© Libro N° 6249.
El Crimen De Galileo. Santillana, Giorgio De. Emancipación. Julio 20 de
2019.
Título
original: © El Crimen De Galileo. Giorgio De Santillana
Versión Original: © El Crimen De Galileo. Giorgio De Santillana
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
http://www.librosmaravillosos.com/elcrimendegalileo/index.html
Licencia Creative Commons:
Emancipación
Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión
cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a
Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente
educativos y está prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Portada E.O. de Imagen original:
http://www.librosmaravillosos.com/elcrimendegalileo/index.html
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL CRIMEN DE GALILEO
Giorgio De Santillana
CONTENIDO
Prefacio
Introducción
Días
de descubrimiento
Domini
canes
Intermedio
filosófico
San
Roberto Bellarmino
El
decreto
La
audiencia de Bellarmino
Los
años de silencio
Urbano
VIII
El
diálogo
Las
citaciones
El
aprieto de los inquisidores
El
juicio
El
problema del falso requerimiento
Cambio
de camino
La
sentencia
Consecuencias
Prefacio
Esta
obra no es consecuencia de un plan preconcebido. Al tratar de esclarecer el
fondo, asombrosamente complejo, del Diálogo robre los Grandes Sistemas del
Mundo, de Galileo[1], sentíme
atraído hacia el drama que representó una parte decisiva de aquel memorable
acontecimiento de la historia moderna que es la secularización del pensamiento.
Me parecía extraño que, luego de tanta investigación y tanta controversia, el
relato de los acontecimientos, tal como los vi, tuviera tan poco sentido. Al
avanzar en la tarea se hizo claro que una parte apreciable del rompecabezas
había quedado de manera singular sin componer hasta el presente, por lo que
tiene toda la apariencia de un convenio tácito e inexplicable entre los bandos
en pugna.
Galileo no salió malparado como el científico que se halla frente a un credo
religioso. Estaba lejos de representar el papel de técnico de la ciencia; de
hacerlo, habría escapado a toda suerte de dificultades. Todos sabemos que sus
descubrimientos no tropezaron con oposición. En igual caso se hallan los de
Descartes, así como este mismo. Pero, por lo demás, según aquél reconoció,
prosiguió “bajo una máscara”, en tanto Galileo es el hombre sin máscara. Tanto sus
amigos como sus adversarios vieron en él un tipo único de personalidad
creadora, cuyas principales realizaciones podían ser muy bien concebidas para
sostenerse o caer con él era el tipo clásico del humanista, esforzado en
aportar su cultura a la percepción de las nuevas ideas científicas, y entre las
fuerzas que halló alineadas contra él no fue en modo alguno la más poderosa el
fundamentalismo religioso.
Es difícil ver la verdadera forma del conflicto en tanto permanezcamos bajo la
influencia de un malentendido tácitamente aceptado por ambas partes; ¡la idea
del científico como atrevido “librepensador” y “progresista” enfrentando la
resistencia estática del conservadorismo! Este bien puede ser el aspecto sobre
él nivel de las personalidades, pues es por lo común el científico quien
muestra la mente más libre y más especulativa, en contraste con sus oponentes
provistos de más prejuicios. Pero el fondo del asunto es diferente; los
científicos aparecen en él con gran frecuencia como conservadores empujados por
fuerzas sociales que se mueven aprisa. Por lo general tienen de su parte a la
ley y a los profetas.
Esto debe comprenderse en el acto con claridad si pensamos en los
acontecimientos contemporáneos. La tragedia de los genéticos en Rusia, con sus
lamentables disculpas y retractaciones, representa un fiel ensayo de la
historia de Galileo; empero, no podríamos acusar al gobierno soviético de
aferrarse a viejas supersticiones, o subestimar la necesidad apremiante de
ciencia y de tecnología. Y si dejamos de esforzarnos en ver la paja en el ojo
ajeno, nos percataremos de que el caso Oppenheimer tiene un parecido tan
asombroso que no resulta en verdad consolador. En climas de tan vasta
desigualdad de tiempo y de pensamiento, doquiera se suscita un conflicto hallamos
una similitud de síntomas y de procederes que nos señala una relación
fundamental.
Cierto que el caso Galileo es muy diferente del de Oppenheimer en cuanto a
contenido. En nuestro tiempo existe la tendencia no a suprimir la física sino a
explotarla; una tendencia a actuar, no sobre las profundas diferencias
filosóficas sino sobre simples problemas de conveniencia. Empero, mientras la
historia va desarrollándose ante el público, la exacta analogía en su
estructura, en los síntomas y en los procederes, nos demuestra que estamos
tratando la misma enfermedad. A través de lo poco que se nos permite conocer,
estamos en condiciones de discernir la mente científica, tal como siempre ha
existido, con su curiosidad andariega, sus intereses nada convencionales, su despego,
su antiguo y en cierto modo esotérico juego de valores, (recordemos que es al
científico a quien se le reprocha el haber traído el concepto del “pecado” a
los modernos contenidos), sorprendida por decisiones de política dictadas por
“razones de estado” o lo que se considera como tales.
Podría ser un simple juego de tarja, pero resulta tentador establecer una
relación de uno a uno entre los actores de ambos dramas, a tres siglos de
distancia, y seguirlos a lo largo de circunvoluciones paralelas, Podría
expresar, por ejemplo: COMITE AEC en lugar de Santo Oficio, Crouch en vez de
Caccini, Borden por Lorini, SAC (Comando Aéreo Estratégico) en reemplazo de S.
J. (Societas Jesu), Informe de la mayoría Gray-Morgan en sustitución de Informe
de la Comisión Preliminar; Teller como Grienberger, cierto doctor Malraux en
vez de ciertos matemáticos germanos, y así sucesivamente. En cuanto a la figura
encapuchada de Miguel Angel Segizi de Lauda, artífice de la iniquidad, el
número de personajes que actúan en la vida pública y en el Imperio de las
Comunicaciones baria odiosa la selección.
Las dos principales figuras con poder son a su vez notablemente similares en lo
que atañe a sus complejos motivos. Pero el Presidente de la Comisión para la
Energía Atómica redactó su propio resumen del caso, que vino a ser al mismo
tiempo la resolución, en tanto aparecerá demostrado de modo bastante razonable
en esta obra que la resolución del papa Urbano VIII se basó en un resumen
deliberadamente redactado y sometido a su persona con el fin de inducirlo a
error.
No hay duda de que las figuras eclesiásticas del siglo XVII exceden en mucho a
sus modernas contrapartes. Al fin y al cabo, el problema debatíase en aquella
época alrededor de cuestiones cosmológicas y metafísicas de tal importancia,
que incluso los más graves errores morales cometidos en defensa del punto de
vista tradicional pueden aparecer en la actualidad como interés en la salvación
definitiva de la humanidad. Las conclusiones de nuestras autoridades
contemporáneas, en su distracción, resultan mucho más cercanas a las
conclusiones del fiscal contra Lavoisier: La République n’a pas besoin de
savants. Y, como entonces, la ciencia tuvo que guardar silencio.
Mas los paralelos son, en el mejor de los casos, una invitación a pensar, y
éste no debe llevarse demasiado adelante. Lo que creo que puede exponerse en
estos casos —al menos cuando la cuestión alcanza los peldaños más elevados— es
que no sé trata tanto de un asunto de “ciencia” contra “prejuicio” como del
resurgimiento de la clásica pregunta: “¿Qué es el científico?” Por lo común es
éste quien se ve sorprendido por la redefinición de sus actividades,
proveniente de afuera. Y el resultado es siempre una vuelta más de la vieja
tuerca. Al sujetar al científico, como ser culto, a la sospecha administrativa
que por lo general va unida a los dudosos aventureros en los movimientos
internacionales, no hemos hecho otra cosa que dar un paso adelante en el
proceso de la secularización del pensamiento.
Tan cierto es ello que en el episodio del siglo XVII aparece con todo su vigor
la aparente paradoja: dentro del marco específico de la cristiandad occidental,
el verdadero conflicto revela a Galileo, como a todos los hombres libres, en
busca de apoyo en las costumbres establecidas, el crédito y la tradición, en
tanto Urbano VIII, como todo organizador del poder, se convierte en instrumento
involuntario de lo nuevo y de lo eficiente.
Reconozco prestamente que esto no puede conformarse con la perspectiva
establecida por la historiografía corriente, formada como está en gran parte,
vista desde atrás. Pero es así cómo fue experimentada por los actores del
drama, de manera más o menos consciente, lo cual no debe constituir un aspecto
despreciable del todo de la realidad histórica.
Debe disculparse a Galileo por preguntarse cómo sus descubrimientos fueron
tildados de “novedades” alarmantes, dado que se suponía que la ciencia no
descubría sino cosas que eternamente debían haber sido así. Lo que le pareció
“novedad” mucho mayor fue la manera como las autoridades se dieron a dictar
resoluciones administrativas en un campo en el que se las consideraba
desprovistas de competencia. Constituyó para él una asombrosa interpretación de
lo que pudiera calificarse de “Enmienda Tridentina” de las constituciones
inmemoriales de la cristiandad.
Al pensar en el universo de Galileo, la imagen que se nos viene a la mente es
el sólido y desnudo interior de la capilla Pazzi, de Florencia, ase punto de
reunión de Cristo y la geometría. Si intentamos poblarla en nuestra imaginación,
tendrá que ser con una mezcla singular de caracteres de Ghirlandaio y Mantegna,
con algunos personajes desdeñosos de Tiziano o Bronzino, como representantes de
las clases intelectuales gobernantes. Después de todo, Galileo había nacido
allá en 1564; el mundo de sus concepciones continúa siendo el del siglo XVI. En
el mejor de los casos contaba, del XVII, con el colorido de sus comienzos de
los eduarianos o jacobinos.
Lejos de ello se halla el mundo del papa Urbano —el esplendor de los “suntuosos
palacios” de los Barberini en la capital renovada, las majestuosas escalinatas
de las fachadas de Borromini, el tamaño colosal de las columnatas de Bernini,
la solidez impresionante y la ornamentación de San Pedro. Es una organización
que abarca una gran superficie, contra la permanencia delicada. No existiría un
contraste más señalado entre Grand Central Terminal y el municipio de cualquier
localidad de Nueva Inglaterra.
En su interés por las cosas permanentes, en su simplicidad confesional, Galileo
abarca siglos. Lo que designamos como ciencia, habla a través suyo de manera
inequívoca por vez primera; a pesar de ello, vive en él un espíritu más amplio
y antiguo que el del gobernante eclesiástico de la cristiandad ecuménica y
conciliar que previene y exhorta con la dignidad de un patriarca de los
primeros siglos. El contraste entre el estilo teológico de sus epístolas y el
de la literatura oficial apologética es suficiente para narrar la historia. Las
fórmulas trabajosas y barrocas de la sumisión no impiden que el lector
experimente la existencia de alguien como Ambrosio, Agustín o Buenaventura, que
reprende a dormidos pastores y degenerados epígonos. Habla en nombre de la
comunidad de fieles que une a los antiguos muertos con los que no han nacido
aún. No es meramente el astrónomo a quien se consulta; es el consejero en
asuntos de filosofía natural y metafísica, que solicita se le escuche y que, si
como él expresa, es la pureza de intención y la seriedad del consejero lo que
presta autoridad, merece tanta atención como el mismo Aquino.
Si lo contemplamos desde el punto de vista de los archivos, tampoco se hallaba
equivocado. El contenido de sus cartas teológicas, repudiadas e incriminadas,
se ha convertido en doctrina oficial de la Iglesia desde el año 1893. Si en la
época de la primera crisis del año 1616 hubiese existido en Roma un joven
Aquino que siguiera sus indicaciones, en Jugar de un Bellarmino envejecido…
pero no existía un Aquino, ni hubo tiempo.
Todo el drama resulta en un encuentro sorpresivo para ambas partes. Tanto el
científico como las autoridades experimentaban la impresión de hallarse en una
emboscada, sin que sea cierto en ninguno de los dos casos. En caso de que
existiera, la emboscada fue cuidadosamente tendida por terceras partes, que explotaron
con cuidado la situación crítica del momento. Mas Galileo nunca se consideró
innovador ni rebelde. Como figura central de la ciencia aceptada, como líder
reconocido de su cultura en pensamiento y expresión, jamás último como
representante perfectamente ortodoxo de una cristiandad metafísica, no podía
hacer sino mantener su posición, cada vez más confundido, hasta que la
violencia administrativa estableció un descanso, dejando a todos —incluso a las
mismas autoridades— en estado de absoluta confusión.
Tal confusión continúa sin disminuir aún hoy, puesto que el asunto de Galileo
se halla lejos de estar muerto, y cada década nos trae una nueva “línea” y
nuevas sugestiones con ánimo de explicarlo, tal como trae la repetición de los
gritos de guerra de los antiguos racionalistas. El bando que se alinea del lado
de las autoridades no es, ni ha sido en modo alguno, católico en conjunto. Uno
de los relatos más amplia e irresponsablemente utilizado procede de un
publicista protestante del siglo XVIII, Mallet du Pan, y una versión popular y
llena de prejuicio se debe a la pluma de otro protestante, sir David Brewster.
Varias de las acusaciones más necias contra Galileo han sido acreditadas por
los enciclopedistas franceses antireligiosos. Por otra parte, algunos de los
esfuerzos más honestos para restablecer los hechos se deben a relatos de
historiadores reputados católicos, tales como L’Epinois y Reusch.
Puesto que se ha mencionado nombres, debería agregar, con el fin de honrarlos,
los de estudiosos que, sin pertenecer a ningún bando, se esforzaron por
alcanzar un punto de vista imparcial de la situación, principalmente Emil
Wohlwill, Th. H. Martin, Karl von Gebler y Antonio Favaro. La mayor parte de la
literatura a través de la cual chapaleamos no merece ni siquiera ser
mencionada, yendo desde la casual incompetencia media hasta la prevaricación y
la simple inmundicia. Que vuelva al lugar de procedencia. No existe medida
común entre los problemas políticos de mucho tiempo atrás —los motivos, las
dudas, el rechazo eventual, de hombres que sentíanse depositarios del sino de
millones de criaturas que rezan— y las deformaciones gratuitas esparcidas en su
propio nombre por quienes se designaron a sí mismos apólogos. Espero haber
puesto en claro que la extensa polémica no lo es estrictamente entre la
reacción confesional y la anticonfesional. Se la ha hecho aparecer como tal. En
realidad es una mescolanza en la que el prejuicio, el rencor inveterado y toda
suerte de intereses, especiales y corporativos, han sido los principales
motores. Los que arrastraron, y continúan arrastrando, a la Iglesia misma, no
son cándidos. Como dice con toda razón L’Epinois, la Iglesia no tiene nada que
perder y sí todo que ganar con la verdad.
Hasta donde me ha sido posible descubrir, creo que el no haber sido aún
resuelta tan ardua cuestión se debe a que los librepensadores se muestran
demasiado contentos de colocar a toda la Iglesia romana bajo acusación en el
asunto, en tanto dentro de la jerarquía eclesiástica poderosos intereses de
cuerpo se hallan dispuestos a aceptar el terreno elegido por los atacantes
antes que permitir que se muestren a la luz de la historia algunos de sus
miembros, fallecidos largo tiempo ha. De tal manera, están dispuestos a que la
Iglesia se vea envuelta en la disputa, con la consecuencia inevitable de que
deben recurrir a grandes cortinas de humo, implicaciones engañosas y toda
suerte de tácticas incorrectas.
En verdad, ¿es que el conflicto tuvo que adoptar en modo alguno esta forma?
Hace mucho que se sabe que la mayor parte de los intelectuales de la Iglesia se
hallaba del lado de Galileo, en tanto la oposición más abierta provino del lado
seglar de las ideas. Puede probarse además (o, al menos, espero haberlo hecho
así) que la tragedia fue resultado de una conspiración de la que fueron
víctimas lo mismo los jerarcas que Galileo — una intriga tramada por un grupo
de oscuros y dispares personajes de extraña connivencia, quienes colocaron
falsos documentos en los archivos, más tarde informaron mal al Papa, y, por último,
le presentaron un relato del proceso preparado de manera tal que lo indujese a
error en su decisión.
La verdadera historia nos procura una recorrida fascinante a través de la
manera como se toman tales decisiones en verdad, y en la que la imponente maquinaria
del Estado se pone en movimiento por lo que parece ser razones de Estado, y tal
vez lo son posteriormente, pero que se originan en realidad como constelación
de accidentes y motivos personales. Un relato objetivo debe ser más apropiado
para una comprensión decente que todas las insinuaciones, deformaciones y
escenarios inventados al efecto por ambas partes. Al señalar la culpabilidad de
unos pocos, tiende a absolver un número mucho mayor que hasta entonces había
permanecido bajo la más fuerte sospecha, y entre ellas al mismo Comisario
General de la Inquisición, que tuvo bajo su dirección el proceso. Una vez
reconocidos, los hechos debieran encaminamos hasta los problemas de la
verdadera realidad y poner fin a esta perenne batalla contra los molinos de
viento.
Deseo expresar mi gratitud al padre Robert Lord, S. J., y al padre José Clark,
S. J. También al profesor Edward Rosen, por sus críticas y valiosas
sugestiones. Del mismo modo, a la señorita Elizabeth Cameron y a la señora
Nancy Chivers, por su valiosa ayuda en la preparación del original.
GIORGIO
DE SANTILLANA
Instituto de Tecnología de Massachusetts.
Noviembre 30 de 1954.
Introducción
Nuestra
lucha es contra alguna diablería que reside en el proceso mismo de las cosas.
H. BUTTERFIELD
El
comportamiento científico y la autoridad social, en una u otra forma, son
características de la vida del hombre en nuestro planeta que se espera duren
hasta donde podemos prever. En este ensayo, que tiende a analizar sus complejas
relaciones, es nuestra intención ocuparnos extensamente del episodio que
proporciona, por así decirlo, una gran obertura a su conflicto en la edad
moderna, vale decir, el juicio contra Galileo y las circunstancias que lo
produjeron. Pero, a la par que nos dedicamos a las condiciones generales que
rodean dicho conflicto, no dejaremos en silencio las similitudes y
disimilitudes que ocurren en la última fase del mismo que tiene lugar en
nuestra época.
En verdad, si nos sentimos fascinados por los detalles de un episodio
acontecido tres centurias atrás, se debe principalmente a que el juicio
proporciona una pieza demostrativa tal como apenas podría encontrarse en otra
parte. No ofreceremos disculpas por ahondar en el pasado. En otra oportunidad,
cuando se abran archivos, ahora bien guardados, y el punto de vista sea lo
bastante remoto, los historiadores podrán atomizar los eventos de nuestro
tiempo con algo que semeje objetividad. Aun así deberemos estar preparados para
que su lectura nos resulte monótona, puesto que el estado moderno provee su
propia especie de terrible escenario y aún peor prosa, en tanto los sucesos que
rodean el juicio de Galileo continúan siendo una producción barroca tan animada
y espectacular como un cuadro del Veronés, repleto de personajes de amplio
ademán que incesante e irresistiblemente pueblan el estilo elocuente del siglo
XVII.
En la historia se ha convertido en trozo engastado en la misma presentar al
papa Urbano VIII y a sus consejeros como fanáticos opresores de la ciencia.
Posiblemente sería más exacto expresar que fueron las primeras víctimas
confundidas de la época científica. Vinieron a chocar con una fuerza de la que
no poseían la más leve noción. En tal sentido, eran el polo opuesto de los
gobernantes “progresistas” del siglo XX que son, todos y cada uno, fanáticos
creyentes de lo científico, en tanto tratan a la ciencia con el mismo ademán
despótico. Sin embargo, la forma dramática permanece igual.
“Nuestra lucha”, escribió recientemente el profesor Butterfield, “es contra
alguna diablería que reside en el proceso mismo de las cosas, contra algo que
hasta podríamos llamar fuerzas diabólicas existentes en la atmósfera. Las
fuerzas aferran e los hombres, de tal modo que los individuos mismos resultan
víctimas en cierto sentido, aun cuando sea por alguna falta de su propia
naturaleza; son víctimas de una especie de posesión”.
Tales palabras no han sido escritas por un poeta ni doctor en divinidades, sino
por uno de los principales historiadores de nuestro tiempo. Nos sentimos
estimulados por ellas para enfrentar el problema con espíritu algo similar, si
se interpreta qué sus palabras han de aplicarse a todos los participantes, sin
excepción.
Galileo Galilei nació en Pisa en año 1564, el mismo en que Shakespeare vino al
mundo y Miguel Angel falleció. Era vástago de una antigua familia florentina
cuya rama principal había llevado el apellido Buonaiuti. Su nombre cristiano,
más bien singular, proviene de una vieja costumbre toscana de duplicar el
apellido en el primogénito, como, por ejemplo, en Braccio Bracci o Pazzino de
Pazzi. Su padre, Vincenzo Galilei, era músico y compositor.
El niño disfrutó de una infancia dichosa, y su primera educación estuvo a cargo
de los monjes de Vallombrosa; en 1581 ingresó en la universidad de Pisa como
estudiante de medicina y filosofía. Su inclinación natural, empero, así como su
falta de la misma hacia la filosofía natural enseñada entonces en las aulas, lo
llevaron hacia la geometría y la mecánica. Se dice que a los diecinueve años
había descubierto el isocronismo del péndulo; a los veintidós inventó su
balanza hidrostática. Arquímedes, que acababa de darse a conocer en su completa
traducción latina, se convirtió en su modelo científico. Resolvió crear una
ciencia matemática que hiciese por el movimiento de los cuerpos lo que
Arquímedes había realizado por la estática. El esfuerzo griego habíase quebrado
sobre la teoría del movimiento, y Galileo hubo de luchar durante muchos años
contra las teorías suscritas que le fueron enseñadas provenientes de
Aristóteles, así como con sus propias preconcepciones. No fue sino al cabo de
veinte años de investigaciones y de falsos puntos de arranque cuando pudo dar a
conocer, en el año 1604, la ley correcta del movimiento de los cuerpos en su
caída.
Una primera conferencia en su propia Universidad de Pisa no fue una experiencia
dichosa, toda vez que suscitó antagonismo en la facultad. Partió tres años más
tarde, en 1592, para ocupar una vacante en la antigua Universidad de Padua, en
jurisdicción de la República de Venecia. Su sueldo era de ciento ochenta
florines anuales, aumentado posteriormente a quinientos veinte. Cremonini, “el
gran filósofo” de la universidad y verdadero pedante, ganaba dos mil. Ello nos
sirve para demostrar lo que las autoridades académicas pensaban acerca de la
importancia de las matemáticas; la cátedra de “matemáticas” abarcaba entonces
la enseñanza de geometría, astronomía, ingeniería militar y fortificaciones.
El éxito de Galileo como conferencista y humanista ante los estudiantes de
todas partes de Europa le atrajo renombre internacional. En ese período publicó
tratados de mecánica, geometría esférica y fortificaciones. Pero un tópico
nuevo y fascinante había comenzado entretanto a atraer su atención: la teoría
de Copérnico. Nicolás Copérnico había dado a publicidad en Alemania, muchos
años antes, en 1543, un tratado acerca de las “Revoluciones de los Cuerpos
Celestes”, dedicado al Papa Pablo III y que iba contra las teorías
establecidas. La filosofía natural de Aristóteles, junto con la astronomía de
Tolomeo, ambas adoptadas por las universidades y la Iglesia, enseñaban que la
Tierra era el centro de las cosas y que los cielos giraban a su alrededor en el
término de veinticuatro horas, junto con el Sol, la Luna y los planetas.
Copérnico, recogiendo algunas insinuaciones de teorías griegas medio olvidadas,
había sugerido que ello podría provenir de una ilusión óptica y que todo el
sistema geométrico ideado por Tolomeo poseía sentido más racional si el Sol se
colocase en el Centro del universo y la Tierra entre los planetas, cubriendo su
órbita en el período de un año, como se había supuesto que hacía el Sol, así
como girando sobre sí mismo en veinticuatro horas.
El tratado de Copérnico era conocido desde medio siglo atrás, sin que en todo
ese tiempo suscitara sino escepticismo en su mayor parte. Algunos espíritus
románticos Y. osados se sintieron atraídos por la nueva idea, aunque
imposibilitados de dominar los detalles difíciles del sistema. La astronomía
oficial, representada por el ilustre Tycho Brahe, habíase declarado en contra y
Tycho había presentado un sistema propio e intermedio, en el cual la Tierra
permanecía en el centro de todo lo demás. Los filósofos de las universidades
rechazaron el sistema de Copérnico porque su teoría era incapaz de ir de
acuerdo con sus físicas. Los protestantes se pusieron contra él al experimentar
que arrojaba dudas contra la verdad literal de las Escrituras. En cuanto a los
jerarcas de la Iglesia, tenían en gran respeto a Copérnico como hombre de
iglesia y erudito, pero consideraron su sistema como uno más de esos ingeniosos
inventos matemáticos imposible de convertirse en realidad física. Las
matemáticas eran consideradas por entonces como algo para el técnico y los
virtuosi, tal como se los llamaba, sin ninguna pretensión en cuanto al terreno
filosófico; y las especulaciones físicas y metafísicas de algunas mentes
aventureras en pos del “divino secreto”, en número y en proporción, no eran
tales como para obligar al asentimiento de los estudiosos responsables. A más
de ello, los individuos de la Iglesia derivaron buenas razones para su reserva
de un libro del propio Copérnico, llegado a poder de ellos con un prefacio
espurio escrito realmente por Osiander, clérigo protestante, que no reclamaba
ninguna pretensión de validez en cuanto a la teoría.
Galileo, que había venido madurando en los años siguientes a 1585 una filosofía
natural completamente nueva basada en las matemáticas, vio el libro desde un
punto de vista diferente por entero. Para él contenía un excelente sentido
físico y mostraba el camino hacia una cosmología más pura. Todo eso admitió
ante sus amigos, en el año 1597. Pero, sabedor de que “sería necesario amoldar
de nuevo el cerebro de los hombres”, antes de llevarlos a su punto de vista, se
dedicó a esperar. Supo que no era poseedor aún de ninguna prueba capaz de
convencer a la mente no preparada. Esa prueba vino a su poder por un golpe de
fortuna, con el descubrimiento del telescopio en 1610, que a su vez estableció
su nombre en la mente del público en general como el del principal científico
de su época. Y es aquí donde da comienzo nuestra historia.
Capítulo
1
Días de descubrimiento
Estas
novedades de antiguas verdades, de nuevos mundos, nuevos sistemas, nuevas
naciones, constituyen el comienzo de una nueva era. Que Dios no demore y
hagamos todo lo que esté a nuestro alcance, dentro de nuestras reducidas
posibilidades.
CAMPANELLA
I
En
marzo de 1610; Galileo anunció al mundo el descubrimiento del telescopio en su
“Mensaje desde las Estrellas”. “Ese universo”, como habría de decir más tarde,
“que he ampliado cien y mil veces más allá de lo imaginado por todos los sabios
de los siglos pasados”, no traía en su mensaje solamente cosas nuevas y no
imaginadas en los cielos, sino nuevas ideas en la mente de su descubridor.
Otros podían pensar en la existencia de “una nueva América en los cielos” y
mayor magnificencia de estrellas. Para el explorador mismo, el Nuncius
Sidereius[2] trajo una
decisión bien clara: Copérnico había estado acertado al hacer de la Tierra un
planeta y no el centro mismo del Universo. Galileo habíalo adivinado mucho
tiempo antes, en tanto hallábase dedicado a su labor menos conocida con las
matemáticas. Nadie podría haber adivinado por entonces su objetivo final; pero,
al buscar las leyes de los proyectiles y de los cuerpos en su caída, se dijo a
sí mismo que no mostraría su mano en la cosmología mientras no lo hiciese como
un tipo de copernicano enteramente nuevo… no el simple astrónomo sino el
“astrónomo filosófico”, el físico de los cielos. El descubrimiento repentino
del telescopio decidió el asunto para él, ya que aportó inesperada confirmación
a su teoría en el terreno de las observaciones, a la par que lo elevaba a la
fama y a la fortuna. Cantaba entonces cuarenta y cinco años de edad y tenía
ante sí la labor de su vida.
El 7 de mayo de 1610, dos meses después de la publicación de su “Mensaje”,
escribió una extensa carta a su fiel amigo Belisario Vinta, Secretario de
Estado de Florencia, hablando en la misma de todos los grandes proyectos que
podría realizar una vez relevado de la obligación de enseñar en Padua, y de su
deseo de servir al Gran Duque:
“Cuento
con numerosos y admirabilísimos proyectos e inventos, pero no podrán ser
puestos en ejecución sino por príncipes, porque son éstos los capacitados para
emprender guerras, erigir y defender fortalezas y efectuar los gastos más
grandes para su regia diversión, y no yo ni ningún otro caballero particular.
Las obras que pienso llevar a conclusión son principalmente dos volúmenes
acerca del “Sistema” o “Constitución del Mundo”, un tomo inmenso lleno de
filosofía, astronomía y geometría. Hay, además, tres obras “Sobre el
Movimiento”, ciencia enteramente nueva…”.[3]
Durante
veinte años había luchado ocupando un puesto mal remunerado, acosado por las
necesidades económicas de sus parientes, obligado a redondear su salario con
gran esfuerzo enseñando y hospedando a estudiantes y dedicando horas extras a
lo que el público esperaba realmente de un hombre de su profesión: la teoría de
las fortificaciones, “zapa, minas, empalizadas, rebellines, cestones y demás”.
Aparte de eso, las universidades no tenían mucho que ofrecer a los matemáticos.
La culta profesión, en esta declinación del Renacimiento, vino a tropezar con
épocas poco propicias. La perspectiva reducíase bajo el impacto de la tensión
religiosa; era como si el saber hubiera perdido empuje. A no ser por la
presencia de Fabricio de Acquapendente, el ilustre anatómico, y unos cuantos
juristas, consejeros de la República Veneciana y dignos sucesores del erudito
Bellario, a Galileo habríale resultado difícil tolerar la importancia que se
daban sus colegas paduanos; y eran demasiado raras sus escapadas a la atmósfera
cosmopolita de Venecia, a treinta kilómetros de distancia, donde él y Fabricio
eran bien acogidos por el reducido círculo senatorial que se congregaba para
conversar libremente en la famosa oficina de Ca’ Morosini.
Cierto que la fama se había hecho presente ahora con sus descubrimientos y
habíase elevado su salario a la suma de mil florines. Pero Galileo había
resuelto su ánimo mucho tiempo antes. No era tanto, como se ha sugerido en
ocasiones, que deseara satisfacer su pequeña venganza sobre los eruditos toscanos
que le negaran un puesto en los primeros tiempos; contaba con poderosas razones
fuera de ello, algunas de las cuales expuso en su carta a Vinta. En el
Secretario tenía la clase adecuada de amigo capaz de comprenderlo[4]. Bajo la
competente dirección de éste, el pequeño principado toscano, con menos de medio
millón de habitantes pero sin haber olvidado las glorias pasadas, habíase
embarcado en una atrevida política económica destinada a combatir la depresión
económica prevalente en la época. Habíanse cavado canales, reclamado vastas
extensiones de tierras en las provincias de Siena, Arezzo y Grosseto, y erigido
de la nada el nuevo puerto de Liorna, con sus astilleros y arsenal. Vinta había
incluso asegurado una aventura colonizadora en el Brasil, que sería dirigida
por dos británicos, Dudley y Thornton. Fue a través de Vinta como Galileo
prevaleció sobre el Gran Duque para que aceptase los satélites de Júpiter, aún
en controversia, en nombre de la casa de los Médici, golpe maestro de
diplomacia científica.
Galileo contaba con buenas razones, pues, para experimentar que éste era el
lugar para él. Deseaba estar de nuevo en su propia tierra natal, entre gente de
su misma habla y amigos de su propia elección.
Mostrábase presto a admitir la existencia de riesgos. No era seguro del todo
cambiar las severas obligaciones contractuales de un Estado tal como la
República de Venecia por el favor personal de un monarca. Como escribiera su
fiel Sagredo (que más tarde convertiríase en personaje de su “Diálogo sobre los
Grandes Sistemas del Mundo”) con la sabiduría de un aristócrata veneciano:
“¿Dónde encontrará la misma libertad que aquí, en territorio veneciano, donde
un contrato os convierte en amo de quienes gobiernan? … Si no arruinado,
podréis ser colocado en aprietos por el oleaje de la vida cortesana y los
vientos devastadores de la envidia… Por otra parte, que residáis en lugar donde
es grande la influencia de los amigos de Berlinzone[5] es cosa
que mucho me preocupa”.
Mas la suerte había sido echada. En junio de 1610, Galileo renunció a su empleo
de Padua, y en setiembre se hallaba ya en Florencia, donde asumió su nuevo
puesto. La verdad es que no le preocupaba mucho el peligro representado por el
poder jesuita, que abarcaba los continentes por sobre su cabeza en vastas
maquinaciones políticas, pues personalmente jamás se mostró interesado en la
jurisdicción de los príncipes, y no deseaba tomar parte en la disputa del
estado de Venecia contra la Santa Sede. Conocía por sí mismo que los jesuitas
eran humanistas a la moderna, amigos de la ciencia y del descubrimiento. A
quienes temía era a los profesores.
Su “inmenso proyecto” fue en verdad una de las razones principales que lo
acuciaron a su venturosa emigración. Lo que pensaba, sin poder manifestarlo por
diversas razones, era que si había de desafiar a las universidades con
pronunciamientos decisivos, sería mejor llevarlos a la práctica en calidad de
“patricio florentino, jefe filósofo y matemático de Su Alteza Serenísima”,
amigo y protegido del monarca a quien dedicara los satélites de Júpiter, que
como conferenciante carente de medios, acosado por un consejo de una facultad
capaz de resolver que la materia de su enseñanza debía permanecer sin alterar
en el programa.
El proyecto insinuado en el “Mensaje Sideral” había estado cambiando de forma
en su imaginación, lentamente. La reacción en cuanto al telescopio, tanto entre
los cultos como los semiilustrados, fue desalentadora, habiendo palpado la
existencia de un sólido frente contra su persona, desde su alma mater de Pisa
hasta Bolonia y Padua. El hombre que más debía ayudarle, Magini, profesor de
astronomía de Bolonia, hizo a un lado la máscara de amistad para dedicarse a
crear una agitación contra Galileo entre los teóricos aristotélicos. De no
haber venido ayuda de afuera, habríase hallado en grandes dificultades, y sus
nuevos planetas habrían sido extirpados del firmamento, tal como había
prometido Magini.
“Mi
estimado Kepler”, escribió Galileo al hombre que siempre sostuvo la causa,
“¿qué diría usted de los hombres sabios de aquí que, repletos con la pertinacia
del áspid, se han negado constantemente a echar una ojeada a través del
telescopio? ¿Qué sacaremos de todo esto? ¿No echaremos a reír o a llorar”.
Aún
antes que los astrónomos jesuitas, y mucho más que ellos, fue la opinión
pública lo que le ayudó. Sus propios impresores de Padua contribuyeron con
dinero para una oda que le fue dedicada; los escritores celebraron el
descubrimiento del telescopio en opúsculos y versos, tanto en latín como en
lengua vernácula, elegíacos, pindáricos, jocosos, epigramáticos; en lenguaje
cortesano, pulido y popular; en odas, versos libres, sonetos, octavos y terza
rimas. Discutióse acerca del nuevo descubrimiento en las sobremesas
principescas y entre el pueblo en las escalinatas de la catedral. Fue tema de
frescos, por parte de Cigoli, en la cúpula misma de Santa María la Mayor, de
Roma. Los principales poetas de entonces, Marino y Chiabrera, aportaron también
sus contribuciones. De Inglaterra llegaron nuevas de que el telescopio había
invadido la filosofía y la lira metafísica[6]. “¿Y quién”,
escribió un profesor de filosofía, La Galla, a modo de preludio a su propio y
disimulado desprecio, “quién, aun sumido en el más profundo sueño, no sería
despertado por el rumor de ese nuevo milagro, que se ha esparcido por todo el
mundo?”. Esto representaba apoyo de nuevos círculos, tal como Copérnico no
había tenido jamás. Hasta desde este punto de vista, la corte era un centro de
operaciones mucho mejor.
Las “estrellas de Médici” habían sido colocadas hábilmente bajo la protección
del Gran Duque porque, una vez aceptada la dedicatoria por la casa de Médici,
su existencia se hizo obligatoria; y fueron, en verdad, el punto estratégico de
operación. Quienquiera observase a Júpiter a través del telescopio, veía allí,
en el campo visual, un sistema solar demostrado en pequeña escala.
Le superficie de la Luna, vista a través del telescopio, era tal vez más
impresionante, siendo necesario seguir un tren de pensamiento para ver cuánto
implicaba: los valles, los picos y los montes iguales a los de la tierra,
vistos en un cuerpo celeste, demostraban que no existía diferencia básica en su
constitución física; y con ello se borraba toda distinción oficial entre
celeste y terrestre… para quien se tomase la molestia de pensar.
Luego, bien cerca uno de otro, el telescopio produjo dos nuevos y decisivos
descubrimientos: las fases de Venus y los “compañeros” de Saturno. El año 1610,
Galileo había escrito a Giuliano de Médici, embajador florentino en Praga:
“Espero ansioso lo que el señor Keplero pueda decir acerca de las nuevas
maravillas… Tanto él como el resto de la escuela de Copérnico cuentan con
buenas razones para jactarse de haber sido excelentes filósofos; empero, les ha
tocado en suerte, y lo mismo podrá continuar sucediendo, ser considerados por
los filósofos de nuestra era que filosofen sobre el papel, con asentimiento
universal, como individuos carentes de intelecto y poco mejor que absolutamente
necios”.
El embajador hizo llegar oportunamente el pedido a Kepler (“Il Sig. Gleppero”,
como él lo llamaba) y pronto se hizo conocer la viva reacción. “Mi estimado
Galileo”, escribía Kepler, “tengo que comunicarle lo acontecido el otro día. Mi
amigo, el barón Wakher van Wachenfels, se detuvo ante mi puerta y comenzó a
gritar desde su carruaje: ‘¿Es cierto? ¿Es realmente cierto que ha descubierto
estrellas en movimiento alrededor de otras estrellas?’. Le dije que así era en
verdad y sólo entonces penetró en la casa”. Kepler dejó de expresar con toda
prudencia que su buen amigo el barón esperaba una prueba de las manifestaciones
de Bruno en cuanto a la infinidad y pluralidad de los mundos, ya que no sólo
eran ideas peligrosas, sino que él mismo, Kepler, no se inclinaba hacia ellas.
Pero había suficiente en los nuevos descubrimientos, no obstante sus reservas
hacia el flamante y no probado instrumento, para que se manifestara su
característico entusiasmo. “¿Qué haremos ahora, estimado lector, con nuestro
telescopio? ¿Lo convertiremos en una varita mágica de Mercurio con que cruzar
el éter líquido y, como Luciano, conducir una colonia al lucero vespertino
inhabitado? ¿O haremos de ella la flecha de Cupido que, penetrando a través de
nuestros ojos, horade hasta lo más profundo de nuestro ser y nos inflame con el
amor de Venus?”.
Pero los investidos de sabiduría, no impresionados con los nuevos
descubrimientos, continuaron considerando a los copernicanos como hombres “sin
intelecto”. En verdad, el rencor y el desdén de los doctores no podía ser sino
aumentado por los éxitos “injustos” y fáciles de sus oponentes en sociedad. Eso
es lo previsto por Galileo durante mucho tiempo. Ya tan pronto como en 1597,
trece años atrás, había escrito a Kepler en los siguientes términos: “Como vos,
acepté la posición de Copérnico hace varios años, habiendo descubierto desde
entonces que las causas de muchos efectos naturales son indudablemente
inexplicables por las teorías corrientes. He escrito muchas razones y
refutaciones sobre el tema, pero hasta ahora no he osado darlas a publicidad,
prevenido por la suerte del propio Copérnico, nuestro maestro, quien se procuró
a sí mismo fama inmortal entre unos cuantos, pero descendió hacia la gran
muchedumbre (que así se denomina a los necios), sólo para ser deshonrado y
blanco de la burla. Me atrevería a publicar mis pensamientos si hubiese muchos
como vos; pero, ya que no los hay, me privaré de hacerlo”.
Durante cierto tiempo en 1610, Galileo pensó que los descubrimientos del
telescopio lo cambiarían todo al proveer pruebas irrefutables a los individuos
de buena fe. Tal vez había llegado el momento… Mas algunos meses fueron
suficientes para desengañarlo. Ciertos doctores, que al menos tuvieron el valor
de defender sus convicciones, rehusaron en verdad y en forma sostenida observar
a lo largo del telescopio, como se ha referido en numerosas oportunidades.
Otros lo hicieron y aseguraron no haber visto nada; la mayor parte de ellos,
empero, le acordaron tratamiento silencioso, cuando no dijeron que jamás se
habían dedicado a observar a través del mismo, pero que ya sabían que no
mostraría nada de valor filosófico. Uno mantuvo que era imposible que los
antiguos no hubieran poseído tales instrumentos, puesto que habían sobresalido
en todo, y que su silencio sobre el asunto implicaba un juicio desfavorable
sobre sus resultados. Otro afirmó sin vacilar, aunque jamás había visto un
telescopio, que el invento había sido tomado de Aristóteles. "Una vez que
hizo traer sus trabajos, volvióse hacia el lugar donde el filósofo manifiesta
razones por las cuales, desde el fondo de una cavidad muy profunda, pueden observarse
las estrellas del firmamento al mediodía". “Mire aquí”, dice, “la cavidad
que representa al tubo, observe los grandes vapores, de donde se acepta la
invención de los cristales, y contemple por último el cuadro, recalcado por el
paso de los rayos a través de un medio diáfano pero más denso y oscuro”[7]. “Pero,
seguramente”, dijo otro, “esto no significa que Aristóteles aprobara semejante
aparato, pues podría demostrarse con el texto del filósofo que sus conclusiones
fueron obtenidas sin que se ayudara a la vista y por ende los instrumentos no
podían ser de utilidad en el estudio de las cosas celestes; pero que si, por
otra parte, daba la casualidad de haberse descubierto algo nuevo en el
firmamento, podía ser interpretado según el texto de Aristóteles, tan sólo con
un poco de ingenuidad”. El comentario de Galileo fue grandemente despectivo:
“¡Oh,
profundísimo doctor, que tal cosa quiere imponerme! ¡Porque no quiere ser
llevado de la mano por Aristóteles sino que lo tomará de la nariz y le hará
hablar a su antojo! Ved cuán importante es saber aprovechar la oportunidad. Ni
es apropiado tener que hacer con Hércules mientras está enfurecido y fuera de
sí, sino en tanto relata cuentos alegres entre las damiselas de Meonia. ¡Ah,
sordidez desconocida de las mentes serviles!, al convertirse voluntariamente en
esclavos, aceptar los decretos como inviolables, comprometerse a parecer
satisfechos y convencidos por argumento de tanta eficacia y tan manifiestamente
definitivos, que no son competentes para decidir si fueron escritos con tal
propósito o sirven para probar la suposición a mano… ¿Qué es esto sino
convertir una imagen de madera en oráculo y correr hasta ella en demanda de
respuestas, temerla, adorarla y reverenciarla?”.
Semejantes
contorsiones intelectuales y lamentables eran prueba en verdad de que sus
adversarios se hallaban dispuestos a todo; y de ahí derivó un peligro inmenso y
bien claro, pues Galileo pronto supo que la culta coalición, enconada por las
hazañas de esta “caña óptica”, que amenazaba deshacer enteras bibliotecas de
enormes volúmenes, patrimonio de intereses intelectuales conferidos —y el arte
mismo de la disputa académica que le aportaba sus estipendios— se hallaba
presta a lanzar contra él la mismísima Sagrada Escritura. Según la costumbre
académica de la época, ello constituía un modo de ataque claramente incorrecto;
no sólo porque daba lugar a la intervención de la autoridad eclesiástica en las
disputas filosóficas, sino porque la disputa entre los monjes daba a la plebe
nuevo incentivo contra el saber. Pero, como muchos políticos de antes y
después, esos hombres preferían agravar la incoherencia de la opinión pública
con el fin de disimular la propia.
II
Un
joven religioso fanático, Francisco Sizi, fue incitado a efectuar el primer
disparo[8] —una
escopetilla de aire comprimido en el mejor de los casos— con su Dianoia
Astronomica (1610). El argumento, aparte de alguna curiosa explicación acerca
de las lentes, no era muy diferente de aquel del doctor Slop: “Pero, señor, ¿no
existen siete virtudes cardinales… siete pecados mortales… siete candeleros en
Moisés… siete firmamentos?”. “Eso es más de lo que sé”, contestó mi tío Toby.
“¿Y no están las siete maravillas del mundo, los siete días de la creación, las
siete plagas?”. Y también, agregaba Sizi —y ello tomado de las ideas de Tycho—
siete metales en la teoría de la alquimia? En consecuencia, no puede haber más
de siete planetas en el firmamento, y los nuevos revelados por el “perscipilo”[9]constituyen una
ilusión óptica”. El panfleto de Sizi está claramente inspirado por las teorías
cabalísticas de Pico della Mirandola y es mucho más disculpable en su pasión
mística que Contro il moto della terra, debido a Ludovico delle Colombe y
lanzado a la circulación pronto después; porque la arrogancia académica de
Colombe es manifiesta en los argumentos aristotélicos, que combina con
abundante y pretenciosa faramalla geométrica; y todavía él, que alega hablar en
nombre de la razón natural, no se abstiene de citar toda una serie de pasajes
de las Escrituras que colocó a los copernicanos en situación difícil para
argumentar. El padre Benedetto Castelli, monje de Montecassino, discípulo
predilecto de Galileo, había escrito que si pudiese demostrarse la existencia
de fases en Venus, se convencería a todo el mundo. Ya las fases han sido
descubiertas y he aquí el resultado. “Con el fin de convencer a esos hombres
obstinados”, contestó Galileo a Castelli, “que han salido a la palestra para la
vana aprobación del vulgo estúpido, no sería suficiente ni aun cuando las
estrellas cayesen en tierra para mostrar evidencia sobre sí mismas.
Interesémonos tan sólo en obtener conocimientos para nosotros mismos, y
hallemos en ello nuestro consuelo”.
Pero tan hermosas actitudes de torre de marfil no podían tener más duración que
una tarde melancólica. Ahora que se había alcanzado la certeza, no resultaban
válidas para guardar silencio las razones, que había explicado a Kepler. En
verdad, la apasionada respuesta de Kepler, durante todos aquellos años
transcurridos, ha debido permanecer fuertemente en su ánimo:
No
habría deseado sino que vos, dueño de tan profunda visión, hubierais elegido
otro camino. Nos aconsejáis con el ejemplo personal, y de manera discretamente
celada, que nos retiremos ante la ignorancia general y no nos expongamos, o nos
opongamos temerariamente, a los violentos ataques de la chusma escolar (y en
esto imitáis a Platón y a Pitágoras, nuestros verdaderos maestros). Pero tras
la enorme tarea iniciada en nuestro tiempo, primero por Copérnico y más tarde
por numerosos y cultos matemáticos, y cuando la aseveración de, que la Tierra
se mueve no puede considerarse ya como cosa nueva, ¿no sería mejor hacer llegar
el vehículo a su meta mediante el esfuerzo conjunto, ya que lo tenemos en
marcha, y, poco a poco, con voces potentes, hacer callar al rebaño vulgar, que
en realidad no pesa sus argumentos con gran cuidado? Tal vez de esa manera y
con habilidad podamos llevarle el conocimiento de la verdad. Con vuestros
argumentos ayudaríais al mismo tiempo a los camaradas que son víctimas de
juicios tan injustos, ya que obtendrían consuelo con vuestro consentimiento o
protección a través de vuestra influencia política. No son tan sólo vuestros
italianos quienes no pueden creer que se mueven si no lo experimentan así, sino
que aquí en Alemania en manera alguna acariciamos esa idea. Empero, siempre hay
modos de protegernos contra esas dificultades…
Cobrad ánimo, Galileo, y salid al público. Si juzgo correctamente, no son sino
unos pocos los distinguidos matemáticos de Europa que se separarían de
nosotros, por ser tan grande el poder de la verdad. Si Italia parece un lugar
menos favorable para su publicación, y si se contemplan dificultades ahí, tal
vez Alemania nos proporcione esta libertad.
Lo
cual, decidió Galileo, era exactamente lo que pensaba hacer… y desde Florencia.
Era llegado el momento en que podía erigir una enorme masa de opinión y obtener
la aceptación de las nuevas ideas. Mas para ello necesitaba dejar a un lado las
universidades y dirigirse en lengua vernácula al público inteligente en
general. Ello implicaba sin duda un sacrificio de valor internacional del
latín, pero a Galileo no le preocupaba señalarse a sí mismo miembro exclusivo
de la diseminada y temerosa de la luz república de eruditos; había escrito, en
su tiempo, suficiente poesía satírica en contra del doctor que pestañeaba
nervioso, extraviado en la vía pública, enredado en su toga, que va en demanda
de la seguridad de su estudio como el gato asustado tras el agujero. Sentíase
perfectamente cómodo en la calle, en la plaza y ante la mesa del comedor,
sabiendo también su capacidad para valerse del italiano como el que más[10].
Expone sus motivos directamente en una carta a Paolo Gualdo, de fecha 12 de
mayo de 1612:
Observo
que los jóvenes van a las universidades con el fin de hacerse doctores,
filósofos o algo más, con tal que sea un título, y que muchos se dedican a esas
profesiones completamente inadecuadas para ellos, en tanto otros que serían muy
competentes se ven impedidos por los negocios o sus diarias preocupaciones, que
los alejen de las letras. Ahora bien, esas gentes, aunque dotodas de buena
inteligencia, porque no son capaces de entender lo escrito en baos (palabra
inventada por el autor de comedias cómicas Ruzzante para indicar el lenguaje
culto), sostienen a lo largo de toda su vida la idea de que esos grandes
volúmenes contienen asuntos más allá de su capacidad, que siempre permanecerán
cerrados para ellas; mientras tanto, quiero que se percaten de que la
naturaleza, así como los ha dotado de ojos para ver sus obras, les ha
proporcionado un cerebro adecuado para abarcarlas y comprenderlas.
Su
dedicación nos recuerda a Copérnico. Hay muchos, como manifestara al papa
setenta años atrás, que experimentan desprecio por la ciencia a menos que ésta
les rinda beneficio; hay otros que, aunque se hayan dedicado al estudio de la
filosofía, son algo peor que inútiles en ella debido a su estupidez, y se
conducen cual el zángano entre las abejas. Existe aún otra especie de
charlatanes, agrega, a los cuales no dedicará el menor pensamiento; son los
que, con toda malicia e imprudencia, utilizan pasajes de las Escrituras para
contradecirlo. Esta clase de oposición la considera despreciable. “¿No dijo
Lactancio, gran escritor eclesiástico pero pobre matemático, cosas infantiles
acerca de la forma de la Tierra, mofándose de quienes descubrieron su forma
esférica?”.
Del mismo modo que Galileo, Copérnico había previsto resistencia, no en manera
alguna de las autoridades eclesiásticas sino de los intereses académicos
creados, cuyo juicio común corresponde a: la declinación de las universidades
tradicionales de aquella era de transición. Mas de ahí en adelante ambos
hombres difieren. El alma retraída y delicada de Copérnico deseaba que este
asunto permaneciese entre los iniciados científicos y que fuese restaurada la
reserva pitagórica de la investigación. “Las matemáticas son para los
matemáticos”, recordó gravemente, y no debiera aplicarse a su estudio nadie que
no hubiese purificado su alma. Mas, por otra parte, semejante teoría no apeló
solamente al intelecto abstracto. Como dice Galileo, con admiración: “No pudiendo
resolver una serie de graves dificultades, se le indujo, no obstante, por otras
ocurrencias significativas, a confiar tanto en lo que le dictara la razón como
para llegar a afirmar que la estructura del universo no podía tener otra figura
que la designada por él mismo”. Pero, prosigue, “puesto que Dios se ha servido
conceder en nuestro tiempo a la ingenuidad humana la admirable invención de
perfeccionar nuestra visión multiplicándola hasta cuarenta veces”, cualquier
mente sana puede ya abarcar la nueva verdad sin necesidad del atrevido genio de
Copérnico.
Este apelar de Galileo al pueblo en general, ¿fue así, como se ha dicho con
frecuencia? Difícilmente. Ya no creía a las masas capaces de juicio
independiente, como luego sucedería a Voltaire o a Samuel Johnson sobre el
mismo asunto. Debemos expresarlo con claridad, puesto que más de una vez ha
sido mal interpretado. El mismo había explicado a Kepler lo poco juicioso que
fue de parte de Copérnico dejarse persuadir para descender hacia la
muchedumbre, “que así se llama a los necios”, sólo para ser deshonrado y
burlado. El creía naturalmente, como Maquiavelo, el nostálgico republicano, que
son los menos los capaces de pensar, y que los demás son ovejas. Ese mismo
había sido el juicio de sus antepasados comunes que rigieran las ciudades
libres de Toscana; y, como ellos, creía que el vulgo es llevado con mayor
facilidad por la superstición y las emociones violentas que por los argumentos
razonables. Sabía demasiado bien que los verdaderos manipuladores de tales
pasiones eran los demagogos y predicadores que incitaban al furor, capaces de
convertir las palabras mágicas del espanto o de la autoridad “en cachiporra con
que aplastar los esfuerzos de la ciencia”. Pero también creía, cosa del todo
clásica, que en todos los estados de la vida, desde el más humilde al más
elevado, surgen hombres capaces de pensar por sí solos y que constituyen la
élite natural. Los últimos siglos han probado cómo pueden esos hombres
conformar la civilización de manera tan libre y poderosa; fue a ellos a quienes
apelaba como “clase abierta gobernante”, lo que estuvo llamado a antagonizar
los intereses entrelazadores de casta de los custodios del saber.
Lo realizara o no, ahí tenía en marcha un movimiento llamado a causar una
reacción violenta en la medida en que sacudió los cimientos del viejo edificio.
Se sigue sosteniendo en nuestros días[11] que el
error fatal de Galileo radicó en su temeraria indiscreción, su insistencia en
lanzar abiertamente al público en general, escribiendo en lengua vernácula, una
cuestión que se hallaba lejos de ser resuelta, y que no podía, en esa forma,
sino proporcionar escándalo al pío, en tanto que la verdadera manera de
aproximarse al tema habría sido escribir trabajosos tomos en latín y esperar
con paciencia su apreciación de parte de eruditos y teólogos. Este falso
argumento ha sido motivo de un verso popular: Cet animal est très méchant quand
on l’attaque, il se défend. Los cultos apólogos parecen olvidar que sus últimos
y eruditos colegas de las universidades habían examinado rápidamente las nuevas
teorías y resuelto no asignarles importancia. No sólo eso sino que, temiendo
que su propia fuerza no bastase, se atrajeron, como luego veremos, la ayuda de
los pocos eclesiásticos que apenas merecían el título de teólogos, con objeto
de crear un escándalo decisivo del que resultase el destierro. Tales caballeros
estaban dispuestos a pronunciar sus sermones en italiano o, mejor dicho, en una
lengua vernácula tan parecida al italiano como el lenguaje de los periódicos de
Hearst lo es para el británico.
De tal modo, no fue en manera alguna una cuestión de tranquilidad de las masas.
En todas partes comprendíase bien que Galileo no escribía para la masa. Hacíalo
en estilo literario sobre temas filosóficos para las clases libres gobernantes,
que incluían a príncipes, prelados, caballeros y hombres de negocios; y ello no
podía sino amenazar los privilegios de casta del literato promedio. De ahí que
se lo hiciera aparecer, como a Sócrates, “envenenador del pueblo”. Se
inventaron términos para designar con toda rapidez a los de su especie: “mente
libre”, “altiva curiosidad”, “esprit fort”, “amante de novedades”, “esas mentes
florentinas que son demasiado sutiles y curiosas”, con el objeto de arrojar
sospechas sobre aquellas actividades que la ley no podía impedir. La extraña
paradoja del drama radica en que esos clérigos asustados se las habían
finalmente con lo que en vano trataron de conformar durante el fin de la Edad
Media: el filósofo natural ortodoxo. En él habíase realizado la conjunción
entre la ciencia y el humanismo. En el pensamiento de Galileo no se encuentra
en parte alguna el frío desdén de Valla, la impenetrable y desdeñosa altivez de
Leonardo, el escabullir de la “doble verdad” tan libremente utilizado por
Pomponazzi y los averroístas o las peligrosas fantasías de Pico o Campanella.
Quiere actuar como consultante dé los teólogos en filosofía natural y ayudarles
a comprender correctamente los nuevos descubrimientos. La verdad sencilla es
que tales descubrimientos eran demasiado demoledores para los cerebros no
preparados, aun para mentes tales como la de John Donne.
III
Como
hombre, debe reconocerse que Galileo responde tan poco al clisé de la época
relativo al filósofo, como respondería al de nuestro tiempo referente al
científico.
“Quien contempla lo más alto”, decía sin falsa modestia, “es de superior
calidad; y bojear el libro de la naturaleza, que es el verdadero objeto de la
filosofía, es la manera de hacernos contemplar hacia lo alto, en cuyo libro,
sea cualquier cosa lo que leamos, como obra del Todopoderoso, hallaremos todo
lo más proporcionado; no obstante, resulta más noble y más absoluto cuanto más
ampliamente se revele su arte y su habilidad. La constitución del universo,
entre todas las cosas de la naturaleza que caen dentro de la comprensión
humana, puede, en mi opinión, ser colocada en primer término; porque como en
relación con la extensión universal sobrepasa a todas las demás, debe servir de
regla y modelo de ellas y precederlas en nobleza”. Estas son palabras elevadas,
dignas de un platónico de Cambridge. Pero el señalar al “gran libro de la
naturaleza” como adecuado objetivo de toda filosofía, nos dirá que no existe
temperamento contemplativo, aunque en su labor de rigor y de independencia del
pensamiento continúa sin desviarse, exento del fácil entusiasmo y la pomposa
fantasía de sus contemporáneos.
En una época en que la fuerza del estilo era considerada presunción, el estilo
de Galileo resulta una nota independiente que se remonta a los Maquiavelo, los
Alberti y los maestros artífices de su propio pasado florentino. Su pensamiento
posee la misma démarche segura, desinteresada y, al parecer, libre de esfuerzo,
de la mente clasificadora entre las realidades que se van desarrollando. En el
diálogo perpetuo que es su vida siente la necesidad de iguales y está dispuesto
a admitir que la compañía lo es todo: “Es una gran dulzura”, dice, “andar
vagando de un lado para otro y discutiendo juntos entre verdades”.
Eso de “juntos” que implican sus palabras es una realización: profundamente
social, lejos de casta y de rango —y también del prestigio del mago en técnica—,
aunque personaje tal como Sócrates haya existido veinte siglos antes; es la
libre reunión de hombres que piensan, en marcha a través del tiempo ilimitado
hacia una clarificación definitiva. “El intelecto del hombre”, ha dicho
Bovillus, “se logra con el tiempo, sufriendo cambio tras cambio hasta que se
convierte en todas las cosas”. Tal la insinuación platónica, comprensible para
todos. Aquí la vemos claramente desviada de la identificación romántica hacia
el desarrollo de una abstracción actuando claramente.
Porque si podía ser abstracto, el pensamiento de Galileo jamás se hizo
transmundano. Siguió con el mismo agudo interés el giro elegante del verso, el
cuidado de la viña o el manejo experimentado de los problemas mecánicos del
arsenal de Venecia. “Entre aquellos”, escribía, “que se han adiestrado en el
transcurso de los años para resolver los problemas más difíciles de su
profesión, debe haber algunos de amplios conocimientos y muy vigorosa
inteligencia”. Era entre esos hombres, humildes o elevados, entre quienes
hallaba franca camaradería. Temperamento alegre y congenial, con todas las
pasiones del aficionado y el gourmet, lanzábase con idéntico ardor a una
discusión literaria, un caso legal difícil, un banquete bien servido, un nuevo
“efecto natural”, o una buena mozuela. Tanto en el trabajo como en el placer,
aprovechaba su vigoroso físico hasta donde le diesen las fuerzas.
Flotaba aún en la atmósfera demasiado Renacimiento para que el pueblo lo
condenase por falta de puritanismo. Lo que las clases cultas le reprochaban
eran más bien sus virtudes: su incontenible y directa aproximación a los
problemas intelectuales, su descartar el ropaje erudito y polisílabo del
pensamiento utilizado de modo tan conveniente por otros para cubrir su falta de
originalidad. Cosa bastante típica, jamás pensó en los actuales nombres griegos
para sus instrumentos. Al telescopio lo llamó occhiale, al microscopio
occhialino, a la balanza hidrostática, bilancetta, “balancita”. En su misma
indulgencia decidióse por lo sencillo y lo fácil tanto como hizo en su estilo
científico. Su mismo cándido y amable Benedetto Castelli, que sufrió sin la más
leve queja la penosa existencia del monje mal pagado y peor alimentado, supo
bien cómo compartir con su maestro los sencillos pero epicúreos deleites del
buen vino, el buen queso y los buenos higos; su correspondencia científica
hállase entrelazada con caprichosas excursiones y alegres exclamaciones acerca
de los barriles muy especiales y los paquetes que, a guisa de obsequio, se
enviaban recíprocamente.
Resulta más bien fácil comprender que Galileo tuviera sus más ardientes
partidarios entre los escritores, los artistas y los aficionados cultos,
mientras la mayoría de los profesionales eruditos se alinearon contra él. A
estos últimos podía echar un baldón solamente con su tono burlón y la leve
ironía de su polémica, en tanto los primeros hallaban en él un protector de la
mente abierta y de la “sabia ignorancia”. Típico de ellos fue el pintor
Ludovico Cigoli convertido en su representante oficioso en Roma, hombre que
amaba con sinceridad la buena lucha. Así escribió en 1611 que la Dioptrics, de
Kepler, había llegado a la ciudad y estaba resultando valioso aliado: “Esto
atribulará más aún a los sátrapas y atiborradas togas del saber… Me place verlos
clavados, mudos, con los ojos saltones, de manera que si tuviese que trazar la
figura de la ignorancia no la haría de otro modo… Kepler debiera figurar en
todas las librerías y deseo que usted recurra a él para sus tareas, de modo que
los otros revienten, y que sus escritos se vean por doquier y los acosen hasta
en los puestos del mercado (su por le pancaccie)”. En otra oportunidad,
escribió acerca de las Cartas sobre las Manchas Solares: “Procure que los
libreros dispongan de ellas libremente, pues con ello haría morir de rabia a la
‘Liga de las Palomas’, al ver que no pueden examinar un estante sin tropezar
con ellas[12]… A
propósito, he imaginado un emblema para que esos pedantes lo coloquen en su
escudo; una chimenea con el cañón atascado y el humo retrocediendo para llenar
la casa en donde se reúnen las gentes para quienes oscurece antes de anochecer”[13].
Podría imaginarse el desdén de Cigoli como el del hombre inculto hacia lo
erudito, pero, en su condición de pintor triunfante y respetado, no tenía que
habérselas con ningún sentimiento de inferioridad; y su juicio está basado con
tanta independencia como la del auténtico artista del Renacimiento. Al observar
con gran atención la actitud del padre Clavius, autoridad jesuita en
astronomía, informa a Galileo que Clavius no puede sujetarse a la idea de que
puedan existir auténticas montañas en la Luna, y está tratando de explicar lo
que es observado por determinadas diferencias de densidad en el interior del
reluciente y diáfano cuerpo del satélite. “Parece creer realmente esta clase de
explicaciones y no hallo disculpa para él como no sea que el matemático, por
muy ilustre que sea, sin la ayuda de un buen dibujo no es sólo matemático a
medias sino hombre desprovisto de ojos”[14].
Leonardo podría haberse expresado de este modo con respecto al conocimiento de
la naturaleza. El hombre que sabe cómo ver, es también el hombre capaz de
comprender el uso de nuevos instrumentos. Es la mente del Renacimiento la que,
con su vitalidad irresistible, está realizando la lucha contra el
escolasticismo; son únicamente esos temperamentos (y los encontramos lo mismo
en la Iglesia que entre los seglares) los que pueden sentirse cómodamente
animosos en el mundo hirviente de los nuevos hechos nuevas insinuaciones,
“conocimientos” traídos de lejos.
Pero Galileo no tuvo ocasión de elegir. A partir del año 1611, su actividad
literaria toma la forma de opúsculos, panfletos, cartas, diálogos y
comentarios. Del tratado sistemático se desvía a la littérature d’occasion,
elegancia de estilo, ingenuidad retórica y persuasión casi oral infatigable.
Contra la coalición antinatural de sus adversarios, a quienes consideraba un
“lote gusarapiento”, se volvió, tal como Copérnico, a los líderes del orden
social y espiritual[15].
Lo primero, desde luego, era asegurarse el endoso de los nuevos descubrimientos
de parte de los jesuitas astrónomos de Roma, quienes eran los expertos del
Vaticano en tales materias. Ello pondría fin a los astutos intentos de sus
enemigos académicos para arrastrar la discusión al terreno de lo prohibido en
lo religioso. De fijo que no esperaba que los astrónomos de Roma se pasasen con
armas y bagajes al campo de las nuevas teorías. Ese no era el modo de proceder
de ellos. Pero les tenía confianza, una vez que estuvieran en posesión de los
hechos, para extraer consecuencias de los mismos y despejar tranquilamente el
terreno para cualquier cambio que se produjese.
De ahí que no se aposentara en Florencia. Apenas habíase instalado cuando se
puso en camino para Roma al finalizar la temporada invernal de 1611.
Las cosas resultaron todo lo bien que él se había anticipado. Pronto escribía a
Filippo Salviati, el amigo que más tarde sería personaje principal en su
Diálogo: “He sido recibido y agasajado por numerosos e ilustres cardenales,
príncipes y prelados de esta ciudad deseosos de ver las cosas por mí
observadas, y quedaron muy complacidos; lo mismo que lo fui yo al contemplar
las maravillas de sus estatuas, sus pinturas, los frescos murales, palacios,
jardines y demás”. Monsignor Piero Dini escribió a Cosimo Sassetti: “Está
convirtiendo a los incrédulos uno por uno; porque aún restan algunos capones
que, para no saber tocante los satélites de Júpiter, rehúsan incluso mirar; y
si encuentro a alguno de ellos, deseo saber lo que tiene que decir. El Señor
Cardenal Bellarmino, solicitó a los jesuitas su opinión sobre Galileo y los
eruditos padres le enviaron las cartas más favorables que puedan imaginarse y
son grandes amigos suyos; esta orden cuenta con miembros muy ilustres y los más
importantes residen aquí”. El mismo Papa ha concedido audiencia al astrónomo y
mostrádole su benevolencia. De parte del Pontífice tal como Pablo V, “tan
circunspecto y reservado”, escribe un contemporáneo, “que se lo tiene por
sombrío”, fue en verdad una muestra de reconocimiento.
Los astrónomos jesuitas, o cuando menos Clavius y Grienberger, vieron sacudida
su estricta fe tolemática. Había sido en verdad una decisión difícil para el
viejo padre Clavius, autor de la reforma del calendario gregoriano y director
indiscutido de la astronomía jesuita, ceder antes las nuevas apariciones
celestes. Al principio habíase reído de ellas y dicho que ese instrumento de
novedad trivial tendría primero que establecerlas allá para luego poder ser
vistas; pero después de haber observado a través del mejor telescopio de
Galileo, debió rendirse graciosamente. Esto sólo bien valía la ida a Roma. Pero
hubo otra ventaja de importancia: Galileo fue nombrado miembro de la nueva
Academia dei Lincei (los “linceanos”, u “ojos de lince”)[16], y
permaneció firme amigo de su fundador, el príncipe Federico Cesi.
El ambiente romano no era el más adecuado para las ciencias naturales. Pero el
frágil y vehemente joven noble, adverso por temperamento a las empresas y cosas
usuales de los individuos de su clase, valióse de su riqueza y su influencia
para congregar a su alrededor a algunos amigos interesados en los nuevos campos
del saber. Su propia inclinación fue hacia la botánica, y toda la labor de su
vida dedicóse a la flora de la América Central; pero lo que unía a esos hombres
de intereses tan dispares y, además, sin un método de trabajo productivo, era
la misma ansia que dio origen al surgimiento de diversos grupos por toda
Europa: la esterilidad de las universidades, lo inadecuado de sus cursos, la
resistencia de los estudiosos oficiales a las nuevas ideas. El esfuerzo común
de los “linceanos”, según expresión de Cesi, era “luchar contra el
aristotelianismo en toda su extensión”, lo que, por supuesto, implicaba mirar
hacia otra parte en busca de una inspiración filosófica; y, entre los sistemas
respetados, no podía ser sino el de Platón. Justamente mientras sus amigos los
jesuitas “inclinados hacia la ciencia”, abatían las compuertas y aferraban su
teoría a los lugares comunes más garantizados de la doctrina peripatética,
algunos linceanos revivieron una veta del platonismo romántico del
Renacimiento, que abría su imaginación a la aventura intelectual.
Es así como vemos ensayar de nuevo la paradoja del naturalista que rehúsa
reconocer al naturalista más ilustre de la antigüedad y se vuelve en busca de
guía al profeta que enseñara a huir de la naturaleza. Pero, por lo demás, ya
hemos visto las razones para ellos. Aristóteles había sido degradado por sus
epígonos, que lo convirtieron en maestro de sofismas, y su sistema vino a ser
adoptado por educadores, no tanto por su capacidad para organizar información
sino por su capacidad para disponer de ella.
No obstante su juventud, Federico Cesi era y continuó siendo el jefe del grupo
linceano. El mundo romano lo respetaba no sólo por su título sino por su juicio
sereno y maduro. Convertido en portavoz de Galileo sería su consejero y apoyo
en el difícil período posterior.
Galileo hallábase absorbido entonces por la gigantesca tarea de establecer los
períodos de los satélites de Júpiter, que los jesuitas trataron de fijar en
vano, y centenares de observaciones datan de ese año. Pero él consideraba como
tarea principal educar a la opinión, de manera principal a través de cartas
dirigidas a personas colocadas en posiciones de influencia. En consecuencia,
procedió gradualmente, dejando a un lado la concepción copérnica y no tocando
sino las conclusiones sobre las cuales existiera abrumadora evidencia directa,
como las montañas de la Luna. Por medio de semejante aproximación (que más
tarde utilizó en el Primer Día de su Diálogo), podía esperar desmantelar la
posición aristotélica sin discutir acerca de sus principales dogmas; podía
demostrar que toda esa charla convencional acerca de las esferas perfectas y
sustancias celestes cual gemas, no era otra cosa que vulgaridades literarias
más bien que una conclusión filosófica considerada[17].
Empero, pocas eran sus ilusiones acerca de la recepción de parte del pueblo,
aún tratándose de ideas tan simples. Únicamente esperaba que fueran penetrando
muy poco a poco. Los mismos que saludaron jubilosos sus descubrimientos
levantaron obstáculos al considerar sus consecuencias; y, siempre que
experimentaba demasiada confianza, ahí estaban sus amigos para recordarle. De
tal manera, Paolo Gualdo, en quien confiaba, escribíale en mayo de 1612:
Tocante
la rotación de la Tierra no he tropezado hasta la fecha con ningún filósofo o
astrólogo dispuesto a suscribir la opinión de Usía, y mucho menos un teólogo;
en consecuencia, tened la amabilidad de meditar cuidadosamente antes de
publicar esta opinión de manera afirmativa, ye que tantas cosas que no es
prudente afirmar pueden proferirse por vía de dispute.
Mas,
al recibir esta prevención, Galileo había realizado ya un nuevo descubrimiento
del que consideraba daría pausa incluso al más obstinado. Al observar las
manchas del Sol, que recién acababa de descubrir, vio que pertenecían al mismo
globo solar y no eran cuerpos oscuros que se movieran a su alrededor, como
había sugerido el padre Scheiner. Con ello fue establecida la rotación del Sol,
a la vez que su desviación de los cánones de perfección e inmutabilidad
establecidos. “Esta novedad”, escribió a un amigo, “bien puede ser el funeral,
o más bien el juicio final de la pseudo-filosofía”.
Las Cartas sobre las Manchas Solares, publicadas en 1613, luego del retorno de
Galileo a Florencia, y bajo el patroéinio de la Accademia dei Lincei, son
totalmente copernicanas. Se trata de la primara admisión libre de que la nueva
teoría constituye la única para la cual los descubrimientos del telescopio
poseen sentido.
Fortalecido por el reconocimiento oficial, ve abierto el camino hacia el gran
cambio. En esta hora meridiana de su vida concluye triunfalmente su tercera y
última Carta Solar: “Saturno y Venus aportan de manera maravillosa su
contribución a la armonía del gran sistema de Copérnico, a cuyo total
descubrimiento ayudan vientos favorables, con una escolta tan resplandeciente
mostrando el camino, que ya no debemos temer más la oscuridad y las tormentas
desfavorables”.
Esto fue escrito el 19 de diciembre de 1613, tres semanas después de que la
clerecía hubiera lanzado su primer ataque abiertamente.
Arrojado
evangelista en verdad, lleno de elevada divinidad;
De fijo, si no hubiere más que sus desagradables modales
Es suficiente para malograr todo lo que a ella se refiera.
APOLOGÍA (Rey Jacobo I)
I
El
padre dominicano Lorini, profesor de historia eclesiástica de Florencia, fue
quien tomó la iniciativa. Al predicar el Día de Difuntos del año 1613,
arremetió contra las nuevas teorías en los términos más inconvenientes. Llamado
a capítulo por haber quebrantado la costumbre, escribió una trémula carta de
disculpa: aseguró que jamás había mencionado a la ciencia en su sermón. “Fue
posteriormente, durante una discusión y con el fin de no permanecer como un
leño, cuando dijo dos palabras a efectos de que la doctrina de ese Copérnico, o
como se llamara, estaba contra la Sagrada Escritura”.
De manera que los monjes se habían echado por el sendero de la guerra después
de todo; Cigoli había estado en lo cierto al prevenir, un año antes, acerca de
sus ocurrencias en Roma. Pero eso era de esperar. Los monjes siempre se
agitaban con motivo de algo: rentas, privilegios, libros, jurisdicción,
querellas personales o la resistencia de algún funcionario a sus sempiternas
reclamaciones. Galileo había adoptado la precaución de “verificar señales” en
el Vaticano. El cardenal Conti, a quien suplicara orientación, le había escrito
en julio de 1612 en el sentido de que “las manifestaciones de la Sagrada
Escritura iban más bien en contra que a favor del principio aristotélico de la
inalterabilidad del firmamento, siendo diferente el caso con la doctrina de
Pitágoras acerca de la revolución de la Tierra”. Una especie de movimiento
“progresivo” era admisible, según la palabra de un erudito doctor que había
hablado de imperceptibilis motus, pero una rotación no parecía estar acorde con
las Escrituras, a menos que fuera asumido que meramente adoptó el modo
acostumbrado de expresión. Pero, agregaba Conti, eso era un método de
interpretación para ser adoptado tan sólo en caso de una necesidad. Las
sugestiones en favor de Copérnico de Didacus à Stunica no habían sido aceptadas
en general.[18]
Ello significaba, en suma, que las autoridades mostrábanse dispuestas a la
persuasión, si alguien producía una “necesidad” adecuada. Esto fue exactamente
lo que Galileo experimentó que podía hacer en los próximos años. Ignoraría al
monje, lo mismo que cierta actividad hostil que sabía centrábase en el
arzobispado de Florencia. Mientras contara con el favor de la Curia Romana, el
camino continuaría abierto.
Empero, había una cosa ignorada por Galileo. El mismo cardenal Bellarmino,
principal teólogo de la Iglesia, no lo perdía de vista. Había oído hablar mucho
del científico en Roma y hasta observado a través del telescopio, todo lo cual
había hecho recaer su atención en el problema de Copérnico. No le resultaba
claro el significado de los descubrimientos y no era hombre que formulara
juicios apresurados. Mas Bellarmino no era amigo de “novedades” o de
sensaciones que no fueran edificantes. Ya existía bastante confusión en el
mundo. Dieciséis años atrás habíale tocado la penosa labor de componer la
resolución que llevó a Giordano Bruno a la muerte en la estaca. Es de reconocer
que muy poco más podría haber hecho, ya que Bruno continuó en todo instante y
hasta el final como apóstata impenitente. Pero a eso, terminaba, era a lo que
puede conducir al individuo la exaltación “pitagórica”; y ahí estaba ahora
resurgiendo la misma astronomía pitagórica, si bien con ropaje más respetuoso.
De seguro que Galileo estaba haciendo sensación en Roma.
Al observar las fechas, puede verse lo que atravesaba por la mente de Bellarmino.
Al preguntar el 24 de abril de 1611 al padre Clavius si los descubrimientos
eran serios, se Je contestó de modo afirmativo. Unos días más tarde concedió
audiencia a Galileo y trató de formarse opinión sobre el hombre durante el
cambio de cortesías y demostraciones usuales. El 17 de mayo, según conocemos a
través de los archivos secretos, durante una reunión de la Congregación del
Santo Oficio[19] introdujo
un pequeño ítem en la agenda: “Véase (videatur) si en los procedimientos contra
el doctor Cesare Cremonini existe alguna mención de Galileo, profesor de
filosofía y matemáticas”. Eso es todo, y no condujo a nada; el mismo Cremonini
jamás fue sometido a proceso. Pero por la misma situación fuera de lugar, dicho
ítem es revelador. Cremonini no tenía nada que hacer con Galileo, salvo que
había disputado con él. Era aristotélico furibundo, uno de los pocos que en
verdad rehusara mirar a través del telescopio[20], Para
Cremoni eran un fastidio y Galileo parecía como si fuera a convertirse en otro.
En el lenguaje del estado moderno, tal cosa se conoce como señalar por
características objetivas. Algunos meses más tarde, el cardenal dijo
confidencialmente al embajador toscano: “Por mucho respeto que debamos al Gran
Duque, si Galileo hubiese permanecido aquí más tiempo no podríamos sino haberle
llamado la atención”[21].
Lo cual, en su imaginación, nada tenía que ver con el problema científico,
hacia el que siempre conservaba lo que consideraba una actividad abierta. Mas
su posición distaba mucho de ser la que seguimos diciendo afectuosamente en
nuestro tiempo que solamente los acontecimientos subsiguientes podrán aclarar.
Para el mismo Galileo fue difícil medirla y así prosiguió hasta el final.
II
Los
amigos de Galileo le daban consejos contradictorios, diciéndole unos que
prosiguiese sus descubrimientos y renunciase a la controversia cosmológica, y
otros que era el momento de salir a la palestra con demostraciones convincentes
y colocar de su parte a los expertos jesuitas. Era bastante cierto que el viejo
padre Clavius vacilaba en su posición tolemaica durante aquellos últimos meses
de su existencia[22] y que
los otros, Grienberger, van Maelcote, Lembo, no serían difíciles de
persuadir.
El padre Campanella, el belicoso confusionista permanente y generoso, le
escribió desde su calabozo de Nápoles (eran tiempos felices en que podía
mantenerse correspondencia filosófica desde las prisiones de la policía
secreta): “Todos los filósofos del mundo reciben la ley de vuestra pluma,
porque en verdad resulta imposible filosofar sin un sistema del mundo
asegurado, tal como esperamos de usted… Ármese con la perfecta matemática,
abandone los demás asuntos y no piense sino en éste; porque no sabe si mañana
habrá muerto”.
Figura 1. El sistema de Tolomeo. Estos dibujos han sido trazados para
señalar la similitud de lo complejo entre los sistemas de Tolomeo y de
Copérnico. Una mirada, aunque sólo sea fugaz, nos convencerá, que ninguno de
los sistemas es esencialmente más simple en el terreno de la geometría que su
competidor. El dibujo resulta imposible de trazar con exactitud en cuanto a
dimensiones radiales, pero se ha tenido un cuidado especial en los centros de
las órbita planetarias en relación con el zodiaco. De tal manera, si en el
diagrama de Tolomeo se traza una recta desde el sol hasta el punto situado
debajo de “A” en “TIERRA”, el punto que constituye el centro de la órbita solar
se verá que se halla entre los centros de rotación de Venus y Marte,
precisamente como requiere la teoría geocéntrica de Tolomeo. Los sentidos
relativos de rotación de los epiciclos sobre sus círculos imaginarios y los
planetas sobre los epiciclos, son indicados con flechas. Las distancias
planetarias continúan siendo arbitrarias, lo que no sucede con Copérnico.
Figura 2. El nuevo sistema tal como fue concebido por Copérnico. En el
sistema copernicano, el Sol aparece en el centro del escenario, pero los
verdaderos centros de rotación momentáneos se arraciman alrededor del centro
momentáneo C, de la órbita de la Tierra. En este sistema, se trató a Mercurio
de una manera única, equilibrado sobre el centro del epiciclo, en lugar de
viajando sobre el epiciclo. Los símbolos planetarios son los siguientes:
Eso
era lo que a Galileo le hubiera gustado realizar, pero, visto cuanto nos ha
sido posible penetrar a través de sus pretextos, no se sentía presto aún para
una demostración de fuerzas. Las pruebas astronómicas eran brillantes, mas
conocía mejor que nadie que la hipótesis de Copérnico permanecería tal como
había sido para su iniciador… un formal diagrama para ser aceptado únicamente
por razones ópticas o cinemáticas, sin una filosofía natural en que enmarcarla.
Lo que Galileo necesitaba y no tenía era un Newton, y no contaba sino con
Copérnico, matemático no convencional, imaginativo y místico. De fijo que
contaba igualmente con Kepler, el “astrónomo de César”, valiente luchador
además, pero peligroso visionario y por mala fortuna protestante a la vez. Contra
los principios físicos de la cosmología convencional, que siempre eran sacados
a relucir en contra suya, necesitaba igualmente un sólido juego de principios
—en verdad más sólidos— porque no apelaba a la experiencia ordinaria y al
sentido común como sus oponentes. No era su deseo aparecer ante los ojos de sus
enemigos como uno de “estos matemáticos que avanzan llenos de alegatos contra
las nuevas teorías naturales, en tanto se ven desprovistos de toda filosofía”.
Por eso insistió siempre en que había dedicado más años al estudio de la
filosofía que meses ni de las matemáticas.
Debe reconocerse que sus oponentes contaban con un punto fuerte: las teorías de
los astrónomos jamás habían tenido ningún sentido físicamente, y ello se
aplicaba aún a ambos campos. Los antiguos astrónomos tuvieron el buen sentido
de presentar solamente modelos matemáticos abstractos (figuras 1 y 2). Ese
Copérnico, se les decía ahora, tomó sus ideas como verdad física. Pero,
entonces, ¿cómo explicaba los epiciclos que aún llenaban su diagrama, nada
menos que en número de treinta y cuatro?[23]. Debe haber
estado pensando que, a través de alguna gracia especial, los círculos
abstractos movíanse por sí mismos. En verdad lo pensó, sin hallar mejor
explicación que ésa. Con la despreocupación del sabio, dejó que sus sucesores
llenasen los huecos de su teoría.
Los aristotélicos —al menos algunos inteligentes que dejaron a un lado el
intento sin entusiasmo de su maestro en cuanto a un mecanismo de esferas—
podían alegar bien que aquí se demostraba la firmeza de la política de
Aristóteles en general, que evadió esas construcciones. Siempre atentos a poner
en orden el mundo, era suficiente para ellos demostrar la naturaleza inmutable
de la sustancia celeste y después asignarle figura y movimiento local, en tanto
en la sustancia terrestre, siempre en proceso, ocurrían formas de movimiento
más completas y adecuadas. Podía haberse dicho del cielo como dijo Pascal más
tarde de la física: “Se diría que está hecho con figura y movimiento; pero
expresar qué, y construir el mecanismo, carece de sentido porque es difícil,
incierto y trabajoso”. Los aristotélicos podrían haber agregado: “e imposible”.
Porque no es posible llegar hasta el cielo, y lo que de éste podemos saber es
estrictamente limitado. El filósofo habría de legislar acerca de principios
generales y de atribuciones en el universo, y dejar al astrónomo que presente
una variedad de modelos abstractos (¿no había presentado Tycho uno nuevo?)
apropiados para “salvar los fenómenos” sin complicar al filósofo en su
imposible suposición; del mismo modo que el movimiento local de la Tierra
debiera clasificarse en unos cuantos tipos, tales como natural y violento, y
dejar los demás detalles para el “mecánico u otro artista inferior”. El
firmamento permanece inaccesible, incluso con el telescopio, y ya sabemos demasiado
acerca de engañosos efectos ópticos. ¿Deberíamos subvertir ahora el vasto y
documentado discursear de las escuelas, que nos permite explicarnos de manera
ordenada la naturaleza, la vida y el alma misma —y encaja de modo tan bello con
la Verdad revelada— para lanzamos a un mar de paradojas y de conclusiones
antinaturales, simplemente porque se ha presentado un hombre provisto de dos
lentes y un trozo de tubo?
El argumento, tal como lo hemos presentado, no es tan hueco como parece.
Podemos comprender mejor semejante situación refiriéndonos a problemas
modernos. La cosmología es, y se espera que continúe siendo, una ciencia
conjetural, porque debe resultar seguro manifestar que jamás conoceremos nada
definitivo acerca del universo como un todo y que, en efecto, tal como pensaba
Galileo, la extensión de la ignorancia reconocida aumentará con el adelanto de
la ciencia. Comte quería suprimir tal especulación no hace más de un siglo.
Suponiendo ahora que el sector gobernante de opinión pública resolviese que tal
especulación es, en algún modo esencial, peligrosa para la estabilidad social,
resulta sencillo advertir lo que seguiría. En una sociedad metafísica como la
nuestra, el universo es cosa de poca monta, y la economía ortodoxa ha
reemplazado a lo religioso, mas la respuesta al alerta en aquel campo está tan
pronta o más aún.
Galileo sabía su imposibilidad de oponer aún adecuadas razones propias a ésas
recién mencionadas de alta política. Tenía, además, una filosofía natural capaz
de proporcionar la mayor parte de las respuestas, pero estaba contenida en sus
dinámicas y no se había organizado todavía lo suficiente. (Sería concluida más
tarde —demasiado para que le sirviese de ayuda— en el Discorsi de 1638).
Conocía su posibilidad de probar eventualmente que el movimiento en el
firmamento obedece a las mismas leyes que en la Tierra, que esas leyes son
matemáticas, porque el libro de la naturaleza se halla escrito en forma de
ecuaciones y no en forma de discurso integrado con sentencias predicativas,
donde los nombres representan sustancias y los adjetivos cualidades. Ese libro
con siete sellos, una vez descifrado, nos trajo asombrosas conclusiones: no
existe diferencia entre cielo y Tierra; estamos en el cielo y éste en la
Tierra. La agradable disposición “arquitectónica” de las sustancias, da paso a
la grandiosa y misteriosa unidad de la ley matemática, que arranca de los
primeros principios desconocidos para nosotros y nos lleva a conclusiones
imprevisibles; pero debemos seguirla doquiera nos lleve, confiando en que Dios
y Natura saben mejor que nosotros lo que es mejor.
Antes de que Galileo saliese a campo abierto con su filosofía turbadora,
experimentó la necesidad cie una física organizada en apoyo de sus
contenciones. El “inmenso proyecto” habíase vuelto más inmenso cada vez. Quizá
debía ser precedido, más bien que seguido, por los volúmenes Del Movimiento.
Tal lo que referimos de sus pensamientos, al enviar respuestas dilatorias a sus
amigos que lo instaban a salir con su Sistema del Mundo.
III
Por
el momento experimentaba que lo mejor sería continuar con su actitud
semiperiodística, sacudiendo el sistema de sus oponentes en los puntos más
débiles, convirtiendo a los hombres influyentes, creando un clima de opinión
favorable. Sabía su capacidad de persuasor invencible en amistosa discusión,
pudiendo esquivar los puntos delicados al elegir su propio terreno y sorprender
y salir victorioso mediante osadas admisiones. Es así como contesta al príncipe
Cesi, que había dicho de su buena disposición a favorecer el sistema de
Copérnico, siempre que de él se suprimieran los excéntricos y los epiciclos:
“No deberíamos desear que la naturaleza se ajustara a lo que nos parece
dispuesto y arreglado del mejor modo, sino más bien debiéramos ajustar nuestro
intelecto a sus obras, puesto que ciertamente son las más perfectas y
admirables, y todas las demás construcciones se revelarían eventualmente
desprovistas de elegancia, incongruentes y pueriles… Si alguien quiere negar
los epiciclos, tendrá que negar el sendero de los satélites de Júpiter… Los
excéntricos existen, porque ¿qué otra cosa significa el sendero de Marte, según
las mejores observaciones?”[24].
Así trataba de vencer las dudas de su amigo, esperando que éste no se percatara
cie que los epiciclos oficiales eran algo diferente por completo, no, como
ocurría con Júpiter, los senderos de verdaderos satélites en movimiento
alrededor de un auténtico planeta, sino meras invenciones geométricas en
movimiento alrededor de centros imaginarios… pero, por lo demás, eran tantas
las cosas de que ya se hallaba seguro, aunque sin poder probadas aún, que un
poco de ilusionismo parece excusable[25]. Según su
expresión, no se echa abajo una casa en perfecto estado porque la chimenea
ahúme.
Debería agregarse, además, que tenía que afrontar algunas ilusiones peligrosas
más del otro lado. Los jesuitas, siempre corteses, habían mostrado cierta
tendencia a retirarse fuera de todo alcance; y fue, lamentablemente, Tycho
Brahe quien les proporcionó la salida más fácil. Contaban con sus buenas
razones. Somos dados a olvidar que el antiaristotelismo había sido durante
largo tiempo un movimiento muy confuso en verdad. Ramus, el adversario de la
escuela, había pedido en 1569 una astronomía sin teorías basadas ab initio en
observaciones. Tycho, por entonces en sus veinte y tantos, pudo contestar bien
que las teorías eran necesarias para dirigir la observación. Eventualmente
sugirió una teoría que salvó la mayor parte de los fenómenos, haciendo girar a
los planetas alrededor del Sol y al astro rey alrededor de la Tierra inmóvil.
Fue otro esquema puramente geométrico, que dejó intacto el cimiento de la
filosofía oficial y las manifestaciones de las Escrituras. Lo cual hizo más
dificultosa la labor de Galileo y explica la amargura por él manifestada contra
Tycho en su Diálogo. Hasta llegó a negarse a considerar un solo instante la
variante de Tycho como “tercer sistema”. Esta no era para él sino una miserable
artimaña introducida a último momento. Mas no pudo impedir que los jesuitas
pensaran —o al menos dijeran— que si esta invención geométrica resolvía la
mitad de las dificultades, otra más podría posiblemente resolver la otra mitad.
Esto no era una verdadera excusa, pero sí capaz de resultar de gran utilidad
para mentes que no sabían dónde dirigirse. En su carta a Clavius, del 12 de
marzo de 1610, Galileo había descrito cuidadosamente las razones que volvían al
sistema de Tycho anticuado sin remedio[26]. Podía
probarse que el sistema resistía tan poco el telescopio como el de Tolomeo.
Pero no es posible persuadir a quien no quiere ser persuadido.
Sé presentó por sí misma otra oportunidad de atacar un flanco desguarnecido. Un
día caluroso del mes de agosto de 1612, Galileo se hallaba sentado a la mesa
del Gran Duque, en unión de otros caballeros cultos, y la conversación se
derivó, por así decirlo sobre las virtudes del hielo. Un doctor explicó que el
hielo es más pesado que el agua, puesto que es agua condensada y que flota
debido tan sólo a su forma peculiar, tal como la aguja o el metal en planchas
se sustentarán sobre la superficie del agua, en ocasiones. Galileo interpuso
algunas objeciones y prosiguió la discusión. Esta se convirtió finalmente en una
extensa polémica a la que los profesores aristotélicos se lanzaron con furor, y
en una sesión casi se trabaron a golpes con algunos de sus oponentes. El propio
cardenal Matteo Barberini, que se hallaba de visita, participó con deleite,
colocado abiertamente del lado de Galileo. De esa polémica, y a instancias del
Gran Duque, nació el Discurso sobre los Cuerpos Flotantes, en el que Galileo
aportó su contribución fundamental a la hidrostática, según el modelo de
Arquímedes. Actuando como de costumbre en el apuro del momento, no había
perdido de vista su objetivo. Los profesores habían sido puestos en descubierto
como torpes de ingenio y se habían retirado furiosos para redactar comentarios
eruditos. Entretanto, Galileo había cavado un poco más los cimientos de su
física.
Los galileístas iban creciendo igualmente en número. Observó que desde su
Discurso muchos caballeros florentinos se habían dedicado al estudio de las
matemáticas, “porque sin ellas la imaginación carece de alas para elevarse a la
contemplación de la naturaleza”[27]. Fue en
verdad difícil resistir el atractivo de nuevos descubrimientos. “¡Oh,
perspicilo poderoso conocedor”, exclamó Kepler, “más precioso que ningún cetro!
Quien lo sostiene en su mano derecha es un verdadero rey, gobernante del
mundo…”.
Había algunos —sigue habiéndolos ahora— inclinados a sentir que el imperio se
había ganado por un capricho de la suerte. Pero no era del todo así. En primer
lugar, la fabricación de un telescopio eficiente exigía pensamientos físicos
bastante adelantados. El mero descubrimiento de que dos lentes acercaban los
objetos había sido en realidad un halago de la suerte para un simple aprendiz
de óptica. Pero las lentes ordinarias utilizadas para los anteojos podrían no
haber mostrado absolutamente nada en el firmamento y fue entonces cuando
Galileo ideó un método mediante el cual podrían ser montados correctamente
comprobándolos sobre una estrella… y luego enfocó su instrumento sobre Júpiter.
Imaginemos el telescopio en manos de un Giambattista della Porta o algún otro
de sus tan conocidos contemporáneos y comprenderemos hasta qué punto su
importancia se relacionaba con la personalidad intelectual de su autor. Como
hace notar Olschki con todo acierto:
“El
dominio que el pensamiento de Galileo ejercía sobre todas las ramas del saber y
la aplicación no fue tanto resultado de su pluralidad de inclinaciones como de
su gran capacidad para el ‘toque común’ y su influencia personal en la
formación intelectual de generaciones que vieron en su persona una encarnación
de la sabiduría, un conductor y una figura maestra. Y lo hicieron así porque en
las realizaciones y en los pensamientos de Galileo reconocieron su interés por
la humanidad toda, y no solamente el fruto de los eruditos esfuerzos de un
especialista. Los reproches de vanagloria, impaciencia y pagado de sí mismo que
se le asignan, aun en nuestro tiempo, por dejar su estudio en pos del escenario
público fallan por su base si lo consideramos en su propio mundo y se
convierten en juicios de poca monta o en hipocresía”[28].
Por
nuestra parte podemos agregar… como resultados de una enemistad que no se
abate…
Galileo debía ser considerado en verdad, como hemos intentado demostrar, como
el último gran líder del Renacimiento; su atracción hacia el pueblo continúa la
lucha de Leonardo contra las pre-concepciones de los eruditos y las “Salas de
Vana Disputa”. Era todavía el mundo del Renacimiento el que lo rodeaba, con su
curiosidad y su agitación, sus vivas controversias, su violento envolverse en
grandes disputas, sus jurados populares de arte y su interés en tecnología; era
la marea social de los nuevos tiempos lo que le proporcionaba su poder[29].
Todo el sistema de las escuelas se hallaba en peligro. Ello explica el súbito
ablandamiento de la oposición al formar una suerte de mutua defensa, lista para
todo. Se percató de que no había tiempo que perder en llegar a un acuerdo con
el enemigo peligroso mediante un fait accompli. Arribaron a la conclusión de
que el primer paso sería lastimarlo en la corte, donde radicaba su gran fuerza,
excitando contra él la severa piedad de la Gran Duquesa Viuda, Madama Cristina
de Lorena. En marzo de 1613, con un confesor y un profesor peripatético,
Boscaglia, que actuaban juntos en extraña colusión, se presentó la oportunidad
durante una comida palaciega en Piasa, en la que el padre Castelli fue
desafiado por la Gran Duquesa en relación con la ortodoxia de la teoría
copernicana. Castelli, alma ingenua, mordió el anzuelo y contestó
vigorosamente, valiéndose de su autoridad como teólogo. La Gran Duquesa se
apaciguó. Mas Galileo advirtió que debía a su discípulo, lo mismo que a la Gran
Duquesa, dar un paso adelante y asumir la responsabilidad de una manifestación
considerada seriamente y que protegiese el buen nombre de todos contra esas
provocaciones organizadas. En el alma recta del benedictino Castelli existía a
su vez la voluntad, compartida por Galileo, de no permitir que una cuadrilla de
chantajistas comprometiera a la Iglesia en beneficio de éstos.
La “conspiración” de que Galileo habla tan a menudo no es cosa imaginaria. Se
llamó a sí mismo “Liga”. Había varios hombres en la lista, comprometidos en una
acción más o menos concertada, como Boscaglia, Coresio y D’Elci en Pisa, el
astrónomo Magini en Bolonia, Grazia y el Arzobispo en Florencia, junto con una
serie de dominicos anónimos en Roma. Pero la dirección agresiva pertenecía el
triunvirato Lorini-Caccini-Colombe, del que nos ocuparemos más tarde. De la
relación entre Colombe y el padre Caccini, poseemos prueba positiva en las
cartas dirigidas por Matteo Caccini a su hermano: “Fue una necedad (por
Tommaso) dejarse envolver en este asunto por esos palomos (colombi)”[30].
IV
Por
lo demás, Galileo era demasiado astuto para no comprender que sus enemigos
trataban de arrastrarlo al terreno de la controversia. Su respuesta en forma de
Carta a Castelli (diciembre 13, 1613), que habría de circular entre sus amigos,
fue un modelo de restricción y de habilidad dialéctica[31].
Roberto Bellarmino en 1604, a los cincuenta y dos años de edad. La vista es
desde su palacio cerca de Santa María in Via; al fondo la columna Antonina.
Galileo
recuerda siempre a sus lectores en primer término que las Escrituras, aunque
verdades absolutas e inviolables en sí mismas, han sido siempre interpretadas
como si hablasen en sentido figurado en muchos puntos, como cuando mencionan la
mano de Dios o la bóveda celeste, y que es nuestro deber interpretarla de
manera que ambas verdades, la de la naturaleza de Dios y la de Su escrito,
jamás parezcan en conflicto. ¿Por qué, pues, deberla utilizarse la Sagrada
Escritura para apoyar la opinión de ciertos filósofos falibles contra otros,
poniendo en peligro su autoridad? “Porque, ¿quién pondría límite a la
imaginación del individuo? ¿Quién osaría aseverar que conocemos todo lo que hay
que conocer? En consecuencia, bueno sería no recargar los artículos concernientes
a la salvación y al establecimiento de la fe —contra los que no existe el
peligro de que se suscite jamás una contradicción válida— con interpretaciones
oficiales más allá de lo necesario; mucho más cuando la respuesta proviene de
gentes de quienes se permite dudar que hablan bajo inspiración celestial,
mientras observamos con la mayor claridad que se hallan totalmente desprovistos
del entendimiento que les sería necesario, no diré que refuten sino que, en
primer término, abarquen las demostraciones ofrecidas por la ciencia”.
Benedetto Castelli, discípulo y corresponsal de galileo
“Las
Escrituras”, prosigue, “se ocupan de los asuntos naturales de manera tan
cursoria y alusiva que parece como si no quisieran recordamos que su misión no
se relaciona con ellos sino con el alma y que, en lo que se refiere a la
naturaleza, están dispuestas a ajustar su lenguaje a la mente sencilla del
pueblo”. “Y, en verdad”, agrega Galileo con un brillante giro dialéctico, “es
evidente que lo expresado acerca de la detención del Sol por parte de Josué en
Gibeon, no puede haber significado tal cosa literalmente si aceptamos la
interpretación oficial geocéntrica; porque debe reconocerse, según Tolomeo, que
el movimiento diurno del Sol, así como el de los demás astros y planetas,
depende del primum mobile. En consecuencia, si no podía descomponerse el total
de los movimientos celestes, debe entenderse que Josué detuvo el primum mobile.
