando raíles viejos como postes. Se
construyeron almacenes y talleres de reparación, y se levantaron enormes
cobertizos para las locomotoras en Matachín. Se pidieron vagones de carga,
vagones de volteo, vagones refrigerados y más de cien locomotoras, todo lo cual
debería embarcarse desarmado para armarse al llegar en los nuevos talleres.
Para hacer funcionar la línea, se trajo todo un equipo nuevo: jefes de estación
y tren, inspectores, expendedores, mecánicos, y lo que Stevens describía como
«un ejército de revisores, maquinistas y guardagujas».
Hasta que se terminó el nuevo sistema de aguas de Colón, se utilizó la vía
férrea para transportar cargas completas de agua potable a la ciudad, noche y
día. El ferrocarril aportaba la mano de obra, dirigía los economatos y la
Panama Steamship Company, mediante la cual se enviaban los alimentos desde
Nueva York. Junto con las nuevas instalaciones de la terminal en Cristóbal, se
construyó una enorme planta frigorífica. Pronto empezaron a distribuirse de
forma regular alimentos perecederos cada mañana a lo largo de toda la línea.
Los hombres que reconstruían el ferrocarril y los que levantaban los nuevos
pueblos junto a las vías empezaron a disfrutar de lujos como huevos frescos,
lechuga y alimentos preparados congelados. Se construyó una panificadora capaz
de producir cuarenta mil barras de pan a diario.
No había constructor de edificios ni empresa constructora de cierta solvencia
que no estuviesen vinculados con el ferrocarril. Era como si toda la actividad
de un proyecto ordinario de ferrocarril a gran escala, que suele extenderse por
un amplio espacio abierto, se hubiera comprimido en este estrecho corredor de
80 kilómetros, con lo cual todo parecía intensificarse extremadamente. El
número de trabajadores se triplicó en los seis meses posteriores a la llegada
de Stevens. A finales de 1906 había casi veinticuatro mil hombres trabajando,
más de los empleados para el Union Pacific en el trayecto final hasta
Promontory (Utah); y más de los que había habido durante los años en que los
franceses estuvieron en Panamá. Durante varios meses había tenido a doce mil
hombres sin hacer otra cosa que levantar edificios.
* * * *
De nuevo, como durante el esfuerzo francés, los trabajadores
llegaron de todas partes del mundo —noventa y siete países, según los
registros—, pero también de nuevo los trabajadores no cualificados de pico y
pala eran casi todos negros, y esta vez fue Barbados, más que Jamaica, el que
proporcionó la mayor parte. Debido a la experiencia sufrida por los jamaicanos,
que quedaron desamparados en el Istmo al fracasar la aventura de De Lesseps, el
Gobierno de Jamaica no permitió que hubiera reclutamientos en la isla e impuso
un impuesto sobre cualquiera que deseara ir a trabajar al canal. Como
resultado, los jamaicanos que emigraron a Panamá lo hicieron por su propia
voluntad, y la mayoría eran artesanos cualificados, los únicos que podían pagar
el impuesto.
En las islas donde se permitió el reclutamiento, a todos los trabajadores se
les hizo un contrato por el cual se les daba gratis el pasaje a Colón y se les
garantizaba también gratis la repatriación, si así lo querían, después de
quinientos días de trabajo (aproximadamente un año y ocho meses). Martinica y
Guadalupe contribuyeron con siete mil quinientos hombres, pero el total de los
que vinieron de Barbados llegó casi a veinte mil.
El sueldo era de diez centavos por hora, diez horas al día y seis días a la
semana. La separación por el color, según una regla no escrita seguida por el
ferrocarril, al igual que por la sociedad panameña en general, se convirtió en
una política establecida. Había comedores separados para negros. El
alojamiento, la instrucción y la hospitalización estaban segregados y no eran
en absoluto iguales. También existía discriminación en el ferrocarril, aunque
nunca fue demasiado estricta. El viaje por ferrocarril se hacía en primera o en
segunda clase, y aunque la mayoría de los blancos viajaba en primera, y la
mayoría de los negros en segunda, los jornaleros blancos con sueldos bajos
solían viajar en segunda, del mismo modo que los trabajadores negros
cualificados que ganaban sueldos altos a veces viajaban en los vagones de
primera.
En todos los reglamentos y documentos oficiales, así como en las oficinas
postales y otros lugares públicos, la línea de color se expresaba en «oro» y
«plata» en lugar de negro y blanco, debido al sistema de pago. A los
trabajadores no cualificados se les pagaba en plata panameña, en balboas,
nombre de las monedas de uso corriente. Por su parte, a los estadounidenses se
les pagaba en oro, que seguía siendo el patrón monetario de Estados Unidos. Y
puesto que casi la mayoría de los trabajadores no cualificados eran negros y
casi todos los estadounidenses contratados eran trabajadores cualificados y
blancos, los términos «nómina dorada» y «nómina plateada» se convirtieron casi
en sinónimos de trabajadores cualificados blancos provenientes de Estados
Unidos (que podían abarcar desde un ingeniero mecánico, un empleado postal, una
enfermera o un maquinista) y de trabajadores negros no cualificados súbditos
británicos (casi todos de Barbados y analfabetos; pero que también podían ser
artesanos cultos de lengua francesa originarios de Martinica, un supervisor
suizo o un inculto español o italiano).
Se abrieron oficinas de reclutamiento en Nueva York y Nueva Orleans, y se
enviaron agentes reclutadores desde Washington para recorrer todo el país en
busca de personal. La variedad de habilidades y especialidades que tuvieron una
demanda súbita fue enorme. Según el cálculo de Stevens, al año siguiente se
necesitaron 4.892 trabajadores estadounidenses cualificados en unas cuarenta
especialidades diferentes: albañiles, herreros, caldereros, conductores,
cocineros, inspectores de vagones, mecánicos, capitanes de barco, carpinteros
(1.710 carpinteros fue la petición específica), calafateadores, operadores de
draga, operadores de taladro de mano, operadores de taladro mecánico, ayudantes
para los operadores de taladro mecánico, transportistas de máquinas y sus
ayudantes, bomberos, herreros, litógrafos, maquinistas, sobrestantes,
vaciadores, arquitectos, ingenieros navales, fontaneros, revocadores,
plantilleros, pintores, montadores de tuberías, aparejadores, carpinteros de
barco, maquinistas de pala mecánica, maquinistas de grúa, fogoneros,
cronometradores, vigilantes y camareros.
Se ofreció transporte gratuito al Istmo; alojamiento y atención médica
gratuitos también formaban parte del aliciente. El sueldo medio mensual era de
87 dólares. Sin embargo, los resultados fueron desalentadores. Era muy
frecuente que quienes solicitaban un puesto fueran personas incapaces de
mantener un trabajo. Eran tiempos prósperos en Estados Unidos y la publicidad
que se le había dado a la fiebre amarilla había socavado mucho el atractivo
patriótico o romántico que de otro modo podría haber tenido Panamá. En vez de
4.892 trabajadores cualificados, Stevens solo consiguió 3.243, y al año más de
la mitad encontrarían la vida en Panamá mucho más difícil de lo que se habían
imaginado y regresarían a casa.
Aunque en las primeras etapas se consideró la idea de construir el canal solo
con mano de obra estadounidense cualificada y no cualificada, y la prensa la
reflejó de forma idealista, nunca llegó a tomarse en serio. Los trabajadores
blancos no cualificados, incluso los que se encontraban en el extremo inferior
de la escala salarial, no deseaban ir a Panamá. Los dirigentes sindicales se
opusieron con fuerza a cualquier embarque de hombres para esa «trampa mortal»,
en especial después de que un equipo de inspección japonés en el que iban los
representantes de los grandes contratistas de mano de obra nipona informó de
que el Istmo era demasiado inseguro y arriesgado para la vida de sus hombres.
Según la doctrina aceptada, lo que se necesitaba para el pesado trabajo físico
eran batallones de hombres que por naturaleza y hábito pudieran soportar el
clima agotador: negros de las Indias Occidentales. También se tomó en cuenta
que los negros estadounidenses podrían servir —como propuso una vez el general
Ben Butler a Abraham Lincoln—, pero topó con una fuerte oposición por parte de
los congresistas sureños, quienes preveían que sus estados natales se verían
despojados de improviso de su dotación natural de mano de obra barata.
La ineficiencia comparativa e ignorancia técnica de los indios occidentales se
convirtió en un terrible problema para los ingenieros y capataces
estadounidenses, muchos de los cuales sentían una inclinación natural a
despreciar a cualquier negro, sobre todo si tenía acento británico. Según la
apreciación de Stevens, la eficiencia del indio occidental medio era un tercio
de la de un jornalero estadounidense, blanco o negro.
A los reporteros se les habló de la «irresponsabilidad infantil» de los indios
occidentales. Se decía que eran «derrochadores […] tontos […] poseídos de un
terrible odio a cualquier otra cosa que no fuera conversar». Y por propia
observación, los reporteros llegaron a la misma conclusión. Un escritor de la
popular revista Outlook declaró que en todas las semanas que
había pasado en el Istmo nunca había visto que un indio utilizara el pico como
es debido y que «su torpeza era increíble».
No importa si están cavando una zanja para tuberías en Colón,
poniendo durmientes en el fondo del Gran Tajo, o levantando los antiguos
empedrados de las calles de Panamá. Verlos trabajar, aunque no sea más que
durante un día, es suficiente para darse cuenta del peor problema que arrostran
nuestros ingenieros. La única mano de obra que pueden encontrar en el
hemisferio occidental para la construcción del canal posee una tercera parte de
la eficiencia de nuestra mano de obra en el norte. Cualquier movimiento de un
indio occidental es lento y desmañado; cualquier pequeño tema es objeto de
discusión; cualquier cosa es excusa suficiente para interrumpir el trabajo. Una
lenta mirada hacia arriba de dos o tres de la cuadrilla suele ser la única
señal de que han escuchado la advertencia del capataz, puesto que no cambian el
ritmo ni la manera de trabajar.
Sin embargo, el mismo escritor podía ver «cierta e injustificada
crueldad» en obligar a «pobres seres mal alimentados» a trabajar de ocho a diez
horas bajo semejante calor. «Hasta que no se ha intentado hacer un buen trabajo
durante quince minutos con un pico y una pala durante la época de lluvias […]
no se puede percibir la fatiga que el calor causa incluso en el trabajador que
está acostumbrado a ese clima.»
Por la experiencia que había tenido en el oeste, Stevens prefería contratar
cuadrillas de trabajadores chinos a todas las restantes opciones, y quería que
llegaran a Panamá lo antes posible. Así pues, se ofreció contratar quince mil
chinos con la misma escala salarial que se pagaba a los indios occidentales.
Pero el Gobierno había excluido la importación de tales trabajadores desde
1882, y la perspectiva de embarques completos de mano de obra culi a la zona
del canal fue recibida con la que Stevens llamó «la acostumbrada protesta». Los
panameños protestaron todavía más fuerte. Como reacción al éxito de los
comerciantes chinos en Colón y la ciudad de Panamá, muchos de ellos
descendientes de los trabajadores chinos abandonados por anteriores proyectos,
la nueva república había proclamado su propia ley de exclusión de chinos. Es
más, el Gobierno chino también protestó por las mismas razones que habían
expuesto los contratistas japoneses.
Así que se abandonó el proyecto. A Stevens le enfureció el aspecto político del
incidente, pues no podía comprender qué diferencia había en que un trabajador
fuera blanco, negro o amarillo; o por qué algunas personas preferían gastar
millones en una variedad más que en otra, cuando el rendimiento de la otra era
muy superior.
Como experimento, había traído a varios miles de trabajadores no cualificados
de las provincias vascas de España. La dureza física de estos hombres, su
efectividad dondequiera que la cuadrilla de trabajo era requerida (como en una
vía móvil de ferrocarril), resultó tan excepcional, que importó cerca de ocho
mil hombres más y les pagó el doble de lo que se estaba pagando a los indios
occidentales, medida que justificó alegando que trabajaban tres veces más.
Pero el reclutamiento en Barbados prosiguió con toda la rapidez posible bajo la
dirección de William Karner, antiguo asistente de Wallace. Apenas había trabajo
en esa isla tan sobrepoblada. El populacho, negro y desesperadamente pobre,
sobrevivía gracias a unos cuantos meses de trabajo durante la siembra y cosecha
de las plantaciones azucareras, que era cuando un hombre robusto podía ganar
alrededor de veinte centavos al día, la misma cantidad que podía ganar en
Panamá en dos horas. De modo que por cada hombre que era elegido para ir a
Panamá había cinco o más ansiosos de tener la misma oportunidad. En la época en
que Karner abrió su oficina de reclutamiento en Trafalgar Square, en
Bridgetown, la policía tuvo que mantener a las multitudes en orden.
Los exámenes se llevaron a cabo en una galería enorme y vacía. Los hombres, en
grupos de cien al mismo tiempo, eran formados en fila junto a la pared. A los
que parecían demasiado viejos, demasiado jóvenes o demasiado débiles se les
decía que se fueran. A los otros se les examinaba primero de tracoma, después
se les pedía que se desnudaran y a continuación se vigilaba la tuberculosis,
problemas cardíacos y hernias. Cuando el proceso terminaba, solo unos veinte
eran aceptados. Un corresponsal que presenció una de estas sesiones escribió
que jamás había visto hombres con un aspecto más serio hasta que el doctor les
dijo a los veinte restantes que habían sido elegidos para ir. El cambio fue
inmediato: comenzaron a gritar y a danzar, dándose mutuamente palmadas en los
hombros.
Un chorro de luz entraba por la ventana del fondo, y varias
franjas se proyectaban a través de las tejas rotas sobre sus cuerpos desnudos.
Era un espectáculo, una especie de danza de guerra, la forma como expresaron su
alivio […]. Ser rechazados significaba para ellos y para su familia casi la
inanición; ser aceptados, en cambio, una increíble riqueza: un dólar al día.
Todos fueron vacunados […] firmaron sus contratos y bajaron las escaleras
haciendo cabriolas para comunicar las buenas nuevas a sus amigos que los
esperaban en la plaza.
Los días que zarpaban los barcos hacia Panamá eran ocasiones que
se recordaban durante años, pues miles de mujeres se reunían en el muelle para
decir adiós a los hombres. «Nunca había visto tantas mujeres negras en mi vida
—escribía el corresponsal—. Todas iban vestidas con sus alegres ropas
domingueras y todas se lamentaban a gritos.» Los vapores del Royal Mail se
hacían a la mar sin una pulgada de espacio desocupado y con una media de
setecientos u ochocientos pasajeros. Los casi veinte mil hombres reclutados en
Barbados durante los años de construcción del canal representaban el 10 por 100
de la población de la isla y aproximadamente el 40 por 100 de los adultos
masculinos. Casi todos los hombres fuertes y sanos salieron para construir el
canal, y el dinero que enviaban a la isla suponía casi trescientos mil dólares
anuales.
Para el indio occidental medio, las semanas iniciales en Panamá —el constante
movimiento de hombres y equipo, los reglamentos, los programas, la confusión y
el ruido— eran algo totalmente ajeno a su experiencia, a veces aterrador y con
frecuencia muy desagradable. Debe recordarse que la mayoría de esos hombres
jamás habían oído el ruido de una locomotora. Eran trabajadores de los campos
de caña que desconocían por completo la maquinaria moderna de cualquier tipo.
En una ocasión, en octubre de 1905, varios cientos de hombres que llegaban de
Martinica se aterraron tanto ante la perspectiva de ser vacunados que se
negaron a abandonar el barco cuando atracó en Colón, y hubo que obligarlos a bajar
a tierra.
Cuadrilla de peones de vías españoles. (Compañía del canal de Panamá)
Quince años después, en Barbados, Jamaica, Santa Lucía,
Trinidad, Antigua, Martinica y San Vicente, los viejos recordarían haber sido
hacinados a bordo de su primer tren de trabajadores («cuando digo tren, no
quiero decir tren de pasajeros; era un tren de carga»); o haber sido puestos a
trabajar cuando todavía llevaban sus mejores ropas o el sombrero comprado
especialmente para el viaje.
Marchaban a cientos para cavar zanjas, cortar maleza, cargar madera y descargar
furgones de dinamita. «Yo cargaba y descargaba cemento —recordaba uno de
ellos—. Acarreé madera hasta que se me despellejaron los hombros.» En general
se hacía caso omiso de la preparación u oficios previos; antiguos maestros de
escuela y hábiles artesanos se convirtieron en mensajeros y camareros;
experimentados carpinteros fueron puestos a afilar estacas para los ingenieros.
Rara vez algún negro llegó a un nivel de inspección, y nunca sobre hombres
blancos.
En los campamentos, a cada hombre se le asignaba una tienda o una de las nuevas
barracas y se le daba un plato, una taza y una cuchara de aluminio, y un
brazalete con un número. La comida que se les proporcionaba sería recordada por
algunos como suntuosa («carne salada, pan, café que disfrutábamos […] pan,
sardinas y helado […] y nunca olvido nuestro helado porque era refrescante»),
Pero la mayoría de estas manifestaciones datan de una época posterior. En
realidad, la comida en los comedores de los campamentos de trabajo parece haber
sido horrible, o por lo menos lo bastante mala como para que en 1906 alrededor
de dieciséis mil trabajadores prefirieran valerse por sí mismos, cocinando sus
propios alimentos en cazuelas de hierro. En realidad, tan poco les preocupaba a
los indios occidentales la comida y el alojamiento que se les proporcionaba y
tan grande era su disgusto por las reglas que existían en las barracas, que
solo uno de cada cinco se quedaba en el campamento, mientras el resto se
apiñaba en las barriadas pobres de Colón y de la ciudad de Panamá, o levantaba
su propia choza en la maleza, igual que en la época del canal francés.
Poco tiempo después de su llegada al Istmo, John Stevens había observado a tres
indios occidentales que trabajaban con una carretilla. Cuando estaba llena, dos
de ellos la colocaban sobre la cabeza del tercero, quien la transportaba a
cuestas. Esta escena era una de las que con frecuencia utilizaba para describir
la variedad de problemas a los que tenía que hacer frente. Pero el mismo
Stevens afirmó que los indios occidentales podían aprender rápido si se les
daba la oportunidad, y sugirió que su dieta podía explicar su relativa lasitud.
En ambas cosas demostró estar en lo cierto. Poco a poco los indios occidentales
fueron mejorando su uso de las herramientas y aprendieron a trabajar al unísono
y en combinación con la maquinaria pesada, como muchos de ellos recordarían
después con orgullo. La sustitución de su dieta tradicional, alta en almidones
y baja en proteínas (principalmente, arroz y ñame), por alimentos más
nutritivos tuvo su efecto. Sin embargo, mientras el rendimiento de los
indígenas mejoró, el de los trabajadores hispanos descendió; se fueron
volviendo menos laboriosos, menos capaces de soportar el clima. Con el tiempo
no se apreciaría diferencia en la eficiencia de un grupo comparado con el otro.
«Los indios occidentales, aunque lentos, habían aprendido diversos oficios, y
muchos de ellos se convirtieron en constructores de primera clase —escribiría
después en su informe oficial final Robert Wood—. La mayor parte del trabajo de
construcción en el canal lo hicieron carpinteros, albañiles y pintores de las
Indias Occidentales […] y al final del período de construcción, permanecían en
sus puestos con la misma firmeza que los españoles e incluso que los
estadounidenses.»
* * * *
El estruendo de los martillos y de las sierras podía escucharse
de un extremo al otro de la línea. Stevens señalaba que no había ni medio
kilómetro entre Colón y la ciudad de Panamá que no mostrara señales de las
«tremendas actividades» de su departamento de construcción, afirmación que
puede que no fuera literalmente cierta, pero sí correspondía a la impresión de
todos. Durante la etapa del anterior ingeniero jefe, el año en que John Wallace
ocupó el cargo, se habían renovado un total de 336 viejas estructuras francesas
y levantado 150 nuevos edificios. En el primer año de Stevens al mando, se
renovaron 1.200 estructuras y se construyeron 1.250 nuevas.
Se reunieron montañas de suministros; los escombros de las viejas estructuras
francesas se utilizaron para rellenar pantanos. Y aunque gran parte de lo que
ocurría parecía confuso incluso para los ojos expertos —para el mayor Goethals,
por ejemplo, todo aquello era un completo caos—, iban tomando forma una nueva
comunidad después de otra, y Stevens se portaba siempre como si todo fuera
progresando de la manera más ordenada y tranquila.
«En su despacho, su escritorio está siempre limpio —escribió Frank Maltby— y
aparentemente no tiene nada que hacer.» Los reporteros lo describían como «un
tipo que […] siempre dispone de tiempo», y nunca está atrasado en su
correspondencia.
Muy preocupado por la moral de los trabajadores estadounidenses cualificados y
por el constante cambio de personal, había hecho construir clubes, había
organizado conciertos semanales, había establecido una liga de béisbol con los
equipos formados en los diversos asentamientos del trazado del canal. Cuando un
joven administrativo le informó de que no se habían asignado fondos para
construir campos de béisbol, Stevens replicó que se incluyeran en gastos
sanitarios.
A los hombres casados de la «nómina dorada» se les animó a que enviaran por sus
familias tan pronto como hubo viviendas disponibles, y a los no casados, a que
se casaran cuando tuvieran la menor oportunidad. Para evitar disputas o rivalidades
por el hospedaje, se decidió que cada hombre dispusiera de 30 centímetros
cuadrados de espacio por cada dólar que ganara al mes. La regla se aplicó lo
mismo a los cuartos de los casados que a los de los solteros; pero a las
esposas también se les dio derecho a un espacio similar por cada dólar ganado
por su marido[20]. Esta regla,
ideada y puesta en práctica por Jackson Smith, a quien desde entonces se le
conoció como Pulgada Cuadrada Smith, establecía una norma
entendida por todos. También proporcionaba un fuerte incentivo para progresar,
sobre todo con la llegada de un número cada vez mayor de esposas.
La mayor parte de las casas nuevas tenían dos pisos, con dos o cuatro
apartamentos cada uno, y estaban rodeados por corredores protegidos con
mosquiteros. Eran edificios grandes y sencillos de tablas de pino, bastante elevados
del suelo y pintados de gris con rebordes blancos. Los techos eran de lámina
corrugada. No eran del mejor gusto, pero con sus altos techos y amplias
ventanas laterales estaban perfectamente adaptados para el clima.
Cada apartamento estaba equipado con instalaciones sanitarias modernas y
amueblado a expensas del Gobierno. El carbón para cocinar, el hielo para la
«nevera», el agua, la electricidad, la recogida de basura, el mantenimiento y
el cuidado de los céspedes se proporcionaba gratuitamente. Del mantenimiento de
los «hoteles» para solteros, grandes casas irregulares semejantes a cualquier
hotel de precio medio de la costa de Nueva Jersey, se ocupaban limpiadores de
tiempo completo, pero los empleados casados estaban obligados a limpiar por sí
mismos.
* * * *
A los ojos de un ingeniero profesional como Stevens, en ciertos
aspectos, el canal era una empresa más sencilla que otros proyectos de
ingeniería menos notables de la época. Había abundancia de espacio para
trabajar. No había derechos de propiedad por los que preocuparse en toda la
línea de construcción, ni posibilidad de causar daño a los edificios
existentes, ni tránsito exterior contra el que luchar. Había mano de obra; solo
los maquinistas de las locomotoras y las palas mecánicas estaban sindicados; no
había contratos que cumplir ni problemas por el suministro de dinero.
Tampoco se precisaban conceptos técnicos experimentales o radicales para llevar
a cabo la excavación. La mayor parte de lo que había que hacer ya se había
hecho antes. Lo que hacía tan excepcional la empresa era su escala abrumadora.
«No hay ningún misterio en ella —informaba Stevens a Washington— […] el
problema es de magnitud, no de milagros.»
Lo que complicaba en buena medida este problema de magnitud era, por supuesto,
la enorme y fundamental tarea de acercarse a las condiciones de una comunidad
industrial moderna en una selva ecuatorial que se encontraba a 3.000 kilómetros
de distancia de su base de abastecimiento. Cuando varios de los subordinados de
Stevens escribían después que este había puesto los cimientos para la obra, lo
que tenían en mente era los avances iniciales en vivienda, salud y
abastecimiento, su espectacular organización de hombres y máquinas.
En términos más abstractos, la mayor contribución de Stevens para resolver un
problema estrictamente profesional fue su percepción básica de la excavación
del canal como una cuestión de transporte de carga a gran escala por
ferrocarril. Tal como lo concibió Stevens, el proyecto de Panamá consistía
simplemente en mover un tonelaje sin precedentes de tierra por ferrocarril con
la menor pérdida posible de movimiento.
El reto más importante sería el Tajo de Culebra. En una carta escrita a Shonts,
con su contundente elocuencia tan característica, Stevens afirmaba lo que
debería haberse dicho desde hacía mucho tiempo aunque nadie lo hubiera hecho:
Sin embargo, debemos reflexionar en que, en el mejor de los
casos, incluso con el apoyo, el sentimiento y las finanzas de la nación más
poderosa de la tierra, estamos luchando con las fuerzas de la Naturaleza, y que
aunque nuestros deseos y ambiciones son de gran ayuda en una obra de esta
magnitud, ni la inspiración del genio ni nuestro optimismo construirán este
canal. Nada sino la tenaz determinación y el trabajo constante, persistente e
inteligente podrán obtener el resultado; y cuando hablamos de cien millones de
metros cúbicos en un solo tajo que no tiene más de catorce kilómetros de
longitud, estamos frente a una empresa más grande que cualesquiera de las que
se hayan emprendido alguna vez en la historia de la ingeniería en todo el
mundo.
Una de las propuestas recientes era arrojar toda la sección de
la divisoria al Pacífico, utilizando enormes chorros de agua, como en la
minería hidráulica. Otra propuesta igualmente fantástica era construir una
inmensa planta compresora de aire en el tajo y expeler todo el material dragado
al mar a través de grandes tuberías. El objetivo de Stevens era crear un
sistema de trenes de tierra que funcionaran como una colosal correa
transportadora y pasaran constantemente junto a las palas mecánicas que trabajaban
a distintos niveles al mismo tiempo. Y sabía que su éxito dependería de la
forma de eliminar los desechos en el extremo del sistema.
Transportaría la tierra a una costa o a ambas, o a donde hiciera falta para
relleno. Si se decidía construir un canal de esclusas con un lago elevado,
Culebra proporcionaría el material para construir las presas necesarias. Al
dotar al ferrocarril de doble vía, había proporcionado acceso libre en ambas
direcciones sin interrumpir el tránsito regular sobre la línea. La distancia
desde el punto de excavación a los vertederos carecía de importancia. Lo mismo
era mover la tierra diez metros o diez kilómetros. Lo fundamental era mantener
los trenes de tierra en constante movimiento del tajo a los vertederos y
viceversa.
Quizá ningún otro ingeniero hubiera sido capaz de idear el sistema de remolque
ingeniosamente clástico que Stevens elaboró dentro del tajo, por medio del cual
los trenes cargados rodarían por una pendiente y habría siempre trenes de
carros vacíos disponibles para prestar servicio a las palas mecánicas. Para que
una pala mecánica funcione con la máxima eficiencia, el brazo debe estar
balanceándose cada minuto posible, lo cual, subrayaba Stevens, solo podía
conseguirse manteniendo un abastecimiento constante de vagones vacíos.
A principios de 1906 ya tenía sus planes bastante avanzados y contaba con
suficiente equipo en el trazado del canal para reanudar la excavación. Día tras
día caminaba entre los hombres y las máquinas, haciendo preguntas, observando y
fumando cigarros como Grant en los bosques de Virginia, según señaló un
reportero. Los hombres lo llamaban «Gran Cigarro».
III
El verano anterior, cuando por primera vez llegó a Panamá,
Stevens había dado por supuesto que iba a construir un canal al nivel del mar.
Había llegado a su puesto, escribió más tarde, con la imagen mental «de una
vasta extensión de agua azul ondulada y grandes barcos que la surcaban como en
el estrecho de Magallanes». Era la idea preconcebida de la edad dorada, el
sueño de Colón, la visión que había dominado en París en 1879 y que seguía
persistiendo en la imaginación popular y la oficial pese a la experiencia
francesa. Autorizado por la comisión previa para diseñar un sello oficial para
la Zona del Canal, Tiffany & Company, tras profundas investigaciones
históricas, había preparado un escudo sobre el cual podía verse un galeón
español atravesando a toda vela un estrecho abierto entre escarpados
acantilados rumbo al Pacífico, iluminado el cielo con una puesta de sol
tropical. Debajo del escudo estaba escrito este lema: «La Tierra Dividida-El
Mundo Unido». Tanto el diseño como la inscripción habían sido aprobados.
El hecho de que en fechas tan avanzadas siguiera en tela de juicio qué canal se
iba a construir era en sí un impedimento serio y muy molesto para Stevens. En
su posición, los directores franceses sabían por lo menos lo que se esperaba de
ellos. Por supuesto, había mucho que hacer como preparación, trabajo que podía
utilizarse fuera cual fuese la decisión final, pero solo hasta determinado
punto. Como explicaría a John Tyler Morgan, era «como si se me hubiera dicho
que construyera una casa, sin haber sido informado antes de si iba a ser una
cabina de peaje o un capitolio».
Ahora, además, se le pediría que desempeñara un papel político, un papel que
detestaba y para el cual se sentía mal preparado. Sin embargo, contemplado
desde la distancia, es difícil imaginar que alguien pudiera haberlo hecho mejor
que él, y al final de una larga vida, él mismo miraría hacia atrás y lo
consideraría su mayor servicio.
* * * *
La junta internacional especial convocada por Roosevelt para
considerar el problema estaba compuesta por ocho estadounidenses y cinco
europeos. El presidente del grupo era el general Davis, antiguo gobernador de
la Zona del Canal. Otros, incluidos el profesor Burr y William B. Parsons,
habían formado parte de la primera Comisión del Canal del Istmo; estaba además
un antiguo miembro de la Comisión Walker, Alfred Noble, y el general Henry
Abbot, del antiguo Comité Técnico. Joseph Ripley era ingeniero jefe de la St.
Marys Falls Ship Canal —más conocido como el Canal Soo— de Sault Ste. Marie
(Michigan). Frederick P. Stearns era ingeniero jefe de la Metropolitan Water
Board de Boston; Isham Randolph era ingeniero jefe del Distrito Sanitario de
Chicago.
Los miembros extranjeros eran un chef des Ponts et Chaussées,
Adolph Guérard; William Henry Hunter, ingeniero jefe del Canal de Manchester,
quien también había prestado sus servicios en el Comité Técnico; un ingeniero
estatal prusiano llamado Eugen Tincauzer; E. Quellenac, ingeniero asesor del
Canal de Suez; y J. W. Welcher, director de todas las vías fluviales alemanas.
Se trataba de otro grupo de distinguidos expertos elegidos de un plano
profesional superior e internacional que para Stevens, con su escaso don de
gentes, constituía un mundo aparte. En su primera reunión en las oficinas de la
Comisión del Canal Interoceánico en Washington el 19 de septiembre de 1905, se
le presentaron a la junta numerosos informes antiguos y volúmenes de datos
actuales, así como diversas propuestas que se pensaba que merecían atención
(entre ellas estaba una de Philippe Bunau-Varilla, quien seguía insistiendo en
que lo más seguro era construir un canal de esclusas para luego, por medio de
dragas, bajarlo al nivel del mar). Roosevelt ofreció un almuerzo al grupo en
Oyster Bay y afirmó que esperaba que pudiera ser un canal al nivel del mar,
pero les advirtió que había que tener en cuenta el tiempo y la practicabilidad.
Su interés vital era «conseguir un canal navegable» en el menor tiempo posible.
El plan tenía que ser efectivo.
John Findley Wallace regresó a Washington para alegar que no debería aprobarse
ningún plan que pudiera obstaculizar la creación fundamental del «Estrecho de
Panamá». A finales de septiembre, la junta fue al Istmo para recorrer el
trazado bajo cielos anormalmente soleados. En Bahía Limón, en un camarote de su
barco, se entrevistaron con Stevens, Maltby y otros miembros de su equipo.
Cuando se reunieron por vigesimoquinta vez en Washington el 18 de noviembre,
estaban preparados para dar su voto. La decisión, por un margen de ocho a
cinco, fue en favor de un canal al nivel del mar. Sin excepción, los miembros
europeos votaron en este sentido y a ellos se sumaron el presidente de la
junta, Davis, el profesor Burr y William B. Parsons.
En su lenguaje y su lógica, el caso, tal como lo presentaron la mayoría, tenía
un timbre muy conocido: el escenario podía haber sido la grande salle de
la Société de Géographie en 1879. Hablando en nombre de la mayoría, el
presidente Davis declaró que él sabía desde niño que Suez y Panamá serían
«superados» algún día; se había declarado imposible un paso en Suez; un paso
como el de Suez debía construirse en Panamá. De nuevo se trataba del honor y
orgullo nacionales. Pero en esta ocasión el orador era una autoridad
estadounidense que conocía por propia experiencia Panamá y que, como cualquiera
de los presentes, debía haber comprendido sin dificultad lo que les había
sucedido a los franceses y por qué. Sin embargo, el modelo no era el canal francés
en Panamá; el modelo, una vez más, era el canal francés en Suez. Para quienes
se oponían, para cualquiera que conociera la historia de la experiencia
francesa, las opiniones del presidente Davis parecían el retorno de un mal
sueño.
La tarea que afrontó la compañía privada [en Suez] medida por
las dificultades que iban a encontrar, fue mucho mayor, me parece, que la tarea
que, medida por los métodos y capacidades de la ingeniería actuales, afronta
Estados Unidos en Panamá; sin embargo, la compañía francesa llevó a cabo esta
obra en Suez hace treinta y seis años, y ha producido enormes beneficios.
Muchas dificultades fueron superadas y se hizo un canal navegable de 160
kilómetros de extensión que proporciona una navegación sin obstáculos […].
Nosotros sabemos que para hacer en Panamá una vía navegable similar a la de
Suez debemos construir un canal la mitad de largo […]. ¿Debería Estados Unidos
renunciar al intento de hacer en el Istmo americano un canal tan abierto, libre
y seguro como el que ya existe en Suez? ¿Debería ascender a la colina o
suprimirla? […] Pienso que la dignidad y el poder de esta gran nación […] exige
que tratemos este asunto no de una manera provisional, sino magistral y
definitiva.
El control del río Chagres —«el león que surge en el camino», lo
llamó Davis— podía conseguirse con facilidad.
El 19 de enero de 1906, se entregó a la Casa Blanca un voluminoso Informe
de los ingenieros asesores para el canal de Panamá. El canal recomendado al
nivel del mar costaría 247 millones de dólares y se terminaría en un plazo de
doce a trece años, lo cual significaba aproximadamente 100 millones de dólares
y cuatro años más de lo que exigiría un canal de esclusas del tipo propuesto
por los miembros que habían disentido.
La propuesta minoritaria defendía un canal como el que había recomendado la
Comisión Walker; en esencia, era el mismo canal por el que se había aprobado la
Ley Spooner, un canal que no dividiría la tierra, sino que tendería un puente
sobre ella con un lago elevado al que se llegaría por una serie de esclusas a
uno y otro lado. Presentaba, sin embargo, una gran diferencia. El emplazamiento
de la presa del Chagres se había trasladado de Bohío aguas abajo hasta Gatún, a
6,5 kilómetros de Bahía Limón. Lo que había sido el lago de Bohío en el
proyecto primitivo, se convertía ahora en un lago mucho mayor, el lago de
Gatún. El tramo del puente de agua se había extendido 14,5 kilómetros.
La elevación del lago era de 28 metros. En Gatún habría un solo tramo de tres
esclusas construidas en el extremo oriental de la presa. Cuando un barco
entrara en las esclusas, sería elevado al nivel del lago, luego avanzaría 37
kilómetros por el lago rumbo al sur, hacia el Tajo de Culebra, que, como el
cuello de una botella, se extendería 14,5 kilómetros a través de la montaña y
terminaría en otra pequeña presa y una esclusa en Pedro Miguel. Allí el barco
se bajaría diez metros hasta un pequeño lago terminal, otra superficie de agua
dulce, contenida por la presa construida en La Boca, junto a Sosa Hill, al
borde del Pacífico. Descendiendo mediante otras dos esclusas, el barco volvería
al nivel del mar y completaría así su paso de un océano a otro.
Sus defensores subrayaban que su modelo era el Canal Soo que durante cincuenta
años había sido el paso entre el lago Superior y el lago Hurón. En todo el
mundo no había un canal con mayor movimiento. En contraste con el paso a nivel
del mar de 169 kilómetros de longitud de Suez, el Canal Soo medía solo 2,5
kilómetros de un extremo a otro. Incluso el tonelaje anual que pasaba por las
esclusas —44 millones de toneladas en 1905— era tres veces mayor que el del
canal de Suez, sin contar con que el Soo se cerraba por el hielo durante el
invierno. En las restantes estaciones, los enormes barcos que transportaban
mineral de los Grandes Lagos se movían por el canal con una eficiencia y
seguridad que desmentían todos los argumentos acostumbrados en contra de los
canales de esclusas. Ningún navío se había dañado nunca seriamente en las
esclusas del Soo en los cincuenta años de tráfico constante. «El peligro para
los barcos en un canal no está en las esclusas, donde se mueven lentamente y
bajo control, sino en los canales excavados […] a través de los cuales pasan
velozmente y donde, si la anchura es insuficiente, es fácil que haya
encalladuras.» La experiencia obtenida en el Soo no solo era aplicable a la
navegación en Panamá, sino de mucho más valor que cualquier otra experiencia
relacionada con cualquier otro canal, según el informe de la minoría, redactado
en su mayor parte por Alfred Noble, quien años antes había ayudado a construir
la llamada Esclusa Weitzel en el Soo y quien por entonces, a los sesenta y un
años, era uno de los dos o tres principales ingenieros del país. (Como ingeniero
jefe de la división East River del Ferrocarril de Pensilvania de 1902 a 1909,
Noble fue responsable de la construcción del túnel bajo el río y de los
cimientos de la Estación de Pensilvania en la ciudad de Nueva York.)
Incluso en sus puntos esenciales, este proyecto de un lago elevado para Panamá
no era diferente del que había propuesto Godin de Lépinay en París veintisiete
años antes. Se recordará que Gatún era el lugar especificado por De Lépinay
para la presa del Chagres.
Había habido otros durante ese tiempo que también habían considerado Gatún el
lugar más adecuado para contener el río. Dos estadounidenses interesados en el
proyecto, C. D. Ward y Ashbel Welch, habían presentado sus estudios respectivos
sobre el tema a la Sociedad Estadounidense de Ingenieros Civiles. Pero puesto
que la anchura del valle era mucho mayor en Gatún que en Bohío, tenía que
construirse en Gatún una presa mucho mayor, por lo cual este proyecto era
bastante más polémico que el de Bohío. En la nueva propuesta, el «elemento de
control» iba a ser una montaña de tierra de casi 2,5 kilómetros de longitud
(2.414 metros) y de más de treinta metros de altura. Y aunque se habían logrado
construir presas de tierra de casi el mismo tamaño en muchas partes, esta sería
la más alta y Gatún parecía ofrecer poco lecho rocoso para cimentar la
estructura.
Stevens encabezaba a los que ahora apoyaban el plan de Gatún. Lo volvieron a
llamar a Washington para que diera su opinión; se entrevistó con Shonts, Taft y
Roosevelt, y tuvo una comparecencia memorable ante el Comité para el Canal del
Senado. Sin embargo, Stevens no fue el «arquitecto» del plan de las esclusas,
como después declararon algunos de sus más fervientes admiradores. En octubre,
cuando compareció ante la junta consultiva en Colón, se negó tercamente a
apoyar cualquier plan sobre el canal, alegando que era demasiado nuevo en el
trabajo. El actual plan de esclusas era obra de Alfred Noble y Joseph Ripley, y
se basaba en gran parte en su experiencia en el Soo. Stevens, cuyo conocimiento
se limitaba a la construcción de ferrocarriles, no sabía de construcción de
esclusas o hidráulica. El verdadero «arquitecto» del plan actual, si es que
cabía denominarlo así, continuaba siendo Godin de Lépinay.
Sin embargo, Stevens había tenido una experiencia reveladora a partir de
octubre. Había visto el efecto de las lluvias; había visto el Chagres en
crecida. En sus conversaciones con Maltby y otros que habían prestado sus
servicios a las órdenes de Wallace, no había encontrado a nadie que prefiriera
un canal al nivel del mar. Stevens antes creía, como los demás, que un canal al
nivel del mar «significaba simplemente extraer un poco más de tierra», pero
ahora veía que el problema era de la mayor trascendencia y ya no podía seguir
apoyándolo. A su juicio, cualquier plan de un canal al nivel del mar en Panamá
era «una propuesta completamente insostenible», «una inutilidad impracticable».
El paso al nivel del mar apoyado por la mayoría de la junta iba a tener solo
cincuenta metros de anchura en casi la mitad de su longitud; sería «una angosta
y tortuosa zanja». Preveía interminables derrumbes y un tránsito precario
incluso en las mejores condiciones. Cada vez que dos barcos pasaran por un
canal tan estrecho, uno tendría que asegurarse a los postes de amarre, como en
Suez. Aun cuando no hubiera diferencia en el coste o el tiempo de construcción,
seguiría prefiriendo el plan de esclusas.
Proporcionará una travesía más segura y rápida para los barcos
[…]. Proporcionará, sin duda alguna, la mejor solución para el problema vital
de sortear con seguridad las avenidas del Chagres […]. Su coste de operación,
mantenimiento y gastos fijos serán muy inferiores a los de un canal al nivel
del mar.
El tiempo calculado para terminar un canal de esclusas era de
nueve años. Stevens pensaba que se podía hacer en ocho, es decir, para enero de
1914. Dudaba de que un canal al nivel del mar pudiera construirse en menos de
dieciocho años, o sea, antes de 1924.
Cuando compareció en el Capitolio, resultó muy impresionante la forma de
responder a todas las preguntas con su confianza característica. Como era
predecible, en la prensa y en el Congreso se había expresado mucha angustia
ante la perspectiva de arriesgarlo todo en una presa de tierra. Todavía era
reciente el recuerdo de la inundación de Johnstown en 1889, cuando toda la
ciudad había sido destruida y se habían perdido más de dos mil vidas debido al
fallo de una presa de tierra.
Stevens afirmó ante el Comité que una presa de tierra bien construida era
segura y se podía prescindir de los refuerzos sugeridos, tales como el núcleo
de mampostería. «Sí, si es absolutamente seguro —replicó un senador—. Sugiero
que tiene una opinión o convicción muy positiva.» Stevens dijo: «Bueno, yo soy
un hombre positivo».
Su interrogador más persistente, y el más inteligente según su opinión
personal, fue John Tyler Morgan, a quien a los ochenta y un años le quedaba
poco más de un año de vida, pero que en esos momentos todavía estaba fuerte. Al
terminar las audiencias, Morgan se acercó a Stevens y le dijo: «Si lo
hubiéramos tenido a usted de nuestro lado, el canal se hubiera construido en
Nicaragua».
En noviembre, antes de que Stevens llegara a Washington, el Tribune de
Nueva York dedicó la noticia de primera plana a un informe no autorizado que
afirmaba que Roosevelt quería un canal con esclusas porque esa era la elección
de Stevens. Sin embargo, según el mismo Stevens, el presidente decidió apoyar
el proyecto de las esclusas porque le «puso las orejas coloradas» una vez que
llegó a Washington.
El 5 de febrero, en respuesta a los puntos de vista de Stevens, la Comisión del
Canal del Istmo hizo caso omiso de la opinión mayoritaria de la junta
consultiva y se decidió por el canal de esclusas. Dos semanas después, cuando
se sometieron los informes al Congreso, Roosevelt aprobó el canal de esclusas.
Afirmó que era el canal que el ingeniero jefe deseaba y, de todos los
implicados, el ingeniero jefe tenía «un peculiar interés personal en juzgar
rectamente».
* * * *
Tan pronto como Stevens regresó a Panamá, supo que tal vez
tendría que volver a presentarse en el Capitolio. Comunicó por cable a Shonts
su protesta, declarando que había dicho cuanto podía. Shonts también sabía que
Stevens sufría serios mareos y odiaba los viajes en barco. En abril el asunto
seguía paralizado en el Comité, y Stevens, enfurecido por el «modo molesto» de
manejar las cosas en Washington, cablegrafió a Taft para que hiciera algo al
respecto. El profesor Burr, William B. Parsons y John Wallace habían
comparecido ante el Comité del Senado y habían denunciado con notable
convicción casi todos los fallos de la propuesta de las esclusas. Así pues,
Stevens fue llamado de nuevo a Washington.
El 17 de mayo, por el margen de un voto, el Comité del Senado aprobó el plan
del canal al nivel del mar. Stevens, del que jamás se supo que se quejara del
calor en Panamá, recordaría por el resto de su vida cómo «durante dos días
calurosísimos» soportó el más severo interrogatorio ante el Comité de Comercio
Exterior e Interestatal de la Cámara. Decidido a hacer que el Congreso y el
país comprendieran la naturaleza del problema, continuó machacando sobre la
misma idea fundamental que De Lépinay no había logrado explicar ante la reunión
de París. «El único gran problema en la construcción de cualquier canal allá
abajo es el control del río Chagres —insistió—. Eso eclipsa todos los demás.»
Habló a los congresistas, reunió datos estadísticos y preparó un gran mapa para
mostrarlo en el Senado. Y lo más importante, redactó grandes partes de lo que
iba a ser el discurso más importante en el Senado, la alocución del diminuto y
pendenciero Philander Knox, antiguo fiscal general de Roosevelt que ahora se
había convertido en senador por Pensilvania.
En el discurso, como en el plan de las esclusas, la presa de Gatún fue el punto
central. Knox aseguró al Senado que era segura. Un hecho interesante era que
Knox había sido copropietario de la aciaga presa de Johnstown, referencia que
eludió dar a conocer en 1906. Daba la casualidad también de que Knox vivía en
Pittsburgh y de que su fortuna personal, lo mismo que la influencia de su
bufete, se debían a los servicios legales prestados en defensa del imperio
acerero de Pittsburgh y de sus dirigentes. En el plan, tal y como se encontraba
entonces, iban a necesitarse un total de seis esclusas dobles que requerirían
puertas gigantescas construidas con acero. Este fue un punto que ni Knox ni
nadie hizo público y es imposible determinar en qué medida los intereses
acereros pueden haber influido en la aceptación de dicho plan. Pero las grandes
puertas de las esclusas para el canal de Panamá llegarían a fabricarse en
Pittsburgh y serían colocadas por un contratista de Pittsburgh.
