© Libro N° 6244.
Genghis Khan. Lamb, Harold. Emancipación. Julio 20 de 2019.
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original: © Genghis Khan. Harold Lamb
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
GENGHIS KHAN
Harold Lamb
CONTENIDO
Prefacio
Parte
I
1.
El desierto
2.
La lucha por la vida
3.
La batalla de los carros
4.
Temujin y «los torrentes»
5.
El estandarte es plantado en Gupta
6.
Muere el Preste Juan
7.
El Yassa
Parte
II
8.
Catay
9.
El áureo emperador
10.
La vuelta de los mongoles
11.
Karakorum
Parte
III
12.
El brazo derecho del islam
13.
La marcha hacia occidente
14.
La primera campaña
15.
Bokhara
16.
La incursión de los Orkhones
17.
Genghis khan va de caza
18.
El áureo trono de Tulí
19.
Los constructores de caminos
20.
La batalla en el Indo
21.
La corte de los paladines
22.
El fin de la obra
Parte
IV
Epílogo
Anotaciones
Genghis Khan
Harold Lamb
Prefacio
El
misterio
Hace
setecientos años un hombre conquistó casi toda la tierra, fue señor de la mitad
del mundo conocido e infundió a la humanidad un miedo que duró varias
generaciones. Distintos fueron los nombres que tuvo en el curso de su vida.
—Poderoso asesino, Azote de Dios, Perfecto guerrero, Señor de tronos y
coronas—. Pero más conocido es por el de Genghis Khan. A diferencia de la
mayoría de los dominadores de hombres, mereció todos sus títulos. Actualmente,
nos es familiar la historia de los grandes guerreros, que empieza con Alejandro
de Macedonia, continúa con los Césares, y termina con Napoleón. Pero Genghis
Khan fue un conquistador de talla más gigantesca aún que los conocidos actores
de la escena europea. Es, en verdad, difícil medirlo con el rasero ordinario.
Cuando cabalgaba al frente de su horda, no se contaban sus marchas por millas,
sino por grados de longitud y latitud. A su paso las ciudades quedaban con
frecuencia arrasadas; los ríos eran desviados de su cauce; los desiertos,
veíanse visitados por la persecución y la muerte. Y cuando Genghis Khan había
pasado, los lobos y los cuervos eran los únicos moradores de las antes
populosas tierras.
Esta
destrucción de vidas humanas, ofusca la imaginación moderna, no obstante las
escenas de la guerra europea. Genghis Khan, caudillo nómada que apareció en el
desierto de Gobi, hizo la guerra a los pueblos civilizados de la tierra y salió
victorioso. Retrocedamos al siglo XIII, y veamos lo que esto significa.
Encontramos entonces a los mahometanos, convencidos de que semejantes
acontecimientos en las cosas terrenas sólo eran posibles por intermedio de una
fuerza sobrenatural. «Jamás, dice un cronista, se encontró el Islam en caso
semejante dividido por las incursiones de nazarenos y mongoles». Y la mayor
consternación se apoderó de la cristiandad toda cuando, una generación después
de la muerte de Genghis Khan, los terribles jinetes mongoles cabalgaron hacia
el Occidente de Europa; Boleslas, de Polonia, y Bela, de Hungría, huyeron de
los campos de batalla; Enrique, duque de Silesia, murió en Liegnitz, bajo las
flechas mongólicas, con sus caballeros teutones —compartiendo el destino del
gran duque Jorge de Rusia— y la dulce reina Blanca de Castilla gritaba a San
Luis: «Hijo mío, ¿dónde estás?» Un hombre más sereno, Federico II de Alemania,
escribía a Enrique III de Inglaterra que los tártaros no podían menos de ser el
castigo enviado por Dios a la cristiandad, para penitencia de sus pecados, y
ellos mismos eran los descendientes de las diez tribus errantes de Israel, que
habiendo adorado el becerro de oro, fueron arrojarlas por su idolatría a los
desiertos del Asia. El honorable Roger Bacon expresó su creencia para recoger
la postrera terrible cosecha. Esta creencia fue robustecida por una curiosa
profecía, erróneamente atribuida a San Jerónimo, según la cual, en los días del
Anticristo, una raza de turcos, corrompida y sucia y que no consumía ni sal, ni
vino, ni trigo, vendría de las tierras de Gog y Magog, más allá de las montañas
del Asia, para causar un desastre universal. Así vemos que el Papa convoca el
Concilio de Lyon, en parte, para idear el medio de detener la ola mongólica. El
animoso y venerable Juan de Plano Carpini, fraile minorista, fue enviado como
legado apostólico, a los mongoles: «porque tememos que el más próximo e
inminente peligro para la Iglesia se alza allí». Y las preces se elevaron en
las iglesias para librar a la humanidad del furor de los mongoles.
Si
esta devastación, esta suspensión del progreso humano, constituyesen toda su
vida, Genghis Khan no sería más que un segundo Atila o un Alarico, un
formidable vagabundo sin empresa determinada. Pero el Azote era también el
Prefecto guerrero y el Señor de tronos y coronas. Y aquí es donde tropezamos
con el misterio que rodea a Genghis Khan. Un nómada, un cazador y pastor de
ganado, asumió los poderes de tres imperios. Un bárbaro, que jamás viera una
ciudad y que desconocía el uso de la escritura dio un código a cincuenta
pueblos. En materia de genio militar, aparece Napoleón como el más brillante de
los europeos. Pero no podemos olvidar que abandonó a su suerte un ejército en
Egipto, que dejó los restos de otro entre las nieves de Rusia, y que,
finalmente, cayó en la debacle de Waterloo. Su imperio feneció con él. Su
código fue rasgado y su hijo desheredado antes de que él muriera. Todo el
cuento de su vida tiene un sabor teatral y Napoleón mismo no deja de ser un
actor. Necesariamente hemos de volver la vista a Alejandro de Macedonia,
inquieto y triunfador joven, para encontrar un conquistador semejante a Genghis
Khan. Alejandro el divino, al marchar con su falange hacia Oriente, llevaba
consigo los dones de la cultura griega. Ambos murieron en la eclosión de sus
victorias. Sus nombres persisten aún en las leyendas del Asia. Sólo después de
su muerte, trúncase la paridad. Pronto los generales de Alejandro se pelearon
por la posesión de sus reinos, de los cuales su propio hijo fue forzado a huir,
En cambio, desde Armenia a Corea, desde El Tíbet al Volga, dominó por completo
Genghis Khan, cuyo hijo entró en posesión de toda su herencia sin vacilación y
cuyo nieto, Kubilai Khan, aun rigió medio mundo.
Este
imperio, creado de la nada por un bárbaro, ha ofuscado a los historiadores. La
historia general más reciente que de su era ha sido recopilada por personas
doctas, en Inglaterra, admite que esto es un hecho inexplicable. Un sabio
insigne se admira de la «robusta personalidad de Genghis Khan, que realmente
precisa para su descripción el genio de un Shakespeare».
Diversas
han sido las causas que han contribuido a conservar la personalidad de Genghis
Khan oculta para nosotros. Los mongoles no escribían o no se cuidaron de
hacerlo. En consecuencia, los anales de la época se encuentran desperdigados en
los escritos de los ugurs, chinos, persas y armenios. Y hasta hace poco no fue
debidamente traducida la crónica del mongol Ssanang Setzen. Así, pues, los
cronistas del gran mongol fueron sus enemigos, hecho que debe tenerse presente
al enjuiciarle. Aquellos hombres eran de una raza extraña. Y a semejanza de los
europeos del siglo XIII, también era confusa su concepción del mundo fuera de
su propia tierra. Vieron al mongol salir calladamente de la obscuridad,
sintieron los terribles choques de la horda y otearon sus pasos por las otras
tierras desconocidas de ellos. Un mahometano resume tristemente en estas
palabras su experiencia de los mongoles: «Vinieron, minaron, asesinaron,
cargaron su botín y partieron».
Grande
es la dificultad de leer y comparar estas distintas fuentes. Los orientalistas
se han contentado con los detalles políticos de las conquistas mongolas y nos
presentan a Genghis Khan como una encarnación del poder bárbaro, un azote que
llega del desierto para destrozar civilizaciones decadentes. La crónica de
Ssanang Setzen no coadyuva a explicar el misterio. Se limita, casi únicamente,
a decir que Genghis Khan era un «bogdo», de la raza de los dioses. En lugar de
un misterio, nos ofrece un milagro. Las crónicas medievales de Europa se
inclinan, como hemos visto, a la creencia en una especie de satánico poder, que
encarnado en el mongol, se desencadena sobre Europa. Todo esto es un poco
desesperante, estos modernos historiadores recogerían las supersticiones del
siglo XIII, y especialmente de un siglo XIII europeo, que considera a los
nómadas de Genghis Khan tan sólo como fantásticos invasores.
Pero
existe un camino más sencillo para proyectar luz sobre el misterio que rodea a
Genghis Khan. Este camino consiste en hacer retroceder las manillas del reloj
setecientos años y ver a Genghis Khan como nos lo revelan las crónicas de su
época. No como un milagro o encarnación del poder bárbaro, sino como un hombre.
No nos interesarán los acontecimientos políticos de los mongoles, como raza,
sino el hombre que llevó a una tribu desconocida a dominar sobre el mundo. Para
enfocar a ese hombre, nos aproximaremos a él entre su pueblo y sobre la
superficie de la tierra, tal como existía hace setecientos años. No podemos
medirle por el patrón de la civilización moderna. Tenemos que verle en su
mundo, un mundo estéril poblado de cazadores, de jinetes y de nómadas
conductores de renos. Allí los hombres visten las pieles de los animales y se
alimentan de leche y pescado. Engrasan sus cuerpos para preservarlos del frío y
de la humedad y están siempre expuestos a morir de hambre o de frío o a batirse
bajo las armas de otros hombres, «Aquí no hay pueblos ni ciudades —dice el
valiente fray Carpini, el primer europeo que pisó aquellas tierras—, sino
estériles arenales por todas partes. Ni una centésima del total es fértil,
salvo donde la tierra es fecundada por los ríos, que son muy raros. Esta tierra
está casi desprovista de árboles, aun cuando se halla bien dispuesta para
prados y ganado. El mismo emperador, los príncipes y todos los hombres, se
calientan y cuecen sus viandas con fuego hecho de estiércol de caballo y vaca.
El clima es muy destemplado, y en medio del verano hay terribles tormentas con
truenos y relámpagos, que matan a mucha gente, aun cuando caen grandes nevadas.
Y tales tempestades de vientos fríos soplan que, en ocasiones, los hombres
pueden difícilmente sostenerse a caballo. En una de ellas, fuimos arrojados a
tierra y cegados por el polvo compacto. A menudo caen granizadas y de repente
un calor insoportable es seguido por un frío intenso».
Tal
era el desierto de Gobi en el año 1162 después de J. C., año del cerdo en el
calendario de los doce animales.
PARTE
I
Capítulo
1
El
desierto
La
vida, no era materia de gran importancia en el Gobi. Grandes llanuras, con
vientos sofocantes, tendidas junto a las nubes. Lagos bordeados de cañas,
visitados por las aves migradoras en su camino hacia las «tundras» del norte.
El extenso lago Baikal, frecuentado por todos los demonios de las capas
atmosféricas elevadas. En las claras noches del invierno, las luces
septentrionales cabrillean en el horizonte. Los niños, en este rincón del
desierto de Gobi, no son refractarios al sufrimiento. Han nacido para él.
Apenas destetados de sus madres o de las yeguas, ya son aptos para valerse por
sí mismos. Los primeros lugares junto al llar, en las tiendas familiares,
pertenecen a los guerreros y a los huéspedes. Las mujeres, si bien pueden
ocupar el lado izquierdo, han de estar distanciadas y los muchachos de ambos
sexos se colocan donde pueden. Igual acontece con el alimento. En la primavera,
cuando los caballos y las vacas dan leche en abundancia, todo va bien. Las
ovejas engordan pronto, la caza es más abundante y los cazadores de la tribu
cobran el ciervo y aun el oso, en lugar de dedicarse a animales como la zorra,
la marta y la cebellina. De cada uno de ellos se carga la olla, y los hombres
más fuertes toman la primera ración, las mujeres reciben la siguiente y los
muchachos se disputan los huesos y relieves. Así es que lo que queda para los
perros es bien poco. En el invierno, cuando el ganado enflaquece, los jóvenes
no lo pasan tan bien. Entonces la leche existe solamente en forma de «kumis»
(leche colocada en odres, fermentada y batida). Con ella se nutrirían e
intoxicarían poco a poco los niños de tres a cuatro años, si les fuese factible
obtener o hurtar alguna porción. Cuando la comida escasea, el mijo cocido sirve
para entretener el hambre. El final de invierno es lo peor para los jóvenes. No
puede sacrificarse el ganado sin graves mermas en los hatos. Por esta época,
generalmente, los guerreros de la tribu roban las reservas alimenticias de
otras tribus y se llevan su ganado y caballos. Los muchachos aprenden a
organizar cazas, acosando a los perros y a las ratas con porras y flechas
romas, y pronto aprenden a cabalgar sobre las ovejas, asiéndose a los vellones.
El
sufrimiento fue la primera herencia de Genghis Khan, cuyo nombre al nacer era
«Temujin»[1]. En la época de su nacimiento, su padre estaba ausente, luchando
contra un enemigo llamado Temujin. En el lance, donde se ventilaban intereses
importantes, salió triunfante. El adversario fue hecho prisionero, y el padre,
al regresar, dio a su hijo el nombre del cautivo. Su vivienda era una tienda
hecha de fieltro tendido sobre un armazón de palos entrelazados con una buena
abertura en la parte superior, para la salida del humo. Estaba encalada y
ornamentada con pinturas. Esta «yurta» o tienda era de una clase especial y se
trasladaba por las praderas montada sobre un carro, tirado por una docena o más
de bueyes. Eminentemente práctica, su forma de domo le permitía resistir los
ataques del viento. Podía ser abatida si era preciso.
Las
mujeres de los jefes —y el padre de Temujin era un jefe— poseían todas sus
«yurtas» propias ornamentadas, en donde sus hijos vivían. Las muchachas tenían
la obligación de atender a la «yurta» y mantener el fuego que ardía sobre la
piedra, debajo de la abertura de salida. Una de las hermanas de Temujin, de pie
sobre la plataforma, delante de la puerta, manejaba los bueyes cuando éstos se
ponían en marcha. El eje de un carro podía enlazarse con el otro y de este modo
rodaban chirriando por las praderas, en donde, con frecuencia no se divisaban
ni arbustos, ni montículos. En la "yurta" se guardaban los tesoros
familiares, tapices de Bokhara o Kabul, despojos probables de alguna caravana;
cofres repletos de atavíos femeninos; vestidos de seda cambiados a algún
marrullero mercader e incrustaciones de plata. Más importantes eran las armas,
que pendían de las paredes: pequeñas cimitarras turcas, lanzas, carcajes de
marfil, o bambú, flechas de diferente tamaño y peso y quizás escudos de cuero
lacado. Estos frecuentemente, eran repartidos o comprados, pasando de mano en
mano con los azares de la guerra.
Temujin,
el futuro Genghis Khan, tenía muchas obligaciones. Los hijos de familia podían
pescar en los arroyos que encontraban a su paso, al trashumar. Las yeguadas
estaban a su cargo. Tenía que cabalgar en pos de los animales extraviados y
buscar nuevos prados. Oteaban el horizonte para sus incursiones y pasaban
muchas noches entre la nieve, sin poder calentarse. La necesidad les obligaba
durante varios días a no desensillar ni guisar, y aun en ocasiones, a pasarse
sin alimento alguno. Cuando la carne de carnero o de caballo abundaba,
banqueteaban con ella y consumían cantidades increíbles, desquitándose de los
días de privación. Sus diversiones consistían en carreras de caballos de veinte
millas de ida y vuelta o en luchas en las cuales se rompían los huesos sin
compasión. Temujin se hizo notar por su gran fuerza física y su habilidad para
idear, que es sólo un modo de adaptación a las circunstancias. Llegó a ser el
jefe de los luchadores. Pero él no se prodigaba: manejaba el arco bastante bien
aunque no tanto como su hermano Kassar que era conocido por «el hombre-arco».
Mas Kassar tenía miedo a Temujin. Ambos formaron una alianza contra sus osados
hermanastros, y el primer incidente que de Temujin se relata es la muerte de
uno de éstos, que le había robado un pescado. Para estos jóvenes nómadas, entre
los cuales la venganza era un deber, el perdón carecía de valor.
Temujin
llegó a conocer cosas de más enjundia que la animosidad de los muchachos. Su
madre, Hulun, mujer hermosa había sido arrebatada por su padre a una tribu
guerrera en su boda y llevada a la tienda de su desposado. Hulun, sagaz y
cauta, se adaptó a las circunstancias después de algunos llantos. Pero todos en
la «yurta» sabían que había de llegar el día en que vinieran los hombres de su
tribu a vengar el ultraje. Durante la noche, junto a la enorme hoguera de
estiércol, Temujin escuchaba los cuentos de los juglares, de esos viejos que
saltan de carro en carro, portando su templado violín y cantando con voz ronca
las hazañas de los notables héroes de la tribu. Era sabedor de su fuerza, de su
derecho y de su señorío. ¿No era el primogénito de Yesukai el valiente, Khan de
los Yakka o Gran Mongol, dueño de cuarenta mil tiendas? En los relatos de los
juglares aprendió que descendía de preclaro linaje, de los Burchikun u hombres
de ojos grises. Escuchó la historia de su antepasado, Kabul Khan, que había
mesado las barbas al emperador de Catay y había muerto envenenado a
consecuencia de ello. Supo que el blasfemo hermano de su padre fue Toghrul,
Khan de los Karaitas, el más poderoso de los nómadas de Gobi, que dio
nacimiento en Europa a las leyendas del Preste Juan de las Indias.[2]
Por
esta época el horizonte de Temujin estaba limitado a las tierras de pasto de su
tribu, los yakka mongoles. «No poseemos ni una céntima parte de Catay —había
dicho al muchacho un sabio consejero— y la única razón que hay para esto es que
somos nómadas, llevamos nuestras provisiones con nosotros y hacemos nuestra
peculiar guerra. Cuando podemos saqueamos; cuando no podemos, nos ocultamos. Si
no empezamos a construir poblaciones y cambiamos nuestros hábitos ancestrales,
no prosperaremos. Los .monasterios y templos engendran la dulzura de carácter.
Pero únicamente la fiereza y temperamento belicoso dominan el mundo».[3]
Cuando
acabó su aprendizaje de pastor, se le permitió cabalgar con Yesukai. Según las
descripciones, el joven Temujin era de buena presencia, pero se hacía notar más
por la fortaleza de su cuerpo y sus francas maneras, que por la belleza de su
físico. Debió ser alto, de hombros elevados y piel de color blanco tostado. Sus
ojos, distantes de una frente oblicua, no estaban sesgados. Eran de matiz verde
o azul agrisado en el iris, con pupilas negras. Largo cabello rojizo le caía en
trenzas sobre las espaldas. Hablaba muy poco y sólo después de meditar lo que
iba a decir. De temperamento independiente, poseía el don de acumular firmes
amistades. Sus enamoramientos eran tan repentinos como los de su padre. Padre e
hijo estaban una noche en la tienda de un guerrero extranjero, cuando la
atención del joven fue atraída por la muchacha de la tienda. De repente
preguntó a Yesukai si podría tomarla por esposa. —Es joven —objetó el padre—.
Cuando sea más vieja —indicó Temujin—, estará bastante bien.
Yesukai
observó a la muchacha, que tenía nueve años de edad y era bella. Llamábase
Burtai —nombre que derivaba de un legendario antepasado de la tribu— la de ojos
grises.
—Es
pequeño —observó secretamente el padre de ella, gozoso por el interés que los
mongoles mostraban, — pero no obstante se puede mirar. Y aceptó a Temujin: «Tu
hijo tiene cara franca y ojos brillantes». El próximo día quedó ajustado el
pacto y el Khan mongol cabalgó dejando a Temujin hacer conocimiento con su
esposa y suegros futuros.
Pocos
días después un mongol llegó galopando, y dijo que Yesukai, que había pasado la
noche en la tienda de ciertos enemigos, había sido probablemente envenenado,
estaba postrado y preguntaba por Temujin. Aun cuando el joven corrió a todo
galope de su caballo, cuando llegó al «ordu» o tienda oficial del clan, su
padre había muerto. Algo más había acontecido durante su ausencia. Los notables
del clan habían cambiado impresiones, y dos tercios de ellos, abandonando la
causa del jefe, partieron en busca de otros protectores. Temían confiar sus
familiares y ganado a un joven inexperto. «El agua honda se ha agotado —dijeron
—la piedra resistente se ha roto. ¿Qué hemos de hacer con una mujer y su hijo?»
Hulun,
sabia y valerosa, hizo lo que pudo por evitar la deserción del clan. Tomó el
estandarte de las naves colas de yak y corrió en pos de los desertores;
conferenció con ellos y persuadió a algunas familias para que volviesen con sus
ganados y carros. Ahora Temujin, Khan de los yakka mongoles estaba sentado
sobre el caballo blanco. Pero sólo tenía a su alrededor los remanentes del clan
y estaba convencido de que todos los enemigos seculares de los mongoles sabrían
aprovechar la muerte de Yesukai para vengarse en su hijo.
Capítulo
2
La
lucha por la vida
En
los tiempos de Kabul Khan, bisabuelo, y de Yesukai padre de Temujin, los yakka
mongoles habían gozado de una especie de señorío en el norte del Gobi. Como
mongoles, habían tomado para sí lo mejor de las tierras de pastos, que se
extienden desde el este del lago Baikal al grupo de montañas que se conocen por
el nombre de Khingan en los límites de la moderna Manchuria. Estas tierras de
pasto, al norte de las arenas arrebatadas al Gobi, entre los dos fértiles
valles de los pequeños ríos Kerulón y Onón, eran muy codiciadas. Las colinas
estaban cubiertas de abedules y abetos; la caza era abundante, el agua copiosa,
debido al derretimiento de las nieves. Estas circunstancias eran bien conocidas
de los clanes, que habían estado primeramente bajo el dominio del mongol y
estaban ahora preparándose para arrebatar sus posesiones a Temujin, niño de
trece años. Estas posesiones eran de inestimable valor para los nómadas:
fértiles praderas, no demasiado frías en el invierno y ganado de los cuales
sacaban para las necesidades de la vida, pelo para hacer fieltro y cuerdas con
qué reforzar las «yurtas», huesos para las flechas, cuero para las monturas,
«kumiss», sacos y arneses.
Temujin,
al parecer, había logrado escapar. Pero nada podía hacer para soslayar el
vendaval que se le venía encima. Sus vasallos, como podemos llamarles,
irresolutos, no estaban dispuestos a pagar a un muchacho el tributo en ganado
que daban al Khan. Fuertes en las montañas, guardaban sus rebaños de las
asechanzas de los lobos y de las inevitables pequeñas irrupciones primaverales.
Las crónicas relatan que Temujin lloraba solitario en su «yurta». Después
empezó su misión de mando. Tenía que alimentar a sus hermanos menores, hermanas
y hermanastros, sobre todo a su madre, que conocía bastante bien el inevitable
desastre que sobrevendría al primogénito. Inevitable, sí, porque cierto
guerrero, Targutai, descendiente también de Burchikun, el de los ojos grises,
se había proclamado señor del norte del Gobi. Targutai, jefe de los Taidjuts,
era enemigo tradicional de los mongoles. Y Targutai, que había convencido a la
mayor parte de los súbditos de Temujin a juntarse bajo su estandarte, quiso
acosar al joven Khan de los mongoles, como el viejo lobo acecha y mata al
cachorro, ávido de ejercitar el señorío de la manada.
La
persecución empezó sin previo aviso. Un tropel de jinetes galopó sobre la
«ordu» mongol, la tienda oficial. Otros volvieron a atraer a la gente que se
había alejado. Targutai mismo se dirigió hacia la tienda donde se alzaba el
estandarte. Temujin y sus hermanos huyeron ante el ataque de los guerreros.
Kassar, el resistente hombre-arco, sobre la grupa de su jaco, envió sus flechas
a los enemigos. La vida de Hulun era sólo sufrimiento, viendo que a Targutai
únicamente le importaba Temujin.
Y
así empezó la persecución. Los Taidjuts pisaban los talones de los muchachos.
Los perseguidores no se dieron gran prisa. El sendero estaba reciente y limpio,
y los nómadas estaban acostumbrados a seguir el rastro de un caballo durante
varios días, si fuese necesario. En cuanto Temujin se descuidase, le darían
alcance. Instintivamente procedieron los muchachos a librar sus cabezas,
aprovechando las condiciones del terreno, desmontando en ocasiones para cortar
los árboles y colocarlos sobre el estrecho sendero, estorbando de este modo la
persecución. Cuando el crepúsculo llegó, estaban ya fraccionados. Los hermanos
más pequeños y las hermanas se ocultaron en una cueva. Kassar se desvió, y el
mismo Temujin se dirigió hacia una montaña, propicio refugio. En ella se ocultó
durante algunos días, hasta que el hambre le obligó a arriesgarse y hacer una
tentativa en el campo de los Taidjuts perseguidores. Fue visto, sorprendido y
llevado a presencia de Targutai, el cual ordenó se le pusiera, un «khang» (yugo
de madera que descansaba sobre los hombros y sujetaba las manos a los
extremos). Atraillado fue conducido por los guerreros, que regresaron a sus
tierras con el ganado capturado. Así permaneció imposibilitado hasta que en una
ocasión en que los guerreros salieron a solazarse, fue dejado en poder de un
solo guardián. La obscuridad se enseñoreaba del campo y el joven mongol no
estaba dispuesto a perder esta oportunidad para su fuga. En la obscuridad de la
tienda golpeó al guardián en la cabeza con el extremo del «khang» hasta dejarlo
sin sentido. Corrió fuera de la tienda. La luna salía y una media luz se
extendía por el bosque donde estaba el campamento instalado. Saltó al monte y
caminó hacia un río que el día anterior cruzara. Al oír los ruidos que sus
perseguidores hacían, se metió en el agua y se sumergió entre los juncos,
dejando sólo la cabeza fuera. Así vio a los jinetes Taidjuts escudriñar la
orilla, buscándolo y observó cómo uno de los guerreros, que le había visto,
titubeaba y, al fin, se marchaba sin delatarle. Metido en el «khang»
encontrábase Temujin casi tan desamparado como antes. Valióse entonces de la
intuición y de la osadía para hacer lo que hizo. Dejó el río, volvió al campo y
se deslizó en la tienda del guerrero que le había visto sin traicionarle. Era
un extranjero, que por casualidad se había detenido con los cazadores de este
otro clan: Al aparecer el muchacho como llovido del cielo, el hombre quedó más
espantado que Temujin. Pero se compadeció y consideró que lo mejor que podía
hacer era desembarazarse de él. Separó el «khang», quemó sus fragmentos y
ocultó a Temujin en un carro cargado de lana. Hacía calor entre la lana suelta.
Ingrato era el lugar para continuar en él. Además habían venido los guerreros a
requisar la tienda y habían metido sus lanzas por entre la lana. Una de ellas
hirió a Temujin en una pierna.
«El
humo de mi casa se esfumará y el fuego se extinguirá antes que ellos te
encuentren», había dicho, ceñudo, al fugitivo su protector, al mismo tiempo que
le daba provisiones y leche y un carcaj con dos flechas añadiendo: «Ahora
marcha ya con tu madre y hermanos». Y, Temujin, montado en un caballo prestado
encontró que su situación no era en nada distinta de la pintada por el
extranjero. El campo estaba cubierto por las cenizas de los hogares; sus
ganados estaban perdidos; su madre y hermano andaban errantes. Siguió su
rastro, y encontró, oculta y hambrienta, a su familia, la austera Hulun, el
valeroso Kassar y el hermanastro Belgutai que le idolatraba. Vivían con
vigilancia especial, viajando de noche, con sólo ocho caballos en fila. Iban
hacia el campo de un amigo, que moraba lejos. Cazaban los animales más
repulsivos, como la marmota, y se contentaban con peces en lugar de carnero. En
esta ocasión aprendió Temujin a librarse de celadas, y a romper las líneas de
sus perseguidores. No; no sería capturado una segunda vez.
En
aquella época pudo haber huido de sus ancestrales tierras. Pero el joven Khan
no estaba dispuesto a abandonar su herencia a sus enemigos. Visitó las
dispersas instalaciones del clan, demandando gravemente el tributo que como
Khan le pertenecía de los cuatro animales: camello, oso, caballo y oveja, para
ayudar a su madre. Se sabe que rehusó hacer dos cosas. Burtai, la de los ojos
grises esperaba aún su llegada, para sostenerle en su tienda. El padre de
Burtai era un hombre poderoso, un caudillo de muchas lanzas. Pero Temujin no
hizo ninguna gestión cerca de él. Ni apeló tampoco al anciano e influyente
Toghrul, jefe «provisor» de los turcos Karaitas, que había bebido el juramento
de compañerismo con Yesukai, lo que facultaba al hijo para, en caso de necesidad,
pedirle ayuda como padre adoptivo. Este hubiera sido un modo sencillo quizás de
levantar en las praderas a los Karaitas, el pueblo del Preste Juan de las
Indias, que vivía en ciudades amuralladas y poseía tesoros reales, piedras
preciosas, telas, armas pulidas y hasta tiendas con tejido de oro. Pero: «ir
como mendigo, con las manos vacías, pensó Temujin, es conquistar el desprecio,
no la amistad». Y se afirmó en esta determinación, que no era una muestra de
orgullo, sino el recto modo de pensar de los yakka mongoles. El Preste Juan
estaba obligado a ayudarle, ya que un juramento de amistad en el Asia superior
tiene más valor que la palabra de un rey. Pero Temujin no quería utilizar a
este señor de ciudades y de maravillosos hechos, hasta poder llegar ante él
como aliado y no como fugitivo.
Mientras
tanto, sus ocho caballos fueron robados. El robo de los ocho caballos merece
ser relatado por entero en la crónica. Vagabundos Taidjuts fueron los ladrones.
Belgutai
estaba ausente en ese momento, montado sobre un noveno caballo, yegua alazana
que Temujin había arrancado de las garras de Targutai. Andaba cazando marmotas,
cuando llegaron los emisarios del joven Khan: «Los caballos han sido robados»
—dijeron—. Esto era una cosa seria, que ponía a todos los hermanos a merced de
cualquier algara que llegase. Belgutai ofrecióse a ir por ellos. «No podrías
seguirlos y encontrarlos» —objetó Kassar—. «Yo iré». «Vosotros no podríais
encontrarlos» —dijo Temujin— «y si los encontrarais, no podríais acarrearlos.
Yo iré».
Y
así lo hizo, montando sobre la fatigada yegua alazana, tomando el rastro de los
cuatreros y siguiéndolos durante tres días. Llevaba consigo tasajo, que colocó
entre la montura y la espalda del caballo, para ablandarlo, y preservarlo del
calor. La yegua no había salido hacía tiempo y para una carrera importante
resultaba un animal tardo. Los Taidjuts, que hubieran podido cambiar un animal
por otro, quedaban fuera de su vista. Al cuarto día, el joven mongol encontró a
un guerrero de su misma edad, ordeñando una yegua a la vera del sendero. «¿Has
visto ocho caballos y algunos hombres guiándolos?» —preguntó Temujin,
refrenando—. «Sí; al amanecer, ocho caballos cruzaron ante mí. Te mostraré el
camino que tomaron». Después de una segunda mirada sobre el mongol, el extraño
joven ocultó entre los arbustos su saco de cuero, atándolo antes, y dijo: «Tú
estás cansado e impaciente. Mi nombre es Borchu. Marcharé contigo en
seguimiento de los caballos».
El
fatigado alazán quedó pastando y Borchu ató y ensilló un caballo blanco,
perteneciente al ganado de su custodia, y lo ofreció a Temujin. Tomaron de
nuevo el rastro, y tres días después divisaban el campamento de los Taidjuts,
con los caballos robados pastando en sus aledaños. Los jóvenes recogieron los
caballos. Pero pronto fueron seguidos por los guerreros, uno de los cuales,
montando un garañón blanco y armado de lazo se lanzó en su persecución.
Borchu
se ofreció a tomar el arco de Temujin y volver en busca de los perseguidores.
Pero Temujin no se mostró propicio a ello. Continuaron en los caballos hasta
que la luz del día empezó a desaparecer y el guerrero del garañón blanco estaba
lo bastante próximo para usar de la cuerda. «Estos hombres pueden herirte —dijo
el mongol a su nuevo camarada—. Yo usaré del arco». Se inclinó, puso una flecha
en el arco y la dirigió contra el Taidjut; que cayó de la silla. Los otros
refrenaron sus cabalgaduras al llegar a él. Los dos jóvenes corrieron
presurosos en la noche, llegando sanos y salvos al campamento del padre de
Borchu con los caballos. Refirieron su hazaña. Borchu se apresuró a ir en busca
del odre de leche, para templar la ira de su padre. «Cuando le vi fatigado e
inquieto —explicó— me fui con él». El padre, dueño de un rebaño numeroso, la
escuchó con satisfacción. Los relatos de las aventuras de Temujin, habían
corrido de tienda en tienda. Y dijo: «Sois jóvenes. Sed amigos y leales».
Dieron
al joven Khan alimento y llenaron un odre de leche de yegua, dejándole marchar,
seguido de cerca por Borchu, a quien el joven jefe había tomado para sí. Borchu
llevaba un presente de pieles negras para la familia. «Sin ti —había dicho
Temujin— no hubiera podido encontrar y conducir estos caballos. De modo que la
mitad son tuyos». Pero a esto replicó Borchu: «Si yo tomase lo que es tuyo,
¿cómo podrías llamarme amigo?»
Ni
Temujin ni el bravo joven eran tacaños. Temujin era generoso y nunca olvidó a
los que le sirvieron. También fue enemigo temible para los que le traicionaron.
«Como
un mercader confía en sus géneros para medrar —aseguraba a sus compañeros—, los
mongoles ponen su única esperanza en su braveza». En él se revelaban las
virtudes y crueldades de otra raza nómada; los árabes. En los caracteres
débiles confiaba poco, y sospechaba de todos fuera de su clan. Aprendió a
aparear su astucia con el engaño de sus enemigos. Pero cuando daba su palabra a
alguien de su propio séquito, era inconmovible. «El incumplimiento de la
palabra —dijo años después— es odioso en un caudillo». Aun en su clan, que
aumentaba ahora con el retorno de los guerreros que habían seguido a su padre,
su señorío descansaba sólo en su buena táctica para eludir a sus enemigos y en
la posesión, afirmada por atracción o engaño, de los pastizales más feraces,
que dejaba a sus compañeros. Sus ganados y armas, por costumbre de la tribu,
pertenecían a todos, no al Khan. El hijo de Yesukai conservaba la alianza de
sus hombres, mientras pudiera protegerlos. La tradición, ley de la tribu,
permitía a los guerreros del clan elegir otro señor si Temujin decaía en la
continua y cruel lucha de las tierras nómadas. Pero la astucia conservó vivo a
Temujin. Su creciente sabiduría, sus proezas físicas y sus desvelos retuvieron
a su alrededor el núcleo del clan. Los jefes que invadieron la fértil región,
entre el Kerulón y el Onon, podrían arrojarle de las colinas a la llanura; pero
no lograrían acorralarlo. «Temujin y sus hermanos —se dijeron— aumentan en
fortaleza». Pero únicamente en Temujin brillaba el fuego de un inextinguible
designio esplendoroso. Podía ya ser dueño de su herencia. En esta época, fue en
busca de Burtai para hacerla su primera esposa.
Capítulo
3
La
batalla de los carros
Entre
los arqueros habitantes de las tierras donde los días son largos, y de las
altas montañas blancas — como los antiguos chinos describen a los bárbaros del
norte—, existía una inclinación al buen humor, un impulso de risa. La vida era
para ellos incesante trabajo; los elementos eran inhóspitos y el sufrimiento
representaba la condición constante. Cualquier alivio de sus pesares daba,
pues, ocasión a regocijos. Bastaba contemplar a Temujin y a sus mongoles para
comprender que en ellos encarnaba la alegría. Su buen humor era en ocasiones
tan ultrajante como su crueldad. Sus festines eran propios de Gargantúa. Los
casamientos y los entierros ofrecían raras ocasiones para el «ikhüdür»
festival. Semejante a una paz entre lobos fue la llegada de Temujin a la
tienda, en el poblado del padre de Burtai. Varios centenares de jóvenes
polvorientos y sucios irrumpieron inopinadamente. Llevaban la cara llena de
grasa para proteger los alegres rostros contra el frío y los estragos del
viento. Iban armados hasta los dientes y lucían pieles de oveja, jubones de
cuero, petos horriblemente laqueados. Llevaban odres con agua sobre las
baticolas de sus altas monturas y cruzaban a sus espaldas las lanzas.
«Cuando
supimos la enemiga que contra ti había —dijo el padre de Burtai al Joven Khan—
no pensamos verte vivo». Hubo una escena de risa e impetuoso regocijo. Activos
sirvientes mataban y desollaban las ovejas y los caballos para las ollas. Los
guerreros mongoles, que habían dejado sus armas a la puerta de la «yurta»,
sentados a la derecha del señor de la tienda; bebían chocando sus manos. Antes
de cada plato un criado ofrecía vino a todos y un violín dejaba oír sus notas.
Un tropel de jinetes de las llanuras batían los oídos de sus compañeros y
semejaban dilatar sus gargantas con la leche fermentada y el vino de arroz,
para despejarlas con facilidad y danzar zafiamente en sus botas de piel de
ciervo.
En
la tienda del jefe, el tercer día, Burtai, sentada a la izquierda, adornada con
vestidos de fieltro blanco, las trenzas de sus cabellos recogidos, con monedas
de plata y estatuillas en su tocado —un cono de corteza de abedul cubierto de
ricas sedas y sostenido en cada oreja por el contrapeso del cabello trenzado—,
permaneció silenciosa hasta el momento en que, separándose, corrió por entre
las restantes tiendas, perseguida por Temujin. La ceremonia continuó, luchando
con los hermanos y criados de éste, hasta que, finalmente, Burtai fue colocada
sobre el caballo del jefe.
Breve
«ikhüdür» fue éste de la belleza chata, que salía de su tienda subida en uno de
los caballos de Temujin. Había aguardado su llegada cuatro años. Tenía ahora
trece. Cabalgó, rodeando su talle y su pecho por ceñidores azules, seguida de
sus sirvientes, que portaban un manto de cebellina, para ser presentada a la
madre de Temujin. Ahora, era la esposa del Khan. Ella cuidaría de la «yurta».
Si necesario fuese, ordeñaría a los animales, vigilaría los rebaños, cuando los
hombres estuviesen en la guerra, haría fieltro para las tiendas, corsetería,
prendas con fibras de tendones y haría sandalias y zuecos para los hombres.
Estas eran sus obligaciones. Verdaderamente esta mujer se singularizaba por un
destino superior a las demás. La historia la conoce por el nombre de Burtai
Fidjen, la emperatriz, madre de tres hijos que ejercieron, hasta el postrer
día, una dominación mayor que la de Roma. El manto de cebellina tuvo también su
destino. Temujin consideró que el tiempo era ya propicio para visitar a
Toghrul, el jefe de los Karaitas. Llevó a sus jóvenes héroes y el manto de
cebellina como presente. Toghrul Khan parece haber sido un hombre íntegro,
amante de la paz. Si él mismo no fue cristiano, su clan se componía en gran
parte de cristianos nestorianos, que habían recibido su fe de los primeros
apóstoles, San Andrés y Santo Tomás. Poseían las tierras ribereñas, donde se
levanta ahora la ciudad de Urga, y aun cuando de raza turca, eran más
industriosos que los mongoles. Temujin, en su primera visita a la corte del que
se puede llamar su padre adoptivo, no tocó el punto de la ayuda de los
poderosos Karaitas. Fue Toghrul quien abrió el camino de la alianza.
No
tardó Temujin en invocar la amistad del viejo Khan. Los feudos del Gobi ardían
en guerra. Inesperadamente, un formidable clan bajó de las llanuras norteñas y
entró en el campo mongol. Eran los «merkits» o «merguen», verdaderos bárbaros,
descendientes de un grupo aborigen de la región, el pueblo del «helado mundo
blanco», donde los hombres viajaban en trineos tirados por perros y renos. Eran
guerreros y hombres del clan de donde Hulun había sido robada por el padre de
Temujin, diez y ocho años antes. Probablemente, no habían olvidado su viejo
agravio. De noche, con antorchas encendidas, irrumpieron en el «ordu» del joven
Khan. Temujin salió a caballo y logró despejar el camino con sus flechas. Mas
no pudo impedir que Burtai cayese en poder de sus contrarios, los cuales, para
satisfacer su justicia de tribu, la entregaron a un pariente del hombre que
había perdido a Hulun. Los guerreros del norte no gozaron durante mucho tiempo
la posesión de la mujer del mongol. Temujin, falto de hombres con quienes intentar
un ataque a los «merkits», se dirigió a su padre adoptivo, Toghrul, demandando
la ayuda de los Karaitas. Su petición fue prontamente atendida, y mongoles y
Karaitas descendieron al poblado de los invasores en una noche de luna. La
crónica describe la escena y pinta a Temujin cabalgando por entre las
desordenadas tiendas, gritando el nombre de su perdida esposa, y a Burtai, que,
al oír su voz, corre a detenerle dándose a conocer. «He encontrado lo que
buscaba» —dijo el joven mongol a sus acompañantes, al tiempo que echaba pie a
tierra.
Aunque
no estuviese cierto de que lo primero que naciera de Burtai fuese hijo suyo, su
devoción hacia ella no decayó. No hizo distinción entre sus hijos. A pesar de
tener otros hijos, los de Burtai fueron sus predilectos. Otra mujer y otros
hijos no figuran más que como nombres vagos en su crónica.
Más
que nunca, la intuición de Burtai temía los complots contra la vida de Temujin.
La vemos arrodillada y llorosa delante del lecho: «Si tus enemigos destruyen
héroes majestuosos como cedros, ¿qué será de los niños pequeños y débiles?»
No
había tregua en la lucha entre los clanes del desierto. Los mongoles aun fueron
los más débiles de los nómadas que se establecieron al otro lado de la gran
muralla. La protección de Toghrul los conservó libres, durante algunos años,
del cerco de las tribus occidentales; pero los Taidjuts y los tártaros del lago
Buyar[4] arrollaron el Este, con toda la ojeriza de una vieja enemistad. Sólo a
un organismo de extraordinaria fortaleza y a un instinto penetrante del peligro
debió el Khan la vida.
En
una ocasión, fue dejado por muerto entre la nieve, atravesado el pecho por una
flecha. Dos compañeros lo descubrieron, restañaron la sangre y, derritiendo
nieve en una vasija, lavaron la herida. La devoción de estos guerreros no se
limitó a hacer esto, sino que robaron alimentos de un campo enemigo, cuando
vieron al Khan postrado; y cuando los vientos azotaron la llanura echaron un
capote de cuero sobre él para resguardarle. Otra vez visitaba la «yurta» de un
Khan supuesto amigo, cuando descubrió un foso cavado debajo del tapiz en que se
le había invitado a sentarse. Temujin salió ileso del peligroso trance.
Los
mongoles, aumentado ahora su número hasta 13.000 guerreros, tomaron la ruta,
abandonando los prados de verano, para ganar la región de la invernada. Habían
desparramado por un extenso valle sus carros cubiertos, las «kibitkas» o
tiendas-carros, compasándose al lento caminar del ganado, cuando llegó la
noticia de que una horda de enemigos había aparecido en lontananza y se movía
aceleradamente hacia ellos. Ningún príncipe heredero de Europa se enfrentó
jamás con situación semejante. Los enemigos eran 30.000 Taidjuts acaudillados
por Targumi. Huir significaba hacer el sacrificio de las mujeres, del ganado y
de las posesiones del clan. Concentrar los hombres y salir al encuentro de los
Taidjuts era exponerse a ser rodeado por un número mayor de individuos, que
diezmarían o dispersarían a los guerreros. En esta crisis de la vida nómada,
cuando el clan se enfrentaba con la destrucción, requeríase rápida decisión y
acción. Prontamente y de un modo perfecto conjuró Temujin el peligro. Ordenó a
sus guerreros que montasen a caballo y los concentró bajo los diversos
estandartes. Los colocó en líneas de escuadrones, quedando protegido un flanco
por el bosque; en el otro flanco formó un extenso cuadrado con las «kibitkas».
Dentro de él metió al ganado. Las mujeres y los niños fueron instalados en las
tiendas y armados con arcos. Hecho esto, Temujin se dispuso a resistir el
combate de los treinta mil, que ya cruzaban el valle en orden de batalla,
distribuidos en escuadrones de a quinientos y repartidos en filas de a cien.
Las dos líneas primeras llevaban armaduras hechas de dos pesadas placas de
hierro, horadadas y anudadas con correas, y yelmos de resistente hierro,
forrados de cuero laqueado, con penachos de crin de caballo. Sus cabalgaduras
iban enjaezadas y llevaban los cuellos, pechos y flancos cubiertos de cuero.
Los jinetes llevaban escudos y lanzas, con penacho de crin cerca de las puntas.
Estas filas de jinetes armados se detuvieron para que por entre ellas pasasen
las filas posteriores, en las cuales formaban hombres protegidos sólo por
cueros y armados con jabalinas y arcos. Estos, montados sobre caballos veloces,
giraron enfrente de los mongoles y empuñaron sus armas, protegiendo el avance
de la caballería pesada. Los hombres de Temujin, armados y equipados de modo
idéntico, resistieron el empuje con nubes de flechas lanzadas por los potentes
arcos, reforzados con cuerno. Esta escaramuza cesó cuando la caballería ligera
volvió a girar en su posición, tras de las filas armadas, y el grueso de los
escuadrones avanzó al galope. Entonces Temujin lanzó a sus mongoles al
encuentro. Tenía sus clanes dispuestos en dobles escuadrones de a mil jinetes.
Aun cuando disponía sólo de tres unidades, mientras que los Taidjuts tenían
sesenta bandas, la carga de sus más nutridas formaciones resistió el avance y
deshizo los primeros escuadrones. Entonces Temujin pudo arrojar sus fuertes
masas contra los escuadrones ligeros enemigos. Los mongoles, evolucionando tras
el estandarte de las nueve colas de yak, cambiaron las armas de mano. A esto
siguió una de las más terribles refriegas de la estepa. Hordas montadas,
vociferando con rabia, cerraron bajo las nubes de flechas, empuñando sables
cortos y sacando de las sillas a sus enemigos por medio de lazos y arpones
adaptados a los extremos de las lanzas. Cada escuadrón batallaba en mando
separado; la lucha se sostenía en todos los ámbitos del valle, y los guerreros,
dispersos en una carga, volvían a concentrarse de nuevo. Esto continuó hasta
que vino el crepúsculo. Temujin había logrado una victoria decisiva. Cinco o
seis mil enemigos habían caído. Setenta jefes desfilaron ante él con las
espadas y las aljabas colgando de sus cuellos.
Algunos
relatos dicen que el Khan mongol condenó a los setenta a ser hervidos vivos en
grandes calderas, para escarmiento. En éste un rasgo de crueldad muy poco
probable, porque el joven Khan, aunque sentía poca compasión por ellos, conocía
el valor de los robustos cautivos y, sin duda, prefirió servirse de ellos.
(Véase la nota I, «Las matanzas», al final del libro).
Capítulo
4
Temujin
y «los torrentes»
El
peligroso Khan de los mongoles había librado su primera batalla, saliendo
victorioso. Podía llevar con dignidad el bastón de marfil o de cuerno, tamaño
como una pequeña maza, que de derecho pertenece a un general o caudillo. Estaba
obsesionado por el hambre de los hombres que le servían. Sin duda esta hambre
tenía su origen en los años en que Borchu se apiadó de él y las flechas del
torpe Kassar le salvaron la vida. Temujin no medía las fuerzas en términos de
poder político, sobre el cual había meditado poco hasta entonces; ni de
riqueza, que le parecía tener un uso limitado. Como mongol deseaba sólo lo que
necesitaba. Su concepción de la fuerza era el hombre-poder. Cuando habló a sus
héroes, les dijo que habían convertido en grava las rocas, derrocado los riscos
y detenido el ímpetu de las aguas profundas.
