© Libro N° 6247.
Las Mujeres De La Independencia. Grez, Vicente. Emancipación. Julio 20 de 2019.
Título
original: © Las Mujeres De La Independencia. Vicente Grez
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LAS MUJERES DE LA INDEPENDENCIA
Vicente Grez
CONTENIDO
La
generación de 1810
Camilo
Henríquez.-Su influencia sobre las mujeres.
El
Salón en 1810. Belleza y dominio de las mujeres. Ana María Cotapos. Javiera
Carrera.
Los
colores nacionales. El gran baile de los Carreras
Luisa
Recabarren
Águeda
Monasterio
Rosario
Rosales
Mercedes
Fuentecilla
Las
mujeres saben callar
Paula
Jara Quemada
Manuela
Rozas
María
Cornelia Olivares
Candelaria
Soto
Antonia
Salas
El
gran día de O'Higgins
El
último cañonazo de Maipo
Las
heroínas anónimas
A
las mujeres
Biografía
Capítulo
1
La generación de 1810
Si
se hubiera dicho a principios de este siglo a uno de aquellos avanzados
políticos y filósofos que ya meditaban en la revolución:
«Es
necesario que deis a vuestras hijas una educación esmerada, ellas pueden llegar
a ser tan útiles a la familia y la sociedad como vuestros hijos varones»...
es
seguro que aquel hombre tan ilustrado os hubiera oído sin comprenderos y os
hubiera mirado fijamente, compadecido de vuestra demencia.
Se ha creído siempre que la mujer chilena nació exclusivamente para el encanto
y el cariño del hogar, para la administración doméstica, para el cuidado de los
hijos, cuando ha si- do ella la que ha trasmitido de generación en generación
las nobles virtudes que constituyen los distintivos esenciales de nuestro
carácter: el amor a la patria que principia en la familia, el valor personal
hijo de las convicciones heroicas, la moralidad pública y privada, fruto de los
buenos ejemplos.
Por más amigas del lujo y de la ostentación que sean nuestras mujeres, son
siempre económicas y arregladas. Hay orden en su derroche: entre nosotros no se
ven maridos arruinados por sus esposas, ni padres arruinados por sus hijas;
pero se ven frecuentemente mujeres arruinadas por sus esposos y padres
arruinados por sus hijos. Entre nosotros la mujer es siempre lo que el hombre
quiere que sea.
Pero las más nobles cualidades del carácter de la mujer chilena permanecieron
desconocidas hasta la grandiosa época de la revolución. Fue solo entonces
cuando se presentó en todo su relieve el alma de la mujer chilena. De en medio
de la atmósfera conventual en que había vivido, de entre el misticismo de la
edad colonial, nacieron ¡fenómeno extraño! esas mujeres varoniles, heroínas tan
grandes como los generales de la revolución, y a quienes los .hombres todavía
no han levantado estatuas, como si la abnegación y el heroísmo do las mujeres
no fueran dignos del bronce y del respeto de los pueblos.
Tal
vez esas virtudes solo se recompensan en los hombres, ¡porque son más escasas
entre ellos! Muchas veces hemos querido explicarnos el hecho sorprendente de
cómo nació de aquellas mujeres creadas bajo el régimen colonial la gloriosa y
fecunda generación de 1810 que derramó su sangre por la libertad de la patria,
y que hasta ahora nos asombra por su fuerza singular, la exuberancia de vida
que en ella dominaba, su valor heroico y los elevados pensamientos que la
engrandecieron. ¡Ah! era que nuestras mujeres ya habían principiado a educarse,
como lo manifiestan las muchas mujeres instruidas que figuraron en la
revolución; era también que las grandes ideas de los filósofos del siglo XVIII
llegaron hasta ellas, y fue tanto más poderosa la impresión que recibieron
cuanto más hondo era el abismo de ignominia y de esclavitud en que vivían. Del
contraste de esas dos situaciones brotaba sin duda un gran pensamiento, una
aspiración sublime por crear una patria independiente y libre, y fue tal vez en
ese momento supremo en que, engrandecidas por una idea divina, nació la
gigantesca generación de 1810.
Hoy…hoy
se asegura que la vida moral languidece, que el lujo ha llegado a corromper a
nuestras mujeres haciéndolas amar la fortuna más que la gloria, las comodidades
materiales más que la virtud y la abnegación.
Si
eso fuera verdad, seriamos un país en ruina: cuando se corrompe el corazón de
la mujer, se llega al embrutecimiento general de la sociedad, se pierde el
entusiasmo y la fe, viene la decadencia de las opiniones de la literatura, y
del arte, ¡la ruina en todo!
¿Cómo soportaríamos las desgracias que nos sobrevinieran en una lucha como la
de 18108 Aquellas mujeres aceptaron todos los sacrificios; éstas los
aceptarían? ¿Los aceptarían hoy que el culto del dinero ha llegado a ser no
solo la religión de los hombres sino también la religión de las mujeres? Hoy
que tanta importancia se da a la vida suntuosa y en que tan difícil se hace
desprenderse de lo superfluo.
Por eso hemos querido recordar en estas páginas algunos de los sacrificios
heroicos que realizaron las mujeres de la independencia, aquellas mujeres que
amaban el deber más que sus comodidades, la patria más que la familia, la
gloria más que la seda y los encajes. Y si es verdad que es útil recordar las
grandes acciones porque ellas retemplan los espíritus y alimentan el fuego
sagrado del entusiasmo, estas páginas pueden ser útiles.
Capítulo 2
Camilo Henríquez
Su influencia sobre las mujeres.
En
los días de incertidumbres y de temores que antecedieron a la declaración de la
independencia, los hombres más atrevidos vacilaban y temían: vacilaban en
presencia de lo enorme de la aventura; temían el fracaso de la empresa que
sería la caída de sus cabezas. Los más audaces se mantenían en una
semioscuridad asomando apenas el perfil de su fisonomía a la luz clara de la
aurora revolucionaria.
Fray Camilo Henríquez González
Martínez
de Rozas reconocía la soberanía de Fernando VII, creía que la América le
pertenecía en propiedad siempre que viniera a establecerse en el centro de sus
vastos dominios; don Manuel Salas iba más lejos todavía, declaraba que los
chilenos debían obediencia a Fernando VII una vez que fuera restituido al trono
español, y que él sería el primero en prestarle esa obediencia. Don Bernardo
Vera, uno de los hombres de mas ingenio de su época, viéndose acusado de
traición y encerrado en un calabozo, imploró la clemencia de sus jueces con
tanta humillación y cobardía, que nos hace ruborizar a través de tres cuartos
de siglo.
En
medio de estas caídas vergonzosas, de estas vacilaciones supremas, de estas
timideces impropias de hombres que se habían comprometido en una empresa audaz
y gloriosa, la revolución corría el riesgo de fracasar si no se presentaba uno
de esos salvadores providenciales, uno de esos caracteres poderosos que dominan
los sucesos, que levantan el espíritu público a la altura del heroísmo y de los
sacrificios. No era posible realizar la independencia por medio de
declaraciones indirectas, ni era posible mover las masas que se lanzan a las
grandes luchas, empleando pequeños resortes más propios de la intriga cortesana
que de soldados y apóstoles de una gran causa. Ese hombre destinado a
desempeñar tan importante papel apareció en medio del sombrío des- concierto
que amenazaba a la revolución; y para que su influencia fuera más eficaz y
pudiera descender hasta las masas ignorantes y fanatizadas, apareció rodeado de
un carácter inviolable: era un fraile de la Buena Muerte, llamado Camilo
Henríquez.
A la aparición de Camilo Henríquez, todas las falsas protestas de adhesiones a
la reyecía se extinguieron como por encanto: a las cobardes vacilaciones
sucedió la propaganda desenmascarada y audaz que imprimió a la lucha este
carácter indomable. Hubo un violento cambio de escena. Todos comprendieron
desde el primer momento el papel grandioso que es- te hombre iba a desempeñar.
Se notó un movimiento general de asombro y de curiosidad. Parece que aquella
generación se hubiera empinado para ponerse a la altura del nuevo apóstol.
Camilo
Henríquez llegó asegurando que en el libro eterno de las naciones estaba
inscrito el nombre de un pueblo nuevo, de una República de Chile,
nacida a la libertad para engrandecimiento de la humanidad. Declaraba con
franqueza y energía la necesidad de la independencia absoluta, fulminaba a
Fernando VII y a toda la raza de los Borbones calificándolos de tiranos y de
autores de todas las desgracias de sus pueblos, ponía en relieve el hecho
ridículo de que los chilenos, pudiendo gobernarse por sí mismo, fueran a
solicitar la dirección de sus propios negocios a tiranos incapaces, a gobiernos
arbitrarios y corrompidos que vivían a tres mil leguas de distancia de nuestro
suelo.
Este
lenguaje nuevo, valiente, verdadero, envalentonaba a los tímidos y exaltaba a
los apasionados. Los escritos de Camilo Henríquez no solo se desparramaron por
nuestras ciudades sino que pasaron pronto la frontera de nuestro territorio y
en Londres misma eran dados a la publicidad en junio de 1811.
Este
hombre de carácter, que fue el primero en lanzar audazmente la gran palabra
de independencia que los más valientes tenían oculta en el
fondo de su alma, tuvo también sus horas de flaqueza, dejándose contagiar por
el temor que dominaba a los gobernantes del país, por los peligros que podría
traer una actitud demasiado clara y sobre todo hostil a los derechos de
Fernando VII, lo que explica el por qué en el primer número de La
Aurora se veían estas palabras: ¡Viva la Unión, la Patria y el
Rey! tributo pagado a las preocupaciones de la época. Pero pronto volvió a
tomar la pluma del austero y valiente revolucionario i, desde entonces no se
apartó de la senda que le trazaron sus puros antecedentes y su poderosa razón.
Además
de su gran misión en la prensa, Camilo Henríquez ejerció una influencia
beneficio en el pueblo: contribuyó a dar cierto carácter sagrado a la
revolución. Aquella generación nacida a la sombra del fanatismo colonial,
víctima de todas las viejas supersticiones, acostumbrada a ver en el sacerdote
al supremo juez de sus destinos, no pudo menos de creer justa y salita la causa
revolucionaria que sostenía con tanta fe y entusiasmo ese fraile sublime. Las
mujeres sobre todo eran misteriosamente arrastradas por aquella figura pálida y
sentimental, de ojos ardientes y de sonrisa melancólica; las costumbres puras
de Camilo Henríquez alejaban la natural desconfianza que su propaganda
antirreligiosa podría despertar; no se le temía, porque se revelaba en su fisonomía
el alto ideal que constituía la aspiración de su vida. La sotana negra que
vestía, con una cruz roja sobre el pecho, único traje de esa especie que se
veía en toda la milicia sacerdotal, contribuía también a hacer de él una figura
única.