De nuevo, como en «la batalla de las rutas», el asunto se resolvió en el Senado
por el más estrecho de los márgenes.
Knox habló ante el Senado el 19 de junio. Dos días más tarde, el Senado votó 36
a 31 en favor del canal con esclusas. Una diferencia de tres votos habría
obligado a Estados Unidos a intentar construir un canal al nivel del mar, lo
cual habría terminado con toda probabilidad en un terrible fracaso. Como la
experiencia posterior se encargaría de demostrar, la junta consultiva había
sido tan ingenua como De Lesseps en lo relativo al verdadero coste de una excavación
tan grande, tanto en términos de dinero como de tiempo. George Goethals
señalaría en un momento crítico que no había en todo el mundo dinero suficiente
para construir en Panamá un canal al nivel del mar.
Sin embargo, en opinión de numerosas personas, incluidos muchos especialistas
militares y técnicos, se había cometido un error imperdonable. Y esta fue una
opinión que persistiría durante muchos años. Nada menos que lord Kitchener, un
personaje valeroso y resuelto, iba a decirle a Roosevelt en su propia cara que
había cometido una vergonzosa equivocación. El argumento de Kitchener
—pregonado a los cuatro vientos— era que el único canal adecuado era un canal
al nivel del mar, como cualquier persona sensata podía darse cuenta. Cuando
Roosevelt replicó que había muchas dificultades técnicas para construirlo,
Kitchener respondió: «Yo nunca tomo en consideración las dificultades o presto
atención a protestas como esas; lo único que yo haría en un caso semejante
sería decir: ordeno que se excave un canal al nivel del mar, y no quiero
escuchar más del asunto». Roosevelt respondió: «Si usted lo dice, no tengo la
menor duda de que hubiera dado tal orden; pero me pregunto si recuerda la
conversación entre Glendower y Hotspur, cuando Glendower dice: "Yo puedo
llamar a los espíritus de las profundidades"; y Hotspur contesta: "Yo
también, y cualquiera podría; pero ¿vendrán?"».
* * * *
Para los ingenieros que se encontraban en el Istmo, aquella
decisión hizo desaparecer las nubes. Por fin sabían qué clase de canal tenían
que construir. Los proyectos que se habían preparado en espera de la decisión
podían ponerse en marcha. Stevens había dejado órdenes específicas. Aunque él
no regresó a Colón hasta el 4 de julio, la construcción de un nuevo pueblo en
Gatún se inició veinticuatro horas después de que se conociera la votación del
Senado. Se inició el desmonte del sitio donde se construiría la presa de Gatún
y se tendieron las vías para los trenes de tierra desde Culebra.
Los habitantes de la vieja aldea de Gatún, al escuchar que la presa se iba a
construir donde se encontraba esta, no se preocuparon en absoluto ni se
trasladaron al nuevo emplazamiento que se les había destinado. Dijeron que los
franceses ya habían hablado de cosas tan imposibles unos veinticinco años
atrás. Hasta que no se comenzó la construcción de la presa y las rocas
descargadas para los cimientos no aplastaron varias casas, no accedieron a
trasladarse.
Cuando Stevens regresó, después de un cuidadoso estudio del subsuelo y de
muchos recorridos arriba y abajo, fijó con Maltby la línea central de las
esclusas de Gatún. La responsabilidad del diseño de las esclusas y la presa se
puso en manos de Joseph Ripley, el ingeniero jefe del Canal Soo, a quien
Stevens había logrado contratar antes de abandonar Washington. Como Stevens
escribió: «Las cosas empezaron a animarse en todas partes».
Se enviaron grupos de topógrafos a la selva para que trazaran y situaran el
perímetro del que iba a ser el lago más grande del mundo. Llegó a haber cinco
de esos grupos en el campo y efectuaron su trabajo casi por completo en una
selva virgen. Era necesario desbrozar cada metro del camino a machetazos. Se
avanzaba con lentitud. Algunos grupos estuvieron fuera durante un año.
La creación del lago de Gatún significaría que aproximadamente 268 kilómetros
cuadrados de selva, una superficie casi tan grande como la isla de Barbados,
desaparecerían bajo el agua. Todos los poblados que se encontraban entre Gatún
y Matachín serían cubiertos por el lago, una perspectiva que los nativos no
podían imaginarse. Kilómetro tras kilómetro del río Chagres, el ferrocarril de
Panamá, prácticamente a todo lo largo del camino francés, por no mencionar la
mayor parte de los poblados que habían construido, desaparecería bajo el lago.
Habría que construir un nuevo ferrocarril en un terreno más elevado para
bordear la orilla oriental del lago proyectado.
El período preparatorio había terminado. Las oficinas de Stevens, todo el
departamento de ingeniería, se habían trasladado de la ciudad de Panamá a
Culebra, a un escarpado farallón verde que daba directamente al tajo. Hacía un
año y tres meses que John Stevens había asumido el mando.
Capítulo 18
El hombre con el sol en los ojos
«Nunca antes un presidente había reflejado tanto la cualidad de
su tiempo.»
H. G. WELLS
I
Theodore Roosevelt le había tomado un gran afecto a John
Stevens, pues había descubierto que, además de sus restantes atributos, era un
lector que «tiene la misma costumbre que yo de leer una y otra vez los libros
que realmente le interesan». El libro favorito de Stevens era Huckleberry
Finn, el cual releía «continuamente», y esto para Roosevelt era muestra del
más fino discernimiento literario. Pero también tenía sus reservas hacia el
ingeniero debido a su falta de sensibilidad manifiesta ante el hecho de que el
canal era una empresa del Gobierno de Estados Unidos. Stevens, se quejaba
Roosevelt a Taft, parecía incapaz de entender que ya no estaba trabajando para
James J. Hill. Mostraba muy poca paciencia con los congresistas o con los
panameños, y ninguna con los sindicatos de trabajadores. Cuando una delegación
de maquinistas de palas mecánicas llegó a su oficina y lo amenazó con una
huelga si no pagaba más, parece que Stevens les dijo: «Todos ustedes saben muy
bien que las huelgas no los llevan a ninguna parte. Lárguense de esta oficina
ahora mismo y vuelvan al trabajo». Los hombres regresaron a sus puestos, y
cuando se supo lo sucedido, el prestigio de Stevens creció a los ojos de la
mayoría de los restantes estadounidenses que se encontraban en el Istmo. Pero
los maquinistas enviaron su más airada protesta a los dirigentes de su
sindicato en Estados Unidos, quienes de inmediato trasladaron el asunto a
Washington, donde fue a parar al escritorio de Roosevelt.
Pero lo que Roosevelt apreciaba más era la habilidad ejecutiva técnica de
Stevens y Shonts. Eran «los hombres más indicados que pudimos elegir para la
excavación del canal», le comentó a Taft; su capacidad administrativa era
«fenomenal». Y con este talante, en el verano de 1906, Roosevelt dirigió su atención
a dos propuestas que cambiarían de forma considerable la ejecución de la obra.
Stevens y Shonts querían construir el canal bajo contrato, como habían
intentado hacerlo los franceses y como se habían construido los ferrocarriles
transcontinentales. Ese era el sistema al que, como hombres del ferrocarril,
estaban acostumbrados. Stevens se imaginaba un poderoso consorcio de
contratistas de ferrocarril que «combinando su fuerza y su influencia» podrían
llevar a Panamá a los mejores hombres que hubiera para efectuar el trabajo.
Taft estaba seguro de que el plan traería problemas, sobre todo si la selección
de los contratistas la decidía Stevens, que era lo que este quería, y no por
medio de una licitación abierta. El ingeniero jefe era insistente, pero Taft se
mantuvo firme, y al final Roosevelt aceptó poner la obra bajo contrato a
prueba, pero con la condición de que hubiera una licitación abierta.
La segunda propuesta y la más importante concernía a la forma como debería
administrarse la obra. Shonts y Stevens querían las cosas muy racionalizadas.
Para Shonts sería «suicida» continuar con la obra sin una «organización bien
definida con un poder centralizado». Stevens, en una larga carta fechada en
Panamá el 5 de agosto de 1906, le decía a Roosevelt que «de ahora en adelante,
todo debería subordinarse a la construcción». «Creo que el poder y la
responsabilidad deberían concentrarse —escribía Stevens— […] que la comisión,
sea cual fuere su forma de constitución […], debe convertirse en el equivalente
de la resolución de un solo hombre.»
A esta carta siguieron otras y varias reuniones, y como consecuencia se preparó
un nuevo orden ejecutivo. La actual comisión formada por tres hombres se
aboliría. La autoridad iba a recaer sobre una sola cabeza, la del presidente de
la junta, quien a su vez informaría al secretario de Guerra. En el Istmo, los
jefes de los departamentos más importantes —ingeniería, salubridad, trabajo—
serían miembros de la comisión, informarían al presidente de la junta y
recibirían instrucciones de él. Pero puesto que el 90 por 100 de los empleados
del Istmo trabajaban para el departamento de ingeniería, el ingeniero jefe era
quien realmente tenía el poder.
De este modo, la cadena de mando se había convertido en una línea directa, de
Roosevelt a Taft, Shonts y Stevens. Dejó de existir el cargo de gobernador de
la Zona. Stevens, el principal beneficiario del cambio, iba a ser el mando
supremo en el campo. El gobernador Magoon, que nunca había gustado demasiado a
Shonts ni a Stevens, estaba ausente del Istmo debido a una urgente misión legal
en Cuba, y se le informaría discretamente que no regresara a Panamá.
Puesto que la administración de una empresa tan grande, compleja y distante era
una nueva experiencia para el Gobierno de Estados Unidos o, más
específicamente, para el poder ejecutivo, esta depuración de la comisión
formaba parte de un proceso experimental del que Roosevelt era el máximo
responsable, aunque Stevens, tal vez justificadamente, diría más tarde que fue
él quien lo programó todo. En menos de tres años la comisión había pasado de
una junta de siete personas que supervisaban todas las decisiones a un cuerpo
ejecutivo de tres hombres (en el que el presidente, el director y el ingeniero
jefe tenían cada uno sus responsabilidades específicas), y luego a la actual
composición. Si Elihu Roto o incluso Henry Cay Frico hubieran accedido a
organizar las cosas antes, es posible que se hubiera llegado a algo semejante
en mucho menos tiempo. A Shonts y a Stevens se les había otorgado exactamente el
poder que querían.
La orden, según se acordó, se firmaría cuando Roosevelt fuera a Panamá.
* * * *
El viaje a Panamá para ver el canal fue uno de esos pequeños
acontecimientos que iluminaron una época. Hasta entonces ningún presidente
había abandonado el país durante su mandato, de modo que desde el día en que se
dio la primera noticia, en junio, el viaje se convirtió en el tema obligado de
las conversaciones. Buena parte de los diarios expresaron serias reservas al
respecto, aunque se había hecho hincapié en que el presidente estaría en
constante comunicación con Washington por telégrafo y en que se tomarían todas
las precauciones posibles en lo relativo a su seguridad personal. Pero, en
general, la idea de que Teddy Roosevelt fuera en persona a Panamá, como un
general que va al frente, tenía un gran atractivo, y la víspera de su partida
en noviembre, incluso el cauto Starexpresó su apoyo. Después de
todo, quizá era una buena idea que el presidente saliera y viera algo de mundo,
declaró el diario; probablemente los futuros ocupantes del cargo presidencial
podrían incluso emprender viajes a Europa.
Roosevelt zarpó el 9 de noviembre de 1906 en el Louisiana, un barco
de guerra de 16.000 toneladas, el mayor de la flota estadounidense, escoltado
por dos cruceros, el Tennessee y el Washington. Lo
acompañaban su esposa, el médico naval Presley Rixey, su médico personal y tres
hombres del servicio secreto. Ningún reportero iba en la comitiva. Los barcos
se dirigieron hacia el sur, a una velocidad de catorce nudos, en medio de un
mar en calma, y cuando llegaron al Caribe el tiempo era ideal.
Tu madre y yo paseamos animadamente por el puente, o nos
sentamos en la popa bajo una cubierta de lona o en el camarote con las
portañolas abiertas —escribía a su hijo Kermit—. Tu madre, muy guapa y elegante
con su blanco vestido veraniego, subió el domingo por la mañana para pasar
revista a las tropas, o como lo llamen […]. Suelo pasar hora y media en el
puente mientras tu madre se viste. Después desayunamos juntos los dos solos.
Sus dependencias eran las del almirante de la flota, agrandadas
en aquella ocasión mediante la retirada de algunas paredes. Ya habían aparecido
en las revistas ilustradas fotografías de las habitaciones, con sus sillas de
mimbre, sus grandes camas de latón y sus alfombras orientales.
Es un bonito espectáculo estos tres grandes buques de guerra
navegando rumbo al sur uno tras otro —continuaba su carta—, y no menos bello
durante la noche, cuando no solo vemos las luces, sino la sombra vaga de los
buques a través de la oscuridad […]. He pasado buena parte del tiempo
recordando cuando hace ocho años navegaba rumbo a Santiago en una flota de
barcos de guerra y de transporte. Me parece algo extraño pensar que ahora que
soy presidente voy a visitar la obra del canal de Panamá que yo he hecho posible.
En total, con el viaje de ida y vuelta, Roosevelt estuvo fuera
dos semanas. Lo más memorable de su visita fue la lluvia. Había decidido hacer
el viaje en noviembre porque la época de lluvias estaba en su apogeo. Deseaba
visitar Panamá en su peor momento, afirmó, y no quedó defraudado. «Hubiera sido
imposible ver avanzar la obra bajo condiciones climatológicas más
desfavorables», informaría entusiasmado al Congreso. La mañana que descendió a
tierra estaba lloviendo. Bajo la lluvia, recorrió con el presidente Amador las
calles de la ciudad de Panamá en un carruaje abierto, y saludó con su sombrero
de copa a las empapadas pero numerosas multitudes. El aguacero del segundo día
fue el peor que había habido en quince años. En menos de dos horas cayeron más
de diecinueve centímetros de lluvia. Vio cómo las aguas del Chagres desbordaban
su cauce. Las vías del ferrocarril se hundían bajo el agua en muchos lugares.
Los poblados se encontraban inundados hasta la altura de la rodilla. En Paraíso
había incluso un pequeño derrumbe sobre la vía férrea. El contraste entre el
Panamá que vio y la tierra benigna y soleada recorrida por Ferdinand de Lesseps
no podía haber sido mayor. «En todas partes caminaba en medio del lodo»,
escribió con satisfacción.
Los preparativos previos habían significado el esfuerzo de miles de personas.
Como en el día de la llegada de De Lesseps, se barrieron las calles; se
pintaron o blanquearon las casas, y las ventanas y balcones se adornaron con
banderas. Se imprimieron programas. Los escolares ensayaron cantos patrióticos.
La República de Panamá declaró el día de su llegada fiesta nacional «de alegría
y gran entusiasmo», e instruyó al pueblo para que se comportara dignamente,
puesto que «todos los pensadores, sociólogos y filósofos del universo tendrían
puestos sus ojos sobre nosotros para escudriñarnos con perspicacia».
En Ancón, tan pronto como Stevens se enteró de la visita, se apresuró la
construcción de un hotel de tres pisos llamado Tívoli, cuya estructura se había
iniciado el año anterior pero estaba todavía muy lejos de ser terminada. En
seis semanas se completó y se amuebló una de las alas del edificio, pues
Roosevelt insistía en vivir junto a la costa y en la Zona.
Como era predecible y quizá inevitable, Roosevelt apenas se ajustó al
relativamente descansado programa planeado por Stevens. (En un cable llegado de
Washington, Taft había aconsejado una gira completa, pero sin «demasiados
asuntos».) El acorazado blanco apareció en Bahía Limón el 14 de noviembre, un
día antes de lo previsto. Cuando Amador, Shonts y Stevens llegaron en tren
acompañados de sus esposas esa tarde a Cristóbal, se enteraron de que Roosevelt
permanecería a bordo durante la noche para no perturbar los actos dispuestos. A
las 7.30 de la mañana del día siguiente, a la hora señalada, los encargados de
dar la bienvenida oficial se encontraban en el extremo del muelle. Todos los
ojos estaban puestos en el enorme barco, esperando que alguien diera muestras
de vida a bordo. Una asombrosa figura gritó «buenos días» desde la orilla y
avanzó hasta ellos. Vestía un traje blanco y un sueste marinero cuya ala le
llegaba hasta los hombros. Los quevedos centelleaban con finas gotitas de
lluvia. Explicó que lo habían llevado a tierra dos horas antes y que lo había
pasado muy bien «explorando» la zona portuaria.
En el cruce de Tívoli, una estación de parada construida especialmente para su
llegada al nuevo hotel, lo primero que hizo fue desaparecer. Cerca de cien
miembros de la policía de la Zona habían estado esperándolo para protegerlo. Su
capitán, un personaje pintoresco y enorme llamado George Shanton, era un
antiguo soldado de caballería a quien Roosevelt había reclutado en persona para
organizar la policía panameña, y el uniforme que Shanton había elegido era el
mismo del cuerpo de caballería organizado por Roosevelt. De modo que, cuando
llegó el tren y Shanton y sus hombres hicieron corvetear sus caballos, la
recepción se pareció mucho a las organizadas durante sus campañas políticas.
En la confusión de la lluvia y las multitudes, Roosevelt descubrió a William
Gorgas y lo metió en un carruaje cerrado. Pero cuando el carruaje llegó al
hotel, escoltado por el galopante Shanton, ni Roosevelt ni Gorgas se
encontraban dentro. Antes de abandonar la estación, ambos se habían deslizado
fuera por la otra puerta del carruaje, y Gorgas condujo a Roosevelt
directamente al hospital de Ancón para que realizara una visita de inspección
dos horas antes de lo que se esperaba.
Al mediodía ya había recorrido la bahía en un remolcador y había ido, sin
anunciarse, a uno de los comedores de empleados de La Boca, donde, con varios
cientos de hombres de la «nómina dorada», él y la señora Roosevelt se sentaron
a degustar un almuerzo de 30 centavos, compuesto de sopa, carne, puré de
patatas, guisantes, remolacha, carne con chile, budín de ciruela y café. Según
el programa oficial, se suponía que tenía que asistir a un gran almuerzo que se
ofrecía en su honor en el hotel Tívoli.
El presidente estadounidense, dijo Manuel Amador en un discurso pronunciado
desde las gradas de la catedral aquella tarde, era el comandante en jefe de
esta gran lucha por el progreso. «Para armonizar los diferentes elementos que
hay que unir […], para reorganizar la gran obra, para abarcar su gran tamaño,
en una palabra, era necesario un hombre superior, y usted fue ese hombre»,
afirmó Amador. Roosevelt respondió que Estados Unidos y Panamá eran socios «en
la gran hazaña técnica de la época».
Mientras tanto, cerca de doscientos prominentes panameños, empapados por la
lluvia, habían desfilado a caballo, vestidos de soldados de caballería.
La visita duró tres días, los cuales, como después destacó ante el Congreso,
fueron insuficientes para llevar a cabo «una investigación exhaustiva de los
detalles de la obra […] y menos aún para enjuiciar los problemas técnicos».
Pero, según el Star & Herald, nadie en los cuatrocientos años
de la historia de Panamá había visto más en menos tiempo.
«Parecía obsesionado por la idea de que alguien estaba intentando ocultarle
algo —recordaría después Frank Maltby—. […] Continuamente señalaba hacia algún
detalle y preguntaba, "¿Qué es eso? Bueno, quiero verlo" […]
continuamente detenía a algún hombre negro y le preguntaba si tenía alguna
queja o agravio.»
Todo aquel que trataba de mantener su paso se quedaba exhausto y medio
asfixiado. Anduvo sobre los durmientes del ferrocarril en el Tajo de Culebra,
saltó zanjas, chapoteó por los campos de trabajo e improvisó discursos en medio
de la lluvia. «Ustedes están realizando la mayor obra de este tipo que se haya
hecho jamás —afirmaba—, y yo quiero ver cómo la están haciendo.»
Inspeccionó las viviendas de los trabajadores blancos y negros, se metió en las
cocinas y en las despensas. La mañana del tercer día, John Stevens le dijo a
Maltby que le tocaba encabezar la procesión. «Tengo ampollas en ambos pies y
estoy agotado.» En Gatún, Roosevelt anunció que necesitaba tener una vista
general del lugar donde se construiría la presa y señaló hacia una colina
cercana. Según el recuerdo de Maltby, «junto con tres o cuatro hombres del servicio
secreto, avanzamos hacia la colina como si estuviéramos tomando un fuerte por
asalto».
En Estados Unidos, los diarios informaban de todos sus movimientos. «ROOSEVELT
ESTÁ ALLÍ», proclamaba The Washington Post. «VIGOROSA EXHIBICIÓN EN
EL ISTMO», se leía en otro encabezado. «EL PRESIDENTE MONTA EN UNA PALA
MECÁNICA DEL CANAL», anunciaba en su primera página The New York Times.
El famoso momento de la pala mecánica ocurrió en la mañana del segundo día,
camino del Tajo de Culebra. Eran cerca de las ocho de la mañana y la lluvia
seguía cayendo fuerte. En el emplazamiento de las esclusas en Pedro Miguel,
Roosevelt distinguió varias palas en pleno trabajo y ordenó que el tren se
detuviera. Saltó fuera, cruzó por encima del lodo y se sentó en el asiento del
conductor, que le cedió el maquinista A. H. Grey.
Roosevelt estaba fascinado por la enorme máquina e insistió en saber
exactamente cómo funcionaba; preguntó si se movía hacia atrás y hacia delante
sobre sus rieles. Quería ver cómo se hacía todo. Un reportero señaló que «todas
sus preguntas, al igual que todos sus movimientos, eran muy deliberados y
enfáticos; no tenían ninguna ceremonia».
Estuvo unos veinte minutos accionando los mandos, durante los cuales se reunió
una pequeña multitud y los fotógrafos estuvieron sumamente atareados. A los
presidentes de Estados Unidos se les había fotografiado en sus escritorios y en
las plataformas traseras de los coches cama; Chester A. Arthur había consentido
una vez posar en una canoa. Pero nunca en ciento diecisiete años se había
fotografiado a un presidente en una pala mecánica. Roosevelt llevaba un enorme
sombrero panamá y otro de sus trajes blancos. Y la maravillosa incongruencia de
las prendas, la máquina enorme y sencilla, la lluvia que caía, por no mencionar
el deleite franco del presidente en ese momento, lo convirtieron de inmediato
en un acontecimiento, un punto culminante para el hombre al que le
gustaba tanto que le hicieran fotos y que tan claramente se proponía ver el
éxito en Panamá. Una de esas fotografías iba a convertirse enseguida en parte
del folclore estadounidense, y como expresión de un hombre y de su época, pocas
otras pueden superarla.
La pala era una Bucyrus de 95 toneladas, soporte principal de la obra.
Trabajando a plena capacidad, podía excavar tres o cinco veces más que una de
las viejas excavadoras francesas, ninguna de las cuales se hallaba ya en uso.
Podía levantar unas ocho toneladas de roca y de tierra de una sola palada. En
condiciones ideales, podía llenar un vagón de tierra en unos ocho minutos.
Para manejar semejante máquina eran necesarios diez hombres. Además del
operador había un maquinista de grúa, que efectuaba la descarga, dos fogoneros
y una cuadrilla de seis hombres, cuyo trabajo consistía en nivelar el suelo y
colocar la vía a fin de que la pala pudiera avanzar conforme iba trabajando,
manteniendo siempre el morro hacia el terraplén. El maquinista ganaba 210
dólares mensuales, que era lo mismo que recibían los empleados de oficina mejor
pagados y más de lo que ganaban algunos médicos. Pero, a diferencia de los
maquinistas de locomotora, no se les pagaban horas extra, como manifestó sin
rodeos el maquinista Grey a Roosevelt.
La lluvia caía como una cortina de plata cuando Roosevelt entró en Culebra la
primera vez, recorriendo el fondo del tajo en un tren especial. El agua
escurría de las laderas de arcilla roja en «ríos regulares». Pero cuando estuvo
a la vista, el aire se llenó de vítores y del ruido de los silbatos de las
locomotoras. Sobre el costado de una pala había colocado un gran letrero
escrito a mano que le agradó mucho: «TE AYUDAREMOS A EXCAVARLO».
Las palas estaban trabajando a lo largo de las laderas del tajo sobre amplias
terrazas o antepechos, como en una mina a cielo abierto. Iban avanzando desde
ambos extremos del tajo hacia el centro o cima, excavando cuesta arriba, y de
este modo los vagones cargados de tierra rodaban para salir del tajo —hacia el
norte y hacia el sur— cuesta abajo. Los desvíos muertos para las palas corrían
paralelos a los de los trenes, pero las palas trabajaban en el nivel inferior.
El área que había que excavar era barrenada y volada con explosivos; luego la
pala se acercaba y empezaba el trabajo pesado de cargar los desechos, en buena
parte de roca, en los vagones. Cada vez que la pala avanzaba, dejaba abierta
una brecha de dieciocho metros de ancho por cuatro de profundidad.
Se seguían utilizando muy pocos de los viejos vagones de volteo franceses. El
desecho se sacaba en largos trenes de vagones mucho mayores fabricados en
Estados Unidos, arrastrados por locomotoras estadounidenses de tamaño normal.
La mayor parte de los vagones de ferrocarril que Roosevelt vio eran de
plataforma hechos de madera, que se utilizaban en combinación con un mecanismo
de descarga burdo pero muy efectivo, llamado sistema Lidgerwood. Los vagones
solo tenían un lateral y los espacios entre uno y otro estaban cubiertos con
láminas de acero. La tierra se amontonaba contra el lateral, y al llegar al
vertedero se subía al último vagón un arado de acero de tres toneladas, enganchado
por un largo cable a un enorme mecanismo parecido a un cabrestante, montado en
un vagón abierto en la cabecera del tren. El cabrestante funcionaba con la
energía de la locomotora. A una señal, se tiraba del arado rápidamente hacia
delante y los veinte vagones del tren eran descargados de un único golpe, todo
en unos diez minutos. Stevens le informó a Roosevelt de que una sola de esas
máquinas podía hacer el trabajo de trescientos hombres que utilizaran el viejo
método de descargar a mano.
En otra carta a su hijo Kermit, escrita a bordo del Louisiana cuando
iba de regreso a Estados Unidos, Roosevelt le describiría así el Tajo de
Culebra:
Ahora nos hemos afianzado en la obra […]. Las enormes palas
mecánicas trabajan sin descanso, extrayendo grandes cantidades de roca, grava y
tierra, previamente desprendidas mediante barrenos y explosiones de dinamita, y
cargándolas en trenes que las acarrean a un vertedero en la selva o donde van a
construirse las presas. Poco a poco van devorando la montaña, ahondando cada
vez más el tajo. Sobre las laderas se colocan pequeñas vías muertas, las rocas
se dinamitan y las grandes palas mecánicas de 95 toneladas avanzan gradualmente
como obuses de montaña hasta que llegan a donde les resulta fácil comenzar su
tarea de despedazar y destruir las laderas de las montañas. Hombres y máquinas
efectúan su tarea con intensa energía. Los hombres blancos supervisan las cosas
y manejan las máquinas, mientras decenas de miles de negros llevan a cabo el
trabajo manual rudo donde no merece la pena que lo hagan las máquinas. Es una
hazaña épica y de gran trascendencia.
Roosevelt había visto el tajo desde arriba, desde el borde,
después de haber almorzado y de haberse cambiado de ropa en la casa de Stevens.
La excavación se encontraba todavía en las etapas iniciales y debido a la
lluvia solo había veinticinco palas trabajando. Aun así, constituía la caverna
más grande construida por el hombre sobre la superficie de la tierra, y el
estruendo y la conmoción que llegaban de abajo eran algo no experimentado en
ningún otro lugar. Otros relatos afirman que era una escena que solo se le
hubiera podido ocurrir a H. G. Wells.
Una vez, a principios de año, H. G. Wells había visitado la Casa Blanca. Era
una brillante tarde de primavera, y había conversado con Roosevelt largamente
en el jardín, como Julio Verne y Ferdinand de Lesseps lo habían hecho en la
biblioteca de la Société de Géographie. Wells afirmó que se encontraba en
América para investigar el futuro y «cuestionar la certeza del progreso»,
porque, a diferencia de Verne, tenía serias dudas acerca de las consecuencias
humanas que a largo plazo tendrían la ciencia y la tecnología.
Es imposible precisar si Roosevelt abrigó tales pensamientos cuando miró hacia
el fondo del Tajo de Culebra por primera y única vez en su vida. Lo más
probable es que fuera para él un momento supremo e inefable. En sus viajes,
Wells había visto una sala de dinamos en la Compañía de Energía de las
Cataratas del Niágara que evocó algo que rayaba en el sobrecogimiento
religioso. Escribió que eran creaciones de «mentes especulativas y serenas,
previsoras y esforzadas». La sala misma era un santuario; no había ruido, ni
polvo, ni tumulto, a pesar de que los aros externos de los grandes generadores
giraban a la velocidad de 160.000 kilómetros por hora. Se había conmovido hasta
el fondo de su alma al contemplar un poder tan grande en las manos del hombre.
Roosevelt, en Culebra, debió de haber tenido la misma sensación, aunque para él
el ruido y el tumulto formaban la mejor parte de esa sensación.
En su conversación en el jardín de la Casa Blanca, Wells había preguntado si
las energías creativas de la civilización moderna tendrían un valor permanente,
y la respuesta de Roosevelt había sido inmediata. Dijo que no tenía manera de
refutar una interpretación pesimista del futuro, pero que prefería vivir como
si eso no fuera cierto. Se refería específicamente a La máquina del
tiempo, la visión más desesperada del futuro presentada por Wells.
Este recordaba que Roosevelt «se puso a gesticular» y que «el tono de su voz se
hizo más agudo cuando rechazó el pesimismo de ese libro». Asió el respaldo de
una silla de jardín con la mano izquierda y hendió el aire con la derecha, en
un ademán oratorio que le era habitual. «Suponga que llega a probar, después de
todo, que tiene razón y que todo termina en sus mariposas y sus morlocks. Eso
no importa ahora. El esfuerzo es real. Vale la pena seguir haciéndolo. Vale
la pena incluso entonces.»
«Puedo verlo ahora —recordaba Wells— con el ademán de su mano crispada y, ¿cómo
podría describirlo?, el rostro amistoso con la mirada entornada, como un hombre
con el sol en los ojos. Así permanece en mi mente, como el símbolo de la
voluntad creativa del hombre, con sus limitaciones, su dudosa suficiencia y su
valerosa persistencia.»
En la extensa carta escrita a Kermit durante su viaje de regreso, Roosevelt
decía que las tierras vírgenes de Panamá le habían hecho desear disponer de más
tiempo. «Es una verdadera selva tropical, con palmeras y plátanos, árboles del
pan, bambúes, ceibas, alegres mariposas y pájaros de todos los colores que
revoloteaban entre las orquídeas […] Todo mi antiguo entusiasmo por la historia
natural pareció revivir, y hubiera dado cualquier cosa por poderme quedar y
tratar de recolectar especímenes.» No había aparente conflicto entre tales
esplendores y lo que ocurría en el Tajo de Culebra, entre las orquídeas y las
palas mecánicas. «Panamá era un gran espectáculo», le dijo a su hijo Ted, con
lo cual quería decir todo lo que había en Panamá.
* * * *
Para la mayoría de los trabajadores, su presencia había sido
mágica. Años después, la esposa de uno de los operadores de una pala mecánica,
la señora Rose van Hardevelt, recordaría: «Nosotros lo vimos en el extremo del
tren. Jan consiguió banderitas para los niños y nos avisó cuándo pasaría el
tren. El señor Roosevelt nos dirigió una de sus conocidas y amplias sonrisas y
saludó a los niños con el sombrero». En un instante, comprendió la fe que su
esposo tenía en aquel hombre. «Y estuve más segura que nunca de que no nos
iríamos hasta que [el canal] estuviese terminado.» Dos años antes vivían en
Wyoming, en una estación solitaria del ferrocarril Union Pacific. Cuando su
esposo supo que había trabajo en Panamá, de inmediato sintió deseos de ir
porque, le dijo, «con Teddy Roosevelt todo es posible». Hasta entonces ninguno
de ellos sabía siquiera dónde se encontraba Panamá.
II
Su «Mensaje especial sobre el Canal de Panamá», el primer
mensaje al Congreso que iba a ser ilustrado con fotografías, fue pronunciado el
17 de diciembre de 1906. Roosevelt esbozó el progreso que se había logrado.
Alabó a los franceses por lo que habían conseguido hacer; alabó al Congreso por
haber tenido el buen juicio de negarse a intentar construir un paso al nivel
del mar. Describió los hospitales, las viviendas, su almuerzo en el comedor de
La Boca. Habló de la lluvia. Solo durante la última mañana había podido atisbar
el sol, y nada más durante unos cuantos minutos.
Hizo cuanto pudo para describir la grandiosidad de la obra e instó al Congreso
y a la nación a que le prestaran atención. «Es una obra estupenda en la que
nuestros compatriotas se han comprometido allá abajo en el Istmo», declaró. En
el momento actual, podía informar de que había cerca de seis mil
estadounidenses trabajando en ella. «Nadie puede ver a estos hombres jóvenes y
vigorosos desempeñando con toda energía su labor sin sentir un estremecimiento
de orgullo.»
Una parte muy extensa del mensaje se dedicó a los progresos obtenidos en el
renglón salud e higiene públicas y a las alabanzas a Gorgas. Este escribió en
una carta privada que el mensaje fue «sin duda algo extraordinario. Yo no
esperaba nada semejante. Creo que nunca había recibido un médico militar un
reconocimiento semejante en un mensaje presidencial. Probablemente marca la
cumbre de mi carrera».
Roosevelt afirmó que el progreso médico era asombroso teniendo en cuenta el
pasado de Panamá; pero curiosamente los cuadros estadísticos incluidos en la
conclusión del informe, tomados de los registros reales del hospital,
presentaban un panorama muy distinto e inquietante. Los adelantos específicos
citados no tenían precedentes y eran indiscutibles: la fiebre amarilla había
desaparecido, ya no existía el cólera y se había acabado con la peste. Entre
los estadounidenses, incluidos los dependientes, no había habido ninguna muerte
por enfermedad en tres meses, un récord casi increíble en Panamá y muy
impresionante, como Roosevelt subrayó, incluso para las pautas estadounidenses[21].
Los servicios y cuidados médicos en el Istmo eran «tan buenos como los que
podían obtenerse en los hospitales de primera categoría de Estados Unidos». El
Departamento de Sanidad venía gastando dos millones de dólares anuales; el
hospital de Ancón contaba con una plantilla de 470 miembros. A lo largo de la
línea se habían construido más de una docena de nuevos hospitales y
dispensarios. La atención en todos los centros era gratuita tanto para blancos
como para negros.
Alrededor de mil trabajadores se mantenían constantemente excavando zanjas para
el drenaje, cortando maleza, quemando matorrales, recogiendo basura y rociando
con petróleo los charcos y pantanos.
Pero para cualquiera que estudiara los datos proporcionados al final del
informe, era evidente que el éxito de la cruzada sanitaria era bastante
relativo. Dependía del sector de la mano de obra de que se estuviese hablando.
Sin duda, a los trabajadores blancos y sus familias les iba muy bien; en
cambio, para la inmensa mayoría negra, el cuadro era alarmante.
Durante los primeros diez meses de 1906, la tasa real de mortalidad entre los
empleados blancos fue de 17 por 1.000. Pero entre los indios occidentales
negros fue de 59 por 1.000. Los trabajadores negros, los que se pensaba que
eran idóneos para soportar el pernicioso clima, morían en una cantidad tres
veces mayor que los trabajadores blancos. Panamá ya no era una tumba para los
trabajadores blancos, pero seguía siendo casi tan mortal como antes para los
trabajadores negros. Y puesto que los negros triplicaban a los blancos, la
disparidad en el número de muertes entre los trabajadores negros resultaba
todavía más impresionante.
En los diez meses anteriores habían muerto un total de 34 estadounidenses,
mientras que el número de víctimas entre los hombres y mujeres solo de Barbados
fue de 362, es decir, diez veces mayor; habían fallecido 197 jamaicanos, 68 de
Martinica, 29 de Santa Lucía y 27 de Granada.
La causa de las muertes entre los trabajadores, sin tomar en cuenta el color,
incluían desde accidentes ferroviarios hasta alcoholismo, disentería,
suicidios, sífilis y tuberculosis. Sin embargo, por el momento la principal
causa de muerte entre la gente negra y, por lo tanto, la enfermedad más mortal
del Istmo, era la neumonía. Desde el comienzo del año, 390 empleados habían
muerto por neumonía, de los cuales 375 eran negros. Solo en octubre, como
Roosevelt había informado, habían muerto 86 trabajadores por esta enfermedad.
La malaria, la segunda causa de muerte, había segado 186 vidas, pero solo doce
de ellas eran de indios occidentales negros.
El problema radicaba en que gran parte de la fuerza de trabajo era
particularmente vulnerable a la neumonía viral. En Barbados no se conocía esta
enfermedad. Y puesto que numerosos trabajadores negros vivían donde querían y
como querían, con frecuencia en la selva y prescindiendo de las reglas más
elementales de higiene, casi siempre sin el beneficio de los mosquiteros, las
probabilidades de contraer casi cualquier enfermedad, y en particular la
malaria, eran sumamente elevadas.
Las actividades de cavar zanjas, quemar matorrales y desecar pantanos
efectuadas por las brigadas «Anopheles», como eran conocidas, habían sido muy
efectivas dentro de áreas específicas. Los estudios iniciales que habían
demostrado que los mosquitos Anopheles eran susceptibles al
fuerte calor del sol y al viento habían producido un programa calculado para
crear tantos espacios abiertos sin protección y sin sombra como fuera posible,
a fin de que los insectos no tuvieran donde vivir y guarecerse. De esta manera,
los nuevos poblados se levantaban en terrenos abiertos, completamente
desbrozados. Rara vez se veían mosquitos Anopheles en las
inmediaciones. Roosevelt señaló «la extraordinaria ausencia de mosquitos». Él y
su comitiva solo habían visto uno en tres días y no era «de la especie
peligrosa».
Pero no se habían desecado todos los pantanos ni destruido todos los criaderos.
Un extenso pantano de Miraflores, por ejemplo, era especialmente prolífico; la
captura usual en una trampa para mosquitos durante la noche era de unos mil
ejemplares. La selva nunca se hallaba a mucho más de un tiro de piedra de
cualquier punto a lo largo del trazado del canal, y en la selva los Anopheles eran
tan numerosos como siempre.
La malaria continuaría causando muertes, como William Gorgas reconocería en sus
propios informes, y la incapacidad causada por la enfermedad era mucho mayor
que la de todas las restantes enfermedades juntas.
Casi todos los pacientes que Roosevelt vio en los hospitales de Panamá habían
sido hombres negros, como él mismo reconoció. Y por lo que conocemos de su
correspondencia con Shonts, le habían consternado algunas de las cosas que vio.
«A mi juicio, el elemento menos satisfactorio de toda la obra es cómo se ha
dispuesto la alimentación de los negros», escribió tan pronto como llegó a
Washington. «Esos cobertizos que sirven de cocinas, con sus suelos de barro y
la cacerola sucia que cada hombre tenía y en la que cocinaban todo, no son lo
que debieran ser […]. Más aún, las altas tasas de enfermedad entre los negros,
comparadas con las de los blancos, me parece que demuestran que hay que hacer
un esfuerzo decidido para enseñar a los negros algunos principios de higiene
personal.» Y preguntaba: « ¿No se podría hacer algo más para proporcionar un
mejor alojamiento y una salud mejor a estos trabajadores?».
* * * *
En general, el viaje lo había vuelto más eufórico que nunca
sobre el tema del canal. De su éxito final estaba «tan convencido como puede
uno estarlo de cualquier empresa humana». Su confianza en Stevens estaba
implícita en todo su mensaje al Congreso, y nadie lo apreció más que el propio
Stevens, quien lo calificó de un «respaldo incondicional» a su forma de
conducir los asuntos.
La orden ejecutiva se había firmado el 17 de noviembre en una reunión celebrada
en el antiguo palacio de De Lesseps en Cristóbal, durante el último día de
estancia de Roosevelt en el Istmo. La autoridad de Stevens, por lo tanto,
quedaba ahora firmemente establecida.
Así pues, para Roosevelt fue incomprensible y muy molesto el hecho de que,
precisamente en el momento en que pronunciaba su mensaje, este comenzara a
causar problemas. En Washington, durante una breve visita efectuada en
diciembre, el ingeniero estuvo irritable y cáustico. Parecía resentido con
Gorgas y habló de despedirlo. A Roosevelt le pareció «poco menos que imposible
seguir tratando con él».
Qué fue lo que irritó a Stevens es un misterio que prefirió no explicar nunca.
Con la llegada de la estación seca, el trabajo avanzaba como nunca. La
excavación en el Tajo de Culebra superaba en enero las 800.000 toneladas, lo
que era más del doble del mejor récord mensual alcanzado por los franceses. En
febrero la cifra fue de más de 980.000 toneladas, y la popularidad de Stevens
alcanzó una nueva cima.
En cualquier caso, la renuncia de Shonts presentada el 22 de enero produjo una
crisis. Shonts se iba para dirigir la Interborough Rapid Transit Company en la
ciudad de Nueva York, una decisión que Roosevelt y Stevens conocían de antemano
y que el primero aceptó sin la excitación que había concurrido en el incidente
de Wallace. A Stevens se le comunicó formalmente la noticia dos días después en
una carta de Joseph Bucklin Bishop, secretario de la Comisión del Canal del
Istmo.
Luego, el 30 de enero, Stevens envió una carta a Roosevelt desde Culebra que
llegó a la Casa Blanca el 12 de febrero. Tenía seis páginas de extensión y
estaba desprovista de todo circunloquio, como toda su correspondencia. Revelaba
a un hombre muy diferente del John Stevens del año anterior, a un hombre
fatigado y amargado. Se quejaba de «los enemigos de la retaguardia» y de las
incomodidades de estar «siempre sujeto a los ataques de mucha gente […] que no
me limpiaría las botas en Estados Unidos». Aunque algunos «sabios legisladores»
pudieran pensar que su salario era excesivo, Stevens quería que se supiera que
por permanecer en Panamá se estaba privando de no menos de 100.000 dólares al
año. Su vida familiar se había trastornado; gran parte del año estaba separado
de su familia. Y a su edad no le quedaba mucho tiempo «para disfrutar de los
placeres y comodidades de la vida civilizada».
Hablaba de la tremenda responsabilidad y de la tensión que pesaba sobre un
hombre en el puesto que ocupaba, y decía que dudaba de que pudiera soportarlas
durante otros ocho años. Los problemas técnicos no eran lo grave, sino «la inmensa
cantidad de detalles» que había que tener constantemente en la mente.
La gloria que pudiera estar ligada a su papel no le interesaba. Y, en resumidas
cuentas, no le veía ningún significado ni atractivo al mismo canal:
El «honor» que continuamente se esgrime como un incentivo para
relacionarse con esta obra me atrae, pero no mucho. Para mí el canal no es más
que una gran zanja y nunca me ha parecido, como le parece a muchos otros, que
al concluirse vaya a ser de gran utilidad. Posiblemente carezco de imaginación.
La misma obra, en su conjunto, no me gusta. No ha habido un solo día desde que
me comprometí en esta empresa en que no hubiera vuelto a Estados Unidos para
ocupar puestos que para mí fueran más satisfactorios. Algunos de ellos, si
perdona mi franqueza, los preferiría a la presidencia de Estados Unidos.
Este fue el párrafo que determinó su destino. La carta no era
una renuncia formal, pues no llegaba a expresar de forma específica que
quisiera dejar el puesto; solo que «no estaba ansioso por continuar en
servicio». Quería un descanso, y como Roosevelt le había manifestado la alta
estima en que lo tenía, le pedía que considerara el asunto «tranquila y
desapasionadamente».
Un reportero que conversó con alguien que estaba con Roosevelt cuando recibió
la carta, escribió: «Afirmar que el presidente se quedó perplejo por el tono y
carácter de la comunicación es describir los sentimientos a la ligera». La
carta fue enviada de inmediato a Taft con una nota que decía: «Stevens debe
salir al punto». Aunque Stevens cambiara de parecer, daría igual, «dado el tono
de su carta».
Después de una breve entrevista con Taft, Roosevelt cablegrafió a Stevens que
su renuncia había sido aceptada.
Taft reiteró a Roosevelt que el mayor Goethals (quien estaba a punto de
convertirse en el teniente coronel Goethals) era el hombre mejor preparado para
el puesto, de modo que la noche del 18 de febrero fue llamado a la Casa Blanca.
Sin embargo, el cambio se mantuvo en secreto hasta el día 26, cuando, junto con
la noticia, Roosevelt hizo su tan citada declaración —una observación realizada
en atención a la mano de obra del Istmo y al público en general— de que pondría
el canal a cargo de «hombres que permanecieran en el puesto hasta que yo me
canse de tenerlos allí, o hasta que yo diga que pueden abandonarlo. Se lo
pasaré al Ejército».
Pero al mismo tiempo, según el Tribune de Nueva York, señaló:
«Así, si el hombre que está al mando padece macrocefalia o se pone mal de los
nervios, puedo ordenarle regresar para que recobre la salud y sustituirlo sin
ninguna confusión».
En privado, Roosevelt estaba «completamente desconcertado» por la conducta de
Stevens. Cuando un amigo que se hallaba visitando el Istmo le escribió de forma
confidencial que el ingeniero padecía insomnio, Roosevelt pareció muy aliviado.
«Si fuera un bebedor o un hombre adicto a las drogas, la respuesta sería
sencilla —escribió como contestación—. Pero tal como están las cosas, me
inclino a pensar que ha de ser insomnio o cosas parecidas debidas a los
entornos tropicales.» Luego añadía: «Ha desempeñado su papel admirablemente».
En el Istmo la noticia tuvo un efecto devastador. El Star & Herald,
apoyando con firmeza a Stevens, declaró que las mayores macrocefalias estaban
en Washington y que los franceses debían estar riéndose disimuladamente. Cuando
los propios hombres de Stevens le pidieron una explicación, respondió: «No
hablen; caven».
Con el paso del tiempo se formularon varias teorías. Se dijo que había caído en
la cuenta de que los planos de la presa de Gatún estaban equivocados; que
estaba molesto porque en Washington se había otorgado un contrato sin su
consentimiento; que a su mujer no le gustaba la pinta del contratista; que se
le había ofrecido otro puesto; que estaba loco. Un editor, exasperado por lo
absurdo de todo lo que se estaba publicando, declaró que en realidad el
problema del moho verde que crecía sobre sus libros era lo que había acabado
quebrando la resistencia de John Stevens.
