© Libro N° 6239.
Carlos V El Cesar Y El Hombre. Parte I. Fernandez Alvarez, Manuel. Emancipación.
Julio 20 de 2019.
Título
original: © Carlos V El Cesar Y El Hombre. Manuel Fernandez Alvarez
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Alvarez
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CARLOS V EL CESAR Y EL HOMBRE
Parte I
Manuel Fernandez Alvarez
CONTENIDO
Prólogo
Introducción
La Europa recibida: de conde de Flandes a Emperador
El proyecto imperial (ideas, hombres, recursos)
La hispanización del Carlos V
El gran cruzado
El forcejeo por el norte
El hombre de Yuste
Epílogo
Prólogo
El 21 de septiembre de 1558 moría en un apartado lugar de
España, en una casita en medio de un boscaje y adosada a un convento, a dos
kilómetros de la aldea más cercana —que era la de Cuacos, en la Vera de
Plasencia— un hombre, más que viejo envejecido; no demasiado viejo, en verdad,
pues había nacido con el siglo. Su nombre, Carlos, y su linaje el más alto,
pues era nieto de un Emperador, hermano del Emperador reinante y él mismo lo
había sido durante 36 años.
En el mundo, en la agitada vida política del Quinientos, se le
conocía como Carlos V. Y el lugar donde había ido a morir, aquel rincón perdido
en un recodo de la Vera de Plasencia, se llamaba Yuste.
¿Qué había ocurrido para que quien había sido el Emperador de la
Cristiandad, el señor de los Países Bajos, archiduque de Austria, rey de
Nápoles, Sicilia y Cerdeña y, sobre todo, Hispaniarum Rex, así como
de las Indias Occidentales, desde las altiplanicies mejicanas —aquella Nueva
España conquistada por Hernán Cortés—, hasta las cumbres andinas de los
antiguos incas, dejara el poder? Tanto poder acumulado año tras año, tantas
victorias —Pavía, Túnez, Mühlberg, en el viejo continente—, tantos avances y
tantas conquistas más allá de los mares, desplegados por sus nautas y
conquistadores —Magallanes y Elcano, Hernán Cortés y Pizarro, Jiménez de
Quesada, el hombre de Bogotá, y Pedro de Valdivia, el hombre de Chile—, tantos
triunfos sobre sus enemigos y rivales —Solimán el Magnífico o Barbarroja,
Francisco I de Francia o el mismo Clemente VII de Roma—, ¿iban a quedar en
nada?
¿Qué había pasado? ¿Quién era, en definitiva, aquel hombre? ¿Dónde habían
quedado tantas ilusiones del que un día afirmó en el seno familiar que él y no
otro, él que era el mayor y no su hermano Fernando, tenía que ser el candidato
a la corona imperial?
¿Cómo se había gestado su vida? ¿Qué tiempos eran aquellos?
Era una época fascinante, como pocas se han vivido en la historia de la
humanidad. La época en que por primera vez se da la vuelta al mundo, dando un
paso de gigante en el conocimiento de la Tierra. La primera vez que se surcaba,
de Oriente a Occidente, el inmenso Océano Pacífico, en aquellas minúsculas
naves de 400 ó 500 toneladas.
Un tiempo, una época, unos años de grandes estudiosos, de hombres llenos de
sabiduría, entregados con afán, día y noche, al estudio de los libros y a
especular con la pluma y con la palabra para hacer a los hombres más prudentes,
más cultos y, en definitiva, más humanos; como si dijéramos, mejores
cristianos. Eran los tiempos del holandés Erasmo de Rotterdam, del inglés
Thomas More, de los españoles Luis Vives y Alfonso de Valdés.
Y estaban los hombres de ciencia, cuando Paracelso indagaba
sobre si la naturaleza humana no era más que un complejo de reacciones
químicas, cuando Vesalio —su libro De humani corporis fabrica es
de 1543— probaba de una vez por todas cuál era la anatomía del hombre, y cuando
un polaco, de nombre Copérnico, lanzaba su mirada a los cielos y se preguntaba,
ante el asombro —o el escándalo— de casi todos, si la Tierra, en verdad, era el
centro del Universo.
Y cosa notable: cuando tal hace, cuando escribe sobre esa
increíble teoría y publica su libro De revolutionibus orbium coelestium,
es precisamente en 1543.
Estaban, también, los grandes creadores de las letras y de las artes. Thomas
More publica su Utopía en 1516; Maquiavelo, El
Príncipe, en 1517; Rabelais, con su desbordante amor a la vida, su Gargantúa
y Pantagruel entre 1532 y 1552, y Garcilaso —el divino Garcilaso—
despliega su lírica prodigiosa entre 1520 y 1536.
Pero sobre todo es la época de los grandes artistas. La época en la que crean
su obra algunos de los más grandes arquitectos, escultores y pintores, la época
en la que el Renacimiento en Italia —pero también en el resto de la Europa
occidental, que ahí están Holbein, Durero y Pedro Berruguete— maravillan con
sus obras maestras. Miguel Ángel pinta la Capilla Sixtina ¡a lo largo de 33
años!, entre 1508 y 1541, hace su impresionante Pietà en 1499
(instalada en la basílica de San Pedro hacia 1517), su David, de
Florencia, en 1503; su Moisés, en fin, en 1545. Trabaja en la
cúpula de San Pedro y remodela en 1536 —precisamente en honor de Carlos V cuya
visita a Roma se anuncia para ese año—, la plaza del Campidoglio.
Miguel Ángel es la cumbre, es el titán que destaca en todo: en
arquitectura como en urbanística, en escultura como en pintura; incluso en
poesía. Mas no es el único. Ahí están, en la misma Italia, un poco antes o un
poco después, pero haciendo también lo mejor de su obra en el Quinientos,
Leonardo da Vinci —el protegido en su vejez de Francisco I, el rival de Carlos
V— y Rafael, Correggio y el Veronés.
Y alguien más. Alguien al cual unimos desde entonces el nombre de Carlos V.
Porque lo que sabemos del César, lo que magnificamos del César, lo que
recordamos del César se debe, en gran medida, a la imagen que de él nos dio
otro gran artista italiano, uno de los mejores de todos los tiempos, que esa
fortuna tuvo Carlos V: el haber encontrado al artista capaz de inmortalizar su
figura: Tiziano.
Y así, uno de los capítulos de esta biografía versará,
obligatoriamente, sobre la forma de ese feliz encuentro entre el excelso hombre
de Estado y el genial pintor.
Ahora bien, no todo fue esplendor y progreso, armonía y riqueza.
No, porque también surgieron las fuertes disidencias y los graves —más que
graves, terribles— y temibles conflictos. De entrada, la Europa oriental vivía
aterrorizada ante las acometidas, año tras año, del otro Emperador, del señor
de Constantinopla, de Solimán el Magnífico. Porque año tras año irrumpía con
sus ejércitos, Danubio arriba, e iba apoderándose inexorablemente, de aquellos
reinos cristianos. En 1521 entraba en Belgrado. En 1526, en Budapest. En 1529
se atrevía a cercar Viena. En 1532, reanudaba su ofensiva sobre el corazón de
Austria, poniendo pavor en toda Alemania, la fiera Alemania, la heredera de
aquella Germania tan temida por los romanos, que ahora sin embargo temblaba
ante el Turco.
Y no era el único campo donde se manifestaba el poderío
musulmán. En el Mediterráneo oriental le llegaba la vez a El Cairo, mientras en
el occidental Barbarroja se convertía en el señor de Argel, lograba el título
de Almirante de la flota turca y asolaba a su placer las costas de Italia
meridional y del Levante español.
De modo que la imagen de un turco todopoderoso, que cometía horrores en el
limes cristiano, se convertía en la pesadilla de aquellos hombres. Véase, si
no, cómo la describía el canciller Gattinara, ante las Cortes castellanas
reunidas en Valladolid en febrero de 1527, a los pocos meses de la pérdida de
Budapest:
… tantas vírgenes por aquella nefanda y abominable gente
corrompidas, tantas mujeres casadas y viudas forzadas y después las unas y las
otras miserablemente descabezadas, tanta noble gente, tantos mancebos, niños y
viejos muertos o a tan mísera cautividad llevados…[1]
Y no eran solo los males de aquella pugna contra el enemigo de
la Cristiandad. También estallarían las interminables guerras hispanofrancesas,
causadas por la rivalidad de los dos soberanos, ambos pretendiendo las mismas
cosas y poniendo en ello toda su pasión: la corona imperial, el reino de
Nápoles, la supremacía sobre toda la Cristiandad.
E incluso habría más, porque brotaría la escisión en el seno del
mundo cristiano. A partir de Lutero, las divergencias con el credo religioso
defendido por Roma serían cada vez mayores y lo que es peor, más agresivas: los
anabaptistas en Münster, Calvino y sus seguidores en Ginebra, Enrique VIII en
Inglaterra. Atrás quedaban las incitaciones a la tolerancia de Erasmo de
Rotterdam, de Thomas More, de Luis Vives. Por todas partes proliferan los
violentos, los agresivos, los intolerantes. Un espíritu inquisitorial prende
fuego a las hogueras o emplea el hacha del verdugo, para aniquilar a los
disidentes. La carne quemada o las cabezas cortadas ponen fin a cualquier asomo
de coloquio, a cualquier gesto de comprensión. Los antagonistas no intentan
darse la mano, no escuchan, no miran al que se aparta del grupo; lo eliminan
radicalmente. En Inglaterra, morirá Thomas More, culpable de discrepar de la
voluntad real en la cuestión del matrimonio regio de Enrique VIII y Catalina de
Aragón. Y eso ocurrirá en 1535. En 1553 será Miguel Servet el que sepa, bien a
su pesar, lo que supone discrepar de la doctrina de Calvino, cuando es llevado
a la hoguera en Ginebra. Y los inquisidores españoles pronto muestran deseos de
emular a sus crueles contemporáneos, apresando en 1558 a un centenar de
sospechosos de luteranismo, que pronto serán, no pocos de ellos, también
llevados a la hoguera.
En 1558. El año en que moría Carlos V. Pues de ese personaje, de
ese Emperador nacido en Flandes y que busca un lugar para bien morir en España,
vamos a escribir y a comentar largo y tendido. Recorreremos los lugares por
donde fue yendo y viniendo, los caminos de aquella Europa que él trataba de
mantener unida. Nos asomaremos a Gante, donde nació, y a Sevilla, donde se
casó, y a Granada, donde pasó su luna de miel. Pero también a Valladolid, donde
nació su primer hijo, y a Toledo, donde murió la emperatriz Isabel, su esposa
bienamada.
Una geografía carolina que nos permitirá —o nos obligará— a
recorrer media Europa. Que nos llevará a Londres, en 1522, a Viena en 1532, y a
Roma, en 1536, y a París en 1540, y a Augsburgo en 1551 y a Bruselas en 1555.
Y a los campos de batalla donde combatió como un soldado más, o mejor, como el
capitán de sus ejércitos, enardeciendo a sus hombres con su presencia: en Túnez
y en Marsella, en los campos de Flandes y en los de Alemania, en las marchas y
contramarchas de la campaña de 1546 como en la llanura de Mülberg de 1547.
Pero también conociendo el amargo sabor de la derrota y estando a riesgo de
morir o de ser cogido prisionero, con la otra muerte, de peor signo acaso para
su alma de caballero del Toisón de Oro, como era la pérdida del prestigio; que
así le aconteció ante Argel, en 1541, y once años después en Innsbruck. Ante
Argel, no pudiendo domeñar al temible corsario Barbarroja; en Innsbruck,
teniendo que huir ante la rebelión-traición de su antiguo aliado, Mauricio de
Sajonia.
¡Cuántos avatares, cuántos esfuerzos, cuántos quebraderos de cabeza, cuántos
desengaños!
Desengaños también. De ahí la solemne jornada de la abdicación en Bruselas,
asombrando al mundo de su tiempo y asombrándonos a nosotros, los europeos que
nos asomamos ya al año 2000, porque en verdad que en la política es fruta asaz
rara la de aquel que renuncia voluntariamente al poder. Y no a un poder
cualquiera, sino a un poder casi absoluto sobre buena parte de sus dominios, de
aquel que llegó a ser el único Emperador que hubo jamás del Viejo y del Nuevo
Mundo.
Y eso nos lleva, en este rápido recordatorio, a evocar de nuevo el nombre de
Yuste, el apartado lugar escogido por él para acabar sus días. De forma que el
nacido en Gante en 1500, el que cuando llega a España en 1517, es un
adolescente que apenas sabe español, el que a principios de su reinado ha de
enfrentarse con el alzamiento airado de sus súbditos castellanos, levantados al
grito de «¡Comunidad!», es el mismo que al cabo del tiempo se ha hispanizado de
tal modo, que quiere volver a esa España, para descansar en ella de tantas
fatigas, como si se tratara de un refugio anhelado desde lejos.
Una España que en 1517 era una tierra extraña, desconocida para él, se acaba
convirtiendo en su último hogar.
Pues bien, de ese hombre queremos hablar.
De aquel Carlos de Gante que se acabó convirtiendo en Carlos de Yuste.
Introducción
Contenido:
Mi acercamiento al tema
La bibliografía carolina
Crónicas y otras relaciones del tiempo
Biografías otros estudios monográficos
§. Mi acercamiento al tema
Esta obra es el resultado de la perseverancia de muchos años a
una línea temática de investigación: el siglo XVI. En principio fueron los
comienzos del reinado de Felipe II, aquella primera década entre sus inicios y
el annus horribilismarcado por la prisión del príncipe don Carlos;
pero no bajo la óptica de la España del período, sino dentro de la Europa de
aquel tiempo. El punto de partida era descubrir cómo una alianza entre dos
pueblos (el inglés y el español) que parecía bastante firme, desde los acuerdos
logrados por Carlos V en 1553, acababa derivando en una creciente hostilidad
que llevaría a la guerra y a un gran desastre para España.
Y de ese modo, ya empecé entonces —allá hacia el otoño de 1942—
a fijarme en la figura de Carlos V. Eso me llevaría a enfrascarme en una amplia
bibliografía extranjera, en gran parte sin traducir, lo que me obligó a un
esfuerzo abrumador para hacerme con los idiomas de los principales países
implicados, en particular el inglés y el alemán.[2] Pero en
verdad no sería hasta varios años después (y ya había hecho entonces un segundo
Doctorado en Italia, como colegial del Colegio de los españoles de Bolonia),
cuando me centraría en la figura de Carlos V.
Corría el año 1956. Yo era entonces investigador científico en
la Escuela de Historia Moderna que dirigía don Cayetano Alcázar Molina, un
bondadoso Catedrático que me había brindado su protección, después de una serie
de varapalos sufridos en mis primeros tanteos por hacerme un hueco en el mundo
universitario.
En la Introducción a mi biografía carolina, publicada por la Colección Austral,
cuento lo entonces ocurrido: Un día, me llamó a su despacho don Cayetano para
indicarme que estaba próximo el Centenario de Carlos V (el otro, el IV de su
muerte), y que era preciso hacer algo. Y yo le prometí, con un optimismo acaso
exagerado, que algo se haría.
A partir de entonces mi tema principal de investigación sería el mundo
carolino.
§. La bibliografía carolina
Lo primero, claro, era hacerme con la principal bibliografía
carolina. Por entonces, la obra básica —y sigue siendo todavía indispensable,
pese al tiempo transcurrido— era la del notable historiador alemán Karl
Brandi, Kaiser Karl V. Werden und Schicksal einer Persönlichkeit und
eines Weltreiches (Múnich, 1937, 2 vols.), de cuyo primer tomo existía
una desigual traducción, lo que obligaba ya a ir al original alemán. También me
interesó, enseguida, acudir a las propias fuentes. Y fue cuando descubrí que,
pese a que la historiografía alemana había hecho ya importantes publicaciones
en el siglo XIX, y que los directores de la Colección de documentos
inéditos para la historia de España también habían realizado
meritorios esfuerzos en el mismo siglo, sin embargo algo tan destacado como era
la correspondencia cruzada entre Carlos V y su hijo Felipe II, entre 1543 y
1558, yacía todavía inédita en los archivos, en particular en el magno de
Simancas.
Así, entre las publicaciones alemanas fui conociendo las obras
de Karl Lanz: Korrespondenz des Kaisers Karls V (Leipzig,
1844-1846, 3 vols.), Staatspapiere zur Geschichte des Kaisers Karls V(Stuttgart,
1845) y Aktenstücke und Briefe zur Geschichte Kaisers Karls V (Viena,
1853), en este caso procedentes del Archivo imperial de Viena. G. Heine daba a
luz, poco después, las cartas del confesor imperial García de Loaysa
correspondientes a la época, tan importante, de la Dieta de Augsburgo y de la
defensa de Viena frente al Turco[3].
Por aquellas fechas llegaba la aportación de otros dos
historiadores alemanes, J. J. Döllinger[4] y A. Von
Druffel[5].
Por supuesto, no eran los alemanes los únicos embarcados en la
publicación de fuentes carolinas. Habría que destacar también al belga Louis
Gachard, verdaderamente eminente, con sendas obras recogiendo documentación
referente a los principios[6] y a los
finales de la vida del Emperador[7]. Y al inglés
Bradford, metido en una de las pasiones del siglo, tal como lo pedía Ranke, la
publicación de los despachos diplomáticos que permitieran conocer los recovecos
de la política exterior y, en este caso, las relaciones internacionales de
Carlos V con las cortes de Londres y de París, acompañado además de un
itinerario de Carlos V casi a lo largo de toda su vida (1510-1551), hecho por
J. Vandenesse[8].
El barón de Reiffenberg publicó las cartas del ayuda de cámara Van Male,
personaje tan vinculado a uno de los aspectos íntimos más señalados de Carlos
V, como serían sus Memorias, de las que luego hablaremos[9].
Por supuesto, también se ha publicado en España o fuera de España la
documentación de otros personajes vinculados al Emperador; a recordar, en este
caso, las cartas de la emperatriz Isabel, a cargo de María del Carmen Mazarío
Coleto[10], o la
correspondencia del emperador Fernando I iniciada por Wilhem Bauer y Robert
Lacroix[11] y
continuada más recientemente por Herwig Wolfran y Christianae Thomas. Puede
insertarse aquí la reciente obra de Aude Viaud, Lettres des souverains
portugais à Charles Quint et à l’Imperatrice (1528-1532)[12]. Para
el período 1522 a 1539 contamos con las interesantísimas cartas mandadas desde
la Corte imperial por Martín de Salinas (embajador de Fernando I) a Viena, que
publicó Antonio Rodríguez Villa[13].
Del mismo tenor y, por lo tanto, a citar aquí la reciente edición de las cartas
del embajador polaco Juan Dantisco realizada por Antonio Fontán y Jerzy Axer,
con la cooperación de Isabel Velázquez y de Jerzy Makowski[14].
La Colección de Documentos Inéditos (CODOIN) para la historia de España,
que tan notable aportación realizó en el pasado siglo, también se fijó en la
época de Carlos V. Citaré lo que tiene más relación con la personalidad del
Emperador, como las cartas del confesor García de Loaysa, de 1530 y 1531[15], las del
propio César a Ursolina della Penna de 1536[16] y las
que un personaje de la significación de san Francisco Borja tiene con Carlos V
cuando era virrey de Cataluña en 1542 y 1543[17]. Aunque el
reinado de Carlos V no está tan bien documentado en este impresionante acopio
documental (a modo de archivo impreso, que debiera ser mejor conocido), sí
pueden encontrarse en él algunos otros notables documentos carolinos, en
particular varios referentes al desafío del Emperador con el rey francés, en el
tomo I; la batalla de Pavía y prisión de Francisco I, en el tomo IX; sobre el
saco de Roma en 1527, en los tomos VII y XIII; el cerco de Nápoles de 1528, en
el tomo XXXVIII; el inicio de la tercera guerra de 1542, en el tomo VIII. Sobre
las empresas de Túnez y Argel, en los tomos I, III y CXII y sobre la muerte de
Carlos V en Yuste, en el tomo VI.
En todo caso, el estudioso puede adentrarse bien por ese mar documental gracias
al notable catálogo hecho por Julián Paz, Catálogo de la Colección de
documentos inéditos para la historia de España (Madrid, 1930-1931, 2
vols.).
Estoy refiriéndome exclusivamente a la documentación relacionada muy
directamente con la personalidad de Carlos V, dejando al margen la de otros
sucesos del reinado, lo que desbordaría ya el carácter biográfico de mi libro;
ese es el caso de la ingente masa documental publicada sobre las Comunidades de
Castilla, inserta en el Memorial Histórico Español a cargo
supuestamente de Danvila y Collado, aunque hoy sabemos que la realizó, de
hecho, el archivero de Simancas Tomillo[18].
De igual modo, por el tono de nuestro libro, sin desconocer el valor de la
documentación de las Cortes —y en particular, las de Castilla[19]—, nos han
sido de mayor ayuda los propios discursos imperiales, tanto ante las de la
Corona de Castilla como ante las de la Corona de Aragón, publicadas por
Francisco de Laiglesia[20]; se trata,
en la mayoría de los casos, de textos preparados en su Cancillería, como iremos
señalando en nuestro libro. En cambio, con toda seguridad son suyos, y muy
personales, los pronunciados en 1521, ante la Dieta imperial de Worms[21], en 1536,
ante el papa Paulo III y la corte pontificia en Roma[22], y el de su
abdicación en Bruselas el 25 de octubre de 1555[23]; de ahí su
extraordinario valor, que trataremos de ir resaltando en nuestro estudio.
Dentro de este acopio documental, porque cada renglón está
apoyado en uno, y con frecuencia, en varios documentos, debemos insertar la
obra tan meritoria de Manuel de Foronda y Aguilera, Estancias y viajes
del Emperador Carlos V, en la que se puede seguir el día a día del César de
forma impresionante[24].
§. Crónicas y otras relaciones del tiempo
Carlos V es uno de los personajes que más ha suscitado el
interés de los historiadores, empezando por los contemporáneos; de ahí que
podamos contar con un buen número de crónicas, aunque no todas del mismo valor.
Así tenemos las de Alonso de Santa Cruz, Pedro Girón, Juan Ginés de Sepúlveda y
Prudencio de Sandoval, como principales. En su mayoría han sido reeditadas en
nuestro siglo, con buen aparato crítico, con lo que su manejo resulta más
seguro.
La de Pedro Mexía es la típica obra de un humanista vinculado a la Corte, de
pluma brillante pero excesivamente laudatoria, con el inconveniente añadido de
no llegar más que hasta el año 1530[25].
Mucho más interesante es la Crónica del cosmógrafo Alonso de
Santa Cruz, escrita con harta mayor independencia de espíritu. Con más espíritu
crítico, Santa Cruz nos presenta con mayor verismo el reinado del César. Su
conocimiento directo de no pocos de los sucesos que narra da a su testimonio un
particular valor. Santa Cruz, además, departió muchas horas con Carlos V, en el
invierno de 1538, acerca de uno de los temas preferidos por el Emperador: la
cosmografía[26].
Hay un tercer cronista que ocupa un puesto singular: fray
Prudencio de Sandoval, obispo de Mondoñedo. Sandoval no es un contemporáneo de
los sucesos que relata. Su prosa carece de la espontaneidad que apreciamos en
Santa Cruz. En rigor, su obra no es ya una crónica, en el sentido verdadero de
la palabra. En cambio tuvo la ventaja de poder manejar abundante documentación.
Es frecuente leer en Sandoval expresiones como: «este documento lo tuve entre
mis manos», «esta carta la vi yo», etcétera[27].
Hoy tenemos la fortuna de poder contar con la esmerada edición
crítica de la crónica latina de Juan Ginés de Sepúlveda (en edición bilingüe),
el renombrado humanista tan vinculado a la Corte carolina, gracias a la eficaz
labor de los profesores Rodríguez Peregrina y Baltasar Cuart[28].
Estos son los principales cronistas del reinado de Carlos V. Al
lado de ellos hay que citar los que sólo narran sucesos particulares, como la
conquista de Túnez, recogida por Gonzalo de Illescas[29], o la guerra
contra la Liga de Schmalkalden, escrita por Ávila y Zúñiga[30].
Importante resulta poder contar con la Crónica imperial de César
Girón, que estudió el gran historiador alemán Peter Rassow y cuya edición
publicó el profesor Sánchez Montes[31]. Poseemos,
además, los Anales de Lópes de Gomara, en una muy buena
edición crítica de otro especialista en temas carolinos: el profesor
norteamericano R. B. Merriman[32]. Añádanse la
burlesca de Francesillo de Zúñiga[33], la italiana
de Lodovico Dolce[34], así como
la Historiarum sui temporis, de Paolo Giovio, una de las obras más
leídas a mediados del siglo XVI, pronto traducida al castellano[35]; réplica de
la cual es el famoso Antijovio de nuestro Jiménez de Quesada[36]. También
pueden incluirse aquí la obra de Brantôme: Recueil de gentillesses et
rodomontades espagnolles[37]El perfecto
desengaño, de Francisco González de Andía, marqués de Valparaíso (B. N.,
ms. original, N° 1161, fechado en 1638), con introducción y notas por María
Dolores Cabra Loredo (Madrid, 1983), donde se inserta la Crónica del prior de
Yuste fray Martín de Angulo —ya recogida por Sandoval—, así como el Testamento
del Emperador, con la nómina de su servidumbre en Yuste (también en Sandoval),
así como varias cartas del Emperador, en general sacadas de mi Corpus
documental de Carlos V.
Junto a estas crónicas hay que insertar, por derecho propio, una
obra literaria de valor increíble, tanto para la historia literaria como para
la propia personalidad de Carlos V. Me refiero a los dos Diálogos del
secretario de cartas latinas y hombre de confianza del canciller Gattinara, el
humanista Alfonso de Valdés: Diálogo de las cosas ocurridas en Roma y Diálogo
de Mercurino y Carón, ambas editadas con estudio crítico por J. F.
Montesinos (Madrid, Clásicos Castellanos, 1954 y 1956). En sus Diálogos,
Alfonso de Valdés inserta y comenta varias cartas del Emperador, en torno a la
crisis de 1527, por él mismo redactadas.
Dejo a un lado, de momento, por haberlos estudiado personalmente y por
referirme después a ellos, documentos del valor de la correspondencia de Carlos
V con la Emperatriz y con sus hijos Felipe y Juana, las Memorias del
Emperador y su propio Testamento.
Por último, es aquí donde deben recogerse las valiosas informaciones de los
embajadores venecianos, publicadas a mediados del siglo XIX[38].
§. Biografías
Sin pretender una relación exhaustiva, recogeré ahora algunas de
las principales biografías escritas sobre Carlos V, una figura ya destacada por
Ludwig Ranke en su clásico estudio, Die Osmamen und die spaniche
Monarchie in 16. und 17. Jahrhundert[39]. También
merecen citarse, entre los estudios aparecidos en el sigloXIX, los del francés
Francois M. A. Mignet[40], el
norteamericano W. H. Prescott[41] y,
sobre todo, la notabilísima del belga L. P. Gachard[42].
Un interés por Carlos V acrecentado, si cabe, en nuestro siglo,
con obras tan valiosas como la del norteamericano R. B. Merriman[43] y la
del alemán Karl Brandi[44], sin duda la
más destacada de todas, como la culminación de una labor en equipo que trabajó
en los principales archivos europeos, con una serie de estudios magistrales
recogidos en los famosos Berichte und Studien zur Geschichte Karls V[45].
Por las mismas fechas de la publicación de Karl Brandi apareció un ensayo sobre
el Emperador que tuvo gran difusión en España: el del periodista inglés Wyndham
Lewis, con algunas páginas brillantes y un sugestivo título: Carlos de
Europa, emperador de Occidente[46].
A mediados de siglo aparece la obra de otro de los grandes historiadores
alemanes especialistas en la figura imperial, Peter Rassow, con su
estudio Karl V. Der letzte Kaiser des Mittelalters[47].
De ensayo hay que considerar también lo hecho, de forma magistral por otra
parte, por Salvador de Madariaga en 1969:Charles Quint; un ensayo breve
de contenido pero lleno de sugerencias, donde Madariaga inserta, como hemos
indicado, el discurso de Carlos V en Roma de 1536[48].
En esta serie de breves síntesis no podía faltar a la cita la conocida
Colección ¿Qué sé?, de la mano de uno de los mejores discípulos de
Braudel, Henri Lapeyre[[49].
Meritoria y digna de recordarse es la biografía de R. Tyler, The
Emperor Charles The Fifth[50], si bien
le faltó vida para ultimarla, de lo que se resiente la última parte.
De síntesis habría también que tratar el libro de Martyn Rady, aparecido en
Inglaterra en 1988, con desigual valor en cuanto a las fuentes utilizadas[51].
Y tratando de síntesis es obligado recordar la hecha por uno de los mejores
historiadores ingleses de los años setenta, H. G. Koenigsberger en la
renombrada Historia del mundo moderno, de la Universidad de
Cambridge[52].
El notable americanista francés Pierre Chaunu se vio tentado también por el
tema carolino, queriendo hacer algo más que una mera biografía, con su
libro L’Espagne de Charles Quint[53], fruto de un
verano, según nos declara el autor, cosa que quizás se note demasiado. Mucho
más serio es el intento de Joseph Pérez, el eminente hispanista francés, autor
de una reciente biografía sobre el Emperador[54].
§. Otros estudios monográficos
Lo primero, recordar las principales biografías de personajes vinculados a
Carlos V. No existe ninguna de valor sobre la emperatriz Isabel, pues ya hemos
visto que la obra de C. Mazarío Coleto sólo merece mencionarse por la
aportación documental de las cartas de la Emperatriz. Es muy sugestiva la breve
biografía que Ludwig Pfandl dedica a la madre, Juana la Loca. Su vida,
su tiempo, su culpa[55].
Más completa resulta la realizada por Michael Prawdin, que apareció en 1953 y
al punto traducida al español[56]. Por
supuesto, el miembro de la familia mejor estudiado es el hijo, Felipe II, del
que aquí no cabe más que dar la escueta referencia, dada la ingente
bibliografía que sobre él poseemos[57].
Del resto, la figura mejor estudiada ha sido, a mi entender, la de la reina
Catalina de Aragón, la desventurada esposa de Enrique VIII y hermana de Juana
la Loca, gracias al libro magistral de Garrett Mattingly, hecho sobre
importante base documental[58].
En cuanto a otros personajes de su Corte, citaremos tan solo la biografía que
de Cobos realizó Keniston, verdaderamente imprescindible para el que quiera
conocer al Emperador y su entorno cortesano y administrativo[59].
En cuanto a aspectos diversos del reinado, más relacionados directamente con la
vida del Emperador, citaré los que me parecen más destacados. Y, en primer
lugar, el estudio de Juan de la Mata Carriazo y Arroquia, La boda del
Emperador[60].
Aunque no plenamente dedicado a la figura y al reinado de Carlos V, sino más
bien a la de Felipe II, pero por arrancar de la última etapa imperial, es
obligado citar ahora el excelente trabajo de la historiadora inglesa María J.
Rodríguez Salgado, Un Imperio en transición: Carlos V, Felipe II y su
mundo[61].
No se puede silenciar algo tan importante como es el aspecto ideológico en la
personalidad carolina. En ese sentido, y para recordar que frente a la tesis de
Karl Brandi de que el Emperador estuvo muy influido por su canciller Mercurino
de Gattinara, hay que recordar el precioso ensayo de Ramón Menéndez
Pidal, Idea imperial de Carlos V en el que defiende el
magisterio político de los Reyes Católicos, con su carga ética sobre la tarea
política[62]; ensayo que
Menéndez Pidal desarrollaría con más extensión en uno de sus mejores trabajos
sobre nuestra historia, que sirvió de Introducción a mi libro La España
del Emperador Carlos V [63].
En ese orden de cosas, he de citar un precioso artículo, que creo ha pasado más
desapercibido de lo que debiera: el de Carlos Clavería, «En torno a la
intimidad y el borgoñismo de Carlos V»[64]. Pero sería
a otro gran pensador español al que habría ahora que recordar, a un historiador
de las ideas políticas y de los aspectos sociales, o, si se quiere, a un
historiador de las mentalidades: a José Antonio Maravall Casesnoves, por su
ensayo Carlos V y el pensamiento político del Renacimiento [65].
Aunque esta bibliografía está tan estrictamente vinculada a la personalidad de
Carlos V, sin embargo hay que recordar también las obras que estudian sucesos
del reinado; al menos, los de la magnitud de las Comunidades de Castilla o de
las Germanías de Valencia y Mallorca[66].
Uno de los períodos más estudiados ha sido el de la última etapa de la vida del
Emperador, la de Yuste. Basándose en la recopilación documental realizada por
el archivero Tomás González en el archivo de Simancas y vendida a mediados del
siglo XIX al extranjero, fueron apareciendo entonces una serie de obras que
asombraron al mundo culto, por presentar a un Emperador que en Yuste había
estado muy lejos de vivir como un monje. Las más destacadas fueron las del
inglés W. Stirling-Maxwell[67], la del
francés A. Mignet[68] y la
del belga L. P. Gachard[69].
Un siglo después, publicó Sánchez Loro un apasionado libro sobre el mismo tema,
de discutible estilo, pero con innegable manejo de fuentes adecuadas[70]. A insertar
aquí la más reciente obra de Agustín García Simón, que se lee con interés[71]. A
considerar también el excelente artículo de fray Arturo Álvarez, «Carlos V y el
Real Monasterio de Guadalupe», con interesantes referencias a la etapa carolina
de Yuste[72].
A mediados de nuestro siglo, con el IV Centenario de la muerte de Carlos V se
intensificaron los estudios carolinos en toda la Europa occidental. Parecía
como si aquella Europa, que tan cerca tenía el tremendo desastre de la II
Guerra Mundial, quisiese aferrarse a aquel Emperador que tanto había luchado
por verla unida.
Abrió el camino Bélgica. Y así Gante montó en 1955 una magnífica exposición
carolina, en la que colaboraron las principales naciones europeas. Réplicas
afortunadas fueron las organizadas tres años después en Viena y en Toledo[73]. Poco antes,
en 1957, la Asociación Internacional de Historiadores del Humanismo organizó un
Congreso en Bruselas, cuya segunda Sección dedicó sus actividades al estudio de
las fiestas y ceremonias celebradas en la época de Carlos V[74]. Del mayor
interés resultaron los coloquios internacionales alrededor del Emperador y su
tiempo, organizados en 1958 en París[75] y en
Colonia[76]. El
Instituto de Cultura Hispánica montó el mismo año un vasto Congreso carolino en
Granada, Sevilla y Cáceres[77]. En todos
estos actos estuvieron presentes los principales especialistas de la época,
bajo el magisterio de figuras de la talla de Rassow, Menéndez Pidal, Bataillon,
Carande y Chabod. Todo ello ha dado lugar a una vasta producción
historiográfica, que abarca los más diversos aspectos, ya sobre la vida del
Emperador, ya sobre las vertientes política, militar, religiosa, económica,
social y artística de la época. Los temas de sabor local se unen a los que
pretenden la visión general, los trabajos de síntesis a los muy eruditos[78].
Lo cierto es que aquel Centenario reunió un conjunto sin igual de
historiadores, que se dieron cita no sólo en congresos y coloquios, sino
también a la hora de dejarnos cuatro preciosos libros: los publicados por las
Universidades de Granada y Barcelona en el mismo 1958[79], un año más
tarde el editado por el Centre National de la Recherche Scientifique de Francia[80], y el que
recogió en 1960 los Coloquios carolinos de Colonia[81]. ¡Y qué
lista de autores! Por parte de España, en el libro granadino, Cayetano Alcázar
(«La política postal española en el siglo XVI en tiempos de Carlos V»)[82], José María
Jover Zamora («Sobre la política exterior de España en tiempos de Carlos V»)[83], José
Antonio Maravall («La visión utópica del Imperio de Carlos V en la España de su
época»)[84], Vicente
Palacio Atard («Reprimendas y dineros»)[85], Juan Reglá
(«Política de Carlos V en Cataluña»)[86]y Juan
Sánchez Montes (Sobre las Cortes de Toledo de 1538-1539»)[87], entre
otros. Y con ellos, los estudios magistrales del italiano Federico Chabod («
¿Milán o los Países Bajos? La alternativa de 1544»)[88], del alemán
Peter Rassow («Carlos V»)[89]y del francés
Robert Ricard («Carlos V cristiano»)[90]. Y en
los Estudios carolinos de Barcelona los estudios de Carlos
Seco («España y el Emperador»)[91], Juan Reglá
(«Carlos V y Barcelona»)[92] y Mario
Penna («Las ideas imperiales de Carlos V y de su Canciller Gattinara»)[93].
En los Coloquios de París nos encontramos, de entrada, con la egregia figura de
Ramón Menéndez Pidal («Formación del fundamental pensamiento político de Carlos
V»)[94], y con las
participaciones de otros españoles de la categoría de Jaime Vicens Vives
(«Imperio y administración en tiempo de Carlos V»)[95], Antonio
Rumeu de Armas («Franceses y españoles en el Atlántico en tiempo del
Emperador»)[96], y Ramón
Carande, aquí con una ponencia verdaderamente magistral («Carlos V: Viajes,
cartas y deudas»), en la que destaca la importancia de la publicación de las
cartas del Emperador, sin duda como un deseo muy personal de aquel gran
investigador[97]. Y en ese
precioso volumen de París se reúnen, además, otras ponencias de historiadores
tan importantes como Marcel Bataillon («Charles Quint, Las Casas et Vitoria»)[98], Henri
Lapeyre («L’art de la guerre au temps de Charls Quint»)[99], y Fernand
Braudel, entre los franceses («Les emprunts de Charles Quint sur la place
d’Anvers»)[100].
A citar también, entre los estudios reunidos en ese libro parisino, el del gran
americanista alemán Richard Konetzke («La legislación sobre inmigración de
extranjeros durante el reinado de Carlos V»)[101] y del
belga Charles Verlinden («Crises économiques et sociales en Belgique à l’époque
de Charles Quint»)[102].
En fin, el volumen publicado en Colonia tiene el gran valor de insertar
trabajos de los historiadores germanos, entre los que destacaríamos a Peter
Rassow («Das Bild Karls V. Im Wandel der Jahrhunderte»)[103], Berthold
Beinert («Die Testamente und politischen Instruktionen Karls V. für den Prinzen
Philipp»)[104], Hubert
Jedin (Die Päpste und das Konzil in der Politik Karls V»)[105], y Richard
Konetzke («Amerika und Europa in der Zeit Karls V»)[106]. Sin
olvidar otros estudios notables que les acompañan, como el del norteamericano
Lewis Hanke («The other Treasure from the Indies during the Epoch of Emperor
Charles V»)[107] y el
de aquel gran historiador, tan pronto desaparecido, que fue Jaime Vicens Vives
(«La Corona de Aragón y el ámbito del Mediterráneo Occidental durante la época
de Carlos V»)[108].
Creo que fue a partir de aquella colaboración con el IV Centenario de la muerte
de Carlos V cuando se inició la etapa de los estudios carolinos del profesor
Jover Zamora, que culminarían en uno de los mejores libros de la década de los
sesenta, Carlos V y los españoles[109].
Y ya, para cerrar esta bibliografía carolina, la referencia a una obra
impar, Carlos V y sus banqueros de Ramón Carande Thovar[110].
Y tras este recuento bibliográfico, ¿cuál ha sido mi propia aportación a la
historiografía carolina?
Fue en 1956, como antes he señalado, cuando don Cayetano Alcázar (director
entonces de la Escuela de Historia Moderna del CSIC donde yo trabajaba como
investigador científico) me puso a la tarea. Yo entonces le propuse preparar
una edición crítica de las Memorias del Emperador, por ser
verdaderamente importantes y porque no existía en español más que una pobre
edición hecha hacía casi un siglo por alguien totalmente ajeno al mundo de la
historia y, por supuesto, sin el menor aparato crítico.
La verdad es que los historiadores modernistas del siglo XIX ya conocían la
existencia de los Comentarios o Memorias del Emperador[111] pero,
al no encontrar el original, las habían dado por perdidas; hasta que, de una
forma casual, el investigador belga Kervyn de Lettenhove encontró una versión
portuguesa del siglo XVII[112], que al
punto tradujo al francés, publicándola en 1862[113]. La
repercusión de aquel descubrimiento fue tan grande, que aquel mismo año
aparecieron las Memorias carolinas en Alemania, Inglaterra y España, a cargo de
Warnkönig[114], Simpson[115] y
Luis de Olona[116],
respectivamente. Todas ellas traduciendo el texto francés de Kervyn de
Lettenhove.
Ahora bien, Lettenhove conocía mal el portugués, de forma que había encargado
aquella tarea a un colaborador, Loumier, que demostró que no era mucho más
experto, cometiendo múltiples errores. Y de esa forma, al beber todos de la
misma fuente defectuosa, todos cometieron parecidos errores, el alemán
Warnkönig como el inglés Simpson y el español Olona. Eso dio pie al hispanista
francés, Alfred Morel-Fatio, para hacer en 1913 una cuidada edición crítica del
texto, en edición bilingüe, publicando el manuscrito portugués y traduciéndolo
cuidadosamente al francés, señalando los errores en que había caído la edición
de Kervyn de Lettenhove y, consiguientemente, las de todos aquellos otros que
habían seguido sus pasos[117].
Por lo tanto, si de la autenticidad de las Memorias carolinas
ninguno de los grandes estudiosos del tema tenían duda alguna —Morel-Fatio, por
supuesto, pero tampoco la mejor historiografía alemana, desde Ranke[118] hasta
Brandi[119]—, y si la
versión española de Olona no era de fiar[120], ¿no
cabría hacer otra más fidedigna? Máxime que esa tarea se podía hacer
directamente, sobre el manuscrito portugués publicado por Morel-Fatio en 1913.
Así fue como propuse aquel trabajo al profesor Alcázar Molina, que al punto lo
apoyó como si fuera suyo. Presentado al Congreso español reunido en
conmemoración del IV Centenario de la muerte del Emperador, recibió por
unanimidad el dictamen favorable del Congreso para que se publicase, y así
apareció en 1960[121].
Y de ese modo me introduje en la publicación de las fuentes carolinas. A poco,
me planteé una tarea más ambiciosa: la de un corpus documental
carolino, algo tan deseado por Karl Brandi y por Ramón Carande y que ninguno de
los dos había logrado culminar. Karl Brandi había dispuesto de cuantiosos
medios y de un excelente equipo de trabajo, pero le faltó la vida. Y en cuanto
a Carande su proyecto era, en verdad, impresionante: reunir un equipo de
trabajo a nivel continental, dirigido por figuras de la talla de Fernand
Braudel, representando a Francia, de Peter Rassow, por Alemania, de Charles
Verlinden, por Bélgica, y de él mismo, por España. Pero ocurrió que, acaso por
la misma magnitud de los personajes convocados, aquella brillante idea resultó
a la postre inviable.
Yo, en cambio, contaba con muy poco: con mi único esfuerzo. Eso sí, mañana,
tarde y noche, como investigador científico del Consejo. Y así empecé a
trabajar en mi despacho de Medinaceli, yendo y viniendo a Simancas, a la
Biblioteca Nacional, a la Real Academia de la Historia, a la Biblioteca de
Palacio. Al principio, transcribiendo los documentos conseguidos y pasándolos
yo mismo a máquina. Al cabo de cierto tiempo, una autoridad del Consejo, don
Rafael Balbín, valorando aquella tarea, me asignó una mecanógrafa —aún recuerdo
su nombre, Eva— para que me auxiliase.
Pronto aquello tuvo otro ritmo, pues Eva se afirmó como una excelente auxiliar.
Además la Fundación Juan March empezó a ayudarme, no solo con Becas en España
—lo que me permitió ampliar estancias en Simancas— sino también en el
extranjero. Así pude trabajar en Bruselas[122] y en
París[123]. Una Ayuda
del Ministerio de Educación en 1960 me permitió investigar en Viena durante
seis meses, en su tan importante Haus, Hof und Staatsarchiv.
Y así fui acumulando, año tras año, desde 1960 un importante acopio documental
carolino. Mi paso a Salamanca, cuando conseguí — ¡al fin!— la cátedra de
Historia Moderna, interrumpió de momento mi tarea, pero pronto la reanudé,
contando entonces con la ayuda inestimable de la que sería, desde entonces, mi
principal colaboradora: la profesora Ana Díaz Medina.
Un primer avance de lo que iba realizando apareció en 1966[124]centrándome
en el idearium político de Carlos V, y muy en particular en
las Instrucciones a su hijo de 1543 y 1548, pero también en las supuestas de
1555[125].
Y en 1968, la bomba: la Fundación Juan March me concedía una Ayuda. Casi no me
lo podía creer. La había solicitado con poquísimas esperanzas de conseguirla,
pero la cosa funcionó. Y de ese modo pude dar un fuerte empujón, consiguiendo
un equipo de trabajo que me ayudó a la transcripción de la última parte
del corpus carolino en marcha; así, a la profesora Ana Díaz
Medina se incorporaron Pilar Valero García, Marcelino Cardalliaguet Quirant y
José Ignacio Fortea Pérez, con la tarea auxiliar de las mecanógrafas María del
Carmen Vázquez de Aldana y Rosa María Rodríguez.
El resultado fueron once gruesos volúmenes tamaño folio en los que, bajo el
título Corpus documental de Carlos V, se incluían en torno al
millar de cartas del Emperador —suyas o dirigidas a él— y en particular, como
parte fundamental, la correspondencia cruzada entre Carlos V y Felipe II en los
años 1543 a 1558.
Tal fue la entrega que realicé en el seno de la Fundación Juan March
(respondiendo a mi compromiso como beneficiario de aquella Ayuda recibida en
1968), el 7 de octubre de 1970.
Puedo asegurar que causó sensación. Y perplejidad, porque ahora venía la
segunda parte. Todo aquello de nada serviría si quedaba depositado en la
Fundación. Era obvio que tal esfuerzo pedía completarse con la correspondiente
publicación, pero eso requería un desembolso que la Fundación no tenía
proyectado.
Y así empezó un calvario. Acudí al Consejo. Pedí ayuda a la Universidad de
Salamanca, entonces regida por un gran Rector, Felipe Lucena. Conseguí el
decisivo apoyo de su director de Publicaciones, un personaje de nuestra
historia de los años setenta: Koldo Michelena. Y al fin, las tres
corporaciones, la Fundación Juan March, el Consejo Superior de Investigaciones
Científicas y la Universidad de Salamanca (ya bajo el Rectorado de Julio
Rodríguez Villanueva), firmaban un acuerdo comprometiéndose a financiar aquella
costosa obra[126].
Y así fueron apareciendo los sucesivos volúmenes, entre 1973 y 1981[127].
Precisamente hacia 1981 Alberto de la Puente O’Connor, director de la Editora
Nacional —una gran empresa cultural penosamente desaparecida—, me pidió que
organizara un trabajo: la publicación de los Testamentos de los reyes de la
Casa de Austria. Así apareció mi edición crítica del Testamento de Carlos V[128].
Esas serían mi tres aportaciones fundamentales al mundo documental carolino:
sus Memorias, sus cartas y su Testamento.
Entramos, a continuación, en mi propia obra escrita.
Están, en primer lugar los dos tomos de la Historia de España Menéndez
Pidal, el que abarca los aspectos institucionales y socioeconómicos del
siglo[129], y el
centrado ya en el propio reinado del César, que tuve la fortuna de que fuera
prologado por el mismo don Ramón Menéndez Pidal, con uno de sus mejores ensayos[130].
Por entonces, tras la aparición de mi primer tomo del Corpus documental
de Carlos V, me visitó el que después sería mi gran amigo, el profesor
Peter Pierson, de la Universidad de Santa Clara; él fue el que me puso en
contacto con la editorial inglesa Thames and Hudson, que deseaba publicar una
biografía sobre Carlos V. Y así surgió mi Carlos V. Un hombre para
Europa[131], que
la editorial inglesa editó muy pulcramente, con una esmerada traducción de mi
texto a cargo del profesor J. A. Lalaguna[132], con tan
buena aceptación que la editora alemana de Stuttgart, Belser Verlag, realizó
dos años después su propia publicación[133].
Un personaje tan estrechamente vinculado a la figura de Carlos V —y no sólo
bajo el aspecto genésico, sino también político—, y, a la vez, tan patético por
su adverso destino como fue la reina Juana la Loca, provocó mi atención,
dedicándole un libro que escribí poco menos que sobrecogido desde un principio[134].
Por no tratar aquí más que de mis estudios carolinos, me referiré a los de
carácter general y a los que se centran en puntos muy concretos. En cuanto a
los primeros, citaré tres: mi visión general de la Edad Moderna[135], y mis
libros dedicados a los aspectos sociales tanto en la época del Renacimiento[136], como a lo
largo de todo el Siglo de Oro[137].
En dos libros recogí aspectos varios del reinado del Emperador. En el primero,
publicado en 1964, inserté un trabajo en el que trataba de resaltar el papel
político ejercido por la hermana del Emperador, la reina María de Hungría, con
especial atención sobre su intervención en los debates familiares de 1551 en
Augsburgo, en torno a la sucesión imperial[138]. Y, en el
mismo libro, la publicación de una fuente de la que muchos hablaban, pero que
permanecía inédita: el Memorial de Luis de Ortiz, que venía a
ser como un balance, tanto en los aspectos socioeconómicos como en los
políticos, del reinado de Carlos V, escrito el mismo año de su muerte[139].
Recientemente volví a recoger, en un nuevo libro, otros artículos carolinos,
como los sentimientos del César frente a la Reforma o a Francia y su visión de
las Indias[140].
Con todo ese material acumulado, con tantos estudios realizados, con tantos
intentos hechos para adentrarme por el mundo carolino, por conocer mejor la
personalidad del Emperador, su obra política y lo que significaba su esfuerzo a
lo largo de su vida por mantener unida aquella Europa de su tiempo; con todo
eso, como quien dice, en la mano, cuando vino a verme en la primavera de 1997
don Antonio Ventura como director de la Fundación Academia Europea de Yuste,
para vincularme a las tareas de aquella fundación, de cara al homenaje que
estaban preparando con motivo del V Centenario del nacimiento de Carlos V, yo
le propuse al instante un trabajo concreto: una magna biografía del Emperador.
Con más de cuarenta años a mis espaldas estudiando el personaje y su época,
tratando de adentrarme por todos los recovecos de su política y hasta, si se me
permite decirlo, de andar con él todos los caminos que el Emperador había
transitado, desde Bruselas hasta Valladolid, desde Toledo hasta Bolonia, desde
Augsburgo hasta Viena, desde Nápoles hasta los Alpes, pasando por Roma; y, en
fin, desde Gante hasta Yuste —sin olvidar su primer contacto con España, en el
pueblecito asturiano de Tazones—, creía que podía estar en condiciones de
afrontar ese esfuerzo.
Y mi proyecto fue acogido con entusiasmo por el que a partir de ese momento
pude considerar como mi buen amigo, Antonio Ventura, y patrocinador generoso,
con la Fundación Academia Europea de Yuste, de mi nueva tarea.
Ya solo faltaba encontrar la editorial que acogiera el proyecto.
Lo cual no fue difícil. Allí estaba, en efecto, interesada en todo este empeño,
la editorial Espasa Calpe, y su directora de ensayo Pilar Cortés, de forma que
todo fue tomando cuerpo.
De este modo, en el obligado apartado de los agradecimientos, estos primeros
están muy claros, pues el patrocinio de la Fundación Academia Europea de Yuste
ha sido decisivo. Y en cuanto a la editorial Espasa Calpe, la editorial con la
que colaboro desde 1956, ¿qué puedo decir? Que en ella solo encuentro caras
amigas desde el momento en que franqueo sus puertas, empezando por su director
general, don Jorge Hernández Aliques, y por don Rafael González Cortés, como
subdirector general.
No olvidaremos, ciertamente, a las mujeres, a ese cuerpo directivo femenino tan
espléndido que tiene Espasa Calpe: Pilar Cortés, Sylvia Martín, Macarena
Garrido, Patricia González-Hontoria, Celia Torroja, Carmen Deza… Y entre los
varones, a dos entrañables amigos, de tantos años, como Ricardo López de Uralde
y Juan-Miguel Sánchez Vigil, a cuyo cargo queda el importante apartado de las
ilustraciones.
Fuera de estas dos instituciones, el apartado de agradecimientos quedaría muy
incompleto si no hiciese alguna otra referencia. En primer lugar, al profesor
José María Jover Zamora, que tanto me ha alentado siempre en mis trabajos del
siglo XVI, y al profesor Vicente Palacio Atard, que prologó con tanto acierto
uno de mis primeros libros carolinos[141].
A partir de mi ingreso en la Real Academia de la Historia pude trabajar con el
estímulo que se respira en esa gran institución, bajo la dirección de don
Antonio Rumeu de Armas, del recordado don Emilio García Gómez, y actualmente de
don Gonzalo Anes y Álvarez de Castrillón; sin olvidar el consejo de su censor,
mi viejo amigo don Carlos Seco Serrano, y de la asistencia de su Secretario
Perpetuo y también tan gran amigo y colega don Eloy Benito Ruano.
En la Universidad de Salamanca, la decana de las Universidades españolas,
enseñé durante cerca de treinta años. Y en ese período de tiempo, entre 1965 y
1992, los debates en torno al siglo XVI y al reinado de Carlos V fueron
constantes. En esa larga nómina de alumnos, muchos de ellos hoy eminentes
maestros, al menos he de referirme a los que ahora me vienen a la memoria[142]: Ana Díaz
Medina, la primera que me acompañó desde Madrid, José Ignacio Fortea Pérez,
Baltasar Cuart, Julio Sánchez, Luis Enrique Rodríguez-Sanpedro Bezares, José
Carlos Rueda, Ana María Carabias, José Luis de las Heras, Serafín Tapia, Clara
Isabel López Benito, Lola de Jaime, Jacinto de Vega, Ángel Rodríguez, Luis
Carlos García-Figuerola y tantos otros. Y junto con ellos, el que al pasar a
limpio mis textos, escritos a mano y con endiablada letra, ha ido poniendo en
claro este libro: mi querido amigo y colaborador José Manuel Veda Aparicio.
Ya, por último, la referencia entrañable a mi familia, que han disfrutado o
soportado, según las ocasiones, discutido otras y vivido siempre, el día a día
de este libro que lentamente ha ido surgiendo. ¡Qué difíciles las primeras cien
páginas! ¡Qué gozosas las diez últimas! Por eso aquí no puede faltar la mención
a mi mujer Marichún, ni a mis hijas María y Susana; siendo además Susana, como
Licenciada en Filología, la que asumió la tarea de revisar el texto impreso
para rectificar los errores deslizados, mejorándolo así a partir de esta cuarta
edición.
Y acabo con una reflexión: La figura de Carlos V tiene un atractivo especial,
no ya para España, sino para casi toda Europa; o, mejor dicho, para la cultura
occidental. De ahí que se estudie con tanto interés en Bélgica como en Italia,
en España como en Alemania. Y también a lo largo y ancho de las Américas. Y
dentro de este mundo occidental, pienso que el interés es más vivo en Alemania
y en España.
En cuanto a Alemania, yo puedo dar esta referencia personal, remontándome
cuarenta años.
Era en junio de 1960. Yo estaba entonces trabajando sobre la figura del
Emperador en Viena. Allí recibí la invitación de monseñor Vincke para dar una
conferencia sobre la figura del Emperador («Die Persönlichkeit Karls V») en la
Universidad de Friburgo. Cuando llegué, el profesor Vincke me advirtió que como
los asistentes serían tan escasos, había preparado una pequeña aula que servía
de Seminario. A poco, un ayudante acudió para decirnos que la afluencia era tan
grande que ningún aula era adecuada. De forma que tuvimos que actuar en el Aula
Magna, con centenares de alumnos. Evidentemente, no habían acudido para
escucharme a mí, sino para oír hablar de Carlos V[143].
En 1998, para concluir mi Introducción a mi libro Felipe II y su tiempo,
aludía yo a que en definitiva no era más que un viejo profesor provinciano
medio olvidado, que se había pasado toda su vida trabajando sobre el siglo XVI.
Ahora podría mantener esa misma frase, pero matizándola. Porque, en verdad,
después de la experiencia vivida, a partir de la aparición de mi Felipe
II y su tiempo, ya no cabe lamentar olvido alguno. Los lectores de media
España se han encargado de ello, al ponerlo durante meses entre los libros más
vendidos.
Y eso, claro, ha provocado en mí un sentido especial de responsabilidad, de
volver a estar a la altura de esa atención. Y por eso he puesto tanto esfuerzo
para presentar la personalidad de aquel Emperador, con todo su noble empeño por
conseguir una Europa unida; eso que vengo en llamar «el sueño del Emperador».
Ojalá lo haya logrado.
Pero eso es algo que solo tú, amigo lector, podrás juzgar.
Salamanca-Yuste-Salamanca, 1997-1999.
Parte I
La Europa recibida: de conde de Flandes a Emperador
Contenido:
1. De cómo surge un Emperador
2. España en el horizonte
3. Al encuentro de España
4. La corona imperial
5. El eco de España: comuneros y agermanados
Capítulo 1
De cómo surge un emperador
En el verano de 1496, mediado ya el mes de agosto, una gran
flota se reúne en el puerto cántabro de Laredo. No se trata de una flota de
guerra, aunque vaya lo bastante preparada para repeler un posible ataque
enemigo. Se trata de una flota que ha de llevar una novia desde España hasta
los Países Bajos. Y como la novia es hija de los muy poderosos Reyes Católicos,
la flota ha de ir en consonancia con el poderío de aquellos soberanos, que ya
por ese año de 1496 se perfilaban como una verdadera potencia, ya que habían
sido capaces de terminar la dura y secular Reconquista, de patrocinar el
fantástico viaje de Cristóbal Colón a través del mar tenebroso, y de echarle un
pulso a los franceses en el sur de Italia.
Pero un estadista no solo ha de vencer sino de convencer; y eso, en política
internacional, pasa por asegurar los triunfos obtenidos, y para ello hay que
manejar las bazas diplomáticas. Siendo su gran rival Francia, los Reyes
Católicos maniobraron para lograr la alianza de las potencias norteñas al país
galo; de ahí su acercamiento al emperador Maximiliano I. Para aquellas fechas,
en 1496, los Reyes Católicos ya habían desposado a su hija mayor, Isabel, con
el príncipe Alfonso de Portugal, pero todavía tenían varios hijos casaderos,
entre ellos al único varón, el príncipe don Juan —a la sazón, de 17 años— y a
la infanta doña Juana, que contaba 16. A su vez, por parte de Maximiliano de
Austria, estaban sus dos hijos, Felipe y Margarita, de edades muy similares,
pues Felipe había nacido en 1478 y Margarita en 1480. ¿No era una feliz
coincidencia? No había que esperar nada. Todo estaba a punto. Y así se
prepararon los dobles enlaces matrimoniales entre Juan de España y Margarita de
Austria y entre Felipe el Hermoso, señor de los Países Bajos, y la infanta española
doña Juana.
De ahí la armada dispuesta en Laredo en aquel verano de 1496 para llevar a la
tercera hija de los Reyes Católicos a los Países Bajos: una chiquilla de 16
años, que debe dejar el hogar familiar y la tierra que la vio nacer, que ha de
cambiar los lazos de amistad de familiares y cortesanos amigos por unas gentes
que le son extrañas, que hablan en una lengua que le es ajena, lo que supone
como una barrera infranqueable.
Y también a anotar en ese cambio que se produce el de trocar unas costumbres
que le son familiares —empezando por la dieta alimenticia, tan distinta en el
país donde crece el olivo—, y hasta el mismo color del cielo, esa luz tan clara
y tan diáfana en la España meseteña y mediterránea y que en los Países Bajos
siempre está entre brumas y aguaceros.
Y luego, la sensación de soledad, de orfandad si se quiere, pese a que
acompañando a la Infanta van algunos buenos servidores de los Reyes, como su
capellán, el grave clérigo don Diego Ramírez de Villaescusa, el futuro obispo
de Cuenca y fundador del Colegio Mayor del mismo nombre, que será uno de los
grandes Colegios vinculados a la Universidad de Salamanca; pero también sus
damas de honor, como doña Beatriz de Tábara, doña Blanca Manrique, doña María
de Aragón y doña Beatriz de Bobadilla, sobrina de la gran confidente y amiga de
la Reina, la marquesa de Moya.
Pero, al fin, esa es su pequeña Corte, no su familia. La Infanta va destinada a
formar una nueva, la suya propia, y a tal fin le está esperando en los Países
Bajos su prometido, Felipe el Hermoso, archiduque de Austria y señor de los
Países Bajos. Y esa será otra: que cuando la Infanta llega a su nueva patria,
tras de un viaje complicado que le ha obligado a recalar en Inglaterra, se
encuentra con que nadie la espera, cuando pone sus pies en tierras de Flandes,
el 8 de septiembre de 1496.
Todo esto hay que señalarlo para entender el grado de incertidumbre en que se
mueve la Infanta; para entender también, por tanto, su doloroso proceso de
enajenación mental que tendría tan acusada influencia en la historia, no solo
de España, sino de Europa, e incluso en la universal.
Nadie esperaba a la infanta doña Juana, en efecto, cuando su flota arriba a las
costas de Holanda; nadie de la nueva familia a la que estaba destinada, se
entiende. Sobre todo, la Infanta echará de menos la acogida de su prometido,
aquel Felipe el Hermoso de quien tanto le han hablado. Y la Infanta se adentra
por las tierras de los Países Bajos, a lo largo del mes de septiembre, entra en
Bergen y en otros pequeños lugares. En Bruselas sí puede saludar a la viuda de
Carlos el Temerario, el legendario conde de Flandes que había tenido en jaque a
toda una poderosísima Francia del rey Luis XI, a Margarita de York. Y allí
precisamente, en Amberes la infanta Juana cae enferma. ¿Fiebres? ¿Pesadumbre
sufrida por el descortés comportamiento de su prometido? Porque no verá a
Felipe el Hermoso hasta que llega a Lille.
Era el 12 de octubre de 1496.
Y es entonces cuando surge lo inesperado, aquello que hará cambiar el curso de
la historia, el golpe de pasión, la furia erótica que de pronto se desata en
aquella pareja joven, entre la Infanta que todavía no ha cumplido los 17 años
(los haría al mes siguiente) y el Archiduque que ya tiene 18. Y con tal
desenfreno, que no son capaces de esperar a las fechas concertadas para los
esponsales, y deciden celebrarlos sobre la marcha, precipitando los
acontecimientos. Verse y desearse ardientemente todo fue uno, así que mandaron
a por el primer sacerdote que hubiese a mano, para casarse aquel mismo día, sin
aguardar a otras jornadas.
Así darían comienzo unas relaciones amorosas llenas de altibajos, entre
frenéticos arrebatos y lagunas de ausencias marcadas por un marido, acaso
temeroso de verse muy pronto consumido por aquel fuego. Para Juana, era algo
nuevo e inesperado, como lo describí en otro libro mío:
La atracción del sexo: un mundo entrevisto hasta ahora y que se
le descubre a Juana de pronto, como una explosión y que acabará dominándola,
mostrando cuán vulnerable podía ser…[144]
Ese fue el asidero al que se agarró la Infanta para salvar todas
sus zozobras y para romper aquel cerco de angustiosa soledad que la estaba
argollando. Pero con tales arrebatos que su marido se alarmó y procuró ponerse
a salvo, dejando de frecuentar el lecho de su esposa.
Abandonando el lecho conyugal y frecuentando el de algunas damas de la Corte,
cosa que pronto llegará a oídos de la Infanta. De ahí unos celos cada vez más
fuertes, con unos accesos de ira, de rabia, de impotencia por verse
despreciada, en lo que aparecen algunos rasgos familiares, pues no de otro modo
había reaccionado su madre, la gran reina Isabel la Católica, al tener noticia
de las infidelidades de Fernando el Católico, su marido, con alguna dama de la
Corte.
La propia Juana lo diría, como para justificar su conducta: no había que
reprochárselo demasiado, pues no había sido la única en sufrir aquellos
arrebatos de celos:
… y no sólo se halla en mí esta pasión, mas la Reina mi señora,
a quien dé Dios gloria, que fue tan eçelente y escogida persona en el mundo,
fue asimismo çelosa, mas el tiempo saneó a S. A., como plazerá a Dios que hará
a mí…
Así escribiría años después, en 1505, la ya reina de Castilla, a
su padre Fernando el Católico[145]. Pero
sobre esto volveremos.
Arrebatos de celos, pues, confesados por la propia Juana. Y con ellos, o
entremezclados con ellos, cartas apasionadas, ardientes, desesperadas,
dirigidas a su marido, consiguiendo fugaces reencuentros, donde otra vez se
desbordaba aquel amor lleno de furia, de deseo insaciable, de ansia del ser
amado.
Y en esa guerra del sexo, fueron naciendo los hijos. La primera una niña, a la
que pusieron por nombre Leonor, que nació en 1498, a los dos años de la llegada
de Juana a Flandes. El segundo sería ya un varón, el hijo tan deseado por el
padre, para asegurar la sucesión.
Ese hijo nacería el 24 de febrero de 1500, de cara por tanto al nuevo siglo, o
cerrando el anterior, que también podría tomarse como la culminación o el final
de algo más de un siglo: de todo el milenio medieval. Y su padre, Felipe el
Hermoso, decidió ponerle el nombre de Carlos, de tan glorioso recuerdo
familiar.
El parto había sido tan sencillo, que llamó la atención de toda la Corte. Pues
celebrándose en Gante una fiesta en palacio —el castillo de Gante—, la Infanta
se mostró indispuesta, pero antes de retirarse a su cámara ya había dado a luz
al futuro emperador de Europa.
Diez días después tuvo lugar el bautizo. La comitiva salió de la zona palaciega
adosada al viejo y sombrío castillo de los condes de Flandes para dirigirse a
la catedral de Saint Bavon. Margarita de York, la viuda de Carlos el Temerario,
que venía a representar así lo más destacado de la reciente historia del país,
llevaba al recién nacido. Padrinos de la ceremonia, Charles de Croy, príncipe
de Chimay, y Margarita de Austria, la hermana de Felipe el Hermoso. Fue una
jornada de gran aparato cortesano, una jornada de fiesta celebrada ruidosamente
por toda la ciudad, con la altiva torre municipal —el Beffroy—
iluminada brillantemente.
Nadie podía vaticinar entonces que cuarenta años más tarde aquella altiva y
próspera ciudad, orgullosa de ser la cuna del futuro Emperador, se alzaría
contra el gobierno de su hermana María y que sería castigada severamente por
ello por el propio Carlos.
De momento, en todo caso, un niño que se criaba con toda normalidad y al que su
padre, antes de que acabase el año, cuando todavía no había aprendido a andar,
ya había hecho duque de Luxemburgo y caballero de la Orden del Toisón de Oro.
De toda aquella solemne ceremonia del bautizo algo hay que recordar: que todo
ello se realizase bajo el maravilloso retablo La adoración del cordero
místico, la obra maestra de los hermanos Van Eyck. Y de sus tablas una
destaca especialmente, por su simbolismo en relación con la futura vida del
Emperador: la del grupo cortesano Los caballeros de Cristo; esos
caballeros reflexivos y serenos, como seguros de su destino, que sujetan con
las riendas sus corceles, para indicarnos que su vida estará entregada al
servicio de Cristo. Porque, como hemos de ver, ese sería el anhelo de Carlos V.