Los servicios que con su influencia entre las mujeres prestó Camilo Henríquez a
la causa de la independencia, fueron inmensos: su actitud al frente de la
revolución debilitaba la propaganda subterránea que hacia una parte del clero a
favor de los derechos del monarca español, al cual creía vinculado su poder y
prestigio.
Capítulo
3
El salón en 1810
Belleza y dominio de las mujeres. Ana María Cotapos. Javiera Carrera.
Los
salones de 1810 fueron las academias revolucionarias en cuyo seno se agitaban
las grandes y fecundas ideas que realizaron todos los prodigios de la
independencia. En aquella época de sacrificios y de peligros, los hombres
necesitaban comunicarse recíprocamente todas sus esperanzas a fin de mantener
vivo el calor de su entusiasmo y de su fe.
Las
mujeres eran el alma de estas reuniones peligrosas, y preciso es declararlo en
su honor, jamás la fragilidad y ligereza de su sexo las llevaron a cometer una
indiscreción. Entonces supieron guardar graves e importantes secretos. Parecía
que desde el primer momento comprendían el papel que les estaba reservado en la
revolución, pues se necesitaba de todo el encanto, de toda la fascinación que
ellas ejercen en el espíritu del hombre, para mantener vivo el heroísmo de la
gran lucha y la resolución de morir o vencer a todo trance.
Y
esas mujeres que mecieron la cuna de la libre patria, eran dignas de inspirar
los más elevados sentimientos: parece que la naturaleza, en aquella primera
aurora de libertad, se hubiera complacido en hacerlas más bellas y esforzadas
de lo que son y fueron jamás. Tan apasionadas o más: que los hombres, deseaban
que las teorías revolucionarias se convirtieran pronto ‘en hecho, querían ver
formarse una gran patria y ser ellas las que dieran vida y aliento a los nuevos
héroes. Los hombres que figuraban en la revolución, la mayor parte, muy jóvenes
y muy hermosos, llevaban en su corazón un doble ideal, el de la patria y el de
la mujer amada, y por eso fueron directamente a la victoria.
Se
conservan como tipo de suprema belleza las fisonomías de muchas de las mujeres
que en aquella época figuraron por la influencia que les daban- Su posición
social, sus talentos y energía, sus virtudes domésticas o el amor que
inspiraron a los más célebres caudillos. María Graham, la ilustre viajera
inglesa que ha escrito tan hermosas páginas sobre nuestra vida de entonces,
manifiesta su admiración en presencia de algunas de las mujeres que conoció;
refiriéndose a la esposa de Juan José Carrera, la bella Ana María Cotapos, dice
que al verla le pareció más que una mujer «un sueño de esos que aparecen en la
fantasía del romance.
Ana María Cotapos de Carrera
Sus
ojos cautivaban y seducían a la vez; poseía una boca que ningún pintor ni el
cincel de la escultura habría igualado en las Hebes y Gracias imaginadas
por el arte.” Y sin embargo en esa época, cuando María Graham la conoció, Ana
María Cotapos era ya una viuda de treinta y dos años y su belleza debía estar
ajada por los sufrimientos y las desgracias. ¡Qué ideal no realizaría esa mujer
en los años de su espléndida juventud!
Y el corazón de esta mujer admirable era todavía más hermoso que su fisonomía:
tierna, sensible, enamorada de su esposo, hizo del matrimonio una vida de
sacrificios y de esfuerzos heroicos. Sus cartas escritas en los días de
proscripción son conmovedoras y afectuosas y revelan en cada línea la profunda
pasión que la dominaba; leyéndolas ahora, después de medio siglo, uno cree
sentir el calor de aquel gran corazón.
Francisca Javiera Eudoxia Rudecinda Carmen de los Dolores de la Carrera y
Verdugo, mejor conocida como Javiera Carrera.
No
fue menor el asombro que otros ilustres viajeros experimentaron en presencia de
Javiera Carrera. «Parecía una reina destronada», dice uno que la conoció en sus
últimos tiempos. En efecto, pocos nombres femeninos de la historia americana
están envueltos en una atmósfera de gloria y desgracia semejante a la que rodea
al de Javiera Carrera. Un nacimiento ilustre, una belleza de reina que hacia
inclinarse ante ella a los mas indomables capitanes de la revolución, una
frente elevada que nunca consiguieron inclinar las tremendas des- gracias que
la azotaron, ojos en los cuales centelleaban todas las borrascas del alma, un
talento y una instrucción notables para una mujer de su época, y un valor, una
abnegación y constancia dignas de un conquistador. Todos, estos dones de la
naturaleza, suficientes para hacer de esa mujer una gran figura, fueron después
realzados por el martirio, por la sombra del patíbulo de los Carreras, que ha
dado a ese apellido un tinte de melancólica grandeza.
Así,
dominando en los salones mujeres tan brillantes, se comprende cómo los hombres
de aquella época les concedieron influencias políticas en la marcha de los
acontecimientos y como el espíritu de aquella generación se elevó tan alto. Se
habría querido ser un héroe solo para atraerse la admiración y el aplauso de
semejantes mujeres.
A la edad apenas de veinte y cinco años ya era doña Javiera Carrera uno de los
consejos y uno de los brazos de la conspiración libertadora. Su salón fue el
verdadero hogar de la revolución. Allí se concentraron, buscando UR confortable
abrigo, todos los hombres y todas las ideas de la época; allí fermentaban las
cabezas y tomaba cuerpo y bríos la revolución.
Fue
en este salón, mitad club y mitad asamblea, a donde una noche se desplegó a la
vista de los concurrentes emocionados el nuevo estandarte de la patria, que
debía reemplazar al español, y que se conoce en la historia con el nombre de la
bandera de la patria vieja. Esa gloriosa insignia compuesta de
tres listas azul, blanca y amarilla, fue confeccionada por manos femeninas y
según todas probabilidades la idea fue obra exclusiva de doña Javiera Carrera.
A la mañana siguiente se veía izada esa bandera al frente de algunos edificios
públicos. Los revolucionarios, sin hacer el menor ruido ni ostentación, habían
derrocado en una mañana el pabellón español que desde hacía tres siglos flotaba
sobre la fachada del palacio de los capitanes generales.
La república tenía ya su símbolo.
Se
ve por ese paso tan atrevido la poderosa influencia que esta mujer ejercía en
la revolución. Alma ardiente y apasionada, amaba la acción y desafiaba el
peligro. Tenía por la gloria un amor loco. Casada dos veces con hombres que le
eran muy inferiores como talento y carácter y ella que hubiera querido ser ¡la
esposa de un héroe! reconcentró en sus hermanos todos sus sueños de predominio.
De aquí tal vez que amara en la revolución, más que la grandeza humanitaria de
la empresa, la brillante posición que iba a dar a su familia haciéndola árbitra
de los destinos del nuevo estado: por eso se la vio siempre atrevida e
infatigable lanzando a sus hermanos en aventuras de una audacia loca. Creía que
no era egoísta porque su pasión le impedía ver el límite en que la ambición,
cuando es gloriosa, se confunde con los grandes intereses de un pueblo. “Si
hubiera sido un poquito egoísta no estuviera envuelta en ruinas-de que nadie
puede librarme,” escribía de Buenos Aires a su hermano José Miguel en setiembre
de 1817. No era efectivamente egoísta en el sentido material; era generosa y
jamás se detuvo ante un sacrificio; pero tenía el egoísmo de su gloria y de su
nombre.
En el círculo de la familia dominaban completamente sus opiniones. Sus tres
hermanos, José Miguel, Luis y Juan José, a pesar del valor temerario que los
distinguía, eran de una índole suave, sentimental, romántica; José Miguel que
había desafiado solo con su espada al rey de España, obraba, sin embargo,
muchas veces exclusivamente tajo la inspiración de su hermana y no hay duda que
ella contribuyó en gran parte a perderlos. Seria tal vez una gran crueldad
suponer que dos de los tres patíbulos fueron su obra., a pesar de que la
historia tiene de estas crueldades en cada una de sus páginas.
Pero, el destierro y la desgracia purificaron a esta mujer de las faltas que
tal vez cometió.
Jamás se ha visto llevar en el corazón un recuerdo más doloroso durante una
vida más larga. Vivió 80 años; lo que es una grave falta en una mujer,
especialmente en una mujer del gran mundo.
Capítulo 4
Los colores nacionales. El gran baile de los Carreras
¿Cuándo
se enarboló por primera vez la bandera tricolor de la república?
Un historiador de traje talar, el reverendo fray Melchor Martínez, consigna en
su Memoria histórica sobre la revolución de Chile, que el glorioso
tricolor fue enarbolado por primera vez el 30 de setiembre de 1812; aniversario
de la instalación del primer gobierno nacional. Otros historiadores sostienen
que el estreno se efectuó en las fiestas de Corpus de 1813; pero el Monitor
Araucano, anterior a esa fecha, manifiesta que la bandera blanca, azul y
amarilla guiaba al ejército patriota antes de aquella fecha.
Camilo Henríquez, que escribía magnífica prosa y detestables versos, compuso
unas cuantas estrofas a la exhibición del estandarte en la expresada fiesta de
Corpus - estrofas que no reproducimos por respeto a la memoria del célebre
escritor-en las que se asegura que el estandarte tricolor había ya conducido a
la victoria al ejército patriota en los campos de San Carlos y Yerbas Buenas,
es decir, el 26 de abril y el 15 de mayo de 1813.
La
adopción de ese emblema de la nueva nacionalidad produjo un verdadero
entusiasmo y su estreno público fue considerado como la franca y resuelta
iniciación de una nueva era.
Las
colores del estandarte nacional se popularizaron de tal manera que el llevarlos
las señoras en sus vestidos llegó a ser una señal de buen gusto, de distinción
y de homenaje a las ideas dominantes; los trajes de los niños se embellecían
también con lujosas cintas tricolores. En aquella época la forma no era como
hoy una cuestión accesoria, y los asuntos al parecer más insignificantes
revestían un carácter de augusta solemnidad cuando se relacionaban con la
patria.
El
16 de julio de 1812 se declaró que todas las clases del estado secular usasen
la escarapela tricolor que ya se había dispensado al ejército. Este emblema de
la nueva nacionalidad era también un lazo fraternal que debía unir a todos los
defensores de su soberanía. Estas cosas que hoy tal vez podrían estimarse como
niñerías, como medidas fútiles, dan a conocer el corazón de nuestros padres ,
sus inquietudes, su celo, sus zozobras, y uno se siente dominado y conmovido
por el respeto que merecen tales sentimientos.
Estas manifestaciones emblemáticas en obsequio de la nueva patria tuvieron una
alta importancia durante el gobierno de los Carrera que se empeñaban en
derribar todos les viejos símbolos de la tiranía: los Carreras querían
rejuvenecer a la vieja sociedad colonial dando vida y animación a les salones,
poniendo a las rancias marquesas del antiguo régimen en contacto con las
jóvenes damas que por su inteligencia, su instrucción, e les servicios que
prestaban sus padres o esposos a la revolución, estaban en situación de
adquirir o habían ya alcanzado un nombre ilustre.