Entre
todas las cosas, la que más atraía su atención era la lealtad. La traición era
pecado imperdonable entre los hombres del clan. Un traidor podía acarrear la
destrucción total de un poblado o conducir la horda a la celada. La lealtad al
clan —y al Khan, como se decía— era «el últimum desiderátum». «¿Qué se diría
del hombre que por la mañana hiciese una promesa y la quebrantase por la
noche?» Un eco de sus deseos para con sus hombres se percibe en su oración. El
mongol acostumbraba a subir a la cima de una montaña rasa, que se creía morada
de los «tengri», (espíritus de las capas atmosféricas superiores, que forjan
los torbellinos, los truenos y todos los fenómenos terroríficos del firmamento
infinito). Oraba a los cuatro vientos con su ceñidor sobre los hombros: «Dios
infinito, ¡favoréceme!, envía a los espíritus de los aires superiores para que
sean mis amigos. Mas sobre la tierra, envía hombres que me ayuden».
Y
los hombres afluían hacia el estandarte de las nueve colas no por familias y
tiendas, sino por centenares. Un nómada de clan, que luchó contra el anterior
Khan, exponía los méritos de Temujin a los mongoles: «El permite a los
cazadores —decía— conservar toda la caza muerta en las grandes monterías.
Después de la batalla, cada hombre conserva su justa parte del despojo. A veces
se quita el manto de los hombros y lo da como presente. A veces desmonta de su
caballo para entregarlo a quien lo precisa». Ningún coleccionista ha dado jamás
la bienvenida a una adquisición rara con más cordialidad que al Khan mongol
saludaban estos andariegos.
Reunía
Temujin a su alrededor una corte, sin chambelanes ni consejeros, pero formada
de espíritus belicosos. Desde luego, Borchu y Kassar, sus primeros hermanos de
armas, estaban allí. También Arghun, el tañedor de laúd y Bayán y Muhuli, dos
astutos y batalladores generales, y Sao, el gran ballestero. Arghun parece
haber sido un espíritu genial, además de un bardo. De él nos da una idea clara
el hecho siguiente: Habiendo pedido el laúd predilecto de oro del Khan, lo
perdió. El temperamento irritable del Khan sufrió un acceso de cólera. Temujin
envió a dos de sus hombres para que asesinaran a Arghun. En lugar de hacerlo
así, estos detuvieron al ofensor y le hicieron beber dos pellejos de vino y
entonces lo llevaron. Al día siguiente lo sacaron de su letargo y lo dejaron,
al alba, a la puerta de la «yurta» del Khan, exclamando: «La luz luce ya en tu
"ordu"»[5] ¡oh, Khan!… Abre la entrada y muestra tu clemencia".
Y aprovechando este momento de silencio, Arghun cantó:
Mientras
el tordo canta tín-tan,
captúrale
el halcón antes de la última nota.
Así
la ira de mi señor cae sobre mí.
¡Ay!
yo amo la fuente que corre; pero no soy ladrón.
Aun
cuando el robo estaba castigado con la muerte, Arghun obtuvo el perdón. La
suerte que el laúd corriera ha permanecido en el misterio hasta la fecha.
Estos
paladines del Khan fueron conocidos por el Gobi con el nombre de «Kiyat» o
torrentes furiosos. Dos de ellos. Chepé Noyon, el Príncipe flecha, y Subotai
Bahadur, el valiente, eran muchachos en aquella época. Más tarde llevaron la
devastación allende los noventa grados de longitud. Chepé Noyon aparece en
escena como un joven perteneciente a un clan enemigo, ansioso de pelea, que fue
rodeado por los mongoles acaudillados por Temujin. No tenía caballo y pidió uno
ofreciéndose a pelear con cualquiera de los mongoles. Temujin accedió a su
petición y entregó al joven Chepé un veloz caballo careto. Cuando hubo montado,
Chepé se abrió paso por entre los mongoles y escapó. Volvió a poco diciendo que
deseaba servir al Khan. Mucho tiempo después, cuando Chepé Noyon se encontraba
cazando por T'ian Shan y por Gutchluk, del Catay Negro, juntó una manada de mil
caballos caratos y los envió al Khan, como presente y testimonio de que no
había olvidado el incidente que le salvó la vida.
Menos
impetuoso que el joven Chepé, pero más sagaz, era Subotai del Uriankhi. En él
radicaba parte del espanto que causaban las hazañas de Temujin. Antes de
emprender un combate contra los tártaros, el Khan llamó a un oficial para que
dirigiese el primer ataque. Vino Subotai. Temujin le explicó su misión y le
indicó que seleccionase un centenar de guerreros para que le sirviesen de
escolta. Subotai replicó que no necesitaba ninguno y que quería ir solo a la
vanguardia de la horda. Temujin, vacilante, dióle al fin permiso para partir, y
Subotai marchó al campo de los tártaros, a quienes dijo que había abandonado al
Khan y deseaba unirse a su clan. Les convenció de que la horda mongol estaba
lejos, y logró que se encontrasen desprevenidos cuando los mongoles
descendieron sobre ellos y los dispersaron.
«Yo
te libertaré de tus enemigos —había prometido Subotai al joven Khan—como el
fieltro protege del viento. Esto es lo que haré por ti».
«Cuando
capturemos una mujer hermosa y espléndidos garañones —afirmaban sus paladines—
te lo entregaremos todo a ti. Si desobedecemos tus órdenes o armamos nuestro
brazo contra ti, déjanos en los lugares de peligro».
«Yo
era semejante a un hombre dormido cuando llegasteis hasta mí —contestó Temujin
a sus héroes—. Antes estaba sentado entre pesares y vosotros me levantasteis».
Aclamáronle
por lo que ya era en realidad, por Khan de los Yakka mongoles, y él repartió
entre los guerreros los honores, tomando como principio el carácter del cada
uno. Borchu pudo sentarse más cerca en la '«kurultai», asamblea de jefes, y
figuró en el número de los que tuvieron derecho a llevar el arco y carcaj del
Khan. Otros fueron jefes de aprovisionamiento y cuidaron de los rebaños. Otros
se encargaron de las «kibitkas» y de los criados. Kassa, que tenía fuerza
física y no mucho juicio, fue nombrado porta-espada. Temujin cuidaba de
descubrir hombres sagaces, jefes osados, caudillos de horda armada. Conocía el
valor de la astucia, que frena la cólera y aguarda el momento propicio para
desencadenarla. En realidad, la verdadera esencia del carácter mongol es la
paciencia. A los hombres que eran valientes y temerarios, les dejaba el cuidado
de las «kibitkas» y todos los servicios importantes. Los torpes eran dedicados
a guardar los ganados. De un caudillo dijo: «Ningún hombre es más valiente que
Yessutai. Ninguno tiene sus raras prendas. Pero como en las largas marchas no
se cansa, ni siente hambre, ni sed, cree que sus oficiales y soldados no sufren
tampoco de tales penalidades. Por eso no es propio para el alto mando. Un
general debe pensar en el hambre y en la sed y comprender los sufrimientos de
los que están a sus órdenes, y economizar el esfuerzo de sus hombres y
animales».
Para
conservar su autoridad sobre esa corte de «venenosos luchadores» necesitaba el
joven Khan toda su formidable decisión y un sutil y equilibrado sentido de la
justicia. Los jefes que se agruparon junto a su estandarte fueron indomables
como vikingos. La crónica relata que el padre de Burtai apareció con sus
acompañantes y sus siete hijos mayores en presencia del Khan. Cambiaron
presentes, y los siete hijos, ocuparon su puesto entre los mongoles. En
particular venía uno que era «chamán» y se llamaba Tebtengri. Como «chamán», se
le suponía capaz de abandonar su cuerpo y de penetrar en el espíritu del mundo.
Poesía el don de la profecía. Tebtengri tenía una ambición insaciable. Después
de pasar algunos días en las diferentes tiendas de los jefes, él y algunos de
sus hermanos se lanzaron sobre Kassar y le aporrearon a palos y puñaladas.
Kassar se quejó al Khan Temujin. «Tú, que blasonabas de que ningún hombre era
igual a ti en fuerza y maña, —le replicó su hermano—, ¿por qué consentiste que
te golpearan?» Mohíno, Kassar dejó sus propios cuarteles en el «ordu» y se
alejó de Temujin. En el ínterin, Tebtengri visitó al Khan. «Mi espíritu —le
dijo— ha escuchado palabras en el otro mundo y conoce la verdad por los cielos
mismos. Temujin regirá a su pueblo por algún, tiempo; pero luego gobernará
Kassar. Si no acabas con Kassar, tu dominio no tendrá larga duración».
La
falacia del hechicero produjo efecto en el Khan, que no pudo olvidar lo que
tomó por profecía. Llegada la noche montó sobre su caballo y marchó con una
pequeña escolta de guerreros a apresar a Kassar. Las nuevas de lo que sucedía
llegaron hasta Hulun, su madre, la cual ordenó a sus sirvientes que dispusieran
un carro, tirado por un diligente camello, para partir en pos del Khan. Hulun
llegó hasta la tienda de Kassar, pasando por entre los guerreros que la
custodiaban… Al entrar a la «yurta» principal, encontró a Temujin frente a
frente con Kassar, que estaba arrodillado, con la capa y la faja quitadas.
Arrodillada Hulun, desnudó su pecho y dijo a Temujin: «Los dos habéis bebido de
estos pechos. Temujin, tú posees muchos dones. Pero Kassar sólo tiene la fuerza
y la destreza para lanzar sus flechas sin marrar. Cuando los hombres se han
rebelado contra ti, él los ha abatido con sus flechas». El joven Khan
permaneció en silencio hasta que la indignación de su madre hubo cesado.
Entonces salió de la «yurta», diciendo: «Cuando obré así lo hice por temor.
Ahora estoy avergonzado».
Tebtengri
continuaba recorriendo las tiendas e incitando a la rebelión. Propalaba
revelaciones sobrenaturales, que eran como las bases de su trama. Ganó
bastantes partidarios; y como tenía el alma ambiciosa, creyó que podía minar la
influencia del joven guerrero. Temiendo llegar al conflicto con Temujin, él y
sus compañeros visitaron a Temugu, el hermano menor del Khan, y le obligaron a
humillarse ante ellos. La tradición prohibía el uso de las armas para decidir
la contienda entre mongoles. Pero después de este acto del «chamán», Temujin
llamó a Temugu, y le dijo: «Hoy vendrá Tebtengri a mi tienda, trátale como te
plazca». La situación era violenta, Munlik, jefe de clan y padre de Burtai,
había ayudado al Khan en muchas guerras y, por consiguiente, le había honrado.
Tebtengri mismo era «chamán», adivino y hechicero. Temujin, el Khan, esperaba
desempeñar en la contienda el papel de juez, mas no para satisfacer sus propios
deseos.
Hallábase
solo en la tienda, sentado ante el fuego, cuando penetró Munlik con sus siete
hijos. Les saludó y se sentaron a su derecha. Temugu entró. Como es natural,
todas las armas habían quedado a la entrada de la «yurta». El hermano del Khan,
cogiendo a Tebtengri por los hombros, le dijo: «Ayer fui obligado a
arrodillarme ante ti. Pero hoy mediré mis fuerzas contigo». Mientras luchaban,
los otros hijos de Munlik se pusieron de pie. «¡No continuéis aquí —gritó
Temujin— salid afuera!»
A la
entrada de la «yurta» tres fornidos atletas esperaban este instante,
aleccionados por Temugu o por el Khan. Cuando salió Tebtengri se apoderaron de
él, le rompieron la columna vertebral y lo arrojaron a un lado. Inerte quedó
junto a la rueda de un carro. «Tebtengri me forzó a arrodillarme ayer —gritó
Temugu a su hermano el Khan—; ahora, cuando quise medir mis fuerzas con él,
cayó y no se levantará».
Munlik
y sus seis hijos salieron a la puerta y contemplaron el cuerpo del «chamán».
Entonces, apesadumbrado y confuso, el viejo jefe volvióse hacia Temujin y le
dijo: "¡Oh, Khan!… Te he servido «hasta este día». El significado de estas
palabras estaba claro. Sus seis hijos hicieron ademán de saltar sobre el
mongol. Temujin se mantuvo sereno. No tenía armas ni había camino para salir de
la «yurta», excepto la entrada. En lugar de pedir auxilio, habló severamente al
irritado viejo: «¡Aparta! Quiero salir». Sorprendidos ante este inesperado
mandato, Munlik y sus hijos le abrieron paso y Temujin saltó de la tienda al
puesto de guardia de sus guerreros. Hasta aquí el asunto no era más que un
incidente en las interminables contiendas que rodeaban al pelirrojo Khan. Pero
deseaba evitar, a ser posible, una venganza de sangre con el clan de Munlik.
Una mirada al cuerpo del «chamán» le informó de que Tebtengri había muerto.
Ordenó que su propia «yurta» fuese trasladada de manera que cubriera el cuerpo,
y dejó cerrada la puerta de entrada.
Durante
la noche, Temujin ordenó a dos de sus hombres que colocasen el cuerpo del
hechicero sobre la abertura del techo de la tienda. Cuando la curiosidad empezó
a cundir entre los hombres del «ordu», respecto del adivino, Temujin alzó la
puerta y les explicó: «Tebtengri conspiraba contra mis hermanos y les pegó.
Ahora los espíritus de los cielos se han llevado su vida y su cuerpo». Pero a
Munlik, cuando estuvieron solos, le habló de nuevo gravemente: «Tú no has
enseñado la obediencia a tus hijos, aunque precisan de ella. Ese quiso hacerse
mi igual. Y he dado fin a su vida. En cuanto a los otros, he prometido
perdonarles la vida en todo caso. Pongamos término a este asunto».[6]
No
había terminado, sin embargo, la contienda de tribus en el Gobi, la lucha de
los grandes clanes, el pillaje y la caza. Aun cuando los mongoles eran aún uno
de los pueblos más débiles, cien mil tiendas seguían ya el estandarte del Khan.
Su astucia los protegía, su fiero valor enardecía a los guerreros. En lugar de
unas cuantas familias, la responsabilidad de un pueblo pesaba sobre los hombros
del Khan. Temujin podía dormir tranquilo durante las noches; sus ganados,
aumentados por el tributo debido al Khan, prosperaban confortablemente. No
contaba más de treinta años de edad, se hallaba en la plenitud de su vigor y
sus hijos marchaban ahora con él, mirando alrededor en busca de esposas, como
él, en otro tiempo, viajara por las llanuras al lado de Yesukai. Había recogido
su herencia que quisieron arrebatarle sus enemigos. Pero alguna otra cosa
bullía en su mente, un plan a medio trazar, un deseo aun inexpresado:
«Nuestros
mayores nos han dicho siempre —dijo un día en el consejo— que diferentes
corazones e inteligencias no pueden estar en un cuerpo. Pero yo intentaré
lograrlo. Yo extenderé mi autoridad sobre mis vecinos».
Reunir
a los «venenosos luchadores» en una confederación de clanes; hacer de sus
enemigos tradicionales sus súbditos; tal era su pensamiento. Y empezó a
realizarlo, con toda su gran paciencia.
Capítulo
5
El
estandarte es plantado en Gupta
No
nos ocuparemos aquí de las guerras que los clanes nómadas —tártaros y mongoles,
merkitas y karaitas, naimanes y ugures — se hicieron, cruzando una y otra vez
las altas praderas, desde la gran muralla de Catay a las lejanas montañas del
Asia Central en el este. El siglo XII tocaba a su fin. Temujin aun continuaba
preparando la empresa que, según decían sus mayores, no era hacedera: la
confederación de los clanes. Para conseguirla era preciso establecer la
supremacía de un clan sobre los demás. Los Karaitas, con sus ciudades en la
ruta, que las caravanas seguían desde las puertas del Catay, poseían lo que
puede llamarse la balanza del poder. A Toghrul llamado Preste Juan, fue Temujin
con propósito de alianza. Los mongoles eran ahora bastante fuertes para verificarlo
dignamente: «Sin tu ayuda, ¡oh padre mío! — dijo Temujin—, yo no puedo vivir
tranquilo. Tú tampoco puedes vivir en paz sin mi ayuda, Tus falsos hermanos y
parientes invadirán tu tierra y se repartirán los pastos. Tus hijos no aciertan
a verlo, ahora; pero perderán el poder y la vida si tus enemigos triunfan. El
único modo de conservar nuestra autoridad y vida es unirnos en una amistad
inquebrantable. Siendo yo también hijo tuyo, podemos tratar el asunto».
Temujin
tenía derecho a solicitar la adopción del viejo Khan. Preste Juan asintió.
Estaba viejo y sentía inclinación hacia el joven Khan. Con su aliado mantúvose
fiel, Temujin. Cuando los Karaitas fueron arrojados de sus tierras y ciudades
por las tribus occidentales, que en su mayoría eran mahometanos y budistas y
por odio a los Karaitas —que en su mayor parte eran cristianos chamanistas—
provocaron la guerra santa, el mongol envió a sus «torrentes valerosos» para
ayudar al jefe derrotado. Y por vía de ensayo, como aliado del viejo karaita
inició Temujin su gran política.
La
ocasión era excelente para su pensamiento. Detrás de la Gran Muralla, el rubio
emperador de Catay[7] se hallaba intranquilo y recordando las incursiones de
los tártaros del Lago Buyar, que habían atacado sus fronteras, anunció que
acaudillaría una gran expedición más allá de la gran muralla, para castigar a
los ofensores. Este anuncio llenó de alarma a sus súbditos. Eventualmente fue
enviado un alto oficial con un ejército catayano contra los tártaros, que se
retiraron, como de ordinario, en desorden. La hueste de Catay, compuesto en su
mayor parte de tropas a pie, no pudo alcanzar a los nómadas. Las noticias de
estos hechos llegaron a Temujin, que era tan rápido en la acción como sus
veloces caballos en cruzar la llanura con sus mensajes. Reunió a todo el clan y
envió mensaje al Preste Juan, recordando a su viejo aliado que los tártaros
eran los que habían quitado la vida a su padre. Las Karaitas contestaron a su
demanda y las hordas combinadas marcharon contra los tártaros, que no podían
retroceder: los de Catay les cortaron la retirada.
La
batalla deshizo el poder de los tártaros, aumentó el número de cautivos en los
valerosos clanes, y proporcionó al oficial de la fuerza expedicionaria de Catay
la ocasión de reclamar para sí todo el éxito, recompensando al Preste Juan con
el título de «Wang Khan» o Señor de Reyes, y a Temujin con el nombramiento de
«Caudillo contra los rebeldes», recompensa que sólo costó a los de Catay una
cuna de plata cubierta con paño de oro. Ambos —título y presente— no asombraron
a los aguerridos mongoles. De todos modos la cuna, la primera que allí se
conociera, fue expuesta a la vista de todos en la tienda del Khan.
Nuevos
guerreros engrosaron las filas de los «torrentes valerosos». Temujin vigilaba
las salidas de sus hijos con Chepé Noyon, el Señor de la Flecha, que sentía
debilidad por lucir las botas de cebellina y la bota de malla plateada, de que
había despojado a un catayano errante. Chepé Noyon no se encontraba satisfecho
si no estaba galopando en el campo, seguido por una banda de adictos. Era el
ayo más idóneo que podía tener el primogénito Juchi (el Huésped) nacido en la
reclusión, taciturno y desconfiado, pero de espíritu intrépido para complacer
al Khan.
Eran
las postrimerías del siglo XII. Temujin conducía su gente, buscando los ríos,
hacia la tierra karaita, venciendo ancho círculo de guerreros. Llevaba buen
número de antílopes, algún ciervo y caza mayor, y cerraba el círculo, haciendo
caer, con los pesados arcos curvados, el animal más insignificante que se
divisara entre las peñas. No se perdía el tiempo en las cacerías mongoles. Las
«kibitkas», cubiertas y los carros de camellos aguardaban en alguna parte de la
pradera. Cuando los cazadores volvían, se desuncían los bueyes, los palos de la
«yurta» se levantaban, las cubiertas de fieltro tapaban, tensas, el entramado y
se encendían los fuegos. Mucha parte de la casa era entregada como presente al
viejo Toghrul, ahora Wang Khan. Pero los Karaitas habían ofendido a los
mongoles. Despojos que, de derecho, pertenecían a los hombres de Temujin,
habían sido retenidos por los de Wang Khan. Y el mongol lo sufrió. Existían en
las tierras de los Karaitas demasiados enemigos, descendientes de los
Burchikun, que anhelaban desposeer a Temujin del Khanado y del favor del jefe
karaita. Fue, pues, el Khan a ver a su padre adoptivo y convinieron en que, si
surgía alguna diferencia entre ellos, ninguno de los dos obraría en contra del
otro, sino que se reunirían y conferenciarían en la mayor concordia hasta poner
en claro el asunto.
Temujin
había aprendido mucho de la amarga experiencia. Comprendió que a la muerte de
Wang Khan —y aun cuando entre los Karaitas había grupos de guerreros que le
favorecían— la guerra surgiría de nuevo. La guardia de Wang Khan había sido
aguijoneada por los enemigos del Khan mongol. Pero se había negado a apoderarse
de Temujin, como esos enemigos deseaban. Una oferta de matrimonio fue hecha
entonces a los mongoles. Los Karaitas tenían para Juchi una novia entre las
muchachas de la familia del jefe.
Temujin
permaneció en su campo, conservando cautamente la distancia de la «ordu»
karaita, en tanto que sus hombres marchaban delante, para comprobar si estaba
el camino expedito. Los guerreros no volvieron; pero dos yegüerizos vinieron
galopando durante la noche con noticias de los Karaitas, noticias desagradables
y ominosas. Sus enemigos del Oeste —Chamuka, el Astuto Tukta Beg, jefe de los
Merkitas, el hijo de Wang Khan y los tíos de Temujin— habían convenido en
acabar con él. Habían escogido a Chumuka para «gurkhan». Y habían persuadido al
anciano y vacilante Wang Khan de que sumara sus fuerzas a las de ellos. La
proposición de casamiento, como Temujin, casi había sospechado, era una
añagaza.
Sus
esfuerzos y su política habían, pues, fracasado. Al parecer, había estado
trabajando para librar a los Karaitas de una guerra con las tribus turcas
occidentales, en tanto qué él se fortalecía en el Oriente; y quiso conservar
como aliado a Wang Khan, hasta que sus clanes orientales fueran lo
suficientemente fuertes, para estar en idénticas condiciones que los Karaitas.
Su prudencia había sido juiciosa. Pero su engaño fue tropezar con la astucia
refinada, y ahora, con la traición. Los Karaitas —así le dijeron los
yegüerizos—, se acercaban al campo intentando atacarle durante la noche y
matarle a flechazos en la tienda. La situación era casi desesperada, puesto que
los Karaitas tenían más fuerza y Temujin había de defender, a ser posible, las
familias de sus guerreros. Contaba con seis mil hombres armados, aun cuando
algunas crónicas hacen descender este número a menos de tres mil. Estaba
prevenido y no tenía un momento que perder.
Envió
guardias de su propia «yurta» por todo el campo, levantando a los durmientes,
avisando a los jefes y sacando fuera a los chicos. Los ganados fueron
dispuestos para la huida, antes que el día llegase, y distribuidos como fue
posible. No existía otro camino de salvación. Las gentes del «ordu» diéronse
prisa en montar a caballo — que siempre los había a mano — y en llenar con sus
cofres y mujeres los carros, tirados por veloces camellos. Sin lágrimas ni
otras demostraciones, empezó el largo éxodo. Las «yurtas» y los grandes carros
permanecieron en el mismo lugar. Quedaron en ellos unos cuantos hombres, con
buenos caballos, para mantener encendidos los fuegos. Con sus oficiales y lo
más escogido del clan fue Temujin retrocediendo lentamente, para cubrir la
retirada. No había casi probabilidad de escapar a la tormenta, que amenazaba
descargarse bajo la pantalla de la obscuridad. Avanzando ocho o nueve millas
hacia un grupo de montañas, que ofrecían cierto amparo a los hombres que se
viesen forzados a dispersarse. Después de cruzar un río y antes de que los
caballos se fatigasen, Temujin detuvo sus huestes en una garganta. Entretanto
los Karaitas, antes de romper el día, habían llegado veloces al campo
abandonado, atravesando con sus flechas la blanca tienda del Khan, sin
apercibirse del silencio que reinaba en el lugar y de la ausencia de los
ganados y del estandarte. Sucedió un espacio de tiempo en que la confusión
reinó. Cambiáronse impresiones. Los brillantes fuegos habían hecho creer a los
Karaitas que aun continuaban los mongoles en sus tiendas; y al ver éstas con
sus tapices y utensilios, incluso las monturas de repuesto y los odres de
leche, comprendieron que los mongoles habían huido amedrentados y en desorden.
El anchuroso camino hacia el Este, no estaba por completo sumido en la
obscuridad, y los clanes karaitas emprendieron inmediatamente la persecución. A
galope tendido subían por las laderas, levantando nubes de polvo. Temujin
oteaba su llegada y vio a los jinetes desplegarse. Los clanes se distribuyeron,
los mejores a la cabeza de los más tardos. En lugar de esperar largo rato en la
garganta, Temujin salió con sus guerreros en orden cerrado de batalla. Pasaron
el arroyo y dispersaron la vanguardia karaita. Formados cruzaron luego las
onduladas tierras, cubriendo la retirada del «ordu». Entonces llegó Wang Khan
con sus capitanes; se rehicieron las líneas karaitas y empezó una lucha de
exterminio.
Temujin
no se había visto jamás tan apurado. Necesitó entonces de todo el valor
personal de los «Torrentes» y de la entereza de los clanes de su casa, así como
de los guerreros de los clanes urut y manhurt, que siempre le fueron fieles. El
número de hombres que tenía no le permitía atacar de frente. Quedó, pues,
reducido a sacar el mayor partido posible de las ventajas que el terreno le
brindaba. El terreno era para los mongoles el último recurso. Cuando la tarde
estaba ya cayendo y la derrota era inevitable, Temujin llamó a uno de sus
hermanos, Guildar, el portaestandarte, jefe de los manhurts, y le mandó que
envolviera la formación karaita, tomando y defendiendo una colina que había a
la izquierda del camino y era conocida por el nombre de Gupta: «¡Oh, Khan,
hermano mío! —respondió el fatigado Guildar—. Yo montaré en mi mejor caballo y
arrollaré a todos los que se me opongan; plantaré mi estandarte en Gupta y te
mostraré mi valor. Si caigo, alimenta y cuida a mis hijos. Esto para mí es
todo, si llega mi fin». Este movimiento envolvente era la maniobra favorita de
los mongoles, la «tulughna» o «carrera del estandarte». Consistía en rodear un
flanco enemigo y tomarlo por la espalda. Temujin, con sus clanes dispersos y
viendo a los Karaitas romper sus líneas, amenazado además por la obscuridad
creciente, hizo un esfuerzo desesperado. El fornido Guildar llegó a la colina y
plantó su estandarte y conservó su posición. El empuje de los Karaitas quedó
detenido; sobre todo, porque el hijo de Wang Khan había sido herido en el
rostro de un flechazo.
Cuando
el sol se puso, los Karaitas y no los mongoles fueron los que se retiraron del
campo. Temujin permaneció solamente el tiempo necesario para cubrir la retirada
de Guildar y recoger los heridos, entre ellos, dos de sus hijos. Colocó á los
heridos en caballos capturados al enemigo. En algunos hubieron de encaramarse
dos hombres. En seguida marchó hacia el Este, y los Karaitas reanudaron la
persecución al día siguiente.
Esta
es la más desesperada batalla que Temujin libró. Fue derrotado en ella; pero
conservando intacto el núcleo de su clan, librando su vida y salvaguardando la
«yurta». «Hemos luchado —dijo Wang Khan— con un hombre con quien no debimos
tener nunca querellas». En la leyenda mongol se recuerda aún la hazaña de
Guildar clavando el estandarte en Gupta.
Durante
la larga retirada, era tal la desolación del erial, que los guerreros «chupando
sus heridas» sobre los extenuados caballos, formaron de nuevo el círculo de
cazadores, para cobrar el antílope y el ciervo y lo que pudieran alcanzar con
sus flechas. No les impelía a ello el amor al deporte, sino la necesidad de
allegar alimentos para la «ordu».
Capítulo
6
Muere
el preste Juan
El
primer efecto de la victoria karaita fue reforzar la alianza contra Temujin.
Los jefes nómadas estuvieron bien inspirados al aliarse con un poder creciente,
que significaba mayor protección y riqueza para ellos. A Wang Khan envió el
indignado mongol un elocuente reproche:
«¡Oh
Khan, padre mío! Cuando fuiste perseguido por tus enemigos, ¿no envié mis
cuatro héroes en tu ayuda? Viniste a mí sobre un caballo ciego, con vestidos
andrajosos, y tu cuerpo estaba nutrido con carne de una sola oveja. ¿No te di
entonces abundancia de ovejas y caballos? En tiempos pasados, tus hombres
conservaron el botín de la batalla, que por derecho era mío. Entonces todo
estaba perdido para ti, todo lo habían tomado tus enemigos. Pero mis hombres te
lo restituyeron. Entonces en el Río Negro juramos no escuchar las malignas
palabras de los que podían dividirnos, sino entrevistarnos y hablar del asunto.
Yo no he dicho: «mi recompensa es insignificante, necesito una mayor». Cuando
la rueda de un carro se rompe, los bueyes no pueden seguir adelante. ¿No soy yo
una rueda de vuestra «kibitka?». ¿Por qué tenéis enojo de mí? ¿Por qué me
atacáis ahora?»
En
estas palabras puede oírse un eco de satisfacción. Y el reproche hiere al
hombre irresoluto que no conocía su propio pensamiento, al Preste Juan, montado
sobre un caballo ciego. Temujin prosiguió haciendo lo mejor que podía hacer
para lograr tenaz su propósito. Envió correos a los clanes próximos. Bien
pronto los Khanes de sus propios dominios y sus vecinos estuvieron de rodillas
junto al caballo blanco del Khan mongol, con los pies recogidos decorosamente,
los largos capotes adornados con bandas, las bronceadas caras alineadas,
observando por entre el humo del fuego de la «yurta». Era el consejo de los
Khanes. Cada uno hablaba a su vez. Allí estaban los Burchikun, los «ojos
grises», muchos de los cuales habían conocido la derrota por obra de Temujin. Algunos
deseaban atacar a los poderosos Karaitas y someter al Preste Juan y a su hijo.
Los más audaces abogaron por la guerra, y ofrecieron dar el bastón de caudillo
a Temujin. Esta opinión prevaleció. Temujin, al aceptar el bastón, dijo que sus
órdenes debían ser obedecidas en todos los clanes y que debía permitírsele
castigar lo que él viese digno de castigo. «Desde un principio os he dicho que
las tierras limitadas por los tres ríos deben tener un dueño; No lo
comprendisteis. Ahora, cuando Wang Khan os trata como me ha tratado a mí, me
elegís por caudillo. Os he dado cautivos, mujeres, «yurtas» y ganado. Ahora yo
conservaré para vosotros las tierras y costumbres de nuestros antepasados».
Durante
aquel invierno, el Gobi estuvo dividido en dos campos rivales. Las gentes del
Este del lago Baial se armaron contra la confederación occidental. Por esta
época Temujin estuvo el primero en el campo, antes de que las nieves bajasen a
los valles. Con sus nuevos aliados avanzó, sin avisar, hacia el campo de Wang
Khan. La crónica nos da cuenta de un divertido ardid puesto en práctica por la
astucia nómada. Temujin envió a las líneas enemigas a un mongol, que llegó
quejándose de los malos tratos y diciendo que la horda mongola estaba todavía a
bastante distancia del campo. Los Karaitas, nada crédulos, despacharon varios
jinetes hacia los espesos montes, para que, con el guerrero fugitivo, viesen lo
que de verdad había en la referencia. No lejos del campo karaita, el guerrero
mongol, que miraba a su alrededor, vio flamear el estandarte de los clanes de
Temujin, al otro lado de una loma por la que iban trepando. Consideró que sus
acompañantes estaban bien montados y podían escapar al galope, si divisaban el estandarte.
Desmontó, pues, y se puso a dar vueltas alrededor de su caballo. A sus
acompañantes, que le preguntaron lo que hacía, dijo: «Mi caballo tiene una
piedra en uno de los cascos». Y durante el tiempo que el sagaz mongol tardó en
quitar al caballo la piedra imaginaria, llegó la vanguardia de Temujin, que
hizo prisioneros a los Karaitas. El campo de Wang Khan fue atacado. Empezó la
lucha encarnizada.
Al
anochecer, los Karaitas estaban destrozados. Wang Khan y su hijo, heridos,
habían desaparecido. Temujin entró en el campo, repartió entre sus hombres las
riquezas de los Karaitas, monturas cubiertas de suave seda de colores, cueros
rojos, bruñidos y templados sables, con las hojas y las tazas de plata. Estas
cosas no podían servirle a él para nada. La tienda de Wang Khan, adornada con
telas de oro, la dio entera a los yegüerizos que le habían notificado el avance
karaita, la primera noche, cerca del Gupta. Persiguiendo al núcleo de los
Karaitas logró envolverlos con sus guerreros y les ofreció conservarles la
vida, si se rendían. «Los hombres que luchan por salvar a sus señores son
héroes. Sedlo entre los míos y servidme». Los restos de los Karaitas se reunieron
bajo su estandarte. Temujin prosiguió hacia su ciudad del desierto, Karakorum,
las Arenas Negras.
Su
primo Chamuka, el astuto, fue hecho prisionero y conducido a su presencia.
«¿Qué suerte te aguarda?» —le preguntó Temujin—. «La misma que hubiera caído
sobre ti, si te hubiera hecho prisionero —respondió, sin vacilar, Chamuka—: La
muerte lenta». Referíase al tormento chino del despedazamiento lento, tormento
que consiste en cortar, el primer día, las falanges de los dedos meñiques,
continuando después, día por día, con las extremidades. Seguramente los
descendientes de los Burchikun no carecían de valor. Temujin, sin embargo,
siguiendo la costumbre de su gente que prohíbe derramar la sangre de un jefe de
alto linaje, mandó estrangular a Chamuka con una cuerda de arco, hecha de seda
o ahogarlo entre fieltros fuertes.
El
Preste Juan, que había entrado con repugnancia en la guerra, huyó a la
desesperada, y fue muerto por dos guerreros de una tribu turca. Relata la
crónica que su cráneo fue colocado sobre plata y permaneció en la tienda del
jefe como un objeto de veneración. Su hijo también sucumbió del mismo modo.
(Véase al final, la nota II: «El Preste Juan de Asia»).
Un
jefe nómada puede considerarse satisfecho con los frutos de semejante victoria.
Los resultados de una conquista nómada son siempre los mismos: hacinamiento de
despojos, ociosidad y, por consiguiente, reyertas, disensiones, individuos que
abandonan el imperio de los nómadas. Temujin se reveló diferente. Poseía ya el
núcleo de un reino en las tierras de los Karaitas, que cultivaban el suelo y
habían edificado ciudades de barro seco y bardas, pero permanentes. Haciendo
toda clase de esfuerzos para conservar a los Karaitas asentados y
reconciliados, lanzó sus hordas a nuevas conquistas, sin un momento de reposo.
«El mérito de una acción consiste en acabarla» —dijo a sus hijos.
Durante
los tres años siguientes a la batalla que le dio el dominio del Gobi, Temujin
lanzó a sus veteranos hacia los valles de los turcos occidentales, de los
naimanes y ugures, pueblos de una cultura superior. Estos pueblos habían sido
enemigos del Preste Juan, y pudieron haberse unido para resistir a Temujin.
Pero éste no les dio tiempo a realizar lo que estaba reservado para él. Desde
las montañas blancas del Norte, a lo largo de la gran muralla, a través de las
viejas ciudades de Bishbalik y Koten, galopaban sus oficiales. Marco Polo dice
de Temujin: «Cuando conquistaba una provincia no hacía daño a la gente ni a la
propiedad, sino que colocaba a alguno de sus hombres en el país, en tanto que
él conducía al resto a la conquista de otras provincias. Y cuando los que
habían sido conquistados por él se enteraban de lo bien y de la seguridad con
que los protegía contra todos los demás, y cómo no sufrían daño y veían cuan
noble príncipe era, unían su corazón y su alma y llegaban a ser sus fieles
seguidores. Y cuando hubo conquistado una multitud tal, que parecía cubrir toda
la tierra, empezó a pensar en la conquista del mundo».
El
destino de sus antiguos enemigos no sería, sin duda, tan deseable como éste.
Habiendo deshecho la potencia armada de un clan hostil, Temujin se apoderó de
todos los hombres nobles de la familia reinante y los condenó a muerte. Los
guerreros del clan fueron repartidos entre los hombres más formales; las
mujeres más apetecibles fueron desposadas por los guerreros y otras fueron
hechas esclavas. Los chiquillos vagabundos fueron adoptados por madres mongolas
y las tierras y ganados del clan derrotado fueron devueltas a sus primitivos
propietarios.
En
este aspecto, la vida de Temujin fue moldeada por sus enemigos. En la
adversidad había adquirido el vigor físico y la astucia lobuna que parecía
guiarle instintivamente hacia lo cierto. Ahora era ya lo bastante fuerte para
hacer conquistas según sus propósitos. En la primera derrota de los que se
enfrentasen con sus armas, demostraría ser señor indulgente.
Iba
penetrando en nuevas partes del mundo, por las viejas rutas de las caravanas y
de las ciudades del Asia Central. Y una gran curiosidad le acuciaba. Observó
que entre los prisioneros había hombres ricamente vestidos y de austera
presencia, que no eran guerreros. Supo que eran sabios astrólogos que conocían
las estrellas, físicos que sabían el uso de las hierbas como el ruibarbo y que
curaban las dolencias que aquejaban a las mujeres. Cierto ugur que había
servido a un jefe derrotado fue traído a presencia de Temujin. Tenía un pequeño
objeto de oro curiosamente labrado. «¿Por qué tienes eso?» —preguntó el
mongol—. «Yo deseo — respondió aquel hombre fiel—, cuidar de él hasta la muerte
de quien me lo ha confiado». «Eres un sujeto leal —advirtió el Khan—, pero tu
amo ha muerto. Sus tierras, todo lo que él poseía es ahora mío, Dime para qué
sirve esa prenda». «Cuando mi señor deseaba cobrar un tributo en dinero o en
grano, comisionaba a uno de sus hombres y les hacía una marca con este sello,
para demostrar que eran en realidad emisarios suyos».
Inmediatamente
Temujin ordenó se le fabricase un anillo. Se le hizo de jade verde. Perdonó al
cautivo ugur y le dio un puesto en la corte, con encargo de enseñar a los
muchachos la escritura de los ugures, que era una forma de siríaco aprendida
probablemente de los padres nestorianos hacía mucho tiempo.
A
sus paladines, a aquellos que ayudaron en los tiempos críticos, dio Temujin la
mayor recompensa. Fueron creados «tarkhan» y elevados sobre los demás. Tenían
derecho a entrar en todo tiempo en el pabellón real, sin ceremonia alguna.
Elegían antes que los demás su parte en el botín de guerra y estaban exentos de
tributos. Aun más: nueve veces podía serles perdonada la pena de muerte.
Cualquier tierra que eligiesen era suya. Estos privilegios eran hereditarios en
sus descendientes hasta la novena generación.
En
la mente de los nómadas no había nada más codiciable que ser compañeros de los
«tarkhanes». Estaban envalentonados por la victoria, por las incidencias de
aquellos tres años en tierras nuevas. Y si se contenían era por respeto al
Khan. Alrededor de la persona del conquistador se habían juntado los espíritus
más salvajes de toda el Asia, todos los guerreros turcomongoles desde el mar
hasta Tian Shan, donde Gutchluk regiría pronto el Catay Negro (Kara K'itai).
Por el momento los odios de clan se olvidaron. Budistas, chamanistas,
idólatras, mahometanos y nestorianos vivían como hermanos, esperando los
acontecimientos. Algo aconteció, en efecto, y fue que el Khan mongol abolió las
limitaciones de sus antepasados. Convocó la «kurultai», el consejo de los Khanes,
para que eligieran un hombre que mandase sobre todos los pueblos del Asia
superior, un emperador. Explicóles que podían escoger uno de ellos para tener
autoridad sobre los demás. Como es natural, después de los acontecimientos de
los tres últimos años, le elección de la «kurultai» recayó sobre Temujin.
Además, el consejo decidió que debía llevar un título digno. Un adivino anunció
en la asamblea que este nuevo hombre debía ser Genghis Khan, el más grande de
los gobernantes, el emperador de todos los hombres.
El
congreso fue grato al Khan, y ante la insistencia unánime de los Khanes,
Temujin aceptó su nuevo título.
Capítulo
7
El
Yassa
El
consejo se había celebrado en 1206. En el mismo año el oficial de Catay, el
capitán de las marcas occidentales, cuya obligación era el vigilar a los
bárbaros, más allá de la gran muralla y cobrar los tributos, informó al
emperador chino que la «quietud absoluta dominaba en los reinos lejanos». Como
consecuencia de la elección de Genghis Khan, los pueblos turcomongoles se
encontraban unidos por primera vez desde hacía varias centurias. En el fervor
de su entusiasmo, creían que Temujin, ahora Genghis Khan, era en realidad un
«bogdo», un enviado de los dioses, dotado de poder celestial. Pero ningún
entusiasmo podía contener a estas hordas anárquicas. Habían vivido demasiado
tiempo regidas por la costumbre de la tribu. Las costumbres varían tanto como
la naturaleza de los hombres. Para refrenarlas, Genghis Khan usaba la
organización militar de sus mongoles la mayoría de los cuales eran veteranos
por ahora. Pero anunció, además, que había promulgado el «Yassa» para regirlos.
El «Yassa» era un código, una combinación de sus deseos con las costumbres más
prudentes de la tribu. (Véase nota III: «Las leyes del Genghis Khan»).
Ante
todo mostraba claramente su aversión al robo y al adulterio, que eran penados
con la muerte. Al que robaba un caballo podía castigarle con la muerte. Decía
que le disgustaban los muchachos desobedientes a sus padres y los hermanos más
pequeños que no acataban a los mayores. Decía que el esposo no debe tener
secretos para su esposa, y que la esposa debe estar sometida a su esposo.
Enfurecíale la negativa del rico a ayudar al pobre y la de los inferiores a
respetar a los superiores. Contemplando a un gran bebedor —la bebida era un
vicio mongol—, dijo: «Un hombre ebrio está como si hubiera recibido un golpe
sobre la cabeza; su sabiduría y destreza no le aprovechan. No debería beberse
más que tres veces al mes y aun sería mejor no beber nunca. Pero ¿quién puede
abstenerse totalmente?»
Otra
debilidad de los mongoles era el miedo a los truenos. Durante las grandes
tormentas del Gobi, este miedo se apoderaba de ellos de tal modo que en
ocasiones se arrojaban a los lagos y ríos para escapar a la furia de los
cielos. Al menos así lo afirman acreditados viajeros como Fray Rubriquis. El
«Yassa» prohibía el baño o contacto con el agua durante toda tormenta. Aunque
era hombre impulsivo, Genghis Khan quiso contener en su pueblo la tendencia
dominante a la violencia. El «Yassa» prohibía las luchas entre mongoles. En
otro punto fue también inexorable. Mandó que no pudiera haber otro Genghis
Khan. Su nombre y los de sus hijos no podrían ser escritos más que en oro. No
podrían los hombres del nuevo emperador pronunciar voluntariamente el nombre
del Khan. Deísta, elévase Genghis sobre los andrajosos y truhanescos chamanes
del Gobi. Su código trata con tolerancia las materias de religiones. Los
devotos, los pregoneros de las mezquitas, estaban exentos de cargas públicas. Y
en efecto, un abigarrado conjunto de sacerdotes deambulaban por los campos
mongoles. Lamas errantes rojos y amarillos, movían sus ruedas de oración.
Algunos de ellos usaban «piedras pintadas con el retrato del verdadero diablo
cristiano», según nos dice Fray Rubriquis. Y Marco Polo relata que antes de las
batallas, Genghis Khan ordenaba que los astrólogos hiciesen presagios. Los
adivinos sarracenos se equivocaban al profetizar. No así los nestorianos, que
lograban mayor éxito con dos perritos, señalados con el nombre de los caudillos
rivales, los cuales caían uno sobre el otro al tiempo que se leían en voz alta
las líneas del libro de los Salmos. Aun cuando Genghis Khan escuchaba a los
adivinos y oía atentamente las salmodias de un astrólogo catayano, después no
parecía regresar de ninguna aventura del modo que habían indicado las
predicaciones de aquellos magos.
El
«Yassa» castigaba de un modo harto sencillo a los espías, los sodomitas, los
testigos falsos y los hechiceros. Todos eran condenados a muerte. La primera
disposición del «Yassa» es notable: «Está ordenado que todos los hombres
creerán en un Dios, creador de cielos y tierra, único donador —cuando le place—
de las riquezas y de la miseria, de la vida y de la muerte, y cuyo poder sobre
todas las cosas, es infinito». Aquí se ve un reflejo de las enseñanzas de los
primitivos nestorianos. Pero esta .disposición no se publicó. Genghis Khan no
deseaba trazar una línea divisoria entre sus hombres o excitar los gérmenes
siempre latentes de antagonismo doctrinal. Un psicólogo podría decir que el
«Yassa» aspiraba a tres cosas: obediencia a Genghis Khan, unión de los clanes y
castigo cruel de los delitos. Le importan los hombres más que la propiedad, y,
desde luego, ningún hombre podía ser condenado como reo a menos de ser cogido
«in fraganti» o confesar su delito. Recuérdase que entre los mongoles, pueblo
analfabeto, la palabra era cosa solemne. Entre los nómadas es más frecuente que
en otros pueblos que el culpable confiese su delito. Ejemplos hubo de alguno
que llegó al Khan y confesó su crimen pidiendo ser castigado.
En
los últimos años de la vida de Genghis, la obediencia al Khan fue absoluta. Un
general de una división, estacionada a mil millas de la corte, sometióse a ser
relevado de su mando y ejecutado por una simple orden del Khan, llevada por un
correo ordinario. «Son más obedientes a su señor que cualquier otro pueblo
—dice el valeroso Fray Carpini—. Le tributan la mayor reverencia y jamás le
engañan, ni de palabra ni de obra. Raramente riñen ni disputan y jamás
acontecen heridas y muertes violentas. No se encuentran por ninguna parte
ladrones ni salteadores, de modo que sus casas y carros, en donde todas sus
mercancías y tesoros se conservan, nunca se cierran y atrancan. Si algún animal
de los hatos se descarría, el que lo encuentra lo deja o lo lleva a los oficiales
que tienen a su cargo esos servicios. Entre ellos son corteses y a pesar de que
los abastecimientos se proveen sin restricciones. Son muy sufridos en las
privaciones, y aun cuando ayunen durante un día o dos, no cesan de cantar y
hacer gracias. Cuando viajan, soportan el frío y el calor sin quejarse. Nunca
riñen y, aunque beben a menudo, jamás disputan al hacerlo» (Esto,
evidentemente, era una cosa sorprendente para el viajero fuera de Europa). «La
embriaguez es honrosa entre ellos. Cuando un hombre bebía en demasía y
vomitaba, volvía de nuevo a beber. Con los otros pueblos son excesivamente
soberbios y despóticos, mirando, no obstante, a los hombres nobles con
contento. Vimos en la corte del Emperador, al Gran Duque de Rusia, al hijo del
Rey de Georgia y a muchos sultanes y a otros grandes hombres, que no recibían
honor o respeto, y aun los tártaros designados para atenderlos, a pesar de lo
humilde de su condición, marchaban siempre delante de estos cautivos ilustres y
ocupaban los lugares más importantes. Son irritables y desdeñosos para con los
otros hombres, y aun falaces. Cualquier mal que intenten realizar, lo ocultan
de modo que nada probase contra ellos. Y las matanzas de otras gentes no las
toman en consideración».'