Por otra parte, al adoptar la teoría copernicana podríamos hasta comprender las
palabras literalmente; porque, si admitimos que el Sol produce la revolución de
los planetas, que se halla en el centro, podríamos concebir que, al detener el
Sol, Josué había detenido durante tres horas todo el sistema solar sin alterar
sus respectivas posiciones”.
No es necesario decir que esto supone rápidas fintas más bien que buena
ciencia. Frente a gente que no pensaba sino dialécticamente, Galileo tiene que
ser algo sofista para ganar tiempo a su vez. Primero ataca demostrando que la
teoría oficial griega no encuadra en realidad en la historia de la Biblia, como
se creía; luego sugiere que una teoría más moderna tal vez se adaptase mejor.
Puesto que en verdad no existe ninguna que se adapte, tiene que inventar algo.
Mas la idea, antes bien kepleriana, adoptada aquí de una fuerza rotatoria que
emane del Sol, niega su propia teoría del movimiento planetario como inerte y,
por otra parte, no explica lo más mínimo la rotación diaria de la Tierra. Con
todo ello, la sugestión no se halla en manera alguna en el punto muerto de la
mala fe casuista común entre sus adversarios. Es una brillante intuición de
fuerzas desconocidas de las que se esperaba diese algún día su explicación la
Sagrada Escritura, ya que habría una explicación, casi axiomática para Galileo.
No era ciencia, mas tampoco mala ficción. Era fe en la conciliación y esperanza
de la ciencia.
V
Por
desgracia, él mismo proporcionó exactamente la oportunidad esperada por sus
enemigos. Estos proclamaron por doquier que había llevado un asalto contra la
autoridad de la Biblia e intentado mezclarse en asuntos teológicos. Pocos
habían visto la carta; muchos llegaron a pensar que sabían lo que contenía. El
obispo de Fiésole deseaba encarcelar a Copérnico y hubo de informósele que el
buen hombre había fallecido hacía tiempo. El padre Tomaso Caccini, monje
dominico con varios conocidos en la “Liga”, que ya había sido sometido a
disciplina por el arzobispo de Bolonia por escandalizar, vio una excelente
oportunidad para un nuevo escándalo. El 20 de diciembre de 1614 pronunció un
sermón en Santa María Novella, sobre el texto “Vosotros, hombres de Galileo, ¿por
qué miráis al cielo?”, anunciando que las matemáticas (viri Galilsei) eran cosa
del demonio, que los matemáticos deberían ser expulsados de los estados
cristianos y que esas ideas acerca de que la Tierra se movía hallábanse
próximas a la herejía, como aseveraba Serrarius, a más de muchos otros textos
eruditos.
La opinión educada se ha divertido siempre, a partir de ese instante, con las
excentricidades del padre Tomás. Hay, empero, dos cosas que parecen haber
escapado a la atención en su actuación más bien sin dolo. Una es que, si bien
no resultaba infrecuente que los predicadores arremetieran en su celo contra la
erudición académica y el saber de las universidades[32], no se
comenzaba a gritar herejía y condenación desde el púlpito, al menos hasta que
la posición correcta hubiera sido definida por Roma; y era bien sabido, en
cambio, que las autoridades mostrábanse con la mente enteramente abierta hacia
los nuevos descubrimientos. Otra es que Caccini, si bien hombre carente de
interés intelectual, no era ignorante, sin embargo. Acababa de presentar su
candidatura para el título de bachiller en artes. No ignoraba lo que había
detrás del encabezamiento “matemáticas” en el orden de estudios. Pero las
matemáticas, aunque más no fuera por sus atribuciones limitadas, habían sido
siempre teológicamente blandas como la lana. Toda dificultad existente debíase
a la filosofía, en la cual comprendíase la física, y que podía salir con toda
suerte de desviaciones ateas tales como el averroísmo, el atomismo, el
panteísmo y hasta el pitagorismo. Pero eso no era “matemática”.
Con objeto de que se comprendiera que estaba interesado en el sistema del
mundo, Galileo tuvo que explicar que en realidad era filósofo; y se movió hasta
obtener de Vinta que lo manifestara de manera tan explícita, de acuerdo con su
título en la Corte, que lo convertía en “Filósofo y Matemático Principal de Su
Alteza Serenísima”. Si el objetivo de Caccini había sido en realidad la teoría
heliocéntrica, sus hábitos de lenguaje habríanle hecho hablar de la “nueva
filosofía, que todo lo pone en duda”. En vez, dijo que las matemáticas y los
matemáticos eran todo cosa del diablo, y lo decía sabiendo que la imaginación
popular tomaba en su mayor parte a los matemáticos por astrónomos. El libre
empleo de este vocablo remontábase hasta las postrimerías de la Edad Antigua, y
los príncipes tuvieron desde entonces “matemáticos en la corte” sin otra
finalidad verdadera que la formación de los horóscopos. Kepler sabíalo muy bien
y, aunque sincero creyente en la Astronomía, le apesadumbraba que se le pagara
sólo por eso. Ahora bien, puesto que la Orden de los Predicadores habíase
nombrado a sí misma “guardianes de la fe”, no era sino natural que se diese a
perseguir todo lo relacionado con la magia y la vana curiosidad, en el espíritu
de la instrucción apostólica Increpa illos dure. Caccini habíase arrogado ese
papel tan natural para promover mejor la confusión entre las nuevas ideas —para
las que ya se solicitaba un lugar en que fuesen aceptadas como ortodoxas— y
toda suerte de material subversivo y lleno de descrédito. Diecisiete años más
tarde, al ser reiniciada la campaña contra Galileo, ciertos caballeros de Roma,
anónimos pero bien adiestrados, recurrieron a la misma táctica inicial:
esparcir el rumor de que Galileo había predicho astrológicamente la muerte del
Papa.
No existía la menor posibilidad de que tales acusaciones hiciesen pie en la
corte, pero ello importaba poco. El plan principal, concebido al parecer por
Ludovico della Colombe en interés del grupo académico, era simple pero
efectivo: hacer que los monjes creasen escándalo y tumulto alrededor de
Galileo, obligando de tal modo a las autoridades de Roma, muy celosas siempre
en lo atinente a “escándalo”, a que adoptasen, por razones de orden público,
las medidas que al parecer no deseaban adoptar en relación con la teoría. Aún
no había sido inventado el nombre de provocateur, mas la trampa era tan vieja
como el mundo.
El sermón produjo el resultado previsto. La opinión florentina estaba
acostumbrada desde siglos a las maneras de los frailes, por ella considerados
con una variedad de sentimientos, nada amistosos, y calificados como ubicuos,
innumerables y que en gran parte se invitaban a comer a sí mismos. Por un
Savonarola o un San Bernardino, fue la conclusión, existía gran cantidad de
simuladores. Y esa misma opinión había producido una serie de proverbios
fáciles y nada respetuosos que cubrían la situación[33]. Lo que
ahora disgustaba a la opinión pública, y le hizo tomar nota de ello, fue que,
en su ansiedad por participar en la cose, el padre Tomás había atacado no al
individuo de poca monta sino a un miembro popular de las clases gobernantes,
amigo personal del Gran Duque, renombrado estudioso cuyos descubrimientos
merecieran el aplauso del papa y de los cardenales. En la sociedad
cuidadosamente escalonada de esa época, ello constituía un solecismo social de
gran magnitud, a menos que —como la murmuración se encargó de señalar
prestamente— Caccini contase con poderosos personajes que lo respaldasen,
actuando entre sombras. Pero ¿quién podría ser? La especulación y el rumor
llenaban a Florencia, y el efecto había sido alcanzado.
El padre Maraffi, predicador general de los dominicos, escribió una carta de
disculpa a Galileo. “Lamentablemente”, agregaba, “debo responder de todas las
idioteces (bestialità) que treinta o cuarenta mil hermanos puedan cometer y que
en verdad cometen”. Pero Galileo se mostró alarmado en esta oportunidad.
Algunos dominicos podrían estar de su parte, pero su sede central de Roma no lo
estaba decididamente. Habían estado trabajando en contra suya desde su visita a
Roma, y conocía cuán cerca se hallaban de la Inquisición personal.
Pensó con toda gravedad escribir solicitando una retractación, mas el príncipe
Cesi y su viejo amigo Piero Dini, arzobispo de Fermo, le urgieron con viveza
que dejase a un lado el asunto. El cardenal Bellarmino no se inclinaba
demasiado favorablemente. Podrían valerse de su solicitud en Roma, previno,
para consultar si sería permitida o condenada la nueva difusión de su opinión.
En tal caso, lo más probable sería su condena, ya que la escuela peripatética
contaba con mayoría allí; por lo demás, era muy fácil prohibir o suspender
mediante simple procedimiento administrativo.
Galileo comprendió que eso era exactamente lo que los integrantes de la Liga
habían venido preparando, por lo que se mantuvo en paz. Pero la operación en
contra suya penetró en la segunda fase, según lo proyectado. Los movimientos
iniciales lo fueron con el fin de arrastrarlo a la controversia teológica y
contraatacar más tarde con la creación de un escándalo. En el ínterin, Lorini,
el personaje que primero integró la lista contra los Ipernicus, no había
permanecido inactivo. Habiéndose procurado una copia de la Carta a Castelli, la
despachó el 7 de febrero de 1615 a ]a Inquisición, por intermedio del cardenal
Sfondrati, miembro de ]a misma. Y agregó los siguientes comentarios contra los
“galileístas”, sin mencionar jamás a Galileo por su nombre:
Todos
nuestros padres de este piadoso convento de San Marcos son de opinión que la
carta contiene muchas proposiciones que parecen sospechosas o presuntuosas,
como cuando afirma que el lenguaje de la Sagrada Escritura no quiere decir lo
que parece; que en las discusiones sobre fenómenos de la naturaleza el lugar
último e inferior debe ser acordado al texto sagrado; que sus comentaristas han
errado con frecuencia en su interpretación; que las Sagradas Escrituras no
deben ser mezcladas en asuntos que no sean de la religión…; que en la
naturaleza, la evidencia filosófica y astronómica es de más valor que la
sagrada y divina (cuyos párrafos Su Señoría hallará subrayados por mí en la
citada carta, de la cual le envió una copia exacta); y finalmente que, cuando Josué
ordenó detenerse al Sol en su carrera, se debe interpretar que la orden fue
impartida solamente al primun mobile, pues que este mismo es el Sol… No
olvidando un solo instante nuestro juramento de ser los “blancos y negros
sabuesos” del Santo Oficio… cuando vi que exponían las Sagradas Escrituras de
acuerdo con su conocimiento particular y de manera diferente a las
interpretaciones dadas por los padres de la Iglesia; que se esforzaron en
defender una opinión en apariencia completamente contraria a los textos
sagrados; que se expresaban en términos desdeñosos hacia los antiguos padres y
Santo Tomás de Aquino; que hollaban con sus pies toda la filosofía de
Aristóteles, que fuera de tan grande servicio a la teología escolástica; y,
para terminar, que para demostrar su habilidad estaban ventilando y diseminando
a los cuatro vientos de nuestra siempre católica ciudad un millar de descaradas
e irreverentes suposiciones; cuando, según digo, me percaté de todo ello,
resolví poner en conocimiento de Su Señoría este estado de cosas, de modo que,
debido a su santo celo por la Fe pueda, en unión de sus ilustrísimos colegas,
adoptar las medidas que se estime aconsejable… Yo, que sostengo que los
individuos que se llaman a sí mismos galileístas son hombres de orden y buenos
cristianos todos ellos, pero algo presuntuosos y engreídos en sus opiniones,
declaro que no me mueve en este acto sino mi celo por la sagrada causa.
Lorini
había desplegado adecuada caridad sacerdotal el describir a los errantes
personajes como “buenos cristianos todos ellos, pero algo presuntuosos y
engreídos en sus opiniones” (un poco sacoenti e duretti nelle loro opinioni).
Empero, otra cosa era lo que pensaba en lo íntimo de su corazón; eran almas
negras no merecedoras de justicia, y sí sólo dignas de compasión, y no debía
ahorrarse medios para su destrucción. Su celo inextinguible no le permitió
pensar al falsificar osadamente un par de herejías en su “exacta” copia de la
carta de Galileo en sus lugares más oportunos. Galileo había escrito: “Vemos en
las Escrituras palabras que, tomadas en su estricto sentido literal, parece
como si difiriesen de la verdad”. Lorini escribió, en vez: “que son falsas en
su sentido literal”. Galileo había escrito: “La Biblia no se abstiene de
sombrear (adombrare)[34] sus
dogmas más esenciales, atribuyendo a Dios cualidades muy lejanas y contrarias a
Su esencia”. Lorini cambió “sombrear” por “pervertir” (pervertire). El
asombrado inquisidor vióse obligado a comentar: “Vocablos tales como ‘falso’ y
‘pervertir’ suenan muy mal” (folio 341)[35]. Fueron casi
los únicos puntos en que encontró defectos en el texto, que, por lo demás,
parecía suficientemente ortodoxo. Aun así, agregó, podían ser interpretados
inocentemente dentro del contenido general. El intento de Lorini fracasó. El
informe puso en movimiento la maquinaria de igual modo. El Santo Oficio,
siempre vigilante, escribió el 26 de febrero de 1615 al arzobispo de Pisa y al
inquisidor de la misma ciudad, con instrucciones de que obtuviesen una copia
firmada de la Carta a Castelli “de manera hábil” y sin llamar la atención. En
consecuencia, el arzobispo mostró súbito interés en el problema doctrinal y
expresó su deseo de ver la carta, cosa que produjo gran placer a Galileo. Pero
los reflejos de prudencia de éste se interpusieron lamentablemente. A las
repetidas demandas de autorización enviadas por Castelli, respondió primero con
el silencio. Más tarde hizo llegar a su poder una copia sin firmar y con
instrucciones terminantes de que no la dejase de su mano[36]. El
arzobispo hizo que le fuese leída y, diplomáticamente, reconocióse satisfecho.
El primer reconocimiento no produjo casi nada; se halla cerrado por una
anotación de rutina de fecha 13 de marzo. Pero la tercera fase de la operación
combinada se presentó con absoluta oportunidad para dar a los inquisidores un
arranque más promisor que los anteriores. Llegado Caccini a Roma, allegóse
prestamente al Santo Oficio a través del cardenal de Aracelli, miembro del
mismo. En la primera reunión semanal, celebrada el 19 de marzo, accedióse a su
solicitud: “Sanctissimus dio orden de que fuese examinado el padre Tomás
Caccini, quien, al decir del cardenal de Aracelli, está informado de los
errores de Galileo, y suplica testificar sobre los mismos, para descargar su conciencia”.
Llamado al siguiente día, 20 de marzo, Caccini aligeró su alma. Sus
manifestaciones apenas merecen el honor de la historia; mas, visto que fueron
la evidencia principal en todo el asunto, deben darse a publicidad. La ciudad
de Florencia, reveló Caccini, hallábase repleta de “galileístas”, públicos
sostenedores de discursos impíos inspirados por su maestro, cosas tales como
que Dios es un ser inexistente y sólo un accidente, y que los milagros llevados
a cabo por los santos no son verdaderos milagros. Caccini se las arregló para
sugerir que tales abominaciones no eran sino lo natural en un individuo que
había escrito Cartas sobre las Manchas Solares, tan llenas de cosas
condenables, que pertenecía “a cierta Academia de los Linces”, que era amigo
del notorio Sarpi[37] y
mantenía correspondencia con matemáticos alemanes.
“¿Cómo estaba en conocimiento de todo eso?”. Le había sido manifestado por
Lorini, a más de cierto jesuita, quien también le puso al corriente de que
Galileo estuvo a un paso de ser arrestado por la Inquisición durante su visita
a Roma, en 1611. Hablaba movido por su celo piadoso, aseguró, y no le gustaría
que se supiese. Pero el padre Florini era la persona en condiciones de decir
más. Hasta podía mostrar una copia de cierta carta escrita por Galileo al padre
Castelli. Al ser interrogado más estrechamente, Caccini comenzó a cubrirse.
Acerca de las opiniones de Copérnico, podía confirmar el obispo de Cortona. En
cuanto a las proposiciones ateas citadas, manifestó haberlas sabido de su amigo
el padre Jiménez[38], quien dijo
haberlas oído a su vez “de ellos” en diversas oportunidades. “Y,
específicamente, ¿de quiénes?”. Bien, no podía recordar sino el nombre de una
persona, algo así como Attivanti… más bien joven y delgado. Lo había oído
discutir con el padre Jiménez. Érale imposible presentar pruebas, mas estaba
cierto de que el hombre era galileísta, puesto que también había sostenido las
teorías de Galileo. El padre Jiménez tenía que saber. En cualquier caso, éste…
podía hablar de seguro y decir que Galileo había enseñado estas dos
proposiciones: que la Tierra se mueve y no el Sol. “¿Conocía a Galileo?” No,
jamás había estado con él. “¿Tenía algo en contra de ese Attivanti?”.
Absolutamente nada. En su corazón no abrigaba sino afectos por todo el mundo.
Movíalo a hablar su celo por Cristo. —Se retira el testigo.
Mucho tiempo llevó localizar al padre Jiménez, español, pues se hallaba de
viaje, pero, cuando fue llamado a comparecer (noviembre 13), recogió la pelota
con gran destreza. Sí, era cierto, dijo, la existencia del lamentable escándalo
dado por los galileístas. “¿Quiénes eran?”. No los conocía muy bien. Había un
individuo, Giannozzo Attavanti, párroco de él conocido, que había manifestado
cosas terribles. Estaba seguro de que no había sido su ánimo decirlas en serio;
no era hereje, de seguro, ni lo suficientemente informado para poseer una
opinión seria. Debía haberla recogido de Galileo o de alguno de sus
partidarios. “¿Qué decía?”. Que Dios era un accidente y no existía sustancia de
las cosas ni continuidad de la cualidad, sino que todo era una discreta
cantidad compuesta de vacua (sic); que Dios era sensitivo, que lloraba y reía.
Pero ignora si ellos expresan sus opiniones o las de otro. “¿Dijeron que los
milagros atribuidos a los santos no eran milagros auténticos?”. No, no había
oído tal cosa. “¿Dónde y cuándo había oído tales opiniones?”. De ese joven
Attavanti, en diversas oportunidades, lo mismo en la planta alta que en la baja
del Monasterio de Santa María la Nueva. Él le había suplicado que no se expresara
de tal manera y representádole la enormidad de sus manifestaciones, pero así y
todo continuaba creyendo que el individuo no daba su opinión sino la de
Galileo. —Se retira el testigo.
Attavanti fue llamado al día siguiente e interrogado acerca de las condenables
proposiciones. Respondió con firmeza. El padre Jiménez, dijo, puede explicar
cómo aconteció. Discutíamos acerca de nuestras tesis y yo sostuve la parte
contraria, eddicos di gratia. Nos ocupábamos de la sección sobre absolutos, de
Aquino, Contra Gentes, donde se habla de esas cuestiones[39]. Jiménez les
dirá que fue así. Este otro debe haber estado escuchando e imaginado otra cosa,
porque en otra oportunidad, mientras yo le hablaba a Jiménez del movimiento de
la Tierra, salió de la habitación de al lado, gritando que eso era herético y
que iba a pronunciar un sermón en su contra, como lo hizo más tarde. Eso era
todo. “¿Conocía a Galileo?”. Sí, había estado con él en diversas oportunidades.
Hablaron de asuntos filosóficos, tal como el movimiento de la Tierra y de la
detención del sol en Gabaon. “¿Qué sabía de esas opiniones teológicas?”. Lo
consideré entonces como buen católico, pues, de lo contrario, el Gran Duque no
lo tendría a su alrededor. “¿Tenía algo en contra de Caccini?”. Nunca he
hablado con él, ni antes ni después, y ni siquiera lo conozco de nombre. —Se
retira el testigo.
La evidencia fue enviada a Roma. El oficial que la leyó a fines de noviembre,
utilizó su propio criterio acerca de esta roba fratina, como era frecuente
denominarla incluso dentro de la administración. El aun desprevenido Attavanti
había sido utilizado como pelele en un juego de confianza por sus dos
asociados. No había mucho interesante ahí[40], pero la
primera parte venía al caso. Marcó al margen, con trazos verticales de su
pluma, los puntos siguientes: Cartas sobre las Manchas Solares, Linces,
Matemáticas Alemanes, Sarpi, Galileístas, proposiciones. Más adelante subrayó
las palabras de Attavanti: muy buen católico, de lo contrario el Gran Duque no
lo tendría a su alrededor.
Sigue luego una nota en el archivo, fechada: noviembre 25, 1615, que transcribe
la decisión tomada ese día por la Congregación: “Véase las Cartas sobre las
Manchas Solares, por el dicho Galileo”. En la página siguiente, mas fechada
tres meses después, figura la convocatoria de los Calificadores el 23 de
febrero.
A esta altura, quisiéramos demostrar aquí, por vía de ejemplo, cómo surgen los
brotes y cómo quiere la casualidad que se escriba la historia sobre este tema
tan difícil. Tomaremos nada menos que al historiador padre J. Brodrick, S. J.,
que sobresale entre sus compañeros por el encanto de su estilo, su gusto
refinado y erudición discriminatoria, así como por el auténtico fervor
cristiano que cubre su tabor. Ahora bien, el padre Brodrick emite el siguiente
y considerado juicio acerca de la declaración de Caccini, que discute
brevemente, pero omite analizar:
“Todos
los indicios tienden a demostrar que Caccini fue hombre muy bueno y honesto,
aunque acalorado. Ya que se nos pide que aceptemos tanta evidencia de parte de
los amigos de Galileo, ¿por qué no se nos permite creer a uno de sus
adversarios para variar?”[41]
Esta
pregunta es bastante vana. Cualquiera aceptará éste o aquel detalle de la
declaración[42]. Somos
nosotros quienes preguntamos: ¿Por qué desea el padre Brodrick que el lector
crea su palabra de historiador en cuanto a que Caccini era hombre bueno y
honesto? Nadie pone en duda los motivos cristianos del autor, pero no necesita
preguntar por qué los historiadores que desean los hechos en toda su realidad
se han dado a confiar más bien en la estimación de la situación proporcionada
por Galileo y sus amigos. En el caso que nos ocupa, Galileo jamás conoció lo
declarado por Caccini, y ni siquiera se puso en su conocimiento que éste había
declarado contra él ante el Santo Oficio. Mas, cuando Caccini vino a hacerle
una visita de cortesía en Roma. algunos meses más tarde, escribió a Florencia:
“Esta persona pasó conmigo algunas horas con muchas demostraciones de humildad
e hizo todo lo posible por persuadirme de que no había sido el iniciador de
otra actividad aquí… pero de todos sus discursos vine a descubrir una
ignorancia muy grande, así como una mente envenenada y desprovista de caridad”.
En vista de lo que ahora sabemos, a través de los archivos secretos y muchas
otras fuentes, Galileo había adivinado exactamente.
VI
Las
idas y venidas arriba reseñadas tuvieron lugar en el mayor secreto, pero
Galileo era lo bastante hombre de mundo para saber que algo se había puesto en
movimiento. Cesi habíale aconsejado permanecer tranquilo en espera de que las
nubes se disipasen, pero, sabiendo lo que se arriesgaba, decidió correr un
albur ya calculado. Buscó intercesores. Escribió en febrero de 1615 y luego el
23 de marzo a su amigo, monseñor Dini, solicitándole que hiciese llegar sus
cartas a los matemáticos jesuitas, también al cardenal Bellarmino y, de ser
posible, al mismo papa. En esta oportunidad incluía una copia auténtica de la
Carta a Castelli, con el fin de poner todas las cartas sobre la mesa.
En estas últimas misivas no trasluce ya la suave ironía de la primera. En ella
se solicita con urgencia la suspensión de cualquier decisión; y puesto que la
Carta a Castelli, dice, fue escrita apresuradamente, solicita más tiempo para
redactar un meditado informe filosófico. En el índice se muestra muy interesado
en lo que Dini le dijera… que el heliocentrismo podía ser regulado para hacerlo
aceptable como simple hipótesis matemática. Ello podría apaciguar a los
matemáticos, expresa, pero es absolutamente contrario a lo que Copérnico había
querido demostrar. Había sostenido que su sistema era físicamente cierto; desde
entonces habíase acumulado evidencia en su favor y sería desastroso que la
Iglesia congelase la situación decretando que la física y las matemáticas
debían mantenerse en compartimientos separados y contraloreadas por el sentido
literal de las Sagradas Escrituras.
Pero puesto que Bellarmino, en su conversación con Dini, había citado al
salmista como que probó más allá de toda duda que el Sol se mueve, habiendo
expresado a su vez que placeríale saber la opinión de Galileo sobre ello,
Galileo vése obligado a penetrar de nuevo en el terreno teológico para
encararlo —no para la discusión entre el público, declara humildemente, sino
como un resumen sometido a las autoridades—. Un rayo cie luz celestial puede
llegar hasta el ignorante, si la intención es pura. Ofrece sus pensamientos a
su madre, la Iglesia; que sean destruidos, si tal es su decisión infalible. Lo
aceptará de buen grado.
Luego de esta premisa, Galileo sugiere que podría estar de acuerdo con las
Escrituras, concebir que las grandes fuerzas de la naturaleza, la luz y el
calor, encuentran su propio foco en el sol, situado en el centro. Debió haber
habido, expresa, algunas fuerzas primitivas esparcidas por el universo en los
comienzos, pues las Escrituras refieren del Espíritu que se mueve sobre la
superficie de las aguas, aun antes de la creación del firmamento, y dice en
cuanto a Dios: “Has creado el Sol y la luz”, refiriéndose a dos entidades
diferentes. Desde los primeros sabios hasta Dionisio el Areopagita, parece haber
existido el consenso de que la luz era el poder original, el más próximo a Dios
en naturaleza y analogía.
Ahora bien; el cardenal habíase referido al salmo diecinueve; Galileo no trata
de esquivarlo sino que se lanza resueltamente contra el famoso texto, para
buscar en el mismo, como hicieran sus adversarios, la confirmación de su propio
punto de vista:
Los
cielos cuenten la gloria de Dios y la expansión denuncia la obra de Sus manos.
El un día emite su palabra al otro día y la una noche a la otra noche declara
sabiduría.
No hay dichos ni palabras donde no es oída su voz.
Por toda la Tierra salió su hilo y al cabo del mundo sus palabras. En ellos
puso tabernáculo para el Sol.
Y El, como novio que sote de su tálamo, alégrese cual gigante para correr el
camino.
Del un cabo de los cielos es su salida y su giro hasta la extremidad de ellos;
y no hay quien se esconda de su calor.
La ley de Jehová es perfecta, que vuelve el almo; el testimonio de Jehová fiel,
que hace sabio al pequeño.
Esta
es, sin embargo, la versión del rey Jaime I. La Vulgata dice: “in sole posuit
tabernaculum suum”, que es más aceptable. Si el Sol es el tabernáculo del poder
de Dios, entonces, sugiere Galileo, ese poder está claramente representado aquí
por la luz y el calor que circulan por el universo, fecundándolo por completo.
Son ellos, más bien que el Sol, quienes pueden denominarse el “novio” y el
“gigante que recorre su camino”. Esto lo apoya con variadas y sutiles razones,
tal como “el novio que sale de su tálamo”, símil que no concuerda muy bien con
los hechos de un tabernáculo, cuya función es permanecer inmóvil. Ideas
similares acerca de ese texto habíansele ocurrido igualmente a Copérnico (cosa
ignorada por Galileo), quien las había tachado con presteza de su texto,
temiendo que pudiesen parecer demasiado “pitagóricas”. Tal clase de
especulación databa de la gran época del medioevo cristiano, que había fundado
un tema acerca de la “Metafísica de la Luz”, traído del neoplatonismo a la
teología mística… Si Galileo hubiese encontrado a San Buenaventura en lugar de
a San Roberto Bellarmino[43], sentado aún
en el trono de la autoridad teológica, podría haberse convertido en pilar de la
Iglesia. Pero esos tiempos habían tocado a su fin. Bellarmino ejercía el poder,
siendo una mente escolástica dominante encargada de mantener a la Iglesia en
línea con las decisiones del Concilio de Trento, y, como jesuita, resolvió con
gran sentimiento no volver a descuidar la siniestra cura[44].
Capítulo 3
Intermedio filosófico
Y,
¡oh!, no puede ya dudarse
Que la Belleza misma, la Proporción, ha muerto.
JOHN DONNE
I
La
controversia había llegado así a las más elevadas esferas. No sería sino cosa
justa a esta altura que la mente se dedicara de lleno al aspecto fútil o
ridículo del conflicto y a considerar el problema de lo antiguo contra lo nuevo
en su total dimensión. Los oponentes vocales de Galileo eran escolásticos de
tercera categoría, pero sus argumentos se apoyaban en una doctrina
importantísima, cuyos cimientos eran puestos en duda. Las síntesis filosóficas
enseñadas en las escuelas fueron esencialmente labradas por numerosas
generaciones desde Aristóteles, y en ellas estaban de acuerdo la Iglesia y la
mayoría de los estudiosos[45]. Todas las
cosas y todas las actividades encontraron su lugar natural en tal sistema. Dios
y la naturaleza son suficientemente sencillos y opulentos para proporcionar un
hueco para la diversidad interminable que compone la existencia finita. Por
encima de las ciencias simples se halla la filosofía, disciplina racional que
trata de formular los principios universales de todas las ciencias. Conduce al
conocimiento de la Primera Causa. Por encima de ella se halla la Teología, que
depende de la revelación, punto final de todo el sistema; la fe es la
realización de la razón.
La Física, “la ciencia de la naturaleza”, encontró su lugar sin dificultad en
la estructura. El universo forma una jerarquía que comprende desde Dios hasta
el ser más ínfimo. Cada ser actúa bajo el acuciamiento interno de su propia
naturaleza, buscando el “bien” natural a su especie, y ese bien constituye una
forma de perfección que encuentra su lugar en la escala, de acuerdo con su
grado. No importa cuán bajo se halle, ningún ser carece en absoluto de valor,
puesto que cuenta con su situación, sus derechos y obligaciones, a través de
los cuales contribuye a la perfección del conjuntó. La esencia del proyecto es
la subordinación hacia un fin. Mas, dentro de esa jerarquía, la “naturaleza de
las cosas” es una constitución liberal y tolerante. Todos los seres de una
especie poseen una esencia en común, pero no dejan de ser “sustancias”
individuales. Entre textos los hombres, todas las ortigas, todos los gatos, no
hay dos exactamente iguales, no obstante lo cual permanecen fieles a su
esencia.
Era, en verdad, toda una ciencia, como debía ser. ¿Qué otra cosa es la ciencia,
habría dicho el individuo de aquella época, sino saber cómo las sustancias
naturales se dirigen hacia sus fines dispuestos de manera ordenada?
La idea de orden resulta soberana. No el orden de una multitud abstracta sino
el de una multitud de seres variados, cuyo comportamiento coexiste y se
confunde en vasta sinfonía, el orden de la simiente que se transforma en árbol
de acuerdo con el ritmo de las estaciones, y luego vuelve a ser tierra y vida
nuevamente, con una confusa percepción de su propio propósito.
Las
aves suspiran por el aire
El alma porque no sabe donde…
¿Y
cuál, pues, podría ser la ambición de la ciencia sino descubrir ese orden y sus
fines, en vasto discurso, como hace hoy hasta la historia natural, pero
revelando la eterna escala de valores que la sustentan?
En este orden parece imponerse por sí misma una clara distinción a quienes no
estén ciegos… la que separa a las cosas del firmamento de las de aquí abajo.
Las estrellas existen perennemente, en tanto que en la Tierra todo es mutación
y desaparición; los cielos giran a nuestro alrededor por siempre, mientras en
la Tierra todo cuanto se deje suelto caerá al suelo y se detendrá. De ahí que
elche existir una diferencia esencial entre la naturaleza de ambos reinos, y,
prácticamente, todos los filósofos se han puesto de acuerdo en que nada bajo la
Luna puede ser similar a las cosas celestes.
Qué hay en los cielos, o por qué son como son, es cosa imposible de conjeturar,
excepto elevando el alma para la contemplación de aquellas entidades más allá
del tiempo que son de su misma naturaleza, tales como la Belleza y el Bien, que
parecen ser, vamos a decir, reflejados en las perfecciones del cielo. Para
explicar el orden de las cosas de la Tierra, podemos apelar a nuestra cercana
experiencia de ellas. Mas el orden celeste parece ser el espejo de un
pensamiento puramente metafísico o estético; según palabras de Platón, será una
imagen en movimiento de la eternidad. El tema mismo de los cielos será
concebido, con deliberada fantasía, como tal imagen, bien sea en el cristal
etéreo o el fuego sutil, la regularidad absoluta geométrica de sus órbitas
contemplará el ritmo universal seguido por la vida de la naturaleza perecedera
de aquí abajo.
… el
resto
Del hombre o ángel el gran Arquitecto
Sabiamente ocultó, y no divulga
Sus secretos que escudriñarán aquellos que más bien
Deben admirar. O, si se inclinan a probar la
Conjetura, él su fábrica de los cielos
Ha dejado para que disputen… tal vez para
Moverse a risa ante extrañas o distintas opiniones
Posteriores cuando vea como vienen a modelar el cielo
Y a medir las estrellas; cómo manejan tan
Poderoso marco; cómo hacen y deshacen y contribuyen a
Salvar las apariencias; cómo circundan la esfera
Con céntricos y excéntricos, sobre ella trazados,
Con ciclos y epiciclos, un astro en otro.
La
sabiduría de Dios al situar en este mismo punto las columnas de Hércules del
descubrimiento, fue bien clara para Milton; tan clara que no experimentó la
necesidad de explicar o apoyarse en el compromiso tan espectacularmente
desautorizado, aun una generación después de Galileo. El hecho es que la
colocación de la Tierra como centro separado de las cosas, no representa para
Aristóteles, o para Milton, una solución puramente astronómica o un mero
complemento del sistema. Es el verdadero fundamento de la cosmología de
Aristóteles, elegida por él luego de cuidadosa discusión y rechazo de esos
“antiguos”, que así las calificó, que hicieron que la Tierra fuese un planeta.
Y sobre tal fundamento ha construido la laboriosa y compacta estructura de su
física. Socavarla en cualquier punto, alegarán sus partidarios, tendería a la
subversión de toda filosofía natural y al desorden y trastorno del cielo, la
Tierra y el universo en general”.
Es así, al menos, como el doctor Simplicio exclamará contra las nuevas ideas en
el Diálogo de Galileo. Mas Simplicio aunque ideado por su autor para servir su
propia conveniencia, no es sino apenas una caricatura; es simplemente un
retrato compuesto. Galileo se mofa de él —en tanto identifica el bienestar del
universo con el de su propia escuela, mas no está lejos de concederse a sí
mismo la premisa que sustenta la protesta; en realidad está explícitamente
expresada en las primeras frases del Diálogo como punto de acuerdo general: El
universo no puede ser sino perfecto, un objeto de belleza y proporción, un todo
totalmente ordenado; de otro modo no tendría sentido la Creación ni finalidad
la filosofía.
El principio pareció tan evidente a Galileo, en un sentido, que le impidió
continuar sus descubrimientos hasta su fin lógico. El, que había descubierto el
principio de la inercia, resistiese a pensar en un sendero recto e inerte,
porque ello habría sido “desordenado”. El también uno en el que las cosas
“vienen a ser” realmente, donde la palabra “realización” posee significado, en
tanto no lo posee en uno puramente mecánico; porque es axiomático en la
concepción cartesiana que sólo la materia se las arregla para subsistir apenas,
idéntica a sí misma, por decreto divino.
Una simplificación tan dura como la de Descartes era necesaria, al parecer,
para despejar el camino hacia construcciones de la ciencia, más vastas y
sutiles. Pero es posible comprender la confusión de Goethe, Keats y tantos
otros de su época, acerca de cómo alguien podía aceptar jamás una imagen de la
realidad despojada de su color, su variedad y su-vida.
Paulo V. Borghese, en 1614
En
lo que respecta a la mecánica, sin embargo, Galileo tenía razón al ver en ella
el punto más débil del sistema aristotélico —tan débil que arrastró consigo al
resto—. En un sistema modelado sobre la vida, centrado en la Tierra, el
movimiento que simplemente se reduce al cambio de lugar, se vuelve el aspecto
más falto de interés del proceso general, no sirviendo sino para tomar las
cosas donde deben estar y funcionar. La piedra no puede expresar su naturaleza
sino de un solo modo… llevándola a su lugar adecuado. De ahí que lo único que
sabe hacer es caer. Es la pobreza definitiva del ser, allá abajo, capaz de ser
realizada por el más insignificante de los hongos. No puede cambiar de ninguna
manera por sí mismo, salvo de posición. Debemos ver, pues, por qué los
aristotélicos encontraron absurdo buscar precisamente en el más ciego y grosero
de los eventos, la caída de la materia, una claridad matemática que sabían
imposible de encontrar en el proceso mucho más importante del crecimiento de un
ser vivo. “Sírvanse considerar”, habrían dicho, “que las matemáticas no pueden
aplicarse al cambio en ninguna forma, pues concierne sólo a lo estático o lo
abstracto. Podemos esperar encontrarlo por casualidad en la forma completada,
donde los platónicos lo buscan siempre, en los misterios de la divina
proporción; pero ¿cómo podríamos esperar descubrirlo en el más confuso e
informe punto de ser, en acto naciente, en el acuciamiento de pura posibilidad
hacia la realización, ya se trate del brote de una semilla o la caída de una
piedra? Si alguna vez encontrarnos geometría en la naturaleza, no será allí,
sino en el opuesto y más alejado, en el cristal inmóvil y realizado. Y esto
sólo debiera mostrar cuán acertarlos estamos. Pero incluso el cristal que
encontramos en la naturaleza expresará la geometría de modo nada más que
imperfecto, porque la naturaleza, por ser vida, no encuentra uso para la rígida
y abstracta perfección. Véase cómo incluso la más dura esfera de metal jamás
tocará una losa de mármol en un solo punto, como quiere la geometría”.
A lo que contestó Galileo, siempre teniendo presente a Arquímedes, según las
palabras de su Diálogo: “¿Reconocéis que cualquier trozo de roca posee la
forma, el peso y el tamaño que por casualidad tiene hasta el más elevado grado
de precisión imaginable? Sí, de seguro. Pues entonces habéis de ver que el
número y la precisión aparecen en la naturaleza a niveles que rehúsa
considerar”. Pero sus adversarios continuaron negándose a considerar, ya que
ello habríalos trastornado sin remedio. Hallarse dentro del marco del
pensamiento de Aristóteles habría significado desterrar número, peso y medida
del significado filosófico. “Las matemáticas”, afirmaban las escuelas, “no
pueden interesarse en el movimiento, porque éste va siempre hacia un fin dado;
y no existe mención del bien en las matemáticas”.
Inútil es decir que esto no era sino la justificación metafísica. Pero el poder
de las escuelas no residía en tales argumentos, sino en la evidencia terrenal
de los principios de donde arrancaron. Fueron los matemáticos quienes, a lo
largo de la historia, soñaron cosas maravillosas y buscaron místicas armonías
ocultas. La realidad estaba de seguro mucho más cerca de todo lo que conocemos
e “interpretamos”, la simplicidad familiar de la vida y del organismo. Es en
este nivel de vida donde la posición aristotélica se vuelve sentido común. En
todo lo que cuenta, la función parece estar señalada con claridad; habitamos un
mundo de propósitos definidos. En un mundo en que todo lo que el hombre
necesitaba era provisto, por así decirlo, a la medida por la naturaleza, desde
el alimento a la madera de construcción y las herramientas sencillas, cuando el
vocablo “fuerza” no podía significar, fuera de la magia, sino trabajadores,
caballos o bueyes, no puede negarse que una explicación vitalista se encontraba
en el centro de gravedad del pensamiento.
“Ignorar el movimiento es ignorar la naturaleza”. El principio parecía bastante
sano. Y ¿en qué punto de la Tierra se veía ese movimiento que permanentemente
giraba sobre sí mismo? Hasta el curso de las corrientes necesitaba del Sol y de
la lluvia; se nos llevaba de una causa a otra mayor y así hasta la Primera
Causa; siempre encontrábamos una acción causada por otra. El hombre conocía
demasiado bien que el movimiento es el resultado de un esfuerzo contra la
resistencia; la fuerza deberá venir de algún lado y, si se gasta, deja tras
ella un verdadero cambio, es decir, fatiga y desgaste.
Volvemos a ver el pensamiento enfocado sobre la idea de un proceso. Algo nuevo
viene siempre y algo viejo se pierde. Las imágenes familiares son la de un
hombre que conduce una carga o de un carro arrastrado a lo largo de un camino
desigual. Parecería, pues, que todo está claro para la mente en tanto no se
salga de las tareas y los días tranquilos. Pero ¿qué es de la piedra arrojada
por la mano? El sentido común sugiere ahora una especie de energía que la
recoge y después la suelta con rapidez hasta que cae al suelo.
Lamentablemente, en este punto el aristotélico no está en libertad de adoptar
el inmediato sentido común, porque se ve prisionero del embrollo de conceptos
que ha erigido ya a su alrededor con objeto de disponer de una teoría adecuada.
Dirá, pues, que el movimiento espontáneo, puesto que es atributo de sustancia,
no puede ser transferido. Es axiomático que los atributos son intransferibles.
El hombre que es rubio y de ojos azules, no puede transferir estos atributos al
que no lo es. No puede sino engendrar otro que lo sea. Y el movimiento
espontáneo no es más transferible que lo rubio o el azul de los ojos.
Empero, ahí estaban los hechos. Cualquier chiquillo podría demostrar a
Aristóteles que una piedra puede ser lanzada con buenos propósitos. De ahí que
Aristóteles se viera obligado a suponer que la piedra era impulsada en su
camino por algo aún en contacto con ella, lo cual tenía que ser el aíre que la
rodeaba. Sus discípulos admitieron abiertamente que ese no era el punto más
fuerte de la teoría de su maestro; pero, a falta de algo mejor, hubieron de
aceptarlo con valor como la única manera de salvar los principios intangibles.
Galileo había aprendido esta teoría en su época de estudiante, en Pisa, y vio
en el acto que no había manera de salvarla. Arrojando por la borda los
principios intangibles, retornó —tal como hizo Hiparco, el astrónomo, y una
cantidad de doctores parisinos antes que él— a la idea más natural de un
ímpetus recibido por el proyectil. Pero esta idea también emanaba de una
imaginación vitalista. Suponíase que al proyectil habíasele aplicado
determinada cantidad de fuerza, que iba dispersando en su trayecto. Desarrollar
la idea significaba verse frente a las antiguas dificultades. Tan tarde como en
1587, en sus últimos años de graduación, Galileo continuaba probando analogías
con el calor de una barra de hierro o el sonido de una campana, que se disipa
en el espacio”. Sus ingeniosos esfuerzos sobre teoría y experimento (pues fue
en esa época cuando dejó caer algunos cuerpos desde la torre inclinada de Pisa,
con resultados totalmente negativos) quedaron en la nada. Toda la idea de
ímpetus fue un extremo cerrado.
De acuerdo con nuestras investigaciones, fue por entonces cuando Galileo se
interesó en las nuevas ideas de Copérnico. Mas como ya tenía un problema en la
mente, un relámpago de imaginación creativa produjo la unión de las cosas. Ahí
había un caso muy similar al del volante, que su maestro Benedetti había
probado ya como intratable en sumo grado por las viejas teorías. Un volante que
da vueltas sobre el lugar, sugiere la idea de que descartada la resistencia,
podría continuar girando sin cesar, y mejor aún en el vacío. La imaginación es
llevada a la idea de una esfera suspendida en el vacío, dando vueltas y más
vueltas sin fricción… ¿y por qué no habría de ser la Tierra? Lo que resultó de
ello en su puro estado, vamos al decir, fue la nueva idea de inertia… idea
prodigiosamente abstracta y hasta innatural para mentes que trabajan con
material ordinario de experimentos, y que Galileo no había podido extraer con
anterioridad.
De improviso, todo se había vuelto ya claro. Si la Tierra podía ser tal esfera,
¿por qué la órbita de los planetas no podía obedecer a alguna ley de inercia?
Lo que parecía absurdo en la doctrina de Copérnico, volvióse ahora indicio en
su favor; porque Copérnico, “al hacer de la Tierra un astro” habíalo atribuido
a movimientos al parecer incompatibles con su naturaleza tan “eminentemente
pesada y terrestre”, como decían los doctores. Si ahora parecía que los cuerpos
celestes eran capaces de movimiento debido precisamente a esa naturaleza, el sistema
del mundo podía dejar de constituir un diagrama ensoñador geométrico y
convertirse en realidad física. Comenzó a dibujarse una “filosofía natural” que
abarcaba tanto el cielo como la Tierra, con los planetas sujetos a iguales
leyes físicas que podemos estudiar aquí abajo… en realidad sin arriba ni abajo
desde que nosotros somos un planeta entre muchos.
Era una grande y atrevida conjetura, a no dudar, en los años alrededor del
1590: un salto peligroso hacia regiones que no figuraban en los mapas. Nadie sino
Galileo, y Kepler al otro extremo de Europa, lograron ver cómo podría tener
sentido en definitiva. Mas tan pronto como sus cerebros abarcaron la idea, se
hizo claro que se trataba del renacimiento de la intuición pitagórica de la
unidad de la naturaleza, y que ello resolvía mucho de lo absurdo de la
concepción tradicional.
Esta concepción tradicional, téngase por seguro, resultaba persuasiva y cómoda
en cuanto se refería a la Tierra; pero, tocante las cosas del cielo, tenía que
considerarlas como una especie de adjunto decorativo para el escenario
terrestre. Jamás había desarrollado ninguna física verdadera para ellas.
Insistía, en verdad, en que el cielo era “diferente”. El pensamiento de
Aristóteles, siempre absorto en lo concreto, habíase dedicado a describir
comportamientos separados. Para él era cosa adecuada que la piedra se esforzara
en ir hacia abajo y el fuego hacia arriba y que cada ser viviente poseyera a su
vez una especie de movimiento distinto; en cuanto al movimiento de las
estrellas en el firmamento, no podía ser sino infinitamente diferente en
cualidad de todo lo habido en la Tierra. De ahí que los astrónomos y
matemáticos fuesen dejados, con condescendencia apenas disimulada, ideando
diagramas capaces de “salvar las apariencias”, pero entendiéndose que no
explicaban nada. La tarea era idear tantos movimientos uniformes y circulares
como fuese posible, de modo que, combinados, se dijera que describían el
sendero aparente de los planetas en la bóveda celeste. Los astrónomos, y sobre
todo Tolomeo entre ellos, habían procedido en tan modesto espíritu a producir
una especie de evasiva, que se denominó “teoría de los epiciclos”.
Figura 3. Función de un epiciclo
Si
un círculo no bastaba para describir el movimiento de un planeta, se agregaba
otro más reducido, unido a su circunferencia a manera de cojinete de rodillos
y, yendo sobre el mismo alrededor del planeta, ejecutaría todas las cabriolas
sugeridas por su aparente sendero en el firmamento (figura 3). Ajustando
velocidades y dimensiones en dicha especie de diagrama, podrían predecirse las
posiciones con bastante precisión, incluso las conjunciones, los eclipses y
cuanto fuere necesario. Pero era bien entendido que ello no significaba una
descripción física ni se pretendía que lo fuese.
Puesto que los planetas se mueven alrededor del Sol a distintas velocidades,
sus movimientos en relación con quien observa la Tierra en movimiento son
complejos. Un fenómeno en particular confundía a quienes consideraban a la
Tierra inmóvil en el centro del universo. Ello conociese por “retrogradación” y
se halla fácilmente explicado en el sistema heliocéntrico copernicano. En el
caso de los planetas más externos, puesto que la Tierra se mueve a mayor
velocidad que ellos, los alcanza periódicamente, traslapándolos, por así
decirlo. Al ocurrir esto, el fenómeno resulta visible para quien esté
observando a la. Tierra. Al ser alcanzado el planeta, aparece como si
disminuyera su curso normal hacia el este, se detiene, cambia de dirección y
viaja hacia el oeste durante algunas semanas; luego vuelve a detenerse y a
cambiar de dirección, para continuar en su órbita regular. Este aspecto extraño
es manejado con destreza en el sistema tolemaico mediante uno de los diversos
usos de los epiciclos. (Otro uso, el de explicar la verdadera elipticidad de la
órbita, se resuelve mediante el uso de epiciclos extra, que son los que Galileo
creyó que debía retener). En la figura imaginemos al planeta situado en el
punto A del epiciclo, cuyo centro es 1. El epiciclo se halla sobre el circulo
deferente cuyo centro es C. La Tierra estacionaria se halla situada dentro del
deferente. Ahora (1) el planeta situado en A comienza a moverse alrededor de su
epiciclo en dirección hacia atrás y (2) el epiciclo mismo es conducido
alrededor del deferente del 1 al 2. La combinación de los dos movimientos es el
movimiento supuesto del planeta y está representado por la línea gruesa entre A
y B. En el alamar, el movimiento parece en retroceso.
Sin embargo, ahí estaba y era la única disponible. Puesto que los filósofos,
que retuvieron en sus manos la autoridad legislativa sobre la física, no
contaban con nada propio que ofrecer a modo de mecanismo, la tendencia
irresistible era materializar lo ideado por los astrónomos en esferas de
cristal y esperar que nadie inquiriese en cuanto a su sentido. El resultado, a
través de la Edad Media, vino a ser una especie de sistema de caja china con
esferas dentro de esferas, cada una de ellas lo suficientemente gruesa para
contener su propia esferita epicíclica, tal como el cojinete a bolillas
contiene sus propias municiones de acero. Semejante sistema tenía una analogía
puramente coincidente con lo físico o mecánico; pero ahí lo teníamos y parecía
bastante milagroso como para que la gente no se animase a formular preguntas.
Con él iba su correspondiente fantasía acerca del parecido de los cuerpos de
los mismos planetas; sin duda materia dura más densa y luminosa que la esfera
de cristal que los contenía, puesto que se ve, pero al menos tan duradera —de
fijo al menos tan buena como el diamante y más elevada. Todo ello formaba una
cadena de imágenes coherentes (figura 4). Siendo la prerrogativa del cielo su
eternidad e inmutabilidad, cualquier intento de formar una idea física, por muy
honorífica que fuere, por ejemplo la de la Luna, asignábale la forma de una
esfera exquisitamente pulida de alguna sustancia como gema. Era la impresión
experimentada en todos los círculos en cuanto a cómo debía ser la Luna. Pero
ciertas mentes poseen distinto sentido de los valores. Un pasaje interesante de
la autobiografía de Frank Lloyd Wright, nos muestra una mente de ese tipo
singular:
El
abuelo predicaba como Isaías: “La flor palideció, la hierba se marchitó, pero
la palabra de Dios, tu Señor, quedó para siempre”. El muchacho, su nieto,
creció desconfiando de Isaías. ¿Era la flor menos deseable porque pareciese
condenada a morir, para poder vivir con mayor abundancia? Cuando todos iban a
trabajar a los campos, la hierba pereda siempre necesaria para la vida del
valle, sobre todo cuando se secaba y convertíase en heno en el invierno, para
que el predicador mismo pudiese vivir.
La
noción de los planetas —“estrellas errantes”— unidos a esferas y esferas dentro
de esferas que los transportan alrededor de la Tierra estacionaria, cuenta con
dilatada historia, convirtiéndose entre los árabes en algo parecido a los
cojinetes a bolilla modernos. Allá por el siglo XV esta idea era seriamente
puesta en duda, y en tiempo de Copérnico perdió completamente favor. El dibujo
se debe a la cortesía de W. D. Stahlmen.
Figura
4. Reconstrucción de un esquema cosmológico del siglo xv que utiliza
esferas sólidas
Jamás
había pensado Galileo contradecir la eternidad de la palabra de Dios, mas
parecíale bien a las claras que esos otros símbolos mundanos de eternidad,
considerados por los piadosos como representativos de las virtudes celestiales,
iban camino de convertirse en clisés literarios bien insignificantes, fuera de
lugar en toda filosofía inclinada hacia la majestad del cosmos:
No
puedo sino con gran curiosidad, qué digo, descreído, oír que se atribuye a los
cuerpos naturales, como un gran honor y perfección, que son impasibles,
inalterables e inmutables; como, por el contrario, oigo que se estima grande
imperfección ser alterable, generable y mutable. Es mi opinión que la Tierra es
muy noble y admirable en razón de las muchas y diferentes alteraciones,
mutaciones y generaciones que de modo incesante tienen lugar en ella. Y si, al
no estar sujeta a ninguna alteración, no constituyera sino un vasto montón de
arena, una masa de jade o, puesto que a partir de la época del diluvio
universal se cubrió de agua que todo lo congelaba, si esta congelación hubiese
continuado, formándose una esfera de cristal enorme, dentro de la cual nada creciera,
se alterara o cambiara, habríala considerado un montón miserable, sin ninguna
utilidad para el universo, una masa sin valor, en una palabra, superflua, como
si jamás hubiera figurado en la naturaleza. La diferencia para mí habría sido
la misma que entre una criatura viva y una muerta. Lo mismo digo referente a la
Luna, Júpiter y demás del universo. Cuanto más ahondo en la consideración de la
vanidad de los discursos populares, más hueros me parecen, y más simples. ¿Qué
mayor locura puede imaginarse que llamar noble el oro, las gemas y la plata y
bajo a la tierra? Porque ¿no consideran esas personas que si existiese tan
grande escasez de tierra como hay de joyas o metales preciosos, no habría rey
que no diese con todo su corazón un montón de diamantes y rubíes y numerosos
lingotes de oro para adquirir aunque fuese nada más que la cantidad de tierra
suficiente para plantar un jazmín en una macetita o colocar una mandarina en
ella, para poder contemplar cómo brota, crece y se convierte en hermosas hojas,
flores fragantes o fruto delicado?
Es la escasez y la abundancia lo que hace que las cosas sean estimadas o
despreciadas por el vulgo, quien dirá que ahí tenemos el diamante más hermoso,
porque se asemeja al agua pura y, sin embargo, no se desprenderá del mismo a
cambio de diez toneladas de agua. Esos hombres que de tal manera ensalzan la
incorruptibilidad, la inalterabilidad y demás, creo que hablan de ese modo por
el gran deseo que experimentan de vivir mucho y por el temor a la muerte, sin
considerar que, si el hombre hubiese sido inmortal, ellos no habrían venido a
este mundo. La gente merece hallarse frente a una cabeza de Medusa que los
transforme en estatuas de jade y de diamantes, para que puedan ser más
perfectas de lo que son[46].
Vemos
aquí que toma forma una idea profundamente nueva, antigua y poderosa en sus
raíces, incalculable en su expansión y tan diferente de la caricatura
aristotélica enseñada en las escuelas, como lo es del escaso y angular
mecanismo dogmático que Descartes introduciría algunos años después y que
Newton adoptaría a regañadientes como base de sus teorías. No exactamente
biológica, pues Galileo es en esencia físico; no mecánica, de seguro, porque la
realidad sustentadora se considera que es una corriente de energía
transformadora y vivificadora que es en esencia, como habrá de revelarse con
posterioridad, la luz misma. Es lo que Galileo no se recata de llamar con su
propio nombre, la “filosofía pitagórica”.
Los últimos armónicos contemplativos y místicos que habían sido transmitidos
como parte de esa filosofía, son reinterpretados originariamente de modo no
diferente al que habría querido significar el antiguo Filolao[47] y vemos
como Galileo encuentra símbolos expresivos del poder unificador de razón en la
fuerza creativa de la vida: “Es mi opinión que si los cuerpos celestes
concurren a la generación y alteración de la Tierra, ellos mismos son por
necesidad alterables; porque de lo contrario no comprendo cómo la aplicación de
la Luna y el Sol a la Tierra para efectuar producción fuera sino de manera
semejante a la colocación de una estatua de mármol en la habitación de la
novia, de cuya conjunción esperásemos que naciesen criaturas”.
A través de tales palabras, Galileo se nos muestra realmente como figura
renacentista que ha estado luchando para transferir la plena dimensión de la
herencia antigua y media a un mundo nuevo. Venido al mundo el mismo año que
Shakespeare, había labrado su camino por entre las soledades repetidoras del
eco del siglo XVI, lleno de insinuaciones, vastas posibilidades, realizaciones
a medio comprender, grandes palabras del pasado, !terribles emociones e
ilimitadas perspectivas. Había procedido entre una multitud de problemas y
respuestas, que su mente respondedora y experimental procedió a “pesar”
(vocablo repetido con tanta frecuencia) y cambiando en todas direcciones,
abandonando las respuestas que eran simplemente verbales y buscando las verdaderas
“pistas”. Un par de ideas en dioptría y la visión de la geometría analítica
fueron suficientes para que Descartes proyectase en su retiro holandés una
explicación completa del universo, mientras que el telescopio fue utilizado por
Galileo para mostrar algunos caracteres físicos nuevos de los planetas, pero de
los cuales era posible deducir conclusiones más válidas y de mayor alcance que
la cosmología de Descartes, Otra “pista”, la del movimiento acelerado, vino a
ampliar el pensamiento de Galileo. Más tarde hubo otras… la hidrostática, las
velocidades virtuales, el magnetismo, el movimiento de las mareas y las naves.
Siempre en medio de argumentos, eventos y “efectos”, Galileo concebía la
ciencia como esfuerzo sin fin que se dirigía en busca de los principios, del
mismo modo que siempre iba en pos de imposible consumación.
Más afortunado que Bruno, Leonardo, Campanella y otros muchos predecesores,
había formado la opinión de que las verdaderas “pistas” habrían de encontrarse
en “las demostraciones de la ciencia matemática”, que, siempre que pudiesen
aplicarse a la naturaleza, proporcionaban razones no tan sólo plausibles sino
necesarias y, como tales, indistinguibles de la misma verdad. Mas durante toda
su vida tuvo que librar una lucha cuesta arriba para establecerlo contra el
sistema de obtención de valores. Fue casi imposible demostrar a un estudioso en
buenas condiciones que las matemáticas no eran sólo un deporte para la mente
curiosa o un auxiliar para las artes inferiores y mecánicas, sino parte integrante
de la filosofía y en verdad el lenguaje apropiado de la ciencia que debía
reemplazar la disputa acerca de propósitos y atributos. Como expresó en una
oportunidad, la ciencia física no te dijo nada en cuanto al por qué de que
cualquiera pudiese afanarse para satisfacer su sentido de adaptabilidad, pero
en varias oportunidades le dio el cómo era verdaderamente cierto.
Al ver que todas estas verdades conformaban un sistema de filosofía natural que
iba en rodas direcciones, afirmóse en la conclusión de que ahí había vislumbre
del trabajo terrestre, o al menos de un trabajo terrestre de la naturaleza. Mas
no fue antes de haber cumplido los sesenta años cuando se atrevió a escribir
que “el libro de la naturaleza se halla escrito en caracteres matemáticos”. Treinta
y cinco años de investigación lo respaldaban, lo que demostró, no sólo en la
tierra sino en todo el universo, que “la suposición pitagórica” no era nada de
suposición sino que concordaba con los hechos. Fue su labor sobre dinámica lo
que proporcionó su pista principal. Al crear una “ciencia muy nueva sobre un
tema muy antiguo”, había dado ya en fecha tan temprana como 1604 la ley
correcta sobre la trayectoria de los proyectiles y probado que se componía de
una trayectoria horizontal inerte y una vertical uniformemente acelerada. El
sendero horizontal habíalo imaginado en realidad a modo de vasto círculo
descrito alrededor de la Tierra, como estaba, después de todo, obligado a hacer
en esa etapa del asunto; y eso habíase convertido a su vez en una insinuación
de cómo los planetas mantienen en su órbita circular “el sendero que jamás sube
ni baja con relación al Sol”. Una suposición bastante frágil, a la manera de la
escala de soga que el alpinista lanza a través del precipicio. Al fin y a la
postre, ¿existía algún mecanismo, real o imaginado, en la representación de las
esferas celestes de sus adversarios? De seguro que no, pese a lo cual había
hallado aceptación. ¿Por qué no se aventuraría a seguir adelante, al menos en
su propio pensamiento? Porque, como escribiera a Kepler, no se animaba aún a
avanzar con tales ideas. Pero luego, de improviso, el telescopio vino a
convertir en brillante realidad lo que para él no era sino empeño intelectual.
“¡Oh, Nicolás Copérnico”, debió haber pensado cuando hace decir a Sagredo en el
Diálogo “cuánta habría sido tu alegría al ver confirmado tu sistema por
experimentos tan manifiestos!”. Parecía finalmente posible el Gran Proyecto,
donde las matemáticas, la física y la astronomía convergirían en una teoría del
sistema del mundo totalmente nueva.
Jamás dudó de que en definitiva resultara aceptable, al no imaginársela
contraria a la verdad revelada. Al igual que Newton, experimentaba que había
estado reuniendo algunas nuevas y hermosas conchas en la playa de vasto desconocido,
cuya naturaleza permanecía inaccesible al hombre salvo a través de la fe. Su
simple intención era sugerir que la filosofía oficial pusiera al día su
“argumento sobre el designio”. El cual, en cuanto lo vislumbró, no podía ser
sino infinitamente más digno de la majestad de Dios y, en consecuencia, en todo
sentido desde lo metafísico a lo común, más intrínsecamente verdadero.
Creo
que nos arrogamos demasiado cuando damos por sentado que solamente el cuidado
de nosotros es el límite y la razón adecuada, más allá de lo cual el Poder y la
Sabiduría Divina no hacen ni disponen nada. No permitiré que reduzcamos tanto
su mano sino es mi deseo que podemos satisfacernos con la seguridad de que Dios
y la naturaleza se hallan tan dedicados al gobierno de los asunto humanos, que
no podrían ocuparse de ellos en mayor grado si realmente no tuviesen otro
cuidado que el de la humanidad. Lo cual, a mi modo de ver, puedo probar con el
más noble y más pertinente de los ejemplos, tomado por la operación de la luz
del Sol que, a la vez que atrae estos vapores, o caliente las plantes, los
atrae y caliente cual si no tuviere otra cosa que hacer; porque al madurar un
racimo de uvas, qué digo, una sola uva, lo hace con una intensidad tal que no
la habría mayor si la suma de todos sus quehaceres hubiese sido la madurez de
ese sola uva. Ahora bien, si la uva recibe todo cuanto puede recibir del Sol,
sin sufrir el más leve daño por la producción de otros miles de efectos el
mismo tiempo, bien podríamos acusar a dicha uva de envidie o de locura si
pensase o deseare que el Sol utilizara todos sus rayos en favor de ella. Confío
en que la Divina Providencia no omite nada en lo que concierne al gobierno de
los asuntos humanos; pero lo que no puedo llegar a creer es que no existen en
el universo muchas otras cosas dependientes de la misma sabiduría infinita, lo
que me impide mi razón. De fijo que no puedo abstenerme de creer otras razones
en contrario aducidas por inteligencias superiores a la mía. Pero, en vista de
la posición que he adoptado, si alguien me dijese que un espacio inmenso
interpuesto entre las órbitas de los planetas y la bóveda estrellada, desprovisto
de estrellas y sin movimiento, sería vano e inútil, así como que una inmensidad
tan grande para el recibo de las estrellas fijas como lo que excede nuestra
máxima comprensión sería superflua, yo le contestaría que supone una temeridad
ir de un lado para otro haciendo que nuestra escasa razón juzgue las obras de
Dios y llamar vano y superfluo cualquier cosa del universo que no nos sea útil[48].
Lo
cual estaba bellamente expresado, mas era subversivo en cuanto a la cosmología
tradicional y todos los motivos, desde los escatológicos más elevados a los más
inferiores y menos confesables. La resistencia contra los mismos no necesitaba
ser racionalizada para que fuese inmediata y clamorosa. Vino de lo más hondo.
El curso de su pensamiento no podía sino permanecer impenetrable a los doctores
y clérigos de su época, si se hubiesen tomado la molestia de interpretarlo,
cosa que no hicieron. Para ellos, no obstante sus descubrimientos y aunque
lisonjeramente le llamaban en su cara el “segundo Arquímedes”, él era un
técnico presuntuoso y díscolo que trataba de sobrepasar los límites de su arte
y de llamar la atención del curioso por medio de alguna sutileza y conclusiones
paradójicas.
Capítulo 4
San Roberto Bellarmino
Santísimo
Padre: Expresáis que la cuestión (de auxiliis) pertenece a la fe, pero de ser
así interesa a todos, de acuerdo con el dictado del Papa Nicolás. En
consecuencia, debiera ser discutida a plena luz del día y no en secreto, con un
simple puñado de consejeros.
Bellarmino a Clemente VIII, 1601.
I
Con
sus cartas teológicas de 1615, Galileo había apelado a los jerarcas de la
Iglesia contra los perturbadores de las escalas inferiores. A lo largo de esa
crisis, es el cardenal Bellarmino quien ejerce el mando más que el Papa Pablo
V. La naturaleza del individuo se vuelve, por consiguiente, importante.
Roberto Bellarmino había cumplido entonces los setenta y cuatro años. Su
retrato (más bien inadecuado) nos revela un rostro etrusco, afilado, más grueso
en su parte inferior, los ojos algo demasiado juntos, lo que sugiere vivo
ingenio campesino, pero pensativo y de expresión tensa, un rostro de hombre
consagrado. Jamás había sido un temperamento metafísico especulativo; era
jesuita, soldado de la Iglesia y especialista en teología aplicada. El
catecismo católico en su forma actual es de su pertenencia. Había combatido al
Senado de Venecia, los primatistas napolitanos, los galicanos, luteranos,
anglicanos, calvinistas, premocionistas físicos y demás desviacionistas e
“innovadores”, en nombre de la ortodoxia y la supremacía papal. Sus adversarios
le hicieron el honor de apropiarse de sus argumentos siempre que pudieron[49], pues había
aportado a la lucha toda la habilidad consumada apologética y la vasta
patrística que la erudición es capaz de producir en cuanto a armas. Su
actividad dominante había sido en verdad la de “Maestro de Cuestiones de
Controversia”, en el Colegio Romano, donde proveía armamento para los jesuitas
de todos los frentes.
Su: nombre está ya casi olvidado en nuestros países, pero en su época era muy
tenido en cuenta. Se sabe que Madison y Jefferson consultaron sus escritos.
Como principal abogado de la posición papal, habíase convertido para los
ingleses de su época en una especie de espantajo, y no se abstuvieron de
hacerlo responsable del “complot de la pólvora”. Los doctores organizaron
refutaciones contra él en los colegios; los predicadores colmáronlo de epítetos
tales como “petulante murmurador”, “jefe de la perrera papal de monjes y
mendicantes”, “furioso y diabólico jebusita”. También lo persiguieron las
coplas:
Desayunar
primero y comer más tarde
es conquistar a Bellarmino.
El
vulgo había encontrado su propia manera de refutar copiosamente, si no
liquidar, aplicando el nombre de “bellarminos” a ciertos jarros panzones
utilizados para licor, cuyo gollete tenía la grotesca efigie de un barbudo.
En cuanto a los motivos para tal animosidad, podemos tomarlos del sumario del
alegato de Bellarmino, obra del Dr. Johnson, que no atenúa sus palabras: “Que
el Papa se halla investido de toda autoridad, lo mismo en la tierra que en el
cielo. Que todos los príncipes son sus vasallos, y que puede anularles sus
leyes a voluntad. Que puede derrocar a los reyes si así lo exige el bien de la
Iglesia… Que el papa es Dios sobre la tierra… y que poner en duda su poder es
dudar del poder de Dios, máximas igualmente chocantes, débiles, perniciosas y
absurdas; que no requieren la habilidad y el saber del padre Paul (Sarpi) para
que se demuestren sus falsedades y tendencia destructiva”. Hemos suprimido
ciertas cláusulas en su texto original para mantenerlas dentro de la decencia;
ya que el doctor Johnson mostróse inclinado a incurrir en la “procacidad de
expresión” con que mantuvo en jaque a su erudito adversario. Por otra parte,
como súbdito leal a su rey, el doctor experimentaba buenas razones para ser
exorcizado, ya que Bellarmino no había sido amenaza imaginaria para el estado
británico.
El juramento de fidelidad de 1605, con el acta que lo siguiera contra los
recusantes, había sido la respuesta de Inglaterra al desafío jesuita contenido
en la teoría de Bellarmino sobre el poder indirecto del papa, y señala un
vuelco en la historia de la política moderna[50].
A los ingleses se les ordenó “abjurar, detestar y aborrecer como impía y hereje
esa condenable doctrina y posición de que los príncipes podían ser depuestos
por sus súbditos”, siendo éste el punto principal del juramento, ya redactado
antes del Complot de la Pólvora. Poco debe extrañar, pues, que los
controversistas que perseguían al cardenal con su lenguaje más escogido, y con
prodigioso despliegue de erudita labor, fuera del propio Jacobo I, el monarca
“que profesaba, mantenía y defendía la verdadera fe católica y apostólica”.
Bellarmino habíale recordado con frialdad que tal título le había sido
concedido por el papa a Enrique VIII, tan sólo “por su lucha contra Lutero y
los demás innovadores” habiendo proseguido a censurar a la reina Isabel:
En
verdad Nuestro Señor podría haberse dirigido con toda propiedad a ella como en
su oportunidad lo hiciera a la samaritano: “Habéis dicho bien que no tenéis
marido, puesto que cinco son los que tuvisteis y el de ahora no lo es”. Si bien
es cierto que la vida de la reina no era casta, por lo menos era precavida … y
mostró su gran prudencia, además, alimentando con habilidad las guerras y las
sediciones en los reinos vecinos, para poder disfrutar de pez en el propio… y
nueva evidencia de igual virtud nos fue proporcionada con su tratamiento a la
madre de Vuestra Majestad… Pero ella siguió libremente su capricho en todo y se
proclamó a sí misma primera Sacerdos magna o más bien Pontifex maxima desde el
comienzo del mundo, aunque no sólo la ley divina y la humana hicieron oír su
protesta, sino hasta la gramática misma.
Había
en ello bastante materia causante de amargura al rey Jacobo, que le hizo
olvidar el tratamiento inferido a Maria Estuardo. “Cristo no es más contrario a
Belial”, atronó, “la luz a la tiniebla y el cielo al infierno de lo que la
estimación de Bellarmino en cuanto a los reyes es a la de Dios”. Mas ya se
había lanzado al ataque y no quedaba otro camino que seguir adelante: Apología,
Responsio y Premonitio fueron y vinieron en aburridora sucesión, arrojándose
entre sí los contendientes toneladas de citas. “Jamás fui hombre, lo confieso”,
observa el rey altaneramente, “capaz de considerar a un cardenal igualable con
un rey, en especial cuando cuento tantos centenares de súbditos tan bien
nacidos como él”. Mas no habrá de dejar la tarea a sus doctores, por muy
impacientes que se muestren por servirlo:
Ningún
deseo de vanagloria me impulsa a emprender esta tarea de hacer frente con mi
ingenio a ten erudita persona, sino solamente el cuidado y la conciencia que
tengo de que les gradas ingenuas y los sinsabores de tales Circes, tan llenos
de exterior elocuencia e internas falsedades, no cuenten el público pasaje por
el mundo sin tener una respuesta.
Sin
embargo, pronto el rey Jacobo I se convence de que ha tomado de la cola a un
oso enorme, y su tono se vuelve malhumorado:
Mi
libro, escrito primero en inglés y luego traducido al latín, ha llegado hasta
mí ahora contestado en ambas lenguas. Y es mi modo de pensar que si hubiera
sido redactado en todas las lenguas que originaron la confusión de Babel,
habría sido contestado en todas ellas. Así puede el hombre ver qué obispo tan
atareado el demonio es…
Un
moderno Alejandro in partibus, el monarca vióse obligado a producir un libro
intitulado Triplici nodo triplex cuneus o Triple Cuña para Triple Nudo. La cuña
más útil, desde luego, siguió siendo el Complot de la Pólvora mismo, esa
versión temprana del incendio del Reichstag. Pionero de la técnica de la guerra
fría y hombre de desusada inteligencia, Jacobo valióse de aquél para probar que
la religión católica no era en realidad una religión sino una conspiración.
Mas, a pesar de todas sus quejas comprensibles contra los “monstruos pícaros,
los papistas perniciosos y los traidores”, no le fue fácil desenredarse del
nudo de sus propios actos. El cardenal pudo replicarle con lógica contundente:
Aunque
fuere verdad, que no lo es, que nadie ha sufrido muerte por causa de conciencia
en Inglaterra sin haber transgredido primeramente y en forma abierta la ley,
empero, y como la ley prohíbe que nadie reciba un sacerdote en su hogar bajo
fuertes penalidades, reconciliarse con la Iglesia y oír misa, el que muere por
transgredir dicha ley, puede ser calificado con toda razón como muerto por su
religión. Es un antiguo ardid pagano redactar una ley y luego asesinar a los
individuos, no de manera intolerante y en aras de la religión, por supuesto,
sino con prudentes dotes de gobierno, porque ofendieron la majestad de la
constitución[51]… En
cuanto a la graciosa disposición de acuerdo con la cual todos los sacerdotes
que no se hallan en prisiones pueden abandonar el país para tal fecha, ¡qué
maravillosa gentileza supone permitir que salgan para el destierro aquellos a
quienes Su Majestad no ha podido echar mano, no obstante sus grandes esfuerzos!
Y si el exilio parece una gracia real a su autor, podemos imaginar qué dulces
nombres atesora para el cepo y la horca.
Verdaderamente,
como dijo el rey, “si el demonio hubiese estudiado mil años”, no habría causado
más daño que esos hombres de Roma:
Porque
algunos de los sacerdotes y jesuitas que fueron los más grandes traidores y
fomentadores de las mayores conspiraciones contra la finada reina, abandonaron
a Bellarmino por una de sus más grandes autoridades y oráculo. En consecuencia
no le envidio el alto honor que pueda obtener con su jactancia acerca de su
intimidad con otros fugitivos y traidores de príncipes, a quienes no enseña
mejores maneras que hasta aquí, por lo que estimo que poco le durará su
compañía.
De
los dos contendientes, el rey era bien a las claras el casuista más trabajoso,
a la vez que, con mucho, mejor escritor. Pero su caso se apoyaba en dos
realidades verdaderamente sólidas, a saber: que los británicos se inclinaban a
no ser gobernados por el papa, ni aun simbólicamente, y que no deseaban ver
volado su parlamento; de ahí que triunfara incluso antes de comenzar[52]. Parece que
en sus últimos años el rey sintióse seguro al parecer para ablandarse pues
“continuamente llevaba consigo un ejemplar del pequeño devocionario de
Bellarmino ‘El Lamento de la Paloma’, y hablaba del mismo como maravillosa
ayuda al consuelo espiritual. Es difícil imaginarse hoy día al presidente de
los Estados Unidos de Norteamérica portando consigo, para consuelo espiritual,
un ejemplar de la obra de Lenin ¿Qué Debemos Hacer?, o al señor Khrushchev
dando en ocasiones un vistazo a las homilías de Dale Carnegie.
Nos hemos extendido en cierto grado sobre la controversia anglicana por motivos
de familiaridad, a la vez que por el esparcimiento que pudiesen producir los
períodos de cabriolas reales. Pero representa un problema demasiado simple y no
debiera distraer la atención de la vasta y compleja crisis en que Bellarmino
desempeñaba el principal papel. Su lucha no era menos contra el Estado
Veneciano y la fracción parlamentaria francesa, todos fuertes católicos, que
contra los cismáticos reconocidos ingleses. Los vocablos más enconados son los
de los políticos católicos ortodoxos. Tomemos un pasaje de la anónima
Advertencia al rey, impresa en París en 1610, cuando el joven Luis XIII se
hallaba bajo la regencia de Maria de Médicis:
Este
precioso cardenal, este badulaque sofista, el chupa sangre de los príncipes, el
reptil de dientes ganchudos, atiborraría a sus pontífices de ambición para
adueñarse del mundo entero y reducir a cada nación bajo su yugo. Las páginas de
su libro son tan peligrosas como la baba que chorrea el hocico de un perro
hidrófobo. Oh, Francia adormecida, abre tus ojos…
Esto
no representa sino la violencia de un escritor de panfletos, pocos meses
después del asesinato de Enrique IV. Pero la polémica católica fue conducida a
la vez sobre un elevado y vigoroso argumento jurídico por hombres tales como
Barclay y Widdrington. Los nombres son suficientes para demostrar cómo la
disputa atraviesa las fronteras, ya que aquí tenemos católicos ingleses y
escoceses que defienden sus derechos soberanos no sólo contra Francia, que los
acogía, sino contra Inglaterra, que los había enviado al destierro, y hasta
escribiendo una apología del Juramento de Fidelidad.
Bellarmino jamás había hecho ocultación de su parcialidad por la monarquía en
contra de otras formas de gobierno, mas para los politiques franceses era el
peor de los antimonarquistas, debido a que chocaba su autoridad contra el
principio monárquico absoluto. El “derecho divino de los reyes” era un término
que ocultaba el desarrollo más moderno de los tiempos, o sea el nacimiento del
presente estado nacional y secular: Frente a ello, Bellarmino y Suárez, a la
cabeza de las legiones jesuitas, no reafirmaban simplemente, como era su
creencia, la antigua y altiva doctrina de Bonifacio Unam Sanctam. Porque
también ellos, que eran hombres de su propia época, no deseaban mantener sino las
verdades eternas. En ellos y alrededor de ellos hallábanse esas cosas nuevas,
el espíritu y la disciplina jesuita. Contra los teóricos del estado nacional
eran, en cierto modo que jamás habrían soñado, los precursores teóricos del
superestado moderno.
II
Como
tal se nos representa Bellarmino en la actualidad, elevado por siempre a la
santidad por su iglesia, su figura identificada de modo tan completo con su
función, que su nombre ha venido a convertirse en número, como la décima legión
de César. Empero, si sondeamos bajo las capas del panegírico y la vituperación
convencionales, nos topamos con una personalidad muy interesante en verdad.
Noble nacido en Montepulciano, Toscana, sobrino en lejano grado de Maquiavelo
por el lado femenino, poseía una naturaleza viva y poderosa que podría haberlo
convertido, tres centurias antes, en gran conductor político en los turbulentos
asuntos de las comunas libres, una figura no indigna del Farinata o Provenzano
Salvani, de Dante. A través de trozos dispersos de testimonios, nos es posible
discernir al hombre original, enormemente ambicioso, recto, presto a la cólera
relampagueante, tan apasionado de Virgilio desde la infancia como su
conciudadano Poliziano; musical y artista, ufano de sus dotes intelectuales y
retóricas, tal como revela de manera ingenua en sus escasas notas
autobiográficas. Ese hombre original es en más de un sentido la contraparte
apropiada de Galileo. Estaba del todo seguro, por lo demás —aunque lo negaba
con modestia—, que contaba con el don de la profecía, y uno se pregunta hasta
dónde ello podría haberlo conducido en un ambiente protestante.
Mas una vez que el hombre ha sido arado y remodelado por la disciplina de
Loyola, todas esas cualidades se cambian en dedicación, tal como las de Galileo
fueron atemperadas por la disciplina de la ciencia. Tenemos al Bellarmino de la
historia, infatigable y tesonero trabajador, consumido por la oración y la
penitencia, asceta en sus votos de pobreza, paciente, humilde en la obediencia,
inclinado a derramar lágrimas en abundancia. Ese individuo original pasa
inesperadamente al otro lado de su naturaleza toscana, sereno, claro y
sencillo, sin mida de la romana grandeza tan evidente en el Vaticano por
entonces. Así viene a parecerse en más de un sentido, pues, a su propio
conciudadano San Felipe Neri. La profunda seguridad y confianza de vida
interior permitió a Bellarmino conservar hasta el fin una cualidad ingenua
observada por cuantos estuvieron en contacto con él, y que en ninguna parte
mostrábase más evidente que en sus vetas de alegría, suave pero innegablemente
traviesa, y en su apego al retruécano jocoso. En ocasiones era su válvula de
escape. Su corazón debió decidirse contra la política de despliegue monumental
de Pablo V, que privó a la Iglesia del dinero que ésta necesitaba para los
pobres, según su modo de pensar; porque al oír que el papa era criticado por
ello, dijo después de astuto guiñar: “Al menos no podrán negar que es hombre de
gran edificación”. Esa fue toda la ironía de que era capaz contra el hombre que
para él era Dios en la tierra. De hallarse frente a frente con los sombríos
teólogos de la Nueva Inglaterra, habría hecho notar que era a todas luces señal
del Malo que no hubiera alegría en sus personas.
Estamos intentando liberar algo que se hallaba presente y auténtico en él,
según el testimonio de sus mismas expresiones, puesto que las efusiones de
humildad, ternura y santa alegría se han convertido en cliché tan obstructor
del escritor de la contrarreforma, que el lector que ahondase en la prosa
jesuita podría sentirse tentado de encontrarlas tan poco convincentes como sus
famosos silogismos. Toda la existencia del hombre fue la vida de una convención
impenetrable, pero el sello de su naturaleza sé ve en ella, una simplicidad
toscana tan genuina como el fuego español de Loyola.
Los informes de los embajadores realistas son una fuente muy reveladora, como
también veremos en el acto en el caso de Galileo. El conde de Olivares escribió
al rey de España, inmediatamente después de la muerte del papa Sixto:
“Bellarmino es querido por su gran bondad, pero es un estudioso que vive sólo
entre sus libros y no de mucha capacidad práctica (de poca sustancia
inagilibus)… No servirá para papa, pues no se ocupa sino de los intereses de la
Iglesia y es despreocupado ante las razones de los príncipes… Mostraría
escrúpulos ante la aceptación de presentes… Sugiero que no ejerzamos acción en
su favor”. El rey anotó cortésmente: “Déjese que corra su suerte”.
Queda por considerar el lado intelectual del hombre. Si Galileo cifraba
considerable confianza 6 su benevolencia, contaba con rozones evidentes para
cualquiera de la época. En su anómala posición de jesuita en la Curia,
Bellarmino estaba muy seguro de que su juicio no sería inclinado por ninguna
simpatía excesiva hacia los hermanos de Santo Domingo. La controversia de
auxiliis no estaba muy detrás de él, con su fanática batalla de libros que
sumió a Roma en una nube de polvo teológico, de cuya batalla los jesuitas no
salieron bien. El propio Bellarmino, en su papel de teólogo del papa, había
tratado de reconciliar a los contendientes, sin abandonar por ello a sus
hermanos de la Compañía, recibiendo como recompensa el destierro diplomático al
arzobispado de Capua.
He aquí lo acontecido. Ciertos dominicos de España, sucumbiendo ante uno de
esos periódicos ataques de genio puritano que brotan de las páginas de San
Agustín para apoderarse del lógico indiscreto, desarrollaron una teoría de la
gracia divina, peligrosamente cercana al calvinismo. El jesuita Luis Molina
intentó resistirla con vigoroso y bien razonado argumento, siendo objeto de una
cortina de implacable refutación de parte de los dominicos, dirigidos por
Domingo Bañes, quienes reafirmaban la posición de soberanía teológica sostenida
por la orden. Los jesuitas solieron en defensa de su hermano y se empeñó una
batalla encarnizada. Las sutilezas de la posición jesuita, que se multiplicaban
gradualmente, han sido expuestas de manera despiadada y conservadas por Pascal
pan la literatura de dos generaciones después; pero si es cierto que la
controversia originó algunos de los ejemplos de argucia más singulares que el
mundo haya contemplado, ello no debiera hacernos olvidar que el problema
resultaba tan claro y fundamental como podía ser: ¿cuentan todos los individuos
con la posibilidad de salvar su alma con ayuda de la divina gracia, o está su
destino irresistiblemente predeterminado?[53]
Bellarmino se interpuso en esta disputa con un buen sentido que más tarde
atraeríale la inesperada simpatía de Bayle[54]. La eficacia
de la gracia divina tenía que ser defendida contra los pelagianos, nuevos o
viejos[55], y la libre
voluntad contra luteranos, calvinistas y católicos desviacionistas, El cardenal
vuelve a la severa ortodoxia de la línea de Santo Tomás, aunque ello implique
ser acusado de “abominación de semipelagianismo”. Como los dominicos recurren
en verdad a prácticas cual las de Caccini, los llama bruscamente a que corrijan
su conducta:
Como
el asunto se halla aún sub judice, los autores del Memorial hacen gala de gran
impudencia al hablar como si hubiera sido resuelto y como si los Padres de la
Sociedad, a quienes de modo invariable califican de innovadores, ya hubieran
sido condenados.
No
hay duda de que, para restablecer un equilibrio filosófico difícil, el cardenal
se ve obligado a veces a utilizar numerosos “argumentum stramineum, colocados
sobre paja”, como los calificaría el rey Jacobo; pero no podemos equivocarnos
en cuanto a su línea firme en conjunto, así como tampoco en cuanto al espíritu
humanista con que emprende la defensa de la libertad esencial del individuo.
A través de las Controversias, se advierte prueba abundante de una mente
amplia, orgánica y ordenada, con enorme capacidad de atesoramiento de los
textos de los padres, y una visión unificadora, que soporta su esfuerzo sin
vacilar, aun dejando a un lado cualquier conflicto entre las verdaderas
autoridades tan cuidadosamente citadas. Bellarmino no se nos presenta como lógico
riguroso, no posee la mente de un Suárez, cual trampa de acero. Pero, por lo
demás, su preocupación consiste en mantenerse alejado de cualquier desarrollo
“original”, y realiza infinitos esfuerzos para demostrar que no reafirma ni
redescubre sino la “sentencia común” de los padres y doctores. Su cerebro es
una organización que funciona sin tropiezos, encaminada a la restauración del
statu quo intelectual.
En su capacidad para incorporar nuevos hechos y técnicas a la estructura,
Bellarmino el jesuita es una personalidad moderna, y, como tal, capaz de
infundir esperanzas a Galileo. Mas su pensamiento moderno tiende realmente,
como ya hemos manifestado, a la creación del marco del superestado teológico,
lo que significa que, en cuanto a su época se refiere, trabajaba en una especie
de vacío histórico. No es sino en el plano formal donde su obra adopta la
solidez de un monumento barroco. Como la arquitectura de la hora, se basa en
inequívoca habilidad capaz de reunir vacíos increíbles y elementos al parecer
en conflicto en un diseño fuerte y sutil.
En este diseño del conjunto, el componente científico está lejos de ser
insignificante, pero si intentamos tomarlo por sí mismo no mostrará
consistencia propia.
Como sucede en ocasiones con los hombres mezclados en asuntos de Estado, a
Bellarmino le agradaba jugar con ideas sobre astronomía, estimulantes de su
sentido de maravilla. Podríamos pensar, por ejemplo, que al apelar a las
palabras del Salmo: “Alégrese cual gigante para recorrer el camino”, no es sino
referencia a un texto normativo; mas no lo es. Agradábale explayarse sobre la
magnificencia de lo cosa y aun realizar algunos cálculos, como vemos a través
de algunos pensamientos destinados a un tratado de devoción, en los mismos
meses en que Galileo espera que dedicaría algunos pensamientos a sus problemas:
En
una oportunidad, deseoso de saber en cuánto tiempo se ponía el Sol en el mar,
al comienzo del mismo dime a recitar el salmo Miserere, y apenas lo había leído
dos veces cuando estaba oculto del todo. En consecuencia, debe ser necesario
que el Sol haya corrido más de siete mil millas en ese corto espacio de tiempo.
¿Quién lo creería, o menos que ciertas razones lo demostrasen?[56].
Aquí
le parece natural confiar en “ciertas razones”. En otras oportunidades
muéstrase inclinado a cierta impaciencia, si desea legislar demasiado. De tal
modo, en un sermón predicado en 1517 sobre el texto “Habrá señales en el Sol,
en la Luna y las estrellas”, especula como sigue:
Es
asunto de suma dificultad decidir lo que ha de entenderse con la expresión
“caída de los astros”. Si deseásemos interpretar la palabra “astros” como
significando esas apariciones ígneas denominadas por lo común estrellas
fugaces… deberíamos andar con cuidado para no contradecir el Evangelio, pues si
Dios habla del Sol y la Luna verdaderos, ¿no se deduce que también se refiere e
las verdaderas estrellas? Por otra parte, si influidos por la autoridad del
Evangelio, osamos afirmar que los astros caerán realmente del firmamento el Día
del Juicio Final, nos vemos inmediatamente rodeados de una turba de
matemáticos, poderosa, de cuyas manos no hay medio de escapar, quienes claman y
vociferan en nuestros oídos, tal como si ellos mismos hubieran medido las estrellas,
que es imposible que las mismas caigan sobre la tierra, porque aun lo más
reducida de las fijas es mucho más grande que ésta y posiblemente no podría
recibirlas si cayesen.
A estas aseveraciones de los matemáticos podríamos oponer la opinión de San Basilio
el Grande. Sen Juan Crisóstomo, San Ambrosio, el cultísimo San Agustín y muchos
otros, quienes sostienen que, con la sola excepción del Sol, la Luna es más
grande que ninguno de los astros, de lo que se deduce que la Tierra debe ser
mucho más grande que cualquiera de ellos, pues hasta los matemáticos admiten
que la Luna es mucho más reducida que la Tierra.
Empero, tal argumento no es capaz de mantener tranquilos a los matemáticos y,
como no es nuestro deseo ser arrastrados a una disputa con ellos, expresamos
como nuestra opinión… que el problema no puede resolverse hasta que en verdad
aparezcan fas señales. De este modo la confesión de nuestra ignorancia sería
nuestra respuesta a la dificultad. Todo lo dicho por Nuestro Señor en cuanto al
Día del Juicio que vendrá, el fin del mundo y las señales que lo precederán,
fue dicho en carácter de profecía, siendo característico de los dichos de los
profetas que, hasta que suceda lo que se nos ha predicho que acontecerá, sus
palabras permanecen casi completamente enigmáticas para nosotros…
Todo
ello es más bien revelador. Bellarmino no iba a negar la palabra de los
matemáticos, mas pensaba de ellos como nosotros tendemos a pensar en nuestros
días de estadísticos y empadronadores y recontadores de votos en las
elecciones; hechiceros a su modo, pero gentes de imaginación sencilla y dedos
gruesos, propensos a errar con gran seguridad.
Sin embargo, no le faltaban conocimientos sobre el tema. Hasta lo había
enseñado durante su juventud, impulsado por un interés romántico surgido del
temprano estudio de las graves y místicas especulaciones de Macrobio sobre
Somniun Scipionis. En 1564 había dado una conferencia en Florencia sobre “la
doctrina de las esferas y las estrellas fijas”. Por mucho que se haya extendido
sobre el tema en cuanto “al número y lugar de los elementos, si cada una de las
estrellas es una especie separada y los límites definitivos del mundo”[57], no pudo
hacerlo sin un mínimo de geometría. Ello tuvo lugar realmente alrededor de la
época del nacimiento de Galileo…
Al año siguiente, durante sus conferencias en el Colegio de Mondovi, Piamonte,
volvió a enseñar la teoría de los cielos, “filosófica y astrológicamente”. Ya
hemos hecho notar cómo los estudiosos dados a la astrología mostrábanse
inclinados hacia la frialdad con Copérnico, por quien se consideraban
defraudados en sus esperanzas. Esta puede ser una de las razones por las cuales
Bellarmino jamás examinó las ideas copernicanas. Razones mucho más sólidas
eran, sin duda, que la estabilidad de la Tierra resultaba un axioma para él, la
única manera sensata de habérselas con la física era la de Aristóteles, y los
astrónomos eran gente que desperdiciaba mucho tiempo dedicada a suposiciones
nada realistas. Poseemos un registro de sus opiniones a través de su encuentro
con Vimercati, anciano pedagogo del duque de Saboya:
Muchos
años ha que mantuve una discusión con Vimercati, el afamado filósofo, acerca
del número de las esferas celestes. Personalmente me hallaba convencido de que
no eran más de ocho, pero me fue imposible convencer a ninguno de esos
astrónomos con mi opinión, pues persistieron en aferrarse a las observaciones
de Hiparco y Tolomeo, cual si fueren artículo de fe.
Estas
pocas líneas lo descubren. Desea tomar como razón misma sus simples y no
corregidas observaciones sobre la velocidad del Sol, pero la precisión de los
astrónomos es cosa que lo irrita, y daña el sistema físico de los filósofos. En
esto Bellarmino va más allá que el propio Santo Tomás, ya que el doctor
angélico jamás había ido tan lejos en su desconfiar de las matemáticas. En sus
comentarios sobre las obras Del Cielo, Santo Tomás expresó bien claramente que
las hipótesis de Tolomeo debían tomarse como la mejor descripción de las
apariencias, aunque “no debemos decir que por ello se hallan comprobadas por
los hechos, porque tal vez fuese posible explicar los movimientos aparentes de
los astros por algún otro método aún no ideado por los hombres”. En otros
términos, como haría todo pensador serio, Santo Tomás de Aquino sostenía que
esta divergencia entre físicos y matemáticos no era sino expediente
transitorio, y que con el tiempo daríase con la manera de incorporar a ambos en
un sistema convincente. Mas Galileo jamás habríase atrevido a citar esto como
insinuación a su favor, ya que estaba claro que Aquino esperaba que se hiciese
considerando la de Aristóteles como la única física aceptable; observaba en una
sola dirección, en tanto Galileo lo hacía en sentido contrario.
Con todo ello, sin embargo, Aquino mostrábase adecuadamente comprensivo[58]. Esperaba
una tercera solución. Pero Bellarmino se muestra satisfecho del todo con la
idea aristotélica de la realidad en gros, actitud que va a la par con su
creencia en las fuerzas astrológicas y se halla exenta de simpatía hacia la
precisión y “las conclusiones paradójicas buscadas por las mentes curiosas”. No
hay duda, además, que compartía un sentimiento común a muchos pensadores
interesados principalmente en asuntos humanos, de quienes ha sido portavoz
Montesquieu: “He llegado a mostrarme profundamente sospechoso de la tiranía de
la geometría”. El mismo humanismo de Bellarmino es típicamente el de
Jesucristo, en cuanto tiende a recalcar el lado práctico:
El
alma del individuo está dotada de otra clase de ciencia, cuyo objeto es más
práctico que especulativo. De ahí nacieron muchos libros de filósofos tocante a
vicios y virtudes, muchas leyes de príncipes, muchas opiniones de juristas y
muchos tratados e instituciones que enseñan el arte del buen vivir[59].
Así,
pues, tal era el pensamiento personal del cardenal sobre tan delicado asunto.
Es a su sabiduría a lo que Galileo encomienda ahora su causa al escribir sus
desesperadas cartas a monseñor Dini[60] (despachadas
por correo urgente tan pronto supo que el siniestro Caccini se hallaba camino
de Roma). que en realidad estaban destinadas a Bellarmino. Observa cuál es el
interés personal del cardenal, puesto que protesta humildemente, con las palabras
de la Biblia: “Antes me destrozaría los ojos que darles ocasión de producir
escándalo”. Lo que ofrece no es con la intención de que signifique argumento
sino respuesta sumisa, para ser desarrollada posteriormente si se le insinúa el
más leve aliciente. Con toda prudencia, concluye de este modo su misiva para
Dini:
“Lo
que se os presenta aquí no es sino pobre y basto retoño, que necesitaría se le
proporcionara forma con toda paciencia y cariño; espero procurarle mejor
simetría con el tiempo; en el ínterin os ruego no lo dejéis en manos de alguien
que, al utilizar sobre el mismo lugar de la suavidad de la lengua materna la
cortante agudeza del diente madrastra, pudiese romperlo y desgarrarlo, en vez
de conformarlo. Con lo cual os beso respetuosamente la mano, junto con los
señores Buonaroti[61], Guiducci,
Soldani y Giraldi, que presencian el cierre de esta carta”.
III
El
“diente madrastra” se hallaba ya en plena y vigorosa tarea, tanto que Dini
demoró la entrega de la carta al cardenal. Pocas semanas después escribió:
“Ya
veis cuánta era mi razón. El documento incluso os demostrará el humor de estos
señores”. (Ese documento era la respuesta de Bellarmino al padre Foscarini, de
que nos ocuparemos más tarde). Sin embargo, a las súplicas personales de Dini,
el cardenal había contestado que “no creía que la obra de Copérnico debiera
prohibirse, sino, cuando menos, efectuarle algún agregado (postilla) a efecto
de que significase tan sólo apariencia, o frase por el estilo, y con esa
reserva el señor Galileo podría discutir el tema sin posterior impedimento”.
Bellarmino
pudo haber agregado “con semblante no muy grave” (así lo describe un biógrafo):
¿Qué si Copérnico obtenía la suspensión de la corrección pendiente? Tales cosas
han sucedido en todos los tiempos. El cardenal no necesitaba recordarse a sí
mismo que había tenido en el Index su voluminoso texto de Controversias, “en
espera de corrección” en 1590, por orden del irascible Sixto V, por no ir muy
lejos en su defensa del absolutismo de los papas, y que, de no haber fallecido
el citado pontífice, podría haber continuado en el Index durante largo tiempo
aún. Lo positivo es que el general de los jesuitas, Acquaviva, le había escrito
veinticinco años antes en el mismo tono: “Lo más que se os podría solicitar
sería el cambio de algunas palabras en una nueva edición, como, por ejemplo,
cuando habláis de errores dijeseis en vez errores u opiniones de determinados
autores”[62].
Los cardenales Barberini y Del Monte enviaron informes igualmente apaciguadores
a través de Dini y Ciémpoli[63], agregando
el último por su cuenta (Marzo 21, 1615): “De esas aguas turbulentas que se os
ha mencionado, no se oye nada aquí, y eso que no soy sordo, a más de andar por
numerosos lugares en donde se descubriría el ruido”. El padre Maraffi, amistoso
Predicador General[64]ha tratado de
sondear a miembros influyentes de su orden, pero los dominicos no han oído
nada, ni sabían nada. Decíase que Caccini bebía venido a Roma con motivo de
cierto bachillerato suyo.
Las sugestiones de Ciámpoli, empero, terminan en la misma nota de incertidumbre
que las de Cesi y Dini. Sí, sería una buena idea la venida de Galileo a Roma.
Ha oído decir que hay jesuitas que se contienen, pero que en secreto son
partidarios de la persuasión copernicana. Por otra parte, resulta esencial no
dar motivos de provocación, proseguir esforzándose y dejar que se extinga el
revuelo; luego el camino volverá a hallarse libre. En la mente de estos hombres
no existe conflicto. Igual que Galileo, son buenos cristianos, nada temerosos.
¿Quién oyó jamás que la Iglesia se opusiera a la ciencia, puesto que es la
guardiana de toda verdad? Pero “es difícil progresar en estos asuntos en que
los monjes no se muestran dispuestos a aceptar derrota”. Los círculos elevados
han dado a entender que por el momento conviene acallar el asunto por un
tiempo, y para ello cuentan con buenas razones. Hay que evitar ocasiones a los
promotores del escándalo. No se moleste a los círculos elevados mientras
meditan sobre alta política. Enviadnos resúmenes. “Los depositaremos en manos
de gente honesta cuando se presente ocasión; porque, en cuanto a la otra,
preferirnos dejarlas fuera del asunto”. Contáis con más amigos de lo que
pensáis, etc.
Por otra parte, ver duplicidad en las manifestaciones evasivas de los prelados
del clan toscano[65], como han
hecho tantos historiadores, resulta injusto. Ellos mismos se hallan a oscuras.
Sus consejos son sanos en conjunto. Cuanto menos ruido, mejor. En cuanto al
propio Bellarmino, el único conocedor, no trata de engañar. Su pronóstico
corresponde con la decisión ya tomada por él. No piensa ni pondera mucho.
Espera que el Comisario de la Inquisición le indique cuándo estará listo el
asunto para incluirlo en el orden del día. (La denuncia de Caccini había
llegado el 21 de marzo de 1615, pero los interroga torios se extendieron, según
hemos visto, hasta fines de noviembre). Se celebran consultas ocasionales con
los cardenales amistosos —hasta Grienberger es llamado a ellas—, pero todo ello
se reduce a periódicos tours d’horibler, como se llaman en la profesión.
Evidentemente, no se toca el problema científico mismo, al que nadie dedica el
menor pensamiento. Incluso Grienberger ha llegado a la decisión obediente de
que se halla fuera de lugar.