La explicación más común y más plausible considerada desde la distancia era que
estaba sobrecargado de trabajo y al borde del colapso, que era lo que su propia
carta dejaba traslucir. Esta fue la explicación que Taft dio al Congreso en el
curso de una comparecencia posterior y la conclusión a la que llegaría Goethals
una vez que estuvo en el Istmo. «Pienso que se agotó debido a las responsabilidades
y a su evidente deseo de vigilar personalmente todos los detalles», escribió en
una carta privada.
«No es un desertor —afirmaría con insistencia Frank Maltby—. Si fuera una
cuestión de luchar por lo que él consideraba que era lo acertado, no lo habrían
echado del canal ni a palos […]. Mi opinión personal […] es que le desagradaba
mucho la notoriedad.»
Una teoría más intrigante, pero sin ningún fundamento, fue formulada algunos
años más tarde por Josephus Daniels, secretario de Marina de Woodrow Wilson.
Según Daniels, Stevens se había topado por accidente con cierta información
comprometedora relativa a las actividades de William Nelson Cromwell cuando se
efectuó la venta de la Nouvelle Compagnie y sus privilegios. Era información,
según escribió Daniels, cuya revelación «hubiera hecho saltar al Partido
Republicano y hubiera puesto al descubierto la más escandalosa muestra de
corrupción de la historia del país».
Una explicación que tuvo mucha aceptación en el Istmo fue que Stevens se limitó
a desahogarse con Roosevelt en su carta y que estaba tan sorprendido como
cualquiera de la reacción que había provocado. Un empleado del canal que
alegaba que había estado con Stevens en su oficina cuando escribió la carta
dijo que le pasó una copia, comentando jovialmente: «He descargado mi mente con
T. R. Es fuerte, ¿verdad?». Cuando este hombre le señaló que era una carta de
renuncia, Stevens se rio y replicó que Roosevelt sabía muy bien que él no
quería renunciar. Pero si Stevens conocía a Roosevelt como afirmaba, es
inconcebible que no hubiera previsto el efecto inevitable de las observaciones
despreciativas referentes al canal, por no mencionar su desagradable comentario
sobre la presidencia.
Durante toda su carrera, Stevens había prosperado gracias al cambio. Dejó a
Hill dos veces porque necesitaba un cambio. Había aceptado el puesto de
Filipinas en 1905 porque estaba cansado y necesitaba un cambio. El cambio, como
escribiría en un llamamiento a los jóvenes para que estudiasen ingeniería, era
para él el atractivo principal de la profesión. Así que tarde o temprano iba a
llegar su renuncia.
Él mismo iba a afirmar que todas las razones alegadas para explicar su
repentina partida tenían un denominador común: eran falsas. «Las razones para
renunciar fueron de orden puramente personal —escribió—. Nunca he declarado
estas razones, y probablemente nunca lo haré.» Y así fue.
* * * *
Su trabajo había sido sobresaliente. Su diseño ferroviario en el
Tajo de Culebra estaba, según George Goethals, más allá de la competencia de
cualquier ingeniero militar de la época. Otros sostendrían incluso
apasionadamente que quien debía pasar a la historia como constructor del canal
era Stevens. Este, que nunca fue un hombre modesto, tenía su propio punto de
vista al respecto. Había entregado a los ingenieros del Ejército, afirmaría más
tarde, una «máquina bien planeada y construida» que con excepción de uno o dos
chirridos funcionaría a la perfección. Su sustituto (Goethals) se limitó a
«ponerla en marcha». «Los problemas más difíciles estaban resueltos, el Rubicón
se había cruzado, el canal se estaba construyendo […]. Solo una pésima
administración o la falta de los fondos necesarios podrían oponerse a su
culminación triunfal.»
Pero esto era, evidentemente, inexacto. Más cercano a la verdad estaba el
cuadro que daba a entender en la carta enviada a Roosevelt de una tarea
compleja e inmensa y una responsabilidad capaz de matar a un hombre, que
duraría todavía varios años. Los elogios posteriores de Goethals a Stevens como
uno de los más grandes ingenieros que haya habido jamás, y de que el canal era
su monumento, eran cumplidos profesionales del más alto orden ofrecidos con
toda sinceridad. Pero estos comentarios dicen tanto de Goethals como de
Stevens.
El sistema ferroviario de Stevens continuaría siendo la forma de funcionamiento
fundamental en el Tajo hasta el fin de la excavación. Pero a principios de 1907
la excavación apenas estaba comenzando y Stevens no había tenido que vérselas
con los derrumbes más importantes. Todavía no se habían completado los estudios
topográficos. La reubicación del ferrocarril de Panamá no se había iniciado. El
tamaño de las esclusas no se había determinado, ni se habían diseñado sus
complejos detalles. En realidad, el gran trabajo de construcción del canal
estaba por iniciarse —la construcción de la presa de Gatún y de las esclusas—,
tareas estas de magnitud sin precedentes que requerían una pericia que Stevens
no poseía.
Las tareas primarias de Stevens —la creación de una mano de obra bien
alimentada, bien alojada, bien equipada y bien organizada, y la concepción de
un plan de ataque— se terminaron en 1907. Como ingeniero ferroviario, no tenía
experiencia en el uso del hormigón armado a gran escala, y conocía muy poco de
hidráulica; pero estas eran las especialidades de los ingenieros militares.
El espíritu independiente y vigoroso de Stevens había sido exactamente lo que
se necesitaba. La situación crítica de 1905 había exigido, como él afirmó más
tarde, «un tipo de alborotador político que no tuviera una veneración muy
profunda por los caprichos de la autoridad constituida». Pero, en última
instancia, el puesto exigía un sentido mayor de la misión.
Durante mucho tiempo, Roosevelt había hablado de la construcción del canal como
si se tratara de una gran batalla en la que el honor nacional se encontrara en
juego, al igual que lo había hecho Ferdinand de Lesseps. Panamá era un tumultuoso
asalto para la conquista del progreso, el único asalto que Roosevelt, el
presidente estadounidense de palabras más belicosas, iba a lanzar y dirigir. Al
término de su primer día de estancia en Cristóbal, en un discurso fuera de
programa dirigido a cientos de estadounidenses, incluido John Stevens,
Roosevelt había dicho que el canal era el intento más grande y más importante
que cualquiera pudiera realizar, y que si lograban llevarlo a término quedarían
como uno de los ejércitos más famosos de la historia. Iba a ser una batalla
prolongada, ardua y cuesta arriba, no distinta a la de sus padres en la Guerra
Civil. (Su propia guerra cubana de dos meses nunca habría servido como
ejemplo.)
Cuando vuestros padres estaban luchando, pensaban mucho en el
hecho de que la manta pesaba demasiado al mediodía pero no lo bastante por la
noche, en que el cerdo no era tan bueno como debería […] y en que no siempre
estaban satisfechos con la forma en que se dirigían los regimientos […]. Pero
cuando se terminó la guerra, cuando volvieron a casa, cuando vieron lo que se
había logrado, todas esas cosas les parecieron insignificantes, y solo les
importó el hecho glorioso de haber desempeñado su papel como hombres entre los
hombres; de haberse comportado de modo que cuando la gente les preguntaba qué
habían hecho de valioso en esos grandes años, podían responder que habían
servido decente y fielmente a los grandes ejércitos […]. No puedo exagerar la
intensidad del sentimiento que me embarga […]. Siento que para cada uno de
ustedes ha llegado una oportunidad que a muy pocos se les presenta en cada
generación […]. Cada hombre debe albergar el sentimiento de que aparte de
obtener aquello a lo que tiene derecho por su trabajo, además y por encima de
todo, debe albergar el sentimiento de triunfo por estar asociado a la obra
misma, y debe apreciar su grandeza y la espléndida oportunidad que se le ofrece
a quien toma parte en ella.
Según lo entendía Roosevelt, Stevens había fracasado en el
sentido más profundo y fundamental, casi del mismo modo que Wallace. Para
Roosevelt, el triunfo estaba en el trabajo mismo, en aceptar el desafío; la
prueba consistía en la capacidad de seguir «bregando», como solía señalar a sus
hijos. Stevens no solo se había dado por vencido, sino que se limitó a verlo
como un «trabajo»; no hubo ningún compromiso emocional, ni el menor sentido del
deber. Para Roosevelt, Stevens era un comandante que abandona su ejército.
No pareció guardarle ningún resentimiento. («Ha hecho usted un excelente
trabajo […] y lamento perderlo», escribió pocos días después de haber recibido
su carta.) Lo único que sucedía era que si Stevens pertenecía a la clase de
hombres que consideran el trabajo algo que se puede tomar o dejar a voluntad,
era alguien de quien Roosevelt podía prescindir fácilmente. En el extenso
ensayo sobre el canal que el presidente escribió en su Autobiography,
no mencionaría a Stevens.
III
Con la designación de George Washington Goethals se terminaron
las preocupaciones de Roosevelt sobre si la obra de Panamá llegaría a su
término. El canal sería ahora la «propuesta de un solo hombre» que había
propugnado Stevens, solo que ese hombre iba a ser de un tipo muy diferente a
este.
Goethals tenía cuarenta y ocho años, la misma edad que Roosevelt, y una
ascendencia similar. Sus padres, de origen flamenco, habían llegado a Nueva
York con los inmigrantes de 1848. Segundo de tres hijos, había nacido en
Brooklyn el 29 de junio de 1858 y, más tarde, a los once años, se había
trasladado con su familia a una casa situada en la avenida D de Manhattan, a
una manzana de East River. Pero su familia había sido pobre y luchadora, y, a
diferencia de Roosevelt, Goethals había tenido que abrirse camino
«exclusivamente por su propio esfuerzo». A los catorce años había logrado
entrar en el City College de Nueva York; luego había estado en West Point,
donde había sido elegido presidente de su clase y había terminado el segundo de
su promoción en 1880, el mismo año en que Roosevelt se licenció con honores en
Harvard.
La carrera de Goethals en el Cuerpo de Ingenieros había sido ejemplar. En el
Departamento de Columbia, en 1884, William Tecumseh Sherman lo había destacado
como el mejor oficial joven a su mando y le había predicho un «brillante
futuro». Había trabajado en «mejoras» en el valle del río Ohio (1884-1885);
como instructor de ingeniería civil y militar en West Point (1885-1889); en
mejoras en los ríos Cumberland y Tennessee, y en particular en el Canal Muscle
Shoals (1889-1894), donde diseñó y construyó una esclusa con una altura de
izado récord de poco menos de nueve metros; como auxiliar del jefe de
Ingenieros (1894-1898), y en los trabajos portuarios de Block Island a
Nantucket (1900-1903). En 1903, año en que Elihu Root reorganizó el Ejército,
había sido elegido para formar parte de la nueva Plana Mayor, un cuerpo de
cuarenta y cuatro oficiales a los que se dispensó de todas sus obligaciones
para que ayudaran al nuevo jefe del Estado Mayor. Como especialista en defensas
costeras fue como atrajo la atención de Taft.
Era un oficial modelo, pero un soldado como otros muchos del Cuerpo de
Ingenieros que nunca había combatido en una guerra ni había disparado un tiro,
salvo en el campo de prácticas, y parecía tener poco aprecio por la «vida
militar» convencional. Una vez, durante un desfile en Panamá, mientras miraba
cómo se pasaba revista a unas tropas en un campo de entrenamiento con un calor
achicharrante, le susurró a un civil que lo acompañaba: « ¡Qué vida de
infierno!».
De modales fríos, capaz y muy correcto, era un hombre de dignidad natural y
normas rigurosamente exigentes y elevadas. No había tenido ninguna experiencia
con la fama, ni parecía desear alcanzarla. Y sería difícil imaginárselo perdido
en la lectura de Huckleberry Finn o en otra cosa que no fuera
su trabajo. Cuando años más tarde preguntaron cómo se divertía «el coronel»,
uno de sus familiares respondería: «No se divertía».
Un reportero escribió que «sobre todo, parecía alerta e idóneo». Tenía una
estatura de 1,80 metros y estaba en perfecto estado físico. Sus rasgos más
sobresalientes eran sus intensos ojos de color azul violeta —«ojos más bien
salvajes», como recordaría más tarde Alice Roosevelt Longworth— y su cabello
plateado y corto, peinado con raya al medio y lavado a diario. Era algo
estirado, pero nunca fue presuntuoso, en buena medida porque era casi incapaz
de hablar de sí mismo. Con las jovencitas guapas podía ser especialmente
amable, de un modo más bien paternal, y las mujeres lo consideraban muy
atractivo.
Era un fumador empedernido y detestaba a las personas gruesas, con la única
excepción de William Howard Taft, del que se le escuchó una vez afirmar que era
el único hombre gordo y limpio que había conocido.
La noche en que fue llamado a la Casa Blanca, Goethals y su esposa habían
estado agasajando a un antiguo amigo, el coronel Gustav Fieberger, jefe del
departamento de ingeniería en West Point, en su casa de la calle S. Llegó un
mensajero con un recado de William Loeb, secretario de Roosevelt, en el que se
le preguntaba si estaría libre para ir a la Casa Blanca al día siguiente por la
mañana. Goethals había telefoneado de inmediato a Loeb, quien le dijo que, en
lugar de esperar hasta la mañana siguiente, se presentara esa misma noche a las
diez y veinte. Goethals se excusó ante su huésped, se puso el uniforme y salió
de su casa sin tener la menor idea de por qué se le había mandado llamar, ni de
qué iría a tratarse en la entrevista con Theodore Roosevelt.
Tomando el té en Culebra ((el coronel David D. Gaillard y su esposa).
Archivos Nacionales
«Roosevelt entró de inmediato en el asunto del canal»,
recordaría Goethals. La Comisión del Canal iba a reorganizarse por última vez.
Goethals iba a ser el presidente y el ingeniero jefe. Jackson Smith y el doctor
Gorgas formarían parte de la comisión, junto con cuatro nuevos miembros: un
antiguo senador de Kentucky llamado Joseph C. S. Blackburn, el contraalmirante
Harry Harwood Rousseau, el mayor David Du Bose Gaillard y el mayor William
Sibert, estos dos últimos del Cuerpo de Ingenieros. Gaillard era el único de la
lista al que Goethals conocía en persona, pues también había sido miembro de la
Plana Mayor, pero estaba al corriente de la reputación de Sibert y Rousseau, y
aceptó su designación.
Sin embargo, la decisión crítica concernía a Goethals. «Roosevelt lamentó que
la ley exigiera que la obra se encargara a un cuerpo ejecutivo o a una comisión
de siete hombres —recordaría Goethals—, mas […] los diferentes esfuerzos que
había hecho para ajustarse a la ley habían resultado tan infructuosos que había
resuelto asumir poderes que la ley no le daba, pero que tampoco le prohibía
ejercer.»
Así pues, aunque todos los miembros de la comisión iban a estar en el Istmo a
partir de entonces, Goethals ostentaría la autoridad suprema, una autoridad que
debería respaldarse mediante otra orden ejecutiva al año siguiente. Goethals
iba a ser casi un dictador —«el Zar de la Zona»—, responsable solo ante el
secretario de Guerra y el presidente. En palabras de su biógrafo, Goethals se
convirtió de inmediato en uno de los tres déspotas absolutos del mundo, que
«podían ordenar que una montaña desapareciera del paisaje, o un hombre de sus
dominios o un salero de la mesa de ese hombre». Esto se alejaba mucho del
espíritu de la Ley Spooner, pero tales medios eran los únicos, insistía
Roosevelt, con los que podía llevarse a cabo la tarea, una opinión con la que
Goethals estaba de acuerdo.
Una equivocación posterior muy común fue que el canal lo construyó el Ejército,
que fue creación del Cuerpo de Ingenieros. Pero no fue así. Goethals y los
restantes ingenieros militares se desligaron del Ejército para prestar sus
servicios en Panamá. No informaban al jefe del Cuerpo de Ingenieros, sino, como
los ingenieros civiles, a la Comisión del Canal, que era Goethals, y este
informaba a Taft, tal y como Stevens había hecho según la reorganización
anterior.
La diferencia fundamental radicaba ahora en que un militar no podría ni debería
renunciar. Para un licenciado de West Point, abandonar frente a la adversidad o
la incomodidad personal la tarea que se le había asignado era inconcebible.
Durante los días siguientes, Blackburn, Rousseau, Gaillard y Sibert desfilaron
uno por uno por la Casa Blanca para entrevistarse con el presidente y con
Goethals en el despacho presidencial. La misma escena se repitió en cada caso.
Después de presentarlos a Goethals, Roosevelt les pedía que se sentaran y les
informaba de que habían sido designados para formar parte de la comisión. «Será
un puesto de amplia remuneración y de gran honor —les decía—. Al designarlo a usted,
solo tengo una observación que hacerle. El coronel Goethals va a ser el
director. Él tiene toda la autoridad. Si en algún momento usted no está de
acuerdo con su política, no dude en comunicármelo: estar en desacuerdo con él
equivale a presentar la renuncia.»
Roosevelt había decidido que el salario de Goethals fuera de 15.000 dólares al
año, mucho más de lo que había percibido hasta entonces, pero solo la mitad de
lo que se le había pagado a Stevens.
Aproximadamente a la semana de que se publicara su nombramiento en los
periódicos, Goethals escribió en respuesta a la felicitación de un amigo: «No
es más que el simple cumplimiento del deber. Se me ordenó y no hubo
alternativa».
* * * *
Para toda una generación de estadounidenses, Theodore Roosevelt
fue quien construyó el canal de Panamá. Fue su creación personal. Sin embargo,
el canal de Panamá fue construido durante los mandatos de tres presidentes
estadounidenses, Roosevelt, Taft y Wilson, y, de los tres, fue Taft quien
realmente consagró al proyecto la mayor parte de su tiempo y atención personal.
Taft hizo cinco viajes a Panamá como secretario de Guerra y fue dos veces más
durante su mandato presidencial. Fue quien despidió a Wallace y contrató a
Stevens; y fue el primero que se fijó en Goethals. Cuando Taft reemplazó a
Roosevelt en la Casa Blanca en 1909, el canal estaba a medio terminar.
Sin embargo, nada de eso importó mucho, ni hubo la menor discusión sobre la
legitimidad de atribuirle a Roosevelt el canal. Su posición categórica era que
el canal nunca se habría construido si no hubiera sido por él, y eso nadie lo
discutía. Para Goethals, «el verdadero constructor del canal de Panamá era
Theodore Roosevelt». No habría añadido nada a su triunfo, escribía Goethals,
«si Roosevelt en persona hubiera levantado cada palada de tierra en su
construcción».
La obra no solo se había reanudado cuando Roosevelt tomó posesión de su cargo,
sino que su liderazgo había sido decisivo, tanto en el Tratado Hay-Pauncefote
como en la elección de la ruta por Panamá, en la creación de un Panamá
independiente, en la defensa y apoyo de William Gorgas y en la elección del
plan de esclusas y lago.
Incluso con su breve visita a Panamá logró de un golpe algo que nunca antes se
había conseguido: hizo del canal un acontecimiento popular. Y, finalmente,
había confiado la dirección de la obra a un hombre muy bien elegido. «Yo creo
en un ejecutivo fuerte —escribió una vez a un corresponsal—. Creo en el poder.»
Capítulo 19
El punto de ataque principal
«El punto de ataque principal era, por supuesto, el Tajo de
Culebra, por aquel entonces, como siempre, el obstáculo más formidable contra
el que había que luchar y al que había que superar. Pronto iba a verse que era
mucho más formidable de lo que se había sospechado.»
JOSEPH BUCKLIN BISHOP
I
Representarse el volumen de tierra que había que eliminar para
construir el canal de Panamá era una propuesta casi imposible para cualquiera.
Se divulgaron algunos datos —11.932.000 metros cúbicos en 1907, la cifra
increíble de 28.120.000 metros cúbicos en 1908—, pero superaban la capacidad de
comprensión. ¿Qué era un millón de metros cúbicos de tierra? ¿Cuánto pesaba?
¿Qué volumen suponía? ¿Qué esfuerzo significaba?
Las analogías ilustrativas ofrecidas por los periodistas y escritores eran de
poca ayuda porque casi siempre eran poco menos que fantásticas. El material
extraído del prisma del canal, se decía, bastaría para construir una Gran
Muralla china desde San Francisco hasta Nueva York. Si Estados Unidos fuera
completamente llano, la cantidad de tierra que habría que extraer para
construir un canal de tres metros de profundidad y 15,5 metros de anchura de
costa a costa no sería mayor de la que se necesitaba extraer en Panamá para la
construcción de un canal de 84 kilómetros de largo. Un tren que arrastrara
todos los vagones de tierra extraída en Panamá daría cuatro veces la vuelta a
la Tierra por el ecuador. Los desechos bastarían para construir sesenta y tres
pirámides del tamaño de la gran pirámide de Keops. (Para ayudar a los lectores
a imaginarse su aspecto, la revista Scientific American encargó
a un pintor que dibujara Manhattan con una serie de pirámides que iban de
Broadway a Harlem.)
Solo el material extraído del Tajo de Culebra, afirmaba un escritor cuando la
obra estaba a punto de concluirse, formaría una pirámide que sería treinta
metros más alta que el edificio Woolworth (con 237 metros de altura, era el
edificio más alto del mundo), mientras que todo el material que se había sacado
de la zona del canal formaría una pirámide de 1.260 metros de altura, es decir,
siete veces más alta que el monumento a Washington.
Si todo el material que se había extraído del canal se colocara en un bloque
sólido que tuviera por base la dimensión de una manzana de la ciudad, se
elevaría casi 30.000 metros, es decir, 30 kilómetros de altura.
¿Pero quién podía imaginar tales cosas? ¿O cuántos podían además tener en
cuenta el asfixiante calor de Panamá, las lluvias, las arenas movedizas de
Culebra, todo lo cual seguía siendo tan problemático y desmoralizante como en
el pasado? Porque por mucho que se hubieran mejorado los sistemas o el equipo y
se hubiera optimizado la mano de obra, el problema principal continuaba siendo
Panamá: el clima, el terreno y la distancia de todas las fuentes de
abastecimiento. En el fondo del Tajo de Culebra, a mediodía, la temperatura era
casi de 38 grados, y con mucha frecuencia superaba los cincuenta. Como Theodore
Shonts señaló una vez, la construcción del mismo canal en un país desarrollado
y en un clima templado no habría planteado dificultades especiales.
Más manejables —y más impresionantes— eran los resultados de un mes o de un día
de trabajo en el Tajo de Culebra, o la eficiencia relativa de todo el sistema
de excavación y acarreo de tierra, comparados con lo que los franceses habían
logrado en Suez o en Panamá, pues estos eran los únicos esfuerzos previos
realmente análogos. Cuando durante la etapa de Goethals la obra se hallaba en
su apogeo, Estados Unidos estaba excavando en Panamá el equivalente de un canal
de Suez cada tres años. Los 28.120.000 metros cúbicos de tierra y roca
eliminados en el año 1908 suponían casi la mitad de lo que dos compañías
francesas sucesivas habían logrado excavar en Panamá en casi diecisiete años y
más que toda la parte de la excavación realizada por los franceses que
resultaba aprovechable para el proyecto actual.
Un día cualquiera había de cincuenta a sesenta palas mecánicas trabajando en el
tajo y los trenes iban y venían prácticamente sin interrupción, con lo cual el
rendimiento de cada pala duplicaba el de las etapas previas. Unos quinientos
trenes cargados de tierra diarios se desplazaban a lo largo de todo el trazado
hasta los vertederos. Cada pocos segundos se retiraba tierra suficiente para
cargar un vagón, y la media diaria total era mucho mayor que la conseguida por
los franceses durante un mes el año en que John Wallace apareció en escena.
Pero todo el esfuerzo anterior, tanto francés como estadounidense, quedó
difuminado.
Quizá lo más extraordinario que pueda decirse es que en nuestra época el
trabajo no se hubiera hecho con mayor rapidez ni eficacia, pese a todos los
avances mecánicos y tecnológicos, y la razón es que ningún sistema actual puede
transportar el material con mayor rapidez y rendimiento que el sistema empleado
entonces. No se utilizaron vehículos de motor en la excavación del canal; todo
corría sobre raíles. Y debido a la lluvia y el fango, ningún otro método
hubiera dado tan buenos resultados.
Pero los constructores del canal no solo estaban logrando lo que otros no
habían podido, sino que estaban haciendo más, mucho más, de lo que cualquiera
había previsto, puesto que todos los cálculos previos sobre el tamaño de la
tarea habían sido deplorablemente inexactos. Los ingenieros estadounidenses no
habían sido menos ingenuos en el cálculo de la masa total que había que
eliminar que los franceses. El 13 de noviembre de 1904, al día siguiente de que
la primera pala Bucyrus empezara a cavar en el Tajo de Culebra, había habido un
pequeño derrumbe que la puso fuera de servicio por varios días. Durante la
época en que Stevens estuvo al mando, había habido otros derrumbes semejantes a
los sufridos por los franceses. Pero nadie tenía ni la más remota idea de lo
que iba a ocurrir durante el mandato de Goethals. Más bien se pensaba que el
asunto de los derrumbes se había exagerado demasiado. El profesor Burr, miembro
de la junta asesora internacional de Roosevelt, había declarado que eso carecía
de importancia: «Todo lo que se necesita para remediar esa situación es excavar
la arcilla o drenarla para extraer el agua. No es un problema nuevo. No es una
característica extraordinaria de la obra».
La junta asesora, en su estudio de 1906 —esto es, en el informe minoritario en
favor de un canal con esclusas—, había calculado que el volumen total de la excavación
que faltaba por hacer no superaría los 41.040.000 metros cúbicos. Pero en 1908
hubo que ajustar este cálculo a 59.280.000 metros cúbicos. En 1910, el cálculo
subió a 63.840.000; en 1911, a 67.640.000. En 1913, los cálculos alcanzaban ya
los 77 millones de metros cúbicos, casi la misma cifra que la junta asesora
había presentado al principio para un canal al nivel del mar.
Como en la época de los franceses, cuanto más se cavaba, más quedaba por cavar.
* * * *
Para el hombre que ahora llevaba el peso de la responsabilidad
de todo lo que ocurría, el obstáculo inicial había sido fundamentalmente
personal. La recepción a la llegada de Goethals había sido muy fría. Era
evidente que ni él ni el Ejército eran queridos por los estadounidenses que
trabajaban allí y todos parecían deseosos de hacer especial hincapié en la
tremenda popularidad de Stevens. Se habían reunido miles de firmas para pedir a
Stevens que retirara su renuncia y se quedara. Parecía que nadie tenía más que
alabanzas para él y lo que había hecho. Nunca en su carrera, observaba
Goethals, había visto tanto afecto por un hombre.
Stevens y el doctor Gorgas se encontraban en el muelle la mañana en que
Goethals y el mayor Gaillard bajaron a tierra. No se había preparado ninguna
recepción, ni tampoco un sitio para que se alojaran. Stevens ocupaba todavía la
residencia oficial del ingeniero jefe, una nueva casa de seis habitaciones en
Culebra, que iba a ser la de Goethals una vez que se marchara, pero puesto que
Stevens «no parecía inclinado a recibirnos en su casa» (según Goethals escribió
a su hijo George), los dos oficiales se habían ido con Gorgas a Ancón, donde
había poca intimidad y ni siquiera un escritorio donde Goethals pudiera
trabajar. Las cartas a su familia durante aquellas primeras semanas las
escribió sobre las rodillas, sentado en una silla de respaldo recto que había
en uno de los dormitorios.
Para hacer más pesimista el ambiente, el Star & Herald deploraba
sin ambages la perspectiva de que se pasara a la norma militar. Era probable
que ninguno de los trabajadores tuviera que llevar uniforme, suponía el
periódico, pero a nadie debería sorprenderle que se viera obligado a pasar
lista cada mañana o saludar militarmente a sus nuevos superiores.
A Goethals también le resultaba muy evidente que los hombres del ferrocarril
que rodeaban a Stevens tenían poco aprecio por los ingenieros militares. «Como
regla general, se afirmaba, los ingenieros militares son por su misma formación
dictatoriales y muchos de ellos tiranos —escribiría Goethals—, y se ha predicho
que si se encargan de la construcción real, el canal está condenado al
fracaso.» Los militares solo contaban con formación técnica, se decía; nunca
«han tenido éxito como jefes ejecutivos de grandes empresas».
Su apreciación personal del estado en que se encontraba la obra era muy
favorable. La diferencia entre lo que veía ahora y lo que había visto en 1905,
durante la visita en la que acompañó a Taft, era extraordinaria. Escribió a su
hijo: «El señor Stevens ha efectuado un gran trabajo que nunca se le reconocerá
o, en caso de que se le reconozca, nunca será lo suficiente».
Pasaron varios días antes de que se le ofreciera una bienvenida más o menos
oficial: una reunión masculina ofrecida un sábado por la noche para distraer de
paso a un grupo de congresistas visitantes. John Stevens excusó su asistencia,
y Goethals, en la cabecera de la mesa, escuchó sentado, sin expresión, cómo el
maestro de ceremonias elogiaba extensamente a Stevens y hacía varias observaciones
sarcásticas sobre los militares. Fue una noche que nunca olvidaría. A cada
mención del nombre de Stevens correspondía un sonoro aplauso, mientras que las
pocas y obligadas referencias al sucesor de Stevens pasaban en silencio.
Goethals estaba furioso por lo que consideró «burlas» al Ejército, pero se
mantuvo callado hasta que le tocó su turno. No había acudido a la recepción con
uniforme, sino con un traje blanco de civil. De hecho, no había llevado
uniforme al Istmo y nunca en los años venideros se le vería de esa guisa.
Apreciaba tanto como ellos, afirmó a los huéspedes reunidos, el trabajo que
había desempeñado Stevens, y no tenía la intención de promover un régimen
militar. «Ya no soy un comandante del Ejército de Estados Unidos. Considero que
ahora estoy al mando del ejército de Panamá y que el enemigo que vamos a
combatir es el Tajo de Culebra y las esclusas y diques a ambos lados del canal,
y que ninguno de los hombres que se encuentran trabajando aquí y que cumplan
con su obligación tendrán jamás motivo para quejarse de militarismo.»
Sustituyó a Stevens de forma oficial el 31 de marzo de 1907, a la medianoche.
Una semana después, este zarpaba rumbo a Estados Unidos. Una multitud como
jamás se había visto en el Istmo se apiñaba en el muelle de Cristóbal para
despedirlo, y todos le vitoreaban, saludaban y cantaban Auld Lang Syne.
Stevens parecía muy asombrado y conmovido por las muestras de afecto. Esta vez
le tocó a Goethals no asistir.
Goethals carecía de los modales pintorescos y el don de gentes de Stevens, así
que en muchos la primera impresión que causó fue que era cortante y arbitrario,
una persona desabrida. Pronto se afirmó que la palabra goethals en
flamenco significaba 'cuello tieso'. No le gustaba que le tomaran fotografías.
Los congresistas visitantes le resultaron toscos, aburridos y pesados. Las
visitas eran «un terrible fastidio». Se esperaba que apareciera en todos los
bailes y actos sociales celebrados en el Tívoli o en el club de Culebra, a los
que asistía «por sentido del deber», y pasaba la velada sentado en una terraza
escuchando la música y esperando que llegara el momento en que podría marcharse
de forma educada.
El antiguo secretario de Stevens había aceptado permanecer en el puesto para
colaborar en el período de transición, pero renunció de improviso. William
Bierd, el jefe del ferrocarril, anunció por sorpresa que se retiraba a causa de
su salud, pero Goethals supo luego que se iba a trabajar con Stevens en el
ferrocarril de Nueva Haven. Frank Maltby decidió que los ingenieros civiles ya
no tenían ningún futuro en Panamá, y también renunció. Luego los operadores de
las palas mecánicas, viendo que la ocasión era propicia para una demostración
de fuerza, amenazaron con ponerse en huelga a menos que se cumplieran sus
demandas. Goethals se negó, y abandonaron el trabajo. Fue la primera huelga
grave desde que se inició la obra. De sesenta y ocho palas mecánicas, solo
trece continuaron funcionando. Goethals contrató nuevas cuadrillas.
Incluso el recién llegado mayor Sibert se mostraba «pendenciero y difícil de
tratar» en las reuniones. A la señora Sibert, según supo Goethals, le
«disgustaba» el clima de Panamá.
De las cartas que se conservan escritas a su hijo George, que por aquel
entonces cursaba su último año en la Academia militar, se desprende que también
Goethals se sentía extremadamente solo. La señora Goethals se encontraba
todavía en Washington «haciendo mucha vida social»; otro de sus hijos más
pequeños estaba en Harvard. Goethals se sentía muy aislado, escribía; no tenía
tiempo ni para leer el periódico. Su única fuente de distracción era el
mayordomo francés, Benoit, quien continuaba sin hablar casi inglés pero iba con
la residencia oficial de Culebra, de la que Goethals era el séptimo ingeniero
jefe que la ocupaba.
El día comenzaba muy temprano. A las 6.30, servido por el ceremonioso Benoit,
«el coronel» desayunaba una naranja pelada clavada en la punta de un tenedor,
dos huevos, tocino y una taza de café. A las siete se dirigía a la estación de
Culebra para tomar el tren número 2, rumbo al norte, a las 7.10; o el número 3,
rumbo al sur, a las 7.19. La mañana la empleaba en inspeccionar el trazado.
Llevaba consigo un paraguas negro y solía vestir de blanco. De forma
invariable, iba inmaculado; también de forma invariable, iba fumando un
cigarro.
Cuando volvía a casa, después de terminar un ligero almuerzo, descansaba
durante media hora y luego se dirigía a su amplio despacho, situado en el
primer piso del edificio de la administración. Allí recibía visitas hasta la
hora de la cena, a las siete. Por la noche, a menos que tuviera otro
compromiso, regresaba a su despacho y se concentraba en sus papeles de trabajo
hasta cerca de las diez.
Para la mayoría de los observadores, parecía totalmente ajeno a todo lo que le
rodeaba e inmerso solo en su trabajo. Un empleado que descansaba en el porche
de su casa una noche de luna especialmente bonita fue testigo de la siguiente
escena:
No había más que unas cuantas luces en el edificio de la
administración. Una a una se fueron apagando, salvo la del despacho del viejo.
Eran casi las diez cuando su ventana se oscureció […]. Una luna llena tan
grande como una mesa de comedor pendía sobre el asta de la bandera a una
distancia de escaso medio metro; era una noche espléndida. El viejo salió y
cruzó por el césped hacia su casa. No se detuvo a contemplar la luna;
simplemente siguió de largo, meditando, con la cabeza algo adelantada. Y no llevaba
diez minutos en su casa cuando todas las luces ya estaban apagadas. Las
encendería cuando se preparaba para tomar ese tren madrugador.
A su hijo mayor le escribía que prefería estar ocupado, puesto
que no había ninguna otra cosa que hacer. Se dedicaba con tanto fervor al
trabajo que con frecuencia terminaba el día en una especie de aturdimiento. No
era el hombre del «escritorio limpio» que había sido Stevens. Sus cestas de
asuntos pendientes y resueltos estaban siempre repletas. Los papeles se
apilaban dondequiera que hubiera lugar en su escritorio: cartas, mapas
plegados, especificaciones, planos, media docena de libretas negras, informes
en pesadas carpetas azul oscuro. El trozo de escritorio que dejaba libre frente
a él pronto quedaba moteado de cenizas de cigarro.
Le gustaban las cosas por escrito. Si durante sus excursiones matutinas a lo
largo del trazado algún jefe de departamento o ingeniero le pedía un nuevo
planteamiento o mejora, la respuesta inevitable era: «Póngalo por escrito».
No buscaba la popularidad. En primer lugar quería lealtad, no hacia él, sino
hacia el trabajo. Aborrecía la pérdida de tiempo y la ineficiencia, y estaba
resuelto a eliminar a los incompetentes. No quería que hubiera ninguna duda
sobre su autoridad. El operador de una pala mecánica recordaría que «lo que el
coronel decía, lo decía en serio. Lo que se proponía, lo conseguía. No tardamos
mucho tiempo en darnos cuenta de esto». Las peticiones o instrucciones
provenientes de su despacho no se discutían. Cuando el jefe del Departamento de
Comestibles, un personaje popular e influyente, informó a Goethals de que
renunciaría si este insistía en ciertos cambios en el procedimiento de compras,
le comunicó de inmediato que su renuncia estaba aceptada y se negó a escucharlo
cuando fue a retractarse de su amenaza. «Esto ayudará a poner orden en el
equipo», señaló Goethals en privado. En su lugar puso al teniente Wood. «La
capacidad ejecutiva —observó en otra ocasión— no es más que dejar que el
compañero haga el trabajo por uno.» Pero para algunos daba la impresión de que
deseaba dominarlo todo. Marie Gorgas, en particular, «lo encontraba
desagradable y autosuficiente». Para su gusto, era demasiado brusco. «Su
conversación y sus modales, al igual que sus actos, carecían de finura y de
espíritu de adaptación.» A ella cada día le desagradaba más. Incluso a Robert
Wood, quien admiraba su «voluntad de hierro y su terrible energía», le parecía
austero e inflexible, «un prusiano típico […]. Durante siete años fui su
asistente —recordaría Wood mucho tiempo después—, y puedo decir que desde
entonces todo en mi vida me ha parecido más fácil en comparación».
Pero si bien su modo de ser era a veces severo y se mostraba más exigente de lo
acostumbrado, siempre actuaba con justicia y otorgó al puesto una dignidad que
nunca antes había tenido. «Nunca me pareció insignificante ante nada»,
recordaría un ingeniero electricista llamado Richard Whitehead que se incorporó
a la empresa ese mismo verano de 1907. Goethals sabía escoger a su gente. Sabía
cómo imbuirles decisión y cómo hacer que quisieran estar a la altura de las
circunstancias. No fue querido, ni entonces ni después, pero impresionaba. Y a
finales del verano «había puesto orden en el equipo».
«Otra semana de observación me ha confirmado mi punto de vista […] acerca de
que el descontento y malestar que reinaban desde la partida de Stevens casi se
han desvanecido», escribía Joseph Bucklin Bishop a Theodore Roosevelt a
mediados de agosto. De baja estatura y aspecto malhumorado, con su barba gris
pequeña y puntiaguda y su reluciente cabeza calva, Bishop era otra nueva
adquisición. Había sido transferido de la oficina de Washington por órdenes de
Roosevelt e iba a estar al lado de Goethals a partir de entonces como
secretario de la comisión, colaborador anónimo, asesor político y álter ego. Y
no por casualidad iba a enviar informes confidenciales a la Casa Blanca acerca
de cómo iban las cosas.
Goethals, informaba Bishop, estaba «aburrido y cansado, y afirma que ha pasado
una época pésima, pero creo que ya ha salido de ella. Cuando así se lo expresé,
respondió: "Bueno, no sé"».
Mientras tanto, la señora Goethals había llegado y se había ido. De modo que su
matrimonio, calificado años después por miembros de la familia como «difícil»,
se convirtió en otro tema para las especulaciones locales cuando las luces de
su despacho seguían encendidas por la noche.
* * * *
Por sugerencia de Bishop, Goethals inició un periódico semanal,
el Canal Record, la primera publicación de ese tipo desde el Bulletin
du Canal Interocéanique de De Lesseps y muy similar en su formato.
Goethals insistió en que el periódico no fuera ni un refrito de las noticias
llegadas de Estados Unidos, ni un medio para pregonar a los cuatro vientos la
fama de los miembros de la comisión. En realidad, muy al contrario del
periódico de De Lesseps, su política editorial prohibía de forma específica las
alabanzas a cualquier directivo. El objetivo era proporcionar a los
trabajadores estadounidenses —así como al Congreso— una descripción exacta y
actualizada del progreso que se estaba logrando, algo de lo que hasta la fecha
no se disponía, así como de informar sobre la vida social dentro de la Zona, la
salida de barcos, los deportes y cualquier otra actividad que «se pensara que
podía ser de interés general».
Con Bishop como editor, el primer número apareció el 4 de septiembre de 1907.
El estilo era directo y objetivo, y así continuaría, salvo en el caso de las
cartas ocasionales de los empleados. Contribuyó a fomentar la moral, haciendo
en buena medida por sus lectores lo que Stars & Stripes conseguiría
para las Fuerzas Expedicionarias Estadounidenses en Francia. Puso en contacto
más estrecho a los asentamientos dispersos e hizo de la Zona una comunidad.
Además, tuvo un efecto instantáneo sobre la productividad.
Bishop empezó publicando semanalmente datos estadísticos sobre lo que excavaba
cada pala y cada draga, lo que de inmediato provocó una feroz rivalidad y muy
pronto se vio cómo aumentaba la producción. «Antes de que se empezara a
imprimir el Canal Record, el trabajo no era tan duro —explicaba un
operador de pala a un redactor de The Saturday Evening Post—.
Íbamos haciendo lo que pensábamos que era un buen trabajo diario [… pero luego]
íbamos como un grupo de idiotas tratando de conseguir marcas.»
Para dar a los empleados la oportunidad de exponer sus quejas, Goethals
estableció su propio tribunal de apelaciones. Todos los domingos por la mañana,
desde las 7.30 hasta mediodía, estaba en su escritorio para recibir a todos los
que creyeran tener alguna queja o problema serios. Los atendía en persona, uno
por uno, según el orden de llegada, sin distinción de rango, nacionalidad o
color. A finales de 1907 había treinta y dos mil personas en las nóminas de
pago, casi ocho mil más que cuando se había hecho cargo de la obra. En 1910
llegarían casi a cuarenta mil. Sin embargo, una vez por semana, a partir del
otoño de 1907, cualesquiera de esas personas, empleados o familiares de estos,
podían «ver al coronel» y desahogarse con él.
El espectáculo era único y memorable a los ojos de quienes lo contemplaron.
Jules Jusserand, el embajador francés, lo comparaba con el tribunal de justicia
establecido por san Luis bajo el roble en Vincennes. «En esas horas de las
mañanas del domingo, se ve al coronel en lo que vale —escribió un reportero que
se había sentido frustrado por la que parecía una incapacidad congénita de
Goethals para hablar de sí mismo—. Se ve la naturaleza inmensamente variada de
las cosas y temas que le interesan. La ingeniería, en su sentido técnico,
parece la última de ellas.»
Se hacía una selección previa. Bishop atendía a los trabajadores de lengua
inglesa, mientras que los italianos, españoles y demás europeos eran escuchados
por un intérprete políglota, Giuseppe Garibaldi, nieto del libertador italiano.
Y con frecuencia estas entrevistas preliminares resultaban suficientes para
resolver el problema —el mero proceso de la libre expresión proporcionaba el
alivio que se necesitaba—; pero si no era así, la puerta de Goethals permanecía
abierta.
En un domingo ordinario, Goethals atendía a unas cien personas, y muy pocos
parecen haber salido pensando que se les había negado justicia. Llegaban ante
el alto edificio de la administración que parecía un granero, entraban en un
amplio vestíbulo adornado con mapas y copias heliográficas, y allí esperaban su
turno. Sus quejas incluían cosas serias y triviales: trato déspota por parte de
los capataces, malentendidos sobre la paga, ascensos no logrados, descontento
por la comida o la casa, mobiliario insuficiente. Goethals escuchaba las
solicitudes de privilegios especiales y exenciones financieras. Tuvo una
petición para el traslado de un operador de pala mecánica a otra división en la
que un equipo de béisbol necesitaba un lanzador (la petición fue concedida).
Recibía sugerencias sobre la obra y se le hacía participar en las disputas
íntimas entre marido y mujer o entre familias que vivían en apartamentos
contiguos. Todo lo escuchaba con paciencia.
Varias quejas podían resolverse de inmediato con un simple sí o un no, o
mediante una breve nota enviada al jefe correspondiente. Toda situación seria
de alguna complejidad se investigaba enseguida. «Era una combinación de
confesor paternal y Juicio Final», escribió Bishop. La gran mayoría de los que
llegaban ante él mostraban un respeto casi excesivo. En raras ocasiones se
atrevía alguien a desafiar su autoridad, y cuando lo hacía, era en vano. «Si
decide en mi contra, coronel, apelaré», declaró un hombre. « ¿Ante quién?»,
replicó Goethals.
Algunos de los directivos que aún quedaban de la etapa de Stevens habían
expresado una desaprobación vehemente cuando se anunciaron estas sesiones
dominicales. Jackson Smith, del Departamento de Trabajo, se había mostrado
especialmente molesto, puesto que su política durante los años pasados había
sido comunicar a quien tuviera alguna queja que era libre de irse en el
siguiente barco. Lo cual, aparte de los rudos modales de Smith, se había
considerado una política muy apropiada que Stevens aceptaba por completo. En
realidad, la nueva forma de encarar las cosas resultaba heterodoxa para los
criterios de la época. En las relaciones laborales, Goethals se había
adelantado a su tiempo, y nada de lo que hacía afectaba el estado de ánimo de
los trabajadores o el respeto que tenían por él: «Se los trataba como seres
humanos, no como animales —recordaba Bishop—, y ellos respondían haciendo su
trabajo lo mejor que podían».
Según la opinión del propio Goethals, manifestada en privado varios años
después, así fue como logró «controlar a los trabajadores», y este control era
«el gran atractivo del puesto».
Cuando otra delegación de congresistas, miembros del Comité de Asignaciones de
la Cámara, llegó en noviembre, quedaron impresionados tanto de Goethals como de
los adelantos logrados, lo que causó una satisfacción especial en la Casa
Blanca. «Estuve presente en todas las audiencias —escribió Bishop a Roosevelt—.
No solo demostró [Goethals] que conocía a la perfección su tarea y que tenía
una visión completa de la obra, sino que sabía más de los detalles que
cualesquiera de sus subordinados inmediatos.»
Antes de emprender el regreso a Washington, el congresista James A. Tawney,
presidente de la delegación, le dijo a Goethals en privado que no se preocupara
por las asignaciones, que podía contar con lo que quisiera. El comité informó
de que la situación en Panamá estaba en «excelente forma». Y, con el tiempo, la
posición de Goethals en el Capitolio iba a ser un factor de gran importancia.
El dinero suficiente para hacer bien el trabajo nunca llegó a ser un problema.
«Solo hay un hombre al que se le prestaría oído en Washington acerca del canal,
y ese hombre es Goethals —destacaba Bishop a Roosevelt—. Tiene un conocimiento
absoluto del asunto, modales perfectos, y puede hablar […]. Él dice que yo soy
quien debería hacer de portavoz, pero no permita que le convenza. Él es el
hombre que está al timón.»
* * * *
Antes de que hiciera un año que Goethals ocupaba el cargo, se
habían efectuado varios cambios importantes en el plan básico del canal, y la
reorganización general que se inició a principios de 1908 estableció un régimen
totalmente nuevo. La impresión general era que el plan era firme, que este era
por fin el canal que se iba a construir y que estos eran los hombres que iban a
hacerlo, y dicha impresión era acertada.