Se
ayudan unos a otros para destruir a los demás. Un eco del «Yassa». Estos
hombres de los antiguos clanes, hambrientos de guerra, sólo podían ser
contenidos de un modo. Abandonados a sí mismos hubieran vuelto pronto a sus
antiguas excursiones de exterminio mutuo luchando por el botín y las tierras de
pastos. El pelirrojo Genghis Khan, había sembrado el viento y se sometía a
recoger tempestades. Pero logró contenerlas y guiarlas, como lo demuestran sus
actos subsiguientes. Se había destetado entre los nómadas y sabía que el camino
para conservar las cabezas de unos y otros era guiarlos a la guerra en otra
parte. Esto era como enjaezar la tempestad y dirigirla.
La
crónica nos da un reflejo de Genghis y de su época, antes de que el prolongado
banquete de la «kurultai» llegase a su fin. En la falda de Deligun Budak, la
montaña que sombreaba su vivienda, y debajo del estandarte de las nueve colas,
ahora familiar, dirígese a los Burchi-kun y a los jefes que se han comprometido
a aliarse con él:
«A
estos hombres, que compartirán conmigo lo bueno y lo malo del futuro, cuya
lealtad será clara como el cristal de roca, anhelo llamarles mongoles. Yo deseo
que levanten su poder por encima de todas las cosas que respiran sobre la
tierra».
Tenía
imaginación para ver esta asamblea de espíritus desenfrenados, unidos en una
horda; los sabios y misteriosos ugures, los fornidos Karaitas, los intrépidos
yakka mongoles, los feroces tártaros, los silenciosos y sufridos hombres de las
tundras nevadas, los cazadores, todos los guerreros del Asia superior, reunidos
en un clan gigantesco, del cual él era el jefe. Habían estado unidos brevemente
antes, bajo los monarcas Hiungnu, que asolaron Catay. Pero se construyó la Gran
Muralla para cerrarles el paso, Genghis Khan tuvo el don de la elocuencia y
suscitó en ellos hondas emociones. Y nunca desconfió de su habilidad para
acaudillarlos. Tenía ante sus ojos una visión de conquistas en tierras
desconocidas. Y así se esforzó por movilizar esta nueva horda. Invocó el
«Yassa». A los guerreros de la horda les estaba prohibido abandonar a sus
camaradas, los de su tienda. A los hombres de la tienda les estaba prohibido
dejar detrás a un hombre herido. Asimismo estaba prohibido a cualquiera de la
horda huir delante del estandarte, retirándose de la batalla, o dedicarse al
pillaje antes de que fuese dado el permiso por el oficial encargado del mando.
(La irreprimible inclinación de los hombres en las filas era saquear en
cualquier momento todo lo que fuese posible).
Y el
observador Fray Carpini acredita que Genghis Khan hizo cumplir esta parte del
«Yassa», pues describe a los mongoles no abandonando nunca el campo, mientras
el estandarte está enhiesto o hay un enemigo vivo. La horda misma no era
azarosa reunión de clanes. Tenía, como legión romana, una organización
permanente, unida de diez en diez mil hombres, «aumans», que formaban una
división de caballería. Al frente de los ejércitos figuraban los Orkhones, los
mariscales del Khan, el infalible Subotai, el viejo práctico Muhuli, el fiero
Chepé Noyon, once en total. Las armas de las hordas —excepto las lanzas,
pesadas armaduras y escudos— se conservaban en arsenales, custodiados por
ciertos oficiales, y eran cuidadas y limpiadas, hasta que los guerreros
llamados a campaña, se reunían y eran revistados por los «gur-khans». El sagaz
mongol no quiso tener varios cientos de miles de hombres inactivos y armados,
repartidos sobre un millón de millas cuadradas de llanuras y montañas. Para
entretener los cuerpos de la horda, el «Yassa» ordenaba que el invierno, entre
la primer nevada copiosa y las primeras hierbas, fuese dedicado a la caza.
Hacíanse expediciones en persecución del antílope, del ciervo y del asno
salvaje. En la primavera celebrábanse los consejos, a los que eran convocados
los más elevados personajes. «Aquellos que en lugar de venir a oír mis
instrucciones, permanezcan ausentes en sus cantones, correrán la suerte de la
piedra que se arroja al agua: perecerán».
No
hay duda que Temujin tomó elementos de las tradiciones ancestrales y aprovechó
las costumbres existentes. Pero la construcción de la horda, como una
organización militar permanente, fue obra suya. El «Yassa» le concedía el
látigo de una autoridad inexorable. Genghis Khan tenía bajo su mando una fuerza
de guerra, una masa disciplinada de fuerte caballería, capaz de movimientos
ligeros en cualquier país. Antes de él los antiguos persas y los parthos habían
tenido quizás tan numerosos cuerpos de caballería; pero carecieron del arte de
destruir con los arcos y el bárbaro valor de los mongoles. La horda era un arma
capaz de grandes destrucciones, si la manejaba rectamente y se la refrenaba.
Genghis había resuelto dirigirla contra Catay, el antiguo e inalterable
imperio, que se extendía allende la gran muralla. (Véase la nota IV: «La fuerza
numérica de la horda mongola»).
PARTE
II
Capítulo
8
Catay
Al
otro lado de la Gran Muralla todo era diferente del Asia septentrional. Existía
una civilización de cinco mil años, con relaciones escritas, que alcanzaba
treinta siglos de antigüedad y habitantes que dedicaban su vida tanto a la
contemplación como a la lucha. En otro tiempo, los aborígenes de estos hombres
fueron nómadas, un pueblo de jinetes peritos en el manejo del arco. Durante
tres mil años, en lugar de emigrar, habían construido ciudades, y laborado
mucho. Se habían multiplicado rápidamente. Y cuando los hombres aumentaron y se
apiñaron, construyeron murallas y se dividieron en diferentes clases sociales.
A diferencia del Gobi, los hombres de allende la Gran Muralla eran esclavos y
labriegos, escolares, soldados y mendigos, mandarines, duques y príncipes.
Tenían un emperador, el hijo del Cielo «Tien Tsi» y una corte, las nubes del
Cielo. En el año de 1210, año de la oveja en el calendario de los doce
animales, ocupaba el trono la dinastía Chin o dinastía áurea y estaba la corte
en Yen-King, cerca de la Pekín moderna. Catay era como una anciana sumida en
meditaciones, adornada quizás con vestidos excesivamente trabajados, rodeada de
muchos niños, poco cuidados; las horas de sus ortos y ocasos estaban ordenadas;
salía en carros cuidados por sirvientes y oraba a las tablas de la muerte; sus
vestidos eran de seda flotante muy coloreados, aun cuando los esclavos iban
descalzos y vestían de algodón. Los altos dignatarios llevaban quitasoles sobre
las cabezas. En las entradas de las viviendas se disponían pantallas, como
protección contra los diablos errantes. Los hombres inclinaban la cabeza según
ritual y se esforzaban por hacer su conducta perfecta.
Hacía
un siglo que los bárbaros, catayanos y chinos, habían bajado del norte y se
habían concentrado en grandes masas de hombres más allá de la llanura. Pronto
adoptaron las costumbres de Catay, lucieron sus ropajes y siguieron su ritual.
Dentro de las ciudades había lagos espléndidos con lanchas, donde los hombres
podían sentarse. Regalábanse con vino de arroz, oyendo las melodías de las
campanillas de plata, agitadas por mano de mujer. También podían reunirse bajo
el techo de una pagoda y escuchar las llamadas de un gongo, invitándoles al
templo. Estudiaban en libros de bambú, escritos en tiempos inmemoriales y
discutidos en largos festines, en los días de oro de «Tang». Eran los hombres
de China súbditos de una dinastía, siervos del que se sentaba en el trono. La
tradición los regía y les enseñaba que el deber principal era obedecer a la
dinastía. Sin embargo podían, como en los días del señor K'un (Confucio),
gritar ante el cortejo imperial, cuando el emperador pasaba en un carruaje
frente al cortejo sabio: «He aquí la concupiscencia, y la virtud viene detrás».
O también algún poeta andariego, abstraído en embriagadora contemplación de la
belleza de la luz de la luna sobre el río, podía caerse en el río, podía caerse
en el agua y ahogarse y no ser, por ello, menos poeta. La persecución de la
perfección es un asunto trabajoso. Pero el tiempo no importaba nada en Catay.
El pintor se satisfacía dando a la seda un toque de color, poniendo un pájaro
sobre una rama o una montaña nevada. Un detalle, pero perfecto. Los astrólogos
en sus departamentos, entre las esferas y cuadrantes, anotaban los movimientos
de las estrellas. El cantor de la guerra era también un contemplativo. Véase:
«Ningún
canto de pájaro desciende ahora de las silentes murallas. Únicamente suena el
viento en la dilatada noche, donde los espectros de la muerte rondan por la
obscuridad. La pálida luna se refleja sobre la nieve al caer. Los fosos de las
murallas se congelan con sangre y cuerpos en las duras aristas del hielo. Toda
flecha se gasta, toda cuerda se rompe. Las fuerzas del caballo de batalla
declinan. Así es la ciudad de Han-li bajo el yugo del enemigo».
Así
el cantor, viendo un cuadro en la muerte misma, interpretaba la resignación,
que es la herencia de Catay.
Sus
máquinas de guerra eran veinte carros, antiguos e inútiles, tirados por
caballos. Tenía también piedras rodantes, ballestas que la fuerza de diez
hombres no podía manejar, catapultas que precisaban doscientos hombres para
tensar las sólidas cuerdas. Poseían el «fuego que vuela» y el fuego que explota
en tubos de bambú. Las empresas guerreras habían sido un arte en Catay, desde
los días en que los regimientos y los carros maniobraban sobre las inmensidades
del Asia. Erigíase un templo en el campo al general en jefe que meditaba
tranquilamente sus planes. Kwanti, el dios de la guerra, no carecía de adeptos.
La fuerza de Catay estaba en la disciplina de sus adiestradas masas y en sus
enormes reservas de hombres. En cuanto a su debilidad, un general catayano
había escrito ominosamente hacía diez y siete siglos:
«Un
caudillo puede acarrear la desgracia de su ejército, por intentar gobernarlo
como a un reino si ignora las condiciones con que el ejército tiene que
habérselas. Esto es lo que se ha llamado embarazar un ejército y ocasiona
desasosiego entre los soldados. Y cuando un ejército está inquieto y desconfía,
la anarquía es el resultado y la victoria se frustra».
La
debilidad de Catay consistía en su emperador, que permanecía en Yen-King y
dejaba el ejercicio del mando a sus generales. La fuerza de los nómadas detrás
de la muralla, estaba en el genio militar de su Khan que acaudillaba el
ejército en persona. El caso de Genghis Khan era muy semejante al de Aníbal en
Italia. Tenía un número limitado de guerreros. Una única y decisiva derrota
podía volver a los nómadas a sus desiertos. Una victoria dudosa no garantizaba
nada. Su éxito debía ser decisivo, sin gran pérdida de hombres; pues podía ser
obligado a maniobrar sus divisiones frente a ejércitos acaudillados por
maestros en táctica.
Entre
tanto, fuera de Karakorum Genghis era todavía el «Capitán contra los rebeldes»
y el súbdito del Áureo Emperador.
En
el pasado, cuando la fortuna de Catay era ascendente, los emperadores habían
cobrado tributo a los nómadas de allende. Después, las dinastías de Catay
compraron la paz a los nómadas, regalándoles productos, como plata, seda,
cueros trabajados, jades tallados y caravanas cargadas de granos y vino. Para
manifestar su honor o, en otras palabras, para salvar su cabeza, la dinastía de
Catay llamaba presentes a estos tributos. Pero en los años anteriores de
poderío, los presentes exigidos a los Khanes nómadas eran llamados tributos.
Las rapaces tribus no habían olvidado estos magníficos presentes ni las
onerosas exacciones de los oficiales catayanos, ni las extrañas expediciones de
las gentes de «sombrero y cinturón», en los límites de la Gran Muralla. Así los
pueblos del Gobi Oriental eran, en aquellos momentos, súbditos nominales del
Áureo Emperador, administrados en teoría, por el ausente capitán de las Marcas
occidentales. Genghis Khan había entrado en el cuadro de los oficiales como
«Capitán contra los rebeldes». En momento oportuno, los funcionarios de
Yen-King, ajustándose a las condiciones usuales, le enviaban emisarios para
recoger el tributo de caballos y ganado, tributo que Genghis no pagaba. Como se
observará la situación era típicamente china y la actitud de Genghis Khan puede
describirse en dos palabras: observar esperando.
En
el curso de sus campañas por el interior del Gobi, Genghis había topado con la
Gran Muralla y examinando detenidamente sus flancos de ladrillo y piedra, sus
torres sobre las puertas y su grandiosa plataforma superior, sobre la cual
podían galopar de frente seis jinetes. Más recientemente había llevado su
estandarte, desplegándolo de puerta en puerta, a lo largo del sector más
cercano. A estas circunstancias ni el Capitán de las Marcas occidentales ni el
Áureo Emperador prestaron la más mínima atención. Pero las tribus fronterizas,
los pueblos que servían de tope y vivían a la sombra de la muralla ayudando al
monarca de Catay en sus excursiones cinegéticas, se dieron cuenta exacta de
este acto audaz y creyeron comprender que el Áureo Emperador estaba acobardado
ante el jefe nómada. En rigor, éste era efectivamente el caso. Dentro del
recinto amurallado de sus ciudades los millones de habitantes de Catay estaban,
aunque no totalmente, seguros de su cuarto de millón de guerreros. Pero el
Áureo Emperador que se hallaba en lucha continua con la antigua casa Sung, allá
en el Sur, hacia el sol del Océano, por el Yang-tsé, mandó emisarios a los
mongoles para recabar la asistencia de los jinetes nómadas. Genghis Khan envió
velozmente varios «tumans». Chepé Noyon y algunos otros Orkhones mandaban las
divisiones de caballería. Lo que hiciesen en favor del Áureo Emperador se
desconoce. Pero utilizaron muy bien sus ojos y llevaron a cabo investigaciones
minuciosas. Tenían toda la habilidad de los nómadas para recordar límites, y
cuando volvieron a la horda, en el Gobi, llevaban una idea precisa de la
topografía de Catay. También trajeron relatos maravillosos. En Catay, dijeron,
los caminos cruzan fácilmente los ríos sobre plataformas de piedra. Hay
«kibitkas» de madera que flotaban sobre los ríos. Todas las ciudades
importantes tienen murallas, demasiado altas para que pueda saltar un caballo.
Los hombres de Catay se adornaban con vestidos de nanquín y seda de todos
colores. En lugar de viejos cantores son jóvenes poetas los que distraen a la
corte, no recitando roncamente leyendas de héroes, sino escribiendo palabras
sobre un biombo de seda, palabras que describen la belleza de la mujer. Todo es
muy maravilloso.
Los
oficiales de Genghis Khan anhelaban lanzarse sobre la Gran Muralla. Pero en
aquella ocasión haber dejado partir los selváticos clanes contra Catay, hubiera
significado el desastre del Khan y una calamidad para los hogares. Si
abandonaba su nuevo imperio para sufrir una derrota en Catay, otros enemigos
acudirían a invadir presto el dominio mongol. El desierto de Gobi era suyo.
Pero si miraba al sur, al sudoeste y al oeste, veía enemigos formidables. A lo
largo de la «Nan-lu», vía meridional de las caravanas, encontrábase el extraño
reino de Hia, el llamado reino de los ladrones: aquí bajaban de las montañas
los magos y rapaces tibetanos, para asaltar y despojar a los catayanos. Más
allá se extendía el poder del Catay Negro, especie de imperio montaraz, y hacia
el oeste vagaban las hordas errantes de Kirguises, que habían obstruido el
camino de los mongoles.
Contra
todos estos molestos vecinos, Genghis Khan envió fracciones de su horda,
divisiones montadas acaudilladas por los Orkhones. El mismo en persona marchó
en sucesivas estaciones a la comarca de Hia, haciendo una guerra de guerrillas,
en país abierto, que convenció a los jefes de este reino de lo conveniente que
era concertar la paz con Genghis, paz que fue robustecida por un lazo de
sangre, ya que una de las mujeres de la familia real fue enviada al Khan como
esposa. Otros lazos se anudaron en el oeste. Todas estas eran prevenciones en
términos militares, movimientos destinados a despejar los flancos. Genghis ganó
aliados entre los jefes y rehízo la horda, dándole experiencia, cosa muy
deseable en campaña.
Mientras
tanto, el monarca de Catay murió. Su hijo, personaje alto y soberbiamente
barbado, se interesaba principalmente por la pintura y la caza. Se llamaba
asimismo Wai Wang, título imponente para un hombre vulgar. A su debido tiempo,
los mandarines de Catay dispusieron las listas de tributos para el nuevo
monarca. Fue enviado un oficial a las llanuras del Gobi para recoger los
tributos de Genghis Khan. Con él iba también la proclamación del nuevo
soberano, Wai Wang, y un edicto imperial que había que recibir de rodillas.
Pero el mongol alargó la mano y permaneció sentado, sin darlo a leer al
intérprete.
«¿Quién
es el nuevo emperador?» —preguntó. «Wai Wang»— le fue respondido. Y en lugar de
inclinar su cabeza hacia el sur, el Khan escupió. «Pensé —dijo— que el hijo del
cielo sería un hombre extraordinario. Pero un imbécil como Wai Wang es indigno
de un trono. ¿Por qué he de humillarme ante él?» Dicho esto montó sobre su
caballo y partió. Aquella noche, los Orkhones fueron convocados a su pabellón
con sus nuevos aliados: el «Idikut de los halcones arrebatadores» y el «León
principal» de los turcos occidentales. Al día siguiente fue llamado ante el
Khan el enviado catayano a quien se dio un mensaje para el Áureo Emperador.
«Nuestro
dominio —decía el mongol— está ahora tan bien ordenado, que podemos visitar
Catay. ¿Está tan bien ordenado el del Khan áureo que puede recibirnos? Iremos
con un ejército que es cómo un océano rugiente. No nos importa encontrar
amistad o guerra. Si el Khan áureo prefiere ser nuestro amigo, le permitiremos
el gobierno de sus dominios bajo nuestro mando. Si prefiere la guerra, ésta
durará hasta que uno de nosotros dos quede victorioso y el otro derrotado».
Ningún
mensaje más insultante podía haberse enviado. Genghis Khan comprendía que el
momento era propicio para la invasión. En tanto que el viejo emperador vivió,
habíase considerado ligado, acaso por una alianza feudal, a Catay. Pero con Wai
Wang no tenía ya relación.
El
enviado regresó a Yen-King, donde residía la corte de Wai Wang. A éste le
irritó la respuesta de Genghis Khan.[8] Al Capitán de las Marcas occidentales
se le preguntó qué estaban haciendo los mongoles; a lo que el Capitán contestó
que estaban haciendo muchas flechas y reuniendo caballos. El Capitán de las
Marcas occidentales fue condenado a prisión. Transcurría el invierno. Los
mongoles construían grandes cantidades de flechas, juntaban caballos.
Desgraciadamente para el Áureo Emperador, hicieron bastante más. Genghis Khan
envió mensajeros y presentes a los hombres de Liaotung, en la parte
septentrional de Catay. Sabía que estos, guerreros no habían olvidado que
fueron conquistados por un Áureo Emperador anterior. El mensajero encontró al
príncipe de la dinastía, Liao, y concertó un pacto con él. La sangre fue
derramada y las flechas rotas para sellarlos. Los hombres de Liao
(literalmente: hombres de hierro), invadirían el norte de Catay y el Khan
mongol les restituiría sus antiguas posesiones, promesas a que Genghis Khan se
obligó por escrito. Eventualmente hizo al príncipe Liao gobernante de Catay
bajo su imperio.
Capítulo
9
El
áureo emperador
Por
primera vez la horda nómada se disponía a invadir una potencia civilizada de
mucha mayor fuerza militar. Podemos contemplar a Genghis Khan laborando en el
campo de batalla[9]. La cabeza de la horda, espías y guerreros que iban en
busca de informes, hacía tiempo que .había salido del Gobi y estaba ya en la
parte interior de la Gran Muralla. Llegó después la descubierta, formada por
unos doscientos jinetes, distribuidos por parejas, al país. En pos de estos
exploradores venía la vanguardia, compuesta de unos treinta mil guerreros
escogidos, montados en buenos caballos, con dos caballos a lo menos, para cada
hombre; eran tres «tumans», mandadas por el veterano Muhuli, el bravo Chepé
Noyon y el sorprendente joven Subotai, el Massena de los mariscales del Khan.
Detrás, pero en estrecha relación por correo con esta vanguardia, venía el
cuerpo principal de la horda, levantando nubes de polvo sobre las estériles
llanuras. Unos cien mil hombres, en su mayoría veteranos yakka mongoles,
formaban el centro. En las alas izquierda y derecha figuraban otros tantos.
Genghis Khan mandaba siempre el centro, conservando junto a sí a su hijo para
adiestrarlo. También tenía, como Napoleón, su guardia, compuesto de un millar
de jayanes montados sobre caballos negros con armadura de cuero. Probablemente
en esta primera campaña de 1211, contra Catay, no tenía la horda tanta
fortaleza.
Alcanzó
la Gran Muralla y pasó a través de su barrera, sin retraso ni pérdida de un
solo hombre. Genghis Khan habíase detenido cierto tiempo entre clanes
fronterizos y una de las puertas le fue abierta por simpatía. Desde que pasaron
la muralla, las divisiones mongoles se separaron, yendo por diferentes caminos
de Shan-si Chihli, con órdenes concretas. No necesitaban transporte: ignoraban
lo que fuera una base de abastecimiento. La primera línea de los ejércitos
catayanos, destinada a guardar los caminos de la frontera, lo pasó mal. Las
divisiones de caballería mongola descubrieron las fuerzas del emperador,
compuestas en su mayoría de soldados de infantería, y cargaron contra ellos,
haciendo estragos con los disparos de flechas, que lanzaban, desde la grupa de
resistentes caballos, sobre las compactas filas de la infantería. Uno de los
principales ejércitos del emperador, buscando el camino hacia los invasores,
vacilaba entre un laberinto de desfiladeros y pequeñas colinas. El general que
lo mandaba, novicio en su cargo, no conocía el país y tenía que preguntar el
camino a los aldeanos. Chepé Noyon, en cambio, recordaba admirablemente los
caminos y valles de aquella parte; hizo una marcha nocturna, alrededor de las
fuerzas chinas, envolviéndolas al día siguiente. El ejército de Catay fue
terriblemente castigado por los mongoles, y sus restos, huyendo hacia el este,
llevaron el pánico al mayor de los ejércitos chinos, que también cedió. El
general chino huyó hacia la capital. Genghis Khan llegó a Taitong-fu, la
primera de las grandes ciudades amuralladas, la sitió y lanzó sus divisiones
hacia la corte del reino: Yen-king.
Las
devastaciones realizadas por la horda mongol y su proximidad llenaron de alarma
a Wai Wang. Este ocupante del trono del dragón hubiera huido de Yen-king, si
sus ministros no se hubieran opuesto a ello. La mayor defensa del imperio en
esta ocasión era agruparse junto a Wai Wang, como se hacía siempre en China,
cuando la nación se veía amenazada. La inconmensurable multitud de la clase
media, las estultas y devotas muchedumbres, vástagos de antepasados guerreros,
no conocían otro deber más elevado que la defensa del trono. Genghis Khan había
roto, con rapidez pasmosa, la primera resistencia armada de Catay. Sus
divisiones habían capturado numerosas ciudades, aunque Taitong-fu, la corte
occidental, se conservaba aún. Genghis, como Aníbal delante de Roma, tenía
enfrente la vitalidad efectiva de un imperio formidable. Nuevos ejércitos
aparecían sobre los grandes ríos. Las guarniciones de las ciudades sitiadas se
multiplicaban. Genghis pasó por los jardines exteriores de Yen-King mismo y
contempló por vez primera la estupenda extensión de elevadas murallas, de
altozanos y puentes y altos tejados en un serie completa de ciudades. Debió
comprender la inutilidad de sitiar esta plaza con su pequeña hueste, porque
inmediatamente retrocedió, y, llegado el otoño, ordenó a sus estandartes la
vuelta al Gobi.
Pero
a la primavera siguiente, cuando los caballos habían repuesto sus fuerzas,
apareció de nuevo tras la muralla. Encontró que las ciudades, que habían
cercado en la primera campaña, estaban ahora guarnecidas y le desafiaban. Se
puso a trabajar de nuevo. La horda occidental estaba cercada otra vez. Ahora se
hallaba aquí la horda entera. Aparentemente empleaba el sitio como una especie
de señuelo, aguardando los ejércitos que fuesen enviados en socorro de la
ciudad, para cortarles la retirada cuando llegasen. Esta guerra puso de
manifiesto dos cosas: que la caballería mongol podía maniobrar y destruir los
ejércitos catayanos en el campo, pero no podía tomar ciudades poderosas. Chepé
Noyon, no obstante, maniobra para hacer precisamente esto. Su aliado, el príncipe
Liao, estaba estrechamente atacado en el norte por sesenta mil catayanos y
pedía auxilio al Khan. Este envió a Chepé Noyon con una «turnan» y el enérgico
general mongol rompió el cerco de Liao-yang, atravesando por entre los
catayanos. Los primeros esfuerzos de los mongoles para conseguir algo se
frustraron, y Chepé Noyon, que era tan impaciente como el mariscal Ney, ensayó
una estratagema, que Genghis Khan había empleado en el campo, pero no en
trabajos de sitio. Abandonó su impedimenta, carros y bastimentos a la vista de
los catayanos, y se retiró con sus caballos, como si rehuyese la lucha o
temiese la aproximación de un ejército de relevo. Durante dos días los mongoles
marcharon despacio. Pero después desviaron sus mejores caballos y galoparon velozmente
en una sola noche, «con la espada en la mano de la rienda». Al alba, llegaban a
Liao-yang. Los catayanos, convencidos de que los mongoles se habían retirado,
estaban ocupados en saquear la impedimenta y trasladarla dentro de las
murallas. Todas las puertas estaban abiertas, y las gentes del pueblo se
mezclaban con los guerreros. El inesperado ataque de los nómadas les cogió
completamente desprevenidos, y el resultado fue una terrible matanza, seguida
del asalto a Liao-yang. Chepé Noyon recobró toda su impedimenta y mucho más.
Pero estrechando el cerco de la corte occidental, Genghis Khan fue herido. Su
horda se retiró de Catay, como las mareas de la costa, llevándole consigo.
Cada
otoño era para los mongoles de necesidad el regreso. Tenían que reunir caballos
de refresco. Durante el verano, los hombres y las bestias se alimentaban del
país; pero en el invierno, el norte de China no podía producir lo suficiente
para sustentar a la horda. Al lado había vecinos guerreros, que era necesario
mantener a distancia. En la estación próxima, Genghis Khan no realizó sino
pequeñas incursiones, lo suficiente para evitar que los catayanos descansasen
demasiado. La guerra, en sus primeros hechos importantes, había quedado en
tablas. Al contrario de Aníbal, no podía Genghis dejar guarniciones en las
ciudades conquistadas del imperio. Sus mongoles, no habituados a luchar durante
esta época allende las murallas, podían ser aniquilados por los catayanos
durante el invierno. Una serie de victorias en el campo, ganadas para proteger
los movimientos de sus escuadrones y unirlos en marchas veloces contra los
ejércitos catayanos, habían dado por resultado la reclusión de las fuerzas
enemigas dentro de las murallas. Genghis había llegado a la vista misma de
Yan-King, esforzándose por alcanzar al emperador. Pero el señor de China no
podía ser arrojado de la inexpugnable ciudadela. Mientras tanto, los ejércitos
chinos obtenían ventaja contra los hombres de Liao-tung y los jinetes de Hia,
que apoyaban los flancos del Khan. En estas circunstancias, otro jefe nómada
cualquiera habría permanecido al exterior de la Gran Muralla, con su botín de
las pasadas estaciones y el prestigio de las victorias ganadas sobre el gran
poder chino. Pero Genghis Khan, herido, era, sin embargo, inexorable; iba
ganando en experiencia y provecho en tanto que el desaliento empezaba a hacer
presa en el Áureo Emperador. Este desaliento aumentó cuando crecieron las
primeras hierbas en la primavera de 1214. Tres ejércitos mongoles invadieron
Catay por diversos puntos. Hacia el sur, los tres hijos del Khan cortaron una
extensa faja a través del Shan-si. Al norte, Juchi cruzó la línea de Khingan y
unió sus fuerzas a los hombres de Liao-tung. Entretanto, Genghis Khan, con el
centro de la horda, alcanzaba las playas del gran Océano, más allá de Yen-King.
Los tres ejércitos maniobraban con método nuevo. Permanecían separados.
Deteníanse para sitiar las ciudades más poderosas, reuniendo a la gente del
país y empujando los prisioneros por delante en el primer asalto. Con
frecuencia los catayanos no abrían sus puertas. Al mismo tiempo economizaban
sus vidas, en tanto que todo en el país era aniquilado o capturado, las
cosechas pisoteadas y quemadas, los ganados robados y los hombres, mujeres y
niños pasados a cuchillo. Ante esta guerra a «outrance», varios generales
catayanos fueron con sus mandos al mongol y quedaron instalados en las ciudades
tomadas, en unión de otros oficiales de Liao-tung. El hambre y la enfermedad
—dos de los cuatro jinetes del Apocalipsis— seguían de cerca las incursiones
del mongol. A través de la línea celeste pasaron las milicias de la horda, los
interminables carros, los rebaños de bueyes, los estandartes enastados. Cuando
la estación alcanzaba a su término, la enfermedad se enseñoreó de la horda. Los
caballos estaban débiles y enfermos, Genghis Khan, con el centro del ejército,
acampaba cerca de las murallas de Yen-King, y sus oficiales le instaban al
asalto de la ciudad. Pero rehusó, de nuevo, enviando un mensaje al Áureo
Emperador, con estas palabras:
«¿Qué
pensáis ahora de la guerra entre nosotros? Todas las provincias, al Norte del
Río Amarillo, están en nuestro poder. Vuelvo a mi tierra; pero ¿permitirás que
mis oficiales se retiren sin presentes que les halaguen?»
Esta
era una petición extraordinaria por lo que se refiere al Khan; pero constituía
un rasgo de sagacidad, producto del astuto espíritu de los mongoles. Si el
Áureo Emperador otorgaba la demanda, tendría Genghis con qué recompensar a sus
oficiales y satisfacer la impaciencia de éstos. El prestigio del trono del
dragón se resentiría en cambio grandemente. Algunos consejeros catayanos, que
conocían la enervante situación de la horda, aconsejaron al emperador que
sacase de Yen-King sus fuerzas y las dirigiese contra los mongoles. No se sabe
el resultado que esta resolución hubiese tenido. Pero el monarca chino había
sufrido demasiado para obrar audazmente. Envió, pues, a Genghis Khan quinientos
jóvenes, muchas muchachas esclavas y un rebaño de caballos cargados de seda y
oro. Concertóse una tregua y los chinos se obligaron a permitir a los aliados
del Khan, a los principales Lia, que permanecieran en Liao-tung sin ser
molestados. Además, el Khan pedía que, si había de existir una tregua entre
ellos, se le diese una esposa de sangre imperial. Y le fue enviada en efecto,
una dama de la familia reinante.
Genghis
Khan volvió al Gobi en otoño. Pero en el interior de su desierto quitó la vida
a la multitud de esclavos que había traído la horda —acto de injustificada
crueldad—. (Parece haber sido costumbre entre los mongoles, cuando después de
una campaña volvían a su país, matar a todos los prisioneros, excepto los
artesanos y los sabios. Pocos esclavos, quizás ninguno, aparecen en la tierra
mongol en esta época. Un grupo de cautivos desnutridos no podría haber cruzado
a pie la extensión estéril que rodeaba la morada de los nómadas. En lugar de
libertarlos, daban fin de ellos con la misma facilidad con que se desechan las
prendas viejas. La vida humana no tenía valor para los nómadas, que deseaban
sólo despoblar las tierras fértiles para mejor proveerse de pastos. Y al final
de la guerra contra Catay, jactábanse de que un caballo podía, sin obstáculo,
cruzar el perímetro de muchas ciudades chinas). No se sabe si Genghis Khan pudo
o no dejar en paz a Catay. Pero el Áureo Emperador actuó por su propia cuenta y,
dejando a su hijo mayor en Yen-King, huyó hacia el Sur. «Anunciamos a nuestros
súbditos que cambiamos nuestra residencia a la capital del Sur». Así decía el
decreto imperial. Era este un gesto de debilidad, para conservar el honor. Los
consejeros, los gobernadores de Yan-King, los viejos nobles chinos, todos le
suplicaron que no abandonase a su pueblo. Pero él lo hizo. Y la insurrección
siguió a su fuga.
Capítulo
10
La
vuelta de los mongoles
Cuando
el emperador chino huyó con su séquito de la ciudad, dejó en palacio a su hijo
el presunto heredero. No quería abandonar el corazón de su país, sin conservar
en Yen-King alguna sombra de poder y sin que el pueblo viera a algún individuo
de la dinastía. Yen-King estaba fuertemente guarnecida. Pero el caos, previsto
por los viejos nobles, empezaba a quebrantar las fuerzas armadas chinas.
Algunas de las tropas que escoltaban al emperador, se rebelaron y marcharon a
juntarse con los mongoles. En la misma ciudad imperial una curiosa revuelta
tuvo lugar. El príncipe heredero, los oficiales y mandarines, se reunieron y
juraron nuevamente fidelidad a la dinastía. Abandonados por su monarca,
resolvieron llevar por sí mismos la guerra. Apiñados en las calles, expuestos a
la lluvia, los leales soldados de Catay prometieron la suerte del presunto
heredero de los nobles. El antiguo y arraigado espíritu de lealtad se
manifestaba de nuevo en este momento y resurgía a la superficie, acuciado por
la huida de un gobernante débil. El emperador envió correos a Yen-King,
llamando a su hijo al Sur.
«¡No
hagas eso!» —replicaron los viejos chinos. Pero el emperador era obstinado y su
deseo seguía siendo todavía la ley suprema de la tierra. El presunto heredero
salió villanamente de la ciudad y sólo algunas mujeres de la familia, los
gobernantes de la antigua ciudad, los eunucos y la soldadesca permanecieron en
Yen-King. Entretanto, la llama encendida por los nobles ideales había producido
verdaderos entusiasmos. Las guarniciones y avanzadas mongoles fueron atacadas.
Un ejército enviado a la mísera provincia de Liao-tung consiguió un éxito
sorprendente, por el verdadero «elan» que le había creado.
Este
cambio repentino de las cosas fue conocido por la horda en retirada. Genghis
Khan detuvo su marcha y esperó informes detallados (que llegaron pronto de los
espías y oficiales que se apresuraban detrás de él). Cuando comprendió
claramente la situación actuó sin demora. La división más eficaz fue enviada al
sur, hacia el Río Amarillo, con orden de perseguir al fugitivo emperador. Llegó
el invierno. Pero los mongoles actuaron velozmente, obligando al señor de los
chinos a cruzar el río y a retirarse al dominio de sus antiguos enemigos, los
Sung. Aun allí le persiguieron los mongoles, asaltándoles por entre montañas
nevadas, cruzando de aceradas lanzas las gargantas y atando con cadenas las
ramas de los árboles. Verdaderamente este ejército penetró bastante lejos en un
país hostil, estando interceptado de comunicaciones con la horda, aun cuando
seguía las huellas del fugitivo imperial, que llamaba en su ayuda a la corte de
Sung. Los correos enviados por el Khan alcanzaron la división errante, que se
las iba arreglando muy bien y trazaba un ancho círculo en torno a las ciudades
de Sung, pasando para su seguridad el Río Amarillo sobre el hielo.
Chepé
Noyon fue enviado a todo escape al Gobi para apaciguar a los jefes. Genghis
Khan destacó a Subotai para que fuese a observar la situación. Este orkhon
desapareció durante algunos meses, enviando informes tan rutinarios como la
condición de sus caballos. Al parecer no encontraba nada digno de mención en el
norte de Catay. En vista de lo cual se reintegró a la horda, trayendo consigo
la sumisión de Corea. Llevado por su propio impulso, se había detenido y había
cercado el Golfo de Liao-tung para explorar un nuevo país. Esta propensión a
las marchas errabundas acarreó calamidades sobre Europa en tiempos posteriores,
cuando Subotai obtuvo un mando independiente.
El
Khan permaneció con el núcleo de la horda cerca de la Gran Muralla. Teñía ya
cincuenta y cinco años de edad. Al nacer su nieto, Kubilai, volvió a sus
pabellones, a sus «yurtas» de fieltro, en el Gobi. Sus hijos eran ya hombres;
pero en esta crisis dio el mando de sus divisiones a los Orkhones, a los
expertos caudillos de la horda, a los infalibles, cuyos descendientes —merced a
sus méritos— no sufrirán jamás el hambre ni el castigo. Genghis había enseñado
a Chepé Noyon y a Subotai el manejo de las divisiones montadas, y había probado
al veterano Muhuli. De este modo, Genghis Khan, sentado en su tienda,
contemplaba como simple espectador la caída de Catay, escuchando los informes
de los jinetes, que galopaban sin cesar, no desmontando ni para comer ni para
dormir.
A
Muhuli le ayudaba Mingan, príncipe de Liao-tung, que dirigía el empuje sobre
Yen-King. Con sólo mil mongoles volvió sus pasos hacia el este, reuniendo una
muchedumbre de catayanos desertores y fracciones de guerreros errantes.
Subotai, cubriendo sus flancos plantaba sus tiendas ante las murallas de
Yen-King. Con suficientes hombres para haber resistido el sitio y con un gran
depósito de armas y otros elementos de guerra, los catayanos se encontraban
demasiado desorganizados para sostenerse. Cuando la lucha dio principio en los
suburbios, desertó uno de los generales chinos. A las mujeres de la casa
imperial, que le suplicaron marchar con él, las dejó abandonadas. El saqueo
empezó en las calles de los mercaderes, y las infortunadas mujeres erraron
desesperadamente entre los grupos de algarera y terrorífica soldadesca. Prendió
el incendio en distintas partes de la ciudad. En el palacio veíanse los eunucos
y esclavos cruzar veloces por los corredores, llevando en sus brazos gran
cantidad de vestidos, de oro y plata. La sala de audiencias quedó desierta, y
los centinelas dejaron sus puestos para reunirse con los saqueadores. Wang-Yen,
el otro general en jefe, príncipe de la sangre real, había recibido poco antes
un decreto del Emperador fugitivo, perdonando a todos los criminales y
prisioneros de Catay y aumentando los gajes de los soldados. ¡Fútil medida de
última hora, que no le sirvió de mucho al solitario Wang-Yeng! La situación era
desesperada, y el general en jefe se preparó a morir según la tradición exigía.
Retiróse a sus habitaciones y escribió un memorial al emperador, reconociéndose
reo y digno de la muerte, por no haber sido capaz de defender a Yen-King. Esta
despedida, que así puede llamarse, la escribió sobre sus vestidos. Después
llamó a su servidumbre y repartió entre ella sus trajes y riquezas, ordenó al
mandarín que le preparase una copa de veneno y siguió escribiendo. A poco rogó
a su amigo que abandonase la cámara y bebió el veneno. Yen-King yacía envuelta
en llamas. Los mongoles corrían sobre un escenario de indefinible terror. El
metódico Muhuli, indiferente al pasado de la dinastía, se ocupaba en recoger y
enviar al Khan los tesoros y pertrechos de la ciudad. Entre los oficiales
cautivos, enviados al Khan, encontrábase un príncipe de Liao-tung, que había
servido a los catayanos. Era alto, la barba le llegaba hasta la cintura, y la
atención del Khan se fijó en su voz penetrante y limpia. Preguntó el nombre del
cautivo y supo que era Ye-Lui Chut-sai «¿Por qué defendiste a la dinastía, que
era enemiga secular de tu familia?» —le preguntó el Khan—. «Mis padres y varios
de mi familia sirvieron a China —replicó el joven príncipe—, y yo no sería
digno si hubiera obrado de otro modo». Esto satisfizo al mongol. «Has servido
bien a tu primer señor, y puedes también servirme lealmente. Sé uno entre los
míos». A algunos que habían abandonado a la dinastía los condenó a muerte,
creyendo que no debían ser perdonados. Y fue Ye-Lui Chut-sai quien le dijo
después: «Has conquistado un gran imperio desde la silla, pero no podrás
gobernarlo de este modo». Ya sea que el victorioso mongol comprendiese la
verdad de estas palabras o que pusiera en práctica lo aprendido de los
catayanos, es el caso que poseía elementos tan importantes como las máquinas de
guerra, que lanzaban piedras y fuego, y se mostraba propicio a los consejos.
Para los distritos conquistados de Catay escogió gobernadores de entre los
hombres de Liao-tung. Hubo de comprender que la fértil y humana tierra de Catay
no podía transformarse en el desierto estéril que los mongoles querían.
Agradábanle las artes mercantiles de los chinos, su filosofía y su jerarquía de
esclavos y mujeres. Admiraba el valor de los mandarines, que habían sostenido
la guerra después de la deserción de su señor; y en el coraje y sabiduría de
estos hombres vislumbraba algo provechoso para él. Ye-Lui Chut-sai, por
ejemplo, sabía nombrar las estrellas y explicar sus portentos. Al trasladar a
Karakorum los tesoros de las ciudades, llevóse también Genghis sabios de Catay.
Dejó el gobierno militar de sus nuevas provincias y la posible conquista de
Sung, a Muhuli, ensalzándolo públicamente y otorgándole un estandarte bordado
con las nueve colas de yak. «En esta región —explicó a sus mongoles— el mandato
de Muhuli debe obedecerse como el mío». Ningún cargo más elevado pudo confiarse
al veterano. Y Genghis Khan, como de costumbre, solemnizó su pacto. Muhuli
quedó tranquilo en sus nuevos dominios con parte de la horda.
La
razón de que el mongol diese este paso es tema de conjeturas. Deseaba, sin duda
alguna, fortalecer sus fronteras occidentales. Acaso comprendió que la sujeción
de toda China exigía trabajos de muchos años. Pero es indudable que su interés
por una tierra extraña cesaba después de la conquista militar.
Capítulo
11
Karakorum
A
diferencia de otros conquistadores, Genghis Khan no se estableció en la parte
más exuberante de sus nuevos dominios, en Catay, sino habiendo cruzado de nuevo
la Gran Muralla, después de la caída de la China, no se volvió a este país.
Dejó a Muhuli de general en jefe y regresó a las estériles llanuras de sus
mayores. Aquí tenía sus cuarteles. Entre las ciudades del desierto, escogió
Karakorum (las Arenas Negras) por su «ordu». Reunió todo lo que un nómada podía
ambicionar. Karakorum era una ciudad extraña, una metrópoli de erial, barrida
por los vientos, azotada por la arena. Las casas de barro seco y rodeadas de
bardas, estaban colocadas sin formar calles. Alrededor se dilataban los techos
de fieltro negro de las «yurtas».
Habían
pasado los años de privaciones y caminatas. Extensos establos alojaban en
invierno las manadas de caballos escogidos, que ostentaban el hierro del Khan.
Los graneros guardaban contra el hambre el mijo y el arroz, para hombres y
caballos. Refugiábanse aquí los viajeros y los embajadores de toda el Asia
septentrional. Del sur llegaron mercaderes árabes y turcos, con quienes
estableció Genghis Khan un tráfico propio. No le gustaba vejar a nadie. Si los
mercaderes intentaban abusar de él les confiscaba sus mercancías. Por el
contrario, si daban algo al Khan recibían en cambio presentes superiores a lo
que le habían dado.
Junto
al distrito de los embajadores estaba el de los sacerdotes: viejos templos
budistas, angulosas mezquitas de piedra y pequeñas iglesias nestorianas de
madera. Cada hombre era libre de practicar su culto, mientras obedeciese los
preceptos del «Yassa» y la autoridad del campo mongol. Los visitantes
encontraban oficiales mongoles en la frontera y eran acompañados por guías a
Karakorum. Las nuevas de su llegada eran llevadas por activos correos de las
rutas caravaneras. Desde el momento en que se divisaban los ganados pastando,
las negras cubiertas de las «yurtas», las filas de «kibitkas» sobre las rasas y
uniformes llanuras, que rodeaban la ciudad del Khan, corrían los huéspedes a
cargo del «jefe de la ley del castigo». Obedeciendo a una vieja costumbre de
los nómadas, pasaban los visitantes por entre dos grandes fuegos. Ningún daño
les acontecía con esto, pero los mongoles creían que si alguna diablura se
ocultaba en ellos, el fuego la abrasaría. Después de alojados y alimentados,
pedían la venia del Khan y eran conducidos a la presencia del conquistador
mongol. Este tenía su corte en un elevado pabellón de fieltro blanco, revestido
de seda. A la entrada estaba dispuesta una mesa de plata con leche de yegua,
fruta y carne para que todo el que llegase pudiera comer cuanto deseara. Sobre
un estrado, al extremo del pabellón y encima de un escabel, sentábase el Khan
acompañado por Burtai u otra de sus esposas, que se situaba a la izquierda.
Contados ministros le asistían, quizá Ye-Lui Chut-sai con sus vestiduras
bordadas, su gran majestad, su larga barba y su profunda voz. Un escribano
«ugur», con su rollo de papel y su pincel, un «noyon»[10] mongol, copero
honorario. En bancos, alrededor de las paredes del pabellón, sentábanse otros
nobles, guardando un decoroso silencio y luciendo un uniforme de la horda,
túnica larga y acolchada con colgante cinturón y ajustado sombrero de fieltro
blanco. Los «Tarkhans», honrados sobre todos los demás, podían alardear de
realizar sus deseos y tomar asiento en las banquetas, con los pies cruzando
bajo el cuerpo, y la mano áspera reposando sobre los membrudos músculos de
buenos jinetes. Los Orkhons[11] y los jefes de las divisiones podían situarse
junto a aquellos teniendo sus mazas. La conversación se hacía en voz baja y
despacio y reinaba un silencio absoluto cuando el Khan hablaba. Tan pronto tomo
éste había pronunciado unas palabras, el asunto se daba por terminado y nadie
podía añadir nada más. Toda discusión significaba una infracción a las buenas
maneras. Toda exageración era una falta moral. La mentira acarreaba siempre el
castigo, que era aplicado por el «maestro de los castigos». Las palabras debían
ser pocas y cuidadosamente exactas. Supónese que los extranjeros llevaban
presentes, los cuales, antes de que los viajeros llegasen hasta el Khan, eran
recogidos por el capitán de guardia aquel día. Los recién llegados eran también
cacheados y advertidos de no tocar el pórtico del pabellón o cualquiera de las
cuerdas, cuando estuvieran en la tienda. Para hablar al Khan había que
arrodillarse primero. Una vez que se habían presentado en el «ordu», ya no
podrían partir hasta que lo permitiera el Khan.
Karakorum,
desaparecida hoy bajo las arenas del Gobi, estaba regida por una voluntad de
hierro. Los hombres que entraban en el «ordu» se convertían en siervos del
«Señor de tronos y coronas». No existía otra ley. «Al unirme a los tártaros
—dice el valeroso monje Fray Rubriquis—, pensé haber entrado en otro mundo».
Era un mundo que observaba los preceptos del «Yassa» y aguardaba silencioso la
voluntad del Khan. La rutina de la vida era toda militar. Imperaba el mayor
orden. El pabellón del Khan daba siempre cara al sur, y por este lado se dejaba
un espacio libre. A derecha las gentes de la horda tenían señalados sus
lugares, lo mismo que los hijos de Israel tenían sus puestos fijos cerca del
tabernáculo.
El
hogar del Khan había aumentado. En sus tiendas esparcidas por la «ordu»,
servidas por su propia gente, tenía otras mujeres, además de Burtai, la de los
ojos grises. Había tomado por esposas a princesas de Catay y de Liao, a hijas
de la familia real turca y a las mujeres más bellas de los clanes del desierto.
Apreciaba la belleza de las mujeres tanto como la sagacidad y el valor de los
hombres y la resistencia y finura de los caballos. En cierta ocasión, fuéronle
descritos por un mongol el rostro y el porte de una muchacha de una provincia
conquistada. Y al mongol, que no recordaba con seguridad el sitio donde la
viera, dijo impaciente el Khan: «Si ella es realmente hermosa, yo la
encontraré».
