© Libro N° 6245.
Carlomagno. Lamb, Harold. Emancipación. Julio 20 de 2019.
Título
original: © Carlomagno. Harold Lamb
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
CARLOMAGNO
Harold Lamb
CONTENIDO
Prólogo
Las
tierras boscosas
La
expedición a Corbeny
Viaje
más allá de los Alpes
Roncesvalles
Alcuino
y el renacimiento del intelecto
Peligro
en el este
El
tesoro de los ávaros
La
corona imperial
La
ciudad de Carlomagno
El
crecimiento de una leyenda
Nota
del autor
Prólogo
En
viejos relatos nos cuentan muchas maravillas de héroes… Ahora, aquí, leeréis
los empeños de hombres valientes.
LOS
NIBELUNGOS
Su
nombre era Carlos. Tras su muerte, durante generaciones, la gente lo recordó
como un gran hombre y con este apelativo, Carlomagno, o Carlos el Grande, pasó
a la historia.
Este
nombre, además de inusual, viene a subrayar un hecho muy destacable.
Carlomagno, a diferencia de la mayoría de reyes, parece haber pertenecido no a
una, sino a todas las naciones de la Europa occidental y cristiana. Y ello se
debe a que, hacia el final de su vida, consiguió unificar a esos pueblos en una
única comunidad cristiana y, con ello, les proporcionó una esperanza.
En
su época y en aquella región del mundo, la civilización estaba agonizando.
Junto a las últimas legiones romanas, la ciencia, la ley y el orden —los
pilares que nos sostienen en la actualidad— retrocedían ante el empuje de
nuestros antepasados, los pueblos bárbaros de las costas atlánticas. Algunos de
ellos, como los visigodos y los lombardos, entraron en estrecho contacto con el
Imperio Romano en desintegración y conservaron recuerdos y ciertos lujos de la
civilización que se extinguía.
En
cambio, los francos, el pueblo de Carlomagno, llegaron a escena demasiado
tarde. Encontraron una tierra yerma en la que imperaba la fuerza bruta y se
establecieron en ella, entre los ríos Loira y Rin, inquietados por visiones de
los aquelarres de brujas y por la presencia del Malvado, que acechaba en la
noche del bosque. Sólo gracias a la predicación de misioneros como el irlandés
Columbano poseían estos pueblos cierta esperanza en la salvación de su alma y
en la posible segunda venida de Cristo a la tierra.
Los
francos, pertenecientes al tronco de tribus germánicas, eran hombres de
considerable fuerza física y de tradiciones guerreras —conocedores de la saga
de Beowulf, el héroe que hirió mortalmente al monstruo Grandel, al cual no
podía causar daño ningún arma— y lograron sobrevivir con esfuerzo en sus claros
de bosque. Sin embargo, quedaron confinados y aislados en su rincón de Europa
debido a la presión de los pueblos eslavos y las tribus de jinetes nómadas
procedentes del Este. Asimismo, quedaron separados de la ciudad donde
sobrevivía la cultura grecorromana, Constantinopla, por un mar a través del
cual se extendía otra cultura, la del Islam, impulsada por los árabes y
antagonista de la suya. En las densas tinieblas del siglo VII, el mundo de los
francos parecía entrar en su era final y muchos daban por seguro que acabaría
bruscamente en el año 1000 del Señor.
Más
amenazador que el riesgo físico era, sin embargo, el lento declive de las
mentes, el retroceso de la escritura, la desintegración del latín universal en
una diversidad de idiomas vernáculos y el menoscabo de los ideales. Los nativos
sobrevivientes en la Galia romana fueron perdiendo sus antiguos conocimientos
mientras que los francos, sus amos, no concebían la idea de un Estado
civilizado en el cual un emperador gobernara a todos los seres humanos mediante
leyes. Los hombres ofrecían lealtad a reyes tribales electos, y uno de éstos,
Dagoberto, logró frenar el proceso de desintegración de su nación. Otro líder
guerrero, Carlos Martel, repelió a los invasores musulmanes al sur de la Galia
tras la batalla de Poitiers y acrecentó su poder y sus riquezas mediante la
confiscación de las propiedades de la Iglesia. Su hijo, Pipino el Breve, se
propuso retener la Galia meridional al tiempo que convertía a sus francos en un
pueblo catalizador que dominaba a los demás.
Sin
embargo, sólo Carlos, el nieto de Martel e hijo de Pipino el Breve, recibió el
sobrenombre de Grande. Carlos extendió sus dominios hasta dar forma a un
imperio, el Carolingio (es decir, el imperio de Carlos), muy diferente a los
anteriores.
Tras
él, sucedió algo absolutamente único en Occidente. El recuerdo de ese imperio
perdido perduró y se convirtió en una fuerza que contribuyó a dar forma al
nuevo mundo occidental. La propia figura de Carlos se convirtió en una leyenda,
la de Carlomagno, que creció y se difundió por todas las tierras cristianas.
Una leyenda que no fue sólo la evocación de una imaginaria edad de oro o de un
monarca extraordinario, sino el recuerdo, común a toda la humanidad, de un
hombre que les gobernó durante un breve lapso con un objetivo insólito que se
desmoronó a su muerte. Y esta leyenda, este recuerdo, pasó de los palacios e
iglesias a las casas solariegas, se difundió por los caminos, dio lugar a
canciones y romances e influyó durante cuatro siglos en los acontecimientos.
Esta
es la historia de aquel hombre, tal como puede ser reconstruida, y del
principio de su leyenda.
Capítulo
1
Las
tierras boscosas
Después
de las vigilias de Tomás, el apóstol, el muchacho fue enviado por primera vez a
una misión por su cuenta. La nieve y el fango hacían difíciles los caminos ese
invierno del año 753.
Hasta
aquel momento, nunca se le había concedido grupo armado al que mandar ni poseía
tierra alguna, tanto de campos de labor como de bosque, a su nombre. Tenía
entonces once años cumplidos y era muy alto y delgaducho, aunque la amplitud de
sus hombros y los grandes huesos de sus manos indicaban que sería un hombre de
gran fuerza. Llevaba el cabello muy corto y de su cuerpo aún torpe surgía una
voz aguda y penetrante.
Normalmente,
la gente le conocía como «ese hijo de Pipino el Breve». Quienes por alguna
razón le odiaban preferían llamarle «el Palurdo», apelativo que le cuadraba
bastante, pero su verdadero nombre era Carlos.
Al
encomendársele la misión, el muchacho aseguró al instante que, con nieve o sin
ella, emprendería a toda prisa la empresa de salir al encuentro de los
visitantes que llegaban por el paso de los Alpes a la tierra de los francos.
Tras echarse una capa de piel de oveja sobre la túnica de cuero, salió a
caballo de la corte de Pipino, en la antigua villa de Theodo (Thionville).
Olvidó llevar presente alguno a los insólitos visitantes, aunque se acordó de
llevar buenos caballos de refresco, uno para cada miembro de la partida. En
cuanto a los jinetes, Carlos sólo escogió a Keroldo, el soldado, y a los
guardabosques que le habían acompañado el día anterior a cazar venados. Al no
tener a señores ni vasallos que le hubieran jurado fidelidad, el voluntarioso
muchacho se juntaba habitualmente con mozos de cuadra y cazadores para charlar
y beber y para bañarse cuando el verano templaba los ríos.
Cuando
desapareció con su séquito por el embarrado sendero entre la ventisca, algunos
de quienes le vieron marchar se echaron a reír y comentaron con ligereza que el
Palurdo había salido a dar la bienvenida al pastor apostólico de San Pedro, al
propio Papa, como si fuera en persecución de un ciervo. Pipino, por su parte,
no dijo una sola palabra de censura o de alabanza. El severo Pipino, rey de los
francos, era partidario de mantener a su primogénito a su lado, de vigilarle,
antes que enseñarle o aconsejarle. Si este estricto proceder de Pipino era
acertado o errado, nadie podía saberlo con certeza.
A
marchas forzadas y cambiando la silla a los animales de refresco cuando el
barro hasta las rodillas agotaba a los caballos, Carlos, el príncipe, y sus
hombres del bosque siguieron hacia el sur con el sol bajo en el cielo y pronto
llegaron a la posada situada a treinta leguas. El joven cabalgaba contento de
estar solo, sin la compañía de Fulrado, el abad, o del condestable, que le
invitaran a tener prudencia. Aquélla era la primera misión que su padre le
encargaba.
Alegres,
los jinetes avanzaban cantando mientras el vapor de los caballos en pleno
esfuerzo se alzaba de su lomo y se perdía en la niebla. El sexteto que le
seguía se sentía afortunado porque el joven príncipe era un muchacho alegre.
La
suerte, decía éste, cabalgaba con los arnulfingos. Pues Arnulfo, el fundador de
aquella familia, había pedido una señal. Había arrojado su anillo del sello al
río Sena diciendo que, si volvía a sus manos, sería una señal de que llegaría a
mandar sobre sus camaradas. Pues bien, la joya desapareció en el agua. Sin
embargo, años después, en la mesa de Arnulfo se abrió un pescado y de su
vientre cayó el anillo. Sin duda, Dios había querido que fuera tal señal.
Keroldo,
el hombre de armas, contaba así una anécdota:
—Al
llegar al siguiente río, no encontrábamos un vado y la oscuridad empezaba ya a
cubrir el cielo y la tierra. Cuando Carlos procedía a subirse los pantalones,
un ciervo blanco saltó al agua delante de él con los cuernos relucientes como
el oro bajo el sol. Allí donde el venado blanco había entrado en el agua,
Carlos le siguió. Y os aseguro que allí había un vado. Pocos de quienes lo
cruzaron llegaron a mojarse los calzones.
En
muchos aspectos, igual que en estas historias de taberna, los recuerdos de
Carlos estaban vinculados a ríos, cuando no a cacerías. Al joven le gustaba oír
a sus camaradas alabar su buena fortuna, puesto que no tenía confianza en su
propia habilidad, o en sus conocimientos.
Cuando,
avanzado el día, llegaron a la posada situada a treinta leguas, el muchacho
pensó que la suerte le había acompañado de nuevo. Gran número de caballos se
apretujaba junto a los almiares y el establo, lo cual llevaba a pensar que los
reverendos visitantes de Roma habían llegado ya hasta allí.
Sin
embargo, a la puerta de la posada encontraron al noble Auchero, jefe guerrero
que había viajado a Roma siguiendo órdenes del rey Pipino.
—
¿Viene muy lejos tu padre? —preguntó cuando reconoció al larguirucho Carlos.
Auchero,
señor feudal hábil y áspero de trato, no dio título ni rango alguno al
referirse a Pipino.
—El
rey no viene. Me ha enviado por este camino para salir al encuentro de Esteban,
el pastor apostólico de Roma. ¿Dónde está?
A
Auchero no le gustó la respuesta. Contempló largamente al muchacho y explicó
que Esteban y su séquito de San Pedro habían tenido una difícil travesía de las
montañas y venían a marcha lenta desde el monasterio de San Mauricio, donde uno
de los viajeros había muerto.
Auchero
y sus hombres ocupaban los dormitorios del piso superior de la posada y no
hicieron el menor gesto en ceder su lugar a Carlos y los guardabosques de éste.
El noble se limitó a declarar abiertamente que no era cortés ni adecuado por
parte del rey de los francos enviar únicamente a su hijo y unos hombres del
bosque, sin regalos, para dar la bienvenida al Papa.
A
esto, el muchacho reaccionó con una respuesta rápida e irritada. No se alojaría
en la posada donde Auchero se había instalado con tal comodidad. Le habían
encargado que fuera al encuentro de los distinguidos visitantes y seguiría
cabalgando para cumplir la misión.
Auchero
regresó junto al fuego murmurando una palabra: «Palurdo».
La
nieve oscureció el cielo y el frío les caló las manos y los pies cuando
continuaron la marcha. Las fatigadas monturas se alejaron del establo y del
heno chapoteando pesadamente. Keroldo y los guardabosques no dijeron nada
porque eran hombres de Carlos, leales y comprometidos a obedecerle.
Cuando
anocheció y el bosque se hizo más cerrado a su alrededor, se detuvieron a
descansar. A Carlos no se le ocurría dónde buscar refugio, pero no estaba
dispuesto a volver atrás y echarse a dormir junto al fuego sobre las piedras
del suelo, mientras Auchero lo hacía sobre el heno en el piso de arriba. El
príncipe era un joven testarudo.
Entonces,
de pronto, se echó a reír y dijo:
—Desde
luego, queridos amigos, éste sería un buen momento para que apareciera ese
ciervo blanco y nos mostrara el camino que hay que seguir.
Tras
esto, continuaron avanzando con más ánimo, gracias al buen humor de Carlos. Fue
como aventurarse a través de la oscuridad que cubrió Egipto, hasta que uno de
los guardabosques señaló el débil resplandor de una llama delante de ellos, que
tomaron por el fuego de alguna casa solariega.
Sin
embargo, observaron enseguida otras luces en el camino, que resultaron ser las
antorchas de una comitiva en movimiento. Carlos y su partida se detuvieron
porque no eran suficientes como para enfrentarse a un grupo tan numeroso;
probablemente, eran saqueadores que se desplazaban al amparo de la noche.
Entonces,
Keroldo masculló un juramento:
—
¡Con ciervo o sin él, que me quede ciego ahora mismo si ése no es el reverendo
sucesor de San Pedro!
Y,
en efecto, así resultó ser. La escolta del Papa, sorprendida por la llegada de
la noche, seguía avanzando a ciegas por el camino hacia el refugio. Carlos
olvidó la fatiga con su gran excitación. ¡Aquello sí que era una suerte
extraordinaria!
Cuando
los viajeros supieron que el muchacho les traía los saludos de los francos, lo
condujeron ante una figura embozada que montaba un caballo blanco. Carlos oyó
una voz cansada que preguntaba dónde estaba el rey.
Carlos
desmontó, trastabillando de nerviosismo, e intentó explicar que Pipino, hijo de
Carlos Martel, aguardaba la llegada del pastor de Roma en una cálida mansión de
Thionville. Después, sin saber qué más añadir, aguardó ansioso mientras otra
voz repetía sus impulsivas palabras en el claro latín de los libros.
Los
abrigados romanos mostraban evidente recelo ante el hecho de que no hubiera
salido a recibirles el propio Pipino. Esforzándose en entender su extraña
manera de hablar, el muchacho comprendió que había sido una grosería enviarle a
él y a sus hombres para dar la bienvenida al tal Esteban. Este hablaba en
susurros, con una voz temblorosa debido a los vientos y los fríos de la
travesía de las montañas.
Entonces
recordó que se había presentado sin ningún regalo que ofrecer y notó cómo la
sangre caliente le latía de vergüenza en las venas.
—Señor
Papa —clamó entonces con voz estridente—, habría querido traeros regalos de
telas finamente tejidas y de oro precioso, pero no poseo otra cosa que mis
armas de caza y libros… y de estos últimos, muy pocos.
Un
rostro enmarcado por una capucha de piel, descolorido y fatigado bajo la luz de
la antorcha, se inclinó a examinarle.
—Valeroso
muchacho —hizo traducir el viajero—, ¿por qué hablas de regalos? Me basta,
Carlos, con que hayas venido a través de estos bosques vírgenes a estas horas
de la noche para guiarnos. ¿Podrás conducirnos a un refugio?
A
Carlos, en su vergüenza, le consoló escuchar que aquel gran señor apostólico
pronunciaba su nombre con la nítida sonoridad de una campana: Carolus.
Jamás
olvidaría aquel bendito sonido. Mientras volvía a pasar a caballo ante los
lanceros de la escolta papal, iba pensando en ello. Había sido redimido de su
vergüenza.
Y, a
continuación, se echó a reír, conteniéndose a duras penas para no estallar en
una sonora carcajada. Keroldo se adelantó al resto de su partida y, al llegar a
su lado, le cuchicheó:
— ¿A
qué viene esa risa?
—Estaba
pensando en el noble Auchero —respondió Carlos—, en cómo vamos a hacerle salir
de su abrigado y confortable nido en la hora más fría de la noche para dejar
sitio a todos estos obispos, presbíteros y clérigos.
Su
carcajada resonó, estentórea, por el camino silencioso cubierto de nieve.
Esta
primera misión de Carlos finalizó pasadas las fiestas de Navidad que marcaron
el primer día del año 754 de Nuestro Señor. Después de avistar el humo que
salía de los húmedos techos de las casas de Thionville, no tardó en distinguir
junto al camino a Fulrado, el archicapellán, envuelto en sus ropajes y
acompañado del condestable, que venía armado y ataviado con su armadura.
Al
llegar a la vista del arco hundido de la antigua puerta romana, advirtió la
presencia de su padre, que aguardaba a la comitiva luciendo un manto nuevo azul
celeste y la espada con la cruz de oro en la empuñadura. Para sorpresa de
Carlos, Pipino apeó su rechoncho cuerpo de la silla de montar y avanzó por el
fango para sujetar las riendas del caballo del Papa y guiarlo hacia la entrada,
como si fuera un criado.
—Alguien
tendrá que pagar por todo lo que Pipino está haciendo —murmuró Auchero.
Carlos
movió los pulgares en gesto de mofa ante aquel comentario despreciativo.
Sin
embargo, cuando todos hubieron asistido en el cálido salón al encuentro de los
dos señores, el lego y el hombre de Iglesia, y entraron en la capilla para
elevar una plegaria de agradecimiento por la feliz llegada de Esteban tras el
largo viaje invernal, sucedió una cosa extraña.
El
agotado viajero, el propio Papa, hincó la rodilla ante Pipino en las gradas del
altar.
—Rey
de los francos —dijo entonces el anciano—, aquí me tienes suplicante. No
aceptaré tu mano para incorporarme hasta que prometas ayudarme frente a mis
enemigos.
Tal
vez estaba demasiado cansado o tal vez era, simplemente, un anciano angustiado,
pero lo cierto fue que las lágrimas brotaron de sus ojos y resbalaron por sus
enjutas mejillas. Carlos deseó ver a su padre levantar a Esteban con emocionada
prontitud.
Sin
embargo, Pipino permaneció impasible, con el mentón echado hacia delante. Su
postura denotaba fuerza en el cuerpo y cautela en la mente. Durante unos
instantes, el lloroso vicario y el meditabundo hombre de armas formaron una
escena como la de las figuras del mosaico detrás del altar. La imagen de
aquella escena quedó grabada en la mente de Carlos.
Después,
sin decir palabra, Pipino alargó los brazos y ayudó a levantarse al viejo
Esteban.
Terminada
su misión, Carlos regresó a sus tareas en palacio, que hasta entonces no
consistían en otra cosa que en dejar pasar los días como hijo bastardo de
Pipino.
Pipino
el Breve no era rey por derecho de nacimiento. Igual que con anterioridad los
arnulfingos, aquel oscuro y discreto noble había sido maese —o, como otros
decían, mayordomo— de palacio y primus ínter pares del reino de los francos,
cuyos nobles aún mantenían juramento de fidelidad al rey legítimo, el último de
la línea merovingia.
Ciertamente,
era Pipino quien había llevado a cabo la auténtica tarea de gobierno, con
presteza y mano dura, mientras que el último de los merovingios se había
limitado a presentarse ante la asamblea cada año, conducido desde su casa
solariega en la carreta ceremonial tirada por esforzados bueyes que guiaba un
campesino de largos cabellos. Allí, el pelirrojo merovingio, gordo y holgazán,
presidía la reunión de su pueblo y daba su consentimiento a las cosas que sus
súbditos habían hecho o deseaban hacer.
Dos
años antes, los demás nobles francos habían podido ponerse de acuerdo y
juramentarse para escoger a otro como mayordomo de palacio, pero Pipino tenía
ya el respaldo de una aguerrida guardia y de las huestes armadas de los
francos, que le habían seguido cada año en las campañas guerreras. Así, había
conseguido conservar su poderoso cargo gracias a sus dotes para utilizarlo. Al
mismo tiempo, había enviado un mensajero a Roma para plantear una pregunta al
Papa: « ¿Acaso el que tiene el poder en un reino no debe tener también el
título que le corresponde?». La respuesta del pontífice había sido afirmativa.
Y
así era como el último merovingio, el casi olvidado Childerico III, había sido
conducido aquel año no a la asamblea de los francos, sino a un monasterio del
bosque. Transportado en su carreta, había sido apartado de su confortable
finca, de sus cocineros y de sus mujeres, para ver afeitados sus cabellos
rojizos. Entonces, la asamblea había aclamado rey a Pipino; el santo Bonifacio
había depositado la corona de oro batido en su redonda cabeza morena y, durante
dos años, había gobernado como monarca.
Sin
embargo, los grandes nobles como Auchero no habían reconocido nunca el ascenso
de Pipino al trono y le seguían considerando uno más entre ellos. Le obedecían
por la fuerza, no por propia voluntad, en tanto Pipino, hijo del guerrero
Carlos Martel, gobernara bien para el pueblo cuyo trono había usurpado.
En
aquellos días ingratos en los que el mundo cristiano parecía hundirse para
siempre en las tinieblas, todos los pueblos francos guardaban el recuerdo de
una época remota, de una edad de oro en la que los primeros merovingios les
habían conducido desde las orillas del mar, cuando el oro abundaba y el
comercio era activo a lo largo de unas rutas de las que no habían desaparecido
por completo los vestigios del Imperio Romano. Los viejos tiempos de
prosperidad e incluso paz…
Nadie
había instruido al Palurdo en tales cosas. Lo que el muchacho sabía le había
llegado en fragmentos de relatos escuchados en la silla de montar, o en
cuchicheos mientras permanecía durante horas interminables tras la figura de su
padre. Desde primera hora de la mañana hasta la comida de mediodía, Pipino le
hacía asistir a las audiencias y escuchar las peticiones y quejas que el pueblo
presentaba a la merced del monarca. Tal era el riguroso sistema de enseñanza
que Pipino empleaba con el muchacho.
Su
madre insistía en el estudio de los libros sagrados, pero Carlos sólo podía
acudir a los libros y a los diáconos que instruían a los muchachos en la
escuela de palacio durante la hora de la siesta, después de la comida, y antes
de acostarse. Y, como los diáconos solían estar amodorrados por la carne y el
vino, pasaban por alto la ciencia de los números («Si tienes treinta castañas y
comes cinco cada día, ¿cuántos días de la semana te durarán las castañas? Hasta
el día de descanso del Señor») y la ciencia de las cosas físicas (« ¿Qué es la
luz? La antorcha que lo revela todo»).
Lo
único que tenían que aprender los muchachos era la respuesta a las preguntas.
En retórica, leían en voz alta pasajes de los libros sagrados: «Llora por Saúl,
que te vistió de escarlata […] que puso ornamentos de oro sobre tus ropajes».
Así leían cómo había muerto Saúl y cómo había encontrado Sodoma su castigo.
Pero
esas respuestas de las lecciones y esos sucesos milagrosos de los libros no
tenían, para el muchacho, nada que ver con el revuelo de seres humanos que
rodeaba a su padre.
Cada
día, además, recibía entrenamiento en el uso de las armas, que había recibido
de Bernardo, su tío. Después de que Fulrado las bendijera en el altar, Carlos
se había arrodillado para tomar de sus manos el puntiagudo escudo de hierro, la
larga espada con el cinto y la liviana lanza de madera de fresno. Ahora, en las
tardes de verano, un viejo soldado al servicio del condestable le ejercitaba
con la espada y el escudo y el scramasax, el pesado machete curvo que se usaba
para parar un golpe o para asestar una rápida estocada. Gracias a sus largas
extremidades, el muchacho podía mantener el escudo separado del caballo sin
dificultad y agarrarse firmemente a la montura con las piernas; sin embargo,
era demasiado torpe para, al galope, arrojar la lanza con precisión a una
diana.
—Suelta
un jabalí —gritaba a su preparador— y verás cómo lo abato con una de mis lanzas
de caza.
Las
armas de caza, las jabalinas y el pequeño arco con sus flechas cortas y largas,
resultaban familiares a sus fuertes manos y el muchacho se sentía confiado con
ellas. En cambio, la pesada punta de hierro de la lanza de guerra no servía
para abatir a un jabalí en plena carga.
—Sí
—gruñía el veterano de guerra—, pero el jabalí de Su Señoría no lleva escudo.
Esto
enfurecía a Carlos, quien sabía que podía competir con los jinetes más rápidos.
Después
de verle en una de tales prácticas con sus armas, Bernardo, comandante de las
levas de francos del este, sacudió la cabeza en gesto de negativa, tan callado
como Pipino. Se frotó el mentón y declaró:
—Joven
camarada, tienes habilidad pero te falta cogerle el truco.
—Si
Su Excelencia me manda una tarea, la cumpliré.
Los
ojos grises de Bernardo reprendieron al muchacho por su irritada respuesta.
—
¡Esto es más que una tarea! Un hombre del norte no considera una tarea manejar
un bote. Un huno, por su parte, nace para la silla de un caballo.
— ¿Y
acaso un franco no…?
—Un
franco nace para el bosque.
Cuando
Carlos dejaba atrás los últimos pastos, con los frutales y los nogales, y
penetraba en la penumbra del bosque, se sentía a la vez alerta y descansado.
Allí era capaz de seguir el rastro de un ciervo entre los robledos más espesos.
Con el rabillo del ojo descubría las ardillas que se escondían al otro lado de
los troncos y el rápido cambio de sombras que revelaba la furtiva retirada de
una pantera. Los perros que batían las laderas le hablaban, avisándole con
excitación.
El
muchacho era un maestro en aquellas sendas de bosque. Sutiles indicios le
conducían hacia un venado de grandes cuernos o hacia un oso dedicado a buscar
comida. Se mantenía orientado por instinto, seguro de encontrar el camino de
vuelta. Y, si decidía dormir una noche al raso, sabía encontrar un riachuelo y
encender una fogata.
Los
bosques se habían hecho enormes, avanzando laderas abajo desde los oscuros
abetos de las alturas hasta invadir las tierras de labor de los valles, pues
nadie se había opuesto a su marcha durante siglos. A menudo, el muchacho
descubría en su espesura las ruinas de algún caserío abandonado.
Sus
monteros creían que el Jinete Negro aún cabalgaba por aquel Wald y que en las
alturas, con la luna nueva, podían verse los fuegos de los aquelarres de
brujas. Había doncellas elfas que vigilaban desde las fuentes, donde el laurel
se mezclaba con robles de extensas copas. Sobre todo, cuando la luna llena
pendía en el cielo como un faro…
Aquel
verano, antes de la recolección, Carlos descubrió qué había tenido en mente
Pipino cuando había tendido su mano al suplicante Esteban, comprometiéndose a
ayudarle. Después de la asamblea del Campo de Mayo, la corte se dirigió a
París. El muchacho emprendió el viaje con alegría, pues el río Sena estaba
lleno de mújoles y otros peces retozones.
Los
grandes nobles pudieron acompañar al monarca sin problemas, pues ya habían
terminado de labrar y sembrar sus tierras. Pipino instaló a su familia en el
ruinoso palacio de Juliano, en la colina próxima a la isla de París. Los
derrocados reyes merovingios —en especial Dagoberto, que estaba enterrado allí—
habían proyectado convertir París en una gran ciudad pero, tal vez porque no
querían seguir los pasos de la dinastía apartada del poder, los arnulfingos,
menos cultos y refinados, habían descuidado de nuevo la isla, que volvía a
estar cubierta de zarzas y a ser más conocida por su nombre romano de «la
Embarrada».
Por
primera vez en su vida, Carlos tuvo en este palacio de Juliano el Romano una
habitación para él solo. El abad Fulrado, con su habitual despliegue de energía
ante la llegada de la familia real, le explicó a Carlos que, mucho tiempo
atrás, las tropas romanas habían aclamado emperador a Juliano en aquel mismo
lugar. Era Fulrado, más que su padre, quien trataba de instruir al muchacho en
el conocimiento de aquellos sucesos de antaño. Pipino, muy ocupado cuando no se
encontraba dedicado a meditar, se impacientaba al apreciar que Carlos no
comprendía aquellas cosas.
Al
muchacho le importaba más la incomodidad del suelo de mosaicos de su nueva
estancia bajo la capa de dormir, pero por las noches solía escabullirse por una
grieta de la muralla para tumbarse en la hierba, donde podía escuchar el
murmullo del río e inspeccionar, antes de que el sol dispersara la bruma que
flotaba sobre las aguas, los sedales de pesca nocturnos que había tendido con
los demás muchachos.
Además
de la solitaria grandeza de su habitación y de la agitación de Fulrado, el
vestido de su madre le previno de la inminente ceremonia. No era una nueva
prenda para llevar a diario o para montar, sino una túnica reluciente de seda e
hilo de oro, cerrada de cuello y de mangas, cuya falda de grandes vuelos
formaba un círculo que le ocultaba los pies. Aunque no le permitía andar con
demasiada comodidad, Bertrada se ruborizó de alegría y dio unos pasos con aire
gallardo cuando se lo probó, entre el aplauso de sus doncellas. Al verla,
Carlos pensó que, aunque su madre no fuera de sangre noble, tenía un aire
señorial con aquel lujoso vestido.
Al
expresar a gritos su aprobación, Berta, como él la llamaba, hincó la rodilla e
inclinó la cabeza como para complacer a una persona de gran poder. Su madre
entendía lo que sentía.
De
pequeño, Carlos no había reflexionado nunca sobre su nacimiento, aunque sabía
que Berta había sido la concubina favorita de su silencioso padre, el cual la
había honrado casándose con ella algunos años después del nacimiento del chico.
La presencia de Carlos junto al altar de bodas había motivado las chanzas del
pueblo.
Sin
embargo, en los últimos años, el muchacho —siempre rápido en advertir tales
cosas— había notado que la gente ya no hacía bromas al respecto. Keroldo decía
que si Pipino fuera un rey de verdad, debería existir una diferencia entre el
retoño de una amante y el hijo de una reina. Carlos, en cambio, no consideraba
que este detalle tuviera importancia.
No
obstante, tal vez esto hizo más firmes los vínculos entre él y su madre, una
mujer vivaz y exigente. Berta siempre corría a ponerse de su parte en las
disputas, como si considerara que debía corregirse a su favor un cierto
desequilibrio oculto. En cambio, su padre no mostraba preferencia alguna por
él.
Si
acaso, Pipino idolatraba al niño nacido después de la boda. Carlomán, de sólo
tres años, les deleitaba a todos con su viveza.
El
día anterior a la ceremonia, todos se dirigieron a caballo hasta la basílica de
piedra gris dedicada a san Dionisio el Mártir, el Dionisius que había recibido
el martirio por decapitación y que, desde entonces, era venerado como apóstol
de París. Esteban había acudido allí, al monasterio situado entre los campos de
cebada, para recuperarse tras el arduo viaje.
Después
de los cantos de vísperas, Berta pidió a Carlos que se quedara a rezar con ella
al pie del altar. El muchacho respondió que deseaba explorar los bosques, que
no había visto desde hacía años.
—No,
quédate conmigo —le rogó ella, y se apresuró a añadir—: Querido hijo, se acerca
el día en que ya no podrás seguir tu terca voluntad como has hecho hasta ahora.
Aunque
sus palabras sonaron al muchacho como un mal presagio, Berta parecía muy
satisfecha al realizar el anuncio. Y, para asegurarse de que no escaparía de su
lado, tomó la torpe manita de su hijo entre sus cálidos dedos. Olía a cabellos
recién lavados y a ropa limpia. Carlos se quedó de buena gana, pues las velas
iluminaban una pintura fascinante en el ábside. Allí, el decapitado san
Dionisio, o Dionisius, se inclinaba para recoger su cabeza del suelo, a los
pies de un fornido soldado.
Muchos
de quienes se rezagaron en partir pudieron admirar a la animada mujer y al
espigado muchacho rezando juntos, arrodillados. Carlos vio acercarse a él a una
muchacha delgada, con pecas bajo los ojos y el cabello suelto y revuelto. Pero
sus ojos grises le miraron fijamente con mudo respeto. Sin hacer caso de la
muchacha, Carlos inclinó la cabeza con majestuosa dignidad, satisfecho de haber
obedecido a su madre.
A
continuación, la muchacha fue alejada de su lado y Carlos volvió a contemplar a
san Dionisio, cerca de cuya tumba descansaba su formidable abuelo Carlos, que
había sido un musculoso campesino. Sin duda, aquellos miembros de la Iglesia
que habían recibido el martirio y estaban ahora cerca del trono del Altísimo en
el cielo, más allá de las nubes, tenían un enorme poder sobre todo lo que
sucedía. Así lo creía su madre a pie juntillas. El muchacho, sin embargo,
recordaba a Esteban arrodillado ante su padre para apelar a la fuerza de las
armas de hierro.
¿Cuál
de ambas fuerzas, pues, se impondría a la otra?
El
día de la ceremonia amaneció despejado y cálido. Un aroma seco y dulce venía de
los henares que invadían la carretera. Carlos siempre pensaba en aquel mes de
julio como el mes del heno.
Aquella
mañana no había nadie trabajando los campos, pues todo el mundo se había
congregado ante la iglesia de Saint-Denis, apiñados en el exterior porque el
edificio de piedra era demasiado pequeño y no podía acoger más que a los condes
y demás grandes nobles. Sin embargo, la multitud podía escuchar la música, como
de trompetas, del nuevo órgano que se había mandado traer para añadir gloria a
aquella jornada. Aunque el extraño instrumento musical chirriaba y gemía, desde
la lejanía del camino sonaba, al menos para Carlos, como las fanfarrias de los
arcángeles.
¡Ah!,
en su vida había visto u oído el muchacho tal gloria: su majestuosa madre
cabalgando hasta la escalinata de entrada para evitar desgarros en la falda;
los guardas de palacio, con plumas carmesí en los bruñidos cascos, alineados a
la puerta, rechazando con el mango de sus picas a quienes estaban demasiado
borrachos para entrar como era debido en la casa del Señor…
Al
larguirucho Carlos le pareció que toda la campiña había acudido a contemplar el
honor conferido a su familia. El propio órgano había realizado el largo viaje
hasta allí desde la lejana Constantinopla, y las suaves chinelas altas de
tafilete rojo que calzaba habían sido adquiridas a un comerciante árabe.
Durante
largo rato, permaneció tras su padre y su madre mientras el papa Esteban, con
una túnica blanca inmaculada y una estola en la que brillaba el oro en torno a
su delgado cuello, bendecía el nuevo altar de pulido mármol. Aunque Carlos no
entendía gran parte de los cánticos, no se le escapaba que el anciano Esteban
invocaba a todas las legiones celestiales —a los apóstoles, arcángeles, santos,
mártires y demás siervos del Altísimo— para que dieran poder a aquel altar.
A
continuación, Esteban llevó a cabo la ceremonia central del día: llamó a Pipino
al altar y allí le proclamó solemnemente como hombre eminente, rey de los
francos y patricio de los romanos. Al tiempo que lo hacía, Esteban alzó un
pequeño cuerno de plata y derramó unas gotas de aceite perfumado sobre la
cabeza de Pipino, ungiéndole como lo había sido otro rey, David, en la dorada
Jerusalén.
El
siguiente gesto de Esteban sorprendió a Carlos. El Papa indicó a Berta que se
acercara y derramó sobre su cabeza otras gotas de aceite bendito. Con ello, su
madre dejaba de ser una mujer de sangre común para convertirse en reina de los
francos. Cuando Berta se volvió hacia la silenciosa multitud de duques, condes,
paladines y obispos, en su rostro había una expresión de profunda y orgullosa
satisfacción.
Después
le llegó a Carlos el turno de hincar la rodilla ante Esteban y escuchar
claramente sus palabras: Vir nobilis, filius regnatoris, patricius Romanorum.
Con
esto quedaba proclamado noble hijo del rey y patricio de los romanos, aunque no
estaba seguro de saber qué significaba «patricio». En el instante de percibir
las frías gotas de aceite en su cuero cabelludo, experimentó un escalofrío de
placer por haber sido nombrado noble hijo de Pipino.
Y
luego, mientras volvía a ocupar su lugar junto a Fulrado y los principales
paladines del reino, sucedió algo para lo que no estaba en absoluto preparado.
Una anciana criada puso en brazos de Berta al hermanito de Carlos y, mientras
la madre sostenía al pequeño Carlomán, el frágil Esteban llevó a cabo el mismo
proceso de nombrar al bebé noble hijo y patricio.
Durante
un breve instante, Carlos tuvo ganas de echarse a reír. Era realmente gracioso
pensar en el bebé como príncipe y patricio. Acto seguido, vio que Berta volvía
a sonrojarse de orgullosa alegría. Rápido como una cuchillada, experimentó el
aguijonazo de los celos. Lo que acababa de concedérsele a él, con todo honor,
no debía otorgarse también a un niño que aún no caminaba. Se sintió
profundamente herido y resolvió al instante que nunca hablaría del tema.
Mientras
le daba vueltas al asunto del honor dividido entre él y Carlomán, prestó poca
atención a lo que Esteban decía a continuación al resto de los congregados. Por
un lado, no podía seguir con facilidad el latín de los textos, por otro, los
héroes francos allí presentes no parecían conocer las respuestas adecuadas.
Mientras algunos clérigos entonaban: « ¡Por los siglos de los siglos, amén!»,
otros nobles, que habían estado celebrando el acontecimiento, gritaban: Vivat!
Con
todo, le llegaron con claridad algunas palabras:
—En
lo venidero, le será dada tu fe a tu rey y a aquellos que desciendan de su
estirpe, y a ningún otro.
En
aquel momento, aquel vínculo entre él y su padre proporcionó cierto consuelo al
muchacho. Sólo más tarde comprendería que el Papa, con aquellas palabras, había
confirmado a la familia de Pipino como casa real. Sus hijos y los hijos de
éstos reinarían sobre las tierras de los francos por encima de cualquier
reclamación de los pelirrojos merovingios o de los grandes duques vasallos.
Pipino había asegurado el trono para su familia por derecho de nacimiento.
Y
hasta mucho rato después no llegó Carlos a la conclusión de que Pipino debía de
haber establecido un acuerdo con Esteban. En el Campo de Mayo, Pipino había
convencido a los dubitativos nobles para que cruzaran los Alpes en ayuda de San
Pedro; ahora, en la iglesia, Esteban anunciaba que Pipino sería rey por
derecho, además de serlo de hecho. Ninguno de los presentes pudo alzar una
protesta. Al menos, ninguno lo hizo.
Mientras
los hombres acudían al salón del monasterio a celebrar un banquete, Carlos tomó
su caballo y salió al galope a través de los pastos hacia el río. Nunca hasta
entonces había experimentado la comezón de los celos y tenía la costumbre,
cuando se sentía humillado o preocupado, de montar a la silla y cabalgar hasta
que el latir de la sangre en su cuerpo calmaba la tensión de su cabeza.
Galopó,
pues, a lo largo de la orilla, rodeando chozas y establos. Cuando avistó un
grupo de jóvenes de palacio bañándose desnudos, detuvo el caballo y saltó a la
cálida orilla al tiempo que se despojaba de su limpia camisa de lino empapada
en sudor. Sin embargo, se dejó puestas las chinelas de finísimo cordobán para
bajar hasta el agua. Los muchachos, que le conocían bien, le vitorearon como
nuevo patricio de Roma.
—
¡Nosotros, los héroes del Rin —gritó uno—, no entramos en zarandajas como ésa
de ser nombrado patricio! ¡Nosotros somos bien capaces de besar a las chicas y
abatir a nuestros enemigos con un único golpe de espada… zas!
—Y
de cortarles la bolsa y el gaznate con el machete… —respondió Carlos—. ¡Zas!
No
fue lo bastante rápido como para improvisar una respuesta mordaz, pero al menos
logró contestar cumplidamente. Cuando se lanzó al río, dejó atrás a los demás
nadadores en una carrera hasta la orilla opuesta. El muchacho ya era capaz de
derrotar a muchos hombres adultos nadando, montando o rastreando la caza.
Cuando
Keroldo y los pajes trajeron cerveza fría a los nobles bañistas, Carlos apuró
su jarra antes que los demás. Mientras la cerveza estimulaba su cuerpo, se le
ocurrió otra respuesta:
—De
todos los héroes francos, mi abuelo y tocayo Carlos es quién podía golpear más
fuerte, pues no tenía necesidad del hierro de la espada o de la maza. Con su
puño desnudo era capaz de hundirle el cráneo a un oso en plena carga.
—
¡Entonces, sus puños desnudos tenían nudillos de hierro forjado con
incrustaciones de fragmentos de pedernal!
—Y
con la espada —continuó Carlos sin prestar atención al comentario—, ¿quién
iguala en fuerza a Pipino, mi padre?
—
¡El león y el toro!—contestaron a coro los empapados bañistas—. Cuéntanos la
historia de la espada, el león y el toro… y de cómo Pipino se deshizo de ellos.
Ante
la invitación, Carlos llenó la jarra, echó un trago e intentó mantener grave su
voz, aún infantil.
—En
cierta ocasión estaba Pipino en su banqueta de campaña ante todos sus nobles
cuando, primero, apareció en el campo un toro furioso. Después, llegó un león
sediento de sangre. Y el león saltó sobre el lomo del toro para morderle el
cuello en la testuz. Y Pipino gritó a sus vasallos: «Nobles señores, quitadle
esa fiera al toro, o matadla, si queréis». Entonces, los nobles se echaron a
temblar de miedo y ninguno de ellos movió un dedo para atacar al león.
Los
pajes y los bañistas respiraban despacio para escuchar mejor, pues a todos les
encantaba aquel relato que tantas veces habían oído.
—Cuando
Pipino vio que no se movían —prosiguió Carlos—, saltó de su asiento blandiendo
su espada del más fino hierro y con ella dio una única estocada. La hoja
atravesó el cuello del león. Y atravesó también el cuello del toro, hasta
clavarse profundamente en el suelo. Fue una estocada como rara vez contemplan
unos ojos humanos. Cuando lo vieron, los héroes francos temblaron y sus voces
vacilaron de temor ante tamaña fuerza. Entonces, después de disponer de este
modo del león y del toro, Pipino envainó la espada y regresó a su asiento.
Todos
se sintieron felices allí, bebiendo sobre la hierba caliente por el sol
mientras escuchaban la narración. Desperezándose, Carlos aguardó a que su piel
terminara de secarse y se sintió reconfortado por la buena camaradería y la
zambullida en el agua, donde había sido el primero entre los nadadores.
Pero
ocultó a sus compañeros el dolor que le producía el recuerdo de la unción de su
hermano, Carlomán, horas antes. Aquél era un asunto privado. No quería
comentarlo con nadie.
Durante
los años siguientes, aprendería a guardar para sí muchas de tales heridas.
Trece
años más tarde, Carlos superaba los seis pies de altura. Su cuerpo robusto, de
grueso cuello y recios brazos, era capaz de recorrer los bosques sin fatigarse
y de cruzar a nado sus ríos favoritos, el Mosa y el Rin. Su ancha e inquieta
cabeza, de nariz longilínea y fino bigote oscuro, le señalaba como un auténtico
arnulfingo, descendiente del primer Lobo-Águila, y sus grandes ojos grises
tenían la vista penetrante de quien rastrea con frecuencia los tupidos bosques
vírgenes. Sin embargo, la falta de garbo no había desaparecido con el tiempo:
su voz al gritar seguía tan aguda como cuando era un muchacho y, cuando soltaba
una carcajada, las orejas se le movían adelante y atrás como si su cuerpo
imitara el regocijo de su mente.
Así
pues, aparentaba menos edad de la que tenía. Y así sería toda su vida. A aquel
espíritu juvenil de Carlos le encantaba galopar en vanguardia de sus
compañeros, disparar flechas o arrojar lanzas desde la silla, compartir el
filete de venado y los cuartos traseros de un jabalí con sus hambrientos
seguidores, dilapidar sus riquezas a manos llenas, escuchar elogios de su
fuerza y voces alegres regocijándose. Le desagradaba tener que despedir a sus
compañeros y quedarse a solas con sus pensamientos.
Igual
que los halconeros y guardabosques que le seguían en sus impetuosas cabalgadas,
el joven vestía burdas lanas frisias y ropas de cuero para combatir el frío y
el agua. Sintiéndose a gusto entre sus servidores y entre las vivaces muchachas
campesinas, sabía despertar su atención con cuentos y canciones. Aquel Palurdo
tenía un encanto irresistible y las mujeres se rendían rápidamente a la
extraordinaria vitalidad de su cuerpo y a su apremiante voluntad.
El
otro Carlos, la personalidad solitaria, guardaba silencio, incómodamente
consciente de su ignorancia y torpeza, yendo de fracaso en fracaso. Su padre
estaba afirmado en el trono, capeando peligros con mefistofélica facilidad bajo
el acicate de su ambiciosa esposa. Gisela, la hermana menor de Carlos, tenía un
carácter serio, confiado pero introvertido.
Año
tras año, su hermano Carlomán gozaba de más favor ante los demás. Los monjes de
Saint-Denis, que habían aconsejado a Pipino en sus años mozos, se convirtieron
en tutores de Carlomán. Fulrado dedicó su atención al muchacho que había
dominado el arte de leer en latín con tanta facilidad. Era evidente que
Carlomán poseía la percepción y el juicio de su padre.
Durante
trece años, los anales de los francos apenas mencionan el nombre de Carlos,
quien no acompañó a su padre en ninguno de los dos viajes victoriosos que éste
realizó a Italia atravesando los Alpes. No resulta muy sorprendente tal
silencio de los registros, pues éstos sólo eran llevados, cuando lo eran, por
algunos escribanos concienzudos de los monasterios de las encrucijadas, donde
los viajeros llevaban nuevas de los sucesos de otros lugares. Estos cronistas
monacales escribían sus palabras en latín mal recordado sobre pequeños pliegos
de pergamino alisado, pues el papel de papiro de la época romana ya no llegaba
del Este.
De
este modo se guardaba recuerdo de los hechos importantes de cada año
transcurrido desde la creación del mundo. Cinco mil novecientos sesenta habían
pasado, según sus cuentas, desde que el Señor creara los cielos y la tierra.
Anotaban
la aparición de pestes, de cometas en el cielo, los milagros y otros
acontecimientos extraordinarios como «la llegada del órgano a las tierras de
los francos». Uno de tales escribanos mencionaba a Carlos en 761: «Nuevamente,
el rey Pipino llegó a Aquitania con su hueste armada y su hijo primogénito, de
nombre Carlos, y capturó muchos castillos». Otro cronista, Ado, añadía en Viena
que «tras capturar Clermont, pasaron la ciudad a fuego». El silencio de los
anales sólo pone de relieve que el bastardo sirvió durante estos años a su
padre sin destacar especialmente y sin oponerse a sus órdenes.
Por
otra parte, las novedades cotidianas eran transmitidas por carta desde la sala
del trono al Hoy de los nobles. Ello no significa que Pipino o sus nobles
francos supieran emplear pluma y pergamino, sino que se limitaban a estampar su
rúbrica al pie de lo escrito por el amanuense.
Una
carta del Papa de Roma instaba a Pipino a no divorciarse de Bertrada, su
esposa.
En
la misiva no se explicaba por qué Pipino quería deshacerse de la madre de
Carlos pero, por aquel entonces, su hijo menor había muerto poco después de
nacer. Berta, por su parte, con cuarenta años cumplidos, había alcanzado la
madurez con salud. La dominante reina de los francos tenía una personalidad muy
diferente a la de aquella graciosa concubina que había dado a luz a Carlos.
Y
Pipino, como los arnulfingos campesinos que le habían precedido, era experto en
llevarse a la cama a las muchachas. Ante lo cual, como era de esperar, Berta
intentó meterse en política.
Cuando
lo hizo, fue para oponerse a Pipino y con ello cometió un error. De ahí la
carta del Papa advirtiendo al rey que no se divorciara de su esposa. En aquel
conflicto, Carlos debió de sentirse más cerca de su madre, que le profesaba
tanto amor.
Mientras,
el muchacho había contraído matrimonio con una mujer llamada Himiltruda. De
ella sólo se conoce su nombre y el hecho de que no procedía de ninguna de las
grandes familias francas, y que no causó la menor sensación en la corte.
Himiltruda le dio un hijo, bautizado como Pipino, con lo que proseguía la
tradición arnulfinga de alternar los nombres de Carlos y Pipino.
Sin
embargo, muy pronto se hizo patente que la mano del Señor había tocado al
pequeño Pipino. Tan radiante y despierto era su rostro como frágil su cuerpo,
con una joroba en la espalda que le obligaba a volverse de lado para alzar la
vista hacia su padre. Pipino, el del rostro angelical y la giba en la espalda.
Fue
una ironía del destino concederle al lozano Carlos un hijo tan distinto a
Pipino, el rey que jamás perdonaba la debilidad. El endeble chiquillo jorobado
pertenecía al otro Carlos, a su personalidad solitaria, y reclamaba su amor y
protección. Cuando Carlomán tuvo hijos, los dos fueron bastante robustos.
Si a
la temprana edad de su encuentro con Esteban le parecía normal tener esa
familia y esa vida errabunda, Carlos parecía ahora completamente de acuerdo con
su vida en la patria de los francos bajo el gobierno de su padre. No obstante,
aun careciendo de título sobre región alguna, se apropió de algunas tierras de
un modo poco común. Nadie recorría más territorios que él, fuera en misiones
reales o en cacerías, y sus exploraciones le llevaban a atravesar zonas
boscosas donde habían dejado de existir pueblos habitados. Así pues, se aseguró
la propiedad de algunas de estas zonas apostando a sus guardabosques para que
vigilaran los caminos de acceso y protegieran los ciervos, jabalíes y bueyes
salvajes, impidiendo que nadie salvo él los cazara. De esta manera, las
sombrías cañadas de las Ardenas (las Arduenna Silva, o Bosques Arduos), las
extensiones de pinares de los carboneros y las alturas desiertas de los Vosgos
se convirtieron en los pequeños dominios de Carlos.
Pues,
incluso en el silencio de esos años de juventud, está claro que aquello que
Carlos conseguía por su cuenta, lo conservaba con firmeza. En este aspecto, era
muy testarudo.
Cuando
estaba cerca del serpenteante Mosa, le gustaba descansar en un valle apartado,
no lejos de Colonia («la Colonia» de la época romana), que regaban las mansas
aguas del río Würm. Era un valle verde de marjales adonde acudían las aves
silvestres, próximo al cual había un bosque de caza en miniatura. El paraje
quedaba apartado de las grandes rutas fluviales y de las pavimentadas calzadas
militares romanas que los francos utilizaban como vías de comunicación. En él
había manantiales de aguas calientes y sulfurosas que formaban charcas en las
que los viajeros podían tomar un baño. La aldea próxima a los manantiales
llevaba el antiguo nombre de Aquis Granum, que debía de haber significado Agua
Fecunda entre sus habitantes, desaparecidos mucho tiempo atrás.
Aquel
valle se convirtió en el lugar favorito de Carlos.
Igual
que la aislada Aquis Granum, el territorio de los bárbaros francos quedaba
apartado del activo mundo exterior. El reino se extendía, aproximadamente,
entre los afluentes del gran Rin y el Loira. Dado que la vegetación silvestre
invadía poco a poco las tierras de labor de épocas pasadas, dichos ríos servían
de barrera fronteriza y de vía de comunicaciones. A falta de carreteras, la
gente solía viajar por las aguas en pequeñas embarcaciones; Carlos podía armar
un pequeño bote de mimbre y cuero, con una vela también de cuero, en las
escarpaduras de los Alpes, y descender por los rápidos torrentes hasta el cauce
del Rin y las posadas de piedra que habían sido acuartelamientos de las
legiones romanas en la Colonia.
Hacía
casi tres siglos que aquellas legiones habían desaparecido y, con ellas, el
engranaje de poder del gran imperio, que se basaba en la presencia de ejércitos
y colonos, en los códigos legales y en las activas arterias comerciales que se
extendían hasta los confines del mundo conocido.
En
Occidente, los antiguos conocimientos estaban agonizando. A diferencia de
muchos otros pueblos bárbaros, los francos no habían conocido nunca el
funcionamiento del imperio. En sus migraciones, los visigodos habían penetrado
en sus fronteras hasta alcanzar su asentamiento definitivo en España, y los
ostrogodos se habían instalado en la propia Italia, adonde les habían seguido
los violentos lombardos. Incluso los erráticos vándalos habían saltado,
empujados por otros pueblos más belicosos, a las tranquilas ciudades romanas
del norte de África. En la isla vecina de Bretaña, los pueblos marineros
—anglos, sajones y jutos— se habían incorporado a la moribunda vida urbana de
los romanos.
Los
francos, en cambio, no guardaban recuerdo de las maravillas de una civilización
que había producido recaudadores de impuestos y carreras de carros.
Su
nombre tal vez significara, originariamente, «los libres», o «los feroces». Sus
recuerdos como pueblo evocaban una vida difícil entre las brumas de la costa
del Báltico. Su legendario rey, Meroveo —hijo del Mar—, había sido un jefe
tribal que gobernaba por propio deseo y por consentimiento de los clanes,
después de haber sido alzado sobre los escudos de los guerreros. Criados en los
bosques, abriéndose paso a machetazos en batallas o cultivos desde los eriales
del Báltico hacia tierras más benignas y fértiles, habían avanzado lentamente
hasta las regiones próximas al Rin, donde se instalaron los austrasianos, y
hacia el Sena, donde los neustrianos empezaron a trabajar las tierras. Más
tarde, unificados por el rey Clodoveo, o Clovis, habían obligado a los ya
civilizados visigodos a retirarse más al sur de la Galia.
Aislados
en sus bosques, abandonados a sus propios medios, se dedicaron a obtener comida
de la tierra para prevenir las hambrunas, cambiaron sus machetes por espadas
más eficaces —un buen herrero era para ellos una especie de mago— y
convirtieron sus caballos de labor en monturas de guerra, sus narradores de
sagas en poetas cantores y sus reyes ancestrales en señores ambiciosos, de
cortas vidas. Más allá de la voluntad de sus reyes, seguían manteniendo las
arraigadas tradiciones tribales de libertad personal y el consejo de los
guerreros. Una ciudad era una reunión de gente que construía cabañas. La
civilización no tenía para ellos ningún significado tangible, salvo las
ceremonias de las iglesias o los escasos libros de las Sagradas Escrituras que
hablaban de un fabuloso jardín del Edén en algún lugar de Oriente y de los
tormentos de los condenados. Los objetos del mundo civilizado llegaban en
cuentagotas hasta ellos en las alforjas de los comerciantes que vagaban al azar
desde el mar Interior con sus embarcaciones árabes o desde la remota
Constantinopla, la ciudad de ensueño donde sobrevivía un emperador en un
palacio de mármol, junto a un árbol de oro donde trinaban unos pájaros de
piedras preciosas y sonaba la música de los órganos.
Sus
antepasados tal vez se habían aventurado por las costas bálticas en
embarcaciones de pesca, si no en naves dragón. De ello quedaban vaguísimos
recuerdos vinculados a la edad de oro merovingia, cuando la estructura del
poder romano aún no se había reducido a meros esqueletos de acueductos, baños y
teatros que ya nadie reparaba y cuya utilidad había caído en el olvido. Nada
había aparecido para reemplazar el poder de los Césares ausentes. Los muelles
de puertos como el de Boulogne habían quedado desiertos e invadidos por la
vegetación.
Los
francos habían expandido sus territorios bajo líderes guerreros tan activos
como Clovis y Dagoberto. Carlos Martel había despertado en ellos el gusto por
la victoria. Pipino, el intrigante, actuaba con más cautela, evitando la
batalla abierta y reforzando el vínculo con la sede de San Pedro. El monarca
pretendía convertir el corazón del reino franco en un foco de autoridad entre
las tierras fronterizas paganas y los centros de tenue cultura de la Aquitania
y la Lombardía, y proclamó que quienes se instalaran en territorio de los
francos procedentes de otras tierras podrían conservar sus propias leyes y no
estarían sujetos a la ley de los francos.
Pero
en esas otras tierras corría un refrán: «Ten a un franco por amigo, pero no por
vecino».
En
esa época, la oscuridad más completa cubría la Europa occidental y cristiana.
Los grupos humanos, cada uno de los cuales hablaba su propio dialecto, se
desplazaban en masa de un lugar a otro. No existía gobierno ni poder alguno que
dirigiera aquel flujo. La gloria del pasado iba borrándose de la memoria y su
lugar no lo ocupaba ninguna esperanza para el futuro.
En
las mentes de los hombres sólo se mantenía la fe terrible y mística en el fin
del mundo con la segunda venida de Cristo.
Sin
embargo, al fin surgía una chispa de vitalidad, el agónico nacimiento de algo
desconocido. Por fin, dos figuras humanas porfiaban por establecer una
autoridad: el líder de los pujantes francos y el jefe de la Iglesia de San
Pedro. Pipino, después de pensárselo, había tendido su mano a Esteban.
Pero
el poder de la espada prevaleció sobre la autoridad del vicario del apóstol.
Inopinadamente,
la resistencia a Pipino llegó de la región más culta, la frontera este y las
tierras más meridionales. Al este, los clanes bávaros habían entrado en
contacto con la arteria comercial del caudaloso Danubio y con los ricos
lombardos de Italia. Su duque, Tasilón, un joven de la edad de Carlos, se
invistió con el refinado terciopelo escarlata y los brazaletes de oro propios
de un rey. Tasilón era sobrino de Pipino, pero tomó por esposa a una princesa
lombarda y decidió llevar consigo un barbero y un poeta, ufanándose de merecer
un Virgilio. Carlos no tenía la menor idea de qué podía ser un Virgilio.
Un
verano, mucho después de celebrado el Campo de Mayo, el rey Pipino tuvo que
aguardar junto al arenoso Loira de rápidas aguas la llegada de Tasilón y los
bávaros, en respuesta a su llamada a las armas. Pipino había decidido marchar,
entre la época de siembra y la de recolección, hacia el extremo meridional de
la Aquitania, donde el duque, como de costumbre, le había desafiado durante el
periodo de paz invernal. Con los bávaros, Pipino proyectaba cruzar los Pirineos
y poner fin a la resistencia.
Cuando
Tasilón llegó por fin con sus lanceros a caballo, avanzó briosamente con su
manto escarlata entre las filas de la guardia de Pipino, cuyas capas de un rojo
ladrillo mate estaban tan empapadas por la lluvia que parecían raídos sacos de
fruta. Carlos, que esperaba tras la espalda de Pipino, no se había fijado hasta
entonces en el aspecto risible de sus uniformes al estilo romano. En cambio,
los ojos sagaces de Tasilón habían tomado buena cuenta de ello, así como de las
improvisadas chozas de las huestes francas. El también tenía un plan, aunque
muy distinto al de Pipino.
Después
de saludar a su tío el rey, Tasilón excusó su presencia en el banquete de
bienvenida declarando con brusquedad que había acudido a la cita por
obligación, pues estaba demasiado enfermo como para marchar con la expedición
punitiva de los francos. Elocuente y bien parecido, Tasilón no parecía sufrir
ninguna enfermedad.
—Mis
mejores deseos, tío —añadió—, acompañarán a Vuestra Eminencia en este viaje,
sea para la paz o para la guerra.
Pipino,
como era su costumbre, reflexionó unos momentos antes de responder.
—Te
recuerdo —dijo entonces— el juramento que hiciste en la capilla del santo
Hilario, comprometiéndote a acudir sin falta a mi llamada a las armas.
Tasilón,
con voz menos rotunda, respondió que habría hecho honor al juramento, realizado
sobre los sacramentos, si sus fuerzas se lo hubiesen permitido. Sin embargo,
dada su enfermedad, se veía imposibilitado de cumplir su palabra.
El
obstinado Carlos habría desafiado al instante a su primo, acusándole de
herisliz, es decir, de deserción ante el enemigo. Sin embargo, no consiguió
arrancar aquella palabra a Pipino. Además, astutamente, Tasilón hizo que
pareciera como si la expedición franca no fuera a la guerra, sino a una mera
marcha de instrucción.
Pipino
meditó largo rato su respuesta, pues, si decidía cruzar sus armas con los
aguerridos bávaros, sus francos podían quedar debilitados para atacar a los
aquitanos, en abierta rebeldía. Finalmente, el rey permitió que su sobrino se
marchase sin oposición.
—No
tengas más de un enemigo a la vez —aconsejó a su hijo bastardo, pero Carlos no
comprendió que Pipino tenía una razón para no querer probar la fuerza de los
francos en una batalla. Por primera vez, el joven tuvo la impresión de que
Pipino mostraba cierta debilidad. De hecho, en los últimos tiempos su padre
parecía sumido en la indolencia y solía quedarse adormilado en su trono de
madera tallada, con los brazos y las piernas hinchados y grandes bolsas bajo
los ojos.
—Sus
ideas disparatadas —bramó de cólera Berta con voz estentórea— le han llevado a
buscar ayuda más allá de donde alcanza la vista. ¿Y dónde? ¡En el altar erigido
sobre los huesos de san Pedro! ¿Acaso ese Papa tiene un lancero o tan siquiera
un mal arquero que enviar a la guerra? ¡No, ni uno solo!
Las
burlas de la mujer estaban inspiradas por el respeto que, años atrás, había
sentido por Pipino, el gran guerrero que ahora prefería los pactos y la paz.
Berta también había advertido el regio esplendor de Tasilón y su comitiva.
Además, la reina había esperado que Pipino conservara como obedientes vasallos
de su voluntad a los pequeños señores de Salzburgo y Toulouse, lo cual habría
acrecentado su orgullo porque habría elevado aún más su categoría a los ojos de
las demás mujeres. Sobre todo, de aquellas altivas sureñas de la Provenza y de
los jardines de la Auvernia, tan espléndidos en comparación con las casas de
techos de paja que poseía la reina en Soissons y en Worms, pues aquellas
mujeres del extremo meridional de la Galia seguían manteniendo vivo el mito de
que sus antepasados habían pertenecido a la nobleza romana.
En
opinión de Berta, Pipino estaba perdiendo su fuerza.
Después
de que los bávaros se retiraran intactos, Pipino condujo a sus francos al otro
lado del Loira. A Carlos le pareció irónico que Tasilón, perfectamente sano,
abandonara a su padre mientras éste, un hombre en verdad enfermo, tenía que
marchar a la guerra.
Una
vez, otra y hasta una tercera condujo Pipino a sus huestes francas hacia el
sur. La última de ellas, en el año del Señor de 768, tuvo que hacer llevar su
abotargado cuerpo en una litera a caballo. La crónica de ese año relata que
«cuando emprendió la marcha después de la fiesta de Pascua, dejó tras él a
Bertrada, la reina, con la familia de ésta».
El
rey llegó con su tropa hasta las estribaciones del Macizo Central, último
reducto de su enemigo. Allí, el duque aquitano fue muerto por su propia gente,
cansada de guerrear, y Pipino no encontró fuerzas rebeldes que le opusieran
resistencia.
Sin
embargo, Pipino no sobrevivió para hacer pagar a Tasilón su deserción y el
quebrantamiento de su promesa. En litera, fue llevado rápidamente de vuelta
hasta donde esperaba Berta. Dejando atrás Poitiers y sus campos amarillos
recién segados, donde Carlos Martel había repelido a la caballería musulmana, y
después de cruzar el dorado Loira, la litera fue transportada a toda prisa a la
iglesia de san Martín, en Tours. Allí, Pipino ofrendó un tesoro en limosnas a
la capilla del santo y soldado con la esperanza de que san Martín le sanara.
«Desde
allí —cuenta el cronista, viajó— a Saint-Denis, donde expiró el octavo día de
las calendas de octubre».
Su
cuerpo fue enterrado bajo el suelo de la basílica, junto a la tumba de Carlos
Martel.
Capítulo
2
La
expedición a Corbeny
No
mucho después, Alcuino, un amigo de Carlos, describiría su época como «esos
días de desamparo en la era postrera del mundo».
Igual
que la armonía había desaparecido hacía mucho en la vida familiar de Carlos, la
seguridad de su reino dejó de existir en el momento de la muerte de Pipino. Tal
vez el rechoncho monarca había agotado sus energías en aquellas últimas
campañas contra las tierras del sur. Pero la frágil hegemonía que había
establecido por la fuerza sobre media docena de pueblos bárbaros dependía de su
propia personalidad y no hubo, después de él, autoridad reconocida que la
mantuviera.
En
todos aquellos años, el silencioso Pipino no había tomado ninguna decisión
respecto a su sucesor. No había entregado país alguno a Carlos, ni a Carlomán,
para que los gobernaran. Sólo el día antes de su muerte resolvió Pipino dividir
el reino en dos partes y entregar una a Carlos y otra a su hermano menor. Según
la voluntad del difunto, Carlos reinaría sobre las costas marinas y la frontera
del Rin hasta los Alpes bávaros, al este. Carlomán conservaría el centro del
reino, en torno a la Borgoña, con la brillante Toulouse y la fértil Provenza.
De
este modo, Pipino ponía en manos del corpulento e impetuoso Palurdo la
vigilancia y defensa de las fronteras mientras Carlomán, más capaz, mantenía el
orden en el corazón de los dominios. Obedientes, los grandes señores de los
francos escoltaron a los dos hermanos hacia el norte, elevando a Carlomán sobre
sus escudos y coronándole rey en Soissons; lo mismo hicieron luego con Carlos
en Noyon, justo al otro lado de la frontera entre ambos reinos.
Desde
entonces, los dos hermanos no volvieron a mantener relaciones amistosas. La
animosidad entre ambos sólo necesitó una chispa para convertirse en conflicto.
Con Carlomán partieron los consejeros más sabios: Fulrado el archicapellán, el
duque Auchero, el canciller y el joven Adalardo. No se menciona a ningún noble
que se quedara con Carlos. A los veintiséis años, éste se encontró ostentando
el título de rey sin proyectos concretos que llevar a cabo.
Puede
que, en su desconcierto, confiara en su enérgica madre. Para Berta, la muerte
de Pipino había sido una liberación que había puesto en sus manos el poder y la
ocasión para desbaratar la empresa a la que Pipino había dedicado su vida. En
lugar de un país de los francos gobernado por la voluntad de un solo hombre,
Berta prefería la seguridad y la dignidad para sus dos hijos. ¿Por qué,
entonces, no establecer alianzas o incluso vínculos de matrimonio con los
gobernantes vecinos, más cultos? Es decir, con el brillante Tasilón y con el
lejano rey de los lombardos. Para ella, era una solución muy sencilla y
satisfactoria: cuatro reyes de la Cristiandad occidental, unidos por parentesco
y lealtad e inspirados por la solitaria reina madre, Bertrada.
Carlos
no puso reparos a estos planes y se lanzó a recorrer sus nuevas tierras con su
hijo, el jorobadito. En su interior, sentía el vago deseo de proporcionar al
pequeño Pipino los honores y la posición que él nunca había conocido, y Berta
sabía más que él sobre los asuntos cortesanos. Así pues, quizás habría seguido
cabalgando a lo largo de las fronteras al albur —en su primer decreto, sólo
firmó «devoto defensor de la Iglesia»—, de no haber aparecido repentinamente un
rebelde en las tierras del sur. Un tal Hunaldo surgió de un monasterio, como un
espectro, para levantar la Aquitania contra los noveles monarcas arnulfingos.
Por
fin, Carlos tenía algo concreto que llevar a cabo. Excitado, mandó aviso a su
hermano para que acudiera con una fuerza armada después de la labranza de
primavera y marchara con él contra el rebelde. Rápidamente, reunió los
contingentes renanos y de la costa y partió al encuentro de Carlomán.
Pero
éste, más cauto, no quería aventurarse en una batalla y parecía dar por sentado
que la defensa de las fronteras era deber de su hermano. Carlos, testarudo,
dejó a Carlomán para continuar solo, como había hecho Pipino. Por supuesto, no
llevaba preparado ningún plan, pero la fortuna estuvo de su lado. Impaciente,
se adelantó al resto de sus fuerzas con sus mejores lanceros a caballo, y
Hunaldo, prudente, se retiró a las montañas de Gascuña.
Siguiéndole
de cerca, Carlos hizo un alto tras cruzar el Carona, recordando que podía ser
objeto de un ataque. Mientras erigía un tosco fortín de piedra, envió
mensajeros al duque de Gascuña para advertir al noble sureño que le entregara
al traidor Hunaldo, «pues he venido a Gascuña y no me marcharé sin él».
Era
una baladronada soltada en un arranque impulsivo, pero la temeraria e inopinada
cabalgada de Carlos había alarmado a la región, donde nadie conocía su
verdadera fuerza. Muy pronto, el rebelde fue entregado, preso, a Carlos. Este
celebró su buena suerte, agasajó a los hombres que le habían seguido con
fidelidad y volvió a enviar a su enemigo a un monasterio.
Todo
el episodio fue como una cacería en un bosque extraño. Y, cuando la pequeña
partida de francos rodeó las montañas para emprender el regreso, Carlos avistó
a lo lejos, al sur, las cumbres de roca gris de los Pirineos y la pequeña
hendidura que señalaba el paso de Roncesvalles.
El
hijo bastardo de Pipino podría haberse contentado con aquella fácil victoria,
conseguida gracias a la velocidad de sus caballos más que al poder de sus
espadas, de no haber sido por la intervención de su madre.
Los
anales de los francos (y, cabe añadir, de los alemanes y franceses que les
siguieron) abundan en noticias de las calamidades causadas por mujeres hermosas
y llenas de energía. Muchos otros cantares, además de Los nibelungos, relatan
la muerte de los más grandes guerreros debido a las rivalidades de sus
Brunildas. Los arnulfingos siempre habían sido vulnerables al atractivo de las
mujeres y todo indicaba que el sensual y vigoroso Carlos se parecería, en este
aspecto, a sus antepasados. Nadie se daba cuenta de ello mejor que Berta, quien
esperaba guiar a su hijo en el desempeño de sus obligaciones reales.
La
reina madre había abandonado la tierra de los francos para emprender un largo
viaje, trayéndole a Carlos una propuesta de matrimonio con una joven de estirpe
real, princesa de los lombardos. Y, junto a la propuesta, Berta le planteó una
política completamente nueva, ya puesta en marcha, que desbarataba cuanto
Pipino se había esforzado en construir.
Los
motivos de Berta estaban bastante claros. La principal preocupación de la reina
madre era evitar el conflicto que se preparaba entre sus dos hijos. El
testarudo Carlos no le perdonaba a Carlomán su deserción en la campaña de
Aquitania, ni el hecho de que le reclamara la mitad de sus territorios boscosos
en las Ardenas, y Berta intuía que, en una guerra, el corpulento Palurdo de voz
chillona vencería al más educado monarca del Sena. Al propio tiempo, una esposa
culta y refinada proporcionaría una mayor respetabilidad al tosco Carlos.
Berta,
una mujer fuera de lo corriente, tuvo un éxito considerable en su viaje.
Probablemente, había conseguido la ayuda de los poderosos nobles que
aconsejaban a Carlomán para convencer a su hijo menor de la conveniencia de
aliarse con su primo Tasilón, el bávaro, y con Desiderio, el rey lombardo.
Uniendo a Carlos con una muchacha de la casa real de este último, pretendía
atraer a su indócil primogénito a participar en aquella cuádruple entente.
Con
este plan, Berta rechazaba la única alianza suscrita por su difunto esposo, que
se había comprometido con el vicario de San Pedro. Pipino, en sus viajes a
Italia, había derrotado con claridad a los lombardos, que aspiraban a
convertirse en amos de toda Italia, Roma incluida. Pipino se había comprometido
a proteger a la débil Iglesia más allá de las murallas de Roma, pero Berta
había causado buena impresión incluso en la sede del Papado, donde había
aparecido como peregrina al tiempo que daba a entender que acudía en misión de
paz.
—Benditos
sean los pacificadores —le recordó a Carlos mientras le contaba su triunfo. Lo
que no le explicó Berta fueron las penosas consecuencias que podía tener para
la Iglesia del gran apóstol. Casi con toda certeza, el lombardo Desiderio
alabaría el plan de la mujer y le ofrecería su promesa de paz y bienestar, pues
debió de considerar un regalo del cielo la posibilidad de librarse de la
hostilidad de los peligrosos francos y de convertir a Carlos, el mayor de los
hermanos reyes, en un yerno atareado en la pacificación de la lejana Aquitania.
—Las
tierras del sur aún están agitadas, querido hijo —le aseguró a Carlos—. La
princesa Désirée es muy frágil y tierna, así que debes ser cortés y considerado
con ella.
Désirée,
o Desiderata, no tardó en llegar a las tierras del Rin como futura novia,
acompañada de un corro de cortesanos que hablaban en latín. Era una mujer
bastante frágil, enfermiza, y poseía un orgullo que Berta había olvidado
mencionar. Y la reina madre también había pasado por alto la circunstancia de
que Carlos ya tenía una esposa.
A la
devoción de Carlos por su madre se unía ahora, pues, la evidente necesidad de
tomar en matrimonio a aquella muchacha de alta cuna que, además, le atraía.
De
inmediato, el monarca despidió a la esposa de sus años mozos, Himiltruda, quien
parece que fue una persona de escasas luces y, ciertamente, de nula
significación en la ruda corte de los francos. En cambio, al contraer
matrimonio con la princesa, Carlos conservó consigo al pequeño Pipino, el
jorobado.
La
novia lombarda llevó a tierras francas cierto refinamiento y unas exigencias
sorprendentes. Tenía una sirvienta que se ocupaba de peinarla y varios pajes
que acarreaban las bandejas de plata de la comida, e incluso poseía unos
valiosos vasos de cristal. En su ajuar traía ropa de alcoba de seda y hablaba
un latín culto y fluido.
Su
real esposo, cuando se levantaba de la cama al amanecer, se ataba personalmente
las cintas con que envolvía sus piernas, vestía ropas de cuero teñido sobre la
blusa, inspeccionaba a pie establos y pocilgas, se hartaba de queso y de asado
de venado y se escabullía de la alcoba para ir a rezar los laudes con una
badana sobre los hombros. A su antesala acudían los pastores, los perreros y
halconeros, porque no los apartaba de su lado. Désirée había tenido por hogar
el palacio ajardinado de Pavía, donde los aposentos de las mujeres tenían baños
romanos de paredes de mármol donde aguardaban masajistas. No existía en tierra
de los francos ningún palacio semejante, ni verdaderas ciudades, y apenas más
agua caliente que la de los manantiales termales donde el rey se bañaba desnudo
con su grupo de seguidores.
Carlos
dijo a Désirée que su sala regalis la esperaba en Ingelheim. Esta residencia
real resultó estar separada de la plaza del mercado por una pared de madera
junto a la que se apilaban montones de basura en los que hozaban los cerdos. La
vivienda en sí conservaba algunos murales romanos rojizos de faunos
persiguiendo ninfas y olía a los establos contiguos. Carlos había cultivado un
huerto en torno a la casa, donde gemía una noria que hacía girar las piedras de
un molino. El arroyuelo del palacio desaguaba en el estanque de los patos,
donde el senescal real cuidaba también gallinas y refinados faisanes.
Las
palomas revoloteaban entre los frutales y eran servidas en la mesa de banquetes
sobre bandejas de madera. A Carlos le gustaba el venado aún humeante, recién
sacado de los asadores que rezumaban grasa sobre el fuego del hogar. Según él,
la ciudad de Ingelheim disfrutaba de la paz del rey, así como de la santidad de
la tumba de un santo llamado Remi.
El
techo que cubría a Désirée estaba sembrado de hierbas aromáticas que servían
para aderezar las carnes y para desviar los rayos. Anónimos emperadores romanos
en efigie de mármol adornaban el huerto, alegrados por los espléndidos pavos
reales que lanzaban sus potentes reclamos antes del amanecer, cuando Carlos
despertaba.
A
ojos de Désirée, aquella sala regalis de Ingelheim era, en realidad, apenas una
granja. El rey, su esposo, le prometió entonces llevarla a un paraje más
hermoso, río abajo.
Y lo
que hizo fue tomarla en sus brazos y conducirla al hediondo charco de un valle
pantanoso llamado Aquis Granum, que él parecía considerar un verdadero edén.
Una vez allí, Carlos se dedicó a contar las cabezas de sus rebaños, las aves
salvajes que pasaban sobre su cabeza… A Désirée le pareció que incluso hacía
recuento de los árboles de aquella espesura enmarañada que se reservaba tan
estrictamente cómo territorio de caza. Y, allí donde iba, su grotesco
jorobadito le seguía como una sombra.
En
mitad de aquel impetuoso viaje nupcial, el notario del rey leyó a éste una
carta sorprendente de la cancillería papal. La había escrito de su puño y letra
el propio pontífice y estaba cargada de humanísima rabia. Iba dirigida a los
dos hermanos reales, Carlos y Carlomán.
«Ha
llegado a nuestros oídos algo a lo que no podemos referirnos sin que nos duela
el corazón y es que Desiderio, rey de los lombardos, intenta convencer a
Vuestras Excelencias de que uno de los dos debería unirse en matrimonio a su
hija. Si tal cosa es cierta, es una verdadera sugerencia del Diablo… Resultaría
una insensatez sin nombre que uno de vosotros, excelentísimos hijos e ilustres
francos, quedara contaminado por una unión con esta raza traicionera y
pestilente de los lombardos, los cuales no están citados entre las naciones,
salvo por ser la tribu de la que han surgido los leprosos».
Estas
palabras parecen el grito de un hombre fuera de sí. Y, ciertamente, los
guardianes de la sede de San Pedro habían notado ya en toda su extensión las
consecuencias de la política de Berta, puesto que sus enemigos, los lombardos,
estaban adueñándose con toda desfachatez de las tierras y ciudades que le
quedaban al Papado, sabiéndose con las manos libres ahora que tenían por
aliados a los peligrosos francos.
Para
Carlos, que no había salido nunca de su reino y poseía escasa información sobre
los conflictos en el interior de Italia, aquello debió dejarle absolutamente
perplejo. El final de la carta, sin embargo, supuraba resentimiento:
«Habéis
prometido firme fidelidad a los sucesores de san Pedro. Sus enemigos serían
vuestros enemigos; sus amigos, los vuestros…».
Sí,
tal había sido el compromiso de Pipino. Y la carta hablaba del viaje a través
de los Alpes que había realizado Esteban II para conseguirlo:
«
[…] un viaje que mejor habría sido no hacer, si los francos van a unirse a los
lombardos contra nosotros. ¿Dónde queda ahora vuestra promesa? […] Por eso os
instamos a que ninguno de los dos hermanos tome en matrimonio a la hija del
citado Desiderio, ni entregue a vuestra hermana, la noble dama Gisela, tan
querida a Dios, al hijo de Desiderio; y que ninguno de los dos se atreva a
repudiar a su esposa».
Para
la mayoría de los hombres, esta enérgica protesta hubiera tenido poco peso
frente a los hechos consumados: Carlos ya se había desposado con Désirée y, por
tanto, había entrado en alianza con los lejanos lombardos. Pero el terco
Palurdo seguía sus propios razonamientos y guardaba el vivido recuerdo de
Esteban tembloroso en la nieve, del compromiso de Pipino, del chiquillo tullido
que llevaba el nombre de Pipino…
Él,
y no Carlomán, había repudiado a su esposa. La carta de Roma parecía dirigida
sólo a él. Carlomán tenía algunos enviados en Roma y debía de estar al
corriente de lo que sucedía allí.
Frente
a la cólera de Carlos y lo que consideraba una traición, estaba su devoción por
Berta y algo más. Había exigido que su pueblo, al cumplir los doce años, le
jurara fidelidad como rey:
«Juro
a mi señor, Carlos, el rey —qué bien conocía las palabras—, y a sus hijos que
les seré fiel todo el resto de mi vida, sin engaños ni reservas».
De
igual modo, a instancias suyas, los grandes señores también habían jurado
fidelidad a su nueva reina, Désirée.
Meditabundo,
Carlos continuó su viaje por el Rin con su esposa mientras la estación de la
siembra iba llegando a sus casas de campo, en torno a la Pascua del año 771. En
los monasterios, los peregrinos hablaban con sentimiento de algaradas y motines
que aterrorizaban las calles de Roma bajo las maquinaciones de los lombardos.
Luego,
llegaron otras extrañas cartas dirigidas por separado a Berta, a Carlos y a
Carlomán, pero de contenido muy similar. El Papa les comunicaba con alivio que
había superado con bien aquellos momentos difíciles gracias a la ayuda
(¡precisamente!) del rey lombardo. «Sepa Vuestra Cristianísima Excelencia que
el sobresaliente rey Desiderio, a quien Dios proteja, nos ha visitado con su
mejor voluntad y hemos recibido de él plena y completa satisfacción de todos
los derechos de la Santa Sede», decía a Carlos.
Pero
éste no le creyó. Su instinto le decía que aquellas palabras eran falsas.
Parecía mucho más probable que el agobiado y débil Esteban III hubiese
capitulado ante los lombardos.
Parecía
no haber nada que hacer. Aquella última carta absolvía de toda culpa,
ciertamente, al rey de los francos. Y, además, todo aquel asunto no era de su
incumbencia. Sin embargo, no consiguió quitárselo de la cabeza. Gisela se negó
a casarse con un lombardo.
El
Papa incluso felicitó a Carlomán por el nacimiento de un hijo. Las tierras de
Carlomán lindaban con las lombardas y con las de Tasilón, que ahora reclamaba
ser rey. Todos ellos se sintieron satisfechos con la situación, y Carlos, en
solitario, difícilmente podía oponerse a los otros tres, a quienes cabía añadir
a Désirée.
Pero
su reacción, movida por la perplejidad y la frustración, fue impulsiva y
absolutamente irrazonable. Comunicó a Désirée que se divorciaba de ella. Así,
dejaba de ser su reina y su esposa.
La
orgullosa mujer no permaneció un momento más en su casa. Ser despedida como una
ramera por aquel hombretón de voz aguda y chillona era una vergüenza
inimaginable. Sólo se quedó a preguntar la razón del divorcio.
No
había ninguna. Era su voluntad repudiarla.
Désirée
se marchó con sus servidores y cortesanos, sin detenerse a embalar la plata que
había aportado en su dote. Como el suspiro de una tormenta, pasó río arriba
camino de los Alpes.
La
madre de Carlos le recriminó, con los labios apretados de ira, y hasta lloró al
ver que no le hacía cambiar de idea. Desde aquel momento, Carlos no volvió a
buscar su consejo. Ni volvió Berta a viajar para urdir nuevos experimentos
diplomáticos. Las crónicas dicen que se dedicó a las buenas obras en la casa de
religiosas de Prüm.
Ante
el rey se presentó su joven primo Adalardo, pálido de furia. Imprudente, el
muchacho expresó a gritos lo que pensaba:
—
¡Eres una bestia! ¡Un asno de largas orejas tiene más sentido que tú! Te has
convertido en adúltero. Y tanto de mí, como de todos los francos que hemos
jurado lealtad a tu reina, has hecho unos perjuros.
Carlos
no alzó la mano contra el muchacho. Pero tampoco mandó traer de vuelta a
Désirée. Adalardo se marchó de la villa y no volvió a presentarse ante el rey
hasta muchos años después.
Había
una muchacha de trece años y cabellos oscuros, de nombre Hildegarda, que había
llegado temprano a la feria de la cosecha de aquel año con su noble familia
suaba. Carlos se fijó en ella entre la multitud que rodeaba a los músicos que
celebraban su presencia, se desvió de su camino para saludarla y encontró su
voz tímida y agradable. Su mano, cuando la tomó entre sus recios dedos, era
firme y cálida. Los ojos de la muchacha le siguieron al alejarse.
Carlos
pensó en Hildegarda y volvió su enorme cabeza hacia atrás con una carcajada:
—
¡Soy el loco del Señor! —gritó al cielo.
Como
la carta de Roma, las noticias de Corbeny llegaron con el eco de un trueno. Su
hermano Carlomán, enfermo, estaba consumiéndose rápidamente.
Pero
si la carta le había dejado perplejo y dubitativo, el enorme rey franco
reaccionó resueltamente y con prontitud ante aquel mensaje. Tras convocar a
halconeros y cazadores, se encaminó al sur a través de los bosques como si
fuera a la busca de ciervos. Sin embargo, llevó también una fuerte escolta de
soldados que habían cabalgado con él a través de la Gascuña.
Después,
aguardó en una cabaña junto a la frontera de los dos dominios gemelos. No bien
un guardabosques le llevó noticia de la muerte de Carlomán, reemprendió la
marcha con sus seguidores.
En
Corbeny se habían reunido los consejeros del difunto rey, todos ellos
poseedores de gran renombre: el arzobispo, con Fulrado, el conde Guarino, el
duque Auchero y los dos tíos de Carlomán que mandaban la hueste armada,
Bernardo y Thierry.
Sin
anunciar su llegada, Carlos se presentó en su reunión de noche. En el exterior
de la sala, sus hombres armados esperaban junto a los caballos.
Cuando
le hubieron dado la bienvenida, Carlos se plantó ante ellos y se limitó a
declarar:
—Nuestro
padre, Pipino, dio el gobierno a sus dos hijos. Ahora, también Carlomán nos ha
dejado y, por tanto, el trono debe ser mío.
Algunos
hablaron de los dos hijos de Carlomán. La parte del padre se transmitía a los
hijos. Los pequeños tendrían un tutor que actuaría como regente hasta su
mayoría de edad.
—
¿Cuántos años transcurrirían hasta entonces?—preguntó Carlos, y movió la
cabeza—. No.
Auchero,
que poseía tierras en el dominio de Carlomán, se atrevió a replicar:
—Esos
niños tienen una madre, casada como es debido y de buena familia.
Era
como si recordara a todos los presentes el modo en que Carlos había repudiado a
la hija del lombardo. Se cernió sobre la reunión la intensa sensación de un
inminente duelo. Por unos instantes, Carlos permaneció callado, observando el
fuego que se alzaba del centro de la estancia y el humo que escapaba en volutas
por el respiradero del techo. Después, a ojos de los que le observaban, pareció
relajarse.
Dio
unos pasos hasta el silencioso Fulrado, tomó la mano del abad y le dijo sin
alzar la voz:
—Has
sido buen amigo del hijo de Pipino. Yo te digo: que tu palabra decida ahora por
el reino de Pipino y sus descendientes.
Tras
estas palabras, salió a esperar bajo el frío del patio. Les había sorprendido a
todos, dando una novedosa sensación de responsabilidad. Todos esperaban oír
palabras más duras.
Fulrado
expresó su opinión de que, en aquellos tiempos agitados, el reino debía ser
gobernado por una sola mano y, en consecuencia, por Carlos. Los dos tíos
recordaron Aquitania y sumaron sus palabras a las del abad. Esta resultó ser la
voluntad del consejo. Pero Auchero, que no sentía amistad por Carlos, fue en
busca de la viuda, Gerberga.