Los cambios, todos muy importantes, fueron los siguientes:
·
La anchura del fondo del
canal por el Tajo de Culebra iba a ampliarse un 50 por 100, de 60 a 90 metros.
De esta manera iba a cuadruplicar con creces la anchura prevista para el canal
francés en ese punto.
·
La anchura de las
cámaras de las esclusas iba a aumentarse, principalmente para satisfacer las
necesidades de la Marina. Las esclusas tendrían una anchura de 33 metros (en
vez de 28,5 metros), para dar cabida al barco de guerra más grande que estaba
en proyecto, el Pennsylvania, que tenía una manga de 29,4 metros (el navío
comercial más grande que se hallaba en construcción era el Titanic, con una
manga de 28,2 metros). De este modo, cada cámara de la esclusa iba a ser de 33
por 100 metros.
·
En el lado del Pacífico,
donde las fuertes corrientes cargadas de sedimentos amenazaban con obstruir la
entrada del canal, los ingenieros planeaban crear un enorme rompeolas que
recorriera los casi cinco kilómetros de tierras bajas que se inundaban con la
marea hasta la isla de Naos.
·
Cuando los caballetes
comenzaron a hundirse en el lodo en el emplazamiento de la presa de Sosa, hubo
que hacer un cambio importante en la colocación de las esclusas del Pacífico.
Iba a haber una esclusa en el extremo sur del Tajo de Culebra, en Pedro Miguel,
luego un lago de nivel intermedio y otra serie de dos esclusas cerca de la
costa del Pacífico, en Sosa Hill. En el nuevo plan, el complejo de Pedro Miguel
permanecería como estaba, pero la presa y la segunda serie de esclusas se
cambiaban de Sosa Hill —y por lo tanto del Pacífico— a un nuevo lugar en
Miraflores. En consecuencia, el lago terminal (llamado lago de Sosa en el
antiguo plan) se redujo mucho de tamaño y el primer tramo de esclusas en el
extremo del Pacífico iba a estar ahora tan tierra adentro como las esclusas de
Gatún. Desde el punto de vista militar, era sin duda la mejor solución, puesto
que las esclusas del Pacífico serían menos vulnerables a un bombardeo desde el
mar, circunstancia que Goethals había señalado a Taft ya en 1905 después de su
gira por la región. Entonces no se consideró la posibilidad de un bombardeo
desde el aire, ni tampoco a finales de 1907, pues el mundo todavía no se había
enterado de los logros de Kitty Hawk.
* * * *
Con su reorganización, Goethals acabó con todos los viejos
departamentos establecidos por Wallace y aceptados por Stevens. Con ese
sistema, el trabajo se había dividido de acuerdo con los diversos tipos de
actividad: excavación y dragado, mano de obra y vivienda, etc. Ahora todo se
dividía en tres sencillas unidades geográficas —la División del Atlántico, la
División Central y la División del Pacífico—, cada una dirigida por un jefe
general que era responsable de todo dentro del distrito, salvo de las actividades
sanitarias y policiales. Era un planteamiento muy semejante al utilizado por
los franceses, con la diferencia fundamental de que ninguna de las obras iba a
llevarse a cabo bajo contrato, salvo las compuertas de las esclusas. El plan de
contratos de Stevens se había abandonado cuando Goethals ocupó el puesto.
La División del Atlántico incluía los 6,5 kilómetros de entrada al nivel del
mar desde Bahía Limón, las esclusas y la presa de Gatún. La División del
Pacífico incluía la entrada al nivel del mar por ese extremo, así como las
esclusas y las presas. Todo lo que se encontraba en medio, es decir, los 50
kilómetros de canal y el Tajo de Culebra, quedaban comprendidos en la División
Central.
El lado del Atlántico lo iban a dirigir solo militares que tendrían como jefe
de división al mayor Sibert, asistido por varios ingenieros militares. De
cuarenta y siete años de edad, alto, voluntarioso, lleno de ambiciones y de
buen humor, William Sibert estaba cortado en buena parte por el mismo patrón
que Stevens, con el cual iba a colaborar un día en un libro sobre el canal. La
ropa de civil no le sentaba bien, mascaba cigarros de hoja y decía lo que
pensaba. Sus relaciones con Goethals, tensas desde un principio, iban a hacerse
cada vez más desagradables.
Nacido en una granja de Alabama, Sibert había terminado sus estudios en West
Point en 1884, había trabajado en la famosa esclusa Poe en el Canal Soo y había
dirigido un ferrocarril en Filipinas. Pero durante los seis últimos años,
asignado a una obra fluvial y portuaria en Pittsburg, había construido más de
una docena de esclusas y presas en los ríos Allegheny, Monongahela y Ohio. Su
experiencia en ese trabajo no tenía igual, circunstancia que ni él ni Goethals
perderían de vista.
La División Central fue asignada al mayor Gaillard, pero su director ejecutivo
más competente fue un civil, un bostoniano pelirrojo y enjuto llamado Louis K.
Rourke, quien se había ocupado del Tajo de Culebra durante casi dos años.
David Du Bose Gaillard era de Carolina del Sur. Era un año mayor que William
Sibert e íntimo amigo suyo. De cadetes en la Academia militar habían sido
compañeros de habitación y se los conocía como David y Goliat. Gaillard se
conservaba delgado y juvenil, había hecho una sólida aunque poco espectacular
carrera en el Cuerpo de Ingenieros y, como Goethals, había sido elegido para
formar parte de la Plana Mayor inicial. «La experiencia de Sibert en esclusas y
presas hacía su asignación a esta obra muy necesaria —explicaría Goethals a su
hijo que se encontraba en West Point—, así que Gaillard tuvo que ocuparse del
tajo.»
Al igual que Goethals, los ingenieros militares que prestaron sus servicios en
Panamá se consideraban parte de una honrosa tradición; y debe subrayarse que
esto otorgaba a su modo de operación un tono muy diferente al que había tenido
durante la etapa anterior. No se trataba de que fueran técnicos superiores a
los hombres del ferrocarril que los habían precedido, sino que toda su
formación y experiencia se habían dirigido hacia grandes obras de construcción
de interés nacional. Eran ingenieros del Estado, semejantes a los que habían
venido de Francia para construir el canal de De Lesseps. Incluso su formación
había tomado como modelo la de la École Polytechnique, desde la época en que
Sylvanus Thayer había llevado a cabo la reforma académica de West Point, que lo
convirtió en «Padre de la Academia Militar». Thayer fue quien en la década de
1820, después de haber estudiado el programa de la famosa escuela francesa,
hizo de la ingeniería el centro de los estudios de West Point e introdujo la
profesión de constructor dentro del programa académico. «Tenemos que madrugar
porque poseemos un territorio muy grande —explicó en cierta ocasión un cadete a
un visitante en la década de 1850—; tenemos que talar bosques, excavar canales
y construir ferrocarriles por todo el país.» Ese era el espíritu que había
prevalecido. Solo los mejores de cada promoción pasaban al Cuerpo de
Ingenieros.
Pero el personal de Goethals no constaba únicamente de militares, a pesar de
que era la opinión general. En realidad, el único jefe de división que había
designado en persona era un civil, Sydney B. Williamson, quien había sido un
joven ayudante en Muscle Shoals cuando Goethals construyó la esclusa de gran
elevación. Había trabajado con Williamson en varios otros proyectos ulteriores
y su confianza mutua era total. Este fue nombrado jefe de la División del
Pacífico y todos sus ingenieros subordinados iban a ser civiles. De esta manera
se delimitaron de forma natural los campos. Como el Ejército iba a construir
las esclusas del Atlántico y los civiles las del Pacífico, sería una prueba
para ver qué grupo tenía mayores recursos y era más competente. Iba a
suscitarse una clara rivalidad, tal como Goethals había previsto.
Mientras tanto, al contraalmirante Harry Harwood Rousseau, que a los treinta y
ocho años era el miembro más joven de la Comisión del Canal, se le confió la
responsabilidad de diseñar y construir las terminales, los muelles, las
estaciones carboneras, los diques secos, los talleres mecánicos y los
almacenes. Al teniente Frederick Mears, de veintinueve años, se le encargó la
reubicación del ferrocarril de Panamá, una tarea enorme y llena de
dificultades. La construcción de los 64 terribles kilómetros de la nueva línea
duraría cinco años y tendría un coste de nueve millones de dólares.
Iba a haber otras dos renuncias posteriores: la de Joseph Ripley, quien había
sido elegido por Stevens para diseñar las esclusas, y la de Jackson Smith, cuya
competencia Goethals reconocía, pero cuyos modales no estaba dispuesto a
tolerar. Como consecuencia, el Departamento de Mano de Obra y Vivienda que
dirigía Smith se deshizo, y el mayor Carrol A. Devol fue nombrado jefe del
Servicio de Intendencia de la Zona, encargado de la mano de obra, vivienda y
abastos. Devol, elegido personalmente por Taft, había estado al cargo del
servicio de transporte militar en San Francisco en 1906, cuando sucedió el
terremoto, y había dirigido la distribución de todos los suministros para la
devastada ciudad, una operación enorme y acertada cuya responsabilidad total
recayó en el Ejército y por la que este apenas recibió reconocimiento.
Hasta el momento, todo el trabajo de diseño de las esclusas se había organizado
en Washington, pero, con la partida de Ripley, Goethals transfirió el equipo de
diseño al Istmo y lo puso bajo la dirección de otro militar, el teniente
coronel Harry Foote Hodges.
Consideradas todas las circunstancias, Flodges fue probablemente el hombre más
valioso de Goethals desde el punto de vista de periodistas e historiadores.
Nacido en Boston y perteneciente a la promoción de 1881 de la Academia, era
bajo, minucioso, carente de humor y poco espectacular en sus modales y
apariencia. Con su pequeña cara angulosa y sus grandes ojos negros y
penetrantes, parecía un ratón inteligente. Al igual que Sibert, había pasado
muchos valiosos años trabajando con el coronel Poe en el Soo y, como Sydney
William, había sido elegido personalmente por Goethals. A partir de entonces
tuvo total responsabilidad en el diseño y la erección de las compuertas de las
esclusas, todos los enormes conductos y válvulas dentro de los muros y suelos
de las esclusas y todo el intrincado mecanismo requerido. Por lo tanto, tuvo la
responsabilidad técnica más difícil de todo el proyecto, de la que dependía el
éxito del canal. Cuando Goethals no estaba en el Istmo, Hodges actuaba como
ingeniero jefe en funciones. Según Goethals, el canal no hubiera podido
construirse sin él.
II
La «maravilla especial del canal» era el Tajo de Culebra. Era el
mayor foco de atención, prescindiendo de todo lo demás que se estaba realizando
en Panamá. La construcción de la presa de Gatún o de las esclusas, proyecto de
tamaño y coste colosales, despertaba siempre menor interés que la batalla que
se estaba librando en el estrecho de 14 kilómetros entre Bas Obispo y Pedro
Miguel. La lucha duró siete años, de 1907 a finales de 1913, cuando el resto
del mundo se encontraba todavía en paz. En la época seca, los turistas acudían
por cientos y luego por miles para detenerse y mirar desde puntos elevados
cubiertos de hierba a cientos de metros de altura. Se habían dispuesto trenes
especiales para que hicieran el servicio desde Colón y desde la ciudad de Panamá,
se proporcionaban visitas guiadas, y las multitudes no se diferenciaban en nada
de las que abundaban los domingos en los paseos marítimos entablados de
Atlantic City. Los caballeros llevaban zapatos blancos y sombreros de paja; las
damas caminaban sobre la hierba luciendo las faldas que les llegaban hasta los
tobillos y llevando pequeñas sombrillas blancas para protegerse del sol.
Algunos eran celebridades: Alice Roosevelt Longworth, lord Bryce, el presidente
Taft, y William Jennings Bryan (quien «suscitó más agitación general que nadie
desde T. R.»). «Quien no vio el Tajo de Culebra durante la obra grandiosa de la
excavación —declaraba un escritor de la época— se perdió uno de los
espectáculos más grandes de todos los siglos […] una vista que en ningún otro
tiempo o lugar le será otorgado al hombre volver a contemplar.» Lord Bryce
decía que el Tajo de Culebra era la mayor libertad que se haya tomado jamás con
la Naturaleza.
Un público fascinado leía sobre las grietas que se abrían en el suelo, de los
derrumbes descorazonadores, del fondo del canal que se alzaba misteriosamente.
Laderas de montañas enteras eran derribadas con atronadoras cargas de dinamita.
Un reportero visitante enfrascado en la conversación durante una merienda
sintió que su silla saltaba unos cuatro centímetros y se derramó encima una
taza de té caliente.
Para Joseph Bucklin Bishop, autor de The Wonderful Culebra Cut, el
elemento más prodigioso era la sensación de organización que se sentía. «Era la
organización reducida a una ciencia: el sistema de actividad en cadena sin fin
en perfecto funcionamiento.»
A uno y otro lado estaban los sombríos e intimidantes muros de
roca perpendiculares, y en la enorme hendidura que se iba ensanchando y
ahondando entre ellos —el primer cañón del mundo creado por el hombre— había
una masa hormigueante de hombres, trenes que iban y venían por las vías, y
máquinas que parecían monstruos, todo funcionando con incesante actividad, todo
animado por la supuesta inteligencia humana, sin ninguna confusión, sin ningún
conflicto […]. Los muros de roca cedían el paso aquí y allá a terraplenes
abruptos e inclinados de roca y tierra dejados por los grandes derrumbes que
cubrían muchas hectáreas y llegaban hasta los cerros, pero la incesante
actividad humana prevalecía por todas partes. Cada cual sabía lo que tenía que
hacer y lo hacía, al parecer sin necesidad de órdenes verbales y sin cruzarse
en el camino de nadie […].
En general, cuanto más sabía el observador de ingeniería y construcción, más
profundo y entusiasta era su aprecio.
Las fotografías panorámicas tomadas desde la altura daban una
idea de la grandiosidad del cañón que se había creado. Pero el espectáculo
verdadero estaba en el vibrante color. Las columnas de humo de carbón que se
elevaban de las palas mecánicas y de las locomotoras —«un verdadero Pittsburg
de humo»— eran de un color azul oscuro que se volvía gris cálido; los barros
que quedaban al descubierto eran de color ocre pálido, amarillo, anaranjado
brillante, azul pizarra o carmesí como el suelo de Virginia; y el verde
vibrante de las colinas cercanas lo quebraban las sombras de las nubes en
grandes retazos de azul mar y lavanda.
El ruido era increíble. En un día normal había más de trescientos taladros de
roca en funcionamiento y solo su estrépito —aparte del de las palas mecánicas,
los trenes y las detonaciones— podía escucharse a varios kilómetros de
distancia. En la grieta entre Gold Hill y Contractors Hill, donde las paredes
eran principalmente de roca, el estrépito, que reverberaba de pared a pared,
era espantoso, ensordecedor.
Durante siete años, en el Tajo de Culebra nunca hubo silencio, ni siquiera una
hora. Los trenes de trabajadores, que transportaban unos seis mil hombres,
empezaban a funcionar todos los días poco después del amanecer, salvo el
domingo. Durante el descanso del mediodía y después de las cinco de la tarde,
las cuadrillas de dinamiteros entraban en acción y empezaban a escucharse las
detonaciones de las cargas. Durante la noche llegaban las cuadrillas de
reparación, cientos de hombres que daban servicio de mantenimiento a las palas
mecánicas, que ahora trabajaban a su mayor capacidad y soportaban a diario una
dura prueba. También durante la noche la cuadrilla caminera colocaba las cargas
de dinamita superficiales para abrirles camino a las palas mecánicas, mientras
los trenes que transportaban el carbón para alimentar las palas avanzaban con
estruendo, iluminando con sus faros de un modo espectral las paredes del tajo
de arriba abajo hasta el amanecer. Y aunque era política oficial de la Comisión
de Canal del Istmo que el sábado se observara como día de descanso, siempre
había algún asunto vital en el tajo que no podía esperar hasta el lunes.
Entre los documentos más fascinantes que se han conservado figura una serie de
películas del Cuerpo de Señales del Ejército tomadas en el fondo del tajo.
Observando estas raras y antiguas cintas (ahora en una colección de los
Archivos Nacionales), viendo cruzar los trenes de un lado al otro de la
pantalla, estallar las cargas de dinamita y las diminutas figuras humanas
corriendo en medio de nubes de polvo y humo, se cae en la cuenta de lo
extremadamente peligroso que fue todo aquello. En una escena, cuando una de las
palas mecánicas gira de repente, puede verse a Goethals saltando para esquivar
el golpe.
Bishop y los otros que describían el espectáculo desde los farallones de arriba
tenían muy poco que decir sobre esos riesgos. Sin embargo, año tras año,
cientos de hombres morían o eran heridos de gravedad. Quedaban atrapados entre
las ruedas de los trenes, eran aplastados por las rocas que se hacían volar o
resultaban despedazados por las explosiones de dinamita. «Los hombres mueren,
vuelan en pedazos, son eliminados o se ahogan —recordaba un trabajador negro—;
alguien preguntaba de repente: ¿Dónde está Brown? Murió anoche y fue enterrado.
¿Dónde está Jerry? Murió poco antes de comer y ya le han enterrado. Y así una y
otra vez, todo el tiempo.»
La construcción del canal iba a consumir más de treinta millones de kilos de
dinamita, que era una cantidad de explosivos mucho más grande que la que hasta
la fecha había utilizado la nación en todas sus guerras. Cada barco de los que
llegaban a Colón cargados de dinamita llevaba 500.000 kilos —20.000 cajas de 25
kilos en cada cargamento— que debían descargarse a mano, subidos en trenes
especiales y transportados a grandes almacenes de hormigón armado construidos
lejos de las zonas congestionadas.
Por lo menos la mitad de la mano de obra tomó parte en alguna fase del trabajo
relacionado con la dinamita. Los pocos visitantes a los que se les permitía
inspeccionar el fondo del tajo contemplaban largas filas de hombres negros que
marchaban con cajas de dinamita sobre la cabeza, cuadrillas de trabajadores
taladrando las rocas, y otros obreros ocupados solo en colocar los cartuchos de
dinamita en los agujeros que se habían horadado. La profundidad total de los
agujeros para la dinamita que se perforaban mensualmente en Culebra (otro de
esos datos estadísticos que desafían la imaginación) era de 103.566 metros, o
sea, poco más de cien kilómetros[22]. También al
mes se hacían estallar más de doscientos mil kilos de dinamita, lo que
significaba que en conjunto más de ochocientos mil cartuchos de dinamita
envueltos en papel oscuro, con un peso de un cuarto de kilo cada uno y 24
centímetros de longitud, se habían colocado en esos cien kilómetros de
agujeros, y todo ello a mano.
Al principio la dificultad estaba en determinar qué cantidad de dinamita había
que utilizar en cada detonación, según la profundidad de las perforaciones, la
distancia que había entre ellas y la clase de roca, que podía abarcar desde el
basalto hasta la pizarra muy blanda. Los capataces responsables de poner las
cargas y hacer los apisonamientos aprendían por prueba y error. Se probaban
diferentes clases de pólvora, diferentes tipos de mechas y diversos métodos de
encendido.
Había explosiones prematuras con demasiada frecuencia a medida que aumentaba el
ritmo de trabajo. «Tenemos demasiados accidentes debidos a las explosiones
—señalaba Goethals en junio de 1907—. Una de ellas mató a nueve hombres el
jueves en Pedro Miguel. El capataz saltó en pedazos.» Muchos accidentes fatales
ocurrían cuando las palas mecánicas golpeaban el casquete de una carga que no
había estallado. En otra ocasión una carga de doce toneladas estalló prematuramente
al caerle un rayo y mató a siete hombres. Mirando hacia atrás varios años
después, un indio occidental recordaba que «en muchas ocasiones la carne de los
hombres volaba por los aires como si fueran pájaros».
El peor desastre ocurrió el 12 de diciembre de 1908, en Bas Obispo. Más de
cincuenta hoyos se habían perforado en una roca maciza que se encontraba en la
ladera occidental del tajo, y se habían cargado con cerca de veintidós
toneladas de dinamita. Las cargas se habían apisonado, se habían puesto ya las
mechas, pero ninguno de los hoyos se había conectado, puesto que la detonación
estaba programada para el final del día. Mientras el capataz y un ayudante
estaban apisonando la carga final, sobrevino el estallido de todas, sin que
nunca se pudiera determinar su causa. Murieron veinte hombres y cuarenta
resultaron heridos.
A medida que fue pasando el tiempo, los hombres se convirtieron en expertos y
los accidentes se fueron haciendo relativamente más raros, teniendo en cuenta
el volumen de explosivos que se manejaba y el número de trabajadores que
participaban en esa tarea. Sin embargo, todavía morirían muchos hombres, y con
frecuencia, como en el caso de Bas Obispo, quedaría muy poco de ellos para
determinar quiénes eran.
* * * *
En Culebra las palas mecánicas establecieron marcas «nunca
previstas», como señaló Goethals, y a los ojos de muchos observadores se
convirtieron en algo más que meras máquinas. Tenían personalidad y género
ordinariamente femenino, aunque había algunas que se parecían a Theodore
Roosevelt, y las anécdotas de sus proezas de fuerza y de agilidad adquirían una
especie de cualidad mítica. Las informaciones a toda plana en las páginas
del Canal Recordacerca de su rendimiento eran leídas con tanta
avidez como los resultados de los partidos de béisbol.
El apogeo se alcanzó en marzo de 1909, cuando sesenta y ocho palas mecánicas,
el mayor número utilizado al mismo tiempo en el tajo, extrajeron más de
1.520.000 metros cúbicos, volumen diez veces mayor que el logrado por los
franceses en su mejor mes. La marca más alta lograda por una sola pala mecánica
se estableció en marzo de 1910, cuando una Bucyrus de 95 toneladas (la número
123), trabajando durante veintiséis días, excavó 53.200 metros cúbicos. Más
asombroso todavía resulta darse cuenta de que la vasta hendidura de Culebra fue
excavada totalmente por un mero puñado de máquinas. El volumen de tierra
extraído del tajo fue de 72.970.000 metros cúbicos. Así pues, reconociendo que
hubo máquinas que se sustituyeron, cada pala mecánica excavó una media de un
millón de metros cúbicos, a pesar de darles el peor trato sin interrupción.
Nunca se había sometido a una máquina a una prueba semejante, y las marcas que
alcanzaron son un tributo a los hombres que las diseñaron y construyeron.
Las palas mecánicas estaban distribuidas a lo largo de los 14,5 kilómetros que
tenía de longitud el tajo, pero en una sección, al norte de Gold Hill, se
escalonaban, una sobre otra, en siete niveles diferentes, al mismo tiempo que
las siete vías paralelas que utilizaban los trenes que transportaban la tierra
se mantenían constantemente ocupadas. «Había tal cantidad de trenes que iban en
todas direcciones —señalaba una joven turista inglesa en su diario— que debían
estar muy bien organizados.» En realidad, unos ciento sesenta trenes entraban y
salían del tajo a diario, y la organización necesaria para manejar semejante
tráfico puede apreciarse mejor si se toma en cuenta que la mayor parte de las
vías tenían que cambiarse —quitarse, reemplazarse, reubicarse— una y otra vez.
Dentro de los 14,5 kilómetros del tajo había construidos 122 kilómetros de
vías, mientras que en la División Central había en total 337 kilómetros, sin
contar con las del ferrocarril de Panamá. Para mantener la obra en funcionamiento
en Culebra, cada año había que cambiar más de 1.600 kilómetros de vías. Y para
complicar más el problema, el fondo del tajo, el nivel donde había más trabajo,
se iba estrechando más conforme se iba profundizando en la excavación.
No se podía permitir que ninguna de las fases de la operación —la de taladrar,
la de detonar las cargas de dinamita, la de excavar, ni la de extraer la
tierra— interfirieran entre sí o se perturbaran. En consecuencia, cada
movimiento era el resultado de un estudio cuidadoso. Cada una de las palas
mecánicas, cada kilómetro de vía, cada uno de los taladros en uso, se
localizaban a diario sobre un mapa en la sede de la división en Imperio. Se
hacían cuidadosos cálculos sobre el progreso de cada pala mecánica en
particular, la fecha en que esa pala debía cambiar de posición, cuándo había
que ajustar las vías y el efecto que tales movimientos tendrían sobre la
disposición de las cuadrillas encargadas del taladramiento y apisonamiento.
Todo estaba tan bien coordinado y las comunicaciones eran tan fluidas, que al
final de cada día, por ejemplo, las cuadrillas de las locomotoras no tenían más
que comprobar las pizarras de tareas para ver con exactitud lo que debían hacer
al día siguiente.
El tráfico de entrada y salida del tajo lo dirigían desde unas torres que se
encontraban en ambas entradas los jefes de patio, que se mantenían en contacto
telefónico con los diversos vertederos y con media docena de torres pequeñas
colocadas a lo largo de la línea de excavación. Los jefes de patio, que recibían
órdenes del despachador jefe que se encontraba en Imperio, dirigían el paso de
cada tren cargado a un vertedero en concreto y daban derecho de paso al tren
cuando este entroncaba con la línea principal del ferrocarril de Panamá. Cuando
regresaban los trenes vacíos, era de nuevo el jefe de patio quien los
distribuía según las necesidades de las palas mecánicas.
Los vertederos —el otro extremo del sistema— se encontraban en cualesquiera de
los 37 kilómetros a partir del tajo. Sesenta y pico lugares se utilizaron
durante el tiempo de la excavación, y mucho del material extraído simplemente
se sacaba, es decir, no se utilizaba para nada; una parte considerable servía
para construir presas de tierra, levantar terraplenes para la nueva línea del
ferrocarril y para crear el nuevo y enorme rompeolas que llegaría hasta la isla
de Naos, en el extremo del Pacífico. Para impedir que las crecidas del Chagres
inundaran el tajo a medida que se iba ahondando, se levantó un dique de tierra
por el extremo norte, en Gamboa, a veintitrés metros de altura sobre el nivel
del mar.
Todos los vertederos fueron cuidadosamente planeados y tenían vías en varias
terrazas. En cada vertedero había otro jefe de patio, que informaba de las
llegadas y salidas de los trenes y daba la orden de que descargaran; él era
quien ordenaba la distribución de los trenes cargados en las diferentes vías de
descarga y quien dirigía además los movimientos de los descargadores
Lidgerwood, así como las dos piezas adicionales del equipo que se habían empezado
a utilizar: la esparcidora de tierra y el transportador de vías.
Ambos instrumentos eran de vital importancia para el rendimiento de todo el
sistema, puesto que el menor retraso en el extremo de descarga hacía disminuir
de inmediato el avance del trabajo en el tajo. La esparcidora de tierra era un
vagón de ferrocarril con grandes hojas de acero montadas en ambos costados que
funcionaban con aire comprimido. Una vez que se había descargado el tren y su
material quedaba tirado a ambos lados de la vía, venía la esparcidora, empujada
por una locomotora, y hacía la labor de miles de hombres que trabajaran con
palas. El transportador de vías, una pieza del equipo de apariencia aún más
tosca, era creación de William Bierd, antiguo jefe del ferrocarril de Panamá,
quien había construido el primero en los talleres de Gorgona antes de la
llegada de Goethals. Era un enorme dispositivo parecido a una grúa que podía
levantar toda una sección de vía —raíles, durmientes y todo— y ponerla en otra
dirección. Y puesto que las vías de los vertederos-tiraderos tenían que
cambiarse de forma constante para mantener el ritmo con las cargas que se
llevaban, era un accesorio muy valioso. La creación de Bierd podía cambiar
cerca de un metro de vía, pero los modelos posteriores, construidos después de
que él renunció a su puesto, podían alcanzar hasta tres metros. Con uno solo de
esos equipos, menos de doce hombres podían mover 1,5 kilómetros de vía al día,
una tarea que exigiría no menos de seiscientos hombres trabajando a mano.
Los vertederos más grandes se encontraban en Tabernilla (22,5 kilómetros más
allá del extremo norte del tajo), la presa de Gatún (que era el lugar más
distante), Miraflores y La Boca, que era el mayor de todos y había sido
rebautizado con el nombre de Balboa. Algunos de los vertederos tenían una
extensión de miles de hectáreas y en la estación de lluvias se convertían en
grandes mares de lodo en los que las vías se hundían hasta casi un metro. En
Tabernilla se arrojaron a la selva más de doce millones de metros cúbicos de
desechos. En Balboa se depositaron 16.720.000 metros cúbicos, y de este modo se
rescataron del mar 270 hectáreas de superficie en las que se construyó un nuevo
poblado.
El vertedero más problemático con creces fue el del rompeolas de Naos, donde,
como en la presa de Gatún, el material extraído del tajo se descargaba desde un
enorme puente de caballete que se iba extendiendo lentamente por las tierras
bajas llenas de lodo de la bahía. Al principio todo iba como se esperaba. Pero
luego los sedimentos blandos del fondo fueron cediendo bajo el peso del
material que se descargaba encima. Durante la noche, secciones completas del
puente y de la vía desaparecían bajo el lodo, y todo el trabajo tenía que
detenerse hasta que se reemplazaban. En algunas zonas el asentamiento vertical
pasaba de los treinta metros, mientras que el deslizamiento lateral era tres
veces peor. Con el tiempo no quedó ni un solo metro del largo puente donde se
había puesto al principio. En 1910 ya se habían arrojado al rompeolas más de
760.000 metros cúbicos de desechos y todavía faltaba más de 1,5 kilómetros para
alcanzar la isla de Naos. Para llegar a la isla aún se necesitarían 190.000
metros cúbicos de tierra y roca provenientes de Culebra, cantidad que era diez
veces más de la que originalmente se había calculado.
«El Tajo de Culebra era la garganta del infierno», escribiría uno de los
operadores de las palas mecánicas, recordando el calor, el polvo y el ruido.
Tampoco las lluvias constituían un problema menos grave que en épocas pasadas.
En 1908 y nuevamente en 1909, que fueron los años de trabajo más intenso,
cayeron más de tres metros de lluvia. Para comprobar los escurrimientos
torrenciales y reducir las probabilidades de derrumbes, Goethals hizo lo mismo
que los franceses: excavar canales de desvío paralelos al tajo. Pero amplió
mucho más su proyecto.
Secuela de un deslizamiento de tierra ocurrido en el Tajo de Culebra.
(Compañía del canal de Panamá)
El canal del lado oriental del tajo, conocido como desvío de
Obispo, tenía una longitud de nueve kilómetros y una anchura mínima de metro y
medio. Para construir esta acequia y otra similar en el lado opuesto, el
llamado desvío de Camacho, se necesitaron otros 760.000 metros cúbicos de
excavación. Y es muy posible que se cometiera una equivocación, como el mismo
Goethals concedió más tarde, puesto que esos canales se excavaron demasiado
cerca del tajo y el agua que escurría de ellos pudo haber sido la causa de
varios de los derrumbes más desastrosos.
* * * *
Todos los problemas técnicos en Panamá eran pequeños en
comparación con los derrumbes en el tajo. La construcción de la gran presa en
Gatún, durante mucho tiempo la parte más inquietante del proyecto, se convirtió
en una de las tareas menos difíciles después de todo. Un enorme terraplén
creado por los hombres fue creciendo año tras año en Gatún y extendiéndose tres
kilómetros a lo largo del valle del río, formando un dique de tierra con una
base que multiplicaba por quince su altura. En el extremo oriental estaban los
inicios de las esclusas de Gatún; en el centro, los inicios de lo que iba a ser
el vertedero gigante de hormigón armado de la presa. Como base para el
terraplén se construyeron primero dos grandes muros exteriores de desecho
«seco». Estos muros estaban separados entre sí unos ochocientos metros
—mientras tanto, el río había sido encauzado hacia un antiguo canal de desvío
construido por los franceses— y el espacio que quedaba entre ellos se rellenó
mediante bombas hidráulicas con una solución de arcilla azul que al secar
formaba una sustancia tan impermeable como el hormigón armado. No faltaron
polémicas sobre el proyecto (muchas de ellas suscitadas por Philippe
Bunau-Varilla, quien estaba convencido de que Goethals no sabía lo que estaba
haciendo), y en una ocasión, el 20 de noviembre de 1908, una sección de casi
sesenta metros se desprendió lateralmente y se hundió unos seis metros en el
punto donde la presa cruzaba el antiguo canal francés. Frente a la tormenta de
críticas y alarma que se desató en los periódicos, Goethals insistió en que la
situación no era grave, y resultó que tenía toda la razón. El daño se reparó y
el trabajo siguió adelante.
Los deslizamientos, sin embargo, eran otro asunto completamente diferente. El
primero ocurrió en el otoño de 1907, cuando Goethals comenzaba a pensar que
tenía todo bajo control.
El deslizamiento de Cucaracha, situado en la ladera oriental del tajo, al sur
de Gold Hill, ya les había causado problemas a los franceses. La noche del 4 de
octubre de 1907, después de varios días de desacostumbrados aguaceros,
súbitamente, un alud de lodo y rocas se precipitó al fondo del tajo, destruyó
dos palas mecánicas y arrasó todas las vías que encontró a su paso.
The approaches to Gatun Locks, de Joseph Pennel. (Biblioteca del Congreso)
Durante los días siguientes, esa misma parte de la pendiente, de
cerca de veinte hectáreas de superficie, continuó deslizándose hacia abajo a
una velocidad de cinco metros por día. «En realidad, se trataba de un glaciar
tropical, de lodo en vez de hielo —escribiría el mayor Gaillard en un artículo
para el Scientific American—, y las estacas colocadas sobre su
superficie en movimiento y verificadas cada veinticuatro horas por
triangulación mostraban un movimiento en todos los aspectos similar al de las
estacas colocadas sobre los glaciares en movimiento de Alaska, sobre los que el
escritor había hecho observaciones en 1896.» Transcurridos diez días, cuando el
deslizamiento se detuvo, se habían depositado en el canal 380.000 metros
cúbicos de lodo.
En 1910, Cucaracha entró por segunda vez en acción y sepultó en el lodo palas,
vías, locomotoras, vagones de plataforma y líneas de aire comprimido. Todo el
extremo sur del tajo quedó cortado durante meses. Al año, Gaillard informó de
que lo peor de los deslizamientos había pasado. Pero de hecho todavía iban a
ocurrir otros más. A partir de 1911, a medida que se iba ahondando el tajo, los
deslizamientos ocurrían estación tras estación y cada vez eran peores. «Nadie
podría decir cuando se pone el sol cuál será el estado en que vaya a
encontrarse el tajo cuando el sol vuelva a salir al día siguiente —escribía
Bishop—. El trabajo de meses y años podía quedar destruido por un alud de
tierra o el derrumbe de una pequeña montaña de rocas.» Había zonas de derrumbes
en Las Cascadas, La Pita, Imperio, Lirio y Culebra oriental; veintidós lugares
en total. Cucaracha casi nunca estaba tranquila. Tres meses duró el trabajo de
extraer el lodo y las rocas que se precipitaron en el tajo por los derrumbes
ocurridos en 1911. En 1912, más de una tercera parte del año, es decir, cuatro
meses y medio, se dedicaron a eliminar los derrumbes. Un día corrían por el
tajo más de cien trenes; al día siguiente, debido a que había ocurrido un
derrumbe gigantesco, no había ninguno.
Las palas mecánicas quedaban tan sepultadas en el lodo que solo se veían las
puntas de sus aguilones, Cientos de kilómetros de vías desaparecían o quedaban
torcidas de tal manera que parecían una montaña rusa. En una ocasión sucedió un
hecho insólito: una pala y una vía fueron arrastradas por un derrumbe y
depositadas sin daño alguno en medio del suelo del tajo.
En algunas de las pendientes donde se habían construido terrazas el suelo se
movía tan lentamente, apenas unos cuantos centímetros al día, que nunca causó
un daño serio; pero durante dos años hubo que tener dispuestas cuadrillas que,
día tras día, volvían a colocar las vías en el sitio que debían ocupar.
En otro lugar, un deslizamiento lento pero constante se mantenía en perfecto
ritmo con la pala mecánica que trabajaba en su base. La pala nunca tuvo que
moverse: lo que iba excavando lo iba llenando el deslizamiento.
Para los ingenieros, el problema no solo era el volumen de los derrumbes.
También tuvieron que enfrentarse con un tipo de derrumbes que nadie había
previsto. Los derrumbes que habían acuciado a los franceses, como los
relativamente pocos que sufrieron Wallace y Stevens, eran normales:
deslizamientos debidos a la ley de gravedad, como los enormes y destructivos
derrumbes ocurridos en Cucaracha. Como ya se ha explicado, casi siempre
ocurrían en la época de lluvias, cuando una capa superior de material blando y
poroso se deslizaba sobre el plano inclinado de la roca subyacente, «como la
nieve sobre un techo», como decía un estadounidense. Pero la nueva variedad,
con creces la peor, era la que los geólogos clasificaban como ruptura
estructural y deslizamientos por deformación. Estos no se debían a que el lodo
se deslizaba, sino a formaciones rocosas inestables en la parte superior de las
pendientes y, en parte, a los efectos de las fuertes detonaciones. A medida que
se iba ahondando el tajo, las formaciones rocosas subyacentes de las laderas
perdían su soporte lateral y eran incapaces de soportar el enorme peso de la
parte superior. Era como si se quitaran los contrafuertes de las paredes de una
catedral gótica: la pared del tajo que quedaba al descubierto se combaba hacia
fuera bajo su propio peso y se derrumbaba. Las lluvias y la saturación tenían
poco que ver con tales deslizamientos. En realidad, algunos de los más
horrendos ocurrieron durante la época seca.
Los primeros signos de problemas eran los enormes crujidos del suelo que
recorrían todo el borde del tajo desde unos pocos centímetros hasta cientos de
metros de distancia. La siguiente etapa podía sobrevenir varias semanas o meses
después, o podía tardar años. Comenzaría un asentamiento o una inclinación de
grandes bloques que formaban secciones completas de la pendiente. Luego toda la
ladera se venía abajo, a veces en una hora o dos, a veces en varios días.
El peor de esos derrumbes ocurrió frente al pueblo de Culebra, en la ladera
occidental del tajo, donde empezaron a aparecer grandes grietas en 1911. En el
verano de 1912, «el enorme y molesto deslizadero de Cucaracha» había colocado
2.280.000 metros cúbicos de lodo adicionales en el trayecto del canal, pero el
derrumbe ocurrido en la ladera occidental de Culebra había depositado más del
doble de esa cantidad. Treinta edificios del pueblo de Culebra tuvieron que ser
retirados de la cima del tajo.
«Ahora, de repente, a la gente que vivía más cerca del tajo la estaban
obligando a que se mudara —escribía Rose van Hardeveld, una joven esposa y
madre que había venido de Wyoming—. La ladera se estaba deslizando hacia el
fondo del tajo. Una tras otra, las casas se fueron vaciando.
A los vecinos que vivían a tres puertas al oriente de nosotros les advirtieron
una y otra vez que no era seguro permanecer allí […]. Cuando se despertaron una
mañana descubrieron que los escalones traseros de su casa iban camino al fondo
del tajo.»
Ya antes, unas treinta hectáreas del pueblo se habían desgajado y se habían
tenido que desmantelar y trasladar la mitad de los edificios para salvarlos de
ser arrastrados al tajo. En total, estas fracturas, ocurridas todas en la época
seca, arrojaron al tajo 7.600.000 metros cúbicos de tierra, mientras que en el
lado opuesto habían caído otros 5.320.000 metros cúbicos, con lo cual la
anchura superior del tajo había aumentado en 400 metros.
Los deslizamientos «parecían estar dirigidos por la mano de un gran mariscal y
enviados a la batalla de una manera calculada para poner en aprietos a los
ingenieros del canal —declaraba el National Geographic Magazine—.
Ahora están inactivos, intentando arrullar a los ingenieros con una falsa
seguridad […] ahora llegan a medianoche, sembrando el caos y perturbándolo todo
en cualquier dirección en que se muevan». Para muchos trabajadores, la tarea
parecía interminable. «Yo les decía a mis compañeros —recordaba un barbadense—
que mis hijos vendrían y tendrían hijos y sus hijos vendrían y harían lo mismo
antes de que se pudiera ver agua en el tajo, y la mayor parte de nosotros
éramos de la misma opinión.»
A menudo surgían jirones de humo de los terraplenes en movimiento. En una
ocasión las grietas superficiales de Culebra arrojaron agua hirviendo. Cuando
Gaillard llegó para investigar el asunto, sacó un sobre de papel Manila de su
bolsa y lo arrojó en una de las aberturas de la tierra. En segundos, el papel
quedó reducido a cenizas. La explicación, según el geólogo al que se había
mandado llamar, era «la oxidación de pirita», pero los aterrorizados
trabajadores estaban convencidos de que estaban excavando en la ladera de un
volcán.
Sin embargo, el efecto más extraño fue el levantamiento del suelo del tajo. No
solo se caían los muros del canal, sino que su suelo se elevaba tres, cinco e
incluso diez metros hacia arriba, a menudo de una forma muy espectacular. En
una ocasión, se preocupó mucho al ver que una pala mecánica parecía estar
hundiéndose ante sus propios ojos, pero mirando con mayor atención se dio
cuenta de que no era la pala la que descendía, sino que el suelo sobre el que
la pala se hallaba se estaba levantando —alrededor de dos metros en cinco
minutos—, «y tan suave y silenciosamente que el movimiento apenas si era
perceptible».
Este fenómeno, pese a su apariencia diabólica, tenía una explicación muy
sencilla. Era causado por el peso de las paredes del tajo que se deslizaban y
presionaban los estratos relativamente más blandos de la superficie del suelo
del canal. El efecto era el mismo que el de una mano que presionara sobre una masa
blanda que se encontrara en una cazuela. En este caso, la mano era la presión
lateral de las paredes, y la masa que se levantaba a los lados de la mano, el
fondo del canal.
Los derrumbes atrajeron la atención mundial e inspiraron toda clase de
sugerencias para solucionar el problema, pero muy pocas prácticas. El remedio
más popular era recubrir las laderas del tajo con hormigón armado, algo que se
intentó en algunos tramos particularmente problemáticos, mas sin éxito. El
hormigón armado también se combaba y caía con todo lo demás tan pronto como el
derrumbe reanudaba su progreso descendente.
Con el fin de descubrir los deslizamientos por deformación se realizaron
considerables excavaciones en las partes superiores de las pendientes en un
esfuerzo por disminuir la presión sobre los estratos subyacentes. Pero en
general solo seguía habiendo una forma de abordar el problema, la misma que en
la época de los franceses: buscar un ángulo de reposo, seguir recortando las
pendientes y retirando lo que cayera hasta que cesaran los deslizamientos. Y
nadie sabía con certeza cuánto tiempo llevaría. A finales de 1912, en Cucaracha
y Culebra, los puntos conflictivos principales, el ángulo de inclinación ya se
aproximaba a la proporción de uno a cinco (0,30 metros de vertical por 1,52
metros de horizontal). Y el suelo seguía moviéndose.
* * * *
Quince mil turistas acudieron a contemplar el espectáculo en
1911, y en 1912 casi llegaron a veinte mil. «Están ustedes contemplando ahora
el mundialmente famoso Tajo de Culebra», exclamaban los guías turísticos al
principio de su explicación habitual. Se informaba a los visitantes de que las
vías de abajo movían un tonelaje por kilómetro mayor que cualquier ferrocarril
en el mundo. Pero mientras tanto se desmantelaba y trasladaba un gran casino
del pueblo de Culebra («para aligerar el peso sobre la ladera occidental del
canal en ese punto»), y el 19 de enero ocurría otro deslizamiento en Cucaracha.
Fue uno de los peores registrados. Se extendió por todo el tajo y llegó a la
ladera opuesta, bloqueando el tránsito; por sexta o séptima vez, el derrumbe
había borrado meses de trabajo.
Según un relato, Gaillard estaba al borde de la conmoción y se llamó de
inmediato a Goethals al lugar de los hechos. « ¿Qué vamos a hacer ahora?»,
preguntó Gaillard. Goethals encendió un cigarrillo y dijo: «Demonios, excavar
otra vez».
Capítulo 20
La vida y la época
«Durante un rato seguimos avanzando en silencio, hasta que
Umbopa, que marchaba al frente, inició un canto zulú que hablaba de cómo los
hombres valientes, cansados de la vida y de la sumisión de las cosas, partieron
rumbo a la gran selva para encontrar cosas nuevas o morir, y cómo, cuando se
hallaban ya en plena selva, descubrieron que no era una selva, sino un
bellísimo lugar lleno de jóvenes esposas y ganado bien alimentado.»
H. RIDER HAGGARD, Las minas del rey Salomón
« ¡Y esto en la vertiente del mortífero Chagres!»
CHARLES FRANCIS ADAMS
I
Había seis trenes de pasajeros diarios en el ferrocarril de
Panamá, tres en cada dirección, y puesto que seguía siendo el único medio de
locomoción, los vagones iban repletos de pasajeros, que siempre despertaban
gran curiosidad. Aprovechando el fresco del atardecer, los andenes de todas las
pequeñas estaciones se llenaban de gente, y a cualquier recién llegado al Istmo
le admiraba ver a tantas mujeres y niños estadounidenses sanos, limpios y tan
bien adaptados. No solo sobrevivían en ese suelo extraño y en otro tiempo
mortal, sino que prosperaban, lo cual resultaba tan impresionante para muchos
de los visitantes, un motivo de orgullo patriótico tan grande, como todo lo que
había que ver.
Cansaba escuchar hablar de la «presa más grande, de las esclusas más altas, del
mayor lago artificial, del tajo más profundo», escribía un corresponsal para la
revista The Outlook en un esfuerzo para explicar la emoción
que experimentaba contemplando una escena sencilla y sin importancia en los
andenes de Imperio. Un hombre que regresaba del trabajo, mugriento y empapado
en sudor, era recibido por su esposa, una mujer de unos treinta años, vestida
de blanco, que llevaba un bebé en brazos, y por una mujer todavía más joven, al
parecer su hermana, que destacaba «como una veraneante de Gibson» llevando de
la mano a un niñito rubio con las piernas descubiertas y vestido con una túnica
rusa de una blancura inmaculada. Para el corresponsal, que observaba todo esto
desde la ventanilla del tren, había algo milagroso en este «Grupo de Nueva
Jersey», según lo denominó, y en la forma en que el padre, manteniendo sus
manos grasientas hacia atrás, se inclinaba a besar a su mujer y a sus hijos.