No fue ajeno a estos propósitos el gran baile que los Carreras organizaron en
celebración del aniversario de la instalación de la primera Junta Nacional el
18 de setiembre de 1810.
Ese
baile que fue uno de los acontecimientos de la época, tuvo lugar en el palacio
de la Moneda, cuyos salones fueron arreglados por una comisión de damas-a cuyo
frente estaba Javiera Carrera-con una elegancia desconocida entre nosotros.
Ese baile que fue uno de los acontecimientos de la época, tuvo lugar en el
palacio de la Moneda, cuyos salones fueron arreglados por una comisión de
damas-a cuyo frente estaba Javiera Carrera-con una elegancia desconocida entre
nosotros.
«En la portada principal del palacio de la Moneda, dice un historiador hablando
de dicha fiesta, se había colocado un lienzo ovalado en el cual se había
pintado el nuevo escudo de Chile. Este consistía en una columna dominada por un
globo, sobre el cual había cruzadas una lanza y una palma. Al lado izquierdo de
la columna estaba un gallardo joven vestido de indio; y a la derecha una
hermosa mujer con el mismo traje. Encima de todo y a alguna distancia, se
elevaba radiante una estrella. En la parte superior se leía: Post
tenebras lux; y en la interior: Aut consilio aut ense. Había
entonces en el segundo patio de la Moneda, frente a la entrada, una gran
ventana que tenía una primorosa reja de fierro con el escudo real de España. Se
pusieron muchas, luces detrás de aquella reja, habiéndose cuidado de cubrir con
hojas de lata el escudo real, que así formaba una mancha oscura en medio de un
espacio resplandeciente. "Era evidente, murmuraban los realistas, que con
tal fantasmagoría se deseaba simbolizar el ocaso de la monarquía"[1]. En otra parte
del salón se leía esta inscripción en letras doradas:
1810
ÚLTIMO AÑO DEL DESPOTISMO.
Una
mano realista agregó debajo:
Y
PRINCIPIO DE LO MISMO.
refiriéndose
a la personalidad altanera i-dominante de los Carreras.
Fue notable el número de mujeres que asistió a este gran baile, distinguiéndose
entre todas Javiera Carrera que ostentaba en su cabeza una guirnalda de perlas
y diamantes, de la cual pendía una corona trastornada. ¡Hermosa y significativa
alegoría!
Otra gran dama, Josefa Aldunate, vestía de Libertad; Mercedes
Fuentecilla, de Aurora, (la aurora de la nueva patria), otras de
indias, recordando tal vez a los antiguos y tenaces defensores de esta tierra.
Entre
los hombres se veían también elocuentes alegorías. Luis y José Miguel Carrera
llevaban una corona de oro bordada en sus sombreros, sobre la cual caía con
violencia una espada que debía partirla.
En
aquella fiesta fantástica se hizo pública y valiente ostentación del deseo que
a todos dominaba: la independencia. Hombres y mujeres se confundieron en un
solo pensamiento, en un estrecho abrazo, en una eterna promesa. Esa alegre
fiesta no simbolizaba el placer sino el sacrificio; tal vez todos juraron
mentalmente cumplir con su deber, y ¡todos cumplieron su juramento, hasta las
mujeres!
Uno
de los salones más célebres durante la época de la independencia fue el de la
señora Luisa Recabarren de Marín, no solo por la hermosura y talento de la dama
que en él hacía los honores, sino muy principalmente por la importancia de las
personas que ahí se reunían.
Podría decirse que ese salón fue el verdadero centro de los hombres de letras y
de los pensadores de la revolución. Camilo Henríquez descollaba en él corno
figura extraña y dominadora; su conversación animada y fecunda agradaba a
todos, especialmente a las mujeres a quienes seducía el contraste de la palabra
ardiente con la fisonomía melancólica del fraile. Parecía un hombre dominado
por una profunda pasión: sí, padecía del mal de patria; seguían después el
doctor Vera, que podríamos llamar el poeta de la revolución; hombre fino y
amable, tímido ante la lucha, pero que no carecía de cierto valor en medio de
la acción; Argomedo, carácter frio en apariencias pero apasionado en el fondo;
Mackenna, figura caballeresca y galante, que tan trágico fin había de tener en
el duelo con Luis Carrera; Irisarri, crítico y polemista eminente y diplomático
hombre de estado. Tales eran las figuras principales de aquel salón histórico.
En medio de esa sociedad brillante, Luisa Recabarren ejercía el encantador
dominio que da la belleza unida a las altas dotes del espíritu y del corazón.
Seducido por tantos atractivos, un hombre de mérito, don Gaspar Marín, que
después había de representar un gran papel en la revolución, la hizo su esposa.
Ella se casó enamorada; había encontrado por fortuna un hombre que realizaba su
sueños de mujer; Marín, casi tan joven como ella, poseía además esa otra
juventud eterna que jamás se marchita con los años, la juventud de las grandes
ideas y deseos.
En 1810, al iniciarse la revolución, Marín tenía 33 años [2] y a pesar
.de su juventud era uno de los hombres mejor preparados por el estudio para
lanzarse en medio del torbellino de la gran lucha. Carácter firme, valiente,
siempre dueño de sí mismo, sus compañeros de colegio le habían bautizado con el
título de el romano. En su juventud su lectura favorita había sido
las Vidas de Plutarco, o la Biblia de dos fuertes, como
dice Michelet. Después se apasionó de Rousseau, bebiendo en él su elocuencia y
sus principios.
La intimidad de Luisa con aquel hombre ilustre contribuyó a desarrollar sus
fuerzas intelectuales elevándolas a una grande altura. Fue una de las mujeres
de su época que conoció mejor la literatura francesa, cuyo idioma poseía con
perfección brillante en la conversación y en la polémica, discutía cualquier
asunto social o histórico, político o religioso, con una elevación de criterio
que asombraba a los hombres eminentes que frecuentaban su salón. Se asegura que
fue ella, durante muchos años, el solo maestro de sus hijos: el éxito que
obtuvo de su enseñanza es bien conocido, pues de ese hogar cariñoso salieron
inteligencias que han honrado a la república: Ventura Marín, el escritor y
filósofo austero que consagró su vida a la meditación y al estudio; Francisco;
orador de mérito y hombre público de acrisolada virtud; Mercedes, una de la
poetisas mas inspiradas y fecundas de América.
La reconquista española ofreció a Luisa Recabarren la oportunidad de dar a
conocer las dotes admirables de su corazón; ante el triste espectáculo que
ofrecía la ruina de la gran- diosa obra de nuestra independencia, ella no se
abatió un solo instante; tenia profunda fe en el resultado final de la empresa,
y cuando todo parecía perdido, Luisa aseguraba que era imposible volver a
esclavizar a un pueblo que había probado, siquiera por una hora, las delicias
de la libertad. Sería cuestión de más sacrificios y de más sangre, pero nunca
se lograría borrar del corazón del pueblo el ideal de su independencia. En
octubre de 1814, cuando los españoles victoriosos perseguían a los patriotas como
el tigre persigue a su presa, Marín se vio obligado a ocultarse en un asilo
retirado. Luisa siguió viviendo en su casa; pero por la noche se deslizaba sola
por las sombrías calles hasta llegar al apartado rincón en que se ocultaba el
ilustre patriota. Algunas rápidas horas de felicidad dulcificaban los pesares
de aquel noble infortunio. Sin embargo, estas entrevistas, tanto más adorables
cuanto que eran arrancadas al peligro, no pudieron repetirse mucho, y Marín
decidió emigrar, como tantos otros, al otro lado de los Andes.
Luisa Recabarren tuvo que luchar desde entonces con una doble adversidad: la
completa falta de recursos (sus bienes estaban confiscados por el gobierno
español), y el golpe dado a su corazón con la ausencia de su esposo; pero los
espíritus heroicos recobran nuevos bríos en medio de las grandes desgracias.
Desafiando todos los peligros que la amenazaban, Luisa comunicaba a su esposo
los acontecimientos políticos que podían interesar a los planes de los emigrados,recibiendo
de él igual retribución. Cada vez que una carta de Mendoza llegaba a sus manos
buscaba cautelosamente a los patriotas o los reunía en su casa para darles
cuenta de lo que su esposo le refería, reanimando así el abatido espíritu de
algunos.
La propaganda de esta mujer animosa no tardó en llegar a los oídos de Marcó; se
la supuso en correspondencia con Manuel Rodríguez, porque entre los papeles de
éste, capturados en Melipilla, se citaba a la señora Recabarren «como una, de
las personas que se encontraban presentes a la lectura de cierta carta
circunstanciada de San Martin». Marcó creyó que la clave con la cual podría
descifrar los nombres de las personas comprometidas en estas correspondencias,
se encontraba en poder de Luisa Recabarren, (y parece que lo estaba realmente),
y exigió de ella la entrega de ese importante medio de desbaratar la
revolución; pero todas las amenazas fueron inútiles. A fin de doblegar su
carácter se la condujo presa al Monasterio las de Agustinas, el 4 de enero de
1817, mientras se seguían los trámites de su proceso.
La hermosa prisionera debió sufrir amargamente en su encierro, pues en esos
asilos monásticos se conservaba poderoso el viejo espíritu feudal de la
colonia. Las revoluciones del pensamiento se estrellan siempre al pie de estos
muros inamovibles sin que logren conmoverlos, como se estrellan las olas del
océano contra las grandes rocas.
Pocos días después, el 12 de febrero, la señora Recabarren salía triunfante de
su prisión; la república había vencido a la colonia y Luisa podía ver realizado
su ideal de patria. ¡Grandiosa época! ¡Cuán dignas de ser amadas, de ser
adoradas de rodillas, eran aquellas nobles mujeres, que, olvidándose de que
eran esposas y madres, se inspiraban solo en el amor a la patria! Así, con el
ejemplo de su heroísmo, engrandecían la familia e inculcaban en el alma de
aquella generación la idea del deber y del sacrificio, hoy al parecer tan
debilitada.
Capítulo
6
Agueda Monasterio
El
1° de abril de 1811, en medio del estruendo del motín Figueroa, tenía lugar en
el teatro mismo de los sucesos una escena dramática y conmovedora: una dama
distinguida, una mujer hermosa y joven todavía, que olvidándose completamente
del peligro que corría se lanzaba en medio del combate. ¿Cuál era la causa de
tan heroica acción? Era una madre que buscaba a su hijo a quién se suponía
herido o agonizante entre los combatientes.
Esa
mujer valiente y abnegada, esa verdadera madre, se llamaba Águeda Monasterio de
Lattapiat. Era oriunda de una antigua familia colonial y esposa de un hombre
distinguido, don Juan Lattapiat, brillante oficial francés que había servido
con gloria en la reconquista de Buenos Aires, a las órdenes de Liniers.