También los bellísimos ángeles cantores, acaso la pieza más lograda del
políptico de los Van Eyck, se nos antoja que influyeron ya para siempre sobre
el nuevo cristiano, con esa devoción musical que acabaría sintiendo. A
nosotros, la vista de la ciudad que aparece al fondo de la tabla principal, nos
lleva de inmediato al Gante que tuvo en su seno al príncipe niño.
Por lo pronto, nada permitía vaticinar que los honores y los poderes se irían
acumulando sobre aquella criatura, que de momento sólo tenía asegurado el
título de conde de Flandes. Es cierto que en España ya había muerto el príncipe
don Juan y que la criatura que llevaba en su seno su esposa, Margarita de Austria,
había nacido muerta. Pero era pronto para que Juana y Felipe se titulasen
príncipes de Asturias, como herederos de la monarquía hispana, y así se lo
reprocharon los Reyes. ¿Acaso no vivía todavía la hija mayor, Isabel? Isabel,
entonces ya princesa, la primera princesa de Asturias, que después de unos
esponsales fallidos con el príncipe Alfonso de Portugal, se había desposado con
el rey Manuel el Afortunado, Manuel «O Venturoso».
Pero aquí también la muerte allanaría el camino a Carlos de Flandes. En 1498,
un año después de la muerte de su hermano Juan, fallecía Isabel en Portugal a
causa de un mal parto. Es cierto que había dejado un hijo, de nombre Miguel, a
quien las Cortes sucesivas de Portugal, Castilla y Aragón fueron jurando su
heredero, como para asegurar que con él se iba a cerrar aquella unidad política
de la península ibérica, tan deseada por los Reyes Católicos.
No sería así. Pese al mimo con el que sus abuelos maternos lo trataron,
llevándolo consigo a todas partes —lo cual acaso no fuera lo más indicado para
tan tierna criatura—, el príncipe Miguel no se lograría, falleciendo el 20 de
julio de 1500 en Granada, donde habían ido los Reyes para apagar los últimos
rescoldos de la peligrosa hoguera encendida por los insumisos granadinos musulmanes.
Curiosamente, esa noticia era esperada por el Archiduque, por Felipe el
Hermoso. También era deseada, porque le abría las puertas a la sucesión del
trono de España, tan anhelado por él. De forma que para saberlo al instante,
tenía ordenado a su hombre de confianza en la Corte hispana, Juan Vélez de
Guevara, que en cuanto se produjese aquella muerte, como si ya estuviera
prevista y no hiciese falta más que tener un poco de paciencia, se lo hiciese
saber, mandando un correo urgente a espaldas de los Reyes Católicos. En este
hecho, que nos plantea tantas dudas, el texto del cronista —que lo era Lorenzo
de Padilla— es de un realismo poco menos que estremecedor:
Estando (Felipe el Hermoso) en esta villa[146], por el mes de Agosto, le llegó correo en once días de Granada,
despachado por Juan Vélez de Guevara, trinchante de la Archiduquesa, haciéndole
saber la muerte del Príncipe don Miguel, que era la sucesión del Reino…
¡En once días llevó aquella noticia el correo, desde Granada
hasta Gante! Cerca de 2.000 kilómetros, o si se quiere mejor, en términos de la
época, de 333 leguas, a través de montañas fragosas, franqueando anchos ríos,
recorriendo las ardientes mesetas castellanas, antes de penetrar por la extensa
llanura francesa, para al fin cruzar la frontera de Flandes y alcanzar la corte
del Archiduque en su villa de Gante. Realizar tal recorrido en once jornadas
suponía hacerlo a una media en torno a los 180 kilómetros diarios, velocidad
mucho más alta que la conseguida normalmente por el correo del Rey, que se
cifraba en los 135 kilómetros. Por lo tanto, hay que pensar en una exageración
del cronista. Pero esto ya nos quiere decir algo. Nos da a entender con cuánta impaciencia
esperaba Felipe el Hermoso aquella nueva, por él tan deseada.
Porque la muerte del príncipe don Miguel era una buena nueva para el
Archiduque. Y eso sí que nos lo refleja fielmente el texto del cronista Lorenzo
de Padilla:
Los Archiduques se holgaron desta nueva, como era razón…
Aquella muerte les traía en bandeja la sucesión a la Corona de
España, les daba el ansiado título de príncipes de Asturias, les abría un
futuro del mayor esplendor. Y como si hubiera existido algo inconfesable en
todo ello, el correo sale de Granada a escondidas de los Reyes:
este correo —añade ingenuamente el cronista[147]— no llevó cartas del Rey[148]ni de la Reina[149]porque no se lo hizo saber Juan Vélez de Guevara…[150]
Y de esa forma la estrella de aquel Carlos, el nacido en Gante,
iba a brillar con más fuerza. Porque Juana tendría cada vez más perdida la
razón, pero sus hijos, esos hijos que iban naciendo tan regularmente —Leonor,
Carlos, Isabel, María, Fernando, Catalina— todos crecían sanos y sin mayores
problemas, sorteando los mil peligros de aquella época en la que la mortandad
infantil era tan grande.
Ahora bien, la fortuna que de ese modo sonreía a los Archiduques iba a traer
sus consecuencias en la crianza de aquella pequeña tropa infantil que se
educaba en Flandes. Porque dado aquel estado de cosas, Felipe y Juana tuvieron
que ponerse en camino hacia España en octubre de 1501, para recoger ya de modo
oficial aquel nombramiento de príncipes de Asturias, y con él, de sucesores a
la Corona de España.
Un viaje largo, a través de Francia, no exento de complicaciones, del que
Felipe no regresaría hasta las Navidades de 1502 y Juana hasta bien entrado el
año de 1503.
Atrás habían dejado en la Corte de Malinas a sus tres hijos de tan tierna edad:
Leonor de tres años; Carlos, de dieciocho meses e Isabel que apenas si contaba
los cien días.
Tenemos un hermoso tríptico que nos permite evocar aquella menuda tropa
infantil. Es obra de un anónimo maestro flamenco y se custodia en el
espléndido Kunsthistorisches Museum de Viena.
Estamos ante el cuadro más antiguo de Carlos V cuando tenía dos años y medio.
Ocupa el centro de la tabla, flanqueado por sus dos hermanas Leonor, a la
izquierda, e Isabel a la derecha. Pese a su corta edad, el artista solo quiso
dar una muestra de ello en el retrato de Isabel, a la que se pinta con una
muñeca en las manos. Pero tanto Carlos como Leonor aparecen vestidos como si se
tratara de adultos. Carlos con una mirada reflexiva, lleva ya colgado al cuello
el collar de la Orden del Toisón de Oro, esa Orden que tanto carácter
imprimiría ya en su conducta a lo largo de toda su vida.
Se trata de un tríptico de pequeñas medidas (24 centímetros de ancho por 13 de
alto) y, por lo tanto, bueno para ser llevado de viaje, aunque Juana no lo
pudiera tener consigo todavía cuando abandonó la corte de Bruselas en 1501,
pero que reclamaría sin duda desde España cuando allí prolonga su estancia en
la Corte de sus padres los Reyes Católicos.
Es una pequeña obra maestra que el anónimo pintor flamenco realizó en cuatro
meses, entre el final del verano de 1502 y el comienzo del otoño del mismo año,
y de ello deja constancia, marcando la edad exacta de los tres niños, en los
momentos en los que va terminando sus retratos. Así sabemos que el primero que
termina es el de Carlos, del que nos dice que tenía «deux ans et demi», y que,
por lo tanto, acaba en agosto de 1502. Después vendría el de Isabel, de la que
nos dice que tenía «l’aige de un an et III mois», y puesto que había nacido el
27 de julio de 1501, se terminaría en octubre de 1502. Y el último sería el
retrato de Leonor, a los cuatro años, que cumplía en noviembre de 1502.
Unos retratos familiares, para consuelo de la princesa Juana que está ausente;
lo cual nos hace recordar que aquellos niños crecen sin su madre, que no
regresa a los Países Bajos hasta la primavera de 1504, y que pronto dejará —y
ya para siempre— aquella corte de Bruselas, cuando sale de ella con su marido
Felipe el Hermoso para reclamar su herencia de la Corona de Castilla, a
principios de 1506.
Un viaje sin retorno para los dos. Para Felipe el Hermoso porque, una vez
cumplidos todos sus objetivos, siendo reconocido más que como rey consorte de
Castilla, como soberano con todos los poderes, dada la incapacidad mental cada
vez más acusada de su esposa doña Juana, moriría súbitamente en Burgos el 25 de
septiembre de aquel mismo año de 1506. Y Juana, porque pronto se convertiría en
la cautiva de Tordesillas, de donde ya no saldría en el resto de su vida, cumpliendo
acaso el cautiverio más largo de la Historia, de casi medio siglo de duración.
Por lo tanto, y en los Países Bajos, aquella tropa infantil, a la que en 1505
se ha incorporado otra niña, de nombre María —la futura reina de Hungría— crece
en plena orfandad. Afortunadamente han encontrado en Malinas a una segunda
madre, su tía Margarita que, viuda sucesivamente del príncipe don Juan de
España y del duque de Saboya, se ha retirado a los Países Bajos, a los que
regirá desde entonces en nombre de su sobrino Carlos, poniendo su Corte en esa
villa de Malinas, donde crecen, bajo su cuidado, sus cuatro sobrinos.
Existe un cuadro muy expresivo de la princesa Margarita, la que pudo llegar a
ser Reina de España, de mano de un buen pintor flamenco, Van Orley, y que posee
el Museo de Bellas Artes de Bruselas. Con tocas de viuda, es una mujer joven de
mirada serena, que ha recobrado sin duda su estabilidad emocional, dedicada de
lleno a esas dos grandes tareas que le han sido impuestas: la de gobernar su
país natal y la de dar un hogar a sus cuatro sobrinos que la desgracia ha
convertido en huérfanos.
Cuatro niños que irán creciendo muy unidos, entre juegos y riñas infantiles,
pero manteniendo ya para siempre esa entrañable unión fraterna que veremos como
una constante a lo largo de sus vidas.
Conocemos también el nombre del aya de aquellos niños, que lo era desde 1502
Ana de Borgoña, viuda de Rakenstein, y el del primer chambelán de Carlos,
Charles de Croy, designado como tal por Felipe el Hermoso poco antes de su
marcha a España.
Eso ocurría en 1506. Y ese mismo año, cuando en octubre se conoce en Flandes la
muerte del Archiduque, al punto se reúnen los Estados Generales para hacer
frente a la grave situación creada con aquel vacío de poder, dado que el
heredero era aquel niño de 6 años.
Era el 17 de octubre de 1506.
Se va a producir el primer acto oficial de Carlos, el nuevo conde de Flandes.
Solo tiene 6 años y ya ha de asumir responsabilidades políticas. Evidentemente
no con plena conciencia, pero sin duda algo de aquella solemne ceremonia hace
impacto en su ánimo. De entrada, debe presentarse ante los Estados Generales,
rodeado de su Corte borgoñona: los príncipes de la sangre, los grandes cargos
palatinos, los caballeros de la Orden del Toisón de Oro; los ministros, por
último, de su Consejo. Y Carlos, aquel niño de 6 años, lo hará ya vestido como
un adulto, lo que podría hasta parecer cómico, si el acto no fuera tan solemne,
con su adorno desde entonces preferido: el collar de la Orden del Toisón de
Oro. Los Estados Generales le reconocerán como su nuevo Señor, dada la muerte
inesperada de Felipe el Hermoso, pero han de encontrar un regente, y ofrecen el
cargo a su abuelo paterno, al emperador Maximiliano; el cual, a su vez,
delegará en su hija Margarita. Y así, un año después, en 1507, Margarita tomará
posesión de su nuevo cargo ante los Estados Generales, reunidos esta vez en
Lovaina.
Era el 17 de abril. Tres meses después resonaría en Malinas, donde la regente
Margarita asentaría su Corte, el grito ritual:
Le roi est mort. ¡Vive Monseigneur![151]
Solo tenía siete años, pero ya era el símbolo del poder. Y eso
no había hecho más que comenzar. Diez años después embarcará para asumir las
coronas de Castilla y Aragón, de la Monarquía Católica que se extendía hasta
las tierras italianas, hacia Levante, y hasta el nuevo mundo descubierto más
allá del Océano, hacia Occidente.
En verdad que su infancia, la infancia de cualquier niño de su edad, había
pasado, había quedado irremediablemente atrás. A partir de ese momento, Carlos
empezaba a entrar en la Historia.
Y para señalar que todo aquello era verdad, realizaría por primera vez un acto
propio de su cargo, propio de su nueva dignidad: armaría un caballero, dándole
el espaldarazo con la espada, conforme al rito cortesano; si bien podemos creer
que debidamente ayudado, para que su menudo brazo pudiera manejar como debía
hacerse, la pesada arma. Y al día siguiente tendría su primer discurso ante los
Estados Generales, para pedirles que votaran a favor del subsidio que les
solicitaba la regente Margarita, su tía.
§. Los años de Malinas
Entre 1507 y 1515 Carlos irá creciendo en Malinas, donde tenía la Corte su tía
y Regente de los Países Bajos, Margarita; bien acompañado el futuro Emperador
por aquellas tres hermanas suyas que habían nacido en los Países Bajos: Leonor,
Isabel y María. En 1507 Leonor tenía ya nueve años, Isabel, cinco, y María, la
más pequeña, tan sólo dos. Se comprende que a la hora de los juegos Carlos
escogiera a Leonor, que sería ya su hermana preferida, pero en conjunto, un
estrechísimo lazo fraterno se establecería entre los cuatro, como si estuvieran
necesitados de ello por la orfandad que de hecho estaban viviendo, paliada eso
sí por el sincero cariño de la Regente, la que desde entonces Carlos llamaría «ma
bonne tante».
Pues una cosa hay que anotar de inmediato: Carlos crece en un ambiente de
refinada cultura palaciega, donde el francés es la lengua básica. Hay que
sospechar que al estar Malinas enclavada en un área lingüística flamenca, algo
del habla popular también salpicaría a Carlos en aquellos años infantiles y
juveniles, dando así lugar a un incipiente bilingüismo, preparándole para aquel
don de lenguas que sería después una de las características de su personalidad.
Los juegos, por tanto, del conde niño. Pero también el iniciarse en la vida de
la corte de la Regente y su propia educación, bajo la enseñanza de buenos
maestros
¿Cómo era Malinas a principios del siglo XVI? Un grabado de la época nos la
presenta como una urbe bien poblada, con sus murallas que la delimitan frente a
la campiña, dando el típico modelo de ciudad en forma de manzana, con una gran
plaza central a donde desembocan sus calles principales. Sede de primer orden,
asiento del alto Tribunal de Justicia, Malinas estaba lejos del bullicioso
trajín de las ciudades industriales y mercantiles de los Países Bajos. Era
famosa por su industria de encajes, pero eso no alteraba su vida apacible. Y
por eso la Regente la prefirió para hacer de ella su Corte, desplegando un
mecenazgo sobre las Letras y las Artes de su tiempo; sin olvidar, claro, sus
responsabilidades políticas. Y, por supuesto, la atención hacia sus sobrinos,
que eran toda su familia. Andando el tiempo, cuando la vida fuera dispersando
aquellos sobrinos suyos por los más apartados rincones (Carlos, a España;
Leonor, a Portugal y después a Francia; Isabel, a Dinamarca y María a Hungría),
Margarita instaría a Isabel, la Emperatriz, que diera nuevos hijos a Carlos y
que le permitiera tener con ella al menos a uno, para educarlo como un hijo;
tanto sentía la soledad de su vida, desde que había visto marchar, uno a uno, a
aquellos sobrinos que otrora habían alegrado su vida en los años en que había
sido la Regente de los Países Bajos.
Sobre este último aspecto, los documentos algo nos reflejan. Así, unas cuentas
de gastos de la Corte en el que se apunta el costo de un clavicordio comprado
para Leonor y Carlos y una cama de muñecas para la pequeña Isabel[152].
Un muchacho que juega con sus hermanas, pero que pronto ha de dejar los juegos
infantiles para irse formando como lo que ya es: el señor de los Países Bajos y
el heredero de la extensa y poderosa Monarquía hispana.
Pero, ¿cómo era aquella Corte? ¿Cuál era el talante, el espíritu, las
características propias de la Corte borgoñona donde van pasando los primero
años del futuro Emperador? Las biografías al uso suelen silenciar esta
cuestión, pese a su indudable importancia.
Tres eran las características principales de la Corte borgoñona, que bajo la
regencia de Margarita de Austria mantenían viva la rica tradición del siglo XV:
una ceremoniosa etiqueta, un espléndido brillo en la vida social y un
magisterio espiritual presidido por una figura excepcional: Erasmo de
Rotterdam.
En efecto, y en cuanto a lo primero, lo cierto es que la Corte borgoñona era
famosa en toda Europa por su complicado ceremonial palatino, con su peculiar
tono caballeresco, desde que el duque Felipe el Bueno había fundado, en 1429,
la Orden del Toisón de Oro, dando lugar a unas jornadas caballerescas a tono —y
acaso inspirando— con los relatos de los libros de caballerías, que pronto
serían la lectura obligada de todos y en todos los rincones de la Europa
occidental. Unas jornadas caballerescas que tendrían su brillante cronista en
Olivier de la Marche, preceptor de Felipe el Hermoso y autor de uno de los
libros que luego sería de los preferidos por Carlos V: Le chevalier
déliveré[153]. Toda
una vida cortesana llena de justas y banquetes, que darían un tono de fiesta
continua a la sociedad entera, propagándose su influjo de un sector a otro,
como si se tratara de ondas sucesivas provocadas en el agua hasta llegar al
mismo seno del palacio.
Como comentaría un gran historiador de los Países Bajos:
Así se pasó de los caballeros a los grandes señores y de los
grandes señores a los príncipes, con una ostentación y magnificencias siempre
crecientes, hasta entrar en el ámbito del propio Duque[154].
Un aire de fiesta perpetua que también alcanzaría el ámbito
popular, pasando de la ciudad al campo.
Por ejemplo, a la ciudad, en cualquiera de sus albergues. Véase, si no, cómo
nos lo describe nada menos que Erasmo:
En la mesa estaba siempre presente una mujer para entretener a
los huéspedes con bromas y chistes, pues allí dominaba siempre una admirable
libertad…[155]
Y esa es la palabra que hay que evocar: libertad. Una vida
libre, de un pueblo que paladea la abundancia y que siente el gozo de vivir.
Algo que también se aprecia en el campo, si damos por buenos y veraces los
cuadros pintados por el pintor holandés Brueghel el Viejo (cierto, algo
después, pero ¿acaso la vida campesina no es la misma año tras año, y década
tras década?), en especial el titulado La fiesta aldeana que
puede admirarse en el Kunsthistorisches Museum de Viena, que
yo he comentado en uno de mis libros preferidos:
Estamos ante una de las obras maestras del Quinientos. En primer
término irrumpe una pareja que quiere incorporarse, regocijada, al baile: él
corriendo delante, llevando de la mano a su rústica compañera, que avanza
intrépida, con el pie derecho en alto, señalando el frenesí de que se halla
poseída…[156]
Ahora bien, ese país opulento, libre de las trabas medievales,
era también la patria de una serie de notabilísimos pintores, dando la prueba
de que los Países Bajos tenían su propio Renacimiento que no desmerecía del de
la Italia del Quattrocento. Baste recordar algunos nombres: Thierry
Bouts, Roger Van der Weyden, Hugo Van der Goes, Hans Memling, Gerard David y
por encima de todos, destacando con luz propia, los hermanos Van Eyck, a los
que ya hemos aludido, creadores de una pieza maestra que es el retablo de La
adoración del cordero místico (Catedral de Gante) y de no pocas piezas
más, como la de los esposos Arnolfini, que hoy puede admirarse en
la National Gallery de Londres, donde Jan Van Eyck pone orgulloso su firma:
Johannes de Eyck fuit hic
Y a tono, o incluso superando todo este brillo de las Artes, el
de las Letras. Pues no en vano es de esta época el magisterio de Erasmo de
Rotterdam (1467-1536), el propugnador de un humanismo cristiano, el que aboga
por la tolerancia y el diálogo con los disidentes, el que clama por la paz en
la cristiandad por encima de la guerra, de cualquier guerra, de todas las
guerras. Y Erasmo es el autor del famoso Diálogo de la locura, pero
también —que no en vano llega a ser súbdito de Carlos V— de un breve pero importante
tratado de educación política para los soberanos: Institutio Principis
Christiani, que Erasmo dedicará a Carlos V en 1516 cuando conoce que su
señor se va a convertir en rey de las Españas y, por ende, en el monarca más
poderoso de su tiempo.
Es en ese ambiente cortesano y en ese país, verdaderamente a la cabeza de
Europa, donde se forma en su juventud Carlos V.
§. La formación del conde de Flandes, Carlos de Gante
En aquella corte de Malinas, cercana a la gran urbe belga de Bruselas,
transcurren pues los primeros años juveniles del nuevo conde de Flandes. Ante
su vista tendría la esbelta torre de la catedral de Saint Rambaut, tan alta que
casi alcanzaba los cien metros. Pronto comenzarían los ejercicios
caballerescos, para hacer de aquel muchacho un completo soberano, diestro en
los usos de la caballería.
Y también, claro, sus estudios.
¿Qué sabemos a este respecto? ¿Quiénes fueron los maestros de Carlos en estos
principios?
Y la pregunta clave: ¿En qué medida aprovechó las lecciones de sus preceptores?
Uno de los primeros maestros que vemos al lado de Carlos es un español: Luis de
Vaca. Y nombrado por Felipe el Hermoso en 1505 para que el que entonces no era
más que duque de Luxemburgo fuera aprendiendo las primeras letras.
Evidentemente, Felipe el Hermoso ya estaba pensando en prepararlo para que
heredara en su día la Monarquía hispana, pues para entonces ya había muerto
Isabel la Católica y él mismo se aprestaba para acompañar a su esposa Juana a
España, de hecho, como reina de Castilla.
Otros dos españoles aparecen también en ese entorno escolar: Anchieta y, sobre
todo, como figura de más relieve, el obispo de León, Juan de Vera, que además
era capellán mayor de la capilla de Carlos. Y entre los flamencos, Roberto de
Gante.
Pero será en 1511, cuando Carlos, ya conde de Flandes, está entrando en una
edad más difícil, cuando la Regente decide poner a su lado, como máximo
preceptor, a un hombre sencillo, un clérigo de origen humilde con fama de
santidad, que había empezado su carrera eclesiástica como párroco de una
iglesia rural: era Adriano de Utrecht, una de las personalidades más notables
de ese primer cuarto de siglo, y no solo de los Países Bajos.
Adriano de Utrecht parecía poseído de esa piedad sincera por la que clamaba el
gran Erasmo: la que nace del corazón y no se queda meramente en el rezo
mecánico de las oraciones. La oración mental, en suma, más que la bucal. Y eso
fue decisivo en la formación del muchacho, de aquel Carlos que entraba poco a
poco en la pubertad. Por entonces, Adriano era ya deán de San Pedro, en
Lovaina, estaba vinculado a su Universidad y su fama como teólogo y como hombre
bondadoso y honesto era muy grande. Diríase que era, en frase de los españoles
de la época, «un hombre de Dios». Su vida religiosa se atenía a los principios
de los Hermanos de la Vida Común que tanta influencia habían tenido en la vida
espiritual de los Países Bajos desde mediados del siglo XV. Y algo de todo eso
supo transmitirlo a su principesco discípulo[157].
Y, por supuesto, algo más mucho más importante para el futuro Emperador: un
riguroso sentido de su responsabilidad como gobernante.
¿Qué materias entrarían en los estudios de Carlos? Aparte de los conocimientos
básicos de las primeras letras —eso sí, en francés, no lo olvidemos—, la
Historia tendría un relieve particular, como pedían los humanistas de la época.
Sin duda, Luis de Vaca debió intentar enseñarle el español, aunque con poco
éxito.
Y aquí tocamos un punto que suele darse de lado en las biografías de Carlos V:
¿En qué grado fue capaz de aprender en sus estudios?
Pues bien, todo apunta que no demasiado, si nos fijamos en lo que consiguió en
los idiomas. Cuando llega a España, en 1517, apenas sabe nada de español; ya
veremos que muy pronto las Cortes de Castilla le aprietan para que lo
aprendiese:
… a fin de que podamos entenderle y que nos entienda.
Y en cuanto al latín, una de las disciplinas básicas para lograr
entonces un nivel aceptable de cultura (no olvidemos que los libros de ciencia
se escribían entonces en latín; recordemos el De humani corporis
fabrica de Vesalio, o el copernicano De revolutionibus orbium
coelestium), no debía serle muy familiar. Andando el tiempo se lamentaría
de no haberlo aprendido, no queriendo lo mismo para su hijo, como parece
desprenderse de sus Instrucciones de 1543:
… no hay cosa más necesaria ni general que la lengua latina, por
lo cual yo os ruego mucho que trabajéis de tomarla de suerte que después, de
corrido, no os atreváis a hablarla…[158]
¿No estamos ante una confesión de Carlos V?
Pero además de aquellas lecciones, más o menos asimiladas por el juvenil
Carlos, habría que tener en cuenta también el nivel cultural de la Corte de la
regente Margarita, con su protección a las Artes. Por aquella Corte pasaron
algunos de los mejores artistas de la época, como Van Orley —de cuyos retratos,
tanto de Margarita como de Carlos tendremos ocasión de hablar— e incluso como
Durero. Posiblemente ya empezó por entonces Carlos V a tantear quién debía
consagrar su imagen a la posteridad, algo tan importante para los hombres del
Renacimiento y que tenía que encomendarse a los humanistas, en el campo de las
Letras, y a los pintores preferentemente —aunque también a los escultores— en
el campo de las Artes.
Y era más que afán de marcar su huella para la posteridad. El poder sabe muy
bien, y era algo aprendido de la técnica política desplegada por la Antigüedad,
que tiene que magnificar su imagen ante la opinión pública, y para ello le
resultan imprescindibles los escritores y los artistas. En el fondo, se trata
de una cuestión de propaganda, a realizar del modo más hábil posible.
Como lo expresaría Luis Vives, aquel súbdito tan notable de Carlos V, en
dedicatoria a uno de los Reyes de aquellos años, a Juan III de Portugal (el
cuñado de Carlos V): los Reyes, como mecenas, y los escritores, por su pluma,
se necesitaban mutuamente:
… que los unos sean el apoyo de los otros y se presten ayuda
recíproca…[159]
A este respecto, aún faltaría tiempo para que Carlos V
consiguiese encontrar el artista que acabaría ligándose a su fama, aquel
Tiziano, aquel pintor de mágico pincel que no entraría en su vida hasta entrado
los años treinta.
§. Aparece Chièvres
En 1509, cuando todavía el conde de Flandes es un niño que está bajo la
regencia de su tía Margarita, nos encontramos ya con este personaje, Guillermo
de Croy, Señor de Chièvres, que tan destacado papel tendría en los primeros
años de Carlos V, hasta 1521 en que fallece.
En efecto, es en 1509 cuando Guillermo de Croy sucede a su primo, el príncipe
de Chimay, como primer chambelán de Carlos V. Dotado de un notable poder de
seducción, Chièvres se hace pronto con la voluntad de Carlos. Le cerca de tal
modo que llega incluso a dormir en su cámara, con la excusa de estar siempre a
su servicio y de que tuviera alguien con quien conversar, si despertaba a
medianoche o al romper el día. Y eso lo sabemos por el propio Carlos V, que
intentó algo semejante con su hermano Fernando en 1517, ordenándole que
estuviera siempre con él, incluso de noche, alguien como Alonso Téllez:
… como lo hace mosur de Gebres[160]en la mía, porque cuando despertase, si quisiere, tenga con
quien hablar[161].
Chièvres nos da la estampa del político corrupto, sobre todo por
su codicia, bien marcada en los despojos realizados en España años después, y
de los que tendremos ocasión de hablar; pero lo cierto es que cumplió con su
deber al lado de Carlos V, instándole muy pronto a sus deberes de gobernante.
Desde luego, vinculándolo a sus ansias personales de poder. Y de tal manera que
en 1515 maniobró hábilmente para conseguir que Maximiliano I, el abuelo paterno
de Carlos y cabeza de la Casa de Austria, accediera a que se adelantase la
mayoría de edad de su nieto —que en principio no le llegaba hasta los dieciséis
años—, recibiendo en compensación una sustanciosa ayuda económica de los
Estados Generales, bien manejados por Guillermo de Croy.
Eso ocurría el 5 de enero de 1515. Terminaba de esa forma la regencia de
Margarita y Carlos asumía todo el poder en los Países Bajos, si bien delegando
en su privado, el señor de Chièvres; por cierto, anotemos en seguida que sería
el único privado que tendría Carlos V. De la etapa anterior, bajo la regencia
de su tía Margarita, conservaría después al piamontés, Mercurino de Gattinara,
pero no con aquel abandono de sus poderes, como sería en el caso de Chièvres.
El cual hay que decir que procuraría, en todo caso, la formación política de su
discípulo en materias de Estado, instándole a asistir a las sesiones del
Consejo y a leer previamente los despachos que en su seno debían discutirse.
Todo ello como si de antemano supiese que no le quedaban muchos años de vida, y
como si quisiese que Carlos pudiera valerse pronto por sí mismo.
Entonces tendría lugar la primera actuación política de Carlos V, como soberano
con plenos poderes de los Países Bajos. Reunidos los Estados Generales para
reconocer su mayoría de edad, les agradecería su gesto con una breve frase que
resumiría cómo entendía que debían desarrollarse las relaciones entre señor y
súbditos:
Yo os agradezco el honor que me otorgáis. Sed buenos y leales
súbditos y yo seré para vosotros un buen príncipe.
Una breve, pero sin duda emotiva jornada, que tendría lugar en
la gran sala del palacio de Bruselas el 5 de enero de 1515. En el mismo sitio
donde cuarenta años después se realizaría la solemne abdicación del Emperador.
El cambio de gobierno trajo consigo también un cambio en la política exterior.
Margarita de Saboya[162] se
había mostrado claramente hostil a Francia, en parte por su propia experiencia
personal, dado que en su juventud había llegado a la Corte francesa como
prometida del Delfín y había sufrido el desaire de que, a la postre, aquel
matrimonio fuera suspendido. En cambio, Chièvres se mostraría abiertamente
inclinado a una alianza con Francia, en la línea francófila que ya había
mostrado Felipe el Hermoso diez años antes. Y fruto de ello sería el tratado de
Noyon firmado con Francia en 1516, por el que Carlos daba satisfacción a
Francia en los dos pleitos principales que el recién fallecido Fernando el
Católico tenía con el rey francés: Nápoles y Navarra. Y en estos términos, que
podrían tenerse por humillantes: debería pagar 100.000 ducados de renta anuales
por la posesión de Nápoles hasta que se casara con la princesa Luisa de
Francia, y 50.000 hasta que tuviera sucesión, considerándose de ese modo que
los derechos franceses sobre Nápoles sería la dote que llevaría al matrimonio
la princesa Luisa. Y en cuanto a Navarra, Carlos se obligaría a reconsiderar la
licitud de su dominio, dado el despojo hecho por Fernando a sus anteriores
reyes de la Casa de Labrit.
En fin, y eso era sin duda lo más lesivo, Carlos se reconocía expresamente
vasallo de Francia, por sus señoríos de Flandes y Artois.
Para entonces, ya se estaba preparando un cambio extremo: el viaje de Carlos V
a España para hacerse cargo de la herencia hispana, dada la muerte el 23 de
enero de 1516 de Fernando el Católico.
España ya era el horizonte para Carlos V. Pero, ¿qué España? ¿Qué había
ocurrido en España durante aquellos años?
Capítulo 2
España en el horizonte
¿Qué ocurría mientras tanto en España? ¿Qué había pasado desde
la muerte de Isabel la Católica, con la llegada de Felipe el Hermoso y de Juana
la Loca?
En principio, una lucha por el poder, pues Fernando el Católico, basándose en
el Testamento de su esposa, pretendía seguir gobernando Castilla. Tenía el
apoyo de las Cortes —el brazo político del patriciado urbano— pero enfrente, en
cambio, a la alta nobleza, deseosa de un cambio en la cumbre, harta ya de
soportar el autoritarismo de la Corona.
Un cambio temido por Isabel, por cuanto que la cada vez más manifiesta
enajenación mental de Juana daba todo el protagonismo a Felipe el Hermoso, de
quien se conocía su tendencia francófila. Y eso podía dar al traste con toda la
anterior política de los Reyes Católicos.
Era una situación difícil, anunciadora de conflictos en cadena. En el verano de
1506 las noticias que llegaban a Bruselas señalaban el triunfo de Felipe el
Hermoso, con el eficaz apoyo de la alta nobleza castellana, y el apartamiento
de Fernando el Católico, saliendo de Castilla para refugiarse en su reino de la
Corona de Aragón. Pero, poco a poco, todo se vino abajo, con la súbita muerte
de Felipe el Hermoso en Burgos el 25 de septiembre de 1506.
Así acababa un reinado tan breve que apenas si había durado lo que dura un
verano.
Y, claro, las sospechas de envenenamiento se dispararon.
Durante cerca de un año, el país pareció ir a la deriva: el rey Felipe muerto,
la reina Juana desinteresada, y como ausente y ausente de verdad Fernando el
Católico, que incluso había salido de España para asegurar el recién dominio
del reino de Nápoles, la preciada conquista de Gonzalo Fernández de Córdoba, el
Gran Capitán.
De todo ello lo más significativo y lo que sin duda ponía más alarma en la
Corte de Malinas era lo que se entendía de los desvaríos de la reina Juana.
Y aun más que desvaríos. Se hablaba de enajenación mental.
En términos populares: la locura de Juana. Juana la Loca. Y esa locura empezaba
ya a provocar desajustes, a crear una situación incierta, tanto más grave
cuanto que se trataba de una Monarquía autoritaria, montada por tanto en un
sistema político donde la figura del rey resultaba decisiva.
Se hablaba de locura, ¿pues de qué otro modo podía juzgarse el hecho de que la
Reina no quisiera enterrar a su marido muerto? Y no solo que no lo quisiera
enterrar, sino que lo llevase, día y noche, por los campos y aldeas de la
meseta castellana en pleno invierno, en aquellas Navidades de 1506. Un cronista
cortesano, Pedro Mártir de Anglería, espectador de aquel fúnebre cortejo, lo
narraría ya para la posteridad:
En un carruaje tirado por cuatro caballos traídos de Frisia
hacemos su transporte. Damos escolta al féretro, recubierto con negro ornato de
seda y oro…
El fúnebre cortejo, presidido por la Reina, encerrada en su
mutismo, recorre villas y aldeas. En Torquemada tendrá una estancia más
prolongada ¡porque Juana había salido de cuentas!
Y eso se sabía en Bruselas. Se sabía que Felipe el Hermoso había dejado
embarazada a su mujer y que, por ello, la Reina esperaba un hijo póstumo.
¿Cómo, pues, podía soportar aquella cabalgata fúnebre, aquellas gélidas
jornadas por la meseta castellana?
Pero no solo las soportaba la Reina, sino que las exigía:
Nos detuvimos en Torquemada —sigue informando Anglería—… En el
templo parroquial guardan el cadáver soldados armados, como si los enemigos
hubieran de dar el asalto a las murallas.
¿Y por qué tanta alarma? ¿Qué era lo que podía temer doña Juana?
La más increíble de las locuras: que aún después de muerto otras mujeres
quisieran arrebatarle su marido. Y de ahí la orden regia:
Se prohíbe severísimamente la entrada a toda mujer.
¡De forma que los celos, aquellos celos ya desatados en los
Países Bajos, que habían hecho a la Reina castigar a más de una dama de la
Corte, seguían vivos! Anglería nos lo confirma:
La queman los mismos celos que la atormentaban cuando vivía su
marido…
Así escribía Anglería la víspera de Navidad, el 24 de diciembre
de 1506[163].
Y a Bruselas llegó también la otra nueva: Juana había dado a luz en Torquemada
una niña, la última de las hijas de Felipe el Hermoso, a la que había puesto de
nombre Catalina.
Catalina, porque la Reina, aun en sus desvaríos, seguía recordando los afectos
de toda su vida, y entre ellos los de aquella hermana pequeña que estaba
sufriendo un destino similar al suyo, al ser alejada de España para su boda con
un príncipe inglés, con incierto futuro.
¿Traería el parto de Catalina sosiego a la pobre Reina? Nada de eso. Pasada la
obligada cuarentena, de nuevo se pondría en marcha el fúnebre cortejo, llevando
el cadáver de su marido por media Castilla la Vieja.
Al menos, ya corría el mes de abril y eso lo haría más llevadero para los
sufridos cortesanos que acompañaban a la Reina. Pero fue entonces cuando
ocurrió aquel suceso que nos recoge puntualmente el cronista. Habiendo llegado
a un pequeño convento, asentado en una zona rural, la Reina ordenó un alto; mas
al tener noticia de que el convento era de monjas fue tal su arrebato, temiendo
que le hubieran robado el cadáver de su esposo, que hizo abrir la caja a campo
abierto y en medio de la noche.
Aquí el relato del cronista es de los que producen pena y estupor a un tiempo:
A campo descubierto, a cielo raso, mandó que sacasen el cadáver
durante la noche, a la débil luz de las hachas, que apenas si dejaban arder la
violencia del viento…
¿Cómo podía juzgar todo aquello el buen pueblo castellano? Pues
tal comportamiento, tales hechos, pronto se propagaron de lugar en lugar. Y ya,
desde entonces, la reina Juana recibió su título definitivo ¡Juana, la Loca!
¿En qué medida se supo todo ello en Bruselas? ¿Hasta qué punto llegó a noticias
del príncipe Carlos lo que estaba ocurriendo en España?
En 1507, por tanto a sus siete años, todavía se le esconderían los desvaríos de
su madre. Pero algo iría sabiendo. Algo se filtraría, porque hechos de esa categoría
y de esa trascendencia es imposible darlos de lado.
A poco, con la llegada de Fernando el Católico en el verano de 1507, el Rey
tomaría una decisión que Carlos después respetaría: la reclusión de Juana en
Tordesillas.
Desde entonces, Tordesillas entraría de lleno en la geografía carolina, sería
un lugar obligado en las idas y venidas de Carlos V.
Y de ello tendremos ocasión de tratar amplia y frecuentemente.
Entre tanto, lo que se iba sabiendo en la Corte de Malinas era que Fernando el
Católico, a lo largo de su regencia, estaba desplegando una actividad
extraordinaria en política exterior, como si se tratara de un rey mozo a
comienzos de su reinado.
Había alarmado su boda con Germana de Foix que ponía en peligro aquella unidad
política entre las coronas de Castilla y Aragón, que habían sido la base del
fulgurante éxito logrado en todos los frentes por la Monarquía hispana. Pero la
falta de sucesión y la recuperación de una política nacional, desde el momento
en que se hizo cargo de la regencia de Castilla, volvieron las aguas a su
cauce. A lo largo de cinco años, entre 1508 y 1512, la Monarquía Católica
recuperaba el vivo protagonismo que la había caracterizado en los tiempos de
Isabel la Católica.
Y como si se recordara su Testamento y aquella consigna africana de la gran
Reina
…e que no cesen de la conquista de África…[164]
Que no de otra manera podía entenderse la actividad desplegada
al año del regreso de Fernando el Católico a Castilla. En 1508 se tomaba Orán,
y en los años siguientes Mers-el-Kebir, o Mazalquivir, Bugía y Trípoli.
En la corte de Malinas aquellas nuevas producían asombro. ¿Hasta dónde quería
llegar el rey Fernando? Aquello era algo más que asegurar el tráfico entre
España e Italia, entre las costas del Levante español y las de Nápoles o
Sicilia; aquello era adentrarse audazmente en el corazón del Mediterráneo
oriental. ¿Acaso soñaba el viejo Rey con apoderarse de los Santos lugares, ese
sueño de todos los cruzados medievales tantas veces fracasado?
No sería así. A partir de 1512, en parte por un serio revés en la isla de las
Djelbes, donde había perecido buena parte de la nobleza castellana (y entre
ella, el primogénito del duque de Alba), y en parte por la complicación de la
política internacional en tierras italianas, se vio cambiar de objetivo a
Fernando el Católico.
África cedía ante Italia.
Y ello no sin compensaciones, pese a que se sufriera algún serio revés en
tierras italianas, como el de la batalla de Rávena. Pues al enfrentarse el rey
de Francia con el mismo Papa, tanto él como sus seguidores cayeron en el delito
de cismáticos. ¡Y entre esos seguidores estaba el rey de Navarra!
Era una ocasión única, por cuanto que el uso y el derecho, al sentir de Roma,
permitían que cualquier rey cristiano pudiera combatir al cismático, hacerle la
guerra y desposeerle de su trono.
Y eso era lo que haría Fernando el Católico, dejando la empresa en manos del
duque de Alba[165]. En una
sola campaña, aprovechando con habilidad las diferencias existentes entre
beamonteses y agramonteses, los soldados castellanos tomaron Pamplona y
ocuparon todo el Reino de Navarra en 1512.
Tres años después, en las Cortes de Burgos de 1515, Fernando el Católico
declaraba solemnemente que aquel nuevo Reino se incorporaba a la Corona de
Castilla.
Y no era solo en el Viejo Mundo donde se sucedían las hazañas de los españoles,
que tanto o más espectaculares eran las que ocurrían en el Nuevo. De entrada,
seguían los descubrimientos y exploraciones, de españoles como Juan de la Cosa
y como Alonso de Ojeda, o de extranjeros al servicio de España, como Americo
Vespucio.
La vida de Alonso de Ojeda era una especie de libro de aventuras. Sus
exploraciones se dirigieron en principio a la costa norte de Venezuela. En
1509, cuando ya Orán era española, Ojeda llegó a tierras colombianas, aunque su
primera incursión fuera desgraciada y él mismo tuviera que sobrevivir a duras
penas en el interior de la selva.
En cuanto a Américo Vespucio, sirviendo ora a España ora a Portugal, navegaría
por las costas brasileñas, alcanzando en 1502 la bahía que bautizarían con un
nombre ya célebre: Río de Janeiro. Más notable y de mayores consecuencias
tendría el que escribiese sus navegaciones y que al ser publicadas en 1507 su
editor propusiese que al Nuevo Mundo se le diese el nombre de América.
Pocos años después, en 1513, otro afortunado descubridor se asomaba por primera
vez a las inmensidades del Océano Pacífico: Vasco Núñez de Balboa. Esas
noticias eran el comentario general de toda la Cristiandad, y por supuesto, del
grupo español asentado en la corte de Carlos V: el obispo Mota, don Juan
Manuel, señor de Belmonte, y un joven inquieto y ambicioso que después
alcanzaría rápida fortuna con Carlos V, logrando su máxima confianza: Francisco
de los Cobos.
Entretanto, ¿cuál era la vida de la pobre reclusa de Tordesillas? ¿Cuál era la
suerte que sufría la reina Juana?
Su aspecto no podía ser más lamentable, por las mismas míseras ropas con que se
cubría. Un testigo que la vio en su casona palaciega, que le servía en verdad
de prisión, nos detalla la penosa impresión que le produjo:
… el atavío y ropas de su vestir tan pobres y extrañas y
diferentes de su dignidad…
Pues los súbditos quieren verse representados por sus reyes con
gallardía y majestad, y no por míseros mendigos. Y porque además el
comportamiento de los que en tales extremos caen está a tenor de su pobre
indumentaria:
… en su modo de vivir —añade dicho testigo— se trataba (la
Reina) tan ásperamente que no se podía tener esperanza que viviese muchos días…[166]
Por contra, el que se doblegaría ante la carga de los años —y
quizás también por alguna medida imprudente[167]—, fue el
rey Fernando, quien fallecía en Madrigalejo el 23 de enero de 1516.
No cogió descuidado a Chièvres aquel desenlace. La corte de Flandes, ya sita en
Bruselas, desde que Carlos se había emancipado de la regencia de su tía
Margarita, había mandado a España a quien defendiese los intereses del futuro
Rey: Adriano de Utrecht.
El peligro radicaba en que Fernando el Católico prefiriese a su nieto Fernando,
el que había nacido en Castilla y se estaba criando a su lado, cediéndole sus
reinos de la Corona de Aragón, como proyectó en un principio. A fines de 1515
el infante don Fernando era ya un muchacho de doce años y el preferido del
viejo Rey, que lo tenía siempre a su lado.
Con lo cual, otra vez retornaba el riesgo de la división de España. Y para
evitarlo, para que Fernando el Católico volviese sobre su decisión, haciendo
que los intereses de Estado primasen sobre los afectivos y personales, la Corte
de Bruselas mandó a uno de sus mejores hombres y más fieles al entonces
príncipe Carlos: Adriano de Utrecht.
El cardenal Adriano tenía poderes de Bruselas para negociar con el Rey que se
le seguiría reconociendo como regente de Castilla mientras viviese, aun en el
caso de que muriese doña Juana; a su vez, Fernando debía reconocer a don Carlos
como el heredero de sus reinos. Se añadía una sustanciosa ayuda económica de
50.000 ducados anuales.
De todas formas, el peligro se mantuvo. Cuando Fernando el Católico enfermó de
gravedad en Madrigalejo solo se encontraban a su lado algunos de sus viejos
consejeros: el doctor Carvajal y los licenciados Vargas y Zapata. A ellos
expresó otra vez sus dudas el Rey moribundo: ¿No sería mejor encumbrar al nieto
Fernando, olvidándose de aquel nieto Carlos, que vivía tan alejado de España?
El cronista Santa Cruz nos refleja bien aquel dilema de Estado:
… porque en el Testamento que había hecho en Burgos le había
encomendado al infante don Fernando, su nieto, que él había criado a la manera
y costumbre de España…
Por el contrario, ¿qué se podía esperar del otro nieto, de
Carlos de Gante, educado en tierras tan lejanas y extrañas? El temor del Rey
venía a representar el de no pocos españoles del tiempo:
… porque creía que el príncipe don Carlos no vendría a estar de
asiento en estos Reinos para los regir y gobernar como era menester…[168]
Esos temores fueron combatidos por sus consejeros, que hicieron
ver al Rey el peligro grande de que el país cayese en una guerra civil si al
primogénito Carlos se daba de lado.
En definitiva, en su Testamento Fernando el Católico dejaba por su heredero a
su nieto Carlos y como gobernador general mientras viviese Juana la Loca;
designando hasta su llegada al cardenal Cisneros como regente de Castilla, y a
su hijo natural Fernando, arzobispo de Zaragoza, como regente de la Corona de
Aragón; haciéndole recomendaciones muy expresas a favor, no solo del infante
don Fernando, sino también de su esposa Germana de Foix, para que la tuviera
bajo su amparo y protección.
Y ya veremos que Carlos V cumplió con creces esa petición de Fernando el
Católico, sobre todo en cuanto al amparo y protección de la Reina viuda. Y
tanto que hasta le haría una hija.
Pero hablar ahora de eso sería adelantar los acontecimientos.
Capítulo 3
Al encuentro de España
Por lo tanto, España en el horizonte.
Un viaje que apremiaba, dado que existía en Castilla un partido fernandino y
que cada día que pasase aumentaba el riesgo de que todo se tornase más
problemático. Y la primera en hacérselo saber y en reclamar su presencia fue la
villa de Valladolid, con tanta frecuencia asiento de la Corte.
Es una carta digna de comentarse, porque nos evoca aquellos instantes, que
todos comprendían decisivos, ya que de que Carlos se convirtiese o no en el
nuevo soberano dependía el futuro de España y qué derroteros se habían de
seguir y, sobre todo, si se mantendría el sosiego en el país o si se caería en
una desastrosa guerra civil.
La carta comienza con un recuerdo a la memoria del rey Fernando, que tantos
éxitos había logrado y bajo cuyo reinado España se había convertido en una gran
potencia de la Europa cristiana:
El Concejo, justicia, regidores, caballeros de la noble villa de
Valladolid, vuestros leales vasallos y servidores, besamos las reales manos de
Vuestra Alteza, a los cuales ha quedado gran tristeza y sentimiento de la
muerte de vuestro abuelo, por ser esta villa el quicio en que se rodea la
justicia destos Reinos[169]; a la cual
era tan favorable y tan amigo que los gobernó cuarenta y cuatro años[170] en
aquella paz y sosiego que César Augusto el mundo…
Tras esa referencia al Rey muerto y esa alabanza a su buen
gobierno, los regidores vallisoletanos tratan de atraer al joven Príncipe
presentándole la posibilidad de mil hazañas, resaltando las ya acometidas por
España:
… en la cual no falta nada de los convenientes para señorear,
que son grandes personas para mandar, ánimo y esfuerzo en toda la gente,
caballos y armas y uso dellas.
La larga lista de capitanes y gobernadores, marinos y
conquistadores daba esa primera seguridad: en España no había falta alguna de
cabezas para gobernar, que sería la queja que estallaría un siglo después en el
seno de la Corte. España seguía siendo fiel a su historia, como cuando en la
Antigüedad proveía a la misma Roma de emperadores:
… que cuando otras tierras proveían a Roma de mantenimientos,
España de emperadores…
Y luego, venía la relación de los grandes hechos, de las
increíbles conquistas, de las notables incorporaciones de nuevas tierras y de
nuevos Reinos: Granada, Canarias, Nápoles, Navarra, parte de África y las
Indias de Occidente.
De todo ello, Valladolid destacaba la conquista de Granada, por lo que suponía
como remate de lucha tan secular:
… el reino de Granada, reino muy fuerte y áspero y poblado de
gente brava y feroz que novecientos años y más se defendieron…
No se quejaba Valladolid de mal gobierno, pues tenían el del
anciano Cardenal, el de Cisneros «que tan sabiamente gobierna», pero le
apremiaban a que hiciera su viaje, prometiéndole con orgullo que serían capaces
de hacerle señor del mundo. Y es notable cosa que Valladolid quisiera hablar
así, no en nombre de Castilla sino de España entera:
… venga [Vuestra Alteza] lo más presto que ser pueda, pues con
vuestra real persona haréis a España señora de muchas tierras y ella a Vuestra
Alteza señora del mundo…
Valladolid quería de ese modo, con la pronta presencia de
Carlos, convertirlo en un príncipe español:
… porque los príncipes de vuestra edad siempre se han criado
aquí, de donde salieron a comenzar grandes cosas…
¿Cuál era el temor de su ausencia? Que los grandes señores, las
altivas cabezas de la alta nobleza volviesen a deshacer Castilla; y que los
enemigos arcanos, en particular la morisca africana, volviese a ser una
amenaza. Y así, Valladolid instaba a Carlos a que tomase en sus manos el yugo y
las flechas que habían simbolizado el gobierno de los Reyes Católicos; el yugo
con el que, en poder de Fernando el Católico
… tantos bravos y soberbios se domaron… Y las flechas. Las flechas:
… de aquella reina sin par vuestra abuela doña Isabel, con que
puso los moros tan lejos…[171]
Sin embargo, Carlos V tardaría aún más de año y medio en ponerse
en viaje, pese a los riesgos ya indicados que podían surgir, provocados por el
partido fernandino.
Tampoco se sabía muy bien cómo iba a reaccionar doña Juana, cuando llegase a
Tordesillas la noticia de la muerte de su padre, Fernando el Católico, a quien
guardaba tan profundo respeto y hasta no poco temor, como se trasluce por la
documentación de la época.
Lo cierto es que los que la guardaban temían esa reacción, hasta el punto de
que en un principio se diese la orden del silencio.
Fue una orden mandada urgentemente por los mismos consejeros que habían estado
presentes en la muerte del rey Fernando. A nadie debía escapársele la noticia
ante doña Juana[172]. Solo que
un suceso de tal envergadura resultaba imposible de ocultar durante mucho
tiempo. Y doña Juana acabó conociéndolo, mostrando algo de arrebato,
preguntando con vehemencia quién estaba al cargo de la Regencia. Y al
responderle que el cardenal Cisneros, se tranquilizó.
Es una reacción que no ha sido comentada suficientemente por los biógrafos de
la Reina[173]. Y, sin
embargo, es una muestra de que la Reina estaba presa de una parálisis de
voluntad, pero que —al menos, a ramalazos— demostraba lucidez y nada de locura.
Y también hay que añadir, como referencia al buen gobierno del Cardenal, que
también lo demostraría en sus relaciones con la Reina cautiva, haciendo más
llevadero su encierro. Apartó al odioso mosén Ferrer del gobierno de su Casa,
ordenó que el doctor Soto, médico de bien ganada fama, vigilase su régimen de
vida, y en especial su comida, y puso al frente de aquella Corte-prisión a un
hombre de otra catadura moral, a Hernán Duque de Estrada. Y fue muy
posiblemente el anciano Cardenal quien se interesó por aquella criatura que
vivía pegada a la Reina, la infanta Catalina, que sufría las consecuencias de
aquel drama de Estado llevando el mismo cautiverio y aun en un grado peor,
puesto que su habitación estaba en la recámara de la Reina, sin un hueco al
exterior. ¡Y aquella niña había cumplido ya nueve años, cuando se produce la
muerte de su abuelo Fernando el Católico![174].
Y así se operó aquel cambio en el torreón de la casona palacio, abriéndose un
hueco a la calle, para que la Infanta pudiera ver, al menos, el cielo desde su
habitación.
Y no se diga que recordar esto es una nadería impropia de un serio historiador.
Me remito al comentario de un historiador de nuestros días:
Un hueco en la estancia de la infanta Catalina, para que al
menos pudiera ver la campiña, el cielo, los pajarillos del aire y esos otros
pajarillos de la tierra, los niños, los hijos de las gentes sencillas que,
sabedores de su desamparo, acudían al pie de la torre para acompañar a la
Infantita con sus voces y para comunicarle algo de su alegría y de su libertad[175].
Porque si dolorosa era la estampa del encierro de doña Juana, no
lo era menos el de su hija, aquella niña que prácticamente había nacido en
prisión y que no había conocido otra cosa en su mísera infancia. Y de Juana
podría decirse que su encierro era inevitable, fruto de su locura. Pero, ¿qué
culpa tenía la Infanta niña?
Como hemos de ver, una pregunta dolorosa que también acabaría haciéndose el
propio Carlos V.
Difícil situación, por tanto, la de aquella España a la muerte de Fernando el
Católico, con la Reina propietaria encerrada en Tordesillas —y encerrada en su
locura—, con el Príncipe heredero a trescientas leguas de distancia, con un
partido fernandino cada vez más inquieto y ambicioso y con una alta nobleza que
solo esperaba la primera oportunidad para lanzarse a la toma de tierras y
villas ajenas, haciendo más grande su señorío.
Y al frente del Estado un hombre de la Iglesia, un anciano Cardenal ¡que ya
había cumplido los ochenta años![176].
Pese a todo, Cisneros cumplió con su deber, consumiendo en aquel crítico
momento y en tan alta empresa sus últimas energías, de forma que pudo entregar
a Carlos V intacta aquella formidable Monarquía alzada por los Reyes Católicos.
Frenó a la nobleza y defendió las fronteras del Reino, en especial las de
Navarra, que Juan de Labrit trató de invadir desde Francia, aprovechando la
crisis política abierta en Castilla. Pero el enviado de Cisneros, Fernando de
Villalba, puso en estado de defensa el reino navarro y rechazó con facilidad al
invasor. De igual modo se abortaron los intentos franceses de alterar Nápoles y
Sicilia.
Quedaba por realizar lo más delicado: cumplir el deseo de Carlos V de ser
proclamado rey de Castilla, puesto que, viviendo la Reina propietaria doña
Juana, eso parecía vulnerar la ley sucesoria castellana.
¿Estamos ante un golpe de Estado?[177].
En todo caso era una solución insólita que asombra que fuera ideada por aquel
joven conde de Flandes, que a sus dieciséis años era todavía un adolescente.
Más bien hay que ver en ello la mano de su privado Chièvres, asistido y
aconsejado por el grupo español afincado entonces en la corte de Bruselas, y en
particular por don Juan Manuel, que tanta ascendencia tenía también sobre
Carlos V.
El plan era que, sin desposeer a la reina doña Juana de sus títulos, se
proclamase a Carlos V, no como Gobernador, tal como había sido el título del
propio Fernando el Católico a la muerte de Isabel y de Felipe el Hermoso, sino
como rey con todos los derechos.
La fórmula planteada era:
Doña Juana e don Carlos, su hijo, por la gracia de Dios reyes de
Castilla, de León, de Aragón…
¿Tanta ansia tenía Carlos de alcanzar la corona regia? ¿Se
sospechaba en la corte de Bruselas que de otra forma sería aplazar el ascenso
al trono regio hasta la muerte de doña Juana, lo cual nadie sabía cuánto tiempo
tardaría? Y lo cierto era que, aparte las ambiciones personales, la solución
suponía afianzar el gobierno de Carlos ante posibles disidencias, dado que no
era igual alzarse contra el gobernador que contra el rey.
Y posiblemente eso fue lo que acabó convenciendo a Cisneros, que al principio
se había mostrado contrario al deseo de la corte de Flandes.
Pero, claro, hacía falta que en Castilla se aceptase, lo cual no era fácil. De
hecho, el Consejo Real y los más destacados de la alta nobleza se mostraron
contrarios al proyecto carolino. De forma que ante ellos, a los que había
convocado en su residencia de Madrid, Cisneros resolvió el pleito señalándoles
que no se trataba de pedirles consejo sino de notificarles su decisión, que era
la de acatar la orden de Bruselas.
Y bien pudiera ser que el precavido Cardenal gobernador, eficazmente asistido
por un fuerte contingente de la guardia regia, respondiera a quien se atrevió a
plantearle cuáles eran sus poderes para tal medida, que esos eran bien
notorios, mostrando a sus guardas reales.
Esa es la tesis tradicional. La confrontación de otras fuentes de la época nos
permite algunas matizaciones, en particular respecto al papel del Consejo Real.
El cronista Quintana, en su fidedigna historia de Madrid, inserta una notable
carta del Consejo Real a Carlos V que posiblemente influiría en el Príncipe
para no dar de lado a su madre. Le pedía que respetase los títulos de doña
Juana e instándole a que no se titulase rey con estos argumentos:
… por ser muy dañoso… e de que se podría seguir división. Y
siendo, como todo es, una parte, hazerse dos, donde los que mal quisiesen vivir
en estos Reinos y les pesase de la paz y unión tomarían ocasión, so color de
fidelidad de servir más a V. Alteza y otros a la muy poderosa Reina, vuestra
madre…
Aquí se aprecia que el Consejo Real tenía por cierta la
incapacidad de doña Juana para gobernar el Reino, si bien no era partidario de
cambios novedosos, sino antes bien de mantener la tradición, y que la Reina no
fuese apartada de su estado regio. Y así añaden aquellos consejeros, que
… aquello sería quitar el hijo al padre en vida el honor. Y si alguna vez se
ve en España haberse hecho sin justa causa, fue por usurpación o la voluntad
del padre, y a V. Alteza hanse de traer los buenos exemplos y no los malos, de
que se ofende Dios… ¿Qué podía esperarse de los que tal hicieran sino
que habrían de sufrir el castigo divino? El Consejo Real se lo advierte a
Carlos V:
… y así hallamos que los hijos que aquello hicieron, reinaron
poco y con trabajo y contradicción…
Esto es, con el peligro de alzamientos populares contra su
gobierno.
El Consejo Real estaba de acuerdo respecto a la incapacidad para gobernar de
doña Juana, pero defendía que se le mantuviese el respeto que se le debía por
su condición de reina soberana, y ello mientras viviere:
Tenga V. Alteza bienaventuradamente, en vida de la muy poderosa
señora vuestra madre, la gobernación y libre disposición y administración
destos Reinos, que ella no puede exercer, ayudándola, que con verdad se puede
decir reinar, pues todo plenamente es de V. Alteza. Y por el temor de Dios y
honor que hijo debe a su madre, haya por bien de dexarle el título enteramente,
pues su honor es de V. Alteza, para que después de sus días, por muy largos
tiempos gloriosamente goze V. Alteza de todo…[178]
El valor de los documentos insertados por Quintana es que nos
invitan a una serie de reflexiones; en este caso, a considerar que Carlos V no
fue del todo insensible a los argumentos del Consejo Real, puesto que si bien
en el llamado golpe de Estado de 1516 se va a proclamar rey de Castilla y de
Aragón, en vida de su madre, también es verdad que lo haría respetando sus
títulos a doña Juana, de forma que todos los documentos regios irían
encabezados, primero por la madre y después por él. Asimismo, sabemos que el
problema que le inquieta, cuando hace su primera visita a España en 1517, es el
de visitar a su madre en Tordesillas, para obtener de ella su beneplácito para
que ejerciera el gobierno del Estado; en suma, para solicitar, como un buen
hijo, la bendición materna.
§. Al encuentro con España
Una atenta lectura de la crónica de Laurent Vital, que relata tan por menudo el
primer viaje de Carlos V a España, nos hace ver ya cuánta era la expectativa en
los Países Bajos respecto a España, en cuanto se supo la muerte de Fernando el
Católico. Sin embargo, pese a las reiteradas llamadas de los castellanos para
que Carlos acelerase su viaje, aún tardaría más de año y medio en realizarlo.
No era por desidia de la corte de Bruselas. Algo obligaba a ser prudentes y a
tomar una serie de medidas antes de realizarlo. Era preciso dejar todo bien
asentado en los Países Bajos, era preciso reunir los medios y allegar el dinero
necesario para tan gran viaje de aquella Corte y, sobre todo, urgía arreglar
las cosas con Francia, para que su joven Rey, Francisco I, no tramase algo
contra la seguridad de las tierras de Flandes, aprovechando la ausencia de
Carlos y de su gobierno.
El temor de Bruselas era justificado. La primera alabanza que canta Laurent
Vital es que Carlos dejara en paz su tierra natal y al resguardo de la guerra.
Y ello fue posible porque los diplomáticos carolinos trabajaron de firme con la
corte de París. Un año antes, a comienzos de 1515, Francisco I sucedía a Luis
XII en el trono de Francia. Tenía veinte años y unas ansias infinitas de gloria
tal como la entendían los príncipes del Renacimiento: la conseguida en los
campos de batalla. Y los hechos lo pusieron pronto de manifiesto, pues en aquel
mismo año de 1515 a la cabeza de su ejército atravesaba los pasos alpinos por
el angosto desfiladero de Argentière, gracias a la técnica de un experto
soldado español pasado a su servicio, que se había hecho famoso bajo el reinado
de Fernando el Católico: Pedro Navarro[179]. Y ya en
las llanuras de Lombardía, el joven Rey francés lograba una fulminante victoria
sobre la infantería suiza, tenida hasta entonces por invencible, en Marignano
(15 de septiembre de 1515). Y lo que era más importante: firmaba un acuerdo con
los Cantones suizos que le asegurarían el servicio de sus mercenarios.
Esas noticias alarmaron a la corte de Bruselas tanto más que se sabía que
Francia nunca había dado por buena la ocupación de Navarra hecha por Fernando
el Católico y que apoyaba a la desposeída Casa de Albrit para que recuperase su
Reino. Por lo tanto, se imponía llegar a un acuerdo satisfactorio con Francisco
I que dejase a Carlos las manos libres para su viaje a España. Eso fue lo que
supuso el tratado de Noyon (13 de agosto de 1516) completado con otras
negociaciones diplomáticas a principios de 1517, de forma que hubo que aplazar
el viaje a España hasta el verano siguiente.
En junio de 1517 Carlos reunía los Estados Generales en su ciudad natal de
Gante para justificar ante ellos su partida y para solicitar su ayuda. De ahí
saldría hacia la costa. El 27 de junio estaba en Brujas. El 8 de julio, y
siempre tras cortas etapas, entraba en Middelburgo. Su flota se aprestaba
mientras tanto en Flesinga. Pero los vientos contrarios no permitieron al Rey
embarcar hasta el 7 de septiembre. Con él iban, en su nave, lo más destacado de
su Corte, empezando por su hermana mayor Leonor y por el señor de Chièvres, que
era entonces su privado. Y entre los españoles, el obispo Mota, que tan
destacado papel había de tener en las Cortes de Castilla.
El 8 de septiembre la armada se hizo a la vela. Los pilotos confiaban en que,
si los vientos les eran propicios, podrían avistar las costas de España en seis
días de navegación. Pero no fue así. Hubo que afrontar vientos contrarios y una
fuerte tormenta, una nave se perdió, a causa de un incendio surgido a bordo,
con 160 pasajeros, servidores en su mayoría de la Corte, con algunas mujeres de
la vida, lo que provocaría este significativo comentario del cronista Laurent
Vital:
… y aunque fuese una gran desgracia, no pudo haberse prendido el
fuego para perder menos gente de bien, que allí donde se prendió…[180]
Las tormentas y los fuertes vientos retrasaron el viaje y
llevaron a la armada más al oeste, desviándola de la ruta prevista; de forma
que, en vez de alcanzar España por las costas de Santander, lo hicieron por las
de Asturias, ante el pequeño puerto de Tazones. En vano esperaban al Rey en
Laredo, con todo el aparato oficial preparado para tal jornada. En vez de ello,
con lo que se encontró Carlos fue con un recibimiento hostil de lugareños
asustados, que al avistar tan gran flota sin noticia alguna de lo que allí
venía, temieron un ataque enemigo, acaso de turcos, acaso de franceses, y se
aprestaron a combatirlo con sus pobres medios.
Jamás habían visto una armada tan poderosa, con aquellos cuarenta barcos altos
como castillos, los asturianos de Tazones. Pero desvanecidas las dudas, el Rey
pudo desembarcar con su Corte, penetrar en barca por la ría de Villaviciosa y
pasar allí su primera noche en España.
Es un momento importante en la vida de Carlos V y también en la historia de
España. Aquello que señaló Sánchez Albornoz: que era el tercer desembarco que
cambió la historia de los españoles[181].
Durante cuatro días el joven Rey hubo de permanecer en Villaviciosa, hasta que
poco a poco se fueron reuniendo los carromatos y las bestias de carga que se
precisaban para el traslado de aquel gran cortejo regio. No era, sin embargo,
la región más adecuada para entrar en contacto con España, salvo por el hecho,
que podía tomarse como simbólico, de la cercanía de Covadonga, punto de
arranque de la España medieval y cristiana.
¿Debe ahora el historiador evocar las jornadas carolinas en Villaviciosa? La
primera noche, dado que todavía no se había desembarcado el bagaje de cocina,
todo el mundo, desde el primero al último, tuvo que poner manos a la obra para
prepararse una rústica cena, diciéndose los unos a los otros: «Hagamos una
buena comida y pasémoslo alegremente[182]».