El viejo Charles Francis Adams —hermano de Henry Adams, experto en
ferrocarriles e historiador— tuvo una experiencia similar. En 1911, a los
sesenta y seis años, había ido a Panamá sin otro propósito que ver cómo
avanzaba la construcción. Una tarde, mientras esperaba el tren en Culebra, sus
ojos se posaron sobre un grupo de chicas estadounidenses cuyas edades oscilaban
de los diez a los quince años. Todas iban bien vestidas con una ligera túnica
blanca, y su vista en ese escenario le impresionó profundamente. «En ninguna
estación a treinta kilómetros a la redonda de Boston podría haberse encontrado
un grupo de niñas más saludable, próspero y afable en condiciones similares»,
informaría a sus colegas de la Sociedad de Historia de Massachusetts. Varias de
las niñas habían ido para tomar el tren y las otras para despedirlas. Estaban
charlando y riéndose bajo el fulgor de las luces de la estación, pendientes de
sí mismas, sin acompañantes ni temor alguno a la fiebre amarilla, la malaria ni
ninguna otra cosa que pudiera imaginarse. «Las condiciones materiales, sociales
y meteorológicas podrían compararse favorablemente en todos los aspectos con
aquellas a las que estamos acostumbrados a mediados del verano; la única
diferencia notable era la ausencia absoluta de insectos […]. ¡Y esto en la
vertiente del mortífero Chagres!»
La presa de Gatún, las esclusas, el Tajo de Culebra, todo era tremendamente
impresionante, afirmaba, pero ya se habían construido antes presas y canales
navegables; su majestad era en buena medida una cuestión de grado. Pero esta
limpia, próspera y floreciente civilización anglosajona que había «triunfado de
la pestilencia» en pleno corazón de la selva no tenía igual, insistía, en toda
la historia.
* * * *
Los espectadores residentes que recordaban el Istmo de los
tiempos pasados no eran menos incrédulos acerca de su transformación. Para
cualquiera de la misma generación de Adams, lo bastante viejo como para
recordar los días infernales de la fiebre del oro, el cambio era casi
inconcebible. Incluso los franceses parecían formar parte de otra época, de
otro mundo. Tracy Robinson, el único residente estadounidense que estuvo
presente a la llegada de Le Grand Français en 1880 y todavía
era un personaje conocido en Colón, afirmaba que había vivido para ver la
confirmación de su convicción sobre los trópicos. Le había dicho a De Lesseps
que estos habían sido «destinados a grandes cosas», y lo repetía ahora con
mayor fe en sus memorias, una copia de las cuales presentó a George Goethals:
«Me parece que ese designio se puede seguir claramente en esta tendencia.
Supone la evolución de la humanidad hacia un destino más elevado».
La enorme discrepancia entre la sociedad blanca y la negra a lo largo de este
mismo corredor selvático, el hecho de que en realidad la Zona del Canal era una
rígida sociedad de castas, rara vez llegaban siquiera a insinuarlo tales
observadores (lo cual, por supuesto, era en sí mismo otra faceta de la vida y
la época). Y nadie, salvo unos cuantos, cuestionaba la clase de comunidad
blanca que había evolucionado, a no ser para señalar a modo de disculpa que sin
duda se trataba de «una especie de socialismo». La afirmación de que la Zona
del Canal era «una faja estrecha de edificios uniformes y hombres uniformes que
trabajaban en empleos uniformes» no encuentra eco en ninguno de los relatos
publicados o privados. Para William Franklin Sands, diplomático estadounidense,
esta nueva civilización creada por sus compatriotas era sencillamente horrible,
«un estado monótonamente eficiente», «una mecanización de la sociedad humana.
Todos los estadounidense parecían iguales en aspecto y comportamiento, para
estupefacción de los nativos, que antes pensaban de nosotros que éramos una
raza de individualistas extremos». Para Sands, el espectáculo que se veía desde
la ventanilla del tren era desesperante, como escribió años más tarde:
Desde un vagón del ferrocarril se podía decir, por el tipo de
mobiliario de misión y el color de las hamacas que se mecían en los porches
traseros, el sueldo y la categoría social de los ocupantes de todas las casas
que se veían al pasar. En cierto modo, la Zona del Canal de principios del
sigloXXera una anticipación de los barrios residenciales de las afueras de
Nueva Jersey y Long Island de la década de 1920, donde las clases sociales se
correspondían con el número y el precio de los automóviles que se poseían
Sin embargo, para quienes vivían en esas casas, para los hombres
y mujeres como los que había visto el corresponsal de The Outlook,
Panamá parece haber sido la experiencia de toda una vida, casi sin excepción.
El trabajo, la forma de vida, la sensación de ser parte de una empresa creativa
mucho más grande e importante que uno mismo, no se parecían a nada que hubieran
conocido, como franca y alegremente lo expresaban entonces y durante el resto
de sus vidas. «Es como si cada uno estuviera orgulloso de ser uno de los
elegidos para construir la obra más grandiosa de la época moderna», señalaba un
caviloso recluta joven de la policía de la Zona, un aspirante a escritor
llamado Harry Franck, quien había sido designado para realizar un censo. Las
familias que regresaban de Estados Unidos por barco hablaban de forma
invariable de su ansia por volver. «Pero nadie estaba dispuesto a regresar ni
le agradaba la perspectiva», observó Charles Francis sobre el grupo que conoció
durante el viaje a Colón; «todos esperaban permanecer allí hasta el final o,
como se decía, "hasta ver acabada la obra"».
«Nos sentíamos como pioneros», recordarían muchos de ellos después de toda una
vida. Lejos de casa, habían vuelto a las tierras vírgenes para ayudar a la
causa del progreso, para servir a su país en uno de sus grandes momentos.
Estaban construyendo a lo grande y para que perdurara. Iba a ser un «monumento
para el mundo». Cada día era un relato para los nietos.
Ninguno podía considerarse ya un soldado bajo el fuego, pues se les habían
proporcionado muchas comodidades. Apenas quedaban inconvenientes, y mucho menos
penurias reales que arrostrar. Ya no había «tiempos difíciles» en la Zona, como
Harry Franck observaba, «ni caras angustiadas o preocupadas». El estado de
ánimo era sorprendente.
Se dedicaba muy poco tiempo a preocuparse por los posibles efectos nocivos de
un orden tan estructurado y paternalista. En primer lugar, los días estaban muy
ocupados y además no había ninguna duda sobre la naturaleza finita de sus
circunstancias. Sabían que era un experimento social totalmente nuevo, pero
también que sería breve. Sobrevivirían algunos vestigios de su forma de vida
—algunos de ellos hasta el presente—, pero su época particular terminaría de
improviso tan pronto como el canal estuviera concluido. Las casas en que
habitaban, sus escuelas, oficinas, comunidades enteras, desaparecerían con el
avance del lago de Gatún. Otros centros de población construidos en terrenos
más elevados también se desmontarían como escenarios teatrales y se llevarían
lejos sin dejar huella.
Ellos mismos partirían por miles, y para los relativamente pocos que decidieran
quedarse, la vida iba a ser por completo diferente. Una vez que el «Gran
Trabajo» dejara de ser la causa común y galvanizadora, comenzaría otra época.
El trabajo lo era todo. «El orgullo y la alegría en el trabajo —escribía
Bishop— constituían el vínculo mágico que unía a la colonia del canal.» No
había nadie que no estuviera asociado con el trabajo. Nadie podía vivir dentro
de la Zona a menos que fuera trabajador del canal o miembro de la familia de un
trabajador. Todo el orden social existía únicamente por la obra y recompensaba
a sus miembros según su importancia para ella. En efecto, a una escala pequeña
y limitada, existía dentro de la Zona estadounidense de Panamá entre los años
1907 y 1914 algo muy semejante a lo que Claude de Rouvroy, el conde de
Saint-Simon, había previsto para el mundo un siglo antes. Todos se
comprometieron en un noble esfuerzo que iba a ser beneficioso para la humanidad:
el canal que también él previo. La sociedad estaba regida por un técnico capaz,
como él había propugnado. Su famosa máxima «A cada uno según su capacidad, a
cada uno según su trabajo» bien podría haber sido el lema de la Comisión del
Canal del Istmo.
Joseph Pennell, pintor que llegó para hacer una serie de litografías que
expresaran las heroicas etapas finales de la construcción, llamó al canal «La
Maravilla del Trabajo» y dijo que la devoción que inspiraba, el espíritu que
hacía surgir entre los estadounidenses, eran de una calidad que nunca había
encontrado.
Incluso la animosidad o el desdén mal disimulado que sentían muchos
estadounidenses hacia los panameños parecían haberse originado en gran medida
por lo que aquellos consideraban una desgraciada falta de respeto hacia el
«trabajo honrado» por parte de estos. No era tanto que el panameño fuera vago,
que no hubiera hecho nada durante siglos, o que se negara a echar una mano en
el trabajo del canal, sino que parecía burlarse de la creencia fundamental de
que el trabajo duro podía ser bueno en sí mismo, un ennoblecedor acto de fe.
Para muchos de los jóvenes técnicos estadounidenses tal desprecio era poco
menos que blasfemo.
El problema fundamental del panameño, señalaba Harry Franck, el realizador del
censo, consistía en que no podía «arrancarse la convicción racial de que un
hombre que construye un canal vestido con una vieja chaqueta color caqui debe
ser de una arcilla inferior a la de un portero de hotel vestido con una levita
[…]. Incluso después de siete años de ejemplo estadounidense, el panameño
todavía no había captado la divinidad del trabajo. Quizá necesite siglos para
acercarse a la verdadera civilización».
* * * *
La mano de obra total en los últimos años de la construcción se
acercó a las cincuenta mil personas, cifra que equivalía casi a los habitantes
de Colón y la ciudad de Panamá juntos. Pero el número total de blancos
estadounidenses solo rondaba los seis mil, de los cuales unos dos mil
quinientos eran mujeres y niños. En 1913 había 5.362 empleados de «nómina
dorada», prácticamente todos estadounidenses. Su sueldo medio era de 150
dólares al mes. Una enfermera o un maestro ganaban 60 dólares iniciales; los empleados
administrativos y contables, 100 dólares; un médico, 150 dólares; los
operadores de pala mecánica, 310 dólares. El número de mujeres empleadas nunca
fue superior a trescientas y el sueldo más alto pagado a una mujer era de 125
dólares (para una operadora del telégrafo del ferrocarril).
Un joven ingeniero licenciado con dos o tres años de experiencia podía esperar
ganar 250 dólares para empezar, que era un sueldo superior en 25 dólares al que
se pagaba en Estados Unidos. Además de su salario disfrutaba de una serie de
prestaciones gratuitas (alojamiento, atención hospitalaria) a las que todos los
empleados tenían derecho. Sus vacaciones anuales eran de cuarenta y dos días
con goce de sueldo (en una época en que lo normal eran dos semanas) y tenía
derecho a treinta días de baja por enfermedad también con goce de sueldo.
Si no estaba casado, solía compartir una habitación con otro compañero en uno
de los hoteles para solteros, donde el fonógrafo tocaba «siete clases de ritmos
de jazz» durante la noche y se jugaba al póquer, estrictamente prohibido por
las reglas de la Comisión del Canal del Istmo, «con el mismo ímpetu que la
guerra comanche». Los edificios rara vez quedaban en silencio antes de las
cuatro y media de la madrugada, que era cuando empezaban a sonar los
despertadores.
Las comidas en el mismo hotel costaban 30 centavos cada una (en Estados Unidos,
unos 75 centavos), y puesto que un hombre solo necesitaba ropa de trabajo y uno
o dos trajes ligeros, sus gastos en vestuario eran mínimos. Para jugar a los
bolos o al billar, para utilizar la piscina, leer un libro o una revista y
disfrutar de la comodidad de un buen sillón, para jugar al ajedrez, tomar un
helado de chocolate, utilizar el gimnasio o disponer de un lugar tranquilo para
escribir o leer, se podía ir a uno de los clubes de la YMCA (Young Men's
Christian Association), donde las cuotas eran de 10 dólares al año. (Un
entusiasta artículo acerca de los clubes de la YMCA escrito para consumo
interno llevaba por título «La lucha del Tío Sam con el demonio».)
«En realidad, todo está dispuesto para que a los hombres les resulte lo más
agradable posible —escribía a su casa un operador de pala mecánica, después de
haberse establecido en Culebra—, y no he visto a nadie que no esté satisfecho.
Por lo que a mí se refiere, me gusta mucho. Es un pueblo precioso.»
Para las diversiones que no proporcionaban los clubes de la YMCA, se podía
tomar el tren a Colón o a la ciudad de Panamá. En ambas ciudades se habían
conseguido grandes adelantos en cuestión de limpieza y sanidad. Sin embargo,
entre ellas y la Zona seguía habiendo una división muy clara, tanto en el mapa
como en la mente. Los sábados por la noche, los hombres cruzaban la línea como
marineros con permiso para bajar a tierra, abandonando la monótona salubridad
de la Zona con mucha frecuencia para no hacer nada más licencioso que deambular
por la Plaza de la Catedral o asistir a la proyección de una película en el
cine Eléctrico.
«Las ciudades —observaba Harry Franck— servían como válvula de escape, donde el
hombre podía […] dejar escapar vapor; deshacerse de los malos vapores que puede
causar una explosión en una sociedad sin ventilación.» Existían muy pocos bares
dentro de la Zona —quizá una media docena— y eran pequeñas y toscas barras
donde había que estar de pie, como señalaba un escritor, «y donde se notaba la
ausencia del brillo de los espejos y el cristal tallado», y la hora de cierre
era a las once en punto. Los bares de las ciudades, sin embargo, eran
«numerosos, variados y tenían bastante mala fama». Según el Canal Zone
Pilot, una guía que apareció en 1908, en Colón había ciento treinta y un
bares, y solo en la calle Bolívar se encontraban cuarenta. En la ciudad de
Panamá había un total de doscientos veinte bares para elegir. Y de noche las
cosas podían ponerse difíciles. La prostitución, aunque no tan llamativa y
descarada como en la época francesa, era muy común. Coco Grove, la malafamada
zona de tolerancia de la ciudad de Panamá, era una parada habitual para los
pequeños carruajes tirados por caballos, o carimettas, que
esperaban en la estación de ferrocarril la llegada de cada tren.
El burdel más conocido era el Navajo, en la calle I, regentado por Mamie Lee
Kelly, de Nueva Orleans, una de las estadounidenses más conocidas del Istmo y a
la que más de medio siglo después un hombre recordaría como «sensual, grande,
voluptuosa, muy profana y muy capaz». Como todos los establecimientos
semejantes se conocían como «casas estadounidenses» y sus ocupantes sin
distinción de nacionalidad se conocían como «mujeres estadounidenses», se
emitió una ordenanza que prohibía que las mujeres de esa nacionalidad
anduvieran por las calles después de anochecer, lo cual, como cabe suponer, dio
lugar a un gran número de desafortunados malentendidos.
Si un empleado del canal iba a contraer matrimonio, toda su situación cambiaba
de inmediato. Si ganaba menos de 200 dólares al mes, él y su esposa se
cambiaban a un apartamento amueblado de cuatro habitaciones gratuito, que tenía
un amplio porche cubierto con tela de alambre (en realidad, eran cinco
habitaciones) y un baño. El apartamento era uno de los cuatro que había en las
casas conocidas como Tipo 14, el modelo de casa en que la mayoría de las
familias estadounidenses vivían durante los años de la construcción. Si el empleado
ganaba de 200 a 300 dólares al mes, podía optar por una casa Tipo 17 (para dos
familias) o una casita individual. Los estadounidenses que ganaban de 300 a 400
dólares mensuales vivían en una casa Tipo 10: dos pisos, sala de estar,
comedor, cocina, tres dormitorios y baño, además de porches en ambos pisos,
mientras que a quienes tenían un sueldo superior a los 400 dólares mensuales se
les daban «casas grandes de un tipo que se distinguía por su amplitud y su
diseño artístico».
Cualquiera que fuera el rango del esposo, su cónyuge podía hacer sus compras en
uno de los dieciocho economatos de la Comisión del Canal del Istmo, cada uno de
ellos en esencia un gran almacén (y precursor de los economatos militares) que
tenía desde pantalones de trabajo (de la marca Battleship) hasta chuletas de
cordero y aguamaniles, y a precios casi siempre más bajos que en Estados
Unidos. (Los pantalones costaban 1,25 dólares; las chuletas de cordero, 24
centavos el medio kilo; los aguamaniles, 10 centavos cada uno.) Además, cuando
el departamento de compras de Washington adquirió pericia, los precios fueron
bajando mientras se elevaban en Estados Unidos. A principios de 1909, por
ejemplo, los chuletones de buey costaban 29 centavos el medio kilo en las
cooperativas, pero un año más tarde habían bajado a 21 centavos, que era menos
de la mitad de lo que costaban en Nueva York.
La panadería de la Comisión del Canal del Istmo hacía un pastel de frutas
diferente cada día (el lunes, de manzana; el martes, de fruta y especias
picadas; el miércoles, de melocotón, etc.). Se recogía la basura, se cortaba el
césped y se podía contratar una sirvienta negra por 10 dólares al mes. Si su
trabajo no era satisfactorio, había una docena dispuestas a ocupar su lugar.
En realidad, todo el sistema estaba diseñado a propósito para favorecer a los
empleados casados, para proporcionar incentivos al matrimonio, a dar
estabilidad al sector cualificado blanco de la comunidad.
Los libros más vendidos y los discos con las más modernas y populares canciones
eran tan actuales como en Estados Unidos. Con varios barcos que llegaban
semanalmente de Nueva York y con miles de turistas que llevaban por todas
partes noticias y vestían la última moda, muchos residentes de la Zona se
sentían más comunicados y al día que antes. Para un gran número de
estadounidenses que vivían y trabajaban en Panamá, quizá para la mayoría, su
llegada a Colón había sido su primer contacto con el agua salada. Muchos jamás
habían salido de sus pueblos natales. La señora Winifred Ewing, maestra en
Imperio, recordaría: «Yo no conocía nada más que las colinas de West Virginia».
The Trail of the Lonesome Pine, de John Fox Jr., y The Winning
of Barbara Worth, de Harold Bell Wright, eran lecturas populares en las
excavaciones en los años comprendidos entre 1907 y 1914, así como When
a Man Marries, de Mary Roberts Rinehart, y El jinete misterioso,
de Zane Grey. En On the Spanish Main, de John Mansfield, un joven
ingeniero estadounidense que descansaba en su porche al final del día bajo una
lámpara eléctrica cuya luz le caía sobre los hombros, podía imaginarse a sí
mismo acompañando a Henry Morgan en su viaje Chagres arriba para saquear el
Viejo Panamá. («Remaron todo el día, atormentados por los mosquitos, pero no
avanzaron mucho. A uno y otro lado había tramos de negro lodo aluvial cubiertos
de arbustos verdes y plantas acuáticas. De vez en cuando, mientras remaban, en
el sombrío, lento y silencioso río cubierto de vapores, se topaban con un
somnoliento cocodrilo que tomaba el sol sobre los bajos.»)
No se puede determinar si alguien estaba leyendo The Principles of
Scientific Management («Armonía, no discordia. Colaboración, no
individualismo»), de Frederick Winslow Taylor, publicado en 1911, o La
interpretación de los sueños, de Sigmund Freud, aparecido en 1913.
Pausa momentánea en un baile de sábado por la noche en el Hotel Tívoli.
(Colección de J. W. D. Collins)
Por las noches, después de la cena, cuando la brisa nocturna
agitaba la selva, las parejas se sentaban a conversar frente a una taza de café
de las mismas noticias que se comentaban en Estados Unidos: la vuelta del
cometa Halley, el movimiento en favor del sufragio femenino, la
enmienda al impuesto sobre la renta. El tema más impactante en 1912 fue el
mismo en todas partes: el hundimiento del Titanic.
Un empleado de la oficina postal de Ancón, un tal S. C. Russel, cruzó caminando
el Istmo en catorce horas, y también fue noticia. El 27 de abril de 1913, un
aviador californiano, Robert G. Fowler, voló en un pequeño hidroplano desde la
bahía de Panamá hasta Bahía Limón.
Fue el primer viaje transcontinental, de océano a océano. El tiempo empleado
fue de una hora y treinta y cinco minutos. Otros cuatro aviadores habían
intentado el vuelo antes, pero habían fracasado debido a las turbulencias
atmosféricas. Fowler, quien había llevado consigo a un fotógrafo, había
sobrevolado lentamente en círculo sobre el Tajo de Culebra para obtener las
primeras fotografías aéreas de la obra. Muy abajo, en el fondo de la profunda
hendidura, los hombres miraban hacia el cielo y lo saludaban entusiasmados.
Todos los años, los acontecimientos sociales más importantes eran los bailes de
los sábados por la noche en el hotel Tívoli, donde la orquesta tocaba las
piezas favoritas del momento, tales como Moonlight Bay y Wait
'till the Sun Shines, Nellie. Probablemente la música bailable más popular
de todas era Alexander's Ragtime Band, y todos cantaban con
especial deleite Under a Bamboo Tree. Sería difícil encontrar una
multitud de jóvenes con mejor aspecto, escribía un corresponsal de The
Outlook. «Se notaba que los hombres habían utilizado mucho agua caliente y
jabón, y la escena, exceptuando que algunos hombres iban vestidos de blanco,
parecía la de un baile universitario.»
Además de los bailes, todos los domingos había conciertos, ejecutados por la
«muy acreditada» orquesta de treinta y seis instrumentos de la Comisión del
Canal del Istmo. Había conferencias, fiestas de Halloween y
celebraciones del Día de Acción de Gracias y la Navidad. El día más importante
del año era el 4 de julio. Una vez se representó en Colón la batalla de
Lexington con trajes de época.
El número de clubes y hermandades era asombroso. Había clubes de fotografía, de
bolos, de literatura, de debates, de teatro. Los tejanos también tenían un
club. En nueve poblaciones diferentes había nueve clubes femeninos, dirigidos
por una directora profesional, la señorita Hellen Varick Boswell, que dedicaba
a esta actividad todo su tiempo pagada por la Comisión del Canal del Istmo.
Había también un Club de Extranjeros en Colón y un Club Century en la ciudad de
Panamá. Había un club para los veteranos de la guerra hispano-estadounidense,
otro para universitarios y otro más para universitarios miembros de hermandades
nacionales. La Asociación de Pioneros del Canal del Istmo estaba reservada para
los que habían trabajado en la obra desde el principio.
Joseph Bucklin Bishop dedicaba amplio espacio a las actividades de tales
organizaciones en su columna habitual del Canal Record, llamada
«Vida social en la Zona». El lanzamiento de una Sociedad de Arte en Ancón en
1911 mereció esta crónica:
La sección de arte del Club Femenino de Ancón, organizada bajo
el nombre de Sociedad de Arte de Ancón, celebrará su primera reunión mensual el
29 de enero en la residencia de la señora de Herbert G. Squires, en la Legación
Estadounidense de Panamá, de las ocho a las diez de la noche. Según el programa
de la Sociedad, habría música durante la hora dedicada al dibujo, luego una
exposición de la obra y el juicio de un crítico designado por la misma
Sociedad, y media hora de vida social durante la que se serviría un refrigerio.
El programa de trabajo durante el mes de enero ha sido la figura, el paisaje,
la naturaleza muerta, la pintura de género y el dibujo aplicado.
«En toda la Zona reinaba la amistad —recordaría Robert Worsley,
taquígrafo de Carolina del Norte—. La gente estaba deseosa de ayudar; era fácil
llegar a conocer a las personas.»
«Pensaba que yo era alguien […]. Todos eran tan amables…», decía Winifred
Ewing.
Los maquinistas del ferrocarril, los revisores de trenes y los operadores de
las palas mecánicas tenían sus respectivas «hermandades». Abundaban las órdenes
secretas y las fraternidades. Los masones, los Hijos Patriotas de América, la
Orden Independiente de Compañeros Singulares, la Orden Fraternal de las
Águilas, la Orden Protectora y Benevolente de los Alces, la Orden de los
Hombres Rojos, los Modernos Leñadores del Mundo, los Caballeros de Pitias y los
Caballeros de Malta tenían organizaciones locales, todas muy activas. La Orden
de los Hombres Rojos, «pionera de todas las órdenes y sociedades secretas o
fraternales en la Zona del Canal», tenía seis «tribus», y para las funciones
especiales los miembros se vestían con todas las galas de los indios, incluidos
penachos y pintura de guerra. Pero la organización «más extendida y poderosa»
era la Orden Independiente de Canguros Panameños (su lema, Optimus est
qui optima facit: el mejor es quien hace lo mejor), fundada en 1906 cuando
varios estadounidenses empezaron a organizar para divertirse juicios fingidos,
o tribunales de canguros, en un furgón en los patios de Imperio. En pocos años,
los miembros sumaban un millar.
Todo el mundo pertenecía a algo. Todos eran «hermanos» de alguien de alguna
forma, y para muchos hombres su posición en estas diversas organizaciones tenía
una importancia vital. En 1911, por ejemplo, un libro de gran tamaño y
lujosamente ilustrado, muy semejante a un anuario escolar, The Makers
of the Panama Canal, se vendió por suscripción a los empleados
estadounidenses. Por el mero hecho de pagar el precio, cualquier oficinista,
maestro o mecánico podía quedar incluido en esas páginas con su fotografía y
una breve reseña biográfica, junto con las de los presidentes Roosevelt y Taft,
y con las de Goethals, Gorgas y todos los dirigentes políticos destacados de
Panamá. En casi todas las reseñas biográficas, las órdenes y las hermandades
figuraban en lugar muy destacado.
La mayoría de los hombres pertenecía a tres o cuatro asociaciones. Por ejemplo,
Harvey C. Dew era un «auxiliar administrativo» de Dillon County (Carolina del
Sur) que había estado en el Istmo desde 1906. Pertenecía a la Orden
Independiente de Canguros Panameños, a los Compañeros Singulares y a los Caballeros
de Pitias, así como al Club Universitario de Panamá y al Club de Extranjeros de
Colón. John L. Davis, operador de pala mecánica oriundo de Indiana, pertenecía
a los masones, a la Orden Fraternal de las Águilas, a los Compañeros Singulares
y a la Orden Juvenil de Mecánicos Estadounidenses. Charles Montague, revisor de
ferrocarril procedente de Allegan County (Michigan) que trabajaba en un tren
que acarreaba tierra en Las Cascadas, era «Comendador Canciller de la Logia
Balboa, C. de P.» (Caballeros de Pitias), al igual que miembro de la BRT
(Hermandad de Empleados del Ferrocarril) y OIT (Orden de Ferrocarrileros del
Istmo), de los Modernos Leñadores del Mundo y de los Canguros. La ficha
completa de Joseph H. Painter dice lo siguiente:
JOSEPH H. PAINTER
Operador de pala mecánica nacido en Cincinnati (Missouri). Llegó
al Istmo en marzo de 1908. El señor Painter ha recorrido todo el escalafón de
la Masonería, habiendo pasado por la logia azul, el capítulo del Arco Real y la
dignidad de comendador de los Caballeros Templarios del rito yorquino, hasta el
grado treinta y dos del rito escocés. También es noble del Santuario Místico y
pertenece a la Orden de los Canguros. Está casado.
En 1910 había treinta y nueve iglesias dentro de la Zona,
veintiséis de las cuales, al igual que los clubes de la YMCA, habían sido
construidas y pertenecían a la Comisión del Canal del Istmo. Había quince
capellanes de tiempo completo: tres católicos, cuatro episcopalianos, cuatro
baptistas, dos metodistas, un wesleyano y un presbiteriano, cuyos salarios y
gastos correspondían al Departamento de Sanidad, según había dispuesto un
miembro del equipo de Goethals. El coste de todos estos «privilegios y emolumentos»
sumaba al año unos 2.500.000 dólares.
Pero tampoco se ignoraban o limitaban las posibilidades de las actividades no
organizadas. Los domingos, el único día de descanso semanal, cientos de
empleados con sus esposas, novias o familias se unían a los grupos de turistas
que iban a visitar el Tajo de Culebra. Había excursiones de todo el día a la
playa de Punta Toro, viajes por Bahía Limón que salían de Colón y excursiones
al viejo fuerte español de San Lorenzo, en la desembocadura del Chagres.
La isla de Taboga, en la bahía de Panamá, era el lugar preferido para ir de
excursión los domingos. Rara vez caían aguaceros en Taboga, el aire era más
fresco y, aunque no había muchas cosas que hacer una vez llegados a ella, el
viaje de tres horas en barco por la cristalina bahía daba la sensación de ir a
un lugar muy lejano. El único poblado que había sobre la escarpada isla se
levantaba junto a una protegida playa en forma de media luna donde se podía
nadar. Los excursionistas vestidos con sus ropas domingueras subían y bajaban
por estrechas veredas de conchas aplastadas y se sentaban a comer bajo la
sombra de los árboles no lejos de las arenas ocres. Las familias iban a nadar.
Se tomaban fotografías en grupos de dos o tres junto a un limero o bajo la
intensa luz solar frente a la antigua iglesia que se encontraba en la plaza del
pueblo. En los viejos álbumes de fotografías traídos del Istmo aparecen cogidos
del brazo con las caras radiantes medio en sombra por el ala de los sombreros.
Compraban piñas, coca-colas frías y un buen pan de corteza dura que vendían en
una panadería pintada de rosa con balcones de filigrana pintados de azul
eléctrico. En la pendiente que había más allá del poblado se alzaba el
sanatorio francés, el antiguo hotel Aspinwall, que todavía era utilizado por
los convalecientes del hospital de Ancón, pero que también recibía huéspedes.
La vista desde sus largas terrazas era preciosa. Para muchas parejas jóvenes se
asemejaba mucho al paraíso.
Mucha gente se interesaba por la historia de Panamá. El teniente coronel
Gaillard, por ejemplo, compraba y leía cuanto libro encontraba sobre el tema, y
el pasatiempo favorito de Gorgas era guiar excursiones a caballo a las ruinas
del Viejo Panamá. Cuando se supo que en los alrededores de las excavaciones del
canal podían encontrarse piedras preciosas —zafiros, ópalos, granates—, así
como dientes fósiles de tiburón, muchas personas empleaban sus domingos en
estas búsquedas, con muy buenos resultados. La señora de William Sibert
cultivaba una docena o más de variedades de orquídeas en el porche delantero de
su casa. El teniente coronel Sibert, entre otros, mandó pedir a Estados Unidos
una jauría de podencos, con los que organizaba cacerías en la selva (de
venados, principalmente), y tenía como mascota una boa constrictor de casi
cuatro metros de longitud, que alimentaba con zarigüeyas vivas.
Tal vez a algunos visitantes les pareciera que todos lo pasaban demasiado bien
a costa del Gobierno. A otros les preocupaba más el efecto futuro que podría
tener una demostración de socialismo tan eficiente y lograda. En la mayor de
las empresas modernas, escribían los reporteros, ningún hombre de la dirección
ni de los restantes niveles trabajaba por lucro. Los banqueros y hombres de
negocios visitantes regresaban a Estados Unidos para informar de que el
ferrocarril de Panamá, manejado por el Gobierno, era «un modelo de eficiencia y
economía en todos sus departamentos». Ningún ferrocarril en Estados Unidos
estaba mejor equipado con mecanismos de seguridad. Ningún contratista privado
en el mundo había alimentado tan bien a sus trabajadores como la Comisión del
Canal del Istmo. En todas las fases de las relaciones obrero patronales, la
Comisión del Canal del Istmo era más liberal que cualquier compañía privada de
esos tiempos, como ya habían señalado varias publicaciones. El Gobierno
administraba bien el hotel Tívoli y obtenía beneficios. La línea de vapores
entre Colón y Nueva York, también gestionada por el Gobierno, dejaba unas
ganancias anuales de cerca de 150.000 dólares.
¿Cuáles iban a ser las consecuencias cuando los trabajadores del canal, echados
a perder por semejante paternalismo, regresaran a casa?
Cuando estos hombres bien pagados, con un trabajo relativamente
ligero y espléndidamente alimentados, regresen a su tierra [advertía un
banquero de Nueva York], constituirán un poderoso refuerzo para el Partido
Socialista […]. Por sus votos y el enorme número de seguidores que pueden
reunir bajo su bandera, obligarán al Gobierno a asumir el control de los
servicios públicos, e incluso de todas las grandes empresas del país. Obligarán
también a que el Gobierno adopte las pautas de trabajo, sueldos y coste de la
vida que se seguían durante la construcción del canal.
Pero algunos se preguntaban cómo podía ser eso socialismo, si
quienes estaban al mando de la obra eran técnicos y «poco interesados en la
filosofía política», como comentaba un reportero. «Lo maravilloso —escribía
esta misma persona— es que, incluso con administradores contrarios o
indiferentes al socialismo, estos experimentos socialistas han tenido éxito sin
excepción.»
Se descubrió en la nómina a un miembro del Partido Socialista, un mecánico que
había estado en la obra casi desde su inicio, y declaró que de ninguna manera
eso era socialismo. «En primer lugar, aquí abajo no hay ninguna democracia. Es
una burocracia de las que Rusia ha hecho retroceder en el mapa […]. La
propiedad gubernamental no significa nada para nosotros los trabajadores, a
menos que seamos dueños del Gobierno. Y aquí no lo somos: esto es el tipo de
cosas con las que soñaba Bismarck.»
II
Para Harry Franck, quien iba a recoger sus experiencias en un
libro titulado Zone Policeman 88, una de las memorias más francas y
perspicaces que se han publicado, una analogía más apropiada era la sociedad de
castas de la India. «Los brahmanes —escribía— son los empleados de la
"nómina dorada", ciudadanos blancos estadounidenses con todas las
ventajas y privilegios correspondientes.» Pero esta casta de brahmanes,
subrayaba, estaba dividida y subdividida en numerosas gradaciones, cada una
claramente definida. El brahmán máximo era «su alteza el brahmán coronel».
Inmediatamente debajo de él estaban «los sumos sacerdotes» de la Comisión del
Canal: Sibert, Gaillard, Hodges, Gorgas, Rousseau y el solemne ex senador J. C.
S. Blackburn, quien oficialmente era jefe de la administración civil, un puesto
y título que no significaban casi nada. (Las obligaciones de Blackburn fueron
descritas de forma extraoficial como las de asistir a las reuniones de la
comisión, firmar las licencias de los cocheros y cobrar 14.000 dólares al año.)
Por debajo de la escala, en orden descendente, estaban los asistentes de los
jefes de división, los ingenieros civiles y electricistas mejor pagados, los
inspectores de construcción y sus ayudantes, los jefes de los talleres
mecánicos, los contables, los pagadores, los tenderos, los jefes de patio, los
inspectores sanitarios y los maquinistas de locomotoras. Por debajo quedaban
los «patanes»: las cuadrillas de las palas mecánicas, los caldereros, los
plomeros, los mecánicos comunes y demás. (Un «patán», según la descripción de
Harry Franck, era un «tipo con cuello de toro, cordial y resistente», admirable
y agradable hasta cierto punto: «un tipo excelente a su manera, pero del que
quieres poder apartarte durante algunas horas».)
Sin embargo, todavía había un nivel más bajo dentro de la comunidad blanca: el
de los miembros del Ejército o la Marina sin rango de oficial, de los cuales el
cabo Jack Fitzgerald, de Boston, podía servir como ejemplo. Con dieciocho años
y soltero, el cabo Fitzgerald era uno de los ochocientos soldados regulares que
tenían su base en Camp Otis, cerca de Las Cascadas, en la orilla oriental del
Tajo de Culebra. Al no ser oficial ni empleado de la Comisión del Canal, no era
aceptado en la vida social de la élite militar ni entre los trabajadores del
canal. No tenían acceso a los clubes, los comedores, ni a ninguna de las
instalaciones creadas para diversión o comodidad de los trabajadores. Su sueldo
era de 18 dólares al mes, o sea, una cantidad considerablemente inferior a la
que ganaba el trabajador no cualificado con menos sueldo. Cuando iba al pueblo
vestido de uniforme —que era la única ropa que se le permitía llevar— era un
blanco fácil para la policía panameña, a la que en el mejor de los casos no
gustaban los estadounidenses, pero que podía llegar a ser depravada cuando
trataba con militares estadounidenses[23]
El Panamá que el cabo Fitzgerald conocía era muy diferente del que su amigo
bostoniano Charles Francis Adams había visto o quizá imaginado; tan diferente
como los dos Boston de los que ellos venían. Más adelante, cuando las esclusas
estaban a punto de terminarse, el cabo Fitzgerald montaba guardia en
Miraflores, pero la mayor parte de sus tres años de estancia en Panamá los pasó
levantando mapas en la selva y en la rutina interminable de las labores en el
campamento. Pero «los nativos tenían alambiques en la selva y disponían de gran
cantidad de caña de azúcar —recordaría alegremente—. De modo que muchos de
nosotros tuvimos un mal comienzo. No había hielo, no había mezclas, así que
bebíamos directamente de la botella alcohol de noventa grados». Los días de
paga «te ibas de paseo» a alguna de las casas de mala muerte en Coco Grove.
«Había otros cuantos lugares a donde ir, pero estaban cerrados al público; solo
eran para la gente importante del canal, ingenieros y tipos semejantes.»
El cabo Fitzgerald era una de las innumerables personas de la historia que más
adelante en sus vidas podían afirmar que habían estado presentes en algún
acontecimiento importante, pero que en realidad casi no vieron nada de él. En
sus tres años, apenas vio nada de la excavación que se estaba efectuando ni se
interesó por ella. No recordaba haber visto a Goethals, pero en una ocasión sí
vio a Taft. Su único roce con el esplendor o la grandeza que el resto del mundo
asociaba con la obra de Panamá iba a ser permanecer en posición de firmes
durante casi tres horas una mañana tórrida al lado de un pequeño apartadero del
ferrocarril.
Me parece que era en 1912, y estoy seguro de que fue en
primavera […] El Presidente iba a venir; ¡Taft, William Howard Taft! Y,
caramba, nos llevaron allí alrededor de las nueve de la mañana a esperar y
esperar, siempre de pie, Dios mío, el sol seguía cayéndonos encima. Ya sabes,
cuando llueve, ese lugar es como si arrojaran agua a una cocina, toda se
evapora Y nosotros esperando. Finalmente llegó el maldito tren. Y ahí estaba
Taft, vestido con un enorme traje blanco —pesaba más de 130 kilos y tenía una
gran barriga—, de pie en la plataforma de observación. Y, bueno, lo único que
hizo fue saludar. Eso fue todo lo que hubo. Nada más.
En otra ocasión, un sábado en que estaba observando las enormes
rocas que habían caído en el tajo, el cabo Fitzgerald vio la huella fósil de un
pez («no la carne, sino solo los huesos») y también la de un helecho, «lo que
probaba —recordaría— que hace millones de años todo era mar. Esto te hace
sentirte completamente insignificante».
* * * *
Para Charles Francis Adams, al igual que para los demás, «la
fuerza innata» de todo el orden emanaba de un solo hombre. «La personalidad y
el carácter del coronel Goethals impregna hoy visiblemente toda la Zona; sin
que él ni los demás se den cuenta, su influencia es dominante.»
Los elogios que Goethals recibía en Estados Unidos eran ilimitados. Collier's lo
llamaba «el Salomón del Istmo». Cuando aparecía ante los comités del Congreso
recibía ovaciones que se le tributaban de pie. Las universidades de Yale,
Columbia y Harvard le confirieron títulos honoríficos. Los periódicos estaban
llenos de especulaciones sobre sus probabilidades como candidato en la sombra
para la presidencia. «Goethals ha creado una máquina maravillosa, cien por cien
efectiva y suave como el aceite, que está logrando resultados cada día
laborable del año», declaraba el diario Constitution de
Atlanta. Todos los que regresaban del Istmo se hacían lenguas de su capacidad.
«Congresistas y senadores, civiles, administradores, periodistas y expertos en
ingeniería eran unánimes en el veredicto de que la excavación de la gran zanja
había desarrollado una de las más destacadas figuras de la vida estadounidense
contemporánea en la persona del coronel Goethals.»
Para Harry Franck, era simplemente «omnipotente, omnisciente y omnipresente».
La omnipresencia se había hecho legendaria casi desde el momento en que empezó
a hacer su gira diaria por todo el trazado del canal en un extraordinario
automóvil particular. Era de color amarillo brillante con una gruesa capa de
barniz, reluciente, inmaculado, y parecía un asombroso cruce de pequeña
locomotora y diligencia. Impulsado por un motor de gasolina y manejado por un
conductor uniformado, era conocido como «el Peligro Amarillo», y verlo salir de
una curva de las vías era una advertencia inmediata para mostrarse atento
porque ya llegaba «el Viejo». Alice Roosevelt Longworth, quien recorrió el
canal con su esposo, el congresista Nicholas Longworth, e impresionó a todo el
mundo por fumar en público, escribió que nada era tan placentero como viajar en
su automóvil por las vías, «el Peligro Amarillo», contemplar la gran obra y
escucharle hablar de ella. «Este coche oficial de la Comisión del Canal del
Istmo traqueteaba a todas horas del día —escribió Rose van Hardeveld sobre el
extraño artefacto—. "El Viejo" trabajaba tanto que pensábamos que
nunca estaba en casa, comía o dormía.»
Salvo las veces que fue llamado a Washington, unas cuantas vacaciones breves y
un viaje oficial a Alemania, Goethals estuvo en el Istmo los siete años
completos hasta que el canal se terminó[24]. Rara vez
invitaba a su casa a alguien y rara vez aceptaba invitaciones. Solo un selecto
círculo parecía conocerlo un poco más de lo que permitían las relaciones
laborales formales: Hodges, con el que parecía tener los contactos diarios más
directos; Bishop, Williamson, el mayor Chester Harding, que era uno de los
asistentes más capaces de Sibert; el doctor W. E. Deeks, un canadiense que
pertenecía al equipo de Gorgas; y el padre Collins, el sacerdote católico de
Culebra y de cuya compañía parecía disfrutar más que de las demás.
La señora Goethals —Effie Rodman Goethals—, una mujer alta y frívola,
perteneciente a una antigua familia de balleneros de Nueva Bedford, pasaba la
mayor parte del tiempo en el Istmo, pero no parecía estar muy contenta con la
vida que llevaba, ni sentirse muy cómoda en su papel de primera dama de la
Zona. Se había dispuesto también que su hijo mayor, George, ahora teniente
segundo de Ingenieros, fuera asignado a la obra del canal, y había llevado
consigo a su esposa, quien, a juzgar por su fotografía, debe de haber sido una
de las mujeres jóvenes más bellas en el Istmo. Sin embargo, para la gente
común, Goethals seguía siendo una figura solitaria y enigmática, y tema de
rumores inacabables. Las historias que corrían acerca de sus supuestos romances
con las esposas de sus subordinados persistirían durante todos los años de su
estancia en Panamá y también durante la siguiente generación de empleados del
canal. Cuando a una joven especialmente vivaz llamada Henrietta Otis le
preguntó una amiga íntima y vecina si era verdad el rumor de que ella y el
coronel eran «muy íntimos», afirmó que así era. Pero, según otras historias que
todavía corren por el Istmo, la dama del coronel era alguien diferente.
En el sector pequeño pero importante que Harry Franck había clasificado como
sumos sacerdotes brahmanes se formaron facciones muy partidistas. Estaba la
gente de Goethals, que era la facción mayoritaria, y los demás, cuyos jefes
eran Sibert, Gaillard, Gorgas y Mary Gorgas. Sibert y Goethals durante los
últimos años de la obra apenas se dirigían la palabra.
«El coronel Sibert y mi padre estaban seguros de que él trataba de deshacerse
de ellos —recordaba Pierre, el hijo de Gaillard, por entonces recién licenciado
del Instituto Tecnológico de Massachusetts, que había sido contratado como
ingeniero subalterno en las esclusas de Pedro Miguel—. Les impuso el trato del
silencio, pero mi padre se negó a permitirlo. Mi padre le hablaba igual que
siempre lo había hecho. Nosotros habíamos sido grandes amigos de Goethals
durante años. Nuestras casas en Culebra estaban una junto a la otra […]. Él
[Goethals] hizo un buen trabajo en la presa, pero tenía delirios de grandeza.»
En Washington, los reporteros citaban a un demócrata sureño anónimo que
recientemente había efectuado un viaje de visita por el Istmo, quien afirmaba
que «la profunda aversión» que Goethals sentía por Gaillard, Sibert y Gorgas,
los tres provenientes del viejo sur, había sido muy evidente para él. Los
sureños, decía, eran «ultrajados» porque Goethals estaba intentando despojarlos
de la parte de gloria que les correspondía.
Mary Gorgas, la única del grupo que alguna vez trató por escrito de estos
asuntos, escribió que «la pasión por dominar todo y a todos» que sentía
Goethals era la que le había causado tantas molestias. Según su relato,
Goethals se había convertido en un hombre sin más sentimientos que el poder. El
poder era «el deleite y la dulzura de su vida». Y, en efecto, una noche,
mientras acompañaba a la señora Gaillard hasta la puerta de su casa, Goethals
le dijo que le importaba mucho el poder que ejercía. El sueldo, el título, el
prestigio, afirmaba, no eran más que una satisfacción mínima en comparación con
la sensación que producía semejante poder[25].
La desavenencia entre Goethals y Gorgas llegó a su punto culminante durante una
discusión sobre quién debería cortar el césped. A Goethals le preocupaba la
eficacia de los costes de todos los departamentos, incluido el de sanidad, y,
al igual que Taft, pensaba en privado que Gorgas no era un buen administrador.
Quería que las tareas mecánicas de cortar el césped y arrancar la maleza, una
parte considerable del presupuesto de Gorgas, recayeran en el servicio de
intendencia, al que deberían corresponder, y no entendía la razón por la que
Gorgas se oponía, pues no era un trabajo que exigiera un conocimiento sanitario
o adiestramiento especial. Pero Gorgas se oponía aduciendo que cualquier cambio
que se hiciera en su campaña contra los mosquitos Anopheles pondría
en peligro su éxito en reducir la malaria (y, por lo tanto, también ponía en
peligro la vida de los trabajadores). Goethals se negó a aceptar tal
apreciación. Así pues, durante seis meses se cortó el césped bajo la dirección
del servicio de intendencia en una superficie mayor que la abarcada con el
antiguo sistema, y a un precio apreciablemente menor, como se descubrió. Como
la incidencia de la malaria siguió descendiendo durante ese período de prueba,
Goethals dio por sentado que había demostrado su tesis y se negó a devolver la
tarea a Gorgas.
Según Marie Gorgas, en ese punto del enfrentamiento, Goethals exclamó: « ¿Sabe
usted, Gorgas, que cada mosquito que mata le cuesta diez dólares al Gobierno de
Estados Unidos?». «Pero piense —replicó Gorgas— que uno de esos mosquitos de
diez dólares podría picarle y sería una gran pérdida para el país.»