Cuéntase
la amena historia de un sueño que le turbó y en el cual vio a una de sus
mujeres conspirando contra él. Hallábase por entonces, como de costumbre, en el
campo, y cuando despertó inmediatamente: «¿Quién es el jefe de la guardia a la
entrada de la tienda?» Cuando el oficial le hubo dicho el nombre, el Khan le
dio la orden siguiente: «Tal mujer es tuya. Te la regalo. Tómala para tu
tienda».
Los
asuntos de moral los resolvía también a su modo. Una concubina había accedido a
las proposiciones de un mongol de su casa. Cuando lo supo, el Khan no condenó a
muerte a ninguno de los culpables, pero los arrojó de su lado diciendo: «Obré
equivocadamente al tomar por esposa una muchacha de malos instintos».
De
todos sus hijos, únicamente reconoció como herederos a los cuatro nacidos de
Burtai. Les dio compañeros selectos y los vigilaba, haciendo que les
acompañasen, como tutores, oficiales veteranos. Cuando estuvo satisfecho con
sus diversas naturalezas y aptitudes, los hizo «Orluks» («águilas»), príncipes
de la sangre imperial. Y les fue asignada su función en el ordenado esquema de
la vida. Juchi, el primogénito fue nombrado montero mayor (de la caza obtenían
aún los mongoles gran parte de su alimento). Chatagai fue jefe de leyes y
castigos. Ogotai fue señor del consejo. Y el más joven, Tulí, fue jefe nominal
del ejército, conservándolo el Khan a su lado. El hijo de Juchi, Batu, fundó la
«horda» áurea que conquistó Rusia, Chatagai heredó el Asia Central, y un
descendiente suyo, Babar, fue el primero de las grandes mongoles de la India,
Tulí tuvo por hijo a Kubilai, que reinó desde el mar de la China hasta la
Europa Central. Este joven Kubilai era el favorito del Khan, que le mostraba
todo el cariño de un abuelo. «Observa bien las palabras del muchacho Kubilai;
están rebosantes de sabiduría».
Al
volver de Catay, Genghis Khan encontró la mitad occidental de su .imperio en
plena desmoralización. Los poderosos pueblos turcos del Asia Central,
feudatarios del imperio de Kara K'itai, habían caído en poder de un usurpador,
hombre de talento, llamado Gutchluk, que era príncipe de los «naimans» y había
sido derrotado en tiempos anteriores por los mongoles después de la batalla con
los Karaitas. Parece ser que Gutchluk debió su fama a una provechosa
deslealtad. Se alió con los poderes más fuertes del lejano oeste y dio muerte a
su huésped, el Khan del Catay Negro. En tanto que Genghis estuvo ocupado
allende la Gran Muralla, Gutchluk había desorganizado a los valiosos «urgs» y
había asesinado al Khan cristiano de Amalyk, súbdito del mongol. Los siempre inquietos
«merquitas» habían dejado la horda y se habían incorporado a él. Contra
Gutchluk y el efímero imperio[12] por éste establecido en la dilatada región
entre el Tíbet y Samarcanda, actuó decisivamente Genghis Khan a su regreso a
Karakorum. La horda volvió a montar en caballos de refresco y salió contra los
«naimans». El señor del Catay Negro fue envuelto y azotado inesperadamente por
los veteranos mongoles; Subotai fue destacado con una división para reducir a
los merquitas a su deber. El y Chepé Noyon fueron recompensados con el mando de
dos «tumans» y la orden de capturar a Gutchluk vivo o muerto. No seguiremos al
hábil Chepé Noyon en sus maniobras. Satisfizo el celo de los mahometanos
ofreciendo indultar a todos los prisioneros, excepto Gutchluk. Abrió los
templos budistas que habían estado cerrados durante la guerra. Después
persiguió al efímero emperador por el «Techo del Mundo». Gutchluk fue asesinado
y su cabeza enviada a Karakorum, con un rebaño de caballos que el enérgico
mongol había cogido por este lado. El asunto, que pudo ser desastroso para el
Khan, si hubiera perdido la primera batalla, tuvo dos resultados. La más
próxima de las tribus turcas errantes, que se extendían desde el Tíbet, a
través de las alturas, hasta las estepas de Rusia, entró a formar parte de la
horda. Después de la caída de Catay septentrional, estos mismos nómadas
estuvieron en posesión de lo que podría llamarse el equilibrio del poder en
Asia. Los victoriosos mongoles estaban aún en minoría.
La
apertura de los templos dio a Genghis Khan nuevo prestigio. Desde la ciudad de
la montaña hasta el valle referíase que había conquistado Catay. La amplia y
simbólica influencia del Catay budista envolvió su persona. Por otra parte, a
los desconfiados «mullahs» se les garantizó que no serían molestados y
quedarían libres de impuestos y tasas. Bajo las cumbres nevadas del Tíbet, en
el más feroz anfiteatro de odios religiosos, bonzos, mullahs y lamas se
instalaron en iguales condiciones y bajo la sombra del «Yassa». Enviados del
Khan, barbudos catayanos, proclamando la nueva ley del conquistador, fueron a
ordenar el caos, aun cuando habían estado luchando por Catay frente al
inflexible Muhuli.
Un
correo galopó por la senda de las caravanas hacia el triunfante Chepé Noyon.
Llevaba el aviso de que los mil caballos estaban ya en poder del Khan. «Que no
se ponga orgulloso por el éxito». Chepé Noyon iba reclutando guerreros en las
regiones del Tíbet y no volvió a Karakorum. Tenía trabajos más grandes, en otra
parte del mundo. Mientras tanto, la caída de Gutchluk produjo en el Norte del
Asia un armisticio, tan rápido y decisivo como la caída de una cortina. Desde
la China hasta el mar de Aral reinaba un sólo señor. La rebelión había cesado.
Los correos del Khan galopaban sobre cincuenta grados de longitud. Decíase que
una doncella, con un saco de oro, podía caminar sin peligro de un extremo del
imperio nómada al otro.
Pero
esta actividad administrativa no satisfacía al emperador. No siguió por mucho
tiempo gustando de la caza invernal en las praderas. Un día, en el pabellón de
Karakorum, preguntó a un oficial de la guardia mongola qué cosa en todo el
mundo proporcionaba la mayor felicidad. «La abierta estepa, un día claro y un
caballo ligero —respondió el oficial, después de meditar un poco— y un halcón
en el puño para saltar sobre las liebres». «No —respondió el Khan—, aniquilar a
los enemigos y verlos caer a nuestros pies, tomar sus caballos y bienes y oír
los lamentos de sus mujeres. Esto es lo mejor».
El
señor de tronos y coronas era también el Azote. Los movimientos, que en seguida
emprendió, fueron la conquista hacia el oeste, que tuvo terribles efectos. A
ella llegó del modo más notable.
PARTE
III
Capítulo
12
El
brazo derecho del islam
Hasta
entonces el dominio de Genghis Khan, había estado confinado en el Asia lejana;
habíase desarrollado en los desiertos y su primer contacto con la civilización
había sido Catay. De las ciudades de Catay, Genghis había vuelto a los
pastizales de sus llanuras nativas. Después del asunto con Gutchluk y la
llegada de los mercaderes mahometanos, le habían dado a conocer la existencia
de la otra mitad del Asia. Ahora sabía que más allá de sus dominios existían
valles fértiles, donde no caía jamás la nieve, y ríos que nunca se helaban y
donde habitaban multitud de gentes en ciudades más antiguas que Karakorum o
YenKing. Y de estas gentes del oeste venían caravanas, que traían hojas de
acero finamente templadas y las mejores cadenas para cotas, telas blancas, cuero
rojo, ámbar gris, marfil, turquesas y rubíes. Estas caravanas, para llegar a
él, habían cruzado las barreras del Asia Central, las montañas que se extendían
bruscamente hacia el nordeste y sudeste de la «Taghdumbach», el «Techo del
Mundo». Desde tiempo inmemorial había existido esta barrera montañosa. Era la
montaña «Kaf» de los antiguos árabes, que permanecía despoblada, separando del
resto del mundo a los nómadas del Gobi. De cuando en cuando, algunos de los
pueblos nómadas, empujados por naciones más poderosas, habían roto esa barrera.
Los hunos y los bávaros habían desaparecido en las comarcas lejanas y no habían
vuelto. A intervalos, los conquistadores del oeste habían avanzado alguna vez
hasta el otro lado de estas comarcas. Diez y siete siglos antes, los reyes de
Persia, habían llegado con su caballería, cubierta de cotas de malla, hasta el
este, hasta el Indo y Samarcanda, a la vista de los baluartes de «Taghdumhash».
Dos siglos después, el arriesgado Alejandro había avanzado con su falange hasta
el mismo punto. Así, estas comarcas formaban una especie de división
continental gigantesca, que establecía una separación entre los moradores de
las llanuras de Genghis Khan y los moradores de los valles del oeste, llamados
por los catayanos «Ta-sin», la comarca lejana. Un general catayano, conocedor
de muchas cosas, había conducido en otro tiempo un ejército por estas
soledades; pero, hasta ahora, ningún ejército se había aventurado hacer la
guerra más allá de dichas comarcas.
Pero
Chepé Noyon, el más impetuoso de los Orkhones, había acampado en el corazón de
esas tierras. Y Juchi había caminado hacia donde el sol se pone, en la región
esteparia de las tribus Kipchak; y habían construido dos caminos a través de
las altas montañas. De momento, Genghis Khan estaba interesado en el asunto.
Las mercancías y, especialmente, las armas de los pueblos mahometanos, más allá
de los baluartes del Asia central, eran un gran lujo para la vida sencilla de
los mongoles. Genghis alentaba a sus propios mercaderes, súbditos mahometanos,
para que enviasen sus caravanas hacia el oeste. Supo que su vecino más cercano
por el oeste era el Shah de Karesmia, conquistador de un vasto dominio. A este
Shah mandó el Khan enviados y un mensaje que decía:
«Te
envío mi saludo. Conozco tu poder y la gran extensión de tu imperio y te
considero como a mi hijo más estimado. Por tu parte, debes saber que he
conquistado Catay y muchas naciones turcas. Mi país es un campamento de
guerreros, una mina de plata y no tengo necesidad de otras tierras. Creo que
tenemos un interés idéntico en fomentar el comercio entre nuestro súbditos».
Para
un mongol de aquella época, ese era un agradable mensaje. Al difunto emperador
de Catay había enviado Genghis Khan un explícito y provocativo insulto. A
Ala-ed-Din Mohamed, Shah de Karesmia, le envió una invitación a comerciar.
Desde luego había menosprecio en llamar al Shah su hijo, calificativo que en
Asia significa subordinado; y existía además cierta mordacidad al mencionar los
clanes turcos conquistados, puesto que el Shah era turco. Pero los mensajeros
del Khan llevaban ricos presentes al Shah, barras de plata, jade precioso y
vestidos de pelo de camello blanco. Sin embargo, esa mordacidad le irritó:
«¿Quién es Genghis Khan? —preguntó—. ¿Ha conquistado verdaderamente la China?»
Los enviados replicaron que, en efecto, así era. «¿Son sus ejércitos tan
grandes como los míos?» —preguntó entonces el Shah—. A esto los enviados que no
eran mongoles sino mahometanos, respondieron que la hueste del Khan no podía
compararse con la suya de lo que el Shah quedó satisfecho, concertando el mutuo
intercambio de mercaderes. El negocio marchó bastante bien durante un año, poco
más o menos.
Entretanto,
el nombre de Genghis Khan llegó a ser conocido en otras tierras mahometanas. A
la sazón, el Califa de Bagdad había sido avasallado por el Shah de Karesmia y
el Califa estaba persuadido de que su causa podía ser eficazmente auxiliada por
ese fantástico Khan que vivía allá en los límites de Catay. Partió un mensajero
de Bagdad a Karakorum, y como había de pasar a través de las tierras del Shah,
fueron tomadas ciertas precauciones. La crónica nos dice que la autentificación
de este mensaje fue escrita sobre el cráneo, con un punzón de fuego, después de
haberle cortado el cabello al mensajero. Dejóse crecer el pelo el mensajero,
que estudió el mensaje hasta que se lo aprendió de memoria. Todo fue bien. El
agente del Califa encontró al Khan mongol; su cabello fue afeitado de nuevo, su
identidad confirmada y el mensaje recitado.
Genghis
no prestó gran atención. Es seguro que el solitario mensajero y la furtiva
llamada no le impresionaron favorablemente. Harto próximo estaba el negocio
ultimado con el Shah. Pero la prueba que el mongol hizo de comerciar con el
Shah, tuvo un término accidentado. Una caravana de varios centenares de
mercaderes de Karakorum fue secuestrada por Inalyuk, gobernador de Otrar,
fortaleza de la frontera perteneciente al Shah. Inalyuk informó a su señor de
que venían espías entre los mercaderes, cosa que podía muy bien ser exacta. El
Shah Mohamed, sin meditar bien el asunto, envió a su gobernador la orden de
matar a los mercaderes, todos los cuales fueron, en efecto, condenados a
muerte. Este hecho llegó a conocimiento de Genghis Khan, quien, en el acto despachó
enviados al Shah, protestando del caso. Y Mohamed mandó matar al jefe de los
enviados y quemar las barbas de los demás. Cuando los supervivientes de esta
embajada volvieron a Genghis Khan, el señor del Gobi subió a la montaña para
meditar sobre el asunto. El asesinato de un enviado mongol no podía quedar
impune; la tradición exigía venganza de la afrenta recibida. «No pueden haber
dos soles en el cielo —se dijo el Khan— ni dos Khanes sobre la tierra».
Entonces envió espías de verdad por entre las comarcas montañosas y lanzó
correos por el desierto para sumar hombres a los estandartes de la horda. Por
aquellos días envió un breve y ominoso mensaje al Shah. «Has escogido la
guerra. Lo que acontezca y lo que de ésta resulte no lo sabemos. Sólo Dios lo
sabe». La guerra, inevitable entre estos dos conquistadores, había empezado. El
cauteloso mongol tenía su «casus belli».
Para
comprender lo que se preparaba, consideremos las comarcas donde se encontraban
el mundo del Islam y el Shah. Era un mundo marcial, aficionado a las canciones,
para las cuales tenían singulares aptitudes, un mundo acosado por dolores
internos, la avaricia, la esclavitud y la excesiva tendencia al vicio y a la
intriga. Aquellos hombres dejaban el cuidado de sus asuntos a sus opresores, la
custodia de sus mujeres a los eunucos y el cuidado de sus conciencias a Alá.
Aceptaban el Corán de diversos modos. Daban limosnas a los mendigos, se lavaban
escrupulosamente, se reunían en patios para conversar a la luz del sol, y
vivían, en su mayor parte, del favor de los grandes. A lo menos una vez durante
su vida, hacían un viaje para ver en la Meca el negro meteorito, bajo el tapiz
de terciopelo, la piedra del Kaaba. Los hombres de Islam, durante esta
peregrinación, se friccionaban los hombros, renovaban su celo y volvían a sus
casas, asombrados de la inmensidad de sus tierras y de las muchedumbres de
creyentes. Hacía siglos que su profeta había encendido el fuego que los árabes
trasladaron por todo el mundo. Desde entonces, los diferentes pueblos de Islam,
habían estado unidos en una causa común: la conquista. Las primeras olas de
guerreros se habían extendido hasta España y el África septentrional, Sicilia y
Egipto. Con el tiempo, el poder militar del Islam había pasado de los árabes a
los turcos. Pero ambos pueblos se habían unido en la guerra santa contra las
huestes armadas de los cruzados cristianos, que venían a rescatar Jerusalén.
Ahora, en los comienzos del siglo XIII, el Islam se hallaba en el cenit de su
poderío militar. Los cruzados, debilitados, habían sido arrojados a las costas
de Tierra Santa, y la primera ola de turcos tomaba el Asia Menor frente a la
soldadesca del degenerado imperio griego. En Bagdad y Damasco, los Califas,
cabezas del Islam, conservaban todo el esplendor de los días de
Harun-al-Raschid y los Barmecidas. La poesía y el canto eran artes bellos. Una
agudeza constituía el trabajo de un hombre. Cierto astrónomo sagaz,
Omar-al-Khayyam, observa que estos hombres, que creían que las páginas del
Corán encerraban todo el saber del mundo, se solazaban mirando los grabados en
el tazón de una fuente. Sin embargo, el reflexivo Omar no ignoraba el fausto
esplendoroso del Islam guerrero: «¡Cuántos sultanes, con sus pompas, han
soportado su destino y han andado su camino!»
¡La
Corte de Jamshid, el trono de oro de Mohamoud! Omar hace una pausa en sus
desconsolados cuartetos para admirar y para meditar sobre las posibilidades del
paraíso que esperaban a estos paladines del Islam. Omar y Harun habían
descendido hacía tiempo a la tumba; pero los descendientes de Mohamoud, de
Ghazna, mandaban en la India septentrional. Los califas de Bagdad habían
aumentado su experiencia, condescendiendo con política antes que pelear en la
guerra. Pero la caballería de Islam, olvidando sus luchas intestinas y
uniéndose contra los enemigos de la fe, no era menos esplendente y animosa que
en los días en que Harun se solazaba con sus camaradas. Estos vástagos de
príncipes guerreros vivían en un mundo fértil, que producía grano y fruta en
abundancia, en donde los ríos bajaban de comarcas selváticas, formadas de arena
y arcilla de las sabanas del desierto. Un sol ardiente aguzaba el intelecto y
la lujuria. Hábiles armeros trabajaban las armas, hojas de acero que podían
curvarse y escudos repujados de plata. Lucían cotas de malla y brillantes
yelmos. Cabalgaban en corceles de raza, ligeros, aunque no demasiado
resistentes. Conocían los secretos de la nafta llameante y de los terribles
fuegos griegos. Su vida tenía muchas diversiones.
«Versos,
canciones y troveros, vino espumoso y dulce. Los dados y el ajedrez; la caza y
el halcón y el leopardo veloz. El campo y el baile y la sala de audiencias y
las batallas y banquetes raros. El caballo y los brazos y una mano generosa y
la alabanza de mi señor y loador».[13]En el centro del Islam, Mohamed, Shah de
Karesmia se había entronizado como señor de la guerra. Sus dominios se
extendían desde la India a Bagdad, y desde el mar de Aral al golfo de Persia.
Excepto sobre los turcos Selyuk, victoriosos de los cruzados y sobre la
naciente dinastía Mamluk de Egipto, su autoridad era suprema. El Shah era
Emperador; y el Califa, que disputaba con él, pero no podía negarle nada,
hallábase reducido a la autoridad espiritual de un pontífice. Mohamed Shah del
imperio Karesmiano Karesmia apenas aparece en las páginas de la historia. Como
Kara K'ital y el Imperio de la China, fue borrado por los mongoles antes de
alcanzar el completo fin de su poder, procedía, como Genghis Khan, de un pueblo
nómada. Sus antepasados habían sido esclavos, coperos del gran Seluyk, Malik
Shah. El y sus «atabegs», o jefes antepasados, fueron turcos. Verdadero
guerrero del Turan, tenía algún genio militar, una viva compresión de las cosas
políticas y una avaricia sin fin. Sabemos que se gozaba demasiado en la
crueldad, condenando a muerte a sus secuaces para satisfacer sus impulsos.
Ocurríale matar a un venerable «sayyid» y pedir después al Califa la
absolución. Si este no accedía a dársela, denunciaba al Califa y lo sustituía
por otro. De aquí nació la disputa que suscitó el envío de un mensajero del
Califa a Genghis Khan. Mohamed ostentaba demasiado su ambición y amor de la
alabanza. Anhelaba ser llamado «El guerrero», y sus cortesanos le exaltaban
como a un segundo Alejandro. A las intrigas de su madre, añadió la opresión, y
disputaba con el visir, que administraba sus negocios. El núcleo de su hueste,
de cuatrocientos mil guerreros, estaba formado por los turcos Karemianos. Pero
a un aviso suyo, podía también disponer de los ejércitos persas. Le seguían
elefantes de guerra, extensas filas de camellos y una multitud de esclavos
armados. Pero la principal defensa de su imperio estaba en la cadena de grandes
ciudades a lo largo de los ríos: Bokhara, centro de las academias y mezquitas del
Islam; Samarcanda, de altas murallas y plácidos jardines: Balkh y Herat,
corazón de Khorassan. Este mundo del Islam, con sus ambiciosos Shah, su
muchedumbre de guerreros y sus poderosas ciudades, era casi desconocido de
Genghis Khan.
Capítulo
13
La
marcha hacia occidente
Dos
problemas tenía que resolver Genghis Khan antes de dirigir su ejército contra
los turcos mahometanos. A la conquista de la China, llevó consigo a la mayoría
de su confederación nómada. Ahora había de dejar atrás, durante varios años, un
extenso imperio, recién constituido, que tenía que gobernar desde el otro lado
de las comarcas montañosas. Este problema le ocupó en la primera parte de su
camino. Muhuli conservaba Catay, tomado a sangre y fuego, y el príncipe Liao
estaba ocupado en restablecer el orden. Genghis Khan gobernaba el resto del
imperio, apoyándose en los hombres más notables de las comarcas conquistadas,
personajes de alcurnia y ambición. Estos podrían haber causado disturbios
durante su ausencia. A cada uno de ellos envió, pues, un correo, con tablitas
de plata, llamándolos a la horda. Con el pretexto de necesitar sus servicios,
el Khan los llevaba consigo fuera del imperio. Decidió conservar en sus manos,
donde quiera que fuese, el gobierno mismo. Por medio de mensajeros se
comunicaba con el consejo de los Khanes del Gobi. Uno de sus hermanos quedó en
Karakorum como gobernador.
Resuelto
este primer problema, quedaba el segundo y más importante: trasladar la horda
de doscientos cincuenta mil guerreros desde el lago Baikal a las comarcas del
Asia Central o Persia. La distancia es de unas dos mil millas, por una comarca
en la cual los viajeros actuales sólo se arriesgan con una caravana bien
equipada. Esta marcha sería imposible para un ejército moderno de igual número
de hombres. Pero Genghis no dudaba de que la horda pudiera hacer el camino.
Había organizado una fuerza de choque capaz de ir a cualquier parte de la
tierra. La mitad de los guerreros no volvieron al Gobi. Pero otros marcharon
sobre noventa grados de longitud y regresaron.
En
la primavera de 1210. Genghis dio orden de que la horda se reuniera en los
pastos de un río del sudoeste. Acaudillados por los diferentes jefes
reuniéronse los «tumans», trayendo cada hombre una reata de cuatro o cinco
caballos. Grandes rebaños de ganado se esparcieron por los pastizales y
engordaron cómodamente durante el verano. El hijo más pequeño del Khan asumió
el mando, y a los primeros cierzos del otoño, el Khan mismo salió de Karakorum.
El Khan había hablado a las mujeres del Imperio nómada, diciéndoles: «Vosotras
no podéis manejar las armas: pero tenéis el deber de conservar bien las
«yurtas», hasta el regreso de los hombres. De este modo los correos y los
viajeros «noyons» pueden tener un lugar limpio y buen alimento, cuando hagan
alto en la noche. La esposa puede hacer así el honor al guerrero».
Durante
esta excursión dio a entender a su hueste que él mismo podía no retornar vivo.
Al pasar junto a un hermoso arbolado, dijo, mirando un grupo de elevados pinos:
«Este es un buen lugar para el corzo y para la caza y también un buen lugar de
reposo para un anciano». Dio órdenes que a su muerte el «Yassa», su código,
fuese leído en voz alta y viviesen los hombres con arreglo a él.
Para
la horda y sus oficiales tuvo otras palabras: «Vosotros iréis conmigo a batir
con vuestra fuerza al hombre que nos ha tratado con desprecio. Vosotros
tendréis parte en mis victorias. Que el caudillo de diez sea tan vigilante como
el caudillo de diez mil. El que falte a su deber será condenado a muerte con
sus mujeres e hijos».
Después
de conferenciar con sus hijos, con los Orkhones y otros varios jefes, el Khan
marchó a revisar los diferentes campos de la horda. Tenía entonces cincuenta y
seis años de edad. Surcaban arrugas su ancha frente y tenía la piel curtida.
Montaba con las rodillas inclinadas sobre cortos estribos, en la alta silla
puntiaguda, sobre un corcel blanco, de andar ligero. En su sombrero de fieltro
blanco llevaba plumas de águilas y flámulas de tela roja colgando de cada
oreja, a modo de los cuernos de un animal, pero útiles para sujetar el sombrero
cuando el viento era fuerte. Su túnica negra, de piel de cebellina, tenía
largas mangas e iba sujeta por un cinturón de placas o de tejido de oro. Pasó
ante las líneas de los escuadrones concentrados, hablando poco. La horda estaba
mejor equipada que nunca. Las divisiones de choque tenían sus caballos
protegidos por cueros laqueados, rojos o negros. Cada hombre llevaba dos arcos
y una caja de flechas de repuesto, cubierta para protegerla de la humedad. Los
yelmos eran ligeros y prácticos, con un colgante de cuero tachonado para
proteger el cuello en su parte posterior. Únicamente el regimiento de la
guardia del Khan tenía escudos. Junto a los sables, los hombres de la
caballería pesada llevaban hachas, colgadas de los cinturones, y una buena
cantidad de cuerdas o lazos para impulsar las máquinas de sitio y desatrancar
los carros. Los útiles eran pocos: sólo lo estrictamente indispensable. Sacos
de cuero con bolsas para el caballo y un puchero para el hombre; cera y limas
para afilar la punta de las flechas y conservar los arcos templados. Por
último, cada hombre tenía las raciones necesarias, carne curada al humo y leche
cuajada, que se podía echar en agua y calentarse.
Comenzó
la marcha. Muchos catayanos iban en la horda. Había una nueva división de unos
de diez mil hombres cuyo caudillo era catayano, el «Kopao yu» o maestro de
artillería. Sus hombres eran prácticos en construir y maniobrar las pesadas
máquinas de sitio: ballestas, catapultas y lanzafuegos. Estas máquinas, no eran
transportadas enteras, sino en trozos cargados sobre carros. El «ho pao» o
cañón lo veremos entrar en acción más tarde.[14]La horda se movía lentamente en
las pequeñas extensiones de terreno, conduciendo los rebaños. Iban alrededor de
doscientos mil fornidos guerreros, número demasiado grande para conservarse
juntos así como para vivir de los ganados y del país. Juchi, el hijo mayor, fue
destacado con un par de «tumans» a unirse con Chepé Noyon, al otro lado del
T'ian shan. El resto se extendió caminando por los valles. En los comienzos de
la marcha, un incidente llenó de dudas a los astrólogos. La nieve cayó antes de
su debido tiempo. El Khan envió a buscar a Ye-Lui Chut-sai y le preguntó el significado
de este portento. «Ello significa —contestó el astuto catayano— que el señor
del frío y de las tierras invernales vence al señor de los climas cálidos». Los
catayanos padecieron durante este invierno. Entre ellos existían hombres
prácticos en mezclar hierbas para curar las enfermedades; cuando delante de una
tienda había una lanza con la punta clavada en tierra, esto indicaba que un
mongol estaba enfermo dentro. Entonces era llamado uno de estos sabios de las
hierbas y estrellas para que diese el remedio. La horda llevaba en su compañía
a muchos otros no combatientes, intérpretes, mercaderes (que actuaban también
como espías) y mandarines, para hacerse cargo de la administración de los
distritos conquistados. No se descuidaba nada. Todos los detalles estaban
perfectamente estudiados. Incluso los objetos perdidos, de que no habían de
cuidarse los hombres, estaban a cargo de un oficial. El metal de las armaduras
y sillas se conservaba bruñido y las herramientas completas. Iniciábanse las
marchas cuando sonaba el tambor cilíndrico. Los rebaños partían los primeros,
seguidos por los guerreros con sus carros. Por la noche se atajaban los
rebaños, se clavaba el estandarte del jefe y a su alrededor se levantaba el
campamento, recogiendo los guerreros sus «yurtas» que iban en los camellos o en
los carros. Hubo que cruzar ríos. Los caballos, atados por las monturas, en
número de veinte o más por línea, afrontaban la corriente. En ocasiones tenían
los jinetes que nadar agarrados a las colas. Hubo que cruzar ríos helados. La
nieve lo cubría todo, incluso las dunas arenosas del desierto. Ajados
tamariscos grises danzaban bajo las ráfagas del viento, como espectros de
antílopes u ovejas salvajes, arrojados en el sentido de la marcha.
La
división de Juchi se dirigía hacia el Sur por puertos de siete mil pies,
caminando hacia el «Pelu», gran vía septentrional, sobre Tiaushan. En ésta, que
era una de las rutas comerciales del Asia, encontrábanse centenares de velludos
camellos, cargados de la nariz a la cola, haciendo repiquetear sus broncas
campanillas. Llevaban telas, arroz u otros artículos, e iban seguidos por media
docena de hombres y un perro. El grueso de la horda se movía más lentamente
hacia el Oeste, atravesando gargantas y lagos helados para bajar al suelo frío
de la puerta de Sungarian, paso por el cual todos los clanes nómadas habían
salido siempre del Asia. Aquí azotaban los vientos y hacía un frío tan grande
que todo el ganado podía congelarse durante un «buran» o tormenta de viento
negro. En esta época, la mayor parte del ganado estaba muerto y consumido. Las
últimas reservas de forraje se habían agotado. Los carros se habían quedado
atrás y solamente los camellos más vigorosos sobrevivían.
"Aun
en medio del verano —escribe el catayano Ye-Lui Chut-sai, hablando de la marcha
hacia Occidente— masas de hielo y nieve se acumulaban en estas montañas. El
ejército, al pasar por este camino, tuvo que abrirse vía por entre el hielo.
Los ríos del Oeste de la «Chin shan», (Montañas áureas) corren todos hacia
Occidente".
Para
proteger los cascos de los caballos desherrados, se les forraban con tiras de
piel de yak. Los caballos sufrían de falta de forraje y empezaban a sangrar por
las venas. Al entrar en las comarcas occidentales, más allá de la Puerta de los
Vientos, los guerreros cortaron árboles y maderas para usarla como puentes en
las gargantas. Los caballos desenterraban con sus cascos musgo y hierba seca de
entre la nieve, y los cazadores salían al campo. En su avance por entre los
extremados fríos del Asia superior, doscientos cincuenta mil hombres sufrieron
penalidades que hubieran llevado al hospital a una división moderna. Envueltos
en sus pieles de oveja y cuero, dormían sobre montones de nieve. En caso de
necesidad, las redondas y pesadas «yurtas» les daban abrigo. Cuando les faltaba
alimento, abrían a un caballo una vena, bebían una pequeña cantidad de sangre y
cerraban luego la herida. Marchaban repartidos sobre cien mil millas de país
montañoso. Los trineos se deslizaban en su rastro, marcando el sendero con los
huesos de los animales muertos. Antes de que la nieve se derritiese, estaban ya
fuera de las estepas occidentales, cabalgando más rápidamente alrededor del
yermo lago Balkash, en la época en que las primeras yerbas despuntan, cruzaban
la última barrera de Kara Tau, la Comarca Negra. Sobre delgados caballos
completaron las primeras doce mil millas de su marcha. Ahora las distintas
divisiones iban cerradas por completo y los oficiales de enlace empezaron a
galopar de un lado para otro entre los mandos. Los mercaderes marcharon en
grupos de dos o tres, para obtener informes. Una pantalla de escuchas caminaba
a la cabeza de cada columna. Los hombres repasaban sus equipos, contaban sus
flechas, gozaban reunidos alrededor del fuego. Los bardos, arrodillados, salmodiaban
sus cantos de los héroes que fueron y de los mágicos maravillosos. A través de
los bosques vieron allá abajo la primera frontera del Islam, el ancho río Syr,
que venía crecido por las aguas de la primavera.
Capítulo
14
La
primera campaña
Durante
este período, Juchi y Chepé Noyon sostuvieron una batalla campal con los
mahometanos, bajo el Techo del Mundo. Este trance merece recordarse. El Shah
mahometano se hallaba en el campo, delante de los mongoles. Recientes sus
victorias en la India, había reunido una hueste de cuatrocientos mil hombres,
convocando su «atabegs» y reforzando sus turcos con contingentes árabes y
persas. Había conducido la hueste hacia el Norte, buscando a los mongoles, que
aun no habían entrado en escena. Encontró y atacó algunas de las patrullas de
Chepé Noyon, que no estaban preparadas para la guerra. La aparición de estos
mongoles nómadas, adornados con pieles y montados sobre peludos caballos, avivó
el contento de los mucho mejor vestidos karesmianos. Cuando los espías de éstos
trajeron informes de la horda, el Shah no modificó su opinión: «Esos mongoles
no han conquistado hasta ahora más que infieles; pero ahora tienen que
habérselas con los estandartes del Islam».
Pronto
fueron visibles los mongoles. Destacamento de guerreros descendían de las
alturas, hacia el anchi río Syr. Aparecían en los poblados de los valles
fértiles ahuyentando los ganados, recogiendo el grano útil y los restos de
alimentos. Encendían fuego en las viviendas y descansaban junto al humo. Habían
enviado sus carros y ganados, con un destacamento de guerreros, hacia el Norte
y, un día después, cabalgaron en dirección a un poblado, a cincuenta millas de
distancia. Esta era la avanzada de abastecedores, que iban recogiendo
provisiones para el grueso del ejército. Habíalos enviado Juchi, que se
aproximaba desde el Este, sobre el «Pe Lu», por un largo desfiladero. Caminando
por una ruta más practicable que el grueso de la horda, pasaba las últimas comarcas
un poco a la vanguardia de la horda de su padre. El sultán Cuhamed dejó la
mayor parte de su ejército en el Syr, y siguió río arriba, maniobrando camino
del Este. Ya supiera por sus exploradores el avance de Juchi, ya tropezase
casualmente con esta división, el caso es que los ejércitos chocaron en el
extenso valle enmarcado por barreras de selváticas montañas. Su ejército era
varias veces mayor que la división mongol. Mohamed, contemplando por vez
primera las obscuras masas de los guerreros, vestidos de pieles sin escudos ni
cotas de mallas, pensó solamente en lanzar su ataque antes de que se escapasen
los extraños jinetes. Sus disciplinados turcos se congregaron en buen orden de
batalla. Sonaron las largas trompetas y los címbalos.
Entretanto,
el general mongol que iba con Juchi advirtió al príncipe que lo mejor sería
retirarse inmediatamente e intentar atraer a los turcos hacia el grueso de la
horda. Pero el hijo mayor del Khan dio orden de cargar contra los mahometanos.
«Si huyo, ¿qué diré a mi padre?» Tenía el mando de la división, y cuando dio la
orden a los mongoles éstos prepararon los caballos sin protestar. Genghis Khan
jamás hubiese llegado a ser cogido de este modo en el valle, o siéndolo,
hubiera retrocedido hasta la tropa que el Shah había distribuido para
perseguirle. Pero el impetuoso Juchi lanzó sus hombres adelante, el escuadrón
suicida[15] a la cabeza y detrás la pesada caballería de choque, la espada en
la mano de la rienda, y las largas lanzas en la diestra. Los escuadrones
ligeros cubrían sus flancos. Lanzados de este modo, sin espacio para maniobrar,
ni tiempo para llevar a cabo su juego favorito de flechas, los jinetes mongoles
lucharon espantosamente, manejando sus pesadas espadas, ligeramente curvas,
contra las cimitarras de los turcos. Relata la crónica que las pérdidas
mahometanas fueron incontables, y cuando el avance mongol penetró en el centro
de los turcos, el Shah mismo estuvo en peligro. En el tiempo que tarda en volar
una flecha vio los enastados estandartes de la horda. Solamente los
desesperados esfuerzos de sus divisiones de escolta le salvaron de la muerte. Y
la vida de Juchi se salvó, según dice también la historia, gracias a un
príncipe catayano que servía en sus filas.
Entretanto,
los flancos mongoles se habían movido, y Jelal-ed-Din, el hijo mayor del Shah y
favorito del ejército karesmiano, verdadero turco, pequeño, delgado, moreno,
que no amaba sino la embriaguez y la esgrima dio una carga que obligó a
retroceder a los estandartes mongoles. Las huestes se separaron, los mongoles
se dieron a practicar uno de sus engaños tradicionales. Encendieron fuego con
las hierbas del valle, alimentándolo en forma de altas hogueras, que duraron
toda la noche. Entretanto Juchi y sus hombres se habían retirado montando
caballos de refresco, haciendo en una sola noche una marcha de dos días. El
alba encontró a Mohamed y a sus abatidos escuadrones ocupando un valle lleno de
cuerpos muertos. Los mongoles habían desaparecido.
Una
incursión en el campo de batalla llenó de dudas a los hasta entonces
victoriosos turcos. La crónica nos dice que éstos perdieron 160.000 hombres en
esta primera batalla. El número es, sin duda, exagerado, pero evidencia el
efecto causado por el empuje mongol. Y es sabido que los guerreros mahometanos
se dejan siempre influir mucho por el éxito o el fracaso de los primeros
encuentros. En el mismo Shah no tuvo poca influencia la terrible lucha en el
valle. «Un terror hacia estos infieles, se apoderó del corazón del sultán, que
se hizo cargo de su valor. Si alguien hablaba de ellos delante de él, decía que
jamás había visto hombres tan osados y resueltos en los dolores de la batalla,
ni tan prácticos en dar golpes con la punta y filo de las espadas». El sultán
no pensó ya en buscar la horda en los altos valles. El país, árido siempre,
había sido esquilmado por los abastecedores mongoles y no podía sostener un
ejército tan numeroso como el suyo. Además, su temor a los extraños enemigos le
hizo regresar a las ciudades fortificadas del río Syr. Envió, pues, al Sur por
refuerzos, especialmente arqueros. Anunció que había obtenido una victoria
completa, y en prenda de ello distribuyó vestiduras de honor entre los
oficiales que le habían ayudado.
Genghis
Khan, por su parte, escuchó el informe de un correo acerca del primer choque.
Ensalzó a Juchi y le envió un refuerzo de cinco mil mongoles, con instrucciones
para perseguir a Mohamed. Los mongoles de Juchi, el ala izquierda de la horda,
cabalgaba por uno de esos abigarrados jardines del Asia Superior, donde cada
arroyo tiene su poblado blanco amurallado y su atalaya. Allí crecían melones y
frutas extrañas. Las sutiles torres de los alminares se alzaban entre
plantaciones de sauces y álamos. A la derecha e izquierda, suaves collados
ofrecían al ganado el pasto de sus laderas. Más allá, las blancas cumbres de
las tierras altas parecían alcanzar el cielo. «Kudjan (KhoKhand) abunda en
granadas —anota en su descripción del viaje el observador Ye-Lui Chut-sai—, que
son tan grandes como dos puños y de un gusto agridulce. Las gentes cogen el
fruto y exprimen su jugo dentro de un vaso, haciendo así una deliciosa bebida,
que apaga la sed. Sus sandías pesan cincuenta libras, y dos son una carga
pesada para un burro». Después del invierno en los helados puertos, esto era,
verdaderamente un lujo para los jinetes mongoles. El río se ensanchaba.
Llegaron a una gran ciudad amurallada: Khodjend. Aquí les aguardaban las
divisiones de apoyo, unos cinco mil, mientras se dispuso el sitio de esta
ciudad. El caudillo de los turcos en la ciudad era un hombre valeroso, Timur
Malik, el Señor de Hierro. Habíase retirado a una isla con mil hombres
escogidos, y se había atrincherado en ella. Los acontecimientos tomaron
entonces un giro particular. Aquí el río es ancho y la isla estaba fortificada.
No había puentes. Timur Malik tomó para sí todas las embarcaciones útiles. Los
mongoles tenían orden de no dejar ciudad fortificada detrás de ellos. No podían
alcanzar la isla con las piedras lanzadas por las máquinas de sitio. Timur
Malik no podía ser inducido a salir de su isla. Los mongoles, pues, extendieron
el sitio en su forma metódica. Juchi, que deseaba desafiar sin demora al
enemigo, pasó el río, dejando de jefe a un «noyon». Espías fueron enviados por
delante, y una multitud de gente del país fue reclutada para recoger grandes
piedras y llevarlas a la orilla del Syr. Empezó la construcción de un terraplén
de piedra, que se adelantaba hacia la isla de Timur Malik. Pero éste no permanecía
tampoco ocioso. Escogió una docena de barcos, construyó baluartes de madera a
su alrededor, los llenó de arqueros, y bajaba diariamente hacia las orillas
para atacar a los mongoles. Los artilleros de Catay idearon un arma eficaz para
atacar a los barcos. Primero construyeron ballestas, máquinas de arrojar
piedras. Pero en lugar de piedras, los mongoles lanzaban pucheros con fuego
sobre los barcos enemigos, jarros o barriles llenos de sulfuro inflamable, y
otras invenciones de los catayanos. Timur Malik cambió de barcos, construyendo
murallas con rampa y techo y cubiertas de tierra. Abrió troneras (que podemos
llamar puertas de flechas) para sus arqueros. La batalla diaria de los navíos
contra la artillería se reanudó. Pero el terraplén de los mongoles crecía, y
Timur Malik comprendió que no lograría salir de la isla. Llenó con su gente la
mayor de las embarcaciones, colocó sus mejores guerreros en los barcos
cubiertos y evacuó la isla, aguas abajo, durante la noche, a la luz de unas
antorchas, rompiendo una pesada cadena que los mongoles habían extendido a
través del Syr.
Pero
los mongoles hicieron la misma marcha río abajo. Juchi, que iba a la cabeza,
construyó un puente de barcas en la parte inferior del río y envió a sus
ingenieros, con tiradores de piedra, a contender con la flotilla. Las nuevas de
estos preparativos llegaron al turco, hombre fértil en recursos, que desembarcó
su gente sobre una extensión aislada de la ribera. Los mongoles, no
encontrándolos en el río, los buscaron y los encontraron. Timur Malik, huyendo
con una pequeña escolta de guerreros, vio a todos sus hombres derrotados. Iba
solo y se libró, bien montado, de tres mongoles que le perseguían.
Al
más próximo de los tres, tuvo la suerte de matarlo arrojando una flecha que
hirió en un ojo al jinete. «Tengo otras dos flechas en mi aljaba —gritó a los
otros dos perseguidores supervivientes— y no fallarán el blanco». Pero estas
dos últimas flechas no fueron necesarias. Escapó durante la noche y se las
ingenió de manera que logró alcanzar a Jelal-ed-Din, el hijo del Shah, en el
lejano sur. La bravura de Timur Malik fue recordada y repetida por turcos y
mongoles. Había resistido durante varios meses a una división entera de la
horda. El sitio demostró los recursos de que los mongoles disponían frente a
las nuevas contingencias. Pero éste no era más que un incidente en la guerra,
que ahora se extendía sobre un frente de mil millas.
Capítulo
15
Bokhara
Cuando
el Shah bajó de las sierras altas hizo rumbo al norte, hacia el Syr, con su
hueste, esperando la llegada de la horda para darle la batalla cuando
pretendiese cruzar el río. Pero aguardó en vano. Para comprender lo que
entonces ocurrió, debemos arrojar una mirada al mapa. Esta parte septentrional
del imperio de Mohamed, componíase de fértiles valles y de llanuras áridas y
arenosas, cortadas en estratos de arcilla roja, cubiertas de polvo y sin
condiciones de vida. Por eso las ciudades existían solamente a lo largo de los
ríos y en las colinas. Dos ríos poderosos, que corrían hacia el noroeste,
cruzaban este desierto, para desaguar, seiscientas millas más allá en el mar
soleado de Aral. El primero de estos ríos es el Syr, el Yaxartes de los
antiguos. En sus orillas había ciudades amuralladas, enlazadas por rutas
caravaneras, formando una especie de cadena de vidas y viviendas a través de
las comarcas. El segundo río, hacia el sur, es el Amu, llamado Oxus en un
principio. Y cerca de éste se alzaban las ciudades del Islam, Bokhara y
Samarcanda. El Shah, acampado más allá del Syr, no podía conocer los
movimientos de los mongoles. Esperaba del sur ejércitos de refresco y los
productos de nuevos impuestos. Esta movilización fue, empero, interrumpida por
noticias alarmantes. Los mongoles habían sido vistos, descendiendo de los altos
puestos, a doscientas millas a la derecha, casi en su camino. Lo sucedido era
que Chepé Noyon, abandonando a Juchi, había cruzado las montañas del sur, había
burlado los contingentes turcos que vigilaban esta ruta y marchaba ahora,
lentamente, alrededor de los glaciares que se hallan en el nacimiento del Amu.
A unas doscientas millas de distancia de su ruta, se levantaba Samarcanda.
Chepé Noyon no tenía más que veinte mil hombres. Pero el Shah ignoraba este
detalle. En lugar de refuerzos, encontraba ahora, el peligro de ser separado de
su segunda y principal línea de defensa. El Amu con sus grandes ciudades,
Bokhara y Samarcanda. Acuciado por el peligro, Mohamed tomó una resolución que
ha sido severamente criticada después por los cronistas mahometanos. Repartió
la mitad de sus huestes entre las ciudades fortificadas. Unos cuarenta mil
hombres fueron enviados a reforzar las guarniciones a lo largo del Syr. El Shah
marchó hacia el sur con la parte más importante de sus fuerzas, destacando
treinta mil en Bokhara y dejando el resto en Samarcanda, punto amenazado. Hizo
esto, suponiendo que los mongoles no serían capaces de asaltar sus ciudadelas y
se retirarían después de unas cuantas correrías y saqueos. Se equivocó en ambas
conjeturas.
Mientras
tanto, los hijos del Khan habían aparecido en Otrar, en la parte baja del Syr,
hacia el norte. El gobernador de esta ciudad, Inalyuk, era el que había
ordenado y ejecutado la muerte de los mercaderes mongoles. Conociendo que tenía
poca conmiseración que esperar de los mongoles, encerróse en la ciudadela con
lo mejor de sus hombres y se sostuvo durante cinco meses. Al fin huyó a
refugiarse en una torre, cuando los mongoles hubieron muerto y capturado al
último de sus hombres; y cuando le faltaron las flechas, aun arrojaba piedras
contra sus enemigos. A pesar de esta resistencia fue capturado vivo y enviado
al Khan, el cual ordenó se le echase plata derretida en los ojos y en los
oídos. Así fue vengada la muerte de los mercaderes. Las murallas de Otrar
fueron demolidas y todos sus moradores capturados. Al mismo tiempo un segundo
ejército mongol se acercaba al Syr y tomaba Tashkent. Un tercer destacamento se
corrió hacia el extremo norte del Syr, para asaltar las pequeñas poblaciones.
La guarnición turca abandonó Jend, cuyos habitantes se rindieron cuando los
mongoles colocaron sus escalas y treparon por la muralla. Durante este primer
año de guerra, cuando los mongoles entraban en una ciudad, pasaban a cuchillo a
los guerreros del Shah y a las guarniciones turcas, y arrojaban del poblado a
los moradores, persas, en su mayor parte. Luego saqueaban por completo la
ciudad. Los prisioneros eran repartidos; los más jóvenes y vigorosos eran
dedicados al trabajo en las operaciones de sitio ante las ciudades cercanas;
los artesanos ejecutaban trabajos útiles para los conquistadores. Cuando algún
mercader mahometano, enviado de los mongoles, había sido despedazado por los
hombres de la ciudad, el asalto mongol era llevado con vigor inusitado; el
ataque nunca acababa, y nuevos guerreros ocupaban el lugar de los caídos, hasta
que la plaza era tomada y sus moradores morían, heridos por las espadas o las
flechas.
Genghis
Khan no apareció en los combates a lo largo del Syr. Perdióse de vista,
llevando consigo el centro de la horda. Nadie sabía por dónde cruzó el río ni
adónde iba. Debió trazar un ancho círculo en el desierto de las Arenas Rojas,
porque apareció fuera del erial, marchando lentamente sobre Bokhara, por el
oeste. Mohamed no sólo estaba amenazado por sus flancos, sino en peligro de ser
separado de sus ejércitos meridionales, de su hijo, de los refuerzos y de las
ricas tierras de Korassan y Persia. En tanto que Chepé Noyon avanzaba por el
este, Genghis Khan se movía por el oeste. El Shah, en Samarcanda, pudo
comprender muy bien que los brazos de una trampa enorme se cerraban en torno
principal entre Bokhara y Samarcanda, enviado otro de sus «atabegs» a Bálkh y
Kundz. Con sólo sus nobles cortesanos, sus elefantes, sus camellos y las tropas
de escolta, abandonó Samarcanda, llevándose sus tesoros y su familia y
proyectando volver a la cabeza de un ejército de refresco. Pero en esta
creencia también salió defraudado.