En pequeñas etapas Carlos fue bordeando la costa asturiana: de Villaviciosa a
Colunga, de Colunga a Ribadesella, de Ribadesella a Llanes. Todas estas villas
guardan el recuerdo del paso del Rey. Era la gran novedad, lo nunca visto, pues
desde los remotos tiempos en que Asturias había sido cuna de la Reconquista y
asiento de la Corte, puede decirse que había permanecido aislada del resto de
España. La historia, la gran historia, se decidía en Castilla, en Cataluña o en
Andalucía; con Castilla se mantenía la vinculación política, pero apenas la
socioeconómica, dados los difíciles accesos a la meseta.
De esa suerte, Carlos y su cortejo se desviaron hacia Santander, para coger la
ruta que desde Torrelavega enlaza con Reinosa y Aguilar, por el paso montañoso
de Pozozal.
No sin sus fatigas y quebrantos.
Entre Villaviciosa y Colunga un fortísimo aguacero empapó a toda la Corte,
máxime que descargó de golpe en medio del camino, cuando la jornada había
amanecido con un sol radiante y con los postreros ardores veraniegos[183]. Y en la
montaña de Santander, una fuerte tormenta les fustigó todo el camino, poniendo
en cuidado a la Corte sobre la salud del Rey, que venía ya enfermo desde San
Vicente; y tanto, que ni siquiera sus bufones le hacían sonreír. De forma que
sus médicos creyeron conveniente acudir a un recurso extremo: a mezclar sus
medicinas con raspaduras de unicornio, el animal fabuloso del que tantas
maravillas se decían en aquella época, tan propicia todavía a las creencias
mágicas[184].
Para tomar alientos y recobrarse un poco de aquel rudo viaje, Carlos V
permaneció cuatro días en Aguilar de Campoo. La hermosa villa palentina
conserva todavía un arco renacentista labrado en piedra que recuerda la época
del Emperador.
Carlos ya estaba en Castilla. Las montañas quedaban atrás y el camino se abría
fácil hasta la gran urbe castellana de Valladolid. Pero otras novedades
aguardaban a los viajeros: los vinos de la tierra, que entran bien pero que
pueden hacer estragos. Y de hecho, gran número de cortesanos lo aprendieron en
sus carnes «enfermos todos ellos por los excesos que habían hecho de beber los
fuertes vinos de esta tierra»[185].
Y fueron llegando los grandes de Castilla a rendir homenaje a su nuevo Rey. En
Aguilar lo hizo el arzobispo de Burgos, en Becerril, el condestable de
Castilla.
Fue una marcha lenta, acaso premeditadamente. Se rumoreaba que Chièvres quería
aplazar la entrevista de su señor con Cisneros, acaso pensando que la muerte
haría su oficio, pues era notorio que el anciano Cardenal tenía los días
contados. Pero lo cierto es que, en la escala de valores del joven Rey, otra
entrevista era más deseada, más anhelada y más urgente: la que había de tener
con su madre, la reina Juana. Era obligado dejar a un lado a Valladolid para
dirigirse a Tordesillas.
Para mí, y así lo indiqué en mi estudio sobre Juana la Loca[186], no se
trataba de un gesto calculado, sino de un sentimiento filial, tanto de Carlos V
como de su hermana doña Leonor.
Un sentimiento filial doblado por el político, pues Chièvres sabía bien lo que
importaba ante la opinión pública hispana aquel gesto afectuoso de Carlos, que
era como un reconocimiento ante la madre y ante la Reina. El poder ya estaba en
manos de Carlos, pero del éxito de la visita a Tordesillas dependía una
confirmación moral.
Algo donde la habilidad política de Chièvres sería decisiva.
Ahora bien, sería minimizar la cuestión si lo redujéramos todo a una baza
política jugada con maestría. De hecho, tanto Carlos como Leonor estaban
ansiosos por ver a su madre, de la que se habían visto separados hacía más de
once años, cuando el Rey solo contaba seis años de edad y su hermana apenas
ocho. Si acudimos a las Memorias de Carlos V podremos
comprobar que Carlos recuerda aquella jornada de forma muy escueta, pero
marcando el gesto del respeto filial:
Continuando su camino a Tordesillas —nos dice—, fue a besar las
manos a la Reina, su madre…[187]
Y, además, estaba el drama de su hermana pequeña, Catalina, a la
que ni siquiera conocían. Y ello también era importante.
Había otra cuestión, y no pequeña para Carlos: ¿Acaso no estaba en el convento
de Santa Clara de Tordesillas, el cuerpo insepulto de su padre, Felipe el
Hermoso? Algo habría que hacer a ese respecto.
Por lo tanto, el viaje a Tordesillas se imponía por encima de cualquier otra
consideración. Era una visita que no podía ser fugaz, sino que había que tomar
con calma, para que no pareciera que se trataba de cubrir el expediente. De
hecho, de las no pocas visitas que Carlos V haría a su madre, esta sería la más
prolongada, después de la de 1524 y de la realizada en las Navidades de 1536.
Durante toda una semana, Carlos V y Leonor, su hermana, convivieron con doña
Juana y con la pequeña infanta Catalina.
El primero en pedir audiencia a la Reina, guardando así el protocolo regio, fue
Chièvres. El valido quería preparar el camino al Rey, comprobar en qué
situación se hallaba doña Juana, y tratar de inclinarla benevolentemente hacia
su hijo. Tenía a su favor el haberla conocido en la corte de Bruselas y, sobre
todo, el poder negociar directamente con doña Juana que, desde su estancia de
casi diez años en la corte de Bruselas, dominaba perfectamente el francés[188].
El plan de Chièvres, sintonizando en esto con su señor, era sencillo:
entrevistarse con doña Juana para tantear su ánimo, hablarle de sus hijos, para
saber si reaccionaba ante su recuerdo, y, en caso positivo, darle a conocer que
estaban allí, deseando presentarle sus respetos; tras de lo cual vendría la
persuasión para que, dejando todo cuidado, descansase de las tareas de Estado,
delegando en su hijo. Algo que ya estaba realizando, pero que convenía que el
país comprobase que se seguiría haciendo, no usurpando a la Reina sus legítimos
derechos regios, sino con su beneplácito y aprobación.
Y, con algún vaivén de su ánimo, lo cierto es que doña Juana respondió a lo que
se pedía de ella. Ordenó que pasaran sus hijos, a los que abrazó sin más
protocolos palatinos. Entonces Carlos le expresó sus vivos deseos de verla,
tras tantos años de ausencia, y le manifestó cuán contento estaba por
encontrarla tan bien de salud.
Lo cierto es que Juana contaba entonces treinta y siete años y su estado físico
era bueno, y su belleza era manifiesta a poco que permitiera a su servidumbre
que la arreglaran.
Pero hubo un momento de confusión. En la mente de Juana estaba el cliché de sus
hijos pequeños, tal como los había dejado al salir de Flandes hacía once años.
Era también la imagen perpetuada por aquel tríptico en el que aparecían Carlos,
Leonor e Isabel, unos niños de cuatro, tres y un año. Entonces, ¿quiénes eran
en verdad aquellos Príncipes que se presentaban ante ella, aquella mujer,
Leonor, de diecinueve años y aquel joven de diecisiete?
Y se le escapó la duda: «Pero, ¿son mis hijos?»
Mas, una vez hecha a la idea del cambio operado por el tiempo, reaccionó con
normalidad, permitiéndoles que se retiraran para descansar de aquel largo
viaje.
Todavía quedaba la otra parte de la negociación, la de conseguir su visto bueno
para que Carlos gobernase en su lugar.
Chièvres se lo planteó a la Reina con habilidad. La cuestión era tan
importante, que el cronista flamenco Laurent Vital nos lo relata con todo
detalle: Dado que el buen Dios le había dado tantos reinos que gobernar y tan
pesada carga para hacerlo con orden y justicia, y dado que también le había
dado tal hijo, con tan buenas condiciones, ¿por qué no descansar en él,
dejándole la carga del gobierno?
Y añadió algo más, muy significativo, algo para persuadir de lleno a la Reina:
así tendría la satisfacción de ver cómo su hijo se iba formando como un
verdadero rey:
Harías bien, Señora, en entregarle desde ahora el cargo, a fin
de que en vida vuestra aprenda a regir y a gobernar vuestro pueblo[189].
Como cabía suponer, por las muestras constantes de la
repugnancia que sentía la Reina hacia las materias de Estado, como si
advirtiera que dada su incapacidad podía cometer grandes yerros, con la
consiguiente carga de conciencia (algo que ya había manifestado cuando se
produjo la muerte de Felipe el Hermoso, estando ausente su padre Fernando el
Católico de Castilla), Juana accedió de buen grado a lo que Chièvres le
proponía.
Y de ese modo Carlos V legitimaba a los ojos de todos su gobierno de España y
se mostraba haberse comportado, desde el primer momento, como un buen hijo
hacia su desventurada madre.
El cronista podía anotar, complacido:
Haciendo lo cual ha satisfecho a Dios y al mundo, como la razón
lo quiere y enseña[190].
Carlos V cumplía así también lo que hemos visto que le había
pedido el Consejo Real: su madre, la Reina, mantendría todos sus títulos. Él no
sería el hijo soberbio e ingrato que la despojara de su rango regio. Ya no
cabía aquella maldición con la que se le había amenazado, aquello de que Dios
castigaba a quienes tal hacían. Él no quitaría a su madre en vida el honor que
se le debía.
Juana seguiría siendo la Reina, aunque él tuviese el poder, también con título
regio. Y puesto que Juana había dado su conformidad, y como aquella entrevista
entre ambos, entre la Reina madre y el Rey hijo, se había realizado en un clima
de afectuosidad y de buen entendimiento, el asunto había que darlo por zanjado.
Otro, y doloroso, se presentaba a Carlos y Leonor: la situación de su hermana
Catalina. ¡Era su hermana pequeña, a la que no conocían más que de nombre!
Infanta de España y, sin embargo, en penoso contraste con ellos, no parecía una
princesa, sino una zafia muchacha del servicio.
En efecto, aquella chiquilla de diez años había crecido en el desamparo,
siempre al lado de su desvariada madre que solo se cuidaba de tenerla cerca. De
aspecto gracioso y dulce, con hermosos cabellos rubios —como casi todos los
príncipes de la Casa de Austria—, iba vestida de tal modo que al ver su porte
nadie la tomaría como una de las nietas de los Reyes Católicos. El contraste
con sus hermanos Carlos y Leonor, tan lujosamente ataviados, no podía ser
mayor. El cronista Laurent Vital describe con asombro su atuendo:
No llevaba más adorno, encima de su sencillo jubón, que una
chaquetilla de cuero, o por mejor decir, una zamarra de España que podía valer
dos ducados. Su adorno de cabeza era un pañuelo de tela blanco…
La hija vestida con sencillez, a lo más como lo pudiera estar la
de un sencillo caballero, no lo estaba menos la madre. Y el alojamiento, a tono
con aquella austeridad, cubierto con esteras y sin sombra de tapices. Si se
añadía la terrible sujeción de la Infanta, viviendo día y noche aquel triste
encierro en compañía de la madre, se comprende que los dos hermanos se
apiadasen de ella, tratando de mejorar su situación, como hemos de ver.
Pero primero se dispuso aquel otro acto que Carlos V quería realizar: los
solemnes funerales en recuerdo de su padre, en el convento de Santa Clara de
Tordesillas, donde se custodiaba su cuerpo insepulto. Era también un acto de
reconocimiento público de su amor filial y de hacer bien patente la grandeza
del finado. Había, pues, una mezcla de sentimientos íntimos con los propios de
glorificación de la dinastía ante un público expectante, con esa preocupación
que tienen los poderosos de aprovechar oportunidades tales para afianzarse ante
el sentir de los súbditos.
Estaba la iglesia llena de gentes —nos informa el cronista flamenco—… en un
tan grande número que no se podía entrar ni salir sino con gran trabajo, que
habían ido allí, tanto para ver al Rey como las ceremonias… Y añade,
orgulloso de quién había sido su señor:
…jamás habían visto nada semejante ni tan auténtico y
triunfante…[191]
Era un funeral regio, era el recuerdo de la muerte del rey
Felipe el Hermoso; pero llevado a cabo con tal fausto que se convertía en un
triunfo. En el triunfo de la dinastía.
Después de lo cual se imponía ya la reunión con el otro hermano, con Fernando,
el nacido en Castilla y por tanto desconocido para Carlos, y la entrada
triunfal en Valladolid.
Sobre su hermano Fernando tenía Carlos V preparado un plan cuidadosamente
meditado, en el que le había aconsejado su abuelo, el emperador Maximiliano. No
debía olvidar nunca que era su hermano, y tratarle como tal; pero dado que
existía en Castilla un partido fernandino que le hubiera preferido como rey de
España, en lugar de Carlos, era conveniente alejarlo lo más pronto posible,
mandándolo a los Países Bajos, en espera de darle un digno acomodo en otra
parte de los dominios de los Austrias.
Mas una cosa iba a ocurrir, y nada buena, sobre la que resulta difícil
pronunciarse. Pues mientras ocurrían aquellas jornadas en Tordesillas, a
principios de noviembre de 1517, agonizaba en Roa, apenas a 60 kilómetros de
Valladolid, aquel anciano Cardenal que tanto había hecho por la Monarquía y
tanto en favor de Carlos V.
En efecto, Cisneros había salido de Madrid para ir al encuentro de Carlos V. Un
encuentro que para él hubiera sido gozoso, porque era tanto como entregarle
personalmente el poder que se le había confiado, con el ánimo sereno de quien
ha cumplido. Pero el anciano Cardenal, que ya tenía 81 años, no andaba bueno.
Le apenaba el ver que pasaban los días y que el viaje de Carlos V se alargaba
tanto; en primer lugar por no haberlo hecho en 1516, a poco de la muerte de
Fernando el Católico. Después por haber esperado a tan entrado el verano de
1517, ya a las puertas del otoño. Y para postre, el llevar tan lentas sus jornadas,
pues desde su desembarco en Asturias hasta su llegada a Tordesillas había
pasado más de mes y medio. De forma que entre los servidores del Cardenal el
comentario era unánime: todo era una maniobra del poderoso Chièvres para que
Carlos V no se viera nunca con Cisneros, cuyos días estaban ya contados.
Lo cual tendría una consecuencia: que la opinión pública castellana acusara de
ingrato al Rey por aquel despectivo olvido hacia quien tanto había hecho por
él. Y Castilla perdía al buen gobernante que hubiera podido actuar sobre Carlos
V, como contrapeso a las nocivas influencias de sus consejeros flamencos.
Un ambiente bien recogido por un cronista de excepción: Juan Ginés de
Sepúlveda.
La muerte de un varón así resultó más penosa y preocupante a los castellanos,
porque se le consideraba la única persona que con su autoridad y discreción
podría guiar las acciones y decisiones de un rey muy joven aún, nacido y criado
fuera de España y no educado en las costumbres de los españoles…[192] Por
su parte, otro cronista, Alonso de Santa Cruz, concreta más sus acusaciones: la
corte carolina estaba al tanto, día a día, del avance de la enfermedad del
Cardenal:
… tenían noticia grande a menudo los que estorbaban estas vistas[193], porque
del médico que le curaba recibían cada día avisos y hasta qué tiempo podía
vivir, según natura…[194]
Por si fuera poco, Carlos V, mal aconsejado aquí, acaso por
Chièvres, acaso por Mota, mandó una carta al Cardenal en la que daba por buenos
sus servicios, permitiéndole retirarse a descansar a su arzobispado. Si hemos
de creer a Santa Cruz, tal muestra de ingratitud afectó dolorosamente al
Cardenal, acelerando su muerte[195].
Una muerte de la que tenemos un testimonio del obispo de Ávila, que asistió al
Cardenal en sus postreros momentos. Sus últimas cartas ya no las puede firmar:
sus manos son ya las de un cadáver, tan frías estaban:
… cuando vinieron al tiempo de las firmar ya tenía las manos tan
débiles y tan heladas que no fue posible poderlas firmar…
Y llegó el final temido, que Cisneros muriese sin alcanzar lo
que tanto deseaba: verse con Carlos V, con su nuevo y joven señor:
Gran juicio de Dios ha sido éste —se lamentaría el buen obispo
de Ávila— que no le dexasse ver a S. A….[196]
Con su escueta manera de recordar el pasado, cuando no se
trataba de lances de guerra, Carlos V lo rememora en sus Memorias:
Y continuando su camino hasta Tordesillas, fue a besar las manos
a la Reina, su madre; y partiéndose de allí y yendo a Mojados, halló al infante
don Fernando, su hermano, al cual recibió con grande y fraternal amor. En este
tiempo murió el cardenal fray Francisco Ximénez, que el Rey Católico[197][ había
dejado por Gobernador de los dichos Reinos…[198]
Era otra operación diplomática de urgencia: atraerse a aquel
muchacho (Fernando tenía entonces catorce años) cuyos partidarios tanto habían
intrigado para convertirlo en el heredero de los Reyes Católicos, desplazando a
Carlos V. Desde Middelburg, poco antes de embarcar para España, ya Carlos había
escrito a su hermano, advirtiéndole que no toleraría cualquier desacato y
ordenándole que apartase de su lado «aquellos malos servidores» que tal le
aconsejaban:
Muchas veces y por diversas partes, he sido informado que
algunas personas de vuestra Casa se ponían en cosas que eran en deservicio de
la cathólica Reina, mi señora[199], e mío e
daño vuestro, y otros hablaban palabras feas y malas en desacuerdo y perjuicio
de mi persona, hacían otras cosas dignas de mucho castigo…
Entre aquellos que Carlos tenía por alborotadores y malos
consejeros de su hermano estaban el comendador mayor de Calatrava y el obispo
de Astorga, a quienes Fernando debía apartar de su Casa, mandándolos a que
residieran en su encomienda, el Comendador, y en su Obispado el prelado[200].
Sin duda, fue otro acierto de la diplomacia carolina el atraerse al jovencísimo
Infante, en lo que tuvo buena mano el cardenal Cisneros. Pero todo lo
comenzado, toda aquella mejora en las relaciones entre los dos hermanos, tan
beneficiosa para la paz del Reino, había que confirmarlo. De ahí la importancia
del primer encuentro entre ambos.
Aquí la referencia del cronista flamenco Laurent Vital está llena de colorido.
Mientras buena parte del cortejo carolino se dirigía ya a Valladolid, Carlos se
desvió de su camino hacia levante, para ir al encuentro de su hermano, cuando
supo que se hallaba en Mojados. A mitad del camino se encontró con su tío, don
Alonso de Aragón, arzobispo de Zaragoza, hijo natural de Fernando el Católico,
que acudía a reverenciarlo. Poco después llegaba el propio Infante, acompañado
de fuerte guardia y de gran número de nobles castellanos. Podía parecer que se
trataba de mantener un pulso, mas al encontrarse ambos, Fernando descabalgó e
hizo las reverencias al Rey que mandaba el protocolo, dando muestras de tan
sincero acatamiento[201] que
ya no se borraría de la memoria de Carlos V.
… halló al infante don Fernando, su hermano, al cual recibió con
grande y fraternal amor…
De esa buena armonía dependían muchas cosas, y la primera la paz
en España. Y aun bastante más. Proféticamente lo diría Laurent Vital, testigo
de aquel primer encuentro:
Ciertamente es de esperar que estos dos nobles Príncipes
hermanos, e hijos[202] de
Emperador[203] y de
Rey[204], en el
tiempo futuro Dios dispondrá para ellos grandes tareas…[205]
La primera muestra de cuán estrechamente quería vincular Carlos
a su hermano la dio en seguida, teniendo antes de su entrada triunfal en
Valladolid un capítulo de la Orden del Toisón de Oro en el monasterio
franciscano del Abrojo, para imponer a su hermano el preciado collar de la
Orden.
A partir de ese momento ya se podía preparar la entrada triunfal en Valladolid.
Hasta entonces, el viaje de Carlos por España había sido mero tránsito. Pero
Valladolid ya era una meta. Con tanta frecuencia corte de la Monarquía, asiento
de su Chancillería más antigua, Valladolid era ya como el corazón de Castilla,
donde además el Rey había convocado sus primeras Cortes del Reino.
Por lo tanto, una entrada que tenía que ser triunfal, como la que las historias
contaban que hacían los grandes vencedores en la Roma imperial.
Y así el pueblo castellano, arracimado en sus calles y plazas, pudo contemplar
la magnífica entrada de su nuevo Rey. En primer lugar las habituales
demostraciones del poderío regio: las armas. Primero, formaciones de infantes:
las guardias de Espinosa. Tras ellos, la caballería regia. A continuación, los
grandes señores de Castilla. Era como el anuncio de todo el esplendor que
llegaría después: aquellos príncipes de la Casa de Austria, los nuevos amos de
España y de media Europa: Carlos, Fernando, Leonor. No agrupados, sino
escalonados, porque aquí también el pueblo tenía que ver las jerarquías; de
forma que el primero en aparecer era Fernando, llevando a su diestra y
siniestra al cardenal Adriano y a don Alonso, el arzobispo de Zaragoza. Y a
conveniente distancia Carlos, el nuevo rey de Castilla y de España entera, de
Nápoles, Sicilia y Cerdeña y señor de las Indias occidentales; iba Carlos
escoltado por los embajadores de la Cristiandad, sobresaliendo el del Papa y el
del Emperador. Le seguía ya, en aquel desfile, doña Leonor, acompañada a
respetuosa distancia por el señor de Chièvres, que en todo caso ya era señalado
como el hombre fuerte del nuevo poder; y a su imitación, el resto de las damas
de doña Leonor iban asistidas de algún caballero de la Corte. Cerraban el
desfile otras formaciones militares: los arqueros de la guardia del Rey.
Damos tan particular cuenta de la primera entrada triunfal de Carlos V en
Valladolid que, como asiento de las próximas Cortes de Castilla, asumía la
capitalidad del Reino, para marcar algo más que su simbolismo, ese simbolismo
con el que el poder se mostraba al público, para afianzar su poderío. Porque la
pregunta que nos hacemos es en qué medida se consiguió ese objetivo.
En efecto, ¿qué es lo que vio principalmente el pueblo castellano agolpado en
las calles de Valladolid? Una gran demostración de poder, sin duda. El lujo de
aquella Corte borgoñona que ahora se instalaba en España. Por lo tanto, la nota
extranjera: los Adrianos de Utrecht, los Chièvres, los Sauvages. La serie de
damas vestidas a la moda de su país, tan distinto al de Castilla, como lo iba
la propia doña Leonor. Y además, la extrema juventud: don Fernando —que, por lo
demás, era el más querido—, un chiquillo que apenas si contaba catorce años. Y
en la cumbre de todo el sistema, el nuevo príncipe, el Rey que se había
arrogado la realeza en vida de su madre, la reina doña Juana: Carlos, que era
también otro muchacho con aspecto ausente, bien joven pues no tenía más que
diecisiete años. Y la gente comentaba: «Ese es el hijo de Felipe el Hermoso».
Ahora bien, Castilla tenía mal recuerdo del rey Felipe.
Por otra parte estaba el doble hecho inquietante de su extranjería, por un
lado, y de su temprana edad, por el otro. Castilla estaba habituada al gobierno
de maduros hombres —y mujeres— de Estado: de Isabel la Católica, de Cisneros,
de Fernando el Católico, y últimamente otra vez de Cisneros. Con ellos,
Castilla había salido de su aislamiento internacional, había entrado en el gran
escenario europeo, había culminado grandes hazañas, que la habían convertido en
una potencia mundial, la única que parecía capaz de enfrentarse con el temible
poderío turco, la gran amenaza de la Europa cristiana que golpeaba por Oriente.
Y ahora, todo ese poderío, todas esas expectativas hispanas, toda esa grandeza
desplegada en la Europa mediterránea y todo lo que ya se anunciaba más allá de
los mares, pasaba a manos de un joven señor venido del lejano Flandes, del que
se decía que tenía su voluntad ganada por otro flamenco, aquel señor de
Chièvres que con tanta arrogancia seguía en el cortejo a doña Leonor de
Austria.
Por lo tanto, una muchedumbre contemplando aquel desfile, pero poco entusiasmo
entre los espectadores. La propia villa de Valladolid parecía contagiada de esa
frialdad castellana. El cronista Laurent Vital se asombra de los pobres arcos
triunfales que la ciudad había levantado. Lo que había hecho Valladolid no era
gran cosa, comenta el cronista, si bien busca una disculpa: … no tiene
costumbre de tales tareas…[206]
Estaba claro que daba comienzo una difícil etapa de transición, de
acomodamiento entre el rey y el pueblo, entre el señor de Flandes y sus nuevos
súbditos de Castilla. Y todos eran conscientes de ello. Empezando por Fernando
el Católico, si bien el viejo Rey en las últimas recomendaciones a su nieto
Carlos está obsesionado por un temor: lo que le ocurriría a su muerte a Germana
de Foix, su mujer.[207] Pero
era evidente que aquel relevo en el poder abría muchas incógnitas. El propio
obispo Mota advertía a Cisneros el 8 de marzo de 1516: el príncipe Carlos no
carecía de buenas condiciones, pero nada sabía de sus nuevos dominios,
empezando por desconocer su idioma. Y además, lo que era más grave, estaba
demasiado influido por sus consejeros flamencos, en particular por Chièvres, lo
que era un peligro para España, dada la codicia de aquellos consejeros. Y lo
mismo ocurría en política exterior, donde contrastaba la pugna anterior de los
Reyes Católicos con los reyes de Francia, con la francofilia manifiesta de
Chièvres (que no era otra que la que había sustentado diez años antes Felipe el
Hermoso); y tanto, que hacía firmar a Carlos, en sus cartas a Francisco I, como
«humilde servidor y vasallo», dejando prevalecer aquella condición primera de
conde de Flandes.[208]
No poco de tales novedades trascendieron a la opinión pública, cuando no las
sospecharon. Que los grandes señores flamencos miraban la empresa de España
como una vasta operación económica de la que iban a sacar notables provechos se
deduce por muchas vías; una operación que suponía, en principio, un alto coste
que había que financiar, para lo que la corte de Bruselas acudió a las arcas
del rey Enrique VIII de Inglaterra; posiblemente por la facilidad que deparaban
las buenas relaciones con Londres, donde el rey de Inglaterra estaba desposado
con Catalina de Aragón, tía carnal de Carlos V. Curiosamente, el préstamo de
100.000 florines de oro concedido por Enrique VIII, que sirvieron para
financiar el primer viaje de Carlos V a España, estaba respaldado únicamente
por los grandes señores flamencos de la Corte de Carlos V: Felipe de Clèves,
señor de Ravenstein; Carlos de Croy, príncipe de Chimay; Enrique, conde de
Nassau y señor de Breda; Guillermo de Croy, señor de Chièvres; Juan de Sauvage,
canciller y señor de Descambelze, y por último, Antonio de Lalaing, señor de
Montigny y Tesorero.[209]
Por lo tanto, no era extraño que un clima de desconfianza reinase en Castilla
ante aquella invasión que les venía de Flandes y que no auguraba nada bueno
para el futuro del país.
En ese ambiente tuvieron lugar las primeras Cortes de Castilla convocadas por
Carlos V en Valladolid y celebradas en 1518.
§. Las Cortes castellanas de 1518
La desconfianza de Castilla hacia el nuevo gobierno de Carlos V estaba también,
sobre todo, en relación con las mercedes sin cuento que el joven Rey estaba
concediendo a sus consejeros flamencos. Era como un despojo que no tuviera fin,
y hasta tal punto que lo llevado a cabo en el primer año del reinado de Carlos
V, en 1516, hacía temer a López de Ayala —el comisionado de Cisneros en la
corte de Bruselas— que se hiciera a Castilla:
… subjeta al condado de Flandes…[210]
Y se comprende, dada la cascada de regias recompensas realizadas
a favor de los señores flamencos sobre dignidades y bienes de la Monarquía
Católica.
El más beneficiado había sido Chièvres, a quien Carlos V había hecho, por su
real cédula de 20 de abril de 1516, contador mayor de Castilla. Antes de acabar
el año, el 24 de diciembre, se le nombraba capitán general del mar en la Corona
de Aragón y almirante de Nápoles. Y no bastando eso, se le hacía señor del
ducado de Sora, Castellaneta, Vico, Santa Ágata y Rocca Guglielma en el reino
de Nápoles. [211]
Otros señores flamencos recibían mercedes en Indias. Y su alto clero no quedaba
atrás: Adriano de Utrecht recibía el obispado de Tortosa y Ludovico Marliano el
de Tuy.
A todos excedió lo conseguido por el sobrino de Chièvres, Guillermo de Croy, un
jovencillo de 17 años al que se le otorgaba nada menos que el arzobispado de
Toledo. La perla de la Iglesia española, su mitra más importante, concedida a
un flamenco. ¡Que el sucesor del gran cardenal fuera un muchacho imberbe y
extranjero era un alarde de prepotencia, un desprecio a los sentimientos
nacionales de Castilla!
Con razón, pues, la opinión pública castellana estaba entre alarmada e
indignada, aunque es posible que en la decisión de Carlos influyera la presión
de algunos nobles, como el marqués de Villena, que antes que ver en la mitra
toledana a un personaje poco grato, prefirieron apoyar al compañero juvenil del
Rey[212]. Pero la
opinión pública no sabía nada de tales manejos cortesanos, mientras que lo que
verdaderamente contaba era que la Iglesia española había sido humillada; y eso
era tanto como humillar a la nación entera. El malestar era tan grande que en
Valladolid se hacía la vida imposible a los flamencos del cortejo de Carlos V,
en especial cuando la dificultad de encontrar alojamiento llevó a los
aposentadores a una medida extrema: acomodarlos en casa de los clérigos de la
Villa, vulnerando sus antiguos privilegios. Las quejas de la clerecía fueron
inmediatas y procedieron con todas sus fuerzas contra ellos, en especial en las
iglesias. Laurent Vital nos lo cuenta gráficamente:
… nos daban con la puerta en las narices…
Y cuando se quejaban, oyeron la amenazadora respuesta:
… que era mala cosa encolerizar a los curas en Castilla…[213]
Así las cosas, y en un ambiente tan tenso, se abrieron las
Cortes castellanas de 1518. Carlos V había nombrado a Sauvage como presidente,
poniendo a prueba la resistencia de la institución; pero tuvo que ceder, ante
la fuerte oposición encontrada, pues los procuradores se negaron a reunirse.
Fue designado entonces el obispo Mota, dando comienzo las sesiones el 9 de
febrero.
Dos días antes se procedió con toda solemnidad a rendir el pleito homenaje al
Rey, dentro de la más estricta tradición medieval. En las primeras horas de la
mañana fueron llegando los más destacados personajes de la nobleza castellana a
la casona-palacio donde se alojaba Carlos. De allí salió la comitiva regia
hacia la cercana iglesia de San Pablo, el Rey montado a caballo y siendo precedido
por el conde de Oropesa que portaba la espada regia, como símbolo de la
Justicia. El día, como de febrero, estaba lluvioso, incluso con copos de nieve:
… hacía muy mal tiempo…
relataba el cronista.[214]
Después de la solemne misa, se procedió a la ceremonia del juramento y pleito
homenaje ante el Rey, sentado en su sillón puesto en alto ante el altar mayor;
detrás de él, se veía al cardenal Adriano, el futuro Papa, con los santos
Evangelios. Y se inició el desfile de los presentes ante su Rey, empezando por
sus hermanos Fernando y Leonor, siguiendo por la alta nobleza y el alto clero y
terminando por los procuradores representantes de las dieciocho ciudades con
voz y voto en las Cortes; todos besando la mano del Rey en señal de su
acatamiento. Una ceremonia doblada con la que vino a continuación de
pleito-homenaje:
… que es cosa mucho más firme, sin comparación, que hacer
juramento, porque es un juramento que no se puede faltar a él sin cometer caso
de traición[215].
La ceremonia se terminó con el juramente de Carlos, con su mano
diestra sobre los Evangelios, de cumplir como un buen rey para sus nuevos
súbditos. Dos días después se abrían las Cortes.
Estamos ante una de las Cortes castellanas de mayor valor para el conocimiento
del pensamiento político de la época. Frente a la tendencia absolutista de la
Monarquía, haciendo hincapié en el origen divino de su poder, las Cortes alzan
su propia voz: por el contrario, el poder está en la república, y si el rey
reina y gobierna, es por un pacto callado. Y son estas mismas palabras las que
se emplean, como hemos de ver.
En un principio, conforme mandaba la costumbre, las Cortes oyeron el discurso
de la Corona, pronunciado por el obispo Mota. Tratándose de unas Cortes
especiales, pues eran las que habían jurado como rey a Carlos, pero también las
que se suponía que iban a exigir el reconocimiento por la Corona de los
antiguos privilegios de Castilla, Mota comenzó su discurso con una loa a los
procuradores presentes:
El Rey nuestro señor, honrados caballeros, está muy satisfecho
de vosotros…
Todo el acto de la jura, tenido el domingo anterior en la
iglesia de San Pablo, se había celebrado de forma solemne,
… con tanta fidelidad, acatamiento, reverencia y silencio…
Y a continuación, en justa correspondencia, la promesa regia:
Dice más Su Majestad, que su intención y determinada voluntad ha
sido y será siempre guardaros vuestras preeminencias y privilegios y buenas
costumbres…
Era evidente que la nación estaba alarmada. Mota trata de ganar
la confianza de las Cortes: ¿Por qué se había puesto en viaje el Rey? ¿Para qué
estaba en España?
… vino a España para guardarlas, no para quebrantarlas. A partir de
ese momento, Mota enfoca la cuestión del día: el servicio que el Rey esperaba
de las Cortes; esto es, el dinero que los procuradores debían votar para ayudar
a su Rey. Y, para ello, les recuerda las nuevas obligaciones que Carlos tenía,
no solo de cara a Castilla, sino también de cara a Europa. Se dará cuenta de la
victoria que el gran enemigo de la cristiandad había tenido sobre «el Soldán de
Egipto»; era, como si dijéramos, la noticia del día. Y ya Carlos V considera
que él tenía que salir al paso de aquella amenaza, porque a ello le obligaba su
ejecutoria; que no en vano era rey:
… y rey cristiano y tener nombre de católico, y venir y
descender de reyes, que tantas y tan gloriosas victorias han habido contra los
infieles…
Y la complicación que supone para Castilla la nueva dinastía se
anuncia rotundamente, porque su nuevo rey tenía la mayor frontera con el Islam,
añadiéndose a las viejas fronteras marítimas de Nápoles y sur español, las que
ahora se tenían hacia Constantinopla. Se daban ya como propias las fronteras
austriacas, y a ellas se alude directamente:
… porque ancha parte del patrimonio del Emperador confina con el
Turco, por parte de Constantinopla…[216]
El Emperador, esto es, Maximiliano I, el abuelo de Carlos V, que
ya sentía la amenaza otomana por su frontera oriental. Era como augurar las
correrías turcas sobre Austria, de 1529 y 1532, y lo que es más notable, como
si el título imperial lo tuviese Carlos V en la mano. Y como era tanto el
esfuerzo en pro de Europa que se va a solicitar de inmediato a las Cortes
castellanas, vendría al punto el obligado halago. Se proclamará que el Rey
tiene a Castilla como:
… la fuerza de todas sus fuerzas, con el cual [Reino] se conquistan y defienden los otros…
A ese discurso de Mota contestaría el procurador burgalés Zumel,
en nombre de toda la corporación. Y se hace eco de una antigua concepción
política, distinta a la tesis del origen divino del poder regio: la del
contrato tácito entre Reino y Rey, por el cual se entendía que el Reino servía
al Rey con sus tributos y le ayudaba con sus gentes en caso de guerra, mientras
que el Rey se obligaba a una buena justicia. Por lo tanto, el Rey al servicio
del Reino. Y así llegaron hasta los oídos de Carlos V aquellas altivas
palabras:
En verdad —habló Zumel— nuestro mercenario es, e por esta causa
asaz sus súbditos le dan parte de sus frutos e ganancias suyas e le sirven con
sus personas todas las veces que son llamados…
Eso obligaba gravemente al Rey, y de ahí la severa advertencia
de Zumel al monarca:
Pues mire Vuestra Alteza[217] si es
obligado por contrato callado a los tener e guardar justicia…[218]
El mejor alcalde, el rey; el mejor juez, el rey. Era un deseo
popular que recogería la literatura. Para lo cual, era preciso que el rey
eligiera bien a sus ministros, conforme a la sentencia bíblica:
Juzgarás a mi pueblo y escogerás varones prudentes, temerosos de
Dios que tengan sabiduría e aborrezcan la codicia.
Tal era el recuerdo que había dejado Isabel la Católica, tenida
por eso como modelo de reinas. Y como había advertido que no debía dejarse
entrar a los extranjeros en el gobierno del Reino, las Cortes se lo recuerdan a
Carlos V. La Reina pensaba en lo que ocurriría a su muerte, con la llegada de
Felipe el Hermoso a España, pero la situación no podía ser más parecida, con la
llegada de Carlos V a la muerte de Fernando el Católico. De ahí la petición de
las Cortes al Rey:
Vuestra Alteza mande ver las cláusulas del Testamento de la
reina doña Isabel, nuestra señora, que haya gloria, que en esto hablan…
Y, junto con la acostumbrada referencia al matrimonio, para que
garantizara una de las misiones prioritarias de la realeza, lograr la
tranquilizadora sucesión, una petición urgente: que aprendiera el castellano,
para que entendiera y fuera entendido por sus súbditos.
Algo tan razonable que Carlos lo promete de inmediato:
A esto se vos responde que nos place dello e nos esforzaremos a
lo fazer…
Es más, ya Carlos lo estaba intentando:
… e ansí lo habemos ya comenzado a hablar con vosotros e con
otros destos nuestros Reinos.
Una cuestión quedaba pendiente, e importante: las Cortes
castellanas tenían noticia de las negociaciones del Rey con Francia, en torno a
una posible devolución de Navarra a la Casa Albrit. ¡Gran alarma! ¿Estaría en
peligro la última gran obra política del rey Fernando, la que había cerrado la
unidad territorial de la Monarquía hispana? Las Cortes aquí se mostrarían
unánimes: el Rey debía mantener a Navarra incorporada a Castilla
… por ser la llave principal destos Reinos…
Para ello le ofrecían todo lo que tenían: vidas y hacienda[219].
Al lado de las tradicionales peticiones de las Cortes, en cuanto a que se
exigiese la residencia a todas las justicias del reino, a que no se sacase ni
oro ni plata, a que no se enajenasen los bienes de la Corona, y a que no se
exportasen caballos[220], nos
encontramos con otras muy significativas, relacionadas con lo que se estaba
viviendo en Castilla: la llegada al poder de un rey extranjero.
De entrada, aquel Rey quería imponer usos nuevos, como el tratamiento casi
divino de Majestad, frente al tradicional usado en Castilla para sus reyes de
Alteza; cosa a la que se resistieron las Cortes.
Y estaba también la cuestión, dudosamente resuelta, del trato que se estaba
dando a la reina doña Juana. ¿En verdad estaba incapacitada para regir sus
Reinos? Las Cortes no lo tenían muy claro. De ahí que su primera petición a
Carlos fuera que a doña Juana se le devolviera todo el rango a que tenía
derecho.
… como Reina destos Reinos. Su nombre debía anteceder al de Carlos
en todos los documentos. Y sus derechos regios ser reconocidos, de forma que si
recobraba la razón, Carlos, el hijo, dejara todo el poder en sus manos.
Era tanto como señalar al Rey cuánto se dudaba de la locura de doña Juana. ¿No
se trataría de una mísera conjura, para que aquel joven señor venido de Flandes
usurpase el poder?
Una duda que volvería a brotar con toda su fuerza, cuando se produjese a poco
el alzamiento de las Comunidades[221].
Por supuesto, las Cortes insistirían además en otros dos puntos: que no se
diesen cargos a extranjeros y que el infante don Fernando no saliese de España
hasta que Carlos no tuviese hijos.
Ahora bien, concedieron a Carlos un buen servicio de doscientos millones de
maravedíes a pagar en tres años.[222]
§. La vida familiar del rey: Catalina, Fernando, Germana de Foix
Recojamos ahora otro aspecto distinto, pero tan importante para captar a
nuestro personaje: su vida familiar. Carlos había dejado en los Países Bajos a
sus hermanas Isabel y María. Acompañado de la mayor, doña Leonor, se
encontraban en España a los dos Infantes que habían nacido aquí, Fernando (en
Alcalá de Henares y en 1503) y la más pequeña, a la hija póstuma de Felipe el
Hermoso, a Catalina, nacida en 1507. Para ambos, el Rey tenía previsto un
cambio sustancial de sus vidas. Para Catalina, simplemente, sacarla de aquel
cautiverio de Tordesillas e incorporarla a su Corte, junto a doña Leonor. En
cuanto a Fernando, el problema era más delicado, por lo que suponía, tanto él
como su partido, en relación con sus aspiraciones al trono de España.
El caso de la infanta Catalina, su tristísima niñez viviendo el cautiverio de
la madre doña Juana en Tordesillas, conmovió tanto a Carlos como a Leonor,
cuando lo comprobaron ellos mismos en su visita a la reina madre. De inmediato,
se propusieron sacar a la Infanta, su hermana, para que viviera ya con ellos,
con el rango que le correspondía.
Fue un plan que vivió emocionada toda la Corte y que nos transmite fielmente el
cronista Laurent Vital.
Según esa información, los servidores del Rey penetraron de noche en la cámara
de la Infanta, haciendo un hueco en su pared, y la sacaron de Tordesillas,
llevándola bien acompañada en una litera a Valladolid, donde la esperaban
impacientes sus hermanos, siendo alojada en la misma casa de doña Leonor.
Y añade Laurent Vital, como testigo de vista:
Con la llegada de esa gentil princesa toda la Corte se sintió
muy alegre. La vi entrar e ir al cuarto de su hermana, por una galería, y la
llevaba de la mano el señor de Traseignies, y la señora de Chièvres de la otra
mano, y llevaba la cola de sus vestidos la señora de Beaumont…[223]
De ese modo abandonaba su cautiverio y se incorporaba a la
Corte, con todo el rango que le era debido como infanta de España, la hasta
entonces desvalida Catalina.
Sería por poco tiempo. Pues los lamentos de su madre, la Reina, serían tales y
tan desgarradores (« ¡Me han robado a mi hija!», no cesaba de clamar,
desesperada) que Carlos V tuvo que consentir en que Catalina volviese a
Tordesillas, si bien teniendo su cámara propia y con otros cuidados en trato y
servicio, como los que correspondían a su categoría principesca.
Aquella chiquilla de diez años aún tendría que vivir otros ocho años en el
retiro de Tordesillas, asistiendo a jornadas históricas de primera magnitud,
como la rebelión de las Comunidades de Castilla, con su forcejeo por el dominio
de aquella Villa, de tanta significación política, antes de su cambio radical
de vida, al desposar en 1525 con el rey Juan III de Portugal.
Entonces la Infanta pasaría, definitivamente, de un cautiverio más o menos
dorado, a reina del Reino más rico de la Cristiandad, jugando ya un papel de
primer orden en el tablero de la Europa renacentista.[224]
Algo de lo que tendremos ocasión de hablar.
Quedaba para el Rey, Carlos de Flandes, resolver otra cuestión más peliaguda:
la suerte de su hermano Fernando. En Bruselas se conocían los manejos del
partido fernandino en Castilla para que Fernando desplazara a Carlos, con su
argumento de que el trono de España no podía ser ocupado por un extranjero; de
forma que el nacido en Alcalá de Henares debía ser preferido al que lo había
hecho en Gante. Aunque entonces se tomaron medidas, como las ya indicadas de
apartar del lado de Fernando a los más destacados cabecillas de aquel bando, el
propio emperador Maximiliano I consideró que lo más seguro era resolver de una
vez por todas el conflicto, sacando a Fernando de España; y para endulzarle la
medida, se le hizo ver que si se conformaba con ello, se le aseguraba un digno
destino, al frente del patrimonio territorial que la dinastía poseía en el
centro de Europa.
Una decisión que se enfrentaba con el deseo de Castilla de que el Infante no
saliese de España. A fin de cuentas, Fernando era el primero en la lista de los
que tenían derecho al trono, en caso de que Carlos muriese, dado que el Rey
todavía no se había casado y, por lo tanto, carecía de herederos propios. Y esa
situación se prolongaría hasta 1527, de forma que durante esos nueve años,
quien podía convertirse en el nuevo rey se hallaría a cientos de leguas de
distancia.
Pero el plan regio se cumplió en aquel mismo año de 1518. Una flota fue
preparada en Laredo, y allí hubo de dirigirse el infante don Fernando, aunque
sus partidarios trataron de aplazar el viaje. Dejando su pequeña Corte de
Aranda de Duero, Fernando llegó en el mes de mayo a la costa santanderina y el
23 embarcaba, rumbo a los Países Bajos.
Noticia tan esperada por Carlos V, que un mensajero tenía la orden de estar
listo y con el pie en el estribo, para salir a galope cuando le viera embarcar,
llevándole aquella para él tan buena nueva.[225]
Buena para él, pero lamentable para la mayoría de los castellanos, como el
fidedigno cronista Sandoval recogería medio siglo más tarde:
…la ida del Infante destos Reinos pesó a muchos, y se comenzó
a murmurar…[226]
Más placentero resultó para Carlos V atender el ruego de su
abuelo Fernando el Católico en cuanto a que no abandonara a la reina viuda
Germana de Foix:
… no le queda, después de Dios, para su remedio sino solo vos…[227]
Y Carlos tomó muy a pecho el ruego del abuelo. Ya en su primera
entrevista con doña Germana «besó y saludó» a la Reina, mostrándose igual de
afectuoso con las damas de su Corte. Y Laurent Vital, testigo de vista, añade
este rumor:
… oí decir que había conquistado entonces el amor de una dama…
¿Quién era esa dama? Sin duda, muy principal, pues en su honor
ordenó el joven Rey que se hicieran torneos y se celebrasen banquetes. Todo era
poco para aquel joven enamorado:
Y no era maravilla, porque a gentes enamoradas nada les es
imposible[228].
El Rey tenía entonces diecisiete años y no es extraño que se
dejara ganar por una mujer de veintinueve, atractiva, que todavía estaba lejos
de aquel padecimiento que le llevó más tarde a la penosa obesidad que después
tanto la afearía.
Unas relaciones amorosas que se dejan entrever por el relato del cronista. Así,
el palacio del Rey y la casona donde vivía doña Germana en Valladolid estaban
fronteros, pero eso no bastaría a Carlos V, quien ordenaría que se alzase un
puente de madera:
… para que el Rey y su hermana pudieran ir en seco y más
cubiertamente a ver a la dicha Reina…
Unas visitas que eran correspondidas, pues también Germana de
Foix aprovecharía la oportunidad que le deparaba el puente, escapando al
comentario de las gentes:
… y también la dicha Reina iría por él al palacio del Rey…
¿Visitas protocolarias? ¡No! Visitas secretas o, lo que es lo
mismo, visitas amorosas:
Y sirvió de mucho —es otra vez el cronista quien nos informa—…
y, sobre todo a los enamorados, porque más fácilmente podían ir por él a
visitar a sus amados y enamorados…[229]
Pese a ello, pese a tan reveladoras indicaciones del cronista
flamenco, los historiadores actuales han ignorado esas andanzas del joven Rey.
Sería preciso que una profesora valenciana, Regina Pinilla Pérez de Tudela,
encontrase en Simancas las pruebas documentales de estas relaciones, al
realizar su Tesis Doctoral sobre Germana de Foix; la Reina dejaba en su
Testamento su joya más preciada a su hija, la infanta Isabel:
Ítem, legamos y dexamos aquel hilo de perlas gruesas de nuestra
persona, que es el mejor que tenemos, en el que hay ciento y treinta tres
perlas…
¡Un collar de 133 perlas gruesas! La joya no era cualquier cosa.
¿Y a quién se la lega la Reina?
… a la serenísima doña Isabel, Infanta de Castilla, hija de su Majestad del
Emperador, mi señor e hijo… Por lo tanto, Germana de Foix deja
marcada, sin lugar a dudas —y en un documento tan fidedigno como es su
Testamento— quién era el padre de aquella Isabel de Castilla: el Emperador.
Nada dice expresamente de la madre, aunque bien podía suponerse; eso lo
atestiguará, como veremos, el duque de Calabria, su marido.
Una hija que se criaba ausente, acaso en la Corte de la Emperatriz, pues doña
Germana hacía años que residía en Valencia, como virreina del Reino valenciano.
Pero, naturalmente, seguía acordándose de su hija. Y así añade en su
Testamento:
Y esto (lo hago) por el sobrado amor y voluntad que tenemos a Su
Alteza…[230]
Y su viudo, el duque de Calabria, perfecto conocedor de todo
aquel embrollo familiar, comenta en carta dirigida a la Emperatriz:
Vea V. M. el legado de perlas que dexa a la serenísima Infanta
doña Isabel, su hija. V. M. Mandará screvirme si es servida que se le embíen
con hombre propio…
Tal ocurría en octubre de 1536. Para entonces, Carlos V ya había
tenido dos hijas con la Emperatriz: María y Juana. Pero en la Corte de su
esposa se criaba esa otra hija suya, Isabel, a la que los duques de Calabria
dan también el título de Infanta, aunque evidentemente sin que tuviera derecho
a ello, ya que no tenemos noticia de que Carlos V la hubiera reconocido como
hija. Añadamos que doña Germana acompañó a Carlos V hasta Barcelona, donde casó
en 1519 con el marqués de Brandemburgo; era la forma imperial de dar por
terminada aquella relación amorosa.
§. Al encuentro de aragoneses y catalanes
El 22 de marzo, Carlos salía de Valladolid acompañado todavía de su hermano
Fernando. En Aranda se despedirían, debiendo Fernando, como ya hemos visto,
dirigirse hacia Laredo, para embarcar hacia los Países Bajos. Tardarían años en
volver a verse.
El viaje de Carlos a sus reinos de la Corona de Aragón también tenía sus
dificultades. Asimismo en Aragón había existido la sospecha de que otro
personaje de la familia real se quería alzar con el poder.
Se trataba del arzobispo de Zaragoza don Alonso, hijo natural de Fernando el
Católico. Y es posible que hubiera algo de cierto, si hemos de creer al
dicho: explicatio non petita, accusatio manifesta. Pues a ese
tenor, el 16 de marzo de 1516 mandaba a Bruselas don Alonso de Aragón a un
enviado especial, don Juan de Aragón, con la misión de encarecer al Rey que él
no tenía culpa alguna sobre los rumores que habían corrido en cuanto a su
intento de hacerse con la Corona de Aragón:
… que me había de alzar con los Reinos…[231]
Por el contrario, don Alonso haría los mayores extremos para
asegurar a su regio sobrino de su fidelidad sin fisura alguna:
… fasta derramar la sangre y perder la vida…[232]
Pero no debía de estar demasiado seguro de ello Carlos. Y tanto,
que prohibiría a su tío, el arzobispo don Alonso, que fuera a visitar a la
reina doña Juana, medida que agravió y mucho al Arzobispo[233].
Evidentemente, en la prohibición al Arzobispo había algo más que una cuestión
familiar. Que de pronto sintiera don Alonso de Aragón tanto deseo por ver a su
hermanastra había que achacarlo, más que a un repentino amor fraterno, a una
labor de información, como si se dudara por los aragoneses de la incapacidad
mental de doña Juana y, en consecuencia, del derecho de Carlos a gobernar el
país como verdadero rey. Sin que faltara el temor de que don Alonso quisiera
intrigar en Tordesillas, para conseguir el favor de la Reina para esas
aspiraciones que se le atribuían a convertirse en rey de Aragón.
En su viaje a Zaragoza, una vez separado de su hermano don Fernando, Carlos lo
hizo acompañado de su hermana Leonor y de Germana de Foix.
Carlos hizo su entrada en Zaragoza el 9 de mayo de 1518. Encontró una buena
acogida de la población, lo que le hizo creer que en breve podría celebrar las
Cortes, ser jurado rey, obtener algún subsidio y continuar aquel mismo verano,
o a lo más en otoño, su ruta hacia Barcelona.
No sería así. Por primera vez conocería Carlos las dificultades que entrañaba
el negociar con las Cortes de la Corona de Aragón, bien reino tras reino, en
lugares y fechas distintas, bien reunidas todas ellas —aragonesas, catalanas y
valencianas— en un mismo sitio y a la vez. De forma que su esperanza de estar a
principios del otoño en Barcelona, donde había convocado las Cortes catalanas
para el 2 de octubre, se vio frustrada.
En vano hizo el Rey el mayor esfuerzo para convencer a los aragoneses, en el
discurso inaugural de las Cortes aragonesas, iniciadas el 20 de mayo de 1518 en
el palacio de la Diputación. Allí les recordó cómo había dejado sus tierras
natales de Flandes:
… olvidamos el amor natural de tal patria, donde nacimos, a lo
cual todos los mortales son inclinados…
Afrontó el peligro de la mar y el que quizás pudiera acecharle
en tierra, como a su padre Felipe el Hermoso; donde se desliza una sospecha
hacia aquella temprana muerte. Pero atendiendo a las peticiones de los
embajadores que le llegaban de España, y entre ellos, del reino de Aragón, se
había puesto en camino. Y en Castilla había sido jurado por rey y señor de
aquel Reino y ayudado con un servicio de doscientos millones de maravedíes:
… que es el mayor servicio que nunca en aquellos Reinos se hizo
a los Reyes nuestros predecesores…
Era lo mismo que esperaba del reino de Aragón: el juramento de
fidelidad y un buen servicio.
Como en ocasiones similares, en el discurso de la Corona se entremezclarían los
halagos al país con las exhortaciones a su buen comportamiento. El Reino
aragonés era proclamado como el principal de aquella Corona (idea ciertamente
que es dudoso que compartieran catalanes y valencianos):
… de todos los reinos nuestros marítimos de la corona de
Aragón, de los cuales este Reino es cabeza y están a él unidos…
Para acabar de impresionar a sus oyentes, se haría un alarde de
la prepotencia internacional del nuevo rey que les llegaba a los aragoneses; no
era Carlos un príncipe cualquiera. Con el Papa tenía estrecha alianza:
… y le hallamos muy propicio y benigno en nuestras
cosas…
El Emperador era no solo su abuelo, sino también su deudor, cosa
razonable pues sus dominios eran el patrimonio familiar:
… su Estado y nuestro…
Con el rey de Francia Francisco I había establecida
confederación, apoyada con futura alianza matrimonial[234], y además
le había concedido la Orden del Toisón de Oro; como también la tenía el rey de
Inglaterra Enrique VIII:
… nuestro tío y hermano…
No menos estrecha era la alianza que tenía con el rey de
Portugal. Y no quedaba ahí la cosa, pues tan venturosa paz en la Cristiandad se
veía afianzada con las buenas relaciones con otros países más alejados, como
Dinamarca y Hungría, cuyos reyes estaban casados con sus hermanas Isabel y
María. Incluso el rey de Polonia
… es nuestro amigo y confederado y casado con nuestra parienta y
natural…[235]
Eso es lo que le permitía venir a gobernar en paz a España y
cumplir lo que más deseaba:
… hacer la guerra a los infieles enemigos de nuestra
santa fe católica…[236]
Tantos halagos no bastaron para acelerar las Cortes aragonesas.
Como comenta Merriman, los aragoneses estaban más interesados en defender sus
privilegios que en celebrar todos aquellos parentescos regios de que había
hecho gala el Soberano[237]. Acabaron
por fin por jurar a Carlos como nuevo rey, conjuntamente con su madre doña
Juana, concediéndole una discreta suma de 200.000 ducados, algo menos de la
mitad que le había asignado Castilla.
Cuando tal ocurría, ya se había pasado el año 1518.
Y un hecho a recordar: durante su estancia en Zaragoza, en el mes de junio,
fallecía uno de los principales consejeros flamencos de Carlos, Sauvage, que
ostentaba el cargo de canciller.
Fue la ocasión para que entrase en escena un político que pronto daría que
hablar, y que durante más de doce años llevaría en sus manos la política del
Rey, que muy pronto sería Emperador: el piamontés Mercurino de Gattinara.
Y en la vorágine de los acontecimientos en que estaba entrando España, dos
sucesos encontrados: la petición del rey de Portugal Manuel el Afortunado de
casar con doña Leonor —boda que se celebraría en Zaragoza por poderes en junio
de 1518—, y la noticia de cuán enfermo andaba el emperador Maximiliano I, con
todo lo que eso suponía: la próxima batalla para cubrir aquella vacante
imperial, tan anhelada por Carlos de Austria.
Dejando atrás Zaragoza, Carlos entraba en Barcelona el 15 de febrero de 1519. Y
allí estaría casi un año, superando así durante su primera estancia en España
el tiempo pasado en Valladolid (apenas cuatro meses) y en Zaragoza (unos ocho
meses).
Para entonces, ya había muerto su abuelo Maximiliano I, el 12 de enero de 1519,
y se entraba en la agitada etapa de la elección imperial.
En ese ambiente, ya tan tenso para Carlos, se abrieron las Cortes catalanas el
16 de febrero de 1519. El discurso de la Corona es prácticamente una
repetición, casi al pie de la letra, del pronunciado en Zaragoza en el mes de
mayo de 1518; se haría referencia a las tierras natales del Rey, al sentimiento
por dejarlas atrás, a los peligros afrontados para hacer el viaje por mar, a la
paz conseguida con toda la Cristiandad —aludiendo ya, claro, a la novedad de la
boda de su hermana Leonor con el rey de Portugal Manuel el Afortunado— y al
deseo de combatir al Turco, contra el que preparaba gran armada
… por consejo e inducción de nuestro Santo Padre… Y como el fin
último del discurso regio era inducir a las Cortes catalanas a un buen
servicio, se les recordaba, como a las aragonesas, lo que ya le habían dado los
Estados de los Países Bajos, de 800.000 coronas, las Cortes castellanas de 200
cuentos de maravedíes, y las aragonesas de 200.000 libras jaquesas. Para
terminar con una declaración llena de orgullo: la guerra al Turco
… con lo cual creemos ampliar todos nuestros Reinos y señoríos,
juntamente con nuestra persona real…[238]
Por lo tanto, era pasar ya abiertamente de aquella divisa suya
inicial Nondum a la ambiciosa y que ya sería la del resto de
su vida, Plus ultra, con la cual le conocería la Historia.
Por aquellas fechas, Alberto Durero haría un hermoso grabado de Carlos V. Aún
no ha recibido la corona imperial, pero ya aparece con todos los signos
emblemáticos hispanos, el yugo y las flechas del escudo de sus abuelos
maternos. Y, sobre todo, con su lema preferido, aquí en alemán:
Noch weiter
Esto es, plus ultra, todavía más allá.
Y era necesaria aquella arrogante declaración, aunque solo fuera para
tranquilizar a los catalanes, que precisamente por aquellas fechas se habían
visto inquietados por la amenazadora presencia de varias fustas norteafricanas
incluso ante Barcelona, cogiendo a la ciudad prácticamente indefensa, lo cual
sintió Carlos con particular vergüenza:
… Su Alteza —nos refiere el cronista Santa Cruz— recibió
mucho enojo y no pequeña afrenta en ver que no hubiese en la dicha plaza [de
Barcelona] ningunas fustas ni galeras para salir contra las de los moros…[239]
Para entonces, la noticia de la muerte del emperador Maximiliano
I planteaba a Carlos una cuestión tan urgente como anhelada: su elección a la
corona imperial.
Capítulo 4
La corona imperial
En estos años se iba a producir uno de los hechos de mayores
consecuencias del Quinientos europeo: el salto de toda una generación desde la
de Maximiliano I hasta la de Carlos V, desde el abuelo al nieto; todo ello a
causa de la inesperada pérdida del eslabón intermedio, aquel Felipe el Hermoso
muerto en 1506.
Algo que había sido precedido por una situación similar en 1516 a la muerte de
Fernando el Católico. También en ese caso, ahora por la enajenación mental de
la reina Juana, se había producido un salto semejante del abuelo materno al
nieto. De forma que el prematuro fallecimiento de Felipe el Hermoso, provocando
ya la irremisible pérdida de la razón de Juana, cerró el paso a toda una
generación abriéndolo para la siguiente.
Fue como un proceso de aceleración de la Historia. Quien por ley natural estaba
destinado a gobernar bien entrado el siglo, aparecía en escena cuando todavía
era un adolescente, a quien los acontecimientos parece que le cogen
desprevenido, como si se sintiera desbordado por ellos. De ahí ese aire de
muchacho desconcertado con el que le captan los artistas en ese período, como
en el notable busto realizado por Conrad Meit hacia 1517, que posee el Museo
Gruuthuse de Brujas[240]. Con
aspecto melancólico, el joven Príncipe parece abrumado con toda la carga que va
sintiendo sobre sus espaldas.
Para entonces, Carlos ya era conde de Flandes y rey de la Monarquía Católica. Y
todo parecía anunciar que acabaría siendo el nuevo emperador, sucediendo a su
abuelo Maximiliano I.
Sin embargo, eso no resultaría tan fácil. Era cierto que la casa de Habsburgo
llevaba casi un siglo al frente del Imperio, desde que en 1440 había sido
elegido emperador Federico III. Pero su hijo Maximiliano, que le había sucedido
en 1493, no había conseguido su propósito de ser coronado por el Papa, y en
consecuencia, no pudo proponer a su nieto como rey de Romanos, lo que le
hubiera llevado a una automática designación para la corona del Imperio[241].
Fue preciso entrar en la complicada mecánica de la elección imperial. Conforme
a la Bula de Oro, proclamada por Carlos IV en 1356, esa elección
estaba confiada a siete grandes personajes, tres de ellos eclesiásticos (los
arzobispos de Maguncia, Tréveris y Colonia) y los otros cuatro, el rey de
Bohemia, el margrave de Brandemburgo, el conde del Palatinado y el duque de
Sajonia.
Eran los Príncipes Electores. Sobre ellos presionarían al instante los dos
candidatos más destacados: Francisco I de Francia y Carlos de Gante, rey de las
Españas.
De acuerdo con las normas fijadas en la Bula de Oro, debían reunirse
en el plazo de un mes, a partir de la muerte del Emperador, y elegir, dentro de
los tres meses siguientes, al nuevo jefe del Imperio.
A Carlos V la muerte de su abuelo Maximiliano, ocurrida el 12 de enero de 1519,
le cogió ya en tierras catalanas, a su paso por Lérida, camino de Barcelona.
Pero no desprevenido. De hecho, su tía Margarita de Saboya llevaba desde su
Corte en los Países Bajos las negociaciones con los Príncipes Electores.
Aunque Carlos no había vivido en Alemania y no había sido educado a lo alemán,
hasta el punto de conocer mal su idioma, tenía a su favor el que se le tuviera
vinculado al Imperio, como cabeza de la Casa de Austria, y esa sería una baza
que acabaría jugando a su favor. En cambio, su extrema juventud y el hecho de
que todavía fuera prácticamente un desconocido, era algo que pesaba en su
contra.
Todo lo contrario que su máximo rival, el rey Francisco I de Francia. El
monarca galo contaba entonces con veinticinco años y había hecho su brillante
aparición en el teatro europeo, con su rápida conquista del Milanesado en 1515,
el mismo año de su subida al trono. Si la Europa germánica buscaba un
rey-soldado, dueño además de los grandes recursos que deparaba una nación tan
rica como Francia, para combatir con eficacia al Turco, ése nadie tenía duda de
que era él.
Y, por otra parte, la diplomacia francesa, bien dirigida por Bonnivet, llevaba
algún tiempo actuando en los dos campos principales: en Alemania y en Roma. En
Alemania, ya desde 1517, parecían haberse ganado a su causa al príncipe elector
Joaquín de Brandemburgo y a su hermano Alberto, arzobispo de Maguncia.
También el papa León X se mostraba más favorable a Francisco I, tanto por
considerarlo probado como caudillo de la cruzada con la que soñaba, como porque
temía menos a un emperador dueño de Milán que de Nápoles.
Precisamente esa circunstancia, y el dar casi por perdida la elección de su
sobrino Carlos, fue lo que llevó a Margarita de Saboya a plantear una posible
sustitución del candidato de la Casa de Austria: no Carlos, sino Fernando; no
el señor de los Países Bajos, de España y de los reinos italianos de Nápoles,
Sicilia y Cerdeña, sino el mucho más modesto y, por ello, menos temible
Fernando, que ni siquiera había recibido todavía los Estados patrimoniales de
Austria[242].
Y fue entonces cuando Carlos V demostró quién era y cómo ya iba saliendo de su
aparente sopor, pues la réplica a su tía Margarita sería inmediata y tajante:
él era el primogénito y por ningún concepto renunciaría a sus derechos. Él era
el jefe de la dinastía, y él seguiría siendo el candidato al Imperio. Y en esa
línea decidida de actuación, una de las primeras cosas que llevó a cabo, a su
llegada a Barcelona, fue escribir a todos los Príncipes Electores, para
recordarles que habían prometido a Maximiliano I que le apoyarían, y para
asegurarles que respetaría sus privilegios, sin olvidarse de prometerles
suculentas recompensas.
Como comentaría el cronista Alonso de Santa Cruz, Carlos tenía aún pocos años,
pero no estaba falto de ambiciones:
… aunque el Rey a la sazón era mancebo y de pocos años,
era de muy altos pensamientos…[243]
Es más, dado que sus antepasados habían conseguido el título
imperial, él tendría por afrenta no aspirar a ello, poseyendo como poseía
además tantos otros dominios, tan ricos y poderosos:
Y en esto —añade el cronista— puso mucha diligencia el rey don
Carlos, por no perder cosa que sus antepasados habían tanto tiempo poseído…
Aquellos antepasados, Federico III y Maximiliano I, eran señores
de la Casa de Austria y, desde 1440, emperadores. ¿Por qué no lo iba a
pretender Carlos? Otra cosa sería vergonzoso apocamiento:
… teniendo por afrenta —añade Santa Cruz— que sus
abuelos hubiesen alcanzado el Imperio con solo ser señores de la Casa de
Austria y que él perdiese, teniendo el mismo señorío y más, siendo rey de
España y de las dos Sicilias…[244]
Carlos, pues, el de los elevados pensamientos, afronta el
forcejeo de la elección al Imperio. Y a partir de entonces Margarita dirigirá
desde Bruselas las negociaciones, bien secundada por un equipo de diplomáticos
flamencos y alemanes, asentados en Augsburgo, como Matthäus Lang y Maximiliano
de Zevenberghen.
Fueron unos meses de difíciles negociaciones, con fuertes altibajos, pues tan
pronto parecía que los Príncipes Electores se inclinaban por Francisco I como
por Carlos de Austria. Abundaron los sobornos, como veremos, y no faltaron los
actos de fuerza, pues uno de los personajes más activos resultó ser nada menos
que Franz von Sickingen, prototipo de los nobles bandoleros, que tenía
aterrorizada la Alemania del sur con sus violencias y desafueros, quien al
principio apoyó la candidatura francesa, pero volviéndose finalmente a favor de
la carolina. También se echó mano de la propaganda. Mientras los enviados
franceses aludían a la herencia espiritual de Juana la Loca, con el peligro que
podía reportar, curiosamente los ministros de Margarita de Saboya presentaban a
Francisco I como prototipo del rey autoritario, con tendencia al absolutismo, y
como una clara amenaza a las libertades germánicas.