Resulta difícil generalizar en esta ocasión. La educación de la Iglesia no
impedía la elevación de talentos matemáticos de primera; tales como Castelli y
Cavatieri. Seglares como Dini, Ciámpoli, Foscarini, Zúñiga, Piccolomini,
Maraffi y nada menos que Sarpi, figuraban entre los más fervientes promotores
de la causa copernicana, encontrándose en el mejor de los casos tan sólo como
ayudantes ejecutivos. La percepción cesaba en el punto mismo en que daba
comienzo la responsabilidad y, como vemos ahora ya, las jerarquías parecen
haber considerado los problemas intelectuales simplemente como asuntos de
administración. La dificultad respecto de las mentes de esos líderes, tan
sutiles en cuanto a puntos legales, radicaba en que dejaban de funcionar tan
pronto se las habían con un diagrama o con “esa especie de nuevo material, paradoja
para el filósofo vulgar”, como la calificaba Ciámpoli[66].
Sentían grande estima por todos las ciencias, pero, como abogados, retrucaban
siempre con la pregunta: “¿No existe otra manera de presentar este caso?
¿Podría revocarse algún considerando del mismo?”. No era mala señal que el
cardenal Joyeuse hallara plausible el Discorso de Colombo (que constituye un
montón de tonterías errantes) y dijera que le placería conocer la opinión de
Galileo sobre el mismo[67].
Al planteársele un compromiso mental, la mente clerical se apartaba incluso de
lo aprendido por ella en sus propias escuelas. Nada existe más revelador que el
breve discurso dirigido por el cardenal Felipe Borromeo, tan estudioso como el
que más, y fundador de la Gran Biblioteca Ambrosiana, a los jesuitas que se
embarcaban rumbo a los mares del sur. A la vez que los exhortaba a contribuir
al conocimiento de la naturaleza en tan remotos lugares, agregaba la esperanza
de que, puesto que se dirigían a los antípodas, descubrirían algo acerca de
“los cimientos de lo profundo”. Ahora bien, podría haber sabido, a través de
Aquino, a quien estudió durante tantos años, que no existe tal cosa, puesto que
la Tierra no figuraba en la doctrina oficial como “columna fundada sobre lo
profundo”, cual sugiere el Antiguo Testamento, sino como una esfera
simétricamente suspendida en el centro del universo. Mas ni siquiera el
diagrama ortodoxo habíase fijado en su mente.
Hombres semejantes no podían reaccionar en favor del intento de Galileo de
mostrar deficiencias inherentes a la interpretación oficial de las Escrituras.
El relato de Josué no resultaba tan fácil de justificar en la teoría
tolemática. Aun Aristóteles y Tolomeo no iban demasiado bien juntos. Pero una
vez que las capas, tan laboriosamente unidas, de las tradiciones griega, helena
y hebrea fueron colocadas aparte, un enjambre de las dudas más indiscretas
asaltaron la imaginación. Conocemos por las murmuraciones de Ciámpoli la clase
de preguntas alarmadas formuladas entre determinado público en relación con las
nuevas ideas. ¿Significaba la existencia de hombres en la Luna? ¿Qué de Adán y
Eva y el arca de Noé? ¿Y del demonio, al que se supone situado en el centro del
mundo? ¿Dónde se halla el ángel que mueve la Tierra? Porque resulta claro,
según Aquino, que los planetas no se mueven por sí solos[68].
Ciámpoli y Dini prosiguieron, como leales servidores de una gran
administración, pensando en designios inescrutables de largo alcance; habríanse
asombrado de saber el gran lugar que ocupaban en la mente de Bellarmino esas
sencillas y pueriles alarmes de que se burlaron. Conocían bien cuanto había
sido concedido a través de centurias y también, de la mejor manera posible, la
increíble y revuelta confusión de principios, creencias, nociones y
sentimientos por él mantenidos en unión durante toda una vida de luche heroica.
Además, como jesuita, parece haberse mostrado interesado en insinuaciones
provenientes de Alemania, según las cuales algunos de sus compañeros favorecían
en secreto la idea de Copérnico, pero sin atreverse a discutirla con sus
superiores. Ahora que pensaba en ello, ¿no había parecido Grienberger algo
extraviado? Existía un principio de confusión en las filas. Una vez que
permitiera que las ideas comenzaran a ponerse en movimiento, no podría sentirse
responsable del resultado. Sint ut sunt aut non sint.[69].
El lector moderno puede experimentar que ya somos más inteligentes acerca de
estas cosas, pero es principalmente una ilusión óptica. Nuestros estadistas son
a su vez cerebros legales, aunque no tan preparados como el de Bellarmino, y
también veríanse confusos hasta cierto punto, aun hoy, con las pruebas de
Galileo. Si no se les hubiera inculcado la doctrina que la irresistible magia
negra que brota de esas pruebas antiguas ha sido capaz de producir las
conveniencias de la vida moderna y los presupuestos de cien billones de
dólares, no se atemorizarían cuando oyen pronunciar la palabra “ciencia”. En
estos tiempos, incluso una mente tan sensible y aventurera como John Donne, en
Igratius His Conclave, ha querido que sea conducido Galileo ante el juez del Infierno,
junto con Maquiavelo y Paracelso, como uno de esos “innovadores” que
trastornaron al mundo. Gobernante de la Iglesia como Bellarmino, para quien la
ciencia seguía siendo un adorno de la mente, pueden ser disculpados por
preguntarse si esas novedades acerca de los cielos serían del todo para el bien
del orden espiritual que estaban obligados a sostener.
IV
El
mismo Galileo no se hallaba tranquilo, pues en las cartas confidentes por él
recibidas de Roma no veía sitio el trágico abismo que lo separaba de sus
mejores amigos de allá; porque ellos insistían en que todo saldría bien, como
dijo Bellarmino, y que el copernicismo iba a ser reducido, cuando mucho, al
campo geométrico. Ellos mismos no vieron nada demasiado grave en esto; no eran
físicos y, menos aún, metafísicos independientes, aunque en alguno de ellos
había un tono romántico de platonismo. Eran “mentes abiertas”, desdeñosas de la
pedantería aristotélica ceñuda y deseosas de que su amigo tuviese mano libre en
“estas nuevas y maravillosas demostraciones”. Por encima de todo deseaban
vindicarlo como buen cristiano frente a los monjes[70].
Galileo, en cambio, hallábase en terrible apremio, viendo acontecer lo
irrevocable antes de que hubiese pedido convencer a nadie. Ante la repetida
urgencia de monseñor Dini, se dio a completar su extensa carta apologética a
Madama Cristina, la Gran Duquesa Viuda[71]. En tanto la
guillotina de la interpretación obligatoria no hubiese caído, continuaba
habiendo esperanza.
La Carta a la Gran Duquesa representaba un alegato solemne y vigoroso, digno de
estar junto a la Areopagítica de Milton, aunque menos secular en tono y menos
polemista. No se expresa sino al principio un motivo de queja mesurada contra
quienes insisten en desviar el pensamiento y contra quienes calumniaron desde
el púlpito “con su condenación apenas caritativa y menos considerada aún de
todas las matemáticas, junto con los matemáticos”. En su prefacio consta un
grave recordatorio debido a San Agustín: “No deberíamos sostener temerariamente
una opinión en materia científica, para que más tarde no podamos aborrecer
cualquier verdad que pueda sernos revelada, por amor a nuestro propio error”.
Luego de vindicar la memoria de Copérnico, Galileo sostiene que abriga en su
corazón el interés por la religión, “tanto que propongo, no que este libro no
sea condenado sino que no se le Condene, como ellos harían, sin comprenderlo,
sin oírlo y basta sin verlo”. La Sagrada Escritura habla con frecuencia de modo
figurado, como es bien conocido, en tanto la naturaleza permanece inexorable e
inmutable y jamás va más allá de los límites a ella impuestos por las leyes, ni
le interesa si sus recónditas razones y sus modos de obrar son accesibles a la
capacidad del hombre; pero difícilmente resulta reverente para el Espíritu de
Dios suponer que puede haber tendido trampas para el hombre al establecer
verdades contradictorias.
Galileo cita nuevamente a San Agustín (sin haberse percatado, al parecer, como
los jansenistas años más tarde, que el santo habíase convertido en autoridad
“controversista”, a citar por propia cuenta y riesgo): “Los autores inspirados
sabían cuál era la verdad acerca de los cielos, pero el Espíritu de Dios que
habló a través de ellos no quiso enseñarla a los hombres y de nada sirvió para
la salvación”. Dios ha dejado expresamente Sus obras para nuestra disputa y se
ha considerado bien que los hombres de la antigüedad hayan especulado de manera
profunda sobre ellas. ¿Hemos de dejar que el vulgo, capaz de ser inflamado por
cualquier agitador con bajas pasiones y prejuicios, abarque cualquier pasaje de
las Escrituras A su antojo y lo blanda a manera de cachiporra para aplastar el
esfuerzo de la ciencia?
Hay, por otra parte, prosigue, teólogos (muy santos sin duda) que alegan
suprema autoridad en todos los asuntos simplemente porque la teología es
suprema. “Es igual que si un gobernante absoluto ordenase, sin ser médico ni
arquitecto, que la gente se tratase a sí misma o erigiese edificios, de acuerdo
con sus instrucciones, con grave peligro de los pobres pacientes y evidente
ruina de los edificios”. En lo que respecta a los nuevos descubrimientos, la
Iglesia pudo haber suprimido la astronomía en conjunto o el libro de Copérnico
tan pronto vio la luz. Pero permitir la obra y condenar la doctrina, mientras
se acumulaba tanta evidencia en su favor públicamente sería el camino
posiblemente más pernicioso para las almas de los hombres, ya que les daría la
oportunidad de convencerse de la verdad de una opinión que era pecado creer.
“No esperemos encontrar la verdad entre los padres, o en la sabiduría de Él,
que no yerra jamás, esas conclusiones apresuradas a que podría llegar guindo
por alguna pasión o particular interés; desconfiad de mover a la Iglesia para
que haga relucir la espada en nuestra defensa; porque en todas las
proposiciones que no son directamente de fide, el Sumo Pontífice retiene sin
duda poder absoluto para admitir o condenar; mas no está en manos de ningún ser
hacerlas falsas o verdaderas, lo contrario que cuando son de facto”.
Los puntos de vista concernientes a la interpretación de las Escrituras
contenidos en las cartas teológicas de Galileo se han convertido en doctrina
oficial de la Iglesia desde la encíclica de León XIII, Providentissimus Deus,
de 1893. Pero cuando fue enviada a Roma la Carta o la Gran Duquesa, en 1615,
desapareció de la vista con la misma suavidad que una moneda en un montón de
nieve. Dini no se atrevió a discutir más con sus superiores. El folleto del
padre Foscarini, recién publicado, había venido originando nuevas y más
desgraciadas dificultades.
V
Pablo
Antonio Foscarini era un monje carmelita de Nápoles, de reputación excelente,
Provincial de su Orden, y la obra por él publicada demostraba verdadera
comprensión del sistema copernicano. Fue en forma de carta dirigida a su
General. Después de hacer mención de la labor pionera de Galileo, sugería que
era hora de que el heliocentrismo fuese considerado una realidad física y se
embarcó con celo teológico en una reconciliación del sistema con los pasajes
pertinentes de las Escrituras. Como deseaba ante todo ser monje obediente,
Foscarini había sometido su texto al cardenal Bellarmino en procura de su
opinión.
La respuesta de Bellarmino fue cortésmente ansiosa y nos proporciona en toda su
extensión su modo de pensar sobre el tema:
Mi
muy Reverendo Padre:
Ha constituido un placer para mí la lectura de vuestra carta en italiano y la
publicación en latín que me habéis enviado. Os agradezco tanto una como otra y
puedo deciros que las he encontrado llenas de erudición y de conocimiento.
Puesto que solicitáis mi opinión, voy a dárosla con toda la brevedad posible,
ya que tenéis poco tiempo para la lectura y yo muy poco para la escritura.
1. Me parece que Vuestra Reverencia y el señor Galileo proceden con gran
prudencia al contentarse con hablar hipotética y no absolutamente, como siempre
he interpretado que habló Copérnico. Decís que en la suposición del movimiento
de la Tierra y la inmovilidad del Sol se explican mejor todas las apariencias
celestes que con la teoría de los excéntricos y los epiciclos, es expresarse
con magnífico buen sentido y sin correr el menor riesgo. Tal modo de hablar es
suficiente para un matemático. Pero querer afirmar de manera certísima que el
Sol se halla en el centro del universo y sólo giro alrededor de su eje, sin
efectuar movimiento de oriente al poniente, es una actitud muy peligrosa y que
se supone agitará no sólo a los filósofos y teólogos escolásticos sino que a la
ver perjudicará a nuestra santa fe al contradecir a las Sagradas Escrituras.
Vuestra Reverencia ha demostrado bien claramente la existencia de varios modos
de interpretar la palabra de Dios pero no ha aplicado tales métodos a ningún
pasaje en particular. Y de haber deseado exponer por el método de vuestra
elección todos los textos que habéis citado, tengo la certeza de que se hubiera
tropezado con sumas dificultades.
2. Como es de vuestro conocimiento, el Concilio de Trento prohíbe la
interpretación de las Escrituras de modo contrario a la común opinión de los
santos padres. Ahora bien, si Vuestra Reverencia lee, no ya a los padres, sino
a los modernos comentaristas del Génesis, los Salmos, el Eclesiastés y Josué,
descubrirá que todos están de acuerdo en su interpretación de que literalmente
enseñan que el Sol se halla en el firmamento y gira alrededor de la Tierra con
enorme velocidad, que la Tierra se halla muy distante del cielo, en el centro
del universo e inmóvil. Considerad, pues, en vuestra prudencia, si la Iglesia
puede tolerar que las Escrituras sean interpretadas de manera contraria a la de
los santos padres y todos los comentaristas modernos, griegos y latinos. De
nada servirá decir que no se trata de un asunto de fe, porque aunque pueda no
serlo ex parte objecti, o con relación al tema tratado, sí lo es ex parte
dicentis o con relación a quien la enuncia. Así, quien negare que Abraham tuvo
dos hijos y Jacob doce, sería exactamente tan hereje como el que negara el
nacimiento de Cristo del vientre de la Virgen, porque es el Espíritu Santo el
que hace saber ambas verdades por boca de los profetas y apóstoles.
3. Si existiese una prueba auténtica de que el Sol se halla en el centro del
universo, que la Tierra está en el tercer cielo y que el Sol no gira alrededor
de la Tierra, sino ésta alrededor de aquél, tendríamos que proceder con gran
circunspección al explicar pasajes de las Escrituras que parecen enseñar lo
contrario, y más bien confesar no haberlos comprendido que declarar como falsa
una opinión que se ha probado que es cierta. Mas, en lo que a mí se refiere, no
creeré en la existencia de tales pruebas hasta tanto me sean mostradas. Tampoco
es una prueba que, si se supone que el Sol se halla en el centro del universo y
la Tierra en el tercer cielo, todo funciona cual si fuere todo lo contrario. En
caso de duda no debemos abandonar la interpretación de los textos sagrados tal
como nos fue dada por los santos padres.
Puedo también agregar que el hombre que escribió: La tierra permanece inmóvil
por siempre; el Sol también se levantó, luego descendió y apresuróse a retornar
al lugar de donde vino, fue Salomón, quien no sólo habló por inspiración divina
sino que era docto y prudente por sobre los demás, en ciencias humanas y en el
conocimiento de las cosas creadas. Como poseía toda esa sabiduría,
proporcionada por el mismo Dios, no es verosímil que hubiese hecho una
manifestación contraria a la verdad, probada o sin probar. Si me decís que
Salomón habla guiado por las apariencias, tanto más cuanto que nos parece que
es el Sol el que da vueltas, es realmente la Tierra la que lo hace, exactamente
como cuando el poeta dice: “La costa se aleja ahora de nosotros”, yo contesto
que, aunque pueda parecer al viajero que la costa se aleja del barco en que se
halla, más bien que éste de la orilla, él sabe, sin embargo, que se trata de
una ilusión, y está en condiciones de corregirla porque sabe que es el barco lo
que se baila en movimiento. Mas en cuanto al Sol y a la Tierra, el hombre
prudente no tiene necesidad de corregir su juicio, ya que su experiencia le
dice sencillamente que es la Tierra la que permanece inmóvil y que su vista no
se engaña cuando comunica que el Sol, la Luna y las estrellas se mueven.
Con lo cual saludo afectuosamente a Vuestra Paternidad y ruego a Dios que os
conceda toda clase de felicidad.
Fechada en mi casa, el 12 de abril de 1615.
Vuestro hermano, Muy Reverenda Paternidad,
R. Car. Bellarmino.[72]
El
lector moderno puede muy bien mostrarse perplejo ante el tipo de razonamiento
evidenciado en esta misiva. Debe reconocerse que el abandono de Copérnico por
parte de Bellarmino no procede de ningún conocimiento familiar de sus obras.
Pero, por otra parte, muy pocos lo habían leído, ni aún el sumario de Reticus,
y aquello con que tropezaron habría sido una repetición más abundante de
refutaciones sinuosas. De parte del cardenal es más meritorio no dejar a un
lado a Copérnico de modo sumario como “ese necio”, de manera que lo hiciera
Martín Lutero. Por lo demás —y éste es un punto que se olvida con frecuencia—
lo leído por Bellarmino, u oído al menos, era una parte muy distinta del libro
de Copérnico, tal como estaba, es decir, la famosa Introducción. Y en ella se
manifiesta de modo bien expreso que la teoría es una suposición puramente
matemática, sin ninguna consecuencia en la realidad de los cielos, cualquiera
sea. De esta manera, Bellarmino tenía derecho a pensar que Copérnico se hallaba
filosóficamente de su lado, impresión que muy pronto podía haber sido
desvanecida con un somero examen del libro, lo cual se hallaba fuera de toda
posibilidad salvo para un especialista. Y nadie estaba al tanto de que esa
Introducción sin firmar no era en absoluto de Copérnico sino agregado de
Osiander, pastor luterano que intentaba, a su manera, hacerla aceptable para el
prejuicio fundamentalista. Era, al decir de Kepler, “escrita por un asno para
uso de otros asnos”, sin que la diferencia pudiera ser distinguida por el observador
casual; y Bellarmino no estuvo sino muy contento de ver confirmados sus puntos
de vista.
Si hubiese penetrado algo más, en la dedicatoria a Pablo III, habría dado con
las observaciones del mismo Copérnico acerca del peligro de mezclar las
Escrituras con la ciencia: “¿No había dicho Lactancio cosas pueriles sobre la
forma de la Tierra?”. Podría haber prestado atención al grave aviso de
Copérnico: “Illos nihil moror…” lo cual hubiera sido pedir demasiado a quien
jamás se examinara nada en espíritu de duda, y en vez habíase adiestrado en
establecer, reaseverar y reconfirmar una verdad reconocida a lo largo de toda
su vida. De ahí que Bellarmino no volviera a estudiar a Copérnico antes de
redactar su carta ni gastara el aceite de la lámpara en considerar los modernos
y profundos raciocinios que apologistas posteriores formaron en su texto[73]. Como
manifestara con toda ingenuidad, era poco su tiempo; tenía poca salud y estaba
acosado por el trabajo, del que no podía escapar sino para dedicarse a sus
oraciones y suspirar por los consuelos de la otra vida. Al mismo tiempo, no
utilizaba en absoluto las vigilias nocturnas en pos de la filosofía natural
sino en la composición de un pequeño tratado intitulado El Lamento de la Paloma
o Del Valor de las Lágrimas. Un comentario sobre el texto decía así: “Quién me
diera alas como a una paloma, y yo volara en busca de descanso”. En él mostraba
la necesidad de penitencia, compunción y santas lágrimas y derivada de los
pasajes de la Biblia y de los padres, para continuar más tarde con la
descripción de doce fuentes de pesadumbre para el corazón cristiano, tales como
la consideración del pecado, del infierno, de la pasión de Cristo, de las
persecuciones de la Iglesia, la laxitud entre los sacerdotes, la declinación
del fervor en las órdenes religiosas, la vida descuidada de las gentes del
mundo, las miserias de la humanidad, el purgatorio, el amor de Dios, la
incertidumbre de la salvación y las tentaciones del demonio[74].
Eso era en verdad lo que a Bellarmino interesaba. Hasta su gran obra
controversista se hallaba ya atrasada mientras meditaba su nunc dimittis. Fue
solamente un sentido férreo del deber lo que lo condujo a contestar con
amplitud a la engorrosa pregunta de un buen monje que solicitaba consejo.
Por otra parte, cuando Galileo se dio a la lectura de la carta a Foscarini,
sintió que se le oprimía la nariz. Había estado tratando de decir, con tanta
claridad y tan peligrosamente como pudo, cuál era su punto de vista, y todo lo
que obtuvo fue una respuesta considerada: “Confío en que no os he oído”.
De seguro, contestó a Dini, que jamás había sido su deseo penetrar en el
terreno de la Biblia “en el que nunca había tenido nada que hacer el astrónomo
que permaneciese dentro de sus límites”. En ningún momento deseó sino asegurar
la libertad para una teoría física. “Existirá el modo directo y seguro —agrega
con desesperación— de probar que ella no va contra las Escrituras” y
demostraríase a través de mil pruebas su veracidad y que lo contrario no puede
subsistir de ninguna manera. Mas ¿cómo he de hacerlo y cómo no ha de ser en
vano todo esfuerzo, si mi boca permanece cerrada y estos peripatéticos, que
tienen que ser persuadidos, se muestran incapaces de comprender aunque sólo sea
la más simple y fácil de las razones?
Esto representa una velada acusación contra el propio Bellarmino y era la
verdad ineludible (Dini no consintió ciertamente por entonces que saliera de su
cajón). Como teólogo decimos a un individuo que se limite a la filosofía
natural y no se mezcle con las Escrituras; luego invadimos su propio terreno
científico con nuestro prejuicio peripatético, sin tomarnos la molestia de
comprender sus razones, y lo hacemos callar con la prohibición teológica. Tal
el camino que no puede conducir sino a la “subversión de comunidades”, como
Galileo escribiría después.
Esta confianza instintiva compartida por sus amigos de que él, Galileo, era
después de todo el sostenedor de las tradiciones de la cristiandad y Bellarmino
quien no lo hacía, no es lo que se supone que sienten los buenos católicos, mas
lo cierto es que lo hacen con frecuencia sin considerarlo crimen[75]. Debe haber
sido en verdad algo singular para esos hombres ver como los conductores de la
Iglesia Romana comprometíanse en una posición fundamentalista que siempre había
pertenecido a las sectas protestantes. En una jerarquía que durante su dilatada
experiencia ha visto ir y venir la teoría de los antípodas, a más de numerosas
cosas más importantes, ello debe haber parecido obstinación de lunático; y
estaba volviéndose claro que no eran las convicciones religiosas de Bellarmino
lo que se interponía en el camino sino simplemente su limitación aristotélica y
su temor al “escándalo”. En su serena dedicatoria al Papa, Copérnico es en esos
momentos más católico que Bellarmino.
Tales reacciones encuentran eco favorable del otro lado del cerco. Los hermanos
de Tommaso Caccini hallábanse bien alejados del interés intelectual.
Pertenecían a esa clase de gente de poca categoría que se conforma con estar
siempre sonsacando prebendas o pensiones del favor de los poderosos. Cuando
Matteo Caccini, habitante de Roma al servicio del Vaticano, supo de la aventura
oratoria de Tommaso, le escribió en el acto, tropezando con sus propias frases
a causa de la furia y el apresuramiento:
He
sabido de tales extravagancias y cabriolas de tu parte, que me hallo lleno de
asombro y de disgusto fuera de toda medida. Puede ser que acontezca que algún
día te pese haber aprendido a leer. No podías haber realizado nada más molesto
para las altas autoridades de aquí, incluso la más elevada. Dios quiera que no
tengas que aprenderlo de la manera más amarga.
De nada servirá que te envuelvas con el manto del celo y de la religión porque
aquí (en Roma) todos saben cómo los monjes utilizan dicha prenda con gran
frecuencia para cubrir sus feos impulsos, y muy lejos de creeros os ven mejor
de lo que sois.
En verdad es grande impertinencia, en asuntos que han de ser juzgados por
hombres muy por encima de ti, entre los que se hallan personas de gran
sabiduría y prudencia, y permanecen callados, que la impertinencia de un fraile
venga haciendo cabriolas de tal modo. ¡Qué idiotez eso de ponerse a gritar
destempladamente por insinuación de esos asquerosos palomos, o lo que quiera
que sean! (da piccione, da coglione, o da crrti colombi, refiriéndose a
Ludovico della Colombe y su Liga Acedémica).
Sin embargo, has tropezado con bastantes dificultades durante el pasado. ¿No
aprenderás nunca?
Hermano Tomás, créeme, la reputación gobierna al mundo y los que llevan a cabo
tal coglionerie como tú pierden su buen nombre. Precisamente cuando tratábamos
de iniciarte una buena carrera, con la protección de altos personajes… ¿Qué
pensarán de ti el mundo y la orden? Esta acción tuya carece de sentido en la
tierra y a nadie interesa, siendo la prueba que a nadie le importa un ardite
aquí, lo cual puedes creerme, pues lo sé de seguro. Ahora bien, no permitas que
nadie vuelva a subirte en tu gran caballo para tan ridícula carrera. Te ruego
que dejes de predicar y, si no lo haces por mí, conozco la manera de obligarte.
Quedas prevenido.
Trata de pensar el lugar a que te agradaría ir, pues no me gusta ese en que
estás y mucho menos éste; y si no ves la manera de mudarte la buscaré yo mismo.
Yo, que no soy teólogo, puedo decirte lo que sigue: te has conducido como un
necio terrible. Con lo cual recibe mis buenos deseos.[76]
Matteo
despachó la misiva con órdenes de que fuese mostrada a fray Tomás, pero no
dejada en sus manos. No eran exageradas las precauciones en esa feroz lucha
política donde todo podía cambiar de la noche a la mañana, ya fuese a causa de
un levantamiento o de la muerte del Pontífice reinante, lo que explica que
nadie osase escribir lo que sabía. Las palabras de Matteo son así doblemente
valiosas, porque reflejan una seguridad derivada de su amo, el cardenal
Arrigoni, y de los amigos de éste en la Curia, con quienes Matteo se halla en
contacto diario; vemos de dónde provino la confianza expresada por Ciámpoli. Es
sano conservadorismo. Las perpetuas incursiones y la agresividad de esos monjes
de Santa María sopra Minerva originaba molestias no disimuladas al Vaticano.
Las decisiones máximas no eran reservadas para aquéllos. La Iglesia siempre
había sido más sabia que sus hijos.
En cuanto a Galileo, no se entregó en verdad al humor desesperado. “Id a
golpear de nuevo a las puertas de los Jesuitas”, escribió a Dini. “Sigo
creyendo que si fuese en persona a explicar mis razones obtendría algún
resultado”.
La correspondencia de los meses siguientes ha sufrido extravío, probablemente
destruida por Galileo para no comprometer a sus amigos que le habían estado
escribiendo en términos cada vez más cubiertos. Pero ya estaba claro que
Ciámpoli había escrito que no había mucho que esperar en dirección del Colegio
Romano.
Galileo no abrigaba demasiadas ilusiones sobre el particular. Habíasele
indicado que estaba siendo protegido, oh, tan ligeramente, por su propio bien;
pero vio el desastroso intento reaccionario en su verdadera faz; una
consolidación mortal que iba cerrándose de manera imperceptible para
aprisionarlo, cual la mosca en el ámbar, o, según la imagen de Dante, que
corresponde mejor a la mente de esos hombres, el alma perdida e incrustada para
siempre en el hielo eterno. Diecinueve centurias de pensamiento organizado se
amontonaban para asfixiarlo, siendo su comienzo la “pérdida de nervios” de la
ciencia griega después de Aristarco. Los astrónomos, que aún recorrían a
tientas el camino hacia un sistema físico confusamente contemplado, fueron
desplazados entonces por los filósofos, poseedores de lo que ellos consideraban
una cosmología satisfactoria; habían aceptado, no sin cierta protesta
quejumbrosa, el papel secundario de “fenómenos salvadores” por medio de modelos
abstractos y ficciones. La mente de los individuos había sido moldeada a través
de siglos con los dogmas de la sólida lógica y la experiencia escolásticas. Los
gobernantes de pensamiento no podían sino sonreír ante el patético intento de
un puñado de astrónomos, repetido en el transcurso de centurias, de erigir un
edificio sobre la arena. La sonrisa iba convirtiéndose ahora en impaciencia.
Una disposición parecía indicada, tal como sugirió Colombe, para impedir que
gente temeraria volviera a edificar en lugares inseguros.
Galileo estaba imposibilitado de explicar a semejantes hombres lo que no era
conocido sino por él y por Kepler: las tres fuerzas, matemáticas, física y
astronomía, en rápida convergencia hacia una unión que la volvería
irresistible. No producía ningún hecho que los jesuitas no conocieran[77]. Suplicaba
se le concediese tiempo, pero también mucho más: que los derechos de la
imaginación científica erigiesen su propio edificio y continuaran su demanda en
pos de los secretos del universo, doquiera condujeren; y eso significaba
invadir de manera inevitable el terreno reservado a la metafísica. “¿Con qué
derecho esperaba”, escribe un apólogo moderno; “que ellos creyesen su
palabra?”. En estas palabras se advierte una sombría ironía sin intención. En
verdad, para cualquier abogado agresivo su caso habría sido menos que
hermético. Lo que forma la especulación científica es materia volátil para la
mente sofista y ofuscada.
Podemos observar cómo esa clase de sofisma prosigue aún en nuestro propio
tiempo. Así es como Pierre Duhem, distinguido físico francés, que también ha
obtenido grande y merecido renombre en la historia de la ciencia, pudo escribir
en 1908: “La lógica se hallaba del lado de Osinder y de Bellarmino y no del de
Kepler y de Galileo; los primeros habían abarcado el exacto significado del método
experimental, en tanto los últimos estaban equivocados… Supongamos que las
hipótesis de Copérnico pueden explicar todas las apariencias conocidas. A lo
que podemos llegar es a que pueden ser ciertas, no que lo son necesariamente,
pues para legitimar esta última conclusión tendríamos que probar que no existe
posibilidad de imaginar otro sistema de hipótesis que explique las apariencias
igualmente bien”[78].
Esta última manifestación resulta, en lo que hace a su expresión, completamente
correcta en cuanto a lo científico. Tomarla con moderna connotación y
proyectarla hacia atrás en el cuadro histórico del siglo XVII la convierte en
algo peor que una paradoja, un solecismo intelectual suficiente para revelar en
su autor un apologista inescrupuloso ex parte. Si esos prelados conocían
exactamente, antes que nadie, lo que era el verdadero método científico, es
permisible preguntar cómo no hicieron jamás uso de él.
Duhem se hallaba perfectamente situado para saber que el pretendido
“positivismo” de Bellarmino no era sino posición de indiferencia en una
limitada área de conocimiento (es decir, la teoría del cielo), completamente
contenida por un realismo físico y metafísico de la clase escolástica. No podía
ser presentado de ningún modo admisible como punto permanente de partida (como
si existiese tal cosa) para una filosofía natural organizada y un “método
experimental”. Estaba muy lejos de ser así la teoría convencional del cielo
definida por Bellarmino, lo mismo que por Aquino, un área desconocida o “lugar
blando” que debe ser reabsorbido eventualmente por la coherencia aristotélica
circundante. La idea de que esa área se expandía en lugar de cubrir el campo
del conocimiento natural con sus vacías “hipótesis” habría sido recibida por
Bellarmino con un estremecimiento, ya que habriale parecido como un cáncer
intelectual. No menos habría disgustado a Galileo, quien habríase negado a
aceptar el estíptico formalismo dogmático como versión refinada de sus
procedimientos y preguntado lleno de indignación si el gran cosmos que se
lanzara a descubrir estaba llamado a resultar un universo interminable de
papel, libre de puntas y cubierto en toda su extensión de epiciclos y excéntricos
intelectuales[79]; entretanto
es ajustado sospechar que el universo actual de Maxwell, Einstein y Heisenberg
habría resultado fascinante aunque difícil de sentido para su mente.
Sócrates había hecho notar ya que el razonamiento antinatural posee manera de
volverse contra su autor. Dispersarlo con habilidad sobre el pasaje de la
historia no proporciona sino momentánea protección, ya que al final aparecerá
con mayor claridad aún, aunque una contención tenga sentido en la época actual.
Se supone que el ave de Minerva vuela en la oscuridad, y no entre la lobreguez
de las chimeneas.
Si la buena fe del lector no científico moderno puede ser extraviada aún por
tan dolorosas argucias, no es de maravillarse que tres siglos antes haya sido
difícil hacer que mentes más llenas de prejuicio vieran lo que había visto
Kepler, “el telescopio a modo de escalera con que escalar las más elevadas
paredes del mundo visible y observar desde allí nuestras chozas, me refiero a
los planetas, comparando los más altos con los más bajos, los más alejados con
los más profundos; no hacerles comprender que semejante certitud intuitiva
podía ser legítima aun cuando quedasen problemas que resolver”[80]. Galileo no
podía hacer sino demostrar la pasada absurdidad, hacer resplandecer “efectos
naturales” ante los ojos de sus jueces, hacer que sus descubrimientos suplieran
lo que aún no había llegado a descubrir. Tenía que disociarse de la terrible
memoria de Bruno, reasegurar a funcionarios sospechosos en cuanto a sus
metafísicas y al mismo tiempo hacerles sentir que los cimientos físicos se
superaban. Y tenía que hacerlo nada menos que en Roma.
No sabemos bajo qué circunstancias fue adoptada la decisión final. El joven
Attavanti puede haberle prevenido, luego de la audiencia del 14 de noviembre y
quebrantando su juramento de guardar silencio, de que se le acusaba de más
pecados de los que soñara. Provisto de fuertes recomendaciones del Gran Duque,
Galileo partió para Roma el 3 de diciembre de 1615. Tenía que salvar a esos
hombres, no obstante ellos mismos, de las consecuencias desastrosas que preveía
por su obstinación.
Mi
vien serrata la bocca…
GALILEO.
Auf Teufel reimt der Zweilel nur
Da bin ich recht am Platze.
MEFISTÓFELES.
I
Fiero
Guicciardini, embajador florentino en Roma, había sido informado por el
Secretario de Estado de la próxima llegada de Galileo. Experimentó la sensación
de inmediatas dificultades, deseando hallarse en otra parte. “Ignoro”, escribió
a su vez el 5 de diciembre, “si ha cambiado su disposición o sus teorías, pero
lo que sí sé es que ciertos hermanos de Santo Domingo, que integran el Santo
Oficio, así como otros, se hallan dispuestos en contra suya, sin que éste sea
lugar conveniente para discutir de la Luna, en especial en estos tiempos, o
ensayar y presentar nuevas ideas”. Pero sus instrucciones fueron explícitas.
Galileo fue alojado en los “jardines de la embajada”, que era la villa Médici
en Trinitá de’Monti (hoy Academia de Francia), “con mantención para él, un
secretario, un criado y una mulita”.
Descubrió que no constituis sino un pequeño punto de interés en el torbellino
de la capital, desaparecida ya la excitación creada por la invención del
telescopio. Roma renacía en esos años. La vasta transformación arquitectónica
emprendida por Sixto V y proseguida por sus sucesores inclinados al poder,
derribaba la antigua ciudad medioeval, reemplazándola con el moderno diseño de
plazas y avenidas monumentales, con la armonía de los palacios, estatuas,
jardines siempre verdes y fuentes rumorosas que intentaban proclamar al orbe la
restaurada magnificencia del catolicismo, triunfante sobre las fuerzas
desorganizadas de la vida y la desventurada confusión de la historia.
En cuanto al papel de la ciencia en todo esto, el velado diagnóstico del
embajador era correcto. El Papa Pablo V Borghese no era mente abierta ni poseía
mucha imaginación tampoco de ninguna especie. Era un ejecutivo sombrío y
vigoroso, canonista por su preparación, doctrinario e inflexible por temperamento.
Como dijo en una oportunidad, prefería nuevos trabajos para los hombres a
nuevas ideas de los estudiosos.
Por su parte, Galileo, impulsado sin duda a la acción por el frío escepticismo
del embajador, no se desilusionaría. El 8 de febrero de 1616 escribió a Curzio
Picchena, sucesor de Vinta como secretario de estado: “Día tras día descubro
qué buena inspiración fue mi venida a ésta, pues habíanse tendido tales trampas
contra mí que no podría haber esperado salvarme más tarde”. A través de la denuncia
de Caccini tenemos idea de cuáles fueron esas “trampas” —parte de una compañía
organizada para hacer aparecer a los astrónomos como blasfemos enemigos de la
Cristiandad en todos sus más sagrados dogmas.
La recepción acordada a Galileo en los medios oficiales fue halagadora. Sus
detractores, que se dieron a diseminar la noticia de su caída en desgracia en
Florencia, viéronse desalentados al verlo llegar con todo el favor de su
soberano. Pero sus cartas enviadas allá describen con lo que tuvo que habérselas:
Mi
asunto es mucho más difícil y llevará más tiempo de lo que requerida su
naturaleza debido a las circunstancias externas; porque no puedo comunicarme
directamente con las personas con quienes debo negociar, en parte para evitar
perjuicio a mis amigos y también porque no pueden comunicarse para nada
conmigo, sin correr serio peligro de censura. Y de tal manera me veo obligado,
con mucho trabajo y precaución, a buscar terceras personas que, aun sin conocer
mi objeto, puedan servirme como mediadores con los principales, de modo que
tenga oportunidad de exponer, incidentalmente por así decirlo, detalles de mis
intereses. También debo poner algunos puntos por escrito y hacer que puedan
llegar privadamente a manos de quienes deseo que los vean; porque veo en muchas
partes que la gente se muestra más dispuesta a ceder a la escritura muerta que
a la palabra viva, pues la primera permite convenir o disentir sin necesidad de
ruborizarse, y luego ceder en definitiva ante los argumentos utilizados, dado
que en tales discusiones no hay más testigos que nosotros, mientras que los
demás no cambian de opinión con tanta facilidad cuando deba hacerse en público.
El 6
de febrero de 1616, escribió confidencialmente:
He
terminado los asuntos en cuanto e mi persone se refiere; pero existe una
resolución que afecta a todos los que durante los últimos ochenta años han
escrito acerca de cierta doctrina no desconocida de Vuestra Excelencia. Y debo
a mi conciencia proveer cuanta información pueda, derivada de las ciencias que
profeso[81].
Reservo para vuestro oído solamente el relato de las acciones verdaderamente
increíbles de que son capaces esos tres poderosísimos operadores, la
ignorancia, la malicia y la impiedad. Mas sea suficiente decir que mis
enemigos, una vez en derrota y disgustados en su empresa contra mi persona,
como se me ha aseverado sin rodeos por estos Señores, han vuelto ahora sus
baterías contra las ideas que defiendo.
Galileo
complementaba este difícil ambular por las antecámaras con una actividad social
que esperaba lo mantuviera a la vista de la Roma murmuradora como científico
ortodoxo y sin oposición. Amaba la discusión y parece haber abrigado una fe
inextinguible en la capacidad del individuo para comprender. Escribe un hombre
típico que andaba por toda la ciudad, tal como es monseñor Querengo:
Contamos
entre nosotros al señor Galileo quien, a menudo, en las reuniones de hombres de
mente inclinada a la curiosidad, causa la diversión de muchos con respecto a la
opinión de Copérnico, que él tiene por cierta … Habla con frecuencia en medio
de quince o veinte invitados que lo asaltan, ya en una morada, ya en otra, pero
está tan bien pertrechado que los aleja riendo; y aunque la novedad de las
opiniones deja a la gente sin persuadir, quedan convictos de vanagloria la
mayor parte de los argumentos con que sus adversarios tratan de derribarlo. En
particular el lunes, y en la morada de Federico Ghisilieri, realizó cosas
maravillosas; y lo que más me plació fue que, entes de contestar las razones de
sus contrincantes, las amplió y las fortaleció con nuevos elementos que
parecían imbatibles, de modo que al demolerlas subsiguientemente puso a sus
oponentes en el más grande ridículo.
También
acudían visitantes, uno de los cuales lo hizo estremecer de manera
considerable. Fue Tomás Caccini. “La persona que originó las dificultades”,
escribe cautelosamente a Picchena, “permaneció conmigo durante más de cuatro
horas, intentando sonsacarme acerca de la controversia. En la primera media
hora presentó sus excusas, con grandes expresiones de humildad; en cuento a lo
que hubo predicado en Florencia; luego quiso persuadirme de que no había sido
motore para los otros que se movieron en esta ciudad… Mas en todos sus
discursos vine a descubrir grande ignorancia, no menos que una mente llena de
veneno y desprovista de caridad. Lo que él y otros han realizado desde
entonces, me demuestra otra vez qué peligroso resulta el tratar con esa gente y
qué inevitable el tenerlos alineados contra mí”.
De lo que había estado realizando esa gente, podemos vislumbrar algo en verdad
a través de las cartas de Matteo Caccini. Matteo era hombre de mundo discreto,
y había llegado a respetar a Galileo, aunque sólo fuese porque su hermano
mayor; Alejandro, había hecho su carrera temprana en los intereses bancarios
contraloreados por Filippo Salviati, íntimo amigo y protector de Galileo.
Establecido en Roma, encontró solaz de las intrigas cortesanas dedicándose a la
horticultura (puede interesar al lector moderno saber que tuvo parte importante
en la moderación de la admirable Villa Borghese, que ahora es el parque público
de la ciudad).
Por vía de interés familiar, Matteo Caccini trataba de obtener promociones
lucrativas en favor de su hermano dominico, a la vez que era grande su interés
en sacarlo de Florencia y de sus escandalosas relaciones con esos asquerosos
“palomos”. Gentilhombre al servicio del cardenal Arrigoni, y amigo de varios
miembros de la Curia, estaba muy au courant de los asuntos romanos. Ahora se
esforzó con alma y vida, movilizando todos los recursos de la corte para
obtener para Tomás el título de Bachiller Residente de Artes en el Minerva, con
objeto de tenerlo bajo su vigilancia en Roma. Su temprano interés puede
colegirse de lo que escribe a Alejandro en enero 9 de 1615: “Si F. T. presenta
más dificultades, hacédmelo saber. Tengo medios para hacerlo salir de Italia en
caso necesario”. Mas F. T. parece dispuesto a tranquilizarse y Matteo escribe
triunfante el 6 de febrero que le ha sido posible, moviendo cielo y tierra,
asegurarse un puesto frente a un peligroso competidor; que Tomás venga a Roma
inmediatamente. “Pero, por amor del cielo, que tenga los labios sellados;
podría arruinar nuestros proyectos. Sus camaradas de la orden parecen abrigar
buenos pensamientos hacia él en cuanto a su capacidad, pero me consta que es
más liviano que una hoja y más vacío que una calabaza. No me sentiré cómodo
hasta que el asunto haya terminado”.
Como sabemos, Tomás vino a Roma el 20 de febrero, mas sin mostrar mucho interés
en las perspectivas abiertas por su hermano. Tenía otros proyectos en su
imaginación. Su llegada había sido establecida en coincidencia con la de la
carta de Lorini. Mientras Ciámpoli escribía a Galileo (febrero 28) que “los
frailes parece que ni hablan ni piensan más de aquel asunto”, Tomás Caccini
conferenciaba extensamente con sus compañeros dominicos, y el 13 de marzo era
presentado al cardenal Araceli, que protegería su denuncia secreta.
No fue sino el 30 de abril cuando Matteo se percató de los sucesos.
“En cuanto a F. T”., escribe, “estoy tan enojado que es imposible estarlo más,
pero no tengo interés en discutir el caso. Tuvo una explicación conmigo en
privado hace unos días y expuso proyectos tan espantosos que a duras penas pude
contenerme. En todo caso, me lavo las manos sobre su persona de una vez y para
siempre”.
Lo que Tomás había revelado, evidentemente, era que estaba dispuesto a “pescar”
a Galileo por todos los medios, buenos o malos; que había encontrado aliados
influyentes; y que, si podía hacerse que el Santo Oficio se pusiera en
movimiento, tenía ante sí una carrera de honores y promociones mucho más
importante que la proyectada por su hermano. Ahora sugería que éste abandonase
sus anteriores esfuerzos (que de todos modos no habían conducido a nada) y
siguiera sus indicaciones.
Matteo valía tanto como su palabra y no volvió a ver al monje otra vez. En
noviembre de 1615 siguió a su cardenal a Nápoles (ello mientras Galileo
continuaba todavía en Florencia), y en adelante no pudo enviar sino información
indirecta. Pero una nueva nota de alejamiento deslizábase en sus escritos. A
todas luces se le había indicado que el asunto de Galileo se había convertido
en verdad en tarea de la Inquisición y que era prudente no meterse
absolutamente en nada. Escribe en febrero 19 de 1616: “Entiendo que el señor
Gl. ha ido al Santo Oficio”. Las negociaciones a que Galileo alude de manera
tan confiada, y hasta animosa, en su misiva del 6 de febrero a Picchena, se han
vuelto aquí motivo de un susurro atemorizado. El mundano Matteo ha llegado a la
conclusión de que su hermano estaba en lo cierto después de todo. “Parece estar
bien conceptuado en la orden. Bien, esperemos que pueda recobrar su fortuna”[82].
Galileo sabía demasiado bien que la ciudad hallábase repleta de informantes y
agents provocateurs en muchos puestos oficiales y no oficiales y de ahí que
diplomáticamente hablara menos de su verdadero motivo e insistiera en que no
había venido sino a vindicar su buen nombre. Su diplomacia mereció aprobación.
Pero continuó en espera de una audiencia que jamás tuvo lugar.
II
Movíase
entre una niebla de equivocaciones. Siempre que intentaba persuadir, tropezaba
con auditorios que simplemente resultaban divertidos. La diversión, aunque
cruel, era un premio en esa metáfora de tedioso conformismo. Pero la
originalidad tenía que ser de los “engreídos”.
A lo largo de la existencia de Galileo siempre fue su sino crear una excitación
y un consenso a su alrededor que poco tenía que ver con la verdadera
comprensión. Su tragedia era el exceso de dones; porque, mientras el telescopio
fue la clave de su éxito, su verdadera fuerza social residía en su
extraordinaria capacidad literaria, sus brillantes respuestas llenas de
ingenio, su elocuencia y encanto, que le daban rango en una cultura fundada
exclusivamente en las bellas letras y en las realizaciones humanistas. “Sabéis
cómo hechizar a la gente”, había dicho Ciámpoli. Sus escritos son en verdad una
hazaña de la prosa italiana del barroco que ha sobrevivido a través de los
siglos. Sus contemporáneos podían reconocer fácilmente en ello al maestro; pero
lo que retenían de sus. “incomparables demostraciones” era tan confuso como el
recuerdo de una sinfonía para el oído inexperto, lo que Galileo jamás pudo
observar. Al exponer razonadamente ante su auditorio, creía, y siempre deseaba
creer permanentemente, que los otros seguían el curso de sus pensamientos y se
gastaba sin tasa ni medida en explicar y persuadir. Lo aplaudían; pero llegado
el momento, este éxito pareció una y otra vez como el oro del necio en su mano.
Los más jóvenes que estaban en condiciones de comprender su pensamiento de
lleno, como Castelli y Cavalieri, eran un mero puñado (de ellos, Filippo
Salviati permanece como símbolo elevado al altar en el Diálogo).
De los hombres de responsabilidad e influencia, gente entrada en años, no había
casi ninguno en Roma. Sus nobles amigos de la Academia de los Linces eran almas
dispuestas, pero románticos platónicos y naturalistas que no comprendían
realmente su física. Sus padrinos y “protectores” que ocupaban altos cargos
eran muy parecidos a aquel senador estadounidense que, cuando los físicos de
Los Atamos se hicieron presentes con alegatos de urgencia tocante a peligros y
responsabilidades morales, les tapó la boca con estas palabras: “Caballeros,
crean que siempre he sido gran amigo de la energía atómica”. Galileo creía que
estaba sometiendo resúmenes como consultante y “amigo de la corte”. Pero la
corte misma era simplemente un paciente en observación.
Lo que debe haber parecido a un hombre de mundo cínico, puede inferirse a
través de la correspondencia del embajador florentino, Guicciardini, llena de
fastidio sin el menor disimulo:
Es
todo fuego en sus opiniones y las expone con gran pasión, pero no posee la
suficiente fuerza y la prudencia para dominarlas; de tal manera el clima de
Roma se está volviendo muy peligroso para él, especialmente en este siglo;
porque el Papa actual, que aborrece las artes liberales y esta clase demente,
no puede tolerar estas novedades y sutilezas; y tocio el mundo trata de ajustar
su imaginación y su naturaleza a la del gobernante. Incluso los que comprenden
algo, y se muestran inclinados a la curiosidad, si tienen prudencia, hacen por
parecer todo lo contrario, para no caer bajo sospecha ni verse en dificultades.
Galileo tiene monjes y otras personas que lo aborrecen y persiguen y, como ya
he manifestado, no se halla en modo alguno en buena situación en lugar como
éste, y podría ocasionar a su persona y a otras serias molestias… Lo cual hace
que me preocupe gravemente la anunciada venida del Cardenal Serenísimo (de
Medici)… Enredar a la gran casa ducal en estos riesgos y dificultades, sin
grave motivo, es cosa de la que no puede derivar beneficio alguno y sí grande
daño. No veo por qué haya de hacerse eso, máxime cuando no satisface sino al
mismo Galileo. Está apasionadamente dedicado a su disputa, cual si fuese su
propio negocio y ni ve ni palpa lo que ello comportaría; de manera que se verá
atrapado y puesto en peligro, lo mismo que otras personas que lo secunden…
Porque es vehemente, inflexible y apasionado, por lo que resulta imposible que
escape de sus manos quienquiera se halla a su alrededor. Y éste es un asunto
que no constituye broma sino que puede resultar de grandes consecuencias, y
este hombre se halla aquí bajo nuestra protección y nuestra responsabilidad…
Vox
clamantis in deserto. Deberíamos tratar de pensar en la Roma de aquel tiempo,
donde se estaba realizando mucha obra piadosa en favor del pobre y del
peregrino de todas partes del mundo, donde era posible tropezar con los
verdaderos santos, sin lugar a dudas, pero que por otra parte era la más
corrupta de las capitales administrativas, y siempre y para siempre como Du
Bellay la hallara un siglo antes y Belli la pintaría dos después: repleta de
monjes petulantes y fanáticos, intrigantes astutos, observadores oficiales y
privados, diplomáticos, cínicos secretarios, literatos ignorantes y
versificadores insustanciales, viviendo a costa de la liberalidad de algún
prelado; nobles holgazanes e insolentes, abogados de la Curia, publicanos de
semblante pétreo exigiendo elevadas rentas para príncipes y conventos; espías,
informantes, chismosos, paseantes en cortes, hipócritas disimulados, untuosos
sacerdotes y funcionarios, viejos duros y sospechosos, jóvenes en procura de
promociones a través de servil conformismo; toda la sociedad parásita, tórpida,
marrullera y malevolente que vegetaba a la manera del hongo pestilente en los
bordes de una burocracia imperialista mundial, y para la que la estabilidad y
prestigio de esa burocracia en materia espiritual representaba su carrera y sus
ingresos. Alrededor de todo eso, las piedras, el cielo y el pueblo de la Ciudad
Eterna, expresando su espíritu tal como se sostiene a través de los tiempos:
una indiferencia tolerante cual de roca a las ideas, una rápida estimación dé
los motivos humanos, una pesada certeza de que todo ha sido ya dicho y pensado,
la mirada puesta en quien paga. Ciertamente, como había dicho Guicciardini, no
un lugar adonde ir para discutir sobre la Luna.
Galileo escribía animado por inextinguible esperanza. Pero sabíase hombre
señalado y en cuyas narices iba cerrándose lentamente la puerta. La audiencia
jamás había sido concedida. Cesi, Ciámpoli y Dini tropezaban cada vez con más
reserva en sus pacientes indagaciones. Los jesuitas, que habían dado esperanza
de apoyo, retirábanse con lentitud. El padre Grienberger había manifestado que
hubiera sido mejor que presentara pruebas más convincentes de la teoría antes
de tratar de ajustar la Biblia a la misma. Lo cual era técnicamente correcto;
pero para un hombre en la posición de Grienberger, era, como Dini reconoció,
una salida lamentable. Lo peor fue que lo dijo después de haber sido llamado a
consulta por Bellarmino. Era una caña quebrada. Sabíase que los jesuitas
contaban con una directiva estricta, impartida por su general, a efectos de
mantenerse alejados de todo cuanto pudiese debilitar la posición aristotélica[83]. Galileo
había esperado contra toda esperanza de semejante individuo. Al cabo de tres
meses de ruegos, de súplicas y de demostraciones, vino a comprender que se
encontraba solo.
Todavía quedaba el Gran Duque de Florencia, que nunca lo abandonara, aunque era
bien sabido que Lorini trabajaba activamente en el palacio ducal. Procuróse una
carta de recomendación apremiante, en la que Cosimo II se interesaba
personalmente por la causa.
Iba dirigida al cardenal Alejandro Orsini, joven simpático de veintidós años,
que se vio lisonjeado por pedido de tanta importancia. Ante él, como antes
hiciera con Matteo Barberini, Galileo descubrió “la prueba física concluyente”
del sistema copernicano, que aún no había dado a publicidad; y le suplicó
utilizase su influencia con el Papa para que, cuando menos, suspendiera el
juicio. La prueba, ay, era la teoría de las mareas dada en el Día Cuarto del
Diálogo. No ha resultado válida pero sí era suficientemente impresionante para
cualquiera capaz de seguir su ajustado razonamiento.
Galileo no podía producir aún el péndulo de Foucault y tuvo que sacar partido
de lo que tenía.
III
Veamos
aquí la versión poco favorecedora del embajador sobre lo sucedido:
Galileo
ha confiado más en el consejo propio que en el de sus amigos. El señor cardenal
Del Monte, lo mismo que yo y otros varios cardenales del Santo Oficio, tratamos
de persuadirlo de que se mantuviese en calme y no prosiguiere enconando la
cuestión. Si era su deseo sostener su opinión copernicana, se le indicó, que lo
hiciera tranquilamente y sin gastar tanto esfuerzo tratando de que otros la
compartiesen. Todos temen que su venida aquí pueda resultar perjudicial y que,
en lugar de justificarse y triunfar, pueda terminar en una afrenta.
Al advertir que algunas personas mostrábanse frías frente a sus propósitos,
luego de haber importunado y aburrido a varios cardenales, se lanzó en demanda
del favor del cardenal Orsini, para lo cual obtuvo una calurosa recomendación
de Vuestra Alteza. Así, pues, el cardenal habló al Papa en favor de Galileo en
el Consistorio del miércoles, ignoro con qué circunspección y prudencia. El
pontífice contestó que sería bueno que lo persuadiese del abandono de esa
opinión. Ante lo cual Orsini contestó, urgiendo la causa, y el Papa lo cortó en
seco y le expresó que remitiría el caso al Santo Oficio. Tan pronto hubo
partido Orsini, Su Santidad llamó a Bellarmino y, luego de breve discusión,
decidieron que la opinión era equivocada y herética; y anteayer, según he
sabido, reunióse una Congregación sobre el asunto para declararlo así.
Copérnico, y los demás autores que escribieron sobre el particular, serán
corregidos o prohibidos. Es mi opinión que Galileo no sufrirá personalmente porque
es prudente y sentirá y deseará lo mismo que la santa Iglesia. (Marzo, 4).
Este
informe ha sido descartado como indigno de confianza por los historiadores, en
razón de la mala voluntad manifiesta de Guicciardini y porque las fechas han
sido manejadas abiertamente con el fin de acreditar su versión. La decisión no
fue adoptada dos días antes del decreto sino el 19 de febrero; en consecuencia,
cualquier presión que el cardenal Orsini haya intentado ejercer en el
Consistorio de marzo 2, y aun de febrero 24, no habría podido decidir el curso
de los acontecimientos. Pero a nosotros nos parece que el relato es mucho más
importante debido a esta aserción errónea.
Los gobiernos no han sido nunca adversos a alimentar la curiosidad de los
embajadores con oportunas indiscreciones y datos confidenciales coloreados de
manera que convenga a sus propósitos. El Vaticano sabía que Guicciardini
hallábase bien al tanto de todo lo acontecido en el palacio, a través de los
prelados toscanos y de funcionarios de todos los departamentos. Solamente las
acciones del Santo Oficio eran mantenidas en secreto. Era bien fácil para la
mente curialesca experta —luego de haber esparcido a lo largo de muchas semanas
la versión de que Galileo andaba buscando dificultades— dejar que un par de
hechos conocidos (la intervención de Orsini y luego la audiencia de Bellarmino)
pareciesen, por una “filtración” ya calculada, como los eventos decisivos,
mientras que la decisión había sido tomada ya en sesión secreta muchos días
antes. De esta manera escudábase a los informantes; las cosas se hacían
aparecer como si sólo la impaciencia y la indiscreción de Galileo hubieran
acuciado a las pacientes autoridades a la acción; y, con la cooperación de
Guicciardini, habíase dado con la mejor manera de desacreditar a Galileo ante
el Gran Duque. Esta versión ha continuado estando lejos de ser inservible para
determinados escritores modernos ex parte.
La verdad de lo ocurrido, según sabemos ahora a través de los archivos, es como
sigue: el 19 de febrero de ese año de 1616 (puede ser una coincidencia o no,
pero la visita peculiar de Caccini a Galileo tuvo lugar tres días más tarde)[84] los
Calificadores, o expertos del Santo Oficio, habían sido convocados por decreto
para emitir su opinión. Esta convocatoria fue resuelta en una reunión de la
Congregación General del 18, de la que se ha perdido todo vestigio. Del estilo
general del Decreta, puede inferirse, sin embargo, que éste no decía más de lo
requerido por el procedimiento estricto: “En Relata causa Galilaei mathematici
por el Reverendísimo Comisario General, Sanctissimus resolvió someter para su
censura las dos proposiciones sostenidas por el acusado”.
Los historiadores han considerado siempre los acontecimientos del Santo Oficio
como ocultos tras el misterio inquisitorial y, no obstante, éste parecería ser
uno de tantos casos comunes. Durante ocho meses, debemos recordarlo, nada había
acontecido en tanto procurábase la localización del padre Jiménez. En febrero
habían transcurrido menos de tres meses desde la declaración de Attavanti,
punto final de la indagación, y desde la última anotación del asesor en los
archivos. Se había dejado estar el caso mientras Galileo presentaba sus
justificaciones (vemos por qué sus protectores le dijeron que había estado
acertado en su venida) puesto que había sido denunciado formalmente, aunque
sólo fuese de oídas, por grave blasfemia y herejía concerniente a la naturaleza
de Dios. Casi dos meses le llevó, como sabemos por su carta del 6 de febrero,
disipar esos cargos contra su persona, y era la manera de actuar de la
Inquisición no proceder hasta tanto se hubiera llegado a una opinión definitiva
a lo largo de una investigación no oficial. La sospecha no había sido muy
fuerte desde el comienzo; como se le dijera, habríase aclarado poniéndola en
cuarentena. Mas seguía en observación por sus opiniones científicas, que
evidentemente no eran buenas; ya era tiempo de proceder sobre esa parte de la
imputación, que había sido comprobada[85]. Esta última
decisión fue cuestión de días, sin que demorara más de lo acostumbrado en lo
judicial. A comienzos de febrero el Comisario hizo saber que el caso figuraría
en la minuta de la próxima Congregación.
Las proposiciones sometidas a la censura de los Calificadores eran las
siguientes:
1. El
Sol está en el centro del universo y por lo tanto desprovisto de movimiento.
2. La
Tierra no constituye el centro del universo ni permanece inmóvil, sino que se
mueve sobre sí misma, y también con un movimiento diurno (ma si move secondo sè
tutta, etiam di moto diurno).
Los
teólogos se reunieron cuatro días más tarde, el 23 de febrero, y anunciaron el
resultado de sus deliberaciones al siguiente día. La primera proposición fue
declarada por unanimidad “necia y absurda (stultam et absurdam), filosófica y
formalmente herética, por cuanto contradice expresamente la doctrina de la
Santa Biblia en muchos pasajes, tanto en su significado literal como en las
interpretaciones de los padres y doctores”. La segunda proposición, se declaró
unánimemente, “recibió la misma censura en filosofía y, en lo que se refiere a
la verdad teológica, era por lo menos errónea en fe”[86].
La distinción entre herética y errónea debe parecer bastante sutil en verdad.
Se basa en el peso de la opinión acreditada detrás de ambas manifestaciones,
totalmente independiente la una de la otra. Las razones pueden verse en la
carta del cardenal Conti[87].
Esta censura fue sometida a la Congregación General de la Inquisición el 25 de
febrero y devuelta con la sanción ejecutiva del Papa, según vemos en los
archivos de la Inquisición:
Jueves,
febrero 25 de 1616. El Señor Cardenal Mellini notificó a los Reverendos Padres,
al Asesor y al Comisario del Santo Oficio, que se ha notificado la censura
aprobada por los teólogos sobre las proposiciones de Galileo —a efectos de que
el Sol se halla en el centro del mundo, que no se mueve de su lugar y que la
Tierra es la que se mueve, con un movimiento diurno además—; que Su Santidad ha
dispuesto que el cardenal Bellarmino haga comparecer ante él al citado Galileo
y lo amoneste para que haga abandono de dicha opinión; y que, en caso de su
negativa a obedecer, el Comisario le imparta, en presencia de notorio y
testigos, orden de abstenerse del todo de enseñar o defender esa opinión y
doctrina, y aun de discutirla; y que si no accede a lo expuesto será
encarcelado.
El
día 3 de marzo, en la primera reunión de la Congregación General, Bellarmino
informó que Galileo habíase sometido (acquievit) y fue expedido el decreto de
la Congregación del Index, con orden de ser publicado inmediatamente:
… Y
en vista de que ha llegado a conocimiento de la citada Congregación que la
doctrina pitagórica —falsa y en general opuesta a las Sagradas Escrituras— del
movimiento de la Tierra y la inmovilidad del Sol, que también es enseñada por
Nicolás Copérnico en De revolutionibus orbium coelestium, y por Diego de Zúñiga
(en su libro) sobre Job se está extendiendo en el exterior, aceptada por muchos
—como puede verse por cierta carta de un padre carmelita, titulada Carta del
Reverendo Padre Paolo Foscarini, Carmelita, sobre la Opinión de los Pitagóricos
y Copernicanos concerniente al Movimiento de la Tierra, la Estabilidad del Sol
y el Nuevo Sistema Pitagórico Mundial, de Nápoles, impresa por Lazzaro
Scorriggio, 1615: que en la misma el mencionado padre intenta demostrar que la
antedicha doctrina de la inmovilidad del Sol en el centro del mundo, y del
movimiento de la Tierra, está en consonancia con la verdad y no se opone a las
Sagradas Escrituras. En consecuencia, y con el fin de que tal opinión no pueda
insinuarse más en perjuicio de la verdad católica, la Sagrada Congregación ha
decretado que De revolutionibus orbium, del dicho Nicolás Copérnico, y On Job,
de Diego de Zúñiga, sean suspendidas hasta que se corrijan; pero que el libro
del padre carmelita Paolo Antonio Foscarini sen prohibido por completo y
condenado, y que toda otra obra semejante en que se enseñe lo mismo sea también
prohibida, como que por el presente decreto las prohíbe, condena y suspende a
todas respectivamente. En testimonio de lo cual el presente decreto es firmado
y sellado en persona de puño y con el sello del Eminentísimo y Reverendísimo
Señor Cardenal de Santa Cecilia, Obispo de Albano, el quinto día del mes de
marzo de 1616[88].
Según
hemos visto, el embajador toscano fue informado el día cuatro “en forma
confidencial”, en el sentido de que el papa había adoptado una decisión adversa
el día anterior. El día 5, el decreto fue publicado y remitido a los
inquisidores de todas las partes del mundo con orden de aplicarlo con todo
rigor. Fue leído en los púlpitos y anunciado en las universidades; los libros
fueron confiscados en librerías y bibliotecas. El inquisidor de Nápoles
comunicó que el impresor de Foscarini, Scorriggio, no había podido mostrar la
licencia, por lo que fue encarcelado. La Congregación demoró algún tiempo antes
de confirmar que “estuvo bien hecho”.
Roma locuta, causa finita. El caso iniciado con la denuncia de Lorini se
resolvió definitivamente, siendo aplastado un escándalo incipiente. La Curia
podría volver a los graves asuntos de la Iglesia. Escribe el mismo Querengo,
que tan encantado se había mostrado con la dialéctica de Galileo:
Las
disputas del señor Galileo se han disipado en el humo de la alquimia, ya que el
Santo Oficio ha declarado que mantener esta opinión es disentir manifiestamente
con los dogmas infalibles de la Iglesia. Conque henos aquí, al fin, vueltos con
seguridad a una sólida Tierra, con la que no tenemos que volar como otras
tantas hormigas que se arrastran alrededor de un globo…
El
mundo romano había retomado a la “normalidad”, encogiéndose de hombros.
Capítulo 6
La audiencia de Bellarmino
MARFORIO:
Quid agunt dominicani?
PASQUINO: In tympano et choro, inchordis et organo, leatati sunt quia Deus
deduxit eos in portum voluntatis eorum.
I
¿Qué
había acontecido en realidad al propio Galileo? Esto es lo que Guicciardini
indica brevemente en su informe. Confía (en otras palabras, se le dijo en
confianza) que no tenía nada que temer personalmente. Y en verdad las Cartas
Solares no fueron prohibidas en el decreto, aunque el “escándalo” y el decreto
mismo fueron originados por las enseñanzas y escritos de Galileo.
La fuente del informante del embajador es el decreto de Febrero 25, 1616, ya
mencionado. No lo tenemos en el original del Decreta, pero fue transcripto de
los archivos de la Inquisición:
Su
Santidad ha ordenado al señor Cardenal Bellarmino que cite a su presencia al
mencionado Galileo y lo amoneste para que abandone dicha opinión; y en caso de
que se niegue a obedecer, que el Comisario del Santo Oficio[89] le
imparta, en presencia de notario y testigos, orden de abstenerse en absoluto de
enseñar o defender esa opinión y doctrina y aun de discutirla. (Vat. MS., Fol.
378v).
Luego
continúa en la misma página el procès-verbal que se ha convertido en pieza
crucial del drama:
Viernes,
día veintiséis. En el palacio, residencia habitual del Señor Cardenal
Bellarmino, habiendo sido citado y hallándose presente ante dicho Señor
Cardenal, junto con el Reverendísimo Miguel Angel Segizi de Lodi, de la Orden
de los Predicadores, Comisario General del Santo Oficio, fue prevenido del
error de la antedicha opinión y amonestado para que la abandonase, e
inmediatamente después, ante mí y los testigos, continuando presente el Señor
Cardenal, el citado Galileo recibió del mencionado Comisario orden rigurosa, en
nombre de Su Santidad el Papa y de toda la Congregación del Santo Oficio, para
que abandonase por completo dicha opinión de que el Sol está inmóvil en el
centro del mundo y que la Tierra se mueve; y que no prosiga en modo alguno
enseñando, sosteniéndola, ni defendiéndola, ya sea verbalmente o por escrito;
de lo contrario el Santo Oficio adoptaría otros procedimientos, cuyo
requerimiento el dicho Galileo acató y prometió obedecer. Dado en Roma, en el
lugar arriba mencionado, en presencia del R. Badino Nores, de Nicosia, en el
reino de Chipre, y Agostino Mongardo, de un lugar de la abadía de Rose, en la
diócesis de Montepulciano, miembros del hogar de dicho cardenal, que lo
atestiguan.
El
documento es asombroso aun desde el primer examen, pues tenemos que se sigue un
procedimiento totalmente distinto del que se prescribe. Las instrucciones
determinaban “en caso de negarse a obedecer”; más aquí no hay indicación de
objeción ni vacilación de parte de Galileo. Lo que tenemos en vez es:
“inmediatamente después”, (successive ao incontinenti) el Comisario General le
leyó el requerimiento formal para que cesare y desistiere “en absoluto”.
Lo cual tampoco posee sentido en cuanto a sustancia, pues la notificación por
el propio cardenal fue un acto de consideración jurídica y social. Hacer
comparecer a Galileo una semana antes de la publicidad no tenía el solo objeto
de evitarle una situación embarazosa; era también, en etiqueta, reconocimiento
de la condición de consultante —gesto final y huero, ya que jamás habíale sido
permitido actuar como tal, pero, no obstante, en reconocimiento de su posición
oficial que emanaba de la corte del Gran Duque. El decreto de la Congregación
con instrucciones a Bellarmino en el sentido de que le informe, no puede ser
interpretado de otro modo. Y, en verdad, a Foscarini no le fue concedida
noticia oficial antes de la condenación, porque se trataba de un eclesiástico
sujeto a obediencia y de quien se consideraba que había hablado a su propio
riesgo. Si el propósito hubiese sido dar la noticia a Galileo de sopetón, con
miras a una reacción incauta, habríase destacado para ello a otra persona, no a
un príncipe de la Iglesia, y, desde luego, no por decreto de la Congregación.
El mismo Bellarmino no habríase prestado para ello, así como tampoco su morada.
A través de sus biógrafos conocemos la escrupulosa consideración con que se
conducía en todos sus actos. “Si algunos componentes de su propio personal
acudían a sus habitaciones para conversar, no los dejaba comenzar sino Juego
que hubieran tomado asiento. Una vez terminada la conversación, se quitaba el
birrete y los acompañaba hasta la escalera, con tanta ceremonia como si se
tratara de extraños distinguidos”. No hay duda de que, en el ánimo de
Bellarmino, toda la operación fue concebida en un plano digno y serio. Era, en
verdad, la audiencia esperada por Galileo tanto tiempo, concedida finalmente
cuando de nada servía a su propósito. Y habría de ser seguida por el requerimiento
inquisitorial (estigma de deshonra social), sólo en caso de que el individuo
resultara recalcitrante; en cuyo caso, pues, de ser necesario, el paso
siguiente sería su encarcelación.
Pero el mismo Galileo se sometió (acquievit). Podemos imaginar bien que no le
pareció oportuno el momento para protestar[90]. Frente a
Bellarmino, que le dirigía la palabra sentado en su aposento del trono, rodeado
por su séquito de “blancos y negros sabuesos del Señor”, debe haber guardado
silencio de asombro. Y entonces, ¿por qué tendría que haber saltado el
Comisario con el requerimiento amenazador?
El documento tampoco convence mucho en cuanto a su forma. Las instrucciones
determinaban “ante un notario y testigos”, pero el notario no había firmado, ni
se mencionan funcionarios en calidad de testigos, como era la costumbre. Doquiera
la Inquisición servía esta clase de requerimiento, exigía que el acusado
firmase por ni mismo, y luego esa firma era autenticada por el notario y todo
refrendado por los funcionarios[91].
Aquí tenemos lo que no equivale sino a una minuta administrativa, carente de
firma y transcrita casualmente. Fue un historiador muy católico, el muy
distinguido a la vez profesor Franz Reusch, quien llamó la atención sobre ello
el año 1870. Algo más hay de extraño en el mismo. No sólo han dejado de
mencionarse los testigos oficiales sino que se ha utilizado en su lugar a dos
sirvientes del cardenal, quienes de fijo no se hallaban calificados para oír ni
para actuar como testigos en nombre de la Inquisición en el procedimiento. La
colocación del documento en el legajo no está fuera de orden, como se verá.
El legajo de la investigación sobre Galileo podrá parecer incompleto a quienes
esperan ver en el mismo la historia de las instigaciones, intrigas, presiones,
contrapresiones y demás que constituyeron el famoso caso. Pero no lo es. Se
trata simplemente del legajo legal del material con el cual tenía que
alcanzarse la decisión legal, y, como tal, está bastante completo. Es el
informe de las investigaciones realizadas y las medidas adoptadas por las
autoridades regulares. La numeración, al menos la primera, pudo demostrarse que
fue hecha al mismo tiempo que entraban los documentos y es continuada. De ahí
que sepamos que no falta nada[92].
La manera como está formado es a la vez totalmente clara y natural. Cada simple
acta legal, o comunicación oficial, fue escrita (o iniciada) en el primer
anverso en una hoja doble y nueva, y luego incorporada y cosida en el legajo,
de acuerdo con la fecha. Por supuesto, eso dejó gran número de segundas páginas
en blanco en el contexto, las cuales se hallan a su vez numeradas. Algunas de
ellas han sido utilizadas para comentarios administrativos, enviar notas y
seguir instrucciones, todo en el debido orden de fechas. Pero en ésta o en otra
administración de aquella época, no existe un simple informe, carta, acta legal
o copia certificada que no se inicie en la primera página de una nueva hoja. Es
decir, con una excepción aparente: el requerimiento de Bellarmino. Esta pieza
esencialísima se halla escrita en un espacio que no estaba disponible sino de
manera accidental, provisto por el reverso de otros dos documentos. Tanto el
lugar como la forma recalcan que no es sino una minuta[93].
Así, el texto que tenemos no es, ni pretende ser, un original[94], sino una
mera transcripción de material pertinente, sin firmar, como todos sus
similares. Mas entonces, ¿dónde está el original? Claramente corresponde a este
lugar, en hoja separada; debía estar aquí, como todos los originales, pero no
figura en el legajo, ni jamás ha figurado, como demuestra la numeración de las
hojas, que es continuada. La única evidencia de que algo aconteció ese día no
es un documento legal, auténtico o no, sino una minuta administrativa. Es
singular que tantos historiadores dotados de agudeza hayan echado de menos esto
como punto de partida de sus inferencias. ¿Llegaron a suponer que los archivos
de la Inquisición fueron llevados a la residencia de Bellarmino como si fuese
un registro, con el fin de escribir el protocolo en sus páginas traseras? El
legajo jamás salió de la oficina; los protocolos confeccionados fueron
incorporados al mismo.
No hay duda de que el original debería existir allí, pues las instrucciones de
Bellarmino fueron explícitas, debiendo ser firmado por el notario, refrendado
por el secretario registrador del Santo Oficio y, .eventualmente, por Galileo[95]. Mas el
documento fue suprimido antes de llegar al archivo, o tal vez antes de ser
redactado, sustituyéndoselo con lo que pretende ser tan sólo una copia.
Pretendíalo, además, con adecuada modestia. El escriba quedaba en situación de
manifestar en estado de confesión o bajo juramento que jamás había falsificado
un documento, sino copiado una minuta, carente de significado judicial, puesto
que le faltaban todas las firmas requeridas[96].
Aun así, el buen padre que realizó la tarea con semejante prudencia excedióse a
sí mismo. Siguiendo la rutina en debida forma, transcribió primero el texto del
decreto papal del 25; pero, de saber que el original habría de perderse, como
lo está, para los futuros historiadores, habríase cortado la mano antes de
conservar el texto en este lugar, donde no se lo necesitaba estrictamente;
porque nada es capaz de ocultar ahora la sobresaliente contradicción entre las
órdenes y su pretendida ejecución.
Si Galileo no resistió explícitamente, no existía ninguna base legítima para la
prohibición absoluta del Comisario de que enseñase y discutiese “en absoluto”,
lo que va más allá del texto del decreto, y es del tipo reservado para personas
de cuya intención se tiene intensa sospecha. (En este caso, el sometimiento
equivale técnicamente a la abjuración). El decreto, tal como se preparaba para
los buenos creyentes, permitía formalmente la discusión del copernicismo a
manera de hipótesis matemática, puesto que Copérnico no iba a ser sino
“corregido”; lo que prohibía era ni más ni menos que su presentación como
verdad filosófica. No mencionaba en absoluto a Galileo, y grandes fueron los
esfuerzos realizados para mantenerlo alejado de toda implicación injuriosa.
Y es así cómo Galileo lo interpretó, puesto que dos meses más tarde resolvió
contrarrestar los mismos rumores con que fuera enfrentado por el inquisidor.
Sagredo, entre otros, le había escrito desde Venecia: “Estos amigos nuestros,
confederados con maese Rocco Berlinzone, os han jugado una mala pasada, al
esparcir el rumor de que hubisteis de rendir cuentas ante la Inquisición y
fuisteis de un lado para otro como perro apaleado. Creo que esos ladrones
realizan su tarea en contra nuestra en muchas partes, pero Dios confundirá sus
malos consejos”[97]. De ahí que,
en salvaguardia de su honra personal, Galileo solicitó de Bellarmino un
certificado de las actuaciones, y pronto lo recibió en la forma siguiente:
Nos,
Roberto Cardenal Bellarmino, habiendo oído que se informa calumniosamente que
el señor Galileo Galilei ha abjurado en nuestra presencia y ha sido igualmente
castigado con saludable penitencia, declaramos que dicho señor Galileo no ha
abjurado ni a manos nuestras ni de nadie más aquí en Roma, ni en parte alguna
que sea de nuestro conocimiento, ninguna opinión o doctrina por él sostenida;
que tampoco se le ha aplicado ninguna penitencia saludable; sino que sólo la
declaración hecha por el Santo Padre y publicada por la Sagrada Congregación
del Indice le ha sido notificada, y en la misma se establece que la doctrina
atribuida a Copérnico —que la Tierra se mueve alrededor del Sol y que el Sol
permanece inmóvil en el centro del mundo, sin ir de este a oeste— es contraria
a las Santas Escrituras y por ello no puede ser defendida ni sostenida. En
testimonio de lo cual hemos escrito y firmado el presente de nuestro puño y
letra, este 26 de mayo del año 1616.[98]
Por
cierto que no existe aquí mención de ningún requerimiento; la verdad es que se
niega formalmente lo que le habría seguido (es decir, apología o retractación).
Historiadores ex parte han sostenido que éste es el piadoso modo de la Iglesia;
quería proteger públicamente a Galileo de cualquier baldón público, por respeto
hacia su persona y al Gran Duque, y, en consecuencia, le expidió certificado
honorable; pero sabía muy bien que se trataba de un carácter peligrosamente
obstinado, e intentó mantenerlo en el camino derecho mediante un requerimiento
secreto. Esto suena bastante razonable, pleno de experiencia y de conocimiento.
Impresionó incluso a historiadores del otro lado, tal como Th. Henri Martin,
tanto que olvidaron preguntar par el contenido exacto del requerimiento. Pero
en 1870 salió a luz otra pieza de evidencia, no del legajo aún no descubierto
sino de la colección de decretos papales, examinada por Gherardi durante las
pocas y activas semanas de la República Romana de 1849, cuando, buido el papa, los
archivos quedaron de súbito, aunque por breve tiempo, abiertos al examen.
Veamos lo descubierto por Gherardi entre el Decreta de la Congregación del
Santo Oficio:
Habiendo
informado el señor Cardenal Bellarmino que Galileo Galilei, matemático, había
sido intimado, según orden de la Sagrada Congregación, para que abandonase
(deserendam; disserandam, “discuta” era la palabra originalmente escrita) la
opinión hasta ahora por él sostenida, de que el Sol se halla en el centro de
los astros e inmóvil, y que la Tierra se mueve, ha accedido a la misma; y
habiendo sido presentado el decreto de la Congregación del Index, que prohíbe y
suspende, respectivamente, los escritos de Nicolás Copérnico, de Diego de
Zúñiga On Job, y de Paolo Foscarini, monje carmelita… Su Santidad ordenó que
este edicto de prohibición y suspensión, respectivamente, sea dado a publicidad
por el Gobernador del Palacio.
Tal
es el texto. Se trata de un documento para las autoridades solamente, un
informe regular sobre asuntos tratados. Corresponde ce modo exacto con las
instrucciones del 25 de febrero. Tales instrucciones han contemplado tres pasos
sucesivos que habrán de tomarse en tres casos diferentes: aquiescencia,
objeción u obstinación de parte de Galileo. Los pasos eran: admonición,
requerimiento y prisión. El informe dice ahora que la admonición fue acogida
con la aquiescencia y prosigue con los demás asuntos. De haber existido
requerimiento, contendría cuando menos alguna mención del mismo. En otro caso,
veríase unido un informe separado por parte del Comisario General. Pero no hay
ninguno. En base a este informe, las autoridades no podían tener idea de que el
requerimiento fuere necesario jamás o de que hubiera sido impartido; y, en
verdad, como veremos con posterioridad, durante algunos años no tuvieron, al
parecer, la más leve idea[99].
Tampoco se percató de ello Galileo, según parece y juzgando por esto. No habría
osado solicitar el certificado a Bellarmino si no esperaba que fuese del todo
favorable. Tenemos su solicitud, hallada entre los documentos de Bellarmino,
sencilla y que va directamente al caso, sin solicitar ni sugerir ninguna
lenidad. En su primera carta al secretario de estado, pocos días después del
decreto, observa con satisfacción que su persona ha sido dejada a un lado, que
el copernicismo no ha sido condenado como hereje, sino ciertas interpretaciones
del mismo, y que Copérnico no ha sido suspendido sino para su corrección.
Manifiesta (Bellarmino o el cardenal Caetani deben haberle dicho) que las
conversaciones no abarcarán sino diez líneas de la Introducción (referentes a
estar de acuerdo con las Escrituras) “y alguna que otra palabra, como cuando
Copérnico dice que la Tierra es un astro”. Y agrega: “Como se verá por la
naturaleza del caso, no estoy implicado en ello ni me habría tomado la menor
molestia sobre el mismo si mis enemigos no me hubieran arrastrado a hacerlo”.
Es simple y explícito. Corresponde a la carta del 6 de febrero. Ha sabido que
debe escribir más cartas teológicas, pero, por otra parte, no las habría
escrito si no se le hubiere arrastrado a hacerlo; y ahora que el asunto está
decidido, no continuará con el mismo. Su esfuerzo personal filosófico, que
siempre ha conservado en el fondo, tiene que ser abandonado. En cuanto al
resto, se considera en libertad, como los demás, de discutir el heliocentrismo
como hipótesis matemática y espera la nueva edición de Copérnico como libro de
texto aprobado. Prosigue: “Puede verse a lo largo de mis escritos y de mis
actos aquí en qué espíritu he procedido siempre, y proseguiré, para cerrar los
labios de la malicia; mi conducta en este asunto ha sido tal que ningún santo
podría haber demostrado más reverencia ni mayor celo por la Iglesia”.
Esto puede haber sido dicho en gran parte para apaciguar al Gran Duque; puede
ser como silbar en la oscuridad; pero, ciertamente, no es el lenguaje del
hombre aterrorizado por la Inquisición y requerido formalmente para no discutir
ni mencionar el sistema de ninguna manera. Corresponde con exactitud con lo que
el embajador supo confidencialmente y en lenguaje encubierto de las autoridades.
El sistema de orgullo es, en verdad, más genuino de lo que podría suponerse,
porque Galileo sabía a esta altura que su Carta a la Gran Duquesa había sido un
factor fuerte, aunque no reconocido, en el arreglo de último momento[100]. Lo cual
no desmiente su actitud lo más mínimo.
Para esta actitud fría del científico hubo también algunas sanciones oficiales.
El cardenal Del Monte escribió una carta explícita de apoyo[101], El papa
recibió a Galileo el 11 de marzo en una audiencia que se prolongó cuarenta y
cinco minutos. Al mencionar Galileo la persecución de sus enemigos, el papa le
aseguró que no tenía nada que temer, pues era tenido en tanta estima por él y
por toda la Congregación que no se harían eco de esas calumnias. También
manifestó repetidamente su disposición a mostrar su favor con hechos.
Por otra parte, Bellarmino era a su propio modo un estudioso benévolo y
piadoso. Era a su vez el hombre capaz de mantener amistad con Sarpi, aun a
través del estrago de la guerra y el anatema, y prevenirle acerca del peligro
en que estaba su vida. Mas Pablo V Borghese, según todos los informes de su
época, era un ordenancista autoritario, literal, rígido, un hombre “tan enemigo
de todo lo intelectual”, como dice Guicciardini, “que todo el mundo debe
hacerse el estúpido y el ignorante para gozar de su favor”. Un papa semejante
no habría demostrado señalada benevolencia para con quien se hallaba bajo
severa reprimenda inquisitorial, ni siquiera para complacer al Gran Duque. Esto
significaba que Bellarmino había manifestado exactamente lo que dice el informe
del 3 de marzo, y no más. Tendríamos que imaginar, aunque llegara a parecer
algo fantástico, que Bellarmino y el padre Segizi dispusieron las cosas de tal
modo que el requerimiento constituyera un secreto para el mismo papa.
Tenemos, pues, los motivos más graves para dudar de la autenticidad de la
minuta del 26 de febrero, y éste es un punto a establecer con miras a
posteriores desarrollos. En cuanto a Galileo, según todas las apariencias,
jamás dudó de su posición, ni entonces ni más tarde. En su estado sentíase
infeliz pero limpio. Su temperamento combativo no lo abandonó. “Es de un humor
constante”, escribe el padre Guicciardini, alarmado, el 13 de mayo, “decidido a
atacar a cabezazos a los frailes (di scaponire i frati) y combatir donde no
puede sino perder. Más o menos tarde sabrá que ha caído por un precipicio
insospechado. Espero que la temporada, por lo menos, lo haga alejarse de aquí”.
Pero Galileo continuó allí. No deseaba que pareciera como si lo hubiera corrido
la murmuración y la intriga. Y hasta se dedicó a algo de casamentero entre el
príncipe Cesi e Isabel, la hermana de su finado amigo Filippo Salviati (“… el
esplendor de tales nombres y, del lado del príncipe, una grave sabiduría
sobrepasada tan sólo por una virtud verdaderamente angelical…”). El Gran Duque
le refirmó su apoyo, y, pese a las protestas del embajador, le envió fondos.
Pero al fin le escribió el secretario de estado: “Su Señoría, que ha de
vérselas con persecuciones frailunas, conoce el sabor de las mismas, y Su
Alteza teme que una estada prolongada en Roma puedo ocasionarle molestias.
Tenéis que salir de esto honorablemente; podéis dejar que el perro duerma, y
regresar aquí. Corren rumores que no son de nuestro agrado y los frailes son
todopoderosos; y yo, que soy vuestro amigo y servidor, debo preveniros”.
Era una orden. Galileo partió de Roma el 30 de junio, sin estar al tanto de lo
acontecido y sin reformarse. “De todos los odios”, escribió, “no hay ninguno
mayor que el de la ignorancia contra el conocimiento”.
II
Muchas
cosas podían haberse dicho, que raras veces se dicen, para atenuar el error de
las autoridades, en tanto la mayor parte de la posición defensiva se apoya en
argucias legales. Podía decirse bien —ya lo hemos expresado en los primeros
capítulos— que éste era un vasto conflicto de puntos de vista mundiales, de
cuyas implicaciones no podían percatarse por completo ni los actores
principales.
Las razones contrarias eran de dimensiones majestuosas, nacidas en la noche de
los tiempos; los nuevos desarrollos, vigorosos y compulsivos a la vez, las
consecuencias de los cuales resultan imposibles de abarcar por nosotros, que
vivimos tres siglos más tarde. De ahí que un concilio ecuménico parecería el
adecuado organismo ante el cual presentar el problema, ya fuere para su
resolución o para la postergación de la misma. Galileo estaba percatado de
ello. No podía sugerirlo, bajo pena de excomunión, pero sabemos que con
frecuencia lo dijo así, o lo implicó, en privado. Es muy cierto que la
situación mundial, y la política de la Iglesia misma en cuanto a la
Contrarreforma, hacía parecer notablemente poco plausible la idea de un
concilio. No intentamos sentar juicio sobre el caso, sino que decimos
simplemente que, si había de tomarse una decisión, lo indicado era el concilio.
Tratar la cuestión en un nivel administrativo era no sólo un procedimiento
arbitrario sino error inexcusable, que es la premisa necesaria para el error
más grave aún del proceso dieciséis años más tarde. Técnicamente no son los
once calificadores quienes pueden ser acusados de equivocación (difícilmente
pudieran contestar de otro modo, según las circunstancias, como explicaremos
después); es la autoridad que presentó la cuestión ante ellos. Aun así,
concediendo las líneas generales del procedimiento establecidas por la
inconmovible maquinaria de los tiempos, debe decirse sin vacilar que una chispa
de entendimiento y conducción, la intervención oficiosa de una autoridad
superior dentro de la jerarquía, podría haber salvado bien la situación.
El drama es en realidad más punzante en su primera fase, cuando todo está aún
fluido, que en la crisis final, cuando las posiciones se han endurecido y hecho
cargo del asunto la maquinaria judicial.
Todo era aún posible en ese año fatal de 1616, el año que vio la muerte de
Cervantes y de Shakespeare y dictó el fin del Renacimiento. Lo que Galileo
suplicaba era lastimosamente poco: que las autoridades mantuviesen su decisión
en suspenso durante otra generación… por otro año al menos. Se lo hizo aparecer
como si la decisión fuera obra de su propia indiscreción machacona. Pedía que
no fuera tomada en vano la palabra de Dios, y fue maniobrado y arrinconado
(cual si fuere el mismo Satán) e impulsado a enredarse con las Escrituras en
detrimento suyo y en el de su causa. El hombre que había sido de manera tan
persistente (en ocasiones con justicia) acusado de vanidad y de engreimiento,
representa un papel en esta fase que parece justificar por completo sus
palabras al Gran Duque: “Ningún santo podría haber mostrado más reverencia ni
más celo por la Iglesia”.
Porque, ciertamente, había venido con simplicidad de corazón y como hijo
verdadero de la Iglesia, como no pudo negar el mismo papa. Había llegado no
para producir escándalo, sino para evitarlo; no para originar un peligro, sino
para hacerlo ver; no para oponerse a una verdad, sino para ofrecerla. Lo que
fue tomado como orgullo de su mente no fue sino el ansia urgente de prevenir
que ocurrirían cosas tales que harían inevitable el orgullo de la mente. Como
los profetas de antaño, habló de la sombra sobre la tierra y fue expulsado por
los sacerdotes.
Suplicaba comprensión de las mentes más elevadas, y lo que encontró fue
ignorancia invencible, dorada con lisonja por su “inimitable presuntuosidad”;
suplicaba una audiencia, y lo que consiguió fue Caccini.
III
Porque,
si hemos de abandonar la filosofía de la historia y retornar a los hechos, aquí
están los hechos fríos tal como los muestra la sentencia misma de 1616. Habíase
Solicitado a los Once Calificadores del Santo Oficio que se expidiesen sobre
las siguientes opiniones: …
1ª -
El Sol está en el centro de la Tierra y, por ende, privado de movimiento
propio.
2ª - La Tierra no está en el centro del mundo, ni es inmóvil, sino que gira
alrededor de sí misma, también con movimiento diurno.
Estas
últimas palabras suenan oscuras, por decir lo menos. Figuran escritas en
italiano, lo que hizo que algunos historiadores como Domenico Berti y Karl von
Gebler creyeran descuidadamente que habían sido tomadas de las Cartas Solares,
pero es claro que no. Ningún copernicano se habría expresado así[102]. Galileo
pudo haber dicho, con la reflexión que se usaba en su tiempo (ocurre una o dos
veces en el Diálogo), que la Tierra se mueve en sí misma con movimiento diario
y no de acuerdo consigo misma. No contaríamos con pista referente a estas
frases de no encontrarlas en los archivos secretos en el original italiano que
es la denuncia de Caccini: “La terra secondo sè tutta si move, etiam di moto
diurno”. Carece de sentido en cualquier lenguaje, pero así es. Conforma una
descomposición en pseudotomístico doble sentido (secundum se) de la simple
manifestación: “La Tierra gira alrededor de sí misma en un día”… que es,
incidentalmente, como Aristóteles se refiere a la teoría[103]. Pero es
en realidad versión arreglada de la manera como Colombe la había escrito a
Caccini, al tratar de traducir a Copérnico en lenguaje “filosóficamente sano”[104]. El et
etiam suprimido nos permite reconstruir la redacción original: “La Tierra se
mueve toda alrededor del Sol, et etiam secundum se con un movimiento diario”.
En cuanto a Caccini, tipo de baja comedia e ignorante turbulento, importábale
menos el significado que el hombre de la luna. Simplemente repitió las
palabras, mezclándolas, como mezcló muchas otras cosas de naturaleza menos
inocente.
Los once consultantes de la Congregación, entre los cuales se nos dice que
figuraban varios muy versados en ciencias naturales[105],
reuniéronse el 23 de febrero. Habían sido convocados, según aparece en el acta
del 25 de igual mes, “referente a las proposiciones de Galileo”. Habíanse
procurado las Cartas sobre las Manchas Solares. Tenían a su disposición, si lo
deseaban, el libro de Copérnico a que se referían implícitamente las
proposiciones, el panfleto de Foscarini; se les sometieron de manera oficiosa
los memorándums y resúmenes enviados por Galileo a sus superiores; estaba a su
completa disposición el padre Grienberger, del Colegio Romano, que era su
consultor en Astronomía. A nada de ello dedicaron el menor pensamiento ni se
suponía que lo dedicasen. Probablemente ni habían sido informados en cuanto al
problema. Repasaron sus libros de texto, compararon la denuncia de Caccini con
su contenido y retornaron con la respuesta. No se tomaron la molestia de
remover el inculto etiam ni trataron de restaurar un significado. Para ellos,
como para sus superiores[106],
constituía algo disonante porque hablaba del movimiento de la Tierra y de la
inmovilidad del Sol que había de condenarse filosóficamente necio y absurdo.
Cardenal Francisco Barberini. Como sobrino de Urbano VIII y su más íntimo
colaborador, ocupó el cargo conocido generalmente como Cardenal-Maestro, que
fue reemplazado después de él por el de Secretario de Estado. Trató de evitar
que Galileo se retractase.
La
nave del estado había dejado atrás el problema. No fue sino la estela lo que
alcanzó a Copérnico, causando su suspensión donec corrigeretur. Foscarini,
autor aceptable un año atrás, era prohibido ahora por completo, porque tales
discusiones “daban lugar a escándalo”, o, como diríamos hoy, eran perniciosas
para las relaciones públicas.
En cuanto a Galileo, permaneció sin tocar, sus Cartas sin censurar y sus
epístolas teológicas jamás fueron mencionadas, aunque la denuncia de Caccini
fue dirigida específicamente contra él, lo mismo que el procedimiento. La
protección había realizado su labor, pero el movimiento copernicano quedó
totalmente varado en su camino, con las consecuencias para la cultura italiana
que se verían durante los próximos cien años.
Existe una lógica para todo ello, aun cuando sea una lógica considerada. El
estado tenía sus razones propias que la razón no reconoce. Las ideas y la
persona de Galileo habían sido cuidadosamente dejadas a un lado, como hemos
visto con anterioridad.
Ascanio Piccolomini, Arzobispo De Siena. Fue amigo de Galileo y le brindó
asilo durante cinco meses después del juicio.
La
cuestión sometida a los consultantes era de orden público: circulan ciertas
opiniones, según ha relatado un informante, que están agitando escándalo. Se
solicita una decisión, de manera que las directivas correctas puedan ser
impartidas a la policía del pensamiento. Sólo las consecuencias de las teorías
importaban en el nivel de las relaciones públicas; de ahí que el único material
sometido sea la denuncia de un informante de tercera mano. El escándalo
incipiente ha de ser tratado en su propio nivel.
Según lo acontecido, el escándalo había sido creado por el informante mismo.
Desprovisto de guía, el aparato policial habíase convertido en instrumento de
sus propios agents pravocateurs.
Este cortocircuito fatal entre lo judicial y lo ejecutivo parece ser
característica constante del estado aerodinámico —o del estado que se siente
compelido a ser pragmático bajo la presión de la emergencia—. No es desconocido
el caso en nuestro tiempo, y hasta en países libres; del político que sirve al
mismo tiempo de alborotador de la paz, procurador fiscal, juez, jurado y
agencia de detectives. Las dificultades graves comienzan cuando las más altas
autoridades van a remolque.
En la Roma de 1616, las resoluciones legislativas procedían del Concilio de
Trento: “Debe restringirse a los cerebros petulantes para que no interpreten
las Sagradas Escrituras contra la autoridad de la tradición en temas que
pertenecen a la fe y a la moral”. Ello iba dirigido esencialmente contra los
reformistas fundamentalistas que siempre enrostraban a las autoridades romanas
la palabra de la Biblia. La obra de Copérnico había salido a luz por entonces
y, sin embargo, ninguna cláusula específica va dirigida contra esa clase de
interpretación. (Debe reconocerse que los prelados del Concilio, los abogados,
literatos, predicadores y ejecutores en general, para quienes resultaba difícil
incluso seguir los argumentos de sus consultores escolásticos, jamás pensaron
que las “matemáticas” pudiesen proporcionarles dificultades).
Así, la justicia bien pudo haber abrigado sus dudas. Era “una cuestión
conciliar”, como Descartes escribiría más tarde con su frío sentido galo,
reconsiderar el problema en su totalidad. En su posición anómala como teólogo
principal y máximo ejecutivo, Bellarmino llegó a decidir que era un sencillo
asunto de “petulancia”. Hizo componer el asunto, en nombre de la Congregación
General, haciendo a un lado lo principal. Cuya cuestión sometió el 19 de
febrero a los Calificadores, de quienes recibió el 24 de igual mes la
respuesta, eco de sus propias palabras. Un día más tarde, en su calidad de
máximo ejecutivo, redactó el decreto de la Congregación General, lo hizo pasar
a la del Index, y confió su ejecución al Comisario de la Inquisición.
La responsabilidad histórica, pues, recae exclusivamente sobre Bellarmino. Era
un gran jesuita, de pensamiento moderado, dedicado en cuerpo y alma al
bienestar de la Iglesia. Si su intelecto hubiese podido abarcar el problema, no
cabe duda de que lo hubiera colocado en la agenda del futuro Concilio, y la
nueva ciencia habría tenido oportunidad de penetrar en el círculo de la
ortodoxia. Todo lo que se necesitaba en realidad en esa época era desalentar
las incursiones en el campo teológico, y ello hubiera sido parte de la
discreción. Mas el temor y la sospecha hallábanse mucho más cerca de la entrada
del asunto y, por lo demás, a Bellarmino no le placía pensar en el próximo
Concilio. Era de persuasión anticonciliar. Su impresión era que todo estaba
resuelto y lo que se necesitaba en adelante era de recurso administrativo. Nos
vemos conducidos de retomo, pues, a la pasividad increíble de los hermanos de
Bellarmino en la orden, los matemáticos del Colegio Romano, que al parecer
prestaron su voto de obediencia perinde ac si cadaver que los dispensara de
toda responsabilidad intelectual, tal vez también de intelecto tout court, de
acuerdo con las instrucciones de su general, Acquaviva; porque no existe duda
de su buena disposición personal hacia Galileo. Mas aceptaron la misión de
meros técnicos del anteojo meridiano. La obediencia, la preocupación por “el
escándalo”, habían penetrado hasta los huesos de la orden, de Bellarmino abajo,
a tal extremo que los reflejos intelectuales eran cosa muerta[107].
El líder que fracasa en la conducción no tiene que culpar sino a sí mismo si es
víctima de la conspiración de sus subordinados. Las explicaciones de la
conducta de Bellarmino en términos de prudencia científica y madura
consideración no son sino fachada. Dini y Ciámpoli equivocáronse en su
confianza; fue Caccini, “el subversivo”, con su astucia de visión, quien
acertó. Bellarmino veíase semiinconscientemente atemorizado por un problema que
jamás había enfrentado: ¿si la subestructura aristotélica resultara no ser de
confianza? El problema iba más allá de su preparación y de sus posibilidades
mentales. Llegado a la conclusión de que no era problema en absoluto, recurrió
a la policía para una estimación de la situación. La policía dio a Caccini
material, bajo el nombre de proposiciones de Galileo, que fueron presentadas,
sometidas a proceso, calificadas, resueltas —siempre con el mismo rótulo—
condenadas, selladas y expedidas por la Congregación General. Nadie se había
tomado jamás la molestia de darles un vistazo.
Capítulo 7
Los años de silencio
Guardaré
mi boca con freno, en tanto que el impío venga contra mí. Enmudecí con
silencio, calléme aun respecto de lo bueno; y excitóse mi dolor.
SALMO 39.
