© Libro N° 6243.
Ciro El Grande. Lamb, Harold. Emancipación. Julio 20 de 2019.
Título
original: © Ciro El Grande. Harold Lamb
Versión Original: © Ciro El Grande. Harold Lamb
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
CIRO EL GRANDE
Harold Lamb
CONTENIDO
Prólogo
El
asentamiento en las montañas
El
juramento de Ciro
El
tesoro de Creso
Ante
el fuego de Bactria
La
caída de Babilonia
La
apelación del mago
Epílogo
Prólogo
Ciro
es un nombre muy popular. En tiempos de nuestros abuelos fue, con toda
probabilidad, el nombre de pila de hombre más corriente en Estados Unidos. Sin
embargo, procede de un rey de Oriente casi desconocido, que vivió en los
albores de la historia. Aun así, el nombre está vinculado con comentarios que
todos conocemos: las escrituras en el muro, las leyes de los medos y los
persas, los magos, que fueron los sabios de Oriente. Otros aspectos de su época
se han vuelto proverbiales: las riquezas de Creso, el oráculo de Delfos y la
polémica Torre de Babel.
Estos
elementos no contienen un gran misterio porque nuestros antepasados los leyeron
en el Antiguo Testamento y el conocido Ciro, llamado rey de los medos y de los
persas, fue extraordinariamente citado en sus páginas. Al principio del libro
de Esdras se cita lo siguiente:
«Esto
dice Ciro, rey de los persas: el Señor Dios del cielo es el que me ha dado
todos los reinos de la tierra, y él me ha mandado edificarle casa en Jerusalén,
ciudad de Judá».
Eso
de «todos los reinos de la tierra» suena fantástico. Sin embargo, al comienzo
del Libro de Ester se los describe con más lujo de detalles:
«...
en los tiempos de Asuero, que reinó desde la India hasta Etiopía sobre ciento
veintisiete provincias".
Los
profetas de la era de los albores de la civilización dicen la verdad sobre un
hombre que conocieron en el mundo, según ellos lo entendían, entre los ríos
Indo y el alto Nilo. De los múltiples misterios de la historia antigua, este
hombre Ciro sigue siendo el más desconcertante. Por fin se ha descubierto el
secreto de los desconocidos hititas; la civilización minoica perdida ha
adoptado forma tal como existió a orillas del gran mar, el Mediterráneo. Los
aqueménidas han escrito con gran lujo de detalles en sus archivos sobre lo que
ocurrió después de Ciro, pero no se han referido al hombre propiamente dicho.
Surge de la nada y deja tras de sí el primer estado mundial organizado. Trae
consigo una nueva idea si no un ideal y de algún modo trastoca el rumbo de la
historia para poner fin al mundo antiguo de Ur, los caldeos, los faraones,
Asiria y Babilonia. ¿Por qué y cómo lo hizo y con qué fin? ¿De qué medios
dispuso y quién lo ayudó a utilizarlos? Por encima de todo, ¿qué tipo de
persona fue en realidad? Aunque no podemos responder a estas preguntas con
pruebas históricas, las respuestas existen y sólo podemos encontrarlas a través
de una vía.
Podemos
indagar en su vida e ignorar en nuestra búsqueda lo que ha sucedido desde
entonces. Podemos evaluar únicamente lo que entonces existía, desde las
alfombras para dormir hasta las pequeñas sillas de marfil, el cemento asfáltico
de los escalones de piedra que conducían a los altares de piedra caliza de los
fuegos y los guardianes de las llamas eternas. Podemos seguir la vía que sale
de los altares de fuego y conduce al criadero de los caballos selectos y a la
puerta del dominio, que no estaba protegido por murallas, sino por montañas. En
nuestro recorrido podemos imaginar que nos movemos por el pequeño reino de Ciro
y tratar a sus gentes.
Ocurrirá
a principios del siglo VI antes de Cristo, cuando Necao era faraón egipcio de
Sais, siete años después de que los carros de Necao fuesen conducidos a la
derrota en Karkemish por Nabucodonosor, rey de las tierras, rey de Babilonia.
En Judá, Josías había caído ante el mismo faraón en Armagedón y ahora
Nabucodonosor guiaba como cautivos a Babilonia al rey de Judá y a su pueblo.
Hacia
el este, en las montañas, reinaba el medo Ciaxares. Las montañas estaban muy
lejos de las guerras de las grandes llanuras, que provocaron la derrota de las
huestes armadas y el abandono de sus hogares por parte de los cautivos.
En
esas montañas perdidas nació Ciro el aqueménida.
Capítulo
1
El
asentamiento en las montañas
Contenido:
Los
niños en las puertas
Una
flecha en el camino
La
advertencia del mago
La
ciudad de la muerte
Canción
del saqueo de Nínive
La
misericordia de la gran diosa
Ciro
cruza la torre
§
Los niños en las puertas
Lo
llamaron Ciro por su abuelo. El nombre significa pastor, Kuras en su lengua.
Esto no quería decir que el niño tuviese algo que ver con el cuidado de las
ovejas. Cientos de rebaños pacían en los pastos altos, trepaban hasta donde las
nieves se funden. Los miembros del pueblo antiguo los vigilaban con sus
mastines. Era sólo una leyenda el hecho de que un Kuras, un pastor real,
cuidaba de su pueblo, lo guiaba hasta el alimento y lo protegía de las bestias
salvajes, de los invasores humanos o de los demonios.
Desde
la muerte de su madre, ocurrida poco después de su nacimiento, la familia hizo
consultas y llegó a la conclusión de que el lugar de nacimiento del niño era
desafortunado y, en consecuencia, todos debían trasladarse a otras tierras de
pastoreo. Su padre, Cambises, evaluó la situación y dijo:
─ No
se trata de una elección que sólo haya de hacer la familia; el consejo de las
tres tribus debe aceptarla o rechazarla. Yo propongo que no volvamos a
desplazarnos. Este valle es bueno para los caballos y para los hombres. Es un
auténtico paraíso.
Cambises
Kambuyiya, el pequeño rey de los persas, era muy testarudo. El valle se
extendía por encima del límite de las nieves perpetuas y, salvo en pleno
verano, siempre estaba fresco. Las cumbres del noroeste lo protegían y lo
atravesaba un río torrentoso, que nunca se secaba y que transmitía los ecos de
la voz de Anahita. Cuando Cambises ordenó que en la otra orilla del río se
edificaran sendos altares de fuego, las llamas del sagrado Atar se elevaron en
la oscuridad. Cambises razonó que, además de los buenos auspicios del agua y
del fuego, el valle que ahora ocupaban los persas estaba dotado de defensas
naturales contra sus enemigos. Los comerciantes de las caravanas empezaron a
llamarlo Pasárgada, el campamento de los persas. No se lo podía considerar una
ciudad.
El
niño Ciro conoció, en primer lugar, el aislamiento de ese valle de las alturas.
Creció entre montañeses que se consideraban superiores a los habitantes de la
llanura que se extendía a sus pies. En conciencia no era verdad, pero todos los
pueblos de montaña compartían esa convicción. A los cinco o seis años se
acostumbró a montar a caballo, edad en que los niños de las tierras bajas aún
fabricaban juguetes de arcilla que secaban a orillas del canal. En compañía de
sus primos, niños y niñas, Ciro montaba a pelo y los demás se agarraban a las
crines del corcel o se sujetaban entre sí. En seguida comprendieron que sólo
los cautivos o el pueblo antiguo se movían a pie. Esas cabalgatas incesantes
los acostumbraron a realizar largos viajes y también a mirar desde arriba, en
todos los sentidos, a quienes andaban por la tierra. Emba, el hircano que
cuidaba del caballo de Ciro, aseguró que cabalgaba como un pequeño monarca,
como el mismísimo Cambises.
Ciro
agitó la muñeca ante los ojos del esclavo. De su brazalete de plata pendía un
cristal tallado con la imagen de alas extendidas, por encima de la figura de
Azhi Dahak, el demonio de tres cabezas, el más maligno.
─
Emba, por este signo soy hijo de un gran rey. ¿Por qué hablas de un pequeño
monarca?
El
hircano se limpió las manos en el pantalón de cuero, estudió el sello real y
meneó la cabeza.
─
Porque también he visto al medo que gobierna tierras lejanas, pobladas por
muchos pueblos que hablan lenguas distintas. Ese medo es un gran rey. Tu padre
gobierna una tierra, un pueblo y una lengua. ¿Acaso no es un pequeño monarca?
Impresionado
por los conocimientos del hircano, el niño pidió a Cambises que le dijese la
verdad. Cambises evaluó la cuestión y mesó su corta barba cana. Después sonrío.
─
¿La verdad? Verás, en nuestras tribus me consideran un gran rey y los
extranjeros me tienen por un pequeño monarca. Depende.
─ Y
tú, ¿qué opinas?
Su
padre guardó silencio tanto rato como el que Ciro era capaz de contener el
aliento.
─
Digo que a mí, a Cambises, los grandes dioses me concedieron esta tierra de
Partia, que gobierno y que tiene buenos caballos y buenos hombres. Es posible
que con su ayuda yo, Cambises, pueda conservarla.
Cambises
habló como si se dirigiera a sí mismo y, de momento. Ciro se dio por
satisfecho. Varios años después ya no tuvo en tan alta consideración la
respuesta de su padre, aunque siguió reconociendo que había dicho la verdad.
Decir
la verdad era de suma importancia. Era lo que le habían enseñado al niño, al
pastor. Esos chavales, que aún no habían alcanzado la edad de esgrimir la
espada, escuchaban a sus maestros a la puerta del rey. Se reunían en los
escalones de piedra negra con las primeras luces del día, fuera el haz rojo del
sol naciente o el velo gris de la lluvia. A ambos lados de la ancha escalinata
Cambises pensaba erigir figuras de piedra de los espíritus que cuidarían su
puerta. Pero había postergado la decisión porque decía que elegir la mejor
pareja de protectores requería demasiados esfuerzos. Ni siquiera los lanceros
ni los cazadores montaban guardia ante los escalones. Sólo mozos de cuadra como
Emba se acuclillaban allí para coger las riendas de los caballos de los nobles
que desmontaban cuando iban a ver a Cambises. Los visitantes trazaban varios
cientos de pasos a lo largo de la carretera de ladrillos de barro cocido que
conducía a través del paraíso sombreado por los sicómoros. Casi siempre
encontraban al rey gritando a los jardineros desde el ancho porche de su casa.
Las visitas elegantes de la Tierra de los dos ríos sonreían al ver los troncos
redondeados que sustentaban el porche. Cambises puntualizaba irritado que su
casa no era un templo y que por eso no tenía columnas de piedra pulida. Pero la
verdad es que no estaba dispuesto a esperar que la piedra pulida fuese
acarreada hasta Pasárgada, su paraíso recién construido.
Como
los niños reunidos en la escuela de la puerta nada sabían de señales escritas
confiaban, por fuerza, en las palabras de sus maestros. Si en esa transmisión
oral se colaba una mentira, los niños tendrían un pensamiento equivocado.
Asimismo, como no eran capaces de escribir sobre arcilla con un sello en forma
de cuña o con tinta negra sobre papiro, habían de guardar en sus memorias lo
que oían, cual grano aventado en un recipiente seco. Se sentaban en bancos
pelados y escuchaban a los poetas que recitaban leyendas del Irán ancestral, de
su antigua tierra natal, Aryan─vej, mucho más al norte y hacia levante. Jamás
permitieron que Ciro olvidase que era ario, jinete y conquistador. Oyó los
himnos al sol y a las siete estrellas que protegían el cielo boreal; oyó la
sabiduría de curar mediante hierbas que se cultivan y la sabiduría de los
números; tuvo que resolver mentalmente problemas de números y responder a los
acertijos más complicados. (¿Qué se oculta en las cimas de las montañas,
desaparece para discurrir por los valles y vuelve a desaparecer para que el
hombre y la bestia se alimenten? ¡Claro que sí! ¡La nieve que se funde,
desciende por los ríos y alimenta el grano que crece!) Los jóvenes mayores, que
portaban espadas, se burlaban de la atención y el aprendizaje de los chicos a
la puerta. Solían decir:
─ Lo
único que importa es montar bien, disparar en línea recta y decir la verdad.
Al
ser el primogénito de una madre que murió joven, Ciro no tenía hermanos, aunque
contó con un grupo de hermanastros y de primos que utilizaron el ingenio en su
contra. Los jóvenes, cuasi guerreros, también lo miraban con recelo, sobre todo
los hijos de los jefes de otras tribus que no tenían motivos para aclamar a un
pasagardiano por cuyas venas corría una sangre que no aventajaba a la propia.
Después
del almuerzo los escolares se dirigían a los prados para hacer prácticas de
equitación, de natación en el río torrentoso o para utilizar el arco y la
flecha. Ciro no superaba a los demás salvo cuando se trataba de nadar en esas
aguas impetuosas, y oyó las pullas de los jóvenes que lo observaban. Cierta
noche un grupo de jóvenes mayores sostuvo una consulta y, para deleite de Ciro,
le pidieron que los acompañase a un baile de espadas. Al llegar a la hoguera se
desnudaron hasta el cinturón y bebieron haoma antes de cantar hasta que las
flautas crearon música y los tambores sonaron cadenciosamente. Los jóvenes
saltaron, con las brillantes hojas al vuelo, y los escudos chocaron contra los
escudos. Más que una danza parecía un combate y manó la sangre cuando las
afiladas hojas de hierro rozaron las carnes. Sin embargo, ningún espadachín
cedió ante otro. No denotaron miedo ante las heridas.
La
danza de las espadas era un ritual de los jóvenes. Pertenecía a la vida más
antigua, en la que los arios habían sido nómadas, deambulaban a caballo,
moraban en tiendas y se reunían en torno a las fogatas. Aunque Ciro, de siete
años, apenas entendía de historia, la danza al son de los tambores agitó su
sangre. Al final Mitradat, un joven alto, hijo del jefe maspiano, se acerco y
le preguntó:
─
¿Tuviste miedo?
─
No.
Mitradat
tenía la costumbre de agitar su rubia cabellera cada vez que hablaba con un
niño. Sujetó a Ciro de la muñeca y levantó el brazalete real hacia la luz.
─
Llevas la efigie de Azhi Dahak. ¿Has visto alguna vez los tres rostros
perversos del dios? ¿Nooo? Los he visto en la oscuridad, muy cerca del sitio
desde el que Azhi Dahak acecha. ¿Temes ir en solitario a contemplarlo?
Ciro
analizó la pregunta como si se tratara de un acertijo. Aunque estaba asustado,
sabía que no podía rechazar un acto que ponía a prueba su valor. Negó
lentamente con la cabeza.
─ En
ese caso, te mostraremos el camino que conduce a su guarida añadió Mitradat.
Ciro, cuando llegues al final del sendero tendrás que esperar a que acabe la
oscuridad o no podrás ver los tres rostros de Azhi Dahak ni las serpientes que
se enroscan a su alrededor.
Montaron
con naturalidad, el maspiano cabalgó delante del niño y otro joven le cubrió
las espaldas. Antes de embridar su poni, Ciro ordenó al chico encargado de los
perros que retuviese a Gor, el mastín que todas las noches dormía a su puerta.
Se apartaron del resplandor del fuego, se alejaron del río y bajaron largo rato
por bosquecillos hasta que Ciro distinguió su entorno gracias a la noche
estrellada. Poco después cayó la bruma y sus compañeros le susurraron que no
hablase en voz alta. Ciro percibió olor a sal en el aire nocturno y supo que se
aproximaban a un lago estancado y rodeado de juncos. Mitradat dio vueltas hasta
encontrar dos piedras escarchadas por la sala. Hizo señas a Ciro para que
desmontase y cogió de sus manos las riendas del poni.
Mitradat
se inclinó para murmurar algo al oído del niño y le dijo que siguiese la senda
entre los juncos hasta alcanzar una piedra vertical de tres cabezas. Una vez
allí debía arrodillarse, poner las manos delante del cuerpo y no emitir el
menor ruido. Si lo hacía sin cometer errores, oiría cómo el dios del mal
entraba en su guarida y la voz de Azhi Dahak.
En
cuanto los otros dos emprendieron el regreso a caballo, Ciro se abrió paso
entre la espesura de juncos, en medio de la cual parecía abrirse una senda. No
supo qué dirección tomó porque la niebla oscura lo cubría. Por momentos la capa
de sal que lo rodeaba se iluminaba con una luz escurridiza. Cada vez que sus
pies quebraban la capa, notaba un líquido helado que los empapaba, el hedor le
entraba por la nariz y recordaba que el aliento de Azhi Dahak era ponzoñoso.
Sintió en su sangre el frío del miedo.
Reprimió
un grito cuando, a tientas, sus manos tocaron una piedra oscura más alta que
él. La gran piedra parecía poseer tres cabezas que se inclinaban sobre el niño.
Ciro cayó de rodillas y sus manos extendidas se hundieron en el cieno helado.
La espesura de juncos le pareció gigantesca y tuvo la impresión de que, si se
perdía, acabaría por hundirse en esas honduras estancadas en las que no podría
correr ni nadar.
Esperó,
cada vez más aterido, hasta que un sonido quebró el silencio. Algo se movía a
sus espaldas, por el sendero que conducía a la piedra, era algo vivo porque
emitía jadeos y ronquidos. El chico aferró con dedos temblorosos el brazalete
que rodeaba su muñeca.
─
Soy Ciro, hijo del gran monarca, el aqueménida, de la raza aria murmuró, frase
que solía repetir cuando estaba asustado.
La
bestia que le pisaba los talones tenía más de dos patas que se deslizaban por
la salina. La bestia bufó y olisqueó el trasero de Ciro. Este ahogó un grito y
rió. Gor, su mastín, le dio un empujón. El potente perro de caza había escapado
y rastreado a los caballos y a su amo hasta la piedra negra de la salina. Gor
jadeó, echó un vistazo a su alrededor y se tendió en un lecho de juncos rotos.
Poco después se quedó dormido. Ciro perdió el miedo porque el can percibiría la
llegada de cualquier deva maligno. De hecho, casi de inmediato Gor alzó la
cabeza. Se oyó un sonido entre los juncos, tras el velo de la niebla. Ciro
aguzó el oído y permaneció atento a la actitud del mastín. Gor giró lentamente
la cabeza, olisqueó y la apoyó sobre las patas. Gor reconoció lo que se había
movido cerca de ellos y no se preocupó.
Los
movimientos cesaron. Una voz aguda grito:
─
¡Oh, hombre! ¿Qué regalo pones a los pies de Azhi Dahak, el de las tres
cabezas, protector de la oscuridad que se encuentra bajo la tierra? Deja tu
ofrenda y reza para conservar la vida.
Ciro
prestó atención sin dejar de vigilar a Gor. El mastín ni se movió. No llevaba
ningún regalo y pensó que el perro le había evitado muchas angustias.
Cuando
la alborada aclaró la bruma, Ciro retrocedió lo andado por la espesura.
Mitradat lo esperaba con su compañero y los tres caballos embridados al borde
de la salina. Los jóvenes miraron con atención al niño y al perro, al tiempo
que Mitradat preguntaba a Ciro si había contemplado los tres rostros del deva y
oído su voz.
Ciro
analizó la pregunta antes de responder:
─
No. Vi una piedra vertical y oí tu voz.
─
¿Mi voz? Mitradat se mostró sorprendido. ¿Por qué dices semejante cosas?
─
Mitradat, nadie más que tú sabía dónde encontrarme ni dónde estaría hasta la
llegada del día.
Mitradat
giró colérico la cabeza y se alejó sin decir nada más. Un rato más tarde
advirtió a su compañero:
─
¡En cuanto empiece a pensar, habrá que tener cuidado con Ciro el aqueménida!
A
partir de esa experiencia, el hijo del jefe maspiano volvió a hablar con
frecuencia en contra de Ciro, pero nunca más intentó tenderle una trampa. El
malestar entre ellos se convirtió en una enemistad hereditaria.
Para
librarse de la ojeriza de los jóvenes guerreros, Ciro buscó su propio refugio.
Cruzó el río de aguas rápidas, alcanzó la otra orilla y escaló las rocas de la
delgada garganta hasta una cueva. Al encontrarse cerca de la cima de la
garganta, la cueva daba a la arboleda de Pasárgada e incluso se divisaba la
cumbre pelada de los dos altares de fuego. Ciro se ocultaba en el interior y
observaba lo que ocurría alrededor del palacio de su padre y las ceremonias que
se celebraban cuando se encendían los altares de Atar. Al permanecer inmóvil
entre las piedras, Ciro lograba oír la voz de Anahita, que lo llamaba.
Sabía
que la hermosa diosa de las alturas moraba en los manantiales de los ríos de
montaña y que rara vez aparecía ante ojos humanos. En ocasiones, para
divertirse, saltaba en medio de la espuma de una cascada y a menudo dispersaba
colores deslumbrantes en el rocío, a través de la potente luz del sol. Ciro
captó su voz en los susurros y las risas del agua que bajaba por el barranco.
El sonido retumbó musicalmente en el interior de la cueva, motivo por el cual
era sagrada para Anahita. Los arios devotos hacían grandes esfuerzos por no
ensuciar jamás el agua que fluía. Con sólo diez años Ciro juró devoción a la
bella diosa. Tal vez la confundió con su joven madre, de la que no guardaba
recuerdos, salvo que la habían enterrado en una cripta cercana a la cueva de
Anahita. Imaginó que las manos de la diosa lo sostenían cada vez que se
golpeaba con los cantos rodados o que los rápidos lo arrastraban. Ciro no temía
al agua torrentosa.
─ Es
excesivamente soñador comentó Mitradat. Todos tenemos nuestras ideas, pero Ciro
intenta hacer realidad un sueño.
§
Una flecha en el camino
Hubo
otros que también dijeron que Ciro creía muy poco y soñaba demasiado.
Aproximadamente en esa época se sumó a las habladurías su hazaña acerca del
leopardo derribado. Como entonces contaba diez años, el pastor tenía el
privilegio de montar los corceles nisayanos, peligrosos para los niños más
pequeños.
Los
caballos nisayanos provenían de los pastos más lejanos de los persas. No eran
de pie tan firme como los ponis peludos del pueblo antiguo; mucho más pesados,
de torso grande y gran velocidad en las patas, servían de montura para los
guerreros y en el campo de batalla desgarraban a los enemigos con los dientes y
los golpeaban con los cascos porque no temían al hombre. Al cabalgar por campo
abierto, mantenían un buen paso porque alternativamente avanzaban con el lado
de la mano del arma y luego con el de la rienda. De todos modos, a Ciro no le
resultó fácil mantener el equilibrio a lomos de un caballo nisayano. En cierta
ocasión en que persiguió a un leopardo con un grupo de jóvenes, sufrió la peor
caída de su vida. El leopardo huyó por la maleza, bajo los peñascos, y
evidentemente buscó refugio en una guarida entre las rocas. Esquivo entre los
arbustos, no se dejó alcanzar por la jabalina y Ciro intentó darle alcance a
caballo. Su nisayano se internó entre los espinos y quedó por encima de la
veloz bestia. Ciro se inclinó para clavarle la jabalina, perdió la sujeción de
la rodilla en la manta sudadera y cayó de cabeza.
Durante
unos instantes, magullado y arañado, miró cara a cara el morro gruñón de la
bestia. Atemorizado, el leopardo retrocedió de un salto. Cuando los compañeros
se apearon de los caballos para auxiliarlo, Ciro se reía de la expresión de
miedo de aquel animal frenético. Su piel sólo estaba rasgada por los espinos
sobre los que cayó.
─
No, los leopardos no harán daño a mi familia aseguró a los cazadores azorados.
Mi antepasado, Aquemenes, cubría sus hombros con una cabeza y una piel de
leopardo.
─ El
león es el protector de mi familia intervino un joven, pero no por eso tengo
que encontrarme cara a cara con uno de ellos. Tu bestia escapó.
Ciro
se incorporó para mirar los peñascos de piedra caliza que se alzaban sobre sus
cabezas y afirmó:
─ Sé
donde fue, dónde está su guarida.
Como
los compañeros no le creyeron, Ciro los guió a través de las rocas y les pidió
que se apeasen de los caballos. Giró hacia el abismo y, en medio de la tenue
luz, escaló hasta un recodo en el que una ladera rocosa prácticamente impedía
el paso. Aunque no había indicios del leopardo, en la roca se veía una pintura
a la altura de los ojos: una tracería de animales a la carrera y guerreros
montados. Los compañeros la observaron con atención pues la pintura tallada en
la roca no parecía representar una cacería. Los animales salvajes corrían junto
a los jinetes en lugar de huir.
─¿Y
esto qué es? preguntó alguien.
─
Oídme recitó Ciro a la manera del bardo. En tiempos de nuestros primeros
antepasados, cuando los hombres dejaron de ser bestias y aprendieron el uso del
fuego y el dominio del agua, el rey era Kaymars, el que los dotó de leyes.
Entonces aconteció la invasión de los demonios de la oscuridad del norte, los
mismos que mataron al hijo de Kaymars. Cuando éste se rodeó los brazos y llamó
a los guerreros a su lado, marcharon por el camino del norte para vengar a su
hijo. Se dice que, una vez en marcha, los leones, las panteras y los leopardos
corrieron a reunirse con ellos. Las bestias bien dispuestas los acompañaron a
la guerra y ayudaron a nuestros primeros antepasados a vencer a los demonios y
a vengar la muerte del hijo del rey.
Aunque
conocían esa leyenda perpetuada por los poetas, los presentes quedaron
impresionados por la desaparición del leopardo perseguido y por la pintura
rupestre del silencioso abismo. Ignoraban que Ciro la hizo pintar gracias a la
habilidad de dos picapedreros de Pasárgada. Una antigua costumbre de los arios
nómadas consistía en dejar huellas de sus hazañas o de sus dioses sobre todo
del dios guerrero Mitra en cavernas o en acantilados, donde perduraban. Cuando
se enteró del episodio del leopardo, Mitradat el maspiano comentó furioso:
─ Si
seguís al pastor, sólo os conducirá hasta Kangdiz.
Como
Kangdiz era la tierra del nunca jamás, el castillo mítico de los espíritus que
moran en los sitios elevados, el comentario sugería que Ciro guiaría a sus
seguidores a una búsqueda quimérica.
En
aquel mismo mes lunar de la cacería del leopardo, Ciro asestó un golpe a
Mitradat, su burlador. Sucedió en el sendero estrecho que salía del campo de
tiro con arco y que también servía para cabalgar, pues los persas siempre
practicaban a caballo con el arco, disparaban a las marcas mientras pasaban al
galope. Cuando Ciro salió a pie del campo, cansado tras una tarde agotadora,
llevaba su poderoso arco escita todavía tensado. Oyó las pisadas de un corcel
nisayano de combate y cuando alzó la mirada vio que Mitradat lo montaba y lo
conducía a toda prisa por el sendero.
El
príncipe maspiano ya había hecho los votos de guerrero, por lo que lucía un
cinturón de dos espadas y un escudo redondo colocado en el mismo brazo con el
que llevaba las riendas. Nada más reconocer a Ciro, Mitradat gritó secamente:
─
¡Niño, apártate de mi camino!
Como
Ciro permaneció en la senda, Mitradat levantó la jabalina de caza e hincó las
rodillas en el caballo. El corcel nisayano no se apartaría ante ningún hombre.
La
cólera alertó a Ciro, que tensó los músculos. Irreflexivamente sacó una flecha
del cinturón y, con todas sus fuerzas, la puso en el arco tensado. La flecha
dio en el blanco, por encima del caballo y por debajo del escudo de Mitradat.
Ciro se apartó de la arremetida del corcel. El maspiano resbaló por la manta
sudadera y, gimiente, quedó tendido.
Bastó
un movimiento para que la flecha con punta de bronce arrojase al suelo al
altanero jinete como si fuera un jabalí herido. La profunda alegría que Ciro
experimentó hizo desaparecer su cólera. Mitradat vacía desvalido, con la flecha
clavada en el muslo. En el sendero no había nadie que fuese testigo de esa
herida, salvo la chica aqueménida que equilibraba un cántaro de agua sobre su
oscura cabellera. Ciro sabía que era Kassandan y que con frecuencia se rezagaba
en sus faenas para contemplar a los guerreros en el campo de entrenamiento.
Dijo a Kassandan que buscara esclavos para trasladar a Mitradat a un sitio
seguro; dejó caer el arco y sujetó las riendas del brioso corcel. Logró
montarlo.
─
Ciro, ve a la puerta de tu padre, rápido, rápido imploró la muchacha.
Ciro
hizo algo totalmente distinto. Salió al galope de la garganta de entrada a
Pasárgada y dirigió el caballo por la llanura hacia la aldea más próxima de los
maspianos. Toda alegría había desaparecido y le preocupaba sobremanera que ese
flechazo provocara una enemistad mortal entre las tribus. Sin duda la historia
de la herida de Mitradat llegaría a oídos de todos los guerreros maspianos, por
lo que decidió ser el primero en comunicarla. El joven pastor tenía el defecto
de actuar irreflexivamente. Llegó a la aldea por la tarde, a la hora de recoger
los rebaños, y guió al veloz nisayano a través de las nubes de polvo levantadas
por las ovejas. Se detuvo ante una casa de piedra de un bosquecillo, donde
residían los nobles. Una vez en el porche, no aceptaría agua ni pan hasta
transmitir su mensaje.
─ He
venido porque una flecha lanzada por mi mano hirió a Mitradat, el hijo de
vuestro jefe informó a sus anfitriones. No tenía motivos para hacerle daño,
salvo que intentó atropellarme. Pero sois vosotros los que debéis juzgar.
Desarmado
y cubierto de polvo, con la gorra redonda de fieltro y la capucha en el cuello,
ceñida la túnica por un cinturón de niño, y con los pantalones de cuero y las
botas altas y flexibles de montar a caballo, Ciro narró a los oyentes el
encuentro en el sendero y se expresó con cuidado para poner de manifiesto lo
que había ocurrido. Los nobles maspianos se consultaron entre sí y replicaron
que no les correspondía juzgar esa cuestión; que decidieran los kavis, los
jefes. Antes de partir Ciro bebió un sorbo de agua y probó el pan que las
mujeres le ofrecieron.
Aunque
no murió a causa del flechazo en el muslo, Mitradat quedó lisiado, por lo que
no pudo volver a montar un caballo de combate ni reunirse con los asvaran, los
guerreros montados. Desde entonces caminó con bastón. Los kavis maspianos no
pidieron, compensación por esa lesión a la familia de Cambises.
─
Actuaste enfadado. De esta manera más tarde Cambises sintetizó la situación
ante su hijo. Sólo mostraste tu astucia cuanto te dirigiste directamente a los
parientes de Mitradat. Es posible que Mitradat espere que se le presente la
oportunidad de matarte. Aunque en realidad no creo que lo haga añadió Cambises
pensativo. Tu castigo será una cicatriz que muy pronto llevaras.
─¿A
qué te refieres, padre?
─ A
tu memoria.
A
pesar de que en ese momento no dio importancia a esa respuesta, Ciro acabó por
comprender que su benigno padre había hecho una correcta predicción. Su
temperamento irreflexivo le produjo desdichas con la misma rapidez con que el
trueno sigue al relámpago. Aquel otoño, después de la fiesta de la cosecha, su
padre le hizo prestar el juramento del guerrero antes de la edad acostumbrada.
En los altares de fuego idénticos le entregaron la larga espada de hierro
afilado, el cinturón doble y un casco de hierro: las armas rituales de los
asvaran. Después de que los acólitos purificaran sus manos con agua del río,
Ciro montó guardia en solitario, salvo por los sacerdotes del altar que se
limitaron a cuidar de las llamas. Los sacerdotes, silenciosos y ataviados con
túnicas blancas, contemplaron el cielo estrellado en busca de alguna señal que
pudiera considerarse favorable para el hijo del rey. Estuvieron atentos al paso
de un cometa o a vislumbrar el Toro de Oro entre las constelaciones.
Entretanto, Ciro llegó a la conclusión de que la espada era un arma antigua de
los arios, mucho menos eficaz que la lanza larga o que los nuevos arcos
escitas. En ese momento recordó la noche que había pasado en la salina a la
espera de Azhi Dahat, en la que sólo oyó la voz de Mitradat.
Fue
extraño el sino que, en contra de sus aspiraciones, apartó al poderoso Mitradat
de la compañía de los asvaran, mientras que él Ciro el aqueménida se convirtió
en guerrero contra sus deseos. Miró nostálgico a través del barranco en
dirección a la silueta borrosa de los peñascos, entre los que había hallado
refugio en la caverna de Anahita. ¿Acaso los dioses invisibles decidían
realmente el destino de la vida humana? Ciro no estaba convencido de que fuese
así. Su destino dependía de su mente y de sus manos y no confiaba demasiado en
la espada de hierro que no sabía utilizar con gran presteza.
Portaba
la espada cuando volvió a encontrarse con el lisiado Mitradat en el sendero de
las cuadras. El cojeante príncipe maspiano se apoyaba en el hombro de la joven
Kassandan, pero en cuanto vio a Ciro apartó la mano e intentó caminar solo.
Ciro abandonó el sendero. La mirada de Mitradat rebosaba mudo odio y no dirigió
una sola palabra de saludo al hijo del rey. En cuanto pasaron, Kassandan volvió
su bella cabeza para mirar a Ciro.
Cuando
Ciro cumplió quince años, su padre tuvo que llevar una ofrenda de caballos a la
corte meda y, antes de emprender la travesía, Cambises comunicó a los
portadores de la ley y a los jefes que el joven pastor no sólo era su heredero,
sino su hijo de su primera esposa. A continuación Ciro se arrodilló y puso las
manos entre las nudosas manos de su padre para jurar que serviría, con la mano
y con el corazón, a la gloria del rey, que mantendría la paz real y que nunca
levantaría la mano contra Cambises, rey de Ansan. Así llamaban a las tierras de
pastoreo que se extendían entre Pasárgada y las piedras que señalaban la
frontera de la todopoderosa Media. De acuerdo con una antigua ley de los
persas, antes de abandonar su tierra el monarca debía nombrar heredero para
que, en el caso de que lo matasen durante la travesía, los nobles persas no
tuviesen que elegir un heredero luchando entre sí. Los portadores de la ley se
encargaban de que se cumpliese y decían que por eso había reinado la paz entre
las tres tribus desde Aquemenes hasta Cambises. Ciro se preguntó si la mayoría
de los jefes realmente deseaba ponerse la extraña corona de plumas anilladas y
la cresta de alas de plata rematada por un dorado rayo de sol.
Había
que reconocer que casi todos los jefes cabalgaban entusiasmados cuando se
encendían hogueras de señales en las cumbres que rodeaban Pasárgada. Esas
llamas convocaban a los asvaran para que se armasen y viajaran hacia el norte,
hasta la ciudad meda, para participar en la guerra de los medos. Los que
estaban al mando en esas guerras se convirtieron en los khshatras, los señores
comandantes. Y los demás regresaban con botines para adornar a sus mujeres y
sus hogares, después de entregar la tercera parte al erario real. Algunos no
volvían jamás; las hazañas de esos muertos se recitaban en las reuniones
familiares y terminaban siendo conocidos como héroes.
Cambises,
que no había querido ser un jefe guerrero, comentaba secamente que tenía más
sentido ser un cultivador vivo que un héroe muerto.
Emba
el hircano no estaba totalmente de acuerdo. Señaló:
─ El
gran monarca de los medos, el que se hace llamar arrojador de lanzas, ha
cobrado el botín de ricas tierras, hasta sus criados huelen a ungüentos
exquisitos y los techos de su palacio están revestidos con el mejor oro.
Ahí..., es más agradable y rentable espantar moscas para el arrojador de lanzas
que sujetar caballos a tu puerta.
Nadie
espantó moscas de la mesilla baja ante la que Ciro se sentó a comer, en el
sillón real de marfil, durante la ausencia de su padre. Mirlos y golondrinas
descendían en busca de las migas caídas sobre el empedrado, pues las mesas se
encontraban en el patio interior que tendría que haber sido la sala de
audiencias, con un trono de mármol tallado en el extremo por que el salía el
sol. Pese a que las aves dejaban sus deposiciones allí donde se posaban, una
ley persa impedía que se las persiguiera. El fornido Cambises se movía tanto
que ordenó a los sirvientes que lo siguiesen con el taburete de marfil a fin de
sentarse a juzgar dondequiera que estuviese.
Antes
de llevar los alimentos a las mesas, los sirvientes esperaban a que Ciro
repitiese el ritual de los aqueménidas. El joven alzaba los brazos, inclinaba
la cabeza de cara al cielo y decía:
─
Saludamos a los espíritus de los animales domesticados y de las hierbas
silvestres que curan; saludamos a nuestro pueblo, hombres y mujeres doquiera
que estén, que piensan correctamente y no tienen sucia la conciencia. Alzaba
una copa de turquesa azul y añadía: Hacemos un sacrificio por él, que nos creo
a todos, nos dio la luz del fuego y la del sol, hizo fluir los manantiales, que
las carreteras confluyan en los vados de los ríos y que los torrentes
desciendan por las montañas para bienestar del hombre.
Una
vez pronunciadas esas palabras, Ciro dejaba que el agua gotease hasta el
empedrado como si fuera la tierra.
Por
lo general, una vez terminada la comida con delicias de pasteles de miel,
frutas azucaradas y queso, sonaba una flauta y un viejo bardo se incorporaba
para extender la mano e inclinar la cabeza al tiempo que entonaba:
─
¡Óyeme, Ciro, hijo del rey aqueménida!
Esos
poetas errantes cantaban la vida y las hazañas de Aquemenes para halagar a sus
anfitriones. Ciro estaba realmente harto de los actos de su legendario
antepasado. Aquemenes derrotó a todos sus enemigos con la ayuda de su noble
corcel y su espada sanguinaria. Incluso cortó las tres cabezas de Azhi Dahak.
Algunos poetas afirmaban que lo hizo de una sola vez, mientras otros decían que
le asestó tres golpes. Pero Ciro sabía que el Mal no había muerto; el Mal
acechaba cerca y exhalaba ponzoña en las horas de oscuridad. Pensó en Aquemenes
y llegó a la conclusión de que el héroe bélico no era más que un recuerdo de
los tiempos en que los persas nómadas habían descubierto los magníficos
corceles nisayanos y las largas espadas de hierro forjadas por los herreros de
las montañas del norte. Montados y armados de esta manera, los persas
ancestrales se dedicaron a derrotar a sus enemigos en la batalla. El primer
Ciro, antepasado del pastor, había reclamado a los hircanos del norte las
fértiles orillas con huertos del Mar de Sal Ese territorio, como se apresuró a
puntualizar Emba, actualmente era el corazón del gran dominio de los medos.
─ Yo
lo recuperaré afirmó Ciro, que manifestaba sus pensamientos ante el cuidador de
caballos─. ¿Acaso no fue la tierra de mi abuelo?
─ El
perro ladra al toro salvaje...
Desde
que se convirtió en heredero de Cambises, Ciro disfrutaba menos de la vida.
Tenía que asistir a ceremonias desde que se levantaba hasta que se iba a
dormir. Se convirtió en la sombra de Cambises, con la misma capacidad de
expresión que una sombra. Si un pastor se presentaba en los escalones del
porche para protestar contra un mastín de Pasárgada que mataba ovejas, Ciro oía
su queja, pero eran los legisladores los portadores de la ley los que resolvían
el problema. Si Ciro deseaba entregar un siclo de plata a un cultivador de
fruta al que la escarcha había arruinado la cosecha, el cuidador del erario
declaraba que debía tener una orden de Cambises para abonarlo. Sin embargo, el
cuidador se limitaba a guardar los lingotes de plata con otros dones para gloria
del rey─ en cofres apilados en torno al pórtico del comedor al aire libre. Sólo
por la noche cerraba con llave los cofres del tesoro y llevaba mentalmente las
cuentas de la plata que entraba y salía. Ciro se quejaba de que la plata
almacenada en los cofres no servía de nada y el cuidador del erario replicaba
que allí se guardaba de acuerdo con la ley de los persas.
Ciro
se vio obligado a aprender de memoria todas las leyes de los persas y los
medos, que nunca se habían escrito. Por lo que logró averiguar, dichas leyes
jamás cambiaron en la memoria desde el antepasado más antiguo. Daba la
impresión de que se habían convertido en patrimonio de los más viejos y de que
se utilizaban para contener a los jóvenes. Cuando una costumbre alcanzaba la
solera suficiente, se convertía en ley. En cierta ocasión Ciro se encolerizó y
ordenó a un portador de la ley que las modificase. Los legisladores se llevaron
los dedos a los labios rodeados por las barbas y se quedaron atónitos.
Preguntaron quién se atrevería a cambiar las leyes de los persas y los medos.
Durante
generaciones dichas leyes se habían escrito en tabletas de arcilla con ayuda de
cuñas, pero muy pocos salvo los portadores estaban en condiciones de leerlas.
Muy
pronto la joven Kassandan acrecentó las inquietudes de Ciro. El muchacho tuvo
la sensación de que se cruzaba con ella cada vez que le llevaba frutas y cosas
parecidas al lisiado Mitradat. No se le ocurrió pensar que Kassandan lo hacía
de esa manera para que él la viese. Le resultó extraño que esa muchacha
silenciosa fuese tan atenta, a menos que perteneciera al maspiano. Kassandan
era de noble cuna aqueménida de hecho, su prima segunda y su padre poseía uno
de los cerezales más extensos río arriba. De acuerdo con la ley ancestral, los
aqueménidas sólo tomaban esposas entre las mujeres del clan y, en ocasiones,
con un grado de parentesco más directo que el de primos segundos. Gradualmente
Ciro se dedicó a observar a la muchacha de cabellera oscura y ondulante. El
pelo corto de Ciro era rojizo como el de un león.
Cierta
vez Ciro trepó hasta la otra orilla del río a fin de contemplar la tierra natal
de Kassandan. Era un día cálido, de principios de verano, época de recogida de
las cerezas, y Ciro se alegró al encontrar una cascada alborotada encima de una
poza de aguas agitadas, sin duda un sitio frecuentado por Anahita, su diosa
protectora. El rocío se encrespaba y casi ocultaba la otra orilla. Mientras
contemplaba el agua expectante, Ciro entrevió a una muchacha sonriente del otro
lado. La túnica blanca que cubría su cuerpo se agitaba con las ráfagas del
viento y Ciro reconoció a Kassandan, que sostenía una cesta con cerezas y se la
ofrecía. No pudo oír su voz a causa del tumulto del río crecido. La joven lo
provocaba porque el río le impedía aceptar el regalo, o al menos eso era lo que
ella parecía creer.
Ciro
dejó caer la lanza, se quitó el manto y se sacó el pantalón y las botas. Se
sumergió en el vórtice de la poza y notó que las piedras le arañaban el cuerpo.
Nadó contracorriente y salió entre los cantos rodados, por debajo del cerezal.
La muchacha dejó la cesta en el suelo y huyó. Cuando Ciro se acercó, ésta echó
a correr por un costado de los tupidos árboles. Las sandalias escaparon de sus
pies menudos y tropezó en la penumbra de la arboleda. Ciro la alcanzó y la
arrojó al suelo.
La
larga cabellera le cubría la cara como un velo. La cólera que discurría por las
venas de Ciro dio paso a un júbilo frenético. Cuando sus manos percibieron la
calidez del cuerpo terso de la joven, ésta gimió suavemente. Ciro la dominó
deprisa y gozó plenamente con su cuerpo.
Kassandan
se quedó quieta cuando Ciro la liberó y miró hacia el cielo, más allá del
rostro del joven. Murmuro:
─
Tengo miedo. Había alguien encima de ti.
Antes
de dejarlo, Kassandan le ofreció un regalo, el broche que sujetaba el cuello de
su quitón. Había sangre de su seno en el broche de plata. Cuando al día
siguiente volvieron a encontrarse en el cerezal, Ciro le llevó el broche
redondo del cinturón de su espada, que portaba las alas aqueménidas. A
Kassandan le gustó y afirmó que, como habían intercambiado regalos, ahora
estaban unidos. A partir de entonces, por alguna razón, la joven perdió el
miedo.
Cada
vez que acudía a las celebraciones de palacio en compañía de otras mujeres,
Kassandan llevaba sobre el seno, muy lustrado, el broche de Ciro. El joven
sintió el aguijón del orgullo porque esa muchacha bonita e inteligente le
pertenecía. Una noche, antes de que Cambises realizase los sacrificios ante la
mesa, Ciro la cogió de la mano, la apartó de las mujeres y pidió a todos los
aqueménidas que fueran testigos de que tomaba como esposa a Kassandan, hija de
Farnaspes. De inmediato la joven se arrodilló ante el sorprendido Cambises, que
durante unos segundos acarició en silencio su oscura cabellera. A continuación
el rey de los aqueménidas la besó en la frente, la reconoció como nuera y le
entregó una copa, de la que tanto ella como Ciro bebieron. Cambises rascó su
frente arrugada, se mesó la barba y dijo:
─ Es
una auténtica belleza aqueménida..., te dará muchos hijos guapos. Suspiró.
Ciro, tu madre fue así para mí. Por las siete estrellas que aún recuerdo el
calor de sus muslos. Frunció el ceño. Ahora que va has probado mujer, piensa y
consúltame antes de tomar una segunda esposa. Personalmente había pensado en
cierta princesa meda...
Ciro
no respondió a esas palabras pomposas. No le interesaba tener otra mujer a su
lado, menos aún una meda arrogante.
Kassandan
recogió su hermosa cabellera y lució sobre la frente, en su diadema de matrona,
el broche alado; bajaba decorosamente la mirada cada vez que otros hombres la
observaban y no volvió a dirigir la palabra a Mitradat, que la contemplaba con
el odio que sentía por su marido. Kassandan llevó una infinidad de telas
bordadas y adornos de plata en baúles de madera de sándalo tallada cuando se
trasladó a las cámaras de Ciro en compañía de dos silenciosas criadas caspias;
también portó el regalo de su padre: un kilómetro y medio de tierras de cultivo
a orillas del río. Se arrodilló agradecida ante el fuego de la sala para dar a
entender que ese hogar se había convertido en su morada. Y se volvió deseable
en todos los sentidos.
─
Ahora va no temo a la otra mujer dijo a Ciro.
Como
los maridos han hecho desde el día en que fueron esclarecidos de la ignorancia
bestial, Ciro replicó:
─ No
existe ninguna otra mujer.
Por
la noche, cuando la voz del río se apresuraba en medio del silencio, Ciro se
limitaba a soñar con Anahita, su diosa. La figura onírica acabó por fundirse
con la de Kassandan, que respiraba viva a su lado. ¿Acaso no había contemplado
a su esposa en aquella primera cópula en medio del rocío de la catarata de la
diosa? ¿No era una señal de buena voluntad por parte de Anahita?
En
ese sentido, Kassandan no expresó sus opiniones, a menos que se refiriesen a
Ciro en cuestiones prácticas. En cierta ocasión comentó que cabalgaba solo por
sus tierras, sin la compañía de otros jefes. Era verdad. Ciro se desplazaba con
los vigilantes, con Emba para que se ocupase de los caballos y con el escita
Volka, una especie de guardaespaldas por elección propia. Otros jefes estaban
ocupados, lo que generalmente consistía en entrenar a los asvaran y viajar al
norte para participar en las guerras lejanas de los medos.
─
Sin embargo, Ciro, no existe compañerismo como el de los guerreros opinó su
esposa. Claro que me refiero a los nobles persas. Los otros jefes lo comparten
y tú no.
─ No
me desean ningún mal.
─ No
es el caso de Mitradat. Los demás te siguen la corriente porque Cambises no los
agobia con impuestos. Pero tu padre morirá. Cuando llegue el día, ¿qué harás
para conservar la lealtad de los demás? Recuerda que todavía no te has hecho
famoso en la guerra.
─
¿Los demás? ¿De quiénes hablas?
Kassandan
lo miró con afecto y levantó un dedo.
─ En
primer lugar, de los maspianos y los marafianos, que con nosotros componen las
tres tribus. En segundo lugar, como sabes mejor que yo, me refiero a las otras
siete tribus, incluidos los germanios del Desierto de la Sal, los bandidos
mardianos que osan llamar a su territorio Ciudad de los Persas..., no, si hasta
he oído que los comerciantes griegos la llaman Persépolis…, y los dayanos
nómadas. ¿Has hecho algo por unirlos a ti con alguna esperanza?
Ciro
no había hecho nada semejante y la preocupación de su esposa le causó gracia.
Se rió de Kassandan y respondió que vaciaría el erario de Pasárgada en las
manos de los jefes. A Kassandan esa respuesta no la serenó.
─
Aunque la plata es satisfactoria para todos los jefes dijo pensativa, los
persas siempre dicen que desean la fama más que los tesoros. Sólo hay un modo
de obtener beneficios y, además, fama: mediante la conquista de tierras lejanas
y pueblos remotos. Kassandan parecía hablar con las llamas del hogar. Desde los
tiempos de nuestros antepasados la gloria de los reyes ha surgido de la
conquista.
Era
la primera vez que Kassandan utilizaba esa expresión antigua: la gloria de los
reyes. Los poetas la incluían en su canto de Aquemenes. Ciro perdió la alegría
y se molestó por la perseverancia de su esposa.
─
Ignoro qué haré el día en que Cambises muera replicó secamente. Cuando ocurra
lo sabré.
En
realidad, Ciro era incapaz de hacer planes y llevarlos a la práctica. Actuaba
instintivamente cada vez que se planteaba una emergencia. No había pensado en
casarse con Kassandan hasta que la tomó de la mano. Cuando le dio un hijo, la
joven dejó de preocuparse por los compañeros de Ciro. El niño consumió todos
sus planes. Lo llamaron Cambises, en honor de su regio abuelo.
§ La
advertencia del mago
Sucedió
porque Ciro gustaba de explorar las cuevas. Nunca se cansaba de seguir los ríos
hasta las peladas cumbres montañosas. Así fue como tropezó con las cavernas
ocultas por los pinares, a una altura en la que el viento achaparraba los
árboles y hasta la que los cazadores no se aventuraban como no fuera en pos de
íbices. Allí, cerca de los ríos producto del deshielo, divisó agujeros en los
peñascos, detrás de los cantos rodados. Las oquedades le parecieron naturales
hasta que reptó hacia el interior de una y se encontró en una caverna con los
lados cortados con picos de piedra. El suelo estaba ennegrecido por el carbón
de innumerables hogueras y en las esquinas aún se veían restos de juncos, como
remembranza de lechos. En varias cavernas escondidas Ciro encontró puntas de
lanza de pedernal. Dedujo que en algún momento del pasado la gente se había
refugiado en esas cuevas y se había esforzado por ocultar las entradas. En
Pasárgada nadie sabía nada de las cavernas ocultas. Se percató de que, al
narrar el hallazgo a su esposa, las jóvenes criadas caspias lo escucharon con
interés.
En
el caso de que conociesen el secreto de las cavernas, ciertamente las caspias
no dirían nada.
Los
caspios eran un pueblo oscuro y débil, habitantes originarios de la gran
meseta. De pequeño Ciro los había llamado el pueblo antiguo y, en ocasiones, el
pueblo de la tierra. Moraban en la tierra, como las marmotas; plantaban
semillas, recogían las cosechas, fabricaban con las manos cacharros de barro
húmedo e incluso construían sus moradas con ladrillos de adobe secados bajo el
ardiente sol. Cambises intentó convencerlos de que cocieran los ladrillos en el
fuego, porque éstos soportaban las inundaciones y las lluvias, mientras que los
de adobe se deshacían con el agua. Asimismo los obligó a construir embalses con
mimbres y piedras a fin de que almacenasen agua para la estación seca.
Los
caspios hablaban un idioma que no se parecía a ninguna de las lenguas
civilizadas y no contaban con leyendas heroicas; en este sentido, se
diferenciaban de sus conquistadores, los arios. Eran más hábiles para robar que
en el combate con armas honrosas; cuando los atacaban, huían de sus aldeas en
las tierras bajas y se dispersaban por los bosques de las altas. Al descubrir
las cavernas ocultas, Ciro dedujo que había encontrado un refugio de los
caspios. Pero hacía mucho tiempo que ningún hombre utilizaba esas cuevas.
Habitualmente
los amos persas apenas se comunicaban con los nativos, a menos que los
cazadores o los guerreros quisieran divertirse con las jóvenes campesinas en
los cebadales. Existía una gran distancia entre la noble cuna aria y un caspio
innoble. Los iranios nombre que se dio a los arios de la meseta persa montaban
los corceles nisayanos; los aborígenes contaban con ponis peludos y trasladaban
cargas sobre las espaldas; sus herreros forjaban metales preciosos hierro y
bronce para fabricar armas o avíos para los caballos, mientras que los iranios
fabricaban cosas inteligentes con metales más blandos, la plata y el brillante
cobre. En lo que a los animales domesticados respecta, los conquistadores
tenían nobles vacas lecheras y bueyes, mientras que los sumisos nativos criaban
ovejas y cabras negras y sus mujeres se cubrían con prendas impermeables que
confeccionaban con la larga lana negra. En cuanto a los dioses, los caspios los
mantenían en secreto y realizaban sacrificios en los bosques. Pese a que en Pasárgada
no entraba un solo caspio, salvo como esclavo de una casa, Ciro notó que
parecían aumentar en sus aldeas de adobe. Lo comentó con Cambises, que se
limitó a replicar que era bueno. Ciro le preguntó por qué era bueno que unos
pocos iranios dominaran a tantos caspios.
Su
padre pestañeó con su estilo profético y le planteó un acertijo:
─
¿De qué cinco cosas vivimos los iranios?
A
Ciro se le ocurrieron más de cinco cosas, pero sabía que su padre no esperaba
una respuesta a sus conjeturas, sino a sus propias cavilaciones. Recordó la
réplica de sus días de estudiante:
─ De
las simientes, de las herramientas para plantarlas, del agua que les permite
crecer, de los animales domesticados que las cultivan y del esfuerzo humano que
las cosecha.
Cambises
asintió con la cabeza.
─
Préstame atención: de esas cinco cosas, no poseemos ninguna, salvo el grano que
yo he almacenado, mientras que los caspios las tienen todas. Sabes
perfectamente que ellos viven sobre la tierra y nosotros sobre ellos. ¿Te has
parado a pensar cuál es la consecuencia de esta situación? Nos odian y nos
temen. No puedo cambiar la opinión que tienen de nosotros, pero si engendran
familias numerosas y tienen muchas manos para trabajar y el estómago lleno, nos
odiarán menos.
Ciro
recordó el comentario profético de su padre la mañana en que, en compañía de
Volka, fue a cazar íbices. El escita había avistado un ejemplar por encima del
límite de la vegetación arbórea y soñaba con abatirlo de un flechazo. Sólo un
escita era capaz de intentarlo..., y de conseguirlo. Montaban ponis de la aldea
y se ocultaban en la arboleda al tiempo que vigilaban la ladera rocosa. En
semejante sitio, los devas podían hacerse eco de sus voces con gritos burlones,
razón por la cual los pasargadianos rara vez se acercaban tanto a las cumbres
sagradas. Volka, oriundo de las estepas, no temía a los dioses de la montaña.
De repente los mastines que los acompañaban adelantaron a los ponis y siguieron
un rastro.
Aunque
los mastines podían seguir la huella de una pantera, eran prácticamente
incapaces de perseguir un íbice. Ciro aferro la lanza, azuzó al poni en pos de
los perros y se encontró con un viejo caspio, vestido de harapos, que huía de
ellos. Apenas llegó a tiempo para golpear a los grandes perros con el mango de
la lanza mientras se abalanzaban sobre las piernas del campesino, que bajo el
tocado protegía la blanca cabellera de un patriarca. Llevaba en los brazos un
hato envuelto en trapos. Ciro lo obligó a abrirlo para comprobar si había
robado algo, pero sólo contenía pasteles de cebada recién hechos, granadas y
queso blanco. Le llamó la atención que un patriarca de la aldea trasladase la
comida de todo un día a una cumbre pelada. Ciro alzó la vista y estudió la boca
de una caverna en la que otro hombre, que no era caspio, permanecía de pie y lo
observaba.
─ Me
alegro de que los perros no devoraran a mi amigo dijo el desconocido.
¿Compartirás la comida conmigo?
Era
tan joven como Ciro, estaba desarmado y tenía el rostro curtido por la
intemperie. Un cordel de crines ceñía su túnica gris y calzaba sandalias en vez
de botas de montar con cordones. Habló en el suave dialecto de las tierras del
este. Ningún adorno brillante ponía de manifiesto su rango o dignidad. Ciro
desmontó, le acercó el hato y se percató de que, después de olisquear al
desconocido, los mastines no le hicieron más caso. Lleno de curiosidad, el
aqueménida le preguntó cuál era su apellido, su tribu y a dónde se dirigía. El
viejo caspio y el joven parecieron cruzar una mirada. El desconocido respondió
que ya no tenía familia ni tribu y que se proponía descansar al cabo de su
viaje.
─
¡Di la verdad! exclamó Ciro. Eres un fugitivo de las tierras del este y te
proteges en uno de los refugios de la gente de la aldea, que te trae comida en
secreto.
La
cólera iluminó los ojos grises del desconocido. En seguida sonrió
apesadumbrado.
─
Sucede que la verdad es más difícil de creer que las mentiras útiles. Joven
cazador, la verdad es que este mago ya no tiene familia ni tribu.
Pensativo,
el desconocido extendió un trozo de tela en el suelo y dividió en dos el
alimento. Junto a la entrada de la caverna había un cántaro de barro con agua y
un cuenco. El mago, como se hacía llamar, no llevaba mucho tiempo huyendo pues
sus manos y sus pies delgados estaban limpios.
─
Supongo que soy fugitivo de la muerte. Vine a este refugio porque los aldeanos
del valle me dijeron que tal vez aquí encontraría lo que busco.
De
alguna manera hablaba como un poeta y, sin embargo, los bardos siempre buscaban
la puerta del palacio real.
─
¿Qué buscas? quiso saber Ciro.
─ La
paz de los aqueménidas replicó el mago y sirvió agua cristalina en el cuenco.
Era
evidente que el desconocido no se había dado cuenta de que hablaba con el hijo
del rey.
─
¿Esperas que crea que los aldeanos saben algo sobre mi pa..., sobre los
aqueménidas, tanto en la guerra como en la paz?
─
Parece que sí. Relatan toda una saga. Dice así...
El
mago repitió con gran serenidad que las hordas arias habían invadido con la
espada y con el fuego todas las tierras caspias y habían seguido su camino. Sin
embargo, en territorio del monarca aqueménida los invasores se habían asentado
en la paz real y respetaban la vida.
─
Veo que luces las alas aqueménidas. ¿No sabes nada de los refugiados que llegan
desde las Montañas Azules o de la muerte de la tierra en Susa? preguntó el
mago, desafiante.
Muy
pronto se disculpó casi con los modales de un noble por lo descortés de su
pregunta y rogó a Ciro que se sentara y compartiesen la comida, aunque no
pudieran compartir los pensamientos. Ciro estuvo a punto de aceptar, pero se
negó porque no estaba dispuesto a vincularse con un fugitivo mediante la
división del pan. Percibió un orgullo recóndito en el supuesto mago que no
llevaba cinto para la espada. Hizo un gesto de despedida y fue en pos de Volka,
que seguía rastreando al íbice. Miró atrás y comprobó que el forastero y el
patriarca de la aldea compartían la comida. Por encima de ellos, la cumbre gris
destacaba como una defensa tras las nubes en movimiento.
Ciro
pensó fugazmente que, pese a la poesía de su relato, el mago había eludido la
puerta de Pasárgada.
§ La
ciudad de la muerte
En
lugar de evitar la puerta, otro refugiado llegó hasta el umbral de Ciro. Los
porteadores que lo seguían depositaron en el suelo fardos de mercancías que
habían viajado en una caravana de burros y el hombre se presentó como habiru ─o
hebreo─ y dijo que sólo era refugiado en el sentido de que su monarca estaba
cautivo por las aguas de Babilonia, que en realidad eran canales y se
diferenciaban mucho del río diáfano y caudaloso de Pasárgada.
Este
barbudo mercader hebreo lucía en la oreja una anilla de plata, muestra de que
estaba en semicautiverio, y obsequió a Kassandan una envoltura de hojas que
contenían dulce mirra antes de extender una pieza de magnífica lana púrpura y
decir que se trataba de la púrpura real arrancada a las entrañas del Gran Mar y
muy adecuada para una dama aqueménida de la realeza. Kassandan deseó en el acto
esa tela rara, pese a que costaba dos siclos el codo, pero a Ciro le desagradó
y escogió para su esposa un par de brazaletes a juego de oro blando, adornados
con diminutos grifos alados. Dijo que esos eran verdaderos adornos, en lugar de
un vestido que cualquiera podía ponerse.
Cuando
acabaron las transacciones y después de relatar las nuevas de tierras lejanas,
el hebreo como era habitual en el caso de los mercaderes deambuló por los
límites de Pasárgada como si buscara algo que no encontró.
─
¡No hay murallas! exclamó ante el aqueménida durante la noche. Añadió que hasta
ese día no había contemplado una ciudad sin murallas..., ni siquiera la
abandonada Nínive ni la poderosa Babilonia, donde Nabucodonosor erigió en la
ciudad propiamente dicha las fortificaciones de Imgur Bel y Nimitti Bel. El
hebreo agregó con tono de plegaria: Que Yahvé se convierta en escudo de los que
aquí moran.
Ciro
no conocía ningún dios que respondiese al nombre de Yahvé pero, en su condición
de forastero, cabía esperar que el hebreo adorase una deidad desconocida.
─
Hasta en el camino de Shushan hasta aquí están reconstruyendo la muralla de la
ciudadela con sólidos ladrillos cocidos añadió el hebreo, meditabundo.
Ciro
recordó lo que el otro caminante, el mago, había dicho acerca de Susa: que se
encontraba en los estertores de la muerte de la tierra. Lo había visto con sus
propios ojos mucho antes, cuando con los amigos de la infancia se apartó de la
senda de los pastos nisayanos a fin de explorar las ruinas de la antaño
gloriosa ciudadela de Elam, entre las montañas y la meseta. Vio que las malas
hierbas asfixiaron los campos cultivados y que talaron los bosques para
convertirlos en madera seca mientras las avenidas de los embalses rotos
arrasaron la tierra ardiente. Los zorros huyeron de las estructuras de los
edificios quemados. Los salteadores de caminos buscaron refugio en los salones
de los grandes reyes de Elam. El motivo de esa muerte de la tierra habitada fue
inscrito en una tablilla de piedra que colgaba de la puerta vacía. Un escriba
errante leyó el mensaje y Ciro lo grabó en su memoria: «Yo, Asurbanipal, gran
rey de todas las tierras, saqué los muebles tallados de estas cámaras; yo saqué
de las cuadras los caballos y las mulas con bocados con adornos de oro. Yo
quemé con fuego los pináculos de bronce del templo; yo llevé a Asiria al dios
de Elam, con todas sus riquezas. Yo me llevé las estatuas de treinta y dos
monarcas, además de los poderosos toros de piedra que guardaban las entradas.
De esta forma he asolado totalmente esta tierra y matado a los que en ella
moraban. Yo he abierto sus tumbas al sol y me he llevado los huesos de los que
no veneraban a Assur y a Ishtar, mis señores..., dejando eternamente sin reposo
a los espectros de esos muertos sin ofrendas de alimento ni agua».
Los
asirios marcharon sobre Elam a partir de las pruebas de esa inscripción. Desde
entonces sólo habían transcurrido tres generaciones. Y Nínive, la ciudad de
Asurbanipal, yacía desierta y desvalida ante el calor del sol.
─
Como puedes ver, esas grandes ciudades se han convertido en grandes desiertos
poblados por fantasmas. Ciro concluyó su relato.
El
hebreo sacudió su cabeza untada de aceite y alzó las manos.
─
¡Cuán grande es la sabiduría del ilustre hijo de Cambises! ¡Su memoria es, en
verdad, como un pergamino escrito! Sin embargo, los espectros de Shushan me
compraron arados para sembrar y me pagaron con una orden de plata de la casa
babilonia de Egibi.
Al
concluir la velada y entrar en sus aposentos, Kassandan dio expresión a sus
pensamientos. Si un pueblo desconocido reconstruía las ruinas de Susa y si
tenía dinero suficiente para tratar con los banqueros, debía pagar tributos a
Pasárgada.
─
Dime, la más bella de las esposas, ¿por qué tendrían que pagar tributos?
preguntó Ciro distraído mientras pensaba en los arados capaces de sembrar.
─
Por protección, es evidente. No me dirás, tú el más sabio de los esposos, que
una ciudad nueva no necesita protección contra los bandidos y los
conquistadores de fuera. ¿Acaso Susa, la que el mercader llamó Shushan, no se
encuentra dentro de los límites de Ansan? ¿Existe alguna protección equiparable
a la de los arqueros persas de a caballo?
Ciro
sonrió ante el razonamiento de su mujer.
─ Si
reclamo tributo, como acabas de proponer, ¿qué soy, un bandido o un
conquistador de fuera? ¿Qué diría Cambises, mi padre?
No
estaba dispuesto a que su esposa siempre dijese la última palabra.
─
Ciro, podrías pensar en Cambises, tu hijo.
A la
postre, el pastor cabalgó hasta Susa. Tenía por costumbre analizar
personalmente toda cuestión dudosa. Entre los varios centenares de asvaran que
le servían de escolta, Ciro escogió a varios héroes nobles germanios que
estaban hartos de colgar las espadas sobre los hogares mientras esperaban a que
los medos desencadenasen otra guerra. La larga carretera serpenteaba las
montañas y descendía por una «puerta» o desfiladero que conducía a la meseta
occidental. En esa puerta natural una tribu de salteadores se lanzó sobre ellos
como lobos, pero huyeron cual cabras atemorizadas cuando vieron a los arqueros
persas. Los germanios no desperdiciaron una sola flecha con ellos. Cuando
abandonaron las colinas y levantaron calientes nubes de polvo, los asvaran se taparon
las bocas con los pañuelos de cuello y lanzaron maldiciones. Los montañeses
nunca descendían voluntariamente al calor de las tierras bajas.
Poco
después el sendero discurría junto a las cascadas del río Susa y Ciro reparó en
el verdor de los campos cultivados en medio del yermo pardo de abajo. Susa se
alzaba en un recodo del río y habían reconstruido el puente de piedra roto. Los
espectros habían hecho varias obras útiles. Al ver a los jinetes, los pastores
se apresuraron a ocultar sus rebaños de ovejas y vacas. Ciro condujo a los
guerreros hasta el puente y sólo entonces los germanios alzaron sus espadas
contra los fugitivos para imponer respeto. Murieron muy pocos antes de que los
persas refrenaran sus monturas bajo la ciudadela, en el punto más alto de la
ciudad. Tal como había dicho el hebreo, nuevas murallas de ladrillos rodeaban
las ruinas dejadas por los asirios. En lo alto de la muralla y en la entrada,
en la que aún no habían colocado puertas, aparecieron hombres provistos de
escudos y de lanzas. Los héroes germanios comentaron que, más que de metal
brillante, los escudos de los susanos eran de cuero; propusieron que Ciro los
cubriera con las flechas de sus guerreros para tomar la puerta y garantizarle
una entrada segura. Con esa maniobra los veteranos serían los primeros en
elegir el botín o los cautivos que tomasen en el interior de la ciudadela.
Ciro
estudiaba un arado abandonado en un campo regado del que, a juzgar por las
huellas, el labrador había huido con sus bueyes. El arado disponía de una caja
sobre el mango vertical y la caja contenía simientes. El hueco del mango
permitía que las semillas descendieran hasta la tierra removida. En
consecuencia, el hombre que tiraba del arado podía sembrar a medida que
recorría el surco. Era toda una novedad. Cuando terminó de examinarlo, Ciro
ordenó a sus jinetes que rodearan la muralla de la ciudadela y evaluaran las
fuerzas de los defensores antes de tomar la puerta por asalto.
No
tuvieron tiempo de hacerlo pues una figura solitaria, a pie y sin guardias,
franqueó la gran puerta. Vestía la túnica larga y con flecos del dignatario,
pero sin corona, báculo ni insignias doradas de su rango, salvo por la medalla
que le colgaba del pecho y que resultó ser la imagen de Shushinak, el dios
supremo de los elamitas, una deidad solar con ciertos atributos de justicia.
Caminó con paso marcial y mantuvo la cabeza en alto al tocar, como muestra de
respeto, las riendas del nisayano de Ciro.
─
Una tregua, hijo de Cambises solicitó en buen persa. La próxima vez haz que
alguien acuda al galope con tu nombre y saldré a recibirte al puente. Soy
Gubaru, señor de Susa, de las Tierras Marinas y de las Aguas Amargas.
Por
extraño que parezca, Gubaru no se presentó como gobernador de un monarca ni
como rey. Invitó al aqueménida a apearse del caballo y a compartir con sus
guerreros un modesto banquete en el palacio a medio terminar. Como los persas
intercambiaron miradas dubitativas al oír la invitación, Gubaru se apresuró a
añadir que, en el caso de que sus invitados prefirieran comer fuera, sus
sirvientes les acercarían los manjares. Ciro dedujo que ese señor de una ciudad
en ruinas tenía la mente ágil y podía convertirse en un anfitrión peligroso.
Propuso que Gubaru sacase a todos los criados armados, después de lo cual los
persas entrarían a inspeccionar la ciudadela.
─
Siento curiosidad por las obras que has hecho aseguró Ciro, pues la última vez
que estuve aquí, en estos muros sólo habitaban los zorros.
Gubaru
apenas vaciló antes de inclinar su bonita cabeza y declarar que los deseos de
su glorioso invitado eran ley para él. Evidentemente dio órdenes en elamita
para que desalojasen el palacio. Los guardias armados marcharon hasta la orilla
del río. Ciro dejó a la mitad de sus guerreros con los inquietos germanios para
que defendieran la puerta y los caballos. Los restantes persas entraron detrás
de él pues temían que les hubieran tendido una trampa. En la entrada de
baldosas azules cuyo cemento aún estaba húmedo, se sorprendieron al ver una
fuente que arrojaba rocío y a su lado una muchacha alta y expectante,
semivelada en tela regia, con las cejas cual arcos oscuros, de cuyo cuerpo
esbelto emanó un dulce aroma cuando se arrodilló ante Ciro y se incorporó para
ofrecerle una bandeja con pasteles y un cuenco de mosto. El rostro a medias
oculto le recordó a Kassandan cuando rió a través de la espuma de la catarata
de Anahita y lo consideró un buen presagio. Gubaru dio que era su hija y que
había renunciado a los deleites de Babilonia a cambio del yermo de su Elam
ancestral, que jamás había visto.
Era
cierto que no debían tener muchas riquezas porque las columnas de las paredes
no eran más que troncos de palmeras encajados en el asfalto pesado. Ciro bebió
del cuenco, se lo pasó a sus jefes y alabó los milagros de la fuente y la
belleza de la princesa elamita; llegó a la conclusión de que Gubaru decía la
verdad y de que nada debían temer mientras la muchacha estuviese al alcance de
sus espadas. Gubaru comentó que había aprendido a crear juegos de agua mientras
servía como ingeniero en el ejército de Nabucodonosor.
También
explicó que el misterio de la vida volvió a las ruinas de Susa. Después de que
los asirios quemaran su territorio, algunos supervivientes de Elam huyeron
hacia el gobierno aqueménida de las montañas del este y unos pocos, incluida la
familia de Gubaru, pusieron rumbo oeste, hasta las potentes murallas de
Babilonia. A la caída de Nínive, la cólera de los conquistadores asirios se
convirtió en polvo arrastrado por el viento y la enemistad desapareció. En ese
momento Gubaru renunció a su cargo con el espléndido Nabucodonosor y retornó a
su arrasada tierra natal. Intentaba que esos campos volviesen a producir
alimentos.
─ En
un caso semejante, ¿no regresarías a los sepulcros de tus antepasados si tu
magnífica Pasárgada yaciera en ruinas? preguntó a Ciro.
Ciro
pensó que era muy poco lo que se podía demoler en su heredad persa y que
todavía ningún antepasado había dejado su sepulcro junto al río. De todos
modos, comprendió los sentimientos del elamita.
─ Sí
respondió.
Por
sorprendente que parezca, la bella Amitis quebró el silencio del decoro y
murmuro:
─
¡Oh, hijo de un gran rey, apiádate de nosotros! Ya has visto nuestra pobreza.
Cuando
cayó la noche, los jefes se reunieron en torno a Ciro para analizar el lugar de
acampada más ventajoso. Durante el día, a lomos de sus corceles, tenían a los
susanos a su merced. Por la noche, mientras dormían, podrían morir bajo el filo
de los cuchillos de los elamitas. Ciro ordenó que montaran alrededor de la
puerta abierta de la ciudadela las tiendas que llevaban en el tren de carros.
En ese caso, si los atacaban desde fuera podían replegarse al interior de la
muralla y, si el ataque procedía de palacio, montarían y saldrían. Dispuso que
los guardias de los caballos realizaran las rondas acompañados de mastines.
Explicó cortésmente a Gubaru que no podía utilizar los aposentos de palacio con
su excesiva cantidad de toscos guerreros. El señor de Susa manifestó su
reconocimiento por la amabilidad del regio aqueménida y ordenó a los sirvientes
de cocina que sirvieran el banquete apresuradamente preparado y compuesto por
corderos asados con clavos y montículos de arroz blanco aderezados con compota
de frutas. Sabía que los persas nunca aprendieron a beber vino. En un intervalo
amable posterior a la cena, se acercó con los mayores y los nobles para conocer
el motivo de la visita de Ciro.
El
joven ario pensó que los elamitas se parecían al mercader hebreo: ocultaban sus
pensamientos tras la cortesía. Como no estaba acostumbrado al lenguaje
diplomático, Ciro expresó francamente su opinión, alabó los esfuerzos por
devolver la fertilidad a Elam que, al fin y al cabo, era una dependencia de
Ansan, y les ofreció la protección de Cambises a cambio de un tributo anual.
Más
que jefes, los elamitas parecían portadores de la ley. De repente Gubaru
preguntó si Ciro le llevaría anualmente una caballada de magníficos nisayanos.
El ario explicó que la ley de los persas le impedía regalar caballos de esa
raza. Gubaru sonrió al oír esas palabras.
─
Sin embargo, cada primavera Cambises en persona conduce yeguas de cría y
sementales a la corte del rey de los medos. Eso es un tributo.
─ Mi
regio padre gobierna Ansan por derecho propio replicó Ciro. El regalo de
caballos blancos no es más que una muestra de su amistad hacia Astiages, el
arrojador de lanzas.
Tuvo
la sensación de que Gubaru apuntaba a que Elam debía pagar tributo a los medos
regentes en lugar de a los persas.
─ Y
nosotros ofreceremos muestras de amistad a los ilustres y victoriosos
aqueménidas replicó Gubaru. Del bolsillo del cinto extrajo una pequeña piedra
negra y siguió con el dedo las marcas escritas dejadas por la cuña. Repitió la
inscripción: Soy Nabucodonosor, el caldeo. Mi justicia se extiende hasta la luz
del sol; que todos los débiles y oprimidos apelen a mi justicia, lo digo yo.
Explicó
con gran afabilidad que el estado redivivo de Elam contaba con la protección de
Nabucodonosor, en la poderosa Babilonia.
Ciro
ya no tuvo nada más que discutir. Obviamente, al día siguiente guiaría a los
asvaran para saquear las moradas de Susa. Recordó la súplica de la muchacha y
decidió ser misericordioso. Repentinamente rió y se animo.
─
¡De acuerdo, señor Gubaru, seamos amigos! Dame como muestra uno solo de tus
nuevos arados para sembrar.
El
astuto Gubaru fingió sorprenderse.
─
¡Por el sol de Shushinak! La palabra del aqueménida es más comprometedora que
una ley tallada en piedra. Ciro, te he oído prometer amistad.
Al
alba siguiente, cuando los jinetes persas aprestaron los carros, Gubaru ya
había preparado un arado para Ciro, así como varios sacos de delicioso arroz y
especias. Dijo que eran un presente para Cambises. Luego apartó a Ciro de sus
hombres y lo condujo hasta el puente, donde el bullicio del agua amortiguó sus
palabras. En un primer momento pareció que el señor de Susa entraba en comunión
con el río y se desdibujaron las arrugas de su rostro tenso.
─
Pastor dijo en voz tan baja que Ciro tuvo que hacer un esfuerzo para
entenderlo, no soy profeta de los hebreos ni adivinador del destino que figura
en las estrellas, como los caldeos. Mi alma está en Elam. Serví lealmente a
Nabucodonosor, el poderoso constructor y planificador..., ¡que los dioses le
concedan muchos años de vida! Pero lo acosan los siete males de la enfermedad.
Cuando te enteres de que Nabucodonosor ha muerto, monta un corcel veloz, ven a
verme y hablaremos de cosas aún más grandiosas. Su voz se había convertido en
un susurro. Contempló sonriente el río. Podrás venir solo sin correr riesgos.
Gubaru
el elamita ofreció el vínculo de la comprensión al aqueménida.
Los
jinetes persas se alegraron de abandonar el calor y el polvo de Susa; estaban
hartos de espantar moscas y rascarse las picaduras de las hormigas. A su
regreso a Pasárgada, Ciro contó la verdad de cuanto había ocurrido en la ciudad
que se recuperaba de los estertores de la muerte, con excepción del último
comentario personal de Gubaru. Kassandan derramó lágrimas y se lamentó de que
los elamitas hubiesen cubierto con lana los ojos de Ciro. No podía mostrar
ningún tributo. Cambises quedó encantando con el nuevo arado, aunque reconoció
que sería difícil enseñar al campesino caspio a realizar la faena que siempre
habían hecho dos personas.
Al
repasar el viaje, Ciro decidió acompañar a su padre a la corte de los medos en
la siguiente maduración de la hierba. Se proponía ver con sus propios ojos lo
que significaba ser tributario de los medos. No se preocupó por elaborar un
plan. Si lo hubiera pensado dos veces, quizás habría evitado el peligro.
§
Canción del saqueo de Nínive
Ecbatana,
la ciudad del monarca que gobernaba muchos reyes, se encontraba lejos, hacia
los fríos del norte. Las nuevas defensas de piedra gris se alzaban más allá de
los oscuros pinares, bajo una solitaria cumbre nevada. El nombre significa
lugar de reunión y los medos decían que su primer antepasado distinguido
congregó allí por primera vez a todas las tribus médicas nómadas, al pie del
sagrado monte de Alwand. Por lo demás, Ecbatana (Hamadán) se alzaba en la
confluencia del gran camino este ─ oeste de caravanas que iban del Mar de
Hircania hasta la «puerta» que bajaba hasta Nínive, en la meseta.
Los
medos eran iranios y parientes de sangre de los persas (ellos decían que eran
gen) y todavía se dividían en tribus. Medos y persas hablaban el mismo idioma
pero no veían las cosas de la misma manera porque la realeza meda había
conquistado tierras durante tres generaciones, mientras que los arqueros persas
de a caballo no habían conquistado nada, ni siquiera la ruinosa Susa. O sea que
los medos habían sido vencedores desde la época de Ciaxares ─de Uvakhshatra, el
guerrero─, que estableció el primer ejército regular según el modelo asirio y
con la notable excepción de utilizar la caballería persa. Consecuentemente, los
medos consideraban a Ciaxares fundador de su imperio, pese a que todavía no
tenían una idea clara de lo que era un imperio. Era mucho más fácil conquistar
el ejército asirio que copiar su dominación.
Astiages,
el arrojador de lanzas e hijo algo mayor de Ciaxares, hizo hacer una placa de
plata en la que inscribió las hazañas de sus tres famosos antepasados; la placa
era trasladada al comedor y exhibida ante todos los comensales, supieran o no
leer. Astiages podía repetir la historia familiar porque la sabía de memoria;
ya no se le ocurría pensar que Ciaxares, su padre, había pasado la vida montado
a caballo y que él repartía casi todo su tiempo entre las mesas de los
banquetes y los aposentos de las mujeres, ocupados por varias princesas de las
cortes vecinas, incluida la dedicada Mandane, hija del célebre Nabucodonosor.
En esas condiciones, Astiages estaba convencido de que la gloria de su realeza
era equiparable a la de Nabucodonosor y que la paz entre ambos se basaba en el
respeto mutuo y era consecuencia del equilibrio de poderes. El medo poseía unas
huestes armadas invencibles mientras que, por su parte, el caldeo era amo de
fortificaciones inexpugnables. La verdad era que el recién ennoblecido Astiages
sufría un complejo de inferioridad que requería adulaciones, mientras que
Nabucodonosor trabajaba como un poseso para construir barricadas de protección
en las carreteras e incluso obstáculos fluviales en forma de embalses.
El
mercader hebreo errante que había vendido a Gubaru los arados para sembrar se
postró ante los pies de Astiages, calzados con babuchas; no tuvo dificultades
para vender su tela de color púrpura real en el palacio de Ecbatana. Los medos
nobles jamás regateaban porque no entendían el comercio. Pero en un ataque de
cólera eran capaces de coger las existencias de un mercader y arrojar al hombre
a los sabuesos. Al referirles las noticias de la carretera, el hebreo se ocupó
de describir la burda ciudad aqueménida como un paraíso. Como era hábil para
las lenguas, había aprendido la palabra irania para referirse a un jardín
regado por un arroyo y sombreado por los árboles, firudis, que pronunció
paraíso. Las palabras firudis─i─adam aludían al jardín recoleto de un hombre.
Como era inevitable, los mercaderes hebreos que relataron sus viajes por
Babilonia contaron que Yahvé había creado un jardín hacia el este, un paraíso
para Adán. Se convirtió en un dicho de sus profetas. Pero todo eso ocurrió
después del gran cambio y del fin de la muerte en la tierra.
De
acuerdo con el calendario aún más tardío de los cristianos, Cambises y Ciro
partieron hacia Ecbatana en el año 563 anterior al nacimiento de Cristo. Corría
el año que precedió a la muerte de Nabucodonosor, dos antes de que saliera de
la cárcel Joachim, rey de los hebreos, hecho que no puso fin al cautiverio de
su pueblo.
El
valle de Pasárgada nunca había estado tan hermoso. Cuando penetraron por la
garganta que servía de puerta norte, Ciro contuvo su caballo y se volvió para
mirar el verde frescor de la hierba de primavera, salpicada de azul y del fuego
de las amapolas.
─
Abandonar el valle es como el dolor de una herida ─comentó.
─
Hijo mío, si eso es lo que sientes, ¿por qué partes? se apresuró a preguntar
Cambises. El que habla debe de ser tu espíritu protector, por no decir que la
ley prohíbe que viajes conmigo allende las fronteras. Ahora recuerdo que anoche
soñé que el aliento ponzoñoso de Azhi Dahak te alcanzaba y te llevaba a
enfermar durante el viaje.