Al final, varios factores jugaron a favor de Carlos: su indudable ascendencia
germana (y, por tanto, el buen recuerdo dejado por sus antepasados Federico III
y Maximiliano I), el visto bueno a la postre concedido por Roma y el
espaldarazo del Príncipe elector Federico el Sabio de Sajonia, quien
previamente rechazó el ser elegido[245] . Sin
olvidar el importante apoyo económico dado por los Fugger, de lo que se sabrían
cobrar con creces a costa de las rentas de España.
En efecto, el propio León X que se había opuesto tan cerradamente a que la
elección imperial recayese en quien era rey de Nápoles, y que había tratado de
convencer a Federico de Sajonia, cuando vio desbaratado su plan dio marcha
atrás, temeroso de que el nuevo emperador lo fuese en contra suya. Como
confesaría al legado Cayetano, era necio y vano el dar cabezadas contra la
pared[246]. De ese
modo, los últimos intentos de Francisco I para impedir el triunfo de Carlos,
declinando su propia candidatura en beneficio de Joaquín de Brandemburgo o de
Federico de Sajonia, fueron inútiles.
Y así se llegó a la solemne votación imperial en Frankfurt, reunidos los
Príncipes Electores en el coro de la iglesia de San Bartolomé, el 28 de junio
de 1519, bajo la presidencia del arzobispo de Maguncia.
Iniciada la votación pública, el arzobispo de Maguncia preguntó al de Tréveris
cuál era su candidato. Consciente de la importancia de su gesto, el arzobispo
de Tréveris se alzó para proclamar que su elegido era el archiduque de Austria,
Carlos, señor de Borgoña y rey de España y de Nápoles. Y así, sucesivamente,
los demás Príncipes Electores le apoyaron con su voto[247].
De esa forma Carlos de Gante, Carlos de España, se convertía ya para siempre en
el Carlos V que conocería la Historia.
Un nuevo emperador pronto popular en toda Alemania, como lo atestiguan las
canciones que entonces se coreaban, para pedir al elector sajón que se
inclinase a su favor:
Ich hoff, die Sach soll werden gut, so Carolus, das edel
Plut,
die Sach tut für sich nehmen.
Versos de difícil traducción, que libremente podrían entenderse
así:
Confío en que el Sajón lo hará bien y así Carolus, el excelente
noble, el sajón, lo hará su candidato[248].
No fue poco el gasto provocado por la elección imperial. Hubo
que hacer regios presentes a la mayoría de los Príncipes Electores. El del
Palatinado fue el que se llevó la mejor parte, con 139.000 florines de oro,
siguiéndole el arzobispo de Maguncia con 103.000. Pero también hubo que
cortejar a los consejeros de los Príncipes, y a las ciudades imperiales, para
crear un ambiente favorable a Carlos V. De esa forma, las sumas empleadas
fueron aumentando, hasta llegar a cerca de los 850.000 florines[249].
Un gasto tan fuerte y en tan solo unos meses obligó al procedimiento del
préstamo pedido a banqueros italianos, de Florencia y Génova, pero sobre todo a
los alemanes Welser y Fugger, en esta cuantía:
|
Florines de oro |
|
|
Filippo Gualterotti, de Florencia |
55.000 |
|
Fomari, de Genova |
55.000 |
|
Vivaldi, de Genova |
55.000 |
|
Bartolomé Welscr |
143.333 |
|
Jacob Fugger |
543.585 |
|
Total |
851.918 |
Como se ve, la casa Fugger de Augsburgo aportó ella sola algo más de la mitad
del préstamo total concedido por los banqueros italianos y alemanes a Carlos V.
Con cierta razón pudo alardear Jacob Fugger de que gracias a su apoyo Carlos V
había sido nombrado emperador.
Ahora bien, supo resarcirse. En 1525 la Casa Fugger obtenía, durante tres años,
las rentas de las Órdenes Militares, debiendo pagar 50 millones de maravedíes
anuales, aunque cobrándose de ellos 25 millones, como parte de la deuda de la
Corona.
Y así puede afirmarse que, en definitiva, fue Castilla la que pagó «el fecho
del Imperio».
§. La noticia en Barcelona
La noticia de su elección como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico le
llegó a Carlos V en Barcelona el 6 de julio. Por lo tanto, en ocho días, lo que
parece increíble dadas las dificultades de la época, teniendo que hacer los
correos más de 150 kilómetros diarios por la posta.
Que el 6 de julio ya conocía Carlos V la noticia lo sabemos por sus cartas
enviadas al punto a todas las partes de sus dominios, como la que mandó al
virrey de Cerdeña, de la que guarda copia la Real Academia de la Historia. Podría
creerse en un error del copista al consignar la fecha, si no tuviésemos otras
pruebas más concluyentes.
En efecto, en las Actas del cabildo municipal de Barcelona el hecho se consigna
con el mayor detalle. Y la importancia de la noticia no se escapa al escribano
catalán, hasta el punto de que la emoción con que coge la pluma para dar
testimonio de lo sucedido, llega hasta nosotros, atravesando los siglos:
MDXIX, sis de juliol, dimecres: En aquest dia vench correu del
senyor Rey ab letres de avís de la bona elecció que els Electors del Imperi
havian feta en la persona de S. M., concordablement y ningú discrepant, en Rey
dels Romans e per esser promogut al Imperi. Vench a les XII hores de la miga
nit y en la matinada S. M. cavalca a Jhesus per a fer gracies a Nostre Senyor…
Día de gran fiesta y regocijo general. El correo hubo de
despertar a Carlos a media noche, pero merecía la pena. No era para menos:
… cert a S. M. y a toda la Cort —añade el cronista— ha
portada molta y increible jocundita[250].
Ahora bien, sin duda la buena nueva era de las que merecían la
pena. En tres años, aquel muchacho que era no más que un conde de Flandes, que
debía homenaje al rey de Francia (como lo había reconocido en el Tratado de
Noyon), se había convertido en el poderoso soberano de la Monarquía Católica y
en emperador de la Cristiandad.
Algo que se había notado en su comportamiento. Ya no era el adolescente
distraído, envuelto en fiestas cortesanas, en justas y cacerías, cuando no en
aventuras amorosas, como las que había tenido en Valladolid, dejando todo el
peso del gobierno a su valido el señor de Chièvres. La excitante oportunidad de
ascender al Imperio le había hecho despertar, probándolo en su imperiosa orden
a su tía Margarita de que él y no su hermano Fernando tenía que ser el
candidato, pues otra cosa lo tomaría como grave afrenta.
El alborozo con que finalmente tomó la buena nueva se echa de ver en la forma
en que lo comunicó a sus diversos Reinos y señoríos. Y, como no podía ser
menos, se hablaría ya del designio divino: Él, Carlos, se había convertido en
emperador por la gracia de Dios:
Hoy nos ha llegado cómo, por gracia de Dios nuestro Señor,
habemos sido elegido en rey de Romanos y emperador de Alemaña, en toda
conformidad de los Electores…
Así empezaba su carta escrita al virrey de Cerdeña, que lo era
entonces Ángel de Vilanova. Una buena nueva para darla a conocer a todas partes
y para celebrarla públicamente:
Luego[251] habemos
mandado avisaros dello por vuestra consolación y para que fagáis dar gracias a
Dios en todas las partes dese nuestro Reino y fazer otras señales de alegría…
Carlos, el nuevo Emperador, Carlos V rebosa de esa alegría, pero
ya apunta que aquello no era solo provecho propio, sino también de toda la
Cristiandad, y así lo proclama:
… Nos esperamos en la divina clemencia que esto será
para mucho bien de la Cristiandad…
Ambas cosas irían juntas, porque claro es que el águila imperial
iniciaba su vuelo.
Ahora bien, tanto poderío no haría sino beneficiar a sus súbditos, asegurarles
su paz y bienestar:
… descanso de nuestros súbditos…
Pero también el César apunta al gozo íntimo, al despegue del
águila imperial, pues aquello era también:
… beneficio de nuestros Reinos y acrecentamiento de
nuestro Estado[252].
El señor de los elevados pensamientos ha visto cumplidos sus
sueños. Pero eso, al tiempo que abre hermosas perspectivas de glorias y
triunfos, también supone deberes y sacrificios. Es cuando su canciller
Mercurino de Gattinara coge la pluma y resume todo ello en un memorial, donde
expresa cuál era la gran misión histórica que tenía ante sí Carlos V: era el
nuevo Carlomagno y podía pensar en la Monarquía universal, en aquel sueño de
una Cristiandad unida bajo un solo pastor. Pero, por ello, tendría que extremar
su celo por el buen gobierno de sus Reinos, por la acertada selección de sus
ministros, por la recta administración de la Justicia, el buen orden de la
Hacienda y el cuidado por su ejército, teniendo bien pagados a sus soldados.
Valientemente, el canciller piamontés advierte a su señor que no debía mostrar
un excesivo favoritismo por sus súbditos flamencos y que no debía abandonar a
la Reina, doña Juana, ni a su hermano Fernando. Le indica que se ayudara de un
consejo de gobierno y, guardándose de la malquerencia de Chièvres, termina con
una prudente alabanza al poderoso privado[253].
Un mes después, el 22 de agosto, llegaba a Barcelona la delegación mandada por
los Príncipes Electores para dar cuenta oficialmente a Carlos V de su triunfo.
Iba presidida por el conde Palatino Federico —hermano del Príncipe elector del
Palatinado y antiguo pretendiente a la mano de doña Leonor de Austria[254]—. Fue
recibida por Carlos V ante su Corte. Era el primer acto oficial celebrado como
emperador y había que rodearlo de la mayor solemnidad. Al mensaje de
congratulación de los Príncipes Electores contestó el canciller Gattinara,
agradeciendo en nombre de su señor aquella elección y prometiendo un rápido
viaje de Carlos V a Alemania para ser coronado emperador.
Por lo tanto, lo que se suponía se hacía realidad: la elección imperial traería
la ausencia de Carlos V de España. Una serie de constantes viajes se iniciaba.
¿Cómo tomaron aquello los diversos Reinos de Carlos? En Alemania, con
satisfacción porque un príncipe de origen alemán fuese el elegido, y más los
Príncipes Electores que veían en las forzosas ausencias de Carlos V un seguro
para sus privilegios y libertades. En los Países Bajos, con alivio, como una
mayor protección, frente a las ambiciones de los reyes de Francia, que tan
caras habían salido a Carlos el Temerario, cuyo recuerdo estaba bien fresco.
Por el contrario, en Castilla cundió la inquietud, como lo refleja el cronista
Pedro Mexía:
Crecieron las murmuraciones… —anota Mexía—, por ser cosa nueva
para los españoles, que siempre fueron acostumbrados a gozar de la presencia de
sus Reyes[255]
Pues se daba por descontado, como así había de ocurrir, que la
nueva dignidad imperial obligaría a Carlos V a estar en Alemania, con olvido de
los asuntos hispanos.
Otro fue el sentir de los catalanes, que recibieron alborozados la elección
imperial. Y se comprende: para ellos, era la oportunidad de equipararse con
Castilla. Bajo los Reyes Católicos la preferencia de los soberanos por
Castilla, incluso de Fernando a la muerte de Isabel, era manifiesta. Ahora con
Carlos V, con todos sus Reinos bajo el águila imperial, esa paridad podía
lograrse[256]. De hecho,
la noticia se recibió en Barcelona con verdadero júbilo, como más tarde sería
la de su coronación imperial, con aquel augurio, que venía a recordar
poéticamente lo señalado por el canciller Gattinara en su memorial de 12 de
julio de 1519:
… tornaran los temps que los antichs apellaren aurea
secula y habitará lo leo ab lo anyell, segons seguí en lo temps del gran
Emperador Octaviano Augusto…
E incluso se conjuraba a Carlos V para que tomase a Barcelona
como punto de partida para la gran empresa santa de la reconquista de los
Santos Lugares[257].
De todas formas, esa buena acogida catalana al título imperial no estuvo a la
par con la actuación de las Cortes, a la petición de Carlos V de una pronta y
notable ayuda, pese a que en el discurso de la Corona se hizo hincapié en los
esfuerzos de Carlos por estar en buena armonía con los demás príncipes de la
Cristiandad, y muy particularmente con el francés, cosa tan ventajosa, en
especial para Cataluña:
… y señaladamente (para) este Principado, que más que
los otros está cercano y confín con Francia…[258]
Pero ni por esas. Las Cortes catalanas fueron aplazando su
decisión mes tras mes, con la consiguiente impaciencia del Emperador, deseoso
de salir para Alemania, donde había de recibir su nueva corona. Solo tras medio
año, iniciado ya el mes de enero de 1520, las Cortes catalanas le concedieron
una ayuda de 250.000 libras, que aunque apenas si bastaron para cubrir los
gastos de la estancia de la Corte imperial en la ciudad condal, al menos disipó
las dudas de que algo llegase, como temía el cronista Pedro Mártir de Anglería:
No creo —había escrito por entonces— que una sola moneda llegue
a penetrar nunca en las arcas reales…[259]
Se comprende que en ese año de estancia en Cataluña ocurrieran
no pocas cosas, aparte de la importantísima de la elección imperial. Para la
personalidad de Carlos V hay que recordar algunos actos cortesanos por él
inducidos, como la boda de Germana de Foix, la reina viuda que le había
acompañado hasta Barcelona. Por entonces, ya había nacido su hija Isabel, de
que hemos hecho constancia. Se trataba, pues, de casar nuevamente a la Reina,
con la dignidad propia de su rango, con un alto personaje de la Corte: el
escogido fue el marqués de Brandemburgo.
De aquellos amoríos del Emperador con Germana de Foix sólo quedan alusiones
indirectas en los cronistas del tiempo, como las que pueden traslucirse de la
crónica de Laurent Vital. Y en cuanto al arreglo cortesano de casarla con un
alto personaje de la Corte, como el marqués de Brandemburgo, si entraba dentro
del comportamiento de los reyes de la época, debió de provocar algún comentario
poco favorable, como el que nos transmite Prudencio de Sandoval, quien tras dar
cuenta del gran respeto con que al principio trataba Carlos a la viuda de su
abuelo Fernando, añade:
No duró esta cortesía mucho tiempo, porque el Rey luego cobró
autoridad y ella miró poco por la suya…[260]
Eso no puede entenderse más que como un reproche a que se
hubiera convertido en la amante del joven Emperador, pues Carlos V nunca la
dejó fuera de su gracia; Germana de Foix acompañaría a Carlos V en su viaje al
Imperio, seguiría constantemente en la Corte, al enviudar de nuevo, y solo
dejaría la Corte en 1523 cuando el Emperador la nombró nada menos que virreina
de Valencia, casándola después, en 1526, con el duque de Calabria.
También aprovechó Carlos V su larga estancia en Barcelona para tener un capítulo
de su amada Orden del Toisón de Oro, que celebró durante cuatro días, del 5 al
8 de marzo de 1519, y en la que ingresaron en la Orden los más destacados
miembros de la alta nobleza hispana; algo que hay que tomar mucho más que como
un acto meramente caballeresco y cortesano. La Orden del Toisón de Oro ganaba
en profundidad y, bajo la presidencia de Carlos, venía a reunir la alta nobleza
de sus dominios, esbozando así un lazo unitario a esos altos niveles.
Más interés, si cabe, tiene la actuación carolina durante su etapa barcelonesa,
tanto de cara a los problemas del Mediterráneo como a los novísimos que
planteaban las Indias occidentales.
En cuanto al Mediterráneo, Carlos V no podía pasar por alto la afrenta de
aquellas naves de corsarios norteafricanos ante la propia Barcelona. Como
réplica, se ordenaría una expedición de castigo sobre las Djelbes, de tan mal
recuerdo desde el desastre de 1510, que había quedado grabado en el Romancero
con aquellos versos populares
Las Gelves, madre
malas son de tomare…
Encomendada la expedición a don Hugo de Moncada, virrey de
Sicilia, con la misión de destruir aquella base de los piratas norteafricanos,
tampoco pudo lograrse gran cosa, porque la situación internacional se agravó
súbitamente, con la amenaza de una invasión francesa sobre Nápoles y Sicilia, a
cargo de Pedro Navarro (el anterior gran soldado de Fernando el Católico, el
que había tomado Trípoli en 1510, ahora pasado al servicio de Francia), y Hugo
de Moncada hubo de volver a sus bases, para defender aquellos reinos italianos
de la acometida francesa, que empezaba así a mostrar sus hostiles sentimientos
porque la elección imperial hubiera favorecido a Carlos V[261].
Por lo tanto, desde el primer momento Carlos V iba a sentir, junto a la alegría
por el triunfo en la elección imperial, las dificultades y los trabajos que
traía consigo aquella corona, con las rivalidades y los recelos que suscitaba
en los otros soberanos, y muy particularmente en Francia.
Ahora bien, Carlos V asume desde el primer momento responsabilidades y
esfuerzos. Y no solo de cara al viejo continente, de cara a la Europa
cristiana, sino también en cuanto a su papel de señor de las Indias occidentales.
Precisamente como anuncio de que en aquel lejano ámbito estaban ocurriendo
cosas maravillosas. En principio, nada menos que el comienzo de la conquista de
México por Hernán Cortés.
En efecto, en diciembre de 1519 llegaba a Barcelona un impresionante regalo del
célebre extremeño a su joven Emperador, tan a punto, que además del prestigio
que ello suponía, venía a salvar a Carlos V de la difícil situación económica
en que le había puesto la lentitud con que las Cortes catalanas acudían a
prestarle su servicio. Y de modo que era como un augurio del trascendental
papel que las riquezas del Nuevo Mundo iban a tener en el reinado carolino,
para ayudar al Emperador en sus empresas, conforme «a sus elevados
pensamientos»[262].
Y hay que recordar asimismo que durante su etapa en Barcelona se acabaron de
cerrar las negociaciones con Magallanes para su gran empresa de buscar un paso
en las Indias occidentales que permitiera navegar hacia las Indias orientales,
siempre rumbo a Poniente, haciendo realidad el primer proyecto colombino. Era
la conclusión de los tratos iniciados por la Corona en Valladolid en 1518.
Ahora, y fechadas en Barcelona, se daban a Magallanes las definitivas
instrucciones de cómo debía proceder en su empresa descubridora de tanta
trascendencia.
Era como el comienzo de una de las grandes hazañas de la historia de todos los
tiempos, aquella de la primera circunnavegación del globo, que tardaría casi
tres años en gestarse.
Una hazaña que parecía que Dios tenía reservada para que se cumpliese en
tiempos del Emperador, y que haría exclamar al cronista Pedro Mexía:
… no se sabe ni se cree que después que Dios crió el
mundo se haya hecho semejante navegación, y casi no la entendía y tenía por
imposible la antigua Philosofía…[263]
Cierto: De momento era sólo un punto de partida que nadie sabía
adónde conduciría. Pero el hecho de que Carlos V apoyara aquella increíble
empresa desde un principio, nos indica que aspiraba ya a todo en su reinado.
Ahora bien, hay que señalar un punto oscuro, una negociación de dudoso
prestigio: la tenida en la ciudad francesa de Montpellier por el canciller
Gattinara, asistido por los españoles Mota, Carvajal y Zúñiga. Se trataba de
platicar con una comisión francesa, presidida por Boissy, sobre el futuro de
Navarra, de acuerdo con lo pactado en el tratado de Noyon. Era como si Carlos V
y sus consejeros pensaran que devolver Navarra a la casa francesa de Labrit,
vasalla de Francisco I, era la forma de pagar el haber conseguido el título
imperial.
Y eso no podía ser bien visto por Castilla, como comentaría el cronista Alonso
de Santa Cruz:
… túvose por cosa grave y no pensada ni mirada…[264]
Aunque aquellas negociaciones no prosperasen, el haber acudido
la comisión imperial a Montpellier llenó de alarma a la opinión pública
castellana.
Era como un mal augurio de lo que acabaría ocurriendo.
§. Atravesando Castilla
Nada más terminadas las Cortes catalanas Carlos V preparó su viaje al Imperio.
Le urgía ya ser coronado emperador; aplazarlo más, cuando todavía tenía ante sí
un viaje tan largo, y con la forzosa convocatoria de las Cortes de Castilla por
el medio, era poner en peligro todo lo conseguido; de forma que consideró
forzoso dejar de momento su visita a Valencia, mandando allí en su nombre al
cardenal Adriano. De igual modo, hubo de posponer su ida a Toledo. Nada de
convocar las Cortes de Castilla en cualquiera de las ciudades meseteñas, ni en
Castilla la Vieja ni en la Nueva. Había de hacerse en el Reino de Galicia, lo
más cerca posible del puerto donde debía embarcar. Y como este era La Coruña,
las Cortes castellanas fueron convocadas en Santiago.
De ese modo, el 21 de enero de 1520 Carlos V dejaba atrás Barcelona. En
principio se había discutido entre sus consejeros la posibilidad de ir hacia
Alemania por el Mediterráneo, pasando del norte de Italia a las tierras del
Imperio; pero eso hubiera obligado a renunciar a la convocatoria de las Cortes
de Castilla. Demasiado riesgo, dado cómo se iba enrareciendo el ambiente,
aparte de que era necesario obtener un nuevo servicio de los procuradores
castellanos para afrontar el costo de aquel viaje tan insoslayable.
Precisamente era eso lo que suponía y lo que temía la opinión pública
castellana. Ya antes de su salida de Barcelona había llegado a la ciudad condal
una representación de Toledo para expresar a Carlos V su profundo descontento;
no en vano la ciudad imperial había visto cómo aquella silla arzobispal había
sido dada al sobrino de Chièvres, en vergonzoso contraste con el anterior
Arzobispo, el venerable Cisneros. La comisión toledana no logró verse con el
Emperador, impidiéndolo Chièvres. Fue por entonces cuando la ciudad de Toledo
dio la voz de alarma, mandando cartas a las demás ciudades castellanas: el
peligro del viaje de Carlos V obligaba a tomar medidas extremas. Era preciso
impedir su salida y exigir que no se sacase dinero del reino y que se remediase
de una vez por todas la afrenta de que se dieran oficios de Castilla a
extranjeros:
… sobre tres cosas nos debemos de juntar y platicar y
sobre la buena expedición della enviar nuestros mensajeros a S. A. Conviene a
saber: suplicarle, lo primero, no se vaya destos Reinos de España; lo segundo,
que en ninguna manera permita sacar dinero della; lo tercero, que se remedien
los oficios que están dados a extranjeros.
La carta de Toledo, que nos transmite en su Crónica Alonso
de Santa Cruz, estaba fechada a 7 de noviembre de 1519, dos meses antes, por
tanto, de la salida de Carlos V de Barcelona[265]. Y una
consideración a tener en cuenta: cuando los toledanos se refieren a Carlos V le
dan el tratamiento tradicional en Castilla a sus reyes: Alteza. Sin embargo, la
Cancillería imperial estaba ya imponiendo el tratamiento de Majestad; otro
agravio más que añadir, por lo que suponía de excesivo ensalzamiento del
monarca:
… que este título más convenía a Dios que a hombre
terrenal…[266]
En su precipitado viaje hacia Santiago, Carlos V atravesó Aragón
y Castilla sin pararse apenas, ni siquiera en Burgos, pese a que aquella ciudad
era considerada «caput Castellae», y pese al recibimiento triunfal que se le
había dispensado; un nuevo agravio, pues, para Castilla la Vieja, de forma que
un propio cronista tan vinculado al Emperador, como Pedro Mexía, tendría que
consignar que eran demasiadas las ofensas y que había razones para el general
descontento:
… tenían alguna color aparente…[267]
Donde sí posó Carlos V fue en Valladolid, donde llegó el 1 de
marzo de 1520. Se trataba de negociar con la villa del Pisuerga, para que sus
procuradores en Cortes votasen a favor del servicio que pediría el Emperador.
Se daba por supuesto que, dada la importancia de Valladolid, tantas veces
asiento de la Corte de los reyes castellanos, si accedía a ello, las demás
ciudades con voz y voto en Cortes seguirían su ejemplo. Pero la cosa no resultó
tan fácil como los consejeros de Carlos V suponían. Al contrario, la
resistencia fue muy fuerte, de forma que hubo amenazas del poder contra los
recalcitrantes y en tales términos, a cargo de Chièvres, Mota y demás
consejeros del Emperador, que cundió la noticia por toda la Villa, con la
consiguiente alteración de los ánimos.
De ese modo estuvo a punto de producirse el primer altercado grave de desacato
popular. Pues reunidas milicias urbanas, se dieron cita a la puerta de la Villa
para impedir la salida del César y de su cortejo. Por fortuna para Carlos V, un
fuerte aguacero disolvió a los alborotadores vallisoletanos y permitió al
Emperador emprender su ruta a Santiago. Haría un alto en Tordesillas para dejar
a su madre a buen recaudo, con el marqués de Denia como severo guardián, y
continuó su camino por Villalpando y Benavente. Eso sí, dejando a Valladolid
muy soliviantado:
… el lugar quedó muy alborotado…[268]
Le seguía la comisión toledana, presidida por Pedro Lasso de la
Vega. En Villalpando pudieron los toledanos exponer sus quejas a Carlos V,
quien prefirió aplazar su respuesta, emplazándolos a Benavente.
Sin duda, algo ya planeado para tenerlos más en suspenso y para hacer más
teatral su respuesta. Nada de entrar en diálogo. Únicamente para mostrarles su
enojo. Como referiría el propio Pedro Lasso de la Vega:
… con rostro algo severo les dixo él propio que no se
tenía por servido…
El enojo de un rey en el Quinientos era algo a tener en cuenta.
La amenaza estaba en el mismo aire:
… y que si no mirara a cuyos hijos eran, los mandaría castigar…[269]
§. Cortes en Galicia: la Europa soñada por Carlos V
Nada más entrar en Castilla Carlos V convocó las Cortes, que habían de abrirse
en Santiago de Compostela el 31 de marzo de 1520.
Tanto el Emperador como sus consejeros eran conscientes de la oposición que
iban a encontrar. De ahí que la convocatoria no se limitase a fijar fecha y
lugar. Era todo un discurso de propaganda, en el que se justificaba el viaje a
tierras del Imperio para atenerse a las normas fijadas en la Bula de Oro de
Carlos IV, con el riesgo que implicaba el no hacerlo así; pero reiterando el
pesar del Emperador por abandonar Castilla.
Aquí el texto de la convocatoria anuncia ya, con notable elocuencia, lo que más
tarde se reiterará en el discurso de la Corona: el sentimiento de Carlos V al
tener que dejar tras sí los reinos de Castilla, donde quería asentar su hogar
… porque los tengo por fortaleza, defensa e muro e amparo e
seguridad cierta de todos los otros nuestros Reinos e señoríos…
Y si hacía tal, si salía de España, no era por deseo propio sino
por cumplir la voluntad divina:
… porque entiendo e conozco mi ida al dicho Imperio ser
complidera a servicio de Dios e de toda nuestra religión christiana…[270]
No se juntaron en Santiago todos los procuradores de las
dieciocho ciudades y villas que tenían derecho a voz y voto. Faltaron a la cita
los representantes de Toledo y Salamanca; los de Toledo por franco desacuerdo y
los de Salamanca, porque se encontró que sus enviados (que lo fueron don Pedro
Maldonado Pimentel y Antonio Fernández) no tenían en regla sus poderes. Pero
dada la conformidad de Salamanca con Toledo, hay para creer en una maniobra del
poder regio para debilitar a la oposición en la batalla política que se
avecinaba.
Recibidos los procuradores en el palacio donde se alojaba Carlos V, allí mismo
escucharon el discurso de la Corona, realizado por el obispo Mota, en presencia
del Emperador.
Un discurso memorable, porque de él trasciende ya la idea imperial de Carlos V.
Y aún más: la Europa por él soñada, el sueño de Europa del Emperador.
¿Cómo era ese sueño? ¿Cómo veía Carlos V, allá por la primavera de 1520,
aquella Europa a la que había de regir desde su trono imperial? ¿Qué principios
se formulaba para cumplir bien la nueva tarea que se le ponía en las manos?
En definitiva: ¿cómo se planteaba Carlos V su imperium mundi en
1520?
Cuatro serían los principios asumidos por el Emperador, estrechamente
entrelazados entre sí: el primero, su respeto a los otros pueblos que
integraban la Europa cristiana, pues era falso que pretendiera la Monarquía
universal, planeando despojar a los demás Príncipes cristianos de sus dominios.
Lo que Carlos V deseaba —y ese sería su segundo principio— era la paz en la
Cristiandad, la paz entre los príncipes cristianos. Ahora bien, y aquí vendría
el tercer principio, no una paz inactiva, sino como punto de partida para
emprender la cruzada contra el Turco. Una cruzada para la que Europa contaba ya
con una ayuda: el oro de las Indias occidentales. Y todo, y esa sería la última
premisa del sueño imperial, todo como un mandato divino, nada como un
caprichoso azar, sino cumpliendo la voluntad de Dios.
En suma, un sentido providencialista de la Historia, campeando sobre el
quehacer imperial la nota religiosa, lo que presuponía a esas alturas la
armonía del Imperio con Roma. Pues, evidentemente, en todos los sueños de los
cruzados, desde los tiempos medievales, estaba flotando la imagen de Roma.
Todo ello formulado en los términos poéticos y con la elocuencia propia del
obispo Mota. Así, al anunciar el respeto de su señor a los demás reinos de la
Cristiandad:
En verdad —diría Mota—, S. M. no tiene necesidad de dignidades,
pues tiene la mayor que hay en el mundo, que aunque hay muchos Príncipes y
muchos Reyes, Emperador no hay sino uno…
¡Cómo rezuma de orgullo por todas partes el joven Emperador! Y
añadiría Mota, jactancioso:
No tiene necesidad de Reinos, pues tiene muchos y buenos…
¿Acaso no le bastaban? ¿Era preciso enumerarlos? Mota lo hará,
recalcando el poderío de su señor:
… contento estaba con la grandeza de España…, y con la
mayor parte de Alemania, con todas las tierras de Flandes y con otro Nuevo
Mundo de oro fecho para él, pues antes de nuestros días nunca fue nacido…
Por lo tanto, en primer lugar, no los diversos reinos que
componían entonces la Monarquía Católica, sino España tomada en su conjunto, la
España de castellanos y catalanes, de vascos y navarros. Y no una España
cualquiera, sino atención a ello:
… la grandeza de España…
Tantos reinos, tantos dominios, tantos señoríos garantizaban que
él, Carlos, no quería nada más, nada que no fuera suyo. Por lo tanto, su anhelo
era una Europa cristiana para regirla en paz como emperador. Ahora bien, esa
suprema dignidad le había llegado por designio divino, y eso lo dejaría muy
claro en su mensaje el obispo Mota:
Muerto el emperador Maximiliano, digno de inmortal memoria, hubo
gran contienda en la elección del Imperio, y algunos lo procuraron…
Esos eran los hechos. Esos habían sido los deseos humanos, en
los que claramente se apuntaba a los manejos del rey de Francia. Pero todo en
vano, porque por encima de los hombres estaba la voluntad divina:
… pero quiso y mandólo Dios que sin contradicción cayese
la suerte en S. M….
Es algo que hay que dejar bien sentado. Que todo el mundo sea
consciente de ello: Carlos era emperador por designio divino. De forma que Mota
insistirá en ello:
Y digo que lo quiso Dios y lo mandó así porque yerra a mi ver
quien piensa ni cree que el Imperio del mundo se puede alcanzar por consejo,
industria ni diligencia humana. Sólo Dios es el que lo da y lo puede dar…
A su vez Carlos V, consciente de la responsabilidad de aquel
mandato divino, lo asumía con toda la carga que ello reportaba:
Aceptó este Imperio —declara Mota en su nombre— con obligación
de muchos trabaxos y muchos caminos, para desviar grandes males de nuestra
religión cristiana que si comenzaran nunca tuvieran fin…
¡Era una clara alusión a las escisiones que apuntaban en la
Cristiandad, con la rebelde actitud ante Roma de aquel fraile agustino alemán
llamado Lutero! Pero también tendría presente Carlos V su obligación de ser un
escudo de la Cristiandad frente al Turco, de esa doble obligación de combatir
al enemigo de dentro y al de fuera. Y así añade Mota:
… ni se pudiera emprender en nuestros días la empresa
contra los infieles enemigos de nuestra Santa fe católica, en la cual entiende,
con el ayuda de Dios, emplear su real persona…
Ahí está ya retratado, de cuerpo entero, el cruzado, el Carlos V
que anhela poner en marcha a la Cristiandad, y él a su frente, para combatir al
Turco, el dueño de Constantinopla y de los Santos Lugares.
Ciertamente, no se olvidaba Mota de señalar el papel que en todo ello
correspondería a España, y dentro de España, a Castilla. Había no poco de
halago hacia las Cortes castellanas, pero también el sentimiento sincero de la
importancia histórica que tenía en aquella hora la Castilla que Carlos V había
heredado de los Reyes Católicos:
… considerando que este reino [de Castilla] es el
fundamento, el amparo y la fuerza de todos los otros, a este ha amado y ama más
que a todos…
De esa forma, aunque se viera obligado a ausentarse para recibir
en Alemania la corona imperial, su deseo era manifiesto:
… vivir y morir en estos Reinos, en la cual
determinación está y estará mientras viviere…
De manera que había hecho un gran esfuerzo: el de hispanizarse:
… y así aprendió vuestra lengua, vistió vuestro hábito,
tomando vuestros gentiles ejercicios de caballerías…
Y si debía de emprender aquel viaje, su promesa era firme: en un
plazo cierto, España sería su centro.
Sería entonces cuando Mota elevaría su elocuencia, con una impresionante carga
lírica:
Después de estos tres años, el huerto de sus placeres, la
fortaleza para su defensa, la fuerza para ofender, su tesoro, su espada, su
caballo y su silla de reposo ha de ser España…[271]
Ese fue el discurso de Mota en nombre de Carlos V y presente el
mismo Emperador, ante las Cortes de Castilla reunidas en Santiago de Compostela
en la primavera de 1520.
Y de pronto, ocurrió lo inesperado. El propio Carlos V tomó la palabra
pronunciando uno de los primeros discursos suyos que se conocen. Acaso fue algo
espontáneo, aunque bien pudiera estar ya pensado, para asegurar más a los
procuradores castellanos. Con ello Carlos V hacía suyas las palabras del obispo
de Badajoz, insistiendo en tres puntos: lo mucho que le contrariaba salir de
España, su promesa firme de que volvería a los tres años y que no se darían ya
oficios del Reino a extranjeros; mas por ser tan breve y tan significativo este
su primer discurso público, bien merece ser consignado al pie de la letra. Es
como si de repente el Emperador nos hablase a nosotros, como si escucháramos su
propia voz:
Todo lo que el obispo de Badajoz os ha dicho, os lo ha dicho por
mi mandato, y no quiero repetir sino solas tres cosas: la primera, que me
desplace de la partida, como habéis oído, pero no puedo hacer otra cosa, por lo
que conviene a mi honra y al bien destos Reinos; lo segundo, que os prometo por
mi fe y palabra real, dentro de tres años primeros siguientes, contados desde
el día que partiere, y antes si antes pudiere, de tornar a estos Reinos; lo
tercero, que por vuestro contentamiento soy contento de os prometer por mi fe y
palabra real, de no dar oficio en estos Reinos a personas que no sean naturales
dellos y así lo juro y prometo[272].
Lo primero que anotamos al leer las palabras del Emperador es el
espíritu caballeresco que campea sobre ellas: aquello de su honra, aquello de
dar su fe, aquello de empeñar su palabra real. Aquí es el rey-caballero, el
señor de la Orden del Toisón de Oro el que se pronuncia ante los procuradores
castellanos, todos hidalgos y caballeros, y por tanto que entendían bien el
lenguaje que se les empleaba.
¿Fue fiel Carlos V a sus promesas? Sí en cuanto a su regreso, pues en 1522,
como hemos de ver, ya estaba de vuelta en España. Más dudas nos entran en
cuanto a no dar oficios a extranjeros, pues cuando deja España nombraría
Gobernador en su ausencia al cardenal Adriano de Utrecht.
Quizás pensara que a ese altísimo nivel no cabía aplicar su promesa[273].
Y en cuanto a las Cortes de 1520 el resultado fue un constante forcejeo de la
Corona con aquellos procuradores, que en un principio cifraron todo su empeño
en conseguir que Carlos V atendiera primero sus peticiones, antes que conceder
ellos el servicio que se les pedía. Fueron necesarias cinco votaciones,
ejerciendo la mayor de las presiones, trasladando las Cortes de Santiago a La
Coruña, para que al fin las Cortes cediesen, aunque por una débil mayoría; lo
cual, si se tenía en cuenta que en ellas no estaban presentes ni los
procuradores de Toledo ni los de Salamanca, daba a la victoria regia un tinte
de ilegalidad que no auguraba nada bueno, dado el creciente malestar que se
vivía en toda Castilla.
Córdoba dice…, en cuanto a lo del Gobernador, no seyendo natural, sería
contra las leyes destos Reinos y en perjuicio de los buenos dellos… Era
innegable: todo había sido muy forzado. Y tanto, que los procuradores de Cuenca
se lo expresaron así a Carlos V en la última sesión de clausura de las Cortes
tenida el 25 de abril de 1520:
Suplicamos a V. M. —le pidieron a Carlos V—, pues de no haber
tenido entre nosotros los procuradores aquella conformidad que era razón y en
todas las otras Cortes pasadas se ha acostumbrado tener, se ha dado causa a que
no se hable bien en estos Reinos, V. M. haya por bien de mandar entender en
ello…[274]
Y así era la verdad. Cuando pocos días después los vientos
fueron favorables y Carlos V pudo zarpar de La Coruña, rumbo hacia los Países
Bajos, dejaba tras de sí un profundo malestar que acabaría estallando, de modo
formidable, con el alzamiento de las llamadas Comunidades de Castilla.
De hecho, Toledo —como hemos de ver— ya se había pronunciado en rebeldía.
Incluso Carlos V estuvo dudoso si volverse, para sojuzgar a los rebeldes; pero
al fin pudo más en él su ansia de verse coronado emperador.
De ese modo, el 20 de mayo de 1520 la flota imperial zarpaba de La Coruña.
§. Un alto en el camino: entrevista con Enrique VIII de Inglaterra
Carlos V zarpó con su Corte de La Coruña el 20 de mayo de 1520 dejando atrás
una España cada vez más inquieta, no solo por las alteraciones de las
Comunidades de Castilla sino también por la conmoción social de las Germanías
de Valencia, pronto propagada a la isla de Mallorca.
Estaba, además, la cuestión del agravamiento de la situación internacional. Se
conocían los manejos de Francisco I para atraerse a Enrique VIII de Inglaterra.
En Alemania, seguía avanzando el luteranismo cada vez más enfrentado a Roma.
Todo ello hacía más perentoria la presencia de Carlos V.
El Emperador decidió aprovechar su viaje a los Países Bajos para pasar a
Inglaterra y visitar a Enrique VIII. Estaba claro que era algo más que un gesto
de cortesía. La Reina era tía carnal de Carlos V, aquella Catalina tan querida
de Juana la Loca, y el César esperaba encontrar en la Corte inglesa la alianza
que le permitiera afrontar sus primeros pasos en la política internacional.
La visita a Inglaterra tenía un particular sentido para Carlos V, porque aún no
habían pasado los dos años desde la firma del Tratado de Londres, en el que
tantas esperanzas había puesto el papa León X. Había sido el despliegue de la
diplomacia pontificia deseosa de encontrar un remedio contra el mal que atacaba
al cuerpo enfermo de la Cristiandad en su costado oriental.
Recordemos que en 1517 el Imperio turco se había apoderado de El Cairo, mostrando
su política agresiva en el Mediterráneo. Eso era poner bajo su dominio los
Santos Lugares, y si se añade a ello que ocupaba ya buena parte de la Europa
balcánica, la pregunta inevitable era cuánto tardaría en ponerse en marcha,
Danubio arriba, sobre el corazón de Europa, o cuándo sus hombres y sus naves
darían en atacar a la propia Italia. Tales amenazas, tamaños peligros habían
llevado al legado pontificio, el cardenal Leonardo Campeggio, a visitar las
cortes de París y de Londres. El resultado, la firma en el otoño de 1518 de
aquel tratado de no agresión entre franceses e ingleses, como la base de la paz
que debía reinar en la Cristiandad, la paz entre los príncipes cristianos que
les permitiera combatir al común enemigo como lo era el Turco. Por lo tanto, un
Tratado al que se invitaba a los demás soberanos europeos, en busca de esa liga
perpetua tan deseada por León X. En contraste, y sincrónicamente con aquel
avance turco sobre El Cairo, un oscuro fraile alemán iba a levantar su voz de
protesta contra Roma, clavando en aquel mismo año de 1517 sus 95 tesis en que
ponía a discusión la política religiosa romana, incubando lo que sería la más
profunda división de la Cristiandad.
A poco, moría el emperador Maximiliano I y se iniciaba el gran juego de los
diplomáticos europeos para atraerse los votos de los Príncipes Electores, que
ya hemos comentado. El propio Enrique VIII había entrado en aquel forcejeo, si
bien con pocas esperanzas de conseguir algo positivo. Y a partir del triunfo de
Carlos V pronto quedó claro que Francisco I no iba a tomar con buena
complacencia su derrota. En consecuencia, la paz de la Cristiandad, aquella paz
propugnada por León X y que había llevado al acuerdo de Londres, parecía estar
cada vez más en peligro. Ahora bien, Carlos V precisaba de esa paz, o al menos
necesitaba el apoyo de Inglaterra para iniciar con buen pie su nueva andadura
como emperador, cuando todavía no había recibido la corona imperial y cuando
había dejado atrás, en España, las cosas tan revueltas, en particular en
Castilla. Máxime cuando tenía sobrada noticia de que la diplomacia francesa
preparaba un fastuoso encuentro con la Corte inglesa en las cercanías de Calais
(plaza entonces bajo el dominio de Inglaterra), en lo que se llamaría el Campo
del Paño de Oro.
Se trataba, por tanto, de un forcejeo por la amistad inglesa. Enrique VIII se
alzaba, de ese modo, como el árbitro de la Cristiandad.
Ante esa perspectiva, Carlos V decide visitar Inglaterra antes de pasar a los
Países Bajos, y antes de encaminarse a Aquisgrán para recibir la corona
imperial. Y el mismo hecho de que aplazase de ese modo su obligado viaje al
Imperio, da idea de la importancia que concedía a la alianza inglesa.
Una alianza firmemente conseguida por su abuelo Fernando el Católico, quien
había tenido en su hija Catalina la mejor de las embajadoras, bien secundada
por un excelente diplomático castellano: Bernardino de Mesa[275].
Fernando el Católico había muerto, pero en Londres seguía Bernardino de Mesa y,
sobre todo, allí seguía como reina Catalina, que todavía mantenía una notoria
influencia sobre Enrique VIII. Y Catalina era la hermana menor de Juana, y en
ella los lazos familiares eran muy fuertes. En ese sentido, bien puede
afirmarse que la política de alianzas matrimoniales desplegada en su día por
los Reyes Católicos, había dado excelentes resultados.
Por otra parte, Carlos V conocía ya a Enrique VIII, desde los tiempos en que
casi toda la Europa occidental combatía al rey Luis XII de Francia por
cismático. Eran aquellos años en los que Fernando el Católico había ordenado la
anexión de Navarra. Poco después, en 1513, las tropas inglesas combatían a las
francesas en las cercanías de Calais, bien secundadas por las borgoñonas.
Enrique VIII participó personalmente en aquellas operaciones, produciéndose en
Lille un encuentro con Margarita de Saboya, a la sazón regente de los Países
Bajos.
Y en el séquito de Margarita iba, como primer personaje, su sobrino Carlos. Y
entonces fue cuando ambos se conocieron y en esas circunstancias, cuando
Enrique VIII era ya el rey de Inglaterra en plena virilidad, con sus
veinticuatro años, mientras que Carlos era tan sólo un muchacho de trece años y
no más que archiduque de Austria y conde de Flandes.
De todas formas, un acontecimiento que quedaría grabado en la retina de Carlos
V, quien pasados los años sería uno de los primeros sucesos que recordaría en
sus Memorias:
… el archiduque Carlos —diría, hablando de sí, en
tercera persona—…, se halló en Tournai, que entonces fue tomada por el dicho
rey Enrique, y en Lille, en donde se vio por primera vez con el mismo Rey…[276]
Esa imagen perduraría en el posterior encuentro entre ambos
soberanos. Cierto, habían transcurrido siete años y Carlos había dejado de ser
aquel muchacho silencioso, a la sombra de su tía Margarita, como ya había
dejado de ser meramente el archiduque de Austria, para convertirse en el rey de
las Españas y en emperador de Alemania. Pero seguía apareciendo como un
soberano joven e inexperto, que acudía a la Corte inglesa a pedir el apoyo de
Inglaterra. Además, ¿no era el sobrino de la Reina? Por lo tanto, no era el
Emperador en su imponente majestad el que desembarcaba en Dover, sino un
familiar menor en grado y en edad, en busca de protección. Y eso bastaba para
satisfacer a la no poca vanidad de Enrique VIII.
Enrique ya había negociado para entonces una solemne entrevista con Francisco
I, pero accedió a recibir antes a Carlos V, siempre y cuando que no le obligara
a retrasar su viaje a Francia; de ahí la prisa del Emperador por hacer su
viaje, pese a que a sus espaldas quedaba España tan revuelta, con Castilla
medio sublevada.
Cuando Carlos V desembarcó en Dover, ya estaban los reyes ingleses en la
cercana ciudad de Cantorbery. Enrique VIII, en un gesto de hospitalidad, acudió
a Dover para dar la bienvenida a su huésped. Pero las conversaciones
diplomáticas se celebraron en los días siguientes en Cantorbery.
Fueron negociaciones realizadas en el seno familiar, entre Enrique VIII y
Catalina, por una parte, y Carlos V por la otra, no teniendo acceso a ellas ni
siquiera el cardenal Wolsey, pese a su cargo de canciller del Reino[277]. Se puede
sospechar lo que allí se trató: que Inglaterra apoyara la paz, conforme al
Tratado de Londres. Tenemos un documento que lo confirma: las citadas Memorias del
emperador. De esta forma lo consignaría Carlos V, tal como recordaba aquel
suceso treinta años después:
Y pasando el mar de Poniente la segunda vez, desembarcó la
primera en Inglaterra, donde se vio la segunda vez con el Rey y… se trató e
hizo más particular paz con el dicho Rey…[278]
Pese a su inexperiencia, bien aconsejado por Chièvres, Carlos V
fue lo suficientemente hábil para presentarse en Inglaterra como el sobrino
afectuoso lleno de respeto hacia sus tíos, sabedor de que era la mejor manera
de ganarse la voluntad de Enrique VIII y que de ese modo encontraría todo el
apoyo de su tía Catalina, feliz con poder conocer y abrazar al hijo de su
hermana Juana. Actitud que mantendría poco después al agradecer por carta a
Enrique VIII
…los consejos que me disteis como un buen padre cuando estábamos
en Cantorbery…[279]
Por lo tanto, dando primacía al rango familiar y, por ello, al
reconocimiento que se debía a los personajes de la anterior generación, Carlos
se presenta como el hijo afectuoso.
Eran, claro, los tiempos en que Catalina de Aragón reinaba todavía en el
corazón de Enrique VIII. Y de esa forma, las aparatosas jornadas posteriores
del Campo del Paño de Oro, en las cercanías de Calais, donde se
entrevistaron Enrique VIII y Francisco I, no pasaron de un alarde continuo
entre las dos Cortes, sin llegar a ningún acuerdo en perjuicio de Carlos V.
Es más, pocos días después del Campo del Paño de Oro se
reunían de nuevo Enrique VIII y Catalina con Carlos V, esta vez en Gravelinas,
llegando a un acuerdo de alianza entre las dos dinastías, y de tal forma que se
convenía la boda futura de Carlos con la princesa María Tudor. Cierto, la
Princesa contaba solo cuatro años, con lo cual era posponerlo a un futuro
lejano y por ende, problemático.
María Tudor nunca casaría con el Emperador, aunque sí acabaría haciéndolo con
un príncipe de España, de nombre Felipe, y de ello tendremos ocasión de hablar.
Ahora bien, otra vez supo desplegar Carlos V lo mejor de sus actitudes de
diplomático en aquella segunda cumbre entre soberanos, como lo atestiguaría un
cortesano inglés:
El Emperador… se atrajo la simpatía de todos los ingleses.
Todos, desde los más altos a los más bajos, fueron tan atendidos y agasajados
que se deshacían en alabanzas…[280]
Durante su estancia en los Países Bajos pudo verse Carlos V de
nuevo con su hermano Fernando, que vivía entonces en la Corte de su tía
Margarita de Saboya. Estaba todavía pendiente el asegurar su destino, el
convertir al hermano de rival en aliado, dándole el adecuado destino, dentro de
los vastos dominios del Emperador. También precisaba Carlos V obtener la
oportuna ayuda económica de sus súbditos de los Países Bajos para afrontar
dignamente las jornadas de su coronación imperial en Aquisgrán, y a tal efecto
convocó a los Estados Generales.
Por entonces ocurrió la inesperada anexión del ducado de Wurttemberg, cuyo
duque Ulrico había sido derrotado por la liga de Suabia, la cual había cedido
el Ducado al Emperador, previa una fuerte cantidad de dinero. La posesión de
Wurttemberg aumentaba la influencia de Carlos V en Alemania.
Era un buen anuncio para las brillantes jornadas de su coronación en Aquisgrán.
§. La coronación imperial en Aquisgrán
La llegada de Carlos V a Bruselas pronto fue conocida en Alemania. Se
acercaban, pues, las jornadas de la coronación. Aquisgrán, la vieja ciudad
corte del renombrado Carlomagno, se alzaba en el horizonte. ¡Y Carlos V llevaba
su nombre! Era un buen augurio, como si se pudiera predecir que un glorioso
reinado iniciaba su andadura, como si se presintiera que algo grande y
magnífico daba su comienzo no solo en la historia de Alemania sino también en
la de Europa e incluso en la mundial, puesto que el nuevo Emperador era también
el rey de las Españas y por ende, el señor del nuevo mundo descubierto más allá
de los mares.
Y eso pronto se hizo notar. A la Corte carolina de Bruselas acudieron al punto
los grandes señores de Alemania a reverenciar al joven Emperador empezando por
los poderosos Príncipes Electores. Y también entonces Carlos V dio muestras de
su buen quehacer político, en especial cuando acogió con buen semblante las
justificaciones del elector de Brandemburgo que había sido el más reticente a
darle su voto; pero también, por supuesto, cuando mostró sus preferencias por
Federico el Sabio de Sajonia cuyo apoyo había sido tan decisivo, en especial al
negarse a que siguiera adelante su propia candidatura.
Transcurrían los últimos días del verano de 1520. Con el panorama internacional
sosegado —con la inquietud, eso sí, de las alarmantes noticias que venían de
Castilla, donde el alzamiento de las Comunidades castellanas estaba en toda su
furia—, se fijó la fecha del 29 de septiembre para la coronación imperial en
Aquisgrán.
Parecía una acertada decisión para aprovechar el buen tiempo tan propio del
llamado veranillo de San Miguel, cuando parece rebrotar el verano y cuando los
actos oficiales y cortesanos precisan del otro calor, del calor popular, del
apoyo del pueblo entero. Pues el poder —en este caso, el del nuevo Emperador—
quiere siempre desplegar su magnificencia, resaltar todo el aparato de su
grandeza, hacer patente el sentido de sus privilegios afrontando también
públicamente cuáles son sus deberes hacia el pueblo que le apoya y le sustenta.
Que todo pueda ser realizado cuando los días son todavía luminosos, cuando el
sol luce aún con fuerza y cuando la fiesta puede prolongarse en calles y plazas
a lo largo de la tarde e incluso en las primeras horas de la noche, tiene su
importancia.
Pero una noticia vino a enturbiar esa buena perspectiva. De pronto se extendió
la terrible nueva de que un amago de peste se cernía sobre la tierra de
Aquisgrán. ¡La peste! Eso era tanto, o peor aún, que si se dijera que los
feroces soldados turcos, los temibles genízaros, se acercaban para combatirla.
Los mismos Príncipes Electores mostraron su temor. ¿Quién estaba a resguardo de
tan mal enemigo? Contra la peste no valían preeminencias. El único recurso a
favor de los poderosos era que podían huir con más presteza de las zonas
afectadas.
De ese modo se le planteó al Emperador una alternativa: que se fijara otra
ciudad alemana para realizar la ceremonia de la coronación imperial. En
definitiva, lo que se iba a realizar era una toma de juramento y unos actos
religiosos a cargo de las principales dignidades eclesiásticas alemanas, como
los arzobispos de Colonia, de Maguncia y de Tréveris, y para ello cualquier
catedral alemana podía servir. A fin de cuentas, Dios estaba en todas partes.
¡Pero no era lo mismo! Aquisgrán era la ciudad legendaria, aquella donde
estaban los restos de Carlomagno, la que poseía en su catedral el trono
simbólico del fundador del Imperio, tan cargado de mágicos recuerdos, aquella
donde reinado tras reinado, cada nuevo emperador había sido consagrado. ¡Y eso
desde hacía más de 700 años! ¿No había sido en el año 813 cuando el mismo
Carlomagno había coronado a su hijo, Luis I el Piadoso, haciéndole su
corregente? ¡Más de siete siglos cargados de Historia! ¿Todo eso iba a cambiar
por un amago de peste?
Carlos V, tan apegado a la tradición, tan orgulloso de ser el continuador de
aquella larga serie de emperadores, no podía cometer tamaño error. De modo que
consintió en que la ceremonia sufriera un pequeño retraso, pero mantuvo con
firmeza la orden de que se realizara en Aquisgrán, fiel a la secular tradición.
Y la suerte le acompañó. La comarca mejoró frente al amago de peste y Aquisgrán
se afianzó como la ciudad de la solemne coronación imperial.
Aquisgrán, pues, alzándose en el horizonte, Aquisgrán elevada a uno de los
puntos más relevantes de la geografía carolina, a una de las referencias
obligadas cuando se recuerda la figura de Carlos V. La ciudad conservaba las
huellas de su época de capital del imperio de Carlomagno y, sobre todo, la
hermosa capilla palatina con su triple arcada elegantemente escalonada desde la
recia base hasta la más estilizada del piso superior, testimonio fiel de la
alta cultura desarrollada en la Corte del fundador del Imperio que tan
justamente lleva su nombre. Y en la catedral está también el austero trono de
Carlomagno, acaso más impresionante en su sencillez que si hubiera estado
suntuosamente construido.
Hacia Aquisgrán se dirigió Carlos V abandonando Bruselas, tras dejar nombrada a
su tía Margarita como regente de los Países Bajos en su ausencia. Haciendo una
parada en el punto intermedio del convento de Witten, en el atardecer del 22 de
octubre llegaba con su séquito a las puertas de la ciudad.
Iban a dar comienzo las grandes ceremonias, con la entrada triunfal de Carlos
V, como un nuevo Carlomagno, en la vieja ciudad imperial. Y lo primero fue el
obligado cambio de cabalgadura. Carlos V hubo de abandonar su hermoso caballo
blanco para montar en el corcel que le ofrecía la ciudad de Aquisgrán. Era, sin
duda, como un símbolo: el que entraba en la vieja urbe no era un extraño, como
no lo era el caballo en que cabalgaba.
Y se inició el triunfal desfile, entre militar y palaciego, pues la mayor parte
de los altos personajes, como el propio Emperador, iban acompañados de sus
guardias personales. El primero en romper la marcha fue el margrave de
Brandemburgo con su séquito. Le seguían otros altos personajes del Imperio. A
continuación tres mil infantes en sus tres secciones de arcabuceros,
alabarderos y piqueros. Detrás de ellos el estruendo de los tambores y
timbales, como propagando al viento la triunfal entrada del Emperador.
En efecto, tras la música de tambores y timbales seguía ya el séquito imperial,
entremezclados los Príncipes alemanes con los Grandes de España. Fue entonces
cuando apareció el propio Emperador, cabalgando entre los arzobispos de Colonia
y de Maguncia, que eran a su vez Príncipes Electores y los que habían de tener
el máximo protagonismo en la ceremonia religiosa del día siguiente. Tras del
Emperador, los cardenales de Salzburgo, Sión y Toledo. Y cerrando la marcha, la
guardia regia[281].
Después del solemne Tedeum oficiado en la catedral hubo de
firmar Carlos V las capitulaciones de su elección, confirmando a los Príncipes
Electores sus privilegios. Y ya entrada la noche pudo retirarse al alojamiento
que le tenía preparada la ciudad. Le esperaba todavía la jornada fundamental:
la de su coronación en la catedral.
Al día siguiente, muy de madrugada, Carlos se dirigió al templo vestido con el
ropaje y los atributos de archiduque de Austria, que le acreditaban como uno de
los príncipes del Imperio. Era tanto como hacer público que aquel que iba a ser
coronado emperador no era ningún extraño, era alguien que pertenecía por su
linaje a la gran familia de la nación alemana.
La ceremonia religiosa tuvo cuatro partes. En primer lugar, la misa pontifical
oficiada por el arzobispo de Colonia. Era como la introducción, como la
petición de gracia a la divinidad, que Carlos oiría del modo más humilde,
postrado en tierra y con los brazos en cruz. Después vino el ritual al modo
caballeresco que ligaba al Emperador a sus deberes frente a Dios y al pueblo,
teniendo que contestar a las preguntas del Arzobispo: ¿Defendería como tal
Emperador a la Iglesia? ¿Y a la Justicia? ¿Sería el protector de los humildes,
de los oprimidos, de las pobres viudas y los míseros huérfanos? Preguntas
solemnes a las que el joven Emperador iba respondiendo, poniendo en ello su
alma: Ego volo. Esto es: «Yo quiero».
A partir de ese momento, Carlos V asumiría desde lo más profundo de su ser
aquella triple obligación, aquel triple deber, aquellas tres consignas:
convertirse en la espada que defendiera la Iglesia contra sus enemigos, ser el
buen juez de sus pueblos y alzarse como el amparador de los pobres y oprimidos
contra los poderosos, prestando juramento con la mano diestra sobre la Biblia.
Tal emperador, ¿sería aceptado por el pueblo? He ahí la siguiente etapa
planteada por el arzobispo de Colonia en pregunta directa a la asamblea. Y la
asamblea, los allí reunidos, grandes y menudos, príncipes del Imperio,
caballeros, mercaderes, artesanos y el mismo pueblo, respondieron por tres
veces a la reiterada pregunta del Arzobispo: Fiat, resonó una y
otra vez en el templo. Esto es: «Sea, venimos en ello».
Era la asamblea allí reunida reconociendo al Emperador por su señor, como la
premisa para la cuarta fase: la consagración de Carlos V con el óleo santo en
las manos, en el pecho y en la cabeza, a cargo de los arzobispos de Colonia y
de Tréveris, con la alocución sacra del arzobispo de Colonia:
Ungo te regem oleo santificato. In nomine Patris et Fili et
Spiritu Sanctu.
Y mientras se procedía a la consagración de Carlos V, como
emperador, se oía al coro entonar la antífona:
Unxerunt Salomonem…
Para terminar con el grito triunfal:
¡Vivat, vivat Rex in aeternum!
Era el momento de recibir los signos externos de su
preeminencia: la espada de Carlomagno, el anillo imperial, el cetro y el mundo,
y de imponerle la corona, la primera corona imperial como emperador electo[282].
Ya Carlos V era emperador. Y como tal subió al trono de Carlomagno y desde allí
inició su imperio armando caballeros a no pocos de los presentes, dándoles el
espaldarazo con la espada de Carlomagno.
Era el 23 de octubre de 1520.
Tan solemne consagración tendría su natural complemento en el banquete con que
la ciudad de Aquisgrán homenajeó a su imperial huésped y a todo su séquito en
el Rathaus, en la Casa consistorial; mientras, el pueblo lo
celebraba a su modo con las fuentes de vino que corrían en la plaza del Mercado
y con el buey asado en la misma Plaza.
Una fiesta, sin duda, para grandes y poderosos, pero también para el pueblo,
que quedaría grabada en la retina de Carlos V. Y una fiesta que recordaría un
testigo de excepción: el gran pintor alemán Alberto Durero, quien afirmaría:
Yo, que he asistido a todo el espectáculo, he visto cosas tan
soberbias, preciosas y exquisitas como no ha visto jamás ninguno de los vivos[283].
Pronto tendría ocasión Carlos V de llevar a cabo aquellos
deberes que había asumido frente a Dios y a los hombres enfrentándose a la
amenaza que sobre la Iglesia de Roma, a la que había jurado defender, estaba
desencadenando aquel ya no tan oscuro fraile agustino de nombre Lutero.
Para lo cual, Carlos V convocaría la Dieta imperial en Worms.
Algo que ocurriría ya en el año siguiente de 1521.
§. La dieta imperial de Worms: Carlos V y Lutero
No olvidaba Carlos V las cosas de España, tan alteradas con las Comunidades de
Castilla y con los alzamientos de los agermanados de Valencia y de Mallorca.
Algo había mejorado el panorama desde el nombramiento del almirante de Castilla
y del Condestable como corregentes, al lado de Adriano de Utrecht, lo que
afianzaba la alianza de la Corona con la alta nobleza. Sobre todo, la
recuperación de Tordesillas, donde seguía su madre Juana la Loca, era ya una
nota tranquilizadora. Y aunque Carlos V estuviera deseoso de regresar a España
para acabar de sosegarla por completo, eso le permitiría afrontar de momento la
gran crisis religiosa abierta en la Cristiandad por Lutero.
Estamos ante la cuestión más trascendental de la Europa carolina: la Reforma.
En verdad, sería la que llenaría todo el reinado de Carlos V desde el día
siguiente de su coronación imperial hasta las últimas jornadas, después de la
abdicación en Bruselas. A la par, o incluso con más fuerza que la rivalidad con
Francia, hay que poner la cuestión luterana, que persigue a Carlos V incluso
hasta su retiro de Yuste. ¿Qué era lo que hacía tan fuerte y tan amenazadora a
la disidencia religiosa que acaudillaba Lutero? Entraban en ello diversos
factores: el incipiente nacionalismo alemán, que pronto acabaría viendo en
Lutero a la personificación del pueblo teutón enfrentado con Roma; la auténtica
necesidad de una vida religiosa más sincera, en contraste con la corrupción de
la curia romana; el malestar económico aumentado por las grandes sumas de
dinero que salían de Alemania por los conductos eclesiásticos para la capital de
la Cristiandad… Había, pues, motivos nacionalistas —siempre tan virulentos—,
espirituales —que lo hacían más profundo— y económicos que lo acababan de
agravar.
No fue exactamente eso lo que llevó a Lutero a su personal rebelión, sino una
crisis íntima, abierta en su conciencia. Pero, al estallar, se enlazó con todo
aquel malestar incubado en Alemania, y pronto buena parte de Alemania haría
suya la causa luterana.
A su vez, para Carlos V que iniciaba gozoso su mandato como emperador de la
Cristiandad, y que tan solemnemente había jurado el día de su coronación en
Aquisgrán defender a la Iglesia, Lutero se presentaba como el mayor enemigo de
aquella unidad de la Cristiandad, de aquella idea de la Europa cristiana en
armonía bajo la dirección imperial. Algo, por tanto, que había que solucionar
pronto, o por la vía del diálogo o por la fuerza. El Papa, León X, alarmado por
las noticias que llegaban a Roma sobre los avances de la herejía luterana en
Alemania, presionaba constantemente a Carlos V para que empleara contra Lutero
la violencia, declarándolo sin más proscripto del Imperio como hereje contumaz,
actuando contra él como lo había hecho el Concilio de Constanza contra Juan
Huss un siglo antes, y como había procedido entonces el emperador Segismundo,
condenándolo a la hoguera.
Sin embargo, Carlos V prefirió tantear otro procedimiento. Reunió la Dieta
imperial en Worms en marzo de 1521 y convocó a Lutero, mandándole un
salvoconducto imperial. Quería oír personalmente al que sería uno de sus
mayores antagonistas —y acaso el personaje más destacado de la Alemania del
siglo XVI— antes de condenarlo. Eso parecía lo más honesto.
En lo cual Carlos V mostró una de sus características más acusadas: su sentido
ético de la existencia.
Pero, ¿quién era Lutero? ¿Cuál era el mensaje de aquel fraile agustino que
tanto inquietaba a Roma? Hemos señalado que todo había sido fruto de una crisis
religiosa sufrida por el monje alemán; pero, ¿qué había ocurrido, en verdad? En
suma, ¿con qué se iba a enfrentar Carlos V, cuando lo convocó a la Dieta
imperial de Worms, en aquella primavera de 1521?
Todos los biógrafos lo señalan: Lutero estuvo marcado ya por una infancia dura,
dentro de una vida familiar muy severa, con una educación rígida. Eso hizo
mella en su carácter sensitivo. Se habla de la muerte de un amigo en plena
juventud, de una pavorosa tormenta que le sorprende en el campo. En todo caso,
algo hay en el ambiente que presiona a Lutero. Él mismo lo confiesa así
después:
No me hice fraile libremente, ni obedeciendo a un deseo…, sino
que sitiado por el terror y la angustia de una muerte repentina, formulé un
voto obligado y necesario[284].
Así, aquel que su padre prepara para los estudios jurídicos,
cambia de rumbo e ingresa en la Orden agustina. Tenía veintidós años.
¿Quiere decirse que Lutero entra en el convento por temor a la muerte? Yo
contestaría: No. O, al menos, no exactamente. Lo que angustia a Lutero no es la
muerte física, sino el magno problema de casi todos los creyentes: la
salvación. Su temor radica en la condenación eterna. Confía en que el claustro
le dé la seguridad que no encuentra en el mundo. Lucien Febvre nos lo revela: «Lo
que importa a Lutero, de 1505 a 1515, no es la reforma de la Iglesia, sino
Lutero, el alma de Lutero, la salvación de Lutero. Únicamente esto[285]».
Pero para conseguir de verdad esa paz que busca, Lutero tiene algo en contra
suya: una conciencia excesivamente escrupulosa. Sobre todo para quien se estaba
impregnando de las tesis de Ockham sobre las buenas obras; según Ockham, el
hombre, aunque inclinado al mal, podía merecer la gracia por su propio
esfuerzo, siempre y cuando Dios quisiera aceptarlo como bueno. El perseverar en
las buenas obras era señal de ser bienquisto por Dios. Lo cual tenía su
contrapartida, pues a la inversa, una conciencia escrupulosa podía apreciar en
cualquier desfallecimiento el abandono de Dios, como si se tratara del terrible
anuncio, por tanto, de la condena eterna. De ahí aquella etapa de angustia
mortal por la que pasa Lutero. Él mismo la describe:
Yo también he conocido de cerca a un hombre que afirmaba haber
sufrido a menudo tales suplicios. No durante mucho tiempo, ciertamente. Pero
las torturas eran tan grandes, tan infernales, que ninguna pluma podría
describirlas. Quien no ha pasado por ellas no puede figurárselas. Si hubiera
que sufrirlas hasta el final, si se prolongaran únicamente media hora, ¿qué
digo?, la décima parte de una hora, perecería uno entero, hasta los huesos
quedarían reducidos a cenizas[286].