I
Ocho
años transcurrieron en los que “la vida su curso siguió”. Esta antigua frase
común continúa siendo apta para describir una actividad que ha perdido su meta
definida mientras la naturaleza del protagonista permanece inmutable. La gran
obra del progreso había sido dejada de lado, tal vez para siempre; el camino se
veía lleno de obstáculos. “Esos tres operadores”, como escribió, “la
ignorancia, la malicia y la impiedad” habían triunfado. Pero, luego de las
primeras semanas de disgusto y de abatimiento; Galileo estaba de nuevo en la
liza.
Hubo frecuentes enfermedades en esos años, un estado reumático doloroso, con
complicaciones, que lo molestaba periódicamente. Hubo mucho que pensar en los
fundamentos de la mecánica y en profundas cuestiones infinitesimales que
llevaron su atención a campos alejados, en los que jamás pensara. Estuvieron
también los consuelos de la vida rural en su villa de Bellosguardo, que
dominaba a Florencia y la extensión del Arno: el cuidado de las cosechas de
aceitunas, la corta y el injerto de las vides, en los cuales Galileo
enorgullecíase enormemente de ser experto. Por último, había la agradable
compañía de sus amigos literarios.
“Su conversación”, dice Viviani, aunque no llegó a conocerlo sino en sus
últimos años, “estaba llena de ingenio, rica en grave sabiduría y penetrantes
sentencias. Sus tópicos no eran sólo las ciencias exactas y especulativas sino
la música, las letras y la poesía. Dueño de una memoria maravillosa, conocía la
mayor parte de Virgilio, Ovidio, Horacio y Séneca; entre los toscanos, casi
todo Petrarca, las rimas de Bemi y todos los poemas de Ariosto, su autor
favorito”.
Había también, por entonces, Sor María Celeste, cumplidos los diecisiete, que
habría de convertirse en presencia mayor en la vida del hombre de edad. En su
apasionado amor por el padre, la joven pudo extraer de las visitas y las cartas
del mismo, así como del reducido mundo de su convento rústico de Arcetri, los
temas para una correspondencia de tan balbuceante frescura y gracia, que pudo
haber hecho de ella, si hubiese vivido en condiciones diferentes, una Sévigné
italiana[108].
En ése su ambiente, de rustica pobreza, Sor María Celeste había creado una
intensa vida propia.
“Ya
no me es posible permanecer tranquila sin noticias vuestras”, escribe ella,
“tanto por el amor infinito que os profeso como por temor de que este frío
repentino, que tan mal os sienta, haya causado el retorno de vuestros dolores
usuales y otros padeceres. En consecuencia, envío a propósito al hombre que os
lleva esta carta, para saber de vuestro estado y también cuándo esperáis partir
para vuestro viaje. He estado atareadísima con las servilletas. Están casi
terminadas, pero ahora llega su turno a la colocación de las cenefas y veo que
de la clase cuya muestra os envío, se requiere una pieza para cada dos
servilletas; ello representará cuatro más. Me placería si pudierais hacérmelas
llegar inmediatamente, de modo que pueda enviaros las servilletas antes de
vuestra partida, ya que para ello me he apresurado tanto a terminarlas.
”Como no cuento con celda propia, la hermana Diamante me permite gentilmente
que comparta la suya, privándose ella de la compañía de su propia hermana en mi
favor. Pero el lugar es tan espantosamente frío que, con el estado en que se
halla mi cabeza en la actualidad, ignoro cómo quedaré, a menos que podáis
ayudarme enviándome un par de esas colgaduras para cama que ahora no
necesitaréis. Me placerá saber si podéis prestarme este servicio. Por otra
parte, os ruego tengáis la amabilidad de enviarme ese libro vuestro que acaba
de ser publicado, para poder leerlo, pues tengo grandes deseos de verlo.
”Esas pocas tortas que os envío las hice unos días atrás, con ánimo de
obsequiároslas cuando vinieseis a despediros. Como vuestra partida no está tan
próxima como temíamos, las envío antes de que se sequen. La hermana Angela
sigue en tratamiento médico y los remedios la mortifican mucho. Yo no me
encuentro muy bien pero, acostumbrada a la mala salud, no me apesadumbro mucho,
viendo, además, que es la voluntad del Señor enviarme de continuo pequeñas
pruebas como ésta. Le doy gracias por todo, rogando que El os procure la mayor
dicha.
”P. S. Podéis enviarnos los cuellos que necesiten arreglo”.[109]
Con
el fin de hallarse más cerca de ella, Galileo se mudó con el tiempo a la
pequeña villa de Arcetri, que sería su morada definitiva; y pronto comenzó allá
a retejer a su alrededor los hilos de la vida familiar rota. El extravío de las
cartas del padre representa una pérdida literaria irreparable, pues le refería
todo, pero a través de lo reflejado en la correspondencia de ella sabemos de su
vida en dicho período más que de ningún otro. “Conservo guardadas todas las
cartas que Vuestra Señoría me escribe a diario, que leo y releo con grande
deleite, por lo que libro a vuestro juicio si no debería leer a su vez aquellas
que os son escritas por tantas personas amables y virtuosas”.
Las cartas de la misma bija nos devuelven los modos y sonidos de la vida rural
toscana como casi ninguna otra. La vemos dictando disposiciones a la criada,
cuidando la casa y el establo, vigilando la granja. Prepara platos especiales y
se los envía por mensajero especial; también le hace conservas, dulces, agua de
canela y romero; le remienda la ropa blanca; recoge para él la última rosa
decembrina que hay en un rincón del huerto. “Al dedicar mi tiempo”, escribe,
“al servicio de Vuestra Señoría, disfruto inmensamente y apenas advierto lo
reducido de la existencia de una monja, excepto cuando oigo que Vuestra Señoría
se halla enfermo, pues entonces deseo poder vivir en la casa”. Por ella sabemos
de sus visitas, sus presentes y atenciones, de cuando él colocó los vidrios en
la ventana de su celda para que ella y sus amigas pudiesen disfrutar de luz del
día con que trabajar en los meses de invierno. “Ciertamente ésta es tarea más
adecuada para un carpintero que para un filósofo”. Vuelve a solicitarle favores
más graves, pues lo que a ella le molesta profundamente en el convento no es la
pobreza sino el abandono de las autoridades para proveer ayuda espiritual a
tales vocaciones inciertas o forzadas como observa a su alrededor, y ruega a su
padre que utilice su influencia en la corte para que pueda asignárseles mejores
confesores que los que tienen, “más dados a cazar liebres que al cuidado de las
almas”.
La actividad epistolar de Galileo en esos años fue inmensa, pues se mantuvo en
comunicación permanente con sus discípulos, de fama creciente, y jamás se cansó
de ayudar al pensamiento de los mismos en vasta gama de asuntos”. El joven
padre Cavalieri había tomado de él el estudio de los infinitesimales, del que
vendría luego su Geometría de los Indivisibles. En cuanto a Castelli, había
publicado su tratado pionero sobre el Movimiento del Agua y sido nombrado
Ingeniero Consultor de Proyectos Hidráulicos. Pero esos Ingenieros Consultores
no disfrutaban de altos sueldos entonces. Empujado de arriba abajo, siempre
confiado y animoso, escribía desde Roma: “Como pepinos todo el día, puesto que
mi bolsa no da lo suficiente para melones, bebo vino frío como un saetín, paso
los días de la canícula como puedo y los Maestros me conservan en su favor”. En
otra oportunidad fue así: “Este proyecto del lago Trasimeno se hace cada vez
mayor con el tiempo. Estoy de agua hasta la barbilla, pero dejaré que quede ahí
‘exclusive’ y el vino dentro ‘inclusive’”.
Un proyecto demorado largamente por Galileo ofrecía lastimosa oportunidad para
labor que matase el aburrimiento. Era la confección de las tablas de los
satélites de Júpiter y su utilización a modo de cronómetro celeste para medir
la longitud, lo que obligaba a mucha observación, mucha repetición de cómputos
y un interminable cambio de cartas con los representantes del poder marítimo
español, súbitamente interesados en esta posible nueva ayuda para la
navegación.
A través de todo ello iba recuperándose. Tal como el buzo que desciende a las
profundidades siente que su fuerza se eleva de la quema del oxígeno bajo la
presión, así la mente del científico, al retraerse en el aislamiento, ardía con
más brillo para sí. Descartados los últimos compromisos y los sueltos ajustes
de pensamiento, Galileo parece enfrentar de modo más decisivo las implicaciones
totales de su teoría.
Es un tirón inhumano para la mente separarse del mundo instintivo de los
sentidos a nuestro alrededor, una “cantidad de cosas tan grande”, pobladas de
sustancias familiares que de modo tranquilizador van de un lado para otro,
subsistentes en su propio y distinto modo, cual si supiesen cómo… y descubrir,
en vez, por doquiera la misteriosa realización de las leyes abstractas;
concebir la función matemática determinante de cada punto de ser en una
vertiginosa tensión entre lo infinito y lo infinitesimal, donde el intelecto
solitario ha de palpar su camino con nuevos instrumentos de análisis rigurosos.
Implica una dedicación, un nuevo sentimiento, no sólo de la naturaleza sino de
lo divino. Cuando vuelve el momento de expresar, la serena prosa del físico se
elevará a enormes alturas, lanzará chispas y crujirá con el poder metafísico
que contiene. Pero, por muchos años más aún, el silencio es lo indicado.
Galileo va aprendiendo, lenta y dolorosamente, a adaptarse a un mundo de
absurdidez, a crear para sí un lenguaje de ironía ambiguo e inexpugnable, a
creer lo que no creía mientras pensaba como pensaba. “Utilizo una máscara, pero
por necesidad”, como había escrito Sarpi diez años atrás, “porque sin ella no
es posible vivir en Italia”. Sarpi había podido defender aún la soberanía
veneciana contra la Curia y por sus esfuerzos fue víctima de puñaladas en una
calleja oscura de Venecia. “Reconozco el stilus del Santo Oficio”, había dicho
con un torcido retruécano, y se trasladaba ahora de un lugar a otro en una
góndola, fuertemente escoltado. Galileo utilizaba una máscara, a su vez, que no
era la de la utilidad mundana. Era la del hombre que debe combinar su respeto
hecho carne por una institución sagrada y legítima, con su falta de respeto
hacia Su juicio y su amargo pesar por las consecuencias de su acción. Sabía
—nadie mejor que él— el perjuicio ocasionado por el decreto de 1616. El lento
crecer del interés público por la astronomía que, siguiendo la era de
descubrimientos geográficos, habíase extendido en la generación precedente de
arriba hacia abajo, unido a la nueva idea que los italianos viniéranse formando
de la importancia de la ciencia natural, acababa de llegar a un punto en que se
hallaba pronto a abrirse en flor. La teoría heliocéntrica, bajo su antiguo
nombre de filosofía pitagórica, se había vuelto propiedad común natural a la
par que interés común; una expectación incierta pero excitante se manifestó
desde muchos ángulos, en espera del líder abundantemente dotado de que era
ejemplo Galileo, para desarrollarse en un gran movimiento científico. El decreto
de la Inquisición había puesto punto final a todo ello. La maleza ardiente que
era el “galileísmo” habíase extinguido, pero volviéndose tranquilamente hacia
otros intereses más convencionales. El hombre entrado en años sentíase
sobreviviente rodeado de inútil y estéril respeto.
Ello sin que hubiera perdido la esperanza última. Las prohibiciones van y
vienen y supo de esta cose como tan alejada de la práctica establecida y del
sentido común que no podría durar mucho.
La prohibición en sí misma era cosa antigua y razonable, el guardián del dogma.
Aplicábase a sanciones, a la “elección” personal, a los credos dogmáticos
(hairesis) y, por sobre todo, a los argumentos instrumentales, asuntos de
política… en una palabra, a todas las expresiones que cubrieran una intención.
Suponiendo que al padre Olivieri se le hubiera ordenado el abandono de las
argucias legales que hemos reproducido tan laboriosamente en la página 114, no
podría haber protestado ni aún en su conciencia. Babia preparado un sofisma,
que se vio no era útil como instrumento; que inventase otro.
Existía aquí una dificultad semántica entre lo nuevo y lo antiguo. Para hombres
de vieja persuasión, como Galileo, el nuevo término jesuita de “ciega
obediencia” no significaba nada que fuera ortodoxo, y ese sentimiento era
compartido por muchos del clero secular y regular. La idea de transferir la
obediencia a lo intelectual era algo totalmente nuevo en verdad; porque se
interpretaba que el dogma era de fe, desde el principio hasta el fin, y que,
por el contrario, el intelecto hallábase limitado por sus leyes propias. ¿Quién
había oído jamás que nuestra mente, creada libre, habría de someterse
pasivamente a las decisiones de un comité de incompetentes? “Estas”, escribió
más tarde Galileo, y debe haberlo repetido innúmeras veces entre sus amigos
durante esos años, “éstas son las innovaciones que están llamadas a conducir a
la subversión de los estados y a la ruina de las comunidades”.
De esa misma certitud brotaba su esperanza indomable. No habían transcurrido dos
años aún cuando Galileo dióse a sondear con precaución el terreno. En 1618,
como el archiduque Leopoldo de Austria le solicitara algún trabajo de su pluma,
se aventuró a enviarle su escrito más arriesgado (el memorándum preparado dos
años atrás para el joven cardenal Orsini), acompañado de la siguiente carta:
Con
la presente os envío un tratado sobre las causas de les mareas, escrito en la
época en que los teólogos pensaban en el prohibición del libro de Copérnico y
de le doctrine enunciada en el mismo, que yo sostuve que era cierta, hasta que
plugo a esos caballeros prohibir le obra y expresar su opinión de que era falsa
y contraria a les Escrituras. Ahora, conociendo como conozco que comporta a
nosotros obedecer la decisión de las autoridades y creer en ellas, puesto que
están guiadas por una visión superior a cualquiera que pueda alcanzar mi mente
humilde, considero que este tratado que os envío no constituye sino uno
presunción poética, o un sueño, y deseo que Vuestra Alteza pueda tomarlo como
tal, tonto más cuanto se bese en el doble movimiento de la Tierra y contiene,
en verdad, uno de los argumentos por mi presentados en confirmación de ello.
Pero hasta los poetas asignan un valor a una u otra de sus fantasías y lo mismo
asigno yo también algún valor a esta fantasía mía… He enviado igualmente copias
a algunos personajes exaltados, con el fin de que si alguien no perteneciente a
nuestra Iglesia tratare de apropiarse de mi curiosa fantasía, como ha sido el
caso con muchos de mis descubrimientos, tales personajes, fuera del alcance de
toda sospecha, puedan ser testigos de que fui el primero en soñar esta quimera.
Lo que ahora envío no es sino cosa fugitiva, escrita de manera apresurada y con
la esperanza de que la obra de Copérnico no fuese condenada como errónea
ochenta años después de su publicación… Pero una voz del cielo me agitó y
disipó todas mis confusas y enmarañadas fantasías en la niebla. En
consecuencia, quiera Vuestra Alteza graciosamente aceptarla, mal pergeñada como
está. Y si la divina gracia concede alguna vez que yo pueda hallarme en
situación de esforzarme un poco más, Vuestra Alteza puede esperar algo más
sólido y real de mi parte.
No
cabe equivocarse en cuanto a la despectiva ironía de estas palabras. Su
verdadero significado se hace explícito cuando encontramos los mismos términos
“fantasía”, “paradoja” y “vana quimera” diez años después en calidad de
cláusula de reserva al final del Diálogo, mas esta vez con todo el impacto de
la prueba copernicana detrás.
II
Los
cielos mismos parecían no dejar el asunto en paz, pues la atención del mundo
vióse pronto sacudida por los cometas de 1618, uno de los cuales ha permanecido
en el recuerdo del hombre como la impresión más grande. Siendo, como fue, al
comienzo de la guerra de los treinta años, no podía parecer sino del modo más
justificable cual portento de la cólera divina. Los príncipes quedaron
atemorizados, público fue el alboroto y los especialistas en apocalipsis
anunciaron un nuevo fin del mundo. De los innumerables escritos que originó, el
único sobreviviente es el intitulado Pensamientos sobre el Cometa, obra de
Pierre Bayle (escrito en relación con éste, mas publicado en oportunidad del
cometa de 1680). Mucho más modesto, y en verdad sin importancia, fue un discurso
pronunciado en el Colegio Romano, ante gran concurrencia de público, por un
culto jesuita, el padre Horacio Grassi. Pero al leerlo Galileo, su temperamento
comenzó a agitarse. No hay gentileza mal situada en las anotaciones marginales
de su copia. Los expletivos de por sí bastarían para formar un vocabulario de
buenos insultos toscanos: pezzo d’asinaccio, elefantissimo, bufolaccio, villan
poltrone, balordoris, barattieri, poveraccio, ingratissimo villano,
ridiccoloso, sfasciato, inurbano. ¡Conque estas focas amaestradas que se
mantuvieron en sus agujeros en época de crisis estaban ahora gozándose contra
él y haciendo otra vez de oráculo! No había sino que dar un vistazo al Discurso
de Grassi para advertir que el buen hombre no conocía ni siquiera el modo de
actuar del telescopio, aunque desplegaba su uso de manera tan complaciente.
Pero aun antes de mirar el discurso, Galileo sabía bien que el autor no había
hecho su aparición en el escenario entre aplausos para traer nuevas ideas, sino
simplemente para introducir otro clavo, como él pensaba, en el ataúd del
copernicanismo, bien seguro esta vez de que el hombre de Florencia (quello di
Firenze, como lo llamaban), no estaba en condiciones de contestar.
Conmovido por la cólera impotente de su amigo, Mario Guiducci, “cónsul” de la
Academia Florentina, brindóse para escribir él mismo la respuesta.
Los cometas y las nuevas estrellas han fascinado siempre la mente que cree en
un orden milagrosamente mágico de las cosas. Son las regularidades, más bien,
lo que se ha tomado como, cosa hecha, hasta el advenimiento de la especulación
científica. Parece bastante natural que el cielo dé vueltas y que el Sol salga
cada mañana, pero un cometa en el firmamento supone un portento de vasto
significado. De manera conversa, para la mente científica que había venido
trabajando desde los griegos, la eterna armonía y la periodicidad son el
verdadero e imponente portento de un designio superior, y los acontecimientos
irregulares representan un problema turbador. La explicación aceptada por el
sabio desde Aristóteles había sido que los cometas representan exhalaciones de
los vapores de la Tierra, que se elevan por encima de la esfera de fuego. Esto
mantiene su conducta caprichosa alejada de la armonía de los astros. Pero Tycho
había demostrado, con sus mediciones del cometa de 1577, que deben ser más
altos que la Luna, y que poseen, además, una órbita de suerte algo extraña.
Kepler, por otra parte, había pensando en la posibilidad de demostrar que el
sendero era rectilíneo. Lo que el padre Gressi sugería ahora era un acuerdo.
Conforme con que el cometa estuviera en el firmamento, pero, según la
distinción aristotélica entre materia terrestre y materia celeste, ese sendero
debía ser circular.
En cuanto a Galileo, se halló frente a todo el mundo, pues sostenía que los
cometas no eran sino ilusiones ópticas producidas por los vapores de la Tierra.
Esto era sin duda equivocado, pero existían serias razones para su teoría. En
materia de nuevas estrellas habíase declarado totalmente en favor de los
descubrimientos de Tycho y de Kepler, que situaban las nuevas estrellas en el
firmamento, lo que era para él, lo mismo que para Kepler, manera excelente de
demostrar que los cielos no eran fijos ni inalterables. Pero las nuevas
estrellas eran lo suficientemente serviciales como para permanecer fijas, a
modo de resplandores en el firmamento, en tanto Tycho había demostrado que los
cometes poseían senderos por completo extraviados desde el punto de vista de
Copérnico. Algunos eran hasta retrógrados. Con el tiempo, Newton podría
convertir al cometa Hatley en triunfo del nuevo sistema. Pero Newton no había
nacido aún; y Galileo contaba con razones propias para creer que los senderos
circulares eran los únicos físicamente posibles en el espacio exterior, aunque
lo mejor ere tratar de probar que los cometas no pertenecían al cielo en
absoluto sino que eran efectos ópticos de la atmósfera. Vino de fijo ex parte,
mas a pesar de ello era un sensible esfuerzo a la manera de los presocráticos
para extender la física a los cielos, y bien digno de probarse. En verdad, la
conexión por él inferida entre la cola de los cometas y los rayos solares
resultó ser substancialmente correcta. La verdadera dificultad de su posición
es que rompió la vieja alianza con Kepler, el mejor astrónomo de los dos, y
consiguió para Galileo la clase de respaldo inadecuado de la astronomía.
En contraste, la opinión de Grassi puede parecer más cerca de la verdad, mas
tan sólo en apariencia. Pudo ser un compromiso y lo fue simplemente político.
Hemos visto cómo el sistema de Tycho había sido impuesto en el Vaticano como
proveedor de la desviación más oportuna del problema copernicano; lo que hacía
Grassi no era sino mezclar a Tycho y a Aristóteles, por mitades, para
proporcionar una versión más a la moda del viejo brebaje. En cuanto a las
razones científicas, permanecieron tan rezagadas que Grassi se valió del
telescopio, el medio por entonces disponible para llegar a nuevas conclusiones,
de modo que no tenía sentido. Asumió que el aumento del telescopio era en
proporción inversa a la distancia y de ahí que pudiera probar la enorme
distancia del cometa por la reducida diferencia que encontró entre las imágenes
telescópica y visual.
Galileo no estaba sino demasiado bien al tanto de lo que intentaba Grassi.
Pero, a través de sus notas marginales, vemos cómo su cólera iba volviéndose
gradualmente risita entre dientes. Esos caballeros, al parecer, continuaban
trabajando bajo la impresión de que los problemas físicos podían resolverse con
un ejercicio escolástico de retórica, ornado con citas adecuadas. Bien: podía
preguntarles algunas cosas acerca de su física.
El Discurso sobre los Cometas salió a la luz pública en junio de 1619, firmado
por Guiducci, mas sin que sea imposible dejar de ver las manos que hay detrás.
Mucho aplauso y comentario favorable lo acogió en Roma, pues el Discurso
mostraba un Galileo dispuesto a proseguir sus contribuciones a la ciencia, a la
vez que ejercía su ingenuidad sobre temas aceptables. Su viejo amigo, el
cardenal Matteo Barberini, como si le rogase el olvido de la amargura
relacionada con el decreto de prohibición, le envió un poema latino en su
honor, titulado Adulatio perniciosa (Adulación peligrosa). Pero Ciampoli le
escribió que los jesuitas hallábanse “muy ofendidos y preparándose para
retribuir”. En verdad no había transcurrido un año cuando Grassi salió con una
disertación en latín, Libra, bajo el anagrama Lothario Sarsi Sigensano. Como no
había sido atacado personalmente, le fue imposible contestar por sí mismo. Pero
nada de interpretar mal tampoco su intención. Guiducci, defensor de la
elevación vertical del sendero del cometa, producto de los vapores terráqueos,
había admitido discretamente que debería descubrirse “otra causa”, con el fin
de explicar su defección hacia el norte. “Sarsi”, luego de más de una ligera
observación, llega a hacer un alto ante esta admisión:
¿Qué
es este temor abierto e imprevisto en un espíritu nada tímido que le impide
expresar la palabra que existe en su mente? No puedo, adivinarlo. ¿Es ésta otra
moción que podría explicarlo todo y que no se atreve a discutir… se trata del
cometa o de algo más? No puede ser el movimiento de los círculos, puesto que
para Galileo no existen los círculos tolemaicos. Me imagino escuchar una voz
reducida que musita discretamente en mi oído: el movimiento de la Tierra.
¡Coloca a mi espalda tu perniciosa palabra, ofensiva a la verdad y a los oídos
piadosos! ¡De seguro era prudencia hablar con aliento comprimido! Porque si en
verdad así fuere, no quedaría nada de una opinión que no puede apoyarse sino
sobre esta base falsa… Pero, por lo demás, Galileo no tenía tales ideas, pues
no lo he conocido sino pío y religioso.
Al
leer tan desagradables provocaciones, Galileo (Jebe de haber experimentado su
necedad al dejarse arrastrar a tales disputas. Pudo haber conocido sus motivos,
preguntándose a sí mismo. La amargura largo tiempo contenida, había encontrado
una salida. Pero si ellos lo consideraban ya muerto y sepultado, ya iban a ver.
No existía decreto que prohibiese desenmascarar a un asno. “Sarsi” lo tuvo
inmediatamente. Hasta sus amigos más ansiosos reconocieron que debía avanzar en
persona para vindicar el honor de la ciencia y proteger a Giuducci, Cesi y
Ciámpoli aconsejáronle en forma de carta abierta. Cesarini, íntimo de los
jesuitas, mostróse dispuesto a ser el receptor. Pero Stelluti, otro de los
amigos linces, escribió como sigue: “Ponerse frente a los padres significará no
ver el final del asunto, porque son muchos y en condiciones de enfrentar al
mundo entero, y aunque estén equivocados nadie lo reconocerá”. De acuerdo, dijo
Galileo, los jesuitas quedarían fuera. Pero he ahí un pelele, ese “Lothario
Sarsi” con domicilio desconocido; apedrearía al espantajo con tomates y huevos
podridos.
Empero, eran tiempos de dificultades. Su protector, Cosimo II, acababa de morir
(1620). El favor de un príncipe de fuerte ánimo, que le había ayudado
invariablemente, fue reemplazado por el más incierto de la Gran Duquesa Viuda,
mujer muy piadosa, que asumió la regencia hasta la mayor edad del joven
Fernando II. Estaba también la marcha de los acontecimientos en Roma. El
Colegio de la Propaganda Fide estaba siendo organizado para la conquista de la
fe de lejanos continentes, que despinzaría a las pérdidas ocasionadas por el
protestantismo en Europa; y con ello había entrado en su carrera el vocablo
“propaganda”. Los jesuitas ganaban en ascendencia, a pesar de la muerte de
Bellarmino, acaecida en 1621; Loyola y Javier se enrolaban entre los santos.
Trabado y amordazado, vigilado por malévolo recelo en todos sus movimientos
sospechosos en todo sentido (Caccini había retornado e iniciado de nuevo sus
persecuciones), rodeado de achaques, apremiado por las esperanzas y cóleras de
Florencia, Galileo tenía que proceder con sumo cuidado y deliberación. Tan sólo
algunos años más tarde pudo decir a sus amigos que la respuesta se hallaba
camino de las prensas.
III
De
súbito, en agosto de 1623, la noticia vino a estallar cual hermosa luz de
Bengala en la terrible negrura: Matteo Barberini había sido elegido Papa. Hubo
regocijo en Florencia. Después de Pablo V, anciano sombrío y de carácter
salvaje, el breve reinado de Gregorio XV no había proporcionado sino leve
mejora. Pero Matteo Barberini, o más bien Urbano VIII, como se llamaba ya, era
amigo de las artes y componente de la Academia de los Linces. Todo el mundo
recordaba que, tan sólo tres años antes, tras el Discurso sobre los. Cometas,
había escrito su Adulatio Perniciooa en honor de Galileo, como si fuera para
recordarle que, aún durante la crisis de 1616, siempre había defendido a la
nueva ciencia[110]. Ahora que
no tendría que seguir dedicado a un juego político oculto en la Curia, se
sospechaba, sus verdaderas inclinaciones no podían dejar de ser conocidas.
Felices presagios lo confirmaron: Cesarini fue nombrado Maestrecámara y
Ciámpoli confirmado en su recientemente ganado puesto de Secretario de los
Breves, equivalente a la secretaría privada en el sistema británico. “Tengo
plena confianza”, anuncia Rinuccini, “en que éste será el papado de los
virtuosi”.
Ciámpoli escribió a Galileo: “Aquí se experimenta un gran deseo por conocer
alguna nueva producción de vuestro pensamiento; si os decidís a someter a la
imprenta esas ideas que seguís abrigando en vuestra mente, tengo la certeza de
que serían sumamente aceptables para Su Santidad, que jamás cesa de admirar
vuestra eminencia en todo y conserva su afecto hacia vuestra persona. No
debierais privar al mundo de vuestras producciones mientras haya tiempo para
ellas, y servíos recordar que soy vuestro como siempre”.
Cuando el príncipe Cesi se hizo presente para felicitarlo por su ascensión, el
Papa Urbano lo interrumpió con viveza y ansiedad: “¿Vendrá Galileo? ¿Cuándo
estará con nosotros?”.
Se muere por venir, Su Santidad.
El científico, por su parte, escribió a Cesi: “Estoy dando vueltas en mi
cerebro a proyectos de cierta importancia para la república de las letras, y
tal vez jamás pueda esperar tan maravillosa combinación de circunstancias que
aseguren su éxito”.
Pero se tomó tiempo, ante el deseo de efectuar su rentrée en forma.
Para fines de octubre salió la tan ansiada respuesta a Grassi, eh Roma. Fue el
Saggiatore (ensayador) y reconocida pronta y unánimemente por lo que era la
obra maestra de la prosa polemista italiana. Galileo había escrito sus
Providenciales. Como en el caso de Pascal, el argumento no era meticulosamente
correcto, pero dejó clavado al adversario en el poste. El ingenio brillante y
la ironía destructora reemplazaron a las armas que habían sido prohibidas. En
una incursión tranquila y al parecer impersonal por el ancho —demasiado ancho—
campo de las expresiones y referencias de “Sarsi”, Galileo prosiguió su labor
sobre la erudición ñoña y el prejuicio académico, produciendo lo que ha
permanecido en la historia como breviario del método científico.
Lo que quedó de los argumentos de Lothario Sarsi no fue gran cosa. Daremos un
breve resumen de esa polémica. Ha sido citada con frecuencia, pero nada pierde
con su repetición:
No
puedo evitar maravillarme de que Sersi persiste en probarme, a través de
autoridades, lo que en cualquier momento puedo llevar a le prueba del
experimento… Si discutir un problema difícil fuese como el llevar un peso, dado
que varios caballos llevarán más sacos de trigo que uno solo, convendría en que
muchos razonadores serán más útiles que uno. Mas discutir es igual que correr y
no como transportar, y un cazador correrá por si solo más que un centenar de
caballos de tiro. Cuando Sarsi presenta tal cantidad de autores, no me parece
que refuerza sus propias conclusiones lo más mínimo, sino que ennoblece la
causa del señor Mario y la mia propia, al demostrar que razonemos mejor que
muchos hombres de reconocida reputación. Si Sarsi insiste en que yo cree, en
base e Suides[111],
que los babilonios cocían huevos arrojándolos velozmente con una honda, lo
creeré; pero debo manifestar que la causa de dicho efecto es muy remota de
aquella a que es atribuido, y para encontrar la verdadera causa razonará como
sigue. Si un efecto no se obtiene, que fue obtenido por otros, es porque en
nuestro experimento falta algo que proporcionó éxito anteriormente; y si sólo
nos falta une cose, ésa será la verdadera causa. Ahora bien, tenemos hombres
fuertes que tiren con honda los huevos, y a pesar de ello no quedan cocidos;
por otra parte, si estaban calientes al principio, se enfriarán con mayor
rapidez; y puesto que nada nos falta sino los babilonios, se deduce que los
babilonios son la verdadera causa de que los huevos resultaron cocidos y no la
fricción del aire, que es lo que deseo probar[112].
¿Es posible que al viajar en posta no se haya percatado Sarsi de que la
frialdad producida en el rostro es ocasionada por el continuo cambio del aire?
Y si la ha sentido, ¿confiará antes en la relación hecha por otros de lo
realizado dos mil años atrás en Babilonia que en lo que puede comprobar al
instante y en su propia persona? Yo, al menos, no seré tan intencionadamente
equivocado y tan desagradecido de Dios y de la naturaleza que, habiendo sido
dotado de lógica y de sentido, diera de mi voluntad menos crédito a tan grandes
dones que a las falacias de un semejante, y creyese a ciegas todo lo que oigo y
trocase la libertad de mi intelecto por la esclavitud para con quien está tan
sujeto a error como yo.
En
cuanto a las teorías astronómicas del Sarsi de Grassi, no eran mejor que las
físicas:
Y de
esta manera, ambos, Sarsi y yo, hemos gastado mucho tiempo y no menos palabras
en investigar si la concavidad sólida de la órbita lunar (que no existe), al
moverse en un círculo (que tampoco lo hizo) arrastra consigo el elemento de
fuego (si por ventura existe); y, de esa mañera, las exhalaciones que a su vez
encienden la materia del cometa, que no sabemos si realmente se halla en ese
lugar, pero sí muy bien que no es de la clase de material que arde…
Grassi
fue pulverizado ante el público y retiróse para alimentar su resentimiento. Los
jesuitas le ordenaron que permaneciese callado desde entonces y no contestase.
Lo cual hizo no sin gran sentimiento de encono, pues Grassi no había hecho sino
hacer sentir la opinión aceptada de los astrónomos jesuitas.
Giovanni Ciampoli. Este retrato por Ottavio Leoni fue realizado en 1627, en
el pináculo de la carrera de Ciampoli, cuando era Secretario de Urbano VIII, y
cinco años antes de su caída.
Imaginaban
que esa combinación podría subsistir en forma permanente, pues habíaselos
enseñado a utilizar la inteligencia normal en las cosas humanas, y en los
problemas de la naturaleza la de los artistas de circo; porque a eso equivalía
su elocuencia frente a la realidad no persuadible. Mas esta vez había sido
concedida la derrota. Galileo había realizado su retorno y estaba otra vez
firmemente establecido en el centro de la escena literaria.
Urbano VIII, el año de su ascensión al trono pontificio
El
en sí no era descrédito para la orden. Había trazado los planos para la iglesia
de San Ignacio de Roma y hasta propuesto, según Leonardo da Vinci, la
construcción de una embarcación submarina de su propio dibujo. Sus faltas no
eran sino las de sus compañeros de la orden. Habían aprendido la geometría de
sus geómetras, ingeniería de sus ingenieros… y su física de sus retóricos.
Habitués
del espejo, lectores famosos, se enamoran de personajes históricos, de la reina
desgraciada o del joven y simpático ayudante de un gran detective; y aun tal
vez de la voz del locutor de una emisora extranjera que no puede ser
identificada jamás… ¿Por qué no salimos juntos el próximo domingo; digamos,
casualmente, a un bosque: Supongo que advierte que toca las palabras que
manejan la eternidad!"
W. H. AUDEN, “Los Oradores”.
I
A
fines de abril de 1624, al cabo de un viaje sin apresuramiento y de una
permanencia de dos semanas con Cesi en su castillo de Acquasparte, Galileo
llegó a Roma. Llevaba consigo tina novedad deliciosa, el primer microscopio (lo
bautizó simplemente occchialino), con el que podía verse toda suerte de “cosas
horribles” que se movían en una gota de agua. Fue recibido por el Papa con
“infinitas demostraciones de afecto” y en el transcurso de seis semanas mantuvo
con él otras tantas largas conversaciones. Muy pronto, empero, advirtió que no
iba a ir muy lejos. Ya no hablaba a Matteo Barberini sino a Urbano VIII.
El mismo Urbano experimentaba, con algo de razón, ser de la materia de que
estaban hechos los grandes Papas del Renacimiento. En ese período crítico del
comienzo de la Guerra de los Treinta Años, cuando el sino de la Reforma pendía
aún de la balanza, proyectaba una gran campaña política que cambiase el
equilibrio de Europa. Poder y esplendor sería su divisa. Al serle mostrado los
monumentos de mármol de sus antecesores, dijo que “erigiría otros de hierro
para sí mismo”. Las fortalezas de las fronteras del norte, el nuevo parapeto de
Castel Sant’Angelo, la flamante fábrica de armas de Tívoli, la ocupación por el
armería del Vaticano del local de la antigua biblioteca (donde técnicos traídos
del extranjero fundieron cañones para las fortalezas con los viejos bronces
romanos del Panteón), y, finalmente, el costoso puerto de Civitavecchia… todos
fueron símbolos manifiestos del deseo de Urbano VIII de volver a establecer el
poder pontifical como viceregencia de Cristo con la espada de doble filo del
mundo.
Urbano VIII no era noble feudal ni compartía sus sueños medievales. Procedía de
una familia florentina de príncipes comerciantes que, como los Chigi y los
Medici, habían entrado en la aristocracia tan sólo unas generaciones atrás.
Florentino de nacimiento, dotado de talento, ingenioso, agudo y realista, había
disfrazado su ambición mientras era aún prelado con las formas dignas de las
realizaciones literarias, competencia legal y cuidadosa conducta. Una vez en el
poder, su orgullo latente y su vanidad estallaron sin restricción y junto con
ellos su temperamento natural, pronto a la cólera y a la sospecha[113].
Jamás dejaba de sentir en forma adecuada su capacidad. Ignoraba las
constituciones antiguas porque “las frases de un Papa vivo valen más que les
decretos de cien papas muertos”. Al ser informado de que los notables deseaban
erigirle un monumento, como era costumbre solamente después del fallecimiento
de los papas, contestó: “Que lo hagan. Tampoco soy uno de esos papas comunes”.
Le gustaba el lado teatral de la producción barroca, el ajetreo de los
proyectos de ingeniería, y sus propias contribuciones ornamentadas a la poesía
latina en verso hexámetro y sáfico. Hemos visto que había escrito una oda a
Galileo, “Adulación Peligrosa”. Pero en lo que atañe a las verdaderas ideas de
la ciencia tenía tan escasa comprensión como en cuanto a las auténticas fuerzas
que agitaban a su alrededor la Europa devastada por las guerras. Toda su
concepción política y su plan maestro era totalmente convencional: cómo uncir
el poder a su carro al mismo tiempo que aumentar sus dominios. En esos mismos
días de abril de 1624, el cardenal Richelieu, aún oscura figura política,
estaba preparándose para entrar en el Consejo del rey. En setiembre, Urbano se
vio frente al más completo desafío con el ultimátum para demoler los fuertes
papales de la Valtelline. Era un nuevo punto de partida en la lucha entre
naciones modernas que se alzaban, y formidables contrincantes que realizarían
el juego destructivo de la Guerra de los Treinta Años, para la total
frustración del poder teocrático.
Pero en esos días Urbano soñaba aún con el éxito espectacular. Era la mañana de
su reinado, una mañana plena de magnificencia y confianza. En medio del tumulto
de los asuntos de Estado, tenía tiempo para sus prolongadas audiencias con
Galileo.
Lo que tuvo lugar en tales audiencias quedará para siempre motivo de
especulación. Pero a través de informes diseminados podemos inferir que la
conversación fue más o menos así. Al ser abundantemente cumplimentado del
Saggiatore y oír del papa mismo que lo había leído en voz alta en la mesa,
Galileo despreció el mérito de tan débiles incursiones sobre un tema limitado
por fuerza, ante lo cual el pontífice expresó su deseo de que saliese de su
pluma mágica más de esas incomparables creaciones. A ello contestó con gran
tacto Galileo aludiendo a la malicia de sus enemigos y las numerosas
desventajas con que trabajaba, por lo que el papa volvió a asegurarle que, si
continuaba siendo hijo obediente de la Santa Iglesia, como había demostrado
hasta entonces, sus enemigos ladrarían en vano. El Sistema de las Escuelas, en
manos inteligentes, nada debía temer de la nueva ciencia, pues hallábase
afirmado sobre evidencia natural. Y el papa pudo demostrarlo con toda
facilidad. Se extendió sobre el particular[114]. La
campaña contra Galileo era en realidad alarma nacida de la incompetencia de
determinada gente que usurpaba los privilegios del estudioso, la cual sería
refrenada.
Frustrado, pues, en su primer intento, el científico dióse a pensar en la
presión indirecta. Algún tiempo después, el cardenal Hohenzollern, en su
audiencia de despedida, sintióse movido a exponer al papa las dificultades con
que tropezaba para convertir a los nobles alemanes, que fueron disgustados con
la prohibición de 1616. El Santo Padre mostróse interesado, pero observó que la
Iglesia no había condenado ni condenaría la doctrina de Copérnico como hereje,
sino solamente como temeraria, y que no existía posibilidad de que jamás se la
probara equivocada, por ser imposible una prueba convincente[115]. Podemos
advertir que la manifestación de hecho era menos que exacta porque, en primer
término, la Congregación del Index no es “la Iglesia”, y, en segundo, había
declarado la opinión falsa, no temeraria; en tercer término, sus Calificadores
habían especificado reservadamente que era “necia y absurda, filosóficamente, y
formalmente herética”.
Sea como fuere, el papa pudo haber hecho corregir o revocar la decisión, aun
sin pronunciarse ex cathedra por vez primera sobre el asunto. No hizo ninguna
de ambas cosas. Atenuó en cierto modo el contenido, al mismo tiempo que lo
confirmaba como precedente jurídico. Habíase perdido el objetivo principal,
pero esas observaciones dejan una ligera abertura.
En sus contactos, Galileo “había comenzado a descubrir nueva tierra”, como
escribió. A través de otras alusiones, para referirse a que los prelados con
quienes consultó (Cobelluzzi, Barberini, Borghese) estuvieron contestes en que
hubo demasiado alboroto acerca del asunto, que era cuestión puramente jurídica
y que el decreto no podía ser revisado por razones de prestigio, aunque todo el
mundo podía continuar siendo tan copernicano como deseare, siempre que no
produjese escándalo y se adaptase[116]. La
jerarquía romana sabía demasiado para no fomentar en los demás un conformismo
mundano y escéptico.
Fortalecido con tales opiniones, Galileo volvió a tocar el tema en las próximas
audiciones. Se condujo bien a través del mutuo deplorar la declinación de
buenos escritos y la observación de que un gran número de maravillosas
presunciones y efectos de la naturaleza esperaban aún ser tratados, aunque sólo
fuese para deleite del ánimo si había interpretado correctamente el decreto al
leer que estaba permitida aún la discusión libre sobre hipótesis naturales. Se
le aseguró que tal era el espíritu del decreto, como todos debieran saber; no
restringir la mente en cuanto a ingeniosas conjeturas sino impedir la deducción
de equivocadas conclusiones filosóficas. Nos mismo, elijo el papa, hemos
defendido válidamente a Copérnico en 1616 y hemos hecho notar que sería exponer
a la Iglesia al ridículo de los heréticos si el mismo hombre que tan valiosa
contribución aportó a la misma con la reforma del calendario, realizada por
intermedio del papa Gregorio, fuese declarado de pensamiento herético[117]. En tanto
durase su reinado, aseguró el pontífice, la memoria de Copérnico nada tendría
que temer. La Iglesia conocía muy bien la prudencia requerida en este asunto de
la interpretación de las Escrituras. De seguro, no era su intención cortar al
señor Galileo las alas de sus sutiles especulaciones y admirables
descubrimientos, ornamento de la verdadera fe, y podían a su vez conducir a
notables adelantos en la ingeniería, siempre que se tuviese la seguridad de que
iba a dejar en paz a la teología.
Pero, por otra parte, apresuróse a decir Galileo, antes de que el Papa
reabordase el tema de los amigos ausentes, el decreto debió haber sido mal
interpretado por muchos, pues murmurábase, sin duda por mal informados en el
país y por socarrones en el extranjero, que había sido obra de consultantes mal
informados[118].
Tonterías, dijo el Papa, pues nos mismo tuvimos parte en ello. Hubo, pues,
elevadas razones. Mas fue, ciertamente, una necesidad lamentabilísima.
Entonces, adujo Galileo, ¿no sería beneficiosa para la verdadera fe si las
numerosas razones a favor y en contra pudieran ser probadas con gran cuidado y
desapasionadamente, para demostrar que el problema, examinado con madurez,
necesitaba una resolución superior? Según convino el Papa, tal sería una buena
idea. Probar que todo lo que el hombre es capaz de inventar en su ingenuidad en
materia del firmamento no podía conducir a manifestaciones definitivas, era de
beneficio para todo el auditorio. Que el señor Galileo pesare las teorías con
esa exquisita balanza de escrúpulos con que ha querido probar la verdad y
demostrare otra vez que "no hemos de descubrir la labor de Sus manos”.
Mejor aún, sugirió Galileo, suponiendo que se tomare la siguiente línea, lo que
se le había ocurrido mientras escribía una presunción poética, que Su Santidad
acaso recordara de años atrás, una curiosa fantasía sobre el flujo y reflujo de
los mares, a la que era muy afecto, y posiblemente fuera muy apreciada por
ciertos extranjeros que la tomaron como propia; suponiendo que pudiera
presentarse prueba de que la teoría pitagórica se había impuesto como
físicamente necesaria, si no metafísicamente…
Urbano VIII lo cortó con una pequeña conferencia[119]:
“Permitidnos que os recordemos algo que Nos tuvimos ocasión de deciros muchos
años ha, hablando de filósofo a filósofo; y, si Nos recordamos, no os
mostrasteis dispuesto a ofrecernos ninguna refutación definida.
“Concedamos que todas vuestras demostraciones son válidas y que es del todo
posible que las cosas permanezcan como decís. Pero decidnos, ¿sostenéis
realmente que Dios no pudo haber deseado o sabido cómo mover los cielos y los
astros de alguna otra manera? Nos suponemos que contestaréis que “Sí”, porque
no vemos que pueda hacerse en contrario. Muy bien, entonces, si deseáis
ahorraros vuestro alegato, tendríais que probarnos que si los movimientos
celestes se realizasen de manera distinta a la que sugerís, ello implicaría una
contradicción lógica en algún punto, puesto que Dios en Su poder infinito puede
hacer algo que no implique contradicción. ¿Estáis preparado para probar hasta
ese extremo? ¿No? Entonces tendréis que concedernos que Dios puede
concebiblemente haber dispuesto las cosas de manera distinta y sin producir,
empero, los efectos que observamos. Y si existe semejante posibilidad, que aun
podría conservar en su verdad virtual los dichos de las Escrituras, no toca a
mortales como nosotros el intento de obligar a que las sagradas palabras expresen
lo que a nosotros nos parece que es la situación, contemplada desde aquí.
“¿Tenéis algo que objetar? Nos place ver que sois de la misma opinión que Nos.
En verdad, como buen católico, ¿cómo podríais sostener otra? Hablar de otro
modo que no sea hipotéticamente sobre el tema equivaldría a constreñir el poder
infinito de Dios y Su sabiduría dentro de los límites de vuestras ideas
personales (fantasie particolari). No podéis decir que es la única manera en
que Dios podría haberlo realizado, ya que hay muchas, y por ventura infinitas
que Él puede haber pensado y que son inaccesibles para nuestras mentes
limitadas[120]. Nos
confiamos ahora en que comprenderéis nuestro significado al deciros que no
toquéis la teología”.
Fue solamente entonces, con toda probabilidad, cuando Galileo advirtió la
medida del abismo que separaba su pensamiento del de Urbano; porque sus últimas
palabras, tomadas en serio, habrían implicado que toda investigación de la
naturaleza estaba llamada a conducir a nada. Podía haber objetado, como hace en
el Diálogo: “Sin duda que Dios pudo haber creado las aves para que volasen con
sus huesos de oro macizo y las venas llenas de mercurio, con su carne más
pesada que el plomo y con alas excesivamente pequeñas. Pero no lo hizo, lo cual
debe demostrar algo. Es solamente con el fin de escudar vuestra ignorancia por
lo que ponéis al Señor a cada vuelta en el refugio de un milagro”[121].
Mas, como no era momento para discutir, se mantuvo tranquilo. Debe haber estado
ya bien familiarizado con este tipo de argumento y sabiendo cuán difícil era
hacerle frente. Desde el punto de vista de la filosofía de la Iglesia, era una
doctrina sana y ortodoxa. Robert Grosseteste había proporcionado la parte
epistemológica de la misma allá en el siglo XIII. Tomada en su nivel
pragmático, no equivalía a mucho, puesto que permitía, sin permitirlo, avanzar
a la ciencia, a condición de que no condujese a nada. A pesar de toda su
simpatía literaria, el papa veíase imposibilitado por completo de asir las
implicaciones del nuevo pensamiento. Humanista del siglo XVI, adiestrado por
jesuitas en principios peripatéticos, Urbano vivía en un mundo de formas
significativas y motivos apasionados, múltiple y variado, con muchos nombres
maravillosos y cualidades, apto para el erudito discurso; la paradoja de la
física matemática, el puente arrojado directamente desde la extrema abstracción
de la geometría a la materia monótona básica definida tan sólo por la masa y la
medida, quedaban más allá de concepción. Las “nuevas conclusiones naturales”,
según su modo de sentir, tenían su lugar adecuado en el enriquecimiento del
mundo y no en la reducción de su espacio geométrico.
Es ahí donde su pensamiento se hallaba apoyado por los grandes planes del
Renacimiento y su esperanza en armonías desconocidas. “No existe nada
increíble”, había dicho Marsilio Ficino. “Para Dios, todo es posible y nada
imposible. Existen innúmeras posibilidades que negamos porque no las
conocemos”. Eso era también lo sostenido por Pico della Mirandola al insinuar
alcances “de magia natural” más allá de nuestros sueños. Y Campanella, además,
apoyaba a Galileo en la esperanza de resultados como los que ningún científico
pudo producir jamás. Era la “teología platónica” en sí, acuciando al individuo
para que extendiese su imaginación más allá de lo que podía ver y probar; era
la creencia de Leonardo en el poder creador de la "fantasía"
artística. Y ésta es claramente, más aún que las sutiles características
escolásticas, la idea existente tras las palabras de Urbano: “No podemos
suponer que la naturaleza ha de ser contenida dentro de los límites de nuestra
‘fantasía particular’, porque ella es también todo lo posible. Por otra parte,
en buena religión cristiana, ningún ser puede ‘necesitar’ a su hacedor aunque
fuere por verdadero conocimiento, y la trascendencia de Dios hace que
conozcamos sus modos desde este mundo. Sabemos, por ejemplo, que no nos era
permitido pensar del espacio como infinito por naturaleza, pues entonces
convertiríase en parte necesaria de la naturaleza de Dios”.
Cierto que está escrito: Domintis scentiarum Deus, “Dios es el Señor de las
ciencias”. Pero eso no nos permite que tratemos de imponer aparentes
"necesidades" de una ciencia sobre las demás, y ello no es sin cierto
papel arbitral asignado a Su vicario en la tierra.
Todo habíalo aprendido Sanctissimus en su tiempo. En consecuencia, concluyó, la
Iglesia no hace ningún daño a la ciencia si impide un serio tratamiento de las
ideas que produzcan escándalo en el creyente. No pueden ser realmente ciertas y
deben ser calificadas de "fantasía". Como tal, poseen su propio
encanto; y el papa pudo demostrar su capacidad para apreciarlo, pues fue él
quien reincorporó a Campanella, el incorregible dominico errante, a la libertad
y la actividad literaria.
El pensamiento de Urbano fue una última versión, tal como él mismo fue uno de
los últimos ejemplares de los papas del Renacimiento. Nadie pudo explicarle
que, bajo su reinado, la Iglesia enfrentaría cosas que jamás soñara su
filosofía. Como humanista, experimentaba haber dado una respuesta adecuadamente
sencilla. Como abogado, llegó a la conclusión de que el caso estaba resuelto, y
se dedicó a asuntos más urgentes.
II
¿Habría
podido contestar de esa manera si Galileo hubiera presentado nuevas pruebas,
por ejemplo las leyes de Kepler? Tal vez sí; no obstante, la duda es
permisible. Mas Galileo no había leído nunca los trabajos de Kepler acerca de
Marte, que se hallaban en su biblioteca. Era como si no hubiera oído hablar de
ellas, aunque parecería que Cavalieri las enseñaba en Bolonia. La ironía de
esta ceguera incomprensible parece como un cruel deporte de los dioses, mucho
más cuando Kepler había salido a escena en el año 1619 con su tercera ley, la
más grandiosa de todas para la mente matemática. Cuando Galileo conversaba con
el papa, Kepler publicaba su “Espigueo del Saggiatore”, en que defendía a Tycho
Brahe de los reproches de inexactitud[122], pues no
podía apreciar desde su distante perspectiva las causas del desdén de Galileo
hacia Tycho. Para él continuaba siendo valioso el sistema de Tycho, porque no
proveía sino una transición natural a la verdad de Copérnico; y no se percataba
del modo deliberado como otros la utilizaban a manera de diversión para desviar
a la astronomía hacia un punto muerto. Pero, por otra parte, observa Kepler de
manera apaciguadora, se dice que cuando Orfeo se vio privado de Eurídice por
los decretos inexorables de Orcus, volvióse en su dolor con palabras
desconsideradas contra la propia Eurídice. Lo que Kepler entiende menos aún, al
vivir lejos de la Inquisición, es la manera explícita en que ambos contendores
se separan de toda implicación copernicana. “¿Sería posible”, inquiere con
suave burla, “que Aegle se haya vuelto miedosa de la cabeza de Silene, después
de haberla embadurnado de rojo?”.
La dificultad de Kepler era esa verdadera naturaleza angélica suya, incapaz de
ningún pensamiento egoísta y hasta de resentimiento. Las persecuciones contra
los de la especie de Tycho (Tengnagl había fallecido recientemente, en 1622)
habíalo movido a no desviarse lo más mínimo de su preocupación filial por el
honor de su maestro. En cuanto a sus propios descubrimientos, podían esperar
hasta que alguien los sacase a luz. ¿No había esperado Dios seis mil años para
que fuesen explicadas sus obras?[123]
En su defensa de Tycho, Kepler se ocupa de los datos sobre la órbita de Marte,
de donde arrancó su investigación; sin embargo, no existe una sola palabra que
recuerde a Galileo el libro que le ha enviado quince años atrás, sus leyes o su
importancia. No hay, es cierto, una sola palabra de reproche referente al
descuido de esos descubrimientos… ninguna súplica, ninguna recordación
apremiante al amigo que iba alejándose de él y que pudo haber sido llamado para
que retornase al sentido de la solidaridad científica. Así los descubrimientos
siguen sin mencionar otra vez. Los dos hombres van cual naves que pasan en la
noche.
Abandonado a sus propias ideas, Galileo experimenta a esta altura de sus
romanas solicitaciones que tiene en la mano un pájaro que podía valer por cien
volando. A Cesi, que había escrito diciendo que el tiempo y la paciencia
podrían remediarlo todo, contestó que la vida es corta, que para ser cortesano
se necesita ser joven y fuerte y que no podía permanecer siempre sentado
esperando que lo escuchasen funcionarios que se hallaban muy atareados con
otros asuntos. Discutió la situación con el padre Niccoló Riccardi, nuevo
Gobernador del Santo Palacio (Urbano habíase rodeado de florentinos). El Padre
Maestro, llamado también familiarmente “Padre Monstruo” a causa de su enorme
volumen y erudición, era viejo amigo suyo. Como máxima autoridad a cargo de las
licencias, había escrito un juicio entusiasta acerca del Saggiatore. Ahora
proporcionaba mucha esperanza y estímulo. Todas esas dificultades acerca de los
cielos, aseguraba, habían sido forjadas por esos endurecidos curiales romanos,
hablando en estricta confianza. La verdad en cuanto al firmamento era que las
estrellas son movidas por los ángeles y nada más. Pero numerosos y maravillosos
discursos podían tener lugar aún. Hasta donde le era permitido interpretar las
palabras de Su Santidad, representaban una orden explícita para que Galileo no
privase al mundo de los milagros de sus descubrimientos, y continuase adornando
a Italia con el esplendor de su mente.
Al partir cargado de favores, medallas benditas, Agnus Dei y pensiones para su
familia, acompañado de un rotundo pergamino papal de recomendación a su Alteza
Serenísima, el Gran Duque (“…Nos, abrazamos con amor paterno a este hombre cuya
fama alumbra en los cielos y se extiende por todas las dimensiones de la
tierra…”), Galileo experimentó que no había perdido del todo. Ya eran sesenta
los años cumplidos y había aprendido lo que puede esperarse del mundo. Ocho
años de prudencia habíanle hecho conocer el camino de la implicación torcida.
Si había ido adelante con el Saggiatore, le era posible esperar, esta vez con
el favor papal, mencionar el tema de modo más explícito y dejar que fuese
penetrando lentamente[124]. Tenía
confianza en las fuerzas de la verdad, una vez confiada a la pluma que, como
solía decir, es la piedra ce toque de la mente. El copernicismo no era
herético, ni siquiera tan atrevido como todo eso. Hasta ahí; muy bien. Ahora
tenía permiso para presentar al público su resumen. A través de lo que
interpretara de las autoridades, estaban interesadas tan sólo en cláusulas
formales de sumisión que salvaguardasen su prestigio y su puntillo. “Si no
podemos pasar a semejante grupo, llámeme Grassi”, debe haber dicho a Ciámpoli,
o su equivalente en florentino, que para eso estaba su talante[125]. Ya se
había llegado a una resolución sobre el Diálogo sobre los Grandes Sistemas del
Mundo.[126]
III
Decidió
explorar el terreno. Escribió la respuesta, largo tiempo demorada hasta
entonces, al resumen de Francesco Ingoli de 1616[127] en la
que, luego de haber corregido de manera amable y serena los ingenuos errores
geométricos de su adversario, adoptó resueltamente la posición copernicana:
“Mantengo, además”, terminó después de dar varias razones convincentes, “que
son de mi conocimiento otros hechos de experiencia que hasta ahora no fueron
observados por nadie, y, de acuerdo con los cuales, dentro de los límites de
las consideraciones naturales y humanas, parece incontrovertible la razón del
sistema de Copérnico”. Había escrito el prefacio, empero, con una manifestación
de sumisión cuidadosamente diplomática: jamás dijo que la doctrina fuera cierta
—bien lejos de ello—, pero deseaba probar a los herejes alemanes que, si en la
Italia católica habían sido rechazados los puntos de vista de su ilustre
connacional, no fue por ignorancia de su gran posibilidad sino “por reverencia
hacia la Sagrada Escritura y a los padres de la Iglesia, y en virtud del celo
por nuestra religión y nuestra santa fe”. Cuanto más válidas sean las pruebas,
agregó, “más clara la conclusión beneficiosa de que no debe confiarse puramente
en el razonamiento humano y que debemos confiar implícitamente en el
conocimiento superior, el único capaz de llevar luz a nuestra mente en
tinieblas”. Casi no se oye la risita. La cláusula de sumisión tan bien
redactada lo oculta de manera impecable.
No había caso de imprimir la carta, pero circuló ampliamente, fue leída por
Ciámpoli al papa y no fue causa de objeciones. Galileo había probado de modo
atrevido su propia interpretación de la orden papal; discutiría el
heliocentrismo no como mera suposición matemática sino como conclusión física
que había que aceptar si al menos la sabiduría sobrenatural no la negaba. Según
todas las indicaciones, el globo de ensayo había Salido bien.
Ahora esperaba llevar a su conclusión el Diálogo en un par de años, tanto más
cuanto que varias partes del argumento habían sido escritas con anterioridad y
no necesitaban sino correcciones. Pero numerosas circunstancias, no la menor de
ellas la enfermedad, lo demoraron año tras año. Parece haber existido una
interferencia a la labor casi terminada entre los años 1626 y 1629. Tal
interferencia, que cambió todo el proyecto en cuanto al tiempo, probablemente
en perjuicio de Galileo, debióse, según implicó él mismo, a sus numerosas
ocupaciones, en especial a sus tareas como consultor de obras de ingeniería.
Cesi y Ciámpoli no dejaban de apremiarlo. “Hemos oído”, escribe el último en
1628, “que vuestro Diálogo camina con gran lentitud, y lamentamos la pérdida de
tan raros tesoros. No podemos esperar para leer al menos una parte reducida.
Vuestros amigos os suplican desoigáis los consejos de reposo, y sigáis el
impulso hacia la gloria y nuestras exhortaciones… No defraudéis las esperanzas
del mundo”.
Mas Galileo sabía con cuánto cuidado debía organizar sus fuerzas antes de
atacar. No era un Bruno o un Campanella, que se apresurase a la imprenta con
generosas certezas y razones inciertas. El “inmenso proyecto” resultaba más
imponente al enfrentarlo en definitiva, y más difícil de Abarcar. Mientras el
pensamiento del físico luchaba con sus dificultades, tenía que madurar al mismo
tiempo los cimientos de la teoría de la moción que iba a ser el tema de sus
posteriores Discursos sobre Dos Nuevas Ciencias, que iban tomando forma en su
imaginación, en tanto dedicábase a su exposición cosmológica. Todo ello no
podía ir sino junto. Es característico de Galileo que desde esa época, ya en
los sesenta, que es cuando la mayor parte de los individuos cristalizan y
concluyen su pensamiento, su intelecto mostróse sumamente activo hasta los
últimos instantes de su existencia, reformando, reinterpretando, reorganizando
sin cesar el vasto despliegue de ideas, incluso a través de los trágicos
tiempos que habría de atravesar, en invencible resurgir creativo.
En octubre 29 de 1629, escribió a Elia Diodati, su corresponsal en Peris,
émigré toscano y estadista protestante, quien había tenido gran parte en la
traducción de la Biblia: “He reiniciado la labor sobre el Diálogo del Flujo y
Reflujo del Mar, abandonado tres años ha, y, con la gracia de Dios, he
encontrado la línea justa, lo que debe permitirme darle fin en el invierno:
confío en que proporcionaré la más amplia confirmación del sistema
copernicano”.
El veinticuatro de diciembre pudo anunciar a sus amigos de Roma que estaba
terminado el Diálogo sobre los Grandes Sistemas del Mundo.
¿Cuándo
cesaré de maravillarme?
SAGREDO.
I
El
Diálogo, esa obra portentosa que habría de convertirse en "obra
capitana" de la historia de Occidente, cruza con toda facilidad el paisaje
cultural, llevando en su anchurosa corriente mucho material extraño de diversos
orígenes. Como composición parece sin pulir, incompleta y en ocasiones
inconsistente. Es en parte naturaleza y en parte arte… Carece de unidad, salvo
la de la vida misma. Es en verdad, "la historia de la mente del señor
Galileo", pero la mente de un hombre que sabe muy bien a dónde va. En el
libro hay todo de él: físico, astrónomo, hombre de mundo, literato, polemista y
en ocasiones hasta sofista; hay, por sobre todo, el hombre del Renacimiento
totalmente expresivo y expresado.
Igual que Newton, Galileo había sido educado en base a Arquímedes y a Euclides;
pero, a diferencia de Newton, se hallaba lejos de hacer un ídolo del estilo de
los geómetras puros "que no emiten una sola palabra que no sea impuesta
por absoluta necesidad". Porque sostiene que "la nobleza, la grandeza
y, la magnificencia que hace a nuestras empresas y acciones maravillosas y
excelentes, no consiste sólo en lo necesario sino también en lo innecesario; yo
consideraría bajo y plebeyo el banquete donde faltaren el alimento y la bebida;
empero, no es la presencia de éstos lo que puede hacerlo noble y magnífico,
pues mucha mayor grandeza es procurada por la belleza del suntuoso ropaje, el
esplendor de los muebles, el lustre del oro y la plata que deleite la vista, la
armonía de los cantos, las representaciones en escena y la placentera
bufonería"[128]. Los
poemas heroicos con sus episodios, los vuelos de la fantasía de Píndaro, son
sus modelos reconocidos. Existe un precio que pagar por todo esto… el
sacrificio del lenguaje científico directo. El hombre moderno puede echar de
menos la tensión intelectual de los desarrollos abstractos, la estrechez de la
fórmula que da forma a la teoría. Pero Galileo se halla presto a pagar el
precio con objeto de permanecer hombre entre los hombres, persona y fuerza
dentro de su propia cultura. Lo característico de su prosa no es por cierto la
economía; es la expresión, el calor y la pasión por entero, la maravilla
siempre de retorno. El lema de la obra bien podría ser lo expresado por
Sagredo: “¿Cuándo cesaré de maravillarme?”.
Micanzio observó al leerla: “¿Y quién había adivinado antes lo que era el
problema de Copérnico?”. Estaba sustancialmente en lo justo. Nociones
aventuradas como las de Digges, pronunciamientos atrevidamente visionarios como
los de Bruno, que ahuyentaban de la gente temerosa su reconocida herejía, folletos
técnicos como Mensaje Sideral y Cartas sobre las Manchas Solares, habían
permitido a los lectores conjeturar o reunir algunas ideas nuevas, pero dejando
las cosas sobre un nivel de diferencia emocional entre quienes se inclinaban
por lo nuevo y los aferrados a lo antiguo. Aunque no hubiese sido prohibido,
Copérnico continuaba siendo un libro para los especialistas; Kepler era
ilegible. Hombres a quienes disgustara el sistema de las escuelas y lo atacaran
con observaciones brillantes pero nada concluyentes, había habido muchos antes
de Copérnico. Pero el verdadero movimiento de pensamiento jamás había llagado a
cuajar, y la prohibición de 1616 se abatió en el momento estratégico para
contenerlo y dispersar sus esfuerzos. Los conocedores podían aplaudir aún la
alta esgrima del Discurso sobre los Objetos Flotantes o el Ensayador, pero
continuaba siendo buena diversión para el espectador; y el auditorio se
retiraba a sus casas incapaz de armar el gran rompecabezas que permanecía
separado por orden superior.
El Diálogo hizo exactamente eso: armó el rompecabezas para mostrar, por vez
primera, el cuadro. No se anduvo en desarrollos técnicos; dejó toda suerte de
cabos sueltos y de arriesgadas sugestiones para la crítica técnica. Pero estaba
exactamente al nivel de la opinión pública culta y en condiciones de triunfar
irresistiblemente. Era una carga de dinamita colocada por un experto ingeniero.
Es socrático de un nuevo modo. El argumento se inicia con un ataque de frente
contra la ciencia de los profesores, mas pronto penetra de manera profunda en
las realidades físicas demostradas a nosotros por la superficie de la Luna.
Sigue, así, la misma secuencia de las discusiones de los primeros años,
prosigue con serenidad de un punto a otro, disparando levemente contra
objetivos causales en tanto nos alejamos del sendero, retoma con un
"¿dónde estamos?" y retorna para jugar algún tiempo como el gato con
el ratón, con Simplicio como blanco, aunque pronto se aleja en otra dirección,
clamorosamente, contra alguna figura poco afortunada que ha proporcionado la
asninidad necesitada. En el ínterin va tejiéndose la prueba sin tropiezos,
hasta que al cabo de un tiempo se pregunta el lector qué clase de gente puede
permanecer ciega ante la evidencia; ¿qué otra opinión podía sostenerse salvo la
de Copérnico?
Tanto en forma como en sustancia, la obra se aparta de la tradición académica,
yendo a la verdadera vena platónica a través de la forma renacentista. Los
nombres de los personajes no son Hylas, Philonous ni Philalethes. Se tratan
entre sí como "Señor Salviati" y "mi señor Simplicio",
disputan y se amigan, se mueven con los pies firmemente plantados sobre el piso
de mármol de un palacio veneciano del Canal Grande. El tratamiento es el de la
sociedad italiana de aquella época, así como los modales; las escenas y los
interludios son manejados por Galileo cual hombre de teatro que probara con
suerte la comedia. Al latinizar los nombres y utilizar las formas de
tratamiento inglesas, en su traducción, Salusbury los ha trasladado a lugar
ligeramente imaginario, como "Tres Caballeros de Venecia"; pero la
vida subsiste[129].
De los tres personajes, Filippo Salviati es evidentemente el más próximo al
alma de Galileo. Habla por el autor. Del temperamento del individuo o de su
personalidad intelectual, casi no poseemos rasgos en las escasas cartas que ha
dejado. Tampoco nos ayuda mucho el autor cuando dice que “en él el menor
esplendor era la nobleza de linaje y la magnificencia de la riqueza; un
intelecto sublime para el que no existe deleite más elevado que la especulación
exquisita”.
Los hechos conocidos de su vida son igualmente escasos. Hijo de Averardo
Salviati, nació en 1582. Filippo heredó siendo joven aún el rango senatorial
paterno en la nobleza florentina. También vino a heredar sus intereses
bancarios, pues los Salviati fueron y continuaron siendo banqueros y comerciantes,
como los Médici y la mayoría de las grandes casas que se elevaron al poder
durante la república, luego de la derrota de la nobleza feudal y la demolición
de las fortalezas del siglo XIII. Filippo Salviati parece haber estudiado con
Galileo en Padua y residido con él en Venecia, pero el Diálogo constituye
nuestra única evidencia a ese respecto. En 1611, tan pronto se estableció en
Florencia, Galileo visitó a Filippo en su magnífica Villa delle Selve, que aún
se observa en la ladera de la colina por sobre Signa, con su amplia fachada y
sus terrazas que dominan el valle del Arna y su horizonte que se extiende hasta
los montes de Carrara. Volvió con frecuentes intervalos, tanto por “el aire
saludable, bálsamo para sus achaques”, como por la compañía de su amigo
Salviati, con quien compartía el entusiasmo por la poesía cómica y la baja
comedia, y quien le escribe que nadie puede leer a Ruzzante de manera más
deliciosa que él, y que es esperado con grande impaciencia por toda la
compañía. Mas también existen datos acerca de extensa labor sobre los satélites
de Júpiter, realizada en el observatorio de la villa.
En 1612 realizaron una serie de observaciones e inferencias sobre las manchas
solares descritas en el Tercer Día del Diálogo. En el mismo año, Sagredo vino a
visitarlo a su vez; más tarde lo hizo Castelli para discutir sobre hidráulica.
Todavía en 1612, bajo la protección de Galileo, Salviati fue hecho miembro de
la Academia de los Linces, y a su vez favoreció la admisión de Ridolfi y
Castelli. Un año más tarde presentó a su maestro un nuevo discípulo, G. B.
Baliani, patricio genovés al parecer interesado en problemas de hidrostática y
que habría de convertirse en uno de los corresponsales más importantes de
Galileo. Una carta posterior de Salviati, enviada desde Génova en enero de
1614, concierne aún a Baliani.
Pero, como Salviati deja la escena, nos sentimos autorizados a una breve
información reveladora de su personalidad. Había abandonado a Florencia en un
acceso de pique, al perder una cuestión de precedencia relativa a la entrada en
la Iglesia con Bernardetto de’Médici. En ello hay algo más que “las costumbres
singulares” de la aristocracia. Los Salviati, lo mismo que los Bardi y los
Pazzi, habían luchado en tiempos por la primacía en Florencia. Salviati fue el
apoyo principal de Savonarola contra la facción de los Médici, como sabe todo
el que haya leído Romola. La política despiadada y astuta de Cósimo I había
puesto fuera de acción a sus competidores reduciéndoles sus finanzas en época
crucial. Si bien hubo reconciliaciones y matrimonios entre ellos, la antigua
queja estaba pronta a resucitar, como lo hizo en el desesperado intento de los
Pazzi. Filippo Salviati partió para un largo viaje que lo llevaría no sabemos a
dónde, pues en marzo de 1614 la muerte puso punto final al mismo en Barcelona.
Contaba entonces treinta y dos años.
Carecemos de elementos que nos permitan apreciar su contribución personal. Pero
Salviati ha sido más afortunado que otros más ilustres, ya que su personalidad
intelectual nos llega a través de las páginas del Diálogo, con la evidencia de
una creación poética. Lo vemos como una mente clara, ágil, seria, impaciente
ante lo pedante y minuciosa, apoyado en lógica agudísima y en el sano instinto
científico más que en la educación académica, con un ojo infalible para lo
esencial, gran respeto por la razón y un ingenio retozón. Es el individuo con
el don de los dioses. Galileo no era nada modesto (en verdad, ¿quién lo era en
su tiempo?) y lo que espera de los demás al escribir acerca de sí mismo tiende
a chocar con nuestro sentido de decir menos de lo que es. Mas, al colocar él
sus dotes bajo la invocación de una sombra querida, olvídase a sí mismo en su
creación, y nos vemos frente a un hilo de plata, suavemente tejido, el retrato
del científico cuando joven.
Sagredo es el hombre de mundo en el Diálogo. Ha sido pintado como retrato
sobresaliente del noble veneciano, adornado con todas las dotes de gobierno
tradicionales de su casta, atento a 1os nuevos desarrollos de la ciencia,
abierto a la discusión pero cuidando de no comprometerse en problemas teóricos[130]. El hombre
que firmaba familiarmente “Il Sagredo” o “Il Sag.”, apreciaba verdaderamente su
posición como sigue: “Soy un caballero de Venecia y jamás me hice pasar por
hombre de letras; no tengo amistades literarias y doy mi protección a los
escritores, porque no es mi intención mejorar mi fortuna o adquirir reputación
a través de mi interés, no importa cuán sincero, en la filosofía y las
matemáticas; he identificado más bien mi posición con la integridad de los
magistrados y el buen gobierno de la República, a la que he dedicado mis
esfuerzos juveniles, siguiendo la costumbre de mis padres, que le dedicaron
todo lo posible de su vida y de su fuerza”. Mas también había en él una
caprichosidad e inconstancia que impedíasele profundizar en nada. A veces nos trae
a la memoria al senador Pococurante, en su dedicación minuciosa a la
insignificancia agradable. Era en verdad un bon vivant, no siendo esta
característica suya la que menos atrajo a Galileo.
Nacido de Niccolò Sagredo y Cecilia Tiepolo en 1571, Giovanfrancesco Sagredo
fue nombrado miembro del Consejo Supremo de la República a la edad de
veinticinco años, como cuadraba a su nombre y a su rango; pero sus intereses
variados y su amor a los placeres hizo que cargara lo menos posible,
"luego de sus años mozos", con la responsabilidad de los asuntos y
del estado que era parte aceptada por la aristocracia veneciana. Su rápida
inteligencia y su buen criterio hacían de su persona el auditorio siempre
anhelado por Galileo, el honnête homme, como se lo llamó más tarde; y su
independencia de criterio afirmóse a menudo, a veces con éxito, contra su mismo
maestro. A través de sus cartas, lo conocemos mejor que a Salviati. Es el amigo
fiel e ingenioso, siempre dispuesto con idees y consejos, ya se trate de une
excursión placentera, el establecimiento de un negocio o una dificultad en los
experimentes. Disfruta la vida y desea que sus amigos disfruten a su vez; tiene
mucho de caballero, pero es un caballero muy dado a conversar, práctico y
agudo.
A lo largo de muchos años escribió acerca de la fabricación de las lentes para
el telescopio (hizo que los artesanos de los talleres de Murano ensayaran
nuevas fórmulas para él), del magnetismo, la teoría de la luz, discutiendo con
Galileo, quien mantenía la idea de una agitación del medio contra la de la
transmisión de la sustancia; y sobre variadas novedades científicas. En más de
una oportunidad vióse invadido por el sentimiento melancólico de haber
desperdiciado su vida, y escribió con elevada vena estoica tocante las bendiciones
de le filosofía y los placeres de la moderación. Mas pronto se afirmaba su
naturaleza burbujeante y escribía acerca de la vida en Venecia, “ciudad de
todos los deleites”, alegres reuniones en su casa de campo sobre el Brenta, y
las dificultades interminables para encontrar sirvientes de confianza. Enviaba
golosinas o solicitaba los buenos servicios de Galileo para que le encontrase
nuevas razas caninas u obras de arte para su colección, en especial un
Bronzino, “a cualquier precio”. Murió en 1620, a la edad de cuarenta y nueve
años. Su hermano Zacarías, el duro hombre de negocios, escribió fríamente que
había sido víctima de una bronquitis, “ocasionada por sus infinitos
desórdenes”.
En cuanto a Simplicio, es natural que permaneciera bajo un antiguo pseudónimo,
puesto que su nombre forma legión. Es el promedio profesor universitario,
empecinado y de mente aristotélica. Empero, no es lo que tan bien pudo haber
sido una sátira contra los agudos y absurdos oponentes que hicieron desgraciada
la existencia de Galileo con sus intrigas. Es la creación literaria de un
temperamento lleno de luz. Existe una buena naturaleza encantadora en su
estudiosidad que le permite sobrevivir a la derrota y emerger, paciente,
agradable, dispuesto y ávido de más. No le preocupa someterse a despiadados
interrogatorios y a que se le extraiga la verdad que va contra todas sus
convicciones. Es capaz de sofocarse cuando se ve arrinconado, y, en ocasiones
pierde la cabeza. Luego comenzará a clamar: “¡Este modo de pensar tiende a la
subversión de toda filosofía natural y al desorden y trastorno del cielo, la
tierra y el universo entero!”. Pero recobra su compostura con facilidad y
prosigue discutiendo. Se piensa entonces que, de no haber sido por el
adoctrinamiento sin remedio de sus primeros años, ahí existida una mente buena.
Al final se pierde tranquilamente y sin protestar en la creciente niebla de
novedades incomprensibles, para salir tan sólo en último instante, citado por
su creador y para expresar la opinión del Papa acerca de la imposibilidad del
conocimiento verdadero. Debe decirse que su conclusión es floja, falta de
preparación y sin carácter. Las pocas líneas habladas sobre él mismo algunas
páginas antes no han sido sino para explicar su silencio:
Creo,
verdaderamente, Sagredo, que se os ha obligado a deteneros; y creo conocer la
causa de vuestra confusión que, si no me equivoco, surge de vuestra comprensión
en parte, y sólo en parte, del argumento de Salviatus. Es cierto, como vos
mismo sospecháis, que me hallo libre de semejante confusión; mas no por la
causa que vos pensáis, es decir, porque comprendo el conjunto. No, ocurre todo
lo contrario, vale decir que no comprendo nada; y la confusión radica en la
pluralidad de las cosas y no en nada[131].
Lo
cual está expresado no sin gracia, pero no da lugar a la estatura intelectual
para el pronunciamiento decisivo con que ha de finalizar la discusión. Lo peor
es la repetida admisión de incompetencia que sirve de prefacio a sus
manifestaciones finales:
En
cuanto a los pasados discursos, y particularmente este último, de la razón del
flujo y reflujo del mar, a decir verdad no lo comprendo muy bien. Mas, con esa
leve idea, cualquiera sea, que de ello me he formado, confieso que vuestra
hipótesis me parece mucho más ingeniosa que ninguna de las demás que he oído
también; empero, la considero ni cierta ni concluyente, pero teniendo siempre
ante los ojos de mi mente una sólida doctrina que en su oportunidad recibí de
persona sapientísima y eminentísima, a la cual no cabe respuesta, sé que
ustedes dos al ser preguntados si Dios, en Su sabiduría infinita y Su poder,
podría conferir al elemento que es el agua el movimiento recíproco de otro modo
que haciendo mover al recipiente que la contiene, me consta, repito, que
contestaríais que El puede, que también sabe cómo hacerlo de muchas maneras y
alguna de ellas más allá del alcance de nuestro intelecto. Por lo cual concluyo
inmediatamente que, concedido esto, sería osadía extravagante de parte de
cualquiera ponerse a limitar y confinar el poder y la sabiduría divinos a
alguna conjetura particular de sí mismo.
Salv.: Doctrina admirable y verdaderamente angélica, contestada de perfecto
acuerdo por la otra, de igual modo divina, que nos deja la discusión tocante la
constitución del universo, pero agrega, además, (acaso con objeto de que la
mente del individuo no deje de ejercitarse ni se vuelva remisa), que no debemos
tratar de descubrir las obras realizadas por Su mano. Por tanto, que la
disquisición permitida y ordenada por Dios a nosotros nos ayude en el
conocimiento y admiremos más con ello Su grandeza, por cómo nos vemos mucho
menos capaces de penetrar los profundos abismos de su sabiduría infinita.
Sagr.: Y pueda esto servir de punto final a nuestros cuatro días de discusión,
después de lo cual, si le parece bien a Salviatus tomarse algún tiempo para
descansar, nuestra curiosidad debe, por necesidad, concedérselo… Entretanto
nosotros podemos, siguiendo nuestro costumbre, pasear una hora y tomar el
fresco en la góndola que nos aguarda”.[132]
Luego
de quinientas páginas de argumentar en las que ninguna de las partes economizó
palabras, podía haberse esperado algo menos superficial. Pero no era Simplicio
el llamado a ello. Estaba en su carácter de obstinado lógico terminar peleando
y no escudarse tras algunas palabras teológicas. Habría sido mejor, artística y
filosóficamente, si Galileo hubiese seguido una línea que evidentemente
consideraba en determinado punto[133] y
dejado Salviati a un lado su "máscara" copernicana, descubriéndose en
un coup de scène como místico escéptico que resigna toda su ciencia ante Dios.
Podemos imaginarnos varias razones para el cambio, todas interesantes, pero
deben permanecer como pura conjetura.
II
Cuando
Galileo anunció a sus amigos de Roma que el Diálogo estaba terminado, no
recibió sino mensajes animosos. Castelli escribió que el camino se hallaba
despejado y el padre Riccardi, quien, en su calidad de gobernador del palacio,
era la autoridad encargada de las licencias, prometió su pronta ayuda, en la
seguridad de que las dificultades teológicas serían dominadas. En otra carta
Castelli comunicó la nueva excitante de que el Papa había recibido en audiencia
a Campanella y admitido durante la misma que la prohibición de 1616 había sido
un fastidio, agregando: “Jamás fue Nuestra intención; si hubiese dependido de
Nos, el decreto no habría sido aprobado”. Estas no son exactamente las palabras
hueras que dicen los historiadores, pues sabemos que en aquel tiempo había
ejercido una influencia moderadora; pero eran de fijo tales como para alentar
las mayores esperanzas[134]. Ciámpoli
escribió: “Aquí se os espera como si fueseis la damisela más querida”.
Galileo llegó a Roma el 3 de mayo de 1630 y escribió quince días más tarde: “Su
Santidad ha comenzado a tratar mis asuntos de manera que me permite abrigar
esperanza de un resultado favorable”. Urbano VIII había vuelto a endosar la
idea de un diálogo astronómico, siempre que el tratamiento fuese estrictamente
hipotético, dejando el resto a los encargados de la licencia. El modo
diplomático como Galileo presentó la intención de su trabajo al Pontífice,
puede colegirse de su “Prefacio para el Juicioso Lector”, que inicia el
Diálogo, Urbano no hizo sino una restricción específica, o sea que el título no
fuese “Del Flujo y Reflujo del Mar”, sino “Sobre los Dos Principales Sistemas
del Mundo”, pues no era su deseo que el libro fuese organizado alrededor de una
prueba que fuera necesitada, tal como la de la marea.
Luego de ello, era tiempo de que el padre Riccardi se diese a la tarea. El
activo “Padre Monstruo” revisó apresuradamente el manuscrito, sin quedar
totalmente tranquilo. No era mucha su comprensión de la Astronomía, pero el
tema no le parecía tan hipotético como se le había dicho. Delegó en su
ayudante, el padre Raffaello Visconti, la tarea de examinarlo y efectuar las
correcciones necesarias. El padre Visconti, a quien suponíase versado en
matemáticas, revisó el texto a su vez, cambió una que otra palabra, y expresó
su aprobación. Evidentemente, no fue sino insuficiente su interpretación del
libro o de las instrucciones del Papa. Pero ya el imprimatur para Roma era como
si estuviese acordado.
El padre Riccardi no estaba aún muy tranquilo. La hostilidad de ciertos
círculos le dijo que iba a haber dificultades. Mas, por otra parte, no podía
solicitar al autor que escribiese nuevamente el libro ni imaginarse la forma en
que sería corregido. Tampoco sabía qué decir a Galileo ni al embajador
Nicolini, primo político de Riccardi, que le procuraba buen Chianti y muchas
seguridades. Resolvió examinar el texto por sí mismo. Como ello obligaba a
nuevas pérdidas de tiempo, convino en entregar al impresor cada cuartilla, a
medida que era revisada. Mas, a fin de iniciar su labor, el impresor necesitaba
la licencia, por lo cual fue concedida, mientras el texto permanecía en poder
de Riccardi. Este insistió, entretanto, para que el prefacio y la conclusión
fuesen reformados, de manera que correspondiesen más exactamente con las
intenciones papales. Puesto que la licencia había sido otorgada sólo para Roma,
y el texto imprimiríase bajo la supervisión del príncipe Cesi y de la Academia
de los Linces, confiaba a todas luces mucho más en la ayuda de Cesi que en su
propio cacumen para disponer las cosas.
Para fines de junio, temiendo por el calor y el “aire poco saludable” de Roma
(en realidad había algo de malaria por entonces) partió Galileo para Florencia,
bien entendido que hallaríase de regreso en el otoño, con una nueva versión del
prefacio y del final. Sabía la imposibilidad de hacer mucho durante el verano y
esperaba hallarse presente mientras la mayor parte de las correcciones tuviesen
lugar.
Todo pintaba bien; pero algunas semanas después de su arribo a Florencia, se
tuvo noticia de la muerte del príncipe Cesi. Era un golpe irreparable, pues
nadie estaba en condiciones de representar la doble función de Cesi como
ejecutivo y mediador en tal difícil empresa. Pronto se hizo oscura la
situación. El 24 de agosto, Castelli, por lo común temperamento nada inclinado
a sospechar mal, escribió a Galileo urgentemente “para que hiciera imprimir la
obra en Florencia, y lo más pronto posible, en virtud de poderosas razones que
no deseaba confiar al papel”. Mientras Galileo ponderaba acerca del posible
significado, un nuevo factor vino a forzar su decisión: la plaga de 1630, causa
de terribles destrozos en el norte (fue la que más tarde describió de manera
clásica Manzoni en su Promessi Sposi), apareció en forma esporádica en la
Italia Central, por lo que se establecieron numerosos puestos de cuarentena y
se dificultaron las comunicaciones.
Galileo tenía que confiar ahora en los buenos oficios del embajador florentino,
no siendo, por fortuna, Guicciardini quien ocupaba el puesto, sino un amigo
fiel. El y su esposa (prima de Riccardi) tenían como invitado habitual al
“padre monstruo”, como lo llamaban cariñosamente, y ahora dedicaron sus
esfuerzos a obtener su permiso. Riccardi rehusó al principio, pero luego,
cediendo a la sutil presión de Caterina Niccolini, se ablandó y otorgó permiso
para que la revisación final tuviese efecto en Florencia, conservando en su
poder, empero, el prefacio y la conclusión, "para arreglarlos de acuerdo
con los deseos de Su Santidad".
El Inquisidor de Florencia, padre Giacinto Stefani, leyó la obra, cambió
algunas palabras y no encontró nada malo en ella. En verdad, “sintióse movido a
derramar lágrimas durante muchos pasajes, a causa de la reverente humildad y la
obediencia desplegadas por el autor”. Pero, no obstante, nada podía publicarse
sin el prefacio y la conclusión, que el padre Riccardi no entregaba. Lo que
sigue es una lastimosa comedia cuyo detalle serla inútil. A través de las
veladas alusiones de Castelli, es fácil inferir que los jesuitas, aconsejados
por Grassi y Scheiner, habíanse puesto en acción. La nueva oposición era mucho
más peligrosa que la de Caccini y sus dominicos. El infortunado “padre
monstruo”, bien percatado a esa altura de lo delicado de la situación y del
peligro para su carrera, hallábase en el potro. No era posible rehusar un
imprimatur ya concedido, sin que supiera la manera de retenerlo. Tomado entre los
Niccolini de una parte y Ciámpoli de otra, zigzagueando ante las llamadas del
Gran Duque, que era el señor feudal de la familia, torcíase y retorcíase
desesperado, demorando, originando nuevos problemas, imponiendo nuevas
cláusulas, fingiendo no estar en posesión de los papeles, invocando las
intenciones reservadas de Su Santidad. Solicitó que otro teólogo revisase el
texto en Florencia, enviando instrucciones apremiantes para asegurar el
tratamiento hipotético[135]. Otra
revisación por el Inquisidor en persona, el padre Clemente Egidii, y otro
imprimatur más para el texto; pero un año había transcurrido y el prefacio y la
manifestación final seguían faltando[136]. Galileo
se desesperaba. Podía demostrar ante cualquier comisión que el Gran Duque
designase, insistió, “que jamás había abrigado otros puntos de vista ni
opiniones que los sostenidos por los venerables padres de la Iglesia”; estaba
deseoso de volver a describir, si necesario fuera, sus propias teorías como
“sueños, nulidades, paralogismos y quimeras”, pero no hubo nada que hacer
contra esta clase de sabotaje. “Los años y los meses pasan”, exclamó, “mi vida
se disipa y mi labor está condenada a perecer”.
Riccardi no se atrevió evidentemente a volver ante el Papa con su problema y
solicitar su ayuda referente a su infortunada revisión. Colgóse cual albatros
al cuello de Ciámpoli, y solicitó una orden directa. Obtuvo vía libre. Aún así,
demoró. No fue sino el 19 de julio de 1631 cuando, “tirado por los cabellos”,
como expresa Niccolini, entregó el paquete en la embajada.
En febrero de 1632 Galileo pudo, por fin, presentar al Gran Duque el primer
ejemplar impreso del Diálogo.
Flectere
si nequeo superos, Acheronta movebo
VIRGILIO.
I
El
libro fue saludado con grandiosa alabanza de parte del público literario. La
edición fue vendida tan pronto salió de las prensas. Debido a las persistentes
dificultades ocasionadas por la cuarentena, no pudo ponerse en venta en Roma
sino en el mes de junio. Campanella escribió, presa de gran emoción: “Estas
novedades de verdades antiguas, de nuevos mundos, nuevos sistemas y nuevas
naciones son el comienzo de una nueva era. Quiera Dios obrar con presteza y
hagamos por nuestra parte todo cuanto podamos. Amén”. Hacía tiempo que el padre
Scheiner estaba enterado de que el inminente Diálogo no lo dejaría incólume[137]. Hallábase
en una librería cuando hizo su entrada en la misma un fraile de Siena, quien
dióse a entonar sus alabanzas. Se puso pálido, vióse acometido de un acceso de
temblor y dijo al librero: “Diez escudos si puede conseguirme un ejemplar
inmediatamente”. El padre Riccardi sintióse deprimido. “Los jesuitas”, dijo a
Magalotti, “perseguirán esto con la mayor saña”.
La carta de Magalotti (agosto 7) que contiene tan interesante punto de
información, es también importante en otros puntos más humanos aún:
“El lunes por la mañana”, escribe, “estaba en la iglesia de San Giovanni cuando
el reverendísimo padre Riccardi, que supo que estaba allí, vino a buscarme. Me
indicó que sería muy de su agrado que le entregase todos los ejemplares del
Diálogo traídos por mí de Florencia, prometiéndome que me los devolvería en el
término de diez días a lo sumo. Contesté que lamentaba muchísimo no poder
complacer sus deseos, visto que de los seis ejemplares que traje conmigo, cinco
estaban destinados a obsequio, y que Su Reverencia sabía que ya habían sido
entregados… Debía saber que sobre ese particular me era imposible complacerlo.
Cuando mucho podría entregarle el ejemplar de mi pertenencia y de monseñor
Serristori. Pareció lamentarse de la dificultad, pero me aseguró que su deseo
de poseer tales ejemplares era solamente en bien del libro y de su autor.
Aproveché la oportunidad para inquirir el motivo de que se hiciera semejante
adehala, puesto que tenía la seguridad de que si se le hubiese escrito al autor
y héchole comprender el modo de sentir de sus superiores, habría adivinado que
se trataba de un caso de obediencia; y que, habiendo recibido permiso de
nuestro Santo Padre y de la Sagrada Congregación para publicar la obra, como
cualquiera estaba en condiciones de ver por el imprimatur al comienzo de la
misma, no se creía que dejara de proporcionar toda la satisfacción posible.
También insinué que ya se le había escrito sobre el asunto. A lo que contestó
de manera afirmativa, pero sin ninguna especificación. Lo cual, como bien se
sabe, obedece a que los movimientos y hechos del Santo Oficio no han de ser
revelados, ni siquiera en la parte más mínima, so pena de severísima censura.
Simplemente agregó que lo que se había escrito y ordenado lo fue en espíritu de
generosa lenidad y sin otro fin que la gloria de Dios y la tranquilidad de la
Santa Iglesia, y para que no resultara daño de ninguna especie en la reputación
del autor, a quien consideraba como uno de sus mejores amigos.
”Luego procedió a descubrir otra razón para su deseo en cuanto a los ejemplares
del Diálogo. Debería avergonzante de repetírosla, en gracia a su reputación y a
la del autor, a no saber que puedo expresarme en confianza. Se trata de esto.
Bajo sello de secreto me dijo que se había recibido como una gran ofensa el
emblema de la portada, si es que recuerdo bien (digo porque no presté gran
atención al mismo y no tengo el libro conmigo en este instante). Tal emblema, a
menos que yo ande equivocado, se compone de tres delfines que sostienen en la
boca las colas de los demás, con no sé qué lema. Al oírlo rompí en carcajadas,
demostréle lo asombrado que me hallaba y dije que creía poder afirmar que el
señor Galileo no era hombre capaz de ocultar grandes misterios bajo tales
puerilidades y que había dicho con toda claridad su pensamiento. Declaré que
creía poder afirmar que el emblema era el del propio impresor. Al oírlo pareció
grandemente aliviado y me dijo que si en verdad podía asegurarle tal cosa
(véase que insignificancias gobiernan nuestros actos en este mundo) el
resultado sería el más feliz para el autor. Creí que contaba en mi poder un
librito, obra de un médico portugués, sobre la manera de prevenir la plaga, que
lo convencería de la verdad de mis palabras. Afirmó que mi palabra de caballero
era suficiente, pero le contesté que aunque el libro no tuviese el emblema en
su portada, (que no lo tiene, aunque está impreso por Landino), enviaría a
Florencia por lo que habría de convencerlo lo suficiente, ofrecimiento que fue
aceptado con placer.
”Conque así está el asunto. Otro motivo de censura no creo que exista, excepto
el ya mencionado por el gobernador del Santo Palacio, es decir, que el libro no
ha sido impreso exactamente de acuerdo con el original y que, entre otras
cosas, han sido omitidos al final dos o tres argumentos inventados por Su
Santidad misma, con los cuales, según él, había convencido al señor Galileo de
la falsedad de la teoría copernicana. Llegado el libro a manos de Su Santidad y
visto que faltaban esos argumentos, era necesario remediar las omisión. Tal el
pretexto; pero lo positivo es que los padres jesuitas están trabajando bajo
cuerda con el mayor ahínco para que se prohíba el libro. Estas fueron las
palabras del propio reverendo padre: ‘Los jesuitas lo perseguirán con la mayor
saña’. Este buen padre, que se ve mezclado en el asunto, se muestra temeroso de
todo obstáculo y desea, naturalmente, evitarse toda molestia por haber otorgado
licencia. Aparte de que no podemos negar que nuestro Santo Padre sostiene una
opinión directamente contraria a ésta (la de Galileo).
”Ahora bien: si el manuscrito original ha sido alterado, no sé qué decir; pero
si no, fácil será convencer a las autoridades y, una vez convencidas, no podrán
seguir adelante, según pienso…
”Mas si alguna omisión ha tenido lugar por inadvertencia, en particular las que
he mencionado, aconsejaría se mostrase la mayor celeridad en agregar, suprimir
o alterar, tanto para salvar las apariencias. En el ínterin, no dejéis de
enviarme alguna publicación de Landini, lo antes posible, aunque sea un
almanaque, y si es posible uno publicado antes del Diálogo”.
Al recibir esto, Galileo debe haber trastabillado por la monstruosa hipocresía
de todo eso, puesto que la suspensión era ya oficial y le había hecho el mismo
efecto que si le cayera un rayo del cielo. El día primero del mes, el
Inquisidor de Florencia habíase presentado en la librería de Landini con
instrucciones de suspender la publicación del libro y entregar cuantos
ejemplares tuviera en existencia. A lo que Landini pudo contestar benditamente
que no tenía ni uno. El padre Riccardi no se había percatado, evidentemente,
del escándalo público mientras trataba de escurrirse de la situación en que se
hallaba.
En tanto continuaban llegando cartas de felicitación, Galileo denunciaba con
gran furia las intrigas miserables de sus enemigos, previendo que un abuso de
autoridad jamás conocido debió ocurrir en alguna parte. Pero el 22 de agosto
recibió una carta belicosa del padre Campanella, que confirmaba las malas
noticias:
He
oído que se está tratando de que una comisión de teólogos iracundos prohíba
vuestro Diálogo; y no hay uno solo entre ellos que entienda de matemáticas ni
de nada recóndito.
Servíos observar que podéis sostener que la opinión de que la Tierra se mueve
fue debidamente prohibida, sin tener que creer que las razones alegadas son
buenas. Esta es una regla teológica, factible de ser probada, pues en el
Concilio de Nicene se decretó que “puede pintarse a los ángeles, porque son
realmente corpóreos”. El decreto es válido, aunque no los motivos, ya que todos
los escolásticos de nuestro tiempo dicen que los ángeles son incorpóreos. Hay
muchos otros motivos.
Temo la violencia de la gente ignorante. El Padre Monstruo emite sonoros ruidos
en contra; y dice, ex ore Pontificis. Pero Su Santidad no se haya informado ni
puede pensar de este modo. Mi consejo es que haga que el Gran Duque escriba a
efectos de que, así como en la comisión han designado a jesuitas, dominicos,
teatinos y clérigos seculares, nos admitan igualmente al padre Castelli y a mí
y, si triunfan, succumbemus, etc., aun en la proposición, y no digamos en las
razones. Mas no se opone que yo sepa de ello, quia, etc. O podéis licitar que
actuemos como abogado y procurador en el caso; si no triunfamos, tenedme por
asno. Sé que el Papa posee gran intelecto y una vez informarlo, etc. Dios os
conserve.
Galileo
debe haber leído esto con gran variedad de sentimientos, sabiendo que el viejo
fraile era muy adepto a meterse en dificultades. Nada intimidado por las
nuevas, empero, redactó el borrador de una severa nota diplomática que el Gran
Duque, compartiendo su interés, ordenó fuera inmediatamente firmada por su
secretario de estado y despachada. En ella solicita del Papa el nombramiento de
una comisión mixta en Florencia para que investigase el asunto. Mas cuando
Niccolini se presentó el 5 de setiembre con su protesta en el Vaticano, se
encontró con una andanada de labios de Urbano, que contuvo sus manifestaciones:
"Vuestro Galileo", le gritó el Papa bastante fuerte, "ha osado
mezclarse en lo que no debía, en los temas más graves y peligrosos que puedan
agitarse en nuestros días".
Contesté
(prosigue Niccolini) que el señor Galileo no había hecho imprimir la obra sin
la aprobación del Vaticano. El Papa contestó, con igual furia, que él y
Ciámpoli le habían prevenido, especialmente Ciámpoli, quien llegó a
manifestarle que Galileo guiaríase en todo por las órdenes papales y que todo
saldría bien; y eso era todo cuanto había sabido, sin que jamás hubiera visto
ni leído el libro. Quejóse con amargura de Ciámpoli y del padre Riccardi,
aunque dijo que éste último había sido prevenido a su vez, pues con hermosas
palabras habíale sonsacado primero la licencia y luego el permiso para imprimir
en Florencia, sin seguir las instrucciones dadas al Inquisidor, y luego
poniendo también el nombre de Riccardi, que nada tenía que ver con licencias
fuera de Roma. Y aquí volví a tomar la palabra para decir que sabía del
nombramiento de una comisión especial y, puesto que podría muy bien suceder que
en ella hubiera personas mal dispuestas (como es el caso) contra Galileo, con
todo respeto suplicaba se le concediese oportunidad de justificarse. A lo cual
respondió Su Santidad que, en los asuntos del Santo Oficio, no se hace jamás
sino dictar sentencia y luego citar para retractarse. Contesté: “¿No le parece
a Vuestra Santidad que el señor Galileo debió ser informado de antemano de las
dificultades, oposiciones y censuras que se presentan a su obra y qué es lo que
desagrada al Santo Oficio?”. Y fue su respuesta violenta: “El Santo Oficio, Nos
os aseguramos; señor, no procede de ese modo ni sigue ese camino ni provee
información por anticipado. No es costumbre. Por otra parte, conoce bien cuáles
son las dificultades, si quiere conocerlas; porque Nos las hemos discutido con
él y las conoció por Nos”. Y como yo opusiera que el libro había sido dedicado
al Serenísimo Maestro, que era obra de uno de sus servidores y que yo esperaba
humildemente que se mostrase alguna consideración, dijo que en estas cosas que
pueden ocasionar grave perjuicio a la religión, del peor que jamás se haya
inventado, Su Alteza debe concurrir a castigarlas, pues que es príncipe
cristiano y, en consecuencia, debo escribirle para que no se mezcle en esto si
desea salir con honor.