Mohamed
el Guerrero, llamado por su gente el segundo Alejandro, había sido
verdaderamente vencido por la táctica enemiga. Los mongoles, acaudillados por
los hijos del Khan, que habían paseado el fuego y la espada a lo largo del Syr,
no eran más que pretextos para los verdaderos ataques, llevados a cabo por
Chepé Noyon y Genghis Khan. Este sentía tanta impaciencia que no molestó a las
pequeñas poblaciones a su paso y sólo pidió agua para sus caballos. Esperaba
sorprender en Bokhara a Mohamed. Pero, cuando llegó, supo que el Shah había
huido. Estaba enfrente de una de las plazas fuertes del Islam, la ciudad de las
academias, cercada por una muralla de doce leguas de circuito (según dice la
crónica), a través de la cual corría un río tranquilo, bordeado de jardines y
casas de placer. La guarnecían unos veinte mil turcos y una multitud de persas,
y era célebre por sus muchos «imans» y «sayyid», esto es, por los sabios del
Islam, por los intérpretes del Libro Sagrado. Tenía en su interior el fuego
latente del celo, que los devotos mahometanos, desplegaban entonces en una
profunda actividad mental. La muralla era demasiado fuerte para tomarla por
asalto; y si las masas de los habitantes habían decidido defenderla, pasarían
meses antes de que los mongoles pusieran el pie en la ciudad. Genghis Khan
había dicho con gran acierto: «La fortaleza de una muralla no es ni mayor ni
menor que el valor de sus defensores». En este caso, los oficiales turcos
decidieron a su suerte a la gente de la ciudad y escaparon para reunirse con el
sultán. Así salieron durante la noche con la soldadesca del sultán por la
compuerta y se dirigieron hacia el Amu. Los mongoles les dejaron pasar. Pero
tres «tumans» los persiguieron y los encontraron junto al río. Los turcos
fueron atacados y casi todos ellos pasados a cuchillo.
Abandonados
por la guarnición, los ancianos de la ciudad, los jueces e «imans» resolvieron
presentarse ante el extraño Khan, rindiéndole las llaves de la ciudad y
recibiendo la promesa de que serían respetadas las vidas de los habitantes. El
gobernador, con los guerreros que quedaron, se encerró en la fortaleza, que fue
sitiada al momento por los mongoles. Estos arrojaron en su interior flechas
inflamadas, prendiendo fuego a los tejados de los palacios. Una ola de jinetes
llenó las anchas calles de la ciudad, irrumpiendo en los graneros y almacenes,
alojando los caballos en las librerías. Todo esto agudizaba el pesar de los
mahometanos, que veían las sagradas hojas del Corán pateadas por los cascos de
los caballos. El Khan mismo detuvo las riendas ante un edificio imponente, la
gran mezquita de la ciudad y preguntó si era el palacio del emperador; a lo que
se le contestó que era la casa de Alá. Inmediatamente subió con su caballo los
escalones y, desmontando, entró en la mezquita y caminó hasta el pupitre del
lector, con su gigantesco Corán.
Desde
este pulpito, el Khan, embutido en su negra armadura de laca y tocado del
yelmo, con careta de cuero, dirigió la palabra al concurso de «mullahs» y
escolares, que esperaban que el fuego descendiese de los cielos para aniquilar
la desmañada figura, del extraño guerrero:
«He
venido a este lugar —les dijo, para deciros solamente que estáis obligados a
proveer de forraje a mi ejército. El país está horro de heno y grano y mis
hombres sufren del hambre. Abridles las puertas de vuestros almacenes».[16]
Cuando
los ancianos mahometanos abandonaron la mezquita, encontraron a los guerreros
del Gobi instalados en los graneros y a los caballos estabulados. Esta parte de
la horda, que había realizado una marcha forzada de varios días sobre el suelo
del desierto, no iba a detenerse en los umbrales de la abundancia. De la
mezquita marchó el Khan a la plaza de la ciudad, donde los oradores acostumbran
a congregar el auditorio para disertar sobre temas de ciencia o religión.
«¿Quién es este hombre?» —preguntó un recién llegado a un venerable «sayyid»—.
«¡Silencio…! —murmuró otro—. Es la ira de Dios que desciende sobre nosotros».
El
Khan, que sabía bien cómo debe hablarse a una multitud, subió —dice la crónica—
a la tribuna del orador y se dirigió a la gente de Bokhara. Primero los
interrogó cuidadosamente acerca de su religión y la comentó gravemente diciendo
que era una equivocación hacer la peregrinación a la Meca. «Porque el poder de
los cielos no está en un sólo lugar, sino en todos los rincones de la tierra».
El viejo jefe que apreciaba con gran penetración la disposición de sus oyentes,
avivaba el terror supersticioso de los mahometanos. Ante ellos aparecía como un
pagano devastador, como encarnación de un tosco y bárbaro poder, algo grotesco.
Bokhara no había visto sino fieles dentro de sus murallas. «Los pecados de
vuestro emperador —les aseguró— son muchos. Yo, la ira y el mazo de los cielos,
he venido para aniquilarle, como a tantos otros emperadores. No le daré ni
protección ni ayuda». Aguardaba a que el intérprete explicara sus palabras. Los
mahometanos se le aparecían como los catayanos, hombres constructores de ciudades
y autores de libros, útiles para suministrar provisiones, dar riqueza,
facilitar informes del resto del mundo, proporcionar labradores y esclavos a
sus hombres y artesanos para el Gobi.
«Habéis
hecho bien, les dijo en abastecer de provisiones a mi ejército. Entregad ahora
a mis oficiales los objetos preciosos que tengáis escondidos. No os inquietéis
por lo que esté perdido en vuestras casas, que ya tendremos cuidado de ello».
Los
ricos de Bokhara fueron colocados bajo la custodia de los mongoles, que no los
dejaron ni de día ni de noche. Algunos, de quienes se sospechaba que no querían
manifestar su riqueza oculta, fueron torturados. Los oficiales mongoles
pidieron danzarinas y músicos, para que ejecutaran piezas mahometanas. Sentados
gravemente en las mezquitas y palacios, con las copas de vino en la mano,
contemplaban el espectáculo con que se solaza la gente que vive en las ciudades
y jardines. La guarnición de la fortaleza se sostuvo bravamente y, antes que el
gobernador y sus acompañantes fueran vencidos, causó al ejército pérdidas que
irritaron a los mongoles. Cuando los últimos objetos valiosos hubieron salido
de los sótanos y hoyos, los moradores fueron conducidos a la llanura. Los
cronistas mahometanos nos relatan vivamente la miseria de su pueblo.
«Fue
un día horrendo. Sólo se oían los llantos de los hombres, de las mujeres y de
los niños, que iban a separarse para siempre. Las mujeres fueron robadas por
los bárbaros, a la vista de quienes no podían librarlas de este infortunio.
Algunos hombres, antes que presenciar la afrenta de sus familias, se arrojaron
sobre los guerreros y murieron luchando». Diversas partes de la ciudad fueron
incendiadas y las llamas se propagaron rápidamente por la seca madera y la
arcilla cocida. Una nube de humo cubrió Bokhara, ocultando el sol. Los cautivos
fueron conducidos a Samarcanda y, como no podían seguir el paso de los jinetes
mongoles, sufrieron terriblemente durante la rápida marcha.
Genghis
Khan no se detuvo más que dos horas en Bokhara. Deseaba encontrar al Shah en
Samarcanda. En el camino fue alcanzando destacamentos de la horda que operaba
en el Syr y sus hijos le dieron noticias de la captura de las ciudades a lo
largo de la línea septentrional. Samarcanda era la más poderosa ciudad del
Shah, que había mandado construir una nueva y sólida muralla alrededor del
circuito de sus jardines. Pero el avance de los mongoles fue tan rápido que el
nuevo baluarte no pudo ser terminado. Las antiguas defensas eran bastante
fuertes, incluyendo doce puertas de hierro, flanqueadas por torres. Para
guardarlas había veinte elefantes armados y ciento diez mil guerreros, turcos y
persas. Los mongoles eran menos numerosos que la guarnición y Genghis Khan hizo
los preparativos de un largo asedio, reuniendo la gente del país y a los
cautivos de Bokhara, para que le ayudaran en el trabajo. Si él hubiera
permanecido allí con los hombres o si un jefe como Timur Malik hubiera tenido
el mando de la ciudad, Samarcanda habría podido resistir muy bien. Pero los
rápidos y metódicos preparativos de los mongoles alarmaron a los mahometanos,
que vieron en la lejanía la gran extensión de cautivos y supusieron la horda
mucho mayor de lo que era. Inmediatamente salió la guarnición, atraída por una
de esas celadas tan frecuentes en la horda, y fue duramente castigada. Las
pérdidas sufridas en este encuentro descorazonaron a los defensores y los
«imans» y jueces salieron de la ciudad. Por la mañana, los mongoles estaban preparando
el asalto de una parte de la muralla y cercaban la ciudad. Treinta mil turcos
Khankali, por su propia cuenta, se pasaron a los mongoles. Estos los recibieron
amigablemente, les dieron la bienvenida y los degollaron una noche o dos
después. Los mongoles nunca confiaron en los turcos de Karesmía, sobre todo en
los que de ese modo practicaban la traición.
Los
trabajadores más diestros de la ciudad fueron incorporados a la horda. Los
hombres robustos fueron escogidos para otras labores. Y el resto de los
habitantes volvió a sus casas. Pero un año o dos después todos fueron llamados
a la horda. Ye-Lui Chut-sai dice de Samarcanda: «Alrededor de la ciudad, en una
extensión de varias millas hay por todas partes flores, arboledas, jardines,
acueductos, arroyos, depósitos de agua, estanques en sucesión ininterrumpida.
Verdaderamente un lugar delicioso».
Capítulo
16
La
incursión de los Orkhones
En
Samarcanda supo Genghis Khan que el Shah Mohamed había abandonado la ciudad,
huyendo al sur. El mongol determinó capturar al Shah, antes de que éste pudiera
formar nuevos ejércitos contra los invasores. No había podido encontrarse con
el monarca de Kharesmia. Envió, pues, a Chepé Noyon y a Subotai, dándoles las
órdenes siguientes: «Seguid al Shah Mohamed a cualquier parte del mundo a que
vaya. Encontradle vivo o muerto. Respetad las ciudades que os abran sus
puertas, pero asaltad las que resistan. Yo creo que esto no os resultará tan
difícil como parece».
¡Extraña
tarea ésta de buscar a un emperador a través de una docena de reinos! Era
verdaderamente un buen problema para el más temerario y eficaz de los Orkhones.
Chepé Noyon y Subotai partieron con dos «tumans», o sea veinte mil hombres, y
las citadas instrucciones. Los dos Orkhones marcharon inmediatamente hacia el
sur. Era entonces el mes de abril de 1220, en el año de la serpiente.
Mohamed
había huido hacia el sur, pasando de Samarcanda a Balkh, en el extremo de las
regiones altas del Afganistán. Como de ordinario, vacilaba. Jelal-ed-Din se
encontraba lejos, en el norte, levantando un nuevo ejército entre los guerreros
del desierto, cerca del mar de Aral. Pero Genghis Khan ocupaba Bokhara, entre
el Shah y este posible punto de concentración. Pensó Mohamed entrar en la
comarca afgana, donde los belicosos clanes le esperaban. Por último, vacilando
entre las diferentes opiniones y su propio temor, se dirigió hacia el poniente,
cruzando la región montañosa de la Persia septentrional, y llegó a Nisapur,
poniendo, como pensaba, quinientas millas entre él y la horda mongol. Chepé y
Subotai encontraron una poderosa ciudad que obstruía el paso del Amu. Lo
vadearon con sus caballos y supieron, por los exploradores, al avanzar, que
Mohamed había abandonado Balkh. En vista de ello, volvieron hacia el oeste,
separándose para protegerse mejor y obtener el mayor pasto posible para sus
caballos. Cada hombre de las dos «tumans» seleccionadas tenía varios caballos
en buenas condiciones. La hierba, a lo largo de los arroyos y manantiales,
estaba fresca. Podían cubrir ochenta millas diarias, cambiando varias veces al
día los caballos fatigados y desmontando solamente a la caída de la tarde para
comer alimentos guisados. Al extremo del erial encontraron los jardines de
rosas y las blancas murallas de la antigua Merv. Congratulándose de que el Shah
no estuviese en esta ciudad, galoparon hacia Nisapur adonde llegaron tres
semanas después de Mohamed, que se había enterado de la persecución y huyó con
el pretexto de una excursión cinegética. Nisapur cerró sus puertas y los
Orkhones la asaltaron furiosamente. No pudieron tomar la muralla, pero se
convencieron de que el Shah no se encontraba dentro de sus defensas.
Siguieron,
pues, el rastro de Mohamed y se dirigieron hacia el oeste, a lo largo de la
ruta caravanera que conduce al Caspio, ahuyentando los restos de los ejércitos
enemigos que habían escogido este camino para librarse del terror mongol. Cerca
de la moderna Teherán encontraron y derrotaron el ejército persa, compuesto de
30.000 guerreros. Las huellas del fugitivo emperador se desvanecían por
instantes. Los dos jefes mongoles se separaron de nuevo. Subotai se dirigió
hacia el norte, a través de la región montañosa. Chepé Noyon galopó hacia el
sur, hacia los límites del desierto salado. Habían salido de Kharesmia y habían
corrido más que las mismas noticias de su llegada.
Entretanto,
Mohamed se había despedido primero de su familia y después de sus tesoros. Dejó
los cofres con sus joyas en una fortaleza donde los mongoles los encontraron
después, y decidió trasladarse a Bagdad, en donde reinaba el verdadero califa,
con quien había disputado en otro tiempo. Reclutó hombres acá y allá, hasta
formar una escolta de unos centenares y siguió la ruta de Bagdad. Pero en
Hamadan los mongoles le dieron alcance, dispersando el grupo y arrojándole unas
cuantas flechas. Pero los mongoles no le conocían. Escapó y volvió hacia el
Caspio. Algunos de sus guerreros turcos manifestaron su descontento y rebeldía,
y Mohamed juzgó conveniente dormir en una pequeña tienda, levantada delante de
la suya. Una mañana, encontró la tienda vacía, repleta de flechas. «¿No hay
lugar sobre la tierra —preguntó a un oficial— donde yo pueda estar seguro del
rayo mongol?» —Le fue aconsejado que tomase una embarcación en el Caspio y
navegase hacia una isla, donde podría ocultarse hasta que sus hijos y «atabegs»
reunieran un ejército bastante fuerte para defenderse. Así lo hizo. Disfrazado,
y con unos pocos acompañantes anónimos, pasó a través de las gargantas y divisó
en la costa occidental del Caspio una pequeña ciudad, lugar de pescadores y
mercaderes bastante tranquila. Pero el Shah, fatigado y enfermo, sin su corte,
sus esclavos y contertulios, no podía sacrificar el prestigio de su nombre.
Insistió para que se hiciera la lectura pública de las oraciones en las
mezquitas, y su identidad no permaneció largo tiempo secreta. Un mahometano,
que había sufrido la opresión del Shah, le delató a los mongoles. Estos, que
habían derrotado otro ejército persa en Kasvin, buscaban por las montañas a
Mohamed. Entraron en la ciudad que le albergaba, en el momento en que el sultán
se preparaba a subir al esquife de un pescador. Volaron las flechas. Pero el
navío partió de la playa, y algunos de los nómadas, en su rabia, aguijonearon
los caballos y se lanzaron tras el esquife, hasta agotar las fuerzas y
desaparecer entre las olas. Aun cuando no pusieron la mano sobre el Shah, es
indudable que habían causado su muerte. Debilitado por las enfermedades, y los
trabajos, el supremo señor del Islam murió en la isla, tan pobremente, que su
única mortaja fue la camisa de uno de sus acompañantes.
Chepé
Noyon y Subotai, los dos veteranos merodeadores que recibieron orden de
capturar al Shah, vivo o muerto, no supieron que éste había sido enterrado en
la isla desierta. El desventurado emperador tuvo la misma suerte que Wai Wang,
de Catay, Preste Juan, Toukta Beg y Gutchluk. Los mongoles enviaron al Khan la
mayor parte del tesoro, que el cuidadoso Subotai había reunido, y nuevas de que
el Shah se había hecho a la vela en un navío.
Genghis
Khan, creyendo que Mohamed intentaría juntarse con su hijo de Urgench, la
ciudad de los Khanes, envió una división en esta dirección. Pero Subotai
invernando en los pastizales nevados del Caspio, concibió la idea de marchar
hacia el norte, alrededor del mar, para unirse a su Khan. Envió un correo a
Samarcanda, solicitando permiso para hacer una marcha, y Genghis Khan le otorgó
su consentimiento, enviando varios millares de turcomanos para reforzar la
tropa del orkhon. Subotai, por propia decisión, había estado reclutando gente
entre los indómitos kurdos. Habiendo caminado hacia el sur, sitiando y
asaltando las ciudades importantes, por donde había pasado cuando perseguían a
Mohamed, los mongoles se dirigieron hacia el norte por el interior del Cáucaso.
Invadieron la Georgia. Una lucha desesperada tuvo lugar entre los mongoles y
los guerreros de las montañas. Chepé Noyon se ocultó en un extremo del extenso
valle que conduce a Tiflis, mientras que Subotai hacía uso del viejo ardid
mongol de la huida simulada. Los cinco mil hombres emboscados arremetieron
sobre el flanco de los georgianos, que sufrieron terriblemente en la refriega.
(Véase la nota VIII: «Los magos y la cruz»).
Los
mongoles se abrieron camino a través de las gargantas del Cáucaso y pasaron la
Puerta de Hierro de Alejandro. Surgiendo de los repechos septentrionales
encontraron un ejército de gente montaraz —alanos, circasianos y kipchakas—
reunida contra ellos. El enemigo era muy superior en número, y los mongoles no
tenían camino de retirada. Pero Subotai triunfó, separando los nómadas
kipchakas de los otros. Los mongoles avanzaron sobre los fornidos alanos y
circasianos. Después, los merodeadores de Catay siguieron a los kipchakas por
las estepas salobres, más allá del Caspio, dispersando a estos astutos nómadas
y empujándolos invariablemente hacia el norte, a las tierras de los príncipes
rusos.
Aquí
se encontraron con un nuevo y valeroso enemigo; los ochenta y dos mil guerreros
rusos, reunidos en Kiev y los ducados lejanos. Estos rusos bajaban el Dniéper
escoltados por fuertes bandas de kipchakas. Eran jinetes robustos, escuderos
que pagaban de tiempo inmemorial el feudo a los nómadas de las estepas. Los
mongoles retrocedieron sobre el Dniéper durante nueve días, observando las
masas rusas, hasta que llegaron al lugar que habían elegido de antemano para
dar la batalla. Los guerreros del norte se habían repartido en diferentes
campos bastante extensos. Pero estuvieron premiosos y pelearon entre sí. No
tenían un caudillo como Subotai. Durante dos días, la lucha entre los rusos y
los mongoles —su primer encuentro— tuvo lugar en la estepa. El gran príncipe
murió con sus nobles al empuje de las armas paganas, y pocos de su hueste
vivieron y lograron remontar el Dniéper.
Abandonados
otra vez a su propio parecer, Subotai y Chepé Noyon vagaron por la Crimea y
asaltaron una ciudadela comercial genovesa. No se sabe lo que hicieron allí.
Intentaban cruzar el Dniéper, camino de Europa, cuando Genghis Khan, que por
medio de correos había seguido sus movimientos les ordenó que regresaran para
tener con ellos una conferencia, a unas dos mil millas en el oeste. Chepé Noyon
falleció en el camino. Los mongoles se desviaron bastante para invadir y
desbaratar a los búlgaros, que estaban entonces sobre el Volga. Fue una marcha
asombrosa, que probablemente constituye, en los anales humanos, la mayor hazaña
de caballería. Sólo hombres de vigor sobresaliente, confiados con certidumbre
en su propia fortaleza, pudieron llevarla a cabo.
«¿Habéis
oído decir —refieren los cronistas persas— que una banda de hombres, saliendo
de donde el sol nace, surcó la tierra y llegó a las puertas del Caspio,
destruyendo las gentes y sembrando la muerte a su paso? Después regresaron a
donde estaba su señor, llegando sanos y fuertes, con el botín. Y esto sucedió
en menos de dos años».
Esta
galopada de dos divisiones, que terminó en noventa grados de longitud, produjo
extraordinario fruto. Junto a los guerreros marchaban los sabios de Catay y los
ugures, y entre ellos cristianos nestorianos. Sabemos de mercaderes mahometanos
que, con la vista puesta en el negocio, vendieron manuscritos religiosos
cristianos a algunos de la horda. Y Subotai no cabalgó al azar. Los catayanos y
ugures anotaron la situación de los ríos que cruzaban, de los lagos que
rodeaban y de los peces que éstos producían, y las minas de sal y de plata.
Fueron colocados postes indicadores a lo largo de los caminos, y «darogas» en
los distritos conquistados. Con el guerrero mongol iba el mandarín
administrativo. Un obispo armenio prisionero, que fue conservado para que leyese
y escribiese cartas, nos dice que en las tierras de la parte inferior del
Cáucaso se hizo un censo de los hombres mayores de diez años. Subotai había
descubierto los extensos pastizales del sur de Rusia, la región de la tierra
negra; recordaba muy bien estas estepas. Años después volvió, desde el otro
lado del mundo, para atacar a Moscú. Reanudó su marcha por donde le había
ordenado el Khan que volviera, cruzando al Dniéper para invadir la Europa
oriental. (Véase la nota VIII: «Subotai Bahadur hacia la Europa central»). Y
los mercaderes genoveses y venecianos entraron en contacto con los mongoles.
Una generación más tarde, los Polos de Venecia marchaban hacia el dominio del
gran Khan. (Véase la nota IX: Lo que Europa pensaba de los mongoles").
Capítulo
17
Genghis
khan va de caza
En
tanto que los dos Orkhones invadían el este del mar Caspio, los dos hijos del
Khan caminaban hacia otro mar interior, conocido hoy con el nombre de mar de
Aral. Habían sido enviados para recoger noticias del Shah y cortarle la
retirada. Conociendo, finalmente, que Mohamed estaba en la tumba, siguieron el
extenso Amu, a través de las estepas arcillosas, hacia la ciudad natal de los
karesmianos. Aquí se detuvieron los mongoles en largo y penoso asedio.
Careciendo
de grandes piedras para sus máquinas lanzadoras, cortaron en bloques troncos de
gruesos árboles y remojaron la madera hasta tenerla lo suficientemente pesada
para el fin perseguido. En el combate cuerpo a cuerpo, que tuvo lugar una
semana dentro de las murallas, los cronistas que emplearon nafta inflamable,
nueva arma que pudieron haber tomado de los mahometanos, que la habían
empleado, con efectos destructores, contra los cruzados de Europa.
Apresuraron
la caída y volvieron a trotar con sus cautivos y botín hacia el cuartel general
del Khan. Pero Jelal-ed-Din, hijo valeroso de un padre débil, logró escapar y
organizó contra ellos fuerzas de refresco. Entretanto, Genghis Khan había
retirado a sus guerreros de las tierras bajas, durante el calor del verano,
ardiente y bochornoso calor que acongojaba a los hombres, acostumbrados a las
elevadas altitudes del Gobi. Los llevó a comarcas más frías de la parte
posterior del Amu.
Para
seguir ocupándolos, mientras los caballos pastaban y con objeto de no relajar
la disciplina, dio el Khan órdenes para organizar el pasatiempo favorito de la
horda: una expedición de caza. La caza mongol no era ni más ni menos que una
campaña regular, dirigida contra los animales en lugar de los hombres. Toda la
horda tomaba parte en ella y las reglas estaban formuladas por el mismo Khan.
Esto
quiere decir que eran inflexibles. Ausente Juchi, el montero mayor, su
lugarteniente galopaba inspeccionando y señalando varios centenares de millas
en las colinas. Se colocaban gallardetes que indicaban el punto de partida de
los diversos regimientos. Asimismo, se escogía y marcaba a lo lejos la «gurtai»
o punto reservado de la casa. Seguidamente los escuadrones de la horda, en
continuo maniobrar, se movían de derecha a izquierda, vivaqueando bajo las
órdenes de los monteros y aguardando la llegada del Khan, precedido de los
sonidos de cuernos y címbalos. Estaban colocados en un medio círculo, poco
acentuado, cubriendo unas ochenta millas o más del país. El Khan se presentaba
con sus altos jefes, con los príncipes y los nietos jóvenes, formando los jinetes
una línea casi cerrada, a veces con dos filas de anchura. Todos ellos llevaban
las armas y el equipo que utilizaban contra los enemigos humanos; además,
escudos de mimbre.
Los
caballos caracoleaban audaces. Los oficiales marchaban detrás de sus jefes.
Empezaba
el acoso de los animales. Los guerreros no debían utilizar sus armas contra los
animales. Era verdaderamente afrentoso dejar que un animal de cuatro patas se
deslizase a través de las líneas. Los guerreros pisaban la maleza, esquivando
las hondonadas, trepando por las lomas y gritando y alborotando cuando veían
salir de entre el monte un tigre o un lobo. El trabajo era más penoso de noche.
Al cabo del primer mes de caza reuníase gran cantidad de animales frente al
semicírculo de hombres, dentro del campo, encendían fuegos y ponían centinelas.
Guardaban también la contraseña usual, y los oficiales hacían las rondas. No
era fácil mantener una línea de centinelas cuando todos los cuadrúpedos de las
montañas se hallaban en movimiento, con los ojos centelleando, rompiendo el
silencio los aullidos de los lobos y los gruñidos de los leopardos. Más penosa
todavía era la labor un mes después cuando el círculo se había estrechado y la
multitud de animales empezaba a apercibirse de que estaba acosada. El rigor de
la caza era inflexible. Si una zorra entraba en la madriguera, había de ser
extraída de nuevo con piquetas. Si un oso caía dentro de un agujero de la roca,
un hombre debía ir detrás; pero sin dañar al oso. En la caza surgían muchas
ocasiones para que los guerreros jóvenes mostraran su pericia y arrojo,
especialmente cuando un jabalí solitario o un rebaño se desviaba y atacaba la
línea de los guerreros.
Una
parte de la línea encontró la ancha curvatura de un río y se detuvo.
Velozmente
fueron enviados correos en línea recta frente al semicírculo de los cazadores,
con órdenes de mantener el resto de la línea, hasta que pudiera cruzarse el
río. Las bestias hostigadas estaban ya, en su mayor parte, próximas.
Los
guerreros se apresuraron en sus caballos, y se deslizaron desde las sillas,
colgando de la crin o de la cola. Algunos ataron sus colodras de cuero,
herméticamente cerradas, y las utilizaron como toscos flotadores. Una vez en la
orilla opuesta montaron de nuevo y prosiguió adelante la caza. Acá y allá
aparecía el viejo Khan, vigilando la conducta de los hombres y la forma en que
los dirigían los oficiales. No decía nada durante la caza; pero recordaba todos
los detalles.
Dirigido
por los monteros, el semicírculo cerraba sus alas hacia la «gurtai».
Los
animales empezaban a sentir la persecución del acoso; el ciervo saltaba a la
vista con temblorosos ijares; los tigres se revolvían con la cabeza baja,
gruñendo.
A lo
lejos, más allá, de la «gurtai», el círculo se cerraba cada vez más. El
formidable clamor de los címbalos y el estruendo de las voces iban haciéndose
más potentes. Las filas formaban dos y tres extremos. El Khan, cabalgando entre
las masas de hombres y bestias furiosas, hizo una señal. Los jinetes partieron
en pos de él. Por antigua costumbre, el Khan debía estar el primero entre las
bestias copadas. Llevaba una espada desnuda en una mano y su arco en la otra.
Ahora ya era permitido usar las armas. Los cronistas dicen que el Khan elegía
la más peligrosa de las bestias enemigas, arrojando sus flechas contra un tigre
o dirigiendo su caballo contra los lobos. Cuando había dado muerte a varios
animales, separábase del círculo y cabalgaba hacia una colina, abarcando con la
vista la «gurtai». Sentábase allí, debajo de un pabellón, para vigilar las
proezas de los príncipes y oficiales. Era aquella la palestra de los mongoles,
donde todos hacían gala de sus capacidades. Como los gladiadores de Roma, no
pocos de los que entraban en la liza, salían despedazados o muertos. Dada la
señal para la matanza general, los guerreros de la horda saltaban hacia
adelante, hiriendo lo que encontraran a su paso. Todo un día podía transcurrir
en esta matanza, hasta que los nietos jóvenes de la horda, llegaban al Khan,
como exigía la costumbre, para que a los animales supervivientes se les
permitiese vivir. Esta súplica era otorgada y los cazadores volvían las flechas
a los carcajes.
Estas
cacerías adiestraban a los guerreros. El círculo de jinetes se utilizaba
también a veces en la guerra contra los hombres. En este año y en un país
enemigo, la caza no duró nada más que cuatro meses. El Khan deseaba estar
preparado para la campaña de otoño. Quería encontrar a Juchi y Chatagai, a su
vuelta del mar interior, con la noticia de la muerte del Shah.
Hasta
ahora los mongoles habían marchado, casi sin interrupción, a través del Islam.
Habían cruzado ríos y tomado ciudades con la misma rapidez con que un viajero
moderno, provisto de criados y de una caravana, podía caminar de un lugar a
otro. Mohamed el Guerrero, excesivamente ambicioso en un principio y harto
pusilánime al final, había abandonado a su gente para intentar salvar su
persona. Había merecido así la deshonra y una sepultura de mendigo. Como el
emperador de Catay, había arrojado sus ejércitos en las ciudades para escapar
de la caballería mongol, que permanecía invisible hasta la hora de la batalla y
entonces maniobraba en silencio terrible, obedeciendo las señales dadas por los
estandartes, señales que eran repetidas a los guerreros del escuadrón por los
movimientos de brazo de un oficial. Estas señales se utilizaban durante el día,
en la confusión de la lucha, cuando la voz humana no podía oírse y los címbalos
y timbales podían ser confundidos por los instrumentos enemigos. Durante la
noche, las señales se daban subiendo y bajando linternas coloreadas cerca del
«tugh» o estandarte del caudillo.
Después
de la primera acometida a la línea septentrional del Syr, Genghis Khan había
concentrado sus columnas sobre las que creyó ser las principales ciudades del
imperio: Bokhara y Samarcanda. Había roto esta segunda línea sin sufrir
molestias y había concentrado la horda en lo que puede llamarse la línea
tercera, las fértiles colinas de la Persia septentrional y el Afganistán. Hasta
aquí la guerra entre mongoles y turcos, infieles y mahometanos, había sido
completamente desastrosa para los últimos. Los mongoles parecían a los débiles
turcos ser una encarnación de la ira divina, un azote que por sus pecados les
llegaba. Genghis Khan hizo lo que pudo para fomentar esta creencia. Tuvo
cuidado de limpiar sus flancos hacia el este, cabalgando a través de las altiplanicies
que rodean el nacimiento del Amu y enviando otras divisiones para ocupar las
ciudades del oeste, por las que Chepé Noyon y Subotai habían pasado, enviando
un informe de ellas al Khan. Hecho esto, se había nombrado, a sí mismo, señor
de Balkh y había dedicado un verano a la gran cacería, ocupando las rutas
comerciales en el centro de los pueblos mahometanos. Mientras tanto, había
reunido informes de todo y sabía que aún existían fuerzas intactas para luchar
con él, y potencias mayores, más allá del horizonte. Como los chinos, la
población entera del Islam se había armado contra el Khan. Perdido su Shah y
muerto dos de sus hijos en la batalla contra los mongoles empezaron los
guerreros a reunirse bajo sus señores naturales, los príncipes persas y los
«sayyids», descendientes de un profeta guerrero. Genghis Khan estaba
perfectamente enterado de la situación.
Sabía
que la verdadera fuerza estaba delante de él; que quizás un millón de hombres,
buenos jinetes y bien armados, estaban dispuestos a moverse en contra suya. En
aquel a ocasión necesitaba un caudillo, y éstos andaban dispersados en una
docena de reinos, formando un círculo a su alrededor. La horda, en el principio
de este segundo año, no podía contar mayor número que doce «tumans», algo más
de cien mil hombres. El Idikut de los ugures y el rey cristiano de Amalyk
habían pedido volver con sus fuerzas al T'ian shan y les había sido dado el
permiso de hacerlo. Los mejores caudillos, Chepé Noyon y Subotai, estaban con
dos «tumans» en el oeste. Tilik Noyon, el más fiel de los restantes Orkhones,
había sido asesinado en el asalto a Nizapur. Por otra parte, Muhuli estaba
ocupado en Catay. El compañerismo de los Orkhones se había aflojado. Genghis
Khan sintió que le era necesario el consejo de Subotai. Envió por su general
favorito hasta el mar Caspio. Subotai, en contestación a la llamada, regresó a
Balkh y conversó unos días con el Khan, volviendo a galope a su cuartel
general, que estaba a mil millas de allí. El humor del Khan había cambiado y no
tuvo ya pensamiento de cazar.
Reprochó
a su hijo mayor, Juchi, la lucha que había retrasado la captura de Urgench y,
quizás, permitido la fuga del Jelal-ed-Din. Y el díscolo y provocativo Juchi
fue arrojado de la horda. Con sus tropas de escolta cabalgó hacia el norte, por
el interior de las estepas, más allá del Mar de Aral. Entonces Genghis Khan
ordenó a la horda que avanzara, no para maniobrar y saquear, con el casi
indiferente menosprecio de sus enemigos, sino para destruir el poder humano que
existía a su alrededor.
Capítulo
18
El
áureo trono de Tulí
Durante
este tiempo —dice la crónica de un príncipe de Korassan—, yo estaba viviendo en
mi castillo sobre una elevada y pedregosa ladera. Era una de las más poderosas
de Korassan, y, si la tradición ha de creerse, residencia de mis antepasados
desde que el islamismo se introdujo en estas tierras. Como está próxima al
centro de la provincia, servía de refugio a los prisioneros fugitivos y a los
habitantes que habían escapado a la cautividad o la muerte, que traían los
tártaros. Pasado algún tiempo, los tártaros aparecieron delante de mi
fortaleza.
Cuando
vieron que no podían tomarla, solicitaron, como precio de su retirada, diez mil
vestidos de algodón y mayor cantidad de otros objetos, aun cuando ya estaban
colmados con el botín de Nesa. Yo accedí. Pero cuando estuvo dispuesto el
rescate, no podía encontrarse a nadie que lo llevase, porque todos sabían que
el Khan tártaro quitaba la vida a todo el que cayese en sus manos. Por último
ofreciéronse dos ancianos, enviándome a sus hijos y confiándolos a mi cuidado,
si perdían las vidas. En efecto, los tártaros les dieron muerte antes de
partir. Pronto se extendieron estos bárbaros por todo Korassan. Cuando llegaban
a un distrito, empujaban ante ellos al paisanaje, llevando los cautivos a la
ciudad que deseaban tomar, para utilizarlos en los trabajos de las máquinas
sitiadoras. El espanto y la desolación llegaron a penetrarlo todo. El hombre
que había sido hecho prisionero, estaba más tranquilo que el que esperaba en su
casa sin saber lo que el destino le tendría reservado. Los jefes y nobles
fueron obligados a ir con sus vasallos y máquinas de guerra. Quien no obedecía
era, sin excepción, muerto.
Tulí,
el hijo menor del Khan, el Maestro de la Guerra, era el que así invadía las
fértiles provincias de Persia. Le había ordenado su padre que buscara a
Jelal-ed-Din. Pero el príncipe karesmiano escapó, y el ejército mongol marchó
contra Mery, la joya de las arenas, la ciudad del placer de los «shahs». Se
detuvo junto al río de los Pájaros, en «Murgh Ab», que ocultaba en sus
bibliotecas muchos millones de volúmenes manuscritos. Los mongoles descubrieron
en las cercanías una columna errante de turcomanos. La dispersaron y Tulí dio
con sus oficiales la vuelta a las murallas estudiando las defensas. Las líneas
mongoles, se extendían muy compactas. Tulí completó su investigación. El ganado
de los turcomanos estaba pastando. Irritado por la pérdida de mil de sus
mejores hombres —la guardia imperial del Khan—, Tulí se lanzó sobre la mural a
de Mery, construyendo un terraplén frente a él a y cubriendo sus ataques con
disparos de flechas.
Veintidós
días duró este ataque, y durante la calma que siguió envióse un «imán» a los
mongoles, que le recibieron con toda cortesía. El «imán» regresó a sus líneas
felizmente. Parece ser que este sacerdote no vino en nombre de la ciudad misma,
sino por mandato del gobernador, un tal Merik. Tranquilizado por el regreso del
«imán», el gobernador envió al mongol tiendas con ricos presentes, vasos de
plata y vestidos enjoyados. Tulí, maestro de disimulo, había enviado a Merik un
vestido de honor y le invitó a comer en su propia tienda. Convenció al persa de
que sería clemente. «Cita a tus amigos y compañeros escogidos —dijo Tulí—, yo
encontraré labor para que ellos la realicen y les honraré». Merik envió a un
criado para que avisase a sus íntimos, los cuales vinieron y se sentaron junto
al gobernador, durante el festín. Entonces Tulí pidió una lista de los
seiscientos hombres más ricos de Mery, y el gobernador y sus íntimos
escribieron, obedientes, los nombres de los señores y mercaderes más ricos.
Seguidamente, ante el horrorizado Merik fueron sus compañeros estrangulados por
los mongoles. La lista de los seiscientos nombres, escrita por el propio
gobernador, fue llevada a la puerta de Mery por uno de los oficiales de Tulí,
que exigieron la entrega de los inscritos. Estos no tardaron en aparecer.
Fueron puestos bajo la vigilancia de los centinelas. Los mongoles se hicieron
dueños y sus cuadril as de jinetes irrumpieron en las cal es de Mery.
Todos
los habitantes fueron alineados en la llanura con sus familias y tantas
mercancías como pudieron llevar. La evacuación duró cuatro días.
En
medio de la muchedumbre de cautivos, Tulí sentado, vigilaba desde su sillón,
sobre un estrado dorado. Sus oficiales separaron a los jefes persas,
llevándolos a presencia del mongol. Ante las miradas de los soldados inermes,
cayeron cortadas las cabezas de los jefes de Mery. Después, los hombres, las
mujeres y los niños fueron separados en tres grupos. Se obligó a los hombres a
arrojarse al suelo con los brazos cruzados sobre las espaldas. Esta desdichada
multitud fue luego repartida entre los guerreros, que los estrangularon y
remataron a cuchilladas, excepto cuatrocientos artesanos que necesitaba la
horda y algunos niños que conservaron como esclavos. Los seiscientos habitantes
más poderosos tuvieron otra suerte. Fueron torturados hasta que dijeron a los
mongoles dónde habían escondido sus tesoros. Las viviendas vacías fueron
escudriñadas por los mongoles, que demolieron las paredes. Tulí se retiró.
Parece ser que los únicos supervivientes de la ciudad fueron cinco mil
mahometanos, que se habían ocultado en las cloacas. Pero no sobrevivieron
mucho. Algunas tropas de la horda volvieron a la ciudad y les dieron caza,
dejando el lugar vacío de vidas humanas.
Fueron
engañadas y asaltadas de esta forma, una por una, muchas ciudades. En un lugar
se habían salvado algunos, ocultándose entre el hacinamiento de los cuerpos
muertos. Supieron esto los mongoles, cuyos jefes publicaron una orden para que
en lo futuro fueran cortadas las cabezas de los habitantes. En la ruina de otra
ciudad, algunos grupos de persas iban a salvarse; pero una patrulla de mongoles
retrocedió con orden de exterminarlos.
Los
nómadas entraron en el campo, acosaron y cazaron a la desdichada gente con
menos compasión que si hubieran sido animales. En efecto, esta guerra era muy
semejante a la caza de animales. Todo ardid de ingenio era válido para destruir
seres humanos. En las ruinas de un lugar, los mongoles obligaron a un almuédano
cautivo a convocar a la oración desde un alminar. Los mahometanos que acechaban
en sus escondrijos, acudieron en la creencia de que los terribles invasores se
habían marchado. Todos fueron exterminados.
Cuando
los mongoles abandonaban una ciudad, destruían y quemaban todos aquellos
elementos que pudieran conservarse. Procuraban que los que escaparan de sus
espadas, murieran de hambre. En Urgench, donde la larga defensa había hecho
sufrir a los mongoles, éstos desviaron la presa del río sobre el castillo
cambiando su curso de modo que corriese por escombros de casas y murallas. Este
.cambio del curso del Amu ha confundido durante mucho tiempo a los geógrafos.
Estos detalles son demasiado horribles para divulgarse actualmente. Fue la
guerra llevada a su límite extremo, a un límite que casi se alcanzó en la
pasada guerra europea. Era el exterminio de seres humanos, sin odio y solamente
por dar fin a ellos. Genghis arrasó las tierras que eran el corazón del Islam.
Los supervivientes de las matanzas vivían tan desalentados, que no se cuidaban
de nada, excepto de buscar alimento y escondrijo, temerosos de abandonar los
matorrales, hasta verse obligados a huir, por los lobos que acudían al olor de
los muertos insepultos. Semejante situación, en las ciudades destruidas, era
aborrecible para los seres humanos. Las ruinas eran como una cicatriz sobre el
rostro de una tierra antes fértil. Más que nunca, puede decirse que el campo
fue arado y el grano sembrado entre sepulcros.
Los
nómadas valoraban la vida humana menos que el suelo, que proporciona granos y
animales. Fueron destruyendo las ciudades. Genghis Khan había paralizado el
movimiento progresivo de la rebelión, había roto la resistencia de que pudiera
formarse contra él. No podía permitirse la compasión.
«Os
prohíbo mostrar clemencia —había dicho a sus mongoles— con mis enemigos, sin
orden expresa mía. Sólo el rigor conserva sumisos los espíritus. Un enemigo
conquistado no está subyugado, y siempre odia a su nuevo señor».
No
había empleado iguales medidas en el Gobi, ni tan excesiva crueldad en Catay.
Aquí, en el mundo del Islam, aparecía como un verdadero azote. Censuró
duramente a Tulí porque éste, después de matar a diez mil partidarios del
sultán Jelal-ed-Din, había perdonado a los habitantes del Herat, región que se
había rebelado contra su yugo asesinando al gobernador mongol. Otras ciudades
se enardecían momentáneamente cuando el joven sultán las visitaba y arengaba.
Pero los escuadrones del Khan llegaban pronto a sus puertas. El destino de
Herat no fue menos espantoso que el de Mery. Los chispazos de resistencia
fueron apagados de modo terrible. Pero en este momento un peligro se había
presentado: «la jihad» o guerra santa.
Ahora
los devotos mahometanos llamaban al mongol el «maldito». El fuego se extinguía.
Los hombres del Islam tenían un caudillo; pero el centro de su mundo yacía en
ruinas y Jelal-ed-Din, el único que podía haberlos conservado unidos, asumiendo
el mando contra el viejo conquistador mongol, era vigilado por los cuerpos
mongoles de exploración y no tenía ni tiempo ni ocasión para reunir un
ejército. Cuando llegaron los calores del segundo verano, el Khan condujo la
mayor parte de su horda a las alturas arboladas del Hindú Kuch, por encima de
los ardientes valles. Permitió a sus hombres construir campamentos de reposo.
Los cautivos, nobles y esclavos, jueces y mendigos, fueron enviados a la
cosecha de trigo. No había caza durante este tiempo y la enfermedad hacía
estragos en la horda. Podían los mongoles permanecer durante un mes o dos en
los pabellones de seda de las cortes derrotadas. Los hijos de los «ata-begs»
turcos y «amirs» persas eran sus coperos. Las mujeres más hermosas del Islam
recorrían sin velo los campos, contempladas ávidamente por los labradores de
los trigales, que sólo disponían de harapos con que cubrir sus cuerpos y tenían
que arrebatar su alimento a los perros, cuando los guerreros les ordenaban
comer. Turcomanos selváticos, ladrones de caravanas, bajaban de las alturas
para fraternizar con los invasores y contemplar asombrados la plata, el oro,
los infinitos vestidos bordados que se amontonaban bajo los cobertizos,
esperando ser conducidos al Gobi. Aquí había médicos (una novedad para los nómadas)
que atendían a los enfermos, y hombres doctos que discutían con los catayanos,
mientras los merodeadores del Gobi escuchaban tolerantes, comprendiendo a
medias y con poco interés.
Pero
para Genghis Khan quedaba la inacabable tarea de la administración. A él
llegaban correos de los Orkhones en Catay y de Subotai, que corría las estepas
rusas. Y mientras estaba dirigiendo las operaciones militares en estos dos
frentes, había de hallarse también en contacto con el consejo de los Khanes del
Gobi. Pero no satisfecho con los mensajes, Genghis Khan hizo venir a sus
consejeros al Hindu-Kuch, y, a pesar de que tenían que realizar el largo viaje
por senderos escarpados y por tierras desérticas, ninguno se quejó. Para abrir
nuevas vías entre el este y el oeste, el Khan ideó las «yams» o caballos de
posta mongoles. Eran los expresos del siglo XIII en el Asia.
Capítulo
19
Los
constructores de caminos
De
generación en generación, los hombres del Gobi habían tenido la costumbre de
enviar las noticias, de un poblado a otro, por medio de mensajeros a caballo.
Cuando un hombre galopaba con una declaración de guerra o una noticia, alguien
en el «ordu» ensillaba su caballo y llevaba las nuevas a los amigos lejanos.
Estos
mensajeros estaban acostumbrados a recorrer cincuenta a sesenta millas en un
día. Cuando Genghis Khan extendió sus conquistas, fue preciso mejorar la «yam».
Al principio, la «yam», fue únicamente un elemento para el ejército. En
intervalos, a lo largo de la línea de marcha, se levantaban campamentos
permanentes y, en cada uno de el os, quedaba una reata de caballos con hombres
para cuidarlos y unos cuantos guerreros para defenderse de los ladrones. En los
sitios que la horda pisaba una vez, no era necesaria guardia más numerosa.
Estos campamentos —unas «yurtas», un cobertizo para el forraje y sacos de
cebada en el invierno— estaban a veces separados unas cien millas, distribuidos
a lo largo de las rutas caravaneras. Por todos los puntos de esta línea de
comunicación iban los portadores de tesoros, llevando a Karakorum las joyas,
los ornamentos de oro, los jades y esmaltes más preciados y los grandes rubíes
de Badakshan. Por estos caminos iban a las tierras del Gobi los esquilmos de la
roda. Para los poblados nómadas debió de ser un asombro, siempre creciente, la
llegada, cada mes, de la carga de objetos raros y seres humanos que venían de
tierras desconocidas; sobre todo cuando los guerreros que habían servido en
Korassan, o en el extremo de los mares interiores, volvían a sentarse junto al
fuego, en la «yurta» y relataban las hazañas e increíbles victorias de sus
hordas.
Pero
quizás nada pareciese increíble a sus compatriotas, que habían crecido
acostumbrados a ver tesoros a la entrada de sus tiendas, traídos por camellos
capturados. ¿Qué pensarían las mujeres de aquel lujo? ¿Cómo ponderarían los
ancianos las incursiones de los Orkhones fuera del mundo por ellos conocido?
¿Qué les parecerían las riquezas? ¿Cómo harían uso las mujeres mongolas de los
velos de Persia adornados de perlas? ¿Hasta qué punto envidiarían los pastores
y los muchachos a estos veteranos que regresaban conduciendo caballos árabes y
luciendo en sus sillas la armadura damasquinada de un príncipe o «atabeg»?