De entonces es su conocido lamento:
¿Cómo es posible que no desespere el alma si no tiene otro
consuelo contra sus pecados que sus propias obras.
Una angustia indecible, hasta que leyendo a san Pablo, Lutero
encuentra la clave de su esperanza, en la famosa frase: «El justo vive de la
fe». A través de sus propios textos podemos seguir su evolución:
Hasta que al fin por piedad divina, y tras meditar día y noche,
percibí la concatenación de los dos pasajes: «La justicia de Dios se revela en
él», «Conforme está escrito: el justo vive de la fe»[287].
Esto es, la inclinación al pecado es invencible, pero la
misericordia de Dios es infinita; o por decirlo con las propias palabras de
Lutero: «Somos pecadores a nuestros ojos y, a pesar de esto, somos justos ante
Dios por la fe».
¡Al fin! Atrás las perspectivas del Infierno. Por el contrario, se abren
gozosamente ante Lutero las puertas del Paraíso. Él mismo lo proclama así:
Me sentí entonces un hombre renacido y vi que se me habían
franqueado las puertas del Paraíso[288].
A poco, sobreviene la predicación en Alemania por los dominicos
de la bula de Roma, para ayudar a la construcción del templo de san Pedro. Se
abría el gran debate sobre el valor de las indulgencias. Lutero cree tener ante
sí, no las buenas obras, sino las falsas buenas obras; algo que iba contra la
confianza lograda en sus últimas reflexiones. De ahí que publique sus 95 tesis
en Wittenberg, atacando la predicación de la Bula. Pero en Roma aún no cunde la
alarma; «disputas de frailes», se comenta.
Mientras tanto, Lutero se iba haciendo «luterano», como señala Lucien Febvre.
Esto nos ayuda a entender el fenómeno humano de Lutero, y su deslizamiento
progresivo hacia posturas de rebeldía. Pero queda en el aire otra cuestión
importante: ¿Por qué gran parte de Alemania sintonizó tan pronto con Lutero?
Los especialistas, como Lortz, nos hablarán de que estaba en marcha la
disolución fomentada por los abusos y los errores de Roma. Asimismo, que en
Alemania se hacía cada vez más fuerte un sentimiento de hostilidad a Roma,
fomentado por la fuerte extracción fiscal. Una crisis cultural, política y
social cierra el cuadro: un humanismo laico enfrentado con una cultura
clerical, cada vez más oxidada; las ambiciones de los Príncipes contra el
Imperio, y, por último, el malestar de una clase social en peligro de
extinción: los caballeros.
Todo eso afloró con Lutero. Particularmente por sus planteamientos religiosos,
cuando media Cristiandad estaba anhelando un contacto más directo con Dios, lo
que Lutero acabaría plasmando en su tesis del sacerdocio universal. Es una
situación que Hegel resumiría en su célebre juicio:
En Alemania, donde se conservó la pura espiritualidad interior,
hubo un monje sencillo en quien se encendió la conciencia del presente.
Es a ese Lutero al que debe enfrentarse Carlos V a comienzos de
su reinado. En aquellos momentos él, el Emperador, era todavía un desconocido
en la política, como una interrogante abierta, y Europa se preguntaba qué sería
capaz de dar de sí al frente del Imperio.
Para entonces Lutero había ya publicado sus principales escritos que le
enfrentaban con Roma: «A la nobleza cristiana de la nación alemana», «De la
cautividad babilónica de la Iglesia», y «De la libertad cristiana»; en ellos
formulaba los principios de un nuevo cristianismo, con la base doctrinal de la
justificación por la fe, el sacerdocio universal, con la lectura directa de la
Biblia, una Iglesia desvinculada de Roma, bajo la protección del príncipe, y la
validez de los únicos sacramentos que aparecen en el Nuevo Testamento:
Bautismo, Penitencia y Eucaristía. Como resultado, aparte de la conmoción en la
Cristiandad y de la adhesión de los muchos que clamaban contra los abusos de
Roma, se produciría en 1520 lo que ya era inevitable: la Bula de excomunión (Exsurge
Domine). Roma ya no creía en las «disputas de frailes». Profundamente
alarmado, el papa León X presionaría fuertemente al Emperador para que pusiese
al nuevo hereje fuera de la ley imperial.
Pero Carlos V se tomó un tiempo. Por lo pronto, no quiso condenar al fraile
agustino rebelde a Roma sin antes oírlo.
Y así fue convocada la Dieta imperial de Worms en abril de 1521, y a ella
llamado Martín Lutero.
Pocas citas históricas tienen tanta trascendencia.
En Worms van a encontrarse el fraile agustino, que ha decidido defender su
conciencia aunque eso suponga enfrentarse con los mayores poderes de la tierra,
y el joven Emperador, que solo hace unos meses que ha recibido la corona
imperial en Aquisgrán.
Para Martín Lutero acudir a la cita no carecía de riesgos. ¿Cómo olvidar la
sombra de Juan Huss, convocado también con salvoconducto imperial, a la Dieta
de Constanza en 1414, de donde había salido para ser quemado vivo en 1415?
Lutero fue advertido por sus amigos y seguidores. El propio príncipe elector de
Sajonia, Federico el Sabio, le puso en aviso sobre el peligro que corría. Pero
Lutero se creyó obligado a afrontarlo.
Sin duda, como suele decirse, se había puesto en manos de Dios. Consciente de
lo mucho a que se exponía, confiaba en Dios. ¿También quizá en el nuevo
Emperador? No lo sabemos, pero sin duda, le daba un margen de confianza, en
cuanto que cumpliera con el salvoconducto que le había enviado. Pero el riesgo
era enorme, por la presión del ambiente.
De ahí lo impresionante de aquellas jornadas. Todos sabían que algo muy
importante iba a salir de ellas. Y a ellas fueron Lutero y Carlos V, entrando
cada uno en su propio destino: el decidido reformador, en la madurez ya de su
pensamiento teológico, y el no menos decidido César, velando sus armas
imperiales. Por un lado Lutero, el que suponía la ruptura con el pasado, y por
el otro Carlos V, en su pugna por mantener sin escisiones la Universitas
Christiana.
Pero no arrancaban en igualdad de condiciones. Carlos V se apoyaba en los
principios establecidos y en una tradición milenaria. Tenía la legalidad
consigo, Roma a su lado y en sus manos, el poder, que no era poco. Martín
Lutero, en cambio, lo arriesgaba todo: honra y vida. Su final podía ser la
infamia y la muerte en la hoguera, como le había ocurrido, no solo a Juan Huss,
sino también, y más recientemente, a Savonarola. Su único respaldo era su
conciencia y un cierto apoyo popular, pues el pueblo alemán apreció muy pronto
el heroísmo que había en la marcha de Lutero a Worms. Ranke, el gran historiador
alemán del pasado siglo, nos describe bien aquella Alemania que salía al paso
de Lutero para aclamarle[289].
Para Martín Lutero, aquel clamor fue decisivo. Era el signo de que Dios le
apoyaba.
El 17 de abril de 1521 Lutero tiene su primera confrontación oficial en la
Dieta de Worms. Se le pregunta si reconoce como suyos sus escritos y si se
ratifica en lo que en ellos dice. Lutero, impresionado sin duda ante la Corte
imperial y ante todo el aparato de la Dieta y, sobre todo, ante la gravedad del
paso que iba a dar, pidió veinticuatro horas para reflexionar, lo que motivó
alguna burla de los allí presentes. ¡No sería aquel fraile apocado el que les
llevaría a la herejía! En la siguiente sesión Marín Lutero, recobrado su ánimo,
respondería con firmeza. No solo reconocía como suyos aquellos escritos, sino
que los mantenía, mientras que no se le convenciese, Biblia en mano, de sus
errores. Pues actuar de otra forma sería ir contra su conciencia.
Estamos ante un momento crucial de la historia de Alemania, de la historia de
Europa, de la historia del mundo. Bien merece la pena, pues, que oigamos al
propio Lutero en su lengua, que escuchemos lo que nos dice en alemán, tal como
nos lo conserva la tradición:
Solange ich nicht durch die Heilige Schrift oder klare Vernunft
widerlegt werde, kann und will ich nichts widerrufen, da gegen das Gewissen zu
handeln beschwerlich und gefährlich ist.
Esto es:
Mientras yo no sea rebatido a través de las Sagradas Escrituras
o con razones evidentes, ni quiero ni puedo retractarme, porque ir contra la
conciencia es tan penoso como peligroso.
Para terminar invocando la ayuda divina:
Gott helfe mir! Amén[290].
Y, satisfecho sin duda por el efecto causado, daría el golpe
teatral, espectacular, definitivo, lanzando la gran voz al auditorio que le
dejaba como vencedor del debate:
Schluss!
O sea: « ¡Ya está!». La prueba ha concluido y mía es la
victoria.
Después de lo cual, la prueba de fuego fue para el joven Emperador. Él también
hubo de pasar su noche en vela, consciente de su responsabilidad. El 19 de
abril se presenta Carlos V ante la Dieta con un papel en el que había apuntado
sus reflexiones. Sería su primer discurso al margen del protocolo: un breve
discurso, pero de importancia capital, por el sitio y el momento en que lo
pronuncia. En síntesis sería una declaración de fe. Él era el sucesor de los
emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico, de los Reyes de la católica
España, de los señores de las Casas de Austria y de Borgoña, todos siempre
fieles a Roma. Enfrente estaba aquel fraile rebelde; y un fraile no podía tener
la razón, él solo, frente a la Cristiandad, y a su tradición milenaria. Y en
defensa de esa Cristiandad —concluye Carlos V— él pondría todo lo que tenía:
reinos, dinero, amigos, cuerpo y alma.
Pero un discurso resonando de un modo chirriante en aquella magna asamblea
germana, pues frente a los fogosos razonamientos de Lutero en el más puro
alemán, Carlos V solo pudo oponer una réplica en francés, su lengua natal, que
era la única que entonces dominaba:
Vous savez que je suis descendu des Empereurs trés crestiens de
la noble natión germanique, des Rois Catholiques d’Espaigne, des Archeducs
d’Austrie [et] des Ducs de Borgoigne, lesquels tous ont etés jusques à la mort
fils fidèles de l’Eglise romaine…
Y ahora, llegaba aquel fraile agustino y frente a la postura de
la Iglesia entera, de sus santos padres y de sus santos y venerados Concilios,
afirmaba que eso no valía nada ante su libertad de conciencia. ¿Cómo podía
admitirse tal extravío, tal ofensa, tal rebeldía? Era atentar a lo más profundo
de las enseñanzas de Roma. De forma que Carlos V actuaría como le obligaba a
ello su condición de emperador.
Y es cuando pronunciaría aquella solemne declaración de fe para que nadie se
llamase a engaño: Todo, todo lo que tenía, lo pondría en aquella formidable
apuesta:
… porquoy [je] suis determiné toutelment y employer mes
Royanlmes et segnouries, mes amis, mon corp, mon sang, ma vie et mon âme…
Tal era el papel escrito de su propia mano que leyó Carlos V
ante la Dieta imperial reunida en Worms en aquel abril de 1521[291].
¿Respondía con ello Carlos V al sentir de aquella España? Hoy podemos contestar
a esa pregunta, gracias a la documentación existente en el Archivo de Simancas.
Aquellos sucesos de Europa, en la primavera de 1521, cogen a España en plena
guerra civil, con las Comunidades castellanas y las Germanías valencianas y
mallorquinas levantadas en pie de guerra.
13 de abril de 1521. Se reúne el Consejo Real en Burgos, bajo la presidencia
del arzobispo de Granada, don Antonio de Rojas. Asisten los consejeros don Alonso
de Castilla, el marqués de Cuéllar, los doctores Guevara, Cabrera y Beltrán y
los licenciados Cruz y Santiago. Al Consejo Real ha llegado la noticia de la
Dieta de Worms, donde ha sido convocado Martín Lutero. Bajo la presión de Roma,
que ha movilizado sus recursos diplomáticos hasta la misma Castilla, el Consejo
Real acuerda enviar un despacho urgente al Emperador:
Por Breves del nuestro muy Santo Padre y cartas del Cardenal de
Tortosa, Gobernador destos Reinos y de otras partes —señala el Consejo Real—
habemos entendido los errores y herejías que Martin Luter, alemán, ha levantado
contra nuestra sancta fe católica…
Ya está, pues, el nombre de Martín Lutero resonando en el ámbito
español. Y con alarma, ocioso es decirlo, pues el Consejo Real subraya a
continuación a Carlos V:
Lo que V. A. hizo y lo que Su Santidad contra ese hereje proveyó
y mandó no ha bastado hasta agora para le apartar de sus errores.
Por todo ello, el Consejo Real, cuidando las formas pero firme
en sus obligaciones («… por cumplir con Dios y con V. A. y con la obligación
que como cristianos tenemos…»), le recuerda al César sus deberes, primero como
rey de España y después como emperador de Alemania. Notable advertencia donde
se echa de ver que Castilla se consideraba entonces la representación genuina
de España, y que su puesto no cedía ante el Imperio. Hay algo de esa altivez de
un pueblo cuando se considera en su hora de plenitud:
… traemos a la memoria de V. M. la que tiene como rey
católico desta nuestra España y después como Emperador de Alemania…
¿Era preciso traerle también la imagen de sus antepasados, en
tan crítico momento? Así lo entendieron aquellos consejeros:
… que es también muy grande la obligación que en ello tiene como rey y señor
destos Reynos y sucesor en ellos, como nieto de aquellos gloriosos y
cathólicos reyes don Fernando y doña Ysabel, vuestros agüelos… El redactor
del documento —quizá el doctor Guevara— tiene entonces un momento de cierta
inspiración. Se sale del camino trillado de denostar al «malvado hereje», para
hacer hincapié en algo que había llenado de admiración al mundo entero: la
increíble fortuna de Carlos V, con el cúmulo de Estados que había ido
recibiendo. Eso tenía un misterio, que no era otro sino el de los designios
divinos, lo que obligaba más al César:
… y no sin cabsa y misterio prepuso Dios a V. M. en tan
alto trono, sino porque fuésedes más poderoso para defensión de su Iglesia y
castigo de los herejes…
Orgullosa Castilla, sí, que se consideraba portavoz de España
entera, en su momento de plenitud. Sin embargo, curioso detalle, ya se tenía
por cierto que Alemania amaba la guerra — ¡oh manes de Tácito!— y que era
conveniente aprovechar su fuerza:
… mande [V. M.] que la belicosa y cristiana gente
alemana de vuestro Imperio se levante y mueva poderosamente y con mano armada a
prender este hereje y entregarle preso a nuestro muy sancto padre…
Entretanto, aclaraba el Consejo, se había dado orden de quemar
todos los escritos de Lutero, y que nadie osase en tratar sobre sus herejías[292].
Tordesillas, 14 de abril de 1521. Las tropas imperiales están a punto para el
combate decisivo con los comuneros. Estamos a siete días antes de Villalar.
Todo el Reino está en gran tensión. Sin embargo, los gobernadores apartan un
momento su atención del problema interno y piden al obispo de Oviedo —el único
prelado que se hallaba entonces en Tordesillas— que escriba al Emperador
instándole a extirpar «la pestífera secta de Martin Lutero», para que se
borrase de sus dominios septentrionales y no alcanzase a los meridionales. Y
otra vez Castilla vuelve a hablar en nombre de España:
Suplico a V. R. M. —es la carta del prelado de Oviedo[293]— que como
cristiano Emperador, Rey Católico y señor protector y defensor de la Iglesia
Católica, procure y mande echar de todos sus Reynos e señoríos setentrionales
tan detestable abhominación, e no permita ni dé lugar que pase a nuestra región
oçidental a infiçionar estos Reynos e señoríos de España…[294]
Ambos documentos llegarán a Carlos V, por supuesto, cuando ya él
ha condenado públicamente la herejía de Lutero y este ha sido expulsado de la
Dieta imperial. Por lo tanto, no cabe hablar de que los españoles —al menos,
los que entonces gobernaban España en su nombre— influyeran en la decisión
imperial.
Ahora bien, eso tiene todavía más valor, por cuanto que nos demuestra hasta qué
punto estaba sintonizando ya Carlos con la España de su tiempo, que es
precisamente la tesis del gran historiador Menéndez Pidal.
Capítulo 5
El eco de España: comuneros y agermanados
En marzo de 1521 Carlos V termina la Dieta de Worms y se ve
obligado a aplazar el problema de Lutero. Está claro que no puede sospechar lo
que se le avecina, que aquel oscuro fraile agustino sea capaz de escindir la
Cristiandad, que serían inútiles sus intentos de reducción por el diálogo a sus
seguidores, y que pasarían muchos años —en torno al cuarto de siglo—, antes de
que pudiera tantearlo por la vía de las armas.
Entretanto, los sucesos se disparan en España, de donde cada vez le llegan a
Carlos V noticias más alarmantes, tanto en Castilla, con el alzamiento de las
Comunidades, como de Valencia y Mallorca con las alteraciones sociales de los
agermanados; si bien es cierto que también se van conociendo las hazañas de los
conquistadores en las Indias, que no en vano Hernán Cortés está conquistando en
Méjico el imperio azteca.
En cuanto a Castilla, la rebelión no coge de sorpresa a Carlos V. En realidad,
cuando embarca en La Coruña para dirigirse a Inglaterra, la situación era ya
tan amenazadora, con la abierta insurrección de Toledo, que Carlos V incluso
llegó a dudar si no debería acudir primero a sofocarla, aplazando su coronación
en Aquisgrán.
También le alarmaba, y no poco, que fuera en Castilla donde estuviera recluida,
en aquella villa de Tordesillas, su madre doña Juana que era, en puro derecho,
la reina propietaria de la Monarquía hispana. ¿Qué ocurriría, si los sublevados
lograban apoderarse de la Reina cautiva? ¿Hasta dónde podría llegar entonces el
fuego comunero?
La primera en seguir los pasos de Toledo había sido Segovia, encolerizada con
sus procuradores en Cortes, porque habían acabado votando a favor de lo que
pedía Carlos V, vulnerando las órdenes que tenían de la ciudad. Cuando tal se
sabe, el pueblo segoviano se amotina, dando muerte violenta a uno de dichos
procuradores, Rodrigo de Tordesillas, pese a que se había refugiado en la
iglesia de San Miguel.
Suceso tan grave no podía pasarse por alto. El cardenal Adriano, Regente desde
la ausencia de Carlos V, convoca al Consejo Real: ¿qué debía hacerse, seguir la
vía apaciguadora o el castigo inmediato? Aunque algún consejero, como don
Alonso Téllez Girón, abogó por la negociación, se impuso el criterio del
arzobispo Rojas, presidente del Consejo Real, de la represión. En consecuencia,
se escogió al alcalde de Corte, Ronquillo, que ya tenía fama de severo, para
que procesase a los culpables.
Y allí empezaron las dificultades, pues para eso tenía Ronquillo que entrar en
Segovia, como si la ciudad lo permitiera, esperando su castigo. Muy al contrario,
los segovianos le cerraron las puertas, teniendo Ronquillo que situarse en
Santa María de la Real de Nieva, a unas cinco leguas. Su título de alcalde de
Corte no valía de nada ante la ciudad amotinada. La vía judicial se mostraba
insuficiente. Era preciso acudir a las armas.
Lo que estaba ocurriendo era que también las dos ciudades rebeldes, Toledo y
Segovia, eran conscientes de que ya no podían dar un paso atrás, y empezaban a
organizar sus milicias ciudadanas. El alzamiento se estaba haciendo tan popular
que los propios curas clamaban desde sus púlpitos contra el mal gobierno de
Carlos y contra sus consejeros flamencos; la Iglesia española no podía olvidar
la gran ofensa sufrida, con el nombramiento del jovencillo Guillermo de
Chièvres como arzobispo de Toledo, sucediendo en la silla primada nada menos
que a la venerable figura de Cisneros. Toledo entero, por tanto, era un clamor
contra el gobierno imperial y, alzado en armas, pone al frente de sus milicias
urbanas a un caballero toledano que pronto se haría famoso: Juan de Padilla. Y
se le encarga una misión: auxiliar a la amenazada Segovia.
En efecto, los segovianos habían pedido ayuda a las ciudades comarcanas,
enviando emisarios no solo a Toledo, sino también a Madrid y, en la meseta
norte, a León, Ávila, Salamanca y Medina del Campo, ciudades donde se producían
movimientos populares semejantes, con la expulsión del corregidor, como odioso
representante de la autoridad regia.
Todo eso se va sabiendo en la Corte imperial. En principio, que se estaba produciendo
un alzamiento de las ciudades castellanas promovido por el patriciado urbano
con asistencia del sector popular. Su carácter nacionalista lo hacía más grave,
porque la misma alta nobleza castellana se mostraba expectante, como si no le
importara demasiado ver las dificultades por las que atravesaba Carlos V, que
tan poco aprecio había mostrado por ella. Así, no dejaba de ser significativo
que en el caso de Zamora, se viera al conde de Alba de Aliste enfrentarse con
el corregidor Fadrique de Zúñiga, apoyando a un alcalde del pueblo[295].
Entretanto, y en apoyo a Ronquillo, el Consejo Real le envía una pequeña fuerza
armada (800 lanzas y 200 escopeteros) al mando de Fonseca. No era mucho, pero
parecía suficiente para imponer el orden en Segovia.
Y acaso lo sería para sofocar un mero motín popular. Pero en junio toda Segovia
estaba en armas, contando con el apoyo de otras milicias urbanas, como las de
Toledo mandadas por Juan de Padilla. Por lo tanto, una simple operación de
apaciguamiento urbano se convierte en toda una operación bélica, en el asedio o
en el asalto de una fuerte ciudad amurallada. El asedio no lo permitía la
premura con que el Consejo Real quiso castigar a los amotinados. Y para el
asalto se precisaba algo más que un puñado de lanzas, empezando por una mínima
artillería con que batir la muralla segoviana.
De modo que Fonseca decide pasar antes por Medina del Campo, donde la Corona
tenía un parque de artillería. Mas eso también lo saben los segovianos, que con
gran diligencia solicitan a Medina que no entregara sus cañones. ¡Los
imperiales los querían para batir la ciudad hermana! Un sentimiento de
solidaridad comienza a extenderse por toda Castilla.
Encolerizado ante la inesperada resistencia de los medinenses, Fonseca ordenó
el asalto de la opulenta ciudad de las ferias, que fue batida calle por calle y
casa por casa. Medina fue entregada así a la furia de la soldadesca, puesta a
pillaje e incendiada.
Para entonces, las ciudades comuneras habían iniciado su propia estructura
política con la designación de una Junta de Gobierno, en principio reunida en
Ávila; Junta formada por representantes de las principales urbes sublevadas,
como Toledo, Madrid, Segovia, Salamanca, Burgos y la misma Ávila. Sería la
«Santa Junta», y a ella denunció Medina el saqueo sufrido, como ciudad inerme
ante los soldados de Fonseca:
Con el mal apercibimiento que teníamos no se le pudo resistir
que no se entrase por las calles, y desde allí comenzó [Fonseca] a combatir
esta villa con mucho número de escopeteros y gente de armas…
Resistencia numantina de los medinenses que llevó a Fonseca a la
bárbara orden:
… y visto que por combate no podían entrar, determinó
[Fonseca] de la poner fuego por todas partes, con tanta crueldad como no lo
hiciera con turcos. Y aunque esta villa se vio arder y destruir, determinó de
antes perecer del todo que no dalla [la artillería]. Y vista nuestra
determinación, acordó [Fonseca] de se ir yendo por la villa saqueando casas y
sustando mujeres y niños…[296]
Fue aquel un fuego que se extendió por toda Castilla, por las
dos mesetas, tanto por Castilla la Vieja como por la Nueva. Fracasando en su
intento, Fonseca tuvo que licenciar su pequeño ejército y él mismo buscar su
salvación saliendo del país, yendo a la corte del César.
Aquel verano de 1520 el regente Adriano se hallaba sin ningún recurso que
oponer a la marea creciente de las Comunidades. De esa forma se produjo lo que
más temía el Emperador: la entrada de los comuneros en Tordesillas,
apoderándose de la reina doña Juana. Incluso cinco días antes, como sufriendo
el contagio de lo que estaba ocurriendo en toda Castilla, también los vecinos
de Tordesillas se habían alzado contra el gobierno imperial. Organizados en
comunidad, exigieron al marqués de Denia, el noble puesto por Carlos V para
guardar a su madre, que les dejase ver a la Reina cautiva, aunque no lograran
sacarla de su apatía.
Tampoco consiguieron mucho más los capitanes comuneros Padilla, Bravo y Zapata,
cuando entraron en la villa el 29 de agosto. Padilla habla largamente a la
Reina: están allí para liberarla de sus opresores y para que viva y actúe como
lo que es: la Reina, a la que todos deben obediencia, y para eso estaban
postrados ante ella, para hacer todo lo que mandase, cumplidero a su servicio.
Un momento histórico: ¿Sería capaz doña Juana de romper su mutismo, de salir de
su inactividad, de recuperar su soberanía? La asamblea de soldados comuneros y
vecinos de la Villa allí reunidos, pudieron escuchar su voz:
Sí, sí: estad aquí a mi servicio y avisadme de todo e castigad a
los malos, que en verdad yo os tengo mucha obligación.
Incluso consiente en que la Santa Junta de Ávila se traslade a
su lado:
Vengan aquí, que yo huelgo dello y de comunicar con ellos lo que
conviene a mis Reinos[297].
Y de ese modo, el 20 de septiembre de 1520 la Santa Junta
comunera entraba en Tordesillas.
Era el momento cumbre del alzamiento comunero, cuando nada parecía que podía
oponerse a su resistencia.
Pero algo estaba ocurriendo que acabaría por cambiar de plano la situación. En
aquel mismo verano la villa de Dueñas, contagiándose de ese espíritu de
libertad, se alzaba también, pero en este caso no contra el gobierno imperial
sino contra sus señores, los condes de Buendía. Y al punto las mismas ansias de
libertad se propagaron por toda la meseta. Y de ese modo, la alta nobleza, que
hasta entonces parecía mirar con simpatía al movimiento comunero, participando
sin duda de sus sentimientos nacionalistas frente al gobierno extranjero
impuesto por los consejeros flamencos de Carlos V, empezó a preguntarse si no
estaban yendo las cosas demasiado lejos. Que el joven Emperador recibiera una
buena lección era una cosa hasta encomiable; pero que se subvertiese el orden
establecido y que ellos fueran despojados de sus señoríos, era otra harto
fuerte e intolerable.
Y eso lo sabemos muy bien por una carta que dos de los miembros más destacados
de la alta nobleza castellana, el Almirante y el Condestable, escribieron a
Carlos V, donde le hicieron saber cuántos apuros habían pasado.
El Condestable contaría la afrenta sufrida en Burgos, cuando intentaba negociar
con la ciudad que se mostrara fiel al Regente:
Agora, muy poderoso señor, digo que ya V. M. sabe cómo andando
en los tratos de traer a Burgos al Cardenal y los del Consejo, la Comunidad se
alzó y me cercó en mi casa y me tuvieron dos días cercado y me pusieron en tal
necesidad que hube de salir de mi casa más que de paso.
¿Dónde estaba su poderío? ¿Dónde sus parientes y amigos? Oigamos
al Condestable:
Hombres de cuanto viven conmigo en la ciudad, ni fuera della, no
me acudió, de miedo que sus vecinos no les quemasen sus casas…
Su villa de Haro también estaba alzada y cercado su castillo de
Briones. Y de igual manera le ocurría a otro de los grandes de Castilla, el
duque de Nájera, con la capital de su ducado.
Y de esa forma la Grandeza de Castilla fue cambiando de parecer. A fin de
cuentas, la causa del Rey era la del orden y, por lo tanto, la suya también:
Nos vimos el Duque y yo. Pareciónos que cumplía a servicio de V.
M. que dexásemos algunas pasiones que entre nuestras casas suele haber, y nos
concertásemos para estar ciertos en su servicio…[298]
A ese parecer había llegado también Carlos V. Era hora de poner
remedio a tantos males, y dada su ausencia de Castilla, de concertar alianza
con quienes en aquella alborotada Castilla le podían de verdad ayudar: los
Grandes.
Y de ese modo, Carlos V nombró Gobernadores adjuntos al cardenal Adriano a los
dos Grandes más cualificados: el Almirante, don Fadrique Enríquez, y el
Condestable, don Íñigo de Velasco[299]. Y como la
guerra abierta con las Comunidades era ya cierta, designa al conde de Haro,
primogénito del Condestable, como jefe del ejército imperial que había de
levantarse.
Poco a poco, los aciertos del gobierno imperial fueron desnivelando la balanza,
al tiempo que se producían los yerros continuos de las Comunidades, no siendo
el menor el quitar a Padilla del mando de su ejército, reemplazándolo por un
miembro de la alta nobleza harto sospechoso, don Pedro Girón. También el
Emperador tuvo más fortuna, al contar con la alianza portuguesa, asegurada con
la boda de su hermana Leonor con el rey Manuel el Afortunado, el eterno viudo,
que así desposaba por tercera vez con una princesa de la Monarquía Católica[300]. Eso
permitió al Emperador conseguir un préstamo de 50.000 ducados de su rico
cuñado, con el que poder atender a la financiación de la guerra. Menos
afortunado fue Carlos V, y en su nombre los tres Gobernadores, en conseguir
atraer a su causa al ejército que había regresado de la campaña africana
emprendida en aquel año por Diego de Vera (segunda acción de las Djelbes), pues
en parte aquellos soldados engrosaron las filas comuneras. Pero, en su
conjunto, reorganizadas las fuerzas imperiales por la alta nobleza en Medina de
Rioseco —la capital del señorío del Almirante, donde se había refugiado el
cardenal Adriano—, logró desbaratar el intento comunero por apoderarse de la
Villa y, pasando a la ofensiva, recuperar Tordesillas.
Era la noticia más anhelada por Carlos V.
Eso ocurría el 5 de octubre de 1520.
Todavía las Comunidades parecían reaccionar, mostrando cierta voluntad de
rectificar los pasados errores, reponiendo a Padilla en su cargo de jefe de las
milicias comuneras. La toma de Torrelobatón, con su fuerte castillo, el 21 de
febrero de 1521, pudo dar la impresión de que las Comunidades todavía podían
vencer en el campo de batalla.
Una situación engañosa. Padilla ya no era el capitán animoso de antaño, acaso
porque los excesos populares en las ciudades comuneras estaban desbordando sus
propios ideales, que no en vano pertenecía al linaje del patriciado urbano y su
mujer era aquella doña María Pacheco, hija del conde de Tendilla. Y ese mismo
mal del desánimo parecía haber prendido en sus tropas.
De ese modo, Padilla fue incapaz de organizar una acción ofensiva contra las
tropas imperiales desde su reducto de Torrelobatón. Y cuando en la primavera de
1521 quiso buscar un refugio más seguro, fue fácilmente alcanzado a la vista de
Villalar, y en una rápida acción, que más fue una escaramuza que una auténtica
batalla, sus tropas desbaratadas y él mismo cogido prisionero, junto con sus
compañeros de armas Bravo y Maldonado.
Era el 23 de abril de 1521.
Todavía faltaba por vencer alguna otra resistencia —Toledo no se rendiría hasta
febrero de 1522—, pero prácticamente las Comunidades de Castilla habían sido
derrotadas.
¿Cómo afectó todo ello a Carlos V? ¿Cómo acogió los mensajes que le llegaban de
España, y en especial del comportamiento de los comuneros con su madre doña
Juana en Tordesillas?
En principio, sin duda, alarma y alarma grande, por lo que se sabía de
Castilla, tras la caída de Tordesillas en las manos comuneras, de aquella forma
escalonada: primero, con el alzamiento de los vecinos contra el odioso gobierno
del marqués de Denia; en segundo lugar, con la entrada de las milicias
comuneras mandadas por Padilla; y en tercer lugar, con el asentamiento de la
Santa Junta en la Villa entrado ya el mes de septiembre.
En efecto, eso ocurría el 20 de septiembre de 1520, y durante setenta y cinco
días la Reina estaría a merced de los sublevados y en grave peligro el reinado
de Carlos V.
Pues la cúpula comunera tanteó al principio apoyarse en Juana para desplazar
sin más a su hijo. ¿Acaso no era la Reina propietaria? ¿Y no la tenían los
marqueses de Denia cautiva y sojuzgada? ¡Estaba por ver aquello de su locura!
Pudiera ser que doña Juana estuviera enferma, pero ¿había sido tratada
debidamente? ¿No podría curarse? Tal se preguntaban los comuneros de
Valladolid, los más cercanos al lugar del cautiverio de la Reina:
… porque nos paresce que ha habido muy gran negligencia,
e no sabemos qué más digamos, en no se haber entendido en la cura de su Real
Majestad…[301]
Estaba clara aquella postura radical: destronar a Carlos V. Pero
para ello hacía falta una base legal: rescatar a doña Juana y presentarla como
la auténtica reina de Castilla, en la plenitud de sus facultades.
De ahí la importancia de aquellas entrevistas, y en particular la primera,
tenida el 24 de septiembre de 1520. El ambiente en Tordesillas era de gran
expectación. Se intuía que del resultado de aquella audiencia con la Reina
podía sobrevenir un gran cambio, como el espaldarazo a la revolución, la consolidación
del alzamiento contra el régimen imperial. Corría el rumor, que procedía del
mismo palacio, de que la Reina era la víctima de una conjura del poder, montada
primero por Fernando el Católico y mantenida después por el propio Carlos V:
Los criados y servidores de la Reina dicen públicamente que el
padre y el hijo la han detenido tiránicamente y que es tan apta para gobernar
como lo era en edad de quince años y como lo fue la reina doña Isabel.
¡Y esa noticia la transmitía el propio cardenal Adriano![302]. Se
comprenden los esfuerzos de los comuneros por sacar a doña Juana de su apatía.
En la primera audiencia que tienen, ese sería el objetivo del más prestigioso y
elocuente de los que con ella se entrevistaron, el doctor Zúñiga que, como
profesor de la Universidad de Salamanca, venía a representar el ideario
político comunero. En su discurso ante la Reina y con fogosas razones, Zúñiga
lo proclamó desde el principio: la Reina, la única Reina legítima, había sido
apartada violentamente del poder. ¿Y cuál había sido el resultado? El peor de
los gobiernos, con una camarilla de intrigantes flamencos que habían saqueado
al país a su antojo. Pero ahora la Reina ya era libre. Por lo tanto, que
procediese como tal, protegiendo a sus súbditos, porque estos no dudarían en
ofrecer sus vidas para defenderla.
Y por primera vez, aquella asamblea oyó un largo discurso de doña Juana, que
nos recoge el escribano de turno: ella había estado descuidada de las cosas de
gobierno por estar en manos de su padre, el rey Fernando, y porque cuando
murió, no lo había sabido en su momento:
… quisiera haberlo sabido antes, para remediar lo que en
mí fuere…
Ella amaba a su pueblo, pero ¿qué podía hacer desde su
cautiverio? Fue entonces cuando la pobre Reina dejó deslizar una queja contra
su padre:
… yo quisiera estar en parte en donde pudiere entender
en las cosas que en mí fueren; pero como el Rey, mi señor, me puso aquí, no sé
si a causa de aquella[303] que
entró en lugar de la Reina, mi señora, o por otras consideraciones que S. A.
sabía, no he podido más…
Después, sí, había sabido que los flamencos («los extranjeros»)
habían entrado a gobernar Castilla, no entendiendo cómo los castellanos lo
habían permitido:
… maravíllome mucho de vosotros no haber tomado venganza de los
que habían fecho mal…
Porque ella nada podía hacer, temerosa como estaba de que
hiciesen daño a sus hijos; observación de la Reina que suele pasarse por alto,
pero que nos revela cuál era el grado de su cautiverio: no solo de su persona,
en Tordesillas, donde tenía la única compañía de su hija pequeña, Catalina,
sino también de las de sus otros cinco hijos que vivían tan apartados y en
manos ajenas. Mas era hora de solucionarlo todo:
Y mucho me huelgo con vosotros, porque entendéis en remediar las
cosas mal hechas, y si no lo hiciéredes, cargue sobre vuestras conciencias.
Claro era que también ella, la Reina, tenía que poner su mano.
Pero, ¿cuándo? En ese momento doña Juana mostró cuán vulnerable seguía siendo,
viniéndole a la memoria el recuerdo de su amado marido, Felipe el Hermoso:
Y si aquí no pudiere entender en ello, será porque tengo que
hacer algún día en sosegar mi corazón y esforzarme de la muerte del Rey, mi
señor…[304]
Por lo tanto, todavía no era su hora. Y cuando los comuneros la
apretaron, para que apoyase sus decisiones, se encontraron ya con su abierta
negativa:
… que no la revolviese nadie con su hijo…[305]
¿Tomar ella decisiones en materia de Estado? Habría que esperar:
… que así lo haría estando sana, porque al presente se
sentía flaca…[306]
Eso salvó al gobierno imperial. La Santa Junta, no atreviéndose
a un gesto mayor de rebeldía, al no encontrar el respaldo seguro de la Reina,
decidió negociar con Carlos V. ¡Al menos, que atendiera sus quejas! Y como se
creían en una posición fuerte, con la Reina en su poder, enviaron una comisión
al Emperador con su propuesta de reformas del gobierno, en la que había de
todo, desde pedir al Rey su pronto regreso y su boda que asegurase la sucesión,
hasta los cambios administrativos y económicos (¡menos gastos cortesanos!). Y,
sobre todo, y eso es lo que ahora importa destacar, exigiendo la plena
autonomía de las Cortes, tanto en su estructura como en su funcionamiento. Unas
Cortes libres de toda tutela regia y que tuviesen una intervención decisiva en
las cosas del Reino, pues eran su representación; de forma que, en caso de
conflicto, se viera que el Reino estaba por encima del Rey.
Era seguir el lenguaje de las Cortes de 1518, cuando decían a Carlos V que su
mercenario era y que había un pacto callado entre el Rey y el Reino; solo que
ahora con términos más firmes. De entrada, la ley obligaba también al rey:
Las leyes…, que así obligan a los Príncipes como a sus súbditos…
De forma que si del Rey venía algo en daño del Reino, el Reino
tenía que actuar sobre el Rey para protegerle de sí mismo, de sus posibles
yerros, que podrían ser tanto en mal del Reino como del Rey, porque serían
también contra su honra; un razonamiento sin duda sutil, en el que intuimos la
mano de los profesores de los Estudios de Valladolid y de Salamanca:
Deben los súbditos guardar a su Rey de sí mismo, que no haga
cosa que no esté mal a su ánima ni a su honra, ni daño ni mal de sus Reinos…[307]
O lo que era lo mismo: el poder correspondía al Reino, quien lo
entregaba al Rey para que gobernase en justicia, pero que podía recuperarlo en
caso contrario. Y había más: las cuestiones importantes como la declaración de
guerra, tenían que decidirse con el acuerdo de las Cortes.
No cabe duda: de haber triunfado las Comunidades, habría triunfado también la
primera revolución política de la Edad Moderna, según el certero juicio del
historiador José Antonio Maraval[308].
Aquel programa de reformas, ultimado por la Junta comunera en octubre de 1520,
fue enviado al Emperador. Los encargados de la misión de ponerlas en manos de
Carlos V fueron Antonio Vázquez de Ávila, Sancho Sánchez Cimbrón y fray Pablo
de León. Pero cuando llegaron a Bruselas, el César ya estaba en Alemania. Para
entonces, los comuneros habían perdido ya Tordesillas. Empezaba a cambiar la
suerte de Castilla. Acaso por ello, solo Antonio Vázquez de Ávila siguió con la
misión encomendada por la Junta, mientras sus otros dos compañeros esperaban
prudentemente en Bruselas. En Worms, entrado ya el año 1521, Vázquez de Ávila
logró su propósito y conoció también al punto cuál podía ser la cólera regia,
costándole la inmediata prisión. Al conocer la noticia, tanto Sánchez Cimbrón
como fray Pablo de León optaron por regresar a Castilla.
Estaba claro que ya no cabía hablar de negociaciones. Carlos V se consideraba
altamente agraviado por aquellos súbditos alzados en armas y estaba decidido a
resolver el asunto por la espada.
Pero algo hemos de añadir: el emisario comunero, aquel Antonio Vázquez de Ávila
que se había atrevido a presentarse ante él en Worms, acabó siendo puesto en
libertad.
Que no era propio del talante caballeresco del Emperador romper las leyes de la
Caballería que ordenan respetar al mensajero, aunque haga daño su mensaje.
Un ejemplo que no siempre seguirían sus sucesores[309][.
En cuanto a los problemas derivados de la entrada de los comuneros en
Tordesillas, los más graves —como el hallarse su madre, a fin de cuentas, la
Reina, en poder de los rebeldes— se solucionaron automáticamente con la
recuperación de la Villa por el ejército de los Gobernadores del Reino el 5 de
diciembre de 1520. A ese respecto, todo seguiría igual, con la vuelta de los
marqueses de Denia como guardianes de doña Juana. Si acaso, cabría sospechar
una recuperación de la Reina bajo el régimen de libertad que había disfrutado
con la Santa Junta, como nada menos que el cardenal Adriano informaba al
Emperador. Y eso tanto en su trato diario con las gentes como en su aseo
personal y hasta en sus salidas:
En muchas cosas —es el Cardenal quien lo comenta a Carlos V—
habla S. A. muy prudentemente…
O bien:
Hoy me han dicho que S. A. empieza a vestir buenas ropas de
atavío e hizo ataviar a la señora Infanta para que saliese con S. A. hasta el
monasterio de Santa Clara[310][.
Tal era el comportamiento de la Reina entrado el otoño de 1520,
cuando todavía la Santa Junta comunera dominaba Tordesillas. Parecía como si
los aires de libertad llevados por los comuneros sentaran bien a la pobre
Reina, tantos años cautiva. Pero, ¿qué ocurriría cuando otra vez cayese bajo el
poder de los marqueses de Denia, más sus carceleros que sus guardianes? Aunque
al Emperador también le llegaban otras noticias: las amenazas de los comuneros
a su madre, la Reina, para que firmase los edictos regios contra su poder. En
este caso, era el Condestable quien le daba cuenta, y también en aquel otoño de
1520, que tenía bien de qué afligirse con lo que estaba ocurriendo con su madre
en Tordesillas:
Razón tiene V. M. de penalle —le escribía el 29 de octubre de
1520— lo que acá ha sucedido, especialmente por lo que toca a la Reina, mi
señora, vuestra madre…
Grave cuestión. Alarma en Carlos V. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿A
qué desacatos se habían atrevido los comuneros que la tenían en su poder? El
Condestable se lo diría:
… que siendo quien es su real persona, esté entre gente
soldada y bárbaros que nunca conoció ni vio y que con espingardas la asombran
cada día por hacelle que firme…[311]
Desde aquel momento y ante aquella imagen de su madre
atemorizada por la soldadesca comunera —la imagen, claro, que quería presentar
el Condestable y que no tenemos que dar por absolutamente cierta—, la cólera
del Emperador tuvo que ser grande, y su aversión a los comuneros ya invencible[312].
Pero se trataba de una ofensa de los enemigos, no de un peligro. En todo aquel
asunto, nada podía culparse a la Reina. Nada, porque en definitiva su locura la
dejaba al margen de cualquier sospecha de maquinación. Estaba, además, aquella
expresión, aquella respuesta que había dado a los comuneros:
… que no la revolviese nadie con su hijo…
Y eso había sido decisivo. Por ello, con la recuperación de
Tordesillas y con la reposición de los marqueses de Denia en su cargo de
gobernadores de la Villa y de guardianes de la Reina, todo parecía volver a la
normalidad, al menos en el seno de la familia imperial.
Pero no todo, porque en Tordesillas también estaba otro miembro de su familia:
la hermana Catalina. Y Catalina había dejado de ser una niña. Para entonces, en
aquel otoño de 1520, estaba a punto de cumplir los catorce años, que para la
época era la edad en que ya se podía pensar en los enlaces matrimoniales.
Por tanto, alguien a tener en cuenta. Tanto más cuanto que en la Infanta
apuntaba una clara inteligencia. Y, ¿cuál había sido su comportamiento con los
comuneros? Las noticias que llegaban a la Corte imperial no eran nada buenas:
los comuneros habían intentado ganarla para su causa y ella los había oído con
más agrado que enfado. Y eso también lo acaba sabiendo Carlos V por el cardenal
Adriano:
Los de la Junta pusieron a la señora Infanta en más soltura de
la que conviene a la honestidad y recogimiento de quien es…[313]
Por su parte, el marqués de Denia cargaba también la mano,
acusando claramente a la Infanta de su inclinación a los comuneros a la par que
se mostraba hostil a su mandato, y de tal modo que el propio César debiera
reprenderla, advirtiéndole severamente que tenía que cambiar de conducta:
… y que ha de hacer todo buen allegamiento y tratamiento
a los que han sido vuestros buenos servidores y han de estar apartados de su
gracia los que no lo han sido…[314]
Carlos V, haciendo caso al Marqués, amonestó severamente a su
hermana. Pero, ¿era culpable la Infanta de connivencia con los comuneros? Hoy
tenemos pruebas concluyentes de que nada de eso había ocurrido. Aquella
muchacha tuvo que aguantar el chaparrón e incluso contestar admitiendo su
culpa, bajo la presión del marqués de Denia.
Porque el Marqués había vuelto a su cargo en Tordesillas con ansias de
revancha, no sólo contra la Villa, sino también contra las propias personas
regias que volvían a quedar a su cargo. ¡Y eso lo sabía el Emperador!
El marqués de Denia viene aquí[315] con
más pasión de la que era menester… Así informaba Lope de Hurtado al
Emperador en diciembre de 1520, a los pocos días, por tanto, del regreso del
Marqués. Y como su comportamiento era tan duro, algo debía cambiar:
V. M. debe mandar que se temple mucho…
No había buen trato a las personas regias, antes al contrario, y
ese era el rumor general:
… dicen que la tenían [a la Infanta] mal contenta.
Y así no era extraño que tanto a ella como a la Reina les
disgustara el retorno de los Marqueses:
… agora les ha pesado su venida…
Era una situación, cuando menos preocupante. Y así el buen
servidor terminaba informando al Emperador:
Dicen que trae [el marqués de Denia] determinación de revolvello
todo, y según la pasión que tiene y la mal voluntad con que le reciben, creo
que no sería bueno lo hiciesen[316].
Pero sí lo hicieron. Lo sabemos por la propia Infanta. Los
Marqueses tenían engañado al Emperador, incluso obligándola a firmar cartas
como si todo fuera bien en Tordesillas, cuando la realidad era bien distinta:
las vejaciones y hasta los malos tratos era continuos. La marquesa de Denia
llegaba en su desacato a presentarse en público con sus hijas postergando a la
Infanta a un segundo plano. Y aún más: las mismas joyas y vestidos que le
mandaba el César, le eran arrebatados.
La situación de la Reina era aún peor. La Infanta puede, al fin, mandar un
hombre de su confianza a Carlos V, con un largo escrito, fechado a 19 de agosto
de 1521; por lo tanto, cuando madre e hija llevaban más de ocho meses bajo el
gobierno abusivo y los malos tratos de los marqueses de Denia. Y se lo cuenta
todo a su imperial hermano. De entrada, no la dejaban comunicarse normalmente
ni con los servidores que las asistían en palacio, ni con las personalidades
que iban a visitarlas. En una ocasión, que lo había intentado la Infanta con la
mujer del Almirante, la Marquesa enfureció:
… me quiere sacar los ojos…
Los menosprecios en público humillaban a la Infanta:
Suplico a V. M. les escriba y envíe a mandar que me traten de
otra manera y que haya alguna diferencia de mí a sus hijas en público.
¿Y habían de consentirse los despojos que sufría?
…ge lo toman todo y lo gastan y lo funden, y yo no tengo cosa
propia, ni me dura…
Y eso era poco menos que nada, frente al ensañamiento con que
trataban a la Reina. Aquí, el testimonio de la Infanta oprime el corazón:
V. M. provea, por amor de Dios, que si la Reina, mi Señora,
quisiere pasearse al corredor del río o de las esteras, o salir a su sala a
recrear, que no ge lo estorben…
Pues, ¿qué ocurría? Que para estar a su gusto la Marquesa y sus
hijas sin la presencia de la Reina, encerraban a doña Juana en su cámara que,
sin duda por mayor seguridad de su encierro, no tenía hueco alguno al exterior:
… porque, por andar la Marquesa y sus hijas sin que la
Reina las vea, mandan a las mujeres que no le dexen salir a la sala y
corredores y la encierran en su cámara, que no tiene luz ninguna, sino con
velas…[317]
¿Cómo reaccionó Carlos V? Aquí las interrogantes son difíciles
de resolver. Es evidente que mantuvo a su madre en su retiro de Tordesillas
bajo la vigilancia del marqués de Denia, porque permitir la plena libertad de
la Reina consideraba que era una fuente de continuos conflictos, como se había
comprobado en la etapa comunera. La inestabilidad psíquica de doña Juana la
hacían muy vulnerable, si caía en manos enemigas, con las consiguientes
funestas consecuencias. Se mantuvo, pues, su cautiverio. Lo que no estamos
seguros es que mejoraran sus condiciones, aunque algo cabe colegir de las
frecuentes visitas que el Emperador realizó a su madre, cuando regresó a
España. Sería una de las primeras cosas que realizaría Carlos V, tras su
retorno en 1522, de forma que el 2 de septiembre de ese año se le ve ya en
Tordesillas. Y entre esa fecha y su salida de España en 1542, en esos veinte
años en los que con tanta frecuencia está fuera —recuérdense las jornadas de
Bolonia, en 1520, las campañas de Túnez, en 1535, o la marcha a Gante, en
1540—, Carlos V encuentra ocasión para visitar a su madre otras ocho veces. De
ellas, dos particularmente significativas, como en su momento comentaremos: la
de octubre de 1524, en la que estaría más de un mes, y la de 1536 en que decidiría
pasar las Navidades con todos los suyos al lado de la Reina[318].
Y en cuanto a la infanta Catalina, el hecho de que Carlos V acabara negociando
su boda con el rey Juan III de Portugal deja bien sentado que, si alguna vez
había tenido algunas dudas sobre su comportamiento, las acabó desechando por
completo.
Pues también aquí podemos comprobar que Catalina se acabaría convirtiendo en
una de las principales colaboradoras de Carlos V, dentro de aquella orquesta
dirigida por el Emperador, con la que intentó interpretar la música de Europa.
Los comuneros de Castilla bien presentes, pues, aunque a su pesar, en aquellos
comienzos del reinado de Carlos V. Pero no fueron los únicos en traerle
quebraderos de cabeza. También los agermanados de Valencia y Mallorca.
Ahora bien, no sería lo mismo. Y no lo sería porque las Germanías, tanto de
Valencia como de Mallorca, aun con toda su gravedad, no pasaron de ser
alteraciones de carácter social, poniendo así en menos peligro al poder
político. De hecho, Carlos V solo recordaría a las Comunidades castellanas,
cuando treinta años más tarde dictara sus Memorias a su
ayudante de cámara Van Male, emparejándolas con el heresiarca Lutero:
Y en este tiempo comenzaron a pulular las herejías de Lutero en
Alemania y las Comunidades en España[319].
Por fortuna para el Emperador, ambas alteraciones, aunque
sincrónicas, no juntaron sus esfuerzos, fracasando el intento de casar a doña
Juana de Castilla con el misterioso prisionero de Játiva, que resultó ser el
duque de Calabria; con rara prudencia, el Duque, que llevaba preso casi veinte
años, rechazó la libertad que le ofrecían los sublevados, asegurando así su
futuro como nunca lo hubiera soñado. Por otra parte, cuando peor parecía
ponerse la situación imperial en Valencia, con la rota de Alfandech, el 25 de
julio de 1521, ya hacía meses que se había zanjado el problema de Castilla la
Vieja en Villalar, restando solo el foco de Toledo, cuya rendición parecía cosa
de poco tiempo. Y en cuanto a los agermanados mallorquines, Carlos V podría ya
reducirlos a su regreso a España.
Ahora bien, si las Germanías valenciana y mallorquina preocuparon menos a
Carlos V (a fin de cuentas no era en Valencia o en Palma de Mallorca donde
radicaba su verdadero poder), algo había de afectar al Emperador, llevándole a
medidas posteriores: el hecho de que los sublevados se mostraran tan severos
con los moriscos en Valencia. Pues resultaba paradójico que el emperador de la
Cristiandad tuviese entre sus filas a los moriscos perseguidos por los
agermanados.
Eso llevaría a Carlos V a unos problemas de conciencia que le arrastraría,
pocos días después, a tomar decisiones radicales en pro de su evangelización,
como hemos de ver.
Pero eso quedaría aplazado a su etapa posterior, a su regreso a España en 1522.
Sería cuando daría comienzo un período decisivo del reinado de Carlos V: su
hispanización.
Ahora bien, todo ello ocurriendo cuando los sucesos se desencadenarían tanto en
el Viejo como en el Nuevo Mundo, poniendo a prueba la capacidad de Carlos V
como hombre de Estado. Por ello, es ahora cuando importa tener en cuenta cuál
era su idearium político y cuáles los medios con los que
contaba para poder imponerlo en la Europa de su tiempo.
Parte II
El proyecto imperial
(Ideas, hombres, recursos)
Contenido:
1. La personalidad de Carlos V
2. Los recursos del Imperio
3. El aparato institucional
4. El equipo imperial
En 1521, reciente su coronación imperial en Aquisgrán, Carlos V
tiene ante sí la tarea de acomodar la Europa que ha recibido a la que él ha
soñado. Su primer paso, ya lo hemos visto, fue tratar de reducir a Lutero,
convocándole a la Dieta de Worms. La irreductible postura del fraile agustino
le planteará ya un problema, entre religioso y político, que duraría lo que
duró su vida.
En aquel mismo año de 1521 Francisco I de Francia rompía la paz, iniciando una
serie de guerras que también perdurarían a lo largo del reinado del Emperador,
pues cuando la paz de Crépy de 1544 parecía traer un cambio, la muerte de
Francisco I y el ascenso al trono de Francia de su hijo Enrique II reabriría de
nuevo las guerras y las heridas entre Francia y España.
Y también en 1521 se haría verdadero aquel temor de las Cortes castellanas de
lo que podría suponer la amenaza turca, pues el nuevo Emperador de
Constantinopla iniciaría sus ofensivas Danubio arriba, conquistando ese año
Belgrado y mostrando bien a las claras cuáles eran sus ambiciones frente a la
Cristiandad.
Ante tan malas perspectivas solo un suceso se mostraba favorable al Emperador
en aquel año de 1521: la derrota comunera en Villalar. Podría decirse que a
partir de entonces Carlos V iba a tener un primer objetivo: hacerse con España,
lograr que Castilla, sobre todo, estuviera en sus manos, para hacer frente a
tantos enemigos y ver realizado su sueño de una Europa unida, para lanzarse a
la gran cruzada contra el Turco.
Ahora bien, ¿con qué medios contaba para ello? ¿Cuáles eran sus recursos, en
hombres y en dinero?
Y sobre todo y antes que todo: ¿cuáles eran exactamente sus objetivos? ¿Cuál
su idearium político?
Será preciso contestar a esas interrogantes, para comprender mejor los
altibajos de su quehacer imperial, entre 1521, el año de Villalar, y 1555, el
año de su abdicación en Bruselas.
Eso constituirá el núcleo de esta segunda parte, que por eso titulamos: El
proyecto imperial.
Capítulo 1
La personalidad de Carlos V
§. La figura del emperador
¿Cómo era Carlos V? He ahí una pregunta primera que salta en cualquier
biografía y a la que no siempre puede contestar el historiador. Por fortuna, sí
lo podemos hacer en el caso del César, porque poseemos de él multitud de
cuadros, algunos debidos a los mejores pinceles de su tiempo, así como
descripciones de quienes, como los embajadores venecianos Contarini y Badoaro,
o como los cronistas españoles Mexía y Santa Cruz, le conocieron personalmente.
Físicamente, le vemos cambiar desde sus primeros años de adolescente, cuando es
el conde de Flandes que está a punto de hacerse con la Corona de España, hasta
su última etapa en que le vemos postrado como un viejo en un sillón, como si
estuviera cansado de tanto bregar; pasando, claro, por la edad madura en que se
nos aparece bien como un caballero renacentista, el primer cortesano de su
Corte imperial, bien como el gran capitán capaz de luchar en el campo de
batalla.
De la primera época de adolescente tenemos algunas muestras verdaderamente
notables. Está, por ejemplo, el busto de Conrad Meit del Museo Gruuthuse de
Brujas, de largo cuello y ojos ensimismados, como alguien soñando despierto.
Réplica de ese busto y hecho sobre esa época es el retrato pintado por Bernard
Van Orley del Museo del Louvre. En ambos, Carlos V porta un amplio sombrero y
en ambos lleva al cuello el preciado collar de la Orden del Toisón de Oro. Si
se quiere, el cuadro de Van Orley capta mejor aquel joven señor al que se abría
tan impresionante destino. Su mirada es más firme, aunque vaya más allá de
nosotros. Un poco más tarde, en 1519, surge ya el primer gran artista vinculado
a Carlos V. Se trata nada menos que de Alberto Durero, quien en 1519 nos lo
presenta en un hermoso grabado, como Rex Hispaniae, y con la
divisa plus ultra, aquí vertida al alemán: noch Weiter.
Por lo demás, el atuendo, el estar tocado con la misma amplia gorra, el
adornarse con el collar de la Orden del Toisón de Oro, todo nos da el mismo
modelo de joven soñador, en este caso con la cabeza ligeramente ladeada.
Estamos ahora ante una bella muestra del arte del gran pintor alemán.
Menos afortunado es el retrato que le hace, Lucas Cranach, el Viejo,
hacia 1522, que posee el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid, con un rostro
huidizo que da la impresión de que se va a salir del marco.
Por fortuna, para su época madura podemos contar ya con la serie de retratos
que le hará uno de los mejores pintores del Quinientos: Tiziano. Está claro que
cuando Carlos V decide salir por segunda vez de España, en 1529, para pasar a
Italia, tiene en la mente que esa sería su oportunidad para hacerse con el gran
artista que perpetuara su imagen para la posteridad.
Y así fue como se produjo el encuentro con Tiziano. El primer cuadro que
tenemos del pintor veneciano sobre Carlos V es de 1533, pero ambos se
conocieron antes. En efecto, poseemos un curioso dibujo, muy abocetado, de
Tiziano, que nos capta la escena de cuando el pintor es presentado al
Emperador, durante su primera estancia en Bolonia en 1530[320].
Por ello la escena merece la pena ser recordada, como nos lo permite el apunte
de Tiziano. Se sabía por los más íntimos que uno de los objetivos, o si se
quiere, de los deseos más vivos del Emperador, al ir a Italia, era encontrar al
pintor de la Corte imperial. Eso lo sabían algunos pocos y lo sospechaban
bastantes. Y uno de ellos era el duque de Mantua, Federico Gonzaga.
El duque de Mantua conocía bien a Tiziano, que ya le había hecho algún retrato
excelente, como el de 1525 en tonos azulados, en el que el Duque aparece a lo
cortesano, con un gran perro de lanas blanco al que acaricia con la mano
diestra. Un cuadro espléndido, en el que rezuma el espíritu más representativo
del Renacimiento y que nos permite comprobar que cuando Tiziano es presentado al
Emperador ya era un artista conocido y que a sus 53 años (no olvidemos que
había nacido en 1477) estaba en plena madurez; si acaso, la duda era cuánto
sería su futuro, dadas las escasas perspectivas de vida que tenía el hombre del
Quinientos, pero por fortuna, la rara longevidad de Tiziano resolvería esa
cuestión hasta tal punto que no solo cubriría toda la vida de Carlos V sino
también buena parte de la de Felipe II.
Veamos, pues, la escena, tal como nos la dibuja Tiziano: el Emperador está
sentado en su trono rodeado por sus cortesanos; a los pies del trono un bufón
se recuesta como indiferente al acto. El duque de Mantua se inclina ante el
César para presentarle al artista, vestido con un largo hábito que le llega a
los pies. Estamos ante un boceto de un cuadro proyectado por el pintor, acaso
perdido, acaso nunca terminado. Lo que no cabe duda es que Tiziano era
consciente de que aquel era un momento histórico. Daba inicio algo más que una
carrera artística en la Corte imperial.
El primer gran cuadro de Carlos V lo pintaría Tiziano tres años después, con
motivo de la segunda estancia del Emperador en Bolonia. Se ha dicho que Tiziano
copia entonces un retrato que había hecho al César con anterioridad Jacob
Seisenegger en 1532 y que custodia el Kunsthistorisches Museum de
Viena. Diríase que Seisenegger tenía a su vez el modelo del cuadro pintado por
Tiziano al duque de Mantua, ya comentado, pues también aparece Carlos V a lo
cortesano con la vestimenta propia de un gran príncipe renacentista y teniendo
al lado un hermoso perro al que acaricia el César, que lleva, eso sí, al cuello
el collar de la Orden del Toisón de Oro. Estamos ante un cuadro notable, sin
duda, pero no soberbio. Y hay para pensar que cuando Carlos V posó de nuevo
para Tiziano, con el mismo atuendo y con idéntico talante cortesano, estaba
tratando algo más que de conseguir el mejor retrato de aquel momento tan
importante de su vida, cuando se había mostrado como el gran César capaz de
frenar al Turco ante Viena; y era saber cuál de los dos, si Seisenegger o
Tiziano, debiera convertirse en su pintor de cámara. Y la duda, si es que podía
haber alguna, quedó al punto desvanecida. Entre el cuadro de Seisenegger,
correcto en líneas generales pero como petrificado y falto de vida, y el de
Tiziano verdaderamente luminoso, había toda la diferencia que existe entre un
pintor mediocre y otro verdaderamente genial.
Y Carlos V, lo que nos da otra pista sobre su carácter, fue capaz de
entenderlo. Y hubo algo más, y sin duda importante: fue entonces cuando Tiziano
recibió el título de conde áulico. ¿Y qué quería decir eso? Que el Emperador
veía en él, no solo al artista que podía inmortalizar su figura, sino también
al caballero con el que podía departir y cambiar impresiones.
Y de ese modo, cuando años después, a la muerte de la emperatriz Isabel,
comprueba Carlos V consternado que no tiene ningún retrato de su esposa,
encargaría a Tiziano que hiciera el que ya es para nosotros la figura exquisita
de aquella Emperatriz que enamoró a toda la Corte. Pero para ello Tiziano tuvo
que saber algo del modo de ser de Isabel. Y es fácil de imaginar que
preguntaría a quien mejor la conocía. Y de ese modo el pincel de Tiziano fue el
fiel intérprete de aquella imagen que de su esposa tenía el enamorado
Emperador. Y es como si ese enamoramiento hubiera trascendido al pintor. Es un
pincel enamorado el que nos da la estampa evanescente de la Emperatriz, para
convertirla ya para siempre en un personaje de leyenda.
A la inversa, sería pronto el infatigable pintor quien prestaría a su vez algo
de su increíble vitalidad a Carlos V, en la recta final de su reinado. Pues el
Emperador estaba deseando tener a su lado a Tiziano, a raíz de su victoria
contra los Príncipes protestantes en los campos de Mühlberg, sobre todo cuando
en 1548 estuvo al borde de la muerte. ¡Había que dejar un testimonio para la
Historia! De allí vendría el llamar a Tiziano para que dejara la alegre Venecia
y se instalara en Augsburgo, donde Carlos V tenía entonces su Corte. ¡Y eso en
pleno invierno, y cuando Tiziano ya había cumplido los setenta años!
El pincel de un pintor, anciano ya, al servicio de un Emperador que rondaba el
medio siglo. Y el compromiso era dar la estampa de un César invicto, que
acababa de tener una victoria clamorosa sobre el temible ejército germano de la
Liga de Schmalkalden. Pero, ¿quién es el anciano? Cuando Tiziano llega a la
ciudad de Augsburgo tan brioso, pese a que ha tenido que cruzar los Alpes
nevados en pleno invierno, se encuentra con un Carlos V postrado en su sillón,
si no viejo, envejecido. Es un Emperador al que la gota ha derrotado,
convirtiéndole en una sombra; y como tal se nos aparece en el retrato que
custodia la Antigua Pinacoteca de Múnich. Y otra vez es insoslayable que nos
imaginemos la conversación entre el César y su pintor, entre ese decaído
Emperador y el anciano artista que viene de tan lejos pero que mantiene su
vitalidad. ¿El tema de la conversación? Los términos en que había de pintarse
el que sería ya el gran cuadro para la posteridad: Carlos V como soldado, como
capitán de sus ejércitos, como el Emperador invicto, tras la batalla de
Mühlberg. Y aquí sí que toda la energía, toda la vitalidad, toda la arrogancia
de Tiziano sería insuflada a la figura imperial. Pues si Carlos V admiraba a su
pintor, como el genial artista que era, a su vez Tiziano sabía muy bien la gran
personalidad que tenía ante sí y que él tenía una ocasión única para que pasara
de su mano a la gran Historia.
Y de ese modo se logra el Carlos V a caballo, esa pieza impar del Museo del
Prado, por el que ya conocemos al Emperador mejor que por ningún otro
documento. El César, lanza en ristre, cabalgando en solitario por los campos de
Europa, como un caballero andante reverdecido contra cualquier enemigo. Y en su
magnífica soledad se nos muestra más claramente victorioso. No hace falta
representar ningún enemigo concreto, en un momento concreto. Y así cabalga
sobre el tiempo, para convertirse en el caballero de Europa, en el capitán de
Europa, en el Emperador por antonomasia de Europa. Cuánto de Tiziano mismo hay
en ese cuadro se intuye perfectamente. Aquí el viejo pintor, pletórico de
energía, insufla toda su vitalidad sobre el abatido Emperador, el de 1548,
postrado en su sillón. Es su arte, en un momento de inspiración genial, el que
nos da el Carlos V inmortal, el Carlos V que pasa de la Historia a la leyenda.
Así vamos viendo los cambios de Carlos V a lo largo de su vida, desde el
príncipe adolescente soñando con todas las glorias del mundo (tal como nos lo
evoca Van Orley hacia 1516), al Carlos V cortesano, el príncipe renacentista
seguro de sí mismo, tras triunfar sobre el Turco en 1532 (tal como lo pintó
Tiziano en 1533), para verlo ya en la cumbre de toda fortuna, cabalgando
invicto por los campos de Europa en 1547.
Carlos V y Tiziano. He ahí un gran tema. Sobre él volveremos en su momento,
tanto cuando comentemos las jornadas de Bolonia, de 1530 y 1533, como cuando
nos refiramos a las de Augsburgo, entre 1548 y 1551.