Cambises
solía recordar los sueños cuando le convenía tener un determinado augurio. Ciro
ardía en deseos de emprender el regreso, pero no estaba dispuesto a ceder ante
un augurio. Rió y dijo:
─Yo
soñé que una multitud se postraba en tierra cuando refrené mi caballo a la
puerta de Ecbatana.
─
Antes de verlo saldrá fuego de tu cuerpo. A menos que hagas caso de tu espíritu
protector añadió su padre, taciturno, uno de los tres demonios que te siguen
como a una sombra pondrán fin a tu vida.
─
¿Tres demonios? ¿A qué te refieres?
Ciro
seguía contemplando el valle.
Cambises
aferró a su hijo por los hombros para interrumpir sus pensamientos.
─ A
la ira. A una mujer desconocida. Al valor ciego. Como Ciro guardó silencio, su
padre agregó pensativo: De los tres, el último es el peor. El guerrero sabio
estudia sus armas y al enemigo antes de plantar cara. El necio muere muy
pronto.
Ciro
azuzó su corcel. Es verdad que en ese momento prevalecía el mal de su sino.
Interrumpieron el viaje en los pastizales de los nisayanos y seleccionaron dos
sementales blancos y veinte yeguas de cría para ofrecérselos a Astiages como
tributo. Los tasadores medos que los aguardaban con los escribas escogieron lo
más selecto de las caballadas porque los potros ya habían nacido. Ciro se dio
cuenta de que los escasos nisayanos que llevaron al norte no eran más que una
parte de la quinta de caballos que los medos reclamaban a los persas. Accedió a
otro amargo conocimiento en medio del esplendor del palacio de Ecbatana, en el
que su padre y él se perdieron en medio de la multitud que corría para ver al
gran rey. Se exasperó al comprobar que su ocupado padre se apresuraba a tocarse
con la desgarbada corona ceremonial de plumas y a abrochar el impecable manto
de blanco bajo su barba alborotada. Ciro ni se molestó en quitarse las botas de
montar puntiagudas y la gorra decorada con borlas. Hasta Volka, su guardaespaldas
escita, se había adornado los brazos con pulseras de oro para mostrar el botín
tomado antes de que los condujeran al salón de Astiages.
Una
vez en la entrada, los guardias con cascos de bronce y escamadas armaduras
plateadas no retiraron las lanzas cruzadas hasta que un chambelán de báculo con
cabeza de león se apresuró a dar la bienvenida a los aqueménidas de sangre
real. Los guardias obligaron a Volka a quitarse el arco y el carcaj de flechas
bélicas, cosa que hizo a regañadientes antes de seguir a Ciro hasta la sala del
banquete.
El
bullicio del gran salón semejaba el de una jauría de mastines a la hora de
comer. Los celebrantes, estuvieran de pie o reunidos en bancos, mascasen carne
o chuparan golosinas, chillaban en lenguas extrañas. El incienso y el humo de
los fuegos de cocinar empañaban una maraña de túnicas púrpuras,
resplandecientes de plata o brillantes con joyas. Astiages presidía el
pandemonio desde lo alto de su trono de mármol blanco, con su rostro ancho y
pálido, su barba corta y puntiaguda y su tiara azul y dorada. Estaba sentado en
solitario sobre una plataforma, ante un círculo de de medos en pie, cuyos
adornos ponían de manifiesto su rango y cargo. Cuando Ciro lo escrutó azorado,
el chambelán que lo guiaba le asestó un codazo y exclamo:
─
¡No mires! Señaló con su gorro alto hacia arriba y susurró: ¡Las damas
imperiales!
Por
encima y por detrás se extendía una galería protegida por un biombo de marfil
calado. Aunque Ciro no vio a las mujeres, evidentemente estaban ocultas en la
galería y miraban el banquete. Un poeta situado a los pies del monarca se hizo
oír por encima de griterío. Nada más ver que Cambises agitaba su corona de
plumas, Astiages ordenó que se hiciese silencio y se puso en pie para
saludarlo:
─¡Contemplad
a mi primo, rey de Ansan! ─ Buscó rápidamente a Ciro con la mirada. Mirad a su
real hijo.
Para
sorpresa de Ciro, ése fue el saludo. El chambelán esgrimió el báculo para
abrirse paso en medio de los celebrantes hasta una pequeña mesa próxima al
poeta, justo debajo del trono de Astiages, colocado sobre la plataforma. Allí
sentó a Cambises. Guió a Ciro hasta un banco que se encontraba a cinco largos
de lanza de la plataforma. Mediante golpes de báculo el chambelán le hizo sitio
entre un jefe amorita que olía a camellos y un callado caldeo que, para realzar
su dignidad, lucía una barba rizada postiza sobre la cadena con talismanes de
oro. Volvió a sonar la voz del inagotable poeta:
─…
en las calles de Nínive la sangre se elevó hasta los menudillos de los caballos
de las triunfales huestes medas... Sesenta mil e incontables centenares fueron
atados como cautivos en presencia del victorioso rey de los medos. ¿Quién pudo
contar la cantidad de carros adornados con oro, las mulas, el ganado, los
burros? El sonido del llanto sonó como música de flauta en los oídos del
poderoso rey de los medos, monarca de tantas tierras...
El
parloteo ahogó las palabras del bardo. Para Ciro, esa canción sobre el saqueo
de Nínive se parecía mucho a la tablilla de la victoria que Asurbanipal, rey de
Nínive, había colocado sobre las ruinas de Susa. Como el innoble trato al que
sometieron a su padre le molestó, Ciro procuró mantener la calma y ser cortés
con sus nuevos compañeros de mesa.
─
¿Aquella mujer de piedra también es un botín asirio?
Frente
a Astiages, junto a la pared, se alzaba una piedra purpúrea plana, que sostenía
la figura de una mujer con túnica y corona, en la pose de un león rugiente, con
la cabeza rodeada de estrellas y la lanza en la mano. El velloso amorita miró
por encima del hombro, escupió amablemente el bolo de carne y replicó:
─¿Ésa?
No, debe de ser una diosa del poder porque monta un león.
─ A
decir verdad, Ishtar posee poderes protectores y destructores le corrigió el
caldeo, que habló a través de la barba. Además, es la guardiana de nuestra
reina, Mandane, que trajo consigo a esta gran dama de Babilonia.
─ He
oído cómo la llamaban gran puta de Babilonia comentó el amorita y hundió sus
dedos llenos de anillos en una fuente con higos.
El
caldeo se quejó como un caballo sobresaltado.
─
Piensa dos veces antes de hablar mal de Ishtar, cuya estrella es Venus y cuyo
amor pretenden muchos dioses. Cierta vez los elamitas osaron llevarse su
estatua como trofeo y la muerte les pisó los talones. Posee muchos nombres
porque está presente en todas las tierras. Las mujeres guardan sus secretos y
es posible que las proteja, al tiempo que podría destruir hombres. Clavó en
Ciro sus ojos oscuros y bajó la voz. Príncipe de Ansan, apresúrate a comer
algo. El rey Astiages ha mirado dos veces en tu dirección.
En
medio de su entusiasmo, Ciro no había experimentado el menor deseo de probar la
comida que tenía delante, si bien Volka respiraba hambriento junto a su oreja.
Escogió deprisa una pata de avutarda y se la pasó a Volka por encima del
hombro. En ese momento oyó la voz del monarca:
─
Ciro, ¿tan desagradable te resulta nuestra comida..., o temes que esté
envenenada?
Reinó
el silencio mientras Astiages lo observaba con el ceño fruncido. Cambises se
incorporó preocupado. Era más que una descortesía negarse a comer a la mesa;
daba la sensación de que Ciro no estaba dispuesto a convertirse en invitado de
Astiages. Pero en ese momento no estaba en condiciones de probar bocado. Decir
que se encontraba mal seria una mentira. Mientras intentaba buscar una excusa,
una mano lo aferró del brazo y lo empujó hacia los platos. Uno de los guardias
armados había abandonado su sitio junto a la pared para persuadirlo de que
comiese.
Todo
sucedió en lo que dura un suspiro. Colérico, Ciro se zafó del brazo del
guardia. Volka sujetó al guardia y le propinó un fuerte empujón, por lo que el
escudo de bronce resonó en el suelo de piedra. Dos soldados abandonaron su
puesto y hundieron sus lanzas en la espalda del escita desarmado, que saltó
convulsivamente Ciro abandonó el banco, desenfundó la espada y acuchilló a los
asesinos de Volka por encima de los escudos. Cayeron y su sangre manchó las
piedras. Un grupo de guardias medos se acercó deprisa, formó un muro con sus
escudos largos, encerró a Ciro y lo arrinconó contra la pared. Presa de la ira,
Ciro había derramado sangre y violado la paz real. El ario se apresuró a
desviar las lanzas en ristre de sus antagonistas. Astiages se limitó a mirar en
silencio.
Una
voz femenina resonó musicalmente en el salón.
─
Digo yo, Mandane, que ahora éste es mi hijo. Bajad las lanzas y no hagáis daño
al joven aqueménida, mi hijo.
La
oradora se mantuvo oculta tras el biombo de la galería. Pero la obedecieron
como si Astiages en persona hubiese dado esa orden. Ciro no pensó a conciencia
en su sino, salvo el hecho de que se debía a su empleo de la espada. Soltó el
arma e indicó a los medos que se llevaran a Volka. El escita murió antes de que
franquearan la puerta. Ciro lo miró y avanzó ciegamente por los pasillos, en
busca de una salida. Oyó suaves pisadas que lo seguían, se volvió deprisa y se
encontró con un eunuco de túnica y babuchas que jadeaba tras él.
─
Señor Ciro, has cometido un grave mal murmuró el fornido eunuco. Pero el
corazón de la reina, tu madre, se inclina hacia ti... Ay, te ordena que te
ocultes hasta el cierre de las puertas, después de la caída de la noche. ¡Ven,
te llevaré a un lugar seguro!
A
continuación el siervo de Mandane se adelantó e indicó a Ciro que lo siguiese.
§ La
misericordia de la gran diosa
En
los pasillos del palacio medo el pastor percibió la presencia de su espíritu
guía; ese fravashi lo acompañó, oculto junto a su mano derecha, y lanzó la voz
de alarma sin palabras audibles: lo acechaban peligros por delante y por
detrás.
Hasta
entonces Ciro había estado protegido como un niño en el útero de esa fortaleza
montañosa. Jamás sufrió daño alguno pese a que cabalgaba por donde se le
ocurría. Ahora la piel le escocía como si estuviera en carne viva y su fravashi
le ordenó que corriera a las cuadras para regresar con Emba a la protección del
paraíso de Pasárgada. Optó por correr tras el eunuco jadeante, sabedor de que
sólo el ingenio lo protegería en medio de esa emboscada de enemigos extraños.
De esta forma se convirtió en fugitivo y así abandonó para siempre su niñez.
El
eunuco lo hizo cruzar una puerta hasta un jardín sombreado por un emparrado. En
el otro extremo se alzaba una empalizada con una puerta de piedra rematada por
una talla del rey Astiages que, a caballo, alanceaba a un león. En un primer
momento Ciro no reparó en la importancia de la talla. El eunuco echó un vistazo
a su alrededor y trotó hasta la puerta que se abría en el muro de estacas.
Estaba atrancada, pero el eunuco movió el eje de un pequeño enrejado e hizo
señas a Ciro para que pasase.
─
Aquí nadie te buscará. Señaló la pared gris del palacio, más allá del jardín, y
la terraza situada en lo alto, cubierta por un toldo semejante a una tienda.
Murmuró: Los aposentos de Mandane están vigilados por armas afiladas. Te ordena
que la busques después de la hora en que la luz estelar es completa. Si tienes
valor para llegar hasta Mandane estarás a salvo.
En
cuanto Ciro franqueó la empalizada, el eunuco de la reina cerró el enrejado
deprisa y volvió a colocar el eje. Miró al joven aqueménida con expresión
divertida y se perdió entre las parras. Ciro reparó en las huellas de cascos en
la tierra y en la vegetación salvaje de la empalizada; buscó refugio entre los
enebros y un par de antílopes emprendieron la huida. Un asno salvaje alzó la
cabeza y lo siguió. Conocedor del comportamiento de los animales de las
montañas, Ciro supo que el recinto no era un jardín, sino un parque de caza.
Astiages prefería cazar bestias cautivas en los terrenos palaciegos. Ciro
acababa de tenderse bajo el amparo de los enebros cuando apareció un león
adulto, caminó hasta la puerta y olisqueó la parte inferior.
Pese
a que ya no llevaba armas colgadas del cinto, a Ciro no le preocupó que el león
rondara la puerta. Un buey salvaje o un jabalí eran capaces de atacar a un
hombre, pero no era posible que esos animales se encontrasen en el recinto
porque no se dejaban capturar vivos. Claro que si estaba herido el león podría
atacarlo, pero el rey de las bestias como lo llamaba los habitantes de la
ciudad estaba más interesado en la puerta que en el ser humano encerrado con
él. Un rato después el león trazó círculos hasta tenderse en el suelo, con la
cabeza apuntando al enrejado. Ciro se quedó quieto, a la espera de que el sol
cayese detrás de la nevada cadena montañosa. Ciro oyó las risas de los guardias
que aparecieron en el jardín exterior, caminaron de a pares con las lanzas al
hombro e hicieron un alto para mirar el parque de caza. De pronto se le ocurrió
que los medos sabían dónde se ocultaba. En ese caso, el eunuco había revelado
su escondite. Seguramente la gente de palacio se divertía con esa broma. Al
mismo tiempo, sería muy difícil pasar por delante de los centinelas advertidos
de su presencia, sería muy difícil incluso en plena oscuridad.
Mientras
esas ideas cruzaban su cabeza, Ciro lloraba la muerte de Volka, su
guardaespaldas. Sabía que, en lugar de seguir al moribundo, tendría que haber
mantenido la espada enfundada y desafiado a los guardias de Astiages por haber
asesinado a su sirviente. Había actuado irreflexivamente y al meditar tranquilo
se dio cuenta de que el eunuco en apariencia benévolo prácticamente había
imposibilitado su regreso a palacio. Ciro no se preguntó qué tipo de mujer era
Mandane ni por qué lo había ayudado repentinamente pues no tenía ni la más
remota idea de lo que era una dama real de Babilonia.
Se
dedicó a hacer planes para pasar desapercibido entre los vigilantes del jardín.
Llegó a la conclusión de que lo mejor era que buscasen otra cosa. Cuando los
últimos reflejos abandonaron el cielo y brillaron todas las constelaciones,
Ciro esperó a que la pareja de guardias se acercara a la puerta. Ciro también
se aproximó y quitó el eje del enrejado. La franqueó deprisa. El león también
cruzó.
Cuando
rugió en el sendero, los guardias armados gritaron y echaron a correr. A juzgar
por el tumulto que se desencadenó, el león debió de moverse por todo el jardín
en busca de una salida. Como era un disparate correr a oscuras por terreno
desconocido, Ciro caminó hasta la pared del palacio. Buscó la aspereza de las
filas inferiores de piedra, mal adheridas con cemento, se agarró con los dedos,
colocó los pies en las grietas y escaló a gran velocidad. Debajo ondeaban las
teas y en el jardín se había desatado la caza del león. Por encima de Ciro,
varias cabezas femeninas asomaron sobre la barandilla de la terraza. Supo que
eran esclavas porque no llevaban velo. Cuando saltó al otro lado de la
barandilla, las mujeres gritaron y huyeron.
Ciro
se apresuró a seguirlas para no perderlas de vista. Las jóvenes corrieron entre
las cortinas ondulantes. De pronto, lo cegó la luz blanca de un aposento.
Procedía de las llamas de muchas lámparas que brillaban delante de los
cortinados de seda blanca e iluminaba a la mujer erguida e inmóvil sobre un
trono de alabastro, cuyos pies reposaban en las cabezas enmarañadas de dos
leones de mármol. A primera vista parecía la estatua de una diosa. Bajo el arco
de las cejas, sus ojos podían haber sido ópalos rojizos, pero estaban vivos.
Las
esclavas se apiñaron a su alrededor sin tocarla. En la oscuridad del exterior
resonó el colérico rugido del león y Ciro tuvo la certeza de que lo habían
herido y de que poco después le darían muerte en el jardín. La mujer abrió los
ojos y el ario oyó su voz:
─ El
hierro atraviesa a mi siervo, que no hizo daño alguno a los hombres. La mujer
dirigió su airada mirada hacia Ciro. ¡Límpiate!
En
seguida dos esclavas se incorporaron, sujetaron a Ciro por los brazos y lo
condujeron afablemente a un rincón del aposento, en el que trapos de hilos
colgaban junto a una palangana inclinada y llena de agua. En lugar de fluir, el
agua estaba estancada en la palangana de oro. Las esclavas le quitaron
prestamente el manto y, luego de limpiar la tierra y la sangre de sus brazos y
piernas desnudos bajo la falda, frotaron su cuerpo con aromáticos puñados de
cedro e incienso en polvo. Quitaron de sus cabellos las agujas de enebro. Las
esclavas se movieron con gracia y sus manos delgadas y suaves acariciaron las
carnes de Ciro. Era evidente que Mandane las había formado bien. Aunque la
mujer entronizada se había referido al león sacrificado como su siervo y, a
decir verdad, el león era el animal de la gran diosa Ishtar, su voz era la de
la reina Mandane.
Cuando
Ciro regresó al aposento blanco y sus pies no produjeron el menor sonido en la
alfombra mullida, las lámparas se apagaron y el ligero brillo del cortinado se
reflejó en las guirnaldas de incienso que se movían. El olor penetró en sus
fosas nasales. Mandane seguía sentada y cubierta por el velo: un pañuelo con
flecos que le tapaba la coronilla y la boca y que descendía por los hombros a
lo largo de su cuerpo. Polainas con flecos cubrían sus rodillas. Ciro fue
consciente de la belleza de esa mujer, pero no pudo deducir su edad ni su
disposición hacia él. Mandane encajaba perfectamente en ese escenario.
El
azorado silencio del ario pareció divertirla.
─
Ciro, hijo mío, no sé por qué cedí ante ti en el salón de banquetes, si
exceptuamos que tu insensato valor te dejó indefenso. Y no tengo más hijos. Una
señal se ha cruzado entre nosotros y en la muerte del león a tu llegada veo que
dicha señal procede de tu divina madre, la gran diosa. Mandane guardó silencio
y se quedó pensativa. Abandonó la pose de diosa. Ojalá pudiera estar segura del
significado de la señal. Seguramente la divina está presente para velar por
nuestra relación y es posible que, al protegerte, involuntariamente nos haya
dotado de poder a los dos.
Ese
comentario sorprendió a Ciro y se preguntó por qué Mandane no dijo nada acerca
de la enemistad de Astiages, su marido y señor. Puesto que era una esposa
política de la corte de Babilonia, probablemente Mandane se ocupaba de otras
cuestiones. En esa luz tenue era difícil ver sus ojos y el incienso le cerraba
la garganta. Mandane se comportaba como una adoradora que interpreta el augurio
del sacrificio de una víctima. Ciro se acordó de que no le había dado las
gracias.
─
Desde que nací no he tenido madre viva afirmó. Por eso te brindo reverencia,
con el corazón, por la buena voluntad de la más gloriosa reina de los medos.
Tuvo
la sospecha de que Mandane reía. A decir verdad, su comentario había sonado
burdo. Mandane inclinó la cabeza y la caída del pañuelo descubrió la blancura
de su tez.
─
Joven aqueménida, ¿alguna vez habías salido de tus montañas y te habías
apartado de tus manadas de caballos de guerra? ¿Sólo has estado en Susa? Es un
mal sitio. Creo que viajarás lejos, hasta las grandes ciudades; por lo demás,
no tengo idea de tu sino, aunque todo indica que no será corriente. Sea como
sea, me alegro de tenerte por hijo. Se acercó a Ciro y le tocó la muñeca. ¿Sólo
llevas este talismán alado para protegerte del Mal? No, déjame verlo. Diría yo
que es una chuchería infantil. ¿Qué poder alado bajó del cielo y qué poder
puede vencer al Mal, profundamente arraigado en la tierra?
El
brazalete no era más que un obsequio familiar y Anahita, la diosa protectora de
su valle, sólo se revelaba en las aguas heladas de los torrentes. La cabellera
oscura y rizada de Mandane acarició el rostro de Ciro.
─
Señora declaró inseguro, he visto a menudo el Mal, la sequía y el suelo
desértico, la peste y el hambre.
─
¿Sólo eso, hijo mío? Aunque físicamente muy próxima a él, daba la impresión de
que los pensamientos de Mandane se hallaban muy lejos. Sólo existe una señora,
la gran diosa que las mujeres conocen mejor que los hombres porque únicamente
los castrados atienden su altar. Y tú no eres un castrado. Con frecuencia ella
acepta la sangre de otros hombres como sacrificio y suele arrancarles la
simiente para dar a luz a otros. Es evidente que la fertilidad está a su
disposición porque cuando Ishtar, como la llaman en Babilonia, desciende a
arallu, el otro mundo de la inmensidad regido por Nergal, la fuente del Mal, el
sol quema la tierra, las cosechas se marchitan, el agua deja de fluir y la
superficie de la tierra muere, como has visto.
Mandane
se dejó poseer por sus pensamientos y su suave voz siguió fluyendo; le explicó
que sólo la bella Ishtar osaba cruzar las siete puertas del infierno hasta el
trono de Nergal, que desde los torpes evos del tiempo aguarda la muerte de la
tierra y el triunfo del infierno. El guardián de cada una de las siete puertas
del infierno le cerró el paso, pero la bella señora lo sobornó y siguió su
camino.
─
Entonces era valiente murmuró Ciro.
─
No, apeló al ingenio. Al primer y feroz guardián le entregó su corona enjoyada;
al segundo dio sus pendientes; al tercero, su collar de perlas...
A
Ciro le hirvió la sangre porque Mandane se dedicó a representar el relato a
medida que lo desgranaba. Su oscura cabellera tapó su cuello blanco y desnudo y
el pañuelo cayó cuando arrojó al suelo su collar de perlas.
─ Se
quitó la pechera, cargada de oro, en presencia del cuarto guardián; al quinto
entregó los brazaletes de sus muñecas y sus tobillos... Mandane se agachó
ágilmente para tocarse los pies. Al sexto ofreció el cinturón de piedras del
parto y entregó al séptimo la prenda que cubría sus muslos.
El
pañuelo cayó al suelo y se puso de puntillas para estrechar su cálido cuerpo
con el de Ciro. El aqueménida la abrazó y se sorprendió al comprobar cuán
menuda era Mandane.
Era
muy tarde cuando Mandane se cubrió los hombros con el pañuelo y se vistió sin
recabar la ayuda de las criadas.
La
oscuridad dominaba la terraza cuando salieron cogidos de la mano. Ciro apenas
reparó en el movimiento salvo cuando Mandane se movió. El joven se atrevió a
hablar en la terraza, pero sólo hizo una pregunta ridícula:
─
¿Qué fue de la..., de la señora cuando por fin llegó al trono de Nergal?
Mandane
suspiró y le apretó la mano.
─
Ciro, hijo mío, tienes mucho que aprender..., también en lo que concierne a
estrechar a una mujer en tus brazos. Si has de saberlo, cuando por fin Ishtar
se presentó desnuda ante Nergal, la reina que éste tenía a su lado gritó de
celos y desató sobre Ishtar, cual una jauría de sabuesos, plagas y enfermedades
mediante sus sortilegios. La señora estuvo cautiva en el infierno hasta que los
dioses de las alturas enviaron a la tierra la sequía y la peste. También
mandaron a los infiernos un cántaro con aguas encantadas que debían verterse
sobre la señora y para la tarea decidieron sacrificar un mortal con el
propósito de que ella alcanzase la libertad de retornar a la tierra y
devolverle su verdor y fertilidad.
En
aquel momento Ciro no supo si la mujer que tenía al lado se inventó ese relato.
Más adelante comprendió que la reina babilónica le había dicho la verdad según
se la enseñaron. Estaba convencida de que había que sacrificar una vida a
Ishtar y es posible que entonces supiera a quién pertenecía esa vida.
La
modorra desapareció de su expresión cuando lo despidió.
─
Ciro, gracias a que mi mente se ha despejado, finalmente comprendo el
significado del augurio del león cazado. Viajarás lejos y padecerás mucho hasta
que la gloria de los reyes descienda sobre ti. Luego volverás a mí, a esta
misma terraza. El padre del aqueménida sabía invocar presagios que se
inclinaban en favor de sus proyectos. Mandane creía en ese augurio. Y parecía
gozoso regresar en solitario a ese palacio, a Mandane, sin que su padre y
Astiages estuviesen de por medio.
─
Si, volveré ─aseguró.
Mandane
asintió con la cabeza como si también estuviera convencida.
─ De
momento, lo que tienes que hacer es continuar con tu vida, a diferencia del
león que dejaste en libertad. Aqueménida exclamó secamente, despierta de tus
sueños. Coge esto.
De
algún lugar a oscuras Mandane extrajo un puñal enfundado; la empuñadura era una
cabeza de mujer con cuerpo de leona y estaba forjado en oro, cosa que Ciro
percibió por la suavidad del metal. Mandane le pidió que llevase su regalo en
el cinto porque representaba la amorosa protección de la reina de los medos, si
bien como arma no servía de mucho.
─
Hijo mío, vete ya al encuentro del único hombre que puede guiarte sin
desafiarte. Ese hombre, Hárpago, es kavikhshatra, comandante de todas las
fuerzas armadas, y todos los que están bajo el cetro del rey acatan sus
órdenes. No intentes jugar sucio con Hárpago. Sería mucho más fácil y más
sencillo retorcer la cola de un buey salvaje.
Ciro
no respondió, por lo que Mandane apoyó la cabeza en su pecho y suspiró.
─
Vete y sueña con retornar vencedor, que yo seré lo bastante insensata para
compartir el mismo sueño.
§
Ciro cruza la torre
Cuando
Mandane lo arrojó a las penumbras, Ciro se movió atontado, con el cuerpo
jubiloso y la mente confusa. Una criada lo cogió de la mano y lo condujo por
una estrecha escalinata que desembocaba en la llama humeante de una lámpara.
Por encima dormitaba un eunuco y de detrás salió un hombre grueso que escrutó a
Ciro frunciendo sus tupidas cejas. Vestía una basta túnica de piel y un collar
de pesado oro y su cara ancha y pálida estaba arrugada por el cansancio. Hizo
señas en silencio al eunuco, que cogió la lámpara y salió deprisa al jardín,
después de lo cual el oficial se puso el casco y cubrió sus hombros anchos con
una capa bordada; embozó a Ciro. El impasible oficial que debió de ser Hárpago
se adelantó e impidió que Ciro fuese avistado hasta que se internaron en un
patio en el que las mulas blancas dormitaban en el varal de un carro. El
conductor despertó y cogió las riendas. Ciro calculó, por la posición de las
estrellas, que era la hora que precedía al alba. El aire fresco lo despejó y se
detuvo. En las montañas de su tierra no utilizaban incómodos carros ni mulas.
─
¿Dónde me conducirá esta cosa con ruedas? quiso saber.
Pareció
que el oficial arrugaba la nariz en medio de la barba revuelta y espetó
colérico:
─
Donde ella quiere que vayas.
Su
pulgar ensortijado tocó la empuñadura de oro del puñal que Ciro llevaba en la
mano y a continuación el aqueménida lo guardó en su cinturón y dio rienda
suelta a su cólera del mismo modo que la espada golpea el escudo.
─
Señor Hárpago, iré donde quiera a menos que convoques a más hombres armados
para que me mantengan cautivo. Desde que mi padre y yo franqueamos la puerta de
tu rey, nos han tratado como a perros a los que se alimentan según los
caprichos del monarca. ¿Acaso soy tu prisionero?
─
No. Por primera vez Hárpago miró directamente a los ojos al joven. Ciro,
príncipe de Ansan, puedes ir a donde tu padre se mesa las barbas inquieto y te
llevará rápidamente de regreso a tu tierra. O puedes presentarte ante Astiages
a la hora en que despierta y disculparte por haber derramado sangre en su
palacio y por haber entrado en los aposentos de sus mujeres. Pues sí, puedes
elegir cualquiera de estos dos caminos. Desde luego, Astiages palmeará tu
hombro inclinado y te concederá su perdón..., se lo dará al heredero de los
caballos de Ansan. Ciro, luego se ocupará de enfermar tu alma pues has cometido
un delito más grave que el asesinato o el adulterio. Irreflexivamente has
mancillado su dignidad en la majestuosidad de la gran corte de Ecbatana.
Ciro
dio rienda suelta a su mal humor.
─ La
majestuosidad de Ecbatana no es más que una palabra en boca de los tontos, es
la espuma que escapa de un cuenco con cerveza, no vale nada. ¿Acaso la dignidad
puede cubrir el miedo, del mismo modo que la fina capa que llevas oculta tu
suciedad? ¿Se ocultan los hombres tras poderosas murallas a menos que teman un
ataque? Los guardias que vigilan las puertas son extranjeros que cobran en
plata. Astiages no puede enfermar mi alma porque ya está atiborrada de desdén.
Hárpago
meditó unos instantes y las arrugas se dibujaron en sus ojos entrecerrados.
─ Tu
retórica es honrada reconoció a regañadientes.
─
Dame mil asvaran persas y cabalgaré con tus regimientos de lanceros. Rodearé la
corte dentro de las murallas.
Una
sonrisa asomó tras las barbas de Hárpago.
─ Te
conduciré hasta mil arqueros montados persas.
Desconcertado,
Ciro reclamó una explicación y Hárpago se expresó con dificultades. La reina
Mandane había decidido que Ciro no buscaría la ayuda de su padre ni la
misericordia de los medos; rechazaría esos dos caminos seguros y buscaría un
tercero, una vía personal. ¿Cuál sería?
─ En
mi opinión concluyó Hárpago, estarás a salvo entre tus compatriotas, que sin
duda te saludarán con entusiasmo como estás acostumbrado, y que se desharán de
todo enemigo que pretenda acercarse a ti. Hasta aquí, no hay ningún problema.
Sin embargo, señor Ciro, es evidente que no puedes permanecer a las puertas de
Ecbatana como hiciste en Susa. Los oscuros ojos de Hárpago relampaguearon. En
consecuencia, este regimiento concreto tomará el campo. De hecho, esta misma
mañana cargará sus equipos.
─ ¿Y
a dónde irá?
Hárpago
señaló hacia el norte.
─
Hacia allá. Cruzará la puerta rumbo a las montañas nevadas. Al otro lado de la
luz de nuestra civilización y del Mar de la Sal vagabundean incontables tribus
bárbaras. Alcanzarás gran gloria atacándolas porque nadie sabrá con exactitud
lo ocurrido... y acrecentarás la dignidad de Astiages, rey de los medos, pues
sus fronteras se ampliarán gracias a otra conquista. Al menos constará como
conquista. De esta forma, dentro de un año habrán olvidado tu conducta en el
palacio real, en el parque de caza y en el harén o, al menos, quedará
desdibujada por otros acontecimientos. ¿Estás de acuerdo?
Ciro
fue consciente de la voz de advertencia de su fravashi, que sonó a la altura de
su mano derecha. La propuesta de Hárpago le resultó familiar; la reina en
persona se había referido a su retorno victorioso. ¿Acaso habían hablado de su
destino? Si lo hicieron, fue sin duda antes de la caída de la noche.
─ Si
dudas de mi lealtad añadió Hárpago sin dilaciones, te acompañaré personalmente
al campamento de los persas y mi hijo se reunirá contigo en el cruce de las
montañas.
Ciro
no se detuvo a analizar el significado de las palabras de Hárpago. Lo fatigaba
pensar en planes tan complicados. La mención de las lejanas montañas acentuó
sus anhelos. El peligro siempre lo había atraído.
─ En
ese caso, comandante de los medos, iré replicó.
Ciro
subió al carro de un salto y el cochero agitó las riendas. Bajaron a toda
velocidad por la ladera del palacio mientras una luz gris iluminaba el cielo
por la derecha. A la izquierda, el lado del Mal, un rayo de sol golpeó la
cumbre nevada del excelso Alwand y lo tiñó de color rojo sangre. Ciro ignoró
esa señal agorera porque aún conservaba el calor de los brazos de Mandane.
Tampoco pensó dos veces en el presagio de la atalaya.
La
torre de la atalaya se alzaba junto a la puerta norte. En Ecbatana sólo los
medos estaban autorizados a morar intramuros; los demás montaban fuera sus
pueblos, sus campamentos y sus caravasares. La torre se construía para gloria
de Astiages, hijo de Ciaxares, aunque en realidad era una copia del gran
zigurat de Babilonia, que se elevaba hacia el cielo, y que muchos conocían como
Torre de Babel, es decir, puerta de los dioses. La primera planta de asfalto
oscuro creaba sólidos cimientos; la segunda resplandecía en blanco, como señal
de pureza; el tercer piso ahusado era rojo como la sangre de la humanidad, se
elevaba hasta la cuarta planta escarlata y con el cielo como fondo el quinto
piso era de un púrpura profundísimo y el sexto de pura plata. En la torre de
Astiages todavía no se había levantado la cima definitiva de oro.
A
esa hora no había trabajadores en los andamios. Sólo se divisaba un ser vivo,
evidentemente un peregrino que rezaba al amanecer.
Hárpago
hizo detener el carro junto a ese hombre silencioso y lo examinó con atención
mientras los guardias apostados en la muralla se apresuraban a abrir la puerta
a su comandante. Ciro no supo cómo interpretar la estructura multicolor que,
como una espiral, trepaba hacia el cielo por la izquierda.
─
Hay un largo camino para llegar a lo alto de la atalaya comento.
─
Pues recuerda a todos los que aquí acuden la gloria del rey de los medos
explicó Hárpago, distraído. El imperio de los medos será creado cuando se
coloque en su sitio la cúpula de oro.
Al
oír esas palabras el peregrino de túnica gris se volvió hacia ellos con los
brazos en alto.
─¡Cuando
se coloque en su sitio la cúpula de oro, el reino de los medos se desmembrará y
dejará de existir! exclamó.
─
¿Quién lo dice?
─
Así hablaba Zaratustra.
Ciro
reconoció al peregrino: se trataba del joven mago que se había refugiado en la
cueva de las colinas de Pasárgada. Hárpago llamó en el acto a los guardianes de
la puerta, que se acercaron a la carrera, tan asustados ante su comandante en
jefe que intentaron bajar simultáneamente las cabezas y las lanzas. Les ordenó
que desnudaran al mago, que ataran sus brazos a un yugo colocado sobre sus
hombros y que lo flagelasen hasta que su cuerpo blanco se tiñera de rojo.
─
Zaratustra fue un profeta de la chusma aseguró a Ciro y lo miró fugazmente. Fue
un rebelde testarudo.
Ciro
reprimió el impulso de hablar en favor del peregrino porque pensó que el mago,
en su condición de fugitivo, no había compartido la hospitalidad de la heredad
aqueménida. Como los soldados trataron violentamente al joven para satisfacer a
su jefe, Ciro comentó:
─ Si
yo fuera Astiages, convocaría a este errabundo a mi presencia para preguntarle
qué lo llevó a rebelarse contra mi gobierno.
Después
de que le colocaran el pesado yugo sobre el cuello, el mago buscó la mirada de
Ciro con sus ojos oscuros, pero el aqueménida no dijo nada.
─
Pues no eres Astiages replicó Hárpago e hizo señas para que el carro franquease
la puerta.
Ciro
tendría que haber captado el mensaje de ese acontecimiento. Pero aún sentía la
falsa seguridad de su vida en tanto hijo del monarca que deambula por las
montañas que rodean las ciudades. Tuvo la sensación de que los medos de
Astiages mentían a voluntad y de que Mandane, por alguna razón femenina, había
intentado atarlo, mientras que Hárpago le ocultaba muchas cosas. No relacionó
el asesinato de Volka, su guardaespaldas, con el hecho de que lo alejaban de la
zona de influencia de su padre, fuera de la ciudad de Ecbatana, para viajar por
alturas extrañas hasta las praderas de los nómadas, «donde nadie sabrá jamás lo
que ha ocurrido».
Ciro
el aqueménida no estaba destinado a regresar de ese limbo. La malevolencia de
Astiages, ese viejo politiquero, había decretado su muerte por considerarlo
indigno heredero del bondadoso Cambises. Astiages prefería que un nieto
impotente sucediera a Cambises.
Cuando
entró en el campamento de los arqueros montados, todos los recelos de Ciro
desaparecieron. El tumulto sobre las bestias de bagaje y los relinchos de los
orgullosos corceles nisayanos lo alegraron como una bocanada de aire de
montaña. Los guerreros persas se acercaron a su carro y gritaron:
─
¡Alabados sean los dioses, el pastor esta aquí!
En
primer lugar Emba, el cuidador de sus caballos, corrió hasta el carro y se
arrodilló para sujetar el pie de Ciro. Los que ya habían montado lanzaron al
aire sus lanzas adornadas con pendones y fue un encuentro de amistad y buena
voluntad.
─
¿Crees ahora en mi buena fe? inquirió Hárpago. Mi hijo te espera en el norte,
en compañía de guías. Espero que Ishtar y Shamash os protejan a los dos.
Después
de esa despedida y como era un agudo juez del momento oportuno, Hárpago se
alejó en el carro.
Así
fue como Ciro, con toda la buena voluntad del mundo, volvió a ceñir una espada
y emprendió el viaje que también era una guerra de los medos, aunque reducida.
Siguió luciendo el puñal de Mandane porque muchos guerreros lo admiraron.
En
cuanto se puso en camino recibió buenas noticias. Un correo de Ecbatana alcanzó
al regimiento, transmitió las felicitaciones del rey Astiages y el mensaje de
que, después de su trigésimo año de vida, en Pasárgada había nacido un segundo
hijo de Ciro. Su esposa le había puesto el nombre de Bardiya, que significa
fructífero. A Ciro no le gustó, pero no podía hacer nada para cambiarlo.
Cuando
las tormentas del invierno cerraron los desfiladeros a espaldas de los
guerreros en marcha, Ciro ya no recibió noticias de las ciudades. Se convirtió
en una especie de ciego que seguía un camino desconocido. No se enteró de la
muerte de Nabucodonosor, ni de que en Babilonia había salido de la cárcel
Joachim, el rey de los judíos. El mensaje que Gubaru envió desde Susa para
advertir a Ciro, según lo prometido, sólo encontró a Cambises haciendo cosillas
de poca importancia en los jardines. Como Astiages el medo creció en fuerza y
poder a la muerte del gran rey de Babilonia, Gubaru dio unos cuantos rodeos y
finalmente envió tierra y agua a Ecbatana como muestras de sumisión.
En
Babilonia estallaron conflictos entre los sacerdotes de Marduk y los
descendientes de reyes anteriores. Un profeta hebreo, un tal Isaías, el segundo
del mismo nombre, lanzó una carga sobre Babilonia. Isaías alzó la voz:
Llorad
todos, pues el día del Señor está muy cerca. Cada hombre se volverá hacia su
propio pueblo y cada uno huirá a su propia tierra. Y Babilonia, gloria de los
reinos, belleza de la excelencia de los caldeos, quedará como cuando Dios echó
abajo Sodoma y Gomorra.
Muy
pocos se detuvieron a escuchar a Isaías en los callejones de Babilonia. Hablaba
como si las palabras procedieran de Yahvé, el Señor. Levantaré a los medos
contra ellos. Sus arcos también matarán a los jóvenes y no tendrán compasión.
Isaías azuzó a quienes lo escuchaban para que mirasen al norte y se reuniesen
en las montañas. El ruido de la multitud en las montañas, de reinos de naciones
que se han reunido. El Señor de las huestes reunió a la hueste de la batalla.
A
decir verdad, el poderío de Astiages creció en las montañas y se difundió por
Ararat, entre los urarteanos, los maneanos y los escitas.
Cambises
murió enfermo en Pasárgada y junto al diván sólo estaban sus nietos, que no
entendieron nada.
Capítulo
2
El
juramento de Ciro
Contenido:
El
camino de los arios
La
tierra hueca
El
vellocino de oro de Vartan
La
tumba escita
Ciro
llega a Pasárgada
La
orden de Astiages
La
venganza de Hárpago, el señor de las huestes
El
juramento en el palacio de los medos
§ El
camino de los arios
Ciro
había terminado por creer que las montañas servían de refugio a los pueblos.
Descubrió que era tan cierto en el lejano norte, entre las grandes Montañas
Azules, como en las tierras altas que rodeaban la pacífica Pasárgada. Las
guerras, las epidemias y las migraciones parecían seguir su curso como los
grandes ríos que atraviesan las extensas llanuras, sobre todo los que
desembocan en los mares. Otro tanto ocurría con la civilización en el seno de
sus ciudades amuralladas y de sus transitados caminos. Cuando por las razones
que fuesen querían librarse de los conflictos de las tierras bajas, los pueblos
buscaban el aislamiento de las alturas y tenían buena fortuna siempre que
lograsen seguir vivos.
Ciro
había abandonado los límites de la civilización en las Montañas Azules. Desde
lejos estas montañas alcanzaban tanta altura que semejaban defensas azules. Se
internó por esa extensión sin caminos con su ejército, guiado por una señal de
Ishtar, la gran diosa. Mientras seguían un barranco rumbo al norte, los jinetes
pasaron bajo una ladera rocosa en la que otras figuras talladas en la piedra
blanca marcharon junto a ellos. Algunos parecían dioses de las alturas porque
estaban de pie sobre figuras agazapadas que representaban montañas. La mayoría
de los acompañantes eran mujeres con las cabezas tapadas y faldas largas.
Seguían a una diosa coronada que mantenía el equilibrio a lomos de un león.
Ciro reconoció a Ishtar de Babilonia pese a que llevaba una vestimenta distinta
y estaba casi cubierta de líquenes. Vartan, que cabalgaba a su lado, reconoció
que no sabía nada de esos dioses porque pertenecían al pueblo antiguo, ya
desaparecido del territorio, el mismo que sólo había dejado el nombre de Hatti
o hititas, sólo su nombre y las ruinas de poderosas ciudadelas de piedra.
Vartan no tenía una gran opinión de los dioses que permitían que sus adoradores
se dispersaran como polvo agitado por el viento. Reconoció que cabía la
posibilidad de que las deidades hititas estuvieran descontentas. Tenía
entendido que la gran diosa era difícil de contentar y que su poder abarcaba
todas las tierras.
─
Hasta el señor Ciro el aqueménida luce su señal en el puñal afirmó de manera
indirecta.
Vartan
era hijo Hárpago y se había reunido con los jinetes persas en las
estribaciones. Era armenio..., lo que significaba que su padre otro armenio
estaba al mando de las fuerzas armadas de los medos. Al igual que su padre,
encubría sus pensamientos y parecía demasiado afligido para reír de alegría.
Frunció el ceño cuando explicó la omnipresencia de Ishtar, la madre.
─ No
son los hombres, sino las mujeres, quienes conocen sus misterios. Y las mujeres
no tienen nación ni fidelidad a ningún monarca. Cuando se conquista un
territorio, se mata a los hombres o se los lleva a trabajar como esclavos, pero
las mujeres sobreviven, llevan sus cacharros de cocina y sus hijos a los
hogares de los conquistadores y engendran nuevas criaturas. Tal vez lanzan
hechizos contra sus nuevos esposos o los envenenan, pero ellas perduran. Nunca
me sorprende ver una moza samaritana recogiendo agua en Ur de los caldeos,
sobre todo si es bonita. Puede que la gran diosa tenga algo que ver con este
asunto. Me han dicho que al otro lado de las Montañas Blancas, en las estepas,
sobrevive una tribu de mujeres que cabalga alrededor de las tumbas de sus
maridos. En este sentido, no conozco los hechos, pero sospecho que la gran
diosa será muy poco compasiva con todo hombre que la ofenda.
Era
evidente que Vartan no temía a la diosa. Hacía sólo unas pocas generaciones los
armenios habían invadido las Montañas Azules y todavía construían torres de
piedra como moradas junto a sus tierras de cultivo; hoscos y valerosos,
marchaban deprisa a pie y se cubrían con buenas armaduras de metal, pero no
llevaban arcos. Varios regimientos siguieron voluntariamente a Vartan por la
meseta, donde el pueblo antiguo reverenciaba una solitaria montaña blanca a la
que llamaban Urartu o Ararat. Desde la cumbre nevada del Ararat, el humo se
elevaba hacia las nubes, como una almenara, aunque era imposible que un ser
humano hubiese encendido esa hoguera. Los armenios no deseaban marchar contra
las tribus del otro lado del Ararat pues decían que esos kurdos eran bárbaros
sin riquezas en las aldeas y, por tanto, no había botín que valiera la pena
cobrarse.
Hárpago
había ordenado a Ciro que castigase a todas las bandas salteadoras de caminos
mientras transportaba los estandartes vencedores de medos y persas hasta el Mar
de Hierba, en el lejano norte. Empero, para Vartan no tenía sentido portar los
estandartes reales a nuevas tierras a menos que al cabo del camino se
obtuviesen riquezas. Con esta palabra se refería al precioso hierro, al oro o a
las joyas valiosas para hacer trueques con los bárbaros que anhelaban esos
ornamentos. A no ser que la larga marcha los enriqueciera, sostuvo, sus
guerreros estarían mejor en sus tierras, plantando cereales de invierno. Ciro
tuvo la impresión de que los armenios servían a Astiages más de palabra que con
el corazón; admitían su autoridad, pero no hacían el menor intento de
reforzarla. Empezó a preguntarse por qué razón Hárpago, el jefe, estaba al
servicio de Astiages.
─ Tu
padre me ha dado una orden y la cumpliré lo mejor que pueda replicó.
Los
guerreros persas avanzaron de buena gana hacia el norte porque a finales de
aquel primer verano la caza era buena, los venados estaban gordos y Ciro se
ocupó de atravesar buenas tierras de pastoreo en los altos valles. En seguida
se percató de que la conquista consistía más en mantener los caballos en
condiciones y planificar la alimentación de sus partidarios que en esgrimir
armas y lanzar gritos bélicos. Ante la menor perspectiva de combate, los
aguerridos jefes asumían el mando de los jinetes pues sabían que el joven
pastor carecía de astucia bélica. Pese a ser verdad, Ciro se dio cuenta de que
no podía permitirlo: debía conducirlos en todas las situaciones o en ninguna.
El
conflicto que previó entre sus oficiales y Vartan estalló mientras cruzaban el
río de la Tierra Hueca.
La
expedición había franqueado la línea divisoria de las aguas de las Montañas
Azules y los torrentes fluían hacia el norte. Por debajo de los pinos se
extendía la Tierra Hueca: un profundo valle, recorrido por un único río, dorado
por el grano maduro y salpicado de gris por los rebaños de ovejas que pastaban
entre una aldea y otra. Allende este valle hundido se alzaban montañas más
elevadas con las cumbres cubiertas de nieve.
Los
invasores siguieron una senda hasta el río y arribaron a un vado. Los
habitantes del valle montaban guardia en la otra orilla, con las armas prestas.
Eran bárbaros fornidos que se cubrían con pieles de animales, esgrimían lanzas
de caza y no llevaban escudos. Ciro notó que, cuchillo en mano, las mujeres se
apiñaban detrás de los hombres. Eso significaba que los pobladores del valle
presentarían una resistencia desesperada a la altura del río que,
probablemente, era su única línea de defensa.
Las
rápidas aguas grises se arremolinaban entre las piedras del vado. Vartan dijo
que eran pastores iberios, demasiado estúpidos para tener miedo; llamaban
Pastor al río porque daba vida a sus rebaños.
Los
jefes persas se acercaron a caballo para estudiar la barrera ribereña y
consultar con los capitanes armenios sobre el mejor modo de superarla. Llegaron
a un acuerdo y explicaron a Vartan que sus guerreros armenios simularían que
cargaban a través del vado. Entretanto, los mardianos y los dayanos de los
arqueros montados se separarían, se desviarían deprisa hasta otro vado río
arriba y cruzarían sin que nadie los viese. Se presentarían por sorpresa en la
otra orilla, los persas atacarían a los iberios con sus flechas y bajo esta
protección los infantes armenios atravesarían el vado protegidos tras sus
escudos de hierro. Atrapados entre los atacantes, los bárbaros darían media
vuelta y serían presa fácil de los soldados.
Ciro
llegó a la conclusión de que el plan era eficaz pero muy cruento. Tuvo que
actuar en el acto para abortarlo pues los soldados adiestrados ya se habían
puesto en movimiento y se aprestaban para la batalla.
─
¡Un presagio! gritó. Cuando lo miraron, añadió: Este río lleva mi nombre y me
llama. ¡Permaneced donde estáis!
El
ejército se agitó inquieto. Un comandante mardiano orgulloso de su valor tiró
de las riendas con impaciencia, su caballo cambió el paso y tropezó. Ese
movimiento llamó la atención de Ciro. Lo sujetó de las riendas, se agachó para
alzar la pata del nisayano y, como esperaba, vio una grieta en el borde de la
pezuña, grieta provocada por una piedra afilada.
─
Tú, que has sido capaz de dar un latigazo a un caballo cojo..., desmonta ordenó
al jinete.
El
mardiano rió.
─
No, Ciro. ¿Pretendes que luche a pie?
Ciro
aprovechó esa respuesta.
─
Sí, lo mismo que yo. ¡Miradme! Se dirigió a los demás, que lo miraron
sorprendidos: Permaneced donde estáis. Lo digo yo, Ciro el aqueménida.
Bajo
hasta el río, se quitó el cinto de la espada y dejó caer la capa que cubría sus
hombros. No era momento de discutir, sino de actuar en solitario. Notoriamente
desarmado y con las manos vacías extendidas, Ciro se metió en el caudaloso río
y el agua le golpeó las rodillas y la cintura. Estaba seguro de lo que hacía,
como si su fravashi lo urgiera a avanzar. Otro hombre chapoteó a su lado y vio
que Vartan hacía esfuerzos por seguirlo. Intentaron no perder pie en el agua y
Ciro fue el primero en alcanzar la orilla opuesta, donde los iberios se
apiñaban, aferrados a sus lanzas. Evidentemente los bárbaros no consideraron
peligroso que dos hombres desarmados se mezclaran con ellos y cuando Ciro se
sentó en una roca, inclinaron sus cabezas barbudas para estudiarlo de cerca.
─
Oídme y que haya paz entre nosotros mientras discutimos la división en cuatro
de las tropas del rey Astiages.
Como
no entendieron su lengua, los iberios guardaron silencio hasta que Vartan, que
se encontraba de pie junto a Ciro, les dirigió la palabra. El pueblo de la
Tierra Hueca se reunió para escuchar. En la otra orilla, guerreros persas y
armenios guardaron forzosamente silencio y no se movieron. A su debido tiempo,
con la ayuda de Vartan se llegó a un pacto para establecer una tregua y
abastecer a las fuerzas armadas de Ciro, incluidos los pastizales para sus
caballos.
─
Habría sido un error atacar a estas gentes sin hablar antes comentó Ciro
satisfecho y rió impulsivamente. Por las siete estrellas que nos protegen, vaya
suerte que hemos tenido.
Vartan
meneó caprichosamente su oscura cabeza.
─
¡Ya lo creo! Tocó la brillante empuñadura del puñal de Mandane, que colgaba del
cinto de Ciro. Levántalo y lo comprobarás.
Sorprendido,
el aqueménida alzó la empuñadura con la figura de oro. Los bárbaros apiñados
suspiraron como un solo hombre y clavaron la mirada en el puñal.
─
Acatan la señal de la gran diosa añadió Vartan y sonrió.
Disgustado,
Ciro estuvo a punto de arrojar el puñal al río que llevaba su nombre. No quería
que lo obedeciesen porque portaba el regalo de la reina. Pensó que lo había
ayudado a que sus seguidores cruzasen sanos y salvos el disputado vado y volvió
a colgarlo de su cinto.
Cuando
llegaron a su lado, los comandantes de los asvaran protestaron porque se les
había adelantado en el cruce del río. Ciro accedió a consultarlos en el futuro
antes de actuar. A partir de ese instante sujetó con sus manos las riendas de
las decisiones, tanto en el campo de batalla como en el campamento, y jamás las
soltó.
§ La
tierra hueca
Ciro
ofreció regalos a los expectantes jefes iberios, obsequios que sacó de los
carros de bagaje: brillantes cuencos de alabastro para beber el licor de uvas
que le ofrecieron y lámparas de plata para iluminar el banquete de aquella
noche. Los bárbaros tocaban música de flauta y los jóvenes bailaban torpemente,
saltaban al tiempo que balanceaban grandes escudos sobre sus brazos. Como eran
bárbaros, sin solución de continuidad pasaron de querer matar a los invasores a
brindarles toda su hospitalidad. Ciro tuvo el tino de advertir a los héroes de
los guerreros persas que ahora eran invitados de los pobladores de la Tierra
Hueca y que, en consecuencia, debían mantener enfundadas sus armas. Para
compensar al orgulloso mardiano al que acusó de dejar cojo al caballo, Ciro le
concedió autoridad para que mantuviese la buena conducta entre todos los
persas.
No
fue una tarea difícil. La tierra estaba preñada de cosechas maduras y los
verracos y los alces eran un entretenimiento para los cazadores de las tierras
altas. Además, las iberias tenían caras frescas y la gracia de los animales en
sus cuerpos esbeltos. Durante el banquete de bienvenida las mujeres se apiñaron
en torno a los guerreros para tocar los bordados de sus camisas de hilo. Pese a
las barreras de las lenguas, las sinceras iberias dieron la bienvenida a los
guerreros en sus propias casas. Al franquear el umbral, las mujeres colgaban
sobre la puerta el estuche del arco del invitado. Con ese acto de desarmar al
guerrero no hacían daño alguno pues sus maridos se mantenían solícitamente
apartados mientras colgara sobre la puerta el estuche de un arco. De todos
modos, Ciro notó muy pronto que las iberias más bonitas llevaban brazaletes de
soldado en las muñecas.
Por
su parte, los armenios no estaban tan contentos. No les apetecía cazar jabalíes
ni alces, pues echaban de menos sus hogares en esas chozas de piedra de las
colinas iberias. Vartan meditó en silencio ante el brasero humeante de la
morada que le adjudicaron. Después de pensarlo mucho, observó:
─
Ciro, me han dicho que los persas sólo dicen la verdad y supongo que no debe
ser tan fácil. Tú no sólo eres persa, sino aqueménida, el más orgulloso de
todos los clanes, y no sólo eres aqueménida, sino hijo de rey.
Ciro
asintió y esperó. Había descubierto que los armenios no expresaban de buenas a
primeras aquello que los preocupaba profundamente.
─
Ahora bien, si regresas a Ecbatana y dices que has conquistado para Astiages la
tierra de los iberios será una mentira, ya que no lo has conseguido.
─ Es
verdad, no lo he hecho.
─ Te
las has ingeniado para que los iberios compartan su amistad con Ciro, no con el
rey de los medos.
─
Así es.
─
¿Me permites preguntar por qué? Las arrugas surcaron el rostro cetrino de
Vartan.
Ciro
no hizo caso del sarcasmo del armenio.
─
Las leyes de los medos sólo llegan hasta sus fronteras y en mi opinión esas
fronteras son bastante imprecisas. De todos modos, las cruzamos a la altura del
sagrado monte Ararat. Más allá de las fronteras rige otra ley, conocida como
ley del rey. Si alguna vez Astiages cabalgara hasta..., hasta el Mar de Hierba
que se extiende más lejos, juzgaría desde su trono basándose exclusivamente en
la ley del rey. Ahora estoy solo aquí y como hijo de Cambises debo juzgar todas
las cuestiones que se me plantean. Por lo tanto, tomaré mis propias decisiones
en estas tierras de bárbaros y lo que diga en Ecbatana será la verdad. Ciro
tocó la mano del armenio. ¿Qué te preocupa?
Vartan
replicó que el invierno los encerraría en la Tierra Hueca pues las nieves
impedirían cruzar los desfiladeros. Para sus seguidores no tenía sentido
hibernar como osos entre los salvajes iberios hasta el deshielo de primavera.
Ciro era consciente de que a los armenios no les había gustado su prohibición
de saquear los pueblos del valle. Además, eran demasiados y los iberios no
podrían alimentarlos todo el invierno.
─ Si
es así, llévalos de regreso a sus aldeas y a sus familias decidió.
Ciro
estaba convencido de que no habría estado de acuerdo si a Vartan se le hubiera
ocurrido reclamar para sí el hermoso valle. Vartan volvió a guardar silencio y
acarició la lanza de caza de Ciro, que tenía sobre las rodillas. En el primer
encuentro que tuvieron habían intercambiado lanzas como prenda de buena fe.
─
Ciro dijo por fin, eres un insensato que sigue su camino en pos de un sueño o
uno de los hombres más astutos que conozco. Si eres el insensato que creo que
eres, me ocuparé de que tu cuerpo sea dignamente embalsamado y devuelto a
Pasárgada con todos los honores, para acabar en una tumba aqueménida y en el
olvido.
Ciro
rió.
─ ¿Y
si soy astuto?
Vartan
se comunicó con los rescoldos del brasero.
─ En
ese caso me llevaré una gran sorpresa reconoció.
Por
la mañana Vartan reunió sus bandas guerreras, con los equipos prestos, y
comenzaron a cruzar el vado. Avanzaron a paso rápido con el rostro vuelto hacia
sus hogares. Una vez acabado el cruce, el hijo de Hárpago no los siguió. A su
lado sólo quedaban su criado personal, el cuidador del caballo y media docena
de arqueros escitas que durante el viaje se habían mantenido apartados.
─
Permaneceré a tu lado informó al pastor. ¿Acaso no intercambiamos lanzas como
señal de amistad?
─ ¿Y
los escitas?
Durante
la marcha Ciro se había extrañado de su presencia. Vartan explicó que eran los
guías enviados por Astiages para conducirlos por las estepas.
─
Ciro, al igual que tú, yo también obedezco órdenes, pero a mí manera comentó
pensativo.
Ciro
no comprendió el significado de esas palabras. Los escitas escogidos como guías
por Astiages se parecían al resto de los nómadas escitas: pasaban horas
almohazando sus veloces caballos o lustrando los adornos de sus mantas. A veces
desaparecían durante días, probablemente iban a cazar a las tierras altas, pero
siempre regresaban al campamento de los persas. Emba el hircanio, el criado de
Ciro, decía que contaban los días que faltaban para avistar el Mar de Hierba
que los había visto nacer. Volka le podría haber dicho mucho más sobre esos
cazadores, pero lo habían matado en el palacio de Astiages.
Aquel
invierno Ciro no hibernó como un oso porque hizo muchos descubrimientos en la
acogedora Tierra Hueca. No creía que el río llevase su nombre por una mera
casualidad. Seguramente algunos arios que estaban de paso pusieron el nombre de
Pastor a ese río. Como sospechaba, los iberios le aseguraron que en tiempos
remotos los arios habían migrado por el valle y que habían tardado una
generación en recuperarse de su paso.
Exploró
el valle para conocer los motivos de su bonanza. No había esclavos que arasen
la tierra que, en realidad, casi no requería trabajo para sustentar las
cosechas. Al parecer, no padecían enfermedades. A Ciro le pareció muy distinta
de la tierra de los elamitas, también cálida y fértil, pero que aún mostraba
las cicatrices del paso del ejército asirio. Aquí la tierra no agonizaba. Los
iberios se divertían con el vino que obtenían de sus parras. Ciro fue
consciente de que las montañas los protegían y fugazmente soñó con aliarlos con
otros pueblos montañeses bajo el gobierno, probablemente, de medos y persas.
Pero ni siquiera en sus fantasías deseó alterar el bienestar de los iberios,
que disfrutaban de los beneficios del creador de la tierra. Hasta los contó: el
calor del sol, las aguas cristalinas, el trabajo de animales domesticados en un
terreno ubérrimo.
Vartan
se quejó de que esas gentes dejaban los bajos de sus viviendas a los animales y
dormían en la planta superior; se quejó de que no podía dormir mientras los
cerdos hozaban; además, los iberios tenían pocas cosas valiosas para
intercambiar, salvo pieles y algo de cobre, que no sabían trabajar; no habían
construido carreteras, ciudades ni templos. En cuanto a las apasionadas
mujeres, en opinión de Vartan eran tan inteligentes como los carabaos.
Vartan
no podía creer que esas mujeres estuvieran al servicio de la gran diosa. Al
parecer, no faltaban hombres a los que se hubieran llevado para sacrificarlos.
Quizá miraron sorprendidas el puñal de Ciro simplemente porque poseía el brillo
de oro. Cuando Vartan les preguntó dónde podían encontrar oro, las mujeres se
limitaron a señalar hacia el oeste y exclamaron:
─¡Allá!
§ El
vellocino de oro de Vartan
Después
del deshielo de primavera, Ciro condujo su fuerza expedicionaria en dirección
oeste, en parte para satisfacer a Vartan y, por otro lado, para explorar por su
propia cuenta el nacimiento del río que llevaba su nombre.
Encontraron
un territorio inmenso. Escalaron por debajo de las cumbres nevadas hasta que el
terreno descendió hacia el oeste y llegó a orillas de un apacible mar azul. Esa
orilla llevaba el nombre de Cólquida y sus habitantes se desbandaron al ver a
los jinetes armados. Los caballistas no pudieron perseguirlos por los
despeñaderos. Fue extraño contemplar las llamaradas del crepúsculo sobre las
aguas inmóviles.
Encontraron
dos cosas todavía más extrañas: en los bajíos de los riachos caudalosos habían
colocado pieles de ovejas, como alfombras sobre las cuales caminar en todos los
casos la parte del vellón estaba hacia arriba y no lograron saber el motivo, y
los asvaran persas avistaron por primera vez embarcaciones, pequeños
transportes de madera que se desplazaban lentamente en medio de la brisa, con
telas de tienda de campaña sujetas a los mástiles. Más tarde, cuando
convencieron al tímido pueblo de las ovejas de que les hiciera ofrendas de
frutos y cereales en la orilla, los soldados descubrieron que las naves
pertenecían a comerciantes que hablaban una lengua desconocida.
Ciro
llamó pintores de vasijas a esos navegantes porque cambiaron sus recipientes
primorosamente pintados por el oro de los colquianos. Los pintores de vasijas
tenían la barba rizada y el rostro atezado y despierto; olían a aceite de
sésamo y comerciaban con las armas prestas, atentos a la posibilidad de vencer
a los comerciantes colquianos y ofrecerlos como esclavos para las embarcaciones
de remos. Cuando no soplaba el viento, los pintores de vasijas impulsaban sus
naves mediante remos. Eran agresivos y convincentes y parecían arios, pues se
llamaban arios a sí mismos y decían proceder de las ciudades de Mileto y
Esparta. Aparentemente los espartanos eran guerreros más que comerciantes.
Cuando se enteró de que los espartanos no entraban en las batallas a caballo,
Ciro perdió todo interés por ellos. Esos comerciantes occidentales le
desagradaron pues se esforzaban por montar una plaza de mercado en la que no
hacían más que discutir acaloradamente el precio de sus vasijas y demás
fruslerías. Se dedicaban a beber vino y a discutir sobre diosas desconocidas y
sobre la belleza de sus ciudades. De todas maneras, soltaron un comentario al
que Vartan concedió mucha importancia.
Esos
comerciantes nómadas se refirieron al «vellocino de oro». Cuando Vartan dijo
que quería verlo, se limitaron a señalar a un grupo de colquianos que se
encontraba a cierta distancia y que sacudían badanas secas sobre un enorme
caldero de bronce. Después de ver esa operación, Vartan recordó las pieles de
oveja húmedas colocadas sobre los riachos caudalosos y dedujo que los
colquianos obtenían el oro o buena parte de este metal recogiendo las pepitas
más grandes, arrastradas por el agua, en la lana basta de los pellejos. En
cuanto hizo este descubrimiento, se mostró impaciente por regresar a las
laderas más altas a fin de recoger el vellocino de oro de los ríos colquianos.
Emba
también suplicó a Ciro que marcharan al este en lugar de al oeste. El fornido
hircano había nacido a orillas de un mar que denominaba Mar de Hircania. Emba
degustó el agua de la orilla colquiana y afirmó que no era la de su mar. Juró
ante Ciro que en la orilla que lo había visto nacer extraños dioses surgieron
de las profundidades de la tierra para calcinaría con fuego y que esas hogueras
seguían ardiendo con llamas eternas.
Ciro
los guió hacia el este, con la intención de explorar el nacimiento del río de
su nombre. Durante la travesía, Vartan recogió las pieles de oveja de los
riachos que cruzaron. Al fundir las partículas de oro que rescató de las pieles
secas, sólo obtuvo un pequeño lingote fácilmente transportable en una mano.
─
¿Qué harás con el oro? preguntó Ciro, divertido de que tanto esfuerzo hubiese
producido tan poco metal precioso.
─
Pagar a otros para conseguir más oro replicó Vartan.
Durante
el resto del verano la expedición luchó con bárbaros más feroces que los
iberios y más salvajes que los colquianos. Ciro tuvo que apelar a todas sus
habilidades para conseguir alimento para sus hombres y pastizales para los
caballos a medida que avanzaban hacia el sol naciente, hasta que dejaron de ver
seres humanos y la fauna mermó. Los vendavales los azotaron cuando descendieron
en dirección al Mar de Hircania; las tormentas de polvo los dejaron sin aliento
y la tierra se convirtió en polvo amarillo que olía a azufre y en lava negra
sobre la que los caballos resbalaban y caían. Más adelante el viento
arremolinaba humo y bajo éste se vislumbraba el rojo de las fogatas que ardían
sin cesar. Los asvaran avanzaron a regañadientes, pues estaban convencidos de
que esa orilla era una de las entradas al otro mundo, donde hasta el fuego
estaba maldito. Evidentemente se aproximaban a la guarida de Azhi Dahak. Emba
les había dicho la verdad.
Cuando
el verdor de la tierra se marchitó y desapareció, Ciro dio la orden de
retroceder para mantener vivos sus queridos caballos.
─
Aquí no hay nada que indique un buen augurio declaró. ¡Conducidme al Mar de
Hierba, que tal vez nos ofrezca un buen final de nuestra travesía!
Al
oír esas palabras Vartan convocó a los guías escitas. Después de recibir la
orden, se dirigieron en silencio hacia un desfiladero que conducía al norte.
Después de muchos días escalaron alturas que se elevaban hacia las nubes. La
tierra volvió a ser húmeda y la nieve brillaba a través de la cubierta de
nubes; los caballos desmocharon líquenes y musgo. Cuando las nubes del norte se
separaron, los escitas recogieron las riendas y señalaron con la mano. Por
delante y debajo de la fuerza expedicionaria se dibujaba una línea verde y
uniforme que no era mar, sino tierra.
(Es
evidente que la expedición de Ciro cruzó el sector sur de la cadena del Cáucaso
para pasar el invierno en el valle de la moderna Tiflis, situado a poca altura,
donde el río aún lleva el nombre de Kuras. En su marcha hacia el oeste Ciro
llegó a orillas del mar Negro, donde los jonios tenían asentamientos
comerciales. La marcha oriental de los persas los condujo inequívocamente a la
orilla desnuda y saturada de petróleo próxima a la moderna Bakú, en el mar que
entonces se llamaba de Hircania y que hoy es el Caspio. Durante muchos siglos,
sobre la superficie había ardido petróleo. Al poner rumbo norte, Ciro cruzó la
cadena más alta del Cáucaso y llegó a las estepas rusas.)
§ La
tumba escita
En
la primera luna de su cabalgar por la gran meseta, los persas se percataron de
que los habitantes humanos huían nada mas verlos. Encontraron cenizas de fuegos
que había ardido mucho tiempo en campamentos nivelados por los cascos de los
caballos y del ganado y por las rodadas de los carros. No quedaban nativos para
darles la bienvenida o para atacarlos.
En
un campamento aún humeaban las brasas en medio de una confusión de tiras de
cuero, cacharros de arcilla y las brillantes telas de crin roja de las tiendas.
Ciro recogió una piedra de afilar con la empuñadura adornada con oro y llegó a
la conclusión de que los desaparecidos habitantes de ese sitio eran nómadas
escitas que habían escapado pocas horas antes. Como de costumbre, los guías
escitas cautivos no hicieron el menor comentario. Mejor dicho, le respondieron
como siempre que, después de unas pocas jornadas, arribaría a un asentamiento
real con viviendas techadas.
Ciro
meditó la cuestión. No había visto una sola casa en cuanto se alejaron del
último río de montaña. Evidentemente, los moradores del Mar de Hierba eran
nómadas que se defendían alejándose al galope con sus propiedades. Los asvaran
estaban de excelente humor porque nunca habían visto semejantes pastos; la
hierba llegaba hasta las rodillas de los jinetes y los tréboles asomaban a
través de la malla gris de los tamariscos. Bajo el viento, la inmensidad de
hierba ondulaba como las aguas de un río tranquilo agitado por los saltos de
los antílopes. La carne abundaba y los nisayanos se movieron inquietos. Los
asvaran hablaron de cabalgar por ese nuevo paraíso que no parecía tener fin.
Una noche, cuando los oyó bromear, Ciro logró identificar el motivo de su propio
desasosiego: no sabía con exactitud dónde estaba. En sus montañas natales jamás
le habían faltado hitos conocidos. En los últimos días hasta las cumbres
nevadas de las Montañas Blancas habían desaparecido en la llanura. Cada noche,
en cuanto aparecían, Ciro estudiaba la disposición de las siete estrellas
guardianas y sabía casi con certeza su posición: un poco al este del norte.
Según la tradición, el hogar ancestral de los arios se encontraba mucho más al
este del norte. ¿A qué distancia? Los guías, como era de esperar, no decían
nada. La intuición aconsejaba a Ciro que se dirigiera al este, que también era
el lado de los buenos presagios de su mano derecha. ¿Por qué los escitas lo
guiaban hacia poniente? Parecían avanzar de buena gana porque, si así lo deseaban,
cualquier noche podían perderse en el Mar de Hierba. En el caso de que
desaparecieran, ¿a dónde conduciría Ciro a sus hombres?
─
¿De qué te preocupas? preguntó Vartan cuando Ciro se refirió a la ruta que
seguían. Si emprendes el regreso, no dejarás de ver las Montañas Blancas. Si no
las ves, acabaremos en alguno de los mares interiores. Ahora que lo dices, creo
que no ganaremos nada si seguimos avanzando. Ciertamente, podemos garantizar a
Astiages que hemos arrasado a los escitas de las grandes llanuras y se alegrará
de añadir el Mar de Hierba a sus conquistas.
Ese
comentario agudizó la ansiedad de Ciro. Vartan no tenía por costumbre ser
indiferente, aunque quizá el armenio estaba harto de la monotonía de las
marchas mientras que Ciro, en su condición de jefe, se sentía responsable de
sus hombres. Ya se había dado cuenta de que no estaría libre de angustias
mientras comandase un ejército.
Poco
después cayeron en una emboscada.
A la
caída del sol los asvaran descargaban los carros junto a un manantial de una
hondonada y Ciro desmontó para conducir su corcel hasta un sitio protegido
donde encerrar a los nisayanos durante la noche. Emba y otros lo siguieron sin
prisas. Las flechas zumbaron en el aire. Un flechazo desgarró la capa de cuero
de Ciro y le arañó dolorosamente el brazo.
Al
parecer, los proyectiles salían de un montículo cubierto de robles que se
encontraba frente a los persas, que lanzaron exclamaciones de sorpresa. Ciro
recogió la flecha que lo hirió y se dio cuenta de que se había clavado en el
suelo, un paso más adelante. Montó deprisa y se volvió para mirar a Emba, a un
escita y a los pocos germanios que se aprestaban a cabalgar hacia el robledal,
donde sin duda se apostaban los arqueros hostiles. Sin embargo, la flecha que
lo hirió parecía haber llegado por detrás.
Ciro
impidió que sus seguidores cabalgasen en medio de la luz decreciente. Esa noche
ataron los caballos en el interior del círculo formado por los centinelas.
En
las llanuras ventosas no había bruma. El sol naciente hacía desaparecer las
sombras en el acto. En cuanto hubo luz, Ciro envió a derecha e izquierda dos
compañías de guerreros, como si salieran de caza. Los arcos colgaban de sus
cinturas, protegidos en los estuches; Ciro dirigió un grupo y, cuando llegaron
al montículo arbolado, los persas se desplegaron deprisa, lo rodearon y
prepararon los arcos como si quisieran sacar de su guarida a las bestias
salvajes.
En
lugar de bestias, tres jinetes delgados abandonaron su escondite e intentaron
escapar. Los experimentados nisayanos giraron como halcones y alcanzaron a los
ponis peludos de los moradores de las estepas. Uno de los jinetes de la
emboscada fue traspasado por una flecha; los demás fueron derribados de sus
monturas por la embestida de los nisayanos y atrapados con cuerdas de nudos
corredizos cuando intentaban huir. Se debatieron ferozmente con cuchillos y con
los dientes hasta que los ataron. Daba la sensación de que tenían la piel clara
y de que eran pequeños; oscuras prendas de lana ceñían sus extremidades y los
cabellos largos escapaban de los tocados plateados. Poseían las rubias
cabelleras de los arios.
Cuando
retiró su flecha del cuerpo del escita abatido, el guerrero se dio cuenta de
que tenía pechos de mujer. Resultó que los dos cautivos también eran mujeres
que no hablaron salvo para lanzar desafíos. Ciro estudió las flechas que aún
llevaban en los carcajes y comprobó que los adornos eran distintos a los de la
que había estado a punto de matarlo. Las mujeres habían cometido la insensatez
de montar guardia durante la noche en su escondite.
Los
guerreros persas se preguntaron qué tribu enviaba a sus esposas a la guerra en
lugar de mandar a los maridos.
─
Cabe la posibilidad de que estas mujeres combativas no tengan marido observó
Vartan.
Vartan
había oído hablar de una tribu del Mar de Hierba, compuesta por mujeres que
atacaban a los intrusos y que también abatían sus caballos, probablemente para
realizar un sacrificio de sangre en honor de su gran diosa. Los guías
insistieron en que las arqueras formaban parte de una tribu antigua hostil a la
propia, la de los escitas reales.
Después
de meditar la cuestión, Ciro mandó llamar a las cautivas y les ofreció alimento
y bebida, que rechazaron. Las miradas de las mujeres le recordaron los ojos de
los ciervos atrapados. Gesticuló para preguntar en qué dirección se encontraban
las Montañas Blancas, pues deseaba abandonar la gran llanura. Lo entendieron
porque una señaló en dirección contraria a la de la salida del sol. De
improviso, inmediatamente los guías escitas le rogaron que liberara a las
cautivas y sus monturas.
En
lugar de aceptar, esa misma mañana Ciro en persona condujo a los asvaran hacia
la salida del sol.
─
¿Tu fravashi te ha señalado el camino o acaso el señor Ciro el aqueménida busca
más guerreras? preguntó Vartan. El armenio sólo se dirigía a Ciro de esa manera
cuando pretendía ser sarcástico. Ni tus cautivas ni tus guías están contentos.
─
Nunca está de más hacer lo contrario de lo que desea tu enemigo replicó Ciro,
distraído.
Esa
decisión desembocó en una calamidad. A mediodía avistaron un extraño montículo
en medio de la estepa. Era redondo, como un cuenco invertido, y estaba rodeado
de objetos oscuros desde los cuales emprendían el vuelo aves de alas anchas. Al
cabo de un rato comprobaron que los objetos eran guerreros montados y
apostados, como si estuviesen de guardia. Ciro rodeó el montículo antes de
acercarse y comprobó la patética verdad de que los centinelas eran difuntos
montados sobre los lomos de cadáveres de caballos sostenidos por estacas. Las
lanzas y los escudos colgaban de los cuerpos resecos y los pequeños cascabeles
tintineaban cada vez que soplaba el viento.
Debía
de hacer años que montaban guardia. Sin embargo, cada guerrero estaba sobre su
corcel con las armas sujetas al sitio que correspondía. Ciro se preguntó quién
cuidaba de los difuntos guardianes del montículo y por qué. En ese momento
Vartan lanzó un alarido de entusiasmo y, en medio de los vigías ciegos, lo
llevó hasta la cumbre de la cúpula herbosa. Miraron hacia abajo y vieron que la
hierba de la cúpula era distinta de la de la llanura y que en torno al gran
túmulo de tierra había otros montículos más pequeños que formaban un círculo.
─
¡Una tumba escita! exclamó el armenio. A juzgar por su tamaño, calculo que a
nuestros pies yace enterrado un jefe rico y poderoso.
Ciro
miró en lontananza y no vio a ser humano alguno en la estepa. No obstante,
sabía por experiencia que numerosos moradores de la estepa podían desplazarse
por las hondonadas sin ser vistos, al amparo de la salvia y los tamariscos.
Desplegó observadores en la cima del montículo sepulcral antes de descender y
encontró que Vartan, con la colaboración de conductores y mozos de cuadra,
despejaba la maraña herbosa que cubría una única losa de granito gris. Vartan
afirmó que era imposible encontrar ese tipo de piedra en la meseta, de modo que
los escitas la debían de haber trasladado de otra parte para cerrar la entrada
del sepulcro. La retiraron mediante cuerdas y palos y los trabajadores se
pusieron a cavar. Los asvaran se acercaron y miraron curiosos. Como eran
guerreros natos, a ninguno se le habría ocurrido empuñar una pala.
Al
cabo de un rato los cavadores se toparon con una puerta de madera. Los
centinelas lanzaron un grito de advertencia. Ciro giró su corcel y vio a las
guerreras que surgían de la maleza. Varios centenares dirigieron sus caballos
peludos en dirección al túmulo, con las lanzas y los arcos prestos. Fue extraño
contemplar a esas caballistas de pelo largo que salieron de la nada. Ciro
calculó que tenían pocas posibilidades frente a su regimiento de veteranos.
Una
de las caballistas se puso a medio tiro de arco. Su cabellera resplandecía con
el dorado del trigo maduro, su escudo lucía un dibujo de testa de venado y su
cuerpo esbelto estaba envuelto en seda china de color azul. Parecía tener la
misma edad que Ciro. Aunque la mujer gritó, el aqueménida no la entendió y
llamó a un guía escita para que le tradujese esas palabras, cosa que el hombre
hizo hasta cierto punto.
La
caballista solicitaba una tregua entre el rey de los invasores y ella. Dio su
nombre y título: Timiris, hija de Gesir, rey de los escitas de Sármata. Timiris
afirmó que estaban en tierra sármata y que su padre aguardaba en la tumba para
retornar a la vida.
─
Acepta la tregua ordenó Ciro al escita. ¿Qué más pretende esta mujer?
Timiris
se echó la cabellera hacia atrás y habló deprisa, como un río torrentoso. El
intérprete explicó de mala gana que estaba narrando su vida y que lo hacía en
nombre de su madre, la reina, que también aguardaba en el túmulo. Al parecer,
Gesir, su padre, había regido con los sármatas de las Montañas Blancas el
desierto de las Arenas Rojas, hasta que los escitas reales les pisaron los
talones. Durante una temporada los sármatas repelieron a los invasores. Luego
los escitas del este pidieron la paz y un festín para celebrarlo. Durante el
banquete mataron a Gesir, así como a todos los señores y jefes. De esta forma
la traición puso fin a los héroes sármatas. A continuación las esposas
embalsamaron los cadáveres y los enterraron con todos los honores. Las mujeres
que quedaron con vida montaban guardia sobre las tumbas para que, cuando
llegase el día de la nueva vida, sus maridos regresaran a la tierra y a su
lado.
Ciro
pensó que sin duda era la verdad del relato acerca de la solitaria tribu de
mujeres que guerreaba contra los invasores. Aunque honrosa, se habían propuesto
una tarea difícil y dedujo que la joven Timiris no estaba en condiciones de
librar una guerra defensiva contra los nómadas salvajes.
Las
consecuencias habrían sido muy distintas si hubiese podido hablar sin
impedimentos con la princesa sármata. Meditó y preguntó dónde se encontraba el
hogar de los sármatas.
Timiris
replicó que más allá de las Arenas Rojas, más allá del camino de Coara, bajo el
nacimiento del sol.
─ En
ese caso, dile que debe guiar a sus mujeres en dicha dirección ordenó Ciro. Es
evidente que no vivirán mucho sin hombres que las protejan.
Nada
más enterarse, la guerrera lanzó una sucesión de palabras melodiosas. Jamás lo
haría, a menos que violaran y profanaran las tumbas. ¿De qué serviría vigilar
una casa vacía? Se acercó a Ciro con la mirada encendida.
─
Aqueménida gritó, es verdad que tú eres fuerte y que yo soy débil. No puedo
enfrentarme a ti. Si profanas la tumba de mi padre, mi odio te acompañará como
a la sombra de tu bonito cuerpo. Averiguaré a dónde vas y en mis sueños
procuraré hacerte todo el daño que pueda. Seré amiga de tus enemigos y enemiga
de tus amigos. No volveré a aparecer ante tus ojos hasta el día en que estreche
tu cuerpo en mis brazos y vea cómo tu sangre fluye hacia la tierra...
Inesperadamente,
Timiris cubrió su rostro brillante con las manos, se echó a llorar e inclinó la
cabeza hacia las crines del caballo para ocultar sus lágrimas. Ciro no tuvo
tiempo de responder pues la joven azuzó el caballo y se alejó. Las guerreras la
siguieron y se internaron por la maleza. Las dos cautivas corrieron tras sus
compañeras y Ciro no las detuvo.
El
aqueménida pensó que era típico de una mujer amenazar con hacer daño y ponerse
a llorar al comprobar que no podía salirse con la suya. De todos modos, en
ningún momento dudó del valor de la muchacha.
Ciro
se dirigió a la excavación del túmulo y descubrió que Vartan y los cavadores
habían atravesado la puerta y encendían teas para internarse en la cámara
sepulcral.
─
Esto no me gusta nada dijo.
Recordó
la tablilla de Asurbanipal el asirio en las ruinas de Susa: el triunfalismo del
asirio al profanar los sepulcros de los elamitas con el fin de privar a sus
espectros de un descanso pacifico y de las ofrendas.
─
Hablas por boca de tu caballerosidad persa. La dentadura de Vartan rutiló en
medio de su barba enmarañada. Dime, ¿qué hay en el túmulo salvo unos pocos
esqueletos y un tesoro que los bárbaros supersticiosos enterraron con los
muertos? ¿Tienes tanto miedo de la sármata como para no enriquecer a tus
hombres?
─ No
le temo.
Al
oír esas palabras algunos asvaran se internaron impacientes, en pos de Vartan y
los cavadores.
A
decir verdad, la gran cámara sepulcral, cubierta por un techo de madera, había
sido minuciosamente preparada para el retorno a la vida de un jefe poderoso. En
primer lugar, los intrusos encontraron restos de buenos caballos con arreos
lujosos y mozos de cuadra muertos a la altura de sus cabezas. Más adentro, en
la cámara central, yacían varios guardaespaldas que sujetaban en sus manos
cuernos de plata para beber. En la plataforma reposaba Gesir y parecía casi
natural gracias a su barba amarillenta; lucía corona y los atributos del
cinturón y los brazaletes enjoyados; el casco repujado en oro que se encontraba
junto a su cabeza mostraba una testa de venado en oro con astas de cuerno. A su
lado había todo lo necesario de botas de caza a látigo con empuñadura de oro,
embellecido para estar a la altura de Gesir. Ciro llegó a la conclusión de que
con Gesir habían enterrado todo el tesoro de Sármata. Había que reconocer que
Timiris, su hija, no lucía semejantes adornos.