Niccolini
no era ningún tonto y a esa altura habíase percatado de que el Papa
fanfarroneaba. Había existido una tensión no confesada los últimos meses entre
la Santa Sede y Toscana, ya que el Gran Duque no podía colocarse sino de parte
de los Habsburgo en ese tumo de la Guerra de los Treinta Años que llevara al
Papa del lado de Francia. El Papa señalaba ahora una ventaja inesperada
amenazando con el arma espiritual que él solo podía blandir. Pero las quejas
insignificantes presentadas no podían hacerse aparecer como herejía. Niccolini
aprovechó las palabras finales para contestar, por iniciativa propia, con una
clara amenaza diplomática:
Contesté
que obtendría órdenes para hacer que lo molestasen más aún, como ere cierto,
pero seguía sin creer que Su Beatitud llegaría al extremo de contemplar la
prohibición de una obra que ya había sido aprobada, sin antes escuchar al señor
Galileo.
Lo
cual significaba: “Pisamos buen terreno. Si deseáis provocar un incidente
internacional, proseguid y haceos el gusto”. El Papa sabía que habíase
aventurado sobre hielo delgado y que se le estaba diciendo ahora de modo
diplomático que se ocupase de sus propios asuntos… que era la confusión e
insubordinación de su misma casa. Pero no le era fácil emprender la retirada y
destapó sus baterías.
Dijo que la prohibición ere lo menos que podía acontecerle (a Galileo) y que
sería mejor que cuidase de no ser citado ante el Santo Oficio; que había
ordenado por decreto que una comisión de teólogos y otras personas versadas en
distintas ciencias, todas personas graves y de pensamiento sacro, sopesase
todos los detalles, palabra por palabra, porque se trataba de una cuestión de
le clase más perversa jamás manejada. Prosiguió con sus motivos de queja contra
Ciámpoli. Luego me encargó informar a nuestro Master que la doctrina era
perversa en extremo; todo sería considerado con madurez; que Su Alteza no se
obligue y proceda con tranquilidad… Agregó que había procedido con grande
consideración hacia Galileo, llevando al ánimo de éste lo que sebe y sin haber
puesto sus asuntos, como era su deber, en manos del Santo Oficio, sino en las
de una comisión nombrada especialmente. Que ya era algo. Fueron sus palabras
finales: “Lo he tratado mejor que él a mí, pues me ha engañado”.
El Papa habíase valido de la amenaza de la Inquisición para intimidar al Gran
Duque, pero estaba claro que no veía muy bien cómo habría de ejecutarla.[138]Fue con tal
fin, y no por consideración, que nombró una comisión especial. Si ésta no
descubría base suficiente y el Gran Duque manteníase firme, el Papa podría
hallarse en situación realmente difícil. Pero el temible fantasma de la herejía
había sido alzado, con lo cual vino a ganar su primera partida.
El informe de Niccolini cayó como una bomba en Florencia, dando por tierra con
toda una serie de combinaciones políticas y haciendo que los ministros buscaran
la manera de cubrirse. El "Gran Duque", expresa tembloroso Cioli, el
nuevo secretario de estado, "ha leído vuestros despachos y sufrido un
acceso de cólera tan violento que no sé cual será el próximo acontecimiento. Lo
que me consta es que Su Santidad no tendrá que censurar a los ministros de acá
por haber dado malos consejos".
II
Galileo
quedó estupefacto y completamente imposibilitado de comprender la situación a
través de los vagos mensajes de sus amigos de Roma. El secretario de estado
mostrábase reticente, pues los despachos de Niccolini llevaban el sello de la
más estricta reserva.
Poco a poco comenzó a filtrarse la realidad de lo sucedido. Ciertos jesuitas,
al parecer los únicos de la administración capaces de leer e interpretar el
libro, habían demostrado al Papa que, bajo la máscara retórica, el argumento en
conjunto era un formidable alegato en favor del sistema copernicano. Mientras
Grienberger y las viejas fuerzas observaban consentimientos mezclados[139], Grassi,
Scheiner y su grupo habían destacado las vastas fuerzas de la Compañía de Jesús
en una campaña puramente política contra estas novedades que amenazaban su
dominio de la enseñanza, todo el programa "humanista" totalmente
contraloreado y contenido en que educaron a las clases gobernantes… y más allá
de esto, el principio mismo de autoridad. Como Stelluti previniera en su
oportunidad a Galileo, una vez que los jesuitas tomaran parte no se terminaría
jamás[140]. La
vanidad personal del Papa había sido hábilmente agitada, al decírsele que su
opinión acerca de las mareas había sido puesta en labios de Simplicio el tonto,
con el fin evidente de ridiculizarla. Nada más lejos del pensamiento del autor,
quien había simplemente obedecido sus instrucciones al permitir que los
aristotélicos tuvieran la última palabra; pero había interpretado esto a modo
de cláusula puramente formal y no para ser ejecutada de manera artística.
Riccardi parece haber sido de igual opinión, ya que no solicitó ningún agregado
a esa sección, sobre la cual meditó durante meses, buscando nuevos medios para
hacerla “segura”.
No existe furor cual el del filósofo despreciado. Urbano VIII, como dijo de él
el cardenal Bentivoglio, gustaba de imponer leyes en todos los campos del saber
humano. Entre el coro de respetuoso apoyo, no se alzó jamás una sola voz que
excitara en su persona el agudo sentimiento de que tal vez no fuera tomado muy
en serio como intelectual, pues en verdad pudo advertir que Galileo, no
obstante los debidos cumplidos, había hecho parecer a su “remedio final”, cosa
bastante necia. “Hay un argumento al que jamás contestarán”, se quejaba el Papa
a Niccolini, como numerosos autores de antes y después; y, al mencionarlo, dice
el embajador, montó en cólera de la manera menos pastoral. Su rencor permanecía
sin abatir aun diez años después de la muerte de Galileo. Niccolini lo describe
como hombre muy viejo, hundida de tal modo la cabeza que quedaba al nivel de
los hombros. Mas al hablarse de Galileo y manifestar que no contemplaba la
erección de un monumento sobre la tumba de su adversario, fue impelido a
recontar todo lo que le explicara en su oportunidad y lo que el otro intentara
contestar, “transcurriendo largo rato antes de que terminase”.
Empero, es bastante injusto que algunos autores se extiendan sobre el incidente
de Simplicio como único motivo de los actos del Papa. El asunto era ya bastante
desagradable sin eso. Parecía como si hubiera sido engañado con éxito de manera
legal irreprochable. Como cosa de simple verdad, fue él, realmente, quien se
engañó a sí mismo al reservar la decisión para sí y no hacer luego que lo
aconsejase algún entendido, al impartir instrucciones por intermedio de
Riccardi en un asunto que ninguno de los dos entendía, al decir A Ciámpoli
varias cosas contradictorias, según sus diferentes estados de humor, y al dejar
que Ciámpoli buscase una oportunidad pasajera de acuerdo con una de sus
observaciones. Lo cual no pudo decidirse a reconocer. Llegó a la conclusión de
que la verdadera causa era una maquinación contra sus colaboradores más
íntimos. Ello equivalía a desafección; era como si su propio personal hubiera
manifestado silenciosamente su falta de confianza en su superior criterio. Un
gobernante colocado en semejante situación tiende a perder la cabeza y muchas
dudas horribles pueden acometerlo durante la vigilia nocturna. Llevaba nueve
años de Papa, su amplia política autocrática debía comenzar a rendir fruto, y
no había mucho que mostrar.
El propio emperador de Austria, pilar principal de la Iglesia, autor del edicto
de restitución, no estaba, ya en tan buena posición y, lo que, era peor,
tampoco era su amigo. La iniciativa en el gran juego había pasado a su
adversario principal, Richelieu, quien obtuvo su victoria más importante, o sea
el lanzamiento de Gustavo Adolfo de Suecia. Había separado a la coalición
austro-española y obligado a los poderes italianos a integrar el sistema, con
lo que el Papa habíase encontrado en cubierta alianza con él —y con el hereje
sueco— contra la Casa de Austria. Y precisamente ahora el poder recién
levantado en el norte comenzaba a atemorizar a Roma. El Papa debió recibir la
noticia de la neutralización de Brandenburgo por el rey de Suecia y la unión de
los sajones a éste, a tiempo que Niccolini efectuaba su entrada para la
audiencia. Tres semanas más tarde sabría que el único ejército católico en el
campo, el de Tilly, había sido destruido en Breitenfeld. Pero peor que el
alarmante avance del hereje debió ser la irritante percepción por Urbano de que
todo ese trastorno era la ejecución de los proyectos de Richelieu y del
infernal Padre José, los hombres que financiaron a Gustavo Adolfo con cinco
toneletes llenos de oro y ahora hallábanse camino de establecer la supremacía
de Francia en la Europa católica. Las grandes combinaciones y maniobras
diplomáticas de Urbano fueron inútiles, tonto como sus esfuerzos para formar un
dominio en Italia, a expensas de sus asociados, y sus propios tratos bajo
cuerda con los suecos. Había disputado con el emperador, fue amenazado y
humillado por España y contenido en Italia por la República de Venecia. Y
ahora, esto.
Urbano VII debió haber interpretado la publicación del Diálogo a esta altura
como una agravación rudamente proyectada de su sino. Si bien hostigado por la
política, era lo bastante inteligente para advertir que el argumento sobre los
cielos amenazaba las bases mismas del sistema educativo establecido después de
Trento; podía apreciar las razones de airados jesuitas, quienes dijéronle que
esa clase de cosas era potencialmente más desastrosa que Lutero y Calvino[141]. Y él
mismo, con su vanidad de mecenas, había estimulado al autor. Difícil era su
situación, en verdad.
El juicio de los observadores políticos cie Roma refleja su perplejidad. El
embajador de Módena escribió a su patria en noviembre, poco después de las
nuevas del fallecimiento de Gustavo Adolfo en Lützen y el descubrimiento de la
secreta alianza del Papa con los suecos: "En lugar de volverle el sentido,
esos acontecimientos no hicieron sino ponerlo furioso. Ha perdido el juicio a
punto tal que procederá sin el menor criterio".
Impedido de toda acción satisfactoria, la cólera de Urbano se descargó contra
sus desamparados subordinados. Riccardi fue llamado a capítulo y protestó su
inocencia. Pudo demostrar que no había entregado los papeles sino al recibo de
una autorización de Ciámpoli. En cuanto al propio Ciámpoli, nada tenía que
demostrar, pues no había hecho sino utilizar atrevidamente cualesquier palabras
que el Papa dejara caer en alguna ocasión indefinida[142].
Riccardi se las compuso para conservar su puesto, pero Ciámpoli vio el fin de
su carrera. El prelado que tan sólo algunas semanas antes había sido calificado
para su elevación al cardenalato en el próximo Consistorio, fue desterrado como
gobernador de la pequeña localidad de Montalto della Marca y transferido luego
a puestos cada vez menores. Jamás se le permitió regresar a Roma. Sus cartas a
Galileo en 1633 son las del hombre que ha hecho las paces con el mundo.
"Venid a visitarme, mi perseguido Sócrates", escribió, “aquí
tendremos buen cuidado de vuestra salud… En cuanto a mí, he hallado consuelo en
el estudio y aún espero escribir algo por lo cual se me recuerde”. Murió en
Iese, diez años más tarde, a la edad de cincuenta y cuatro años. Al saber Urbano
VIII el fallecimiento del hombre en quien otrora tanto confiara, se conmovió y
dijo: “Otra gran persona que se fue”.
III
Si
el Papa experimentaba haber sido engañado con éxito, tenía importantes razones
que Galileo podría haber observado de antemano. Empero, Galileo parece haber
rehusado incluso considerarlas. Sin duda se hallaba desalentado ante el curso
de los acontecimientos, mas no se intimidó como el hombre que ha sido
descubierto ni mostró la desesperanzada resignación de Ciámpoli, que sabíase
sin remedio. El, como el Papa, mostrábase colérico, y su cólera puede
percibirse claramente en su carta bajó las palabras de humilde protesta. Por la
misma autenticidad de esa cólera podemos inferir que el Papa habíale dado algo
bastante sustancioso a modo de autorización. Si esta gente —aún pensaba en los
ejecutivos de palacio— no supieron realizar el juego según las reglas, o fueron
desviados por mezquinas intrigas, él debió haberles indicado. Fue autorizado a
escribir sobre copernicismo, sin que se le pidiera que mintiese sino tan sólo
profesara obediencia; su texto mereció aprobación[143]. No había
hablado en primera persona, sino dejado que un personaje literario defendiera
una posición, lo que había sido permitido a otros personajes de ficción mucho
más ateos. En cuanto a la tesis misma, mucho tiempo antes probada en la Carta a
Ingoli, tuvo el amplio aval por escrito de Riccardi al Inquisidor de Florencia,
enviado justamente antes de ser impresa. El texto fue revisado y vuelto a
revisar, licenciado y vuelto a licenciar, y hasta una tercera vez, en dos
ciudades; contaba con prefacio, un final adecuado y hasta con título de la más
elevada autoridad. Ahí estaban los cinco imprimaturs, “juntos, a modo de
diálogo, en el pórtico de la portada, cumplimentándose e inclinándose entre sí
con las más leves reverencias”[144]. ¿Qué más
podía requerir la más severa disciplina? Su sentido jurídico fuertemente
arraigado hízole llegar a la conclusión de que alguien se desmandaba; y, puesto
que no podían ser las mismas autoridades a cuyo cargo estaba la licencia, debía
tratarse de alguna conspiración informal que se apoderó momentáneamente del
criterio del Papa y que denunciaría.
No puede mantenerse, cual hace Wohlwill, que eso no era sino una ilusión del
hombre entrado en años, pues tenemos la opinión reflejada con más o menos vigor
por sus corresponsales romanos, quienes no eran tan simplotes. El viejo Filippo
Magalotti, sucesor de Cesi, es explícito:
No
debéis temer que la comisión solicite de las autoridades que declaren la
opinión de Copérnico condenable y herética; aunque lleguen a la conclusión de
que la opinión es falsa, no creo que se solicite sea declarada tal por tan
suprema autoridad; os refiero esto porque así me lo han hecho saber los
miembros de la Congregación del Santo Oficio, que maneja los asuntos del dogma.
Dicen que hay en la Iglesia asuntos de controversia en que se halla dividida la
opinión de los padres, como por ejemplo el de la Inmaculada Concepción. Y todos
expresan de manera definida que sin la más urgente de los necesidades, o sin la
declaración de un Concilio General, tales problemas no pueden llegar a una
solución. Ahora bien, éste no es ciertamente el modo a que tienden las cosas y
el Padre Maestro es también de opinión de que llegará a un ligero arreglo de
vuestro Diálogo, agregando o suprimiendo algunas cosas.
Niccolini,
experimentado diplomático, que debió sentirse algo incómodo por su propia
intervención, dice lo mismo. Y, sin embargo, había enfrentado la cólera del
Papa. El arzobispo de Siena, Ascanio Piccolomini, avezado hombre de iglesia,
escribió el 29 de setiembre:
Me
parece excesivamente singular que tan reciente y precisa aprobación suscite las
pasiones de algunas personas que no podrían encontrar defectos sino en lo que
ellos conciben del libro, pues que la obra misma debe aplacar a la más tímida
conciencia. Por otra parte, os diré que merecéis esto y algo peor, pues habéis
venido desarmando paso a paso a los que ejercen el dominio de las ciencias, a
quienes no queda sino correr hacia terreno sagrado.
En
cuanto a Castelli, escribió: “Este es el momento de ponerse en pie contra ellos
y responder con las palabras de Copérnico a Pablo III: Illos nihil moror…”. Y
más tarde: “He dicho, abiertamente que si la Inquisición es llamada realmente a
intervenir, y si este santo y supremo tribunal no procede en debida forma,
dañaría la reputación y reverencia que se le debe, y que, si persigue a un
hombre que ha escrito de manera tan modesta, reverente y reservada,
significaría que los demás escribirán en adelante de modo brutal y resuelto”.
El consenso de los corresponsales es como sigue: “No pueden haceros nada. Pero
las cosas están fuera de nuestro alcance algún tiempo, pues el papa ha
efectuado un movimiento impulsivo. Permaneced tranquilo, sin ceder más de lo
necesario, pero no los irritéis”. De más de una fuente contamos eón la
siguiente expresión coloquial: “Han salido medio engreídos y creen que deben
proseguir cuesta arriba; cuando regresen será hora de hablar”. Pero también
existía nerviosidad por todas partes, pues advertíase que tenían que tratar con
un aficionado al poder absoluto, que representaba de oídas.
Como la mayoría de los que tienen la responsabilidad de aconsejar se sienten
obligados a andar con “pie liviano”, es como fresca brisa contar con la
impresión sin trabas del buen monje de Venecia, fray Fulgenzio Micanzio:
Pero
¡cuán miserable puede ser esa secta a la que parece necesariamente contrario y
odioso todo aquello que es bueno y se funda en la naturaleza! El mundo no se
limita a un simple rincón; veréis vuestra obra impresa en numerosos lugares y
lenguas[145]. Mi
preocupación es que pueda verme privado de lo que más es esperado, vuestros
otros diálogos que estaban por venir (es decir, Dos Nuevas Ciencias); si no se
publican por eso, enviaré con cien mil demonios a esos hipócritas sin Dios y
sin Naturaleza.
En
la propia Roma eran muchos los que no se dejaban impresionar lo más mínimo por
este conversar de herejía. Un joven y aún desconocido científico, llamado
Torricelli (descubierto por Ciámpoli), se volvió en favor de Galileo en pleno
tumulto en esos días de setiembre. Escribió presentándose tímidamente como
“copernicano por convicción, por secta y profesión galileísta”. Había defendido
la tesis del libro con el padre Grienberger, que era su amigo, según dijo, y no
expresó sino leve desaprobación.
IV
La
gente sana, el “optimista precavido”, resultó estar equivocado, sin percatarse,
empero, que las autoridades habíanse desviado del fin profundo. Pero había por
lo menos un individuo que debió haber abrigado menos ilusiones, y era el mismo
Galileo. Sabía mejor que nadie lo que el libro significaba, lo que el Papa
había significado de su parte, y el abismo que separaba a ambas concepciones.
Una vez abiertos los ojos del pontífice, Galileo tenía que temerlo todo. No
obstante, cosa singular, es el más belicoso de todos ellos. Está seguro de
poder convencer a las autoridades si se le proporciona aunque sea una
oportunidad; solicita privadamente, como sugiriera Campanella, una discusión in
concilio Patrum. Quiere revisar el libro punto por punto con cualquier comisión
que se desee nombrar. Sin embargo, no es “falta de mundo” el término que lo
describe, y conoce el valor de la discreción. Hasta su enemigo Piero
Guicciardini lo ha reconocido.
Extenderse sobre lo híbrido, como ha sido tan frecuente, no supone explicación.
Galileo consideraba buena su situación desde el punto de vista jurídico, pero
sabía que ella era políticamente débil. La deliberación infinita desplegada
mientras producía el Saggiatore es prueba de ello. ¿Por qué, entonces, en un
hombre de edad y de mundana experiencia, esta aventura… esto que luego resultó
ser un juego terriblemente insensato? Si no hubiera deseado sino publicar sus
ideas, podría haberlo hecho con seguridad sin el menor peligro. El que fue
capaz de escribir el Saggiatore podía escribir cosas esquivando a los censores
(aunque los jueces no pudieron encontrar la menor falta en el folleto durante
el proceso). Existía una fácil y evidente manera que, en verdad, hallábase
obligado a considerar, y lo hizo posteriormente, aunque demasiado tarde. Pudo
haber dado fin al Diálogo haciendo que Simplicio, o tal vez mejor Sagredo,
sacara triunfante del interior de un sombrero el sistema de Tycho, que jamás
había sido discutido, y que Salvati, sujetando su lengua, se declarase vencido.
Ello habríale permitido terminar de manera más convincente con la sabiduría del
Papa. La Iglesia habríalo endosado, pues era equivalente a todo cuanto el
esforzado jesuita Riccioli pudo inventar en 1657 para refutar oficialmente a
Galileo en su Almagestum novum.
Por otra parte, si hubiese deseado parecer del todo inocente, pudo haber
sacrificado lo que bien sabía insostenible, aunque atrayente… la teoría sobre
la caída circular[146], y
presentado el “aplastante argumento psicomatemático” de Riccioli, confundiendo
el sendero por completo. Riccioli se puso en ridículo con ello, como Borelli no
tuvo escrúpulo en demostrar en 1668, a pesar de subsistir aún las rígidas
prohibiciones; empero, fue universalmente aplaudido como campeón de la fe.
Galileo pudo haber payaseado con tales inventos con mayor facilidad cuanto que
el resto del Diálogo dejaba duda sobre de qué lado estaba la razón. Su vanidad,
que era grande, habría hallado provecho en ello, pues habría sido cumplimentado
por todos y cada uno, incluso los hipócritas, en tanto el de mente Científica
habría sabido leer entre líneas. El y sus amigos podrían haberse reído a costa
de las autoridades. El libro habría realizado su penetración de manera libre y
serena, para destruir poco a poco las enseñanzas establecidas de la filosofía
de la Iglesia, en tanto la posición de Galileo quedaba firme por toda su vida.
Pudo haber hecho eso; y, menos aún, tal como Salviati se adelantase a ofrecerle
como “remedio final”, pero se negó a ello y siguió negándose. Lo arriesgó todo
al expresar la verdad de manera inequívoca, en un juego temerario pero
generoso. Muy bien sabía Galileo que estaba realizando un golpe de sorpresa.
Había sido suficientemente prevenido acerca de su teoría sobre las mareas, como
dijera el Papa a Niccolini, y el Papa estaba en lo cierto. Pero esperaba que el
argumento resultara tan irresistible que contuviese a sus enemigos y obligara a
las autoridades a aceptarlo, aun a disgusto, salvando de tal modo a la ciencia
católica de tan peligrosa crisis. Después de todo, lo habían examinado y no les
era posible admitir airosamente que no entendían una palabra del texto. Ningún
individuo en su sano juicio querría darse de cabeza contra una muralla de
lógica una vez que se le ha mostrado la muralla. La vieja ilusión de 1615 tardó
mucho en morir en la mente del científico. Y esta vez también contaba con
permiso escrito. Sabía, sin lugar a dudas, de su desobediencia a las
intenciones explícitas del Papa. Pero manteníase firme en su certeza de no
haber desobedecido los edictos de la Iglesia. A todas luces pensó —lo mismo que
Ciámpoli para el caso— que tenía que luchar contra la fantasía de una
personalidad vana y obstinada, pero brillante, y que era aún, pese a todo su
atavío pontificial, el viejo Matteo Barberini de él conocido y amado. Existe
apenas un individuo inteligente que no crea que el hombre elevado al poder se
tome en serio a sí mismo de manera permanente, y no extienda su simpatía a los
demás con la esperanza de una sombra de refrescante complicidad a su vez, de un
rasgo de humor.
Galileo tenía motivos más positivos que éstos para su esperanza, los cuales
será necesario detallar, puesto que nadie parece haberlos observado. En 1616,
al menos tal dice Buonamici, fue la Carta a la Gran Duquesa la que proporcionó
a Matteo Barberini los fundamentos que necesitaba para resistir la proclamación
de herejía[147]. Nadie le
había reconocido directamente, prevaleciendo un discreto silencio entre las
partes. Pero Galileo sabía que ese ladrido de Barberini era peor que su
mordedura. En cierto modo tenía derecho a esperar una segunda etapa de tan
modesta representación. Y más aún, puesto que Barberini, ya como Papa Urbano
VII, no se había mostrado falto de generosidad intelectual ni estrechamente
fanático. Dos años atrás había salvado a Campanella, no obstante las infinitas
indiscreciones filosóficas del viejo comunista (que incluían su copernicismo
reconocido), sacándolo de la cárcel de la Inquisición española en Nápoles, en
la cual llevaba años pudriéndose a consecuencia de un complot, realmente
diabólico, para perseguirlo.
Galileo tenía razones, pues, para creerse capaz de forzar, aunque fuese muy
poco, la mano de Urbano, mientras apelaba al criterio de Barberini, esperando,
pasado el primer instante de despecho, cierta comprensión y magnanimidad. Fue
razonable de su parte esperar, aunque sólo fuese esperar, que el pontífice se
convirtiese en su secreto aliado, bajo la impresión del Diálogo, y que,
mientras fingía despego, se esforzase en sacar a la Iglesia de ese
estancamiento científico. Aunque fuese demasiado esperar, tenía de seguro el
derecho de esperar cierta medida de inteligencia, o al menos discreción, de
esos hombres a quienes se confiara la conducción de la República Cristiana; o,
cuando menos, diplomacia.
¿Llamaremos a esto ceguera producida por sí misma, engreimiento nacido del
aplauso y de la adulación? ¿Llamarémoslo frustrada confianza en nuestros
semejantes, confianza ciertamente reforzada por sus cumplidos liberales, pero
demostrada del mejor modo en los intentos realizados por Galileo, pacientes y
sostenidos, para razonar con ellos? Estos y otros motivos psicológicos
similares han sido ya presentados hasta la saciedad. Lo que debe considerarse
con más seriedad son los factores políticos.
Como se ha manifestado al comienzo, Urbano VIII y su corte pueden considerarse,
más que opresores de la ciencia, primeras víctimas extraviadas de la era
científica. No poseían la menor idea del empuje del nuevo tipo de pensamiento.
Sólo un grupo de hombres podía, o debía, cuando menos, haber adivinado: los
astrónomos jesuitas. Se hallaban más que medio convencidos de la razón de
Galileo —como sabemos a través del padre Kircher, si no contáramos con otras
fuentes de información—. Galileo poseía abundantes informes acerca del
pensamiento de ellos y continuaba esperando que, no obstante sus sentimientos
personales, su deber para con la fe haríales interponer alguna palabra de
consejo. Era obligación de ellos, y de nadie más, prevenir al Papa para que no
representara mal papel. Mas el vasto aparato de adoctrinamiento y constricción
ideado por su orden, trabajaba para la misma destrucción. Siguiendo la voluntad
política de la Compañía "hasta la muerte", cerraron ojos, oídos y
mente. El poder de la disciplina fue a alimentar el complejo mecanismo en un
circuito de autodestrucción.
Así, más allá del fracaso del mecanismo valuador, nos vemos llevados de nuevo a
esa “voluntad política” de que los jesuitas fueron punta de lanza, pero que era
compartida en diverso grado por toda la jerarquía. Y aquí el patrón se hace
visible por fin. Galileo había lanzado en su oportunidad el desafío y ahora lo
pagaría. El desafío original remontábase en el tiempo. Había comenzado a
constituir un peligro al escribir en italiano y cuando resolvió dejar a un lado
las universidades y la autoridad intelectual conferida y revelar su mente a la
opinión pública esclarecida. Como movimiento, era cosa tradicional. ¿No había
recurrido Dante al vernacular por razones no muy diferentes de las suyas? Pero,
por otra parte, Dante había permanecido a la vista de las autoridades personaje
muy sospechoso y, por ende, él también, lo era claramente.
En resumen, este individuo era agitador. No se había entendido que el
científico, en su condición de especialista aislado, fuera un peligro social,
como bien podría ser considerado aun en nuestro tiempo. Fue Galileo la figura
del Renacimiento que deseó que la percepción científica se extendiese a todo el
frente progresista de la civilización, desde su posibilidad expresiva y
tecnológica hasta su actividad crítica y su reflejo filosófico, pareciendo
peligroso tratante de novedades.
“Sí”, escribe José de Maistre, “si no hubiera escrito, como prometió, si no
hubiese tratado de comprobar a Copérnico a través de la Biblia; si al menos
hubiese escrito en latín…” Tres falsedades y una sugestión que nada ayudan. La
fórmula debidamente equilibrada. Aún podemos tomar con precaución la sugestión.
En ella existe la típica "prudencia". Si hubiese escrito en latín,
habría quedado a cargo de Foscarini, Bruno o algún otro, referir los hechos en
el vernacular y sufrir las consecuencias, pues tales casos no eran para ser
mantenidos bajo capa. En cuanto a si mismo, cosa bastante cierta, hubiera
arriesgado, a lo sumo, ser puesto en el Index, porque, en resumen, ¿qué podía
importar? En lo que se refiere a la escritura de obras que no pueden leerse, no
se ve jamás el fin.
Tratemos, quedando sujetos a corrección por parte de autoridades mejor
informadas, de poner algo de contenido sustantivo en los frívolos si de
Maistre.
Si hubiese esperado más o menos otro siglo para que sus superiores entendiesen;
si no hubiera chocado inevitablemente con el monopolio de la organización más
poderosa dentro de la Iglesia, que se encargó a sí misma la vigilancia del
nuevo curso de ideas; si no hubiera experimentado que tenía que pasar por sobre
sus cabezas, urgentemente, para llegar a los cerebros responsables sobre los
que aún descansaba la entidad fundamental, la Ecclesia, la Comunidad… Pues
claro, sin duda.
Una vez habíase mostrado abiertamente. Quienes siguen refiriéndose al prefacio
del Diálogo como pieza sin efecto e hipócrita, parecen no considerar que decía
específicamente lo que había de ser dicho por ambas partes; y dicho de manera
tan cuidadosa que aun el descuidado subrayarlo podría resultar explosivo, como
informó torcidamente Magalotti:
“No
faltan aquellos que, sin conocimiento de causa, afirman que el decreto no fue
producto de un sobrio escrutinio sino de una pasión mal aconsejada, y se oye
murmurar que los consultores, ignorantes en absoluto de las observaciones
astronómicas, no debieron cortar las alas de mentes especulativas con temeraria
prohibición. Mi celo no puede guardar silencio al oír tan desconsideradas
quejas… Me hallaba en Roma por entonces y recibí no sólo la atención sino el
aplauso de eminentísimos prelados de la corte; tampoco fue publicado el decreto
sin que fuera informado de ello por anticipado. En consecuencia, es mi
resolución en el presente caso hacer ver a las naciones extranjeras que este
asunto es tan entendido en Italia, y, sobre todo, en Roma, como pueda imaginar
la diligencia trasalpina… Espero que a través de estas consideraciones, el
mundo llegará a saber que si otras naciones han navegado más que nosotros, no
hemos estudiado menos que ellas; y que nuestro retorno a asegurar que la Tierra
permanece inmóvil y tomar lo contrario como fantasía matemática, no es producto
de nuestra falta de conocimiento de las ideas de los demás sobre lo mismo (si
no contásemos con otros incentivos), sino de razones que la piedad, la
religión, el conocimiento de la omnipotencia divina y el convencimiento de la
incapacidad de comprensión del individuo nos dictan.
Esta
es la cubierta formal que necesitaba para escribir el libro. Había pretendido
ser, como tanto libro autorizado, ejercicio huero y fuera de lugar en retórica
filosófica, arreglo de flores japonesas… en una palabra, una especie de obra de
arte. El gobernador del Santo Palacio encontró muy bien la presentación e
insistió en que no hubiese más alteraciones.
Una simple cubierta era, sin embargo, un débil velo de convención que queda por
tácito convenido. Como era costumbre en casos tales, quien lo tocase haría mal
papel. Para el lector juicioso (Discreto lettore) a quien iban dirigidas estas
palabras, tenían un sentido plausible. Puesto que las autoridades han elegido
verse en aprieto, y se niegan a entenderlo de tal modo, toca a nosotros, los
creyentes italianos, librarlas del mismo y de la manera menos conspicua, con el
fin de salvar su dignidad antes de que sufran humillación a manos de sus
enemigos”. (Una vez rasgado el velo de la contención, una vez escrutado el
libro de manera malévola, se hizo imposible reconstruir el prefacio de otro
modo, como indicaron, furiosos, los expertos nombrados para el procesamiento).
La audiencia con Bellarmino se halla subrayada en el texto, de manera
desafiante, con el sereno orgullo apropiado al consultor. En la hora de lo que
él sabe su triunfo científico, Galileo extiende generoso el manto de su
prestigio intelectual alrededor de las autoridades, como para cubrir la pasada
obstinación y la incompetencia de las mismas. Y esto, más que ninguna otra
cosa, más de lo que se dijo acerca de su entrometimiento teológico, su lengua
derogatoria, su telescopio infernal… eso es lo que no podía perdonarse.
V
Se
había iniciado el cuarto acto de la tragedia. El inquisidor de Florencia se
hizo presente el primero de octubre en el domicilio de Galileo para hacerle
entrega de una citación formal de parte del Santo Oficio, para que se
presentase en Roma en el plazo de treinta días. Galileo se percató finalmente,
y aterrorizado, de toda la gravedad de la situación; se metió en el lecho con
enfermedad nada fingida. En carta dirigida al cardenal Francesco Barberini,
sobrino de Urbano, le suplicó se le evitase el viaje invernal, temiendo que,
dado su estado, no lo terminase con vida. “Paso el tiempo dedicado a los
estudios en que me esfuerzo, y esperaba haberme desviado del sendero trillado.
Estoy arrepentido de haber dado al mundo parte de mis escritos; me siento obligado
a destinar a las llamas lo que resta y moderar, al fin, de ese modo, el odio
implacable de mis enemigos”.
Empero, sugería que otra revisación del libro apaciguaría a las autoridades y
solicitó que se nombrase otra comisión para realizarla en Florencia. “Pero”,
concluía, “si ni mi edad avanzada, mis muchos achaques corporales, lo profundo
de mi pesar, ni los riesgos de un viaje en tales condiciones son considerados
razones suficientes por ese alto y sacro tribunal para otorgar una dispensa, o
al menos una postergación, emprenderé el viaje, considerando que la obediencia
importa más que la vida”.
Con lo cual Galileo no intentaba tan sólo una última intercesión, sino que, a
la vez, daba noticia a sus protectores de que no trataría de huir, como bien
pudo haber hecho, al haber recibido, entre otros, un mensaje de Francesco
Morosini. Olvidando con magnanimidad la brecha abierta entre ambos veinte años
atrás, al abandonar Galileo a Padua, el anciano estadista habíale ofrecido el
santuario inviolable del territorio veneciano. Sabemos que varios de sus amigos
lo instaban a hacerlo, y parecería que hasta el propio Niccolini —en forma muy
privada— inclinábase a igual consejo. Pero en esa oportunidad el espíritu de
lucha parecía haber abandonado el cuerpo del anciano. No era Sarpi, que
organizara su desafío dentro de los grandes y reconocidos problemas de la
política de la fuerza. Había sostenido hasta entonces en su propia mente, sin
mucho interés, dos maneras incompatibles de referencia, producto de la
contradicción de las épocas, porque era profundamente hombre de su tiempo. Ya
la precaria seguridad veíase destrozada, y se vio de repente persona desplazada
sin remedio, hombre de edad, quebrantado y enfermo, "borrado del libro de
la vida", necesitado de alguna protección y consuelo. El pálido espectro
del temor, la avidez de aceptación y perdón, junto con la humillación de la
súplica, sitiaban al hombre que hasta entonces había sido guerrero alegre y
lleno de humor.
Por desgracia, los últimos acontecimientos de Roma hacían de todo intento de
arreglo algo peor que fútil. En realidad, el Papa leyó la carta entregada por
el cardenal Barberini y anotó brevemente: “Asunto resuelto en la última
Congregación. No se requiere otra contestación. Ver que el asesor haya hecho
cumplir las órdenes”. Pero Galileo hallábase aún en tinieblas con respecto a
los últimos eventos. De haberlo sabido, habría reconsiderado su decisión de
entregarse[148].
El 11 de setiembre, Niccolini había recibido a un agitadísimo padre Riccardi,
que nuevamente aconsejaba prudencia y sumisión, porque el Diálogo, según
parecía ahora, había sido realmente verdadero ejemplo de desobediencia. Según
sus palabras, intentó que Campanella y Castelli integrasen la Comisión
Preliminar, sin ningún éxito; aún haría lo posible. “Pero, por encima de todo,
me dijo en tono de la mayor confianza y secreto, habíase encontrado en los
libros del Santo Oficio que, dieciséis años atrás, habiéndose sabido que
Galileo sostenía esta opinión, y la esparcía en Florencia, había sido citado a
Roma y prohibido, por el cardenal Bellarmino, en nombre del Papa y del Santo
Oficio, que discutiese dicha opinión, y que sólo ello es suficiente para
arruinarlo por entero”.
La situación había cambiado, y evidentemente en un sentido no previsto por
nadie; porque cuando Urbano representó su escena ante Niccolini el día 5, gritó
que “Galileo tuviese cuidado de no ser citado por el Santo Oficio”. Al
extenderse sobre los crímenes de Galileo, habíalo acusado de halagar a los
encargados de la licencia para obtenerla y de diversas transgresiones menores,
que en realidad no implicaban sino flojedad de parte de los censores y atajos
administrativos del lado del autor; pero estaba claro que, si pensaba referir
el caso a la Inquisición, no veía aún exactamente la manera de hacerlo.
Fue con esa finalidad cómo la Comisión Preliminar inició sus tareas, cuyos
primeros resultados fueron halagadores. Lo que se encontró en las actas de la
Inquisición fue el requerimiento de febrero 26 de 1616, de parte del Comisario
General (pág. 117), con la cláusula "no enseñarla en manera alguna",
por nadie sospechada antes, y menos aún por el Papa, quien había dicho a
Galileo que continuase escribiendo sobre Copérnico.
Esto es lo que Riccardi, presa de enorme agitación, confió a Niccolini el 11 de
setiembre. Algo nuevo había sido agregado, que hizo posible la acusación. Fue a
su vez —mas esto no lo dijo— lo que le salvó la cabeza, desviando la tempestad
hacia Galileo. El temor lo volvió en adelante hombre de pérfido consejo.
Al cabo de cinco sesiones, que insumieron casi un mes, la Comisión Preliminar
acababa de someter al Papa un memorándum de tres carillas sobre el asunto de
Galileo[149]. He aquí
los tres cargos bosquejados contra el autor:
1. Galileo
había transgredido las órdenes al desviarse del tratamiento hipotético,
manteniendo resueltamente que la Tierra se mueve y el Sol permanece
estacionario;
2. ha
adscrito erróneamente el fenómeno de las mareas a la estabilidad del Sol y al
movimiento de la Tierra, que no existe;
3. ha
sido, además, silenciosamente engañador (fraudulentamente) en cuanto a la orden
que le impartiera el Santo Oficio el año 1616, que es la siguiente: “Abandonar
por completo dicha opinión de que el Sol se halla en el centro del mundo, e
inmóvil, y que la Tierra se mueve; que en adelante no la sostenga, enseñe ni
defienda en modo alguno, verbalmente o por escrito, pues en caso contrario será
seguido contra él otro procesamiento por el Santo Oficio, a cuyo requerimiento
asintió el dicho Galileo y prometió obedecer”.
Prosigue
luego esta observación: “Deben considerarse ahora los procedimientos que hayan
de seguirse, lo mismo contra la persona del autor que contra el libro impreso”.
Empero, la naturaleza de esos procedimientos no es discutida de ninguna manera
en el documento, sino que se refiere "a los hechos" en cinco cargos
en cuanto a los acontecimientos históricos desde que el Diálogo fue sometido
para su publicación en Roma, en 1630, hasta su publicación en Florencia, dos
años después. Un sexto cargo considera que los siguientes puntos del Diálogo
deben ser debitados en la cuenta del autor:
·
— Que sin ninguna orden ni enviando comunicación sobre ello,
colocó el imprimatur en la portada.
·
— Que ha hecho imprimir el Prefacio en letra de tipo diferente y
convertídolo en inútil con su separación del resto de la obra; item más, que ha
puesto el “remedio final” en boca de un simplote y en lugar donde resulta
difícil descubrir; que no es recibido sino con frialdad por el otro
interlocutor, por lo que solamente se toca de manera cursoria y no es
ampliamente discutido.
·
— Que se ha desviado con gran frecuencia de las hipótesis, ora
asegurando terminantemente que la Tierra se mueve y el Sol permanece
estacionario, ya representando los argumentos en que descansan esos puntos de
vista como convincentes y en realidad necesarios, o bien haciendo parecer
imposible lo contrario.
·
— Que ha tratado el asunto como no resuelto y en espera de
explicación, la cual ha dado realmente.
·
— Que menosprecia y maltrata a los autores que sustentan opinión
contraria y a los que la Iglesia utiliza por lo común.
·
— Que asegura y establece de modo pernicioso que, en la
apreciación de los asuntos geométricos, existe alguna igualdad entre la mente
divina y la humana.
·
— Que ha presentado como argumento en favor de la verdad que los
tolemaicos se pasaron a los copernicanos, pero no viceversa.
·
— Que erróneamente adscribió las mareas del océano a la
inmovilidad del Sol y al movimiento de la Tierra, que no existe.
Los
dos primeros puntos demuestran miserablemente que se buscaba toda clase de
motivo. La Comisión Especial, empero, no llega a la conclusión —a través de
todos esos errores y fallas— de que el Diálogo debe ser prohibido, sino dice:
“Todas esas cosas pueden ser corregidas, si se resuelve que el libro a que tal
favor se concede posee algún valor”.
Inmediatamente después sigue el séptimo cargo en que se expresa nuevamente (en
cuanto a los actos) que “el autor ha transgredido el mandato del Santo Oficio
de 1616” de abandonar por completo dicha opinión etc. etc. hasta “y prometido
obedecer”.
Aun como informe exploratorio, el documento es singularmente inconcluso. Luego
de enumerar las diferentes transgresiones del autor, sugiere que una edición
corregida del libro sería suficiente sanción, como si la violación del
requerimiento de 1616 no constituyera de por sí un crimen bastante condenable.
Puesto que la mayoría de los miembros era fuertemente enemiga de Galileo,
resulta claro que la situación jurídico debe haberles parecido
extraordinariamente embarazosa.
Hubo, sin duda, dos obstáculos mayores: uno, que el libro había sido
autorizado; el otro, como dijera Magalotti, que no había manera de declarar la
doctrina de Copérnico formalmente herética. (Es también así como el padre
Guevara había interpretado las reglas al declarar en 1625, luego de la
publicación del Saggiatore, que el movimiento de la Tierra sugerido no era en
sí cosa que mereciera censura[150]. Se
admitía que el caso estaba muy distante de ser claro, pero —dijo más bien
dudosamente— contenía lo suficiente para que el Santo Oficio lo examinase, si
tal era lo que se deseaba.
No era mucho, más sí suficiente para lo necesitado por el Papa. El 15 de
setiembre informó al embajador que no podía menos que entregar el asunto a la
Inquisición[151]. Al mismo
tiempo se ordenó el más estricto secreto, tanto al Papa como al embajador, so
pena de aplicarles los procedimientos establecidos en los estatutos del Santo
Oficio. Recalcó que, por su parte, no habría hablado, pero lo hacía por interés
hacia Su Alteza. Lo cual significaba, por supuesto, que deseaba ofrecer al Gran
Duque la oportunidad de disociarse de la oveja sarnosa antes de que pudiera
verse como destinatario de citaciones infamantes. Los insistentes pedidos de
reconsideración efectuados por Niccolini fueron soslayados por Su Beatitud con
lo que placíale considerar jocosa anécdota.
El 23 de setiembre, la Congregación General anunció que Galileo había
transgredido el requerimiento de 1616 y, como hemos visto, se le entregaron las
citaciones oficiales en Arcetri.
Niccolini recibió pronto las nuevas del acontecimiento, y de la desesperación
de Galileo, y al instante se dio a ayudarlo de manera infatigable. Alegó ante
los prelados del Santo Oficio, en vista de los achaques del anciano y las
dificultades de un viaje de doscientas millas en la peor de las épocas. No
hicieron “sino escuchar sus palabras, sin contestar nada”. Fue a visitar al
Papa mismo. “Vuestra Santidad incurre en peligro”, dijo, “de que él no sea
juzgado ni aquí ni en Florencia, pues se me asegura que puede morir en el
trayecto”.
“Tiene que venir”, contestó el Papa. “Puede hacerlo en etapas cortas, en
litera, con toda comodidad, pero realmente tiene que ser juzgado aquí en
persona. Que Dios lo perdone por haberse engañado al extremo de meterse en
tantas dificultades, de las que Nos lo habíamos salvado cuando éramos
cardenal”.
Niccolini osó observar entonces que si había alguna culpa era de los censores,
ante lo cual el Papa pronuncióse con violencia contra Ciámpoli y Riccardi.
“Pero él tendría que haber sabido algo mejor”, concluyó, “que meterse en tal
laberinto (ginapreto) de cuestiones, de la clase más delicada y perniciosa que
existe. Ahora tiene que venir”. Y agregó, “entre dientes”, dice el embajador,
algo a efectos de que entre los jueces del Santo Oficio tendría que figurar
alguno que hubiese estado en la Comisión Preliminar. Lo cual se refería, según
se vio más tarde, a los tres consultores a quienes se te solicitara el informe
sobre el libro.
Niccolini no obtuvo ni siquiera una postergación. El 19 de noviembre, Galileo
recibió la segunda citación. Esta vez envió un certificado firmado por tres
médicos:
…
Observamos que el pulso se detiene cada tres o cuatro latidos… El paciente
sufre frecuentes mareos, melancolía hipocondríaca, debilidad de estómago,
insomnio y dolores en todo el cuerpo. Hemos observado a la vez una hernia
grave, con rotura del peritoneo. Todos esos síntomas, a la menor agravación,
pueden resultar un peligro para su vida.
La
respuesta del Santo Oficio consistió en un mandato papal a efecto de que tales
evasivas no iban a ser toleradas y que en caso de nueva demora enviaríase un
comisionado acompañado de un médico para conducir a Galileo de regreso, preso y
engrillado (carceratum et ligatum cum ferris). Si el peligro de su vida hace
aconsejable una demora, debe ser traído tan pronto como pueda viajar, pero
siempre como preso encadenado[152].
Esta vez el mismo Gran Duque aconsejó a Galileo que fuese. La historia lo ha
señalado como gobernante débil que entregó a su protegido a la persecución. Sin
embargo, debe reconocérsele considerables atenuantes. No era el rey de Francia
ni el Estado Veneciano, sino un protegido —un pequeño principado tomado entre
la casa de Austria, su soberana, y los Estados Papales, su vecino. No le era
dado esperar protección del emperador en asuntos referentes a la ortodoxia,
como la había tenido Cósimo I en la lucha referente a su coronación (casi fue a
la guerra con Pío V). La Toscana se hallaba en situación expuesta en la
frontera meridional del imperio y tendría que hacer frente por sí sola a los
Estados del Papa. El joven de veintidós años tenía que luchar dentro de su
propio hogar con la piadosa alarma de su madre, la duquesa viuda; como
gobernante, tenía que considerar las posibles repercusiones de un conflicto con
los monjes entre el populacho supersticioso. No encontraba ayuda en sus
ministros, furiosos ante tan imprevisto trastorno de sus movimientos y
contramovimientos tan delicadamente calculados en el tablero diplomático, y
haciendo todo lo posible para desentenderse del sentenciado astrónomo. No lo
hizo. Ofreció a Galileo su propia litera para el viaje y su propia embajada en
Roma como residencia; y, pese a la opinión de su secretario de estado, ordenó a
Niccolini que lo defendiese por entero.
Por su parte, Galileo recobró su espíritu combativo, disipada la primera
impresión. Estaba dispuesto a echar el resto frente a las autoridades
eclesiásticas, en cuanto al problema en conjunto, incluyendo los peligrosos
lemas teológicos que obedientemente dejara en paz durante tantos años y que
ahora eran presentados otra vez en contra suya.
En una vigorosa carta a Elia Diodati, escrita el 15 de enero, luego de la
citación final de la Inquisición y poco antes de su partida hacia Roma —carta
ideada con toda posibilidad como una especie de testamento espiritual a
confiarse a los protestantes, en caso de ser silenciado para siempre— vuelve de
lleno a su posición de 1615, tal como fue bosquejada en su Carta a Castelli. El
pretexto lo proporcionan algunos folletos recientes de Froidmont y Morin, en
contra de Copérnico, sobre los que Diodati había solicitado su opinión; pero lo
que él expresa no lo es por cierto en términos indecisos en cuanto al Papa
mismo:
En
cuanto a Froidmont, no hubiera deseado verlo caer en lo que, en mi opinión,
constituye un grave y muy difundido error, es decir, que para refutar las
opiniones de Copérnico arroja a sus partidarios dardos despectivos y jocosos y
luego (lo cual me parece más inconveniente) se atrinchera en la autoridad de la
Sagrada Biblia, para, al final, llegar al extremo de llamar a esos puntos de
vista sobre tales temas nada menos que heréticos. Que tal proceder no es digno
de alabanza me parece cosa muy fácil de probar. Porque si yo preguntase a
Froidmont quién hizo el Sol, la Luna y la Tierra, así como las estrellas, y
dispuso su orden y sus movimientos, creo que contestaría: “Son la creación de
Dios”. Y si se le preguntase quién inspiró la Santa Biblia, sé que respondería:
“El Espíritu Santo”, que igualmente quiere decir Dios. El mundo es, en
consecuencia, la obra, y la Biblia la palabra del mismo Dios… Nada cambia en la
naturaleza para acomodarse a la comprensión o las nociones de los hombres. Mas,
de ser así, en nuestra investigación para conocer las diversas partes del
universo, ¿por qué comenzaríamos más bien con las palabras que con las obras de
Dios? ¿Es la obra menos noble o menos excelente que la palabra? Si Froidmont o
algún otro ha resuelto que la opinión de que la Tierra se mueve es una herejía,
y si la posterior observación, demostración y concatenación necesarias prueban
que existe tal movimiento, ¡en qué situación difícil se habrá puesto a sí mismo
y a la Sagrada Santa Iglesia![153].
Quien
había perdido la cabeza era más bien Urbano VIII. Experimentaba a su alrededor
un vientecillo frío de crítica. Llevábase diciendo desde mucho atrás que había
sacrificado los intereses de la Iglesia a sus ambiciones personales, su
vanidad, la avaricia de sus parientes y los intereses de la casa de Barberini.
El embajador de Módena en Roma escribía por entonces a su príncipe: “Estos
gobernantes desean engrandecer a su familia; son amantes de las riquezas;
ansían el poder; mas, cuando es necesario adoptar alguna resolución no tienen
el coraje necesario para enfrentar el riesgo. Parecen lo suficientemente
arrogantes, pero luego hacen una triste figura”. Urbano no desconocía en verdad
su situación, enterado de la murmuración de sus gentes y con esos monjes que no
le trajeron nada que hiciera alimentar esperanza para el futuro en el tablero
diplomático internacional. Al comienzo de su labor había mostrado su vigor y
creídose, no sin razón, moderno y de gran visión al apostar a la nación
francesa, que volvía a resurgir, contra el poder tradicional de Austria y
España; al examinar la situación apenas pudo creer que se tratase de un gambito
de triunfo. Fue utilizado por Richelieu, en lugar de utilizar él mismo al
francés; enajenada Austria, sin ningún provecho, vino a producir escándalo con
su secreta alianza con el sueco. Invadido por la cólera, el rey de España había
osado incluso arrojarle el guante en el Consistorio, valiéndose del cardenal.
Borgia para que se le recordase a sus antecesores “más píos y más gloriosos” y
se le manifestara que abandonase esas deshonestas colusiones con el poder
herético; hubo de proceder con rapidez para aplastar una conspiración política
en su propia Curia. Comenzó a ver enemigos en todas partes.
“El papa vive bajo el temor del veneno”, escribió un corresponsal diplomático.
“Ha ido a encerrarse en Castell Gandolfo, donde no se admite a nadie sin ser
registrado antes. Las diez millas de carretera se hallan fuertemente
patrulladas. Grande es su sospecha de que los preparativos realizados en
Nápoles sean dirigidos contra él, que la flota del gran duque de Toscana pueda
darse a la vela cualquier día para atacar a Ostia y Civitavecchia. Las
guarniciones y vigías de la costa han sido reforzados”. Esta aprensión nerviosa
correspondía menos a verdaderos peligros que a profundo sentido de fracaso. Con
el eclipse del poderío francés, tras la muerte del rey de Suecia, la enfermedad
de Richelieu y el alistamiento de Inglaterra contra los Países Bajos, se
percató de que su complicado juego había tocado a su fin y no era sino cuestión
de tiempo su vuelta a la órbita de los Habsburgo, que en verdad produciríase
tres años más tarde. Y si al menos lo hubiese sabido tan luego cuando Francia
iba a verse decisivamente otra vez camino de la victoria. Fue todo mala
ventura, sin respiro, infortunio y destiempo.
Y si desviaba la mirada de las graves perspectivas mundanas a esta alharaca
acerca de los planetas, culta y fastidiosa, no le era dado discernir sino otra
reducida versión de la misma historia. Había tratado de actuar como magnánimo
príncipe del Renacimiento y tomar a la ciencia bajo su manto, para verse
chasqueado por Galileo, como lo fuera por Richelieu. Galileo, mientras se
ofrecía como aliado, había movilizado al pensamiento laico contra la autoridad
intelectual de la Iglesia y creado escándalo. Pero al menos él, Urbano, podía
hacer algo allí. Doblar el espinazo y humillar a esa pandilla a la vista de
todos. Su intervención sería terrible. Ahí estaba la oportunidad de recobrar su
prestigio y reafirmar su posición como cabeza de la fe. Iba a demostrar a esos
florentinos que había un límite para su impertinencia. Golpeó fuertemente la
mesa con el puño, en público, además, y dispuso que una comisión especial
presentase un caso contra el hombre, a paso de carga. La comisión lo presentó,
al menos lo que podía parecer como tal. Mas notábase desasosiego por doquier[154].
VI
En
un lugar cualquiera del Nuevo Mundo, un rincón hiperbóreo, del que nadie jamás
oyera hablar en Roma, en esos mismos días, un joven clérigo desconocido y algo
absurdo, de nombre Roger Williams, preparaba, sentado en la tienda del cacique
Massasoit, su propio caso contra otro estado teocrático, minúsculo y absurdo:
“LA RELIGIÓN DEL ESTADO del mundo”, escribió, “es una invención POLÍTICA de los
hombres para mantener el ESTADO CIVIL… DIOS no requirió QUE SE DICTASE Y
PUSIESE EN VIGOR una UNIFORMIDAD DE RELIGIÓN en ningún ESTADO CIVIL; lo que
forzó la UNIFORMIDAD más pronto o más tarde es la mayor oportunidad para la
GUERRA CIVIL, DESTRUCCIÓN DE LA CONCIENCIA, PERSECUCIÓN DE CRISTO JESÚS en sus
servidores, y la HIPOCRESÍA y destrucción de Millones de Almas… Es la voluntad
y mandato de DIOS que sea concedida a TODOS los hombres de TODAS las NACIONES y
PAÍSES libertad para CONCIENCIA Y ADORACIÓN de lo más PAGANO, JUDÍO, TURCO y
ANTICRISTIANO; y que ha de ser COMBATIDO tan sólo con la ESPADA que constituye
lo único CAPAZ DE CONQUISTAR (en COSAS DEL ALMA), o sea, la PALABRA DE DIOS,
que es LA ESPADA DEL ESPÍRITU DE DIOS…”.
A una distancia equivalente a la mitad del mundo de allá, así como de Roma, en
la fabulosa ciudad de Marco Polo llamada Cambaluc, de la que tan sólo
últimamente habíase descubierto ser Pekín, el padre Adam Schall von Bell, S.
J., conocido en China como T’ang Jo-wang, a quien el emperador había conferido
los títulos de Profundísimo Doctor (tung kwan hsiao), Superintendente de la
Caballeriza Imperial, Muy Honorable Portador de la Banqueta Imperial y Maestro
Explorador de los Misterios del Cielo, tenía que luchar no sólo contra las
intrigas de los funcionarios de la Corte sino contra sus mismas autoridades
vaticanas. Severas cartas de Roma recordábanle que, como Director del
Departamento Meteorológico Imperial, a cargo del Almanaque, endosaba con su
autoridad toda suerte de “supersticiosas excrecencias”, relacionadas con
supuestos milagros del cielo.
El imperioso jesuita, más acostumbrado a reprochar al emperador que a suplicar
permiso de sus superiores, tuvo que alegar pacientemente que su propia
situación seguía siendo inquebrantablemente científica, pero era prudente dejar
cierto escape a las supersticiones antiguas. Los milagros celestes, decía, pueden
resultar muy útiles, tanto más cuanto la autoridad encargada de interpretarla
era él. Y, después de todo, sugirió, si hemos de creer el milagro de Josué,
¿por qué no dejamos que los chinos crean en el significado de los cometas,
mucho más si podemos sacar buen provecho político de su credulidad?[155]
VII
Galileo
venía a Roma para enfrentarse con su sino. Al cabo de veintitrés días de
camino, que incluyeron una dolorosa cuarentena, llegó el 13 de febrero a la
embajada, donde se le había preparado un lecho abrigado y fue cuidado por la
esposa del embajador, Caterina Niccolini, “reina de todas las gentilezas”. Se
le permitió permanecer allí sin ser molestado durante varias semanas,
recibiendo la visita de uno que otro prelado de la Inquisición como si tal
cosa. Monseñor Boccabella, anterior Asesor, se mostró muy amistoso; monseñor
Serristori, servicial. El Comisario General no se hizo presente, pero Galileo
presentó sus respetos al Santo Oficio, y fue introducido al nuevo Asesor,
monseñor Febei. Por lo demás, esperó. “Nos proporciona un placer maravilloso”,
escribió Niccolini, “la conversación amable del buen anciano”. Y con fecha 19:
“Creo que hemos animado al anciano demostrándole cuánto ha sido hecho en su
favor; empero, en ocasiones, vuelve a considerar su procesamiento cosa muy
extraña. Le dije que mostrara voluntad de obedecer y permaneciese tranquilo”.
A través de esas atrayentes palabras vernos no a un Galileo intimidado sino
vigorosamente fastidiado, hasta asombrado y dispuesto a discutir con las
autoridades, altas o bajas. Lo cual se ve confirmado por una carta del propio
Galileo a su hermano político: “Hemos (Niccolini y Galileo) oído finalmente que
las numerosas y graves acusaciones han quedado reducidas a una sola, y
abandonadas las demás. No experimentaré dificultad en desembarazarme de ésa,
una vez hayan sido escuchados los fundamentos de mi defensa”.
Un despacho de Niccolini, fechado cinco días más tarde resulta muy explícito:
Hasta
donde llegan mis Informes, la principal dificultad consiste en esto: estos
caballeros de aquí mantienen que en 1616 se le ordenó no discutir la cuestión
ni hablar de ella. Él manifiesta, por el contrario, que tales no fueron los
términos del precepto, sino que esa doctrina no había de ser sostenida o
defendida.
De
manera que el secreto comunicado en suma confianza al Gran Duque, y sólo a él,
el 15 de enero, habíase filtrado, y Galileo se burlaba de ello. Si era la
notificación de Bellarmino la causa de la dificultad, los otros no sabrían de
la copia en su poder, escrita de su puño y letra, que le permitiría descubrir
su bluff en cualquier instante; en cuanto a lo demás, según su modo de sentir,
la ley se hallaba de su parte con tanta positividad que se mostraba inclinado a
hacer frente a las autoridades a consecuencia de tanta alharaca, si Niccolini
no lo hubiera contenido. Esto es de por si prueba bastante concluyente, si se
necesitare más pruebas, de que Galileo desconocía por completo que se hubiera
realizado cualquier acción aquel día de febrero, diecisiete años atrás, que no
fuera la manifestación de parte del cardenal Bellarmino[156].
Hemos dicho “si se necesitare más pruebas”, porque todo el comportamiento de
Galileo a partir de 1616 es suficiente de por sí. Posiblemente no podía haber
olvidado, tan pronto como dos años después de dicha fecha, una orden nec quovis
modo dodere, procedente del inquisidor en persona, cuando escribió la carta
sobre el movimiento de las mareas al archiduque Leopoldo; y nadie sino un necio
del todo pudo haber escrito lo que él, desde la Carta a Ingoli hasta el Diálogo
en 1630, con semejante espada de Damocles sobre su cabeza; ni es concebible que
un hombre de tanto sentido no hubiera solicitado en la audiencia con el Papa el
levantamiento del requerimiento como paso preliminar a cualquier incentivo para
escribir.
De tal modo, fue un cuadro sereno y tranquilizador el que contemplaban los dos
amigos mientras discutían el asunto en la embajada los primeros días de marzo
de 1633. Los indicios eran alentadores. El mismo cardenal Desiderio Scaglio, el
sombrío Inquisidor Mayor, había leído el Diálogo, con ayuda de Castelli, quien
le aclaró los puntos uno por uno; los monseñores del Santo Oficio dejaron caer
insinuaciones animosas. Ambos amigos esperaban que, ya que había sido subida la
cuesta y demostrada la obediencia, el caso abandonándose gradualmente. El Gran
Duque estaba ya ejerciendo presión sobre el Papa para que Galileo fuese enviado
de regreso.
Fue, en consecuencia, un Niccolini muy desalentado quien oyó de labios del
mismo Papa el 13 de marzo que Galileo sería emplazado por el Santo Oficio tan
pronto como el proceso figurase en la agenda. Ante las reconvenciones de
Niccolini, el Papa contestó que no quedaba otra salida. “Dios perdone a
Galileo”, dijo, “por haberse entrometido en esos asuntos relativos a las nuevas
doctrinas y a la Sagrada Biblia, en que lo mejor es seguir la opinión general;
y Dios ayude a su vez a Ciámpoli en cuanto a las nuevas nociones, porque siente
inclinación hacia ellas y hacia las nuevas filosofías”.
Agregó
que el Señor Galileo había sido su Amigo, y comido familiarmente con frecuencia
con él y que lamentaba muchísimo causarle tanta molestia, pero que se trataba
de asunto de fe y de religión. Creo que le hice presente que cuando fuera
escuchado seríale fácil dar todas las explicaciones requeridas. Contestó que
sería examinado a su debido tiempo, pero que existía un argumento al que jamás
habían dado respuesta y era que Dios es todopoderoso y, si lo era, ¿por qué
habíamos de tratar de impedirlo? Dije que no sabía qué decir de esos asuntos y
que me parecía haber oído decir a Galileo que se hallaba dispuesto a no creer
en el movimiento de la Tierra, pero que como Dios podía hacer el mundo de mil
maneras diferentes, no podía negarse que lo hubiera hecho también de este modo.
Irritado, contestó que no deberíamos imponer necesidad al Todopoderoso; y como
lo viera camino de ponerse furioso, evitó decir nada más capaz de irrogar
perjuicio a Galileo. Simplemente agregué que él estaba aquí para obedecer,
anular o retractar cuanto le fuere dicho en interés de la religión y que yo no
conocía lo suficiente de esta ciencia ni era mi deseo verme en terreno herético
al hablar de ella. Y de ese modo, manejando el asunto ligeramente, pues
hallábame interesado en apartarme todo lo posible del Santo Oficio, me dediqué
a tratar los demás negocios.[157]
Este
último pasaje es revelador. Es necesario apreciar la fina mezcla de caución,
frío, desdén y libertad intelectual que esos hombres utilizaban en sus tratos
con el superestado. No ha resultado fácil repetirlo en nuestro tiempo. Es un
juego muy peligroso, y procediendo con soltura familiar, Niccolini había hecho
saber al ocupante del trono sagrado cuán poco pensaba de él, mientras
conservaba intactas las formalidades debidas a su posición. El Papa habíase
estremecido y Niccolini sabía que al Gran Duque placeríale saberlo. El Gran
Duque le hizo saber a su vez que se sentía “entusiasmado”. El tono de la
correspondencia en esos tiempos permanecía totalmente diplomático. Lo que ésos
hombres pensaban en verdad era algo distinto. Había sido expresado vivamente en
nombre de ellos por su antecesor, Francesco Guicciardini, en sus notas
autobiográficas… pero es parte de otro relato.
En cuanto a los recuerdos de la pasada amistad, no era sino conversación
cortés. Los sentimientos del Papa habían cambiado en verdad y convertídose en
permanente rencor. Lo veremos echando un breve vistazo a lo que habría de
acontecer. Un año después, luego de la sentencia, cuando Galileo solicitó desde
Arcetri que se le permitiese trasladarse a Florencia para tratamiento médico,
la respuesta fue: “Sanctissimus rehusó acceder a lo solicitado y expresó que se
prevenga al dicho Galileo que desista de presentar solicitudes, pues en ese
caso será vuelto a las cárceles del Santo Oficio”. Esta vez la corte del Gran
Ducado quedó boquiabierta y murmurando: "Increíble",
"inusitado", "cosa jamás oída". "Mas por otra
parte", como escribió uno de ellos, "cualquier cosa que provenga de
la Inquisición está llamada a ser lo más nuevo e imprevisto". La antigua
Némesis pronto pondríase a la par de Urbano VIII, el amante de las novedades;
porque lo que la posteridad recuerda del incidente es la carta de Galileo a
Diodati, julio 25 de ese año de 1634: “Este período ha sido oscurecido además
por una gran pérdida para mí. Durante mi ausencia, que mi hija consideró lo más
peligroso para mí, sumióse en profunda melancolía que minó su salud, para caer
por último en una crisis (dos meses después de mi retorno) de la que falleció
al cabo de seis días de enfermedad, exactamente a los treinta y tres años de
edad, lo que me dejó lleno de grandísimo dolor. Y, por siniestra coincidencia,
al regresar del convento en compañía del médico que acababa de informarme su
estado desesperado y su temor de que no pasaría más allá del otro día, como así
acaeció, encontré aquí al vicario de la Inquisición para informarme del mandato
del Santo Oficio Romano de que desistiese de solicitar gracia o me llevarían a
la prisión del Santo Oficio. De lo cual infiero que mi actual confinamiento no
será terminado sino por el otro que es común a todos, más estrecho y
permanente”.[158]
VIII
Lo
que Niccolini obtuvo del Papa ese día 13 de marzo, fue la promesa de que el
acusado disfrutaría de aposentos confortables, junto con la ayuda de un criado
que iría y vendría, en lugar de aislarlo en una celda o secreta, como era
costumbre.
Nada dijo a Galileo del inminente proceso. Tiempo habría para ello. Pero dióse
a visitar a los posibles jueces, uno por uno, utilizando con prodigalidad el
nombre del Gran Duque. Al cardenal Barberini le hizo presente “el precario
estado de salud del pobre anciano, quien durante dos noches consecutivas había
llorado y gemido, presa del dolor ocasionado por la ciática; y su avanzada edad
y su dolor”. Todo lo que recibió fue la seguridad de tratarlo “con la mayor
consideración posible”.
Hasta en su prudente retiro, Galileo pudo advertir lo difícil de la situación.
Las amistades de los buenos tiempos, la fácil admiración y los exagerados
cumplimientos habían desaparecido; la gente influyente volvíale la espalda.
Ninguno de sus conocidos atrevióse a acercarse a las autoridades en su favor,
salvo el viejo Buonarroti, cuya carta ha sido conservada; hasta los ministros
de Florencia trataban de desembarazarse de manera poco visible del caído
matemático. Cioli escribió al embajador que no se comprometiese demasiado y, de
todos modos, que la administración no podía hacerse cargo de los gastos de
Galileo más allá del primer mes. El embajador contestó con frío desprecio que
ello no constituida ninguna dificultad, puesto que en adelante él, Niccolini,
costeada de su propio peculio [a estada de Galileo.
Cuando el 8 de abril fue informado de lo que le esperaba, Galileo lo recibió
con asombroso espíritu. He ahí, por fin, diez cardenales en un banco que
tendrían que escucharlo y comprender la razón. Sería una demostración de
fuerza. Anunció su propósito de abordar todo el asunto, de la teología a la
física. El tan repetido cuento de la intimidación y sometimiento había borrado
de la historia hasta el final esta lucha tan auténtica. El legendario Eppur si
muove, que se supone fue murmurado por Galileo después de la sentencia, habría
sido un mero escape emocional, en tanto existe trágica y verdadera grandeza en
esta esperanza invencible, a las puertas mismas de esa Inquisición de la que
muchos no volvieron, de conmover a hombres siempre conocidos como
“inconmovibles e incapaces de persuasión”.
Fue Niccolini quien hubo de decirle que las cosas no iban a suceder de esa
manera. El mérito de su caso estaba siendo decidido “Sin audiencia, y sería
mejor que no intentase sostener nada sido “someterse a cuanto viese que los
otros deseaban en eso del movimiento de la Tierra”.
Lo cual fue el golpe final para el anciano. “Sumióse en el más profundo
abatimiento y desde ayer se halla tan deprimido que me preocupa mucho su vida.
Todos tratamos de consolarlo aquí y nos ocupamos de él por medio de nuestras
relaciones, pues en verdad se merece todo lo bueno; y todo este hogar nuestro,
que lo ama tiernamente, está afectado por profundo dolor”.
Capítulo 11
El aprieto de los inquisidores
Hora
novissima
Tempora Pessima
Sunt: Vigilemus
I
El
problema que enfrentaba la Inquisición distaba mucho de ser simple. Con el
requerimiento personal descubierto en los archivos de la Inquisición, había
suficiente, como dijo el pobre padre Monstruo, "para arruinar a
Galileo", si tal deseaban. Esa era claramente la idea original del
procedimiento, tal como lo viera la Comisión Preliminar, y lo sugerido de
manera tan vívida en las indiscreciones de Riccardi. El requerimiento
proporcionaba el asidero legal para el Santo Oficio. En cuanto a lo demás, los
cargos resultaban vagos y difíciles de sustanciar. Así parece haber sido el
sentimiento durante la primera fase de la permanencia de Galileo en Roma. “Los
cargos”, escribió, como recordamos, “han sido abandonados poco a poco, con
excepción de uno”. Hasta aquí puede inferirse de sus conversaciones no
oficiales con monseñor Serristori y otros funcionarios.
¿Era nada más que una trampa, tendida para estimularlo a que se pronunciara con
más libertad sobre temas científicos? No podía obtener sino pobres resultados. Es
costumbre achacar a la Inquisición toda suerte de maneras y modos hipócritas,
pero podemos suponer cualquier cosa. Ya hemos penetrado en esta clase de
suposición en el caso del primer juicio. Los historiadores han disertado acerca
de la duplicidad de la Curia que permitió a Galileo proseguir sus esfuerzos
hasta fines de febrero de 1616, en tanto la decisión había sido tomada varios
meses antes. Y hemos visto que no fue así y que Bellarmino jamás trató de
engañar.
Sería mejor arrancar de una pregunta concreta: ¿Por qué esos funcionarios
dejaron escapar de manera tan informal un secreto anteriormente guardado de
modo tan celoso —con tanto celo, en verdad, que ni el mismo Papa había
permitido a Niccolini transmitirlo al Gran Duque en un informe dictado, sino
que obtuvo su promesa de que lo escribiría de su puño y letra? El secreto
contenía una finalidad, y el daño y el peligro de este daño informal no podían
ser ignorados. Lo peor de todo es que el efecto sorpresivo sobre el acusado
quedaba perdido para el interrogador; y en caso de que se resolviese sentenciar
a prisión a. Galileo tan sólo por el requerimiento, habría testigos ahora:
Niccolini y sus amigos, prontos a divulgar que había sido condenado en virtud
de un mandato que afirmaba no haber tenido lugar nunca, y que no podía ser
mostrado como que era de su conocimiento.
Una vez suscitada la pregunta, no parece que exista sino una respuesta
razonable: las autoridades se hallaban sinceramente preocupadas por el
requerimiento, que por cierto no parecía muy bueno, y esas semanas de pausa
fueron utilizadas en tratar que Galileo lo confirmase, tomándolo desprevenido.
El pudo adivinar que sondeaban el terreno, y todo un mes transcurrió en esas
perplejidades.
La decisión alcanzada aparentemente, como veremos en el curso de los
acontecimientos, fue que, puesto que el papa había solicitado sentencia, el
requerimiento habría de considerarse válido, aunque se las habían arreglado
para no extraer confirmación de Galileo. Se la necesitaba para tramitar las
licencias con el fin de contar con algún caso. Mas habría de retenerse tan sólo
en su capacidad de "factor b", como los ingenieros lo califican
informalmente, de peso indefinido. El caso mismo habría de basarse en la
cuestión del mérito. De lo contrario, la sentencia no alcanzaría su objetivo de
disuadir a la opinión pública.
Pero ahí comenzaban las dificultades. Suscitar la cuestión del mérito
significaba colocar al frente otra vez la responsabilidad de los licenciadores,
que habían expresado con tantas palabras su permiso para presentar la opinión
copernicana, y aun mantenerla sobre fundamentos puramente científicos. El
embarazo se advierte con toda claridad en el informe indeciso de la Comisión,
que trata de obtener bases firmes en cargos tan ridículos como el de que el
Prefacio ha sido impreso en letra de cuerpo diferente, que se hizo mención
abusiva de la licencia de Roma, puesto que el libro había sido transferido a
los licenciadores de Florencia, etc.
Nada bastaría en realidad sino el crimen teológico. Mas ¿cómo probarlo? Podría
decirse que, en principio, esto no sería molesto para la Inquisición, que como
toda policía secreta de estado se halla en condiciones para hacer de todo,
siendo la imagen del poder absoluto de donde surgía. Su acción era en principio
extra ordinam, por tratarse de un tribunal de emergencia que creara su propia
ley administrativa, y podía cambiarla a voluntad. Por otra parte, era el
guardián de la “fe revelada en conjunto, es decir, no sólo la Biblia y el
dogma, sino todo el depósito de la fe”, tal como nos ha llegado a través de la
tradición y la creencia. Como todas las cosas vivas, la Iglesia no admitirá una
definición de su contenido que provenga de afuera. Así, en principio, los
poderes del Santo Oficio fueron discrecionales. De este principio abusó
terriblemente la Inquisición española. Pero existía detrás de ello una
exposición razonada, con límites inherentes que debiéramos ver.
II
En
primer término, existe el hecho de que la Iglesia no es un poder impersonal
como el pretor romano, sino la madre de los fieles[159]. El
apóstata irreconciliable, el virus social, tenía que ser eliminado por ella. A
los demás no los castiga; impone "penitencias". Se asume buena
disposición, se supone bienvenida la corrección, y en realidad la vida de
penitencia ofrecida al culpable es muy parecida a la de los monjes que juzgan
han elegido para sí en libre vocación. Debe verse a sí mismo como lo ve la
Iglesia. Lo que vale es la unión de voluntades. Con la evolución de la Iglesia
y su conversión en estado, permanece el requerimiento metafísico de la unión de
voluntades; pero debe admitirse que en ocasiones se ve algo esforzado. En el
estado teológico, el individuo no es inocente hasta que se demuestra su
culpabilidad. Muy por el contrario, se lo presume culpable, y Dios y las
autoridades saben solamente hasta qué límite. Esta era la asunción no sólo en
Roma sino a su vez en Boston allá por el 1630. Hoy mismo es la situación en
Rusia. Debemos, si acaso, admirar la cautela y los escrúpulos legales de las
autoridades romanas en ese período civilizado.
Lo que el individuo hace de por sí, tal dice la lógica, no puede conducirlo
sino al desastre, cosa que en verdad ha sido probada una y otra vez. De ahí que
se necesite guía. El individuo, “ese animal tímido y de mirar fijo”, es el
menos capacitado para ver lo que hace o a dónde lo conducirá. Lo que debe tener
presto en su alma es la disposición a una sumisión infantil. Frente al tribunal
de la Inquisición, no se suponía que nadie probase su inocencia; en el mejor de
los casos podía hallarse inocente después del interrogatorio. Habría sido mala
forma esperarlo, porque el pecado es la condición humana, y ser llamado a
rendir cuenta significaba que nuestra nocividad había sido larga y
cuidadosamente pesada. No esperaba sino la exacta valuación. Lo mejor que podía
esperarse, como equivalente de sobreseimiento, era una amonestación. El solo
hecho de ser citado ante el tribunal equivalía a deshonra social[160].
Tenemos tribunales de ortodoxia en nuestro propio tiempo y el estado de ánimo
respecto de ellos ha sido bien descrito por un historiador ruso, que pasó por
la purga de Yezhov: “No pude alegar que era un marxista ortodoxo, porque las
continuas reformas de la línea partidaria hacían la consistente actitud
ortodoxa incompatible con convicciones científicamente fundadas. Pero en mi
labor histórica he tratado de permanecer siempre en los límites de las
instrucciones oficiales, utilizar la ‘herencia clásica’ del marxismo hasta el
máximo y conformarme con las intenciones de la política Soviética. Había sido
considerado estudioso leal al Soviet. No obstante, hallábame preparado para ser
detenido. ¿Por qué? Porque como todos los demás ciudadanos soviéticos, llevaba
conmigo una conclusión de culpabilidad, un inexplicable sentido de pecado, un
vago e indefinible sentimiento de haber transgredido, combinado con una
expectación imborrable de inevitable castigo”[161].
Ello lleva a mostramos cuánto menos de temer era la Inquisición que su moderna
contraparte. En una época de estabilidad social, que no había codificado aún la
dinámica del cambio dialéctico, sabíase al menos cuál era la línea general;
nunca había cambiado durante generaciones, y el pueblo vino a conocer dónde
radicaban sus puntos esenciales. Si recorremos la lista de cincuenta y una
preguntas establecida por la Inquisición italiana del siglo XVI para probar la
ortodoxia, vemos que todas ellas se centran sobre aspectos bastante
fundamentales de fe o de moral. En verdad, el mejor testimonio en favor de la
Inquisición es la decidida confianza de Galileo y sus amigos en que no existía
nada contra él.
Por parte del Santo Oficio mismo, tenemos los escrúpulos correspondientes que
lo mantuvieron buscando a través de la escala una correcta definición de las
transgresiones de Galileo, en la zona existente entre “error” y “herejía”. Tal
elemento de incertidumbre descansa en una distinción muy sutil, pero real. Algo
que no es esencial para la fe puede no ser herejía ex parte objecti, como había
dicho Bellarmino, pero puede volverse herejía ex parte dicentis cuando se
mantiene de manera tal que quien la profiera ha colocado su voluntad contra la
de la Iglesia. Esto se convierte en asunto de intención, empero, y lo que
acontece en el secreto del alma del individuo no es fácil de determinar.
Por esa misma época, los puritanos de Boston estaban muy seguros de saber si un
individuo era de los elegidos, y por ello merecedor de ser ciudadano de la
República de Santos Regenerados. En la mente de las autoridades romanas, con
muchos siglos de experiencia tras ellas, la santidad era menos fácil de
identificar. El individuo tenía que recorrer su camino mortal, y antes de que
fuere reconocido como uno de los elegidos tenían que venir milagros muy
concretos de su intercesión en lo alto. En la tierra todo era muy incierto. Lo
que contaba era la conducta. El resto tenía que quedar para Dios y el secreto
del confesionario.
El Santo Oficio sabíalo mejor que nadie. La misma amplitud de sus poderes, que
lo colocaban aparte de las demás Congregaciones (pues no era meramente
administrativa como las otras, sino corte suprema, juez, jurado y ejecutor de
la ley, todo en uno), obligábalo a ser cauteloso. La heresiología no tiene más
de ciencia exacta ahora que en tiempos de Atanasios. Mas, puesto que es
necesaria una definición, puede llegar operativamente a través de forma,
procedimiento y precedente. La herejía no admite grados; pero en la práctica las
proposiciones son de muchas clases. Pueden ser heréticas, casi heréticas,
erróneas, temerarias o tan sólo ofensivas para el alma piadosa. Determinar el
grado exacto constituye un problema jurídico, basado estrictamente en el
consenso de los textos y en el peso de la “grave opinión” de su interpretación[162]. Mientras
no se halle envuelta una herejía directa y proclamada, la calificación está
siempre sujeta a revisión, y, por ende, a razonable (aunque sumiso) debate.
III
La
versión apologética de nuestro tiempo, que resuelve el incidente de Galileo
imputando a los censores de 1616 “un grave y deplorable error al utilizar un
principio totalmente falso como apropiada interpretación de las Escrituras”[163], es, en el
mejor de los casos, una evasión del problema. Los once individuos desventurados
que tienen que cargar con una culpa que debería caer de manera adecuada sobre
los jueces de 1632, y sobre ciertos otros, eran funcionarios del montón que
repasaron sus libros y condensaron en dos párrafos la “grave opinión” de la
enseñanza establecida: Se les exigió en forma categórica, y ésta fue la
respuesta. A falta de algún otro peso que pudiese haber sido proporcionado por
Grienberger y Bellarmino, es difícil ver qué otra cosa podían haber hecho.
Hemos visto, por ejemplo (página 100) debido a la pluma erudita del padre
Hontheim: “Las Escrituras y la tradición dicen una y otra vez del fuego del
infierno y no existe razón suficiente para aceptar la manifestación
metafóricamente”. Este, pues, es el criterio consistente de la interpretación
hasta nuestros días y los Calificadores no se desvían de ella. Si no hubiese
permitido que el Papa le hiciera comprender el movimiento del Sol de manera
alegórica en 1757, el padre Hontheim veríase obligado a creer en la posición
tolemaica.
En verdad, sus colegas siguen creyendo lo que equivale a lo mismo. El padre
Agostino Gemelli, fisiólogo muy conocido, por propio derecho, y rector de la
Universidad Gregoriana, manifestó en la prensa en 1953 que la mayor creencia en
la existencia de vida consciente en otros planetas o galaxias no puede provenir
sino de la ignorancia de la teología; porque ésta, mientras deja el campo
completamente abierto a la especulación científica, es capaz de afirmar,
anticipándose a los hechos, de modo categórico, que no hay ni puede haber seres
dotados de alma en parte alguna del universo que no sea la Tierra. Este tipo de
calificación, por muy individual que sea, cuenta en su apoyo con base
considerable, de naturaleza más astringente en verdad que lo referente a la
movilidad de la Tierra. Posiblemente fuera ratificado, en caso de necesidad, y
pende cual espada de Damocles sobre la cabeza de aquellos astrofísicos deseosos
de atenerse a las decisiones de la Iglesia. Una institución dogmática y
sacramental como ésta no rinde sus dogmas básicos cosmológicos a pedido de la
opinión pública, pues en tal caso convertiríase en sociedad de cultura ética.
En el mejor de los casos esperará hasta que llegue a resolver.
En otras palabras, los considerandos de 1616, desde el punto de vista de la
interpretación, no fueron equivocados en lo más mínimo. Se convirtieron en
error una vez que así se los declaró. Pero los errores van y vienen y éste no
es el punto que lastima. Fue el temerario y sin precedente golpear con el
mecanismo sustentador del cambio lo que originó la crisis.
El problema se vuelve más claro si tomamos, no a un autor de nuestro tiempo
sino a Settele, el astrónomo del Vaticano, ante cuyas repetidas solicitudes fue
ordenado el retiro del Index de las obras de Galileo en 1822. Hasta esa fecha
había tenido que creer “con verdadero asentimiento, sincero y recóndito”, si no
absoluto, que la inmovilidad del Sol era tolerable desde 1757, mientras Galileo
estaba aún equivocado por haberlo sugerido. Al día siguiente le fue permitido
mudar de opinión. Bueno, es claro que esto constituye una caricatura. Desde
luego, la Iglesia aceptó perfectamente que hubiera sido “galileísta”; en verdad
vióse persuadida por sus razones. Y pensó —con otras palabras—, como siempre
había endosado la idea de que el individuo está en su derecho al sustentar
opiniones que han sido declaradas falsas y aun a probar su veracidad, siempre
que lo haga acompañado de la adecuada sumisión externa. Mas ésa era exactamente
la posición de Galileo en sus cartas a Castelli y a Dini, en su Carta a la Gran
Duquesa y en su conducta en 1632. El mismo habíala heredado de los doctores del
siglo XIII que se opusieran a las decisiones denegatorias de la existencia de
los antípodas[164]. La
situación legal no había cambiado jamás un ápice.
En la Iglesia existen asuntos de controversia sobre los que la autoridad de los
padres se halla dividida o insuficientemente expresada. Como Magalotti había
sabido en el Santo Oficio, en tales casos la política consistía en que “sin la
declaración de un Concilio General o sin la necesidad más apremiante, jamás
pueden llegar a resolverse”. Que la cuestión cosmológica era de esa especie no
sólo es admitido tácitamente (como señaló Descartes, el copernicismo se
enseñaba sin objeción); había sido comprobado en la Carta a la Gran Duquesa.
Las cuarenta páginas de dicha carta, llena de textos venerables, presenta una
impresionante contrabatería de las opiniones de los padres sobre el tema. Nadie
lo había reconocido abiertamente, pero había dado tiempo a Castani y al mismo
Barberini, como sabía Galileo, y hecho que éstos obtuvieran que el decreto de
1616 declarara al heliocentrismo nada más que “falso” y que lo proclamara tan
sólo in forma communi. Fue colocado en una especie de limbo, del que, como dijo
Magalotti, se necesitaría alguna resolución extravagante para llevarlo al
estado formal de herejía, ya que la verdad dogmática no se fabrica al instante.
Se requiere una convergencia gradual de opinión a través de la catolicidad
sobre el tema, y el Papa la hace irrevocable con su pronunciamiento. Había sido
sabiduría de la Iglesia no comprometer su palabra a lo largo de siglos sino
sobre cosas sobrenaturales, imposibles de desafiar con nuevos descubrimientos.
En la concerniente a la naturaleza o a la sociedad, cualquier cambio de opinión
lento registraríase con el tiempo. Lo malo era que ningún cambio se había
imaginado jamás que no fuera lento. Como hemos dicho en un capítulo anterior,
ya se había medio permitido que la Tierra se movía “imperceptiblemente” después
de Cusanos; si avanzaba aunque fuera tan sólo una milla por día, en menos de
dos siglos giraría cómoda e inconspicuamente sobre su órbita, sin que nadie
objetase. El mundo era una cosa estática y el conocimiento más aún.
IV
Así,
cuando Bellarmino dijo a Galileo que debía abandonar esa opinión, no esperaba
asentimiento total sino sólo “obediencia”. “Galileo asintió y prometió
obedecer”. En otras palabras, no comprometió su afirmación personal. No le fue
prohibido sustentarla en su imaginación como "matemática" o
"probable", o discutirla tranquilamente con sus iguales[165]. Con el
tiempo, que todo lo trae, las mentes educadas con su respetuosa presión,
podrían originar un cambio a registrarse eventualmente en las decisiones
oficiales. (Lo cual aconteció en realidad en 1757). Los mismos jesuitas
matemáticos, si se los dejaba al fondo, mostrábanse dispuestos a ser parte de
la conspiración invisible. Fue el mismo padre Grienberger quien manifestó que,
si Galileo no hubiera atraído sobre su persona el disfavor de la Compañía,
habría continuado escribiendo sin trabas sobre el movimiento de la Tierra hasta
el fin de sus días. La opinión de Grienberger, difícilmente puede sospecharse
de hereje.
El crimen de Galileo radica en haber percibido que el cambio de “las cosas
nuevas” en la ciencia no podía ser tan lento como se esperaba. Su catolicismo
no contaba con suficiente mundo ni tiempo para formar su opinión con calma,
como era el caso en cuanto a la infalibilidad del Papa. Vio prematuramente
(término que en nuestros tiempos, que cambian con tanta rapidez, se ha abierto
camino hasta en el lenguaje policial), lo que las mentes ordinarias como los
astrónomos del Vaticano no eran capaces de ver y comunicar sino con un siglo de
retraso. Pero su posición formal era tan correcta como la de ellos. Había
establecido con gran cuidado su intención como estrictamente piadosa y sumisa y
rodeádose de las garantías legales requeridas. Fue su mala fortuna, y nada más,
lo que dio contra una coalición de fuerzas que resolvió su liquidación.
Pero ¿cómo hacerlo hereje? Los lectores de la historia de Estados Unidos de
Norteamérica pueden encontrar aquí un paralelo interesante con el problema del
gobernador Winthrop en el caso de Ana Hutchinson. En ambos casos no existía
sino un camino —probar la intención criminal— y era menos fácil hacerlo en Roma
que en la algo arbitraria república de Bay State. Perseguir la mente del
individuo era labor nada recompensadora porque ¿quién escaparía a los azotes?
El Comisario General tenía que proceder con cuidado. No había en verdad cosa
tal como "crimen del pensamiento" en su libro, aunque la herejía se
define teóricamente como tal, sino actos de voluntad identificables —lo que se
llamaba corrientemente "sembrar cizaña". Cualquier mala intención
tenía que ser probada.
Pero Galileo, según hemos visto, puso gran cuidado en someter y comparar la
intención con el Papa mismo y hacer que luego la repitiera el gobernador de
palacio. Habíasele permitido que probase, de ser posible, "que es
imposible apartarse de la doctrina pitagórica, excepto por razones de
omnipotencia divina dictadas a él por Su Santidad". El Papa habíale
proporcionado el título para la obra que suponía una comparación entre los
"Grandes Sistemas del Mundo". El texto había sido provisto de
prefacio, tocado a su fin, revisado y autorizado. El hecho simple, y el
Comisario estaba enterado, era que Su Santidad había cambiado de parecer sobre
las instrucciones después de haber sido publicada la obra. Ni aun la
omnipotencia dogmática podía difícilmente cambiarlo en incriminación del autor.
A todo cuanto tenía derecho era a suspender el libro. Una frustración aguda
estaba llamada a resultar. Campanella escribió desolado a Galileo en su última
carta: “Parece que el destino quiere que, cuanto más nos esforzamos por servir
a nuestros Amos, más duramente se vuelvan contra nosotros y nos maltraten.
Hágase la voluntad de Dios”.
Tal era, pues, la situación. Si el proceso podía apoyarse tan sólo en el
requerimiento, contaban con un caso. Pero si había de bastarse en el libro, no
tenían sino el principio de un caso y habrían de confiar en la suerte para
llevarlo a su conclusión.
El centro del asunto era que el Papa había pensado en la posibilidad de
utilizar a Galileo para sus propios fines. En vez, habíase visto sobrepasado y
sirviendo los fines de Galileo. Era un asunto muy imponderable, una situación
que no contenía acto demostrable de la voluntad. Pero, así y todo, la intención
es parte del contrato. Y ese contrato vino a ser el ingenio de un hombre contra
el de otro; y necesita un traje a prueba de incendio el que juega una sola mano
de póker con la teocracia. Disimular la finalidad podía convertirse en crimen y
por cierto que había habido simulación de alguna especie. Era asunto delicado,
empero, afirmar los cargos, a menos que el acusado cometiese errores a lo largo
del interrogatorio. Una vez en marcha el proceso, siempre existía el riesgo de
que se volviera contra el gobernador del Sacro Palacio. Hemos visto reflejadas
esas vacilaciones en el informe de la Comisión Preliminar y en las largas
semanas de sondeo. El texto parecía demasiado bien protegido y los cargos
contra el mismo sin poder sustanciarse, como escribe Niccolini.
Finalmente, no había sino una cosa por hacer. Quebrar el precedente. Tres
expertos para el proceso fueron elegidos de entre los miembros de la Comisión
Preliminar, como el Papa anunciara al embajador "entre dientes". Dos
cuando menos eran enemigos de Galileo —Inchofer y Pasqualigo— y no pertenecían
al Santo Oficio. Fue su tarea asignada rasgar el velo de la convención
establecida y demostrar que el acusado había realmente "sostenido" la
doctrina que alegaba solamente discutir”[166].
Apenas puede sostenerse que esto no significa romper el precedente. Todos los
años se secuestraban o condenaban docenas de publicaciones por sostener los
puntos de vista equivocados más perniciosos. Pero, en tanto sus autores
sometiéranse por anticipado al juicio de sus superiores, no se dudaba de su
intención y ni aun se los molestaba en su carrera. Hemos visto el caso de
Campanella y el del mismo Bellarmino. Galileo se hallaba exactamente en la
misma situación y había estado discutiendo una doctrina considerada nada más
que "falsa". Fue tan sólo después del éxito del Diálogo cuando de
súbito convirtióse en “el tema más perverso y pernicioso que pensar se pueda”.
Por tal razón, necesitábase una "novedad" para atraparlo. Una vez
establecida a priori su intención perversa, era cuestión de maniobrar para
desviarlo del camino de la seguridad y hacerlo caer ya en una admisión o en una
falsedad. En su avidez para apartarse de la admisión existía buena posibilidad
de que cayese en una cima más profunda. Este expediente no es conocido con buen
nombre en la práctica de los tribunales, pero no se había encontrado nada mejor
para servir las intenciones de Su Santidad.
Para terminar, pues —y ello puede ayudarnos en las varias características que
siguen—, el proceso fue concebido en primer término como dictado por razones de
estado, y como tal por encima de toda ley y costumbre. Todos los indicios
externos de regularidad no engañaron a nadie. Sosteníase que la razón de estado
justificaba muchas cosas; ella fue la que llevó a Jacobo I a condenar a
Balmerino, su inocente secretario, antes que encarar la justa acusación de
duplicidad hecha por Bellarmino. Hizo que las autoridades de Roma fraguaran
cargos contra un científico y persiguieran infatigablemente su memoria hasta
tres siglos después de su muerte. Dio lugar a que Bismarck alterara el despacho
de Ems y que los japoneses atacaran Pearl Harbor. Ha hecho que los poderes de
nuestra época realicen cosas ante las cuales habría retrocedido Tamerlán. Aquí
no existe ninguna cuestión y todo se halla en orden, siempre que salga bien,
por supuesto. Lo que hizo que Galileo “encontrara esta persecución muy
extraña”, como dice Niccolini, es que a él se le dio toda clase de apariencia
jurídica, tal como ocurre en nuestros días, pero jamás, entonces o más tarde,
se dio una clara y autorizada explicación de cuál fuera la razón del estado.
Estaba enterado de lo dicho por el Papa, que carecía de sentido para él, lo
mismo que para el embajador. En las explicaciones dadas después de su época, ha
seguido prevaleciendo artificiosa confusión. Muchos escritores parecen creer
que, dando por bueno el famoso requerimiento, con adecuada persistencia, pueden
hacer que la historia lo acepte. No han tenido éxito del todo, lo cual no es un
crédito para su inventiva. Puede decirse que la razón de estado podrá
explicarse oficialmente sólo después de largo período. Es bastante cierto. Pero
han transcurrido tres siglos y continuarnos esperando.
Judex
ergo cum sedebit
Quidquid latet apparebit…
“DIES IRAE”.
I
La
primera audiencia tuvo lugar el 12 de abril de 1633, ante el Comisario General
de la Inquisición y sus ayudantes. El Comisario era el padre Vincenzo Maculano,
o Macolani, de Firenzuola, lo que hacía se le llamara con frecuencia el
"padre Firenzuola", de acuerdo con el nombre de su ciudad natal.
Sabemos muy poco de este hombre, cuya carrera iba a llevarlo más tarde a la
púrpura. Como todos los Inquisidores, era fraile dominico, pero había sido
escogido por el Papa (al menos según se decía en la ciudad) no tanto por su
celo teológico como por la capacidad técnica y administrativa evidenciada al
vigilar la fortificación de Castell Sant’Angelo. Urbano VIII no era fanático y
le gustaba tener humanistas y ejecutivos a su lado.
Galileo se había entregado oficialmente al Santo Oficio esa mañana, pues era
regla permanente que el acusado sería mantenido preso e incomunicado hasta el
fin del juicio. En consideración a su estado de salud y también al prestigio
del Gran Duque, por vía de excepción fue alojado en el mismo edificio de la
Inquisición; situado cerca del Vaticano.
De acuerdo con los procedimientos, el acusado fue puesto bajo juramento y
preguntado si sabía o conjeturaba el motivo de su citación[167]. Contestó
que suponía que era en razón de su último libro, que identificó al serle
mostrado. Luego pasaron a los acontecimientos de 1616. Dijo que había venido a
Roma dicho año, y por cuenta propia[168],
especificó, para reconocer qué opinión debía sostenerse con propiedad en cuanto
a la hipótesis copernicana, y estar seguro de no sostener sino los puntos de
vista de la Santa Iglesia Católica. Eran palabras suaves pero habíasele
aconsejado mantenerse del lado seguro y sumiso. Interrogado entonces acerca de
las conferencias sostenidas con diversos prelados antes del decreto, explicó
que se debieron al deseo de dichos prelados de que les instruyese acerca del
libro de Copérnico, difícil de entender para los legos. Ahora se alegraba de su
precaución al poner sus argumentos por escrito. El Inquisidor preguntó qué
había ocurrido después.
R.:
Con respecto a la controversia suscitada con motivo de la opinión antes
expresada de que el Sol permanece estacionario y la Tierra se mueve, fue
resuelto por la Sagrada Congregación del Index que tal condición, considerada
como hecho establecido, contradecía las Sagradas Escrituras y no era admisible
sino como conjetura (ex suppositione), como era sustentada por Copérnico (sic).
P.: Esa decisión, ¿le fue comunicada entonces y por quién?
R.: La decisión de la Sagrada Congregación del Index fue puesta en mi
conocimiento por el cardenal Bellarmino…
P.: Que manifieste lo que el cardenal Bellarmino le dijo acerca de tal
decisión, y si habló algo más sobre el tema y qué.
R.: El señor cardenal Bellarmino me significó que la antedicha opinión de
Copérnico podía ser sostenida como conjetura, tal como hizo Copérnico, y Su
Eminencia estaba seguro de que, igual que Copérnico, yo la sostenía tan sólo
como conjetura, lo cual es evidente a través de la respuesta del mismo Señor
Cardenal a una carta del padre Paolo Antonio Foscarini, provincial de los
carmelitas, de la que poseo copia y en la que figuran estas palabras: “Me
parece que Vuestra Reverencia y el señor Galileo proceden cuerdamente al
contentarse en hablar ex suppositione y no con certeza”. La carta del cardenal
está fechada en abril 12 de 1615. En otras palabras, significa que esa opinión,
tomada de modo absoluto, no debe ser sostenida ni defendida.
Eso
estuvo bien. De seguro no era momento para tratar de corregir la obstinada
preocupación de los otros sobre Copérnico, si tales preocupaciones pudiesen
resultar de provecho. Pero ahora se solicitó de Galileo que manifestase lo
decretado en febrero de 1616 y comunicado a él.
R.:
En el mes de febrero de 1616, el señor Cardenal Bellarmino me dijo que como la
opinión de Copérnico, de ser adoptada en forma absoluta, era contraria a las
Sagradas Escrituras, no debía ser sostenida ni defendida sino tomada y
utilizada en forma hipotética. De acuerdo con eso poseo un certificado del
cardenal Bellarmino, expedido el 25 de mayo de 1616, en el que se expresa que
la opinión copernicana no debe ser sostenida ni defendida, como contraria a la
Sagrada Escritura, de cuyo certificado entrego copia en este instante.
P.: Cuando dicha comunicación le fue entregada, ¿había alguien presente y
quiénes eran?
Imaginamos a Galileo sospechoso de improviso. Era la primera intimación de que
algo más podría estar aconteciendo ese día, porque Riccardi, Serristori y el
Papa mismo no habían mencionado sino a Bellarmino, y confiaba en que sabía con
exactitud lo dicho por Bellarmino. Este llevaba ya trece años muerto y no
poseía sino el trozo de papel. Trató de ser cauteloso.
R.: Cuando el señor cardenal me hizo saber lo que he manifestado acerca de los
puntos de vista copernicanos, se hallaban presentes algunos padres dominicos,
pero ignoro quiénes eran y no he vuelto a verlos más.
P.: ¿Le fue comunicada alguna otra orden (precetto) acerca del tema, en
presencia de qué padres, por éstos o alguien más, y qué fue?
A
esta altura el anciano se vuelve francamente atemorizado. El Comisario examina
un documento que tiene frente a él.; Galileo no tiene idea de lo que puede
contener y esa es la misteriosa Inquisición. Teme caer en una trampa y
contradecirse abiertamente. Los pensamientos vuelan por su imaginación. ¿Era el
precetto de Bellarmino, jurídicamente, algo más de lo que él pensara? Debió
haberlo examinado con Niccolini y sus amigos canonistas. ¿Podía ser construido
el decreto en conjunto a modo de disfrazada carta de proscripción? ¿Se le
habían escapado de la memoria algunas palabras que hicieran de él una orden
especial ad personam? ¿Efectuó alguien más algún movimiento aquel día? ¿Pudo
haber significado algo la presencia de los dominicos?