Una
vez que los consejeros dieron a conocer su decisión, la reina de Carlomán huyó
con Auchero y los dos pequeños camino de Pavía.
—
¿Acaso importa? —exclamó Carlos al saberlo. Parecía indiferente ante la fuga y
no quiso mandar a detenerles.
—Importa,
y mucho —respondió Fulrado muy serio.
Los
dos pequeños, nacidos en el matrimonio, eran herederos legítimos de Carlomán y,
en manos del rey lombardo, podían ser causa de problemas para las tierras de
los francos en años venideros.
Pese
a ello, Carlos no cambió su decisión. A una parte de él le parecía divertido
que los descendientes legítimos de los arnulfingos terminaran como fugitivos de
su país, dejando tras ellos a un mero bastardo y al hijo tullido de éste. Así
pues, se echó a reír y movió la cabeza. Alguien debía tomar la responsabilidad,
y ahora, merced a la providencia divina, sólo quedaba él para asumirla. No, el
reino había venido a sus manos; el resto no importaba.
Así
parecía pensar, pero ¿hasta qué punto había valorado las circunstancias y los
problemas de la situación el primogénito de Pipino?
Siempre
había actuado como un loco, como si obedeciera a un impulso. Se había deshecho
de dos esposas sin ninguna causa y, al repudiar a Désirée, había sembrado la
semilla de una enemistad a muerte en el fecundo antagonismo de los orgullosos
lombardos. Se había apoderado de la herencia de su hermano y, en una nueva
locura, había conducido a los hijos de su hermano a manos del propio enemigo
que mejor podía usarles como rehenes. Además, sus acciones abrían una disputa
familiar con su primo Tasilón, casado con una hermana de Désirée.
No;
su primo Adalardo había dicho la pura verdad: su conducta brutal le convertía
en adúltero y a los nobles francos en perjuros. (Y los cronistas del reino de
Carlos en años posteriores intentarían encubrir su grosero comportamiento
denominando a Himiltruda su amante y explicando que se había divorciado de
Désirée porque era enfermiza e incapaz de tener hijos. Esto último no era
cierto, ya que la reina fugitiva murió de parto poco después de llegar al
palacio de su padre. El segundo hijo de Carlos tuvo este triste destino).
Al
parecer, Carlos actuó movido por la furia cuando advirtió su error al haber
seguido los consejos de su madre. Su hermano menor, el cauto Carlomán, había
sido más inteligente. Desde luego, los consejeros más ancianos habían tomado
partido por Carlomán. Pero Carlos, con toda su locura, había conseguido vencer
la alianza de los grandes señores que se disponían a abandonarle en la reunión
de Corbeny. Con la súbita fuerza de su irrupción, les había tomado por
sorpresa. Luego, con su sorprendente docilidad al dejar la decisión sobre su
causa en manos del archicapellán y abandonar la sala, les había llevado a
decidirse por él. Más tarde, los nobles dirían que les había hechizado. Carlos
poseía este don de ganar amigos de toda condición.
Su
terquedad se endureció hasta convertirse en una voluntad inflexible. Este
hombre fuera de lo corriente conseguía siempre su propósito, fuera mediante
lisonjas, juegos de manos, insistencia o por la fuerza. Antes había hecho tomar
juramento de fidelidad a su propio pueblo. Ahora, impuso el mismo juramento al
pueblo de Carlomán, «a todos los varones de doce años cumplidos». Muchachos que
arrojaban palos para hacer caer las bellotas con que alimentar a los cerdos
tenían que jurar fidelidad a Carlos. O, al menos, se les exigía que lo
hicieran.
Esta
exigencia es un hecho sin precedentes que, por cierto, no volvería a darse
hasta muchos siglos más tarde. Por supuesto, en esa época, un muchacho o una
chica de doce años estaban maduros para el trabajo, para portar armas o para
tener hijos; es más, a dicha edad ya habían consumido la mitad de su esperanza
de vida. Sin embargo, hasta entonces, únicamente los señores de la tierra
habían prestado tal juramento al rey. Carlos, en cambio, había convocado a todo
su pueblo a convertirse en fideles, leales sólo a él. Si relajaban esta
fidelidad, como sucedía hasta entonces con gran frecuencia, cometerían delito
de deslealtad. Pero el pueblo no entendió de inmediato las consecuencias de
aquello.
Quienes
se tomaron más en serio el nuevo compromiso, cosa extraña —y la locura de
Carlos iba a provocar bastantes hechos sorprendentes—, fueron los rebeldes del
sur, los aquitanos. Tal vez por ser antiguos enemigos, habrían reflexionado más
detenidamente respecto a prestar un juramento de fidelidad que los pueblos del
reino, los francos, borgoñones, suabos y demás, o quizás apreciarían algún
atractivo en el errático Palurdo, aunque lo más probable es que guardaran un
recuerdo demasiado vivo de la destrucción causada por las ocho campañas de
Pipino. Fuera como fuese, los veleidosos galorromanos de antaño —los gascones y
provenzales del futuro— prestaron el juramento de los fideles y se abstuvieron
de conspirar contra Carlos, pese a que muchos francos, incluso de la propia
familia real, iban a hacerlo.
Mientras,
en el mes de los pastos de la siguiente primavera, el año 772, después de
librarse del asesoramiento de su madre y de haber agitado el avispero de
intrigas que actuaba contra él en Italia, Carlos inició su tarea de gobernar
todas las tierras de los francos: contrajo matrimonio con Hildegarda, la de los
ojos oscuros, y emprendió una expedición contra los sajones paganos del otro
lado de la frontera del Rin.
Hildegarda
demostró una notable habilidad y presteza de muchacha bien educada para las
tareas de las mujeres: hilar, llevar las cuentas de las posesiones del rey,
proveer de abundante carne los asadores en invierno o en época de hambre, tejer
prendas útiles para ella —no las delicadas sedas de una princesa extranjera— y
quedar pronto embarazada. Además, siendo joven y de buen carácter, era cariñosa
con el pequeño Pipino. Carlos se sintió satisfecho de gozar de tal felicidad
hogareña cada vez que decidía acuartelarse; en consecuencia, propuso a su nueva
esposa que le acompañara en todos sus viajes y ella accedió.
Sin
embargo, aquel verano, Hildegarda no cruzó a territorio de los sajones. Ni
siquiera Carlos se atrevió a llevar a su esposa a aquella sucesión de bosques,
pantanos y escarpados montes donde les aguardaba el odio de los paganos.
Emparentadas con los francos germánicos, y más bárbaras incluso que éstos, las
tribus sajonas no dejaban de hostigarles un solo momento, igual que hacían los
francos con ellos. Tras esta disputa perpetua subyacía la devoción de los
pueblos sajones por los antiguos dioses, a quienes los francos bautizados
consideraban ahora unos demonios.
Pero
aquella terca enemistad de los sajones escondía también otra motivación de la
que Carlos aún no se había percatado. La tierra de los sajones se extendía
desde las oscuras cumbres del Harz hasta la costa báltica; aquél era el hogar
de su pueblo, su último refugio. Al defenderlo contra el belicoso Carlos
Martel, habían luchado por su propia tierra. En consecuencia, las partidas de
francos habían quemado aldeas, robado ganado y grano ya recolectado y capturado
algunos prisioneros para convertirlos en esclavos, pero no se habían apoderado
ni de un solo valle. Pipino, el organizador, había dejado bastante tranquilos a
los sajones durante los últimos quince años.
Resulta
fácil afirmar que Carlos, el nuevo rey, condujo a sus inquietos nobles aquellos
primeros días de julio en una simple correría para desentumecer los músculos,
en lugar de arriesgarse en una expedición a otra parte. Tales razzias de
«venganza y saqueo» —como gustan de llamarlas los anales— eran bastante
comunes. Tal vez Carlos lo tuvo en cuenta, pero de momento seguía planificando
poco sus movimientos y, más probablemente, actuó como represalia por la quema
de una iglesia fronteriza por aquellos paganos.
Sin
embargo, no fue por casualidad que en esta ocasión obtuviera un extraño y
sonado éxito. Así como todos los anales de los francos mencionaban el año «en
que llegó el órgano», este verano quedaría en las crónicas como aquel en que
Carlos «derribó el Irminsul».
El
neófito rey condujo con cautela a sus jinetes y a sus arqueros de a pie por las
riberas de los ríos más allá del Rin, adueñándose del grano y los cerdos que
encontraba en los claros y pendiente de las emboscadas cuando el bosque se
cerraba. Los sajones habían aprendido a fabricar y utilizar ingenios de guerra
romanos. Carlos los expulsó de una cumbre protegida por empalizadas y buscó el
lugar escondido del Irminsul, que el fortín defendía.
El
camino les condujo, siguiendo un torrente, hasta un valle oculto donde se
alzaba, como una columnata, un bosquecillo de poderosos árboles. Allí, en
aquella arboleda, habían emplazado los sajones su santuario, el lugar de los
sacrificios cruentos y las adivinaciones, ahora desierto. Llevados de la
curiosidad, los renanos la exploraron mientras los guerreros veteranos como
Keroldo estaban atentos a la menor señal de emboscada, pues en el silencioso
corazón del bosque se alzaba Irminsul, el dios árbol de los sajones.
Aquel
bosque silencioso y aquel tronco enorme tallado como una cabeza sin ojos
resultaban un tanto sobrenaturales. Carlos estudió el ídolo mientras sus
hombres registraban las chozas de los sacerdotes en busca de tesoros, sin
encontrar gran cosa.
—Derribadlo
—les ordenó a continuación.
Las
hachas trabajaron largo rato hasta que el enorme tronco cayó sobre las cabañas
del lugar sagrado, destrozándolas. Y entre los restos brilló entonces el oro y
la plata de las monedas y objetos que las tribus de los bosques habían ocultado
allí. Un espléndido hallazgo.
Con
una carcajada, Carlos dijo a los suyos que habían encontrado la recompensa por
haber derribado el Irminsul. De inmediato, repartió entre sus seguidores el
botín descubierto, conservando un tazón de plata como regalo para Hildegarda.
El tazón tenía grabada en su superficie una tosca columna que recordaba el
Irminsul, y Carlos quería ofrecer a su joven esposa una prenda del éxito
obtenido. Había vengado la quema de la iglesia franca. A finales del verano se
dejó notar la sequía y los torrentes de los bosques se redujeron a canales de
fango. Carlos ordenó a su pequeña hueste regresar hacia el Rin. Camino del río,
cuando hombres y monturas ya padecían sed, unos intensos chaparrones les
aliviaron.
Los
sacerdotes que iban con Carlos dijeron que aquella lluvia en la espesura
procedía de la mano de Dios. A la riqueza obtenida del Irminsul, se añadía la
dádiva de un aparente milagro.
Carlos
consideró que la marcha estival había sido, cuanto menos, extraña. Con las
primeras nieves, despidió a sus hombres para que cada cual se ocupara de su
hacienda y se reunió con Hildegarda en el salón de Thionville. Desde la Navidad
hasta el final del deshielo de primavera, por Pascua, los francos hibernaron en
sus granjas, pues la nieve cerraba los caminos.
Así
pues, Carlos reposaba satisfecho junto al fuego y a su esposa cuando llegó,
salido de las ventiscas, un hombre llamado Pedro. Este Pedro había llegado de
Roma a tierras de los francos viajando por mar, pues no habría podido hacerlo
de otra manera. Y no era el tiempo invernal lo que le había impedido cruzar los
Alpes, sino la enemistad de los lombardos.
—Pues
el rey, Desiderio, tiene ahora bajo su protección a Gerberga, la esposa del
hermano de Vuestra Excelencia, y a sus dos hijos. El rey de los lombardos se ha
apoderado de las ciudades de San Pedro fuera de Roma y amenaza con invadir ésta
y adueñarse de la ciudad.
Los
lombardos habían actuado mientras Carlos estaba en los bosques sajones. Las
tribulaciones de Roma y de su Papa quedaban muy lejos de la vida del rey franco
en su villa. Y, sin embargo, evocaban demasiados hilos en la urdimbre de su
vida. El compromiso de Pipino, la fugitiva Gerberga, su propia marcha bajo la
tormenta al encuentro del anciano Esteban, veinte años atrás… Carlos percibía
todos aquellos vínculos intangibles del pasado. Como le había advertido
Fulrado, tenían importancia, y mucha.
Sin
embargo, en San Pedro había un nuevo vicario de Cristo, de nombre Adriano.
Carlos no sabía nada de él, salvo que Pedro afirmaba que el papa Adriano había
desafiado a Desiderio respondiendo que no se encontraría con el lombardo de
igual a igual y que no entregaría su ciudad de Roma.
Pero
Pedro no contó a Carlos que Adriano había intentado, primero, razonar con los
lombardos, y que luego había apelado en vano al lejano emperador de
Constantinopla antes de recurrir, en un acto de desesperación, al bárbaro rey
franco.
Carlos
meditó sobre aquellas palabras junto al fuego. Después, envió mensajeros a los
caminos con la orden real a sus nobles de que acudieran al Campo de Mayo con
armas y provisiones para una marcha a los Alpes.
Estaba
seguro de que pocos accederían a hacerlo.
Capítulo
3
Viaje
más allá de los Alpes
«El
glorioso rey Carlos condujo su ejército a Ginebra. Allí, lo dividió y, con una
parte, pasó los Alpes».
Así
lo contarían los anales, años después. Parece muy sencillo. Nos lleva a pensar
en un brillante desfile de caballeros con armadura siguiendo a un majestuoso
Carlomagno a través de las montañas. En realidad, sin embargo, el inexperto y
nada glorioso Carlos intentaba una empresa muy difícil.
Carecía
de un ejército digno de confianza. A su convocatoria acudieron tal vez tres o
cuatro mil hombres a caballo: las levas de los francos orientales, los alemanes
y los borgoñones (todos ellos tenían una aversión supersticiosa a ser contados
con exactitud). Cada cual aportaba su propia lanza ligera, el medio yelmo de
hierro, la espada larga y afilada, y el puñal de hoja corta y curva, listo para
desgarrar. También tenían los nuevos escudos de hierro, pesados y puntiagudos.
Aquellos guerreros francos no eran grandes jinetes, como había apuntado
Bernardo; si habían aprendido a montar a lomos de un caballo, había sido para
estar en igualdad de condiciones con los godos y los árabes. Formados en
escuadrones —turmae— y pelotones —scarae—, obedecían las órdenes de sus jefes
locales, quienes podían o no acatar las órdenes de Carlos. Unas trompetas les
daban la señal de carga, que llevaban a cabo con valor temerario; cuando huían,
lo hacían con idéntica rapidez.
Los
combatientes de a pie procedían de pequeñas granjas y eran campesinos que
portaban escudos redondos de madera pintados de azul o de rojo, casquetes de
hierro en la cabeza y arcos de madera de tejo a imitación de los bizantinos.
(Pipino había intentado, sin éxito, que sus jinetes utilizaran tales arcos,
como los eficientes catafractos bizantinos). Sirvientes, carreteros y muchachos
aventureros, junto al contingente de la guardia personal de Carlos, constituían
el resto de aquel ejército de francos, escasísimamente disciplinado.
Salvo
los caballeros campeones, las levas que se reunieron tras el Campo de Mayo
esperaban estar de regreso en sus granjas a tiempo para la cosecha. Excepto la
reciente incursión contra los sajones, el ejército no había salido de tierras
francas desde hacía diecisiete años e incluso los veteranos se habían
acostumbrado a las razzias a lo largo de las fronteras, olvidando lo que era
plantar batalla. Pipino había observado, y Carlos empezaba apenas a
descubrirlo, que ya no se podía confiar en las antes temibles huestes francas
para un combate sangriento. Los guerreros feroces de Dagoberto se habían
convertido en campesinos, demasiado preocupados por sus familias y sus campos.
Tales
eran las levas que Carlos decidió conducir, mediante la persuasión y contando
con su tradicional lealtad a un rey, a través de una barrera de montañas contra
unos enemigos más inteligentes establecidos en grandes ciudades defendidas por
enormes murallas romanas. Contaba con los consejos de Bernardo y con su propia
sagacidad para juzgar qué era incapaz de hacer su ejército. Ya antes de la
movilización, había enviado tres emisarios de confianza a dominios lombardos
para cerciorarse de que Pedro había contado la verdad de la situación y a
negociar con el rey lombardo una paz sin enfrentamientos.
Las
últimas tropas llegaron desde el bajo Rin a la cita junto al lago de Ginebra.
Allí, Carlos plantó los dos estandartes, la antigua imagen del dragón y la más
reciente cruz cristiana, ante el pabellón donde se alojaba Hildegarda. Con las
nieves fundentes del verano, los prados estaban exuberantes y el ejército pudo
aprovisionarse de sus tres necesidades básicas: agua, madera y forraje.
Por
fin, sus empleados regresaron a Ginebra para informar:
—Ni
los ruegos ni los regalos de Carlos hicieron cambiar el salvaje corazón del rey
lombardo.
Tal
respuesta proporcionó a Carlos su casus belli. Convocó un consejo de nobles: su
condestable («conde de los establos»), el senescal («criado mayor», a cargo de
los suministros), los paladines u oficiales de palacio, los duques o
conductores de los asuntos militares, los condes o gobernadores de distrito y
los importantes obispos, que interpretaban la voluntad del Señor. La mayoría de
ellos desaprobaba su política, que había sido la de Pipino, de guerrear con los
lombardos en defensa de la ciudad de Roma. Carlos sentía una responsabilidad
para con el trono de San Pedro porque Pipino la había contraído. A sus nobles,
les explicó que había ofrecido un acuerdo justo, con regios presentes, y que
Desiderio los había rechazado. Además, Carlos estaba decidido a imponer su
voluntad al ejército.
La
mayoría de sus combatientes campesinos tenía la vaga creencia de que el
bienaventurado san Pedro estaba vivo todavía, y sitiado en Roma.
Así
pues, Carlos se salió con la suya. Pese a lo reducido de su ejército, fue
preciso dividirlo para atravesar los estrechos pasos de los Alpes, donde
escaseaban los pastos. Hildegarda y el chiquillo jorobado se quedaron en
Ginebra. Bernardo condujo la fracción más reducida del ejército por el paso del
Mons Iovisi (el Gran San Bernardo). Carlos llevó al grueso de sus fuerzas en
torno al Mont Cenis, hacia «cumbres que se alzan hacia el cielo, con ásperos
peñascos». Los bueyes tiraban con esfuerzo de carretas cubiertas de cuero que
contenían grano, tocino y toneles de vino. Asnos y mulas avanzaban
trabajosamente bajo el peso de las piezas de embarcaciones desmontables que
servían para transportar la carga por los ríos o, atadas una junto a otra, para
formar puentes. El ganado que serviría para alimentar a la tropa acompañaba a
ésta, vivo todavía.
Carlos
pidió que se entonaran himnos durante la marcha. Mientras ayudaban a empujar
las carretas, los hombres cantaron, sudorosos: «Volved la cabeza… y mirad otra
vez… Este camino nos traerá de vuelta… a la tierra de nuestros padres».
La
fortuna parecía una vez más de su lado, puesto que no advirtieron el menor
rastro del enemigo entre las cumbres. Con sonoros cánticos, la columna inició
el descenso por una estrecha garganta… y descubrió que la bloqueaba una sólida
muralla de piedra con máquinas de guerra en la parte superior y numerosos
enemigos visibles en el parapeto. Un ataque para abrirse paso a través de la
fortificación resultó frustrado.
Tras
el fracaso de sus destacamentos de asalto, Carlos demostró una pobre capacidad
como líder. Pidió una tregua y envió emisarios a los lombardos, ofreciendo
catorce mil piezas de plata si les proporcionaban rehenes y hacían promesa de
paz. Tregua y condiciones fueron rechazadas.
Al
parecer, Desiderio, acampado en el valle al pie de la garganta, era un montañés
de infancia campesina como la de Carlos, y más astuto en las negociaciones. Los
parlamentos se prolongaron y los nobles francos empezaron a refunfuñar en sus
tiendas que la comida se acababa y el paso seguía cerrado. En lugar de
levantarles el ánimo, el corpulento arnulfingo cometió el error de suplicarles
que no le abandonasen. A lo cual, sus interlocutores respondieron recordándole
que el verano estaba ya avanzado y se acababa el plazo para alcanzar sus
hogares a tiempo para la cosecha.
Parecía
que el rey de los francos tendría que resignarse a no continuar la guerra,
cuando un puñado de experimentados oficiales del viejo conde Thierry acudió a
su tienda. Si la salida de la garganta estaba cerrada, le dijeron, podía
buscarse un camino para salvarla, entre las cumbres. Carlos les autorizó a
intentarlo, con sus scarae de jinetes.
Los
exploradores tuvieron más éxito del que esperaban. Keroldo y sus compañeros lo
denominaron «la suerte del arnulfingo». (Importantes comentaristas militares,
entre ellos el propio Napoleón Bonaparte, prestarían tributo mucho tiempo
después al genio de Carlomagno, por haber dividido sus ejércitos y forzado el
paso de los Alpes). Lo que sucedió realmente no está claro. Pero, cuando el
grupo de Bernardo apareció en las alturas, el pánico atenazó a la guarnición
lombarda de la garganta, que emprendió la huida.
El
pánico es como una peste. La guarnición fugitiva sembró el miedo en el
campamento real lombardo. Cuando los francos dejaron atrás la muralla
abandonada, se precipitaron valle abajo y consiguieron un abundante botín en el
campamento desierto. Sus lanzas y sus vibrantes espadas hostigaron a los
lombardos fugitivos hasta que desaparecieron de las montañas.
«Así,
el señor rey, Carlos —relatan los anales—, por la intervención divina, encontró
abierto para él y sus fideles el camino de Italia».
Emergiendo
de su valle, Bernardo y su partida se unió a la persecución, arrasando las
riberas del Po hasta las puertas de Pavía, «el Palacio».
En
esa garganta bajo el Mont Cenis, el robusto arnulfingo aprendió una lección que
nunca olvidaría. La actuación oportuna de un puñado de fideles, de unos pocos
leales a él, podía proporcionarle la victoria a despecho de ejércitos o de
calamidades.
Muy
pronto puso en práctica esa lección. En septiembre del año 773, tenía a sus
francos acampados ante las murallas de Pavía mientras su enemigo, Desiderio,
aguardaba en el interior con su familia y su corte. Los francos no tenían
máquinas de asalto para irrumpir sobre las altas murallas protegidas por torres
y, en uno de los lados, por el profundo río. No obstante, siendo la época de la
cosecha, pudieron disponer de las frutas y las cosechas del rico valle del Po.
Como
no podía hacer nada más, Carlos decidió tomar un puñado de fideles, escogidos
entre los jinetes de más confianza, y marcharse con ellos a otra parte, donde
pudiera hacer algo.
Deliberadamente
o no, abandonó la estrategia militar para iniciar un conflicto de personalidad
entre el bárbaro franco y el más cultivado lombardo.
En
otro tiempo, aquellos lombardos —los longobardos, o de largas barbas— habían
sido los más orgullosos, si no los más formidables, de todos los pueblos
germanos que se habían instalado por la fuerza en el Imperio Romano, empujados
al interior de Italia por la presión de los ávaros, más salvajes que ellos.
Después, durante unos dos siglos, habían conservado sus usos, tradiciones e
idioma tribales. Al cabo de este periodo, se trasladaron a las ciudades.
Sólo
durante las dos últimas generaciones habían abandonado los antiguos longobardos
su sociedad de clanes y sus tradiciones, al tiempo que empezaban a adoptar la
lingua romana del país. Para Désirée, trasladarse a tierras francas había sido
pasar de ciudadana a miembro de una sociedad tribal. Extrañamente, al tiempo
que se adaptaban por fin a la vida urbana e iniciaban los matrimonios mixtos
con los nativos, los señores lombardos insistían en que estos últimos adoptaran
su indumentaria de pantalones y manto, con barba y el cabello de la frente muy
largo, y la nuca afeitada. Con los cambios, su orgullo se convirtió en vanidad
y su ferocidad, en astucia.
No
obstante, sus reyes más poderosos, como Liutprando, habían aspirado a unir bajo
su único mando toda Italia, desde las islas venecianas hasta la soleada
Benevento. Hasta el astuto Desiderio, al llamar a las puertas de Roma el año
anterior, parecía camino de adueñarse de Italia entera, como cierta vez la
había poseído Teodorico, el gran godo.
A
sus intentos sólo se había opuesto Adriano, quien había cerrado las puertas de
San Pedro y sellado las entradas de la ciudad, desafiándole. El papa Adriano
conservaba el recuerdo del mundo imperial romano ya desaparecido, de la gloria
de su ciudad medio en ruinas, y mantenía la firme convicción de que el vicario
de Cristo no podía ser jamás súbdito de un monarca temporal. El gesto de
Adriano había sido una muestra de coraje, más que de fuerza, ya que el Papa
sólo contaba con la indisciplinada guardia de la ciudad para defenderse. (Para
entonces, Carlos había convocado a sus tropas en Ginebra, y Desiderio se había
dirigido con su hijo hacia los pasos de montaña del norte).
Por
formidables que parecieran las poderosas ciudades de Lombardía a ojos de los
francos —para los cuales toda Italia era «Lombardía»—, el reino de Desiderio se
estaba debilitando. Las ciudades más ricas, como Benevento, Spoleto o Friuli
(Forum Julii), estaban en manos de los egoístas gastalds, ocupados en
consolidar sus propios dominios y muy reticentes a cualquier autoridad central.
Carlos
no tardaría en ponerse al corriente de la situación. Y, aunque después de Mont
Cenis quizá tuviera dudas sobre la capacidad de su ejército para imponerse en
la batalla, no estaba en absoluto dispuesto a permitir que sus fideles
permanecieran ociosos en sus tiendas. Además, la soleada grandeza del valle del
Po, con viñedos y huertos apretados bajo los muros de grises castillos y
basílicas, excitaba a aquel incansable vagabundo de tierras vírgenes. ¡Allí,
las calzadas pavimentadas salvaban los ríos con puentes de piedra y los
mendigos se despiojaban sobre los suelos de mosaicos de los baños romanos!
Nunca hasta entonces había contemplado el franco las maravillas de la vida
urbana.
Reacio
a esperar el resultado del asedio a las murallas de Pavía, como exigían las
tácticas, dejó allí a Bernardo y otros paladines mientras él partía con su
grupo de escogidos jinetes, siguiendo el curso del Po. Ya había conseguido
éxitos con tales puntas de lanza montadas en la Gascuña y en el paso de Mont
Cenis.
En
esta ocasión, su cabalgada le llevó lejos, a Verona, donde cuarenta y ocho
torres coronaban la muralla que circundaba la cima de su colina. Por algún
medio desconocido, sus jinetes entraron en la fortaleza y llegaron a su antiguo
foro, flanqueado de templos a olvidados dioses romanos. De Verona huyó el hijo
de Desiderio, pero allí capturó Carlos a la fugitiva Gerberga y a sus hijos,
junto con el exiliado Auchero. Había recuperado a los rehenes, a los herederos
de su hermano.
—Llegaste
lejos —le dijo al desafiante Auchero— para encontrar dónde esconderte.
Esa
noche, hizo conducir a la temblorosa Gerberga a su propia mesa en el palacio y
le sirvió vino con su propia mano. La mujer temía dejar a los niños lejos de su
vista, y Carlos, para tranquilizarla, ordenó extender un manto sobre unas balas
de paja y traer a los pequeños, para que ella pudiera vigilar su sueño. El
monarca parecía considerarles aún miembros de su familia.
Corrió
la noticia de que el victorioso franco agasajaba a sus cautivos en lugar de
matarlos. Los duques de las demás ciudades lombardas recordaron que Carlos
había ofrecido presentes y una paz justa al rey lombardo antes de irrumpir con
la espada desenvainada y decidieron permanecer quietos tras sus murallas y ver
qué sucedía a continuación. Y lo que sucedió fue que Carlos volvió a cruzar
Lombardía al galope, adueñándose de más ciudades.
Pero
la fuerza de su irrupción permaneció en el recuerdo. Tres generaciones más
tarde, un monje de Saint-Gall escribiría este exagerado relato de la incursión,
que había oído a un viejo soldado, Adalberto, el cual había servido con los
hijos de Keroldo:
«Y
sucedió que uno de los principales nobles, llamado Otker [Auchero], había huido
a refugiarse bajo la protección de Desiderio. Cuando los dos tuvieron noticia
de que se aproximaba el temido Carlos, subieron a la torre más alta para otear
la lejanía. Cuando aparecieron las carretas del bagaje, más rápidas que los
carros de Darío, Desiderio preguntó a Otker: “¿No va Carlos en esa enorme
formación?”. Y Otker respondió: “Todavía no”. Cuando vieron la inmensa fuerza
de las naciones que se acercaba, Desiderio volvió a gritar a Otker: “¡Sin duda
Carlos viene en esa fuerza!”. Pero Otker contestó: “Todavía no, todavía no”.
»Después,
distinguieron a los obispos y abades, y Otker, temblando, anunció: “Cuando
veáis esos campos erizados de espigas de hierro y las aguas del río batan la
muralla con la oscuridad del hierro bruñido, entonces sabréis que Carlos está
cerca”.
»Apenas
había terminado de hablar cuando una nube negra oscureció la luz del día. Las
armas refulgían como llamas en la noche. Entonces apareció ese hombre de
hierro, Carlos, con el casco de hierro, las manos enguantadas en hierro y una
lanza de hierro enarbolada en su mano izquierda. Quienes iban a su lado y
quienes le seguían llenaron los campos con su poder hasta que las aguas del río
centellearon con el reflejo de sus armas. Las murallas temblaron. Los
ciudadanos gritaron, con temor: “¡Oh, el hierro! ¡Ay de nosotros!”.
»Y
cuando Otker observó todo aquello en una rápida mirada, le dijo a Desiderio:
“Ahí está ese Carlos a quien tanto deseabais ver”».
Así
exageró la leyenda las fuerzas del franco. El Carlos de carne y hueso, sin
embargo, fue incapaz de conquistar las murallas de Pavía. Transcurrió el
invierno e, impaciente, mandó traer a Hildegarda y a los dos muchachos para
distraerse y tranquilizarse. Con el deshielo, la comitiva apareció por Mont
Cenis y el monarca se solazó con su familia y su victoria, pues ya no quedaba
ningún enemigo que pudiera enfrentársele en campo abierto.
A
continuación, se puso en marcha de nuevo, con su familia y sus nobles y
obispos, diciéndoles que llevaran consigo sus ropas más distinguidas, pues
celebrarían aquella feliz festividad de la Pascua en Roma, como peregrinos.
Al
partir tan impulsivamente hacia la Ciudad Santa, olvidó comunicar su llegada al
papa Adriano. Lo que no olvidó fue llevar consigo a su útil destacamento de
jinetes escogidos.
La
comitiva avanzó alegremente por las colinas de la Toscana hasta las llanuras
romanas, donde los acueductos de piedra atravesaban los marjales como gigantes
inanimados. En la última acampada nocturna, Carlos se ocupó de que sus nobles
se ataviaran con sus mantos azules y carmesíes, mientras él se colgaba al cinto
una espada con la empuñadura de oro. Su cintura se había ensanchado con la
sabrosa comida italiana. Carlos recordó que era, por título, patricio de Roma y
previno a sus nobles:
—Queridos
y valientes hermanos, consideraré desleal y digno de ser arrojado a los cerdos
a aquél de vosotros que se emborrache en estas fiestas de Pascua.
—Doy
mi palabra a Vuestra Excelencia —prometió el conde Warin— de que todos los
cantaradas francos se comportarán como auténticos peregrinos, con el ánimo
noble y respetuoso, y que ninguno de ellos cometerá excesos con el vino.
Como
un maestro de escena, el arnulfingo ordenó a sus nobles —laicos y clérigos—, a
sus trompeteros y a los portadores de los dos estandartes, el del dragón y el
de la cruz, cabalgar detrás de él. Carlos, no muy seguro de su propio aspecto,
recurría al esplendor y al poder para reafirmarse.
El
día siguiente, en la Vía Clodia, en un villorrio junto a un lago, la multitud
se agolpó junto al camino para aclamarle. Los milicianos romanos hicieron sonar
sus lanzas, los acólitos agitaron ramos y palmas y un coro de muchachos entonó:
Vexilla regísprodeunt…
A su
lado avanzaban los portaestandartes de las iglesias. Ante tal esplendor y
armonía, a Carlos se le dilató el corazón y, desmontando, continuó la marcha a
pie. Ningún rey franco había contemplado hasta entonces la Ciudad Santa, más
allá de sus enormes puertas pardas.
Al
acercarse, vigilando que sus seguidores no se rezagaran, Carlos fue desviado de
la puerta por sus guías portadores de palmas.
—Ésta
es la vía del triunfo. ¿Querrá el Clementísimo de los francos recorrer el
trayecto de los césares victoriosos de la Antigüedad?
Así
le condujeron lejos de la puerta de la ciudad, hacia la iglesia de San Pedro.
Feliz, Carlos continuó adelante con el oído atento a los cánticos e himnos,
mucho más armoniosos que los del ronco coro de sus clérigos francos.
Adriano
había decidido no permitirle la entrada en la ciudad.
Según
su biógrafo, Adriano se había sumido «en un éxtasis de asombro» ante la noticia
de la inminente llegada de Carlos.
Lo
cierto es que el Papa estaba estupefacto.
Adriano
procedía de una distinguida familia romana. Hombre de gran aplomo y
determinación, más que de conocimientos clericales, y dotado de amplia
experiencia política, había aplastado y reprimido una siniestra conspiración
dentro de las camarillas de Roma y se había enfrentado solo a los ardides de
Desiderio, al tiempo que soñaba en reconstruir los monumentos en ruinas de la
ciudad. El Papa era, pues, una rara combinación de diplomacia y gran fuerza de
carácter.
El
problema al que se enfrentaba parecía casi insoluble. Escindido del patriarca
oriental de Constantinopla, aquel obispo —por tradición sucesor de san Pedro—
se había convertido, debido a las circunstancias, en el único dueño de la
tumultuosa y empobrecida Roma, ciudad de sus distinguidos antepasados a la que
precariamente abastecía de comida y de algo de dinero gracias a las tierras del
ducado romano. Adriano era el último vestigio de la Res publica Romana. Y se
mantenía como tal por consentimiento de los lombardos, que, al menos, eran más
refinados y exteriormente más devotos que otros reyes bárbaros. Para mantener
su debilitada ciudad, Adriano tenía que conseguir más territorios en Italia
(que reclamaba como patrimonio de San Pedro); unos territorios que ni el
codicioso Desiderio, ni los duques independientes, ni el lejano emperador de
Constantinopla, estaban dispuestos a entregar. Así pues, Adriano se preparaba a
una defensa desesperada de las murallas de Roma con sacerdotes, milicias y
peregrinos, cuando la llegada de los francos a través de los Alpes alivió la
presión lombarda.
No
sólo eso. La captura de Verona por Carlos decidió a los duques lombardos del
sur a firmar la paz con la potencia menos amenazadora de las tres que luchaban
por Italia, es decir, con Adriano. Desde Benevento, Spoleto y otras ciudades,
corrieron a San Pedro para afeitarse las barbas y los largos cabellos y a
ofrecer su fidelidad al Sumo Pontífice antes de que el rey franco o el lombardo
—eso podía decidirlo el destino de Pavía— les aplastara. Los duques se
presentaron en Roma como devotos peregrinos, repentinamente sumisos, y Adriano
tenía ya en sus manos el territorio que precisaba cuando le llegó la noticia de
que el bárbaro franco se acercaba a la ciudad, sin previo aviso.
Siendo
un hombre ilustrado, aunque pobre latinista, Adriano tal vez reflexionase sobre
el destino de las ranas de la fábula de Esopo, el ocurrente esclavo sirio, que
quisieron liberarse del Rey Tronco llamando en su ayuda al Rey Cigüeña. Como a
la llegada de Desiderio, el Papa decidió defender la ciudad, pero con
discreción, puesto que el poderoso franco seguía constituyendo una incógnita.
En consecuencia, envió a la comitiva de bienvenida con órdenes de desviar a
Carlos de su camino, de dejar a los francos acampados en lugar seguro, en el
Campo de Nerón, fuera de las murallas, y de conducir a Carlos hasta la puerta
de San Pedro, donde Adriano aguardó con nerviosismo desde el amanecer, a la
cabeza de sus clérigos, entre ellos gran número de benedictinos.
Hacia
allá se encaminó Carlos, avanzando a pie entre destellos de oro de la
empuñadura de la espada y de la corona que ceñía su cabeza. Al llegar ante la
iglesia, subió los peldaños de rodillas, moviendo con esfuerzo su pesado y
corpulento corpachón. Por fin, besó la mano que Adriano le tendía y escuchó su
bienvenida: «Bendito el que viene en nombre del Señor».
El
pontífice estudió durante unos instantes al imponente bárbaro. Carlos se mostró
exultante de alegría cuando el grupo de monjes entonó una plegaria cantada Se
sentía como si hubiera llegado a una corte magnífica y festiva. Asido a la mano
de Adriano, fue conducido a través del atrio hasta la propia puerta de la
iglesia del apóstol y recorrió la nave de las noventa y seis columnas hasta el
altar, donde un centenar de cirios encendidos brillaba sobre la sagrada tumba.
La luz se reflejaba en los objetos de oro y de plata y en las imágenes de los
mosaicos de las paredes. Carlos no había imaginado nunca un esplendor
semejante.
Humildemente,
el franco rezó una plegaria ante el confesionario y volvió la cabeza para mirar
a hurtadillas a Hildegarda y al asombrado Pipino. Cuando se incorporó, escuchó
la voz de Adriano diciendo de él que había obligado a inclinar la cabeza a
orgullosos enemigos y que había puesto su fuerza al servicio de San Pedro. Tras
esto, el Papa le preguntó qué se proponía hacer en Roma.
Carlos
murmuró que deseaba visitar los santuarios durante los cuatro días de Pascua, y
luego partir.
Adriano
no terminó de creérselo y permaneció junto a Carlos como un amable anfitrión
atendiendo a un huésped no invitado. Abiertamente, pidió al rey franco promesas
de mantener la fe y la alianza de paz con el Papado. Cuando lo hubo hecho,
Carlos instó a todos sus nobles y clérigos francos a que hicieran idéntico
juramento. Adriano quedó satisfecho con ello, pero no se alejó de la compañía
del guerrero.
—La
tuya es una gozosa entrada —le dijo a las puertas de la ciudad.
A
Carlos no pareció importarle dormir fuera de las murallas, en el Campo de
Nerón. Durante todo el domingo de Pascua, el gigantón franco fue de un lugar a
otro en un torbellino de actividad: acudió a la reunión de magistrados y
grandes señores romanos que le dio la bienvenida, asistió a la imponente misa
que se celebró en Santa María la Mayor y participó en el concurrido banquete
del salón de Letrán. Carlos acababa de entrar no sólo en una ciudad santa, sino
en una poderosa metrópolis donde peregrinos de África y de la isla de Britania
se abrían paso a codazos para entrar en las capillas, provistos de escritos que
enumeraban los mirabilid a visitar, y compraban pequeñas cruces y, en
ocasiones, reliquias allí adónde iban. Carlos sintió vehementes deseos de llevarse
una reliquia de Pablo, e incluso de Pedro, para los altares de Saint-Martin y
de Saint-Denis. Y cuando Adriano le mostró toda una cámara llena de libros
colocados en estanterías, soltó una exclamación de asombro y rogó poder
llevarse a su tierra algunos de los sacramentarios iluminados, de caligrafía y
dibujos tan espléndidos.
Durante
tres días, Adriano reflexionó con desconcierto sobre aquel hombre con la mente
curiosa de un muchacho, que podía convertirse tanto en dueño de Roma como en su
protector. Percibía en Carlos una voluntad tenaz y una disposición a aceptar
responsabilidades. El franco tenía la costumbre de coger en brazos a su hijo
tullido para enseñarle todo aquello que le gustaba. Desde entonces, Adriano
siempre preguntó a Carlos si deseaba hacer las cosas, y no si podía hacerlas.
Le pidió protección contra sus enemigos, más que ayuda para sí.
Adriano,
hombre perspicaz, estuvo cerca de adivinar el secreto de la personalidad de
Carlos. No obstante, el poderoso bárbaro consiguió mantenerlo oculto, pues
procedía de un miedo reprimido y aterrador. Para Carlos, el miedo era un
sentimiento vergonzoso y luchaba por no revelarlo.
Lo
que sí hizo Adriano fue admirarse, en silencio, del modo en que Carlos recorría
los lugares de tradición sagrada: la cripta de la prisión de Pedro, las piedras
del confesionario del apóstol, los relicarios de oro. Ningún peregrino
ordinario mostraba tantos deseos de llevarse un fragmento de piedra. Al propio
tiempo, el franco parecía radiante de alborozo cuando se abría paso con su
enorme corpachón para entrar en tales lugares. Por un instante, Adriano se
preguntó si acaso intentaba escapar, físicamente, de alguna imaginaria
persecución. Sin embargo, tal cosa no parecía posible.
Tras
la misa del tercer día en San Pablo Extramuros, los francos se prepararon a
partir; pero, antes de que pudieran hacerlo al cuarto día, Adriano les pidió
que se reunieran de nuevo —el Papa se había dado cuenta de que a Carlos no le
gustaba separarse en ningún momento de su familia y de sus hombres— ante el
altar de San Pedro. Allí, sin alzar la voz, recordó al franco una promesa que
su padre, Pipino, había hecho a Esteban, de bendita memoria en tierras francas:
la promesa de entregar a la sede de San Pedro y a sus vicarios diversas
ciudades y territorios. A continuación, preguntó a Carlos si él y sus nobles
cumplirían el compromiso así contraído.
Carlos
se apresuró a asentir. ¿Acaso no había cruzado los Alpes precisamente para
ello?
Entonces,
Adriano hizo que un secretario leyera los términos escritos de la donación de
Pipino. A Carlos le costó esfuerzo seguir su rápida salmodia en latín.
«
[…] desde la isla de Córcega […] hasta el monte Bardo y hasta Parma […] desde
allí hasta Mantua y el monte Silicis, junto con la región […] de Rávena, como
en tiempos antiguos, y las provincias venecianas con Istria […] y todas las
tierras de Spoleto y Benevento».
Carlos
no había oído hablar de muchos de aquellos lugares, pues de Italia sólo le
resultaban familiares los caminos que había recorrido. El rey franco no había
puesto nunca sus ojos en un mapa, así que no tenía modo de saber que los
territorios mencionados abarcaban dos tercios de Italia.
Así
pues, entendiendo que aquello era lo que Adriano necesitaba para consolidar su
situación, accedió rápidamente. Algunos de los testigos de la escena contaron
que Carlos hizo copiar la lista a su capellán y luego colocó el documento bajo
las Sagradas Escrituras expuestas ante la tumba, debajo del altar.
El
firme Adriano no había soñado jamás en poseer todo aquello que ahora se le
prometía.
Carlos,
por su parte, se llevó a un sacerdote romano para que enseñara a los francos a
cantar como era debido, así como a un erudito letrado, Pedro de Pisa, para que
le enseñara gramática y escritura. Pero, por encima de todo, se llevó con él
una profunda añoranza de las bibliotecas y los edificios de la civilización, y
del alivio que había experimentado tan inesperadamente en las capillas sagradas
de Roma.
Tras
esto, su copa de la felicidad rebosó: Hildegarda le dio una hija y, a primeros
de junio, la defensa de Pavía sucumbió a las penalidades del hambre y la
fiebre. Desiderio cruzó la puerta a pie, con las manos vacías y acompañado de
su familia, para rendirse. El rey lombardo resultó ser apenas un hombrecillo
rechoncho y malhumorado, temeroso de ofender a Carlos. Éste se rió abiertamente
al advertir sus nervios. Ansa, la esposa de Desiderio, era una mujer de buen
ver.
Cuando
sus francos tomaron las puertas, Carlos entró a caballo como vencedor,
admirando las largas columnatas y los baños termales de aquella ciudad de
palacios. Désirée, la que fuera su esposa, había muerto y Pavía era suya. Con
excelente humor, asistió al reparto de los tesoros y ordenó que se entregaran
por entero a sus huestes, que habían asediado las murallas durante tanto
tiempo. Complacidos, los soldados vi torearon a gritos la generosidad de Carlos
y su fortuna al obtener una victoria tan provechosa con tan escaso
derramamiento de sangre. A partir de aquel día, el monarca firmaría como
«Carlos, por la gracia de Dios rey de los francos y de los lombardos, y
patricio de Roma».
Desiderio
y Ansa fueron recluidos, bajo vigilancia, en un retiro monástico de Corbie.
Carlos no impuso a los demás lombardos ningún nuevo tributo ni ley franca, ni
reclamó para sí tierra o ciudad alguna. Se consideraba sólo «rey de los
lombardos», no de su país, y permitió que siguieran viviendo como lo habían
hecho hasta entonces.
Tras
esto, partió rápidamente hacia su patria. Mientras cruzaban las alturas del
glaciar del Ródano, la pequeña de Hildegarda murió.
A
los nobles lombardos perdonados por su conquistador, tan despreocupada
clemencia les pareció increíble. Uno de ellos escribió: «El rey de los francos,
que podría haber destruido nuestras posesiones, se mostró clemente e
indulgente».
Al
cabo de un año, la política de paz de Carlos produjo una rebelión. Tan intenso
como el odio de los sajones por sus parientes, los francos, era el antagonismo
de los humillados lombardos hacia sus nuevos amos. Eliminado el débil
Desiderio, los duques septentrionales se aliaron para adueñarse del país. En
Roma, un nervioso Adriano recibió noticias de que el hijo de Desiderio volvía
de Constantinopla al mando de una flota. Con la rebelión flotando en el aire,
cualquier apariencia de orden y gobierno se vino abajo.
Adriano,
que tanto había esperado de Carlos, se encontró con que el poderoso franco,
ocupado con los sajones, no parecía mostrar la menor preocupación por sus
compromisos italianos. El atribulado pontífice escribió una elocuente carta a
su amigo, «el Gran y Excelente Rey», saludando a su esposa y a sus hijos
—Adriano recordaba muy bien la devoción de Carlos por su familia— y
advirtiéndole que el caos se estaba instalando en torno a San Pedro. Bandas
armadas dominaban los caminos, Rávena había proclamado su soberanía en el norte
y Rotgardo, duque de Friuli, había formado un ejército.
Carlos,
ocupado ese verano de 775 en el frente sajón, no envió como respuesta ninguna
muestra visible de su autoridad. Únicamente llegaron de su reino un par de
obispos a lomos de mulas que visitaron Spoleto y Benevento para mantener
conversaciones con los caudillos de ambas ciudades. «Tened buen juicio y
esperad —les advirtieron aquellos inofensivos obispos—, pues Carlos vendrá
pronto».
Los
enviados también se ocuparon de mandar a Carlos, por un correo, su opinión
sobre la situación.
—
¿Qué tiene ese rey de los francos para que los romanos depositen su confianza
en él? —preguntó provocadoramente Rotgardo a los enviados del Papa.
Adriano
puso al corriente del comentario al vagabundo Carlos, pero siguió sin recibir
respuesta en la nítida caligrafía de Pedro de Pisa. Cuando llegó el invierno y
la nieve cerró los pasos de montaña al avance de un ejército, Adriano perdió la
esperanza.
Entonces,
después de Navidad, Carlos apareció al pie de la barrera de nieve. Comandando
únicamente su columna de jinetes escogidos, había conseguido remontar los
pasos. Esta vez no se detuvo en Pavía, sino que se lanzó río abajo y ascendió
luego las montañas del este, rompiendo en una acción sangrienta las defensas de
un río. Se cuenta que allí luchó y huyó Rotgardo, para ser muerto por sus
propios hombres en las montañas, y que Treviso cayó en poder de los francos
tras un asedio.
Con
Desiderio, el rey de los francos se había mostrado magnánimo; en cambio, ante
aquella rebelión actuó con rapidez y severidad. Colgó a sus cabecillas, exilió
a los duques, confiscó tierras y dejó a sus condes francos al mando en el
norte, con una guarnición para respaldarles. Carlos se había proclamado rey de
los lombardos y estaba dispuesto a demostrar que lo era. Incluso ausente, era
su monarca legítimo. Los gobernantes de Spoleto y Benevento que habían hablado
con los obispos se mantuvieron al margen de la rebelión.
Carlos
no realizó esta vez ninguna peregrinación a Roma. Cuando se detuvo a celebrar
la Pascua, ya estaba en las montañas camino de tierras francas. Llegó a su
hacienda a tiempo para la siega de julio.
A
partir de entonces, el futuro de Italia se mantuvo en equilibrio entre la
impredecible voluntad de Carlos y la determinación de Adriano.
Físicamente,
el hijo de Pipino no sentía el menor miedo. Su cuerpo vigoroso, de enorme
corpulencia, era capaz de asimilar el castigo, y las heridas sólo le dejaban
cicatrices. Aquel invierno, había obligado a un millar de hombres a seguirle
por las alturas nevadas, durmiendo al raso.
Sus
guardabosques contaron el encuentro de Carlos con un bisonte en el transcurso
de una cacería. Aquel bóvido feroz y gigantesco era el rey de las fieras en
Europa, por encima del león. Como es natural, en su relato, los monteros
presentan a Carlos como un héroe:
«El
dadivoso rey Carlos, que nunca soportaba la ociosidad y la pereza, salió a
cazar al bisonte. Cuando sus servidores vieron a tan inmenso animal, salieron
huyendo. Pero el intrépido Carlos, a lomos de un fogoso corcel de guerra, se
acercó al bisonte e intentó atravesarle el cuello con la espada. Pero falló el
golpe y la monstruosa bestia desgarró la bota y las cintas de la pierna del
gran rey, hiriéndole levemente en la pantorrilla con la punta del asta, lo que
hizo cojear a Carlos. Después, la fiera huyó al abrigo de árboles y piedras.
Muchos de los servidores del rey quisieron quitarse sus cintas de las piernas
para ofrecérselas, pero él se negó, diciendo: “Tengo intención de presentarme
así ante Hildegarda”.
»Entonces,
Isambardo, hijo de Warin, corrió hacia la bestia y le arrojó su lanza, que se
clavó hasta el corazón del bisonte entre el hueso del hombro y la tráquea.
Entre varios hombres, llevaron a rastras ante el rey el cuerpo de la bestia,
aún caliente.
»Carlos
pareció no reparar en la enorme pieza, salvo para ordenar que se repartiera
entre sus compañeros de cacería. Después, regresó a su casa, donde mostró las
prendas desgarradas a su esposa. “¿Qué merece el hombre que mató a la bestia
que me hizo esto?”, preguntó. “Merece el regalo más alto”, fue la respuesta de
Hildegarda. Entonces, el gran rey hizo traer la cornamenta del bisonte, como
testigo de su sinceridad, y la reina suspiró y se le encogió el ánimo».
Al
ver que Hildegarda mostraba tal temor por su integridad, el arnulfingo, a quien
no le gustaba demasiado Isambardo, recompensó al joven noble con una libra de
plata por su acto y le estrechó la mano en señal de amistad.
Carlos
no temía por su cuerpo ni, después de su cabalgada a Verona, por las
maquinaciones de sus enemigos. El miedo que le atenazaba, cada vez más,
procedía de su propia mente. De muchacho, en el seno acogedor de su familia, no
lo había conocido; como hijo mayor y sombra del envejecido Pipino, tampoco
había sido consciente de él.
Pero
ahora que se encontraba solo, salvo la única compañía de la atolondrada
Hildegarda, aquel miedo se le presentaba tanto en la silla de montar como en el
trono real. Aparecía en cualquier lugar de su reino, como una danza de la
muerte que no veían más ojos que los suyos y que le advertía día tras día sobre
la decadencia y la muerte que se cernían sobre su pueblo, los francos.
En
el mercado de Ingelheim se topó con un astuto vendedor de milagros, un tipo
gordo ataviado con una capucha y una blusa de pelo de cabra, que ofrecía, por
unas monedas, amuletos de enredaderas trenzadas para curar la hidropesía, la
ceguera y el vómito negro. Un hechicero.
Carlos
tenía la costumbre de vagar a solas, vestido con su ropa de diario de lana
frisona, y a menudo su identidad pasaba inadvertida. En una de aquellas
escapadas, encontró a los vecinos de una aldea reunidos con sus hijos en torno
a la cruz de madera que utilizaban para la ordalía de la crucifixión; en
aquella ocasión, sin embargo, lo que contemplaban era el juicio a un suabo
libre, acusado de robo. Los sacerdotes vertieron un caldero de agua hirviendo
en un barril colocado al lado del suabo y que le llegaba a éste hasta la
cintura. Después, dejaron caer una piedra en el barril y arremangaron el brazo
derecho del acusado, quien se había ofrecido para ser juzgado por la voluntad
de Dios a través de la ordalía del agua hirviendo.
Cuando
la multitud se arremolinó para comprobar si el suabo era capaz de demostrar su
inocencia sacando la piedra del agua hirviendo, Carlos se abrió paso hasta las
inmediaciones del barril. Si el suabo no conseguía sacar la piedra, le
cortarían la mano con el hacha y la mayoría de los espectadores quería
presenciarlo. Carlos, que tenía un ojo rápido y penetrante, apreció que el
suabo no sudaba de nerviosismo. El individuo aguardó a que un sacerdote
murmurara unas frases en mal latín y sumergió el brazo. Lanzó un grito de
fingido dolor y sacó rápidamente el puño, que un clérigo tonsurado se apresuró
a coger, mostrando en alto una piedra que parecía haber salido de sus dedos.
Ita… impenitus videtur! Con esto, el sacerdote proclamó la inocencia del suabo.
La
multitud prorrumpió en exclamaciones, mientras Carlos se inclinaba sobre el
barril y observaba la piedra aún en el fondo, intacta. Furioso por aquella
burla de juicio, agarró por el cuello al suabo y al clérigo y sumergió a la vez
ambas cabezas en el agua, aún humeante. Entre alaridos de dolor auténticos, los
dos falsarios se alejaron de él mientras los aldeanos le contemplaban con tosca
perplejidad.
En
otra ocasión, encontró a unos francos, hombres libres, trabajando como siervos
de la gleba en la recogida de una pobre cosecha de cebada. Pese a ser hombres
libres con derecho a portar armas, aquellos francos preferían trabajar el campo
para llenar el estómago y escapar a tareas más duras.
En
tales gentes, Carlos percibía la pérdida de su antiguo orgullo teutón; su
pueblo se hundía empapado en vino, corriendo hacia su muerte como un rebaño…
Un
día, a la hora de vísperas, desmontó frente a una capilla del camino, dedicada
a san Remigio, para rezar un Magníficat. Sus servidores esperaron fuera para
estirar las piernas. El techo estaba combado sobre el altar a oscuras, ante el
cual cuchicheaban dos hombres, un propietario feudal que aparentemente se
confesaba y un diácono que llevaba el traje talar sobre unos pantalones de
caza. El suelo estaba salpicado de excrementos de animales. El arnulfingo no
prestó atención a nada de aquello pero, mientras musitaba su plegaria, escuchó
el metódico tintineo de unas monedas de plata y una voz que contaba:
—…
cuatro, por el asunto de la moza del pastor; cinco, ésta paga el asunto del
sebo pesado dos veces; seis, por la pequeña trampa al muchacho descuidado…
La
voz del confesor se convirtió en un leve suspiro y finalizó bruscamente:
—Por
los venerables huesos del santo Remigio, juro que no tengo más que siete
monedas.
Carlos
llegó a la conclusión de que la palabra de un franco libre ya no era tenida por
buena a menos que jurara por unas reliquias reconocidas. Después, comprendió
que el penitente pagaba con sus monedas la redención de sus pecados, pues había
entre su pueblo quien creía las palabras del profeta Daniel, «Redimid vuestros
pecados dando limosna», entendidas como pagarlos mediante la entrega de dinero.
¿Cómo
podría hacer entender a aquellas mentes obtusas el sentido de las palabras del
profeta? Los clérigos que debían instruir a su pueblo, en muchos casos, no
sabían leer.
Después
de residir en el palacio de Pavía y de escuchar al sabio Adriano, Carlos se
daba cuenta de su propia ignorancia y del embrutecimiento de su pueblo en las
cabañas de mimbre y adobe y en las iglesias de troncos. Por unos instantes,
maravillado ante las inmensas iglesias romanas, se había sentido transportado
como por efectos del vino, creyéndose próximo a un poder milagroso. Sin
embargo, de vuelta a su tierra, aquella exaltación se había desvanecido. Había
traído reliquias pero, en aquellos bosques, ¿se distinguían en algo de los
pedruscos y maderas de las capillas locales? ¿Podían llevar a cabo un milagro
entre los francos?
Carlos
meditaba sobre estos asuntos cuando tuvo su conversación con Sturm. Mientras
recorría el camino de la orilla derecha del Rin entre los puestos fronterizos,
encontró a Sturm cortando ramas de un abeto para construir un parapeto nocturno
contra los animales salvajes. Aunque discípulo de Bonifacio y abad de Fulda, en
las montañas sajonas, el viejo Sturm aún viajaba a pie por el país como en sus
tiempos de misionero. Incluso cuando reconoció a Carlos, el rey, el gigantesco
abad continuó blandiendo el hacha y partiendo ramas. Sin dar las gracias, se
sentó junto al fuego que habían preparado los servidores del rey y compartió
con éste la carne, el pan y la miel de la cena. Escuchó sin comentarios las
quejas de Carlos sobre la holgazanería, la glotonería y el debilitamiento moral
de los francos y, al ver que el monarca esperaba su respuesta, el viejo Sturm
despertó de su meditación y pronunció unas palabras extrañas:
—Hijo
mío, despide a tus cazadores, siervos y guardianes. Quédate aquí, junto al
fuego, y reza tus oraciones a la hora de completas.
—
¿Rezar?
—Sí,
reza.
Carlos
esperaba un sabio consejo del hombre, ya curtido por el paso de los años, que
había recorrido las tierras vírgenes con Bonifacio, el apóstol. Sturm había
empezado a construir su monasterio, Fulda, cortando troncos en la cima de una
colina para edificar un lugar para los huesos de Bonifacio.
Bajo
la maraña de cejas canosas, los ojos grises de Sturm contemplaron las estrellas
más allá del cielo.
—Ya
se acerca la hora. Mi señor de los francos, ¿no son estos altísimos árboles
como pilares de la nave del templo del Señor? ¿Sientes algún temor aquí?
Impaciente,
Carlos exigió:
—
¡Habla con franqueza, abad! ¿Por qué me haces rezar a esta hora?
Los
dedos nudosos de Sturm se cerraron en torno a la faja de su cintura. Luego, se
incorporó y dejó oír su voz potente y seca:
—Si
tu pueblo franco se hunde en la ignorancia y la fornicación, la responsabilidad
es de sus sacerdotes. Y si los sacerdotes de los francos desatienden sus
obligaciones y flaquean, hinca indepotestas terribilis. Ello se debe a un
terrible poder —tradujo, y señaló con el dedo a Carlos—: el tuyo. Tu palabra es
la ley. Todas estas almas humanas aguardan un gesto tuyo de asentimiento, una
mueca de cólera. El tuyo es un poder terrible, que no puedes compartir ni
evitar. Reza, por tanto, para saber emplearlo bien. Mi señor, tú me has
ordenado que hablara con sinceridad.
Después
de rezar junto al abad, arrodillados ambos tras el parapeto de ramas, Carlos
reflexionó acerca de lo que había dicho Sturm. No le resultó fácil comprender
aquellas cosas. Pensó en el último rey legítimo de los francos, el merovingio,
obeso como un cebón, tambaleándose sobre las roderas del camino en la carreta
de bueyes ceremonial. Volvió a verle con los ojos de un niño. El último rey,
como podía serlo a su vez alguno de sus hijos. Un espíritu negligente, alejado
por un instante de las ollas y pucheros. Este era el miedo que le corroía.
El
viejo Sturm se inclinó hacia delante para echar unas ramas secas a la fogata.
Una expresión extraña apareció en sus ojos grises cuando contempló al
gigantesco Carlos.
—Hijo
mío, no sueñes con cambiar la naturaleza humana en una noche. Cuántas veces he
bautizado a mis kunkelds sajones, para encontrarles a la mañana siguiente
sacrificando una cabra, o incluso un toro, para que sus viejos dioses del
bosque les sean propicios. Entonces, me alegro de que no derramen la sangre de
un esclavo humano.
Carlos
no había imaginado que el sacerdote de la frontera pudiera ser tan tolerante.
Mientras preparaba su capa para dormir, Sturm señaló con un gesto la barrera de
ramas.
—En
cuanto a los animales, hacen más caso de un parapeto en torno a una fogata que
de cualquier oración.
Y
éste fue el consejo que dio a Carlos el viejo Sturm.
Aunque
no era capaz de analizar con lógica sus temores, el arnulfingo reaccionó contra
ellos con una demostración de vitalidad física. Si su mente necesitaba ser
instruida, aunque fuera a edad madura, la instruiría. Con la ayuda de su nuevo
tutor, Pedro de Pisa, intentó aprender a transformar palabras ininteligibles en
frases coherentes. El viejo sabio lombardo le leyó el sombrío poema de Virgilio
sobre la caída de Troya y la huida de Eneas bajo la luz de la ciudad en llamas,
llevándose consigo a sus dioses ancestrales.
—
¿Qué fue de su pueblo? —preguntó Carlos.
—Fue
conquistado. Para el hombre conquistado sólo existe una seguridad, y es la de
no tener ninguna esperanza.
Carlos
mostró interés por aquel Eneas, que había engendrado un nuevo pueblo al otro
lado del mar.
A
veces, cuando el miedo a su propia incapacidad pesaba en su corazón, el
arnulfingo se internaba en los bosques, sin seguir camino alguno, hasta un
bosquecillo como el del Irminsul, pero más pequeño. Allí, en una choza,
habitaban unos viejos bardos a los que entregaba limosnas. Entonces, los bardos
tañían el arpa y cantaban el antiguo heroísmo de cuando los francos surcaban
los largos caminos del mar.
Las
historias de tales antepasados jamás habían sido puestas por escrito por un
Virgilio. El las rescató de la memoria de los viejos bardos, de cuyos versos
emanaba el esplendor de una era dorada en la que el poder residía en las manos
de unos héroes bajo la protección de los dioses de la tierra. Carlos reflexionó
largamente sobre el Irminsul que había derribado aquel día.
En
ocasiones así, el rey se preguntaba cómo habría hecho Pipino para tratar con
aquellos pueblos sajones insumisos. Porque, hasta aquel momento —y salvo la
cabalgada a Roma por Pascua—, Carlos había seguido las ideas de su padre más de
lo que estaba dispuesto a reconocer. El rudimentario Estado franco seguía
siendo casi lo mismo que en tiempos de su padre: una especie de propiedad o
hacienda personal del monarca. El palacio real —muy diferente al de Pavía— era,
simplemente, el aula o salón donde Carlos estaba en cada momento. Junto a él,
los once paladines, o funcionarios de palacio, constituían el consejo que
decidía sobre los asuntos. El conde de palacio asumía la responsabilidad cuando
Carlos no podía presidirlo.
Después
de alojarse en San Pedro, Carlos cobró conciencia de la barbarie de su reino.
Su chambelán administraba rebaños y tierras, más que los asuntos de la corte;
su senescal planificaba el aprovisionamiento de comida y forraje para las
tropas en marcha, y los dos funcionarios actuaban de acuerdo con Hildegarda,
que mantenía un meticuloso control de los ingresos y gastos de la tesorería:
los presentes ofrecidos al rey en las festividades y los regalos
correspondientes entregados por el monarca, los peajes cobrados en los puestos
fronterizos y para cruzar los puentes y las compensaciones pagadas a los
cortesanos, así como la parte del botín ganado al enemigo que correspondía al
rey Hildegarda no dejaba nunca de acrecentar sus posesiones, sobre todo las rentas
en cosechas y animales que cobraban a los campesinos. Carlos tenía el secreto
convencimiento de que esto le traía mala suerte. En cambio, su precavida esposa
suaba sólo se sentía satisfecha si, en cada uno de los salones que visitaba,
podía disponer de queso, caza, cerveza, miel, cereales, manteles y velas de
sebo en cantidad suficiente para cubrir sus necesidades.
—Desde
la muerte de tu padre, a quien Dios tenga en su gloria —comentaba con
satisfacción—, no hemos sufrido ninguna hambruna en el reino.
Carlos
no comprendía cómo Hildegarda mezclaba la protección divina con la abundancia
de cabezas de ganado, pero, al parecer, para la mujer existía una relación
evidente y no deseaba que nada cambiara a peor.
Por
primera vez en todos aquellos años, Carlos se apartó de la política seguida por
su padre y trazó planes para someter a sus rivales más cercanos y más odiados,
los sajones, y para cambiar su falaz naturaleza pagana mediante la conversión.
«Esa nación, que se ha entregado a los demonios desde el principio de los
tiempos, se someterá al dulce yugo de Cristo», anunció, y el consejo mostró su
asentimiento.
Devotos
misioneros como Bonifacio se habían aventurado hasta entonces entre los paganos
del otro lado del Rin y, por norma general, habían terminado muertos a sus
manos. Por otra parte, columnas armadas habían invadido las tierras vírgenes
para castigar tales muertes. Sin embargo, jamás hasta entonces habían marchado
juntos misioneros y huestes armadas.
Aquel
intento de convertir a los sajones por la fuerza era un experimento sin
precedentes que iba a provocar el terror durante más de treinta años.
Algo
había que intentar, sin duda. Apenas había partido hacia Italia el ejército
franco de Carlos, los sajones fronterizos habían realizado una incursión en
venganza por la destrucción del Irminsul y habían quemado la abadía de
Fritzlar, utilizando la propia capilla como establo para sus caballos.
Durante
aquel invierno, su consejo hizo planes para poner fin a aquellas refriegas
partisanas mediante una invasión masiva, una leva de armas completa de los
fideles francos que construiría fortines a lo largo de los caminos del bosque y
erigiría iglesias dentro de tales recintos. (En ello estaban concentrados los
francos durante el verano de 775, mientras Adriano imploraba a Carlos que
regresara a Roma).
Las
aguerridas tropas del rey se internaron en las tierras paganas, quemando y
matando cuando topaban con el escurridizo pueblo de los bosques, arrasando los
fortines gemelos de Sigiburgo y Eresburgo, avanzando por el valle del Irminsul
hasta el río Weser y dispersando la resistencia de esta línea de defensa. Los
grandes clanes de westfalianos y ostfalianos experimentaron el poder de las
espadas de hierro, y la caballería franca avistó finalmente la masa oscura del
Süntal, después de abrirse paso a través del valle del Rhur. Los invasores
parecían haber dispersado a todos los enemigos visibles.
Pero
entonces, junto al Weser, una de las divisiones de Carlos dedicada a edificar
un asentamiento fue sorprendida y aniquilada en un asalto. Los bosques seguían
escondiendo la fuerza de las bandas guerreras sajonas. Cuando tuvo noticia del
desastre, emprendió la persecución de los asaltantes con las fuerzas que tenía
más cerca, pero no encontró la menor resistencia. Los aldeanos y campesinos
salían a su paso para ofrecerle rehenes y prestarle sumisión. (Entonces, Carlos
había conducido a sus mejores jinetes en aquella larga marcha invernal a
Italia).
Y,
allí, un correo le llevó la noticia de que los fuertes de Sigiburgo y
Eresburgo, ahora en sus manos, estaban siendo sometidos a asedio. Se apresuró
entonces a llevar sus tropas desde la cabecera del Ródano hacia el Rin,
apareciendo allí tan inesperadamente con sus cansados veteranos que las tribus
de los bosques huyeron a sus cumbres inaccesibles. Carlos estaba descubriendo,
a un alto coste, la futilidad de invadir una tierra donde no existían ciudades
que capturar con sus habitantes. Era cierto que ningún ejército le había podido
hacer frente, pero, a pesar de ello, sólo había conseguido el control sobre un
par de fortines fronterizos y sobre los caminos de los valles que arrancaban de
la gran meseta de Hesse.
A
cambio de ello, había levantado en su contra la resistencia silenciosa e
inflexible de todos los pueblos sajones hasta las intactas llanuras
septentrionales, las riberas del Elba y la costa del Báltico.
Frente
a tal enemistad, de poco servían sus misioneros. Estos, rodeados de guardias
armados, predicaban su mensaje balbuciente a rehenes hoscos y a aldeanos
famélicos. Carlos se obstinó en culpar a los clérigos de su falta de
eficiencia, soñando ávidamente con un Bonifacio que predicara la conversión en
el territorio sajón. Entonces recordó al anciano abad Sturm, el vigoroso
predicador fronterizo, y le mandó llamar.
—
¿Qué te propones?—quiso saber Sturm—. ¿Ahuyentar lobos o guiar ovejas?
Al
ver que Carlos no sabía responder a esta difícil pregunta, el misionero de los
bosques le explicó el acertijo. Los sajones eran una raza guerrera parecida a
los lobos. Atacados con armas, podían ser exterminados pero no transformados en
algo distinto. No; para cambiar la naturaleza de una manada de lobos era
preciso envainar las armas y vivir entre ellos, compartiendo la comida y
dejándoles en libertad para todo lo demás.
El
impaciente arnulfingo se irritó al escuchar sus palabras.
—
¿Cuántas veces he ofrecido la paz a estos infieles?
—Muchas,
es cierto, pero siempre lo has hecho después de combatirles con las armas.
—Es
el único modo de someterles.
El
anciano Sturm extendió sus manos nudosas y replicó:
—Ofréceles
una tregua con las manos abiertas.
—
¿Cómo?
—El
rey eres tú, por voluntad de Dios. A ti te corresponde establecer los términos
de la tregua con esas gentes perdidas para Dios.
La
propuesta de Sturm carecía de lógica, pero no contradecía los recelos de
Carlos. Aunque toscos y paganos, los sajones se mantenían fieles a sus viejos
dioses y a su valor de antaño. Más que los lombardos, más incluso que sus
francos, aquellos sajones habían conservado la valentía de su raza.
Nominalmente,
Carlos era rey, gratia Dei. Sin embargo, ¿qué gentes eran las que el Señor le
había concedido gobernar? Lombardos cautivos de Treviso y de las lejanas
montañas orientales habían hecho juramento de servirle y así se habían
convertido en sus vasallos. El anciano Pedro, su preceptor, había huido de la
ciudad de Pisa. Aunque su autoridad llegaba muy lejos, Carlos no poseía ninguna
ciudad por sede; en cambio, obligaba a hombres de distintas razas y lenguas a
realizar el juramento de lealtad…
De
las meditaciones de Carlos y de la insistencia de Sturm surgió una nueva oferta
que presentar a los recalcitrantes caudillos sajones. El rey de los francos les
invitó a reunirse libremente en asamblea, recibir el bautismo de la Iglesia y
prestarle juramento de fidelidad. Al propio tiempo, proclamó que no construiría
en tierras sajonas una fortaleza, sino una nueva ciudad donde pudieran erigirse
capillas. Salvo el hecho de que Carlos pasaría a ser su jefe supremo, los
sajones se regirían por sus propias leyes y costumbres, como hasta entonces.
Como
emplazamiento de la nueva ciudad escogió un lugar más allá de la disputada
línea fronteriza de Sigiburgo y Eresburgo, cerca de la cabecera del río Lippe.
Allí se extendía una llanura abundante en agua, una encrucijada de caminos de
aquellas tierras vírgenes que ofrecía buenos parajes para bañarse y para cazar.
Se parecía a su amado valle de Aquis Granum, que no había tenido ocasión de
visitar en los últimos años. Dado que la planicie estaba surcada por un
riachuelo de abundante pesca, el Padra, Carlos bautizó esta nueva ciudad de la
amistad con el nombre de Padrabrunnen, o Paderborn. El primer edificio que se
señaló en ella con troncos caídos fue una iglesia.
En
su crónica del año de la construcción, 776, el arzobispo Ado escribió: «Donde
nace el Lippe, el rey recibió a todo el pueblo sajón, con esposas e hijos.
Bautizados, se unieron a él en la fe. Y, en Padrabrunnen, celebró una asamblea,
tanto de sajones como de francos».
El
vigoroso Carlos preparó esta insólita reunión (en el verano de 777) con su
habitual instinto teatral. Como a las puertas de Roma, se rodeó de obispos con
vestiduras ceremoniales y de condes engalanados. Barbudos lombardos desfilaron
junto a fanfarrones bávaros. El abad Sturm, convocado para oficiar la
consagración de la iglesia de troncos, bautizó en el río, sumergidos en el agua
hasta la cintura, a los clanes sajones, hessianos, westfalianos y ostfalianos,
que acudieron en masa a la convocatoria. Los estandartes del dragón y de la
cruz, que habían sido llevados a la victoria en Italia, fueron exhibidos entre
las fogatas de los campamentos mientras los monjes de Sturm, dirigidos por el
maestro de coro romano, entonaban: Vexilla regís prodeunt.
Las
mesas junto a los fuegos estaban colmadas de carne, vino, cerveza y miel, y,
entre ellas, el anciano Sturm predicaba la Palabra con todo el entusiasmo.
Carlos también recorría los campamentos con los ojos brillantes, bromeando y
haciendo promesas, como hábil provocador de entusiasmos que había demostrado
ser. Su impresionante figura, con pantalones de caza de cuero y capa de pieles
de lobo, se mezclaba con los grupos de sajones de largos cabellos, alegres de
cerveza, que se ponían en pie en su presencia. Bebió con sus caudillos, cuerno
tras cuerno, y hasta se unió, para sorpresa de todos, a sus cantos sobre los
héroes que Odín escogió para llevarlos al Valhalla.
La
alegría que sentía se colmó aún más con la inesperada presencia de una extraña
comitiva de jinetes cubiertos con cotas de malla plateadas y envueltos en capas
inmaculadas, que ocupaban cómodamente las sillas altas de unos caballos
nerviosos. Eran árabes, nobles del Islam, procedentes de las tierras hispanas
del otro lado de los Pirineos, que venían a negociar un tratado con el rey de
los francos.
Ningún
maestro de ceremonias habría recibido una nueva atracción con la vehemencia con
que Carlos acogió a tan distinguidos huéspedes. Éstos no sólo eran un signo
visible e incuestionable de su creciente poder, sino que aparecían, además,
como caudillos procedentes de otro mundo a los ojos de los sajones, recluidos
en sus bosques. Carlos tomó buen cuidado de que los recién convertidos sajones
presenciaran su solemne entrevista con los señores árabes. Así fue como
encontró una respuesta al reto de Sturm de ofrecer una tregua real. Daba la
impresión de que había conseguido una nueva victoria sin combatir y, desde
luego, eso fue lo que él creyó. Sin embargo, su optimismo iba a causarle
problemas casi inmediatamente.
Con
la ventaja de conocer lo que sucedería a continuación, el buen Ado finalizaba
su escrito con estas palabras: «Widukindo y ciertos sajones rebeldes acudieron
a los hombres del norte a pedirles ayuda contra el glorioso Carlos».
Widukindo,
cuyo nombre había sonado a lo largo de los caminos del bosque durante los
últimos conatos de resistencia, no se había presentado a la consagración de la
iglesia, al bautismo ni al juramento de fidelidad. Sin clan ni tierra propios,
Widukindo era el único caudillo guerrero a quien todos los demás escuchaban, y
les había advertido que jamás concedieran al franco una base más allá del Rin.
Por entonces, Carlos no tenía modo de saber que Widukindo era el principal
impulsor de la resistencia pagana.
Aquel
verano de 777 presagiaba las mejores promesas. La propia fecha combinaba el
benéfico número 7, el número de días de la Creación, con el afortunado 3, el
número de la Trinidad. Hildegarda le dio otro hijo sano, y, aparentemente,
Carlos había logrado la conversión y la amistad de los obstinados sajones.
Sin
embargo, en aquel encuentro evangelizador de Paderborn, Carlos no había
convertido a nadie más que a sí mismo. Su fácil entusiasmo se desbordó. Las
gentes ya no le llamaban Palurdo ni se mofaban de las circunstancias de su
nacimiento; se había convertido en rey de verdad, además de serlo de nombre.
Cultos nobles sarracenos acudían a verle a sus bosques. Había hecho más que
Pipino, asegurándose la Aquitania y extendiendo su autoridad muy lejos, hasta
la Roma de Adriano.
Entre
los francos se estaba produciendo un cambio. El recuerdo de los reyes
merovingios y de los francos neustrianos y austrasianos se estaba difuminando,
reemplazado por la figura del genial arnulfingo. Gracias a sus incesantes
cabalgadas entre ellos, su rostro rubicundo era conocido por las variadas
gentes de las hospederías de montaña y de los establos de las tierras bajas.
Hablaba sus dialectos, dormía en sus graneros y hacía donaciones a las capillas
de los caminos. Debido a ello, de todas las fronteras acudían hombres libres en
busca, no de la autoridad del rey, sino del propio Carlos. Un frisón de los
pantanos, preguntado por los centinelas, declaró: «Busco a Carlos, el rey». Un
gascón explicó: «Soy un hombre de Carlos».
Esto,
a su vez, producía un efecto en el impaciente arnulfingo. Consciente de la
debilidad de sus francos, agradecía aquellas nuevas fidelidades. Después de la
asamblea de Paderborn, consideraba que las naciones estaban dispuestas a unirse
bajo su estandarte.
Una
noche, sumido en meditaciones, reflexionó sobre la naturaleza de aquel nuevo
séquito de pueblos. Todos ellos tenían una cosa en común: eran ovejas del
rebaño de Cristo. Lombardos, bretones o sajones, todos eran cristianos. ¿Era
posible que, con el tiempo, llegara a convertirse en caudillo de una gran
nación cristiana? De momento, guardó aquel pensamiento para sí.
Sin
embargo, en su mente, todo aquello fue cobrando forma. Desde el principio, se
había proclamado «defensor de la Santa Iglesia». Y había pasado la mayor parte
de sus nueve años de reinado defendiendo iglesias en diversas fronteras. Allá
donde llegaban las iglesias, la gente buscaba la protección del rey franco. Así
pues, los establecimientos religiosos estaban abriéndole nuevas fronteras.
¿Por
qué a él? En Europa, sólo había otros dos monarcas con igual poder. Uno era
Tasilón, que sólo se ocupaba de agrandar su territorio bávaro; el otro,
Abderramán, emir de Córdoba, era musulmán y, por tanto, pagano.
Sólo
Carlos podía declararse caudillo del pueblo cristiano.
Al
amanecer, cuando despertó de sus meditaciones y acudió a la capilla a rezar y
cantar alabanzas a Dios, la idea había arraigado en su mente. Un día conduciría
el ejército de los pueblos cristianos. Tal vez, incluso, llegaría a gobernarlos
como monarca legítimo.
Tal
pensamiento encajaba perfectamente con sus deseos de conquistarlos.
Capítulo
4
Roncesvalles
Durante
el periodo de inactividad invernal, entre Navidad y Pascua, el consejo de los
francos planificó la campaña del verano siguiente. Para entonces, los ancianos
condes Bernardo y Thierry y el envejecido Fulrado apenas intervenían en las
decisiones, sino que escuchaban a Carlos. No era tanto que él insistiese en
hacer las cosas a su manera, como que nadie podía contener su entusiasmo.
Aquel
invierno, en el Rin, habló de una invasión de Hispania y, aunque sus consejeros
y paladines mostraran su sorpresa, tuvieron que reconocer que tenía razones
para tal propuesta.
Desde
hacía muchos años, apuntó Carlos, las huestes francas no visitaban la
Aquitania, abundante en comida. Con el peligro sajón frenado a lo largo del
Rin, quedaba la amenaza de los poderosos sarracenos al otro lado de los
Pirineos. Aquella frontera llevaba una década tranquila, pero sólo debido a la
guerra civil que se había desatado entre facciones musulmanas, tras la cual los
omeyas habían triunfado sobre los abásidas. De aquel conflicto había emergido
un líder fuerte, Abderramán, emir de Córdoba. Tarde o temprano, aquel señor
guerrero atacaría a los cristianos, como en los tiempos de Carlos Martel. Era
preferible adelantarse y emprender de inmediato una campaña contra él.
No
sólo eso. Varios pueblos cristianos habían buscado refugio de la invasión
sarracena a lo largo de los Pirineos. Aquellos vascones —gascones y vascos— y
los orgullosos visigodos refugiados en las Asturias, podían ser liberados por
los francos y, sin duda, se aliarían con Carlos para establecer una nueva
frontera más segura al sur, a lo largo del Ebro.
Así
lo expuso al consejo con convicción. Lo que no explicó fue que, de este modo,
se proponía dar el primer paso en su nueva misión de encabezar un auténtico
ejército cristiano contra los paganos musulmanes de Hispania.
La
mayoría de los paladines estuvo de acuerdo con él. El conde Thierry tenía en
las tierras del sur un hijo, Guillermo, de edad suficiente para conseguir
honores en el campo de batalla; Eginardo, el senescal, esperaba conseguir en
Hispania botines más sustanciosos que en Sajonia; el conde Roldán (Hrudlandus),
señor de la Marca de Bretaña, se mostró impaciente por conquistar una tierra
pagana.
El
enorme entusiasmo de Carlos les arrastró. Se dictó orden de reunir las huestes
de guerra en el sur, en las alturas de Gascuña junto al río Garona, y de
hacerlo pronto, por Pascua, en lugar de en el habitual Campo de Mayo. Su
impaciencia hizo que los mensajeros salieran al galope y los paladines
empezaran a preparar las armas almacenadas en los arsenales. En su fuero
interno, el monarca ya empezaba a ver sus tropas no como huestes de francos,
borgoñones, lombardos y aquitanos, sino como el verdadero ejército de la
Cristiandad.
Durante
los preparativos para la expedición, el impetuoso arnulfingo se las ingenió
para doblar sus horas de trabajo. Despertaba cuando aún era noche cerrada y
salía a la antecámara sin terminar de vestirse, con el manto y las cintas de
las piernas en la mano, para recibir a los grupos que esperaban que juzgara sus
causas. Mientras desayunaba con pan y vino, escuchaba sus reclamaciones y solía
atenderlas, en contra de la opinión de sus condes y obispos, que se habían
acostumbrado a recaudar multas e impuestos, de los cuales se quedaban una
tercera parte. Su cena se limitaba a cuatro platos, sin contar los apreciados
asados proporcionados por sus cazadores, y tres cuencos de vino, Pero mientras
todos los demás comían satisfechos, él hacía que el seco Pedro de Pisa le
leyera en voz alta fragmentos de La ciudad de Dios, de Agustín de Hipona.
En
sus reflexiones sobre la campaña que iba a emprender, a Carlos le pareció que
el erudito Agustín, que había predicho el final del dominio del mundo por Roma
y la instauración de La ciudad de Dios sobre la tierra para ocupar su lugar,
había anunciado lo que él se proponía llevar a cabo ahora. Además, el libro
reflejaba bastante bien sus pensamientos cuando exponía que « […] los animales
más fieros —y se dice que el propio hombre fue en un tiempo una fiera salvaje—
envuelven a su descendencia en un círculo de paz y protección […] engendran,
amamantan y crían a sus pequeños […] incluso el buitre solitario construye su
nido y cuida a la madre que atiende a los polluelos».
De
igual manera se dedicaba Carlos a su descendencia y a Hildegarda, que esperaba
otro hijo.
«Y,
así, todos los hombres buscan la paz con su propio círculo, al cual desean
gobernar. Incluso cuando libran una guerra, desean apoderarse del enemigo para
imponerle las leyes de su propia paz».
¿No
era aquello, expresado con más palabras, casi lo mismo que Carlos pensaba? ¿No
aspiraba, acaso, a convertir en suya aquella amalgama de pueblos? Y no cabía
ninguna duda de que se disponía a ir a la guerra contra los sarracenos para
imponerles su paz.
Por
último, le pareció obra de la Providencia que aquellos dos nobles sarracenos
acudieran a solicitarle ayuda contra Abderramán, a quien habían combatido. Los
dos hombres se ganaron el respeto de Carlos. Sulaiman ibn Arabi, Salomón hijo
del árabe, había sido persona importante en Zaragoza, la fortaleza junto al
Ebro. El otro, llamado el Esclavo, tenía un porte altivo y traía presentes de
incienso que agradaron a Hildegarda, y lámparas de cristal pintado, sartas de
perlas y brocados con el dibujo de una extraña bestia que llamaba elefante. El
Esclavo explicó que había visto uno de aquellos elefantes casi del tamaño de la
capilla de Paderborn.
Sulaiman
y el Esclavo tenían ciertas peculiaridades. Apartaban la vista de las mujeres
francas, tanto de las feas como de las más bellas, y se retiraban con sus
esclavos para rezar sin la ayuda de libros ni sacerdotes, después de realizar
unas abluciones y extender una alfombrilla sobre el suelo. Sulaiman prometió
por su fe que si el rey de los francos marchaba sobre Hispania, las puertas de
Zaragoza se le abrirían sin resistencia.
Esto
último favorecía a Carlos, quien había descubierto las ventajas de dividir al
enemigo antes de avanzar contra él. En el caso de los lombardos, había creado
una facción favorable a él antes de cruzar los Alpes. Incluso cuando se vio
obligado a acudir a toda prisa a sofocar la rebelión de Rotgardo, tuvo la
previsión de enviar antes a sus obispos, aparentemente inocuos, para que
mantuvieran a los poderosos beneventanos al margen del conflicto.
En
esta ocasión, sus nuevos aliados árabes le preparaban el camino en tierras
hispanas. Sólo tenía que marchar sobre ellas hacia la victoria.
Iniciaron
la expedición como si fueran a una fiesta. Miles de fornidos jinetes cabalgaron
tras el estandarte de la cruz, pues Carlos dejó la enseña del dragón en la
ribera del rápido Garona, donde Hildegarda y sus damas esperarían su regreso
aquella primavera de 778. Como había hecho en los Alpes, desvió parte de su
ejército hacia el collado de la Perche, en dirección a Barcelona. Junto al rey
quedaron todos sus paladines y héroes renanos.
El
buen tiempo permitió a Carlos apresurar la marcha hasta las alturas gasconas.
Allí, la niebla matinal cubría con su velo las montañas que se divisaban en el
horizonte. Hasta entonces, nunca los francos habían cruzado así la barrera que
les separaba de Hispania.
Antes
incluso de que se levantara el exultante Carlos, el joven noble de Toulouse,
Guillermo, estaba ya ante las hileras de caballos con la vista en la niebla.