Como
el aire viciado les dificultaba la respiración, Vartan y los cavadores
retiraron deprisa los elementos valiosos y los acumularon en un caldero de
bronce lo bastante grande para cocinar una oveja.
A la
derecha del jefe sármata yacía una mujer más o menos de su edad, todavía
elegante con sus prendas de raso y de seda, con una lámpara de plata llena de
aceite y un espejo de mano a su lado. Evidentemente, se había suicidado para
que la enterrasen con su marido. En ese caso, debía de ser la reina y la madre
de Timiris.
Ciro
lanzó una exclamación y alzó el espejo de bronce. El mango de oro mostraba la
leona y la cabeza de mujer de la gran diosa..., tan parecido a la empuñadura de
su puñal que se diría que fueron moldeados por la misma mano.
Después
de vaciar el sepulcro, Vartan tuvo dificultades para pasar el pesado caldero de
bronce por el túnel de la entrada. Algunos persas lo consideraron un mal
augurio. Vartan, por su parte, calculó que se habían enriquecido con un quintal
de oro puro, para no hablar de las piedras preciosas.
Ciro
aún esgrimía el puñal de Mandane. Presa de un súbito impulso, lo arrojó sobre
el tesoro de oro escita. Notó que todos los objetos estaban bellamente
fabricados por excelentes artistas.
Como
el día tocaba a su término, Vartan hizo trasladar el caldero a su tienda. A la
caída del sol Ciro tomó la precaución de duplicar la guardia emplazada tras las
hileras de caballos. En medio de la oscuridad las mujeres de la estepa podrían
hacerles bastante daño, incluso a los guerreros mejor adiestrados. La princesa
parecía decidida a cometer una maldad, siempre y cuando estuviese dentro del
poder de una mujer.
Ni
una sola alarma perturbó el sueño de Ciro. Como de costumbre, despertó en medio
del frío de las primeras luces. Pasó por encima de Emba, que roncaba en la
entrada. Nada más salir de la tienda tropezó con una masa pesada.
Era
el caldero de bronce. En lo alto reposaba la cabeza de Vartan y los dientes
resplandecían en medio de los pelos de la barba. Debajo de la cabeza, el tesoro
en oro brillaba por su ausencia. El cuerpo desnudo del armenio yacía sobre el
caldero, cortado extremidad por extremidad y articulación por articulación,
como la carne de un animal preparada para guisar.
Antes
de encender las hogueras, Ciro convocó a los guardias de la noche y se enteró
de que no habían visto a nada ni a nadie entrar o salir del campamento. Los
guías escitas, desplegados junto a los caballos atados con ronzal, se habían
esfumado con sus monturas.
Ciro
tuvo claro qué había ocurrido. Las guerreras no osaron emprender el regreso
después de ser testigos de la expoliación de la tumba. Sin embargo, ello debió
de encolerizar a los silenciosos escitas... Ciro lamentó no haber comprendido
todas las palabras que Timiris cruzó con su intérprete. Después vieron el
tesoro de oro en el caldero y comprobaron que podía trasladarse en las albardas
de unos seis caballos. Y los cazadores nómadas eran capaces de atravesar un
cordón de soldados.
Ciro
y sus oficiales decidieron que las cosas habían sucedido de esa manera. Mucho
después se enteró del secreto de los guías escitas: fueron contratados a muy
buen precio por el rey de los medos para que dieran muerte a Ciro en el Mar de
Hierba. Alguno debió de intentarlo mediante un flechazo antes de que capturasen
a las mujeres. Movidos por la cólera o la codicia, a continuación dirigieron
sus armas contra Vartan. Ese asesinato les reportó mejor paga que la
proveniente de Astiages. Ciro quedó junto a la tumba saqueada sin compañero ni
guías. A su cargo quedó el deber de entregar el cadáver cortado de Vartan a
Hárpago, su padre, para que fuese enterrado como correspondía.
Ciro
recordó que Vartan se había comprometido a hacer lo mismo por él y no intentó
prever las consecuencias de su regreso en esas condiciones a la corte y al
monarca de Ecbatana. Las noticias procedentes del lejano sur apartaron de su
mente otras angustias.
(Las
leyendas del Oriente ya se habían abierto paso hasta las ciudades de los
griegos de Occidente, de donde partieron los viajeros en busca del vellocino de
oro de Cólquida. Regresaron para contar leyendas sobre el Mar de Hierba, por el
que erraban nómadas adheridos a los lomos de sus caballos; poco después los
ciudadanos de Grecia, amantes del hogar, hablaban de tribus con cuerpo humano
unido al cuerpo de sus caballos, en realidad, centauros. La leyenda más popular
era, de lejos, la referente a una tribu de mujeres que luchaba contra los
hombres, las auténticas amazonas. En menos de un siglo los artistas atenienses
representaron la batalla entre los héroes y las amazonas en los frontispicios
de piedra de sus templos. Antes Timiris y las mujeres que vigilaban las tumbas
de sus maridos habían partido rumbo al este, a su tierra natal, situada más
allá del Mar de Hircania.)
§
Ciro llega a Pasárgada
La
expedición persa recibió la noticia a medida que se desplazaba presurosamente
hacia el sur.
Tal
como había prometido en el río iberio, Ciro consultó con los comandantes más
antiguos lo que debían hacer. Hubo consenso en el sentido de que el Mar de
Hierba era una tierra amarga y de que no deseaban permanecer allí. Ciro pensó
fugazmente que el mal los acosaba desde el momento en que arrojó el puñal con
la imagen de la gran diosa sobre el oro escita. Luego preguntó a cada
comandante qué camino escogería para abandonar la estepa; tal como esperaba,
todos apuntaron al sur, aunque en direcciones distintas. Cada uno tenía su
propia idea acerca de dónde se encontraba la puerta fluvial de las Montañas
Blancas. Ciro aceptó la ruta que ya había calculado a partir de la posición de
las estrellas que cada noche había observado, contando el número de marchas realizadas
y añadiendo su estimación de la distancia recorrida en cada una. Para
cerciorarse, repitió varias veces esta búsqueda en su memoria. No podía correr
el riesgo de cometer un error.
Los
jinetes corrían presurosos hacia el este del sur cuando notaron que a sus
espaldas se alzaba polvo. La tierra estaba seca pues faltaba poco para la
llegada del invierno. Los persas dieron media vuelta y se aprestaron a tomar
las armas hasta que vieron que los jinetes eran menos de diez y que llevaban
igual número de monturas de recambio. Vestían los gorros con capucha y los
pantalones estrechos de los persas que viajan deprisa y muy lejos. El
cabecilla, un aqueménida joven, tensó las riendas y lanzó un grito de alegría.
Sus ojos parecían ranuras y tenía la piel oscurecida por la polvareda.
─
Por el sol que nos alumbra y por el fuego de Atar los saludó, habéis dejado una
huella tan intensa como la de un caracol. Se incorporó altivo en las lazadas de
cuero que sujetaban sus pies. Juro que en dos meses os hemos alcanzado, pese a
que cabalgasteis durante dos años... Vengo de Pasárgada.
Al
ver que Ciro se encontraba entre los comandantes, el joven jinete se arrojó al
suelo, corrió a cogerlo del pie e inclinó la cabeza.
─
¡Ciro, hijo de Cambises! Me inclino a los pies de Ciro, mi señor, rey de Ansan.
Montaron
el campamento para escuchar las noticias del mensajero: Cambises yacía en su
tumba, encima del río, y de Ecbatana había llegado el rumor de que Ciro había
muerto en las guerras. Su esposa, Kassandan, lo había negado y juró ante los
portadores de la ley que en un sueño vio a Ciro vivo y viajando de regreso a
Pasárgada. Mitradat el Cojo añadió que reconocía al hijo de Cambises como único
y legitimo monarca de Ansan. Como los aqueménidas y los maspianos estaban
unidos, los jefes marafianos se sumaron a ellos. En consecuencia, las tres
tribus aguardaban la llegada de Ciro y las otras siete tribus iranias esperaban
noticias de su sino. El mensajero añadió que Ciro debía dejar de errar en pos
de la gloria de la realeza y retornar en seguida a su propia tierra.
Entonces
Ciro el aqueménida tomó su primera decisión como rey. Cabalgaría directamente
hasta Pasárgada con los guerreros de las tres tribus. El resto del ejército
escoltaría el cadáver de Vartan hasta Ecbatana a través de la Tierra Hueca y
Armenia. El cadáver cortado había sido limpiado y, a su manera, embalsamado con
aceites acres y cubierto de hierbas. Fue cuanto pudieron hacer.
Por
mucho que corrió Ciro, el invierno llegó antes. En compañía de sus seguidores
se vio obligado a esperar a que la nieve se derritiera en los desfiladeros de
las Montañas Azules. Preocupado por la tardanza, Ciro escogió a Emba y a diez
hombres con remontas y siguió avanzando hacia el amanecer invernal.
Entró
en su valle, tal como lo había dejado, en el momento en que la hierba empezaba
a madurar. Al desmontar en los escalones de palacio vio que, después de todo,
su padre no había erigido las estatuas guardianas. En el porche del palacio de
piedra encontró a Kassandan, que lo aguardaba con sus dos hijos, niños pequeños
pero fuertes. Kassandan lucía un nuevo manto púrpura abrochado con las alas
reales aqueménidas e inclinó la cabeza ante Ciro.
─
Tuviste un sueño feliz en el momento más afortunado le comentó Ciro.
Cuando
quedaron a solas frente al hogar, Kassandan expresó su opinión. Las lágrimas
escaparon de sus bellos ojos.
─
¡Es sorprendente lo que tus enemigos han tramado sobre mi señor esposo! ¡Qué
agotado, delgado y cansado estás, qué prendas tan raídas llevas!
Ciro
aseguró a su esposa que en su vida se había sentido mejor; ocurría,
simplemente, que para conquistar algo de fama en las guerras de los medos tal
como ella deseaba había tenido que soportar algunas incomodidades. Después de
compartir el lecho, Ciro contó a Kassandan toda la historia de su expedición.
Ella se emocionó y volvió a llorar, pero discretamente.
─ ¿Y
qué tipo de fama has conseguido? se lamentó. No has conquistado un solo pueblo,
has convertido en enemigo al rey Astiages y has perdido el tesoro de oro de los
escitas. ¡Además, has regresado con sólo diez hombres! Suspiró y habló con
franqueza: Mi señor marido, a partir de ahora debes actuar con la sabia
prudencia de Cambises, rey de los persas, o el mal caerá sobre tu pueblo.
El
mal que a lo largo de los años siguientes recayó sobre Ciro se debió,
exclusivamente, a que fue incapaz de regresar a Ecbatana..., se debió a esta
circunstancia y a su propia testarudez.
§ La
orden de Astiages
El
pastor tenía treinta y ocho años cuando lo consagraron rey de Ansan, título
que, en realidad, sólo significaba el reinado sobre las tres tribus que
rodeaban Pasárgada. Ciro decidió prestar juramento en el nuevo santuario de
Anahita. Como siempre, entonces también sintió que el agua fluyente estaba a su
favor. Además, la esquiva Anahia era la única mujer que se las ingenió para no
preocuparlo después de abrazarlo. Una vez que los sacerdotes y los jefes de
alto rango se reunieron en la cripta de mármol blanco, Ciro compartió los
alimentos que le ofrecieron: higos, terebinto molido y leche agria. De acuerdo
con el antiguo ritual ario, esa ceremonia le recordó que no era superior a los
campesinos que labraban la tierra. A continuación los portadores de la ley le
tomaron el juramento de rigor: se volcaría hacia el bien tanto de palabra como
en sus actos, sería amigo de sus amigos, juzgaría a los débiles con la misma
ecuanimidad que a los poderosos y salvaguardaría en todo momento a su pueblo
antes que a sí mismo. Ciro comprobó en seguida que esas sencillas promesas eran
muy difíciles de cumplir. Lo mismo que cualquier otro monarca recién coronado,
se dejó absorber por las obligaciones de regir su propio dominio y apenas tuvo
tiempo de pensar en lo que acontecía en otras partes.
Al
ofrecer ricos regalos de plata a los jefes que asistieron a la coronación, el
callado Mitradat se quejó de que vaciaba los cofres del tesoro de su padre.
Ciro meditó y nombró conservador del tesoro a su viejo rival.
─
¿Por qué me escoges? quiso saber el cojo príncipe maspiano. Ciro no replicó que
lo eligió porque, presa de la cólera infantil, había lisiado a Mitradat, ni
porque estaba imposibilitado de llevar a cabo una tarea que exigiese montar a
caballo.
─
Porque me odias y, a pesar de todo, mantienes la lealtad del pueblo maspiano
hacia mí replicó Ciro. No conozco a nadie tan integro como tú.
Al
igual que otros príncipes que acceden al poder, Ciro soñaba con construir un
palacio muy distinto al de su padre. Deseaba que los visitantes distinguidos
entrasen en una verdadera sala de audiencias aqueménida más que en un patio
comedor plagado de cuervos Cuando explicó sus planes a los arquitectos de
Babilonia y Menfis, los maestros de la técnica puntualizaron que no se podía
modificar un edificio sin colocar nuevos cimientos y que para hacerlo debía
derribar la vieja estructura. Ciro estuvo de acuerdo con que colocasen nuevos
cimientos de mármol y columnas del mismo material en el porche y construyesen
un salón tan espacioso como el de Astiages en Ecbatana, con columnas de doce
metros de altura, esbeltas como un árbol que cualquiera podía abarcar extendiendo
los brazos. Como los arquitectos adujeron que columnas tan delgadas no
soportarían el peso del techo plano, Ciro propuso que colocaran un techo
puntiagudo, al estilo ario, por el que la nieve cayera. Los arquitectos
procedentes de las llanuras quemadas por el sol no habían pensado en la nieve.
Como
durante la reconstrucción Kassandan tuvo que cambiar de vivienda, Ciro ordenó
que a cuatrocientos pasos del gran salón construyesen un palacio heredad de
ladrillos cocidos para su familia. En seguida comprobó que era más adecuado
mantener a su familia alejada de las sesiones de la corte, por lo que Kassandan
continuó en su nuevo palacio, como las reinas en la ciudadela de los medos.
Además, para la mentalidad persa debía existir un par de cosas preciosas en
lugar de una sola, por lo que se erigieron dos altares de fuego iguales en el
montículo que Ciro embelleció con una terraza de templo. En algún momento del
pensamiento ario había surgido la costumbre de crear cosas de a pares. ¿Acaso
el hombre no necesitaba de la mujer para dar a luz a su simiente? ¿Acaso la luz
no requería la oscuridad para llamar la atención? ¿Acaso el principio del bien
en la vida no estaba en conflicto con el mal? Ciro recordó que Cambises había
pensado darle otra esposa, extranjera y de sangre real.
Tuvo
que hacer frente a la tarea de cabalgar hasta los límites de su reino, por lo
que llamó a los diez fieles guerreros que le guardaron las espaldas durante el
trayecto del Mar de Hierba a su tierra; encomendó a cada uno que eligiera diez
más para que lo escoltasen en sus recorridos a caballo. (Este núcleo de cien
hombres de noble cuna se convertiría en los mil incólumes que mas adelante los
griegos llamarían los inmortales del rey persa.)
Ciro
realizó su primera gira en compañía de esa magnífica escolta de cien héroes
juramentados. En cada aldea de las tres tribus, tanto los nobles como los
caspios ofrecieron sus regalos de frutos y exquisiteces, telas bordadas y
pequeños tesoros. A cambio, Ciro entregó a cada persa una moneda de oro de
Creso de Lidia. Eran las únicas monedas grabadas en oro y casi nunca se veían
en las montañas.
Ciro
cabalgó más allá de las tres tribus, hasta los pueblos de las afueras. Lo
consideraron apuesto y de labia persuasiva; no les pidió nada, salvo que se
convirtieran en «amigos del rey». Los despidió con una broma: «Hasta los
animales domesticados, que cuando se sienten seguros pastan donde les viene en
gana, se reúnen y siguen a un jefe cada vez que surge un peligro. ¿No haremos
lo mismo si algún peligro perturba la paz de nuestras tierras? Llamadme para
que os proteja siempre que sea necesario».
Los
germanios eran los más feroces iranios de las afueras. Moraban muy lejos, en
las altas tierras rojas que bordean el gran Desierto de la Sal (Estas cumbres
aún llevan el nombre de Kerman.). Tabal, el jefe, establecía sus propias leyes.
No había acudido a la coronación de Ciro pues afirmaba que no era un khshatra
del señor aqueménida, sino gobernante por derecho propio. Cuando Ciro se
presentó en persona a los pies de su ciudad, que se extendía en un despeñadero
sobre un recodo del río, Tabal se limitó a observarlo desde la torre situada
encima de la puerta cerrada. Al otro lado de la puerta aguardaban varios
millares de espadachines germanios.
Ante
el aqueménida avanzaban abanderados y flautistas montados; tras él aguardaban
los cien héroes, con sus crestas en los escudos. Después de escudriñar el
acantilado, Ciro frenó su nisayano engalanado como para una fiesta frente al
vado del río y llamó al vigilante Tabal.
─
¿Por qué sigues ahí y te niegas a bajar?
Tabal
miró más allá de Ciro y sólo vio criados y animales de bagaje tras el reducido
grupo de aqueménidas.
─
Porque no sé qué más puedo hacer replicó con hábil franqueza.
Ciro
le explicó que le habían dicho que Tabal no se consideraba jefe de guerreros,
sino rey de un pueblo.
─ Y
es verdad.
─ En
ese caso, baja y realiza tu prueba.
─
¿Qué prueba?
─ La
referente al gobierno de tu pueblo, los germanios.
Tabal
se quedó pensativo. Aunque no tenía ningún miedo, resultaba difícil entender a
Ciro.
─
¿Quién me juzgará? pregunto.
─
Aquel que puede condenarte sin juicio ni prueba.
─
¡Aja! ¿De quién hablas?
─ De
mi, Ciro el rey.
Tabal
se dio cuenta de que estaba entre la espada y la pared. En tanto gobernante, no
podía rechazar esa audiencia. Meditó y descendió a caballo por la senda del
despeñadero en compañía de cien espadachines, los portadores de la ley y sus
consejeros. Montaron la corte a orillas del río. Tabal, veterano de muchas
guerras, tuvo que permanecer de pie para presentar sus argumentos ante el
persuasivo aqueménida, sentado en una piedra. Según la ley persa, todo acusado
tenía derecho a presentar pruebas de sus buenos actos. Si el bien superaba el
mal, lo absolvían. Tabal podía citar muchos actos valerosos y de sagaz
dirección en el campo de batalla, además de que había salvado varias vidas.
─ He
oído el testimonio aseguró Ciro a la atenta corte. Como comandante de los
germanios, Tabal no ha hecho nada malo. Sin embargo, como gobernante Tabal
tiene muchas quejas en su contra.
El
decidido germanio se irguió.
─ ¿Y
cuáles son?
Ciro
replicó, al tiempo que las contaba con los dedos:
─ El
mal gobierno de agricultores, alfareros, pescadores, tejedores, herreros,
comerciantes, pastores y caspios.
Sucedía
que no eran muchos los beneficios que Tabal había ofrecido a este último
pueblo. Los caspios habían abandonado sus tierras. Ciro, que era perfectamente
consciente de la situación, lo escuchó con paciencia y dio su veredicto en
tanto juez. ─ En tanto jefe de guerreros, este hombre no tiene tacha. En tanto
gobernante de su pueblo, ha ignorado el bienestar de los que dependían de él y
ha sido corto de miras a la hora de crear cosas mejores para ellos que, por su
culpa, han sufrido.
Los
portadores de la ley no apelaron el veredicto. Ciro se explayó sobre las
medidas que influirían positivamente en los agricultores germanios. Habló largo
y tendido sobre la falta de drenaje de los ríos. Al final de la audiencia Tabal
cambió de actitud y suplicó a Ciro que franquease su puerta, comiera en su
palacio y le transmitiese personalmente cualquier otra idea que tuviera.
Después de ese episodio los miembros de las tribus empezaron a llamarlo el «rey
del pueblo».
Durante
el recorrido por sus territorios, Ciro preguntó a cada jefe por qué contribuía
con una cuota anual de caballos y arqueros persas montados al servicio del rey
Astiages. ¿Por qué los persas seguían sirviendo a los medos? Ciro añadió que
estarían mucho mejor si se sirvieran a sí mismos.
Desde
las tierras marinas hasta el Desierto de la Sal se supo que Ciro en persona se
negaba a enviar a Ecbatana corceles nisayanos y arqueros de las tres tribus.
─
Quien gobierna no se muestra nunca como es realmente hasta que ha cumplido su
propósito le comentó amargado a Mitradat.
─ Tu
padre lo sabía. Mientras simulaba atender los jardines y temer a Astiages, en
realidad creó un escudo para proteger a su pueblo de las invasiones. ¿Acaso tu
propósito es tan sabio como el de tu padre?
Ciro
llegó a la conclusión de que el lisiado veía las cosas con mirada más
penetrante que los hombres fuertes. Fue consciente de que Mitradat no le era
fiel a él, sino a la tradición persa.
Cada
año de aquellos primeros años el nuevo rey de Ansan se negó a enviar caballos u
hombres como tributo a los medos. No reveló con qué fin lo hacía. En realidad,
no era más que uno de sus sueños: despertar a las tribus iranias para que se
rebelasen contra el yugo de Astiages. Percibió la fuerza de cada nación bajo el
mismo yugo: semejaban muchos caballos fuertes sujetados a un carro por una
rienda débil. ¡Si esa rienda pudiera romperse...!
Un
mes de nisán, el mes de la hierba temprana, en la puerta de Pasárgada se
presentó un heraldo de Astiages. En esa puerta Ciro había hecho colocar dos
losas de piedra caliza sobre las que tallar sendos espíritus guardianes.
Comprobó, lo mismo que Cambises antes que él, las dificultades de decidir qué
espíritus divinos protegerían su palacio. El heraldo, Abradat el jefe del
consejo se presentó sin regalos y en compañía de dos escribas barbudos para
anotar todas las palabras pronunciadas. En su largo báculo resplandecía un
águila de oro con las alas extendidas. Joven y directo, transmitió el mensaje
con voz clara:
─ En
el primer día de nisán, la palabra del gran rey, el rey de las tierras, de
todas las tribus médicas, de Armenia, Hircania, de los maneanos, los
urarteanos, los elamitas... El heraldo enumeró los pueblos que estaban bajo la
égida de Astiages. El mensaje tocaba a su fin: Para que Ciro, rey de Ansan, se
presente ante Astiages, su señor, el último día del mes de nisán.
Después
de que los escribas tomaran nota de las palabras, Abradat se acercó al trono de
Ciro en el salón de audiencias, que aún no estaba techado.
─
Astiages ha esperado demasiado para darte la bienvenida dijo en voz baja.
Al
oír el retruécano una llamarada de cólera traspasó a Ciro.
─
¡Cuando me vea no me dará la bienvenida! exclamó.
El
heraldo titubeó.
─
¿Es tu respuesta?
─ Sí
replicó Ciro.
Aquel
mes el aqueménida no salió del valle. En medio de los calores del verano
apareció el mercader hebreo que había ofrecido a Kassandan tela de color
púrpura real. En esta ocasión fue a verla a su palacio y la felicitó por el
nuevo esplendor que la rodeaba: ¡como las azucenas del campo! Mientras le
ofrecía joyas raras a un precio altísimo, se inclinó y le susurró al oído
algunas noticias del camino del norte:
─ Me
crucé con las huestes armadas de los medos, cuyos pasos eran como el rugir de
la rompiente. Si, marchaban hacia el sur y Hárpago, señor de las huestes
médicas, cabalgaba con ellos.
Esa
noche Ciro ordenó que encendieran almenaras en las cimas que rodeaban su valle.
Convocó a los persas para que se aprestasen a la guerra, no al servicio de los
medos, sino contra ellos.
§ La
venganza de Hárpago, el señor de las huestes
El
pastor de los persas nunca se había sentido tan orgulloso como aquel amanecer,
en la gran carretera del norte, en las praderas de los nisayanos. Cuando las
últimas estrellas se apagaron, seis mil asvaran estaban junto a las bridas de
sus corceles bélicos, mirando hacia el sol naciente. Brillaban los cascos en
sus cabezas en alto, los adornos de plata de los escudos y las placas de metal
que cubrían sus cuerpos. Cuando el borde del sol asomó, rezaron al unísono a
fin de tener fuerzas para expulsar el Mal de sus tierras del mismo modo que el
astro rey quitaba la oscuridad de la tierra. Las flautas tocaron una alegre
tonada cuando los asvaran montaron en sus corceles y se volvieron hacia la
oscura masa del enemigo, que permanecía inmóvil en la carretera, entre el río y
la cadena montañosa.
Ciro
azuzó a su corcel blanco para conducir a los guerreros de las tres tribus
contra las huestes de los medos. Apremió al caballo pues deseaba adelantar a
los oficiales. Los guerreros trotaron tras él con los arcos guardados en los
estuches. En ese instante Ciro habría sido capaz de gritar de alegría. Los
inquietos corceles se lanzaron al galope en dirección a los bronceados
estandartes de los medos y las filas de soldados de infantería que aguardaban
impávidos tras una muralla de grandes escudos y apretadas líneas de erizadas
puntas de lanza.
Cuando
el sol se puso, Ciro se balanceó y aferró la manta sudadera. Las heridas
quemaban su carne como su estuviera en llamas. Su caballo cubierto de sudor
tropezó pese a la lisura del camino. Los guerreros presionaban a su alrededor y
lo ayudaban a mantenerse sobre el caballo, cabalgaban en silencio con el sol
poniente a la derecha. Detrás dejaron el campo de batalla y el botín a los
medos.
Ciro
sólo tenía visiones fugaces de la jornada bélica, del siseo de las flechas que
pasaron a su lado, de la sangre que manaba de las hachas que cortaron las
cabezas de los equinos, de una pared de escudos de cuero que se alzó ante él
cual una muralla de piedra.
En
el momento de la caída del sol hizo un esfuerzo por sentarse derecho y gritó
con voz clara:
─
Nos alzaremos contra los medos a las puertas de Pasárgada. Los expulsaremos de
nuestra patria tal como hoy nos han echado.
La
respuesta de los jinetes sólo fue un murmullo. El sol se puso y la oscuridad
ocultó la retirada de los persas. Ciro se tambaleó de debilidad y los
supervivientes de sus cien guardias lo sujetaron de los brazos. Se obligó a
planificar la defensa de su valle y de su ciudad, en la que no había más
murallas que las colinas.
Llegó
otro día en el que Ciro y sus oficiales aguardaron en las colinas y observaron
la columna de los medos que escalaba la ladera cual una serpiente lenta que
busca una senda.
Ciro
supo que esa posición sería, necesariamente, la última. Aquí era menos fuerte
que en las praderas del norte. A la segunda convocatoria habían respondido
menos jinetes de los pueblos de las afueras. Además, la derrota había mermado
las filas de las tres tribus.
Los
comandantes más viejos le aconsejaron que retirase su pueblo a las extensas
llanuras occidentales, en dirección a los dayanos nómadas y la ciudadela de los
germanios. Los persas se desplazarían deprisa con los rebaños. Los medos no
encontrarían mucho que saquear e incendiar en Pasárgada.
Pero
Ciro no estaba dispuesto a hacerles caso. Se acordó de que Cambises decía que
el valle siempre sería un refugio seguro. Si migraban, volverían a convertirse
en nómadas, lucharían con Otras tribus por los pastos... o buscarían territorio
ignoto. Simultáneamente fue consciente de que su pueblo no tenía más defensa
que su dirección. Y ésta no había servido de nada ante la habilidad de Hárpago.
Hárpago,
el armenio al servicio de Astiages, conocía el secreto de conducir a la
victoria a las tropas adiestradas. A medida que meditaba, Ciro creyó encontrar
un modo de detener al ejército médico, una acción desesperada pero no
imposible. Por lo menos lo conduciría, sin más dilaciones, a la muerte o a la
victoria.
No
comunicó el plan a los oficiales mientras lo evaluaba mentalmente. No tenían
por qué saberlo y, en el caso de que fracasase, serían libres de actuar como
mejor les pareciera. Mantuvo el campamento de los asvaran fuera de la vista del
enemigo. Varias patrullas a caballo hacían guardia alrededor del barranco
mientras la formación de los medos se acercaba lentamente y montaba el
campamento junto a un arroyo.
Esa
noche, después de que las lámparas ardieran tres horas en su tienda, Ciro se
acercó a los guardias de la entrada. Les pidió que despertaran a los relevos
sin hacer ruido hasta reunir a una veintena, que se reunieran con él en plena
oscuridad y que dejaran los escudos y las lanzas para coger únicamente
cuchillos largos y cortas hachas de mano.
Se
reunió con los veinte guerreros que acababan de despertarse y les explicó lo
que se proponía. Los conduciría a pie hasta el campamento de los medos. Se
abrirían paso entre los centinelas que estarían atentos, sobre todo, a la
llegada de jinetes. Al amparo de la noche, una veintena de hombres
aparentemente desarmados accederían al pabellón de Hárpago, donde estaban los
estandartes del ejército. Atraparían al señor de las huestes médicas y se las
ingeniarían para salir del campamento con el prisionero. Ciro estaba convencido
de que, privado de su comandante, el metódico ejército medo no sería capaz de
vencer por segunda vez a los persas. Preguntó a esa veintena de sus cien
guardias si estaban dispuestos a jugarse la vida en esa empresa.
Todos
aceptaron en el acto e insistieron en que Ciro no debía ir. El aqueménida se
acordó de dejar a dos oficiales en la entrada de su tienda, como si estuviera
durmiendo en el interior. Condujo a los dieciocho restantes, trazando un amplio
círculo, más allá de los centinelas persas. Ciro ya había aprendido que
habitualmente los centinelas montaban guardia de cara a las líneas enemigas.
Había hecho decisivas observaciones sobre el terreno que lo separaba del gran
pabellón del general armenio.
Como
la mayoría de los planes de gran osadía, al principio el de Ciro tuvo éxito. El
grupúsculo de incursores se mantuvo en contacto mientras se alejaba de los
centinelas, visibles bajo los reflejos del firmamento. Pese a que sus heridas
habían curado lo suficiente para moverse sin dificultades, Ciro se debilitó
rápido, lo que influyó en su ánimo. Cuando llegaron a las tiendas de cuero de
los soldados, los incursores se dividieron en grupos de tres o cuatro y
avanzaron indiferentes. Los que portaban hachas las mantuvieron a ras de
tierra. Llegaron al pabellón iluminado del comandante enemigo en esa hora
tranquila que precede al alba. Media docena de lanceros estaban sentados o de
pie delante del pabellón. La luz brillaba a rachas, como si en el interior hubiera
teas, y Ciro pensó que podrían serles útiles.
Encabezó
el ataque que superó a los guardias y cruzó los cortinajes. Comprobaron que el
enorme pabellón se dividía en compartimientos. Hárpago se encontraba en un
compartimiento, despierto y en pie entre dos teas humeantes. Cuando corrieron
hacia él, varios espadachines salieron de detrás de los cortinajes. Las armas
sonaron al chocar y se oyeron los gritos de los heridos cuando los incursores
lucharon con los guardias. Hubo un debilitamiento de las llamas, el hedor a
humor y una oscuridad casi total. Hárpago había arrojado las teas sobre los
combatientes. Su voz sonó estentórea:
─ ¡A
las armas, idiotas!
Como
sorpresa o reacción ante esa orden tajante, la lucha ceso y en ese instante
Ciro se percató de que había fracasado. Mediante una triquiñuela veloz como la
picadura de una serpiente, el armenio se había hecho con la situación. Por
sorprendente que parezca, Hárpago dio la orden de que todos salvo Ciro el
aqueménida se retirasen a la antecámara. Cuando lo miraron boquiabiertos, el
armenio exclamó:
─
¡Se ordena una tregua! Despellejaré personalmente al que no la cumpla.
En
cuanto los guerreros medos y persas se retiraron, Hárpago pidió a sus criados
que acercasen lámparas encendidas y un cuenco de vino jónico. Poco después
bebió vino y una mueca torció su rostro cetrino.
─
Ciro, supongo que a partir de ahora recordarás que los que llegan de la
oscuridad quedan deslumbrados por la luz. ¿Creíste que dormía sin un guardia al
lado?
Ciro
llevaba un cuchillo y podría haber matado al armenio, que no tenía puesta la
armadura. No le quitó la vida porque Hárpago había ordenado una tregua. Después
de tantos esfuerzos la debilidad hizo mella en sus extremidades. Estaba medio
cegado por las brillantes luces. Hárpago no le concedió un solo instante para
pensar. El armenio no se refirió a él dándole un título honorífico.
─
¿Creíste que sería incapaz de vengar la muerte de Vartan, mi hijo, cuyo cuerpo
fue troceado como carne para el carnicero?─ Sus ojos oscuros relumbraron. Ciro,
ordené a Vartan que te acompañase para cuidarte y protegerte.
Ofendido,
Ciro soltó el cuchillo y contó a Hárpago la verdad sobre la muerte de Vartan en
las estepas. El armenio lo escuchó con suma atención. Una extraña sensación de
familiaridad se apoderó de Ciro, como si volvieran a estar ante la lámpara del
eunuco, lo mismo que aquel amanecer en el patio de Ecbatana. Lo que allí había
comenzado parecía concluir aquí y Hárpago era consciente de lo que ocurría. El
general ofreció secamente asiento a Ciro y apartó el cuenco de plata vacío, al
tiempo que las arrugas de su rostro se acentuaban.
─
Creo que dices la verdad. Dime algo. Si un compañero con los huesos de la
cabeza rotos recabara tu ayuda, ¿cogerías los instrumentos del médico y lo
operarías con tus propias manos?
─
No. Sólo el médico puede hacerlo.
El
armenio rió sin emitir sonido alguno.
─
Sin la menor experiencia en la guerra, hace quince días asumiste el mando de
seis mil guerreros. Lanzaste a los asvaran, los mejores arqueros armados,
contra mi formación de lanceros, apoyados por armas arrojadizas. A raíz de tu
insensatez, ¿cuántas mujeres lloran a sus muertos en tu ciudad? Te diré el
total de manos cortadas a los cadáveres y apiladas ante mi tienda. ¿Dónde
estaban los arcos de los asvaran? ¿Te faltaron horas, acaso días, para rodear a
mi formación y ralearla a flechazos? ¿Podríamos haber obstaculizado el rodeo de
tus corceles nisayanos, los caballos más veloces que existen? ¿Teníamos alguna
posibilidad de escapar?
Ciro
se dio cuenta de que el armenio no hablaría así si esperara volver a
encontrarlo en el campo de batalla como enemigo. Hárpago siguió expresándose
ferozmente:
─
Sin duda Ciro, rey de Ansan y amo de las tres tribus, sintió el orgullo de los
héroes al galopar por la hierba a lomos de su corcel, rumbo al desastre. El
héroe es el débil que sólo piensa en morir para alcanzar un poco de fama. El
sarcasmo de Hárpago era como el de Vartan. He de apelar a las palabras más
sencillas para hacer mella en tu insensatez caballeresca. El comandante que
conduce a sus hombres al peligro no puede permitirse el consuelo de la
debilidad. El comandante debe desarrollar la astucia para parecer débil ante
sus enemigos si es fuerte y fuerte si realmente es débil; debe tejer una red de
mentiras alrededor de sus actos, tramar traiciones ocultas, robar secretos
hostiles, saquear riquezas y ser implacable hasta conseguir cuanto busca.
Ciro
esperó a que el armenio se refiriese al significado de lo que se ocultaba tras
sus palabras.
─
Todavía tienes lengua. ¿Qué prefieres ser a partir de ahora, un aqueménida
cubierto de gloria o un sabio dirigente? Ciro siguió esperando. Mi aqueménida
real, ¿tu inteligencia ha captado el hecho de que Astiages marcha detrás de mí,
a una semana de distancia? ¿No te has enterado? Astiages lo hace para
mantenerme vigilado o para regocijarse con tu caída. Has mancillado su dignidad
cuando te negaste a responder a su llamada y demostraste que no eras un fiel
rey vasallo, como tu padre. Francamente, no sé a qué lo atribuye... Con toda
probabilidad a las dos cosas. Fue lo bastante sagaz para quedarse con la
formación más poderosa, con las caballerías persas y la peligrosa Hircania bajo
su estandarte. Hárpago frunció el ceño, pensativo. Tengo sobradas razones para
suponer que cree que yo he alcanzado excesivo poder en las fuerzas armadas
médicas y que pretende una parte en el triunfo sobre ti, ya que de lo contrario
no habría abandonado su palacio, triunfo que significará el último sello en el
imperio de los medos.
Un
recuerdo casi olvidado iluminó a Ciro.
─ En
ese caso, se ha colocado la cumbre de oro sobre la gran torre de Ecbatana.
Hárpago
alzó la mirada sorprendido.
─
Así es. Vaya, recuerdas al mago vidente de la puerta. Es verdad. ¿Te acuerdas
de su profecía, según la cual el imperio de los medos se derrumbará cuando se
coloque el último piso de la torre?
─ En
eso estaba pensando.
Hárpago
tomó asiento junto a su cautivo y contemplo en silencio la llama de la lámpara.
Sufrió un sutil cambio.
─
Señor Ciro, posees una peculiaridad..., además de decir siempre la verdad.
Haces cosas inesperadas, lo que molesta al comandante enemigo. Hace media hora
pasé unos instantes de incomodidad. Miró el reloj de agua que se encontraba
junto a su diván. Es posible que el mago sea un enviado del dios que, sin que
yo lo sepa, te protege, y que en este momento te protege más que nunca. ¿Te
proponías vencer al ejército de los medos y quitar el poder a Astiages?
─
Todavía me lo propongo.
Las
barbas de Hárpago se separaron en algo parecido a una sonrisa.
─
Ciro, con esas palabras te has ganado las cadenas hasta que te pongan en la
hoguera a las puertas de Ecbatana, para que te retuerzas hasta perder la vida
como un pez. Si Astiages fuera Ciaxares, acabarías así. Si tenía la pretensión
de inculcar el temor en la debilidad de Ciro, el armenio no lo consiguió. El
aqueménida no dejó de sondear el propósito que se ocultaba tras esas palabras.
Astiages no es más que un cerdo rico que se revuelca en la basura. Pagó a una
banda de escitas cautivos para que te quitaran la vida en las estepas. Debió de
intervenir tu dios, porque en tu lugar mataron a mi hijo Vartan. Hárpago elevo
sus pesadas manos y las dejó caer. Mi casa está arrasada y ahora mi vida sólo
tiene un único fin: poner de rodillas a Astiages. Se puso de pie bruscamente y
gritó a través del cortinaje de la entrada: Perros, dejad de lameros las
heridas y corred a los comandos para informar que la tregua concertada en esta
tienda vale para el ejército y para los persas. Ciro me pide que haga correr la
voz.
El
armenio escuchó las carreras en la antecámara y se acercó en silencio para
espiar a través de las cortinas. Volvió a tomar asiento y nuevamente se dedicó
a contemplar la lámpara.
─
Concédeme unos instantes para pensar en el modo de acabar con el imperio de los
medos murmuró y se rascó la barba.
─ Te
doy todo el tiempo que necesites.
─ De
acuerdo. En este momento concreto, al otro lado de los cortinajes nadie puede
estar seguro de si tú eres mi cautivo o yo estoy en tus manos. Tomé la buena
precaución de librarme de testigos. Ciro, recoge el cuchillo y digamos que soy
tu prisionero. Hárpago frunció sus cejas tupidas. Exigirás la rendición de mi
campamento. Mis armenios obedecerán y los medos tendrán que hacerlo, les guste
o no. Veamos supongamos que mis fuerzas se dividen en cuatro detrás de las
tuyas, con las armas apiladas a su alcance. Dentro de una semana, Ciro, al
amanecer de otro día. Supongamos que Astiages nos ataca. Como me mandó en la
vanguardia para hacer el trabajo sucio, no tiene una observación directa de
nuestros actos. ¿Y los espías? Me rodean por todas partes, pero no será
negativo que informen de lo que han visto. Astiages lleva demasiado tiempo
acariciando a sus mujeres y han pasado muchos años desde que estuvo al mando en
una batalla. Se lanzará directamente para aplastarte y sus jinetes protegerán
su avance.
─ Si
me ven cabalgar en solitario, mis persas vendrán al galope a saludarme
apostilló Ciro.
─ Es
verdad. Y los hircanios los seguirán para ver qué ocurre. Te rodearán...,
detrás tendrás la caballería..., mis armenios armados..., rodearán al gran
monarca y sus guardias medos..., ¿acaso no les gustaría tener un jefe más
sagaz? Nosotros podemos ofrecérselo: Ciro, rey de los medos y de los persas.
Ciro
rió.
─
Hárpago, ¿no me has dicho que un jefe sabio teje alrededor de sus actos una
trama de mentiras? ¿Haces esto para engañarme?
El
armenio meneó sin ira su cabeza entrecana.
─
Ciro, aprendes muy rápido las lecciones sencillas. Sin duda te preguntas por
qué razón, si he decidido traicionar a Astiages, hace dos semanas libré contigo
una cruenta batalla. Era necesario engañar a Astiages. El hijo gordo de
Ciaxares puede ser indolente, pero no tiene un pelo de tonto. No debe tener ni
la más mínima idea de la trampa que le tendemos en las colinas. Hárpago se
acercó a la cortina y la abrió. Salvo algunos persas heridos, no había nadie.
Satisfecho, añadió en voz baja: Hijo de Cambises has de aprender una segunda
lección. Cuando capturemos a Astiages, te parecerá muy glorioso. Sin embargo,
sólo habremos atrapado a un hombre de paja, a un actor que sigue disfrazado
después de terminada la obra. Sólo alcanzaremos la victoria cuando nos apoderemos
de su ciudad, con sus tesoros y con la corte de los medos, antes de que otros
puedan hacerse fuertes en Ecbatana. Alzó su rostro cubierto de cicatrices hacia
la débil luz del día. ¡Que tu dios te ayude a convertirte en rey de los medos y
los persas! Ciro, supongo que entonces creerás en lo que ahora te digo.
Como
Ciro estaba cansado y agotado de tanto escuchar, sólo pudo hacerse ilusiones.
Diez
días después los jinetes de los caravasares y los espías extranjeros se
desplegaron por las carreteras que salían de las montañas de Pasárgada con
sorprendentes noticias.
El
gran ejército de los medos se rebeló y sus guerreros depositaron las armas ante
el pequeño rey de Ansan. Astiages el medo fue capturado por Ciro el persa. Ciro
no mató a Astiages ni quemó los ojos de su cautivo con un hierro candente. Ciro
mantuvo como rehén a Astiages en su palacio .
Los
mensajeros de la carretera del oeste comunicaron la noticia en Susa y se
dirigieron apresuradamente a Babilonia, donde reinaba Nabunahid. Pero los de la
carretera del norte, la de Ecbatana, fueron alcanzados antes de transmitir la
noticia.
§ El
juramento en el palacio de los medos
Sucedió
porque Ciro no podía conciliar el sueño la noche posterior a su victoria
incruenta en las colinas que servían de puerta a Pasárgada.
Los
poetas habían terminado sus cantos de alabanza, los oficiales habían buscado
alojamiento en el nuevo campamento y las hogueras de la alegría chispeaban en
las colinas oscuras. Una visión perturbaba a Ciro: el rostro regordete de
Astiages, surcado de lágrimas cuando los criados le quitaron la armadura de
placas de hierro y quedó ante ellos en sucia camisa y pantalón de montar. Un
recuerdo aguijoneaba a Ciro, pesado como un moscardón. Se relacionaba con algo
que Hárpago, el señor de los ejércitos, le había dicho aquel amanecer en su
pabellón.
Todo
sucedió como el armenio había previsto, de ello no cabían dudas. Hárpago dormía
en el mismo pabellón mientras Ciro meditaba en el salón de audiencias sin
techo, bajo la mirada de los guardias curiosos. Ciro volvía a estar cansado y
en medio del silencio podía buscar en su memoria las esquivas palabras que lo
atormentaban: las mentiras dichas como verdades. Era verdad que Astiages se
había convertido, simplemente, en un actor despojado de su disfraz. Y después
la victoria, la victoria que sólo se produciría cuando Ciro y Hárpago tomasen
Ecbatana. Ciro meditó hasta que las palabras crearon una cantinela como las
ondas en el río. Escuchó el sonsonete del agua y se relajó. Hablaba con una voz
nueva, con una voz que lo protegía. Percibió que su amistoso fravashi se
acercaba para darle calor.
Una
luz alumbró la oscuridad de sus pensamientos. Rió y levantó los brazos. La
victoria sólo se produciría cuando tomaran Ecbatana, pero no sería la de Ciro,
sino la de Hárpago. En esa ciudad meda Hárpago, el gran comandante, proclamaría
la rebelión de los persas ¡ay!, después de haberlos reducido personalmente en
la primera batalla y la captura de Astiages. Una vez en su ciudadela, el señor
de los ejércitos se rodearía de partidarios y tal vez seguro que sí nombraría
como gobernante títere a algún mocoso de Astiages para ignorar a Ciro el
aqueménida como actor insensato que, después de interpretar su papel, pretende
convertirlo en realidad. Hárpago había ocultado este propósito tras una
pantalla de verdades a medias, más engañosas que las mentiras. Podía tener la
certeza de que se cumpliría porque Astiages era impopular y Ciro un desconocido
en Ecbatana, la ciudadela de los medos.
El
hijo de Cambises actuaba de inmediato siempre que veía claro el camino. El gran
campamento de Pasárgada dormía con excepción de Mitradat y los jefes de las
tres tribus, que caminaron y hablaron apremiantes a su lado a medida que guiaba
un caballo descansado hacia el barranco del norte. Lo seguían los
supervivientes de los cien, cada uno en compañía de un camarada despertado para
esa misión, y todos llevaban una montura adicional. Portaban algunos
estandartes capturados a los medos y la armadura con incrustaciones de oro de
Astiages que dormía a pierna suelta en el palacio residencial de Ciro, cuyo
grotesco casco ostentaba una cabeza de grifo con brillantes piedras preciosas a
modo de ojos. Ciro sólo vestía una capucha persa y un manto sencillo y se mantenía
en el seno del grupo de ciento cuarenta jinetes selectos.
Al
día siguiente alcanzó a los mensajeros extranjeros de la carretera del norte,
los hizo desmontar y les ordenó que los siguiesen a pie. Había aprendido que no
era fácil cortarle el paso si nadie sabía de su llegada.
Una
caravana demoraba treinta días en cubrir las etapas de Pasárgada a la ciudad
del gobierno de los medos. La quinta mañana del viaje, Ciro y sus seguidores se
presentaron en la puerta, bajo la cumbre de granito de Alwand. A esa hora
temprana nadie les impidió el paso porque parecían un destacamento de jinetes
persas que portaban los estandartes con el águila de bronce del ejército
médico. Una vez en las calles se quitaron los mantos y se dividieron en
patrullas, convocando a oficiales y terratenientes a que se dirigiesen sin
demora al salón de festejos del palacio por orden del gran rey, del rey de las
tierras.
Durante
generaciones los audaces medos habían copiado el protocolo de los antaño
espléndidos asirios y se habían acostumbrado a asistir a las ceremonias según
les daba la gana. Disfrutaban del placer de levantarse sin prisas y de dejarse
vestir por las manos hábiles de los esclavos. Muchos de los que a lo largo de
la mañana entraron en el salón de Astiages se habían puesto barbas postizas
para acrecentar su dignidad y largas túnicas trenzadas para hacer alarde de su
riqueza. No llevaban más armas que puñales de gala.
Se
encontraron con que Ciro los esperaba, instalado en el trono de mármol tallado
y con la armadura bélica de Astiages ante el reposapiés.
Los
habituales lanceros con túnicas habían desaparecido de su puesto junto a las
paredes laterales, en los que unos cuarenta persas con los arcos tensos
vigilaban a los visitantes. El propio Ciro llevaba vestimenta de batalla y sus
palabras resonaron como el choque de las armas. Comunicó a los oficiales y a
los señores de las plantaciones la rendición y el cautiverio del último
gobernante, Astiages, hijo de Ciaxares; les ordenó que le prestasen juramento
de fidelidad como rey de medos y persas, como sucesor de Ciaxares.
─
Hacedlo, hombres de nombre excelso, y vuestras vidas y hogares, vuestras
mujeres y riquezas seguirán como siempre garantizó al primer grupo de grandes.
No tendréis tantos banquetes y os aseguro que cumpliréis vuestros deberes. Eso
digo yo, Ciro el rey.
Mientras
luchaban por combatir su asombro e intentaban comprender lo ocurrido, la voz
diáfana de una mujer retumbó por encima de los grandes:
─
Ciro, hijo mío, has regresado vencedor, como esperaba y por lo que tanto he
orado. Eso digo yo, Mandane la reina.
La
mujer observaba desde la galería cerrada de las mujeres. Temerosos, muchos
medos dirigieron la mirada hacia la imagen de piedra de Ishtar, diosa de
Babilonia. La mayoría prestó juramento de inmediato Uno de ellos, Abradat, que
había sido heraldo en Pasárgada, se negó y sostuvo que estaba destinado a
servir a Astiages mientras viviera.
Ciro
lo reconoció.
─
Señor Abradat, te aseguré que el propio Astiages no me daría la bienvenida al
verme y así ha ocurrido.
Ordenó
a los soldados que desnudasen al testarudo medo y lo encerraran en el parque de
caza de las bestias salvajes. Abradat no tardó en protestar y pidió que le
diesen armas para morir con honor en el salón de los nobles en lugar de ser
arrojado a las bestias.
─
Cuando hace años me arrojaron a las bestias salvajes, no me pareció muy
peligroso aseguró Ciro y se ocupó de que cumplieran sus órdenes. Íntimamente
respetó al heraldo porque había hablado sin miedo. Dijo a los demás medos:
Cuando llegue el momento, valoraré la fidelidad de ese hombre más que la
vuestra.
Los
grandes tuvieron la sensación de que Ciro el aqueménida poseía la finalidad
implacable y el juicio presto de Ciaxares, el fundador de su dominio. De
momento se dieron por satisfechos con doblegarse ante él. Debido a la
indolencia de los cortesanos, transcurrió la mayor parte de la jornada hasta
que los últimos prestaron juramento de fidelidad a Ciro y se sirvieron
alimentos. Para entonces las calles bullían con rumores y preguntas. La
autoridad parecía emanar del salón de palacio y sólo los asvaran persas
respondían a las preguntas mientras patrullaban por las calles.
Después
del crepúsculo y, hasta cierto punto, para sorpresa de Ciro, Hárpago entró
apresuradamente en el salón en compañía de sus guardaespaldas. El señor de los
ejércitos observó a los reunidos en torno a los cuencos de vino y a Ciro,
solitario en el trono, con los arqueros a su espalda. Hárpago suspiró de
cansancio y extendió sus manos abiertas; se acercó a la plataforma, miró de
derecha a izquierda y habló en voz baja:
─
Ciro, eres mejor jinete que yo.
Ciro
asintió con la cabeza y aguardó.
El
armenio rascó su barba enmarañada y acarició la cadena de oro con la cabeza de
león que colgaba de su cuello. Parecía viejo y cansado.
─ Es
verdad que deseaba una cosa por encima de todas las demás: poner de rodillas a
Astiages declaró roncamente. Lo he visto llorar. En este sentido, conservo la
confianza en ti. Recuerda que en una ocasión te salvé la vida en mi tienda.
Piensa ahora de qué manera puedo ayudarte como comandante del ejército de los
persas y los medos. No tengo nada más que decir. Se quitó la cadena con la
insignia, la dejó en el suelo, se postró a los pies de Ciro y dijo en voz alta:
Yo, Hárpago, señor de Ani, señor de los ejércitos médicos, pongo mi vida y
todas mis posesiones en manos de Ciro, nuestro rey.
Ciro
lo ayudó a levantarse y le permitió permanecer de pie detrás del trono; a
partir de ese momento mantuvo a Hárpago a su lado, aunque durante tres años no
concedió al armenio mando autónomo. A medida que envejecía y como tal vez era
indiferente al poder político, el astuto Hárpago acabó por conceder al joven
aqueménida la devoción que había sentido por su hijo asesinado. Es posible que
a través de Ciro cumpliera vicariamente sus propias ambiciones. Como estratega
era extraordinario y Ciro resultó ser igualmente excepcional como gobernante.
La
reina Mandane le dio su opinión. Cuando por la mañana despertó en Ecbatana,
Ciro se encontró con esclavos inmóviles que aguardaban para echarle agua limpia
sobre las manos y la cabeza. Al salir a la terraza para orar ante el sol
naciente vio que lo esperaban Mandane, hija de Nabucodonosor, sentada delante
de sus criadas, y varios eunucos. Pese a que la reina llevaba corona y medio
velo, la luz del sol dejaba ver la pintura que ocultaba las arrugas de su
rostro maduro. En este caso Mandane quiso presentarse bajo la forma de mujer de
la realeza, en lugar de como la ramera consagrada a la gran diosa. Cuando Ciro
terminó de orar, Mandane inclinó la cabeza hacia él.
─
Hijo mío, has cambiado. La sabiduría ilumina tu mirada y en ti se nota la
fuerza de Marduk, adalid de los dioses. Precisamente por esto temo todavía más
por ti. ¡Ay!, has perdido mi regalo mientras combatías el Mal, del mismo modo
que Marduk luchó contra la monstruosa Tiamat, que creó la vida con la oscura
fuerza del Mal Mandane lo observó atentamente y suspiró. Lo que más temo es que
la gran diosa se haya ofendido por algo que has hecho. Tal vez heriste a alguna
de las mujeres que aprecia. Tu ofensa no me ha sido revelada. Ciro, hijo mío,
una mujer, una mujer que envejece, como yo ahora, no entra en razones sobre la
voluntad de los dioses ocultos. Posee una comprensión inaccesible para los
hombres o no entiende nada. Ya no puedo ver qué dicen las tablillas de tu
destino. Sólo deseo protegerte, como lo hice durante tu osado arrebato en el
gran salón y nuevamente ayer, cuando los grandes de la corte no sabían qué
hacer contigo.
Ciro
pensó que Mandane no estaba muy dolida por haberse convertido en una esposa
afligida. Le prometió que conservaría sus cámaras, sus criados y sus tesoros
personales y que sería tratada con los honores debidos a su madre adoptiva.
Esas palabras parecieron satisfacerla, pero frunció el ceño, volvió a suspirar
e irguió orgullosa su esbelto cuerpo.
─ Te
agradezco semejante decisión. Sin embargo, el recuerdo de Astiages perdura en
estas cámaras de piedra como el olor de un jabalí en celo. Así es, Astiages
atiborró su cuerpo hinchado con carnes preparadas con especias y descargó su
lujuria en los cuerpos de las esclavas disciplinadas en los placeres lidios.
Fue una mota de polvo en mis ojos, una costra dura en mi garganta. Su muerte
animaría mi corazón. Los ojos oscuros de la princesa caldea miraron suplicantes
a Ciro por encima del delgado velo. En Babilonia mi padre, Nabucodonosor,
favorecido por Nabu, dios del destino escrito, triunfador incluso sobre
Marduk..., en cierta ocasión mi padre fue muy considerado con una novia que era
princesa meda, de cuerpo rollizo, pese a que tenía el pelo sedoso y magníficos
dientes, como todas las arias. Cuando echó de menos las montañas en las que
había nacido, mi padre le construyó un jardín sobre la cumbre del techo más
alto, un jardín colgante en Babilonia, desde el cual la princesa podía
contemplar la gran ciudad hormigueante como si estuviese en la cima de sus
colinas. ¡Ay!, Ciro, ¿acaso soy menos que ella? Es verdad que mi corazón anhela
Babilonia. El consuelo del excelso jardín calmaría la pena de la anciana que
sigue siendo tu madre y protectora.
Durante
la primera sesión de la corte de esa mañana, Ciro ordenó que honrasen a Mandane
en sus aposentos y que la mantuviesen dentro de los límites de Ecbatana. Los
escribas anotaron sus palabras y los oficiales inclinaron la cabeza para
demostrar que aceptaban las órdenes escritas. Semejante ceremonia llamó la
atención en el salón del rey medo. Cuando los medos se dirigían a él, se ponían
la mano derecha ante los labios como si quisieran protegerlo de los vahos de su
aliento..., o tal vez para demostrar que no llevaban armas ocultas. Fue un
gesto que exasperó a Ciro, que gustaba de resolver las cuestiones prestamente.
Cuando
montó a caballo para inspeccionar la nueva torre de zigurat [1] los
trompetistas trotaron a sus espaldas y emitieron un sonido metálico mientras
los escribas se recogían las túnicas y apretaban las tablillas en pos de Ciro
al tiempo que el gentío se apiñaba junto a las fachadas para mirar con
curiosidad al nuevo monarca.
Ciertamente,
la nueva torre estaba terminada; su cumbre de oro puro brillaba. Ciro se detuvo
para estudiarla y un grupo de cavadores se arrojó al suelo boca abajo, con
excepción de un hombre con cicatrices profundas que entrecruzaban los huesos
salientes de su cuerpo desnudo. Se apoyó en la pala de pedernal junto a un
árbol a medio plantar y miró a Ciro mientras las moscas se apiñaban sobre las
llagas de sus hombros, irritados por el yugo. Ciro lo reconoció a pesar de lo
desfigurado que estaba.
─
Mago, tu profecía se ha cumplido declaró el aqueménida.
El
prisionero sometido a trabajos forzados meneó la cabeza.
─ Lo
dijo Zaratustra. Alzó la vista hacia la brillante torre y añadió casi con
desdén: No hacía falta poseer una gran sabiduría para prever que un monarca
humano que buscaba tesoros en lugar de su propio destino pronto dejaría de
gobernar.
Al
oír la voz del cavador, un capataz se acercó con el látigo en alto, pero Ciro
lo obligó a retroceder.
─
Mago, en cierta ocasión me invitaste a compartir tu comida. Te ordeno que te
reúnas conmigo y mis amigos para discutir los misterios que me son
desconocidos.
El
hombre cubierto de cicatrices acarició la pala y su voz sonó agitada:
─
No, Ciro, el reino que busco es muy distinto. Sólo se trata de la vida eterna.
─
¿Dónde?
El
mago se apartó las moscas de los ojos y respondió:
─ No
lo sé, a menos que se trate del reino que contempla el sol, hacia el este.
Esas
palabras despertaron el recuerdo de la patria aria bajo el sol naciente,
recuerdo que siempre acompañaba al aqueménida.
─
¿Por qué ruta realizarás el viaje hasta ese reino?
─
¿Ruta? El esclavo lleno de cicatrices abandonó su meditación, rió y alzó la
pala de pedernal. Cógela con tus manos. Desmonta y ocúpate del crecimiento de
las plantas de la vida. De lo contrario, quien quiera que busque mi reino no
encontrará nada.
A
Ciro el rey le molestó que sólo ese hombre le hablase desafiante. Se dijo que,
al igual que los sacerdotes del templo, el mago repetía las frases que algún
maestro le había enseñado. De todos modos, creyó entender su significado.
─
Ponlo en libertad ordenó Ciro al capataz. Báñalo, vístelo y llénale de plata
las manos. Frenó el caballo y se dirigió al escriba que tenía dudas: Mira qué
ruta coge y dímelo.
Muy
poco después el escriba informó que la orden se había cumplido.
─
Gran rey, el mendicante preguntó por el camino de Bactria en el caravasar.
Luego pagó dos siclos de plata por un burro de morro blanco y partió por la
carretera de Hircania, hacia el este.
Sucedió
que años después el propio Ciro viajó hacia el oeste.
No
pudo evitarlo. Como los medos eran parientes próximos de los persas, aceptaron
sin protestar que el joven Ciro reemplazase al envejecido Astiages siempre que
no se modificaran sus costumbres. Ciro se ocupó de respetar este deseo. No
obstante, el dominio de los medos se extendía casualmente por montañas y
desiertos, sin más centro que Ecbatana. Astiages se había dado por satisfecho
con dormitar cómodamente, pero Ciro no estaba tan contento. De momento, no
podía convertir a su lejana Pasárgada, asolada por la pobreza, en el centro de
su reino. De hecho, la elección de capital perturbó a Ciro y a sus
descendientes durante muchos años. Aún poseía el instinto del nómada y resolvió
el problema gobernando a caballo.
Ciro
ordenó que trasladasen a Mitradat a la ciudad de los medos en una parihuela
tirada por caballos y le entregó el gobierno en tantokhshatra pavan o
comandante del rey, al que los griegos llamaron sátrapa. Simultáneamente Ciro
envió el tesoro de Ecbatana los lingotes de plata, los metales preciosos y las
joyas a su ciudad natal para ponerlo bajo custodia. También mantuvo allí
Astiages, rodeado de todas las comodidades imaginables en cuanto a alimentos y
bebidas. Al parecer, el vino de los forasteros tenía una virtud: embotaba la
mente del bebedor.
Ciro
se propuso cabalgar por su dominio ampliado para comprobar de qué forma actuaba
el gobierno copia de los distritos asirios en las tierras más remotas. De esta
manera quiso satisfacer su deseo de actuar, pero no llegó muy lejos.
Las
noticias sobre su toma del trono se transmitieron velozmente a los reinos de
las afueras y llegaron a la corte de los faraones, a orillas del Nilo. Como de
costumbre, los rumores viajaron con las noticias y llegó a decirse que Ciro se
había presentado como el rayo con un ejército de conquistadores, lo cual no era
cierto. Llegaron emisarios de Tiro, hacedor del tinte púrpura, y de Gaza el
tesoro, hacedor de cristal, para conocer las fuerzas y las intenciones del
usurpador del gran trono. Esos embajadores─mercaderes poco averiguaron, salvo
que las fuerzas armadas se desplazaban por las montañas.
En
los ardientes callejones de Babilonia, junto a las aguas del río, el profeta
Jeremías había declarado que el Señor reunía un conjunto de grandes naciones en
el país del norte. Les había enviado su mensaje. Disponeos contra Babilonia.
Los
que tensáis el arco disparadle y no ahorréis flechas, pues ha pecado contra el
Señor. Vengaros de Babilonia; hacedle lo que ella ha hecho.
Los
hebreos apenas llamaron la atención porque estaban acostumbrados a despotricar
de esta guisa contra sus amos. El primero en estorbar a Ciro fue Creso de
Lidia, el monarca más cultivado y más acaudalado de la época. De todo ello
surgieron los inicios de la perturbación que provocó un gran cambio sobre la
tierra.
Capítulo
3
El
tesoro de Creso
Contenido:
La
profecía del oráculo de Delfos
La
revelación de Gubaru
El
casco que cayó en Sardes
El
encuentro de Ciro con los espartanos
Los
sabios de Mileto
Hárpago,
sátrapa de Jonia
La
llegada del gran cambio
La
locura de Ciro
§ La
profecía del oráculo de Delfos
En
Samos, una isla del Egeo, un ingenioso esclavo llamado Esopo había alcanzado
cierta fama como narrador de fábulas. Es probable que no inventara las fábulas
de los animales parlantes, pero Esopo las narraba con gracia y en un rincón del
mercado el gentío solía reunirse para escucharlo. En el mismo año en que Ciro
se convirtió en rey de los medos el año 550 antes de Cristo, según el
calendario cristiano posterior, el esclavo Esopo murió en extrañas
circunstancias.
Al
parecer, una de las fábulas de Esopo tuvo importancia política. Se refería al
pueblo de las ranas, que se hartaba de tener como rey a un leño estúpido e
invitaba a una apuesta cigüeña a convertirse en monarca de las ranas; el rey
Cigüeña gobernaba devorando a sus súbditos. Mejor dicho, el relato pareció
contener una moraleja política para el enérgico tirano de Samos que había
reemplazado al antiguo consejo de los ancianos. Como no estaba dispuesto a
ejecutar al narrador popular, el eficaz tirano consintió el oráculo de Apolo,
en el valle de Delfos, y acompañó su consulta con un generoso donativo en
dinero. Claro que el juicio salió de la boca de la pitia, sentada sobre los
vapores del abismo, si bien los sacerdotes perfectamente informados lo
escribieron de antemano e instruyeron a la mujer para que repitiese el texto.
En este caso, la respuesta del oráculo decía que Esopo debía morir y que sus
herederos, si los tenía, habían de ser recompensados con oro rojo. Todo se hizo
de acuerdo con las exigencias del oráculo.
Dicen
que cuando conoció la sentencia, el esclavo Esopo narró la fábula del viejo
perro de caza que, paralizado por la vejez, no pudo perseguir un conejo y
atraparlo, razón por la cual su amo lo apaleó implacablemente. La moraleja
consistía en que un sabueso fiel era descartado cuando le fallaban las fuerzas.
Esta penosa fábula no postergó la ejecución de Esopo. Poco después llegó al
santuario de Delfos una consulta mucho más importante, acompañada por un
extravagante regalo de lingotes de plata para los sacerdotes. La pregunta,
planteada por Creso de Lidia, rezaba así:
¿
Qué consecuencias sufriré si guío al ejército a través del río Halys contra los
persas ?
No
era una consulta tan simple como parecía. El río Halys había constituido la
frontera entre Lidia y Media desde que un eclipse de sol paralizó a los
ejércitos enfrentados en el campo de batalla y el político Nabucodonosor
intervino para concertar una tregua entre los lidios y los medos. En realidad,
el vencedor Creso deseaba saber si debían mantener la paz existente o atacar de
inmediato a Ciro, que no era más que un advenedizo y un persa casi desconocido.
¿Obtendría beneficios del desorden del gran imperio médico?
La
alta estima que Creso tenía por el oráculo no correspondía a la superstición,
sino al profundo respeto por la habilidad política de los sacerdotes que
estaban al tanto de los acontecimientos. Los acaudalados reyes Midas de las
montañas allende Sardes habían establecido la práctica de hacer analizar los
problemas por el oráculo; Creso, afortunado hijo de un padre conquistador,
poseía actualmente la tierra de los Midas y el Oro del río que lo vio nacer, el
Pactolo; empero, el grueso de sus riquezas legendarias correspondía al control
lidio de la ruta comercial por la que se trasladaban materias primas del Lejano
Oriente a los puertos jónicos del Gran Mar. Desde esos puertos las flotas
comerciales fenicia y griega transportaban las mercancías acabadas hacia el
oscuro y bárbaro Occidente.
Los
lidios que se desplegaban de esa manera habían creado una gran metrópoli en la
ciudad interior de Sardes, un emplazamiento muy antiguo a los pies del sagrado
monte Tnolos. En Sardes habían cultivado el arte de vivir. En este sentido sólo
los egipcios los superaban y el pueblo de los faraones fueran quienes fuesen
los faraones se aferraba al Nilo dador de vida. Los lidios habían actuado como
defensores en la guerra de Troya, que alcanzó fama imperecedera gracias a los
cantos de los poetas homéricos. Los lidios también deseaban la fama, pero se
consagraron a vivir plácidamente. Acuñaron la primera moneda comercial grabando
discos de una aleación de oro y plata; también crearon juegos de dados y de
pelota, importaron cocineros extranjeros, fabricaron pequeños vasos para hacer
brindis, arpas para sus cantantes y exportaron eunucos a pueblos más salvajes,
como los medos. Las mozas de la clase vulgar reunieron la dote matrimonial
haciendo de prostitutas. Se dice que cuando los ciudadanos de Sardes erigieron
una cúpula sobre cimientos de piedra en memoria de los dioses que habían sido
sus antepasados, las prostitutas fueron quienes más contribuyeron a los fondos
para el edificio. No eran arios.
Para
gobernar las ciudades sometidas, los lidios establecieron el cómodo método de
regirlas por medio de un tirano local, el modo en que denominaban a un dictador
inteligente. Un hombre de autoridad tan singular de Éfeso o Samos podía
satisfacer los deseos de Sardes en ese momento, los de Creso siempre y cuando
no resultase lesionado ni se impusieran impuestos excesivos a sus súbditos. Y
Sardes, representada por Creso, tuvo el buen tino de ser tolerante y perspicaz.
Sucedió
entonces que Creso solicitó consejo al oráculo de Delfos. Era un hombre
complicado en virtud de su cultura. Había aprendido a usar las riquezas en
lugar de desperdiciarlas en adornos o de atesorarlas ──pese a lo que de él se
decía, como hacían los monarcas escita o medo. En su comedor los adornos eran
fragmentos de mármol o de bronce modelados por los artistas. Sus estatuas
poseían una cualidad singular, totalmente novedosa: semejaban seres humanos más
que dioses benévolos o monstruos malignos. También estaban dotadas de belleza.
Crear algo simplemente bello era algo insólito, salvo en la olvidada Creta de
Minos.
Aunque
ávido de victorias, el lidio Creso temía las calamidades; presa de sus propios
deseos, todavía soñaba con elevar a sus súbditos; su orgullo anhelaba rodearse
de esplendores y el ingenio le advertía que los dioses castigan la grandeza en
los seres humanos. Tenía miedo de la diosa Némesis. Tal vez su gran debilidad
consistía en que era incapaz de tomar una decisión.
Al
analizar la respuesta del oráculo, la encontró críptica: Si cruzas el río Halys
destruirás un gran imperio. A Creso ni se le pasó por la cabeza la idea de que
ese imperio podía ser el propio. Sabía que sólo poseía un reino acaudalado y,
en consecuencia, el gran imperio tenía que ser el dominio de los medos. Al
menos eso pensó.
Por
eso Creso reunió un ejército y lo condujo hacia el este, contra los persas.
§ La
revelación de Gubaru
Un
correo dio a Ciro la noticia de la marcha de los lidios cuando el aqueménida se
encontraba en los pastizales de los nisayanos y se disponía a viajar hacia el
este, rumbo al Desierto de la Sal. En lugar de consultar el oráculo, Ciro
cabalgó inmediatamente hacia el sur para recabar el consejo de Gubaru, señor de
Susa. Hacía años que no pisaba el cálido sur de Elam y lo encontró fresco y
verde de cereales jóvenes. Como en la primera visita, Gubaru salió de la puerta
de palacio abierta a su encuentro y en esta ocasión portaba cuencos iguales con
tierra y agua como señal de sometimiento pacifico. Al envejecer, Gubaru había
ganado en dignidad; esperó respetuosamente en silencio a que el joven vencedor
lo saludara y Ciro pensó que el elamita estaba tan viejo como su padre, pero
que era más tranquilo.
─
¿Qué me ofreces? preguntó el aqueménida.
Gubaru
le replicó con ceremoniosa voz baja: el sometimiento de la tierra de Elam, que
había rendido tributo a los medos, se ofrecía ahora a Ciro, rey de los medos y
de los persas.
Ciro
tocó la tierra y el agua y las dejó a un lado. Dijo para que todos los oyesen
que a partir de ese momento Gubaru se convertía en khshatra payan de Elam y que
nada más cambiaría.
─
Señor Gubaru, has alimentado esta tierra, has aumentado los rebaños y los
trabajadores cantan en tus campos. Se ha convertido en una tierra feliz..., y
espero que siga así. Eso digo yo, Ciro el rey.
Es
posible que Gubaru estuviera sorprendido, pero sólo manifestó su alegría,
estrechó la mano de Ciro entre las suyas y preguntó qué servicios podía prestar
al real invitado pues sabía que el aqueménida no se había desplazado a Susa
sólo para admirar su agricultura.
─ En
cierta ocasión, a la muerte de Nabucodonosor, me dijiste que te consultara le
recordó Ciro. Fui incapaz de hacerlo. Ahora tengo que decidir cómo comportarme
con el gobernante de los lidios, al que no conozco.
Después
de enterarse de las noticias del norte, Gubaru no dijo nada hasta agasajar a su
real invitado, mientras su hija Amitis le ofrecía exquisiteces como dátiles
acaramelados y pasteles de miel. A continuación dijo que los dos apelarían a la
sabiduría continua de sus consejeros. Ciro supuso que lo conducirían a la
presencia de los ancianos y los portadores de la ley de Elam, pero Gubaru lo
llevó a una nueva estancia palaciega, donde varios eruditos estudiaban pieles
de cordero escritas y grababan tablillas de arcilla. Cual fragmentos de un
tesoro, los escritos estaban colocados en atriles junto a las paredes y Gubaru
explicó que contenían un caudal de sabiduría porque albergaban el registro del
pasado.
─
Asurbanipal, el último asirio, poseía una biblioteca aún más inmensa. Más le
habría valido permanecer entre sus paredes en lugar de subir al carro de la
guerra. Ciro, que no sabía leer, aguardó pacientemente a que el elamita erudito
respondiese a sus preguntas pero, como si cumpliese un ritual, Gubaru cogió una
lámpara, acarició los pergaminos y las tablillas y explicó sus mensajes.
─
Estos guardan el secreto de la caída de los hititas, grandes en valor, y
después de ellos la de los belicosos asirios. Sus fuerzas no pudieron soportar
calamidades. Lucharon entre sí, como la Babilonia de los Sargones, y fueron
ciegos a males mayores.
Sobre
sus tierras, insistió Gubaru, cabalgaron los salvajes cimerios y los gimirrai,
que salieron de la lejana oscuridad del norte. Los cimerios saquearon cuanto
estaba construido, tanto templos como palacios. Gubaru leyó un pergamino de
antigua escritura aramea curva:
Son
crueles; montan en caballos dispuestos como hombres para guerrear contra ti,
oh, hija de Sión. La angustia se ha apoderado de nosotros, y también el dolor,
como el de una parturienta. No avances hacia el campo porque la espada del
enemigo y el temor te rodean por doquier.
Así
rezaban los lamentos del hebreo Jeremías. El miedo dejó impotente al pueblo
durante una generación y la peste siguió a los jinetes.
─
Dos adalides se alzaron contra los jinetes añadió Gubaru, pensativo. Si,
Ciaxares el medo y Aliates, padre de Creso el lidio. Aunque combatieron la
calamidad de la invasión, el miedo y la peste persistieron. Los medos lucharon
contra los lidios. Nabucodonosor, mi señor, venció a los egipcios. Quiso
fortificar Babilonia para protegerla de toda invasión futura. Yo trabajé con
sus ingenieros en la construcción de la muralla contra los medos mientras el
clarividente Nabucodonosor, que sobreviva en paz su alma perturbada, establecía
con Lidia un tratado de amistad. Lo llamaron el caldeo porque compartía la
perspicacia de los astrónomos. Dicen que dilapidó las fuerzas de su pueblo en
la construcción de las fortificaciones, pero tras ellas Babilonia prosperó durante
una generación, hasta ahora, en el comercio y la riqueza.
Gubaru
dejó la lámpara y cruzó las manos.
─
¡No me has dicho nada! ─se quejó Ciro, exasperado.
─
Señor Ciro, te lo he dicho todo. Lo que ha ocurrido volverá a suceder a menos
que se modifique con un nuevo rumbo que supere al viejo.
Ciro
meditó y comprendió que el anciano elamita le había descrito el conflicto de
una ciudad contra otra, de Babilonia contra Nínive, de Ecbatana contra Sardes,
y la calamidad todavía peor de la invasión de los nómadas del norte, fuesen
escitas o cimerios. En ese momento Ciro sólo deseaba replegarse en su propio
valle y cuidarlo como Gubaru había atendido la antaño la desolada tierra de
Elam.
Cuando
se lo explicó, el viejo estadista meneó la cabeza.
─ Lo
único que no puedes hacer es replegarte. Tengo entendido que tu padre lo
intentó con rara habilidad. Sin embargo, el rey de los medos debe proteger a
todos sus súbditos, que son muchos. En este momento parece que los lidios
asedian a tus capadocios en su remota ciudadela, que por casualidad se
encuentra entre las ruinas de los hititas. Gubaru sonrió al evocar un fugaz
recuerdo. ¿El sucesor de Ciaxares tiene alguna opción que no sea marchar en
auxilio de los bárbaros capadocios? Haga lo que haga, ¿podrá evitar el mal de
una nueva guerra?
Ese
razonamiento implacable agobió al aqueménida, que declaró:
─
Puedo convocar a mis asvaran, cabalgar hasta esa frontera, resolver los
problemas por mí mismo y hacer luego lo que me parezca mejor.
Las
arrugas del rostro inexpresivo del elamita se acentuaron.
─ Lo
temía. He intentado poner en claro algunas consecuencias. La cuestión que
realmente ronda tu mente es ésta: ¿cómo puede ayudarte el indigno Gubaru en tu
primera empresa bélica? Suspiró. Si no quieres hacer caso de las lecciones del
pasado, sígueme y escucha la voz de la experiencia.
Llevó
a Ciro y a Hárpago a la presencia de los ancianos de Elam. Después de escuchar
a qué se enfrentaba el aqueménida, los ancianos meditaron, sentados como jueces
que atienden una súplica. Juntaron sus viejas cabezas y mascullaron antes de
transmitir su decisión a Gubaru.
─
Estos sabios ven en tu camino una dificultad grande y oculta anunció Gubaru. El
lidio Creso se ha fortalecido mediante alianzas con el faraón de Sais, que se
beneficia de su comercio, con los reyes de Esparta que lo admiran y con
Esagila, la ciudadela de Babilonia. Por consiguiente, tendrías que afrontar
cuatro enemigos en lugar de uno. Además, las flotas de los espartanos y los
carros de los egipcios se encuentran muy lejos y tardarán muchas lunas en
llegar a Sardes. Empero, la poderosa Babilonia está cerca. Los ancianos te
aconsejan que, sin más dilaciones, ofrezcas a Babilonia un tratado de defensa
mutua. Con esa propuesta en la mano, los estadistas caldeos estarán dispuestos
a aguardar vigilantes hasta comprobar si Creso puede derrocarte o a la inversa.
Pase lo que pase, contarán con un tratado con el vencedor y obtendrá ventajas
de la guerra de los otros.
Ciro
interrumpió los argumentos sobre los detalles del tratado con Babilonia para
decir que no estaba dispuesto a firmarlo. En su opinión, un amigo debía ser
tratado como amigo y un enemigo como tal, sin la cobertura del engaño. Los
ancianos menearon desaprobadores las cabezas hasta que Hárpago encontró la
solución. Dijo que Elam, actualmente tributaria de los medos y los persas,
podía ofrecer a Babilonia el tratado de no agresión. De esa forma Ciro no se
comprometía y los caldeos supondrían que Gubaru buscaba alguna ventaja para sí
y que estaría atento para comprobar si de ese modo obtenían más beneficios que
por sí mismos.
Ciro
dejó que Hárpago analizara con los ancianos los pormenores del tratado con
Babilonia, condujo a Gubaru fuera de palacio y bajaron por el puente hasta el
agua que fluía. Necesitaba despejar de su mente el clamor de la controversia.
─ Mi
padre está en su tumba dijo. Gubaru, te adopto como padre. De esta forma el
vínculo entre nosotros jamás se romperá.
Gubaru
quedó sorprendido y conmovido. Esa noche dio pruebas de que había aceptado el
vínculo de sangre.
Esa
noche, cuando fue en busca de su aposento, Ciro encontró que el interior estaba
iluminado por una lámpara. La hija de Gubaru sostenía la lámpara con las dos
manos y le habló:
─
Señor aqueménida, estoy convencida de que serás clemente con nosotros. Miró a
Ciro a los ojos y sonrió ligeramente. Ahora que soy tu hermana, si lo deseas
puedes encontrar placer en mí.
De
esa forma aquella noche Amitis proporcionó a Ciro consuelo y placer. Con sus
actos se convirtió en su segunda esposa, aunque un hijo suyo sería inferior a
los que Ciro ya tenía. Estaba claro que Gubaru no lo traicionaría.
Con
esa certeza, Ciro emprendió su viaje al encuentro de Creso a principios del mes
de nisán (546 a.C.), cuando las caballadas podían alimentarse con hierba nueva.
Envió un emisario con una oferta de conciliación:
Que
el rey lidio se reconozca como comandante y protector de Ciro, rey de los medos
y los persas. Si así lo hace, podrá gobernar sus pueblos y la ciudad de Sardes
como ahora; su vida y su familia seguirán como siempre y no cambiarán por su
sometimiento a Ciro como jefe supremo.
A su
debido tiempo, Creso envió su respuesta lacónica y desdeñosa:
El
rey Creso jamás ha acatado las órdenes de otro. Menos aún hará caso de la orden
de los persas, que fueron esclavos de los medos y que serán esclavos de los
lidios.
─
Pretende añadir una tablilla escrita a su fama comentó Hárpago. En seguida
añadió: Es evidente que se ha preparado para la batalla y no veo que tú lo
hayas hecho.
─
Pues hazlo ahora.
Hárpago
envió sucintas convocatorias a las fuerzas armadas desplazadas por la gran
carretera del norte. Sus montañeses armenios marcharon para reunirse con ellos
en la «puerta de Asia», el desfiladero gris que descendía hasta el río Zab. En
ese punto los salvajes kardachi los kurdos cabalgaron tras los jefes tribales
con penachos de crin sobre sus turbantes con flecos. Ciro los saludó y les
preguntó qué les faltaba. Plata, replicaron los impacientes kurdos a los que
Astiages había bautizado las tribus ladronas, por lo que Ciro dejó en sus manos
varios cofres con siclos de plata.
─
Tendrían que ganársela protestó Hárpago.
Ciro
pensaba en el desprecio que el mago sentía por el gobernante que prefería
acumular tesoros en lugar de seguir su destino.
Los
guerreros experimentados lo llamaron soñador y lo observaron impartir justicia
con la pesada tiara meda resplandeciente sobre sus ojos grises, su nariz
aguileña y su barba corta y rizada. Aparentaba más edad de la que realmente
tenía. Cuando corrió la voz de que el aqueménida repartía regalos entre todos
los que solicitaban una audiencia, los patriarcas de las aldeas se abrieron
paso en medio de los guardias para solicitar justicia y ayuda. Ciro los recibió
y los cofres de plata del tren de bagaje se aligeraron un poco más. Durante las
últimas guardias de la noche, el realista Emba se enfadó e intentó que su amo
se fuera a dormir. En cierto momento el hircano escupió un bocado de caña de
azúcar, carraspeó y protestó:
─ Si
eres tan dulce, estos perros te devorarán.
─ Y
si soy amargo me escupirán.
Pese
a que no se lo recordó a su siervo, a Ciro lo consoló la certeza de que los
mismos que le habían plantado cara ahora estaban celosamente a su servicio:
Tabal el germanio y Hárpago, que había intentado provocar su caída. Hasta
Astiages, que había pretendido aniquilarlo, moraba ahora en Pasárgada, en medio
de los inofensivos efluvios del vino. De todos modos, Ciro jamás imaginó que el
destino lo alejaría de su valle.