Tal fue el primer hecho público en que se dio a conocer el carácter de esa
mujer que más tarde había de ser una de las glorias fe- meninas de la
revolución de la independencia.
Águeda Monasterio tenía 35 años a la fecha del suceso que acabamos de narrar, y
era una figura noble, llena de altivez y de energía. Estrechamente unida a las
ideas de su esposo se había lanzado a servir a la revolución en la esfera que
le era posible: la espada del marido era terrible y prestigiosa, el carácter de
la esposa tenía también la firmeza y resistencia del acero.
Careciendo
del brillo y de las comodidades de la fortuna, su labor había sido silenciosa,
pero no por eso menos fecunda; educada en un hogar virtuoso y modesto, existía
la más estrecha armonía entre sus hábitos e ideas: de aquí provenía su gran
fuerza moral, su inquebrantable resolución ante el cumplimiento de un deber.
En
su salón, modesto salón por cierto, no se reunía el mundo elegante sino esa
sociedad más seria, más severa, que vive del trabajo y que debe exclusivamente
a él las comodidades y placeres de que disfruta. Esa sociedad constituía la
fuerza democrática de la revolución; todos aquellos espíritus deseaban la
independencia con la república.
En el centro de este grupo de obreros laboriosos se alzaba dominadora la señora
Lattapiat; su talento, su carácter, sus virtudes y entusiasmo, le habían hecho
naturalmente el jefe de aquella reunión de hombres austeros. Se asegura que su
conversación embelesaba; expresiva, elocuente, llena de imágenes, comunicaba a
los que la escuchaban el fuego de su alma. Al lado de esta mujer, o más bien al
calor de su ardiente mirada, crecía su hija Juana, niña de 14 a 15 años, cuyo
espíritu se abría a todas las emociones de esa vida tan agitada. Madre e hija
trabajaban unidas, velaban juntas escribiendo sobre la pequeña mesa del salón o
de la alcoba... ¿Qué escribían? Cartas de aliento a los emigrados,
comunicaciones que podríamos llamar oficiales, sobre los más importantes
sucesos del día, pues, a esa mujer varonil no solo se le confiaban los más
importantes secretos, sino también las comisiones más difíciles y delicadas,
comisiones que des- empeñó siempre con un tino y acierto asombroso.
La influencia y la actividad de la señora Lattapiat alarmó al fin a Marcó, se
la amenazó y se la vigiló con el mayor cuidado. Ella no acobardó un momento:
entre su tranquilidad y el triunfo de la revolución se decidió por el primer
sacrificio. Rodeada de espías se la sorprendió una correspondencia que dirigía
a San Martin, que a la fecha se encontraba en Mendoza. A fin de arrancarle los
grandes secretos de que era depositaria, Marcó la hizo encerrar en una inmunda
prisión e intentó martirizarla cruelmente. Aquel afeminado cubierto de encajes,
y cuya espada de oro jamás se manchó con sangre en los combates, era de una
crueldad feroz. Se propuso arrancar a toda costa los secretos que se negaba a
revelar su noble víctima y preparó el suplicio. Se elevó la horca en el costado
norte de la plaza principal y se ordenó que antes de la ejecución, el verdugo
cortara la mano derecha de la niña Juana, por haber escrito can ella algunas de
las correspondencias que le dictaba su madre.
Felizmente cuando el suplicio iba a consumarse, Marcó ordenó se suspendiera la
ejecución. ¿Cuál fue la causa de este perdón inesperado? Hay quienes lo
atribuyen a las influencias de algunos realistas y otros al temor de la
indignación que semejante suplicio despertaría en un pueblo ya prevenido y
pronto a lanzarse en la revuelta.
La señora Monasterio y su hija fueron conducidas silenciosamente a su casa por
algunos amigos: .Ay! en vez de aquella mujer arrogante se les entregaba solo un
glorioso cadáver!-La humedad del calabozo, las mil privaciones de que se la
hizo víctima, las amenazas continuas, el sentimiento de ver perdida la causa de
la patria, el patíbulo que se alzaba al frente de su prisión, el martirio
brutal de que se iba a hacer víctima a su hija, toda esta enormidad de dolores
abatió su naturaleza, y al salir de la prisión la señora Monasterio llevaba
impreso en la frente el sello de la muerte. A pesar de ser una mujer joven
todavía sus cabellos habían encanecido completamente; la pasión y el dolor
habían echado sobre esa cabeza un blanco sudario Murió pocos días después; seis
días entes de la victoria de Chacabuco. La naturaleza fue demasiado cruel con
ella privándola de la dicha de presenciar ese gran triunfo.
Capítulo 7
Rosario Rosales
Ejemplo sublime de amor filial
Después
del triunfo de las armas españolas sobre los ejércitos de la república, es
decir, durante la reconquista, muchos de los hombres que habían tomado parte a
favor de la revolución fueron condenados por Osorio a las prisiones o al
destierro. Cuando las prisiones de la capital estuvieron repletas se recurrió a
la deportación, eligiéndose como sitio predilecto el presidio de Juan Fernández
situado en la isla inmortalizada por Crusoe. En ese lugar los sufrimientos eran
mayores y la muerte más fácil: se moría silenciosamente y los nombres de las
víctimas no podían despertar la compasión de nadie, pues se ignoraba el
martirio. De esta manera se desarmaba también a la venganza.
Entre los condenados a la muerte del destierro en los presidios coloniales, se
encontraba don Juan Enrique Rosales, anciano honorable, que había ocupado altos
puestos públicos durante la república y que se encontraba enfermo, casi
moribundo. Ese septuagenario tenía una hija joven y hermosa, llamada Rosario,
la cual desde que supo el triste destino de su padre no vaciló en seguirle a su
prisión, ligando para siempre su brillante porvenir al del autor de sus días.
¡No hay heroísmo igual a los veinte años! ¡No hay energía semejante a la suya
para conseguir tan generoso intento!
La empresa, sin embargo, era mas ardua de lo que ella se había imaginado; creyó
la cosa más natural que una hija siguiera a su padre a la prisión, pero no era
así, se le prohibió acompañarle. Entonces la heroica joven se lanzó de puerta
en puerta para obtener ese favor; el favor de cuidar de un viejo, ¡casi un
cadáver! pero fue rechazada en todas partes.
¡Hermoso espectáculo el que ofrecía aquella mujer joven, adornada con todas las
gracias del espíritu, con todos los atractivos de una figura encantadora, que
perseguía con obstinación su propósito y no se desalentaba ante las
dificultades, las humillaciones y los mil peligros de su situación! Se presenta
delante de todos los poderosos del día y les expone su exigencia; pero nadie la
atiende. Suplica, exige, llora, se desespera, todo inútilmente. Hasta los
lacayos le cierran el paso. No ha habido calvario igual al de esa joven.
Llega al fin el día de la partida, y los deportados son embarcados a bordo de
la corbeta Sebastiana. Cuando la energía mas viril se hubiera
doblegado ella no se desalienta un instante. Se presenta a sir Tomas Staime,
comandante de la fragata inglesa Bretona, anclada en Valparaíso, y
le ruega pida al capitán de la Sebastiana le conceda el favor
de seguir a su padre. El marino se conmueve ante esa súplica tan noble y ante
esa mujer tan bella y le promete obtener lo que solicita. El corazón castellano
se dispone a la clemencia, no ante las lágrimas de la hija, sino ante la
solicitud del poderoso marino. La joven llora de placer al saber que no se la
separará de su padre.
Sin recursos de ningún género, no llevando consigo mas ropas que las que
cubrían sus cuerpos (pues no era posible burlar la vigilancia española' y el
gobierno prohibía estrictamente los auxilios de la familia) los desterrados se
pusieron en marcha para la desierta isla. ¡Dos años habitó la joven con su
padre un rancho expuesto a todas las intemperies del tiempo; dos años se
alimentó con los frejoles de los prisioneros! Una noche un incendio redujo a
cenizas su habitación y miserable mobiliario. Entonces continuaron viviendo al
abrigo de las grandes rocas, a la sombra de los árboles, hasta que el triunfo
de la revolución la condujo al seno de su familia. Aquel regreso debió ser una
verdadera apoteosis a la virtud y a la perseverancia sin ejemplo de Rosario
Rosales.
Capítulo 8
Mercedes Fuentecilla
Entre
las mujeres hermosas de 1810, descollaba en primera línea Mercedes Fuentecilla[3]. Sus facciones
eran delicadas y graciosas, su cutis blanca y purísima, sus ojos y cabellos
negros; sus ojos especialmente eran la expresión de su alma, ardientes,
apasionados, deslumbradores; era imposible mirarlos sin inclinarse ante ellos.
A los encantos de su rostro unía la majestad de su figura. Como lo ha dicho
María Graham, las mujeres de aquella época parecían reinas. El traje en boga,
en que dominaba el desnudo; hombros y brazos descubiertos, aumentaba la belleza
de-las mujeres poniendo de relieve sus bustos.
El hombre más notable de entonces, José Miguel Carrera, se enamoró de esta
mujer y la hizo su esposa. Ella, enamorada también y seducida al mismo tiempo
por la brillante posición que se le ofrecía, unió su hermoso destino a ese
genio del bien y del mal que debía lanzarla al través de todos los abismos y
des- gracias de su vida. Podría decirse que desde las gradas mismas del altar,
sin despojarla aun de su blanco traje de novia, José Miguel Carrera condujo a
su esposa al destierro, a los campo de batallas, y que las delicias de su luna
de miel fueron los terrores y zozobras de los asaltos nocturnos y los gemidos
de los moribundos.
Siguiendo a su esposo por toda la extensión de la inmensa pampa argentina,
formando parte del bagaje de su ejército, corriendo todos los peligros de tan
tremenda situación, dando a luz sus hijos en medio del desierto, sufriendo el
hambre y la sed, -i ella que había nacido rodeada de todas las comodidades y
halagos de la fortuna! -soportaba alegre y contenta tan terribles pruebas.
Jamás las molestias de su vida errante, la. pérdida de sus goces materiales, de
su fortuna, de su familia, de su encumbrada posición social, turbaron el sueño
de esa heroica mujer; nunca sus labios dejaron escapar un reproche ni una
queja. Enferma a veces, criando dos hijos, durmiendo entre dos cunas, su alma
solo sufría ante el incierto porvenir de esos niños y el sombrío destino de su
esposo. Amaba a ese hombre desgraciado, a ese espíritu fogoso, a ese genio
proscrito, con toda la fuerza del primer amor. Amenazada constantemente en su
cariño por el recuerdo del doble patíbulo de Mendoza, en que perecieron Luis y
Juan José Carrera, una secreta voz le decía que el mismo caería derribado a su
sombra.