Guillermo, hijo del conde guerrero Thierry, se cubría con la capa corta gascona
y contemplaba el amanecer con malos presagios. En el camino de montaña que
tenía ante él no se advertía la menor presencia humana.
—Están
recluidos en sus casas —dijo Carlos, considerando que aquella calma era una
señal favorable.
—Han
abandonado sus chozas, señor rey de los francos —respondió el joven y taciturno
aquitano—. Y han dispersado sus rebaños.
Las
montañas despobladas, replicó Carlos, no podían causar daños a un ejército tan
poderoso. Guillermo el de la hermosa Toulouse desconfiaba, porque aquellos
montañeses, los vascos y los gascones, eran salvajes como cabras montesas y no
ofrecían lealtad a príncipe alguno.
Al
escuchar sus palabras, Carlos decidió enviar una avanzadilla de cazadores y
arqueros con la orden de subir a las alturas y hacer sonar sus grandes cuernos
de alarma si advertían la presencia de hombres armados, pero los cuernos
permanecieron callados y el ejército franco no encontró enemigo alguno. Los
soldados de Carlos atravesaron sin sobresaltos el angosto paso entre las peñas
y descendieron por las laderas boscosas y la planicie navarra, cubierta de
pinares, hasta llegar ante la ciudad amurallada de Pamplona, que se hallaba
junto a una apacible cascada. Las puertas estaban abiertas, y los pobladores,
vascos de baja estatura y tez oscura, ofrecieron en silencio grano y queso al
ejército. Carlos descubrió un jardín con una piscina de mármol sobre la cual
una fuente dejaba caer un chorro de agua que se desparramaba, impulsado por el
viento. Aquel rincón le dejó embelesado.
Dejando
Pamplona en manos de una retaguardia de francos, continuó adelante con
impaciencia, siguiendo el riachuelo hasta el caudaloso Ebro, donde las velas de
las barcas iban y venían entre blancas aldeas que se alzaban en las faldas de
las colinas. Al campamento del ejército llegaron comerciantes berberiscos y
judíos con mercancías de gran valor; estos comerciantes, habituados a las
monedas de oro de los árabes, despreciaban las piezas de plata de los francos,
pero Carlos ordenó a sus hombres que negociaran honradamente con los
mercaderes, pues eran quienes les habían tratado mejor en aquella tierra
extraña de paredes blancas y fuentes.
La
fortuna, una vez más, le fue favorable. El noble árabe, Sulaiman, le presentó
como rehén a un notable, comandante de un ejército del emir de Córdoba. Este
notable, llamado Ta’laba, había sido derrotado y capturado por la guarnición de
Zaragoza, que aguardaba la llegada de Carlos. Eso fue, al menos, lo que dijo
Sulaiman.
Incluso
Guillermo de Toulouse, que cabalgaba más tranquilo ahora que las montañas
habían quedado atrás, consideraba merecedores de crédito a Sulaiman y al
Esclavo. Por un lado, Carlos tenía como rehenes a sus hijos; por otro, los dos
árabes sentían más odio hacia Abderramán que desagrado por Carlos.
—
¿Cómo es que un altivo señor que ha realizado la peregrinación santa y ha
cruzado el mar es llamado el Esclavo? —quiso saber el arnulfingo, siempre tan
curioso.
El
taciturno Guillermo rara vez sonreía como lo hizo en esta ocasión, mientras
respondía:
—Porque
tiene la tez rubicunda y los ojos claros como Vuestra Excelencia. En efecto,
ese hombre tiene todo el aspecto de un cristiano.
— ¿Y
eso basta para que le apoden así?
—Sí.
El sobrenombre no tiene nada de desdeñoso o vergonzoso, pues los árabes han
conquistado muchas tierras cristianas.
El
ejército de Carlos continuó su avance Ebro abajo hasta encontrarse con la
columna procedente del paso oriental. Juntos de nuevo, los francos se sintieron
seguros de sus fuerzas y, cuando avistaron las altas murallas de Zaragoza en la
orilla derecha, cruzaron el río a bordo de sus embarcaciones transportables.
Las
puertas de Zaragoza estaban cerradas y la ciudad se defendió contra los recién
llegados. Sulaiman y el Esclavo mandaron en vano varios mensajeros para instar
a la guarnición a dejar libre acceso a los francos. Las murallas de la
fortaleza eran de piedra consolidada y el ejército de Carlos no contaba con
maquinaria de asedio.
—Pues
ahora —comentó Guillermo con acritud— parece que sienten más odio hacia
nosotros que desprecio por el emir de Córdoba.
Sulaiman
ibn Arabi aconsejó a Carlos que aguardara, que se abstuviera de intervenir y
esperase a que la comida escaseara en la ciudad; entonces, los defensores se
avendrían a un acuerdo.
Mediado
el verano, los francos seguían esperando en sus tiendas, a ambas orillas del
río. Sin embargo, por las noches, las barcas de pesca se deslizaban en secreto
por la corriente y aprovisionaban de comida y armas a los defensores de
Zaragoza, como llamaban los musulmanes a aquella antigua fortaleza romana de
Caesar Augusta Los francos, en cambio, tenían que hacer incursiones por los
campos para conseguir suministros.
Los
encargados de tales incursiones llevaron a Carlos el rumor de que quizás había
partido de Córdoba un ejército con la misión de romper el cerco de Zaragoza. A
Carlos le inquietó la posibilidad de tener que librar una batalla con un río y
una ciudad hostil a sus espaldas, pero sus paladines no tuvieron ninguna duda
de cuál sería el resultado. El joven Roldán, conde de la Marca de Bretaña, le
recordó que habían llegado hasta allí precisamente para eso: para someter a los
árabes en Hispania.
Ta’laba,
el jefe guerrero que tenían como rehén, sonreía al ver la expresión de
desconcierto de Carlos. El antagonismo de los pobladores de la región ocultaba
algo. Aquellas gentes parecían considerar a los francos como unos bárbaros que
venían a conquistarles. Tal cosa no había sucedido en Italia. Roma les había
acogido con alegría. Córdoba, en cambio, lejana y poderosa, no toleraría que se
quedaran en sus dominios.
Carlos,
meditabundo, intentó comprender lo que estaba sucediendo. El calor sofocante de
la canícula cayó sobre el campamento y, poco después, le llegaron unas noticias
absolutamente inesperadas. En el norte, en la distante frontera del Rin, los
sajones habían atacado a los sacerdotes y se estaban dedicando al pillaje.
Su
ejército había esperado demasiado junto al Ebro. No había encontrado fuerza
alguna que le plantara resistencia, pero no había conseguido apoderarse de nada
y, por el contrario, había agotado sus suministros. Carlos, que había acudido
con tantas esperanzas, estaba perplejo.
Sulaiman
continuó insistiendo en que se quedara y Zaragoza terminaría por rendirse, pero
Carlos ya había perdido la fe en aquel hombre. Daba la impresión de que se
había tendido una trampa a los francos y, dejándose llevar súbitamente por la
suspicacia, ordenó prender con cadenas a Sulaiman y poner a sus hijos bajo
custodia armada. Cuando los francos buscaron al Esclavo, no consiguieron dar
con él.
Carlos
dio orden de cargar las carretas de transporte e inició la retirada río arriba.
Al llegar a Pamplona, ordenó derruir sus murallas sin encontrar resistencia
alguna. El cautivo Ta’laba, al pasar ante la ciudad, comentó que los cristianos
eran muy valientes destruyendo murallas cuando no había enemigos que les
hicieran frente. El franco se dio cuenta entonces de que su larga marcha no
había producido más resultado que la demolición de una fortaleza de poca
importancia y la captura de unos pocos rehenes.
La
gran comitiva emprendió la ascensión hacia el paso de Roncesvalles sin aspirar
ya a la fama, pues los hombres sólo pensaban en volver a sus casas.
El
monarca ordenó que las tropas de los otros pueblos marcharan con él en el
cuerpo principal de la expedición, con Guillermo de Toulouse y sus provenzales
en vanguardia. A los francos les confió la tarea de acompañar la caravana de
carretas y proteger la retaguardia del ejército.
En
las planicies al pie de las montañas no apareció señal de enemigo alguno. Con
su estandarte y acompañado de duques y obispos, Carlos dejó atrás el calor de
las tierras bajas y se adentró en las frías nieblas de la cañada. La columna
casi tuvo que ponerse en fila india para pasar entre las cumbres rocosas y
atravesar los tupidos bosques y, una vez superado el desfiladero, inició el
descenso hasta detenerse a pernoctar al abrigo de las montañas de Gascuña.
No
disponían de tiendas, pues la retaguardia del ejército no había aparecido con
las carretas, pero las tropas durmieron tranquilamente al raso en la cálida
noche de agosto. Era bastante habitual que los carromatos del bagaje no
pudieran seguir la marcha de los jinetes.
La
noche, serena y sin niebla, jamás se borraría de la memoria de Carlos. Las
estrellas se apagaban ya con la llegada del alba cuando el monarca advirtió un
revuelo en el campamento, como si muchos de sus jinetes se hubieran levantado
más temprano que de costumbre para ocuparse de los caballos. Poco después, vio
que los hombres se congregaban en torno a él, esperando, pese a que no les
había convocado.
Parecía
como si sus francos de la retaguardia hubieran llegado al fin con la caravana,
pero le extrañó no haber oído el chirriar de las ruedas.
Y
así fue como recibió la noticia de que sus jinetes francos no volverían a
cabalgar a su lado. Ni uno solo de ellos seguía vivo aquel amanecer.
Aunque
no se pudo localizar a ningún superviviente que relatara los detalles de la
catástrofe, lo sucedido resultó bien evidente a Carlos y a su ejército cuando,
aquella mañana, volvieron sobre sus pasos hacia el desfiladero de Roncesvalles.
El
ataque se había producido en la parte más angosta del paso, donde los árboles
ocultaban a la vista las laderas. Allí, como una serpiente despedazada, se
encontraba la caravana de carromatos vacíos, volcados y aplastados bajo unos
grandes peñascos arrojados desde las cumbres. El cargamento esparcido por el
suelo había sido objeto de saqueo y, salvo los animales heridos que lanzaban
alaridos de dolor, todos los caballos y bueyes habían sido dispersados.
Entre
las carretas yacían los cuerpos desnudos de los francos, diseminados por el
suelo con las heridas que les habían matado claramente visibles. A su llegada,
los buitres echaron a volar abandonando su festín. Grupos de guerreros se
apilaban en las hendiduras y cavernas de las rocas, donde habían resistido
mientras les había quedado un soplo de vida. Unas manos invisibles les habían
despojado de la ropa, llevándosela junto con las corazas y las armas.
De
sus enemigos, tanto de los vivos como de los muertos, no había la menor pista.
Los asaltantes habían actuado con rapidez y precisión, sin dejar otro rastro
que unas manchas de sangre ya oscura y algunas huellas de pisadas.
Los
ayudantes de Carlos encontraron los cadáveres de todos los paladines que habían
estado al frente de la misión: los cuerpos cosidos a heridas del conde de los
paladines, de Eginardo el senescal, del caballero Roldán y de los demás. El
terreno en torno a cada uno de ellos revelaba a los ojos experimentados cómo
había sido el combate final. Tras la sorpresa de la lluvia de rocas había
llegado el asalto de los montañeses con sus armas ligeras, que había cogido
desordenados a los francos mientras se afanaban entre los carros por el angosto
sendero, donde los caballos de batalla sólo podían moverse con grandes
dificultades. Finalmente, el reagrupamiento de los supervivientes a la llamada
de los cuernos y la lucha, espalda contra espalda, de los últimos en mantenerse
en pie.
Para
escarnio de los afligidos guerreros del grueso de las tropas, en mitad del
desfiladero había quedado un gran cuerno curvo, un olifante ribeteado en plata,
arrojado por los vencedores o descartado debido a su peso.
Enfurecidos,
los hombres de Carlos salieron a caballo hacia las alturas, siguiendo las
huellas de los asaltantes, pero no había caminos practicables y las estrechas
sendas se entrecruzaban y desaparecían en hondonadas que no parecían conducir a
ninguna parte. Los oteadores encaramados a las cumbres tampoco lograron
descubrir ningún movimiento en los precipicios a sus pies.
Carlos
les hizo abandonar la persecución antes de que anocheciera, pues, en aquellas
alturas, sus hombres no podían agruparse y la oscuridad les dejaría expuestos a
un nuevo ataque. Por los rastros encontrados, los provenzales de la frontera le
aseguraron que los asaltantes de Roncesvalles habían sido los vascos de la
montaña.
Pero
¿por qué? ¿Qué motivo tenían los escondidos habitantes de los Pirineos para
atacar la retaguardia de su ejército? Probablemente, el paso de las tropas
debía de haberles convencido de que el rey franco pretendía imponerles su
autoridad.
Por
una cruel ironía, sus veteranos habían muerto a manos de unos cristianos a
quienes Carlos se proponía liberar de los musulmanes paganos.
Más
de una incógnita quedó sin respuesta en Roncesvalles. Los rehenes, los hijos de
Sulaiman, habían desaparecido. No habían sido muertos con los demás. ¿Acaso los
feroces vascos les habían respetado la vida, o tal vez los árabes habían
participado en la emboscada para liberarles? Carlos no tenía modo de saberlo.
Ordenó que se cavaran tumbas para enterrar al grueso de sus francos, mientras
que los cuerpos de los nobles fueron envueltos en mantos para ser llevados a su
tierra.
Cuando
el obispo principal de su corte hubo pronunciado la oración fúnebre desde lo
alto de un imponente peñasco, el monarca dio la orden de reemprender la marcha.
No quedaba nada que transportar, salvo los cuerpos de los caballeros. A la
puesta de sol, el último expedicionario dejaba atrás el desfiladero.
Exteriormente,
Carlos no se mostró afectado. Reorganizó la columna para el trayecto hasta el
Garona, donde esperaba Hildegarda con las mujeres. Sin embargo, el recuerdo del
desfiladero dejó una profunda herida en su mente. El cuerno de alarma en el
suelo, la peña pelada del responso, los cuerpos amortajados de Roldan y de los
más valientes de sus francos… El rey no volvería jamás a mencionar lo sucedido.
Ni volvería a pisar Aquitania en toda su vida.
Los
encargados de escribir sus anales reales no hicieron mención alguna al
desastre, limitándose a hablar de la toma de Pamplona y de la marcha sobre
Zaragoza y el regreso como si hubiera sido un desfile triunfal. No obstante, un
oscuro cronista a quien la corte y la política traían sin cuidado dejó escrito
con toda franqueza: «Ese año de 778, el señor rey Carlos pasó a Hispania y allí
sufrió un gran infortunio».
Generaciones
más tarde, otro cronista escribió en Saint Gall: «No es necesario nombrar a los
muertos en Roncesvalles, pues todo el mundo los conoce».
No;
el recuerdo del desastre acompañaría a Carlos toda su vida. Junto al fuego de
los campamentos y a la puerta de las posadas, la historia sería contada una y
otra vez. Un siglo más tarde, seguiría a los peregrinos por la ruta a los
santuarios de Hispania. Con el tiempo, la pesadumbre del relato se transformó
poco a poco en celebración del heroísmo y empezó a envolver la figura de Roldán
una leyenda de valentía. En ella, los vascos montañeses se convirtieron en los
enemigos de Carlos, los sarracenos.
Al
cabo de tres siglos, la leyenda encontró su voz en la inmortal Canción de
Roldán, en la que los caballeros cristianos de Carlomagno se enfrentaban a los
paganos de la España musulmana. Como un eco, en la canción aún se recogía el
dolor del rey. El Carlos que regresó junto a Hildegarda, quien, mientras, había
dado a luz unos gemelos, ya no era el vigoroso arnulfingo que había lanzado la
alegre llamada a las armas la Pascua anterior.
En
Auxerre, se informó en detalle de la calamidad acaecida en el norte, donde, en
su ausencia, los sajones recién bautizados se habían levantado a instancias de
un caudillo llamado Widukindo. Las hordas sajonas habían arrasado la ribera
derecha del Rin hasta el Mosela, incendiando Karlsburg («La ciudad de Carlos»)
sin respetar mujeres ni niños.
Carlos
no dejó traslucir su decepción, pero comprendió el inmenso error que había
cometido. Su impulsivo plan de conquista se había derrumbado como el castillo
de arena de un niño. Su esperanza de un ejército cristiano unido había
resultado una mera ilusión. ¿Cuál era la frase que había empleado el anciano
Sturm? «Debido a un poder terrible». El poder de la voluntad y la palabra de
Carlos sobre tantos hombres.
Desde
aquel momento, el corpulento arnulfingo no volvió a llamarse a engaño. Mucho
tiempo después, su biógrafo más perspicaz apuntaría: «Pues se había
disciplinado para soportar y resistir todo lo que viniera, a no rendirse ante
la adversidad ni confiarse a una engañosa posibilidad de fortuna en la
prosperidad». Carlos tuvo la honradez de no rechazar su responsabilidad. Y, en
su cura de humildad, demostró una fuerza inesperada. Lo único que pareció no
pasarle por la cabeza fue abandonar su objetivo. Aunque tardara largos años y
precisara diferentes métodos, conseguiría compensar el desastre de Roncesvalles
y poner remedio al fracaso en el Rin. Aunque aquellas naciones combativas no
pudieran ser convertidas en un único pueblo cristiano bajo su mando, Carlos
estaba dispuesto a no cejar en su empeño de conseguirlo.
En
esta tragedia del año 778, el monarca mostró su grandeza de miras y una
determinación infatigable.
Sus
cortesanos más próximos debieron de llevarse una sorpresa cuando decidió poner
en libertad a Sulaiman ibn Arabi y permitirle regresar a tierras hispanas. Lo
que sucedió a continuación en tierras españolas no resultó demasiado
esperanzador, pues Sulaiman fue asesinado. Poco después, el auténtico dueño de
Hispania, Abderramán, se presentó en el norte con su ejército, barrió a los
cristianos a lo largo de las estribaciones pirenaicas, sometió a los vascos y
se dedicó al saqueo para financiar con el botín la ampliación de su mezquita de
Córdoba, dejando las Asturias libres del dominio musulmán. El gran emir reclamó
una cosa más de los cristianos: la liberación de su comandante cautivo,
Ta’laba. Carlos accedió y el árabe fue puesto en libertad.
Abderramán,
y no él, había sido el vencedor en Hispania. Carlos lo comprendió claramente,
advirtiendo su error como caudillo y como rey. En sus meditaciones, llegó a la
conclusión de que el rey de los francos necesitaba convertirse en otra persona
distinta, más sabia. Para ello, necesitaría la ayuda de otras mentes distintas
y más sabias; tendría que encontrar nuevos maestros. El impulsivo arnulfingo no
pareció darse cuenta de que se trataba de una tarea casi imposible.
Sencillamente, se lanzó a acometerla.
Carlos
tomó otras decisiones insólitas. Las crónicas de los francos no lo mencionan,
pero una historia árabe relata: «Karlo, rey de los francos y poderoso déspota
de esa nación, el cual había tenido tratos hostiles con Abderramán I durante
algún tiempo, terminó por entender que el emir era un hombre caballeroso y
honorable. Así pues, intentó mejorar las relaciones con él ofreciéndole una
tregua y una boda. Abderramán contestó favorablemente en el asunto de la
tregua, mientras que de la propuesta de alianza por matrimonio no se volvió a
hablar».
Por
entonces, Carlos estaba interesado en mantener la paz a lo largo de los
Pirineos y la tregua con Córdoba se prolongó durante diez años. Al abandonar
Aquitania para no volver, encargó a Guillermo de Toulouse la tarea de conservar
y fortificar la frontera y de unir a gascones y provenzales en un ejército a su
mando. Este fue el encargo que dio al joven que menos había tenido que ver con
el desastre de Roncesvalles.
Acto
seguido, en una decisión muy en su estilo, el monarca otorgó a la Aquitania
—donde había realizado su primera incursión bélica— la condición de nación
independiente. En su siguiente visita a Roma, llevó consigo al pequeño de tres
años superviviente de los mellizos nacidos junto al Garona, en tierras
meridionales. El niño, bautizado con el nombre de Luis (Hludovic), recibió el
título de rey de Aquitania y se le adjudicó un destino aún más extraño.
El
chiquillo sería educado en la corte de Toulouse para aprender la lengua del sur
y las costumbres aquitanas, de modo que con el tiempo estuviera en condiciones
de gobernar a sus súbditos.
De
este modo, el rey empezó a expiar la desgracia que había causado en tierras
hispanas. Carlos nunca rehuía sus responsabilidades ante los fracasos y
calamidades.
Aquel
año, cabalgó hacia el norte para topar con un nuevo infortunio. Hildegarda no
cesaba en sus lamentaciones porque uno de los gemelos se le había ido a
presencia de Dios a tan corta edad. La reina había idolatrado a los dos
pequeños, que se parecían como dos gotas de agua, y aunque Carlos creía que la
menuda Hildegarda terminaría consolándose con el superviviente, la mujer no
dejaba de llorar la muerte del otro, de modo que no le quedaba energía para
ofrecer consuelo a las mujeres de las mansiones y de las villas que lloraban a
sus héroes perdidos en Roncesvalles.
A
continuación, una sequía agostó las tierras de cultivo; incluso en los bosques,
las corrientes de agua se convirtieron en charcas enfangadas. Al menguar las
cosechas, las familias campesinas, en su ignorancia, dieron cuenta del grano
destinado a la siembra y sacrificaron el ganado para proveerse de carne durante
el invierno. En una ocasión, el cortejo real se detuvo a pasar la noche en el
palacio de un obispo, donde se había limpiado apresuradamente la suciedad del
patio y la mugre del salón para recibir al monarca. Este había imaginado que
podría saborear un buen venado asado o, al menos, un pescado a la parrilla
sacado de algún riachuelo, pero en la mesa no apareció pieza de caza o pescado
alguno. Los hermanos legos sólo pudieron ofrecerle unas fuentes de un queso
oscuro, de una clase desconocida para Carlos.
Indeciso,
el rey separó con el cuchillo la oscura corteza para llegar a la masa blanca
que había debajo. Detrás del asiento de honor de Carlos se hallaba su
anfitrión, el obispo, nervioso como un criado.
—Señor
rey —murmuró el hombre—, ¿por qué quitáis eso? Os aseguro que es la mejor parte
de este queso.
A
regañadientes, Carlos masticó la corteza que había separado y exclamó que, en
efecto, pasaba por la garganta como pura mantequilla. ¿Tenía el obispo más
reservas de aquel espléndido manjar? Al enterarse de que su anfitrión guardaba
varios toneles llenos de quesos, Carlos ordenó que cargaran dos carretas con
ellos, para llevarlas consigo en su recorrido.
Hildegarda
le aseguró que las mujeres de las aldeas se dedicaban a recoger las bellotas
que deberían haberse comido los cerdos, pues a la sequía seguiría la hambruna.
Carlos envió a sus mensajeros, sus missi, a las abadías y mansiones con la
orden de que repartieran grano, semillas y queso de sus reservas a las familias
de los guerreros muertos, a las viudas, los huérfanos y los pobres. Todos estos
últimos quedaban, por la providencia divina, a cargo especial del rey.
Sin
embargo, no tenía modo de saber si sus órdenes eran obedecidas allí donde no
alcanzaba su presencia. Inexorablemente, el hambre atenazó las tierras. En el
reino, a diferencia de Hispania, no existían caravanas de comerciantes que
transportaran a las regiones hambrientas lo que otras podían suministrar.
Cuando hizo un alto en el camino polvoriento para visitar la tumba de Pipino en
la gris iglesia de Saint-Denis, Eulrado le dijo que la hambruna había sido
enviada por el Señor, encolerizado por su pecaminosa dedicación a la guerra.
Esa
noche, después de que el gruñón Pedro de Pisa le hubiera leído pasajes de las
penalidades de los troyanos tras el incendio de su ciudad, permaneció
despierto, meditando a la luz de las velas. Carlos no solía conciliar el sueño
hasta avanzada la noche y, por lo general, despertaba muy inquieto antes del
alba. Para ocupar las horas de soledad mientras sus criados dormían tras la
cortina, había adoptado la costumbre de dedicarse a estudiar, tomando como
libro de texto el ejemplar de los Evangelios que le había pedido a Adriano.
Como
estaba a solas, utilizó el dedo para seguir las letras, escritas sin separación
entre las palabras con la florida caligrafía romana. Acercando los folios a la
luz, buscó un comentario del apóstol Pablo que le había gustado. Encontró la
pequeña marca que había hecho al margen y repitió en silencio las palabras en
latín, tratando de interpretar su significado: «Pero Dios ha escogido las cosas
simples del mundo».
Carlos
no terminaba de comprender aquella frase, pero imaginaba que se refería a que
Cristo había preferido a los animales más humildes, montando asnos,
contemplando palomas y cuidando ovejas. Ninguno de tales animales tenía la
astucia y la inteligencia que mostraba, por ejemplo, un zorro que construía su
madriguera…
Mientras
se esforzaba por imaginar al Señor ocupado en simplezas, llegó al
convencimiento de que las propias palabras, por bien leídas y pronunciadas que
fueran, significaban poco a menos que se tuviera la clave de su sentido.
Aquella noche, Carlos se hartó definitivamente de las reiteradas quejas de
Fulrado, cuya visión de las cosas no alcanzaba más allá de su monasterio, y del
charlatán Pedro de Pisa, que encadenaba las palabras como las cuentas de plata
de un collar.
La
reacción de Carlos ante sus errores y ante las calamidades que habían seguido a
éstos fue decidir que debía tener otros maestros mejores. Durante la hambruna,
empezó a buscar a aquellos sabios que supieran explicar el significado de las
cosas.
Sin
embargo, tales hombres ilustrados no fueron fáciles de encontrar. El viejo
Sturm sentía cercana la muerte y se había retirado a Fulda, de donde se habían
mandado traer los restos de Bonifacio como medida de seguridad durante el
alzamiento sajón. Fulrado, aunque bastante vigoroso todavía, pensaba menos en
sus deberes de archicapellán que en la expiación de sus pecados y la gloria de
su nombre. Del resto de los clérigos, Carlos esperaba poco y se lamentaba de
que la vaciedad de sus mentes sólo fuera igualada por la pereza de sus cuerpos.
En cierta ocasión, durante el rezo de las vísperas en una capilla dedicada a la
Virgen, se fijó en un extraño monje que arqueaba el cuello y movía los labios
con la boca abierta, fingiendo cantar unas palabras que no lograba recordar
correctamente. Carlos, que hacía esfuerzos por contener su voz chillona en los
cánticos, observó que los demás monjes se daban codazos y sonreían, mofándose
de su estúpido hermano. Tras el último in saecula saeculorum amen, Carlos se
plantó ante los burladores y les recriminó ferozmente, alabando al sonrojado
monje por su esfuerzo en llevar a cabo su tarea.
A
continuación, Hildegarda se presentó ante él e hincó la rodilla como hacía
siempre que esperaba conseguir alguna cosa de él. Esta vez se había enterado de
que Carlos buscaba a un nuevo arzobispo para impartir enseñanzas y venía a
pedir de su generosidad que concediera el puesto a un pobre clérigo joven que
la había servido con fidelidad. Carlos no intentó entonces explicarle que
buscaba a un maestro para sí mismo, pero concedió un obispado al protegido de
Hildegarda.
Al
propio tiempo, se dio cuenta de que su esposa estaba cambiando. En primer
lugar, había dejado de comportarse maternalmente con el pequeño Pipino, el
jorobado. Hildegarda parecía despreciar al hijo tullido de otra mujer y sólo
tenía palabras de alabanza para sus propios hijos, tres varones y dos niñas, a
quienes educaba concienzudamente Pedro de Pisa en la escuela de palacio. A
menudo, Carlos encontraba tiempo para sentarse con sus reales hijos durante las
lecciones de gramática y retórica y, al verles, pensaba que aprendían menos que
los jóvenes comunes de la escuela de palacio porque se esforzaban menos.
Hildegarda, sin embargo, se echaba a llorar ante sus estallidos de ira.
—Señora
y amada mía —le aseguraba él—, estos hijos nuestros sólo tienen interés por la
caza de conejos o por las guirnaldas de margaritas entretejidas, según el caso.
Los muchachos menos nobles, en cambio, atienden y aprenden porque su pan y su
plata dependen de sus conocimientos.
—
¡No! Carlos y Carlomán y Luis y Rotruda y Gisela son diligentes y dóciles, pero
te tienen miedo. Esperas demasiado de ellos. Además, tu modo de vida les hace
estar todo el tiempo del salón al Hof. ¿Cuándo han podido pasar dos Navidades
seguidas en el mismo lugar?
—En
Worms.
Entonces
Hildegarda, a quien nada contentaba en aquellos días difíciles, le suplicaba
con renovadas lágrimas que abandonara sus locas correrías, como ella las
llamaba, y se quedara todos los inviernos en el palacio de Worms, en Ingelheim
o incluso en la Thionville, pues los pequeños necesitaban una vida más
tranquila y hogareña.
Así
expresaba su añoranza la reina venida de Suabia. Sin embargo, Carlos no podía
satisfacerla en esto. Por un lado, su corte, cada vez más numerosa, acabaría
con la cosecha y las reservas de provisiones de un solo palacio si permanecía
en él toda una temporada; por otro, el rey tenía que viajar allí donde se le
necesitaba. Y no quería ni oír hablar de dejar a su reina instalada en alguna
parte.
«Madre
de reyes», la llamó Angilberto, que tenía dotes para la poesía. Entre los dos,
Hildegarda y Angilberto, hicieron ver al absorto Carlos que sus hijos reinarían
algún día. Pero ¿qué gobernarían, y de qué manera lo harían? Carlos era el
primer arnulfingo en quien había recaído la corona real. Esta reflexión iba a
llevarle a la acción muy pronto.
Sin
embargo, una cuestión vino a turbar la satisfacción que sentía por sus hijos.
El mayor de ellos, el muchacho pálido y tullido, había dejado de asistir a la
escuela desde que Hildegarda le retiró su afecto. Al menos, eso explicó maese
Pedro al rey. Siempre que su padre se ausentaba, Pipino el Jorobado se escapaba
con sus amigos, pero, por lo que Carlos pudo investigar, el tímido muchacho no
salía de caza ni a nadar. Ni en el bosque ni en los salones tenía el muchacho
guarida o rincón favorito que nadie conociera.
—Pipino
busca un lugar y una compañía para sí —apuntó Adalardo.
Después
del desastre de Roncesvalles, Carlos había llamado a su consejo a los dos
jóvenes, Angilberto y Adalardo. Este último, el primo menor de Carlos que una
vez se había atrevido a llamarlo adúltero, llegó de un retiro monástico en
Corbie protestando de que no tenía interés por la política. Sin embargo, Carlos
le convenció, como hizo con otros, de que se quedara a servirle.
Por
su parte, el vivaracho Angilberto también deseaba dedicarse al servicio de la
Iglesia; además, escribía buenos versos e incluso sabía griego —idioma en el
que Carlos apenas sabía decir gracias—, de modo que el rey le puso el
sobrenombre de Homero. Los dos jóvenes paladines emparentados con él eran de
confianza y al menos uno de ellos, Angilberto, tenía cierta influencia en las
reuniones de caudillos y era capaz de encontrar respuesta a los problemas más
enrevesados. Con todo, Carlos se daba cuenta de que los dos jóvenes paladines
serían sus ayudantes, y no los mentores que buscaba.
Ellos
se daban cuenta de que el rey, con toda su lozanía, no prestaba atención a la
creciente debilidad de la pálida reina, que aún tenía que seguirle de la Ceca a
la Meca. Sin embargo, no se atrevieron a decirle nada a Carlos.
—No
se puede cambiar a un bisonte en un buey —aseguró Angilberto a su camarada—
diciéndole que se convierta en tal buey y se contente con un establo.
Los
cazadores reales no se cansaban nunca de explicar cómo se había enfrentado
Carlos al bisonte mortífero.
—Así
como nuestro amo, a quien Dios proteja, aumenta en gordura (y os puedo asegurar
que su cintura mide ya ocho palmos) —afirmaba Keroldo—, también crece en fuerza
y poder. Cuando se enfada, sus ojos llamean como rubíes y sus cejas se ciernen
como nubes de tormenta. ¡Qué gran terror produce esa mirada suya! Y en cuanto a
la fuerza de sus manos, son capaces de doblar tres clavos de hierro a la vez.
Con una sola de ellas, puede levantar del suelo a un hombre como yo, con escudo
y cota de malla, y sentarlo a la silla de un caballo.
Y
sucedió entonces que Carlos, acompañado del son jubiloso de los cuernos de sus
monteros, andaba persiguiendo un venado con una jauría de perros por su reserva
de las Ardenas, en la ribera del Rin, cuando se topó en mitad de la espesura
con una visión deliciosa. Se trataba de una muchacha, una damisela nada tímida
ni vergonzosa, dotada de una figura espléndida y una larga cabellera que
acariciaba el viento, dorada y brillante como el tesoro de los nibelungos.
Tirando de las riendas de su caballo, la doncella renana se apartó del camino
y, al paso de Carlos, exclamó:
—
¡Muy rápido cabalgas, valiente rey!
Keroldo
informó al monarca de que la muchacha era una orgullosa doncella, Fastrada, de
una familia renana de ilustre linaje cuyas tierras lindaban con el coto de caza
real. Cuando, ya tarde, volvió a casa después de la batida, Carlos no encontró
a Hildegarda esperándole a la puerta del castillo de Düren. La reina estaba
ocupada en otros asuntos y Carlos volvió a reflexionar sobre lo mucho que había
cambiado su esposa, quien ya no se parecía en nada a la muchacha que, con sus
trece años y su mirada radiante, le había cautivado en la feria.
Ese
año, la necesidad de vengar los ataques de los sajones retuvo al arnulfingo
junto al Rin.
Aquellos
paganos habían faltado al juramento de fe realizado en Paderborn, habían
asesinado a los propios clérigos que les habían bautizado y habían asolado la
nueva frontera de Carlos, reduciendo a la nada sus seis años de esfuerzos para
conquistarles y convertirles. Como tantas veces había hecho ya, el rey franco
restauró el orden en la frontera, pero, encolerizado, buscó en vano algún
ejército sajón que destruir en represalia. Y como en ocasiones anteriores, sólo
encontró aldeanos desarmados, dispuestos a entregar rehenes y a aceptar de
nuevo el bautismo.
—
¡Pueblo de perjuros y desleales! —bramó Carlos ante sus paladines, refiriéndose
a los sajones.
Adalardo
le dirigió una extraña mirada y comentó:
—Yo
diría que les inspira el Diablo. Desde luego, algo dirige sus movimientos.
—Encontremos
la fuerza que les impulsa —asintió Angilberto—, destruyámosla y entonces
Vuestra Clemencia podrá alcanzar una paz duradera con esas gentes.
Carlos
dio rienda suelta a su exasperación ante las palabras del clérigo poeta. ¿Qué
fuerza era aquella que impulsaba a todo un pueblo —no, a muchos pueblos unidos
en alianza— a morir gustosamente bajo las espadas francas, entre cánticos de
alabanza a su propio valor, y apenas unos meses después les hacía someterse al
castigo como animales?
—Por
lo general, se trata de algún caudillo que conspira contra ti —apuntó
Angilberto—. Creo que el Sachsenführer actual es ese tal Widukindo. Si es así,
tenemos que encontrarle y solucionar el problema acabando con él.
—
¿Cómo?
Angilberto
sugirió entonces sobornar o torturar a algunos sajones para que les condujeran
a aquel líder invisible, que podía ser un sacerdote pagano, un visionario o un
simple intrigante.
Carlos
meditó sobre el misterio de aquel Widukindo. El franco había sacrificado su
orgullo para conseguir una tregua en los Pirineos, pero ni aun así conseguía
pacificar el frente al otro lado del Rin. Y alrededor de sus territorios, como
lobos esperando en círculo, vivían otros enemigos paganos, los daneses de la
costa, los wendos, los eslavos y aquellos temibles jinetes del Este, los
avaros. Como lobos acechando en la oscuridad de la noche, atemorizados por el
fuego de un hombre civilizado, esperaban a que el fuego se apagara o a que el
hombre se adentrara entre ellos, para atacarle en manada y quitarle la vida a
mordiscos y devorar su carne. Los lobos no actuaban en grupo salvo cuando, por
instinto, corrían en manada para cazar a su presa Esta vez, sin embargo,
parecía como si entre ellos viviera un ser humano, Widukindo, que les indicaba
cuándo atacar y cuándo esconderse en la espesura.
La
sangre campesina de Carlos, que le hacía sentirse a gusto en el bosque, le
permitía comprender los instintos de los animales.
Más
aún. Mientras permanecía en un duermevela en mitad de la noche, volvió a
encontrarse en la arboleda del Irminsul, ordenando que se derribase a hachazos
el árbol gigantesco venerado como un dios. Sin embargo, en aquella mezcla de
recuerdos y sueños, únicamente caía al suelo el tronco del árbol. Por encima de
él sobrevivía, en cambio, algo enorme e inmortal, con los pies hundidos en la
tierra y la cabeza rozando las estrellas. El dios del bosque aún seguía allí,
contemplando la espesura del territorio sajón.
Cuando
Carlos se sacudió de encima la manta y pidió que le trajeran una vela
encendida, el sopor había desaparecido. Abrió un misal que tenía sobre la mesa
y echó una ojeada a las líneas escritas simulando que rezaba un padrenuestro
cuando, en realidad, buscaba en aquellas palabras que seguía con el dedo alguna
profecía que le guiara. Pero no encontró en ellas explicación alguna al
misterio del bosque sajón.
Una
tarde, Carlos salió a pie de Düren llevando consigo a algunos criados que
transportaban un barril de cerveza. Aunque el terreno estaba difícil bajo el
frío invernal, el grupo no siguió ningún camino sino que avanzó por una red de
sendas de animales hasta una arboleda donde, a la luz de las estrellas,
localizó la cabaña de los dos venerables bardos. Estos, adormilados, tomaron
asiento en torno a las brasas del fuego y se quejaron de que Carlos no les
llevara limosnas desde hacía años.
Sin
las arpas, aquel par de poetas cantores no se diferenciaba en nada de los demás
vagabundos que merodeaban por los bosques. Cuando el rey llenó sus manos de
piezas de plata, los bardos dejaron de refunfuñar; cuando engulleron los
primeros tragos de cerveza, se les soltó la lengua.
Carlos
alabó su capacidad para profetizar acontecimientos y predecir catástrofes.
Astutos, los dos viejos le miraron con aire sorprendido y no respondieron nada
hasta haber dado cuenta de la cerveza. Entonces, el rey solicitó a aquellos
bardos, tan buenos conocedores de los bosques, que le predijeran cuándo
lograría derrotar a sus enemigos sajones. Los ancianos cataron unas chuletas y
comentaron que ya habían pasado suficiente hambre. Al oírles, Carlos prometió
mandarles un cuarto trasero de cerdo el día siguiente por la mañana.
Uno
de los bardos apuntó que prefería la carne de venado, como su amado caudillo,
el rey batallador. Este, profetizó el anciano, sometería al pueblo sajón cuando
la sangre del último sacrificio humano se hubiera secado en el suelo.
Sus
palabras encolerizaron a Carlos. Los paganos sacrificaban bueyes y prisioneros
humanos para derramar su sangre, como si de vino se tratase, en honor de sus
dioses. Por tanto, era bastante evidente que, cuando abandonaran tal costumbre,
aquellas gentes ya serían cristianas y súbditos de su trono.
—Lo
que me cuentas no me dice nada nuevo —respondió, pues—. Y, en ese mismo
sentido, sé algo más: que los sajones no se rendirán hasta que su caudillo haya
muerto. Decidme dónde puedo encontrar a Widukindo y no os pediré nada más —al
ver que no contestaban, añadió—: Y os traeré el venado.
Carlos
no logró determinar si sus dos interlocutores reconocían el nombre de Widukindo
o si, simplemente, se ponían de acuerdo para conseguir la carne prometida. El
bardo que había bebido la mayor parte de la cerveza asintió con su cabeza
hirsuta y proclamó:
—Gran
monarca obrador de maravillas, no encontrarás a ese enemigo tuyo en las villas
ni en los salones. Me llega ahora la revelación de que darás con Widukindo
lejos de aquí, donde termina la tierra y el aire se junta con las aguas del mar
y todo lo demás queda oculto a tu mirada penetrante.
Al
escuchar aquellas palabras sin sentido, Carlos cerró el puño con intención de
golpear al astuto bardo. Sin embargo, logró frenar la mano y se echó a reír.
—Lo
que no escapa a mi mirada perspicaz es el descaro con que mentís —replicó, y
abandonó a los dos viejos ebrios sin la menor esperanza de encontrar un lugar
donde terminara la tierra y el mar se confundiera con el cielo.
El
verano siguiente, el de 780, las crónicas relatan: «Carlos, el rey, extendió su
poderoso brazo por todo el territorio sajón».
Sin
embargo, no fue eso lo que hizo. Su objetivo era encontrar la pista de
Widukindo y, partiendo al inicio de la estación con su leva de armas, avanzó
lentamente a través de la espesura, quemando casas como había hecho en otras
ocasiones, matando a los cautivos o convirtiéndolos en esclavos, apoderándose
de las provisiones de las aldeas y buscando la confrontación cuando alguna
horda de guerreros surgía del bosque para atacar sus campamentos nocturnos o
cuando máquinas ocultas lanzaban enormes jabalinas y rocas sobre su expedición.
Sin
embargo, Carlos ya se había convencido de que no conseguiría someter a los
sajones por la vía del terror. El y sus francos buscaban la confrontación con
la esperanza de encontrar así la pista del invisible Widukindo. Carlos y sus
paladines llegaron a la conclusión de que el caudillo sajón se retiraba ante su
avance, buscando el refugio de sus santuarios más lejanos, fuera entre los
daneses o entre las tribus más salvajes de las costas del Báltico. Sucedió,
pues, que esta vez la incursión llevó a Carlos más allá de las aguas del Lippe
y de las ruinas de Paderborn, cruzando la barrera del bosque de Teutoburgo
hasta el cauce del Weser. Si Widukindo estaba realmente replegándose ante
ellos, debía de dirigirse hacia su madriguera en la costa del Báltico.
Negándose
a volver sobre sus pasos, Carlos remontó el Weser hasta el Ocker y, a
continuación, cruzó éste para adentrarse en la planicie septentrional. Con
ello, pisó por vez primera una tierra en la que no había estado ningún hombre
civilizado. Ninguna de las legiones romanas había llegado a ver aquellos
cenagales. Otro hecho le dio nuevos ánimos: el clérigo que le llevó la noticia
de la muerte de Sturm era un hombre joven, un anglosajón de buena planta
llamado Willehado, que había prometido continuar la misión del martirizado
Bonifacio. Qué devotos y cultos misioneros, pensó Carlos, producían las islas
de Britania: el propio Bonifacio y aquel erudito irlandés, Columbano. Y ahora,
avanzando a pie junto al caballo de Carlos, aquel Willehado proclamaba que construiría
su iglesia más allá del Weser.
Sin
embargo, muchos de sus francos no poseían el espíritu animoso de Willehado y
avanzaban lentamente entre las brumas de la llanura inundada, donde a menudo
había que transportar en barcas la carga de las carretas.
Llegaron
así a tierras de los eslavos, cuyos hombres llevaban largas trenzas y cuyos
sacerdotes eran adivinos paganos. Aquellas tribus no habían prestado juramento
de fidelidad a Carlos y éste no tenía cuentas pendientes con ellas. Por ello,
tras tomar rehenes entre los salvajes, prohibió a sus hombres matar a nadie,
cometer pillaje o forzar a las mujeres. La columna no necesitó ninguna orden
para mantenerse agrupada en aquella tierra desconocida.
Carlos
continuó la marcha hacia el noreste, como había proyectado. La niebla ocultaba
el sol y sucedía algo extraño: durante las noches de mitad del verano,
permanecía en el cielo una leve claridad. Cuando el rey despertaba y echaba una
ojeada desde la entrada de su pabellón, podía ver el brillo del rocío sobre los
yelmos de hierro de sus centinelas. Apenas terminaba de caer la noche, llegaba
la aurora. Willehado, quien había vivido entre los frisones paganos, le contó
que al norte, más allá del frío mar y de Escandía, en los confines de la tierra
llamada ultima Tule, el día duraba veintidós horas a mediados del verano y la
oscuridad nocturna se prolongaba durante el mismo tiempo en invierno.
Carlos
no comprendía cómo podía suceder tal cosa. Le habían enseñado que ir hacia el
norte era viajar «hacia las tinieblas», mientras que hacerlo hacia el sur, en
dirección al mar Interior, era caminar «hacia la luz». No cabía duda de que el
sol daba vueltas sobre la tierra plana allá abajo, en el sur. ¿Cómo, entonces,
podía lucir aquella luz sobrenatural tan al norte?
Willehado,
concentrado en predicar la palabra de Dios a los caudillos que salían al
encuentro del rey franco, no le supo responder. Y tampoco aquellos bárbaros del
Báltico pudieron decirle nada del invisible Widukindo. Pese a ello, continuó la
marcha a través de la niebla impulsada por el viento. Por alguna razón,
aquellas tierras le parecían familiares, como si en otro tiempo hubiera vivido
en sus grises parajes. Adalardo le recordó entonces la leyenda según la cual,
antiguamente, los francos habían tenido su hogar allí, en la costa.
Entonces,
sus exploradores le condujeron ante un extraño descubrimiento. De la superficie
de una ensenada pantanosa sobresalía una cabeza de dragón. Estaba tallada en la
proa de madera de una nave abandonada, varada entre los carrizos tan a
conciencia que apenas se distinguía el agua que tenía debajo. Quienquiera que
viajara en aquella embarcación, había desaparecido.
Carlos
desmontó y probó el agua. Tenía un sabor salado. Bajo sus pies, la tierra se
mezclaba con el mar y recordó las palabras del bardo, que debería buscar
«lejos, donde termina la tierra y el aire se junta con las aguas del mar y todo
lo demás queda oculto a tu mirada penetrante». ¡Desde luego, aquella niebla le
impedía ver más allá de sus narices!
¿Habría
sido Widukindo quien ocupaba la nave dragón?
Desviándose
hacia el este, Carlos llegó al crecido Elba. El arnulfingo sabía que aquélla
era la frontera oriental de los territorios sajones. Del otro lado, en los
claros de los bosques, sólo habitaban los salvajes eslavos. Así pues, condujo a
sus bandas armadas Elba arriba. Aquel río se convertiría en el límite oriental
de sus dominios cuando hubiera sometido a los sajones.
A
finales del verano, cuando emprendió el regreso, Carlos volvió a pensar en la
nave dragón que había encontrado en su camino, tan tierra adentro. Sin duda,
aquella embarcación era una señal, pero el significado de ésta no le había sido
revelado.
A su
lado, el meditabundo Angilberto musitó unos versos que Carlos no terminó de
captar y, como siempre que oía algo en latín que no conseguía entender,
reaccionó con irritación.
—Regís
regum rectissimi —murmuró Angilberto—. «Del rey más virtuoso, el día del
triunfo está cerca. Día de cólera y de venganza, día de nubes y de sombras…».
A
Carlos le pareció que su camarada estaba cantando su expedición a la lejana
frontera sajona.
—«…
de poderosos truenos y de terrible aflicción, en que el amor de las mujeres
cesará y los deseos del mundo tendrán fin, en que el hombre dejará de disputar
con el hombre».
En
este punto, Carlos reconoció los versos. Eran del cántico del irlandés,
Columbano, al Día del Juicio Final.
La
fuerza armada de Carlos llegó al Rin por el pasillo donde las grises aguas se
estrechan entre apretados picos, uno de los cuales, el Drakensberg, tiene la
forma de una cabeza de dragón. Allí, por fin, tuvo noticias de Widukindo.
Mientras
Carlos buscaba en la frontera oriental, el caudillo sajón había provocado un
levantamiento en el oeste. Ahora, la resistencia había cesado y reinaba de
nuevo la calma ante el regreso del rey. Sin embargo, Widukindo había estado
delante de él en el Weser.
Así,
Carlos pudo desvelar al fin, en parte, el misterio de aquel enemigo invisible.
Widukindo se mantenía siempre en una remota plaza fuerte, donde espías y
mensajeros le llevaban noticia de la marcha de los francos. Desde su
escondrijo, mandaba instrucciones acerca de dónde debían los sajones atacar a
los francos, y dónde debían mantenerse en paz. Todos los movimientos de Carlos
le eran comunicados mientras él permanecía oculto.
No
sería fácil hacer salir de su retiro a Widukindo, se dijo el rey. Aunque los
sajones parecían haberse sometido a su poder aquel otoño de 780, Carlos
recelaba que tuvieran intención de mantener la paz. Estaba seguro de que no lo
harían hasta que hubiera destruido a Widukindo.
Y
entonces, cuando todo parecía exigir su presencia en el Rin, Carlos partió de
Worms para pasar la Pascua en Roma.
Los
anales de los monjes explican qué hizo ese año en Roma, pero no las razones que
le movieron a acudir allí. Sin embargo, los hechos que se conocen de este viaje
proporcionan una cierta visión, fragmentada pero reconocible. Y esa visión
revela un cambio en las ideas de Carlos.
Aparentemente,
el rey de los francos y de los lombardos, y patricio de Roma, emprendió lo que,
para él, era un viaje de placer. Con sólo una parte de su ejército, cabalgó
apaciblemente con Hildegarda, la pequeña Gisela y sus hijos menores, Carlomán y
Luis, hasta llegar a Pavía, donde inspeccionó los palacios y disfrutó de los
baños calientes. Era evidente que no esperaba más conflictos que la cortés
disputa que llevaba manteniendo por carta con el papa Adriano. Pues Carlos,
siempre meticuloso en cuanto al sentido de las palabras, había decidido por su
cuenta y riesgo qué significaba el título de Patricio de los Romanos.
Si
bien anteriores papas debían de haber concedido aquel título como gesto de
cortesía, Carlos lo interpretó como sinónimo de protector de la ciudad y, por
tanto, se consideró señor temporal de los romanos. Él, y no Adriano, gobernaría
las desmembradas regiones de la histórica península.
En
cambio, al decidido Adriano no le cabía en la imaginación que el bárbaro rey
franco pudiera adueñarse de Italia.
«Os
rogamos que recordéis, nuestro muy amado hijo —le escribió el Papa—, vuestra
extrema gentileza para con nos cuando os apresurasteis a acudir a las puertas
de San Pedro y San Pablo. Entonces nos dijisteis que no veníais en busca de
oro, joyas ni títulos. Declarasteis que vos y vuestro ejército, que Dios
proteja, habíais soportado penalidades con el único fin de ayudar a restaurar
los derechos de San Pedro, a exaltar la Santa Cruz y a asegurar nuestra
protección».
Sin
embargo, Carlos había descubierto, a través de sus missi, que orgullosas
ciudades como Rávena, ducados como Benevento y lejanas comunidades como las
islas venecianas rehusaban someterse a Roma. También se había enterado de que
los territorios citados en su donación de mandato al pontífice romano abarcaban
la mayor parte de tales feudos, que éstos se negaban tercamente a entregar.
Evidentemente,
al saberlo, Carlos pidió con insistencia poder cumplir con su deber como
patricio, a lo que el diplomático pero inflexible Adriano respondió: «La
dignidad de vuestro patriciado siempre será fielmente respaldada por nos […] y
de igual modo debe permanecer inviolable el patriciado de San Pedro, vuestro
protector, otorgado plenamente y por escrito por vuestro padre, el gran rey
Pipino, y confirmado por vos mismo».
Adriano
invocó también la hoy famosa «donación de Constantino», el manuscrito
actualmente reconocido como falso, pero que debió parecer auténtico en tiempos
de Adriano. Por este documento, Constantino el Grande parecía haber legado a
San Pedro el disputado territorio de Italia.
El
tosco arnulfingo, que no era enemigo para Adriano en aquella cortés
controversia, se quejaba de haber recibido informes según los cuales zarpaban
de puertos romanos naves con cristianos para ser vendidos como esclavos en los
mercados sarracenos. Esto significaba que el Papa tenía autoridad sobre tales
puertos.
«Jamás
ha sucedido tal cosa con nuestro consentimiento —replicó enérgicamente Adriano
a su poderoso amigo—. Es cierto que los abominables griegos han hecho tal
suerte de comercio a lo largo de la costa lombarda, pero no disponemos de naves
ni de marineros para impedírselo […] Con todo, nos han llegado noticias de que
los propios lombardos se han visto forzados a vender como esclavos a muchas
familias por causa del hambre. Otros lombardos han acudido a los barcos de
esclavos griegos por propia voluntad, porque no tenían otro medio de
supervivencia».
La
hambruna que tan alto precio se había cobrado en el norte había llegado también
hasta Italia. Carlos oyó hablar de pueblos abandonados por sus habitantes, de
ciudades devastadas por terremotos. «Desde la llegada de los francos, las
calamidades se han multiplicado».
En
este estado de cosas se presentó Carlos con sus jovencísimos hijos, la pequeña
escolta y su propia personalidad apremiante, para provocar un cambio en tales
condiciones y en tal situación. A lo largo de toda la llanura de Lombardía,
resolvió disputas y emitió edictos para el gobierno de las ciudades, pues
Italia, a diferencia del norte y sus tribus, parecía depender de las ciudades.
Con esto, Carlos demostró que sería realmente monarca de los lombardos sin
interferir en la vida de las ciudades.
Ultimado
todo esto, prosiguió viaje con gran pompa hasta Roma para la festividad de la
Pascua de 781. Y, como siete años antes, Adriano volvió a plantarle cara.
Nada
se cuenta de su encuentro. En esta ocasión, sin embargo, el bárbaro franco
dirigió las ceremonias, manteniéndose siempre como devoto servidor del
distinguido defensor de Roma. Consigo trajo, como una ventolera tempestuosa, la
noticia de la expansión de sus territorios y del retroceso de las fronteras
paganas de los sajones y eslavos.
—Dios
salve al rey —proclamó Adriano—, pues he aquí que ha surgido un nuevo y
cristianísimo emperador Constantino.
Los
vigilantes nobles romanos fueron obsequiados con una inesperada ceremonia en la
cual los hijos menores del rey recibieron el bautismo. El propio Adriano lo
celebró en la pila, imponiendo el nombre de Luis al pequeño, que contaba tres
años. En el caso de Carlomán, que tenía cuatro, se produjo algo muy inusual.
Adriano le bautizó con el nombre de Pipino.
Esto
significaba que Carlos había apartado a Pipino, el jorobado, de la línea
sucesoria. El nuevo Pipino, el hijo de Hildegarda, ocuparía el lugar del
tullido. Evidentemente, Carlos había cedido en esto a las súplicas de su
esposa.
A
continuación, Adriano otorgó a Luis la corona de Aquitania, proclamando rey al
pequeño. Al nuevo Pipino, un niño impulsivo e irritable, le confirió la corona
de rey de los lombardos.
Así
como Luis recibiría su educación en Aquitania, el pequeño Pipino se instalaría
en Italia en un plazo de pocos años, acompañado de un consejero franco. Los
edictos, sin embargo, serían emitidos por su padre. De este modo, se concedía
un monarca nominal a los inquietos romanos, mientras que Carlos gobernaría
desde la distancia.
Adriano
admitió la componenda de buen grado, afirmando que ahora era compadre de
Carlos. Un plan tan tosco, debió de pensar, tenía todas las posibilidades de
fracasar. Además, ahora se volvía a Carlos, y no a Constantinopla, en busca de
ayuda para su ciudad de Roma.
Tras
esto, Carlos sorprendió por completo a los romanos con una nueva ceremonia. Por
vía marítima llegaron a la ciudad unos visitantes inesperados: dos majestuosos
funcionarios de Bizancio, el tesorero y el chambelán de la corte de
Constantinopla. Ante la incredulidad de los romanos, los recién llegados
explicaron que venían a solicitar al rey de los francos que prometiera en
matrimonio a su hija con el hijo menor de la Sacra Basilisa, Irene, emperatriz
de los romanos en Constantinopla, a lo cual accedió enseguida.
Al
parecer, Carlos no había explicado en Roma su aspiración de prometer en
matrimonio a la pequeña Rotruda, de ocho años, con Constantino, heredero
superviviente de los antiguos césares.
El
sorprendido Adriano fue testigo del intercambio de compromisos entre su amigo
bárbaro y los ministros de la fabulosa corte oriental. Aquellos dos bizantinos
presentaron entonces a un tercero, de nombre Elisha, que acompañaría en
adelante a Carlos para iniciar a la hija de Hildegarda «en la lengua y la
escritura de los griegos, y en las costumbres de la corte romana». Elisha era
un educado y anciano eunuco.
Así
pues, Carlos había proyectado un futuro muy distinguido para otro de los
retoños de Hildegarda; en esta ocasión, para una de sus hijas. Adriano no
vaciló en otorgar su bendición al compromiso, aunque tal vez lamentara
fugazmente haber invocado el nombre de Constantino el Grande en su debate
epistolar con el arnulfingo.
Todo
esto se producía en un momento en que parecían empezar a abrirse mejores
relaciones entre Roma y Constantinopla.
—Ahora
soy verdaderamente el compadre de los pequeños —comentó amistosamente.
¿Cómo
había hecho el rey de un pueblo de tribus junto al Rin para negociar tal
acuerdo con la corte de la lejana Constantinopla? ¿Acaso algún mercader franco
había llevado un mensaje de Carlos al palacio que dominaba el Cuerno de Oro? No
nos ha llegado ninguna información al respecto.
Pero
lo importante es el porqué. ¿Qué razón había impulsado a Carlos a intentar un
compromiso tan fantástico? Quizás encontremos la clave de esta cuestión en la
crónica de los árabes de Hispania, que apunta que en esa época Karlo «buscó un
mejor entendimiento con el emir y una alianza mediante un matrimonio y una
tregua».
Si
el franco, cuyo reino carecía de salidas al mar, trató de mejorar sus
relaciones con estos dos centros culturales del mundo exterior, ¿hizo algún
gesto semejante con un tercero? Un repaso a los anales reales de ese año de 781
muestra que envió a dos missi, junto a varios enviados del Papa, ante la corte
de Tasilón, duque de Baviera, para recordarle al ilustrado príncipe el
juramento de fidelidad que había prestado mucho tiempo atrás a Pipino y a
Carlos, el gran rey (Caroli magni rex). Carlos exigía a Tasilón que enviara
rehenes y se presentara ante la corte del monarca franco.
Carlos
no había olvidado en absoluto la capa escarlata de Tasilón ni su deserción ante
el enemigo, pero en aquel momento, a su modo, el poderoso franco intentaba
llevar a cabo el plan proyectado por Berta una decena de años antes, impulsando
alianzas pacíficas con otros distinguidos príncipes. Tras sus acuerdos y
compromisos, quedaba abierta la posibilidad de que sus hijos reinaran un día en
las cortes de la Cristiandad, ya que no en la España musulmana.
Aquel
mismo año, fuese por un afortunado azar o por previsión, el trono de los
verdaderos emperadores de Constantinopla pasó a Irene, madre del pequeño
Constantino, una mujer extraordinaria que decidió buscar en Occidente los
apoyos para su mandato. Esta era la razón de que hubiera sido aceptada la
inesperada petición del bárbaro franco.
Adriano,
por su parte, se dio cuenta de que, si bien había podido aprovecharse de la
ignorancia de Carlos en su primer encuentro, en esta ocasión era el rey franco
quien imponía sus planes. El Papa había negado que el título de patricio diera
derecho a reclamar autoridad alguna sobre la ciudad de Roma, pero, pese a ello,
el corpulento arnulfingo cómodamente instalado en un palacio de los
desaparecidos Césares ejercía, sin ninguna duda, un considerable poder.
—Carlos
ha tomado bajo su cetro esta ciudad de Rómulo —declaró Pablo Diácono.
Este
Pablo era un hombre de mente sagaz que dominaba el griego clásico. Diácono, en
el cálido y apacible sur de Italia, se había dedicado a escribir y a expresar
desde lejos —desde las celdas del monasterio de Montecassino— su lealtad a la
brillante duquesa de Benevento. De familia lombarda, había acudido a Roma para
conseguir de Carlos la liberación de su hermano, cautivo de los francos.
Su
encuentro con el impetuoso monarca quizá sirviera para lograr la libertad de su
hermano pero, además, llevó al erudito diácono al compromiso de unirse a Carlos
para enseñar griego en los palacios del Rin. El rey franco había visto en él a
un hombre conocedor del significado de una vida civilizada.
Finalmente,
Carlos abandonó Roma llevando consigo a Pablo, el diácono. Entre sones
musicales y flamear de estandartes, su comitiva se dirigió hacia el norte para
inspeccionar el monasterio de Monte Soratte, donde se detuvo a bautizar a su
hija Gisela y a resolver disputas al tiempo que admiraba las estatuas de la
turbulenta Florencia.
En
esta ciudad debió de sentir deseos de llevarse con él alguna de aquellas
maravillas de una civilización perdida, pero sería en Parma donde encontraría
el mayor botín de su viaje. Allí, un britano de cuarenta y cinco años que
estaba postrado en cama por causa de la fiebre se levantó para recibirle, no
con reverencias sino con un acusado buen humor. Alcuino, un celta que citaba a
Cicerón, había llegado en peregrinación desde su amada escuela de York. Entre
sonrisas, aquel hombre respondió a las preguntas de Carlos.
—
¿Cómo es que te has levantado a recibirme antes de tenerme a la vista?
—Porque
he visto a Vuestra Excelencia caminando donde no estaba.
—Explícame
eso.
Señalando
el estanque del patio que Carlos acababa de cruzar, Alcuino dijo:
—He
visto vuestro reflejo en esas aguas.
—Ahora
que lo dices, yo también lo he visto a menudo, pero no había caído en ello
—complacido con el acertijo, Carlos inquirió con expectación—: Pero ¿cómo has
sabido que se trataba de mí?
—
¿Quién más se presentaría en solitario, adelantado a todo el resto de la
comitiva?
Tras
mandar traer unas jarras de vino, el inquisitivo franco se puso a hacerle más
preguntas. El britano, alto y de complexión frágil, protestó diciendo que no
era más que un diácono. A pesar de la fiebre, contraída en las ciénagas de
Roma, Alcuino compartió el cristalino vino blanco con el monarca, quien le
pidió encarecidamente que aceptara ser maestro de su escuela palaciega. Alcuino
explicó a Carlos que tenía la misión de llevar de vuelta consigo el palio de un
obispo, y que no podría vivir jamás lejos de la vista del Canal.
Finalmente,
después de concederle dos monasterios a orillas del Canal, donde tocaban tierra
los peregrinos de Britania, Carlos consiguió que Alcuino le acompañara, junto
con Pablo.
El
comedido celta no tardó en apodar «David» a su nuevo señor. Carlos, por su
parte, comprendió que había encontrado a su maestro de estudios en aquel sabio
diácono de la cultivada ciudad de York. Aunque Alcuino aún no lo sabía, su
misión no sería tanto ocuparse de la escuela como de enseñarle al propio Carlos
el significado de las cosas.
La
comitiva atravesó los Alpes hasta las fuentes del Rin. Satisfecho de tener
aquel nuevo acompañante, Carlos dictó a Pablo una afectuosa carta dirigida a
Adriano, quien tal vez tuviera muchos recelos tras su partida. En su respuesta,
el pontífice romano protestaba: «Nos hemos alegrado grandemente al recibir
vuestra juiciosa carta, en la que decís que vuestra causa es la nuestra y
viceversa […]. Confiamos en que esta verdad quedará patente a todos los
hombres».
Como
siempre hacía después de un viaje afortunado, Carlos efectuó un alto en el
camino al llegar a Prüm, para presentar sus respetos a su augusta madre. Berta,
aunque ya anciana, había llenado su retiro con sus buenas obras, obteniendo
copiosas cosechas tras los magros años de hambruna, y pidió a su hijo más
tierras feraces junto al río para su feudo monástico, pues allí, en Prüm, la
mujer gobernaba un imperio en miniatura. Carlos, que no poseía apenas otras
riquezas que ofrecerle, concedió a Berta las tierras solicitadas.
Después
de las nevadas navideñas, mientras se sucedían los relatos al amor de la
lumbre, Carlos se sumió en reflexiones. En su viaje había contemplado muchas
cosas hermosas y había encontrado mentes ingeniosas en Parma y en Florencia;
comparado con todo aquello, era muy poco lo que él poseía en realidad. Además,
sus francos formaban un pueblo poco numeroso, torpe e ignorante. Durante
aquellos últimos años de incesante ir y venir, Carlos había terminado por
convencerse de su propia incapacidad y de la inutilidad de intentar unificar un
impreciso territorio franco que sólo se apoyaba en la lealtad de ciertos
hombres a él, su rey.
Alcuino
le había enseñado a razonar sobre aquellos temas. «La memoria —apuntaba el
britano— es la facultad de la mente que recuerda el pasado. La inteligencia es
la facultad que permite entender el presente. La previsión es la facultad de
percibir lo que ha de suceder».
Ante
tan sabias palabras, Carlos se dijo humildemente que, para empezar, tenía una
buena memoria. Poco a poco, y mediante un trabajo constante, tal vez llegara a
conseguir cierta inteligencia.
A
falta de tiempo libre durante el día, aprovechaba sus horas nocturnas de
insomnio; entonces encendía el candelabro, sacaba la tabla de escribir y la
pluma que guardaba bajo la almohada y se esforzaba por adquirir la habilidad
necesaria para garabatear letras con sus torpes dedos. A aquellas horas de la
noche, podía practicar sin que nadie le molestara.
Entretanto,
absorbía las enseñanzas de oído, pues le resultaba difícil entresacarlas de las
páginas escritas, con sus letras embrolladas y sus ocultos significados. Si las
letras resultaran claras a la vista y los significados a la mente, todo sería
bastante más sencillo.
Mientras
escuchaba los asombrosos relatos del erudito de Montecassino y del maestro de
York, Carlos se sintió orgulloso y exultante recordando que su antepasado
Arnulfo, aunque apodado «el lobo-águila», había sido un valiente y osado obispo
de la ciudad de Metz. Sin duda, aquel antepasado suyo había logrado cosas más
asombrosas que volver a encontrar el anillo en el vientre del pez. Era posible
que incluso hubiera obrado algún modesto milagro.
Deseoso
de rendir nuevos honores a aquel notable predecesor suyo, Carlos dejó oír su
voz para contar cómo, en el reino del celebrado Dagoberto, había sido en
realidad Arnulfo el alma a quien el pueblo reverenciaba.
—Cuando
mi antepasado Arnulfo, el arzobispo, quiso dejar a un lado su dignidad
episcopal para adentrarse en las tierras vírgenes, el propio rey Dagoberto y su
reina le suplicaron con lágrimas que no se separara de ellos. Y todo el pueblo
austrasiano, todos los lisiados y ciegos y huérfanos y viudas de la ciudad de
Metz, se congregó junto a las puertas y le suplicó con voces afligidas que no
les abandonara para internarse en la espesura. Pero Arnulfo les recordó
dulcemente que debían confiar en el Señor Glorioso, pues incluso Lázaro,
desdichado como fue, había sido transportado por los ángeles al seno de
Abraham.
»Arnulfo
ultimaba ya los preparativos para internarse en la espesura, entre las
lamentaciones de la gente, cuando el Señor realizó un prodigio en la ciudad de
Metz. En cierto modo, cabría llamarlo un milagro. La noche anterior al día de
la partida de Arnulfo, los almacenes de Metz sufrieron un incendio. Todos los
habitantes corrieron a prestar ayuda, pero no lograron apagar las llamas. A
aquella misma hora, a la puerta de la ciudad ya esperaban los caballos que
conducirían a Arnulfo a su retiro. “No —dijo él entonces—. Llevadme antes a esa
inmensa pira”.
»Así
lo hicieron, y todo el pueblo se arrodilló mientras Arnulfo desplegaba su
estandarte, que lucía una gran cruz.
Y,
cuando enarboló el estandarte y lo pasó entre las llamas, éstas se apagaron de
inmediato. Entonces, Arnulfo y todos los habitantes de Metz cantaron juntos los
maitines y, acabados éstos, el arzobispo volvió a su alcoba, se acostó y no
abandonó la ciudad.
Carlos
se enardeció al ver la dulce sonrisa de Alcuino mientras narraba aquella
historia inventada que sus propios hijos escuchaban atentamente, sentados junto
al hogar. Se expresó con gran energía, con alegría en la voz, pues a nadie
complacía el relato tanto como a él. Tampoco cayó en la cuenta, con su
mentalidad inmadura, de que había estado contándoles cosas que hubiera querido
llevar a cabo él mismo. Sin embargo, era consciente de que no podía obrar
ningún milagro. Aunque aquel año había reclamado grandes honores para los hijos
de Hildegarda, estaba convencido de que él nunca sería un gran rey.
En
las veladas junto al fuego del hogar, los vasallos que le habían acompañado en
el viaje contaban a su audiencia cómo el monarca había reinado gloriosamente en
Roma. En las posadas de los caminos de aquellas tierras sumidas en el invierno,
los peregrinos explicaban que habían visto pasar al gran rey. En las salas de
escritura, a la luz de las troneras de las paredes —pues estaban prohibidas las
velas en las proximidades de los preciosos pergaminos—, los monjes recogían
cuanto oían sobre Carolus magnus. En las tierras meridionales de Aquitania, a
las cuales no había vuelto a viajar, provenzales y gascones se preguntaban en
su melindrosa lengua dónde estaría Charlemagne.
Capítulo
5
Alcuino
y el renacimiento del intelecto
El
maestro Alcuino encontraba muchas cosas que admirar en un ruiseñor.
—Un
cuerpecillo tan menudo —comentaba—, una garganta tan delicada y, sin embargo,
¡qué profusión de armonías! Su música me acompaña toda la noche y no me
maravilla que el coro de ángeles celestial entone continuas alabanzas al Señor,
cuando contemplo tanta gracia en una cosa tan pequeña.
Así
como el dulce maestro de York se afanaba en estudiar el canto de un pájaro —y
la misma admiración demostraba ante un cuco que celebrara la primavera—, de
igual modo atribuía con toda naturalidad sus extraordinarios trinos a la
benevolencia del Creador. El frágil y ya maduro Alcuino era incapaz de fingir.
Su veneración era impulsiva; sus versos, una larga oración. Todo él sentía un
gozo por la vida que, tiempo después, compartiría Francisco de Asís.
Afrontaba
la desgracia con la cabeza alta y sin frases estudiadas de consuelo. Cuando
perdió aquel ruiseñor en concreto, su compañero nocturno, se limitó a decir:
«Quien te haya robado de ese matorral de retama envidiaba mi felicidad».
Se
tomaba con buen ánimo las penalidades del duro invierno del norte. «Un tiempo
para el ocio y las reuniones junto al fuego y el sueño tranquilo» era su
descripción.
Amante
del vino claro y de la conversación estimulante y de caminar por los pastos,
compartía muchos de los gustos del rey. A Hildegarda la llamaba «la dulce
reina».
La
mente de Alcuino de York influyó en los acontecimientos del reino franco casi
desde el momento de convertirse en mentor de Carlomagno.
A
estas alturas, cabe ya referirse a Carlos, el hijo de Pipino, con el nombre de
Carlomagno, el que le otorgaron en su memoria los pueblos de Occidente. Para
muchos de ellos era todavía Carlos, el rey, pero en alguna medida era un
caudillo distinto de su padre y de los demás príncipes de los territorios
bárbaros. Este Carlomagno caminaba entre ellos con su áspera túnica frisona y
sus pantalones, movía las orejas cuando celebraba sus chistes con estrepitosas
carcajadas y dilataba las ventanas de la nariz, rojo de ira, ante sus
fechorías. Su dominio tal vez no se extendiera más allá de su vigorosa
presencia pero, ante él, los hombres sentían una esperanza estimulante.
Pablo
Diácono, de noble familia lombarda y añorado de sus tierras del sur y de
Montecassino, hablaba del «sereno poder de nuestro señor, el rey».
Mientras
que Pablo se sentía cautivo en aquella corte, Alcuino disfrutaba con su tarea
de enseñar al entusiasta rey franco. Sin embargo, el apacible maestro no
congeniaba en absoluto con su pupilo y señor. Alcuino se negaba tercamente a
hablar el dialecto germánico de las tierras renanas, sosteniendo que sólo debía
permitirse su uso a quienes quisieran rezar y no conocieran otra lengua. A la
mentalidad práctica de Carlomagno, oponía su antojadiza naturaleza céltica.
Alcuino tampoco consentía, pese a la insistencia del rey, en acompañar al
ejército en sus salidas. Según él, su frágil cuerpo no estaba hecho para el
lomo de un caballo.
—Pero
ya has leído —protestó su señor tras una de tales negativas— cómo la reina de
Saba, una mujer, viajó a tierras judías para conocer al rey Salomón.
—Sí,
esa reina llegó hasta la ciudad de Jerusalén y se admiró mucho ante lo que vio
allí. Pero no siguió a Salomón entre los filisteos.
Por
lo general, las respuestas de Alcuino satisfacían la curiosidad del corpulento
franco. Largas horas de cabalgada nocturna habían despertado el interés de
Carlomagno por el comportamiento de las estrellas. (Carentes de brújulas,
relojes y mapas, los francos utilizaban el movimiento de los astros para
orientarse y para determinar la hora). ¿Por qué todas las constelaciones
giraban en torno a la estrella que llamaban Polar, próxima a las puntas del
Carro? ¿Por qué Sirio sólo era visible en el horizonte en las cercanías de
Roma? ¿Qué fuerza impulsaba a las estrellas a moverse, manteniéndose siempre en
el lugar que les correspondía?
Alcuino
le explicó cómo los diversos firmamentos habían sido colocados por el Creador
sobre la superficie plana de la Tierra: primero la esfera del aire que
respiraban, luego la del agua, la del fuego y la de la misteriosa Luna y los
signos del zodiaco, sobre las cuales estaban el firmamento de las estrellas más
lejanas y el del paraíso de los santos y los ángeles, hasta llegar al último
cielo, el del Señor y Creador.
Así
empezó a enseñar astronomía al rey. Y, allí donde su ciencia fallaba, lo cual
sucedía a menudo, Alcuino recurría a citar con fluidez a Virgilio o a Agustín.
Y
Carlomagno se dedicó al estudio, con más celo que un muchacho, a sus cuarenta
años cumplidos. Realizó rápidos progresos en latín gracias a que su maestro
hablaba con la elocuencia de Cicerón. Carlomagno alcanzó una considerable
fluidez, pero Alcuino le advertía que utilizara las palabras correctamente. Ara
significaba «altar»; hara, en cambio, era una «pocilga», y no convenía
confundirse entre ambas.
—Las
confusiones en las palabras son peligrosas —reconoció Carlomagno—, pero las
confusiones en el sentido lo son más aún.
El
monarca seguía sintiendo un profundo afecto por la lengua, recia y rotunda, de
los pueblos del Rin. ¿Por qué había de llevar el caluroso mes de julio el
nombre de un César muerto cuando era, obviamente, el «mes del heno»? De igual
modo, marzo ya no tenía nada que ver con el dios romano de la guerra, y debía
denominarse Lenzinmanoth, el «mes de la Cuaresma». En esta misma línea, mayo
tenía que ser Wunnemanoth, el «mes de la alegría».
Así
pues, Carlomagno se dio el gusto de rebautizar todos los meses del año.
—Mi
pueblo habla mal latín —apuntó— y por eso canta mal, y también reza mal: porque
utiliza palabras impropias.
—Si
tu pueblo tiene los pensamientos adecuados cuando reza, ¿importa acaso que sus
palabras no suenen como es debido?
—Sí,
importa.
Demasiado
entendía Carlomagno que los pensamientos de los francos reflejaran sus ansias,
dirigidas a la fornicación, la obscenidad, el lujo, la ociosidad, las peleas,
las muertes y la bebida. El mismo las compartía.
Con
feroz energía, valiéndose de las enseñanzas de Alcuino, intentó despertar a
quienes le rodeaban, sacándoles de su pereza y de su decaimiento.
El
celta de York emprendió con buen ánimo la difícil tarea de enseñar a una nación
extraña. No había excusa posible ante la insistencia de su señor y rey.
Mandó
llamar de Inglaterra a algunos discípulos para que enseñaran a los muchachos
más jóvenes los tres primeros peldaños del saber: la gramática, la dialéctica y
la retórica, junto a algunas nociones de matemáticas. Los cuatro restantes
escalones o pilares del conocimiento —el álgebra, la música, la medicina y la
astronomía— los enseñaba él mismo, con Pedro y Pablo, en la escuela palatina.
Ésta ya existía anteriormente, por supuesto, en las residencias que servían de
corte en Worms, Ingelheim y la Colonia. Dado que muchos de los nobles y
clérigos seguían a la peripatética corte de Carlomagno, la escuela palatina
impartía a menudo sus clases en henares o en bodegas.
Empezó
a decirse en el reino que Carlomagno, el rey, descontento de su propio pueblo,
traía extranjeros de Lombardía y Britania para enseñarles. Y el rumor iba a
convertirse en una protesta.
El
sagaz Alcuino tomó prestado de Pitágoras —la mayor parte de sus ideas eran
tomadas de otros, sobre todo de Beda el Venerable, su maestro espiritual— el
método de hacer que un alumno iniciado debatiera una cuestión con un muchacho
sin instrucción, mientras él se limitaba a explicar lo que desconcertaba a los
muchachos.
Más
adelante, también le gustaba convertir sus respuestas, que en ocasiones debían
de resultarle difíciles, en chistes y acertijos. Durante una lección, años
después, Pipino (el Pipino Carlomán) hacía las preguntas y el maestro
respondía.
—
¿Qué es el aire?
—El
guardián de la vida.
—
¿Qué es la vida?
—La
alegría del bien, el dolor del mal y la expectativa de la muerte.
—
¿Qué es la muerte?
—Un
viaje desconocido, el luto de los vivos y el cumplimiento de la voluntad de un
hombre.
—
¿Qué es el hombre?
—Un
viajero que se detiene en una morada donde es huésped…
—
¿Qué es la luna?
—El
ojo de la noche, la que esparce el rocío, la profeta de las tormentas.
—
¿Qué es el mar?
—El
camino de los osados, la frontera de toda tierra, el receptáculo de los ríos,
la fuente de la lluvia.
Finalmente,
Alcuino proponía acertijos como el que sigue:
—Vi
que lo muerto producía la vida, y que el aliento de la vida devoraba lo muerto.
Pipino
lo resolvió.
—Mediante
la fricción de dos ramas se produce el fuego, que devora las ramas.
Mediante
acertijos y debates, el maestro de York incitaba a los francos a utilizar la
mente para encontrarles sentido. De la verdadera ciencia —la física de
Aristóteles, la geografía de Ptolomeo o los sorprendentes datos astrales de
Hiparco—, Alcuino sabía poco más que sus alumnos. El misterio de la mayor de
las estrellas, la pálida luna que pendía en el cielo nocturno, no tenía por qué
ser objeto de los debates. La luna se movía según la voluntad del Primer Motor
y seguiría haciéndolo hasta que el sol se volviera negro como una arpillera de
crin y las estrellas cayeran del firmamento como hojas arrancadas de una
higuera y el Dragón saliera del mar a la tierra, en el día final de la
existencia humana.
Aquel
día del Juicio, tan bien descrito por Bonifacio, no podía estar lejano.
Las
matemáticas de Alcuino no precisaban muchos cálculos por parte de sus alumnos.
Únicamente utilizaban las cifras romanas, del I al IX, sin el cero y sin
cantidades negativas. Multiplicar una cantidad cualquiera, por ejemplo MCCXIX,
por un simple XV era una tarea difícil para los dedos, utilizando una tableta
de cera y un punzón. En cambio, podía hacerse con la mente, pensando en las
cifras. Lo mismo cabía decir de las ecuaciones algebraicas. También aquí, el
hábil celta y sus discípulos utilizaban esos sempiternos acertijos numéricos:
Una
escalera tiene cien peldaños; en el primero de ellos hay posada una paloma, dos
en el segundo, tres en el tercero, etcétera, hasta las cien palomas del escalón
número cien. ¿Cuántas palomas hay posadas en la escalera? Para descubrirlo,
recordad que habrá un centenar de palomas en cada par de escalones, cogiendo el
primero con el noventa y nueve, el segundo con el noventa y ocho, etcétera.
Así, contáis cuarenta y nueve cientos; añadid ahora el peldaño central, con sus
cincuenta palomas, y el último, con sus cien. De este modo, sabéis ahora que
hay cincuenta cientos más cincuenta palomas.
Los
maestros se vieron obligados a ejercitar la imaginación, pues casi no había
libros de texto. Muy pronto, Alcuino redactó una sencilla gramática y un misal.
Hábiles monjes de la escribanía los copiaron en nuevos volúmenes. Alcuino
también mandó traer de su vieja biblioteca de York la historia de Beda y los
versos de Virgilio. No obstante, la mayor parte de los francos, adultos y
niños, aprendían de oído y retenían los datos en la memoria.
Tenían
que trabajar sin imágenes. Durante muchas generaciones, no se había tallado en
tierras francas ninguna estatua. Las pinturas de las paredes de las iglesias
mostraban escenas de demonios de colas bifurcadas que atormentaban a los
pecadores en las llamas del infierno dentro de las fauces de un enorme dragón,
o de grupos de almas benditas conducidas por ángeles gloriosos hacia un paraíso
más allá de las nubes. Los pecadores iban desnudos; los bienaventurados
conservaban sus ropas.
Asimismo,
los sacraméntanos que Carlomagno había traído de Roma contenían algunas
imágenes: del buen san Juan escribiendo su Evangelio con la ayuda de un águila
simbólica, o de un san Pedro asustado ante el canto del gallo. En el grabado
aparecían tres gallos, para significar que el animal había cantado tres veces,
como decían las Escrituras. El rey ordenó a sus artistas que copiaran estas
imágenes fragmentarias. Talladores de manos expertas realizaron copias fieles
sobre puertas de madera y placas de marfil a lo largo del Rin. Hábiles mujeres
las bordaron sobre estandartes y colgaduras.
En
el reino franco aún podían encontrarse algunos restos del arte romano:
fragmentos de pavimentos de mosaico que exponían imágenes de los gladiadores,
los pavos reales y los soldados triunfantes de aquella civilización
desaparecida. Carlomagno se complacía en contar a quienes le escuchaban cómo en
Parma y Roma había contemplado escenas enteras de gran gracia y elegancia, de
mártires elevados al cielo y de las murallas de Jericó derrumbándose al son de
las trompetas. También fue ampliando gradualmente la leyenda en torno a su
antepasado Arnulfo, el cual había nacido, según parecía ahora, en una familia
patricia. Después de mucho escuchar las aventuras de los troyanos narradas por
Virgilio, recordó que uno de sus antepasados se llamaba Anquises, o algo parecido.
¿No era posible, se preguntó, que los primeros francos, llegados
misteriosamente del mar, hubieran sido troyanos exiliados de su lejana patria y
conducidos por Anquises, el padre de Eneas?
Tal
explicación del origen de los francos sólo se atrevió a apuntarla tímidamente,
pero corrió de boca en boca porque la había dicho el rey. Alcuino, que admiraba
a Virgilio, no la confirmó ni la negó, pero aconsejó a su pupilo:
—No
mires hacia atrás, querido amigo. En tu sabiduría, cristianísimo rey, contempla
el futuro, pues éste descansa en tus manos.
El
reflexivo britano, acostumbrado a las rivalidades de los mezquinos gobernantes
de su isla, percibía ya el poder que podía emanar de Carlomagno si era bien
aconsejado.
Pero
el bárbaro franco había extraído una nueva idea de sus lecciones. Las
bendiciones de la cultura y la magnificencia parecían proceder siempre del
Este, de donde habían salido los troyanos, llorando por su hogar perdido, y de
donde Pablo había llegado a Roma. Allí, en Oriente, aún podía encontrarse el
esplendor en todas las artes en Constantinopla, e incluso los árabes paganos
habían traído con ellos cosas preciosas para el cuerpo y para la mente desde
Babilonia o Bagdad, donde el califa reinaba en un salón de oro y donde podían
verse fabulosos elefantes.
Carlomagno
hizo que Pablo Diácono le leyera la historia de Grecia y animó al eunuco Elisha
a enseñar griego a sus otros hijos, además de a Rotruda. A los príncipes les
pareció muy divertido ver al educado Elisha saludar a Rotruda postrándose en la
alfombra como si buscara hormigas.
Alcunio
reformó su Academia palaciega después de estudiar las costumbres de su señor.
El nombre de Academia sonaba muy bien; era una novedad en el reino de los
francos y Alcuino percibió claramente que el monarca habría exigido su
creación, en cualquier caso. Tal Academia, más que una educación superior,
ofrecía una educación a los alumnos superiores: los seis hijos del rey, los
paladines como el afanoso Angilberto, y el propio Carlomagno.
Entre
accesos de las fiebres que nunca le dejarían, Alcuino guió aquel círculo
familiar con suavidad y buen humor. Muy pronto aprendió los apodos que
Carlomagno había otorgado a cada cual. Angilberto se convirtió, dentro del
círculo, en un juvenil Homero. El propio Alcuino era «el pobre Horacio», y el
rey, «David, que fue alzado por el Señor sobre sus enemigos».
Entregando
la escuela palatina a sus ayudantes, Alcuino tomó a su cargo el grupo íntimo de
la Academia siempre que el rey descansaba en Worms, en Ingelheim o en
Thionville. Muy pronto, se encontró en el papel de maestro de ceremonias, entre
francos que cantaban y animaban las bromas con vino. Alcuino contribuyó a la
fiesta con su número del tañido de campanas. Con unas campanillas de plata, se
podía acompañar el melodioso tañido de las grandes campanas de la iglesia. Su
jovial señor insistía en que debían conseguir un nuevo órgano del emperador
—mejor dicho, de la emperatriz Irene—, ya que el viejo de Saint-Denis se había
estropeado y no se encontraba a nadie que pudiera repararlo.
Carlomagno
se complacía en escuchar las agudas voces de sus hijos entonando un Gloria. Los
mayores, Carlos y Rotruda, eran altos y de una hermosura extraordinaria; ambos
tenían, más o menos, la edad de su padre cuando éste había cabalgado hacia el
norte bajo la tormenta al encuentro de Esteban.
—Quiero
que mis hijos sean gloriosos como reyes —insistía—, que sean buenos jinetes,
buenos guerreros, buenos cazadores y nadadores, y maestros en conocimientos.
Quiero que sepan y entiendan más que otros hombres.
El,
a aquella temprana edad, no había poseído título ni dignidad alguna, y muy poca
educación.