R.:
Recuerdo que tuvo Jugar como sigue: el señor cardenal Bellarmino envió a
buscarme una mañana y me dijo ciertos pormenores que más bien reservo para el
oído de Su Santidad antes de llevarlo a conocimiento de los demás[169]. Pero el
final de todo lo que me dijo fue que la opinión copernicana, como contraria a
los Sagradas Escrituras, no podía ser defendida ni sustentada. Escapa a mi
memoria si los padres dominicos se hallaban presentes o vinieron después;
tampoco recuerdo si estaban presentes cuando el Señor Cardenal me dijo que
dicha opinión no podía ser sostenida. Es posible que se me haya impartido una
orden (precetto) en el sentido de que no sostuviera ni defendiera dicha
opinión, mas no recuerdo, ya que han transcurrido varios años.
P.: Si lo que se Je dijo e impuso como precetto le fuese leído en alta voz, ¿lo
recordaría?
R.: No recuerdo que se me haya dicho nada más ni creo que recordaría lo que
entonces se me dijo, aun cuando me fuere leído. Digo libremente lo que recuerdo
porque no creo haber desobedecido de ninguna manera el precetto, es decir, que
en ningún modo he sostenido ni defendido que la Tierra se mueve y el Sol
permanece estacionario.
El
Inquisidor dice ahora a Galileo que el requerimiento que le fue comunicado ante
testigos contenía: “que no debe sustentar, defender ni enseñar dicha opinión de
ningún modo”. ¿Hará el favor de decir si recuerda de qué manera y por quién le
fue comunicado?
R.:
No recuerdo que la orden me fuera impartida sino por el Cardenal verbalmente; y
recuerdo que la orden era “no sostener ni defender”. Es posible que “ni
enseñar”, figura también allí. No lo recuerdo, como tampoco la cláusula “de
ningún modo” (quovis modo), pero es posible que figurase; porque no pensé más
en ello ni me tomé el trabajo de grabarlo en mi memoria, puesto que algunos
meses después recibí el certificado ahora mostrado, del referido cardenal
Bellarmino, de mayo 26, en el que se halla expresamente la orden (ordine) dada,
no sostener ni defender dicha opinión. Las otras dos cláusulas de la citada
orden que acaban de hacerme conocer, es decir, no enseñar y de ningún modo, no
han sido retenidas en mi memoria, supongo que por no figurar en tal certificado,
en el que he confiado y he conservado como recordatorio.
P.: Después de haberle sido comunicado el citado precetto, ¿recibió alguna
autorización para escribir el libro que ha reconocido como suyo?
El
anciano habíase aferrado a su terreno de manera desesperada, pero se halla
evidentemente aterrorizado. Había creído mejor conceder que la notificación
verbal pudo haber sido una especie de orden. Ya no sabe dónde está y no es hora
de citar los más aconsejados alientos del Papa o de implicar a las autoridades.
Todo podía caer sobre su cabeza. Lo único que cabe hacer es agacharse.
R.:
No solicité permiso para escribir el libro, pues no consideraba que al
escribirlo obraba en contra de, y mucho menos desobedecía, la orden de no
sostener, defender o enseñar la opinión.
(Después sigue un relato de los hechos concernientes a las negociaciones para
la impresión).
P.: Al solicitar autorización para imprimir el libro, ¿dijo al Gobernador del
Palacio acerca del precetto que le fuera impartido?
R.: No tuve que discutir de esa orden con el Gobernador al solicitar el
imprimatur, pues no creí necesario decir nada, ya que no abrigaba duda sobre el
particular; porque tampoco he sostenido ni defendido en el libro que la Tierra
se mueve y el Sol permanece estacionario, sino más bien he demostrado lo
contrario de la opinión copernicana y expuesto que los argumentos de Copérnico
son débiles y no concluyentes.
Con
lo cual tocó a su fin la primera audiencia. Esta última manifestación
constituye algo pobre, pues la peroración de Simplicio de ninguna manera podía
significar que hubiera sido construida a modo de "prueba"; mas para
entonces Galileo estaba más muerto que vivo. Su firma se halla estampada al pie
de los procedimientos con mano trémula. No puede decirse, empero, que haya
perdido su presencia de ánimo. La manifestación de que no había dicho a
Riccardi nada del precetto puede sonar desconcertante, como cuando el chiquillo
no ha dicho a la niñera lo que le indicara la mamá, pero no lo es en modo
alguno. Si aceptamos la posición firmemente sostenida por Galileo, de que
Bellarmino habíale notificado simplemente del inminente decreto, habría sido
más bien necio de su parte ir a recordar a Riccardi que esperaba que supiera
que un nuevo decreto había sido promulgado en 1616. Riccardi habríale
contestado jocosamente: “Creo que vuestra conversación con Su Santidad habrá
girado sobre ello, pues, de lo contrario, ¿qué hacemos aquí?”[170].
Era otro asunto totalmente distinto si el requerimiento formal de la
Inquisición en 1616 hubiese sido no enseñar, defender ni discutir de ningún
modo la teoría, pues ello habría envuelto sospecha de herejía, o, al menos
resistencia, necesitándose una rehabilitación laboriosa antes de que el autor
volviese a escribir. Y de seguro, aun así, el Papa se hallaba en falta, pues
tendría que haber sabido: las instrucciones de febrero 25, según hemos visto
(página 115), prescribían, en caso de recalcitrar, un requerimiento y hasta
arresto, y el informe de Bellarmino de marzo 3 tendría que haber reflejado esos
eventos, pero la verdad es que no lo hizo y ello representa un punto de
importancia. De ahí que el Papa no pudiera saberlo. Fue Galileo, dijo, quien
tente que haber venido y referirlo todo en debida obediencia. Ahora hallábase
bajo el odio de "haber sido descubierto".
Todo esto es ridículo y lastimoso, por cierto. No era momento para jugar a mamá
y niñera. Una administración importante y severamente autoritaria, dotada de
una policía del pensamiento, que se supone enterada de todo, cuando menos
podría mantener sus registros en orden. Antes de conceder autorización para
escribir el libro el Papa tendría que haber recordado, o habérsele refrescado
la memoria, o alguno de la Inquisición haberle dicho. Peor que todo: como parte
de las deliberaciones secretas de la Congregación de 1616, el Papa no podría
posiblemente haber olvidado si el requerimiento había tenido lugar en verdad, y
que él y los demás miembros recibieron órdenes secretas de tratar a Galileo
como individuo peligroso; empero, habíalo favorecido y estimulado públicamente
en 1624 y ahora conducíase como la inocencia lastimada, porque no había mención
del requerimiento en el Decreta.
Galileo continuaba ignorante de todo eso. Hasta donde llegaban sus
conocimientos, podía haberse hecho alguna suerte de requerimiento de manera
misteriosa y en debida forma, y él mismo podía haberse estado ahorcando al
negarse de manera obstinada a reconocerlo. No obstante, experimentaba que lo
más seguro era aferrarse a lo que era de su conocimiento. No recordaba nada
más; nunca había reconocido nada más, salvo la simple notificación de no
sostener ni defender.
El Inquisidor había venido arrastrándolo con un término equívoco. Al decir
precetto, implicó desde el comienzo una prohibición personal (véase página
209). Para Galileo no significaba sino la notificación del Cardenal. Es el
texto de la misma lo que a su juicio debe haber desafiado, hasta que el
Inquisidor pregunta con insistencia si recuerda que le haya hablado alguien
más. Pero no ve más allá de eso y hasta el final mismo —es decir, hasta la
sentencia— no se le dice a Galileo que fue alguien más y que ese alguien era el
Comisario General de entonces. De ahí que su contestación haya de permanecer en
consecuencia indefinida. ¿Se hizo de ese modo para que no pudiese negar
explícitamente que el Comisario había hablado alguna vez? ¿O fue para crear la
equivocación con tanta habilidad explotada en el sumario, como veremos más tarde?
¿O tal vez porque constituía un principio no revelar jamás los cargos? En todo
caso no es sino al comprender que está siendo en realidad preguntado acerca de
una "orden" cuando contesta lleno de ansiedad: "Es posible que
tal orden me haya sido impartida, pero no recuerdo". A partir de ese
instante se pone en guardia. Trata ansioso de recordar si alguien ha dicho algo
que sería mejor recordar. No cuenta con un abogado que inquiera de qué clase de
requerimiento hablan[171]. Pero,
mientras el Inquisidor vuelve cinco veces a la pregunta de quién te había
hablado, tratando de hacerle hablar de varias maneras, Galileo contesta una y
otra vez, "que nadie más que Bellarmino" y da por tierra con toda la
maniobra, pues había sido claramente intención de la Inquisición sacarle,
aunque fuera en un momento de extravío o de temor, la contestación de que hubo
una orden especial impartida por el Comisario ese día. Semejante admisión en un
protocolo firmado habría sido un sustituto de todas las irregularidades del
requerimiento. A partir de ese instante, el documento de 1616 habríase vuelto
legal por completo. Tal como acontecieron las cosas, Galileo vino a restablecer
consistentemente en verdad el hecho de que Belarmino no le había informado sino
del contenido del inminente decreto; y de esa manera el texto del decreto
quedaba como la única directiva legal a considerar por él y por el censor. Por
otra parte, si se asumía que el requerimiento era válido, hubiera sido una
directiva para que el censor suprimiese todos los escritos de esta determinada
persona en cuanto a Copérnico, o perseguirla si lo publicaba:
II
Donde
Galileo había caído, en vez, en la trampa de acción lenta, al intentar proceder
con seguridad, fue en la última parte del interrogatorio. Decir que había
demostrado lo contrario de la opinión copernicana sonaba mucho como intento de
engañar a los jueces. No es imposible que hubiera reservado ese argumento,
confiado en algún juego de manos geométrico y en su capacidad de persuasión.
Empero, manifestar que por eso no había hablado de la notificación empeoró el
asunto. Como tantos presos sujetos a interrogatorio, protestaba demasiado, lo
cual fue en detrimento suyo, pues cinco años después de la audiencia se dieron
a conocer los resultados del examen oficial del texto, que no eran tales COMO
para que pareciera bueno su alegato. Tres consejeros de la Inquisición,
Augustinus Oregius (teólogo papal), Melchior Inchofer y Zacarías Pasqualigo
entregaron sus informes, equivalentes a la misma conclusión: el autor no sólo
había "discutido" el punto de vista prohibido; habíalo mantenido,
enseñado y defendido, existiendo "vehemente sospecha" de su
inclinación y sostenimiento aún en nuestros días. Inchofer y Pasqualigo
hicieron entrega de una extensa lista de pasajes que no dejaban duda. En
general, sus citas eran correctas en cuanto permanecían fieles al sentido.
Recopilaremos el informe de siete páginas de Inchofer, que es el más explícito.
1. El
acusado enseña, porque, como dice San Agustín, ¿qué es enseñar sino impartir
conocimiento? Ahora bien, Galileo lo hace y lo ha hecho desde su folleto acerca
de las manchas solares. Es propio del maestro enseñar a sus alumnos en primer
lugar los preceptos de una ciencia que son más fáciles y claros, de modo que
exciten su interés, y presentar la ciencia como nueva, lo que atrae
maravillosamente la imaginación curiosa. Por otra parte, el acusado hace
aparecer como si una serie de efectos, que ya han sido cierta y
autoritariamente explicados de otro modo, no pudieron ser resueltos sino por el
movimiento de la Tierra.
2. Defiende.
Se puede decir que uno defiende una opinión aunque no refute la contrario;
mucho más, pues, si intenta destruirlo por completo. En derecho eso se conoce
por impugnación. —Copérnico no propuso sino un método más conveniente para los
cómputos (esta interpretación se debe, como de costumbre, al prefacio de
Osiander), en tanto Galileo trata de confirmarlo y establecerlo como doctrina
con nuevas razones, que es defenderla dos veces—. Porque, si la intención ha
sido la disputa y el ejercido intelectual, no habría traducido y ridiculizado
con tan altiva arrogancia a Aristóteles, Tolomeo y todas las verdades que él no
ha reconocido. Y si lo hace por escrito, no hay duda de que debe haberlo hecho
mucho más de palabra.
3. Sostiene.
Lo hace sobre dos cargos, a través de las necesarias conclusiones, así como su
aseveración, pues no necesitamos considerar válidas sus ocasionales protestas,
que interpone para que no perezca como que va contra el decreto. En cuanto a
las razones que da en el prefacio, no es por cierto “las murmuraciones contra
los Consultores de la Iglesia” lo que puede haber llevado a un hombre grave a
realizar esa tarea; no me topé con ninguna publicación de autor ultramontano en
la que el asunto del decreto sea mencionado y mucho menos los Consultores. Es
seguro que los católicos no se habrían atrevido. Y, por otra parte, si tal fue
el motivo, ¿por qué no emprende en verdad la defensa del decreto y de la
Sagrada Congregación? Pero está lejos de su pensamiento que prosigue y arma a
la opinión copernicana con nuevos argumentos que ningún ultramontano sugirió
jamás, y lo hace en italiano, de fijo no el lenguaje más indicado para las
necesidades del ultramontano u otro estudiante, sino para atraer de su parte al
vulgo ignorante, entre el cual puede arraigar el error con mayor facilidad.
4. El
autor alega que discute una hipótesis matemática, pero le confiere realidad
física, lo que jamás hacen los matemáticos. Por otra parte, si el acusado no
hubiera adherido de manera firme a le opinión copernicana, y creídola
físicamente cierta, no habría combatido por ella con tanta aspereza ni habría
escrito la Carta a la Gran Duquesa, ni habría ridiculizado a quienes mantienen
la opinión aceptada, ni descrítolos —cual si fueran tontos estúpidos (hebetes
et pene siolidios)— como apenas merecedores de que los llame seres humanos[172].
En
verdad, si hubiese atacado a algún pensador individual por sus argumentos
inadecuados en favor de la estabilidad de la Tierra, podríamos aún poner una
construcción favorable acerca del texto; mas como sostiene que son pigmeos
mentales (homunciones) todos los que no sean pitagóricos, resulta
suficientemente claro lo que tenía en la imaginación, sobre todo al alabar por
contraste a William Gilbert, perverso hereje, lleno de argucias y equivoquista
defensor (rixosum et cavillosum patronum) de esta opinión.
Esta última frase proporciona cierto vislumbre compensador en los modos de
pensar de la policía del pensamiento. El buen jesuita nunca se detiene a pensar
si el fenómeno magnético descubierto por Gilbert no podía ser altamente
conveniente, como en realidad es, para la discusión de los principios físicos[173]. Para él
el único punto es que Gilbert resulta un perverso hereje y de ahí que se
establezca la culpabilidad por asociación. "Equivoquista" y
"lleno de argucias" son apenas descripciones del estilo científico de
Gilbert; son adjetivos que constituyen el caballo de batalla del equipo
escolástico de Inchofer, aproximadamente equivalente al "subversivo"
de nuestro tiempo.
Pero si, intelectualmente, este experto es el homuncio al que Galileo había
catalogado bien por anticipado, por otra parte es astuto y bastante competente.
Abate la presa. Su informe con ánimo tan despiadado es digno de la mano que
escribió el Tractatus syllepticus. Se muestra al acusado que ha transgredido no
sólo el dudoso requerimiento sino la directa notificación de Bellarmino
"de no sostener ni defender".
No podemos sino preguntarnos acerca de lo acontecido a las deliberaciones
previas que insinuara monseñor Serristori: “Han sido abandonados todos los
cargos menos uno”. Tales insinuaciones favorables pueden haber procedido de la
oficina del Comisario y Galileo asióse de ellas para preparar su defensa. El
requerimiento sólo proporcionaba un punto legal, y Niccolini podía confirmarlo,
por lo que Galileo conocíase triplemente protegido contra un juicio por mera
intención: por la autorización del Papa, por las instrucciones explícitas de
los licenciadores y por la licencia en sí. El primer día de interrogatorio no
lo había creído, pues el Comisario no insistió sino sobre el requerimiento. De
ahí que Galileo interpretara que éste seguía siendo el punto peligroso y
creyera que facilitaba la tarea a un juez dispuesto a la benevolencia,
adoptando una posición con respecto al requerimiento y abundando de otro modo
en el sentido del piadoso conformismo. y. ahora que se habían recibido los
informes, resultó que no había hecho sino un nudo con que ahorcarse.
¿Implica esto otra vez duplicidad maquiavélica de parte de las autoridades?
Hemos tratado de demostrar en el capítulo anterior lo que parece haber sido la
situación. La busca del punto que condenar vino a arrastrar a un dilatado
chapucear entre concepciones diferentes; y al terminar la primera escena, vemos
esas concepciones abrazadas por dos facciones que distan mucho aún de ponerse
de acuerdo sobre una línea común. Los dominicos de la Inquisición, que ya no
eran los despiadados de la generación anterior, aún trataban de manejar el
asunto sobre una base restrictiva legalista, teniendo contra ellos la voluntad
del Papa y los proyectos de un grupo curialesco aliado con los jesuitas, que
apremiaban para una muerte judicial. Las insinuaciones dejadas caer por los
funcionarios, con ánimo de ayudar a Galileo, no hicieron sino confundirlo. La
facción jesuita sobrepasó en sus maniobras a sus oponentes y armó la trampa[174].
Esto era en verdad "acelerar la marcha" en el terreno legal, pues, en
aquellos tiempos era bien entendido que el individuo podía ir bastante lejos al
juzgar con la "doble verdad" y permanecer, empero, dentro de la
ortodoxia judicial, en tanto se cubriera con fas cláusulas explícitas de
sumisión… y la licencia oficial. A lo mejor podría habérsele pedido que
escribiese en forma "problemática"[175]. La mitad
de la literatura existente podía haber sido condenada con tales métodos.
Debemos insistir en este punto, porque el informe de Inchofer puede parecer al
lector moderno más objetivo de lo que es en realidad. Demostrar que Galileo
consideraba la opinión copernicana convincente para la razón humana, era
alcanzarlo con un golpe por debajo del cinturón, porque era exactamente lo que
se suponía que hizo, según las instrucciones del Gobernador del Palacio de
julio 19, de 1631: “El señor Galileo habrá de agregar a modo de peroración las
razones de omnipotencia divina que le fueron dictadas por Nuestra Santidad, que
deben apaciguar el ánimo, aun cuando no exista salida del argumento pitagórico
(ancorché da gl’argomenti Pittagorici non se ne potesse uscire)”. Fue por eso
por lo que la Comisión Preliminar, aunque convocada por el Papa en su cólera,
vióse obligada a resolver débilmente: “Los errores que hemos encontrado pueden
ser corregidos, si se estima el libro digno de ser publicado”. La poca,
miserablemente reducida en verdad, corrección a realizarse técnicamente, quedó
demostrada por lo acontecido más de un siglo después, en 1744.
Ese año, un Papa dotado de gran sentido, Benedicto XIV (aún conocido
afectuosamente en Italia por “Papa Lambertini”), concedió permiso para imprimir
una edición revisada del Diálogo, aunque Galileo y el copernicismo mismo eran y
seguían siendo condenados. Ahora bien, en esta edición "revisada" no
había sido alterada una sola palabra y sí sólo algunos títulos marginales
tachados o modificados con la inserción de un sí que los convierte en
"probables" manifestaciones. Tal era, y siempre habría sido, el
significado formal de la orden de “no sustentar” una opinión: Existía numerosa
jurisprudencia en tal sentido. Galileo tenía algún derecho (si la historia es
verídica) a desafiar a los cardenales el día de su sentencia para que le
probasen lo que hubiera de erróneo en su libro. Pero el informe de los
Consultores habíalo llevado a estrellarse contra las rocas que tratara de evitar
llevando la discusión alrededor de los verdaderos problemas. Mientras yacía día
tras día en el edificio de la Inquisición, atormentado por agudos dolores
ciáticos y molestias intestinales, a pesar de contar con los hermosas
habitaciones y el propio mayordomo de Niccolini para que lo atendiese, bien
podía haber estado confinado como cualquier otro en los oscuros calabozos del
castillo.
III
Transcurrían
las semanas sin que nada aconteciese. Deliberaban los jueces. La Inquisición
era siempre lenta. Pero en este caso podemos imaginar la causa de su lentitud.
Los inquisidores tenían ya ante ellos un caso bien definido y no sabían qué
hacer con él. En la fase exploratoria viéronse preocupados por un requerimiento
personal más bien poco consistente que constituía la piedra de toque del caso,
tal como les fuera entregado. Ahora se percataban de que había pasado aquélla,
ya que las negativas del acusado, a la luz de los informes de los Consultores,
representaban una inculpación tan clara como se necesitase para poner la
maquinaria en movimiento… si era lo que realmente se deseaba. La Inquisición
habíase convertido en terrible aparato capaz de dar espantoso ejemplo siempre
que fuere necesario, de modo que nadie se sintiera seguro. Una vez iniciado el
procedimiento, el individuo se hallaba virtualmente a su merced. Esta vez les
fue solicitado por el Papa que lo sirviesen con una representación política y
un "ejemplo limitado". Sería como aplicar un lavado de cabeza con un
convertidor Bessemer. Algunos de los jueces por lo menos erraban en este punto,
y quizá al final hasta el mismo Papa.
Lo sabemos a través de lo sucedido más tarde, que honra a todos los
interesados. El cardenal Francesco Barberini, que era uno de los diez jueces
designados, había ejercido una discreta presión sobre el Comisario para que
encontrase una salida. Un día el Comisario penetró en el aposento de Galileo y
se sentó a su lado. Era Ivanov visitando a Rubashov. La historia se relata en
una carta escrita al cardenal, descubierta por Pieralisi en 1833[176]:
En
cumplimiento de las órdenes de Su Santidad, ayer informé a los Eminentísimos
Señores de la Sagrada Congregación sobre el caso de Galileo, de cuya posición
comuniqué brevemente. Sus Eminencias manifestaron su aprobación a lo realizado
hasta ahora y tomaron en consideración, por otra parte, varias dificultades con
respecto a la manera de proseguir el caso y llevarlo a su terminación. De modo
más especial, ya que Galileo ha negado en su interrogatorio lo que resulta bien
evidente del libro escrito por él, y puesto que en vista de su negativa
resultaría la necesidad de mayor rigor en los procedimientos y menos
consideración hacia otros puntos del asunto. Por último sugerí un camino, o sea
que la Sagrada Congregación me autorizase a tratar extrajudicialmente con
Galileo, con el fin de hacerle ver su error y llevarlo, si lo reconoce, a la
confesión del mismo. Esto proposición pareció a primera vista demasiado
atrevida, no abrigándose demasiada esperanza de alcanzar su objetivo con la
mera adopción del método de discutir con él; mas, al exponer los fundamentos en
que basaba mi sugestión, me fue otorgado el permiso. Con miras a no perder
tiempo, entré en discusión con Galileo ayer por la tarde y, luego de muchos
argumentos y conversaciones cruzados entre nosotros, por la gracia de Dios,
conseguí mi propósito, pues lo conduje a que viera de lleno su error, de tal
manera que reconoció claramente el mismo, así como que había ido demasiado
lejos en su libro. Todo lo cual expresó con palabras muy sentidas, como quien
experimenta gran consuelo en el reconocimiento de su equivocación; también se
mostró dispuesto a confesarlo judicialmente. Sin embargo, solicitó algún tiempo
para considerar la manera más apropiada de realizar tal confesión que, en lo
que concierne a su sustancia, espero que será del modo indicado.
He pensado mi deber llevarlo en el acto a conocimiento de Vuestra Eminencia; no
habiéndolo comunicado a nadie más; porque confío en que Vuestra Eminencia y Su
Santidad se verán satisfechos de que, por este camino, el asunto está siendo
llevado a un punto tal que resultará de fácil solución. El tribunal conservará
su reputación; será posible tratar con lenidad al culpable; y, cualquiera lo
decisión que se tome, reconocerá el favor mostrado hacia él, con todas las consecuencias
de satisfacción en él deseadas. Hoy pienso examinarlo para arrancarle dicha
confesión; y una vez recibida, como espero, no me restará sino seguir
interrogándolo respecto de sus intenciones y recibir su alegato de defensa;
hecho lo cual, podría asignársele (su) casa a modo de prisión, como me
insinuara Vuestra Eminencia, a quien ofrezco mi reverencia más humilde.
De Vuestra Eminencia el más útil y obediente servidor
Fra Vinco. Da Firenzuola
Roma, Abril 28 de 1633.
Uno
se pregunta cómo habrá sido la conversación inicial entre los dos hombres, así
como lamenta que no haya existido aún el grabador de cinta; porque, en esto al
menos, Galileo tenía algo sobre el Comisario. Había recibido en octubre una
carta de Castelli informándolo de su reunión con Firenzuola, a quien conocía
hacía mucho, dijo, como ingeniero militar competente y "decente
persona". Castelli había visitado a Firenzuola cuando se producían las
primeras dificultades y, como entre frailes, le habló de manera tan viva y
"herética" como sabía. “Le dije que no sentía escrúpulo al afirmar
que la Tierra se mueve y el Sol permanece estacionario y que no se me alcanzaba
la razón para prohibir el Diálogo. El padre me dijo que era de igual opinión y
que esas cosas no debieran ser resueltas utilizando la autoridad de las
Sagradas Escrituras. Incluso me aseguró que pensaba escribir sobre el tema y
que me lo mostraría”.
Así pues, Galileo sabía que el dragón a regañadientes que había sido conminado
para que lo devorase, sostenía realmente su misma opinión; y debe haber habido
mucho y curioso finteo entre ambos tocante el elevado sujeto de la
interpretación teológica. Luego de "muchos argumentos y respuestas
cruzados", el Comisario debió experimentar que no iba a ninguna parte y te
habrá espetado los hechos a bocajarro, de manera algo parecida a ésta:
“Mi
estimado señor Galileo parece no percatarse de su situación, puesto que insiste
en hablar de su texto, aunque no le he preguntado por el mismo. Seguía deseando
hacernos creer tanto en la rectitud de vuestro pensamiento como en la pureza de
vuestras intenciones, concediendo a lo sumo que habéis interpretado mal
nuestras instrucciones. Creéis poder defenderos con el certificado de
Bellarmino. Pero el Santo Oficio no puede ser desafiado de ese modo. Como
advertiréis, se desea en las altas esferas que demos un ejemplo y lo daremos.
La cuestión es: ¿hasta dónde deseáis empujarnos?
”Podéis volver a citar las licencias. Podréis alegar que el requerimiento en
nuestro poder era… diremos… bien, carece de vuestra firma. Manifestaréis que
fuisteis alentado por altos círculos para discutir la doctrina y que nadie
puede enseñarla sin discutir su contenido. Pero ¿no advertís que en este caso
debemos penetrar vuestros motivos? No me digáis que no está en duda vuestra
intención. Y mucho me temo que pudiere resultar, lo que Dios no permita, que
sois también copernicano. Por favor… ahora no estáis hablando con Firenzuola
sino con el Comisario.
”Habéis sostenido, como he dicho, la opinión durante todo el tiempo, y la
sostenéis aún ahora mismo con pertinaz disimulo ante vuestros investigadores.
También podría deciros que es así como parece, ahora que se ha recibido el
informe de los entendidos sobre vuestro libro. Eso sería suficiente de por sí.
Porque el cardenal Beliarmino no os dejó dudas en cuanto a las intenciones de
la Iglesia; prometisteis obedecer y luego preferisteis hacer caso omiso. Habéis
intentado chasqueamos y afirmar vuestra voluntad, contradictoria con la de la
Iglesia en asuntos teológicos. Permítaseme agregar que habéis utilizado,
además, la libertad que se nos permitió para deslizar un par de proposiciones
que niegan directamente la trascendencia de la Mente divina. ¿Sabéis cómo se
califica eso, verdad? Un verdadero procedimiento de vehementi, una vez
comenzado no puede ser tan fácilmente detenido. Tendremos que dedicarnos a la
rutina del interrogatorio riguroso, por medios lamentables si fuere necesario,
y extraeremos la confesión. Tras de lo cual no queda sino nuestra merced, que
supone encarcelamiento perpetuo en las prisiones del Santo Oficio. Nadie lo desea.
”Si al menos comprendierais, veríais que un alegato de desobediencia sería
vuestra mejor perspectiva. Admitidlo. Alegad olvido, complacencia, orgullo,
vanidad, engreimiento —elegid vos mismo el catálogo de pecados veniales— y no
tendremos necesidad de inquirir más. Saldréis del aprieto con una ligera
azotaina y todo el mundo, os ruego me creáis, quedará muy contento”.
Cualesquiera
las palabras, eso era la esencia de lo dicho, como bien a las claras se
indicaba en la carta, y estuvo bien dicho. Fue como el rayo que rasgara el velo
de las anticuadas convicciones renacentistas de Galileo. Acaba de ser
presentado al nuevo estado.
Cuando fue llamado dos días más tarde, el 30 de abril, se le preguntó si tenía
algo que manifestar. Habló como sigue:
En
el transcurso de algunos días de Atenta y continuada reflexión sobre las
preguntas que me fueron formuladas el 12 del mes en curso, y en particular
sobre si, hace dieciséis años, me fue impartida una orden del Santo Oficio por
la que me quedaba prohibido sostener, defender o enseñar "en modo
alguno" la opinión que acababa de ser condenada, —el movimiento de la
Tierra y lo inmovilidad del Sol— se me ocurrió repasar mi Diálogo impreso, que
no veía desde hacía tres años, con objeto de observar cuidadosamente si,
contrariamente a mis más íntimas convicciones, había salido de mi pluma, por
inadvertencia, algo de lo cual el lector o las autoridades pudieran inferir no
sólo alguna tacha de desobediencia de mi parte, sino también otros particulares
capaces de inducir a la creencia de que había contravenido los órdenes de la
Santa Iglesia.
Puesto que estaba en libertad de enviar a mi criado de una parte a otra, por la
amable condescendencia de las autoridades, conseguí obtener un ejemplar de mi
obro, tras lo cual me dediqué con la mayor diligencia a su examen y a IR más
minuciosa consideración. Y, como debido a no haberlo visto durante tanto tiempo
se me presentaba, por así decirlo, como un nuevo escrito por otro autor,
confieso francamente que en diversos pasajes parecióme de tal forma que el
lector ignorante de mi verdadero propósito podía tener razón al suponer que los
argumentos presentados por su lado falso, y que era mi intención refutar, eran
expuestos de modo más bien calculado para obligar a la convicción por su fuerza
lógica que a ser de fácil solución.
Hay dos argumentos en particular —tomado uno de las manchas solares y otro del
flujo y reflujo de las mareas— que en verdad llegan al oído del lector con
mucho mayor despliegue de fuerza y de poder del que le debe ser impartido por
quien los consideraba inconclusos e intentaba refutarlos, como yo en verdad
cierta y sinceramente los considero inconclusos y sujetos a refutación. Y, a
modo de excusa conmigo mismo por haber caído en semejante error tan extraño a mi
intención, no conformándome del todo con decir que cuando un individuo recita
los argumentos de la corte contraria con objeto de refutarlos debería, en
especial al escribirlos en forma de diálogo, expresarlos en su forma más
estricta y sin disfrazarlos en desventaja para su oponente —no conformándome,
digo, con esta excusa, recurrí a la de la natural complacencia que todo
individuo experimenta con respecto a sus propias sutilezas y en mostrarse más
hábil que la generalidad de los seres al idear, aun en favor de falsas
proposiciones, argumentos plausibles e ingeniosos. Con todo esto, aunque con
“avidior sim gloriae quam sat est” de Cicerón, si tuviese que expresar ahora
iguales razonamientos, sin duda debilitaríalos para que no pudiesen hacer una
aparente demostración de fuerza de la que real y esencialmente se hallan
desprovistos. Mi error ha sido, pues, y lo confieso, de ambiciosa vanagloria, a
más de pura ignorancia e inadvertencia.
Tal lo que se me ocurre decir con referencia a este particular y que se me
sugirió por sí mismo durante el reposo del, libro.
Después
de cuya declaración, el acusado recibió orden de retirarse; pero retornó al
cabo de unos instantes (pos paullulum) solicitando le fuese permitida una
manifestación complementaria:
Y en
confirmación de mi aserto de que no he sostenido ni sostengo como cierta la
opinión que ha sido condenada, del movimiento de la Tierra y de la inmovilidad
del Sol… si se me concediere, como es mi deseo, los medios y el tiempo para
efectuar una demostración más clara de la misma, estoy dispuesto a hacerla; y
existe la más favorable oportunidad para ello, viendo que en la obra publicada
los interlocutores convienen en volver a reunirse, transcurrido cierto tiempo,
para discutir los diversos problemas de la Naturaleza no relacionados con el
tema objeto de discusión en sus reuniones. Y como esto me proporciona la
oportunidad de agregar otros “dos días”, formulo promesa de reanudar los
argumentos ye expresados en favor de dicha opinión, que es falsa y ha sido
condenada, y refutarlos del modo más efectivo que me sea dado por la gracia de
Dios. Suplico, en consecuencia, al Sagrado Tribunal que me ayude en esta buena
resolución y me permita llevarla e cabo.
Al
conseguir la cooperación de Galileo, el Comisario había obtenido la admisión
necesitada, y ganado con ello otra vez la iniciativa sobre sus oponentes.
IV
Los
historiadores han derramado lágrimas en gran cantidad ante esta degradación
final del ilustre hombre. Al parecer nada habríales satisfecho sino su quema en
la estaca en Campo di Fiori, como aconteciera a Bruno treinta años antes. En
verdad fue un sentimiento racional y habría obtenido para Galileo todo cuanto
éste ansiaba realmente… la circulación del Diálogo. Sin duda constituyó algo
amargo para él. Dejado a un lado en su primera manifestación, retrocedió para
decirlo. Supo que tenía que decirlo. Fue lo sugerido por Niccolini mucho antes
y lo que volvió a sugerir ahora[177]. En una
época en que se consideraba más el formalismo que en la nuestra, todo el mundo
sabía la debida diferencia entre la forma y la intención. El mismo Kepler, el
Kepler sin miedo y sin tacha, había pensado bien en 1619 al enviar a su librero
de Italia una carta, para mostrarla a las autoridades, de modo que no
prohibiesen la venta de su obra Harmonice mundi. Aunque ferviente protestante,
confesóse "hijo de la Iglesia" y agregó: “Puesto que me ha sido
posible comprender la doctrina católica, no sólo me someto a ella sino la apoyo
con mi razón, y he tratado de demostrarlo en diversos pasajes de esta obra”. El
censor debe haber levantado las cejas asombrado ante "hijo de la
Iglesia" tan peculiar, mas lo que a Kepler le faltaba era la debida práctica
del lenguaje. De todos modos fue a parar al Index sin dilación.
Los historiadores moralistas no parecen percatarse de que su perspectiva es la
de los que creen en otra religión. Querrían que Galileo se condujera como
Jerónimo de Praga o como el profeta del extraño Dios no cristiano de Bruno.
Olvidan que era miembro de la comunidad católica apostólica romana y tenía que
someterse de algún modo. Completamente aparte de la inconveniencia personal de
ser quemado en la estaca, habría sido de su parte orgullo diabólico empujar al
Vicario de Cristo a la comisión de un crimen.
Había jugado y perdido. No era un religioso visionario al que se le solicitara
renunciar a su visión, sino un individuo inteligente que corrió graves riesgos
al forzar un asunto y cambiar una política en beneficio de la fe. Había sido
desairado; no le restaba sino pagar su precio y retirarse a su casa. La verdad
científica cuidaría de sí misma.
Finalmente había visto que las autoridades no estaban interesadas en la verdad
sino tan sólo en la autoridad. No esperaban que él cambiase de idea, sino que
querían, del modo más ilegal, matarla; y en adelante consideraría tan sólo su
interés personal. En este nuevo espíritu clarificador de mutua falta de
respeto, propuso algo in extremis. Pero era demasiado tarde. La facción
reinante había resuelto no ser sobrepasada otra vez.
Su sugestión fue abandonada. Pero, en todo caso, habíase negociado el pasaje
peligroso: en adelante, el Comisario estaba facultado para efectuar
interrogatorios sólo pro forma. Consecuente con su promesa, Firenzuola dejó al
preso bajo custodia del embajador, que se mostró sorprendido y lleno de gozo al
verlo de regreso en la Villa Médici. "Es algo terrible", escribió al
Gran Duque, "tener algo que ver con la Inquisición. El pobre hombre ha retornado
más muerto que vivo".
El siguiente interrogatorio de mayo 10 había sido evidentemente arreglado de
antemano en un vis a vis, pues Firenzuola, al iniciarlo, informó al acusado, de
acuerdo con las disposiciones pertinentes, que se le concedían ocho días para
presentar su defensa, si deseaba presentarla; y Galileo la entregó en el acto.
Era la siguiente:
Al
serme preguntado si había manifestado al Reverendo Padre Gobernador del Santo
Palacio el requerimiento del que se me indicara, en forma privada, hace unos
dieciséis años, por orden del Santo Oficio para que no sostuviese, defendiese
ni "en modo alguno" enseñase la doctrina del movimiento de la Tierra
y la inmovilidad del Sol, contesté que no lo había hecho. Y al no ser
interrogado en cuanto a las razones por las cuales no lo hice, no tuve
oportunidad de agregar nada más. Ahora me parece necesario expresar la razón
con el fin de demostrar la pureza de mis intenciones, siempre extrañas a la
práctica del disimulo o el engaño en ningún acto al cual me entrego.
Digo, pues, que como por aquel entonces circularon rumores afuera y por cuenta
de personas mas dispuestas, en el sentido de que había sido llamado por el
señor Cardenal Bellarmino para que abjurase algunas de mis opiniones y
enseñanzas, así como para someterme a penitencia por las mismas, me vi, pues,
forzado a recurrir a Su Eminencia y solicitarle un testimonio explicativo de
las causas por las cuales fui llamado a su presencia, cuyo testimonio obtuve de
su puño y letra y es el mismo que ahora acompaño al presente documento. En él
se deduce con toda claridad que simplemente se me anunció que la doctrina
atribuida a Copérnico, sobre el movimiento de la Tierra y la inmovilidad del
Sol, no debe ser sostenida ni defendida; pero que, fuera de este anuncio
general que afecta a todo el mundo, se me haya ordenando algo a mí en
particular, no aparece indicio de ello en el mismo.
En posesión, pues, a modo de recordatorio, de dicho testimonio, escrito de puño
y letra de la persona misma que me informó de la orden, no hice más aplicación
de la memoria ni del pensamiento con respecto a las palabras utilizadas al
anunciarme verbalmente dicha orden de no sostener ni defender la doctrina en
cuestión; de manera que los dos artículos de la orden —en adición al
requerimiento de "no enseñar" ni "defender"— es decir,
"no enseñarla" y "en modo alguno", —que, según he oído,
figuran en la orden que se me impartiera, y que fue registrada— se me
presentaron como cosa nueva y que jamás oyera; y no creo que no se me debe
creer cuando urjo que en el transcurso tic entorco o quince años ha perdido
toda memoria de ello, en especial cuando no tuve necesidad de pensar
particularmente en ellos, por tener en mi posesión tan auténtico recordatorio
por escrito. Ahora bien, si se prescinde de esos dos artículos, y no quedan
sino los dos que figuran en el testimonio que acompaño, no hay duda de que el
requerimiento contenido en el último es la misma orden contenida en el decreto
de la Sagrada Congregación del Index. De ahí que me parezca excusa razonable no
haber notificado al Gobernador del Santo Palacio acerca de la orden que se me
impartiera de manera privada por ser la misma que la de la Congregación del
Index.
Así, pues, si ocurriese que mi libro no estuviere sujeto a censura más severa
que la hecha obligatoria por el decreto del Index, será suficientemente claro,
a mi modo de ver, que haya adoptado el método más seguro y conveniente de que
sea garantizado y expurgado de toda sombra, tanto más cuanto lo entregué al
Supremo Inquisidor en la misma época en que muchas obras que trataban el mismo
tema eran prohibidas ten sólo en virtud del citado decreto. Luego de lo que
termino de expresar, espero confiado que de aquí en adelante será desechado por
completo de la imaginación de los más eminentes y cultos jueces la idea de que
he violado a sabiendas y deliberadamente le orden que me fuera impartida; de
ahí que las faltas que se ven diseminadas a través de mi libro no hayan sido
arteramente introducidas de manera oculta y sin otra intención que la más
sincera, sino que han salido de mi pluma, debido a la ambición plena de
vanagloria y a la complacencia al desear aparecer más sutil que la generalidad
de los autores, como en verdad he confesado en otra declaración; cuya falta
estoy dispuesto a enmendar con toda la celeridad posible, siempre que así se me
ordene o permita por sus Señorías Ilustrísimas.
Por último, no me resta sino suplicar sea tenido en cuenta mi lastimoso estado
de salud, al que me veo reducido, a la edad de setenta años, por diez meses de
continua ansiedad mental y la fatiga de largo y penoso viaje en la estación de
mayor inclemencia… junto con la pérdida de la mayor parte de los años que tenía
en perspectiva, a juzgar por mi estado de salud anterior. Me siento alentado y
persuadido a hacerlo por la fe que tengo en la clemencia y bondad de los
Eminentísimos Señores, mis jueces, con la esperanza de que, en respuesta a mis
súplicas, se dignen aminorar lo que pueda aparecer a vuestro entera justicia la
recta adición a lo que aún falta a tales sufrimientos para que conformen el
justo castigo a mis crímenes, en consideración a mi creciente edad, que también
les encomiendo humildemente. Y del mismo modo confío a vuestra consideración mi
honra y mi reputación, contra las calumnias de los mal intencionados, cuya
persistencia en detractar mi nombre puede inferirse de la necesidad que me
forzó a obtener del señor Cardenal Bellarmino el testimonio que aquí acompaño.
El
mundo recordará largo tiempo el conmovedor llamado de piedad. Lo que parece
haber dado al olvido es que concluye lo que equivale a una muy vigorosa
defensa, tan confiada y pronta en verdad, que otra vez nos lleva a imaginar
algunas insinuaciones previas del mismo Comisario. Galileo llega al extremo de
llamar a sus acusadores puñado de embusteros. Las expresiones "no
enseñarla" y “en modo alguno”, le suenan "totalmente nuevas", y
"no oídas antes". Y así lo fueron en verdad y para el Papa mismo a
todos los efectos. (El acusado no sabía aún del requerimiento especifico por el
padre Segizi, por separado de la orden de Bellarmino). Aventuróse a sugerir con
frialdad que fuesen con más tiento. Y no se podía equivocar la intimación.
Luego de conceder con gran cortesía la posibilidad de haber olvidado la orden
por entero, prosigue para descartar esa posibilidad en la frase que hemos
puesto en bastardilla en el original: “Che poi, stante che’l mio libro non
fusse sottoposto, etc.”, que equivale a "basta de tonterías"; y
continúa desde allí para reafirmar su perfecta regularidad. Claramente, esa
defensa no podía ser efectiva sino dentro del marco del arreglo extrajudicial
ofrecido por el Comisario. No se hallaba allí sino para completar el legajo y
debió haberse hecho claro que sería aceptable.
Capítulo 13
El problema del falso requerimiento
Inter
hos judices vivendum, moriendum, et quod durius est, tacendum.
BENEDETTO CASTELLI
I
¿Cuál
puede ser la conclusión referente a ese famoso requerimiento de 1616? Es, y
continuará siendo hasta el final del caso, su piedra angular, Vino a nuestro
conocimiento cómo todo lo relacionado con él iba siendo rodeado de una cortina
de lenguaje vago, reticente o confusionista como para protegerlo de una
curiosidad indiscreta.
Procede, pues, alguna curiosidad. Repasaremos la evidencia, arrancando de los
dos documentos críticos que dimos en el capítulo VI. Uno de ellos es el
requerimiento; el otro, el certificado de Bellarmino:
Viernes,
día veintiséis (de febrero). En el palacio, residencie habitual del Señor
Cardenal Bellarmino, habiendo sido citado y hallándose en presencia ante dicho
Señor Cardenal, junto con el Reverendísimo Miguel Angel Segizi de Loli, de la
Orden de los Predicadores, Comisario General del Santo Oficio, fue prevenido
del error de la antedicha opinión y amonestado para que la abandonase; e
inmediatamente después, ante mí y los testigos, continuando presente el señor
Cardenal, el citado Galileo recibió del mencionado Comisario orden rigurosa, en
nombre de Su Santidad el Papa y de toda la Congregación del Santo Oficio, pare
que abandonase por completo dicha opinión de que el Sol está inmóvil en el
centro del mundo y que la Tierra se mueve; y que no prosiga en modo alguno
enseñando ni sosteniendo ni defendiéndola, ya sea verbalmente o por escrito; de
lo contrario el Santo Oficio adoptaría otros procedimientos; cuyo requerimiento
el dicho Galileo acató y prometió obedecer. Dado en Roma, en el lugar arriba
mencionado, en presencia de R. Badino Nores, de Nicosia, en el reino de Chipre,
y Agostino Mongardo, de un lugar de la abadía de Rose, en la diócesis de
Montepulciano, miembros del hogar de dicho cardenal, que lo atestiguan.
Nos, Roberto, Cardenal Bellarmino, habiendo oído que se informa calumniosamente
que el señor Galileo Galilei ha abjurado en nuestra presencia y ha sido
castigado igualmente con saludable penitencie, declaro que dicho señor Galileo
no he abjurado a menos nuestras ni de nadie más aquí en Roma, ni en parte
alguna que sea de nuestro conocimiento, ninguna opinión o doctrine por él
sostenida; que tampoco se le ha aplicado ninguna penitencie saludable; que la
única declaración hecha por el Santo Podre y publicada por le Sagrada
Congregación del Index le ha sido notificada, y en la misma se establece que la
doctrina atribuida a Copérnico —que le Tierra se mueve alrededor del Sol y que
el Sol permanece inmóvil en el centro del mundo, sin ir de este a oeste— es
contraria e las Santas Escritures y por ello no puede ser defendida ni
sostenida. En testimonio de lo cual hemos escrito y firmado el presente, de
nuestro puño y letra, este veintiséis de marzo del año 1616.
Hemos
demostrado que el primer documento parece gravemente irregular, tanto en su
forma como en su colocación en el legajo; que las instrucciones de la
Congregación a Bellarmino, así como el informe subsiguiente de éste sobre lo
que hizo ese día, están de acuerdo con el certificado y no con el
requerimiento; y que no existía en verdad fundamento para un requerimiento, tal
como estaban las cosas.
Hemos visto más adelante, que en su parte escrita más cuidadosamente
considerada, el Prefacio al Diálogo, Galileo hizo mención deliberada de la
audiencia como señalada distinción. En verdad no hace sino un llamado a las
autoridades para que emitan testimonio frente a los rumores diseminados acerca
de una retractación secreta. Lo cual hubiese sido necia provocación de su
parte, de no haber estado totalmente seguro de que las cosas eran en realidad
así.
La suposición natural es que el legajo fue hecho de manera apresurada en 1632,
cuando las autoridades trataban de poseer un caso contra Galileo. Puesto que es
cierto, sin embargo, que no se ha incluido la nueva hoja de papel, Wohlwill
sugirió que el legajo regular fue fraudulentamente alterado, suprimiendo
algunas líneas y pegándole un nuevo final[178]. En apoyo
de su aserto, presentó gran cantidad de evidencia derivada del examen de un
manuscrito con una lupa. El papel se hallaba en mal estado y corroído por la
tinta, por lo que la evidencia veíase muy sujeta a controversia. Gebler y más
tarde Favaro, luego de un examen directo, se inclinaron por la autenticidad del
documento. Es cierto que la conclusión de Gebler (Favaro se abstuvo de llegar a
ninguna) es apenas más lisonjera; el texto fue urdido con cuidadosa
premeditación y malicia, el mismo día en que fue fechado, febrero 26 de 1616, y
colocado en el legajo con el fin de atrapar al confiado científico, en el
momento mismo en que procedía a discutir el sistema copernicano "de
cualquier modo".[179]
Así permaneció el asunto durante varias décadas, al parecer en suspenso y en
espera de nueva evidencia. La cual vino eventualmente, no por ningún documento
sino de nuevos medios físicos de análisis. En 1927, Laenmel, con la cooperación
de las autoridades vaticanas, sometió la página dudosa, primero a los blandos
rayos X y luego a la prueba mucho más rigurosa de la lámpara ultravioleta de
Hanau[180]. El
resultado no dejó dudas, al menos en cuanto a un punto: no había existido
manipuleo de las páginas. Las trabajosas inferencias de Wohlwill cayeron por
tierra. Jamás habían parecido muy plausibles, salvo en apariencia, ya que
Wohlwill no se detuvo a considerar que el documento (hemos visto anteriormente
que lo era en forma de minuta carente de firma) apenas habría sido merecedor de
lo que equivalía a alboroto. Más fácil habría resultado para cualquiera deseoso
de la desaparición de la temprana versión cortar las dos páginas que la
contuviesen, como ha tenido lugar en otras partes del legajo sin intención de
ocultamiento (folios 342-3). Y para ello habría contado con una carilla en
blanco todavía, la 377, en la que efectuar una nueva transcripción.
Resuelto este punto en particular, Laemmel pensó que podía arribar a la
conclusión de que todo el texto había sido agregado en 1632 cuando era tan
necesario. Pero sus razones están curiosamente desprovistas de información, y
apenas son de ningún valor lógico. ¿Qué podía significar, por ejemplo, que la
escritura parece diferente en la segunda página? El texto que se supone
alterado comienza en la primera.
Contra tales argumentos debemos colocarnos del lado de los hallazgos de Gebler,
recientemente confirmados por Jauch: el texto es de la misma letra que los
demás documentos que lo rodean y ciertamente auténticos; en consecuencia,
fueron escritos al mismo tiempo o con muy escasa diferencia. A ello podemos
agregar un argumento decisivo: la compaginación de la época prueba que el
original, si alguna vez lo hubo, jamás fue a dar al legajo; por lo tanto, la
decisión de reemplazarlo con una falsificación debe haber sido tomada entonces
y en el mismo lugar.
Empero, queda algo que resulta difícil de explicar. La operación es
curiosamente chapucera. La falta de un original solamente podría ser calificada
de mala fortuna, porque una hoja doblada e inserta puede caerse, pero la hoja
no auténtica y mal colocada es una dolorosa evidencia permanente. Un juez común
hubiera tenido que descartar el requerimiento en base a esa sola evidencia; ni
aun los jueces de 1633 se animaron a confiar demasiado en ella.
¿Debemos ver en esto simple y llanamente falta de interés por lo regular? Lo
dudamos mucho. A lo más, podría parecer como si la cosa hubiera sido realizada
por alguien que no estuviera al tanto de los acontecimientos y obligado a salir
del paso con lo que hallara a mano. Aun así, podía esperarse alguna solución
más hábil de un Comisario General capaz de arreglar las cosas a su voluntad.
Por ejemplo, dejando la numeración y refiriéndose al requerimiento con aparente
descuido, pero de modo conveniente y explícito, en otro lugar. Una
investigación posterior no podría haber acusado sino al archivero de
negligencia por la pérdida del original.
De modo que podría restar un punto dudoso. Comprobemos nuestras decisiones tal
como están, pero asumiendo lo contrario, vale decir, que las cosas sucedieron
tal como aparecen escritas y que Galileo es culpable de violar las
instrucciones recibidas. Tendríamos que decir entonces que el protocolo se
extravió tan pronto fue confeccionado; que el funcionario encargado de la
foliación jamás se percató de la falta; que alguien la observó poco después; y
que se consideró suficiente insertar una transcripción que no puede haberse
hecho sino de memoria, porque, si el original hallárase disponible en parte
alguna, habría sido vuelto a su lugar. Lo cual no suena muy convincente.
Así nos vemos vueltos por fuerza a nuestra versión y la cuestión de por qué se
procedió de ese modo, y no de otro, resulta ser nada más que una manifestación
del mejor criterio del Comisario, basada en lo que pudo o no hacerse. El hecho
positivo emerge de que no se sostuvo completamente esencial la necesidad de
tener un protocolo —o más bien que, después de la audiencia de Bellarmino,
estimóse mejor no tener ninguno antes que una versión auténtica de esa
audiencia—. Y así podemos ser llevados a concluir lo que el Comisario
simplemente resolvió que no lo hubiere. La regularidad tiene su límite, pero
parece que también lo tiene la falsificación.
Ya sabemos que había existido una violenta tensión en 1616 entre las
autoridades superiores, que se habían decidido por la diplomacia, y los
dominicos, inclinados por entonces a la represión. Los círculos del Vaticano
insinuaron en diversas oportunidades a Guicciardini que los "monjes"
eran despiadados. Podemos reconstruirlo como sigue: el comisario, al contemplar
la escena (sabemos que se hallaba presente), disgustado con el modo fácil como
Galileo iba a salir, resolvió prescindir del protocolo, aunque sus
instrucciones eran claras y los testigos estaban ya designados, evidentemente
por el propio cardenal. De regreso en su despacho, ordenó a sus ayudantes que
preparasen una minuta más útil de los procedimientos. “Y”, puede haber
agregado, “que ésa sea severa, por si acaso. Lo que ignoren no les lastimará;
cuando se originan dificultades somos nosotros quienes tenemos que
afrontarlas”. O también es posible que su ayudante, el padre Tinti, haya
realizado la labor por su cuenta, pero parece muy poco verosímil. Esta teoría
tendría el mérito de explicar con naturalidad por qué fue omitido el protocolo
de la foliación, así como dar razón de otros hechos del caso[181].
Contemplar ahora esa hoja silenciosa, transcurridos tres siglos, nos produce
extraño sentimiento, cual si intentase decirnos algo. La primera parte, que
reproduce el secreto papal, es tratada con suavidad bien realizada. Tan pronto
llega al requerimiento papal, las líneas figuran más juntas y la escritura es
menos legible, como si el escribiente tratara inconscientemente de chapucear.
La falsificación como tal es, pues, sin lugar a dudas y a través de los cánones
modernos, excesivamente modesta. El padre Segizi jamás osaría falsificar un
protocolo. Había realizado un poquito, lo menos posible a su alcance, para
obtener pie para el procesamiento en caso de que fuere necesario. Fue tanto
como, por otra parte, se mostró dispuesto a hacer Lancelot Andrewes al alterar
el texto de las cartas del padre Henry Garnet para complicarlo en el
"complot de la pólvora"[182]. Nuestros
contemporáneos no pueden esperar que sus autoridades se muestren tan
consideradas. En la actualidad, sobre la mitad de la superficie de la tierra se
pide al sospechoso que fragüe por sí mismo los documentos de la acusación,
inventando todos los detalles espeluznantes que hagan su declaración amplia y
comprensiva. Y se supone que se repudie, se deshonre y sé condene a sí mismo
con todo el fervor de la ciudadanía progresiva, si ha de recorrer su último
trayecto a la sepultura en paz con su conciencia.
Volviendo a Galileo, vemos que el curso de los acontecimientos está de acuerdo
con nuestras anteriores conclusiones. Porque no sólo, como hemos demostrado,
sentíase completamente confiado de que los funcionarios estaban equivocados
cuando el asunto le fue revelado por último (y ése habría sido en verdad el
momento de rebajarse), sino que esos funcionarios demostraron con su manera de
manejar el procedimiento del requerimiento, cuando fue necesario en verdad (por
ejemplo, para citar a Galileo a Roma), el laborioso contenido de reglas en que
tal acta fue fraguada. He ahí al hombre que los engañara patentemente, que
ahora se evadía y los desafiaba con sutileza; y, no obstante, hacíase necesario
idear alguna cosa con el fin de contar algo que sirviese para el requerimiento,
sin que lo motivara una previa negativa.
II
Cómo
fue hecho constituye un corto y fascinante relato —así como un breve curso de
procedimientos— por sí mismo. Nos lo proporciona Francesco Barberini en dos
cartas al nuncio en Florencia, ambas de setiembre 25 de 1632, cuando Galileo
iba a ser citado para que se presentase en Roma, luego de la publicación del
Diálogo. La primera dice así:
Se
ordena al Inquisidor de Florencia que le diga que se sirva venir a Roma, y lo
exhorta a obedecer, explicándole que con su presencia podría reparar muchas
cosas y dar y recibir satisfacciones. Si promete hacerlo, no habrá necesidad de
ir más adelante; pero si por ventura rehusara venir o creara dificultades, que
el padre tenga preparado un notario que le comunique la orden (facci precetto)
de venir a Roma.
Al
leer el borrador, que se hallaba en manos de Benessi, secretario del papa,
Barberini hizo borrar esa sección para reemplazarla con la siguiente, mucho más
drástica:
Lo
notificará del precetto que se presente, etc., etc., y le hará prometer que
obedecerá dicho precetto en presencia de testigos, de modo que si rehúsa
obedecer pueda ser interrogado en cualquier caso.
Esta
versión alterada fue firmada y despachada, pero inmediatamente después
Barberini debió recibir el texto auténtico de las órdenes de la Inquisición,
enviado cuarenta y ocho horas antes, pues el mismo día escribió su segunda
carta:
Su
Santidad ha dispuesto que el Inquisidor signifique a Galileo en presencia de un
notario y de testigos (no calificados, empero, en su presencia, como tales),
que es voluntad de la Congregación que se halle presente en Roma durante todo
el mes de octubre; si se declara dispuesto a obedecer, debe hacérsela que se
notifique del contenido de esta orden y dé promesa de obediencia de su puño y
letra; cuyo reconocimiento, una vez que Galileo se haya retirado, deberá ser
autenticado y certificado por el notario y los testigos. Si Galileo rehúsa
notificarse o venir a Roma, el padre Inquisidor le comunicará el requerimiento
en debida forma.
Tenemos
así tres grados de la misma acción descrita; y fue adoptado el intermedio.
Ahora bien, debemos considerar que los procedimientos de 1632 fueron efectuados
ab irate y por autoridades enteradas, como se expresa en la misma carta, de que
Galileo no respetaba la suspensión y "pensaba enviar" su libro al
extranjero (existen instrucciones de detenerlo en la frontera). Además, debemos
suponer que ellas asumieron que había violado el requerimiento de 1616. Empero,
no pudieron decidirse aún a esa altura a dictarle un requerimiento regular y
completo con la cláusula sub poenis. El borrador temprano de Benessi
corresponde en su forma exactamente a las instrucciones de Bellarmino de 1616.
Está lleno de palabras suaves, prueba de la asunción en el secretariado papal
de que el asunto había de ser manejado con guante blanco y en el mismo nivel de
consideración social de 1616. Hay luego un cambio de opinión, pero las
autoridades jamás llegan al extremo que supone el tercer grado, o sea el severo
requerimiento regular. No pudieron, al parecer, porque Galileo, por mucho que
se sospechara de sus pensamientos, siempre había sido de conducta regular y
sumisa; y lo más que podrían hacer era tenderle una trampa, (pero, entonces,
¿había o no violado el requerimiento de 1616 a los ojos de ellas? Quedamos con
la misma duda curiosa). En consecuencia, dieron con un procedimiento
intermedio, mediante el cual pudiesen obtener una notificación firmada sin
necesidad de requerimiento. Tan sólo en caso de negarse se calculaba que el Inquisidor
intervendría para decir: “Muy bien, se trata ahora de esto y aquí están los
testigos”. En cuyo caso, por supuesto, una nueva negativa a notificarse y
obedecer habría equivalido a rebelión, pasible de arresto inmediato. Tenemos
así los tres grados mencionados en el decreto de febrero 25 de 1616,
confirmados y expuestos en detalle.
En verdad, tenemos más aún. Esos hombres, carentes del sentido del ridículo,
habían vuelto a representar laboriosamente toda la operación de 1616, incluso
el decreto, mas en esta oportunidad con todas las precauciones necesarias para
hacerla a prueba de engaño. A Galileo se le solicitó cortésmente manifestar su
conformidad por escrito. Y lo hizo. Luego, tan pronto como la comisión estuvo
fuera del alcance del oído, los ayudantes, previamente instalados en la
habitación inmediata, al parecer bajo pretexto de que no habían venido sino
para dar un paseo, entregáronse de lleno a la tarea con los papeles, que fueron
después frenéticamente firmados, contrafirmados, visados y refrendados por el
Secretario de la Inquisición. Galileo continuaba pensando que había entregado
una seguridad por escrito, pero los otros poseían ahora, sin negativa que la
motivara, lo que podía servir para el requerimiento, en caso necesario[183].
Claramente, el extra ordinem tiene sus límites… así como una forma curiosa en
la imaginación de aquéllas.
III
A la
luz de estos últimos Acontecimientos, parece mucho más incongruente que en
1616, cuando todo estaba claro aún, el Comisario diera un paso Adelante
blandiendo su amenaza incontinenti, tan pronto como Bellarmino hubo informado
con toda consideración a Galileo que su teoría había sido declarada errónea, y
aun sin darle tiempo para declarar su conformidad con semejante decisión.
Estos problemas se reflejan realmente en el crédito de la institución. Temerosa
de sus propios e ilimitados poderes absolutos, había trazado para sí un
conjunto de reglas tan severas que, si fuere necesario doblar una esquina, no
era posible hacerlo meramente estirando su interpretación. Como resultado de
ello, determinados funcionarios sustentadores del criterio de que si se debe
hacer algo hay que hacerlo, no retrocedieron ante la idea de alterar los
legajos sin el consentimiento de sus superiores. Que no les repugnaba semejante
proceder es bien sabido; existe toda una serie de precedentes. Lo que sigue ha
sido tomado de una protesta formal a los Legados Cardenales de los cónsules de
la ciudad de Cordes, en el Languedoc, en 1306:
Item,
viendo que los procedimientos y los libros de dichos Inquisidores suscitan en
nosotros merecidas sospechas, ye sea por el cambio o quemazón o anulación de
escritos en dichos libros; y también fue causa de confesiones arrancadas por
los Inquisidores en forma anticanónica y e fuerza de torturas, y estampadas
(según se dice) de manera distinta e la verdad; y viendo, además, que de ello
se habla en cuento al distrito de Albi y la región circundante; en
consecuencia, nosotros, los cónsules de la ciudad de Cordes, os rogamos y
suplicamos os informéis del asunto. Además, puesto que se dice públicamente que
determinados testigos, a través de quienes podéis obtener más detallada
información relativa a las alteraciones, quemazón y anulación de escritos y la
injusticia de dichos legajos y procesos, por orden de esos Inquisidores, hanse
visto obligados a prestar ciertos juramentos perjudiciales, por ejemplo, no
revelar lo que saben acerca de estos asuntos so pena de ser condenados como
renegados herejes y quemados … en consecuencia los referidos cónsules rogamos y
suplicamos, etc., etc.
Cuán
extendida se hallaba esta situación lo prueban los vanos esfuerzos del papa
Clemente en su intento de llamar al orden a los inquisidores. Las cosas habían
mejorado considerablemente desde entonces, y los órganos centrales impusieron
regularidad. Mas parecería que alguien aplicara la ley por su propia mano en
algunas oportunidades.
Sostener que Bellarmino mismo era parte del engaño se halla por completo fuera
de cuestión[184]. La
operación parece iniciarse y tocar a su término en el despacho del Comisario
General de la época, el padre Miguel Angel Segizi, entre esos dominicos
implacables a que alude Guicciardini, "inflamados de santo celo" como
sus propios Lorini y Caccini y no más escrupuloso, como ellos convencido de que
los matemáticos son instrumento del demonio, quien pensó excelente precaución
contra el Enemigo ocultarse bajo esta pretendida denominación. No ha de ser
engañado sino quien quiera dejarse engañar, pensaban; y, entretanto, he ahí una
trampa para agarrar al Malo en caso de necesidad. Mas quiso el destino que
fueran el papa Urbano y la Congregación quienes cayeran en ella[185]. Fouché,
bien versado en los modos del diablo, solía enseñar: surtout pas de zèle.
Si el documento fue en verdad predispuesto en 1616[186], podría
arrojar alguna luz sobre los rumores insistentes acerca de medidas secretas que
por doquiera circulaban. Se halló el eco de los diplomáticos que sospechaban:
"Los frailes lo pueden todo"; "Cualquier día oiremos que ha
caído en un enorme precipicio (qualchie stravagente precipizio)". De la
clase de hombres que fueron capaces de organizar las denuncias que hemos visto
y de informar sobre los procedimientos que pronto veremos, puede creerse
exactamente cualquier cosa. Y parece que lo han implicado más allá de los
limites de toda discreción. Algún buen hermano debe haber ido por ahí con
reprimida exaltación diciendo oscuramente: “Esperen y verán”.
Podría preguntarse por último: ¿por qué no se pronunció jamás Galileo en
persona sobre el asunto? Era quien sabía. Bien, poseemos una manifestación
bastante explícita de su parte, todo lo explícita que pudiera ser sin desprecio
del tribunal. Se ve en el memorándum de Buonamici (página 286). Dijo a los
jueces que no recitada la fórmula de abjuración, aun a riesgo de terribles
penalidades, si contenía algo que implicara que alguna vez había engañado a sus
censores y específicamente en el caso de extorsionar una licencia. Y la verdad
es que no lo hace, aun cuando la sentencia se basó en esta acusación
específica, por lo que encuadraba una admisión a modo de penitencia. Pero no
admite que se abstuviera "artera y astutamente" de hablar acerca del
requerimiento, por lo que Galileo dice en las mismas narices a las autoridades
que ése no ha existido jamás. Y esto debe responder a la pregunta[187].
Hasta hace un siglo aún la cuestión apenas estaba abierta a la duda. M. de
l’Epinois, al escribir en 1877 como acreditado apólogo por las autoridades,
estaba dispuesto a conceder que el documento “es una nota, porque el protocolo,
probablemente, jamás ha sido escrito”, y, arrancando de aquí, el caso para la
defensa resulta difícil de sostener. Lo mejor que este reputado estudioso pudo
hacer fue, en verdad, preguntar por qué no había hablado Galileo: “Luego del
juicio, ¿cómo pudo no rebelarse al pensar que habíase visto de frente a una
falsificación y mantenerse en silencio sobre este punto? ¿Cómo es posible que
en los nueve años que siguieron, ese hombre tan vehemente en sus expresiones no
diese rienda suelta a su indignación en sus cartas al Gran Duque y a sus amigos
del país y del exterior, contra el odioso insulto a la justicia y el crimen del
bajo falsificador de que había sido víctima?”.
Es aun concebible que el señor de l’Epinois no haya conocido las cartas arriba
citadas, que expresan los sentimientos de la víctima en términos nada
inciertos. Pero no podía haber pasado inadvertido para él (al haber publicado
él mismo el legajo) el famoso incidente de 1634 que hemos relatado en la página
194, cuando Galileo, habiendo solicitado alguna atenuación por razones de
enfermedad, fue notificado por el Papa de que si alguna vez volvía a oír hablar
de él sería conducido de regreso a Roma y encarcelado para bien. Es bajo tal
circunstancia como el autor inquiere por qué no acusa formalmente al Santo
Oficio por un fraude del que es el único testigo con vida. Ahora veamos
realmente. Aun publicado luego de su muerte, tal documento habría atraído
persecución implacable contra su familia, que dependía en gran parte (como la
mayoría de esa clase) de los beneficios o protección eclesiásticos. Cuando
Galileo escribió: “Si al menos algún poder trajese a la luz…”; cuando dijo y
repitió que había sido amordazado para siempre, lo hizo de verdad. Si el señor
de l’Epinois no tenía nada mejor que sugerir, hubiera sido más prudente de su
parte mantenerse en silencio.
Buonamici escribió lo que se interpretaba ser así en el círculo de la embajada.
Dedúcese de ello que estaba claramente establecido entre todos los interesados,
con la posible y única excepción del Papa, capaz de haber permanecido en la
solitaria falta de percepción de los déspotas, que el juicio a Galileo se
basaba en una falsificación judicial, aunque no podía manifestarse de manera
explícita sin provocar una crisis diplomática.
Nil
inultum remairebit.
“DIES IRAE”.
I
Sea
como fuere, había gozo sincero en la Villa Medici en aquellas semanas de mayo
de 1633, siendo claro para Galileo, luego de su puesta en libertad, que había
pasado lo peor. Las respuestas a sus cartas esas semanas son prueba de un
optimismo entre sus amigos y parientes, positivamente jubiloso. Se espera que
el caso vaya muriendo tranquilamente. El cardenal Capponi escribe desde
Florencia que el resultado favorable del caso era una conclusión prevista.
Guiducci, Aggiunti y Cini envíenle sus felicitaciones. El arzobispo Piccolomini
le pregunta cuándo puede enviarle una litera que transporte al querido amigo a
Siena.
Sor María Celeste escribe que ha sido tan asombrada de alegría ante la buena
nueva que sufrió un dolor de cabeza violento durante un día y una noche. Esta
fue una de las muy pocas manifestaciones de su ansiedad. Había ayudado a los
amigos de su padre a sacar todos los papeles de la casa por temor a un registro
de la Inquisición y preparádose para lo peor, “mientras lloraba y suplicaba a
Dios sin cesar". Pero su correspondencia a lo largo de toda la ordalía es
pura inteligencia del corazón.
“Mi amado señor y padre”, escribe: “Vuestras cartas han llegado como los
zoccolanti (monjes con zuecos), no sólo en pareja sino como ellos con mucho
ruido, produciéndome más que la común emoción de placer. En cuanto a vuestro
retorno, Dios sabe cuánto lo ansío, a pesar de que sería bueno para vuestra
salud residir algún tiempo junto al señor Arzobispo de Siena y gozar de los
muchos y exquisitos placeres que puede proporcionaros, antes de volver a
vuestra querida choza, que en verdad lamenta vuestra prolongada ausencia; y en
particular los barriles de vino, uno de los cuales, envidioso de vuestras
alabanzas a los vinos de esas tierras, echó a perder su contenido, y hubiese
ocurrido lo mismo con el otro, a no ser que nos percatamos del caso y vendimos
el vino a una taberna, por intermedio de Mattio, el tendero. A modo de castigo,
llevamos a los dos a la galería y los despojamos de los fondos, como es la
sentencia aplicada por los catadores de vino de estos lugares.
“Los naranjos de las macetas fueron dañados por una tormenta y los hemos
trasplantado en tierra hasta que nos indiquéis qué debemos hacer. Las habas
están maravillosas, según lo que me dice Piera (la criada), y habrá alrededor
de cinco bushels.
”Vuestra mulita se ha vuelto tan altanera que nadie puede cabalgarla y ha
corcoveado hasta al pobre Geppo, pero muy suavemente, como para no lastimarlo.
Rehúsa que los demás cabalguen sobre ella y nadie puede llevarla más allá del
pueblo, a falta de su verdadero amo.
”He comprado seis bushels de trigo para que, tan pronto refresque el tiempo,
Piera pueda hacer pan. Dice que su deseo de que regreséis es mayor aún que el
vuestro, y que si ambos pudiesen ser colocados en una balanza, el vuestro
apenas saltaría por el aire. De Geppo no necesito siquiera decirlo”.
Niccolini fue el único cuya felicidad no se vio libre de nubes. En la audiencia
del 21 de mayo había oído decir que el juicio sería terminado probablemente por
la Congregación del jueves en una semana. "Mucho temo", escribe en su
despacho, “que el libro sea prohibido, a menos que se evite si se ordena a
Galileo, como he propuesto, que redacte una apología. También le será impuesta
alguna penitencia saludable, ya que sostienen que ha sido transgredida la orden
que le impartiera Bellarmino en 1616. Todavía no lo he puesto en conocimiento
de todo esto pues es mi deseo hacerlo poco a poco para no causarle desaliento.
Será aconsejable también mantenerlo tranquilo en Florencia, para que no lo sepa
a través de sus amigos de aquí, mucho más cuando es posible que el asunto
termine mejor”.
Se le había dicho que el asunto iba a darse por concluido más o menos en diez
días. Pero transcurrieron semanas y continuaba reinando el silencio más
completo.
II
Lo
que acontecía era que, terminado (expedita causa) el caso, había sido sometido
para su decisión a las autoridades superiores, habiendo surgido entonces,
evidentemente, una crisis.
Había sido enviado a manera de informe que resumía los procedimientos hasta la
fecha y que ha sido conservado para que llegue a nuestras manos, si bien
carente de firma, por lo que nunca podremos conocer al autor[188]. Es, como
sigue llamándose a tales documentos en nuestros días, chiuzura d’istruzione.
Esta pieza indecente y fascinante de marrullería judicial ha sido raras veces
reproducida y, empero, constituye parte esencial de la historia. El juez que
más tarde redactó la sentencia, según veremos, volvió a los documentos
originales. Pero este informe es, al parecer, todo aquello por lo que hubieron
de guiarse el papa y la Congregación para resolver en cuanto al curso futuro
del juicio.
Damos aquí dos páginas, siendo nuestras las observaciones en bastardilla.
CONTRA
GALILEO GALILEI
En febrero de 1615, el padre Nicoló Lorini, dominicano de Florencia, envió aquí
una carta de Galileo que circulaba por la ciudad de Florencia, la que,
siguiendo las posiciones de Copérnico, contenía gran número de proposiciones
que eran sospechosas o temerarias. Dicho padre informaba que había sido escrita
para contradecir ciertos sermones pronunciados por el padre Caccini sobre Josué
X, siendo su teme “El Sol no se mueve”. (Lo cual es inexacto en cuanto a la
fecha, pero de poca consecuencia).
La carta va dirigida al padre B. Castelli, monje de Montecassino, por entonces
matemático en Pisa, y contiene les siguientes proposiciones:
Que en las Sagradas Escrituras existen muchas proposiciones falsas en cuanto al
estricto significado de las palabras. (Es la cuidadosa falsificación de Lorini
y no menos cuidadosamente reproducida).
Que en las disputas naturales debiera concedérsele el último lugar. (Esto está
habilidosamente trunco).
Que la Sagrada Escritura, con el fin de adaptarse a la incapacidad de las
gentes, no se ha privado de pervertir algunos de sus dogmas esenciales, al
atribuir al mismo Dios condiciones muy distantes y contrarias a Su esencia. (Es
la única cita directa y artificiosamente elevada con el fin de poner en
evidencia la palabra “pervertir”, que ya había sido fraguada por Lorini en el
texto — ver página 53).
Que en cierto modo, en asuntos naturales, el argumento filosófico debe
prevalecer sobre el sagrado.
Que la orden de Josué al Sol debe interpretarse como impartida, no al Sol sino
al primum mobile, si no se sostiene el punto de vista de Copérnico.
(Insinuación bastante competente, ya que se dejan de lado las razones y se hace
aparecer poco respetuoso lo manifestado).
No obstante todas las diligencias, resultó imposible procurarse el original de
esta carta. (No es así. El original había sido enviado por Galileo el 15 de
febrero de 1615, sin que jamás haya tomado el camino del archivo)[189].
El padre Caccini fue sometido a un examen y atestiguó, a más de lo expresado
anteriormente, que había oído otras opiniones erróneas proferidas por Galileo:
Que Dios constituye un accidente, pues llora, ríe, etc., y que los milagros que
se imputan a los santos no son verdaderos. (Esto es una falsificación. Ni
siquiera Caccini había dicho directamente que Galileo emitiera tales opiniones
— página 54).
Nombró a algunos testigos, de cuyo examen parece que tales disposiciones no
eran asertivas de parte de Galileo y sus discípulos sino puramente
disputativas. (Esto es otra falsificación más. Attavanti había manifestado de
modo bien explícito que Galileo jamás había tenido nada que ver con ciertas
tesis que él, Attavanti, mencionara por vía de disputa mientras estudiaba
teología — página 53).
Al haber encontrado en el libro sobre las manchas solares, publicado en Roma
por dicho Galileo las dos proposiciones, etc. —Ahí sigue el texto en latín de
los Calificadores—. (Constituye una manifestación falsa que posiblemente se
debe a descuido (ver página 128). Las proposiciones fueron tomadas de la
denuncia de Caccini. Ciertamente agravó el caso decir que fueron tomadas de un
libro impreso por el acusado).
Fueron calificadas como absurdo en filosofía; y la primera, como formalmente
herética porque contradice de modo expreso la Biblia y la opinión de los
santos; la segunda como algo menos errónea en fe, considerando la verdadera
teología.
En consecuencia, en febrero 26 de 1616, Su Santidad ordenó al cardenal
Bellarmino que citase a su presencia a Galileo (esto lleva implicado que
Galileo vino a Roma en 1615, lo que había negado explícitamente) y ordenarle
(facesse precetto) que abandone y no discuta en manera alguna dicha opinión de
la inmovilidad del Sol y la estabilidad (sic) de la Tierra. (Esto es falso. Las
instrucciones para Bellarmino no incluían la cláusula “no discutir en modo
alguno” — véase página 117.
Al día siguiente, 26, por dicho Señor Cardenal y en presencia del Podre
Comisario del Santo Oficio, notario y testigos, dicha orden le fue intimada
(gli fu fatto il detto precetto), que prometió obedecer. Su tenor es “que debía
abandonar por completo dicha opinión y no continuar sosteniéndola, enseñándola
ni defendiéndola en modo alguno; de lo contrario sería adoptado otro
procedimiento contra él por el Santo Oficio”. (Este es un relato
deliberadamente destinado a inducir a error del verdadero documento, puesto que
el requerimiento arriba citado se describe en las actas como comunicado por el
Comisario y no por el Cardenal).
No
hay necesidad de proseguir.
Lo que ha sido realizado aquí merece lo que en tiempos modernos se califica de
"prolija labor". Quienquiera leyere el documento no podría tener idea
de la contradicción entre las órdenes de la Congregación y su supuesta
ejecución en la residencia de Bellarmino, como se informa en los documentos; no
podía sospechar que la defensa contaba con un punto fuerte ahí; en verdad
impidiósele comprender en absoluto la defensa de Galileo; y el otro material
fue arreglado de tal modo, incluso la reproducción in extenso de la supuesta
admisión de abril 30, que lo llevó a decidir que el acusado habíase declarado
culpable de una transgresión menor, principalmente para escapar de la acusación
de herejía.
Pero existe algo más notable aún. Porque, ¿en base a qué el analizador hubo de
exhumar aquí, entre tanto dato omitido, justamente la blasfema tontería
colocada por Caccini en el legajo, quedando fuera del caso durante todo el
tiempo que fue ignorada y sacada del tribunal por los Inquisidores de las
generaciones anteriores? No se debe equivocar el cuidado con que ha sido
expuesta a la luz. Se la adscribe también a Galileo directamente y en persona,
lo que ni el propio Caccini atrevióse a hacer. Cierto que el analista concede
que lo que se declaró como proferido fue tan sólo de modo disputativo; pero la
atenuación, tal como existe, se convierte en la hoja del cuchillo diestramente
inserta debajo de la quinta costilla. Porque ahora, a dieciséis años de
distancia, había sostenido en verdad que su posición copernicana fue puramente
disputativa. He aquí lo que sugiere el acusador al desenterrar el precedente
vedado: “El acusado invoca de manera regular su posición disputativa cuando le
conviene; pero, mientras podría imaginarse, en virtud del caso presente que
mantiene su interés principal en la astronomía, podemos demostrar de acuerdo
con el pasado cuál es y ha sido siempre su intención: pura irreligiosidad y
blasfemia”.
La idea general es suprimir con toda claridad la defensa jurídica y subrayar el
último alegato del acusado, por el que se pone a merced del tribunal. Y luego
nos sorprende una singular uniformidad. Esta es la enésima vez, desde su
temprano descubrimiento por Riccardi que el requerimiento es mal representado
como una orden por Bellarmino solo. El propio papa lo ha descrito así a
Niccolini, en febrero 27, y suponemos que de buena fe. En ninguna parte se
menciona la intervención del padre Segizi. El único de afuera que sabe lo
contrario es el acusado mismo, pues ya había sido capaz de conjeturarlo al
menos en la audiencia del 12 de abril… pero bajo juramento de secreto absoluto,
por lo que no podía llegar al papa a través de Niccolini. No hay de ello nada
de fortuito como podía haberse supuesto previamente: el que escribió el sumario
lo hizo con los verdaderos documentos y, sin embargo, lo mismo presentó mal los
acontecimientos. Más avanzado el sumario se dedica una página completa al
primer interrogatorio, con exceso de detalles insignificantes de los
acontecimientos anteriores relacionados con la autorización para imprimir, sin
duda para hacer llegar la impresión de una irregularidad oculta entre los
mismos (no hubo ninguna, como la sentencia admite de manera tácita más tarde).
Mas la fase esencial del interrogatorio, cuando a Galileo se le pregunta con
severidad cinco veces consecutivas si recordaba una manifestación a cargo
"de alguien más” —y lo negó— figura descaradamente en una frase: “Admite
el requerimiento, pero en base al certificado, en el que no figuran las
palabras quovis modo docera; dice que no las recuerda”. Dos falsedades en tres
palabras, un máximo de eficiencia sin esfuerzo. Poseemos, pues, evidencia de
una línea de conducta definida, seguida de modo consistente hasta el momento de
adoptar la decisión. El por qué no está del todo claro. Viene luego la
sentencia, escrita probablemente por uno de los cardenales de la Congregación
destinado para ello, quien ignora el informe para exponer el caso en línea
diferente pero paralela.
Cuando menos están de acuerdo en una cosa, que es en derivar todo el mérito del
caso de Lorini y de Caccini.
Lorini y Caccini. La maquinaria prosiguió zumbando en el tono establecido
diecisiete años atrás. Había sido fijado primeramente por embusteros, belitres
y falsificadores de reputación firmemente establecida, de lo que habrían de ser
testigos con presteza una importante sección del clero, lo mismo regular que
seglar, prelados, arzobispos y hasta cardenales. El padre Maraffi, dominico en
condiciones de emitir juicio sobre los componentes de su orden, hubo de
manifestar en términos nada inciertos al comienzo mismo del asunto: “No debemos
abrir la puerta para que salga cualquier individuo impertinente con lo que le
es dictado por la furia de los demás así como por su propia locura e
ignorancia”. La puerta había sido abierta por completo y mantenida en tal
estado. Ciertos eminentísimos señores de la Congregación parecían cómodos tan
sólo dentro de la órbita de sus informantes policíacos, y fuera de eso el caso
parecía muy oscuro. La historia ha avalado esta modesta calificación de sus
posibilidades mentales.
Evidentemente alguien más era quien pensaba y había tomado a su cargo lo que la
escandalosa pareja y sus asociados dejaran en 1616. Mas ¿qué sucedió con
exactitud? Sobre esto no tenemos sino algunas huellas. Por la carta de
Firenzuola sabemos que el Papa y la Congregación permitiéronle seguir la línea
de arreglo por él sugerida, pero que varios miembros estimaron al principio
"demasiado atrevida". Puesto que nada cuesta al menos probar, ello
nos muestra de nuevo que en esta segunda fase, la facción que presionaba en
demanda de riguroso castigo estaba bien representada dentro y fuera de la
Congregación, mientras que otros elementos dispares pudieron trabajar en
estrecha asociación. Deben haber contado con considerable latitud de acción.
El affaire Galilei que tanto resalta a los ojos de la posteridad, era en
realidad un problema secundario para las autoridades de su tiempo, rodeadas
como estaban por la multiplicidad de asuntos ordinarios y extraordinarios que
les parecían mucho más importantes. Hasta para el secretario de estado
florentino, que veíase a la par enfrentado con otros asuntos menores con la
Inquisición, tal como el bien olvidado de Alidosi. En cuanto al Papa, no le
había dedicado sino la más inadecuada atención. Riccardi jamás pudo hablar con
él sobre el tema en sus intentos de obtener permiso. Más tarde se amontonaron
las dificultades para el Santo Padre de forma tal como para originar una crisis
nerviosa en el individuo corriente. A las malas nuevas del exterior habíase
agregado, como ya dijimos, luego del desafío del cardenal Borgia en el
Consistorio, el descubrimiento de una cábala destinada a establecer a la
facción española en el poder en Roma; y Urbano VIII tuvo que extirparla con
medidas drásticas. Vivía con "el temor del veneno". Rumoreábase que
uno de los motivos de su animadversión contra Galileo, que éste jamás aceptó,
es que el caído en desgracia había estado negociando con el Almirantazgo
español referente a su método de las longitudes.
En todos esos asuntos de alta política, era el personal jesuita quien poseía
los hilos. Pensar que el Papa estaba al tanto de los detalles del caso es
desconocer los modos de los principales ejecutivos: en esa nutrida lista de
citas, la presión de una y otra parte debió ser mucho más de lo que le era
posible resistir. Fueron el Asesor y el Comisario los encargados de continuar
el caso; y el Comisario General del Santo Oficio era, a su vez, un ejecutivo
acosado por gran cantidad de casos y problemas que se sucedían al mismo tiempo.
Bajo tales condiciones es muy posible que el Papa jamás haya sabido cómo
estaban las cosas. Los únicos documentos que seguramente viera, hasta donde nos
es posible decidir, fueron primero el temprano informe de la Comisión Preliminar
y luego el sumario de los interrogatorios. Es significativo que ambos hayan
glosado hábilmente los acontecimientos del palacio de Bellarmino.
III
De
modo que nos queda la pregunta: ¿fue el comisario, Firenzuola, parte principal
en la conspiración? Hasta donde llegó la acción de su predecesor en el
oscurecimiento del asunto, podemos ver sus motivos. En teoría al menos, iba a
ser corresponsable por el increíble resumen. Imputarle directamente que fue el
autor significa una duplicidad para la que no hay justificativo. Que fuera
persona de confianza de Castelli puede significar poco, pues Castelli había
sido siempre alma confiada; mas también le tuvieron confianza al parecer
Francesco y Antonio Barberini, a quienes a su vez Niccolini consideró dignos de
ella. Los tres hombres se hallaban, pues, en condiciones de saber quién era qué[190]. También
debiera observarse que el documento comporta una compilación apresurada,
desprolija e inferior, aunque astuta, tal como una de la que no se haría
responsable un Comisario General. Es la misma escritura desconocida del mismo
secretario que escribió los interrogatorios, cuyo original poseemos. Pero
¿quién hizo el dictado? Debe ser, en buen razonar, el procurador fiscal. “El
Magnífico Carlo Sinceri, Doctor en ambas leyes, Proctor Fiscal del Santo
Oficio”, tal como figura en la sentencia. Su nombre constituye el candidato más
adecuado para esta pieza de asesinato del carácter.
Mas, salvando la opinión más informada de expertos canonistas, no deberíamos
dejar de lado su superior inmediato, es decir, el Asesor del Santo Oficio.
Hemos dicho con anterioridad que por encima del Comisario había un Asesor de
alta jerarquía eclesiástica. Por el proceso contra Bruno sabemos que era normal
que el Asesor entregara aprobado el informe final. Se llamaba monseñor Paolo
Febei de Orvieto y acababa de suceder la primavera última al amistoso monseñor
Boccabella. Escuchó cortésmente a Galileo cuando éste fue a visitarlo; pero
antes, al serte sometido por Niccolini el certificado médico, dio a entender
con ciertos ruidos y movimientos de cabeza que lo consideraba sin valor, a la
manera verdaderamente vaticana. En una palabra, era uno de "ellos".
Es todo cuanto sabemos. Y, observemos de paso, el Asesor era el único
funcionario de la Inquisición no dominico. Su función había sido establecida de
tal modo con fines de contención y vigilancia. Muy bien puede haber desempeñado
papel principal en este conflicto. Por encima de él hallábanse los cardenales
del Tribunal.
Los poderes principales de la Congregación misma parecen haber sido Desiderio
Scaglia, el Inquisidor profesional más antiguo entre los cardenales[191] (hemos
visto que examinó personalmente el Diálogo y que Niccolini cifró vanas
esperanzas en él); Guido Bentivoglio, que sustentaba el título de Inquisidor en
Jefe, y Marzio Ginetti, que presidía por entonces en su condición de Vicario
Cardenal. Francesco Barberini, en calidad de "Cardenal-Sobrino", era
Secretario ex oficio.
Hay dos piezas extraviadas en el rompecabezas, de cuya confianza nadie saldría
fiador, pero que deben figurar en el legajo. Una de ellas es un pasaje de la
última Memorie de Bentivoglio: “Dios sabe cuánto lamenté ver a este Arquímedes
en tan triste paso, y todo por su propia culpa, por haber deseado dar a la
imprenta las nuevas opiniones acerca del movimiento de la Tierra frente al
verdadero sentido aceptado por la Iglesia. Son esas opiniones lo que lo
hicieron comparecer ante el Santo Oficio aquí en Roma, cuando yo ocupaba el
puesto de Inquisidor General y en el que traté de prestarle toda la ayuda
posible”. Esta actitud parece ser sostenida por otro pasaje de las mismas
memorias, donde el cardenal vapulea al Papa por querer legislar en todas las
materias, aun las filosóficas.
La otra pieza es de un mediador. Muchos años después de los acontecimientos, un
cierto canónigo Gherardini escribió una breve Vida de Galileo. Fue publicada en
primer término por Targioni y comienza así:
“Vine
a conocer al señor Galileo en el año de 1633, cuando yo vivía en Roma. Era de
mi estrecho conocimiento uno de los principales ministros del Santo Oficio, y
por ello le ofrecí mi ayuda, que en verdad no podía ir más allá de
proporcionarle algunas valiosas insinuaciones en su favor. Fui instado a
hacerlo por el funcionario mismo (¿Bentivoglio o Barberini?) quien no sólo
vióse movido a ello por fuerte presión de los protectores de Galileo sino que
también deseaba contrarrestar en parte la dañina intención de otro personaje de
gran autoridad en ese tribunal y quería salvarlo de la inminente y demasiado
severa humillación.
”Galileo se mostró muy agradecido por mis servicios pero, ya porque no pensaba
de gran eficacia a su ayudador o porque sospechaba algún engaño o confiaba
demasiado en su inocencia, no estuvo dispuesto a escuchar determinadas
sugestiones de aquel prelado, cuyo nombre no pude revelarle sin pecar de
indiscreto; y es, tal vez, ese mi silencio lo que le hizo desoír mis
prevenciones, de donde provinieron todas las consecuencias que son de general
conocimiento. Aún así, fueron menos de las temidas por todos quienes eran
conocedores del origen de tan sañuda persecución. En una palabra, la herida fue
chica si se tiene en cuenta la violencia que impulsó el dardo; y ello fue
efecto de la protección con que lo rodeara el Gran Duque”.
Que
en verdad había elementos implacables entre los jueces, lo demuestra la carta
del Comisario. Por eliminación pueden ser tentativamente situados (fuera de
Scaglia) dentro de un grupo de tres: Ginetti, el presidente; Gessi y Verospi
—todos romanos y prejuiciados contra la influencia de los florentinos. Pueden
ser considerados como "la facción del Papa" en este asunto. Para
tranquilizar a Niccolini, el Papa le había manifestado que Verospi "sabía
matemáticas", lo cual bien puede tomarse en sentido siniestro. En cuanto
al último prelado bien podía ser Bentivoglio, Francesco Barberini o Zacchia.
Las "dañinas intenciones", fueron bien lejos por cierto, pues la
decisión, dura como es, lleva la señal documentaría de un acuerdo (véase nota
10, página 260). Hubo, evidentemente, fuerzas deseosas de que el Diálogo fuese
quemado como obra de un reconocido herético, y Galileo confinado por el resto
de su vida en los calabozos de Castell Sant’Angelo, lo que jamás había sido la
intención del Papa. Y no dejaron medio alguno sin probar. Fueron las mismas que
esparcieron los rumores de que esos delfines de la impresión eran un siniestro
símbolo masón y que Galileo había predicho la muerte del Papa el año 1630. Su
manifiesto apologético es el Tractatus syllepticus.
Debiera mencionarse que tenemos lo que parecen las propias inferencias de
Galileo por entonces, por el valor que tienen, del memorándum de Buonamici[192], que
señalan con encono al Comisario mismo. Según ese documento, Firenzuola era un
alma negra que montó todos los procedimientos, aliado con los jesuitas, en
virtud de "aborrecimiento frailuno" hacia el padre Riccardi. Esto
parece demasiado oportuno y, por lo demás, la busca de alguien a quien achacar
la culpa, a la vez que librar a los jerarcas, cuenta con motivos evidentes.
Pero la elección de Firenzuola como villano, muestra que Galileo había deducido
durante un tiempo las peores conclusiones en base a lo que observara de su
conducta.
Decimos "durante un tiempo", y debe haber sido bajo la impresión de
estos últimos días, cuando experimentó haber sido engañado en su trato con el
Comisario. Con anterioridad había escrito a su hermano político manifestándole
que confiaba en sus promesas más que hasta entonces en las de los demás, y su
impresión vióse confirmada por Niccolini. En los años sucesivos, al recibo de
nueva información, concluyó que la operación había sido planeada por los
jesuitas solamente[193].
Quienes conocían al Comisario expresábanse de él como hombre práctico y Sensato
y alma decente. Aún podíamos suponer esto: Que al principio dejó que los
procedimientos siguieran lentamente su marcha, con la esperanza de que con el
tiempo volveríanse contra el Gobernador del Santo Palacio, persona de su
aversión, según rumores insistentes, y que ciertamente andaba metido en el
caso; y que, producido el informe de los Consultores, vio de improviso que
Galileo se hallaba en grave situación (a pesar de haber negado con éxito el
requerimiento) y se apresuró en el acto para sacarlo de la misma, antes de que
fuese demasiado tarde. Pero ¿quién lo sabrá jamás? Queda como figura
indescifrable, cubierto con el capuchón de su orden y el misterio de" su
labor.
IV
Otra
pieza restante del rompecabezas debe ser de interés. Nos la proporciona una
página solitaria del diario de Buonamici. G. F. Buonamici era un amistoso
“mensajero” que se mantuvo en contacto estrecho con Galileo durante ese período
y prestó muchos servicios e hizo numerosos encargos en su favor. Tan pronto
como Galileo fue enviado de regreso a la embajada, se presentó a visitarlo, el
1 de mayo; y Galileo habrá examinado toda la situación con él, ya que de
regreso en su casa inició con fecha 2 del mismo mes un minucioso relato del
asunto, remontándose a los acontecimientos de 1616. Es ahí donde nos enteramos
de la intervención moderadora de Matteo Barberini en la Congregación bajo la
influencia de la Carta a la Gran Duquesa, de sensatas observaciones al cardenal
Hohenzollern en 1624 y de otras cosas no reveladas con anterioridad por
Galileo. Mas la historia se interrumpe al final de la primera página en medio
de una frase, y las páginas siguientes han desaparecido. Debe haber existido
buenas razones para disponerse de ellas. Por el tono general puede inferirse
que la secuela era una reconstrucción de las intrigas contra Galileo, tal como
éste lo veía a esa altura, y del exitoso arreglo del asunto hasta la fecha. La
feliz conclusión en este animoso estado de ánimo debe hacer sido un relato de
un Galileo arrancado de las garras de la muerte por la vigorosa intervención de
sus protectores, del Papa y de Francesco Barberini y por último no del
Comisario, que acababa de realizar un arreglo con él. Recordaríamos que ese día
hasta el Diálogo pareció haberse salvado de la inminente corrección. La
iniquidad estaba reprobada y ambos hombres se habrán sentido en libertad de
discutir las influencias que intervinieron en la labor.
Más tarde, en julio, Buonamici redactó su memorándum para ser enviado al
exterior, del que ya hemos hablado y que era, desde luego, del humor más
sombrío. Galileo se hallaba entonces en el estado del individuo que ha sido
alcanzado por una cachiporra e ignora lo ocurrido. Mas en este relato destinado
para el público, era prudente dejar de lado a la jerarquía por completo, pues a
su merced se hallaba Galileo. Esto explica que la continuación del diario haya
sido arrancada, a guisa de precaución contra los informantes. Debe haber
contenido una versión muy distinta y transigente. En el último documento se
resolvió que la culpabilidad de los ejecutivos sería concentrada sobre el
Comisario, a quien sin duda consideraban en ese punto parte del complot
dominico-jesuita. Una vez que se examinan los documentos a la debida luz, la
acusación pierde mucho de su peso.
Una cosa puede darse por cierta: que el equipo extremadamente capaz de
"hipócritas sin Dios y sin naturaleza", como los llama Micanzio,
operaba efectivamente dentro de la jerarquía. Alguno era indudablemente
fanático, como Inchofer, otros tan sólo políticos. Unos renegados científicos,
como Scheiner (al menos si hemos de creer al padre Kircher), que eligieron
obligar a la Iglesia a lo que ellos sabían el descrédito definitivo en aras de
una venganza personal y de mendigar el favor de las autoridades. Lo demás se ha
perdido en la bruma de los tiempos. Aunque los eventos fueran contemporáneos
sería muy difícil reconstruirlos. La tarea de las grandes administraciones es
en lo principal resultado de una vasta masa de rutina, egoísmo, descuido,
francos errores y ruin malicia. Sólo una insignificante fracción es
pensamiento. Y tratar de observarlo es de tan poco provecho como contemplar con
fijeza la pared de la cueva de Platón.
En cuanto a Galileo, no abrigaba la menor duda. Jamás se desvió posteriormente
de su implacable desprecio hacia los jueces, arriesgándose de manera
considerable para expresarlo. Habla de modo repetido de una poderosa
conspiración de “odio, impiedad, fraude y engaño” capaz de asombrar al mundo si
él no callara. Y pudo haber sabido algunas cosas y nosotros no. Una
manifestación al menos conocemos a través de su correspondencia y ella proviene
directamente de parte interesada. En una conversación sostenida por el padre
Grinberger, que esperaba no saliera del terreno confidencial, éste dijo: “Si
Galileo hubiese sabido conservar el favor de los jesuitas por lo menos, hoy
disfrutaría de renombre universal, habríase evitado todas sus aflicciones y
podría haber escrito a su antojo sobre cualquier tema, incluso el del
movimiento de la Tierra”[194].
Toneladas innúmeras de apología, tonto culto como ingenua, han surgido de las
prensas desde aquellos tiempos para borrar aquella frase del recuerdo de la
posteridad, habiéndolo conseguido en gran parte. Pero abrimos el legajo y nos
topamos con ella.
Quomodo
sedet sola civitas plena populo; ecce facta est quasi vidua domina gentium.
LAMENTACIONES I.
I
Las
actas de la investigación, representadas por el sumario inquisitorial que hemos
reproducido en el capitulo anterior y por el informe de los expertos, fueron
elevadas para su decisión a la Sagrada Congregación a principios de mayo de
1633, pero tuvieron que esperar que el Papa regresara de Castell Gandolfo. Los
asuntos del orden del día para la primera reunión de junio hubieron de ser
pospuestos en dos oportunidades. De manera que no es sino bajo fecha del 16 de
dicho mes cuando vemos anotada la decisión en el Decreta:
Sanctissimus
decretó que dicho Galileo sea interrogado en cuanto a su intención, aun con
amenaza de tormento, y, si sostiene (el texto)[195],
deberá abjurar de vehementi (es decir, vehemente sospecha de herejía) en una
Asamblea Plenaria de la Congregación del Santo Oficio, y luego será condenado a
prisión por el término que plazca a la Sagrada Congregación, y se le ordenará
no continuar tratando, de ninguna manera, ya de palabra o por escrito, de la
movilidad de la Tierra y la estabilidad del Sol; de lo contrario incurrirá en
las penalidades del renegado. El libro intitulado Diálogo de Galileo Galilei
Linceo será prohibido[196].
Además; todo ello será hecho conocer de todos y se ordenará el envío de copias
contra la depravación herética, y en especial al Inquisidor de Florencia, quien
leerá la sentencia en plena asamblea y en presencia de la mayor porte de
quienes profesen el arte matemático.
El
trato del Comisario con Galileo había sido desestimado.
Lo que el Comisario había bosquejado en su carta a Barberini, según recordamos,
fue esto: “No quedará (después de haber confesado) sino interrogarlo con
respecto a la intención y requerirlo formalmente; hecho lo cual, podría
designarse su casa como prisión, como sugiriera Vuestra Eminencia[197]. La
manifestación podía haber sido más explícita, pero la idea general es difícil
que sea mal interpretada. El Comisario había sugerido un arreglo fuera del
tribunal. Una vez en su poder la confesión que necesitaba, recibiría su alegato
de defensa, también prearreglado, como hemos visto; realizaríase un
interrogatorio pro forma con respecto a la intención, en la que el acusado
arrepentiríase y reafirmaría su obediencia; tras lo cual requeriríase de
Galileo se fuese y permaneciese en su residencia, absteniéndose de escribir
sobre cosmología y llevando a cabo saludables recitaciones por vía de
penitencia.