Sin embargo, según Goethals, nunca hubo semejante intercambio de palabras. Al
igual que los restantes comentarios y recuerdos poco amables de Marie Gorgas,
este relato apareció en la biografía que escribió sobre su marido en 1924, pero
Goethals prefirió ignorarlos. No obstante, dos años más tarde, cuando Mark
Sullivan volvió a referirse a ese asunto en su popular crónica Our
Times, Goethals le escribió una carta para presentarle su versión. «No hubo
más discusiones sobre la cuestión y la tasa de la enfermedad continuó
descendiendo.»
No están nada claros sus sentimientos particulares sobre Gorgas, Sibert o
Gaillard, puesto que en su mayoría se los guardaba para sí. Al parecer, por los
comentarios que hizo al demócrata sureño no identificado, pensaba seriamente en
despedir a Sibert. Se sabía que este se consideraba muy superior a Goethals y
mejor cualificado que él para ocupar el alto puesto. Goethals se daba cuenta y,
como es natural, se sentía ofendido. Además, Sibert era demasiado ambicioso,
demasiado político, o al menos esa era la impresión de Goethals. El problema
primordial parece haber sido un choque de personalidades que no facilitó la
tarea de ninguno de los dos, pero nunca tuvo mayor consecuencia. En respuesta a
las acusaciones de que solo le interesaba la gloria que le aportaría su papel,
Goethals declaró a un periodista que tenía la intención de renunciar antes de
la apertura del canal porque «no podía soportar el glamour». Pero
Taft insistiría para que se quedara, y al final Goethals ensalzaría
públicamente a Sibert, Gorgas y todos sus subordinados por su capacidad
profesional y su lealtad inquebrantable al trabajo.
Richard Whitehead, siempre un aliado incondicional de Goethals entre los
jóvenes ingenieros, así como un amigo durante toda la vida y un admirador
después, admitiría que posiblemente Goethals «no era lo bastante humano para
todos»; pero añadía: «Ninguno de los otros tuvo las mismas responsabilidades
que él».
Las únicas cicatrices reales fueron las que dejó la tragedia de Gaillard. En el
verano de 1913, después de los tremendos derrumbes en Culebra, pareció de
pronto que también Gaillard se derrumbaba bajo la tensión física y mental de
sus responsabilidades. Partió del Istmo y nunca volvió. Corrían rumores de que
se había vuelto loco. La verdad de lo que sucedió fue lo siguiente: estaba
almorzando con su esposa y con su hijo, charlando y actuando como de costumbre,
cuando se detuvo en mitad de una frase y comenzó a hablar deprisa y de forma
incoherente acerca de su niñez y de la casa de su abuela en Carolina del Sur.
Desde ese momento permaneció en un estado de terrible confusión. «El pobre de
Gaillard […] está hecho trizas —escribió Goethals en privado en agosto, y su
diagnóstico concordaba con el de todos los demás—. Es un abatimiento nervioso
lo que padece. Parece que ha perdido la memoria, y el doctor Deeks no cree que
pueda recobrarla. Ahora, acompañado por la señora Gaillard y por Pierre, se ha
embarcado hacia Estados Unidos […] también lo acompaña el doctor Mason.»
Pero a Gaillard no lo había abatido la tensión. Sufría un tumor cerebral, «un
tumor infiltrante en el cerebro», según su historial médico, y la operación
realizada en el hospital Peter Bent Brigham de Boston y el tratamiento
posterior en el Johns Hopkins no sirvieron de nada. Gaillard murió en Baltimore
el 5 de diciembre de 1913.
Su trabajo en Panamá no tenía ninguna relación con su enfermedad. Ese tumor lo
habría matado aunque hubiese permanecido en su escritorio en Washington. Sin
embargo, para su familia y para muchos de los que trabajaron con él en Panamá,
había trabajado hasta morir. En el hospital de Boston, Tom, hijo de Goethals
que estudiaba medicina en Harvard, fue invitado a presenciar la operación de
Gaillard, practicada por el famoso Harvey Cushing, y poco después, al
encontrarse con la señora Gaillard, esta le dijo: «Su padre ha matado a mi
esposo». Años más tarde, en Washington, Pierre Gaillard y el coronel (general
ya para entonces) Goethals se cruzaron en la calle. Se miraron fijamente, pero
no se hablaron.
III
En el cuadro popular de la vida en la Zona del Canal que se
describía en cientos de artículos de revistas y periódicos, la vasta mano de
obra de hombres y mujeres de raza negra que realizaban el trabajo físico más
pesado y difícil —unos veinticinco o treinta mil seres humanos— apenas
resultaba perceptible. No se los esbozaba como individuos; no eran más que
parte del paisaje de una jornada laboral. Ni siquiera se infería que ellos
también estaban haciendo una nueva vida en tierra extraña, que también criaban
familias, sentían añoranza, miedo, enfermedad o regocijo por el éxito de la
obra. En Estados Unidos el público no tenía ningún concepto del papel
desempeñado en Panamá por los «pioneros» que no fueran estadounidenses ni
blancos, o del reducido número de compatriotas blancos en comparación con los
negros. A juzgar por los muchos relatos publicados, la enorme parte oculta
negra del sistema de castas simplemente no existía. Las caricaturas de los
periódicos reflejaban un canal excavado por alegres estadounidenses blancos con
picos y palas, y muchos llegaban a Panamá esperando ver eso. Harry Franck
escribiría que había llegado al Istmo con la seguridad de que se le daría una
pala para que bajara al canal con los restantes trabajadores, «para que algún
día pudiera levantar solemnemente la mano y ufanarme: "Yo ayudé a
cavarlo". Pero eso fue cuando aún no tenía experiencia, antes de que […]
comprendiera el terrible abismo que separa a los sagrados estadounidenses
blancos del resto del mundo de la Zona del Canal».
Fiesta de boda de unos novios de las Indias Occidentales. (Archivos
Nacionales)
Los visitantes oficiales, los congresistas en sus llamadas giras
de inspección y los escritores que reunían material para sus libros, no podían
evitar la sorpresa e incluso asombro al comprobar que todo el sistema y no solo
la construcción dependía de los trabajadores negros. Había millares de negros
de las Indias Occidentales entre la multitud que trabajaba en el Tajo de
Culebra o en los sitios donde se construían las esclusas, pero también había
camareros negros en los hoteles, estibadores negros en los muelles, carreteros
negros, porteros negros, celadores negros en los hospitales, cocineras,
lavanderas, doncellas, limpiadores, mensajeros, cocheros, repartidores de
hielo, basureros, jefes de patio, carteros, policías, fontaneros, pintores de
brocha gorda y sepultureros negros. Uno de los personajes más conocidos en la
Zona del Canal era el negro que, con un tanque metálico sujeto a la espalda,
rociaba aceite sobre el agua estancada. Tan pronto como se advertía la
presencia de un mosquito en la casa de un blanco, se notificaba al Departamento
de Sanidad y no tardaba en llegar un hombre negro provisto de cloroformo y un
recipiente de vidrio para capturar al insecto y llevarlo al laboratorio para
que lo analizaran.
Pero estas contribuciones nunca merecerían una mención oficial. En el diario
oficial de la vida en la Zona, el Canal Record—una publicación
fiable y admirable en otros aspectos—, los empleados negros no recibían
reconocimiento más que cuando morían, y en esos casos con una línea o dos en
las que aparecían de forma invariable su número de identificación, como si no
se tratara de un ser humano. Se informaría de que Joshua Steel, de Barbados,
número 23.646, resultó muerto durante una explosión en el tajo, o que Samuel
Thomas, de Montserrat, número 456.185, quedó aplastado entre las poleas de una
recolectora de lodo. Pero en el diario no aparecían los obituarios, así como
tampoco se daban las noticias de bodas, acontecimientos sociales o el
nacimiento de un niño negro.
Como consecuencia, la imagen mental popular de lo que era la vida en la Zona
del Canal y el orgullo popular por el tipo de sociedad que se había creado se
fundaban en una visión muy limitada y errónea de la realidad. La medida de la
utopía lograda mediante el conocimiento práctico y la generosidad
estadounidenses era una vez más relativa, al igual que el éxito de la cruzada
médica. Y debido a esa distorsión, la mayoría de lo que se escribiría sobre la
historia social de aquellos años no contiene más que una parte del relato.
* * * *
En realidad, la línea de color sobre la que casi no se hablaba
en la prensa atravesaba todas las facetas de la vida diaria de la Zona y estaba
tan bien marcada y se obedecía tan estrictamente como en cualquier parte del
sur profundo o los enclaves coloniales más rígidos de África. Algunos
observadores especularon más tarde que se debió al gran número de sureños que
había entre los trabajadores cualificados y los oficiales militares. Otros,
incluidos los sureños, atribuían las prácticas a la clase alta panameña, que
era extremadamente racista, así como a la antigua política discriminatoria del
ferrocarril de Panamá. Harry Franck, que como realizador del censo pasó mucho
tiempo entre los trabajadores negros, escribió mordazmente: «Hasta los de Nueva
Inglaterra se hacen aquí casi humanos entre sus compatriotas de mente más
amplia. Cualquier norteño puede decir aquí nigger con tanta
soltura como uno de las Carolinas y gruñir si uno de ellos le pisa la sombra».
El sistema de «oro» y «plata» se había convertido en la práctica establecida en
toda la Zona; se aplicaba en todas partes y nadie malinterpretaba su propósito.
Los negros de las Indias Occidentales y los estadounidenses blancos formaban
filas separadas no solo cuando llegaba el tren que traía la paga, sino también
en las oficinas de correos y en las comisarías. Había salas para negros en los
hospitales (siempre en la parte posterior, donde no había buenas vistas ni
llegaba la brisa del mar) y había escuelas para niños negros. (A pesar de que
el número de niños negros inscritos en las escuelas de la Zona duplicaba el de
niños blancos, había menos de la mitad de maestros negros contratados.) Los
negros prestaban sus servicios en las fuerzas de policía de la Zona —unos
noventa de un total de trescientos eran de las Indias Occidentales—, pero solo
obtenían media paga y no tenían derecho a ascensos.
Los clubes de la YMCA, los grandes hoteles y las iglesias eran lugares vedados
para los negros, a menos que trabajaran en ellos. «Un hombre con la piel
ligeramente parda —decía el sarcástico Harry Franck— puede quedarse sentado en
las escalinatas de algún hotel de la Comisión del Canal del Istmo aunque tenga
los bolsillos rebosantes de dinero; allí sentado morirá de hambre, y entonces
será debidamente sepultado en la tumba especial a la que su color le da
derecho.»
Más notable todavía era el contraste entre las viviendas para los negros y los
blancos. Para la mayoría de la población de blancos —empleados, turistas— era
más fácil no pensar en esas cosas, no acordarse de los negros nada más que para
los servicios que realizaban. Pero en realidad sus condiciones de vida eran
deplorables, y la Comisión del Canal del Istmo no hacía nada para mejorarlas.
La principal fuente de descontento y desesperación durante los primeros años
para trabajadores blancos y negros por igual no había sido la dificultad del
trabajo ni el clima inhóspito, sino la perspectiva de llevar una existencia
desprovista de mujeres. La Comisión del Canal del Istmo inició una campaña para
traer mujeres estadounidenses a Panamá con el fin de establecer una vida
doméstica normal entre la población blanca; después también tomó medidas para
traer un gran número de mujeres negras de las Indias Occidentales. Las primeras
mujeres negras que llegaron eran de Martinica y oficialmente venían como
lavanderas; y aunque puede que algunas fueran prostitutas, según se dijo, la
acusación de que todas lo fueran o que habían sido embarcadas a expensas del
Gobierno para que ejercieran la prostitución era absurda y evidentemente falsa[26]. Con el
tiempo, como los trabajadores corrieron la voz por todas las islas, varios
miles de mujeres negras llegaron a Panamá para reunirse con sus maridos, sus
hermanos o sus padres, o simplemente para encontrar marido; pero sobre todo
para encontrar lo mismo que habían ido a buscar los hombres: un trabajo estable
y una paga mejor que la que podían esperar obtener en su tierra. «La mayoría de
nosotros dejamos nuestros países en busca de trabajo y de mejoras —decía John
Butcher, de Barbados—. Salimos de casa para ser pioneros en una tierra
extranjera.»
La Comisión del Canal del Istmo, sin embargo, no proporcionaba alojamiento a
las mujeres negras. Solo unas cuantas cabañas mal acabadas se destinaban a los
trabajadores negros casados. El resto de las viviendas disponibles para
trabajadores negros eran las mismas que en la época de la visita de Theodore
Roosevelt: el mismo tipo de barracas rudimentarias con catres de lona
apretujados unos junto a otros como en tercera clase. Varios cientos de
trabajadores vivían en furgones de ferrocarril acondicionados que eran
trasladados de un lado a otro por las vías según los lugares donde se
necesitaban trabajadores con más urgencia. A los solteros esos alojamientos no
les atraían en absoluto, mientras que a los que tenían esposa y familia no les
quedaba más alternativa que valerse por sí mismos. Además, durante varios años,
Gorgas había apoyado oficialmente esa dispersión como una forma de reducir la
propagación de la neumonía.
Como resultado, no menos de cuatro de cada cinco indios occidentales pagaban
alquiler por miserables viviendas en Colón o en la ciudad de Panamá, donde una
habitación solía servir para alojar a una familia completa. O, lo que era más
frecuente, se establecían en la selva, donde construían pueblos enteros con las
cajas de dinamita, bidones de hojalata aplastados, restos de madera o lámina
corrugada que podían recoger de la basura. Vivían donde les gustaba y lo mejor
que podían, sin la protección de puertas con tela de alambre o servicio de
limpieza, cultivando pequeños huertos, siempre con muchas gallinas picoteando
por los alrededores de sus chozas, y ninguna autoridad oficial se preocupaba
por ellos en absoluto.
Así pues, la Comisión del Canal del Istmo no proporcionaba a sus trabajadores
negros —es decir, a la inmensa mayoría de sus trabajadores— alojamientos de
calidad inferior a lo establecido, puesto que sencillamente no les
proporcionaba alojamiento alguno. Y en casi nada de lo que se publicaba para
consumo popular se hablaba de este asunto; o si se tocaba el tema, se afirmaba
que era otro acto de la generosidad de los directivos del canal permitir que
los negros vivieran de la forma en que eran más felices. Sin embargo, como
escribió un observador, ningún visitante tenía que investigar mucho para darse
cuenta de la vida totalmente diferente a que estaba sujeta esta gente. «El
visitante que ha visto primero las pulcras y atractivas casas y los
apartamentos para solteros que se asignan a los empleados de la "nómina
dorada", difícilmente puede evitar un cambio de opinión repentino sobre la
dulzura y la belleza de la vida en el Istmo cuando deambula por los barrios
negros que se encuentran al otro lado del ferrocarril, frente al hotel Tívoli,
o por algunas calles poco transitadas de Imperio o Gorgona.»
Una señal menos espectacular pero más específica de la desigualdad relativa del
sistema era la diferencia en los beneficios que obtenían los trabajadores
blancos y negros de los 2.500.000 dólares que se gastaban anualmente en
entretenimiento y recreo para los empleados. Para el trabajador (blanco)
cualificado medio casado este desembolso de la Comisión del Canal del Istmo
significaba un valor monetario de unos 750 dólares al año. Pero para el
trabajador (negro) no cualificado medio casado solo significaba 50 dólares. En
otras palabras, tal como estaba diseñado el sistema, al blanco estadounidense,
que representaba aproximadamente una quinta parte de la población, se le
trataba quince veces mejor en servicios sociales, deportes y diversiones
gratuitos que al negro de las Indias Occidentales, que representaba tres
cuartas partes de la población.
Cabría suponer que se trataba de una manifiesta injusticia racial, y por
supuesto, en gran medida, lo era, pero no totalmente. Los sencillos problemas
de la oferta y la demanda también entraban en juego, esto es, la oferta de
técnicos experimentados (hombres que manejaran y repararan las máquinas),
médicos y personal administrativo competentes, era siempre escasa y tenía que
mantenerse satisfecha si se quería construir el canal; en cambio, abundaban los
trabajadores no cualificados comunes provenientes de las empobrecidas islas del
Caribe, y no esperaban más de lo que recibían, que para la mayor parte era
mejor que lo que conocían en su tierra. Además, existía el factor político: la
mano de obra no solo era negra, sino extranjera; no eran ciudadanos de Estados
Unidos y, por lo tanto, no tenían un valor electoral en Washington.
Es discutible que a un negro de las Indias Occidentales que trabajaba en el
canal de Panamá le fuera mejor o peor que a un minero en los campos
carboníferos de Kentucky o a un obrero textil emigrante en Homestead
(Pensilvania) en esos mismos años. Pero ningún minero u obrero textil de esa
época recibía servicios médicos gratuitos. Por muy peligroso que fuera para el
obrero negro el trabajo que desempeñaba en Panamá, las normas de seguridad
establecidas por la Comisión del Canal del Istmo eran mucho más avanzadas que
las de la industria estadounidense. Ninguna tienda de una compañía podía
compararse con los economatos de la Comisión del Canal del Istmo. Además, se
puede afirmar con certeza que en Panamá nadie pasaba hambre.
Se solía manifestar que ningún ejército de trabajadores de la historia había
estado tan bien pagado, tan bien alimentado y tan bien cuidado, lo cual,
haciendo balance, era incuestionablemente cierto, pese a las desigualdades
obvias del sistema y por muy parciales o hipócritas que otras afirmaciones
hayan podido resultar. Sin duda, a los campesinos egipcios que construyeron el
canal de Suez o a los negros de las Indias Occidentales que llegaron a Panamá
durante la época francesa se los había tratado mucho peor que a cualquier
empleado negro de la Comisión del Canal del Istmo.
* * * *
Por regla general, el negro de las Indias Occidentales que
trabajaba en el canal de Panamá era afable, educado, sobrio y muy religioso,
como casi todos los que tuvieron que ver con la obra llegaron a apreciar. John
Stevens señaló una vez que nunca había conocido una gente tan obediente de la
ley, y los archivos demuestran que la tasa de criminalidad, así como la
incidencia del alcoholismo y las enfermedades venéreas entre los trabajadores
negros, fueron anormalmente bajas durante los años de la construcción.
En torno al 80 por 100 de los trabajadores negros eran analfabetos. Aunque la
política oficial de la Comisión del Canal del Istmo en Washington era no
contratar a nadie que tuviera menos de veinte años, gran cantidad de
trabajadores negros eran apenas unos chiquillos. Joseph Brewster, de Barbados,
fue a trabajar como peón de vía, según escribió más tarde, a los dieciséis
años; H. B. Clayton, nacido y criado en Gorgona, comenzó siendo «un muchacho»,
probablemente a los quince años; Jules LeCurrieux, de Guayana francesa, apenas
si había cumplido los diecisiete años; Alfred Mitchel, que había venido de
Jamaica con su madre, empezó como aguador a los catorce; Jeremiah Waisome,
quien también había llegado a Panamá con su madre, tenía doce o trece años, y
estaba orgulloso de su habilidad para leer y escribir. Su relato del día en que
por primera vez buscó trabajo es el siguiente:
Sin que mi madre lo supiera, una mañana, en vez de ir a la
escuela, me dirigí a Balboa para buscarme un trabajo […]. Me acerqué al jefe
[…]. Le dije buenos días, jefe, y él respondió, buenos días, muchacho. Él
estaba mascando en ese momento un pedazo de tabaco. Le pregunté si necesitaba
un aguador y él dijo que sí; me preguntó cuál era mi nombre, y yo se lo dije.
Me di cuenta de que no deletreaba bien mi nombre como Jeremiah Waisome y le
dije que me perdonara, pero que así no se deletreaba. Me echó una mirada
amenazadora, escupió un salivazo, volvió a mirarme y me dijo, tú, negrito,
¿necesitas un trabajo? Dije sí, señor, y él dijo nunca trates de dictar a un
hombre blanco, coge ese cubo de ahí y trae agua para esos hombres.
Cualquiera que fuera su primer trabajo, no era probable que el
obrero negro permaneciera mucho tiempo en él, en buena medida porque la
rotación constante o un cambio de sus circunstancias parecían conducir siempre
a algo más atractivo en otro lugar de la línea. La experiencia de Clifford St.
John no era excepcional. Comenzó a trabajar a los diecisiete años con la
cuadrilla de una pala mecánica en el tajo en Gold Hill. Herido por una roca que
le cayó encima, fue enviado al hospital de Ancón, donde se le ofreció un
trabajo que le pareció mejor, y allí permaneció durante dos años. Luego trabajó
en el tendido del cable telefónico para el ferrocarril de Panamá, hasta que
cayó enfermo de fiebre tifoidea. Después de un mes de recuperación en el
hospital de Colón, regresó al ferrocarril, esta vez como vigilante. Al poco
tiempo cambió y entró a trabajar como estibador en Cristóbal, y después pasó a
poner estacas en la presa de Gatún. Cuando empezó la construcción de las
compuertas de las esclusas, fue contratado para abrir agujeros para los
remaches. Fue el séptimo trabajo diferente en menos de siete años.
Al recordar más adelante en la vida sus «tiempos en el canal», los trabajadores
negros hablarían como los demás de las lluvias increíbles y de «trabajar
empapados», de los bichos y del lodo, y del calor sofocante. (Un camarero del
hotel Tívoli recordaba que tenía que cambiarse de traje tres veces al día por
lo mucho que sudaba.) Recordaban lo barata que era la comida y los trenes que
salían del tajo («era algo maravilloso, digno de verse»), a algún capataz o
ingeniero en particular, o incluso a Goethals («un gran hombre […] tranquilo,
de elevados principios, digno»). Pero, de forma recurrente, en todos los
relatos aparece el recuerdo del tremendo esfuerzo físico y del constante temor
a perder la vida. «Le digo que aquello no era un lecho de rosas.» «No sería
exagerado afirmar que aquellos días fueron muy duros.» «Teníamos que trabajar
muy duro.» «Yo trabajaba muy duro […] mucho peligro […] constante peligro.» «Yo
escapé por poco de la muerte.» «Tuve que saltar para salvar la vida.» «Pienso
que es una bendición estar todavía vivo.» «Tenías que pedirle diariamente a
Dios que te cuidara para volver sano y salvo.» «Aquellos días se recuerdan como
días terribles. Eran tiempos en que te ibas a la cama por las noches y al día
siguiente podías ser un hombre muerto.»
Una tarea peligrosísima durante los últimos años de la obra, por ejemplo, era
la tala de los gigantescos árboles que había en la zona que se iba a convertir
en el canal principal por el lago de Gatún. Después de cortar los árboles, las
cuadrillas de dinamiteros —cientos de negros de las Indias Occidentales— abrían
agujeros en los enormes troncos, muchas veces hasta quince en un solo árbol. En
cada agujero se colocaban dos o tres cartuchos de dinamita, con casquete y
fusible, y luego se apisonaban con lodo. Las detonaciones comenzaban una vez
que se terminaba el trabajo del día y la zona estaba vacía, cuando empezaba a
oscurecer.
«Después de que el tren de pasajeros de las 5.15 pasaba hacia Panamá,
empezábamos a encender —recordaba Edgar Simmons, otro negro de Barbados—.
Algunos teníamos que prender las mechas hasta en sesenta y cinco o setenta y
dos agujeros y salir corriendo, así que juzgue la situación.» Cada hombre, con
antorchas en ambas manos, iba de árbol en árbol encendiendo las mechas lo más
rápido posible y después corría a protegerse. «Luego aquello era como el
infierno. Perdóneme la expresión, pero así era […]. Ver volar por los aires
pedazos de árboles era algo terrible.» Después, los pedazos de madera se
apilaban y se quemaban, tarea que duraba meses. Montones gigantescos de árboles
eran rociados con petróleo crudo, luego se les prendía fuego y «empezaba a
rugir otro infierno».
* * * *
Pese a la impresión popular, la enfermedad entre los jornaleros
continuó siendo un problema hasta el final. Aunque la incidencia de muertes
debido a la malaria y la neumonía se había reducido de forma espectacular en
comparación con la de la época de la gira de Roosevelt, ambas enfermedades
persistían. Además, la fiebre tifoidea y la tuberculosis iban en aumento. El
divulgado cuadro de la Zona del Canal como un lugar muy saludable era verdadero
si se aplicaba a la comunidad blanca, y el progreso médico superaba todo cuanto
se había logrado antes en una selva tropical. Pero los registros de los
hospitales demuestran que la situación estaba muy lejos de ser la ideal. Y de
nuevo, como en los años iniciales, los trabajadores que no eran blancos ni
estadounidenses se llevaban la peor parte.
Los informes referentes al año fiscal de 1907-1908, cuando Goethals reemplazó a
Stevens, señalan que 1.273 empleados murieron debido a diferentes causas. Al
término de la época de la construcción, es decir, en el año fiscal de 1913-1914,
las muertes totales fueron 414, lo que significa una disminución
extraordinaria. En 1907-1908 se habían producido 205 muertes a causa de la
malaria; el último año de la construcción solo hubo catorce. Las muertes
debidas a la neumonía bajaron de 466 a 50. Otro dato estadístico notable es el
que señala que la tasa de mortalidad entre los empleados durante el último año
de la construcción fue de 7,92 por 1.000, muy inferior a la tasa de mortalidad
general en Estados Unidos. Ni siquiera Washington, Montana o Nebraska, entonces
los estados más sanos del país, presentaban una tasa de mortalidad más baja que
la de la Zona del Canal.
Sin embargo, en los registros correspondientes al año fiscal de 1907-1908 la
fiebre tifoidea no figuró entre las causas de muerte, mientras que en el
período 1913-1914 esa enfermedad mató a cuatro personas. La tuberculosis, que
en 1907-1908 segó siete vidas, en 1913-1914 acabó con 63. Más sorprendente es
el hecho de que, durante el último año de la construcción, nada menos que
24.723 empleados fueran atendidos a causa de enfermedad o de accidente, lo que
quiere decir que aproximadamente la mitad de la fuerza laboral
había estado en el hospital en alguna ocasión durante esos últimos doce meses.
Según el primer informe, el número de personas que recibieron atención
hospitalaria fue de 11.000. Y mientras que solo catorce empleados murieron a causa
de la malaria en 1913-1914, más de 2.200 fueron hospitalizados debido a esta
misma enfermedad.
De las 414 muertes que hubo en total durante el último año, 30 correspondieron
a estadounidenses blancos y 31 a trabajadores blancos de otras nacionalidades.
La tasa de mortalidad entre todos los empleados blancos de nacionalidad
estadounidense era en realidad de solo 2,06 por 1.000, un índice increíblemente
bajo y que merecía el elogio que obtuvo; pero la tasa de mortalidad entre los
trabajadores negros era de 8,23. Así pues, pese a los progresos médicos que se
habían logrado, Panamá continuaba siendo cuatro veces más mortal para los
negros que para los blancos.
También debe destacarse que la incidencia de las muertes violentas no había
disminuido. En 1907-1908 hubo 104; el último año de la construcción, 138.
Gorgas, en su primer informe, había afirmado que el número de muertes violentas
«era muy excesivo» y expresó su preocupación particular por el hecho de que
tales muertes habían sido causadas por accidentes ferroviarios. En 1913-1914,
44 personas habían muerto por dicha causa, más que el año anterior.
De las 138 personas que murieron como consecuencia de la violencia en el último
año, 106 se citaban como «de color».
El jornalero negro que no había estado alguna vez en el hospital era una
excepción. Muchos habían entrado y salido tres, cuatro y hasta cinco veces. Los
registros tampoco señalan el número de hombres que quedaron lisiados
permanentemente. «Algunos de los costes del canal están aquí —escribía Harry
Franck hablando de los pabellones para negros que había en el hospital—, negros
robustos, vestidos con una especie de pijama, sentados en los corredores o en
sillas de ruedas, algunos con una sola pierna, algunos sin piernas. No podías
evitar preguntarte qué se sentiría al tener el cuerpo arruinado tan pronto en
la vida por ayudar a cavar una zanja para una potencia extranjera que, por muy
bien que te trate materialmente, no le importas ni un comino más que sus viejas
locomotoras desgastadas que se oxidan en la selva.» Muy pocos trabajadores
habían estado alguna vez en un hospital hasta que llegaron a Panamá. A la
mayoría jamás los había tratado un médico, y menos aún un médico o una
enfermera blancos. Así pues, los trabajadores negros enfermos o heridos solían
llegar la primera vez a un hospital con un gran temor por lo que pudiera
pasarles una vez que estuvieran dentro. A juzgar por los relatos de primera
mano disponibles, ninguna experiencia les dejaba una impresión más duradera.
James A. Williams, jamaicano, cayó enfermo en 1910 cuando todavía no había
cumplido los veinte años. Trabajaba en la cocina de un campamento de trabajo.
Su propio relato, escrito veinticinco años después, es uno de los más gráficos
que se conservan en los archivos del canal. Lo presentamos a continuación:
Una mañana el doctor que hacía su visita habitual a la cocina
fue informado por algunos de que yo tenía fiebre. El doctor se acercó a mí de
inmediato y me tomó el pulso. Puedo recordar que me dijo: «Vas a enfermar,
muchacho. Vete directamente al campamento de los enfermos y dile al encargado
que te mande para el hospital enseguida»; y además me preguntó: « ¿Eres hombre
temeroso de Dios?». Contesté que sí. Me dijo que me iba a morir. Apenas quedaba
tiempo para tomar el tren de mediodía y el doctor corrió al campamento de los
enfermos y ayudó a llenar los papeles que se necesitaban y me pusieron en el
tren para el hospital de Ancón. Doctor Beard era el nombre del médico de esa
sección.
Me colocaron en una camilla en el tren que iba al hospital durante todo el
camino y cuando el tren llegó a la estación de Panamá había allí muchas
ambulancias tiradas por caballos aguardando a los pacientes que iban para el
hospital. Llegamos luego al gran Pabellón 30 para ser ingresados y una
enfermera estadounidense muy amable empezó a tomarnos el pulso y a señalar a
cada paciente la cama que le tocaba. Cuando llegó a donde yo estaba y tomó mi
mano, me di cuenta de que estaba asustada y llamó al celador y le dijo que no
pusiera a este paciente bajo la ducha, sino que le diera un baño de cama. Yo me
preguntaba qué sería un baño de cama, puesto que nunca había estado antes en un
hospital. Sin embargo, fui conducido al pabellón por el celador, señor St.
Hill, y me entregó al señor Norman Piercy, compatriota mío y nacido en Portland,
Jamaica, pero en esa ocasión no nos reconocimos. El señor Hill le dijo a
Piercy: «Dale a este paciente un baño de cama». Mientras yo seguía
preguntándome qué querrían decir con eso de un baño de cama, vi que el señor
Piercy colocaba sobre la cama una manta impermeable, dos cubos llenos de hielo
picado y varios cubos de agua, y sin tener la cortesía de consultarme, me
desnudó y me colocó en esa agua espantosamente fría. Para ser sincero, yo pensé
que no viviría más tiempo. Sin embargo, me dio un baño completo, me secó con
una toalla y me colocó en una cama blanca y limpia. Por un momento sentí frío,
pero todavía estaba molesto por ese baño de hielo, puesto que nunca antes había
oído o visto semejante cosa […].
La siguiente impresión la tuve cuando sentí un poco de sed y vi que alguien
venía con un vaso de agua, y me alegré, pues pensaba que era agua helada de la
que yo sentía mucha necesidad, y la amable enfermera me la dio y me dijo que
bebiera. Estaba tan sediento de un trago de agua, que me apresuré y tan pronto
como el agua llegó a mis labios, ya estaba en el estómago. Le digo que nunca
antes había probado algo tan terriblemente amargo. Siempre había oído hablar de
la quinina, pero yo pensaba que tenía buen sabor. Y cada dos horas me daban ese
líquido amargo, de día y de noche, y en vez de quitarme la fiebre, yo me iba
poniendo peor.
Entonces sucedió la siguiente cosa. Yo estaba frente al escritorio de la
enfermera y una vasija con agua limpia estaba colocada cerca de mí. Yo pensé
que esa agua estaba colocada allí para que yo bebiera. Como en ese momento
tenía sed, cogí con la mano tres pequeñas cantidades tres veces y las tragué, y
cuando oí que la enfermera me preguntaba que qué estaba bebiendo, yo no pude
responderle pero vi cuando levantó el teléfono y yo no sabía qué sucedía hasta
que descubrí unos cinco doctores sobre mí y me encontré vomitando. Y pocas
horas después me di cuenta de que me estaban sacando sangre del brazo. Luego ya
no tuve noticia de aquel líquido amargo. Durante toda la noche no me molestaron
con esa cosa.
A la mañana siguiente vinieron dos hombres con una camilla, me levantaron de la
cama y me colocaron sobre la camilla y me sacaron del pabellón. Yo pensé que me
iban a enterrar, porque yo ya estaba realmente muerto. Sin embargo, fui llevado
al Pabellón 24 […] que era el lugar donde estaban atendiendo a los pacientes de
fiebre tifoidea. Habían descubierto que lo que yo tenía no era malaria, sino
fiebre tifoidea.
Lo que yo puedo decir con toda sinceridad de aquellas enfermeras estadounidenses
es que mi propia y querida madre no hubiera sido más amable y cariñosa conmigo.
Lo hacían todo humanitariamente, hasta dejarme tomar un poco de alimento para
mantenerme con vida. Yo debo hablar aquí del incidente con el agua que bebí de
la vasija que estaba junto a mi cama. Era agua envenenada para matar las moscas
que zumbaban alrededor, cuando yo pensé que la habían colocado ahí para que yo
bebiera, puesto que nunca antes había estado en un hospital.
Nunca podré olvidar, nunca, la cariñosa amabilidad con que me trataron aquellas
enfermeras, especialmente en el Pabellón 24. No me apetecía ninguna comida; mi
vida se estaba consumiendo. Pero me rogaron mucho que tomara algún alimento, y
no solo eso, sino que vigilaban muy de cerca la forma como los celadores de
color trataban a los pacientes.
Una noche, la enfermera de turno se acercó a mí y me dijo: Ahora, cama 6, si no
tomas algún alimento, nunca te vas a poner bien. Y el tono con que me hablaba,
con su mano puesta sobre mi cabeza, me obligó a tragar un poco de leche y seguí
tomándola poco a poco y, al cabo de unos días, ella vino durante el turno de la
noche y me dijo: Te estás poniendo bien, cama 6. Yo empecé a tener ganas de
tomar leche. Luego ellas empezaron a darme ponche de leche y huevo dos veces al
día y verdadero whisky estadounidense todos los días. No se me permitía
levantar la cabeza de la almohada, aunque ya me sentía bien. Empecé a sentir
mucha hambre, pero solo me daban líquidos durante las tres semanas siguientes
cuando dejé de tener fiebre. Un día, a la hora de la comida, me dieron una
patata asada. Oh, cómo la disfruté. Pero esto no satisfacía mi terrible
apetito. Sin embargo, las enfermeras y los médicos me convencieron de que tal
inanición era para mi bien.
Una mañana del mes de mayo el doctor Connor, el doctor de noche, llegó al
pabellón que entonces dirigía con el doctor Bates. El doctor Connor se acercó a
mi cama con la enfermera, cogió mi gráfica y me preguntó: ¿Cómo te sientes,
Jones? Yo repliqué: Muy bien, doctor. Me preguntó si tenía hambre. Yo le dije
que sí. Él se volvió hacia la enfermera y le ordenó que me diera una dieta
ligera y un par de pijamas.
La mañana en cuestión, cuando me dieron los pijamas y me dijeron que me
levantara de la cama e intentara caminar, me tenía que sujetar a cada paso que
daba. Esa mañana me dieron una taza de avena cocida con leche, dos huevos, pan
con mantequilla y una deliciosa rebanada de melón. Pero no dejaron de darme el
whisky y el ponche durante esos días, y una semana después me dieron la «dieta
completa». Entonces me sentía feliz y bien, y a la hora de la comida nos
dijeron que si queríamos algo que no estaba en la mesa, avisáramos.
Me dieron de alta en mayo y el tratamiento me había puesto tan gordo y robusto
que cuando vine a casa a San Pablo, mi tía se sorprendió de lo bien que me
encontraba.
Me puse enfermo en abril y estuve en el hospital hasta mayo de 1910[27].
Si los trabajadores negros se hubieran alojado en viviendas con ventanas y
puertas cubiertas con tela de alambre, semejantes a las que se proporcionaban a
los empleados blancos en las zonas donde las autoridades sanitarias ejercían su
control, es muy probable que la malaria se hubiera erradicado, como sucedió con
la fiebre amarilla. En total, la pérdida de vidas por enfermedad en los diez
años que duró la construcción del canal fue inferior a cinco mil personas. Pero
Gorgas declaró más tarde que si las condiciones hubieran continuado siendo las
mismas que durante la época francesa, las muertes habrían superado las 68.000
(es decir, una tasa de mortalidad de doscientos empleados de cada mil). Los
obreros negros y todo el mundo consideraban un milagro del progreso de la
medicina el hecho de que un hombre como James Williams o los otros miles de
enfermos sobrevivieran a pesar de todo.
Durante los diez días que Charles Francis Adams comió en el hotel Tívoli, había
visto exactamente tres moscas caseras; era, sin duda, una época maravillosa. Al
corresponsal de The Outlook, después de una difícil ascensión por las
colinas que se encontraban más allá de Paraíso, se le mostró un bidón
galvanizado lleno de petróleo, colocado en un tablón sobre una pequeña corriente
de tal manera que el petróleo goteaba lenta y constantemente sobre el agua y se
iba flotando hacia el trazado del canal. Una solución tan sencilla para un
problema tan grave, escribía, no era una de las menores «maravillas» de Panamá.
Parecía que solo había un aspecto del progreso logrado en el Istmo sobre el que
se podía manifestar algún escepticismo o preocupación razonable. Las relaciones
entre los constructores del canal y la población local, difíciles desde un
principio, habían sufrido un deterioro notable. «Por temperamento y tradición
nos encontramos a miles de kilómetros de los panameños —señalaba el
corresponsal de The Outlook— […] la secular hostilidad hacia el
"gringo" se encuentra muy arraigada. Las diferencias de lenguaje,
costumbres y prácticas religiosas mantienen abierta la brecha.»
Para el estadounidense medio, Panamá era una tierra de gente oscura, ignorante
y de pequeña estatura que obviamente le disgustaba («es difícil que te guste
una gente que se ha propuesto desagradarte»). Se decía que todo el país sufría
un «caso crónico de resentimiento». El panameño —cualquier panameño sin
distinción de posición o situación social— era un spiggotty o spig, términos
que supuestamente se derivaban de la equivocada pretensión de los cocheros que
en los primeros años afirmaban que podían speak-da-English<.
Se pensaba que el panameño era muy poco agradecido por todo lo que se había
hecho por él. Cuando Robert Wood declaró en un discurso años después que
Estados Unidos había creado toda la riqueza de Panamá, expresaba la profunda
convicción que tenía cualquier estadounidense que hubiera trabajado en el
canal.
Como era de esperar, el panameño se resentía del poder del gringo, de su
desaprobación de la manera de vivir panameña. Los estadounidenses eran
gritones, arrogantes, maleducados y bebedores. El canal que iba a llevar una
prosperidad tan indecible a todos no parecía estar haciendo tal cosa. Los
economatos de la Zona habían privado a los comerciantes locales de una bonanza
esperada por mucho tiempo; y el pueblo panameño que no podía hacer allí sus
compras se quejaba de que tantos productos y tan baratos fueran privilegio
exclusivo de los bien pagados trabajadores del canal. Incluso los esfuerzos de
Gorgas fueron una fuente de resentimiento.
Nos odian porque limpiamos sus ciudades y las mantenemos limpias [conjeturaba
un escritor], no porque quizá prefieran realmente la antigua suciedad y las
calamidades, sino porque corregirlos significa que no eran perfectos antes de
que llegáramos. Pues la principal cualidad del panameño es su orgullo, y ese
sentimiento es precisamente el que nosotros los estadounidenses caprichosa o
necesariamente hemos ultrajado.
Viendo la pobreza de los panameños que vivían en los antiguos
poblados del Chagres dentro de la Zona, muchos estadounidenses podían entender
los sentimientos expresados por Rose van Hardeveld:
Los pobres estaban literalmente a nuestro alrededor. Pienso que
cada uno de nosotros encontraba entre nuestras lavanderas o vendedores de
frutas uno o dos que eran mucho más miserables que los demás, y que parecían
estar pidiendo ayuda personal a nosotros que tanto teníamos cuando ellos no
tenían nada.
Todos los días nos enterábamos de muchos descuidos y crueldades innecesarios.
Parecía que no procedían tanto del deseo de ser crueles o descuidados como del
hecho de que no conocían nada mejor […].
Todas nuestras mujeres se sentían profundamente apenadas por los niños de ojos
tristes que veían todos los días y, sin embargo, era poco lo que podíamos hacer
que tuviera un beneficio permanente.
Si les dábamos ropa, lo único que se lograba era que se sintieran descontentos
con lo que tenían, y el dinero solía gastarse en ron o billetes de lotería.
Llegamos a sentir que la caridad en realidad no era muy buena como tal.
A un estadounidense que se había esforzado por hacer algo lo
habían sustituido enseguida. Rufus Lane, un antiguo marinero de Massachusetts,
había llegado buscando un puesto durante la etapa de Stevens. No poseía
preparación técnica, pero tenía una carta de presentación de Henry Cabot Lodge
y hablaba con fluidez español, de modo que se decidió encargarle «las
municipalidades de la Zona del Canal en la selva», un puesto que no tenía
ningún sentido, pero que él se tomó muy en serio. Los «panameños de la selva»
—indios e indios occidentales— empezaron de inmediato a hacer lo que les
enseñaba. «Desbrozaron la selva en torno a sus chozas —informó el diplomático
William Sands—. Comunicaron sus viviendas mediante pequeñas veredas […]
aprendieron a deshacerse de la basura que provocaba las enfermedades y a
establecer sencillos centros de primeros auxilios e higiene. Efectuaban
reuniones de todo el pueblo según el plan primitivo de Nueva Inglaterra […]. El
trabajo de Lane me parecía una de las cosas mejores que los estadounidenses
estaban haciendo en Panamá.» Pero Lane y su obra fueron abolidos por un comité
visitante del Congreso, uno de cuyos miembros dijo a Sands: «Esta gente no
tiene mayor utilidad que los mosquitos o los buitres; deben ser exterminados
junto con ellos».
Con el avance de las aguas del lago de Gatún, millares de pobladores fueron
despojados de sus tierras y casas, y trasladados a sitios más elevados. Pero
muy pocos creyeron que se les daba una compensación justa y se quejaron
amargamente de que hubieran decidido por ellos su nueva ubicación. «Los
estadounidenses se aprovechan de la gente pobre porque no tiene quien hable por
ella», declararía con tristeza una mujer más de sesenta años después,
recordando la casa que su familia se había visto obligada a abandonar.
De los directivos que estaban al mando de la obra, solo Gorgas parecía saber
cómo no enemistarse con los panameños. Pocos hablaban español o se esforzaban
por aprenderlo. Goethals no lo hablaba en absoluto. (« ¡Oh, supongo que sabía
cómo decir no!», recordaba un estadounidense con desaprobación.) Durante su
primer año en el puesto, Goethals había escrito a uno de sus hijos que una
comida oficial ofrecida por el presidente Amador y su esposa fue «la situación
más angustiosa a la que me he enfrentado». Lo habían colocado entre la señora
Amador y la señora Obaldía, ninguna de las cuales hablaba inglés.
Amador había muerto en 1909, no mucho después de que le sucediera en el cargo
José de Obaldía. No se sabe lo que Goethals pensaba de Obaldía, pero mucho
antes había descrito a Amador como una persona «que no valía mucho». Y cuando
Obaldía, después de tomar posesión de su cargo, reveló en privado algunos
hechos internos del régimen de Amador, fue como si se confirmaran todas las
peores certidumbres de los estadounidenses sobre la ampulosidad de la política
y los políticos panameños. Es imposible saber cuánto de verdad había en la
información, pero lo importante es que los directivos estadounidenses la
creyeron a pies juntillas.
La información se refería a que habían desaparecido cerca de 300.000 dólares
del tesoro panameño, y que se había descubierto cuando Obaldía tomó posesión.
Parece que Goethals se había enterado el 8 de octubre de 1908 por una carta
confidencial del almirante Rousseau escrita cuando aquel se encontraba fuera
del Istmo en misión oficial. «Se dice que Amador se queda con la mitad del
dinero —informaba Rousseau—. Amador no solo cargó al Gobierno panameño todos
los festejos privados, regalos y demás ofrecidos al presidente y la señora Roosevelt,
al secretario Taft, al secretario Root y a su señora, sino también el regalo de
bodas entregado a la señorita Roosevelt. Las cantidades cargadas a la cuenta
del Gobierno son de cinco a diez veces mayores que los gastos reales. Obaldía y
su partido están furiosos y amenazan con publicar a los cuatro vientos lo que
Amador ha hecho.» Pero como Rousseau explicaba más adelante, había aceptado
mantener «tapada» la historia por respeto a Roosevelt y a su familia.
Tampoco hubo ninguna alarma oficial manifiesta por la gran animosidad entre los
dos pueblos. Tales sentimientos prevalecían, como parecía aceptarse, pero
siempre había sido así, desde la época del desembarco de la primera oleada de
buscadores de oro en 1849. Y, sin duda, no tenía una solución pronta ni
sencilla.
Para el estadounidense medio que trabajaba en el canal, el orgullo herido o la
«cólera reprimida» del panameño (por usar las palabras de un reportero) solo
constituían una preocupación marginal. Habría tiempo suficiente después para
resolver esas dificultades. Por ahora la obra iba marchando demasiado bien, el
estado de ánimo era muy elevado y el fin estaba demasiado a la vista para
pararse a pensar en otra cosa.
«Todo está a una escala colosal.»
Scientific American
(8-III-1911)
I
Me resulta difícil transmitirles el sentimiento que a todos nos
embarga en relación con la obra —decía Robert Wood—. Es muy raro que un hombre
pueda ver su propia obra; pero nosotros la hemos visto físicamente […] un año
tras otro.»
La vieron al excavar el Tajo de Culebra, al construir los muelles y almacenes,
al tender el nuevo ferrocarril; la vieron en las fortificaciones que se
erigieron en Punta Toro, en la isla Margarita de Bahía Limón y en las islas de
Perico, Flamenco y Naos de la bahía de Panamá. (Los gigantescos cañones de 400
milímetros de calibre que se instalaron en las fortificaciones eran las armas
más grandes y pesadas que poseía Estados Unidos, con un alcance de más de 32
kilómetros.) También la vieron en la planta hidroeléctrica que se construyó
junto al desagüe de la presa de Gatún y en la presa misma, que una vez
terminada parecía que había estado siempre allí, muy semejante a la morrena de
un enorme glaciar. Fue un progreso medible.