Cuando
el tesorero le informó que los cofres de plata estaban tan vacíos como los
avisperos del año pasado, Ciro asintió con la cabeza.
─
Mejor. Ya no tendrás que preocuparte por esta cuestión. Me han dicho que Creso
posee una gran cantidad de riquezas.
Los
militares empezaron a soñar con liberar al altanero lidio de su gran cantidad
de riquezas. Marcharon sobre la llanura de la orilla izquierda del Tigris y
mostraron a Ciro las oscuras murallas que se alzaban sobre un montículo
cubierto de hierba. Eran los restos de Nínive y junto a la ancha puerta se
alzaban dos genios de piedra, hombres toro con coronas de rey y las alas
extendidas de los espíritus. En el interior los bloques de asfalto de las
calles se veían vacíos, azotados por el viento de las montañas, que levantaba
polvaredas a través de las cuales los mendigos y los leprosos huyeron hacia el
interior de los edificios derruidos para escapar de los soldados, que no les
hicieron el menor caso. Un espectro barbudo, que todavía hablaba caldeo
antiguo, condujo a los oficiales por salones con mosaicos vidriados que
mostraban escenas de caza. Por fin arribaron a las palmeras secas del jardín de
palacio. El guía señaló una imagen grabada en piedra gris en medio del jardín
abandonado.
─
Era la preferida de Asurbanipal.
Allí
estaba sentado, mejor dicho, reclinado, en el retrato en piedra. Asurbanipal se
había quitado la tiara y soltado su larga cabellera para estar cómodo; se
cubría las rodillas con un mantón y bebía un vaso de vino; una de sus mujeres
también bebía mientras esclavos con túnicas espantaban las moscas e
interpretaban apacible música de flauta. Ciro notó que el diván del hombre y la
silla de la mujer estaban colocados sobre piñas que impedían que los espíritus
malignos de la tierra escalaran hasta la pareja real. También notó que la
cabeza cortada de un monarca elamita colgaba del revés de una de las palmeras.
Por lo tanto, Asurbanipal había ordenado que le hiciesen ese retrato
descansando en el banquete posterior al triunfo. ¿Cuánto tiempo había
transcurrido? Hacía menos de tres generaciones había clavado su tablilla de la
victoria después de asolar Susa, pero ahora las palmeras de su jardín se habían
convertido en tallos secos y la arena se apilaba contra su retrato, sin que
nadie se tomase la molestia de quitarla.
¿Qué
había dicho el sabio Gubaru acerca de este rey? Más le habría valido permanecer
en la biblioteca en lugar de subir al carro de la guerra. Gubaru estaba
convencido, y lo había recalcado ante Ciro, de que la guerra suponía
calamidades aún mayores. Aquel que desenfundaba la espada moriría a manos de
una espada invisible. A menos que contase con la ayuda de los dioses más
poderosos, ¿qué ser humano podía estar en conflicto y librarse de las
calamidades que se desataban? Ciro nunca había pensado tanto en las
consecuencias de sus actos.
Miró
tanto rato la pétrea imagen de los asirios que los oficiales se preguntaron si
había sufrido un encantamiento y el anciano guía dejó de mendigar una moneda.
Los
recién incorporados al ejército durante la marcha se sorprendieron al saber que
no portaba oro, ni siquiera la imagen protectora de Nabu o de Ishtar, fuera
como cautivos o guardianes. Al parecer, Ciro carecía de una imagen semejante.
Tampoco hacía caso de los augurios de animales sacrificados ni liberaba pájaros
al nacer el día. A lo largo de la escarpadura de las grandes colinas, condujo
hacia el oeste veinte mil hombres con sus rebaños, sus carros tirados por
bueyes y sus camellos. En la cabecera del Éufrates se internó por las colinas.
El ejército puso rumbo norte y escaló hasta los valles sombreados por los
pinos. El sagrado monte Ararat se encontraba muy lejos, hacia el este. Esas
tierras que habían sido hititas y después asirias quedaron bajo el gobierno de
los medos, es decir, del propio Ciro. En esa carretera lo alcanzó Euribato el
efesio.
Euribato,
que era griego, acarreaba carros ligeros cargados de monedas lidias, que
ofreció a Ciro. Contó que Creso le había dado el dinero con el pretexto de
enviarlo al oráculo de Delfos pero que, en realidad, pretendía alistar
mercenarios griegos en los puertos. Parece que a Euribato le desagradaban los
tiranos que gobernaban en nombre de Creso y le complacía el rumor según el cual
el poderoso monarca de medos y persas era extraordinariamente clemente. Como
prueba de su buena fe, proporcionó a Hárpago detalles sobre las fuerzas armadas
acaudilladas por Creso. Tantos soldados griegos de infantería contratados,
tantos soberbios jinetes lidios...
A
Ciro le resultó extraño que un lidio traicionase a los suyos. El general
armenio meneó la cabeza ante el contingente enemigo y sus espías verificaron
los datos.
─
¿Qué me dices? inquirió Ciro.
Como
de costumbre, Hárpago replicó indirectamente. Durante la marcha se había
animado pues no tenía más responsabilidades que transmitir al aqueménida sus
propias experiencias. Relató una fábula del esclavo Esopo acerca de un lobo y
una cabra que se peleaban. El lobo intentó atrapar a la ágil cabra, que lo
eludió en la ladera de la colina. Guerrearon y ninguno de los dos alcanzó la
victoria, hasta el día en que la cabra contempló su imagen en un charco de
agua. Se admiró a sí misma y dijo: « ¡Qué magníficos cuernos luzco en la cabeza
y qué patas finas y veloces sustentan mi cuerpo! Ciertamente he utilizado muy
poco mis fuerzas». Imbuida de ese nuevo orgullo, la cabra buscó al lobo y lo
atacó. Y el lobo la agarró del cogote, la mató y devoró su magnífico cuerpo.
Ciro,
que gustaba de los relatos, comentó:
─ La
moraleja es que yo soy una especie de cabra y admiro mis propias fuerzas. ¿Qué
pasará si sigo escapando a mis colinas en lugar de hacer frente al enemigo?
─
Que todos viviremos más.
Estaban
a punto de entrar en la oscura meseta de Capadocia, donde los aguardaban los
lidios.
§ El
casco que cayó en Sardes
Capadocia
──a la que los persas llamaron Katpatuka era el corazón de la extensa península
de Anatolia. Su altiplanicie, que rozaba las nubes, creaba una avenida que por
el sur conducía a las cabeceras del Tigris y el Éufrates, por el este a las
montañas de los armenios y por el norte a los puertos comerciales griegos de la
orilla del Mar Euxino. Los primitivos argonautas griegos pusieron a la
península el nombre de Anatolia o tierra del este; mucho después, cuando
descubrieron el tamaño del continente, la llamaron Asia Menor. Por esa razón
Creso hizo una conquista estratégica al tomar la meseta capadocia, pero lo
cierto es que no era muy rentable.
Su
ejército comprobó que las ciudades fortificadas eran las ciudadelas en ruinas
de los hititas, aquellos laboriosos constructores. La capital, si es que se la
podía llamar así, era la amurallada Alaja y en la entrada montaban guardia
esfinges con cabeza de mujer. Al parecer, la profecía del oráculo de Delfos se
había cumplido: Creso conquistó Capadocia después de cruzar el río Halys. Los
habitantes huyeron hacia las tierras montaraces de los peñascos y las torres de
roca roja. Se ocultaron en cavernas con sus rebaños. Aunque indudablemente
vencedora, la soldadesca lidia conquistó un modesto botín formado por cueros,
vasijas de los comerciantes griegos y varias muchachas a las que se llevaron.
Semejante botín no alentó a los mercenarios civilizados de los prósperos
puertos jónicos ni a la animosa caballería lidia, que buscaba un digno enemigo
al que arrasar.
El
verano siguió su curso y el ejército de Ciro no presento batalla. Grupos de
hombres armados acosaron a los forrajeadores lidios o atacaron a flechazos las
caravanas procedentes de Sardes. Cuando una columna lidia se desplazó en busca
de los persas, los guerreros a lomos de nisayanos hicieron una incursión contra
los campamentos de Creso a la hora de comer. Era inútil perseguir a esos
jinetes bárbaros; aunque los caballos de guerra lidios, perfectamente
entrenados, podía avanzar con la misma rapidez que los nisayanos, los jinetes
enemigos lanzaban flechas letales y los lanceros lidios no portaban arcos. Pese
a que reclamaron la victoria en todos los combates, medos y persas les
impidieron retirar alimentos de los escondites capadocios y se hartaron de comer
cebada seca y carne de delfín en escabeche. El oscuro terreno volcánico no
permitía cosechar nada. Al parecer, medos y persas no tenían un botín por el
que valiese la pena combatir.
Cuando
las tormentas otoñales inmovilizaron a los lidios en sus campamentos de
ocupación, los generales recordaron a Creso que el invierno pondría fin a la
campaña y que los corceles no soportarían esa temporada en la meseta bloqueada
por la nieve. En consecuencia, Creso erigió enguirnaldadas columnas victoriosas
en Alaja y su ejército emprendió la larga marcha del retorno a su tierra y a
mejores cuarteles, a fin de prepararse para la reanudación de la guerra el
verano siguiente.
Cuando
el cielo gris descargó los primeros copos de nieve, los comandantes medos
recordaron a Ciro la misma y dura realidad. Los lidios habían despojado de
provisiones esa meseta infértil que, en el mejor de los casos, también era
magra en cosechas. Los labriegos capadocios podían sobrevivir al invierno
moliendo bellotas o pescado seco, pero como no tenían nada más que compartir
con medos y persas, éstos deberían buscar valles más cálidos.
Ciro
escuchó a sus comandantes mientras pasaba revista a las murallas abandonadas de
Alaja y a las columnas triunfales de Creso. Los armenios querían pasar el
invierno en sus aldeas natales, los medos echaban de menos los cálidos salones
de Ecbatana y los asvaran evaluaban cuál era el camino más rápido para regresar
a Pasárgada. Después de que todos los portavoces dijeran su palabra, Ciro
meditó y tomó una decisión. Por primera vez no hizo caso de sus comandantes
veteranos.
─
Pasaremos cómodamente el invierno en Sardes informó.
Sus
hombres tomaron conciencia, también por primera vez, de la firmeza de sus
propósitos. Los condujo hacia el oeste por la congelada tierra roja, vadearon
el Halys, abandonaron las nieves arremolinadas y descendieron hasta el calor de
los olivares, donde se alzaba el sagrado monte Tnolos.
Cuando
llegó sano y salvo a sus aposentos que, a través del barranco, daban a la
cumbre del Tnolos, Creso pagó y despidió a los mercenarios, que regresaron a
sus puertos de la costa jónica. Como se había ahorrado esa paga de invierno,
advirtió a sus aliados del otro lado del mar y de Babilonia que esperaba que
los ejércitos y las flotas se reuniesen dentro de cinco meses, prestos a
invadir la Tierra de los dos ríos, el Tigris y el Éufrates. Después se ocupó de
revisar las cuentas y ordenó a sus artistas que hiciesen un escudo de oro
sólido como digno regalo para los sacerdotes de Delfos, de los que esperaba
otros servicios.
De
todas maneras, el astuto lidio guardó para sí otra profecía del afamado
oráculo. Mejor dicho, jamás la mencionó ni los cortesanos se refirieron a ella
en su presencia. Entre las numerosas preocupaciones de Creso, su mayor
inquietud se centraba en su hijo más joven. El muchacho, bello como un efebo
griego, era sordomudo de nacimiento. Ninguna intervención de una deidad amable
había curado al mudo, pese a que Creso consagró muchas horas a la plegaria y
envió regalos al templo de Artemis en Éfeso y al santuario de Apolo, junto al
manantial del monte Micala. Se había hecho grandes ilusiones con respecto a la
última ofrenda, pues perduraba la leyenda de que junto al manantial Apolo había
engendrado a su hijo Branco. El gran faraón Necao lo había honrado regalando
las prendas que llevaba cuando venció al rey judío Josías en Armagedón. Más
adelante murieron millares de esclavos judíos durante los trabajos de
construcción de un canal para que los barcos de Necao pasaran del Gran Mar al
Mar Rojo. Es posible que los despiertos sacerdotes de Delfos se hubiesen
enterado de la donación de Creso al oráculo rival de Apolo Branquidae, pues la
respuesta a la consulta acerca de su pobre hijo había sido enigmática, si no
hostil..., hasta el extremo de que Creso no volvió a mencionarla.
No
desees oír la voz de tu hijo, por la que tanto has orado.
Porque
ese día todos los males caerán sobre ti.
Esa
respuesta perturbó la ordenada mente de Creso y se sumó a la desconcertante
sentencia de los filósofos griegos entre los cuales figuraba Solón, según la
cual no podía esperar alegría en la vida hasta después de la muerte. Había
decorado el magnífico entorno a su gusto, adornó la ciudad y no se olvidó de
añadir columnas acanaladas al estilo de Mileto─ ─al sepulcro con cúpula de sus
antepasados, en cuya construcción tanto habían colaborado las prostitutas.
Ciertamente encontraba suficiente alegría de una manera saludable, con
excepción de su amado hijo sordomudo...
Descartó
como rumor las primeras noticias que recibió: que medos y persas bajaban por el
camino de la montaña. Creso estaba convencido de que ningún ejército sería
capaz de atravesar en invierno la cadena montañosa capadocia. Claro que Creso
nunca había estado cara a cara con esas huestes esquivas. Pero el siguiente
mensaje procedía del vigía apostado en el sagrado Tnolos: los jinetes bárbaros,
cual centauros famélicos, estaban en el valle. Estaban en su valle, oscurecido
por las olorosas vides.
A
medida que la crisis se ahondaba, Creso experimentaba la extraña irrealidad de
la situación y la inutilidad de eludirla. Los mercenarios griegos no llegarían
a tiempo. Las galeras veloces que había despachado desde Esmirna no estarían de
regreso con la suficiente presteza, junto a las flotas de sus aliados
espartanos y egipcios. Escuchó las invocaciones de las bacantes en la ladera de
Tnolos y los impacientes consejos de sus asesores militares para que aprestase
la caballería lidia para la batalla. Los oficiales se alegraron de que, por
fin, la horda bárbara se hubiese concentrado en los campos abiertos, a los pies
de la ciudad, para enfrentarse con las lanzas de la triunfal caballería
lidia...
Las
novedades de la batalla que se desencadenó también parecieron irreales. Creso,
que esperaba en el santuario de Cibeles, erigido en el jardín de palacio, supo
que sus lanceros habían arremetido contra el enemigo con su habitual
animosidad, pero los corceles se espantaron y huyeron a causa de la aparición
de bestias monstruosas que rugían. Sus valerosos lidios lograron desmontar y
mezclarse con las filas de los soldados de infantería, sin abandonar lanzas ni
espadas. Pero no pudieron permanecer de pie a causa de los letales flechazos de
medos y persas, que cabalgaron a su alrededor como si reunieran ganado.
(En
la avanzada por el valle lidio, Hárpago notó que los caballos autóctonos huían
nada más ver y oler a los camellos que portaban su bagaje. Era la primera vez
que aparecían en esa costa las bestias de carga de Elam y de los desiertos
iranios. Al desplegar sus fuerzas para la batalla, Hárpago se ocupó de situar
delante de los jinetes persas una fila de camellos sin carga, acompañados por
sus guías. Los corceles nisayanos conocían perfectamente los camellos. La
confusión original, provocada por la espantada de los equinos lidios, se
convirtió en desorden cuando los lanceros desmontados intentaron mezclarse con
los que iban a pie.) Los fugitivos de las fuerzas lidias se refugiaron dentro
de las murallas de Sardes y cerraron las puertas. Después de un intento
infructuoso de tomar a saco las puertas, el ejército de Ciro montó sus tiendas
en el amplio campo de batalla, junto al lago, para que los caballos descansaran
y forrajearan en esa fértil campiña. A partir de entonces ese llano se conoció
como «campo de Ciro».
Mientras
Creso vigilaba desde su aguilera, el valle que se extendía a sus pies pareció
convertirse en terreno de pastoreo de Ciro. Ni una sola conflagración calcinó
los alrededores del jardín, no manó sangre de los umbrales ni los grupos de
cautivos fueron atados como esclavos, tal como había sucedido durante la
invasión de los cimerios. Los invasores se comportaron como si se hubieran
olvidado de la guerra. Celebraron carreras hípicas en el amplio campo que se
extendía más allá de sus tiendas; treparon por las laderas escalonadas para
ayudar a los campesinos a recoger la cosecha de uvas de finales de otoño.
Hicieron caso omiso de las jarras de vino y llenaron sus botijos con el agua
límpida del arroyo Pactolo.
El
angustiado Creso se enteró de que sus enemigos practicaban un extraño ritual a
orillas del arroyo. Después de construir dos altares de piedra exactamente
iguales, encendieron sendas hogueras y los sacerdotes con capuchas de fieltro
blanco avivaron las llamas con varas de álamo temblón y se taparon la boca
mientras hacían ofrendas simbólicas de agua y miel. Un capadocio cautivo en
palacio explicó a los lidios que lo hacían en honor de Anahita, la diosa del
agua preferida de Ciro.
Creso
se sintió obligado a practicar su propio ritual. Sin duda, la gran diosa era
omnipotente en manos lidias, a la que veneraban como Artemis, la arquera, la
hermana gemela de Apolo, o bajo el nombre de Cibeles, la madre tierra. Su
santuario en el palacio de Creso estaba en manos de eunucos y de sacerdotes que
llevaban prendas de mujer. En el santuario sus esposas y acompañantes se
quitaban el velo para orar y para cotillear sin que él pudiese oírlos. Tal vez
esa diosa, protectora de las mujeres, tenía más poder del que Creso le
atribuía. Por eso preparó un sacrificio simbólico en el patio descubierto, ante
el pórtico del santuario. Ordenó a los esclavos que construyesen una pira de
madera seca entrelazada con broza e hizo correr la voz de que se inmolaría allí
en el caso de que sus enemigos entraran en la ciudad. No esperaría, como el
anciano Príamo, a que lo descuartizase la espada de un soldado.
Ordenó
a los eunucos que, en cuanto vieran la pira encendida, matasen a sus esposas y
hetairas.
Aunque
recabó ayuda celestial, Creso se tranquilizó apelando a la lógica. Si las
flotas espartana y egipcia no llegaban a tiempo para levantar el sitio de
Sardes, la muralla de la ciudad podría contener al enemigo; si caía la ciudad
exterior, su palacio, elevado sobre el río, podría resultar inexpugnable. Y si
no era así, podría huir. La idea de fugarse como un esclavo atormentaba a
Creso.
La
catástrofe estalló en menos de dos semanas y se debió al silencio de las
murallas.
Al
anochecer de un día ventoso un centinela de palacio caminó al desgaire por el
parapeto exterior. Se detuvo y se asomó, momento en que se le cayó el casco,
rebotó por la ladera rocosa y se detuvo varios largos de lanza más abajo. Como
los edificios palaciegos coronaban las alturas de Sardes, no habían erigido
murallas en el borde del acantilado que descendía hasta el arroyo. Como no
quería perder el casco, el centinela lidio dejó las armas y descendió por los
peñascos mediante puntos de apoyo en la piedra blanda. Recuperó el casco y
escaló la ladera. Un guerrero mardiano que estaba de guardia debajo observó
interesado y dedujo que si un hombre podía escalar, otro podía hacer lo mismo
El mardiano montañés se convenció de que los peñascos blandos eran escalables
si se tallaban algunos escalones. Y allí donde podía ir uno lo podían seguir
cien.
El
mardiano explicó esa maniobra a su comandante, que lo llevó a la presencia de
Hárpago. Este decidió que merecía la pena intentarlo porque el fracaso sólo
supondría la pérdida de una veintena de vidas, mientras que la captura de la
cumbre del palacio con el rey lidio en su interior probablemente desembocaría
en la rendición de la ciudad. Ciro ofreció recompensas a los primeros en
practicar la escalada.
En
medio del silencio de la tarde siguiente los combatientes mardianos escalaron
la parte posterior de esa atalaya y se pertrecharon en el parapeto, dejando
caer cuerdas para que subiesen los demás. Pasó un rato hasta que los centinelas
lidios, que apenas hacían caso de los peñascos, se percataron de que en palacio
entraban guerreros extraños. El alboroto y el choque de las armas resonaron en
los aposentos reales, todavía iluminados por la luz crepuscular. El
chisporroteo de las teas recién encendidas, los gritos de las mujeres y la
espantada de los esclavos asustados poblaron los pasillos. Cuando Creso y los
nobles salieron corriendo al patio, la pira funeraria estalló en llamas,
encendida según sus órdenes.
La
indecisión lo atenazó; reparó en que los eunucos corrían a las puertas de los
aposentos de las mujeres y desenfundaban los cuchillos para cortar los cuellos
de las ocupantes; los guardaespaldas se apiñaron azorados a su alrededor. Fue
incapaz de dar una sola orden. Los oficiales gritaron a los hombres armados y
volvieron a gritar al ver que se trataba de persas encapuchados. En medio de la
confusión sonora chilló una voz estridente. Era su hijo sordomudo que, aferrado
a su brazo, emitía palabras sin sentido.
El
conflicto que se desencadenó a su alrededor poseía la irrealidad de un sueño.
Creso alzó los brazos y permaneció inmóvil. Los eunucos guardianes dejaron las
armas. Los guerreros persas repararon en la pira en llamas, la dispersaron con
las hachas y arrojaron agua sobre el fuego.
Así
cayó la ciudadela de Sardes, sin que se librara una batalla que pueda
considerarse como tal. Años después los poetas griegos la adornaron con la
leyenda que sostenía que Creso se sacrificó en la pira, si bien algunos
añadieron que Apolo se presentó y convocó misericordiosamente la lluvia para
salvar la vida del lidio.
Tal
como Hárpago había previsto, la mañana siguiente la ciudad baja abrió sus
puertas. Un grupo de medos y persas nobles ascendió por los escalones del
patio. Hicieron un alto en el pórtico para admirar la panorámica. Creso estaba
en el umbral, ataviado con vestimenta de gala; llamó a los vencedores y les
pidió que no quemasen el palacio después de saquearlo. Por la fuerza de la
costumbre, los intérpretes que estaban a su lado tradujeron su mensaje.
Un
militar bronceado por el sol, inquieto y con pantalón y capa de montar, se
volvió para mirarlo y preguntó:
─
¿Por qué quemaría lo que me pertenece?
Indeciso,
Creso los condujo al salón que albergaba los raros cuadros en mármol y las
bellas vasijas decoradas. Una vez en la biblioteca señaló las pinturas
corintias de nuevo estilo, entre las que no había ni una sola falsa. Una vez en
el salón de fiestas, condujo a los vencedores hasta el inmenso cuenco de oro
para carne en forma de embarcación nicea, con Neptuno en la popa y ritones de
plata dispuestos a su alrededor. Al bajar a la cripta de su tesoro en lingotes,
abrió las puertas de latón hábilmente trabajadas para cerrarse a cal y canto
cuando se retiraban las tres llaves. Con cierto orgullo, indicó a sus captores
que cogieran lo que quisiesen de los brillantes lingotes de oro puro, plata y
aleación de oro y plata. Con incierto alivio se figuró que tal vez los bárbaros
dejarían las pinturas cuando se llevasen sus metales preciosos.
Medos
y persas echaron un vistazo a su alrededor y se rieron de un comentario que
hizo alguien. Parecían contentos. Desde detrás de ellos el traidor Euribato que
se había fugado con el dinero que le confiaron se acercó a Creso y murmuró:
─
Ciro el aqueménida pregunta por qué tendría que liberarte del cuidado de una
carga tan pesada como ésta.
Después
de que Ciro y el estado mayor partiesen para reconocer las calles, Creso cogió
de la mano a su hijo y se recostó en el diván. El chiquillo por fin hablaba en
ese día de infortunio, tal como había vaticinado la pitia del oráculo. Creso
recordó que debía hacer un regalo extraordinario a ese santuario, pero entonces
se dio cuenta de que esa donación era imposible pues ya no poseía ni un
miserable talento de plata. Al igual que Príamo, acababa de perder la ciudad
que había sido su vida. Por si eso fuera poco, fue incapaz de inmortalizar sus
últimos instantes y de alcanzar la fama introduciéndose en la pira funeraria.
Meditó y llegó a la conclusión de que los persas se lo habían impedido. Imaginó
que construiría un mausoleo extraordinario tallado en la cumbre rocosa del
sagrado Tnolos, por encima de los túmulos de sus antepasados. Una idea
reconfortante se coló en el letargo de su fatiga. Creso, último rey de Lidia,
ya no podía ni necesitaba hacer nada más. No tenía que tomar más decisiones.
Ignoraba cuál sería su destino.
Durmió
serenamente, tendido en el diván junto a su hijo sordo.
Aunque
no le concedió la menor autoridad, Ciro mantuvo al lidio a su lado para
interrogarlo. Libre de su melancolía, Creso se convirtió en un compañero
ingenioso y con buen oído para tocar el arpa. El aqueménida vencedor mantuvo el
gran tesoro en la cripta y nombró al señor Pactio, recaudador de ingresos
durante el reinado de Creso, como receptor del dinero que entrara en Sardes, al
tiempo que encomendaba al leal Tabal el germanio que comandase la guarnición y
vigilara a Pactio.
Creso
aprovechó para enviar un emisario sin regalos al oráculo de Delfos y se quejó
de que la ambigua profecía lo había llevado a perder su dominio en lugar de
conquistar el de los persas. Los sacerdotes de Delfos enviaron una respuesta
cáustica: Creso no había tenido la sensatez de preguntarles qué imperio seria
destruido. De esta forma Creso se enteró de que un rey cautivo no gozaba de las
cortesías que el santuario prodigaba al monarca reinante. Nunca más consultó un
oráculo y halló cierto contento al convenirse en cautivo─huésped del
imprevisible aqueménida.
Por
su parte, Ciro quedó muy desconcertado por la conducta de los griegos en ese
sector de la costa de Anatolia.
§ El
encuentro de Ciro con los espartanos
El
resplandor del crepúsculo pendía sobre la costa. Cuando el ocaso iluminó los
jardines enrejados, la luminosidad de una era pretérita alcanzó las moradas
tanto de los eolios como de los jonios. En medio de las sombras del teatro
vacío de la ladera, jóvenes y doncellas se cogieron de las manos para bailar al
son de una música casi olvidada. Un actor se puso la máscara de sátiro, pese a
que ninguno de esos seres sobrevivía en la madura costa de Anatolia. El brillo
crepuscular procedía, lo mismo que el ocaso, de la mar y sus islas. En la
cretense Cnosos los espectros se cernían sobre las tumbas y los osados jóvenes
y doncellas que habían danzado ante los reyes de Minos abandonaron los lisos
suelos de yeso, ocupados ahora por piratas organizados. La costa jónica estaba
profundamente viva, al tiempo que las riquezas recién descubiertas mantenían su
antigua herencia cultural. Los habitantes eran conscientes de dicha herencia y
temían perderla. En los pastizales los niños canturreaban:
Cuarenta
y cinco artesanos y sesenta aprendices trabajaron tres años para tender un
puente sobre el río. ¡Cada día lo levantaban y cada noche se venía abajo!
En
cuanto pudo dejar Sardes, el pastor de Pasárgada se trasladó al puerto de
Esmirna, que enlazaba a los lidios con el gran mar occidental. Contempló las
aguas sin mares de la bahía, coronadas por un par de cumbres montañosas
iguales; lo sorprendieron las circunstancias bajo las cuales se demolieron los
edificios blancos, exceptuando los muelles, ocupados por galeras griegas y
negras embarcaciones de carga de los fenicios. Los intérpretes explicaron que,
una vez conquistada la costa, los monarcas lidios quisieron impedir que la
ciudad de Esmirna rivalizase con Sardes, pese a que querían utilizar el puerto.
En cuanto a las cimas sagradas, una contenía el santuario de Neptuno, que
detentaba el poder sobre las aguas, y la otra estaba al servicio de Némesis, una
diosa nacida del mar que se vengaba de los mortales que se enorgullecían de su
poder. Los intérpretes ni siquiera mencionaron a Creso.
Si
los habitantes grecoparlantes de esas diminutas y bellas ciudades situadas a
orillas del mar desconcertaron a Ciro, a su vez ellos quedaron sorprendidos por
su insólita aparición. Kyrios así lo llamaron parecía un caballero con camisa
de mangas largas de lana y pantalón de montar propios de un bárbaro; hizo
preguntas a los filósofos y los estadistas no pudieron evaluar su poder ni la
política que se proponía practicar con ellos. Por decirlo de alguna manera,
había surgido de la nada. Los naturales de Anatolia y los griegos inmigrantes
no conocían el yugo de los asirios ni de los babilonios. Es verdad que todas
las ciudades a excepción de la altiva Mileto se habían sometido con más o menos
resistencia a los lidios conquistadores, pero éstos habían sido muy
comprensivos y, para beneficio de todos, habían enlazado el comercio marítimo
de la costa fértil con el comercio de las caravanas del interior. Y ahora el
interior se les había aparecido en la persona de Kyrios , con el bagaje
acarreado en camellos.
Las
ciudades jonias conocieron la exigencia de que se sometiesen a su gobierno.
Replicaron que, ante todo, querían garantías de que se mantendrían las
condiciones que habían tenido con los reyes lidios. Ciro contó una historia a
los emisarios: «Un flautista acudió a la orilla de este mar y tocó música para
que los peces salieran a bailar con él. Los peces replicaron que no lo harían a
menos que disfrutasen de las mismas condiciones que tenían en el agua. Por eso
el flautista dejó a un lado su caramillo y cogió la red. Con ésta sacó a los
peces del agua y entonces sí que bailaron animadamente para él». A diferencia
del difunto esclavo Esopo, Ciro no explicó la moraleja de la fábula a los
jonios que, de todos modos, la comprendieron perfectamente. Contemporizaron
pues habían enviado una súplica urgente a los lacedemonios de Esparta para que
reuniesen la flota en tanto aliados de los lidios vencidos a fin de defender la
costa de esos persas extraños.
Los
espartanos evaluaron la situación y se negaron a reunir la flota. Delegaron un
enviado con un mensaje de advertencia a Ciro, que recibió al espartano Lacines
con todos los honores en el salón del palacio lidio, ataviado con la alta tiara
y la túnica púrpura trenzada de un rey medo. Lacines transmitió el mensaje al
pie de la letra: Que Ciro el aqueménida se ocupase de no hacer daño a las
ciudades griegas de la costa de Anatolia porque, de lo contrario, desataría las
iras de los espartanos.
Cuando
le tradujeron el mensaje, Ciro montó en cólera. Recordó claramente que en las
orillas de Cólquida había visto a los mercaderes espartanos regateando oro, así
que replicó:
─ No
tengo motivos para temer a los que sólo se reúnen en el mercado para tratar
sobre alimentos y para intentar engañarse mutuamente en sus transacciones
dinerarias. Si conservo la salud el tiempo suficiente aseguró a Lacines, tal
vez los espartanos tengan que quejarse de sus propias desdichas más que del
infortunio de los jonios.
Lacines
llevó su respuesta a Esparta y relató lo que había visto en la costa de
Anatolia. De Esparta no zarpó una sola expedición punitiva.
Ciro
jamás olvidó ni perdonó el absurdo reto de los espartanos. Si se hubiese
desplazado hacia el oeste, quizás se habría adueñado de su ciudad y escrito
nuevas páginas de la historia, pero el mar se le impuso y los asvaran no
estaban dispuestos a dejar sus caballos sobre una cubierta de madera para que
cabalgasen sobre el extenso mar. En cuanto a los restantes aliados de Creso se
refiere, en lo inmediato no le causaron ninguna preocupación. Los caldeos
estaban unidos a él por un pacto de no agresión y los confusos egipcios no se
mostraron propensos a enviar un ejército para auxiliar a un monarca plenamente
derrotado. Los barcos del Nilo siguieron amarrando junto a las embarcaciones
griegas y trasladaron cargas de ocre y alabastro, madera y hierro, vino y frutos
secos de esa costa fértil.
De
todas maneras, la mente de los griegos sorprendió a Ciro aún más que el mar.
─
Aquí parecemos peces fuera del agua comentó a sus asesores.
Ocurría
lo mismo cada vez que los persas y, si a eso vamos, que los medos osaban salir
de sus montañas natales. En el remoto Mar de Hierba habían encontrado moradores
de las llanuras tan extraños como las guerreras. Ciro se había movido con pies
de plomo por las tierras bajas de Susa y había confiado en la sabiduría de
Gubaru, su padre adoptivo. Por lo demás, el dominio que tenía tras de sí
permaneció como había estado bajo el gobierno de los reyes médicos, con las
grandes tierras altas que los enlazaban por encima de los llanos: Pasárgada
misma, Media propiamente dicha, Armenia y Capadocia. Todas estaban separadas y
por encima de los centros de la civilización antigua. Ciro había dejado cada
una al cuidado de un persa de confianza, con el cargo de khshatra payan o
sátrapa, como lo pronunciaban los griegos. Aquel invierno mantuvo en su poder
la nueva satrapía de Saparda y utilizó a Creso como mentor. El agradable valle
que se extendía a los pies de la cumbre del palacio produjo deliciosos
alimentos, queso en lugar de leche, aceite de oliva y no de sésamo, faisanes en
vez de gallinas iranias. Creso se enorgullecía de los cocineros que preparaban
platos picantes sazonados con salsas dulces y que, más que con agua, se regaban
con vino. Desde el valle de Sardes no se divisaba el mar y los lidios eran
eolios, gente del este que tocaba música con arpas y desdeñaba las flautas y
caramillos de los griegos bárbaros que se habían entrometido en la costa jonia,
a la que Ciro denominó Yavana.
Creso
le refirió la tradición eolia, que hasta cierto punto se parecía a la
aqueménida, pues en los albores los jefes héroes habían sido arios; habló de
los reyes Midas, de los frigios «mita» que despojaron a los hititas «de la
tierra de Hatti», y del rey Príamo, que durante mucho tiempo defendió las
murallas de los bárbaros merodeadores marinos de Agamenón, el rey occidental.
Creso dijo que había durado diez años y a Ciro le costó creerlo.
─
Una vez que capturaron Troya, ¿qué hicieron con ella los merodeadores marinos?
Creso
tenía entendido que habían sacrificado varias troyanas a sus dioses y zarpado
victoriosos con un rico botín. Troya ya no era más que una ruina pintoresca y
tenía un puesto de aduanas en el agua. Explicó que en el puesto de aduanas se
cobraba el peaje de los barcos mercantes que pasaban.
─ Un
lugar abandonado se convierte en un desierto comentó Ciro, pues nadie cultiva
la tierra.
Durante
sus viajes había visto muchas ruinas; daba la impresión de que los moradores de
las tierras bajas construían permanentemente grandes baluartes y los
atiborraban de tesoros, después de lo cual las ciudadelas eran asaltadas
precisamente por sus riquezas.
─ Es
el Destino.
─ ¿Y
qué es el Destino?
Creso
suspiró y afirmó que era un misterio que no se revelaba a los mortales, si bien
los filósofos helénicos griegos creían que varias diosas invisibles hilaban,
enrollaban y cortaban los hilos de la vida humana. A Ciro le pareció pueril
pensar que deidades ocultas y con formas de hombres y mujeres manipulaban las
vidas humanas cual hilos de un telar. Después de interrogar a Creso y a los
lidios, Ciro previó que no tendría muchas dificultades para hacerse cargo de
los eolios, amantes de los lujos, y mentalmente individualizó su sector costero
como una satrapía que debería gobernar un funcionario comprensivo. Eolia
incluía la isla de Lesbos, próximo a la costa, donde hasta las mujeres
escribían poesía; al menos había una, Safo, que respondía en verso a las
insinuaciones de los hombres y desafiaba al destino asociándose con otras
lesbianas.
El
aqueménida había aprendido a no alterar las costumbres de cada sitio. Las
tribus de Ansan habían administrado sus asuntos y sus juicios. El pastor había
aceptado sus presentes y los había guiado masivamente en tiempos de peligro;
las leyes que intentó poner en práctica eran las de los persas. En esa orilla
fértil y pródiga no parecía existir la menor amenaza de peligro. Los cimerios
según los griegos, seres infernales se habían perdido en el horizonte hacia
tres generaciones. Por lo tanto, para la mentalidad rigurosa de Ciro, el
gobierno de la costa no planteaba ningún problema salvo lograr que sus
habitantes obrasen de común acuerdo para su propia protección y bienestar.
Sólo
les pidió una cosa: sometimiento incondicional a su autoridad exclusiva. Lo
necesitaba para contener tantas ciudades y tierras bajo las riendas de un único
poder.
Cuando
analizó a los yavanos de la costa meridional, Creso osó disentir.
─
Los griegos sólo se pondrán de acuerdo en una cuestión: en que nunca estarán de
acuerdo ─opinó.
─
Deberían reunirse en un consejo tribal.
Creso
sostuvo que los jonios sólo se reunían en Sardes, donde sus artistas estaban
mejor pagados. Él mismo había pagado el peso en oro de un cuadro en madera.
Celebraban una fiesta religiosa al pie del monte Micala. Ya no formaban tribus;
cada uno moraba en su polis ciudad comunal y ocasionalmente guerreaba con otra
polis, al tiempo que mantenían las rivalidades con las demás. Esa rivalidad
también incluía su comercio por las rutas marítimas. Creso insistió en que
había tratado magnánimamente a los jonios y que construyó en Éfeso un templo
porticado para Artemis la de muchos pechos, incluso cuando no tuvo más remedio
que asediar Focea. Además, nuevas oleadas de inmigrantes griegos buscaban la
costa desde su madre patria, desde Corinto y desde la Atenas de la diosa
Atenea. Sí, el tirano Pisístrato, de la polis ateniense, se desembarazó de sus
adversarios políticos enviándolos por barco a Jonia, barcos que regresaron con
asfalto, yeso y troncos de cedro para construir un nuevo pórtico en la
escalinata irregular de su acrópolis.
Ciro
llegó a la conclusión de que los griegos eran decididos e imaginativos.
Sobresalían como picapedreros y pintores; aunque capaces de transmitir belleza
a objetos pequeños, ¿cuál era el propósito de sus construcciones y, en
conjunto, qué pretendían crear?
Para
averiguarlo mandó llamar a Sardes a los tiranos y filósofos jonios. Pero los
convocó por separado desde Esmirna, Focea, Teos, Éfeso, Mileto y la isla de
Samos, que había sido hogar del esclavo Esopo.
§
Los sabios de Mileto
Cuando
se encontraron cara a cara, persas y jonios tomaron conciencia de sus
semejanzas. Por decirlo de alguna manera, vieron los rostros de primos lejanos
y oyeron palabras familiares. Sin embargo, ese parentesco de sangre de su
remota ascendencia aria prácticamente se perdía en virtud de las enormes
diferencias en los estilos de vida. La migración de los iranios había tenido
lugar por el extenso interior y se desplazaron con sus rebaños; la migración
condujo a los dorios a orillas del mar y se asentaron en los pequeños puertos
que se convirtieron en prósperas ciudades. Habituados a las emergencias, los
persas eran más polifacéticos y dinámicos; los griegos estaban más
disciplinados y eran más codiciosos. En lo que a guerreros se refiere, los
espadachines griegos de a pie, cubiertos de metal y con escudos, diferían
enormemente de los arqueros persas montados.
Desde
el primer momento Ciro desconfió de esos negociantes que revoloteaban sobre el
mar y vendían frágiles mercancías. Hasta la aristocracia, como denominaban a
las familias nobles, parecía estar formada por mercaderes, mientras que sus
trabajadores eran esclavos. Los foceos y los ciudadanos de Teos se jactaban de
sus puertos comerciales. En Pasárgada el comercio quedaba en manos de los
caravaneros que desde el lejano Indo llegaban a Susa y a Babilonia. Euribato,
el primer griego que conoció, le pareció un astuto traidor. No obstante,
Euribato podía haber traicionado Sardes con tal de servir a Éfeso, su ciudad.
Insistió a Ciro para que honrase como aliados a los efesios al tiempo que
trataba como súbditas a las demás ciudades.
Pactio,
el recaudador de ingresos, también alababa a Éfeso como santuario de Artemis,
la de muchos pechos.
─ Si
esa es tu gran diosa, ¿por qué allí es distinta a la de aquí, donde la llaman
madre tierra? preguntó Ciro.
En
ocasiones los perspicaces griegos tenían dificultades para responder a las
preguntas del aqueménida. Daba la impresión de que esperaba una explicación
sencilla de cuestiones complejas. Había caído en el error de pensar que los
dioses que existían eran los mismos en todos los rincones de la tierra. Pactio
se limitó a señalar que el misterio de Artemis de los efesios sólo era
compartido por mujeres, que en la celebración anual dejaban a sus maridos y
veneraban a su diosa ofreciendo ritualmente sus cuerpos a desconocidos y
contribuyendo con los regalos de los hombres al mantenimiento del santuario,
que había crecido desmesuradamente en riquezas y honores.
─ En
ese caso, ¿parte de las monedas que todos los años recibes de Éfeso provienen
de las manos de esas yavanas?
─
Así es, como gusta de decir el gran monarca. De ellas y de los impuestos
portuarios.
Cuando
salió de Sardes para visitar una ciudad jónica, Ciro pasó por Éfeso, Focea y
Teos. Cabalgó hacia el sur junto al serpenteante río Meandro y lo siguió hasta
la costa, hasta Mileto, el último y más famoso de los puertos. Se bajó del
caballo en un valle luminoso, entre las colinas terraplenadas como jardines.
Los ciudadanos de Mileto no tenían un tirano que administrase sus asuntos y
acudiese a recibir al visitante real. Los dirigentes que ofrecieron regalos
simbólicos a Ciro se llamaban a sí mismos filósofos y científicos. Lo
reconocieron como monarca sin discutir algo que no habían hecho con Creso y se
limitaron a preguntarle qué esperaba de ellos. Añadieron que estaban demasiado
ocupados para dedicarse a la política.
Ciro
nunca entendió a qué se referían los griegos cuando hablaban de política.
Parecía un ingrediente que fomentaba todas sus actividades. Un tirano seguía
esta o aquella política y obligaba al pueblo a hacer lo mismo. Por lo demás, no
se regían por ningún código legal o autoridad que Ciro pudiese distinguir. Se
dio cuenta de que los de Mileto dejaron en sus manos tanto la política como las
políticas, algo muy razonable dado que era su monarca.
En
lo que a tradiciones respecta, los milesios tenían poco más que lo que llamaban
su independencia. Sus antepasados habían emigrado en barco desde Creta, una
isla del oeste. Afirmaron que miraban hacia adelante, hacia los logros, más que
hacia atrás, hacia los recuerdos. Sin embargo, Ciro vio en sus calles los
carros de cuatro ruedas y los arneses de Susa; apuntaban sus palabras en las
conocidas pieles de cordero de los miembros de las tribus que hablaban arameo,
y cortaban maderos con las hachas de dos filos de Sardes. Habían obtenido esas
herramientas de los pueblos orientales. También poseían los relojes de sol de
Egipto: esferas que marcaban la hora mediante la sombra de un gnomon, una
manecilla que apuntaba hacia el norte. Y habían dibujado un mapa de todo el
mundo que conocían.
Sus
hombres de sapiencia o científicos poseían delicados instrumentos adosados a
grandes aros para seguir los movimientos de los planetas en el cielo, al margen
de los de los astros. Los científicos llevaron a Ciro al sepulcro de mármol de
Tales, uno de los suyos, que había sido mercader de sal y viajado con Creso.
Dicho sea de paso, Tales había calculado y vaticinado el eclipse de sol que
cuarenta años antes dejó pasmados a los ejércitos lidio y medo. Tales utilizó
las tablas de los astrónomos caldeos, que determinaban el amplio ciclo de
eclipses solares a lo largo de 26.000 años.
Ciro
se interesó vivamente por la teoría milesia sobre la Tierra como cuerpo único
rodeado de fuegos imperecederos a través de los cuales por momentos se percibía
el universo exterior. Sostenían que en ese inmenso espacio exterior giraban
otros cuerpos invisibles cuyas órbitas el tiempo no mutaba. Estaban convencidos
de que la vida se originaba en el agua y de que la vida al menos en esta tierra
se desarrollaba hacia algo superior a través de los evos. ¿Cuánto tiempo
transcurrió hasta que los peces se convirtieron en seres humanos que caminaron
sobre la superficie de la tierra?
─
Anaximandro dijo que si en los orígenes hubiese sido tal como es ahora, el
hombre no habría sobrevivido.
Esos
comentarios despertaron en Ciro el recuerdo de la majestuosidad del sol que
reinaba supremo sobre los dioses, de la naturaleza celestial del fuego y de los
atributos dadores de vida del agua. Por añadidura, como los milesios trabajaban
con instrumentos prácticos, el aqueménida podía seguir mentalmente los
cálculos, tarea nada fácil si no apuntaba los números.
Le
gustó sobremanera la idea de que los seres humanos podían superarse en lugar de
ser moldeados por un Destino invisible. Reparó en que los milesios regaban los
jardines y transportaban por tuberías el agua de los manantiales de montaña,
mecanismo que los persas desconocían. En lugar de cobrarles tributos, les
entregó un cofre con monedas de Pactio para que comprasen más instrumentos y
con la esperanza de que le devolviesen la cortesía pidió que un científico
milesio lo acompañara a Pasárgada. Los ancianos de Mileto se miraron y se
quejaron amablemente de que Tales y Anaximandro acababan de morir y de que el
último discípulo prometedor era un joven de sueños descabellados, Pitágoras,
que se había exiliado por elección personal en la isla de Samos. Como Ciro
supuso, la verdad era que ningún milesio estaba dispuesto a dejar su ciudad y
el venerado santuario de Apolo Branquidae, costa abajo.
Al
dejar Mileto, Ciro se dio cuenta de que podría comprar algunos griegos, pero no
a todos. Se podía confiar en que los oráculos de Apolo diesen una respuesta
favorable a quien ofrecía los regalos más valiosos. Hizo caso de la sugerencia
de Creso y envió ingentes cantidades de lingotes a Delfos y al santuario de
Mileto. Por lo menos esta ciudad había reconocido su autoridad. Evidentemente,
los demás jonios querían ver qué acciones emprendía Ciro.
Actuó
con esas convicciones en mente. Antes de que asomara la hierba, dejó Sardes con
el grueso del ejército y la totalidad del tren de bagaje, incluidos los
camellos cargados con tuberías milesias. Hizo correr la voz de que se dirigía a
Ecbatana y más al este y sólo llevó como rehenes a Creso y al hijo sordo. El
ejército de medos y persas subió por las tierras altas hasta la ciudadela de
los reyes Midas, donde Ciro decretó un alto para acampar y para aguardar, según
explicó, mejores pastos en las tierras de arriba. En realidad, quería averiguar
cómo actuaban los jonios en su ausencia.
Durante
la luna siguiente llegó un correo de Sardes que le comunicó que Pactio había
abandonado la ciudad con todo el dinero que tenía en su poder y que ahora
alistaba mercenarios griegos en los puertos jónicos. El ejército rebelde había
entrado en Sardes y asediaba al comandante Tabal en la ciudadela que protegía
el tesoro.
§
Hárpago, sátrapa de Jonia
Ciro
buscó inmediatamente a Creso y lo encontró jugando a la taba, con una mano
sobre otra y bebiendo vino.
─¿De
qué te sirven los esclavos? preguntó Ciro.
El
lidio dejó a un lado los huesos y explicó que los esclavos servían a los ricos
como mano de obra en las minas y en los campos o, simplemente, en casa. Aunque
ahorrara dinero y se comprase la participación en una mina o una hectárea de un
campo, el esclavo seguía perteneciendo a la clase de los esclavos.
─
¿Algo me impide vender a tus lidios como esclavos o trasladarlos a Ecbatana
para que realicen un trabajo útil? dijo Ciro. A renglón seguido contó a Creso
la rebelión del ejército mercenario y el asedio de Sardes. Además, ¿de qué me
sirve retenerte a ti, padre de los lidios, si tus hijos se vuelven contra mí?
Creso
percibió la cólera del aqueménida, retrocedió y por primera vez temió por su
vida.
─ Mi
señor rey, castiga a Pactio! No... Se armó de valor y cambió lo que estaba a
punto de decir. ¡No devastes una ciudad noble por los delitos de un solo
hombre!
Ciro
replicó que fueron los griegos los que asolaron Sardes.
Creso
tenía una mente muy activa y ganó confianza porque el franco Ciro se mostraba
dispuesto a interrogarlo.
─ Si
los lidios son realmente mis hijos, puedes estar seguro de que no volverán a
armarse contra ti.
─
¿Cómo haré para estar seguro?
─
Tal vez porque son los peores enemigos de sí mismos. Estoy convencido de que
nunca pretendieron convertirse en tus enemigos. Ya has comprobado que están
cargados de deseos reprimidos. Concédeles lo que tanto desean y despójalos de
los medios por los que se hacen daño. Quítales las armas, permíteles llevar
sólo túnicas bajo las capas, deja que cojan las arpas para consolarse y que
sólo se ocupen de sus hogares, sus cacharros y sus negocios. Así se volverán
tan inofensivos como las mujeres.
Creso
rió ligeramente para recalcar su broma, al tiempo que su mirada sutil suplicaba
al conquistador aqueménida. Sin decir palabra, Ciro salió y convocó un consejo
de comandantes, así como a los jefes de las tribus y a los portadores de la
ley. Todos acudieron de inmediato pues el impaciente pastor tenía la costumbre
de nombrar un nuevo oficial para ocupar el puesto del que se ausentaba. La
mayoría aconsejó al monarca que regresase con el ejército y reprimiese la
rebelión a lo largo de la costa, pero un tal Mazeres, un medo entrado en años,
disintió. Tenía mucha experiencia al servicio de Astiages.
─ La
rebelión es un fastidio, pero no supone la guerra dijo Mazeres. En esos casos
los ciudadanos se reúnen como animales. Si matas a muchos, lograrás que los
supervivientes emprendan la huida, lo que puede o no poner fin a la rebelión.
Ahora bien, el rebaño sólo sigue a sus jefes y si se los quitan los demás
retornan a sus actividades habituales porque ya no están en peligro. Sugiero
que envíes un pequeño contingente para relevar Sardes, que es la ciudadela que
no podemos perder, y que te sumes a la guarnición del señor Tabal para
perseguir a los cabecillas del alzamiento.
Ciro
dio a conocer su opinión:
─ No
me apetece librar una guerra en esta costa, guerra que podría desencadenar
males mayores que la rebelión.
Envió
a Mazeres por la carretera del oeste, con una columna de veloces lanceros medos
que portaban arcos largos. Dio al oficial veterano órdenes tajantes para que
capturase a Pactio que había traicionado su confianza, esclavizara a la
soldadesca que se había alzado en armas y aguardase los resultados en Sardes.
Ciro
recibió noticias de Mazeres antes de llegar a Ecbatana. Al ver la llegada del
destacamento medo, Pactio el lidio había huido costa abajo; los sitiadores se
dispersaron y muy pocos fueron capturados. A continuación Mazeres y Tabal
volvieron a guarnecer la muralla de Sardes y enviaron un pequeño grupo de
caballería en pos de Pactio. Mazeres confiscó todas las armas de la satrapía de
Saparda y lanzó una proclama según la cual los cabezas de familia que tocaran
el arpa, se dedicaran a los juegos y atendiesen negocios o cocinas no serían
molestados. Mazeres concluyó su informe correctamente redactado por un escriba
lidio con el anuncio de que a toda hora en las calles de Sardes se escuchaban
los rasgueos de las arpas. Ciro llegó a la conclusión de que el anciano general
sólo había pensado en cumplir sus órdenes, sin tener en cuenta las
consecuencias.
A lo
largo de los meses siguientes los informes de Mazeres acompañaron el viaje del
aqueménida. Cada uno hacía alusión a algún acontecimiento...
Pactio,
el fugitivo lidio, se refugió en la costera Cume, una ciudad eolia.
Los
ciudadanos de Cume consultaron al santuario de Apolo, situado 135 estadios al
sur de Mileto, acerca de lo que debían hacer con el lidio Pactio. Este oráculo
de Apolo Branquidae replicó que lo entregaran a los persas. Inmediatamente
Aristodico un joven noble de Cume se trasladó al oráculo. Caminó en torno al
santuario y quitó los nidos de golondrinas. Del interior escapó una voz que le
advirtió:
─
¡Hombre impío, deja en paz a mis suplicantes, que son esas aves!
Aristodico
replicó de la siguiente manera:
─ ¿Y
eres tú quien ordena que los habitantes de Cume entreguen a su suplicante?
─ Si
replicó la voz.
Los
ciudadanos de Cume enviaron secretamente a Pactio en barco hasta la isla de
Lesbos. Mazeres, que no pudo llegar a Lesbos pues carecía de embarcación,
exigió a los lesbianos que entregasen al lidio Pactio y, a cambio, les ofreció
plata.
Al
enterarse de las negociaciones, los de Cume intervinieron y enviaron un segundo
barco para trasladar a Pactio, que se refugió en la isla de Quíos.
Mazeres
ofreció a los habitantes de Quíos un trozo de tierra en el continente, llamado
Atarneo, para que lo cultivasen. Pactio se dirigió al santuario del templo de
la diosa protectora de Quíos (Mazeres no sabía su nombre exacto). Los
ciudadanos de Koz sacaron del templo al fugitivo Pactio y lo entregaron a las
patrullas montadas persas a cambio de un trozo de terreno en la orilla llamado
Atarneo, que aceptaron en nombre de su diosa. Las patrullas trasladaron a
Pactio a Sardes, donde fue minuciosamente vigilado.
(Mentalmente
Ciro tomó nota de que los griegos de Quíos vendieron al hombre que se había
refugiado en uno de sus santuarios.)
Mazeres
concluyó el relato con el comentario de que había buscado a los griegos que se
levantaron en armas contra Sardes, de que asoló las tierras de sus aldeas y de
que envió a los hombres, acompañados de una nutrida custodia, a Ecbatana.
Fue
el último informe de Mazeres porque el medo veterano murió a causa de una
enfermedad.
Para
entonces Ciro se había adentrado en el este profundo. Después de analizar los
informes del difunto Mazeres mandó llamar a Hárpago y se los transmitió.
Mazeres había sido un buen militar pero un mal gobernante y supuso que el
armenio, que ya se había acostumbrado a sus maneras, tendría una buena
actuación en Sardes.
─
Soy incapaz de comprender a estos griegos y de satisfacerlos. Su costa de
Yavana posee el terreno más luminoso y rico que he visto en mi vida. No
necesitan más que la paz para prosperar, dedicarse a sus juegos, a la música y
a inventar máquinas útiles. Parece que es lo que hacen los milesios, pero los
demás, no.
─
Hizo un esfuerzo por recordar algo y añadió: En Mileto me contaron que el
mercader fenicio Tales les aconsejó que se unieran bajo un único gobierno en
Teos, la ciudad principal, y que desarrollaran leyes a compartir. ¿Acaso no fue
un consejo sensato? Los yavanos no quisieron saber nada. Mazeres se equivocó al
compararlos con un rebaño, pues cada ciudad debe seguir su camino y cada
habitante urbano debe seguir su propio sino rumbo a algún tipo de Destino que
al parecer no comprenden. Pretendo ponerlos a todos bajo una única autoridad,
como propuso Tales, convertir Sardes en la ciudad dominante y nombrarte a ti,
Hárpago, guardián de su territorio.
Así
fue como el anciano Hárpago regresó a Lidia convertido en sátrapa. Como
confiaba ciegamente en él, Ciro no dio órdenes concretas al armenio y se limitó
a pedirle que hiciera lo que pudiese.
En
poco más de un año Hárpago sometió la costa jónica más por astucia que por la
fuerza. No utilizó los oráculos ni a los traidores. Convocó a una ciudad tras
otra para que se sometiesen al gobierno de Ciro, el gran rey. En Teos, la de
las flotas de largo recorrido, los habitantes embarcaron en masa con sus
tesoros para fundar una nueva ciudad allende los mares. En Focea, Hárpago sólo
pidió a los habitantes que derribaran un sector de la muralla y consagrasen una
casa al servicio de los persas. Los foceos pidieron tiempo para evaluar la
respuesta y, al amparo de la tregua, embarcaron con sus familias y
pertenencias; sólo navegaron la corta distancia que los separaba de la isla de
Quíos, cuyos habitantes se negaron a venderles tierras, temerosos de que construyeran
factorías que pudiesen hacerles la competencia. Los foceos se dividieron y la
mitad emprendió el regreso a su ciudad abandonada para enfrentarse al puesto
avanzado que Hárpago había destacado. Los demás hicieron la larga travesía
hacia el oeste, hasta Córcega y el río Ródano, donde establecieron lejanas
factorías.
Al
parecer, Bias, un jonio solitario, habló con los demás dirigentes durante la
fiesta religiosa que se celebró a los pies del monte Micala durante la crisis
los jonios no dejaron de celebrar fiestas y juegos y los apremió para que
uniesen los ejércitos en la defensa mutua de la costa. No se pusieron de
acuerdo. Cada jefe se aprestó a resistir el sitio a su comunidad. Hárpago no
organizó operaciones de asedio. Construyó rampas de tierra sustentadas por
maderos, al estilo de los desaparecidos asirios, que llegaban a la cumbre de
las murallas. Los ciudadanos se vieron obligados a rendirse cuando los hombres
armados del armenio escalaron las rampas hasta las murallas.
Hárpago
sólo encontró una resistencia desaforada en el lejano sur, entre los licios,
los nativos de Anatolia. Para entonces tenía bajo sus órdenes a mercenarios
jonios que estaban al servicio de los medos. A Ciro no le sorprendió que unos
griegos se enfrentaran con otros a cambio de una paga. Confió a Mithrobat, un
sátrapa benévolo, la costa norteña del Helesponto que incluía las ruinas de
Troya y las tierras de cultivo frigias. Toda Anatolia quedó unida por primera
vez y la palabra de Ciro se convirtió en ley.
Al
principio la situación no fue muy clara para los eolios ni para los jonios.
Aceptaron a Ciro el aqueménida como sucesor del lidio Creso, tal vez más
dinámico y, ciertamente, más distante. A su manera, Hárpago consolidó la
elevada península: después de comprar la buena voluntad de los oráculos de
Delfos y Micala, jubiló a los tiranos locales con parte del tesoro de Creso.
Los tiranos fueron útiles en dos sentidos: en tanto individuos, siempre podía
pedirles cuentas y, como gobernadores de ciudades─estado distintas, se los
podía convencer de que planificasen el bienestar del conjunto de sus moradores.
El tirano debía satisfacer o, cuando menos, pacificar al demos o asamblea del
pueblo, cosa que a la clase formada por mercaderes nobles ni se le ocurría practicar.
En la isla de Quíos se redactó para todos los habitantes un boceto de
constitución.
Como
los persas no habían traspasado las aguas de la marea llamaban «el país a
orillas del mar» a las tierras costeras, por contraposición con «los del otro
lado del mar», las islas griegas no sufrieron cambios, si bien su comercio
aumentó gracias a las nuevas actividades en la costa. Desde la llanura roja del
norte de Siria y Palestina aparecieron caravanas conducidas por arameos. La
tierra de Midas envió sus minerales a la costa occidental, junto con los
caballos y el ganado de Capadocia. Como los aqueménidas se vieron
constantemente acosados por las lenguas dignas de Babel de sus nuevos súbditos,
Ciro convirtió el arameo en lenguaje común del comercio y el gobierno. Era más
fácil de escribir que el elamita o el caldeo antiguo con sus sellos en forma de
cuña y los fenicios y los hebreos esos comerciantes que cubrían grandes
distancias lo leían sin dificultades. El idioma persa no tenía forma escrita,
salvo las marcas con cuñas tomadas prestadas de otra lengua, y la escritura
aramea se adaptaba mejor, así como los dialectos de Anatolia. Esta decisión
tuvo consecuencias muy importantes porque empezó a desaparecer la antigua
escritura cuneiforme de Asiria y Babilonia y prevalecieron los alfabetos de
hebreos y arameos.
De
esta manera, los griegos de la costa apenas repararon en el gobierno que el
pastor estableció sobre ellos. Esperaban que Ciro volviese a visitarlos, pero
no lo hizo. Se había limitado a cabalgar por los nuevos territorios del lejano
oeste, desde el norte de Siria y Capadocia hasta el mar, en Mileto. En ese
momento se internó cinco años en las extensísimas regiones del este.
§ La
llegada del gran cambio
Mientras
que los griegos asiáticos no percibieron que se estuviese tramando nada nuevo,
los europeos percibieron una modificación en el horizonte del este. Las galeras
fenicias negras que echaron anclas en la playa de Falero transmitieron noticias
además de telas teñidas y tallas de marfil. Dijeron que los tronos se
desmoronaban y que los antiguos dioses descendían de sus aguileras celestiales
a sus santuarios en las cumbres montañosas.
Pisístrato,
tirano de Atenas y, por ende, encargado de la limpieza y embellecimiento de su
ciudad, recordó que Solón había vaticinado que la ilustración aparecería en el
este. Los comerciantes fenicios le mostraron ejemplares de mosaicos esmaltados
con brillantes colores que se introducían mediante un calor intenso. Cuando
montaron los nuevos mosaicos, adquirió forma la figura de un arquero coronado y
en marcha. Fue extraño contemplar una vulgar figura humana que parecía formar
parte de un dibujo más complejo.
Antenor,
el caprichoso escultor, se quejó de tener que copiar figuras de dioses pasados
de moda. Dirigió una despectiva mirada a la estatua dorada y de color carne de
Atenea, la diosa guardiana.
─
Sesenta y seis codos de estupidez chapada a la antigua, con lanza de plata y
ojos de amatista comentó. La única estatua de la ciudad que representa a una
mujer es una guerrera enjoyada. Le explicaron que la giganta de la Acrópolis
cumplía la función de baliza para los marineros que se encontraban en el mar y
el escultor replicó que un faro sería más útil. Antenor esculpió en secreto
otra mujer de mármol lo cual estaba prohibido por ley y bajo los pliegues de la
vestimenta se reveló la figura humana; el rostro carecía de la mirada fija de
una diosa y parecía una prostituta.
Las
embarcaciones procedentes del Helesponto y del lejano Mar Euxino transportaban
los habituales esclavos bárbaros, cereales, atunes y también muestras de
delicados trabajos en bronce y en plata. Se fabricaban para los escitas ricos,
a quienes les gustaba que los artistas modelasen los objetos de uso corriente.
Cuchillos y piedras de afilar, estuches para arcos, chapas para cinturones,
calderos y cuencos, la totalidad de las pertenencias de los nómadas eran
portátiles, al tiempo que sus mujeres anhelaban espejos, broches y brazaletes.
Incluían dibujos de venados a la carrera, bestias entrelazadas y aves de rapiña
aladas. Los griegos estudiaron esos diseños y los pintores de vasijas de
Corinto realizaron, con un estilo propio, figuras humanas. Los secretos de
dichas artes no se transmitían de boca en boca mediante los relatos de glorias
pasadas, sino que viajaban con los pequeños artículos comerciales.
Los
más pequeños eran los diminutos sellos de calcedonia translúcida y de ágata.
Incluían escenas en miniatura talladas con increíble habilidad; escenas de
suplicantes ante deidades entronizadas o de espíritus guardianes que protegían
a los nobles animales domesticados junto al árbol de la vida. Los primeros
sellos persas que llegaron a manos griegas mostraban a un pastor, un rey
coronado a lomos de su caballo y en pleno combate con un animal salvaje. La
pericia de las tallas y la naturalidad de los animales llevó a los artistas
griegos a emularlas. Esos dibujos magistrales también aparecían en las pequeñas
vasijas que los mercaderes transportaron desde la jonia Caria. La alfarería más
bella procedía de la isla de Rodas. Los artistas de la Atenas primitiva se
dieron cuenta de que podía representar algo más que las hazañas rituales de
Hércules o los asuntos de los dioses del Olimpo. Según había vaticinado Solón,
la ilustración les llegaba del este.
A
través de Jonia también arribaron los maestros de una ciencia desconocida. Los
médicos de las islas de Cos y de Cnido les enseñaron que la medicina no tenía
nada que ver con la magia y que la salud podía protegerse de la enfermedad. El
intolerante Pitágoras abandonó Samos después de una discusión con el tirano,
que consideraba peligrosas sus teorías. Luego de visitar a los maestros de las
matemáticas en Egipto, Pitágoras viajó a Crotona, en el sur de Italia, y en su
propia escuela enseñó que el alma humana podía adquirir otras formas y que las
matemáticas se podían utilizar para algo más que las transacciones comerciales.
(Aunque más tarde la mayoría de sus discípulos fueron asesinados por los
ciudadanos de las ciudades griegas, las teorías pitagóricas persistieron.)
Integrantes de la acaudalada familia de los alcmeónidas llegaron desde la costa
de Asia con medicinas de Cos; algunos se reunieron con los pitagóricos en
Crotona. (Más adelante se los conoció como «amigos de los persas» y, en
consecuencia, traidores.)
A
partir de mediados del siglo VI a.C., en la Grecia europea comenzó el
florecimiento de las artes. Pisístrato dijo a los jóvenes que tomaban el sol en
los escalones del ágora:
─
Coged un barco hasta el este, estudiad allí y volved a trabajar para vuestra
ciudad.
El
puente de la canción de los niños griegos, el mismo que los cuarenta y cinco
artesanos no pudieron erigir para cruzar las aguas, se construyó por fin. A
través de dicho puente y de isla en isla se transmitieron las innovaciones y el
nuevo pensamiento de la costa de Anatolia. El impulso del continente oriental
se dejó sentir en Corinto, Atenas y Tebas. Sólo Esparta la inmutable se aferró
a sus antiguas costumbres. No se trataba de que los artistas de esa tierra
copiaran los modelos de Susa o Sardes, sino que los utilizaron para crear sus
propias obras maestras.
Tal
vez el primer gran cambio en la propia Anatolia fue la paz. Se acabaron las
guerras de aniquilación mutua entre las pequeñas ciudades. La población hablaba
imprecisamente sobre las leyes inalterables de medos y persas. Al parecer,
éstas prohibían el uso de las armas. Reclamaban la tolerancia ante los dioses
de otros pueblos y mediante un equilibrio invisible colocaban al mismo nivel a
un acaudalado mercader de aceite de oliva que al campesino que le arrendaba
tierras para dar de comer a sus animales. Sólo los científicos milesios
comprendían esas leyes y los jonios decían que los milesios movían las velas
según cambiaba el viento. Y ahora que el viento soplaba desde el corazón de
Asia, los milesios miraban hacia allí.
De
nada servía discutir las nuevas leyes o las políticas de un gobierno que seguía
siendo invisible. Ese gobierno casi nunca hablaba con los griegos y sólo lo
hacía cuando se presentaba un mensajero que podía ser capadocio, armenio e
incluso hebreo y decía que era orden de Ciro el gran rey. El mensajero se
limitaba a repetir las palabras que le habían comunicado; si llevaba una orden,
ésta estaba escrita en arameo, la lengua comercial que había que traducir al
griego.
Los
griegos conocían los antiguos imperios lidio, egipcio o asirio, pero ese nuevo
dominio de todas las tierras y todos los pueblos no parecía tener nombre. Los
más sagaces pensadores políticos suponían que no duraría más de un par de años.
Sólo unos pocos pueblos entre los que figuraban los milesios sospechaban que
estaba a punto de crearse el primer estado mundial.
Ciro
puso rumbo este por la carretera de Sardes a Susa, que en seguida se conoció
como la carretera del rey. Lo condujo en dirección a su tierra a través de las
estepas del norte de Siria y de los campos de cereales del alto Éufrates y del
Tigris. Al pasar de esa manera con sus huestes armadas, el territorio se volvía
aqueménida; delegó oficiales en cada población para que permanecieran
aqueménidas. Simultáneamente y debió de ocurrir porque así lo planificaron
Gubaru, su padre adoptivo, marchó hacia el oeste desde las tierras del mar y
cruzó el bajo Tigris. Los elamitas de Gubaru llegaron a las antiguas Lagash y
Uruk, ciudad de la diosa Ishtar, cercana al Éufrates. Entre los dos, aquel
verano tomaron las zonas exteriores de Caldea, productoras de alimentos, hecho
que tuvo consecuencias inmediatas.
En
primer lugar, Babilonia, situada en la región central, notó la falta de
alimentos. El año siguiente 545 Nabunahid, su monarca, salió rápidamente de
Siria rumbo a Babilonia. La poderosa Babilonia notó el acercamiento de fuerzas
hostiles. En las murallas de la calle mayor, la vía procesional, ciertos
hebreos del grupo de resistentes escribieron en su extraño idioma: Mene, Mene,
Tekel, Upharsin. Esas palabras significaban que los días del reino estaban
contados, pero el pueblo de Babilonia no sabía leer.
§ La
locura de Ciro
Aquel
verano el pastor atravesó la zona fortificada de Babilonia. Dejó a Creso en el
palacio de Ecbatana, con sus siervos lidios y una guardia simbólica de lanceros
medos, para que lo honrasen al tiempo que lo vigilaban. Ciro lamentó que la
barrera idiomática impidiera que Creso hablara con Mandane, la otra persona
real que estaba a su cargo. Pese a que se quejó del aceite de oliva, Creso
parecía darse por satisfecho siempre que tuviese con él a sus cocineros y a su
hijo sordo. Entretanto, la inquieta Mandane se lamentaba de que, pese a todas
sus conquistas, Ciro no le había concedido su único deseo: trasladar sus viejos
huesos a los aposentos del palacio en los jardines colgantes de Babilonia.
─
¿Acaso lo desea la gran diosa, tu guardiana? –preguntó Ciro.
─
Ciertamente replicó Mandane.
─ En
ese caso, ¿por qué supones que no ocurrirá?
Ciro
apenas se detuvo a descansar en Ecbatana. Después de hablar con Mitradat sobre
el estado de las carreteras, informó a sus criados y capitanes que se
aprestasen para el conocido viaje al sur hasta Pasárgada, en compañía de las
fuerzas montadas de Ecbatana y de sus mil asvaran jóvenes. Mientras cargaban
sus alforjas, apareció un escriba de palacio que se detuvo tercamente junto a
la puerta de la terraza. El rostro del hombre le resultó conocido y vio que
sostenía con ambas manos una anticuada tablilla de barro para escribir. Cuando
Ciro volvió a mirarlo, el escriba recitó sus títulos y añadió los de monarca de
Lidia y del Mar Euxino. Ciro lo interrumpió y le preguntó qué quería.
─
Señor de todas las tierras respondió el secretario, se trata del peregrino, del
mago.
Le
habían dado la orden de seguir los vagabundeos del mago. En consecuencia, a la
primera oportunidad que se le presentó informó que el mentado mago había
viajado hacia el sol naciente, hasta los dos ríos del este, y había seguido
viaje hacia Aryan─vej, hogar ancestral de los arios.
─
Una vez allí relató el escriba, el susodicho mago miró a mi agente, el que le
seguía los pasos, y dijo sin el menor respeto por mi señor: «Pregunta al pastor
que te envía cuánto tiempo seguirá buscando el Mal en la oscuridad: ¿durante
cuánto tiempo tendrá miedo de volverse hacia la luz?». Mi agente escribió esas
palabras por temor a que fuesen mal interpretadas. El escriba le ofreció la
tablilla. ¿Mi señor dará la orden de atar ahora mismo al yugo a este criminal o
acaso prefiere despellejarlo y colgarlo de la torre de la puerta de Bactria, en
la que actualmente mora? El escriba alzó la mirada esperanzado.
Ciro
se apartó con impaciencia. Hacía años que nadie se había atrevido a preguntarle
si tenía miedo. Incluso en medio de la cólera se maravilló ante la delicadeza
de la cadena meda de comunicaciones, que le informaba de las palabras exactas
de un errabundo que se encontraba a cien jornadas de distancia en camello.
─
¡No! gritó apresuradamente por encima del hombro y se acordó de lanzar una
advertencia al solicito secretario. Yo no daré semejante orden, pero te
aconsejo que dejes de rastrear al mago y que llames a tus espías. ¿Me has
entendido?
El
escriba contuvo respetuosamente el aliento e inclinó su cabeza rapada.
─ Tu
esclavo ha oído y comprendido.
Ciro
encajó la pequeña tablilla en su cinturón. Aunque llevaba el sello oficial de
las alas aqueménidas y la cabeza de un rey coronado, Ciro no sabía leer. El
mensaje le pareció ridículo. ¿Cómo era posible que un ser humano se apartase
del Mal, que siempre acechaba a corta distancia? Un dios de la tierra podía
encontrar refugio en alguna morada de luz, pero semejantes deidades no
existían.
Al
entrar en el valle que lo vio nacer, Ciro comprobó que, durante su ausencia,
había cambiado mucho. Los niños corrían como siempre, sonrientes y portando
ofrendas de cerezas y flores. Emba salió cojeando para hacerse cargo del corcel
en la entrada principal. El aqueménida tuvo la sensación de que Emba envejecía.
Junto a la escalera de entrada montaban guardia dos toros alados de piedra
caliza blanca. Aunque más pequeñas y más graciosas que las bestias pétreas de
los asirios, esas figuras presentaban las mismas testas humanas coronadas. Los
arquitectos se habían apresurado a construirlas durante su ausencia. Le
parecieron bastante imponentes. Ciro la estudió, asimiló su presencia y
preguntó al viejo criado:
─
Emba, ¿crees ahora que ya no soy un pequeño rey, sino el señor de muchos
pueblos y muchas tierras?
El
hircano se limpió las manos en el pantalón de cuero y rascó su cabellera
desgreñada.
─
Ciro, no hay nombre como el tuyo reconoció. Lentamente añadió: Pero lo mismo
dije una vez de Astiages, que ahora está enterrado y a nadie le importa. Pero
ya sabes que soy estúpido. No es lo que yo pienso opinó Ciro.
La
multitud bordeaba el conocido paseo por el parque hasta el apadana, el salón de
audiencias. Como una cosecha de trigo sometida a los vaivenes del viento, las
cabezas del gentío se inclinaron cuando Ciro se acercó. El aqueménida vio pilas
de troncos de cedro libanés, maderas perfumadas de Karmania y mármol negro de
las islas del mar. El oro de Sardes llenaba el tesoro. El gran salón estaba
terminado y las delgadas columnas se alzaban con un pálido blanco desde las
bases de mármol negro. Ciro pensó que ese salón real no se parecía a ningún
otro pues se encontraba en el interior de un parque. Avanzó y encontró los
conocidos altares de fuego en el extremo de una gran terraza de mármol que
miraba al cielo. De ellos manaba humo pues los sacerdotes hicieron un
sacrificio con motivo de su llegada. Rápidamente le prepararon la comida
ritual, en esta ocasión en brillantes bandejas de cobre que sin duda procedían
de Egipto. Ciro volvió a compartir los higos, el terebinto y la leche agria: el
alimento del campesino, que le recordaba que no era superior a los pueblos que
gobernaba.
Para
comer se sentó en trono portátil de mármol y notó que en los brazos estaban
tallados los símbolos de las siete estrellas guardianas. Oyó que los sacerdotes
solicitaban la bendición de los altares, de Atar y de Ahura. Cuando
concluyeron, Ciro les preguntó qué significaba el nombre Ahura.
Los
sacerdotes no replicaron de buena gana y murmuraron que era un error consagrar
los dos altares a un solo espíritu, el de Atar el fuego. Sin duda debía de
estar presente otro espíritu, que tenía que ser el de Ahura.
─ El
del maestro que nos creó, que es supremo afirmaron implorantes.
─
¿Qué maestro?
─ El
único, el señor de la sabiduría. Así hablaba Zaratustra.
A
Ciro no le gustó que ese nombre extraño se mencionase en los altares de su
tierra. Pensó que Atar estaba presente en los fuegos de los hogares que daban
vida a todos y que Anahita moraba en el torrente de las aguas cristalinas. En
la infancia había percibido sus presencias. Sin embargo, Ahura Mazda no era más
que el nombre pronunciado por un profeta exiliado. Para él no significaba nada.
Al final permitió que los sacerdotes de los altares rezaran como quisiesen. Se
dio cuenta de que, de todas maneras, así lo harían.
Le
resultó imposible adaptarse a los cambios sufridos en Pasárgada. Al recibir en
audiencia algo que le ocupaba la mayor parte del día los portadores de la ley
no expresaban su opinión a menos que la solicitase. Los conocidos jefes de las
diez tribus prácticamente se perdían entre los portavoces de los sátrapas y los
emisarios de cortes que apenas recordaba, a pesar de que poseía una memoria
excelente. Tuvo la sensación de que personas desconocidas le planteaban sus
problemas sobre la peste, la sequía, las riadas, los incursores hostiles, la
pobreza y la falta de actividades comerciales..., y de que siempre le hacían la
misma pregunta: ¿qué se proponía hacer el gran rey para resolverlos?
Mientras
se esforzaba al máximo para hacer juicios y prestar ayuda, Ciro se topó con la
grave dificultad de decidir cuestiones que estaban fuera de su alcance. Esos
problemas y aspiraciones no siempre distinguía los primeros de las segundas
debían abordarlos hombres experimentados en el mismo sitio donde ocurrían. De
inmediato encontró la solución: nombrar representantes que se desplazaran de
Pasárgada a las diversas regiones para resolver los problemas. Tendría que
enviar ingenieros, soldados, médicos, contables o, simplemente, diplomáticos
para satisfacer las variadas necesidades. Fue consciente de que esa asistencia
vicaria no modificaba su responsabilidad con respecto al resultado final. Años
después envió relatores junto a los encargados de las operaciones, hombres que
acabaron por conocerse como «los ojos y los oídos del rey». Los asirios habían
contado con este tipo de informantes, pese a que no habían estado al servicio
personal de los monarcas. Ciro empezaba a sentir un saludable respeto por los estadistas
de Asiria, aunque detestaba el método de arrastrar a las multitudes para que
construyesen sus ciudades, se tratara de Assur, de la ciudad de los Sargones o
de Nínive. Se juró que en sus tierras no existiría una ciudad dominante.
Ciro
no tenía el menor deseo de gobernar como Asurbanipal. Los arquitectos egipcios
que le presentaron una maqueta de la imagen del espíritu protector que por fin
seria colocada cosa que su padre no había llegado a hacer junto a la entrada
del gran salón se sorprendieron cuando hizo añicos contra el suelo el modelo de
arcilla. Habían diseñado un genio asirio con cuatro alas y diadema real, un
guerrero armado y barbudo. Ciro había visto un ejemplar parecido en las ruinas
de la ciudad de los Sargones.
Los
arquitectos se arrojaron al suelo boca abajo y uno se atrevió a preguntar:
─
¿Qué desea entonces el señor de la tierra?
─
¿Acaso los espíritus caminan con las botas puestas y llevan corona? ¿Se arman
con la espada para protegerse?
─
No, desde luego que no.
Ciro
pensó en su fravashi, que no había estado a su lado durante el viaje al oeste.
─
Creo que ninguno de nosotros ha visto algo parecido a un espíritu comentó.
Maestros, cread la imagen de un espíritu bueno que venga del cielo sin
vestimenta ni armas mortales. Por las siete estrellas, ¿es imprescindible
tallar una almádena para representar el poder?
─
¡No, desde luego que no! ¡Cuán inmensa es la sabiduría de nuestro señor!
En
cuanto Ciro se fue, los arquitectos hicieron lo que pudieron. En una losa de
piedra caliza blanca tallaron una extraña figura: tenía las cuatro alas asirias
y una túnica sencilla, sus pies descalzos no tocaban la tierra y en lugar de
corona lucía erguidos tallos de flores semejantes a las azucenas egipcias.
Elevaba sus manos vacías a modo de bendición o plegaria. No se volvió a
realizar nada semejante al guardián de la puerta de Ciro. (Por un juego del
destino, el guardián de la entrada perduró después de que Pasárgada se fundiera
con la tierra, si exceptuamos unos fragmentos del pavimento de mármol, la
escalinata y unos pocos restos de columnas. Muchos siglos después seguía
desconcertando a los arqueólogos del mundo moderno, que lo describieron como un
demonio extraordinario o, acaso, un extraño retrato del mismísimo Ciro.)
La
locura hizo presa en Ciro durante las primeras horas de un anochecer.
No
había hallado reposo en su hogar. Kassandan lo acuciaba cada vez que se
presentaba en su morada. Su primera esposa había engordado de tanto comer y sus
criados ocupaban todos los aposentos; pese a que centelleaba con el brillo
estelar de las joyas, le imploró que pensase más en la gloria de la realeza,
que trasladara todos los tesoros capturados a su hogar..., y que construyese
una cámara amurallada para protegerlos. Aunque no lo mencionó, Kassandan sentía
celos de la otra mujer, de la hija de Gubaru, que acompañaba a Ciro en sus
viajes. Como quien no quiere la cosa le preguntó si Susa le importaba tanto que
descuidaba Pasárgada, la ciudad de Cambises, su primogénito y heredero
reconocido. Para darle el gusto, Ciro ordenó a los ingenieros que construyesen
un muro de piedra en las colinas sobre la extensa ciudad en que Pasárgada se
había convertido.
Cambises
no guardaba el menor parecido con el niño que había cuidado de los ponis y que,
lleno de orgullo, había salido de caza con Ciro. Con más de veinte años, ahora
Cambises permanecía en silencio detrás de su padre durante las audiencias.
Nervioso y resuelto, se revolvía durante las largas discusiones que se
celebraban por intermedio de intérpretes. Educado por maestros foráneos,
Cambises leía y hablaba las lenguas del reino: persa, elamita y arameo. Pese a
comprender cuanto se discutía, Ciro notó que a la hora de tomar una decisión
sobre algún problema su hijo apelaba a los asesores o a un escrito de las
tradiciones.
De
repente Ciro deseó que su hijo lo acompañara en su próximo viaje. Podrían
llegar a compartir sus pensamientos mientras cabalgaban por territorios
desconocidos. En realidad, conocía la mente de Cambises menos que la del
envejecido Hárpago, que se encontraba a treinta días de distancia a caballo.
Pero Kassandan suplicó llorosa a los portadores de la ley y éstos recordaron a
Ciro que el heredero del trono aqueménida no podía abandonar el territorio en
compañía de su padre.
Esa
noche, cuando cayó el sol, el pastor no se levantó de su trono de marfil ni fue
a cenar a su residencia, como de costumbre. El chambelán que portaba el largo
báculo con la cabeza de águila de oro despidió del salón a los cortesanos, pero
la mayoría aguardó en el pórtico porque el aqueménida permaneció sentado.
Ciro
deseaba estar a solas cuando el brillo crepuscular abandonase el salón, pero
los esclavos dejaron los cazamoscas para encender las lámparas de aceite,
fabricadas en plata maneana. Las llamas danzaron en las columnas blancas que se
elevaban hacia las penumbras. La voz del río resonó en el silencio. Años antes
el aqueménida había escuchado el fluir de la corriente como si fuera la voz de
Anahita. Ahora sólo era el torrente y la ondulación de las aguas sobre las
piedras. Quizá la sabia Amitis, criada en Babilonia, había ocupado el sitio de
Anahita, la que danzaba en la espuma.