En
cuanto a sus hijas, tocadas por la gracia de la feminidad, aún sentía más
pasión. Tenían que estudiar con los varones y aprender, además, las artes
femeninas del hilado y del telar; tenían que cantar melodiosamente y apreciar
la poesía más refinada. Si Berta hacía frecuentes preguntas acerca de las
estrellas, su padre se convencía de que la pequeña debía aprender los secretos
de la astronomía; si la voz de Rotruda sobresalía de las demás en las escalas
gregorianas, el rey estaba seguro de que su misión sería dar gloria al canto.
Alcuino
las llamaba sus palomas. A la esbelta Gisela, de luminosos ojos, la apodaba
Delia. Sin embargo, al maestro le parecía que su alegría procedía de sus
cuerpos llenos de salud, que gustaban de adornar con gallardetes de seda e
incluso perlas de Hispania. Su Berta no apartaba sus bellos ojos del atractivo
Angilberto.
A
menudo, las largas horas de Academia junto al fuego de la chimenea de palacio
fatigaban al apacible celta, quien también tenía la tarea de copiar libros para
la biblioteca de Carlomagno y revisar el funcionamiento de la escuela palatina,
además de su incesante correspondencia con abadías lejanas donde las fuentes
del sagrado conocimiento no se habían secado.
En
ocasiones, Alcuino se preguntaba por qué el otro hijo mayor, Pipino el
Contrahecho, no aparecía nunca por palacio. Según le dijeron, el jorobado hacía
compañía a su abuela en Prüm, en los bosques.
A
pesar de su constante fatiga, de la que no se quejaba porque era consecuencia
de la fragilidad de su cuerpo, desarrolló una admiración por su señor y pupilo
que creció hasta convertirse en amor. Carlomagno no descansaba nunca. El
gigantón franco se volcaba en comprender los misterios del conocimiento con la
misma energía que desplegaba con el canciller y el senescal en planificar el
aprovisionamiento de las granjas, el almacenamiento de las simientes, el
drenaje de los canales y la construcción de nuevas iglesias y de puentes para
suprimir vados y transbordadores. Y, cuando terminaba la sesión, el rey salía a
escape para dedicarse a la caza en el bosque.
Cierta
vez, Alcuino le descubrió nadando en el río con un puñado de camaradas, a
quienes interrogaba sobre las leyes de los sajones.
En
otra ocasión, presenció cómo Carlomagno recorría a grandes zancadas su alcoba
mientras dictaba una carta airada al arzobispo de Maguncia: «Me sorprende que,
al tiempo que trabajáis con la ayuda de Dios para ganar almas, no os ocupéis en
absoluto de enseñar a leer correctamente a vuestros clérigos. Todos quienes os
rodean y están a vuestra disposición viven en la más oscura ignorancia. Vos,
que podríais iluminarles con vuestro conocimiento, soportáis que vivan en la
ceguera…».
El
pupilo de Alcuino había aprendido a ser elocuente en latín y nunca dejaba de
hacer preguntas a su maestro: ¿Cómo fueron escritos por primera vez los textos
de las Escrituras? ¿Cómo los diversos pueblos habían terminado por tener
diferentes leyes? ¿Cuál era el origen de la ley romana y de la antigua notación
musical, el canto gregoriano? ¿Cómo dominaron los antiguos romanos las lenguas
de los muchos pueblos que gobernaron?
Pero,
sobre todo, Carlomagno quería que le explicara las palabras de forma llana y
comprensible.
—Hablas
de justicia. ¿Qué entiendes por ella?
—La
justicia depende de tres cosas: la veneración a Dios, las leyes hechas por el
hombre y los valores de la vida. El fin de la justicia es preservar, no
destruir.
—Es
mucho más sencillo destruir una cosa que preservarla. ¿Qué entiendes por leyes
hechas por el hombre?
—Normalmente,
los hábitos de un pueblo. Las costumbres que siguen de forma generalizada.
—Pero
esas costumbres pueden ser malas. Los sajones ofrecen sacrificios humanos.
¿Justificas tal cosa porque sea su tradición hacerlas?
—No.
Eso viola una ley superior, la de la igualdad entre los hombres.
—
¿Igualdad?
—Un
juez debe ser imparcial y tratar por igual a todos. Así, todos los hombres
tienen iguales derechos, bajo una ley justa.
Alcuino
era muy atrevido al hablar así, sabiendo que en el reino de los francos se
cortaba el brazo al ladrón, mientras que el homicida podía redimirse pagando
una indemnización. La propiedad estaba por encima de la vida, y el rango por
encima de la justicia. Y Carlomagno, como su padre, se atenía a las leyes
particulares dentro de sus territorios, de modo que un sajón, un bávaro o un
lombardo eran juzgados cada cual según sus propias costumbres. Y éstas eran
diferentes entre los diversos pueblos. Los bávaros no tenían que prestar
juramento para atestiguar; los borgoñones castigaban el asesinato con la
muerte, en lugar de con la compensación económica; los alamanes cotizaban el
precio de un buen perro de caza en doce piezas de plata, superior al de un esclavo
fugitivo. Y todos ellos discrepaban en el delicado procedimiento del juicio por
combate.
—
¿Quién podría hacer una ley que satisficiera a tantos pueblos distintos?
—La
encontrarás en las Escrituras, —con una sonrisa, Alcuino se atrevió a citar a
su señor—: «Vos, que podríais iluminarles con vuestro conocimiento, soportáis
que vivan en la ceguera…».
Alcuino
tenía el valor de oponerse a veces a su «rey David». Sabía hacerlo, con
diplomacia, porque entendía muy bien la mentalidad de los francos. En sus
esfuerzos por afrontar el perenne problema de elaborar leyes justas para unas
gentes que tenían concepciones muy diferentes de las leyes, Carlomagno
recurrió, como le había aconsejado su mentor, a las Escrituras. Sin embargo,
encontró más satisfacción en la lectura de las palabras de Pablo de Tarso, el
pecador de noble cuna. Aquel Pablo no intentaba dejar a un lado las ataduras
terrenales de los seres humanos, su amor a las mujeres, sus supersticiones y
búsquedas de un dios desconocido… Sus propios francos se parecían mucho a las
congregaciones del sutil y perspicaz Pablo. Pues éste también se había empeñado,
en casa de Lidia, en bautizar a todo aquel que acudía a su río, incluso el
carcelero aterrorizado por el terremoto.
Leyendo
tales cosas, Carlomagno anheló tener una mujer comprensiva que colaborara con
él, una casa tan espléndida como un palacio romano y una iglesia tan espaciosa
como la gran Santa María, junto a un río donde todo el pueblo se congregara
para ser purificado de sus pecados.
Siempre
que Alcuino tenía una hora para descansar, antes de los rezos del alba o cuando
los miembros de la Academia se quedaban dormidos tras un buen almuerzo,
aprovechaba para sentarse ante su pupitre y conversar por carta con amigos
lejanos.
Con
creciente frecuencia, correos y viajeros le llevaban paquetes cuidadosamente
envueltos y sellados. El sabio de York recogía tales paquetes con gran
excitación, preguntando al instante de dónde procedían y cómo estaba el
remitente.
En
una ocasión, el monarca le oyó canturrear en el patio:
—
¡Ha llegado, ha llegado! ¡Cuánto tiempo he esperado esta página, más dulce que
la miel y más valiosa que una joya refulgente!
Al
asomarse, Carlomagno observó cómo un Alcuino transfigurado estrujaba la misiva,
la levantaba para romper con cuidado el sello y paseaba su ávida mirada por las
líneas escritas.
Tras
saborear la alegría de mensajes como aquél, Alcuino contaba al rey cómo estaban
las cosas en Lindisfarne, al otro lado del mar, o en Aquilea, más allá de las
islas venecianas. Carlomagno no tardó en utilizar aquel creciente servicio de
noticias; cuando salía a recorrer los campos, hacía que Alcuino le informara
con minuciosidad de lo que sucedía en las tierras del Rin, sobre todo en el
seno de su familia. También solicitó a Adriano que en adelante le mandara
noticias de Roma cada semana, lo cual le permitió conocer también los
comentarios que corrían por Italia.
Más
adelante, cuando Carlomagno consiguió traer de Constantinopla un nuevo órgano
—con el propósito de que sus artesanos lo copiaran, para que hubiera música de
órgano en otras iglesias además de en Saint-Denis—, obtuvo también de Oriente
un medio extraordinario y admirable de mandar mensajes breves a través de los
aires. Era un medio tan sencillo y práctico que sus francos lo adoptaron con
facilidad. Unas palomas de robustas alas, acostumbradas a un hogar determinado,
podían ser conducidas en jaulas a lugares lejanos y soltadas allí para que
volaran de regreso, raudas como el viento. La dificultad radicaba en encontrar
un material para escribir el mensaje lo bastante liviano como para poder atarlo
a la pata de la paloma mensajera. El mejor de que podían disponer era una seda
floja blanca, adquirida a comerciantes africanos.
Al
establecerse esta línea de comunicación a distancia entre «David» y el «pobre
Horacio», Alcuino se vio arrastrado a una responsabilidad que no había
previsto. Se convirtió, a la fuerza, en el consejero del rey y, con el tiempo,
en el administrador oficioso del reino franco.
Esto,
a su vez, tendría consecuencias imprevistas para ambos. Alcuino, recluido
siempre en abadías o salones, solo alcanzaba a formarse una imagen mental de la
vida de las gentes, sin entrar apenas en contacto con ellas; Carlomagno, con
sus interminables rondas por ríos y caminos, estaba obsesionado con las
necesidades reales de los diversos pueblos que trabajaban para extraer su
alimento de la tierra. Alcuino insistía en lo que se debía hacer; su pupilo
sabía lo que se podía conseguir. El sabio de York acogía con alegría las
escasas visitas de la princesa real, Gisela, hermana del rey, que se había
retirado del siglo para convertirse en abadesa de Chelles. El porfiado
arnulfingo encontró que su seria y callada hermana traía el rigor monástico a
la alegría de sus salones. No obstante, le concedió de buen grado tierras y una
cantidad de preciado oro, pues le complacía ayudar a Gisela en su servicio al
Señor, mientras él seguía sus propios caprichos.
En
cambio, le molestaba que Hildegarda, quien le pertenecía por entero, recurriera
a excusas para ausentarse de la estimulante instrucción de la Academia. Su
esposa era incapaz de decir la frase más sencilla en latín, y tampoco hacía el
menor esfuerzo por resolver acertijos sobre las estrellas que su hija, Berta,
sabía adivinar al instante. Alcuino escuchaba en silencio sus quejas sobre la
indolencia de Hildegarda.
—Es
una mujer buena y sencilla —se limitó a responder el celta—. Y éstos son los
escogidos de Dios.
Tales
palabras recordaron a Carlomagno algo que le había hecho reflexionar, aun sin
entenderlo. Algo que había dicho Pablo: «Pues Dios ha escogido las cosas
simples del mundo».
Después
de dar a luz a una niña a principios de las Navidades del año 783, Hildegarda
quedó postrada en cama. Cuando el rey ya había partido a la reunión del Campo
de Mayo, Alcuino le mandó una carta con un discípulo que corrió a llevársela
más deprisa que un missus. La carta empezaba hablando de lo verdes que estaban
los pastos y de lo bien que iba la labranza, y en ella informaba al monarca de
que su dulce reina había muerto.
Carlomagno
pospuso la expedición contra los sajones el tiempo necesario para dar sepultura
a Hildegarda, para cuya tumba escogió la basílica de San Arnulfo, la más
notable de las iglesias de Metz. El rey designó a Pablo Diácono —y no a
Alcuino— para que escribiera la elegía que se grabaría en la lápida, ordenando
al poeta lombardo que no dejara de incluir en ella la expresión «madre de
reyes».
Al
morir, Hildegarda tenía veintiséis años y le había dado nueve hijos, de los
cuales sobrevivían seis. La hija menor había muerto poco después que su madre,
y Berta, la madre del monarca, no tardó mucho en seguirlas, y fue enterrada en
su caso en la iglesia de Saint-Denis. Carlomagno meditó sobre las mujeres que
habían desaparecido de su lado, bien camino de la tumba o bien tras la clausura
de un monasterio. ¿Dónde estaría Gerberga, la esposa de su hermano, a la que
había proscrito? ¿Qué habría sido de Ansa, la insigne esposa de su enemigo,
Desiderio? Ni siquiera conseguía recordar dónde estaba enterrada Désirée.
Antes
de partir para reunirse con el ejército que le esperaba, el rey hizo una
donación para que se cantaran laudes perpetuos, día y noche, por Hildegarda y
por Berta.
El
otoño siguiente, cuando regresó de la expedición, contrajo matrimonio con
Fastrada, la orgullosa doncella renana que se había cruzado en su camino en la
cacería. El cabello pelirrojo de la muchacha resplandecía bajo el sol como el
fuego y sus ojos brillantes le retaban a poseerla.
Aquel
verano de 783, el arnulfingo se enfrascó en una lucha a muerte con los sajones
y el invisible Widukindo.
Pues
Carlomagno, rey de los francos y de los lombardos, patricio de los romanos y
conquistador —según todas las apariencias— de los sajones paganos, se sentía
derrotado, tras once años de porfías, por aquellos pueblos indómitos,
emparentados con el suyo y acérrimos enemigos.
Había
probado a castigarles y a convertirles; había acordado con ellos una generosa
tregua y había arrasado sus tierras como un aventador trilla el grano con el
mayal. Había construido pueblos e iglesias, impulsado por la vehemente misión
de Willehado. Tanto Alcuino como el propio Adriano le alabaron por «someter a
la salvaje raza pagana y llevar la salvación a sus almas».
Y,
sin embargo, el año anterior le había traído un nuevo desastre.
¿Cómo
y por qué?
Alcuino
no supo decírselo. Y tampoco pudieron hacerlo los caudillos de su ejército, que
habían ido a unirse a los fantasmas de Roncesvalles. A solas, Carlomagno
afrontó el misterio de un pueblo que no había modo de someter, repasando con
detalle los hechos extraordinarios de aquel último verano.
Primero,
la indefinible agitación de los bosques sajones. Luego, su rápida intervención
para mostrar su autoridad, sin combatir; la asamblea de Paderborn —como aquel
otro año que conduciría a la catástrofe al otro lado de los Pirineos—, en las
iglesias reconstruidas; la presencia de lejanos enviados del khagan ávaro y de
Sigfrido, rey de los daneses, para impresionar a los caudillos sajones.
Por
alguna razón, no había conseguido sus propósitos pues, terminado el encuentro
de Paderborn, habían llegado los ataques a las aldeas de los sajones conversos,
las persecuciones de misioneros… Recordó a Willehado huyendo de los bosques,
proclamando que todo aquel que llevara el nombre de cristiano estaba condenado;
Willehado, el entusiasta predicador, escapando a Roma en busca de paz para su
espíritu mientras sus misioneros caían en su propia sangre, degollados como
animales.
Y
Widukindo, el Sacbsenführer; siempre a distancia de Paderborn pero haciendo oír
su voz entre los caudillos, tal vez mediante espías que formaban parte de la
comitiva de los daneses. La voz de Widukindo llamando al pueblo sajón a
levantarse y vengar a los antiguos dioses…
Pero
¿por qué? ¿Por qué precisamente cuando el poder de Carlomagno se extendía sobre
sus tierras, y sus huestes armadas viajaban hacia el norte para pacificar la
frontera del Elba? ¿Por qué, sin ningún signo visible de guerra a sus espaldas?
Carlomagno
pensó en aquel ejército suyo, avanzando ajeno a todo por los caminos del bosque
igual que, cuatro años antes, sus huestes habían ascendido hacia el paso de
Roncesvalles. Valientes guerreros conducían la columna armada: el condestable
Geilón, el chambelán Adalgiso y Worad, el conde palatino. Debían haber avanzado
con cautela, cruzando el Weser con centinelas apostados en las alturas de las
inmediaciones.
Sin
duda, habían avistado a los sajones agrupándose junto a la sierra del Süntal,
sobre el río. Deberían haber esperado al ejército de apoyo que el viejo conde
Thierry había reunido en el Rin para correr en su ayuda. Tal vez esperaron, en
efecto, hasta que oyeron las trompetas de Thierry. Entonces avanzarían a toda
marcha, con los paladines delante y la caballería franca siguiéndoles los
pasos, deseoso cada hombre de ser el primero en remontar el Süntal, para
encontrarse solamente con la emboscada de los sajones. Entonces, los francos
habían intentado escapar, cada cual por su cuenta. El anciano Thierry había
podido salvar a algunos supervivientes, pero también él había caído.
Tras
esto, Carlomagno tomó el mando. El otoño ya estaba demasiado avanzado, la
hierba estaba muerta y las heladas aterían la tierra durante las noches. El
monarca condujo de vuelta al Weser a todos los jinetes que pudo reunir y batió
el río aguas arriba hasta alcanzar a los sajones fugitivos en el poblado de
Verden, escondido entre los pinares. Más de cuatro mil guerreros fueron
capturados allí y Carlomagno les exigió que le entregaran a los líderes de la
emboscada del Süntal y a Widukindo. Los prisioneros se negaron a traicionar a
sus caudillos y el franco ordenó su muerte. Y los más de cuatro mil fueron
muertos en un solo día, arrodillados junto al río…
Después
de esto, la silenciosa resistencia se extendió a otros pueblos. Los anales
reales relatan: «Hasta las orillas del mar, los frisones abandonaron la fe
cristiana y volvieron a ofrecer sacrificios a sus ídolos».
Carlomagno,
en sus cavilaciones, llegó al convencimiento de que se había equivocado. Desde
el día de aparente triunfo en que había derribado el Irminsul, había llevado a
cabo todos sus planes pero no había conseguido nada. Los sajones, como los
nórdicos, eran supervivientes de la raza germánica vinculados al culto a Tor y
a Balder, como lo habían sido los francos en otra época. Ahora, Carlomagno y su
pueblo tenían algo a lo que los sajones nunca otorgarían sincera fidelidad. En
cambio, con daneses y nórdicos del mar, se emborrachaban y mezclaban la sangre
de sus venas para convertirse en hermanos. ¿Por qué?
Ya
estaba cerca de la solución del misterio, pero entonces se le ocurrió que, si
actuaba con ellos como un danés u otro pueblo pagano, tal vez pudiera atraerlos
a un acuerdo con él.
Sus
adivinos, los viejos bardos de la arboleda, se habían marchado o habían
terminado sus humildes vidas en el bosque. Sin embargo, el rey había tenido
buen cuidado de ordenar a otros viejos escribanos que copiaran todas las
leyendas antiguas que escucharan, pues deseaba conservar tanto la lengua como
las tradiciones cantadas de sus antepasados. Esta vez, acudió a un manuscrito
sobre leyes sajonas y las estudió pacientemente.
Todas
ellas hablaban de indemnizaciones y castigos por agravios:
«Por
golpear a un hombre de alta alcurnia, XXX piezas de plata […] Si la túnica o el
escudo de otro son cortados por una espada, se pagarán XXXVI piezas de plata
como compensación […]».
Parecía
que cuanto mayores eran las probabilidades de venganza, más cuantiosas se
hacían las indemnizaciones. Por matar a un esclavo huido, bastaba una pequeña
suma. Si los sajones necesitaban tener leyes de aquella naturaleza, les
impondría castigos que les resultaran comprensibles.
Con
este espíritu redactó Carlomagno su Edicto para las tierras sajonas. Los
castigos quedaban perfectamente explicados.
Por
conspirar contra el rey o quebrantar la fidelidad a él y a su pueblo cristiano,
la pena era de muerte.
Las
iglesias debían ser honradas como los santuarios paganos de antaño, y respetado
el derecho de asilo. La adoración de fuentes, árboles o bosques quedaba
prohibida.
Dejar
de bautizar a los hijos significaba una multa de ciento veinte piezas de plata
para los nobles, sesenta para los hombres libres y treinta para los siervos. No
guardar el ayuno durante la Cuaresma podía ser castigado con la muerte.
Esta
era, también, la pena por hacer sacrificios humanos, quemar los cuerpos de los
muertos, entrar por la fuerza en una iglesia o prenderle fuego o robar sus
posesiones, rechazar el bautismo o matar a un obispo o a un clérigo.
Únicamente
habría clemencia para quien hiciera una confesión completa a un sacerdote y
cumpliera la penitencia.
Estas
leyes darían a Sajonia el orden moral y material que necesitaba. Por lo menos,
eso pensaba.
Un
año después de que el Edicto fuera hecho público, los frisones en sus aldeas
atrincheradas y los sajones hasta el Elba se alzaron en rebelión.
Entonces,
cuentan los anales reales, Carlomagno condujo a sus francos para «arrasar los
campos, derruir las plazas fortificadas y recorrer los caminos mezclando fuego
con sangre».
Aún
no había entendido que aquellos tercos paganos no combatían contra él, sino
contra la cristianización que les había sido impuesta. La habían visto
claramente expuesta en el Edicto y estaban dispuestos a morir resistiendo con
la espada en la mano.
Durante
aquellos años, del 783 al 785, Carlomagno no abandonó las tierras sajonas.
Colocó a su hijo mayor, Carlos, entre los caudillos de uno de los ejércitos,
celebró la Pascua y la Navidad en los campamentos e hizo trasladarse a su
reciente esposa, Fastrada, y a sus hijos a su nuevo hogar de Eresburgo, donde
Alcuino no quiso aventurarse.
Hubiera
sido mejor que Carlomagno no llevara a Fastrada al escenario de la guerra. En
aquella época, al menos en Renania, los nombres solían describir a la persona.
Bertrada (Berta) significaba «la Resplandeciente», y Fastrada quería decir «la
Inflexible». La nueva esposa de Carlomagno era, pues, una mujer dura. Y, como
Berta, se volvió orgullosa al verse convertida en reina y consorte de un
poderoso monarca.
Hija
consentida, tal vez única, de un conde renano, Fastrada cabalgó junto a
Carlomagno considerando a su corte y a su pueblo como meros servidores de su
voluntad. Sus doncellas trabajaban como esclavas bordando satén y seda púrpura
para sus vestidos. Tal vez fuera hermosa, pero los anales de la corte dicen que
era «orgullosa, arrogante y cruel». De toda la gente cercana a Carlomagno, ella
era la única capaz de salirse con la suya frente a la voluntad del rey.
Quizá,
como la legendaria Brunilda, al entregar su cuerpo a un hombre sentía la
necesidad de vengarse causando el sufrimiento de otros. Desde luego, su
pertenencia a una familia noble del Rin la llevaba a odiar a los sajones. La
noticia de la matanza de Verden, donde guerreros postrados de rodillas habían
sido asesinados como si fueran ganado en el matadero, la había espantado.
El
rey tal vez disfrutara con la compañía de Fastrada en Eresburgo, la plaza
fuerte sajona, pero la guarnición y los numerosos cautivos sajones encerrados
en la empalizada de troncos mal podían compartir su gozo. Cuando su real esposo
se ausentaba en alguna expedición, Fastrada podía llevar a cabo su guerra
personal contra las familias indefensas, sajonas y paganas, a merced de su
guardia armada. Esto la excitaba más que cabalgar tras un fatigado ciervo para
darle caza.
Las
actividades de Fastrada tuvieron consecuencias más allá de la ciudadela de
Eresburgo, pues aprovechó una oportunidad para humillar a los nobles turingios,
próximos a la retaguardia de los ejércitos francos. Tal vez Fastrada tenía
alguna cuestión personal pendiente con los turingios. Uno de ellos había
prometido su hija en matrimonio a un franco, pero se había negado a enviar a la
muchacha cuando se le había mandado hacerlo. Era un asunto menor, al cual dio
Fastrada una excesiva importancia. Emisarios suyos exigieron a los nobles
bárbaros de más allá de la llanura de Hesse la entrega de la mujer, so pena de
desobediencia al rey, su esposo.
Como
consecuencia de ello, los jefes guerreros turingios conspiraron para matar a
Carlomagno.
Durante
el año y medio que el arnulfingo permaneció en tierras sajonas con su familia y
el ejército, tanto su poder como su vida estuvieron amenazados. Estallaron
revueltas desde las montañas turingias hasta la orilla del mar, donde los
frisones combatían por sus dioses y los bretones desafiaban al rey en su
península.
Seguramente
Carlomagno pensaba que los sajones, en su agónica resistencia, estaban
llevándose con ellos la estructura, tosca y débil, de su reino.
¿A
qué podía recurrir? Sus mejores paladines habían muerto en aquella carga sin
sentido contra el Süntal. El más sagaz de los supervivientes, Guillermo, el
hijo de Thierry, estaba al cuidado de la frontera de los Pirineos. Otro duque
leal y competente, Geroldo, hermano de la difunta Hildegarda, gobernaba la
Marca Bávara no lejos de las fuentes del Rin. Pero Geroldo, fiel e
incondicional como Roldán, no podía moverse de su territorio, pues los bávaros
de Tasilón estaban aliándose con los temidos ávaros.
A lo
largo de la costa, hacia el norte, se alzaron otros peligrosos enemigos: los
eslavos de más allá del Elba se congregaron en torno a sus adivinos —entre los
cuales había estado Widukindo—, y el rey de los daneses se lanzó a incursiones
por mar. Widukindo y su lugarteniente, Abión, habían prometido al rey danés
gran gloria y botín si remontaba los ríos para saquear y arrasar el reino
franco. Y Carlomagno sabía que no tenía fuerza alguna que oponer a aquellos
guerreros enloquecidos y a sus naves dragón.
El
monarca comprendió su fracaso como jefe guerrero. Sus dominios no formaban
ninguna nación cohesionada; sólo estaban protegidos por la fuerza de los leales
a él, los fíeles frente a los infieles. Por lo general, en otras expediciones,
había tenido la cautela de convocar sólo a los pueblos vecinos más próximos a
los enemigos: los francos del este, turingios y suabos para marchar contra los
sajones, los aquitanos y provenzales para combatir a los moros de España. Traer
tropas de tierras más alejadas en una única campaña de verano resultaba difícil
y, además, los guerreros vecinos mostraban naturalmente un mayor interés por
ensanchar sus propias fronteras.
Ahora,
los vecinos de los sajones se alzaban en rebelión y el monarca no se atrevía a
traer fuerzas de las guarniciones en Bretaña, Aquitania o Baviera para aumentar
el número de sus propias tropas. Dejar desprotegida una frontera en aquellos
momentos sería una invitación a una nueva invasión, y en la línea fronteriza
más delicada, la bávara, tal invasión estaba siendo ultimada mientras Tasilón y
el khagan ávaro eran testigos de su derrota en Sajonia. En Italia, donde
Adriano le había alabado como a un segundo Constantino, el franco tenía a un
puñado de condes con su escolta armada como fuerza simbólica. Así pues, sólo
podía servirse de los escasos millares de hombres venidos de las granjas y
tierras de labor de la ribera del Rin; es decir, de los supervivientes del
Süntal.
Y
estos renanos andaban con el ánimo bajo, convencidos de que el invisible
Widukindo se imponía al rey franco gracias a un poder mágico. Fieles consejeros
como Adalardo proclamaron que la maldición de Carlomagno eran dos mujeres: su
esposa, Fastrada, y la reina bávara, hermana de la difunta Désirée. Largos años
después, la infausta lombarda iba a tener su venganza.
Si
Carlomagno era asesinado y la brillante hegemonía de los francos se quebraba,
la Europa occidental volvería a ser lo que había sido durante el siglo
anterior: un torbellino de grupos tribales en permanente pie de guerra. La
nueva frontera de las iglesias desaparecería entre llamas.
Nadie
comprendía aquello mejor que el preocupado rey de los francos, quien no se
hacía ilusiones respecto a su propia capacidad o a la extensión del peligro que
le acechaba.
Así
pues, con desesperanza en el corazón, Carlomagno actuó con la osadía de un gran
rey. Desde el momento en que cobró conciencia de la crisis, abandonó todos sus
viejos planes y costumbres y apareció en persona entre los sajones con su
familia, prosiguiendo la batalla sin tregua, tanto en verano como durante el
invierno. Marchó sobre Sajonia como si fuera a la victoria definitiva,
reconstruyendo las iglesias de Eresburgo y restaurando las viviendas de
Paderborn. Al mismo tiempo, envió correos al centro de noticias de Roma con
informes de conquistas y una orden urgente al fugitivo Willehado para que
regresara a su misión sajona.
Willehado
encontró la empalizada y las chozas de la ciudad fronteriza llenas de actividad
por la presencia de Carlomagno y abarrotadas de monjes que cantaban tedeum
mientras trabajaban. Era como si el propio rey hubiera adoptado el papel de
misionero. El celo de Willehado se enardeció otra vez.
—
¿Dónde tenías pensado construir tu nueva iglesia? —preguntó su señor.
Willehado
recordó el viaje a la costa cubierta de bruma y respondió:
—Más
allá del Weser. Pero eso no es posible ahora —añadió.
—Dentro
de un año, la edificaremos ahí, más allá del Weser.
En
lugar de enviar a sus paladines a la guerra, Carlomagno tomó el mando
personalmente, con su estandarte. Sorprendido con una pequeña fuerza en las
alturas boscosas de Teotoburgo, no intentó la retirada sino que condujo a sus
jinetes al ataque. Aunque inexperto en la batalla, su presencia parece que dio
una renovada firmeza a los indecisos francos, y los sajones fueron expulsados
de sus alturas. Otro combate parecido tuvo lugar en una cañada llamada el
Camino Estrecho. También aquí los sajones intentaron retirarse y recibieron un
castigo terrible en su huida. Carlomagno no volvería a dirigir una batalla
cuerpo a cuerpo el resto de su vida.
Sobrevivió.
Durante el duro invierno envió desde Eresburgo pequeños destacamentos montados
que recorrían los caminos y saqueaban las reservas de alimentos de las aldeas.
Fue un año de hambre y las provisiones de Sajonia resultaron insuficientes.
Entonces ordenó que se transportaran carretas de grano y se condujeran rebaños
de ganado desde el Rin para sus guarniciones. Para demostrar la confianza que
sentía, envió a su hijo Carlos, de doce años, en una de las batidas de su
ejército.
Los
valles inundados le impidieron pasar la frontera del Weser; dejó allí a Carlos
al mando y dio un rodeo hacia el este a través del Harz para alcanzar las
llanuras septentrionales, cruzando ríos crecidos con sus huestes entre cánticos
de alabanza al Señor. Estas rápidas incursiones por sorpresa produjeron la
impresión de que habían penetrado en los bosques sajones unas fuerzas muy
numerosas.
Obligando
a los caballos a vadear a nado ríos de aguas bravas y arrastrando carretas a
través de cenagales inundados, alcanzó la otra ribera del Weser y forzó a
retirarse a concentraciones de eslavos, diciendo a sus seguidores que los
sajones debían ser protegidos de aquellos paganos adoradores de demonios. (El
ejército que había perdido en el Süntal se dirigía, precisamente, a llevar a
cabo esta misión).
«Nuestro
muy glorioso rey —explicaba Keroldo a sus compañeros de mesa— llegó una vez a
un río de tal corriente que el caballo se negó a avanzar. Y juro por Dios que
nuestro rey gigante, más alto y eminente que Atlas, el que sostiene el cielo
sobre sus hombros, saltó de la silla y cruzó a nado la corriente, arrastrando
tras él su montura de guerra».
Tales
historias corrían de boca en boca, aumentadas, y alcanzaron todas las aldeas
sajonas. Carlomagno estimuló tales profecías de victoria. Existe una leyenda
según la cual incorporó a su guardia personal a dos guerreros sajones de noble
cuna. Al cabo de un tiempo, advirtió que los dos feroces guerreros se aburrían
montando guardia a la entrada de su pabellón y se arriesgó a pedirles que le
sirvieran dentro de la tienda, si lo preferían. Los dos hombres le habían
prometido fidelidad y respondieron que le obedecerían.
Después
de servirle durante aquella velada, trayéndole sus cartas, velas y vino, los
dos guerreros dejaron la tienda y se lanzaron a la carga contra el campamento
instalado más allá de la tienda del monarca. Allí, desenvainaron la espada y
descargaron golpes a diestro y siniestro hasta morir junto a quienes cayeron
bajo sus hojas. De este modo, los sajones lavaron con sangre la infamia de
haber actuado como criados.
Sucesos
como éste, sucediera o no así en realidad, son típicos de la tensión de esos
tiempos en que Carlomagno intentaba apartar a los hombres de sus viejas
tradiciones.
Finalmente
lo conseguiría, aunque las crónicas no explican cómo. Los sajones ya habían
sido rechazados a las extensiones boscosas en otras ocasiones, pero esta vez
los francos tenían comida para darles. Sin embargo, da la impresión de que, con
su presencia entre ellos, Carlomagno se ganó no sólo su temor, sino también su
admiración. La raza guerrera necesitaba respetar a un líder para aceptar
someterse a él. El gran franco que cazaba en sus bosques y saqueaba sus valles,
decretando la libertad y la esclavitud a su albedrío, era evidentemente una
figura muy distinta a la del señor del Rin que había redactado el Edicto para
las tierras sajonas. Igual de evidente resultó el hecho de que el caudillo
sajón, Widukindo, se había mantenido demasiado tiempo oculto entre los daneses.
Widukindo había fracasado esta vez en sus intentos de engatusar o engañar al
inflexible rey de los francos y señor de los lombardos.
Entonces,
Carlomagno puso en escena uno de sus espectáculos con fines persuasivos.
Increíblemente, celebró su asamblea de primavera en la reconstruida Paderborn e
invitó a los caudillos sajones a compartir vino, carne y canciones, como si
hubiera mantenido el poder allí en todo momento. En esta reunión de jefes
guerreros no predicó ningún misionero y los famélicos sajones se atiborraron de
comida.
Tras
el festín, Carlos les explicó un hecho muy sencillo: el conflicto había
terminado. Sólo les formuló una petición: que Widukindo y Abión fueran llevados
a su presencia, para ser bautizados.
Esta
vez, los jefes sajones mandaron a buscar a su caudillo. Desde su refugio más
allá del Elba, el Sachsenführer exigió que los francos enviaran rehenes para
garantizar su seguridad. Carlomagno cumplió con la exigencia y Widukindo y
Abión, que habían perdido la confianza de su pueblo, se presentaron entre las
tropas francas sin escolta. Un missus llamado Alwino les condujo hasta el
pequeño río Attigny.
«Y
allí fueron bautizados los citados Widukindo y Abión, junto con sus compañeros;
y así quedó sometida toda Sajonia», cuentan los anales.
Carlomagno
sacó el máximo provecho de esta ceremonia. Actuando personalmente como padrino,
presidió el bautismo e impuso a Widukindo un nombre cristiano, además de
ofrecerle oro y ropas bordadas como regalos bautismales. Con gran satisfacción
y regocijo, agasajó a los líderes de la rebelión, que se había prolongado
durante seis años, y les dio una escolta de honor hasta llegar al camino que
les devolvería a su retiro.
Con
esto, el franco destruyó cualquier poder del astuto westfaliano sobre su
pueblo. Después de humillarse ante el franco, Widukindo no pudo convencer nunca
más a otro sajón para que desenvainara la espada contra Carlomagno y cayó en
tal deshonor que ni siquiera quedó apenas constancia de su muerte.
En
Roma, Adriano ordenó tres días de oraciones y acciones de gracias por la
victoria.
Sometida
la raza sajona y con una catedral alta hasta las copas de los árboles en
Eresburgo, Carlomagno volvió la atención a «la conspiración de los condes y
nobles turingios», según la llaman las crónicas. El rey no perdió un instante
en conducir sus veteranas tropas a través de las llanuras de Hesse y sus
jinetes ocuparon los caminos de las colinas de Turingia.
Los
cabecillas de la conspiración no pudieron hacer frente a aquella fuerza y
huyeron a buscar refugio en la abadía de Fulda. Después de arrasar las tierras
de esos nobles, el rey acordó con el abad de Fulda que éste enviara a los
nobles proscritos a defender su causa ante él en el palacio de Worms.
Las
alegaciones de los conspiradores pueden resultar sorprendentes para nuestra
mentalidad moderna. En sus testimonios expusieron detalladamente la verdad: que
habían acordado matar al rey y, en cualquier caso, unirse a los sajones
rebeldes. (Fastrada se había ocupado con diligencia de presentar ante su señor
las pruebas de la traición).
«Si
mis camaradas y cómplices hubieran llevado a cabo mi plan —declaró el Graf
Hardrad—, no habrías vuelto a cruzar el Rin con vida».
Después
de escuchar sus sinceras palabras, Carlomagno les otorgó su gracia. Todos los
conspiradores fueron sentenciados a viajar bajo escolta hasta la tumba de san
Pedro o a otros santuarios célebres, para jurar allí fidelidad a él y a sus
hijos.
La
notable moderación de Carlomagno en esta sentencia debió de seguir algún
impulso innato. Su salud y su poder físico solían hacerle dulce en el trato con
el débil o el desgraciado. Su crueldad, como en el episodio de Verden, brotaba
de la ira. Aunque no se hacía falsas ideas acerca de su cuna, a aquellas
alturas de su vida había asumido todos los atributos de los primeros reyes
merovingios. Éstos habían sido monarcas absolutos, por voluntad de Dios, sobre
toda su raza y sus súbditos. Habían sido jueces supremos, intérpretes de la
voluntad de Dios. Habían sido, en una palabra, sagrados, tanto en autoridad
como en persona.
Ahora,
cuando se dirigían al monarca de los francos con los títulos de «Su Clemencia»
o «Su Seguridad», sus súbditos no pronunciaban frases vacías. En la clemencia
de su monarca se asentaba la seguridad de todos.
Además,
gracias a una prolongada y dura experiencia, Carlomagno estaba convirtiéndose
en el maquinador más astuto de su tiempo. Al cristianizar y recompensar a su
más peligroso antagonista, Widukindo, el rey obtuvo mucho más de lo que habría
conseguido con la campaña más sangrienta. Un Widukindo muerto espada en mano
durante una batalla se habría convertido en un héroe de leyenda, lo bastante
espléndido como para inspirar a futuras generaciones de sajones embotados y
soñadores a seguir su ejemplo. De hecho, Widukindo se convertiría,
efectivamente, en una especie de leyenda. Se puede leer en algunos textos cómo
este caudillo guerrero, a modo de un Guillermo Tell, dedicó su vida a la
libertad de su pueblo, lo cual está lejos de ser la verdad. Sin embargo, durante
la época en que se desarrollaron los hechos, Carlomagno procuró ingeniárselas
para liberarse del peligro de tal leyenda. Por desgracia, no previo el peligro
que procedería de sus propios misioneros. Cuando Alcuino le advirtió del
riesgo, ya era demasiado tarde.
Ni
con la pacificación de los turingios consiguió el rey aplacar a Fastrada. No se
ha podido aclarar qué sucedió, pero la reina consiguió sin ninguna duda su
venganza personal. Los anales dicen: «Sólo tres turingios perdieron la vida; se
resistieron a la detención con sus espadas y fueron abatidos después de que
matasen a varios hombres». Peor les fue a los penitentes que peregrinaban a los
santuarios: algunos fueron secuestrados en el camino y dejados ciegos, mientras
que otros se encontraron exiliados de su tierra, con sus propiedades
confiscadas por el rey y su reina. El lacónico registro afirma que esto se
debió «al orgullo y la crueldad de Fastrada, la reina».
Mientras,
Carlomagno pudo enviar parte de sus fuerzas a Audulfo, guardián de la Marca
Bretona (como lo había sido Roldán). Aquel mismo año de 786, los francos
invadieron la península de Bretaña y volvieron a someter a los rebeldes,
exigiéndoles de nuevo promesa de fidelidad y pago de impuestos. Dice la leyenda
que aquellos mismos bretones habían emigrado de la isla de Britania para
escapar a los bárbaros, y que aún tomaban a mal la autoridad. En la costa, más
allá de la boca del Rin, los frisones cristianos sometieron a todos los que se
habían vuelto paganos. De este modo, Carlomagno recuperó el control de sus
tierras fronterizas occidentales. Sin embargo, el monarca había escapado de la
catástrofe en los bosques sajones por muy poco, y había salvado la vida por un
estrecho margen.
Mientras
se aprestaba a desplazarse a su comprometido frente oriental, Carlomagno retomó
con energía las enseñanzas de Alcuino en los palacios del Rin. Allí, otro amigo
suyo, el añorante Pablo Diácono, le pidió permiso para retirarse a la paz de su
Montecassino «bajo el amado techo de Benedicto». Carlomagno dejó marchar a
regañadientes al erudito lombardo, con dos condiciones. Primera, Pablo tenía
que escribir un libro de homilías, mensajes de los Padres para todos los días
del año; segunda, llevaría ciertos mensajes del rey a sus amigos, los duques de
Benevento. Pues Carlomagno proyectaba utilizarles, así como a Adriano, en su
aventura hacia el este.
Al
propio tiempo, la primera aventura política del dulce Alcuino fracasó
inesperadamente cuando se opuso a uno de los prejuicios personales de
Carlomagno. Para entonces, Alcuino se había convertido en mentor de todo el
reino franco, donde repartía, como declara una de sus cartas, «la miel de las
Sagradas Escrituras, el vino viejo de los clásicos, la fruta de la gramática y
el esplendor deslumbrante de los astros».
Su
entusiasmo complacía al rey, siempre tan activo. Durante sus noches en
Eresburgo, «David» había progresado en astronomía hasta la comprensión de los
eclipses según los explicaba Alcuino (quien había revisado la rudimentaria
ciencia de Plinio el Joven). Después de seguir mentalmente el curso del Sol y
de la Luna a través de los signos del zodiaco —los Gemelos, el Arquero y
demás—, Carlomagno mostró de nuevo su insatisfacción con los nombres que les
habían atribuido los desaparecidos clásicos.
La
Osa que giraba en torno a la inmóvil estrella del Norte difícilmente recordaba
los osos que él cazaba. La constelación parecía mucho más un Carro, con la
lanza apuntando hacia la estrella guía. Así pues, decidió imponerle este
nombre.
Sin
embargo, el principal reajuste científico de Carlomagno fue la denominación de
los vientos. Poetas como Virgilio hablaban sólo de cuatro vientos, y
equivocadamente. Tal vez en Roma el viento del oeste fuera el «dulce Céfiro»
pero allí, en el Rin, era un ventarrón arrasador que soplaba del mar. Además,
¿cómo podía haber sólo cuatro vientos, cuando éstos llegaban de todas
direcciones (o, al menos, de doce de ellas)? Si los vientos procedían de los
cielos y éstos estaban divididos en las doce zonas del zodiaco, tenía que haber
el mismo número de vientos. Siguiendo este razonamiento, Carlomagno les puso
nombre metódicamente: nordroni-nordostroni, ostnordroni-ostroni
(norte-noroeste, oeste-noroeste), etcétera, hasta completar el círculo del
cielo. (Siete siglos después, los flamencos de la costa aún utilizaban los
nombres de los vientos carolingios y, más tarde aún, los navegantes que
zarpaban para cruzar los océanos emplearon estos nombres en las cajas que
contenían la reciente invención de la brújula).
De
aquellas interesantísimas observaciones del cielo, la ávida curiosidad de
Carlomagno le llevó, como es lógico, a interesarse por la Tierra. Sin duda,
Homero, el rapsoda popular vagabundo y ciego, había descrito la Tierra tal como
la imaginaba y Virgilio, el poeta imperial, había hablado mucho sobre el mar
Interior y sus islas. Pero Virgilio, que parecía entender bastante de
agricultura, siempre terminaba por alabar a los romanos. Seguramente, para
recompensarle por ello, el emperador Augusto debió de regalarle brazaletes y
cuernos de oro para beber. En cualquier caso, los romanos estaban tan muertos y
desaparecidos como sus acueductos, cuyas ruinas inútiles corrían paralelas a
las calzadas. La llegada de Jesucristo, el verdadero Hijo de Dios, había transformado
su mundo en otra cosa distinta.
La
realidad de aquella Tierra moderna causaba estupefacción a Carlomagno. Este
sólo era capaz de comprender plenamente lo que podían palpar sus poderosas
manos, lo que alcanzaban a ver sus ojos y lo que captaban sus oídos. Además,
habiendo crecido en el bosque, el monarca tenía la creencia de que todas las
cosas de la Tierra, todos los productos de los seis días de la Creación, tenían
su utilidad. Las ramas secas del suelo producían llamas si se frotaban con
energía y suministraban combustible a esas llamas, que a su vez permitían
cocinar la carne de los animales muertos. El arnulfingo intentaba
constantemente descubrir los usos de los productos de la tierra. Los
comerciantes africanos le aseguraron que incluso los fabulosos elefantes
gigantescos eran utilizados para arrancar árboles y para derribar muros de
piedra, y Carlomagno suspiró por tener una de tales bestias para abrir un
camino a través del bosque.
Pero
¿qué era África? Alcuino aún podía decirle menos sobre la forma de la Tierra
que sobre la bóveda celeste, y ello exasperaba al monarca. Los libros de
Alcuino sostenían que África había sido poblada por uno de los hijos de Noé y
que había sido el granero de Roma y el hogar del excelso sabio Agustín. Pero
nada se decía de su forma, excepto que la vida humana no existía más allá del
calor abrasador del desierto salvo a lo largo del Nilo, que debía fluir desde
el monte del Paraíso en algún lugar del este, donde el sol se alzaba cada día
de su húmeda cama en el océano.
En
cierta ocasión, Carlomagno había visto una representación de las tierras
creadas, pintada en una pared del palacio de Letrán. Adriano la denominaba
mappa mundi, o mantel del mundo, nombre que no tenía sentido para el franco
aunque el sabio pastor de Roma le había explicado que Cosmas, el famoso
cosmógrafo, había demostrado según las Sagradas Escrituras que la Tierra tenía
la forma de una mesa, con Jerusalén en el centro.
Sin
embargo, Carlomagno recordaba con claridad que el mapa lateranense revelaba la
inmensidad de la Tierra, que se extendía hasta los territorios de Etiopía, más
allá de las costas africanas, y hasta Babilonia, o Bagdad, y las tierras de los
persas en el extremo oriental. Aparentemente, el propio franco y su reino
quedaban cerca del extremo septentrional, donde la niebla cubría el mar de los
normandos, u hombres del norte. Más allá de estas costas se extendía el frío de
los hielos eternos bajo la estrella del Norte.
Así
como Carlomagno soñaba con un elefante capaz de abrir caminos, anhelaba tener
un mapa como el de Letrán en una de sus paredes, tal vez en Ingelheim, la
residencia favorita de Fastrada. También daba vueltas a la idea de que, de
poseer una nave dragón como la que había visto esperando vacía entre la niebla,
podría viajar al norte del Rin por los caminos abiertos del mar… siempre que
consiguiera arreglar una tregua con los nórdicos y los árabes, cuyas flotas
recorrían los mares abordando y saqueando a todas las demás embarcaciones. El
rey no pudo resistir la tentación de explicar a sus hijos su sueño de que un
día harían un viaje a Jerusalén con los paladines y guerreros en grandes naves.
—Habitaremos
allí, en Sión —apuntó—, y contemplaremos la cueva en la que tuvo su cuna el
Señor, en Belén, y entonces tendremos la paz y no habrá que hacer nuevos
viajes.
Sus
hijos, salvo tal vez la sonriente Berta, que solía guardar sus pensamientos
para sí, dieron por hecho que Carlomagno les conduciría donde decía.
Fue
Berta, aunque no por culpa suya, quien desencadenó la cólera de Carlomagno
contra Alcuino. Este maestro del saber nunca llegó a considerar aquellas
tierras francas como su hogar y mostró un creciente interés por visitar de
nuevo las bibliotecas de York y de Lindisfarne, de donde en cierta ocasión
había tomado prestados los mejores misales ilustrados para que fueran copiados
con destino a la biblioteca de Carlomagno. Alcuino sugirió que tal vez pudiera
encontrar algún mapa al otro lado del canal, pintado por los eruditos
irlandeses, pero, pese a ello, el rey se negó a conceder a su tutor el permiso
para marcharse.
No
obstante, el diligente Alcuino mantuvo correspondencia con Offa, rey de Mercia,
el más notable de los numerosos reyes bárbaros de la Britania anglosajona.
Alcuino ensalzó ante Offa la generosidad y el poder de su rey David, intentando
unir a sus dos señores en camaradería, si no en alianza. Desde las costas
británicas llegaban, remontando los ríos francos —cuando los comerciantes
conseguían esquivar las viajeras naves nórdicas—, útiles exportaciones de lana,
pescado seco y enjoyadas tapas para los libros sagrados.
Sucedió
entonces que Offa accedió a emparentarse con el rey franco por matrimonio. Pero
cuando el lejano señor de Mercia sugirió que Berta fuera prometida a uno de sus
hijos, Carlomagno exclamó malhumorado que la muchacha era demasiado joven para
entregarla en matrimonio y que, en todo caso, no debía ser prometida a un
bárbaro.
—Pero
la pequeña paloma debe casarse —protestó Alcuino—. ¿Acaso no ha sido educada
para ello?
Inexplicablemente,
esta simple pregunta desencadenó la cólera de su señor. Carlomagno le instó a
ocuparse de la mente de las muchachas y no volver a mencionar sus matrimonios.
En adelante, no se permitió que tocaran tierra en las costas dominadas por Carlomagno
las naves de los pescadores y comerciantes de lana británicos. Al propio
tiempo, el rey apartó al eunuco Elisha, el bizantino, de su hija Rotruda, bajo
la afirmación de que la embrutecida corte de Constantinopla había desdeñado a
su hija, de lo cual no existe seguridad.
Alcuino
no volvió a hablar del tema, considerando que la cólera de su señor era un
malhumor pasajero. Sin embargo, demostró ser una actitud premeditada y
consciente de Carlomagno, quien se complacía en escuchar las voces cantarinas
de las muchachas y en contemplar sus esbeltas siluetas cabalgando sin
dificultad tras él en sus viajes. El rey no estaba dispuesto a renunciar a esos
goces y, poniendo una excusa tras otra, continuó oponiéndose a que se casaran,
aunque tanto Rotruda como Berta estaban ya en edad de experimentar el abrazo de
un hombre.
Fuera
porque le alegraban en sus preocupaciones, o porque Fastrada expresaba su
disgusto por las hijas de Hildegarda, Carlomagno mantuvo a las muchachas aún
más cerca de él, hasta el punto de que empezó a correr la voz de que miraba a
sus hijas con ojos incestuosos.
Entre
los paladines, Angilberto, al menos, se convirtió en campeón de una de ellas,
Berta. Como tutor de la muchacha, Angilberto podía pasear a solas con ella;
igual que le había sucedido con la madre, aquel amante de la poesía suspiraba
por la hermosa y alegre joven.
—Es
una paloma —asintió Alcuino, hablando de ella con el paladín—, pero una paloma
coronada.
—No
—replicó Angilberto—. Por orden del rey, Berta no ceñirá nunca una corona. Para
complacerle, será una canción, una visión gozosa, una paloma enjaulada.
Angilberto
no pudo expresarse abiertamente ante el señor de los francos, como había hecho
Adalardo tantos años antes, ni fue capaz de seguir enseñando de buen grado a la
muchacha a extraer melodías de las cuerdas del arpa o a cantar laudes con voz
airosa. Profundamente enamorado y siendo ella la mayor de las dos, Angilberto
la imaginó condenada sin piedad a la virginidad, como su tía Gisela, y a la
servidumbre como su dulce madre, Hildegarda.
Berta,
en cambio, no tenía tales presentimientos. Le hacía muecas de burla, bailaba
hacia atrás por el sendero delante de él y, cuando le veía mantener su silencio
taciturno, preguntaba con dulzura:
—
¿Qué te aflige, amigo?
Después,
le abrazaba con toda la fuerza de sus jóvenes brazos.
Años
después, cuando Carlomagno pidió a su capellán palatino que describiera con
versos a Berta, Angilberto escribió: «Brilla como una flor entre el círculo de
sus doncellas. En la música de su voz, en la luz de su rostro, en el orgullo de
su andar, refleja la imagen de su real padre».
Carlomagno
se mostró muy satisfecho con los versos.
Capítulo
6
Peligro
en el este
A
finales del año 786, emprendió la tarea de liberar su frontera oriental, aunque
la empresa parecía imposible. En la reunión de otoño, sus paladines protestaron
amargamente. Geroldo, hermano de Hildegarda y guardián de la Marca Bávara,
explicó que el orgulloso Tasilón tenía intención de mantenerse independiente en
sus montañas y que se aseguraría la alianza de los poderosos ávaros si era
atacado. Tasilón ya había dado muerte al conde franco, guardián de la frontera
italiana.
—Por
esa muerte —insistió Carlomagno— tiene que presentarse ante la corte del rey de
los francos para ser juzgado.
El
franco no estaba dispuesto a perdonar a su primo Tasilón la vieja afrenta de
herisliz ni la, en su opinión, nueva traición de llegar a pactos con sus
enemigos cuando la posición del monarca parecía más débil en las guerras
sajonas.
El
honrado Geroldo expuso que Tasilón permanecía seguro tras las defensas
naturales de los Alpes bávaros, con gargantas y lagos que se extendían hasta
Salzburgo y las fuentes del Danubio, donde empezaban las tierras de los ávaros.
Para entonces, Tasilón tenía la fuerza de un gran rey y no iba a caer en un
engaño.
—Tenemos
amigos entre sus iglesias, mi buen Geroldo —dijo Carlomagno—. Manda saludos al
arzobispo de Salzburgo y hazle saber que les visitaremos antes de la próxima
Navidad.
Los
resueltos paladines reaccionaron a esto con desagrado, pues captaron
perfectamente los celos de Carlomagno hacia los ricos y orgullosos bávaros y su
casa real, la agilulfinga, más antigua que la naciente arnulfinga. La reina de
Tasilón había sido hermana de Désirée. ¿Acaso nunca quedarían definitivamente
enterradas las rivalidades de sangre con la dinastía lombarda?
Audulfo,
el senescal, recién llegado de su acerba lucha con los bretones, contó al rey
que sus propios francos detestaban la idea de volver a cabalgar tan pronto,
pues habían pagado un alto precio por la victoria sobre los sajones. Durante
dos años, no habían podido sembrar ni recolectar sus campos y quien había
conseguido sobrevivir, había perdido al menos parientes y caballos de guerra.
—Pesada
es la carga que recae en los más fieles. Se necesita el trabajo de tres
campesinos para mantener en la guerra a un soldado de a pie; para equipar a un
jinete, es preciso el rendimiento de toda una casa de labranza. Los fideles que
obedecen tu orden se ven empobrecidos, mientras que quienes se excusan de
cumplirla para seguir en sus casas consiguen con ello acumular ganancias y
bienes. ¡Ay!, bien pueden pagar las multas. No convoques a tus fieles a una
leva de armas, este año.
—
¡Los unos protegen a los otros! —el rey enrojeció de cólera y guardó silencio.
Sus paladines tenían razón: no podía permitirse un nuevo desastre como el del
Süntal—. ¿Y si hacemos un viaje sin librar combates? —preguntó entonces.
A
sus consejeros les pareció estar oyendo uno de aquellos acertijos británicos de
Alcuino. No se les ocurrió ninguna respuesta y, cuando abandonaron la mesa del
consejo, Audulfo preguntó a Geroldo con acritud:
—
¿Hará Dios Todopoderoso que los ávaros se abstengan de combatir, o que el terco
Tasilón se convierta en fiel vasallo después de treinta años? ¡Responde,
hermano!
Carlomagno
tenía una excelente razón para no revelarles lo que le rondaba por la mente.
Esta aún abrigaba el vago pensamiento de años antes, de componer una poderosa
nación cristiana dentro de unas fronteras seguras. Desde Roncesvalles, no había
vuelto a hacer mención de un ejército cristiano; no obstante, los frisones
cristianos habían permanecido leales frente a sus parientes paganos y, por
ello, eran tan fideles del rey como los nobles de sus tierras renanas.
Sin
embargo, sus nobles no lo aceptarían nunca, ni se pertrecharían y abandonarían
a sus familias para cabalgar con él si les decía la verdad a la que había
llegado: que los francos eran demasiado pocos y se extinguirían si no acogían a
otras naciones para formar un único pueblo cristiano capaz de sobrevivir.
En
aquel momento, se dio cuenta de que éste había sido el plan de Pipino. Y este
nuevo descubrimiento le produjo cierto alivio. ¿No había predicho Agustín que,
tras la caída del poder romano, llegaría el refugio del dominio de Dios? ¿No
había convocado el astuto Adriano a su grey de todas las tierras cristianas a
elevar oraciones de acción de gracias tras la victoria sobre los sajones y la
pacificación?
El
gesto del Papa dio esperanzas a Carlomagno. Al término del consejo, envió a sus
paladines a convocar a sus francos del Rin, no a la guerra sino a una larga
marcha invernal. A continuación, llamó a sus fieles entre los alamanos,
turingios y sajones a presentarse a principios de verano en la plaza fuerte de
Geroldo, en la frontera bávara.
Habiendo
despistado a sus dignatarios, se dispuso acto seguido a hacer lo mismo con
Tasilón, con la ayuda de Adriano, gran amigo de los bávaros. A su primo, le
envió una tímida orden de presentarse en Ingelheim para responder de las
acusaciones de deserción, quiebra de juramento y deslealtad. El hábil bávaro no
tendría muchos problemas en eludir la convocatoria.
En
lugar de esperar la contestación del hostil Tasilón, el corpulento monarca del
Rin convocó a sus señores más leales, los francos del este, a reunir a sus
veteranos jinetes para cabalgar junto a él. Y para hacerlo de inmediato, con la
llegada del invierno. Esta vez, les prometió, el viaje no terminaría en
combates.
Los
francos más viejos recordaron aquella primera marcha invernal a través de los
Alpes y dudaron de su palabra. Todos los indicios apuntaban a una guerra en
Baviera; sin embargo, al llegar a la cabecera del Rin, Carlomagno se desvió en
dirección al paso del Gran San Bernardo, que conducía a Italia.
El
monarca se burló de la actitud sombría de sus huestes.
—
¿Qué terror veis en esta ruta? —les incitó—. Vais a celebrar la Navidad en la
Ciudad Floreciente, disfrutaréis de la paz de Roma, donde os aguardan las
tumbas de los apóstoles, y seréis invitados del rico y leal ducado de
Benevento.
La
euforia del rey les quitó de encima sus malos presagios.
—Jamás
hemos conocido tales paz y alegría —refunfuñaron, sin embargo.
—Entonces,
venid con buena voluntad y las disfrutaréis.
Con
esta avanzadilla de guerreros, Carlomagno ascendió hacia el paso nevado. No le
acompañaba su familia ni sus clérigos. Ninguna caravana de carretas seguía
entre gemidos a sus jinetes, que avanzaban a buena marcha. Pipino Carlomán, el
pequeño rey de Italia que acababa de cumplir diez años, fue con él.
Esta
vez, el monarca no llevó consigo a Fastrada.
Como
había prometido Carlomagno, pasaron junto a Pavía y alcanzaron Florencia, bella
como un jardín, a tiempo de celebrar la Navidad. Allí, el franco se aventuró a
escribir a Alcuino: «Vamos camino de resolver los asuntos de Lombardía».
Tales
asuntos no eran tan indiferentes como daban a entender sus palabras. Nubes de
tormenta se cernían sobre la disputada península italiana, inquieta con los
rumores de revuelta que llegaban de los caminos del norte. El eco del desafió
de los bávaros resonaba en la Italia del sur, donde aguardaba una potencia no
afectada por las guerras, la del ducado de Benevento, segura en su ciudad
fortificada y con un refugio inexpugnable en Salerno, coronando una altura
sobre el mar meridional.
El
ducado de Benevento ocupaba la bota italiana, con sierras fragosas y puertos
abiertos a golfos históricos, la villa de descanso de los romanos en Capua y la
cumbre humeante del Vesubio, en estrecho contacto con las flotas, los
comerciantes y los espías de la poderosa Constantinopla. Algo de la cultura y
el esparcimiento de los romanos se mantenía allí, donde las iglesias griegas
sobresalían de los viñedos y los cortesanos se entretenían con el juego de
chaquete y los deportes hípicos.
Su
anciano duque, Arechi, conocía la cortesía y las mañas de otros tiempos.
Lombardo de origen, había convertido aquella tierra en el último refugio de la
libertad lombarda, lejos del alcance del bárbaro franco. Con el mar a la
espalda, el barbudo y remilgado Arechi podía llamar en su ayuda a la potencia
marina abriendo sus puertos a las flotas bizantinas. Y esto es lo que estaba
haciendo.
Unos
mensajes de Adriano habían puesto sobre aviso a Carlomagno: Arechi reclamaba
los monasterios de San Pedro, estaba reuniendo grandes fuerzas armadas, había
reforzado las murallas de Capua y Salerno y ya se peinaba el cabello y la barba
a la moda bizantina, tras aceptar telas entretejidas de oro, una espada y un
cetro de manos del strategos bizantino de Sicilia.
Del
propio mar llegó el aviso de que un olvidado hijo de Desiderio suplicaba a la
emperatriz Irene una flota de drómonas y un ejército para hacer una incursión
sobre Italia y reconquistar Rávena, ciudad de los césares bizantinos. Arechi
pronto sería dueño de Nápoles…
Carlomagno
tal vez aprovechó estos rumores para romper abiertamente el compromiso de
Rotruda con el hijo de Irene, pero ya había tomado antes su decisión contraria
al matrimonio. A su modo de ver, los beneventinos invocaban al imperio de
Oriente como su primo de Baviera había acudido a los ávaros cuando le había
creído debilitado por la larga y penosa campaña sajona. Y en Benevento, una vez
más, se le opuso una hija de Desiderio en la persona de la animosa y gallarda
duquesa, que no consideraba perdida la causa lombarda. Carlomagno no malgastó
muchos pensamientos en Arechi, pero ardía en deseos de comprobar la fortaleza
de voluntad y la valentía de la duquesa. Recordaba muy bien que la mujer era la
benefactora de Pablo Diácono, quien había sido su preceptor. De «exquisita y
resuelta», la había calificado Pablo.
Cabalgando
sin dificultades, seguido de sus huestes, Carlomagno tomó el camino de Roma
para permitir a sus hombres cumplir la peregrinación a las tumbas de los
apóstoles. Aparte de esta tranquila cabalgada, poco sabemos de lo que sucedió
realmente en aquel cambiante caleidoscopio de intrigas, rebosante de rumores.
Lo
que queda claro es que Carlomagno evita Baviera, donde era aguardado, para
aparecer en Italia, donde nadie le esperaba. Y, a lo largo del viaje, está
siempre pendiente de noticias sobre Tasilón. Se exhibe en un viaje pacífico,
pero tiene una fuerza impresionante a su espalda.
En
Roma, Adriano le recibe nervioso, con estandartes y peticiones urgentes de
iniciar una campaña contra los lombardos y tomar el puerto de Gaeta antes de
que sea demasiado tarde. El astuto Papa le advierte que Arechi está
fortificando Salerno como cabeza de puente hasta el mar, por donde vendrán las
flotas bizantinas para reinstaurar el dominio lombardo sobre Italia. El rey
Carlos debe marchar sobre Salerno.
Sin
embargo, la guerra parece lejos de la intención del viajero Carlomagno. A Roma
llegan a toda prisa enviados de Arechi con ricos presentes de oro macizo y
palabras fáciles de fidelidad al rey franco y a su insigne hijo.
Carlomagno
acepta los regalos pero no las promesas. Distribuye el oro entre sus seguidores
y continúa viaje desde la tumba de San Pedro hasta el solitario risco de
Montecassino. Allí abraza a su viejo maestro, Pablo Diácono, y le interroga
sobre sus amigos los duques y los asuntos que se traen entre manos. El
corpulento señor de los francos crea una conmoción en la quietud de la clausura
benedictina. Admira la biblioteca, pregunta con vehemencia si pueden verse las
Pléyades en el horizonte y, por medio de Pablo, envía saludos al duque Arechi y
le anuncia su intención de visitarle.
Desde
Montecassino, prosigue la marcha y acampa en torno a la ciudad palaciega de
Capua, sobre el gris río Volturno. Los francos no saquean Capua. Acuartelados
ante las puertas de la ciudad, se incautan de comida y forraje en los campos de
alrededor durante el magro mes de marzo.
Recibe
noticias de que Arechi, con su duquesa y su corte, ha huido de Benevento para
refugiarse en Salerno. Entré ambos circulan mensajes de salutación y de pacto
mientras los francos devoran carne y grano «como langostas». Sus fuerzas son
demasiado numerosas para que Arechi pueda plantar batalla y no tiene noticias
de su cuñado Tasilón, ni la menor señal de que se aproxime una flota bizantina.
Como mucho, sólo puede intentar defender las murallas a medio construir de
Salerno.
Sorprendentemente,
el señor del reino franco accede a un pacto. No cruzará el Volturno, ni exigirá
que Arechi se arrodille ante él; aceptará el juramento de fidelidad del duque
de Benevento, con un tributo de siete mil piezas de oro al año. Pero Arechi debe
afeitarse la barba y peinarse el cabello al estilo de los francos como señal de
buena fe. (¿Qué pensaría de ello la duquesa?).
En
garantía, Arechi entregará como rehenes a su hijo, Grimoaldo, y a doce señores
de Benevento. Pablo Diácono recibe con alegría el acuerdo entre los lombardos y
su antiguo señor, pues ha advertido a Arechi de la ferocidad de los francos
cuando arrasan un país. (De hecho, Carlomagno tiene dificultades para impedir
que sus partidarios saqueen Capua).
Entonces
llegan a Capua dos distinguidos emisarios de la corte de Irene. Con toda su
afectada cortesía, preguntan a Carlomagno si tiene o no intención de desposar a
su hija con el joven emperador. Él responde que no tiene la menor intención de
hacerlo.
En
Capua, llegaron hasta el rey las noticias que estaba esperando. Tasilón había
contestado con astucia a sus requerimientos; en lugar de aventurarse fuera de
Baviera personalmente, había enviado a Roma a dos obispos, uno de ellos Arno de
Salzburgo, para suplicar a Adriano que arbitrara en la disputa entre los dos
reales primos. Una petición muy hábil, pues el Papa deseaba, ante todo, el
mantenimiento de la paz. Carlomagno vio en aquello la mano de la mujer lombarda
que le odiaba. A toda prisa, condujo a sus seguidores a Roma a tiempo para la
Pascua, llevando como regalo a Adriano las llaves de Capua y la restauración de
varios monasterios al gobierno del Papa. Recibió a los obispos bávaros sin
hostilidad, pues sabía que Arno era un hombre recto y favorable a él. Adriano
instó a Carlomagno a esforzarse por mantener la paz entre los francos y los
bávaros.
—Eso
es exactamente lo que deseo.
Tras
declarar ante los dos emisarios que jamás había querido la guerra con el duque,
su pariente, se limitó a pedir a los obispos que firmaran el compromiso de
fidelidad de Tasilón, como tantas veces lo habían jurado anteriormente a su
padre, a él mismo y a sus hijos.
Sin
embargo, si los emisarios aceptaban la propuesta, estarían jurando la lealtad
de Tasilón, en calidad de súbdito, a Carlomagno como rey. Arno consideró, en
conciencia, que no podía hacerlo.
—No
tenemos ninguna autoridad para firmar tal cosa en nombre de nuestro señor, el
duque.
De
inmediato, al oírle, el franco apeló al juicio de Adriano. ¿No era culpable
Tasilón si se negaba a confirmar el juramento de fidelidad que una vez había
prestado? Adriano no pudo negarlo y Tasilón no estaba presente para responder.
El Papa, que acababa de presenciar la humillación infligida por Carlomagno a
los orgullosos beneventinos sin necesidad de combatir, emitió su sentencia
contra Tasilón con palabras fuertes que llevan la impronta de la capacidad de
persuasión del franco.
«Anatema
sobre el duque Tasilón si se niega a confirmar el juramento dado de fidelidad.
Si el duque opone un corazón duro a estas palabras del soberano Pontífice, el
rey Carlos y sus huestes armadas serán inocentes y estarán absueltos de todo
pecado, aunque maten y quemen, si actúan contra Tasilón y sus aliados». Con
esta autorización moral del Papa, el rey de los francos se despidió del
nervioso Adriano. Arno y el otro enviado bávaro volvieron a toda prisa a los
Alpes con una nueva carga sobre su conciencia. No obstante, Carlomagno no hizo
ningún movimiento inmediato para hacer cumplir el mandato de Adriano contra
Tasilón, sino que, junto a su hijo Pipino, condujo a sus hombres hacia el
noreste en dirección a la antigua ciudad imperial de Rávena, en la costa del
Adriático.
En
Roma, el rey franco había admirado los nuevos edificios erigidos por Adriano;
sobre todo, las hermosas líneas de la iglesia románica de Santa María in
Cosmedin, cerca del viejo Foro en ruinas, y del santuario de San Pedro
Encadenado. Adriano estaba reconstruyendo Roma en mármol y Carlomagno anheló
tener arquitectos de aquella valía en Ingelheim o en Worms.
En
Rávena le aguardaba un soldado competente, Erico, duque del Friuli, guardián de
la barrera montañosa tras la cual vagaban los ávaros. También esperaba allí el
conde de Verona y otros francos. Carlomagno les instó a reunir sus tropas para
saludar a su rey, Pipino. Con esto, pudo reunir en Rávena un ejército pequeño
pero útil.
Y
allí sucedió algo inesperado. Carlomagno cayó bajo el hechizo de la difunta
ciudad. Por alguna extraña razón, aunque nunca hasta entonces la había tenido
ante sus ojos, le resultaba familiar.
Olvidando
aparentemente la crisis bávara, a Grimoaldo y a los mal dispuestos rehenes de
la buena voluntad de Benevento, rastreó las murallas derruidas de Rávena como
un podenco tras la pista de un venado. La mole redondeada y cubierta de hierba
de la tumba de Teodorico; el Vítale octogonal y abovedado con los retratos en
mosaico de Justiniano y su emperatriz, Teodora; el delicioso interior púrpura
de la tumba de Gala Placidia, que producía la impresión de penetrar bajo el
cielo nocturno salpicado de oro… Carlomagno estudió minuciosamente cada lugar,
almacenando los detalles en su portentosa memoria.
Instalado
en el palacio de Teodorico, sólo tenía que cruzar el patio para llegar a la
catedral abovedada, donde se sentaba a estudiar el largo peristilo de columnas
de mármol multicolor y las placas murales de reluciente alabastro.
Cada
vez que entraba en el palacio, hasta entonces abandonado, el franco pasaba ante
la enorme estatua de Teodorico, el rey godo, quien había sido el único hombre
que había conseguido unificar Italia bajo una mano firme. Teodorico el godo, el
devastador, se había convertido en aquella espléndida efigie de bronce en
Teodorico el Grande, amigo de la humanidad. Carlomagno quedó impresionado con
su figura.
Hubo
otro hecho que le sorprendió profundamente. Roma, pese a sus asombrosas vistas
y sus grandes edificios que se alzaban hasta tocar el cielo, no dejaba de ser
la obra de un mundo pagano que el franco no conseguía entender. En cambio,
Rávena había sido construida por manos cristianas en los tiempos de los
primeros Padres. Además, la ciudad llevaba la impronta de dos gobernantes de
gran determinación, Teodorico y Justiniano, que la habían convertido en un
monumento a sus vidas. Carlomagno había leído a los Padres de la Iglesia —o,
más bien, había hecho que le leyeran sus escritos durante las cenas— y, a
aquellas alturas, se daba perfecta cuenta de los múltiples problemas de una
Italia dividida que Teodorico y Justiniano habían sabido resolver, aunque cada
uno a su modo. Mientras inspeccionaba detenidamente sus obras, el rey franco
interrogó a los clérigos de Rávena sobre la vida de aquellos dos grandes
personajes.
Con
todo, la mayor parte del tiempo la dedicó a absorber Rávena con sus propios
ojos. A sus seguidores, la ciudad les parecía pequeña, angosta y húmeda,
rodeada de marismas llenas de carrizos. El rey, pese a ello, se hizo conducir a
remo por el fangoso canal hasta el viejo puerto abandonado. Así llegó hasta el
Adriático, la vía marítima del este, de las islas venecianas, de las montañas
de Istria y de los puestos avanzados de Constantinopla.
Al
contemplar los campos con su perspicaz mirada, descubrió por fin la razón de
que Rávena le resultara familiar. Sus cursos de agua y sus marjales y el verde
ininterrumpido de su llanura, que se extendía hasta unas lejanas montañas,
tenía cierto parecido con el lugar de descanso de sus años mozos, Aquis Granum.
El
contraste entre Rávena, una metrópolis en miniatura de palacios e iglesias
cristianos, y las tierras vírgenes salpicadas de hospederías de Aquis Granum
debió de impresionarle. Rávena contenía los monumentos de varios siglos. Su
verde valle sólo acogía los acuartelamientos abandonados de la Sexta Legión
romana y su propia villa real de caza.
Un
año más tarde, el franco pediría consentimiento al Papa para extraer las losas
de mármol de las paredes, las columnas del palacio e incluso la estatua de
bronce del monarca godo, con el propósito de llevárselo todo a tierras francas.
No le importó que transportar tan enormes fragmentos de civilización en carro a
través de los Alpes fuera un trabajo digno de Hércules.
Mientras
tanto, Carlomagno había pasado en Rávena más tiempo del que había previsto y,
emprendiendo el regreso hacia los conocidos pasos de montaña, condujo
velozmente a su hueste hacia los Alpes. No obstante, dejó en la ciudad a
Pipino, con el duque Erico y al mando de un ejército reclutado en el Friuli.
Hacia
el mes de julio, el monarca volvía a estar en el Rin y convocó un concilio en
Worms. Tan pronto como los clérigos estuvieron reunidos en el gran salón,
Carlomagno sucumbió a la tentación de hablarles de las maravillas que había
visto en su larga expedición. «Regocijándose y alabando la bondad divina
—cuentan los anales—, el señor rey relató a sus clérigos y a sus mejores
súbditos las múltiples cosas notorias que había encontrado en su viaje».
Según
parece, ocupó con estos asuntos la mente de sus conciliares mientras se
cercioraba de que Tasilón no había enviado respuesta a los requerimientos de
Adriano, pues pasó a la acción sin más conversaciones. De hecho, ya había
ultimado todos sus planes y sólo necesitó enviar, mediante rápidos mensajeros,
las órdenes precisas a sus guardianes: a Erico, que aguardaba ahora en el
Friuli, y a Geroldo, acuartelado en la frontera bávara con un ejército de
antiguos rebeldes, turingios y sajones. Las órdenes eran marchar al paso sobre
Baviera, hacia el objetivo de Salzburgo.
De
nuevo al frente de su caballería franca, Carlomagno embarcó hombres y bestias
en barcazas para remontar el Rin a remo. Pronto llegó al Lech y apresuró la
marcha hacia Augusburgo (Augusta). Por el sur y por el noroeste llegaron los
otros dos ejércitos para ganar los valles altos de Baviera antes de las
tormentas de otoño.
Desconcertado
ante esta imprevista invasión desde tres fronteras distintas, Tasilón y su
reina no pudieron reunir fuerzas suficientes para resistir. La hueste bávara no
había sido llamada a las armas y sus guerreros montañeses, a pie, no pudieron
cerrar los valles a los veloces caballos de los francos. En las iglesias, los
obispos, informados por Amo del edicto de Adriano, no predicaron la resistencia
a Carlomagno.
Pese
a las lágrimas de su reina lombarda, Tasilón no tuvo otro remedio que someterse
al hombre que le había ganado la partida, y lo hizo con su elegancia cortesana
saliendo a su encuentro con sirvientes desarmados y cargados de presentes de
oro y emblemas reales recamados de piedras preciosas.
«Puso
sus manos en las grandes manos del rey —cuentan los anales—, y le rindió en
obediencia el ducado que había recibido de Pipino, el rey».
Carlomagno
recordaba perfectamente que aquel mismo Tasilón había abandonado a un Pipino
enfermo en tierras gasconas, treinta años atrás. Preguntó a su primo si era
cierto, como había oído, que éste poseía un espléndido cetro (que ningún
vasallo podía poseer).
Entre
los regalos, el orgulloso bávaro extrajo un cetro de oro rematado por una
cabeza coronada en miniatura.
—Lo
hice fabricar —dijo tranquilamente— para ti, primo.
Con
el tributo de Arechi y los ricos presentes de Tasilón para recompensar a su
hueste armada, Carlomagno regresó al Rin, donde Fastrada le esperaba en su
palacio favorito de Ingelheim. Durante el trayecto, llegaron las tormentas de
octubre.
Sus
jinetes se dispersaron hacia sus hogares repitiendo un breve anuncio por las
posadas de los caminos: «Paz y alegría». El rey había cumplido su promesa: les
había llevado a una larga marcha sin entrar en combate. Sin embargo, nunca
recibirían las recompensas en oro y botín que esperaban del rey. Fastrada se
ocupó de ello.
Pero,
aunque sus súbditos celebraron la Navidad en paz y alegría, Carlomagno no tenía
muchas esperanzas de que aquel estado de felicidad sobreviviera al invierno.
Gracias
a la rapidez de sus caballos, el señor de los francos había conseguido por la
fuerza la sumisión de su primo, que le odiaba. Tasilón había saboreado la
independencia durante treinta años y tenía hijos que aspiraban a heredar el
trono. Además, tenía una esposa que jamás se arrodillaría ante un arnulfingo. Y
la hueste armada de los bávaros seguía intacta.
Por
su parte, el sagaz agilulfingo se daba perfecta cuenta, como el propio
Carlomagno, de que la cuestión entre ambos no era quién llevaba a cabo un
mandato de Adriano, sino quién gobernaría Baviera. El regalo de un poco de oro,
la falsa aceptación de un nuevo juramento y la entrega de una decena de rehenes
no era más que un gesto forzado. Tasilón resistiría por las armas y Carlomagno
no tenía, en aquel momento, el menor deseo de encontrarse con otro Widukindo.
Pero
¿cómo podría plantar cara al orgulloso bávaro? Sin duda, recurriendo a los
ávaros, los enemigos naturales del cristianísimo rey de los francos.
Consciente
de todo ello, Carlomagno dedicó los meses invernales a escribir cartas —o,
mejor, a dictarlas— con un propósito. Las misivas hablaban de su
responsabilidad en la salvaguardia de las tierras fronterizas de los cristianos
frente a los eslavos y los ávaros. A Alcuino le planteó la cuestión de si no
era misión suya expandir las fronteras de la Cristiandad. ¿Acaso Willehado,
pariente de Alcuino, no acababa de consagrar su nueva catedral en Bremen
(Brema), en la otra orilla del Weser? Alcuino, lleno de júbilo, escribió a
Arno, «el águila de Salzburgo», que su glorioso monarca tenía en mente derrotar
y obligar a retroceder «a los hunos, que son enemigos del Señor». Salzburgo,
donde vivía el valiente Arno, quedaba ciertamente muy cerca de las tierras ávaras.
Los
peregrinos de Renania llevaron el mismo mensaje por los caminos. Entretanto,
Carlomagno descansaba tranquilo en Ingelheim, dedicado a sus habituales
cacerías, mientras esperaba a que su presa humana cayera en los señuelos que le
había preparado.
Y
empezó a suceder lo que había previsto. A instancias de su esposa, Tasilón
llamó a las armas a sus vasallos. En el Danubio, el khagan ávaro, inquieto ante
la súbita llegada de los francos, mandó enviados a consultar con los bávaros.
Tasilón solicitó la ayuda de los jinetes paganos para conservar las montañas de
Baviera frente al inflexible franco de baja cuna.
Sin
embargo, en lugar de encontrarse al frente de un ejército, el señor de Baviera
halló obstáculos que no había previsto. Sus señores feudales, que no tenían
ninguna disputa con el imponente Carlomagno, protestaron ante su intención de
quebrantar el compromiso alcanzado el otoño anterior (que les vinculaba al
servicio del rey en el mismo grado que Tasilón). Sus obispos tampoco estaban
dispuestos a ir en contra de la voluntad de Adriano. Arno —quien había
respaldado con suficiente lealtad a su duque en Roma— se destacó especialmente
en clamar contra la alianza con los hunos paganos, saqueadores de iglesias.
Algunos
de aquellos nobles cabalgaron Rin abajo para presentar su causa ante el rey. De
inmediato, Carlomagno emplazó a Tasilón a presentarse el siguiente mes de junio
ante la asamblea general reunida en Ingelheim, para responder a las acusaciones
de rebelión y deslealtad.
El
agilulfingo no tuvo más remedio que acatar la orden, pues los ávaros no iban a
moverse en ayuda de un monarca al que abandonaba su propio ejército. Así pues,
desarmado y con su familia, Tasilón se presentó al juicio.
Para
su sorpresa, se encontró no ante la corte de Carlomagno, sino enfrentado a la
asamblea de nobles de las tierras francas, sajonas, lombardas y otras. En el
gran salón de Ingelheim, los cargos contra él fueron presentados por sus
propios vasallos.
Carlomagno
no efectuó ninguna acusación. De hecho, mientras los nobles discutían, el
inquieto franco abandonó la sala para hacer una ronda de inspección por el
patio abarrotado de gente, donde conversó sobre las cosechas, los caballos y la
caza —cualquier cosa menos el asunto de Tasilón— con los condes y caudillos que
aguardaban allí.
Mientras,
en el salón, un duque franco mencionó el agravio que Carlomagno había guardado
durante treinta años contra Tasilón.
—Por
desertar de su señor, el rey Pipino, mientras el mencionado señor marchaba
contra su enemigo.
Tasilón
comprendió entonces que Carlomagno había insistido en aquella acusación y que
la asamblea iba a condenarle sin remedio.
Cuando
fue instado a hablar en su defensa, el duque bávaro respondió con orgullo y
elocuencia, esmerándose en contar la verdad y toda la verdad. Había conspirado
con los enemigos del rey y había deseado dar muerte a su señor. Su esposa había
participado en la conjura. Había roto su juramento de fidelidad, pues «si
tuviera diez hijos y los hubiera entregado a todos como rehenes, antes los
perdería que someterme a los vergonzosos términos de ese juramento. Antes
perdería la vida que seguir existiendo bajo sus condiciones».
Fue
un discurso valiente y sincero que satisfizo a los jueces del alto tribunal y
que le valió la condena a muerte por unanimidad. Aunque la asamblea no hizo
mención de su familia, Carlomagno podía fácilmente haber ampliado la sentencia
a su esposa y a sus hijos. Pero, en lugar de ello, el rey ordenó que Tasilón
fuera internado en un monasterio, «para que allí hiciera penitencia por sus
pecados durante los años de vida que le quedaran». Sus hijos le seguirían a la
clausura y su esposa también tomaría los hábitos.
Así,
con calculada clemencia, respondió el impredecible franco a la apelación del
orgulloso bávaro a una muerte honrosa. Tasilón pidió entonces no ser sometido a
la indignidad de perder su larga melena allí, delante de la asamblea, y
Carlomagno le concedió ser tonsurado en el monasterio.
El
dominio de la familia agilulfinga había terminado. En etapas cómodas, el
advenedizo franco se trasladó a la ciudad palaciega de Ratisbona (Regensburg) e
inspeccionó sus nuevos dominios en los Alpes, adueñándose de las propiedades de
Tasilón y mandando al exilio a sus cómplices más cercanos. Arno fue consagrado
arzobispo de Baviera.
Aunque
rara vez llevaba o lucía en sus manos las galas y emblemas de la realeza —salvo
para impresionar a los embajadores extranjeros—, Carlomagno presidía en
ocasiones las audiencias empuñando el cetro confeccionado con tanto arte para
Tasilón, bien porque algo inquietaba su conciencia o bien porque deseaba
impresionar otra vez a su nuevo pueblo con la justicia de su toma del poder,
pues al cabo de unos pocos años mandó presentarse a Tasilón, ahora monje
tonsurado, para que reiterase su declaración de renuncia a toda reclamación
sobre Baviera ante Carlomagno, su legítimo señor y rey.
Mientras
tanto, en el frente italiano, Carlomagno había obtenido una victoria muy
remarcable sin tener que librar combate. Keroldo y los veteranos la denominaron
«una victoria sin sangre, o casi sin ella». Repasemos el calendario de este
último y agitado año, entre 787 y 788, en que el franco y sus seguidores
cubrieron más de tres mil quinientos kilómetros a caballo.
El
26 de agosto de 787, murió el viejo y resignado Arechi, duque de Benevento, y
con él murió su paz. La duquesa, ejerciendo un privilegio de mujer, rechazó el
compromiso de la familia con Carlomagno e hizo un llamamiento a la resistencia,
al tiempo que enviaba un urgente mensaje a la corte franca suplicando la
liberación de su hijo Grimoaldo, rehén de Carlomagno y heredero del trono de
Benevento. En la carta, invocaba su amor de madre y la necesidad de su pueblo
sin líder. (Para entonces, Carlomagno se hallaba en plena marcha por el Rin
hacia Baviera).
Por
fin, la flota bizantina apareció ante la costa. Traía un ejército de invasión
conducido por Adelghi, hijo de Desiderio, el hermano de la duquesa. Esta volvió
a pedir el regreso de Grimoaldo.
Desde
Roma, alertado de la situación, el Papa también envió a Carlomagno su ruego de
que no liberase al muchacho. La duquesa, según Adriano, había acudido en
peregrinación al santuario de San Miguel Arcángel. ¡Un santuario, precisamente!
La flota invasora estaba en las proximidades, en Taranto, y la mujer, junto con
su hermano y los bizantinos —el strategos de Sicilia y el representante de la
emperatriz—, estaba tramando planes para «arrebatar la Italia meridional al
apóstol de Dios y a vuestro real poder, y al mío. ¡Venid pronto! —exclamaba
Adriano con evidente apuro—. ¡No dejéis que Grimoaldo se os escape!».
Pero
Carlomagno no hizo nada de lo que le solicitaban.
A
principios de la primavera de 788, mientras escribía sus numerosas cartas a
Baviera, el señor de los francos mantuvo a su lado al joven rehén. Grimoaldo,
un poco mayor que Pipino, comía en la mesa del rey, le acompañaba de caza y
estuvo presente en el juicio a Tasilón, en junio. Carlomagno trató al muchacho
como si fuera su propio hijo.
Después,
una vez desembarazado de Tasilón y con las manos libres, dejó en libertad a
Grimoaldo. Antes de partir, el muchacho hizo promesa de cumplir sus deberes de
vasallo para con el rey, acuñar sus monedas con la efigie de Carlomagno,
rasurarse, salvo el bigote, al estilo franco —una exigencia que parecía
arraigada con firmeza en la mente del monarca— y permanecer leal a su rey.