María Mercedes Fuentesillas de Carrera
Cuando
tales ideas asaltaban su mente, su pasión se transformaba en locura, hubiera
querido estrechar- eternamente entre sus brazos, aprisionándolo para siempre, a
ese ser que se le escapaba, que huía en persecución de un ideal imposible.
Las exigencias de la lucha en que estaba comprometido Carrera separaron un día
a los dos esposos; ella se fue a vivir en un rancho solitario mientras él
seguía la serie de sus victorias y desgracias. Solo de cuando en cuando el
destino unía por una hora a los dos esposos. Entonces un rayo de sol descendía
sobre la pobre habitación de Mercedes. Una noche, una de esas noches solitarias
en que las pasiones profundas acuden de improviso un carácter violento e
impetuoso, José Miguel Carrera vio en su pobre estancia una de esas apariciones
que nos hacen soñar despierto. Era la esposa enamorada e impaciente que
desafiando todo peligro iba a consolar el alma angustiada del guerrillero.
¿Cuántas veces se repitieron esas dulces sorpresas? Cuatro o cinco en el
espacio de algunos años; aquellos corazones se comunicaban solo por el
pensamiento. Las cartas de José Miguel Carrera a su esposa pasan de doscientas
y en ellas se refleja la pasión y vehemencia que perdió a uno de los más
ilustres y al más desgraciado de los chilenos.
Se cree que aquella mujer pudo hacer variar el destino de José Miguel Carrera
disuadiéndolo de sus empresas temerarias; pero en el carácter dominante de este
hombre se ve que tal empresa habría fracasado.
El amor obra prodigios indudablemente; pero Carrera jamás sacrificó al pié de
ese altar el más insignificante de sus proyectos, la más pequeña de sus
ambiciones. Ella lo comprendía demasiado y de ahí su silencio heroico; o tal
vez no quiso jamás ser un inconveniente a la gloria de su esposo. Esas almas
generosas son siempre así, prefieren el sacrificio completo de su vida,
tranquilo, sublime, silencioso, Antes que la in- certidumbre de hacer cambiar
un porvenir, de ser un obstáculo a la gloria del hombre amado.
En sus cartas, en sus cartas amables y encantadoras, se dibuja algunas veces
una queja; como se dibuja una sonrisa en el rostro de una mujer que sufre.-«
¿No seríamos más felices viviendo siempre juntos, educando a nuestros hijos,
lejos de esta eterna zozobra?» No se atreve a más: parece que arrepentida de su
falta de valor ante el cumplimiento de un deber se hubiera dicho:-«¿Por qué he
de ser yo un obstáculo a su gloria? Dejémoslo seguir su destino por terrible
que sea!»
Mientras tanto el desenlace de la tragedia se acercaba violentamente. En una de
las raras visita? que Mercedes hacia a su esposo fue capturada por el ejército
argentino. La desgraciada había llegado al campamento chileno el día de la
sorpresa de San Nicolas, la catástrofe que decidió del porvenir de Carrera.
<Sorprendida y aterrorizada por el conflicto de aquel día, se había
refugiado en la iglesia con las mujeres del pueblo; pero el general Quintana,
que se pagaba de ser un gentil caballero, envió un ayudante a tranquilizarla,
diciéndole-«que aquella no era guerra de damas.» -« Dos días más tarde el
caballeroso Dorrego restituyó su bella cautiva al general chileno, enviándole
con ella un cortés saludo- »[4]
Desde esa funesta sorpresa Carrera estaba perdido, y su esposa tan íntimamente
ligada a él por el amor, era ya una viuda abandonada en país extraño, con cinco
hijos pequeños, sin amigos y sin recursos. Carrera desesperado, impotente,
llevando en su corazón el peso inmenso de sus desgracias, y en su cabeza el
fuego inextinguible de su genio, se lanzó al desierto, a las tolderías indias,
buscando aliados entre los salvajes de las pampas. Las tribus le proclaman
Pichi-Rei. Emprende nuevas correrías; pero ya no de batallas militares; no
tiene ejército; es solo el jefe de montoneras, de hombres desmoralizados. Así,
de caída en caída, aquel hombre que realizó como político y como soldado
verdaderos prodigios, llegó hasta el patíbulo de sus hermanos y murió como
ellos en todo el vigor de su juventud, sin haber podido realizar sus
gigantescos propósitos.
Algún tiempo después tina mujer regaba con sus lágrimas esa tumba. Era
Mercedes. Lo más tremendo para ella era no haber podido recibir el eterno adiós
de los mismos labios de su esposo. Habría querido arrancar del fondo de la
tumba aquel cuerpo idolatrado para darle un último y frenético abrazo. Para
tranquilizarla fue necesario separarla violentamente de ese sitio y llevarla al
hogar de sus hijos.
Capítulo 9
Las mujeres saben callar
A
principios de 1817, cuando San Martin y los emigrados organizaban en Mendoza el
ejército de los Andes destinado a libertar a Chile, había entre nosotros un
hombre en- cargado de distraer la atención del gobierno, para que aquel
ejército pudiera pasar la más elevada cordillera del mundo sin ser molestado.
Ese hombre desempeñó de tal manera su empresa que se hizo un verdadero héroe de
romance. Inició una guerra de tinieblas y de sombras; una guerra verdaderamente
impalpable. Los españoles, a pesar de sus esfuerzos extraordinarios, no podían
dar caza a ese ser misterioso, que los desorientaba con la rapidez de sus
correrías y sobre el cual se circulaban las versiones más contradictorias. Ida
mitad de la gloria del paso de los Andes se debe a Manuel Rodríguez; sin sus
servicios el ejército libertador pudo haber sido despedazado entre los
peligrosos desfiladeros de aquellas montanas, que solo permiten marchar uno o
dos hombres de frente.
Marcó reconcentró toda su atención y todos los elementos bélicos de que disponía
en destruir esta sombra que le atormentaba hasta en su mismo lecho; temía mas
al enemigo desorganizado del interior que al poderoso ejército que se reunía en
la falda oriental de los Andes; pero, ¿cómo dar alcance a ese fantasma cuya
sombra apenas se dejaba diseñar?
-Ayer ha pasado por aquí, decían los campesinos; iba al trote de su negro
caballo; su blanca barba ocultaba su rostro. Era un fraile capuchino rodeado de
penitentes.
-No, ayer estuvo en Santiago, decían otros; abrió personalmente la puerta de la
carroza de Marcó y le ayudó a descender. Ha sido él: cuando ya había
desaparecido, se han recordado los rasgos de su fisonomía.
¿Cómo no sorprender y capturar a ese misterioso genio del bien o del mal? La
acción de aquel fantasma se dejaba sentir en todas partes; era una figura
gigantesca que saltaba las zanjas, que cruzaba los bosques, pasaba los ríos a
nado o sobre los lomos de su infatigable cabalgadura; pedía hospitalidad en los
conventos, en los ranchos o en los palacios; por la mañana estaba al frente de
su montonera y por la noche bailaba contradanza, o gavota en
algún salón de Santiago, y sin embargo, nadie le veía o más bien nadie quería
verle, pues había un interés universal en ocultarlo.
Las mujeres eran detenidas en los caminos públicos por los soldados españoles
que perseguían a Rodríguez, se les interrogaba si habían visto pasar a la
sombra, se las amenazaba; pero jamás hubo una delación. Las más ignorantes
campesinas compendian que esa visión servía sus intereses, que ese perseguido
fantasma era un fantasma amigo.
Las grandes damas de Santiago eran arrastrarlas a las cárceles, San Bruno, el
furioso agente de la tiranía agonizante, las amenaza e insulta brutalmente.
Pero las más severas indagaciones, las más violentas pesquisas no descubrían
nada. Todas las mujeres, señoras y plebeyas, se empeñaban en borrar con su pie
la huella que dejaba en los caminos el infatigable guerrillero, y sin este
admirable complot del silencio femenino la espada invisible de Manuel Rodríguez
no habría podido señalar a los libertadores la seda de la victoria.
Manuel Rodríguez ocultó a Marcó el paso del ejército libertador; pero a su vez
las mujeres de entonces ocultaron, al héroe; y con su silencio hicieron de él
un personaje’ casi misterioso o fantástico.
Capítulo 10
Paula Jara Quemada
En
la tarde del 19 de marzo de 1818, San Martin, rodeado de algunos oficiales y
soldados, se internaba por el valle del Maipo con Dirección a Santiago. El
aspecto del general y de su tropa era el del abatimiento; una nube de tristeza
y de duda cubría aquellas fisonomías varoniles. Era la tristeza de la derrota
que el ejército patriota acababa de sufrir en Cancha- Rayada.
Paula Jara Quemada
De
improviso el general es detenido en su marcha. Un extraño grupo de jinetes le
intercepta el paso, y una dama, montada sobre un brioso caballo, una verdadera
amazona, le dirige la palabra ofreciéndole ese grupo de bravos para reemplazar
las bajas que la derrota acababa de hacer en sus filas.[5]
Esa inesperada aparición femenina era la señora doña Paula Jara Quemada, dama
opulenta, entusiasta, patriota, que al tener cono- cimiento de la desgraciada
sorpresa que había sufrido el ejército chileno reunió a todos los inquilinos y
capataces de su hacienda de Paine y poniéndose a la cabeza de ellos con sus
hijos e hijas salió al encuentro de los vencidos alentándolos con el ejemplo de
su valor y abnegación.
Y no era solo ese pequeño contingente de hombres el que la señora Jara Quemada
iba a ofrecer a los vencidos, sino también todos los víveres de su hacienda, la
magnífica caballada y las espaciosas casas de Paine, que fueron transformadas
en el cuartel general del nuevo ejército que se reorganizó.
Días antes de la escena que acabamos de narrar, el espíritu de aquella mujer
extraordinaria se había presentado, en toda su grandeza revelándose la fuerza
de su patriotismo y abnegación.
Una tarde, al caer ya la noche, ve llegar a su casa de Paine a uno de sus más
estimados y antiguos amigos que venía a pedirle hospitalidad. Era un patriota
perseguido que buscaba un asilo seguro en aquella casa perdida entre las
fragosidades de un mal camino y oculta entre las tupidas arboledas de un
antiguo parque; un niño de seis años acompañaba al errante viajero.[6]
La señora Jara se conmovió ante aquel noble infortunio, y sin pensar un
instante en los peligros que tal huésped podía traerle, le ofreció la generosa
hospitalidad que acostumbraba.
Urna mañana ve llegar la señora Jara una partida de soldados españoles;
creyendo se presentaban ,en busca del patriota que ocultaba, se lanza fuera de
su casa acompañada de su servidumbre, resuelta a impedirles el paso.
Los soldados no buscaban a nadie; ignoraban que allí se ocultaba un patriota;
venían solo en, busca de provisiones.
-Queremos las llaves de las bodegas; dice adelantándose el oficial que mandaba
la tropa.