Ciro
notó el cambio que tuvo lugar a su alrededor y ya no lo comprendió.
Lo
dominaron los presagios, como si los hubiese pronunciado su fravashi. Sus
viejos amigos estaban muertos o dispersos en puestos que su vista no alcanzaba
a contemplar. Su sueño de unir a los montañeses se esfumó al comprender que las
protegidas regiones montañosas eran infinitas. Las cumbres de Ansan enlazaban
con las estribaciones elamitas y éstas con los campos babilónicos. El dominio
de los medos no tenía fronteras ni fin. Su decidido propósito de poner en
amistoso acuerdo a los diversos pueblos resultó imposible; más allá de los
armenios aguardaban los capadocios y tras éstos el pueblo de Midas, que se
sumaba a los lidios que, a su vez, se unían con los griegos del mar. ¿Qué más
acechaba en el oeste? Nunca había visitado las regiones del este allende la
ciudadela de los germanios. Además, los sabios de Mileto habían perturbado su
mente. Se lamentó de no contar con un científico griego para evaluar lo que
debía hacer durante las travesías.
La
verdad es que, en el oeste, Ciro había morado demasiado tiempo en las ciudades
con murallas de ladrillos de barro. Como todavía era instintivamente nómada,
notaba la tensión de ocuparse de la población concentrada. Los habitantes de
las ciudades se concentraban por instinto. Ciro estaba acostumbrado a atender
rebaños de animales. ¿Era posible tratar como rebaños a los seres humanos,
alimentarlos, sacrificarlos, reproducirlos y desplazarlos? Fue una idea
delirante que repentinamente llenó de temor al aqueménida.
La
sensación de estar asustado lo encolerizó y lo llevó a buscar alivio en la
actividad.
─
¡Alto, desalmados! gritó a los esclavos de túnicas que, simplemente, sostenían
los matamoscas para proteger de la brisa las llamas de las lámparas.
Ciro
caminó junto a ellos y salió al pórtico, donde los funcionarios se inclinaron
ante él..., pues había dejado el trono de las audiencias para aparecer de
nuevo. Cambises charlaba con un grupo de nobles de Sardes y todos celebraban
alguna broma; su alegría desapareció en cuanto vieron a Ciro.
─
Cambises, permanece dentro de los límites de Ansan dijo. Actúa en mi nombre y
consulta a los jefes de las diez tribus. Me mandarás llamar sólo si es
imprescindible. Paseó la mirada por los escribas, los intérpretes y los
emisarios que lo miraban fijo. Quedaos aquí ordenó concisamente y buscó a
alguien que pudiera transmitir su orden. Ciro hizo señas a un capitán de los
asvaran que había examinado el báculo del chambelán. Ve al campamento de los
persas y comunica a los jinetes que se apresten para un viaje de muchas lunas.
Que preparen el equipo y las provisiones para la carretera. Nos reuniremos en
la puerta del río, en la puerta del río que entra. Pensó y movió la cabeza. Eso
digo yo, el aqueménida, el rey.
El
militar titubeó y el preocupado chambelán masculló una pregunta. ¿En qué fecha
le gustaría partir a su señor? ¿De cuántos días disponían para preparar
semejante viaje?
Ciro
miró al portador del báculo.
─ De
ningún día, sólo de cinco horas. Señaló al militar alto. Entiéndelo bien y
transmítelo a medida que avances. Saldré al romper el alba y me dirigiré al
amanecer estival. Todos los que estén listos me acompañarán. Los que no lo
estén se quedarán en Pasárgada.
Así
fue como Ciro emprendió su viaje hacia el este; Emba lo siguió con el corcel
nisayano de recambio y Amitis no viajó en un carromato, sino a lomos de un poni
montañés. Los guardias se presentaron como un solo hombre con sus carros de
provisiones y sus rebaños. Detrás iban la caballería hircana, cuyos rostros
miraban hacia Pasárgada, y algunos capadocios rezagados, junto a cazadores y
mastines.
Entre
los que estuvieron presentes en esa partida, los emisarios extranjeros llegaron
a la conclusión de que se libraría una nueva guerra; los portadores de la ley
explicaron que Ciro, que solía cabalgar a lo largo de sus fronteras,
experimentaba la necesidad de visitar sus dominios orientales, y otros
comentaron en voz baja que la locura había hecho presa en él.
Ciro
no podría haber explicado por qué se marchaba. Estaba convencido de que podía
confiar en su pequeño séquito. Cuando salieron del barranco ribereño y se
desplazaron por el llano de hierba que sólo cubrían las nubes a la altura del
horizonte, se sintió en paz por primera vez en muchos años.
Capítulo
4
Ante
el fuego de Bactria
Contenido:
Kavi
Vishtaspa
Ciro
sigue las huellas de Zaratustra
El
Mal llega a la fiesta
El
terror de las Arenas Rojas
El
desplazamiento de las fronteras
El
peligro de las cumbres
Donde
gobernaba Zaratustra
Ciro
juzga a los bactrianos
§
Kavi Vishtaspa
La
Montaña de Cristal se alzaba sobre la puerta de las tierras del este. La
contemplaron durante días hasta dejaría atrás. Por muy grande que fuese la
distancia que cubrían en una jornada, el aspecto de la cumbre centinela apenas
cambiaba. Al serpentear por la ruta de las caravanas, no percibieron los
vientos que arrastraron un penacho blanco desde la cumbre nevada de la Montaña
de Cristal (el monte Demavend).
Los
científicos aqueménidas no pudieron dar cuenta del penacho blanco que se alzaba
muy por encima de las nubes de las primeras horas del día. Tampoco pudieron
nombrar al dios que moraba en la cumbre. Dijeron que, puesto que la habían
llamado Cristal, los asirios debieron de ver esa cumbre en sus días de
esplendor, cuando los ejércitos de Nínive escalaron las montañas más altas en
un intento de llevarse caballos, ganado y esclavos. Sin embargo, esos ejércitos
nunca llegaron muy lejos entre los montañeses, que los combatieron.
─ Es
evidente que los dioses de esas elevadas montañas se opusieron a los ejércitos
asirios. Sean cuales sean, todavía no se han interpuesto en nuestro camino
replicó Ciro.
Su
lashkargah su campamento móvil no se parecía a un ejército. Durante el día los
jinetes se desplegaban por el llano para cazar o forrajear y destacaban un
grupo de exploradores para que diesen la voz de alarma ante el menor peligro.
El tren de bagaje también avanzaba por la tarde y cuando Ciro y sus compañeros
llegaban al torrente elegido para pasar la noche, encontraban montadas las
tiendas de los oficiales, marcadas las líneas para los equinos y los fuegos
encendidos. En contraste con el trayecto diario, un orden severo regía el
campamento nocturno, en el que los asvaran se dividían en cuatro para trazar un
círculo en torno a Ciro y para dejar sus monturas en el interior de dicho
circulo. Cuando se daba la voz de alarma, los jinetes necesitaban varios minutos
para buscar los caballos, montar en la oscuridad y formar junto a los
compañeros de escuadrón. Así, los criados y los carros rodeaban a los jinetes
para protegerlos y darles el tiempo necesario para montar. Cazadores y miembros
de las tribus locales acampaban más allá del lashkargah y se llevaban a los
mastines. Los perros adiestrados montaban guardia aunque los vigilantes
durmieran.
Al
iniciarse la marcha, Ciro se ocupó de que repartiesen palas pequeñas y
podaderas entre los infantes, así como arcos y jabalinas. Cuando la carretera
estaba rota o bloqueada por desprendimientos, el grupo de avanzada dejaba a un
lado sus armas y cogía las herramientas para resolver el problema. Los asvaran
que no estaban dispuestos a trabajar la tierra fueron aprovisionados de hachas
cortas a fin de quitar la maleza cuando era muy exuberante. Los ingenieros
escoltaban una sucesión de carros cargados con maderos y embarcaciones de base
plana y cadenas que servían para vadear ríos.
Llegaron
a la principal ruta de las caravanas que hacían el trayecto este ─ oeste. Al
oeste del cruce de Rhages, la ruta rodeaba el Mar de Hircania y llegaba al lago
Urmia y a los puertos del Euxino. Un ramal conducía a Ecbatana y desde allí
hacia el oeste, hasta el desfiladero que descendía a las antiguas tierras
asirias. Los persas miraron hacia el este.
Al
otro lado de la Montaña de Cristal no apareció ningún peligro inminente. El
mando aqueménida pasó junto a campos de alfalfa y aró la tierra. Los campesinos
salieron sin temor de las moradas de ladrillos de adobe y techos de paja para
observarlos. Dijeron que era la tierra del rey Vishtaspa, que castigaba a los
incursores. Ciro dio órdenes de permutar el ganado de carne en lugar de
quitárselo a los campesinos. Se trataba de asentamientos arios cuyos jefes
invitaron a los jinetes forasteros a bajarse del caballo, comer carne, beber
leche y dormir bajo sus techos. Daba la impresión de que la buena voluntad del
pueblo correspondía a algo distinto a las órdenes del monarca local.
Un
amanecer en que el viento soplaba del norte, Emba olisqueó el aire con más
impaciencia que la del nisayano blanco que montaba.
─
¡El mar! gritó. ¡El mar de mi tierra!
Fue
la mañana del primer Mal. Los persas serpenteaban por un oscuro barranco de
piedra roja que conducía hacia el norte; seguían las huellas de los últimos
medos que se les resistieron, los espadachines del señor Abradat, que en
Ecbatana se había negado a prestar juramento de fidelidad a Ciro. Las fuerzas
de Abradat habían retrocedido por la altiplanicie y puesto rumbo norte, al
parecer para protegerse en la lejana estepa escita, pese a que a Ciro le
pareció que semejante Mar de Hierba no era el mejor refugio. Dedujo que el
inflexible Abradat estaba desesperado y que tal vez abandonaría el combate si
lo alcanzaban los persas más poderosos.
En
consecuencia, Ciro se adelantó con la avanzada de asvaran que, casualmente,
estaba formada, en su mayor parte, por germanios veteranos. Cabalgó
entusiasmado y estimuló a los guerreros como si se tratara de una cacería de
venados..., pues aquella mañana el sendero estimuló su ánimo. El encuentro se
produjo de sopetón. Ante ellos el barranco se convertía en un desfiladero
rocoso cubierto de cantos rodados. Alrededor se concentraban los fugitivos que
no habían podido cruzarlo. Al verse arrinconados, se volvieron y alzaron
escudos y lanzas. En uno de los escudos relucía un grifón dorado, símbolo de
Abradat, que había sido heraldo de los medos. Estaba en la retaguardia.
Los
impacientes persas atacaron en el acto a los rebeldes. No se demoraron en
utilizar los arcos; la sorpresa de la carga de los nisayanos rompió la
formación rebelde, arrojó las monturas de los medos a los lados del barranco y
los jinetes acabaron en tierra. Al cabo de unos minutos los medos estaban
muertos o con heridas paralizantes.
La
situación produjo en Ciro un ardiente júbilo, como si se hubiera cobrado un
venado de paso veloz. En ese barranco acabó con el único medo de noble origen
que se resistió a su gobierno. Emba, que guiaba al caballo bélico de recambio,
tuvo un presagio:
─
Rojas son las paredes rocosas y roja es la tierra que hay debajo.
Aunque
entregaron a Ciro el escudo de Abradat, fue imposible identificar el cadáver
del jefe, si bien era seguro que había estado con sus hombres. Los persas
apenas conocían su rostro y los medos se negaron a señalarlo. Cuando el grueso
del lashkargah se acercó, Ciro vio que Amitis caminaba hacia el campo de
batalla y que llevaba de la mano a una mujer con velo.
─ Si
buscas al señor Abradat, aquí tienes a la que lo encontrará dijo la esposa de
Ciro.
La
mujer era una lidia más joven que el aqueménida y se había mantenido cerca del
carromato que Ciro adjudicó a su esposa elamita desde que quedó embarazada.
Amitis le había pedido su consentimiento para tomar una compañera, una lidia
llamada Panteia. Ciro recordó que en varias ocasiones su esposa le había pedido
que enviara su perdón a Abradat y que había dicho que, ahora que Astiages
estaba enterrado, Abradat quedaba libre de su juramento de lealtad y que tal
vez consintiese en servir al monarca aqueménida. Empero, Ciro no estaba
dispuesto a pedir ese servicio a un hombre que se había levantado en armas
contra él.
─¿Cómo
hará esta mujer para encontrarlo? inquirió.
─
Panteia es su esposa.
Vieron
que la mujer cubierta por el velo se movía deprisa entre los hombres. Llevaba
inclinada su oscura cabeza para mirar los rostros de los cadáveres a los que
despojaban de las armas y de las túnicas de hierro. Cuando Panteia cayó de
rodillas, Ciro apretó el brazo de su esposa y dijo:
─
Acércate a consolarla. Dile que yo, Ciro, me ofrezco a enviarla a donde quiera
con todos los honores. No pretendo hacer daño a las mujeres.
─ Tu
misericordia llega demasiado tarde replicó en voz baja la hija de Gubaru.
Al
ordenar el repliegue de sus hombres y acercarse a Panteia, Ciro comprobó que la
lidia había encontrado a su marido. Esgrimía la espada de su esposo con las
delgadas manos. El velo le ocultó el rostro cuando su cuerpo se extendió sobre
el de Abradat y la oscura sangre que manaba de su cuello manchó las vestiduras.
─
Como puedes ver, siguió a su marido durante el larguísimo trayecto ─explicó
Amitis─. Ciro, ciertamente es demasiado tarde para que la honres.
* *
* *
El
aqueménida y sus jinetes perseguían a los fugitivos supervivientes cuando se
toparon con Kavi Vishtaspa. A raíz de ese encuentro mucho aconteció a los
persas y al mundo entero.
Habían
atravesado la divisoria de las aguas y descendían del Barranco Rojo hacia las
estribaciones empapadas por la lluvia que el sol iluminaba. Aunque el invierno
se encontraba próximo, no había llovido en todos los días de una luna. Emba
señaló los esbeltos rebaños de ganado y las colmenas alineadas en las terrazas
con las cepas de vino. Mostró a su amo la azul extensión del mar a lo largo del
horizonte y sintieron francamente el calor del Mar de Hircania, un mar
interior. Ciro dedujo que la cálida humedad de sus aguas, que pugnaban con la
cadena montañosa salpicada de nieve, provocaba la lluvia sobre la fértil
tierra. Desde un manantial un hombre inmenso galopó hasta ellos a lomos de un
alazán. Les habló con voz de toro:
─
¡Traficantes de la muerte..., contaminadores del agua pura..., cazadores de
hombres, llamad a vuestros sabuesos! ¡Sujetad las riendas, lo digo yo!
Azuzados
por el combate, los mastines corrían junto a los nisayanos y, al tiempo que
frenaba, Ciro ordenó que les pusiesen las traíllas. Comunicó amablemente su
nombre y rango al gigantesco jinete de barba entrecana e hirsuta. Emba le dijo
que ese hombre era Kavi Vishtaspa de Varkana─Parthava (rey de Hircania y de
Partia).
─ El
pastor en persona, rugió Vishtaspa e inclinó dos veces su cabeza cubierta por
una gorra de fieltro. ¡El primer y principal príncipe de los embusteros! Dio al
sorprendido Ciro varios títulos extraños. Aquí no robarás ningún tesoro porque
no tengo nada que se le parezca. Su rostro ancho y alegre se demudó de cólera.
Puesto que estás aquí, ven a mi palacio; no te laves la sangre en el agua que
fluye, sino en una poza; siéntate, come a reventar y dime para qué viene a una
tierra en paz un huésped sin invitación.
Sin
dejar de farfullar, detuvo su caballo junto al de Ciro y lo saludó con un beso.
Vishtaspa era un jefe ario a la vieja usanza, se parecía al padre de Ciro y, de
hecho, resultó ser primo aqueménida en tercer grado. Una vez en su plantación,
situada en una colina semejante a una cúpula que daba al mar a la que llamó
Zadracarta, habló a rugidos con sus criados y sus mujeres y les ordenó que
echaran a las gallinas, quitaran la suciedad de los aposentos y fueran a buscar
fruta, agua pura y leche fresca para el gran rey de los persas y de los medos,
que honraba su hogar. A renglón seguido sus esposas lanzaron exclamaciones
junto a la llorosa hija de Gubaru.
Pese
a los gritos que Vishtaspa dedicó a las mujeres, las habitaciones de su casa
estaban barridas y olían bien. Ciro llegó a la conclusión de que Vishtaspa era
como el perro ladrador: poco mordedor. Es verdad que se comportaba como un
jabalí que bufa, pero la costumbre de gruñir, erizar las cerdas y arremeter de
un jabalí no era más que un mecanismo animal de defensa que le permitía escapar
de sus enemigos. Ciro se sintió a salvo en el interior de Zadracarta. Se alegró
de no haber llevado al este al ejército de campo; semejantes huestes fomentaban
la resistencia o arrasaban un país como una invasión de langostas. Su pequeño
séquito podía dividirse en cuatro entre Zadracarta y la orilla del mar y dormir
sobre la alfalfa en los cobertizos con techo de paja de las granjas. Dijo
amablemente a Vishtaspa que jamás había visto una hierba tan alta, una tierra
tan oscura y de surcos tan hondos ni caballos tan gordos.
El
rey hircano replicó cortésmente:
─ Es
posible que mis caballos estén gordos porque, comparados con los tuyos, son
como las moscas a las avispas. Ciro, primo mío, reconozco que la tierra es
buena. Con anterioridad llevaba el nombre de Tierra del Lobo por los incursores
que venían a incendiar y a asesinar.
Una
sombra enturbió su rostro franco y Ciro supuso que Vishtaspa albergaba una
preocupación profunda. Por la noche, sin despertar al huésped, el hircano y su
familia se trasladaron a una caverna de la colina. Llevaron un toro para
sacrificarlo en la hoguera de la caverna y despedazarlo ritualmente para
comerlo mientras bebían haoma y entonaban himnos. Hacia el final, los cánticos
sonaban bastante ebrios. Emba explicó que se trataba de un sacrificio a Mitra
en tanto juez, sacrificio para expiar la matanza de seres humanos en el
Barranco Rojo.
Los
persas que pernoctaron en Zadracarta se quedaron toda la noche porque Vishtaspa
les informó que el camino de las caravanas del este estaba cerrado por la nieve
en los altos de Corasmia y que Ciro no debía aventurarse hacia el norte.
El
peligro temido por Vishtaspa acechaba desde el norte, dirección en la que
cualquier año podían aparecer las hordas escitas en cuanto el grano maduraba.
En cuanto arrancó la información a su anfitrión, Ciro dijo modestamente que la
responsabilidad del gran monarca consistía en proteger a hircanos y partos de
los salvajes de las estepas. Estaba al tanto de que Vishtaspa había dejado de
pagar tributos a Astiages y se había comportado en todo como un gobernante
independiente. Muy lejos de Ecbatana, había seguido sus impulsos sin que nadie
discutiese su autoridad y sin castigo. Ciro le propuso que se convirtiera en
sátrapa de Hircania y Partia. Gobernaría sus tierras igual que antes, pero en
nombre de Ciro el aqueménida.
─ ¿Y
cuánto habrá que pagar en tributos? inquirió el aqueménida de más edad. Dime,
primo, ¿cuántos carros de cereales, cuántos rebaños, cuántos quintales de
manzanas secas y de plata y turquesas? Astiages incluso hablaba de oro. No lo
tengo, el oro viene del este.
Ciro
había pensado en el delicado asunto de los tributos y pidió la sexta parte de
lo cosechado y de los rebaños en los años buenos y nada en años de sequía o
plaga. Se comprometió a que, en caso de necesidad, prestaría ayuda a su primo,
ayuda procedente de sus graneros y de sus ganaderías del oeste.
─ Un
zorro díjole al faisán: « ¡Te protegeré de todo peligro y te alimentaré cuando
lleguen las hambrunas!» se mofó Vishtaspa. Es fácil de decir y muy difícil de
cumplir. En mi Hircania no hay años malos. ¿Quieres saber por qué? Porque
estamos a una distancia segura de la muerte de la tierra, donde los imperios se
erigen y se desmoronan. Ahí, donde los ejércitos se matan entre sí y a las
cosas que crecen y esclavizan a los campesinos que viven bien para obligarlos a
construir palacios y torres de barro para alcanzar extraños dioses.
Después
de varias veladas de negociación, acordaron para íntima satisfacción de
Vishtaspa─ la cantidad de tributos a pagar. Estaba convencido de que Ciro
cumpliría la palabra empeñada. Por su parte, Ciro dio instrucciones al otro
aqueménida para que construyese graneros y canalizase las aguas de sus
torrentes. Sólo cuando acabó el invierno hizo la pregunta que no había dejado
de acuciarlo:
─
Primo mío, ¿por qué me recibiste con el título de príncipe de los embusteros?
Nadie más me ha llamado así.
─ Lo
heredaste. Astiages solía mentir. ¿No eres acaso su sucesor? Y Creso también
era un embustero simpático, como los demás monarcas del bárbaro Occidente.
Ciro
se había preguntado de qué manera Vishtaspa, con su tosco aspecto, tenía un
conocimiento tan minucioso sobre los acontecimientos de Occidente..., se lo
preguntó hasta que recordó la cantidad de hircanos que estaban al servicio de
las fuerzas armadas de medos y persas. El propio Ciro se mantenía en contacto
con los correos que casi todos los días llegaban de la carretera de postas con
mensajes de Hárpago y de otros sátrapas. Estaba algo preocupado pues su hijo no
había enviado ningún mensaje desde Pasárgada.
─
¿Nunca pensaste que un mal tan antiguo podía trocarse en otra cosa?
─
Claro que sí coincidió Vishtaspa y guardó un extraño silencio que duró tanto
como lo que tarda la leche en hervir. Así hablaba Zaratustra.
§
Ciro sigue las huellas de Zaratustra
Vishtaspa
siempre pensaba antes de mencionar a Zaratustra, que al parecer no era un ario
noble, un mago ni un sacerdote.
─ No
pasa una sola cosecha sin que se presente algún salvador para que le demos de
comer y para proclamar la llegada de un nuevo dios al poder observó Vishtaspa
en cierta ocasión. Hizo una pausa y añadió: Hace nueve años Zaratustra se
refugió aquí de los soldados de Rhagas. Lo oculté, lo alimenté y lo escuché. Es
hijo de Purrushaspa, el de los caballos grises, al Oeste del mar. Creo que
pertenece al clan de Spitama, el Blanco. Otrora fue soldado. Al menos sabía
tensar el arco largo de los partos, el arco que tienes que apoyar un extremo
contra el pie para tensarlo. Las flechas partas son capaces de atravesar un
escudo de hierro.
Ciro
se preguntó de dónde había salido el nombre del profético Zaratustra. Camellos
de oro no tenía sentido pues los camellos nada tenían que ver con el oro, a
menos que esas bestias portaran un cargamento, lo que, a su vez, apenas se
aplicaba a un ser humano. Por extraño que parezca, otras personas eran
incapaces de describir al profeta vagabundo, pese a que no tardaban en citarlo.
─
Una noche salí a mirar las primeras luces de Sirio la Brillante dijo Vishtaspa.
Zaratustra también estaba fuera y esperaba. Fue el primero en avistar la
estrella y extendió los brazos.
"¿Quién
estableció el camino del sol en oposición al de las estrellas?” , así habló él.
" ¿Quién hace que la luna crezca y mengue? ¿Quién sustenta la Tierra desde
abajo y los astros desde arriba para que no caigan? ¿Quién dio velocidad al
viento que impulsa las nubes como si fueran ovejas? ¿Qué artífice separó la luz
de las tinieblas..., y dio al hombre, aunque no la comprenda, la conciencia de
la totalidad de su creación?”
Vishtaspa
se rascó las barbas. Estiró las piernas ante el fuego del hogar, junto al que
dormitaban los perros pastores, y Darayous su hijo de once años, el mismo al
que en época posterior los griegos llamaron Darío trepó por sus piernas. El
gigantesco Vishtaspa estrechó a Darío en sus brazos y prosiguió:
─ Le
pregunté: « ¿Acaso has tenido una visión?'». Zaratustra gritó: «Yo no tengo
visiones, sólo un tormento». Preguntó a las estrellas quién, qué y, sobre todo,
por qué. Cuando le llegó la hora partió hacia el este, cruzando Coara, con el
tormento bullendo en su interior. Creo que estaba condenado a muerte por
haberse burlado del algún kavi, pero no parecía ser ésa la causa de su
tormento.
─
Tengo entendido que te convirtió.
Ciro
pensó en la peculiar tranquilidad de las haciendas hircanas.
─ En
aquel momento, no. Vishtaspa rió y su corpachón se estremeció, por lo que el
pequeño Darío se aferró a él. Convirtió a mi esposa, a Hutaosa, mi primera
esposa. Volvió a hacer una pausa. Sin embargo, Ciro, primo de Ansan, cuando se
fue sentí su fuerza. Oí que su voz se lamentaba en el jardín como si un
fravashi gimiera ante mí.
De
nuevo la voz. Ciro se preguntó mentalmente si el esquivo Zaratustra era de
verdad un hombre en lugar de la expresión del pensamiento, bueno o malo.
─
Los guardias de carretera lo persiguieron añadió Vishtaspa.
En
cuanto el terreno se secó, Ciro se dedicó a enseñar a montar a caballo a los
jóvenes hircanos y partos. Logró que los partos renunciaran a sus enormes arcos
y aprendieran a esgrimir un pequeño arco profundamente curvado desde la manta
sudadera y dirigiesen sus flechas contra blancos no sólo situados delante, sino
tras ellos. Los jóvenes le tomaron un profundo cariño.
A su
monarca, el nuevo sátrapa de Hircania y Partia, no le gustó esa preparación
para la guerra de hombres arrancados a un trabajo útil en los campos o, al
menos, eso fue lo que expreso.
─
Algún día vendrán los escitas replicó Ciro. Cuando lleguen, ¿a quién reclutarás
para que realice trabajo útil?
Vishtaspa
intuía la verdad; el rey aqueménida pensaba llevarse a los reclutas locales
cuando reemprendiese la marcha al este. Y fue lo que Ciro hizo, si bien dejó en
Zadracarta a su esposa elamita. No se encontraba bien después de las muertes de
Abradat y Panteia y una mujer cuyo embarazo estaba tan avanzado no podía
echarse a la carretera con los guerreros. Hutaosa la acogió bajo su amparo.
Además, la esposa de Ciro serviría como rehén que tranquilizaría a Vishtaspa.
El aqueménida más joven valoraba su amistad y las tierras fértiles que rodeaban
el Mar de Hircania. Por si esto fuera poco, echaba de menos a Amitis. Ya no se
presentaba a la hora de descanso del atardecer, cuando Ciro expresaba en voz
alta los contratiempos de la jornada. Era la última de sus antiguos compañeros
y cuando dirigió su rostro hacia los altos rojos del este, Ciro sintió que,
cuanto más aumentaba su poder, más solo estaba.
El
pensamiento de Zaratustra también lo perturbó. Al amparo de sus discursos
proféticos, ese hombre se revelaba contra la autoridad, era un ser del
populacho, como había dicho Hárpago. Ciro apenas acababa de atrapar el rebelde
Abradat cuando Zaratustra se interpuso en su camino. Amitis podría haberle
explicado cómo tratarlo, pero Amitis ya no estaba a su lado.
§ El
Mal llega a la fiesta
Los
persas volvieron a internarse por la conocida tierra roja, las pinedas y los
fríos vientos de las altiplanicies. Al ascender hacia Corasmia, respiraron
hondo y buscaron una cima notable en la que, el primer día del nuevo año,
ofrecer un sacrificio a Ahura, su dios solar. Fue allí donde les aconteció el
segundo Mal del recorrido. Ciro decidió que la culpa era de Farnaces, si bien
tuvo conciencia de que su juicio era injusto.
Los
habitantes de la elevada Corasmia ganaderos y cazadores salvajes aunaron
fuerzas para plantar cara a los que les pareció un ejército invasor. La gente
de las colinas se apostó en una saliente baja, frente al ejército de avanzada.
Al verlos concentrados, Ciro se dio cuenta de que habían cometido un desatino
pues la ligera elevación no los protegía de las flechas iranias ni podía
contener la embestida de los caballos de guerra. En consecuencia, dio orden a
los veteranos asvaran para que no avanzasen, mientras encomendaba a los nuevos
reclutas los hircanos y los partos que rodearan los extremos de la formación
corasmiana y la acosaran con sus arcos. Sabía que, al ser atacados por armas de
las que no podía defenderse, esos hombres sin entrenar se desbandarían. Su
huida dejaría expedita la carretera de las caravanas y su columna podría
avanzar. No abrigaba el menor de deseo de matar a los habitantes de las
colinas, bastaría con darles una lección.
Al
principio la maniobra tuvo lugar de acuerdo con sus órdenes, si bien los
jóvenes guerreros presionaron impetuosamente en los flancos para poner de
manifiesto su valor. Sin embargo, cuando los corasmios pusieron pies en
polvorosa, la situación se volvió insostenible para sus mil guardias montados,
comandados en aquel momento por el señor Farnaces, veterano que lucía en su
escudo una pantera a punto de saltar. Una vez libres, los corceles nisayanos se
lanzaron a galopar, salvaron la elevación de los combatientes y se dirigieron
hacia la multitud de fugitivos, dejando tras de sí el suelo cubierto de
cuerpos.
Cuando
Ciro convocó a Farnaces para juzgarlo por desobedecer una orden en el campo de
batalla, los portadores de la ley no asistieron a la audiencia; sólo estuvieron
presentes los comandantes de los centenares, que tomaron asiento en torno al
rey─juez y al demandado. Farnaces no alegó, cosa que podía haber hecho, que le
fue imposible contener la embestida de los mil. Estiró los brazos y se
arremangó las mangas sueltas para dejar al descubierto las cicatrices de los
combates. Según estipulaba la ley persa, hizo una relación de sus logros en el
campo de batalla para que se sopesasen con este delito grave.
Hacía
diecinueve años había realizado con Ciro el viaje del Mar de Hierba a
Pasárgada; había conducido a los jinetes embozados por la puerta de Ecbatana;
había escalado los peñascos en Sardes...
Después
de narrar sus veinte años de servicios, Farnaces apeló a Ciro.
─ En
virtud del pensamiento maligno de un minuto, ¿acaso mi señor el rey apartará a
Farnaces de sus camaradas de armas y de las cercanías del lashkargah, su
hogar..., ordenará a Farnaces que abandone este sitio y se dirija sin honores a
la puerta de una casa, ante la cual tendrá que decir a su familia: «Ciro va no
me quiere a su lado»?.
Ciro
sabía a qué apuntaba Farnaces: aunque lo bajara de categoría, deseaba
permanecer en el lashkargah. Después del primer mes de trayecto, Ciro reemplazó
a la mayoría de los oficiales de alto rango que no fueron capaces de adaptarse
a las severas condiciones de la marcha. Empero, no podía conservar como capitán
a un jefe como Farnaces. Instintivamente le habría gustado dar un salto y
exclamar que ese único delito estaba olvidado y, sin duda, diez años antes lo
habría hecho. De acuerdo con las estipulaciones de la antigua ley persa, ahora
debía hacerlo. Pero el aqueménida calculó mentalmente la distancia que lo
separaba de Pasárgada: más de cuarenta días en camello (casi 1.300 kilómetros).
Donde estaban, en medio de pueblos desconocidos, y pese a la lealtad de la
mayoría de sus hombres, el ejército se mantenía unido gracias a su autoridad
personal. Si pasaba por alto la desobediencia de Farnaces, ¿cómo exigirle a un
parto que respondiese de algún delito? Los reclutas partos asistían al juicio
desde la ladera de la colina. Ciro meditó y tomó una decisión injusta.
─ No
decretó. Farnaces, del clan de los mardianos y comandante de los mil
inflexibles, entregará su mando y partirá hoy mismo rumbo a la ciudad de
Ecbatana. Una vez allí se hará cargo de todas las fuerzas armadas hasta que yo,
Ciro, diga lo contrario.
Ciro
se preguntó fugazmente por qué eligió Ecbatana centro de los medos en lugar de
Pasárgada. Ecbatana, que era su base, se había vuelto más importante que la
ciudad que lo vio nacer. Pensó que allí Farnaces ostentaría el mando supremo
con honores y, de hecho, no estaría apartado del ejército.
No
obstante, el veterano consideró que era una decisión condenatoria. Intentó
hablar, titubeó y arrancó las alas doradas de la cinta que ceñía sus cabellos;
dejó caer el escudo al suelo y se alejó en silencio.
Ciro
se incorporó rápidamente, sacó el broche del manto que cubría sus hombros y se
lo puso a Farnaces. Ese regalo era una señal del favor del rey. Farnaces
inclinó la cabeza y siguió su camino. Ciro notó que su larga cabellera rizada
estaba salpicada de gris.
Los
guerreros persas aprovecharon el alto para celebrar un sacrificio de nuevo año
en honor del dios solar en la cumbre rocosa más cercana. Algunos bebieron más
vino del que escanciaron y al atardecer iniciaron la danza ceremonial en torno
a las hogueras..., aumentaron de ritmo al son gimiente de las flautas y el
redoblar de los tambores hasta que saltaron y brincaron, esgrimiendo las
espadas y los escudos. Aunque decían que se trataba de un baile ritual, no era
más que la danza de guerra aria que sus antepasados interpretaban después de la
victoria.
En
el campo de batalla aparecieron seres extraños. Portaban teas, llevaban batas
blancas con capuchas y parecían campesinos disfrazados. Por extraño que
parezca, buscaron a los corasmianos heridos y les limpiaron la sangre, pero
impidieron que el agua manchada cayese sobre la tierra. Mientras actuaban, las
figuras de blanco entonaron suavemente una especie de himno.
Cuando
Ciro llamó al jefe de los de bata blanca para que respondiese de sus acciones,
varios hombres desarmados se presentaron en su tienda. Negaron proceder de un
clan, un distrito o el gobierno de un rey.
─
Somos, simplemente, la congregación blanca. Hemos venido a curar lo que los
ratheshtaran han herido.
Ciro
tuvo dificultades para entender el habla del este, que en nada se parecía a las
lenguas griega, aramea o hebrea. Aunque los jefes persas entendían buena parte
de los dialectos arios, los portavoces de la congregación blanca utilizaban
palabras antiguas que en el oeste estaban prácticamente olvidadas. Ratheshtaran
quería decir "nobles que van en carro" y se refería a la época en que
éstos aún se utilizaban. A Ciro no le gustó esa palabra porque estigmatizaba a
sus jinetes como miembros de la clase noble.
─
¿Quién da las órdenes que obedecéis? inquirió.
Los
portavoces rieron como si se tratara de una broma y replicaron:
─
Ciertamente, no es un kavi, un capitán ni un ratheshtara.
En
consecuencia, eran hombres sin amo que practicaban un culto de clase baja.
─
Decidme, bufones preguntó el aqueménida al azar, ¿obedecéis al profeta
Zaratustra?
Los
portavoces dejaron de reír y se mostraron pensativos.
─
Seguimos el camino que él ha recorrido.
─
¿En qué dirección?
Señalaron
hacia el este.
─
¿Hacia qué ciudad? ¿Hacia Maracanda?
─
No, hasta la Ciudad del Oro..., la ciudad que contempla el sol.
El
mago había ido en pos del mismo sitio. Esas palabras hicieron que Ciro se
acordase de Vishtaspa. Volvió a verse de pie en el Barranco Rojo, junto a los
cadáveres de Abradat y su esposa, mientras la suya permanecía a su lado. En
aquel barranco Ciro se había lanzado de cabeza con la carga de los jinetes
contra los rebeldes, lo mismo que hizo Farnaces en estos altos rojos.
─
¿Dónde se alza esa maravillosa Ciudad del Oro? preguntó de sopetón. ¿Acaso no
es lo mismo que Kangdiz?
Los
de la blanca congregación entendieron la palabra que se refería al antiguo
castillo de los dioses.
─ No
replicaron. No tenía nada que ver con Kangdiz. Existía realmente a orillas del
Traedor del Oro, el Zarafshan, que fluye hacia el gran Río del Mar.
Como
no obtuvo información útil de los discípulos de Zaratustra, Ciro los despidió
con un regalo simbólico y pensó que, de una manera peculiar, la palabra oro
parecía una pista sobre la naturaleza y el paradero del esquivo profeta. El
regalo de la gran diosa también era de oro, pero Ciro estaba convencido de que
había dejado muy atrás a la deidad y a sus acólitos.
Durante
el viaje se orientó mediante un pequeño reloj de sol, a la manera de los
caldeos. Los jefes de las caravanas con las que se cruzaron le dieron detalles
sobre el territorio que encontraría. Algunas reatas de cargados camellos de dos
jorobas procedían de muy lejos, de debajo del nacimiento del sol del estío.
Portaban preciosos cargamentos de tallas de jade y marfil, sedas translúcidas y
oro. Ciro sabia que se encontraba en la pista de las caravanas que cruzaban
Maracanda (Samarcanda). Los guardias montados eran nómadas rechonchos que se
parecían a los escitas, pero no hablaban como tales. Los propietarios hicieron
ofrendas al gran monarca, pues pensaron que era lo que correspondía. Ciro les
aseguró que no haría falta vigilar sus mercancías en el camino hacia el oeste,
que era el que acababa de recorrer. A partir de ese momento sería seguro viajar
por la vía real. Para gran sorpresa de Ciro, el jefe de una de las caravanas
que se dirigía al oeste le dijo que había atravesado la cabecera del Río del Mar.
Señaló hacia el norte del amanecer estival, la misma dirección que Vishtaspa
había aconsejado no tomar a los persas. El hombre añadió que el río llevaba ese
nombre porque realmente desaguaba en un mar desconocido, al norte del
campamento del gran rey.
Cuando
llegaron al Río del Mar, los persas ya no pudieron pensar en otra cosa.
§ El
terror de las Arenas Rojas
No
estaban preparados para ver el río porque habían superado los límites del
imperio meda. Además, su meseta natal sólo contaba con pequeños torrentes de
montaña, alimentados por las escasas lluvias. En consecuencia, el agua fluyente
poseía una importancia casi mística para los persas. Ante su mirada incrédula
un inmenso río gris, un gigante de las aguas, discurría majestuosamente por la
seca extensión de una llanura. Se trataba del Amu Daria...; ¡el Río del Mar!
Con
ayuda de un arco parto, el arquero más potente sólo logró lanzar una flecha que
abarcaba la quinta parte del ancho del Amu Daria. El caminante más resistente
no logró seguir el ritmo de la corriente. Los ingenieros midieron el nivel de
aguas más alto en las orillas erosionadas y calcularon que, en la crecida,
aumentaba la mitad 1e su volumen. Esa inmensidad acuática no procedía de una
fuente visible y discurría hasta un final desconocido, todo lo cual fascinó a
los persas.
Un
guerrero juró que era el río gemelo del Nilo, el que sustentaba la vida en
Egipto. Ciro pidió a sus naturalistas que explicasen el milagro del Amu Daria.
Apuntaron la conjetura de que debía nacer en las lejanas montañas, donde se
acumulaba la nieve y que sin duda se vaciaba en algo más grande que un lago, en
un mar interior como el de Hircania. Probablemente de allí procedía su nombre:
el Río del Mar. De hecho, mientras se desplazaban a lo largo del río rumbo
norte, los persas tuvieron que desviarse alrededor de bahías y pantanos, pues
el Amu Daria formaba un delta en la inmensidad del llano.
─
Aunque tenéis un tesoro, no lo embridáis para aprovecharlo dijo Ciro a los
ribereños.
─ ¿Y
quién sería capaz de embridar el río? replicaron. No, fluye por donde quiere.
Los
ribereños eran el pueblo corasmiano. Moraban en aldeas de arcilla y paja y
cultivaban unas pequeñas parcelas en los bordes de los pantanos pues sus
asentamientos eran arrasados por las riadas o se quedaban secos cuando los
brazos del Amu Daria cambiaban de canal. Pese a que no creían en que su
infortunio procedía del Destino como los bárbaros griegos, los corasmianos eran
tan sumisos como los caspios de la Ansan ancestral de Ciro. Explicaron que
ninguna caravana seguía la ruta que bordeaba el río porque por el norte
conducía a las estepas de los nómadas a los que llamaban dahianos, que
significa, simplemente, enemigos.
A
Ciro lo exasperó contemplar ese caudal de agua que abarcaba el territorio
corasmiano sin que nadie le hiciese caso. Aseguró a los jefes de las aldeas que
era posible embridar el río y mantenerlo dentro de canales para regar una
inmensidad de campos y bosques de madera dura. Señaló que, en el caso de
hacerlo, el pueblo corasmiano estaría en condiciones de construir moradas de
piedra y madera y que, si prosperaba, las caravanas comerciales buscarían sus
asentamientos. Los corasmianos le respondieron que si enriquecían la tierra y a
sí mismos, los dahianos los asolarían.
─
Los dahianos de los que habláis deben ser parientes de los nómadas escitas
comentó Ciro. A partir de ahora los expulsaré de las tierras que están bajo mi
gobierno.
Se
acordó de las incursiones de los bestiales cimerios que, después de años de
terror, fueron rechazadas por Ciaxares el medo. Ese territorio de seres
derrotados que vivían un poco mejor que sus animales junto a un río
incomparable podía convertirse en la primera satrapía del este, en un nuevo
dominio aqueménida.
Por
esos motivos y, sobre todo, porque representaba un desafío, Ciro puso en marcha
su intento de controlar al gran Amu Daria. Tenía la costumbre de intentar lo
que parecía imposible y de encontrar el modo de lograrlo, pero el río se
convirtió en un adversario insaciable.
Los
ingenieros eligieron una cuenca ancha de la salida porque era posible
embalsarla. Podían convertirla en un lago y el flujo saliente discurrir por
canales que, a su vez, crearían un delta de pantanos. El embalse propiamente
dicho los desafió durante mucho tiempo. A diferencia de la tierra de Susa, la
arcilla de Corasmia no servía para hacer ladrillos cocidos. Los persas
diseñaron nuevos hornos para dar mayor calor a la cocción. Convocaron a miles
de campesinos para realizar la tarea, pero no encontraron material bastante
resistente para retener el fluir de las poderosas aguas.
Transcurrieron
meses mientras Ciro, sus huestes y los lugareños se dedicaban a trabajar en el
río.
─
Nada sirve comunicó finalmente a Ciro el medo que era el más viejo de los
ingenieros─. El enladrillado no resiste. Para esta obra sólo sirven la piedra
caliza dura o el granito..., montados sobre asfalto.
─
Pues hazlo así.
El
veterano ingeniero agitó las manos y protestó:
─ Al
monarca aqueménida le resulta muy fácil decir «hazlo». En este desierto no he
visto huellas de piedras duras ni de asfalto. Señaló hacia el sur del este. El
granito más próximo se encuentra en las canteras de Maracanda, hacia allá.
Representa veinte días de viaje. Señaló hacia el oeste. Seguramente el asfalto
más próximo está en la otra orilla del Mar de Hircania, donde arde el fuego
eterno. Ignoro a qué distancia está de aquí.
─ A
noventa días, si hablamos de bestias cargadas le informó Ciro y evaluó el
problema. La gran ruta de las caravanas de Maracanda a Rhagas cruza nuestro río
no muy lejos de aquí, hacia arriba. Reúne conductores, sube hasta la carretera,
visita las postas, llévate los camellos de tiro y los carros de cuatro ruedas
tirados por caballos. Los carros de bueyes de los campesinos son muy lentos y
no pueden desplazarse por la arena suelta. Por orden mía, reclama el pago del
transporte a Vishtaspa sobre sus tributos del año próximo. ¡Y no vuelvas a
decirme que nada sirve, más bien busca algo que dé resultado!
Transcurrió
otro año nuevo antes de la llegada de los primeros cargamentos de asfalto
negro. De todas maneras, los ingenieros iranios cavaron para colocar los
cimientos laterales del embalse y rellenaron las excavaciones con piedra
triturada. Ciro y los asvaran exploraron el mar en la desembocadura del río y
descubrieron el motivo por el que llevaba ese nombre: el Mar de la Isla (Aral).
Sus aguas azules eran poco profundas y estaban salpicadas de incontables islas
de arcilla y roca. Los científicos de la expedición llegaron a la conclusión de
que en una era remota, sólo conocida por los dioses, esos mares interiores
habían estado unidos y llegaban hasta las grandes cordilleras.
Al
cruzar la divisoria de las aguas y contemplar un nuevo horizonte, Ciro pensó
que todo eso también formaría parte de su dominio. Varias generaciones antes
sus antepasados habían errado por esos llanos vírgenes en busca de animales de
caza o de botines; y ahora él, el primer rey civilizado de los arios, no
retornaba a las extensiones indómitas para saquear, sino para regirlas.
Estaba
muy orgulloso de sí mismo cuando percibió la proximidad de dioses hostiles.
Los
pescadores del Mar de la isla lanzaron la voz de alarma. Dijeron que, una vez
más, el enemigo procedía del norte. Al regresar al campamento a orillas del
río, Ciro lo encontró atestado de familias de los asentamientos del este que se
habían refugiado allí. Dos nobles del territorio de Maracanda lo buscaron de
inmediato.
Eran
portavoces de la ciudad de las caravanas y explicaron que las hordas nómadas
avanzaban hacia los asentamientos, dispersaban los rebaños porque eran tan
irreflexivos como los animales, ataban con cuerdas a las mujeres y a los niños
pequeños pero fuertes y asesinaban a todos los demás. El camino de los nómadas
quedaba señalizado por el humo de las granjas incendiadas y las familias
supervivientes se apiñaban en las fortificaciones de Maracanda.
Los
invasores eran masagetas, seres endemoniadamente implacables. Los portavoces
explicaron que ese año los jefes de los nómadas no aceptaron un rescate a
cambio de salvar a la ciudad. Los jefes masagetas trasladaron sus mujeres y sus
carros y juraron a la gran diosa que le ofrendarían la incendiada Maracanda,
donde sacrificarían mil caballos y mil cautivos a su insaciable deidad.
Pese
a todas las expresiones de temor, Ciro y los persas sospecharon que la
incursión tenía cierta fuerza y que tal vez se dirigía al rico saqueo de la
ruta de las caravanas. Ciro pidió a los oficiales que reuniesen a los guerreros
corasmianos montados, a los hircanos, a los partos y a sus propios regimientos
y que cada jinete llevase en las alforjas alimentos para una semana. Ni un solo
carro de provisiones acompañaría al ejército.
─
Encontraremos suficientes alimentos en los carros de los miembros de las tribus
concluyó. Puesto que han traído sus mujeres y sus carros, se les presentará la
desventaja de tener que defenderlos, mientras que nosotros podremos movernos a
voluntad.
Recordó
a las guerreras sármatas que en el Mar de Hierba habían intentado proteger sus
sepulcros. No condujo el lashkargah reforzado a Maracanda porque la gran ciudad
estaría a salvo si lograba expulsar a los nómadas, mientras que si introducía
al ejército en Maracanda, podría ser asediado por los arqueros a caballo de las
estepas, luchadores peculiares pero peligrosos.
Ciro
puso rumbo este mediante largas marchas, a fin de cruzar la llanura llamada
Arenas Rojas en virtud de su seco terreno de loes. Esa tierra erosionada se
levantaba en oleadas como la marejada en medio de una tormenta, si bien la
raída hierba de primavera permitió pastar a los caballos. El disciplinado
ejército de un estado civilizado hizo frente a los nómadas en las estribaciones
de las afueras de Maracanda.
Aquel
día el aqueménida saboreó la amargura de la derrota. Los guerreros esteparios
no se presentaron en formación. Se lanzaron como manadas de lobos sobre las
olas de tierra. Protegidos por sus pieles y sus cueros y a lomos de caballos
peludos pero veloces, arremetieron masivamente contra los persas que lanzaban
flechas y se separaban para rodear los altozanos. Las flechas atravesaron los
escudos y las escamas metálicas de las túnicas que cubrían los cuerpos.
Como
si fueran animales, los masagetas parecían insensibles a las heridas.
Sangrantes, azuzaron a sus monturas a la carrera para no separarse de sus
compañeros. Reclinados en las sillas de montar, eran un blanco difícil para los
potentes arcos persas, la mejor arma de los asvaran. En lugar de lanzar gritos
de guerra, emitían un ulular ronco que expresaba su cólera y su júbilo. El oro
resplandecía en los brazos y los cuellos de los jefes. El polvo arremolinado
los cubría y salían inesperadamente de los nubarrones para asestar duros golpes
a las filas de soldados. Cuando cien jinetes persas se lanzaron sobre los
nómadas, éstos se separaron justo delante de la embestida y la acosaron a
flechazos desde los flancos.
A
media mañana, mediante gritos y un cuerno de señales Ciro ordenó el repliegue
de sus regimientos. Preparó la resistencia en un valle largo y poco profundo.
Aunque estaban protegidos del enemigo gracias a una elevación cubierta de
maleza, Ciro se percató de que vigías ocultos seguían las maniobras de los
guerreros persas. Sabía que había perdido demasiados efectivos y que era inútil
librar un combate a la manera de los nómadas. Los masagetas debieron de
observar su aproximación. Recordó un dicho del astuto Hárpago, según el cual el
valor irreflexivo era fatal para los guerreros. Durante un rato, mientras los
masagetas decidían su siguiente operación, Ciro dejó que sus efectivos
volvieran a sus puestos en medio de las órdenes de los capitanes, al tiempo que
los caballos recuperaban el resuello. En cuanto estuvieron prestos, recorrió la
columna de cabo a rabo.
A
medida que los comandantes de los regimientos se acercaban a medio galope, Ciro
les ordenaba que lo siguiesen.
─
Con los arcos en sus estuches ordenó y las lanzas en la mano. Nadie debe tensar
su arco ni arrojar la lanza. Ningún ciento puede separarse de su millar. Bajo
un penacho de plumas blancas, Ciro llevaba una diadema enjoyada que centelleaba
cuando le daba el sol: un casco pobretón pero fácilmente visible. Seguid esto
añadió animado y lo alzó. Vamos donde sólo cabalgan los valientes y huyen los
cobardes. Esta vez alcanzaremos la victoria.
Aunque
no era más que una afirmación azarosa, Ciro sabía que exaltaría a sus
hombres..., del mismo modo que supo que, desconcertados por su repliegue, los
nómadas estarían esperando con sus bandas para averiguar qué dirección tomaban
los persas.
En
consecuencia, cuando galopó hacia la cabeza de la columna, lo hizo con un medio
galope lateral. Un círculo de lanceros lo rodeó para protegerlo. Cualquiera que
mirase supondría que los persas retrocedían hacia su campamento. Empero no
tenían el bagaje acampado. Ciro hizo avanzar a medio galope a su nisayano.
Contaba mentalmente los minutos, intentaba calcular qué harían los jefes
nómadas en ese lapso y cuánto tardarían en reunirse para atacarlo. A medida que
contaba, notaba que a sus espaldas se aceleraba el ritmo de los cascos de los
caballos.
Condujo
la columna alrededor de la elevación y frenó el corcel de cara a los masagetas.
Como
sospechaba, los nómadas estaban a la vista y sus oscuras masas se fundían. Ciro
soltó las riendas y el experimentado nisayano bufó y galopó hacia el enemigo.
Tras él los comandantes desplegaron los regimientos hasta formar un frente de
batalla. Este avanzó con las lanzas en la vanguardia. En un primer momento, los
nómadas cedieron lentamente terreno para formar sus manadas, pero no contaban
con las espadas ni las lanzas de los jinetes aqueménidas, no tenían la voluntad
de resistir y luchar cuerpo a cuerpo. La carga persa los traspasó.
Las
oscuras manadas de masagetas se alejaron, cada vez más distantes y a mayor
velocidad. Ciro contempló por primera vez el campamento de los nómadas, con los
carros fijos, las bestias sujetas con ronzales, las masas de rebaños y de
cautivos. Al girar en esa dirección, los masagetas galoparon entre los persas y
el campamento. El ulular se convirtió en cólera frenética mientras se
esforzaban por repeler el ataque y caían.
Desalentados
por esa embestida a la que no pudieron hacer frente, los nómadas se separaron e
intentaron salvar sus propiedades o sus mujeres que, entre los carros,
esgrimían ferozmente los arcos. En cuanto iniciaron la escapada, no hubo fuerza
que volviese a reunirlos.
Al
caer la tarde los masagetas habían desaparecido en bandadas en dirección al
horizonte norteño. Ciro puso fin a la persecución antes del crepúsculo para
regresar al desordenado campamento, liberar a los cautivos de sus ataduras y
rodear al ganado aterrorizado. Los carros de los masagetas estaban llenos a
rebosar de productos del campo. Las mujeres liberadas de la esclavitud lloraron
de alegría y corrieron a las fogatas a preparar comida para los agotados
guerreros. Ciro desmontó hacía catorce horas que no se apeaba del caballo para
comer un poco de requesón y orejones de albaricoque remojados en un cuenco.
Preguntó a sus hombres:
─
¿Es que no os dije que encontraríamos la cena en los carros nuestros enemigos?
─
¡Pues sí que es verdad! ─gritaron admirados─. Es la pura verdad que eres
nuestro profeta y nuestro pastor y que nos conduces de la penuria a la
abundancia!
Ciro
no les recordó que aquel día habían estado al borde del desastre. Lamentó que
esa noche su hijo o su esposa elamita no estuviesen a su lado, pues habría
compartido con ellos sus pensamientos. ¿O los habría guardado para sí? Amitis
había cambiado su actitud hacia él desde la matanza en el Barranco Rojo. Como
el gentío que lo rodeaba estaba pendiente de sus palabras, alzó los brazos
hacia el cielo cada vez más oscuro.
─
Ahí arriba brillan las siete estrellas guardianas que cuidaron de nosotros.
¡Seguro que nos guiarán a nuevas victorias!
§ El
desplazamiento de las fronteras
Cuando
Ciro entró triunfal en Maracanda, los agradecidos mercaderes de la ciudad de
las caravanas celebraron una jubilosa fiesta en los jardines colgantes
adornados con alfombras e iluminados por farolillos que pendían de los
frutales. Acomodaron al aqueménida en un sillón de plata, con seda bajo los
pies. Los poetas lo alabaron como alguien superior a Aquemenes, como a un
hermano de Jamshid, el que conquistó a los demonios del norte. Su espada dadora
de muerte, loaron los poetas, supuso una victoria memorable de los héroes del
Irán sobre los antiguos enemigos de Turán. Fue una victoria, entonaron, que
hasta ese día ningún mortal había conseguido.
Mientras
escuchaba pacientemente, Ciro pensó que aquel día había estado demasiado
preocupado para retirar su espada de la funda llena de adornos y que conseguir
una victoria decisiva sobre los sármatas y los masagetas sería más difícil que
controlar el Amu Daria.
Embriagados
por el vino y el alivio, los magnates de Maracanda se apiñaron en torno a Ciro
para rendirle pleitesía como rey y jurar que le erigirían como morada un
palacio de jade y calcedonia; lo llenarían de plata con el peso de diez
talentos que irían a parar a su tesoro y podría elegir entre sus doncellas
nobles para sus placeres. Ciro agradeció sus buenos propósitos y les pidió mil
camellos de dos jorobas, un millar de carros tirados por bueyes, mil artesanos
y otros tantos guerreros jóvenes y valientes. Añadió que todo eso lo ayudaría a
acometer el trabajo que pretendía realizar en Maracanda.
Por
su parte, convirtió a Maracanda en la capital de una nueva satrapía: Sogdiana.
Era el antiguo nombre del inmenso territorio que se extendía entre los dos
caudales del este: el Río del Mar y el Río de las Menas. Nombró un sátrapa
sogdiano para que gobernase en su nombre. En el este, como había ocurrido con
Vishtaspa, dejó el gobierno en manos de un noble local. En el oeste había
reemplazado a Astiages, a Creso y a otros por persas, medos o armenios de
confianza.
─
Hace pocos días me pedisteis ayuda para defender las murallas de vuestra ciudad
dijo a los nobles de Maracanda─. Desplazaré vuestra frontera un mes de travesía
hacia el norte. A partir de ahí podréis proseguir vuestro comercio en paz, pues
creo que es lo que mejor sabéis hacer.
Para
los mercaderes de Sogdiana era novedosa la idea de defender sus murallas y la
ruta de las caravanas alejando a sus enemigos, los nómadas. En su fuero interno
pensaron que el soberano persa jamás lo conseguiría. Y en un año lo logró.
Condujo a todos los campamentos nómadas hacia el norte, al otro lado de la
barrera del ancho Aral y del Syr Daria, el Río de las Menas. Dicho caudal
trazaba un alto recorrido de mil kilómetros desde las altas cumbres de
Maracanda y desaguaba en el Aral. Los nómadas no sería capaces de vadear
semejante barrera ribereña y podía impedir que la cruzaran en balsas o en
pieles de animales infladas. Para montar guardia sobre el Syr Daria, Ciro
construyó siete fortalezas tantas como las siete estrellas y estableció postas
de caballos en el sendero que las enlazaba. A modo de control de la nueva
frontera, hizo erigir una población fortificada a la que llamaron ciudad de
Ciro o, simplemente, Cira. Esas avanzadas advertirían en seguida de toda
incursión o invasión y así podrían organizar el ejército defensor en Maracanda.
Un
año después del establecimiento de Cira los ingenieros completaron el puente
sobre el otro río, el Amu Daria. En época de crecidas se llenaba la represa
situada detrás del nuevo embalse de piedra; cinco compuertas liberaban el agua
por cinco canales que regaban las tierras de labrantío que llegaban hasta el
mar. La satrapía de Corasmia controlaba las aguas y cobraba impuestos a los
asentamientos que se beneficiaban del riego. Ciro dijo que si no pagaban
impuestos no recibirían agua.
La
mañana de su partida del llano Ciro recibió una advertencia. Se despertó antes
del alba, consciente de que alguien había entrado en su tienda y pensó que era
un ayudante que se ocupaba de las alforjas, ya que siempre se ponía en marcha
con las primeras luces. A su lado nadie se movió y en medio del silencio oyó
que los guardias hablaban en voz baja junto a la entrada.
Reparó
en la oscuridad que contrastaba en la penumbra del pabellón. Inmóvil en el
jergón, Ciro distinguió una figura en pie que no se movió. La palidez de un
rostro apareció por encima de un cuerpo vestido de negro y Ciro tomó aire para
llamar a gritos a sus hombres. En ese momento la figura le habló con palabras
que apenas comprendió. Por segunda vez..., llevó el mal... al pueblo de ella,
que no le hizo ningún daño.
Esa
voz medida no pertenecía a un ser humano. Le recordó a Timiris colérica; Ciro
pensó en la gran diosa y se dispuso a levantarse. Segundos después forcejeó con
un cuerpo que se agitaba, aferró un brazo y sintió un aliento ardiente junto a
su rostro. Ciro tensó los hombros y repelió a su rival. La figura se esfumo. El
aliento desapareció.
Había
algo caído en la estera, a sus pies. Lo buscó a tientas y aferró el metal
blando de una daga pesada. Franqueó la cortina de la entrada para pedir
explicaciones a los dos guardias lanceros que lo miraron azorados.
─
¿Quién salió antes que yo? inquirió.
Los
jóvenes guerreros intercambiaron una mirada y uno explicó que sólo era una
mujer cubierta por un manto, una mujer rubia con la cabellera al viento.
─¿La
viste entrar?
Los
guerreros respondieron rápidamente al unísono:
─
No, no entró durante nuestra guardia.
Los
jóvenes miraban la mano derecha de Ciro. En el resplandor de la lámpara Ciro se
dio cuenta de que esgrimía una daga de color oro profundo y percibió con los
dedos la conocida imagen de Ishtar y la leona. Se había desprendido de ese don
de la diosa hacía mucho tiempo, en el Mar de Hierba, después de la matanza de
Vartan. Había ocurrido después del saqueo de la tumba sármata y de desafiar a
la princesa Timiris.
Ningún
deva de la diosa lo había visitado; estaba casi seguro de que había sido un
sármata y tal vez la propia Timiris, que manifestaba su odio, que se colaba
embozada en los últimos instantes de oscuridad, cuando el campamento empezaba a
volver a la vida. La cólera dominó a Ciro y gritó:
─
¡Perros de guardia ciegos, permitís que una moza nómada pase junto a vuestro
puesto!
Otros
efectivos se acercaron armados y Ciro ordenó que sacrificasen a los jóvenes
guardias con sus propias lanzas, orden que cumplieron en el acto. Cuando se
calmó, Ciro se arrepintió.
Los
guerreros muertos habían supuesto que la bella mujer que salió de su pabellón
antes de las primeras luces había abandonado su jergón después de darle placer
durante la noche. Tal vez la diosa, protectora de las mujeres, los había
hechizado en ese instante.
§ El
peligro de las cumbres
Una
nadería atrajo al aqueménida hacia el este. Al dirigir su corcel hacia el
amanecer, satisfizo su propio anhelo de buscar nuevas tierras. Tomó esa
dirección a pesar de que el cuarto invierno de la travesía tocaba a su fin y de
que los correos presentaban apremiantes súplicas para que el monarca y el
ejército regresasen a Ecbatana.
No
fue más que la aparición de los criados de la congregación blanca, que se
llevaron los cadáveres de los guardias sacrificados para enterrarlos.
─ Se
apiñan como los milanos ante la carroña protestó el envejecido Emba.
Exasperado,
Ciro ordenó que los mendicantes blancos se presentasen ante él.
─ No
obedecéis a capitán ni a kavi alguno y os jactáis de vuestra Ciudad del Oro, en
la que aparentemente siempre brilla el sol. Ha llegado el momento de que me
guiéis hasta ella. Tengo suficiente plata, pero necesito oro. ¿Dónde queda ese
sitio cuyo río se llama Traedor de Oro?
A
decir verdad, Ciro necesitaba llenar los cofres del tesoro porque ahora debía
mantener los regimientos de los pueblos orientales. La daga de Ishtar, de oro
puro, se lo recordó.
Al
igual que las gentes de Corasmia, los mendicantes blancos se rieron como si
compartieran una broma que superaba la comprensión del aqueménida. Un miembro
de la congregación blanca dijo:
─ Un
leproso que se arrastra puede encontrar nuestra ciudad y ponerse en pie, una
paloma con las alas rotas puede sobrevolarla, pero un monarca de la tierra
jamás la encontrara.
─
Ese tipo de acertijos no tienen solución opinó Ciro. Pretenden ocultar la
verdad, que es lo que me propongo descubrir.
Ordenó
que al portavoz el más poderoso y divertido de los mendicantes blancos le
ataran los brazos y lo montaran sobre un animal de carga para que acompañase al
ejército. El mendicante dijo llamarse Haddu y no reveló el nombre de su padre.
No se amilanó porque lo hubiesen atado para servir de guía. Ciro ordenó que la
marcha subiría por el Amu Daria hacia el este. Estaba convencido de tener dos
pistas sobre el secreto que la congregación blanca guardaba. Sin duda, las
caravanas trasladaban el oro desde una región del este y en Corasmia la
congregación blanca había llamado Zarafshan al río de su tierra, caudal que era
el Traedor del Oro que desaguaba en el Amu Daria. Probablemente quedaba en la
cabecera del río, que los científicos persas consideraban muy lejana,
seguramente en las altas cumbres donde se acumulaba la nieve.
El
ejército inició la marcha de buena gana porque los veteranos gustaban de ir en
pos de tesoros y porque a esa altura todos acataban a Ciro. En campo abierto
sus deseos personales se convertían en ley.
En
seguida dejaron el camino de las caravanas y siguieron el gran río a través de
las colinas de loes rojo, a través de las gargantas cada vez más estrechas,
rumbo a las cimas en las que no hallaron moradas. Escalaron las estribaciones
de montañas tan inmensas que las nubes ocultaban las cumbres. El frío aumentaba
a cada día que pasaba.
Haddu
se tornó temeroso. Acabó por arrodillarse ante Ciro y le suplicó que
emprendiese el regreso.
─
¿Hacia dónde? preguntó el soberano. ¿Qué camino conduce a tu casa?
Profundamente
perturbado, Haddu bajó la cabeza.
─
Gran rey de muchos, quizá no puedas atravesar estos valles. Emprende el regreso
antes de que las nieves te corten el paso.
No
volvió a referirse a los leprosos que se arrastraban. Ciro se percató de que
los pocos pájaros que vio eran pájaros de alas anchas o cuervos; los árboles
eran pinos enanos doblegados por el viento. Un sendero se elevaba sinuosamente
junto al río menguante. Animales y hombres de a pie lo habían vadeado y sin
duda atravesaba las montañas. ¿A dónde iba?
En
lontananza y por encima del ejército que ascendía, el río formaba una sonora
catarata. El estrépito iba y venía con el viento, como el rugido de una bestia
enfurecida. Ciro experimentó casi físicamente la cólera de esas alturas, más
elevadas que las montañas de Pasárgada.
Caía
el día cuando un fuerte viento despejó la cubierta de nubes que rodeaba el
ejército persa. Desde las honduras del barranco el polvo se arremolinó e
interpretó una danza demoníaca. Por encima del barranco aparecieron excelsas
cimas envueltas en nubes. Con el aleteo de los vientos la nieve se agitaba en
las cumbres y bailaba su propia danza.
Casi
cegados, hombres y animales se aferraron a las piedras del sendero y se
inclinaron para ampararse del viento. Daba la impresión de que la tierra plana
había girado para elevarse sobre ellos y descender hasta profundidades ocultas.
Haddu aseguró que el viento desataría una tormenta.
Atardecía
cuando el viento cesó y avistaron el cielo tras las cumbres de la montaña. Los
rayos parejos del sol deslumbraron de sopetón a los integrantes de la marcha.
El firme azul del cielo dejó de ser benéfico para tornarse amenazador. El
sendero se dividía al separarse del barranco, una pista subía hasta la catarata
y la otra trazaba un círculo a la derecha. Los jefes hircanos de los jinetes de
avanzada retrocedieron para preguntar a Ciro qué camino tomaban y éste no supo
qué responder. Todos se habían puesto las capuchas de fieltro y arropado con
los mantos para protegerse del frío atenazador. Ciro convocó a todos los
comandantes a evaluar la situación junto al único fuego que sus sirvientes
lograron encender con la escasa leña que encontraron.
─ La
tormenta está cerca de nosotros advirtieron los montañeses.
─ En
ese caso, soltad al prisionero Haddu y fijaos a dónde va ordenó.
Como
ante esas situaciones de peligro estaban autorizados a dar su opinión, los
jefes de las tribus y los oficiales por turno, de mayor a menor dieron rienda
suelta a sus temores: los dioses desconocidos de esas alturas les cortaban el
paso; los queridos corceles nisayanos no sobrevivirían tres días más sin
forraje; ya no sabían qué camino seguir ni qué pueblo los esperaba al otro lado
de las cumbres. Ciro llegó a la conclusión de que sus hombres estaban
atenazados por dos preocupaciones: temían por los caballos, sin los cuales
quedarían inermes y de a pie, y por la frialdad del sol, morada de Ahura, dios
de los arios. Todos soñaban con el regreso.
Ciro
no dio su opinión hasta que cayó la noche y las cumbres blancas resplandecieron
como espectros. Preguntó por dónde había escapado el mendicante.
─
Haddu se largó por la pista de la derecha replicó a regañadientes un oficial.
Ciro
se alejó del resplandor de la hoguera, trepó a una saliente rocosa y miró en
esa dirección, hacia el sur. En medio de la más absoluta oscuridad brillaba un
único punto luminoso. Podría haber sido una lámpara solitaria y cercana o una
gran fogata lejana. Como no se movía, los persas dedujeron que se trataba de
una hoguera encendida en una cumbre lejana. En ese caso debían de alimentarla
seres humanos.
─
Pese a que juró que jamás nos guiaría, involuntariamente es lo que el
mendicante ha hecho observó Ciro.
─
Pero no involuntariamente intervino el oficial taciturno. Cuando le corté las
cuerdas me aconsejó que emprendiera el regreso por el camino porque, de lo
contrario, mi cuerpo se convertiría en alimento de los milanos.
A
Ciro se le ocurrió que el oficial hircano se había inventado ese comentario
pues deseaba regresar a su tierra. Un persa jamás habría mentido.
─ De
todas maneras, hemos avistado una almenara y podemos seguirla añadió tajante.
Que vuestros miles descansen y duerman si pueden. Con las primeras luces el
lashkargah marchará hacia el sur, en dirección a la almenara.
Antes
de la partida, la luz de las estrellas palideció y quedaron rodeados por copos
de nieve. Ciro reparó en la fuerza de la ventisca, despertó inmediatamente a
sus seguidores y cogieron el camino de la derecha. Como se temía, la nevada
ocultó la luz lejana. Avanzaron a pie con el viento a las espaldas, arrastrando
a los caballos y pisando el sendero como ciegos.
§
Donde gobernaba Zaratustra
Al
segundo día descendieron a un valle cubierto de nieve, donde los animales se
alimentaron de líquenes y brezo. Esa noche los efectivos durmieron alrededor de
fogatas protegidas por espesos pinares. Ciro ordenó un alto en el camino para
que los rezagados por la nevisca llegaran hasta las hogueras. Los enfermos y
los grupos nómadas no se sumaron a la columna militar y para entonces el
ejército se había convertido en un conjunto de nómadas famélicos. Sólo pensaban
en una cosa: llegar a la almenara que brillaba intermitentemente en medio de la
tormenta. Al tercer día la nevada cesó, volvieron a sentir el calor del sol y
oyeron que el agua discurría a sus espaldas.
El
valle se ensanchaba y descendía hasta una llanura fértil en la que rutilaba el
agua de un lago. Cuando se volvió para contemplar las blancas cumbres que
habían dejado atrás, Ciro comprendió que sus seguidores no podrían desandar lo
recorrido mientras durase el invierno. Los persas avanzaron por el sendero que
se convertía en un camino de carros y tropezaron con extraños compañeros de
viaje, ya que eran ciegos o tullidos. Estos alzaban sus rostros hacia el calor
y gritaban que, aunque no pudiesen verlo, si percibían el sol. Un patriarca
envuelto en pieles y que se arrastraba apoyándose en un báculo gritó que habían
ingresado en el reino del sol. A su lado un leproso avanzaba a rastras y se
abstenía de tocar a su compañero.
Ciro
preguntó a los tullidos quién gobernaba ese reino.
─
Nadie, ni kavi ni rey replicaron. Estamos en la tierra de Zaratustra.
─ ¿Y
dónde está Zaratustra?
Como
un solo hombre, los enfermos señalaron una cumbre azul que se alzaba al otro
lado del valle.
─
¡Allá!
─
Allá, ante el fuego de Bactria ─añadió el leproso con autoridad.
Ciro
dedujo que ese fuego podía ser la almenara que habían seguido en medio de la
tormenta. A medida que avanzaba, el gentío semejante a una peregrinación
aumentaba y sus preguntas recibieron respuestas desconcertantes. ¿Dónde estaba
el templo, la morada de los dioses? Le aseguraron que no podría encontrarlo
porque no existía. ¿Dónde quedaba el sitio de los sacrificios? En ninguna
parte, afirmaron los peregrinos. ¿A dónde iban? A renovar sus vidas.
Hasta
entonces el aqueménida no había entrado jamás en un país que careciese de
templo o altar de sacrificios atendido por sacerdotes. Al pasar frente a una
choza situada a la vera del camino, Ciro frenó para observar a un hombre
robusto que se ocupaba de palomas y faisanes enjaulados. Dedicado a entablillar
el ala de una paloma, el hombre mantuvo el rostro oculto, pero Ciro reconoció a
Haddu y gritó:
─
Dijiste la verdad sobre los leprosos y los pájaros de alas rotas. Debes
reconocer que yo, el rey, he encontrado el camino hasta este valle de..., de
Bactria.
─
¡Que Ahura Mazda evite los males de tu llegada!
Haddu
se inclinó en silencio sobre su paciente emplumado y segundos después Ciro
azuzó su caballo. Pensó que el mendicante renovaba la vida del pájaro, como si
tuviera importancia. Entretanto, sus hombres aliviaban el hambre con leche
fresca y carne, y sus caballos se alimentaban de ricas pasturas. Antes de
llegar al final del gran valle, Ciro y sus científicos dedujeron que la
profundidad le proporcionaba calor en invierno y que las enormes murallas de
nieve le ofrecían incesante agua y los protegían de invasiones. Puesto que la
congregación blanca se había esforzado por ocultar el camino de entrada, debía
de existir otra salida escondida. A la vista de los desconocidos, la cadena
montañosa no era más que una barrera, pero los habitantes conocían los desfiladeros
que atravesaban las cumbres.
Aunque
hablaron convencidos del valle de la paz, los pobladores apenas se refirieron a
lo que había hacia el este. Hablaron sucintamente de las tierras allende las
montañas. Mediante un paciente ejercicio de persuasión, Ciro se enteró de que
la cabecera del río Indo conducía a ciudades que en la antigüedad habían sido
prósperas. Ciro soñaba con seguir explorando esa India. Supuso que los
bactrianos comerciaban con los mercaderes del valle del Indo, pues en sus
hogares tenían muchos artículos exóticos y telas raras. Los médicos utilizaban
remedios desconocidos incluso en Babilonia, pese a que en la escritura eran tan
hábiles como Ciro. Esas gentes parecían proceder de muchas tierras, tal vez
eran refugiados y todos se habían unido para proteger sus secretos de Ciro.
Cuando
buscó la ciudad convencido de que allí encontraría a los verdaderos gobernantes
del territorio, se topó con cacerías que pendían de las laderas como nidos de
pájaros de un gran árbol. En todas partes le ofrecieron comida fresca en
vasijas de oro y los portavoces de las aldeas insistieron en que no pagaban
impuestos a un tribunal ni a templo alguno.
Ciro
no les creyó y preguntó:
─
¿Para qué extraéis tantas cantidades de precioso oro si no lo aprovecháis?
Los
bactrianos replicaron que utilizaban el metal blando para fabricar recipientes
finos que utilizaban en sus hogares. Estaban orgullosos de sus orfebres y
llevaron a uno de los maestros artesanos a la presencia de Ciro para que le
mostrase una prueba de su oficio: un caballo alado en miniatura, que brincaba
con la cola y las crines al viento. Cada pluma permitía ver las alas
extendidas. No había una sola estatua tan natural ni tan perfecta en los
detalles en todo el tesoro del rey Creso. Ciro lo deseó y preguntó al orfebre
qué pedía por el caballo alado, pero el hombre se negó a venderlo, dijo que lo
había creado para regalarlo a Ahura Mazda y que no podría hacer una réplica.
─
¿Por qué no dejas tu ofrenda en el santuario de Ahura? quiso saber Ciro.
─
¿En el altar del fuego? El orfebre barbado negó con la cabeza. No. Zaratustra
dijo que el santuario del sabio señor está en cada hogar o en ninguna parte.
Esos
enigmas exasperaban al aqueménida. Pese a que ocultaron el santuario, los
bactrianos no guardaron el secreto sobre la fuente de su oro. En lugar de
extraerlo de las minas, lo criaban de las arenas del río que fluía del lago, al
que llamaban Zarafshan. Ciro recordó que el Zarafshan desaguaba en el Amu Daria
y supo que debía de existir una segunda vía para salir del valle, expedita en
invierno y probablemente utilizada por las caravanas que trasladaban mercancías
exóticas de India a fin de cambiarlas por el oro de Bactria. En ese momento se
preguntó si el aparentemente corto de entendederas de Haddu no había sido más
listo que él cuando fingió creer que el largo y peligroso sendero que
atravesaba las altas cumbres era el camino de Bactria.
Desde
el primer momento Ciro supo que esa tierra sin autoridad visible era más
benévola que el paternal reino de Ansan. No contaba con siervos caspios ni con
esclavos de la costa griega. El tesoro de oro podía ser superior a los lingotes
guardados en la cámara de Creso; sin embargo, esa riqueza estaba dispersa en
las aldeas. Los campos de cultivo del valle estaban bien arados y los rebaños
disponían de excelentes pastos en las laderas. El lago era un depósito autónomo
de agua. Sus persas ya hablaban del lugar como de un auténtico paraíso, pero
las jóvenes bien proporcionadas ni siquiera miraban a los forasteros.
Parecía
imposible que llevaran una vida tan buena sin una autoridad inflexible..., pese
a las protestas en sentido contrario de los habitantes. Sin duda, ocultaban esa
autoridad a los extraños. El inquieto Ciro no tenía paciencia para resolver
misterios y en sus preguntas y paseos aparentemente inútiles redujo el enigma a
dos factores desconocidos: el esquivo profeta Zaratustra y el monte del fuego
eterno que alguien tenía que alimentar. Dedujo que el fugitivo Zaratustra podía
ocultarse en la montaña solitaria. Esta parecía deshabitada y ninguno de los
anfitriones se ofreció a mostrar el modo de escalaría al gran rey de los medos
y los persas. Ciro tampoco dejó traslucir su interés.
Próxima
la víspera del año nuevo, Ciro se dejó ver en las carreras de caballos y los
bailes de la soldadesca; cuando los hombres prepararon la cena de celebración,
el aqueménida se retiró al sitio que había escogido en las estribaciones del
monte del fuego. Explicó a los guardias que estaba cansado después de los
ajetreos de la jornada y ordenó que no lo molestasen. Una vez en sus aposentos,
se quitó las armas y las insignias y vistió una esclavina oscura. Llamó a Emba,
su criado más viejo, y le dijo:
─
Iremos a ver lo que nos ocultan.
* *
* *
La
luna asomó cuando llegaron a la ladera rocosa del monte. Ambos eran buenos
escaladores y el día anterior Ciro había marcado el camino hasta la cumbre. En
realidad, estaban en un sendero que otros ya habían hollado. En los puntos en
que la piedra estaba cortada a pico, la senda ascendía por una hendidura. Ciro
pegó la cabeza a la roca de la montaña y oyó el eco de voces que subían y
bajaban de tono. Parecía un himno y lo escuchó satisfecho. Había sospechado que
la noche del inicio del año nuevo los discípulos de Zaratustra celebraban algún
tipo de rito en su aguilera.
A
medida que aumentaba el resplandor de la hoguera, los escaladores salvaban el
último tramo de escalones tallados en la roca. Arribaron a una terraza de
piedra caliza blanca que resplandecía a la luz del fuego. Ciro contempló la
sucesión de cumbres nevadas. Un individuo se detuvo a su lado y una voz
conocida pregunto:
─
¿Qué busca el gran monarca?
Ciro
reconoció al mago que había trabajado en la torre de Ecbatana. El nómada
parecía más alto que otrora, quizá porque vestía una túnica de la congregación
blanca.
Muchos
mendicantes esperaban bajo la cima en la que ardía el fuego y que en nada se
parecía a un altar. La madera que debieron de acarrear desde el valle estaba
apilada a un lado. No había señales de un santuario construido por el hombre.
Después de observar en derredor, Ciro respondió:
─
Busco al profeta Zaratustra en el sitio en el que lo habéis escondido.
Sin
mediar palabra, el mago lo condujo hasta la elevación de piedra oscura. Se
detuvo, acarició la losa cuadrada y dijo:
─
Está enterrado aquí.
En
ese sitio brillaba una luz extraña, mezcla de claro de luna y resplandor del
fuego. Los ermitaños blancos no hicieron caso de Ciro y su criado. Volvieron a
entonar el himno y Ciro comprendió qué decían:
De
las tierras huyó,
de
los nobles, de sus compañeros y de los sacerdotes;
huyó
de los príncipes mentirosos
y de
los portadores de armas
camino
de la luz.
Ciro
había asistido a diversos ritos consagrados a muchos dioses, pero nunca a una
ceremonia tan sencilla. No hizo preguntas y los seguidores de Zaratustra
siguieron cantando, mientras de a ratos una pareja subía y avivaba el fuego.
Después de alimentar las llamas cogían las conocidas varas balsámicas y las
dirigían a los cuatro puntos del firmamento.
Al
cabo de un rato en el este cambió el horizonte. El amanecer se incendió tras
las lejanas cumbres. Por el oeste se perdió la luna llena. La congregación
blanca puso fin a sus himnos y se dispuso a descender hacia el valle. Los
caseríos estaban a oscuras porque los aldeanos dormían después de la
festividad. Empero, cabreros negros y rebaños de ovejas grises se movían por
las verdes estribaciones. Ciro descendió con el mago después de que una pareja
de ermitaños ocupara su sitio junto al fuego. Pensó en los altares de fuegos
gemelos erigidos en honor de Ahura y de Atar en el magnífico santuario de
mármol de Pasárgada, por encima de su nuevo palacio.
Cuando
el aqueménida hizo una pregunta, el mago le contó que años atrás los miembros
de una tribuna habían atacado por sorpresa y matado a Zaratustra. Los
discípulos habían trasladado el cadáver al refugio del valle hacia el que huía.
─ ¿Y
no lo llamáis profeta?
El
mago se mostró sorprendido.
─
No, fue nuestro maestro.
─
¿Os enseñó que Ahura del sol es el más grande de los dioses? inquirió Ciro.
Habían
llegado a la fuente de la aldea y la mujer que llenaba de agua un cántaro no
les hizo el menor caso. A su alrededor, las gallinas se apiñaron hambrientas y
se acercó un perro que se desperezó y se tendió al sol. El mago replicó:
─
No. Ahura Mazda no es más que uno de los muchos nombres del único dios
verdadero que existe.
─
¿Del dios que existe en vuestro valle?
─
Del que existe en todos los valles.
El
mago, que era un hombre mayor, estaba cargado de autoridad. Pese a que no tenía
que cumplir ningún deber, se sentía agobiado por una responsabilidad. Antes de
separarse de Ciro inclinó la cabeza y suplicó:
─
Gran rey de tierras lejanas, has venido espontáneamente a nosotros. Tu ejército
ha perturbado la paz de los campos y no puedes devolvernos la tranquilidad.
Deja Bactria como la encontraste y no pretendas añadir esta tierra a tus
dominios. Extendió el brazo hacia el oeste y miró a Ciro a los ojos. He visto
mucho mal..., en aquella dirección. De todos los príncipes que gobiernan tú
eres el más humano. Posees la voluntad y el poder para cambiar el curso de los
ríos y, quizá, para curar las pestes de las ciudades. Pero no tienes poder para
curar aquello que no comprendes. Déjanos la paz que buscamos para nuestras
almas.
La
palabra alma era ajena a Ciro. Supuso que formaba parte de la jerga de los
sacerdotes de ese culto y se enfureció. Nunca antes el real aqueménida había
sido acusado de no comprender.
─
Hasta ahora no he tenido dificultades para comprender la verdad afirmó. ¡Yo,
Ciro, detesto las mentiras!
El
mago irguió la cabeza desafiante.
─
¡Nosotros servimos a la verdad y la mentira es nuestra enemiga!