Ayudémonos ahora de la pluma de los cronistas y de los embajadores
contemporáneos para completar este retrato imperial. ¿Cómo nos lo representan
los cronistas españoles Pedro Mexía y Alonso de Santa Cruz? ¿Cómo los
embajadores venecianos Contarini y Badoaro? Ellos también nos hacen sus
retratos, en otros tantos momentos de la vida de Carlos V: Contarini hacia
1525, el año de Pavía; Pedro Mexía hacia 1547, por lo tanto sincrónico casi al
de Tiziano en Mühlberg; Badoaro hacia 1555, el año de su abdicación en
Bruselas. Y finalmente Alonso de Santa Cruz a raíz de su muerte en Yuste, lo cual
sería ya como el recuerdo que había dejado tras de sí el Emperador.
¿Con qué nos encontramos? Con un hombre de mediana estatura, de frente
espaciosa, ojos azules, dominadores, nariz aguileña y mandíbula prominente.
Este era uno de sus rasgos físicos más característicos, que luego heredarían
sus sucesores. Era también su mayor defecto y origen de múltiples dolencias,
pues al no encajar sus dientes masticaba mal las comidas y su habla podía ser,
a ratos, dificultosa:
… se [le] seguían dos daños: el uno, tener el habla en
gran manera dura… y lo otro, tener en el comer mucho trabajo…[321]
De ahí que fuera, por lo general, parco en el hablar (salvo en
las ocasiones solemnes), y de ahí que sufriera tantas indigestiones. Y dado que
su dieta alimenticia estaba tan cargada de carne de caza, que pronto le
combatiera el proceso irreversible de la gota que le haría envejecer
prematuramente.
En cuanto a su carácter, la nota destacada por todos era la extrema
religiosidad del Emperador. Si hemos de creer a Badoaro, oía misa diariamente,
y en ocasiones dos veces; nota religiosa incrementada en Yuste, donde incluso
oía tres. Gustaba que su confesor le leyese la Biblia y en los momentos más
difíciles acudía a la oración, como lo hizo antes de la batalla contra los
Príncipes protestantes de la Liga de Schmalkalden:
… le vieron a medianoche en su pabellón arrodillado,
ante un crucifijo y con las manos juntas…[322]
Pero veámoslo en detalle, para conocer mejor a nuestro
personaje. Es cierto que no conocemos ninguna referencia tan directa de su
época inicial, de su etapa de adolescente, salvo la que nos depara, como de
pasada, su cronista flamenco Laurent Vital:
… este Príncipe, bueno y joven…
Un príncipe afanoso por conservar en paz a sus Reinos; curiosa
estampa de los años juveniles que contrasta con la serie de guerras en que más
tarde se vería metido el Emperador, si bien no pocas veces por las ambiciones
de sus vecinos, y en particular las de Francisco I de Francia. Y así, hacia
1517, Laurent Vital insiste en esa nota de la paz:
Carlos, nuestro Príncipe y señor soberano, que Dios ha elegido y
llamado para ser uno de los más poderosos príncipes de la Cristiandad, y bajo
el que vivimos en buena paz…[323]
En todo caso, aquí viene bien recordar las sugestivas palabras
de Ranke sobre aquel joven Príncipe que todavía aparecía como entre nieblas; al
modo de los héroes antiguos, pasó desapercibido en su juventud, para sorprender
súbitamente con la estela de sus hazañas[324].
Veamos ahora cómo nos presenta el embajador veneciano Contarini a Carlos V
cuando tenía ya veinticinco años, en aquel año de Pavía, la batalla que tan
admirada había dejado a Europa entera. ¿Quién era ese joven Emperador, hasta
entonces poco menos que desconocido? Contarini nos lo dirá:
La cesárea majestad es joven, de veinticinco años, tantos
cuantos llevamos del millar desde el 1500, y cumplirá el vigésimo sexto el 24
del mes de febrero, en el día de San Matías, en el cual tuvo la victoria contra
el ejército francés y fue preso el rey cristianísimo. Es de estatura mediana,
ni muy grande ni muy pequeño, de color más bien pálido que rubicundo; de cuerpo
bien proporcionado; bellísima pierna, buen brazo, la nariz un poco aguileña,
pero poco, los ojos inquietos, el aspecto grave, pero no cruel ni severo; en él
ninguna parte del cuerpo se puede afear, excepto el mentón, o sea todo el
maxilar inferior, el cual es tan ancho y tan largo que no parece natural de
aquel cuerpo, sino postizo, donde sucede que no puede, cerrando la boca, unir
los dientes inferiores con los superiores, antes los separa un espacio del
grosor de un diente, de donde en el hablar, máxime al terminar la cláusula,
balbucea alguna palabra, lo cual frecuentemente no se entiende muy bien…
Eso en cuanto al aspecto físico, con esa única tacha, ya
comentada, de su defecto en la mandíbula. Pero, ¿cómo era su carácter? También
nos lo dirá Contarini. Ante todo, nos dará la estampa del caballero, que en las
justas y juegos de caña era
… tan diestro cuanto otro caballero que lo sea en su Corte… De
complexión melancólica, destacaba por su extrema religiosidad y espíritu
justiciero; sería el sentido ético de la existencia que tanto resaltaría más
tarde Menéndez Pidal. Y por ende, dedicado de lleno a sus deberes regios:
Es de complexión, en principio, melancólica, mezclada, sin
embargo, con temperamento sanguíneo, de donde tiene también naturaleza
correspondiente a la complexión. Es hombre religiosísimo, muy justo,
desprovisto de cualquier vicio, nada inclinado a los placeres, a los que suelen
ser inclinados los jóvenes, ni se deleita en pasatiempo alguno. En alguna
ocasión va de caza, pero raras veces; sólo se deleita con negociar y estar en
sus consejos, a los que es muy asiduo y en los que está gran parte del tiempo…
Pero no estamos ante un panegirista. Contarini nos dirá también
los defectos que notaba en el carácter de Carlos V: una cierta sequedad en el
trato con las gentes y poco dado a recompensar debidamente a quienes bien le
servían. No podía tachársele de ambicioso, pero sí de querer sobresalir en la
guerra, aunque tuviera la disculpa de querer hacerla contra el Turco. Por lo
tanto, con espíritu de cruzada:
Es muy poco afable, más bien avaro que liberal, por lo que no es
muy querido; no demuestra ser ambicioso de Estado, pero tiene gran ambición de
combatir, y desea mucho encontrarse en una jornada de guerra; demuestra también
tener gran deseo de hacer la empresa contra los infieles.
Contarini nos describe a Carlos V en su Corte hispana pero no
sujeto a los límites peninsulares; antes al contrario, como quien estaba
deseando ponerse en el centro de Europa, para realizar su gran protagonismo.
Por lo tanto, su obligada salida a Italia:
… pensando que de esta su venida depende su grandeza…
Parco en palabras, el Emperador tenía otra notable condición:
sabía ser un buen ganador, no se ensoberbecía con las victorias de sus armas,
aunque fueran tan formidables como la de Pavía, en la que había logrado la
presa increíble del rey de Francia. Y eso era tan señalado y tan notable, que
Contarini se reprocha a sí mismo no haberlo señalado desde el principio:
Había omitido, al hablar anteriormente del carácter de su
majestad, añadir esta otra condición: que el César es de pocas palabras y de
carácter muy moderado; no se eleva mucho en las cosas prósperas ni se deprime
en las adversidades. Verdad es que siente más la tristeza que la alegría,
conforme a la cualidad de su carácter, el cual he dicho anteriormente es
melancólico. Verdaderamente, en estas grandes victorias alcanzadas contra el
rey cristianísimo tuvo tanta moderación que fue un milagro; no se vio una señal
de insolencia ni en las palabras ni en movimiento alguno.
Cierto, también había olvidado Contarini aludir a un defecto de
Carlos V: que no perdonaba fácilmente a quienes le ofendían. Y eso lo sabe el
Embajador véneto por la confidencia que le hace nada menos que el confesor
imperial:
… me dijo su confesor, con el cual tuve alguna
familiaridad, digo el franciscano que murió en Valladolid, y es que lo natural
en el César es que recuerde las injurias que le hacen, las que no puede olvidar
tan fácilmente…[325]
¡Nos imaginamos al astuto Contarini haciéndose amigo del padre
confesor, para sonsacarle cosas de su imperial penitente!
Aquí tenemos, por tanto, según nos la da Contarini, la estampa del joven
Emperador hacia 1525. En primer término, su aspecto físico: hombre de estatura
media, bien proporcionado de formas, la faz pálida, los ojos inquisitivos y con
ese conocido defecto de mandíbula que le obligaba a llevar la boca abierta. Y
en segundo lugar, lo que nos importa más, esa relación de sus cualidades, de
las que resaltan su carácter religioso, su amor a la justicia, a los negocios
de Estado y a las armas.
Veamos ahora cómo nos lo presenta su cronista Pedro Mexía en 1549, por lo tanto
un cuarto de siglo después. Evidentemente, como se ha de ver, nos encontramos
ante la loa del cronista, pero no desechable, por cuanto que no poco de su
juicio viene a coincidir con el de Contarini.
Mexía comienza con una larga digresión para que no se tome a mera alabanza de
cortesano la que iba a decirnos sobre su señor, añadiendo que en todo caso lo
hacía por obedecer su mandato, y como algo que era la pura verdad:
Y ser esto muy grande verdad, qualquiera de los que hoy biuen y
lo saben, y de los venideros, entendiéndolo por fama y memoria que nunca se
podrá perder, lo entenderá façilmente, si sin pasión quisiere considerar sus
santas costunbres y virtudes, su verdad inviolable, su templanza y tiento en
todo lo que es malo, exceso y desorden, su linpieza y honestidad extremada, su
igualdad de justicia; y juntamente, su grande clemencia con los súbditos
culpados y con los enemigos vencidos, su singular constancia y firmeza, su
invencible esfuerzo y fortaleza, su caridad y su fe y religión marauillosa.
Finalmente, todas sus virtudes y condiciones.
Después de esta cerrada alabanza, conforme a su condición de
cronista asalariado, pero que suena a sincera admiración hacia la figura del
Emperador, Pedro Mexía nos marca la fecha en que la está escribiendo: en 1549,
cuando Carlos V no había sufrido ninguna derrota, salvo el revés de Argel, que
más había que achacar a las tormentas sufridas.
Y también si, volviendo la cara atrás, a los treinta y tres años que ha que
reina hasta hoy, que es el año de mill y quinientos e cuarenta e nueve años, en
que yo comienzo esta escritura, quisiera acordar y hacer consideración del
valor y autoridad e la justiçia e igualdad con que ha gobernado estos Reinos, y
la paz y quietud que en ellos ha puesto y en que hoy día están, y los que se
han adquirido y juntado con ellos en muchas partes y en los últimos fines de la
tierra, en tan grandes distancias de mares y tierras, y el oro y plata y
riquezas que dellos se han traido, que parecerá increíble a los siglos
venideros y vímoslo por nuestros ojos, y los poderosos reyes dellos vencidos y
cautivos. He aquí una interesante vinculación de las gestas imperiales
a las que los conquistadores castellanos estaban realizando al otro lado de los
mares, en las Indias occidentales, así como la maravilla que provocaba en la
sociedad hispana la llegada de los tesoros indianos, con esa referencia a la
primera realidad del Imperio: las inmensas distancias «de mares y tierras», la
inmensidad del espacio, como hasta entonces no se había conocido. Y así, puede
Mexía enumerar las muchas e increíbles victorias logradas por el Emperador:
… el Turco ahuyentado con infinito exército; el rrey de
Françia vencido y preso, el de Túnez humillado a sus pies, la cabeça y señora
del mundo, Roma cuando quiso resistir, entrada y saqueada. Si las otras
conquistas e victorias e çiudades conbatidas por él y por su mandado: Génova,
Túnez, Florencia, Güeldres; e Italia sujeta y llana. Y finalmente, la que se
tenía por domadora de la gentes, Alemania, sojuzgada y allanada por fuerza de
armas. Y ansí otras muchas cosas; de las quales llamo por testigos, para perpetua
memoria desta verdad, a todos los del siglo presente que han alcanzado destos
tienpos[326].
Es cierto: estamos ante la loa de un cronista asalariado. Pero
también es verdad que las hazañas imperiales daban pie para ello.
Europa había contemplado cómo las más sorprendentes victorias habían sido
logradas por los ejércitos de Carlos V. Y ello al tiempo que los conquistadores
hispanos con sus gestas, más allá del Océano, doblaban su Imperio. De ese modo
se justificaba el altivo lema de su escudo: Plus ultra. Carlos V se
hallaba en 1549 en la cumbre. Y justamente lo recordamos tal como nos lo legó
Tiziano, lanza en ristre, cabalgando por las campiñas de Mühlberg.
Pero ese invicto Emperador es traicionado y sufre una grave crisis política a
nivel europeo y acaba dejando el poder. Es cuando otro embajador veneciano,
Badoaro, nos lo describe en las postrimerías de su vida, exactamente en 1557:
Es Su Majestad cesárea de estatura mediana y aspecto grave.
Tiene la frente espaciosa; los ojos azules y que dan muestra de una gran
fortaleza de ánimo; nariz aquilina y un poco torcida; la mandíbula inferior
larga y ancha, lo que le impide juntar los dientes y hace que no se entienda
bien el final de sus palabras. Sus dientes de delante son poco numerosos y
cariados; su tez es hermosa; su barba es corta y apuntada. Es bien
proporcionado de persona. Su complexión es flemática, de origen melancólico.
Padece casi continuamente de hemorroides y, a menudo, en los pies y en el
cuello de la gota, por la que tiene contraídas las dos manos. Ha escogido el
monasterio de Yuste para vivir allá, a causa de que el aire de ese sitio es el
más propicio de España para el restablecimiento de su salud…
Una mala salud, pero ¿ayudaba su dieta alimenticia? Aquí, los
detalles que nos da Badoaro hacen pensar en alguna enfermedad que empujaba al
César a verdaderos excesos, en particular con la carne, acaso la diabetes:
En el comer, hasta su partida de los Países Bajos para España,
S. M. tenía la costumbre de tomar, por la mañana, al despertarse, una escudilla
de jugo de capón con leche, azúcar y especias; después de lo cual volvía a
reposar. A mediodía comía una gran variedad de platos; merendaba pocos
instantes después de vísperas, y a la una de la noche cenaba, tomando en esas
diversas comidas toda clase de cosas propias para engendrar humores espesos y
viscosos…
En cuanto a su carácter, Badoaro resalta al punto la extrema
religiosidad del Emperador:
Pues, viniendo a las partes del espíritu, ha demostrado Su
Majestad en todas sus palabras como en sus acciones la mayor adhesión a la fe
católica. Todos los días de su vida ha oído una, y a menudo, dos misas; al
presente oye tres, de la que una es por el alma de la Emperatriz y otra por la
Reina, su madre. Asiste a los sermones con ocasión de las fiestas solemnes de
la Iglesia, como a todos los de cuaresma y a veces también a las vísperas y a
los otros oficios divinos. Actualmente se hace cada día leer la Biblia: se
confiesa y comulga cuatro veces por año, según su antigua costumbre, y hace
distribuir limosnas a las pobres. Antes de su salida de Flandes para España,
acostumbraba tener un crucifijo en la mano, y he oído contar, por cosa
verdadera y como un gran testimonio de su celo religioso, que cuando estaba en
Ingolstadt, en la proximidad del ejército protestante, le vieron a medianoche
en su pabellón arrodillado ante un crucifijo y con las manos juntas…
¿Y cómo era en las empresas que acometía, tímido o resuelto? De
eso no cabía duda alguna:
A juzgar por la naturaleza y la complexión del Emperador, se
creería que es tímido; pero si se consideraran sus acciones se encontrará que
está dotado de fuerte ánimo; porque en las expediciones militares ha dado
pruebas de intrepidez y jamás se le vio demudar la cara, a no ser después del
gran desastre de Argel, cuando, abordando a Mallorca, se le vio llorar al ser
acogido por sus súbditos; y con ocasión de su fuga de Inspruck, viajó día y
noche bajo lluvias incesantes y por caminos detestables, aunque el elector
Mauricio estuviese demasiado lejos para que tuviese nada que temer de él…
Y añade Badoaro poco después:
En verdad ha hecho aparecer, en diversas épocas de su vida,
ciertas cualidades que son propias de un corazón magnánimo; así es como se ha
comprometido en empresas muy grandes y muy difíciles y ha dado en ellas pruebas
de su intrepidez, que, sin dejar de mostrar que no deseaba la guerra, le han
visto, cuando se había declarado, ponerse en campaña siempre con alegría,
queriendo ver y entender todas las cosas y darse cuenta de ello por sí mismo,
no cuidando de su propia vida y haciendo funciones de cualquier capitán, pues,
en suma, ha tenido el honor por objeto…
Por lo tanto, el honor, esto es, el mayor afán de cualquier
caballero renacentista, también presente en Carlos V. Y con él, la fama por sus
victorias, tanta como nadie desde hacía muchos siglos había alcanzado; hasta
que la fuga de Innsbruck y la retirada ante Metz la acabaron minando. Y cosa
curiosa: para aquel veneciano, tampoco le había favorecido su retirada a Yuste,
un gesto en cambio tan admirado por los españoles, sin duda con otro sentido de
la vida:
… su abdicación, su salida para España, su entrada en un
monasterio, le han hecho perder casi toda su reputación; digo casi toda porque
aún le queda tanta como queda de impulso a una galera que, empujada por los
remos y el viento, hace todavía un poco de camino cuando los remos se detienen
y el viento cae…[327]
Y por último, veamos la semblanza de Santa Cruz hecha poco
después de su muerte, que viene a ser como el recuerdo de quienes le habían
conocido, la estampa que perduraba en la memoria de la época filipina:
Fue el Emperador don Carlos mediano de cuerpo, de ojos grandes y
hermosos, las narices aguileñas, los cabellos rojos y muy llanos… (aunque como
fue entrando en años se tornaron de como los trajo), la barba ancha y redonda y
bien proporcionada, la garganta recia…ancho de espaldas, los brazos gruesos y
recios, las manos medianas y ásperas, las piernas proporcionadas. Su mayor
fealdad era la boca, porque tenía la dentadura tan desproporcionada con la de
arriba, que los dientes no se encontraban nunca; de lo cual se seguían dos
daños: el uno, tener el habla en gran manera dura, sus palabras eran como
belfo, y lo otro, tener en el comer mucho trabajo; por no encontrarse los
dientes, no podía mascar lo que comía ni bien digerir, de lo cual venía muchas
veces a enfermar…
Para Alonso de Santa Cruz, Carlos V era
… amigo de soledad y enemigo de reír… Muy pocas veces cabalgaba por los
pueblos donde estaba, sino siempre se holgaba de estar retraído o recogido en
su cámara… Es curiosa la referencia que hace a sus lecturas, que
sabemos incrementó a raíz de la guerra de Alemania:
Era amigo de historias y de buenas doctrinas, y cansándose de
lecturas en edad, se dio a saber cosas de filosofía y astronomía, memoriales y
cartas de marear y globos, donde estudió para aprender las ciencias.
Muy religioso, incluso devoto, y muy justiciero, aunque con
tendencia a la severidad:
Nunca se le vio estar más dispuesto a misericordia que no a
rigurosidad…
Escogía bien sus ministros, pero les dejaba en demasiada
libertad, con el resultado inevitable que Alonso de Santa Cruz no silencia:
… como sus ministros se viesen tan favorecidos, fueron
muy absolutos en el mandar y muy disolutos en el robar…
¿Quién no piensa al instante en la figura del corrupto Cobos,
tan privado del César?
Reflexivo, amigo de pocas palabras, enemigo de juegos como de naipes o dados,
honesto —pasado el furor de los años mozos—, muy enamorado de la Emperatriz,
templado en sus actos, pero no perfecto, sino humano al fin: así también Santa
Cruz habla de su poca generosidad y de sus muchos excesos en el yantar:
Los manjares que más le agradaban eran de venados y puercos
monteses, de abutardas y grullas. No era amigo de comer potajes, sino de asado
y cocido, ni jamás le servían lo que hubiese de comer, sino él mismo se lo
había de tomar. A los demás daba lo que a él le parecía y no daba lo que
querían…
Y lo que es más de notar: Santa Cruz reprocha al César que
desconfiara de los españoles:
A más de ser tan corto en sus razones, era muy sospechoso
principalmente con los españoles; en tanta manera, que si le aconsejaban,
pensaba que era más por amistad o malicia que por razón.
Pero, ¿no serían celos de un cronista que no se creía tan bien
recompensado como merecía?
Aun así, Santa Cruz reconoce que el César era un estadista de claro juicio y
excelente memoria y un consumado políglota, lo que era tan importante para
quien gobernaba tan diversos pueblos:
Fue muy agudo y de muy claro juicio, lo cual se veía en él por
el conocimiento que tenía de todas las cosas y en las buenas razones que daba
de todas ellas. Y conocíase su gran memoria en la variedad de las lenguas que
sabía, como eran: lengua flamenca, italiana, francesa, española, las cuales
hablaba tan perfectamente como si no supiera más de una.
El último juicio de Alonso de Santa Cruz es lapidario:
Finalmente, él fue amigo de buenos y virtuosos y enemigo de
malos y mentirosos[328].
Como vemos, Alonso de Santa Cruz desliza alguna crítica severa
sobre Carlos V: en su carácter, el rigor, como el que aplicó a los ganteses en
1540, para castigar su rebelión. En cuanto a su preferencia hacia los
extranjeros, que era la nota evidente de su primera etapa y la que había hecho
estallar la revuelta de las Comunidades, había que tomarla más bien a nivel de
los grandes ministros, y en particular en cuanto a los consejeros más
influyentes en política internacional: Chièvres, Gattinara, y los Granvela
(Nicolás y Antonio) fueron, en efecto, los que más contaron en el ánimo de
Carlos V desde sus primeros años de gobierno hasta el final de su vida. Por lo
demás, y en el terreno militar, tan amado por el Emperador, los españoles
contaban, y mucho. Carlos V sabía bien el valor de los tercios viejos como
fuerza de choque de primer orden, sin parangón en la Europa de su tiempo; de
ahí que, en sus Instrucciones de 1548, aconseja a Felipe II que para mantener
la posición clave del Milanesado coloque allí una guarnición española[329].
Y la verdad es que el español medio matizó esa preferencia de Carlos V, y se
sintió orgulloso del Emperador, de «su» Emperador. Como aquel español que desde
Roma, al conocer su muerte, sensibilizó lo irreparable de su pérdida, con este
lamento: « ¡El mundo conocerá ahora quién era Carlos V![330]»
§. Los legados recibidos[331]
Sobre Carlos V confluyen una serie de legados históricos, de lo que él es muy
consciente, y que darán esa primera nota a su personalidad: el cosmopolitismo.
Recordemos que es ante todo el que se educa en la Corte borgoñona de su tía
Margarita; aquella corte de Malinas donde se criaban los hijos de Juana la
Loca: Leonor, Carlos, Isabel y María. Malinas está en pleno Flandes, y forma
así parte del mundo germánico, lingüísticamente hablando. Sin embargo, la
lengua de la Corte es el francés, y Malinas —como todo el círculo de Borgoña—
no está ajena a la influencia de la cultura francesa. En este sentido Carlos V
conforma su inteligencia, a lo largo de su infancia y de su adolescencia, con
ese instrumento básico: la lengua francesa. Esa lengua que utilizará constantemente
para comunicarse con sus hermanas, mientras que más adelante será el español la
que le servirá para hacerlo con su propia familia: su mujer y sus hijos. Por lo
tanto impronta borgoñona, con sus características culturales francesas, es casi
la única que campea sobre Carlos V, hasta un período de su vida en el que el
adolescente comienza a dar paso al hombre ya cuajado. Ahora bien, la herencia
materna gravita muy pronto sobre Carlos V. En una escala menor, pero no
despreciable, hay una serie de hechos de sabor hispano que actúan sobre el
príncipe que crece y se educa en Flandes. Carlos V tiene constantes noticias de
la lejana España. Él está orgulloso de las hazañas de los españoles, cuyos
Estados sabe que ha de heredar algún día. Y es de Borgoña y de Castilla de
donde proceden los dos primeros legados que recibe Carlos V. Dos legados que
pueden polarizarse perfectamente en dos sentidos de la vida, en dos actitudes,
en dos ideales: el ideal de la vida caballeresca, por una parte, y en un
profundo sentido religioso por la otra.
En cuanto al ideal caballeresco, no olvidemos que Carlos V presidía una Orden,
la del Toisón de Oro. Una Orden que propugna un tipo ideal humano, donde todas
las virtudes caballerescas tenían cabida: el valor, la lealtad, la piedad, la
sencillez. Hay un fondo estético y una tendencia a la sublimación a través de
una gloria caballeresca[332]. Por su
parte, vemos en la Corona hispana algo peculiar, algo bien acogido por su
pueblo: el sentido providencialista. No podía ser de otro modo, para quienes
veían como máximo justificante de su vida la guerra santa en defensa de la
Cristiandad. ¿Acaso no habían sido recompensados los mismos Reyes Católicos por
su reconquista de Granada con el descubrimiento de las Indias occidentales? El
español que penetra en la Edad Moderna se siente objeto de las preferencias
divinas, concepto reflejado, mejor que por ellos mismos, por un italiano de la
época, en frase recordada por Croce: « ¡Dios se ha hecho español![333]». Y Carlos
V no escapa a estas dos influencias: crece y se desarrolla como el futuro
soberano de la Orden del Toisón de Oro, y al tiempo asimila muy pronto las
ideas providencialistas. También él, como sus antepasados Fernando e Isabel,
como más tarde su hijo Felipe, se considera el brazo escogido por Dios.
Parece claro que el sentido providencialista, que le viene a Carlos V de los
Reyes Católicos, se le acrecienta aún si cabe, con motivo de su elección al
Imperio. De ello tenemos la prueba terminante a través de un texto muy próximo
al ánimo imperial, el discurso de la Corona pronunciado por el obispo Mota ante
las Cortes de Santiago de Compostela de 1520; aquello de que
… ovo gran contienda en la elección del Imperio, y algunos lo procuraron,
pero quiso e mandólo Dios que sin contradicción cayese la suerte en S. M., y
digo que lo mandó así porque yerra a mi ver quien piensa ni cree que el Imperio
del mundo se puede alcanzar por consejo, industria ni diligencia humana. Sólo
Dios es el que lo da y puede dar…[334] Y
eso aflora constantemente a lo largo de su vida, tanto frente a sus grandes
éxitos como ante sus penosos fracasos. A raíz de la victoria de Pavía considera
el Emperador que está en deuda con la Divina Providencia. Es cuando proyecta la
evangelización de los moriscos valencianos, para corresponder de algún modo con
Dios; precisamente de los moriscos valencianos, que habían sido los incómodos
auxiliares del ejército imperial en las horas difíciles de la Germanía
valenciana. Por Sandoval, el fidedigno cronista del Emperador, atisbamos el
proceso espiritual fraguado en Carlos V en su respuesta al Consejo de Aragón,
cuyo parecer era no forzar aquella conversión:
Yo estoy determinado —fue la respuesta del Emperador— que, pues
Dios trajo al rey de Francia mi enemigo a mis manos, he de traer yo los moros
sus enemigos a su fe…
Es un diálogo constante con Dios, en la buena como en la mala
fortuna. Es el Fiat voluntas tuas, que sin cesar pronunciaba Carlos
V, cuando se consumaba el desastre de Argel. Es esa impresionante carta que
escribe desde Innsbruck a Felipe II, cuando ve conmovido todo su poder con la
inesperada rebelión de los Príncipes alemanes, en el año de 1552. Achaca el
revés a iras de Dios, descontento con su siervo, quizá porque ha caído en la
vanidad de haber escrito sus Memorias. Y así se sincera con su
hijo:
Esta historia es la que yo hice en romance cuando vinimos por el
Rhin, y la acabé en Augusta; ella no está hecha como yo querría. Y Dios sabe
que no la hice con vanidad, y si della Él se tuvo por ofendido, mi ofensa fue
más por ignorancia que por malicia; por cosas semejantes Él se solía mucho
enojar, no querría que por ésta lo uviese hecho agora conmigo. Así por ésta
como por otras ocasiones no le faltarán causas. Plega a Él de templar su ira y
sacarme del trabajo en que me veo…
Constato un hecho, no lo alabo. Al contrario, a mi entender, ese
sentido providencialista de la Historia acabaría haciendo un gran daño a
nuestro pueblo, al llevarle —a él y a sus dirigentes— a desmesuradas empresas
fuera de toda lógica, que acabarían por precipitarles en el fracaso, en el
desaliento y en la mayor de las ruinas, tanto morales como políticas y
económicas.
Añadamos que Carlos V entra al punto en contacto con el pueblo italiano: desde
un principio, sardos, sicilianos y napolitanos le tienen por soberano. Pronto
se extiende su dominio efectivo sobre los milaneses, y su influencia sobre toda
Italia; influencia que es recíproca.
Pues para el Emperador, Italia tiene la especial resonancia de ser la cuna de
los héroes antiguos. No olvidemos que hasta su retiro de Yuste le
acompañarán Los Comentarios de Julio César. Ni tampoco su
interés en 1536 por visitar, en Roma, las ruinas antiguas. En Carlos V prende,
en seguida, una gran admiración hacia Italia; admiración que nos explica algo
que no podían entender sus consejeros castellanos: la imperiosa necesidad que
siente en 1528 de pasar a ella.
¿Le costó más trabajo identificarse con el pueblo alemán? Es cierto que nunca
dominó su lengua, estableciéndose así una barrera difícil de franquear; pero el
César tuvo muy claro que la corona del Sacro Imperio Germánico era la que le
había dado el predominio sobre Europa y aquel deslumbrante destino que le hacía
sentirse heredero de Carlomagno.
De ese modo nos encontramos con que el estilo caballeresco, el espíritu
religioso, las corrientes renacentistas y un aire de universalidad son las
cuatro facetas más características de los cuatro pueblos de los que Carlos V
pasa a ser señor y soberano: el borgoñón, el hispano, el italiano y el alemán.
Borgoñón, por la cuna y por la educación, sabe hispanizarse, condición sine
qua non, para hacerse con el pueblo hispano. Es cierto que a buena parte de
los italianos los convence por la razón de la fuerza, pero en la defensa
cerrada de sus intereses frente al turco, hallará el César la fuerza de su
razón; la razón del porqué de su permanencia en Italia.
Y no puede soslayarse el legado alemán en la personalidad carolina, pues lo
hubo y grande.
Por ello, Carlos V es un personaje al que no cabe encerrar en un círculo
nacional determinado. Crece como señor de los Países Bajos y del Franco
Condado. Por un cúmulo de azares imprevistos, pasa a ser rey de Castilla y de
Aragón; Castilla le da el Imperio efectivo de las Indias occidentales, de donde
llegan noticias fabulosas, que toda Europa comenta y que es como el pórtico
para el título de emperador de la Cristiandad. Cuánto afectó a los Príncipes
Electores alemanes la circunstancia de ser Carlos un tan poderoso monarca, es
cuestión que nunca debe ser olvidada.
El signo, verdaderamente simbólico, de toda aquella universalidad, no sólo
titular y nominal, sino también efectiva, lo encontramos en la primera
circunnavegación del globo iniciada por Magallanes en 1519 y rematada por
Sebastián Elcano en 1522. Admirable empresa en la que los mismos contemporáneos
pudieron ver otro favor más de los Cielos:
Que cierto es una cosa maravillosa —podemos leer en la elegante
crónica de Pedro Mexía—, y que parece que la tenía Dios guardada por excelencia
y previlegio para el Emperador. Porque no se sabe ni se cree que después que
Dios creó el mundo se haya hecho semejante navegación —añade—, y casi no la
entendía y tenía por imposible la antigua Philosofía. Por lo cual se debe notar
y tener por una de las grandes y señaladas cosas deste Príncipe…[335]
Carlos V es ante todo un borgoñón, tanto por su nacimiento como
por su educación, y del amor a sus tierras natales dará constantes muestras a
lo largo de su vida. No es otra la razón por la que con tanto ahínco intenta
rescatar del dominio de Francia el ducado de Borgoña, objetivo al que
supeditará buena parte de su política durante la primera época, y que explica
las ilusorias cláusulas del tratado de Madrid, que en cierto modo parecen
recordar —por la situación de ambos soberanos— las de Peronne entre Carlos el
Temerario y Luis XI. Cuando Carlos V se separa de su hermana María, en 1532,
dejándola al frente del gobierno de los Países Bajos, a las quejas de soledad
de la reina viuda de Hungría le contesta con estas expresivas palabras:
… ne laisse-t-il de me desplaire de alonger celles que
j’ai tant de raison de desirer et être toujours present, qu’est vous et le pays
où naquis et ai pris ma nourriture…[336]
Carlos no olvida jamás el país donde ha nacido. No lo olvida en
1532 ni tampoco en 1548, cuando ordena implantar en la corte de Castilla la
etiqueta borgoñona. Por ser su propia gente es por lo que toma tan a pecho la
rebelión de Gante, para cuya total reducción arrostra tan serios y graves
peligros, como lo eran entonces atravesar Francia y ponerse a merced de su
rival Francisco I. Por los Países Bajos luchará con un ardor especial en 1543,
y a ellos incorpora sus conquistas de las tierras de Güeldres y Zutphen. En
fin, es en Bruselas donde Carlos decide dar su patético adiós al mundo. Ni
tampoco olvida su ascendencia borgoñona a la hora, bien significativa, de poner
nombre a su primogénito. Por él entrará el nombre de Felipe entre los príncipes
nacidos en España, en recuerdo de su padre, frente a la oposición de la nobleza
castellana, incluso de los más fieles al emperador, como el duque de Alba,
quien en alta voz no se recataba de pedir, durante la ceremonia del bautizo, el
nombre de Fernando para el nuevo cristiano[337].
Mas si nunca deja de latir en él la sangre borgoñona, también es verdad que
España, y en especial Castilla, le van ganando lentamente con su entrega,
después de liquidado el conflicto de las Comunidades. Las gestas de los
españoles, a partir del reinado de los Reyes Católicos —gestas del calibre de
la toma de Granada, de las navegaciones hacia las Indias occidentales, de las
campañas italianas y africanas— habían elevado su fama. Lo mismo que Jerónimo
Münzer viene a España movido del afán «de ver con nuestros ojos las maravillas
que oímos referir»[338], aún con
más justa razón podía hacerlo el Emperador, cuando siendo un adolescente que
apenas si cuenta los dieciséis años, tiene noticias de haber heredado los
reinos hispanos.
Baste recordar las palabras del obispo Mota cuando, en el discurso que podría
denominarse de la Corona, pronunciado ante las Cortes de Santiago de 1520, dice
de su señor:
Las cosas que los hombres aman deseánlas ver. Y considerando —el
príncipe Carlos— que este Reino es el fundamento, el amparo, e la fuerza de
todos los otros, a éste ha amado e ama más que a todos, y así lo deseaba ver. Y
para satisfacer este deseo, con tierna edad, con tiempo sospechoso, dexó la
tierra donde nasció e se crió, tierra tal que no se puede asaz loar, y pasó la
mar, y cuando vos vio a Valladolid, como quien deseaba ver lo que amaba, ovo
placer de veros, y tuvo razón, porque vuestra presencia no disminuyó nada de
vuestra fama…[339]
Tenemos, pues, en Carlos V un hispano-borgoñón, y no solo por la
sangre, sino por los sentimientos igualmente. Un hispano-borgoñón que pronto se
ve atraído por Italia, como buena parte de los soberanos de su tiempo, que
cifraban su grandeza en su dominio.
Parecía como si el brillo de las cortes renacentistas italianas atrajesen de un
modo particular a los europeos de la época. Y Carlos no escapaba a ese influjo;
a este respecto, su discurso de 1528 ante el Consejo de Estado, al que
tendremos ocasión de hacer más amplia referencia, hay que considerarlo como un
canto a Italia. ¿No era la tierra de los antiguos césares romanos? ¿Cabía más
hermoso escenario para un emperador? Italia, por mano del papa Clemente VII,
consagra a Carlos V definitivamente con la última de sus coronas imperiales.
Por Italia acomete Carlos la conquista de Túnez y la campaña de Provenza,
cuando Castilla está clamando por su regreso. Es precisamente en 1536 cuando
vemos a Carlos V negociar una Liga de potencias italianas, medida de natural
precaución conducente a guardarle las espaldas, mientras penetraba en el reino
francés. Envía para ello a Escannio Colonna, Gran Condestable del Reino de
Nápoles, el cual ha de visitar las pequeñas cortes italianas, incluida la del
Santo Padre. En aquella Liga, Carlos quiere ser incluido —y es dato
significativo para su idearium— «no como Emperador, o como Rey
de España, sino como Rey de Nápoles»[340].
Y es que se nos muestra como un hombre de su tiempo. Recordemos que en Granada
proyecta edificar un palacio, en medio de los altos de la Alhambra; palacio que
la constante penuria económica de Carlos V impedirá ver rematado, pero que
constituye una de las muestras más depuradas del Renacimiento hispano. Con el
título de Águilas del Renacimiento pudo encabezar el profesor
Gómez Moreno su magistral estudio sobre el arte hispano, de un tiempo que se
hallaba bajo el signo del águila bicéfala imperial: entre 1517 y 1558; es
decir, entre el año del primer desembarco de Carlos V en España y el de su
muerte en Yuste[341]. Participó
Carlos con los sentimientos de su época de amor a lo antiguo, de lo que dio
buenas muestras con ocasión de su visita a Roma. En efecto, se suele pasar por
alto un detalle muy significativo sobre su personalidad, un detalle recogido
por sus cronistas: que hallándose en Roma el día de la Resurrección de 1536,
oyó la misa oficiada por el papa Paulo III, «en la cual se halló el Emperador
vestido a la usanza antigua de los Césares»[342]. Sin dejar
tampoco perder aquella oportunidad de su estancia en la ciudad Eterna para ir a
visitar las ruinas de la antigua Roma. Era entonces, no el emperador, sino el
admirador y entusiasta lector de César, cuyos Comentarios a
las guerras de las Galias sabemos que fue uno de los escasos libros que le
acompañaron hasta el último retiro de Yuste.
La formación renacentista de Carlos V se echa de ver en su afán porque el arte
diese el debido testimonio de sus gestas. ¿No coinciden, acaso, con las
semblanzas del Emperador, los cuadros y esculturas que de él nos han deparado
los artistas de su tiempo? Su espíritu caballeresco viene a simbolizarlo ese
collar del Toisón de Oro, con el que aparece adornado desde los bustos de
adolescente debidos a Conrad Meit hasta los de la edad postrera, que ejecutó
Leone Leoni. Su amor a la guerra pudo captarlo magistralmente Tiziano en el
cuadro en el que aparece Carlos V a caballo, lanza en ristre, cabalgando
victorioso por las campiñas de Mühlberg. La gravedad de su carácter nos la
traen esos retratos impresionantes del propio Tiziano, ya comentados, desde el
de la época de Bolonia, en 1533, cuando todavía estaba en la flor de la edad
viril, hasta ese otro de la Pinacoteca de Múnich que nos refleja un César ya en
la curva descendente de la vida. Finalmente, el propio Tiziano ha sabido
transmitirnos el Carlos V piadoso, en el cuadro conocido por la Gloria,
en el que se ve al Emperador, a la Emperatriz y a Felipe, su hijo adorando a la
Santísima Trinidad; el cuadro que Carlos V deseó tener en Yuste, siempre al
alcance de su mirada. Carlos es ya, para nosotros, el Carlos que nos ha legado
la magia del pincel de Tiziano. A tal emperador tal pincel, pues en verdad que
pocas veces un gran personaje logró la suerte de ser captado por un artista de
la talla del pintor veneciano. En comparación con esos espléndidos retratos
palidecen todos los demás que poseemos de Carlos V. Y, sin embargo, sería
preciso recordar aún las vidrieras policromadas de la iglesia de Santa Gúdula
de Bruselas, sobre dibujos de Van Orley, los bustos de Leoni, y los tapices de
la empresa de Túnez. Pues hay que recordar que cuando Carlos V se dispone a
emprender la conquista de aquella plaza, encabezando una verdadera cruzada de
la Cristiandad contra Barbarroja, uno de sus cuidados es que embarque en su
escuadra el artista que ha de tomar los apuntes de aquella gesta, para luego
dejar huella inmortal, a través del arte. En este caso, el artista escogido fue
Juan Vermayen, sobre cuyos dibujos haría Guillermo de Pannemaker los hermosos
tapices que recuerdan aquella empresa.
¿Qué es, o qué supone para Carlos V Alemania? Alemania plantea desde un
principio al Emperador un difícil, un agudo, un poco menos que insoluble
problema a resolver: la cuestión luterana. Un problema por otra parte
insoslayable, dada su condición de emperador de la Cristiandad, y dado sobre
todo su profundo sentido de sus responsabilidades como soberano. Pero mientras
en Castilla como en Aragón, en Sicilia como en Nápoles, en los Países Bajos
como en el Franco-Condado actúa siempre como soberano absoluto, solo atado por
los privilegios locales —celosamente respetados por otra parte— en Alemania el
terreno es otro. En Alemania, Carlos debe la corona no a la herencia sino a una
elección, basada en un pacto frente a los Príncipes Electores; unos Príncipes
que son verdaderas potencias en sus Estados, y que muestran unos aires fieros
de independencia, poco gratos al Emperador. Esa circunstancia hace que Carlos
se mueva siempre con menos libertad en las tierras del Imperio. Obligado, por
otro lado, a transigir una y otra vez con las exigencias de los Príncipes
protestantes, pronto se encuentra tan incómodo en lo político como en lo
religioso. No es de extrañar que se perfilen desde un principio dos bloques en
los dominios del Emperador: el bloque de los dominios hereditarios (los países
del círculo de Borgoña, los reinos hispanos, las adherencias italianas), y las
tierras germánicas, las tierras del Imperio, a las que cabe unir la herencia de
parte de los archiducados austriacos, pronto cedidos por Carlos V. Se trata de
una escisión agrandada por el César. En 1521 abandona lo que le había tocado de
su abuelo paterno, Maximiliano, en los archiducados austriacos; era a modo de
compensación por el sacrificio impuesto tres años antes a su hermano Fernando,
al que en 1528 ha obligado a salir de España. En 1531 logra hacer de él su
sucesor oficial en el Imperio: Fernando es ya, además de archiduque de Austria,
rey de Romanos, al tiempo que su matrimonio con Ana de Hungría le abriría
insospechadas posibilidades hacia el este de Europa. Esto es, cuando el
príncipe Felipe tiene ya cuatro años, su padre, el Emperador, ha consentido en
separar radicalmente los destinos de España de los del Imperio.
Y esa situación la mantiene en el panorama político que presenta a su hijo en
1548, donde su hermano Fernando sigue siendo el que heredará sin cortapisa
alguna el Imperio; de forma que los posteriores planes de 1551, con la sucesión
alternada entre Viena y Madrid, en la que aparece de pronto el nombre del hijo,
hay que tenerlo como una grave alteración del sistema, fruto de la ambición de
Felipe II.
§. Otras notas de su personalidad
Entre las otras notas que cabría recordar sobre la personalidad de Carlos V,
una de las más destacadas sería la de su amor a la música.
En la corte de su tía Margarita, en Malinas, aprende a tocar el clavicordio. De
él nos dice Monseñor Anglés:
Carlos V, artista por naturaleza, había sido educado con
refinamiento musical desde su infancia; estimaba la música en su capilla,
primeramente como medio el más eficaz para glorificar a Dios, y después para
alegrarse y divertir espiritualmente su alma…[343]
Su capilla musical flamenca le acompaña por toda Europa,
mientras en la corte castellana de su mujer, la emperatriz Isabel, se va
forjando la gran escuela de la música española del siglo XVI, a la que tanto
impulso dará su hijo Felipe. La importancia que tenía la capilla musical
imperial se echa de ver en que, llegado el momento de su abdicación, la Casa de
Austria de Viena, intenta hacerse con ella, a lo cual se opone enérgicamente
Felipe. Y del amor del Emperador a la música nos da una idea el hecho de que,
como hemos de ver, en Yuste seguirá dedicando sus más solícitos cuidados a la
formación de una capilla musical, escogiendo a los mejores cantores entre todos
los conventos hispanos de la Orden Jerónima. En los papeles que custodia
Simancas, en los que aparecen las recompensas pedidas para quienes habían
servido en Yuste, se insertan no pocas para los frailes cantores que se habían
ido seleccionando en aquel convento[344].
No hemos de olvidar, porque es algo que forma ya parte del anecdotario
imperial, su extremada afición a los relojes y a los mapas. Parece como si con
ello Carlos V nos demostrara una doble obsesión como señor de tan vastos
territorios: la del tiempo y la del espacio. El espacio, en función del tiempo,
es la gran preocupación de viajero, más acusada en aquella época en la que los
desplazamientos eran obligadamente lentos. Carlos fue un sempiterno viajero, no
por placer —lo cual entonces apenas si tenía sentido— sino por insoslayable
cumplimiento de sus funciones regias, tal como entendía él sus deberes de
soberano. Por eso estará tan orgulloso de sus viajes, como todo aquel que
cumple una misión difícil y arriesgada; y por eso hará, al final de su vida, esa
larga enumeración de sus andanzas, que hay que colocar en el balance de su obra
de estadista.
Podría añadirse que junto con el flamenco y el francés, las lenguas de su
juventud, aprendió pronto, hasta dominarla plenamente, la lengua española. Se
familiarizó con el italiano, pero en cambio no pudo jamás hacerse con el
alemán, hasta el punto de que los documentos de importancia en esa lengua le
eran traducidos. Consta asimismo que cuando los representantes de la ciudad de
Ulm, adscrita a la Liga rebelde de Schmalkalden, acudieron en 1546 al
campamento imperial en signo de sumisión, le hicieron el discurso de salutación
en español:
La causa de hablalle en español —comenta el cronista Ávila y
Zúñiga, testigo de aquellos sucesos— dicen que fue parecelles que era más
acatamiento hablalle en lengua que más natural es suya (de Carlos V) y más
tratable, que no en la propia dellos…
Sin embargo, sabemos que a partir de su elección imperial Carlos
V se interesó más por el idioma germano. Algunos años después, a raíz de la
victoria de sus tropas en Pavía sobre el rey Francisco I de Francia, recibió a
diversos embajadores, y entre ellos al polaco Dantisco. Y entonces intentaría
dar muestras de lo que había avanzado en el conocimiento del alemán, hasta el
punto de tener una intervención pública en dicho idioma.
El propio Dantisco nos refiere la escena. Estamos en el alcázar madrileño, a mediados
de marzo de 1525. El Emperador recibe, primero al Embajador inglés y a
continuación a Dantisco. Este le dio la enhorabuena por su sonada victoria, y
como a tal Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, lo hizo en alemán. Y
fue cuando Carlos V quiso dar muestras de hasta qué punto ya empezaba a conocer
el idioma, no solo en cuanto a entender lo que le decían, sino también a
expresarse él también en aquella lengua. Eso sí, según nos comenta Dantisco, no
sin cierta vergüenza:
… invadido de cierto temor…
Le confiesa que no lo hablaba correctamente («yo no lo hablo con
perfección»), pero ante la insistencia de Dantisco, y eso sí después de
asegurarse que no se hallaba presente su canciller Gattinara[345], le
respondió con un pequeño discurso en alemán, que Dantisco nos transmite como
algo poco frecuente y, sin duda, para dejar constancia del esfuerzo del
Emperador:
Ich dank Got dem almechtigen, der mich in disse Reputacion hat
gesezt und mir dissen sieg gegeben, den ich umb in nicht hab vordint und Will
in vordan biten, das Her mir helff, das ich maynem debit moge genug thun, wil
och haben diligenez zo wil mir moglich, dasz in der Chistenheit ein gemeiner
Fryd moge werden, und dasz ich dem Konige von Polen, meynem Bruder und Andren
Wider die Ungelobige moge Helff thun, ich penser och nicht anders den das und
dank ewch ewr Congratulation.
Y añade Dantisco, consciente de los no pocos yerros deslizados:
Esas fueron literalmente las palabras que me respondió, tal como
las he retenido en mi memoria…[346]
Por lo tanto, una cosa es cierta: Carlos V tuvo la lengua
francesa como la propia de su infancia, llegó a dominar la española, se
defendió con la italiana, pero nunca llegó a dominar la alemana, aunque sí sus
rudimentos para en sus alocuciones a su ejército, donde había soldados de todas
aquellas naciones, poder alentarles en breves arengas en sus idiomas
respectivos.
Alocuciones a sus soldados que nos llevan, finalmente, a una de sus grandes
pasiones. Pues por vocación, Carlos fue siempre un soldado. Su amor a las armas
nos es siempre recordada por los cronistas, y queda reflejado en mil
testimonios de la época, como cuando el embajador Salinas —el representante de
Fernando en la corte imperial— nos describe el paso de los Alpes por Carlos V:
Holgaría v. m. de ver cómo S. M. camina esta jornada —escribía a
su amigo Castillejo—. Va vestido de soldado… Quiere pasar los puertos en
compañía de los soldados, y a la causa va de este atavío. Es muy gran placer de
verle tan sano y alegre en estos trabajos, y no es el que menos parte dellos
toma… Sé decir a v. m. que va la gente de guerra y la que no lo es la más
alegre del mundo, como si fuesen a jubileo[347].
Ser soldado: esa fue la gran vocación de Carlos V como hombre.
Y, sin embargo, el estadista comprende que necesita la paz, y la busca
sinceramente.
Tal antítesis pedía con urgencia una síntesis salvadora. En ese dilema se mueve
la obra imperial. Es preciso tenerlo en cuenta para entrar en el idearium del
Emperador.
§. Una vieja polémica: la idea imperial carolina
En efecto, he aquí una vieja polémica iniciada en los años treinta y que
durante mucho tiempo fue tema obligado de nuestros manuales de Historia[348].
Todo arrancó de 1933, cuando el gran historiador alemán, Karl Brandi, publicaba
su estudio en torno al influjo del canciller Gattinara sobre el
Emperador: Eigenhändige Aufzeichnungen Karls V, aus dem Anfag des
Jahres 1525. Der Kaiser und sein Kanzler[349]. En
él, estudiaba unos apuntes autógrafos del Emperador aparecidos en el Archivo de
Viena compuestos poco antes de la victoria de Pavía. De este estudio deduce su
conocida tesis: la idea imperial de Carlos V era una creación del canciller
piamontés, quien supo inculcársela a su imperial señor[350]. A su vez,
Gattinara era un humanista que estaba plenamente imbuido del pensamiento
político de una Monarquía universal al modo como la había soñado Dante[351].
Frente a la tesis de Brandi, Menéndez Pidal sostiene que el concepto imperial
no era algo inventado por el César ni por su canciller, sino noción viejísima
que estaba en el ambiente de principios del siglo XVI. Para el historiador
español, en lugar de la figura de Gattinara las que hay que destacar son las de
Mota, Valdés y Guevara. Para él, había que subrayar cuatro documentos, cuatro
jalones en el quehacer carolino que nos dan la pauta de su idearium político,
que se corresponden con otras tantas expresiones públicas imperiales[352]. Sería el
primero el discurso de la Corona pronunciado por el obispo Mota ante las Cortes
de La Coruña en 1520; el segundo, la declaración de fe religiosa tan
solemnemente hecha por el Emperador en la Dieta de Worms de 1521, en la que se
enfrenta con el luteranismo; el tercero, la reacción de la cancillería imperial
frente al saco de Roma, donde aparece la figura de Alfonso de Valdés; el
cuarto, el discurso citado de 1528: cuatro jalones a los que añade otro que
tiene un sentido más ideológico que cronológico, que nuestro gran historiador
titula el del imperio euroamericano.
§. Carlos V: El estadista
Hasta aquí, en esta visión de aquel debate sobre la idea imperial de Carlos V
que tanto preocupó a los historiadores de hace medio siglo, se puede ver cómo
su pregunta radical se centraba en precisar a qué personaje de la Corte cabe
achacar la influencia máxima sobre Carlos V, hasta el punto de considerarle el
creador del programa de la política imperial; ese programa que para Brandi como
para Peter Rassow hay que atribuir, sobre todo, a la figura eximia del
canciller piamontés Gattinara, pero que para don Ramón Menéndez Pidal hay que
vincular a tres españoles: Mota, Guevara y Valdés. Todo lo cual nos hace
olvidar el sujeto principal de la cuestión; que tras esos ministros importantes
y valiosísimos no se esconde un hombre de paja, sino un emperador de voluntad
firmísima, que pronto destaca sobre ellos.
La primera manifestación de la independencia de su criterio, de su
personalísima dirección de los negocios de Estado, nos la da en 1521, ante la
Dieta de Worms. Después, y a lo largo de su vida, sea con ocasión de las
negociaciones de paz con su rival Francisco I en 1525 y en 1526, sea con motivo
de su paso a Italia, en 1529, sea cuando ha de negociar con el Pontífice en
Roma, en el histórico año de 1536, o cuando ha de enfrentarse con el
protestantismo alemán por la vía de las armas, o, finalmente, cuando decide
llevar a cabo su abdicación, siempre nos encontramos con el soberano, no con
sus ministros.
Aquí llama la atención, sobre todo, su comportamiento con Francisco I de
Francia tras la victoria de Pavía que le aportaría la prisión de aquel soberano
galo. Contra los que le aconsejaban que aprovechara la ocasión para destruir de
una vez por todas a su gran enemigo (como lo hicieron su hermano Fernando y el
almirante), Carlos V procedería de un modo muy personal, buscando en su rival
al caballero cristiano para llegar a un entendimiento con él.
Animado por esos mismos ideales de cruzada y de lucha contra Lutero, creyó que
le bastaba la palabra de Francisco I de colaborar con él en tan nobles empeños.
Aquí trasluce también, sin duda, su espíritu caballeresco. ¿No se trataba, al
fin, de la palabra dada solemnemente por un hombre de honor? ¿Acaso no había
sido aquella paz jurada ante el Evangelio por el rey de Francia?
Por lo tanto, dentro de su ingenuidad al esperar de su rival un comportamiento
a tenor con las reglas de la caballería, Carlos V estaba demostrando que él
marcaba ya, personalmente, las pautas de la política exterior, sin dejarse
llevar por ningún ministro, fiel ya a su propósito marcado desde la muerte de
Chièvres de que ya no tendría otro valido. Su voluntad, pues, su carácter
enérgico, quedaba bien de manifiesto a partir de 1526, en ese tratado de Madrid.
Los acontecimientos posteriores afirmarían esos rasgos y le darían algo que
entonces aún no poseía: un mayor conocimiento de la vida y de los hombres y un
sentido más realista del quehacer político. Y así lo probaría, tanto en 1528 en
su discurso de Madrid, recogido —y magnificado— por Alonso de Santa Cruz, como
en el otro tan brioso y apasionado que lanzó en 1536 ante el papa Paulo III,
sorprendiendo incluso a sus inmediatos colaboradores, como tendremos ocasión de
comprobar.
Capítulo 2
Los recursos del imperio
Puede afirmarse que todo el reinado de Carlos V, desde sus
comienzos imperiales en torno a 1521, hasta su derrota frente a los muros de
Metz en 1553, está marcado por su afán de transformar la Universitas
Christiana que recibe, en la que él ha soñado. Ahora bien, ¿con qué
recursos contaba para ello? Tuvo que emplear al máximo sus instrumentos en
política exterior: la diplomacia y el ejército. Y todo ello con un coste
económico, lo que nos lleva a la cuestión de la financiación de su obra
imperial.
Por lo tanto, hemos de ver sus recursos en hombres y en dinero y su capacidad
operativa, tanto en el campo de la diplomacia como de la milicia.
§. Los hombres
En alguna ocasión, y en particular cuando publicamos la edición crítica de
las Memorias de Carlos V[353], he
señalado la alta proporción de alemanes en los ejércitos imperiales, la
presencia también de italianos y valones, y cómo la cuantía de los españoles
era más bien reducida, no pasando en el mejor de los casos de un 30 por 100 del
total del ejército imperial; eso sí, supliendo con su calidad y como fuerza de
choque (los temibles tercios viejos) esa escasez numérica[354].
Ahora bien, tanto los alemanes como los italianos eran fuerzas mercenarias y su
incorporación al ejército imperial estaba en función exclusivamente de su paga;
mientras que los tercios viejos, aunque cobrando también su soldada (eso sí, en
menor cuantía), estaban más vinculados a las levas organizadas por el Consejo
Real de Castilla. Y como también una fuente primaria de la Hacienda imperial
radicaba en los servicios votados por las Cortes castellanas, que pagaban los
pecheros del Reino, es necesario hacerse esa primera pregunta: ¿Cuál era la
población de la Corona de Castilla en esa primera mitad del siglo XVI? Contamos
con alguna documentación importante, que nos permite contestar con alguna
precisión.
En primer lugar, y como punto de partida, tenemos el recuento hecho por el
Contador Mayor de los Reyes Católicos Alonso de Quintanilla a fines del siglo
XV. Pero también contamos, lo que es más importante, con un censo mandado hacer
por la administración imperial entre 1528 y 1536, por lo tanto, en el corazón
del reinado.
Del valor del recuento de Quintanilla se ha dudado. Para Felipe Ruiz habría que
fecharlo en los años de la guerra de Granada, pero carente de valor, como una
operación hecha precipitadamente y poco fiable. Yo entiendo, por el contrario,
que su valor es grande, como hecho por el que por su cargo —Alonso de
Quintanilla era Contador Mayor de Castilla— estaba en condiciones de hacerlo, y
porque además se trata de uno de los ministros más valiosos de los Reyes
Católicos. Además, y esto es importante, aquel recuento se hacía precisamente
en función de las necesidades militares de la Corona, conforme habían pedido
los Reyes Católicos, como el propio Quintanilla nos declara al principio de su
escrito:
Vuestras Altezas me mandaron que yo pensase cómo se podría dar
forma que la gente destos nuestros Reinos toviesen armas generalmente…
Y Alonso de Quintanilla se puso a la tarea, partiendo del dato
que precisaba: las cifras de población. Y lo debió de hacer concienzudamente,
tal como añade:
… en lo que yo he mucho pensado…
El problema radicaba en cuántos soldados podrían reclutarse,
sacando uno de cada diez vecinos aptos para la milicia, entre los veinte y
cuarenta años; los cuales habían de servir por tres años. Para Quintanilla,
podría conseguirse de ese modo un ejército sobre los 100.000 soldados, dado que
la población de Castilla —y este es el dato a recordar— andaba sobre el millón
y medio de vecinos, según sus cálculos, hechos con sumo cuidado:
Yo he contado muy ciertamente el número de las vecindades de sus
reinos de Castilla e de León e Toledo e Murcia y el Andalucía…
¿Cuándo había hecho este recuento? Quintanilla no lo indica.
Felipe Ruiz considera que fue durante la época de la guerra de Granada. Pero el
texto de Quintanilla permite otra precisión, porque añade, después de referirse
a Andalucía:
… sin lo que hay en Granada…
Esto hay que interpretarlo, evidentemente, como un recuento
realizado después de 1492. Granada ya está incorporada a la Corona, pero
Quintanilla carece todavía de datos fiables, y por eso tiene que disculpar su
omisión[355]. ¿Y qué
cifras nos da?
… parece haber en ellos un cuento e quinientos mil vecinos… Millón
y medio de vecinos en Castilla —sin Granada—, de los cuales serían de la
Castilla señorial de los grandes señoríos civiles, 250.000 vecinos; y de
realengo, más los señoríos eclesiásticos y las Órdenes Militares, 1.250.000. Y
a tono con esa primera información sobre los vecinos de la Corona de Castilla,
y en la línea de organizar un ejército moderno dependiente de la Corona, los
Reyes Católicos darían en 1496 la Ordenanza de Valladolid que regulaba
precisamente las levas del Reino.
Estamos, sin duda, en la fase preparativa de las brillantes campañas de Italia.
Y el recuento de Quintanilla nos viene a señalar que Castilla pasaba a fines
del siglo XV por una buena etapa demográfica, yo diría que de signo alcista.
Pero eso va a cambiar a principios del siglo XVI. Coincidiendo con la crisis
política provocada por la muerte de Isabel la Católica en 1504, una serie de
malas cosechas encadenadas traerían una terrible hambruna, con el consiguiente
descenso de la población.
En ese sentido los relatos de los cronistas, y muy en particular de Andrés
Bernáldez, resultan estremecedores:
… escomenzaron las grandes hambres…
Tal ocurría en 1505. Al año siguiente, el hambre diezma a
Castilla. Las gentes, sin tener qué comer ni ellos ni sus hijos, se lanzaban a
los caminos, sin remedio alguno, porque nadie tenía nada para poder ayudarles:
… e moríanse por los caminos…[356]
No es posible, con sola esa referencia, precisar con exactitud
las pérdidas de Castilla en esos años de hambrunas que precedieron al reinado
de Carlos V. Pero, sin duda, la caída demográfica fue grande, y eso nos sirve
para comentar el censo de la época imperial, llevado a cabo entre 1528 y 1536.
Si tomáramos al pie de la letra el relato del cronista, en buena parte de
Andalucía, donde él vivía entonces, las muertes pudieron afectar al 50 por 100,
e incluso a los dos tercios de la población:
E fue tanta, que en los más de los pueblos…, murieron medio a
medio, y en algunas partes murieron más que quedaron, y en partes ovo que
murieron más dos veces que quedaron…[357]
También otros cronistas, como el humanista italiano Pedro Mártir
de Anglería, entonces al servicio de la Corona, relata algo similar para
Castilla la Vieja, precisamente en aquel año de 1507 en el que acompañaba a la
reina Juana la Loca en su macabro deambular por los pueblos de la meseta, sin
querer enterrar a su marido, Felipe el Hermoso. En este caso, porque como
sucedía con frecuencia, en tales cuerpos maltratados por el hambre, se cebaba
la peste:
Estamos sitiados por la peste[358].
Ese sería su comentario.
De tal caída demográfica debió reponerse parcialmente en los años siguientes
Castilla, si nos atenemos al censo de 1528-1536, que nos da estas cifras, que
recogemos por grandes regiones[359]:
|
Regiones |
Vecinos pecheros |
|
Galicia |
60.552 |
|
Las dos Asturias |
6.936 |
|
Castilla y León |
307.862 |
|
Castilla la Nueva y Extremadura |
213.827 |
|
Murcia y Andalucía |
195.446 |
|
Total |
784.624 |
A esas cifras de población pechera habría que añadir las de los dos sectores
privilegiados, los hidalgos y el clero. En cuanto a los hidalgos, la
administración imperial calculaba su total, hacia 1541, en 108.358. No menores
serían las cifras del clero secular, mientras el clero regular llegaría a las
40.000 personas; al menos, esos son los datos que nos da Felipe Ruiz para 1591[360]. En total,
y teniendo en cuenta que los pecheros e hidalgos vienen dados como familias,
llegaríamos a la cifra del millón, muy debajo por tanto del recuento de
Quintanilla. ¿Cómo explicar esa notable diferencia? Para Felipe Ruiz, porque
los datos de Quintanilla no son fiables; estaríamos, por tanto, ante una
hinchazón muy por encima de la realidad de fines del siglo XV. También podría
pensarse en que, a la inversa, los datos de 1528-1536 estuvieran muy rebajados.
Acaso se dieron ambas circunstancias: Castilla no alcanzaría a fines del siglo
XV el millón y medio de vecinos que recogió Quintanilla, pero sí pasaría de
esos 784.624 reseñados por la Contaduría Mayor de Cuentas hacia 1530. En todo
caso, habría un descenso motivado por las terribles hambrunas que sucedieron a
la crisis política provocada por la muerte de Isabel la Católica y que ya hemos
consignado[361].
Un millón de vecinos en la Castilla de los años veinte, lo que supone en torno
a los cinco millones de habitantes.
Esa sería la población de la Castilla imperial. De ahí sacaría el Emperador sus
soldados de choque, los temidos —y temibles— tercios viejos que imponían su ley
por la Europa occidental; sin olvidar a los conquistadores, un puñado de
hombres desplegados por las dos Américas y que en pocos años doblaron el
Imperio de Carlos V más allá de los mares.
Y también a resaltar otro aspecto: que las dos mesetas venían a suponer las dos
terceras partes de la población de la corona castellana.
Es la tierra de los rudos y sufridos pastores trashumantes, fácilmente
convertidos en soldados de los tercios viejos o en conquistadores de las Indias
occidentales. Todo ello en cifras pequeñas. Ni los tercios viejos agruparon
nunca a más de 20.000 soldados, ni la media anual de los que pasaron a Indias,
entre 1521 y 1555, superó los mil seiscientos emigrantes[362]. Para
Ramón Carande, los soldados que militaron en las guerras carolinas entre 1521 y
1555 podían rondar en su conjunto, y a lo largo de tantas campañas, los 100.000
hombres sacados «de los campos y de las ciudades de España»[363]. Esa
sangría, que en conjunto rondaría los 4.500 anuales, entre soldados y
conquistadores, evidentemente era asumible por aquella Castilla, aunque no
pasara de los cuatro millones y medio de habitantes.
Fue el arrojo, y casi la desesperación de los que vivían en Castilla tan
desesperanzados, lo que produjo el increíble resultado del Imperio; no el
esplendor demográfico, que no parece tan claro cuando se enfrentan los
documentos imperiales en torno a 1545, que reflejan la penuria de Castilla (tal
como la refiere el príncipe Felipe a su padre[364]) con
relatos tan significativos como el Lazarillo de Tormes. En otro
caso, si la cuestión la dejáramos solo en ese supuesto esplendor demográfico,
mal se entiende que Castilla se pudiera medir con Francia, que la triplicaba en
población por aquellas fechas.
§. El costo de las empresas imperiales
La trepidante actividad de Carlos V, tan pronto engarzado en empresas militares
de gran despliegue como en las difíciles entrevistas en la cumbre con los otros
monarcas europeos, cuando no metido en brillantes jornadas de la gran historia
—como en sus sucesivas coronaciones imperiales de Aquisgrán, en 1520, y de
Bolonia, en 1530—, ya soldado, ya diplomático y siempre viajero, no pudo
realizarse sin un costo formidable, muy superior a los ingresos ordinarios del
Emperador. Una situación económica cada vez más agobiante, aunque de cuando en
cuando los tesoros llegados de las Indias aliviasen el panorama.
Aquí el lector medio debe entender que los Estados suelen montar sus
presupuestos de ingresos y gastos de muy diversa manera a como lo haría
cualquier familia normal: evaluar los ingresos y ajustar a ellos sus
necesidades. Ese es el sistema familiar habitual. Muy por el contrario, el
Estado tiende a invertir los términos, y desde luego así lo hizo la Hacienda
imperial: marcaba los gastos y veía la manera de afrontarlos, añadiendo a los
recursos ordinarios diversas partidas de carácter extraordinario; y cuando eso
no bastaba todavía —que era lo más frecuente— acudiendo a los préstamos
bancarios, aunque supusiese endeudar progresivamente a la Monarquía y hacer el
futuro cada vez más sombrío, amenazando con una bancarrota general.