También prometió derribar las nuevas murallas que fortificaban Salerno (donde
había fondeado la flota bizantina).
Así,
Carlomagno apostó por la admiración que despertaba en el muchacho. Aquel
septiembre, Grimoaldo volvió a cruzar el Volturno como hombre libre y fue
recibido por las aclamaciones de sus nobles, el abrazo de su madre y el plan de
batalla de su tío, Adelghi.
Desde
aquellas explosivas tierras del sur, los enviados de Carlomagno le escribieron
con preocupación: «En la frontera beneventina, no hemos encontrado lealtad a
Vuestra Excelencia entre el pueblo».
Adriano,
por su parte, clamaba amargamente: «En Capua, en presencia de vuestros
enviados, ese Grimoaldo se felicitó diciendo que vos, su rey, habíais ordenado
que todo el mundo le obedeciera. Y los nobles griegos de Nápoles soltaron una
carcajada de burla, diciendo: “¡Gracias a Dios! Todas las promesas hechas a los
francos se las ha llevado el viento”».
Pese
a las múltiples peticiones para que actuara y a las predicciones de un
inminente desastre, Carlomagno, que por entonces estaba ocupando Baviera, no
hizo nada acerca de la nueva crisis italiana. Quizá contaba con la amistad de
Pablo Diácono, quien ahora se encontraba al lado de Grimoaldo.
Al
llegar el otoño, el frente italiano estaba cubierto de rumores, los bizantinos
desembarcaban en la costa del Adriático, los enviados francos huían para salvar
la vida…
Entre
los rumores, llegó la noticia de la batalla. En la frontera del Volturno, junto
al monte del Buitre, la expedición del Imperio había sufrido una sorprendente
derrota en la que había perdido cuatro mil soldados y sus comandantes
bizantinos, el strategos y el sacellarius. Entre sus líderes, sólo Adelghi
había logrado huir por mar, para no volver jamás.
Enfrentándose,
pues, a su tío, Grimoaldo consiguió esta victoria con la ayuda del leal duque
de Spoleto y un único conde franco. Con su decisión de mantenerse fiel al señor
de los francos, el muchacho había contrariado las plegarias de su madre.
Adelghi
desapareció del recuerdo histórico y la causa lombarda en Italia quedó
definitivamente perdida. El ausente Carlomagno gobernaba ahora las tierras
italianas en la persona de su hijo, Pipino. Las grandes ciudades como
Benevento, Bolonia y Verona, abandonadas a sus propios recursos, lograron
conservar cierta independencia. (En siglos venideros, esta independencia
aumentaría hasta dar lugar al autogobierno de las poderosas Florencia y Milán
bajo las familias ducales de los Sforza y los Médicis).
¿Qué
había sido del juramento prestado años antes por Carlomagno ante la tumba de
San Pedro, de devolver a los Papas la mayor parte de las tierras de Italia? El
franco no lo mantuvo. Al parecer, con el paso de los años se reafirmó en la
decisión de otorgar a los vicarios apostólicos numerosas propiedades
eclesiales, pero no el gobierno mundano. Tal vez había advertido que Adriano
carecía del vigor físico necesario para retener grandes territorios en aquella
época violenta. Fuera como fuese, Carlomagno conservó sus dominios con la
espada.
Adriano,
aunque envejecido, no cejó en sus protestas por el quebrantamiento del
compromiso y por la pérdida «del patrimonio de San Pedro». Al propio tiempo, el
formidable campeón de San Pedro agradecía la protección de su inusual
«compadre». Ciertamente, Carlomagno llevaba consigo la bendición de la paz
real.
Durante
los meses siguientes a la victoria al pie del monte del Buitre, Adriano tuvo
buenas razones para agradecerla pues los ávaros, dueños no reconocidos de las
tierras al este, emergieron de sus plazas fuertes junto al Danubio para lanzar
un ataque salvaje.
Ante
la turbulenta situación de las tierras cristianas, el khagan ávaro, siempre al
acecho, aprovechó la oportunidad para realizar lucrativas incursiones.
Avanzando con cautela, sus jinetes penetraron en las tierras altas de Baviera y
descendieron a través de los Alpes de Carintia hacia el fértil valle del Po.
Junto
a las fuentes del Danubio, Geroldo, el guardián de la Marca, rechazó a los
invasores. En el Friuli, el experimentado Erico reunió a sus hombres de armas
francos para obligarles a retirarse de castillos, abadías y pasos de montaña.
Frente al peligro del ataque avaro, las fuerzas cristianas de protección se
unieron con buena voluntad.
Carlomagno
no había podido prever el momento del asalto ávaro, pero había preparado sus
fronteras para el día en que se produjera. Durante aquellos dos últimos años,
gracias a su impresionante exhibición de fuerza y destreza, había convertido a
los rebeldes bávaros y beneventinos en aliados que se encargaran de rechazar
los asaltos de los bizantinos por el mar y de los nómadas paganos por tierra.
El temerario Palurdo que había provocado una enconada rivalidad al apartar de
su lado a Désirée, su esposa lombarda, en un acceso de ira, se había convertido
en el astuto estadista que había decidido liberar a su potencial enemigo,
Grimoaldo. El infeliz caudillo que había avanzado torpemente en su primer paso
de los Alpes en Mont Cenis y que había perdido lo mejor de su ejército en
Roncesvalles, había aprendido por sí mismo, de algún modo, el dificilísimo arte
de llevar a cabo una guerra sin librar combates.
Por
aquel entonces, el monarca empezaba a intentar instruir a su primogénito,
Carlos, en la conducción de los ejércitos mientras los otros hijos de
Hildegarda, Pipino y Luis, conseguían, si no precisamente honores, sí al menos
reconocimiento como reyes de Italia y de Aquitania.
Y
por fin, cuando ya terminaba el año, Carlomagno envió mensajes a Arno de
Salzburgo y a los guardianes de sus lejanas fronteras anunciando que acudiría
personalmente a protegerles de los paganos eslavos, bohemios y ávaros. Una
promesa que se proponía cumplir.
Poco
a poco, con la tenacidad de un campesino, el monarca del Rin se abría camino
hacia un nuevo dominio, hacia un nuevo reino que, en su imaginación, evocaría
la ciudad de Dios que había descrito el inspirado Agustín. En él, sus nuevos
súbditos se convertían en fideles, fueran bretones, turingios o sajones. El
propio Alcuino reconocía ahora: «Vuestros súbditos son los pueblos cristianos».
Extensos
eran ya los territorios de la futura nación y sus fronteras podían ampliarse
aún más, hasta la orilla del Mar Helado y hacia el oriente desconocido al otro
lado del Adriático. El primer paso sería llevar esas fronteras más allá de las
tierras ávaras. En Ratisbona, la ciudad corte de su brillante primo Tasilón,
Carlomagno se preparó para lanzar su ataque hacia el este.
Sin
embargo, a finales de aquel año, el monarca se dirigió a otro lugar para
celebrar la Navidad. Sin detenerse en Ingelheim, donde se había instalado
Fastrada en unos lujosos aposentos, Carlomagno embarcó Rin abajo, avanzando con
el viento hacia el pavimento roto de la calzada romana en desuso que conducía a
su valle de Aquis Granum.
En
aquella encrucijada de caminos, entre baños en las aguas termales sulfurosas y
cacerías de jabalíes en los bosques, llevó a cabo los cánticos y banquetes de
la Navidad, para gran sorpresa de sus paladines y de los miembros de la
Academia, pues no había celebrado allí las fiestas navideñas desde hacía dos
décadas; concretamente, desde el año de la muerte de su padre.
Sobre
el valle se alzaba una hermosa colina cuya falda, bañada por el sol de la
tarde, dominaba las casas apiñadas de la aldea y las ruinas romanas. Paseando
por ella, Carlomagno escogió el emplazamiento para un palacio como el de Pavía,
con una columnata que se extendería hasta el punto donde se erigiría una
catedral, pequeña pero dedicada a la Virgen, que sería edificada a semejanza
del templo de San Vítale, en Rávena.
Mientras
se preguntaba quién la construiría, observó complacido las radiantes miradas de
las doncellas de la aldea, llenas de admiración y temor ante la presencia del
rey. Las muchachas rebosaban de calor y de risas, al contrario que la altiva y
exigente Fastrada. Una vez más, el valle le pareció a Carlomagno el lugar ideal
para su nueva ciudad.
Una
carta de Adriano vino a aumentar su satisfacción.
—
¡Ha llegado! ¡Por fin ha llegado! —exclamó al recibirla—. ¡Más dulce que la
miel!
La
carta decía: «Hemos recibido vuestra misiva, luminosa y más dulce que la miel,
de manos del duque Alwino. En ella expresáis vuestro deseo de que os concedamos
los mármoles del palacio de la ciudad de Rávena, así como los mosaicos que se
encuentran tanto en el pavimento como en las paredes de las iglesias. Con gusto
accedemos a vuestra solicitud, pues, gracias a vuestros reales esfuerzos, la
iglesia de vuestro patrono san Pedro disfruta todos los días de numerosos
beneficios».
Ahora,
Carlomagno sólo necesitaba dos cosas: alguien que trazara los planos de sus
edificios capitalinos y materiales mejores que el estuco romano o los troncos y
la paja francos para erigir las paredes.
Mucho
tiempo después, un viejo soldado contaría al divertido monje cronista de
Saint-Gall la manera que tenía Carlomagno de construir lo que deseaba:
«Entonces, el ingeniosísimo gran rey dijo a sus hombres: “Que no se nos acuse
de permanecer ociosos en este día; erijamos algún monumento conmemorativo de la
ocasión. Apliquémonos a levantar una capilla de oración donde podamos
consagrarnos de nuevo al servicio de Dios”. No bien terminó de hablar, sus
hombres se dispersaron en todas direcciones en busca de piedras y arena, de
madera y de cal y de pinturas, así como de operarios expertos en su uso. Ese
día, entre la hora cuarta y la hora duodécima, con la colaboración incluso de
los hombres de armas y los propios nobles, se edificó una catedral tal, con sus
muros y techos y sus frescos en las paredes y sus grecas en el cielo raso, que
nadie que la viera después habría creído que se había tardado un día menos de
un año en levantarla».
Capítulo
7
El
tesoro de los ávaros
Por
esa época, empezó a producirse un distanciamiento entre Carlomagno y sus
francos. Aunque el rey había conseguido someter a los salvajes de sus fronteras
paganas, encontró más dificultades en dominar los impulsos bárbaros de su
propio pueblo. Para vencer a italianos y lombardos, había utilizado la
paciencia y la persuasión; en su reino, en cambio, actuó con brutal
determinación.
De
ello cargó con la culpa Fastrada. «Nuestro rey, normalmente tan clemente, se
hizo cruel y exigente bajo la influencia de la reina». Tal vez fuera así, pues
la mujer seguía siendo capaz de imponer su voluntad a su real esposo, pero la
revuelta de los años siguientes no fue causada tanto por la personalidad de
Fastrada como por la incapacidad del monarca para gobernar sus dominios, cada
vez más extensos, más allá de donde alcanzaba su propia presencia física.
Los
primeros síntomas de este distanciamiento aparecieron en las tierras del Rin
con el viejo agravio de los soldados veteranos que, a su regreso, encontraban
empobrecidas sus haciendas y descuidados sus campos de labor mientras que sus
vecinos que habían eludido la llamada del rey tenían, al menos, el granero
lleno y el ganado engordado. Además, los leales que habían cruzado los Alpes en
esta ocasión no habían tenido acceso al botín como en la primera expedición
victoriosa sobre los lombardos. Al parecer, el oro y los regalos de Tasilón y
de Arechi fueron a parar a la «dote» de Fastrada, y la reina no tenía el menor
interés en repartir el tesoro.
En
esta situación, el inflexible monarca convocó el año siguiente, 789, a su
hueste armada para devastar las tierras de los eslavos más allá del Elba, donde
las aldeas de casa de adobe y techumbre de paja ofrecían poco provecho a los
soldados leales. Muchos de sus hombres argumentaron enfermedades o pobreza para
quedarse en sus granjas. Otros desaparecieron en los bosques cerrados para
aumentar el número de gentes sin amo que vivían de la caza y del robo.
Contra
todos estos desertores, Carlomagno formuló la acusación de herisliz.
La
dificultad radicaba en capturar a los prófugos. La división de sus dominios en
territorios poco definidos dominados por duques (jefes militares), condes
(administradores) y obispados de las diócesis —además de entre los responsables
de las numerosas abadías y monasterios ofrecía cómodos refugios en la espesura
de aquellos bosques, que el rey pretendía ir transformando en tierra de
cultivo. En las aldeas lejanas, gobernadas por vicarios o por «centuriones»,
eran bien recibidos los soldados y labradores fugitivos, sobre todo cuando
llegaban con algún regalo en la mano.
En
todas las tierras francas seguía en vigor la vieja costumbre tribal, no
escrita, por la cual un guerrero era considerado un hombre libre, y los hombres
libres no podían ser contratados ni obligados por la fuerza a los trabajos
manuales, sino a recibir o entregar presentes al modo de los nobles y trabajar
con las manos sólo cuando les viniera en gana.
Carlomagno
descargó su ira contra tan extendida relajación e incumplimiento de las leyes.
Sus edictos instaban a «los condes y jefes militares a impartir toda justicia,
a utilizar agentes de su confianza no para oprimir a los pobres sino para
apresar ladrones, rateros, homicidas, libertinos […]. Quienes han recibido el
poder para juzgar lo harán rectamente, sin tomar en consideración regalos,
lisonjas o personalidades».
El
problema se centraba en estas últimas, como bien comprendía Carlomagno. Los
guerreros portaban armas habitualmente; sería una afrenta intentar despojarles
de ellas. Y, sobre todo al regreso de una campaña, era fácil que las utilizaran
cuando bebían en exceso, cuando se sentían ofendidos o cuando algo provocaba su
justa ira. Acusado de derramamiento de sangre, un franco reclamaría su derecho
a pagar una compensación, un noble exigiría ser juzgado por sus iguales y un
noble turingio afirmaría tener parentesco con la reina, mientras que un
campesino podía ser crucificado por un robo.
La
sugerencia de Alcuino de guiarse por las Sagradas Escrituras no había servido
para acabar con aquel endémico rompecabezas de leyes. Un criminal podía apelar
a la voluntad de Dios y exigir ser juzgado por la ordalía del fuego, el agua o
la pez hirviente.
El
monarca combatió con toda energía aquella lacra de las leyes personalizadas, de
las que eran responsables sus predecesores, y decidió que si no podía
remediarse mediante las palabras de las Sagradas Escrituras lo sería por el
sentido de éstas. Los cristianos, pues, debían aceptar como leyes lo que Pablo
y los apóstoles habían querido indicar que llevaran a cabo en la vida.
Por
supuesto, la apelación final era al propio Carlomagno o, en su ausencia —y eran
muchas las ocasiones en que estaba lejos de la escena de un delito o una
disputa—, al conde palatino. Sin embargo, el monarca había heredado un método
rudimentario de proyectar su real presencia a través de los missi, o portavoces
del rey. Estos delegados explicaban los deseos de su señor, lo cual equivalía
en realidad a expresar sus órdenes.
Ahora,
Carlomagno intentó recuperar el control sobre sus súbditos mandando unos nuevos
enviados dotados de mayor autoridad, los missi dominici, «para dar voz a la
palabra de su señor y llevar a cabo la voluntad de Dios y las órdenes del rey».
Carlomagno
utilizó esta frase sin asomo de vanidad. Para él, ser rey gratia Dei
significaba gobernar con el deber de hacer cumplir la voluntad de Dios. Más
tarde, la frase adquiriría otro significado —de hecho, algunos historiadores
apuntan que Carlomagno fue el primero de los reyes franceses (o emperadores
alemanes) «por la gracia de Dios»—, pero en su tiempo implicaba una gran
responsabilidad. Responsabilidad que traspasó a sus nuevos enviados,
convirtiéndoles prácticamente en virreyes. «Es mi deseo que den ejemplo del
recto obrar que exigen en mi nombre».
Los
missi dominici no debían aceptar presentes ni tener en cuenta la personalidad
del juzgado. Tenían que llevar a cabo la voluntad de Dios a través de las leyes
elaboradas por los hombres, e informar personalmente al rey de su tarea. Dado
que las disputas más agrias surgían siempre entre clérigos y legos, Carlomagno
solía nombrar sus missi por parejas, haciendo que viajaran un duque con un
obispo.
Estos
enviados tenían por misión principal ayudar a preservar la paz del rey. «Todo
el que perturbe dicha paz será arrestado». También tenían que obligar a condes
y prelados a ayudar «a los pobres del Señor» y estaban investidos de autoridad
para imponer castigos a los gobernantes locales que se descarriasen. «Los
domingos y festividades, todos deberán acudir a escuchar la palabra de Dios
[…]. Los condes deben presidir sus tribunales en primavera y otoño, en lugar de
salir de cacería o dedicarse a otros placeres […]. A los ebrios no se les
permitirá el acceso a la sala del tribunal».
Este
atrevido experimento de delegar autoridad no rindió a Carlomagno los resultados
que esperaba, pues también dependía en gran medida de la personalidad de los
enviados, de si los missi dominici tenían la integridad suficiente para
rechazar los sobornos. Además, como éstos debían presentar sus informes
directamente al rey, tendían a informarle principalmente de la lealtad o
deslealtad de sus vasallos.
De
hecho, se convirtieron en una especie de policía de seguridad. Y Carlomagno
tenía necesidad de un servicio como aquél.
Antes
incluso de la gran sequía, los tiempos eran difíciles. Probablemente,
Carlomagno empezaba a darse cuenta, si aún no lo había comprendido del todo, de
que su naciente reino occidental había estado aislado de las rutas comerciales
del mundo exterior. Sus salidas a Zaragoza, Benevento y la costa báltica le
habían permitido vislumbrar brevemente las caravanas de mercaderes y el
comercio marítimo. Su creciente reino franco seguía sitiado por las flotas
normandas y árabes dedicadas al comercio y las incursiones violentas.
El
monarca, además, no poseía monedas de oro como el diñar cordobés o el solidus
bizantino e intentaba compensar su pobreza con bastante ingenio. Unas cartas de
Adriano le agradecían el regalo de «caballos útiles», pero le pedía otros
mejores y dinero en metálico para reparar el tejado de San Pedro. Carlomagno
entregó cuanto tenía para las obras.
Para
sostener sus acuñaciones de plata, invalidó las monedas extranjeras y el oro,
al tiempo que aumentaba el peso de su propia moneda, el diñar de plata, más
tosca que aquéllas. Al propio tiempo, intentó establecer una normalización de
los pesos y las medidas.
Aunque
aligeró los peajes a pagar por los mercaderes extranjeros, éstos rara vez se
aventuraban más allá del Danubio o de las islas venecianas, a las que, según
los rumores, llegaban por mar la seda, las especias, el cristal y los lujos de
Oriente. La plata, la madera y los ásperos tejidos de lana de las tierras
francas no tentaban a los comerciantes y, en un acceso de cólera, Carlomagno
había prohibido el desembarco de los comerciantes de Britania en tierras
francas.
Las
pocas importaciones que llegaban al reino franco eran lujos que no afectaban a
la economía de la vida aldeana.
En
realidad, la economía de Carlomagno era una chapuza destinada a alimentar y a
armar a sus súbditos. Le sorprendió descubrir, cuando los examinó con atención,
que sus sellos reales carolingios habían sido moldeados a partir de una joya
tallada de un emperador romano, Aureliano, y de una representación de Serapis,
un dios egipcio.
Por
influencia de Fastrada, el franco empezó a considerar que carecía de muchas
cosas que nunca había echado de menos en vida de Hildegarda. Cuando Maganfredo,
su diligente chambelán, logró incrementar las cosechas de las propiedades de
Carlomagno y sugirió que podían atender con el excedente las necesidades de
otros dignatarios de la corte, recibió la orden de no hacerlo. «Las tierras del
rey deben servir sólo al rey, y a nadie más».
Ningún
monarca de sus tiempos insistió con más firmeza en sus prerrogativas
personales. Sus nobles no protestaron ante ello, sino que más bien le
admiraron. Los señores francos, con todo, empezaban a estar insatisfechos con
las prebendas del monarca, como las concesiones de tierras de cultivo
vitalicias. Un conde renano recibía una aldea, con una iglesia y casas de
labor, en la «conquistada» Sajonia, con el deber de mantener la paz, detener a
los fugitivos y pagar los diezmos al rey y a la iglesia. Naturalmente, el conde
empleaba este poder vitalicio para ampliar sus tierras, incorporando más ríos
de pesca y más bosques de caza, y muy pronto empezaba a considerar la concesión
como su propiedad y a legarla a sus hijos, mientras Carlomagno insistía en que
la concesión seguía siendo una propiedad real, que se pondría en manos del
dignatario que ocupara el lugar del conde.
Al
propio tiempo, la cesión de tierras a señores locales tuvo una consecuencia
imprevista hasta entonces. Los hombres de armas y campesinos de los señores
estaban obligados por juramento a obedecer a Carlomagno y a sus reales hijos,
pero dependían de su señor local para las necesidades de la vida cotidiana: un
molino para hacer la harina, semillas para la siguiente siembra, animales para
tirar del arado y, sobre todo, protección frente a las incursiones de los
vecinos o de las bandas hambrientas que pululaban en los bosques. Así pues, la
necesidad les impulsaba a una segunda lealtad, esta vez a su señor feudal. Y,
sobre todo cuando ese señor era un caudillo valiente en la batalla, sus
seguidores se sentían más vinculados a él —sobre todo si las tierras quedaban
lejos del Rin— que a un rey invisible que hablaba en griego y pasaba los
veranos en Roma o en Ratisbona.
Carlomagno,
que comprendía a su pueblo, tal vez percibió el peligro que significaba aquella
lealtad dividida. Los hombres que eludían el juramento de fidelidad con
cualquier pretexto eran perseguidos o exiliados. Al propio tiempo, los
incesantes desplazamientos del monarca le llevaban a recorrer sin ceremonias
ciudades y puestos fronterizos desde Boulogne, en el canal de la Mancha, hasta
Montecassino. No obstante, era imposible que pudiera visitar todos sus nuevos
dominios y se vio forzado a confiar cada vez más en sus missi dominici y en los
pocos caudillos locales de probada lealtad, como Geroldo y Erico, «poderosos en
la guerra y elevados de espíritu».
Sin
embargo, nada podía sustituir del todo la propia presencia del rey, alegre y
exigente, y su voz aguda exhortando a todos a mejorar las cosas. En Aquitania,
donde hacía doce años que no ponía el pie, los asuntos no marchaban bien. Luis,
el rey, era todavía un muchacho y el competente guardián, Guillermo de
Toulouse, tenía crecientes dificultades con los moros del otro lado de los
Pirineos.
El
propio Carlomagno tenía también problemas de otro tipo con la gran asamblea de
sus pueblos cristianos.
En
790, sucedió algo insólito. El verano de aquel año, Carlomagno no viajó a
ninguna parte.
La
asamblea de otoño se celebró donde estaba instalado el monarca, en la antigua
ciudad de Worms, entre campos de viñedos del curso alto del Rin, cerca de la
frontera bávara. De hecho, la asistencia de los señores de las tierras francas,
legos y clérigos, fue tan numerosa que algunas de las reuniones tuvieron lugar
en los propios campos.
Los
francos de más edad no aceptaron de buen grado la presencia de extranjeros
lombardos, bávaros y sajones, que fueron recibidos por Carlomagno con los
mismos honores que los renanos. A ojos de éstos, el congreso nacional de los
francos se había transformado en una auténtica Babel de gentes extrañas que
hablaban toda clase de lenguas y que insistían con vehemencia en someter sus
reclamaciones a conocimiento y sentencia del rey, quien debería haber atendido
primero a las necesidades de sus nobles francos. Así pues, estos francos más
veteranos intentaron conferenciar aparte, para acordar una postura común.
«Ningún
extraño se acercó al lugar de su reunión —escribió Adalardo, primo del rey
(cuyas palabras nos han llegado en el manuscrito de Hincmar, arzobispo de
Reims)—, hasta que los resultados de su deliberación fueron expuestos ante el
gran rey, quien entonces, con la sabiduría que le otorgó Dios, respondió con
una resolución que todos obedecieron».
Carlomagno,
pues, no intervino en las discusiones de sus nobles, pero dio su parecer cuando
hubieron terminado. Y la palabra del rey fue obedecida por todos.
«Mientras
se desarrollaban estas deliberaciones lejos de la presencia del rey, éste salía
a mezclarse con la multitud, aceptaba presentes, saludaba a los hombres más
notables, se fijaba en los que apenas conocía, mostraba un cortés interés por
los ancianos, jugaba con los niños y hacía casi lo mismo con los clérigos […].
»Con
todo, el rey proponía a los señores, tanto legos como eclesiásticos, las
cuestiones que debían tratar. Y si la asamblea deseaba su presencia, el monarca
se sumaba a ella y permanecía en la reunión todo el tiempo que los señores
deseaban.
»El
rey tenia también otra costumbre: pedir a cada hombre que le informara sobre la
parte del reino de la que procedía. Todos los asistentes a las reuniones eran
instados a investigar, entre asamblea y asamblea, lo que sucedía en sus
territorios y en las tierras vecinas. El monarca, pues, conseguía informaciones
tanto de los habitantes como de los extranjeros, de los amigos como de los
enemigos, empleando en ocasiones a diversos agentes sin preocuparse mucho de
cómo obtenían sus informes.
»El
soberano quería saber si en algún rincón del reino había inquietud entre el
pueblo, y si se había producido alguna alteración de la paz. También quería
descubrir si había algún signo de revuelta y si las naciones aún independientes
amenazaban con atacar el reino. Si se producía algún desorden o se advertía
algún peligro, exigía conocer con detalle cuál era la causa».
Así
pues, al tiempo que representaba su habitual papel de encantador anfitrión,
Carlomagno recogía los informes de espionaje más recientes. El franco tenía por
costumbre guardarse las decisiones hasta el final de las reuniones. Los
notarios de la asamblea, sin el menor asomo de ironía, dejaban constancia de
sus resoluciones atribuyéndolas «al consejo y al propio rey».
Aquel
otoño, Carlomagno estaba especialmente preocupado por la cuestión de la
lealtad, porque había percibido un estado de inquietud en el corazón de las
tierras francas. Por ello, se propuso convocar a todas sus fuerzas armadas para
dirigirse contra los ávaros antes de que los paganos orientales pudieran atacar
de nuevo Baviera e Italia. A lo largo de dichas fronteras, sus missi
dominiciestaban negociando activamente con los caudillos ávaros sobre los
límites de sus respectivos territorios, bien para comprobar si elkhagan ávaro
accedería a firmar la paz, o bien para inducirle a creer que el rey franco
buscaba dicha paz. Intentar estratagemas contra los nómadas paganos era
peligroso y Carlomagno comprendió que necesitaba el pleno apoyo de lombardos,
bávaros y turingios para enfrentarse a ellos. Así pues, la asamblea de 790 le
permitió descubrir quiénes eran los leales en los que podía confiar y qué
tropas acudirían a su convocatoria. Necesitaría más fuerzas que las de sus
propios francos.
Einhardo,
el enano, relata: «Le gustaban los forasteros y se ocupaba de protegerlos,
incluso cuando llegaban al reino y a palacio en tan gran número que parecían
una molestia».
Este
Einhardo se había convertido en blanco de las bromas y risas de los moradores
de palacio. Con su cuerpo menudo, corría siempre de un lado a otro llevando
plumas o vino a los grandes eruditos. «Como una hormiga», comentó alguien.
Alcuino le dio el nombre de Nardalus, el enano, pero añadió cortésmente que su
pequeño cuerpo albergaba un espíritu excelente. Y, como sólo era experto en el
trabajo de los metales, el pequeño monje de Fulda, que apenas contaba
diecinueve años, recibió también el apodo de Bezaleel.
El
joven Einhardo respondía siempre con alegría a cualquiera de aquellos nombres,
ocultando su ambición de llegar a escribir como su maestro, Alcuino. Al mismo
tiempo, desde entonces en adelante, hizo de Carlomagno un héroe al que
profesaba veneración. A los ojos perspicaces del nuevo estudioso, el corpulento
arnulfingo era no sólo un señor majestuoso, sino un ser lleno de magnetismo,
con flaquezas y caprichos que le daban una dimensión humana.
Años
después, Einhardo describiría el aspecto de Carlomagno en la plenitud de sus
fuerzas.
«Era
robusto, fuerte y de excepcional estatura. La parte superior de su cabeza era
redonda, con los ojos muy grandes y vivaces, la nariz algo larga, el cabello
claro y una expresión alegre y satisfecha. Sentado o de pie, su porte resultaba
majestuoso aunque tenía un cuello grueso y algo corto y un vientre bastante
prominente. Su paso era firme, sus gestos, viriles, y su voz, clara, aunque no
tan potente como uno esperaría de alguien de su corpulencia […].
»Se
dejaba llevar por sus propias inclinaciones más que por los consejos de los
médicos, a quienes casi odiaba porque insistían en que abandonara los asados,
que le gustaban con fruición, por la carne cocida.
»El
rey Carlos rara vez era capaz de rechazar un bocado apetitoso y a menudo se
quejaba de que los ayunos perjudicaban su salud. De todas maneras, era moderado
en el comer y aún más en el beber, pues le repugnaba la ebriedad, especialmente
en él mismo y en su familia. Rara vez se permitía beber más de tres copas de
vino en una comida. En cambio, era gran amante de los asados que sus cazadores
le servían en espetones. En la mesa, le gustaba escuchar música o lecturas en
voz alta de las historias y hazañas de la Antigüedad, aunque también era amante
de los libros de san Agustín, sobre todo del titulado La ciudad de Dios.
»En
verano, tras la colación de mediodía, tomaba alguna pieza de fruta, apuraba una
copa de vino, se quitaba la ropa y los zapatos y descansaba durante dos o tres
horas. Por la noche, tenía la costumbre de despertarse y levantarse de la cama
cuatro o cinco veces. Solía dar audiencia a sus amigos mientras se vestía, pero
si el conde palatino le informaba de algún pleito que precisaba de su
intervención, hacía pasar enseguida a las partes y dictaba su decisión.
Dondequiera que estuviese, siempre resolvía tales litigios».
Para
el estudioso Einhardo, la capacidad del rey para resolver cuestiones como si se
tratara de juicios al tiempo que se ocupaba de otros asuntos resultaba
asombrosa, igual que la rapidez de sus respuestas.
«El
rey Carlos tenía el don de la facilidad de palabra, y respondía a todo con
rapidez y claridad. Tanta era su elocuencia que habría podido ser maestro, pero
tenía en gran estima a quienes le habían enseñado. Con el diácono Alcuino, el
gran erudito, profundizó en el estudio de la retórica y, sobre todo, de la
astronomía. El rey aprendió a calcular e investigar los movimientos de los
cuerpos estelares con un profundo conocimiento del tema. También probó a
escribir y solía guardar tablillas y páginas en blanco bajo la almohada de su
lecho, para poder ejercitar la mano en la caligrafía durante las horas de
insomnio. Sin embargo, había empezado tan tarde que nunca lo consiguió […].
»Solía
llevar la indumentaria nacional [es decir, de los francos]. Sobre la piel
vestía una camisa y unos calzones de lino y, encima de ellos, una túnica orlada
de seda. Llevaba los pies calzados y unas bandas de cuero, atadas con tiras del
mismo material, cubrían sus piernas. Encima de todo ello lucía una capa azul y
portaba al cinto una espada, casi siempre con oro en la empuñadura. Sólo
exhibía la espada de gala, con piedras preciosas, en las grandes festividades o
cuando recibía a algún embajador extranjero. Los días de gran celebración, se
engalanaba con ropajes llenos de bordados y cerraba la capa con una hebilla de
oro. Como corona, lucía una diadema de oro y gemas».
Mientras
Einhardo servía a su héroe, otra figura contrahecha apareció en la corte de
Worms. Pipino el jorobado dejó su guarida en Prüm para presentarse en palacio,
donde se sintió desplazado. Fastrada, con su melena rubia resplandeciente,
gobernaba a las mujeres asistida por unas damas cuyas ropas y joyas eran más
espléndidas de las que había tenido nunca su madre.
De
hecho, la casa del rey estaba ahora llena de mujeres, dado que todos los medio
hermanos de Pipino tenían ya sus propias cortes en tierras lejanas. Incluso el
mayor de ellos, el atractivo y torpe Carlos, había sido nombrado duque de
Maine, junto al río Loira (pues el muchacho no había satisfecho las
expectativas de su padre como caudillo guerrero).
Después
de las oraciones vespertinas, cuando el rey hubo despedido a sus paladines, las
mujeres revolotearon alrededor del monarca en el jardín de palacio, como moscas
en torno a un tarro de miel. Todas ellas lucían nuevas galas como si cada una
tuviera un rango, concedido por Carlomagno, y llevara sus mejores ropas para
complacer su mirada.
El
padre del jorobado tomó asiento cómodamente en su banco de campo, sobre un
tapiz con su nombre bordado: Carolus Rex. Una cruz separaba ambas palabras.
Carlomagno no se cansaba nunca de oír el tañido del arpa y las voces agudas de
las muchachas, que se comportaban como pavos reales, sabedoras del efecto de
sus hermosas ropas, cuyas colas arrastraban por la hierba húmeda al moverse.
Rotruda llevaba sus cabellos de color paja atados con cinta púrpura y lucía una
cadena de oro colgada al cuello.
El
jorobado se dedicó a observar y escuchar desde abajo, junto a las mesas de los
portadores de copas, donde podía pasar por uno de los jóvenes sirvientes que
esperaban a que les llamaran. No obstante, era diez años mayor que aquellas
muchachas de Hildegarda. Advirtió que Berta se mantenía a la sombra de la
columnata y vio sus manos entre las del capellán, Angilberto. Cuando empezó a
notar el relente vespertino, la muchacha se echó una capa de armiño por encima
de sus blancos hombros. La luz de las velas arrancó un reflejo dorado de su
diadema y un centelleo de oro en la banda que ceñía su esbelta cintura.
Cuando
su padre la llamó, Berta se adelantó para cantar acompañada del arpa.
Salvando
montañas y atravesando valles umbríos, acuden los fatigados viajeros. Llegan
con báculos y escrituras buscando la paz más allá de las montañas, en los
valles de la paz de Cristo.
Así
cantó Berta, con voz melodiosa, los versos escritos por Angilberto que tan bien
conocía. Su padre, mientras tanto, llevaba el compás con su recia mano,
disfrutando de aquella hora que dedicaba al descanso y la alegría.
El
jorobado espió a aquellas espléndidas mujeres. Acuclillado en su rincón,
advirtió cómo una robusta camarera besaba a escondidas la mano del rey mientras
le servía unas frutas. Y vio cómo el rey le acariciaba la pierna.
Aquellas
mujeres, se dijo, eran busconas que se arremolinaban en torno a su señor, quien
repartía entre ellas a manos llenas piedras preciosas engastadas en plata.
Pipino se preguntó si Fastrada, la reina, habría advertido aquellas
insinuaciones, pero no pudo interpretar su expresión.
Los
descendientes de la real pareja que dormían en la alcoba principesca eran todas
niñas, con un ligero tono dorado en sus cabellos infantiles. El jorobado se
dijo que Fastrada tal vez brillara como el oro, pero su espíritu debía de ser
más duro que las ásperas piedras de su celda en Prüm. Probablemente, ni
siquiera una piedra arrojada contra su cabeza acabaría con su vida.
Arrodillado
junto a la pared de la capilla real durante la misa, el recién llegado escuchó
la plegaria final del sacerdote que, vuelto de espaldas al altar, rogaba «por
el rey Carlos, por sus hijos Pipino y Carlos, por Pipino, rey de los normandos,
y por Luis, rey de Aquitania, por la reina Fastrada…».
El
nombre del jorobado precedía, pues, al de la reina en el orden de la familia.
Pipino había llegado a la edad adulta sin más título que un nombre murmurado en
las plegarias. El muchacho no tenía la fuerza necesaria para arrojar una piedra
a la cabeza de la orgullosa reina. En cambio, encontró amigos que le
aconsejaron, nuevos amigos que buscaban su compañía, que compartían el vino con
él y escuchaban cortésmente sus palabras como si hubiera recibido honores y
privilegios de su padre. Y todos ellos le advirtieron que no hiciera el menor
comentario desfavorable acerca de Fastrada.
—Hubo
un tal Hostlaico —le cuchichearon sus amigos— que declaró que Kriemhilda, la
reina borgoñona, no tenía más ansias de contemplar la muerte sangrienta de
hombres valerosos que Fastrada, que había matado a los nobles turingios con su
lengua viperina. El comentario de Hostlaico llegó a conocimiento de Fastrada
gracias a sus mujeres espías; muy pronto, la reina dio muestras de una gran
consideración hacia el citado Hostlaico, hasta el punto de obsequiarle con unos
pasteles preparados por sus damas. Cuando el hombre cayó enfermo, Fastrada
expresó su gran pesar y le visitó en el lecho, prometiendo que enviaría a su
propio médico para atenderle. Pero, cuando se presentó, el citado médico sólo
pudo verificar que Hostlaico había entregado su vida sin recibir confesión ni
extremaunción. Mi señor, no digáis una sola palabra contra la reina.
Pipino
no sabía si sus amigos decían la verdad. Sus nuevos camaradas le condujeron
entonces a la mesa de un noble, que le cedió el asiento de honor. Las doncellas
de la casa escanciaron vino al jorobado antes que a nadie. A su alrededor y al
pie del estrado, estaban sentados hombres poderosos, camaradas turingios del
difunto Graf Hardrad y señores bávaros que habían servido a Tasilón. Todos
ellos brindaron por el jorobado como primogénito y heredero del rey. Si Dios
permitía que Carlomagno muriese en la marcha contra los ávaros, su hijo Pipino
debía, por derecho, gobernar el reino franco. Así se lo hicieron saber.
El
muchacho alentó la esperanza de que una piedra aplastaría finalmente a
Fastrada.
—En
las Sagradas Escrituras se cuenta cómo Abimelec, hijo de Gedeón y de una
concubina, mató con una piedra a su padre y a sus setenta hermanos —apuntó un
clérigo de Baviera.
—Cuánto
me aflige —añadió otro comensal— oír comentar en la corte que Himiltruda, la
noble madre de Vuestra Excelencia, era una simple concubina y no la esposa
legítima de vuestro padre.
Toda
la rabia de Pipino se concentró en Fastrada y su corte de mujeres, no contra su
padre.
—Mientras
el rey Carlos siga con vida —le aseguraron—, Fastrada continuará actuando sin
clemencia.
—A
la muerte de Gedeón, Abimelec reinó con gran esplendor.
El
banquete y la conversación dejaron una huella en la mente del jorobado. Habría
sido mejor para él haberse quedado en los huertos de Prüm. Se sentía un hombre
hecho y derecho, pero era un completo extraño en la corte de su padre. El otro
enano, Einhardo, contaba con la estima del rey por su cháchara. Carlomagno
estaba absorbido por la tarea de reunir fuerzas para atacar a los ávaros.
Alcuino, que a veces se sentaba a charlar amablemente con el jorobado, había
terminado un gran misal para el rey, con una caligrafía clara y elegante. Tan
satisfecho quedó el monarca, que concedió a Alcuino permiso para visitar su
tierra natal de Britania.
Los
nuevos amigos de Pipino rondaban en torno a él, en abierta conspiración. Como
contraseña para reconocerse, llevaban pequeñas piedras en la mano.
Todos
ellos trataban con deferencia a Pipino el Jorobado, y le enseñaron a evitar la
inquina de Fastrada fingiendo estar enfermo. Recluido a solas en una hostería
junto al río, el muchacho pudo escapar a la vigilancia de la reina y recibir
allí la visita de sus camaradas, que le llevaban regios presentes y la promesa
de que la dignidad real sería suya, pues el rey se disponía a partir hacia
Ratisbona para reunir allí la hueste armada del reino franco y, si se
aventuraba en tierras ávaras, todo podía suceder. Incluso su muerte.
Pero
Fastrada, añadían los amigos del muchacho, se quedaría, sin duda, como había
hecho en Eresburgo durante la campaña sajona, y su crueldad y su orgullo
acabarían por encolerizar a muchos nobles valerosos. Entonces, éstos se
levantarían contra ella y Pipino podría reclamar el trono, pues era el más
valioso de los hijos del rey.
A
Pipino le agradó ver a todos aquellos señores, a quienes no conocía, hincados
de rodillas junto a su lecho. Desde hacía muchos años, el joven no era objeto
de tantas atenciones.
«Con
el mejor de los ánimos, el rey llevó a cabo sus mayores preparativos para
marchar contra los ávaros», escribiría Einhardo.
Trece
años más tarde, Carlomagno volvía a intentar lo que no había conseguido en
España: conducir un ejército cristiano a tierras lejanas contra unos peligrosos
paganos. En Ratisbona, proclamó que había decidido «visitar a los hunos para
exigirles cuentas de sus fechorías contra la Santa Iglesia y contra el pueblo
cristiano».
Los
francos tenían por hunos a aquellos desconocidos nómadas porque habían surgido
del misterioso Oriente y se habían instalado más allá del Danubio, sobre las
ruinas de los dominios de Atila. Además, aquellos jinetes robustos, de baja
estatura, rostros anchos con pómulos prominentes y largos cabellos recogidos en
trenzas detrás de las orejas, parecían llevar en sus venas la misma sangre que
las disgregadas tribus hunas. Los ávaros se habían abierto paso por las rutas
de hierba de las estepas, expulsando a los demás pueblos que encontraban, hasta
instalarse con sus rebaños en la llanura húngara, donde los misioneros
cristianos jamás habían puesto el pie.
En
aquellas tierras inexploradas, el khagan gobernaba una ciudad oculta en los
bosques. Arno de Salzburgo explicó que esta ciudad recibía el nombre de Ring,
pues estaba rodeada por un círculo de túmulos de tierra donde los paganos
enterraban a sus muertos, y que nadie entendía la lengua de aquellas gentes.
(En efecto, los ávaros fueron el primero de los pueblos nómadas a caballo de
origen turco-mongol en llegar a Europa).
Keroldo
y sus hombres, por su parte, habían oído muchos rumores sobre aquel Ring.
—Es
tan extenso —relataban— como las tierras que van de Tours al lago de Constanza.
Alta en su muralla, de troncos de roble y tejo: siete codos mide de altura, y
otros tantos de ancho. Es una barrera firme, reforzada con piedras y adobe. En
su interior, el pueblo tiene sus viviendas, tan juntas que un hombre a la
puerta de su casa puede hablar con el de la casa de al lado. Así, cuando las
trompetas del khagan suenan en su inmenso palacio de troncos, la llamada puede
oírse a veinte leguas en todo el Ring y todos los hombres gritan de una casa a
otra: «¡A las armas!».
Aunque
ni uno solo de los francos había visto el Ring todos se hacían una idea muy
precisa de cómo era. Sobre todo, habían oído la historia de su tesoro. Mucho
tiempo atrás, los godos habían saqueado Lombardía y los vándalos habían
descubierto las riquezas ocultas de Roma, pero ambos pueblos habían seguido su
camino bastante pronto. En cambio, los ávaros llevaban más de dos siglos
haciendo incursiones en todas las fronteras cristianas para saquear de objetos
preciosos las iglesias, habían impuesto tributo a los emperadores de
Constantinopla y habían obtenido buenos ingresos por exigir el rescate de sus
numerosos cautivos.
Después
de tantos años, aquel tesoro ávaro debía ser mayor incluso que el de los
nibelungos, protegido por las estratagemas de las doncellas del Rin. De hecho,
cuanto más hablaban del asunto los hombres, más se confundía el oro de los
ávaros con el tesoro de los nibelungos.
Carlomagno
no desautorizó tales rumores sobre el tesoro y pronto apareció una multitud de
señores sin fortuna, espadachines y campesinos lanceros dispuesta a seguirle a
tierras ávaras en busca del tesoro. Sin embargo, salvo los bávaros montañeses,
el rey sólo convocó bajo su estandarte a las huestes a caballo, pues los
campesinos no podrían enfrentarse a los ávaros, que avanzaban como una nube de
tormenta a lomos de sus monturas, infatigables y feroces.
La
convocatoria real llegó muy lejos, hasta el propio Luis y sus vasallos de
Aquitania. Pronto tendría Carlomagno ocasión de lamentarlo. Duran te todo aquel
verano, sus grupos de guerreros recorrieron los caminos hacia Ratisbona, junto
a las fuentes del Danubio. El monarca decidió lanzar, como había hecho en
Baviera, tres ejércitos de gran fuerza contra los jinetes ocultos. Primero, los
lombardos y los francos de Italia emprendieron la marcha hacia el Danubio a
través de los pasos de los Alpes de Carintia, bajo el mando del conde Erico y
el rey Pipino.
Carlomagno
condujo a sus renanos Danubio abajo, por la orilla derecha. Por la izquierda,
el joven conde Thierry y Maganfredo, el chambelán, encabezaban las tropas
sajonas, turingias y frisonas. Por el propio río viajaron Geroldo y los
bávaros, embarcados en una flotilla de pequeñas lanchas cargadas de
provisiones. Esta triple columna se detuvo durante tres días en la confluencia
del Inn y el Danubio para cantar letanías y rogar la ayuda divina «para
preservar al ejército y castigar a los ávaros».
A
continuación, iniciaron el descenso del caudaloso río, que serpenteaba entre
bosques cerrados hasta los amplios valles de los ávaros. Aunque no encontraron
caminos, los francos prosiguieron su avance por las orillas mientras la
flotilla de Geroldo descendía bajo su protección. A su paso encontraron
pequeñas aldeas donde sólo quedaban perros y algún que otro vagabundo.
Carlomagno y los suyos apresuraron la marcha río abajo, quemando poblados y
dando muerte a cuantos hombres descubrían en la espesura.
Todo
el ganado y los caballos parecían haber huido de los pastos de las montañas.
Después de las lluvias de otoño, llegaron a una red de caminos, pero no
encontraron ningún otro rastro de los jinetes paganos. Carlomagno evocó la
travesía del paso de Roncesvalles, aparentemente desierto, y las palabras de
Guillermo de Toulouse considerando un mal presagio aquella ausencia absoluta de
gente y de animales.
Cuando
llegaron por el río a los lindes del bosque de Viena, los exploradores
escucharon el sonido de unos cuernos. Delante de ellos, unos hombres avanzaban
por la espesura, dando voces. Eran los lombardos de Erico y el rey Pipino.
La
columna de éstos recibió a la hueste del rey con recelos. Allí habían
encontrado barreras de troncos caídos y trincheras en lo alto de taludes de
arcilla resbaladiza. El lugar olía a orina de ganado; los ávaros habían
esperado allí para plantar resistencia, pero finalmente habían optado por
escapar hacia el este con sus rebaños.
Los
francos continuaron Danubio abajo, arrasando los poblados desiertos, y dejaron
atrás un gran lago, con barcas vacías de hombres. Llegó el frío de octubre,
pero los ávaros continuaron fuera de su alcance.
Carlomagno
acampó finalmente junto al río Raab, entre densas nieblas. Los lombardos habían
librado un combate y habían tomado cautivos y cierto botín. La suerte parecía
favorecerles, pues en el campamento de los francos se propagó una epidemia
entre los caballos (tal vez envenenados por los nativos). Cada día morían más
monturas de guerra, hasta que sólo quedó viva una décima parte de las que
traían.
Con
la llegada del invierno y la caballería diezmada, Carlomagno dio la orden de
regresar y dividió el ejército en dos partes: una de ellas volvería por el sur
y la otra lo haría por el norte, a través de Bohemia. Los hombres regresaron
sanos y salvos, dicen los anales, «agradeciendo a Dios tan gran victoria».
No
hubo tal victoria. La horda pagana había escapado con sus animales a las
llanuras orientales donde estaba el Ring, todavía oculto y con sus tesoros aún
intactos: Carlomagno necesitaba aquel oro.
Una
cosa sí había hecho: había penetrado en tierras ávaras sin encontrar
resistencia. Su ejército cristiano había disipado el viejo temor a los paganos
y había puesto fin a la leyenda sobre su poder.
«Con
mis saludos y mi —amor escribió a Fastrada desde la ruta—. A Dios gracias,
estoy sano y salvo. Y tengo buenas noticias de mi hijo Pipino, que ha tomado
botín y cautivos a los hunos, quienes huyeron aterrados ante su presencia.
Ahora celebramos una solemne oración para dar gracias por haber regresado
incólumes. Nuestros sacerdotes nos piden que ayunemos en esta ocasión,
absteniéndonos de vino y de carne. Todos entregamos limosnas, en sueldos de
plata o en monedas de menos ley, cada cual según sus posibilidades. Cada
sacerdote ha cantado cincuenta salmos, si conocía suficientemente su salterio.
Después, todos ellos han salido en procesión, descalzos.
»Ahora,
deseo que consultes con los clérigos de la ciudad para que hagan lo mismo. Pero
cuida, te lo ruego, de no hacer más de lo que te permiten tus escasas fuerzas.
Me preocupa no haber recibido ninguna carta tuya. Por favor, hazme saber cómo
te encuentras y todo cuanto desees contarme».
El
franco aún sentía afecto, si no amor, por su reina renana. De sus palabras, se
deduce que carecía de noticias de su palacio de Ratisbona. Su carta deja
constancia de que, en su retirada por la antigua calzada fronteriza romana,
llevaba consigo muchos enfermos. Habiendo perdido los caballos, sus hombres se
vieron obligados a transportar sus bagajes a la espalda y a abrirse paso a pie
por los valles sumidos en el invierno. Entre aquellos bagajes, el botín que
llevaban era escaso.
Durante
la marcha no llovió ni nevó, y los animales del bosque también emigraban hacia
lejanas fuentes de agua. La sequía se prolongó y el humo de los incendios
forestales envolvía su avance. De noche, las llamas eran visibles en las
alturas bajo las que acampaban.
Fastrada
le recibió a las puertas de Ratisbona sin muestras de alegría, diciendo que la
llegada de su hijo jorobado a la corte había sido un mal presagio. El tullido
se comportaba como un troll, un gnomo de los bosques, ocultándose junto al río
y tratando con merodeadores nocturnos. Y los bávaros, medio paganos aún,
sacrificaban esclavos para rociar de sangre humana sus secos campos de cebada y
de trigo.
Entonces
recibió Carlomagno la noticia de que, durante su ausencia en tierras ávaras, se
había producido un desastre en los Pirineos. Luis, su estudioso y enfermizo
hijo, se presentó ante él con los nobles de Aquitania. Todos ellos habían
marchado hacia el este a las órdenes del rey y éste, cuando ya no había
precisado más de sus fuerzas, les había dado instrucciones de esperar en
Ratisbona hasta su regreso. Carlomagno tuvo que oír de sus labios la carnicería
y el saqueo sufridos en el sur de Aquitania.
En
la Marca de los Pirineos, la tregua firmada por diez años con Abderramán había
expirado; el gran emir de Córdoba había muerto y su sucesor había convocado a
las huestes mahometanas a la guerra santa. Cuando Carlomagno desapareció hacia
el este, los musulmanes irrumpieron a través de los Pirineos y llegaron hasta
Narbona saqueando iglesias y haciendo esclavos a los campesinos.
Frente
a Narbona, el fornido Guillermo de Toulouse plantó resistencia con ancianos,
muchachos y campesinos armados con hoces, pero tales combatientes a pie no
pudieron oponerse a la caballería mora. Luego, Guillermo conservó la muralla de
Narbona durante un tiempo, pero otra vez fueron diezmados sus seguidores y la
ciudad fue saqueada. Por tercera vez opuso resistencia el aquitano, ante las
puertas de Carcasona, y en esta ocasión, gracias a su valor, consiguió dar
muerte a los comandantes musulmanes y rechazar a los invasores. Sin embargo,
Aquitania lloraba a sus muertos mientras su ejército permanecía ocioso en
Ratisbona por órdenes del rey.
Carlomagno
aceptó la responsabilidad de aquel nuevo desastre.
—La
culpa es mía, y a nadie más hay que echársela —declaró, y permitió a los
aquitanos regresar a toda prisa a su asolada frontera.
Su
insensatez había arrojado por tierra el trabajo de Guillermo, que había
mantenido la frontera en la vertiente española de la barrera de los Pirineos y
ahora se veía obligado a retirarse hasta el Garona y hasta su propia ciudad de
Toulouse. Carlomagno elogió el valor de aquel hombre, que había rechazado una
invasión con sus solas fuerzas.
Pero
hizo otra cosa más. Cuando aquella noche, al acostarse, se despojó de la espada
de empuñadura de oro, tomó la decisión de no volver a empuñarla nunca para
dirigir sus ejércitos. Ya que miles de cristianos habían muerto por aquel error
suyo, en adelante sólo daría el mando de las tropas a sus maestros en el arte
de la guerra, el valiente Guillermo, el buen Geroldo y el sagaz Erico.
Aquella
noche permaneció despierto hasta muy tarde, a la luz de la vela, pasando las
páginas del misal de Alcuino y siguiendo las palabras de la plegaria con el
dedo. En aquel momento echaba de menos al dulce Alcuino, quien seguía en la
lejana Britania.
La
noche del aviso, Carlomagno estaba despierto, esperando en la cama a que sonara
la campana que le llamaría a laudes. En mitad del invierno, la oscuridad se
prolongaba hasta la segunda hora del día. Su reloj de arena no podía decirle
cuántas horas habían transcurrido, cuando escuchó un alboroto y unas risas
femeninas en la antecámara. Acudió a la cortina y encontró un corro de damas de
Fastrada, a medio vestir y despeinadas, empujando la puerta exterior de los
aposentos.
—¿Qué
andáis buscando? —les preguntó. (Al menos, eso le contaron luego las damas a su
reina).
Las
mujeres se llevaron los pliegues de sus faldas a la boca para sofocar las risas
y exclamaron que un hombre desnudo, lleno de rasguños, presa de una gran
agitación y profiriendo desvaríos, intentaba forzar su entrada en los aposentos
reales.
—¿Qué
desvaríos son ésos?
—Dice
que solicita ser conducido a vuestra real presencia. Pero sólo va cubierto con
un blusón y unos calzones y está tiritando de frío de pies a cabeza…
—Dejadle
entrar y retiraos.
Recordando
que también él iba en ropa interior, el rey franco volvió a su lecho, junto a
la vela aún encendida, y recibió allí a un hombre obeso y tonsurado, vestido
como habían dicho las mujeres, jadeante y temblando de frío. Postrándose de
rodillas ante el monarca, el desconocido exclamó:
—En
todas las puertas han intentado impedirme llegar hasta vuestra caritativa
presencia, mi señor. Primero los centinelas…
—Bien
—le interrumpió Carlomagno—, ahora que estás aquí, toma un poco de vino y
explícate.
El
tembloroso desconocido asintió y, hablando con el acento de los lombardos, se
presentó como Fardulfo, un pobre diácono de la iglesia de San Pedro en aquella
ciudad de Ratisbona. El hombre declaró a continuación que había acudido al
altar para encender los candelabros para el servicio religioso matinal cuando,
en la oscuridad, había oído junto al propio altar las voces de unos hombres
armados que hablaban en voz baja de matar al rey cuando acudiera, como tenía
por costumbre, a realizar sus primeras plegarias del día. Los conspiradores
fingirían una pelea entre borrachos y la muerte parecería un accidente.
Fardulfo
se había enterado de sus planes porque aquellos hombres armados estaban
repasando cómo actuaría cada cual en la falsa pelea. El diácono se había
escondido detrás del altar, pero los conspiradores le habían descubierto, le
habían quitado la ropa y le habían hecho jurar que se quedaría quieto y callado
donde estaba. Sin embargo, mientras permanecía inmovilizado, temblando de miedo
y de frío, el diácono Fardulfo había llegado a la conclusión de que aquellos
hombres le sacrificarían como a un cerdo tan pronto como el rey hubiera muerto.
Así pues, había logrado escabullirse por el otro extremo del altar antes de que
los conspiradores se apostaran a la puerta. Y había reconocido algunas de las
voces.
De
inmediato, Carlomagno envió a su guardia palaciega a rodear la iglesia, mandó
despertar a Maganfredo y Audulfo y ordenó que, al amanecer, las calles fueran
ocupadas por tropas francas de confianza.
Cuando
los conspiradores fueron sorprendidos en Ratisbona, salió a la luz toda su
trama. Los traidores tenían intención de matar al joven Luis junto con su
padre, mientras que otros grupos armados atacarían a sus otros hijos. A
continuación, se proponían proclamar a Pipino el Jorobado como primogénito del
monarca y auténtico heredero de su trono. A Carlomagno le llevó semanas apresar
a todos los involucrados en la trama, desde Eresburgo a Pavía.
Luego,
en una asamblea de sus nobles vasallos celebrada en la propia ciudad, los
conspiradores fueron juzgados y condenados a muerte. Carlomagno, al término del
juicio, sólo mostró clemencia con Pipino, su hijo, a quien envió bajo custodia
«por una breve temporada» a su antigua celda de Prüm. Allí pasaría el jorobado
el resto de sus días, a solas, trabajando en los huertos con la única compañía
de sus fantasías.
Algunos
de los acusados demostraron su inocencia por voluntad divina, después de
someterse a una ordalía. A otros pocos, Carlomagno les perdonó, enviándoles al
exilio. Todos los demás murieron por la espada o en la horca, o fueron
condenados a la ceguera.
Aunque
Fastrada no pudo asistir a las sesiones del juicio, demostró un gran interés
por conocer los detalles de la muerte de los desleales vasallos y recordó al
rey cómo había intuido que aquel monstruoso Pipino, engendro de una concubina,
iba a traer el mal al palacio. Carlomagno nunca pudo resolver la duda de hasta
qué punto había estado su esposa al corriente de la conjura, pues Fastrada era
ambiciosa y sus jóvenes hijas no iban a heredar, en ningún caso, parte alguna
del creciente poder del reino franco.
Cuando
llegó el momento de recompensar al hombre que le había salvado, Fardulfo el
lombardo, Carlomagno acudió a la iglesia de San Pedro para contemplar el altar
donde se había ocultado el diácono. El altar lucía sus candelabros de costumbre
y sobre el mantel había un espléndido cáliz. Al verlo, el rey tuvo el impulso
de regalárselo a Fardulfo, donando a la iglesia otro vaso sagrado de su
propiedad para sustituirlo. Sin embargo, cuando tomó el cáliz en sus manos para
admirarlo, advirtió una inscripción bajo las figuras, magníficamente talladas:
Tassilo Dux Fortis. Aquel cáliz, superior a todos los que poseía Carlomagno,
había sido donado por el «valiente duque Tasilón». Volviendo a dejarlo en el
altar con gesto sombrío, decidió revolver en el arcón donde Maganfredo guardaba
los brazaletes de oro y piezas semejantes y regaló un puñado de ellas a
Fardulfo. Sin embargo, en adelante protegería al fiel diácono y, años más
tarde, le nombraría abad de Saint-Denis. Carlomagno no olvidó nunca el leal
servicio prestado por un extranjero.
Por
aquel entonces, pareció que los malos augurios de Fastrada iban a extenderse a
todo el reino franco. En la primavera siguiente, las semillas plantadas en la
tierra reseca y quemada por el sol no llegaron a germinar y el hambre empezó a
extenderse por las fronteras meridionales hasta penetrar en tierras borgoñonas.
El rey requirió a sus abades y condes para que mandaran grano al sur en
carretas de bueyes, con fuerte escolta. En la frontera beneventina había
estallado un nuevo conflicto.
Sobre
este año de 792, y sobre la creciente ola de dificultades, los anales reales
explican: «Los sajones pusieron al descubierto lo que habían ocultado durante
largo tiempo en sus corazones. Igual que los perros vuelven a su vómito, así
regresaron ellos al paganismo que habían escupido de su interior. De nuevo,
abandonaron el cristianismo, traicionando a Dios y al rey y señor que tanto les
había beneficiado. Se unieron a los paganos de otras tierras y se entregaron
por completo a la adoración de los ídolos, quemaron las iglesias y capturaron o
mataron a los sacerdotes».
Más
allá del Elba, los eslavos se alzaron en armas y, en la costa, los frisones
organizaron una revuelta.
El
arnulfingo pensó que el Señor, como a Job, había mandado todas aquellas
tribulaciones sobre su tierra. Entonces, se dedicó a combatir con todas sus
fuerzas la hambruna y el creciente malestar que se extendía por el reino.
Cuando sus abadías y plazas fuertes no tuvieron más grano que enviar a las
zonas afectadas, ordenó a sus dignatarios que entregaran sus monedas de plata
hasta la siguiente cosecha y marcó un precio fijo para el pan. Advirtiendo su
carencia de vías de transporte, aceleró la construcción de puentes de madera
sobre los ríos e incluso empezó a tender uno sobre el Rin, en la encrucijada de
Maguncia.
En
sus travesías fluviales, había advertido la escasa distancia que existía entre
las cabeceras del Rin y del Danubio en sus nuevas tierras altas. Por ello,
ordenó a los campesinos de la zona que excavaran un canal para conectar los dos
grandes cursos de agua. Al mismo tiempo, no dejó de importunar a Alcuino con
incesantes recados para que volviese. Sin su mentor, Carlomagno se sentía
ineficaz en sus esfuerzos, y Fastrada no podía ayudarle a combatir la hambruna
como había hecho Hildegarda.
Al
comprobar que Alcuino ponía reparos a abandonar su patria, Carlomagno insistió
hasta convencerle y le dotó con la abadía de San Martín, en Tours, en cuyo
scriptorium se estaban copiando los mejores libros. El abad, le escribió el
monarca, necesitaba de Alcuino tanto como su afligido rey David.
—Un
amigo como él —explicó el dulce celta a los suyos— no debe ser rechazado por
alguien como yo.
Incluso
en su amada York, Alcuino había echado de menos las alegres veladas de la
Academia franca, donde la observación de los astros se endulzaba con unos
tragos de buen vino. «Aquí, el vino de las barricas se ha agotado y sólo llena
nuestros estómagos la espuma de nuestra amarga cerveza —escribió a la corte
renana—. Así pues, bebed a nuestra salud y alegrad vuestras veladas. Pero por
todas mis enfermedades, buenos médicos, hacednos llegar un par de tragos de
vuestro vino, delicado y transparente. ¡Hacednos llegar uno, por lo menos!».
Cuando
la figura alta y encorvada de Alcuino apareció en el salón de Worms, Carlomagno
ordenó una noche de celebración. El rey David había recuperado a su amigo
perdido y ya no necesitaría seguir dictando sus consultas a los escribanos.
El
maestro Alcuino llevó consigo, como regalo al rey, una serie de libros poco
comunes y una copia de un mapa del mundo, así como la amistad del rey Offa. El
erudito celta, un hombre muy sagaz, tenía la impresión de que el creciente
poder del franco ayudaría a proteger y enriquecer al pobre y necesitado reino
de Mercia y se asió a tal esperanza con todas sus fuerzas al llegar a sus oídos
la noticia de la devastación producida por los normandos, que habían llegado
por mar para destruir la apacible Lindisfarne, con su iglesia y su monasterio.
—Jamás,
desde que habitamos en Britania, hemos padecido tal terror ante una raza
pagana. Nunca pensamos que llegaría a producirse tal invasión de naves.
¡Imaginad…, imaginad tan sólo la iglesia del santo Cutberto embadurnada con la
sangre de sus sacerdotes! Imaginad ese lugar sagrado, devastado por los
paganos.
En
sus lamentaciones por el monasterio perdido, Alcuino clamó contra los pecados
de los príncipes britanos.
—Sus
fornicaciones, adulterios e incestos llenaban la tierra. ¡Reflexionad sobre si
tales malas conductas no nos han traído esta desgracia sin precedentes!
Abrumado
por sus propias tribulaciones, Carlomagno se preguntó también si tales pecados
no habían provocado el castigo del cielo. Alcuino, en su dolor, estaba
convencido de ello y reconocía las señales que habían anunciado el desastre,
como la lluvia de sangre que había caído del techo de la iglesia de San Pedro,
en York. El esplendor extravagante de la indumentaria de los nobles y sus
lujosos peinados eran una burla a Dios.
—Caminan
tambaleándose bajo el peso de sus estrafalarias vestiduras mientras otros
perecen de frío. ¡Los hombres acaudalados, envueltos en púrpura, se dedican a
toda suerte de placeres y a los banquetes mientras, a su puerta, los Lázaros se
mueren de hambre!
Carlomagno
escuchaba con humildad la inspirada elocuencia de su maestro. Su mente poco
instruida no podía seguir del todo la rápida exposición de hechos de Alcuino;
sólo alcanzaba a ver con cierta claridad las tareas que había que realizar para
hacer frente a las penurias: la construcción de puentes, el acopio de animales
de tiro para arrastrar las carretas, el reparto de las provisiones acaparadas…,
mientras que Alcuino veía en él un poderoso defensor de los cristianos, el
único que podía socorrer las iglesias de Britania.
El
franco no pensó en la cantidad de yuntas de bueyes que había necesitado para
arrastrar los trineos que traían las columnas de mármol de Rávena a través de
los Alpes para la construcción de su nueva iglesia en Aquis Granum. Ni tuvo en
cuenta que Maganfredo sacrificaba cada día muchas vacas y corderos para
proporcionar cuatro platos de carne a la muchedumbre que habitaba en palacio.
El monarca había tomado la firme resolución de erigir la gran iglesia y, por
otra parte, no podía negar el sustento a la multitud de peregrinos y vagabundos
que se apiñaba dentro de las murallas de la ciudad.
No
obstante, Carlomagno se preguntó si no habría algún signo claro mediante el
cual Dios le mostrase su aprobación o expresase su cólera. Alcuino sabría
decírselo.
—Has
hablado de las señales de la cólera de Dios en Britania —le dijo, pues—.
¿Cuáles son, entonces, los signos de su amorosa aprobación?
El
celta movió la cabeza suavemente:
—No
pueden mencionarse, pero sabrás reconocerlos.
—
¿Cómo?
—Hubo
un hombre que quiso descubrir la presencia de Dios en la tierra que le rodeaba.
Buscó y buscó y sólo vio el agua de los mares, la profundidad de los abismos,
los animales que corren a cuatro patas, las aves que pueblan los cielos y las
innumerables criaturas que se arrastran por el suelo. Al no encontrar ninguna
señal de Dios, gritó a los seres que le rodeaban: «¡Decidme algo de Dios!». Y
todos ellos le respondieron a la vez: «¡El nos ha creado!».
La
hambruna se extendió desde el sur hasta los valles y bosques septentrionales.
Carlomagno la combatió mediante edictos y con su ejemplo. Cuando multitud de
familias empezó a abandonar sus aldeas para buscar refugio en las villas del
rey, éste ordenó que se las alimentara con caza y queso de las despensas. El
monarca cabalgaba entre las gentes, expresando a grandes voces su seguridad en
que el Señor no dejaría morir de hambre a su pueblo. Exaltado e insomne, les
gritaba:
—Pensad
que el Señor, que os ha creado, nos mandará alimento en las alas de los
cuervos, igual que hizo con Elías.
Parecía
como si el Maligno se hubiera instalado en el reino franco. Bandas armadas
asaltaban las haciendas para llevarse las provisiones y Carlomagno publicó un
edicto sin precedentes por el cual no podían portarse armas, las cuales debían
ser entregadas a sus funcionarios para que las guardaran en los arsenales. Al
mismo tiempo, el edicto prohibía sacar armas de las fronteras del reino para
ser vendidas a pueblos extranjeros o paganos.
Sus
tierras fronterizas volvían a registrar tumultos. El monarca hizo una llamada a
sus guardianes para que incrementaran sus esfuerzos y tomó en consideración
cada zona fronteriza —la Marca Hispánica, la Bretona, la Danesa, el Elba y la
gran Marca del Este— como si fuera un país autónomo. Carlomagno ya no volvió a
aventurarse más allá, sino que envió las levas armadas a los guardianes de las
Marcas —Guillermo, Audulfo, Geroldo y Erico del Friuli—, a quienes consideraba
ahora más capaces que él para la defensa de las fronteras del reino.
En
sus elogios a estos hombres, el rey se refirió ante sus vasallos a la figura de
Eishere (que jamás existió en realidad).
—
¿Por qué he de ir a someter paganos cuando tengo a nobles como Eishere que lo
pueden hacer en mi nombre?
La
circunstancia de que nadie hubiera conocido en persona al tal Eishere no
afectaba al renombre de dicho héroe, a quien se refería incluso el propio
monarca. Eishere, se decía, no sólo cruzaba a nado ríos de aguas bravas, sino
que había abierto un canal entre el hielo de los torrentes de montaña. Aquel
héroe constituía por sí solo todo un ejército; un ejército terrible. «Eishere
abate bohemios, eslavos y ávaros como si segara el heno; los ensarta en su
espada como aves en el espetón del asador. ¡Y cómo se enfrentó a los winidas!
¡Ay, todos vosotros, holgazanes que os quedáis en vuestras casas, deberíais
oírle hablar de los winidas! Cuando regresaba de dar muerte a siete u ocho de
ellos con su espada, proclamó: “Cansado estoy de sus gritos cuando les doy muerte.
¿Por qué me han tenido que molestar con tales renacuajos? Mi señor rey y yo no
deberíamos haber sido requeridos a malgastar nuestras fuerzas combatiendo
contra tales gusanos”».
Para
enfrentarse a los sajones, el monarca envió a su hijo Carlos al frente de las
tropas, acompañado de varios comandantes de gran experiencia, con la orden de
«apresar a las familias principales, en mayor número que antes, como garantía
de paz».
Los
ávaros volvieron a ocupar el asolado valle del Danubio al tiempo que,
precavidos, mandaban enviados para descubrir qué estaban haciendo los francos y
qué planes tenía en mente el notable rey cristiano. Aquellos pueblos ávaros
habían vivido demasiado tiempo en la opulencia, gracias a los saqueos, y habían
perdido su ferocidad. Carlomagno agasajó a los enviados y llenó sus brazos con
regalos del oro que le quedaba. Les dio de beber en abundancia, les bautizó y,
finalmente, les despidió con nuevos honores que les dejaron impresionados. Con
esto, creó en el seno de la nobleza ávara una célula favorable al poderoso rey
cristiano que, como sucediera con los bávaros, se convertiría con el tiempo en
una facción partidaria de Carlomagno.
—Un
día, estos pueblos se acogerán a la gracia de Dios —profetizó el franco, y
encargó la misión de convertirlos a su viejo antagonista Arno, el águila de
Salzburgo.
Alcuino,
impaciente, escribió a Arno: «Si la gracia de Dios ha de extenderse a su reino,
¿quién osará negarles la predicación que ha de salvarles?».
Con
todo, Carlomagno decidió también reforzar las tropas de Geroldo, guardián de la
frontera, e iniciar el tendido de puentes firmes sobre el curso superior del
Danubio con objeto de abrir una nueva ruta a territorio ávaro para sus jinetes.
Durante
aquellos años de crisis, sus missi dominici cabalgaron sin darse descanso a sí
mismos ni a sus caballos. Por una vez, los enviados del rey no tenían más
objetivo que hacer cumplir la voluntad del monarca. Contrariarla significaba la
muerte.
—¡Obedeced!
—ordenaban a los abades dedicados a la caza del zorro y a los dignatarios
amantes de las borracheras—. ¡Apartaos de vuestras maldades y despojaos de
vuestros ricos atavíos! ¿Cómo podéis daros banquetes cuando el hambre espera a
vuestras puertas?
Cuando
aquellos mensajeros reales encontraban a algún noble vestido con la elegante y
novedosa capa corta de vistosas rayas, copiada de los vascos, repetían lo que
Carlomagno había dicho de ellas:
—¿De
qué sirven esas pequeñas capas? No podéis cubriros con ellas para dormir, ni
protegeros del viento y de la lluvia cuando montáis a caballo.
El
monarca siempre cabalgaba envuelto en su manto de lana azul descolorida,
seguido de una escolta armada entre la que viajaban sus hijas, cuyas voces de
jóvenes valquirias se alzaban en torno a él durante el canto de las vísperas.
Con el corazón encogido de desesperación, Carlomagno recorría un país
torturado. Sin embargo, su animosa presencia daba renovadas fuerzas a sus
fatigadas gentes, a quienes repetía que su tierra sería bendecida por el Señor
cuando terminara aquella época de tribulaciones. En Aquis Granum, el valle
seguía verde y las cosechas iban creciendo gracias a los manantiales. «He aquí
una señal de la amorosa bondad divina», añadía al mencionarlo.
Ante
las paredes de la catedral en construcción, Carlomagno declaró que el recinto
sagrado no sería dedicado a san Martín, patrón de los francos, ni a san
Arnulfo, el antepasado de su familia, sino a la muy misericordiosa madre de
Dios. El y su pueblo terminarían de erigir aquella iglesia a la Virgen María,
en acción de gracias.
Así
como su presencia proporcionaba seguridad, sus detallados planes para un mañana
mejor extendían el convencimiento de que tal día llegaría. Los seres humanos se
agarran a cualquier esperanza, por irracional que sea, y, en aquellos tiempos
de aflicción, Carlomagno se convirtió en la personificación de tales
esperanzas. El futuro de su pueblo estaba en sus manos y el monarca no se
dejaba vencer por ningún obstáculo, porque sentía que había recaído sobre sus
hombros una gran responsabilidad.
Carlomagno
había cambiado bastante en comparación con el hombre que encabezó la
demostración de fuerza a través de las desiertas tierras ávaras. Ahora,
sabiéndose carente de la capacidad de un gran monarca, se limitaba a
interpretar el papel de tal. Esto produjo cierto efecto en él. Por primera vez,
se dio cuenta de que al rey le correspondía permanecer en el centro de las
cosas. Instalado en la confluencia de las vías de comunicación existentes,
podía mantenerse en contacto con todas sus fronteras y enviar a sus
funcionarios a solucionar los problemas de las regiones lejanas, mientras que
en sus años mozos sólo había pensado en viajar a tales regiones personalmente.
Así, para conseguir la victoria en Lombardía, había provocado el fracaso en
Sajonia; y con su ausencia en tierras ávaras, había perdido la frontera de los
Pirineos.
Tales
reflexiones tuvieron consecuencias inmediatas en el testarudo franco, aunque no
las que podían esperarse. Tan pronto como hubo intuido las ventajas de un
gobierno personal centralizado, decidió llevarlo a cabo desde una única ciudad.
El también tendría, se dijo, una Roma en tierras francas.
Este
centro geográfico de sus dominios podría haber sido la Ciudad de Plata
(Estrasburgo) o incluso Ginebra, pero Carlomagno se decidió por la aún
inexistente Aquis Granum. Quizá le atraían sus aguas termales y sus cotos de
caza, o tal vez era reacio a residir lejos de su tierra natal en los valles
entre el Rin y el Mosa. Fuera cual fuese la razón, dejó patente su
determinación de convertir Aquis Granum en su capital, haciendo de ella una
ciudad que se conocería por el nombre, más popular, de Aix o Aachen, Aquisgrán
en español.
Para
adornar la nueva ciudad, solicitó permiso a Adriano para traer de Rávena la
enorme estatua de Teodorico el Grande. Los anales reales de 794 dicen: «El rey
regresó al palacio que es llamado de Aquis y allí celebró la Natividad del
Señor, y la Pascua».
También
se relata en ellos que la reina Fastrada murió ese año y que recibió sepultura
con honor en San Albano, en Maguncia. Carlomagno no enterró en San Arnulfó, al
lado de Hildegarda, a la mujer que había causado tantos conflictos. Su epitafio
fue escrito por un nuevo amigo del rey, Teodulfo el godo, y sólo contenía unas
frías palabras de alabanza. Ante la pérdida de la reina conspiradora, los
vasallos de las tierras francas sólo sintieron alivio.
Carlomagno
no volvió a permitir que otra persona ejerciera excesiva influencia sobre él.
Tomó en matrimonio a Liutgarda, una mujer ingenua y confiada no mayor que
Rotruda. La muchacha, que quizá fuera ya su amante, fue educada con esmero por
Angilberto en los deberes de la realeza y aprendió a leer con soltura. Tenía un
carácter dulce y gozó del aprecio de Alcuino, que veía en ella a «una mujer
dedicada a Dios».
Quizás
el rey evocaba en Liutgarda la imagen de la dócil Hildegarda, la muchacha que a
sus trece años le había robado el corazón en la feria de Aquisgrán, pues la
tímida personalidad de su nueva esposa se había formado en la misma tierra
natal que Carlomagno y, por aquella época, el monarca parecía atraído
instintivamente por cuanto evocara los primeros años de su vida.
Durante
esos años caóticos entre 792 y 795, el arnulfingo luchó con todas sus fuerzas,
no para conquistar nuevos dominios, sino para preservar su reino franco
original, su herencia y su responsabilidad. Ignorando las peticiones de «los
extranjeros», volvió a la compañía de sus señores francos. La propia Aquisgrán
se alzó recluida en un valle lleno de recuerdos de los bardos cantores, de sus
aldeas ancestrales y de sus cacerías. Carlomagno dio gracias de poder preservar
su reino, pero no iba a tener ocasión de disfrutar de él, pues había puesto en
movimiento unas fuerzas que le obligarían a abandonar de nuevo su santuario
entre el Rin y el Mosa.
Primero,
los guardianes de las Marcas restauraron una cierta paz en las fronteras,
impidiendo que los sajones pudieran unirse a los ávaros. Luego, de las tierras
de éstos llegaron unas noticias tan sorprendentes que casi parecieron
milagrosas.
Pipino
y sus guerreros lombardos habían vuelto a abrirse paso combatiendo hasta el
Danubio. La hueste bávara cruzó los nuevos puentes para unirse a ellos. Los
príncipes ávaros que les opusieron resistencia fueron barridos y los nómadas se
disgregaron en facciones, dando muerte a su khagan. Arno de Salzburgo se puso
al frente de sus sacerdotes, jurando hacer lo que los primeros apóstoles,
«enseñar al que no sabe, antes de convertirle». Feroces tribus de serbios y
croatas acosaron a los debilitados ávaros. En medio de este desmoronamiento,
Erico de Friuli había conducido a su hueste armada más allá del Theiss, donde
Carlomagno no había conseguido llegar, hasta las alturas al oriente de la
llanura húngara.
Un
caudillo eslavo había mostrado a Erico el camino hasta el oculto Ring y el
vasallo del franco había irrumpido en los terraplenes y las barreras de
troncos, y había capturado el tesoro de los ávaros.
Las
noticias añadían que Erico venía hacia Aquisgrán con el tesoro en quince
carretas, tiradas cada una por cuatro bueyes, para presentárselo a Carlomagno
junto con la sumisión de los ávaros.
Ningún
otro anuncio podría haber conmovido más los centros de la Cristiandad. Alcuino,
rebosante de alegría, elogió a Erico «por su brazo valiente contra los enemigos
del nombre del Señor». Con todo, a Alcuino le parecía como si el triunfo
hubiera sido conseguido merced a la sabiduría y la fuerza de su rey David:
«Jesucristo, sin duda, ha puesto bajo los pies de tus soldados a los pueblos
hunos, temidos desde antiguo por su ferocidad y su arrojo».
Teodulfo,
el poeta godo, escribió exultante: «Este huno de cabello en trenzas ha venido a
Cristo. Y un hombre que tan feroz fuera, es ahora sumiso en la fe».
Arno,
el intrépido, envió sus misiones «en torno al lago Balatón, más allá del río
Raab, e incluso hasta el Drave en la confluencia con el Danubio».
Los
creyentes vieron la mano del Señor en la humillación causada a aquellos
peligrosísimos paganos.
Así,
Carlomagno se encontró vitoreado como vencedor en la única guerra que no había
dirigido, y reconocido como creador del «ejército cristiano» que no había
conseguido formar en tantos años.
Más
aún, el tesoro ávaro superó en riqueza todas las expectativas. Einhardo, el
diligente enano, expresó su asombro: «Nunca en la memoria de los francos había
llegado a sus manos tal botín de dinero y objetos preciosos. Tantos fueron el
oro y la plata que se encontraron en el palacio del khagan y se arrebataron en
los campos de batalla, que esos hunos debían de haberlos acumulado a lo largo
de muchos años».
La
suposición es acertada. Igual que los hunos de Atila, los nómadas del Este
habían acumulado sus tesoros: finos ornamentos de iglesia y barras de oro
producto de los saqueos, oro pagado en rescates y los objetos más ricos
obtenidos en sobornos a lo largo de dos siglos. De los carros de Erico salieron
piezas de cristal y oro, armas con incrustaciones de piedras preciosas,
esmeraldas talladas, zafiros, coronas y cetros olvidados y colgaduras de puro
paño de oro.
El
tesoro ofrecía piezas artísticas nunca contempladas hasta entonces por
Carlomagno, sus orfebres o sus metalúrgicos de Aquisgrán. La originalidad y la
perfecta ejecución de aquellos objetos orientales cautivaron la atención de
Carlomagno y animaron a algunos de sus artesanos a copiarlas, si podían. Allí,
de un solo golpe, había obtenido una magnífica decoración para su nueva
catedral.
El
monarca repartió con generosidad la mayor parte del tesoro, como no había hecho
en tiempos de Fastrada. Recompensó a los seguidores de Erico y a todos los que
habían mostrado fidelidad, llenó de nuevo las arcas vacías de sus iglesias y
adornó los altares desde Ratisbona a Toulouse e incluso, para alborozo de
Alcuino, mandó una parte al otro lado del canal, a las catedrales de Britania.
El rey Offa recibió una espada enjoyada, con la amistad de Carlomagno.
A
esta abundancia imperial, Liutgarda añadió sus dones. En Aquilea, en el lejano
mar oriental, el obispo Paulino supo, por una carta de Alcuino, que «mi hija,
la reina, una mujer devota, ha despachado dos brazaletes de oro para vos,
pidiendo vuestras plegarias por ella».
A
Adriano, su crítico y abogado en San Pedro, Carlomagno reservó presentes
adecuados a su rango. Entonces recibió la noticia de que el anciano Papa había
muerto. Carlomagno lloró su pérdida y mandó su sentido pésame por la muerte de
«su dulce compadre» al Pontífice sucesor de Adriano.
Pese
a sus diferencias, el brillante Adriano y el testarudo franco se habían apoyado
mutuamente durante su insólita relación. Sin el viejo Papa, Roma iba a
convertirse en un lugar muy distinto.
Por
la misma época, Carlomagno se quedó sin la compañía de Alcuino, pues el maestro
de los francos, acusando los años, ya no podía soportar la incesante actividad
y jolgorio de la corte. Cuando pidió permiso para retirarse a su nueva abadía
de San Martín, en Tours, el rey se lo concedió, sabiendo que aún podría
mantener contacto por carta con él.
Alojado
en su palacio de Aquisgrán a medio terminar, paseando por el patio sin empedrar
que conducía a la puerta lateral de su iglesia de Santa María, Carlomagno
encontraba multitudes esperando verle pasar. Cuando salía al pequeño balcón,
gentes de todas las tierras distantes se arremolinaban debajo, presentándole
peticiones.
Aquéllos
eran sus nuevos súbditos, el pueblo cristiano. Pero ¿qué era, en realidad,
Carlomagno?
Tras
profundas reflexiones, pues la carta muestra lo meditado de cada palabra,
escribió al nuevo Papa: «Hice un pacto de copaternidad con vuestro bendito
predecesor […]. Es nuestro deber, con la ayuda de Dios, defender con las armas
a la Iglesia de Cristo de las invasiones de los paganos y de los saqueos de los
infieles, y fortalecerla interiormente, mediante nuestro reconocimiento de la
fe católica. A vos corresponde, Santísimo Padre, ayudar a los esfuerzos de
nuestros ejércitos alzando las manos en oración como hiciera Moisés, para que
[…] el pueblo cristiano obtenga siempre y en todas partes la victoria sobre los
enemigos del santo nombre de Dios». Lo que expresaba Carlomagno en la carta era
una gran responsabilidad. No invocaba ninguna autoridad regia ni ningún poder
imperial, sino que exponía una tarea que se debía realizar. Apuntaba a la
creación de un nuevo régimen en el occidente europeo, que daría cumplimiento a
la profecía de Agustín sobre el advenimiento de la ciudad de Dios.
Convertir
en realidad aquella visión era una tarea muy difícil. Para llevarla a cabo, el
bárbaro franco se puso a trabajar con toda su infatigable energía.
Capítulo
8
La
corona imperial
Al
principio, Carlomagno comprobó que no tenía ninguna colaboración de sus
clérigos. Y sin el esfuerzo de sus sacerdotes no podría influir en los
numerosos pueblos bajo su trono.
Los
antepasados de los francos habían sido hábiles con el hacha. Sus hachas de
amplio filo eran buenos instrumentos para arrojarlos contra el enemigo o para
abrirse paso en el bosque. Como sus parientes, los daneses y los noruegos,
aquellos francos pioneros podían convertir una franja de bosque en un campo
cultivable y construir una casa con un respiradero de humos en el techo y un
suelo de tierra apisonada entre el deshielo de primavera y las heladas de
otoño.
Naturalmente,
buscaban las tierras ricas de las orillas de los ríos, junto a las vías de agua
fácilmente navegables, que les proporcionaban pescado que secar y salar para el
invierno. Con las hachas y scramasax, armaban esquifes y pequeños botes de
mimbre y cuero con bastante rapidez. De las ruinas romanas obtenían ladrillos,
rejas de hierro y, posiblemente, algunas cañerías de plomo. El hombre libre
compartía su casa con la vaca, los cerdos, el perro guardián o, si el hombre
era rico, el caballo. La esposa, si era mañosa, podía añadir colgaduras murales
y lienzos blancos a sus enseres de cocina, cacerolas y espetones, y a la mesa y
la cama construidas con sus propias manos. Un marido con dotes artísticas podía
tallar las patas de la cama o los respaldos de las sillas con diseños de
cruces, esvásticas o figuras de santos con un halo en torno a la cabeza.
Siendo
autosuficiente en todas estas cosas, el hombre libre prefería, normalmente, que
su casa de campo fuera independiente de las demás y contara con su propio río y
su bosque de robles; estaba dispuesto a caminar varias leguas hasta el pueblo
con su familia, para tomar unas cervezas en la feria o en la festividad del
santo, para comprarle a la mujer un broche para el manto o para llevarla a
recibir la comunión.