Los
mongoles no nos han dejado informes de estos pormenores. Pero sabemos que
aceptaban las victorias del Khan como un hecho predestinado. ¿No era el Señor
un «Bogdo», un enviado de los dioses y hacedor de leyes? ¿Por qué no había de
tomar la porción de tierra que se le antojase? Pero Genghis Khan, al parecer,
no atribuía sus victorias a ninguna intervención celestial. Había dicho más de
una vez: «Hay un sol en el firmamento y sólo un poder de los cielos. Sólo debe
existir un Khan sobre la tierra». Aceptó sin comentario la veneración de sus
budistas; se sometió sin vacilar al papel de Azote de Dios que le otorgaran los
mahometanos. Y siempre lo recordaba cuando veía que, obrando conforme al
dictado podía conseguir alguna cosa. Escuchaba los pareceres de los astrólogos;
pero ponía en práctica su propio plan. A diferencia de Napoleón, no había
fatalismo en él. Ni asumió, como Alejandro, los atributos de un dios. Echó
sobre sí la tarea de regir la mitad del mundo, con la misma voluntad y
paciencia que había desplegado en su juventud para seguir la pista de un
caballo extraviado.
Consideraba
los títulos con miras utilitarias. En cierta ocasión ordenó que fuese escrita
una carta a un príncipe mahometano fronterizo. La carta fue redactada por un
escribano persa, que puso en ella los imponentes títulos y lisonjas estimados
por los iranios. Cuando leyó la misiva, el viejo mongol gritó con rabia y
ordenó que fuese destruida: «Has escrito tontamente —dijo al amanuense—. Este
príncipe podría pensar que yo le temo». Y dictó a otro de sus amanuenses uno de
sus mensajes habituales, breve y definitivo y firmó: «El Ka Khan».
Para
conservar la comunicación entre sus ejércitos, Genghis Khan unió unas con otras
las antiguas rutas caravaneras. Los oficiales se detenían en las estaciones de
posta para mostrar sus credenciales y proveerse de caballos, traídos de las
yeguadas. Barbudos catayanos, envueltos en grandes capas acolchadas, llegaban
sobre carros de dos ruedas, encortinados y sus criados partían en trozos los
ricos ladrillos de té, para preparar en el fuego la bebida. Allí se detenían
también los sabios ugures, ahora carne y hueso de la horda, con sus altos
sombreros de terciopelo y las amarillas capas sobre sus hombros. Más allá de la
estación veíanse apresuradas las interminables líneas de camellos, que
transportaban por el desierto las telas y el marfil y todas las mercancías del
Islam.
La
«yam» era telégrafo, ferrocarril y correo a la vez. A los que venían de
regiones desconocidas les proporcionaba lo necesario para ir en busca de los
mongoles en el Gobi. Judíos de rostro enjuto llevaban a lo largo de la ruta sus
asnos y carros cargados. Armenios cetrinos, de barba cuadrada, caminaban
contemplando con curiosidad a los silenciosos soldados mongoles, sentados al
fuego sobre sus mantas o durmiendo bajo las paredes de una tienda descubierta.
Estos
mongoles fueron dueños de los caminos. En las grandes ciudades tenían un
«daroga» o administrador de los caminos, con absoluta autoridad en su distrito.
Había un empleado, que anotaba los personajes que acudían al puesto y las
mercancías que pasaban. Los guardias, en los puestos, estaban reducidos a poco
más de una escolta para el jefe. Sus obligaciones eran poco complicadas.
Todo
lo que necesitaban del país debía entregárseles. Bastaba que se mostrase un
mongol sobre un peludo jaco, con su corta lanza pendiente del hombro y su
laqueada armadura asomando bajo el capote de cebellina o gamuza, para que los
presentes se le ofreciesen respetuosos. Los habitantes rateros del Asia habían
suspendido su actividad al parecer. ¿Quién podía atreverse a robar un caballo
de un guardia de postas mongol, aunque éste estuviera dormido o distraído? En
los puestos se detenían las fatigadas cuadrillas de artesanos, carpinteros,
músicos, alfareros, forjadores, espaderos o tapiceros mahometanos, cautivos de
los confines de Karakorum, temblando y vacilando cuando cruzaban los desiertos
de los mares interiores sin otra compañía, que un jinete de la horda como
guardia y guía. ¿Qué probabilidad tenían de escapar?
Pasados
estos puestos veíanse otros grupos curiosos: los lamas de sombreros amarillos,
con sus ruedas de oración y los ojos fijos en las cumbres nevadas; los
tibetanos tocados de negros capuchones; los sonrientes peregrinos budistas, de
ojos oblicuos, que pasaban la vida contemplando los senderos seguidos
antiguamente por su dios; los ascetas descalzos; los fakires de luengos
cabellos, indiferentes al mundo que los rodea; los sacerdotes nestorianos,
vestidos de gris, con sus instrumentos mágicos y recordando a ratos la oración
y el ritual. A veces, llegaba un guerrero, sobre un poderoso caballo fatigado,
ahuyentando a sacerdotes y mandarines y profiriendo gritos al refrenar su
cabalgadura ante las «yurtas». Estos hombres llevaban despachos para el Khan y
corrían sin descansar, ciento cincuenta millas al día, conduciendo velozmente
el mejor caballo del puesto.
Tales
eran las «yams». Dos generaciones después, Marco Polo las describe como las vio
en su viaje a Kambalu, ciudad de los Khanes. «Ahora deberéis saber que los
mensajeros del emperador, viajando desde Kambalu∗, encuentran cada veinticinco millas de jornada un puesto, que
ellos llaman la casa de postas montada. Y en cada uno de estos puestos hay un
edificio grande y hermoso, para que todo sea colocado en él. Todas las
habitaciones están provistas de hermosos lechos y ricas sedas. Un rey que
llegase a una de estas casas, se consideraría bien alojado. En algunos de estos
puestos habían cuatrocientos caballos, en otros, doscientos. Aun cuando los
mensajeros tengan que pasar por un rastro donde no existan posadas, instalan no
obstante los puestos, aunque sea a una mayor distancia, y se proveen de todo lo
necesario; de modo que los mensajeros del emperador, venidos desde cualquier
región, encuentren todas las cosas dispuestas. Jamás emperador, rey o señor
tuvo la riqueza que esto significa. En todos estos puestos se conservan 300.000
caballos y los edificios son más de Khan Baligh, la ciudad del Rey. Kubilai
Khan, que fue emperador en tiempos de Marco Polo, residió en la capital china.
«Chandu» es Chanda, la «Xanadú» del poema de Coleridge: «En Xanadú edificó Kubla
Khan — Un soberbio domo de placer — Donde corre Alph, el río sagrado»
Marco
Polo cuenta que tardó seis días en ir de Shandu a Kambalu, y sus jornadas
debieron de ser largas.
10.000.
Todas las casas son de forma tan maravillosa que es difícil describirlas.
De
esta manera, el emperador, en un día y una noche, recibe despachos de lugares
que están a diez días de camino. Muchos frutos del tiempo se reúnen por la
mañana en Kambalu y a la noche del día siguiente llegan al gran Khan en Chandu.
El emperador exime a estos hombres de todo tributo y además les paga.
Aparte
de éstos, existen en estos pueblos hombres que, cuando hay que convocar con
gran prisa, recorren sus buenas doscientas o doscientas cincuenta millas al día
y otras tantas por la noche. Cada uno de estos mensajeros ostenta un ancho
cinturón con campanillas, de manera que puede ser oído el tintineo a lo largo
del camino. Y así, al llegar el mensajero a los puestos, encuentra a otro
hombre, equipado de idéntica manera, que instantáneamente recoge cuanto el
primero trae a su cuidado y recibe una tira de papel, que aquél tiene siempre a
mano para este cometido. El empleado, en cada uno de los puestos, anota el
tiempo de la llegada y partida de cada correo. Los correos toman en el puesto
un caballo de los que están preparados y ensillados y parte a todo galope. Y
cuando los del puesto próximo oyen las campanillas ya tienen dispuesto otro
caballo. La velocidad a que van es maravillosa. No obstante, por la noche no
pueden ir tan a prisa como de día, porque tienen que caminar acompañados por
hombres que van a pie llevando antorchas. Estos correos están muy bien pagados
y no podrían hacer jamás lo que hacen sin ceñirse sólidamente el estómago, la
cabeza y el pecho con fuertes vendas. Cada uno lleva consigo una percha de
halcón, en muestra de que está obligado a un urgente caminar; de modo que si
por ventura, su caballo se inutiliza, está autorizado para desmontar a
cualquiera que coincida con él en el camino y a tomarle su caballo. Nadie se
atrevería a oponerse, en caso semejante.
Los
caminos de postas fueron la espina dorsal de la administración del Khan.
El
«daroga» mongol de cada ciudad tenía, naturalmente, la obligación de mantener
los caballos y de exigir suministros de la vecindad. Además, en los lugares que
no estaban en guerra con el Khan, existía un tributo que había que pagar a la
horda. El «Yassa», el código del Khan, llegó a ser ley de la tierra,
reemplazando al Koran y a los jueces mahometanos. Se llevó a cabo un
empadronamiento. Los sacerdotes y predicadores de cada religión estaban exentos
de tributos. Así lo regulaba el «Yassa». Todos los caballos capturados por la
horda eran marcados con el hierro del propietario; el Khan tenía un hierro
diferente. Para conservar los rollos del censo y los informes de los «darogas»,
los industriosos chinos o ugures construyeron la «yamen» o casa de Gobierno.
Junto al gobernador mongol instalábase en su oficina algún dignatario del
distrito conquistado, el cual para facilitar a los mongoles la información que
necesitaban para actuar como mediador.
Únicamente
a algún venerable «jeque» de una provincia daba Genghis Khan una tablilla de
tigre, signo de autoridad. El «jeque» podía anular cuanto hiciesen los
«darogas» e indultar a los condenados a muerte. Esta sombra de autoridad,
extendida por el Khan a los gobernantes indígenas, alivió el reino del terror.
No había llegado aún el tiempo, que pronto había de llegar, en que todos los
pueblos conquistados invocaran el «Yassa», como los mongoles. Sobre todas las
cosas, los mongoles eran consecuentes. Después de las angustias de la primera
ocupación militar, practicaban a menudo un gobierno tolerante.
Pero
Genghis Khan concedía poca atención a lo que no fuese el ejército, los nuevos
caminos y la riqueza que afluía a su pueblo. Los oficiales de la horda lucían
ahora las más finas cotas de mal a turcas y sus espadas forjadas en Damasco.
Excepto para su constante curiosidad, para las nuevas armas y las nuevas
ciencias, el Khan hizo poco caso del lujo del Islam y conservaba los vestidos y
costumbres del Gobi. A veces, era indulgente; pero caprichoso. Quiso concluir
el semiacabado trabajo de conquista. Sus terribles chispazos de genio eran
frecuentes. Hizo casi favorito a un médico de Samarcanda, de espantosa fealdad,
que le había curado los ojos. El hombre, cada día más atrevido por la
tolerancia del Khan, empezó a ser molesto para los oficiales mongoles y exigió
para sí una cantante, muchacha de belleza particular, que había sido capturada
en la toma de Urgench. El Khan acosado por su insistencia, ordenó que le fuese
dada la muchacha. La fealdad del médico suscitó el enojo de la hermosa cautiva,
y el hombre de Samarcanda volvió al Khan para suplicarle obligase a la muchacha
a obedecerle. Esto irritó al viejo mongol, que lanzó una diatriba sobre el
hombre que no podía obtener la obediencia de una mujer y se convertía en
traidor. Entonces condenó a muerte al médico.
En
el otoño, el Khan había convocado a sus oficiales superiores al consejo
ordinario. Pero Juchi, su hijo mayor, no había venido y en su lugar había
enviado un presente de caballos, diciendo que estaba enfermo. Algunos de los
príncipes de la horda se habían enemistado con Juchi, aplicándole el estigma de
su nacimiento y llamándole «tártaro». Hicieron observar al Khan que su
primogénito había desobedecido los requerimientos de la «Kurultai». El viejo
mongol envió por el oficial que había traído los caballos y le preguntó si
Juchi estaba realmente enfermo. «No lo sé —contestó el hombre de Kipchanck—,
pero estaba cazando cuando yo le dejé». Irritado el Khan se retiró a su tienda
y sus oficiales suponían que marcharía contra Juchi, que había cometido el
delito de desobediencia. En lugar de hacerlo, dictó un mensaje a uno de sus
amanuenses y lo entregó a un correo que partió hacia el oeste. No estaba
dispuesto a dividir la horda y era muy probable —así lo creía— que su hijo no
se rebelase contra él. Por eso había ordenado a Subotai que regresase de
Europa[17] y trajera a Juchi al cuartel general.
Capítulo
20
La
batalla en el Indo
En
este memorable otoño, hubo poco tiempo para otra cosa que no fuese la guerra.
Herat y las demás ciudades se alzaron contra los conquistadores. Según decían
los mensajes, enviados por los cuerpos de observación, Jelal-ed-Din estaba
reuniendo un ejército en el Este. Genghis Khan proyectaba enviar a Tulí, su
caudillo más seguro, en persecución del príncipe karesmiano, cuando supo el
levantamiento del Herat. Entonces mandó a Tulí al Oeste, a Korassan, con varias
divisiones. Genghis Khan tomó el campo con 60.000 hombres para encontrar y
destruir el nuevo ejército karesmiano. En su camino encontró la poderosa ciudad
de Bamiyan, en las líneas Kohi-Baba, y distribuyó sus huestes para el cerco,
enviando la mayor parte de sus fuerzas a las órdenes de otro orkhon, para
combatir a Jelal-ed-Din. A su tiempo llegaron correos a Bamiyan con noticias de
que Jelal-ed-Din tenía 60.000 hombres en sus filas y de que el general mongol
estaba en contacto con él, habiendo esquivado varios intentos de los
karesmianos para emboscarle. Los escuchas, espiaban los movimientos del
terrible príncipe. Lo ocurrido era que un ejército afgano se había juntado, en
esta crisis, con Jelal-ed-Din, duplicando su fuerza. Poco después llegaron
noticias de que los turcos y afganos habían derrotado al orkhon mongol,
arrojando a sus hombres a las montañas.
Genghis
Khan arremetió con nueva furia sobre la ciudad que tenía delante. Los
defensores habían dejado limpio todo el distrito, quitando incluso las piedras
que pudieran emplearse para las máquinas de sitio. Los mongoles no tenían su
equipo habitual. Las torres de madera que levantaban contra las murallas,
fueron incendiadas por las flechas y la nafta inflamada. Incluso los ganados
fueron muertos, utilizando sus pieles para cubrir las armaduras de madera. El
Khan ordenó un ataque, el asalto que no se interrumpía hasta que se hubiese
tomado la ciudad. En esta ocasión fue muerto uno de los nietos del Khan, que le
había seguido al pie de las murallas. El viejo mongol ordenó que el cuerpo del
muchacho, a quien amaba por su valor, fuese llevado a las tiendas. Apresuró el
asalto y, quitándose el yelmo, atravesó las filas, hasta colocarse a la cabeza
de las tropas de asalto. Los mongoles pusieron el pie en una brecha y Bamiyan
no tardó en caer. Todo ser viviente fue muerto dentro de sus murallas, y las
mezquitas y los palacios fueron demolidos. Todavía llaman los mongoles a
Bamiyan «Mou Baligh», la ciudad del dolor.
Una
vez tomada, abandonó Genghis Khan la ciudad para reunir sus divisiones
dispersas, que buscaban su camino a través de las colinas. El Khan las reunió y
alabó su fidelidad. En lugar de condenar al desgraciado orkhon, que había sido
derrotado por Jelal-ed-Din, cabalgó con él sobre el lugar de la acción,
preguntándole lo que había acontecido e indicándole los errores que había
cometido. El príncipe karesmiano no demostró ser tan hábil en la victoria como
había sido en la derrota. Tuvo un momento de satisfacción cuando sus hombres
atormentaron hasta la muerte a los prisioneros mongoles y se repartieron los
caballos y armas capturados. Pero los afganos disputaron con sus oficiales y le
abandonaron. Genghis Khan, que marchaba tras él, destacó un ejército para
vigilar los movimientos de los afganos. Jelal-ed-Din se retiró al Oeste, hacia
Ghazna. Pero los mongoles se apresuraron a seguirle. El persa envió mensajeros
para convocar nuevos aliados, que encontraron a los mongoles defendiendo los
pasos de las montañas. Con sus 30.000 hombres se precipitó por las laderas y
por el valle del Indo. Su propósito era cruzar el río y unirse a los sultanes
de Delhi. Pero los mongoles que llevaban cinco días siguiéndole, se hallaban a
medio día de marcha. Genghis Khan casi no había permitido a sus hombres
desmontar para cocer su comida. Desesperado, el príncipe karesmiano quiso
apresurarse a pasar el río, y averiguó que había llegado a un lugar donde el
Indo era demasiado rápido y profundo para cruzarlo. Volvió, pues, al abra protegido
su flanco izquierdo por las lomas de una montaña y el derecho por una curva del
río. La caballería del Islam exploraba alrededor de sus propias tierras,
preparada para sus fuerzas con el inexorable mongol. Jelal-ed-Din ordenó que
todas las embarcaciones de la orilla fuesen destruidas de modo que sus hombres
no pensasen en huir. Su posición era fuerte. Pero o se sostenía o era
aniquilado. Al amanecer, los mongoles avanzaron a lo largo de la línea. Habían
salido de la obscuridad formados. Genghis Khan con sus estandartes y los 10.000
jinetes de la guardia imperial iba en reserva, detrás del centro. El impetuoso
príncipe karesmiano fue el primero que envió sus hombres hacia adelante. Su ala
derecha, la parte más fuerte siempre de un ejército mahometano en aquella
época, estaba bajo las órdenes del emir Malik. Escaramuzó con la izquierda del
Khan y dio una carga a lo largo del Indo, obligando a los mongoles a retroceder
por esta parte. Como de ordinario, los escuadrones mongoles se dispersaron,
siendo reorganizados bajo las órdenes de uno de los hijos del Khan. Pero fueron
obligados a retroceder de nuevo. Por su derecha, los mongoles estaban
contenidos por una barrera de elevadas y estériles cordilleras. Allí se
detuvieron. Jelal-ed-Din destacó fuerzas de esta parte de su línea para apoyar
el avance del ala derecha del emir Malik. Y después, durante el día, retiró más
escuadrones de entre los defensores de la montaña para reforzar su centro.
Determinó arriesgar un lance de fortuna y cargó con lo mejor de su horda sobre
el centro mongol, cortando en dirección del estandarte y buscando al Khan. El
viejo mongol no estaba allí. Le habían muerto un caballo y, montando en otro,
había marchado a otra parte. Fue un momento de victoria aparente para los
karesmianos. Y el ulular de los mahometanos se alzó sobre el ruido de los
cascos, el chocar de los aceros y los ayes de los heridos. El centro mongol,
sumamente debilitado por esta carga prosiguió la lucha obstinadamente. Genghis
Khan había observado la retirada de casi toda el ala izquierda karesmiana,
situada sobre las alturas, y ordenó a un jefe de «tumans», Bela Noyon, que
fuese con los guías y cruzase las montañas a toda costa. Era éste el antiguo
movimiento envolvente de los mongoles, la vuelta del estandarte. El «noyon»,
con sus hombres siguió a los guías por las escarpadas gargantas y subió por
senderos de cabras que parecían impracticables. Algunos guerreros cayeron en
los precipicios; pero la mayor parte ganó las lejanas extremidades durante el
día y descendió sobre el resto de los hombres que había dejado Jelal-ed-Din
para proteger este punto. Sobre la barrera montañosa, el flanco karesmiano
giró. Bela Noyon cargó sobre el campo enemigo.
Entre
tanto, Genghis Khan tomó el mando de sus diez mil hombres de caballería pesada
y marchó, no hacia el centro amenazado, sino hacia la derrotada ala izquierda.
Su carga contra los guerreros del emir Malik fue arrolladora. Sin perder tiempo
en seguirles, el Khan hizo girar a sus escuadrones y los dirigió contra el
flanco del centro, donde estaban las tropas de Jelal-ed-Din. Había separado por
el río el ala del príncipe karesmiano. Los valerosos, pero fatigados
mahometanos, habían sido vencidos e imposibilitados por la sagacidad del viejo
mongol, y por una maniobra tan perfecta como el movimiento final de un jaque
mate. El término llegó rápido e inexorable. Jelal-ed-Din dio una última y
desesperada carga contra dos jinetes de la guardia, e intentó retirar sus
hombres hacia el río. Fue perseguido y sus escuadrones deshechos. Bela Noyon,
arremetió contra él. Cuando Jelal ganó las escarpadas orillas del Indo, no
tenía a su alrededor más que setecientos acompañantes. Comprendiendo que había
llegado el final, montó en un caballo fresco, se quitó la armadura y con sólo
su espada, su arco y un carcaj de flechas, lanzó su corcel por el extremo de la
orilla, sumergiéndose en la rápida corriente y vadeándola hacia la orilla
opuesta. Genghis Khan había dado órdenes de que el príncipe fuese cogido vivo.
Los mongoles habían caído sobre los últimos karesmianos. El Khan fustigó su
caballo y atravesó el campo de batalla para observar al guerrero, a quien había
visto saltar riberas de veinte pies. Durante algún tiempo contempló en silencio
a Jelal-ed-Din, y llevándose un dedo a los labios profirió una exclamación de
alabanza: «¡Dichoso el padre de semejante hijo!…»
Aunque
admiraba el valor del príncipe karesmiano no pensaba perdonar a Jelal-ed-Din.
Algunos de sus mongoles quisieron marchar tras de su enemigo; pero el Khan no
lo permitió. Contemplaba a Jelal-ed-Din y le vio llegar a la orilla opuesta, a
despecho de la corriente y las ondas. Al día siguiente, y por un sitio del río
que podía cruzarse, envió una «tuman» en su persecución, dando este encargo a
Bela Noyon, el mismo jefe que había conducido una división sobre los escarpados
senderos del campo karesmiano. Bela Noyon saqueó Multan y Lahore, y siguió el
rastro del fugitivo; pero lo perdió entre las multitudes, en el camino del
Delhi. El agobiante calor deshizo a los hombres del Gobi. El «noyon» regresó,
diciendo al Khan: «El calor de este lugar mata a los hombres y el agua no está
fresca ni limpia».
De
este modo la India, excepto esa porción septentrional, estaba abierta a la
conquista mongola, Jelal-ed-Din sobrevivió. Pero su momento había pasado. Peleó
de nuevo contra la horda; pero como un partidario, un aventurero sin patria. La
batalla del Indo fue el último esfuerzo de la caballería karesmiana. Desde el
Tíbet al mar Caspio, la resistencia estaba vencida, y los supervivientes de los
pueblos del Islam fueron esclavos del conquistador. Terminada la guerra, los
pensamientos del viejo mongol se dirigieron hacia su tierra, como en Catay:
«Mis hijos vivirán para desear tierras y ciudades como éstas —dijo—, pero yo
no».
Era
necesario su regreso a la lejana Asia. Muhuli había muerto, después de uncir
firmemente el yugo mongol sobre los chinos. En el Gobi el consejo de los Khanes
estaba impaciente y disputaba. En los reinos de Hia, ardía la rebelión. Genghis
Khan dejó su horda en el Indo. Supo que Hia, en los apartados declives del
Tíbet, no estaba a más de ochocientas millas de distancia, cuando entró en los
extensos valles de Cachemira. Pero, como Alejandro antes, también Genghis
encontró el camino obstruido por los macizos de impenetrables sierras. Más
sabio, empero, que Alejandro, volvió sin titubear y emprendió la retirada sobre
sus pasos alrededor del Techo del Mundo, hacia la ruta caravanera que su
invasión había abierto. Atacó Peshawar y volvió a Samarcanda. En la primavera
de 1220, había visto por primera vez las murallas y jardines de esta ciudad.
Ahora, en el otoño de 1221, su labor bajo el Techo del Mundo había terminado.
«Era tiempo —dice el sabio Ye-Lui Chut-sai— de poner término a las matanzas».
Cuando
la horda dejó detrás de si las últimas ruinas del Sur, el Khan dio la orden
habitual de quitar la vida a todos los cautivos. En este camino pereció una
desdichada multitud que había seguido a los nómadas. Las mujeres de los
monarcas mahometanos fueron llevadas al Gobi, y en el extremo del camino
lloraron ante la última vista de su tierra natal. Dícese que un momento el Khan
ponderó el sentido de sus conquistas: «¿Crees —preguntó a un sabio del Islam—,
que la sangre que he derramado será rememorada por el género humano contra
mí?». Recordaba la sabiduría elevada del Islam, que había intentado comprender
y había desechado sin curiosidad. «Yo he considerado la sabiduría de los sabios
y veo ahora que he matado sin conocimiento de lo que hacía rectamente. Pero
¿qué interés tenía yo por esos hombres?» Con los refugiados en Samarcanda, que
venían por miedo a traerle presentes, fue amable. Habló con ellos, les explicó
de nuevo los breves acontecimientos de su difunto Shah, que no había sabido
conservar su palabra ni defender a su pueblo. Nombró gobernadores de entre
ellos y les concedió lo que puede llamarse sufragio en el imperio mongol, una
sombra de protección en el «Yassa». Estos hombres iban a ser recogidos por sus
nietos dentro de poco. El conquistador sentía los achaques de viejas heridas y
parecía comprender que sus últimos días en el mundo se aproximaban. Deseaba
tener todo en orden, ver la rebelión sofocada y el «Yassa» observado, y sus
hijos con autoridad. Envió por los caminos de posta una convocatoria a todos
los altos jefes para que asistiesen a un gran consejo, sobre el río Syr cerca
del lugar donde por vez primera había entrado en Karesmia.
Capítulo
21
La
corte de los paladines
El
lugar elegido para la reunión fue una pradera de siete leguas de circuito,
lugar ideal para el pensamiento mongol, porque las aves acuáticas llenaban los
fangales del río y faisanes dorados volaban a ras de la fresca hierba. Había
allí prados abundantes y caza en las partes bajas. Era a principios de la
primavera, el mes de la «Kurultai». Puntuales empezaron a llegar los caudillos
de la horda. Únicamente el laborioso Subotai, llamado de Europa, llegó un poco
después. Vinieron de todos los cuadrantes águilas del imperio, generales, de
lejanas fronteras, errantes «tarkhans», reyes tributarios, embajadores. Habían
viajado mucho para asistir a esta reunión nómada y no llevaban consigo una
humilde comitiva. Las «kibitkas» de Catay llegaron conducidas por parejas de
bueyes y cubiertas de seda. Sobre sus plataformas ondeaban las banderas
conquistadas. Los jefes de las laderas del Tíbet tenían sus vagones cubiertos,
dorados y laqueados, arrastrados por hileras de peludos «yaks», animales muy
preciados de los mongoles, de anchos cuernos y sedosas colas blancas. Tulí,
señor de la guerra, venía de Korassan, trayendo filas de camellos blancos.
Chatagai descendía de las comarcas nevadas, conduciendo un centenar de millares
de caballos. Estos oficiales de la horda se adornaban con telas de oro y plata,
se cubrían con capotes de cebellina y se envolvían en pieles de lobo gris
plateado, para proteger sus galas.
De
T'ian shan vino el Idikut de los ugures, el más estimado de todos los aliados,
y el León Rey de la gente cristiana, jefes kirghises, carianchos, que rendían
su obediencia al conquistador, turcomanos de largos miembros en ropajes
imponentes. Los caballos, en lugar de lucir gualdrapas, iban enjaezados con
sonoras mallas; los arneses, lustrados con bruñido trabajo de plata,
deslumbraban de joyas. Del Gobi llegó el muy estimado y joven Kubilai, el hijo
de Tulí, de nueve años de edad. Había sido autorizado para agregarse a la
primera reunión, acontecimiento importante para este nieto del emperador.
Genghis Khan, con su propia mano, completó la ceremonia de la iniciación. Los
caudillos de las hordas se reunían ahora en el lugar de la «Kurultai», pabellón
blanco tan grande que podía cobijar a dos mil hombres. Tenía una entrada que
sólo podía utilizar el Khan. Los guerreros, con sus escudos, en la gran entrada
frente al sur, era únicamente una rutinaria montada. Tan rígida era la
disciplina en la horda y tan firmemente establecida estaba la costumbre del
imperio, que ninguna persona, sin autorización, se aventuraba por los cuarteles
del conquistador.
Así
como al principio llevaban al Khan, al Gobi, caballos, mujeres y armas
capturados, los jefes de la horda y los reyes tributarios ofrecíanle ahora
presentes de una nueva clase, lo mejor de los tesoros recogidos en medio mundo.
«Nunca, dice la crónica, se había visto tal esplendor. En lugar de la leche de
yegua, los príncipes del imperio tenían hidromiel y vinos blancos y dorados de
la Persia. El Khan mismo mostraba su predilección por los vinos del Shiraz. Se
sentaba en el áureo trono de Mohamed, que había traído de Samarcanda, y a su
lado .descansaban el cetro y la corona del difunto emperador del Islam». Cuando
el consejo se reunió, asistió a él la madre del sultán mahometano con cadenas
en las muñecas. Debajo del trono se colocó un cuadrado de fieltro gris, tejido
de pelo de animales, como símbolo de la antigua autoridad sobre el Gobi.
A
los caudillos que estaban reunidos, les relató Genghis las campañas de los tres
años últimos. «Yo he conseguido gran poder —les dijo gravemente— por obra del
«Yassa». Vivid obedientes a las leyes». El perspicaz mongol no predicó las
palabras en ostentación de sus hazañas. Su propósito era conseguir obediencia a
las leyes. El no necesitaba aconsejar ni guiar en persona a sus oficiales.
Estos eran aptos para hacer la guerra por su propio acuerdo, y vio claramente
el peligro de una división entre ellos. Para dar idea de la extensión de sus
conquistas, hizo pasar ante el trono, uno por uno, a todos los embajadores que
le visitaban. A sus tres hijos les dijo unas palabras de consejo: «No permitáis
que la disputa se introduzca entre vosotros. Sed fieles y constantes a Ogotai».
Después de un mes de fiestas en la «Kurultai», llegaron a este concurso los dos
huéspedes mejor recibidos: Subotai, que venía de los límites de Polonia
trayendo consigo a Juchi. El veterano orkhon había buscado a Juchi, el
primogénito y le persuadió de que asistiera al consejo y compareciera ante su
padre. De este modo, Juchi se presentó al Khan y se arrodilló oprimiendo su
mano contra su frente. El viejo conquistador, que quería mucho a Juchi, se
congratuló, aun cuando no hizo ostentación de su afecto.
El
conquistador de las estepas había traído cien mil caballos kipchakas como
presente para su señor. Desdeñando la corte, Juchi pidió permiso, que le fue
concedido, para volver al Volga. El concurso se disolvió. Chatagai volvió a sus
montañas y las hordas tomaron el camino de Karakorum. El cronista dice que cada
día de viaje, Genghis Khan llamaba a Subotai para que le relatase sus aventuras
por el Occidente del mundo.
Capítulo
22
El
fin de la obra
Genghis
Khan no estaba destinado a pasar sus últimos años en sus lugares nativos. Todo
lo había preparado para sus hijos, excepto dos cosas: bien sabía el viejo Khan
que dos poderes hostiles subsistían aún en el mundo: el molesto rey de Hia,
cerca del Tíbet, y el antiguo Sung, al sur de la China. Pasó una estación entre
sus gentes, en Karakorum, al lado de Burtai, y en seguida montó a caballo de
nuevo. Envió a Subotai la orden de invadir las tierras del Sung, y él mismo
asumió la tarea de sojuzgar, para siempre, a los «clanes» desiertos de Hia. Y
así lo hizo. Marchando en invierno por los fangales helados, encontró a sus
enemigos de otros días, restos de catayanos, ejércitos de la China occidental,
turcos y fuerzas de Hia, dispuestos a recibirle. La crónica no da un reflejo de
aquel espectáculo de destrucción. Los guerreros mongoles cubiertos de pieles,
cruzaban el hielo de un río. Los aliados, al parecer victoriosos, cargaban en
masa sobre los veteranos del centro del Khan, el corazón de la horda. Trescientos
mil hombres —dícese— perecieron allí.
Luego
vino la segunda siega. Engañados, desalentados, perseguidos, huyeron los
guerreros aliados supervivientes. Todos los hombres capaces de llevar armas
fueron condenados a muerte en el camino de la horda. El rey de Hia, que se
había refugiado en una ciudadela de la montaña, defendida por gargantas
azotadas por la ventisca, envió su sumisión al inexorable Khan, ocultando su
odio y su desesperación bajo la máscara de la amistad, y rogando que el pasado
fuese olvidado. «Decid a vuestro señor —replicó Genghis Khan a los enviados—
que yo no deseo recordar el pasado y le conservaré en amistad».
Mas
el Khan no podía poner fin a la guerra. Había que humillar a las gentes del
Sung, del mismo modo que lo habían sido los aliados. La horda marchó a mediados
del invierno hacia los límites de la antigua China. El sabio Ye-Lui Chut-sai se
atrevió a protestar contra el aniquilamiento del Sung. «Si matas a esta gente,
¿cómo entonces te ayudarán o harán la riqueza para tus hijos?» El viejo
conquistador reflexionó, recordando quizás que, después de haber visto
convertidas en desiertos las antes populosas tierras, los sabios de Catay
habían coadyuvado a poner las cosas en orden, y contestó inesperadamente: «Sé
tú, entonces, señor de los pueblos sometidos, y sirve fielmente a mis hijos».
Pero
no podía olvidar la conquista militar del Sung, que al fin debería llevarse a
cabo. Conservó su montura y condujo sus ejércitos a cruzar el río Amarillo.
Aquí supo la muerte de Juchi, en las estepas. Declaró que deseaba estar solo en
su tienda y se afligió hondamente, en silencio, por la pérdida de su
primogénito. No hacía mucho que, cuando el hijo pequeño de Ogotai fue muerto
delante de él, en Bamiyan, el Khan había mandado al afligido padre que no
demostrase pesar. «Obedéceme en esto. Tu hijo ha sido muerto. Te prohíbo que
llores». No demostró exteriormente en este caso la congoja que la muerte de
Juchi le había causado. Las hordas siguieron adelante. La práctica continuó
como de costumbre. Pero el Khan hablaba menos con sus oficiales y ni las nuevas
de una victoria reciente, cerca del Caspio, lograron animarle o arrancarle un
comentario o elogio de ella. Cuando entró la horda en un pinar compacto donde
la nieve permanecía en tinieblas, a pesar de que el sol calentaba, mandó hacer
alto. Ordenó a los correos que cabalgasen velozmente en busca de su hijo más
cercano, Tulí, que estaba acampado no lejos de allí. Cuando el Señor de la
Guerra, ahora hombre maduro, desmontó en la «yurta» del Khan, encontró a su
padre tendido sobre el tapiz; cerca del fuego, envuelto en vestiduras de
fieltro y cebellina. «Es claro para mí —dijo el viejo mongol al saludar a su
hijo— que voy a dejarlo todo e irme».
Hacía
algún tiempo que estaba enfermo y esta enfermedad —lo comprendía ahora— estaba
minando su vida. Llamó a su lado a los jefes de la horda, y mientras que éstos,
arrodillados con Tulí, escuchaban atentamente sus palabras; les dio claras
instrucciones para que llevaran la guerra contra el Sung, guerra que él había
empezado pero que no podía acabar. Especialmente, Tulí, tenía que tomar
posesión de todas las tierras del Este, y Chatagai de las del Oeste. —Otogai
había de ser superior a ellos: el Ka Khan de Karakorum. — Como nómada, falleció
y dejando a sus hijos el más grande de los Imperios y el más destructor de los
ejércitos, como si su patrimonio, no hubiera sido más que tiendas y rebaños.
Era el año de 1227, año del ratón en el ciclo de los doce animales.
La
crónica dice que Genghis Khan hizo preparativos en su última enfermedad para la
destrucción del rey de Hia, su viejo enemigo, que estaba entonces en camino
hacia la horda. Ordenó que su muerte permaneciera secreta hasta que fuera
conveniente divulgarla. Ante la blanca «yurta» del conquistador, que se
levantaba separada del resto del campo, clavóse una lanza con la punta hacia la
tierra. Los astrólogos y sabios que llegaron para ver el Khan fueron retenidos
por la guardia, y sólo los altos oficiales entraron, como si su caudillo
estuviese enfermo y les diese instrucciones desde el lecho. Cuando el monarca
del Hia y su comitiva alcanzaron a los mongoles, fueron invitados a un festín,
recibieron vestidos de honor y fueron sentados entre los oficiales de la horda.
Después fueron asesinados todos los de Hia, hasta el último hombre.
Privados
de Genghis Khan, aterrados por la muerte del jefe que parecía invencible y que
les había hecho señores de todo lo que pudieran desear, los Orkhones y
príncipes de la horda regresaron al Gobi, escoltando el cuerpo, Antes del
entierro había que mostrar el cuerpo al pueblo y conducirlo al lugar habitado
por Burtai, la primera esposa. Genghis Khan había muerto en las tierras del
Sung, y para impedir que sus enemigos conociesen la pérdida sufrida por los
mongoles, los guerreros que escoltaron el coche fúnebre iban matando a todos
los que encontraban en su camino hasta que alcanzaron los límites del desierto.
Allí los hombres de la horda, los veteranos de las largas guerras, plañían en
alta voz cuando caminaban junto al coche fúnebre. Les parecía increíble que el
gran Khan hubiera cesado de cabalgar delante del estandarte y que ellos no
fuesen enviados de acá para allá, según su voluntad. «Oh, señor, «Bogdo»!
—gritaba un «tarkhan» de cabellos grises—, ¿podrás tú dejarnos? Tu tierra natal
y tus ríos te esperan; tu afortunada tierra, con su casa dorada, rodeada de tus
héroes, te espera, ¿por qué has de dejarnos en esta tierra cálida, donde tantos
enemigos yacen muertos?»
Otros
empezaron sus quejidos cuando cruzaron el lecho del erial. De esta forma ha
descrito el cronista su lamento:
En
otro tiempo, tú descendiste como un halcón; ahora un carro chirriante te
conduce.
¡Oh,
mi Khan! ¿Es verdad que has abandonado a tu esposa, a tus hijos, al consejo de
tu pueblo?
¡Oh,
mi Khan! Volando con orgullo, como un águila, nos guiaste en otro tiempo; pero
ahora has tropezado y has caído.
El
conquistador fue conducido a su tierra; no a Karakorum, sino a los valles en
donde había luchado por la vida, siendo muchacho: al ancestral patrimonio. Los
correos de la horda montaron y galoparon por las praderas llevando a los
Orkhones, príncipes y generales distantes, la nueva de la muerte de Genghis
Khan. Cuando el último jefe llegó y desmontó ante la «yurta» mortuoria, el
cuerpo fue conducido a su lugar de reposo, probablemente al bosque que él mismo
había indicado. Nadie conoce el lugar exacto del enterramiento. La tumba fue
cavada debajo de un árbol corpulento. Los mongoles afirman que un «clan» quedó
exento de los deberes militares y encargado solamente de vigilar el lugar.[18]
El incienso fue quemado continuamente en la arboleda, hasta que el bosque
circundante creció tan espeso que el corpulento árbol se confundió con sus
compañeros y se desvaneció toda huella de la tumba. (Véase la nota XI: «La
tumba de Genghis Khan»).
PARTE
IV
Epilogo
Transcurrieron
dos años de duelo, durante los cuales Tulí permaneció en Karakorum, como
regente. Pasado este tiempo, los príncipes y generales regresaron al Gobi para
elegir nuevo Khan o emperador, según los deseos del difunto conquistador.
Venían como monarcas, con derecho propio, el derecho de herencia, por la
voluntad de Genghis Khan: Chatagai, el de tosco temperamento, el hijo mayor,
llegaba del Asia central y tierras mahometanas; Ogotai, el del buen humor,
venía de las llanuras de Gobi; Batu, «el espléndido», hijo de Juchi, regresaba
de las estepas de Rusia. Todos habían crecido, desde la juventud hasta la edad
viril, como hombres del clan mongol. Ahora eran dueños de grandes partes del
mundo, con sus riquezas, que ellos ignoraban. Eran asiáticos, criados entre
bárbaros. Cada uno de los cuatro tenía un ejército poderoso a sus órdenes.
Poseían en sus nuevos dominios el gusto del vino y del lujo.
«Mis
descendientes —había dicho Genghis Khan— se adornarán con telas recamadas de
oro, se nutrirán de carne y montarán caballos espléndidos. Estrecharán entre
sus brazos a mujeres jóvenes y hermosas y no pensarán en aquel a quien deben
todas estas cosas apetecibles».
Era
natural que disputasen entre sí e hiciesen la guerra por su herencia. Y era,
además, casi inevitable después de aquellos dos años. Sobre todo, en el caso de
Chatagai, que era ahora el mayor y estaba facultado, por la costumbre mongola
para reclamar el Khanato. Pero la voluntad del difunto conquistador había
quedado harto grabada en las almas. La disciplina, establecida por mano de
hierro, los conservó unidos. Obediencia y fidelidad entre los hermanos, fin de
las querellas, el «Yassa» mismo. Muchas veces les había advertido Genghis Khan
que el Imperio podía deshacerse, y ellos mismos perderse, si no se unían.
Genghis comprendió que el nuevo imperio no podía conservarse más que estando
sometido a la autoridad de un hombre. Y había escogido como su sucesor, no al
belicoso Tulí, ni al inflexible Chatagai, sino al generoso y sencillo Ogotai.
Un penetrante conocimiento de sus hijos le había dictado esta lección. Chatagai
no se hubiera sometido jamás a Tulí, el más joven. Por su parte el Señor de la
Guerra no hubiera servido mucho tiempo a su tosco hermano mayor. Cuando los
príncipes se reunieron en Karakorum, Tulí, el «Ulugh Noyon», el Mayor de los
Nobles, resignó su regencia. Fuéle preguntado a Ogotai si aceptaba el trono. El
Señor del Consejo rehusó diciendo que no era digno de ser honrado sobre sus
tíos y hermano mayor. Ya sea porque Ogotai se obstinase o porque los augurios
le fueran adversos transcurrieron cincuenta días de incertidumbre y ansiedad.
Entonces los Orkhones y guerreros ancianos fueron a ver a Ogotai y le dijeron
airadamente: "¿Qué haces tú? ¡El mismo Khan te había escogido por sucesor!
Tulí unió su voz, repitiendo Las últimas palabras de su padre, y Ye-Lui
Chut-sai, el sabio catayano, tesorero real, empleó todo su saber en prevenir
una posible calamidad. Tulí, turbado, preguntó al astrólogo si este día no era
adverso. «Después de esto —contestó inmediatamente el catayano—, ningún día
puede ser favorable». Y apremió a Ogotai para que ocupara sin dilación el trono
áureo sobre el estrado cubierto de fieltro. Cuando el nuevo emperador lo hizo,
Ye-Lui Chut-sai fue al lado de Chatagai y le dijo: «Eres el mayor, pero eres un
súbdito. Siendo el mayor, aprovecha este momento para ser el primero en
postrarte ante el trono». Después de un momento de vacilación, Chatagai se
arrodilló ante su hermano, y todos los oficiales y nobles del consejo siguieron
su ejemplo. Ogotai fue reconocido Ka Khan. Salieron todos e inclinaron sus
cabezas en dirección el Sur. La multitud en el campo, hizo lo mismo.
Se
sucedieron los días de festejos. El tesoro que Genghis Khan había dejado, las
riquezas reunidas, procedentes de todos los ámbitos del mundo, se repartieron
entre los demás príncipes y oficiales del ejército.[19] Ogotai perdonó a todos
los hombres acusados de maledicencia desde la muerte de su padre. Para un
mongol de su época reinó tolerantemente y escuchó los consejos de Ye-Lui
Chut-sai[20] que trabajaba con heroica fortaleza por consolidar el Imperio de
sus señores con una mano, e impedir con la otra que los mongoles siguiesen
aniquilando seres humanos. En cierta ocasión en que Subotai, el terrible
orkhon, que hacía la guerra en unión de Tulí por tierras de Sung, deseaba
degollar a los habitantes de una gran ciudad, osó oponerse el sabio canciller,
diciendo:
«Durante
todos estos años, en Catay, nuestros ejércitos han vivido de las cosechas y
riquezas de esta gente. Si destruimos los hombres, ¿de qué nos servirá la
tierra desnuda?»
Ogotai
accedió al punto, y las vidas de millón y medio de chinos, que estaban dentro
de la ciudad, fueron perdonadas. Ye-Lui Chut-sai estableció en forma regular la
recaudación de tributos; una cabeza de ganado por cada cien mongoles, y una
cantidad determinada de plata y seda cada familia de Catay. También aconsejó a
Ogotai que nombrase a los catayanos ilustrados altos jefes de la tesorería y de
la administración. «Para hacer una vasija —indicó—, te vales de un alfarero.
Para conservar las sumas y los informes, debes emplear hombres instruidos».
«Bien —replicó el mongol— haz uso de ellos».
En
tanto que Ogotai construía para sí un palacio, Ye-Lui Chut-sai fundaba escuelas
para los jóvenes mongoles. Quinientos vagones llegaban cada día a Karakorum,
llamada ahora «Ordubaligh» (la corte), conduciendo provisiones, grano y
mercaderías preciosas para los almacenes y el erario del emperador. El poder de
los Khanes del desierto estaba firmemente asentado sobre la mitad del mundo. Al
contrario de lo que sucedió al Imperio de Alejandro, los dominios del
conquistador permanecían intactos después de su muerte.
Genghis
había reducido los clanes mongoles a la obediencia de un gobernante. Les había
dado un código rígido, primitivo sí, pero bien adaptado a sus fines; y durante
su caudillaje militar, había puesto las bases de la administración del Imperio.
En esta última labor, su auxiliar más valioso fue Ye-Lui Chut-sai.
La
mayor herencia que el conquistador dejó a sus hijos fue, sin duda, el ejército
mongol. Ogotai, Chatagai y Tulí organizaron a su gusto sus hordas, sus
ejércitos personales, como pueden llamarse. Pero el sistema de movilización, de
adiestramiento y de maniobras en la guerra subsistía tal como Genghis Khan lo
había establecido. Además, con Subotai y otros generales tenían los hijos del
mongol veteranos sumamente aptos para la tarea de extender el Imperio. Genghis
había inculcado en sus hijos y súbditos la idea de que los mongoles eran
señores naturales del mundo. Había roto la resistencia de los Imperios más
poderosos; de manera que la terminación de la obra fue, relativamente, sencilla
para ellos y para Subotai. Podía considerarse el ejército como una barredora
pasado el primer avance.
En
los primeros años del reinado de Ogotai, un general mongol, Charmagan, derrotó
a Jelal-ed-Din y acabó con él, consolidando las regiones del oeste del Caspio y
a Armenia. Durante el mismo tiempo, Subotai y Tulí avanzaban al extremo sur del
Hoang Ho y sojuzgaban el resto de los chinos. En 1235, Ogotai celebró un
consejo, en el cual fue decidida la segunda gran invasión de la conquista
mongola. Batu, primer Khan de la horda áurea, fue enviado con Subotai al oeste,
para desdicha de Europa, hasta el Adriático y las puertas de Viena.[21] Otros
ejércitos marcharon a Corea, China y la Persia meridional.
Los
diez años siguientes fueron pródigos en encontrados acontecimientos: la
creciente enemistad entre la casa de Chatagai y la de Ogotai; la breve
aparición de Kuyuk, que no se sabe si fue cristiano nestoriano, pero que
gobernó con ministros cristianos (uno de ellos el hijo de Ye-Lui Chut-sai) y
que construyó una capilla delante de su tienda. Después pasó el gobierno de la
casa de Ogotai a los hijos de Tulí, Mangu y Kubilai Khan.[22] Y la tercera y
más extensa invasión arrasó el mundo.
Hulagu,
el hermano de Kubilai, ayudado por el hijo de Subotai, invadió la Mesopotamia,
tomó Bagdad y Damasco, destruyendo para siempre el poder de los Califas y llegó
casi a la vista de Jerusalén. Antioquia, conservada por los descendientes de
los cruzados cristianos, llegó a someterse a los mongoles, que llegaron en el
Asia Menor hasta Esmirna y casi a una semana de camino de Constantinopla. Y
casi al mismo tiempo, Kubilai lanzó su armada contra el Japón y extendió sus
fronteras hasta los estados malayos y más allá del Tíbet, hasta Bengala. Su
reinado (1259-1294) fue la edad de oro de los mongoles.[23] Kubilai se apartó
de las costumbres de sus padres, trasladó la corte a Catay y fue por sus
hábitos, más chino que mongol.[24] Gobernó con moderación y trató a los pueblos
sometidos con humanidad. Marco Polo nos ha dejado un animado cuadro de su
corte.