Por supuesto, dados los dispares y apartados dominios de Carlos V, hay que
tener en cuenta que la Hacienda imperial tenía ingresos de muy distinta índole,
procedentes bien de los distintos Reinos, bien de diversas operaciones
realizadas por la Corona. Ahora bien, en general, las rentas procedentes de los
Países Bajos, de los dominios italianos —reinos de Nápoles, Sicilia y Cerdeña
y, a partir de 1535, del ducado de Milán— y de la Corona de Aragón, eran
aplicados a las necesidades de cada uno de esos dominios, sin que Carlos V
pudiera disponer de ellas para financiar sus empresas; bien entendido que el
Imperio ayudaría a la defensa de Viena de 1529, y que las piezas italianas lo
harían también para combatir al Turco; de igual modo que los Países Bajos
combatirían con sus propios medios a los franceses en los últimos años del
reinado de Carlos V defendiendo su frontera sur de los ataques de Enrique II.
Ahora bien, lo notable de Castilla sería que no solo costearía los gastos de la
administración castellana sino que también acudiría, y de forma generosa, con
los gastos generales del Emperador.
De ahí el interés de que precisemos esos gastos imperiales y que veamos lo que
Castilla dio a Carlos V.
Para ello contamos con diversos presupuestos que conserva el Archivo de
Simancas. Confrontando los datos que nos da para 1544 y 1555, este sería el
resultado:
Presupuesto de la corona[365]
Gastos[366]
|
|
Ducados |
|
Casas Reales |
|
|
Carlos V |
250.000 |
|
Reina Juana |
38.000 |
|
Príncipe Felipe |
32.000 |
|
Princesa María Manuela |
22.000 |
|
Infantas María y Juana |
20.000 |
|
Subtotal |
362.000 |
|
|
|
|
Gobierno |
|
|
Consejos, Corregimientos, Oficiales de la Corte... |
98.000 |
|
|
|
|
Diplomacia |
|
|
Embajadas |
50.000 |
|
Ejército |
508.865 |
|
Marina |
455.500 |
|
Total |
1.474.365 |
Como se ve, la parte del león se la llevaba el gasto militar. Era el tremendo
coste del Imperio, tanto más que ahí no están consignados los gastos
extraordinarios en tiempos de guerra. En los pocos años de paz que vivió la
España imperial carolina, esos gastos ya suponían en torno a las dos terceras
partes del presupuesto.
A estos gastos pronto habrá que añadir otros, y de los más importantes: los
intereses de la deuda creciente del Emperador. Eso ya desnivelaba la balanza,
pues el conjunto de los gastos fijos venía a comerse, como veremos, los
ingresos que también podríamos llamar fijos: en torno al millón y medio de
ducados anuales. Pero cuando el gasto se disparaba era cuando se acometían las
empresas imperiales, de grandes acontecimientos y de ofensivas diplomáticas o
bélicas (estas, por supuesto, las más costosas). No ha de olvidarse que a los
pocos meses de la coronación imperial en Aquisgrán, con que darían comienzo las
grandes conmemoraciones carolinas, se iniciarían las cuatro guerras hispano-francesas,
que se desarrollarían a lo largo de casi un cuarto de siglo; y que cuando al
fin firmó el Emperador en 1544 la paz de Crépy con Francisco I de Francia, que
parecía definitiva, sobrevendría la guerra contra la Liga alemana de
Schmalkalden (1546 y 1547), y que a partir de 1552 de nuevo brotaría la guerra
con Francia (ahora con el nuevo rey Enrique II), que se prolongaría hasta el
final del reinado. Añádanse las empresas contra el Turco: liberación de Viena
en 1532; reconquista de Túnez, en 1535; la Santa Liga de 1538, y la
desafortunada campaña de Argel de 1541. Y todavía habría que recordar otros
gastos extraordinarios: bodas imperiales de 1526, coronación imperial de 1530,
cumbre de Roma de 1536…
Y eso no era nada frente a lo que ocurría cuando se entraba en guerra. He
podido ir anotando en Simancas los diversos sueldos: Un infante de los tercios
viejos tenía de paga 12.000 maravedíes anuales, mientras un jinete casi
cuadruplicaba el gasto: 40.000 maravedíes. De ese modo, un tercio viejo (3.000
soldados) salía por 96.000 ducados por cada campaña. El mismo número de
landsquenets alemanes cobraban 156.000 ducados. Sabemos lo que costó el tren de
artillería llevado por Carlos V en la campaña de Provenza de 1536 (unos 70
cañones de diversos calibres): 155.480 ducados. De esa forma, un ejército en
torno a los 65.000 soldados, como el que acaudilló Carlos V en la campaña del
Danubio de 1546[367], tenía un
costo superior a los tres millones y medio de ducados. Cierto que no todo caía
sobre Castilla. Sabemos que en la campaña de 1554 Flandes pagó un ejército de
18.000 infantes (9.000 valones y 9.000 alemanes), 6.000 jinetes y 22 naves;
pero el resto (12.000 alemanes, 6.000 españoles —o lo que es lo mismo, dos
tercios viejos— y 12.000 jinetes) cargó sobre Castilla. Y ese resto supuso lo
siguiente:
|
Ducados |
|
|
12.000 alemanes |
624.000 |
|
2 tercios viejos |
192.000 |
|
12.000 jinetes |
1.280.000 |
|
Total |
2.096.000 |
Tenemos en cuenta que la media de los ingresos anuales de la Corona de Castilla
(sin las remesas de Indias) oscilaba en torno a los dos millones y medio de
ducados, como más adelante hemos de ver, ya se entiende hasta qué punto esas
remesas de Indias serían recibidas como agua de mayo, y aun así, que nada
bastase y que hubiese que acudir a los arbitrios más dispares y —lo que es
peor— peligrosísimos para el normal desarrollo económico y social de aquel
pueblo: venta de oficios, licencias de trata negrera, ventas de lugares de
Órdenes Militares, préstamos de particulares y —lo que sería más ruinoso—
asientos con banqueros extranjeros, en particular los alemanes Fugger y Welser.
§. Los ingresos
Insistimos en que Carlos V obtiene también ingresos de las otras piezas de sus
vastos dominios, como los Reinos de la Corona de Aragón, como de Nápoles y
Sicilia y como de los Países Bajos. Ahora bien, esas ayudas han de emplearse en
las necesidades de las piezas respectivas —incluidas sus propias defensas—. A
lo más, ayudaban a costear la estancia del Emperador y su Corte.
El único dinero con el que Carlos V puede disponer a su antojo es el que recibe
de la Corona de Castilla. De ahí la importancia que señalemos su cuantía.
No se trata aquí de hacer un estudio pormenorizado de la Hacienda Real
castellana en el siglo XVI, cosa que en esta biografía sobre el Emperador
estaría de más[368], sino
recordar sus partes principales.
Los que podrían llamarse ingresos fijos de la Corona castellana se agrupaban en
estos tres bloques: Rentas ordinarias (alcabalas, tercias, aduanas), servicios
votados por las Cortes de Castilla y rentas de gracia pontificia. Como veremos,
son ingresos que ascienden notoriamente, si los comparamos con los obtenidos
por los Reyes Católicos; y no digamos el logrado con las remesas de oro y plata
de las Indias, que a partir de los años treinta —coincidiendo, claro, con la
conquista del Perú— crecen de forma notable.
Hacienda real de castilla
Ingresos 1554
|
Rentas ordinarias |
1.365.550 |
|
Servicios votados en Cortes |
400.000 |
|
Rentas de gracia pontificia |
|
|
bula de Cruzada |
324.155 |
|
subsidio eclesiástico |
147.000 |
|
rentas de Maestrazgos |
279.113 |
|
Total |
2.515.818 |
Es una cifra bastante más alta que la que consiguieron como media anual los
Reyes Católicos en el último período de la reina Isabel, entre 1495 y 1503. La
cantidad que anota para esas fechas el tesorero de los Reyes, Morales, es en
torno a los 512.000 ducados; bien es cierto que en ellos no incluye ni las
rentas de los Maestrazgos ni los servicios votados en Cortes. En todo caso, y
de forma notable, el presupuesto de los Reyes Católicos apenas si tiene un
déficit de 1.500 ducados anuales[369].
Como hemos dicho, las constantes empresas de Carlos V desnivelaban por completo
la balanza y hacían suspirar continuamente por las remesas de Indias;
verdaderamente generosas, a partir de los años treinta, cuando se inicia la
conquista del Perú, y así lo veremos reflejado en las cartas imperiales, donde
con frecuencia se lee esta súplica: «Si Dios nos remedia con dineros del Perú…»
El clásico estudio de Hamilton nos permite recoger, en números redondos, la
cuantía de esas remesas durante el reinado de Carlos V, tanto para la Corona
como para particulares; y reseñamos ambos, porque con frecuencia la Corona no
resistiría la tentación de apoderarse de todo, resarciendo a los particulares
con juros, que era la deuda regia, especie de los actuales bonos del Estado:
Remesas de indias[370]
(Pesos de 450 maravedíes)
|
Períodos |
Corona |
Particulares |
Total |
|
1516-1520 |
260.000 |
733.000 |
993.000 |
|
1520-1525 |
35.000 |
99.000 |
134.000 |
|
1526-1530 |
272.000 |
766.000 |
1.038.000 |
|
1531-1535 |
432.000 |
1.218.000 |
1.650.000 |
|
1536-1540 |
1.351.000 |
2.588.000 |
3.939.000 |
|
1541-1545 |
758.000 |
4.200.000 |
4.958.000 |
|
1546-1550 |
1.593.000 |
3.916.000 |
5.509.000 |
|
1551-1555 |
3.628.000 |
6.237.000 |
9.865.000 |
Como se ve, el importante incremento de las remesas de Indias se mantiene ya a
partir de los años treinta, coincidiendo con la fabulosa conquista del imperio
incaico; con la única excepción de los años 1541 a 1545, coincidentes
precisamente con las guerras civiles entre pizarristas y almagristas, con el
asesinato de Francisco Pizarro en 1541, y las alteraciones provocadas por las
Leyes Nuevas de Indias de 1542. Es cierto que la rebelión de Gonzalo Pizarro no
se domina por Lagasca hasta abril de 1548, pero la paz recobrada sería
suficiente para el nuevo auge de las remesas indianas, y de tal forma que
decuplicarían las del primer lustro del reinado.
Aun así, ya nada bastaría para remediar los males de la Hacienda de Carlos V.
Carande lo pudo probar. A partir de 1542 todo resulta poco, pasándose así a los
años de incertidumbre, para caer finalmente en los años aflictivos, con que
termina el reinado carolino. La deuda bordea ya en 1554 los 4.500.000 de
ducados, esto es, casi el doble de los ingresos ordinarios.
Se comprende que intentaran esos arbitrios a que antes hemos aludido: ventas de
oficios, préstamos de particulares, ventas de lugares de señorío eclesiástico o
de las Órdenes Militares (con el correspondiente permiso pontificio), ventas de
hidalguías, e incluso concesiones de tratas negreras, como la tanteada en la
crisis de 1552[371]. Y algo de
todo eso irá salpicando nuestro relato.
Fue la ruina de Castilla. Y eso es lo que asombra: a diferencia con la mayoría
de los Imperios, cuyas cabezas se enriquecen despojando a las otras partes,
Castilla fue la gran sacrificada.
Capítulo 3
El aparato institucional
Una primera cuestión a anotar: aquel formidable imperio
carolino, que por primera vez se extendía por Europa y América —y con sus
enclaves en la costa norteafricana—, no tenía ni capital fija, ni un verdadero
cuerpo de Estado que agrupase a todos sus miembros. En realidad, esa carencia
la venía a suplir el Emperador, asumiendo sucesivamente sus funciones de señor
de los Países Bajos, de rey de la Monarquía Católica a caballo entre España e
Italia, de emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico, de dueño de las Indias
occidentales y —desde 1535—, de duque de Milán. Y en esas funciones, solapadas,
respeta lo que encuentra como aparato de Estado en cada una de ellas, con
algunos retoques, como cuando pone a su hermana María de gobernadora de los
Países Bajos.
Una situación que un historiador de nuestros días ha definido con esta
expresiva frase:
El Imperio de Carlos V no existía más que en la persona del
Emperador[372].
Una abigarrada situación a la que Gattinara trató de dar una
solución. Como canciller imperial impulsó las funciones de un Consejo de Estado
donde tuvieran entrada personajes de los Países Bajos, de España y de Italia. Y
resaltando el decisivo papel de la economía, estructuró una tesorería general,
a cuyo tesorero debían informar las diversas piezas de aquel multiforme Estado.
Pero todo eso desapareció a la muerte de Gattinara en 1531. De hecho, Carlos V
no volvió a nombrar canciller del Imperio. Desde 1521 había dejado sus dominios
del norte en manos de sus familiares más allegados: los Países Bajos serían
regentados por su tía Margarita, viuda del duque de Saboya[373], con plena
libertad para los asuntos internos, hasta su muerte en 1531. Y en cuanto al
Imperio, nombraría a su hermano Fernando como su representante, dejándole al
frente de su gobierno, poniendo a su lado al conde Federico del Palatinado. Y
para afianzar su presencia en esa parte de Europa, buscando esa armonía
familiar, le cedió la herencia austriaca. Así, Fernando se convertiría en el
señor de Viena y en el lugarteniente de Carlos V en el Imperio[374].
De ese modo preparaba Carlos su regreso a España.
Ahora bien, España era entonces una compleja Monarquía. En realidad habría que
recordarla más bien con su título, conseguido por los Reyes Católicos:
Monarquía Católica hispana. Tal Monarquía se extendía no solo por la península
ibérica sino también —como es bien sabido— por Italia, con los reinos de
Cerdeña, Nápoles y Sicilia; y, desde 1535, con el ducado de Milán incorporado.
Una Monarquía Católica cuyo núcleo fundamental estaba en Castilla, donde ya los
Reyes Católicos habían puesto su Corte, gobernándola directamente, mientras los
reinos de la Corona de Aragón y las piezas italianas eran gobernadas por
virreyes.
Y esa estructura política, que había funcionado correctamente, sería mantenida
por Carlos V. A partir de su regreso en 1522, Carlos gobernaría directamente
Castilla, al igual que sus antepasados, y castellanizaría la dinastía, al
casarse en Castilla y al mantener en Castilla su hogar. E incluso en sus
ausencias, marcaría ese punto de calidad, dejando a su frente a los miembros
más cercanos de su entorno familiar; en principio, hasta su muerte en 1539, a
su esposa, la emperatriz Isabel, y después sucesivamente a sus hijos Felipe,
María (en 1548) y Juana (1554).
Por lo tanto, en la maquinaria estatal carolina, en particular tras la
anulación de los tanteos estatales más globalizadores intentados por Gattinara,
cobran verdadero relieve las instituciones castellanas, porque Castilla sería
gobernada directamente por Carlos V, y porque en ella encontraría el apoyo
principal a sus planes imperiales.
Por eso la estructura política castellana es la que hay que tener en cuenta
preferentemente. Ahora bien, ese Estado castellano era el que habían organizado
los Reyes Católicos, y Carlos V partirá de esa base, sobre la que introducirá
cambios importantes, en relación con el vuelo que tomaba el Imperio.
La base del Estado de Isabel y Fernando, su pieza institucional clave, la
constituía el Consejo Real de Castilla, con amplísimas atribuciones, no solo
para el gobierno interno de aquella Corona, sino también para dirigir todo lo
relacionado con las Indias occidentales, e incluso para las cuestiones de la
política exterior, pues podía entender, como se indicaría en su reorganización
de 1480,
… sobre muchas cosas, pero señaladamente sobre fechos grandes de
tratos e de embaxadores e de otros negocios grandes…[375]
De ese Consejo Real se desglosarían precisamente bajo Carlos
otra serie de Consejos, que darían ya su perfil al Estado carolino, y no solo
en relación con España. Los cinco principales serían, el propio Real de
Castilla y los de Hacienda, Indias, Inquisición y Estado. A ellos había que
añadir los vinculados a las otras piezas de la Monarquía: Consejo de Aragón, de
Navarra, de Italia y de Flandes.
§. El Consejo Real[376]
El Consejo Real de Castilla, que en gran número de documentos aparece con el
mero título de Consejo Real —marcando así su preeminencia sobre casi todos los
demás—, tenía sus precedentes bajomedievos. Había sido fundado por Juan I de
Castilla a fines del siglo XIV, tras la desastrosa invasión de Portugal que
había dado como resultado la dura derrota de Aljubarrota (1385). A poco, las
Cortes castellanas de ese mismo año impusieron al rey Juan I la constitución de
esa alta Junta que le asesorase en el gobierno del Reino. Inicialmente estaba
compuesto por doce consejeros, sacados paritariamente de la alta nobleza, alto
clero y representantes de las ciudades con voz y voto en Corte. A lo largo del
siglo XV sería el punto de mira de la alta nobleza, que conseguiría su control,
en 1442, y en pugna con Juan II.
Una situación que no iban a consentir los Reyes Católicos, después de su
afianzamiento en el trono, tras vencer a los partidarios de la princesa Juana,
la que las historias suelen denominar como Juana la Beltraneja. Y así, en las
Cortes de 1480 proceden a su reorganización, dando la primacía a los letrados,
en número de ocho a nueve, con una pequeña participación de caballeros (entre
dos y tres) y bajo la presidencia de un prelado. Se organizaba así un cuerpo
técnico de gobierno, con amplísimas atribuciones tanto de justicia como de
política interior y exterior, y bajo el pleno control de la Corona.
Carlos V limitaría sus atribuciones, al crear otra serie de Consejos (Hacienda,
Indias, Estado), ciñéndolo prácticamente al gobierno de Castilla. Eso sí, dada
la primacía de la Corona castellana dentro de su Imperio, el Consejo Real
seguiría siendo uno de los más importantes de aquel complejo Estado.
Yo llevé a cabo una investigación directa en Simancas, para comprobar cómo
funcionaba dicho Consejo cuando era su presidente Fernando de Valdés, el que
luego sería Inquisidor General de tan rígido proceder, en los comienzos del
reinado de Felipe II[377]. Fue una
investigación centrada en tres años: de 1540 a 1542. Su interés es que se puede
ver cuál era el funcionamiento del Consejo en tiempo de paz, y cómo lo hacía en
tiempo de guerra; pues 1540 es uno de los pocos años en que Carlos V está en
paz con Francia, mientras que en 1542 se encienden de nuevo las sempiternas
guerras entre el Emperador y el rey Francisco I de Francia. En las cartas
cruzadas entre Valdés y el César en esa primera fase presidida por la paz, las
mayores referencias son a la administración de la Justicia, no porque cupiera
al Consejo Real dictar sentencia en apelación de las que hicieren las
Chancillerías de Valladolid y Granada y la Audiencia de Sevilla, sino porque
podía recabar aquellos casos que por su transcendencia o por la importancia de
los personajes implicados, le pareciese conveniente. Lo que sí tenía el Consejo
Real era el derecho de supervisar la tarea de esas Chancillerías y Audiencias,
por medio de las tradicionales visitas, como también controlaba del mismo modo
a los corregidores, que impartían Justicia en un segundo escalón. Y dado que el
primero lo hacían los alcaldes de los lugares (junto con los corregidores en
los burgos cabezas de su Corregimiento), ya tenemos esas diversas fases, a
cargo sucesivamente de los alcaldes rurales, los corregidores y los magistrados
de las Audiencias y Chancillerías; con la aclaración que si la Audiencia de
Sevilla tenía jurisdicción propia sobre la Andalucía occidental, estándole
subordinada la Audiencia de Canarias, en el norte existía otra Audiencia en
Galicia (primero asentada en Santiago, con los Reyes Católicos, pero después
afincada en La Coruña), de cuyas sentencias se podía apelar a la Chancillería
de Valladolid, que extendía su jurisdicción por toda la Corona de Castilla, al
norte del Tajo.
De la relevancia del Consejo Real, pese a que bajo Carlos V le sean desgajadas
las funciones de política exterior (Consejo de Estado), economía (Consejo de
Hacienda) e Indias (Consejo de Indias), da idea el que a su dictamen acudan
otros Consejos de la Corona, en caso de conflicto; por supuesto, lo hacía
habitualmente el Consejo de Órdenes[378], como
filial suyo, pero también los Consejos en teoría independientes, como los ya
citados de Indias y Hacienda[379]. Y
actuando como una especie de Ministerio de Cultura, realizaba visitas de
inspección sobre las dos principales Universidades del Reino, Salamanca y
Valladolid[380].
Esa era la competencia del Consejo Real en tiempos de paz, además de su control
sobre las Chancillerías y Audiencias castellanas, y sus juicios de residencia
sobre los corregidores, que año tras año eran normalmente relevados en sus
cargos. Aunque era un órgano consultivo y en teoría la última decisión quedaba
en manos del Rey, lo usual era que Carlos V (o quien tuviese su delegación en
sus ausencias, como sería el caso de la emperatriz Isabel en la década entre
1529 y 1539) siguiese los acuerdos tomados por mayoría en el seno del Consejo,
que dejaba los asuntos más graves para los viernes, cuyas sesiones solía
presidirlas el propio Emperador.
Un comportamiento regio que conocemos por el propio Carlos V, que en sus
Instrucciones a su esposa la emperatriz Isabel, cuando la deja como su alter
egoen 1528, se puede leer:
… que en los negocios que los dichos Presidente e los
del Consejo consultaren a V. M., V. A. se conforme con el parecer dellos y
aquél siga e tenga por bueno y les diga que se haga como les paresce…
No era una nueva fórmula para cubrir el expediente. El Emperador
sabía que en los asuntos más delicados, en particular si afectaban a personajes
de la Corte, la Emperatriz iba a ser fuertemente presionada. De forma que
insiste con ella para que tomara las decisiones de acuerdo con el dictamen del
Consejo.
Y así le añade:
Y desea S. M. que por su amor esto haga V. M. cumplidamente,
especialmente en los negocios tocantes a Justicia, aunque toquen a personas a
quien V. A. desee hacer merced, y aunque sobrellos le hayan hablado e suplicado
otras personas y dado parecer, demás del que el Consejo le dixese e diere[381].
Naturalmente, para conseguirlo lo primero era evitar la
presencia de los Grandes en el Consejo, norma ya de los Reyes Católicos en la
reorganización ultimada en las Cortes de Toledo de 1480, superando así la
crisis sufrida a mediados de aquel siglo bajo Juan II. Y Carlos V la seguiría
escrupulosamente. Nadie debía intervenir en las sesiones del Consejo, que no
fuera consejero, y así se lo advierte a la Emperatriz, en las citadas
instrucciones de 1528:
Que V. M. esté en las consultas generales que los del Consejo
tendrán con V. A. los viernes de cada semana, según ha estado en las dos
consultas pasadas…
Y le añade ya la advertencia:
… no dando lugar a que en la dicha consulta estén con V.
M. otras personas sino las del dicho Consejo[382].
Y está claro a qué otras personas trataba el Emperador de
prohibir el acceso al Consejo. De todas formas, en 1543, cuando se trata de
advertir a su hijo Felipe, entonces tan joven, se lo dirá expresamente:
¡cuidado con las ambiciones del duque de Alba! Y le precisa:
El duque de Alba quisiera entrar con ellos[383], y creo no
fuera de bando sino del que le conviniera. Y por ser cosa del gobierno del
Reino, donde no es bien que entren Grandes, no lo quise admitir, de que no
quedó poco agraviado…
Y como la advertencia era tan importante, aun le insiste:
De ponerle a él ni a otros Grandes muy adentro en la gobernación[384]os habéis
de guardar, porque por todas vías que él y ellos pudieren os ganarán la
voluntad, que después os costará caro. Y aunque sea por vía de mujeres creo que
no lo dexará de tentar, de lo cual os ruego guardaros mucho…[385]
cuando doña Juana de Austria vulnera la orden, en su mandato de
1554, al sustituir a Felipe II que había partido a Inglaterra para desposar con
María Tudor, al punto se produce la fulminante reacción del mismo Consejo, que
obliga a doña Juana a rectificar su conducta. Doña Juana se había presentado en
el Consejo Real con don García de Toledo, quien desatendió las indicaciones del
presidente del Consejo para que se saliese, cosa que los consejeros tomaron muy
a mal, estando determinados
… a no tener más consultas con S. A. si no lo remediaba…[386]
La réplica de Felipe II no se hizo esperar:
No sé qué causa pudo mover a mi hermana para permitir que don
García de Toledo quedase a hallarse presente a la consulta de Justicia…[387]
Esperaba que no lo volvería a intentar. En caso contrario, la
postura del Príncipe era clara, recordando la advertencia paterna:
Pero si no se hubiese hecho[388] decirleéis
de mi parte que en ninguna manera conviene que aquello pase adelante, por ser
cosa nueva…[389]
Como hemos visto por la carta de Felipe II, el Consejo Real era
básicamente el que entendía en cosas de Justicia, aunque también podía debatir
otras cuestiones tocantes al gobierno del Reino. Ahora bien, en tiempos de
guerra —situación que era la más frecuente bajo Carlos V—, también el Consejo
Real debía intervenir, organizando las levas de soldados, moviendo a Grandes y
Prelados para que acudiesen con sus mesnadas, al uso medieval, e ideando los
diversos arbitrios para allegar dinero con que poder auxiliar al Emperador.
Así, cuando Carlos V teme en 1542 una gran ofensiva francesa contra España,
ordena al Consejo Real para que se alerten todas las guarniciones que defendían
la frontera pirenaica, desde Fuenterrabía (hoy Ondarrubia) hasta Perpiñán
(entonces española), pasando por Pamplona; de forma que las fortalezas vascas,
navarras y catalanas debían ser puestas a punto para repeler cualquier ataque,
y de eso debía preocuparse el Consejo Real. Las cartas de su Presidente,
entonces Fernando de Valdés, de aquel verano de 1542 están llenas de
referencias sobre los preparativos para la guerra que se echaba encima,
destacando las dificultades: la escasez de caballos para el Ejército y la
penuria de dinero.
Por otra parte, y acaso eso resulte más significativo, Castilla respondió
entonces mal al esfuerzo pedido por Carlos V, como en su momento veremos con
más detalle; aquí solo apuntaremos a que el país estaba deseando la paz,
ansioso de acabar de una vez con las guerras de Francia[390].
Si vemos al Consejo Real desplegar su actividad para movilizar Castilla,
también lo vemos acudiendo a los mayores arbitrios para allegar dinero, y en
especial a los préstamos de particulares: miembros de la alta nobleza y del
alto clero y también de instituciones tan poderosas como la Mesta, cuando no de
las propias Universidades[391].
En otras palabras, y aunque ya funcionaba el Consejo de Guerra, como un filial
del Consejo de Estado, lo cierto es que el Emperador, si descansaba en tiempo
de paz en el Consejo Real para el buen gobierno de Castilla (con el sentido que
tenía entonces la Monarquía que gobernar era sobre todo impartir justicia),
cuando se encendía la guerra también confiaba en él para poner a punto la
máquina de guerra castellana.
Eso era lo que hacía del presidente del Consejo Real el primer magistrado de la
Monarquía; si bien, como hemos de ver, y por la fuerte impronta confesional de
aquel Estado (su nombre es aquí bien significativo: la Monarquía Católica), en
otros planos se veía superado por el Inquisidor General.
En resumen, se puede afirmar que el Consejo Real sería el primero y el punto de
arranque del notable sistema polisinodial que ayudará al Emperador a gobernar
la Monarquía Católica. Ya sus abuelos Fernando e Isabel habían creado un
segundo Consejo, en 1493, el de Aragón, vinculado al gobierno de la Corona aragonesa;
pero no al mismo nivel del de Castilla, pues mientras el Consejo Real gobernaba
directamente sobre ese ámbito castellano, los reinos de la Corona de Aragón lo
eran por sus Virreyes y las instituciones regnícolas; de forma que el nuevo
Consejo, falto de un poder efectivo sobre aquel territorio, veía reducidas sus
funciones al asesoramiento al Rey en sus relaciones con la Corona de Aragón, y
muy en particular cuando saltaba a la Corte cualquier conflicto entre el Virrey
y las instituciones locales.
Ya hemos visto la amplitud de las funciones del Consejo Real, signo de su
importancia, que se veían incrementadas en tiempos de guerra; lo cual hay que
tenerlo en cuenta, porque esa sería la situación más generalizada, durante el
reinado de Carlos V. Por supuesto, lo que constituía su esencia era todo lo
tocante a la Justicia, y de ahí que también se le conociese por ese nombre.
Pero era mucho más. De hecho, y con las limitaciones que tenía la maquinaria
estatal en aquel siglo, se le podría considerar como una especie de Ministerio
de Fomento, dada su preocupación por cuestiones relativas con el comercio, la
industria o la repoblación forestal. Su vinculación con la Mesta —y, por tanto,
con la importantísima ganadería trashumante de oveja merina castellana— era
tal, que el más antiguo consejero asumía la dirección de la Mesta, con el cargo
supremo de Alcalde Entregador Mayor. Sus atribuciones eran ejecutivas (por
delegación del Rey), judiciales y legislativas. En cuanto a ejecutivas, sus
cartas debían ser obedecidas por todo el Reino, incluidos los Grandes y
Prelados,
tan cumplidamente como si fueran firmadas de nuestros nombres como
estipularían los Reyes Católicos en las Cortes de 1480. De las funciones
judiciales, como las más propias del Consejo, ya hemos indicado lo fundamental.
Y en cuanto a las legislativas, no solo entendía en la promulgación de nuevas
leyes sino también de interpretar las viejas, en aquellos puntos dudosos,
aparte de que entendía en las peticiones de las Cortes al Rey, que era una
importante fuente legislativa indirecta, en cuanto que podía dar lugar a que la
Corona legislase en respuesta a las Cortes.
Punto importante es el de la composición social de los consejeros. Su número,
bajo Carlos V estaba en torno a los doce, presididos casi siempre por un
prelado. Y todos letrados, procedentes de las principales Universidades, y
dentro de ellas, de los Colegios Mayores. Su vinculación a la alta nobleza
estaba en relación a los muchos segundones de los altos linajes que buscaban su
ascenso social por esta vía, o bien, para los que triunfaban, porque
frecuentemente acababan enlazando con los mismos Grandes; ese sería el caso del
poderoso Francisco de los Cobos, que se casaría con una Pimentel, hija de los
condes de Ribadavia. Por lo tanto, aunque Carlos V esquivó en lo posible el
asedio de la alta nobleza, para guardar la independencia del Consejo Real
frente a las demás fuerzas sociales, como un instrumento de gobierno muy suyo,
parece claro que no lo consiguió enteramente. En definitiva, los consejeros
sintieron la seducción de la alta nobleza, tratando de copiar para sus hijos su
tenor de vida. Eran «hechuras» del Emperador, pero la alta nobleza cortesana
estableció pronto puentes provechosos para sus intereses. De forma que si la
Corona encontró en el Consejo Real su instrumento para el gobierno de Castilla,
todo hace pensar que la alta nobleza se resignó a ser desplazada de su seno,
buscando otras vías para no verse muy perjudicada por sus decisiones[392].
Pero aun con esas injerencias de la alta nobleza, el Consejo Real fue, en su
conjunto, un eficaz instrumento de gobierno de Carlos V, para el debido control
de la Corona de Castilla; eso sí, desgajando de su tronco aquellas funciones
que encomendaría a nuevos Consejos, de los cuales el más importante sería el
Consejo de Estado, como vinculado a la política exterior.
En cambio, el que mantendría sus características propias sería el de la
Inquisición, por lo tanto otra creación de los Reyes Católicos, que pasó por
algunos problemas al principio del reinado carolino, pero que finalmente
prevaleció con todo su poder.
§. La Inquisición
En una monarquía confesional, como la Católica hispana, la Inquisición ideada
por los Reyes Católicos tenía que seguir siendo un instrumento del máximo
valor, por su poderoso control ideológico de aquella sociedad, en especial
cuando la escisión religiosa de la Cristiandad abarcaba a las guerras
religiosas, que acaban produciéndose a finales del reinado de Carlos V.
Estamos, sin duda, ante una de las páginas más tenebrosas de la historia del
Quinientos español que debemos analizar para aclarar cuáles fueron las
circunstancias que pudieron dar lugar a ese retroceso en la historia de la
espiritualidad hispana.
No tratamos aquí de sus comienzos bajo los Reyes Católicos; eso nos apartaría
excesivamente de nuestro intento de presentar a Carlos V en su tiempo. Tan solo
recordaremos lo que hemos ya señalado con alguna extensión en otros trabajos
nuestros: que existió una estrecha relación entre la guerra de Granada, con su
signo religioso de cruzada contra el último reducto musulmán de España, y el
afán de los Reyes de unificar religiosamente sus súbditos, con su pugna con los
judíos, origen de la nueva Inquisición. Y lo que sería más decisivo: que en el
mismo año de 1492, iniciado con la toma de Granada, se procediera a la
expulsión de los judíos y pareciera coronarse con el descubrimiento de las
Indias, con sus fabulosas riquezas. Tal coincidencia dio lugar a que ya se
viera por todos, grandes y menudos, poderosos y desheredados, Corona y
súbditos, como la prueba de que se había actuado correctamente, que aquellas
operaciones religiosas habían sido bien vistas por la Divinidad y de ahí que
hubiera llegado la justa recompensa. Una imagen impresa con tal fuerza que
perduraría ya a lo largo de todo el Quinientos, hasta el punto que en las
Cortes de Madrid de 1592, discutiéndose la situación internacional, agravada
con la guerra otra vez contra la Francia de Enrique IV, un procurador —don Ginés
de Rocamora—, defendería briosamente que se continuaran las guerras de
religión,
la causa de Dios como habían hecho los Reyes Católicos, para que
toda Europa acabase siendo católica, con la seguridad de que Dios abriría su
mano y regalaría a la empobrecida España nuevas Indias y mayores tesoros[393].
Ahora bien, esa situación pareció que iba a cambiar con la llegada de Carlos V
a España en 1517. Sin duda, algunos de los ministros flamencos del Emperador,
educados en la línea erasmista, tan propia de la Corte de Bruselas, eran
contrarios a un régimen inquisitorial. Y durante un período bastante largo,
pareció que la Inquisición estaba adormecida. Hasta que la guerra contra la
liga protestante de Schmalkalden y los supuestos brotes luteranos en Castilla
de mediados de siglo reanimaron el fanatismo religioso, dando otra vez a la
Inquisición su terrible poder.
De todas formas también aquí el personaje concreto jugaría su papel. Más cuando
asume un cargo como el de Inquisidor General. Con Alonso Manrique (1523-1538),
la corriente erasmista no será perseguida; todo lo contrario. Su sucesor, el
cardenal Tavera (1539-1545), se mostrará como un gran hombre de Estado. Sabemos
que García de Loaysa tenía el proyecto de reducir la Inquisición a sus límites
medievales. Es dudoso que tal aspiración fuera factible; pero su corto paso por
la Suprema lo anularía. Por contra, bajo el arzobispo Fernando de Valdés
(1546-1566), la situación irá endureciéndose paulatina, pero inexorablemente.
En todo caso, una institución poderosísima, de la que interesa ver sus
vicisitudes bajo Carlos V.
Y la primera consideración a tener en cuenta es que el Consejo de la
Inquisición recupera aquel carácter de tipo nacional, que había perdido en 1507
bajo Fernando el Católico; de forma que el nuevo Inquisidor General nombrado
por Carlos V en 1517, a la muerte del cardenal Cisneros, Adriano de Utrecht, lo
sería para las dos coronas de Castilla y Aragón. Eso hacía de la Inquisición el
único organismo con jurisdicción sobre toda España con el que contaba el Rey,
doblando así en lo religioso sus funciones, lo que correspondía bien con su
título: Consejo de la Suprema y General Inquisición.
Hay que subrayar también que dicho Consejo, en el cual la figura del Inquisidor
General tiene una relevancia decisiva, muy por encima de la que tenía el
presidente del Consejo Real respecto al resto de los consejeros[394], pronto
recibe todo el apoyo de Carlos V, que no tarda en comprender la importancia
política que podía tener, dado el carácter confesional de su Monarquía,
rechazando así desde los principios de su reinado los intentos del papa León X
por disminuir su poder, reduciéndolo a los términos de un tribunal eclesiástico
ordinario. Para ello, enviaría a Roma un embajador extraordinario, Lope Hurtado
de Mendoza, el 24 de septiembre de 1519[395].
Para entonces, ya Carlos V era Emperador electo, y su poder de convicción se
había incrementado lo suficiente para conseguir que Roma mantuviera en sus
anteriores términos a la Inquisición española. Y su decisión de asumir lo que
suponía el Tribunal fundado por los Reyes Católicos lo declararía en términos
tan precisos y contundentes que no dejarían lugar a duda alguna:
Nos tenemos acordado por cosa deste mundo —tal escribía a su
embajador ordinario en Roma don Luis Carroz en aquel mismo año de 1519— no
consentir ni dar lugar a que el Santo Oficio de la Inquisición reciba quiebra
ni disminución alguna…[396]
¿Y qué razones tenía para ello el joven Emperador? Los consejos
dados por Fernando el Católico en su Testamento, razonando que por ello había
recibido la ayuda divina en todas sus victorias (¡otra vez la tesis del
providencialismo más cerrado!). No deja también Carlos V de aludir al carácter
confesional de su corona:
… el nombre y título que traemos de católico nos obliga
más a ello…
Pero, sobre todo, deja deslizar un juicio que nos revela que
había sido un tema sobre el que había meditado últimamente, no ya solo bajo el
punto de vista religioso:
… vemos cada día por la experiencia ser necesario…
El mantenimiento del Tribunal de la Inquisición, se entiende; y
ahora hablando el hombre de Estado.
Esto nos lleva a precisar el grado de control que la Corona tenía sobre la
Inquisición, lo cual nos invita a entrar en el debate sobre si estamos ante un
organismo político o religioso, y a pronunciarnos sobre quién tenía la última
palabra, si el Rey o el Papa. Un debate pronto resuelto, pues los documentos no
dejan lugar a dudas. Aunque el nombramiento formal del Inquisidor General
correspondiera a Roma, de hecho era fruto de la voluntad del Emperador. Y eso
se tenía tan por seguro, que cuando falleció en 1545 el cardenal Tavera,
entonces Inquisidor General, el príncipe Felipe instaría vivamente a su padre,
no a que promoviera, sino a que designara el nuevo Inquisidor, para cubrir
aquella vacante:
… V. M. lo debe mandar mirar mucho y proveerlo en
persona que tenga las cualidades que se requieren…
De modo que cuando el Emperador se decide por Fernando de
Valdés, entonces arzobispo de Sevilla y presidente del Consejo Real, se lo
comunica directamente en estos términos:
Os habemos proveído del cargo de Inquisidor General…[397]
Cierto que faltaba todavía el Breve del Papa confirmando aquel
nombramiento, pero eso era tenido como un mero requisito formulario. De modo
que puede afirmarse que el Inquisidor General era una hechura del Rey, como el
Tribunal era un instrumento de la Corona, con alcances mayores que los
religiosos, aunque estos fueran por supuesto los fundamentales. Y en cuanto al
papel del Inquisidor General, que ya hemos destacado, baste decir que la
Suprema solía tomar sus acuerdos, no por votación, sino por decisión del
Inquisidor General. Añadamos que se procuraba que alguno de los consejeros
perteneciera también al Consejo Real, sin duda para evitar conflictos de
competencias, dados los estrechos vínculos entre Gobierno y Religión dimanados
de aquella Monarquía confesional, y así en 1548 lo indicaba de esta forma el
Emperador:
… por lo que importa que en la Inquisición se hallen
algunos del Consejo Real, por los negocios que ocurren cada día que tocan a la
gobernación del Reino…, que se harán y enderezarán en más conformidad de todos…[398]
De ese modo se comprende que el Inquisidor General se
convirtiese en el personaje más importante de la Monarquía, tras el Rey, por
delante del mismo presidente del Consejo Real. De hecho, si este solía ser un
Obispo, el Inquisidor General era frecuentemente Cardenal (así lo fueron tanto
Adriano de Utrecht como García de Loaysa Tavera) o por lo menos, Arzobispo. Y
lo que es ya un dato decisivo: se pasaba de presidente del Consejo Real a
Inquisidor General, como un paso más en el cursus honorum. Tal
ocurrió con los ya citados Tavera (presidente del Consejo Real hasta 1539, en
que es designado Inquisidor General) y Valdés (que pasa de un Tribunal al otro
en 1546).
De ese modo podemos concluir que estamos ante un poderosísimo órgano de
gobierno, y no solo de ámbito religioso, con jurisdicción sobre toda España e
incluso sobre los reinos de Sicilia y Cerdeña, y de todo punto bajo el control
de la Corona. No era un instrumento al servicio de la clase dirigente,
entendiendo por tal a la alta nobleza, como se ha dicho alguna vez con harta
ligereza. Al contrario, la alta nobleza tendría aquí un freno terrible, en
mayor grado que lo pudiera ser el Consejo Real.
Ahora bien, si la Corona utilizó a la Inquisición para sus fines, hay que
señalar que a su vez eso fue posible porque se impregnó de su ideología. En
suma, porque asumió cada vez más aquella nota confesional, propia de su título
de Monarquía Católica. Eso no se percibió de inmediato, dado que el primer
objetivo marcado a la Inquisición (la vigilancia de los conversos que tendían a
judaizar) fue borrándose a lo largo del siglo; pero sí cuando apareció el nuevo
peligro suscitado por los movimientos disidentes religiosos iniciados por
Lutero y seguidos por tantos otros heresiarcas, entre los que destacaría sobre
todo Calvino. De modo que conforme se metiera la Monarquía en las guerras
religiosas, tan propias de la Europa del siglo XVI, más y más se haría patente
la importancia de la nueva Inquisición española, y más y más la Corona la
pondría bajo su protección, haciendo que se respetaran sus privilegios, en
atención a los servicios que le prestaba. Y eso incluso cuando se producían
conflictos con otras altas instituciones, políticas o religiosas. La
documentación de Simancas está llena de pruebas en ese sentido, algunas de
ellas publicadas en el Corpus documental de Carlos V: de cómo la
Corona advertía severamente, tanto a Virreyes como a prelados, que dejaran de
interferir en aquellos asuntos puestos en manos de la Inquisición[399]; y a los
inquisidores y familiares de la Inquisición se les protegía de tal forma, que
incluso en caso de delitos tan graves como las muertes violentas, eran eximidos
de ser juzgados por la justicia ordinaria. Y así, en 1553 Felipe II ordenaría a
la Chancillería de Valladolid que dejase de actuar contra un familiar del
Tribunal inquisitorial de Calahorra, acusado de haber matado de una cuchillada
a un soldado, y que se abstuviese de convocar a los inquisidores
calagurritanos,
… porque…, si así pasó, se ha hecho mucho agravio y molestia a los dichos
inquisidores y desacato al Santo Oficio de la Inquisición, sin tener vosotros
comisión ni facultad… De otra manera, pudiera parecer que así lo
consentía la Corona. Todo lo contrario:
… no es justo que se piense que ha procedido de la
voluntad de S. M. ni mía, que siempre habemos honrado y favorecido al Santo
Oficio de la Inquisición e miembros dél, de lo que se sigue tanto servicio de
Dios Nuestro Señor y bien de nuestra religión cathólica…[400]
No cabe duda: aquel instrumento ideológico de la Corona se sabía
cobrar su precio.
Ahora bien, y es preciso repetirlo, estamos ante una neta institución regia,
propia de aquella Monarquía confesional.
§. El Consejo de Estado
Con el Consejo de Estado nos encontramos con la institución más vinculada al
Emperador. Tanto el Consejo Real como la Inquisición eran organismos
importantísimos, pero que venían de atrás, como un legado político de los Reyes
Católicos; la nueva Inquisición, como creación, el Consejo Real, por su
reorganización de 1480. Pero el Consejo de Estado es obra del Emperador, y
responde a su imperiosa necesidad de tener a su lado, dada su trepidante
política exterior, un cuerpo consultivo al que poder acudir en cualquier
momento. Por ello, hablar de este Consejo es como hacerlo de Carlos V, y una de
las mejores maneras de profundizar en su personalidad.
No sabemos cuándo empieza a funcionar el Consejo de Estado. Sin duda, esa sería
una de las reformas previstas por el Emperador a su regreso a España en 1522,
tomando como modelo el Consejo privado que tenía en los Países Bajos. En todo
caso, en la grave crisis europea provocada por la ofensiva de Solimán el
Magnífico contra el reino de Hungría, ya lo vemos asistiendo a Carlos V, y de
ello habrá ocasión de tratar.
Su competencia básica, aunque no la única, era la política exterior, todos los
asuntos relacionados con la paz y la guerra; y, por lo tanto, también el
movimiento de las Embajadas, con la provisión de los puestos de Embajadores que
fueran vacando. Pero también solía ser consultado el Consejo de Estado para
cubrir las vacantes de Virreinatos y Gobernaciones, en especial en las piezas
italianas.
Si esas eran sus funciones principales, también tenían todas las otras propias
de un Consejo privado: así, los matrimonios de los miembros de la familia real
(sería famosa la consulta del Emperador en 1544 sobre la posible boda de la
infanta María con un príncipe de Francia y la dote que había de recibir). De
igual modo, y en general, todo aquello de importancia que pudiera afectar a la
familia real, como podía ser su cambio de residencia, en caso de que la peste
(la terrible pesadilla de aquella sociedad) amenazase el lugar donde se hallaba
la Corte. Esa sería una advertencia del Emperador al cardenal Tavera, cuando le
deja en 1539 como gobernador de Castilla:
Y en cualquier caso que se ofresca, subcediendo alguna
pestilencia, por donde convenga mudarlas[401] o
hacer otra cosa, proveeréis, con parescer de los del Consejo de Estado, todo lo
que conviniere…[402]
Asimismo, es consultado el Consejo de Estado en los momentos
aflictivos de la Hacienda Real (que eran tantos), para que diese su parecer, en
especial cuando se trataba del delicado arbitrio de pedir préstamos a
particulares; suponiéndose, desde luego, que los consejeros de Estado serían
los primeros a contribuir con su esfuerzo, aunque los resultados no siempre
fuesen los deseados por el Emperador, como ocurrió en 1543, cuando se debatió
en su seno los préstamos a conseguir en aquella urgente necesidad:
Hablando en el Consejo de Estado —es el secretario Cobos quien
informa a Carlos V—, el cardenal de Toledo ofreció que prestaría lo que
pudiere…
Pero añade:
Los otros [consejeros] dicen que no tienen posibilidad…[403]
A la inversa, el Consejo de Estado se atrevería a pedir al
Emperador que fuese más parco en los gastos de su casa, con la disculpa de que
así serviría de ejemplo para todos:
… V. A. debe tener por bien de ordenar los gastos de su
casa e Corte e mesas e vestidos della, porque a exemplo desto se ordenará todo
el Reino…
Tal diría el Consejo a Carlos V en la crisis de 1526[404]. Por lo
tanto, actuando en este caso como un Consejo privado. Ahora bien, y sobre eso
no es preciso insistir, su función principal era todo lo relacionado con la
política exterior.
De ahí la composición del Consejo. Sus miembros, que rondaban la decena,
procedían casi todos de aquella alta nobleza cortesana con experiencia en la
diplomacia y en la guerra, como antiguos embajadores, virreyes o grandes
soldados. Embajador en Francia, antes de pasar al Consejo de Estado, había sido
Nicolás Perrenot de Granvela. Entre los príncipes de la milicia bastaría
recordar al III duque de Alba. Pero también podían proceder del alto clero,
como el cardenal Tavera, o de la propia Casa Real, como don Juan de Zúñiga, ayo
del príncipe Felipe. Más raro era que subieran de la propia administración,
siendo el caso del secretario Francisco de los Cobos verdaderamente
excepcional.
Una nota a señalar, como muy propia de Carlos V: el cosmopolitismo del Consejo
de Estado, donde si el núcleo fundamental lo da Castilla, también encontramos
italianos (como el piamontés Mercurino de Gattinara), y borgoñones (como los
dos Granvelas, Nicolás y Antonio). Por supuesto, para la alta nobleza era
conseguir el máximo prestigio, la cumbre de su cursus honorum. Pero
dentro del Consejo todos tenían el mismo rango, solo alterado por la propia
personalidad de cada uno. Esto es, nos encontramos ante el único Consejo que no
tiene Presidente, porque actúa como tal el propio Emperador. Y lo que es
evidente: los personajes que en este campo tienen más predicamento y los que
ejercen mayor influencia sobre su ánimo, desde la muerte de Chièvres (ocurrida
en 1521), son Mercurino Gattinara (muerto en 1530), Nicolás Perrenot de
Granvela (m. en 1550) y, en los últimos años de su reinado, Antonio Perrenot de
Granvela, hijo del anterior, más conocido como el cardenal Granvela. Añadiendo
que en este período la figura del secretario del Consejo no alcanza la
importancia que tendría después con Felipe II (como cristalizaría en el caso
del famoso Antonio Pérez), porque el Emperador prefirió siempre las reuniones
directas con el Consejo, con cierta regularidad (aparte de aquellas sesiones
extraordinarias a que obligaran las circunstancias), convocándolo en el palacio
de su asentamiento. Así se lo advierte a su yerno Maximiliano y a su hija María
cuando los deja en 1548 como gobernadores del Reino, sin duda como reflejo de
lo que él mismo acostumbraba[405].
Es importante también señalar la conexión con el Consejo Real y con la
Inquisición, pues se aprecia la tendencia a que el Inquisidor General fuera
designado consejero del Consejo de Estado. Es lo que ocurre en 1543 con el
cardenal Tavera, y lo mismo se aprecia en 1548, con Fernando de Valdés. Y algo
similar ocurre con el presidente del Consejo Real. De ese modo, incorporaba el
Emperador a las dos personalidades más destacadas del alto clero y más
vinculadas a la Corona, pues bajo su reinado se mantiene la norma de que el
presidente del Consejo Real sea un prelado. Ahora bien, y eso es significativo,
no ocurre a la inversa: los miembros de la alta nobleza que eran consejeros de
Estado no tendrían por ello acceso, no digamos a las deliberaciones de la Inquisición
—lo que sería impensable—, pero tampoco a las del Consejo Real, de forma que
cuando lo intentó don García de Toledo[406] bajo
la gobernación de doña Juana de Austria, en 1554, se encontró con la inmediata
réplica del Consejo Real, teniendo que desistir de su propósito, como ya hemos
señalado anteriormente.
En todo caso, así como en el Consejo Real la nota la daban los letrados, bajo
la presidencia generalmente de un prelado, en el Consejo de Estado la mayoría
estaba integrada por miembros de la alta nobleza, a la que se unían los dos
personajes más relevantes de la Monarquía: el Inquisidor General y el
presidente del Consejo Real.
No podía ser de otro modo, dado el carácter tan personal del Consejo, en el que
se debatían, junto con las cuestiones de política exterior, aquellas otras que
afectaban más directamente al Emperador, incluidas las que podían plantear
cuestiones de conciencia. Ahora bien, y es preciso insistir en ello, lo que
Carlos V desea tener a punto, desde que regresa a España en 1522, es el
instrumento que le ayude en los arduos y continuos problemas de la política
exterior, que él quiere llevar muy de su mano. Con frecuencia actuará por su
propio impulso, como hemos de ver, sobre todo en las numerosas entrevistas en
la cumbre; pero quiere contar con la institución que le aconseje en los
momentos más graves, como ocurriría cuando llega a Castilla la noticia de la
ofensiva turca sobre Hungría, con la pérdida de aquel reino y con la muerte de
su rey, Luis II, que además era cuñado del Emperador.
¡Y se temía que la próxima en recibir la visita del Turco iba a ser,
inevitablemente, la propia Austria, la cuna de sus antepasados!
Algo de tanta gravedad que toda ayuda parecía poca, y los consejos de los más
experimentados verdaderamente imprescindibles.
A partir de entonces empezaría a funcionar el Consejo de Estado.
§. El resto del sistema polisinodial
Los demás Consejos tienen ya un valor mucho más secundario, en el gobierno de
aquella Monarquía, siendo casi todos filiales de los ya destacados; así el
Consejo de Guerra respecto al Consejo de Estado, o el de Cámara y el de las
Órdenes Militares, respecto al Consejo Real. Incluso el Consejo de Indias lo
vemos iniciar sus tareas con Carlos V en 1519 como una rama del Consejo Real,
si bien en 1524 el Emperador decide su propia estructuración, con el título de
Consejo Real y Supremo de las Indias. El vuelo que habían tomado los asuntos
del de Indias, tras la conquista del imperio azteca por Hernán Cortés y la
fundación de la Nueva España, obligaba a ello. Y el interés con que Carlos V lo
asumiría se echa de ver en que nombre, como su primer presidente, a su confesor
fray García de Loaysa; un Consejo que, en todo caso, nunca perdería sus
estrechos lazos con el Consejo Real, como no podía ser menos, dado que en
definitiva, la expansión por las Indias occidentales, en las dos fases de
descubrimiento y conquista, siempre se entendió como algo privativo de la
Corona castellana. A señalar, desde luego, algo que no puede silenciarse: el
Consejo de Indias tendría una doble misión, como se especificaría en las Leyes
Nuevas de 1542; por una parte, el gobierno de las colonias americanas, con el
control de la conquista y con su apostolado, y por la otra, velar por los
indígenas. Así lo entendía el Emperador, como contrapartida al favor divino en
su descubrimiento, señalando particularmente
… entendiendo bien la obligación y cargo que con ellos se nos
impone, procuramos de nuestra parte (después del favor divino) poner medios
convenientes para que tan grandes Reinos y señoríos sean regidos y gobernados
como conviene…[407]
En cuanto al Consejo de Hacienda, nos encontramos asimismo con
otra creación del Emperador, desgajando sus funciones del Consejo Real. Eso
ocurriría desde 1523, por lo tanto, a poco de su regreso a España. Y en todo
ello cabe subrayar el deseo de Carlos V de reorganizar el gobierno de la
Monarquía Católica; y en este terreno, hacer más eficaz la institución a cuyo
cargo quedaba el control de los ingresos regios en Castilla y el afrontamiento
de los gastos. Ya a principios de aquel año mandaba el Emperador al Consejo
Real ver el modo de poner orden en las cosas de su hacienda:
… porque mi voluntad es de me haber en la ordenación y
distribución de nuestra hacienda y estado y casa y patrimonio real, como
conviene a (todo) sabio y prudentísimo príncipe…
Y aún añadiría Carlos V un razonable deseo:
… (para) medir el gasto con la renta…[408]
Un deseo que años más tarde se vería como totalmente ilusorio. Y
eso que en aquellos principios, el afán del Emperador de reducir gastos le
llevaría a ordenar que se combatiera el pluriempleo, ese mal tan frecuente de
la Administración española, con desconsuelo de los afectados.
Como recogería Martín de Salinas, embajador de Fernando de Austria en la Corte
imperial,
Su Mag. quiere que nadie tenga dobladura… Y de momento pareció
ponerlo en práctica, según el comentario que añade el embajador de Fernando I:
Es muy gran lástima ver a estos del Consejo que han sido
despedidos…[409]
Era un doble objetivo: por un lado, mejorar la situación de la
Hacienda Real; por el otro, aliviar a sus vasallos y conseguir de ese modo
restañar las heridas producidas por la guerra de las Comunidades,
… por les dar causa a que más y más entrañablemente nos quieran
y amen, como a sus reyes y señores naturales…[410]
Pero, ¿a quién confiar esa reforma hacendística? ¿En qué manos
poner aquel nuevo Consejo de Hacienda? Estamos todavía en la época de la gran
influencia de la camarilla flamenca, pesa a que ya había muerto Chièvres. Por
otra parte, si Castilla tenía un notorio retraso en el desarrollo de su
economía y los Países Bajos estaban a la cabeza de Europa, no es extraño que
Carlos V pensase remediar aquella situación acudiendo a su séquito flamenco. De
ese modo veremos constituido el Consejo de Hacienda en sus principios por un
presidente flamenco, el conde Enrique de Nassau, asistido por dos consejeros. Y
esos dos consejeros el primero era otro flamenco, Jacques Laurin, y el segundo
aquel español tan fiel partidario de Felipe el Hermoso y que había pasado
tantos años en la corte de Bruselas: don Juan Manuel. Cierto que el secretario
y el tesorero serían ya netamente castellanos: Francisco de los Cobos (por otra
parte, también formado en la corte de Bruselas) y Francisco de Vargas. También
lo era el escribano de finanzas, Sancho de Paz.
Bien podía comentar Francisco de Salinas:
Todo se quiere ordenar al modo de Flandes[411][.
De ese modo se montaba un Consejo que venía a sustituir la
antigua Contaduría Mayor de Hacienda, pasando a controlar la llamada Contaduría
Menor de Cuentas. Existían dudas sobre la conveniencia de mantener el cargo de
los dos contadores mayores, como anquilosados y solo sirviendo para recompensar
a grandes personajes. Así, cuando en 1531 vacó uno de ellos por muerte del
duque de Béjar, el cardenal García de Loaysa, aconsejaría a Carlos V que se
suprimiese, conforme ya se había considerado anteriormente:
Si a V. M. parece, como algún tiempo pareció a algunos cuerdos,
que este oficio no es necesario, antes pernicioso, suprímase…[412]
Sin embargo, Francisco de los Cobos regentaría una de las
plazas, con un bonito sueldo, que en 1541 alcanzaría la suma de casi 900.000
maravedíes, que superaba incluso a la que tenía asignada el presidente del
Consejo Real.
Más necesarios, o por mejor decir, imprescindibles, como que eran cargos con
tareas muy concretas, eran los contadores menores, que llevaban las ocho ramas
de la Hacienda Real, con las tres dedicadas a los ingresos y las cinco
dedicadas a gastos.
De ese modo se montaba el sistema que iba a permitir la financiación de las
empresas imperiales, a que antes hemos aludido.
§. La proyección exterior
Carlos V tiene bajo su mando un doble imperio: por una parte, aquella Monarquía
Católica supranacional que había heredado de los Reyes Católicos, con su núcleo
hispano, sus piezas italianas, sus enclaves norteafricanos y su proyección en
el Nuevo Mundo —que bajo su reinado tendría una expansión formidable, saltando
de las islas antillanas a Tierra Firme—, a la que él mismo había aportado los
ricos Países Bajos; y por la otra, el Sacro Imperio Romano Germánico, con un
poder sobre el mundo germánico más nominal que real, pero que al menos le daba
el título de emperador de la Universitas Christiana. Estaban,
además, los señoríos de la Europa central de la Casa de Austria, con sus dos
territorios principales: la propia Austria y el reino de Bohemia; dominios que,
ya bajo el reinado de Maximiliano I se había concertado que quedasen para su
hermano Fernando, a quien pronto convertiría Carlos V en su lugarteniente en el
Imperio.
Tan inmensos territorios, tan inmenso imperio, requería una pronta información
y una buena organización de los dos instrumentos básicos en una política
internacional, máxime cuando se trata de una política imperial: el cuerpo
diplomático y las fuerzas armadas.
§. La diplomacia
La diplomacia cubría dos necesidades: la primera, obtener información respecto
a los planes de las monarquías más poderosas de la época; la segunda, ayudar al
Emperador a mantener la paz, o a conseguir las oportunas alianzas para
contrarrestar la enemiga de aquellos soberanos que trataban de minar el poderío
imperial. Es sabido que esa enemiga venía sobre todo del otro Emperador, de
Solimán el Magnífico, el señor de Constantinopla, y de Francisco I, dentro de
la Cristiandad. Pero no serían los únicos a disturbar la armonía que Carlos V
deseaba para Europa.
Existe ya un cuerpo diplomático y existe una técnica diplomática. Existen unas
Embajadas y existe una práctica de entrevistas en la cumbre y de formación de
ligas con diversas potencias. Existe también una política dinástica, con
alianzas matrimoniales, en las que se juegan las bazas de las bodas de la
familia imperial: los hijos, por supuesto, pero también los hermanos del
Emperador. Y naturalmente, su propia boda.
En cuanto a las Embajadas, poco innova Carlos V. Básicamente mantiene las que
ya poseía la Monarquía Católica bajo Fernando e Isabel: la familiar, de Viena;
las tres embajadas de Roma, Venecia y Génova, en Italia, y las de Francia,
Inglaterra y Portugal, como las tres principales potencias de la Europa
occidental, en constante relación —pacífica o bélica— con el Emperador. Pero sí
cambiaría algo: en primer lugar, un mayor cosmopolitismo, a la hora de escoger
los embajadores. Y en segundo lugar que el hecho de que el rey de las Españas
fuera también el emperador de la Cristiandad haría frecuente la llegada de
embajadas especiales de los más apartados rincones, cuando no, la existencia de
embajadores permanentes, como sería el caso de Dantisco, el embajador de
Polonia.
Ahora bien, Embajadas y embajadores suponían un costo, obligaban a una
financiación. Normalmente, se dedicaban a ese apartado 50.000 ducados, como se
fija en el presupuesto que conocemos para 1544. También conocemos la forma en
que se repartía esa suma, que no deja de ser significativa, como vamos a ver:
|
Embajadas |
Ducados |
|
Tres embajadas de Italia |
20.000 |
|
Embajada de Viena |
8.000 |
|
Tres embajadas de la Europa occidental |
14.000 |
|
Total |
42.000 |
El resto hasta los 50.000 ducados quedaba para cubrir otros gastos, en
particular de los correos diplomáticos.
En el cuadro anterior se aprecia la importancia que la Monarquía concedía a
Italia, cosa natural, por lo que suponía allí la presencia de la embajada
romana. Y esto se aprecia mejor si vemos cómo se asignaban esos 20.000 ducados:
|
Embajadas de Italia |
Ducados |
|
Embajada de Roma |
12.000 |
|
Embajada de Venecia |
4.000 |
|
Embajada de Génova |
4.000 |
|
Total |
20.000 |
Por lo tanto, la embajada en la Corte pontificia se llevaba la parte del león.
Era la más cualificada, la más importante. Y se entiende, dadas las continuas y
destacadas negociaciones con el Santo Padre. La Monarquía Católica era una
Monarquía confesional, como lo era el Imperio carolino. Por lo tanto era de
todo punto preciso mantener la armonía con Roma, así como procurar superar los
conflictos, cuando se producían. Pero, además, de Roma dependían muchas otras
cosas: reconocimiento de nombramientos del alto clero, aunque el Emperador
tuviese un regio patronato, con derecho para Granada e Indias, pero de hecho
para toda la Monarquía hispana. Estaban, además, y eso sería muy importante, la
obtención de aquellas rentas llamadas precisamente de gracia pontificia, como
la bula de Cruzada y el subsidio eclesiástico. Y bajo el punto de vista
político, el que la Monarquía poseyese en Italia reinos de la importancia de
Nápoles, Sicilia y Cerdeña (amén del ducado de Milán, a partir de 1535)
incrementaba el protagonismo de la embajada romana; recuérdese que los Estados
pontificios limitaban al sur con el reino de Nápoles.
También resulta significativo el reparto del presupuesto para el resto de las
embajadas[413].
Tabla ausente en nuestro original
Por lo tanto, dos cosas quedan bien claras: por una parte la importancia de
Italia para la Monarquía Católica, cosa comprensible, dado el valor de los
reinos italianos vinculados a la Monarquía. El despliegue de la Monarquía
Católica por Italia constituía la base de su prestigio internacional logrado
desde los tiempos de los Reyes Católicos, y eso había que cuidarlo con ese
trípode diplomático: Roma —cabeza de la Cristiandad—, Venecia —la reina del
Adriático— y Génova, cuya alianza desde 1528 será uno de los objetivos de
Carlos V.
En cuanto a las otras embajadas, destacan la de Viena, que era considerada la
familiar, la que conectaba con la otra rama de la Casa de Austria, y la de
París, porque de París dependía, en buena medida, la paz o la guerra en la
Cristiandad. En un plano inferior, pero lo suficientemente importante para
requerir embajadas, estaban ya Londres y Lisboa. Londres porque era siempre una
baza a jugar, para contrarrestar la enemiga francesa; y esa era ya una consigna
recibida desde los tiempos de los Reyes Católicos, que funcionó mientras
Catalina de Aragón pudo mantener su influencia sobre Enrique VIII. En cuanto a
Lisboa, tenía la doble importancia de mantener seguras las espaldas de aquella
Monarquía tan volcada hacia el norte y el este de la Península Ibérica y además
por permitir también un acuerdo en el despliegue castellano por el Océano. En
ese sentido, todas las circunstancias que habían aconsejado el tratado de
Tordesillas de 1494 seguían en pie.
En cuanto a la técnica a seguir nos encontramos con ligas, encuentros en la
cumbre y tratados más o menos firmes.
Carlos V emplearía la liga con desigual fortuna en el ámbito italiano; la
primera vez en 1536, antes de acometer la invasión de Provenza contra Francisco
I. Entonces con fortuna, porque le permitió regresar a una Italia en paz, pese
a su fracaso en aquella campaña. Otra vez la pondría en práctica en 1538, con
un plan más ambicioso, como era el de acometer la cruzada contra el Turco, con
la ayuda de Roma, Venecia y Viena. Pero varias circunstancias adversas, y sobre
todo la enemiga de Francisco I, se lo impediría como hemos de ver en su
momento.
Un aspecto muy interesante en la diplomacia carolina lo constituyen las
entrevistas en la cumbre. Ningún soberano del Quinientos lo aplicó tantas veces
como el Emperador, e incluso puede que no exista caso similar en toda la
historia de Occidente. Carlos V se entrevistaría dos veces con Enrique VIII,
otras tantas con el papa Clemente VII, y tres con Paulo III. Y más aún con su
gran rival Francisco I, si sumamos las que tuvo con él en Madrid y las que
realizó en su viaje del invierno de 1539-1540 (cuando atravesó Francia de sur a
norte), a las mantenidas en 1537 en Aigues-Mortes. Y con frecuencia esas
entrevistas no se reducían a una mera jornada. Carlos V sería huésped varios
días de Enrique VIII en 1520, le llevaría casi un mes el cruzar Francia en
1539-1540, y su estancia en Bolonia en 1529 a 1530 duraría casi medio año.
Estamos, sin duda, ante la faceta más particular del Emperador, de forma que
igual que suele llamársele el primer soldado de sus ejércitos, cabría decir de
él que era el primer y el mejor embajador de su cuerpo diplomático.
En cuanto a sus embajadores, se aprecia esa nota cosmopolita de su Imperio: los
sacará tanto de sus tierras borgoñonas como españolas; baste recordar las
figuras de Nicolás Perrenot de Granvela y Simón Renard por una parte, o de don
Juan Manuel y Diego Hurtado de Mendoza, por la otra. Pero, como hemos señalado,
él fue el mejor embajador de su Imperio, dando una nota muy personal a su
diplomacia y ofreciéndonos un rasgo muy pronunciado de su personalidad.