En
tiempos de Carlomagno, en cambio, este hombre libre franco estaba ya camino de
convertirse en campesino, más que en guerrero; en aldeano, más que en miembro
de un clan. Con todo, seguía manteniendo con terquedad su derecho a declarar en
los pleitos, a beber más de lo que aguantaba y a conservar su propiedad para
sus hijos. Para su espíritu independiente, la vida urbana parecía una cárcel
voluntaria; y, respecto a ser ciudadano de un Estado, no tenía la menor idea de
qué podía significar tal cosa. En cuanto al Imperio Romano, lo tenía por una
leyenda como las hazañas de Beovulfo, aunque el primero había dejado vestigios
como el derruido acueducto de la Colonia, del cual se podía acarrear buena
piedra de construcción para el nuevo monasterio de Fulda, tan querido a san
Bonifacio.
Para
los señores feudales, los campesinos y los siervos del nebuloso reino franco,
las iglesias y los monasterios se habían convertido en centros de difusión de
toda invención, toda ciencia y toda salvación. Aquellos lugares sagrados habían
reemplazado a la adoración a Odín —no por completo, sin embargo, y no en todas
partes— como puente a la vida tras la muerte que antiguamente había conducido
al Walhalla. Además, mientras que los representantes del rey en los pueblos
aplicaban las leyes para resolver los conflictos, los sacerdotes curaban las
enfermedades mediante el contacto con reliquias sagradas e infundían el alma a
los niños mediante el bautismo. La escuela parroquial incluso podía enseñar a
los hijos de los señores y a los hermanos legos a trabajar el metal —Einhardo
había aprendido aquel arte en Fulda—, a hacer vino, a escribir o a entonar el
padrenuestro. En la escuela arzobispal de las grandes ciudades como Frankfurt
(Frankonovurd), con más de mil habitantes, los estudiantes más brillantes podían
perfeccionar la lectura y aprender diversos modos de exorcizar los demonios.
Con
demasiada frecuencia, si una iglesia poseía una copia completa de las
Escrituras, cosa que rara vez sucedía, las preciosas páginas encuadernadas
estaban celosamente protegidas en cajas de fino cuero pintado o de madera
pulida con incrustaciones de piedras preciosas y se colocaban junto al altar
para ser veneradas por los fieles, pero nunca leídas. Cuando un sacerdote
tonsurado leía en voz alta un salmo, normalmente repetía lo que recordaba, más
que leer lo que veía en las letras apretadas que formaban las palabras. En
cuanto a los nobles legos, eran contados los que sabían escribir su nombre. El
propio Carlomagno firmaba con una gran cruz, a cuyos lados escribía las letras
K y R. Los héroes guerreros no precisaban educación y los agricultores
prósperos empleaban su tiempo libre en fabricar cerveza o contemplar las danzas
de las muchachas…
Más
adelante se verá que Carlomagno estaba fracasando en su esfuerzo por renovar la
mentalidad de su pueblo. Aparte de sus hijos, cada vez más numerosos —y que en
esa época incluían a las hijas de Fastrada, con sus cabellos pajizos, y a
Rotaida, que no tenía madre oficial—, y de algunos discípulos como Einhardo, la
escuela palatina y la Academia tenían pocos alumnos más a quienes enseñar los
misterios de Euclides y las artes curativas de Hipócrates. En el resto del
reino, sólo algunos pocos escogidos como Alcuino y Arno esparcían la luz y el
conocimiento por la pura fuerza de su personalidad. Carlomagno, sin embargo, se
negaba a reconocer el fracaso.
Como
no podía llegar hasta las multitudes que ahora se volvían a él, pidió que lo
hicieran sus iglesias: «Rezad, o renunciad a vuestras prebendas».
El
monje cronista de Saint-Gall, que no parecía muy amante de los obispos, contaba
de uno de ellos que vivía «con alfombras en el salón y colgaduras en las
paredes, un cojín sobre el asiento y unas ropas de preciosa seda púrpura en
torno al cuerpo, que comía los bocados más deliciosos que sus pasteleros y
confeccionadores de embutidos podían servirle en bandejas de oro». En una
ocasión, el muy religioso emperador Carlos ordenó a los obispos de todos sus
dominios que predicaran en la nave de sus catedrales antes de cierto día, o
serían privados de su dignidad episcopal. Pues bien, el mencionado obispo se
alarmó porque no tenía más instrucción que la glotonería y temía perder su vida
muelle.
»Así,
después de ser leída la enseñanza de aquella festividad, el obispo subió al
púlpito como si fuera a predicar un sermón a los fieles, que se arremolinaron
debajo para escucharle, asombrados ante tan insólito acontecimiento. Todos los
presentes se apretujaron bajo el púlpito, menos un pobre hombre, pelirrojo, que
llevaba la cabeza cubierta con un paño porque se avergonzaba del color de sus
cabellos. Entonces, el obispo le vio y dijo al ostiario: “Tráeme a ese patán
que se cubre la cabeza, ahí junto a la puerta de mi iglesia”. El ostiario
agarró al asustado palurdo y le condujo a rastras, pues el pobre hombre se
resistía, temiendo que el terrible obispo le infligiera algún grave castigo por
estar en la casa de Dios con la cabeza cubierta. Sin embargo, el obispo,
inclinado sobre la baranda de su atalaya, empezó a predicar como sigue, ora
dirigiéndose a su grey, ora gritando al pobre patán: ¡Tráele por aquí! ¡Qué no
resbale! ¡Quieras o no, palurdo, vas a venir! ¡Ahí, no; más cerca! Entonces, le
quitó el paño de la cabeza y exclamó, vuelto hacia los fieles: ¡Ved todos,
comprobadlo bien: El palurdo es pelirrojo! Tras decir esto, el obispo regresó
rápidamente al altar y celebró el oficio, o fingió hacerlo.
»Cuando
el emperador Carlos, que conocía la torpeza del obispo, supo que había hecho un
esfuerzo por decir algo para obedecer la orden, le permitió conservar su
obispado».
Forzado
por las circunstancias, el rey de los francos ideó algunos recursos ingeniosos
para aumentar los conocimientos. Cuando llegó el nuevo órgano de
Constantinopla, mandó desarmarlo y copiarlo, para que en sus grandes iglesias
«los fuelles de piel de buey soplaran a través de los tubos de cobre con el
rugido del trueno y el estrépito de los címbalos».
—Cantad
como es debido las palabras que glorifican al Señor —exigió al coro de palacio,
y cantó con ellos.
—Haced
que los Evangelios se copien con claridad, y que no lo hagan jóvenes
descuidados sino concienzudos hombres de edad —instó a los responsables de los
scriptoria monásticos. Las enormes y extensas Biblias quizá fueran escasas y
difíciles de encontrar, pero los Evangelios, y en especial las epístolas de
Pablo, el gran predicador, eran comprensibles para todos. En Tours, Alcuino
pasaba las noches trabajando con sus escritores para difundir los Evangelios
por las iglesias del reino.
Las
admoniciones de Carlomagno sonaban como el chasquido de un látigo contra la
molicie y el relajamiento en los monasterios y conventos. (¿Acaso él no tenía
las mismas inclinaciones?). Prohibió a abades y abadesas el uso de perros de
caza, halcones y juglares. Ninguna monja debía escribir o enviar cartas de
amor. Ningún monje debía faltar a su vocación por el sucio dinero.
El
franco reconocía que pecar era humano, pero mantenerse en el pecado era
diabólico. Sus creencias se ceñían a lo fundamental; no entendía el idealismo
de Platón ni las sutilezas de los filósofos.
—Predicad
cómo los impíos serán arrojados a las llamas por los demonios —bramaba a sus
clérigos—. Proclamad que los virtuosos vivirán para siempre con Cristo.
Pero
sus sacerdotes fracasaron. Por mucho que se esforzaran, sólo conseguían
balbucir jaculatorias, fragmentos de oraciones, torpes llamadas al
arrepentimiento. Muchos de sus clérigos eran hijos de señores legos que se
alimentaban de las iglesias, y su estrechez de ideas les impedía percatarse del
misterio de la vida y de la inmensidad del poder divino.
Cuando
se dio cuenta de ello, Carlomagno ordenó que se pintasen en los muros de todas
las iglesias representaciones de los sermones, mostrando a los ojos de todos
los fieles las lúgubres llamas rojas del infierno y los gozosos colores blancos
y dorados de la esfera del cielo. Y él mismo se dedicó a predicar.
Desplazándose a iglesias, mercados y ferias, explicó la Palabra de Dios, de
monarca a súbditos. «Creed y os salvaréis. La salvación no viene de las buenas
obras por sí solas, aunque éstas son meritorias, sino de la fe». Ningún
predicador viajero posterior a él divulgaría el Evangelio con más energía y
persuasión.
«Jesucristo,
nuestro Señor, reinará para siempre. Yo, Carlos, por la gracia y la bondad de
Dios rey de los francos y defensor de la Santa Iglesia, saludo y acojo en paz a
todas las órdenes de piedad eclesiástica o de poder secular, en el nombre de
Jesucristo, nuestro Señor eterno…».
A
gritos, infundiendo en los fieles miedo y anhelo, el rey predicó la salvación
por las tierras sumidas en la oscuridad.
Ésta
es la paradoja de Carlos, de Carlomagno. Por una parte, un hombre tosco a medio
enseñar, que tomaba mujeres desconocidas cuando sentía deseos hacia ellas, que
se saciaba de carne cuando se ponía el sol tras un día de ayuno, que engañaba a
sus amigos y encontraba el modo de someter a quien se le oponía. Aquél era el
Carlos cazador de jabalíes, el arnulfingo. Carlos Martel no tenía su fuerza;
Pipino el Breve carecía de su astucia.
Sin
embargo, aquel mismo hombre honraba a su padre y a su madre, jamás blasfemaba,
repartía sus posesiones, era el campeón de «los pobres del Señor» y se sentía
personalmente responsable de todos los seres humanos bajo su gobierno. Éste fue
el Carlomagno que entraría en la leyenda.
Este
dualismo procedía, al parecer, de una circunstancia muy sencilla. El poco
instruido monarca franco creía a pie juntillas en cada palabra de las Santas
Escrituras. Cuando leyó las primeras palabras de la epístola a los efesios
escrita por «Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios», se
convenció de que aquella misma voluntad divina le había hecho rey. Estando, por
tanto, a la cabeza de las iglesias del reino, se sentía impelido a predicar y,
como rey que era, a ser el primero de los predicadores. Él mismo lo dejó
expresado con toda claridad en el encabezamiento de los llamados Libros
Carolingios: «Habiendo recibido del Señor, en el seno de la Iglesia, el
gobierno de nuestro reino, debemos dedicarnos con todas nuestras fuerzas, y con
la ayuda de Dios, a defenderlo y hacerlo crecer para merecer ser llamado por el
Señor “un siervo bueno y fiel”».
No
era la mojigatería o el mero sentido de la responsabilidad lo que le hacía
decir una cosa semejante. Otros monarcas, fueran bárbaros como Teodorico, el
gran godo, o cultos como Marco Aurelio, también habían actuado movidos por
tales impulsos. Su propio hijo, Luis, sería conocido como «Luis el Pío»
(Ludovico Pío).
Carlomagno
era diferente a todos ellos. Él intentaba cumplir el mandato de la Biblia «con
todas nuestras fuerzas». Por encima de otras necesidades colocaba «recolectar
la cosecha de los campos del Señor».
En
sus intentos de conseguirlo, el monarca nacido campesino adquirió una
perspectiva del pueblo que le rodeaba concedida a pocos en épocas mucho menos
turbulentas. Alcanzó a ver la humanidad como un tocio y se vio a sí mismo como
un hombre entre otros muchos cuyas penalidades era su deber aliviar.
Desde
nuestra distancia en el tiempo y nuestra mejor perspectiva, nos damos cuenta de
que se empeñaba en una tarea imposible. Sin embargo, en su cabeza no lo era, si
Cristo le ayudaba. Sólo era preciso encontrar la manera práctica de llevarla a
cabo.
Igual
que en su juventud, cuando estaba preocupado, saltaba a la silla de su caballo,
ahora se dedicó a visitar sus iglesias, a escuchar el sonido de los nuevos
órganos y las plegarias de voces recién educadas, con banquetes hasta avanzada
la noche y rezos al romper el alba… Una manera de evangelizar que dejaba
agotado a Alcuino, quien se refería con añoranza al gran bien que hacían los
escritos, sobre todo los de almas cultivadas como las de Agustín y Jerónimo.
—
¡Que yo no tenga doce clérigos tan instruidos y sabios como ellos! —se quejaba
Carlomagno al oírle. (Así nos ha llegado la anécdota).
—
¡Dios nuestro Señor, que creó el cielo y la tierra —respondía Alcuino,
escandalizado—, se contenta con tener sólo dos de tales hombres… y vos queréis
tener una docena!
Por
esa época, el rey estaba muy satisfecho porque un tudun ávaro, un príncipe
nómada, se presentó a mostrar sumisión al victorioso cristiano y recibir el
bautismo, que los ávaros sabían que acompañaba al acatamiento. Carlomagno
asintió al bautismo y actuó como padrino. (En aquel tiempo, tal padrinazgo
espiritual conllevaba mucha más responsabilidad que hoy). También recompensó
con su largueza al nuevo converso ávaro, con riquezas procedentes del propio
tesoro ávaro.
No
obstante, para entonces, Alcuino empezó a tener reparos sobre el método de
conversiones en masa de paganos que empleaba Carlomagno por la fuerza, aunque
nunca puso en duda el derecho del rey de someter a los no creyentes mediante la
guerra.
Sólo
a Carlomagno correspondía interpelarse sobre tal derecho, y lo hizo con gran
detenimiento. Según la ley canónica, la que él pretendía implantar, era pecado
hacer la guerra para obtener territorios o incrementar el propio poder. La
bendición de Jesucristo llegaba con la paz, no con el combate. ¿Quién podía
imaginar siquiera a Cristo regresando a la Tierra en plena carnicería de un
campo de batalla?
Impulsado
por tal creencia, o bien por su instinto de estratega, Carlomagno siempre había
conducido su hueste armada no a la guerra, sino a evitar la batalla si ello era
posible. Frente a los lombardos cristianos había tenido la justificación de que
iba en ayuda del vicario apostólico de San Pedro; contra los devotos bávaros,
había conseguido de Adriano el decreto de que cometerían pecado si se le
oponían. Incluso en la pagana Hispania y en las tierras ávaras, se las ingenió
para evitar las batallas convencionales. (Roncesvalles, el Süntal y Narbona
tuvieron lugar lejos de su presencia, aunque aceptara la responsabilidad de lo
sucedido). Tanto Einhardo como el monje de Saint-Gall mencionan que sus
imponentes cabalgadas para someter a los diversos pueblos se desarrollaron «sin
derramamiento de sangre, o casi sin él».
Muchos
comentaristas, entre ellos Napoleón Bonaparte, han adjudicado al arnulfingo un
genio militar que nunca tuvo. Lo que sí mostró fue una consumada habilidad para
conseguir sus objetivos sin combatir. En relación con lo habitual en su época,
Carlomagno actuó siempre dentro de sus prerrogativas.
Sin
embargo, contra los sajones, dio rienda suelta a la brutalidad. Su estrategia
persuasiva no había tenido ningún efecto sobre el pueblo del Irminsul.
Los
reparos de Alcuino estaban motivados no por las campañas de su rey, sino por
sus esfuerzos misioneros. El anciano maestro supo resolver el misterio de la
resistencia sajona. La tenaz oposición de aquellos pueblos estaba causada por
los sacerdotes que acompañaban a los soldados y que bautizaban en los ríos a
unas gentes ignorantes, exigiéndoles de inmediato una conducta cristiana y el
pago de diezmos a la Iglesia, bajo la amenaza de la condenación. Todo aquello
sólo impulsaba a los sajones a volverse a sus tradicionales dioses de los
bosques, invisibles e inocuos. Y si aquellos pueblos persistían en tal culto,
¿qué podía esperarse de los ávaros?
Presa
de una intensa inquietud, escribió a su estimado Arno, cabeza de la misión
entre los ávaros: «Predicad ahora la rectitud y la honradez, más que exigir
diezmos. Es preciso infundir un nuevo espíritu en las gentes, alimentándole con
la leche de la bondad apostólica hasta que haya crecido lo suficiente como para
tomar alimentos sólidos. El tributo del diezmo, según me cuentan, está
trastornando la fe de los sajones. Es mejor perder los diezmos que la fe. ¿Por
qué hemos de someter a unos hombres ignorantes a un yugo que nosotros y
nuestros hermanos no podríamos soportar?».
Pero
una cosa era escribir tales cosas al experimentado «águila de Salzburgo» y otra
muy distinta amonestar al tozudo Carlomagno. Con todo, Alcuino lo intentó a
través de Maganfredo, con palabras punzantes: Que los clérigos de Sajonia
prestaran atención a cómo exigían el dinero; que no fueran tan estrictos en
reclamar los diezmos, castigar los delitos o exigir de los ignorantes sajones
lo que éstos no podían llevar a cabo. «En resumen, mi señor, que aprendan de
los apóstoles a ser divulgadores de la Palabra, no ladrones».
El
recado no produjo el menor resultado y Alcuino se atrevió a reconvenir al
propio rey. Prudentemente, inició su petición describiendo la alegría que se
produciría el día del Juicio si multitudes de sajones seguían al «felicísimo
monarca» hacia el trono de Cristo (una astuta apelación al corazón de un
evangelista). Sin embargo, continuó Alcuino, pese a los esfuerzos y a la
dedicación del rey, la elección de los sajones no parecía haberse decantado,
hasta el momento, por el Dios verdadero. Así, pues, le instaba a «proporcionar
a esos pueblos conquistados nuevos maestros que les amamanten con leche, como a
niños de pecho. Los diezmos pueden ser provechosos, pero es mejor quedarse sin
ellos que sin la fe de las almas. Recordad la enseñanza de san Agustín: Primero,
instruye al hombre y tráele a la fe; entonces, y sólo entonces, bautízale».
Carlomagno
continuó haciendo las cosas a su modo en Sajonia, sin prestar la menor atención
a las palabras de Alcuino. Lamentándose, el celta escribió a Amo: « ¿Qué se
consigue con un bautismo si no hay fe? A un hombre se le puede forzar al
bautismo, pero no se le puede obligar a creer».
Sin
embargo, después de veinticuatro años de lucha, Carlomagno estaba decidido a
imponer la fe a los sajones por la fuerza. Su ceñuda tenacidad igualaba la
voluntad de resistencia de aquel pueblo. El franco se enfurecía con la
«infidelidad de los sajones», cuando éstos luchaban por la independencia. En el
momento en que empezaba a contemplar la idea de una comunidad cristiana, los
sajones habían abandonado la fe; en el momento en que, como ahora, pretendía
reinstaurar la hegemonía que había ejercido su abuelo, Carlos Martel, sobre los
pueblos germánicos del Rin, en la propia orilla de éste los sajones volvían a
alzarse en armas contra él. En el corazón de sus dominios —tal como él los
entendía—, las tribus sajonas unían sus fuerzas a los paganos eslavos y ávaros.
A lo
largo de los años 794 a 798, inexorablemente, Carlomagno envió sus fuerzas de
nuevo a las ya familiares rutas de Sajonia, recuperando Paderborn e invernando
de nuevo junto al Weser, hasta que el ejército de su hijo Carlos alcanzó por
segunda vez la costa báltica.
Pero,
en esta ocasión, Carlomagno probó una nueva estrategia. Primero, tomó como
rehenes a un tercio de los hombres de las aldeas; después, empezó a desarraigar
de sus bosques a cientos de familias para volverlas a establecer en los valles
del Rin y del Loira. Habiendo fracasado en someter a los sajones, se dedicó a
trasladarlos. Siempre que tenía un fracaso, el infatigable arnulfingo se
enfrentaba a él y acababa arrancándole un éxito personal de algún tipo. Su río,
el «rápido y espumeante Rin», no había tenido nunca un puente que lo salvara y,
en opinión de sus gentes, todos los esfuerzos por tender uno serían inútiles.
La primera estructura que había mandado levantar en Maguncia había sido
arrastrada por las avenidas de agua, pero Carlomagno hizo hundir barcazas
cargadas de piedras río arriba, construyó nuevos pilares de madera, los ancló a
las orillas mediante obras de sillería y, por fin, el Rin tuvo su puente.
Los
francos no tenían conocimientos de arquitectura, pese a lo cual el monarca
entregó a uno de ellos, el maestro Odón, el plano de la iglesia de Justiniano
en Rávena, un templo octogonal y de reducidas dimensiones. El maestro Odón no
consiguió edificar otro San Vitale, pero la iglesia de la Virgen en Aquisgrán
fue completada y despertó la admiración de todos. Desde luego, no fue erigida
en una sola jornada a instancias de Carlomagno, como proclamaban sus guerreros
veteranos, pero la energía del arnulfingo logró que la obra fuera rematada, con
placas de oro y plata y notables pinturas en las paredes, en el plazo de cuatro
años, en lugar de en cuatro generaciones. Pronto, desde las marismas frisonas
hasta las capillas de la Provenza, corrió la noticia y acudió gente a admirar
aquel templo.
Tampoco
había en el reino franco nadie que tuviera la habilidad suficiente para tallar
o moldear una estatua, pero entre la iglesia de Santa María y el edificio de
palacio resplandeció pronto la brillante estatua de bronce de Teodorico a
caballo. El buen godo y su montura casi parecían estar vivos.
Desde
Aquisgrán, los misioneros continuaron avanzando, más allá del Elba y los
pueblos eslavos vecinos, hasta entrar en contacto con los salvajes sorbios
(serbios) y croatas.
En
la lejana Italia meridional, el joven Grimoaldo, el beneventino, se había
casado con una princesa bizantina y se había declarado por fin «lo que he sido
siempre, un hombre libre». Para corregir la situación, Carlomagno envió al
brillante Angilberto.
En
el oeste, los Pirineos habían pasado a manos de los musulmanes. Entonces el rey
decidió enviarle al valiente Guillermo de Toulouse un numeroso grupo de
austeros y endurecidos vasallos que ayudaron al aquitano a recuperar
pacientemente, mes a mes, las poblaciones fronterizas y los pasos de montaña.
Al
este, muy lejos, los paganos ávaros combatieron contra las misiones de Arno.
Erico de Friuli acudió a someterlos acompañado del tudun bautizado. Los
caudillos paganos resultaron muertos o emigraron a las estepas.
Así,
en todas las comunidades de Occidente, Carlomagno se había convertido en un
poder fáctico. Sus missi transmitían las palabras de apremio de su señor hasta
las iglesias de Istria, en la costa dálmata, y los «hombres de Carlos» se
reunían en los tempos con una nueva esperanza.
Sin
embargo, ¿qué era Carlomagno?
Los
paladines que trabajaban a su lado rara vez se hacían tal pregunta, pues no
tenían tiempo para pensar en otra cosa que en llevar a cabo la voluntad del
monarca. Arno, enfrascado en su labor evangelizadora entre los ávaros, tampoco
tenía un momento para preguntárselo.
Quien
sí tuvo ocasión de reflexionar sobre el asunto, en la calma de la clausura de
San Martín, fue Alcuino. El sabio anciano, nunca libre de enfermedades, notaba
ya próximo el final de sus días. Tours quedaba más allá de los territorios
francos ancestrales, cerca de la antigua Galia meridional, donde aún se
mantenían algunos recuerdos del Imperio Romano. Por otra parte, la mente
infatigable de Alcuino aún seguía de cerca, gracias a sus cartas, los cambios
de personalidades y los acontecimientos que se producían a lo largo y ancho de
aquellos dominios que aún carecían de identidad. Si bien ya no era el mentor de
Carlomagno, aún actuaba como ministro oficioso de éste.
Aunque
seguía haciendo gala de su sentido del humor, el britano estaba cambiando de
opinión en algunos temas conforme se acercaba el momento de rendir cuentas de
sus pecados. Nadie había citado los versos de Virgilio con más asiduidad que
él, pero ahora censuraba la lectura de tal «poesía pagana». Le divirtió pensar
cuánto disgustaría a Angilberto, a quien encantaban las funciones teatrales, la
reciente prohibición de las pantomimas en la corte. Sin embargo, Agustín había
sido muy tajante al afirmar que el teatro era una invención del Diablo.
A
Alcuino le molestaba que Carlomagno no prestara ninguna atención a las
necesidades de los reyes anglosajones. «Un pueblo descreído», fue el comentario
del franco ante la noticia de que los habitantes de Northumbria habían matado a
su monarca. Por su parte, Carlomagno se dedicaba cada vez más a reforzar las
iglesias de sus territorios. Para entonces, se refería a sí mismo simplemente
como «rey de los francos», sin añadir ya lo de «rey de los lombardos y patricio
de Roma», pues, ciertamente, su hijo Pipino era el rey nominal de los
lombardos, aunque fuera su padre quien gobernara a través de los missi
dominici. El anciano maestro de York se preguntaba qué sería de las naciones de
Occidente si Carlomagno moría. Y, sobre todo, ¿qué sería del vicario de san Pedro,
en Roma?
Entre
su constante correspondencia, mientras descansaba su dolorida cabeza en la
quietud de la noche, Alcuino le daba vueltas a aquel interrogante: Carlomagno
había alcanzado un poder superior al de cualquier rey del Occidente, pero no
tenía ningún título que reflejara tal poder. Su personalidad había rebosado los
límites del primitivo dominio de los francos, pero ¿qué era ahora?
Un
emperador, sin duda. En efecto, si lograba añadir a sus dominios la Britania y
aquella otra isla del mar Interior, la Sicilia, pasaría a gobernar más tierras
que cualquier emperador romano de Occidente. Era cierto que Hispania seguía
fuera de la influencia cristiana, pero aquella tierra pagana aún podía ser
sometida. César Augusto era señor de muchos menos territorios el día de su
coronación.
Alcuino
reflexionaba de este modo sobre el Imperium de la antigua Roma porque en
Occidente no se había conocido otro. Además, en el Este, precisamente por esa
época, era una mujer, Irene, quien ocupaba el trono de los emperadores
orientales de Constantinopla, los simbólicos sucesores de los césares romanos.
Irene había pecado al dejar ciego a su propio hijo, Constantino, para conservar
el poder en sus manos como portadora de la púrpura.
Con
todo, Alcuino sabía que su rey David no tenía tales sueños imperiales. El
bárbaro franco se consideraba ungido rey, como David, por voluntad divina y
creía a pie juntillas en Agustín, quien había profetizado que la ciudad mística
de Dios seguiría a la caída de la Roma terrenal. Y era muy difícil, si no
imposible, contradecir a Carlomagno cuando estaba convencido de algo.
Aunque
comprendía que era preciso resolver el interrogante, Alcuino no logró dar con
la respuesta y planteó la cuestión, por escrito, a un reducido número de amigos
de confianza. Al único que no pudo recurrir en aquella búsqueda de respuesta
fue a Carlomagno.
Otra
tarea desafiaba por entonces al monarca. Éste había ordenado la construcción de
un canal a través del alto valle bávaro que separaba las cabeceras del Danubio
y del Rin, pero las obras no avanzaban.
«El
rey ponía su sello en cada obra, donde quiera que estuviese», escribiría
Einhardo, el enano. Así pues, se embarcó río arriba, remontando el Altmühl
hasta donde pudieron llevarle los esquifes, para llegar al esquivo valle.
Transcurría entonces el Brachmanoth, el mes de iniciar las excavaciones
(junio), y el franco lo consideró un buen presagio.
Su
cortejo avanzó entre campos inundados por el deshielo, cazando jabalíes en la
espesura y celebrando banquetes bajo los pabellones. El concienzudo Maganfredo
llevaba los documentos de la corte y el severo Audulfo, el senescal, se ocupaba
del transporte de las provisiones que complementaban la carne de los cerdos
salvajes. Liutgarda, la joven y frágil reina, se tomaba a la ligera las lluvias
y comentaba que el sol bendecía a todos aquellos que acudían a las montañas.
Las hijas del rey añadían sus voces a la alegría general mientras su padre
cabalgaba valle arriba para encontrar y expulsar al diablo que ponía trabas a
la excavación del canal.
Las
hijas de Fastrada se quedaron en la Ciudad de los Francos (Frankfurt), pero la
traviesa Rotaida siguió a todas partes a la joven y esbelta Delia, tratando de
hacer lo mismo que las chicas mayores.
En
el cortejo había más niños. Berta, una mujer madura con veinte años cumplidos,
llevaba con ella a los dos hijos tenidos de Angilberto. Rotruda, tan poco
casada como su hermana, tenía también un pequeño.
Ni
de palabra ni de gesto mostró el rey desprecio alguno por esos nietos
bastardos, sino que contempló con afecto a sus hijas dándoles el pecho. Los
pequeños lloraban a pleno pulmón cuando tenían hambre. A la hora de la cena,
sus hijas se vestían de satén azul y le escanciaban el vino. Gracias a Dios, su
familia crecía.
Einhardo
dijo de las muchachas: «Tanto disfrutaba el rey con su compañía, que no
soportaba estar separado de ellas».
La
fiesta del Brachmanoth se celebraba a pleno mediodía; las muchachas de más edad
se engalanaron con coronas de flores en los brazos y en los hombros y llevaron
a su padre fuentes de fresas, peras, cerezas y uvas tempranas, pero a la
pequeña Rotaida no le dieron nada que llevar. La niña tenía una corona de
flores en su rincón y allí fingió bailar cuando las arpas y los címbalos
empezaron a sonar.
En
plena celebración, sólo un hombre se percató de los furtivos pasos de baile que
ensayaba la solitaria Rotaida. Era Teodulfo, el gran poeta, un elocuente
sacerdote de las montañas hispanas tostado por el sol que había llegado de la
asolada Narbona, fugitivo con una hija pequeña y nada más a su nombre, y que se
hacía llamar «el godo». Un gran poeta, sí, pero más torvo que el virtuoso Sturm
cuando se encolerizaba, y más rápido en el beber que los recios Grafs
turingios. Alcuino le apodó «el Pontífice de la Parra» y Carlomagno le dio
refugio, deberes y poemas que hacer.
Aquel
voluntarioso sacerdote hispano cantaba sus poemas; así había recitado el
Salmista el Cantar de los Cantares; así daban gracias por su felicidad los
peregrinos que poblaban los caminos. Sólo Ercambaldo, el secretario de
Carlomagno, y el adusto Einhardo, el enano, escribían sus historias sobre el
pergamino en esmerada prosa. Teodulfo dejaba oír su voz sobre la corte después
de saciarse de buena carne y de fuerte vino… y ay del noble que estuviera
demasiado borracho como para prestarle atención, pues el godo dirigía entonces
las pullas de su canción contra el durmiente hasta que todos se echaban a reír
y el hombre, despertando, abandonaba el salón tambaleándose.
Teodulfo
había captado la ironía de los poetas árabes de Córdoba y había apreciado el
ingenio de Ovidio. «Escuchad a los pájaros —decía a los señores del reino
franco—. Oíd cómo los cuervos ahogan la melodía con su algarabía de graznidos;
advertid cómo la urraca se siente ufana porque imita una voz humana; observad
cómo el inflado pavo real emite sus chillidos cuando intenta hablar.
Escuchadlos, y os oiréis a vosotros mismos».
A
aquellos que se mostraban demasiado ufanos por haber realizado una
peregrinación para expiar sus pecados, les apuntaba: «No llegaréis al cielo
caminando».
Mientras
observaba a Rotaida bailando sola, el tempestuoso godo se dio cuenta de cómo
los niños tenían que soportar las penas en silencio y de cómo el rey franco,
tan generoso en su clemencia, podía ser muy cruel cuando olvidaba ésta. Con su
dominio sobre quienes le rodeaban, tan pronto les daba alegrías como les
agraviaba. Con todo, su manera de ser le llevaba siempre a dominar. ¿Era, pues,
digno de gobernar a tan grande multitud?
El
godo no se dejaba engañar. Había tenido por hermanos a los proscritos, su
refectorio había sido la cuneta del camino y sus himnarios, los lamentos de los
desesperados. El godo, más que cualquiera del círculo de Carlomagno —más
incluso que el sagaz y rápido Angilberto—, tenía imaginación.
Bajo
el dosel del rey, un discípulo celta de Alcuino llamado Fredugis instruía a los
estudiantes sobre los números mágicos y el significado de los eclipses de sol y
de luna. Todas las muchachas estaban allí, calladas al menos, si no
interesadas. La pequeña Rotaida entró tras ellas, acomodándose donde una cuerda
sostenía el ángulo del pabellón real. El maestro escocés, al verla, le hizo un
gesto para que se marchara. Entonces, el godo lanzó un rugido de cólera:
—
¡Escocés borracho! ¡No impidas a los niños acudir a la instrucción!
—La
chiquilla me incomoda y no puedo sino aburrirla con mis lecciones.
—Entonces,
ocúpate de complacerla. ¿Acaso impartes enseñanzas por el placer de oírte, o
más bien para que los demás entiendan lo que dices?
El
maestro llegado de Britania no supo qué responder, pero, en adelante, se
abstuvo de rechazar la presencia de los niños. Y cuando ellos invitaban al godo
a hacerse amigo de Fredugis, él les contestaba:
—
¡Seré amigo de un escocés cuando una perra amamante a un conejo!
Mientras
tanto, a pesar de las exhortaciones de Carlomagno, la zanja del canal en aquel
valle, de dos mil pasos de largo por cien de ancho, no podía hacerse más
profunda. El agua se filtraba y convertía la obra en un lodazal. El margen de
la zanja se desmoronaba y los hombres quedaban atrapados en el fango de aquel
lugar que llamaban el Ried.
Miles
de picos y palas trabajaron para abrirlo, y el rey ordenó que se levantaran
presas y se cerraran canales, pero, noche tras noche, el lodazal se adueñaba de
nuevo del fondo del valle. Además, durante las horas de oscuridad, de aquella
tierra maldita surgían gemidos y jadeos inhumanos, acompañados de un hedor
pestilente. Los compañeros de rancho de Keroldo afirmaban que unos enemigos
abominables se habían apostado en el Ried para maquinar contra el rey
cristiano. Al oírles, Keroldo exclamó, quejándose de su cháchara:
—
¿Vosotros, que apenas sois capaces de matar una mosca, decís haber visto
enemigos apostados allí? ¡Ahora oiréis el testimonio de lo que yo he visto! No
era ningún enemigo, sino el propio Diablo, que combatía allí con nuestro muy
glorioso rey, al borde del maldito lodazal cuando la noche era más cerrada.
Nuestro rey sólo iba armado con la espada, pues había dejado el puñal y la
lanza en la tienda. Entonces, sacando su espada del mejor hierro, alzó la
empuñadura con la cruz y el diablo empezó a gemir y jadear, como bien oísteis.
En aquel punto, nuestro muy creyente rey descargó el filo de la espada en el
vientre del Archienemigo al tiempo que invocaba al valiente arcángel Miguel. Lo
que ahora oléis y escucháis son los restos del propio Diablo deslizándose y
retorciéndose en esa ciénaga.
A
los comensales les pareció que Keroldo, en aquella ocasión, decía la verdad.
Pues el hediondo lodazal derrotó los esfuerzos de todos los demás hombres.
Las
lluvias produjeron inundaciones que se llevaron las presas de contención.
Carlomagno se dio cuenta de que con su presencia no había conseguido nada. En
un acceso de furia ciega, echó a andar hacia la colina donde había estado la
presa. En momentos así, nadie de su corte se aventuraba a seguirle. Aquella
vez, sólo la pequeña Rotaida, de siete años, fue tras él movida por algún
impulso. Y Teodulfo, el godo, salió tras ella porque sabía que el rey deseaba
estar a solas con su cólera.
El
godo les observó bajo la lluvia barrida por el viento: Carlomagno, sentado en
un peñasco con la cabeza entre las manos, y la chiquilla, acercándose a él. El
rey no se percató de su presencia hasta que ella se remangó la falda y se puso
a dar unos pasos de danza sin música delante de él, avanzando y retrocediendo.
Teodulfo no se acercó más. Al ver a la niña, Carlomagno la subió sobre sus
rodillas y echó el borde del manto por encima de su cabeza para protegerla de
la lluvia. Cuando lo hizo, vio al díscolo godo.
—Teodulfo
—le confió—, ahora siento vergüenza. En esta hora terrible, la pequeña Rotaida
me trae el consuelo de su encantadora danza.
Cuando
regresó a la tienda, el rey dio orden de emprender el regreso hacia el río al
día siguiente, pues las lluvias ponían fin a los trabajos en el canal.
El
valle del Ried no terminó de excavarse nunca y, años después, el proyecto del
canal quedó abandonado. El analista de Salzburgo escribió: «Era un esfuerzo
inútil. Ningún cálculo ni previsión puede triunfar frente a la voluntad del
Señor».
En
cambio, se oyó a Teodulfo proclamar:
—¡Bendito
sea Dios, que me ha concedido, indigno como soy, un señor como Carlos!
Y
Carlomagno concedió a aquel hombre sin pelos en la lengua el obispado de
Orleans. Allí, Teodulfo asombró a sus fieles con la creación de escuelas en los
pueblos «para aprender canto y escritura».
Otro
asunto más importante que el canal del Ried derrotó también a Carlomagno.
Durante aquella época de tensiones, había intentado limitar su responsabilidad
a las tierras francas tradicionales, con su centro en Aquisgrán. Sin embargo,
descubrió que no podía. Ahora, demasiada gente apelaba a él. Podría haber
rechazado tales apelaciones, pero no era propio de su carácter hacerlo.
Para
llevar a cabo su nueva obligación como procurador general, se vio obligado a
desplazarse nuevamente de Aquisgrán. Con el fin de restaurar el orden en
Sajonia, se trasladó con la corte a la región del Weser, abrogando los castigos
más severos de su odiada Capitular a los Sajones y supervisando el traslado de
los aldeanos; después, para gran intranquilidad de Alcuino, prosiguió la marcha
hacia las colonias establecidas entre los eslavos, al otro lado del Elba.
Durante
este periodo, entre 797 y 798, los anales revelan la llegada de misiones de
tierras lejanas a la corte ambulante del franco. Un señor árabe de Barcelona le
presentó las llaves de dicho puerto de mar (pues Guillermo de Toulouse estaba
abriendo y fortificando los pasos orientales de los Pirineos). Este árabe,
Abdulá, hijo exiliado del gran sarraceno, Abderramán, buscó la amistad del rey
y relató a Carlomagno las maravillas de Bagdad, donde leones de bronce rugían
como órganos. Al oírle, el franco despachó enviados a Bagdad para solicitar el
regalo de un elefante.
Desde
los Pirineos occidentales, Alfonso, rey de los astures y de los gascones, envió
tributo, con cautivos y trofeos de la Lisboa musulmana. Los mismos cristianos
que al principio se habían resistido a los francos, se presentaban ahora como
súbditos de Carlomagno, el victorioso rey cristiano. Lo mismo hicieron los
príncipes ávaros.
De
la Sicilia bizantina llegó una carta del patricio saludando al monarca de los
francos. Más aún: Miguel, metropolitano de Constantinopla, le mandó el saludo
de la emperatriz Irene, con el anuncio de su ascensión al trono de los césares
(pero sin mencionar que había ordenado la ceguera y el encarcelamiento de su
hijo, Constantino).
Los
monasterios le rogaban su apoyo y Carlomagno instaba a los monjes a trabajar
los campos para obtener mayores cosechas. Estos centros de clausura eran
arterias de nueva vida pero los monjes, al retirarse de la agitación del siglo,
rehuían sus responsabilidades para con los demás. « ¿Vais a encerraros en una
prisión segura? —preguntó con malos modos al mismísimo Arno—, ¿o pensáis
continuar adelante hasta convertir a Sigfrido, el rey de los daneses?».
Carlomagno
empezó a resentirse por la ausencia de Alcuino, Angilberto y Adalardo, cada
cual en su abadía.
De
Aquilea, la ciudad en ruinas de la frontera oriental de Italia, llegó un
antiguo alumno de la Academia, Paulino, el mismo a quien Liutgarda había
enviado los brazaletes de oro. Este Paulino («cuyo nombre —según Alcuino— no
está grabado en tablillas de cera sino en nuestros corazones») estaba enfermo
de pena por las ruinas de Aquilea, que había sido una de las últimas muestras
de esplendor del Imperio Romano antes de que los hunos de Atila la arrasaran.
—Una
ciudad principesca —se lamentaba Paulino— se ha convertido en una pobre choza.
Los brezos invaden sus iglesias desmoronadas y ni siquiera los muertos tienen
allí paz, pues los ladrones se dedican a arrancar las lápidas de mármol de las
sepulturas.
Carlomagno,
que amaba y admiraba a Paulino, el sacerdote de Erico, no sabía qué ayuda podía
prestar a aquella ciudad fantasma.
—
¿Qué gentes habitan allí? —preguntó al clérigo.
—Los
supervivientes de la antigua civilización buscaron refugio en las islas del mar
y en las lagunas vénetas. Hoy, han desaparecido y sólo acuden a mi altar gentes
hambrientas y mendigos que recorren la costa.
—Construid
posadas y acoged en ellas a los viajeros que se dirigen al este.
Carlomagno
propugnaba que todas las diócesis acogieran como huéspedes a los viajeros. La
población ambulante de sus dominios necesitaba encontrar puertas abiertas y
tierras que trabajar. A Paulino, además de plata, le concedió un título muy
apreciado en el Este: el de patriarca de Aquilea. Es decir, de jefe religioso
de aquella ciudad fantasma.
Desde
Toulouse llegó su hijo Luis, tan pobre que ni siquiera había podido ofrecer
regalos a la futura esposa que le acompañaba. Allí, en la próspera Provenza y
la fértil Gascuña, los recaudadores de los diezmos se dedicaban a robar y los
jueces ambulantes vendían sus veredictos por dinero. Luis, un hombre de
estrictos principios, era incapaz de poner coto a la extendida corrupción de
los funcionarios del rey, y éste no podía viajar personalmente a Aquitania para
hacerlo.
En
casos así, Carlomagno recurría a sus servidores más hábiles y honrados para que
actuaran en su nombre. En esta ocasión llamó a Teodulfo, el godo, para que
viajara por su antigua patria como missus dominicus con poderes para juzgar a
los funcionarios. «No aceptes regalos, escucha a todo el mundo e infórmame de
lo que descubras», le aconsejó.
A
modo de informe, Teodulfo envió un poema mordaz titulado ¡A los jueces! En él,
hablaba despiadadamente de lo que había encontrado tras las huellas de los
jueces que le habían precedido. Allí donde llegaba, las gentes le recibían con
sobornos antes incluso de presentarle sus demandas.
«Un
hombre me trae gemas de Oriente para que le transfiera la propiedad de las
tierras de su vecino. Otro me ofrece monedas de oro con inscripciones en árabe
como recompensa si le adjudico la casa que desea. El criado de un tercero se
presenta ante mí describiendo una maravillosa vasija de la plata más pura y de
un peso extraordinario, ornamentada con una detallada escena de Hércules
furioso, tan minuciosa que se ve su maza de hierro en el momento de golpear la
cara furiosa de su enemigo, y otra en la que el propio Hércules saca los bueyes
del establo de Augias y se aprecia claramente el miedo de los animales al ser
arrastrados por la cola. Entonces, el criado me ofrece la vasija en nombre de
su amo, a cambio de una mera modificación en los documentos de un gran número
de personas».
Los
únicos regalos que aceptaba Teodulfo eran las manzanas o algún suculento pollo
que le ofrecía la gente del pueblo. Los versos del godo hacían burla de los
jueces ambulantes del rey; decía de ellos que se levantaban con el alba para
aceptar sobornos pero dormitaban hasta el mediodía cuando el deber les llamaba,
que se incorporaban de sus bancos a mediodía para atracarse de comida y luego
se pasaban la tarde dando cabezadas durante las audiencias, que prestaban gran
atención a las peticiones de los influyentes y se volvían sordos a las
reclamaciones de los pobres.
Allí
donde acudía Teodulfo, la institución de los missi dominici recuperaba el
respeto de todos. Así pues, la acción de unos pocos seguidores devotos hizo
sentir la fuerza de la personalidad de Carlomagno en unos territorios cada vez
más extensos.
En
Saint-Denis, el agradecido Fardulfo estaba levantando un palacio «para la
venida del rey». En Salzburgo, Arno instaba a sus predicadores a comportarse
como apóstoles y no como recaudadores de impuestos. En Tours, Alcuino pasaba
las noches dedicado a recopilar y comparar manuscritos de la Biblia Vulgata de
Jerónimo, con objeto de poner en manos del rey una versión nueva y clara de la
extensa Biblia. En la fantasmal Aquilea, Paulino convertía en ciudadanos a los
viajeros de paso.
Y,
mientras se dedicaban a sus tareas, las mentes inquisitivas de aquellos hombres
daban vueltas a la pregunta de Alcuino, tal vez porque éste se la había
transmitido en sus carcas: ¿Qué era ahora Carlomagno, que se había convertido
en más que un rey?
La
respuesta no cardó en llegar. El monarca franco se estaba constituyendo en
cabeza del nuevo Imperium Christianorum, del «imperio cristiano».
Todo
empezó, como tantas otras cosas, en el Oriente misterioso. De aquel Oriente
habían llegado las fuerzas que habían dado energía al rey de los francos. Las
propias Sagradas Escrituras procedían de las lenguas del Asia Menor, a través
de las predicaciones de Pablo de Tarso. El monaquisino de Benedicto de Nursia
provenía de los eremitas del desierto egipcio, y las leyes de Occidente se
habían modelado a partir del Código de Justiniano. En el Este, en la ciudad de
Constantino, todavía se conservaba la herencia de Roma, las ciencias y las
artes del pasado perdido.
En
cambio, de las costas y mares occidentales no había llegado nada, pues nada se
había creado allí todavía entre los habitantes de los bosques y los pueblos
marineros. Incluso las almas más puras del oeste, Beda y Columbano y sus
hermanos, habían obtenido la bendición del conocimiento gracias a las rutas
comerciales marítimas que ponían en contacto la costa irlandesa con
Constantinopla. Los propios sobornos ofrecidos a Teodulfo y las piezas
excepcionales del tesoro ávaro habían sido fabricadas por manos orientales.
Las
grandes transformaciones de los seres humanos tenían lugar en aquellas lejanas
tierras del Este y cada una de ellas, como una gran ola de marea, rompía con
fuerza en las regiones de Occidente para morir en pequeñas ondas entre los
bosques inexplorados.
Casi
dos siglos antes, con la predicación de Mahoma de una nueva fe en los desiertos
más allá de la Tierra Santa, había surgido una rebelión contra los imperios,
opulentos y estancados, de Bizancio y de la Persia sasánida. La oleada de
conversiones al Islam y las espadas de conquista musulmanas habían barrido la
costa de África, provocando contracorrientes por todo el mar Interior, y se
habían filtrado a través de los pasos de los Pirineos, donde Guillermo aún
seguía librando la guerra del creyente contra el infiel. Sin embargo, en el
Este, la fe de Mahoma había sido la de un puritano que sólo rendía adoración a
Dios, y a nada más. El fuego de su convicción espiritual —que propugnaba la
oración sin clérigos, la veneración sin iglesias y la fe sin condiciones— había
prendido entre las sectas cristianas orientales, que veían con agrado sus
planteamientos y que, a su vez, se rebelaron contra la jerarquía de
Constantinopla. En los desiertos cristianos, las ideas puritanas ganaron
adeptos hasta que, en las resecas llanuras de Anatolia, se alzaron para romper
las imágenes de las iglesias, hacer trizas sus ropas y destruir los cuadros y
murales que parecían burlarse de su fe íntima.
El
conflicto entre estos rompedores de imágenes, los iconoclastas, y los
partidarios de tales representaciones, los iconodulos, se prolongó durante
generaciones. La emperatriz Irene —más por verdadero convencimiento que por
interés político, probablemente— restauró la presencia de imágenes sagradas en
los templos.
No
era una vana cuestión de ritual lo que inflamaba aquella controversia. Era una
pregunta general como el mundo y particular como el alma de cada creyente. Si
uno hacía sus oraciones ante una estatua de la Virgen María, ¿no le estaría
rezando a una mera imagen de piedra o madera, en lugar de hacerlo a Dios?
¿Quién podía responder a tal dilema?
Cada
vez más enfrentados, iconoclastas e iconodulos encarcelaron, dejaron ciegos y
dieron muerte a sus antagonistas hasta que en el Este, en Nicea (787), el
séptimo Concilio de la Iglesia dilucidó por fin la cuestión (bajo la autoridad
de Irene): «Los símbolos […] serán legítimamente visibles en vestimentas
sacerdotales, recipientes, muros y caminos, para recordar a los hombres lo que
representan».
Tales
imágenes, declaraba el Concilio, debían ser respetadas y veneradas, incluso
honradas con velas e incienso, pero no debían ser adoradas por sí mismas. La
adoración ele los hombres debía tener por único objeto a Dios.
La
oleada de controversias se propagó hacia el oeste hasta Roma. Allí, Adriano dio
su aprobación a la sentencia del Concilio y bendijo a Irene por haber
restaurado las imágenes de los templos. Aunque en San Pedro no había tanta
pompa y ceremonia como en las iglesias ortodoxas de Oriente, Adriano y sus
católicos apoyaron con firmeza la veneración de las imágenes de los santos y de
las cruces de las capillas junto a los caminos.
Desde
Roma, la disputa alcanzó la corte del rey franco. Allí, los templos eran
lugares bastante toscos en los que no había imágenes porque ningún artesano
sabía tallar estatuas, pero en ellos abundaban las pinturas murales y las
reliquias preciadas como el manto de san Martín. Así pues, el dilema llegó al
propio Carlomagno. ¿Se equivocaba al representar en las paredes el esplendor
del paraíso? ¿Carecían de virtudes curativas los huesos o pertenencias de los
santos?
«No
—se respondió con rotundidad, y añadió—: Las imágenes no deben ser destruidas».
Tal
postura habría dejado resuelta la cuestión en las iglesias francas de no haber
sido por uno de esos percances que hoy parecen imposibles pero que, en esa
época de dificultades comunicativas, se producían con bastante frecuencia.
Alguien, en Roma o en Frankfurt, se equivocó en la traducción de una palabra.
El término reveré llegó a Carlomagno y a sus eclesiásticos como adoración. En
consecuencia, llegaron a la conclusión de que el Concilio de Nicea y el propio
Adriano habían ordenado la adoración de todos los símbolos. Esto enfureció de
inmediato a Carlomagno, quien lo consideró un retorno al paganismo. ¿Cómo podía
una cruz de madera junto al camino ser igual que el Dios Todopoderoso?
—Las
imágenes no deben ser destruidas —proclamó, furioso—, ¡pero tampoco deben ser
adoradas!
Teodulfo
se mostró de acuerdo y Alcuino, que por entonces acababa de regresar de
Inglaterra, tuvo que reconocer que el Concilio celebrado en el Este y el propio
Papa se equivocaban. Sin embargo, la cólera de Carlomagno tuvo consecuencias de
gran alcance. El franco vio en los bizantinos a unos falsarios religiosos y
consideró que Adriano se había rebajado ante ellos; entonces, convocó su propio
Concilio en Frankfurt (794) para debatir la cuestión candente de las imágenes y
Dios, y exigió a los participantes una respuesta clara. La obtuvo: en
Frankfurt, sus clérigos rechazaron y condenaron la adoración de las imágenes de
los santos. Únicamente la Santísima Trinidad debía ser objeto de adoración.
El
rey y sus eruditos religiosos no se detuvieron allí, sino que pusieron por
escrito sus conclusiones en los famosos Libros Carolingios. Y así, en aquel
momento, debido a la mala traducción de una palabra, Carlomagno dejó constancia
de lo que consideraba su responsabilidad: «Habiendo recibido del Señor, en el
seno de la Iglesia, el gobierno de nuestro reino […]».
El
franco lo decía absolutamente en serio. Gobernaba su reino como jefe de la
Iglesia y, por encima de todo, estaba esa responsabilidad suya como sacerdote
del Señor. Y, en las circunstancias de aquellos años, a sus clérigos debió de
darles la impresión de que tanto Constantinopla como Roma habían caído en el
error. El propio Carlomagno debió de sentir que su fe era puesta a prueba y,
como Martín Lutero en otra reforma, bien pudo haber dicho: «Aquí me planto; no
puedo obrar de otra manera».
A
semejanza de Lutero, también él acudió a las Escrituras para confirmar su
postura. Los edictos de los Libros quizá fueran formulados por Alcuino y los
demás, pero llevaban el claro eco del propio monarca: «[…] los obispos
entenderán las oraciones que rezan en la misa […] comprenderán la plegaria del
Señor y enseñarán su significado […] y no darán lectura a falsos escritos o a
cartas mendaces […] para no conducir al pueblo al error […] ni permitirán a los
sacerdotes difundir entre el pueblo otras enseñanzas que las expresadas en las
Sagradas Escrituras».
A su
vez, esta exhortación a los clérigos colocó al terco arnulfingo frente a la
herejía que se extendía en aquellos momentos por tierras hispanas. Allí, los
cristianos de las montañas septentrionales habían entrado en contacto con el
pensamiento de los eruditos musulmanes y judíos y habían desarrollado algunas
ideas propias. Uno de ellos, Félix, obispo de Urgell, discutía el concepto de
la Trinidad y mantenía que Jesús, el hombre, sólo había sido Hijo adoptivo de
Dios.
Hombre
honrado, Félix predicó con celo su creencia en el adopcionismo, que se extendía
por las iglesias de los Pirineos. Para Carlomagno, no había duda de que Cristo
había compartido la divinidad del Padre. ¿Cómo podría un hombre normal, por
adoptado que fuese, traer la salvación a todo el género humano?
El
monarca llamó a Alcuino y a Teodulfo para que refutaran la herejía y
convencieran a Félix de su error, y envió de inmediato a Angilberto a Roma para
consultar con el nuevo Papa.
Así
pues, ya próximo al final del siglo, Carlomagno se veía a sí mismo como
principal defensor «interior» de la Iglesia, mientras que el sucesor de Adriano
constituía una incógnita.
Alcuino
se encontró, por tanto, enfrentado a la vez con aquellas cuestiones de fe y con
la inflexible voluntad del rey y buscó refugio en San Martín. «He volado a mi
amado nido», comentó al llegar. Allí, junto al río, insatisfecho con su labor
como abad, deseó liberarse de aquella responsabilidad casi insoportable para
entrar en la paz de la vida monástica. ¿Podría encontrar alguna solución al
problema de la personalidad de Carlomagno y su creciente autoridad?
La
tarea de revisión del nuevo texto de la Biblia completa le pareció superior a
sus fuerzas y escribió a Carlomagno que le fallaba la cabeza. Algún día,
imploraba el sabio de York, un segundo Jerónimo o alguna inspirada comunidad de
eruditos la completaría, pero él se sentía incapaz.
«No
esperes una era de mentes perfectas —respondió Carlomagno—. Nunca llegará». El
franco quería ver la nueva Biblia acabada, inteligible hasta la última palabra,
y tenerla pronto en sus manos. Así pues, Alcuino continuó trabajando, repasando
los textos de los Padres de la Iglesia para refutar a Félix y explorando los
tempranos fragmentos en griego de las Escrituras, hasta que el dolor de cabeza
le obligaba a tenderse en el catre.
Y
entonces llegó de Roma la noticia inconcebible.
Con
palabras rudas y directas, los anales de 799 relatan que «los romanos
capturaron al papa León, le sacaron los ojos y le cortaron la lengua. Llevado a
prisión, escapó de noche saltando la valla y buscó la protección de los
enviados del señor rey, Wirundo el abad y Winigis, duque de Spoleto, quienes
estaban por aquel entonces en la basílica de San Pedro».
Así
empezó el año de la decisión.
Para
quien había jurado defender a su pueblo del exterior al tiempo que fortalecía
la fe en el interior, aquel año trajo una sucesión de crisis. En Hispania,
donde Carlomagno se había propuesto extirpar el peligroso adopcionismo, sufrió
una inesperada derrota por mar cuando los corsarios árabes desembarcaron en las
Baleares y las saquearon. Una oleada de inquietud recorrió todas las costas del
reino, despertando a los bretones y a los eslavos del otro lado del Elba. Dos
de sus missi fueron muertos.
Peores
noticias llegaron de la Marca del Este. Arno había salido a toda prisa hacia
Roma. «Dos de los caudillos francos cayeron —relata Einhardo—. En una ciudad de
la costa [cerca de Fiume], Erico, duque de Friuli, fue muerto a traición. Y
Geroldo, gobernador de Baviera, encontró la muerte mientras cabalgaba al frente
de sus hombres, reunidos contra los hunos».
Carlomagno
lloró la muerte de su cuñado, Geroldo, pero lloró aún más la pérdida del sin
par Erico, que había sojuzgado a los ávaros. Erico siempre había llevado
consigo un pequeño escrito del devoto Paulino, un Libro de exhortaciones para
un cristiano en la guerra. El duque había repartido toda su riqueza en
limosnas, sin pensar nunca en su propia seguridad. «Estos hombres valientes
—dijo de ellos Carlomagno— ensancharon y protegieron las fronteras de los
dominios cristianos».
¿Quién
iba a ocupar su lugar? El monarca se sintió obligado a viajar de nuevo a la
Marca del Este. Sin embargo, acampado en Paderborn, contempló los caminos por
los cuales la nobleza sajona era conducida a sus nuevos hogares en Franconia
mientras los colonos francos emigraban a tierras sajonas. Su hijo Carlos había
partido para conseguir la sumisión de los eslavos. ¿Cómo podía él abandonar
Sajonia?
Llegó
a Paderborn un enviado bizantino con un extraño mensaje de Constantinopla, por
mediación de Miguel, strategos de Sicilia. La emperatriz Irene enviaba
presentes y salutaciones al rey de los francos, a quien explicaba que había
encarcelado a su hijo Constantino por sus crímenes, de modo que ahora gobernaba
sola. La emperatriz expresaba sus deseos de amistad con el rey franco, pero
éste se preguntó qué clase de mujer era aquélla, capaz de poner grilletes a su
propio hijo, y cómo podía ocupar una mujer aquel último trono de los césares.
Mientras
esperaba en Paderborn, su atención se concentró en el sur y en el este. Antes
que las demás necesidades, estaba la llamada del herido León, señor apostólico
de Roma, que viajaba a su encuentro en los bosques sajones. Cuarenta y cinco
años antes, el franco había salido bajo la tormenta invernal al encuentro de
Esteban, que acudía a pedir la ayuda de su padre; sin embargo, ahora no podía
dejar el campamento para recibir al desconocido León. En su lugar envió a
Pipino.
Era
evidente que a León no le habían sacado los ojos y también que era capaz de
articular palabras con su lengua herida. Algunos prelados de su comitiva
afirmaban que le había curado un milagro.
Todos
estaban de acuerdo en que se había producido una disputa en la turbulenta Roma;
León no tenía el apoyo de las familias nobles y, cuando salía de Letrán para un
paseo a caballo, había sido atacado por una banda armada de espadas y porras.
Sin embargo, dado que la multitud que contemplaba su paso se había dispersado
rápidamente, llevada por el miedo, no había mucho acuerdo sobre lo que había
sucedido a continuación. En cualquier caso, los prelados movían la cabeza,
murmurando que León no era Adriano.
Las
cartas de los enemigos del Papa afirmaban que era culpable de inmoralidad y
perjurio, pero parecía que su mayor delito había sido ganarse el antagonismo de
la facción violenta que pretendía gobernar Roma.
Después
de escuchar a León, Carlomagno se reunió con su propio consejo, de modo que sus
vasallos no pudieron conocer su opinión. Desde luego, respetaba a León como
Sumo Pontífice, pues le pidió que consagrara el altar de una nueva iglesia. Aun
así, declaró que León debía volver a Roma, bajo su protección, para enfrentarse
a las acusaciones de que era objeto. Carlomagno le seguiría, para ser juez en
la audiencia.
De
este modo, es muy posible que León acompañara a los lanceros francos por los
caminos del bosque con considerable incertidumbre. Iba a ser una dura prueba
enfrentarse a sus enemigos en su propia ciudad, tras haber huido de ellos
ensangrentado y medio ciego.
Arno
le acompañó, como antes, pero Alcuino estaba demasiado débil para cabalgar
hasta Sajonia, y Teodulfo, el godo, seguía en el frente hispano, donde las
tropas francas estaban reconquistando Mallorca. Por su parte, Guillermo acababa
de enviar al rey las llaves de Huesca.
Sin
embargo, en su retiro de Tours, Alcuino se mantuvo informado de los
acontecimientos a través de Arno. Sólo por debajo de su devoción a Carlomagno
estaba su profunda lealtad a San Pedro. Mientras hurgaba en sus libros, tenía
la absoluta certeza de que había sido la voluntad de Dios la que había
conducido al herido Papa hasta el valiente y magnánimo rey franco. Alcuino no
podía juzgar aquel caso con imparcialidad, enfurecido contra los revoltosos
«hijos de la discordia» en Roma, donde «desde antiguo nuestra fe brilló con la
luz más resplandeciente. ¡Los hombres, ciegos de corazón, han cegado a su
propio Pastor!». Con gran vehemencia, aprobó la decisión del monarca de juzgar
el crimen en Roma. Después, sus meditaciones se centraron en Carlomagno.
¿Quién, sino él, podía poner remedio al estado lamentable de las tierras
cristianas y devolver a Roma su gran luz de antaño? Estos pensamientos los
expresó en una notable carta al rey.
«Hasta
ahora han sido tres las personas de superior rango en el mundo. Primero, Su
Eminencia Apostólica, que ocupa por el poder de vicario la sede de san Pedro,
príncipe de los apóstoles. Y de lo que se ha hecho a este insigne pontífice,
sólo ahora me he informado por Vuestra Excelencia. En segundo lugar, está la
dignidad imperial y el poder secular de la Segunda Roma (Constantinopla). Y
todo el mundo habla de cómo su gobernador ha sido derrocado por su pueblo de la
manera más impía. En tercer lugar, está la dignidad real en la que la
providencia del Señor os ha hecho gobernante del pueblo cristiano: Vos,
exaltado en poder sobre los antes citados dignatarios, superior en sabiduría y
más glorioso en vuestra realeza. ¿No veis que el destino de las iglesias de
Cristo depende sólo de vos? A vos os corresponde vengar el delito, guiar al
viajero, consolar al doliente y ensalzar al bueno».
Mediante
sinceras exhortaciones y sutiles reiteraciones, el ministro oficioso del reino
franco llamaba a su rey y amigo a gobernar el Occidente cristiano como
emperador, aunque no llegaba a utilizar esta palabra.
Carlomagno
no dio muestras de contentarse con aquellos razonamientos y siguió buscando el
modo de atraer a Alcuino a Sajonia, donde nativos y francos estaban siendo
trasplantados de tierras. Alcuino no se dejó convencer para trasladarse «de la
morada de la paz a un lugar de recogimiento». A continuación, el rey quiso que
su consejero le acompañara a la gloriosa Roma «para escapar del humo de los
tejados de Tours, tan nocivo para vuestros ojos», pero Alcuino respondió que el
humo de Tours no podía ser más perjudicial que los puñales de los conspiradores
romanos.
Había,
con todo, una cosa que no negaría a Carlomagno. Éste necesitaba los
conocimientos de Alcuino para refutar la herejía de las tierras hispanas ante
un concilio y decidió ir en busca de su dulce y Cándido campeón, y también de
Teodulfo.
Cuando
las tormentas de invierno cerraron los caminos, Carlomagno se encontraba al
abrigo de Aquisgrán. Su mente testaruda no se ocupaba, aparentemente, de
asuntos políticos o de dignidades; había demasiadas necesidades que atender. Se
lanzó a la decoración de su pequeña catedral y al cubrimiento de los grandes
baños al aire libre alimentados por las fuentes termales. «Solía invitar a sus
nobles y amigos e incluso a sus guardaespaldas a bañarse con él —relata
Einhardo—. A veces, tenía a un centenar de personas en el baño».
Pero
mientras se bañaba, celebraba banquetes o se vestía al alba, no dejaba de hacer
preparativos para el año que iba a empezar, el 800 de la Salvación. (El nuevo
año empezaba el día de Navidad). Y desde su salón de Aquisgrán corrió la
noticia de que Carlomagno volvería a recorrer las fronteras de su reino.
Los
jinetes de sus turmae calcularon que sería una larga cabalgada.
—
¿Volverá riendas nuestro muy pacífico rey cuando llegue al rápido Loira?
—discutían—. ¡Claro que no! Perseguirá a los paganos de Hispania hasta el
África, la tercera parte del mundo, donde se encuentran los elefantes. Y
continuará hasta la Tierra Santa, donde está el Sepulcro.
¿Acaso
no había enviado a un monje, Zacarías, con regalos para las iglesias de
Jerusalén? ¿No había en alguna parte, camino de su corte, un elefante enviado
por el poderoso califa de Babilonia, o Bagdad? Ecos de estas especulaciones
populares llegaron hasta Alcuino, cuyo corazón estaba volcado en Roma. Después
de las muertes de Erico y Geroldo, le daba miedo que Carlomagno volviera a
aventurarse por las zonas fronterizas. «Contentaos con conservar lo que tenéis.
Persiguiendo una ganancia menor, podéis perder la mayor».
Otra
voz instó al rey a no viajar. Su joven esposa, fatigada por la dura prueba de
las tierras sajonas, deseaba quedarse con la corte en el nuevo palacio de
Aquisgrán, donde todas las mujeres disfrutaban del lujo de unas cámaras de
dormir protegidas del frío nocturno mediante acogedoras colgaduras bordadas.
—No
volváis a los caminos —suplicó Liutgarda en su agotamiento.
A
principios de Lentzinmanoth (el mes de la celebración de la primavera: marzo),
Carlomagno emprendió la marcha.
El
monarca se dirigió a buen paso hacia las fronteras donde era necesaria su
presencia. Primero, se embarcó Mosa abajo hasta la costa, deteniéndose con
Liutgarda a pasar las noches en sus villas o en los santuarios más afamados.
Desde los agitados Países Bajos, continuó su avance a lo largo de la costa del
Canal estableciendo fortificaciones en las bocas de los ríos, cuyos cursos
remontaban las flotas corsarias para hacer incursiones tierra adentro. En mayo,
Carlomagno estaba más allá del Sena, inspeccionando la Bretaña pacificada. A
finales de ese mes, el rey llegó al valle del Loira y acudió a visitar a
Alcuino en el santuario de San Martín.
«Llegó
allí para orar —registran los anales—, pero se quedó varios días a causa de la
debilidad de su esposa, la reina Liutgarda, quien murió en aquel lugar el día 4
de junio. El rey le dio sepultura allí, en la iglesia de San Martín de Tours».
El
achacoso Alcuino sintió profundamente la muerte de aquella muchacha sencilla
que había intentado llevar a cabo con dignidad sus deberes de reina y, ante el
altar erigido sobre la tumba del «buen soldado» Martín, elevó sus oraciones:
«Señor Jesús, dulce y misericordioso, ten piedad de la mujer que acabas de
llevarte de nuestro lado […]. ¡Ah!, oremos para que esta hija tan querida para
nosotros sea también amada a los ojos de Dios».
Carlomagno
no retrasó mucho la partida. Llevando consigo a Alcuino y acompañado de Luis,
quien había llegado de Toulouse, aceleró la marcha hacia el norte y recogió a
Teodulfo en Orleans antes de visitar las sepulturas de la familia en
Saint-Denis, donde le esperaba Fardulfo. Un mes después del entierro de
Liutgarda, el monarca estaba de nuevo en Aquisgrán, ocupado en la preparación
del concilio.
Flanqueado
por sus señores, laicos y eclesiásticos, Carlomagno presidió los debates desde
su trono en el estrado del gran salón, envuelto en su manto bordado, coronado
con la fina diadema de piedras preciosas y luciendo al cinto su espada
engastada de joyas. Durante seis días, asistió al gran debate entre Félix de
Urgel y Alcuino de Tours, hombres venerables y versados ambos en la dulce
sabiduría de los Padres de la Iglesia.
El
concilio fue un juicio de Dios mediante la confrontación de las ideas. En esa
época temprana, la herejía no era considerada un delito. De hecho, una creencia
nueva podía llegar a convertirse en una verdad aceptada. ¿Acaso no había roto
el propio Pablo los cánones de su tiempo? Sin embargo, tal verdad debía quedar
demostrada más allá de cualquier duda y Carlomagno sentía que recaía sobre él
la pesada responsabilidad de tomar la decisión final.
Félix,
el obispo, era un hombre de vida virtuosa, pero ¿predicaba la verdad? ¿Cabía la
más remota posibilidad de que Jesucristo no fuera el Hijo verdadero y unigénito
de Dios, dotado de Su misma naturaleza divina, sino sólo el Hijo adoptivo del
Padre Eterno? Félix declaró en el concilio que tenía permiso de «nuestro
glorioso rey Carlos […] para exponer ante él mis opiniones. He sido traído aquí
sin violencia para someter ajuicio y confirmación mi creencia, si no es
refutada por el concilio».
Al
cabo de la semana de debates, Carlomagno rechazó las argumentaciones del obispo
de Urgell y éste acató la posición de Alcuino, haciendo nueva profesión de fe y
suplicando el perdón por haber sido causa de conflictos en el seno de la
Iglesia. El juicio de Dios dejó exhausto al anciano Alcuino.
Tan
pronto como Carlomagno hubo dispuesto el internamiento del obispo Félix en un
monasterio y el envío de nuevos predicadores a la Marca Hispánica, partió con
sus hombres hacia Maguncia para asumir el control de Sajonia durante el verano.
Alcuino
le despidió con un deseo: «Roma, la capital del mundo, os aguarda, su señor […]
Regresad pronto, mi bien amado David. Todo el reino franco se apresta gozoso a
recibiros con los laureles de la victoria». Tras esto, el sabio britano volvió
a toda prisa a Tours para esperar allí, con febril impaciencia, más noticias de
Roma.
A
finales de agosto, Carlomagno avanzaba ya Rin arriba, acompañado de varias de
sus hijas y de su hijo Carlos. Cuando hubo dejado atrás los pasos de los Alpes
que tan bien conocía, en lugar de dirigirse a Roma, se encaminó a Rávena. Allí,
en el palacio de Teodorico, recibió informes sobre los territorios encomendados
al difunto Erico, en la frontera oriental. Pipino salió a su encuentro desde la
frontera de Benevento mientras su padre viajaba por mar hasta el puerto de
Ancona.
Los
últimos días de noviembre avistó por fin los tejados pardorrojizos de Roma y
los pinares de sus colinas. Como había hecho veintiséis años antes, ordenó a
sus nobles que vistieran sus galas más espléndidas y continuó la marcha al
encuentro del Papa entre sones musicales.
León
salió a unos veinte kilómetros de la ciudad para darle la bienvenida y celebrar
su llegada con un banquete nocturno. Al día siguiente, Carlomagno dio una
vuelta a caballo en torno a la muralla de la ciudad entre las filas de
estandartes. Pesado y lento de andares, ya canoso, el monarca franco ascendió
los peldaños de la iglesia de San Pedro. En esta ocasión, no hincó la rodilla.
Pese
a haber sido objeto de debates durante más de once siglos, jamás ha llegado a
aclararse el misterio de lo que sucedió allí, en el templo, aquel día de
Navidad.
Antes
de esa fecha se produjo la vindicación del Papa. Los clérigos de alto rango de
Roma y del reino franco se reunieron en la sala del triclinium del palacio de
Letrán para escuchar a León y a los conspiradores que le habían atacado. En
esta ocasión, investido como juez, Carlomagno presidió las sesiones sentado
junto al acusado vicario de san Pedro.
Aunque
no tenía el respaldo de su ejército —pues los jinetes de élite de los francos
habían partido con Pipino hacia el insalubre Benevento para hacer cumplir la
voluntad del rey—, la mera presencia de Carlomagno mantuvo tranquilas las
turbulentas calles de Roma. La ciudad estaba mucho más hermosa gracias a los
nuevos edificios erigidos por Adriano y a los dones enviados por el rey franco.
En
el salón de la asamblea, León había hecho instalar en una pared un nuevo
mosaico decorativo que debió de llamar la atención del arnulfingo. En él
aparecía san Pedro, de gran tamaño como correspondía a tan eminente personaje,
tendiendo en su mano derecha un palio a León, representado más pequeño y de
rodillas, y ofreciendo en la izquierda un estandarte tachonado de rosas a
«Carlos, el rey». Así pues, en aquella representación, un Carlomagno recio y
marcial con un gran bigote franco aparecía como igual al Papa y portaestandarte
de la Iglesia.
Al
parecer, Carlomagno no tomó parte en la vindicación del papa León, que
probablemente se trató fuera del salón. En el templo de San Pedro, el monarca
fue testigo de la solemne declaración del hombre sentado junto a él.
Sosteniendo en sus manos los cuatro Evangelios, el Papa proclamó: «[…] por
cuanto yo, León, pontífice de la Sacra Iglesia Romana, no siendo juzgado ni
obligado por ningún hombre, por mi propia voluntad me purificaré en vuestra
presencia […]».
Tras
comprobar que no se levantaba ninguna voz en su contra, León pronunció
juramento autoexculpándose. Los líderes de la facción romana que le acusaban
fueron escuchados y condenados a muerte por los obispos, e indultados por
Carlomagno a petición del Papa. La pena de muerte les fue conmutada por el
exilio en tierras francas.
A
mediados de diciembre, los clérigos seguían reunidos en consulta informal.
Teodulfo, Arno (ahora consagrado arzobispo) y un discípulo de Alcuino formaban
un grupo compacto que insistía en el reiterado argumento de Alcuino respecto a
que los dominios de Carlomagno se habían convertido en un imperio, un imperio
nuevo, cristiano. ¿No era él su único protector? Entonces, ¿cuál era el título
que le correspondía por derecho?
En
los anales de un monasterio, el de Lorsch, se escribió lo siguiente: «Estando
vacante el título de emperador, el rey Carlos fue llamado a ocuparlo por la
voluntad del pueblo cristiano».
¿Acaso
Carlomagno no había procurado la unión de los pueblos cristianos? ¿No les había
exhortado el venerable abad de Tours a ver en aquel imperio sin fronteras
visibles la verdadera instauración en la tierra de la ciudad de Dios
profetizada por el divino Agustín?
¿Qué
importaba si los políticos romanos se sonreían al escuchar la propuesta? ¿Qué
importaba si el propio León guardaba silencio cuando se hacía mención al tema?
Los
tres amigos de Alcuino consultaron a Angilberto, que había pasado largos años
al lado de Carlomagno. ¿Qué opinaba Angilberto de todo aquello?
—Ahora,
supera en poder a todos los demás reyes juntos. En cuanto a su persona, es
justo, honrado y comedido.
Dos
días antes de Navidad, los cuatro hombres de Carlomagno celebraron un encuentro
con el pensativo León. Ningún secretario tomó nota de lo que hablaron, pero es
indudable que el Papa sentía gratitud por el socorro que le había prestado el
rey; aún llevaba las cicatrices de los puñales de los conspiradores y acababa
de pronunciar ante el altar de San Pedro el juramento probatorio, que hasta
entonces sólo había prestado Pelagio, en tiempos de Justiniano.
Teodulfo
y Arno eran hombres de hablar austero que habían desarrollado sus misiones por
los caminos de las tierras cristianas y habían llevado sus esfuerzos más allá
de las fronteras. Los dos tenían muy presentes las palabras de Alcuino respecto
a que Carlomagno había superado a cualquier otro monarca pues estaba trayendo
la paz a las tierras cristianas. Al referirse a esa paz, Teodulfo la veía, más
que para él y su generación, para sus descendientes.
León
les escuchó. Sobre él, como antes sobre Adriano, recaía la responsabilidad de
la Iglesia; él era el único campeón de San Pedro y de Roma…
De
Ostia llegaron noticias inesperadas. Zacarías, el monje que había llevado los
presentes de Carlomagno a Tierra Santa, había desembarcado allí con el enviado
del patriarca de Jerusalén y traía al rey franco las llaves de la iglesia del
Sepulcro y del Calvario, así como el estandarte de Jerusalén. Los clérigos
romanos y los nobles francos celebraron aquel buen augurio y enviaron caballos
para que trajeran lo antes posible hasta las puertas de la ciudad a los
mensajeros de Tierra Santa.
La
víspera de Navidad, Zacarías hizo entrega de las llaves y el estandarte a
Carlomagno. Recibir aquellos símbolos de la ciudad de Cristo en víspera tan
señalada era una clara bendición divina…
El
día siguiente, a primera hora de la mañana, Carlomagno, rey de los francos,
cruzó el pórtico de San Pedro y avanzó entre las colgaduras púrpura de las
columnas de la nave hasta detenerse en el arco triunfal, donde brillaba un
millar de velas. Atendiendo a la insistente petición del Papa, llevaba por
segunda vez en su vida la túnica, la clámide y las sandalias ligeras de un
patricio romano.
Del
campanario llegó el eco de la llamada de aquella iglesia, cuyos muros tenían
cuatro siglos. En torno a la iluminación cegadora del arco triunfal se
agolpaban los clérigos de San Pedro y de Roma, los obispos del reino franco,
los señores de las naciones y los nobles romanos. Detrás de Carlomagno esperaba
Pipino, que había sido llamado a la ciudad para la festividad. Cerca del altar
se hallaban las hijas. En el pórtico estaban los hombres del rey con los
regalos navideños de éste, una mesa de plata y una patena y unos cálices de
oro; en total, el peso de un hombre robusto, del propio rey, en metales
preciosos.
El
eco de las campanas calló cuando Carlomagno se arrodilló a rezar ante las
columnas de pórfido y las estatuas de los santos y los ángeles que el difunto
Adriano había mandado colocar sobre la cripta que guardaba la tumba de san
Pedro. Durante aquella primera oración del año hubo recuerdos de los
veintinueve años transcurridos en torno al gigantesco rey, de los hijos de
Hildegarda, de la difunta Liutgarda y de la promesa formulada a Adriano, que
había mantenido a su manera… Cuando se incorporaba tras la plegaria, León se
acercó y le colocó una corona en la cabeza. El brillo de las velas parpadeó con
luz delicada en sus joyas y las voces de todos los presentes exclamaron a coro:
«¡A Carlos Augusto, coronado por Dios, grande y pacífico emperador de los romanos,
larga vida y victoria!».
Dos
veces repitieron el grito los clérigos y nobles de Roma, y los francos les
acompañaron. Carlomagno, al oírles, permaneció inmóvil. Entonces, León y los
acólitos de la ceremonia desplegaron un manto de púrpura imperial, lo colocaron
sobre sus hombros e hicieron una breve genuflexión para saludarle como césar,
augusto y emperador de Roma. Tras esto, el Papa se encaminó al altar y en la
iglesia se hizo de nuevo el silencio con la llamada a la misa. En la plegaria
final de ésta, detrás del nombre de Carlos, se escuchó la palabra Imperator.
Una
vez que se hubo presentado ante el altar el último regalo, Carlomagno abandonó
el templo y se dirigió en silencio a la escalinata del patio. A su alrededor se
arremolinó la gente bajo el sonido de un incesante tedeum.
Más
adelante, Carlomagno confiaría a Einhardo:
—
¡Si hubiera sabido lo que se proponía León, no habría puesto el pie en la
iglesia incluso tratándose de tan importante festividad!
Esto
escribió Einhardo en su biografía de Carlomagno y así nos ha llegado hasta hoy,
para aumentar el misterio en torno a esta coronación. Si el corpulento monarca
no había previsto que le hicieran emperador, ¿qué esperaba de Roma? Y, por otra
parte, ¿qué se proponía el Papa con el nombramiento?
Los
estudiosos del tema no han sido capaces de resolver este misterio, pues sólo
disponen de documentos muy fragmentarios en que apoyarse. Consideran que
Alcuino esperaba abiertamente que en Roma se concediera a su amigo y pupilo tal
título de emperador, pero nadie ha podido determinar cuáles eran las
expectativas del gigantesco arnulfingo.
Difícilmente
podemos suponer que en esa ceremonia se colocara el emblema del imperio sobre
la cabeza de un hombre ajeno a lo que sucedía, y menos aún tratándose de un
franco bárbaro que despreciaba los títulos romanos y no acababa de entender,
pese a su esfuerzo por instruirse, qué era un César Augusto. No, cuando aquel
hombre había pasado el año precedente ocupado en multitud de otras tareas por
toda Europa y había acudido a Roma para asistir a un juicio a su señor
apostólico, y luego había entrado en San Pedro a rezar y ofrecer sus presentes
del día de Navidad. Así lo señalan los historiadores posteriores, y se puede
leer entre líneas su irónico escepticismo.
En
efecto, Carlomagno esperaba algo, allí ante el altar; de eso no cabe duda, pero
nadie sabe qué podía ser. Recuérdese que, cuando la asamblea permaneció reunida
en Letrán después de la exculpación de León, parece que Arno instó a que se
tratara aquel asunto en concreto. El cronista de Lorsch suele ser muy preciso
en sus exposiciones de los hechos. Dado que Carlomagno era reacio a la palabra
imperio, es posible que el grupo de amigos de Alcuino sólo le hablaran de «todo
el pueblo cristiano», lo cual encajaba en su propia concepción de su pueblo.
Tal vez la asamblea expresó su deseo de proclamarle algo más que rey de los
francos y de los lombardos; algo así como monarca o Imperator del pueblo
cristiano de Occidente. Con todo, parece claro, no obstante, que el arnulfingo
no esperaba lo que el Papa hizo en el altar.
Dejando
aparte estas incógnitas, podemos hacernos una clara idea de los deseos que
impulsaban a todos estos hombres: el anhelo de Alcuino de honrar a su amigo y
proteger las iglesias, la esperanza «imperialista» de los clérigos de que a
través de Carlomagno llegara algo más fuerte y universal, y el interés del
propio papa León III por crear una autoridad nueva e indisputada que le
sostuviera después de la desdichada prueba a la que se había visto sometido.
Lo
que hizo León, al parecer, fue tender un cebo a Carlomagno y a los obispos
francos. Proclamó al arnulfingo soberano «por la gracia de Dios», no de un
impreciso reino franco o de un pueblo cristiano carente de fronteras, sino de
su propia y tangible ciudad de Roma… y de unos desaparecidos dominios que
habían llegado a abarcar Britania y Constantinopla, así como la Tierra Santa,
Hispania y África, ahora bajo la égida de los califatos. Fue una jugada
atrevida. Además, al imponer la corona con sus propias manos, ¿no había sentado
el precedente para que los futuros emperadores debieran ser proclamados por los
papas?
De
aquel acto suyo se derivaría un interminable conflicto sobre la continuidad del
Imperio Romano, sobre las dos espadas del mundo, sobre los poderes de papas y
emperadores, sobre el propio Sacro Imperio Romano, sobre la naturaleza del
dominio cristiano medieval… Este conflicto, con demasiada frecuencia envuelto
en sangre, se prolongaría hasta que Napoleón aspiró a la corona del imperio, e
incluso después.
Lo
que hizo Carlomagno, de momento, fue abandonar los símbolos de la coronación.
Cuando llegó a sus aposentos en la casa del obispo, cerca de San Pedro, se
despojó de las galas reales romanas y jamás volvió a ponerse las prendas
púrpura cargadas de bordados. Una vez que abandonó Roma, después de la Pascua,
jamás volvió a la ciudad. Tampoco hizo ningún cambio entre los funcionarios de
la corte ni en los títulos y deberes de sus hijos. Pipino, que había asistido a
la coronación navideña, fue enviado de nuevo al calor de la Italia del sur,
donde el buen chambelán Maganfredo murió de malaria.
Carlomagno,
en su papel de segundo Constantino y perpetuo Augusto, empleó mucho tiempo en
considerar detenidamente el asunto. Ignoramos qué le aconsejaron Arno y
Teodulfo. El franco tuvo que darle vueltas en solitario.
Más
allá de los guardianes de su casa —que aún llevaban sus cascos y sus capas
descoloridas por la intemperie— el veleidoso pueblo romano desfilaba ante su
puerta agitando banderas y expresando a gritos su devoción hacia el nuevo
emperador.
Porque
Carlomagno había aceptado la corona. Envuelto en los cantos litúrgicos,
transfigurado junto al altar, se había mostrado tan pasivo como las columnas
engalanadas de púrpura. ¡Con qué alegría le había recibido su hija en la corte!
Para
su mente práctica, recibiendo la corona no había ganado nada más. Ni un solo
palmo de tierra, ni un solo ser humano, habían venido a añadirse a lo que ya
poseía. Más allá de la muralla de la ciudad levantada por Aureliano se abría el
circo de Nerón, cubierto por la hierba, y la columna de la victoria de Trajano
se alzaba sobre las chozas de los mendigos.
Había
recibido el Imperium de aquellas gentes, pero las asambleas de los francos no
habían tenido voz en esta exaltación de su rey al título de emperador. Tampoco
el único resto que quedaba del imperio de los césares, la ciudad de
Constantinopla, le había elegido a él, un bárbaro ignorante, mediante la
votación de su patriarca, senado, ejército y pueblo. ¿Qué diría la enigmática
Irene a su coronación en el Oeste?
A
pesar de sí mismo, reflexionó sobre Irene. Algunos la tachaban de diabólica y
otros aseguraban que poseía una belleza mágica. Ahora que tenía el título de
emperador, podía casarse con una emperatriz…
Al
llegar a este punto en sus cavilaciones, se restregó contra la piel la áspera
lana de la camisa y, pasándose los dedos recios por su espesa melena, sonrió
como si acabara de escuchar un buen chiste. Era una tontería, una solemne
estupidez, afirmar como hacían los filósofos políticos que, por ser Irene una
mujer, en Constantinopla necesitaban a un hombre como emperador. Constantinopla
escogía a sus gobernantes y no cabía ninguna duda de que jamás le ofrecería el
trono a él, un franco de Roma…
Aunque
ostentara el título de Constantino, no poseía ninguna ciudad, ni flota, ni
código de leyes, ni más legiones que la precaria hueste armada que le seguía.
Una
vez que hubo meditado todo esto, Carlomagno extendió sus doloridos brazos y se
rió de sí mismo. ¡Vaya si el Señor había escogido las cosas más simples de este
mundo!
Muy
pronto recibió una carta de Alcuino dando gracias a Dios. « ¡Bendito sea el
Señor, que te ha elevado en triunfo para salvación de sus siervos!».
El
mensajero que traía la misiva declaró que, en Tours, Alcuino salía al encuentro
de todos los visitantes para preguntarles cuándo emprendería regreso el
emperador y cuándo estaría de vuelta en su reino.
No
bien terminaron las fiestas pascuales, Carlomagno abandonó Roma. Pero antes de
despedirse de León consiguió de éste el acuerdo de que, en adelante, se
precisaría el consentimiento del monarca de los francos para la consagración de
un nuevo Papa.