Y también estaba el lago. Había comenzado a surgir cuando se cerró el canal de
desvío occidental en 1910, sin que estuviera terminada la presa. A partir de
entonces, mientras el agua subía centímetro a centímetro por el talud inclinado
de la parte interior y el Chagres se reunía y dispersaba tierra adentro kilómetro
tras kilómetro, la percepción del tipo de canal tan diferente que iba a ser, la
concepción de un largo brazo de agua dulce suspendido en la selva, comenzaba a
tomar forma y producía buen efecto.
El interés popular en Estados Unidos aumentaba de forma proporcional a medida
que el sueño se iba convirtiendo en realidad. Durante los últimos años de la
construcción aparecieron cientos de artículos en las revistas y los suplementos
dominicales de los periódicos con títulos como «El espíritu del gran Job» (haciendo
un juego de palabras con Job, personaje bíblico famoso por su paciencia, y
trabajo en inglés), «Se realiza el sueño de Panamá», «Un gran trabajo muy bien
hecho», «La mayor obra de ingeniería de todos los tiempos» y «Nuestro Canal».
En 1913, antes de la proyectada gran inauguración, se publicaron más de doce
libros sobre Panamá y el canal.
Pero también fue en los últimos años de la obra cuando las grandes esclusas
tomaron forma ante los ojos de todos, y fueron la proeza técnica más
interesante e importante de la construcción. Constituyeron el triunfo
estructural de Panamá. En dimensiones generales, tamaño, peso y en los
mecanismos e ingenioso aparato de control incorporados en su diseño, superaban
a las estructuras similares del mundo. Eran, como se afirmaba con frecuencia,
los poderosos portones del canal de Panamá. Pero eran mucho más que
monumentales, pues no se limitaban a estar ahí, como un puente o una catedral,
sino que trabajaban. Estaban hechas de hormigón y de miles de
partes móviles. Grandes elementos esenciales se habían fabricado en Pittsburgh,
Wheeling, Schenectady y en otras ciudades. En un sentido muy real, eran
máquinas colosales, las más grandes concebidas, y en su forma final,
funcionarían con la precisión de un reloj suizo. Sin duda, eran un portento de
la ingeniería de todos los tiempos, pero por razones que la mayoría de la gente
no comprendía.
Se tardaron cuatro años en construir todas las esclusas desde el momento en que
se vació el primer hormigón en el suelo de Gatún el 24 de agosto de 1909. Lo
que más impresionaba era su tamaño, sobre todo vistas durante los últimos
estadios de su construcción antes de que entrara el agua. Los visitantes que se
colocaban en el suelo seco de la cámara de una esclusa cuando todavía estaba
abierta a la luz experimentaban la sensación de haber perdido de repente el
sentido de las dimensiones. Cada cámara era un inmenso foso de hormigón cerrado
en ambos extremos por compuertas de acero. Los muros laterales tenían una
longitud de 304 metros y se elevaban casi 25 metros, una altura mayor que la de
un edificio de seis pisos. Era como si se viera una calle amplia y llana de
unas cinco manzanas de longitud con un muro continuo de edificios de seis pisos
a cada lado, pero sin ventanas ni puertas, sin nada que aportara una escala
humana. Las compuertas de los extremos, que se abrían parcialmente al cielo,
parecían imágenes de un sueño.
En el año 1913, el mayor de los «leviatanes del océano» era un barco más grande
de lo que había sido el Titanic, el flamante Imperator de
52.000 toneladas de la línea Hamburgo-América. El Imperator tenía
cabida para 5.500 personas (para las que llevaba no menos de ochenta y tres
botes salvavidas); contenía un «baño pompeyano» y un «salón social», donde se
podían reunir setecientos pasajeros que viajaran en primera clase. Y todo
el Imperator cabía dentro de la cámara de una esclusa con
amplitud de sobra (casi dos metros a los lados y más de dieciocho metros en
cada extremo). Si una sola cámara se hubiera colocado en posición vertical
sobre uno de sus extremos, habría sido la estructura más alta del mundo,
superando a la Torre Eiffel[28].
El pintor Joseph Pennell bajó al fondo de una cámara vacía de la esclusa de
Pedro Miguel, y las formas de las puertas y los muros que se alzaban ante él le
resultaron tan imponentes que casi fue incapaz de pintarlas. Walter Bernard, el
dueño de la revista Scientific American, regresó del Istmo para
escribir un artículo que tituló «Las esclusas mamut», en el que confesaba que
era imposible abordar el tema «sin dejarse arrastrar por el concepto de lo
superlativo». Otro visitante recordaría «el sentimiento que sigue a una
ceremonia religiosa celebrada en una gran catedral».
Para construir la Gran Pirámide, la Muralla China o las catedrales de Francia
se colocaron bloques de piedra uno sobre otro, según la modalidad de la época.
Pero los muros de las esclusas de Panamá se vaciaron desde arriba, cubo a cubo,
en moldes gigantescos. Y dentro de esos moldes había otros para crear los
diferentes conductos y túneles, las cámaras y corredores especiales requeridos
dentro de los muros. Todo tenía que crearse primero en negativo para obtener la
estructura deseada en positivo.
Además, la obtención del material para la construcción era en sí misma una
«ciencia» que requería medidas específicas y rigurosas, y un sistema
racionalizado de entrega desde la planta mezcladora hasta el lugar de
construcción. Era indispensable la sincronización.
El hormigón —una combinación de arena, gravilla y cemento (mezcla este de cal y
arcilla) — se conocía desde la época de los romanos, pero se empleó muy poco
como material de construcción hasta finales del siglo XIX y solo para cimientos
y suelos. Los diques secos y los rompeolas se construían con hormigón armado
—hormigón al que se añadían varillas de metal—, y a comienzos de la década de
1900 se levantaron varios edificios importantes con ese mismo material en
Europa y Estados Unidos, así como silos, algunos puentes pequeños y el almacén
de Montgomery Ward en Chicago. George Morison trazó los planos para el puente
de hormigón del parque de Rock Greek en Washington, y en 1912 ya se estaba construyendo
un enorme puente ferroviario de hormigón, el Viaducto de Tunkhannock, cerca de
Scranton (Pensilvania). Sin embargo, todavía no se había intentado hacer algo
tan enorme como las esclusas de Panamá, y hasta la construcción de la presa de
Boulder, en la década de 1930, ninguna estructura de hormigón igualaría su
volumen total. La mayor cantidad de hormigón vaciado en un día alcanzaba unos
1.292 metros cúbicos. Solo en Gatún la media diaria casi duplicaba esa
cantidad.
«No hay otra estructura en el mundo que contenga una cantidad tan grande de
material», escribía con orgullo William Sibert sobre el gran tramo de esclusas
de Gatún, que medían 1.600 metros de un extremo al otro. La cantidad de
hormigón vaciado superaba 1.520.000 metros cúbicos —una cantidad suficiente,
según se afirmaba, para levantar un muro de 2,50 metros de espesor, 3,60 metros
de altura y 214 kilómetros de largo—. En conjunto, las esclusas del otro
extremo del canal, en Pedro Miguel y Miraflores, eran aún más grandes, con un
volumen de 1.824.000 metros cúbicos.
Todas las cámaras de las esclusas tenían las mismas dimensiones (33,50 por 304
metros) y se habían construido por pares, dos cámaras paralelas para que
hubiera dos carriles de tráfico. El tramo único de esclusas de Gatún constaba
de tres pares de cámaras. Había un par en Pedro Miguel y dos más en Miraflores,
es decir, que había seis pares de cámaras en total (doce cámaras).
Cada par de cámaras compartía un muro central de poco más de 18 metros de
altura. El ancho de los muros laterales iba de los 13 a los 15 metros a nivel
del suelo, pero en la parte exterior se habían construido formando una serie de
escalones de dos metros de altura cada uno desde un punto situado a unos siete
metros de la base. Así pues, en su parte superior los muros solo tenían 2,5
metros de anchura. Los suelos de las cámaras eran de hormigón macizo con un
espesor entre cuatro y seis metros.
Una vez terminados los muros laterales, su parte posterior con escalones se
rellenaría por completo con tierra y piedras. Y cuando las esclusas entraran en
funcionamiento, siempre tendrían agua por lo menos hasta la mitad, con lo cual
su tamaño dejaría de parecer tan impresionante.
Observadas durante su construcción, eran una fantasía de enormes monolitos de
hormigón, de moldes de lámina de acero que parecían bastidores de teatro en
blanco, de monstruosas grúas y cables transportadores —las brigadas aéreas de
cubos, como alguien los denominó—, y de pequeños ferrocarriles automáticos que
cambiaban de vía aquí y allá. El enjambre de obreros parecía perderse junto a
las estructuras que se alzaban y el increíble conjunto de artilugios mecánicos.
El ruido era ensordecedor.
En Gatún, los grandes cubos cuadrados de hormigón de casi seis toneladas se
balanceaban por el aire hasta llegar al lugar preciso de las esclusas donde
vertían su carga, todo por medio de un espectacular cable transportador. A cada
lado de las esclusas se levantaban torres de acero de 26 metros de altura
(cuatro a cada lado) y los cables cubrían una distancia de unos 244 metros. Las
torres iban sobre raíles, así que podían trasladarse a medida que avanzaba el
trabajo.
La arena y la gravilla se transportaban en barcazas por el antiguo canal
francés y se amontonaban cerca de la planta mezcladora. Luego un pequeño tren
automático, cuyos vagones entraban y salían sobre una vía circular, introducía
la arena, la gravilla y el cemento en la planta, que constaba de ocho
mezcladores de hormigón. Otro tren de dos vagones de plataforma con dos cubos,
arrastrado por una de las locomotoras francesas, llevaba el hormigón recién
hecho hasta el cable transportador. Allí descendían dos cubos vacíos, se
enganchaban los cubos llenos y se transportaban por el aire a una velocidad de
unos 32 kilómetros por hora; luego regresaban para repetir el proceso.
Este sistema de entrega presentaba la ventaja de dejar libre la zona de
trabajo, ocupada solo por los moldes en los que se vertía el hormigón. Tan
pronto como se depositaba la carga de un cubo, los trabajadores extendían el
hormigón fresco con las piernas hundidas en él hasta las rodillas.
Todas las esclusas se construyeron en secciones de once metros como monolitos
independientes, cuya construcción requería una semana de trabajo. Los grandes
moldes de acero, también sobre raíles, se trasladaban después hacia delante
hasta la siguiente posición.
En Pedro Miguel y Miraflores, donde el terreno era menos abierto y espacioso
que en Gatún, el jefe de la división, Williamson, y sus ingenieros civiles
prefirieron usar grúas de brazos horizontales en lugar de cables
transportadores; las grúas eran de un tamaño tan enorme que se las veía asomar
por encima de la selva desde varios kilómetros de distancia. Algunas tenían
forma de T gigantesca. Otras formaban una doble T y se las conocía como «grúas
de cámara» porque estaban dentro de las cámaras de las esclusas, desde donde
sus largos brazos horizontales llegaban al muro central y los laterales. Todas
las grúas se movían sobre raíles y se autopropulsaban.
El vapr Ancón llegando a Cristóbal, desde Barbados con 1500 jornaleros a
bordo. (Compañía del canal de Panamá)
Las que tenían forma de T eran las «grúas mezcladoras». Un brazo
de la T llevaba la arena, la gravilla y el cemento de los montones a las
plantas mezcladoras situadas en la base de la T. El otro brazo transportaba los
cubos con el hormigón fresco a las grúas de las cámaras, que a su vez lo
remitían al punto deseado. Toda la operación estaba lo más mecanizada posible y
para el observador común que viera su desarrollo resultaba un espectáculo
extraño y sobrenatural. El operador de la grúa de la cámara, el hombre que
guiaba el hormigón a su destino, estaba sentado solo dentro de una pequeña caja
que colgaba del brazo de descarga de la grúa, casi a cien metros del suelo.
Para construir las esclusas, las presas y los desagües se enviaron a Panamá
cinco millones de costales y toneles de cemento desde Nueva York a bordo
del Ancón y el Cristóbal. Un simple dato
presupuestario proporciona una idea de lo que suponía dicha cantidad: se
ahorraron 50.000 dólares en cemento recuperado una vez que Goethals dio la
orden de que los trabajadores sacudieran cada bolsa tras vaciarla.
La gravilla y la arena para las estructuras más próximas al Atlántico —las
esclusas y el desagüe de Gatún— llegaban por mar desde dos lugares situados al
este de Colón, a 32 y 64 kilómetros, respectivamente; la gravilla, desde Porto
Bello, donde se había construido una gran planta trituradora, y la arena, desde
Nombre de Dios[29]. En la parte
del Pacífico, la piedra (basalto o roca trapeana) se extraía y trituraba en la
colina de Ancón y la arena venía de Punta Chamé, en la bahía de Panamá.
Para los criterios actuales, los ingenieros eran novatos en el uso del
hormigón. Todavía no se habían descubierto algunos detalles sobre la proporción
crucial de agua y cemento para la mezcla y sobre la sensibilidad del material a
la agresión medioambiental. Construir algo tan grande como las esclusas de
hormigón de Panamá era un reto sin precedentes, pero lo que se iba a erigir
también tenía que conservarse en un clima donde casi todo, incluido el
hormigón, podía desmoronarse rápidamente. Sin embargo, por muy elemental que
fuera la tecnología teórica sobre el material, los resultados fueron extraordinarios.
Después de sesenta años de servicio, el hormigón de las esclusas y desagües
estaría en condiciones casi perfectas, lo cual, para los ingenieros actuales,
resulta uno de los aspectos más excepcionales del canal.
* * * *
El diseño y la ingeniería de las esclusas, resultados de años de
planificación avanzada, pueden atribuirse en buena medida a tres hombres: el
teniente coronel Hodges y dos civiles muy diestros, Edward Schildhauer y Henry
Goldmark. Schildhauer, hombre menudo, bien afeitado y activo, era un ingeniero
electrónico de treinta y pocos años. Goldmark, que con sus cuellos almidonados
y su cabello escaso y bien peinado parecía un abogado de empresa, tuvo la
responsabilidad de diseñar las compuertas de las esclusas.
El elemento fundamental que había que considerar y utilizar en las esclusas —el
factor vital de todo el proyecto, con sus componentes estructurales, mecánicos
y eléctricos— era el agua, que levantaría y bajaría a los barcos. La
flotabilidad del agua haría casi ingrávidas las tremendas compuertas de las
esclusas, compuertas dos o tres veces más pesadas que las construidas hasta
entonces. La energía de la caída de agua del desagüe de Gatún generaría la
corriente eléctrica necesaria para que funcionaran todos los motores del
sistema y las locomotoras remolcadoras o «mulas eléctricas». El canal, en otras
palabras, suministraría la energía que necesitaba.
Para elevar o bajar el nivel de agua de las esclusas (y así levantar o bajar
los barcos en tránsito) no se necesitaría más fuerza que la de la gravedad. El
agua fluiría a las esclusas desde arriba —del lago de Gatún o del lago de
Miraflores— o saldría de ellas a los canales al nivel del mar. El agua entraría
o se arrojaría fuera mediante túneles gigantescos que recorrían los muros
central y laterales de las esclusas y cuyo diámetro era de 5,5 metros, casi tan
grandes como los túneles del ferrocarril de Pensilvania bajo el río Hudson. En
ángulo recto con estos túneles principales, incorporados en el suelo de cada
cámara de las esclusas, había otros túneles transversales más pequeños, catorce
en cada cámara, con capacidad suficiente para dar entrada a una carreta con dos
caballos. Cada túnel transversal tenía cinco especies de pozos en el suelo, lo
cual significaba que cada cámara contaba con setenta agujeros, por los cuales
brotaría o se drenaría el agua, dependiendo de que las válvulas se abrieran o
se cerraran.
Las válvulas de los túneles grandes eran inmensas compuertas corredizas de
acero dispuestas en marcos como de ventana que se movían sobre rodamientos.
Había dos compuertas para cada válvula que pesaban diez toneladas cada una.
Para llenar una esclusa estarían cerradas las válvulas del extremo inferior de
la cámara y abiertas las del extremo superior. El agua se vertería desde el
lago por los grandes túneles hasta los túneles transversales y saldría por los
agujeros del suelo de la cámara. Para soltar el agua de la esclusa estarían
cerradas las válvulas del extremo superior y abiertas las del extremo inferior.
La razón para que hubiera setenta cavidades en el suelo de cada cámara era
lograr una distribución equitativa sobre toda la zona de turbulencia del agua
que entraba y, de este modo, someter a la cámara y a los barcos a un mínimo
trastorno. La intención de los ingenieros era poder subir o bajar un barco
dentro de la cámara en unos quince minutos.
De las partes móviles del sistema, las mayores y más notables eran las
compuertas de las esclusas o «compuertas de inglete», como se las conocía, que
se abrían como las puertas de dos hojas y se cerraban formando una V aplastada.
Las hojas de las compuertas pesaban varios cientos de toneladas cada una y eran
las mayores del mundo. Su construcción se inició en Gatún en mayo de 1911. Su
estructura era muy sencilla y no planteaba dificultades más que por su tamaño.
Eran láminas de acero remachadas a una rejilla de vigas de acero, igual que el
casco de un barco de acero o el ala de un avión moderno, al que se parecían
mucho, aunque en un tamaño muy superior. Y al ser huecas y estancas, flotarían
una vez que hubiera agua en las esclusas, con lo cual el peso sobre sus goznes
cuando estuvieran en funcionamiento sería relativamente pequeño.
Todas las hojas tenían una medida estándar de 20 metros de ancho y dos metros
de espesor; pero su altura variaba entre los 14 y los 25 metros, dependiendo de
su posición. Las mayores y más pesadas (745 toneladas) eran las de las esclusas
inferiores de Miraflores, debido a la extrema variación de las mareas del
Pacífico.
Durante la construcción, los inspectores se metían dentro de las compuertas por
un sistema de bocas de acceso para comprobar cada remache, una tarea que
resultaba muy incómoda porque el sol calentaba la cubierta exterior de acero.
Todos los remaches imperfectos se retiraban y reemplazaban, y se comprobaba la
hermeticidad de la cubierta llenando las hojas de agua.
Como medida de precaución, también iba a haber un duplicado de todas las
compuertas. Detrás de cada conjunto de puertas dobles había otro igual por si
el primero no funcionaba bien o algún barco lo golpeaba. Y como cada cámara de
las esclusas (salvo las esclusas inferiores de Miraflores) tenían su propio
conjunto de compuertas intermedias, el sistema completo constaba de 46
compuertas (92 hojas) y su tonelaje total (60.000 toneladas) superaba casi en
la mitad el de los grandes barcos como el Titanic.
Las compuertas intermedias tenían como objetivo conservar el agua. Aunque las
esclusas se habían construido para dar cabida a barcos tan grandes como
el Titanic o el Imperator, o incluso mayores, cada
cámara se podía reducir de tamaño cerrando las compuertas intermedias si el
barco que pasaba no era de los gigantes y podía caber en una cámara de 183
metros o menos. Y de todos los barcos transatlánticos que había en el mundo por
entonces, cerca del 95 por 100 eran menores de los 183 metros.
Para elevar un gran buque mercante o un barco mayor de 183 metros hasta el
nivel del lago de Gatún era necesario quitarle al lago 98.280.000 litros, el
equivalente del suministro diario de agua de una ciudad grande. Para el paso
completo del canal de un océano al otro, el gasto de agua duplicaba dicha
cifra, y era agua dulce que se vertía al mar.
El desafío técnico de las compuertas de las esclusas era su ingeniería
mecánica, su diseño y la fabricación de todos los mecanismos necesarios que las
abrían y las cerraban herméticamente. Un «accesorio» tan básico como el juego
de goznes exigía especificaciones diferentes de cualesquiera de los producidos
antes por los fabricantes. Las piezas perfectas y precisas tenían que fundirse
en un acero especial, pesaban miles de kilos y debían soportar una presión de
varios millones de kilos. El juego de abrazaderas que se usaba para sujetar la
parte superior de las compuertas a los muros de las esclusas pesaba siete
toneladas y parecía la creación metálica de un escultor de nuestros días.
Las compuertas se abrían y se cerraban por medio de un mecanismo muy sencillo y
potente, ideado por Edward Schildhauer. Las hojas de las compuertas estaban
conectadas por largos brazos de acero a unas enormes ruedas impulsoras
horizontales, ocultas dentro de los muros de la esclusa. Estas ruedas de casi
seis metros de diámetro estaban equipadas cada una con un gran motor eléctrico;
y ruedas y brazos funcionaban como la rueda motriz y la vara conectora de una
locomotora, pero al revés, porque en este caso la energía salía de la rueda.
Para abrir o cerrar una compuerta, la rueda giraba unos doscientos grados.
Para diseñar esta pieza esencial del aparato, el joven ingeniero no contó con
ningún modelo establecido. Los datos disponibles «eran discrepantes», escribió,
y tenía que considerar fuerzas como la fricción mecánica, la aceleración, la
resistencia del viento y el efecto de los distintos niveles de agua en los dos
lados de la compuerta. La prueba contundente sería la apertura y el cierre de
las compuertas más pesadas en una cámara sin agua. Pero recordando la primera
de estas pruebas «en seco», Bishop escribió que «las compuertas se abrían y se
cerraban con la misma facilidad que una puerta cualquiera».
Pero pese a la gran destreza demostrada por Schildhauer en este y otros diseños
y a los notables éxitos que logró con Goldmark en todo lo que emprendieron, los
resultados definitivos fueron sobre todo una asombrosa demostración de lo mucho
que había avanzado la tecnología industrial. Entre las proezas más llamativas
del canal de Panamá, por ejemplo, se encuentra el hecho de que todas las piezas
de ferretería para las compuertas de las esclusas —los mecanismos de elevación
de los tubos de las válvulas, los rodamientos, equipos y arbotantes especiales
para las máquinas de las compuertas y las 92 ruedas impulsoras— los produjo un
único fabricante en Wheeling (West Virginia). En 1878, solo treinta y cinco
años antes, el maestro fundidor cuáquero David S. Morrell se había quedado
maravillado ante un sistema relativamente sencillo para la fundición del acero
presentado por los franceses en la Exposición Universal de París. Casi todo lo
que había visto entonces superaba las técnicas más avanzadas empleadas en las
fundiciones de Pittsburgh y en las suyas de Johnstown. Y ahora una organización
relativamente minúscula como la Wheeling Mold & Foundry Company, en un
centro industrial pequeño, era capaz de producir piezas de fundición en tamaños
y cantidades que ni siquiera se imaginaban en 1878, y con aleaciones de acero
que solo se usaban antes en ínfimas cantidades para la fabricación de
instrumentos de precisión y cuchillería. El acero de carbón, el acero de
níquel, el acero de vanadio, todos de dureza excepcional y enorme resistencia a
la corrosión, se habían desarrollado para la fabricación del armamento naval
antes del cambio de siglo, pero fue la llegada del automóvil la que estimuló su
producción real. Por ejemplo, la Ford Motor Company había adoptado el acero de
vanadio para la fabricación de sus motores en 1904, y también se hicieron de
dicho material las piezas más importantes de las compuertas de las esclusas, la
gran plancha sobre la que giraba la base de cada hoja de la compuerta, una plancha
que no solo tenía que soportar el peso de la puerta, sino su constante
inmersión en agua.
La diferencia más evidente y destacada con mayor frecuencia entre los esfuerzos
franceses y estadounidenses en Panamá, entre el fracaso y el éxito, radicaba en
la aplicación de la ciencia médica moderna, los métodos de financiación y el
tamaño del equipo de excavación empleado. Pero también debe entenderse que el
canal que se construyó fue muy distinto al que se hubiera podido realizar
treinta años antes. No solo fue un canal mucho más ancho que el proyectado (las
esclusas tenían casi el doble de ancho que las diseñadas por Eiffel, que medían
18 metros de ancho por 180 metros de largo); fue construido de forma diferente
y con materiales distintos. «Por muy atractivo que resulte para la imaginación
el canal de Panamá como la realización de un ideal —escribió un periodista
perspicaz—, es sobre todas las cosas un logro práctico, mecánico e industrial.»
En ningún lugar resultaba más evidente que en la ciudad de Pittsburgh, donde
unas cincuenta fábricas, fundiciones, talleres de máquinas y distintos
fabricantes especializados trabajaban para el canal haciendo remaches, pernos,
tornillos y tuercas (por millones), viguetas y tirantes de acero, moldes de
acero para los muros de las esclusas, tuberías especiales plegables de acero
para los túneles interiores de los muros y rodamientos de acero (18.794) para
las válvulas de espiga y las compuertas de los desagües. La construcción de las
compuertas se había encomendado a McClintic-Marshall, una firma contratista de
Pittsburgh especializada en construcción de puentes de acero pesado.
El linaje estructural de las enormes grúas utilizadas en las esclusas del
Pacífico se remontaba hasta la Torre Eiffel. Los cables de acero empleados en
los cables de transporte y las grúas, y en todas las palas de vapor y las
dragas, tuvo sus orígenes en el puente de Brooklyn, y la mayor parte fue
fabricado por John A. Roebling Sons.
Las grúas, los cables de transporte, las quebrantadoras y las mezcladoras de
cemento funcionaban con electricidad. La energía motora del canal, todo su
sistema nervioso, era la electricidad, y un canal todo eléctrico era algo
enteramente nuevo bajo el sol e imposible solo diez años antes.
El funcionamiento de las esclusas dependería nada menos que de 1.500 motores
eléctricos. Todos los controles eran eléctricos. La General Electric Company
fabricó cerca de la mitad de todos los aparatos eléctricos que se necesitaron
durante la construcción y prácticamente todos los motores, transmisores,
conmutadores, conexiones y generadores que se instalaron de forma permanente,
además de las locomotoras de remolque y todo el alumbrado.
Además de los noventa y dos motores que se utilizaban para mover las compuertas
de las esclusas, había otros cuarenta y seis motores más pequeños que ponían en
marcha los mecanismos de «forzamiento de ingletes» que cerraban las hojas de
las compuertas una vez que estaban en la posición adecuada. Sobre la parte
superior de cada compuerta había un estrecho pasadizo provisto de un barandal
para que los encargados de la vigilancia pudieran ir y venir de un lado a otro
de la esclusa cuando las compuertas estaban cerradas. Con las compuertas
abiertas, las barandillas quedarían en medio, así que también se subían y
bajaban con un motor eléctrico.
Más de cien motores de 40 caballos de fuerza hacían funcionar las grandes
válvulas en los principales túneles, mientras que se necesitaban los motores
más grandes instalados, de 70 y 130 caballos de fuerza —similares a los que se
utilizaban en las fundiciones de acero para el trabajo más pesado—, para «dos
extraordinarias medidas de precaución» tomadas con el fin de salvaguardar de
daños las compuertas de las esclusas.
Cuando un barco se acercaba a la entrada de la esclusa, quedaba detenido por
una enorme cadena de acero que se tendía de un muro al otro de la cámara. La
cadena se bajaba hasta quedar metida en una ranura especial del suelo de la
cámara, solo si todo marchaba adecuadamente, es decir, si el barco estaba en la
posición debida y controlado por las locomotoras remolcadoras. Si el barco
estaba fuera de control y golpeaba la cadena, esta se arriaba poco a poco por
medio de un dispositivo automático hasta que se detenía el barco a poca
distancia de las compuertas. (Un barco de 10.000 toneladas, navegando a cinco
nudos, podía ser detenido en menos de veintiún metros.) La longitud de la
cadena superaba los 122 metros y sus extremos estaban sujetos a dos grandes
pistones hidráulicos colocados en los muros de las esclusas. También había
bombas para suministrar agua a los pistones y más motores eléctricos para
accionar aquellas.
Si por alguna casualidad muy remota un barco rompía la cadena de contención o
la sobrepasaba, las compuertas de seguridad le saldrían al paso con el vértice
de sus hojas apuntando hacia el barco. Para lograr atravesar las compuertas de
seguridad se requería una fuerza colosal y era casi inconcebible que el
movimiento de avance de un barco pudiera ser tan grande después de haberse
encontrado la cadena de retención. Pero, en el caso de que ocurriera, seguía
habiendo otra medida de seguridad.
La amenaza más seria para las compuertas de las esclusas era la de un barco
fuera de control cuando se aproximaba a las esclusas superiores, es decir, de
un barco a punto de bajar la última esclusa para salir del canal. Si se
rompieran las compuertas de la esclusa superior, toda el agua del lago caería
en torrente por las esclusas. Por esta razón, en los muros laterales a la
entrada de cada esclusa superior, entre la cadena de contención y las
compuertas de seguridad, había un gran aparato de acero que parecía un puente
ferroviario volado. Era el dique de socorro. Estaba montado sobre un pivote y
en caso de crisis se cruzaba sobre la esclusa —con un motor eléctrico— en cosa
de dos minutos. De su interior descendía una serie de vigas con portillos cuyos
extremos encajaban en unas cavidades de hierro situadas en el suelo de hormigón
del canal. Las vigas proporcionarían los cauces para bajar enormes planchas de
acero una tras otra, hasta que el canal quedara sellado. Era un dispositivo
desmañado, pero funcionaba con gran eficacia.
La posibilidad de que un barco llegara a golpear la cadena era muy pequeña; la
de que la golpeara y además la rompiera se consideraba tal vez una entre diez
mil[30]. En
condiciones normales, el barco era controlado por las locomotoras remolcadoras
durante todo el trayecto por las esclusas. Se empleaban cuatro para remolcar un
barco de tonelaje medio, dos a proa para empujar y dos a popa para que
mantuviera el curso. En ningún momento del trayecto utilizaba el barco su poder
de locomoción.
Al igual que casi todos los detalles de las esclusas, las locomotoras
remolcadoras eran las primeras de ese tipo. Habían sido diseñadas por
Schildhauer para que transitaran por las vías tendidas sobre los muros de las
esclusas y para mover un barco de un extremo al otro a una velocidad de menos
de tres kilómetros por hora. Pero también tenían que salvar la inclinación de
45 grados entre las esclusas.
Se construyeron en Schenectady y el primer modelo costó 13.000 dólares. El
pedido inicial fue de cuarenta locomotoras. Cada máquina tenía una longitud de
nueve metros y pesaba cuarenta y tres toneladas. En cada extremo había una
cabina igual, con motores impulsores y controles idénticos, de modo que pudiera
avanzar en las dos direcciones sin necesidad de darle la vuelta. Sin embargo,
su característica principal era un gran cabrestante colocado en el centro de la
locomotora, con energía propia, que contenía 244 metros de cable de acero. Con
el cabrestante la locomotora podía controlar un barco sin moverse. El cable se
podía soltar o recoger a gran velocidad y con cargas tan pesadas como 11.000
kilos.
Para la General Electric, que por entonces era una empresa joven y pequeña, el
funcionamiento adecuado de los aparatos y la eficacia del sistema eléctrico
eran de vital importancia. No solo se trataba de un enorme contrato del
Gobierno —el primero que obtenía la compañía—, sino que atraería la atención
del mundo entero. Era una oportunidad única para exponer las virtudes de la
energía eléctrica y los recursos creativos de los ingenieros electrónicos. En
una revista técnica se declaraba que el canal sería «un monumento al arte de la
electricidad». Y hacía menos de un año de la electrificación de la primera
fábrica en Estados Unidos.
Dentro de un contexto más amplio, el acuerdo fue también un precursor
histórico. Debía alcanzarse un objetivo tecnológico inmenso y novedoso en un
tiempo muy breve y según las normas más estrictas mediante los esfuerzos
combinados del Gobierno federal y una industria muy especializada. (Sin duda,
hay un largo trecho entre las instalaciones eléctricas de Panamá y el Proyecto
Manhattan, pero su paralelismo es evidente.) Además, el triunfo clamoroso del
acuerdo, la obra más original e importante proveniente del contrato, fue
aquella para la que el espíritu de colaboración entre el Gobierno y la
industria fue más pronunciado.
Eran muchas las ventajas de la energía eléctrica: podía transmitirse a largas
distancias; en las instalaciones más complicadas, cada máquina o mecanismo
podría tener su propio motor impulsor (como en las compuertas), en lugar de que
la energía se transmitiera a una y otra parte desde una estación central por
medio de un complicado sistema (como en una fábrica convencional movida con
vapor). Los motores eléctricos eran relativamente pequeños, compactos y
estancos; marchaban a una velocidad constante, prescindiendo del peso de las
cargas; requerían un mínimo de atención; y no estallaban.
Pero la virtud principal de la electricidad estaba en el grado de control que
aportaba. Se podía hacer que sucedieran las cosas —detener, poner en marcha,
abrir, cerrar— simplemente apretando un botón o girando unos cuantos
interruptores en un tablero de control central. Y así iba a ser en Panamá, con
un rasgo muy importante añadido: en esta operación se haría que las cosas
sucedieran solo como debían hacerlo, en la secuencia exacta prescrita.
Aunque los principios fundamentales eran muy semejantes a los desarrollados
para los tableros de los ferrocarriles, no se había producido antes un sistema
de control comparable. También el mérito de su concepción básica le pertenece a
Edward Schildhauer, si bien en lo demás fue un esfuerzo de conjunto. «No había
especificaciones lo bastante exactas y explícitas para los resultados que se
pedían —escribió uno de los ingenieros de Schenectady—; tampoco se había dado
nunca un campo tan amplio para escoger el método de lograrlo […]. La única meta
de todos los participantes era producir algo mejor, más seguro y fiable que
todo lo hecho anteriormente.» En la General Electric se estableció un
departamento especial para el que se escogieron empleados que se concentraron
exclusivamente en el proyecto de Panamá. A los ingenieros de la compañía se les
envió al Istmo para que conocieran todos los aspectos del problema; Schildhauer
y algunos miembros de su personal fueron a Schenectady. El resultado fue un
éxito absoluto.
El funcionamiento de cada tramo de esclusas iba a dirigirse desde el segundo
piso de una gran estación de control construida en el muro central de la
esclusa más alta. Desde allí, con una vista sin obstáculos del tramo completo,
un solo hombre frente al tablero de controles podía realizar todas las
operaciones para el paso de un barco, salvo el movimiento de las locomotoras de
remolque.
Cada tablero de control era un banco largo y plano o una especie de mostrador a
la altura de la cintura de un hombre, sobre el cual había una representación en
miniatura de las esclusas y su funcionamiento. El tablero de Gatún medía 19,5
metros de largo y 1,5 metros de ancho. Había pequeños indicadores de aluminio
colocados en las mismas posiciones relativas que las compuertas de las esclusas
que se abrían y cerraban a la vez que lo hacían las compuertas reales. Había
indicadores verticales que mostraban las posiciones de las válvulas y otros más
altos que marcaban el nivel de agua en las cámaras.
Todo lo que sucedía en las esclusas —la subida y bajada de las cadenas de
contención, la apertura y el cierre de las compuertas— se registraba en el
tablero en el lugar preciso y al mismo tiempo, de modo que la situación real
podía interpretarse al instante en cualquier estadio del tránsito.
Además, todos los interruptores que hacían funcionar las cadenas de contención,
las compuertas de las esclusas, las válvulas, todos los interruptores de los
mecanismos del sistema, se localizaban junto a la representación de dicho
mecanismo en el tablero. Para elevar un barco de 40.000 toneladas a una altura
de 6,5 metros en la cámara de una esclusa, bastaba con girar una pequeña manija
de aluminio sobre el tablero.
Pero lo verdaderamente ingenioso del sistema era la complicada red de barras
entrelazadas ocultas de la vista bajo el tablero. Pues el operador no solo
podía ver todo el proceso del paso de una embarcación por las esclusas sobre el
tablero, sino que los interruptores estaban entrelazados mecánicamente. Cada
uno debía girarse en la secuencia debida porque de lo contrario no giraba. Por
lo tanto, era imposible realizar los movimientos en desorden u olvidarse de dar
uno de los pasos del proceso en el momento indicado. Así, por ejemplo, el
interruptor que bajaba la cadena de contención no funcionaba hasta que el
conmutador que abría las compuertas de la esclusa estaba en su debida posición.
De esta manera, ninguno de los que manejaban el tablero de control, por
distracción o por cualquier otra causa natural, podía bajar la cadena de
contención para que pasara un barco sin haber abierto primero las compuertas
para que entrara en la cámara de la esclusa. Tampoco se habrían podido cerrar
esas compuertas una vez que el barco estuviera dentro de la esclusa sin que se
hubiera hecho girar antes el interruptor para levantar la cadena de contención,
con lo cual se aseguraba que estas estuvieran siempre levantadas para proteger
las puertas cuando estaban cerradas.
El interruptor de las compuertas también estaba interconectado con el
interruptor de la máquina de forzamiento de los ingletes (para abrir las
compuertas el operador tenía que abrir primero dicho artilugio). Cuando era
necesario abrir las válvulas de los túneles para que entrara agua y se elevara
el buque hasta el nivel de la siguiente esclusa, solo era posible abrir las
válvulas precisas. En Gatún, por ejemplo, esto significaría que el operador no
tendría la posibilidad de inundar las esclusas inferiores del tramo abriendo
las válvulas de la cámara media y la cámara alta al mismo tiempo.
Solo con un sistema que funcionara con electricidad era posible manejar las
esclusas desde un punto central. En algunos casos, la distancia entre alguno de
los motores del sistema y el tablero de control era de más de ochocientos
metros.
Más de medio siglo después seguirían utilizándose los mismos tableros de
control, funcionando como se había previsto, exactamente como los ingenieros
habían dispuesto. «Eran personas muy listas —observaría un ingeniero de
Miraflores en fecha muy posterior—. Después de veintiún años, todavía me
asombra lo que hicieron.»
* * * *
En cierta ocasión, poco antes de que el canal quedara terminado,
la Comisión de Bellas Artes envió al Istmo al escultor Daniel Chester French y
al arquitecto paisajista Frederick Olmsted Jr., hijo del afamado creador del
Central Park de Nueva York, para que hicieran sugerencias sobre la manera de
embellecer el aspecto de las esclusas o mejorar la apariencia general del
canal. El escultor y el arquitecto informaron:
El canal en sí y todas las estructuras relacionadas con él dan
la impresión de haber sido construidos estrictamente para su utilidad. Hay una
ausencia total de ornamentos y no existen indicios de que se haya tomado en
cuenta el sentido de la estética, salvo en muy contadas ocasiones […]. Por este
hecho, desde el punto de vista del artista, no hemos encontrado nada que esté
fuera de lugar. El canal, al igual que las Pirámides u otro objeto imponente en
su escenario natural, causa impresión por sus dimensiones, su simplicidad y su
carácter directo. Tenemos la sensación de que cualquier cosa que se haga por
embellecerlo no solo no logrará cumplir su propósito, sino que resultaría una
impertinencia.
En consecuencia, no se cambió ni agregó nada. El canal tendría
siempre el aspecto que sus constructores pretendieron y nada más.
II
A efectos prácticos, el canal se terminó cuando se acabaron las
esclusas. Y su construcción se había organizado con tanta eficacia que se
concluyeron casi un año antes de lo previsto. De no haber sido por los
deslizamientos de tierra en el Tajo de Culebra —que añadieron diecinueve
millones de metros cúbicos al volumen total de las excavaciones—, el canal
podía haberse inaugurado en 1913.
Se terminaron primero las esclusas del lado del Pacífico: el tramo de Pedro
Miguel, en 1911; el de Miraflores, en mayo de 1913. El estado de ánimo de los
trabajadores era excelente. Cuando un periodista le preguntó a Goethals cuál
era el secreto de sus éxitos, este le respondió: «El orgullo que todos sienten
por su trabajo».
«Los hombres se presentaban a trabajar muy temprano y se quedaban hasta tarde
—recordaba Robert Wood—. […] Creo sinceramente que cualesquiera de los
empleados estadounidenses habrían trabajado aquel año sin goce de sueldo, solo
por el gusto de ver pasar el primer barco por el canal. Ese espíritu existía en
todos los jornaleros.»
El último hormigón se extendió en Gatún el 31 de mayo de 1913, once días
después de que dos palas mecánicas se encontraran «en el fondo del canal», en
el Tajo de Culebra. La pala número 222, conducida por Joseph S. Kirk, y la pala
número 230, conducida por D. J. MacDonald, habían estado estrechando todo el
día la distancia hasta que quedaron frente a frente. El tajo era todo lo
profundo que debía ser: doce metros sobre el nivel del mar.
La segunda semana de junio se informaría de que las recién instaladas
compuertas de seguridad superiores de Gatún se habían movido a una «posición de
medio abiertas; después se cerraron, se abrieron de par en par, se cerraron
otra vez […] y todo procedió sin ruido, sin la menor sacudida o vibración y
siempre bajo el más estricto control».
El 27 de junio se cerró la última compuerta de desagüe en la presa de Gatún. El
lago de Gatún había alcanzado una profundidad de 14,60 metros; entonces
ascendería a su nivel más alto.
Tres meses más tarde terminaron todas las excavaciones en seco. El
deslizamiento de Cucaracha todavía obstruía el paso, pero Goethals había
decidido limpiarlo con las dragas una vez que el tajo quedara inundado. Así
pues, la mañana del 10 de septiembre los fotógrafos cargaron con su equipo
hasta el tajo para recoger el momento en que una pala mecánica izó la última
gran roca. La locomotora número 260 arrastró el último tren de tierra y
aparecieron las cuadrillas de obreros para levantar las últimas vías. «Aquella
noche, el tajo ofrecía un espectáculo inusitado —decía el cable de uno de los
corresponsales de The New York Times—: cientos de montones de
viejos durmientes de las vías del ferrocarril están en llamas.»
El remolcador se aproxima a la compuerta Gatún, para efectuar el primer
recorrido de prueba del recorrido de prueba por las esclusas. (Archivo Espasa)
Luego, el 26 de septiembre se hizo en Gatún la primera prueba de
las esclusas.
Un remolcador de alta mar, el Gatún, que hasta entonces se había
usado solo para arrastrar barcazas llenas de lodo a la entrada del Atlántico,
fue sometido a una operación de limpieza, adornado «con todas las banderas que
había a bordo», y con el sol del amanecer emprendió el viaje desde Colón. A las
diez de la mañana ya había varios miles de personas congregadas en los bordes
de los muros de las esclusas para presenciar la histórica ascensión. Había
hombres sobre las compuertas cerradas, inclinados sobre el barandal. El cielo
estaba despejado, y en el aire, sobre las compuertas inferiores, colgaba,
suspendido de un cable transportador, un fotógrafo. Estaba de pie sobre un cubo
de hormigón con la cámara sobre un trípode, esperando los acontecimientos.
Pero iba a ser un día largo y abrasador. Poco después de las once se dejó
entrar el agua en la cámara superior; pero como el lago todavía no había
alcanzado toda su altura, solo había un volumen de agua de unos 2,5 metros y
por eso, cuando se abrieron las válvulas, no salió a borbotones. En realidad,
el aspecto más fascinante de esta fase de la operación para los espectadores
fue la cantidad de ranas que llegaron arremolinadas en la fangosa agua.
Sin embargo, cuando se llenó la cámara superior, la carga de agua entre ella y
la esclusa media era de 17 metros, y de este modo, cuando se abrió el siguiente
grupo de válvulas, el agua salió a borbotones desde el fondo de la cámara vacía
de una forma espectacular.
Todavía no estaba dispuesto el tablero del control central. Las válvulas se
manejaban por control local y con precauciones extremas para asegurarse de que
todo marchaba bien. Tampoco estaban en servicio las locomotoras de remolque.
Solo para llenar las esclusas se empleó la mañana completa. Eran casi las cinco
de la tarde cuando el agua de la cámara inferior alcanzó el nivel del mar del
exterior, y las enormes compuertas se abrieron para replegarse lentamente hasta
ocupar sus posiciones en los muros.
El remolcador entró a la esclusa inferior y parecía, según recordaba uno de los
hombres, «una astilla flotando en un estanque». Sibert, Schildhauer, el joven
George Goethals y sus esposas estaban de pie en la proa. El «Coronel» y Hodges
caminaban de un lado a otro por el borde del muro de la esclusa, los dos en
mangas de camisa, Goethals provisto de una sombrilla y Hodges con botas
brillantes y un enorme sombrero blanco. Las compuertas se habían abierto en un
minuto y cuarenta y ocho segundos, tal como se había previsto.
El remolcador subió esclusas arriba, escalón por escalón. Las compuertas
traseras de la primera cámara se cerraron; el agua se elevó hasta alcanzar la
misma altura que la del otro lado de las compuertas delanteras. El enorme
estanque, agitado por una mano invisible, formaba remolinos y borbollones, y el
ascenso del agua y del barquito resultaban evidentes. Los que estaban a bordo
podían sentir que se elevaban como si se hallaran en un ascensor muy lento.
Cuando el agua de la cámara inferior alcanzó el mismo nivel que el de la cámara
media, se abrieron sus compuertas y avanzó el remolcador. De nuevo se cerraron
las compuertas de popa; de nuevo, al abrirse las válvulas de los enormes
conductos subterráneos, el agua color caramelo cobró vida de repente y comenzó
a ascender hacia el siguiente nivel. Eran las 6.45 de la tarde cuando se
abrieron las últimas compuertas en la tercera y última esclusa, y el remolcador
navegó hasta la superficie del lago de Gatún. Era casi de noche cuando el barco
giró y se dirigió a la costa haciendo sonar su silbato; la multitud estalló en
un largo aplauso. El registro oficial del tiempo empleado para este primer
recorrido de las esclusas fue de una hora cincuenta y un minutos, casi el doble
del que se requeriría una vez que todo funcionara como era debido.
El hecho de que cuatro días más tarde se produjera un terremoto pareció una
prueba adicional también esencial en un ejercicio de comprobación completo.
Durante más de una hora se experimentaron continuas sacudidas muy fuertes, de
una magnitud mayor que las del terremoto de San Francisco de 1906. Las agujas
del sismógrafo de Ancón se salieron del papel milimetrado. Se cuartearon las
paredes de muchos edificios de la ciudad de Panamá; hubo deslizamientos de
tierra en el interior; una iglesia se derrumbó. Pero las esclusas y la presa de
Gatún quedaron intactas. «No se ha producido ningún daño en ninguna parte del
canal», notificó Goethals a las autoridades de Washington.
Aquella misma semana se dejó entrar el agua en el Tajo de Culebra a través de
seis enormes conductos de desagüe del dique de tierra de Gamboa. Luego, la
tarde del 10 de octubre, el presidente Wilson pulsó un botón en Washington y la
parte central del dique voló por los aires. La idea la había sugerido un
periodista. La señal, enviada por cable telegráfico de Washington a Nueva York,
Galveston y Panamá, fue casi instantánea. Wilson salió caminando de la Casa
Blanca al edificio contiguo del Ejecutivo (como se había rebautizado el
edificio de Estado, Guerra y Marina) y allí pulsó el botón cuando pasaba un
minuto de las dos de la tarde. A las dos y dos minutos, varios cientos de
cargas de dinamita estallaron, abriendo un agujero de treinta metros de ancho,
y enseguida el tajo, que ya estaba casi lleno, se convirtió en una extensión
del lago de Gatún.