Ciro
contempló largamente al peregrino y dio su juicio como amo y señor:
─ He
oído muchas veces esas palabras. Mago, los tuyos tendrán que demostrármelo.
Prestad testimonio y a través del bien y del mal que vuestras declaraciones
revelen, yo, el rey, decidiré el sino de Bactria.
Más
tarde, cuando se recostó en el sofá para descansar, Ciro se dio cuenta de que
había empleado una palabra de los griegos: sino.
Emba
le quitó el manto y masculló:
─
Los cantantes de himnos tienen demasiado oro para que los dejen en paz.
§
Ciro juzga a los bactrianos
Ciro
oyó el testimonio de los partidarios de Zaratustra en el porche de su casa,
cubierto con la camisa de caza, sin portadores de la ley o escribas que
consignaran las preguntas y las respuestas. Lo recordaba perfectamente y no
estaba satisfecho. En los escalones del porche se congregó una multitud de
gentes variadas, tan impacientes por prestar testimonio que les ordenó que
hablasen por turno. El mago no se presentó. Ciro oyó a un anciano de la
congregación blanca que afirmaba haber contemplado la verdad, a una campesina
que barbotó que las enfermedades de los animales domésticos se habían curado y
a un leproso que estaba convencido de haber sanado de sus males.
El
aqueménida los escuchó con gran paciencia y llegó a la conclusión de que
negaban el poder de los dioses arios ancestrales, incluso el de Anahita y
Mitra, deidades supremas del juicio y la guerra. (Sin embargo, el orfebre había
esculpido la imagen del caballo alado que antaño había transportado a Mitra
hacia el sol.) Creían que el sol sólo era el gran dador de luz. (Ciro pensó en
los filósofos de Mileto, que concebían la inmensidad del universo en torno a la
órbita solar.)
Muchas
voces clamaron:
─
No, Mitra el de los sacrificios de sangre convierte en mentirosos a los sabios;
asola los pastos, su señorío favorece a los devas, los demonios, que destruyen
con armas, enfermedades y sufrimientos. Más que al servicio del bien, Mitra
sirve al mal.
─ En
ese caso, ¿por qué Ahura no es la deidad suprema sobre estos dioses? preguntó
Ciro.
─
Ahura es, sin duda, el señor de la sabiduría, incognoscible e invisible. ¿Quién
puede contemplar el sol? Es propiamente el maestro, pero no el sumo dios.
─ ¿Y
quién es el dios supremo?
─ El
que nos creó y siempre está más allá de nuestro conocimiento.
Un
peregrino de India se refirió al fuego como símbolo del dios supremo y lo llamó
fuego de Visnú.
─¿Qué
es esa cosa misteriosa que anida dentro de vosotros, esa cosa que llamáis alma?
quiso saber Ciro.
Replicaron
que era el don del creador supremo, el que también permitía que el sol
sustentase la vida. El alma era la vida espiritual de cada ser. Podía renovar
su vida después de la muerte del cuerpo. Cabía la posibilidad de que no muriese
jamás.
Ciro
dedujo que se referían al fravashi, el espíritu incorpóreo que lo acompañaba a
la derecha, su lado bueno, y que a veces le hablaba. Ciertamente, su fravashi
conocía misterios ocultos para los mortales. Por muchos esfuerzos que hizo,
Ciro no pudo imaginar a su fravashi como un ser inmortal que vivía a través de
todos los tiempos.
Los
partidarios de Zaratustra le explicaron que, después de los cambios de la
muerte física, el alma─fravashi ascendía al puente del juicio. Si en esa
encrucijada estaba bendita por buenos pensamientos y buenos actos que superaban
a los malos, el alma atravesaba el puente rumbo a una nueva vida.
Ciro
creyó percibir en ese comentario la antigua ley del juicio de los iraníes: todo
demandante tenía derecho a mencionar el total de sus buenos actos para
sopesarlos con los malos.
─ De
acuerdo, traedme pruebas de que la vida perdura después de que el cuerpo muere
solicitó.
Los
partidarios de Zaratustra conferenciaron y mandaron llamar a Ashir. Ciro
aguardó expectante hasta que aparecieron varios campesinos que portaban una
camilla de ramas en la que yacía un frágil anciano de pelo blanco y carnes
magras. Los miembros de la congregación se apresuraron a expresar que Ashir se
había ganado el nombre de Destino por ser discípulo del maestro; había seguido
los pasos de Zaratustra desde su tierra natal, junto al mar Caspio, hasta la
casa del discípulo Vishtaspa. Ashir estaba al borde de la muerte y en las horas
previas a la llegada del año nuevo había tenido una visión.
─
¿Mientras dormía?
No,
tenía los ojos abiertos en espera de la muerte.
El
anciano alzó un brazo en la litera para pedir silencio. Irguió la cabeza, miró
a Ciro y dijo:
─
Estaba despierto. Fue el cambio de luz durante la caída de la luna y el
nacimiento del sol. Alguien entró en la estancia y era Zaratustra, que habló
así: «Perderás la vida para volver a ganarla..., tú, fiel siervo del Señor».
Ciro
pensó que el profeta Zaratustra había sufrido una mala muerte ante la lanza de
un guerrero y por orden de un kavi.
─
¿Crees que mediante el servicio has alcanzado la inmortalidad, como los dioses?
preguntó.
El
rostro delgado y asolado por muchos soles manifestó alegría y los ojos del
moribundo centellearon.
─ Es
la bendita verdad.
Ciro
hizo señas a los portadores de la camilla para que se llevaran a Ashir.
─
Entonces yo, el rey, estoy condenado porque no puedo servir a nadie dijo
irreflexivamente. Yo, que todo lo juzgo, no puedo ser juzgado.
Ashir
intentó protestar y los portadores no movieron la camilla mientras hablaba.
Proclamó que el juicio del Señor recaería sobre kavis, príncipes y reyes de la
tierra. Sobre Ciro, gobernante de los medos y los persas, así como sobre el
pastor que cuida su rebaño.
─ Si
sirviera a otro, faltaría a mi juramento como rey de mi pueblo dijo Ciro.
Adiós, Ashir, no pongo en duda tu visión.
El
aqueménida se puso en pie para indicar a la congregación que la audiencia había
concluido.
Mientras
esperaba a que llegaran los cazadores con los mastines, Ciro pensó que al nacer
le habían puesto el nombre de pastor. Una cosa era atender un rebaño o un grupo
agrícola como los bactrianos de esos valles fértiles y otra muy distinta, y
mucho más difícil, gobernar a los persas, a los medos, a los armenios, los
capadocios, los lidios, los griegos y la infinidad de pueblos distintos de
Oriente. ¿Acaso no lo habían llamado «rey del pueblo»? Cuando Emba se acercó
con el corcel nisayano con arreos de oro, Ciro llegó a la conclusión de que
había que considerar a los partidarios de Zaratustra aún más inflexibles que
los milesios.
Sus
agentes de información le aseguraron que contaron los conversos entre las
lejanas naciones de India, así como en la Hircania─Partia del propio Vishtaspa.
Como
de costumbre, Ciro se levantó temprano y oyó el canto de sus asvaran, renovando
el himno en honor del alba que hacía muchos años no oía. En sus huestes habían
ingresado hombres de tantas tierras que habían abandonado el canto del himno,
que ahora se sumó al de los partidarios de Zaratustra.
Ciro
llegó a la conclusión de que debía abandonar el valle en cuanto descubriese una
salida practicable.
En
realidad, su ejército volvió imprescindible el traslado. Pese a que los hombres
y los animales estaban bien en el valle, resultaba imposible mantener inactivos
y acuartelados en las aldeas a miles de guerreros. Ciro siempre había tenido
problemas cuando sus huestes pasaban el invierno cerca de una gran ciudad como
Sardes o Ecbatana. La soldadesca se sentía atraída por las calles de las
rameras, de los vendedores de vino y de los traperos. En este valle ubérrimo
buscaban a las jóvenes núbiles o, simplemente, se peleaban entre sí e
intentaban conseguir con engaños o adquirir una sorprendente cantidad de
vasijas de oro puro. Ciro intentó guiarlos hacia el este por la carretera de
las caravanas que lo conduciría al gran río ludo. Mediante esa maniobra se proponía
convertir Bactria en una base de operaciones semejante a Maracanda. Fue el mago
quien logró modificar inopinadamente el plan de Ciro. Después de la audiencia,
el nómada ya no se dejó ver por las aldeas. Regresó por una senda del
Zarafshan, al frente de un grupo de correos del gobierno. Los audaces jinetes
de las cortes occidentales no habían hallado rastro del ejército de Ciro
después de que ascendiese hacia los desfiladeros más altos, en ese momento
cerrados por la nieve y el hielo. El mago los buscó y los trasladó por el
camino abierto desde las orillas del Amu Daria.
Ciro,
que no hacía caso de muchas cosas, tampoco se preocupó por haber perdido el
contacto con los sátrapas de Occidente. Se había divertido explorando las
montañas y en ese momento tuvo que permanecer sentado muchas horas mientras los
escribas eruditos le leían los mensajes lacrados de sus lugartenientes.
Había
estado fuera demasiado tiempo. La imagen del conocido oeste que perfilaban los
informes supuso una sorpresa para el aqueménida: Hárpago había muerto; los
sátrapas de Anatolia reclamaban su intervención; Gubaru le suplicaba que
regresase para hacer frente a las plagas de Babilonia, donde la muerte de la
tierra aumentaba al tiempo que Belchazar se daba un festín. Ciro se vio
obligado a preguntar quién era Belchazar y le comunica ron que se trataba del
primogénito de Nabunahid.
Quedó
muy afectado por las noticias de Pasárgada, la ciudad que lo había visto nacer.
En el cuarto año de la ausencia de Ciro, Cambises se proponía lanzar el
ejército contra el faraón de Egipto, antaño aliado de Creso. Aunque no había
informe del propio Cambises explicando el plan, su hijo mencionaba
obedientemente el total anual del tesoro que controlaba y expresaba deseos por
el bienestar de su regio padre y por sus victorias ininterrumpidas. Por enésima
vez, Ciro lamentó no haber mantenido a Cambises a su lado. Era lógico que su
hijo, que había quedado al mando en Pasárgada, deseara utilizar las fuerzas
armadas que estaban a su servicio. ¡Pero atacar Egipto...!
Ciro
pidió al escriba que leyera por segunda vez el mensaje de Amitis, que había
dado a luz a una niña en el hospitalario hogar de Vishtaspa. Oraba por la salud
de su marido y señor y expresaba con subterfugios y la hija de Gubaru era muy
capaz de manifestar claramente sus opiniones sus deseos de continuar en la
finca─castillo de Zadracarta. La niña se encontraba bien en un hogar tan
pacífico. A Ciro le sorprendió que Amitis desease permanecer apartada de él y
en compañía de una niña que no podía heredar la gloria de los aqueménidas. Tuvo
la sensación de que su esposa se había convertido al credo de Zaratustra.
Cuando
los escribas concluyeron la lectura, Ciro los dejó y se retiró a meditar junto
al fuego. La estancia se llenó de oficiales que aguardaban sus órdenes. Ciro
meditó el mismo tiempo que la leche tarda en hervir y luego ordenó que
reunieran al ejército para regresar al oeste.
De
esta forma el aqueménida emprendió la larga marcha hacia su tierra natal. Al
dejar Bactria la convirtió en una nueva satrapía lindante con Sogdiana.
Encomendó a un lidio comprensivo que la dirigiese y estipuló un tributo
moderado. Se llevó menos que el peso de diez talentos del excedente de oro
refinado.
Por
decisión propia se llevó el caballo alado de oro y al orfebre que lo había
tallado. Comunicó a los bactrianos su compromiso de defenderlos de cualquier
enemigo, como había hecho en todas las regiones conquistadas.
Durante
su partida no hubo protestas ni manifestaciones, ni de alegría ni de pesar. Al
igual que los griegos, tuvo la impresión de que los bactrianos consideraban su
paso como una prueba de su destino inmutable. Al bajar la escalinata del porche
para montar a caballo, Ciro mandó llamar al mago y esperó hasta que el
peregrino de túnica blanca se presentó.
─
Verás cumplido tu deseo. Me voy del valle le comunico Ciro. Si me necesitas,
ven personalmente a buscarme. Estoy dispuesto a ayudar a Bactria, la más
hospitalaria de mis tierras.
El
mago inclinó la cabeza a modo de reconocimiento y respondió impertérrito:
─ He
oído la orden del gran rey, del rey de todas las tierras.
A
medida que descendían por la serpenteante orilla del río, el Traedor de Oro,
Ciro volvió la vista atrás para contemplar el primer campamento nocturno. Bajo
las estrellas observó la almenara, que ardía del mismo modo que cuando lo guió
para salir de la ventisca de las alturas.
Durante
el regreso el ejército siguió una ruta nueva. Durante el camino se
establecieron las nuevas provincias de Aria y Drangiana. Nuevos efectivos se
unieron al ejército. Cuando las huestes llegaron al Desierto de la Sal, estaban
formadas por cinco decenas de miles de soldados.
Ciro
arribó a las conocidas tierras altas de los germanios la tribu persa más
occidental con un poderoso ejército a las espaldas. Por detrás y por delante se
extendía un vasto y extenso imperio. Los poetas que se apresuraron a loarlo
declararon que, desde los albores de la civilización, ningún hombre había
gobernado tantos territorios.
Al
avistar el río de Pasárgada, Ciro ya no pensó en sus dominios sino en el valle
de su infancia. En su seno siempre había hallado sosiego. Lloró de alegría al
contemplar el blanco de los altares de fuego por encima del verdor del valle.
Con
el paso de los días la alegría lo abandonó. Aunque el valle parecía el mismo
después de cinco años, en su interior muchas cosas habían mudado. En secreto,
uno tras otro los siervos furtivos que eran «los ojos y los oídos del rey»
acudieron para hablarle del mal que había visto y oído: de la arrogancia de
Kassandan, que obligaba a los visitantes a postrarse a sus pies; de la traición
de los oficiales que estaban al servicio de Cambises, su hijo, quienes
intentaban arrastrar al heredero allende Pasárgada para iniciar una campaña de
conquistas que eclipsarían a su padre, y de la envidia del propio Cambises, que
había disimulado su tormento mientras enviaba poco convincentes cartas de
felicitación al monarca, su padre. Cuando se encontraron cara a cara con Ciro,
ni Cambises ni Kassandan que idolatraba a su hijo revelaron sus pensamientos.
Sí, Ciro tendría que haber llevado a su hijo a las tierras del este, sin tomar
en consideración la ley.
Ciro
no se percató de que él también había cambiado. Instalado con todos los honores
en su apadana, lo perturbaron los recuerdos del valle de Zaratustra, como si
lejanas voces lo llamasen. A veces, perdido en sus cavilaciones, no oía a los
demandantes que se encontraban ante el trono. Recordaba la angustia de su
laborioso padre, que temía que el gobierno de un imperio pusiera fin a la paz
del valle. Un anochecer en que los esclavos del apadana se acercaron para
encender las lámparas, Ciro no soportó más la tensión de escuchar. Se incorporó
bruscamente para poner fin a la audiencia y ordenó a los guardias que lo
asistían que no lo acompañasen. Dejó que la púrpura cayera de sus hombros, se
dirigió a la columnata trasera y deambuló por un sendero del jardín que
conducía a la vieja puerta en la que, durante su infancia, había prestado
atención a los maestros de la sabiduría. Ahora en ese sitio se alzaban los
impasibles toros alados de piedra. Bajo las estatuas el envejecido Emba
cotilleaba con un arameo fornido y cubierto por un chal, quien gritó a Ciro que
tenía caballos de carrera para vender. Ciro los ignoró y siguió andando hacia
el río.
Llegó
a un montículo desde el que se oía el murmullo del agua, tal vez a tiro de arco
de distancia. De pie en el montículo, contempló el fuego del crepúsculo que
incendiaba las colinas del oeste y las llamas del cielo se semejaron al
tormento de sus pensamientos. Echó de menos la voz familiar de su fravashi
dándole consejos y sólo oyó el impetuoso fluir del río, sin ver más que las
figuras desdibujadas de Emba y el comerciante de caballos, que lo siguieron
indecisos. Jamás estaría completamente solo. Otra figura se acercó y le habló:
─
Gran rey, en otros tiempos te lo advertí. El hombre, escorado por los años, se
apoyaba en un báculo y el crepúsculo iluminaba el hilo de oro de su capa. En su
lóbulo centelleaba un arete de plata. Añadió: Si, fui el primero en avisarte de
la llegada de Hárpago, que ahora está muerto, y de las huestes medas que
actualmente están a tu servicio.
Ciro
se inclinó para mirar al anciano a la cara y reconoció al mercader hebreo de
Babilonia que, sin duda, lo había ayudado.
─ Te
reconozco confirmó. ¿Qué quieres ahora?
─
Esperé junto a la puerta exterior porque mis palabras sólo ha de oírlas Ciro.
Los ojos oscuros del mercader lo observaron con inquietud. El rey babilonio
Nabunahid se ha unido a su primogénito, Belchazar. Juntos defienden las
murallas y congregan a sus huestes de lanceros y carros desde Gaza hasta las
Tierras del Mar. Se están concentrando contra Ciro el aqueménida.
Por
la fuerza de la costumbre Ciro se preguntó qué motivo acechaba tras esa
advertencia gratuita del hebreo, ya que estaba convencido de que existía una
razón. Otros le habían informado que Nabunahid se había distanciado de su hijo.
Ciro reflexionó y repentinamente rió. Podrían haber dicho lo mismo de Cambises
y él. ¿Cuál era la verdad? Al evaluar la veracidad de la advertencia, pensó que
se le presentaba la ocasión de acabar con sus preocupaciones. ¿Para qué poner
en duda semejante posibilidad? Cruzó las manos y le dijo al hebreo que, una vez
más, le estaba muy agradecido. Dijo a Emba que, otra vez, el viejo criado lo
seguiría y gritó al arameo que compraría los caballos de carrera y los montaría
personalmente.
Renovadas
las esperanzas, Ciro retornó al salón de audiencias en cuyo pórtico lo
aguardaban cortesanos y servidores con las miradas atentas a cada uno de sus
movimientos en esas horas de incertidumbre. Se apartaron al verlo llegar y Ciro
enfiló directamente hacia Cambises, que ahora era más alto que él y un guerrero
de carnes prietas, aunque eso era todo. Abrazó a su hijo, lo besó a modo de
gozoso encuentro y dijo para que todos lo oyesen:
─ Ha
llegado la hora de que esgrimas las riendas del mando de nuestras huestes
armadas, de nuestros regimientos, tanto de Saparda como de las tierras del
este. Es hora de que las guíes antes de que las nieves del otoño cierren el
paso por los desfiladeros. Ven y padece mis consejos, porque esta vez cogeremos
el mismo camino.
Capítulo
5
La
caída de Babilonia
Contenido:
El
aspecto de la ciudad
Lo
que Jacobo Egibi contempló
Lo
que Nabunahid mantuvo en secreto
Belchazar
se lanza contra Ciro
La
prisión de los dioses
«El
que satisface a Marduk»
La
puerta invisible
El
juicio de Ciro
«Yo
reuní a los pueblos»
La
partida de los cantores
§ El
aspecto de la ciudad
Durante
el invierno del año 540 antes de nuestra era llegó a Babilonia la noticia de
que Ciro, rey de medos y persas, había regresado del este a su fortaleza en la
montaña. También corrió la voz de que lo seguían hordas de miembros de las
tribus a caballo.
Probablemente
la camarilla mejor informada de la gran ciudad estaba formada por los banqueros
de la lonja del puerto. Esos puntillosos tasadores de cuanto ocurría extramuros
cuya clase estaba por debajo de la nobleza de la corte, de los funcionarios del
templo de Esagila y de los capataces de mano de obra recordaban que Ciro era un
analfabeto, hijo de un gobernante de campesinos; en cuanto a los miembros de
las tribus, ya antes habían logrado vencer lejanos desiertos como el de los
cimerios, que no suponían el menor peligro para la metrópoli fortificada por el
precavido Nabucodonosor. Aquel otoño los hombres de la lonja estaban
preocupados por la disminución brusca e ininterrumpida de la construcción, por
el precio incesantemente en alza de los granos y por las extendidas epidemias
que los adivinos del templo atribuyeron a la cólera de Marduk, que era
Bel─Marduk, deidad suprema de Babilonia.
Aquel
año acabó como de costumbre, con la muerte simbólica de Marduk y el duelo de
sus fieles. El año nuevo que pasó a los anales como el año de las grandes
perturbaciones se inició con la festividad de nisán, organizada con más
esplendor que el habitual. En realidad, fue insólito en más de un sentido. El
soberano Nabunahid, que durante casi todo su reinado había estado ausente en
año nuevo, acudió personalmente para coronar los escalones del santuario de
Esagila y para adelantarse y estrechar las manos de Marduk como demostración de
la amorosa bondad del dios y de la devoción del monarca. La temible figura de
Marduk estaba adornada con una corona de lapislázuli y una guirnalda pectoral
de oro puro, prueba palpable de que había recuperado la vida y el poder.
Los
banqueros tomaron nota de que, la víspera de los doce días de celebración, los
funcionarios del banco de Esagila comentaron en el pórtico que la ira de Marduk
contra Nabunahid seguía incólume y que la plaga todavía asolaba las tierras del
reino caldeo. Esas habladurías del pórtico tenían más significado que las
charlas oficiales ante las mesas de cuentas. Los banqueros también tomaron nota
de que durante le festividad se repartió entre la soldadesca una ración doble
de licor..., y no eran jarras de vulgar aguardiente de dátiles, sino vino de
uvas importadas de Líbano. Se hizo por orden del príncipe heredero, que Bel lo
proteja, a quien los cambistas hebreos del canal de Kebar llamaban Belchazar.
En
opinión de los banqueros, esos detalles servían para medir el antagonismo
existente entre los sacerdotes del templo de Marduk y Nabunahid que, en virtud
de su rango, además de gobernante era sumo sacerdote. Según los rumores
Belchazar, comandante de las fuerzas armadas y gobernante en todos los sentidos
salvo el nominal, esperaba alguna muestra pública de debilidad por parte de su
padre para envenenarlo y acceder al trono como el nuevo Nabucodonosor, defensor
heroico de Babilonia. Para desencadenar esta revolución palaciega Belchazar
necesitaba, como mínimo, una victoria simbólica sobre un enemigo célebre.
Durante una generación las fronteras habían estado en paz a cambio de un
precio, precio que los banqueros conocían. Ahora que el testarudo e inculto aqueménida
volvía a aparecer en escena, posiblemente Belchazar podría arrancarle la
victoria que necesitaba.
Pero
era necesario sopesar la sinuosa mente del anciano Nabunahid antes de albergar
semejantes expectativas. El rey no era hijo auténtico de una hija de
Nabucodonosor; aunque caldea, su madre había sido sacerdotisa del dios de la
luna Sin en Harran. Había accedido al trono gracias al asesinato del
pretendiente que lo había usurpado.
Antes
de las celebraciones, Nabunahid talló una profecía en una tablilla de
calcedonia: «A mis pies se postrará Ciro el persa sus tierras mis manos
cogerán; sus pertenencias se convertirán en mi botín". Una vez colocada la
tablilla, Nabunahid comentó con sus ayudantes que, en el caso de que alguna vez
la viera, Ciro no podría leer las marcas realizadas con cuña.
Esa
tablilla fue algo muy inteligente y le prestó gran utilidad como propaganda.
Nada más leerla, los cortesanos de Esagila se dieron cuenta de que por ese
medio el rey le había arrebatado el triunfo a su hijo. Si Belchazar conseguía
algún tipo de victoria sobre medos y persas, los honores recaerían sobre su
padre, que la había vaticinado como designio de los dioses babilónicos. Bajo
los pórticos, los banqueros de la lonja mencionaron en susurros la posibilidad
de que Belchazar muriera antes que su padre. El príncipe era demasiado afecto
al vino.
El
día de año nuevo Nabunahid se apuntó un éxito inesperado.
Daba
la sensación de que los poderosos, los dioses ancestrales, lo ayudaron a
conseguirlo. Ni una nube de mal agüero apareció en el límpido cielo, ni una
sola tormenta de polvo agitó el aire inmóvil. La punta de oro de la piramidal
Torre de Babel resplandecía como si se incendiara. Babilonia destacaba con todo
su esplendor sobre las multitudes. El gentío se apiñaba con sus familias y
esclavos rumbo a la ancha Vía Procesional. Desde los leones de bronce de la
calle Adad hasta las torres azules de la puerta de Ishtar, el pueblo se aplastó
contra las espaldas de los guardias reales. Como de costumbre, los esclavos
marcados con hierros candentes ocupaban los sombríos callejones. Libertos,
campesinos, pastores y porteros estaban autorizados a congregarse tras el
cordón de guardias de la vía; las clases altas, los trabajadores de metales,
los panaderos y los carniceros ocupaban sus propias calles. Escribas,
mercaderes, banqueros y capataces atestaban los palcos y los más ricos estaban
protegidos del sol por doseles rojos. En los balcones y en los tejados llanos,
las familias nobles permanecían cómodamente con túnicas festivas de color
escarlata, adornadas con guirnaldas de flores para los niños y de joyas para
los mayores; algunas de esas familias remontaban sus ancestros al primer gran
Sargón de Caldea.
Al
ver el esplendor que lo rodeaba, un mercader griego de vasijas comentó:
─
¡Vaya, en comparación con esto las maravillas de la corte de Sardanápalo eran
un estercolero!
El
bárbaro pretendía halagar a sus anfitriones de la lonja, muchos de los cuales
rieron porque Sardanápalo era el mismísimo Asurbanipal, coleccionista de
libros, cazador de bestias cautivas y el último asirio.
En
medio de la multitud de espectadores que bordeaban la vía se colaban los
descastados: vendedores de baratijas, prostitutas que no llevaban la marca de
Ishtar, practicantes de conjuros ilegales, intérpretes de presagios y simples
ladrones o espías de Rimut, el perro guardián de Nabunahid. También había
hebreos del barrio de Kebar, quienes sostenían que en los tiempos de Ur sus
padres habían morado más allá de los dos ríos.
Durante
un rato las multitudes olvidaron el hambre y los padecimientos porque Marduk
asomó por la puerta abierta de Esagila, al son de trompetas agrupadas que
espantaron a las bandadas de palomas, que trazaron círculos en el cielo. El
dios de Babilonia salió de su santuario en un carro tirado por hileras de
sacerdotes que entonaban cánticos; estaba erguido sobre el dragón y había
recobrado la vida ante los ojos de sus adoradores.
Sonaron
las arpas de las mujeres y los timbales de los músicos e infinidad de voces
cantaron, se regocijaron e invocaron la ayuda de Marduk redivivo. En Marduk se
unían los poderes de todas las deidades:
Nergal
de la ciudad de Babilonia,
Nergal
es Marduk de las batallas.
Zababa
es Marduk de la matanza,
Enlil
es Marduk de los consejos,
Shamash
es Marduk de la justicia...
Ocurrió
algo insólito cuando Marduk enfiló por la Vía Procesional. Los espectadores
críticos esperaban los símbolos de Nergal y de las restantes deidades antiguas,
pero contemplaron a los dioses reales, cada uno en su carro tirado por mulas
blancas: el demonio Sin de Harran, Shamash de Sippar a lomos de su león alado
que escupía fuego, e Ishtar de Uruk con velo y armas.
La
procesión de deidades se prolongó hasta que los espectadores más sabios
comprendieron la verdad: contemplaban todos los dioses de los dominios
babilónicos. Los habían trasladado de las ciudades a la capital para celebrar
una gigantesca epifanía. Seguramente lo había hecho Nabunahid y con ello no
pretendía realzar las celebraciones del año nuevo. ¿Acaso habían trasladado los
dioses extraños a la ciudadela de Esagila por razones de seguridad? Si era así,
¿qué auguraban? ¿Los habían llevado para acrecentar el poder de Babilonia? Y en
ese caso, ¿para defenderse de qué contingencia?
Las
altitudes repitieron esas preguntas durante toda la jornada de las
festividades, hasta que llegó la hora de encender las velas. Nadie les dio
respuestas. Los intérpretes de presagios y los augures cosecharon grandes
cantidades de plata y de joyas baratas por sus conjeturas, que muy pocos se
tomaron en serio. Los misterios siempre intrigaban a los babilonios y éste era
un misterio excepcional.
Durante
las celebraciones nocturnas en las mesas llenas a rebosar llegó un rumor
procedente del santuario de Ekur, donde Marduk descansaba después de la
procesión. El rumor sostenía que Marduk ostentaba la supremacía sobre el resto
de los dioses menores, como todos habían comprobado. Zeria, el custodio del
templo, no hizo ningún comentario, lo que significaba que Nabunahid había
decidido no dar explicación alguna al pueblo porque Zeria era portavoz y
representante del monarca. Ritualista riguroso, desapareció después de
estrechar las manos de Marduk.
Los
miembros de la lonja dedujeron que el astuto Nabunahid había provocado las
expectativas del pueblo. Pasara lo que pasase al año siguiente, todo sería
atribuido a su ritual durante la fiesta. Teniendo todo en consideración, los
financistas llegaron a la conclusión de que Nabunahid había ganado de mano a
los partidarios de Belchazar.
Aquella
noche las lámparas alumbraron las puertas de los cincuenta y tres templos de
Babilonia, los trescientos santuarios de divinidades terrenales, los
seiscientos de divinidades celestiales y los incontables altares de los huecos
de las paredes de las calles. La iluminación despertó esperanzas, que se
acrecentaron porque eran inefables.
Más
allá de las defensas de Imgur Bel y de las puertas custodiadas, en los
asentamientos del oscuro canal de Kebar no compartieron ninguna esperanza. A
los trabajadores hebreos no les habían permitido erigir un templo en su barrio,
contiguo al canal. En aquellos días se reunían en una estancia vacía, levantada
sobre las aguas, para celebrar a oscuras el ritual de sus plegarias y con
susurros que no quebraban el silencio. Aquella noche los murmullos se hicieron
eco de las profecías del fanático Isaías: Bel bajó la cerviz, Nabu se inclinó,
sus ídolos estaban sobre las bestias..., se inclinan y bajan juntos la cerviz;
no pueden aligerar su carga...
Si
esas palabras se repetían en presencia de los agentes de Zeria, nadie podría
acusarlos de traición. Sin embargo, albergaban un significado para los que
habían asistido a la procesión divina a lomos de los animales que seguían a
Bel─Marduk. Semejante desfile de ídolos no podía aligerar la carga de la
ciudad.
El
olor a muerte aumentaba junto a las aguas estancadas del canal de Kebar. A
partir del año nuevo, todos los días los guardias con armaduras de Rimut
recorrían las calles para encontrar y acorralar mendigos, leprosos, ciegos,
apestosos o, simplemente, los famélicos que infestaban los callejones. Rimut
llamaba la guardia de saneamiento a sus carroñeros. Expulsaban de los
callejones a la hez de la sociedad, los echaban por la puerta este de Imgur Bel
hasta los vertederos que bordeaban el canal y allí los dejaban para que
comiesen y bebiesen hasta saciarse. La carroña humana ocupaba las orillas del
canal, agitaba los brazos para espantar a los buitres que se apiñaban y
llamaban a los transeúntes que a veces les arrojaban monedas de bronce para
verlos pelear.
A
intervalos muy espaciados varios hombres pasaron junto a las orillas del canal,
examinaron a los que se encontraban junto al agua y dijeron a los más fuertes:
─
Alzad vuestras miradas hacia las colinas porque la ayuda llegará de las
alturas. Muy pocos hicieron caso de esas palabras, sólo en los días frescos y
sin viento divisaban las colinas del este, que se alzaba más allá de la muralla
exterior y de las extensiones de las grandes fincas. A ninguno de los enfermos
y moribundos se le ocurrió tratar de dejar la ciudad. El mismo instinto que
había traído a millares de desvalidos a las murallas de la ciudad los mantenía
allí. Los guardias de Rimut ni siquiera intentaban expulsarlos más allá del
canal porque tenían la certeza de que regresarían a rastras hasta las pilas de
basuras y las aguas.
Durante
la luna posterior al festival los mendigos de Kebar contemplaron el milagro.
Contemplaron
al noble Yakub Egibi, obeso por la buena vida, que levantaba con una mano llena
de anillos su túnica con adornos mientras con la otra se acercaba a las fosas
nasales un frasquito de esencias dulces; contemplaron a Yakub Egibi, el de la
lonja, junto a un alto esclavo negro que sostenía un parasol por encima de su
cabeza rapada y a un bajo esclavo blanco que esgrimía un báculo para alejar a
los mendigos que gritaban. Lo vieron rodear los sitios contaminados y gritaron:
─¡Ayúdanos,
poderoso protegido de Marduk, presta ayuda a los famélicos!
En
lugar de arrojar siclos o monedas de poco valor, Yakub Egibi franqueó la puerta
del lugar de oraciones de los hebreos, donde nada podía verse en la oscuridad
ni oírse en el silencio. Al llegar a la puerta el portador del báculo contuvo a
los mendigos y Yakub Egibi dejó caer la túnica y les dijo, según afirman los
portavoces hebreos:
─
Mirad hacia las colinas en busca de ayuda.
A
continuación el acaudalado banquero se internó en la sala escondida de la
colonia de hebreos cautivos.
§ Lo
que Jacobo Egibi contempló
Yakub
o Jacobo Egibi, miembro más antiguo de la secular casa de Egibi, dedicado a
préstamos y descuentos, se tomó muchas molestias para investigar las
misteriosas circunstancias que, a pesar de los pesares, lo arrastraron a la
conspiración de aquel año. Poseía la cautela de su madre, hija de un cautivo de
Jerusalén, y la perspicacia de su padre babilonio; destinaba una parte
considerable de sus beneficios a sus agentes investigadores, desconocidos para
la red de espías de Rimut y, en su mayor parte, entre sí. A partir de sus
informes reconstruyó la verdadera historia de los mercaderes de caballos.
Aplacar sus sospechas de esa manera le costó un dineral, pero Jacobo no se
lamentó de la plata invertida porque su vida estaba en juego. Cuando dispuso de
todos los informes, comprobó que la primera peculiaridad del día posterior a
las celebraciones fue el encuentro de dos amantes jóvenes, el ladrillero Nusku
y la prostituta libre Ealil. El encuentro no tuvo nada de extraordinario pues
los jóvenes insensatos habían gastado hasta la última moneda en las fiestas y
tenían hambre. Evidentemente la joven Ealil advirtió a su amante que no se
acercase a los prestamistas, al tiempo que él le hizo prometer por enésima vez
que no vendiera su cuerpo a otro hombre. Al despedirse de Nusku en el puente
Ealil tomó el camino que más le apetecía y siguió a un jinete arameo.
Ealil
transgredía las leves cubriendo sus rubios cabellos con un pañuelo las
prostitutas tenían prohibido ir con velo por la calle, como las madres de
familia, y esgrimía un amuleto de Ishtar en su mano delgada. Aunque no era una
prostituta registrada en el templo, sabía que los hombres se sentían atraídos
por las chicas del templo y probablemente estaba famélica. La experiencia le
indicaba que el jefe de una tribu a lomos de un caro corcel algo que rara vez
se veía en Babilonia solía llevar una bolsa llena de monedas. El jinete bárbaro
estaba gordo de tanto comer y lo seguía el portador de la espada, ataviado con
pantalón de fieltro limpio y también a lomos de una buena montura.
Ealil
siguió a los visitantes por la calle Adad hasta la ciudadela de Esagila, donde
contemplaron la gran torre y desmontaron para echar un vistazo a las tablillas
colocadas en el enorme patio de ladrillos de asfalto del patio real. Las
tablillas que bordeaban el patio se referían a las victorias de Nabupolasar y
Nabucodonosor. La recientemente redactada por Nabunahid, tercer monarca caldeo,
se burlaba del desconocido Ciro. Unos pocos curiosos se apiñaron para leer la
nueva tablilla. Los jinetes también hicieron un alto para mirarla.
Ealil
aprovechó la oportunidad, se adelantó, se descubrió el rostro y sujetó al
arameo del muslo como si necesitara apoyo. Le bastó una mirada para saber que
el jefe barbudo la deseaba. Habló deprisa en arameo y explicó cortésmente la
naturaleza de la nueva tablilla. Los miembros de la tribu parecieron
sorprenderse.
─
¿Qué significan esas palabras? preguntó el alto portador de la espada, que
habló en arameo.
Como
no sabía leer, Ealil preguntó el significado a los curiosos y explicó a los
forasteros:
─ «A
mis pies se postrará Ciro el persa; sus tierras mis manos cogerán; sus
pertenencias se convertirán en mi botín.»
Al
oírla, el arameo barbudo sonrió. Alentada, Ealil le refirió la broma de
Nabunahid:
─ Si
Ciro llegara a ver esta tablilla, no podría leerla.
El
criado se desternilló de risa y se rodeó los lados del cuerpo con los brazos.
─
Puede que no, pero por Anahita y Ahura, por sus nombres y su poder, seguramente
se las ingeniaría para que se la leyeran.
Ealil
no conocía esas deidades. Los babilonios que los rodeaban los miraron de mala
manera; el arameo se asustó y se llevó al carcajeante portador de la portada.
Ealil los siguió, molesta pero ilusionada. Simuló que la habían llamado.
El
criado le aferró la mano junto a los caballos que esperaban, ante la mirada
curiosa de los guardias de Esagila. El portador de la espada no la miró
lasciva, sino pensativamente, y dijo:
─
¡Muchacha, compraremos tu voz en lugar de tu trasero! ¡Síguenos!
Habló
como quien tiene autoridad. Ealil no logró desentrañar la mirada de sus ojos
grises y no supo si ambos hombres la deseaban o si no interesaba a ninguno.
Entonces el criado abrió la otra mano y le mostró seis monedas de oro lidio.
Calculó en seguida que valían doce veces su peso en plata pura, más de lo que
había ganado en total antes de prometerse con Nusku. Caminó obedientemente
junto a los jinetes para que los soldados de la puerta no observasen el brillo
del oro. Ese fue el testimonio de la prostituta Ealil.
En
aquel momento Jacobo Egibi miró al joven Nusku, sentado al otro lado de la mesa
de cuentas, y analizó su petición de un nuevo préstamo. Jacobo se ocupaba
personalmente de esas transacciones menores, si bien estaba acompañado de un
guardaespaldas amorita porque a veces los deudores intentaban apuñalarlo. Más
que desesperado, Nusku parecía hambriento. Mientras calculaba, Jacobo pidió a
un esclavo que fuese a buscar la tablilla de Nusku. En la mesa, junto a la
jarra de agua cristalina, se encontraban las notificaciones del día: las
semillas de sésamo habían subido a once siclos el gur, y el mejor vino de uva
había alcanzado la insólita cotización de nueve siclos por jarra mediana. Un
terrateniente podía comprarlo, mientras los pobres chupaban dátiles y soñaban
con el alcohol que estimulaba el olvido.
─
¿Por qué has cambiado de nombre? preguntó Jacobo para hacer tiempo.
Nusku
masculló que abrigaba la esperanza de que Nusku, el dios del fuego, lo ayudara
a calentar el horno.
─ Tu
familia no tuvo dificultades para fabricar ladrillos o esmaltarlos, pero tú no
consigues venderlos, eso es todo.
Cuando
el esclavo le entregó la tarjeta, Jacobo retiró con impaciencia la cubierta de
arcilla. Estaba escrita para que pudiesen examinarla los inspectores de Rimut.
La tablilla interior contenía el secreto y la cantidad exacta de siclos diez
entregados a Nusku a interés del cuarenta por ciento, con la fianza de los
siete trabajadores libertos de la fábrica de ladrillos del alto Éufrates y el
rebaño de ovejas treinta vientres paridores que servía para alimentarios. Las
señales en código de Jacobo demostraban que, en virtud de la acumulación de
intereses no satisfechos, también era propietario de los trabajadores y el
rebaño, pues alimentaba a los hombres con un mínimo de cebada y dátiles, al
tiempo que vendía la carne y las crías de oveja.
─
Diez siclos más con la fianza de las tierras ofreció. La fábrica no vale nada.
Esa
tierra situada a orillas del río, en el interior de la muralla rueda, se
valorizaría con el aumento de los precios.
─
¡Dame al menos doce! se quejó el joven.
Jacobo
no respondió y se dedicó a dictarle al esclavo que esperaba, que trazó marcas
en la arcilla húmeda de una nueva tablilla. El joven se mordió los labios y
esperó a conocer el resultado de la transacción. En ese momento el guardia
amorita se agitó inquieto porque la joven prostituta Ealil entró en la
estancia, sujetó a Nusku del brazo y le suplicó que no entregara nada a cambio
de plata porque podían tener oro en las manos.
─
¿Por qué mientes? preguntó Nusku con severidad.
La
muchacha osó hablar en presencia de su amante y del banquero. Parloteó y
explicó que dos arameos o, al menos, dos miembros de una tribuna que montaban
corceles maravillosos, ofrecían oro a cambio de voces. Estaba convencida de que
eran espías u orates y si Nusku no acudía rápidamente en su ayuda los
desconocidos podrían llevársela.
A
raíz de la ira por la entrada de la muchacha y como desconfiaba de lo que había
dicho, Jacobo Egibi se sumió en una profunda meditación. Los mercaderes
tribales a caballo no solían estar locos, los espías de Egipto o Lidia solían
tener oro y él podría prestar un servicio al poderoso Rimut que, a su vez,
tendría que pagarlo con la misma moneda, si proporcionaba la información que
conducía a la captura de los dos forasteros dentro de las murallas de
Babilonia.
La
joven convenció a Nusku de que la acompañase. Cuando la cortina cayó tras
ellos, Egibi ordenó al amorita que los siguiese. Esperó unos instantes y pidió
que le llevasen la mula a la puerta. Se acomodó sobre el cojín del animal que
andaba sin prisa, buscó los cabellos rizados de su fornido guardaespaldas y lo
vio moverse por los fardos de mimbre del muelle, en dirección al puente. Lo
siguió, sin dejar de preguntarse si no se había confundido con el dramatismo de
la chica.
Ealil
y Nusku estaban en el puente y conversaban animadamente con dos jinetes de
aspecto próspero a los que no parecía importarles la posibilidad de obstruir el
tráfico. Sin dificultades, Jacobo se acercó en la mula y se enteró porque
además del hebreo entendía el arameo de que los forasteros querían saber el
caudal del río en los diversos meses del año y qué deidad residía en él.
─
Mis señores de los llanos intervino Jacobo afablemente, en la antigüedad la
gente de aquí realizaba sacrificios al dios de las aguas, pero lo han olvidado
porque ahora impera la prosperidad.
─
Pues son mentecatos opinó el amo arameo─ porque, sin el río, ¿qué sería de la
ciudad? ¡Nada más que edificios erigidos en la arena!
─
Pero edificios extraordinarios, ¿no te parece?
El
criado contempló las altas cumbres que resplandecían como si estuvieran
recubiertas de pan de oro. Jacobo sabía que, en realidad, se trataba de tejas
amarillas.
─
Esta tierra está enferma y afligida. ¿Cómo es posible que sus habitantes sean
prósperos?
─ Es
el secreto de Babilonia. Los forasteros desconcertaban a Jacobo porque el
criado hablaba como un sabio y el amo como un cabrero. Añadió amablemente:
Otras ciudades tienen su época de esplendor y dioses ocultos las destruyen.
Amada por Marduk, Babilonia perdura y perdurará mucho después de que vuestra
simiente haya desaparecido de la tierra.
La
aglomeración en el puente los obligó a avanzar. Al llegar al otro extremo el
criado pagó a la impaciente Ealil con monedas de oro puro..., acuñadas en
Sardes, pensó Jacobo. Aunque hombres tan sinceros y descuidados no podían ser
agentes pagados, se preguntó dónde se alojaban y a quién servían.
─ Si
tenéis monturas para vender, podría echarles un vistazo sugirió, aunque las
mulas y los asnos salvajes que tiran de los carros son las bestias preferidas
en Babilonia.
Por
la fuerza de la costumbre, Jacobo menospreció el valor de la mercancía que
pretendía comprar. Los dos arameos lo miraron con simpatía y sonrieron.
─
Tenemos varios caballos buenos ─replicó el amo.
─ Te
llevaremos a verlos apostilló el criado si tú, mi señor, nos explicas durante
el trayecto más cosas sobre las maravillas de Babilonia.
Una
vez más se repitió la extraña inversión de castas: el criado hizo la oferta en
nombre de su amo. Jacobo tomó nota y añadió esa peculiaridad a los otros
comportamientos extraños, para a partir del conjunto decidir si los arameos
eran espías extraordinarios o mercaderes tribales de caballos muy ingenuos. Se
enorgullecía de calar en seguida a los forasteros. Además, le gustaba
desempeñar el papel de guía. Dada su naturaleza escindida, Jacobo era
consciente de los males de la inmensa ciudad como si la viera a través de los
ojos de su madre al tiempo que sentía una perversa adhesión a ella. Cabalgaran
por donde cabalgasen, en ningún momento perdieron de vista la cúpula dorada de
la torre y el verdor del jardín colgante del palacio, que parecía suspendido por
encima de la línea de la muralla de Imgur Bel, de veintiocho metros, cuyas
torres salientes protegían la inexpugnable defensa interior de Nimitti Bel.
Hasta
los visitantes enmudecieron cuando volvieron a cruzar el Éufrates en la gabarra
más próxima a la muralla. Observaron el movimiento de las largas varas que los
esclavos utilizaban para empujar contra la corriente y el caudal del río gris a
través del arco abierto en la muralla, Jacobo les explicó que el paso del río
por la ciudad daba suficiente agua a los babilonios en el caso de que un
enemigo los asediase y que los enormes graneros construidos por Nabucodonosor
proporcionaban alimentos a cuantos los necesitaban. Si, Nabucodonosor había
comunicado al pueblo que ningún enemigo pisaría la ciudad mientras Imgur Bel y
Nimitti Bel permaneciesen unidas.
El
criado arrojó una paja al agua, la vio alejarse y musitó:
─
Pues os habéis olvidado del oro del río.
El
agua parecía fascinarlo. Junto al canal donde las hileras de esclavos izaban
cubos hasta una acequia y un inspector controlaba la cantidad de agua extraída,
el criado frenó el caballo para coger del mentón a una de las figuras morenas y
magras que hacían fuerza junto al poste de elevación. Los ojos del esclavo eran
blancos y ciegos.
A
las puertas de una hacienda los corceles se espantaron, pero los jinetes
siguieron cómodamente montados. En la puerta habían clavado el pellejo
arrancado a un ser humano, pellejo que todavía estaba húmedo.
─
¿Corresponde a un enemigo asesinado o a un rebelde? quiso saber el criado.
Jacobo
leyó la inscripción colocada bajo el pellejo.
─
Robó una oveja y denunció su desaparición.
Jacobo
condujo rápidamente a los visitantes a través de los caserones de adobe que
servían de criaderos de los niños que los comerciantes vendían a las
tejedurías.
─
Las cargas los doblegan comentó el criado.
Poco
más adelante las cargadas recuas de burros y los carros tirados por bueyes se
apiñaron en medio de una nube de polvo para ceder el paso a la imponente figura
de Jacobo a lomos de su mula. En medio de las bestias, hileras de mozos de
carga descalzos se doblegaban por el peso de los sacos de cebada o las cajas de
madera de palma. Jacobo sabía que el alquiler de las bestias humanas era más
bajo que el de los animales de tiro.
─
¿Cuándo los liberan de sus cargas? preguntó curioso el criado.
Algo
se coló en los pensamientos de Jacobo, palabras que había oído en los
callejones y que casi había olvidado: los dioses no liberarían de su carga a
Babilonia. Era una máxima traidora de los separatistas hebreos del barrio de
Kebar. Y Jacobo no podía creer que los arameos hubiesen visitado esa insalubre
orilla del canal.
Parecían
incansables en su recorrido por los suburbios; miraron cada avenida de las
fincas arboladas de los poderosos y las callejas de las clases postergadas. A
Jacobo le dolían los huesos a causa del desacostumbrado paseo cuando los
arameos llegaron a las plantaciones de datileros y dejaron cabalgar los
caballos en el frescor de la tarde. Hablaron entre sí en una lengua extraña
para Egibi. Aguzó el oído mientras se zarandeaba incómodo tras ellos y, con una
bocanada de agitación, se percató de que hablaban en su lengua madre, tan
fluidamente como lo habían hecho en arameo. Así se zanjó la cuestión que
rondaba su mente: eran dos espías procedentes de una tierra lejana que no podía
ser Egipto. Decidió acompañarlos hasta su alojamiento y trasladar la información
al puesto más próximo de la policía de Rimut. Se percató por primera vez de la
facilidad con que montaban, con los pies cubiertos por botas blancas encajados
en anillas de cuero, y vio que se balanceaban según el movimiento de las
monturas.
Se
internaron por un palmeral datilero aparentemente igual a todos los demás. Al
cobijo de la sombra aguardaban media docena de caballos embridados, tan
brillantes e inquietos como los corceles de los supuestos arameos. Cuatro
hombres se incorporaron desde las mantas tendidas en el suelo; llevaban fundas
de arcos y carcajes sujetos a los cintos y las capuchas les ocultaban los
rostros. El quinto, un hombre canoso, cojeó para sujetar la anilla del pie del
portador de la espada, que dio una orden tajante. De inmediato los arqueros
enrollaron sus mantas y las colocaron tras las sillas de montar. El par de
visitantes se apeó de los caballos y el portador de la espada entregó su arma
al viejo mozo.
─
Como ves, disponemos de buenos caballos, pero no creo que puedas comprarlos.
Un
temor súbito dejó frío a Jacobo Egibi. Sólo y desvalido, se dio cuenta de que
estaba frente a enemigos armados que no podían ser más que medos o persas.
Quizá habían accedido a las murallas de Babilonia como comerciantes de
caballos, pero a partir de ese momento ni siquiera intentaron engañarlo. Jacobo
calculó que, dadas las circunstancias, tenía una posibilidad en diez de salir
vivo del palmeral. Tomo conciencia de su situación, hizo frente con descaro al
jefe embozado y respiró agitado a causa del poco habitual paseo. Sin inmutarse,
replicó:
─
Veo que posees animales extraordinariamente finos y una montura de recambio
para cada jinete.
─ El
que iba disfrazado de criado sonrió complacido. Era innegable que los demás lo
consideraban el jefe y que guardaban silencio en su presencia. Jacobo supuso
que su rango era alto.
─
Babilonio, tu madre no dio a luz a un tonto observó. Hoy he contraído una alta
deuda contigo porque me has enseñado el modo en que puedo entrar en tu ciudad.
Alzó los brazos y rió como si hubiese dicho algo gracioso. Pide lo que quieras
para tu familia o clan y cuando yo entre en Babilonia te lo concederé.
Después
de pronunciar esas palabras, saltó a lomos de un caballo descansado, los demás
lo siguieron y salieron lentamente del palmeral. Se esfumaron en el crepúsculo
y Jacobo oyó los cascos de los corceles en el camino, galopando hacia el este.
Mientras la mula descansaba y él recobraba el aliento, Jacobo meditó las
palabras del agente que debía de ser persa: «...el modo en que puedo entrar en
tu ciudad». Se habían dedicado a dar un paseo alrededor del circuito de
dieciséis kilómetros de las grandes murallas en las que no había más entrada
que las puertas de bronce bien guarnecidas.
A la
mañana siguiente Jacobo no buscó a Rimut, el inspector de Esagila. Acudió a su
oficina de contabilidad y pidió a sus agentes que buscasen a la prostituta
Ealil y al ladrillero Nusku y que investigaran lo que habían hecho durante el
día anterior. Después de presentarle el informe, llevaron a la joven pareja y
Jacobo en persona interrogó a Ealil. Aunque no mencionó las monedas de oro que
le dieron, la muchacha contó su historia con veracidad y repitió una y otra vez
la lectura de la tablilla en la que se ridiculizaba a Ciro.
Una
increíble sospecha anidó en la mente de Jacobo Egibi. Despidió a todos y se
puso a meditar ante la mesa. Llamó al amorita portador del báculo y al portador
del parasol, salió, se dirigió discretamente a pie por la calle Zabara, se
encaminó a la puerta oriental y cruzó hasta la apiñada orilla del canal de
Kebar. Se descalzó y entró en la sala de oraciones en la que, como de
costumbre, aguardaban los mayores.
Se
trataba de los parientes de la madre de Jacobo, los ancianos de las tribus, que
se mantenían fieles a la ley mosaica pues los profetas les habían advertido
contra todas las demás, y al único templo de Yahvé, que ni siquiera los más
viejos habían contemplado. Ante ellos Jacobo murmuró la inenarrable noticia de
que sus propios ojos habían contemplado a Ciro, rey de los medos y los persas,
en el puente de la calle Adad. Y eso no era todo: Ciro había pisado Babilonia,
y Esagila, incluso se había detenido ante la burlona tablilla de Nabunahid.
─
Antes de partir Ciro me dijo: «Pide lo que quieras para tu familia o clan y
cuando yo entre en Babilonia te lo concederé».
Los
murmullos apenas se oyeron en la estancia oscura que bordeaba las aguas de
Babilonia. Jacobo tenía la convicción de que el desconocido aqueménida que no
sabía leer al menos así lo atestiguaba la prostituta Ealil cumpliría su
palabra. Preguntó a los atónitos ancianos cuál era el mayor de todos los
tesoros. Las vasijas de oro del templo, las mismas que Nabucodonosor, el
destructor de Jerusalén, se había llevado.
Meditaron
colectivamente y transmitieron las novedades a Isaías.
El
espía de Rimut en el barrio de Kebar no se privó de informar que los judíos
volvían a conspirar, que difundían el rumor de la llegada de Ciro el persa y
que hablaban nuevamente de recuperar las vasijas de oro de su templo, que se
había alzado en Jerusalén.
El
propio Rimut evaluó la información de la siguiente manera: no era una novedad.
Años atrás los profetas judíos ya habían difundido rumores falsos sobre la
llegada de los medos y no había pasado nada, ni podía pasar nada semejante.
Pero cabía la posibilidad de que los judíos más desesperados los que se
atrevían a pensar en el retorno a Jerusalén intentasen robar las vasijas
sagradas de las bóvedas del palacio. En ese caso, había que dar ejemplo
mediante la desolladura en público de uno de sus jefes, entre los que ahora
parecía figurar el traidor de Jacobo Egibi. ¿Acaso antes Nabucodonosor no había
dado ejemplo con uno de los jefes rebeldes de Jerusalén? El siempre vencedor
Nabucodonosor había quemado el templo del rey rebelde Zacarías, había matado a
los hijos en presencia de ese monarca hebreo y luego le había quemado los ojos.
Por
eso el inspector Rimut informó al monarca Nabunahid.
§ Lo
que Nabunahid mantuvo en secreto
Aquel
verano Nabunahid se ocupó de aparentar que estaba loco. Apenas abandonó sus
aposentos en palacio después de las festividades del año nuevo y durante el
último estío de su reinado. Envejecía y en las contadas ocasiones en que tuvo
que consultar a los científicos o recibir a emisarios extranjeros lució una
barba postiza muy rizada y un moño postizo de pelo oscuro en la nuca. Por
tradición los anteriores monarcas asirios habían sido morenos y temibles y la
nueva dinastía caldea los remedaba apelando al miedo. El temor a los dioses, al
rey y a los siervos del rey mantenía sumiso al pueblo. Fue importante durante
los años difíciles de las plagas y la escasez de alimentos. Aquel fue un verano
difícil.
Zeria,
el ingenioso custodio de los templos, interpretó los presagios y proclamó que
las iras de Marduk pesaban sobre la tierra. (Esa proclama cumplió el doble
objetivo de atemorizar a las clases bajas y enconarlas con los sacerdotes de
Marduk, que subrepticiamente acusaban a Nabunahid de ofender por negligencia a
la deidad tutelar de Babilonia; de hecho, dentro de las murallas de la
ciudadela de Esagila los sacerdotes intentaron recuperar su influencia, que
había ido a parar a la corte; por decirlo de alguna manera, la torre y el
templo de Ekur se alzaron en armas contra el palacio real.) Nadie salvo los
poderosos sacerdotes de Marduk echaban las culpas a Nabunahid, a quien se creía
loco y, en consecuencia, alejado de los asuntos humanos al tiempo que mantenía
relaciones estrechas con las deidades ocultas.
Por
otro lado, el comportamiento del monarca había sido incomprensible. Durante
muchos años abandonó Babilonia para viajar sin cesar por las tierras del oeste,
más allá de los dos ríos; se ocupó de reconstruir los santuarios más antiguos,
de rescatar inscripciones enterradas y de descifrarías. Sin motivo evidente,
Nabunahid reconstruyó el emplazamiento de una ciudad del lejano desierto del
oeste, Tema, con palacios rutilantes y templos a los que había que abastecer
con caravanas que salían de la propia Babilonia. Al ausentarse de Esagila de
esta forma, el astuto anciano restó importancia a Marduk y a sus sacerdotes,
que eran sus adversarios.
Con
la creación de las rutas comerciales del oeste al mar, Nabunahid había
intentado contrarrestar las conquistas del dinámico Ciro. Los persas se habían
convertido en amos de las rutas norteñas que seguían los cursos superiores de
los ríos hasta la costa de Anatolia. Por lo tanto, las ubérrimas tierras
cerealeras del norte y los vestigios del imperio asirio estaban en su poder. En
tanto sucesores de los medos, reivindicaban inmensos territorios
imprescindibles para Babilonia, incluidos los puertos comerciales fenicios y
Palestina. Por si eso fuera poco, hacia el sur los restablecidos elamitas
reclamaban las tierras del mar, en la desembocadura de los dos ríos, cuyo delta
era importante no solo por las pesquerías, sino por el acceso al mar.
Babilonia
disponía de ejércitos tan numerosos como los de los desaparecidos asirios.
Belchazar se había ocupado de reunirlos. Sin embargo, las nuevas huestes
armadas caldeas carecían de la preparación para manejar las máquinas de guerra,
preparación que los asirios esos bárbaros inteligentes habían tenido. Pese a
ser imponentes y muy caros, sólo podían utilizar los carros en el llano. Las
fuerzas caldeas habían logrado entrar en Nínive y destruirla gracias a su
alianza con los aguerridos medos. Como ahora Ciro contaba con los jinetes
medos, los planificadores de Esagila se aprestaron para el conflicto con el
aqueménida, pues consideraron que era inevitable. Por decirlo de alguna manera,
el dominio babilónico estaba atrincherado entre las ciudades gemelas de los
persas ─Pasárgada y Ecbatana─ y el mar Mediterráneo. Cubría las rutas
comerciales entre el este y el oeste y los planificadores de Esagila estaban
decididos a retenerlas. Se mantuvieron firmes en su alianza con los faraones
que, como de costumbre, dieron largas hasta averiguar puesto que habían
despachado a Creso quién se convertía en el amo de la histórica llanura entre
los dos ríos. De esa manera los egipcios fueron testigos del advenimiento de
hititas y hurritas, de asirios y medos, así como de la desintegración posterior
de esos poderosos pueblos septentrionales. Los egipcios proporcionaron todo
tipo de ayuda salvo la guerra con Babilonia, pues sabían perfectamente que,
mientras la ciudad de Marduk se alzara con firmeza a orillas del Éufrates, los
invasores bárbaros no conseguirían llegar al Nilo.
Aparte
del pacto secreto de defensa mutua con Egipto, los planificadores de Esagila
perfeccionaron la estrategia para derrotar a Ciro, que se basaba en las
fortificaciones de Nabucodonosor. En primer lugar, la barrera creada por la
muralla meda se extendía entre los dos ríos, a la altura de Sippar. Era
demasiado sólida para que los jinetes la tomaran por asalto. Tras ella
aguardaba el ejército de operaciones de Belchazar. Detrás de los ejércitos se
encontraba Babilonia propiamente dicha, convertida en una ciudadela
inexpugnable. Los bárbaros persas y medos se estrellarían contra esas
fortificaciones, como anteriormente les había ocurrido a escitas y hurritas. A
diferencia de Creso, los babilonios no cometieren el error de enviar al
ejército a luchar contra Ciro en las montañas. El testarudo Belchazar lo habría
hecho, pero se lo impidieron.
Babilonia
se dispuso a esperar, con todos los efectivos movilizados. Pese a que lo
esperaba, Ciro no había aparecido en casi seis años. Se había dedicado a
deambular por el limbo oriental del mundo. El coste de guarnecer las
fortificaciones supuso una carga muy onerosa para las tierras. En cuanto Ciro
hizo acto de presencia en la frontera, Nabunahid puso su tablilla triunfal a la
vista de todos, retando al imprevisible persa al tiempo que aseguraba a los
babilonios que el enemigo sería avasallado.
§
Belchazar se lanza contra Ciro
Cuanto
terminó el verano y comenzó la época de las cosechas, Ciro se presentó por el
norte. Desde las colinas siguió el descenso del río Diyala. Los persas
cabalgaron por tierras babilónicas y cosecharon el grano que estaba en pie.
Nada más verlos los habitantes huyeron a la ciudad fronteriza de Opis, a
orillas del Tigris. Los persas los siguieron despacio, aparentemente más
interesados en la recolección que en saquear las aldeas.
Belchazar
tuvo noticia de su llegada al amparo de la muralla meda. Supuso un lanzazo para
la furibunda exasperación del belicoso príncipe de Babilonia. Durante cinco
años prácticamente la había regido. Desde que Nabunahid lo reemplazó durante
las festividades de año nuevo, había estado encerrado en el frente norte y le
prohibieron guiar sus efectivos al otro lado de la muralla. Como era un militar
aguerrido, le disgustaba que los regimientos estuviesen ociosos, cumpliendo
funciones de guarnición tras la barrera segura de la muralla. Como amaba el
esplendor, detestaba su acantonamiento en una ciudad comercial como Sippar. Y
desconfiaba de su padre.
A
medida que llegaban los informes de los puestos de avanzada, Belchazar concluyó
que medos y persas acumulaban provisiones para el inminente invierno. No
parecían prestos al combate y a Belchazar le habría gustado asestarles un golpe
contundente durante la operación de recolección. Podría haberse quedado en el
campamento de no ser por las pullas de las molineras.
Ocurrió
después de una copiosa ingestión de alcohol. Una de las chicas que lo
acompañaba se puso el velo para salir al balcón, donde la brisa era más fresca.
Era una joven esbelta y lánguida y estaba tan molesta como Belchazar por no
poder seguir en el palacio babilonio. Bajo el balcón se extendía el patio, en
efervescencia con los animales atados para la matanza, con el chirrido de las
muelas que giraban las viejas esclavas hebreas. Sus voces resonaban y
retumbaban en medio del rechinar de las piedras. Una de las viejas gritó en
lengua caldea:
─
Ven y siéntate en el polvo, oh, hija virginal de Babilonia, siéntate en el
suelo: no hay trono, oh, hija de los caldeos...
Aunque
se trataba de una broma lanzada al aire, iba destinada a la rubia que se
encontraba junto a Belchazar. Las muelas volvieron a rechinar en medio de las
carcajadas y la voz entonó:
─
Coge las muelas y muele la harina: abre tus cerraduras...
La
muchacha regresó a la calurosa estancia y Belchazar la siguió con tal de eludir
la ojeriza de las viejas esclavas y para beber. Tuvo la impresión de que las
fuerzas enemigas también actuaban como si no le temieran. Les hacía falta una
amarga lección sobre el poderío de Belchazar...
Poco
después marchó con sus lanceros y carros hacia el norte, alejándose de la
muralla. Los condujo hasta el Tigris en busca de las huestes invasoras.
El
viento del norte soplaba sobre los babilonios. Agitaba el polvo y doblegaba los
álamos altos y los sauces resecos. En medio de la bruma polvorienta brilló el
rojo sol hasta que el humo de las aldeas incendiadas los jinetes enemigos
arrojaron teas sobre los techos de paja oscureció el astro. Los jinetes
prendieron fuego a los campos de cereales y el viento avivó las llamas que
lamieron el llano. Los caballos de los carros babilonios se inquietaron y las
columnas de lanceros de la marcha abandonaron los caminos y buscaron refugio en
los arroyuelos y en los campos verdes.
Como
arrastrados por el viento, los jinetes persas llegaron a toda velocidad. Sus
flechas atravesaron las nubes de polvo y sus oscuras filas arremetieron en
medio de la humareda. Asomaron las lanzas por delante de las cabezas de los
corceles; los jinetes enfundados en metal se inclinaron tras los escudos y
traspasaron a los lanceros ligeros de Babilonia. Cuando los carros de Belchazar
se reunieron para lanzarse contra los montados, cayeron bajo una lluvia de
flechas que mató a los cocheros semidesnudos y provocó la espantada de las
monturas. Por momentos, cuando los carros atacaban, los jinetes de los veloces
nisayanos se daban media vuelta, galopaban por delante y se reían de la
competencia entre los vehículos pesados y los caballos que corrían libremente.
Además, disparaban flechas hacia atrás.
Al
caer la noche, los fuegos y el viento cesaron; los capitanes babilonios
reunieron sus regimientos para replegarse a un lugar seguro durante las horas
de oscuridad. El enemigo no se retiró de esa extraña batalla: durante el
crepúsculo atacaron las columnas que marchaban y las obligaron a dar media
vuelta para repeler a las bandas agresoras. Los capitanes babilonios
encendieron teas que cumplieron la función de punto de reunión para los
lanceros. Andanadas de flechas escapaban de las sombras hacia las luces. La
oscuridad amparaba a los jinetes persas, que no cesaron de perseguir a la
agotada soldadesca. Imposibilitados de montar el campamento, los babilonios se
dirigieron al refugio más próximo: las murallas de Opis. La noche no ocultó a
los carros que sonaron con estrépito sobre el terreno accidentado.
Agotados
y asolados por la sed, los soldados de Belchazar abandonaron las vías atestadas
en busca de recovecos aun más oscuros, donde fluían los riachos. En compañía de
sus señores y de la guardia montada, Belchazar huyó hacia la muralla que se
alzaba entre los ríos. Explicó que no había conquistado esa victoria sobre Ciro
porque el viento, el fuego y la oscuridad se lo impidieron.
§ La
prisión de los dioses
Aquella
misma noche, Nabunahid se sentó en el trono de Esagila para oír que los
encargados del calendario anunciaban que era la primera hora del nuevo mes
lunar de tischri (octubre). Nabunahid expresó el habitual deseo de que el mes
fuese propicio para todos los pueblos de Marduk. Los encargados de las
tablillas cambiaron el símbolo del reloj que gotea agua por el de una luna
creciente y se retiraron, no sin antes rezar la habitual plegaria para que el
monarca de Babilonia tuviese larga vida. Durante más de trece siglos los
astrónomos habían llevado un registro exacto del movimiento del sol
contrapuesto al de las estrellas. Sólo faltaba que los cronistas de Babilonia
escribiesen los acontecimientos de la luna de tischri.
Tanto
el calendario como la crónica se consignaban de esa manera desde el reinado del
primer Sargón. En años de inundación y de sequía, de revolución y de invasión,
habían preservado en las tablillas el relato de las épocas y pensar que el
registro fuese abandonado resultaba inconcebible. Esta minuciosa conservación
del pensamiento y de las costumbres del pasado se había convertido en una
obligación y cualquier cambio era visto con malos ojos porque suponían que
conllevaba el mal. Los sacerdotes insistían en que Marduk preservaba la ciudad
de Babilonia para la eternidad. Incluso Nabunahid había reclamado su pretensión
al trono porque, según dijo, Marduk se le había aparecido en sueños y le había
anunciado que era el amado y legitimo sucesor de su predilecto Nabucodonosor.
Como
de costumbre, en cuanto Nabunahid despidió a los encargados del calendario, dos
adivinos del templo se plantaron ante su tarima y tironearon de las largas
mangas que cubrían sus brazos. El sacerdote que tomó la palabra llevaba en la
cinta de la cabeza la señal de la pala, símbolo de Marduk. Como era habitual,
dijo su profecía en forma de acertijo:
─
Durante este mes llegará alguien que satisface a Marduk, nuestro gran señor.
Será un pastor que guía a su rebaño y dejará libres a los que están sometidos a
servidumbre. El adivino hizo una pausa como si meditara. Su llegada será
propicia para Babilonia, la amada ciudad de Marduk.
Nabunahid
despidió a los adivinos con notoria irritación. No habían mencionado su nombre
en los vaticinios. Pensó que lo hacían adrede para confundirlo. Aunque el
templo era propietario de incontables rebaños, apenas se preocupaba de los
pastores o de otros «sometidos a servidumbre». Nabunahid gratificó a los
sacerdotes con el habitual maná de oro y en cuanto pudo abandonó el salón del
trono en busca de su hija Shamura. La noche de la nueva luna la encontró, como
cabía esperar, trabajando en la bóveda subterránea que servía de prisión a los
dioses extranjeros.
Las
deidades se alzaban sobre los pedestales que Nabunahid había hecho construir y
arrojaban sombras sobre las paredes encaladas. Durante sus viajes, Nabunahid se
había apoderado de esas divinidades, que se encontraban en templos muy
distantes de Babilonia: Shamash de Sippar, que portaba la corona de rayos del
sol; Assur, el guerrero gigante de los desaparecidos asirios; Shushinak, la
horrible deidad terrenal de Susa, la más importante de todas las imágenes
cautivas. Claro que algunas fueron capturadas durante el reinado de
Nabucodonosor. En el extremo más lejano brillaban el candelabro de oro, la mesa
del altar y el tabernáculo trasladados desde el templo de Jerusalén.
En
los archivos los cronistas habían escrito: «Hasta el final de los meses
estivales entraron en Babilonia los dioses de Acad y de las tierras del oeste,
todos los que están por encima y por debajo de la tierra».
Cuando
entró en la prisión de los dioses cautivos, Nabunahid experimentó el conocido
escalofrío del miedo. Al cerrar la puerta revestida de bronce, la llama de la
única lámpara se inclinó y su sombra se balanceó. Se imaginó que las imágenes
gigantes se movían y dirigían hacia él las joyas centelleantes de sus ojos. Su
hija Shamura lo miró pues tenía en alto la lámpara para leer lo que estaba
escrito en el peto de Shamash, dios solar de Sippar. Aunque estaba escrito en
sumerio arcaico, Shamura sabía interpretarlo Ya había copiado todos los
escritos tallados por manos muertas en las figuras de piedra negra que el paso
del tiempo había alisado. Shamura no temía los poderes encerrados en la bóveda.
Nabunahid sabía que una mujer podía penetrar secretos vedados a los hombres.
Notó que su hija quemaba incienso en un trípode de forma peculiar; tal vez
hacía una plegaria simbólica a uno de los dioses. Cuando le refirió el enigma
de los siervos de Marduk, Shamura agitó desdeñosa la cabeza.
─
Apenas es un enigma y no se la puede considerar una profecía. Zeria ya no puede
contener a los cómplices de Ekur. Además añadió pensativa, no se atreven a
desafiarte y se burlan de ti con expresiones de doble sentido. En cuanto al
pastor que está por llegar, podría ser cualquiera. Los sacerdotes son muy
astutos, fácilmente pueden elegir a un señor de su facción y proclamar éste es
el jefe que presagiamos, el hombre que satisface a Marduk. No tendrán
dificultades para hacerlo y el populacho cree en las profecías cuando le parece
que se cumplen. ¿Qué respondiste?
─ No
dije nada.
─ Me
alegro. Probablemente están más preparados para recibir tu cólera que tu
silencio. Como se han mofado de ti en presencia de testigos, tendrás que
rebajarlos. Debes actuar sin dilaciones.
Nabunahid
admiró la simplicidad del pensamiento de su hija al tiempo que aguardaba
esperanzado su decisión. A Shamura no le preocupaban sus dudas ni quedaba en
situación de inferioridad por su compasión hacia los demás. Como no salía de
sus aposentos en los jardines colgantes, los cortesanos casi nunca la veían. Se
había cambiado el nombre para ponerse el de la reina legendaria de Babilonia,
Shamura o Semíramis.
Shamura
inclinó la cabeza, oscurecida por la peluca trenzada al estilo egipcio, pensó
en la reina legendaria y asintió convencida.
─
Escolta hasta la sala de audiencias la imagen portadora de estrellas de Ishtar.
Preséntate ante ella como el favorito de sus siervos, proclama, para que se
sepa en las calles que están más allá de Esagila, que ella pondrá a Babilonia
bajo su protección. Ella te lo ha dicho en sueños. Hazlo mañana mismo. Entonces
los sacerdotes de Marduk se roerán los dedos y se escupirán unos a otros. No
osarán menospreciar a la señora de Uruk.
Nabunahid
cerró los ojos y suspiró aliviado. Ishtar, diosa guerrera y divinidad de la
fertilidad, era popular entre los hombres y venerada en secreto por la mayoría
de las mujeres. No había efecto más llamativo que el de la aparición de una
deidad en momentos de tensión.
─
«El hombre que no tiene dios al deambular por las calles cae presa del demonio
que lo sigue» citó satisfecho el monarca. Añadió: Tu ingenio es el escudo que
protege mi modesta vida.
Shamura
no respondió a semejante necedad. Inclinó la cabeza y las trenzas oscuras le
taparon los ojos.
─
Haz exactamente lo que te he dicho ordenó tajante─. Que vean que vuelcas todas
tus esperanzas y confianza en la señora de Uruk. Ni te molestes en pronunciar
un discurso. Acarició la mejilla de su padre con sus dedos delgados. No te
preocupes por esto. Tiéndete en el sofá, duerme y por la mañana, cuando vayan a
vestirte, cuéntales tu sueño. Nabunahid estaba a punto de salir cuando Shamura
apostilló: Pase lo que pase, debes recabar la ayuda de Ishtar.
Nabunahid
dejó a su hija junto a la lámpara. Al irse volvió a notar la presencia de los
dioses oscuros. Oyó que Shamura recitaba la inscripción tallada en Shamash:
«... aquel cuyo cuerpo es abandonado sobre la tierra..., aquel que no recibe
sepultura..., la que muere de sobreparto..., aquella cuyo hijo, al que
amamantó, ha muerto..., aquel que se ha ahogado...».
Nabunahid
reconoció la invocación a los espíritus de los infortunados. Sabía que Shamura
estaba convencida de que había sido elegida para prestar servicios a la gran
diosa, de la que Ishtar no era más que una manifestación.
La
ansiedad de Nabunahid aumentó a medida que recorría el pasillo donde el guardia
eunuco de Shamura la aguardaba. El adefesio abandonó el banco de piedra para
postrarse al paso del rey de Babilonia. ¿Sonrió con la cabeza baja al ver la
figura rolliza e ignominiosa de Nabunahid? ¿Acaso Shamura intentaba protegerlo,
como aseguraba, o su hija conspiraba mediante artes secretas para elevarse por
encima de su padre?
En
lugar de dirigirse al dormitorio Nabunahid caminó impulsivamente hacia la
puerta. Franqueó deprisa el friso de mármol de genios alados que parecieron
correr a su lado y estuvo a punto de salir al enorme patio donde los guardias
lanceros levantaron sorprendidos los faroles al verlo sin acompañantes.
Nabunahid dirigió la mirada al firmamento en busca de un augurio. La estrella
baja de Ishtar resplandecía con más brillo que el astro de Nabu. No vio otras
señales y el frío nocturno heló sus carnes. Percibió un ligero movimiento a sus
espaldas y se volvió rápidamente. Un lancero se había detenido cual una imagen
de bronce y sostenía el farol en alto. Sin embargo, dentro del círculo de luz
el aspecto del muro de piedra del patio había cambiado.
Sobre
la piedra brillaban unas palabras, como si estuvieran escritas con fósforo. Vio
unas pocas palabras escritas en arameo o en hebreo y no tuvo ninguna dificultad
para leerlas: «Los días de tu reino están contados».
Esas
palabras luminosas no habían sido visibles cuando Nabunahid entró en el patio.
A medida que las miraba los bordes titilaban y desaparecían progresivamente.
Nabunahid observó el rostro barbudo del guardia. El gigante inmóvil era
amorita, tan indómito como un animal, y seguramente ignoraba el significado de
esas palabras. A sus espaldas se inclinó y desapareció una sombra. Nabunahid
vislumbró la figura de una mujer que se alejaba a la carrera con un cántaro de
agua sobre la cabeza.
Cuando
por fin se dirigió a su dormitorio, Nabunahid echó a los soñolientos esclavos
que lo ayudaban a vestirse y desvestirse y a las arpistas que solían relajar su
inquieta mente. Las palabras de fuego despertaron sus temores reprimidos y fue
incapaz de conciliar el sueño. Sus pensamientos divagaron entre los augurios de
las últimas horas y pujaron por acercarse a una divinidad que pudiese
protegerlo en el caso de que Shamura intentara engañarlo.
Cuando
el cansancio lo amodorró, percibió una voz y palabras que resonaban débilmente:
«Estás agotado en medio de tantos consejos..., deja que los astrólogos, los
astrónomos y los pronosticadores de los meses den la cara y te salven de cuanto
caerá sobre ti». Nabunahid levantó la cabeza para oír mejor e imaginó que la
voz procedía del patio situado bajo sus aposentos a oscuras. « ¡Nadie te
salvará!»
Ni
se le ocurrió pensar que su peor enemigo eran sus pensamientos.
El
alba iluminó las ventanas de alabastro y, sumido en su agotamiento, el rey de
Babilonia sólo aspiró a escapar de los terrores de la oscuridad. Cuando los
criados se presentaron con la jofaina de oro llena de agua, no menciono su
sueño con Ishtar. Gritó que saldría inmediatamente de palacio a Sippar para
reunirse con su hijo y con el ejército.
Comunicó
a Rimut y a los asesores que otorgaría a las fuerzas armadas el beneficio de su
presencia. Se convenció de que, en el caso de que Belchazar venciera a los
invasores, él mismo se alzaría con los honores de la victoria. Experimentó
alivio y dormitó cómodamente en el carro cubierto y tira do por mulas blancas
cuando la punta de la gran torre desapareció en el llano, a sus espaldas.
De
cuanto aconteció en Sippar, en la carretera del norte, lo que más recordaba
Nabunahid era el humo arremolinado que ocultaba el sol. El terror reinaba bajo
el manto de la humareda y el pueblo que atiborraba las calles empujaba hacia el
templo de Shamash, su santuario. No cedieron el paso al desfile real y cuando
vieron que Nabunahid viajaba en el carro dorado, con el báculo y el anillo
real, lo increparon. Las voces suplicaron ayuda y profirieron insultos. El
terror era superior al miedo que le tenían al rey, su señor.
─
¡Recupera al dios de nuestros padres! ¡Hazlo tú, que has quitado a Shamash de
su sede! ¡Fíjate bien, el sol se ha ocultado y nuestro santuario está vacío!
Nabunahid
se sintió dominado por un sueño maligno del que no podía despertar. Hasta las
mujeres alzaron la voz desafiantes desde los balcones:
─
¡Tú has alertado a los extranjeros contra nosotros y a los recaudadores de
impuestos les has ordenado que el agua de los canales no riegue nuestros
campos! ¡Has robado los símbolos divinos de nuestro templo! ¡Apaga el fuego que
consume nuestros campos!
Animales
y carros llenos a rebosar atestaban las calles de Sippar mientras las afligidas
familias intentaban huir. No había autoridad visible. Los funcionarios y los
propietarios, que contaban con los mejores medios de transporte, habían
escapado de la aterrorizada multitud constituida por las gentes del común.
Nabunahid
volvió a cobrar ánimos al ver que la guardia montada de Belchazar los lanceros
con cascos se dirigían hacia él. Los vio emplear látigos y espadas para
despejar el camino al carro de su hijo. Cuando los vehículos se encontraron,
Nabunahid preguntó ansioso:
─
¿Por qué no estás junto a la muralla?
El
fornido cuerpo de Belchazar estaba cubierto de metal con incrustaciones de oro;
esgrimía un escudo. Miró a su padre, que aferraba el báculo y el anillo reales.
─
Porque los persas están aquí.
Nabunahid
no comprendió. Había delegado los asuntos bélicos.
─
¿Se ha librado una batalla?
─ Yo
no lo llamaría así. Belchazar recordó la frontera cubierta por una capa de
humo. Apareció el lobo y estas ovejas huyeron.
Extendió
el brazo hacia el clamoroso gentío retenido por las lanzas de sus jinetes.
Explicó desdeñoso a su padre que las huestes armadas había huido abandonando a
sus capitanes y que los persas habían perseguido a los fugitivos y franqueado
las puertas de la muralla meda. Belchazar no pensó más en la muchedumbre
contenida por las murallas de Sippar. Los soldados exhaustos y presas del
pánico ya no le servían de nada y lo manifestó.
─ Mi
fuerza se renovará tras Imgur Bel y Nimitti Bel dijo. Allí prevaleceré sobre
los paganos persas. Escrutó el rostro tenso de su padre. Y tú, ¿qué harás?
Nabunahid
ordenó al cochero que diese media vuelta y siguiera al carro del señor
Belchazar. Había llegado al frente con el tiempo justo de asistir a esa
derrota.
§
«El que satisface a Marduk»
Aquella
noche se apagaron los fuegos de los campos y el cielo se despejó. Al alba los
mensajeros de Ciro entraron en Sippar y pidieron a los habitantes que
abandonasen sus moradas.
─
Salid, reunid vuestros rebaños, juntad agua para los animales y dad de comer a
vuestras familias. Las perturbaciones han terminado e impera la paz del
aqueménida por orden de Ciro el rey.
Tras
los mensajeros cabalgaban flautistas y cimbaleros. Detrás de ellos, Ciro entró
en Sippar mientras el sol refulgía en el cielo. Hizo una entrada espectacular
para llamar la atención de las asustadas gentes que sólo soñaban con una muerte
rápida en el momento en que los soldados paganos saquearon la ciudad.
Ciro
avanzó a caballo hasta el templo de Shamash. Cuando vio el santuario vacío,
lanzó exclamaciones de sorpresa y preguntó qué se había hecho del dios de
Sippar. El rab'ali el alcalde se había acercado con los ancianos para presentar
ofrendas de tierra y agua como muestra de sumisión. Explicó que los babilonios
se habían llevado a Shamash de la ciudad en un carro tirado por bueyes y que
por ese motivo habían sufrido grandes males: las lluvias cesaron y la tierra se
convirtió en una corteza seca; los babilonios se habían llevado la mitad de la
cosecha de mijo y de cebada y las últimas cosechas habían ardido. El alcalde,
que esperaba despertar la compasión de los conquistadores, añadió que su pueblo
sólo estaba formado por muertos vivientes que buscaban sepultura.
─ De
ahora en adelante, la ley dice que los fuertes no harán daño a los débiles. Yo,
Ciro, el que pone en vigor la ley, deduzco que habéis sido lesionados. ¿Quién
más está dispuesto a prestar testimonio?