Pero
el cambio de la corte a Catay fue el preludio de la disgregación del imperio
central. Los IL-Khanes de Persia, descendientes de Hulagu, "que alcanzaron
su mayor grandeza bajo Ghazan Khan, alrededor de 1300, se encontraban a
excesiva distancia del Ka Khan para estar en contacto con él. Estuvieron a
punto de hacerse mahometanos. Idéntica era la situación de la horda dorada en
las proximidades de Rusia. Los mongoles de Kubilai estaban convirtiéndose al
budismo, y las guerras religiosas y políticas siguieron a la muerte del nieto
de Genghis Khan. El imperio mongol se deshacía gradualmente en reinos
independientes. Hacia 1400, un conquistador turco. Timur-i-lang (Tamerlán) unió
el Asia central y porciones de Persia y quebrantó la horda dorada fundada por Batu,
hijo de Juchi. Hasta el año de 1368, los mongoles fueron señores de China y fue
en el año 1555 cuando perdieron sus últimas plazas fuertes de Rusia por obra de
Iván Grodznoi (Iván el Terrible). Alrededor del mar Caspio, sus descendientes,
los Uzbegs, fueron una potencia bajo Sharbani, en 1500, y empujaron a Babar, el
Tigre, descendiente de Genghis Khan, hacia la India, donde fue el primero de
los grandes moghuls. A mediados del siglo XVIII, 600 años después del
nacimiento de Genghis Khan, antes de que los últimos descendientes del
conquistador abandonasen sus plazas fuertes, los moghuls,[25] en el Indostán,
dieron entrada a los ingleses y el Este se rindió a los ejércitos del ilustre
emperador chino K'ien lung. Los Khanes tártaros de la Crimea llegaron a ser
súbditos de Catalina la Grande, al mismo tiempo que la infortunada horda del
Kalmuk o Torgut evacuaba los pastizales del Volga y emprendía una horrible
marcha hacia el Este camino de su primitiva patria, marcha descrita con vivos
colores por De Quincey en su «Fligh of a Tartar Tribe». Una mirada al mapa del
Asia Central, a mediados del siglo XVIII, hace ver el último refugio de los
clanes nómadas, descendientes de la horda de Genghis Khan. En los extensos
espacios entre el turbulento lago Baikal y el mar salado de Aral (escasamente
indicado en los mapas de aquella época) y señalado vagamente como «Tartaria» o
«Tartaria Independiente», en las comarcas del continente medio, trashumaban de
los prados veraniegos a los inviernos, habitando en «yurtas» de fieltro y
conduciendo sus rebaños los Karaitas, los kalmucos y mongoles, ignorantes por
completo de que por esos mismos valles había marchado a la muerte el Preste
Juan de las Indias y había avanzado, para aterrar al mundo, el estandarte de
las nueve colas de yak de Genghis Khan.
Así
terminó el imperio mongol disolviéndose en los clanes nómadas, de donde había
salido, dejando restos de pacíficos pastores donde antaño los guerreros se
agrupaban. El breve y terrible espectáculo de los jinetes mongoles había
desaparecido casi sin dejar rastro. La ciudad desértica de Karakorum quedó
enterrada bajo las olas de arena. La tumba de Genghis Khan quedó oculta en un
bosque, cerca de uno de los ríos de su tierra nativa. Las riquezas que el Gran
Khan reunió fueron distribuidas entre los hombres que le sirvieron. Ningún
túmulo señala el lugar donde yace Burtai, la esposa de su juventud. Ningún
mongol ilustrado, contemporáneo suyo, recogió en un poema los acontecimientos
de su vida. Sus hazañas las recuerdan casi todos sus enemigos. Tan devastador
era su empuje contra la civilización que, virtualmente, un nuevo principio se
impuso en medio mundo. Los imperios de Catay, el de Preste Juan, el de Catay
Negro, de Karesmia y, después de su muerte, el califato de Bagdad, Rusia y los
principados de Polonia, cesaron de existir. Cuando este bárbaro indomable,
conquistaba una nación, cesaba toda otra guerra. El curso de la vida, triste o
alegre, se alteraba, y entre los supervivientes de una conquista mongol, la paz
duraba largo tiempo. Los feudos de sangre de los grandes duques de la antigua
Rusia, señores del Twer y Vladimir y Susdal, se hundieron bajo el peso de una
gran calamidad. Todas estas figuras de un mundo antiguo se nos aparecen sólo
como sombras. Los Imperios se desmoronaron bajo la avalancha mongol, y los
monarcas caminaban a la muerte por desiertos pavorosos. No se sabe lo que
hubiera acontecido de no vivir Genghis Khan.
Pero
lo que aconteció fue la paz mongola. Como la paz romana, hizo que la cultura
brotara de nuevo. De un lado a otro se habían mezclado las naciones, o por
mejor decir, los restos de ellas. La ciencia y el arte mahometanos fueron
introducidos en el lejano oriente; la inventiva china y su habilidad
administrativa penetraron en el Oeste. En los desbastados jardines del Islam,
los eruditos y los arquitectos gozaron, si no de una edad de oro, al menos de
una edad de plata bajo los IL-Khanes mongoles. Y el siglo XIII, el siglo de
Yuan, fue notable en China por su magnificencia y literatura, especialmente el
teatro. Cuando se realizó de nuevo la coherencia política, después de la
retirada de las hordas mongoles, aconteció una cosa muy natural, pero
inesperada. Más allá de los bélicos ducados rusos, rugió el imperio del Iván el
Terrible: y la China, unida por primera vez por los mongoles, apareció como un
reino independiente.
Con
la llegada de los mongoles y sus enemigos los mamelucos, terminó el largo
capítulo de las cruzadas; porque, bajo el dominio mongol, los peregrinos
cristianos pudieron visitar seguros el Santo Sepulcro, y los mahometanos el
templo de Salomón. Por primera vez, los sacerdotes de Europa podían aventurarse
en la lejana Asia, e iban a ella buscando en vano al «viejo de la montaña», que
había atormentado a los cruzados, y los reinos de Preste Juan y de Catay. En
esta gran sacudida de seres humanos, quizá fuese el resultado más vital la
destrucción del absorbente poder del Islam. Con la hueste de Karesmía
desapareció el poderío principal mahometano, y con Bagdad y Bokhara se
desvaneció la antigua cultura de los Califas e «imans». El árabe dejó de ser,
en medio mundo, el idioma universal de los eruditos. Los turcos fueron
arrojados del Oeste, y un «clan», el de los othmanos (llamados ottomanos),
llegó a ser, con el tiempo, señor de Constantinopla. Un lama de rojo sombrero,
llamado del Tíbet para presidir la coronación de Kubilai, llevó de sus montañas
la jerarquía de los monjes de Lhassa. Genghis Khan, el destructor rompió las
barreras de las obscuras edades. Abrió carreteras, y Europa entró en contacto
con las artes de Catay. En la corte de su hijo, príncipes armenios y nobles
persas se reunían con príncipes rusos. Una eclosión general de ideas siguió a
la apertura de los caminos; una continuada curiosidad, respecto a la lejana
Asia, aguijoneó a los europeos. Marco Polo siguió a Fray Rubriquis en Kambalu.
Dos siglos después, Vasco de Gama se puso en marcha para encontrar el derrotero
hacia el mar de las Indias y Colón salió para alcanzar, no las Américas, sino
la tierra del Gran Khan.
Anotaciones
Nota
I
Las
matanzas
El
horrido aparato de la muerte, que aparece en el rastro de los jinetes mongoles,
no ha sido pintado en este libro con todos sus detalles. La matanza, que arrojó
pueblos enteros en el dolor de la muerte, ha sido narrada en las historias
generales de los mongoles, escritas por europeos, mahometanos y chinos. No
hemos aludido casi a escenas de carnicería como la destrucción de Kiev, la
Corte de las Cabezas Áureas, como los mongoles llamaban a la antigua ciudadela,
con sus domos dorados. El martirio de los viejos, las violaciones de las
jóvenes, el acoso de los niños, terminó en una completa desolación, que llegó a
ser más espantosa por la pestilencia y hambre que la acompañaron. Las
emanaciones de los cuerpos corrompidos fueron tan intensas que aun huyen los
mongoles de esos parajes, y los llaman «Mou-baing», la ciudad del dolor, los
historiadores encontrarán un sentido esencial en esta inaudita mutilación de
reconstrucción subsiguiente de razas humanas. El empuje de los mongoles,
conducidos por Genghis Khan, está bien resumido por los autores de la Cambridge
Medieval History. «Desenfrenados por el valor humano, fueron hábiles para
vencer los terrores de los extensos desiertos, las barreras y montañas y mares,
los rigores de los climas y los estragos del hambre y de la pestilencia. Ni los
peligros les amedrentaban ni las plazas fuertes podían resistirles, ni las
súplicas de perdón los conmovían… Estamos frente a un nuevo poder de la
historia, con una fuerza que iba a dar un fin brusco, como un Deus ex machina,
a muchos dramas que de otro modo podrían haber terminado en estancamiento o
haber proseguido en un curso interminable».
Este
«nuevo poder de la historia», la habilidad de un hombre para modificar la
civilización humana, empezó con Genghis Khan y terminó con su nieto Kubilai,
cuando el Imperio mongol empezó a deshacerse. No reapareció después.
No
hemos intentado hacer aquí ni la apología ni la crítica de Genghis Khan. Hemos
visto que la mayor parte de nuestros conocimientos acerca del conquistador, se
basan en los informes dados por europeos persas y sirios medievales, que con
los propios chinos, fueron las principales víctimas de la destrucción mongol.
César escribió sus memorias de la conquista de las Galias. Alejandro tuvo a
Arriano o Quinto Carcio. Encontramos en Genghis Khan, cuando contemplamos al
hombre en su propio ambiente, un gobernante que no condenó a muerte a ninguno
de sus hijos o gerentes, aunque Juchi y Kasar, su hermano, le ofrecieron
ocasión para haber sido cruel. También pudo haber ejecutado a los oficiales que
se dejaron derrotar. Embajadores de todos los países llegaron hasta él y
volvieron felizmente. Ni vemos que martirizase a sus prisioneros, salvo en
circunstancias excepcionales. Las naciones belicosas y allegadas fueron
tratadas por él con benignidad, como lo fueron por sus descendientes los
Karaitas, los ugures y «Lia-tung» —los hombres de hierro—, así como los
armenios, georgianos y los restos de los cruzados. Genghis Khan procuraba
salvar cuanto juzgaba que pudiera ser útil para sí o para su pueblo. El resto,
lo destruía. Cuando avanzó, lejos de sus prados natales, y entró en
civilizaciones extrañas, esta destrucción llegó a ser casi universal.
Actualmente
empezamos a comprender cómo este inaudito aniquilamiento de vidas humanas y
trabajos merecieron el anatema de los mahometanos; del mismo modo que el genio
sin igual de Genghis Khan conquistó la veneración de los budistas. Genghis Khan
no hizo la guerra al mundo por una religión, como Mahoma el profeta, o por afán
de engrandecimiento personal y político como Alejandro y Napoleón. Esto es lo
que nos ha despistado. La explicación del misterio descansa en la simplicidad
primitiva del carácter mongol. Genghis tomó del mundo lo que deseaba para sí y
sus hijos y lo hizo por medio de la guerra, porque no conocía otros caminos. Lo
que no deseaba, lo destruía, porque no sabía qué hacer con ello.
Nota
II
El
preste Juan de Asia…
Durante
la mitad del siglo XII, llegaron a Europa noticias de las victorias de un
monarca cristiano del Asia, «Johannes Presbyter, Rex Arwmeniae et Indiae»,
sobre los turcos. Investigaciones de nuestros días aseguran que esta primera
noticia de un rey cristiano al Este de Jerusalén, viene de las narraciones
acerca de las victorias ganadas sobre los mahometanos por Juan, alto
condestable de Georgia, en el Cáucaso, región vagamente asociada entonces con
Armenia y la india. Se recordó, que los tres Reyes Magos habían salido de esta
región. El espíritu de cruzada muy encendido en Europa, y la historia de un
soberano cristiano todopoderoso, en el Asia lejana, fueron muy divulgados. Los
cristianos nestorianos, arrojados de Armenia a Catay, juzgaron conveniente escribir
una carta al Pontífice Alejandro III, explicando que eran del Preste Juan y
describiendo infinitos esplendores y maravillas, a la manera medieval, desfiles
por el desierto, un séquito de setenta reyes, animales fabulosos y una ciudad
sobre las arenas. En suma, un precioso sumario de los mitos de la época.
Pero
lo que había de exacto en la descripción era lo correspondiente a Wang Khan
(pronunciado por los nestorianos Uang Khan o «Rey Juan») de los Karaitas, que
eran cristianos en su mayor parte. La ciudad de Karakorum pudo bien ser llamada
la plaza fuerte de los olvidados nestorianos de Asia. Era una ciudad del
desierto, y en ella había un emperador, que tenía Khanes o reyes por súbditos.
Varias crónicas mencionan la conversión de un rey de los «Keritas». Marco Polo
descubrió en Wang Khan al actor que desempeñaba el vago papel de Preste Juan.
Nota
III
Las
leyes de Genghis Khan
Está
mandado creer que existe solamente un Dios, creador de los cielos y de la
tierra, único que da la vida y la muerte, la riqueza y la miseria, según le
place, y que tiene sobre todas las cosas un poder absoluto.
Los
jefes de una religión, predicadores, monjes, personas que se dedican a las
prácticas religiosas, almuédanos de las mezquitas, médicos y aquellos que bañan
completamente los cuerpos, están exentos de las cargas públicas.
Está
prohibido, bajo pena de muerte, que nadie, sea quien fuese, se proclame
emperador, a menos que haya sido elegido previamente por los príncipes,
oficiales y otros nobles mongoles en consejo general.
Está
prohibido ostentar títulos honoríficos a los jefes de las naciones y «clanes»
súbditos de los mongoles.
Está
prohibido hacer la paz con un monarca, un príncipe o un pueblo, que no se haya
sometido.
Los
hombres del ejército se dividen en decenadas, centenadas, millares y diez
millares. Esta distribución sirve para movilizar el ejército en poco tiempo y
para formar las unidades de mando.
En
el momento en que empieza una campaña, cada soldado recibirá sus armas de manos
del oficial a cuyas órdenes sirva. El soldado deberá conservarlas y serán
inspeccionadas antes de la batalla.
Está
prohibido, bajo pena de muerte, saquear al enemigo antes que el mando general
dé el permiso. Pero, después que se concedía este permiso, el soldado podrá
aprovechar las mismas ocasiones que el oficial y deberá conservar lo que haya
recogido puesto que tiene que pagar su parte al depositario del emperador.
Para
tener adiestrados a los hombres del ejército, se celebrará una cacería cada
invierno. Para esta ocasión se prohíbe a todo hombre del imperio matar entre
los meses de marzo y octubre, ciervos, gamos, corzos, liebres, asnos salvajes y
determinados pájaros.
Está
prohibido degollar para comerlos, los animales cobrados; deberán ser atados,
abierto el pecho y sacado el corazón por la mano del cazador.
Está
permitido comer sangre y entrañas de los animales, aun cuando estuviese
prohibido antes de ahora.
(Listas
de privilegios e inmunidades concedidas a los jefes y oficiales del nuevo
Imperio).
Todo
hombre que no vaya a la guerra, deberá trabajar para el Imperio durante cierto
tiempo, sin remuneración.
Los
hombres acusados de robo de un caballo o de un buey, o de una cosa de igual
valía, serán condenados a muerte. Su cuerpo será cortado en dos partes. Para
los hurtos la pena será de acuerdo con el valor de la cosa robada, un número
determinado de palos: siete, diecisiete, veintisiete, hasta setecientos. Pero
este castigo corporal puede conmutarse, pagando nueve veces el valor de la cosa
robada.
Ningún
súbdito del imperio puede tomar por criado o esclavo a un mongol. Todo hombre,
excepto en casos contados, deberá reunirse al ejército.
Para
impedir la huida de los esclavos extranjeros, está prohibido, bajo pena de
muerte darles asilo, alimento o vestidos. Todo hombre que encuentre a un
esclavo fugitivo y no lo devuelva a su dueño, será castigado con la misma pena.
Las
leyes del casamiento ordenan que cada hombre tenga su esposa. El casamiento
entre el primero y segundo grados de parentesco, está prohibido. Un hombre
puede casarse con dos hermanas o tener varias concubinas. Las mujeres atenderán
el cuidado de la propiedad, comprando y vendiendo a su voluntad. Los hijos
nacidos de la primera mujer serán honrados sobre los otros hijos y heredarán
todo.
El
adulterio será castigado con la muerte, y los acusados de adulterio pueden ser
muertos al punto.
Si
dos familias desean unirse y solamente tienen niños jóvenes, está permitido el
casamiento de estos niños, si el uno es muchacho y la otra una muchacha. Si los
niños mueren, el casamiento concertado puede contractarse, sin embargo.
Está
prohibido bañarse o lavar los vestidos en agua corriente durante la tempestad.
Los
espías, testigos falsos y todos los hombres dados a vicios infames, o
hechiceros, serán condenados a muerte.
Los
oficiales y jefes que falten a su deber o no acudan a la llamada del Khan,
serán muertos, especialmente los de los distritos apartados. Si su falta es
menos grave deberán venir en persona ante el Khan.
Estos
ejemplos de las leyes de Genghis están traducidos de Pétit de la Croix, que
explica que no le ha sido posible obtener una lista completa de las leyes
—«Yassa Genghiscani»—. Recogió estas veintidós reglas de varias fuentes: los
cronistas persas, Fray Rubriquis y Carpini. Esta lista es notoriamente
incompleta y procede de fuentes extranjeras. La explicación de la curiosa ley
décima se encuentra probablemente en prejuicios religiosos, así como la forma
de sacrificar el ganado para ser comido. La regla undécima parece publicada
para dejar establecido un posible modo de alimento en tiempos de hambre. La ley
vigésima, relativa al agua y al trueno, la explica Rubriquis diciendo que se
propone evitar que los mongoles (que sentían terror del trueno) se arrojasen a
los lagos y ríos durante una tormenta. Pétit de la Croix dice que el «Yassa» de
Genghis Khan fue continuado por Timuti-lang. Babar, el primero de los moghuls
(mongoles) de la India, dice: «Mis abuelos y mi familia observaron siempre,
religiosamente, las reglas de Chengiz. En sus cortes, sus festivales y
entretenimientos, en sus decaimientos y medros, nunca actuaron contrariamente a
las instituciones de Chengiz». (Memoirs of Babar Emperor of Hindustan. Edición
Erskine y Leyden, 1826, página 202).
Nota
IV
La
fuerza numérica de la horda mongola
Es
un error común, y casi natural, entre los historiadores, el describir el
ejército mongol como una dilatada multitud. Ni el mismo doctor Stanley
Lane-Poole, una de las autoridades modernas más sobresalientes, puede resistir
a la inevitable tentación y hablar de «Ohingkiz-Khan, seguido por hordas de
nómadas, sin número como las arenas del mar». (Turkey: «Historia de las
Naciones»). Pero nuestro conocimiento de los mongoles ha avanzado
suficientemente, rebasando las ideas de Mateo Paris y los monjes medievales.
Estamos seguros de que la horda de Genghis Khan no era, como la de los hunos,
una masa migratoria, sino un disciplinado ejército de invasión. El personal de
la horda está enumerado del modo siguiente por sir Henry Howorth:
Guardia
Imperial 1.000
Centro
a las órdenes de Tulí 101.000
Ala
derecha 47.000
Ala
izquierda 52.000
Otros
contingentes 29.000
TOTAL 230.000
Esta
es al parecer, la fuerza del ejército en la época de la guerra contra el sultán
y en el Oeste. Es, pues, la mayor fuerza reunida por Genghis Khan. Los demás
contingentes constaban de 10.000 catayanos y de las fuerzas mandadas por el
Idikut de los ugures y el Khan de Amalyk. Los dos últimos fueron enviados de
nuevo, después que la invasión empezó. El brillante erudito León Cadun,
sostiene que el ejército mongol no rebasó el número de 30.000. Siendo tres
cuerpos de ejército iguales, en este conjunto, además de los 20.000 de Juchi y
los aliados, la hueste podría llegar, según este cálculo, a la suma de 150.000
guerreros. Y sin duda, no podía haber subsistido número mayor que éste, durante
un invierno, en los áridos valles del Asia superior.
El
ejército acaudillado por Genghis Khan, al tiempo de su muerte, constaba de
cuatro cuerpos, con la Guardia Imperial, esto es, unos 130.000 hombres útiles,
así como a las poblaciones de las tierras del Gobi podemos aproximar el total a
no más de 5.000.000 almas. De este número no podrían reunirse más de 200.000
efectivos. El brigadier Sir Percy Sykes, en su «Persia» dice, respecto a los
mongoles: «Que fueron débiles numéricamente y batallaron a miles de millas de
su base». Los cronistas mahometanos exageran habitualmente, atribuyendo a la
horda la cuantía de quinientos a ochocientos mil hombres. Pero es evidente que
Genghis Khan realizó, durante los años de 1219-1223 la notable hazaña militar
de sojuzgar el país que se extiende del Tíbet al mar Caspio, con sólo 100.000
hombres, y desde el Dniéper al mar de la China con no más de 250.000 en total.
Y de este número, probablemente sólo la mitad fueron mongoles. Las crónicas
mencionan 50.000 aliados turcomanos, al final de la campaña. Las fuerzas de
Juchi aumentaron por las gentes del desierto de Kinchak. En China, los
antepasados de los coreanos manchúes actuales, pelearon bajo el estandarte
mongol. En el reinado de Ogotai, hijo de Genghis Khan, la mayoría de las tribus
turcas del centro del Asia se unieron a los mongoles que les dieron plétora de
lucha. Esas tribus facilitaron la mayor parte del ejército con el cual Ogotai y
Batu conquistaron el Oriente de Europa. Sin duda, Ogotai tenía más de medio
millón efectivo de guerreros en sus ejércitos, y Mangu y Kubilai, nietos de
Genghis Khan, doble número.
Nota
V
El
plan de invasión mongol
La
horda de Genghis Khan seguía un plan fijo al invadir una comarca. Este método
obtuvo éxito constante, hasta que los mongoles fueron rechazados por los
mamelucos, en su avance sobre Egipto, a través del desierto de Siria, hacia
1270.
na
«Kurultai», o consejo general, era convocada en los cuarteles generales del Ka
Khan. Todos los altos jefes, excepto aquellos que obtenían autorización para
permanecer en el servicio activo, habían de asistir al consejo, donde se
discutía la explanada el plan de campaña, determinándose los caminos y
escogiéndose las diferentes divisiones para el servicio.
Los
espías eran enviados y los delatores eran interrogados.
El
país era invadido a la vez por distintos puntos, las divisiones separadas o
cuerpos de ejército tenía cada una su general en jefe, que iba hacia un
objetivo determinado. Tenía libertad para maniobrar y para atacar al enemigo,
según su voluntad, pero mantenía el contacto con los generales del Khan u
orkhon.
Las
divisiones separadas colocaron cuerpos de observación delante de las grandes
ciudades fortificadas, en tanto que el distrito circundante era asolado. Los
abastecimientos se obtenían del país, y si la campaña iba a ser de larga
duración, se establecía una base temporal. Raramente se defendieron los
mongoles en una plaza fuerte. Eran más aptos para sitiarla. Una «tuman»
permanecía con los cautivos y las máquinas para el trabajo de sitio, en tanto
que el grueso de las fuerzas se ponía en movimiento.
Cuando
se enfrentaban en el campo con un ejército enemigo, los mongoles seguían uno de
estos dos métodos: Si era posible, sorprendían al enemigo por medio de una
marcha forzada de día y de noche, concentrándose dos o más divisiones mongolas,
a una hora dada, en el lugar de la batalla. Así sucedió en la destrucción de
los húngaros, cerca de Pesth, en 1241. Si esto no podía hacerse, rodeaban al
enemigo y envolvían un flanco mediante la rápida «tulughna» o «vuelta de
estandarte». Otro recurso era fingir la huida y retirarse durante varios días,
hasta que las fuerzas enemigas quedaban separadas de sus bases y protección.
Entonces los mongoles montaban caballos de refresco y volvían al ataque. Esta
maniobra ocasionó el desastre a la poderosa hueste rusa cerca de Dniéper. Con
frecuencia, en esta retirada ficticia, los mongoles extendían sus líneas hasta
que el enemigo quedaba envuelto sin haberse apercibido. Si las tropas enemigas
se reunían en masa y luchaban bravamente, podían abrir la línea envolvente
mongola y batirse en retirada. Entonces solían ser atacadas en su marcha. Tal
fue el destino del ejército de Bokhara.
Muchos
de estos recursos fueron puestos en práctica por los autores primitivos, lo
Hiung-nu, de quienes descendían, en parte, los mismos mongoles. Los catayanos
se acostumbraron a maniobrar en columnas de caballería, y los mismos chinos
conocían todas las reglas de la estrategia. Esto permitió a Genghis Khan tener
el inflexible acierto y la rara habilidad de hacer lo justo en el momento justo
y mantener a sus hombres bajo una disciplina de hierro: "Dicen los chinos,
que condujo sus ejércitos como un dios. La forma en que movía los grandes
cuerpos de hombres sobre largas distancias, sin esfuerzo aparente; el juicio
que mostraba en la dirección de varias guerras en comarcas distantes unas de
otras; su estrategia en regiones desconocidas, siempre alerta y sin vacilación;
su precaución para intervenir en otras empresas; los sitios que llevó a término
feliz; sus brillantes victorias; la serie de «soles de Austerlitz», todo esto
combinado constituye un cuadro junto al cual no pueden presentar los europeos
nada que lo sobrepase, si verdaderamente tienen alguno que contenga la
comparación«. Así sintetiza Demetrio Boulger el genio militar del gran Mongol
(«A Short History of China», página 110).
Nota
VI
Los
mongoles y la pólvora
Conocemos
muy mal las invenciones de los chinos, antes de que Genghis Khan y sus mongoles
se abriesen camino por este Imperio excesivamente recluido. Después de 1211,
oímos hablar frecuentemente de la pólvora. Se utilizaba en los «ho-pao» o
lanza-fuegos. En un asedio, se menciona el «hopao», quemando y destruyendo
torres de madera. La explosión de la pólvora en los lanza-fuegos, hacía «un
ruido como trueno, que se oía a una distancia de cien li». Esto equivalía a
treinta millas. Pero, probablemente, es una exageración. En el sitio de
Kaifong, en 1232, un cronista chino dice lo siguiente:
«Cuando
los mongoles excavaron hoyos en la tierra, para estar a cubierto de los
proyectiles, decidimos envolver con hierro las máquinas llamadas
«chien-tien-lei» (una especie de lanza-fuegos) y colocarlas en los lugares
donde estaban los zapadores mongoles. Explotaron aquellas y volaron en
fragmentos hombres y defensas».
Otra
vez, en los tiempos de Kubilai Khan: «El emperador… ordenó que se descargase un
cañón; la detonación causó pánico entre las tropas enemigas». El doctor Herbert
Gowen, de la Universidad de Washington, cita una referencia japonesa a estas
armas mongolas, tomadas del siglo XIV: «Esferas de hierro, como balones, eran
enviadas, con un sonido como de ruedas de carro rodando por una pendiente
escarpada, y acompañadas de ráfagas semejantes a relámpagos».
Está
claro que los chinos y los mongoles conocían el efecto detonante del cañón, y
también que sus lanza-fuegos fueron empleados principalmente para incendiar y
amedrentar al enemigo. No sabían calcular el cañón e hicieron pocos progresos
en estos proyectiles, pendientes aún de la torsión maciza y del contrapeso de
las máquinas de sitio. Estos mismos mongoles atravesaron la Europa central, en
1233-40, y llegaron hasta lo que es hoy Rusia, Polonia y Rusia Polaca, en vida
del monje Schwartz. Freiburg estaba dentro del área de su conquista y el monje
alemán pudo muy bien meditar sus inventos a unas trescientas millas de una
guarnición mongola. (En justicia, para reivindicar a Schwartz debemos añadir
que no está comprobado que los mongoles usaran la pólvora en Europa. Pero debe
consignarse que los mercaderes negociaban con ellos constantemente y venían a
las ciudades europeas).
Volviendo
a Fray Roger Bacon, encontramos que, al parecer, no fabricó pólvora para
utilizarla en público, aunque indica la existencia de este compuesto y sus
cualidades fulminantes. Roger Bacon lo encontró sirviéndose de la geografía y
otros conocimientos por el fraile Guillermo de Rubruk, que fue enviado por San
Luis de Francia como mensajero a los mongoles. «El Opus Majus», de Roger Bacon,
dice respecto al libro de Guillermo de Rubruk: «Que yo lo he visto y he hablado
con su autor». (Contra esto puede argüirse que el libro de Rubruk no hace
mención de la pólvora, y que no podemos creer que llegase a conocerla durante
su estancia de medio año en la corte mongola, aun cuando la primera mención que
Bacon hace de la pólvora y sus componentes, nitro y azufre, antecede
escasamente, al regreso de Rubruk de su viaje). Quede al juicio de cada cual el
estimar la circunstancia de que los dos ostensibles inventores de la pólvora,
en Europa, viviesen durante los sesenta y cinco extraordinarios años en que
Europa fue sacudida por las invasiones mongolas, y tuviesen contacto de algún
género con los mongoles.
Es
de evidencia innegable que las armas de fuego y el cañón aparecieron en
Alemania en tiempos del monje Schwartz. El cañón fue ideado y desarrollado
rápidamente en Europa, y pasó al Asia por la vía de Constantinopla y de los
turcos. De modo que ya encontramos a Babar, el primero de los moghuls, equipado
con cañones de gran calibre, manejados por rumis (turcos), en 1525. Y el primer
cañón de metal fue construido en China por los jesuitas, en el siglo XVII.
Contemplamos asimismo el curioso espectáculo de los cosacos europeos,
invadiendo y atacando los dominios de los tártaros, en 1581, con mosquetes, en
tanto que los hombres del Asia arrastraban un cañón descargado, ignorantes de
su uso y esperando volar a los invasores.
En
resumen: los chinos fabricaron la pólvora y comprendieron sus cualidades
explosivas mucho antes que los monjes Bacon y Schwartz; pero hicieron poco uso
de ella en la guerra. Los europeos, ¿la tomaron de ellos o la descubrieron por
sí mismos? es este un problema no solucionado aún. Pero los europeos fueron sin
duda, los que construyeron el primer cañón útil. Probablemente no se conocerá
la verdad jamás. Es curioso que Mateo París y Tomás de Spalato y otros
cronistas medievales hablen del terror inspirado por los mongoles, que llevaban
consigo en las batallas el humo y las llamas. Esto puede ser una alusión a la
estratagema practicada con frecuencia por los ejércitos del Gobi, que
incendiaban las hierbas secas del país y avanzaban detrás de las llamas. Pero,
probablemente, se refiere al empleo por los mongoles de la pólvora, que aun no
se conocía en Europa. Carpini da una referencia curiosa de una especie de
lanzador de llamas, utilizado por los jinetes mongoles y accionado por un
fuelle. De todos modos, esta aparición de las llamas y el humo, entre los
mongoles, fue aceptada por nuestros cronistas medievales como señal de que eran
demonios.
Nota
VII
Los
magos y la cruz
Cuando
las divisiones mongoles, a las órdenes de Subotai y de Chepé Noyon, iban
abriéndose camino a través del Cáucaso, encontraron y derrotaron un ejército de
cristianos georgianos. Rusudan, reina de los georgianos, envió una carta al
Pontífice por mediación de David, obispo de Ani, en la que manifestaba que los
mongoles habían desplegado ante sus filas un estandarte que llevaba la cruz y
que esto había hecho creer a los georgianos que los mongoles eran cristianos.
Otra
vez, en la batalla de Liegnitz, relatan los cronistas polacos, que aparecieron
los mongoles con «un gran estandarte, llevando un emblema semejante a la letra
griega X». Un historiador hace notar que esto puede haber sido un dibujo de los
«chamanes», para ridiculizar la cruz, y que el emblema estaría formado por dos
colas de oveja cruzadas, utilizadas frecuentemente por los «chamanes» en sus
adivinaciones, y lo exhibirían para producir terror entre las nubes de humo que
surgían de las vasijas llevadas por los portaestandartes, vestidos de largas
hopalandas. No es verosímil que caudillos militares tan inteligentes como los
Orkhones, intentaran engañar al enemigo con una cruz. Es probable que los
cristianos nestorianos, que formaban en las filas mongolas, marchasen con la
cruz, y que sus sacerdotes fuesen vistos en Liegnitz, llevando acaso
incensarios.
Nota
VIII
Subotai
Bahadur hacia la Europa central
El
choque entre los mongoles y los europeos no se verificó durante la vida de
Genghis Khan, sino después del gran consejo de 1233, durante el Khanato de
Ogotai. Brevemente referido, he aquí lo que aconteció: Batu, el hijo de Juchi,
marchó hacia el oeste con la horda para tomar posesión de las tierras sobre las
que Subotai galopara en 1223. Desde 1238 al otoño de 1240, Batu, el
«espléndido», cruzó los «clanes» del Volga, las ciudades rusas y las estepas
del mar Negro. Finalmente, sitió Kiev y envió columnas para invadir la Polonia
occidental o, mejor, la Rutenia, puesto que la Polonia estaba entonces dividida
en principados. Cuando, en marzo de 1241, se derritieron las nieves, estaban
los cuarteles generales mongoles al norte de los Cárpatos, entre la moderna
Lemberg y Kiev, Subotai, el genio director de la campaña, tenía enfrente los
siguientes enemigos: Boleslao el Casto, señor de Polonia; más allá, al norte,
en Silesia, Enrique el Piadoso, con un fuerte ejército de treinta mil polacos,
bávaros, caballeros teutones y templarios de Francia, que se habían ofrecido
como voluntarios para detener esta invasión de bárbaros; a unas cien millas
detrás de Boleslao, el rey de Bohemia estaba movilizando un ejército aun mayor
y recibiendo contingentes de Austria, Sajonia y Brandeburgo; sobre el frente
izquierdo de los mongoles, Miceslao de Galitzia y otros señores estaban
preparándose para defender sus tierras en los Cárpatos; sobre el ala izquierda
mongola, más apartada, la hueste magiar de Hungría, con cien mil hombres,
estaba reuniéndose bajo la bandera del Rey Bela IV, más allá de los Cárpatos.
Si Batu y Subotai torcían hacia el Sur, a Hungría, dejaban a su izquierda al
ejército polaco. Si avanzaban al Poniente, para encontrar a los polacos,
quedaban los húngaros sobre su flanco. Subotai y Batu estaban, al parecer,
perfectamente enterrados de los preparativos de las huestes cristianas. Sus
expediciones de exploración, el año anterior, les habían facilitado valiosos
informes sobre el país y los monarcas enemigos. En cambio, los reyes cristianos
tenían pocas noticias de los movimientos de los mongoles. Tan pronto como la
tierra estuvo bastante seca para que sus caballos pudieran moverse en ella,
maniobró Batu, a despecho de los lodazales del Pripet y de los húmedos bosques
que motean las comarcas de los Cárpatos, y dividió su hueste en cuatro cuerpos
de ejército, enviando los más poderosos contra los polacos, a las órdenes de
dos generales de confianza, nietos de Genghis Khan: Kaidu y Baibars. Esta
división se movió rápidamente hacia el oeste y encontró a las fuerzas de
Boleslao, cuando los polacos perseguían a algunos contingentes de exploración
mongoles. Los polacos pelearon con su habitual bravura, pero fueron derrotados.
Boleslao huyó a Moravia y los restos de sus hombres se retiraron al norte,
hacia donde los mongoles no les persiguieran. Era el 18 de marzo. Cracovia fue
incendiada y los mongoles de Kaidu y Baibars se apresuraron en busca del duque
de Silesia, antes de que éste juntase sus fuerzas con los bohemios. Encontraron
el ejército de Enrique el Piadoso, cerca de Liegnitz, el 9 de abril. De la
batalla, que a este encuentro siguió, no tenemos informes de testigos.
Solamente sabemos que las fuerzas alemanas y polacas cedieron ante el empuje
del estandarte mongol y fueron casi exterminadas. Enrique y sus barones, hasta
el último hombre, perecieron, como también los Hospitalarios. Dícese que el
gran Maestre de los Caballeros Teutones pereció en el campo, con nueve
templarios y quinientos hombres de armas.[26] Liegnitz fue quemado por sus
defensores, y al día siguiente de la batalla, Kaidu y Baibars encontraron al
ejército más poderoso de Wenceslao, rey de Bohemia, a cincuenta millas de
distancia. Wenceslao se movió rápidamente cuando los mongoles aparecían y
desaparecían. Su cuidadoso orden de batalla, demasiado potente para ser atacado
por la división mongola no pudo alcanzar los jinetes de Catay, que cargaban en
sus montes y saqueaban Silesia y la hermosa Moravia. Finalmente, los mongoles
burlaron a Wenceslao, haciéndole marchar hacia el Norte, en tanto que ellos
volvían al Sur a reunirse con Batu. «Y sé —escribe Ponce d'Aubon a San Luis—
que todos los barones de Alemania y el rey y toda la clerecía y todos en
Hungría han tomado la cruz para ir contra los tártaros. Y si lo que nuestros
hermanos nos han dicho es verdad, si son vencidos por la voluntad de Dios,
estos tártaros no encontrarán nada firme hasta su tierra».
Mas
cuando el señor de los templarios escribía esto, la hueste húngara estaba ya
vencida. Subotai y Batu, con tres divisiones, pasaron los Cárpatos. El flanco
derecho entró en Hungría, desde Galitzia; y el izquierdo, bajo el mando de
Subotai, descendió a través de Moldavia. Fueron destruidos los pequeños
ejércitos en su marcha y las tres columnas reunieron sus fuerzas ante Bela y
los húngaros, cerca de Pesth. Empezaba entonces abril, precisamente antes de la
batalla de Liegnitz. Subotai y Batu, que no tenían noticias de lo que estaba
sucediendo en el Norte, despacharon una división para establecer comunicación
con los nietos de Genghis Khan, sobre el Oder. El pequeño ejército del obispo
de Ugolino avanzaba contra ellos. Se retiraron a una región pantanosa y
envolvieron a los temerarios húngaros. El obispo huyó con tres compañeros,
únicos supervivientes. En el ínterin, Bela empezó a cruzar el Danubio con sus
huestes: croatas, alemanes y magiares, con los templarios franceses que se
habían establecido en Hungría. En total, cien mil hombres. Los mongoles se
retiraron lentamente ante ellos. Batu, Subotai y Mangu, conquistador de Kiev,
habían dejado el ejército e inspeccionado el lugar escogido para la batalla,
que era la llanura de Mohi, enmarcada en sus cuatro lados por el río Sayo, las
colinas de viñedos de Tokay, los «sombríos bosques, y la gran colina de
Lómnitz». Los mongoles se retiraron cruzando el río y dejando intacto un ancho
frente de piedra. Prosiguieron hacia un monte, al lado opuesto, a unas cinco
millas. La hueste de Bela les siguió ciegamente y «acampó en la llanura de
Mohi», con toda su pesada impedimenta, maceros, caballería cubierta de malla y
séquito. Fueron colocados mil hombres sobre el lado opuesto del puente y
exploraron el bosque, sin encontrar rastro alguno del enemigo. Por la noche,
Subotai tomó el mando de la derecha mongola, describiendo un amplio círculo
sobre el río donde él había observado que podía vadearse, y construyó un puente
para cruzarlo más cómodamente. Apuntaba la aurora, y el avance de Batu tomó la
dirección del puente, sorprendiendo y aniquilando los destacamentos que lo
guardaban. Sus principales fuerzas fueron lanzadas a cruzarlo y siete
catapultas dispararon sobre los caballeros de Bela, que intentaron detener el
ímpetu de los jinetes al cruzar el puente. Los mongoles surgieron rápidamente
dentro de las desordenadas formaciones de sus enemigos con el terrible
estandarte de las nueve colas de yak, rodeado por el humo de los fuegos que
llevaban en vasijas los «chamanes». («Una enorme cara gris con larga barba —así
lo describe un europeo—, produciendo un humo pestilente»). No titubearon los
bravos paladines de Bela. La batalla fue obstinada y no cesó hasta cerca del
mediodía. Entonces Subotai acabó su movimiento de flanco y apareció detrás de
las tropas de Bela. Cargaron los mongoles y deshicieron a los húngaros. Al
igual de los caballeros teutónicos en Liegnitz, murieron los templarios, hasta
el último hombre, sobre el campo.[27]
Las
filas de los mongoles partieron hacia el Oeste, dejando cubierto el camino a
través del desfiladero, por donde la hueste de Bela había avanzado hacia la
llanura. Los húngaros huyeron y fueron perseguidos despacio. Durante dos días,
los cuerpos de los europeos cubrieron los caminos. Cuarenta mil cayeron. Bela,
separado de sus compañeros supervivientes, abandonó a su hermano moribundo, el
arzobispo asesinado. Por la gran rapidez de su caballo se libró de la
persecución, se ocultó a lo largo de la ribera del Danubio, fue perseguido y
huyó a los Cárpatos. Con el tiempo llegó al mismo monasterio que albergó a su
hermano Boleslao el Casto, rey de Polonia.
Los
mongoles asaltaron Pesth e incendiaron los suburbios de Gran. Avanzaron por
Austria hasta Nieustadt, esquivaron las lentas huestes de alemanes y bohemios y
bajaron hasta el Adriático, saqueando las ciudades a lo largo de la costa,
excepto Ragusa. En menos de dos meses habían recorrido Europa, desde el
nacimiento del Elba hasta el mar, y habían derrotado tres ejércitos grandes y
una docena de ejércitos menores, tomando por asalto todas las ciudades, excepto
Olmutz, que hizo una gran defensa bajo Yaroslao de Stemberg, con doce mil
hombres.
Ninguna
segunda Tours salvó al occidente de Europa de un desastre inevitable.[28] Los
ejércitos aptos sólo para moverse en masa y conducidos por monarcas
incompetentes, como Bela o San Luis de Francia, fueron valientes, pero
inhábiles para conseguir éxito contra el rápido maniobrar de los mongoles,
dirigidos por generales como Subotai, Mangu y Kaidu, veteranos de toda una vida
de lucha en dos continentes. Pero la guerra no llegó a su éxito final. Un
correo de Karakorum trajo a los mongoles la noticia de la muerte de Ogotai y la
orden de regresar al Gobi. Allí, en el consejo, un año después, la batalla de
Mohi salió a relucir de nuevo. Batu acusó a Subotai de haber tardado en llegar
al campo de batalla, causando la pérdida de muchos mongoles. El viejo general
contestó agriamente: «Recuerda que el río no era profundo delante de ti y había
ya un puente. Donde yo crucé, el río era profundo y tuve que construir un
puente». Batu admitió la veracidad de estos dichos y no volvió a inculpar a
Subotai.
Nota
IX
Lo
que Europa pensaba de los mongoles
Ya
hemos dicho lo suficiente para demostrar que los ejércitos mongoles poseían
varias ventajas sobre los europeos de la época. Eran más ágiles. Durante la
invasión de Hungría, Subotai cabalgó con su división doscientas noventa millas
en menos de tres días. El mismo Ponce d'Aubon dice que los mongoles podían
marchar en un sólo día, tan lejos «como desde Chartres a París». «Ningún pueblo
del mundo— afirma un cronista contemporáneo[29], hablando de los mongoles — es
tan hábil, sobre todo para luchar en campo abierto y derrotar al enemigo por la
bravura personal o práctica de la guerra». Esta opinión la confirma Fray
Carpini, que fue enviado al mongol, no mucho después de la terrible invasión de
1238-1242, para exhortar al pagano a que cesase de matar cristianos. «Ni un
solo reino o provincia puede resistir a los tártaros». Y añade: «Los tártaros
pelean más por la estratagema que por la misma fuerza». Este valeroso
sacerdote, que parece haber tenido interés por temas militares, dice que los
«tártaros» eran menos numerosos y carecían de la estatura y fuerza física de
los europeos. Y para estimular a los monarcas europeos (que siempre tomaban el
mando de sus huestes en la guerra, sin tener en cuenta los méritos que se
necesitan para semejante caudillaje) a que modelasen su sistema militar sobre
el de los mongoles, dice: «Nuestros ejércitos deben estar ordenados según el
sistema de los tártaros y con las mismas rigurosas leyes de guerra. Si es
posible, deberá escogerse el campo de batalla en una llanura, donde todas las
cosas sean visibles desde todos los lados. El ejército no pretenderá formar un
solo cuerpo sino muchas divisiones. Se enviarán exploradores por todas partes.
Nuestros generales deberán conservar las tropas alerta día y noche, y siempre
armadas, prontas para la batalla, así como los tártaros están siempre
vigilantes como demonios». «Si los príncipes y gobernantes cristianos quieren
resistir a su avance, es requisito indispensable el hacer causa común y formar
consejo unido».
Carpini
no deja de explicar las armas de los mongoles, aconsejando a los soldados
europeos que perfeccionen las suyas. "Los príncipes de la cristiandad
deberán tener muchos soldados armados con fuertes arcos, ballestas y
artillería, con la que los tártaros aterran. Además, deberán tener soldados
armados con buenas masas de hierro o con hachas de largo mango. Las flechas de
punta de acero deben templarse a la manera tártara, sumergiéndolas, mientras
están calientes, en agua mezclada con sal, lo que les facilita la penetración
en las armaduras. Nuestros hombres deberán tener buenos yelmos y armaduras
impenetrables, para sí y sus caballos. Y aquellos que no estén armados deberán
continuar el camino de los que lo están. Carpini había recibido una fuerte
impresión de la devastadora ballestería de los mongoles, hijos de la guerra.
«Hieren y matan con flechas, hombres y caballos, y, cuando los hombres y
caballos son destrozados de esta forma, entonces cargan contra ellos».
Por
este tiempo, el emperador Federico II, el mismo que sostuvo la famosa contienda
contra el Pontífice, recabó la ayuda de otros príncipes y escribió al rey de
Inglaterra: «Los tártaros son hombres de baja estatura, pero de fuertes
miembros, nervios resistentes, valientes y osados, dispuestos siempre a
arrojarse al peligro a una indicación de su jefe… Pero — y esto no lo podemos
decir sin lamentarlo—, si antiguamente iban cubiertos de pieles y armaduras de
hierro, ahora van equipados con armaduras finas y útiles, despojos de los
cristianos; de modo que podemos ser heridos ignominiosa y dolorosamente por
nuestras propias armas. Además van montados sobre mejores caballos y se
sustentan de alimentos escogidos, y lucen vestidos menos rudos que los
nuestros». Por el tiempo en que escribió esto, el emperador Federico fue
requerido por el victorioso ejército mongol para ser súbdito del gran Khan. Los
términos propuestos eran ingenuos, desde el punto de vista mongol, pues el
emperador y su pueblo debían entregarse cautivos, y sólo de este modo podían
salvar sus vidas.[30] El emperador había de ir él mismo a Karakorum y estar
allí con un oficial de postas elegido para él. A esto contestó amablemente
Federico que conocía las aves de presa lo bastante para desempeñar el cargo del
halconero del Khan.
Nota
X
Correspondencia
entre los monarcas europeos y los mongoles
Cuando
Batu y Subotai regresaron de Europa, en 1242, un terror difuso de otra invasión
mongola obligó a los soberanos de la cristiandad a actuar en varias formas.
Inocencio IV convocó el Concilio de Lyon, para discutir, entre otros asuntos,
alguna defensa de la cristiandad. El incauto San Luis declaró que si los
tártaros aparecían de nuevo, la caballería francesa moriría en defensa de la
Iglesia. Y así provocó las desastrosas cruzadas de Egipto, enviando, en
diferentes veces, sacerdotes y mensajes a los mongoles, al sur del Caspio,
mandados en aquel tiempo por Baichu Khan. Una de esas embajadas fue enviada al
Khan, a Karakorum, con regocijante resultado. El cronista medieval Joinville
nos dice que cuando los enviados se presentaron con sus insignificantes presentes,
el Khan se volvió hacia los nobles, congregados a su alrededor, y les dijo:
«Señores, aquí está la sumisión del rey de los francos, y aquí está el tributo
que nos ha enviado».