-Las llaves no las entrego a nadie, contesta la altanera dama; si usted quiere
provisiones las tendrá en abundancia, pero le prohíbo penetrar en mi casa. Yo
sola mando aquí.
El oficial encolerizado ante aquel obstáculo mandó a su tropa hacer fuego; pero
la heroica mujer se precipitó sobre ellos llegando a tocar con su pecho las
carabinas tendidas horizontalmente. Los soldados vacilaron asombrados ante
aquel heroísmo.
El oficial desconcertado ordenó entonces el incendio de la casa.
La señora Jara señalándoles el fuego que ardía en el brasero les dice:
-Ahí tienen Uds. el fuego.
El oficial ordenó a su tropa la retirada; tal vez repugnaba a su espíritu
sacrificar a esa mujer varonil.
Terminada la guerra de la independencia la señora Jara se dedicó exclusivamente
a la práctica de la caridad. Fue uno de los espíritus mas abnegados de su
época. Después de haber contribuido a la libertad de su patria trataba de
libertar a los oprimidos de la miseria.
Se
ha dicho con justicia un gran timbre de honor para esta ilustre mujer el hecho
de que perteneciendo a una familia compuesta casi en su totalidad de realistas,
se mostrara sin embargo una de las patriotas más vehementes y exaltadas de la
época; pero es preciso recordar que era sobrina de Juan Martínez de Rozas, y
que las ideas de este hombre eminente sedujeron a la entusiasta joven,
arrastrándola del lado de la revolución, cuya causa abrazó sirviéndola siempre
con abnegación y valor.
Esta resuelta actitud tenía entonces una importancia que hoy no se puede
calcular, sino recordando que el realismo-o sea la contra revolución-tenía en
cada familia, por no decir en cada casa, un abogado sincero y ardiente que
combatía las nuevas ideas y predicaba la resistencia. Por amor a Fernando VII-
más que a la monarquía, a la España o al régimen implantado en las Colonias-el
realismo conservó siempre un poder extraordinario de resistencia. Fernando VII
fue tal vez el monarca español más querido entre nosotros, como que fue el más
combatido; se le amaba por su desgracia, su debilidad y el despojo de que se le
había hecho víctima. A tres mil le- guas de distancia, aquellos golpes al
monarca llegaban precedidos de un eco de compasión que resonaba con fuerza en
el sensible corazón de las mujeres. De ahí, del fondo de ese sentimiento
generoso, sacaban los realistas sir mayor fuerza.
La mujer ha sido siempre en semejantes ocasiones la palanca impulsiva o
repulsiva de los acontecimientos; ha detenido o precipitado los sucesos según
el impulso de sus ideas o a medida que su corazón ha latido con más violencia o
con más calma. Influyente y dominadora en el hogar, una lágrima o un suspiro le
ha bastado muchas veces para desbaratar las empresas mejor combinadas;
deteniendo amo- rasamente en su lecho al esposo comprometido en el complot o
pintando, con esa sencillez y ternura encantadora de que ella sola posee el
secreto, el desamparo de los hijos y la sublimidad de los deberes de la familia
sobre todos los demás. Fácil es, pues, dejarse arrastrar por esas suaves
corrientes del afecto.
Manuela Rozas
Bajo
este punto de vista son doblemente dignas de admiración las mujeres que como
Manuela Rozas se lanzaron con energía a una empresa arriesgada, desoyendo las
observaciones y los ruegos del cariño, de las preocupaciones o del egoísmo, y
no escuchando sino la voz de su corazón.
La señora Rozas prestó a la causa de la independencia no solo la valiosa
cooperación de sus trabajos personales, de la influencia de su nombre y de sus
relaciones, sino también de su fortuna. Entre nosotros-hemos oído repetirlo
siempre-es muy fácil encontrar héroes dispuestos a dar por la patria su sangre,
pero es muy difícil encontrar quienes le den su dinero. La señora Rozas llevó
ambas ofrendas al altar de la revolución.
Los trabajos de nuestra heroína fueron al fin conocidos del gobierno español:
ella no hacía misterio de sus ideas ni se ocultaba para propagarlas, como hoy
es de moda. Se la amenazó con castigarla severamente sino observaba otra
actitud. Su respuesta arrogante a esta primera amonestación de la tiranía se
hizo popular:
«
¿Intentáis castigarme porque amo a mi patria? Podéis hacer lo que queráis, pero
jamás lograreis extinguir en mi corazón ese sentimiento.»
Desde
entonces se la espió con la más estricta vigilancia. Los agentes españoles
registraron muchas veces su casa en busca de supuestas correspondencias o de
algunos refugiados sospechosos. Se suponía también que existía oculto un
considerable depósito de armas, de que se aprovecharían los patriotas en la
primera oportunidad.
Hasta en el último año de su vida, en vísperas de su muerte, celebró el
aniversario de Chacabuco, y era sublime ver levantarse en un extremo de la mesa
de la familia, a esa anciana gloriosa que pronunciaba un brindis en homenaje a
aquella fecha inmortal.
Capítulo 12
María Cornelia Olivares
No
fue Santiago el solo centro de la revolución en que la mujer desempeñó un
heroico papel: María Cornelia Olivares, a quien podríamos calificar de el tribuno
femenino de la independencia, nació en Chillan, y ejerció en su ciudad
natal una influencia benéfica. Para comprender a esta mujer es preciso recordar
que nuestras provincias del sur fueron no-solo el teatro de las luchas más
sangrientas de la revolución, sino también el centro en que los realistas
poseían adhesiones más poderosas.
María Cornelia Olivares no era en 1817, época de su más activa propaganda, una
mujer joven, pero era una mujer hermosa todavía. Hablaba con una facilidad
extraordinaria, era casi elocuente; su fisonomía movible y expresiva contribuía
a dar a su palabra un colorido verdaderamente seductor. En los salones se la
buscaba para oírla; era vehemente, fogosa y de una audacia temeraria. Predicaba
en todas partes, basta en la plaza pública, el odio a los extraños opresores de
la patria, y exhortaba a todos a la lucha, sin temer las consecuencias a que
tal conducta podía arrastrarla. «Hombres y mujeres, decía, deben tomar las
armas contra los tiranos. La libertad a todos beneficia, todos deben amarla y
defenderla.» Parecía a veces una mujer iluminada, encargada de alguna misión
providencial como Juana de Arco.
Los españoles alarmados con la propaganda de este adversario, poderoso por su
misma debilidad, la amenazaron con encerrarla en una prisión sino guardaba
silencio; se la prohibió salir de su casa. Puede decirse que la autoridad fue
amable y cortés con ella, tal vez a consecuencia de antiguas relaciones y
parentescos con realistas influyentes. Ella despreció todos los peligros y un
día se lanzó a la plaza a predicar la revolución.
La amable condescendencia de la autoridad terminó ese día, y para castigarla se
meditó una burla cruel. Era algo característico de aquella tiranía su
persecución a las mujeres y su empeño tenaz por ridiculizar a todas las que por
su heroísmo y entusiasmo podían interesar a la multitud y arrastrar prosélitos.
Se creía tal vez que el ridículo en política como en literatura era una arma
mortal cuando se esgrimía contra la mujer. María Cornelia Olivares fue, pues,
reducida. a prisión; se la condujo de su casa a la cárcel con gran aparato, y
se la. Insultó brutalmente por el camino. Un grupo de pueblo que trató de
seguirla fue dispersado por la tropa. En el interior de su prisión le raparon
el cabello y las cejas, y a fin de envilecerla, la exhibieron en la plaza
pública de Chillán, desde las diez de la mañana hasta las dos de la tarde. Esta
cobarde violencia hizo de ella una heroína y una mártir, las dos formas más
hermosas de la gloria. El pueblo, que la admiraba por su valor y patriotismo,
la adoro desde entonces por su martirio. Los españoles aseguraban que se había
vuelto loca y que al cortarle los cabellos gritaba y aullaba furiosa. El hecho
es completamente falso. Esa mujer sublime no pronunció una sola palabra durante
su martirio; su actitud fue altiva y desdeñosa, y solo cuando algunos soldados
se burlaban de ella en la plaza pública, les contestó estas palabras:-"La
afrenta que se recibe por la patria en vez de humillar engrandece."
Si, decía la verdad! María Cornelia Olivares fue una heroína, una mártir, una
inmortal. O'Higgins, por decreto de 2 de diciembre de 1818, la declaró ciudadana
benemérita de la patria. La afrenta la había glorificado.
Capítulo 13
Candelaria Soto[7]
En
un hermoso fundo de campo situado cerca de la ciudad de Concepción, vivía en
1817 el anciano don Mauricio Soto, ciego y achacoso, casado con la señora doña
Manuela Guzmán. Al lado de ellos vivía su hija Candelaria, que a la edad apenas
de diez y siete años formaba el orgullo y las delicias de sus padres.
El gobernador español de la ciudad de Concepción conoció a esta joven notable
por su hermosura y cuya gracia y discreción era superior a su belleza, y se
enamoró de ella.
Hombre sin escrúpulos y de pasiones verdaderamente brutales, creyó alcanzar sus
pretensiones dominando por temor esta desgraciada familia. A fin de realizar
sus propósitos hizo llamar al señor Soto a la ciudad de Concepción; pero
siéndole imposible cumplir con dicha orden por el estado de su salud, mandó a
su esposa acompañada de su hija.
Inmediatamente se presentaron al gobernador, quien haciendo la más seductora
cortesía a la. bella joven, reconvino a la madre sobre que su hacienda era
asilo de patriotas, donde se reunían a tertulias.
Contestó la señora Guzmán que tal acusación era falsa y aun casi imposible,
estando la habitación re tirada de los caminos reales.
Después de varias otras observaciones el gobernador se dirigió a doña
Candelaria, diciéndole:
Y vos también sois patriota? He aquí una lástima en una joven tan bella
(tomándole la mano).
-Señor, dijo la joven, habiendo mi madre justificado su conducta no creo que
debo dar cuenta de mis ocultos pensamientos.
-Señora, añadió el intendente, dirigiéndose a la madre de Candelaria, esta
insurgente es tan linda como obstinada. Aquí no hay más remedio, sino que la
habéis de dejar dos meses en mi poder, y yo la convertiré; este es negocio que
corre de mi cuenta.
La señora ofendida e indignada por tanta infamia dirigió un insulto al
gobernador, mientras la joven le decía:
-Yo os juro que solo con la muerte me arrancareis del lado de mi madre.
-Está bien. Aguardad mis órdenes en vuestra casa.