Es lo mismo que Niccolini interpretó a través de lo que el Comisario dijera a
Galileo, puesto que escribió: “Parece tener intención de que el caso sea
invalidado y silenciado”. La última cláusula significa que el proyecto del
Comisario no contemplaba sentencia pública ni abjuración. El papel de la
Congregación limitaríase a autorizar el arreglo y suspender el libro hasta su
corrección. En otras palabras, proyectábase tratar el caso a lo largo de las
líneas generales establecidas para la segunda fase (ex objetar) en las
instrucciones de febrero de 1616. Esta vez, y justificablemente, habría todos
los pasos que no hubo, según certificado de Bellarmino, en 1616, una
retractación en manos del Comisario, pues Galileo había desobedecido
temerariamente, un requerimiento formal, restricción personal durante un tiempo
y saludable penitencia.
Lo cual, a su vez, implica algo bastante definitivo. Si el Comisario tiene intención
ahora de entregar, con sus debidos corolarios, el requerimiento que se supuso
haber entregado en 1616, tiene que significar que cree que jamás fue entregado.
De lo contrario su proyecto es tan falto de objetividad como un cuento narrado
dos veces, y por cierto derogatorio para la dignidad del tribunal.
A esta altura observamos que en la carta no existe mención del primer
requerimiento —y, sin embargo, ha sido el tema total de la sesión crítica de
interrogatorio que se había celebrado. Para Firenzuola, "el crimen"
no está comenzando a adquirir contorno sino ahora, con la desafortunada
conducta del acusado en el interrogatorio. Es como si el escritor y Barberini
hubiesen convenido tácitamente que ha de dejarse a un lado el primer crimen.
Ello podría ayudarnos a comprender que Barberini no firmase más tarde la
sentencia. Hemos observado que el alegato de defensa, sobre el que, por cierto,
habíase llegado a un acuerdo durante la entrevista, puesto que tenía que
concordar con la confesión, es un firme sostenimiento de que del viejo
requerimiento "no había sabido jamás". No conduciría muy lejos ante
un tribunal que se atuviese a sus documentos.
Si seguimos la hipótesis, hasta podríamos imaginar con alguna plausibilidad los
"motivos" con que el Comisario persuadió a los Cardenales de que lo
dejasen probar. Las palabras actuales de la carta son bastante carentes de
ingenuidad: “Esta proposición pareció al principio demasiado atrevida, sin que
se abrigara mucha esperanza de alcanzar este objetivo mediante el método de
discutir con él; mas, al indicarle los motivos en que basaba mi sugestión, me
fue concedido el permiso”. Esto se ha interpretado siempre en el sentido de que
algunos jueces deseaban un castigo riguroso y habríales placido detener el
procedimiento pacificador. Porque, ¿cómo iban a dudar de la disposición de
Galileo hacia un arreglo que podía resultar a su favor? Sus respuestas en el
primer interrogatorio no indican un hereje arrogante sino un hombre
desesperanzado y lleno de temor. La pregunta que jamás ha sido contestada es
más bien: ¿cómo se las compuso Firenzuola para dar pausa a esos hombres
implacables y conquistar al menos su asentimiento temporario? ¿Diciéndoles que
el acusado había agravado su situación al negarse a reconocer el requerimiento?
Difícilmente, porque en la tarde de ese mismo día iba a decirle que siguiese
tranquilamente e impugnase el requerimiento en defensa propia. ¿Mostrándoles lo
que podría acontecer ahora que había sido tomado mintiendo en cuanto a su
intención? Sabíanlo tan bien como él, sin que al parecer les preocupara.
Algunos de ellos hasta lo esperaban.
Empero, lo positivo es que él dio tales razones que hizo mover el terreno que
pisaban. Esto debe significar que al final hizo lo que jamás esperaba tener que
hacer y reconoció que los registros dejados por el anterior Comisario, de
bendita memoria, no parecían demasiado buenos. Insinuó (nada debe ser
manifestado en esos círculos) que, sobre todo después del interrogatorio, no
experimentaba que debiera insistir demasiado sobre el requerimiento de 1616:
que esto, empero, dejaba el camino abierto para un arreglo entregando otro
ahora; y que sería mejor para las perspectivas de todos en el purgatorio que el
antiguo requerimiento volviese al lugar de donde vino, puesto que aún no había
sido revelado rol público"[198]. Fue
suficiente, al parecer, como efecto de sorpresa para dominar al tribunal, por
lo menos ese día.
La última parte de la historia es, por supuesto, nada más que inferencia. Lo
que es cierto, según la carta, es que el arreglo habíase realizado sobre la
base de un nuevo requerimiento en reemplazo del viejo. Asumimos que era
política del propio Comisario. ¿Qué aconteció después de eso? No podemos hacer
sino proseguir infiriendo. No contamos realmente con nada en que apoyarnos,
salvo un pasaje del memorándum de Buonamici, y la explicación del mismo es
evidentemente confusa[199]. Mas, por
mucho que Buonamici haya mal situado tal o cual evento al referirlo (ruega
disculpa por no haber comprobado su manuscrito con Galileo) expresaba el punto
de vista del círculo de la embajada, cuyos integrantes conocían más que
nosotros. En consecuencia haríamos mejor en no abandonar su línea de
razonamiento, que es ésta: los jesuitas habíanse lanzado al ataque en 1632,
hallando en ello una excelente oportunidad táctica tanto para arruinar a
Galileo como para perjudicar a los dominicos, a quienes guardaban cierta
inquina desde que fueran sobrepasados por éstos en la disputa de auxiliis. Los
dominicos habíanse visto forzados a unir fuerzas, por hallarse en situación
delicada como encargados de las licencias. Empero, alguien esperaba (tal vez el
mismo Comisario) hacer de Riccardi la víctima propiciatoria individual. De ahí
que el Comisario eligiese el instante adecuado para contener a los cardenales
pro jesuitas, que presionaban en favor de un juicio por herejía, y negociara un
arreglo con Galileo. Pero esa facción volvió con una amenaza, acaso para probar
a Ciámpoli y con ello colocar al Papa en situación molesta. En este punto se
produjo el cambio de camino. Los dominicos habían sido derrotados en su intento
de conservar el dominio de la conducta teológica.
II
Ahora
resumiremos la demasiado conocida crónica de los acontecimientos.
Elevado el caso para su resolución, el papa y la Congregación decretaron, según
hemos visto, una sentencia mayor de vehementi, completa con su riguroso
interrogatorio, abjuración pública y "prisión formal". El acusado
había sido llevado a admitir que su intención fue equivocada debido al
engreimiento. Ahora se resolvió no aceptar su alegato y considerar su intención
contraria a la Iglesia (es decir, criminal). Al parecer, el resumen sometido a
los jueces había simplificado la tarea, no sólo por sus comisiones sino por sus
omisiones, que anulaban cualquier defensa presentada por Galileo.
La amenaza de tormento no era sino una formalidad, pues habría sido quebrantar
las reglas aplicarlo a un hombre de la edad de Galileo, y en su estado de salud
(de todos modos, raras veces se aplicaba en Roma)[200]; pero
significaba que el interrogatorio podía llegar hasta el territio realis, o sea
la exhibición de instrumentos de tortura. Esta cuestión, empero, es un punto
menor, si bien se ha convertido en tema de canto y de leyenda. El et si
sustinuerit, que deja el camino abierto a terribles posibilidades en caso de
que el acusado no sostenga la prueba, puede considerarse también una cláusula
formal necesaria. El punto realmente serio, que el lector moderno podría dejar
de apreciar, era el de la solemne abjuración, deshonra social y señal de
infamia en la sociedad católica de aquella época.
A la luz de todo ello, todas las comodidades físicas y los consuelos acordados
al preso, de que tanto se ha hecho mención, no resultan sino frívolas
amenidades dirigidas principalmente al Gran Duque y a la opinión pública, que
iba resintiéndose de manera bien clara ante este exceso de autoridad. No son ni
siquiera tan excepcionales como eso. Antes del régimen de Piero Carafa, había
sido práctica común de la Inquisición italiana dejar en libertad a los presos
no considerados peligrosos, bajo custodia de sus familias y aun de sí mismos.
Un personaje tan poderoso como el cardenal Morone pudo haber sido arrojado a
los calabozos para sentar ejemplo; mas cuando Ulisse Aldovrandi, el naturalista,
que había abjurado la herejía en Bolonia, recibió orden de venir a Roma para
ser sentenciado en 1549, pasó tres años visitando los monumentos y retornó a su
casa, como muchos otros, con su sentencia condonada. La rama italiana del Santo
Oficio, ni aun en sus actos más severos, puede comprarse en modo alguno con la
española ni con la del Languedoc.
Debiera advertirse con toda claridad que no tratamos de introducir ningún canon
extraño al apreciar debidamente esta crisis. Los procedimientos que hemos
descrito caen muy por debajo de los cánones normales de la Inquisición romana,
que eran elevados. En los órganos centrales, al menos, sabemos que los
procedimientos fueron meticulosos y el juicio corregido. El aparato
atemorizador había estado allí por razones muy adecuadas, es decir, por el
santo terror; pero jamás había sido utilizado casual o brutalmente y no lo fue
ahora.
En el juicio contra Galileo, la Inquisición había sido forzada a una operación
de comandos por un grupo inescrupuloso de políticos de fuerza; así y todo, el
comportamiento de los políticos compárase del modo más favorable con el del
famoso magistrado Jeffreys o con los jueces de Enrique VII en un proceso por
traición; mejor aún con los jueces de Cecil en el complot de la pólvora. Empero,
aquéllos fueron procedimientos laicos[201]. La
Inquisición puede compararse con el tribunal militar o el del pueblo en tiempo
de revolución. Es un órgano de represión concebido para situaciones de
emergencia. Hubo un tiempo en que la unidad corporativa religiosa de la
cristiandad, la comunión de los que oran, fue concebida al menos tan importante
como la unidad territorial o política lo es hoy. A la luz de tal idea, hombres
como Peter Martyr, Torquemada y Ghislieri parecen jueces tan escrupulosos como
almas ardientes y compasivas.
El cardenal Newman escribió en una oportunidad en extraña mezcla de
sentimientos antiguos y modernos: "Al comparar a los herejes y los
heresiarcas he dicho: los últimos no son merecedores de piedad, pues asumen el
papel del Tentador, y en lo que atañe a su error deben ser juzgados por
autoridad competente, como si fuesen el mal en persona. Perdonarlos es piedad
peligrosa. Es poner en peligro las Rimas de millares y no es nada caritativo
para ellos. No niego que éste constituye un pasaje feroz; pero Arius fue desterrado,
no quemado; y no soy sino justo conmigo mismo al expresar que en ningún momento
de mi vida cortaría ni aun la oreja de un puritano”. Tales pensamientos son
justificados de manera involuntaria por el propio H. C. Lea, el gran
denunciador de la Inquisición, quien se halla extrañamente de acuerdo con
Loyola sobre un punto: “Si hubiese existido una Alemania debidamente
organizada, la carrera de Lutero habría sido breve. Un inquisidor cual Bernard
Gui habríalo silenciado presto… En Francia, la Universidad había tomado el
lugar de la casi olvidada Inquisición, reprimiendo todas las aberraciones de la
fe, en tanto una monarquía centralizada había hecho a la Iglesia dependiente en
gran parte del, papado. En Alemania no existía iglesia nacional, sino sujeción
a Roma, que iba haciéndose cada vez menos soportable por razones económicas,
mas nada que ocupase el lugar de la Inquisición; y la libertad de palabra
habíase vuelto costumbre, siendo tolerada en tanto no interfiriese los dineros
de San Pedro.
Todo es cuestión de punto de mira. Voltaire pudo dedicar su vida a vengar los
agravios inferidos a Calas, pero la ferocidad de las leyes penales que agitó a
Beccaria no hizo mella en él. Hoy, cuando las garantías y salvaguardas
judiciales han sido suprimidas en medio mundo, y se hallan gravemente
amenazadas en la otra mitad, podría sernos propio no sentirnos excesivamente
virtuosos al leer estos antiguos errores. La Curia de Urbano VIII sobresale
como grandes caballeros comparada con su moderna contraparte laica. Caccini continúa
cabalgando entre nosotros, y son legión su nombre. Ya no se trata de un monje
errante, y su lugar se halla en los senados de las grandes naciones. Los
calculadores electrónicos se cierran lentamente sobre el incierto camino del
ciudadano. Las desviaciones de lo que se considera ortodoxia esencial no han
escapado jamás al castigo desde el comienzo de la historia; pero una vez que la
investigación converge hacia "el crimen de pensar", en su doble
aspecto de algo teóricamente intangible y concretamente peligroso, el modo del
investigador está llamado a ser otra vez el del Inquisidor. El hombre puede ser
atormentado sin defensa por comisiones investigadoras, privado de sus medios de
vida o mantenido —en el mejor de los casos, como aconteció con la vigilancia
inquisidora— bajo praeceptum non discedendi o non accedendi, lo que puede
significar el verse separado de su familia, sus amigos o su futuro, sin que las
autoridades se vean en el caso de dar ninguna explicación. Hemos llegado en
verdad muy cerca de las condiciones inquisidoras sin percatarnos y hasta sin
justificación moral. Menos aún podrían haberlas reprobado los católicos del
siglo XVII. Mas, así y todo, hallaron muy extraño el juicio contra Galileo[202].
En cuanto a las causas de esta extravuelta al crimen de intención, que produjo
desaliento en el público, la imaginación se pierde en conjeturas. Tuvo lugar al
regreso del Papa de Castell Gandolfo y lleva la marca de su decisión. Una
plausible razón de política está clara, o sea que se consideraba esencial
emprender acción, no contra la doctrina sino contra este individuo. Ya hemos
visto por qué. No vemos, empero, cómo no pudo alcanzarse el mismo efecto
mediante procedimiento más correcto. Una vez en poder del reconocimiento del
acusado de parte de culpabilidad, era posible arrojar todo el peso sobre ella
(de acuerdo con lo sugerido por el Comisario), lo que hada un caso bien
definido, y luego mencionar su contradicción con las Sagradas Escrituras.
Habría evitado a las autoridades el odio de un interrogatorio severo y la
sospecha de tortura contra un septuagenario[203]. Este
camino, sin embargo, hubiera conducido al castigo, pero no a la abjuración. Es
ahí donde la mendacidad del sumario inquisitorial inclinó posiblemente la
balanza, denigrando la figura del acusado. Es como si el Papa hubiera resuelto
que lo que deseaba no era simplemente represión sino humillación. Era la mente
de su adversario lo que había que avergonzar y su nombre arrastrar por el lodo.
III
Dos
días después de haber sido adoptada la resolución, Niccolini fue recibido otra
vez en audiencia. Había venido a solicitar la pronta libertad, como implicara
el Comisario, y no se sintió sorprendido en absoluto al ser informado por el
Papa de la conclusión del caso y de que el acusado sería citado dentro de pocos
días ante el Santo Oficio para escuchar su sentencia. Ante las repetidas
súplicas del embajador en procura de clemencia, el Papa contestó que no podía
realmente menos de prohibir la opinión, porque era equivocada y contraria a las
Sagradas Escrituras, dictada ex ore Dei; en cuanto a la persona de Galileo,
según costumbre, sería encarcelado algún tiempo, por haber transgredido el
mandato impartido al mismo en 1616. “Sin embargo”, agregó el papa, “después de
haber sido publicada la sentencia Nos os veremos nuevamente para consultar la
manera de que sufra lo menos posible, ya que no podemos pasar sin que se
realice alguna demostración contra su persona”. En respuesta a las renovadas y
apremiantes súplicas de Niccolini, dijo “que de todos modos sería enviado una
temporada a algún monasterio, como el de la Santa Cruz, por ejemplo; porque no
sabía en realidad qué iba a decretar la Sagrada Congregación, aunque todos sus
integrantes marchaban de acuerdo unánimemente y nemine discrepante en el
sentido de imponer una penitencia”.
Lo cual fue manifestado de manera diplomática. Pero sabemos que existía al
menos cierta "discrepancia", puesto que tres cardenales de los diez
se negaron en su eventualidad a firmar la sentencia. Pero nada restaba a
Niccotini sino ir y comunicar las nuevas al acusado con toda la suavidad
posible. Nada dijo de la sentencia de prisión, pues esperaba aún que fuese
condonada.
La fase final del proceso prosiguió entonces de acuerdo con las reglas
establecidas. En la tarde del lunes 20 de junio de 1633, Galileo recibió una
citación del Santo Oficio para que se presentase al día siguiente. En esta
audiencia final el acusado iba a ser interrogado en cuanto a su intención, bajo
amenaza de tormento, esto es, en cuanto a su verdadera convicción referente a
los dos sistemas. Galileo compareció ante el Comisario la mañana del 21.
Después de haber prestado juramento de costumbre, se le preguntó si tenía algo
que manifestar y contestó que "nada".
Preguntado si sostenía o no, o había sostenido, y durante cuánto tiempo, que el
Sol se hallaba en el centro del globo y que la Tierra no se hallaba en dicho
centro y se movía, "así como con un movimiento diurno", contestó:
Largo
tiempo atrás, es decir, antes de la decisión de la Sagrada Congregación del
Index, y antes de que se me comunicase el requerimiento, era indiferente y
consideraba ambas opiniones, o sea la de Tolomeo y la de Copérnico, como
abiertas a la discusión, tanto más cuanto que una u otra podía ser verdad en
Natura; mas luego de dicha decisión, seguro de la sabiduría de las autoridades,
dejé de abrigar ninguna duda; y sostuve, y sigo sosteniendo, como lo más cierto
e indisputable, la opinión de Tolomeo, es decir, la estabilidad de la Tierra y
el movimiento del Sol.
Al
decírsele que del modo y relación como dicha opinión es discutida en el libro
impreso por él con posterioridad a la fecha mencionada —además del propio hecho
de haber escrito e imprimido el libro— se presume que ha sostenido dicha
opinión después de la fecha especificada, y que se le exige que manifieste
libremente la verdad en cuanto a si ha sostenido o sostiene la misma, contestó:
En
cuanto a la escritura del diálogo publicado, mis razones para hacerla no se
debieron a que sostuviera como verdadera la doctrina de Copérnico, sino
simplemente, pensando que confería un beneficio común, he expuesto las pruebas
obtenidas de la naturaleza y la astronomía que pueden presentarse de ambas
partes; ha sido mi objetivo sentar con claridad que ninguna de las series de
argumentos tienen fuerzo decisiva de demostración concluyente en favor de tal o
cual opinión; y que, en consecuencia, y para proceder con certeza, debemos
recurrir a las decisiones de una enseñanza superior, como puede verse con
claridad en gran cantidad de pasajes del diálogo en cuestión. "Por tanto,
afirmo sobre mi conciencia que no sostengo la dicha opinión ni la he sostenido
desde la decisión de las autoridades.
Como
se le dijera que, a través del libro mismo y de los argumentos expuestos del
lado afirmativo, se presume que sostiene la opinión de Copérnico, al menos que
la sostuvo en aquella época; y que, en consecuencia, a menos que se decida a
confesar la verdad, se recurrirá contra él con los remedios apropiados (remedia
juris et facti opportuna), contestó:
No
sostengo ni he sostenido esta opinión de Copérnico desde que se me comunicó lo
orden de abandonarla; en cuanto a lo demás, estoy en vuestras manos y haced de
mí lo que os plazca.
Al
ordenársele una vez que dijese la verdad, pues de lo contrario recurririase al
tormento, el anciano contestó con voz apagada:
Aquí
estoy para someterme (iare l’obbedienza) y no he sostenido esta opinión desde
que fuera pronunciada la decisión, como he manifestado.
En
el protocolo del juicio figura la frase final a continuación de esta última
respuesta de Galileo: “Y puesto que no podía hacerse nada más en ejecución del
decreto (de junio 16) fue obtenida su firma en esta declaración y devuelto a su
lugar”. Si Galileo hubiese mantenido tanto, y no más, en su primer
interrogatorio, en lugar de decir que en verdad intentaba defender el sistema
tolemaico, podría haber escapado mejor. Por su parte, el Comisario evitó cuanto
pudo. Todo había insumido menos de una hora y fue realizado como mera
formalidad. Si hubiese confrontado a Galileo, uno por uno, con todos los
pasajes extractados del Diálogo por Pasqualigo e Inchofer, habríalo colocado en
cruel situación, aun sin recurrir al caballete y a la soga. Peor, aun podría
haber hecho presente pasajes observados por la Comisión Preliminar (págs.
185-6) que fueron mucho más allá del trillado tema del copernicismo y que
podían ser razonablemente definidos al menos como proxima haeresi; y Galileo,
en su condición de iniciador de tales pensamientos, habríase visto peor que un
hereje, y muy cerca en verdad del lugar del heresiarca. Pero el asunto
peligroso de la herejía ya estaba arreglado. En verdad, la sentencia había sido
redactada ya sobre tal asunción, pues estuvo lista y firmada dentro de las
veinticuatro horas[204].
IV
Nos
preguntamos cuáles habrán sido los pensamientos de Galileo durante la noche,
plena de estupor, mientras yacía en el edificio de la Inquisición, incierto de
lo que iba a traerle el mañana por vía de sentencia.
Al medir la extensión de la represión espectacular de la cual había sido
pretexto, pudo hacerlo por vez primera en cuanto a lo profundo de la
catástrofe. Que su propia carrera como figura pública estaba terminada era cosa
por él sabida desde mucho tiempo. Pero ahora adivinó que era a la vez el fin de
todo el movimiento científico de Italia y, peor aún, de la misma Florencia. Si
bien la investigación prosiguió en esta última después de la muerte de Galileo
en la “Academia del Cimento”, la decadencia pudo observarse a los pocos años.
“He tomado asiento entre hombres eruditos”, escribió Milton en Areopagitica,
"y se me ha considerado dichoso al haber nacido en tal lugar de libertad
filosófica como se supone que es Inglaterra, mientras ellos mismos no hicieron
sino lamentarse de la condición servil a que se ve reducido el saber entre
ellos; que eso fue lo que oscureció la gloria de los ingenios italianos, y que
nada se había escrito durante todos estos años sino adulación y culteranismo.
Fue allí donde encontré y visité al famoso Galileo, envejecido y prisionero de
la Inquisición[205]. Su ciudad
vióse desposeída de libertad en los campos de Gavinana, un siglo antes, y ahora
había perdido su vida intelectual a manos del Santo Oficio. Podemos remontar en
verdad a esa fecha el tiempo en que la civilización florentina, que había
conquistado al mundo desde el siglo XIII, prácticamente desapareció de la
historia. Al poder percatarse de ello, Galileo debió lamentar su propia
imprudencia y la hora en que obtuvo autorización para imprimir su obra[206]; y se
habrá calificado a sí mismo una y otra vez como maldición y destrucción de su
propia patria. En cuanto al sino de la ciencia misma, su interés era menos
justificable.
V
A la
mañana del día siguiente, miércoles 22 de junio de 1633, Galileo fue conducido
al gran vestíbulo utilizado para tales procedimientos en el convento dominicano
de Santa María sopra Minerva, levantado en el centro de Roma sobre las ruinas
de un templo antiguo dedicado a la diosa de la Sabiduría[207], Vestido
con el blanco hábito del penitente, se arrodilló en presencia de los jueces
congregados mientras le era leída la sentencia:
Noi,
Gasparo del titolo di S. Croce in Gerusalemme Borgia;
Fra Felice Centino del titulo di S. Anastasia, detto d’Ascoli;
Guido del titolo di S. Maria del Popolo Bentivoglio;
Fra Desiderio Scaglia del titolo di S. Carlo detto di Cremona;
Fra Antonio Barberino detto di S. Onofrio;
L’audivio Zacchia del titolo di S. Pietro in vincula detto di S. Sisto;
Berlingero del titolo di S. Agostino Gessi;
Fabricio del titolo di S. Lorenzo in pane o perna Verospi, chiamati Preti;
Francesco del titolo di S. Lorenzo in Damaso Barberini; e
Martio di S. Maria Nuova Ginetti, Diaconi,
por la gracia de Dios, cardenales de la Santa Iglesia Romana, Inquisidores
Generales por la Santa Sede Apostólica especialmente designados contra la
depravación herética en toda la Comunidad Cristiana:
Visto que vos, Galilei, hijo del finado Vincenzo Galilei, florentino, de
setenta años de edad, habéis sido denunciado el año 1615 ante este Santo Oficio
por sostener como verdadera la falsa doctrina por algunos enseñada de que el
Sol ocupa el centro del mundo y permanece inmóvil, y que la Tierra se mueve —y
también con movimiento diurno—; por tener discípulos a quienes habéis enseñado
la dicha doctrina; por haber mantenido correspondencia con ciertos matemáticos
alemanes sobre lo mismo; por haber imprimido ciertas cartas intituladas
"De las Manchas Solares", en las que desarrollasteis la misma
doctrina como verdadera; y por contestar a objeciones de las Sagradas
Escrituras —que de tiempo en tiempo os fueron presentadas contra ella— glosando
tales Escrituras según vuestra propia interpretación; y visto que sobre ello
presentasteis copia de un documento en forma de carta, haciendo creer que fue
escrito a quien fuera vuestro discípulo, y en el que se expresa diversas
proposiciones siguiendo la posición de Copérnico, contrarias al verdadero
sentido y autoridad de las Sagradas Escrituras;
Este Santo Tribunal que tiene, pues, la intención de proceder contra el
desorden y la perversidad resultantes de ello, y que prosiguió aumentando en
perjuicio de la Sagrada Fe, por orden de Su Santidad y de los Eminentísimos
Señores Cardenales de esta Inquisición Suprema y Universal, las dos
proposiciones de la estabilidad del Sol y el movimiento de la Tierra fueron
calificadas como sigue por los Examinadores Teológicos:
La proposición de que el Sol es el centro del mundo y no se mueve de su lugar
es absurda y falsa filosóficamente y formalmente herética, porque es en forma
expresa contraria a las Sagradas Escrituras. La proposición de que la Tierra no
es el centro del mundo e inmóvil, sino que se mueve —y también con movimiento
diurno— es igualmente absurda y falsa filosóficamente: y considerada
teológicamente, cuando menos errónea en fe.
Pero
visto que en aquel entonces se deseaba trataros con lenidad, fue decretado en
la Sagrada Congregación reunida ante Su Santidad el 25 de febrero de 1616, que
Su Eminencia el Señor Cardenal Bellarmino os diese orden de abandonar por
completo dicha falsa doctrina y que, en caso de que os rehusarais, fueseis
requerido por el Comisario del Santo Oficio para abandonarla y no enseñarla a
los demás ni defenderla ni aun discutirla; y que de no acceder a ese
requerimiento seríais encarcelado. Y, en cumplimiento del decreto, al día
siguiente, en palacio y en presencia de dicho Señor Cardenal, luego de haber
sido suavemente amonestado por él mismo, os fue comunicado el requerimiento por
el padre Comisario del Santo Oficio en esa oportunidad, ante el notario y testigos,
a efectos de que hiciereis abandono de la citada falsa doctrina y no la
sostuviereis, defendiereis ni enseñareis en modo alguno, ni de palabra ni por
escrito; y habiendo prometido obedecer, se os dio orden de retiraros.
Y con el fin de que tan perniciosa doctrina pudiere ser extirpada por completo
y no se insinuare más con grave perjuicio para la verdad católica, fue expedido
un decreto por la Sagrada Congregación del Index prohibiendo el libro que trata
semejante doctrina y declarando a ésta falsa y totalmente opuesta a las
Sagradas Escrituras.
Visto que un libro recientemente aparecido aquí, impreso el año último en
Florencia, cuyo título demuestra que sois el autor, siendo dicho título:
“Diálogo de Galileo sobre los Grandes Sistemas del Mundo”; y puesto que la
Sagrada Congregación fue más tarde informada de que, a través de la publicación
de tal libro, iba ganando terreno día a día la falsa opinión del movimiento de
la Tierra y la inmovilidad del Sol, dicho libro fue sometido a minuciosa
consideración y en él descubrióse una violación manifiesta del referido
requerimiento que se os hiciera, puesto que en tal libró habéis defendido la
dicha opinión antes condenada, y en nuestra presencia declarada tal, aunque en
el libro os esforzáis —a través de varios artilugios— en producir la impresión
de que queda inconclusa, y en términos expresos como probable, lo que, sin
embargo, es el error más pernicioso, pues no puede ser de ninguna manera
probable lo que ha sido definido y declarado contrario a las Sagradas
Escrituras.
En consecuencia, y por nuestra orden, fuisteis citado para comparecer ante este
Santo Oficio, donde al ser examinado bajo juramento reconocisteis haber escrito
y publicado el libro. Confesasteis haber comenzado en su escritura hace
alrededor de diez o doce años, después de haberos impuesto de la orden antes
dicha; que solicitasteis licencia para imprimirlo, sin manifestar, empero, a
quienes os la otorgaron, que habíais sido intimado para no sostener, defender
ni enseñar la doctrina en cuestión de modo alguno.
Igualmente confesasteis que la redacción del tal libro está realizada en muchos
lugares de manera que el lector pueda imaginar que los argumentos expuestos por
el lado falso se calcule que —por su fuerza lógica— obligarán a convicción
antes que ser de fácil refutación, excusándoos de haber caído en error, tan
ajeno a vuestra intención, según alegasteis, en razón de haber escrito en forma
de diálogo y por la natural complacencia que todo individuo experimenta
respecto de sus sutilezas y a mostrarse más habilidoso que la generalidad de
los hombres al idear, aun en favor de falsas proposiciones, argumentos
ingeniosos y plausibles.
Y, concedido un plazo prudente para preparar vuestra defensa, presentasteis un
certificado extendido de puño y letra de Su Eminencia el Señor Cardenal
Bellarmino, por vos obtenido, según confesión propia, para protegeros de la
calumnia de vuestros enemigos, que os imputaban vuestra abjuración y castigo a
manos de este Santo Oficio, en cuyo certificado se declara que no habéis
abjurado ni sido castigado sino que solamente se os ha Anunciado la declaración
realizada por Su Santidad y publicada por la Sagrada Congregación del Index, en
que se declara que la doctrina del movimiento de la Tierra y la inmovilidad del
Sol es contraria a las Sagradas Escrituras y por ello no puede ser sostenida ni
difundida. Y como en tal certificado no se hace mención de los dos artículos
del requerimiento, es decir, la orden de "no enseñar" ni "en
modo alguno", manifestasteis que debemos creer que en el transcurso de
quince o dieciséis años habéis perdido toda memoria de ello y por eso nada
dijisteis del requerimiento al solicitar autorización para imprimir el libro. Y
todo eso no fue impulsado por vía de error sino que podía imputarse a ambiciosa
vanagloria antes que a malicia. Mas este certificado presentado en defensa
vuestra no ha hecho otra cosa que agravar la situación, ya que aunque se
expresa que dicha opinión es contraria a las Sagradas Escrituras, habéis osado,
empero, discutirla y defenderla y argumentar su posibilidad; tampoco os sirve
de nada la licencia arrancada por vos, desde que no notificasteis la orden que
os fue impartida.
Y visto que nos pareció que no habíais expresado toda la verdad con respecto a
vuestras intenciones, creímos necesario someteros a severo interrogatorio, al
que (sin prejuicio contra los asuntos expresados anteriormente, y por vos
confesados, con relación a vuestras intenciones), habéis respondido como buen
católico. En consecuencia, habiendo visto y considerado detenidamente los
méritos de ésta vuestra cansa, junto con vuestras confesiones y disculpas antes
referidas, y todo cuanto ha de ser visto y considerado en justicia, hemos
llegado a lo abajo expresado como sentencia definitiva contra vos:
Invocando,
por tanto, el Santísimo nombre de Nuestro Señor Jesucristo y de Su Gloriosísima
Madre y siempre Virgen María, por ésta nuestra sentencia definitiva que,
constituidos en Tribunal con el consejo y opinión de los Reverendos Maestros de
Sagrada Teología y Doctores en ambas leyes, nuestros asesores, damos por este
escrito, en la causa y causas en este instante ante nos, entre el Magnífico
Carlo Sinceri, Doctor en ambas leyes, Proctor Fiscal de este Santo Oficio, de
una parte, y vos, Galileo, acusado y aquí presente, debidamente interrogado,
juzgado y convicto, como queda demostrado anteriormente, de la otra…
Decimos,
dictamos sentencia y declaramos que vos, el dicho Galileo, en razón de los
asuntos aducidos en juicio, por vos confesados, como figura más arriba, os
habéis vuelto, en opinión del Santo Oficio, fuertemente sospechoso de herejía,
vale decir, de haber creído y sostenido la doctrina —falsa y opuesta a las
Sagradas y Divinas Escrituras— de que el Sol es el centro del mundo y no se
mueve de este a oeste; y que la Tierra se mueve y no se halla en el centro del
mundo; y que una opinión puede ser sostenida y defendida como posible luego de
haber sido declarada y definida como contraria a las Sagradas Escrituras; y que
consecuentemente habéis incurrido en todas las censuras y penalidades impuestas
y promulgadas en los cánones sagrados y otras disposiciones generales y
particulares contra tales delincuentes. De las cuales nos placerá veros
absuelto siempre que: primero; de todo corazón y con verdadera fe abjuréis,
maldigáis y detestéis ante nos los antedichos errores y herejías y cualquier
otro error y herejía contrarios a la Iglesia Católica Apostólica y Romana, en
la forma que os prescribiremos.
Y que —para que ese vuestro grave y pernicioso error y transgresión no pueda
permanecer del todo impune y en el futuro podáis ser más cauto y un ejemplo a
fin de que los demás se abstengan de similar delincuencia— ordenamos que el
libro “Diálogo de Galileo Galilei” sea prohibido por edicto público.
Os condenamos a la prisión formal de este Santo Oficio por el tiempo que sea de
nuestro agrado, y por vía de saludable penitencia os requerimos que durante los
tres próximos años recitéis una vez por semana los siete salmos penitenciales.
Nos reservamos la libertad de moderar, conmutar, o suspender, en todo o en
parte, las antedichas penas y penitencia.
Y así decimos, pronunciamos sentencia, declaramos, ordenamos y nos reservamos,
en éste y cualquier otro y mejor modo y forma que queramos y podamos emplear
legalmente.
Vienen luego las firmas, que no son sino siete, como Cantor fue el primero en
observar en 1864. Tres jueces no firmaron: Francesco Barberini, Borgia y
Zacchia. Puede ser muy bien que las razones de Gaspar Borgia fueran políticas,
pues había tenido un cambio de palabras con el Papa como jefe de la facción
española y no se hablaba con él, y probablemente no vio razón alguna en su
favor. Pero en cuanto a Francesco Barberini y Laudivio Zacchia, no han podido
encontrarse motivos extraños, ni aun por apologistas diligentes. Simplemente no
firmaron la sentencia. La ausencia física ese día no constituye suficiente explicación.
Debe inferirse que vieron “exceso de autoridad e injusticia”, según palabras
del culto sacerdote francés, el abate Bouix, que estudió la cuestión. Por otra
parte, había firmado Bentivoglio, más bien conocido como amistoso hacia
Galileo. Por todo lo que sabemos, su firma puede ser, empero, parte de una
negociación en favor del acusado. Podemos ver igualmente que tenía buenas
razones para firmar Barberini, cuya solución había sido rechazada de plano.
Una vez leída la sentencia, fue presentada a Galileo la fórmula de abjuración.
Mas en este punto los procedimientos perdieron algo de solemnidad mecánica, si
hemos de creer a Buonamici, y hay buenas razones para hacerlo, puesto que vio a
Galileo poco después del evento y supo los hechos, tal como en su conversación
con el Comisario, que sólo la investigación posterior volvió a descubrir. “Como
Galileo se vio constreñido a lo que jamás había creído posible, menos aún por
cuanto en su conversación con el padre Firenzuola no advirtió la menor
insinuación de semejante abjuración, suplicó a los cardenales que, si insistían
en su procedimiento contra él de tal manera, cuando menos debieran dejar afuera
dos puntos y luego permitirle hablar como ellos desearen. El primero era que no
debía hacérsele decir que no era buen católico, pues siempre habíalo sido y
pensaba seguir siéndolo, no obstante lo que dijeran sus enemigos; el otro, que
no debía decir que había engañado a sus amigos, como a nadie más, especialmente
con la publicación de este libro, que había sometido con todo su candor a la
censura eclesiástica y fue impreso después de haber obtenido legalmente su
licencia”.
Una versión del siglo XVIII del memorándum de Buonamici (lo precedente es de
una copia corregida de su propia letra) lleva la siguiente secuela: “Agregó
que, si lo deseaban Sus Eminencias, formaría la pira (sin duda para el libro)
él mismo y arrimaríale la vela, haría su declaración pública sobre el mismo,
corriendo los gastos de su cuenta, si le proporcionaban alguna buena base
contra su libro”. Esto puede ser una inserción del copista, pero no parece
buena. Suena verídica hasta cierto punto. Podría haber sido agregada por
Buonamici mismo a una segunda versión después de la muerte de Galileo.
Al haber triunfado en sus dos puntos, Galileo se arrodilló nuevamente con
humildad para leer en voz alta la versión corregida de la fórmula:
Yo,
Galileo, hijo del finado Vincenzo Galilei, florentino, de setenta años de edad,
habiendo comparecido personalmente ante este tribunal y arrodillado ante vos,
los Reverendísimos Señores Cardenales Inquisidores Generales contra la
depravación herética en toda la comunidad cristiana, teniendo ante mis ojos y
puesta la mano sobre los Santos Evangelios, juro que siempre he creído, creo y
con la ayuda de Dios creeré todo cuanto es sostenido, predicado y enseñado por
la Santa Iglesia Católica Apostólica y Romana. Pero, como —luego de un
requerimiento que me fuere intimado judicialmente por el Santo Oficio e efectos
de que debería abandonar pare siempre le false opinión de que el Sol se halla
en el centro del mundo, e inmóvil, y que le Tierra no es el centro del mundo y
se mueve, y que no debo sostener, defender ni enseñar en modo alguno, ye sea
verbal o escrito, la dicha falsa doctrina, y luego de haber sido notificado de
que tal doctrina es contraria a las Sagradas Escrituras— escribí e imprimí un
libro en el que discuto esta nueva doctrina ya condenada y aduzco argumento de
gran fuerza lógica en su favor, sin pronunciar ninguna solución de los mismos,
he sido proclamado por el Santo Oficio como fuertemente sospechoso de herejía,
o sea de haber sostenido y creído que el Sol se halla en el centro de la Tierra
e inmóvil y que la Tierra no es el centro y se mueve; Por tanto, deseoso de
apartar de la mente de Vuestras Eminencias y de la de todo fiel cristiano tal
sospecha vehemente justamente concebida contra mí, con todo mi corazón y fe
sincere abjuro, maldigo y detesto los predichos errores y herejías y en general
todo otro error, herejía y secta contrarios en modo alguno e la Santa Iglesia,
y juro que en adelante no diré ni aseguraré, verbalmente o por escrito, nada
capaz de proporcionar oportunidad para sospecha similar en lo que a mí se
refiere; mas, sabiendo de alguna cosa herética o de persona sospechosa de
herejía, lo denunciaré a este Santo Oficio o al Inquisidor u Ordinario del
lugar donde me hallare. Además, juro y prometo cumplir y observar en toda su
integridad los penas que se me han impuesto, o me sean en lo sucesivo, por este
Santo Oficio. Y en caso de que contravenga (lo que Dios no permita) cualquiera
de estas promesas o juramentos, me someto a todas las penas establecidas y
promulgadas en los cánones sagrados y otras constituciones, generales o
particulares, contra tales delincuentes. Con lo que Dios me ayude, así como
estos Sus Santos Evangelios en que apoyo mis manos.
Recitado
lo cual firmó la atestación:
Yo,
el dicho Galileo Galilei, he abjurado, jurado, prometido y obligádome según he
acebado de expresar; y en testimonio de cuya veracidad he suscrito de mi propia
mano el presente documento de mi abjuración y recitádolo palabra por palabra,
en Roma, en el convento de Minerva, este día 22 de junio de 1633.
Yo, Galileo Galilei, he abjurado con mi propia mano, según se expresa más
arriba.
Lo cual, por una vez, era el recibo del requerimiento en debida forma.
Dos
días después de terminada la ceremonia, Galileo fue entregado en custodia al
embajador, y regresó a la Villa Medici. Niccolini escribió: “Parece
extremadamente abatido por el castigo, que constituyó una sorpresa; en cuanto
al libro, mostró poco interés por su prohibición, ya prevista por él desde
largo tiempo atrás”.
VI
Debe
manifestarse que el Juez-Extensor, quienquiera fuere, había sacado el mejor
partido de un mal asunto. La sentencia muestra la mano de un jurista. Había
descartado el extracto oficial y trabajado con las fuentes originales. Que son,
cosa inevitable, Lorini y Caccini por siempre, pero al menos los hechos son
presentados correctamente. Hasta parece que el magistrado hubiera consultado el
original de la Carta a Castelli, en lugar de la copia de Lorini, pues, de lo
contrario, los vocablos "falso" y "pervertidor"
falsificados en ella por Lorini habrían parecido demasiado buenos para su uso.
El juez arranca de ahí, amontonando asiduamente terreno para el crimen de
intención y aún excede al Papa en su celo, puesto que define como
"pernicioso error" la misma politice de discusión indeterminada que
fuera endosada por el pontífice.
El texto de los Calificadores es publicado aquí en verdad por vez primera. Lo
necesita por esas palabras “formaliter haeretica” aplicadas a la inmovilidad
del Sol. Por desgracia, no es sino la opinión de once caballeros eruditos, sin
endoso papal. Pero tiene que arreglarse con aquello de que se dispone.
La famosa prohibición personal de 1616, el objetivo del caso, no se glosa. Es
revelada, por fin, al mundo, y descubiertos también los procedimientos con ella
relacionados, tan sólo lo suficiente para implicar, aun con poco riesgo, que
Galileo siempre había abrigado malas intenciones (lindo trabajo). Tenía que
estar allí porque es lo único obtenible por el juez después de las licencias.
Una vez en tal lugar, bien podía ser utilizada come leve insinuación y hacer
aparecer a Galileo a la vista del público como personaje perverso, temerario y
obstinado. Mas el juez no se siente evidentemente cómodo. En vez de detenerse
en el mismo como punto básico de incriminación (como debe ser)[208] se
las ingenia para cambiar el centro de gravedad con rapidez al certificado de
Bellarmino, donde se encuentra sobre terreno más firme.
En buena lógica, o el requerimiento no era cierto, en cuyo caso Galileo es
culpable; cuando mucho, de impertinencia, o debía considerárselo cierto y
basado en artículo de fe; y la cuestión inevitable para el inquisidor sería: an
sit relapsus —llevando consigo más que vehemente sospecha—. La palabra
"malicia" figura allí con todas sus letras sin que sea retirada por
lo que sigue. Pero las órdenes contradictorias del papa y las operaciones de
los enemigos de Galileo habían originado procedimientos basados en una especie
de lógica tres veces valiosa, por la que Galileo vino a ser sometido a proceso
como si el requerimiento fuera verídico, y más tarde sentenciado, como, si en
un sentido, no fuera muy serio. Un par de factores imaginarios (más bien
fingidos) habían sido multiplicados entre sí para dar una arbitraria
culpabilidad real. Las acrobacias del texto estaban llamadas a desaparecer tan
pronto cayese bajo el examen de juristas desapasionados[209].
El cambio de terreno tiene lugar en la curiosa sección “pero” que volveremos a
citar en el texto. Aunque preparado por una previa “declaración de Su
Santidad”, hábilmente introducida para que se mezcle con los precedentes[210], queda
como ridículo absurdo judicial.
… Y todo eso no fue impulsado por vía de error sino que podía imputarse a
ambiciosa vanagloria antes que a malicia. Mas este certificado presentado en
defensa vuestra no ha hecho otra cosa que agravar la situación, ya que, aunque
se expresa que dicha opinión es contraria a las Sagradas Escrituras, habéis
osado, empero, discutir, defenderla y argumentar su posibilidad; tampoco os
sirve de nada la licencia arrancada por vos, desde que no notificasteis la
orden que os fue impartida[211].
Dos cargos se formulan aquí: a) se recalca que el certificado de Bellarmino
agrava la situación, porque menciona la contradicción con las Escrituras; b) se
agregó prestamente, en cuanto a las licencias, que no sirven de nada porque
está ese requerimiento que maliciosamente se pretendió olvidar por parte del
acusado.
La insistencia sobre el primer punto es realmente extraordinario. ¿Cómo podía
agravar el certificado lo que ya se declara antes como malicia, a menos que se
demuestre que el Papa ha hecho un papel bastante ridículo con sus arbitrarias
instrucciones? El ominoso sonar del bombo está allí evidentemente para desviar
la atención de la frase final que tiene que mencionar una orden; y se espera
que el lector, llevado por las dieciséis líneas que preceden, tomará la
prohibición personal como parte íntegra de la notificación de Bellarmino —que,
por cierto, no era insinuada sino descaradamente afirmada en todas las
anteriores manifestaciones informales—. La ambigüedad había de ser mantenida
girando de manera vertiginosa sobre el extremo de un alfiler. Pero ya el juez
ha reafirmado el terreno bajo sus pies. “Lo que en verdad es condenatorio”,
atruena, “es este documento que habéis presentado en defensa vuestra”.
La situación ex parte objecti ha sido cuidadosamente ignorada y tenemos, en
vez, una configuración de herejía ex parte dicentis, que intenta parecer como
si hubiera estado allí siempre.
De haber existido un abogado defensor para que apelase —pero ni siquiera había
un tribunal de apelación— podría haberse preguntado: “Y, por favor, ¿es esta
nota impersonal, que simplemente repite los términos de un decreto público, y
que, de todos modos, es reemplazada por explícitas instrucciones papales en
contrario, mucho más grave que una severa prohibición personal de escribir de
cualquier modo? ¿Habría inconveniente en mostrarnos la prohibición? Comienza a
sonar como la Donación de Constantino”.[212]
A partir de ese punto, se deja a un lado el requerimiento. La sentencia
prosigue resonando cuesta abajo musitando formalmente acerca de "visto y
considerando todo cuanto hay que ver y considerar", para llegar a una
conclusión basada nada más que en puntos teológicos, jurídicamente los más
débiles. El acusado recibe sentencia en realidad por sospecha de herejía, es
decir, sospecha de "haber creído y sostenido" (lo cual se halla
estrictamente dentro del "sostener o defender" de Bellarmino) una
doctrina que jamás ha sido proclamada herética sino simplemente hallada errónea
por un puñado de cardenales, como Descartes habría de escribir[213], y por
haber creído y sostenido que dicha opinión puede considerarse abierta a la
discusión; lo que la Congregación implicaba que así era, hasta cierto punto, y
el Papa dijo luego que en verdad lo era, y aun facultó al Gobernador del Santo
Palacio para que lo confirmase de manera oficial.
Si comparamos la sentencia —y el decreto de la Congregación que la determinó—
con el informe de la Comisión Preliminar, vemos que el cuadro ha cambiado
bastante. Sin embargo, queda como debe ser una sentencia seria; espejo de la
verdad. Para ella los juristas de hace dos siglos pudieron concluir lo que
ahora hemos deducido de los documentos del archivo secreto. El requerimiento es
lo único que en verdad podía invalidar el permiso oficial y por entero
específico; pero, antes que aferrarse hasta el final al terreno del
requerimiento, el juez es llevado a desconocer las instrucciones escritas de
Riccardi al Inquisidor de Florencia, tal como figuran en las actas:
Os
recuerdo que es la intención de Su Santidad que el título y el objeto no sea
sobre el flujo y el reflujo sino de manera absoluta sobre la consideración
matemática de la posición copernicana relativa al movimiento de la Tierra, de
modo que se pruebe que, salvo por la revelación de Dios y Su sagrada doctrina,
sería posible salvar las apariencias con dicha posición, aclarando todos los
argumentos contrarios que pudiere presentar la experiencia y la filosofía
peripatética, de manera que jamás se conceda la verdad absoluta a esta opinión,
sino sólo la hipotética, y fuera de las Escrituras (mayo 24 de 1631); el autor
debió agregar las razones de divina omnipotencia que le dictara Su Santidad,
destinadas a apaciguar el intelecto, aunque fuese imposible apartarse de la
doctrina pitagórica (julio 19).
Cualquier tribunal superior tendría que haber revocado la sentencia y dispuesto
la libertad del acusado, así como la iniciación de procedimientos contra el
Gobernador del Palacio. Ya podemos conjeturar por qué los hechos atinentes al
requerimiento tuvieron que ser continuamente mal representados, incluso al Papa
en persona, por quienes estaban resueltos a llevar a Galileo a marchas forzadas
al tribunal de la Inquisición. También vemos, de manera retrospectiva, por qué
Galileo se mostraba tan confiado frente a la tempestad, de que no existía ni
una sombra de caso legal en contra suya. Para que la hubiese, razonaba,
necesitaríase no sólo documentos falsos sino que el Papa, se desdijese de lo
manifestado; cualquiera de esas acciones era para él algo fuera de los límites
de lo concebible. La verdad es que las autoridades se esforzaron para realizar
ambas cosas. Aun para el estómago escurialista forrado de zinc había sido
necesario cierto escamoteo.
VII
A
través de su proceder, el juez no había hecho sino poner más aún de manifiesto
la cuidadosa equivocación impuesta a todo el caso por la prohibieron del Index
de 1616. Con la prudente sugestión de Matteo Barberini, el decreto habíase
organizado como arma flexible. Para el público (en caso de que las autoridades
hubieren de mudar de parecer), el texto oficial no presentaba sino la
manifestación de que las nuevas ideas eran equivocadas y contra las Escrituras.
Ese era el lado aplastado de la espada. Mas, siempre que les conviniese, esas
autoridades mantenían en reserva el borde cortante proporcionado por los
calificadores, la formaliter haeretica aplicada a la estabilidad del Sol. (A la
Tierra permitíasele moverse algo à la rigueur, con tal de que el Sol también lo
hiciera; tal la cómica conclusión de la sabiduría de ellos). Lo ve, pues ya no
lo ve.
Pero no siempre se puede tener las dos maneras. Si las autoridades hubiesen
sido lo suficiente atrevidas para atenerse a su dudoso requerimiento, habrían
condenado a Galileo por motivos claros aunque limitados. Mas al blandir la
prohibición originaron la fría pregunta: "De todos modos, ¿de qué herejía
están hablando?" Cuya pregunta fue prontamente lanzada desde el campo
gálico, al menos en forma privada. Descartes escribió a Mersenne en 1634:
"Como no veo que esta censura haya sido confirmada por el Papa ni por el
concilio, sino que proviene tan sólo de un grupo de cardenales, puede ser que
aún le suceda a la teoría copernicana lo que a la de las antípodas, que en una
oportunidad fue condenada de igual modo"[214].
Una vez formulada, la pregunta no tenía sino una sola respuesta. Y cuando
comenzó a disminuir la sugestión en masa de la ciega obediencia inducida por
los jesuitas, se hizo claro, y sobre todo a las mismas autoridades, que a esta
altura mostrábanse ansiosas de salir del atolladero, que no hubo la menor
herejía. Lo que puedan decidir trece cardenales constituidos en comisión
consultiva no puede convertirse en cuestión de salvación y de fe. Puesto que el
Papa habíase abstenido cómodamente de pronunciarse jamás ex cathedra sobre el
asunto, nunca se había visto con derecho a blandir la espada forjada para la
exterminación de la perversidad herética.
Si Galileo hubiera suscitado este punto, de pie en la sala del Minerva, le
habría caído el techo sobre la cabeza. Empero habría tenido de su parte toda la
jurisprudencia.
Pero tuvo que conservar su serenidad, lo mismo que el resto del mundo católico.
Porque el Papa, de manera no distinta a aquella reina de España que dijo a su
marido: “Puedo hacer príncipes de la sangre sin vos, pero lo que podéis hacer
sin mí tiene otro nombre muy diferente", pudo convertir la opinión
copernicana en herejía con su infalible pronunciamiento en cualquier instante;
y eso hubiera resuelto la cuestión para bien de todos.
Pero no lo hizo, y ello deja el proceso a Galileo como algo curioso, extraño e
inconcluso en la historia[215]. Semejante
y estruendosa persecución teológica, combinada con timidez dogmática, ese
arrastrar y patear a un hombre por sugerir su convicción científica, mientras
las autoridades no osaban aseverar lo contrario, dejó a éstas doblemente
aturdidas al final. No podían sembrar a los cuatro vientos de manera cómoda los
verdaderos motivos —que Galileo había escrito en italiano y los había hecho
aparecer estúpidos— o que el significado político representaba que los-jesuitas
habían igualado el marcador con los dominicos por medio de un nuevo partido de
fútbol cosmológico. Jamás revocaron la sentencia de prisión formal, y las
últimas palabras registradas de la Congregación en 1638 son: “Sanctissimus
rehúsa conceder nada (nihil concedere voluit)” y, por lo demás, jamás anularon
la reducida pensión acordada al prisionero en tiempos más dichosos. Toda la
representación va de acuerdo con las pomposas arcadas papales del período,
conducentes a un vaciadero que antaño fue camino, o las imponentes puertas
barrocas de la Campagna Romana, que inesperadamente se abrían desde un camino
amurallado y soñoliento a un campo cubierto de cardos. También tiene ese aire
persuasivo romano de contener un propósito, aunque no se halla visible ninguno.
La sociedad romana apenas tomó noticia del asunto, salvo para las ocasionales
conversaciones pías con sus correspondientes suspiros acerca de lo perverso de
las nuevas filosofías. Habla otros temas más absorbentes de que hablar aquel
verano de 1633, tales como el baldaquín negro, tan magnífico, con sus columnas
retorcidas y enormes, que acababa de ser inaugurado en San Pedro. En cuanto a
la Ciudad Eterna en sí, anónima e impregnable, jamás habíale impresionado mucho
la acción de sus autoridades, habiéndolo hecho saber una y otra vez por intermedio
de sus voceros oficiales, Pasquino, Marforio y el Pie, cuya diplomática y
vetusta inmunidad jamás ha sido puesta en duda, debido a que son de piedra[216]. La idea
de que un hombre tenga que prometer que la Tierra no se mueve, si podía
remediarlo, era demasiado interesante para no reparar en ella. Mucho más
explícita fue la nota encontrada, algún tiempo después inserta justamente
debajo de la cola del elefante absurdo y sumamente decorativo que soportaba un
obelisco, que aún hace girar el lomo y mira asombrado hacia el monasterio de
Minerva. La nota decía en buen latín: “Fratres Dominici, hic ego vos habeo”
(Hermanos dominicos, aquí es donde os tengo). Las palabras procedían, por así
decirlo, del corazón[217].
A no
ser por tu culpa el vino
Dulce fuera como el agua:
No indicio de sabor, ni señales
Ni promesas.
A no ser por tu pecado, ninguna lengua
Probado habría, salada como sangre,
La certeza entre
Esas uvas de Dios.
ARCHIBALD MAC LEISH
(Lo que dijo el vino a Eva)
I
La
abjuración en sí no es en modo alguno la entrega y la desgracia moral que
sostienen ser los jueces designados por sí mismos. Galileo sabía con exactitud
qué podía decir y qué no, sin cometer el pecado mortal de perjurio, pues estaba
mejor preparado que nosotros en moral teológica. De ahí, según sabemos a través
de Buonamici, que se mantuviera firme al negar dos puntos, aun a riesgo de la
estaca. Nunca diría que había engañado a nadie durante las negociaciones
relativas a la licencia o que se hubiera desviado de la ortodoxia católica.
Ambas cosas eran actos de la voluntad, y lo demás no.
Su verdadera manifestación, pues, equivalió a esto: “Si el Vicario de Cristo
insiste en que no debo afirmar lo que conozco, tengo que obedecer. Por ello
declaro que mi voluntad no habría en ningún punto cedido ante mi conocimiento.
Ni siquiera Dios es capaz de impedir que mi razón vea lo que ve, pero por orden
explicita de su Vicario puedo retirar mi pública adhesión a ello con el fin de
evitar el escándalo entre fieles. Doy mi sumisión y mantengo mi verdad. En
cuanto al asunto del requerimiento judicial, es vuestra mentira, y no mía, lo
que me pedís que recite, y que caiga sobre vuestras cabezas. Sobre esto puedo
afirmar que fue mi voluntad y ha de seguir siendo no situarme conscientemente
en contra de la de la Santa Iglesia Apostólica. Por lo demás, la obediencia me
obliga a decir en público lo que queráis”.
Esto es muy diferente de lo que el lector moderno lee en ello. Resulta
ilustrativo que Castelli, torturado desde lejos por el pensamiento de que su
maestro había consentido en cometer perjurio, respiró con mayor libertad al
leer la fórmula. Lo cual no fue obstáculo para pensar de los jueces lo que
había pensado, y aun escribirlo en el acto, a pesar de que debía cuidarse de
los espías[218]; “Mi
hermano fue sentenciado en virtud de la declaración de un testigo que obró con
falsedad a cambio de un doblón y una comida, y así y todo, debemos vivir entre
esos jueces, lo mismo que morir y lo que es más duro aún, guardar silencio.
Inter hos judices tamen vivendum, moriendum, et, quod duruts est, tacendum.
Conservadme en vuestro favor”.
Retractarse no era considerado degradación moral, sino una deliberada
degradación social, y como tal quebrantó el corazón del anciano.
II
Pero
no quebrantó su espíritu, como demostró con el tiempo, porque, aunque no
esperaba que le fuera permitido publicarlo, en adelante proseguiría con la
mayor de sus realizaciones científicas, Dos Nuevas Ciencias[219]. Ni
siquiera contuvo los chispazos de cáustica ironía que se producían en
ocasiones, llevando a sus enemigos a la furia, aunque ellos sabían de su
amordazamiento y desamparo frente a sus refutaciones triunfantes. No hizo
ningún misterio de lo que pensaba en cuanto a sus jueces y su criterio, sin que
experimentara que su despectiva apreciación volvíalo insincero en su sumisión y
lo apartaba de su comunión con la fe. Siguió orando y rogando a sus amigos que
orasen por él. Hasta proyectó un peregrinaje a Nuestra Señora de Loreto, para
repetir el realizado después de 1616, y sólo su salud le impidió llevarlo a
término. Mas a hombres como Peiresc pudo escribir:
No
espero ningún consuelo y ello es porque no he cometido ningún crimen. Podría
esperar obtener perdón si hubiese errado; porque es a las faltas a lo que los
príncipes pueden conceder indulgencia, en tanto que contra quien ha sido
condenado siendo inocente, es propio sostener rigor, para hacer alarde de
severa legalidad… Pero mi sacratísima intención, ¡con cuánta claridad
aparecería si algún poder sacara a luz las calumnias, el fraude, las
estratagemas y las argucias utilizados en Roma dieciocho años atrás para
engañar a las autoridades! Habéis leído mis escritos y a través de ellos
comprendido ciertamente el verdadero motivo que causara, bajo la fementida
máscara de religión, esa guerra contra mí que de continuo me restringe y domina
en todas direcciones, de modo tal que ni puede llegarme ayuda de afuera ni
puedo salir a defenderme, habiendo sido emitida una orden expresa a todos los
Inquisidores para que no se permita la reimpresión de obras publicadas ya hace
años ni se conceda autorización para imprimir ninguna nueva si así lo deseare…
orden rigurosísima y general, digo, contra todas mis obras, omnia edita et
edenda; con lo cual no me resta sino sucumbir en silencio bajo la inundación de
ataques, denuncias, burlas e insultos que vienen de todos lados[220].
Esto
hace clara su posición. Había jurado ante la cristiandad que jamás consentiría
una herejía; pero se consideraba no obligado en manera alguna a reconocer como
de fe la decisión arbitraria y caprichosa que quebrantaba todas las
constituciones de la Iglesia. Habíanle impuesto por fuerza una obligación
deshonrosa; no iba a hacer honor a la promesa arrancada. Querían destruirlo, y
hasta borrar su recuerdo. Lucharía a su vez con todos los medios a su alcance.
Antes del mes de su partida de Roma, un ejemplar del Diálogo iba camino de
Mathias Bernegger, de Estrasburgo, valiéndose de intermediarios de confianza,
con lo que una traducción en latín hallóse lista para el público europeo en el
año 1637.
No existe indicio más claro sobre la situación anárquica lograda por las
autoridades con su parodia de legalidad que la resistencia del público a la
prohibición[221]. Píos
creyentes que jamás habrían tocado un folleto protestante, sacerdotes, monjes y
aun prelados, rivalizaban entre ellos para la adquisición de ejemplares en el
mercado negro y alejarlos así de manos de los Inquisidores. Un amigo escribe
despectivamente desde Padua que Maese Fortunio Liceti ha entregado su ejemplar
a las autoridades, con clara implicación de que sería el único en hacerlo. Como
expresa Micanzio, la mayor parte de los lectores enfrentaría "la más
grande indignación" antes de desprenderse de su volumen, y el precio del
mercado negro se elevó desde el original medio escudo hasta cuatro o seis
escudos en toda Italia (casi un centenar de dólares).
Esto degenera en una persecución indigna, que recuerda a los vigilantes de
Keystone; tan pronto como los Discursos sobre Dos Nuevas Ciencias son
autorizados por el obispo de Olmütz y más tarde en Viena —evidentemente bajo
órdenes imperiales directas— por el padre jesuita Paullus, los demás jesuitas
emprenden furiosa persecución contra el libro. “No me ha sido posible”, escribe
Galileo a Baliani en 1639, “obtener un solo ejemplar de mi nuevo diálogo,
publicado hace ya dos años en Amsterdam (tendría que haber sido ‘Leiden’).
Empero, sé que circula por todos los países septentrionales. Los ejemplares perdidos
deben ser aquellos que, tan pronto como llegaron a Praga, fueron adquiridos por
los padres jesuitas, con el fin de que ni el mismo Emperador pudiese obtener
uno”. Una explicación caritativa sería que sabían lo que estaban haciendo.
Alguien por lo menos ha debido comprender que la labor de Galileo sobre
dinámica prosiguió tranquilamente estableciendo las bases del sistema que
habíasele prohibido defender. Pero eran como el valiente caballero de que habla
Milton, que creyó poder encerrar a los cuervos cerrando las puertas del parque.
Ya no existe por fuerza aquí ninguna cuestión de autoridad espiritual ni de
obediencia, sino simplemente de abusos administrativos cometidos por una
policía del pensamiento cuyos decretos son ignorados o esquivados por cada ciudadano
como mejor le sea posible, de un modo que no deja de traer a nuestra memoria
las infracciones a la Ley Volstead. Sabemos que Galileo fue regularmente a
confesar y comulgar, lo que prueba que recibió la absolución de su consejero
espiritual por ignorar las excomuniones en potencia de Roma.
Observamos que la historia a esta altura podría parecer acontecimiento extraño
a un católico moderno, en especial de los países anglosajones, quien,
acostumbrado a la separación de la Iglesia del Estado, apenas puede imaginar
cuáles serían sus reacciones si se dotara a su Iglesia de la autoridad secular,
así como de la teológica. Para tal observador, Galileo podría parecer un
protestante secreto que poco a poco es impulsado a rebelarse pero carece del
coraje necesario para declarar sus verdaderos colores. Eso es un error en
perspectiva. Galileo pertenece a un tipo muy específico, el católico
anticlerical, tal como es común en la actualidad en países donde la resistencia
a la intromisión de los sacerdotes en asuntos temporales ha procedido de un
pueblo católico; una comunidad obediente en asuntos de doctrina pero presta a
oponerse a que el Papa actúe como soberano, como hicieron sus antepasados al
luchar contra los ejércitos papales. Hasta dónde podría llegar semejante
resistencia y desobediencia aun dentro del sistema de la contrarreforma, lo
demuestra la violencia de la controversia jansenista hace algunos años hasta el
arrasamiento de Pont-Royal. Si Galileo hubiese vivido en la generación de
Pascal, probablemente habría sido impulsado al campo jansenista por la acción
de los jesuitas. Mas su figura, equilibrada entre dos eras, debiera verse mejor
bajo la perspectiva del siglo XVI, al que pertenece su juventud.
Como Erasmo y como el mismo Copérnico, que vivieron y trabajaron sin
preocuparse entre las vigorosas corrientes de la primera época de la Reforma,
pertenece a la ecuménica, antigua y sencilla “comunidad cristiana”, sin poder
resolverse a ver a los protestantes como “herejes apestados”, aislados en la
mayor tiniebla, sino más bien como reformadores inmoderados, capeando el
temporal del cambio político en sus propios países, que con el tiempo hallarían
el camino de regreso a la Madre Iglesia una vez alcanzados sus fines.
¿Cuánto de católico tenía, en verdad, Francesco Guicciardini, quien escribió
que le habría gustado muchísimo que Lutero exterminase todo el sistema vaticano
con “su reinado de infames sacerdotes”, a no ser porque en ello iba envuelta su
carrera? Por otra parte, ¿cuánto había de disidente en el Padre Paúl Sarni,
íntimo amigo de Galileo, excomulgado, luchador implacable en favor de la
soberanía veneciana? Fue empujado al otro lado de la estacada, pero, no
obstante, no se separó. Las esperanzas de traerlo al campo protestante
abrigadas por sir Henry Wotton se desvanecieron. “He llegado a la conclusión”,
escribe Diodati de regreso, lleno de pesar, a París, “de que jamás llegará a
volar la fortaleza” (qu’il ne soit jamais pour donner le coup de pétard)”. Ni
como patriota veneciano ni como creyente, Sarpi pudo decidirse jamás a romper
sus lazos con la catolicidad apostólica y sacramental y se atuvo a ella incluso
después de haber sido excomulgado. Sus últimas palabras en su lecho de muerte
fueron: “Esto perpetua", que más se refieren por cierto a la Iglesia
ecuménica que a la República Serenísima. No hay duda que, al igual que Galileo,
consideraba que llegaría la fecha en que un protestantismo serenado reuniríase
sacramentalmente con una autoridad pontifical dignificada en un mundo de
estados libres.
En cuanto a Galileo en sí no tenía nada de aquella viejecita irlandesa a quien
un hombre del Ulster le ofreció el paraguas durante un aguacero y le dijo:
“Gracias, muchas gracias, es usted muy amable; pero ¿qué beneficio me reportada
siendo un paraguas protestante?”. Las cartas de Galileo a Bernegger y Diodati,
lo mejor de sus postreros años en su dignidad y franqueza, son testimonio de la
confianza que depositara en hombres a quienes consideraba portadores del
futuro. ¿No había Francia, el país de adopción de Diodati, establecido con el
edicto de Nantes, el símbolo de una era de reconciliación? Muchos habrán
experimentado de igual modo en Italia durante el sombrío final de la guerra de
Treinta Años. La dedicatoria de los Discursos sobre Dos Nuevas Ciencias al duque
de Noailles, es en sí un legado a los franceses "ultramontanos", ya
que las Repúblicas Italianas ya no existían.
Así la resignación y la aceptación de Galileo podían permanecer aún sin ceder,
lo mismo en la certeza científica que en lo que él sabía contenido inalterable
de su fe. Aunque habíasele ordenado no escribir ni hablar en modo alguno de
cosmología, a riesgo de ser considerado hereje recalcitrante, y los
inquisidores locales vigilaban a sus visitantes y su correspondencia, a través
de sus informantes, pudo escribir a Francesco Rinuccini con ironía apenas
disfrazada en 1641:
De
seguro, las conjeturas con las cuales Copérnico sostuvo que la Tierra no está
en el centro, caen hechas pedazos ante el argumento de la omnipotencia divina.
Porque desde que esta última es capaz de realizar a través de muchos, ay,
muchísimos modos, lo que, según nuestro modo de ver, no parece practicable sino
de uno solo, no debemos limitar el poder de Dios y persistir obstinadamente en
lo que podamos habernos equivocado. Mas, como sostengo que las observaciones y
conjeturas de Copérnico son insuficientes, mucho más las de Tolomeo,
Aristóteles y sus partidarios, me parecen elusivas y equivocadas, porque su
falsedad puede ser probada sin ir más allá de los límites del conocimiento
humano.
Aquí
había suficiente "intención" no disfrazada para que hubiese ido a
parar nuevamente a manos de la Inquisición y terminar sus días en los
calabozos. Después de todo, había declarado formalmente durante el "severo
interrogatorio" su creencia de que Tolomeo estaba acertado.
Los estudiosos del siglo XIX hallaron esa carta lamentable y nada digna, lo que
muestra nuevamente cómo uno o dos siglos de impunidad pueden corromper la
manera de enjuiciar. Si, pongamos por caso, en 1951 un científico ruso hubiese
escrito que repudiaba toda la genética
Morgan-formalista-cosmopolita-reaccionaria, en obediencia a las directivas del
partido, que es infalible en su conducción de las masas levantadas en lucha,
pero que estaba seguro al menos que Lysenko se encuentra bajo aviso… si hubiese
escrito eso, lo describiríamos como heroísmo irresponsable. El estilo que era
(y es) prudente adoptar bajo condiciones similares, puede verse en una carta
enviada desde Roma a Galileo por Cario Rinucci en agosto de 1633. Luego de
algunas referencias banales a los conciertos nocturnos de la embajadora en el
jardín, prosigue como al descuido: “Se preparan cosas y música maravillosa, y
un gran personaje, que figura a la cabeza de todo ello, me ha dicho que vendrá
a cantar siempre que yo lo desee, siempre que le prometa también alguna
conversación. Vuestra Excelencia podrá ver por esto cuántos se pondrían vuestra
ropa y luego hablarían por cuenta propia. Bien, no diré más”. Se trata a todas
luces de un mensaje cifrado, y así dicen las cosas quienes se cuidan de su
seguridad personal Nos preguntamos quién podrá ser ese gran personaje.
Lejos de imitar su ejemplo, vemos a Galileo en 1641, ya ciego y próximo a la
hora de su muerte, pero no fuera del alcance del inextinguible rencor de Urbano[222] cuando
escribe a Fortunio Licet, no al amigo en esta oportunidad, sino a un gran
pedante a quien ya ha provocado con su crítica irónica:
Ahora
puede ser Su Señoría cuán difícil tarea será la de aquellos que desean hacer de
la Tierra el centro de los círculos planetarios. Un lugar que podría ser, vamos
al decir, centro de todos los planetas con excepción de la Luna, es más
apropiado para el Sol que para ningún otro. Esto no es decir que los centros de
los planetas deben tender a priori exactamente a su centro: más bien parecen
situados hinc inde alrededor del Sol, pero con anomalías infinitamente menores
que las que tendrían alrededor de la Tierra.
Según
nuestros conocimientos, el hombre que escribió esto puede muy bien haber
pronunciado el legendario Eppur si muove justamente en el salón de la
abjuración. Y confiamos en que el Comisario General habría hecho todo lo
posible para no oír.
El 20 de junio de 1633, Galileo fue entregado en custodia al arzobispo de
Siena, Ascanio Piccolomini. Estaba proyectado que después de cinco meses iría a
la cartuja de Florencia. Conmutada esta disposición le fue permitido
trasladarse a su pequeña granja de Arcetri, donde habría de hacer frente a los
restantes ocho años de vida y a la inminente ceguera, bajo arresto perpetuo en
su domicilio.
Notas:
[1] Diálogo
sobre los Grandes Sistemas del Mundo, de Galileo, traducción de Salusbury.
Revisada,-anotada y con una Introducción de Giorgio de Santillana, Chicago;
Imprenta de la Universidad de Chicago, 1963.
[2] Este
era el titulo del folleto en su latín original.
[3] Esta
carta, lo mismo que los demás textos cuya procedencia no se especifique, se
hallarán en la edición nacional de Obras, de Galileo, por Antonio Favaro, en
veinte volúmenes. La correspondencia se ha dispuesto en orden estrictamente
cronológico, de tal modo que la fecha constituye suficiente referencia.
[4] La
intimidad entre ambos hombres trasluce en su correspondencia, aun cambiada,
como está, en severo tono oficial. En determinado punto, se cita el lenguaje
directo de Vinta: Galileo, nelle cose tue tratta con me e non con altri, frase
significativa tanto por su sentido como por la forma en que va dirigida.
[5] “Maese
Roco Berlinzone” era el apodo de los jesuitas. La Sociedad había sido expulsada
del territorio de Venecia a causa de intrigas políticas en el año 1606, por
decreto del Senado. Anteriormente había sido desterrada de Francia en 1504,
pero se le permitió regresar en tiempo de Enrique IV. Fue obligada a salir de
Francia, y de España en 1767 y finalmente suprimida por el papa Clemente XIV en
1776. Tal supresión no fue revocada sino en 1814.
[6] Cf.
Leonardo Olschki, Geschichte d. neusprachlichen wissenschaftlichen Litteratur,
Vol. III; Galilei und seine Zeit (1927). Sobre el efecto en los círculos
británicos, véase M. H. Nicholson, El Telescopio y la imaginación, en Filosofía
Moderna, 1936, y Estudios de Filología (1935): y J. Jonhson, Pensamiento
Astronómico en la Inglaterra del Renacimiento (1937).
[7] Esta
cita y la siguiente son del Diálogo entre los Grandes Sistemas del Mundo
(traducción inglesa; Chicago. Imprenta de la Universidad de Chicago —en
adelante citada solamente como Diálogo)—, páginas 122 y 125; pero corresponden
a secciones escritas mucho antes de 1630, con probabilidad en la época de su
polémica con Magini. Por otra parte, sabemos que tales observaciones
sarcásticas fueron proferidas con frecuencia por Galileo desde el comienzo de
su polémica con las escuelas.
[8] Decimos
incitado porque Magini estaba detrás de ello (véase la carta de Sertini, agosto
7, 1610, Ed. Naz. X, 411). Magini había alentado a su vez el panfleto cargado
de odio de Martin Horky, que se volvió contra su autor. Puesto que el padre
Müller, S. J., Galilei und die Katholische Kirche (1410) eligió citar sus
observaciones personales, bien podría dar una idea de esta clase de polémica,
dejándolo en latín, como hace Gibbons, con sus citas menos refinadas: Galileo,
dice Horky, era impopular en Bolonia “quia capilli decidunt, tota cutis et
cuticula flore Gallico scatet, cranium laesum, in cerebro delirium, optici
nervi, quia nimis curiose et pompose scrupula circa Jovem observavit, rupti…”.
[9] El
telescopio fue bautizado occhiale por Galileo, y en latín se convirtió en
perspicillum, arundo optica, etc. El nombre griego de telescopio fue sugerido
más tarde por Demisiano, miembro de la Academia de los Linces (cf. Rosen, “The
Naming of the Telescope”, Isis, 1947).
[10] La
poesía de Galileo, como la de Maxwell y Miukowski, casi no se encuentra en
ninguna parte impresa, aunque las rimas de los dos últimos con partes del saber
secreto de los físicos. Creemos nuestro deber reproducir aquí, en beneficio de
quienes pueden leer italiano, el retrato del doctor a la manera de Bernesque:
Tu
non lo vedi andar se non pe’ chiassi
Perla vergogna, o ver lungo le mura,
E in simili altri Inoghi da papnssi
E par ch’ei fugga la mala ventura;
Volgesi or da man manca or da man destra
Come un che del bargello abbia paura
Pare una gatta in una via maestra
Che sbalordita fugga le persone
Quando è caduia glu dalla finestra,
Che se ne corre via carpon carpone
Tanto che la s’imbuchi e si difenda,
Perchè le spiace la conversazione…
Perchè la toga non ti lascia andare
Ti s’attraversa t’impaccia t’intrica,
Ch’ è uno stento a poter camminare:
E però non par ch’ella si disdics
A quel che fanno le lor cose adagio
E non han troppo a grado la fatica.
Anzi han per voto lo star sempre in agio
Come a dir frati o qualche prete grasso,
Nemiei capital d’ogni disagio.
[11] Ver,
e. g. Müller, op, cit. y la Enciclopedia Católica (New York: Appleton, 1910),
art. "Galileo".
[12] "Liga
de los Palomos" era la peripatética coalición encabezada por Lodovico
delle Colombe, del que nos ocuparemos después. Puesto que Colombe significa
"paloma", Galileo lo tildó con frecuencia de palomo.
[13] Un
verso que habíase convertido en proverbio corriente: Gente a cui si fa notte
innanzi sera.
[14] Carta
a Galileo, agosto 11, 1611. La teoría prosiguió siendo presentada durante
muchos años, y hasta Galileo tuvo que ocuparse de ella en su Diálogo, pp. 96
ss.
[15] La
obra de Copérnico había sido anunciada antes de su publicación, en 1533, por
Johannes Widmanstetter al papa Clemente VII, que había aprobado las ideas.
También fueron favorecidas por el cardenal Schönberg, entonces presidente de la
Comisión del Almanaque; y Tiedemann Glese, obispo de Kulm, ayudó a su
publicación.
[16] Referencia
mitológica a Linceo, uno de los argonautas, célebre por la agudeza de su vista.
[17] Carta
a Gallanzoni, junio 16; a Cigoli, octubre 1 de 1611. Gallanzoni era secretario
del cardenal Joyeuse, y la carta de catorce páginas es evidentemente destinada
al mismo cardenal, así como a Bellarmino.
[18] Didacus
à Stunica (Diego de Zúñiga), monje español, había escrito un comentario acerca
del pasaje de Job: "El que ha detenido la tierra sobre el vacío".
Galileo había pensado, a su vez, en este pasaje, como aparece en sus
comentarios marginales a Colombe. El "erudito doctor" de la carta del
cardenal es a todas luces Nicolás de Cusa.
[19] Las
Congregaciones actuaban como equivalente de nuestras comisiones de Gabinete y
de Senado, mas cada una de ellas encabezaba a su vez un departamento. Cuando no
las presidia el papa celebraban sus reuniones en el domicilio de algún otro
miembro. La Congregación del Santo Oficio era la más importante, y corresponde
más o menos a nuestro Consejo de Seguridad Nacional. Sus miembros eran por
entonces los cardenales Bellarmino, Veralli, Centino detto d’Ascoli, Taberna
(di S. Eusebio), Mellini, Gallamino (d’Aracoeli), Bonsi (di S. Clemente), y
Sfondrati (di S. Cecilia), “por la gracia de Dios, cardenales de la Santa
Iglesia Romana, e Inquisidores Generales en toda la comunidad cristiana contra
la depravación hereje.
[20] Cremonini
se refleja en los textos de historia como la abstracta imagen del pedante, pero
fue en su época un personaje vivido y lleno de colorido, sucesor de Francesco
Zabarella, habíase convertido en la lumbrera de la filosofía paduana, en su
condición de vigoroso y sistemático maestro de la auténtica doctrina
peripatética, que, por supuesto, llevaba en sí la no creencia en la
inmortalidad del alma individual humana. Había defendido con vigor los
privilegios de la universidad contra los intentos de los jesuitas de poner pie
en la enseñanza, y en dos oportunidades fue desafiado por la Inquisición, a la
cual desconoció valido de su posición de inmunidad, garantizada por el estado
veneciano. De allí en adelante se consideró mejor política no proseguir el caso
contra su persona. Su sueldo de dos mil florines era el más elevado, y doble
del asignado a Galileo en mérito a sus descubrimientos. Vivía a lo grande, con
“numerosos criados, dos carruajes y seis caballos”. Tocante a su actitud
personal acerca de Galileo, se halla expresada de la mejor manera en una carta
de Paolo Gualdo: “Le dije al encontrarlo en la calle: ‘El señor Galileo se
muestra sumamente apesadumbrado de que haya escrito usted todo un gran volumen
que se refiere al firmamento, a la vez que rehúsa mirar a sus estrellas’. Y
contestó: ‘No creo que las haya visto nadie sino él y, por otra parte, eso de
mirar a través de lentes, me marearía. Basta, no quiero hablar más de ello.
Pero ¡qué lástima que el señor Galileo se vea envuelto en esos trucos de entretenimiento
y haya olvidado nuestra compañía y su seguro refugio de Padua. Puede que tenga
que lamentarlo’”.
[21] A
qualche giustificazione de’casi suoi. Esta se produjo tan sólo cuatro años más
tarde, en una carta de Guicciardini, fechada diciembre 5, 1615. La carta de
Galileo a Gallanzoni, que fue mostrada a Bellarmino, evidentemente no produjo
la menor impresión.
[22] Fue
Kepler quien señaló más tarde la evidencia de duda en los comentarios de
Olavius sobre Sacrobosco, escritos poco antes de su muerte, en 1612. Ello se ve
confirmado por las confesiones del padre Kircher (ver n. 6, p. 244). Pero los
jesuitas disponían de otras líneas de retirada, como veremos más adelante.
[23] Para
la explicación del problema véase capítulo 3.
[24] Carta
a Cesi, junio 30, 1612.
[25] Los
aristotélicos tenían razón sin duda en este punto. Los epiciclos no casaban con
ningún sistema de filosofía natural, y constituye uno de los misterios más
singulares de la historia que Galileo rehusara la ayuda ofrecida por Kepler con
su teoría acerca de las órbitas elípticas. La excentricidad de Marte se halla
presente en su imaginación; las ideas de Kepler son discutidas entre sus
amigos, pero nada acontece (ver páginas 169 y 170 y la llamada N.º 10).
[26] La
principal razón astronómica de Tycho (aparte de las frívolas físicas (véase
páginas 12 y 62) fue que no había podido descubrir un paralaje estelar ni
siquiera de medio minuto, que removiese las estrellas a una distancia de al
menos ocho millones de semidiámetros de la Tierra; en tanto el último círculo
de Saturno no Iba más allá de doce mil. Esto, a su vez, y dado los aparentes
diámetros estelares, habría hecho a las estrellas mayores aún que el sistema
solar. Tycho había insistido en que los planetas brillaban con su propia luz,
lo que los diferenciaba de la Tierra. El telescopio demostró ahora que los
aparentes diámetros estelares se debían a la irradiación y también que Venus se
hallaba a oscuras cuando el Sol no la alcanzaba.
[27] E.
Naz., IV, 445.
[28] Leonardo
Oslchki; Geschichte d. neusprachlichen wissenschaftlichen Litteratur, Vol. III:
Galilei und seine Zeit (1927).
[29] “Los
cultos son acosados por los ávidos de conocimientos, tal como lo son los ricos
por los pobres que se agolpan a sus puertas”. (Carta de Nozzolini. Ed. Naz.,
VI, 698).
[30] Véase
páginas 94 y 106
[31] Llegó
a poder de Francis Dacon a través de Toby Matthews, quien escribió desde
Bruselas: “Tengo la pretensión de enviarle copla de una carta que Galileo, de
quien estoy seguro habrá oído hablar, escribió a un monje de mi conocimiento… A
un procurador General en plena ciudad, y a uno tal como el ocupado en los más
arduos negocios del reino, podría parecer fuera de lugar que lo interrumpa con
un tópico de esta naturaleza. Pero sé suficientemente bien, etc.”.
[32] Estos
motivos fueron recalcados en la prédica de la contrarreforma hasta nuestros
días como contramedida al desarrollo del pensamiento secular: Diceva bene ar
Caravita er prete: Il Libri so’invenezione der demonio. Dunquem fijoli mii,
no’li leggete. G. G. Belll. (El sacerdote lo dijo bien en el oratorio de
Caravita; los libros son invento del demonio, por lo que, hijos míos, no los
leáis).
[33] La
propia poesía burlesca de Galileo, que hemos citado en la página 27, expresa
una de ellas en su último verso. Los doctores, dice, se han dedicado a vivir a
sus anchas, “no menos que si fuesen frailes o crasos sacerdotes, enemigos
mortales de todas y cada una de las incomodidades”.
[34] La
palabra adombrare es utilizada aquí en el mismo sentido antiguo que en el
Purgatorio, de Dante XXXI, 144 y no en su más corriente, que a su vez se
encuentra en el inglés adumbrate (sombrear, oscurecer).
[35] Los
documentos del archivo de la Inquisición se hallan en el volumen XIX de la
edición nacional de las Obras de Galileo, por Favaro. Pero, como han sido
reproducidos a su vez por L’Epinois y Berti en sus anteriores publicaciones del
legajo, nos referimos a ellos en cuanto a número del folio auténtico, que se
hallará en las tres obras.
[36] Esto
era prudencia con respecto al arzobispo y el uso que pudiere hacer de sus
palabras, no con relación al Vaticano, pues Galileo había enviado ya el
verdadero texto de la carta por intermedio de Dinj, el 16 de febrero de 1615;
pero no fue tenido en cuenta. Algunos historiadores modernos, como monseñor
Marini, que al parecer no conocieron los escritos de Galileo sino en base a
informes policiales, encontraron en el término "pervertir" otra
prueba de la arrogancia de Galileo.
[37] Sarpi
es el padre Paolo, de Milton "el gran desenmascarador del Concilio de
Trento", quien "observó que los primitivos concilios y obispos se
limitaron a declarar qué libros no eran recomendables, sin ir más allá y
dejando a la conciencia de cada uno leerlos o hacerlos a un lado",
(Areopagítica). Paolo Sarpi (1552-1618) había sido amigo de Sixto V y de
Bellarmino, mas la controversia sobre el interdicto veneciano los había
separado. Excomulgado por la Curia, sus agentes intentaron secuestrarlo y aun
asesinarlo el año 1607. Hasta el final continuó actuando como consejero de la
República de Venecia y líder en la lucha del estado contra las reclamaciones
del Vaticano, ya que defendió las antiguas y republicanas libertades Ecclesiae
contra los jesuitas y el absolutismo de los papas. "El nuevo nombre de
ciega obediencia inventado por Loyola", escribió, "siempre fue
desconocido por la Iglesia y por todos los buenos teólogos, hace desaparecer la
característica esencial de la virtud que procede por determinado conocimiento y
elección, expone al riesgo de ofender a Dios y no excusa al que ha sido
engañado por el gobernante espiritual".
No es necesario expresar que la amistad de Galileo con Sarpi no implicaba
relación de ninguna especie con las actividades políticas y religiosas del
último. Sarpi era uno de los grandes eruditos de su tiempo: habíase mostrado
fuertemente interesado en las teorías físicas de Galileo y hasta había
colaborado en sus experimentos. Estaba seguro de que la teoría de Copérnico
sería aceptada eventualmente como cierta y llegó a manifestarlo así en su
opinión escrita al Senado veneciano, luego de la prohibición de 1616. Nada de
eso interesó a Caccini. La simple mención de Sarpi era un baldón efectivo y
sabía que iba a surtir efecto en Roma.
[38] Debemos
admirar otra vez la técnica. Caccini manifiesta que le entregó la Carta a
Castelli para su lectura; en consecuencia, sabe que la posición de Galileo es
exactamente lo contrario. "La interpretación literal de las
Escrituras", se dice en ella, "conduciría a grandes herejías y hasta
a blasfemias, tales como que Dios posee manos y ojos, que se halla sujeto a
afecciones corporales tales como la ira, el arrepentimiento, el odio y aun el
olvido y la ignorancia". Mas, al llamar a Jiménez como fuente independiente,
de quien puede suponerse que no conoce el texto de Galileo, se da a sí mismo
amplia difusión. Toda la deposición representa tan grande masa de enredo e
indirectas y conversación de doble sentido, que un sumario no le hace justicia.
[39] El
investigador dejó a un lado por propia iniciativa la proposición acerca de las
cosas compuestas de "vacua", cualquiera sea su significado. Caccini
no la había mencionado y parece haber llegado a la conclusión de que Jiménez
vino a inventarla como buen expediente. La otra proposición acerca de los
milagros ha sido dado por Caccini y no por Jiménez, con lo cual no quedaban
sino dos proposiciones: las concernientes a la sustancia y los atributos de
Dios, como en verdad existen en Aquino. Los compinches habían mezclado
ligeramente sus señales en el infortunado periodo de ocho meses transcurridos
desde la declaración de Caccini, en marzo.
[40] Las
observaciones efectuadas en el manuscrito por el examinador están bien claras.
Han sido anotadas, por lo menos en su mayoría, en la edición de L’Epinois de
los documentos del proceso.
[41] J.
Brodrick, Vida y Obra del Beato Cardenal Roberto Francesco Bellarmino, S. J.
(1928), II, 353.
[42] El
único punto que no se pone de manifiesto en la declaración es que los
galileistas trataron de persuadir a un jesuita inclinado en favor del
copernicismo para que predicase un sermón refutando a Caccini, sin conseguirlo.
Al padre Brodrick le parece muy perverso. De todos modos, podría haberlo
encontrado debidamente reseñado en el relato de Wohiville, entre otros, incluso
un pequeño detalle olvidado por Caccini, a saber: que un jesuita al que no se
nombra, estaba deseoso de hablar, habiéndoselo impedido, al parecer, el
arzobispo Marzl Medidi. Por el mismo estilo, el podre Brodrick nos pide que
interpretemos que la carta de Lorini no es (página 355) "una denuncia
oficial de Galileo, que Lorini mismo escribe al cardenal Sfondrati que no desea
se considere como tal, sino tan sólo como información particular para gula de
las autoridades”. El distinguo es completamente interesante, mas puede dejar
perplejo a más de uno. Nos encontramos en toda época con esta clase de cosas;
pero hemos tratado este caso particular nada más que para que se nos exima de
nuevas discusiones y polémicas.
[43] Bellarmino
fue beatificado por Pío XI el 13 de mayo de 1923 y canonizado en 1930.
[44] Cf.
Dante, Parad, XII, 126:
Io
son la vita di Bonaventura
da Bagnoregio, che nei grandi uffici
sempre posposi la sinistra cura.
[45] Los
disidentes, averroístas y aristotélicos de más estricta observancia, entre los
que figuraba Cremonini, no disentían sino en puntos que nada tenían que ver con
el presente problema, como la eternidad del mundo y la inmortalidad del alma.
Existía una escuela "científica" que trataba su propio modo, en la
que habíanse distinguido Pomponazzi y Zabarella: pero en el alineamiento de
ideas que estamos considerando, su influencia iba contra Galileo. Aun
pertenecían al círculo de pensamiento aristotélico, con influencia estoica, y
se hallaban a la par con otros “independientes” sobre el problema
antimatemático, así como contra el consenso de los humanistas. El hecho de que
fueran considerados "científicos" a su propio modo, no ayudaba en
nada al vocablo, puesto que las obras de Pomponazzi fueron quemadas en público
por impías. Con ello no pudo menos que aumentar la confusión en la mente del
pueblo acerca del significado de la ciencia.
[46] Diálogo,
pp. 68-69.
[47] Filolao
fue un pitagórico de la segunda generación (siglo V antes de Jesucristo) quien
sugirió por vez primera que la Tierra puede ser un planeta que gira alrededor
del centro del universo, que él se imaginaba ser un fuego central. También
enseñó la pluralidad de los mundos no habitados. Los críticos modernos han
dudado de la autenticidad de los pocos fragmentos transmitidos en sus escritos,
pero sus razones no son convincentes (cf. G. de Santillana y W. Pitts,
“Philolaus in Limbo”, Isis, Vol. LXII, n. 128 (julio 1951).
[48] Diálogo,
pp. 378-70.
[49] Pero
nuestra experiencia resulta tardía y lastimosa al comprobar cuántos de nuestros
sacerdotes y doctores han sido corrompidos por el estudio de los comentarios de
jesuitas y sorbonistas, así como la rapidez con que infundieron la corrupción
al pueblo, (Areopagitica, Milton).
[50] Tal
es el resumen de C. II. McHwaln en su Introducción a las Obras Políticas de
Jacobo I (Cambridge, Mass., 1928), pp. XLIX y LVI.
[51] Al
comenzarse el proceso del padre Oglivie, en 1613, los libros de Bellarmino y
Suárez se hallaban sobre la mesa del juez. Preguntado si creía las doctrinas
enseñadas en los mismos, la respuesta fue afirmativa y condenóselo a muerte.
Tal uno de los casos en que el rey Jacobo I procedió de manera innegable como
un emperador romano.
[52] La
batalla de los libros prosiguió durante largo tiempo, tomando parte en la
contienda eruditos doctores. Las montañas se esforzaron para producir nuevas
montañas; así fue Bellarminus Destructus, B. Enervatus, B. Defensus, B.
Vindicatus. Los teólogos se dijeron unos a otros que cerraran la boca, en
varios lenguajes y de manera violenta e inútil. Fue desde Refutación de Ciertos
Absurdos, Falsedades y Locuras, etc., por F. T., hasta la Epphata a F. T., de
Collin y luego del Enmudecimiento de F. T. a la Epphata del doctor Collins y
así sucesivamente. No necesitamos extendernos sobre las revelaciones del doctor
Titus Ontes. Surtieron su efecto, que fue más trágicamente serio. Dos siglos
más tarde, los hombres de edad declamaban contra "Roma, Romanismo y Rebelión".
[53] Una
vez establecida por San Agustín la necesidad de la gracia de Dios para la
salvación, toda teoría o decisión ética desarrollada sobre la base de la
omnisciencia y la omnipotencia de Dios estaba llamada a sumirse en un
torbellino de dificultades lógicas. Una manera de desviarse del mismo consistía
en hacer como Calvino y seguir la línea de manera inflexible hacia la
conclusión de la predestinación, sin tener en cuenta el mérito o la fe, así
como la condenación de las criaturas. A un dominico escocés podría resultarle
todo muy simple, pero el verdadero evangelista pronto habriase rehusado a
seguir la lógica hasta su punto más extremo o, diríamos tal vez, a comenzar
desde la sombría asunción de la absoluta indigencia y vileza del individuo, tal
como se expresa en el famoso símil de Jonathan Edwards sobre la
"aborrecible araña". Hasta los dominicos de Bañes lo evitaron; habían
descubierto una entidad denominada "premonición física" que no era
predestinación del todo. Pero el terreno formal continuaba muy resbaladizo, tal
como señalara Molina.
El punto técnico (dicho de manera demasiado breve) es éste. Dios es la Causa
Primera y ninguna secundaria puede actuar con eficacia, a menos que Él lo haya
predeterminado. Por otra parte, puesto que las causas secundarias no pueden
actuar sino movidas por la Primera, la concurrencia de Dios con sus criaturas
debe concebirse como antecedente y no tan sólo simultánea. No se trata de una
moción sino de una "premoción", y puesto que Él constituye un ser
omnipotente cuyos decretos son irresistibles, esa "premoción" es una
"fuerza de la Naturaleza; en este sentido: es una "premoción
física". Ahora bien, Dios ha determinado la voluntad del individuo para
resolver por sí mismo. Ello es un caso de promoción física. Pero
correspondiéndole en la esfera sobrenatural se halla la gracia eficaz (no
meramente suficiente), y correspondiendo a ambas en la mente de Dios se halla
la predeterminación, por la cual, desde toda la eternidad, decretó influenciar
a Sus criaturas de tal y cual manera, sirviéndose de premociones y gracias
eficaces de infinita variedad, mas todas infaliblemente seguras de su efecto.
Dios prevé todo cuanto ha de hacer el hombre en los dictados de Su divina
voluntad, porque el hombre no puede actuar sino en virtud de esos dictados.
Contra esto, Molina y Bellarmino habían creado para el preconocimiento de Dios
del futuro condicionando el término scientia media porque abarca todos los
objetos que no se hallan en el reino de la pura posibilidad ni, hablando
estrictamente en el reino de la actualidad. Son actuales en el sentido de que
existirían, dadas ciertas condiciones. A la luz de semejante conocimiento, Dios
prevé desde toda eternidad la actitud que la voluntad del hombre adoptará bajo
cualquier combinación de circunstancias concebible y solamente entonces, aunque
la relación no es temporal sino ontológica, resuelva distribuir Sus gracias
según Su voluntad. Gracia suficiente en este esquema no difiere realmente de
eficaz o irresistible, siendo perfectamente adecuada en sí para fines de
salvación, pero Dios prevé que unos y otros a quienes les es ofrecida la
rehusarán de modo infalible.
[54] Véase
el artículo "Bellarmin" en el Diccionario Histórico y Crítico, de
Pierre Bayle (1697).
[55] Sectarios
de Pelagio, monje del siglo III A. D., cuyo nombre original era Morgan. Había
negado prácticamente el efecto del pecado original, manteniendo que el hombre
es bueno por naturaleza y no necesita la ayuda de la gracia divina para su
salvación. Su doctrina fue condenada por el concilio de Efesos, en el año 431.
[56] De
ascensione mentis in Deum.
[57] Fuligatti,
Vida del Cardenal Bellarmino (Roma, 1824), pág. 92.
[58] Aquino
no esperaba en realidad un verdadero sistema matemático más cercano al diagrama
homocéntrico de Eudosio que a los epiciclos antinaturales de Hiparco; por otra
parte, no era mucha su creencia en las esferas de cristal que Aristóteles había
intentado construir, según Eudosio. Pero pensaba con toda razón, que cualquier
sistema físico debía ser homocéntrico.
[59] De
ascensione mentis in Deum, VIII, 4.
[60] Ver
página 58
[61] Se
trata del joven Buonarrotti, poeta distinguido y sobrino de Miguel Angel.
Resultó un amigo constante en la adversidad. Mario Giaducci era secretario de
la Academia Florentina y posteriormente escribiría, junto con Galileo, el
Discurso sobre los Cometas.
[62] Había
sido una esperanza del momento. Sixto mostrábase inclinado a la prohibición.
Olivares, embajador español, escribió lo que sigue: “Los cardenales de la
Congregación del Index no se atreven a manifestar a Su Santidad que la
enseñanza de la obra está sacada de las de los santos, por temor a que les
dedique algo de su temperamento brusco y coloque en el Index a los santos
mismos”. Aún después de la época de Sixto, "el torbellino
consagrado", parece haberse extendido por Roma el sentimiento de que el
Index fue una suerte de malaventura administrativa que acontecía más pronto o
más tarde a cualquier autor de temas serios y que era cuestión de esperar hasta
que cambiara de nuevo la conducta oficial. De los tres teólogos de la
Inquisición que actuaron como expertos en el proceso contra Galileo, dos de
ellos incurrieron después en prohibición, siendo uno de ellos, Oregio,
cardenal.
[63] Monseñor
Ciámpoli Giovanni era un recluta reciente del Círculo de galileístas. Joven y
brillante latinista, estaba indicado para una gran carrera. “Me parece
imposible”, había escrito a Galileo, "que nadie puede dejar de estimarse
después de haber frecuentado vuestro trato. No existe mágica superior a la
belleza de la virtud y al poder de la elocuencia: oíros es ser convencido por
vuestra verdad, y para todo cuanto esté a mi alcance me tendréis a vuestro
servicio”. Cumplió su palabra y siempre se mantuvo a su lado, como veremos
después.
[64] Ver
página 51.
[65] Los
cardenales Bellarmino, Bonsi, Barberini y Del Monte eran toscanos, y habían
prestado juramento de fidelidad al Gran Duque. También lo fueron Dini y
Ciámpoli.
[66] Ingoli,
abogado muy estimado y polímata al servicio de la Propaganda Fide, sometió un
contra resumen que fue considerado excelente por las autoridades (cf. Ed. Naz.,
VI, 510). Puede inferirse su nivel de razonamiento geométrico a través de esta
observación: "El punto del centro estará a mayor distancia de la
superficie de la esfera que ningún otro del interior de ésta y un paralaje
correspondiente mayor: pero la Luna tiene un paralaje mayor que el Sol; en
consecuencia, el Sol no puede hallarse en el centro.
[67] Carta
de Gallanzoni, junio 26, 1611. (Ed. Naz., XI, 131).
[68] Aquino
expresa que según se dice los cielos se mueven naturalmente por carecer de
repugnancia hacia el movimiento circular, pero sin embargo no poseen
inclinación a ello (es decir, no cuentan con potencia activa hacia el
movimiento sino solamente pasiva), y se mueven de manera sobrenatural porque el
motor, que es un ángel, es un motor voluntario. En cuanto al punto anterior, es
decir, la ubicación del Infierno, continúa siendo una grave dificultad en
nuestro tiempo si consideramos "graves opiniones". El estado actual
de la cuestión puede contemplarse a través de la autorizada pluma del padre J.