Sin
hacer caso de un terremoto que asoló varias ciudades italianas, Carlomagno
regresó por donde había venido. Reparando daños allí donde podía, escuchando
las peticiones de los campesinos en lugares donde la palabra «emperador» no se
había escuchado en tres siglos (desde los tiempos de Justiniano, que había
intentado sin éxito revivir el imperio en Occidente), continuó su visita de
inspección. Desde Spoleto siguió la costa hacia el norte hasta Rávena, donde se
demoró unos días en el palacio de Teodorico, despojado de sus columnas. Luego,
en Pavía, se solazó en los baños de los reyes lombardos y presidió una
audiencia para recibir a los enviados de Harún, califa de Bagdad, que no traían
con ellos el esperado elefante. Cabalgó luego hacia las montañas, portando las
llaves del Santo Sepulcro. Ante él ondeaba el estandarte de Jerusalén; detrás,
le seguía la comitiva de sus hijas, que entonaban canciones e himnos con sus
voces de valquirias.
Peñas
arriba condujo a su séquito entre las nieves fundentes de las paredes rocosas
del Mons Jovis, junto al brillo de los lagos, más allá de la ciénaga abandonada
de su canal, hasta los bosques de su patria. Fue la última vez que cruzó los
Alpes.
Con
el ánimo alegre, dirigió las cacerías durante la marcha. En su cabeza recia y
preocupada estaba creciendo un convencimiento. Aunque no era ningún emperador
romano, había recaído en sus manos la responsabilidad del imperio. Ahora, su
pueblo eran todas las gentes cristianas.
Los
viajeros descendieron el rápido Rin en veloces embarcaciones. Más allá de la
confluencia del Mosela, se encaminaron hacia Aquisgrán. Ya que no tenía una
ciudad imperial, construiría una allí, en su querido valle.
Capítulo
9
La
ciudad de Carlomagno
«Tres
mesas de plata hay en el tesoro —apunta Einhardo, el enano—. En la cuadrada
aparece la imagen de la ciudad de Constantinopla; en la redonda, un plano de la
ciudad de Roma; la tercera, superior con mucho a las demás en belleza, recoge
un plano de todo el universo en tres círculos».
Carlomagno,
pues, había conseguido su mapa del mundo. Pero ¿por qué las ciudades, tan
meticulosamente grabadas en la superficie de las mesas? Estas, por supuesto,
debían de parecerle más útiles que las pinturas murales, como la del palacio de
Letrán. Pero los planos de las ciudades tenían un propósito definido; ofrecían
a sus ojos el verdadero aspecto de la Roma original y de la segunda Roma,
Constantinopla, que no había visitado pero que podía contemplar de todos modos.
Y su propia ciudad de Aquisgrán podía convertirse en una tercera Roma.
Sin
embargo, por muy hábiles que fueran los trazos de aquellos planos —y Einhardo
los consideró muy hermosos y a la altura de su héroe y rey—, no revelaron al
gigantón bárbaro qué había creado ambas Romas. La primera había crecido casi
por accidente en las colinas sobre el fangoso Tíber, gracias a que los césares
romanos habían controlado el mar, con su comercio. Lo habían llamado «nuestro
mar». Y, de hecho, su imperio no había avanzado muy lejos de las costas de
aquel mar Interior (Mediterráneo) que lo sostenía.
Después,
Constantino el Grande había trasladado la sede de su imperio al Este, a la
«Ciudad de Constantino», en la encrucijada de los mares interiores y las rutas
comerciales de tres continentes. Su situación excepcional la había sostenido
durante casi tres siglos frente a las tensiones económicas y frente a las
invasiones bárbaras. Y ello a pesar de los muchos césares locos, neuróticos o
absolutamente incapaces que había tenido.
En
Aquisgrán, Carlomagno quedaba muy lejos de aquel mar generador de poder y,
además, estaba aislado de su comercio por la presencia de las flotas árabe y
bizantina. En torno a Aquisgrán no había ninguna posibilidad de revivir el
Imperium romano, entre aquellos toscos pueblos de los bosques que surcaban los
ríos en sus botes de cuero y mimbre. Sin embargo, después de ser coronado
emperador romano, Carlomagno había abandonado Roma y Rávena, e incluso la
concurrida plaza fuerte de Pavía; estaba dispuesto a convertir Aquisgrán en su
capital y, hasta entonces, no había fracasado en ninguno de sus empeños.
Un
vistazo a aquella futura capital habría desanimado a cualquiera. Es cierto que
el pequeño río Würm serpenteaba plácidamente bajo los olmos del verde valle,
surcado de esquifes que llevaban pescado al mercado de la ribera, y que su
palacio de piedra gris coronaba una colina de suaves laderas, exhibiendo sus
columnas de pórfido púrpura y mármol verde que recordaban vagamente los
edificios de Rávena. Sin embargo, la basílica octogonal no se parecía apenas a
San Vítale pese al esfuerzo volcado en su construcción. Durante la ausencia de
Carlomagno, los obreros se habían quedado sin mosaicos y habían acabado de
recubrir las paredes con placas de piedras de colores. Además, su escaño de
mármol en la galería porticada había sido tallado tan pequeño que apenas podía
encajar en él sus caderas. En realidad, aquella iglesia de la Virgen María no
era mayor que una capilla y, de hecho, los peregrinos ya hablaban de
Aix-la-Chapelle.
En
San Pedro, el franco había podido observar que los ornamentos daban esplendor a
la casa del Señor, sobre todo si estaban brillantemente iluminados. «Adornó la
hermosa basílica de Aix-la-Chapelle —explica Einhardo con entusiasmo— con
lámparas de oro y plata, y con pasamanos y puertas de bronce macizo. Y la dotó
de gran número de vasos y receptáculos de oro y plata, así como de finas
vestiduras en tal profusión que ni siquiera los ostiarios tenían que llevar a
cabo sus tareas con su ropa de diario. Dedicó grandes esfuerzos a mejorar el
canto, pues el rey destacaba en este arte, aunque nunca cantó en público, salvo
en voz baja y a coro con otros cantores».
No
obstante, los adornos e indumentarias brillantes y lujosos no podían remediar
las especiales características de la capital de aquel futuro imperio. Dado que
los funcionarios de la corte viajaban con Carlomagno, acompañados de sus
familias y servidores, cada vez que el monarca abandonaba Aquisgrán, la ciudad
fundada nueve años antes se convertía en un lugar desierto. En cambio, cuando
Carlomagno regresaba, la capital bullía como un avispero, con gentes que
instalaban tenderetes en el mercado y levantaban chozas en torno a las casas de
los nobles. Los visitantes alzaban sus pabellones en las laderas de la colina,
hasta el punto que era preciso apostar centinelas para impedir que invadieran
las tierras consagradas del camposanto catedralicio y del cementerio judío.
Tal
multitud de nobles atraía, a su vez, a mercaderes de Hispania, talladores de
madera de la Ciudad de Plata, juglares de taberna y a cientos de personas que,
procedentes de todos los rincones, acudían a presentar sus peticiones al nuevo
emperador. Los francos del reino aceptaron la exaltación de Carlomagno sin
pestañear; aun sin entender qué significaba, brindaban por ella y entonaban
canciones de alabanza a su monarca. Cuando éste se ocupó de que todos los
hombres libres mayores de doce años le prestaran un nuevo juramento de
fidelidad «también como cesar», todos lo hicieron de bastante buen grado.
¿Acaso el hijo de Pipino, el arnulfingo, no merecía ser también Imperator y
césar? Lo único que deseaban era poder alzarle de nuevo sobre sus escudos, al
viejo modo germánico.
Carlomagno
puso remedio a esa peculiar estacionalidad de Aquisgrán convirtiéndola en su
hogar permanente. A partir de entonces, las cabañas se convirtieron en sólidas
casas de piedra y los señores opulentos transformaron las granjas vecinas en
villas residenciales. Los antiguos cuarteles romanos fueron reformados en
posadas para peregrinos.
Casi
al mismo tiempo, una noticia procedente de Italia llenó de expectación a los
ciudadanos de la nueva Aquisgrán. ¡Aquella bestia fabulosa, el elephas, venía
por fin del Oriente para ser entregada a Carlomagno! Ercambaldo, el secretario,
había viajado a Italia para fletar una nave lo bastante grande como para
transportar el enorme elefante a tierras cristianas. Einhardo, el escritor,
añadía que el animal tenía por nombre el de Abul Abbas y que se lo enviaba
Aarón, o Harún, rey de Persia o, en cualquier caso, monarca de todo el Oriente
salvo la India. Sin embargo, los nobles se extrañaron de que sólo hubiera
mandado uno de tales elefantes e interrogaron a Einhardo al respecto.
—Aarón
ha enviado el único que tenía —explicó Einhardo con rotundidad.
Como
la llegada del órgano, la presencia de Abul Abbas quedó registrada por el monje
que se ocupaba de los anales. «En octubre, Isaac, un mercader judío, hizo la
travesía de Africa a un puerto de Liguria con el elephas y, como no podía
atravesar los Alpes debido a la tormenta, la expedición que lo traía tuvo que
pasar el invierno en Vercellae».
Parece
que Carlomagno se hizo informar de todos los progresos de Abul Abbas, el cual
había tenido que dar un rodeo por tierra para evitar territorios bizantinos
hostiles. Para entonces, el monarca de los francos había encontrado un título
satisfactorio para sustituir al de Augusto Emperador de los romanos, que
detestaba. Ahora, proclamó, era «gobernante del Imperio Romano en Occidente».
Era una definición bastante ajustada a la verdad, y fácil de entender.
Con
las nuevas monedas, en cambio, tuvo más dificultades. Como el sello regio, una
moneda real tenía que llevar el título exacto. Finalmente, se decidió por la
leyenda Carolus Imperator, pues era ambas cosas: Carlos y emperador. Una moneda
acuñada en Roma llevaba la inscripción Renovador del Imperio Romano. En
Aquisgrán, él emitió otra en una de cuyas caras constaba Religión cristiana.
De
esta manera, mediante las leyendas de las monedas, los políticos de Roma
proclamaban que el franco reconstruiría el imperio de sus antepasados, mientras
que él se anunciaba protector de la religión cristiana.
Y
precisamente entonces, en 802, la ciudad de Constantinopla puso en ridículo al
nuevo césar.
Carlomagno
ya esperaba algo así. Aunque no era un hombre de gran imaginación, no le había
costado mucho esfuerzo formarse una idea de cómo recibiría la corte de
Constantinopla la noticia de su coronación como emperador romano. Aquellos
bizantinos se pondrían furiosos, igual que él montaría en cólera si un Graf
turingio proclamara el derecho a sentarse en su trono. De lo que no estaba
seguro era de cuál sería su reacción. Más que su cólera, Carlomagno temía sus
burlas; conocía demasiado bien su propia torpeza como para tolerar que le
ridiculizaran.
Sin
embargo, cuando llegaron unos emisarios bizantinos, se mostraron muy afables.
Altos y delgados, envueltos en sus tiesas túnicas recamadas, le saludaron con
una profunda reverencia y, en elocuente griego, le llamaron gran rey,
cristianísimo monarca y señor victorioso de Occidente. Pero no utilizaron el
título deBasileus, que significaba «emperador» en su lengua. No; los enviados
no le saludaron como igual de Irene.
Aun
así, le ofrecieron la amistad y los buenos deseos de la emperatriz. Más
incluso, con palabras veladas sugirieron que la santa Irene —adorada por su
pueblo, al que había devuelto el culto de las imágenes sagradas— podía
contemplar la posibilidad de casarse con él. Tal matrimonio uniría el Este y el
Oeste del mundo romano superviviente.
Carlomagno
no había tomado esposa desde la muerte de Liutgarda; sólo había una hermosa
mujer de Frankfurt que visitaba la alcoba real. ¿Era auténtico el ofrecimiento
de Irene para unir de aquel modo ambos tronos?
La
emperatriz era una griega. Sus enviados decían que recorría las calles en un
deslumbrante carro de oro tirado por mulas blancas, que se sentaba en un trono
muy elevado sobre los demás mortales, semioculta entre volutas de incienso. El
franco recordaba que Irene se había negado a casar a su hijo con Rotruda, pero
tal vez ahora tenía necesidad de las espadas francas para proteger sus
fronteras contra los paganos eslavos y búlgaros…
En
cierta ocasión, en la costa del Adriático, había visto un buque de guerra
bizantino con sus centelleantes remos rojos y sus banderas al viento. Aquella
enorme drómona habría podido transportar en su proa cualquiera de las naves
dragón de los corsarios nórdicos. Irene gobernaba una potencia marítima y
Carlomagno había empezado a descubrir la importancia de aquel mar, claramente
marcado en el centro de su mapa del mundo.
Carlomagno
tenía presente cómo habían muerto hombres valientes porque Fastrada, siendo la
reina, había deseado tener poder sobre ellos. Por otra parte, los peregrinos
llegados de Tierra Santa decían que el propio sol había sido oscurecido por un
eclipse cuando la emperatriz había cegado a su hijo. ¿No serían las palabras de
los enviados bizantinos como gotas de miel destinadas a endulzar el duro pan de
la verdad?
Con
todo, Carlomagno se sentía complacido con aquellos hombres porque no le
ridiculizaban. Si Irene había prohibido a sus missi llamarle Basileus, al
menos, como Augusta, había hablado de un matrimonio que le convertiría a él en
verdadero Augusto. ¿O no?
El
franco sopesó detenidamente el mensaje de la emperatriz antes de dar su
respuesta a los enviados. «En correspondencia a sus bondades, nos, que
gobernamos el Imperio en Occidente, brindamos también nuestra amistad y
nuestros mejores deseos a la emperatriz de los romanos».
Tras
esto, esperó con curiosidad la respuesta de Irene.
Pero
tal respuesta no llegó de ella. A finales de aquel año, los mismos emisarios se
presentaron de nuevo ante Carlomagno con noticias de Constantinopla: Irene
había sido desterrada a una isla tras una revuelta de la nobleza y el ejército,
que la habían derrocado por deponer a su propio hijo, por haber otorgado el
poder supremo a su galaxia de eunucos y por intentar una alianza con un bárbaro
franco.
En
la corte bizantina reinaba ahora Nicéforo, Basileus por elección divina, con el
apoyo del ejército y de los iconoclastas. La orgullosa Irene, recluida en su
isla, ocupaba su tiempo en el torno de hilar.
Carlomagno
había visto en Montecassino la extensa biblioteca donde Pablo Diácono había
trabajado en su historia de los lombardos. Mientras inspeccionaba sus
estanterías de preciosos volúmenes, dispuestos cuidadosamente unos sobre otros,
se había sentido lleno de envidia.
Ahora,
su nuevo palacio contenía la biblioteca de Carlomagno. Ocupaba una estancia
desde la que se veía el pasadizo cubierto que conducía a la iglesia de la
Virgen y, cuando el franco se colocaba ante uno de sus pupitres de lectura, la
cúpula dorada reflejaba los rayos del sol en sus ojos. En torno a las paredes
estaban los archivos de los que se ocupaban Ercambaldo y Einhardo, la pequeña
gramática de Alcuino y copias de los escritos de los Padres de la Iglesia,
entre las que destacaba una Ciudad de Dios encuadernada en plata con
incrustaciones de piedras preciosas. Sobre un texto de Beda el Venerable,
protegido en una caja de madera pulimentada adornada de esmaltes, descansaba un
San Juan Crisóstomo en una funda de suave terciopelo con bordados de oro, obra
de las muchachas. Allí estaba Virgilio junto a Suetonio, el historiador de los
césares. Separado de los demás reposaba el gran Leccionario, escrito veinte
años antes en pergamino púrpura con letras grandes para facilitar su lectura,
con las miniaturas de los cuatro evangelistas. En aquel libro espléndido, san
Marcos aparecía ayudado por un simbólico león alado.
Carlomagno
tenía siempre junto a su cama el delgado volumen que Alcuino había escrito para
él. Le había pedido que fuera corto y práctico; que contuviera, abreviadas, las
plegarias, los himnos y las jaculatorias adecuadas a cada fecha del calendario.
Este breviario le acompañaba en sus viajes. (Y fue el primer breviario del que
se tiene noticia).
Sin
embargo, por mucha dedicación que prodigara el abad de Tours al trabajo de
preparar libros para su amigo, resultaba muy difícil convencerle para que
prestara algún volumen de la biblioteca del monasterio. «Sois muy rápido en
poner la mano para recibir un libro —regañaba al monarca—, pero cuando os pido
que lo devolváis, siempre lo escondéis tras la espalda».
Desde
hacía años, Carlomagno había adquirido la costumbre de hacer copiar los libros
en el scriptorium de la escuela palatina, y Alcuino había hecho otro tanto,
empleando las hábiles manos de los monjes de Tours. Si cada monasterio tenía
llena su biblioteca, no sería necesario pedir prestados los libros de uno a
otro, con el riesgo de perder quizás alguna obra de Cicerón o de Tácito de la
que no existieran más ejemplares. De esta manera, muchas obras poco conocidas
escritas en la hermosa caligrafía celta de Britania llegaron hasta el reino
franco, mientras que Carlomagno siempre volvía de sus viajes con un tesoro de
escogidos escritos de Lombardía o de la biblioteca de San Pedro. Como había
comprobado Alcuino, resultaba difícil negarse cuando se empeñaba en pedir un
libro.
Es
probable que ni el rey ni el maestro de York se dieran cuenta de con qué
rapidez estaban estableciendo en el reino franco una especie de centro de
supervivencia de los escritores clásicos y de los Padres de la Iglesia.
Volúmenes poco divulgados, que habían permanecido encerrados en Saint-Gall o en
Lindisfarne, circulaban ahora en las escuelas de Carlomagno. Afortunadamente,
pues la biblioteca de Lindisfarne había ardido casi por completo en una
incursión de los normandos.
A
Alcuino le gustaba sorprender a su amigo con libros bellos o recién
encontrados. Un verano, aprovechando el buen clima, viajó a Aquisgrán y se
presentó, inclinado bajo el peso de un voluminoso objeto envuelto en bordados,
ante un Carlomagno expectante. El anciano dejó caer sobre el brazo del asiento
real su gran Biblia, el texto de san Jerónimo corregido y expurgado de los
errores cometidos por copistas descuidados.
—
¡Ahora, mi David —declaró—, ya no podréis decir que vuestro pueblo reza mal
porque utiliza las palabras equivocadas!
La
cubierta de la nueva Biblia llevaba, incrustadas en plata, una placa de marfil
en la que se había grabado la escena de la Crucifixión, con unos ángeles arriba
y unas figuras llorando al pie de la cruz, y los cuatro evangelistas, uno en
cada esquina, enfrascados en su trabajo con la ayuda de sus símbolos. Un
trabajo satisfactorio en el menor detalle.
—Ni
podréis decir —añadió Alcuino— que vuestros sacerdotes lean mal porque las
palabras estén mal escritas.
Su
amigo, el monarca, pasó con avidez las finas páginas de pergamino. Llamó
poderosamente su atención la primera letra de cada parte, iluminada con
brillantes colores; las palabras estaban claramente separadas y era posible
distinguir las letras una a una, sin confusión posible. Al instante, Carlomagno
ordenó que se hiciera una copia maestra de aquella Biblia en su biblioteca; de
dicha copia maestra, se harían veinte más que se repartirían a las diócesis del
imperio.
En
la biblioteca, el rey se aventuró a hacer una pregunta a su maestro. Pero esta
vez no la soltó con brusquedad, como habría hecho en la época en que los dos se
sentaban juntos en la escuela. Volviéndose hacia el libro de Agustín, señaló
una línea sobre la que había reflexionado durante horas. «A Constantino —decía
el texto—, le fue dado el honor de fundar una ciudad para que fuera compañera
del imperio, como una hija de la propia Roma».
—
¿Te parece a ti —preguntó entonces con cierto titubeo— que podría fundarse otra
ciudad, otra… compañera de Roma parecida a ésa?
Alcuino
no miró el texto, cuyas palabras había leído de un vistazo, sino a su amigo. La
pregunta que le daba vueltas en la cabeza al emperador —pues Alcuino
consideraba ahora como tal a su amigo franco— era si aquella ciudad suya de
Aquisgrán podía convertirse en otra Roma.
Al
otro lado del alféizar, toscas techumbres de paja se acurrucaban en torno a la
cúpula solitaria de la iglesia de la Virgen. La ciudad no tenía más murallas
que las suaves laderas de las colinas que se alzaban hacia el cielo. Roma, en
cambio, protegía con murallas el río y las colinas cubiertas de palacios y
templos.
—Si
no puede haber una tercera Roma —respondió—, puede nacer una nueva ciudad de
Dios.
El
sabio britano tenía más de setenta años y estaba debilitado por las fiebres y
disminuido por la artritis. Pese a su devoción por el emperador, eran
demasiadas las cosas que le perturbaban en el nuevo palacio con el águila
dorada sobre el pórtico. El gran salón, de más de cuarenta pasos de largo,
estaba lleno de extraños. Mujeres de rostros desconocidos corrían tras sus
pequeños por los aposentos del palacio, pero todas ellas llevaban las galas de
la realeza y daban órdenes con voces chillonas. Apenas reconoció entre ellas a
Rotruda, su alumna de veinte años atrás.
En
la escuela palatina, donde ahora enseñaban sus discípulos, previno con acritud
a uno de ellos, Fredugis:
—
¡No permitas que esas palomas coronadas que revolotean por los aposentos de
palacio vengan a picotear a tu ventana!
Cuando
descubrió que Carlomagno se proponía trasladar el día de Año Nuevo de la fiesta
de Navidad al término de la oscuridad invernal, Alcuino exclamó:
—
¡Dejé aquí una escuela latina y ahora la encuentro convertida en egipcia,
ocupada en calendarios!
En
la propia biblioteca, descubrió a Einhardo, ya un hombre maduro, enfrascado en
la lectura de las biografías íntimas de los doce Césares que escribiera
Suetonio.
—Su
Excelencia, nuestro glorioso emperador —le comentó el enano—, se parece
muchísimo a César Augusto, el primero de los emperadores de Roma.
—
¡El emperador sólo se parece a sí mismo! —fue la respuesta de Alcuino.
Adalardo,
que leía en voz alta los versos medidos del pagano Virgilio, recibió también
sus amonestaciones:
—
¿Por qué te entregas a tal fascinación diabólica?
Sin
embargo, mientras arrastraba su cojera junto a las estanterías, solía acariciar
las tapas preciosas de los libros que había escrito o copiado y ladeaba la
cabeza como si escuchara algo.
—
¡Ah, cuántas melodías entonan para nosotros! —murmuraba, como excusándose—. Sus
páginas nos cantan en silencio.
Los
libros eran la causa de que Carlomagno no permitiera a Alcuino abandonar el
mundo, como era el deseo del britano, para gozar del retiro en el monasterio
benedictino de Fulda. Aún había mucho que revisar y sólo Alcuino podía hacerlo.
Cuando
el envejecido abad escribió para él una oda a san Miguel, el arcángel de la
espada flamígera, Carlomagno expresó su desconcierto ante el último verso:
«Vuestro estudioso ha escogido esta melodía para su emperador».
Para
entonces, pese a todas las quejas de Alcuino, la escuela palatina había
instruido a toda una generación en el ejercicio de sus mentes y los alumnos
educados en ella llenaban los monasterios de tierras lejanas. En Tours, Alcuino
siempre terminaba por instar a los peregrinos y estudiantes de Irlanda y
Britania a que acudieran al emperador, quien les alimentaría y protegería, para
expresar sus esperanzas al infatigable pastor del pueblo cristiano.
Fueron
tantos los isleños que dirigieron sus pasos a San Martín que los monjes
terminaron por mofarse de «esos britanos que acuden como abejas al panal».
Un
irlandés era ahora el director de la escuela palatina. Inevitablemente, estalló
un disputa entre los astutos isleños y los nativos, poco sagaces. El crisol de
mentes de Carlomagno llevaba años cociendo a fuego lento y, de pronto, rebosó.
Teodulfo, quien cierta vez había afirmado que estaría de acuerdo con un escocés
«el día en que un lobo bese a una mula», fue quien prendió la mecha.
Un
joven clérigo, juzgado culpable de cierto delito en Orleans, la ciudad de
Teodulfo, huyó a buscar refugio en el altar de San Martín de Tours, cuyo
monasterio dirigía Alcuino. El abad de Tours se negó a entregar al fugitivo y,
cuando Teodulfo envió a unos oficiales armados para sacarle de la iglesia, el
pueblo hizo sonar las campanas y salió a las calles para enfrentarse a ellos
hasta que Alcuino y sus monjes rescataron a los hombres de Teodulfo. Tras el
incidente, Alcuino mantuvo su negativa a entregar al perseguido y se apresuró a
escribir a Carlomagno su versión del caso: que el clérigo fugitivo tenía
derecho al asilo y a apelar al emperador.
Carlomagno
no compartió su opinión: «El día antes de recibir vuestra carta —le respondió—,
nos llegó otra de Teodulfo […]. Habéis caído en desacato de una orden de
nuestra propia incumbencia […]. De nada sirve que citéis la apelación de san
Pablo al César, pues san Pablo no era culpable como ese clérigo. Haced que sea
devuelto a Teodulfo. Nos sorprende que hayáis consentido en ir contra nuestra
voluntad».
Con
estas palabras, el monarca del reino franco cristiano negaba el derecho de
asilo cuando éste entrara en conflicto con una orden de su gobierno. Carlomagno
debía de estar bastante furioso, pues arremetía contra Alcuino por sembrar la
discordia «entre dos hombres sabios, doctores de la Iglesia», y asestaba un
golpe bajo a su anciano maestro al referirse a la hermandad de San Martín como
«ministros del Diablo» cuyo estilo de vida había esperado cambiar enviándoles
como abad a Alcuino…, a quien ahora encontraba incitándoles a una maldad aún
mayor.
En
esta diatriba se hacían patentes las crecientes reservas de Carlomagno frente
al sistema monástico, que sustraía hombres jóvenes al servicio de la corona
para permitirles —así lo entendía en ocasiones el monarca— llevar una vida
consentida.
En
efecto, los hermanos legos de San Martín habían causado bastantes
preocupaciones a Alcuino por su arraigado hábito de frecuentar el vino y las
mujeres fuera de los muros del monasterio. El abad acató al instante la
autoridad de Carlomagno, pero se negó a aceptar las censuras de éste respecto a
sus monjes y a su iglesia, replicándole que conocía a la hermandad de San
Martín mejor que aquellos que levantaban acusaciones contra ella. Los hombres
de Orleans que habían intentado irrumpir en la iglesia eran los más culpables,
decía en su contestación, y añadía: «He servido todos estos años en vano […] si
he de pecar de deslealtad a mi avanzada edad […]. Ni todo el oro del reino
podría hacerme suscitar tan peligroso tumulto en el seno de la Iglesia».
Carlomagno,
inflexible, envió a sus missi a arrancar de su refugio al reo. Impávido,
Alcuino respondió hurtando «a la cólera ardiente de Teodulfo» a varios monjes
jóvenes de su comunidad, enviándolos a refugiarse lejos de allí, en Salzburgo,
con Arno.
Tal
enfrentamiento de firmes voluntades sobre la cuestión de la autoridad y los
derechos humanos era un signo de nueva vitalidad en el mundo de las grandes
ideas.
En
aquel crisol de pueblos en que se había convertido el reino franco, estaba
iniciándose un renacimiento. Hasta entonces, no había habido juglares que
recorrieran los caminos junto a los peregrinos que visitaban los nuevos
santuarios, ni pintores de retratos o escultores que crearan obras maestras
para los príncipes. Manos aún torpes tallaban ya en madera diseños copiados de
los marfiles bizantinos, varios orfebres empezaban a elaborar pequeños
recipientes como los hallados en el tesoro ávaro y las mujeres reproducían en
sus telares las estampas de los cuatro Evangelios de Carlomagno. En el
monasterio de Reims, los monjes empezaron a dibujar vividas figuras con
renovado deleite.
Toscamente,
pero con insaciable vitalidad, el espíritu occidental empezó a expresarse en un
movimiento hacia una vida mejor que conocemos como «el Renacimiento
carolingio», y que encontró su vía de expresión en la escritura carolingia.
Hoy,
nos parece muy normal que todos empleemos el mismo tipo de letra en nuestra
escritura, pero hace quince siglos, tras la desaparición de las bonae litterae
de los romanos, sólo existía una babel de escritos, torpemente copiados de los
griegos y de los romanos al principio, y de unos a otros más tarde. En la época
de los francos merovingios, la escritura había caído, con el pensamiento, a su
nivel más bajo.
Durante
esas tinieblas de la Baja Edad Media, el arte de escribir sólo había
sobrevivido en los centros monásticos y, muy toscamente, en las escasas
secretarías de las cortes. Estos núcleos supervivientes, al estar muy alejados
entre sí, tendían a generar grafías propias. Ya no existía un modelo al que
ceñirse, y los amanuenses, que trabajaban con la pluma o el punzón sobre
pergaminos de piel de cordero raspada en estancias mal iluminadas, escribían
espontáneamente como les resultaba más sencillo a ellos, y no como hiciera más
fácil la lectura. Por lo general, un copiante podía leer sus escritos, pero
pocos más eran capaces de hacerlo.
Desde
luego, la mayoría de ellos había visto las grandes y angulosas mayúsculas
latinas grabadas en muros y lápidas; para ellos, era una especie de lenguaje
funerario. Sin embargo, requería mucho esfuerzo copiar un libro entero en
aquellas letras, que por otro lado ocupaban demasiado lugar en aquellos
valiosos pergaminos. Las mayúsculas angulosas estaban bastante bien para el
encabezamiento de la página; para el resto, los amanuenses solían emplear su
propia cursiva. Incluso la cancillería papal había desarrollado una vacilante
caligrafía que debía ser descifrada por los iniciados. Algo de la hermosa letra
romana de la Antigüedad sobrevivió en Irlanda, donde se convirtió en la
elegante grafía insular de Lindisfarne.
Mientras,
los contados monasterios de Hispania empleaban unas letras visigodas, claras
pero completamente distintas, al tiempo que los monasterios beneventinos en
torno a Montecassino desarrollaban unas letras menudas, sin separaciones entre
ellas, que servían bastante bien a los beneventinos. El problema era que las
letras tendían a tomar diferentes formas en los distintos lugares, mientras que
los irlandeses desarrollaron otra grafía enteramente propia, que llegó al
corazón del reino franco gracias a misioneros como Gall y Columbano.
En
uno de los monasterios del reino, Corbie, donde había estudiado Adalardo,
evolucionó una suerte de común denominador de la escritura, en parte derivada
de la antigua grafía romana y, en parte, de la influencia celta. (Entretanto,
la escritura de Constantinopla seguía siendo bastante legible, pero mantenía el
uso del griego, que apenas era conocido en el Oeste). Pacientemente, al copiar
sus libros, los amanuenses de Corbie desarrollaron una letra que se llamaría
minúscula y que ofrecía dos ventajas vitales: era lo bastante pequeña como para
escribirla fácilmente con la pluma y, al mismo tiempo, conservaba la forma
clara de las letras grandes (mayúsculas). Tal escritura resultaba atractiva y
cualquiera podía leerla tras un par de ensayos.
Esta
tosca minúscula de Corbie encontró una buena acogida en Tours, cuyos copiantes
la perfeccionaron hasta hacer reconocibles las letras una a una, dejando una
ligera separación entre ellas. Y la escritura de Tours llegó más tarde a la
escuela palatina de los francos, donde aparecía en pan de oro en la primera
página púrpura del gran Leccionario o Biblia de lectura de Carlomagno cuando
Alcuino se hizo cargo de la escuela. No es cierto, como se ha dicho en
ocasiones, que Alcuino fuera el inventor de esta escritura, pero sí favoreció
su uso, igual que Carlomagno, porque resultaba más fácil de leer.
El
rey y el sabio de York prepararon un salterio para Adriano, escrito en oro en
aquella nueva y hermosa letra.
Conforme
aumentó la producción de copias de libros, la escritura que había evolucionado
en Corbie, Tours y Aquisgrán se extendió hasta las fronteras del reino franco.
Tanto Carlomagno como Alcuino comprendieron la ventaja de tener una caligrafía
uniforme en todos los centros de lectura y el monarca la hizo obligatoria.
Sin
embargo, no resultó tarea fácil instruir a cientos de hombres para que
escribieran según el mismo patrón. «No hacemos grandes progresos —reconocía
Alcuino ante su amigo—, debido a la incultura aquí existente». Para escribir
bien, el amanuense tenía que saber leer con fluidez. Más aún, tenía que
utilizar los signos de puntuación como los demás. Como recordatorio, Alcuino
colocó un rótulo en el scriptorium: «Expresad claramente el sentido de las
palabras mediante la puntuación, o el lector de la iglesia las transmitirá
erróneamente a sus hermanos». Esta advertencia resulta muy típica de
Carlomagno.
La
inflexible determinación del monarca imperial y el genio de Alcuino para la
preparación de libros consiguieron su objetivo. Salterios, misales, libros de
leyes y otros muchos volúmenes transcritos con aquella nueva letra viajaron de
Tours y Aquisgrán hasta las ciudades más lejanas. Por fin había aparecido una
escritura común a todos y con ella se puso término al galimatías incoherente de
siglos anteriores.
Más
aún, al ser copiado múltiples veces gran número de obras literarias clásicas y
del principio del cristianismo, se conservaron textos que, de otro modo, no
habrían llegado a los eruditos del Renacimiento y a nuestros días.
Esta
escritura, que hoy conocemos como «minúscula carolingia», se mantuvo vigente en
siglos posteriores pese a la intrusión de la florida letra gótica. Cuando los
humanistas de siglos posteriores buscaron una caligrafía mejor, revivieron esta
minúscula carolingia, sobre todo en Italia, pasando a ser conocida entonces
como «letra romana» (nuestra «redonda»), Y cuando los primeros impresores
buscaron en los manuscritos un modelo en que basar sus caracteres tipográficos,
probaron los góticos para decidirse finalmente por los carolingio-romanos. Y
así ha sobrevivido en las páginas que hoy leemos.
Ni
siquiera el triunfo del monarca en la antigua Roma causó tanto revuelo como la
llegada del elefante Abul Abbas a Aquisgrán. El monstruo fabuloso de Babilonia
avanzó bamboleándose por la embarrada calle del mercado, arrancando la hierba
fresca de la techumbre de los edificios con aquel brazo increíble que le servía
de nariz. Luego, el animal emitió un sonido como un trompetazo y los caballos
de las callejas de la ciudad huyeron espantados, abriéndose paso entre las
ovejas apelotonadas junto a los tenderetes de los vendedores de carne.
Carlomagno
contempló complacido cómo Abul Abbas destrozaba el establo que le
proporcionaron; el elefante era capaz de arrancar de cuajo un árbol joven y,
sin embargo, aceptaba las uvas que le ofrecía el rey cogiéndolas de su mano con
toda delicadeza. Isaac, el mercader que había viajado durante dos años con el
animal y era su cuidador, dijo que Abul Abbas podría vivir aún cincuenta años
más si se sentía contento en tierras francas. Desde luego, en los cálidos días
estivales, el animal parecía muy satisfecho, devorando en cada comida un campo
entero de cereal y tomando su baño cotidiano en el río. Cada día, en sus rondas
de inspección, el rey se detenía a contemplar a su prodigioso visitante, regalo
del califa.
Einhardo,
al menos, insistió en que Aarón había enviado a Abul Abbas por el gran amor y
admiración que le inspiraba Carlomagno. Sin embargo, en las mesas de las
tabernas corría el rumor de que Isaac había traído el elefante por propia
iniciativa, como un objeto de comercio más.
—
¡Aarón siente más afecto por nuestro glorioso rey que por ningún otro monarca
de la tierra! —defendía el enano a su héroe.
—
¿Por qué afirmas tal cosa?
Los
parroquianos siguieron escépticos al respecto, pues los francos enviados a
Bagdad habían muerto o desaparecido y sólo habían llegado a Aquisgrán el
mercader y Abul Abbas.
—Por
los ricos presentes que hemos recibido de los persas.
—
¿Qué presentes?
—Perfumes
y toda clase de objetos.
Los
comentarios en torno a las jarras de cerveza siguieron insistiendo en que el
diminuto secretario real fanfarroneaba. Sin embargo, en el tesoro del rey
apareció una maravillosa bandeja de oro de Jursabad, regalo sin duda de Harún
(Aarón), el califa. El tesoro contenía también un enorme dosel, con las cuerdas
de sujeción teñidas de insólitos colores, que dejó asombrados a los rehenes
sajones que intentaron disparar sus flechas por encima de él. Desde la
aparición de Abul Abbas, cualquier tesoro que llegara del Este era denominado
«el regalo de Harún». Por ejemplo, el reloj.
Este
reloj de agua fabricado en bronce satisfizo a Carlomagno, para quien resultaba
más exacto que las velas de sebo marcadas y que los relojes de arena. Su
mecanismo de goteo de agua medía una a una doce horas, liberando una bola de
bronce que hacía sonar una campana al cumplirse cada hora. El artilugio le
sirvió para seguir el movimiento nocturno de las constelaciones.
Para
entonces, el monarca tenía siempre a su lado a varios traductores que le
explicaban lo que decían sus visitantes gascones, griegos o ávaros. Exiliados
como Egberto de Britania buscaron refugio en Aquisgrán, donde se estaba
produciendo algo inaudito. Desde aquel embrión de ciudad junto al Würm, la paz
del rey estaba extendiéndose más allá de las fronteras del reino. Los rehenes
sajones se establecían en el verde valle y el príncipe Carlos realizó su última
marcha hasta el Báltico. La guerra que había sostenido durante treinta y dos
años contra el pueblo sajón finalizó sin discursos, asambleas o tomas de
juramento. Más allá del Rin, los colonos francos edificaron poblaciones que se
mantuvieron en pie sin ser objeto de saqueos o incendios. Con el brutal traslado
forzoso de pueblos impuesto por Carlomagno, habían terminado los
enfrentamientos armados, pero quien realmente había sellado la paz era la nueva
generación que crecía sin guerras ni conflictos de religión, a lo cual
contribuyó quizá la prohibición de portar armas decretada por el rey. Por otra
parte, las escuelas parroquiales, que reunían a los jóvenes sin distinciones,
ayudaron a quebrar los antagonismos de clan. Esto último, el monarca debía
agradecérselo al godo.
Además,
esta nueva generación —la de Einhardo— no había conocido otro gobernante y no
tenía otra lealtad que la debida al gigantesco franco. Aunque Alcuino hablara
con alborozo del nuevo imperio cristiano, el pueblo de las villas y de los
campos sólo estaba unido por la creencia de que Carlomagno les gobernaba a
todos por igual.
«El
rey hizo anotar minuciosamente las rudas canciones que celebraban las hazañas y
las guerras de los antiguos monarcas —relata Einhardo—, con la intención de
conservarlas para futuras generaciones».
Con
este intento de preservar los viejos mitos teutónicos, Carlomagno tal vez
pretendía expiar el hecho de haber derribado el Irminsul, treinta y dos años
antes. Sin embargo, estas canciones que mandó copiar se perdieron en la nueva
edad oscura que siguió a su muerte.
Pese
a todo lo anterior —y salvo su insistencia en que ahora se le acatara como
emperador, y no ya como rey de los francos—, Carlomagno no cambió en absoluto
sus hábitos. Continuó sometiendo a algunos embajadores extranjeros, sobre todo
bizantinos, al juego de enviarles de un paladín a otro por los pasillos del
palacio de Aquisgrán, hasta que el inexperto embajador se encontraba
presentando sus respetos al chambelán y al condestable, antes de ser conducido
por fin ante la mayestática presencia real, deslumbrantemente vestida con paño
de oro y sentada en el trono tras el cual brillaba un sol cegador. Salvo en
tales ocasiones, el emperador llevaba siempre su viejo manto azul y la vara de
madera de manzano, y ponía reparos a la vistosa indumentaria que sus nobles
habían importado de países extranjeros. Alcuino advertía de ello a su amigo, el
arzobispo de Canterbury, en una carta: «Si visitáis a nuestro señor rey, cuidad
de que vuestra gente no aparezca ante él vestida de oro y seda». Carlomagno
también seguía siendo un entusiasta de las cacerías de jabalíes, y el
chocarrero cronista de Saint-Gall contaría, años después, una anécdota al
respecto.
«Un
día de lluvia, Carlos llevaba encima una badana, bastante barata, mientras el
resto de su corte se pavoneaba con ropajes de piel de faisán y plumas de pavo
real, con sedas adornadas de cintas púrpura e incluso, algunos, envueltos en
mantos de armiño. Se celebraba una festividad y acababan de volver de Pavía,
donde los venecianos inundaban el mercado con todo tipo de riquezas de Oriente.
“No debemos caer en la indolencia porque estemos disfrutando de una jornada de
descanso —les dijo el rey—. Salgamos todos ahora a cazar, con las mismas ropas
que llevamos”.
»Así
pues, salieron a batir la espesura, abriéndose paso entre ramas de árboles,
espinos y zarzas y ensuciándose con la sangre y la piel de los animales
salvajes. Y en este estado regresaron a la ciudad.
»Todos
buscaron la cercanía de los fuegos para calentarse, cuando el astuto rey Carlos
ordenó: “Todos debéis acostaros ahora con esas ropas para secarlas”.
»Al
día siguiente, les hizo comparecer con la misma indumentaria, que ahora ya no
tenía nada de espléndida pues estaba arrugada, encogida y llena de desgarros.
Entonces Carlos, en son de burla, dijo a su chambelán: “Que cepillen mi piel de
oveja y me la traigan”. Cuando le llegó, limpia y entera, se la volvió a poner
y habló de esta manera: “¿Qué es más valioso y más útil, esta prenda comprada
con una pieza de plata, o las vuestras, que os han costado libras de plata?”».
Así
como Alcuino encontraba solaz fuera de la capilla de San Martín, donde los
árboles del huerto se alzaban como las columnas de una catedral y los pájaros
cantaban con voces angelicales, Carlomagno buscaba la tranquilidad junto al
río, donde sus hijas, con regias indumentarias, adornaban de flores su mesa
bajo un olmo y cantaban con sus nietas. Hasta el año de la paz sajona, 804,
Alcuino, que había ansiado tomar los votos monacales y escapar de los trabajos
mundanos, luchó por revisar una Regla de san Benedicto para que la copiaran
todos los monasterios; entre sus otros edictos, Carlomagno dictó un capitular
exigiendo la lectura del canon y la regla de san Benedicto. Poco antes de
morir, Alcuino escribió a Adalardo, entonces abad de Corbie: «He guardado la
espada de mi trabajo como soldado».
Ningún
paladín armado había sido más resuelto campeón de Carlomagno que aquel maestro
de las escuelas. Con su muerte se rompió parte de la notable continuidad de
pensamiento en el reino franco. No volverían a escucharse los apodos de la
Academia.
Guillermo
de Toulouse, tal vez el apoyo más fuerte del rey, dejó la compañía de la vieja
generación de una manera muy propia de él. El héroe de la Marca Hispánica
abandonó espada y silla de montar para ingresar en un monasterio de montaña a
cuyo sostenimiento había contribuido durante sus campañas. Cuentan que allí se
ocupaba de transportar el agua, a lomos de un borrico, a los hermanos que
trabajaban los campos. Algilberto, por su parte, también se recluyó cada vez
más en su abadía.
Nadie
sabe qué habría podido conseguir Carlomagno sin este destacado grupo de
consejeros, quienes dedicaron sus vidas a que la de su pupilo fuera fructífera.
El franco había aprendido mucho de ellos, y ellos le habían sido fieles. Ahora,
a sus sesenta y dos años, ya no tenía un Alcuino que guiara su mente ni un
Erico que le protegiera las espaldas. A instancias suyas, aquellos sacerdotes y
paladines habían logrado culminar tareas mayores que las que jamás habían
imaginado posibles. ¿Podrían otros servirle así?
Carlomagno
reflexionó sobre ello y convocó a todos los que él mantenía para que le
rindieran un servicio más extraordinario. «Existe ahora una tarea superior que
debe llevarse a cabo —les dijo—, pues, con fortaleza de cuerpo y de mente, debe
prestarse servicio al Señor».
Einhardo,
su sombra, advirtió este cambio en él: «Después de que recibiera el título de
emperador…».
El
año de la muerte de Alcuino y de la paz sajona, 804, fue también el año de la
esperanza en Aquisgrán. Al sur, la Marca Hispánica se mantenía firme con las
ciudades y torres que había erigido Guillermo; al norte, el belicoso Godofredo,
rey de los daneses, propuso conversaciones de paz a Carlomagno; desde su ciudad
imperial, el franco enviaba dinero por vía marítima a los cristianos pobres de
África y Siria, de Cartago y Jerusalén. Y, por último, el papa León viajaba
desde Roma al encuentro de Carlomagno, esta vez no temeroso y necesitado sino
lleno de alborozo, para dilucidar si se había producido o no cierto milagro en
Mantua.
Durante
estos meses, las tierras son trabajadas y el pueblo ha hecho solemne promesa de
rendir servicio al Señor, con una naciente esperanza de futuras bendiciones.
Junto a la escalinata de palacio, el reloj de bronce marca las horas con su
novedoso sonido… Sin embargo, pocas van a ser las horas de gloria de esa
comunidad perdida.
El
papa León cruza la frontera con alivio. En las alturas de los Alpes, Audulfo,
nuevo conde de la Marca del Este, le escolta hasta el monasterio de
Saint-Maurice, donde Carlos, el hijo del rey, espera con sus hombres para
presentar honores a los visitantes de Roma. Juntos cabalgan cómodamente entre
los grupos de peregrinos y las caravanas de carros tirados por bueyes que
transportan los productos de Pavía y de las islas venecianas hasta Aquisgrán,
pues se han eliminado los peajes para los mercaderes. Los jinetes que les dan
escolta llevan capas lombardas, cerradas con broches de plata mora; aunque son
turingios o francos del este por nacimiento, todos ellos se consideran
simplemente «hombres del emperador».
Para
la octava del buen san Martín, León ya está en Reims, en cuya plaza de la gran
iglesia de Saint-Remi le aguarda Carlomagno con sus paladines y cazadores. De
la puerta del templo escapa la música de un órgano; en uno de sus muros hay una
estampa de Moisés conduciendo a su pueblo sano y salvo hasta la orilla del mar
Rojo mientras las olas se tragan a los jinetes armados de un faraón con el
aspecto de un huno…
Las
gentes hablan de las cosechas recolectadas y de las semillas reservadas para la
siembra del mes de roturar los campos. En el alargado valle de Aquisgrán, donde
brilla la cúpula dorada, el pueblo espera bajo los estandartes de las iglesias,
desplegados como en Roma. Sin embargo, el camino hasta el pórtico del palacio
transcurre junto a rediles de ovejas y establos de vacas. La estatua que guarda
los peldaños es un espléndido oso de bronce.
La
multitud que aguarda para contemplar el paso del Papa se entretiene con los
saltimbanquis, que ofrecen sus cabriolas y malabarismos a cambio de unas
monedas. Cuando Carlomagno desmonta, con los palafreneros a su estribo y el
marcial chambelán esperando al pie de la escalinata para hacerse cargo de la
capa de montar del emperador, no suena ninguna fanfarria. Un anciano se atreve
entonces a adelantarse unos pasos y, tañendo un arpa con dedos nudosos, entona
un saludo al rey que regresa a su salón cortesano y el emperador entrega al
cantante uno de sus brazaletes de oro. Viendo tal cosa, Teodulfo, el obispo de
Orleans, exclama:
—
¡Es la gloria de los poetas!
El
salón está engalanado para la fiesta de celebración del término del viaje; las
paredes están cubiertas con colgaduras de paño de Arrás, los bancos de los
invitados están forrados de seda púrpura y numerosos candelabros de plata
iluminan las largas mesas, adornadas con flores y bayas otoñales. El senescal,
con ropas cortesanas, da paso a los portadores de las grandes fuentes de
comida, que las reparten entre los comensales. A ellos siguen los portadores de
copas y los escanciadores de vino. Junto a los paladines, relucientes de
escarlata y oro, los niños se apretujan en sus bancos esperando con impaciencia
que se inicie el banquete. Sus cuchicheos se alzan como un leve soplo de brisa
en la espesura hasta que se hace el silencio con la bendición de León.
A
una señal de Carlomagno, el capellán de palacio eleva una oración de acción de
gracias por las mercedes recibidas por el pueblo cristiano. A pesar del
esplendor de las indumentarias y de la abundancia de metales preciosos, la
asamblea no parece en estos momentos sino la alegre reunión de una gran familia
para celebrar el último de los Doce Días de Navidad, con el que se inicia el
año nuevo. Y, entre el alborozo general, el repique del reloj de bronce marca
las horas…
Sin
embargo, las grandes esperanzas de este amanecer de la nación cristiana
quedarían empañadas por los infortunios de los cinco años siguientes.
En
primer lugar, Godofredo, el rey danés, no hizo acto de presencia en las
acordadas conversaciones de paz. Al contrario, sus navegantes reanudaron las
incursiones bélicas. Los analistas de Aquisgrán utilizaban indistintamente los
términos «daneses», «normandos» o «nórdicos» para referirse a estos pueblos
procedentes de la yerma y fría Escandía, de las islas bálticas y de la Marca
Danesa, que aparecían durante la temporada estival, ideal para la navegación, a
bordo de sus naves esbeltas y rápidas que transportaban tanto guerreros como
caballos. Estos primeros vikingos (hombres de los fiordos) remontaban los ríos
en sus embarcaciones de poco calado y tras desembarcar, montaban sus caballos y
arrasaban ciudades, saqueándolas e incendiándolas, como sucedió en Lindisfarne.
Por la noche, protegían sus campamentos con trincheras. Eran guerreros
valientes que hacían sacrificios a los antiguos dioses y atacaban iglesias para
apoderarse de los objetos de valor de sus altares. Cuando alguna hueste armada
se dirigía contra ellos, los hombres del norte montaban de nuevo y volvían al
galope hasta sus naves dragón, donde quedaban a salvo de los perseguidores.
Fracasados
sus intentos de conseguir un acuerdo de paz con ellos, Carlomagno intentó
disponer una defensa de sus fronteras marítimas. En su visita de inspección del
año 800, había puesto sobre aviso a los pueblos costeros y había iniciado la
construcción de torres de vigía. Sin embargo, sus diócesis de los Países Bajos
y del Canal llevaban demasiado tiempo en paz y los hombres libres campesinos
eran reacios a mantener patrullas armadas de vigilancia. El monarca ordenó la
construcción, en astilleros situados en los ríos caudalosos, de barcos capaces
de navegar por el mar; también mandó edificar fortalezas de piedra en puntos
estratégicos como el pasillo del Rin. Sin embargo, el rey danés decidió marchar
contra los eslavos del Báltico, expoliando a quienes habían jurado fidelidad al
emperador cristiano y ayudando en cambio a quienes combatían contra él. Los
ejércitos de Carlomagno no consiguieron dar alcance a los osados saqueadores.
Parecía
como si hubiera surgido del mar un nuevo Widukindo y la profecía de la cabeza
de dragón estuviera cumpliéndose.
El
monje de Saint-Gall, con la ventaja de escribir tiempo después de que se
produjeran los hechos, narra un episodio de la lucha de Carlomagno contra la
amenaza procedente del mar:
«Sucedió
que, en una de sus rondas de inspección, Carlos se encontraba cenando en paz en
cierta ciudad de la costa de Narbona cuando se presentaron varias naves
normandas con intención de realizar una incursión pirata. Al principio, cuando
las naves fueron avistadas, parte de los habitantes de la ciudad pensó que eran
judías, o pertenecientes a algún mercader africano o britano. Sin embargo, el
sapientísimo monarca las reconoció al instante por su forma y su velocidad y
declaró lo siguiente: “Estas naves no vienen llenas de mercaderías, sino de
ferocísimos enemigos”.
»Al
escuchar sus palabras, los ciudadanos corrieron a toda prisa a defender la
costa, pero fue en vano porque los nórdicos, al saber que Carlos se hallaba
allí, emprendieron la huida con asombrosa rapidez. Cuando recibió la noticia,
el justísimo y devotísimo rey Carlos se levantó de la mesa, se asomó a mirar
por la ventana que daba al este y allí permaneció inmóvil, con lágrimas en los
ojos, y nadie se atrevió a dirigirle la palabra.
»Entonces,
el monarca explicó sus lágrimas a los nobles con estas palabras: “No tengo
miedo de que esos bribones despreciables me hagan ningún daño. Lo que me
entristece es pensar que se atreven a invadir esta costa cuando aún estoy vivo,
y me sobrecoge un profundísimo pesar al imaginar el mal que puedan causar a mis
descendientes”».
El
ingenioso cronista dejaba así constancia de que, mientras vivió, Carlomagno
procuró defender sus tierras interiores aunque los escurridizos invasores
marinos continuaron sus incursiones en las costas del reino, al tiempo que
empezaban a infligir más y más daños en Britania.
Al
sur, las fronteras del franco se mantenían seguras más allá de los Pirineos.
Sus huestes armadas de Aquitania —ahora al servicio de Luis, su hijo— habían
incorporado a los taimados gascones, a los provenzales y a los antiguos godos
de Navarra, que prestaban oídos a las indicaciones de Teodulfo. Ganando las
montañas pueblo a pueblo, hondonada a hondonada, la línea fronteriza avanzó
lentamente hasta las aguas del Ebro, donde se encontraba la Zaragoza de
infausto recuerdo. El objetivo de Carlomagno era adueñarse de la costa
mediterránea hasta Barcelona, al tiempo que intentaba alcanzar una tregua con
los poderosos emires de Córdoba.
En
esto último no parecía tener mucho éxito. De vez en cuando, el celo religioso
inflamaba a los señores árabes del norte y les impulsaba a acometer a los
cristianos invasores. Apartado Guillermo de Toulouse de aquel mundo de
batallas, en Aquitania se echaba en falta un liderazgo militar. El devoto e
incauto Luis era incapaz de mantener la disciplina entre los poderosos señores
de los castillos pirenaicos y Carlomagno no se aventuraba hasta aquellas
tierras. La hueste armada de los cristianos se dirigió a tomar Tortosa, en la
boca del Ebro; al llegar allí, desfiló en torno a la ciudad con aire triunfal y
penetró en un valle cerrado por grandes peñas, donde fue emboscada y diezmada
como sucediera en Roncesvalles. Carlomagno recibió las noticias de Tortosa en
apenado silencio.
Pero
el mayor peligro del poder musulmán se hizo patente en el Mediterráneo, donde
el emperador tenía ahora varios puertos —Barcelona, Narbona, Massilia
(Marsella) y los puertos de la Liguria—, que habían quedado inactivos tras la
desaparición del dominio romano. Según cuenta el monje de Saint-Gall, naves
mercantes judías y cartaginesas descargaban en aquella costa preciados
cargamentos de contrabando. Carlomagno deseaba reabrir aquella antigua avenida
comercial y Pipino fletó una flotilla que recorría las costas de Liguria (en
las proximidades de Génova).
Las
velas musulmanas pasaban a toda velocidad ante aquellas costas y las flotas de
la Hispania islámica hacían incursiones en las islas —las Baleares, Córcega y
Cerdeña—, de donde se llevaban cristianos para venderlos como esclavos. ¿Qué
defensa podía ofrecer el emperador de los cristianos a aquellas islas?
La
improvisada flota de Pipino, con dotación italiana, expulsó de Córcega a los
invasores en una ocasión, pero otros sarracenos enviaron desde África nuevas
flotas capaces de cruzar el mar abierto. Carlomagno impulsó entonces la
construcción de grandes naves con espolones como las bizantinas y movidas a
remo como las nórdicas.
Al
Este se extendían los territorios del desconocido continente. Más allá del
Elba, Carlomagno había exigido rehenes y tributos de muchas tribus eslavas, a
las cuales debía protección frente a los nórdicos y otros paganos. Bajo el
mando de Carlos, su hijo guerrero, los ejércitos de la gran Marca del Este
debían adentrarse continuamente en las tierras vírgenes para imponer la paz del
emperador, quien tuvo el acierto de nombrar conde de la Marca a uno de sus
oficiales, Audulfo, comandante de aquella vasta frontera.
En
el centro del continente, más allá de la cadena montañosa del Bóhmer Wald,
habitaba el silencioso pueblo de los checos, o bohemios, que jamás había
conocido las bendiciones de la civilización.
El
sagaz anciano de Aquisgrán sabía que, si lograba conquistar a aquellos
bohemios, los inquietos ávaros y eslavos podrían ser expulsados más al Este.
Contra los bohemios envió a Carlos con tres ejércitos cristianos formados por
sajones, bávaros y eslavos. Así había invadido el franco las tierras de los
ávaros y, tal como sucedió con éstos, los bohemios que habitaban los bosques
desaparecieron de sus valles altos ante el avance de su hijo. Más allá del
rápido Moldava, los ejércitos se quedaron sin suministros y Carlos tuvo que
retirarse, para informar a su padre de que allí sólo había encontrado un mar de
hierba, «la gran llanura del este».
El
emperador mandó de nuevo a Carlos a los bosques de Bohemia y envió refuerzos a
Luis para que volviera a intentar la captura de Tortosa. Los resultados fueron
los mismos: desaparición del enemigo en un caso y desastre militar en el otro.
Carlomagno,
parece, comprendió por fin que sus fronteras habían alcanzado los límites
posibles hacia el norte y el este, donde llevaba algún tiempo construyendo
núcleos defensivos a lo largo del Elba: pueblos fronterizos amurallados,
reforzados con torres y habitados por guarniciones siempre a punto para el
combate. Así, Essefeld mantenía la guardia frente a los daneses, y Hohbuki, río
arriba, hacía lo propio ante los hostiles wilzi. Más allá quedaban Magdeburgo y
Halle, desde donde la línea de defensa seguía el río Saale y ascendía las
cumbres del Bóhmer Wald, el bosque de Bohemia; de allí, formaba una curva hacia
el este en torno a los poblados ávaros y descendía hasta el Friuli e Istria
(más allá de Trieste), donde Erico había establecido una buena defensa. Al
oeste de esta línea, las colonias cristianas iban tachonando los valles con el
paso del tiempo; al este, el desorganizado pueblo pagano se extendía por la
gran llanura.
Esta
línea defensiva desde el Báltico al Adriático se mantuvo firme pero, en algunos
puntos, los misioneros cristianos llegaron más allá. Arno dedicó su vida a
extender sus iglesias hacia el Mur y el Drave (más allá de la actual Austria).
Durante mucho tiempo, estas misiones carolingias marcaron los límites de la
iglesia cristiana.
Más
allá de los puestos fronterizos de Istria, en la costa adriática, los missi de
Carlomagno y sus misioneros llevaron al seno del cristianismo a los vecinos
pueblos yugoslavos.
Por
primera vez, el emperador había establecido límites a sus dominios y ahora se
disponía a defenderlos con toda su energía. En el interior, debía reinar la
paz.
Pero
entonces reapareció la escasez. Se produjo tras una sequía y se convirtió
enseguida en una gran hambruna. Carlomagno sabía, por experiencia, que a ésta
seguiría la peste, la cual alimentaría a su vez el desorden y el miedo de la
misma forma inevitable en que los Cuatro Jinetes del Apocalipsis se sucedían
unos a otros.
A
aquellas alturas, el monarca disponía en Aquisgrán de un considerable tesoro.
Convocó a sus paladines a presentarse de inmediato en la corte y organizó con
ellos un cuerpo de oficiales a quienes enviar donde resultara necesario. Cuando
recibía un aviso mediante fogatas de señales o palomas mensajeras, estos
oficiales se apresuraban a acudir al lugar. Siguiendo los consejos de
Eberhardo, el senescal, encargó la resolución de todos los asuntos legales al
conde de palacio. Sin embargo, pese a todo, la hambruna se extendió donde sus
oficiales no pudieron reunir provisiones suficientes.
Los
paladines llevaron las flotillas de pesca frisonas a las bocas del Rin y
convocaron la leva de armas para proteger el grano almacenado y los rebaños.
Los comandantes militares de cada plaza hicieron inventario de la comida que
quedaba en su circunscripción. «El Diablo anda suelto por la tierra»,
declaraban los aldeanos, y acudían en masa a las iglesias para rezar, en lugar
de dedicarse a llevar agua a sus campos. Los missi de Carlomagno cabalgaron de
pueblo en pueblo exhortando a los que tenían la despensa llena a que entregaran
parte de sus reservas a quienes no tenían qué llevarse a la boca Unos acataron
la orden pero otros, temiendo que lo peor no hubiera llegado todavía, no lo
hicieron.
«Que
todos obedezcan a los mensajeros», ordenó entonces Carlomagno; y lo hizo
cumplir. En sus casas de campo crió ganado seleccionado y caballos escogidos, y
sus administradores plantaron nuevos cereales más resistentes, al tiempo que
empleaban a los siervos en el cuidado de las colmenas y en la protección de la
pesca en los ríos. Así, sus casas de campo enseñaron con su ejemplo a otros
campesinos cuáles eran los mejores cultivos en aquellas circunstancias. El
monarca ordenó también que se abrieran a las familias trasladadas desde Sajonia
los mansos reales, es decir, las tierras y casas de campo del rey situadas
fuera de las villas. A las familias sin tierras las envió al este para
desbrozar los bosques de Sajonia. Otras fueron conducidas desde Aquitania al
otro lado de las montañas para colonizar las nuevas tierras fronterizas de
Hispania. A los hombres demasiado enfermos para el trabajo se les encargó que
llevaran las piaras de cerdos a los bosques para que se alimentaran allí.
Al
presentarse esta crisis, Carlomagno reflexionó sobre su propia muerte y lo que
sucedería entonces con su familia y sus dominios.
Antes
de que finalizara el invierno del año 806, convocó una asamblea en Thionville,
más próxima al centro de su reino que Aquisgrán. Allí decretó la partición del
presunto imperio entre sus hijos, Carlos, Pipino y Luis (Ludovico Pío). Con
esto siguió la costumbre merovingia y el ejemplo de su propio padre.
Dividió,
pues, la inmensa herencia en tres reinos. A su muerte, sus hijos gobernarían
como reyes los territorios que ya venían administrando como virreyes: el reino
de Luis tendría su centro en Aquitania, el de Pipino en la antigua Lombardía y
Carlos gobernaría las tierras del Rin, abarcando hacia el sur hasta la región
de Tours. Con su nueva preocupación por las fronteras, Carlomagno fue muy
minucioso al delimitar el territorio de cada uno de los futuros reinos. Así, a
Luis le concedió además un paso a Italia a través de los Alpes Marítimos y a
Carlos le adjudicó una ruta desde el Rin hasta el paso del Monsjovis. De este
modo, otorgaba a cada hermano una vía por la que acudir, en caso necesario, en
ayuda de los demás.
Al
resto de la familia lo protegió con medidas muy propias de él. Sus hijas
dispondrían de sus propias tierras y haciendas, serían protegidas por sus
hermanos y contraerían legítimo matrimonio según sus propios deseos. Ninguno de
sus nietos podría ser desterrado, hecho cautivo o perjudicado en modo alguno.
Debería mantenerse la paz en el seno de la familia y en sus dominios. Sin
embargo, mientras él viviera, toda la autoridad descansaría en sus manos y
seguiría recibiendo «la obediencia debida de los hijos hacia su padre, así como
la de los súbditos hacia su emperador».
Ciertamente,
mal puede ser ésta la última voluntad de un hombre que intentara revivir el
Imperio Romano o crear algún tipo de imperio político. Con ella, Carlomagno
dejó a los historiadores un enigma tan desconcertante como el de su coronación.
¿Se proponía realmente dividir su obra de esa manera, o tenía intención de
nombrar emperador a uno de sus hijos en el último momento? El franco no lo
aclaró.
En
cuanto a sus hijos, no pareció favorecer a ninguno por encima de los demás. A
Carlos, el más parecido a su padre —los observadores censuraban al resuelto
príncipe que rezara con la cabeza erguida—, era a quien recurría con más
frecuencia para hacer la guerra. El piadoso Luis era quien recibía más ayuda, y
parecía necesitarla toda. El impetuoso Pipino, celoso de Carlos, disputaba
constantemente con León, pero consiguió grandes cosas por su cuenta contra
beneventinos, ávaros e incluso frente a los musulmanes en el mar. Sin embargo,
Carlomagno mantuvo siempre a los tres dentro de las órbitas de sus futuros
reinos.
El
emperador se ocupó decisivamente de que su voluntad se cumpliera. Hizo que los
nobles de la asamblea de Thionville juraran obedecerla y ordenó a Einhardo
mandar una copia de ella a León para que éste expresara el consentimiento
papal.
Tal
vez nos haya quedado una clave respecto a sus intenciones: el arnulfingo
siempre pareció más consciente de la responsabilidad que había recaído sobre él
que de los privilegios que estaba en su mano reclamar. (Le disgustaba que le
llamaran «otro Augusto» o «un segundo Constantino el Grande»). Hincmaro, que
escribió la crónica de palacio, se refiere a esta responsabilidad, «que empezó
en tiempos de Constantino el Grande, quien se convirtió a Cristo».
Tal
vez, en Carlomagno, esta obligación como cristiano dominaba sobre cualquier
visión política. Así parecía considerarlo él mismo. En su última voluntad, ¿no
quería dar a entender que el principal beneficiario era, simplemente, el pueblo
cristiano unido, mantenido en paz por los reyes hermanos y guiado por San
Pedro? Con su centro en Aquisgrán y protegido por las nuevas fronteras que
había establecido, ¿acaso no podría sobrevivir aquella única nación cristiana
de Occidente?
Tal
dominio no tenía precedentes. Era un sueño visionario, construido sobre la
esperanza y sostenido por la vehemente determinación de Carlomagno.
Aunque
la hambruna fue contenida, la peste se extendió por las villas, afectando más a
los animales que a los humanos, al parecer. En el norte, los ejércitos de
Carlos se vieron inmovilizados por la falta de animales. Incluso en la lejana
frontera italiana, estallaron conflictos contra los beneventinos, quienes
fueron acusados de diseminar un «polvo asesino» entre el ganado. La
superstición atizó el miedo a los forasteros, que podían traer consigo aquel
misterioso «polvo asesino». Los viajeros que no podían identificarse
convenientemente corrían el riesgo de ser inmovilizados y arrojados a los ríos.
En
Aquisgrán, las gentes acudían en tropel a la iglesia de Santa María para tocar
el relicario de oro que contenía el manto de san Martín.
En
el verano de 807, un suceso sin precedentes perturbó a Carlomagno. Muy pocos de
los nobles y señores convocados a la asamblea anual se presentaron en
Ingelheim. Tan pocos que, por primera vez, la asamblea no pudo celebrarse. El
rey interpretó el hecho como una rebelión contra su autoridad. Aquel verano no
podría entrar en campaña. En lugar de trazar los planes anuales con sus
señores, legos y eclesiásticos, el rey envió a sus missi a investigar cada
provincia para descubrir si en ella se prestaba obediencia al señor local o al
lejano emperador.
Empezaban
a hacerse visibles los efectos de su ausencia de las provincias. Al principio,
la decisión de establecerse permanentemente en Aquisgrán le había satisfecho
por la comodidad de poder guardar todo su tesoro y sus archivos documentales en
un mismo lugar, en vez de tener que transportarlos de un sitio a otro en sus
desplazamientos. Sin embargo, ahora parecía que las gentes, no viendo ya nunca
a su rey entre ellas, se volvían hacia sus señores locales.
Los
hombres de las fuerzas armadas, los citados missi, permanecieron fieles al
emperador, pero el contingente de tropas se redujo debido a la pobreza que
reinaba en los hogares. La construcción de barcos e iglesias restaba brazos a
los trabajos del campo y los pequeños propietarios pagaban «para liberarse de
la necesidad de prestar servicio de armas». Los hombres libres que no podían
ganarse el sustento y pagar el diezmo de la iglesia optaban por entrar en los
monasterios, donde sus necesidades estaban cubiertas.
Carlomagno
combatió con edictos aquella creciente deserción: «Se prohíbe que los hombres
libres ingresen en la vocación eclesiástica sin el consentimiento del
emperador, ya que muchos lo han hecho para rehuir la leva de armas […]. Pueden
celebrarse rogativas públicas, sin el permiso real, donde se produzca una
hambruna o una peste […]. No se venderá grano a un precio superior al ordenado
[…]. No se exportarán alimentos necesarios para el sustento del reino».
De
igual modo, se amenazaba con la pérdida de sus feudos a los terratenientes que
no suministraran los pertrechos requeridos para el ejército. Quienes poseyeran
tres mansos debían cumplir el servicio de armas; de cada tres propietarios de
un manso, uno debía servir y los otros dos debían procurarle el equipo y
mantenerle. Quienes sólo tuvieran bienes muebles o semovientes debían enviar un
tercio de los caballos, las telas, los cerdos, las ovejas u otras posesiones.
Se
estaba produciendo algo que Carlomagno no había previsto. Para enfrentarse a
los árabes y a los normandos necesitaba un ejército de jinetes experimentados
que estuviera en campaña todo el año. Tales jinetes, a su vez, precisaban
corazas y cascos de preciado hierro, sillas de montar resistentes para sostener
tal peso, y cadenas de aros de hierro para proteger el cuello y las riendas de
los caballos. Pertrechar y alimentar a uno de aquellos guerreros requería el
trabajo de cinco hombres libres en los campos. (Tres siglos más tarde, este
guerrero se convertiría en el caballero enfundado en acero, mantenido por los
campesinos).
Además,
al recaer en los señores y obispos —bajo la amenaza de fuertes sanciones— la
responsabilidad de aportar un número determinado de hombres a la hueste armada,
los nobles incrementaron su dominio sobre éstos. El juramento de servicio del
hombre libre al noble, a cambio de la tradicional moneda como pago, se hizo más
vinculante. La palabra vasallo empezó a aparecer en los registros. Estaba
instaurándose el vasallaje feudal.
Al
propio tiempo, estaba cambiando el carácter de la nobleza. Los duques y condes
de antes, que gobernaban extensas áreas en nombre del rey, no podían servir en
campañas tan prolongadas y, simultáneamente, mantener el orden en sus tierras.
(Carlomagno permitió que los condes dejaran hasta cuatro hombres de armas para
proteger su castillo; los obispos podían dejar dos guardianes en su
residencia). Erico y Guillermo habían pasado la mayor parte de su vida con las
fuerzas armadas; ahora surgía un nuevo tipo de señor, el jefe guerrero
afortunado o popular que podía reunir un séquito armado. Carlomagno sancionó
que un hombre libre pudiera cambiar un señor por otro, pero no podía escapar
del servicio militar salvo por una causa extraordinaria. Con esto pretendía
terminar con las deserciones y controlar la huida a los monasterios de los
reacios a la guerra.
El
viejo orden de los francos merovingios, basado en unos pocos oficiales del rey
al mando de una tropa de hombres libres que aportaban sus propias armas, estaba
desmoronándose. Los señores empezaban a conducir pequeños ejércitos fieles a su
líder, con lo que su poder se incrementaba.
Este
embrión del sistema feudal se había formado antes de Carlomagno, pero éste
aceleró su desarrollo y lo legalizó con sus edictos. Con todo, mientras él
vivió, la gloria de su nombre mantuvo a los hombres sometidos por el respeto y
el temor que les inspiraba, y todos aceptaron que su más alta obligación era
para con el monarca. ¿Acaso no buscó su consejo el propio Eardulfo, rey de
Northumbria en la Britania? ¿Y acaso no envió el sabio señor rey —su pueblo
rara vez le llamaba emperador— al fugitivo Eardulfo a presencia de León para
que el Papa decidiese?
Con
todo, aquel señor rey impuso a veces sus decisiones frente a León, el señor
apostólico. Casi con el mismo ardor que habían mostrado en la cuestión de las
imágenes sagradas, las iglesias discutían sobre la naturaleza del Espíritu
Santo. ¿Procedía sólo de Dios Padre, o también de Jesucristo, su Hijo?
Carlomagno convocó en Aquisgrán un concilio eclesiástico para decidir sobre el
asunto y, allí, el siempre expresivo Teodulfo mantuvo que el Espíritu Santo
procedía también del Hijo, como era creencia común de cualquier hombre sensato.
¿Qué importaba que los griegos pusieran reparos a tal verdad? Carlomagno
decretó que la decisión quedara expresada clara y notoriamente en la plegaria
pública con la fórmula Filioque(«y del Hijo»), Así se incorporó, pues, a las
oraciones, y el venerable Adalardo se encargó de notificar a Roma lo decidido
en Aquisgrán.
Más
aún impresionó al pueblo que el propio patriarca de Jerusalén apelara al
incansable Carlomagno, informándole de que los rebeldes beduinos atacaban y
esclavizaban a los meritorios cristianos de Tierra Santa, a quienes Carlomagno
había enviado tantas riquezas para la construcción de hosterías y la
ornamentación de los altares. Pues, en efecto, «el monte de Sión y el monte de
los Olivos están gozosos y agradecidos por las donaciones del muy generoso
monarca». Cuando escuchó la súplica del desdichado patriarca que le había
enviado las llaves del Santo Sepulcro, el emperador se encolerizó y se sintió
agraviado, por lo que despachó unos enviados a Aarón, rey de los persas, para
pedirle, por la estima que le tenía, protección para las congregaciones
cristianas de Jerusalén.
En
este asunto, el califa mostró realmente su aprecio por el señor rey de los
cristianos enviándole un embajador llamado Abdulá, junto con el monje Félix y
el abad del monte de los Olivos, Jorge. El persa Abdulá trajo consigo unos
regalos increíbles, una miniatura en marfil de un elefante, un vaso de cristal
realzado con lacas y oro y un pabellón lo bastante grande como para cobijar a
Carlomagno y a todo su consejo de paladines.
Además,
el propio Abdulá prometió, en nombre de su señor, que se cumpliría la voluntad
del emperador. Los peregrinos y cristianos que habitaban los santos lugares
desde San Sabah, en el valle del Kedron, hasta el Sepulcro serían protegidos
del expolio y de las vejaciones. En prenda de su compromiso, el califa otorgaba
graciosamente al rey cristiano la posesión del Santísimo Sepulcro.
Einhardo
dejó constancia de ello: «El califa, informado de los deseos de Carlomagno, no
sólo le concedió lo que pedía sino que puso en su poder la propia tumba sagrada
del Salvador y el lugar de Su resurrección».
La
noticia de la decisión de Harún, que llegaba en un momento de considerable
tensión emocional, provocó el júbilo y fue hinchándose de aldea en aldea por
todo Occidente, donde cualquier cosa que tuviera relación con Jerusalén
adquiría un significado milagroso. Einhardo, como de costumbre, no pudo
resistir la tentación de adornar un poco los hechos en su relato.
¿Cuáles
fueron, en realidad, las relaciones entre Harún y Carlomagno? Ésta constituye
la tercera gran incógnita del reinado del gran monarca. Los registros de la
corte de Bagdad no citan el nombre de Carlomagno, ni haber enviado una embajada
a su presencia. Los historiadores árabes conocían a los francos —de hecho,
denominaban así a todos los europeos occidentales— y mencionan a un rey. En
cambio, no aparece ninguna referencia al elefante Abul Abbas. Sin embargo,
entre Aquisgrán y Bagdad hubo un intercambio de misiones comerciales. Sólo
Isaac, aquel notable intérprete convertido en embajador por cuenta propia,
podría explicarnos tal vez toda la verdad.
Da
la impresión de que, efectivamente, la petición de los cristianos de Palestina
llegó hasta Harún, un califa menos tolerante que su homónimo, el Harún al
Rachid de Las mil y una noches. El Harún real otorgó su protección a las
iglesias y peregrinos en apuros y, como gesto de cortesía, hizo donación de la
tumba que la tradición señalaba como la de Jesús al embajador que presentaba la
petición del rey franco.
También
es posible que Harún donara al rey de los francos la pequeña cripta existente
bajo la iglesia del Sepulcro, pero resulta inconcebible que un califa del
Islam, guardián de los santuarios de su religión, cediera a un cristiano
desconocido la autoridad sobre parte alguna de Jerusalén, que era al Quds, «la
Santa», para todos los musulmanes. Tampoco otorgó al franco ningún protectorado
sobre la ciudad o sobre la tierra de Palestina, como se dice a menudo. Lo único
que ofreció fue ocuparse de la salvaguardia de sacerdotes y peregrinos.
El
desinhibido monje de Saint-Gall expresó en su crónica la leyenda que se formó
en torno a Carlomagno como «protector de Jerusalén».
«El
infatigable emperador envió al monarca de Persia presentes de caballos y mulas
de Hispania, telas frisonas blancas y rojas y perros de suma fiereza. El rey de
Persia recibió los demás regalos con indiferencia, pero preguntó a los enviados
qué piezas de caza acosaban mejor aquellos perros […]. Los perros germanos
capturaron para él un león persa y Harún comprendió, ante aquel pequeño
indicio, cuan poderoso era nuestro señor rey. Ahora sabemos —dijo Harún— que es
cierto cuanto hemos oído de nuestro hermano Carlos. ¿Cómo podríamos responder
adecuadamente al honor que nos ha hecho? Si le damos la tierra que fue
prometida a Abraham, está tan lejos de su reino que no podrá defenderla, por
noble y elevado que sea su espíritu. Sin embargo, le demostraremos nuestra
gratitud entregando a su majestad dicha tierra, que gobernaremos en calidad de
virrey».
Mientras
la peste se extendía por villas y pueblos, Carlomagno salió de nuevo a los
caminos e hizo acto de presencia a lo largo del Mosa y del Rin seguido de su
familia y del coro de Aquisgrán, que entonaba cantos a la misericordia del
Señor. Convencido de que aquellas tribulaciones eran voluntad de Dios,
Carlomagno consideró que era tarea suya ponerles remedio.
Se
rió del temor que reinaba entre el pueblo, prohibió escapar de las poblaciones
y se burló de la ociosidad de las gentes. «Ahora tenemos el privilegio de
servir al Señor con grandes obras». Contó a sus súbditos sus gestiones sobre
Jerusalén y la concesión del Santo Sepulcro, les mostró el estandarte de la
Ciudad Santa y, como prueba visible de todo ello, la gente común pudo
contemplar la mole sobrenatural de Abul Abbas marchando tras el rey.
Con
la llegada del frío, la peste remitió y la inquietud se calmó. Por donde pasaba
el monarca, se extendían rumores de acontecimientos favorables, como el acuerdo
para una tregua con los sarracenos de Hispania (Luis acababa de fracasar por
segunda vez ante Tortosa). Los mercaderes, por otra parte, traían nuevos
productos desde Provenza, donde se estaban botando al mar las primeras naves
del reino cristiano.
Carlomagno
había conseguido romper el aislamiento de las tierras interiores. Ahora estaba
en contacto con las vías de comunicación del mundo exterior y ello significaba
estarlo con el comercio que atravesaba el Mediterráneo. Finalmente, el franco
hacía esfuerzos por alcanzar aquel mar («aquel pequeño charco», explicaba el
monje de Saint-Gall). No le había bastado con defender su línea costera, cada
vez más extensa, mediante torres fijas y puestos de guardia. Con sus nuevos
puertos comerciales, podía acceder al tráfico marítimo de mercancías y
construir naves grandes para su reino.
Desde
luego, sus nuevas flotas de las costas de Provenza y Liguria no podían competir
con las rápidas naves sarracenas, pero había otro mar más vital al este, y
Carlomagno lo había visto con sus ojos.
Desde
el puerto de Rávena, había contemplado las aguas oscuras del Adriático, que
surcaban las flotas bizantinas con total superioridad. Al otro extremo del
Adriático se alzaban las guarniciones avanzadas de Constantinopla. Ningún
ejército franco a bordo de esquifes y barcas podría cruzar aquella barrera de
agua si los almirantes griegos se oponían. Y en los últimos tiempos, espoleados
por Nicéforo, quien se había negado a saludarle como Basileus, los bizantinos
se habían mostrado bastante hostiles, tanto en Constantinopla como en Sicilia.
Pero
al norte de Rávena y frente a ella, en el saco del Adriático, estaban los
antiguos puertos de Aquilea y Pola en la orilla de Istria. Allí, un obispo
amigo de Carlomagno había sido arrojado desde lo alto de una torre por la
facción bizantina. Fortunato, su sucesor, pidió la protección de su emperador
de Aquisgrán. También por esa época, en las misteriosas islas venecianas, un
pueblo de comerciantes construía nuevos barcos de carga y se hacía al mar en
secreto. Aparecieron en Aquisgrán dos dogos de Venecia —como llamaban a sus
duques— que suplicaban la alianza con Carlomagno al tiempo que intentaban
lanzar la potencia terrestre del reino franco contra la potencia marítima de
Constantinopla. Irritado con la hipocresía de aquellos hombres, el emperador fomentó
una facción favorable a él en el puerto veneciano.
Poco
después, una flota bizantina efectuó una incursión en la costa próxima a Rávena
y los dogos se apresuraron a volver su mirada a Constantinopla. Carlomagno
anunció que protegería a Fortunato y envió a Pipino con el ejército lombardo de
Italia, con órdenes de avanzar por tierra hacia las montañas dálmatas y la ruta
de Constantinopla. Camino de su objetivo, Pipino capturaría el puerto escondido
y traicionero de los venecianos.
Si
el emperador conseguía hacer súbditos suyos a aquellos venecianos, podría
construir nuevos barcos en sus hábiles y experimentados astilleros y acceder a
las rutas comerciales marítimas… quizá no durante su vida, pero sí durante la
de sus hijos. Carlomagno se propuso dominar el Adriático y, con esta ventaja en
la mano, establecer una paz firme con Constantinopla.
El
voluntarioso y terco Pipino, obedeciendo a su padre, hizo un intento de cruzar
el mar hasta Venecia, pero fue rechazado por las naves de guerra bizantinas y
el ejército lombardo tuvo que abrirse paso a pie por la costa hasta las
marismas y lagunas, una de las cuales logró capturar tendiendo un puente con
mástiles de barcos. Astutamente, los venecianos trasladaron sus naves y
pertenencias hasta el Canal Profundo (el Rivus Altus, o Rialto).
Pipino
puso sitio a este reducto pero no pudo tomarlo por falta de una flota. Sin
embargo, al ocupar la tierra firme con sus tropas, mantuvo a aquel pueblo
marinero acorralado en la gran laguna exterior. Cuando llegó el caluroso verano
y los guerreros francos empezaron a enfermar, los venecianos les convencieron
para que aceptasen una sumisión verbal de las islas y el pago de treinta y seis
libras de plata como tributo anual a Carlomagno. Pipino accedió y levantó el
cerco, reemprendiendo la marcha hacia el este. Sin embargo, lo hizo sin haber
capturado el puerto de los vénetos y afectado por la enfermedad de las
marismas.
(Los
venecianos sacaron una lección de aquel asedio y reconstruyeron su puerto en
torno a Rialto, desde donde dominarían más adelante los mares cercanos, bajo el
nombre de República de Venecia. Durante esa misma década, el exiliado Egberto,
el sajón occidental, regresó a Britania desde la corte de Aquisgrán y adoptó el
título de primer rey de Inglaterra).
Estas
noticias llegaron a conocimiento del emperador en su capital. Rotruda, su hija
mayor, estaba enferma en el ala de las mujeres, donde los sacerdotes esperaban
para oírla en confesión. Sin embargo, la atención de los habitantes de palacio
estaba pendiente del norte, donde las desgracias se sucedían con rapidez. La
amenaza del norte procedía de los daneses, que habían asolado las islas y la
costa de Frisia, cobrando un tributo de cien libras de plata a cambio de
retirarse, y luego habían remontado el Elba asaltando el castillo de Hohbuki,
sublevando a los eslavos y arrasando las poblaciones sajonas.
Junto
a la leva de armas que había enviado al norte para hacer frente al peligro,
Carlomagno mandó a su elefante. Los amanuenses de palacio realizaron una breve
anotación: «El elefante que le había regalado Aarón, rey de los sarracenos,
murió allí repentinamente».
Al
término de una jornada, mientras el dueño de Aquisgrán paseaba bajo la
columnata junto a la estatua de Teodorico, salió a su encuentro un mensajero.
El hombre, cuyo aspecto revelaba que acababa de realizar una larga y penosa
cabalgada, hincó la rodilla ante el rey y suplicó la clemencia de éste antes de
transmitirle sus noticias.
—Habla
sin temor —respondió Carlomagno, impaciente.
—Las
palabras no son mías, sino de Godofredo, el rey danés.
—Te
ordeno que las transmitas.
—He
aquí, pues, sus palabras. Dice Godofredo que las tierras de los frisones y de
los sajones le rinden tributo, y que ahora emprende la marcha hacia aquí para
pasar a fuego vuestra corte de Aquisgrán. Con este aviso, el rey de los daneses
quiere daros tiempo para que huyáis.
Aquella
noche, enfurecido, Carlomagno convocó a los paladines que esperaban en su
capital y reunió a su guardia personal y a los hombres libres del Mosa y del
Rin. Rápidamente, mandó aviso a su hijo Carlos para que trajera el ejército de
la Marca del Este y a Audulfo para que remontara el Weser. Carlomagno avanzaría
a marchas forzadas por el Rin y las fuentes del Lippe para reunirse con él en
Verden, la ciudad de infausto recuerdo. Así, el emperador y sus tropas se
situarían entre los daneses y Aquisgrán.
De
modo que a la edad de sesenta y ocho años y apesadumbrado por la muerte de su
querida Rotruda, el emperador salió de su capital para librar combate con los
normandos. No era tarea fácil atraer a una batalla en tierra firme a aquel
pueblo de navegantes que podían deslizarse a lo largo de las costas en sus
naves.
Cuando
Carlomagno levantó la tienda tras la primera acampada nocturna de la
expedición, se produjo un desdichado suceso al cual Einhardo, testigo
presencial del mismo, no dio importancia en el primer momento, pero que más
tarde recordaría con claridad.
«El
rey salía del campamento antes del amanecer para iniciar la marcha —explica
Einhardo—, cuando vio una bola de fuego que caía del cielo con una gran luz. La
bola de fuego cruzó con gran rapidez el cielo despejado, de derecha a
izquierda, cuando el caballo que montaba Carlos dio un traspié, arrojándole al
suelo. El rey cayó tan pesadamente que se le rompió el broche de la capa y el
cinto de la espada. Cuando sus servidores corrieron hasta él y le
desembarazaron de las armas, Carlos no pudo levantarse sin su ayuda. La lanza
ligera que portaba en sus manos fue encontrada a más de veinte pies del lugar
de la caída».