Esta escena convenció al gobernador que doña Candelaria era inaccesible a la
seducción, y que la juventud sostenida por la razón, es la edad de las
virtudes. Pero aun faltaba otra gran prueba: esta era la del tribunal
de infidencia, en que parecía imposible que una joven de diez y siete años,
pudiera luchar con el aparato y realidad de esas crueldades, a cuya vista
temblaban los hombres más valientes. Reunióse en su palacio este espectro de
tiranía, y en el silencio de la noche y con todo el aparato del terror, hizo
conducir de su casa a la magnánima joven con su madre; y después de dejarla
considerar por un rato el horrible espectáculo de aquellas furias se !lizo
entrar a un letrado, confidente del gobernador, quien del modo más grosero y
aparentando que no veía a su víctima, le dijo:
-Venga acá la traidora del rey y desertora de su bandera
-Soy una niña que nunca he salido del lado de mi madre, dijo ella, para que
imputéis faltas que solo podrían cometer los que manejan los negocios
políticos.
-Serviréis de escarmiento, contestó el juez, para que sepan los insurgentes que
no hay sexo, edad o condición que los exima de su delito. Idos y esperad mis.
En efecto, al día siguiente una partida de caballería al mando de un oficial se
presentó en su casa. Era la hora de la comida y la familia se encontraba
alrededor de la mesa.
-Busco a doña Candelaria Soto, dijo el oficial entrando.
-¿A doña Calendaria o a su madre? respondió ésta sobresaltada.
–Imponeos de este pliego y cumplid sus órdenes.
La angustiada madre tomó el pliego leyólo y se quedó se inmóvil.
Contenía la orden de encerrar a la joven en la fortaleza de Penco:
un subterráneo profundo y pantanoso en el cual apenas se encerraba por quince
días a los mayores criminales.
-Mi hija no irá sola a esa prisión, dijo la madre, yo la acompañaré.
-Tengo orden de conducirla sin otra compañía que la de mi tropa, respondió el
oficial.
-Pues yo sabré burlar tanta infamia, dijo Candelaria tomando de la mesa un
cuchillo para darse la muerte.
El oficial, a pesar de su dureza, sintió el predominio que tiene la inocencia y
la hermosura en los momento; de su dolor y manifestándose algol conmovido
accedió a que la madre acompañara a la hija.
Diez y siete días vivieron sumergidos en el terrible calabozo, hasta que el
oficial y los soldados de la guarnición no pudiendo resistir a. la compasión
que les causaba esa horrenda venganza las dejaron huir.
Capítulo 14
Antonia Salas
El ángel de la caridad
Si
alguna vez necesitó Chile que el ángel de la caridad y del consuelo extendiera
sobre él sus alas protectoras, fue durante los años de la guerra de la
independencia. Había entonces un país extenuado por una lucha sangrienta e
interminable, una población de viudas y de huérfanos, de harapientos y de
inválidos, un pueblo que sufrió todas las grandes desgracias que impone el
cumplimiento de los santos deberes.
En medio de esas horas de angustia apareció una mujer animosa, uno de esos
espíritus celestes creados exclusivamente para el bien; una de esas mujeres que
tienen alas y que llevan consigo, corno una atmosfera propia, ese encanto
irresistible y misterioso que hace nacer la dicha en los corazones
desgraciados, y brotar la fe;, en el alma incrédula. Esa mujer se llamaba
Antonia Salas.
Tenía a la fecha, en 1810, veintidós años. Sin ser una mujer hermosa era una
mujer agradable, lo que vale más que la hermosura sin expresión. Su fisonomía
era dulce y triste; parecía que los sufrimientos de la humanidad se reflejaban
en ella.
La infancia de esta joven se había deslizado en medio de los más nobles
ejemplos de abnegación; hija de un hombre que había sido uno de los grandes
benefactores de la colonia, don Manuel Salas y Corvalán, fundador del hospicio
de Santiago, acompañaba diariamente a su padre a las visitas que hacía a los
establecimientos de caridad, a las cárceles y presidios.
En esa noble escuela su corazón se retempló con el ejemplo y con los
sufrimientos, y aceptaba la vida por su faz más elevada y generosa.
Su corazón sensible a todas las desgracias, palpitaba también entusiasta lo por
las ideas de libertad que dominaban; hija de una familia de patricios, de
revolucionarios y de mártires, sufrió todas las consecuencias de su posición.
Su padre y su esposo gemían en los calabozos o el destierro y ella los
consolaba, les procuraba recursos y lo que valía más en aquella época, les
comunicaba por medio de esos ardides ingeniosos, en que son tan hábiles las
mujeres, el verdadero estado de la, revolución.
La época de la mayor personalidad de la señora Salas fue, sin embargo,
posterior a la independencia, y si la liemos consignado entre las mujeres
ilustres de aquella época ha sido por haber iniciado entonces su vida de
abnegación.
No hubo desde 1815 hasta hace apenas veinte años, una sola calamidad pública en
que no figurara la señora Salas repartiendo su fortuna organizando
suscripciones, cuidando a los apestados o a los heridos, comunicando a todos el
aliento de su grande alma.
En la epidemia de viruelas que diezmó a Chile en 1830, la señora Salas
transformó su chácara de San Rafael en un hospital de variolosos, de que ella
se hizo la directora. Sus hijos vivían en las salas contiguas a los enfermos.
El egoísmo del amor maternal no lograba debilitar su caridad. Sacrificaba no
solo su vida sino también de sus afectos más íntimos y profundos, en obsequio
de sus semejantes.
En el terremoto de 1822, la señora Salas habitaba las casas de Popetas.
Inmediatamente después de la catástrofe, su primer arranque fue ir en auxilio
de las personas que podían necesitar de socorros; pero entre los escombros de
su mismo hogar tenía una víctima, uno de sus hijos más queridos que exhaló en
sus brazos el último suspiro.
La acción de esa mujer se hacía presente en todas partes: en los lúgubres días
de las guerras civiles, después de la batalla de Loncomilla, no pudiendo
prestar personalmente sus servicios, por encontrarse enferma, envió a sus hijas
a los hospitales de sangre para que cuidaran de los heridos mientras ella
organizaba recursos en Santiago.
Jamás se vio entre nosotros una fe más ardiente. Era una de esas mujeres que
hacen el bien sonriendo, que se deshacen de sus joyas, de todas esas queridas
frivolidades tan necesarias a las mujeres, a trueque de enjugar una lagrima! No
pertenecía a ninguna secta: ni era propagandista de aguas divinas ni de
reliquias milagrosas. Hacia el bien a católicos y a herejes sin preguntarles
sus creencias sino sus males. Por eso cuando murió todos los hogares de
Santiago donde había viudas y huérfanos, se cubrieron de luto.
Capítulo 15
El gran día de O'Higgins
El 5
de abril de 1818, mientras se libraba en los llanos de Maipo la batalla más
reñida y tal vez la de mayores consecuencias para los destinos de la América.
Santiago ofrecía el aspecto más sombrío; la fisonomía de la ciudad se asemejaba
a la de un reo en capilla. Esperaba ver entrar por momentos a los vencedores o
a los vencidos. La ciudad estaba desierta, solo habían quedado en ella las
mujeres y los niños, los ancianos y los heridos;-¡los gloriosos heridos de
Cancha Rayada!
Como un contraste misterioso, la naturaleza sonreía: el cielo estaba azul,
puro, transparente; un sol ardiente lo iluminaba todo. Era el espléndido sol de
Maipú. «Las aves-dice un testigo de aquel día-cantaban como de costumbre en los
huertos, y el perfume de los naranjos en flor embalsamaba la brisa.» Si, la
naturaleza sonreía como que ella sola poseía el secreto de ese día, el secreto
de nuestros destinos.
O'Higgins acababa también de abandonar la ciudad. Dormido por la terrible
fiebre que le causaban sus heridas y los continuos insomnios de sus noches de
trabajo, y más que todo tal vez por el sentimiento de no ser útil a la patria
en ese gran día, no había podido sofocar su ardor y saltando sobre su caballo
de batalla se dispuso a salir de la ciudad. El pueblo asombrado rodeó al héroe.
No había entre esa animosa pero impotente muchedumbre un solo brazo
aprovechable en aquellos supremos momentos. Los viejos soldados cubiertos de
heridas lloraban de impaciencia; los cadetes, niños de diez a once años, pedían
a gritos se les condujera al lugar de la batalla; las mujeres, más violentas
que los hombres, pedían armas. Ah! las mujeres, olvidadas en ese instante de su
debilidad, rodeaban a O‘Higgins y le comunicaban la fiebre de su delirio. Entre
esas mujeres había muchas de elevada posición social. Al fin O’Higgins se puso
en marcha rodeado de sus cadetes. Quería llegar oportunamente para presenciar
la apoteosis de la victoria o morir en medio de sus viejas y gloriosas
legiones. Más de una de esas mujeres al ver partir a los soldados infantiles
que rodeaban a O’Higgins se inclinaron hacia ellos para besar su frente.
Eran los adioses de las madres. Momentos después se escuchaba en Santiago el
ruido lejano de la batalla. Todos los corazones palpitaban violentamente
dominados por la más terrible ansiedad. Las mujeres oraban. ¿Aquella oración
suprema llegó hasta el trono del Dios de las victorias?
Capítulo 16
El último cañonazo de Maipo
Vicuña
Mackenna asegura en su magnífica descripción de la batalla de Maipo, que el
último cañonazo del último de los episodios de ese gran combate fue disparado
por una mujer heroica y desconocida.
Ese acto extraño, único en las batallas, fue motivado por el empecinamiento del
cuadro del batallón Burgos que se resistía a rendirse. El general Freire, que
fue el primer sableador de su época, había cargado varias veces sobre esa tropa
de imponderable valor, pero los viejos castellanos «erizaban sus bayonetas sobre
el pecho de lo; caballos y quedaban sólidos y silenciosos como una barrera de
peñascos».
Esos soldarlos no habrían sobrevivido a su derrota, si Rodil, que tan célebre
se hizo después en el sitio del Callao, no los forma en columna y se retira con
ellos. Cuando los soldados se pusieron en marcha, una campesina de la hacienda
de Espejo puso a los fugitivos en confusión, con un rasgo casi increíble de
patriotismo y de valor.
Desfilaba la columna española por el sendero que de las casas de Espejo
conducía al camino real de Melipilla-dice aquel historiador-cuando una mujer,
una huasa joven todavía y arrogante, notando que lo: acobarda dos artilleros
habían abandonado por el cansancio de las cabalgaduras, un cañón cargado frente
a su rancho, salió de su cocina con un tizón, arrimólo al estopín, y la
metralla barrió la retaguardia de la columna en retirada.
La historia no ha conservado el nombre de esta mujer animosa como no conservó
los de tantos otros héroes humildes a quienes la fosa común oculta para siempre
junto con sus virtudes y sacrificios. ¿Esa mujer no refirió su hazaña a nadie
que pudiera escribir su nombre sobre un papel? Tal vez lo hizo. Pero en aquella
época heroica no se daba valor a tales hechos.