Aquella
mañana Ciro lucía sus atributos: la tiara de perlas ensartadas de los medos y
la túnica púrpura con flecos de los monarcas asirios. Sólo portaba una daga
enjoyada un arma simbólica colgada del cinto y en sus manos no aparecían los
símbolos del poder. A uno y otro lado tenía al portador de la espada y al del
arco. A sus espaldas aguardaban los señores de las huestes, los portadores de
la ley y los intérpretes. Gracias a la barba cana, a las mejillas bronceadas
por el sol y a los ojos grises y hundidos, constituía una figura de autoridad,
que era lo que pretendía. Apeló a su ingenio rápido y a sus lisonjas para
ganarse la confianza del populacho de esa importante ciudad de confluencia.
Cuando
los habitantes de Sippar se dieron cuenta de que Ciro los escuchaba y de que
evidentemente no se proponía sacrificar los jefes a su dios desconocido, en el
templo se apiñaron todavía más personas. Estaban dispuestos a prestar
testimonio sobre las exacciones de Babilonia. Y el imponente Ciro estaba
dispuesto a escucharlos.
─ Mi
juicio es el siguiente declaró finalmente. Un así llamado rey, que no es
descendiente verdadero del esclarecido Nabucodonosor, se ha nombrado sumo
sacerdote. Pese a todo, ha dispuesto que su hijo os gobierne con un ejército
que devora los bienes de la tierra como las langostas. Se ha llevado a Shamash,
vuestro protector y, en consecuencia, ha puesto fin a vuestros ritos. No es
gobernante en ningún sentido salvo el nominal. Pero ahora el mal que ha causado
será remediado porque lo digo yo, Ciro el gran rey.
Aunque
los ancianos de Sippar manifestaron estentóreamente su alegría por el juicio Y
expresaron su sometimiento al aqueménida, dudaban de que Ciro cumpliera su
promesa. Los nuevos monarcas tenían la costumbre de proclamar la justicia para
todos y la futura prosperidad. En los años transcurridos desde el reinado de
Nabucodonosor, muchos soberanos habían ocupado el trono de Esagila. Presas de
la desesperación, los hombres de Sippar se sintieron aliviados porque seguían
vivos y porque la soldadesca del persa vencedor no les arrebató los alimentos
que aún quedaban intramuros. De hecho, los soldados recuperaron parte del
ganado y de los carros, y acamparon fuera de las murallas.
Al
día siguiente el campamento había desaparecido. Sippar y la muralla que
separaba los dos ríos no volvieron a ver la guerra.
Ciro
avanzaba sobre Babilonia.
* *
* *
Sus
seguidores surgieron de las montañas, comandados por su hijo Cambises, que ya
no estaba acosado por los demonios del desasosiego.
Gubaru
encabezaba la hueste elamita, que marchaba a toda prisa con sus faldas
plisadas, acarreando los escudos de cuero trenzado y las fundas de las
jabalinas. Los armenios descendieron desde la cabecera del Tigris, con sus
brillantes cascos metálicos y los escudos zunchados. Ciro cabalgaba con los
jinetes del este: hircanos, partos, sogdianos y bactrianos. Los medos de rubias
melenas y petos con escamas de hierro ocupaban la ancha carretera que corría
paralela a la orilla del Éufrates, que había descendido a causa de la sequía
otoñal. Los mil inmutables se habían convertido en cinco mil jinetes acorazados
que portaban lanzas y arcos en corceles protegidos con mallas de eslabones de
hierro. Una vez reunidos, el hazarapat ─el comandante del ejército─ informó que
las huestes ascendían a seiscientos centenares, que su valor corría parejo con
cualquier prueba a que tuviera que someterse y que su habilidad superaba
cualquier obstáculo.
Al
oírlo el anciano Gubaru cerró los ojos y alzó sus manos flacas.
─
¿Podrán tus jinetes traspasar defensas de ladrillos cocidos de veinte codos de
espesor? ¿Podrán enviar con fuerza sus flechas hasta el tope de murallas que
alcanzan los sesenta codos de altura? Te advierto que los babilonios han
erigido las barreras de Imgur Bel y Nimitti Bel para protegerse de un ejército
como éste. El valor no os dará alas para sobrevolar esas defensas y la
habilidad no os permitirá cavar por debajo porque los cimientos llegan a la
tierra. Lo sé porque en mis años mozos ayudé a los ingenieros de Nabucodonosor
a planificar estas murallas. Es imposible tomarlas por asalto.
─
Padre, ¿Cómo entraremos? se apresuró a preguntar Ciro. Los jefes se sentaron
sobre alfombras, a orillas del río. Gubaru sentía un gran temor y lo agobiaban
los presentimientos. Notó que Ciro el aqueménida había cambiado desde su
travesía al fuego de Bactria. Ciro ya no consultaba a los sátrapas ni a los
comandantes; era cada vez más impaciente y parecía buscar la guía de un ser
místico, tal vez su fravashi, más que la sabiduría de sus compañeros. En ese
momento planteó enormes exigencias a sus seguidores y les metió prisa, como si
quedara poco tiempo para acometer las tareas que debían cumplir. Había corrido
el riesgo inmenso de llegar a las puertas de Babilonia disfrazado de
comerciante y sus enemigos lo habían reconocido.
Como
era demasiado astuto para discutir con el conquistador aqueménida, Gubaru apeló
a las sutilezas.
─
¿Por qué tu padre tendría que decirte lo que has visto con tus propios ojos: la
fortaleza incólume de las murallas de Babilonia? ¡Propongo que regresemos! Los
babilonios no temen un ataque, pero sienten pavor de sus dioses. ¡Apela a ese
miedo! Haz saber que estás al servicio de Marduk, el dios supremo. Los
sacerdotes de Esagila están alborotados por las intrigas de Nabunahid. Declara
que has venido a restablecer el culto de Marduk, el gran señor. Así los
dividirás y con el tiempo...
─
Decir con el tiempo o después de un tiempo no sirve de nada lo interrumpió
Ciro. Ha llegado el momento y debo aprovecharlo.
Se
volvió hacia su hijo Cambises y le preguntó qué opinaba.
Cambises
replicó sin vacilaciones, con lo que demostró que ya había elaborado un plan.
Analizó el problema según la lógica de los griegos. Sostuvo que, puesto que no
podían atacar la ciudad de Marduk, tampoco era posible asediaría. Las murallas
eran demasiado extensas para rodearlas y el territorio demasiado pobre para dar
de comer al ejército. En consecuencia, podían arrasar la gran llanura, quemar
la tierra y dirigirse a toda prisa hasta el rico botín de los faraones del
Nilo, dejando que la falta de alimentos surtiera efecto en Babilonia.
Una
preocupación tensó el rostro cansado de Ciro.
─
Hijo mío, eres un buen comandante pero un mal gobernante. He dado a los
habitantes de esta tierra mi palabra de que gozaran de la paz aqueménida. ¿He
de faltar a mi promesa? ¿Debo quemar y asolar lo que ahora me pertenece? Hijo
mío, ahora la gran llanura es nuestra y sólo la ciudad se alza en armas contra
nosotros.
─ En
ese caso, ven a Susa, mi ciudad se apresuró a proponer Gubaru. Establece allí
tu cuartel de invierno. Da descanso a tus efectivos y deja que Babilonia se
cueza en su propia salsa. Si la ciudad atesora alimentos mientras el campo pasa
hambre, la rebelión estallará antes del próximo año nuevo. Si no hay más
remedio, ataca entonces.
─ El
festival de la cosecha está a punto de celebrarse..., faltan dos días. Para
entonces toda Babilonia podría habitar en moradas seguras bajo mi sombra
protectora. Es lo mejor.
Los
que lo oyeron guardaron silencio, pues tuvieron la certeza de que el demonio de
la locura lo había trastornado. Ciro reparó en el silencio, miró a quienes lo
rodeaban y rió.
─ Lo
dijo una vez un profeta loco..., Zaratustra. ¿Acaso el gran rey de los medos y
los persas, y de los babilonios, será incapaz de hacer lo que Zaratustra
consiguió?
Gubaru
suspiró.
─
Babilonia no guarda ninguna semejanza con el valle de Bactria.
El
mero hecho de pensar pareció estimular a Ciro.
─
Hallé la entrada al valle en medio de la nieve y las tormentas. Es mucho más
fácil franquear las gruesas murallas de Babilonia. Un ciudadano hebreo, una
prostituta y un ladrillero me mostraron el camino.
─ A
través de una batalla.
─
Sin batalla..., ni siquiera habrá una escaramuza.
─
¿Cómo lo harás?
Gubaru
intentó disimular sus presentimientos.
Ciro
volvió a reír divertido.
─ Si
llegas a la ciudadela de Esagila, ¿no se debe a que has traspasado las murallas
de Babilonia? Permanecieron en silencio y Ciro reanudó sus meditaciones. Es muy
sencillo. El gran problema radica en lo que se hace después. Yen quién lo hace.
Observó atentamente al apuesto y canoso Gubaru. Vamos, ahora lo veo con toda
claridad. Serás tú quien entre, padre mío, tú, que tan bien conoces el acceso a
la ciudad.
El
anciano elamita sonrió porque creyó que Ciro bromeaba.
─
Aquello ocurrió gracias a las energías de la juventud. Ciro, después de setenta
años soy demasiado frágil para encabezar el grupo de asalto.
─
Pues tienes un aspecto impresionante y la sabiduría imprescindible. Ciro se
incorporó y extendió los brazos. Ocúpate de que te allanen el camino.
A
renglón seguido convocó a los funcionarios, los científicos y los mensajeros
para que pusiesen manos a la obra. Lo preparó todo incluso en las horas de
oscuridad. Los heraldos recibieron un pregón que debían vocear a lo largo de la
carretera entre Siddar y Babilonia, en las aldeas y en las esclusas del canal:
«Marduk, el gran señor, ha buscado a alguien que satisface su corazón y ha
escogido a Ciro el gran rey. Lo ha llamado por su nombre. Marduk camina a su
lado y aprieta su mano. Que cuantos oigan aguarden su llegada».
En
cuanto los heraldos abandonaron el campamento al galope, dos compañías de
guardias hircanos los siguieron a paso más moderado. Gubaru marché hacia el sur
con sus elamitas, escoltados por flautistas y cimbaleros. El propio Ciro fue
con los ingenieros a inspeccionar los canales más próximos que iban del
Éufrates a las haciendas. Recorrieron un viejo embalse cubierto de juncos que
se alzaban desde el lecho seco. Los hebreos que trabajaban en los canales
explicaron que el gran embalse se había construido era la antigüedad, quizás en
tiempos del primer Sargón, tal vez en los de Semíramis, la gran reina.
Añadieron que la arcilla extraída del fondo se había apilado en el borde y que
habían colocado piedras sobre el terraplén de arcilla. El objetivo del embalse
era almacenar agua del río crecido para las épocas de sequía, pero estaba en
ruinas.
Después
de discutir la situación con los esclavos hebreos, Ciro los liberó de su
trabajo para que se dirigiesen a la carretera de Babilonia. Luego de estudiar
el embalse plagado de juncos, ordenó que trasladaran las carretas desde el
campamento y encomendó a las tropas de infantería que retirasen las piedras del
terraplén. Arrojaron las piedras al Éufrates, que discurría por el fondo de su
lecho.
Simultáneamente
limpiaron el canal que conducía al embalse. A medida que pasaban las horas, el
río empezó a fluir hacia el inmenso embalse. Las obras continuaron hasta que la
represa y los canales interconectados se anegaron y el río se hundió aún más en
su lecho.
§ La
puerta invisible
Al
atardecer del día siguiente los escribas de guardia en el palacio de Esagila
escribieron en las tablillas de arcilla que el rey Nabunahid declaraba
inaugurado el festival de la cosecha el decimotercer día del mes de tischri.
Ataviado con una túnica decorada con calcedonia y ágatas, Nabunahid firmó el
decreto y se fue a pronunciar las plegarias.
Los
escribas asomados al balcón también registraron el dato de que el nivel del
agua había descendido en el cauce del Éufrates. Apuntaron ese hecho de una
manera muy peculiar, que sólo ellos podían leer. Mediante ese ardid, la casta
de escribas palaciegos acrecentaba su importancia y añadió sobornos a sus
salarios pues era imprescindible apelar a ellos para leer los archivos.
A la
hora de encender las lámparas, momento exacto del comienzo del festival, las
puertas se cerraron para impedir la llegada de intrusos. Belchazar se paseó en
su carro por lo alto de Imgur Bel. El ejército aguardaba presto en los
cuarteles que bordeaban las murallas. También esperaban las máquinas junto al
camino de ronda, los lanzadores de jabalinas y de piedras, y el aceite en los
calderos que colgaban sobre las hogueras. Ante la menor alarma, destacamentos
escogidos de portadores de lanzas serían recogidos en veloces carros y
ascenderían por las rampas hasta el sitio donde se hubiera dado la voz de
alarma. Los vigías de las elevadas torres informaron que todo estaba tranquilo
en la llanura. Los espías de Rimut contaron que el campamento de los persas seguía
montado junto al viejo embalse de Semíramis, entregados a una danza con la que
celebraban su propio festival pagano.
Después
de la aparición de la estrella de Ishtar, los astrónomos caldeos ocuparon sus
puestos en la torre de observación de palacio para trazar el curso nocturno de
la bóveda celeste. Finalizada la inspección, Belchazar descendió por la rampa
hasta el río, miró curioso las aguas que discurrían lentas por el foso y
regresó presuroso al salón donde las arpistas lo esperaban para escanciar el
vino recio que tanto echaba de menos. A lo largo de la defensa interior de
Esagila la guardia cambió y el relevo envidió al vigía que se retiraba para
descansar junto a fuentes con carnes sazonadas y jarras de cerveza. Bajo las
luces del pórtico del templo los reposteros diseminaron sus bandejas de
pasteles sagrados. La música sonó en toda Esagila, iluminada durante la noche.
Babilonia
se dividía en estratos humanos: las familias nobles se reunían en los jardines
y mercaderes y artesanos poblaban las calles iluminadas. Sin embargo, los
mendigos de Kebar bajaron los escalones que conducían a los desembarcaderos
ribereños. Esperaron a oscuras, junto a la compuerta baja y de piedra. Los
pordioseros hebreos se reunieron para orar en silencio, como de costumbre. El
agua había bajado mucho en el cauce del río y las piedras resultaban visibles.
Como
la iluminación correspondía a las estructuras elevadas y como los que allí
estaban se reunieron para el banquete, nadie vio a los primeros invasores.
Vadearon el río con el agua hasta las rodillas y franquearon el arco.
Cuando
arribaron a los desembarcaderos, los vagabundos de Kebar abrieron de par en par
las esclusas de madera, hablaron en voz baja y extendieron sus delgados brazos.
Los forasteros no emitieron el menor sonido al trepar con sus botas de cuero
flexible; apenas se los divisaba gracias a los oscuros chubasqueros de fieltro
que ocultaban las espadas, las hachas de manos y las jabalinas. Los hircanos y
los partos siguieron a sus oficiales hasta las entradas de Esagila. Una vez
allí, los centinelas extendieron las astas de sus lanzas para impedir que los
grupos de avanzada llegaran al recinto sagrado del palacio. Los guardias fueron
reducidos y abatidos y los invasores entraron y se separaron para avanzar sobre
los huecos de las lámparas de los puestos de guardia. Algunos treparon por la
escalera exterior de la gran torre.
Por
encima del inmenso patio, la torre era una sombra oscura contra el firmamento.
La noche de las celebraciones ningún hombre estaba en su cumbre.
A
esa hora de la noche los vigías de las torres gemelas de la puerta de Ishtar
miraban hacia el norte. Al otro lado del foso, la procesión iluminada con teas
se dirigía hacia Babilonia. Jinetes con vestidos de fiesta escoltaban una silla
de manos ocupada por una figura de oro o ataviada con tela de oro los
sorprendidos centinelas no supieron si se trataba de un ser humano o de un
dios, seguida de músicos. Cuando la brisa arreció, la canción sonó con claridad
y se oyó el retumbo del choque de los címbalos. Los centinelas informaron de
esa aparición a su oficial, que trasladó la noticia a Belchazar, quien se
encontraba en el salón de fiestas de palacio.
En
palacio, las cortinas bordadas en rojo colgaban bajo las imágenes que los
artistas babilonios habían realizado de las deidades conquistadas: eran
imágenes de oro, plata, bronce, piedra y madera. Las imágenes miraban hacia
abajo, en medio del incienso flotante, hacia la tarima en la que Belchazar
estaba tendido en el sofá del monarca, dado que Nabunahid no había hecho acto
de presencia. Belchazar oyó el mensaje de los centinelas y no le atribuyó la
menor importancia porque esa noche muchos grupos desfilaban con teas..., y la
mencionada no podría franquear la puerta de Ishtar, cerrada a cal y canto.
Esa
noche Belchazar, el señor de la guerra, se dejó llevar por el capricho de beber
vino de las vasijas de oro y plata que Nabucodonosor, el poderoso jefe militar,
había cogido del templo de Jerusalén. Ordenó que las buscaran y las entregasen
a las esposas y las prostitutas que servían a los señores de su corte, mujeres
que llenaban el salón y que parecían ascender a un millar.
Las
mujeres se apiñaron para beber de las vasijas y del gran cuenco de oro; rieron
y colocaron velas de cera en el candelabro dorado de siete brazos. Lo dejaron
contra la pared, junto a Belchazar. Allí lo vieron los viejos judíos que se
ganaban el sustento como jardineros de palacio. Desde la hilera de cedros del
jardín, miraron las luces centelleantes del salón a través de los alféizares.
A
esa misma hora vieron que los dedos de una mano humana asomaban a través de la
cortina, por encima del pie del candelabro de siete brazos. Esa mano escribió
en el revestimiento de piedra caliza blanca de la pared.
Belchazar
reparó en la mano en movimiento. Se volvió para leer lo que había escrito y su
expresión se demudó. Los cautivos lo oyeron preguntar imperativamente por el
significado de esas palabras. Sus compañeros fueron incapaces de interpretar
esa escritura extraña y las mujeres no sabían leer. Por eso el impaciente
Belchazar exigió la presencia de caldeos, astrólogos, eruditos y adivinos que
interpretasen el significado de esas palabras.
De
esa manera los astrónomos fueron apartados de sus mapas estelares, los escribas
de élite de sus archivos y los intérpretes de augurios de su sueño, dado que la
noche tocaba a su término. El vino encolerizó y volvió descuidado a Belchazar;
en primer lugar, ofreció conceder la túnica escarlata de la ceremonia al
intérprete del mensaje, luego prometió una cadena de oro que le conferiría
categoría y, por último, gritó que lo convertiría en tercer gobernante del
reino, después de él, el príncipe, que era el segundo. Los sabios caldeos sólo
pudieron decirle que las palabras estaban escritas en hebreo.
Fue
una mujer una de las esposas de Belchazar la que osó sugerir que mandase buscar
a un hebreo para que leyese esas palabras. Poco después los cautivos vieron que
conducían a un judío joven hasta la tarima. Para entonces los celebrantes
habían interrumpido sus gritos en el salón y reinó el silencio cuando Belchazar
quiso conocer el significado de lo escrito junto a su cabeza. ¿Se refería a él?
El
joven trabajador judío respondió afirmativamente:
─
Dios ha anotado tu reino lo ha liquidado. Siguió explicándose: Te han pesado en
la balanza y no das la talla. Tu reino será dividido y entregado a medos y
persas.
El
silencio continuaba mientras los celebrantes miraban a Belchazar, a quien medos
y persas habían apartado de la muralla del norte. Bajo la mirada de todos,
Belchazar se incorporó y ordenó que entregasen una túnica y una cadena al
intérprete del escrito.
En
menos de una hora los atentos jardineros fueron testigos de la muerte del hijo
del rey. Ocurrió cuando los centinelas de la entrada se acercaron en tropel
para informar que enemigos desconocidos ocupaban el patio. Belchazar se negó a
creerles. Como las palabras escritas en la pared lo habían encolerizado, cogió
el arma más próxima y abandonó a la carrera el salón sin esperar a los
oficiales. Los militares se abrieron paso entre las mujeres y lo siguieron.
Belchazar
y sus compañeros salieron insuficientemente armados a las penumbras del patio.
Fueron abatidos y ajusticiados por las espadas de los hircanos que se acercaban
a la entrada. Al ver ese espectáculo las mujeres chillaron y los esclavos del
salón huyeron a ciegas, gritando que de las sombras habían surgido enemigos que
mataron a todos los señores. Las protestas estallaron en los pasillos. El
inspector Rimut se asomó en medio de las sombras, paseó la mirada por el patio
y se escabulló a su casa. Los gritos llegaron hasta el desvelado Nabunahid, que
se encontraba en su dormitorio. Aunque gritó a sus siervos, éstos sólo fueron
capaces de barbotar ante el rey:
─
Ellos llegaron caminando sobre las aguas. No, los sigue el fuego de las teas,
que ilumina un dios que resplandece como el oro.
Nabunahid
corrió hasta la rampa del río. Vio las teas que se balanceaban a sus pies y la
multitud de jinetes que se movían sobre el agua del lecho del río y que
cruzaban el arco en el que el caudal se había reducido. No había un solo
guardia en su puesto del arco, en el que sólo entraba agua.
Cuando
se enteró de la muerte de Belchazar, Nabunahid huyó aterrorizado, primero hacia
la bóveda en la que Shamura tenía sus citas y luego, ciegamente, en dirección a
las cuadras palaciegas y al carro cubierto. Una puerta se abrió por orden del
rey y su carro tomó el camino de Uruk, la ciudad de Ishtar.
Durante
incontables años la vida cotidiana de Babilonia había discurrido bajo la voz de
la autoridad. Cuando conocieron la huida de Nabunahid y la muerte de Belchazar,
los principales ministros se parapetaron en sus palacios de la calle Marduk
hasta saber qué ocurriría. Nadie dio órdenes a los jefes de la guarnición, que
dormían o montaban guardia en las murallas exteriores. En muchos barrios de la
ciudad los habitantes durmieron en medio de las perturbaciones, ignorantes de
que la autoridad hasta entonces vigente había dejado de existir.
Los
elamitas cruzaron el río con Gubaru en la silla de manos y marcharon sobre el
patio para entrar en palacio. No encontraron la menor resistencia. Gubaru
penetró en el salón de celebraciones y se instaló en el sofá de Belchazar.
Estaba un poco cansado después de la marcha que había durado toda la noche.
Ordenó
que en los pasillos no quedara un solo siervo y que se apoderaran de los
tesoros. Cuando bajaron a la bóveda de los dioses cautivos, los capitanes
quedaron impresionados por las excelsas estatuas. Preguntaron a la mujer que
estaba en pie junto a la lámpara solitaria si permanecía en vela.
Shamura,
la hija de Nabunahid, replicó:
─
No, la vigilia que yo guardaba ha tocado a su fin.
Sacó
una daga del cinturón y, antes de que los elamitas pudiesen capturaría, se
hundió la hoja en el cuerpo y se derrumbó ante ellos. Su sangre discurrió por
el suelo de baldosas, por debajo de las imágenes.
Al
romper el alba Gubaru publicó su primer bando: «Se aproxima una nueva era. Que
cada individuo realice su tarea como siempre; que ninguna puerta permanezca
cerrada ni se porten armas por las calles. En Babilonia la guerra ha terminado
y ha comenzado la nueva paz por orden de Ciro, el gran rey».
Los
porteadores bajaron hasta los desembarcaderos, donde el nivel del agua volvía a
subir. Como de costumbre, las balsas y los esquifes transportaban cereales y
pescado; los animales acarrearon sus cargas hasta las calles. Cuando abrió la
lonja situada sobre el puerto, los banqueros se reunieron en el pórtico,
recabaron noticias y pregonaron la venta de acciones de las corporaciones del
templo, pues se figuraron que, siendo paganos, los persas vencedores
confiscarían los tesoros del templo. Pero Jacobo Egibi pensaba de otra manera y
adquirió acciones de la corporación de Marduk.
La
guarnición todavía mantenía cerradas las puertas de la ciudad; por así decirlo,
las murallas de Imgur Bel y Nimitti Bel se alzaban contra la ciudadela, cuyo
templo y palacio estaban firmemente en manos de los contingentes de Gubaru. Las
multitudes que se apiñaban en las calles asistieron al milagro de una ciudad en
la que entraron sin matanza; a medida que pasaban las horas sin violencias ni
encarcelamientos, el gentío se mofó de los soldados del difunto rey,
concentrados en las elevadas murallas, junto al foso, les preguntó qué
defendían y cuándo bajarían a comer. Antes de que acabara el día, los militares
autorizaron la apertura de las puertas de la ciudad. No habían recibido órdenes
de Nabunahid ni estaban dispuestos a desencadenar una batalla por su cuenta y
riesgo. Al atardecer el templo de Ekur envió una delegación de sacerdotes para
que preguntase a Gubaru qué esperaba de ellos. El elamita les comunicó que sólo
era el precursor del verdadero monarca, Ciro el aqueménida, que había acogido
bajo su protección y su paz al afligido pueblo de Babilonia. Gubaru añadió que
Ciro lo hacía por voluntad de Marduk, supremo entre los dioses, porque la
deidad estaba apenada por el sufrimiento de sus adoradores y por el olvido de
su ritual.
Los
sacerdotes conferenciaron y preguntaron qué ofrendas de oro, plata y cosas
preciosas el nuevo monarca, Ciro el aqueménida, consideraba apropiadas por
parte de sus siervos, los indigentes sacerdotes de Ekur.
─
Ciro me ha dicho que traerá regalos a todo el pueblo de Babilonia en lugar de
reclamarlos replicó Gubaru.
La
delegación fue unánime en sus alabanzas a Ciro y se postró ante Gubaru,
portavoz del monarca.
─ En
verdad se ha cumplido la profecía que anidaba en nuestros corazones afirmaron.
Alguien vendría de lejos, un pastor para nuestra congregación, que quitaría el
yugo de la esclavitud a los adoradores de Marduk, el gran señor.
En
Kebar los hebreos alzaron los brazos al cielo y exclamaron:
─
¡Babilonia ha caído! ¡La gran ciudad, la ramera de las naciones, ha caído!
§ El
juicio de Ciro
El
vigésimo noveno día del mes de tischri, los escribas consignaron en sus
crónicas que Ciro el rey franqueó la puerta y que así se inicio el primer día
de su reinado. (Ya no fechaban la crónica según los años de Nabunahid, que fue
capturado en Uruk y enviado a Ecbatana.)
Ciro
se ocupó de que su entrada se convirtiese en un espectáculo impresionante.
Atravesó la puerta de Ishtar por encima de las hojas de palmera que extendieron
ante él y se movió entre las multitudes que agitaron pañuelos y ramas verdes;
tras el monarca aparecieron los cinco mil guardias, con las espadas enfundadas
y las lanzas colgadas. En la línea del horizonte se alzaron los pabellones del
campamento persa. El aqueménida se tomó la molestia de dejar claro que su
autoridad sería distinta a la de los reyes babilónicos que lo precedieron. Tal
como le había dicho a Gubaru, el problema más difícil consistía en cómo se
desempeñaría a partir del momento en que ocupase el sitio de Nabunahid.
Pese
a que vestía las túnicas regias que tan bien le sentaban, no portaba el anillo
ni el báculo, símbolos de la autoridad. Mientras miles de ojos lo observaban y
con Gubaru a su lado como consejero, Ciro frenó ante la escalinata de palacio y
permaneció en la silla de montar para que todos lo viesen al tiempo que
convocaba a los sumos sacerdotes del santuario de Marduk y a los escribas de
guardia. Después habló para que todos lo oyeran y anunció su primer bando, para
que lo tradujesen al babilonio y al elamita.
─
Soy Ciro informó a la multitud que lo escuchaba, monarca de los cuatro confines
de la Tierra .gran rey de Ansan, hijo de Cambises. Mi dinastía es amada por Bel
y por Nabu y mi gobierno es apreciado por sus corazones aseguró al pueblo y de
esa forma se identificó con el poderoso Nabucodonosor. He entrado pacíficamente
en Babilonia, la ciudad antigua, en medio de los aplausos y los vítores del
pueblo. Estableceré mi gobierno en el palacio de sus príncipes.
Con
ese comentario daba a entender que, pese a ser monarca de los lejanos medos y
persas, Ciro se proponía convertir Babilonia en la capital. El aqueménida
extendió la mano hacia los sacerdotes que estaban pendientes de él:
─ El
gran señor Marduk ha buscado un príncipe honrado que siga sus designios y me ha
llamado a mí, que respondo al nombre de Ciro, para convertirme en señor del
mundo. Me cogió de la mano y me hizo venir a la ciudad de Babilonia. Inclinó el
corazón del pueblo a mi favor porque yo cuidé de su culto. Marduk estuvo a mi
lado y me permitió entrar en Babilonia sin escaramuza ni batalla. Salvó a su
ciudad, Babilonia, de las calamidades. Y puso en mis manos a Nabunahid, el rey
que no le temía.
En
cuanto los sacerdotes manifestaron su aprobación, Ciro señaló con el brazo al
gentío.
─ No
he permitido que el enemigo levantara cabeza en toda Sumeria y Acad. He pensado
profundamente en la situación interna de Babilonia y en sus numerosos
santuarios. Por eso quitaré el yugo de la servidumbre de los cuellos de sus
habitantes, repararé las moradas en ruinas y reconstruiré los santuarios.
Ordeno que así se haga.
A
pesar de que había utilizado las frases al uso, de acuerdo con las
instrucciones de Gubaru, al final el aqueménida tomó un compromiso insólito y
los mundanos babilonios se dispusieron a comprobar cómo lo cumpliría el
conquistador. La espera no fue larga. Durante la visita que realizó disfrazado,
Ciro había visto muchas cosas y no le pareció adecuado explicar que había
estado con anterioridad en el patio de Esagila. Seleccionó la tablilla
ridiculizadora de Nabunahid, afirmó que se trataba de una mentira y ordenó que
en su lugar colocasen su propia tablilla de mando. Los que habían oído que el
persa no sabía leer empezaron a hacerse preguntas. Cuando se percató de que los
escribas de palacio realizaban los archivos en estilo críptico, los relevó de
su tarea y ordenó que los escritos se confeccionaran en caldeo, elamita y
persa, lenguas inteligibles. Al ver que los comerciantes marcaban con hierro
candente a los esclavos para enviarlos al mercado, ordenó que marcasen a los
traficantes de esclavos por ser autores del mal. Utilizó una sencilla vara de
medir a la hora de juzgar: si una acción era buena por sí misma y útil para los
demás, debía fomentarse: toda acción que provocaba el mal quedaba abolida.
Aunque al principio esa regla pareció de gran ingenuidad para los babilonios,
Ciro la aplicó sin miramientos.
Se
enteró de que los encargados del templo tenían una escala de valores según la
cual un buey, un esclavo, un arado y una viga de ciprés tenían el mismo precio:
dos siclos de plata. Ciro asignó un valor superior al buey y al esclavo. En
realidad, parecía que tomaba decisiones en función de lo que era útil para la
agricultura. Los templos ostentaban el monopolio de los arados de hierro. Ciro
ordenó que los repartiesen entre los trabajadores de las haciendas para
aumentar la producción agrícola. De sopetón abolió el impuesto al agua de riego
y sostuvo que el caudal del agua no podía restringirse, del mismo modo que no
podía limitarse la benéfica luz del sol.
─
¿Cómo pondréis fin a la muerte de la tierra? quiso saber Ciro. ¿Cómo renovaréis
la vida de la tierra si el agua no fluye libremente y las semillas no fecundan?
¿Cómo se alimentarán los rebaños si no se alimentan de hierbas abundantes?
Los
babilonios prometieron acatar todas sus órdenes y, subrepticiamente, siguieron
haciendo todo como antes. La cólera de Ciro, siempre a flor de piel, se desató
contra los partidarios de las viejas costumbres.
Vociferó
contra los emisarios del templo:
─
¿Qué representan esos siete demonios del mal que, según decía, siguen a cada
ciudadano de este amurallado criadero del pecado? Los nombraré y será mejor que
los recordéis: la suciedad de los cuerpos humanos, la enfermedad de los
cuerpos, la enfermedad de las mentes, la avaricia de los poderosos, la cobardía
de los débiles, así como el recelo y el miedo a los demás.
Los
sacerdotes cedían ante sus iras, celebraban la veracidad de sus palabras y se
iban para comentar entre ellos que el conquistador persa no tenía más
inteligencia que los difuntos y poco lamentados jefes militares escitas.
Aseguraban que, como sospechaban desde el primer momento, Ciro no estaba al
servicio de ningún dios conocido y que, por lo tanto, carecía de protector
celestial. Repetían al infinito que, si un hombre no estaba con los dioses,
¿cómo podría salvarse con sus propias fuerzas? En cuanto a los siete demonios,
existían como siempre y esperaban la oportunidad de apoderarse de los humanos
que no cumplían con los rituales de la antigüedad.
En
los primeros días de su reinado Ciro retuvo la atención fascinada de los
ciudadanos gracias a sus actuaciones circenses en las calles. A diferencia del
taciturno y reservado Nabucodonosor y del sigiloso Nabunahid, el nuevo monarca
aqueménida se presentaba sin ceremonial y no sólo cabalgaba por la Vía
Procesional, sino por los callejones. Discutía acaloradamente con los mendigos
y con los ministros y juzgaba como si escupiera, sin consignar sus decisiones
por escrito ni pasar las tablillas a los funcionarios para que las archivasen.
Era más divertido que un elefante de circo, aunque más peligroso si se
enfurecía. Destructiva como el rayo, la ira de Ciro añadió la emoción del miedo
a la curiosidad del pueblo. También hacia altos en el camino para contar anécdotas.
En su primera inspección por las grandes murallas, se cruzó con un carro que,
como de costumbre, estaba tirado por asnos salvajes atados al yugo. Se dirigió
al cochero babilonio:
─
¡Escucha! En cierta ocasión un hombre le dijo al asno salvaje: «Permíteme que
te ponga el arnés y te alimentaré». El asno pensó que la propuesta del hombre
era buena, pero en cuanto el yugo lo sujetó al carro, se lamentó y dijo:
«Aliméntate a ti mismo, soporta tu propio yugo y deja que yo haga lo mismo».
Los
habitantes recordaron la anécdota cuando Ciro selló el destino del ejército
babilonio. Ofreció a todos sus miembros tanto oficiales como lanceros y
luchadores en carros que optaran entre permanecer en los regimientos a sus
órdenes o deponer las armas y regresar a sus hogares. Los regimientos optaron
por permanecer en su sitio. Lo pasaron bien porque consiguieron generosas
raciones para sí mismos y sus familias, que moraban en la ciudad, y porque sus
obligaciones eran fáciles de cumplir. Al principio Ciro se dio por satisfecho,
pero la situación no le gustó cuando vio que lanceros y carros desfilaban
diariamente por las murallas. Declaró que Babilonia va no necesitaba la
guarnición y ordenó que los regimientos partieran a prestar servicios en las
fronteras, donde podían ser útiles. Ante esa decisión, las dos terceras partes
de la guarnición prefirieron abandonar las filas y regresar a sus hogares. Al
cabo de una semana y por primera vez desde la paz de Nabucodonosor, las cumbres
de Imgur Bel y Nimitti Bel se vieron libres de tropas.
En
tanto ciudadanos libres, los ex soldados obtenían raciones semanales de mijo y
dátiles, así como un poco de carne y de aceite de sésamo. Ciro se enteró de que
en la antigüedad la marbanu la nobleza tenía la obligación anual de suministrar
un contingente de combatientes a las fuerzas armadas; gradualmente se convirtió
en el pago de una suma en dinero contante y sonante que los nobles hacían al
erario lo que, a su vez, degeneró en mera contabilidad que se asentaba en los
libros; cómo era posible sobornar a los tenedores de libros, la contribución de
los nobles se redujo a los honorarios que después de año nuevo abonaban a los
encargados del erario. Ciro concluyó que los babilonios sólo mantenían las
viejas costumbres si éstas les facilitaban la vida.
Por
ello le resultó difícil cumplir la promesa de no modificar el gobierno y las
costumbres de la metrópoli.
Dos
extranjeros el inspector Rimut y Zeria, el custodio del templo prácticamente
habían administrado el Estado, dadas las ausencias de Nabunahid y la
indiferencia de Belchazar. Cuando los dos pusieron regalos propiciatorios de
gran valor a los pies del nuevo monarca, Ciro tocó los obsequios y los
devolvió, al tiempo que mantuvo a Rimut y a Zeria en sus puestos, mientras los
portadores de la ley de Susa y Pasárgada eran testigos de todas las
transacciones y lo mantenían informado.
─
Estos observadores de la justicia no llevan tablillas escritas, pero sus ojos y
su memoria son excelentes advirtió a los ministros. A partir de ahora tened
cuidado y acordaos de que estáis sometidos a las mismas leyes que aplicáis.
A
solas con su hijo y con Gubaru, Ciro dio rienda suelta a la frustración que
Babilonia le provocaba.
─
Las gentes de Sardes parecían caballos salvajes que tironean en diversas
direcciones; las de aquí son como bueyes que soportan el yugo y que sólo tiran
si se las aguijonea.
Aspiraba
a abandonar el encumbrado palacio y la torre «que acariciaba los cielos». Al
enterarse del suicidio de la princesa Shamura, no quiso pisar los jardines
colgantes, donde las plantas trepadoras en flor encubrían la fealdad de las
calles que más abajo se extendían. Le pareció que la gran diosa debía de tener
poder en semejante santuario.
─
Cuentas cada día que pasa y te lamentas del paso de los días opinó Gubaru.
Concede tiempo a las oscuras cabezas de Babilonia y ya cambiarán de idea.
Percibió la impaciencia de Ciro y añadió a toda prisa: El alfarero puede
moldear rápidamente con las manos una vasija de arcilla húmeda, pero no puede
modificarla en cuanto está acabada y el fuego del horno ha fijado el esmalte.
─
Puede modificarla si la rompe.
A
partir de ese momento el aqueménida se consagró a la tarea de cambiar Babilonia
sin destruirla. Ya lo habían intentado los hititas y los kasitas montañeses,
pero la ciudad se reconstruyó a sí misma de acuerdo con el piano antiguo.
Aunque no toco una sola piedra de los edificios, Ciro introdujo grandes cambios
en los habitantes. Dio a Gubaru las siguientes instrucciones:
─
Diles que el nuevo año supondrá, en verdad, una nueva era.
§
«Yo reuní a los pueblos»
Con
la primavera llegó la luna de nisán y Ciro ordenó que las fiestas de año nuevo
se celebrasen como de costumbre. Para inaugurarías se presentó en la Vía
Procesional, acompañado por la guardia de lanceros elamitas. Caminó por la
calle ancha y limpia hasta la puerta de Esagila, donde se separó de los
lanceros y acudió solo al encuentro de los sacerdotes de Marduk. Estos lo
guiaron por la escalinata del templo de Ekur y retiraron la barrera simbólica
para conducir a Ciro hasta el santuario.
Al
detenerse ante la estatua enguirnaldada del dios y para dar a entender que
entregaba su poder al señor de Babilonia, el aqueménida depositó la vara de
autoridad que portaba. El sumo sacerdote le devolvió el cetro en cuanto posó
sus manos sobre las de Marduk, lo que significaba que estaba al servicio del
dios en amorosa armonía.
Los
sacerdotes recitaron una plegaria en pro del reinado de Ciro, rey de las
tierras. De esta forma concedieron al aqueménida el titulo de los antiguos
monarcas de Babilonia, desde el primer Sargón hasta Nabucodonosor.
Cuando
el gentío atestó la Vía Procesional, los guardias no formaron fila en los
bordillos. Aparecieron mensajeros de palacio con noticias para todas las
clases. Por orden de Ciro, a partir de ese momento la ciudad tendría su propio
rey, que sería Cambises, hijo del gran rey, del rey de las Tierras. Las Tierras
no se dividirían; como en los tiempos del primer Sargón y de Nabucodonosor, las
fronteras abarcarían de mar a mar: es decir, del Gran Mar al Golfo Pérsico. Ese
inmenso territorio se había convertido en una única satrapía: Babilonia o
Babirush, como decían los persas. Y se unía con Susa porque Gubaru, señor de
Susa, era sátrapa de toda Babirush.
El
bando de Ciro proclamaba: «Todos los que gobiernan dentro de estas fronteras,
desde el mar alto hasta el mar bajo, y los monarcas de las tierras del oeste,
que en tiendas habitan, todos pondrán grandes tributos a mis pies en
Babilonia».
La
totalidad de las ciudades lejanas incluidas la desértica Tema y Harran, en las
tierras altas serían restauradas y se renovarían sus tierras de cultivo.
Los
dioses de esos sitios lejanos serían liberados del cautiverio en Esagila y
escoltados hasta sus santuarios. Hasta Shamash sería devuelto al templo de
Sippar y Shushinak al santuario de Susa. «Los dioses de Sumeria y Acad que,
pese a las iras del señor de los dioses, Nabunahid ha trasladado a Babilonia,
yo, Ciro, devolveré a sus moradas para que habiten por siempre en ellas y para
que la alegría vuelva a poblar sus corazones.»
Con
los dioses cautivos partirían los pueblos cautivos: los amoritas de los grandes
llanos, los elamitas de las colinas, los artísticos maneanos, los barqueros de
las Tierras del Mar, los fenicios de la costa de poniente. Fuesen prisioneros
de guerra de anteriores reyes de Babilonia, esclavos o sujetos a trabajos
obligatorios, esos pueblos serían liberados con sus familias y sus
pertenencias. »Yo, Ciro, reuniré a todos los pueblos y los devolveré a sus
hogares.»
En
el año 538 antes de nuestra era, Ciro dio comienzo a su proyecto para aliviar
la congestión humana que albergaban las murallas de la capital. De esta forma
se proponía aumentar la población de las provincias con trabajadores agrícolas
y pescadores.
Dada
su mentalidad medio bárbara, el gran mal de Babilonia consistía en que se había
convertido en el criadero de la esclavitud. Como recordaba claramente los
detalles, se ocupó de que los ex soldados abandonaran la metrópoli y los envió
a trabajar a los resecos campos de Opis y Sippar. También se acordó de que los
trabajadores hebreos del canal lo habían ayudado a trasvasar las aguas de
Babilonia, mientras sus parientes del apestoso barrio Kebar prestaban auxilio
para que el grupo de asalto se desplazara desde el río hasta Esagila.
En
su archivo privado, que llevaba en un único cilindro de arcilla, había escrito
algo por el estilo con pocas palabras: «Mis soldados se desplegaron
pacíficamente por toda Babilonia. Impedí que en toda Sumeria y Acad quedara un
hombre asustado. Me consagré a las condiciones internas de Babilonia y de las
demás ciudades. Liberé a los habitantes del yugo que injustamente soportaban».
Los
ancianos del salón de oraciones de Kebar buscaron a Jacobo Egibi, el primer
judío que anunció la llegada de Ciro. Asustado, Jacobo evitó la presencia del
conquistador, pero accedió a acompañarlos para presentar una súplica al
aqueménida. También fueron otros banqueros y hombres de negocios.
Decidieron
que Jacobo debía ser su portavoz porque había estado con Ciro antes de la caída
de Babilonia. Jacobo aceptó, pero no mencionó el encuentro en el puente porque
Ciro no había dicho nada. Jacobo habló como un extranjero que ofrenda su
fortuna personal al gran monarca.
─ He
apartado la suma de treinta y nueve talentos y cincuenta y nueve manás de
plata. Pongo esta cifra en manos de mi señor, el rey.
Para
Jacobo Egibi era motivo de orgullo ofrecer su riqueza y una buena actitud
diplomática ofrendar un don que allanaría el terreno para hacer una petición.
Ciro
miró a Jacobo y a la delegación de ancianos y sonrió.
─ En
ese caso respondió, sería más adecuado que yo te diera otro maná para que el
total de tu riqueza ascienda exactamente a cuarenta talentos.
Como
correspondía, Jacobo se armó de valor para replicar:
─
Permite más bien que el gran rey conceda un modesto favor, que otorgue a mi
pueblo un tesoro de sublime importancia.
─
Dime, ¿hablas por ti, por tu familia o por tu clan?
Eran
las mismas palabras que Ciro había pronunciado hacía un año en el palmeral. Con
sus maneras peculiares, el aqueménida se las había ingeniado para que el
banquero de Babilonia hablase francamente. Jacobo se apresuró a responder:
─
Hablo en nombre de mi tribu.
─
Habla por nosotros, los de la ley mosaica, que apelamos a Josué y a los
profetas declararon con impaciencia los ancianos. Nuestro templo es el de
Jerusalén y está vacío.
Explicaron
que muchos años antes Nabucodonosor se había llevado las vasijas del templo y
que estaban cautivas en Babilonia, junto a las deidades de piedra, madera,
plata y oro. Los cautivos de Judá no poseían una imagen divina de esas
características, como las que Ciro había devuelto a los santuarios de Acad.
Sólo contaban con las vasijas, que el príncipe Belchazar había utilizado para
adornar su banquete. Suplicaban al gran rey que devolviese las vasijas sagradas
a su custodia.
─
Que se haga ordenó Ciro.
Los
ancianos lanzaron exclamaciones y gritaron al unísono. Que el gran rey les
concediera el fin del cautiverio a todos los judíos de Babilonia para que
buscasen su tierra de Judá, al otro lado del desierto del oeste, y su templo.
Jehová había abandonado el templo en ruinas cuando fue arrasado.
Ciro
los escuchó y dijo:
─ Se
ha ordenado que todos los pueblos cautivos en Babilonia retornen a sus hogares.
¿Acaso los judíos se diferencian del resto? Mi palabra os incluye. Partid
cuando queráis y reconstruid vuestro templo.
Cuando
la delegación se postró ante él y se dispuso a partir, el aqueménida llamó a
Jacobo.
─
Tú, hombre de negocios, ¿colaborarás en la restauración del templo sin imagen?
Durante
unos instantes Jacobo Egibi miro en silencio al monarca. Estaba obligado a
responder, por lo que dijo:
─
Amo y señor, tu siervo entregará sus talentos de plata para contribuir a la
construcción.
La
mitad babilónica de Jacobo lo retenía en la ciudad; tanto él como la mayoría de
sus compañeros habían echado raíces a orillas del Éufrates, donde habían nacido
sus hijos. No se proponía viajar de Babilonia a una Judá que para entonces sólo
era un nombre.
Aquella
noche los judíos se reunieron para orar junto al canal de Kebar y la orilla del
Éufrates. La voz de Isaías se dejó oír y sus palabras repitieron con gozo:
Así
habló el Señor a su ungido, a Ciro, cuya mano derecha he estrechado, para que
sometiera las naciones, aflojaré las defensas de los reyes para abrir ante él
las puertas de dos hojas, que no se cerrarán. Me presentaré ante ti y
enderezaré los sitios torcidos: haré trizas las puertas de bronce y partiré los
barrotes de hierro. Te daré el tesoro de la oscuridad y de riquezas ocultas en
sitios secretos y así sabrás que yo, el Señor, el que te llama por tu nombre,
soy el Dios de Israel... Así habló el Señor. ..., que de Ciro dijo: es mi
pastor y hará lo que yo quiera. Incluso dijo a Jerusalén que sería reconstruida
y al templo que serían puestos sus cimientos.
§ La
partida de los cantores
De
las aguas de Babilonia llegaron los trabajadores, los cavadores de canales; de
los altos jardines llegaron los jardineros; de las fábricas de ladrillos y
asfalto llegaron los tiznados cuidadores de los hornos y de las alcantarillas
salieron los raspadores de inmundicias. Los judíos del cautiverio estaban
acompañados por sus mujeres y vástagos y algunos llevaban asnos y ovejas. Los
jefes y los padres de las tribus de Judá y Benjamín prepararon la ofrenda
quemada de la luna posterior a tischri.
También
celebraron sin ocultamientos la fiesta de los tabernáculos. Los jefes contaron
al pueblo. Mitradat, el tesorero real que se había trasladado desde Ecbatana,
contó las vasijas de plata y oro que estaban en el tesoro de Esagila y que
fueron devueltas a los ancianos de las tribus. Sheshbazar, príncipe de Judá,
reunió al pueblo y sus pertenencias para la travesía por los desiertos
occidentales.
Jacobo
Egibi y los demás banqueros de la lonja, así como sus familias, que habían
prosperado en Babilonia, no se sumaron a los viajeros. Se habían enterado de
que las colinas de Judá estaban peladas y que la prosperidad había abandonado
la ciudad de David. A lo largo de dos generaciones los judíos habían construido
sus hogares y practicado sus oficios en Babilonia; en la mayoría de los casos
sus hijos sólo hablaban la lengua babilónica. Los mayores que seguían
estrictamente la ley mosaica también se quedaron pues prefirieron rendir culto
en sus santuarios del Éufrates, como habían hecho sus padres.
Los
acaudalados que se quedaron entregaron reservas de plata a los que se dirigían
a Jerusalén, que en su mayor parte eran trabajadores. Cuando iniciaron la
travesía cruzando el puente de la calle Adad, portaban una considerable
provisión en animales de carga porque los carros no eran adecuados para
atravesar el desierto. Contaban con setecientos treinta y seis caballos,
cuatrocientos treinta y cinco camellos y doscientas cuarenta y cinco mulas. Los
asnos cargados ascendían a seis mil setecientos veinte, según el cómputo de los
inspectores de la puerta occidental. Entre ellos había doscientos cantores y
cantoras.
Ciro
y Gubaru presenciaron el éxodo judío desde la terraza de Esagila y oyeron sus
cánticos. Gubaru había visto otras procesiones que retornaban a sus templos con
las imágenes a bordo de embarcaciones o carros. Vio cómo escoltaban a Ishtar a
través de la puerta para emprender el camino de Uruk.
─
Los hebreos no tienen imágenes musitó. En consecuencia, es indudable que su
santuario está vacío si exceptuamos un altar ante el cual oran.
Ciro
pensó que Gubaru envejecía. Aún creía que la divinidad podía morar en una
imagen o, por lo menos, podía conceder a ésta algunos de sus peculiares
poderes. Gubaru había escoltado con gran ceremonia la antiquísima y horrible
estatua de Shushinak a su morada original en Susa, de donde Asurbanipal la
había arrebatado. Sin duda, sus elamitas a los que Gubaru seguía apreciando más
que a cualquier otro pueblo estaban muy contentos. De todos modos, en ausencia
de Shushinak se las habían arreglado bien, debido sobre todo a la energía y
devoción del humanísimo Gubaru.
─
Nunca he comprendido qué poderes tienen los diversos dioses reconoció Ciro. Los
magos no pudieron describir a Ahura Mazda que, según dicen, es el amo de los
dioses. Al parecer, es invisible, como el Jehová de los judíos. Sostienen que
está en todas partes.
─
Aquí no están registrados los sacerdotes de Ahura.
Ciro
asintió y pensó unos instantes. ¿Cabía la posibilidad de que un único amo de
los dioses residiera más allá de la órbita de la Tierra, distante e
incognoscible? Ciro no supo si semejante divinidad seria benéfica o maligna.
¿Quién osaría nombrarla? ¿Se presentarían los magos en Babilonia? Se limitó a
decir:
─ El
agua del río debe canalizarse por el foso y por el canal al que llaman Kebar.
Nabucodonosor organizó la fortificación de la ciudad mejor que su sanidad.
El
aspecto de Babilonia cambiaba a cada luna que pasaba. Después de la partida del
ejército y de los hebreos, los amoritas se trasladaron a sus hogares allende el
río. Los arameos condujeron sus rebaños hacia el oeste. Las gentes de la tierra
marina partieron en sus balsas de palmera.
Simultáneamente
los escribas que estaban a cargo de la crónica de Babilonia consignaron por
escrito que aparecieron caravanas más allá del monte de Cristal y que los rabs
de las ciudades fenicias Tiro y Sidón ofrecieron regalos a Ciro el gran rey. El
gentío que iba y venía ocupaba las carreteras entre el este y el oeste. Aunque
la gran torre no se modificó, la ciudad que se extendía a sus pies se convirtió
en una arteria de naciones en movimiento. Como las puertas revestidas en bronce
permanecieron abiertas, quedaron abandonadas las defensas de Imgur Bel y
Nimitti Bel.
Nadie
se dio cuenta de que estaba a punto de producirse un gran cambio. Los escribas
anotaron que fue una época de «grandes perturbaciones». Las imágenes y los
pueblos que salieron de Babilonia no regresaron. Los nombres de Ishtar y Nabu
se mencionaron con menos frecuencia.
Una
era tocaba a su fin sin que los seres humanos se percataran. Los imperios del
antiguo Oriente semita se habían esfumado para no reaparecer jamás. Había
nacido la nueva era de los griegos y los persas arios.
Capítulo
6
La
apelación del mago
Contenido:
«Las
carreteras que van al mar»
La
crónica guarda silencio
«Y
todos los dioses que existen»
La
batalla en las estepas
§
«Las carreteras que van al mar»
La
humanidad no se acuesta a dormir en la noche de la antigüedad y despierta el
primer día de la era moderna. Y los profetas que vaticinan los cambios no
suelen prever en qué consistirá el cambio. Los habitantes de Babirush dormían a
pierna suelta durante el reinado de Ciro y despertaban convencidos de que en su
viejo mundo establecido del que Babilonia era el centro tenían un monarca nuevo
e imprevisible.
Sin
embargo, las cosas va no eran así. Cuando la paz aqueménida se extendió de
Bactria a Mileto, a orillas del «mar de poniente», las caravanas empezaron a
realizar viajes transcontinentales hasta los puertos marítimos. Mileto prosperó
y sus científicos viajaron a fin de explorar o de alcanzar riquezas mediante
sus enseñanzas. Su hijo errante, Pitágoras, concluyó sus experimentos en Egipto
y embarcó hacia el oeste para dar clases en Crotona el nuevo centro de la
medicina, en la costa de lo que luego sería Italia. En la costa oeste de la
futura Italia hacía mucho tiempo que se habían establecido los etruscos, que
anteriormente habían emigrado de Anatolia, y que ahora trasladaron por mar sus
trabajos especializados en metal. En las ciudades de las colinas sobre todo en
Tarquinia, los artistas etruscos vivieron un renacimiento y adornaron hasta las
paredes de los sepulcros de piedra con pinturas que denotaban una nueva
maestría. La herencia había legado a dichos artistas un fuerte sentido de la
decoración que se combinaba con la delicadeza cretense, la moderación egipcia y
la naturalidad siria. Sin embargo, los artistas dejaron de pintar la silueta de
las figuras humanas; improvisaron retratos a los que dotaron de animación.
Enfrente
de las colonias etruscas se alzaban los puertos comerciales de los cartagineses
descendientes de los fenicios, que habían adoptado un nuevo estilo de vida en
el norte de África. Los barcos de Cartago competían con los buques mercantes
etruscos y los superaron cuando surcaron el mar hasta su puerta occidental.
Sólo los cartagineses se atrevieron a buscar nuevos litorales en el océano
inexplorado.
La
era del descubrimiento había comenzado sin presagios. Pueblos aventureros como
los foceos desplazados por la llegada de los persas a Jonia se dieron cuenta de
que existían más mares que el Mediterráneo, al que llamaban mar del Medio. Las
barreras del mito griego las columnas de Hércules por el oeste y el monte de
Cólquida al que los nebulosos argonautas arribaron por el este no impidieron
que sus embarcaciones se adentrasen en aguas ignotas.
En
Atenas, Pisístrato fue consciente de los nuevos descubrimientos. El tirano
culto había terminado la construcción del acueducto de piedra que, por primera
vez, proporcionó agua corriente a la ciudad y había reunido los cantos
victoriosos de los poemas homéricos en un solo texto escrito: la Ilíada. De
esta forma, su pueblo contó con la tradición épica de los antepasados, esos
viajeros de cuna noble que habían sido mejores espadachines que los anatolios
de Troya, si bien los mismos dioses fueron cómplices de ambos bandos. Los
atenienses que escucharon la lectura de la Ilíada se preguntaron si, en última
instancia, la espada de hierro bien forjado no surtía más efecto que la
intervención de Artemis. ¿Acaso un héroe humano no podía desafiar a las Parcas?
Pisístrato
apeló a la tradición y fomentó la nueva moda de la exploración pisando los
talones a los foceos de tiro largo y a los carios de Jonia─ colonizando la gran
península del mar del este, el Euxino. El tráfico marino ateniense hasta el
lejano Quersoneso podría llegar a controlar el estratégico estrecho de los
Dardanelos, que los griegos todavía llamaban Helesponto, el mar de los helenos.
En ese mismo estrecho las avanzadas persas habían establecido sus puestos
fronterizos. De momento no hubo conflicto de intereses porque a los persas sólo
les interesaba ocupar el territorio, mientras que atenienses y espartanos se
limitaban a los viajes marítimos.
Por
extraño que parezca, con esa actitud Pisístrato imitaba a Ciro. Envió a las
familias más jóvenes y activas a cultivar las costas adyacentes y a colonizar
litorales lejanos. Obviamente, esta política ateniense de descentralización
tenía un propósito. Apartaba de la política a la juventud inquieta y,
consecuentemente, volvía más seguro el ejercicio del poder por parte de
Pisístrato. Y por mucho más extraño que parezca, la dicotomía del tirano griego
contribuyó a realzar la grandeza y el alcance de Atenas, su ciudad, mientras
que la diáspora de Ciro sirvió para que Babilonia se redujera al nivel de las
demás capitales. A partir de ese momento los griegos trabajaron en pro de sus
ciudades─estado, mientras que Ciro el aqueménida se esforzó por crear un imperio.
Pese
a la adulación de los habitantes, Ciro no estaba contento en Babilonia y
tampoco podía dejaría. Su reorganización de la estructura social suscitó el
antagonismo de la poderosa Mar Banu, que se vio privada de casi toda la mano de
obra esclava y de sus privilegios. Dada la indiferencia de Nabunahid, la
nobleza había vivido cómodamente en sus fincas. El nuevo monarca esperaba que
los nobles fuesen útiles a las otras clases, idea que para las familias de
raigambre era muy difícil de aceptar. Con el paso de los meses, los magnates de
Babilonia experimentaron un nostálgico pesar por el misticismo inofensivo de
Nabunahid, por el renombre militar del difunto príncipe Belchazar, por las
espectaculares obras públicas de Nabucodonosor y por la gloria de Babilonia
como señora del mundo.
Ese
antagonismo intramuros se expresó mediante quejas por el favoritismo que se
mostraba hacia los extranjeros, amos bárbaros que vestían pantalones e
invocaban leyes que Sargón no había conocido. Decían que desde los tiempos de
Sargón no había justicia.
Consciente
de la hostilidad solapada, Ciro pidió a Rimut que tomara cartas en el asunto.
─
Prepararemos una canción propuso el experimentado Rimut. No hay nada que
conmueva tanto a los babilonios como una canción callejera.
La
canción propagandística narraba las fechorías del reinado de Nabunahid.
«Nabunahid se dedicó a errar y no hizo lo correcto. Impidió el paso al mercader
y quitó las tierras al campesino. Anuló los gritos de alegría de las cosechas.
Encerró el agua en los canales y cerró las salidas que daban a los campos. Dejó
que el río discurriera sin freno. ¡Qué pena para los buenos ciudadanos! No
caminaron contentos por los espacios abiertos. Sus semblantes se demudaron. No
vieron alegría a su alrededor.»
La
canción explicaba los motivos de la mala administración de Nabunahid. «Un
demonio lo dominó. Dio la espalda a sus legítimos súbditos y erigió su ciudad
en el desierto. Echó al ejército de Acad. Hizo oídos sordos a los lamentos de
su pueblo.»
Ciro
se preguntó si, de alguna manera, la canción de Rimut no contenía la
ridiculización de su persona. De todas maneras, se añadieron nuevos versos que
se entonaron por las calles en el frescor del atardecer: «Nabunahid se jactó
insensatamente de que había vencido a Ciro. Mintió cuando dijo que Ciro no
podría leer lo que había escrito en la tablilla. Tal vez Ciro no supiera leer,
pero los dioses le enviaron una visión. Logró que la semilla volviese a brotar
en la tierra yerma. En su primer año nuevo devolvió la alegría a los habitantes
de Babilonia. Pacificó sus corazones y alegró sus vidas. Derribó paredes
arruinadas y reconstruyó los santuarios de los dioses. Renovó las devastadas
vidas del pueblo. Ahora, como recompensa, que Nabunahid sea arrojado a las
mazmorras del infierno. Que Marduk vea con buenos ojos el reino de Ciro».
Aunque
no atenuó el resentimiento, la canción encantó a la gente del común, a las
multitudes que habían padecido la confiscación del agua y el peso de los
impuestos que cada año aumentaban. El pueblo siempre creyó que todo cambio
sería para mejor.
Por
su parte, Zeria aconsejó a Ciro que recabase la ayuda de los astrónomos que
llevaban el registro de los cielos. Estos científicos, que trabajaban con
instrumentos silenciosos en el observatorio de la torre, despertaron la
admiración del aqueménida. Habían trazado las cartas del curso de las estrellas
hasta en un sesentavo de hora. Los babilonios utilizaban el sesenta como número
de control. Habían descubierto el Saros, el enorme ciclo de años después del
cual la sucesión de los eclipses volvía al punto de partida; habían consignado
el paso del tiempo a través de la eternidad. En cualquier momento de un día
despejado eran capaces de determinar la hora exacta mediante una aguja de
bronce colocada en el centro de un cuenco con marcas. La hora y el minuto se
precisaban en el punto en el que caía la sombra de la punta de la aguja. Los
observadores de los astros esclarecieron el misterio de los números. Explicaron
que los números avanzaban en dos direcciones. Podías contar hacia arriba y
hacia abajo y el punto central de tu cómputo comenzaba en «nada» (cero). Sin
hacer grandes alharacas, estos caldeos inteligentes propusieron realizar un
horóscopo favorable del monarca persa.
Después
de pensarlo, Ciro les pidió que lo hiciesen para su hijo. Era probable que los
mundanos babilonios no se hiciesen ilusiones con él, pero tal vez albergaban
esperanzas con Cambises, que se enorgullecía del título de rey de Babilonia.
Después
de diversos análisis, los astrónomos informaron: «El hijo del rey está bajo el
signo de la luna creciente, que se conjuga con el signo de Sagitario. Por lo
tanto, está claro que durante el reinado del hijo del gran rey, y esperemos que
sus años de vida se alarguen, el reino crecerá y su gloria aumentará a través
de la guerra».
El
resuelto Cambises se tomó a pecho la profecía. Ciro se alegró de que Cambises
lo representase en sacrificios y celebraciones. Gubaru se debatió con la
aplicación de las nuevas leyes, que se tornaron muy complejas porque los
babilonios no estaban dispuestos a aceptar la verdad expresada lisa y
llanamente. El antiguo axioma persa según el cual «los poderosos no oprimirán a
los débiles» figuraba en el código de la ciudad desde los tiempos de Hamurabi,
pero en el ínterin lo habían rodeado de tantas puntualizaciones que los
portadores de la ley persa ya no sabían distinguir entre poderosos y débiles.
La idea sencilla de Ciro de entregar obsequios al monarca no sirvió para
reducir los impuestos consuetudinarios.
─ El
estilo de Pasárgada no es el de Babilonia le aseguró Gubaru. El labriego
entrega sus productos, pero el mercader paga con dinero y espera que le paguen.
Prometiste que no modificarías las costumbres de la ciudad de Marduk e Ishtar,
su esposa. ¿Por qué intentas hacerlo? Acepta los impuestos y, con ese dinero,
agasaja a la Mar Baun con una espléndida reunión en palacio.
A su
manera, Ciro siguió sus consejos. Recordó que Mandane anhelaba regresar a los
jardines colgantes y mandó buscar a la viuda de Astiages. La anciana Mandane
retornó a Babilonia en compañía de sus chambelanes, sus eunucos y sus tesoros y
ocupó satisfecha los aposentos desocupados desde la muerte de Shamura.
─ El
gozo inunda mis ojos al contemplar las gloriosa ciudad que me vio nacer en los
años previos a mi muerte confió Mandane a Ciro. Colocaron su trono entre los
cedros del bosquecillo artificial y quemaron incienso a su alrededor para
disimular los hedores procedentes de la calle─. Hijo mío, has conquistado el
mundo entero, salvo el reino del Nilo, con sus tesoros desmesuradamente ricos y
sus espejos transparentes que alegrarían mis ojos. Sin duda, al llamarme has
pensado en un sepulcro digno y revestido de alabastro, con grapas de oro en
lugar de hierro, para contener mis pobres restos cuando Nergal me llame a los
infiernos.
Ciro
experimentó una extraña sensación de grandeza y muerte junto a Mandane, en el
jardín colgante. Miró hacia la punta trémula de la torre y hacia el enrejado
callejero, que en lugar de zigzaguear discurría recto con relación a los cuatro
lados de la muralla. Miró en lontananza, hacia el verde de las plantaciones de
la llanura, que se extendían hasta el horizonte gris de los desiertos. A sus
pies, multitudes de seres demacrados fabricaban máquinas y artículos raros con
una habilidad aprendida desde hacía siglos. Ciro detestaba Babilonia incluso
mientras la admiraba.
Entregó
una carta a los escribas de la crónica en la que sostenía que Mandane, hija de
Nabucodonosor, era su madre. Se trataba de una mentira incorporada a los
archivos y daba a Cambises derecho a reclamar el trono, pero era mentira.
Ciro
mandó llamar a Mitradat, su amigo cojo, y le encomendó las finanzas; dejó los
problemas del gobierno en manos de Gubaru y dejó que Cambises actuase como
gobernante. Sacó a los cinco mil de sus lujosos cuarteles y cruzó el río para
explorar el desierto occidental de su nueva satrapía.
Los
persas avanzaron por la llanura hacia el ocaso. Llevaban agua en botijos que
portaban hileras de camellos porque se enfrentaban al verdadero desierto, a la
tierra gris y vacía bajo un cielo sin nubes. Los guías arameos explicaron a
Ciro que ningún gran monarca había osado pasar por allí; ningún señor de Assur,
o de Hatti, ni siquiera un faraón del Nilo. Dejaron atrás las murallas de
ladrillo a medio construir de Tema, donde Nabunahid se había replegado. Las
murallas habían quedado parcialmente cubiertas de arena y los colonos
babilonios expulsados por las tribus incursoras. Ciro supuso que no necesitaron
muchas excusas para regresar a Babilonia.
Se
internaron por la Tierra Roja de terrenos quemados por la canícula, donde las
aldeas como colmenas se alzaban en torno a los pozos y las gentes oraban ante
cumbres de roca negra. De pozo a pozo, las caravanas nabateas viajaban hacia el
norte con incienso, oro y cobre sin trabajar de Arabaya. Se dirigían a Damasco
o a los puertos fenicios y proporcionaban un hálito de vida a la tierra yerma
que no permitía el surgimiento de una ciudad.
A la
sombra protectora de una hondonada, los comerciantes nabateos moraban en
pabellones bajo los sepulcros abiertos en las paredes rocosas. Ciro convocó a
los jefes de la Tierra Roja, tanto a arameos como a ismaelitas, y declaró que
desde ese momento vivían bajo su gobierno y ley. Prohibió las luchas tribales y
de un hermano contra otro en el seno de una misma tribu. La lengua de su
gobierno era el arameo y el objetivo consistía en unir las moradas de los dos
ríos con el mar de poniente a través del tráfico de las caravanas. La enorme
satrapía recibiría el nombre de Arabaya.
Al
consejo de jefes nómadas asistieron forasteros que no habían sido invitados. Se
presentaron emisarios fenicios con carros ligeros y camellos que portaban sus
provisiones. Con sus gorros y sus túnicas largas de lana púrpura, los fenicios
se arrojaron a los pies de Ciro y sus esclavos le entregaron ofrendas de
exquisita excelencia: vasijas de cristal con los colores del arco iris, finos
cuencos de bronce y jarras de cobre adornados con grifos míticos y bestias con
cabezas de mujer, a las que llamaban esfinges. Para ganarse el favor de Ciro,
le ofrecieron un símbolo alado de lapislázuli engastado en oro, semejante a las
alas de los aqueménidas, si bien se trataba de un trabajo de los antiguos
egipcios. Le ofrecieron siete doncellas de frágil belleza, cada una de un tipo,
pues las habían buscado entre las hijas jóvenes de Egipto y Etiopía, las islas
de Creta y Delos e incluso en la Hélade. Las doncellas portaban, a su vez,
pequeños tesoros como espejos de plata, pebeteros y lámparas de alabastro para
contentar al gran rey siempre vencedor.
Los
fenicios abrigaban la esperanza de que las hermosas doncellas despertaran en el
aqueménida el deseo de conquistar sus tierras del oeste. Ciro lo comprendió,
entregó como regalo una joya distinta a cada doncella contempló más tiempo a la
hija de Creta, cuya piel blanca contrastaba con la oscuridad de sus cabellos
sueltos, las devolvió a los traficantes de esclavos y dijo:
─
Ciertamente, me intimida la belleza de estas jóvenes. Se dice, y con razón, que
la belleza procede de la lealtad. No es adecuado que un rey como yo tenga
miedo. Desconcertó un poco más a los enviados fenicios con otro proverbio: Se
creó el trono para un embustero que, cuando sus mentiras lo alcanzaron, le
escupieron el rostro.
Los
sagaces fenicios celebraron la sabiduría de Ciro y la magnificencia de su trono
al tiempo que intentaban descifrar el significado de sus palabras. Finalmente
Ciro dijo:
─ Yo
prefiero decir la verdad.
Durante
una semana, mientras Ciro los agasajaba, los embajadores de Sidón y Tiro
sondearon qué pensaba conseguir con ese viaje al oeste. Explicaron que conocían
perfectamente la Tierra Roja porque en otros tiempos había sido su hogar. Con
sus caravanas habían osado llegar al mar y cruzarlo, va que las carreteras
llegaban hasta el mar. Actualmente utilizaban barcos en lugar de acémilas y los
buques negros de Tiro eran superiores a las barcazas egipcias y a las galeras
de remo griegas. Además, sólo sus marineros conocían los largos caminos del mar
o se guiaban por las estrellas.
Al
cabo de la semana llegaron a un acuerdo de palabra con Ciro porque los
fenicios, a diferencia de los babilonios, no apuntaban nada por escrito, pese a
que poseían el mejor papiro. Fenicia, así como Palestina, quedarían incluidas
en la satrapía de Babilonia y sometidas a las órdenes del gobernador de esta
ciudad de momento, Cambises, pero se gobernaría autónomamente sin que sus
costumbres cambiasen y sólo pagaría tributos por el aumento de los intercambios
comerciales con Babilonia. Empero, la flota fenicia podría prestar servicios al
gran rey.
Ciro
sospechó que, de momento, no la necesitaría, pero su pacto con las ciudades
marítimas sentó las bases para la invasión de Egipto que era lo que Cambises
deseaba y de las islas griegas.
Para
entonces los fenicios estaban pendientes de su palabra. Antes de despedirse de
ellos, Ciro pronunció otro proverbio:
─
Los peores males que existen son dos: que el labriego que obtiene el sustento
de la tierra se muera de hambre y que el fuerte se apodere de las pertenencias
del débil sin trabajar. Hizo una pausa y añadió: Me opongo firmemente a estos
males.
De
esta manera la noticia de la extraña paz aqueménida llegó a los litorales. Como
los antiguos pueblos costeros tenían muchas expectativas puestas en su
gobierno, tocó a su fin la alianza contra Ciro. Tanto Ahmés en el Nilo, como
Pisístrato en la Acrópolis de Atenas, dejaron de preocuparse por la llegada de
los persas.
Ciro
no llegó al mar. Emprendió el regreso cuando su ejército tuvo una visión en la
Tierra Roja. Más adelante, en medio del resplandor del sol, las albas murallas
de una ciudadela encumbrada adquirieron forma por encima del trémulo llano. El
lago se extendía bajo las murallas, bordeado de frescas arboledas. Azorados los
persas exclamaron:
─
¡Es Kangdiz, la fortaleza de los dioses! ¡Está ahí, ante nuestros ojos!
Acostumbrados
a los espejismos, los arameos explicaron que el lago y el palacio no existían y
que si seguían avanzando desaparecerían. Pero los persas estaban hartos del
bochorno constante de las tierras bajas y esa aparición se convirtió en una
suerte de aviso. Ciro les concedió inmediatamente la petición de dar marcha
atrás. Íntimamente anhelaba ir hacia el este, no hacia el oeste. En toda su
vida no había hallado restos de la tierra natal de los arios, que no podía
encontrarse a orillas de ese mar occidental. El deseo de descubrir Aryan─vej se
había ahondado con los años y ya tenía más de sesenta.
Dos
circunstancias dieron pábulo a su anhelo durante el retorno. Las necesidades
acuciantes lo obligaron a desplazarse de Babilonia a Ecbatana, de donde había
retirado al confiable Mitradat. Cuando los correos del reino lo alcanzaron en
Ecbatana, le entregaron una petición de auxilio de Zorobabel, al que no
conocía. Los escribas le explicaron que Zorobabel o Simiente de Babilonia, que
era el nombre en caldeo se había convertido en el jefe de los exiliados judíos
que estaban de regreso en Jerusalén. En su misiva en arameo decía que las
aldeas habían sido arrasadas desde los tiempos de Nabucodonosor y que nunca
fueron restauradas: que los campos estaban yermos, las ovejas escaseaban y que
la enemistad de los samaritanos contra los judíos de Babilonia era profunda.
Los nativos de Judá ponían en duda el derecho del pueblo de Zorobabel a
reconstruir el templo de Jehová en sus alturas. Para hacerlo necesitaban de
inmediato la ayuda del dinero de plata del gran rey.
Ciro
analizó la petición y dictó la respuesta: «En cuanto a la casa de Dios en
Jerusalén, que se construya el templo, el sitio donde ofrecen constantemente el
sacrificio del fuego; su altura será de veintisiete metros, con una anchura de
veintisiete metros, tres plantas de piedras grandes y una de madera. Que su
coste corra a cargo de la casa del rey». Se acordó de las vasijas sagradas que
el pueblo de Zorobabel había llevado consigo. «Que los utensilios de oro y
plata de la casa de Dios, los mismos que Nabucodonosor capturó y trasladó a
Babilonia, sean devueltos y llevados nuevamente al templo de Jerusalén, cada
uno a su sitio. Los guardaréis en la casa de Dios.»
Dictó
una orden a Mitradat de Babilonia para que entregase los talentos de plata a
Zorobabel de Jerusalén. Pensó que, pese a que ahora parecían empobrecidos, los
refugiados que se habían dispuesto a cruzar el desierto habían llegado a su
tierra natal. Era imprescindible que reconstruyeran el templo. Ciro no podía
volver a ausentarse por el oeste. Ecbatana se había convertido en el corazón de
su reinado e infinitos problemas lo aguardaban: delimitar las fronteras de la
inquieta Armenia, abrir carreteras hasta Capadocia, enviar provisiones de
emergencia a Vishtaspa porque era lo que había prometido, proporcionar algún
tipo de formación a los iberios de la Tierra Hueca...
Agobiado
por los problemas buscó a Creso, como solía hacer en Sardes. Encontró al lidio
instalado en un modesto aposento que daba a los jardines de palacio. Reclinado
bajo el sol, Creso contemplaba una vasija de alabastro y admiraba las delicadas
figuras unidas por las manos a medida que giraba el objeto bajo la potente luz.
─
Quienquiera que lo haya hecho pretendió que estuviera bajo el sol afirmó. Se
trata de un artista excepcional que ha dominado el secreto de la luz.
Creso
parecía totalmente satisfecho con la observación de la vasija.
─
¿Confiaste en la solución que dieron a tus problemas en los oráculos de Delfos
o de Sardes? preguntó Ciro.
Creso
rió sin soltar la vasija.
─
Confié demasiado, mi señor aqueménida. Frunció el ceño pensativo. Sin embargo,
el oráculo vaticinó que mi hijo hablaría. Y al menos ahora él y yo podemos
hablar.
Ciro
echó un vistazo a la estancia, vacía con excepción de unos pocos objetos que,
al igual que la vasija de alabastro, eran bellos más que útiles.
─
¿Estás cómodo aquí?
Creso
evaluó la pregunta.
─
Puede que no, pero disfruto. Todos los días me siento al sol. En Sardes el sol
nos asaba y aquí, en las montañas, nos revive. ¡Mira cómo embellece esta
vasija!
Ciro
dejó al cautivo y pensó que nunca llegaría a comprender al lidio. Dondequiera
que estuviese y pasara lo que pasase a su alrededor, Creso se las ingeniaba
para disfrutar. Recelaba de los oráculos y a la vez crecía en ellos. Se
consolaba con lo que los griegos llamaban filosofía.
Cuando
por fin pudo poner rumbo a Pasárgada, Ciro escogió la conocida carretera de
Susa. Apenas reconoció el palacio que se encumbraba sobre el río. Las paredes
irregulares resplandecían recubiertas de azulejos y el mármol brillaba en los
suelos. La fea imagen de Shushinak reposaba en el santuario revestido en oro
del templo. Las palmeras datileras de Babilonia bordeaban los muros del jardín.
¡Para adornar su palacio de esa manera, Gubaru tenía que haber arrancado muchos
talentos de plata de los ingresos de Esagila! Encolerizado, Ciro pensó relevar
al anciano elamita y reemplazarlo por Mitradat, que no sacaba nada del erario.
Después rió y pensó que cada uno hacía su agosto.
Gubaru
había trabajado cerca de dos generaciones para rehacer Susa y sus tierras. Era
un territorio feliz; los campesinos disponían de los nuevos arados de hierro
que Ciro había arrebatado al monopolio del templo de Marduk; los aldeanos
hacían largos desplazamientos para contemplar la maravilla del templo dorado. Y
Gubaru podía buscar su sepulcro en paz.
A
Ciro ni se le ocurrió la idea de que el sabio elamita había logrado todo eso
por su intermedio. Las expectativas de Ciro se acrecentaron cuando se internó
por el camino de montaña rumbo a su valle. Al llegar al río frenó el caballo
para escuchar el familiar tumulto de los rápidos, aspiró profundamente el aire
fresco y creyó entrever a la sonriente Anahita en medio del rocío de las
cascadas. A decir verdad, cuando entró en ese sitio protegido el cansancio de
treinta años cayó sobre él como el sueño. Pese a su decisión de explorar el
este más lejano, durante seis años no abandonó su valle.
§ La
crónica guarda silencio
Los
habitantes del nuevo imperio persa no se dieron cuenta de que vivieron años de
paz inesperada hasta que éstos pasaron. Desde Tiro hasta Maracanda, los
estadistas consultaron al aqueménida antes de emprender nuevas conquistas; los
mercaderes suponían que estallaría una rebelión contra el gobierno del único
hombre que abarcaba la inmensa superficie de su tráfico; los labriegos
supusieron que, como de costumbre, aparecerían los incursores o un burócrata lo
que en su opinión era mucho peor acompañado de lanceros para requisar las
cosechas en nombre del rey. Y no sucedió nada semejante. Durante los últimos
seis años del reinado de Ciro, la crónica de Babilonia sólo registró el paso
del tiempo y los hebreos, por su parte, describieron las rencillas que retrasaron
la construcción del templo de Jehová. «Cada uno se ocupa de su casa.»
Varios
motivos explican esta desacostumbrada tranquilidad. Los incursores nómadas del
norte buscaron los ricos botines de los dominios del aqueménida se hacían la
ilusión de que entrarían con los primeros pastos buenos y se irían con las
últimas cosechas, pero se toparon con jinetes adiestrados y tan peligrosos como
ellos. En cuanto a las guerras intestinas entre hermanos y príncipes
impacientes por la muerte de sus regios padres, la orden de Ciro se opuso a
este habitual conflicto. Tampoco quedaban tronos por los que luchar, salvo el
persa. El aqueménida nombraba a los gobernadores de cada territorio y el cargo
no era hereditario. Después del retiro del anciano Gubaru, Cambises el heredero
gobernaba con mano de hierro la inquieta Babilonia, apoyado por soldados que
habían puesto grandes esperanzas en él. La Babilonia caldea había sido, de
hecho, un imperialismo mercantil y como durante el reinado de Ciro el comercio
se expandió ningún jefe nacionalista se atrevió a rebelarse.
La
diversidad de lenguas, digna de la torre de Babel, acabó convirtiendo el arameo
en el idioma común, hasta en Jerusalén. Creso ya no era llorado en la mundana
Sardes. Allí los adalides de la liberación griega tuvieron dificultades para
responder a la siguiente pregunta: ¿de qué había que liberar a los jonios? Las
ciudades más occidentales, como Esparta y Atenas, buscaban sus raíces en la
costa jónica. Los más lúcidos observadores políticos los sacerdotes de Apolo en
Delfos aún hacían profecías para el persa. (Gradualmente los medos cayeron en
el olvido.) El motivo fundamental de tanta tranquilidad era desconocido por los
cronistas, si bien el pueblo llano lo sospechaba: respondía a la tolerancia del
rey.
Se
trataba de un concepto nuevo en un gobernante y ni asirios ni babilonios sabían
cómo expresarlo. Habían creado un proverbio sobre la presencia del gobernante:
«El habla de un monarca es más punzante que un cuchillo de doble filo. Mira
porque ante ti se alza algo duro; no te demores en presencia de un rey pues su
cólera es más veloz que el rayo. Haz caso de ti mismo; si se te ordena algo,
piensa en un fuego ardiente; date prisa, hazlo y cúbrete las manos con
arpillera porque la palabra del rey es la ira de su corazón».
En
treinta años Ciro el aqueménida logró superar ese miedo. Medos y persas lo
llamaban padre y en boca de los campesinos era «el rey del pueblo». No habría
bastado con su tolerancia para distinguirlo, por lo que tuvo que sumar un poder
superior al de Nabucodonosor. La conjunción entre humanidad y la capacidad de
castigar sin miramientos ejerció un peculiar influjo que modificó
acontecimientos seculares.
Se
cuenta una anécdota de la tribu mardiana que moraba en las peladas tierras
altas de la futura Persépolis. El jefe y los ancianos presentaron una súplica a
Ciro. Los portavoces explicaron que la tierra era pobre y que trabajaban mucho
para cultivarla. Por consiguiente, los mardianos deseaban recibir una tierra
muy fértil, como la que su rey había conquistado en otras partes. Estaban
dispuestos a emigrar a ese territorio más pródigo y menos exigente. Que Ciro
dijese la última palabra.
El
aqueménida evaluó la petición y replicó:
─
Hacedlo. Mientras le daban las gracias, añadió: Pero recordad lo siguiente.
Tarde o temprano, en ese territorio fértil tendréis que obedecer a un señor. En
vuestras tierras altas estáis libres y no sois esclavos de nadie.
Después
de analizar las palabras de Ciro, los mardianos anunciaron que habían decidido
permanecer en sus tierras.