* * * *
Durante los años de trabajo en el tajo y las esclusas, unas
veinte dragas de distintos tipos, ayudadas por numerosos remolcadores, barcazas
y barcos grúa, habían tomado parte en la tarea en las cercanías del canal al
nivel del mar y en las dos bahías terminales, donde fue necesario excavar
canales de doce metros de profundidad y de varios kilómetros de longitud para
llegar a las aguas profundas. La mayor parte de ese equipo lo habían dejado los
franceses: seis dragas de la flota del Atlántico y cuatro de la del Pacífico,
una docena de barcazas volcadoras autopropulsadas, dos remolcadores, un barco
perforador y un barco con grúa eran herencia de esa época anterior. Ahora, para
limpiar el tajo de deslizamientos, se llevó la mitad de ese equipo por las
esclusas, formando la primera procesión de embarcaciones que subió desde el
Pacífico por Miraflores y Pedro Miguel, el 25 de octubre.
Las grandes y torpes dragas se colocaron en sus posiciones en el tajo; las
barcazas iban y venían, arrojando los desechos que transportaban en rincones
remotos del lago de Gatún previamente señalados. Todo se hacía de la forma que
durante tanto tiempo había defendido Philippe Bunau-Varilla como la única
posible. Se instalaron en el tajo potentes proyectores para trabajar de día y de
noche. El 10 de diciembre de 1913, una vieja draga francesa de escalera,
la Marmot, hizo el «corte pionero» por el deslizamiento de
Cucaracha y así abrió el paso por el canal.
La primera travesía completa del canal tuvo lugar casi de forma fortuita, como
parte de la nueva rutina laboral diaria, el 7 de enero, cuando una barcaza de
grúa, la Alexandre La Valley, que poco antes había subido hasta el
lago desde el Atlántico, bajó por las esclusas del Pacífico sin ceremonias, sin
mucha atención de ninguna clase. El hecho de que el primer barco que atravesara
el canal fuera francés pareció a todos muy apropiado.
* * * *
El término de la obra se acercaba con mayor rapidez de lo que se
había previsto. Miles de hombres empezaban a marcharse; centenares de edificios
eran desmantelados o demolidos. Se enviaban solicitudes de empleo a los
despachos de ingenieros de Nueva York y las fábricas de Detroit, donde, según
las noticias más recientes, había grandes oportunidades en la industria del
automóvil. Las familias hacían el equipaje para regresar a casa. Casi todas las
noches había fiestas de despedida en diversos puntos a lo largo del canal.
William Gorgas renunció a su puesto en la Comisión del Canal para viajar a
Sudáfrica con el fin de ayudar a combatir un alarmante rebrote de neumonía
entre los trabajadores negros de las minas de oro. Sería una breve estancia,
tras la cual se le iba a nombrar cirujano general del Ejército.
Joseph Bucklin Bishop se marchó para reanudar su carrera literaria en Nueva
York.
Con la llegada del nuevo año se disolvió la Comisión del Canal del Istmo y el
presidente Wilson nombró a Goethals primer gobernador del Canal de Panamá,
nombre oficial de la nueva entidad administrativa. El sueldo de Goethals como
gobernador sería de 10.000 dólares anuales, es decir, que ganaría 5.000 dólares
menos de lo que se le pagaba como presidente de la Comisión del Canal del Istmo
por decisión del Senado. Esa rebaja inspiró al popular Mr. Dooley,
creación del humorista Finley Dunne, a observar:
Dicen que las repúblicas son agradecidas, pero mirad lo que han
hecho con ese tío que partió el continente en dos en Panamá. Es un héroe, lo
acepto, aunque siento no poder pronunciar su nombre. […] ¿Qué va a hacer ahora,
me pregunto? Pues el Gobierno ya le ha nombrado gobernador del canal con un
salario muy reducido.
En Washington, tras un largo y acalorado debate, el Congreso
llegó a la determinación de que la cláusula del Tratado Hay-Pauncefote que
estipulaba que el canal quedaría abierto a los barcos de todas las naciones «en
términos de igualdad absoluta» significaba que los barcos estadounidenses no
podrían cruzar el canal gratis, como muchos congresistas y la mayoría de la
prensa habían reclamado ardientemente. Los barcos estadounidenses pagarían lo
mismo que los barcos de las restantes naciones, 90 centavos por tonelada de
carga.
En Washington y en San Francisco se estaban haciendo preparativos para celebrar
la inauguración del canal de modo que superara las ceremonias inaugurales del
canal de Suez. Se tenía la intención de reunir a más de un centenar de buques
de guerra —«la flota internacional más grande que jamás se hubiera reunido en
aguas americanas»— frente a Hampton Roads el día del Año Nuevo de 1915 para que
llegaran hasta San Francisco por la ruta de Panamá. En San Francisco arribarían
para la inauguración de la Exposición Internacional Panamá-Pacífico, una
gigantesca feria mundial organizada para celebrar la apertura del canal. Se
calculaba que la flota tardaría cuatro días en cruzar el canal.
El vapor Ancón inicia el recorrido por el Tajo de Culebra en el viaje de
apertura oficial del canal el 15 de agosto de 1914. (Compañía del Canal de
Panamá)
Los escolares de Oregon escribieron al presidente Wilson para
pedirle que el viejo acorazado Oregon marchara al frente de la
flotilla para cruzar el canal. La prensa y el Departamento de Marina adoptaron
la idea. El oficial que había estado al mando del buque cuando hizo su
memorable viaje rodeando el estrecho de Magallanes en 1898, el almirante Charles
Clark, que ya estaba retirado y tenía más de setenta años, declaró que se
sentía con la fuerza y la capacidad necesarias para capitanear de nuevo
el Oregon y que le complacería tener como huésped de honor al
presidente Wilson.
Pero no hubo tales celebraciones. El primer barco transatlántico que cruzó el
canal fue el carguero Cristóbal, y el 15 de agosto «la gran
inauguración» fue realizada de forma casi rutinaria por el Ancón.
No había personajes de fama mundial en su proa. Goethals observó de nuevo el
paso del barco desde tierra, viajando de un punto a otro en el ferrocarril. El
único aspecto impresionante del acontecimiento «fue la facilidad y el orden con
que todo funcionaba —según escribió uno de los hombres que iban a bordo
del Ancón—. El barco seguía su camino con tanta tranquilidad […]
que un observador ajeno que llegara a la escena de pronto habría pensado que el
canal había funcionado desde siempre y que el Ancón se
limitaba a efectuar lo que otros miles de barcos habían hecho antes que él».
En San Francisco se inauguró la Exposición tal como se había programado, pero
se suspendieron todas las grandes fiestas relacionadas con el canal.
Por una coincidencia irónica y trágica, el largo esfuerzo realizado en Panamá y
la prolongada época de paz en Europa llegaron a su término al mismo tiempo. Era
como si dos impulsos muy vigorosos y relacionados entre sí, aunque totalmente
distintos, hubiesen proseguido su trayectoria durante unos cuarenta años desde
la batalla de Sedán y se hubieran juntado con asombrosa precisión en un punto
final, en el mes de agosto de 1914. Las nubes de tormenta que se habían
acumulado sobre Europa desde el mes de junio descargaron su furiosa tempestad
el 3 de agosto, el mismo día que el Cristóbal pasó de un
océano al otro por la ruta del canal. Al atardecer de ese mismo día, el primer
ministro francés, Viviani, recibió una llamada telefónica del embajador de
Estados Unidos, quien, con la voz entrecortada por las lágrimas, le comunicó
que los alemanes declararían la guerra en cualquier momento. El embajador
estadounidense era Myron T. Herrick, el mismo que tanto había ayudado a
Philippe Bunau-Varilla, y en ese mismo momento en Panamá, donde eran seis horas
más temprano, este se encontraba junto al barandal de proa del Cristóbal que
entraba en la esclusa de Pedro Miguel para iniciar su descenso hacia el
Pacífico. Era una de las pocas personas que habían acudido a Panamá para la
ocasión.
En Europa y Estados Unidos las noticias sobre la guerra mundial llenaban las
páginas de los periódicos y los pensamientos de la gente. El viaje del Cristóbal,
el cruce del Ancón del Atlántico al Pacífico el día 15 de
agosto, la declaración oficial de que el canal había quedado abierto a los
barcos del mundo fueron noticias que quedaron sepultadas en las últimas páginas
de los diarios.
Aparecieron algunos editoriales celebrando la victoria de los constructores del
canal; pero ya había pasado el auge del interés popular; había un nuevo
esfuerzo heroico que reclamaba la atención del mundo. De buenas a primeras, el
triunfo de Panamá perteneció a otra era.
* * * *
De los empleados estadounidenses que estaban en Panamá cuando se
abrió el canal, solo unos sesenta habían trabajado allí desde el principio en
1904. No se llevó registro del número de trabajadores negros que permanecieron
desde el inicio de la obra estadounidense o desde la época anterior. Pero a un
ingeniero de la plantilla, un francés llamado Arthur Raggi, lo había contratado
por vez primera la Compagnie Nouvelle en 1894.
Goethals, Sibert, Hodges, Schildhauer, Goldmark y los demás habían estado allí
desde hacía siete años, y sin duda su trabajo fue de una calidad rara vez
conocida.
El coste había sido enorme. Ninguna otra obra de construcción en la historia de
Estados Unidos había alcanzado un precio tan alto en dinero y vidas humanas.
Desde 1904, el gasto total fue de 352 millones de dólares (contando los 10
millones pagados a Panamá y los 40 millones abonados a la compañía francesa).
Según el valor actual del dinero, la cifra no parece extraordinaria, pero debe
tenerse en cuenta que fue cuatro veces mayor de lo que había costado el canal
de Suez, prescindiendo de las cantidades gastadas antes por las dos compañías
francesas. La cifra era mucho mayor que la de cualquier otra construcción que
Estados Unidos hubiese emprendido[31]. Sumando los
gastos de los franceses y los estadounidenses, la cifra ascendería a 639
millones de dólares.
El otro coste desde 1904, según los registros de los hospitales, fue de 5.609
vidas humanas perdidas por enfermedades y accidentes. No menos de 4.500 muertos
fueron trabajadores negros. El número de estadounidenses blancos muertos fue de
unos 350. Si se incluía el número de muertes durante la época francesa, el
precio total en vidas humanas ascendería a veinticinco mil, es decir,
quinientos muertos por cada kilómetro del canal.
Sin embargo, por extraño que parezca y a diferencia de la mayoría de las obras
importantes, el canal diseñado y construido por los ingenieros estadounidenses
había costado en dólares menos de lo calculado. En efecto, el precio definitivo
fue 23 millones de dólares menos de lo que se había estimado en 1907, a pesar
de los deslizamientos, el ensanchamiento del canal y los 11 millones de dólares
extra para las fortificaciones, factores que no fueron tomados en cuenta en las
primeras valoraciones. El volumen de las excavaciones adicionales debidas a los
deslizamientos (unos 19 millones de metros cúbicos) casi igualó las
excavaciones utilizables realizadas por los franceses. La excavación del Tajo
de Culebra costó 90 millones de dólares (10 millones por kilómetro). Si esta
cifra se hubiera dado a conocer antes de los debates de la comisión, lo más
probable es que el Congreso hubiese rechazado el proyecto.
El volumen total de las excavaciones realizadas desde 1904 fue de 176.655.000
metros cúbicos, a los que habría que agregar los 22.800.000 metros cúbicos de
las excavaciones francesas, para dar en números redondos un total general de
199.455.000 metros cúbicos, o sea, cuatro veces más de la cifra calculada
originalmente por Ferdinand de Lesseps para construir un canal al nivel del mar
y casi tres veces más que el total de las excavaciones en Suez.
El canal también quedó abierto seis meses antes de lo establecido, a pesar de
todas las dificultades y los cambios imprevistos siete años antes. Sin lugar a
dudas, el mérito por esa magnífica realización se debe sobre todo a George
Goethals, cuya habilidad, valor y tenacidad fueron incomparables.
Asimismo, el hecho de que una obra tan enorme y costosa se llevara a cabo sin
sobornos, comisiones encubiertas, nóminas engordadas ni ninguna de las muchas
formas de corrupción endémicas en tales empresas parecía casi inconcebible al
comienzo y no deja de ser menos notable visto en retrospectiva. Pero el canal,
entre otras muchas cosas, era un proyecto limpio. Ninguna de las miles de
empresas diferentes que negociaron con la Comisión del Canal del Istmo obtuvo
ganancias exorbitantes. No hubo ni el más leve indicio de escándalo desde el
momento en que Goethals obtuvo el mando, ni hay pruebas de corrupción de ningún
tipo en todos los años sucesivos.
Desde el punto de vista técnico, el canal fue una obra maestra en diseño y
construcción. Las esclusas funcionaron a la perfección desde el momento en que
se pusieron en uso.
Debido a la Primera Guerra Mundial, el tránsito por el canal fue escaso hasta
el año 1918; solo cuatro o cinco buques lo cruzaban cada día, lo que suponía
menos de dos mil barcos de media al año. Y hasta julio de 1919 no cruzó una
flotilla de barcos de guerra estadounidenses al Pacífico, ofreciendo el
espectáculo que Theodore Roosevelt había imaginado muchos años antes. Los
treinta y tres barcos que regresaban de la zona de guerra, incluidos siete
destructores y nueve acorazados, cruzaron las esclusas en dos días.
Diez años después de su inauguración, pasaban por el canal más de cinco mil
barcos cada año; el tráfico era casi igual al de Suez. En la década de 1920 el
crucero de combate británico Hood y los portaaviones
estadounidenses Saratogay Lexington forzaron su
paso por las esclusas dejando escasos centímetros libres a los lados en su
tránsito hacia el Pacífico. En 1939, el tráfico anual ya sobrepasaba los siete
mil barcos.
Pero en las décadas siguientes a la Segunda Guerra Mundial, la cifra se
duplicó. En 1966 se instaló el alumbrado del canal y se inició el tránsito
nocturno. Los barcos cruzaban las esclusas a razón de uno cada hora durante las
veinticuatro horas del día y todos los días del año. Además, muchos de los
barcos —buques cisterna y cargueros— eran de un tamaño en el que no se había
pensado al construir el canal: el Melodic, de 257,50 metros;
el Arctic, de 258; el Tokyo Bay, de 289,5 metros, que
era el buque cisterna más grande del mundo en 1972, cuando cruzó el canal. A
partir de 1970, el tráfico sobrepasaba los quince mil barcos anuales y el
tonelaje por año superaba con creces la marca de cien millones. En 1915, el
tonelaje era de cinco millones.
El Queen Mary, botado en 1936, fue el primer barco demasiado grande
para cruzar el canal, y le siguieron otros, como el Queen Elizabeth y
el Normandie, así como los grandes buques cisterna, mayores incluso
que el Tokyo Bay, barcos de 305 metros de largo y una manga de más
de 31 metros[32]. Como
consecuencia del tamaño de los barcos y del aumento constante del tráfico, se
prepararon propuestas para construir un nuevo canal. El presidente de Estados
Unidos nombró una comisión para que inspeccionara todas las viejas rutas que se
habían investigado antes en Tehuantepec, Nicaragua, el valle del Atrato, la
impenetrable selva del Darién, San Blas y la bahía de Caledonia.
En 1915, el peaje de ese año sumaba unos cuatro millones de dólares. En 1970 la
suma ya sobrepasaba los cien millones, a pesar de que la tarifa seguía siendo
la misma. En 1973, tras sesenta años, la Compañía del Canal de Panamá registró
pérdidas por primera vez como consecuencia del aumento de los costes de
operación, de manera que en 1974 se elevó por primera vez la tarifa de 90
centavos a 1,08 dólares, un incremento del 20 por 100[33]. A partir de
entonces los ingresos anuales del peaje pasaron de los 140 millones de dólares.
El peaje más bajo registrado lo pagó Richard Halliburton, trotamundos y
escritor de novelas de éxito, que en el año 1920, sin duda para llamar la
atención, cruzó el canal a nado. No fue el primero en nadar por las aguas del
canal, pero sí fue el primero que obtuvo el permiso de las autoridades para
entrar nadando en las cámaras de las esclusas. De acuerdo con su peso, 63
kilos, tuvo que pagar 36 centavos de peaje.
* * * *
A medida que transcurría el tiempo fue necesario hacer algunos
cambios en el canal. El tajo se ensanchó a 150 metros, se construyó una presa
al otro lado del Chagres, a unos dieciséis kilómetros más arriba de Gamboa, y
las viejas locomotoras de remolque fueron reemplazadas por otras más potentes
fabricadas en Japón. Pero en esencia y en su aspecto general siguió siendo el
mismo canal de siempre y su proyecto fundamental subsiste hasta la actualidad
sin que se haya puesto en entredicho más que uno de sus detalles. Se ha
sostenido que la separación de los dos grupos de esclusas en el extremo del
Pacífico era un error, puesto que habría sido un canal más eficiente si las
esclusas del Pacífico se hubieran construido como una unidad en Miraflores, del
mismo modo que se había hecho en Gatún. Sin embargo, los que más experiencia
han adquirido durante los últimos años en la navegación del canal no consideran
la disposición del Pacífico un factor limitador, y varias pruebas efectuadas
por la Compañía del Canal de Panamá a lo largo de los años han indicado que en
Gatún se producen más embotellamientos. Con algunas mejoras, los ingenieros
creen que la capacidad actual del canal podría aumentarse.
El único juicio equivocado innegable por parte de Goethals fue su previsión
sobre los deslizamientos: estaba seguro de que se detendrían el verano en que
se abrió el canal. Pero una noche de octubre de 1914, uno de los lados del tajo
en la parte oriental de Culebra se desprendió y en media hora todo el canal
quedó bloqueado. En el mes de agosto del año siguiente sucedió exactamente lo
mismo. El 18 de septiembre de 1915 ocurrió el mayor desastre en el recién
rebautizado Tajo de Gaillard: se produjo un alud que mantuvo el canal cerrado
al tráfico durante siete meses. Al reabrirse, Goethals insistió en que
«finalmente el problema había quedado superado para siempre». Pero no fue así.
Con el correr de los años, cientos de hectáreas de lodo y piedras resbalaron
hacia el tajo; el dragado continuó siendo una tarea constante y un gasto enorme.
No se había llegado al ángulo de reposo. En 1974 hubo un deslizamiento que
precipitó dentro del tajo unos 760.000 metros cúbicos de tierra.
* * * *
La creación de una ruta acuática a través de Panamá fue uno de
los logros supremos de la humanidad de todos los tiempos, fue la culminación de
un sueño heroico que había durado cuatrocientos años y de más de veinte años de
esfuerzos colosales y sacrificios sin cuento. Los 80,5 kilómetros entre los dos
océanos se lograron con un gran esfuerzo e ingenio, y ninguna estadística sobre
tonelajes o peajes puede transmitir la grandeza de lo que se realizó. El canal
es ante todo una expresión del antiguo y noble deseo de salvar la división, de
unir a la gente. Fue una obra de la civilización.
Desde 1914, cruzar el canal de Panamá se convertiría en una experiencia
memorable para millones de personas. El tránsito completo requería unas doce
horas, y con excepción de las esclusas y alguna colonia establecida en la
orilla, toda la ruta estaba bordeada por la misma selva primitiva a la que se
habían enfrentado los primeros exploradores para tender las vías del
ferrocarril. Goethals había decidido que la selva permaneciera intacta y que se
le permitiera volver a ocupar los lugares que habían sido desbrozados donde
fuera posible. Aquella fue una decisión más militar que estética. Él mismo
había insistido ante una comisión del Congreso que la selva era la defensa más
segura contra un ataque por tierra. (En realidad, su deseo era que se
despoblara toda la Zona del Canal, puesto que, como explicó a los periodistas,
«nosotros, como estadounidenses, no tenemos derechos de propiedad allí».) Pero
para aquellos que se hallaban a bordo de un barco que cruzara el canal era como
si navegaran plácidamente por un lago magnífico en medio de una comarca
inexplorada. El lago resultaba siempre más espacioso de lo que esperaban los
visitantes, y Panamá, mucho más hermoso. Las aguas del lago tenían un color
verde oceánico y se les explicaba que eran limpias y dulces, y eliminaban
enseguida todas las lapas pegadas en el casco del barco.
En la temporada de lluvias era posible ver de lejos cómo se formaba la tormenta
sobre las colinas. Repentinas ráfagas de viento fresco rizaban la superficie
del lago y lo cubrían de pequeñas olas con crestas de espuma blanca. La
travesía no era una jornada a través de un cañón abierto en el continente, como
muchos se imaginaban, sino un paseo entre islotes de un verde espléndido, pues
las cumbres de las colinas todavía asomaban sobre la superficie del lago.
Varios años después de que empezaran a pasar los primeros barcos, buena parte
de la costa estaba bordeada por extraños árboles medio hundidos en el agua, con
sus ramas secas tan blancas como huesos.
La vista de otro barco que aparecía de improviso por una curva del trayecto
resultaba siempre una sorpresa, pues la sensación de hallarse en aguas
inexploradas era muy completa por el silencio que reinaba.
En el tajo el silencio era aún más impresionante, pues no había viento y el
agua ya no era verde y transparente, sino turbia, y los lados de lo que había
sido la cresta de la cordillera formaban acantilados que parecían juntarse.
Incluso en las esclusas había muy poco ruido. En algo tan importante como el
canal de Panamá, algo tan grande y tan vital para el comercio mundial, tenía
que haber un ruido ensordecedor, pensaba la mayoría de la gente que cruzaba el
canal. Mas no era así. Sonaban de vez en cuando las campanas de las locomotoras
de remolque y se escuchaba el rumor sordo de sus motores, pero poco más. Los
hombres que trabajaban allí apenas se gritaban, pues cada uno sabía exactamente
lo que tenía que hacer. Las compuertas de las esclusas se abrían y cerraban sin
esfuerzo aparente ni ruido perceptible.
Entre los más conmovidos por la apertura del canal en agosto de
1914 estaban Charles de Lesseps y los almirantes Alfred Thayer Mahan y Thomas
Oliver Selfridge, los tres retirados de sus actividades pero con mucha vida
todavía.
Philippe Bunau-Varilla, después de proclamar que la apertura había sido un
momento de gloria para Goethals (y para «el genio de la nación francesa»), se
apresuró a volver a su país para combatir. Durante la batalla de Verdún perdió
una pierna y en los años siguientes se le podía ver «haciendo ejercicio» por
los Campos Elíseos, caminando muy erguido y delgado con su pata de palo y la
vista al frente, seguido a corta distancia por su chófer que conducía la
limusina lentamente. Eric Sevareid, joven periodista estadounidense que lo
conoció en París en 1940, recordaría: «Nunca me había encontrado una
personalidad tan poderosa». Bunau-Varilla murió el 18 de mayo de 1940, unas
semanas antes de que París fuera ocupado por el ejército alemán.
Theodore Roosevelt no volvió nunca a Panamá; nunca llegó a ver el canal de
Panamá. El paso de la flota estadounidense del Pacífico por el canal en 1919
tuvo lugar siete meses después de su muerte. Tampoco vivió para ver que Estados
Unidos le pagaba a Colombia una indemnización de 25 millones de dólares (en
1921) por la pérdida del territorio de Panamá, una medida iniciada durante el
mandato de Wilson que había enfurecido a Roosevelt. «Uno de los rasgos
deleznables de varios de nuestros más encumbrados compatriotas —le escribió a
Bunau-Varilla en una carta particular— es que se afanan en aprovecharse de las
hazañas de un hombre de acción cuando es necesaria esa acción y luego corren a
desacreditarlo cuando la acción ya no es necesaria.»
William Gorgas, que dirigió los servicios médicos del Ejército de Estados
Unidos durante la Primera Guerra Mundial, murió de un ataque al corazón en
1920, cuando se hallaba en Londres. Antes de su muerte, el rey Jorge de
Inglaterra le visitó en el hospital y le concedió el título de caballero «por
el gran trabajo que había realizado en beneficio de la humanidad».
George Goethals permaneció en su puesto de gobernador del Canal de Panamá hasta
1916. Durante la guerra estuvo en Washington como intendente general, encargado
de la adquisición, el transporte y el almacenamiento de todos los
abastecimientos militares. Después de la guerra puso un despacho de ingeniería
en Wall Street y desarrolló una gran actividad, aunque no logró el éxito
financiero debido sobre todo a que no permitía que se utilizara su nombre «para
las consideraciones financieras». Murió de cáncer en 1928 y fue enterrado en
West Point como había pedido.
El que más vivió fue John Stevens. Desde que salió de Panamá, su trabajo lo
había obligado a recorrer casi todo el país, y en 1917, por petición de Woodrow
Wilson, viajó a Rusia para reorganizar el Ferrocarril Transiberiano, puesto que
lo mantuvo ocupado durante cinco años. A diferencia de los otros, Stevens
regresó a Panamá para visitar el canal, y si bien se manifestó impresionado por
todo lo que vio, fue el vuelo en un clipper de la Pan American
lo que más le emocionó. Hasta el fin de sus días, Stevens mantuvo su vigor y
murió a los noventa años, en 1943, en Pinehurst (Carolina del Norte).
En cierta ocasión, en un escrito dirigido «a los jóvenes ingenieros que deben
seguir adelante», Stevens dijo algo con lo que todos esos hombres notables
estarían de acuerdo, teniendo en cuenta lo que había sucedido en el mundo desde
la época de Panamá. Su fe en la inteligencia humana y sus capacidades creativas
se mantenía firme, manifestó. Las grandes obras aún estaban por llegar. «Creo
que no somos más que niños que recogen piedrecillas en la playa de un océano
sin límites.»
I. Material manuscrito y de archivo
·
Documentos de Philippe
Bunau-Varilla
·
Documentos de George
Goethals
·
Documentos de William Gorgas
·
Documentos de John Hay
·
Documentos de A. T. Mahan
·
Documentos de Theodore
Roosevelt
·
Documentos de Thomas Oliver
Selfridge
·
Documentos de John F.
Stevens
·
Documentos de William H.
Taft
·
Documentos de John G. Walker
·
Archivos Nacionales
·
Tratado Hay - Bunau-Varilla
·
Registros de la Compagnie
Nouvelle du Canal de Panamá
·
Registros de la Compagnie
Universelle du Canal Interocéanique
·
Registros de la Comisión del
Istmo de Panamá
·
Documentos de John Bigelow,
Biblioteca Pública de Nueva York
·
Documentos de S. Morison,
Peterborough (N.H.)
·
Documentos de Alfred Noble,
Universidad de Michigan, Ann Arbor
·
Documentos de
Park-McCullough, North Bennington, Vermont
·
Diario del general Francis
E. Pinto (1848), Biblioteca Pública de Nueva York)
·
Documentos de Richard H.
Whitehead, Laconia (N.H.)
·
Recuerdos de la vida y el
trabajo durante la construcción del Canal de Panamá (Cartas en respuesta a un
concurso celebrado en 1963), Isthmian Historical Society, Balboa Heights, Zona
del Canal
II. Publicaciones oficiales y semioficiales
·
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del Canal, 1907-1914.
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Session de 1893, Rapport General Fait au Nom de la Commission d'Enquête Chargée
de Faire la Lumière sur les Allégations Portées á la Tribune à l'Occasion des
Affaires de Panama, 3 vols., París, 1893.Congressional Record,
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Mme. Hervé Alphand, París
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Alice Anderson, Vineyard
Haven (Massachusetts)
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Philippe Bunau-Varilla, II,
ciudad de Nueva York
·
Crede Calhoun, ciudad de
Panamá
·
Winter Collins, Balboa
Heights, Zona del Canal
·
Lavinia Dahlhoff, St.
Petersburg, Fla.
·
Arthur H. Dean, ciudad de
Nueva York
·
Katharine Harding Deeble,
West Tisbury (Massachusetts)
·
Winifred Ewing, ciudad de
Panamá
·
John Fitzgerald, Amherst
(Massachusetts)
·
David St. Pierre Gaillard,
Washington, D.C.
·
Mrs. Thomas Goethals,
Vineyard Haven (Massachusetts)
·
Dr. Victor Heiser, ciudad de
Nueva York
·
Walter L. Hersh, St.
Petersburg, Fla.
·
Keith E. Kelley, St.
Petersburg, Fla.
·
Hubert de Lesseps, París
·
Tauni de Lesseps, ciudad de
Nueva York
·
Prisca Bunau-Varilla
Lionelli, París
·
Alice Roosevelt Longworth,
Washington, D.C.
·
Aminta Meléndez, Colón
·
Elting E. Morison,
Peterborough, N.H.
·
William E. Russell, ciudad
de Nueva York
·
General Edwin L. Sibert,
West Tisbury (Massachusetts)
·
Maurice Thatcher,
Washington, D.C.
·
Mary Weller, St. Petersburg,
Fla.
·
Richard H. Whitehead,
Laconia, N.H.
·
Mrs. Richard H. Whitehead,
Laconia, N.H.
·
Robert Worsley, ciudad de
Panamá
·
Aileen Gorgas Wrightson,
Washington, D.C.
VI. Periódicos, revistas y publicaciones técnicas
·
American Geographical
Society Bulletin
·
American Heritage
·
American Magazine
·
American Society of Civil
Engineers, Proceedings
·
American Society of Civil
Engineers, Transactions
·
Atlanta Constitution
·
Atlantic Monthly
·
British Medical Journal
·
Bulletin de la Société de
Géographie
·
Bulletin du Canal
Interocéanique
·
Bulletin of the Pan-American
Union
·
California Historical
Society Quarterly
·
Catholic World
·
Chroniclede San Francisco
·
Civil Engineering
·
Collier's
·
Contemporary Reviewde
Londres
·
Courier-Journalde Louisville
·
Daily Commercial Bulletinde
Nueva York
·
Daily News
·
Eaglede Brooklyn
·
Economistde Nueva York
·
El Derechode Bogotá
·
El Relatorde Bogotá
·
Engineeringde Londres
·
Engineering Magazine
·
Engineering New-Record
·
Everybody's Magazine
·
Engineering News
·
Evening Postde Nueva York
·
Evening Transcriptde Boston
·
Examinerde San Francisco
·
General Electric Review
·
Harper's New Monthly
Magazine
·
Harper's Weekly
·
Heraldde Boston
·
Heraldde Nueva York
·
Illustrated London News
·
Independent Journal de Nueva
York
·
Journal of Commerce de Nueva
York
·
Journal of Inter-American
Studies and World Affairs
·
Journal of the American
Geographical Society
·
Journal of the Franklin
Institute
·
Journal of the Society of
Arts
·
La Libre Parole de París
·
Le Figaro de París
·
Le Matin de París
·
Le Temps
·
Leslie's Newspaper
·
Life
·
Lippincott's Magazine
·
Literary Digest de Londres
·
Martha's Vineyard Gazette
·
Medical Journal
·
Montana History
·
Munsey's Magazine
·
Nation
·
National Geographic Magazine
·
Newcomen Society,
Transactions
·
North American Review
·
Pacific Historical Review
·
Pall Mall Gazette
·
Panama Canal Spillway
·
Panama Star & Herald
·
Post de Washington
·
Review of Reviews
·
Scientific American
·
Scribner's Magazine
·
Star de Washington
·
Sun de Nueva York
·
Tacoma Evening News
·
The Century
·
The Leisure Hour
·
The New York Times
·
The Outlook
·
he Saturday Evening Post
·
The Times de Londres
·
The University Magazin
·
Tribune de Chicago
·
Tribune de Nueva York
·
United States Naval
Proceedings
·
World de Nueva York
·
World's Work
VII. Fuentes gráficas
·
American Geographical
Society
·
American Museum of Natural
History
·
Clarence A. Barnes Jr.
·
Bibliothèque Nationale
·
Canal Zone Library-Museum
·
Winter Collins
·
Culver Picture Services
·
Mrs. Katharine Deeble
·
École Polytechnique
·
David St. Pierre Gaillard
·
Mrs. Thomas Goethals
·
Biblioteca del Congreso
·
Museum of Modern Art
·
National Archives
·
Biblioteca Pública de Nueva
York
·
Smithsonian Institution
·
United States Military
Academy Archives
VIII. Obras de consulta
·
BARTLETT, John, Bartlett's
Familiar Quotations, Little, Brown & Co., Boston, 1955.
·
Dictionary of American
Biography, Charles Scribner's Sons, Nueva York, 1936.
·
Dictionary of American
History, Charles Scribner's Sons, Nueva York, 1942.
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Dictionary of National
Biography, Oxford University Press, Londres, 1921.
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Webster's Geographical
Dictionary, G. & C. Merriam Co., Springfield, 1949.
Notas:
[1] Un ejemplo notable fue Charles de Thierry o barón de
Thierry, como prefería que lo llamaran. Inglés y licenciado por Cambridge,
causó una impresión tan profunda en ciertos jefes maoríes que estaban de visita
en Londres, que le propusieron viajar a Nueva Zelanda y gobernarlos como rey, o
por lo menos eso fue lo que él contó. Tenía la idea de construir un canal que
cruzara el istmo de Panamá para favorecer el comercio de Europa con Nueva
Zelanda y pensaba que el proyecto completo podía finalizarse sin dificultad en
tres años. Sostenía que la construcción de un ferrocarril en la misma ruta era
impracticable debido a que el terreno era muy irregular y estaba cubierto de
hojas.
[2] El hielo lo abastecía la Boston and Panama Ice Company y
lo vendía nada menos que a cincuenta centavos de dólar la libra cuando lo
introdujo en el Istmo. Cada barco partía de Boston con setecientas toneladas de
hielo, empaquetado entre serrín, rodeaban el cabo de Hornos hasta llegar a la
ciudad de Panamá, y solo se perdían unas cien toneladas por derretimiento. Pero
en el proceso de descarga y transporte hasta el almacén en la ciudad de Panamá,
una distancia de unos tres kilómetros, se derretían otras cuatrocientas
toneladas. No obstante, era tanta la demanda que la venta de las doscientas
toneladas restantes bastaban para sufragar el viaje. Pocos años después, el
hielo que se consumía en la parte del Pacífico lo abastecían barcos procedentes
de Sitka, por lo cual entonces se la conocía como la América rusa.
[3] Verdi no pudo terminar a tiempo el encargo, y hasta 1871
no se estrenó en El Cairo la famosísima Aída
[4] Al analizar la relación que se desarrolló entre Wyse y De
Lesseps, sus mismos objetivos, el sentimiento compartido de aventura y el
afecto recíproco que casi parecía de padre e hijo, surge una pregunta
inevitable: ¿podría ser De Lesseps el padre desconocido? No hay ningún dato
recogido que lo sugiera. Lo que cabe asumir como cierto es que para un joven de
su procedencia, con ascendencia dudosa y grandes aspiraciones, la figura de De
Lesseps hubo de resultar muy atractiva y es natural que deseara estrechar lazos
con él.
[5] Apenas tuvo tiempo Trenor Park de gozar de su nueva
fortuna. Un año y medio después, en diciembre de 1882, mientras viajaba de
Nueva York a Colón, murió a bordo del barco. Al parecer, la causa de la muerte
fue una sobredosis de sedantes.
[6] Los temores eran fundados. Los médicos que estuvieron en
Colón y en la ciudad de Panamá durante esos primeros años afirmarían más tarde
que más del 75 por 100 de los pacientes que se encontraban internados en los
hospitales padecían malaria.
[7] Este mismo marqués de Morès también había retado a duelo a
un joven ranchero estadounidense poco antes, cuando aquel trataba de abrirse
paso como ganadero en las Bad Lands del territorio de Dakota. El retado era
Theodore Roosevelt, quien respondió informando a De Morès de que no abrigaba
ninguna mala voluntad contra él, pero que estaba dispuesto a hacerle frente si
insistía. De Morès dejó pasar la cuestión. En sus días en las Bad Lands, De
Morès construyó una mansión de treinta habitaciones sobre un montículo que
dominaba el río Missouri, y era conocido a sus espaldas como «el francés loco».
Perdió casi toda la fortuna de su mujer en esa aventura debido, según aseguró,
a que los judíos controlaban el monopolio de la carne de vacuno.
[8] Puesto que Ferdinand de Lesseps era Gran Oficial de la
Legión de Honor, solo podía ser juzgado en un Tribunal de Apelación —es decir,
sin la presencia de jurado—, y eso significaba que los restantes acusados
tendrían que ser juzgados en el mismo tribunal.
[9] Ninguno de los De Lesseps eran hombres acaudalados, como
alegó el abogado Barboux ante el tribunal y el tiempo probaría. Los bienes de
Charles apenas alcanzaban la cantidad de 400.000 francos (menos de 80.000
dólares). Y aunque es cierto que en un momento dado Ferdinand de Lesseps vendió
sus acciones de fundador del canal de Panamá por 1.400.000 francos, había
invertido en las obras del canal 1.778.000 francos, incluida buena parte de los
ahorros de su esposa, y todo lo perdió. Así pues, él también había padecido el
desastre general. Era sincero cuando proclamaba su desinterés por ganar dinero
en la empresa; tuvo muchas oportunidades para hacer fortuna, al igual que en
Suez, pero no las aprovechó.
[10] Una de las versiones populares sobre aquel viaje, llamada
«La Carrera del Oregon», decía así: « ¡Fuera luces! Y la proa
enfiló hacia el sur. / Las capuchas de lona ocultaban los cañones. / El barco,
como fantasma desencadenado, / partió en busca de su barco hermano, en el este.
/ Cuando los niños pregunten para qué son los cañones, / repetid los relatos de
la guerra con España / y de los millones de gentes anhelantes / en la meta de
la carrera sin par del Oregon».
[11] En 1939, cuando la revista Life publicó
un artículo en el que se hacía referencia al ingeniero francés como «cabildero»
y aventurero, Bunau-Varilla, que por entonces tenía ochenta años, respondió que
nunca había sido tal cosa, «a no ser que llaméis aventurero a un hombre que
sacrifica su tiempo, su dinero y sus capacidades científicas en aras de la
gloria de su nación y del servicio de un país amigo como Estados Unidos».
[12] Las naves más grandes que por entonces se estaban
construyendo eran de la clase del Virginia, que tenía 23 metros de
manga. El mayor barco comercial que había entonces era el Kaiser
Wilhelm II, con una longitud de 215 metros y 22 metros de manga. Como
señaló Burr, el canal de Suez ya resultaba insuficiente para esos barcos.
[13] Al parecer, fue el senador Hanna quien puso a Roosevelt en
contacto con Cromwell. «Tienes que ser muy cuidadoso, Theodore —parece que le
advirtió en tono paternal—; este es un asunto muy espinoso. Mejor déjate guiar
por Cromwell: él conoce todo lo relativo al asunto y a la gente de allá abajo.»
Roosevelt replicó: «El problema con Cromwell es que sobrestima su relación con
el Cosmos». «¿Cosmos? —dijo Hanna—. No lo conozco; no conozco a ninguno de esos
sudamericanos; pero Cromwell los conoce a todos; tú pégate a Cromwell.»
[14] Según el diario privado de John Bigelow, Bunau-Varilla
había recibido realmente una carta de Obaldía en la que no dejaba dudas acerca
de su simpatía hacia la sublevación proyectada.
[15] Dio la casualidad de que Tobar estaba bien provisto de
dinero. Sabiendo que la Tesorería nacional de Panamá estaba casi vacía, había
tenido la previsión de llevar consigo unos 65.000 dólares en moneda
estadounidense para cubrir su propia nómina y la de la guarnición local.
[16] Esto se hizo «por cuanto el Departamento de Guerra es el
departamento que siempre ha supervisado la construcción de las grandes obras
civiles para la mejora de ríos y puertos del país, y las extensas obras
militares de defensa pública».
[17] La publicación de las importantísimas observaciones de
Carter se había retrasado debido a que el editor de una revista médica le había
devuelto su artículo diciendo que era demasiado largo.
[18] Resulta interesante que el director de ventas de la
Compañía Bucyrus fuera un hombre joven llamado George A. Morison, quien había
salido de Nueva Inglaterra para unirse a la firma de Milwaukee por consejo de
su tío George. Para un joven interesado en un futuro comercial, había dicho
George S. Morison poco antes de morir, la por entonces pequeña fábrica de palas
mecánicas ofrecía buenas «posibilidades»
[19] Los otros tres eran el contraalmirante Mordecai T.
Endicott y dos oficiales del Ejército de anteriores comisiones, el general de
brigada Peter C. Hains y el coronel Oswald Ernst.
[20] Para los restantes dependientes, la regla resultaba un
poco más complicada: cada hijo tenía derecho al 5 por 100 de la asignación
básica del padre por cada año de edad (así, un niño de diez años tenía derecho
al 50 por 100 de la asignación básica), mientras que todos los demás miembros
adultos de la familia, aparte de la esposa, tenían derecho al 75 por 100.
[21] En 1906, en una ciudad media de Estados Unidos, la tasa de
mortalidad por enfermedad entre un número igual de habitantes habría sido
alrededor de treinta.
[22] Los taladros eran de dos clases: los de sondeo, que podían
hacer perforaciones de 13 centímetros de diámetro y una profundidad de 30,5
metros; y los menores, de trípode, que hacían perforaciones de 7,5 centímetros
de anchura y 9 metros de profundidad. Ambos funcionaban con aire comprimido que
llegaba al tajo desde enormes compresores situados en río Grande, Imperio y Las
Cascadas mediante una tubería de 48 kilómetros de longitud. El complicado
sistema de aire comprimido era otra de las ventajas que distinguía el esfuerzo
estadounidense del francés.
[23] El diplomático William Sands, quien empleó gran parte de
su tiempo en establecer las diferencias entre los estadounidenses y los
panameños, escribió que la policía panameña tenía «varios hábitos […]
desconcertantes, tales como rajar a un estadounidense o golpearlo hasta dejarlo
inconsciente antes de detenerlo». Cuando empezaron las peleas en un burdel de
Coco Grove una noche de julio de 1912, se presentó la policía panameña, disparó
y mató a tres marineros desarmados; luego rodeó a varios otros, los metió en la
cárcel y los golpeó y torturó. El hecho de que Goethals y el ministro
estadounidense se negaran a ordenar a las tropas estadounidenses que se
apoderaran de la ciudad fue, según uno de los periodistas presentes, la causa
de «una pesadumbre casi universal dentro de la Zona estadounidense».
[24] El viaje a Alemania fue para visitar las nuevas esclusas
del canal de Kiel. Fue en la primavera de 1912, y en una ocasión fue agasajado
por el káiser, al que Goethals describió como un «Roosevelt moderado».
[25] Esta anécdota fue relatada por el hijo de la señora
Gaillard al autor. Mary Gorgas, que consideraba esta escena como la clave del
carácter de Goethals y quien, por supuesto, no estaba presente, refiere una
versión mucho más adornada: Una hermosa noche de luna, Goethals paseaba por una
pequeña colina que daba al tajo con una de las más conocidas señoras de la
Zona. Su acompañante estaba impresionada por el esplendor de la escena
tropical. «Sí, es un bello paraje —replicó el coronel a las exclamaciones de ella—,
y me gusta. Pero me gusta por otras razones que no tienen nada que ver con su
belleza o con lo que yo puedo obtener de él. Sobre todo me gusta por el poder.
—Guardó silencio por un momento y continuó—: Recuerdo una vez que visité un
monasterio de padres jesuitas. Vi las estrechas celdas en que vivían, los
pequeños y rústicos catres en que dormían, las toscas mesas sobre las que
tomaban sus alimentos. Y entonces recordé el amplio poder que los hombres que
vivían así habían ejercido en otro tiempo. Vale la pena vivir de forma sencilla
para conseguirlo. —Y entusiasmado levantó la mano—: Eso es lo único por lo que
vale la pena vivir. La riqueza, los sueldos, no valen nada. Lo que vale es el
poder, el poder, el poder.»
[26] El asunto había causado algún revuelo en Estados Unidos
debido a un artículo aparecido en la revista The Independent (22-III-1906),
titulado «Nuestra desorganización en Panamá». El autor era Poultney Bigelow,
hijo de John Bigelow, quien había pasado unos cuantos días en Colón y había
escrito: «Las prostitutas no son necesarias en el Istmo, y si estaban allí, no
era necesario mandar por ellas a expensas del contribuyente». Se demostró que
la acusación no tenía más fundamento que algunos rumores, al igual que el resto
del artículo. Sin embargo, para calmar el alboroto, se les pidió a muchas
mujeres negras que juraran ante un directivo de la Comisión del Canal del Istmo
debidamente designado que llevaban una vida honesta y que si se hallaban en
Panamá era por su propia y libre decisión. Estas declaraciones juradas se
enviaron al Comité del Congreso correspondiente.
[27] James Williams trabajó después en uno de los talleres
mecánicos de Gorgona y luego como telefonista en el ferrocarril. Cuando el
canal se terminó era agente de ventas en el economato de Corozal. Se retiró del
servicio del canal en 1949.
[28] Si se colocara de pie una de esas cámaras en Manhattan,
sería una de las estructuras más altas, solo superada por los edificios del
Empire State y Chrysler. La diferencia entre la longitud de la cámara de una
esclusa y la altura del Empire State, por ejemplo, sería de 76 metros.
[29] Para buscar arena de calidad adecuada, los ingenieros
viajaron hasta las islas de San Blas, a 155 kilómetros de Colón, y la
encontraron; pero sus habitantes declararon que las islas, con sus tierras, sus
aguas y su arena, eran dones de Dios, así que no podían regalarlas ni
venderlas. Los ingenieros pudieron pasar allí la noche con la condición de que
partieran al alba y no regresaran nunca.
[30] En realidad, los diques de socorro, como los enormes
cañones, no se utilizarían nunca y acabaron desmantelándose y retirándose.
[31] Aparte de las guerras, el único gasto federal remotamente
comparable hasta el año 1914 fue para la adquisición de nuevos territorios. La
cifra de todas estas adquisiciones —el territorio de Luisiana; Florida,
California, Nuevo México y otra tierra occidental comprada a México; la compra
de Gadsden; Alaska y Filipinas— ascendió a 75 millones de dólares, la quinta
parte de lo que se había gastado en el canal.
[32] Cuando se escribió este libro había más de setecientos
«superbarcos» demasiado grandes para cruzar el canal de Panamá. Pero debe
tenerse en cuenta que los armadores conocían las dimensiones del canal; así
pues, no pretendían que dichos barcos lo cruzaran.
[33] Por ley, el canal debe ser autosuficiente y no tener
pérdidas ni beneficios.


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