Capítulo 17
Las heroínas anónimas
Hemos
narrado a la ligera la historia de algunas de las mujeres que sobresalieron en
la época de la independencia por su entusiasmo generoso, sus sacrificios
heroicos, sus servicios a la revolución, su virtud y abnegación por la familia
o el cumplimiento de un deber cualquiera; pero aun quedaría mucho que referir
si nos propusiéramos contar también todos los actos de abnegación ejecutados
por mujeres desconocidas, pero no por eso menos meritorios. Había entonces un
mundo de sacrificios y de esfuerzos tanto más dignos de admiración cuanto que
no tenían ni la recompensa de la gloria.
Trataremos de narrar algunos.
* *
* *
Se
sabe que después de la derrota de Rancagua el degüello fue espantoso. Aquella
resistencia heroica que un puñado de hombres hacia a todo un ejército, había
desesperado a los españoles; por eso cuando destruyeron los últimos obstáculos
y entraron en la noble y vieja ciudad, iban ebrios de venganza y dominados por
ese sentimiento de placer bestial que caracteriza a las soldadescas
desmoralizadas.
Las mujeres aterrorizadas ante aquellas hordas se refugiaron en la iglesia de
San Francisco; pero los vencedores la invadieron a caballo. El vértigo de la
sangre y la lujuria cegaba a los soldados. Los niños eran degollados y las
mujeres violadas. El presbítero Laureano Díaz refiere en su relación de
aquellos sucesos que una linda joven era desnudada y violada en medio del
templo! una mujer murió de vergüenza, y de horror; otras supieron matar a, los
miserables con sus propias armas; pero la mayor parte de las mujeres murieron
asesinadas, pues prefirieron el martirio a la ignominia. En mujeres tan
creyentes como las nuestras, aquella doble profanación de la virtud y del
templo debía anonadarlas de espanto. La indignación hizo prodigios. Una niña de
nueve años enterró un puñal en la garganta de un soldado que insultaba a su
madre. Los niños, cuando se indignan, tienen a veces las fuerzas de los
gigantes.
* *
* *
El
25 de abril de 1814 los prisioneros de Juan Fernández agonizaban de hambre;
los-víveres se habían concluido y los pocos que quedaban se destinaban
exclusivamente para la guarnición. En ese día los prisioneros reunidos en una
asamblea de hambrientos, elevaron al gobernador una solicitud pidiendo para su
mantención un caballo moribundo. El gobernador despachó favorablemente la
solicitud pero... al día siguiente. Había esperado que muriera el caballo.
Ese mismo día, el 23 de abril de 1814, una madre de tres niños, viéndolos en
peligro de morir de hambre, decidió ahorcarse para que su cadáver pudiera
alimentarlos. Había ya colgado un cordel de una corpulenta encina cuando
estremecida a la vista de un niño de pechos que alimentaba con su seno y que
fallecería infaliblemente, comenzó a vacilar en el acto de su fatal ejecución.
Esta perplejidad dio lugar a que fuera encontrada y retraída de su atroz
designio.
* *
* *
Todos
las grandes sentimientos tornaron en la época de la independencia un vuelo
gigantesco. Las mujeres no sólo se sacrificaban por la patria sino también por
el amor. Amaron entonces como no parece no han vuelto amar después. He aquí un
rasgo:
Un recién casado fue arrancarlo violentamente de su lecho para ser conducido a
Juan Fernández a bordo de la corbeta Sebastiana, que conducía a
muchos otros reos.- ¡Reos del crimen de querer tener una patria!- La joven
esposa, fuera de sí, loca de dolor, se lanza sobre un caballo para alcanzarlo;
pero su debilidad era muy superior a los esfuerzos de su amor: llegó, pero
llegó cuando su esposo estaba ya encerrado en la corbeta. Al apearse del
caballo una violenta fatiga la hace caer desmayada; se la restituye a la vida;
pide y consigue un bote; ruega y apresura a los remeros; llega a la corbela y
ahí con cuanto tiene de expresivo el dolor y de sensible el amor y la
hermosura, llora y clama por- que se le permita acompañar a su esposo o por lo
menos decirle el último adiós. ¡Era imposible! La joven desesperada se lanza al
mar y hubiera perecido ahogada si un humilde y abnegado pescador no consigue
salvarla. Uno de los prisioneros políticos de Juan Fernández [8] refería
después a su hija en una melancólica y tierna carta, que todas las tardes veía
al héroe de esta narración a la orilla del mar, sentado sobre una roca,
contemplando el retrato de su esposa y perdiendo después su mirada en el
espacio infinito que lo separaba de ella. Es posible, agregaba, que ese peñasco
sea el mismo donde el amante de Julia y compañero de Anson recordaba tantas
veces las tiernas memorias del Valais!
Capítulo 18
A las mujeres
(Final)
Seríamos
afortunados si las mujeres que lean este libro sintieran palpitar su corazón de
simpatía por algunas de las heroínas que en é figuran. ¡Esas mujeres abnegadas
que sacrificaron en obsequio de una gran causa todos sus goces y todos sus
afectos-hasta los de la familia-bien merecen un recuerdo!
¡Jóvenes! si alguna vez llega para la patria un momento supremo como el de
1810, imitad a las mujeres de entonces. Ellas no estaban preparadas como
vosotras por la educación, y sin embargo, el peligro las encontró vigorosas y
sonrieron en su presencia, como los Ángeles sonríen ante la muerte. No tenían
una patria y la crearon. Ellas hicieron un héroe de cada hombre.
¿Cómo realizaron tantos prodigios?-Tenían corazón; esto es, tenían fe y
entusiasmo. Entre vosotras no han existido grandes literatas, ni grandes damas,
sino mujeres de corazón. La historia del gran mundo santiaguino no recuerda que
haya existido jamás un abanico o un corsé célebre; nuestro Versalles ha
sido Las Cajas y allí no se tiene memoria desde Cano de Aponte
hasta Marcó, de que una dama santiaguina haya dado un nombre a un peinado, a un
descote o siquiera a una cola de vestido. Nuestras mujeres han brillado solo
por la grandeza de sus sentimientos; y es ese el gran libro heráldico que da
derecho a la nobleza. Conservad vuestro corazón, no importa que no conservéis
vuestra elegancia ni el gusto refinado que os distingue, y seréis siempre la
inspiradora y aun la iniciadora de los hechos sublimes.
Michelet, preguntábale un día a Ballanche, qué era la mujer-¿qué es?- dijo
reconcentrándose un momento el viejo y místico novelista, ¡es la iniciativa!
En efecto, recorramos la historia de la humanidad y la de nuestro propio
corazón, y veremos dibujarse en su fondo la mano o la sonrisa de una mujer que
es la iniciadora de los grandes y pequeños actos.
¿Quién odia y quién ama como ella? ¡Sobre todo quien ama! El germen del amor
universal, del amor de la familia, del amor de la humanidad, está en su corazón
tan poderoso y fecundo hoy como hace diez mil años. Podrá llegar un día en que
se extingan todos los sentimientos, en que no haya amistad, en que se odien los
hermanos, en que los: mismos hijos miren indiferentes a sus padres; pero sobre
la ruina de todos esos afectos se alzará puro e inextinguible el gran amor de
la mujer:-el amor de la madre.
Por eso debemos engrandecer y elevar ese espíritu que contiene esencias tan
inmortales y divinas.- ¿Cómo?-Alejándola de la vida frívola y perezosa,
impidiendo que desde su infancia aje y marchite las flores de su alma, que se
haga beata a los quince años y fanática a los veinte, y que, bajo la máscara
adorable de un falso amor, se la haga instrumento del odio y de las pasiones de
los hombres.
F I N
Biografía de Vicente Grez
Yávar
Estas primeras actividades como periodista signaron el resto de su vida,
contándose varios trabajos como redactor y editor de diversos medios de prensa,
como La Revista de Santiago, El Heraldo, El
Nuevo Ferrocarril, La Época, entre otras. Sin embargo, esto no le
impidió dedicarse también a otros quehaceres, entre ellos un cargo funcionario
en la Dirección General de Correos y diputado suplente por Arauco (1882-1885) y
por Taltal (1885-1888), departamento que seguiría representando hasta la
revolución de 1891, año en que se desempeñaba como segundo vicepresidente de la
Cámara de Diputados. Asimismo fue designado, en 1888, director de la Oficina
Nacional de Estadística, cargo en el que permaneció hasta su muerte.
En sus primeros libros destacó un interés por divulgar la historia de Chile,
publicando así sus novelas Las mujeres de la Independencia (1878),
formada a partir de retratos de varias mujeres gravitantes en el Chile de
comienzos del siglo XIX, La vida santiaguina (1879), en la
cual caracterizó algunos aspectos de la sociedad chilena del siglo XVII,
y El combate homérico (1880), que narró los sucesos del
Combate Naval de Iquique. En 1882 publicó Ráfagas, una colección de
breves poemas que venía publicando en el diario El Heraldo, y
después sus novelas Emilia Reynals (1883), La dote de
una joven (1884), Marianita (1881) y El ideal
de una esposa (1887), que gozaron de muy buena acogida entre el
público lector y que han sido comparadas con la narrativa de Alberto Blest
Gana. Páginas de su novela inédita Jenio sin alas se publicó
en La Revista Nueva en 1900.
Fue también crítico de arte, llegando a fundar la Revista de Bellas
Artes (1889-1890) y participar como secretario de la comisión
organizadora de la presentación de Chile en la Exposición Universal de París de
1889, ocasión en que escribió el libro Les beaux arts au Chili. Su
obra culminó con su particular visión de la época y de su territorio nortino
en Viaje de destierro (1893).
Vicente Grez murió el 1 de junio de 1909.
Notas:
[1] Amunátegui.-Precursores
de la Independencia, tomo 3 Pág. 549.
[2] Don
Gaspar Marín nació en 1772 y Luisa Recabarren en 1777.-ambos nacieron en la
Serena.
[3] Este
apellido se ha transformado ahora en Fontecilla que llevan todos los
descendientes de aquella familia.
[4] Vicuña
Mackenna Ostracismo de los Carrera. Pág. 302
[5] Un
distinguido artista chileno, don Nicolás Guzmán, autor del cuadro La
Muerte de Pedro Valdivia, ha concebido la idea de trasladar a la tela esta
grandiosa y sencilla escena. La señora de Jara Quemada, al frente de su
pintoresco ejercito y rodeada de sus hermosas hijas, hará el más encantador
contraste al lado del otro grupo de soldados vencidos y desalentados que
mandaba San Martín. Se verá ahí a la mujer comunicando al hombre su entusiasmo
y su fe en uno de los momentos más supremos.
[6] Ese.
niño se llamaba Manuel Montt, que mas tarde había da ocupar los más elevados
puestos de su patria.
[7] Extractada
de una de las cartas que el señor don Juan Egaña dirigía a su hija desde su
destierro de Juan Fernández.
[8] Don
Juan Egaña.


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