Un
jefe maspiano que en ese momento era comandante de los mil, reconoció ante Ciro
que se sentía recompensado por estar a su servicio. Con anterioridad, el
maspiano se había visto obligado a cultivar la tierra para alimentar a su
familia y a comer de las ollas. Ahora, como oficial de una guarnición, le
bastaba alzar la mano para darse un banquete cuando le apetecía, con vino como
bebida y criados que le ofrecían frutos almibarados mientras se reclinaba en un
sofá de cedro de oloroso aroma. Después de oírlo, el aqueménida lo sometió a
algunas preguntas y respuestas de sus tiempos de escolares.
─ He
notado que cuidas bien de tu corcel.
─
¡Sí, como corresponde! ─replicó el maspiano, satisfecho.
─
¿Lo llevas a hacer ejercicio antes de darle de comer?
Sí,
por supuesto.
─
¿Para qué?
─
Para que esté en forma. De lo contrario, enfermaría.
─ Si
tanto cuidas un caballo, ¿por qué comes antes de cumplir tu jornada de trabajo?
La próxima vez me contarás qué trabajo has hecho antes de darte un festín.
Algo
que nunca logró fue convencer a su pueblo para que navegara. Un jefe aqueménida
lo explicó de la siguiente manera:
─
Existen tres tipos de seres humanos: los vivos, los muertos y los que deambulan
por los mares.
Pese
a que no introdujo cambios en las costumbres pastoriles de los persas, hacía
mucho tiempo que Ciro había abandonado los viejos concilios de las tres tribus
e incluso el de las diez tribus reunidas. Para entonces los persas sólo eran
una parte de los pueblos iranios bajo su reinado y un fragmento de los diversos
pueblos existentes. Todos los persas habrían cabido en un barrio de Babilonia.
Vio que no había nada bueno y que podía conducir a muchos males dar al puñado
de persas la supremacía sobre los demás, así como sobre sus caspios. Su
autoridad sólo emanaba del trono y un sátrapa persa no tenía poder sobre un
hazarapat hircano. Para contribuir a la amalgama de pueblos distintos, adoptó
los títulos tradicionales de Babilonia, Ecbatana y Sardes, no eligió capital.
Pasárgada, perdida en el valle, seguía siendo residencia del clan aqueménida y
estaba administrada por su hermano pequeño, Bardiya, con la ayuda de sus
nietos. Amitis continuaba recluida en Zadracarta, en el mar de Hircania, y allí
su hija se convirtió en esposa de Darío hijo de Vishtaspa y Hutaosa─, un
militar genial, según todos los informes.
Los
asesores de Ciro eran los sátrapas y, aparte de éstos, los emisarios de sus
súbditos. Como no tenía ejército regular, no necesitaba hacer frente a un
comandante en jefe que podría volverse peligroso.
Este
rudimentario estado mundial se mantuvo unido exclusivamente gracias a la
personalidad de Ciro, que se había convertido en juez supremo, protector y
proveedor. La carga de semejante autoridad era más pesada que el tesoro de
Creso, sobre el que había bromeado despreocupadamente en otra época.
Probablemente Ciro no previó el peligro que supone el gobierno de un hombre
indispensable; de todas maneras, no habría podido cambiar la situación. Al cabo
de sus años sólo intentaba cumplir la promesa que había hecho ante las tres
tribus persas durante su entronización, pese a que sus súbditos se habían
multiplicado por cuatrocientos. Al menos tenían alimentos suficientes y la
primera obligación de un pastor era dar de comer a su rebaño.
Como
las multitudes lo aguardaban en el pórtico y reclamaban la presencia del gran
rey, Ciro no podía ir más allá del Desierto de la Sal de los germanios ni del
monte de Cristal.
Ciro
se sentía solo incluso ante las multitudes. Emba ya no esgrimía las riendas de
su corcel; Kassandan había muerto e hizo construir su sepulcro en los peñascos
de la cueva de Anahita. Pese a sus quejas. Kassandan había amado profundamente
a sus hijos. De sus dos esposas, Amitis le había ocultado sus pensamientos; los
observadores le comunicaron que la elamita se había convertido a la doctrina de
Zaratustra y casado a su hija con el hijo de Vishtaspa, ardoroso seguidor del
misterioso profeta. Aunque Ciro no logró deducir por qué lo había hecho, supo
que existía un motivo. Sus nietos le temían porque estaba rodeado de
dignatarios de la corte y los extranjeros se postraban a sus pies. Cuando Ciro
se presentaba, los chambelanes exclamaban:
─¡Silencio!
¡Postraos ante la gloria real!
A
Ciro ya no le apetecía compartir la mesa con cuantos lo rodeaban. En torno a su
residencia que antaño había albergado a su familia habían construido cuatro
columnatas tan elevadas como el gran salón de audiencias que medía treinta y un
pasos por treinta y dos; noventa y ocho columnas se alzaban en las sencillas
bases negras, sobre el suelo de mármol blanco. Ciro comía solo en una tarima,
elevada como la de Astiages, por encima de cortesanos y criados. Enfrente
contemplaba su imagen tallada en el revestimiento de piedra de la pared. En
muda procesión, funcionarios y servidores cada cual con su arma o herramienta
seguían al rey, sobre el que se desplegaban las alas aqueménidas. La imagen
perduraba para hacer saber a todos los visitantes que se encontraban en la
cámara real. Asimismo, las columnas blancas que asomaban de las bases negras
muy agradables para la vista simbolizaban el triunfo del bien sobre el mal. La
nueva dignidad de la cámara evitó un mal a Ciro, pues los poetas errantes no se
atrevieron a ensalzar las glorias de su antepasado Aquemenes mientras comía.
Más
allá de las columnatas, los jardines cubiertos de maleza se convirtieron en
rosaledas bordeadas por cipreses oscuros por encima de los canales de agua
embaldosados; para entonces los tranquilos jardines eran lugar de cita de los
cortesanos que lucían las insignias de su categoría y vigilaban a cuantos
recababan la presencia del monarca. Incluso en el alto de los altares de fuego,
los partidarios de Zaratustra se reunían para rezar al maestro Ahura Mazda.
Sus
murmullos hicieron que Ciro se acordase de un cántico de los hebreos de Kebar:
«No desees el buey de tu prójimo, ni su asno..., ni nada de lo que le
pertenece». Los hebreos decían que era uno de los Diez Mandamientos revelados
por un profeta en la cumbre del monte Sinaí. Puesto que era harto improbable
que los hebreos del Oeste hubieran hablado de esas cuestiones con los
partidarios de Zaratustra en el este, las revelaciones debieron de ser
parecidas. ¿Llegaría el día en que las dos congregaciones orarían juntas y
presentarían ofrendas a sus fuegos de las alturas?
¿Alguna
vez los filósofos de Mileto, que sondeaban la inmensidad del universo,
llegarían a montar guardia con los astrónomos caldeos que trazaban el curso de
los astros? Los indagadores de las mismas verdades solían llegar a convicciones
distintas, pensó Ciro. Había llevado a Pasárgada algunos caldeos eruditos y sus
instrumentos. En seguida montaron los relojes para seguir el paso del tiempo
mediante el goteo del agua, a la vez que sus siervos caspios no tenían ni la
más remota idea del tiempo más allá del alba que marcaba el comienzo de la
jornada y del ocaso que le ponía fin.
Ciro,
amo de todos, notó que su vida tocaba a su fin y meditó sobre el tiempo futuro
en el que seguramente estaría solo. Convocó a sus arquitectos entre los cuales
se contaban varios planificadores de Esagila y les pidió que diseñasen su
sepulcro.
─
¡Que los dioses no lo permitan! exclamaron en diversas lenguas. ¡Que los años
de nuestro señor el rey no tengan fin!
─ Me
apetece un sepulcro pequeño, de piedra sencilla dijo Ciro.
Cada
vez que quería hacer algo, tenía la costumbre de apelar a los hombres más
capaces y no les explicaba cómo debían hacerlo. Una luna después los
arquitectos reales le presentaron un boceto maravillosamente coloreado en
vitela inmaculada. Se trataba de una torre alta, vigilada por genios alados,
con una cámara para los sacerdotes y un altar de fuego en la cumbre.
─ Si
se suelta, la puerta de bronce de la cámara sepulcral queda cerrada para
siempre explicaron.
Bastó
que Ciro echara un vistazo al boceto para descartarlo. Diez años antes habría
desatado sus iras contra los arquitectos, pero ahora los comprendía. Todo
técnico trabajaba según los métodos que había aprendido. El que sabía cómo
construir un arco o una bóveda los erigía para sustentar un techo. Siempre
había sido necesario limitarlos a sus sencillos propósitos.
─ No
quiero quedar encerrado. Venid todos, iremos al sitio que he elegido y
hablaremos de mi última morada.
El
aqueménida fue el primero en abandonar el salón de audiencias. Tomó por un
sendero que se alejaba de la escalinata de entrada y que iba hacia el sudoeste,
en dirección al crepúsculo. A tiro de arco de la orilla del río, oyó las risas
del agua. Miró en derredor, contempló las cumbres del valle y se dio por
satisfecho. Dijo a los arquitectos:
─
Aquí erigiremos los cimientos de piedra caliza blanca sobre siete escalones. En
lo alto de los peldaños pondremos una habitación de la misma piedra. El
interior de la cámara será de siete codos de largo por cuatro de ancho. El
techo será de vertiente, como si se tratara de una casa. Caerá a ambos lados
desde el caballete. Pensó unos segundos en la casuca semejante a las que sus
antepasados habían construido en los bosques. Dos puertas comunicarán con el
interior, la exterior de la misma piedra que os he descrito y la interior del
mismo material. Ambas se abrirán, pero habrá que cerrar la exterior del
reducido espacio antes de abrir la interior. Pensó en el edificio y no se le
ocurrió añadir nada más. ¿Tenéis claro el estilo de mi sepulcro? ¿Queréis hacerme
alguna pregunta?
─
Los adornos..., ¿qué tipo de adornos quieres? preguntó un arquitecto.
─
¿Dónde colocaremos el oro? quiso saber otro técnico.
─
¿Acaso existe mejor adorno que esa buena piedra blanca? preguntó Ciro a su vez.
Pero debe ser firme y ha de tener grapas. Sonrió. Poned el oro en los bordes
del hierro que se vea. Así evitaremos que se oxide.
Los
técnicos babilonios preguntaron cuál sería la inscripción pues si se trataba de
una anotación larga, con todos los títulos e invocaciones pertinentes, convenía
tallaría en la piedra antes de colocar los bloques en su sitio.
Ciro
pensó en la inscripción. Tal vez fuera mejor poner una invocación. Se le
ocurrió que muchos acudirían al río para mirar su sepulcro y que la inscripción
debía explicar de qué se trataba.
─ Me
parece que la inscripción debe decir: «Oh, hombre, soy Ciro el aqueménida, el
gran rey». Eso es todo.
Aunque
los arquitectos alabaron su sensatez, íntimamente lamentaron tener que diseñar
un sepulcro que no era más que una celda de piedra parecida a la casa de un
campesino. Por lo que sabían, ningún sepulcro real tenía esas formas.
§ «Y
todos los dioses que existen»
Al
ver el goteo del reloj de agua, los caldeos dejaron caer una bolita de bronce
en un cuenco del mismo metal y su retintín anunció en palacio el segundo, el
instante vía hora del inicio del nuevo año del mes de nisán. Corría el año 529
de nuestra era. Como de costumbre, al romper el alba Ciro salió del palacio y
franqueó el umbral del genio guardián, la imagen de su fravashi. Subió los
largos tramos de escalones hasta los altares de fuego, donde los sacerdotes
esperaban con las varas balsámicas. El gentío que aguardaba más abajo de la
terraza de mármol estaba formado, en su mayor parte, por partidarios de
Zaratustra. Ciro notó que entre ellos había varios peregrinos de la
congregación blanca y le molestó que los visitantes del este nunca entraran en
su salón de audiencias para reverenciarlo, algo a lo que no eran remisos ante
el fuego de Bactria. Oyó sus cánticos a Ahura Mazda, el invisible y
omnipresente. No mencionaron el nombre de ninguna otra deidad. Probablemente
cuando el sol tocase la roca del sitio elevado de los hebreos, sólo rezarían a
Jehová. Y en los templos de Egipto orarían a Amón...
Los
congregados guardaron silencio cuando Ciro elevó los brazos. Los sacerdotes
prestaron atención pues querían saber a quién invocaría el monarca. De todos
era sabido que Ciro no creía en un dios concreto. Había estado dispuesto a
estrechar las manos del ídolo de Babilonia, pero aquí se había detenido ante el
altar de fuego de Ahura Mazda.
Consciente
de la situación, Ciro pensó en qué podía decir sin faltar a la verdad. Los
sacerdotes del santuario atribuían importancia a la palabra hablada, al margen
de los sentimientos del corazón del orador. ¿De qué servía la palabra si no
procedía del corazón?
Ciro
meditó y entonó:
─
Por Ahura Mazda..., y todos los dioses que existen.
Su
frase fue oída y repetida. Desató muchos debates en cuanto a la identidad de
las divinidades que, voluntaria o involuntariamente, el monarca no había
mencionado. Aquel año Ciro tuvo graves problemas en Pasárgada. En Babilonia, el
franco Cambises reunió unas grandes fuerzas armadas para intimidar a las
facciones descontentas; después de formar ejército tan potente, el hijo
solicitó autorización para marchar sobre Egipto a través de Jerusalén y sostuvo
que la conquista del valle del Nilo pondría fin a las disputas fronterizas con
Babirush. Por su parte, el envejecido Amasis ─que sin duda deseaba conseguir
una paz que acrecentara su fama─ envió una impresionante embajada para
solicitar, y solicitar fue la palabra utilizada por los orgullosos egipcios, un
tratado de alianza y defensa mutua con Ciro. Del mismo modo que un buey bien
alimentado podía solicitar una alianza con un león...
En
el mar del Medio, los barcos de guerra fenicios atacaron los convoyes griegos y
afirmaron que actuaban para proteger sus buques mercantes contra los piratas.
Era evidente que, en ese mar, cualquier enemigo se convertía en pirata. En el
fondo, los astutos fenicios pretendían destruir la flota de sus rivales...
El
sátrapa de Sogdiana escribió desde Maracanda para informar que los incursores
cruzaban el río fronterizo. Como los puestos fluviales de guardia eran escasos,
el sátrapa pedía un pago del tesoro real para establecer nuevos puestos y
guarniciones más adecuadas. Ciro pensó que no serviría de nada construir
fortificaciones contra miembros de las tribus, ya que se limitarían a
rodearlas. Ni siquiera la muralla de Nabucodonosor había garantizado la
seguridad de Babilonia... Una benigna tarde de verano Ciro despidió a los
demandantes para descansar media hora antes de la cena. Abandonó el trono y a
los guardias y se dirigió a la columnata del fondo, donde podía caminar sin que
nadie lo molestase. Evaluó el último informe de su observador en Sardes. Se
refería a los misios, un pueblo eolio es decir, ario que moraba a orillas de
los Dardanelos, en torno a las ruinas de Troya. De hecho, los misios reclamaban
parte de la gloria de la defensa de Troya durante el asedio que Creso le había
descrito a Ciro. De momento cobraban impuestos a los barcos griegos que
cruzaban el estrecho cargados de cereales, pieles y esclavos del Euxino. El
sátrapa de Sardes estaba de acuerdo porque incrementaba los ingresos de su
territorio. A Ciro le disgustó porque los misios retenían espontáneamente a los
barcos griegos que no pagaban el impuesto. Además, no entendía que los misios
del litoral reclamasen las aguas entre los mares. Por añadidura, corrían el
riesgo de provocar amargas disputas a cambio de una módica suma de dinero.
Mientras
caminaba, Ciro llegó a la conclusión de que no serviría de nada ordenar a
Sardes que permitiese la libre navegación por el estrecho. La orden sería
oficialmente cumplida y los misios seguirían cobrando derechos. La mejor
solución consistía en crear una nueva satrapía misia y que el gobernador se
hiciera responsable, en el lugar, de todas las actividades en el estrecho.
Había
tomado todas esas decisiones cuando reparó en que entre las columnas había un
hombre. El rostro del desconocido le resultó familiar y en su túnica gris se
veían las manchas de barro seco de un largo viaje. Sin duda, esperaba hacia un
buen rato y ningún chambelán se había tomado la molestia de anunciarlo. Cuando
Ciro lo miró, el hombre extendió la mano e imploró:
─
Gran rey, protege el valle de Zaratustra.
Ciro
reconoció al mago por la voz. Se trataba del esclavo de la torre de Ecbatana y
del que había hablado ante el sepulcro del profeta Zaratustra.
─
Mago, por fin has decidido franquear mi puerta comentó sorprendido.
El
peregrino sonrió.
─ Tu
puerta está demasiado protegida. Tu maestro de ceremonias quiso saber qué
funcionario me envió para solicitar la misericordia del rey. Por eso me colé
por la puerta de atrás.
─ De
todos modos, te doy la bienvenida a mi casa. No recuerdo que me recibieras con
los brazos abiertos cuando entré en tu valle por la puerta de atrás. El mago
asintió y Ciro añadió:
─
¿Qué necesita tu valle? Tengo entendido que todo va bien.
─ El
fuego y la espada lo arrasarán. Los nómadas del norte han invadido las tierras
y no tenemos medios para defendernos. Ciro, te comprometiste a defender
Bactria.
El
mago habló como si recordase a Ciro una fruslería olvidada. Parecía que el
peregrino no sabía nada de la guerra. Ciro se acordó del informe de la frontera
de Maracanda e intentó explicar que se trataba de una cuestión que debía
resolver el sátrapa de Sogdiana. La frontera noroeste se alzaba a un mes a
caballo..., a la velocidad a la que cabalga un correo. Hacía muchos años que el
aqueménida no podía retornar a Bactria. Si los nómadas se movían concentrados,
podía enviar al hazarapat para que reuniese las levas de Partia y Corasmia a
fin de expulsar a los invasores. Ciro empezó a explicárselo al hombre que había
recorrido tan largo camino y sólo pensó en la promesa que había hecho. Se
detuvo a reflexionar unos instantes y dijo:
─
Mago, mucho has viajado. Comparte mi mesa y descansa después. Hombre, soy Ciro
y cumpliré la promesa que os hice.
§ La
batalla en las estepas
Cuando
Ciro dio a conocer su decisión de viajar al río de las Arenas para repeler a
los invasores nómadas, sus consejeros se opusieron. Le suplicaron que llamase a
Cambises y al ejército de Babilonia para que lo acompañasen. Ciro ordenó a su
hijo que se trasladase a Pasárgada para representarlo en su ausencia. Recordó a
sus asesores la ley de los persas y los medos, según la cual el monarca y su
heredero no podían abandonar el país al mismo tiempo. Añadió que partiría al
alba del día siguiente.
Esa
noche oyó la voz de su fravashi a la derecha del diván, que le dijo que era
bueno emprender ese viaje; oyó claramente las risas de la atractiva Anahita en
el tumulto del río. Soñaba con contemplar el rostro de la diosa y, para variar,
sentir su cuerpo entre sus brazos. Se dijo que se estaba convirtiendo en un
viejo lascivo pues soñaba con poseer el cuerpo de una muchacha elusiva.
Salieron
del valle bajo el calor de un día de mediados de verano, con las llamaradas de
las amapolas entre la hierba. Cabalgaron a la velocidad de los correos a lomos
de los nisayanos y subieron por la carretera real de Ragas y el monte de
Cristal, con su penacho de nieve voladora. Un millar de los cinco mil seguía al
monarca, sin chambelanes, escribas, portadores de sillas ni espantamoscas. Así
fue como no se consignaron las peripecias de la travesía, salvo las noticias
del final.
En
las aldeas de la vera del camino las mujeres ofrecieron al rey cestas con
granadas, melones y manzanas, y Ciro calculó que aquel verano las cosechas eran
buenas. Entregó a cada mujer una moneda de oro acuñada en Sardes y prometió que
moraría en sus aldeas cuando volviera de castigar a los dahaes, es decir, los
enemigos. En el barranco del mar de Hircania, las levas de guerreros hircanos
cabalgaron a su encuentro, encabezados por Darío, el hijo de Vishtaspa. Era un
hombre callado que pensaba por sí mismo, un excelente jefe, en opinión de Ciro.
Más allá del desfiladero rojo de Coara los partos acudieron en tropel a su
encuentro. A decir verdad, los jóvenes espadachines de las tierras del este
estaban deseosos de alcanzar la fama yendo a la guerra con el gran rey. Ciro
lamentó haber estado tanto tiempo ausente de las acogedoras tierras del este.
Tuvo la sensación de que el más sombrío Oeste lo retenía encadenado con sus
disputas y conspiraciones.
Como
se desplazaron muy rápido, no tuvo tiempo de probar los nuevos regimientos o
reemplazar a los oficiales. Una vez cruzado el ancho Río del Mar, los corasmios
se reunieron con él y no aguardó la llegada de la infantería de Maracanda. De
todas maneras, los soldados de infantería no estaban en condiciones de seguir
el ritmo de los jinetes. Ya tendría tiempo de visitar los jardines de Maracanda
a su regreso.
Por
fin llegaron a la zona devastada. Las aldeas de casas de barro con techos de
paja no eran más que cenizas y los nómadas se habían llevado las cosechas o las
habían quemado. Ciro aceleró la marcha del ejército y poco después encontraron
cadáveres en medio de las ruinas. Pertenecían a campesinos, ancianos y niños
muy pequeños; a los demás se los habían llevado. Los miembros de las tribus
bárbaras los habían matado con armas afiladas a fin de economizar flechas. Los
invasores eran sármatas de las estepas norteñas y se habían replegado a la
manera de los nómadas al ver que el ejército civilizado se aproximaba.
La
fortaleza de Ciro, en plena frontera, había ardido. En la ribera llena de
juncos del Río de las Arenas no se veía un solo ser humano, pese a que
abundaban las aves de carroña que buscaban cadáveres. Ciro ordenó que tendieran
un pontón sobre el río para proseguir la persecución. Dados sus efectivos, no
deseaba regresar sin dar justo castigo a los miembros de la tribu. El ejército
siguió avanzando sobre una llanura seca en la que los tamariscos grises
danzaban al viento cual espectros de los árboles. El camino de los nómadas
estaba marcado por los restos de las hogueras y los macilentos cadáveres de los
prisioneros demasiado débiles para marchar a la velocidad de los jinetes. El
ejército aceleró el paso y avistó las patrullas nómadas que se escabulleron por
el horizonte. Serpenteó a través de colinas que se alzaban grotescamente por
encima del polvo rojo y que estaban calcinadas por el sol abrasador. Los
exploradores informaron que la nube de polvo correspondía a las hordas en
retirada, que no les llevaba más de una hora de ventaja al galope rápido. Ciro
ordenó que el último campamento continuara en pie y vigilado por los guerreros
enfermos o sin monturas.
El
aqueménida reunió a los luchadores más capaces y continuó la persecución. Los
persas cabalgaron por las negras colinas. El terreno descendió hasta un valle
estrecho, una especie de pasillo entre las cumbres.
A
uno y otro lado aguardaban los nómadas, que ya no huían. Cuando la columna
persa se internó en el valle, las masas nómadas se lanzaron sobre sus flancos.
Por delante aparecieron más hombres.
─
¡Son masagetas! advirtieron los exploradores a Ciro.
Los
sármatas en retirada los habían conducido hasta ese valle en el que aguardaban
los masagetas. Los persas quedaron atrapados en la emboscada nómada. Los
veloces caballos levantaban nubes de polvo que hacían toser a los soldados y en
medio de la polvareda siseaban las flechas. A cada carga el ulular de los
miembros de las tribus se elevó como el aullido de los lobos. Los jinetes
escogidos de los mil rodearon a Ciro para protegerlo.
Ciro
se dio cuenta de que los superaban numéricamente y de que no podían organizar
una formación de ataque para expulsar al enemigo del estrecho valle. Impartió
la orden de que los regimientos de la retaguardia se retiraran y de que los
demás lo siguiesen. Ordenó al comandante de los mil que repeliera a las tribus
y que se replegasen compañía tras compañía.
Retrocedieron
a través de las colinas negras, mientras sármatas y masagetas se lanzaban sobre
ellos desde las hondonadas. Los disciplinados mil resistieron mientras caballos
y jinetes caían. Ciro ordenó a sus regimientos que cabalgasen a través del
campamento hasta campo abierto. Supuso que los entusiasmados nómadas que
perseguían a la columna se desbandarían para saquear el campamento y matar a
sus defensores.
Ocurrió
lo que esperaba. Sármatas y masagetas dejaron de perseguirlos al llegar al
campamento persa y se movieron entre las tiendas como manadas de lobos ante una
res muerta.
A la
llamada de sus jefes, los persas se reorganizaron en el llano. Volvieron a
formar centenas y millares. Ciro no se atrevió a darles tiempo para que las
monturas recobrasen el aliento. Cabalgó en primera línea para que lo viesen se
distinguía por los penachos blancos de su diadema y ordenó a los regimientos
que lo siguiesen, que siguieran a los oficiales hasta donde él los conducía.
Se
trataba de una vieja estratagema. En el valle estrecho habían estado al borde
del desastre, pero a campo abierto podían cabalgar sin dificultades y, al
seguirlo, sin duda arrasarían al enemigo desbandado, como había ocurrido tantas
otras veces. No estaba cansado y gritó al oír los cascos de los nisayanos. Oyó
los gritos de los persas.
Ciro
fue alcanzado por una flecha en las lindes del campamento. Cuando la carga se
introdujo entre las tiendas, sufrió una lanzada. Los guardias lucharon a su
alrededor y formaron un círculo para repeler al enemigo. Lo retiraron del campo
de batalla.
Los
persas supervivientes cerraron filas para replegarse hacia el río con Ciro. Lo
cobijaron entre las paredes de adobe de una choza. Al tercer día, Ciro el
aqueménida murió junto al río.
Como
los escribas no acompañaron al ejército, nunca se escribió la verdad de lo que
ocurrió más allá del río. La crónica de Babilonia se limitó a consignar,
secamente, que Ciro el rey de las Tierras murió en las estepas del nordeste
luchando con los dahaes, los enemigos. Cuando los poetas griegos analizaron la
situación, le añadieron un componente romántico y contaron que Ciro fue llevado
a las estepas por una reina sármata que respondía al nombre de Timiris. Los
poetas narraron que Timiris se vengó retando a Ciro en el campo de batalla y
que, después de muerto, la reina de los sármatas alzó la cabeza del aqueménida
con sus manos para contemplar la sangre que goteaba hacia la tierra. Es posible
que haya algo de verdad en ese relato, pero la pura verdad nunca se sabrá.
Las
noticias volaron hasta Maracanda, bajaron a Bactria y recorrieron tres mil
kilómetros de carretera real hasta llegar a Mileto y las islas del mar. A lo
largo del trayecto el pueblo lloró al hombre que durante veinte años los había
gobernado. Los militares supervivientes cubrieron con cera el cadáver de Ciro y
lo trasladaron en una litera tirada por caballos. El fuego de Bactria se apagó
en su cumbre y los altares de fuego de Pasárgada se oscurecieron.
Cambises
esperaba en la puerta norte del valle de Pasárgada. A la llegada de la litera,
desmontó para coger las riendas de los nisayanos y guiarlos por el sendero
hasta el valle, donde estaban reunidos los jefes de las tribus antiguas y los
sátrapas del imperio mundial.
Para
entonces estaba terminado el pequeño sepulcro de los siete peldaños, a orillas
del río. Nadie preguntó qué había que hacer con el cuerpo del monarca. Muchos
aqueménidas pensaron que la oscura cámara de piedra no estaba en condiciones de
convertirse en la morada de Ciro, el primer gran rey de su raza. Convencieron a
Cambises y a los portadores de la ley de que construyesen un sarcófago de oro
puro, como el de los faraones egipcios. Colocaron a Ciro en su interior, con la
tiara de joyas y el paño de oro batido, sobre un diván con patas de oro
forjado. Los jefes y los sacerdotes tuvieron que encender una tea y esgrimirla
en alto porque la puerta interior del sepulcro no se abría a menos que la
exterior estuviese cerrada. En el reducido espacio que quedaba junto al diván,
sobre una mesa de oro forjado, los acompañantes depositaron la espada de Ciro
que casi nunca había usado, su túnica de hilo babilonio, sus pantalones de
montar teñidos de púrpura con tinte tirio, un cinto de joyas y botas de cuero
flexible. Las paredes de la celda estaban adornadas con tapices tejidos en
Sardes.
Tuvieron
la sensación de que Ciro se proponía tener un visitante en la cámara. Semejante
visita sólo podía ser el heredero de los poderosos reinos del imperio persa.
Por consiguiente, el primer visitante fue Cambises. Después de entrar en la
tumba y vestir las prendas de Ciro, salió y los aqueménidas lo escoltaron hasta
los altares gemelos, donde hizo la promesa real de proteger a su pueblo y
compartió la comida compuesta por higos, terebinto y leche agria. Esa comida
representaba que Cambises el gran rey no era, en realidad, distinto de un
campesino. A continuación Cambises dio su primera orden: volver a encender los
fuegos de los altares.
En
medio de su luto por Ciro, los múltiples pueblos incluso los de Babilonia y
Bactria no pusieron en duda el derecho de Cambises de ascender al trono desde
el que se gobernaba al mundo.
Al
finalizar la coronación tuvo lugar un incidente peculiar, que no concordaba con
las costumbres de persas y medos. Encontraron a un mago que montaba guardia en
el peldaño más bajo del sepulcro. Era peregrino, pero explicó que su
peregrinación acababa allí. Llevaba una pala y dijo que le gustaría crear un
jardín en torno al sepulcro de Ciro, que era el mejor trabajo que podía hacer.
Permitieron
que el viejo mago canalizara agua del arroyo más cercano y, una vez creado el
jardín, le construyeron una pequeña choza junto al río para que lo cobijase y
le concedieron raciones semanales de una oveja, harina, fruta y vino.
A
los visitantes que no sabían leer y que se sorprendían ante ese sepulcro
insólito, el mago les explicaba:
─
Oh, hombre, quienquiera que seas, has de saber que éste es Ciro, el que fundó
el imperio persa y gobernó el mundo. No lo envidies en su monumento.
Epilogo
Contenido:
El
dominio mundial
Ciro
y Darío
La
religión de los aqueménidas
El
misterio de las conquistas irania
Cuando
los griegos se encontraron con los persas
Nuestros
antepasados en Oriente y Occidente
El
secreto de Pasárgada
El
misterio de los orígenes
Ciro
y Alejandro
El
testimonio de Jenofonte
§ El
dominio mundial
Ciro
el grande murió innecesariamente. La expedición punitiva contra sármatas y
masagetas a través del lejano río limítrofe pudo estar encabezada por Cambises
o por otro jefe militar. Al dejar a su hijo en Pasárgada, el centro del reino,
Ciro garantizó que Cambises asumiera sin oposición el gobierno del estado
mundial aún en formación. Cambises (Kambuyiya) se limitó a añadir el título de
rey de las Tierras al de rey de Babilonia. Contaba con la firme lealtad de los
iranios y asignó a Bardiya, su hermano pequeño, el gobierno de la zona norte
formada por Media, Armenia y Cardusia (Kurdistán), con residencia en la ciudad
de Ecbatana, una confluencia decisiva. De acuerdo con la costumbre persa,
contrajo matrimonio con sus dos hermanas más jóvenes.
Sin
embargo, con Ciro murió «el rey del pueblo». Había hecho realidad el novedoso
concepto del gobernante responsable de todos sus súbditos, lo que Clément Huart
considera «una idea nueva en Oriente, con principios de gobierno desconocidos
hasta entonces». No fue capaz de concluir la organización de su nuevo estado.
La tarea recayó en Darío (Darayous, el hijo de Vishtaspa), que la realizó de
una manera ligeramente distinta. Los ideales de Ciro influyeron inevitablemente
en lo que ocurrió después, incluidos los macedonios y los romanos.
Los
comentarios del pueblo llano a menudo ofrecen retratos esclarecedores de sus
dirigentes. Los iranios decían: «Ciro fue un padre, Cambises un amo y Darío un
tacaño».
La
nueva lealtad de los diversos pueblos al hombre que ocupaba el trono quedó de
manifiesto en la gran empresa de Cambises: la conquista de Egipto. (No se sabe
por qué Ciro no lo intentó. Tal vez su veta nómada le impidió internarse en el
tórrido puente del desierto rumbo a África; no parecía estar cómodo en la
cálida costa lidia, entre griegos y anatolios. Al parecer, lo atraía el gran
territorio interior de los arios y, de todas maneras, nunca se alejó mucho de
la imprecisa pero crítica frontera norteña, más allá de la cual aguardaban los
bárbaros escitas. Entre sus logros figuran el haber puesto fin a las
incursiones de los nómadas del norte, invasores endémicos de los antiguos
imperios.)
Cambises
se consagró a someter a los últimos: el Egipto de Sais. Lejos de estar
moribunda, la tierra de los faraones disfrutaba del renacimiento comercial bajo
el gobierno del envejecido Amasis, mientras los colonos griegos se apiñaban en
el puerto de Naucratis y las flotas fenicias hacían el trayecto desde las
costas occidentales hasta Cartago. Cambises llevó los dominios persas casi
hasta esos extremos. Su invasión contó con casi todas las características de
las empresas de su padre: la novedosa entrada aqueménida, con asesores
amistosos a la vera del rey, pueblos vecinos que se sumaban a la marcha y
comandantes enemigos que se pasaban a las filas de los aqueménidas. Empero,
Cambises no pudo repetir la hazaña de Ciro de conquistar Babilonia «sin batalla
ni escaramuza».
Basta
observar su entrada cuando la muerte de Amasis dejó a Egipto en manos de
Psamético, que era más débil. El filosófico Creso formó parte de la marcha para
asesorar a Cambises; los jefes árabes le proporcionaron camellos de transporte
para el difícil tramo del desierto más allá de Gaza, «avanzada de África y
puerta de Asia». Polícrates tirano de la isla de Samos y aliado de Amasis
contrabandeó hombres y naves para ayudar a Cambises a lo largo de la costa y
los fenicios, que técnicamente también eran aliados de los faraones, hicieron
otro tanto. La expedición de Cambises se topó con el ejército egipcio en
Pelusium. Como entonces era habitual y seguiría siéndolo durante dos siglos
ambos bandos habían contratado mercenarios griegos. Fanes el jefe de los mercenarios
contratados por Egipto tuvo una discusión sobre la paga, se pasó a Cambises y
le proporcionó información decisiva sobre las defensas egipcias. Los persas
ganaron la batalla de Pelusium y demostraron cuál sería el destino de Egipto.
Cuando
los persas llegan al Nilo, el comandante naval egipcio les entrega Sais a
traición. Psamético huye río arriba hasta Menfis y en esa gran ciudad es
capturado a principios de 525. A continuación el puerto de Naucratis colonia
griega abre sus puertas y Cambises concede tantos privilegios a sus mercaderes
que también se someten los puertos greco─libios de Cirene y Barce, del oeste.
De esta forma Cambises se convierte en señor de casi todos los centros griegos
de Asia y África del norte, así como de las flotas fenicias. Por primera vez
los persas controlan la navegación del Mediterráneo oriental y el comercio
concomitante.
Una
vez que el Bajo Egipto estuvo en sus manos, Cambises siguió el ejemplo de Ciro
en Babilonia y presentó los debidos respetos a los antiguos dioses egipcios. En
las inscripciones aparece con la serpiente real y se lo describe como
«Cambises, poseedor de toda vida, de toda seguridad y de buena fortuna, salud y
bienestar».
El
almirante rebelde, a quien se recompensó con el puesto de médico jefe, dejó una
nota en la que explicaba que se convirtió en el gobernador del palacio del
«gran señor de todas las tierras extranjeras, el gran rey de Egipto». Al igual
que Babilonia, Egipto se consideraba el centro del mundo y tomaba por
extranjeros a los habitantes de otras tierras. Para entonces el imperio
aqueménida abarcaba dos continentes.
Según
Ciro había previsto en Babilonia, Cambises se topó con las dificultades de
administrar un territorio totalmente extraño bajo la guisa de faraón. (Dos
siglos después, el macedonio Alejandro Magno imitaría ese método.) En ocasiones
los observadores han considerado disparatados los actos extraordinarios de
Ciro; en Egipto sostuvieron que su hijo se había vuelto realmente loco. Podemos
restar importancia a las anécdotas de la demente ferocidad del aqueménida más
joven, como la que se refiere a la supuesta matanza del toro sagrado de Apis.
Cambises era un hombre nervioso y susceptible. Al principio trató con
indulgencia a Psamético III, el monarca cautivo; al conocer la noticia de la
conspiración contra los persas, Psamético fue ajusticiado. Cambises envió al
ejército por la costa norafricana a fin de que capturase Cartago, que estaba a
punto de alcanzar su gran supremacía marítima. Los marineros fenicios se
negaron a atacar a sus camaradas cartagineses. La expedición emprendió el
regreso porque no había flota que la abasteciera a lo largo de la costa
desolada. (La historia de que marchó y se perdió en los desiertos sin que
quedara un solo superviviente es pura fantasía.) Ese fracaso influyó en
Cambises. Hasta entonces los ejércitos persas habían triunfado en todas las
campañas y la última expedición de Ciro había logrado repeler a los invasores
nómadas al otro lado de la frontera.
Simultáneamente
y, debido tal vez al contratiempo de Cartago, el aqueménida tuvo problemas con
los templos. El ardoroso almirante─médico jefe lo había convencido de que
ofreciese grandes regalos y honrase los templos de Sais. En otros sitios la
jerarquía de los templos fundamento y carga de la vida comunal egipcia no
recibió regalos reales del persa. En realidad, Cambises redujo tajantemente los
ingresos de los sacerdotes salvo en Menfis y en Sais. Los sacerdotes recibieron
la orden de conseguir su propia leña y madera para barcos y de criar gansos.
(La gallina, ave de corral irania, aún no había llegado a Egipto.) En cuanto al
ganado, Cambises ordenó que los tributos se redujeran a la mitad de los que
habían recibido durante el gobierno del faraón Amasis. A modo de reacción, la
mayoría de los sacerdotes se dedicaron a hacer propaganda contra el «persa
loco» y contaron historias acerca de la destrucción de santuarios. Empero, las
pruebas demuestran que la vida de los egipcios apenas cambió y que durante el
mandato de Cambises el campesinado pasó menos privaciones que con Amasis.
Aunque
molesto por los problemas de gobierno de esa tierra de antiguos privilegios,
Cambises extendió su autoridad Nilo arriba, más allá de Tebas y de la primera
catarata, hasta adentrarse en Etiopía. Este país exótico despertó la curiosidad
de los persas por sus elefantes, su marfil y su oro. Se decía que en Etiopía
los presos llevaban grilletes de oro. Durante la marcha entablaron amistad con
un asentamiento judío de Elefantina, circunstancia que tuvo consecuencias
trascendentales; siglos después, los documentos encontrados en las ruinas de
esa colonia y escritos en arameo esclarecieron el gobierno de los aqueménidas y
proporcionaron, entre otras cosas, la única copia de la autobiografía de Darío,
que sucedió a Cambises.
Aunque
no estaba loco, el hijo de Ciro había pasado demasiado tiempo lejos del centro
de su imperio. Cinco años después, cuando finalmente nombró al sátrapa egipcio
y dejó el Nilo, ya era demasiado tarde. Nunca había pisado las tierras del este
y, si a eso vamos, tampoco Anatolia. Sus virreyes, que se encontraban a miles
de kilómetros de distancia, tenían problemas; no eran los pueblos sometidos
sino las camarillas de los centros provinciales las que estaban a punto de
rebelarse. En Babilonia reinaba la agitación, incierta ante las noticias
procedentes de Egipto. Doce líderes rebeldes convencieron a Bardiya de que se
declarase gran rey. Cuando lo hizo en su fortaleza montañesa, en Babilonia lo
reconocieron. Los custodios de la crónica fecharon el año nuevo de 522 como el
primero del reinado de Bardiya (al que los autores griegos solían llamar
Smerdis). Aunque obtuvo apoyo popular porque abolió durante tres años los
tributos, Bardiya no se ganó la lealtad de los nobles feudales iranios.
Cambises
se encontraba cerca del monte Carmelo cuando se enteró de la rebelión de su
hermano. Se dice que murió allí, a causa de una lesión que sufrió montando a
caballo, o que se suicidó. Sea cual fuere la verdad, Cambises murió y siete
meses después Bardiya fue asesinado por un contrarrevolucionario en los montes
de Medea. No había más herederos al trono por parte de Ciro.
Ese
año concluye la oscuridad de los albores del imperio aqueménida. Un año
después, gracias al ascenso y dominio de Darío hijo de Vishtaspa y marido de
una hija de Ciro, el imperio se presenta bajo la luz plena de la historia. En
521 comenzó la construcción de Persépolis y el abandono de Pasárgada. Durante
el reinado de Darío la fe de Zaratustra se convirtió en religión de todos los
iranios y las leyes de medos y persas se codificaron en el derecho del primer
estado mundial occidental que se extendía «desde la India hasta Etiopía». Así
quedó escrito en el Libro de Esther en tiempos de Asuero, que era Jerjes, el
hijo de Darío.
Es
paradójico que conozcamos el imperio persa por las batallas de Maratón y
Salamina, durante campañas realizadas en una pequeña provincia de Europa.
Apenas se las menciona en los archivos del inmenso imperio asiático.
§
Ciro y Darío
Con
el surgimiento de este dominio, «el mundo civilizado estuvo más cerca que
nunca, antes o después, de estar bajo un único control». Ocurrió en un lapso de
cincuenta años, durante las vidas de Ciro, Cambises y Darío. Supuso un cambio
tan profundo que nosotros, en el siglo XX, tenemos dificultades para imaginar
la transición. Tocaron a su fin dos milenios del Oriente semita más antiguo; de
las páginas de la historia desaparecieron tres imperios pequeños: el medo, el
lidio y el neobabilónico o caldeo; Egipto dejó de ser soberano en su
aislamiento, y en Judea el reino de la casa de David dio lugar al pueblo judío
dividido. Por primera vez India entró en contacto con Etiopía y con las costas
orientales del Mediterráneo. La reticente crónica de Babilonia se vio obligada
a consignarlo como el periodo de «las grandes perturbaciones». La otra frase al
uso en la época, «el fin de la muerte de la tierra», abarca más de lo que
podemos imaginar. En primer lugar, es posible que la llegada de los aqueménidas
haya preservado la civilización que en Occidente se ha convertido en nuestra
herencia.
Pensamos
en Darío como en el fundador del imperio. Su nombre es el que figura en la
inscripción de la roca de Behistun y en los primeros monumentos de Persépolis;
desde luego, era bastante conocido por los griegos, que lo consideraban un
adversario temible. Sin embargo, el imperio aqueménida no surgió plenamente
desarrollado, como la célebre Atenea de la frente de Zeus, totalmente armada y
lanzando un grito de guerra. Vio la luz de manos de Ciro. Edouard Meyer,
estudioso del tema, define así la relación en Ciro y Darío: «Las
características fundamentales de la organización imperial sin duda se debieron
a Ciro. Darío siguió sus pasos y concluyó la impresionante estructura. Su papel
consistió, sobre todo, en completar y perfeccionar la obra de su gran predecesor».
La
oscuridad que rodea a Ciro queda ahondada por tres circunstancias tan insólitas
que hasta hace poco han desconcertado a los historiadores. En primer lugar, los
restos de Pasárgada en las colinas perdidas escaparon a la búsqueda de los
arqueólogos hasta este siglo, mientras que Persépolis que da a la carretera
principal entre Ispahán y Shiraz fue explorada por los viajeros europeos en
época tan temprana como el siglo XVII. En segundo lugar, prácticamente no hay
crónicas de la construcción del imperio hacia el este por parte de Ciro.
Heródoto menciona las obras de riego en el Amu Daria, así como su muerte más
allá del Sir Daria. No obstante, el metódico Darío apuntó todas las satrapías
orientales, desde Partia hasta Sogdiana (antes de visitarlas personalmente).
Pero éstas tienen que haber sido conquistas de su predecesor. En tercer lugar,
Darío era un aplicado practicante del zoroastrismo y en todos sus discursos
públicos veneraba a «Ahura Mazda y los otros dioses que existen». Ciro no hizo
nada parecido en las pocas inscripciones que perduran. De hecho, su célebre
cilindro está consagrado a su tributo propagandístico a Marduk durante la
campaña de Babilonia, lo que demuestra la vigencia desde antiguo de la frase
que dice que París bien vale una misa. Esta gran diferencia religiosa entre los
dos grandes aqueménidas, cuyas vidas se superpusieron, han desconcertado
profundamente a los eruditos. Cabe la posibilidad de que la explicación más
sencilla corresponda a la verdad. Probablemente Ciro no estuvo en contacto con
los discípulos de Zoroastro que a la sazón se encontraban en las tierras del
este hasta la madurez. Tal vez Ciro haya sido pagano y creído en las
divinidades arias más antiguas. Da la impresión de que Darío se crió en el
zoroastrismo. Sin duda, el aqueménida más viejo debió de encontrarse con
conversos a dicha fe, de ahí el mago de nuestro relato.
§ La
religión de los aqueménidas
La
religión motivó los actos de los iranios durante y después de los aqueménidas.
Como
demuestra un bando del hijo de Vishtaspa: «Darío el rey decía así: Bajo la
protección de Ahura Mazda, éste es mi carácter, amo lo que está bien y detesto
lo que no está bien. Nunca ha ocurrido [durante mi reinado) que un siervo
creara problemas al señor o éste al siervo. No soy de los que se enfurecen y
reprimo la cólera en mi corazón. A quienquiera que haya herido a otro, yo lo
castigo según la lesión. Tampoco confío en la palabra del hombre que no dice la
verdad».
El
advenimiento de esta fe misionera fue apocalíptico. Quizá no fuese novedoso el
concepto de un solo dios que sería venerado universalmente. Sin embargo, el
hecho de que la deidad fuese beneficiosa para los hombres, en lugar de
simplemente temible, resultaba inimaginable en el antiguo Oriente semita. El
viejo miedo al juicio final dio lugar a la esperanza de la inmortalidad del
alma. La brusca interrupción de las guerras, gracias a la paz aqueménida,
parecía una señal visible del cambio espiritual. En su forma más simple y
primitiva, el zoroastrismo influyó en los conceptos del judaísmo y se convirtió
en el precursor de las confesiones de misterio de los romanos y del
cristianismo.
§ El
misterio de las conquistas irania
Aparte
de la religión, ¿de qué manera el oscuro grupo tribal de los persas aislados en
las tierras altas del sur de Irán alcanzó la supremacía del mundo civilizado en
poco más de una generación? Hasta entonces eran casi desconocidos. Empero, la
ola de conquistas fue tan veloz como la de los mongoles de Gengis Jan, aunque
de naturaleza totalmente distinta.
Dado
que existen pocas pruebas, la mayoría de los historiadores se han dado por
satisfechos con considerarlo un hecho consumado y se han ocupado de la
administración de Darío, cuyos registros abundan. Edouard Meyer considera que
una de las causas de «este éxito sorprendente» radica en el superior dominio
del arco por parte de los iranios, tanto montados como a pie. Prácticamente
ostentaban el monopolio de los caballos de raza nisayana, muy buscados por los
asirios y los medos. Sin embargo, en la misma época tanto los kurdos como los
partos poseían arcos «largos» más potentes y los nómadas de la estepa eran
igualmente impresionantes a caballo.
Tal
vez Ciro guió a los persas en uno de esos escasos intervalos en que era posible
alcanzar semejante éxito militar. Se había producido un flujo y reflujo de las
mareas humanas en las grandes llanuras donde se alzaban los centros de la
civilización. Pueblos más bárbaros como los hititas, los hurritas, los kasitas
y los asirios habían salido de las tierras altas del norte para volver a
replegarse o quedar contaminados. Los medas arios emprendieron sus conquistas
después de que Ciaxares remodelara el ejército según las pautas de los asirios,
los germanos del antiguo Oriente. Durante el gobierno de Astiages la expansión
de los medos se detuvo para disfrutar de los lujos obtenidos en los saqueos. Es
evidente que Ciaxares cometió el error de reclutar la caballería entre las
tribus persas políticamente débiles pero físicamente imponentes. Cuando accedió
al trono en Ecbatana, Ciro contaba con la maquinaria de un ejército preparado
al que dotó de su propia energía.
A
menudo se dice a falta de algo mejor que Ciro fue un comandante
extraordinariamente preparado, pero no es así. Dependía de los consejos de sus
generales, como Hárpago (así lo llaman los autores griegos y romanos). Ciro o
sus generales utilizaron hábilmente la estrategia para desconcertar al enemigo.
Heródoto que un siglo después viajó por la carretera real hasta los campos de
batalla oyó el relato de la forma en que los camellos persas espantaron a los
caballos lidios y del modo en que treparon hasta la ciudadela de Sardes después
de ver que un defensor se descolgaba por el acantilado para buscar su casco.
Aunque es verdad que Heródoto tenía predilección por las anécdotas, la
extraordinaria captura de Babilonia mediante el trasvase del río está consignada
en los escritos de los hebreos, en los archivos de los babilonios y en las
narraciones del padre de la historia. Prácticamente es la única ocasión en que
Ciro sale de la oscuridad de la leyenda.
Asimismo,
era capaz de actuar con pasmosa rapidez y a menudo aparecía inesperadamente
desde su fortaleza en la montaña, a través de la cual medos y persas viajaban a
gran altura por sus propios caminos. (Esos caminos todavía existen. Yo mismo he
viajado por los valles altos a lo largo de las montañas que ahora reciben el
nombre de montes Zagros, desde el golfo Pérsico hasta el lago de Van, la
primitiva tierra natal de los persas.)
Aunque
no fuera un jefe militar extraordinariamente capaz, Ciro poseía las mismas
dotes de mando que Aníbal. Al igual que el gran cartaginés, se las ingenió para
ganarse el favor de la mayoría de los pueblos con que se topó y los hizo
combatir por él en lugar de en su contra. La tolerancia del primer gobierno
persa conquistó aliados de una manera que para asirios o babilonios era
desconocida. Los persas convirtieron la diplomacia en su mejor arma y en
ocasiones no utilizaron ninguna otra. Suponemos que eran bárbaros porque
abandonaron inesperadamente su reclusión pastoral, pero tenían cultura pese a
ser nómadas a medias. George Cameron nos recuerda que eran «sumamente
eficaces». A medida que viajaba, Ciro construía carreteras y, en líneas
generales, estaba bien informado de lo que acontecía mediante correos. A menudo
hemos leído que en 480 antes de nuestra era Jerjes condujo a sus huestes desde
Asia para invadir Grecia. Y no somos capaces de reparar en que, con la misma
frecuencia, los ingenieros persas tendieron un pontón a través de las
traicioneras corrientes de los Dardanelos e intentaron cortar el cuello de la
península del monte Athos mediante un canal de barcos, que todavía hoy es
visible. (Posteriormente completaron dicho canal desde el Nilo hasta el mar
Rojo.)
En
el siglo VI antes de nuestra era, la cultura griega estaba representada, sobre
todo, por los mercenarios que servían en Asia y África.
§
Cuando los griegos se encontraron con los persas
Aún
consideramos a los griegos europeos como los mercenarios acorazados de los
victoriosos campos de batalla. Nuestros padres estudiaron las anécdotas de los
héroes de esa historia griega: Leónidas y los trescientos espartanos (que en
realidad fueron cinco mil al comienzo de la batalla), el paso de las
Termópilas, el corredor que portaba la noticia de la victoria desde el llano de
Maratón y Temístocles que reunió los barcos griegos para el decisivo conflicto
de Salamina. (Temístocles, hijo de Neocles, al final de su vida huyó de las
murmuraciones de sus compatriotas y se asiló en la costa persa.)
A
partir de la repetición de esos relatos se ha creado la ilusión de que
«nuestros» antepasados se opusieron heroicamente a los «enemigos» de Asia, el
falso concepto de Occidente en armas contra un Oriente difusamente lujoso, de
los europeos que defendieron nuestro patrimonio de los invasores asiáticos.
Heródoto contribuyó a crear esta ilusión pues se consagró a la causa de sus
paisanos. Transcurrirán varias generaciones antes de que la imagen que
representó y que Esquilo dramatizó vuelva a la realidad. Los escolares del
presente se imaginan a Jerjes como un déspota que desde las orillas de Asia
condujo a los sátrapas, a hordas heterogéneas y a las armadas en el intento de
esclavizar a nuestros antepasados.
No
obstante, una lectura cuidadosa de Heródoto ofrece elementos particulares que
demuestran que el mismo Jerjes fue un hombre enterado y de ideales elevados
dentro de la tradición irania. Salva la vida a los dos emisarios espartanos que
le comunicaron la muerte por tortura de los enviados persas que se trasladaron
a Esparta, a los que arrojaron a un pozo seco para que encontrasen «la tierra y
el agua» que reclamaban como signo de sumisión. Rechaza el regalo de la fortuna
del lidio Pitio y replica que preferiría darle las siete mil monedas que
redondearían su fortuna en cuatro millones (la anécdota que en este libro se
aplica a Ciro). Con extraña generosidad, ordena que abran el pontón de los
Dardanelos a fin de que pasen tres barcos cerealeros que proceden del mar
Negro, cuyo cargamento servirá para alimentar a sus enemigos. Al llegar al
venerado monte Olimpo, Ciro se conmueve con la belleza de la costa y sale al
mar en un trirreme para verla mejor (pese a que Heródoto sostiene que lo que
pretendía era espiar). Tanto interés por la belleza del paisaje no es
característico de los pragmáticos aqueos, sino de los aqueménidas. La defensa
griega de su tierra natal fue muy valerosa, pero no mostraron el menor
idealismo en la guerra. Sir William Ramsay nos recuerda que sus codiciosos
métodos comerciales despertaron la inquina de los habitantes de la costa del
mar Negro, de la que ciudades como Atenas obtenían provisiones básicas como
cereales y atún. Nunca lograron ganar para el gobierno griego a los anatolios.
La cultura griega se fundamentó en el trabajo de los esclavos. En fecha tan
tardía como la de la llegada de Alejandro, los jonios «hijos de Yavan»
consideraron a su ejército de mercenarios como una fuerza invasora hostil. En
cuanto a las islas del «mar de poniente», sólo durante un período breve y
agitado los atenienses pudieron imponer su poderío naval en las islas del Egeo,
incluso en el momento culminante de su poder.
Con
excepción de las expediciones a Tracia y a Grecia, los aqueménidas mantuvieron
la paz a lo largo y a lo ancho de los inmensos territorios del interior. No
basaban el estado en el trabajo de los esclavos, sino en el de los campesinos.
§
Nuestros antepasados en Oriente y Occidente
«Para
la mayoría, el inmenso panorama iranio en el que surgieron y prosperaron
nuestros antepasados es tan remoto como la luna», escribió sobre los
aqueménidas el doctor J. H. Iliffe en The Legacy of Persia, publicado en Oxford
en 1953. «Para nosotros la historia primitiva se reduce a las ocasiones en que
formó parte de la de Israel o la de Grecia. Nuestras simpatías se decantan por
los exiliados judíos, los dramas de Maratón y de las Termópilas, la marcha de
los Diez mil o la carrera meteórica de Alejandro Magno; para nuestra mentalidad
son secundarios acontecimientos como el alcance del dominio de Asuero [forma
hebrea del griego «Jerjes»], los orígenes del edicto de Ciro, rey de Persia [el
decreto de la construcción del templo de Jerusalén, Esdrás I,I], la iniciativa
que Darío mostró después de su subida al trono o el ascenso del zoroastrismo.
El motivo parcialmente responde, sin duda, a que Persia no ha tenido su propio
cronista. Entre los persas no ha descollado (o sobrevivido) un Heródoto ni un
Jenofonte; todos los defensores están de parte de los griegos... Presentar el
lado persa de las cosas significa asumir el papel de “abogado del
diablo".»
Si
nos convertimos en abogados del diablo, en nuestros antepasados del este
encontramos características que nos resultan muy conocidas. No se volvieron
«orientales» por el mero hecho de emigrar a la meseta irania en lugar de a la
península griega. El doctor Iliffe nos recuerda lo siguiente:
El
rey aqueménida no era, en modo alguno, un déspota que sólo respondía ante sí
mismo. Se semejaba al «rey en consejo» occidental y sus actos estaban limitados
por las costumbres y las tradiciones.
Los
persas primitivos eran muy afectos a los perros, animal que Zoroastro había
elegido para honrar.
Celebraban
los cumpleaños con fiestas familiares. Dentro de sus puertas mantuvieron la
tradición de la hospitalidad hacia el forastero.
Creían
que la ética influía en la vida humana: el hombre estaba en lucha contra el
Mal, al que reconocían como fuerza activa.
En
asuntos de gobierno desarrollaron el primer sistema provincial, fundamento de
imperios occidentales posteriores como el romano.
La
red de postas de los persas (que mejoraba la meda) se convirtió en modelo del
famoso sistema viario romano.
Antes
que los romanos, utilizaron con éxito la política de divide et impera. La
división de los pueblos en grupos nacionales a las órdenes de un gobernador
permitió que los pueblos divididos tuviesen acceso directo para apelar al gran
rey. Asignaron una categoría especial a los grupos aislados, como los
sacerdotes de Jerusalén.
Pese
a que la moneda anatolia fue la primera, los persas crearon el primer sistema
monetario mundial, oficialmente garantizado, y lograron que funcionara. Como es
lógico, durante el reinado de Darío se acuñaron «dáricos», monedas que llevaban
estampada la figura del monarca utilizando el arco.
Establecieron
una lengua oficial, el arameo de la cancillería. Aunque predominó más en las
regiones occidentales, el arameo llegó a conocerse en tierras tan orientales
como la India... y sus consecuencias todavía no están plenamente determinadas.
Simultáneamente, también se extendió la lengua indoeuropea de los persas.
En
el mar, que al principio les era desconocido, realizaron exploraciones
oficiales, como la travesía hacia la India que Escilax de Caryanda emprendió
alrededor del año 500 antes de nuestra era. Durante el reinado de Darío
(521─486), el saber de la astronomía se incorporó a la ciencia de la
navegación. Darío fundó en Egipto la primera escuela de medicina conocida
porque en el país del Nilo los estudios de medicina estaban muy avanzados.
Muchos
de los ideales que plantearon a la humanidad no se hicieron realidad, pero no
murió el concepto de que, más que los gobernantes, el gobierno podía ser bueno
para el pueblo. Tampoco quedó descartada la idea de que el mundo civilizado
podía tener un solo gobierno.
Es
posible que los edificios construidos por los primeros aqueménidas muestren,
más que todo lo demás, su parentesco con los arios occidentales, sobre todo con
los griegos.
§ El
secreto de Pasárgada
El
hogar de los monarcas aqueménidas entre 559 y 520 antes de nuestra era podría
contarnos muchas cosas acerca de ellos. A lo largo de más de veinticinco siglos
el deterioro de los elementos y las manos de los enemigos humanos han dejado
muy poco en pie, básicamente una columna solitaria, el extraño sepulcro de Ciro
parecido a una casa, vestigios de frisos, terrazas y suelos de piedra caliza,
canalizaciones de agua y pórticos con columnas.
Al
visitarlo, se percibe la majestuosidad del valle abandonado y situado en medio
de colinas peladas. Al igual que Palmira la ciudad de las caravanas, también
abandonada, las ruinas hablan de los seres que las habitaron porque no hay
edificios construidos en fecha posterior. Pasárgada nos afecta como una
acrópolis fragmentaria que nada tiene que ver con ninguna Atenas. A lo largo de
las dos últimas generaciones arqueólogos iraníes y extranjeros han realizado
excavaciones en busca de construcciones aqueménidas y han encontrado muy pocas
porque estas estructuras fueron escasas y muy distintas a los impresionantes
edificios asirio─babilonios. También se diferenciaban de los palacios y harenes
apiñados en lo alto de la escalera formada por la meseta rocosa de Persépolis,
a unos ochenta kilómetros de distancia. Los arqueólogos han comprobado lo
extraña que era la ciudad en que Ciro residía. Carecía de muralla que la
rodeara, ciudadela, templos y palacios en el sentido lato de la palabra, así
como de prisiones militares, tesorerías e inmensos patios típicos de las
ciudades más antiguas, desde Hattusa de los hititas hasta Susa.
Las
amplias estancias con fachadas en forma de galerías, situadas a sólo seis
escalones del suelo, desembocaban directamente en el jardín arbolado o paraíso
de los aqueménidas. Este retiro contaba con una imponente puerta de entrada y
un único santuario de altares de fuego gemelos en el punto más alto, por encima
del río. No poseía la figura de un dios monstruoso, «el oscuro genio de Assur»,
ni de las deidades antropomórficas de la Hélade, que hoy habitan en tantos
museos europeos. Las figuras que al principio parecieron demonios resultaron
ser espíritus de la guardia: los fravachi.
La
totalidad de las figuras estaban grabadas y en el decorado se fundían con las
paredes que eran de caliza blanca más que de ladrillos de adobe, como las de
Sumeria y Acad. Las columnas eran más delgadas y elevadas que las de los
templos griegos. La simplicidad de los adornos denota moderación; la sencilla
combinación de blanco y negro resulta singular. Aunque muchos de estos
elementos son prestados por ejemplo, los animales alados asirios y los símbolos
florales egipcios, el todo se funde en un arte nuevo. Dicho arte no podía ser
una expresión de deseos de los nómadas rápidamente enriquecidos y ávidos de
adornos. El profesor A. T. Olmstead sostiene que «pone de relieve una cultura
nacional plenamente desarrollada». Cita las características que se recuerdan de
la anterior arquitectura del norte: el tejado de dos aguas y el porche con
columnas. Ahora bien, se trata de características fundamentales de la
arquitectura griega en fecha posterior a la de Pasárgada. Los persas de Ciro
nos proporcionaron el primer arte que podemos denominar «ario». Los logros
griegos fueron posteriores.
El
arte de Pasárgada entre 559 y 520 es tan maduro como el ateniense tres
generaciones después.
Quizá
sea algo más utilitario. Los edificios cumplen una función y la escultura sirve
para adornar la arquitectura. No hay una sola estatua al margen de las
estructuras y los modelos se repiten. A los persas les gustaba presentar
objetos de a pares o en cuartetos, pues consideraban que un par duplicado era
mejor que un solo par. Las figuras grabadas se mueven rítmicamente y rompen con
la inmovilidad de los modelos anteriores de Egipto y Babilonia. En esa fase y
en la primera época de las obras en Persépolis del reinado de Darío, las
figuras humanas y de animales se estilizan.
Se
trata de un arte real, fomentado por el monarca y arquitectónicamente limitado
aunque no en los objetos menores a sus residencias.
Se
trata de un arte religioso. Sin embargo, al igual que el románico europeo de
fecha posterior, se ocupa de expresar las convicciones religiosas en lugar de
ofrecer objetos de culto. Tiene un toque de gracia espiritual y carece de la
recargada configuración del paganismo más antiguo. Un Marduk macizo y con
túnica o un Júpiter musculoso y desnudo habrían resultado monstruosos entre las
alas delicadas, los símbolos florales, los pies ligeros y los rostros elevados
de Pasárgada.
Si
Pasárgada recuerda el románico, la culminación del arte de Persépolis después
del reinado de Darío evoca el gótico. Es el comienzo de la decadencia, el
«estilo imperio» de los aqueménidas. La escala aumenta y las figuras resultan
naturales, pese a que siguen marchando en procesión. Es posible que el célebre
friso de los portadores de tributos haya sido modelado del natural. Los
monarcas posteriores aparecen con todas sus galas, con túnicas, entronizados,
con cortesanos detrás y demandantes delante. Por encima del rey se ciernen las
alas aqueménidas, añadidas al globo del sol sobre el cual se encuentra la
pequeña cabeza coronada de Ahura Mazda.
Como
es obvio, el misterio de un arte maduro surgido en el yermo histórico iranio
requería una explicación. Y hace mucho tiempo se halló una explicación
satisfactoria: según los expertos, dicho arte no existía. Los persas se
limitaron a tomarlo prestado, toscamente, de asirios y elamitas; si sus obras
tenían belleza, se debía a que los déspotas de Persépolis habían importado
artistas griegos. Esa explicación satisfizo a todos, salvo a algunos
orientalistas que meditaban hasta que, bien entrado el siglo XX, Ernst Herzfeld
se trasladó a trabajar a Irán y los arqueólogos de la escuela moderna se
dedicaron a cavar a mayor profundidad.
La
teoría de las artes prestadas pareció quedar demostrada por lo que, en Susa y
Persépolis, se veía sobre el suelo. Sin embargo, Darío I había reconstruido con
gran esplendor el palacio de Susa y utilizó, sobre todo, azulejos esmaltados
que, más que persas, eran elamitas. Los restos más visibles de Persépolis eran
los guardianes de la entrada, los toros alados y con cabeza humana de
ascendencia asiria. En seguida Herzfeld desenterró muchos objetos
exclusivamente persas. Por todo Irán aparecieron pequeñas obras maestras de
plata, bronce y sellos tallados. También se descubrió que los artistas griegos
no colaboraron con los sucesores de Ciro hasta después de la expedición de
Darío y Jerjes a comienzos del siglo y antes de nuestra era, momento en el cual
el arte persa había entrado en decadencia.
El
propio Darío dio testimonio de los diversos artesanos que convocó para la
construcción del palacio de Susa. Una de las inscripciones de los cimientos
dice: «Erigí este palacio en Susa. De lejos llegaron los adornos..., los
babilonios se ocuparon de los ladrillos moldeados. La madera de cedro se trajo
de una montaña llamada Líbano. La trasladaron los asirios, que la recibieron de
los carios y los jonios. El oro utilizado fue traído de Sardes y Bactriana. La
piedra, tanto cornalina como lapislázuli, proceden de Sogdiana. La turquesa
vino de Corasmia y la plata y el cobre de Egipto. Los adornos de las paredes
fueron recogidos en Jonia. Los picapedreros fueron jonios, los orfebres medos y
egipcios y también ornaron las paredes... Aquí, en Susa, yo, Darío, ordené un
trabajo espléndido y espléndido ha quedado».
Los
relieves esculpidos en los muros de Persépolis, así como en Susa y Pasárgada,
en modo alguno fueron sillería vulgar. El color los dotó de vida. Apenas quedan
huellas de los azules turquesa y lapislázuli, del verde esmeralda y del dorado
de los adornos metálicos. El amarillo y el morado crearon contraste y la
ilusión de dar profundidad a los fondos.
Aunque
reconoce que los persas tomaron prestados elementos de los centros culturales
más antiguos, Olmstead añade: «No obstante, el todo se funde en un arte nuevo
cuyos orígenes habrá que rastrear en los emplazamientos que aun no se han
excavado».
§ El
misterio de los orígenes
La
búsqueda de los prototipos de Pasárgada condujo, inevitablemente, a la
exploración de la ruta migratoria de las tribus iranias y de su naturaleza.
Henri Frankfort lo sintetiza así: «Una tribu de jinetes nómadas o seminómadas
se hizo cargo del mundo civilizado y, en lugar de destruirla, realzó la
civilización».
En
algún lugar del camino que todavía se desconoce desde el noroeste del mar
Caspio, bordeando sus orillas hasta las tierras de Ansan, los persas entraron
en contacto con las artes de otros pueblos y, de alguna manera, crearon su
propio estilo. Da la sensación de que eran muy conservadores y, una vez
establecida una pauta, se atenían a ella, del mismo modo que se mantuvieron
fieles a su actitud vital. Al referirse a los diversos artesanos y materiales
variados que Darío menciona en la reconstrucción del palacio de Susa, Frankfort
dice: «Es sorprendente que un grupo humano tan abigarrado produjese un
monumento original y coherente; el estilo arquitectónico y el escultórico
poseen unidad e individualidad hasta un extremo que, por ejemplo, los fenicios
jamás alcanzaron. El espíritu esencial y el diseño mismo de edificios y
relieves no cambió desde el reinado de Darío I hasta la derrota de Darío III
[331] a manos de Alejandro. Aquel espíritu, y también el diseño, fueron
persas».
La
ruta de los persas comenzó en las estepas de los nómadas norteños. Era
ineludible que sus primeras muestras artísticas se limitaran a lo que
utilizaban los nómadas a caballo, como hachas, avíos para equinos, alfombras y
adornos corporales. La ornamentación correspondía al estilo escita o «animal».
Herzfeld ha encontrado similitudes entre los dibujos persas en especial el
venado yacente y diseños autóctonos tan lejanos como los del río Yenisei.
Excavaciones recientes en los sepulcros escitas de Pasirik, en la cabecera del
Obi, dieron por resultado alfombras tejidas a la manera persa. Los primeros
comerciantes persas buscaron este tipo de alfombras escitas─persas de pelo. Por
cierto, los escitas que vivían arriba del mar Negro (el Mar de Hierba de Ciro)
anhelaban un producto de los artesanos griegos: los cascos de batalla.
Probablemente algunos llevaban puestos esos cascos cuando se lanzaron sobre
Ciro.
Herzfeld
considera que los orígenes de la arquitectura aqueménida sustentada en pilares
corresponde, más que a la imitación de los templos egipcios con columnas, a las
casas enmaderadas de los antepasados iranios del norte. Sin duda, los persas
que se dirigían al sur mantuvieron durante varios siglos estrechos contactos
con los medas, arios del tronco común. Sin embargo, de momento, los arqueólogos
han encontrado poquísimas muestras de arte meda que sobrevivan en las
fortalezas montañosas. Han aparecido varios sepulcros de piedra, vigilados por
figuras nómadas en medio relieve. Tal vez los medos carecieron de la
imaginación creadora de los persas.
Hace
muchos años caí bajo el influjo de la abandonada Pasárgada y recorrí la ruta
probable de la migración irania, atravesando las montañas del Kurdistán y
bordeando las orillas del Caspio. A lo largo del trayecto a ras de tierra casi
no quedan restos de la civilización de hace veinticinco siglos, pues están
esparcidos por tumbas desconocidas y emplazamientos de ciudades ocultas bajo
túmulos de tierra.
Empero,
en diversos puntos la tierra ha desvelado secretos celosamente guardados. Hace
varias décadas aparecieron los bronces de Luristán en las tumbas cavadas por
los miembros de las tribus. Eran de tipo nómada pues consistían en armas,
bocados para caballos y artículos pequeños de fácil transporte. Los científicos
occidentales quedaron confundidos, ya que se trataba de un arte maduro próximo
al estilo animal escita, al tiempo que denotaba influencia babilónica. ¿Por qué
trabajadores cualificados del metal, perdidos en las montañas, fabricaron esos
objetos para clientes nómadas en fecha tan antigua como 1200 antes de nuestra
era?
En
1947 se produjo el descubrimiento del «tesoro de Ziwiye». Se trata de una
colección de piezas de oro y artículos preciosos que evidentemente enterraron
para ponerlos a buen recaudo, que nunca recuperaron y que aparecieron en las
cercanías de una aldea llamada Sakkiz, nombre que sin duda proviene de sakai o
escita. Los arqueólogos volvieron a toparse con el misterio de la artesanía
cualificada de los diseños asirios, que empleaban los motivos del estilo animal
escita y también persa. El tesoro de Ziwiye nos ofreció una muestra
representativa de cosas que al parecer no guardaban relación entre sí. ¿Era una
colección azarosa de diversos objetos de valor o la obra de maestros
desconocidos? Frankfort está convencido de que tanto en Ziwiye como en el
Luristán nos encontramos ante la obra de trabajadores del metal muy
cualificados que trabajaban por encargo de señores todavía nómadas, que se
convertirían en los arios conquistadores, sea escitas o iranios. Si es así, al
sur del Caspio, en las montañas sin explorar, debía de haber existido una
civilización de gran relevancia durante el período profundamente oscuro que va
de 1200 a 700. Y nuestros persas, más o menos en la época del legendario
Aquemenes, debieron de colarse a través de una cultura «caspia» que la historia
no registra en modo alguno.
Diez
años después, en 1958, apareció el eslabón perdido. En las ruinas de una
ciudad─estado amurallada de Hasanlu, próxima a las orillas del lago Urmia al
sudoeste del mar Caspio, se rescató un gran cuenco de oro. Resultó que los
cadáveres desenterrados correspondían a montañeses maneanos, que databan del
siglo IX antes de nuestra era. El cuenco de oro era, evidentemente, el tesoro
del templo, si no del monarca maneano desconocido; los adornos constituían una
fusión de artes aparentemente dispares, pues representaba una diosa a lomos de
un león con símbolos asirios, un dios que surgía de la montaña según la leyenda
caspia y leones del tipo de los que había en Ziwiye y Persépolis.
Los
maneanos trabajadores del metal habían aprendido de maestros asirios o de otro
sitio, pero habían desarrollado su propia artesanía.
Cuando
poco después llegaron a los pastos altos de Ansan, los persas no tuvieron
necesidad de tomar prestadas las artes de Susa, Babilonia o la Nínive de
Asurbanipal. La cultura ya existía en las montañas y a partir de ella los
persas forjaron la propia.
§
Ciro y Alejandro
Sin
Ciro, Alejandro no habría existido.
Alejandro
tenía varias ventajas para la conquista del imperio aqueménida: contó con el
engranaje del potente ejército macedonio y con el consejo de generales
veteranos como Parmenión, para no hablar de que había sido educado por
Aristóteles. Su padre, Filipo, había establecido en Grecia las bases de la
hegemonía.
El
gran macedonio confiaba en sus estrategas y en la capacidad combativa de la
falange y de la elite de la caballería; como carecía de las dotes de estadista
del aqueménida, recurrió con frecuencia al conflicto cruento y a prolongados
asedios, como en Tiro y en territorio indio. Su famoso incendio de Persépolis
probablemente fue casual. Al igual que Ciro, hizo frente al violento desafío de
las tribus escitas más allá del Sir Daria, pero sobrevivió. Extendió hacia el
este los límites del imperio, superando el Indo. Sin embargo, cuando tuvo que
organizar el imperio macedonio fracasó allí donde Ciro había triunfado. El
gobierno de los aqueménidas perduró dos siglos hasta que fue derrocado por el
hijo de Filipo, al que no sobrevivió.
De
hecho, Alejandro intentó llevar a la práctica ese gobierno mediante la creación
del estado eurasiático, con la dirección compartida entre macedonios y persas;
incluso apeló a los apresurados matrimonios a gran escala entre sus oficiales y
las persas. Estaba más cómodo entre los iranios arios que en Egipto o en
Babilonia, pese a que intentó convertir en capital esta antigua ciudad. El
parentesco entre los arios orientales y los occidentales era evidente dos
siglos después de que enterraran a Ciro en el sepulcro de Pasárgada. Alejandro
rindió honores a esa tumba y castigó a los saqueadores que la violaron en su
ausencia. Comprobó que los magos aún montaban guardia en la casa junto al río.
Se
afirma gratuitamente que la cultura griega entró por primera vez en Oriente con
el macedonio vencedor. No obstante, la helenización de las costas asiáticas
había empezado mucho antes y los griegos ya tenían puertos comerciales como
Naucratis, a orillas del Nilo, y Tanais, en la desembocadura del río Don. Había
existido un flujo y reflujo humano tanto hacia el este como hacia el oeste
entre la europea Grecia y la costa anatolia desde que Agamenón condujo a sus
incursores rumbo a Troya. Después de las guerras persas del siglo V, los
visitantes griegos viajaron hacia el este hasta Susa; Heródoto y Esquilo
rindieron homenaje a la grandeza y a la decadencia del pueblo del gran rey.
Heródoto explica que los persas descubrieron la homosexualidad a través de los
griegos.
El
logro de Alejandro consistió en abrir las puertas de la humanidad. Derribó las
barreras entre el mundo mediterráneo y la India: trasladó la influencia griega
a los partos, fundó un estado griego en Bactriana y dispersó las semillas del
arte helénico por cumbres como las de Gandhara. A partir de entonces se dejó
notar la influencia de esta fusión cataclísmica de pueblos, lenguas y
conceptos. Vestigios del pensamiento zoroástrico y de la lengua aramea
aparecieron en los dominios de Chandragupta y los tesoros aqueménidas llegaron
a un punto de confluencia tan lejano como Taxila.
Fue
un tráfico en dos sentidos. Por regla general no se habla de lo que salió de
Persia a Occidente después de Alejandro. Es posible que entonces surgiera el
concepto de la ruta del oro a Maracanda, cuando las riquezas de la lejana China
y el Turquistán viajaban por el Nilo hasta Alejandría. Durante la construcción
de Roma aparecieron trucos de la arquitectura oriental; los trabajos en bronce
y los esmaltes invadieron las artes de los occidentales, al tiempo que las
convicciones de misterio llegaron con el culto de Mitra y perturbaron la
ecuanimidad romana. Cuando el gobierno romano buscó su último refugio en
Bizancio, a orillas del Bósforo, la corte imitó el ceremonial de la apadana
persa, mucho más compleja que en tiempos de Ciro.
Después
de seis siglos el gran rey que sobrevivía no era macedonio, sino persa.
§ El
testimonio de Jenofonte
Jenofonte,
un ocioso caballero ateniense, tal vez fue discípulo de Sócrates, el cual le
salvó la vida en una escaramuza. Al parecer, fue un político capaz y, sin duda,
un observador agudo. Viajó a Asia con los mercenarios griegos al servicio de
otro Ciro, se convirtió accidentalmente en comandante de los soldados
contratados y cumplió soberbiamente la tarea de conducirlos al mar Euxino.
Escribió la Anábasiso viaje de retorno, que se hizo famosa como relato de la
retirada de los Diez mil en 401, a finales de la dinastía aqueménida y anterior
a Alejandro.
Mientras
combatía por los desiertos y las montañas que Ciro había conquistado, Jenofonte
quedó fascinado por la leyenda del primer aqueménida. Al igual que Heródoto,
cuya travesía fue menos ardua, Jenofonte recopiló anécdotas a medida que se
desplazaba y se sintió cada vez más interesado por la personalidad y, sobre
todo, por la educación del extraordinario Ciro, que no encajaba en el patrón
griego de vida que el soldado y escritor conocía.
Jenofonte
comentó: "La totalidad de este inmenso imperio estuvo gobernada por la
mente y la voluntad de un solo hombre: Ciro. Quiso y cuidó a sus súbditos como
si fueran hijos y ellos lo veneraron como a un padre».
Más
adelante, Jenofonte hijo de Gilus escribió otro libro, mucho menos conocido que
la Anábasis, al que tituló La ciropedia, es decir, la educación de Ciro. En
esta obra intentó reconstruir la vida y la educación del aqueménida, al que
consideraba una especie de héroe. Como no disponía de muchos datos, en realidad
el militar ateniense esbozó el retrato de un joven griego en el escenario
asiático. (A menudo su obra se considera la primera novela histórico
documental.) Había estado en parte del territorio de Ciro, se había cruzado
prácticamente con las mismas gentes y salpicó su fantasía helénica con
fragmentos de realidad aqueménida. Retrató a los armenios y a otros pueblos
montañeses, comprendió la personalidad de algunas mujeres y logró dar una idea
clara sobre los fines y las dotes de mando de Ciro. En esta obra se han
utilizado muchos de los incidentes que el griego menciona. Jenofonte el militar
fue mucho mejor relator que Heródoto el historiador, como suele ocurrir en el
presente.
En
el epilogo Jenofonte medita sobre la decadencia de los persas que conoció
correspondientes a seis generaciones después de Ciro, con relación a las pautas
de la época del primer aqueménida, lo que sirve para esclarecer el rigor de la
vida en tiempos de Ciro. No obstante, es conveniente aclarar que tal vez
Jenofonte se dejó llevar por la fantasía.
«En
la antigüedad era honrado el hombre que se jugaba la vida, sobre todo por el
rey. Y ahora cualquier Mitrídates o Ariobarzanes..., es colmado de los máximos
honores si se confabula para beneficiar al rey.
»Tampoco
se ocupan de sus cuerpos como antaño, cuando no escupían ni se sonaban la
nariz. Solían fortalecerse mediante el trabajo y el esfuerzo, pero eso ha
pasado de moda... Una vez más, desde el principio la regla consistía en tomar
una sola comida al día. La regla sigue en pie, pero la comida comienza a una
hora temprana para el desayuno y acaba cuando deciden irse a la cama. Asimismo,
antes se abstenían de comer carne y beber mientras estaban de campaña, mientras
que ahora las marchas son tan cortas que ni siquiera hay que preguntarse por la
abstinencia...
»En
los viejos tiempos salían de cacería con frecuencia, lo que permitía que
hombres y caballos hicieran ejercicio. Cuando llegó el día en que Artajerjes
[probablemente Artajerjes II, Mnenón, en 404 antes de nuestra era] y su corte
empeoraron a causa del vino, la vieja costumbre comenzó a perderse.
»Aunque
todavía existe el hábito de llevar a los chiquillos a las puertas de palacio,
la buena equitación se ha perdido porque no hay sitio para que los niños puedan
mostrar sus habilidades. Se ha trastrocado la vieja idea de que los niños
persas aprendan lo que es la justicia oyendo las decisiones de los jueces.
Ahora basta con que los niños abran los ojos para descubrir que el veredicto
favorece a quien tiene la bolsa más llena. Antaño los niños aprendían de todo
sobre plantas para reconocer las tóxicas, pero ahora parece que quieren saberlo
todo sobre las venenosas para dárselas a los demás.
»En
tiempos de Ciro se aferraban a la moderación persa y sólo adoptaron de los
medas el estilo de la vestimenta y cierta gracia vital. Hoy se entregan a la
debilidad meda. Ya no les basta con buenas sábanas y mantas en las camas;
necesitan alfombras bajo las columnas de los lechos. En invierno exigen mangas
largas y guantes en las manos. Tampoco los satisface la sombra de los árboles y
de las rocas; quieren tener al lado esclavos con sombrillas artificiales.
»Antes
no se veía a un solo persa a pie porque imperaba la idea de conseguir jinetes
perfectos. Ahora ponen sobre el lomo del caballo más mantas que en sus propios
lechos.
»En
el pasado los siervos de un terrateniente tenían que participar activamente en
la milicia y las tropas de las guarniciones lejanas recibían un paga regular.
Ahora los nobles persas se han inventado una suerte de caballería para cobrar
paga como despenseros, cocineros y reposteros, o como ayudantes del baño y
masajistas. »
Jenofonte
concluye las comparaciones con una crítica acerba de la moral de las tropas
persas de su tiempo. Está convencido de que Ciro formaba a los combatientes
para que chocasen con el enemigo y de que los recompensaba según su
comportamiento en el campo de batalla. «Los generales de hoy se jactan de que
los hombres sin formación prestan un servicio tan útil como los adiestrados.
Ahora ninguno se lanza al campo de batalla sin la intervención de los
helenos... Los persas de hoy son menos religiosos, menos obedientes con sus
parientes, menos justos con los demás hombres y menos valientes en la guerra.
Si alguien duda de mí, que analice sus propios actos.»
Notas:
[1]
Principal elemento de los templos caldeos, asirios y babilónicos. Construida en
forma de pirámide escalonada, a través de escaleras exteriores se llegaba al
punto más alto, donde se encontraba el santuario del dios. (N. del t.)


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