Hontheim, en la Enciclopedia Católica, (Nueva York, Appleton, 1910). Por ella
vemos mejor cómo estaba llamada a trabajar la mente de los Calificndores del
Santo Oficio: “La Sagrada Escritura parece indicar que el Infierno se halla
situado en el centro de la tierra, puesto que descríbelo como abismo al cual
descienden los malos. Incluso leemos que la tierra se abrió y los malos se
hundieron en tal abismo (Num., XVI, 31 sqq./Ps., LIV. 16; Is., v, 14; Ez.,
XXVI, 20; Fil., II, 10, etc.). ¿Es ello simplemente una metáfora para ilustrar
el estado de separación de Dios? Aunque Dios es omnipotente, se dice que mora
en el Cielo, porque la luz y la grandeza de las estrellas y del firmamento son
las más brillantes manifestaciones de Su esplendor Infinito. Pero los
condenados son desterrados en forma permanente de la presencia de Dios; de ahí
que se diga que su lugar se halla lo más alejada posible de Su morada y, en
consecuencia, oculta en los negros abismos de la tierra. Empero, no se ha
proporcionado ninguna razón convincente para aceptar una interpretación
metafórica con preferencia ni significado naturalísimo de las palabras de las
Escrituras. De ahí que los teólogos acepten en general la opinión de que el
Infierno se halla en realidad en el interior de la tierra”.
El auto prosigue luego expresando en forma tentativa su propia opinión, según
la cual sabemos que existe un Infierno pero no dónde se halla ubicado
exactamente. Más tarde dice: “Más allá de toda duda, la Iglesia enseña la
eternidad de las penas del Infierno como una de las verdades de la fe que nadie
puede poner en duda sin manifiesta herejía. Mas, cuál es la actitud de la mera
razón hacia esta doctrina? Tal como Dios debió fijar alguna fecha para el día
del juicio, luego del cual todos entramos en la segura posesión de una dicha
que jamás volveremos a perder en toda la eternidad, resulta igualmente
apropiado que, vencido dicho plazo, los malos serán privados de toda esperanza
de conversión y de dicha. Porque la malicia de los hombres no puede obligar a
que Dios prolongue el plazo señalado para la prueba y les conceda una y otra
vez sin limitación el poder de decidir su suerte eterna. Cualquier obligación
de proceder de tal modo sería indigna de Dios, pues volveríalo dependiente del
capricho y de la malicia humana, privaría a Sus amenazas de gran parte de su
eficacia y ofrecería el fondo más amplio y los incentivos más poderosos a la
presunción humana… Según el mayor número de teólogos, el vocablo
"fuego" señala un fuego material y por ello auténtico. Nos asimos a
esta enseñanza como absolutamente cierta y correcta. Empero, no debemos olvidar
dos cosas: desde Catarino (f. 1653) hasta nuestros días, nunca han faltado
teólogos dispuestos a interpretar metafóricamente el vocablo "fuego"
de las Escrituras, como si denotase un fuego incorpóreo; en segundo lugar, la
Iglesia no ha censurado hasta ahora sus opiniones. Algunos padres también
pensaron a su vez en una explicación metafórica. Sin embargo, las Escrituras y
la tradición hablan una y otra vez del fuego del Infierno y no existen razones
suficientes para utilizar el vocablo como simple metáfora. Se nos arguye: ¿cómo
puede el fuego material atormentar a los demonios o al alma humana antes de la
resurrección del cuerpo? Pero si nuestra alma se halla tan pegada al cuerpo que
resulta agudamente sensible al sufrimiento del fuego, ¿por qué resulta
imposible a Dios omnipotente unir hasta el espíritu más puro a alguna sustancia
material, de manera que sea capaz de sufrir un tormento más o menos similar al
dolor del fuego que el alma pueda sentir en la tierra? Esta respuesta indica,
en todo lo posible, cómo podemos formarnos una idea del dolor del fuego que los
demonios sufren. Los teólogos han elaborado diversas teorías sobre el tema,
que, sin embargo, no es nuestro deseo detallar aquí (cf. el muy minucioso
estudio debido a Franz Schmld, “Quaestiones selectae ex theol. dogm.”,
Paderborn, 1801, q. III; también de Gutberiet, “Die poena sensus”, en
“Katholik", II, 1901, 306 sqq., 385, sqq.)”.
[69] Entre
los argumentos contra Galileo citados por Campanella en su Defensa de Galileo
(1622) se halla éste: “La Sagrada Escritura nos aconseja no buscar ‘nada más
allá ni intentar conocer’ que ‘no saltemos los límites establecidos por los
padres’, y que ‘el diligente investigador de lo majestuoso se ve dominado por
la vanagloria’. Galileo desoye este consejo, sujeta los cielos a su invención y
levanta toda la fábrica del mundo conforme a su placer”.
[70] No
osaron pronunciarse en el delicado asunto de la metafísica, pero no quisieron
llegar a nada sobre un arreglo. Cuando el cobarde Lucas Valerio, el único
matemático entre ellos, intentó apartarse de su defensa de Galileo, después del
decreto, lo expulsaron de los “Linces” por indigno.
[71] Ver
página 47.
[72] Ed.
Naz., XII, 159-60.
[73] Resulta
una circunstancia curiosa y paradójica… que como pieza de exégesis bíblica, las
cartas teológicas de Galileo sean muy superiores a las de Bellarmino, en tanto
como ensayo sobre el método científico la carta de Bellarmino es mucho más sana
y moderna en sus puntos de vista que las de Galileo” (J. Brodrick, Vida y Obra
del Beato Cardenal Roberto Francisco Bellarmino, S. J., [1928], II, 360).
[74] Este
libro vio la luz en 1617 y fue reimpreso innumerables veces y traducido a
numerosas lenguas. San Francisco de Sales lo alabó sin límites. Como hemos
manifestado con anterioridad, se convirtió en libro de lectura devocional
favorito del archienemigo de Bellarmino, el rey Jacobo de Inglaterra. Pero
también excitó alguna cólera entre ciertos religiosos que encontraron críticas
a su orden, aunque siempre muy suaves. En 1625, un monje llamado Gravina
publicó —nada menos que en la propia Nápoles— un libro intitulado Voz turturis,
o La Voz de la Paloma, Declaración concerniente al Florecimiento hasta Nuestro
Tiempo de las Ordenes Religiosas de los Benedictinos, Dominicos, Franciscanos y
Otras. Fue contestada por un jesuita francés con una andanada: Jaula para la
Tórtola que Gallardea sobre la Quejumbrosa Paloma de Bellarmino. La
contrarrespuesta de Gravina fue intituladla: La Doblemente Poderosa Voz de la
Paloma, que Reitera la Floreciente Situación, etc. luego del Colapso de la
Jaula de Cierta Persona Desconocida. Ignoramos cómo continuó el tiroteo
literario.
[75] Como
ya se ha dicho, son los puntos de vista de Galileo los que se han convertido en
doctrina oficial de la Iglesia a partir de la encíclica Providentisimus Deus,
de 1893, siendo en verdad rechazados los de Bellarmino, aunque su autor fue
canonizado después.
[76] Cf.
A. Ricci-Riccardi, Galileo y Fray Tomás Caccini; Correspondencia inédita.
(1902). La carta está fechada Enero 2, 1615.
[77] Habría
sido en verdad el momento de sacar las leyes de Kepler, por lo menos las dos
primeras, ya publicadas. Pero la ignorancia (o el ignorarlas) de las leyes
persigue a Galileo a través de los años como ironía del destino. Probablemente
tenía sobre su anaquel la Astronomía nova de 1609, pues existe evidencia de que
Kepler se la había enviado y esperaba en vano sus comentarios (Carta, Opera
omnia, ed. Ch. Frisch. (Franckfort, 1858-71], II, 489). Pero, sin poder
evitarlo; desconfiaba de las fantasías cosmológicas de Kepler y habrían sido
necesarias mucha fe y no menos labor para dar con los descubrimientos de la
órbita de Marte, profundamente enterrados como están en tan singular tomo.
Kepler reconoció más tarde que él mismo había experimentado dificultades con
ello: “Mi cerebro se cansa”, dice, “cuando trato de comprender lo que he
escrito, y me resulta difícil redescubrir la relación entro las figuras y el
texto, establecidas por mí mismo”. (III, 146). Galileo parece haber oído a
alguien (Cesi o Cavalieri) una mención casual de las órbitas elípticas, pero
ello debe haber puesto en movimiento un mecanismo protector en su propia mente,
porque su teoría necesitaba círculos como realidad física.
[78] Ensayo
sobre la moción de la Teoría Física desde Platón a Galileo, (1908). Traducido
al inglés bajo el título Teoría de la Realidad Física, (Nueva York, 1962).
[79] “Tenemos
el interés puesto en el universo de verdad y no en uno de papel”, observa
impaciente Salviati en el Diálogo, y resulta un verdadero pinchazo para la
temprana forma dogmática de positivismo de Duhem. Lo cual explica en extenso la
causa de que la importante obra de Duhem en termodinámica fuera olvidada con
tanta rapidez.
[80] Cf.
Astronomia nova, de Kepler (Opera omnia, ed. Frisch, VI, 450).
[81] Poseemos
algunos de esos memorándums para las autoridades (Ed. Naz., V, 351-66). Son los
primeros borradores de los argumentos que se desarrollan en el Día Tercero del
Diálogo. Son impersonales y desapasionados al punto de que ya no reconocemos a
su autor detrás de ellos. Es como si la tensión emocional de aquellos días se
hubiera resuelto en una mayor claridad objetiva. Igualmente poseemos los
nombres de "aquellas personas" a quienes fueron dirigidos, a través
de las declaraciones de Galileo en 1633. Eran los cardenales Bellarmino, Bonsi,
d’Ascoli, S. Eusebio y Aracell. Ninguno hizo nada.
[82] Según
resultó, Tomas Caccini jamás alcanzó la recompensa que consideraba adecuada a
sus méritos. Luego de haber aceptado y abandonado un par de pequeñas
promociones que le habían sido otorgadas, se vio embarazosamente envuelto en
una lucha entre la duquesa de Sforza y el cardenal Borghese. Una carta suya en
la que se obligaba para con la duquesa, cayó en manos del todopoderoso cardenal
y tuvo que abandonar Roma. Aunque intentó una y otra vez unirse al poderoso,
jamás ascendió en la jerarquía, terminando sus días en 1648, como prior de San
Marco, en Florencia.
[83] Carta
de Giovnnni Bardi, junio 14 de 1614. De ella tenemos prueba independiente.
Grienberger había escrito también el mismo año a un amigo de Galileo a
propósito de la controversia sobre cuerpos flotantes que, a no ser por la
deferencia que veíase obligado a mostrar por orden de sus superiores hacia
Aristóteles, habría expuesto claramente su pensamiento sobre el tema, en el que
Galileo estaba perfectamente acertado. Este no era el único caso, agregó, en
que podía probarse el error del Estagirita.
[84] Ver
pág. 107
[85] Parece
plausible, pues, suponer que a Caccini se le ordenó tranquilamente que fuese a
presentar disculpas a Galileo por la primera imputación e informarse si el
acusado se mantenía o no firme en cuanto a la segunda y en qué espíritu.
Resulta difícil ver su visita del 6 como una coincidencia.
[86] La
redacción de las "proposiciones" no es de lo más feliz. Más tarde
veremos su procedencia. Pero al menos ha proporcionado material maravilloso
para los casuistas. En 1840, el padre M. B. Olivieri, representante de los
dominicos (véase también pág. 170) dióse a probar que la condenación de Galileo
había sido de acuerdo con la razón y la religión". Está presto a reconocer
(en contra de otros apologistas que consideran eso una calumnia) que Galileo
continuó siendo copernicano —obstinado y prematuro— en tanto abjuró del
copernicismo en 1633. Su punto es que la redacción de las proposiciones
condenadas debió haber sido efectuada con profunda sabiduría, pues
proporcionaba a Galileo la oportunidad de retractarse sin cambiar de parecer.
Galileo pudo jurar en 1633, sin perjurio, que jamás había creído: que (1) “el
Sol se halla en el centro del mundo”, porque si mundo significa universo, el
Sol no está en el centro; y si significa Tierra, el Sol no está en el centro de
ésta; que (2) “el Sol permanece inmóvil”, porque él mismo ha demostrado su
rotación. Además pudo jurar en buena conciencia que jamás había creído que (3)
“la Tierra no está inmóvil”, porque es inmóvil con relación a los objetos que
se mueven sobre ella; que (4) “se mueve sobre sí misma y además con un
movimiento diurno”, porque la primera parte de lo manifestado no se refiere de
manera explícita al movimiento diurno, y, en el caso de la revolución anual de
la Tierra no puede decirse con sentido que lo baga girando sobre sí misma
(demasiado cierto); por lo tanto, es tan sólo su movimiento a través de la
atmósfera lo que se excluye. No estamos seguros de haber hecho justicia a este
último punto, extenso y laborioso en el original.
[87] Ver
pág. 39.
[88] El
decreto hace una distinción entre la hipótesis científica y la interpretación
teológica, que no existe en los considerandos de los Calificadores. Esa
distinción se ve en la suspensión de Copérnico, frente a la de Foscarini.
“Pablo V era de opinión de que se declarase a Copérnico contrario a la fe; pero
los cardenales Caccini y Matteo Barberini se opusieron al Papa y lo contuvieron
con las buenas razones que alegaron” (del diario de G. F. Buonamici [Ed. Naz.,
XV, III]). Ello se ve confirmado por las propias palabras de Barberini a
Nicolini dieciséis años más tarde: “Esas dificultades que evitamos a Galileo
cuando éramos cardenales”. Aparte de la antedicha distinción, queda el hecho de
que la prohibición es dispuesta por la secundaria Congregación del Index, e
informa communt, sin superior endoso. Todo ello supone profunda estrategia,
nacida de las reflexiones de la prudencia —tan profunda en verdad que permanece
oculta para la mayoría de los contemporáneos, quienes consideraban que todo lo
que Roma declarara falso y contrario por completo a las Escrituras equivalía a
prohibición dogmática. De ellos nos ocuparemos más tarde. Los textos oficiales
son en su mayor parte de la traducción inglesa de Gebbler y han sido comparados
con los originales.
[89] La
Inquisición romana no era, como la española, con su Consejo Supremo y su Gran
Inquisidor. Era realmente una comisión de la Curia y estaba establecida en
manera principal para mantener dominados a los obispos. De ahí que existiese
una cantidad de Cardenales-Inquisidores (seis por lo común) que actuaban como
directorio pero con facultad para intervenir personalmente. El cargo permanente
más elevado era el del Asesor, que parece haber actuado en general como enlace
con la Curia. En ocasiones hubo por sobre éste un Cardenal-Secretario. La
verdadera responsabilidad ejecutiva descansaba en el Commissarius Generalis,
que tenía que ser dominico, y en su personal, compuesto de vicecomisario, dos
coadjutores y cierto número de ayudantes. (Véase también el número 2 de la
página 38).
[90] Galileo
sabía algo mejor que discutir con los príncipes de la Iglesia cuando no lo
consultaban sino que expresaban su considerada opinión, aun de modo privado. En
estas semanas, Matteo Barberini, que era su amigo y protector, había dado en el
curso de una conversación su respuesta acerca de la teoría de las mareas, que
más tarde volveríase famosa (ver página 149). “Al oír Galileo esas palabras”,
escribe el cardenal Oregio, que era uno de los testigos, “permaneció en
silencio con toda su ciencia, y así demostró que no menos digna de alabanza que
la grandeza de su ánimo era su pía disposición”. No debemos dudar de la palabra
de Oregio, puesto que fue uno de los tres expertos elegidos en 1633 para
resolver acerca del Diálogo, al que encontró condenable.
[91] Véase
folio 398 de las Actas, donde Galileo acusa recibo en 1632 de su llamada a Roma
(cf. op. 231) con una declaración escrita y firmada de su puño y letra. Esta es
autenticada por cinco eclesiásticos de la Inquisición y el conjunto legalizado
por el canciller del Santo Oficio, de Florencia. Hasta eso fue un sustituto del
requerimiento formal, como veremos. Los intentos para que se sirviese un
requerimiento en debida forma durante el juicio de Vergerio, 1546-47, —frente a
un acusado que se negó a aceptarlo, dio lugar a toda suerte de incidentes
cómicos y de procedimientos en su reemplazo. En caso de interrogatorio, el
notario y los testigos no tenían que firmar, mas el documento debía ser
legalizado por el mismo principial en debida forma: “Io N. N. ho deposto come
sopra”.
[92] O
más bien falta muy poco, y eso sin que se oculte. Así, dos folios contiguos,
pertenecientes a la misma hoja doble, han sido cortados con gran perfección,
antes de la primera numeración, si bien dejando amplios márgenes que nos
recuerdan su existencia. Siguen inmediatamente después de la copia falsificada
por Lorini de la Carta a Castelli (fol. 346). Existe otra media hoja la primera
mitad, cortada de igual manera, dando frente a la página 376, que contiene la
propositio censuranda. Igualmente ocurre con las páginas 431, 455 y 495.
[93] Estas
páginas (folios 378v y 379r), una frente a la otra, son el reverso de la
segunda página en blanco del informe de los Calificadores (folio 377) y el
recto en blanco de lo que forma la segunda mitad de la página 357,
correspondiente a la declaración de Caccini. Ésta es otro modo de realizar las
transcripciones también: cf. las referentes a las órdenes papales 352v y la de
una página no numerada, que sigue a la 354. El procedimiento seguido es por
completo regular en cuanto concierne a la primera parte (la orden del papa a
Bellarmino del día 25), pues el original de la misma suponíase en el Decreta y
aquí se halla sólo para información. Mas luego se desliza con engañosa
casualidad en la segunda parte, datada febrero 26, que es el requerimiento
mismo y que debería haber sido conservado en el original.
[94] Ni
siquiera pretende ser una copia exacta sino una paráfrasis, como se ve por las
abreviaturas nada usuales “dicha opinión”, así como “dicho Galileo”, que se
refieren directamente al decreto de la Congregación acabado de citar, pero que
estaría fuera de lugar en protocolo independiente.
[95] Esto
no quiere decir que debiera acusarse recibo de todos los mandatos de la
Inquisición, habiendo abundancia de ejemplos en contrario. Pero se acusa en
casos inmediatos (por ejemplo, no hacer abandono de la ciudad hasta nueva
orden). Aun así son refrendadas por funcionarios de categoría. Cuando el
Inquisidor las impartía desde su sede, iba acompañado por sus ayudantes en
calidad de testigos. “Pero aquí, de seguirse instrucciones superiores, tenemos
un requerimiento sobre asuntos de intención que será dado únicamente en caso de
resistencia. De aquí que esperemos topar con: “Io G. G. ho recivuto precetto
come sopra e, prometto di obbedire”. Decir que el reconocimiento no fue
necesario equivale a decir que el requerimiento fue servido sin la objeción que
lo motivase y entonces sería grave irregularidad, combatible sobre dicha base
únicamente.
[96] Hemos
dicho con anterioridad y debemos recalcarlo ahora, que el primer historiador
católico, de que sepamos, que ha encontrado la existencia de algo anómalo
acerca del documento, es el profesor Reusch. Observa que no hay en modo alguno
registro regular de un requerimiento. Lo que fue tomado como tal; agrega, es un
Registratur, vale decir una nota efectuada por el notario de la Inquisición e
incorporada a las actas, como referencia a un documento inexistente aquí.
Sherwood Taylor, también historiador católico, acepta esta definición.
[97] De
lo que era dicho corrientemente poseemos también un documento en la carta
enviada por Mateo Caccini desde Nápoles, el 11 de junio: “La Congregación del
Index publicó un decreto contra la opinión de Galileo, después de una consulta
realizada en la Congregación del Santo Oficio, en presencia del Papa, y en cuya
reunión el señor Galilei abjuró”. Este minucioso relato que induce a error, es
parte de una carta que reexpide noticias recibidas de Roma; sabemos de sus
excelentes contactos (“Mi queridísimo amigo el Secretario del Santo Oficio”,
dice en otra parte). De tal modo, no es un rumor tonto sino una indiscreción
fuertemente acreditada que proviene directamente de círculos dominicos o a él
asociados. Ello hizo que Mateo Caccini se apartara de Galileo como si fuese
hombre señalado, y muchos otros hicieron lo mismo.
[98] El
original de este certificado ha sido hallado en el legajo de Bellarmino del
Archivo Secreto y publicado por Favaro (Ed. Naz. XIX, 348). Demuestra que el
Cardenal ha escrito originalmente en la línea del medio “sino que” (si bene
che) y luego, comprendiendo que esto podría no ser lo suficientemente
explícito, lo ha raspado y reemplazado por “sino que sólo” (ma solo che).
[99] Una
manera frecuente de sepultar el problema consiste en decir, o implicar, que los
seglares han hecho mucha alharaca con respecto a alguna abreviación en los
procedimientos y que Galileo, seglar a su vez, puede no haber comprendido muy
bien lo que tenía lugar. Pero el juez que redactó la sentencia en 1633 no era
lego por cierto y podemos verlo caminando sobre ascuas en cuanto a ese
requerimiento. Lo positivo es que la irregularidad parecería más chocante al
ojo avezado que a nosotros. Las autoridades vaticanas del siglo XIX tampoco se
sintieron muy cómodas sobre el particular, porque (no obstante el compromiso a
que llegaron con el gobierno francés cuando los archivos austriacos fueron
devueltos desde París) no publicaron sino algunos documentos seleccionados, con
los cuales monseñor Marini tejió una ingeniosa apología en 1860; y no fue sino
mucho más tarde cuando llegaron a la conclusión de que más se ganaría con la
publicación que con el ocultamiento. De ahí que alentaran a M. de l’Epinois
para que publicase la reproducción íntegra en 1877.
[100] Es
lo que sabemos por el diario de Buonamici (página 218, final).
[101] Habría
sido de interés del cardenal, como pariente y florentino, prevenir no
oficialmente al Gran Duque de que, no obstante lo decoroso de los
procedimientos, Galileo no había salido muy bien y que no debiera ser alentado
ni demostrársele demasiado favor. En vez escribió: “Puedo asegurar a Vuestra
Alteza que Galileo ha salido en situación excelente… y he querido que lo
sepáis, pues es de esperar que sus enemigos no desistirán de su maquinación, ya
que no han logrado su objetivo de este modo”. El mismo tono se advierte en la
carta de Cesi: “Que ladren en vano”.
[102] El
origen de este error procede de una versión sumaria, de mano desconocida, que
precede a las Actas en el legajo oficial, y fue al parecer preparada como
resumen para la reunión de la Congregación de Junio 16 de 1633, que iba a
adoptar una resolución acerca del proceso. Decía en realidad: “habiendo visto
ambas proposiciones en el libro sobre las Manchas Solares, etc.”. El autor del
sumario se ha visto confundido por la contigüidad de dos documentos diferentes
en el legajo. Uno de ellos, según hemos visto. (fol. 375v) era una instrucción
para que se examinase las Cartas sobre las Manchas Solares. Sigue
inmediatamente detrás de la declaración de Attavanti. La siguiente (fol. 276r),
la circular de convocatoria referente a la propositio censuranda, tal como fue
enviada a los RR. PP. DD. en Teología, el 19 de febrero, convocándolos para las
catorce horas treinta minutos del martes 23 de febrero. El desliz es natural en
quien resume de manera apresurada una colección incompleta. De haber sido
confeccionado el legajo correctamente, no habría ocurrido el error. Lo que
falta entre los dos items son las minutas de la Congregación de marzo 18, que
originó todo el procedimiento. Pero de este importante documento no se ha
encontrado copia en parte alguna.
[103] Cf.
De Coelo, 293 b 30, 296 a 26-29, b 2-3.
[104] Cf.
Discurno, de Colombe: “se noi consideriamo ciascun ciclo secondo sè tutto”,
etc. En otro lugar, Colombe ridiculiza la teoría “que fuerza a la Tierra a
moverse alrededor del centro debido a accidente y jamás al centro de acuerdo
consigo misma”
[105] Hartmann
Grisar, Galileistudien, p. 33. Los nombres de estos distinguidos expertos
(algunos de los cuales habían alcanzado en verdad considerable fama en las
controversias teológicas de años anteriores) figuran firmados como sigue en el
protocolo:
Petrus
Lombardus, Arzobispo de Armacanus.
Fr. Hyacintus Petronius, Sncri Apostolici Paiatti Magister.
Fr. Raphnel Riphoz, Theologiae Magister et Vicarius generalis ordinis
Praedicatorum.
Fr. Michael Angelus Segs., Sacrae Theologiae Magister et Com.s S.ti Officii.
Fr. Hieronimus de Casalimaiori, Consultor S.ti Officii.
Fr. Thomas de Lemos.
Fr. Gregorius Nunnius Coronel.
Benedictus Jus.mus, Societatis Iesu.
D. Raphael Rastellius, Clericus Regularis, Doctor theologus.
D. Michael a Neapoli, ex Congregatione Cassinensi.
Fr. Iacobus Tintus, socius R.mi Patris Commissarii S. Officii.
"Seg"
significa Segizi, comisario general de la Inquisición; "Jus",
Giustiniani, el único jesuita del comité, que contenía mayoría de dominicos,
como era costumbre en cuestiones de teología.
[106] Que
el resultado es inescrutable, lo concede cómicamente el padre Oliveri (página
147). Lo hicieron peor aún que sus superiores en un punto. La proposición
sometida había sido: el Sol está en el centro y por eso inmóvil; borraron “por
eso” para reemplazarlo por completamente”, como para dar seguridad formal de
que le era totalmente desconocido el contenido de los descubrimientos, teorías
y cartas teológicas, en que se daba notable importancia a la rotación del sol.
[107] Véase
la observación del padre Grienberger citada en pág. 109. Volveremos sobre el
tema en la 249. Monseñor Majocchi escribió en 1919: “Las autoridades dieron
simplemente a Galileo una lección de positivismo”. Lo cual es certísimo.
Virtualmente fue así… el sentido comtiano de las palabras. (Augusto Comte, sus
escritos y palabras; positivismo). Para ceñirse al hecho histórico, empero,
debiera hacerse notar que en los argumentos que Campanella oyera utilizar
contra la teoría de Galileo, once en total, no existe mención alguna de lo
expresado por los historiadores modernos de la Iglesia, vale decir, que la
teoría no fue suficientemente probada. Hasta donde sabemos, sólo el padre
Grienberger la utilizó para motivar su abstención.
[108] Algunas
de ellas han sido recogidas en una traducción inglesa anónima (por Mary Allen
Olney): Vida Privada de Galileo a través de las Cartas de Sor María Celeste
(Londres, 1870). Pero mucho de la calidad del original está llamado a perderse
en toda traducción.
[109] De
la Hermana María Celeste a Galileo, 21 de diciembre de 1623 (ibid).
[110] Estas
líneas, repetimos, son citadas raras veces; empero, fuera de su distinción
clásica, poseen interés a causa de su sentido, que es sin querer profético. Los
descubrimientos de Galileo de nuevos objetos en el cielo, y aun las manchas del
Sol, son expuestos como un ejemplo de cómo la grandeza y la gloria, que se
estima hallarse por encima de los cambios de fortuna, demostrarán eventualmente
su debilidad, y tendrán que apesadumbrarse… y cómo hasta el Argos de cien ojos
permite que algo se le escape. “La verdad es desagradable para el poderoso: el
enemigo es a menudo más útil”
Cum
Luna caelo fulget, et auream
Pompam sereno pandit in ambitu
Ignes coruscantes, voluptas
Mira trahit, retinetque visus.
Hic emicantem suspicit Hesperum,
Dirunque Martis sidus, et orbitam
Lactis coloratam nitore;
Ille tuam, Cynosura, lucem.
Seu Scopii cor, sive Canis faciem
Miratur alter, vei Jovis assecias,
Patrisve Saturni, repertos
Docte tuo Gallieae vitro.
At prima Solis cum reserat diem
Lux orta, puro Gangis ab aequore
Se sola diffundit, micansque
Intuitus radiis moratur
……………………
Nil esse regum sorte beatius,
Mens et cor acque concipit omnium
Quos larva rerum, quos inani
Blanda rapit specie cupido.
Non semper, extra quod radiat jubar,
Splendesci intra: eespicimus nigras
In sole (quis credat?) retectas
Arte tua, Galileae, labes.
Sceptro coruscas gloria regi
Ornata gemmis; turba satellitum
Hinc inde procedit, colentes
Officciis comites sequuntur.
……………………
Fugit potentum limina Veritas,
Quamquam salutis nuntia: nauseam
Invisa proritat, vel iram:
Saepe
magis juvat hostis hostem.
[111] Suidas
fue un comentador alejandrino de los últimos tiempos, autor de un diccionario
de curiosidades filológicas y otras.
[112] Alguien
ha observado que Suidas y Sarsi fueron los profetas de los proyectiles
dirigidos, lo que no es así. Hablaban de huevos.
[113] En
esto parece, igualmente, epígono en la línea de Sixto V, pues éste, mientras no
era sino Felice Peretti, había dado a un visitante inglés la impresión de ser
“el cardenal más humilde y avieso que jamás se haya visto en un horno”, pero,
una vez coronado con el triregnum, habíase vuelto un “torbellino consagrado” y
terror de la Curia.
[114] Cf.
el despacho de Niccolini, junio 12, 1642.
[115] De
la carta destinada a Cesi, de enero 8 de 1624. Tenemos, por otra parte, lo que
sigue, en el memorándum de G. F. Buonamici, de 1633: “El cardenal Zollern
alentó a Galileo diciéndole que el Papa le había recordado su defensa en favor
de Copérnico en época de Pablo V y asegurándole que, aunque más no fuere por el
debido respeto a la memoria de Copérnico, jamás permitiría que en su tiempo
fuese declarada herética dicha opinión”. Como el documento de Buonamici es
inexacto en varios pormenores en cuanto a los hechos de 1633, esta referencia
permanece en duda. Por lo demás, tal documento contiene manifestaciones
confidenciales que no pueden haber sido comunicadas sino por el propio Galileo
(tales como sus condiciones para sobrellevar la abjuración): la referente al
cardenal Zollern debe ser una de ellas. Los cumplidos para con Copérnico
reservados para un auditor germano están de acuerdo con la diplomacia de Urbano
por entonces. También concuerdan con otra parte de la manifestación anterior.
Del memorándum de Buonamici, véase n. 5. p. 246.
[116] El
cardenal Antonio Barberini, Sr., ha puesto sobre aviso contra una dificultad,
como que Copérnico había hecho de la Tierra un astro. Galileo y Castelli
asegurándole que el asunto podía ser arreglado. Es difícil para los modernos
advertir el rígido conservadurismo capaz de coexistir en los círculos oficiales
con el aparentemente libre fermento de ideas. La Facultad de Teología de París,
que en Francia ejerció la mayor parte de las funciones de la Inquisición,
condenó en 1624 las tesis antiaristotélicas de tres candidatos y el parlamento
dispuso, en consecuencia, la destrucción de las mismas y la expulsión de los
candidatos. Pero, aparte de las tesis doctorales, toda clase de ideas hallaba
su expresión. Desde el punto de vista ventajoso de las autoridades, “las
novedades” no podían parecer sino una perturbación local muy limitada en el
curso ordenado del aprovechamiento escolar. Según cómputos de Wolynski, se
publicaron dos mil trescientos treinta trabajos sobre astronomía entre 1543 y
1687, lo que nos lleva a la época del Principia, de Newton. De ellos sólo
ciento ochenta eran copernicanos. (Véase Archivo storico italiano, 1873, p.
12).
[117] Del
memorándum de Buonamici. (Ver n. 4, pág. 239).
[118] El
origen de esto y lo siguiente se encuentra en la Carta a Ingoli y el Prefacio
al Diálogo sobre los Grandes Sistemas del Mundo. Tenemos a la vez las
instrucciones de Riccardi al encargado de dar la licencia y el texto de Oregio,
al que nos referimos con posterioridad. Inútil es decir que no existe texto de
la conversación y que no hemos hecho sino hilvanar referencias indirectas del
modo que nos ha parecido más plausible.
[119] Los
historiadores generalmente datan esta idea según la conversación de 1630. Pero
hemos visto (página 119) que es mencionada en el Praeludium, de Oregio, del que
hemos parafraseado la manifestación citada más abajo. El pasaje en cuestión, de
acuerdo con Berti, figura también en la primera edición de 1629. De aquí que
los argumentos sean datados por lo menos de 1624, y probablemente, como implica
Oregio, se utilizaron por vez primera en 1616.
[120] Las
dos últimas sentencias son las que cita Galileo como conclusión del Diálogo,
provenientes de una “elevada autoridad”, y debemos asumir que esa cita es fiel.
[121] Esta
observación, y otras con el mismo fin, figuran escondidas en el texto y no
parecen una respuesta directa a los argumentos del Papa.
[122] Kepler
había integrado la lista como defensor de la memoria de Tycho contra Scipiene
Chiaramonti y su Antitycho. Al defender las observaciones de Tycho tocante las
nuevas estrellas, hacía sin quererlo el juego a los jesuitas, necesitados de
Tycho por diversas razones. Ello fue el comienzo de una diferencia sensible
entre los dos científicos, que perjudicó su amistsd. Galileo apoyó a
Chiaramonti (sobre los cometas, si no sobre las nuevas estrellas) al menos de
modo indirecto, por razones tácticas y más tarde fue apuñalado por la espalda
por el otro, en premio a sus esfuerzos. Fue un caso del que Galileo mismo había
sido prevenido: “Con el fin de defender un error, nos vemos obligados a cometer
cien más, sin que al final pueda demostrarse nada”.
[123] La
historia de las leyes de Kepler durante el siglo XVII permanece sumamente
oscura. Descartes jamás había oído de ellas al morir, como tampoco Mersenne,
quien todo leía y a todos conocía. Horrocks supo, pero nada publicó en su corta
vida. Bullialdus fue el primero en anunciarlas en Francia, sin excitar mucho
interés, en 1630; luego las discutió Wallis; y ello nos lleva muy próximos a su
adopción por parte de Newton en 1666.
[124] El
Saggiatore fue denunciado a la Inquisición en 1625 y se presentó una moción en
la Congregación para que fuese prohibido. Mas el padre Guevara, general de los
teatinos, informó en su favor, explicando que ni siquiera la opinión sobre el
movimiento de la Tierra, mantenida con la debida sumisión, habríale parecido
carente de razones para ser condenada. (Guiducci, en su carta desde Roma, abril
18 de 1625).
[125] Lo
que él y sus amigos pensaban realmente del antedicho grupo de consultores se
expresa raras veces en las cartas. Pero el buen Guiducci, que estaba aún
entonces siendo engañado por la “magnánima” conducta de Grassi, escribió,
aprobando la Carta a Ignoli (véase más abajo): “Me place vuestra idea de
desembarazaros de esa gente, alegres asesinos de la cortesía y la caridad. Debe
exponerlos sin piedad”. La frase italiana, “che la cortesia e pietá ascrivono a
lor trofei”, dice más aún en su tersura: “quien cuenta la cortesía y la piedad
entre sus trofeos”, lo que implica no sólo matar esas virtudes sino ponerlas
como ejemplo, exageradas.
[126] Véase
carta a Cesare Maralli, diciembre 7 de 1624: a Cesi, diciembre 24 de 1624.
[127] Véase
página 91. Kepler había escrito también la respuesta de una copia llegada hasta
él.
[128] “Lettera
sopra il candore della luna”. Debiera decirse que estas palabras están escritas
para afianzar la intolerable prolijidad de Fortunio Liceti. Pero Galileo se
muestra amablemente dispuesto a reconocer la misma debilidad.
[129] La
traducción de Salusbury, en que hemos basado nuestro texto inglés del Diálogo
(Chicago; Imprenta de su Universidad, 1953), es mejor, luego de corregida y no
obstante sus defectos, que ninguna de las modernas. Aunque hubimos de
modernizar y abreviar las frases, el texto conserva una medida de su espíritu
original. Tiene en sí el sereno desarrollo del pensamiento del siglo XVII, con
esa ingenuidad peculiar que se perdería en cualquier imitación.
Lamentablemente, Salusbury no es Thomas Browne. Es un grito lejano de sus
esfuerzos para trasladar a la elegancia de la prosa jacobina el estilo del
original italiano, pieza maestra de la producción barroca. La armonía galileana
es exactamente igual a la de Monteverdi y Palestrina, en tanto que Salusbury es
en el mejor de los casos un organista de pueblo. Lo peor es que su traducción
resulta tristemente indigna de confianza. Él es, además, una especie de
artista. De los hechos concernientes a su persona no poseemos casi nada más;
sin embargo, se nos presenta en su Introducción de manera más vivida de lo que
puede hacer un biógrafo. Hasta el texto muestra de su personalidad más de lo
que serla permisible. Le gusta hacer resaltar su erudición, que es bastante, y
su exactitud, que es más dudosa. Ataca con dureza la traducción latina de
Bernegger en cada error insignificante, demostrando de ese modo a sus
protectores la necesidad de su trabajo; al mismo tiempo, y cada pocas páginas,
se remonta en vuelos de inexactitud que nos harían dudar de su cordura. Una
indiferencia familiar hacia los originales fue común a todos los traductores
del siglo XVII, de lo que son testigos Florio y Addington; debe admitirse a la
vez que el original italiano, con sus engañosos adverbios y sus anacolutos es
capaz de inducir a error al más preparado. Pero cuando, como en este caso, se
trata de un argumento cuidadosamente razonado, uno se maravilla acerca de lo
que haya pensado el traductor al leer la tonterías por él escritas. Existe
sospecha de que jamás las leyó.
[130] Micanzio
escribió en 1632: “Con qué hermosura habéis dado vida a nuestro querido
Sagredo. Dios me valga, es como si hubiese vuelto a oírlo hablar”.
[131] Diálogo,
pág. 456.
[132] Ibid.,
pp. 471-2.
[133] Ibid.,
p. 146.
[134] Especialmente
como fueron dichas a Campanella, a quien el Papa conocía muy bien como
apasionado antiaristotélico, copernicano incorregible y autor de una Defensa de
Galileo, impresa en Alemania en el año 1622.
[135] El
texto de las instrucciones se reproduce en la página 270.
[136] Es
una cuestión sumamente compleja, el que Riccardi, con todos sus temores, no
hiciera nada acerca de la conclusión, que retenía para arreglarla, según
reconoció. Existía en el texto una falta de estilo que podía reconocer como
cualquiera. Habría sido fácil para él dar al argumento final una forma más
adecuada, tal como hemos bosquejado en la página 149, según la frase de Oregio.
Más tarde diría a Magalotti (página 167), que había habido en el original “dos
o tres argumentos inventados por Nuestro Santo Padre mismo”, que fueron
omitidos en lo impreso. Lo cual no fue evidentemente así, pues la Comisión
Preliminar no sostuvo ese cargo. Riccardi no buscaba sino un pretexto para la
parálisis mental que lo invadiera ante el texto. Una explicación podría ser ésta:
que Galileo le había manifestado que era exactamente como el Papa la había
deseado; y en verdad es muy posible que Urbano, enemigo de la pedantería, pueda
haberle dado el punto capital del argumento en las pocas palabras que
encontramos en el texto. Por lo demás, Galileo puede haber considerado hábil
lisonja unir “esa admirable y verdaderamente angélica doctrina”, con otra,
“igualmente divina”, tomada directamente de las Sagradas Escrituras, e
insistido en su concisión como parte del efecto retórico. Está bien claro que
Riccardi advirtió que el efecto no se había obtenido; pero a él correspondía
someter el texto al Papa y solicitar una revisación, lo que jamás hizo.
[137] El
padre Schelner, jesuita alemán de Ingolstadt, gozaba de buena reputación como
astrónomo y otrora había sido amigo y corresponsal de Galileo. Pero la
rivalidad, enconada y hasta cierto punto sin fundamento, en cuanto a la
precedencia en el descubrimiento de las manchas solares, habíalos separado
desde las cartas de Schelner a Mark Welser, publicadas en 1612 bajo el
seudónimo de Apelles y la respuesta de Galileo, Cartas sobre las Manchas
Solares, de 1613. Al escribir el Diálogo, Galileo sabía que Schelner
preparábase para recibir la polémica, de veintidós años de duración, con un
ataque de frente contra los copernicanos en un tratado intitulado Rosa Ursina.
El tratado estaba destinado a retribuir a Galileo, no sólo las quejas
personales de Schelner sino la derrota de su compañero de orden, Horatio
Grassi, en el Saggiatore. Galileo, pues, no se abstuvo de atacar las teorías de
Schelner por adelantado mientras escribía el Diálogo. Lo cual hizo, aparte de
algunas mordaces observaciones sobre las cartas de Apelles —señalando un breve
tratado anticopernicano de Lecher, discípulo favorito de Schelner y
utilizándolo como blanco para su refutación destructora. El procedimiento fue
polémicamente efectivo y legitimo por completo; hasta vino a ser una respuesta
en lugar de un contraataque preventivo, porque el libro de Schelner vio la luz
antes que el Diálogo. Fue más bien Schelner quien pudo lanzar ese contraataque
preventivo realizando campaña contra el Diálogo dos años antes de su
publicación y con una idea adecuada de su contenido. Lo que empeoró la
situación fue que, según el padre Athanasius Kircher admitió más tarde (véase
página 249), Schelner era copernicano de corazón y sacrificó por entero su
conciencia científica a la conveniencia política de sus superiores. Su
enemistad no era sólo la del rival sino la del hombre que se había vendido en
sus creencias.
[138] El
Papa volvió a manifestar ellas después que "la comisión había sido
constituida fuera de lo común, con objeto de ver si sería posible no llevar el
asunto ni Santo Oficio" (despacho de septiembre 18). Ahora bien, como
veremos por el informe de la comisión, los diversos cargos contra la
transgresión de Galileo no contienen la menor referencia a la Inquisición. En
verdad se reconoce que podían implicar simples correcciones en el texto. Es
solamente en virtud de un nuevo documento descubierto por el Santo Oficio que
brota la posibilidad de persecución. Lo cual llega incluso a negar el alegato
del Papa.
[139] Carta
de Torricelli, septiembre 11 de 1632. Véase pág. 177.
[140] “Sería
un asunto del que jamás veriais el fin si entablaseis disputa con estos padres,
pues son tantos que la extenderían por todo el orbe y, aunque estuviesen
equivocados, jamás lo concederían… tanto más cuanto que no son amigos de nuevas
opiniones”. (Enero 27, 1620).
[141] Véase
página 189. Las demás consideraciones se infieren de las palabras del Papa
Existe a su vez una carta desesperada de Campanella, de octubre 22: "Si
fuese a escribiros todas las razones e intereses que los mueven contra vos,
debiendo ser todo lo contrario, os veríais sacudido con no poa violencia. Ex
arcanas eorum sacris et politicis. Mas no fue admitido… " Son las razones
expuestas posteriormente en el Tractatus syllepticus, de Inchofer, donde se
dice en verdad que es más criminal no creer en la inmovilidad del Sol que en la
inmortalidad del alma. ¿Hasta dónde influyeron tales razones en la promoción
del escándalo? Apenas existe insinuación en los documentos contemporáneos. Ni
siquiera observadores de afuera, como Buonamici, Peireso, Gassendi y sus informantes,
vieron en la crisis otra cosa que el odio personal. “Le Pére Schelner luy a
joué ce tour, ut creditur”. Esta opinión se repite en todas partes. Mas en
lugar de apaciguarse después del proceso, el movimiento anticientífico gana
impulso sin cesar en las décadas siguientes y ello demuestra que las decisiones
politicas se habían producido, al menos inmediatamente después de 1632. En
1693, sesenta y un años después de los acontecimientos, Viviani, por entonces
muy viejo, solicitó permiso para publicar una edición corregida del Diálogo. Ya
se había dado al público Principia, de Newton. Más he aquí lo que le dijera el
padre Baldigiani: “Aquí en Roma existe un movimiento general contra los
físicos. Se llevan a cabo reuniones extraordinarias de cardenales y del Santo
Oficio, y se habla de una prohibición general contra todos los autores de las
nuevas físicas, entre los cuales figuran los nombres de Gassendi, Galileo y
Descartes”.
[142] A
través de lo dicho por el Papa a Niccolini, podemos inferir que Ciámpoli había
simplemente garantizado que el argumento de Galileo era estrictamente ortodoxo,
habiendo suplicado al Papa que relevase a los censores de sus temores en cuanto
a un texto por ellos incomprendido, y mucho menos que lo arreglasen para
adecuarlo a sus escrúpulos. El Papa ha debido aceptar sus seguridades y sus
promesas como medio de salir del paso mis bien que utilizar su propio tiempo en
la cuestión. El Juego de Ciámpoli había sido evidentemente hacer sentir al Papa
que tan sólo dos grandes cerebros, el suyo y el de Galileo, podían comprenderse
entre sí y que podía contar con que Galileo seguiría el espíritu de sus
instrucciones.
[143] Campanella
había llamado a Sócrates y a Aristóteles con toda clase de nombres, defendido
atrevidamente el sistema de Copérnico y propuesto nuevas y arbitrarias
interpretaciones de la Biblia; mas fue suficiente para protegerlo el que
escribiera ni final de su Defensa de Galileo: “En la discusión que precede, me
sujeto en todo momento a las correcciones y al mejor criterio de nuestra Santa
Madre Iglesia Católica Romana”.
[144] Areopagítica,
de Milton.
[145] Esta
afirmación es repetida en varias cartas: “Il suo dialogo andrà in molte lingue,
e sbattasi chi vuole”. (Agosto 6 de 1631).
[146] Diálogo,
pág. 178.
[147] O
al menos Galileo estaba también seguro de ello, que equivale a lo mismo para el
caso. Es su versión del relato la que ha sido conservada en el diario de
Buonamici, sobre el cual volveremos en página 246.
[148] Cf.
Buonamici en su memorándum: “Obedeció contrariando la opinión y el consejo de
sus mejores amigos, que deseaban se trasladase al exterior, escribiese una
apología y no se expusiese a la pasión impertinente y ambiciosa de un fraile”
(el Comisario General de la Inquisición).
[149] Ed.
Naz., XIX, 324. Es divertido observar que el escribiente había puesto
"Campanella" y que después lo borró para reemplazarlo por
"Galileo". Semejante lapsus debe demostrar que el gran utópico había
ocasionado considerable comentario en la Comisión con su solicitud para ser
consultado. Nadie había olvidado su Defensa de Galileo, publicada en Alemania
en 1622. La verdad es que había sido amenazado. El 22 de octubre escribió a
Galileo: “Nombraron su comisión, con muchas invectivas contra los nuevos
filósofos, etc. Yo también fui nombrado”. No mejoró nada el ambiente. Porque
con Sarpi, Campanella y los "matemáticos alemanes", estaba claro en
Roma que Galileo no contaba con la debida clase de amigos.
[150] Cf.
Ed. Naz., XIII. 265.
[151] Lo
cierto es que uno se pregunta cómo las autoridades no insistieron sobre este
punto: que tan pronto se descubrió el requerimiento, y estando bien claro que
Galileo habíalo infringido al escribir el libro, era pasible de arresto
inmediato. Esto está muy lejos, empero, de lo implicado por Francesco Barberini
en su carta ni nuncio, de setiembre 25 (ver pág. 230) o de lo que se dijo a
Niccolini. Mucha más consideración es mostrada en esta fase, donde los
sentimientos están agitados, que en la posterior. Es como si las autoridades
experimentaran que se aventuraban en terreno poco firme y que Galileo podía
rebelarse y trasladarse a lugar más seguro.
[152] Todo
estatuto o ley que impidiera el libre movimiento de la Inquisición directa o
indirectamente era nulo y vacío, ipso jure (Farinacci, De haeresi quaestiones,
182, N.º 76).
[153] Objetivamente,
no hay eluda de que aparentaba mal. Al escribir a Vossius, en 1625, Grotius
habla del Gran Duque, que se rindió "con grave temor" (socordi metu),
y sugiere se vea la manera de trasladar a Galileo a Holanda. (Su propia experiencia
al haber buido de fortalezas bien guardadas lo vuelve confiado en ese punto).
El propio Galileo creyó que debía estar mejor protegido. Su última obra la
dedicó con toda intención a Noailles, el embajador francés.
[154] El
resto de la carta es igualmente importante: “Hace muchos años, al iniciarse la
agitación acerca de Copérnico, escribí una carta de alguna extensión en la que,
apoyado por la autoridad de numerosos padres de la Iglesia, demostré el abuso
que suponía recurrir tanto a la Santa Biblia en asuntos de ciencia natural, y
propuse que en lo futuro no se mezclase en ello. Tan pronto como me vea en
menos dificultades, os enviaré una copia. Digo ‘en menos dificultades’, porque
voy a partir para Roma, donde he sido citado por el Santo Oficio, que ya ha
prohibido la circulación de mi Diálogo. He sabido a través de gente bien
informada, que los padres jesuitas han insinuado en las más altas esferas que
mi obra es más execrable e injuriosa que los escritos de Lutero y Calvino. Y, a
pesar de todo ello, fui personalmente a Roma para obtener el imprimatur, sometí
el original al Gobernador del Palacio, quien lo examinó con sumo cuidado,
reformó, agregó y omitió y hasta, aun después de haber otorgado el imprimatur,
ordenó una nueva revisación en Florencia. Cuyo revisor, al no encontrar nada
más que alterar, y con el fin de demostrar que habíalo leído por completo,
contentóse con reemplazar unas palabras con otras, como por ejemplo, en varios
lugares, ‘Universo’ por ‘Naturaleza’, ‘cualidad’ por ‘atributo’, ‘sublime
espíritu’ por ‘divino espíritu’, excusándose al decir que previó que tenía que
habérmelas con feroces enemigos y enconados perseguidores, como en verdad así
fue”.
[155] No
obstante el regalo inesperado que era el requerimiento de 1616, extraído por la
comisión, y que proporcionaba un asidero legal para la acusación, el Papa
moderó de manera considerable su lenguaje luego del informe. En la primera
entrevista con Niccolini, el 5 de setiembre, había hablado de “la più perversa
materia che si potesse mai avere alle mani”, “dottrina perversa in estremo
grado”, términos aplicables únicamente a la herejía grave. Más tarde
conviértase en “gran ginepreto, del quale poteva far di meno, perche sono
materie fastidiose e pericolose” (setiembre 16); “materia gelosa e fastidiosa,
cattiva dottrina… fu mal consigliato… era stata una certa Ciampolata cosi
fatta” (febrero 27 de 1633). Al parecer, como predijera Magaiotti, el Santo
Oficio había presentado dificultades en cuanto a un proceso por razones
dogmáticas, volviendo a las políticas.
[156] Este
alegato fue aceptado con el tiempo, pero el resto de la política de Schall no
fue tan bien. Mateo Ricci, Schall y Verbiest, fundadores de la misión china,
igual que sus sucesores franceses, se vieron tan profundamente impresionados
por el confusionismo que lo consideraron parte de la Antigua Dispensación.
Realizaron un acuerdo que aceptaba tanto el rito como los nombres del culto
chino. Lo cual mereció, finalmente, la condenación del Santo Oficio: “Falsa
est, temeraria, scandalosa, impia, Verbo Dei contraria; haeretica, Christianas
Fidei et Religionis eversiva, virtutem Passionis Christi et Crucis ejus
evacuans”. Los dominicos habían retribuido a sus viejos rivales, como reconoce
el libro del padre Navarrete sobre los excesos jesuitas, no sin satisfacción.
Lo que se perdió en la escaramuza no fue sino el Imperio Chino.
[157] Todas
las alusiones, lo mismo del Papa que de los funcionarios, referíanse a “un
requerimiento de Bellarmino”. Ciertamente existió intencionada inexactitud en
ello, pues de otro modo la escena preparada para el 12 de abril (véase página
208), pudo no haber tenido lugar jamás. Pero parecería que el Papa mismo había
sido influenciado por esta versión. (Véase final 242)
[158].
Véase también la carta al cuñado, abril 27 de 1635: “Sufro mucho más de la
hernia que antes. No puedo dormir, mi pulso se interrumpe y me invade la más
profunda melancolía. Me aborrezco y oigo como mi hijita me llama sin cesar…”.
[159] Puede
ilustrarnos observar de qué manera específica, salvo en esto, la Iglesia romana
fue sucesora del Imperio Romano. Había heredado de ella, por una parte, la
ciencia y el rigor de las instituciones justinianas, y por la otra la figura
del emperador, que gobernaba directamente a través de un grupo de libertos de
responsabilidad indefinida. Por supuesto, los cardenales contaban con un status
que los colocaba por encima de los libertos, mas a su vez tenían que correr
para salvar la vida, como los Barberini luego de la muerte de Urbano VIII.
[160] Etre
cité à ce tribunal n’est pas une recommandation, et en sortir, même par la
porte d’un acquittementt, ne sera jamais un titre de gloire. (Grimaldi).
[161] F.
Beck y W. Godin, La Purga Rusa y La Extracción de la Confesión. (1951).
[162] Véase
Questiones quodlibetales, IX. 16, de Aquino, acerca de la fe: “Es cierto que el
juicio de la Iglesia universal no puede errar posiblemente en asuntos
relacionados con la fe; de ahí que debamos estar más bien del lado de las
decisiones que el Papa pronuncia judicialmente, que de las opiniones de los
hombres, por muy eruditos que puedan aparecer en las Escrituras”. Lo cual,
podemos observar, se aplica en especial a las cuestiones dogmáticas o a las
tradiciones que ya no pueden comprobarse históricamente… en general a cosas que
no pueden discutirse de facto.
[163] J.
Wilhelm, Enciclopedia Católica. (N. York, Appleton, 1910), art.
"Galileo".
[164] Es
notable que este precedente no se haya hecho visible a través de su alegato.
Hasta Copérnico, que se refirió a ese punto, asignó la opinión a Lactancio,
como individuo. Sabían que las grandes administraciones, como las mujeres
bonitas, jamás reconocen el error.
[165] Tenemos
jurisprudencia sobre ello. En 1651, el padre Caramuel Lobkowitz solicitó a la
Congregación directivas referentes a los casos de conciencia que le sometían
personas perturbadas por la sentencia de Galileo. He aquí la respuesta: “La
Congregación no trata de la doctrina, sino que por orden del Papa ha prohibido
(determinadas) acciones mediante la ley positiva”. Las autoridades no tuvieron
nada que objetar al propio resumen del padre: “Al prohibirse de tal modo una
opinión, se manifiesta, no que es improbable sino que no es probable”. Lo cual
parece haber aclarado la situación por entero.
[166] Un
Informe de los expertos era lo procedente. Todo lo que se habría necesitado
para un proceso regular era establecer que Galileo había violado el
requerimiento de “no enseñar ni discutir en manera alguna”, cosa fácil de
establecer. Pero, como veremos, los Consultores fueron más allá y demostraron
que Galileo “sostuvo” la opinión, contraviniendo con ello las instrucciones de
Bellarmino.
[167] Véase
folios 413 ss. de las Actas en el Volumen XIX de la Edición Nacional de las
Obras de Galileo, por Favaro. Las preguntas están en latín y las respuestas en
italiano.
[168] Se
había hecho corriente, según las revelaciones de Riccardi en página 180; decir
que había sido citado a Roma en 1616. No obstante su negativa aquí, vuelve a
notarse en el sumario oficial. (Véase página 240).
[169] Nadie
se ha preocupado de esta observación. Empero, el hecho de que la misma implica
cierta información reservada para el Papa, debía significar que Bellarmino
habíale dicho de la intervención morigeradora del Matteo Barberini en la
Congregación General de 1610. En consecuencia, “los pormenores” eran un breve
relato de los procedimientos, no descubiertos, y a los cuales se alude en el
diario de Buonamici.
[170] Que
había habido un elemento personal en la convocatoria de Bellarmino era
evidente, pero nada tenía que ver con el caso que nos ocupa. Todos los
procedimientos de 1616 lo fueron in causam Galilei mathematici y por ello lo
citó Bellarmino; para informarlo por alusión a las consideraciones existentes
detrás del decreto publicado. Debe haberle dicho al mismo tiempo de la acción
morigeradora de Barberini sobre el Papa, como puede inferirse de la
manifestación reservada de Galileo durante el interrogatorio y solamente
entonces explicada al mismo, en el sentido de que el inminente decreto hacía
obligatorio que la doctrina copernicana no fuese “defendida ni sustentada”,
(aunque se esperaba que el libro de Copérnico fuese publicado después de
corregido). Lo cual significaba: “Antes de volver a hablar de ello, es bueno
asegurarse de que ha sido abandonado como compromiso. Puesto que vos
representáis tal compromiso a la vista del público, os decimos antes de la
publicación. Andad con cuidado”. El cardenal debe haber agregado: “Conocemos
demasiado bien vuestros sentimientos piadosos para no confiar, etc.”. Traducido
en manifestación para uso público, se vuelve exactamente apropiado para el
certificado de Bellarmino. Esos hechos simples sería mejor que se aclarasen para
eliminar la confusión originada sobre dicho punto por Berti, Gebler,
Scartazzini y otros. Fue así completamente cierto que todo el contenido de la
comunicación permaneció impersonal y sin que implicara sino las palabras del
decreto. El Papa las conocía bien y, al comprenderlas, no consideró necesario
dar a Galileo una dispensa especial al aprobar, en 1624 y 1630, que discutiese
sus ideas hipotéticamente. Lo que hizo fue impartir una directiva interpretando
la política de 1616 a la luz de los requerimientos de 1630, que envolvía la
escritura de una obra por Galileo, bajo su alta supervisión. Asumir que el Papa
desconocía las citaciones sería ridículo, ya que él mismo, como cardenal,
integró la Congregación in causam Galilaei el 24 de febrero de 1616 que ordenó
las citaciones y había sido evidentemente informado, si bien no se halló
presente, del informe favorable de Bellarmino. Cualquiera fuere la intimación
personal existente en Bellarmino, las citaciones habían sido, pues,
explícitamente revocadas por sus directivas de 1624 y 1630.
[171] La
defensa en favor del acusado quedó suprimida desde el Concilio de Valencia en
1245, so pretexto de que “los abogados dilataban los procedimientos con su
ruido (strepitus). Habla un funcionario llamado advocatus reorum que actuaba,
si acaso, tan sólo in camera. Al acusado no se le comunicaban los cargos sino
en el momento de la sentencia.
[172] “Me
he visto ante tales argumentos que me sonrojo al repetirlos, no tanto por
evitar que se avergüencen sus autores, cuyos nombres podrían silenciarse
eternamente, sino porque me avergüenza profundamente degradar la honra de la
humanidad”. (Diálogo, p. 291).
[173] Este
episodio de Gilbert posee una extraña secuela que es digna de ser recontada,
aunque más no sea para mostrar un ejemplo entre muchos de cómo la persona de
Galileo siempre continúa siendo apretada entre las piedras del molino. En 1840,
Arago, entonces gran autoridad de la astronomía francesa, escribió algunos
comentarios sobre el asunto. Es inútil decir que estuvo del lado de la ciencia.
Pero a la vez pilar del estado, pensó que tendría que dar una nota de
imparcialidad. Luego de presentar a Galileo como no muy científico (la
preconcepción enciclopédica, continuada por Chasles y Delambre), hizo notar que
era aún menos moral, como atestigua su cobarde entrega a las autoridades y “la
baja envidia” evidenciada con respecto a Gilbert. Aquí tenemos ahora el párrafo
pertinente del Diálogo: "Sí, estoy de todo corazón con la filosofía
magnética de Gilbert y creo que quienes han leído su obra y ensayado sus
experiencias me acompañarán en ello… Extremadamente alabo, admiro y envidio a
este autor el que idea tan estupenda haya acudido a su mente, tocante un tema
manejado por tantos y grandes intelectos sin que ninguno lo haya resuelto. Por
otra parte, lo creo merecedor de aplauso extraordinario por las muchas y nuevas
observaciones ciertas que ha efectuado, en disfavor de tantos autores
fantásticos que escriben de lo que no saben”. No es necesario decir que Arago
jamás leyó el Diálogo, como nadie en Francia: creía poder confiar en las
palabras de algún Inchofer de su tiempo aceren de su contenido. Parece haber
existido gran cantidad de gente por el estilo, a juzgar por las inmundas
falsedades que se ingeniaron para acreditarlas, incluso entre los estudiosos
protestantes.
[174] Al
iniciarse los procedimientos, las autoridades tenían que adoptar dos
posiciones: o el acusado reconocía el requerimiento, y entonces era
técnicamente culpable de reincidencia y pasible de sentencia por ello nada más,
aunque podía acordársele circunstancias atenuantes; o lo negaba y entonces
podía ser también procesado por (a) evasión y (b) “sostener” la opinión
condenada. Al atenerse estrictamente a la letra de las instrucciones, Galileo
podía haber alegado que, por mucho que hubiera errado en el lenguaje, jamás
llegó a desviarse de la discusión hipotética. Sobre este punto habría sido
difícil quebrantarlo, salvo por medio del tormento, contrario a las ordenanzas
en cuanto individuo septuagenario y más en su estado de salud. Pero existía
algo suficiente para conformar sospecha vehemente, si fuera necesario. La
verdad es que el acusado habíase colocado en peor situación a través de su
última negativa. En ese punto, como hemos indicado, parecía haber dos bandos
opuestos entre los jueces. Este bosquejo puede ayudarnos a inferir el camino
defendido por cada uno de ellos.
[175] Como
dato de precedente curioso, ésta es la solución sugerida exactamente por el
General de los Jesuitas, Acquaviva, a Bellarmino cuando eran colocadas en el
Index sus Controversias, en 1500; no retractar ninguna de sus opiniones sino
simplemente cambiar los títulos de los capítulos de la forma negativa a la
problemática. “Si, etc.”. Empero, la opinión de Bellarmino había sido declarada
errónea por el Papa en persona y no por una Congregación secundaria, como en el
caso del heliocentrismo. Lo que atrajo la atención de Inchofer en el Diálogo,
desde el punto de vista jurídico, fueron los pocos pasajes estrictamente
afirmativos, uno de ellos un corto título marginal: “El Sol no se mueve”.
[176] Cuyo
texto analizaremos posteriormente. V, págs. 252-3.
[177] Despacho
de mayo 22. Después de su entrevista con el Papa, Niccolini vuelve a
experimentar miedo súbito en cuanto a la prohibición del libro, a menos que se
resuelva que Galileo escriba una apología, “como sugerí a su Santidad”. Ello
significó que, en su reciente trato con Galileo, el Comisario indicó que se
permitiría una versión corregida.
[178] El
alegato de Wohlwill es que el documento original, tal como indica el espaciado
del texto (folio 378v), los débiles rastros de letras borradas y otras huellas,
terminaba, según la palabra de Bellarmino, con la simple y definitiva
manifestación esperable lógicamente: “cui praecepto idem Galilaeus acquievit et
parere promisit”. Esta conclusión fue borrada con cuidado y se insertó una
secuela, relativa a la intervención del Comisario, que comenzaba con los
palabras “et successive ac incontinenti…” (e inmediatamente después)
continuando hasta el anverso en blanco de la página siguiente, Folio 379r
(véase Apéndice II del segundo volumen en su Galilei, pág. 298).
[179] Poseemos
indicaciones de que Galileo se inclinaba hacia esta opinión. Dice en su carta a
Peirese: “Si algún poder mostrase las calumnias, los fraudes, las estratagemas
y las trampas que se utilizaron en Roma dieciocho años atrás……”. Lo cual quiere
decir algo terminante. Mucho, en verdad, a la luz de sus palabras subsiguientes
en la misma carta (citada in extenso en página 393) “Contra alguien,
erróneamente condenado a pesar de su inocencia, resulta conveniente, con objeto
de realizar una demostración de estricta legalidad, sostener el rigor”. Galileo
dice aquí algo nuevo con respecto a lo manifestado en 1616. Entonces escribió a
Picchena que tenía que referirle “innumerables relatos acerca del efecto de las
fuerzas más poderosas, la ignorancia, la malicia, y la impiedad, que no osaba
expresar por escrito”. Pero lo que quería significar, a todas luces, eran las
intrigas que dieron lugar a la prohibición de 1616 y a su acusación de
blasfemia. (De esas “calumnias" habíase visto liberado por la Inquisición).
El resultado neto de las intrigas fue el decreto. Ahora se declara inocente de
haber violado jamás este decreto (de lo que se le acusa en la sentencia) de ahí
que tuviera que acusar lógicamente al tribunal de franca arbitrariedad en la
que había sido un juicio de intención. En vez, menciona “fraude, estratagemas y
trampas” que se remontan hasta 1616, acerca de las cuales las autoridades deben
hacer demostración de estricta legalidad.
[180] H.
Laemmel, Archiv f. Gesch d. Mathematik. Vol. X. (Marzo, 1928).
[181] Mencionaremos
aquí una variante derivada de un estudio independiente de los documentos y
comunicada personalmente por el profesor C. Jauch. Su idea es que la minuta fue
escrita antes de los procedimientos por funcionarios que dieron por hecho el “segundo
grado” y más tarde permitieron que quedara en el legajo, aun cuando los
acontecimientos siguieron otro camino. La idea es del todo plausible. Empero,
en ese caso el texto habría sido fácil de convertirse en protocolo normal,
aunque falso, lo que no es del caso. Por otra parte, los nombres de los
testigos de la morada del cardenal, a todas luces por éste designados en el
acto, podrían no haber aparecido, siendo el agregado natural la firma de dos
funcionarios regulares de la Inquisición, a más de hacerlo aparecer como legal.
Por último, esperaríamos encontrar en el texto la cláusula: “Habiendo objetado
dicho Galileo, “cuya falta en el documento es tan reveladora. El hombre que
inventa la situación ante factum no habría omitido tal cláusula, mientras que, al
intentar arreglar lo sucedido en realidad, habría tratado de reducir las
falsedades al mínimo necesario.
[182] Of.
Lingard, Historia de Inglaterra, (3.ª ed., 1825). Vol. IX, Apéndice, nota D.,
páginas 433-36.
[183] Nos
queda un problema: ¿por qué ese embrollar con las tres versiones del mismo
acto? Podemos comenzar a adivinar algunas razones posteriormente.
[184] De
ser necesario, existe evidencia en favor nuestro. Ya hemos notado anteriormente
lo irregular de la elección de testigos. Sería pasar por cosas raras que en el
propio palacio de Bellarmino, con “una cantidad de dominicos en el mismo”, como
sabemos por la declaración de Galileo, dos sirvientes de la casa del cardenal
hayan recibido orden del Inquisidor para actuar como testigos de un
requerimiento secreto, en lugar de los funcionarios eclesiásticos requeridos
por el procedimiento. Nadie podía elegirlos y ordenarles sino el cardenal. Y él
sabía también, como todo el mundo, que los procedimientos inquisitoriales no
admitían testigos legos en sus actos. Había recalcado, pues, a Galileo, quien
se hallaba presente, que eso no implicaba requerimiento; que ésa no era una
visita de la Inquisición sino una audiencia privada; y que, puesto que Galileo
asentía, iba a procederse formalmente como en cualquier acto público, como si
fuere una notificación o el otorgamiento de un título.
[185] Algunos
historiadores que desean que esta querella se arregle y luego todos vivan
dichosos, han adelantado una curiosa sugestión intermedia. Al parecer es
implicada por Favaro y hecha explicita por J. J. Fahle. La idea es que el
Comisario saltó ante alguna pregunta extraviada surgida de labios de Galileo en
el instante en que Bellarmino había terminado de hablar (por ejemplo: “Cómo,
¿ni siquiera discutir la teoría?”), e interpuso con rapidez la explicación de
que no debía ser discutida en modo alguno. Luego, sin que Galileo ni Bellarmino
(ambos presentes, según lo declarado) hubiesen tomado nota de ello, el evento
quedó como requerimiento. Los eruditos autores parecen no haberse percatado de
que con eso no se salva el decoro de nadie. El requerimiento que escapa al
conocimiento del requerido es fraudulento. Aun el solo hecho de admitir su
cláusula final amenazadora sub poenis, etc., lo vuelve tal. Ya hemos visto en
los demás casos de requerimiento formal que se llevaban a cabo grandes
formalidades para hacerlos explícitos. El compromiso sugerido, equivale, pues,
a otra variante del acto de fraguar. Además, tenemos la declaración de Galileo,
repetida en diversas y peligrosas oportunidades, de que nadie le dijo una sola
palabra que no fuera Bellarmino. No recuerda, especifica, si los padres
dominicos se hallaban aún en el aposento al hablarle el cardenal. Aparte de
eso, es absurdo. Suponer que a Galileo se le dijo bruscamente que lo que
habíale explicado Bellarmino no tenía ya ningún valor, que no le era permitido
discutir ex suppositione… y que ni siquiera se percató de esas palabras de
labios del Comisario de la Inquisición, carece de sentido. La teoría tuvo que
ser mencionada porque ha sido adoptada por Fahle, quien figura entre los muy
pocos autores ingleses de confianza sobre el tema, cuya obra puede obtenerse
corrientemente. Creemos que nuestra suposición es, en conjunto, más caritativa
para todos los interesados. Una nota extraña es la que da el padre Brodrick en
su Bellarmino (II, 370). Luego de admitir la discrepancia entre ambos
documentos, que explica “como alharaca o exceso de celo” del Comisario, quién
habló o quiso hablar fuera de turno (ya hemos visto el valor que merece tal
explicación), concluye: “No se conoce al autor del otro informe (el requerimiento)
ni la finalidad del mismo”. Esta última frase resulta difícil de creer, pero
ahí figura en blanco y negro. Y vuelve a presentar tanto misterio, escrita en
nuestro propio tiempo, como el total de los procedimientos tres siglos atrás.
[186] Los
que acostumbraban sostener, junto con Wohlwlil, Cantor, Gherardi, Scartazzini y
otros, que el documento no fue fabricado sino en 1632, señalan el hecho de que
Galileo vino a ser objeto de la atención de la Inquisición a propósito del
Saggiatore, a más de la Carta a Ingoli, y que el requerimiento pudo haber sido
dictado entonces contra él. Ello constituye sin duda un punto. Las autoridades
vaticanas insisten en que el documento hallábase allí desde 1616, lo que nos
inclinamos a creer. Ello ha de implicar, sin embargo, esto: que los
Inquisidores no percataron de que esa pieza no les permitiría llegar más allá
de un señalado recordatorio; que ello habría echado a perder el juego y
permitido a Galileo salir indemne; y que resolvieron darle suficiente soga para
un buen nudo con que ahorcarse. Y ello siempre que los Inquisidores se tomaran
la molestia de examinar el legajo, que es sobre lo que abrigamos nuestras
dudas.
[187] Desde
monseñor Marino Marini, casi todos los historiadores eclesiásticos han
lamentado sus negativas en el primer interrogatorio y considerándolas
“evasiones ingeniosas indignas de tan ilustre hombre”. Es en verdad plausible
sugerir que Galileo rehusó desesperadamente en ese punto reconocer lo que
podría incriminarlo, y alegó que “si era así había perdido toda memoria de
ello”; empero, en caso de haber mentido, mostró gran firmeza y habilidad en
sostener su punto durante todo el interrogatorio. Pero debería volverse del
revés el motivo. La sentencia estaba ya dictada, reservándose los jueces el
derecho “de moderar, conmutar o suspender” las penas impuestas. En
consecuencia, habría sido de interés para Galileo mostrarse cooperador, como
hemos visto en juicios modernos, y realizar una confesión lo más amplia
posible.
[188] Ha
sido demostrado por Wohlwill que el sumario fue enviado sin los documentos del
juicio contra Galileo (Galilei, II, 337 ss.), y sus conclusiones se ven ahora
confirmadas por el procedimiento análogo seguido en el caso de Giordano Bruno.
Las actas de aquel juicio se han extraviado, pero el resumen fue descubierto en
fecha reciente (Mercati, Il Sommario del proceso di Giordano Bruno (“Studi e
Testi Bibl. Apost. Vat.” [1942]). El documento de cincuenta y nueve páginas,
también sin forma y muy similar al del proceso contra Galileo, está dirigido al
Asesor y, a través de éste, a Bellarmino para su decisión (1597). Los
procedimientos que seguían eran: primero, las conclusiones alcanzadas por
Bellarmino y el Comisario, consistentes en ocho proposiciones heréticas,
seguidas de un decreto de febrero 4 de 1599, en el que se ordena a Bruno se
retracte de esas proposiciones. Luego de esto se convierte en asunto de
negociación personal. Bruno se retractó; luego, a todas luces bajo el efecto de
una crisis nerviosa, desafió la autoridad del Santo Oficio, apelando
directamente al Papa. Tal movimiento es natural de por sí y Galileo por lo
menos habla de ello; mas el memorándum de Bruno reafirmaba simplemente sus
tesis, por cierto heréticas, y le fueron concedidos cuarenta días para que se
retractase otra vez. Más tarde, luego de una visita de las autoridades en su
celda, donde negóse a retractarse, y de un último intento de sus compañeros
dominicos, el 20 de enero de 1600, el Papa firmó el decreto entregándolo al
brazo secular. En cuanto al sumario que estamos discutiendo en el Juicio contra
Galileo, debiera notarse que L’Epinois, al escribir en defensa de las
autoridades, conviene sustancialmente con Wohlwill en cuanto a su papel en el
procedimiento. Por tanto, esta cuestión está fuera de toda controversia.
[189] Este
incidente nos proporciona la oportunidad de examinar la conducta de la
Inquisición. Tan pronto supo que Caccini iba hacia Roma, Galileo escribió en
forma apresurada su primera carta a Dini, incluyendo una copia de la Carta a
Castelli, “no sea que inadvertidamente sean alteradas algunas palabras”. La
Carta llegó a manos de Dini en febrero 21 y la entregó al príncipe Cesi, quien
en el acto “hizo sacar gran cantidad de copias”, según escribe en marzo 7, para
entregarlas a gran número de personas; una de ellas la entregó personalmente a
Bellarmino. Era rutina inevitable de parte del cardenal, luego de haberla
leído, enviarla al archivo de la Inquisición, iniciado por él mismo sobre el
sospechoso con tanta previsión cuatro años atrás. Es así como sabemos de la
llegada de la Carta a la Inquisición a comienzos de marzo. Ahora bien: el padre
Segizi, Comisario, por orden específica de la Congregación de febrero 25, había
escrito al arzobispo de Pisa solicitándole que obtuviese “de manera hábil” una
copia auténtica, a lo que el arzobispo contestó en marzo 7 que lo intentaba
pero era difícil porque “tenía que fingir amistosidad y simple interés en el
asunto”. El 22 del mismo mes tuvo que contestar que "había fracasado y que
la mejor manera de obtener una copia sería del propio Galileo”. De ahí que una
copia recibida directamente de Galileo en o alrededor del 10 de marzo, es
seguro que haya recibido la mayor atención. Pero el Inquisidor, en lugar de
hacerla colocar en el acto en el legajo, evidentemente la hizo comparar antes
con la versión de Lorini. Y como ésta parecía más sabrosa y de provecho, debe
haber destruido la auténtica.
[190] Debemos
reconocer la existencia de rumores desagradables contra el Comisario, como se
ve por algunas observaciones de Peiresc: pero son de tercera mano. Existe
inevitable la otra pregunta: suponiendo que Barberini no hubiese confiado en
él, ¿a quién otro; pudo haber dirigido su demanda? Firenzuola era el hombre a
cuyo cargo estaba. Eso sería, empero, hilvanar suposiciones. A través de todo
lo que hemos experimentado. Firenzuola era hombre que decía lo que pensaba. Tal
fue también la impresión de Niccolini: “El Comisario muestra intenciones de
hacer que este caso se resuelva y se apague tranquilamente”. (Mayoll).
[191] Sabemos
que ya lo era en 1624, por una carta de Giovanni Faber a Cesi sobre el proceso
a Marcantonio de Dominis.
[192] Véase
Ed. Naz., XV. 343. C. F. Buonamici, de quien nos ocuparemos más tarde, escribe
en setiembre lamentando que Galileo haya partido de improviso, impidiéndole
someter el memorándum cuyo texto ha enviado a los corresponsales del exterior.
El documento había sido convenido, pues, así como probablemente la línea a
seguir. Tal como está, resulta empero, una mezcla singular de lo que se habla
en la ciudad, reconstrucción personal inexacta y datos de hecho que no pueden
provenir sino del propio Galileo en persona. Ha resultado valioso. (El relato a
todas luces equivocado de los interrogatorios no debería sostenerse en contra,
porque era un punto en el que Galileo se hallaba impedido de ayudar, al
hallarse bajo juramento de silencio). Por lo demás, la intención es demasiado
clara para no descontarla. Es significativo, sin embargo, que él también
observa que esta rápida reconciliación de jesuitas y dominicos luego de la
querella de auxiliis, los convirtió en singulares compañeros de lecho.
El memorándum fue desechado como apócrifo por T. H. Martin y Gebler y sostenido
como tal por G. Guasti en el Archivio storico italiano (1873). Tales dudas ya
no son posibles desde la Edición Nacional, de Favaro, que no sólo autentica el
documento sino demuestra sus repercusiones en el país y en el extranjero. La
cuestión de la confianza que nos inspira es otra cosa. Pero el hecho de que el
mismo Buonamici contaba con información confidencial, importante además, queda
establecido más allá de toda duda.
[193] Con
absoluta independencia de estas impresiones, es difícil ver, frente al hecho,
cómo el Comisario General podía ser exonerado por entero. De su mesa escritorio
vienen directamente demasiados elementos. Sobre nadie más que él recae
“descubrir” el requerimiento, informar al Papa, pasar el sumario a la Comisión
preliminar, organizar el juicio y dar parte de su marcha a la Congregación. En
una palabra, dirigirlo todo, lo cual implica la carta a Barberini. Si alguno
que otro movimiento tuvo lugar sin que lo supiese, finalmente todos llegaron a
ser de su conocimiento.
Mas ¿cuánto fue resultado de sus propios planeamientos? Todo lo que podemos
decir es que en el procedimiento se advierten diversas etapas. La primera
campaña que excitó a Urbano VIII tuvo efecto afuera y su final lo constituyó el
Informe de la Comisión Preliminar. Puesto el asunto en manos del Comisario, se
produjo un repentino disminuir de la tensión, con tendencia a aminorar el caso
—y en verdad a abandonarlo— de no haber sido por el requerimiento. Podemos
concebir que el Comisario se hallaba en el caso, pues le fue difícil admitir
que su predecesor falsificara un legajo. La lealtad es fuerte en los grandes
servicios. Viene más tarde el informe sobre el Diálogo, obra de los Consultores
designados por el Papa (ignoramos bajo cual influencia) y con él la facción
contraria a Galileo cuenta con una nueva y poderosa arma. Hace su aparición el
Comisario entonces, ayudado por Barberini, y, en ausencia del Papa, que se
halla en Castel Gandolfo, negocia un arreglo extrajudicial. Esta situación
mantiénese hasta mediados de mayo en que, de regreso el Papa en Roma, es
enviado el caso a la Congregación. La defensa de Galileo, que es lo que se
supone haber puesto fin en verdad al proceso, tuvo lugar el 10 de mayo. A esa
altura, sin embargo, el caso parece haberse hallado por entero fuera de las
manos del Comisario. Decimos eso porque esperaba concluir el caso a su propia
manera y no lo hizo; porque el sumario del juicio debió ser a lo largo de sus
ideas y no lo fue. Es como si el Proctor Fiscal y el Asesor hubieran confiscado
el caso, arreglándolo del mejor modo posible y entregándolo para sentencia,
porque la sentencia obedece muchas instrucciones superiores y hace caso omiso
de muchas de las falsdades del sumario. Decimos también “como si”, porque, a
falta de otros documentos, es imposible decidir hasta dónde el Comisario puede
haber obedecido, estado en connivencia, llegado a un compromiso o ser
sobrepasado. Y así tenemos, menos que antes aún, derecho a señalar al Comisario
imputándole duplicidad infernal, aunque serán muchos los que digan que, “como
blanquinegro sabueso del Señor” tenía que considerar en primer término la salus
Ecclesiae y luego su conciencia.
[194] Carta
de Galileo a Diodati, julio 25 de 1634. Luego del proceso a Galileo, año 1633,
el venerable padre Athanasius Kircher se confió a Peiresc: “No pudo abstenerse
de reconocer, en presencia del padre Ferrant, que los padres Malapertius y
Clavius mismos no desaprobaron realmente la opinión de Copérnico; en verdad que
ellos mismos no se hallaban lejos de ella, aunque sufrieron presión y
recibieron orden de escribir en favor de la doctrina común de Aristóteles; y
que el propio padre Schelner no siguió sino por orden y en virtud de
obediencia” (Carta a Gassendi, setiembre 6, 1633). Peiresc admite que esto
arroja una luz extraordinariamente siniestra sobre la figura de Schelner, a
quien había tratado de reconciliar con Galileo.
[195] El
texto dice et si sustinuerit. Algunos, al leer ac en lugar de et (el manuscrito
está en mal estado) han traducido: “como si fuera a sostener tortura”. Es una
traducción forzada y, además, el et ha sido aceptado generalmente. Así,
significa: “y si lo sostiene”, lo que no se refiere a la tortura (pues en tal
caso diría cum) sino a la examinación en sí.
[196] En
el manuscrito de Gherardi figuran las palabras publice cremandum fore, que han
sido borradas y reemplazadas por prohibendum fore. En consecuencia, la primera
resolución fue quemar el libro en la plaza pública por un verdugo, como era
corriente en casos de reconocida herejía; después de una discusión se redujo a
la prohibición del libro.
[197] Esto
es lo que podemos colegir del pasaje: “Non mi restara altro che interrogarlo
sopra l’intentione e dargli la diffese; e ciò fatto, si potrà habilitare alla
casa per carcere, come accennò V. E.”. Entendemos aquí diffese en el sentido
del más correcto diffide.
[198] Solamente
cuatro personas de afuera estaban al tanto: Galileo, Niccolini, Cioll y el Gran
Duque, de quienes podía confiarse que no lo propalarían.
[199] Buonamici
coloca en esta última fecha el descubrimiento de la nota de descargo de
Ciámpoli: “Entonces volvieron la acusación contra el padre Monstruo, quien se
excusó con haber recibido órdenes directas de H. H., y, como el Papa lo negara
lleno de irritación, sacó una carta de Ciámpoli que manifestaba que H. H. (en
cuya presencia se aseveraba haber sido escrita) dio órdenes para la aprobación
del referido libro; viendo entonces que no podía ser envuelto el padre Monstruo
y para que no pareciera que habían subido la cuesta inútilmente, etc.”.
Esto es evidentemente erróneo en cuanto a fechas, pues el descubrimiento de la
nota y la exculpación de Riccardi habían tenido lugar meses antes (página 175).
Ciámpoli ya había caído en desgracia y el hecho de que nada peor le aconteciese
muestra que el Papa vio su propia responsabilidad envuelta más de lo que le
interesaba admitir.
[200] Tenemos
en las Actas, aunque poco tiene que ver con el caso, un interesante informe del
propio Desiderio Scaglia en la época en que aún era Inquisidor provincial en
Milán (1615). Es de carácter muy rutinario pero proporciona un bosquejo
completo del procedimiento, tal como después fue aplicado en el caso que nos
ocupa: “Tengo entendido que el Obispo de Sarzana se queja de que yo haya dado
órdenes al vicario del Santo Oficio en Pontremoli en el sentido de que llegue a
las torturas y sentencias sin comunicarse con el Ordinario sobre los méritos
del proceso, en contra de la forma de Multorum de hereticis de Clementine.
Puedo responder que el mencionado Rey Obispo está mal informado, porque jamás
di tales órdenes. Cuando el Vicario de Pontremoli envía aquí juicios o
sumarios, tomo para la expedición el juicio de los Consultores del Santo Oficio
y luego le escribo la resolución que se ha tomado y el decreto que se ha
dictado, de manera que pueda aplicar en las torturas y sentencias de allí lo
que haya sido hallado correcto aquí, con la propia participación del Ordinario
allí”. He aquí al menos un Inquisidor más sujeto a las leyes que Bernard Gui,
quien abiertamente se burló del Decreto Clementino.
En todo caso, la aplicación de tortura, o aun de territio realis, fue
acompañada por formalidades circunstanciales, como sabemos por el Sacro
Arsenale. Si fue aplicado en este caso, tendríamos que suponer que todo el
protocolo del 16 de junio es falsificado, como sugiere Wohlwill (Ist Galilei
gefoltert worden?). Posteriormente revisó algunas de sus inferencias (cf.
Galilei, II, 321 ss.). Damos sólo su última conclusión, tal como figura: “En la
página que es considerada auténtica sobre buena base, la foliación es correcta;
el decreto (de relegación a Siena), que está aquí en su propio lugar, está
también en la escritura corriente. En la página de que se sospecha por su
contenido, la foliación está interpolada en una escritura completamente
diferente: el decreto, que está aquí absolutamente fuera de lugar, es de mano
desconocida”. Eso es todo. Podría ser algo. Posteriormente (1907), Favaro
decidió que no es suficiente y nos inclinamos a apoyar a Favaro. Lo decimos
simplemente porque, cualquiera sea el estado de las Actas, parece muy
improbable que se haya hecho a Galileo más de lo que el protocolo implica.
[201] El
abad Morellet, quien ciertamente no se hallaba prejuiciado en favor de la
Inquisición, escribe: “Cuando el señor De Malesherbes leyó mi Manual de los
inquisidores, observó: Tales hechos y tales procedimientos podrán pareceros
nuevos e increíbles, pero la jurisprudencia no representa más de nuestra propia
jurisprudencia criminal tal como existe”.
[202] Escribe
Cini desde Florencia en marzo 26: “En la mansión de Orazio Rucellai, donde se
reúne toda la nobleza, no hay uno solo que no diera su sangre para veros
vindicado de tamañas indignidades. Esperan que el cardenal Scaglia lea vuestra
Carta a la Gran Duquesa. Todo el mundo exclama: “¡Que lean el Diálogo de una
vez por todas!" ¿Ha sido leído el libro? ¿Ha sido considerado en
realidad?”.
Los comentarios posteriores son más agudos aún: “Si aulcun la povoit avoir
merité (la prisión) pour l’editton de ses Dialogues, es debvoien être ceux qui
les avoient chastrez a leur poste, puisqu’il avoit remis le tout a leur
discretion… je pense que ces Pères peuvent aller à bonne foy, mais ils auront
de la peine a le persuader au monde”. (Peirec a Dupuy, mayo 30 de 1633, y
Holstein, junio 2 de 1633. Peiresc volvió a decirlo un año más tarde, en
lenguaje más diplomático y no menos explícito, en una extensa carta dirigida al
propio Francesco Barberini. Hizo notar que esta conducta sin precedente no
podía sino perjudicar el prestigio de la Iglesia. Véanse también las
observaciones de Descartes, citadas en páginas 269-272).
[203] Cf.
L. Garzend. “Si Galilée pouvait, juridiquement, étre torturé”. Revue des
questions historiques. XLVI (1911), 353 FF.
[204] Un
punto puede suscitarse, bajo la corrección de los expertos en procedimiento
inquisitorial. No hubo más interrogatorio sobre el requerimiento; ni siquiera
fue mencionado en el decreto de junio 10. Nos preguntamos por qué. Hubo dos
puntos sobre los cuales se encontró a Galileo insincero, como fue declarado más
tarde en la sentencia. Uno de ellos es el requerimiento y otro la intención. En
cuanto al requerimiento, desde luego, el documento basta por sí mismo para
establecer la verdad sin más trabajo. Por otra parte, Galileo había alegado
olvido, cosa difícil de contradecir. Pero el olvido es apenas una excusa en
tales asuntos. La sentencia expresa: “El acusado manifestó que debíamos creer
que había olvidado”, y prosigue ocupándose de los demás asuntos sin insistir…
pero, como resulta más tarde, sin aceptar la excusa. Opinamos que un individuo
difícilmente podía ser “absuelto” en definitiva, a menos que hubiera confesado.
Habría sido lógico, aunque más no fuera con miras a lo regular, pedir a Galileo
que “recordara” aprisa. Pero el tema jamás ha sido tocado ni en el decreto ni
en el interrogatorio. Empero, con o sin intención, el asunto de una
transgresión del requerimiento es de tal índole que no puede pasar sin
mencionarse en el Decreta ni en la Congregación, como que en verdad había sido
discutido en la de febrero 25 de 1616. Muchas cosas curiosas pueden haber
tenido lugar en esa sesión del 10 de junio que, como podemos hacer notar, había
sido postergada en dos oportunidades, a pesar de la presión por ambas partes.
Debe haber habido una agitada lucha de alguna especie, mas probablemente
manteniéndose un vergonzoso y absoluto silencio en el delicado asunto de esa
orden.
[205] Esta
decadencia de la cultura en Italia fue utilizada como argumento por Leibnitz
—aunque en vano— para tratar de persuadir a la Curia de que liberase al Diálogo
(de su carta a Magliabechi, octubre 30 de 1699). Esa liberación no tuvo lugar
sino en 1822.
[206] Este
sentimiento no lo había abandonado. Dos años más tarde el padre Fulgenzio
Nicanzio escribe: “Servios no continuar vilipendiando y maldiciendo el Diálogo.
Debéis saber que es maravilloso”.
[207] Este
detalle ha sido violentamente rebatido por L’Epinois, alegando que la etiqueta
del Santo Oficio era contraria al uso del hábito en tal oportunidad, y Gebler
se siente compelido a aceptar sus razones. Es una lástima, pues contamos con la
palabra de un testigo, O. G. Bouchard, quien escribe en Junio 29: “come reo, in
abito de penitenza”. La conclusión, a que contribuye L’Epinois, es que Galileo
fue tratado en realidad como hereje declarado. Lo que se le evitó fue la
segunda mitad del trayecto montado en la mula de la Inquisición, que Bruno hubo
de hacer, desde Minerva a Tor di Nona y luego al Campo dei Fiori.
[208] El
Papa había dicho a Niccolini que alguna especie de sentencia a prisión era
inevitable con motivo del requerimiento. Cosa bastante razonable.
[209] C.
J. Jagemann, en su libro sobre Galileo aparecido en 1784, al no tener nada en
que basarse sino el texto de la sentencia publicado por Riccioli (las actas no
fueron dadas a publicidad sino en el siglo XIX), supuso que jamás había
existido una prohibición especial y sospechó que Riccioli había inventado el
pasaje en que se mencionaba. El hecho es que las autoridades no se atrevieron a
que la sentencia fuese examinada en Florencia. Guiducci escribe el 27 de agosto
que, luego de haber sido leído al público congregado por el padre Egidii,
Inquisidor local, él y otros solicitaron que se les permitiese leerla, sin
resultado favorable. El padre Egidii debe haber procedido de acuerdo con
órdenes, pues personalmente nada le habría gustado más que el hecho de que el
texto hubiera sido desmenuzado por el cardenal Capponi y su círculo. Era el que
había otorgado la licencia y sus sentimientos personales eran vigorosos.
Durante el proceso había hecho saber a Galileo que oraba por él “día y noche”.
Después de la sentencia, tenemos su respuesta a una carta de la Inquisición,
que se ha extraviado: “He recibido la severa reprimenda de Su Señoría referente
a mi defectuosa actuación al conceder licencia para el Diálogo. Podría decir
una serie de cosas bastante importantes, pero, puesto que estimáis que es culpa
mía, prefiero aceptarlo en plena humildad”.
[210] El
texto reproduce, literalmente sin duda, el certificado de Bellarmino (los
documentos oficiales evitan falsas manifestaciones factibles de comprobación),
pero tiende a implicar aquí que el decreto de la Congregación era de
importancia dogmática, lo que no es así. Todos los decretos comienzan con
Sanctissimus decrevit mandavit, mas en realidad eran órdenes de gabinete. Con
el fin de impartir la sagrada autoridad del Papa, los decretos tenían que
contener la fórmula: “SS. confirmavit et publicare mandavit”. Aun así, no era
equivalente a una declaración formal ex cathedra. En verdad sabemos que el Papa
Pablo V deseaba declarar herética la doctrina de Copérnico y fue constreñido
por Matteo Barberini y Caetani. Más adelante se supo que la importancia del pronunciamiento
habiose atenuado más por haber sido emitido, no por el Santo Oficio sino por la
secundaria Congregación del Index. De ahí que la doctrina pudiera seguir siendo
considerada como "indecisa". (Of. Abad Bouix, La Condenación de
Galileo).
[211] El
original italiano (los procedimientos de la Inquisición eran siempre en el
lenguaje del acusado) es: “Ma da detta fede, prodotta da te in tua difesa,
restasti magiormente aggravato, mentre dicendosi in essa che detta opinione è
contraria alla Sacra Scrittura, hai non di meno ardito di trattarne, di
difenderla e persuaderla probabile; nè ti suffraga la licenza da te
artefitiosamente e callidamente estorta, non avendo notificato il precetto
ch’havevi”.
[212] En
la Edad Media hallábase muy difundida la noción de que la soberanía del Papa
sobre Roma y su territorio tenía su origen en una carta de privilegio del
emperador Constantino al Papa Silvestre. Dante también lo creía. La idea había
contado con fuerte pero no siempre tácito incentivo de los círculos oficiales
de Roma y no fue abandonada sino luego de su decidida exposición por Lorenzo
Valla (1440). Cuando el pueblo de Ancona recibió en el siglo XIV un ultimátum
de la Santa Sede acerca de ciertos territorios en disputa, contestó
tranquilamente que el título era de él y que podía vérselo registrado al dorso
de la carta de privilegio de Constantino.
[213] “Il
aura sans doute voulu établir le mouvement de la terre, lequel je scay bien
avoir estè autrefois censuré par quelques cardinaux: mais je pensois avoir ouy
dire, que depuis on ne laissoit pas de l’enseigner publiquemente, mesme dans
Rome: et je confesse que s’il est faux, tous les fondements de ma philosophie
le sont aussi”. (Carta a Marsenne, fines de noviembre de 1633).
[214] En
1642, Gassendi observa que, a falta de ratificación papal, la negación de la
teoría de Copérnico no constituye artículo de fe; y diez años más tarde, el
buen jesuita Ricciolo, evidentemente nervioso, no obstante su monumental
refutación a Galileo, reproduce sus manifestaciones palabra por palabra en el
Almagestum novum. Los teólogos de todo el mundo preparábanse ya para amortiguar
la caída. El padre Fabri, jesuita francés, escribió en 1661, a la par que
defendía los pasajes geocéntricos de las Escrituras: “Si alguna vez llega a
descubrirse algunas razones concluyentes, lo que no espero, no dudo que la
Iglesia dirá que han de tomarse figurativamente”. El padre Caramuel Lobkowitz,
escribió en 1676, en su Theologia Fundamentalis, que, si alguna vez llegase a
probarse el error, “jamás podría decirse que la Iglesia de Roma había estado
equivocada, puesto que la doctrina del doble movimiento de la Tierra nunca
había sido condenada por un concilio ecuménico ni por el Papa hablando ex
cathedra.
[215] Otro
que había creído mejor mantenerse callado, si bien muy lejos de Roma, fue
Descartes (cierto que Richelieu era apenas más liberal que el Papa sobre ese
punto). Llegó a la conclusión que desafiar a las autoridades: no merecía tal
molestia y abandonó sus escritos sobre cosmología. El 1.º de enero de 1634
escribió a Marsenne: “Vous savrez sens doute que Galilée a esé repris depuis
peu par les inquisiteurs de la foi, et que son opinion touchant le mouvement de
la Terre a esté condamnée comme hérétique: or de vous dirai, que toutes les
choses, que j’expliquois en mon traité, entre lesquelles etoit aussi cette
opinion du mouvemente de la Terre dependoient tellement unes des autres, que
cest assez de savoir qu’il y en ait une qui soit fausse pour connoisire que
toutes les raisons dont je me servais n’ont point de force: et quoique je
pensasse qu’elles fussent appuyées sus des démostrations très certaines et très
evidentes: je ne poudrois toutefois pour rien au monde les soutenir contre
l’autorité de l’Eglesise. Je sais bien qu’on pourroit dire que tout ce que les
unquusiteurs de Rome ont decidé n’est pas incontinent article de foi pour cela,
et qu’il faut premièrement que le concile y ait passé; mais je ne suis point si
amoureux de mes pensées, que de me vouloir servir de telles exceptions, pour
avoir moyen de les maintenir; et le désir que j’ai de vivre au repos et de
continuer la vie que j’ai commencée en prenant pour ma devise ‘bene vixit qui
bene latuit’, fait que je suis plus aise d’être delivré de la crainte que
j’avois d’acquerir plus de connaisances que je ne désire, par le moyen de mon
écrit, que je ne suis faché d’avoir perdu le temps et la peine que jai employée
a la composer”.
[216] Pasquino
y Marforio (así ha dado el pueblo en llamarlos desde la Edad Media sin razón
aparente) son dos estatuas antiguas enclavadas una frente a otra, cerca de la
plaza Navona. El Pie es lo que resta de una estatua colosal imperial del tiempo
de Constantino. Pasquino y Marforio son los Martin Marprelates (Martin
Marprelates es el nombre adoptado por los autores de una serle de folletos
poderosos pero injuriantes, que atacaban a los prelados, impresos durante el
reinado de la reina Isabel. El principal autor y superintendente de esa serle
de folletos fue John Perry, ejecutado en 1693 por sedición. (N. del T.).) de
Roma, aunque a menudo bromistas y sencillos. Los folletos más satíricos y
anónimos adoptaron forma de diálogo entre ambos personajes. Hemos dado un
ejemplo en el epígrafe del capítulo VI. Marforio actuaba por lo común como
“hombre derecho”, y Pasquino, según lo llamó Rabelais, “como el doctor de
mármol”.
[217] En
esta leyenda debe haber más de afectuoso que de cierto, pues el elefante no fue
instalado sino en 1667, según la leyenda que figura en su pedestal. Esa
inscripción, empero, es de por sí una broma bien intencionada. Sugiere en
amplios hexámetros en latín que, aunque se necesita todo un elefante para
llevar el peso de la sabiduría del misterioso Egipto, hace falta una mente
vigorosa para llevar el peso de la verdadera ciencia. Parece como si el
elefante no pudiese decidir si se va o se queda.
[218] Castelli,
por entonces “Padre Matemático de Su Santidad”, a quien el Gran Duque confiara
la defensa de Galileo, recibió orden de dirigirse a Brescia, en base a su voto
de obediencia benedictino, antes de la llegada de Galileo a Roma, no
permitiéndose su retorno sino luego de la partida de este último.
[219] Cuando
el Duque de Noailles, embajador del rey en Francia, insistió con visitas a
Galileo como prisionero, no se le pudo negar autorización, y en su entrevista
aceptó la dedicatoria de la próxima obra de Galileo. El manuscrito fue sacado
de Italia por el príncipe Martin de’Medici y posteriormente impreso por Elzevir
en Holanda.
[220] Cartas
a Peiresc, febrero 22 y marzo 16 de 1635. Por Micanzio había sabido de las
órdenes reservadas a los Inquisidores de provincia, estando en Venecia. El 8 de
setiembre de 1633, el Papa había vuelto a amonestar al Inquisidor de Florencia
por haber autorizado la reimpresión de algunos trabajos anteriores.
[221] Ascanio
Piccolomini debe ser señalado como hombre a quien no impresionaron los truenos
papales. Cuando se intentaba que Galileo, luego de su sentencia, pasase un
largo periodo de penitencia en el monasterio de la Santa Cruz, de Jerusalén,
Piccolomini, con ayuda del cardenal Barberini, consiguió que lo dejasen en
custodia durante cinco meses, con órdenes severas de no ver a nadie. Tan pronto
llegó Galileo a Siena, en calidad de invitado suyo, procedió a abrir en el acto
las puertas del palacio episcopal a una interminable corriente de visitantes.
Fue allí donde el poeta francés Saint-Amant vio al científico “dans un logement
tapissé de soye, et fort richemente emmeublé”, dedicado en unión de Piccolomini
a su teoría sobre las mecánicas, con papeles esparcidos a todo su derredor, “et
ne se pouvoit lasser d’admirer ces deux vénérables vieillards”, etc. El
inevitable informante escribió de manera anónima: “El arzobispo ha referido a
muchos que Galileo fue injustamente condenado por esta Sagrada Congregación, que
es el primer hombre del mundo que vivirá por siempre en sus escritos, aunque
sean prohibidos, y que lo siguen todos los mejores cerebros modernos. Y como
tales palabras de un prelado podrían producir frutos perniciosos, por la
presente las llevo a vuestro conocimiento, etc.”.
[222] Luego
del fallecimiento de Galileo, en enero de 1642, el Gran Duque quiso erigir un
monumento a su memoria en su tumba de Santa Cruz. Pero el Papa le previno que
consideraría el hecho como desprecio a su autoridad. El cadáver de Galileo hubo
de permanecer casi un siglo aislado en el sótano del campanario.


Publicar un comentario