Carlomagno
había engordado considerablemente y llevaba todo su armamento en el instante de
la caída. Desde entonces, cojearía de una pierna.
En
el momento de producirse, aquel presagio no fue considerado de mal agüero pues
los carolingios, padre e hijo, se encontraron en el Weser como habían previsto
y aguardaron allí sin que sus espías y exploradores advirtieran el menor rastro
dé los normandos. Carlomagno siguió esperando en su tienda, batiendo los
bosques. Finalmente, les llegó la noticia de que Godofredo había muerto
asesinado y que sus naves habían regresado a Escandía, donde el nuevo rey
propuso una tregua al monarca franco. Cuando éste tuvo la certeza de que tales
noticias no eran una mentira para engañarle, regresó también a su palacio.
Pipino,
que había gobernado Italia hasta entonces, murió más allá de Venecia, bien a
causa de la peste o de alguna otra enfermedad.
Tan
pronto como llegó a Aquisgrán, Carlomagno llamó a su presencia a Adalardo,
quien gozaba de toda su confianza:
—Iréis
a Lombardía y haréis construir la tumba de nuestro hijo en la basílica de
Mediolanum (Milán), pues él reinó sobre esa tierra. En la basílica de San
Pedro, anunciaréis que Bernardo, su joven hijo, es ahora el rey de los
lombardos y de todos los demás súbditos de su padre.
Adalardo
debía encargarse de otro asunto. En Pavía aguardaba un spatharius de
Constantinopla que había solicitado audiencia a Pipino. El enviado de
Carlomagno debía rendir honores a aquel embajador y conducirlo a presencia del
emperador, en Aquisgrán, «pues ese hombre es el vínculo de la paz entre los dos
imperios. Y si los duques venecianos son un obstáculo en el camino de dicha
paz, que sepa el spatharius que tal obstáculo será eliminado y los venecianos
serán sometidos a la autoridad del muy benevolente señor de Constantinopla. Que
el embajador sepa que habrá paz».
Las
fronteras del pueblo cristiano debían mantenerse seguras, a pesar de la peste,
de la muerte y de los paganos que habitaban más allá. Así, Egberto cruzó las
aguas para gobernar Inglaterra, y la naciente Venecia quedó liberada y
desvinculada del destino fatal que se cernía sobre el imperio de Carlomagno.
Desde Córdoba venían también emisarios a proponer una tregua.
El
obstinado y cojo gigantón que reinaba en Aquisgrán estaba dispuesto a poner en
orden su casa y, volcado en ello, influyó durante aquellos breves meses en los
acontecimientos del mundo exterior.
Cuando
la peste ya declinaba, la muerte asestó sus golpes más terribles al monarca
pues le arrebató a su virtuosa hermana, Gisela, abadesa de Chelles, y se llevó
también a su primogénito, Pipino el Jorobado, quien un día había soñado ocupar
el trono y había terminado su vida recluido en Prüm. La peste ya parecía haber
cesado cuando, a fines del año siguiente, se aproximaban los Doce Días de la
Navidad.
Como
última anotación del año, el escribiente recoge en los anales: «Carlos, el hijo
mayor del emperador, murió el segundo día de las nonas de diciembre. Y el
emperador pasó el invierno en Aquis».
—¡El
joven Carlos era la esperanza del imperio! —exclamaron los paladines,
lamentándose más, tal vez, por sí mismos que por la pérdida del caudillo de los
ejércitos del emperador.
Carlomagno
quedó profundamente afectado por la muerte de este hijo, a quien siempre había
encomendado las tareas más difíciles y que era mucho más que un tocayo. Quizás
había tratado con demasiada severidad a su hijo cuando era un muchacho. Carlos
no se había casado, aunque había estado prometido a una hija del rey de Mercia,
igual que Rotruda lo había estado al joven emperador de Constantinopla. Incluso
Gisela —el monarca casi no se acordaba de ello— había sido prometida en
matrimonio a la línea real lombarda. Carlomagno no había permitido tales
uniones. ¿Y si todos ellos le abandonaban para ocupar tronos lejanos? El franco
no podía ni imaginarlo.
Para
entonces, su familia había cambiado. Sólo quedaba en palacio Rotaida, con los
nietos y los hijos de las últimas mujeres que el rey había tenido después de
Liutgarda. Unas mujeres que holgaban en las cámaras forradas de cortinajes sin
prestar la menor atención al canto de las vísperas, que parloteaban sin cesar
acerca de sus nuevos vestidos de sedas adamascadas y que a veces intentaban
conversar en latín para complacerle. Aquellas mujeres le halagaban sobremanera
cuando las llamaba a su presencia, pero esto sucedía ahora muy rara vez y, de
noche, ellas se escabullían a buscar a sus hombres en otra parte.
A
Rotaida no le gustaba leer, ni siquiera para su padre; en cambio, se ponía a
bailar cada vez que sonaba la música, sujetándose el borde de la falda y
moviéndose, deslumbradora, entre la luz de las velas y el resplandor del fuego.
Al
amanecer y al caer la noche, Carlomagno se encaminaba en solitario, envuelto en
su ajado manto y calzado con chinelas, hacia la columnata donde le esperaban
los monjes para escoltarle hasta la puerta imperial de su capilla. Allí llevaba
a cabo sus oraciones, marcando las subidas y bajadas de tono de su cántico.
Después
de que Dios llamara a Su presencia a Carlos y los demás, cuando se adueñó de él
la debilidad, el monarca recordó por primera vez que podía encontrar descanso.
Podía abandonar el mundo y retirarse a la clausura de San Arnulfo, o a la celda
que tanto había añorado Alcuino, cerca del valiente san Martín. Muchos de sus
antecesores en el trono franco lo habían hecho.
En
vida de su hijo Carlos, el arnulfingo sólo había pensado en ello de manera muy
vaga. A causa de su debilidad, su corazón se fatigaba cuando montaba a caballo.
Recordó lo que Alcuino le había leído, sacado de las páginas de Plinio: igual
que el corazón bombeaba la sangre vital hacia el resto del cuerpo, una familia
necesitaba un órgano, una persona, que alentara y sostuviera a las demás.
Carlos habría sido ese sostén de la familia real. Y el propio pueblo, aquella
gente perezosa de cuerpo y de mente, debería tener también tal sostén o, de lo
contrario, caería nuevamente en la desesperación de la ignorancia.
¿Cómo
llamaban a Luis, su único hijo superviviente? Luis el Amable, el Pío.
Agraciado, sensible e ineficaz, Luis habría visto satisfecha su vocación
ingresando en la Iglesia.
Las
malas noticias no cesaron. En Oriente, Nicéforo había sido asesinado y su
ejército diezmado por el khan de los búlgaros. Frente a las costas de los
Países Bajos se habían avistado velas nórdicas. De San Pedro llegaron nuevos
avisos que hablaban de flotas sarracenas que asolaban las islas. No se trataba
de incursores procedentes de Hispania, sino de las flotas musulmanas de África.
¿Qué sucedería si los moros hispanos y los africanos se aliaban para invadir
las costas cristianas? Ningún ejército, por poderoso y leal que fuese, podía
avanzar por las tierras costeras a la misma velocidad que las naves.
En
Roma, León hacía planes para fortificar la costa, pero no podía cerrar ésta
como si fuera el núcleo de una ciudad. Y, por su parte, Carlomagno no había
reunido nunca un ejército poderoso, sino que había instado e impulsado a las
levas a salir de expedición cada verano, excepto dos, con ondear de estandartes
y sonido de fanfarrias.
No;
la idea de abandonar los asuntos del mundo iba a ser imposible de realizar. La
tregua pactada con el rey danés estaba en vigor, pero para aquellos guerreros
contaba más el saqueo y el botín que mantener un compromiso con los cristianos.
Los ejércitos no podrían defender al pueblo cristiano a menos que el emperador
encontrara su propia manera de hacerlo…
Durante
los días invernales, Carlomagno se mantuvo muy ocupado, haciendo pasar a la
antecámara —donde ya no retozaba ninguna mujer— a quienes esperaban para
presentar sus peticiones, mientras él se ajustaba el calzado y se ceñía las
bandas de cuero que cubrían sus piernas. Por la noche, iba y venía de las
cámaras del tesoro al vestuario y a la biblioteca, tomando nota detallada de
las riquezas que allí poseía.
«Deseaba
dejar herencia a sus hijas —relata Einhardo—, y a los hijos de sus concubinas
[…] en el caso de que muriera o decidiera retirarse del mundo».
Ercambaldo
se encargó de redactar este inventario y distribución de bienes con un estilo
ampuloso:
«En
nombre del Señor Dios, Padre Todopoderoso, de Su Hijo y del Espíritu Santo. He
aquí el inventario y reparto dictado por el muy glorioso y muy pío señor
Carlos, Emperador Augusto, en el año 811 de la Encarnación de Nuestro Señor
Jesucristo, en el año cuadragésimo tercero de su reinado en Francia y trigésimo
séptimo en Italia, el undécimo del Imperio y en su cuarta Indicción, cuya
piedad y prudencia le han decidido, Dios mediante, a disponer de los tesoros y
el dinero que contiene en esta fecha su cámara del tesoro».
El
diligente Ercambaldo era un maestro en esta escritura grandilocuente, que tal
vez resultara necesaria en los documentos de Estado, pero Carlomagno tenía
otros gustos. Desde su pequeño trono de mármol en el estrado de su iglesia de
Santa María podía contemplar las letras, en mosaicos rojos, que formaban el
nombre de quien la había mandado construir: Karolus Princeps. El mismo había
indicado a los albañiles sicilianos que ésta hiera la leyenda: «Carlos,
caudillo». Le tranquilizaba leer aquellas sencillas palabras, tan
indiscutiblemente ciertas.
En
cumplimiento de su voluntad, dividió sus joyas, monedas, oro, galas reales y
objetos de valor en tres partes, que se colocaron en tres grandes arcones. Dos
de estos arcones fueron sellados; a su muerte, pasarían a pertenecer a las
iglesias de todas sus tierras, para ser administrados por los veintiún
arzobispos de ciudades. Esta parte de sus tesoros iría pues a limosnas, como
era obligación de un buen cristiano.
El
tercero de los arcones no fue sellado. En su interior había, además de la parte
correspondiente del tesoro, las pertenencias personales del monarca. Carlomagno
podría disponer de su contenido y, a su muerte, se repartiría a lotes iguales
entre su familia, sus servidores y los pobres del reino.
Dado
que había objetos voluminosos como vasijas, utensilios de cobre, valiosos
cetros, alfombras e incluso armas y sillas de montar que no cabían en el tercer
arcón, ordenó que fueran añadidos al lote más adelante.
A
continuación, añadió algunas disposiciones especiales. Su capilla, la iglesia
de Santa María, debería dejarse como estaba, intacta, con todos sus ornamentos.
Una
de las mesas de plata, la que llevaba el plano de Constantinopla, sería enviada
a San Pedro; la que describía Roma viajaría a Rávena. La tercera y más
espléndida, que contenía el mapamundi, pasaría a sus herederos, incluidos los
pobres.
Así
procedió Carlomagno a dividir todas sus pertenencias. Entre los testigos que
firmaron el documento se contaron Arno y Teodulfo, así como los abades
Angilberto y Fredugis.
Una
vez ultimadas aquellas disposiciones, aprovechando el tiempo suave y
primaveral, Carlomagno avanzó a marchas forzadas por el Mosa hasta la costa,
con la intención de acelerar la construcción de plazas fortificadas en Gante y
de embarcaciones de guerra en los ríos. Ya en el Canal, donde habían hecho acto
de presencia los normandos, inspeccionó Boulogne; allí, erigió un faro y botó
nuevas naves desde las rampas de los astilleros. Allá donde iba, difundía con
entusiasmo las noticias victoriosas que llegaban de Hispania. Tortosa había
caído en manos de los cristianos, que ahora dominaban todo el curso del lejano
Ebro.
Demostración
de esta victoria fue la llegada de enviados de la orgullosa Córdoba para
transmitirle el ofrecimiento de paz del emir Hakam. Al sur del reino, Bernardo
había sido coronado rey de Italia y Adalardo había alcanzado un compromiso de
paz con los beneventinos, de quienes podía esperarse que lo respetaran si
Constantinopla estaba de acuerdo.
Era
preciso llegar a una alianza con los bizantinos. Carlomagno consideró una señal
de la providencia divina que los enviados musulmanes estuvieran aún en palacio
cuando llegaron de Constantinopla unos embajadores de aspecto imponente. Tuvo
un momento de inquietud al descubrir que la delegación no era del máximo nivel,
pues la encabezaba Miguel, el metropolitano de Constantinopla que ya le había
visitado como emisario años antes, y un oficial de la guardia del nuevo
Basileus, Miguel. Sin embargo, procuró exhibir todo el esplendor posible en el
encuentro: su guardia personal lució capas nuevas de colores intensos, sus
paladines se engalanaron con sedas y plumas y sus señores y nobles vistieron
sus mejores ropas. El emperador de Aquisgrán también hizo desplegar los
estandartes de sus veintiuna ciudades en los peldaños de la escalinata de
entrada, junto a la estatua del oso.
Cuando
Burcardo, el senescal, se apresuró a confiarle que los enviados del verdadero
emperador estaban preocupados por la amenaza de los invasores búlgaros y
deseaban «que no se produjera ningún conflicto entre los señores de Oriente y
de Occidente», Carlomagno se animó un poco antes de reflexionar que los
bizantinos siempre empezaban ofreciendo lisonjas y cumplidos más dulces que la
miel.
En
lugar de conducir a los embajadores al gran salón, amplio pero pobremente
ornamentado para el gusto bizantino, hizo que les llevaran a su cámara más
gloriosa, la nave de la pequeña iglesia de Santa María. Allí les recibió
sentado en el trono, envuelto en su manto de paño de oro y luciendo al cinto la
espada dorada con la empuñadura de piedras preciosas, con el espléndido cetro
de Tasilón en la mano y una diadema de gemas en la cabeza.
Cuando
los enviados hicieron su entrada, ataviados con ropas negras y brillante
púrpura, el coro de la capilla entonó el Vexilla regísprodeunt mientras sonaba
el órgano. Los bizantinos inclinaron la cabeza, hincaron la rodilla y pusieron
en las manos de Carlomagno un documento. Era un ofrecimiento de paz.
Los
cronistas terminaban así su descripción del encuentro: «[Los bizantinos] le
alabaron en su lengua griega, y le llamaron emperador y Basileus».
Al
cabo de doce años, Carlomagno era reconocido por fin como emperador e igual del
Basileus de Constantinopla.
Capítulo
10
El
crecimiento de una leyenda
Surgió
primero de la tierra, en voz de gentes humildes. Un muchacho recogía hierbas
medicinales en un huerto. Inclinando el cuerpo, aspiraba la fragancia del
hisopo y del tomillo y pensaba que cuando llevara el cesto de hierbas a la
puerta donde esperaba el viejo benedictino, añadiría a él sus palabras, aunque
todavía no pudiese hacer un poema con ellas. «Es un regalo muy pequeño para tan
gran sabio; si vinierais a sentaros aquí, en este huerto verde y umbrío, todos
los chicos de vuestra escuela estarían jugando aquí, bajo los manzanos. Todos
los alegres chicos de vuestra feliz escuela. ¿Querréis, padre mío, que sois
capaz de escribir un libro entero con vuestros pensamientos, podar y dar forma
a estas palabras mías para hacer con ellas un poema?».
El
muchacho creció y asistió a la escuela y terminó escribiendo un poema que
tituló Sobre el cuidado del huerto, y explicó que era un modestísimo regalo de
Gualfredo Strabo al venerable abad de Saint-Gall.
Más
adelante, mientras caminaba por la ribera arenosa del Loira, Fredugis, que
había ocupado el lugar de Alcuino, intentó evocar los pensamientos de su
maestro sobre «los campos floridos rebosantes de hierbas curativas, donde los
pájaros entonan a coro sus maitines alabando al Dios que los creó. Donde la
fragancia de los huertos de manzanos penetra furtivamente en las clausuras.
Como el recuerdo de tu voz, resonando entre las paredes».
Estas
pequeñas voces en forzada cadencia revelaban, sin embargo, una nueva esperanza
y una tranquilidad sin precedentes. Los muchachos que acudían en tropel a la
escuela de Tours, en plena expansión; los libros que fluían del scriptorium en
la nueva grafía, delicada y claramente legible, y pasaban por Reims y
Reichenau, en cuyos monasterios se añadían miniaturas de figuras santas en un
estilo más naturalista, camino de los campos de Bretaña y de las alturas de las
Asturias donde hábiles artesanos empleaban la forja y las tenazas para dar
forma a nuevas lámparas como las de los moros de Córdoba… esta tranquila
laboriosidad, esta expresión de alegría, fue producto de la paz de aquellos
breves años.
En
su cámara de Orleans, donde alguien había pintado un mapa del mundo, el activo
Teodulfo recordó a Rotaida, que una vez había llevado manzanas a su furioso
padre y que ahora «brillaba con regio esplendor de joyas y metales preciosos».
En Saint-Denis, en el camino a la lóbrega isla de París invadida por la maleza,
Fardulfo, el antiguo lombardo, anunció que la hostería palaciega que había
edificado en agradecimiento esperaba la llegada de Carlomagno. Allí tenía
siempre preparada una alcoba con damascos en el lecho, desde la que se divisaba
el lejano Sena. El lugar le aguardaba, por si se decidía a visitarlo de nuevo
durante el mes del Heno.
Un
extranjero que llegó a Aquisgrán contempló aquellas tierras surcadas de ríos y
las denominó «la floreciente Francia», pues le recordaron la ciudad florentina
de Italia.
No
hay confusión posible respecto a lo que indican tales voces. La tierra estaba
en paz y, tanto para el joven Gualfredo como para el anónimo viajero, el
aspecto de aquella tierra era obra de Carlomagno. ¿De quién, si no? ¿Qué
provincia o diócesis de la cristiandad no le prestaba obediencia? «¿Cuándo,
desde el principio del mundo, ha existido un monarca tan sabio y poderoso como
él en las tierras hoy gobernadas por los francos?», preguntaba Dungal, el
irlandés.
Estas
voces expresan una clara percepción de que algo está sucediendo en torno a
ellas. Aunque lo hagan movidos por la esperanza, los autores de tales
comentarios perciben el final de los tiempos bárbaros mientras una gran
comunidad cristiana se extiende hasta los puestos más avanzados de la Iglesia.
Interiormente, el reino adquiere conciencia de sí mismo y se asienta sin más
instrumento que la religión.
Pese
a la afición de Einhardo por denominarlo «el renacimiento de Roma», son pocos
más quienes consideran que tenga algo que ver con el Imperio Romano. Un par de
voces se refieren en términos vagos a la edad de oro de Rómulo, a la fundación
de ese otro imperio. Y, por supuesto, la palabra Imperator aparece en las
monedas de nuevo peso y ley (como nuevos son los pesos y medidas para las
balanzas). Pero la mayoría de quienes contemplan las pinturas que cubren las
paredes de Reims y de Ingelheim, así como las páginas de las nuevas Biblias,
evoca la figura del rey David, o la de Moisés conduciendo a su pueblo lejos del
peligro de la travesía del mar Rojo.
Curiosa
e insólitamente, se produjo una coincidencia de opiniones entre monjes que
nunca abandonaban su clausura y guerreros veteranos de muchas guerras. Los
viejos soldados recordaban cómo, después del derribo del Irminsul, la sed del
ejército abrumado por la sequía se vio calmada gracias a una milagrosa lluvia
torrencial. Y en las murallas de Fritzlar, ¿no aparecieron acaso dos guerreros
desconocidos, vestidos de un blanco resplandeciente, en ayuda de las espadas
cristianas? Los monjes habían identificado tales figuras como las de los santos
Martín y Dionisio. Para rematar la historia, los soldados entonaron el romance
de Sigiburgo, que contaba cómo en el círculo de escudos cristianos aparecieron
dos corazas llameantes como puro fuego, que habían sembrado el temor entre los
paganos y habían provocado su derrota.
Tales
eran las cantilénes que los nietos de Keroldo escuchaban en los campamentos. La
causa de tal intervención celestial, para los viejos soldados, sólo podía haber
sido la presencia de Carlomagno. Aquella ocasión en que había caído del caballo
y su lanza había volado a veinte pies de su mano, había marcado la muerte casi
milagrosa de su enemigo Godofredo, el rey danés. La lanza volando de su mano
había sido una indicación de que no la necesitaría. Y, desde luego, aquel
terrible suceso del doble eclipse en los cielos, del sol y de la luna, había
marcado el momento de la muerte de sus dos hijos, Carlos y Pipino.
Así,
aun en vida del emperador, empezaba a formarse en torno a él la semblanza de un
segundo Carlomagno, el rey legendario. Y el arnulfingo se esmeró en estimular
tal leyenda, que le ayudaba a controlar las tropas enviadas a tierras ávaras y
a tranquilizar a los campesinos llenos de miedo a la peste. Con su gran
estatura y la impresionante redondez de su cuerpo, cabalgaba a la cabeza de los
deslumbrantes duques, señores y obispos, precedido por el estandarte de
Jerusalén y seguido por el asombroso elefante. Se unía al coro de cantores en
los altares y a los alegres bebedores en las tabernas. Esta combinación de
poderosísimo monarca y hábil comediante siempre fue del gusto de las
multitudes.
Sin
embargo, Carlomagno no pudo prever las consecuencias de representar de aquel
modo su papel como emperador.
Confinado
en los últimos tiempos a su palacio de Aquisgrán, ya no llegaban a oídos del
franco las canciones de los campamentos ni las historias milagrosas que se
contaban en los refectorios monásticos. Debido a su pronunciada cojera, llevaba
ahora un largo manto ribeteado de armiño y la vara de madera de manzano había
sido sustituida por un bastón largo con empuñadura de marfil tallado, regalo de
los cazadores de focas frisones.
Desde
su juventud, había permitido que le afeitaran con regularidad e incluso
aguardaba a que el barbero le retocara las puntas de su bigote gris pero, ahora
que sus cabellos se habían vuelto blancos como los del viejo Sturm, los dejó
crecer por debajo de las orejas de modo que su melena parecía un casco
refulgente, ceñida por la fina diadema de oro.
La
mañana en la que iba a recibir la noticia del incendio, el monarca consiguió
aparecer entre las cortinas de la antecámara con paso regular, venciendo el
dolor que le atenazaba las articulaciones.
Saludó
a Burcardo y a Einhardo, los cuales le informaron de que Arno había enviado a
unos cristianos croatas a prestarle juramento de fidelidad, y le anunciaron que
el conde palatino esperaba para presentarle la demanda de la familia sajona.
Los
hombres de leyes dieron gran importancia a este pleito sobre el noble
westfaliano asesinado. Este anciano, miembro de la nobleza sajona, había
recibido el bautismo en tiempos de Widukindo pero, pese a su doble condición de
cristiano y de noble portador de espada, había resultado muerto accidentalmente
cuando Carlos, el hijo del rey, había arrasado el pagus westfaliano. A
continuación, el hijo del sajón había renunciado a reclamar satisfacción por
esta muerte, jurando fidelidad a Carlos. Hasta aquí, no había nada que objetar.
Sin embargo, en el desorden de las últimas campañas en Sajonia, dicho hijo del
muerto, hombre libre y vasallo de Carlos, había sido enviado al exilio con su
familia a causa del decreto que había trasplantado a tantos sajones a nuevas
tierras en el reino franco. Ahora, los tres hijos del hombre, jóvenes de buena
planta con derecho a portar armas, presentaban una reclamación para recuperar
sus tierras ancestrales en Westfalia, en calidad de herederos del difunto
abuelo que había sido propietario de ellas.
Siendo
sajones, los tres apelaron a la ley sajona. Sin embargo, era preciso determinar
si eran exiliados u hombres libres. En los archivos de Aquisgrán figuraban
inscritos como exiliados, y la ley sajona establecía que «un noble desterrado
sólo podrá recuperar sus propiedades con la aquiescencia del rey».
Los
juristas habían tratado el caso en profundidad, sin llegar a una decisión.
Entonces, a regañadientes, el conde palatino había respaldado la apelación de
los herederos ante el monarca.
Carlomagno
contempló a los tres muchachos sajones que aguardaban ante él muy erguidos,
sonrojados de excitación y con un destello de expectación y de respetuoso temor
en sus ojos azules. Dada su juventud, sólo le conocían como el gran rey que
había expulsado de Westfalia a los incursores normandos. Aquellos tres jóvenes,
pensó el emperador, serían excelentes soldados…
—Así
lo ordenamos —proclamó a continuación—. Como leales servidores del trono, les
corresponde heredar la propiedad.
Mientras
tomaba nota en la tablilla, Burcardo murmuró entre dientes algo así como: «¡Y
cuántos miles de sajones más!».
Al
pasar junto a los muchachos, ahora rodilla en tierra ante él, Carlomagno no
pudo evitar una mirada a sus rostros exultantes. Volvió entonces la vista a los
croatas, hombres morenos vestidos con capas blancas de fieltro y brazaletes de
plata. Estos le habían traído una tosca cruz procesional de plata y el
emperador se alegró de que Burcardo hubiera seleccionado otros brazaletes de
oro, más valiosos, como presente del rey a quienes les enviaban.
Después,
continuó avanzando entre la multitud congregada hasta llegar a lo alto de la
escalinata, pendiente del tintineo del reloj metálico que anunciaría la primera
hora de la tarde, momento en que podría encabezar la marcha hacia el comedor y,
después de saciar su hambre, podría despojarse del manto, el cinto y los
zapatos y retirarse a dormir un par de horas, o incluso tres.
Entonces
se presentó el mensajero del barco correo del Rin para anunciar que el incendio
había destruido el gran puente de Maguncia, una magna obra construida para
resistir los embates de las crecidas del río. Un grupo de juerguistas borrachos
había dejado caer unas antorchas sobre las vigas de madera, en lugar de
arrojarlas a las aguas, y en menos de tres horas todo el puente había ardido y
se había derrumbado.
—Volveremos
a levantarlo, esta vez en piedra —se limitó a comentar.
Sin
embargo, durante la siesta de aquella tarde no logró conciliar el sueño
pensando en cómo podría tender arcos de piedra entre los pilares, y en cómo
haría para levantar tales pilares en medio de la corriente, pues la fuerza de
las aguas era demasiado grande.
Una
violenta tormenta de primavera había derribado la columnata cubierta que le
protegía cuando acudía a la capilla, poniendo en evidencia que sus albañiles no
eran capaces de construir en piedra con la firmeza de los romanos, que habían
tendido los acueductos… ¿Cuánto tiempo les había llevado edificar la monumental
Roma? Cuatro siglos, decía Einhardo, pero Carlomagno consideraba la respuesta
un disparate que habría despertado el rechazo y las burlas de Alcuino. Aquellos
jóvenes, educados en palacio, le contaban las palabras de los libros, no su
significado. Aunque tales palabras estuvieran escritas en aquellas nuevas y
claras minúsculas, no constituían nada más que pequeñas astillas preparadas
para una hoguera. Era la propia mente la que tenía que coger las palabras e
inflamarlas con el entendimiento, como si una llama prendiera en las astillas.
Pero,
aunque surgiera el entendimiento y la mente se propusiera con determinación
conseguir algo, ¿cómo podría lograrlo si no era por la voluntad de Dios Padre
Todopoderoso?
Ningún
hombre de leyes podía responder a eso. Y todo el mundo recurría a él: Burcardo
esperaba su orden para sembrar el nuevo cereal llegado de África, Arno le
enviaba a aquellos croatas… La columnata en ruinas, el puente derrumbado, las
sepulturas de los muertos por la peste y las peticiones de sus miles de hijos…
Todo esperaba a que él se ocupara de resolverlo.
Cuando
se levantó tras la siesta, los pajes de la alcoba le vieron dirigirse cojeando
hacia la escalera que conducía a la capilla, envuelto en su manto azul. Los
criados llamaron aparte a Rotaida, lejos de las chismosas damas de la corte,
para que ella le indicara al rey que era momento de ocupar el trono para
escuchar los informes fiscales de los obispos turingios y la codificación de
sus decisiones en temas jurídicos.
A
aquella hora de la tarde, el fuego del cuerpo que los médicos llamaban fiebre
atenazaba al monarca y confundía sus pensamientos. Carlomagno solía mirar
entonces los rostros de los reunidos a su alrededor para recordar qué debía
hacer a continuación. Burcardo le instó a que mandara llamar al único hijo
superviviente de Hildegarda, pero Luis estaba en la Marca Hispánica con el
ejército de Aquitania. El muchacho tenía sus propias responsabilidades en
aquella frontera. Carlomagno, pues, ordenó retirarse a Burcardo y no mandó
aviso a Luis para que acudiera a su presencia.
Allá,
en el sur, la frontera marítima estaba en llamas. Las flotas sarracenas no
habían respetado la tregua firmada en Córdoba y los musulmanes de Hispania se
habían aliado a sus hermanos de África; sus naves habían vuelto a arrasar
Córcega y Cerdeña y habían efectuado desembarcos en tierras continentales, en
Narbona y en la costa toscana. Las fortines de León no podían trasladarse de
emplazamiento para enfrentarse a las embarcaciones incursoras. Carlomagno se
agarró a una esperanza: una flota bizantina había sido avistada frente a
Sicilia.
Si
el otro emperador extendía su brazo desde Constantinopla para ayudarle en
aquellas difíciles circunstancias, entre los dos podrían mantener seguras las
costas, aun si se perdían las islas.
Carlomagno
alimentó aquella esperanza. Su plan de organizar flotas poderosas había
fracasado; su torpe escuadra de embarcaciones de madera verde había sido
dispersada y vencida como si un vendaval se hubiera abatido sobre ella. Sentado
ante la mesa de plata, estudió el plano de la gran ciudad de Constantino. En
ella había grandes puertos y un arsenal, con los edificios llamados la
Universidad, donde, según sus embajadores, los griegos elaboraban una llama
imposible de apagar que denominaban «fuego del mar» porque ardía sobre las
aguas. Aquel fuego griego podía destruir las embarcaciones enemigas.
¿Quiénes
eran sus embajadores en Constantinopla? Hugo, el joven conde de Tours, y el
obispo Amalhar. Hugo le informó fielmente de que el tratado de paz no podría
firmarse porque el débil Miguel había sido desterrado por un militar más
enérgico llamado «el Armenio». Nadie sabía con seguridad qué política seguiría
aquel Armenio, salvo que no era partidario de las imágenes. Resultaba extraño
que Irene, mujer intrigante, hubiera sido devota de las imágenes sagradas…
Carlomagno aguardó el regreso de Amalhar con la esperanza de que trajera
firmado el tratado de paz.
Desde
la pérdida de Carlos y de Pipino, le abrumaba la inquietud. Sus manos siempre
se habían apoyado en los recios hombros de aquellos dos hijos suyos y ahora
tenía que sostenerse solo, utilizando su bastón de marfil como si fuera un
nuevo tipo de cetro, y deambular con paso lento, al descubierto por el pasadizo
en ruinas, en impaciente espera de noticias que aliviasen su abatimiento.
Contaba
las semanas que faltaban para poder dejar el bastón y las ropas palaciegas,
montar y salir de cacería. Cuando pudiera tomar el camino de las Ardenas con
sus cazadores, el diablo de la fiebre le abandonaría y podría dormir hasta que
el sol dibujara las ramas de los árboles en negras siluetas sobre la tienda de
campaña que le cobijaría. Pero antes debería reunir la asamblea de los señores
y trazar los planes para el año siguiente.
Aquel
año, la asamblea se celebraría en Aquisgrán. Cuando se lo comunicó a Burcardo,
el condestable asintió en silencio.
—Bernardo
deberá viajar desde Pavía para asistir a la reunión. Adalardo puede esperar en
Roma.
Su
oficial asintió y le indicó con aire muy serio que el conde de la Marca Bretona
no podría abandonar su puesto debido a la agitación reinante en aquel
territorio. Y tampoco había que contar con los señores de las montañas vascas
vecinos de los gascones, pues habían desertado de las huestes armadas de
Aquitania.
Aquel
comentario despertó viejos recuerdos en el anciano monarca. Treinta y cinco
años atrás, Roldán era el guardián de la Marca Bretona y el ejército había
sucumbido ante los vascos en Roncesvalles, aquel lugar que nadie mencionaba
ahora.
—
¿Dices que los vascos han desertado? —inquirió. Su tono áspero alertó al
comandante de sus fuerzas armadas.
—Según
los informes, mi señor, han abandonado el estandarte del rey Luis y han
desaparecido en sus montañas.
—
¿Adonde… adonde lleva Luis su estandarte?
—Hacia
Huesca, cerca del Ebro.
Carlomagno
ya conocía la respuesta. Sólo quería oír la confirmación de boca de su
consejero. Huesca, ciudad próxima a Zaragoza, se había rebelado contra su
autoridad.
Su
memoria evocó las rojizas alturas de Hispania contra el pálido azul del
firmamento y volvió a experimentar el calor del sol, sofocante desde el
amanecer, de aquella tierra traicionera, llena de peligros ocultos. Recordó
también la imprudencia de Luis, la ciega confianza del muchacho en la
protección del Señor. Los vascos habían desaparecido en sus montañas. De nuevo,
rebuscó en su memoria las palabras de advertencia de su gran guerrero,
Guillermo de Toulouse. Las villas desiertas en la ruta eran una señal de
peligro, pues indicaban que los pastores habían dispersado sus rebaños.
Aquellos
recuerdos le llenaron de malos presagios. Sólo le quedaba un hijo y toda la
tarea que había desarrollado a lo largo de su vida dependía ahora de la
supervivencia de Luis, el heredero. Las llamas de unas antorchas habían
destruido su puente sobre el Rin, tan sólido y resistente. ¡Cuánto más frágil
era el gobierno de una docena de pueblos distintos!
—Señor
condestable —añadió entonces en tono ceremonioso—, transmitid de inmediato a mi
hijo, Luis, mi voluntad y mi orden de que regrese a toda prisa de la Marca del
Ebro, con su estandarte y sus levas armadas.
Mentalmente,
recorrió de nuevo el valle del Ebro y ascendió hacia los dos pasos, uno
peligroso y otro seguro. Burcardo, sorprendido y atento, esperó a que terminara
de hablar.
—También
es mi voluntad que utilice para su regreso la ruta de la ciudad de Urgell y el
paso de la Perche hasta su ciudad de Toulouse, y luego siga camino hacia aquí
para llegar a tiempo a la asamblea.
—Por
Urgel y el paso de… la Perche —murmuró Burcardo, quien tenía la costumbre de
repetir las órdenes que recibía. Luego, curioso, contempló al anciano rey, que
parecía abstraído en sus meditaciones, preguntándose si querría añadir algo
más.
Tras
mucho darle vueltas al anillo del sello que lucía en uno de sus gruesos dedos,
Carlomagno despertó de sus reflexiones. La asamblea del año sería festiva,
anunció en voz baja, y los señores del reino, tanto legos como eclesiásticos,
no acudirían para emprender una campaña sino para rendir fidelidad como
emperador a Luis, su hijo. Había llegado el momento de que éste recibiera la
corona. (Nada dijo Carlomagno de convocar al papa León para que se la
impusiera). Que el senescal dispusiera lo necesario para atender a gran número
de personalidades.
—Pues
nos han llegado gozosas noticias por tierra y por mar —informó a sus
paladines—. Nunca han estado nuestra tierra y nuestro pueblo más bendecidos por
las gracias del Señor. Es oportuno que en este tiempo de paz y de gloria, Dios
mediante, mi hijo adquiera el título de emperador, para que lo comparta conmigo
hasta que lo sea en solitario a mi muerte.
Tan
conveniente pareció su previsión que los paladines expresaron al instante su
alivio y su contento. Einhardo informó a los médicos y éstos se alegraron de
que el enfermo monarca llamara a su lado por fin a su hijo, fuerte y sano.
Esa
noche, a solas en su alcoba, Carlomagno echó cuentas de las semanas que se
preparaban y calculó que Luis emprendería el viaje a principios del mes del
Heno. La coronación se celebraría, pues, por la Segunda Cosecha; luego, en
torno a la luna del mes de la Vendimia, podría convocar a sus cazadores y tomar
el camino de las Ardenas.
La
leyenda creció durante aquel verano. Allí donde las comitivas de los nobles
llenaban los caminos reales, tenían lugar celebraciones. Las columnas de
encapuchados procedentes de los monasterios descendían de los montes y colinas
cantando plegarias por los dos emperadores. Desde Orleans, donde se le unió
Teodulfo, hasta la villa de Theodo, el pueblo celebró con actos religiosos el
paso de Luis con lo más granado de su reino. Sin embargo, cuando las multitudes
le aclamaban, gritaban también en honor del poderoso Carlomagno, reinante en su
gloriosa ciudad.
Era
un viaje afortunado, comentaban los señores de Provenza, pues habían cruzado
los Pirineos sanos y salvos a pesar de la trampa que les habían tendido, «como
acostumbran a hacer», los traicioneros vascos.
Aunque
corto de estatura como su abuelo, Luis daba una estampa gallarda, ancho de
hombros y muy erguido, y mostraba un gran fervor cuando rezaba en los
santuarios. «El Honorable», le llamaba el pueblo por su donosura y su
religiosidad.
La
multitud llenaba el valle del Würm y en las colinas lejanas se alzaban
numerosos pabellones, pues Carlomagno había convocado a todos los obispos y
abades, a quienes tuvo durante semanas reunidos en concilio «para que
decidieran entre ellos todos los asuntos para el bien del imperio». En el atril
de lectura situado ante Hildebaldo —quien había llegado de la Colonia para
convertirse en archicapellán de Aquisgrán—, reposaba la gran Biblia obra de
Alcuino.
Largo
tiempo discutieron estos señores de las iglesias sobre las nuevas leyes, los
diezmos y los beneficios, mientras Carlomagno esperaba en su silla de campo
junto a la iglesia de Santa María, apoyado en el bastón. Cuando los religiosos
salieron a su encuentro con sus opiniones, la aguda voz del emperador les
exhortó a intentar mayores empresas. —Habéis enumerado los vicios de éste, mi
pueblo; ahora, exponed las buenas obras que habéis hecho vosotros […]. No
existe dignidad si no es en mérito de las obras […]. Decís que hay paz y
concordia; mostradme los acuerdos de paz que habéis alcanzado con mis condes,
que os acusan de pendencieros […]. Porque, después del emperador, el deber de
gobernar al pueblo de Dios recae entre vosotros y esos condes.
Pero
no resultó fácil que aquellos señores de iglesias y monasterios alcanzaran
acuerdos satisfactorios para su emperador. Los rumores sobre sus discusiones
llegaron hasta los campesinos y los peregrinos en las oraciones vespertinas.
Algunos
de los visitantes advirtieron cómo los mendigos mostraban sus llagas en los
pórticos de palacio y cómo los vagabundos acechaban en las esquinas para rajar
las bolsas. Con las carretas de los comerciantes de Pavía y de Passau llegaban
prostitutas que, engalanadas con cintas y plumas de faisán, deambulaban por los
patios con los ojos pendientes del paso de una capa de armiño o del destello de
una mano enjoyada. Por un sólido de plata o una promesa susurrada de media hora
de lujuria, los guardianes de las puertas dejaban entrar a las mujeres. En los
pasillos, los sirvientes aceptaban dinero de sus manos y, entre risas
disimuladas, cuchicheaban que las aves de más fino plumaje tenían su nido en el
piso superior, en las cámaras reales, y les cobraban un precio más alto.
Bernardo,
el joven rey, llegó de Italia con sus cuatro hermanas adolescentes y no supo
dónde alojarlas porque los aposentos de las mujeres parecían, por su cháchara y
sus olores, un burdel. Carlomagno alojó a las muchachas, sus nietas, entre las
hijas de sus concubinas. A veces no lograba recordar el nombre de las pequeñas.
Junto a la encantadora Rotaida, reinaba en aquel gallinero Adelinda, la belleza
sajona, por ser la madre de Thierry, un chiquillo de siete años que era el
último hijo varón del emperador.
El
viejo monarca murmuró a Bernardo que su hijo entronizado y su nieto debían
ocuparse de alimentar y atender a toda aquella tierna prole.
Cuando
llegó Luis el Piadoso (Ludovico Pío), contempló con desdén a aquellas mujeres
emperejiladas recordando a la devota Hildegarda, su madre, y decidió ocupar
otra residencia junto con Hildebaldo, cosa que su padre permitió.
Carlomagno
recibió a su hijo con lágrimas de alegría pues para entonces, a consecuencia de
su debilidad, lloraba y reía con facilidad. Inquieto, su mirada recorrió los
rostros que aparecían tras Luis y reconoció con alivio a Bera, el visigodo. En
cambio, Sancho el Lobo, héroe de los vascos, no estaba en el cortejo real;
Rostán de la Gironda, que había portado el estandarte, no había acudido.
Así
pues, los desleales habían desertado del lado de su hijo. Luis, gozoso de
contemplar la cúpula dorada de la capilla, apenas mostró inquietud por ello.
Sin embargo, para Carlomagno, la lealtad era el primer eslabón de la cadena que
unía a los pueblos cristianos. Sin lealtad, no podía haber honradez ni buena
voluntad. ¿Cuántos eslabones eran precisos para hacer fuerte la cadena? La
abundancia de las cosechas, unida a una moneda fiable, llevaba hasta el eslabón
clave de las fuerzas armadas, tanto terrestres como marítimas. Este eslabón
clave era el que nunca había sido capaz de forjar, pese a haberlo templado con
la sangre de sus campeones, de Roldán y Erico, de Geroldo y Audulfo.
Ahora,
sentado en su trono frente a las ventanas que daban al oeste, recibía a sus
vasallos reunidos en el gran salón. Cuando escuchó comentarios sobre malas
noticias procedentes de la costa de Campania, habló a sus leales de la paz
definitiva que había alcanzado, por mediación de Adalardo, con los últimos
lombardos, los beneventinos. El peligro de las flotas sarracenas había unido en
alianza a griegos, lombardos y francos para hacerles frente. Cuando el conde de
la Marca del Este informó de la presión de los eslavos, el emperador replicó
que Hohbuki había sido reconquistada. Si se había perdido Huesca, los castillos
que guardaban los Pirineos seguían sin novedad gracias a los méritos del rey
Luis y a la providencia del Señor.
Todos
los días observaba los rostros de quienes acudían ante él, buscando el del
obispo Amalhar, que volvía de Constantinopla. Si Amalhar llegaba a tiempo de
depositar en sus manos el tratado de paz firmado por el otro emperador, la
coronación de Luis se produciría con los mejores augurios.
Al
amanecer del día de la ceremonia, Amalhar no había llegado aún. Carlomagno
salió de su alcoba cojeando y, con un suspiro de alivio, dejó caer su abultado
peso en el banco para ser afeitado y peinado.
Sobre
las colinas, el cielo parecía despejado. Señalándolo, comentó:
—Buena
señal. ¿Acaso no están terminando las tormentas de la guerra y del hambre?
Nunca ha amanecido un día con más expectativa de paz y de caridad.
Luego,
notando la caricia del filo de la cuchilla en la mandíbula y del peine de
marfil en la cabeza, se quedó adormilado. La enfermedad le había quitado las
pocas reservas de energía que le quedaban a sus setenta y un años. Se había
convertido en una máscara, en un patético trasunto de majestad. Paso a paso,
cumplía a duras penas el ritual de gobernar, sostenido por un reflejo de su
voluntad. Ya era incapaz de distinguir con claridad su prole de nietos, los
pequeños de su familia, del imperio que había creado. Las necesidades de
Thierry, el larguirucho bastardo, se confundían en su mente con la necesidad de
la llegada de Amalhar…
Ya
avanzada la mañana de aquel 11 de septiembre de 813, hizo su entrada en la nave
de su iglesia mientras el coro entonaba «La Cruz de los fieles…». Un paso
detrás de otro, avanzó entre las oscuras columnas hacia las mil y una luces del
altar. Apoyado en el recio hombro de su hijo, no hizo uso del bastón. Su cabeza
lucía la corona imperial y sobre el pecho llevaba el emblema real, colgado de
una pesada cadena de oro. A su entender, llevaba la indumentaria más parecida a
la de los antiguos emperadores.
Contemplado
de esta manera por los clérigos situados a ambos lados y por la nobleza que
ocupaba la galería, Carlomagno sobresalía entre todos ellos en majestuosidad.
Cuando se arrodilló a orar, cuando se incorporó para dirigirse al altar, donde
descansaba la otra corona, dio a todos una impresión de vivida esperanza y
energía. Cuando se refirió a Luis como hijo fiel y servidor leal del Señor,
todos derramaron lágrimas de alegría. Cuando preguntó a los presentes si
estaban de acuerdo con su decisión de otorgar la corona del imperio a su hijo,
el rey de Aquitania, todos respondieron con una sola voz que así debía hacerse
«por la voluntad de Dios y por el interés del imperio».
Sólo
en un instante de la ceremonia, cuando se volvió hacia su hijo y le interrogó
sobre su voluntad de asumir las tareas de gobernante, su voz pareció divagar
inesperadamente. Después de exigirle la protección de todas las iglesias y la
caridad para todos los que sufrieran penalidades, Carlomagno añadió: «Y sé
siempre generoso con tus hermanas, tus sobrinos y tus nietos, así como con
todos los demás que llevan tu sangre».
Nuevamente,
pidió a su hijo que jurara cumplirlo así y Luis hizo pública promesa de ello. A
continuación, Carlomagno colocó la corona sobre la cabeza de su hijo y
proclamó:
—Bendito
sea el Señor, que ha concedido a mis ojos contemplar en este día a un hijo mío
en mi trono.
—¡Larga
vida a Luis, emperador y augusto! —exclamó la multitud.
Hildebaldo
se encaminó entonces al altar para celebrar la misa y el coro entonó «Venid,
Espíritu Santo…».
Para
los testigos de aquel momento, Carlomagno estaba investido de algo más que
majestad. Allí, en pie junto al altar, les hablaba como un apóstol de un tiempo
pasado lleno de milagros. A continuación, el joven Bernardo se adelantó hasta
el estrado para ser consagrado rey de los lombardos.
Por
la tarde, toda la ciudad celebró con alegría un gran festejo. Durante los días
siguientes, los señores del reino juraron fidelidad a Luis, su coemperador, y
Carlomagno colmó a su hijo de los más ricos regalos. Nadie, salvo Burcardo y el
propio Carlomagno, recordó que Amalhar no había regresado de Constantinopla.
Sin
embargo, para sorpresa general, Carlomagno no tardó en instar a su hijo a
regresar a Aquitania, donde le esperaban sus obligaciones. «Para que el señor
emperador —explica un cronista— pudiera seguir ostentando su título con el
honor habitual».
Los
médicos y Einhardo reaccionaron a ello con profunda inquietud, pues el padre
enfermo necesitaba a su lado la fuerza del hijo. Además, el lugar de un
emperador del reino no era una región lejana como la Aquitania. No obstante,
Carlomagno no pareció tomar en consideración la posibilidad de que otra persona
pudiera compartir su autoridad en Aquisgrán. Obediente, Luis partió hacia
tierras aquitanas dejando tras él un gran interrogante.
Se
acercaba la luna llena del mes de la Vendimia, alzándose sobre la barrera de
los pinos e iluminando la abarrotada ciudad y la cinta de plata del río. De
noche, llegaba del bosque el aliento frío del otoño. Carlomagno seguía contando
los días que faltaban para poder cabalgar de nuevo por la espesura.
Con
la luna llena, Aquisgrán recuperó su aspecto habitual. Los pabellones
desaparecieron de las colinas y, después de la puesta de sol, pocas luces
permanecían encendidas. En el bosque, brillantes chispas rojas indicaban dónde
se quemaba la maleza. El ganado era llevado a los campos rebosantes de grano
para una segunda siega.
Carlomagno
convocó por fin a sus cuatro cazadores y ordenó que prepararan monturas y
mastines. Todo estaba dispuesto. Los médicos le rogaron que no se expusiera al
frío y él respondió que no viajaría a las sombrías Ardenas, sino a sus cotos
privados próximos a Aquisgrán. Indicó a Burcardo las cosas que debían hacerse y
luego, despertando en plena noche, deambuló a tientas por el palacio hasta las
velas que ardían en las salas del vestuario y del tesoro, donde permaneció un
rato contemplando los arcones sellados. Tras esto, buscó a Rotaida en la
estancia donde ésta dormía, aparte de las demás mujeres, y le pidió que se
ocupara del pequeño Thierry, nacido como él fuera del matrimonio.
Antes
del alba, se presentó ante su puerta privada de la iglesia de Santa María, sin
vestir ni afeitar. Llevaba puesta la zamarra de piel de oveja y el manto azul y
se sentía cómodo y tranquilo. Cuando hubo terminado las oraciones, contempló
los vasos del altar y las lámparas que había ordenado mantener encendidas.
Después, salió a reunirse con los cazadores.
«Partió
de caza como solía hacer —escribió Einhardo—, aunque débil por la edad. Regresó
de la batida por las cercanías de Aix-la-Chapelle hacia el primer día de
noviembre. Luego, en enero, fue presa de una fiebre alta y guardó cama,
recetándose él mismo un ayuno, como solía hacer cuando le subía la fiebre. Sin
embargo, experimentó un dolor en el costado que los griegos llaman pleuresía, a
pesar de lo cual continuó el ayuno, sin tomar otra cosa que bebidas esporádicas
para mantener las fuerzas. El séptimo día después de caer en cama, murió a la
hora tercia de la mañana, tras recibir la santa comunión, a los setenta y dos
años de edad».
Carlomagno
murió en enero de 814. Pocos días después del óbito, llegó de Constantinopla
Amalhar, el obispo embajador, quien traía firmado el tratado de paz entre los
dos imperios. Sin embargo, Carlomagno ya no estaba allí para hacerlo cumplir y
para intentar unir las dos mitades hasta entonces separadas del mundo
cristiano.
Desde
el primer día, se produjo una situación insólita en torno a la muerte del
monarca que había dominado las vidas de tantas personas a lo largo de casi
cuarenta y seis años. Luis, ausente en el sur, no podía tomar las decisiones
pertinentes y Carlomagno no se había preocupado de indicar a sus oficiales de
palacio dónde deseaba ser enterrado. Los paladines se reunieron en consulta y
decidieron dar sepultura al monarca al día siguiente, junto con todos los
emblemas regios, en un sarcófago de mármol bajo el altar de su basílica de
Aquisgrán, la ciudad que había fundado. Después, además, en la comitiva fúnebre
de palacio sólo hicieron acto de presencia los niños y jóvenes de la estirpe
real, conducidos por Rotaida.
Inquieto
ante el improvisado entierro, el pueblo de Aquisgrán se apresuró a recordar los
portentos de los últimos tiempos: el temblor de tierra que había derribado poco
antes la columnata de Carlomagno y el rayo que había caído en la cúpula de la
iglesia de Santa María y había derribado la esfera dorada.
En
la propia capilla, la gente señaló a Einhardo el cambio misterioso que había
experimentado la inscripción que se leía en la cornisa que remataba los
pilares. En aquellas dos palabras Karolus Princeps, el color rojo de la inicial
de la primera se había difuminado hasta hacerse casi indistinguible. Y entonces
evocó el propio Einhardo cómo, en el año del eclipse de sol, una luz flameante
había cruzado el cielo para arrebatar de la mano del emperador la lanza que
portaba, presagiando con ello el cercano fin de su mandato.
Tales
portentos sólo podían significar que la tierra de los francos estaba bajo la
mano del Señor. ¿Qué sucedería ahora, si no era algún cambio en su mundo? Por
eso, al pesar general por su pérdida se unió el temor a qué sería de ellos,
privados de la protección de Carlomagno. En las villas del reino se desataron
rumores tranquilizadores respecto a que el gran monarca no había muerto de
verdad, sino que dormía en su tumba para despertar otra vez si se presentaba
alguna calamidad, pero ello no impidió que gran número de hombres y mujeres,
presa del miedo, abandonara sus hogares para buscar la seguridad de los
monasterios (un comportamiento que, de estar vivo el emperador, habría
provocado una furiosa diatriba de éste).
Cuando
Luis llegó por fin a Aquitania, el joven emperador demostró ser un hombre
meticuloso y fanáticamente devoto. Con gran escrupulosidad, llevó a cabo todas
las directrices de su padre respecto al reparto del tesoro palaciego. Al mismo
tiempo, nombró a cuatro árbitros para que expulsaran de las estancias de
palacio al corro de mujeres privilegiadas y demás gorrones. Mendigos y porteros
ávidos de sobornos fueron apartados de las puertas de palacio, al tiempo que se
proscribía a los prestidigitadores y los osos bailarines, tachándoles de
criaturas del Diablo.
Luis
ordenó que se levantara un arco de oro sobre la tumba, con la siguiente
leyenda:
AQUÍ
YACE EL CUERPO DE CARLOS,
GRANDE
Y DEVOTO EMPERADOR,
QUE
ENSANCHÓ CON NOBLEZA
EL
REINO DE LOS FRANCOS
Muy
pronto, sin embargo, se produjo un cambio. Luis, Ludovico Pío, se propuso ser
un emperador devoto, heredero de los emperadores romanos. Gobernando con
benevolente tolerancia, celebró espléndidas asambleas e hizo uso del título de
Emperador Augusto que su padre había evitado utilizar. En el palacio de
Ingelheim, ordenó pintar murales que mostraran las victorias de Carlos Martel,
la fundación de las ciudades de Roma y Constantinopla y la coronación de su
padre.
El
nuevo emperador emprendió con celo la tarea de ocuparse de las iglesias, pero
no salió a recorrer los caminos de sus provincias ni a inspeccionar las costas
del reino. La gran mayoría de sus súbditos sólo le conocían de nombre y se
vieron obligados a buscar la clemencia y la ayuda de sus señores locales.
Privados de la magia del nombre de Carlomagno, su lealtad se volvió más y más
hacia los condes y los duques. Y éstos también se hicieron cada vez más
independientes del emperador recluido en Aquisgrán.
En
cuanto a la familia, Luis protegió con esmero a la joven prole de bastardos de
su padre, muchos de los cuales destacarían más adelante, como el cronista
Nitardo o como Thierry, celebrado abad. Sin embargo, en Italia, Bernardo
—testarudo como su abuelo a su edad— se rebeló contra su tío, el emperador.
Teodulfo, aquel hombre de gran imaginación, se unió a la rebelión, que fue
ahogada en sangre.
Carente
de fuerzas para controlar los cambios continuos en sus dominios, Ludovico Pío
siguió el ejemplo de sus antepasados dividiéndolos entre sus tres hijos. En su
caso, éstos le sobrevivieron y la muerte de Luis marcó el inicio de su lucha
por hacerse con el mando supremo. Un poeta describió así la batalla que
libraron en Fontenoy, en 841:
Suena
el grito de guerra
y
estalla en el campo la lucha feroz,
en
la que un hermano abate a otro hermano […]
olvidado
su antiguo afecto.
Luis
había sido un gran devoto, pero la religión por sí sola no podía mantener unido
aquel naciente imperium de cristianos, impulsado por las personalidades de
Carlos Martel y Pipino el Breve y moldeado y ampliado por Carlomagno.
Desaparecido éste, carente de base racial y de instituciones duraderas, el
imperio dejó de existir.
Curiosamente,
Luis fue el primero en utilizar el título de emperador romano y lo hizo cuando
el imperio occidental estaba agonizando y empezaba en Europa la era caótica del
feudalismo. De pronto, el Rin dejó de ser una poderosa arteria de
comunicaciones y se convirtió en una barrera fortificada entre los pueblos de
lenguas germánicas, al norte y al este, y los pueblos de lenguas romances de la
Franconia occidental y la Aquitania (es decir, entre las futuras Alemania y
Francia). El pasillo de comunicaciones de Carlomagno, que iba desde los Países
Bajos hasta Italia cruzando los Alpes, desapareció en el caleidoscopio de
enclaves feudales —salvo una vaga y simbólica «Lotharingia»— y las llanuras de
Lombardía volvieron a ser un camino de conquista, con ciudades aisladas
—fortificadas con murallas más altas y gobernadas por sus propios duques
palaciegos y por los gremios de la plaza del mercado— que se convertirían con
el tiempo en Milán, Florencia y Ferrara. Por su parte, los venecianos de la
isla de Rialto buscaron su futuro en el mar.
En
todas partes, con el resquebrajamiento del imperium de Carlomagno, los vasallos
feudales se aferraron a sus señores, y las abadías a sus prebendas. Poco
después, empezaban a desafiar la autoridad central de los reyes. La Roma papal,
carente de una fuerza armada como la de un Pipino o un Carlomagno a la que
pudiera llamar en su auxilio, se hundía en una nueva debilidad. Algunos
fragmentos de las zonas fronterizas carolingias darían lugar a nuevas
comunidades en el norte cristiano de Hispania y a lo largo del Danubio, donde
Austria tomaría forma a partir de la Marca del Este. Sin embargo, aunque la
breve dinastía carolingia declinó y el naciente imperio murió, hubo algo que
sobrevivió, inadvertido y casi clandestino.
El
renacimiento carolingio continuó. Pese al hundimiento de los gobiernos, pese a
las guerras, una frágil herencia de conocimientos y esperanzas se mantuvo viva.
La escuela de Carlomagno, la comunidad de mentes de Alcuino, las cancioncillas
de Angilberto, los tribunales abiertos de Teodulfo y las iglesias de sólidos
muros fueron los esfuerzos pioneros de una recuperación más amplia. La capilla
de Aquisgrán, el palacio de Ingelheim o la comunidad de Saint-Denis tuvieron
otros pequeños destellos de esplendor. La línea vital de comunicaciones entre
las iglesias de Carlomagno, desde Bremen a Tortosa, no se interrumpió por
completo.
Los
grandes cantos gregorianos, los sacramentarios y breviarios, la nueva Biblia de
Alcuino, se transmitieron en el silencio de los monasterios. La copia de libros
en la clara escritura carolingia continuó. Los versos de Virgilio y la visión
de san Agustín llegaron a mayor número de mentes ignorantes, pasaron de abadías
y palacios a las escuelas parroquiales. Escaparon a la destrucción de las
invasiones bárbaras porque no podían ser saqueadas o pasadas a fuego. Huyeron
con los monjes a las montañas, a Reichenau y al lago de Constanza, donde los
artistas perfeccionaron su habilidad en la iluminación de los textos.
La
escritura carolingia penetró en Italia hasta Montecassino. En la Inglaterra
anglosajona, Alfredo el Grande, un rey de Wessex que también luchaba por
mantener viva la cultura mediante la copia de libros, mandó a buscar en tierras
francas instructores como Juan el Sajón.
Para
entonces, el recuerdo del Carlomagno de carne y hueso había quedado oscurecido.
Hizo su última aparición en muchos siglos cuando Einhardo, el enano, se retiró
al monasterio benedictino que había enriquecido con reliquias traídas de Roma
en sus viajes. Allí escribió Einhardo el afectuoso retrato de su gran rey y
compañero, el Vita Karoli. Sin embargo, a este retrato humano, el enano añadió
toques nostálgicos, así como algunos atributos de su otro héroe favorito, César
Augusto. Para entonces, transcurrida una década desde su muerte, el Carlomagno
real empezó a asumir el aspecto físico del monarca de la leyenda.
El
recuerdo de su afición a las mujeres no se desvaneció sin dejar rastros. Un
monje anónimo escribió una Visión de Carlomagno en la que relataba cómo el
poderoso franco había llevado a una santa virgen, una tal Amalberga, a su
palacio y apuntaba que, a consecuencia de ello, sufría ahora los tormentos del
purgatorio. Sin embargo, ésta fue una voz solitaria que se perdió pronto en el
coro de cantilénes, relatos populares y nuevas redacciones monásticas de la
vida y las hazañas del hijo de Pipino el Breve.
Pues,
por alguna alquimia de la imaginación humana, Carlomagno se convirtió en héroe,
no ya de las crónicas de corte o de las leyendas de sus propios francos, sino
de cualquiera que escribiera, narrara o cantara entre las nuevas calamidades
que se abatieron sobre la Europa occidental. De este manera, se convirtió
finalmente en el monarca heroico de toda la humanidad.
Poco
después de Einhardo, el estudiante poeta Gualfredo Strabo escribió un prefacio
a la Vita Karoli de aquél. Aunque Gualfredo parecía al corriente de los hechos
reales en torno al difunto rey, su «muy glorioso emperador Carlos» ya mostraba
rasgos del extraordinario monarca de una era dorada. « […] Más que ningún otro
rey mostró interés en hacer buscar hombres sabios […]. Transformó su reino, que
estaba a oscuras y ciego —si se me permite utilizar tal expresión— cuando Dios
lo puso en sus manos, en un lugar radiante con el esplendor de una nueva
erudición, desconocida hasta entonces en nuestra sociedad bárbara. Pero ahora,
una vez más, los hombres vuelven su atención a otros intereses y la luz del
saber, menos apreciada, agoniza en la mayoría de ellos».
Quizá
no resulte sorprendente que las hazañas de Carlomagno se exagerasen de esta
manera; pero, por cierto, es extraordinario que, en la leyenda, pasara a ser lo
que no había sido jamás en vida.
El
arnulfingo de carne y hueso había sido un hombre bastante alto y
extraordinariamente fuerte, sobre todo en determinación, así como muy perspicaz
en su juicio de las personas. Al cabo de tres generaciones su fantasma, el
Carlomagno de las leyendas, había cambiado de aspecto físico. Para entonces,
sacaba una cabeza a cualquier hombre y la simple mirada de sus ojos penetrantes
causaba el terror en los paganos y en los enemigos. También había mudado su
vieja indumentaria franca por las galas imperiales y ceñía su frente con una
corona cuando salía de caza. Cuando se encolerizaba, reducía a todos los
presentes a un silencio tembloroso. Y, en su camino de vuelta al malhadado paso
de Roncesvalles, su figura mítica ordena al sol que se detenga en el cielo para
prolongar el día.
En
vida, el corpulento franco no había sido una figura dotada de majestuosa
dignidad. Su sosias legendario se convirtió en un ser mayestático, omnisciente
y todopoderoso. Una larga barba añadía dignidad a este aureus Karolus, a este
Carlos de oro. Naturalmente, el cuerpo contenido en la tumba de Aquisgrán se
adecuó a la leyenda. Allí, Carlomagno dormía su largo sueño sentado muy
erguido, con un gran tomo de los Evangelios sobre las rodillas y el rostro
vuelto hacia la puerta de la iglesia. Dado que no estaba muerto, su barba
florida continuaba creciendo, incluso entre las rendijas de las losas.
Por
esa época (885), el notable monje de Saint-Gall escribió suGesta Karoli,
«Gestas de Carlos», para describir con su «boca balbuceante y desdentada» los
grandes acontecimientos del «imperio dorado del ilustre Carlos». Después de
escuchar los ecos de las cantilénes de viejos soldados, el buen monje aporta un
giro realista a muchas de sus anécdotas sobre la figura tangible, terrenal, del
«sagacísimo rey Carlos». Sin embargo, para entonces, el gran monarca ya se ha
convertido para todos, incluso para el cronista, en un «Carlos de hierro» cuyo
pueblo, «más duro que el hierro también, rendía honor universal a la férrea
firmeza de su señor».
De
este modo, en la memoria del monje, un invencible Carlomagno gobernaba sobre un
pueblo belicoso a lo largo de una época dorada de paz y seguridad. Esta figura
mítica significa una asombrosa metamorfosis de aquel franco, que no había sido
un líder en el campo de batalla pero que había conducido a un pueblo poco
combativo a sucesivas campañas a lo largo de casi cuatro décadas.
De
esta transformación tuvieron la culpa las invasiones. Carlomagno apenas llevaba
una decena de años en la tumba cuando los normandos empezaron a realizar
incursiones a lo largo de las fronteras marítimas. Remontando las aguas del
Rin, del Sena y del Loira, sus flotas avanzaron hasta devastar las ciudades,
pues ya no había ningún ejército que pudiera rechazarlas. Ya en 845, un nieto
de Carlomagno fue testigo impotente, junto a sus señores y las levas —que se
negaron a atacar a tan formidables invasores—, de cómo los nórdicos se llevaban
de las poblaciones del Sena a más de mil cien cautivos.
Un
segundo Godofredo remontó el Loira con sus largas naves para saquear e
incendiar Tours. La Orleans de Teodulfo cayó ante un ejército llegado por mar.
En Saint-Denis, los invasores profanaron las tumbas de los arnulfingos para
apoderarse de los objetos de valor que adornaban los cuerpos. Luego,
ascendiendo el curso del Mosa, llegaron a Aquisgrán, donde quemaron la iglesia
de Santa María. Entre incursión e incursión, los grupos de feroces bárbaros
montaron campamentos de invierno a lo largo de las costas.
Mientras
los triunfantes normandos daneses se aventuraban hasta la misma Hispania, las
flotas musulmanas de Al Ándalus y del norte de África se adueñaron del
Mediterráneo occidental. Desde sus bases insulares, los agresivos sarracenos
(abasidas aliados con omeyas) capturaron el puente de tierras hasta Italia.
Después de apoderarse de Malta, se concentraron a lo largo de la costa
siciliana próxima a Palermo, conquistaron una cabeza de playa junto a Salerno y
penetraron hasta el Adriático y, por la costa del Tirreno, hasta Roma.
Aunque
era el fervor religioso lo que impulsaba a los musulmanes a atacar, los
almirantes árabes demostraron una gran habilidad táctica en el uso de sus
organizadas flotas. En 837, frente a Sicilia, una de éstas replicó al «fuego
griego» de una escuadra bizantina con unos novedosos lanzadores de nafta
inflamada. Muy pronto, los sarracenos consiguieron su objetivo, que era
expulsar a la marina bizantina de las rutas mediterráneas.
En
Roma, otro León construyó una muralla defensiva desesperada en torno a San
Pedro. Remontando el Volturno, los jinetes árabes avanzaron hasta la altura
rocosa de Montecassino, sin apenas oposición. Los diseminados reyes carolingios
carecían de naves y los papas, de ejército; Benevento sólo buscaba defenderse y
las naves de guerra venecianas casi no actuaron debido a que su puerto de
Rialto seguía a salvo; por último, la flota bizantina se limitó a luchar por
mantener abiertos los canales comerciales.
La
propia Constantinopla, en lugar de unir sus fuerzas a las del Occidente
cristiano, se retiró de nuevo al aislamiento. Flotillas de escandinavos
llegadas de los ríos asaltaron la ciudad reina mientras los poderosos búlgaros
conseguían el dominio de las tierras balcánicas y de la costa dálmata.
Más
allá de los búlgaros, un peligro aún mayor surgió de «la gran llanura del
Este». Salvajes magiares siguieron el Danubio hasta los valles bávaros; sus
jinetes irrumpieron en la Marca del Este de Carlomagno, rodeando las islas
venecianas, hasta separar irremediablemente la devastada Aquisgrán de la
cercada Constantinopla. El comercio del mundo exterior dejó de llegar a los
restos del reino franco, cuyo pueblo se veía empujado tierra adentro, a los
territorios que ocupaba antes del ascenso de los primeros arnulfingos.
De
nuevo, los francos supervivientes se vieron abandonados a sus propios recursos.
Se inició una tremenda migración que les llevó lejos de las costas, de las
rutas fluviales y de los valles fértiles, hacia la seguridad de las montañas.
Los fugitivos se volvieron rumbo al este, vadeando el Rin con sus rebaños para
protegerlos en los bosques sajones, y buscaron refugio en los castillos de los
señores locales, poderosos y combativos. De nuevo, quedaron aislados de los
puertos marítimos.
Se
extendió la inactividad. Salvo en el norte de Italia (la antigua Lombardía), la
vida urbana cesó. Se dice que en Roma, entre los años 870 y 1000, no se
construyó ningún edificio nuevo ni se reparó ninguno antiguo. La isla de París
fue sitiada y saqueada por los metódicos y combativos normandos.
Ya
no existía ninguna fuerza que protegiera al pueblo cristiano. Las
congregaciones supervivientes sólo esperaban ya la salvación después de la
muerte. En aquel estado de desesperación generalizada, parecía como si todo el
mundo conocido estuviera encaminándose a su final en el ya cercano año 1000 del
Señor…
Pero
el recuerdo de Carlomagno se mantuvo vivo a lo largo de aquella desintegración
social, de aquel paréntesis en el pensamiento. Se mantuvo, y cambió. La imagen
del «rey despreocupado» que nunca cedía a la desesperación se convirtió en la
del señor de la cristiandad, el sire de la chrétienté, que preservaba a su
pueblo. En comparación, la era de Carlomagno se veía como una luminosa época de
paz. Más aún, por una suerte de transmutación de la añoranza, el nombre de
Carlomagno se convirtió en la esperanza de los diversos pueblos cristianos. En
la misma medida en que aumentaban sus padecimientos, creció la añoranza de su
esperanza perdida.
A
finales del siglo IX, sucedió algo muy inusual con el recuerdo de Carlomagno.
Debido a la devastación causada por las disputas civiles y por las invasiones
bárbaras en el reino franco ancestral, desde el Loira al Rin, se perdió gran
parte de los registros escritos, de los edificios, de los propios objetos y de
las tradiciones locales. Los maestros y eclesiásticos huyeron de las antiguas
ciudades romanas junto a los ríos y se refugiaron en las montañas del este.
Irónicamente, muchos nobles francos emigraron, atravesando el Rin, a la
seguridad de la antigua Sajonia. Allí, los centros monásticos de la vieja Marca
del Este, desde Fulda a Saint-Gall, se convirtieron en los nuevos centros de
supervivencia.
El
efecto de este éxodo resultó decisivo sobre el recuerdo de Carlomagno. Los
rastros del hombre de carne y hueso desaparecieron casi por completo, mientras
las hazañas del personaje legendario acompañaban a los emigrantes a los nuevos
territorios. En todas partes, los libros y reliquias preciosos rescatados del
amenazado valle del Rin se convirtieron en evidencia de las gestas del
idealizado señor de la cristiandad.
Durante
las siguientes generaciones, sumidas en penalidades, poco se escribió acerca de
Carlomagno. Su recuerdo, cabe decir, se mantuvo en una suerte de
clandestinidad. Pero se mantuvo. Se transmitió en las narraciones de los
viajeros y se incorporó en las canciones. Los monjes de Fulda, en sus
observaciones de las estrellas, denominaron a la constelación de la Osa Mayor
elKarlswagen, el «Carro de Carlos». Los hospederos de los Pirineos señalaron
una cruz de piedra como perteneciente a Carlomagno. Los cazadores de los Alpes
explicaron que un venado blanco había aparecido ante el rey Carlos para
mostrarle el camino hacia el este.
En
el recuerdo de Venecia, cuyas lagunas había intentado dominar, su figura se
convirtió en la del inspirado profeta de la conservación de la ciudad. Los
venecianos dijeron que el monarca había pasado por sus canales y, arrojando una
pesada lanza en lo más profundo de sus aguas verdes, había declarado: «Tan
cierto como que ninguno de nosotros volverá a ver jamás esa lanza, os aseguro
que vuestros enemigos serán siempre derrotados por la cólera de Dios».
Difundido
de esta manera por los narradores de leyendas, el recuerdo de Carlomagno
arraigó en muchas tierras. Trasplantado, este recuerdo tendió a convertirse en
la imagen de un benevolente monarca universal. En Sajonia, transformada ahora
en punto de reunión de la fuerza germánica, esta imagen experimentó una
evolución bastante notable. Los teutones del siglo X parecieron recordarle, en
primer lugar, como legislador y, luego, como el rey legendario que les había
llevado el cristianismo. ¿No eran una prueba irrefutable de ello las muchas y
bellas iglesias de madera que había ordenado consagrar?
Los
libros iluminados, las piezas de orfebrería y las excepcionales tallas de
marfil que se conservaban en Fulda y en Reichenau, ¿no atestiguaban acaso el
esplendor de su reinado? Cuando estos germanos del este empezaron a plantear
una verdadera resistencia frente a normandos y magiares, sus nuevos reyes, los
Otones, se alzaron en Sajonia empleando una serie de confusos conceptos que
atribuyeron a Carlomagno. Estos germanos no podían considerarle del todo uno de
los suyos, pero tampoco podían pasarse sin él. Así pues, le adjudicaron el
título de primer emperador de su imperium Teutonici. El primer Otón imitó las
celebraciones de Carlomagno y se hizo coronar, como él, en la reconstruida
capilla de Aquisgrán. El tercero de los Otones trató de obtener la coronación
más lejos, en Roma, como nuevo restaurador —tras Carlomagno— del antiguo
Imperio Romano. (Precisamente lo que el monarca franco no había querido
restaurar).
Después
de reverenciarle como rey misionero y de honrarle como fundador de su «imperio»
(que pronto recibiría el insólito nombre de Sacro Imperio Romano), los germanos
empezaron a considerar a Carlomagno un santo que mantenía contacto con el
paraíso mediante la intervención, como mensajero, del arcángel san Gabriel.
Para
entonces, su figura mítica se convirtió en una fuerza viva en la mente de las
gentes.
Aunque
debilitado, el mundo no terminó en el año 1000. Al contrario, una nueva
vitalidad se extendió por la Europa cristiana y el Carlomagno legendario cobró
también nueva vigencia.
Como
un espíritu invisible, acompañó a los peregrinos que viajaban de santuario en
santuario. A lo largo de estas rutas de peregrinaje, los monasterios y las
posadas intentaron, naturalmente, atraer a los peregrinos mediante milagros y
reliquias. ¿Qué milagro atraía más multitudes que el hecho de que aquel sire de
la chrétienté hubiera formulado una profecía acerca del lugar? ¿Qué reliquia
podía ser más codiciada que un fragmento de escrito o un retal de tela
«pertenecientes realmente a Carlomagno en persona»?
La
vía a través de los Pirineos pasó a conocerse como «el camino de los francos».
(En realidad, esta ruta de peregrinación no atravesó el valle, bastante poco
profundo, llamado de Roncesvalles). Cada uno de los lugares de acogida de
viajeros revivía febrilmente el recuerdo de Carlomagno como el más puro de los
peregrinos y el más poderoso de los monarcas. Este recuerdo se extendió hasta
el mismo borde del temible océano occidental, cerca del cual se encontraba el
santuario de Santiago de Compostela. ¿Acaso Carlomagno no había visitado el
lugar cuando conquistó toda Hispania, excepto Zaragoza, a los infieles
mahometanos? Ciertamente, sólo la barrera del océano había impedido al gran
viajero proseguir su avance. (Esta leyenda acerca de que su triunfal expansión
se vio frenada por el mar persistió durante mucho tiempo).
Cuando
los poetas de Provenza empezaron a elaborar sus trovas, complacieron a sus
audiencias con el relato de las hazañas de Carlomagno, el rey y campeón del
Señor. Y el público quiso oír más y más historias sobre el monarca.
En
la isla de París, los trovadores evocaron en sus cantos cómo el gran rey había
instalado su corte junto a la roca de Montparnasse y cómo había bendecido la
iglesia de Santa Genoveva.
Cuando
estas primeras trovas se convirtieron en las grandes chansons de una nueva
Francia, Carlomagno apareció en ellas como celebrado monarca de aquella tierra
generosísima, un roí en France de moult grant seignorie. ¿Acaso no había sido
devoto del buen san Dionisio desde su juventud? Aquel rey de antaño había
trabajado toda su vida por la dolce France. Trovadores y oyentes, todos estaban
convencidos de que, en tiempos de Carlomagno, su dulce Francia se había
extendido hasta muy lejos, más allá de las umbrías Ardenas y de los pasos
nevados de los Alpes y de las tierras de los hunos, hasta la mismísima Catay.
Con
este inicio de la vida feudal, la imagen de Carlomagno adquirió los atributos
de un monarca feudal. Poderosos vasallos le servían: veinte duques
transportaban las fuentes a su mesa, cuatro reyes le asistían y el propio Papa
celebrada la misa para él. Sin embargo, en la coronación de su hijo Luis, había
sucedido algo inesperado. ¡Para gran disgusto de Carlomagno, Luis había
mostrado miedo de adelantarse para recibir la corona imperial! Los psicólogos
de la historia tal vez podrían reconstruir la realidad de lo sucedido en la
coronación de Aquisgrán.
Con
el advenimiento de la figura del caballero andante y la aparición de los
cantares celebrando el valor heroico del combate singular, la imagen de
Carlomagno como campeón de la dulce Francia encajó fácilmente en este nuevo
molde. El hombre que había sido un consumado estratega y gran motor de pueblos
en la vida real, se convirtió en rey guerrero al nuevo estilo, capaz, con un
solo golpe de su espada, de partir en dos a un enemigo acorazado, desde el
casco hasta la silla de montar. El hombre que había intentado mantener a sus
francos apartados de la batalla abierta, decidía ahora las guerras con un único
asalto triunfal de sus lanzas. La espada de hierro de ancha hoja que, según las
crónicas de su tiempo, sólo portaba al cinto en las ceremonias, también adquirió
una nueva personalidad. De nombre Joyeuse, forjada en el más fino acero,
llevaba en la empuñadura la más preciada de las reliquias: un fragmento de la
Santa Lanza. Y dado que los juglares de esa época posterior se interesaron muy
pronto en hablar de los amores de sus héroes, Carlomagno también se convirtió
en campeón y defensor de alguna dama sin par; con frecuencia, esta figura
femenina era la hija del rey moro de Hispania, convertida al cristianismo por
el franco tras abjurar de la diabólica adoración a «Mahoma». Su prole de hijas
lozanas y sensuales quedó transformada en la persona de una única hija
virtuosa, blanca como un lirio y encarnada como una rosa, de nombre Bellisenda.
Nada
que resultara llamativo a la imaginación popular le fue negado a la figura
mítica de aquel «primer rey de Francia, coronado por Dios entre los cánticos de
los ángeles». Incluso a sus doscientos años de edad, Carlomagno se levanta de
su trono de marfil y hace acopio de fuerzas para acudir en ayuda de su pueblo
al grito de: «¡Barones de Francia, a los caballos y a las armas!». En las casas
de campo, las madres consolaban a sus hijos en las privaciones repitiendo que
«cuando Carlomagno contempló nuestras penalidades, las lágrimas rebosaron de
sus ojos y resbalaron por su larga nariz y por su barba blanca hasta caer sobre
el cuello de su caballo».
El
imaginario de la nación franca reclamó celosamente como propio a este
Carlomagno de leyenda. Al propio tiempo, el aspecto físico del durmiente en la
tumba de Aquisgrán cambió también para adecuarse a la leyenda. Desde la diadema
de oro, un velo descendía sobre su rostro. Su mano izquierda enguantada
sostenía sobre sus rodillas los Evangelios encuadernados en oro, mientras la
diestra blandía la espada desnuda «perpetuamente desenvainada contra sus
enemigos». Muy pronto, esta figura imaginaria del arnulfingo se hizo visible a
los ojos de los curiosos. Los iluminadores de los manuscritos de sus leyendas
le pintaron despertado de su sueño por el buen Santiago, o entrando a caballo
en Constantinopla. En los tapices, fue representado portando todos los atributos
de su realeza, envuelto en armiño y terciopelo y sosteniendo en las manos el
orbe y el cetro. Los orífices crearon relicarios para guardar sus huesos y
pertenencias (su cuerpo había sido exhumado para ser investido, entre otras
cosas, con un manto de seda púrpura bizantino, adornado con elefantes). Cuando
los vitrales empezaron a dar esplendor a las iglesias con sus cristales de
vivos colores, la imagen del Carlomagno legendario quedó a la vista de los
feligreses.
A
estas convincentes imágenes se sumó pronto una biografía. Un monje de Chálons,
deseoso de honrar a su santo patrón, Santiago de Compostela, recopiló a partir
de las leyendas una vida de Carlomagno verdaderamente prodigiosa para
instrucción de futuras generaciones.
Con
ello, el mito convirtió a Carlomagno, más de tres siglos después de su muerte,
en monarca de un mundo feliz y en armonía, en el cual los normandos eran
arrojados al mar, los sarracenos eran expulsados de la cristiandad y la ayuda
del Señor traía alivio a todas las penalidades humanas.
Tal
vez sólo en una época de creciente fe y vitalidad como aquélla pudo una leyenda
semejante dejar su impronta en las cortes reales, en las instituciones
nacionales, en la vida monástica, en la literatura popular y en las artes. Pero
así sucedió con la figura de Carlomagno.
Un
verdadero interrogante sobre su vida y su tiempo dominó la Europa medieval.
¿Qué había sido, exactamente, el imperio de Carlomagno? ¿Había sido el Imperium
Christianum? Los eclesiásticos así lo afirmaban. ¿Se había tratado del Imperium
Romanorum? La corte papal mantenía que así era en efecto, asegurando que aún
poseía la autoridad mediante la cual León le había coronado emperador en Roma.
¿Había sido el Imperium Francorum? Los recién elevados monarcas germanos
proclamaban que Carlomagno había fundado su Imperio Germánico. Uno de esos
monarcas logró incluso hacerle canonizar, localmente, para iniciar el culto a
su persona. Las tres cosas eran rechazadas por los francos, que veían en el
legendario monarca a su primer rey.
Así
empezó la larga disputa entre los poderes y las personalidades de la Europa
occidental y cristiana que Carlomagno había intentado en vano unificar. Los
monarcas del Sacro Imperio Romano —que nunca llevaron a cabo tal unificación de
Europa— volvieron su vista a Carlomagno. Federico Barbarroja invocó sus gestas
como precedentes para su propia ambición; Federico II llevó a cabo una nueva
exhumación de sus restos para colocar un segundo manto sobre su sudario de los
elefantes y, en tiempos mucho más modernos, Napoleón Bonaparte, autoproclamado
emperador de los franceses, invocó el recuerdo de «nuestro predecesor,
Carlomagno». Sin embargo, todo esto entra en el terreno de la historia, no de
la leyenda.
Esta
se negó a morir. Ni siquiera quedó limitada a un territorio determinado. En
Aix-la-Chapelle corrió la voz de que las campanas de la iglesia sonaron sin que
nadie las tañera cuando Carlomagno murió. En las montañas de Baviera, se decía
que el emperador esperaba allí, en el interior de una caverna. En Renania
contaban que, cuando la barba de Carlomagno hubiera crecido hasta dar tres
vueltas a la tumba, llegaría el fin del mundo.
Cuando
los cristianos de Hispania iniciaron su larga lucha por la libertad frente a
los califas de Córdoba, sus trovadores contaron cómo Carlomagno les había
precedido en aquella empresa, con Roldán. En la leyenda, las figuras de sus
paladines se transformaron en los Doce Pares, héroes de otras leyendas, ahora
al servicio de Carlomagno: Oliver y Ogier el danés, y el duque Naimes de
Baviera, y el valiente arzobispo Turpin.
Cuando
gascones y provenzales participaron en esta guerra, lo hicieron bajo la bandera
de Carlomagno, el estandarte de Jerusalén, convertido ya en el pendón de
Francia.
En
torno a ellos tomó forma la Canción de Roldan, con su carga de valor y de
muerte.
Cuando
los hombres de Occidente, desde Inglaterra hasta la Renania, dejaron sus casas
para emprender la primera Cruzada, se produjo una exaltación de los espíritus,
un sentido de nuevos horizontes a descubrir, que no había existido desde los
tiempos de Carlomagno.
Los
cruzados que partían por mar o por tierra oían en las tonadas de los trovadores
cómo Carlomagno había arrebatado Jerusalén al sarraceno Harún. El gran rey
había viajado a Jerusalén, a la tierra de los apóstoles, para proteger el
propio Santo Sepulcro.
Así,
la imagen de Carlomagno siguió ejerciendo un influjo en la mente de la
humanidad en general, convocándoles allí donde estuvieran. Su figura acompañó a
los viajeros dondequiera que llegaran los caminos.
El
bárbaro arnulfingo que construyó su ciudad en el bosque y alzó en ella la
pequeña iglesia gris de la Virgen se había convertido en un recuerdo
celosamente protegido, que recorría Europa; un recuerdo de una época
desaparecida durante la cual los cristianos, de algún modo, se habían unido
para buscar juntos a su Señor.
Nota
del autor
En
este esfuerzo por escribir una biografía de Carlos el Grande, estoy
profundamente obligado a la obra de Arthur Kleinclausz, de la facultad de
Letras de Lyon. Sus volúmenes sobre Carlomagno, Alcuino y el ascenso del
imperio carolingio me han servido de guía.
Este
retrato del Carlomagno humano está basado en las fuentes de la época y situado
en el marco físico de su reino franco como mejor he podido reconstruir. En él,
los ríos llevan casi siempre sus nombres modernos. Igual sucede con las
ciudades, salvo aquéllas importantes en la época y poco conocidas hoy, como es
el caso de «la villa de Theodo», en la actualidad Thionville. Títulos y rangos
se ofrecen en la forma medieval tardía, más sencillos: señores por seniores, o
senescal en lugar de la mezcla de latín y teutónico, bastante singular, de
Seni-Skalkoz, «el más anciano de los servidores».
Todas
las personas que aparecen en este libro vivieron como se ha descrito, y sus
nombres están utilizados en la forma castellanizada, cualquiera que sea el
idioma de procedencia. A menudo, para escapar a la mera narración de los hechos
según las crónicas, fragmentos de cartas o de tradiciones se han desarrollado
en forma de breves escenas y diálogos entre personajes. Algunos detalles e
incidentes han sido recogidos de la crónica del notable monje de Saint-Gall,
quien parece haber conocido a fondo las costumbres y la personalidad del gran
monarca.
Se
han escrito muchos análisis históricos de la figura de Carlomagno, de su
leyenda y del efecto que produjo sobre la literatura y sobre los
acontecimientos posteriores a él, pero la vida del ser humano que había detrás
parece haber escapado al registro escrito.
Al
escribir este libro para el lector no especialista —y para mi propia
satisfacción—, me pareció que se había puesto, en general, demasiado énfasis en
lo que había sobrevivido de su reino y cómo había afectado a las naciones de la
Europa occidental. Quizá lo más importante murió con él. Aquél era su
propósito, su sueño, si se prefiere. Kleinclausz lo llama, como en el caso de
Justiniano, su impulso idealista y moral por encima de los logros materiales. Y
el erudito francés añade: «Proyectó a su advenimiento una repentina claridad
sobre la confusa geografía política de la Europa occidental y central».
Fue
como el destello de un faro en la oscuridad de Europa, que no volvería a
aparecer hasta las Cruzadas. Esta obra ha pretendido hablar de esto; no tanto
de su éxito como de su fracaso vital.


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