Los
mongoles requirieron frecuentemente a Luis a que hiciera sumisión a su Khan, le
diera tributo y fuera protegido, como otros gobernantes, por el poder del Khan.
Le advirtieron, también, que no hiciera la guerra a los Selyuks del Asia Menor,
con los que estaban aliados. Luis, algunos años después, envió a la corte del
Khan al vigoroso e inteligente Rubriquis; pero cuidó de instruir al monje para
que no se presentase como un enviado, dejando que su viaje fuese interpretado
como un acto de sumisión. Entre las cartas que Luis recibió de la horda, existe
una mencionando el hecho de que muchos cristianos se encontraban entre los
mongoles: «Nosotros venimos con autoridad y poder para anunciar que todos los
cristianos están exentos de servidumbre e impuestos en las tierras mahometanas
y son tratados con honor y reverencia. A ninguno se le molestaba en sus bienes,
y aquéllas de sus iglesias que han sido destruidas se reconstruyen y se les
permite hacer sonar sus chapas».[31] Es verdad que hubo varias esposas cristianas
de los IL-Khanes mongoles de Persia y que armemos cristianos les sirvieron como
ministros. Restos de cruzados, abandonados en Palestina, pelearon en ocasiones
en las filas mongolas. Y el IL-Khan Arghun reconstruyó iglesias que habían sido
destruidas en las guerras anteriores. Un iracundo mahometano escribe que, en el
año 1259, el IL-Khan mongol Hulagu ordenó, en toda Siria, qué «todo religioso
de una secta podrá proclamar abiertamente su fe, y esto ningún muslime lo
condenará. Desde este día, no hubo un sólo cristiano del pueblo o de las clases
elevadas, que no mostrase sus adornos más finos».
Cualquiera
que fuese su inclinación hacia los cristianos, en Palestina, los caudillos
mongoles desearon sinceramente la ayuda de los ejércitos europeos contra los
mahometanos; y, en 1274, enviaron al Pontífice una embajada de diez y seis
hombres, y otra después a Eduardo I de Inglaterra, que contestó con buena
provisión de casuística (ya que no tenía intención de ir a Jerusalén):
«Observamos la resolución que habéis tomado de librar la Tierra Santa de los
enemigos del cristianismo. Esto es grato para nosotros y os damos las gracias.
Pero ahora no podemos enviaros noticias ciertas respecto de la época de nuestra
llegada a Tierra Santa».
Entretanto,
el pontífice mandó otros enviados a Baichu, cerca del Caspio. Estos ofendieron
mucho a los mongoles, porque no sabían el nombre del Khan y disertaban sobre
los pecados del derramamiento de sangre. Los mongoles decían que el pontífice
debía ser muy ignorante, si no sabía el nombre del hombre que regía todo el
mundo; y que para destrozar a sus enemigos, estaban bajo el mando del mismo
hijo de los cielos. Baichu estuvo tentado de ejecutar a los desdichados
sacerdotes; pero les perdonó y los despidió, porque, después de todo, sólo eran
enviados. La contestación de Baichu, en una carta, a los emisarios de Inocencio
IV, es digna de anotarse:
«Por
orden del Khan supremo, Baichu Noyon envío estas palabras: «Papa, ¿no sabes que
tus enviados han, llegado a nosotros con tus cartas? Tus enviados han proferido
palabras llenas de viento. No sabemos si lo hicieron por orden tuya. De modo
que te enviarnos este mensaje: Si deseas reinar sobre la tierra y el agua, tu
patrimonio, deberás venir tú mismo, Papa, a nosotros, y presentarte ante quien
reina sobre la superficie de toda la tierra. Y si tú no vienes, no sabemos lo
que acontecerá. Dios sólo lo sabe. Únicamente sería bueno que nos enviases
mensajeros para decir si vendrás o no y si vendrás en amistad o no».[32]
No
necesitamos decir que Inocencio V no hizo el viaje a Karakorum. Ni los mongoles
volvieron a la Europa central. Pero no porque la caballería de la Europa
oriental los contuviese. En Nieustadt, de Austria, habían avanzado a casi seis
mil millas de sus tierras natales. Subotai y el bravo Tulí habían muerto. Batu,
el hijo de Juchi, estaba muy contento con Sari, su ciudad dorada sobre el
Volga. La guerra civil ardía a lo largo de las extensiones del Asia. Cesó la
marcha de las hordas hacia Occidente, a fines del siglo XIII, Los mongoles
saquearon Hungría y se retiraron a las llanuras del Volga.
Nota
XI
La
tumba de Genghis Khan
El
relato publicado en un diario de Londres, que el profesor Pedro Kozloff había
encontrado e identificado el lugar del enterramiento del mongol, despertó,
recientemente, gran interés. Esta relación fue negada por el profesor Kozloff,
según un cable de Leningrado, enviado a «New York Times» el 11 de noviembre de
1927. El profesor Kozloff, relatando los resultados de su última excursión por
Kara Khoto, al sur del Gobi, durante los años 1925-26 y los restos de la
antigua cultura escrita sibeliana encontrada allí, indica que el lugar de la
tumba de Genghis Khan se desconoce aún.
Existen
muchas tradiciones contradictorias respecto a este sepulcro desaparecido. Marco
Polo lo menciona vagamente, suponiendo que está entre las tumbas de los últimos
soberanos mongoles. Reshid-el-Din dice que Genghis Khan fue enterrado en una
colina llamada Yakka Kuruk, cerca de Urga, lugar mencionado frecuentemente por
Ssanang Setzen. Quatremere y otros la identificaron con la Khanula, cerca de
Urga. Pero todo esto es dudoso. El Archimadrita Palladius, dice:
«En
los documentos del período mongol no existen indicaciones ciertas sobre el
lugar del enterramiento de Genghis Khan».
Una
tradición más moderna, citada por E. T. C. Werner, coloca la tumba del
conquistador en el país de los sordos, en Etjen Koro. Aquí celebran hacia el
día veintidós del tercer mes una ceremonia los príncipes mongoles. Las
reliquias del gran Khan —una montura, un arco y otros objetos— son llevados al
lugar del enterramiento, que no es una tumba, sino un campamento cercado por
montones de piedras. Se levantan dos tiendas de fieltro blanco, que contienen,
al parecer, un cofre de piedra, cuyo contenido se desconoce. Mr. Werner cree
que los mongoles aciertan al afirmar que los restos del conquistador descansan
en este campamento, guardados por quinientas familias que conservan aún
derechos especiales. Está situado más allá de la Gran Muralla, al sur de la
curva del Hoang, próximo a los 40° de latitud Norte y a los 109° de longitud
Este. En demostración de su aserto cita palabras del príncipe mongol de
Kalachin, descendiente de Genghis Khan. Y ésta quizás sea una prueba más
valiosa que los vagos y contradictorios informes de las crónicas.[33]
Nota
XII
Ye-Lui
Chut-Sai, sabio de Catay
Pocos
hombres han tenido un papel más difícil que representar en la vida que este
catayano, que capturó la mirada de Genghis Khan. Fue uno de los primeros chinos
que cabalgó con la horda. Los mongoles no se hicieron fácilmente prácticos en
el estudio de la filosofía, la astronomía y la medicina. Un oficial que se
distinguía por su pericia como constructor de arcos, dio vaya al alto y barbado
catayano: «¿Qué asuntos tiene un hombre de libros entre una compañía de
guerreros?» —preguntó. «Para hacer arcos finos —contestó Ye-Lui Chut-sai— se
necesita un carpintero; pero cuando se trata de gobernar un imperio, se precisa
un hombre de sabiduría». Llegó a ser un favorito del viejo conquistador; y
durante las largas marchas hacia el oeste, en tanto que los otros mongoles
reunían ricos despojos, el catayano coleccionaba libros, tablas astronómicas,
hierbas medicinales. Ye-Lui Chut-sai anotó la geografía de la marcha, y cuando
una epidemia diezmó la horda, saboreó su venganza de filósofo en los oficiales
que se habían burlado de él. Les administró ruibarbo y los curó.
Genghis
Khan le estimaba por su integridad y Ye-Lui Chut-sai no perdía oportunidad de
condenar las matanzas, que marcaban el sendero de la horda. Existe una leyenda,
según la cual, en los desfiladeros del alto Himalaya vio Genghis Khan en un
sendero la maravillosa aparición de un animal, de figura semejante a la de un
ciervo, pero de color verde y con un solo cuerno. Llamó a Ye-Lui Chut-sai para
que le diese la explicación del fenómeno y el catayano contestó gravemente:
«Este extraño animal se llama Kiutuan. Conoce todos los lenguajes de la tierra
y ama a todos los hombres vivos y tiene horror de los asesinatos. Su aparición
es indudablemente un aviso a ti ¡oh mi Khan! para que abandones esta conducta».
Bajo
Ogotai, hijo de Genghis Khan, el catayano administró el imperio y se las
ingenió para quitar la aplicación de los castigos de mano de los mongoles,
nombrando magistrados para este cometido y recaudadores para cuidar de los
tesoros. Su ingenio ágil y su valor sereno complacieron a los conquistadores
profanos, que supo someter a su influencia. Ogotai era un gran bebedor y Ye-Lui
Chut-sai tuvo motivo para desearle una vida todo lo larga que fuese posible. No
teniendo efecto sobre el Khan las amonestaciones, el catayano le llevó un vaso
de hierro, en el cual había habido vino, durante algún tiempo. El vino había
corroído el fondo del vaso. "Si el vino —le dijo— ha corroído este hierro,
juzga lo que habrá hecho en tus intestinos. Ogotai, impresionado con la
demostración, se moderó en su afición, aun cuando ésta fue la causa real de su
muerte. En una ocasión, irritado por un acto de su canciller, puso en prisión a
Ye-Lui Chut-sai. Pero después cambió de parecer y ordenó que fuese libertado.
El catayano no quería salir de su celda y Ogotai envió a preguntar por qué no
aparecía en la corte. «Tú me nombraste ministro —dijo el sabio en su
respuesta—. Tú me has colocado en prisión. Soy, pues, culpable. Tú me concedes
la libertad. Soy, pues, inocente. Es fácil, para ti, hacer de mí un pasatiempo.
Pero ¿cómo voy a dirigir los asuntos del imperio?». Fue restablecido en su
cargo, para bien de muchos millones de seres humanos. Cuando Ogotai murió, la
administración salió de las manos del viejo catayano y fue entregada a un
mahometano, llamado Abd-el-Rahman. La pesadumbre que le causaron las opresoras
medidas del nuevo ministro, apresuró la muerte de Chut-sai. Creyendo que había
acumulado grandes riquezas durante su vida bajo los Khanes, algunos oficiales
mongoles registraron su residencia. No encontraron más tesoro que un ordenado
museo de instrumentos musicales, manuscritos, mapas, tablillas y piedras, sobre
las cuales estaban grabadas inscripciones.
Nota
XIII
Ogotai
y su tesoro
El
hijo, que sucedió en el trono al conquistador, se encontró señor de medio
mundo, casi a pesar suyo. Ogotai poseía el buen humor y la tolerancia de los
mongoles, sin la crueldad de sus hermanos. Pudo sentarse en la tienda-palacio
de Karakorum, sin hacer otra cosa que escuchar a los que desmontaban, para
prosternarse ante el trono del Khan. Sus hermanos y oficiales sostenían las
guerras, y Ye-Lui Chut-sai se cuidaba de recaudar los impuestos. Ogotai, ancho
de cuerpo y plácido de espíritu, ofrece en todos sus actos el curioso cuadro de
un bárbaro benévolo, que se apropió los despojos de Catay, las mujeres de una
docena de imperios y la yeguada de incontables pastizales. Sus actos son
marcadamente contrarios a la realeza. Cuando sus oficiales protestaban de su
costumbre de dar audiencia a cualquiera que quisiera verle, replicaba que
pronto marcharía de este mundo, y su única morada perenne sería el recuerdo de
los hombres.
No
gustó de los tesoros reunidos por los monarcas persas e indios. «Son necios
—dijo y lo hacen mal. No se llevarán nada con ellos, cuando salgan de este
mundo». Los astutos mercaderes mahometanos oyeron el rumor de su incauta
generosidad, y no dejaron de acudir en tropel a su corte, con multitud de
mercancías y una elevada nota de precios. Estas notas eran presentadas al Khan,
por la noche, cuando se sentaba en público. Al principio, los nobles cortesanos
protestaron que los mercaderes abusaran absurdamente. Ogotai asintió. «Ellos
vienen esperando sacar provecho de mí —dijo, y yo no quiero que regresen
chasqueados».
Sus
viajes a otros países extraños tuvieron el mérito de los de Harun al Rashid.
Gustaba de conversar con los caminantes, que encontraba al azar, y en cierna
ocasión, quedó impresionado por la pobreza de un anciano, que le entregó tres
melones. No teniendo el Khan, en esta ocasión, ni plata ni ricas telas, ordenó
a una de sus esposas que recompensase al mendigo con las perlas de sus
zarcillos, que eran de gran tamaño y precio. «Sería mejor ¡Oh, mi señor!
—protestó ella—, citarlo mañana en la corte y darle dinero, que será de mayor
uso para él que estas perlas». «El verdadero pobre —replicó el práctico mongol—
no puede esperar hasta mañana. Además, las perlas no tardarán mucho en volver a
mi tesoro».
Ogotai
tenía por la caza la afición de un mongol y gustaba de presenciar los combates
y las carreras de caballos. Cantores y gimnastas venían a la corte, desde el
lejano Catay y las ciudades de Persia. Cuando empezaron las disensiones que,
con el tiempo, dividieron las dinastías mongolas, la contienda entre
mahometanos y budistas, persas y chinos (lucha que molestó al hijo de Genghis
Khan), su sencillez de pensamiento derrotó en ocasiones a los intrigantes.
Cierto budista vino al mongol con el cuento de que Genghis Khan se le había
aparecido en sueños y le había dado una orden: «Ve y ruega a mi hijo que
extermine a todos los creyentes mahometanos que son una raza depravada». La
severidad del difunto conquistador hacia los pueblos del Islam era bien conocida
y una «yarligh» u orden del gran Khan, comunicada en sueño era asunto
importante. Ogotai meditaba entre tanto: «¿Se dirigió a ti Genghis Khan por
boca de un intérprete?» —preguntó al fin—. "No, ¡oh mi Khan! Me habló él
mismo. «¿Y conoces tú la lengua mongol?» —insistió Ogotai—. Era un hecho
evidente que el hombre del sueño no hablaba sino el turco. «Entonces has
mentido —replicó el Khan—, pues Genghis Khan únicamente hablaba el mongol». Y
ordenó que el enemigo de los mahometanos fuese condenado a muerte.
En
otra ocasión unos saltimbanquis chinos entretenían a Ogotai con una
representación de circo. Entre los titiriteros observó el Khan la figura de un
anciano con turbante, largos bigotes blancos que era arrastrado a la cola de un
caballo. Entonces pidió que el chino le explicase el significado de aquello:
«Esta es la forma —respondieron los directores del circo— en que los guerreros
mongoles arrastran a los cautivos muslimes». Ogotai ordenó que la
representación fuese suspendida y que su servidumbre trajese de sus tesoros las
telas más ricas, las alfombras y trabajos más preciosos de China y Persia.
Demostró a los chinos que sus mercancías eran inferiores a las de Occidente, y
añadió: «En mi dominio no existe un solo mahometano rico, que no tenga varios
esclavos chinos, pero ningún poderoso[34] tiene esclavos mahometanos. También
sabéis que Genghis Khan publicó la orden de que se daría un premio de cuarenta
piezas de oro al matador de un mahometano, en tanto que él no consideró la vida
de un chino digna del precio de un asno. ¿Cómo entonces, os atrevéis a burlaros
de los mahometanos?». Y arrojó de la corte a los saltimbanquis y titiriteros.
Nota
XIV
La
última corte de los nómadas
Narración
de la llegada de fray Rubruquis a Lashgar o viaje a La Corte de Mangu Khan,
nieto de Genghis Khan.[35]
Solo
dos europeos nos han dejado una descripción de los mongoles, antes que la
residencia de los Khanes fuese trasladada a Catay. Uno es el monje Carpini y el
otro el corpulento fray Rubruquis, que caminó con valeroso ánimo por Tartaria,
convencido de que podía ser atormentado hasta la muerte. En nombre de su real
señor San Luis de Francia, llegó no como un enviado de su rey sino como un
emisario de paz, con la esperanza de que los paganos conquistadores pudieran
ser persuadidos de refrenar sus ataques contra Europa. Sólo llevaba por
compañero a otro monje hermano, sumamente medroso. Constantinopla, quedó tras
ellos, a la izquierda; y las estepas del Asia les envolvieron. Helado hasta la
medula y medio hambriento, fue dando tumbos por espacio de tres mil millas. Los
mongoles le habían equipado con pieles de oveja, calzado de cuero y angarinas
de piel y, como era corpulento y pesado, escogían para él, cuidadosamente, un
caballo para cada día, durante el largo viaje desde la frontera del Volga. Fue
un misterio para los mongoles este hombre de largas vestiduras, descalzo, que
llegaba de la lejana tierra de los francos, este hombre que ni era mercader ni
embajador, que no llevaba armas ni presentes, ni tampoco podía aceptar una
recompensa. Y es, en efecto, un cuadro curioso éste del corpulento y dogmático
fraile, que había salido de la agobiada Europa, para ver al Khan, un pobre
jinete, pero no un humilde miembro de las grandes comitivas que viajaban hacia
el Este por el desierto (Yeroslao, duque de Rusia, los señores catayanos y
turcos, los hijos del rey de Georgia, el enviado del califa de Bagdad y los
grandes Sultanes de los sarracenos). Con mirada escrutadora Rubriquis ha
observado la corte de los conquistadores nómadas, donde los «barones» bebían
miel en copas incrustadas de gemas y cabalgaban sobre pieles de ovejas con
sillas ornamentadas con trabajos de oro. De esta forma describe su llegada a la
corte de Mangu Khan.
"En
diciembre, día de San Esteban, llegamos a una gran llanura donde no se divisaba
una loma. Al día siguiente llegamos a la corte del gran Khan. Nuestro guía
tenía una casa asignada para él y se nos dio una pequeña cabaña para los tres,
estancia insuficiente para nuestra impedimenta y lechos y un pequeño fuego.
Llegaron varios hombres a nuestro guía con una bebida hecha de arroz, en
botellas de largo cuello. Esta bebida no difería del mejor vino, excepto que
olía de distinto modo. Fuimos llamados afuera e interrogados acerca de nuestros
asuntos. Un secretario me dijo que nosotros solicitábamos la ayuda de un
ejército tártaro contra los sarracenos; y esto me extrañó porque yo no conocía
las cartas de Su Majestad[36] que no solicitaba un ejército sino solamente
aconsejaba al Khan que fuera amigo de todos los cristianos.
"Los
mongoles, entonces, preguntaron si haríamos las paces con ellos. A esto yo
contesté que no habiendo agravios, el rey de los franceses no tenía motivo para
la guerra. Si la sostenía sin causa, confiábamos en el auxilio de Dios. A esto
parecieron todos maravillarse, exclamando: «¿No venís para hacer la paz?».
"Al
día siguiente fui a la corte, descalzo, de lo cual se asombraron las gentes.
Pero un muchacho húngaro que estaba entre ellos y conocía nuestra orden[37] les
explicó la razón. Entonces un nestoriano, que era el primer secretario de la
corte, nos hizo muchas preguntas y volvimos a nuestro alojamiento. En el
camino, al final del palacio, hacia el Este, vi una pequeña casa con una cruz
diminuta sobre ella. Me regocijé de esto, suponiendo que había algunos
cristianos en ella. Entré resueltamente y encontré un altar bien abastecido,
que tenía un paño de oro decorado con imágenes de Jesucristo, la Virgen, San
Juan Bautista y dos ángeles, adornados sus cuerpos y vestidos con perlas
pequeñas. Sobre el altar había una gran cruz de plata, resplandeciente de gemas
y muchos bordados. Delante, ardía una lámpara con ocho luces. Junto al altar vi
sentado a un monje armenio un tanto atizado y enjuto en un peludo capote y
ceñido de hierro bajo sus ásperas vestiduras. Antes de saludar al monje nos
prosternamos sobre el suelo cantando el «Ave Regina» y otros himnos, y el monje
se unió a nuestras preces. Después, nos sentamos con el monje que tenía un
modesto fuego en un caldero delante de él. Nos dijo que él (un ermitaño de
Jerusalén), había llegado un mes antes que nosotros. Cuando hubimos conversado
un rato, marchamos a nuestro alojamiento e hicimos un poco de caldo de pescado
y mija, para nuestra casa. Nuestro guía mongol y sus compañeros estaban beodos.
En la corte se tuvo poco cuidado de nosotros. Tan grande era al frío que a la
mañana siguiente las puntas de los dedos de mis pies estaban heladas y no pude
caminar mucho tiempo descalzo. Desde el tiempo en que las escarchas empiezan,
hasta mayo y aun después, no cesó de helar todas las noches y todas las
mañanas. Y en tanto que estuve allí el frío que se levantaba con el viento
mataba multitud de animales. La gente de la corte[38] nos trajo capotes de piel
de carnero y calzones y calzado que mí compañero y el intérprete aceptaron.
Hacía el 5 de enero entramos en la corte. Se nos preguntó qué acatamiento
haríamos al Khan, y yo dije que veníamos de un país lejano y con su venia
cantaríamos alabanzas a Dios, que nos había conducido hasta allí con felicidad
y después haríamos cuanto pudiera complacer al Khan. Entonces pasaron los
emisarios a presencia de éste y le relataron cuanto nosotros habíamos dicho.
Volvieron y nos condujeron a la entrada del zaguán, levantaron el fieltro, que
pendía ante el umbral. Nosotros cantamos «A Salís ortus cardine». Registraron
nuestros vestidos para averiguar si llevábamos armas ocultas e hicieron que
nuestro intérprete entregase su cinto a uno de los guardas de la puerta. Cuando
entramos nuestro intérprete quedó de pie junto a la mesa que estaba bien
provista de leche de yegua. Nosotros fuimos colocados en bancos delante de las
mujeres. Toda la casa estaba colmada en paños de oro, y en un hogar, situado en
el centro, había fuego de espinos, ajenjo, raíces y estiércol de vaca. El Khan
estaba sentado sobre un canapé con una espléndida piel como de foca. Era un
hombre romo, de mediana estatura, de unos cincuenta y cinco años de edad. A su
lado estaba sentada una de sus esposas, preciosa y frágil mujer. También una de
sus hijas, vigorosa, joven, estaba sentada sobre otro canapé, cerca de él. Esta
vivienda había pertenecido a la madre de esta hija, que era cristiana. La hija
era ahora la dueña. Fuimos interrogados si beberíamos vino de arroz o leche de
yegua o hidromiel, pues usan estas tres clases de bebidas durante el invierno.
Contesté que no sentíamos placer de beber y nos contentaríamos con lo que el
Khan se sirviese ordenar. Así, pues, se nos sirvió vino de arroz, del que yo
gusté un poco sin respeto. Después de un largo intervalo durante el cual el
Khan, que tenía un arco sobre sus rodillas, se solazó con halcones y otras
aves, se nos ordenó hablar. El Khan tenía un intérprete nestoriano: el nuestro
había bebido tanto licor en la mesa que estaba casi embriagado. Yo me dirigí el
Khan en la forma siguiente:
«Nosotros
damos las gracias y alabanzas a Dios que nos ha traído de tan remotas partes
del mundo a la presencia de Mangu Khan, sobre el cual derramó tan grande poder.
Los cristianos de Occidente, especialmente el rey de los franceses, nos envían
a vos con sus cartas, suplicándonos nos permitáis estar en vuestro país, puesto
que nuestra misión es enseñar a los hombres la ley de Dios. Por eso nosotros
rogamos a Su Alteza nos permita permanecer allí. No poseemos ni oro, ni plata,
ni piedras preciosas que ofrendar; pero nos ofrecemos nosotros mismos para
prestar servicio».
El
Khan contestó en estos términos:
«Como
el sol extiende sus rayos por doquiera, así nuestro poder y el de Batu se
extiende por todas partes. No precisamos, pues, de vuestro oro ni de vuestra
plata».
Yo
supliqué a Su Alteza que no se disgustase conmigo por haber mencionado el oro y
la plata, porque yo hablé tan sólo para mostrar claramente nuestro deseo de
servirle. Hasta aquí yo había entendido a nuestro intérprete. Pero estando ya
bebido, no podía pronunciar palabra inteligible. Parecióme que el Khan estaba
también bebido. Sin embargo, conservé mi tranquilidad. Entonces nos hizo
levantarnos y sentarnos de nuevo y, después de unas palabras de cumplimiento,
abandonamos su presencia. Uno de los secretarios e intérpretes salió con
nosotros y estuvo muy preguntón acerca del reino de Francia, especialmente si
había abundancia de ovejas, ganado y caballos, como si ellos intentasen hacerlo
todo suyo. Designaron a uno para que cuidase de nosotros. Íbamos adonde el
monje armenio, cuando llegó el intérprete diciendo que Mangu Khan nos concedía
dos meses para continuar allí hasta que el frío extremo pasase.
A
esto yo contesté: «Dios conserve a Mangu Khan y le conceda larga vida. Hemos
encontrado a este hombre, que nos parece un santo varón, y con gusto nos
quedaremos y oraremos con él por el bienestar del Khan», (Durante los días de
fiesta vinieron cristianos a la corte y rogaron por él, y bendijeron su copa,
luego que los mahometanos hubieron hecho lo mismo. Después de ellos vinieron
los sacerdotes paganos.[39]
El
monje Sergio pretendió que él, únicamente, creía en los cristianos; pero en
esto Sergio mintió. El Khan no creía en nadie, pero todos seguían a su corte
como las moscas a la miel. Da a todos y todos piensan que ellos son sus
familiares y todos anhelan prosperidad para él).
Fuimos
a nuestra vivienda, que encontramos muy fría, pues no teníamos combustible, y
aun cuando era de noche estábamos en ayunas. Más el que había de cuidar de
nosotros nos proveyó de alguna leña y algo de alimento. Nuestro guía de viaje,
que estaba ahora para regresar a Batu, pidió una alfombra para nosotros. Nos la
dio y partió en paz. El frío se hizo más riguroso y Mangu Khan nos envió tres
capotes de piel, con el pelo hacia fuera, los cuales recibimos muy agradecidos.
Comprendimos que no disponíamos de locales adecuados para orar por el Khan;
nuestra cabaña era tan pequeña que escasamente podíamos abrir nuestros libros
después de encendido el fuego, por la cantidad de humo. El Khan envió a decir
al monje que se complacería con nuestra compañía. Nos recibió alegremente y,
después de esto, estuvimos en una casa mejor.
Estando
nosotros ausentes, el mismo Mangu Khan llegó y se instaló en un reclinatorio de
oro en el cual se sentó con la reina, frontero al altar. Se nos mandó buscar y
un alabardero nos registró, por si teníamos armas ocultas. Llevando una Biblia
y un breviario en mi pecho, hice primero una reverencia ante el altar y después
presté mi obediencia a Mangu Khan, que deseó que le llevasen nuestros libros y
preguntó el significado de las miniaturas de que estaban adornados. Los
nestorianos, porque nosotros no teníamos a nuestro intérprete, le contestaron
como ellos particularmente pensaran. Deseando cantar un salmo, según nuestra
costumbre, cantamos el Veni Sáncte Spíritus. Después salió el Khan. Pero la
reina se quedó y distribuyó donativos.
Yo
reverenciaba al monje Sergio como mi obispo. En algunos casos obró de una forma
que me desagradaba mucho; pues se hizo un gorro con plumas de pavo real y una
pequeña cruz de oro. Pero yo estaba muy contento por la cruz. El monje, a
instigación mía, rogó que le dejasen llevar la cruz en lo alto de una lanza y
Mangu le concedió permiso para llevarla del modo que le pareciese conveniente.
Por eso fuimos alrededor de Sergio para honrar la cruz, cuando se proveyó de
una bandera, sobre una caña tan larga como una lanza; y la llevamos por todas
las tiendas de los tártaros cantando Vexilla regis proudent, con gran pesar de
los mahometanos que estaban envidiosos de nuestro favor y de los sacerdotes
nestorianos que envidiaban, a su vez, el beneficio que sacaban de su uso.
Cerca
de Karakorum. Mangu tenía una gran corte, rodeada de tapias de ladrillo, como
nuestros prioratos. Dentro de ella había un gran palacio, donde el Khan
celebraba festines dos veces al año, en Pascua de Resurrección y en el verano,
desplegando toda su magnificencia. Siendo indecente tener vasijas alrededor del
vestíbulo del palacio como en una taberna, Guillermo Bouchier, el orfebre de
París construyó un gran árbol de plata fuera de la media entrada del vestíbulo.
En las raíces del árbol había cuatro leones de plata, de los cuales manaba
leche pura de vaca. Sobre las cuatro grandes ramas del árbol, había serpientes
de oro enroscadas, que despedían arroyos de vinos de varias clases. El palacio
es semejante a una iglesia, con tres naves y dos filas de pilares. El Khan se
coloca sobre un lugar alto, en la parte Norte, donde puede ser visto de todos.
El espacio entre el Khan y el árbol de plata queda vacío, para el ir y venir de
los coperos y mensajeros, que llevan presentes. Al lado derecho del Khan se sientan
los hombres y al lado izquierdo las mujeres. Únicamente una mujer se sienta a
su lado, aunque no tan alto como él.
Excepto
por lo que se refiere al palacio, Karakorum no es tan hermosa como la ciudad de
Saint Denis. Tiene dos calles principales: La de los mahometanos, donde se
celebran los mercados, y la calle de los catayanos, llena de artesanos. También
hay muchos palacios, en los cuales viven los secretarios del Khan. Hay,
asimismo, mercados para el mijo y el grano, las ovejas y los caballos, los
bueyes y los carros. Existen doce templos con ídolos, dos mezquitas mahometanas
y una iglesia nestoriana.
Cerca
del domingo de Pasión salió el Khan de Karakorum, con sus tiendas más
pequeñas[40] solamente. El monje y nosotros le seguimos. Durante el viaje
tuvimos que atravesar un país montañoso, donde tropezamos con vientos fuertes,
mucho frío y nieve. Cerca de media noche, el Khan nos llamó, al monje y a
nosotros, rogándonos suplicásemos a Dios que la tormenta cesase, pues los
animales de su comitiva, en su mayor parte jóvenes, estaban para morir. El
monje envió por incienso, deseando ponerlo sobre las brasas: pero el viento y
la nieve, que habían durado dos días, cesaron. El domingo de Ramos estábamos
cerca de Karakorum, y al alborear el día bendijimos las ramas de sauce, que no
tenían brotes. Hacía las nueve de la mañana entramos en la ciudad, llevando la
cruz en alto y atravesando la calle de los sarracenos. Marchamos a la Iglesia,
de donde salieron los nestorianos en procesión a nuestro encuentro… Después de
la misa y ya de noche, Guillermo Bouchier, el orfebre, nos dio una sorpresa en
su alojamiento. Tenía una esposa, nacida en Hungría; y encontramos allí también
a Basílico, hijo de un inglés. Después de comer nos retiramos a nuestra cabaña,
la cual, como el oratorio del monje, estaba cerca de la Iglesia nestoriana,
iglesia que, por su tamaño, era un hermoso edificio, con el techo cubierto de
seda bordada en oro.
Para
celebrar la fiesta de Resurrección permanecimos en la ciudad. Había una gran
cantidad de húngaros, alanos, rutemos, rusos, georgianos y armenios que no
habían recibido el sacramento desde que fueron hechos prisioneros. Los
nestorianos me suplicaron celebrase la fiesta. No tenía vestiduras ni altar.
Pero el orfebre me facilitó ropas y me hizo un oratorio sobre una carroza
pintada decentemente con historias de las Escrituras. Hizo también una caja de
plata y una imagen de la Virgen bendita.
Hasta
ahora yo había esperado la llegada del rey de Armenia y de cierto sacerdote
alemán que también debía venir. No sabiendo nada del rey y temiendo la crudeza
del invierno, envié a preguntar el parecer del Khan, si debíamos permanecer o
dejarle. Al día siguiente llegaron hasta mí algunos de los primeros secretarios
del Khan, un copero mongol y otros jefes sarracenos. Estos hombres me
suplicaron, en nombre del Khan, que le dijese el lugar de donde había llegado
hasta él. A esto contesté que Batu me había ordenado llegar al Khan, a quien yo
no tenía nada de decir en defensa de ningún hombre, a menos que repitiera las
palabras de Dios, si él pudiera oírlas. Después me preguntaron qué palabras
podrían decir, pensando que yo intentaría profetizar prósperos acontecimientos,
como otros lo habían hecho. Pero yo les dije: «A Mangu yo le diré que Dios le
ha concedido muchas cosas; pues el poder y las riquezas de que goza no le
vienen de los ídolos budistas». Entonces me preguntaron si había estado yo en
los cielos y qué sabía yo de los mandamientos de Dios. Y fueron a Mangu
diciendo que yo les había dicho que él era un idólatra budista, que no
observaba los mandamientos de Dios. Pasada la mañana, el Khan envió de nuevo
diciendo que sabía que no teníamos mensaje para él, pero que veníamos para
rogar por él, como otros sacerdotes lo hacían. No obstante, deseaba saber si
alguno de nuestros embajadores había estado alguna vez en su país. Entonces, yo
declaré todo lo que sabía respecto a David y Fray Andrés, todo lo cual se anotó
y se presentó a Mangu.
En
Pentecostés fui llamado a la presencia del Khan. Antes de ir, el hijo del
orfebre, que entonces era mi intérprete, me informó de que los mongoles habían
dispuesto enviarme a mi propio país y me lo advertía para que no dijera nada en
contra. Cuando estuve delante del Khan me arrodillé. El Khan me preguntó si yo
había dicho a sus secretarios que él era un budista. A esto yo contesté: «Señor
mío yo no dije eso». «Yo creo bien que no lo has dicho así —contestó—, pues es
una palabra que no debías decir». Después extendiendo hacia mí el báculo sobre
el que se apoyaba, dijo: «No te asustes». A esto yo contesté sonriendo que si
yo hubiera tenido miedo, no hubiera llegado hasta allí. «Nosotros los mongoles
creemos que no hay sino un Dios —dijo después— y tenemos el corazón elevado
hacia él». Entonces respondí: —'«Que Dios os conserve ese espíritu, pues sin su
don, nada puede ser». —'«Dios ha dado a la mano dedos diferentes —añadió—, y ha
dado diversos caminos al hombre. Os ha otorgado las escrituras que sin embargo
no observáis. Seguramente no está en las escrituras el que uno de vosotros
vitupere al otro». «No —le dije—, y ya signifiqué a su alteza, desde el
principio, que no disputaría con nadie». «Yo no he hablado de ti —dijo. Del
mismo modo que no está en vuestras escrituras que un hombre se aparte de la
justicia por razón de beneficio». A esto contesté que yo no había venido por
dinero, habiendo rehusado siempre lo que se me ofrecía. Y uno de los
secretarios, que estaba presente, manifestó que yo había rehusado una barra de
plata y una pieza de seda. «Yo no hablo de eso —dijo el Khan—. Dios os ha dado
las escrituras y vosotros no las observáis. Pero El nos ha dado adivinos y
nosotros hacemos lo que éstos nos ordenan y vivimos en paz». Bebió cuatro veces
—pensé yo—, antes de decir esto. Entretanto, yo aguardaba atentamente a que el
Khan expusiera más casos respecto a su fe. Habló de nuevo y dijo: «Has estado
aquí durante largo tiempo y es mi deseo que regreses. Has dicho que te atreves
a no llevar contigo a mi embajador. ¿Llevaréis, pues, a mi embajador o mis
cartas?». A esto contesté que si el Khan pudiera hacerme comprender sus
palabras y ponerlas por escrito, yo las llevaría gustoso a la más elevada de
mis autoridades. Entonces me preguntó si queríamos tener oro o plata, y yo
contesté que no estábamos acostumbrados a aceptar tales cosas, aunque no
podíamos salir de su país sin su ayuda. Explicó que él proveería a nuestra
necesidad, y nos preguntó a qué distancia queríamos que se nos llevase. Yo le
dije que era suficiente que nos transportase a Armenia. «Yo haré que seáis
llevados allá —contestó—; después de lo cual, mirad vosotros por vosotros
mismos. Hay dos ojos en una sola cabeza aunque ambos miren un objeto. Vinisteis
de Batu y podéis retornar a él». Entonces, después de una pausa, como si
meditase, dijo: «Tenéis un largo camino que hacer. Reunid abundante provisión
de alimento, para estar en condiciones de soportar el viaje».
Así
les ordenó darme de beber y yo salí de su presencia para emprender el retorno.
Nota
XV
El
nieto de Genghis Khan en Tierra Santa
Un
capitulo poco conocido de la historia es el del contacto de los mongoles con
los armenios y los cristianos de Palestina, después de la muerte de Genghis
Khan. Hulagu, su nieto, hermano de Mangu, que era entonces Khan, dominó la
Persia, la Mesopotamia y la Siria a mediados del siglo XIII. Lo que insertamos
a continuación está tomado de la Cambridge Medieval History, volumen IV, página
175.
«Conforme
a la experiencia de más de un siglo, los armenios no podían confiar en la
alianza de sus vecinos latinos.[41] Haithon, rey de armenios, puso su confianza
no en los cristianos, sino en los paganos mongoles, que durante medio siglo
habían demostrado ser los mejores amigos que jamás tuvo Armenia. En los
comienzos del reinado de Haithon, los mongoles… hicieron un buen servicio a los
armenios, conquistando a los Selyuks. Haithon celebró una alianza ofensiva y
defensiva con Baichu,[42] el general mongol y en 1244 llegó a ser tributario
del Khan Ogotai. Diez años después, él en persona, rindió homenaje a Mangu Khan
y cimentó la amistad entre las dos naciones por una larga estancia en la corte
mongola. El resto de su reinado fue ocupado por la lucha contra los mamelucos,
cuyo avance septentrional fue contrarrestado, afortunadamente, por los
mongoles. Haiton y Hulagu unieron sus fuerzas en Edessa, para emprender la
conquista de Jerusalén, dominada por los mamelucos».
F I
N
Notas:
[1]
Temujin significa: «el acero más fino» (Tumurji). La versión china es T'ie mou
jen
[2]
Este nombre se originó en Europa. Por esta época existían multitud de leyendas
de un emperador cristiano que reinaba en el interior del Asia y era conocido
por Preste Juan o Prebister Johannes. Marco Polo, y otros después de él, han
identificado a Toghrul con el místico Preste Juan
[3]
Debe recordarse que los mongoles no son de la misma raza que los chinos.
Descienden de los Tangusi o grupo aborigen, con una gran mezcla de sangre irana
y turca —raza llamada actualmente ural-altaica—. Son los nómadas del Asia
superior, que los griegos llamaron escitas.
[4]
Los tártaros formaban un clan aparte. Los antiguos europeos dieron el nombre de
tártaros a los mongoles y «Tartaria» al imperio de los Khan mongoles. El origen
de la palabra es chino: T'a T'a o T'a tzi (el pueblo lejano), aun cuando los
tártaros en su propio relato pudieron haber adoptado el nombre de un antiguo
jefe, Tatur.
[5]
Ordu es el centro del clan, la tienda oficial.
[6]
La crónica mongol de Ssanang Setzen es todavía más alegórica y da la impresión
de que los acontecimientos en el Gobi fueron ocasionados por las hazañas, la
astucia o la traición de unos cuantos hombres. En realidad, la conspiración de
los chamanes duró largo tiempo y complicó a importantes elementos de ambas
fracciones. En su especie es tan importante como la lucha entre la Iglesia y el
Imperio, que señaló el reinado de Federico II e Inocencio IV, en Europa no
mucho después.
[7]
La China del siglo XIII, que se dividía en Chin o dinastía áurea, en el Norte,
y la dinastía Sung, más antigua, en el Sur. Catay se deriva de K'itai, nombre
tártaro de China y de la dinastía que dio origen a Chin. Los primeros viajeros
europeos trajeron este nombre.
[8]
Algunas relaciones chinas dicen que se envió un ejército chino contra los más
cercanos del Gobi. Es probable, en efecto; porque se encuentran mongoles
guerreando en el exterior de la muralla, antes de su avance por el Imperio
chino.
[9]
Véase nota 5; El plan de invasión mongol.
[10]
Noyon o noian, jefe de una tuman o división de diez mil hombres. Otras veces
sólo un noble.
[11]
Orkhon o Ur-Khan, jefe de un ejército.
[12]
El imperio de Kutchluk incluía lo que fue más tarde el núcleo del dominio de
Tamerlán. Las operaciones que ocasionaron la derrota de los naimans y
Kara-K'itanos, fueron dispuestas en gran escala, brillantemente concebidas y
rápidamente ejecutadas. Como en la última campaña de China, el Khan dio
instrucciones a los jefes de sus divisiones, a los Orkhones y a sus hijos. Es
imposible, sin entrar en la compleja historia política de esta región, que pasó
del dominio ugur al kirguiz y al catayano, comprender la importancia de su
conquista por los mongoles.
[13]
De una Historia Literaria de Persia, por Edward G. Browne.
[14]
Véase al final la nota 6: Los mongoles y la pólvora
[15]
El Mangudai, o el escuadrón predestinado, «perteneciente a Dios».
[16]
Este pasaje se cita casi siempre equivocadamente en las historias, que lo dan
así: "Genghis Khan marchó a la mezquita y gritó a sus hombres: «El heno
está cortado; dad forraje a vuestros caballos».
[17]
Véase nota 10: Correspondencia entre los monarcas europeos y los mongoles.
[18]
Un descendiente del conquistador, el príncipe de Kalachin, cree que el Gran
Khan fue enterrado en la comarca Ordu entre la curva del Hoang y la muralla,
cerca de Etjen Koro. En esta comarca hacían los mongoles cada año las
ceremonias en la tumba, conduciendo de un lado a otro la espada, la montura, y
el arco de Genghis Khan. Existe también entre los mongoles una leyenda, según
la cual cada año aparece sobre la tumba un caballo blanco
[19]
Existe una leyenda, según la cual cincuenta mujeres hermosas, con vestidos
enjoyados, y cuarenta garañones fueron conducidos a la tumba de Genghis Khan
para ser sacrificados.
[20]
Véanse notas XII y XIII «Yeu-Lui Chut-sai y Ogotai».
[21]
«La paz que reinaba en el Oriente fue funesta para Europa». Abel Remusat. Véase
la nota sobre Subotai en Europa.
[22]
Véase nota XIV: La última corte de los nómadas.
[23]
«Reinó sobre una extensión más dilatada que cualquier mongol o, mejor dicho,
que cualquier otro soberano. Fue el primero en gobernar por medios pacíficos.
El esplendor de su corte y la magnificencia de su séquito sobrepasaban
fácilmente a la de cualquier gobernante occidental». The Cambridge Medieval
History. Vol. IV. pág. 643.
[24]
Véase nota XV: El nieto de Genghis Khan en Tierra Santa.
[25]
Moghuls. Así pronunciaban la palabra mongol los primeros europeos que visitaron
la India.
[26]
«Los tártaros han destruido la tierra que fue de Enrique, duque de Polonia. Y
mataron al duque con muchos barones y seis de nuestros hermanos y tres
caballeros y dos sargentos y quinientos hombres». Carta del Gran Maestre de los
templarios franceses a San Luis, citada por León Hahun. La leyenda dice que los
mongoles cortaron una oreja a cada muerto enemigo y llenaron nueve sacos de
ellas, que llevaron a Batu, su príncipe. La cabeza del desdichado Enrique, fue
llevada en una lanza a Liegnitz.
[27]
Magister vero Templarius cum tota ocie Latinorum occubuit. Tomás de Spalato,
citado por León Cahun.
[28]
Un resumen de esta campaña, que ha sido muy discutida y poco comprendida, puede
encontrar en Mélanges d'Histoire et de Géographie Orientales, de Henri Gordier,
tomo II. También en History of mongols, de Sir Henry Howorth, volumen I.
Detalles más completos se dan en Introductión a l'histoire de l’Asie, de León
Cahun, págs. 359-374i Y en Der Einafll der Mongolen in Mittel Europa por
Strakosch-Grassman.
[29]
Tomás de Spalato, citado por León Cahun
[30]
II fallait reconnaítre leur empire ou mourir, Abel Remusat. La sumisión
implicaba el pago de una fuerte tasa que en ocasiones, se recaudaba dos o tres
veces, y más. Los mongoles eran tolerantes y rapaces.
No
se pueden leer los anales de Genghis Khan sin comprender que jamás se movía a
la guerra sin tener la ocasión para hacerlo. Se sospecha que, con frecuencia,
creaba la ocasión él mismo; pero, no obstante, ésta existía. Impuso a los
victoriosos mongoles, tres ideas que subsistieron durante generaciones: Que no
debían destruir pueblos que se sometiesen voluntariamente, que nunca debían
cesar de hacer la guerra a aquéllos que se resistieran y que debían tolerar
todas las religiones.
[31]
Howorth, History of the Mongols. PARTE III.
[32]
De la Speculum Historíale de Vicente de Beauvais. En esta carta aparece de
nuevo la ominosa frase. «No sabemos lo que acontecerá. Dios sólo lo sabe»,
frase usual de aviso cuando los mongoles amenazaban con la guerra. Al príncipe
Selyuk, Kai-Kosru, le enviaron una lacónica contestación: «Has hablado
bravamente. Dios dará la victoria como le plazca». Parece que enviaban
mensajeros al enemigo, según la costumbre de Genghis Khan, ofreciendo
condiciones. Si éstas eran rehusadas, lanzaban su aviso y hacían rápidamente la
guerra.
[33]
Para detalles más completos consúltese la edición Yule Cordier, de Marco Polo,
de, 1903. Vol. I; págs. 247-231. También The Tomb of Marco Polo, por E. T. C.
[34]
«Pisando los talones del conquistador militar venía el mandarín
administrativo». —León Cahun, L'esprit burgaucratique des chináis, qui
dirigaient I'administration mongole. —J. Blochet.
Los
antiguos mongoles nunca se acostumbraron al uso de la moneda, y tenían
desprecio para el hombre que la atesoraba. Longfellow ha puesto en verso el
episodio del desgraciado califa de Bagdad, que fue vencido y capturado, a pesar
de sus grandes bienes, por Hulagu, célebre sobrino de Ogotai.
—Yo
dije al califa: «Tú serás anciano —y no precisarás tanto oro—. No tendrás
hacina y escondrijo aquí —hasta que él fragor de la batalla esté próximo». —
(Para detalles complementarios sobre las vidas de Ye-Lui Chut-sai y Ogotai,
véase Nouveaux Mélanges Asiatiques de Abel Remusat, Tartaríe por Luis Dubeux,
The Book of the Yuan; traducido de los anales chinos por el P. Amiot y Le
siécle des Youen, por M. Bazin).
[35]
Según los Viajes, de Astley, pero modificados y extractados.
[36]
San Luis, rey de Francia, que era entonces prisionero de los Mamelucos.
[37]
Rubriquis era franciscano y el primer religioso que se presentó con hábitos en
la lejana Asia. Carpini, el enviado del Papa, se puso traje seglar.
[38]
Cuando Rubriquis habla de la corte, se refiere a los cuarteles de Mangu Khan
sus mujeres y altos oficiales, en el centro del campamento. Del campamento de
Batu primo de Mangu, sobre el Volga, dice: «Quedamos atónitos ante la
magnificencia de este campamento. Las casas y tiendas se extendían en una vasta
extensión y había gran número de personas colocadas alrededor en grupos de tres
y de cuatro».
[39]
Budistas, de los cuales Rubriquis no tenía anterior conocimiento.
[40]
Kibitkas o tiendas-vagones.
[41]
Los barones cruzados qué aun sostenían sus feudos en Tierra Santa,
especialmente Bohemundo de Antioquía.
[42]
Bachu, en el texto como también Hethum, Ogdal; etc… Hemos alterado la
ortografía para conformarla con los Capítulos de este libro. Baichu se confunde
a menudo con Batu, nieto de Genghis Khan y primer caudillo de la Horda Dorada
en Rusia.


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