Era la actitud de quien creía en la bondad de sus objetivos, llevando un tono
de honestidad política a su quehacer imperial, bien reflejado en aquella
advertencia dada a su hijo Felipe II en 1548, cuando le avisa de que tenía
concertadas treguas con el Turco:
Cuanto a la dicha tregua que he por mí ratificado [con el
Turco], miraréis que ella se observe enteramente de la vuestra, porque es razón
que lo que he tratado y tratéis, se guarde de buena fe con todos, sean infieles
o otros, y es lo que conviene a los que reinan…
Y para remachar más su pensamiento, añade esta coletilla, de
marcado sabor ético:
… es lo que conviene a los que reinan y a todos los
buenos…[414]
También será muy del estilo imperial el amplio uso de la
dinastía para sus objetivos diplomáticos, siguiendo con fortuna lo hecho por
los Reyes Católicos. En la línea de mantener la buena amistad con Portugal
entrará él mismo en juego, con su boda con la princesa Isabel, hija de Manuel
el Afortunado, y en el trono portugués pondrá sucesivamente a sus hermanas
Leonor y Catalina. Hay que recordar aquí también los dos enlaces de sus hijos,
Felipe y Juana, con los príncipes portugueses María Manuela y Juan Manuel,
respectivamente, aunque el resultado fuera tan penoso, con aquellos personajes
tan inestables como fueron don Carlos, en España, y el rey don Sebastián, en
Portugal. Para mantener la estrecha alianza familiar con la otra rama de la
dinastía llevará a cabo la boda de su hija mayor, María, con su sobrino
Maximiliano (el futuro emperador Maximiliano II). Inglaterra también será su
punto de mira, si bien durante muchos años le será imposible sustituir la
vacante dejada en aquel trono por su tía Catalina de Aragón; pero cuando
asciende María Tudor, otra vez lo intentará el Emperador, poniendo en el tapete
la boda de su hijo Felipe con la reina inglesa.
Parecía más difícil establecer esa línea diplomática con la Roma de los Papas,
por razones obvias; sin embargo, Carlos V supo aprovechar los hijos naturales
de los obispos de Roma, eso sí, empleando en este caso en un grado similar, a
su hija natural, Margarita, la que había tenido en 1522 con una Van der Gheist,
y a la que desposó en segundas nupcias[415], con un
nieto del papa Paulo III, Octavio Farnesio, duque de Parma, por lo que acabaría
llevando el nombre de Margarita de Parma.
Lo que nunca pudo resolver satisfactoriamente Carlos V fue la alianza
matrimonial con Francia. Lo intentó tras el tratado de Madrid, de 1526, en el
que se estipulaba la boda de Francisco I con la hermana mayor del Emperador,
Leonor de Austria —viuda de Manuel el Afortunado de Portugal—, cláusula no
cumplida por el rey francés. Sí lo haría tras la paz de las Damas de 1529, pero
Leonor de Austria nunca sería un personaje bienquisto en la Corte parisina, y
su influencia sobre Francisco I sería nula.
No olvidó la política carolina los intereses de los Países Bajos con el norte
de Europa; de ahí la boda de su hermana Isabel, en 1515, con Cristian II,
entonces rey de Dinamarca, Noruega y Suecia; de forma que era establecer una
alianza con la otra Monarquía supranacional que existía en Europa (la famosa
Unión de Kalmar). La rebelión de la nobleza danesa, en 1522, y el posterior
cautiverio de Cristian II malbarató aquella operación diplomática, máxime con
la muerte de Isabel en 1525 y de su hijo Juan, acaso el sobrino preferido por
Carlos V, muerto en 1532, que privó ya al Emperador de la oportunidad de tener
un fuerte protagonismo en el Báltico.
Esa política dinástica la amplió Carlos V a la otra rama de la Casa de Austria,
mientras la tuvo bajo su protección[416]. Así, para
acabar de atraerse al duque de Clèves, tras la campaña victoriosa del verano de
1543, el Emperador ratificó la nueva amistad con una alianza matrimonial,
mediante la boda del Duque con la archiduquesa María, hija de su hermano
Fernando:
S. M. —recuerda Carlos V en sus Memorias— viendo el
arrepentimiento del dicho Duque y la perseverancia en sus buenos propósitos,
trató de casarle, como le casó, con una hija del rey de Romanos, su sobrina…
Y añade satisfecho:
… con cuyo casamiento se acrecentó la obligación de
dicho Duque para con Su Majestad y el amor de Su Majestad hacia el mismo…[417]
De igual forma le vemos acudir a las hijas de su hermana Isabel,
Cristina y Dorotea, para afianzar las relaciones con el duque Francisco Sforza
de Milán, mediante su boda con Cristina, y las de Federico del Palatinado, que
desposaría a Dorotea.
Por lo tanto, nos encontramos con esa política, tan propia de la época, de
poner la dinastía al servicio del Estado; con suerte varia, ciertamente, con
mejor fortuna en las Cortes de Lisboa y de Viena, con altibajos en la de
Londres y con resultado negativo en las de París y Amsterdam.
Lo primero que resalta es la estrecha confederación con la otra rama de la
dinastía. En 1548 Carlos V tiene muy presente la ayuda de su hermano Fernando
en la guerra contra la Liga de Schmalkalden. Era
… el parentesco, tan cercano…
Y además la idea de que se trataba de una ayuda recíproca, sin
recelos y siempre con beneficios, de forma que
… la grandeza del uno favorecerá y reputará [la] del otro…[418]
Y una cosa a recordar: Carlos V no tiene en esos momentos
ninguna intención de cambiar el orden sucesorio en el Imperio, que está en
manos de su hermano, como rey de Romanos. Por lo tanto, el nuevo plan sucesorio
de 1551 parece instigado por Felipe II. Y de ellos hablaremos. Carlos V provee
lo necesario para que su hermano Fernando, en su ausencia o muerte,
… pueda gobernar esta Germania…
Y todavía insiste poco después, refiriéndose a la tregua firmada
con el Turco,
… por el bien general desta Germania y para que pueda gobernar
en ella con debida autoridad…
Y todo ello, sin la más mínima referencia a una posible futura
intervención de Felipe en las cosas del Imperio; antes al contrario,
descargándole de cualquier gasto, sacando dineros de Castilla, los cuales
debían conseguirse de la propia Alemania.
Y en eso no tenía Carlos V duda alguna, sobre todo dada la penuria de Castilla,
como algo que ya no le incumbía.
Y así se lo advierte a su hijo:
Y viendo claramente y conociendo que me sería imposible haber
dineros de mis reinos y señoríos[419] por
tal necesidad[420], ni vos
menos terníades la posibilidad de asistir al dicho Rey[421] después
de mi fallescimiento, ni los Reinos ni Estados[422] lo
querrían hacer, como no sería justo, siendo gastados como están…[423]
Permanente alianza, por tanto, de las dos ramas de la Casa de
Austria, pero con el mundo germánico vinculado a Viena, sin pensamiento alguno
de cualquier interferencia filipina; tal es el planteamiento de Carlos V en
1548.
Y seguía latente el temor a la enemiga francesa, pese a los tratados de Madrid,
Las Damas y Crèpy, porque se sospechaba que Enrique II había heredado la
hostilidad que siempre había tenido Francisco I. Y como no se contentaría con
ninguna cesión y a la postre se sufrirían sus ataques, mejor era no ceder nada:
… pues esto es ansí, será mucho mejor y lo que conviene
sostenerse con todo, que dar ocasión a ser forzado después [a] defender el
resto, y ponerlo en aventura de perderse[424].
Una diplomacia, por tanto, de tono defensivo, que tenía como
principal objetivo mantener el imperio conseguido. Las únicas conquistas en
Europa mencionadas por Carlos V son las que le sirvieron para redondear sus
dominios de los Países Bajos, y en especial Güeldres. Era cierto que la
Emperatriz había pensado que fueran destinados como dote a la infanta María,
pero Carlos V, sopesándolo mucho, considera que mejor era dejarlo para otro
hijo del Príncipe; esto es, dado que ya había nacido don Carlos y que, en buena
ley, él debía heredar la Monarquía Católica, con su núcleo hispano y con sus
piezas italianas, que los Países Bajos quedaran para otro de sus hijos. Con lo
cual algo urgía: la nueva boda del príncipe Felipe:
Quanto a lo que se había mirado en los dichos testamentos[425], por lo
que toca a las tierras de Flandes y Borgoña, habiendo después pensado más en
ello, especialmente en la importancia de los dichos Estados y cuanto
conveniente a vuestra grandeza[426], y que
demás he conquistado el ducado de Güeldres y unídolo con ellos, estamos en que
los guardéis, confiando que Dios os dará más hijos…[427]
Ahora bien, esa conquista del ducado de Güeldres, a la que alude
Carlos V, no se había realizado en una guerra ofensiva sino defensiva, y como
réplica a la que le había promovido aquel Duque en 1543. Por lo tanto, pese a
las innumerables guerras que se suceden en su reinado y pese a su conocida
afición a las armas, lo cierto es que el Emperador procuró siempre la paz de la
Cristiandad, con la única condición de defender lo que había heredado; con la
esperanza de acometer la gran cruzada contra el Turco, si bien hasta eso mismo
lo había ya orillado, como un sueño imposible de ver realizado.
§. El instrumento bélico
Nos hemos referido a las innumerables guerras que sacuden el reinado de Carlos
V y hemos visto hasta qué punto se ayudó de un notable cuerpo diplomático y de
un Consejo de Estado, por él mismo fundado. Veamos ahora su instrumento armado,
y en particular la parte más importante y mejor desarrollada: su ejército.
No hay imperio sin un formidable ejército detrás que lo vaya alzando. Imperio
supone predominio de un pueblo sobre otros, cuestión que puede herir nuestra
sensibilidad actual, pero que está ahí como una de las realidades históricas; y
ese predominio descansa, evidentemente, en sus fuerzas armadas, que por la
superioridad demostrada en su tiempo, van desplegando su fuerza sobre un
territorio cada vez más amplio. Porque es el espacio inmenso otra de las
características de una estructura imperial.
Y en cuanto al ejército del Imperio, al punto se nos vienen a la memoria, desde
la antigüedad, las falanges macedonias y las legiones romanas, como en los
tiempos más recientes la Grande Armée napoleónica o la
incomparable marina inglesa.
Pues bien, en esa serie de cuerpos armados los tercios viejos españoles del
siglo XVI tienen un puesto destacado. Y puede afirmarse que juegan un papel
decisivo en tiempos de Carlos V y prolongan su eficacia a lo largo de los
reinados siguientes, hasta bien entrado el siglo XVII, retrasando así la
pérdida de aquel predominio. Por ello trataremos de ver su estructura, su
reclutamiento, su armamento, su financiación y hasta su moral de combate.
Y una advertencia previa: los tercios viejos no son la única formación militar
de que dispone Carlos V. En sus grandes campañas, como la de Provenza de 1536 o
la de 1544 en el norte de Francia, ambas contra Francisco I, o como las
emprendidas en 1546 y 1547 contra la Liga alemana de Schmalkalden, se puede
apreciar que el ejército imperial es cosmopolita. Se trata de un ejército
compuesto en buena parte por flamencos y por mercenarios alemanes e italianos,
y hasta tal punto que los tercios viejos suponen solo una cuarta, e incluso una
sexta parte del total.
Eso es lo que se puede comprobar en las Memorias del
Emperador, donde tanto énfasis pone en las empresas militares, y en particular
en esa guerra contra la Liga alemana de Schmalkalden. Al confrontarlas con las
crónicas y la documentación del tiempo, se obtiene este cuadro de sus
integrantes:
Ejército imperial de la campaña alemana de 1546[428]
|
Infantería |
Soldados |
|
alemana |
20.000 |
|
italiana |
10.000 |
|
española |
10.000 |
|
flamenca |
25.000 |
|
Total |
65.000 |
A esas cifras habría que añadir la caballería ligera incorporada por Fernando I
y los soldados del tren de artillería (sobre 50 cañones de diversos calibres).
En otras campañas de Carlos V nos encontramos con cifras similares, tal como
nos las depara el Archivo de Simancas: en la de 1536, Carlos V entró en
Provenza con un ejército de 67.000 soldados, «más la gente de la Corte», de
ellos unos 10.000 españoles[429]. Cuando
cercó a Metz en el otoño de 1552, juntó un número algo mayor: 64.500 de
infantería y 14.000 caballos. En cambio, la participación española solo
alcanzaba los 6.700 soldados, con dos tercios viejos y algunos centenares de
caballos[430].
Esos datos, sin embargo, aunque evidentes[431], podrían
llamar a engaño, si nos llevara a minimizar la participación española. En
aquellos ejércitos del Emperador, sin duda multinacionales y en los que el
contingente español no pasaba de la quinta o la sexta parte, sin embargo su
acción resultaba decisiva. Por una razón: eran las tropas de choque.
Recordemos dos ejemplos: la guerra-relámpago de 1543 contra el duque de Clèves
y la campaña de 1547 coronada con la victoria de Mühlberg. En ambas, la acción
de los tercios viejos resultó decisiva, como hemos de ver en su momento.
Por lo tanto, una fuerza de choque de increíble potencia para el tiempo, que
Carlos V extrae de Castilla y sobre la que tenemos no poca información.
Sobre su estructura, por ejemplo. Una novedad en la época, porque permitía con
gran facilidad su manejo como un bloque, o su articulación en pequeñas
formaciones con plena autonomía de movimiento. Su constitución mayor la
componían cuatro tercios viejos, agrupados en dos coronelías. Cada tercio
viejo, a su vez, estaba integrado por doce compañías de 250 soldados, mandadas
cada una de ellas por un capitán, asistido por un alférez y un sargento. De ese
modo, un tercio viejo al completo suponía 3.000 soldados, con un cuadro de
mando de 12 capitanes, dirigidos por un maestre de campo. A su vez, dos tercios
viejos suponían una coronelía, y como tal estaba mandada por un coronel. En
fin, las dos coronelías eran ya todo un ejército, bajo las órdenes de un
capitán general.
Normalmente cada tercio viejo tenía un área de actuación, de donde recibía su
nombre: Lombardía, Nápoles o Sicilia, zonas donde se hallaban como guarnición.
Igualmente los vemos de guarnición en los presidios militares sitos en la
frontera hispano-francesa, tanto en Fuenterrabía como en Perpiñán, y en los
norteafricanos, desde Melilla hasta Trípoli. Por lo tanto, en paz o en guerra,
la Monarquía Católica siempre tenía a punto al menos tres tercios viejos, y esa
era también una diferencia notable con las otras formaciones de mercenarios
alemanes o italianos, que solo se contrataban en caso de guerra. De ahí también
la nota nacionalista, pues aunque los tercios viejos tuvieran su soldada (menos
alta, como veremos, que la que recibían los landsquenetes alemanes), nunca
servían a otro señor que al rey de España, salvo cuando el Emperador autorizaba
alguna leva a favor de su hermano Fernando (por otra parte, un soberano español
nacido en Alcalá de Henares).
Esa era la situación en años de paz. Como advertía Carlos V a su hijo Felipe en
1548, siempre debía tener un golpe de gente española en Italia, pese al coste
que supondría:
Y aunque os sea necesario mirar en ahorrar cuanto pudiéredes,
según quedaréis adeudado y vuestros Estados alcanzados, no por esto se podrá
excusar de tener siempre alguna gente española en Italia…
Y demostrando cuánto valoraba sus tercios viejos, le añadiría la
razón:
… porque será el verdadero freno para impedir
innovamiento de guerra, que no se hagan empresas para cobrar tierras…
Eso sí, procurando su buena disciplina y que fuera
… con el menos trabajo y daño de los súbditos y allegados que se
pudiere…[432]
Por lo tanto, el César daba por descontado que los tercios
viejos cargaban sobre los pueblos en los que estaban asentados y trata de
disminuir ese mal. Pero importa subrayar que aquel alma de soldado, aquel que
tanto admiraba a Julio César y que se había visto en tantos lances de guerra,
no piense en los tercios viejos como un instrumento de expansión imperialista,
sino para conservar y asegurar la paz.
Era aprovechar el arma de Infantería en su momento óptimo, cuando la Caballería
cedía el paso y cuando todavía la Artillería estaba en sus pañales, con piezas
de los más diversos calibres y sin ninguna eficacia más que en el asedio de
plazas, pero no en el campo de batalla. Por otra parte, y esto es digno de
destacarse, su armamento —picas, arcabuces, espadas— se fabricaba en suficiente
cantidad en España; preferentemente las armas de fuego en el País Vasco (Éibar,
Elgoibar, Placencia) y las armas blancas en Toledo. Así, sabemos que de cara a
la campaña de 1536 un hombre de empresa vasco, Antón de Urquizu, tenía prontos
a fines de 1535 para su entrega a los tercios viejos 2.000 arcabuces y que
preparaba otros 4.000, así como 6.000 picas[433]. Y puesto
que cada tercio viejo estaba integrado por dos tercios de piqueros y un tercio
de arcabuceros, la Monarquía podía armar con prontitud a su Infantería, sin
tener que acudir a la industria extranjera. Si se añade a eso la abundancia de
grandes soldados que el País Vasco dio a la Monarquía en el siglo XVI, se puede
concluir que en buena medida el Imperio español del Quinientos descansó en esa
compenetración entre castellanos y vascos.
Estamos ante una oportunidad única, jamás repetida; máxime que todavía no se
daban las gigantescas formaciones militares que dejaban fuera de juego a los
países con pobre demografía.
En ese terreno, el siglo XVI brindó una oportunidad única a Carlos V, y el
Emperador la aprovechó al máximo.
Ahora bien, no sin unos altos costes. Ya hemos visto que un soldado de los
tercios viejos ganaba 12.000 maravedíes anuales. De ese modo, los tres tercios
situados en Italia se llevaban ya cerca de los 300.000 ducados; más aún, si
añadimos los sueldos de sus mandos. De esa forma, los 508.865 ducados que hemos
visto consignados para la milicia en el presupuesto de 1544[434], se nos
antojan escasos si tenemos en cuenta lo que se llevaban las guarniciones de la
frontera pirenaica, de cara a Francia, y los presidios norteafricanos. ¡Y eso
en tiempos de paz! Se comprende que las continuas guerras arruinasen la
Hacienda imperial, y que el Emperador acabase suspirando por la paz, pese a que
su formación renacentista le llevase a admirar las grandes hazañas de los
célebres capitanes que había dado la Antigüedad, y en particular Julio César,
cuyos Comentarios a las guerras de la Galia llevaba siempre
consigo.
En cuanto a su reclutamiento, la documentación de Simancas lo deja bien claro:
sobre todo procedían de las dos Castillas, de Extremadura y de la alta
Andalucía, pero también del Principado asturiano[435]. Y aunque
estamos ante un ejército con esa nota renacentista de ser el instrumento bélico
del príncipe, hay que añadir que tal ocurre de cara al exterior; pues
curiosamente, para la defensa del Reino todavía se sigue acudiendo al viejo
sistema medieval de las mesnadas señoriales. Y no solo movilizando a la alta
nobleza, sino también al alto clero[436].
Esos tercios viejos eran el nervio del ejército carolino, donde el Emperador
basaba su predominio; por lo demás, la caballería francesa era superior a la
española, como la artillería alemana era la más destacada. De ahí que después
de su victoria en Mühlberg Carlos V tuviera como lo más preciado del botín
conseguido los cañones tomados a los alemanes, que repartiría por las plazas
fuertes de los Pirineos y del Milanesado.
Tampoco hay mucho más que decir de la marina de guerra, prácticamente
inexistente de forma permanente en el Océano, y solo desarrollada en el
Mediterráneo, con las galeras de España que trataban de defender las costas de
Levante, del sur andaluz y de las islas Baleares contra los ataques de los
corsarios norteafricanos.
Es cierto que Carlos V creyó haber encontrado una estrategia nueva, al emplear
con tanto éxito la acción combinada de la marina y de la infantería, en el
desembarco sobre el reino de Túnez en 1535, cuya conquista tanto celebraría en
sus Memorias[437].
Podría haber sido como el ensayo general para la posterior invasión de Turquía,
el gran sueño de Carlos V, que el desastre ante Argel —que hubiera sido el
segundo ensayo— desbarató por completo. Por otra parte, la alianza cerrada con
la Génova de Andrea Doria en 1528 aportó al Imperio carolino la eficaz ayuda de
la notable marina genovesa y de un gran Almirante, pero hizo que se descuidara,
o al menos que no se aplicara el máximo esfuerzo para conseguir una marina
nacional que impusiera su ley en el Mediterráneo occidental. En ese sentido,
Génova oscureció a Barcelona.
De hecho, Carlos V no consiguió en el mar nada parecido a los tercios viejos en
tierra, aunque sí hay que subrayar que fue en su reinado cuando se organizaron
los convoyes de galeones que habían de asegurar (superando algún que otro
traspiés a manos de los corsarios franceses, escoceses e ingleses) las
comunicaciones marítimas con las Indias occidentales, y de ese modo la llegada
del oro y de la plata de aquellas ubérrimas Indias, que servirían para paliar
los agobios de su Hacienda, en particular durante los últimos años de su
reinado.
No se puede cerrar este capítulo sobre el instrumento bélico de aquella
Monarquía sin aludir a uno de los aspectos más importantes de la milicia: la
moral del soldado. Una moral tan alta, una confianza tan firme en que cualquier
hazaña podía ser lograda, que a veces se piensa que aquellos soldados y
conquistadores estaban reviviendo, más que las gestas de los grandes capitanes
de la Antigüedad, las locuras de los caballeros andantes. Y es cosa notable que
Sevilla, que era entonces el puerto donde confluía el tráfico con las Indias, y
que era también uno de los centros impresores más importantes de España, uno de
los géneros más cultivados fuese el de los libros de caballerías, en especial a
lo largo del reinado de Carlos V[438]. Que esa
elevada moral del soldado español se debiera, en buena medida, a la
consideración de que se hallaba vinculado a la buena estrella de su joven
Emperador, parece evidente. Ya se había ido creando esa opinión de autoestima
en el reinado anterior, conforme se fueron desgranando los triunfos de los
Reyes Católicos: la hazaña de culminar la Reconquista, con la toma de Granada,
el descubrimiento de América, la prueba de fuego de vencer a los franceses en
Nápoles, la fulgurante acción sobre el norte de África, desde Orán a Trípoli,
la incorporación de Navarra, la conquista de las Canarias. Hasta el mismo
Maquiavelo se rindió a la admiración que producía la increíble fortuna de
Fernando el Católico. Y de pronto, a su muerte, aquel adolescente de mirada abstraída
y como ausente, pasaba en pocos años de conde de Flandes a Emperador,
haciéndose además con la herencia de la Monarquía Católica hispana. Era también
un caso de fortuna maravillosa que prolongaba, e incluso venía a incrementar,
la situación anterior. Una España que alzaba su vuelo, dominadora de otras
naciones, recibía justamente en su joven rey el título imperial.
Una serie de factores que no podían menos de impresionar a los contemporáneos,
empezando por el propio Hernán Cortés quien al describir sus hazañas en México
empieza ya aludiendo a que allí estaban alzando los españoles otro verdadero
Imperio:
… las cosas de estas tierras, que son tantas y tales
que… se puede intitular [V. A.] de nuevo emperador de ella y con título y no
menos mérito que el de Alemaña, que por la gracia de Dios Vuestra Sacra
Majestad posee…[439]
Es una carta fechada en Segura de la Frontera a 30 de octubre de
1520, por lo tanto a los pocos días de la coronación imperial de Carlos V en
Aquisgrán, hecho que no podía conocer Hernán Cortés, sino solo el que Carlos V,
el señor de Flandes y rey de las Españas, hubiera sido elegido Emperador por
los Príncipes Electores en junio de 1519. Pero ya era cierta «la ventura» de
Carlos V, de tal forma que con esas mismas palabras se enardece y enardece a
los suyos el conquistador de México, ante las dificultades y los riesgos que
tiene que superar en su conquista. Y de ese modo, después de una de sus
victorias, la vincula a la fortuna del Emperador, como si todo fuera uno:
… les hicimos la guerra y pelearon muchas veces con
nosotros, y con la ayuda de Dios y de la real ventura de Vuestra Alteza,
siempre los desbaratamos…[440]
Que al comienzo del reinado se coronase la fantástica proeza de
la primera vuelta al mundo, iniciada en 1519 por Magallanes y ultimada por
Elcano en 1522, no haría sino incrementar esa sensación de la favorable
fortuna, lo mismo que victorias tan renombradas como la de Pavía en 1525, o el
saco de Roma en 1527. Que en el espacio de dos años las tropas imperiales
fuesen capaces, no ya de derrotar a sus enemigos, sino de apresar a personajes
del calibre del rey de Francia, Francisco I, o del Papa de Roma, Clemente VII,
no venía sino en abundar en la misma creencia. Y ello era de opinión tan
general que Luis Vives, ante la noticia de la formidable coalición anti
carolina que conocemos como Liga de Cognac o Liga clementina (por ser Clemente
VII el alma de la misma), exclamaría:
Dicen que son muchos los conjurados contra Carlos, y esta es la
fatalidad de Carlos, que no puede vencer sino a muchos, para que sea más sonada
su victoria…[441]
¡Y eso ocurría antes de que Carlos V asumiese el mando directo y
personal de sus ejércitos! A partir de entonces, en aquel continuo guerrear,
con victorias tan sonadas como la de Túnez, en 1535, o como la de Mühlberg, en
1547, por lo tanto, lo mismo contra las fuerzas norteafricanas y musulmanes de
Barbarroja que contra las alemanas y protestantes de los Príncipes Electores
del Imperio, Carlos V pudo acuñar su título de invictísimo, como lo recuerda la
leyenda puesta a la entrada del recinto de Yuste por Felipe II y que más de una
vez habremos de comentar:
En esta Sancta casa de San Hierónimo de Yuste se retiró a acabar
su vida el que toda la gastó en defensa de la fe y en conservación de la
Justicia…
Y añade la leyenda en piedra:
… Carlos V, Emperador, rey de las Españas,
cristianísimo, invictísimo…
¡Invictísimo! No contaban, pues, los fracasos anteriores: ni el
desastre frente a Argel, ni la fuga de Innsbruck, ni el fracaso ante los muros
de Metz, acaso porque el primero lo produjeran las tormentas desatadas, el
segundo la traición de Mauricio de Sajonia y el tercero la gota que atenazaba
al Emperador, convirtiéndolo en un inválido. Acaso también porque Carlos V
consiguiera su última victoria combatiendo contra sí mismo, en aquella renuncia
al poder que tanto asombró al mundo. Eso es lo que le convertiría para los
contemporáneos en invictísimo, que —y esto ya es notable— es la nota que le da
el anónimo autor del Lazarillo de Tormes, al final de la obra:
Esto fue el mesmo año que nuestro victorioso Emperador…
Una moral del soldado en alza porque servía a un Emperador que
parecía aliado de la fortuna, pero también porque se veía alentado por la
presencia de aquel capitán insigne. Es esa presencia lo que les vuelve tan
arrojados, incluso temerarios, como cuando los tercios viejos reducen en unas
horas, tomándolas al asalto, las formidables fortalezas del duque de Clèves en
1543, que todos tenían por inexpugnables.
Esa sintonía con sus veteranos de los tercios viejos le daría aquella confianza
por la que se decide a una empresa tan difícil y tan arriesgada, como la de
combatir a la poderosa Liga de Schmalkalden en Alemania[442], la sabría
captar como nadie Brantôme, en uno de sus párrafos mejor trazados:
Son ellos —nos dice sobre los tercios viejos— los que hacían
sentirse invencible al emperador Carlos cuando, en lo más apurado de sus
negocios y batallas, se veía en medio de no más de cuatro o cinco mil
españoles, sobre cuyo valor arriesgaba su persona y su imperio y todos sus
bienes, y decía a menudo que «la suma de sus guerras era puesta en las mechas
encendidas de sus arquebuceros españoles»[443].
Había otras cosas, por supuesto, tales como el creer ciegamente
que luchaban por una causa santa —el espíritu de cruzada heredado de la España
de los Reyes Católicos—, cuando no la brutal violencia que empavorecía a sus
contrarios, y con frecuencia el ansia de codicia —el hambre de oro—, tan
presente en los conquistadores de Indias, pero que también encendía los ánimos
de los veteranos de las guerras del viejo continente, cuando se lanzaban al
asalto de las opulentas ciudades de la Europa nórdica entre el Sena y el Rhin.
Ahora bien, Carlos V los sabía enardecer, no solo con su presencia sino también
con aquellas alocuciones que dirigía a cada una de sus formaciones nacionales
en su propio idioma, como lo hizo antes de la batalla de Mühlberg[444].
Y estaba también su propio lema, que era como una incitación a las continuas
hazañas, en un eterno superarse sin descanso; el lema del plus ultra,
que a su modo traduciría aquel hidalgo español del Quinientos (que nos recuerda
Elliott) con su propia y expresiva leyenda:
A la espada y el compás más y más y más y más[445].
§. El problema de la información
Entre los recursos de un Estado para conseguir sus fines no es uno de los
menores el de manejar adecuadamente la información que posee y el de
almacenarla previamente; una información que procede tanto del interior como
del exterior y que se devuelve matizada en ambas direcciones.
En cuanto a la que procede del exterior, los canales básicos son los
diplomáticos, por vía de las embajadas, sin faltar la que proporciona el
espionaje, que con frecuencia es la tarea de los embajadores y de su equipo, en
especial en aquellos países de dudosa amistad, como lo era la Francia de
Francisco I para Carlos V; y sabemos que esa fue la acusación del rey galo
contra Nicolás Perrenot de Granvela, cuando ordenó su encarcelamiento en 1527.
La dificultad mayor estaba, sin duda, cuando no existía ese enlace diplomático,
como le ocurría a la Monarquía Católica con Turquía; laguna que se remediaba
pagando muy bien esos servicios a Venecia, de donde procedían los avisos, que
en tan gran número custodia el Archivo de Simancas, y que era la mejor fuente
para saber si el Turco preparaba alguna ofensiva, por tierra o mar, contra los
dominios de Carlos V.
En cuanto a la información interior, principalmente de tipo ideológico, es
evidente que esa era una de las misiones de la Inquisición, si bien no tiene
particular actividad, salvo a finales del reinado, y aun más cuando Carlos V ya
se ha retirado a Yuste.
Más interés tiene el comprobar de qué forma procede aquella Monarquía a la
devolución de esa información que recibe, o a difundir aquellas noticias de que
ella misma es la principal protagonista. En ese sentido, lo relacionado con la
política exterior se lleva la palma, aunque también se aprecia la forma en que
se aprovechan los sucesos de la dinastía para fortalecer los lazos con la sociedad,
dando esa satisfacción a la opinión pública. Por lo tanto, puede afirmarse que
existe un mecanismo de propaganda, a cargo preferentemente del Consejo Real, si
bien el propio Emperador lo tomará, en ocasiones, a su cargo. Los grandes
éxitos del exterior, como victorias o paces resonantes, serán glorificados por
los cronistas a sueldo, como Pedro Mexía o Alonso de Santa Cruz. Pero no solo
en las crónicas, pensadas más bien para la posteridad, pues también se hará uso
de las hojas volanderas, impresos rápidos de una o dos páginas, que a modo de
la prensa posterior —si bien de forma esporádica—, daban cuenta de esos sucesos
extraordinarios, tales como la victoria de Pavía y la prisión del rey de
Francia. Y a su modo, Carlos V prepararía la perpetuidad del acontecimiento,
como cuando llevó consigo a la campaña de Túnez al pintor Juan Vermeyen, cuyos
dibujos permitirían después a Pannemaker realizar la espléndida colección de
tapices que podemos admirar hoy día en el Alcázar de Sevilla y en el Monasterio
del Escorial.
De igual modo vemos al propio Emperador dar cuenta de los principales sucesos
al Reino, a través de cartas compuestas en su secretaría, llevando su firma y
mandadas a la alta nobleza, al alto clero y a las principales ciudades y villas
—y, por supuesto, a sus embajadores—; de ese modo se informa a la opinión
pública de los diversos acontecimientos, ya venturosos, como el nacimiento de
su hijo, el príncipe heredero de la Corona, ya desventurados, como la muerte de
la emperatriz Isabel, su esposa.
Más difícil resultaba, obviamente, informar sobre los traspiés de la Monarquía.
Particularmente grave y comprometido fue el caso del saco de Roma, con la
prisión del propio Clemente VII. ¿Cómo justificar aquí la política imperial
ante un pueblo como el castellano, al que siempre se le había bombardeado con
las declaraciones de la mayor fidelidad de la Corona al Papa de la cristiandad?
Esa sería, como hemos de ver, la dificilísima tarea encomendada a una pluma de
primer orden: al humanista Alfonso de Valdés, que como secretario de las cartas
latinas de Carlos V y como protegido de Gattinara, estaba al tanto de las cosas
de Estado.
En el deseo, sentido como una necesidad casi de Estado, de perpetuar su imagen
ante la posteridad, vemos al Emperador buscar al pintor que mejor pudiera
cumplir tal misión. Afortunadamente para él, le tocó vivir en aquella época del
Renacimiento. Y así pudo producirse uno de los encuentros más afortunados, el
del Emperador más notable desde los tiempos de Carlomagno, con uno de los pintores
más brillantes del brillante Renacimiento; el encuentro a que ya nos hemos
referido, entre Carlos V y Tiziano.
Renovemos ese encuentro, esa búsqueda de Carlos V de un artista que dejara su
imagen tal como él la quería. De hecho, el espectador que entra en el Museo del
Prado y llega hasta la sala en la que está colgado el cuadro de Carlos V a
caballo se para impresionado y al punto se pregunta quién es ese personaje. Y
más aún: se da cuenta de que está ante la conmemoración de un gran suceso
histórico.
Pues Carlos V, y esta es la cuestión, quiere devolver esa información, tiene
que hacerlo, y no solo para los hombres de su tiempo, sino para toda la
posteridad. ¡Había que recordar para siempre su gran victoria!
Lo hemos comentado antes, pero volvamos ahora sobre ello para que nos demos
cuenta del papel que se le daba a la información, frente a la opinión pública.
¿A quién acudir para lograrlo? No cabía duda: a Tiziano.
Estamos en 1548. Es pleno invierno. Carlos V está en Augsburgo y allí convoca
al pintor. Tiziano ha nacido en 1477, de forma que cuenta 71 años, la edad de
un anciano que muy pocos logran alcanzar en aquel siglo. Pero eso no le
arredra, y así en pleno invierno deja Venecia, cruza los Alpes nevados y se
presenta en Augsburgo para acudir a la cita que tiene con el Emperador. Han
pasado quince años desde su encuentro en Bolonia, años cargados de
acontecimientos protagonizados por Carlos V y que han dejado asombrada a Europa
entera: campaña de Túnez, en 1535, con la victoria sobre el fiero Barbarroja;
entrevista con el papa Paulo III en Roma, en 1536, con la solemne declaración
de Carlos (¡en español!) de que su mayor deseo es la paz en la Cristiandad;
desastre de Argel en 1541, que a punto estuvo de costarle la vida al César;
guerra relámpago en Clèves de 1543, en la que rebrota la fama de invencible de
Carlos V, bien asistido por sus tercios viejos; irrupción triunfante sobre
Francia, un año más tarde, obligando a Francisco I a pedir la paz, y, por
último, las brillantes campañas de 1546 y 1547 contra la temible fuerza de los
Príncipes alemanes, doblegados en la brillante batalla de Mühlberg, que hace a
Carlos V árbitro de Europa.
Y es ese instante el que ha de recoger Tiziano. Ahora bien, Tiziano en 1548 se
encuentra con un Emperador inmóvil en su sillón, aherrojado por la gota. Es un
Emperador envejecido, tal como podemos ver en el cuadro que guarda la Vieja
Pinacoteca de Múnich. No es, ciertamente, el modelo para dar el testimonio del
vencedor de Mühlberg, el testimonio del Emperador invicto de la Cristiandad.
¿Qué hacer?
Es fácil adivinar lo que ocurrió: es el pintor de setenta y un años el que
insufla ánimos al César que aún no ha cumplido los cincuenta. Es como si
hubiera existido un diálogo —y acaso lo hubo— en el que Tiziano animara a su regio
modelo, prestándole esa vitalidad que a él parece sobrarle.
Y así surge la obra maestra del pintor veneciano, una de las joyas del Prado.
Pintado en la primavera y en los primeros meses del verano de 1548, Tiziano
puede plantar, y planta, su caballete al aire libre, en plena campiña bávara.
No es algo que supongamos; es un hecho cierto. Y tanto, que un golpe de viento
arranca el cuadro y produce un desgarro que ha quedado como huella de lo
sucedido. Por lo tanto, Tiziano puede captar la Naturaleza, aunque le sea
imposible reflejar los dorados ocasos de la tierra de Venecia que había dejado
atrás y que era la que tanto le gustaba recordar.
Todos los críticos destacan el acierto del viejo maestro; todos, y en primer
lugar Lafuente Ferrari. Es el acierto de presentarnos en magnífica soledad al
jinete vencedor, a Carlos V cabalgando lanza en ristre sobre la campiña
germana, sin ninguna otra imagen de guerrero cualquiera, entre los vencedores o
entre los vencidos, y sin ni siquiera ninguna señal de la guerra habida: ni
ruinas, ni soldados, ni el fuego y los humos de la batalla.
Nada. Solo el Emperador victorioso, como símbolo, no de una concreta y
determinada batalla, sino de la victoria pura, de una victoria que no hubiera
de empañarse jamás. La gran victoria para un solo vencedor. Y ese es Carlos V.
Un vencedor sin rastro de polvo, barro o sangre, como si su victoria fuera algo
milagroso.
Lo repito: para mí esa solución del héroe en soledad, sin otro vestigio de la
guerra que las propias armas del César, es el resultado de una conversación.
Algo han hablado Carlos V y Tiziano. Para recordar al vencedor de Mühlberg,
Tiziano no quiere pensar en el Emperador que tiene ante sí postrado en su
sillón, abatido, con aire fatigado; un caballero cualquiera de la Orden del
Toisón de Oro todo vestido de negro, bien forrado de pieles, porque es un
hombre, si no viejo, envejecido prematuramente y al que la gota ha despojado de
sus fuerzas.
Ni tampoco lo quiere, eso es claro, el mismo Carlos V. De forma que hay que
pintar un emperador lleno de energía, el del reciente pasado, para dispararlo
hacia el futuro, con la imagen que provoca ese jinete lanza en ristre y ese
caballo que, más que galopar, diríase que se apresta a levantar el vuelo, como
si se tratara de un Pegaso renacido.
El vuelo hacia la fama. Y para ese vuelo, Tiziano prepara su pincel, enamorado
de su idea y seguro del arma formidable que posee. Está seguro de sí mismo, de
su arte, de su inspiración.
Porque no es el artista que pinta un cuadro por encargo, sino el que está ya
deseando dejar el testimonio para siempre del personaje que admira; esa
cualidad de Carlos V, de provocar el respeto de sus enemigos y la admiración de
sus amigos[446]. Él,
Tiziano, sabe que está haciendo su obra maestra, que gracias a él, a su arte, a
su pincel mágico, ya siempre que pensemos en Carlos V lo haremos como él nos lo
ha legado: como el jinete victorioso cabalgando en solitario lanza en ristre
por los campos de Europa. Y para ello, algo de la energía indomable de aquel
anciano pintor de setenta y un años ha penetrado en Carlos V.
De esa forma Carlos V entra de lleno en la leyenda, haciendo la mejor
propaganda de su obra.
Ha obtenido, previamente, una información imprescindible sobre sus adversarios,
que le ha permitido obrar en consecuencia y obtener su triunfo más brillante;
estaba obligado a devolver esa información a su pueblo, en este caso en torno a
lo que había hecho y lo que había logrado, en suma.
Era destacar su protagonismo, algo que formaría parte de la gran Historia.
Sería el feliz resultado de un capolavoro, de una obra maestra. Otros, como su
propio hijo Felipe II, necesitarían de una obra colosal (el Monasterio de San
Lorenzo, en este caso) para perpetuar su memoria.
A Carlos V le bastaría con el cuadro de Tiziano.
Capítulo 4
El equipo imperial
Este capítulo, dedicado a los hombres de Estado del Quinientos,
suele titularse: «Los hombres de tal o cual soberano». Mas eso sería impropio,
tratándose de Carlos V, y sin duda ello supone una singularidad del gobierno
imperial digna de tenerse en cuenta.
En efecto, con Carlos V la mujer tiene un destacado papel a los más altos
niveles políticos. Podría argüirse que eso era fruto de aquella Monarquía
supranacional, que no tenía paralelo en la Europa occidental. Pero es lo cierto
que dándose las mismas circunstancias con Felipe II, su hijo, sin embargo ya
ese papel femenino en la alta política decae por completo. Por poner un ejemplo
bien significativo: Carlos V, siempre que se ausenta de España, dejará a la
Emperatriz, su esposa, como su lugarteniente general, al frente del gobierno de
España; mientras que Felipe II, en la primera ocasión que se le ofrece en 1580,
al salir para la empresa de Portugal, prefiere dejar ese puesto al cardenal
Granvela.
§. El sector femenino
Por lo tanto, la mujer en el equipo de gobierno del Emperador.
Tres son las figuras con las que nos encontramos: Margarita de Saboya, la tía
del César, la emperatriz Isabel, su esposa, y María de Hungría, su hermana.
Margarita de Austria, también conocida como Margarita de Saboya, la primera. Es
notable la forma en que la vida de esta mujer se entrelaza con la de Carlos V,
y no solo por los vínculos familiares. Nacida en 1480 (era un año más joven que
Juana la Loca) estaba destinada a ser la nueva reina de España, por su boda con
el príncipe Juan. La muerte del joven Príncipe en 1497 y la de su propio hijo,
de un mal parto[447], la iban a
desvincular del gobierno de España, de donde saldría en septiembre de 1499; de
ese modo se abriría el camino de una sucesión inesperada, que después de otras
dos muertes[448], acabaría
recayendo en Carlos V. Tras de unos años en Saboya, por su segundo matrimonio
con el duque Filiberto, Margarita —de nuevo viuda y sin hijos— es llamada por
su padre, el emperador Maximiliano I. Estamos en 1507, ha muerto también su
hermano Felipe el Hermoso, doña Juana ha destapado su amarga locura y alguien
tiene que hacerse cargo del cuidado de aquella tropa infantil que crece en los
Países Bajos: Leonor, Carlos, Isabel y María; Leonor, la mayor, tenía entonces
nueve años, y la pequeña María tan solo dos, mientras Carlos V había cumplido
los siete.
Gobernar aquel hogar, por lo tanto, cuidar de aquellos cuatro huérfanos,
destinados a tan varios reinos, pero de momento unos chiquillos desvalidos.
Pero también algo más. Porque de igual modo estaban sin cabeza y como huérfanos
aquellos Estados de los Países Bajos. De forma que Margarita fue la designada
para regirlos, durante la minoridad del entonces conde de Flandes, su sobrino
Carlos. Gobernando con igual cariño y con igual prudencia aquella familia y
aquel Estado, Margarita tuvo en política exterior una tendencia muy marcada: su
anglofilia y su recelo hacia Francia. La anglofilia se correspondía con los
sentimientos de sus súbditos y con sus intereses, ya que los telares flamencos
precisaban de la lana inglesa; y en cuanto a su recelo hacia Francia procedía
de haber sido la gran desdeñada, que habiendo vivido diez años en la Corte
parisina como prometida del Delfín, (1483-1493), finalmente había sido devuelta
a los Países Bajos, casando el futuro Carlos VIII con Ana de Bretaña. De ahí el
título de desventurada con que la conocen los cronistas del tiempo, pues
destinada a ser sucesivamente reina de Francia y de España, había descendido a
duquesa viuda de Saboya, tornando finalmente a los Países Bajos, que gobernaría
durante largos años. En 1515, la ambición de Guillermo de Chièvres, seguro de
la privanza de Carlos V, hizo que se adelantara la mayoría de edad del joven
conde de Flandes, y Margarita perdería el poder; pero solo por unos años, pues
a la muerte de Chièvres en 1521, Carlos V tendría necesidad de que alguien
gobernase los Países Bajos en su ausencia, alguien absolutamente fiel, que
fuera bien visto por aquellos súbditos y con experiencia y talento. Y nadie
como Margarita para ello.
Y de esa forma, Margarita de Austria gobernaría los Países Bajos en nombre de
su sobrino hasta su muerte en 1530.
Fue una década en la que Carlos V no pisaría los Países Bajos, dedicado a
reconciliarse con sus súbditos españoles, sobre todo con los castellanos, y enzarzado
en las guerras con que le acosaba el rey francés Francisco I. Y puede decirse
que Carlos V siempre mantuvo un sentimiento de respeto hacia «Madame ma tante»,
como la llamaba en sus cartas, con la confianza de saber cuán bien gobernados y
con cuánta paz y sosiego vivían aquellos Estados. Por otra parte, Margarita de
Austria procuraba ayudar a su sobrino en la política internacional. De hecho,
fue decisiva su intervención con la reina madre de Francia, Luisa de Saboya,
con la que acabaría concertando aquella paz de 1529 que, en honor a ellas, se
conocería como «la paz de las Damas».
Y eso es digno de ser recordado: en pleno reinado de Carlos V, la paz más
importante acaso de su reinado es lograda por esta insigne colaboradora suya,
dando fe de la importancia que tenía el entorno femenino en la política
internacional del Emperador.
De igual modo podemos decir de aquella princesa portuguesa que se convierte en
su esposa y en emperatriz, aquella Isabel de Portugal (1503-1539), hija del rey
de Portugal Manuel el Afortunado. De modo singular, un matrimonio que se había
efectuado bajo el signo de los intereses políticos (asegurar la frontera
occidental de Castilla) y económicos (Isabel aportaba una dote inmensa para la
época, 900.000 ducados)[449], pronto se
convirtió en un matrimonio de amor, que asombró a los contemporáneos. Carlos V
e Isabel se nos muestran así como la pareja tiernamente unida, como supo
captarla Jean Mone en el bajorrelieve que puede admirarse en el castillo de
Gaesbeek, las manos entrelazadas, y Carlos V con la mano siniestra sobre el
torso de su amada.
Y también aquí la obra política vino a doblar la familiar. De igual modo, como
Margarita en los Países Bajos, también Isabel de Portugal supo cumplir con su
misión de alter ego del Emperador, gobernando con prudencia
Castilla durante las largas ausencias de Carlos V, como tendremos ocasión de
comprobar.
Algo que reconocería el propio Carlos V la segunda vez que abandonó España.
En efecto, en aquella ocasión recordaría el Emperador:
… la experiencia que tenemos de su buena y loable
gobernación y administración en la dicha ausencia pasada que hicimos destos
Reinos…[450]
De forma que Carlos V ya no temía que su salida de España
provocara nuevos malestares que hicieran brotar disturbios semejantes a los
vividos en tiempo de las Comunidades.
También fue muy importante el apoyo que Carlos V encontró en su hermana María,
la reina viuda de Hungría.
Fue ella, precisamente, la que le sirvió de pieza de recambio, para cubrir el
hueco dejado por la tía Margarita, como gobernadora de los Países Bajos. Menos
cultivada que Margarita, quien había hecho de su corte de Malinas un centro cultural
de primer orden, con su protección a humanistas y artistas —Erasmo le había
dedicado uno de sus tratados morales—, pero con similar talento político, María
por su parte haría de Bruselas de nuevo la capital de los Países Bajos.
Receptiva a las tendencias reformadoras luteranas, se plegó a la orientación
tradicional impuesta por su hermano el Emperador, y supo ayudarle eficazmente,
no solo gobernando aquellas tierras sino defendiéndolas también contra la
enemiga francesa y teniendo una participación decisiva en los pleitos
familiares; de hecho, fue el alma de los acuerdos de Augsburgo de 1551, que
suponían que en su día Felipe II tuviera acceso al trono imperial, sucediendo a
su tío Fernando. Nada ambiciosa, seguiría el ejemplo de Carlos V, dejando también
el poder y acompañando a su hermano imperial en su regreso a España (que para
ella era una tierra desconocida) en 1556. Fiel consejera de Carlos V, gran
gobernadora en su nombre de los Países Bajos durante un cuarto de siglo, María
fue probablemente la cabeza más clara de aquella generación de los Austrias
mayores. Y en su fidelidad y en su afecto al Emperador, acabó aceptando el
volver a los Países Bajos, conforme a los deseos de Felipe II; algo que no
cumpliría, porque poco antes de que fuera a embarcar, en el otoño de 1558, le
llegó la mala nueva de la muerte de Carlos V y no soportó aquella prueba,
muriendo a poco en su palacio de Cigales el 18 de octubre.
Margarita la tía, Isabel la esposa y María la hermana fueron las tres mujeres
más destacadas del entorno femenino imperial, tanto bajo el punto de vista
afectivo como político. Otras mujeres cabría recordar, pero en tono menor. Por
supuesto, no Leonor, que nunca estuvo a la altura de las circunstancias, y que
jamás supuso una ayuda para Carlos V en la corte de Francisco I de Francia.
Algo más lo sería Isabel, la casada con Cristian II de Dinamarca, pero el
pronto derrocamiento del rey danés la llevó al regreso a los Países Bajos,
donde moriría en 1536. Más importancia tuvo Catalina, la hija póstuma de Felipe
el Hermoso, a quien Carlos V sacaría de su encierro de Tordesillas —el que
compartía con su madre, Juana la Loca—, para convertirla en reina de Portugal,
como esposa de Juan III. En la documentación, siempre se manifiesta como
«humilde servidora» del Emperador. Carlos V la valoraba tanto, que en la crisis
portuguesa de 1557, con la muerte del rey Juan III y la minoridad de su nieto y
sucesor el príncipe niño don Sebastián, Carlos V apoyaría a Catalina como
regente del reino, pese a los deseos de su hija Juana, que como madre del nuevo
rey-niño aspiraba a ocupar aquel cargo.
En cuanto a sus hijas María y Juana, protagonizaron un papel destacado en los
planes imperiales, cuando fueron nombradas gobernadoras de Castilla; María,
entre 1548 y 1551, junto con su primo y marido Maximiliano I (luego emperador),
y Juana, que reemplazaría a Felipe II en aquel puesto entre 1554 y 1559.
En suma, tres mujeres más destacadas, ayudando notablemente en puestos de la
mayor responsabilidad al emperador Carlos V; dos de ellas, como él, belgas
(Margarita, la tía, y María, la hermana) y la tercera, una portuguesa: Isabel,
su mujer. A las cuales podría añadirse una española, Catalina, por la estrecha
vinculación de Portugal con la Monarquía Católica, en cuya corte de Lisboa
sería figura principal durante más de medio siglo, entre 1525 y 1578. Además
Catalina mostraría siempre a Carlos V su profundo reconocimiento, por haberla
sacado de aquel triste encierro de Tordesillas y haberla elevado al trono
portugués:
… cuando V. M. me casó —recordará agradecida la Reina— y
mandó para este Reino, de que me hizo Reina…
Y añade, conmovida:
… los días que viviere terné el conocimiento que a V. M.
debo, puesto que yo estoy muy bien casada, a Nuestro Señor gracias…[451]
Ese es el entorno femenino de Carlos V. Reducido, por fuerza,
porque se limitaba a las mujeres de la familia; otra cosa era impensable, dada
la mentalidad de la época, aunque debiera haber planteado a los humanistas —y,
en particular, a los erasmistas, como más avanzados— que era hora de incorporar
más plenamente a la mujer a la vida activa, incluida la política, probado el
buen juego que daban en cuanto se les ofrecía la menor oportunidad para ello.
§. Los hombres del Emperador
Panorama muy distinto nos ofrece el equipo de estadistas de que se rodea Carlos
V, por su número y por la diversidad de sus nacionalidades. Podríamos recordar
más de una docena, procedentes de los Países Bajos, del Franco-Condado, de
Italia y de España; e incluso, en cierto sentido, de Alemania. Ahora bien,
distribuidos en dos etapas, pues durante la primera, de corta duración, que es
la protagonizada por la privanza de Guillermo de Chièvres, entre 1515 y 1521,
ese equipo de gobierno que rodea al joven Carlos está compuesto casi
exclusivamente por flamencos, actuando Chièvres con la categoría de hecho de un
primer ministro, y con figuras del relieve de Adriano de Utrecht, que de
confesor del Rey pasaría a regente de Castilla, o como el conde Enrique de
Nassau, al que vemos en 1523 nada menos que como presidente del Consejo de
Hacienda, mientras que en 1521 era el capitán general del ejército imperial en
Italia. En 1527, a la muerte del duque de Borbón, ese alto cargo sería encomendado
a otro flamenco, Filiberto Chalón, príncipe de Orange. Recordemos, asimismo,
que el virreinato de Nápoles —«la perla» de Italia— sería puesto en manos de
otro flamenco, Carlos de Lannoy, desde 1522 hasta su muerte en 1527. Por lo
tanto, la importancia de los hombres de Flandes en el equipo imperial se
mantendría, aun después de la muerte de Chièvres, aunque evidentemente ya no en
los puestos claves, al lado del propio Emperador.
En ese sentido, Carlos V es consciente de que tiene que intervenir más directamente
en el gobierno de sus pueblos, sin privado alguno, a partir de la muerte de
Chièvres en 1521, que fue el único que en verdad tuvo aquella privanza.
Situación nueva, recogida por Santa Cruz en uno de los párrafos más certeros de
su crónica sobre el Emperador:
Después de la muerte de Chièvres —nos dice— muchos quisieron
entrar en su hacienda y muchos más en su privanza, pero el Emperador don Carlos
quedó tan avisado y tan escarmentado de la sobrada privanza de Chièvres, que
dende en adelante jamás de persona fue gobernado…
Desde entonces dejó de ser Carlos V el soberano que se limitaba
a firmar los despachos que sus ministros le presentaban. Es cierto que cuida
mucho de mantener el prestigio de las instituciones heredadas, en particular
los Consejos, cuando se trataba de resoluciones de tipo jurídico o
hacendístico. En una protesta del arzobispo de Toledo, Silíceo, enviada a
Felipe —entonces Regente— en 1552, el antiguo preceptor del Príncipe se expresa
en estos términos acerca de una actuación del Consejo Real de Castilla:
… Ya sabe V. A. que en semejantes consultas acostumbra
el Consejo de enviar su parecer, y regularmente S. M. sigue aquel parecer por
haber pasado por tantos letrados como hay en el dicho Consejo…, y estando en
tan graves negocios ocupado S. M., es de creer que se remitió a ellos…
Es cierto también que al final se le ve más sensible a las
influencias de sus secretarios. Pero lo característico de su reinado, después
de la muerte de Chièvres, es mostrar una firme voluntad, llevando muy en la
mano los asuntos de Estado y de guerra.
No quiere ello decir que no atendiera al consejo de personajes de la valía del
canciller de Gattinara, pues, como indica Ballesteros Beretta, hubiera sido
preciso que se tratara de alguien muy obtuso para no percibir esa influencia;
pero no hasta el grado de perder su voluntad, que ya nunca dejaría rendida en
manos de ningún otro. Y por eso, a la muerte del canciller piamontés, ocurrida,
como es sabido, en 1530, Carlos V rehúsa cubrir nuevamente el cargo, pese a las
peticiones que por entonces le hace Fonseca[452]. Ya nadie
podrá alardear, ni remotamente, de ser su privado. Él, Carlos, será su propio
valido.
A partir de 1521, tras la desaparición de Chièvres, Carlos V daría entrada cada
vez más a los españoles, italianos y borgoñones del Franco-Condado. Por
supuesto, Flandes sería gobernada por hombres del país, bajo la dirección de
Margarita o de María de Hungría, pero España y el reino de Nápoles recaerían en
españoles, mientras el Milanesado, la reciente incorporación a la Monarquía
Católica, estaría en manos italianas, como el marqués del Vasto (1538-1546) o
Ferrante Gonzaga (1546-1555), recompensado por su buena actuación en el
virreinato de Sicilia entre 1535 y 1546. Asimismo sería un italiano, el citado
Mercurino de Gattinara, quien llevaría la política exterior entre 1521 y 1530.
El principal consejero en política exterior jamás sería un español, acaso
porque Carlos V los viese demasiado inmersos en los problemas de la Monarquía
Católica, en relación con el Mediterráneo y ultramar, más que con el resto de
Europa, cuya dirección tanto interesaba a Carlos V, como emperador efectivo de
la cristiandad. De ese modo, tras Chièvres y Gattinara vendrá el tiempo de los
Perrenot: Nicolás, el padre, que será posiblemente el redactor de las famosas
instrucciones de Carlos V a Felipe II de 1548[453], y a su
muerte en 1550, su hijo Antonio Perrenot de Granvela, el futuro cardenal.
Entre los españoles, los más notables son, sin duda cuatro: Francisco de los
Cobos (m. 1547), secretario de Estado y la figura del Consejo de Hacienda, a
quien vemos acompañar a Carlos V en el viaje a Italia de 1529; el cardenal
Tavera, arzobispo de Toledo y primera figura de la Corte castellana como
Inquisidor general; el duque de Alba, que pronto se afianza en la milicia como
el primer soldado del ejército imperial, y Juan de Zúñiga, el hombre de
confianza de Carlos V, como ayo del príncipe don Felipe.
Es también en el ejército donde destacan otros españoles, y en especial,
Antonio de Leyva (1480-1536), el héroe de Pavía, muerto en la campaña de
Provenza.
En los virreinatos de Italia, y en especial en el de Nápoles, así como en las
Embajadas, también sacó partido Carlos V de la cantera española. Dos nombres
destacan aquí por su importancia: en primer lugar, don Pedro de Toledo
(1484-1553), marqués de Villafranca, virrey de Nápoles desde 1532 hasta su
muerte, el que impuso el orden en el Reino, combatiendo los privilegios de la
nobleza feudal, conocido por su severidad por el pueblo napolitano como il
Vicerè di ferro, y todavía recordado con el nombre popular que se da a la
calle del Nápoles viejo como «Via Toledo». La otra figura española a recordar
sería la del embajador Diego Hurtado de Mendoza (1503-1575), que ocupó la
embajada de Venecia entre 1538 y 1547, pasando después a la principal embajada,
la de Roma y que tuvo un papel tan destacado en el Concilio de Trento. Ejemplo
de diplomáticos-humanistas, su biblioteca, donada a la escurialense, es buena
prueba de ello.
A este equipo de gobernantes, extraídos de todas las partes de su Imperio,
podían añadirse otras figuras vasallas extranjeras, pero que colaboraron
eficazmente con el Emperador, en dos de los campos en los que la Monarquía
Católica era, a todas luces, deficitaria: en las finanzas, donde nos
encontramos con alemanes como los Welser y, sobre todo, con los Függer; y en la
marina, donde inmediatamente hay que recordar a los genoveses, con Andrea Doria
a la cabeza.
Y aún nos quedaría otra parte del Imperio, el que entonces crecía de manera tan
espectacular, el de las Indias occidentales; era la expansión imperial puesta
en manos hispanas. Aquí el recuento de nombres es increíble, en número y en
hazañas: Hernán Cortés, Francisco Pizarro, Diego Almagro, Pedro Alvarado,
Jiménez de Quesada (el autor del Antijovio, en defensa del
Emperador), Hernando de Soto, Vázquez Coronado (el que descubre el Cañón del
Colorado), Pedro de Valdivia (el conquistador de Chile) y tantos y tantos
otros. Y es también cuando empiezan los grandes virreyes, entre los que
destaca, sin duda, don Antonio de Mendoza, virrey sucesivamente de Nueva España
(1535-1551) y del Perú (1551-1553). Un Imperio en expansión sujeto a las
inevitables crisis, lo que nos lleva a recordar a un clérigo, Pedro Lagasca, el
pacificador del Perú tras la rebelión de Gonzalo Pizarro en 1548, al año de la
victoria imperial en los campos alemanes de Mühlberg.
Hemos citado a belgas, borgoñones, españoles, italianos y alemanes; también
habría que citar a los portugueses, por una figura de excepción: el navegante
Magallanes, el audaz nauta descubridor del paso entre el Atlántico y el
Pacífico que tan justamente lleva su nombre en aquella expedición que daría la
primera vuelta al mundo, acaso el hecho más notable de todo el reinado,
coronado a su muerte por el vasco y español Juan Sebastián Elcano.
Y esta es la nota que cabría recordar y subrayar: que Carlos V tuvo notables
colaboradores en todas las facetas de su gobierno, tanto a nivel nacional como
internacional, tanto en el gobierno central como en la diplomacia y el
Ejército, tanto en Europa como en ultramar, convirtiéndose así en el único
emperador de la historia del Viejo y Nuevo Mundo.
En ese equipo podríamos citar, sin duda, a su hermano Fernando, desde 1531 rey
de Romanos y sucesor al Imperio, en quien Carlos V descansaría con frecuencia
para atender los asuntos de Alemania, hasta que se produce la crisis de 1552.
Y, sobre todo a partir de 1551, al príncipe Felipe, puesto entonces de hecho al
frente del gobierno de España, auténtico alter ego del
Emperador, con un creciente protagonismo que culminaría en la jornada de
Bruselas de 1555, con la emocionante despedida de Carlos V ante los Estados
Generales de los Países Bajos. Lo que la Historia conoce como la jornada de la
abdicación imperial, que por su importancia expondremos con el mayor detalle en
la parte final de esta obra.
Por lo tanto, hemos pasado revista al equipo de estadistas, diplomáticos y
soldados con que pudo contar Carlos V para desplegar su política imperial; su
Estado Mayor, si se quiere emplear una expresión actual. De igual modo, hemos
pasado revista al aparato institucional y a sus recursos en hombres y en
dinero, así como a su idearium político.
Es hora ya de que nos adentremos en el fluir de los acontecimientos, en esas
etapas que caracterizan el largo reinado de Carlos V: su reencuentro con España
(su lenta, pero firme hispanización), sus afanes de cruzado de la década entre
1532 y 1541, su pugna por el predominio del norte de Europa y, por último, su
retirada a Yuste.
Parte III
La hispanización del Carlos V
Contenido:
1. Preparando el regreso
2. El retorno a España
3. Las Cortes de 1523
4. Una guerra que no cesa: Pavía
5. Las bodas imperiales
6. Roma anhelada, Roma violada
Capítulo 1
Preparando el regreso
Carlos V, este joven Emperador que acaba de cumplir los 21 años,
¿con qué se encuentra, abocado ya al verano de aquel año? ¿Cuál es el panorama
internacional que se le ofrece? Y no solo a nivel de la Europa occidental, no
solo a las relaciones con Francia o Inglaterra, que eran las otras grandes
potencias de la Cristiandad; o con el Papado, que desde Roma ejercía aquel
doble magisterio sobre la Cristiandad y sobre Italia, donde tantos intereses
tenía la Monarquía Católica; o bien, con Portugal, cuya expansión oceánica
hacía que a la frontera terrestre, entre el Miño y el Guadiana, hubiera que
añadir aquella otra inmensa en el inmenso Océano Atlántico, siempre inmenso,
pero mucho más en aquella época de las carabelas y de los primeros galeones.
En efecto, por primera vez —y acaso por la última— al Emperador competía estar
atento a lo que ocurría tanto al este de Europa como más allá de los mares. Al
este, porque en Constantinopla iniciaba su reinado otro joven Emperador, pero
que en este caso no seguía la fe de Cristo, sino la ley de Mahoma. Malo e
inquietante es lo que había hecho ya su antecesor, Selim I, conquistando Egipto
en 1517; pero eso al menos quedaba en campo musulmán y en el recodo meridional
del Mediterráneo oriental. En suma, Selim II no había llevado sus ejércitos
contra el mundo cristiano. Pero Solimán el Magnífico, su sucesor, pronto iba a
dejar claro que otros eran sus fines. Y en el corazón del verano de 1521, el 29
de agosto, los últimos defensores húngaros de Belgrado eran vencidos y la catedral
convertida en mezquita.
Sin duda, una noticia alarmante para Carlos V, en particular por el enlace de
sus dos hermanos, Fernando y María, con la dinastía Jagellón de Hungría.
En cambio, bien podemos decir que para Carlos V el problema luterano —que
después tomaría tanta fuerza— estaba correctamente planteado y, por lo tanto,
algo que podía esperar. El monje agustino había sido juzgado en la Dieta
imperial de Worms, su doctrina había sido condenada y él puesto fuera de la
ley. ¿Cómo temer nada, después de ello? Eso a la altura de 1521, parecía muy
improbable.
De modo que, de momento, a Carlos V le preocupan otras cosas. De entrada, dejar
arreglados los asuntos del Imperio, ya que tiene que preparar pronto su regreso
a España. Había prometido que volvería a los tres años, y el segundo había
pasado.
Eso quería decir que había que pensar en un sustituto. ¿Y quién mejor que su
hermano Fernando?
Por otra parte, dejar a Fernando como lugarteniente, desde su nueva corte de
Viena, era algo más que un asunto político; lo era también familiar. De ese
modo, la antigua rivalidad entre los dos hermanos, fomentada por algunos nobles
en Castilla —y con cierto eco popular, sin duda—, podía resolverse
satisfactoriamente.
Pero para ello, había que ceder algo, eso era evidente. Pero, ¿qué? ¿Cuál de
las partes? No los Países Bajos, que eran las tierras natales. Ni tampoco,
claro está, la Monarquía Católica, donde había desplazado, de hecho, a la Reina
madre, a aquella pobre loca de Tordesillas, y de donde había obligado a salir
precisamente a su hermano. Y estaba claro que él, el hermano mayor, mantendría
el título imperial. De forma que no había más que una zona a la que renunciar,
para que Fernando pudiera con dignidad celebrar aquella boda dispuesta por el
abuelo Maximiliano; la boda con Ana de Hungría. Y esa zona era la tierra de
Austria (Alta y Baja Austria) y los territorios confines de Estiria, Carintia y
Carniola.
Que era la ejecución de un plan familiar ideado por el abuelo Maximiliano es
algo reconocido por el propio Carlos V en sus Memorias:
Estando Su Majestad[454] en la
dicha Dieta[455] mandó
llamar al Infante, su hermano, el cual se partió de allí para irse a casar con
la hermana del rey Luis II de Hungría, conforme a lo que el emperador
Maximiliano había dejado concertado…[456]
A esos territorios, cedidos en las negociaciones que tuvieron
ambos hermanos en Gante y Bruselas, en el invierno de 1522, se uniría el ducado
germano recientemente adquirido de Wurttemberg, en el corazón de Alemania. De
ese modo, Fernando se convertía en un poderoso príncipe germano y podía
dignamente representar al Emperador en el Imperio, lo que permitiría a Carlos V
su regreso a España.
De ese modo se iniciaba aquella política dinástica, que sería una de las notas
más destacas del reinado de Carlos V. Y el afianzamiento de la frontera
oriental se doblaría con el matrimonio de su hermana María con el rey Luis II
de Hungría, pocos días después del realizado en Linz entre Fernando y Ana[457].
No deja de ser notable: cuántas cosas protagonizadas por aquellos hermanos, que
habían dejado atrás, a marchas forzadas, las horas de la indolente
adolescencia. Carlos contaba entonces 21 años y su hermano 18. Hoy eso nos
parecería, no ya sorprendente, sino casi prohibitivo. Y no digamos la seriedad
con que iba hacia su dramático destino María, la hermana más pequeña de aquella
tropa infantil criada en Malinas bajo los cuidados de Margarita de Austria, que
a sus 15 años se desposaba con Luis II de Hungría, para poner con él la Corte
en Budapest, bajo la amenaza de un golpe de mano turco, desde la cercana
Belgrado, apenas a 300 kilómetros, y a mucho menos, claro, de los puestos
fronterizos. Para María, serían cinco años cargados de tensión y afrontados con
valentía, que acabarían haciendo de ella la reina viuda más joven de Europa,
descabalgada brutalmente de lo que parecía su brillante destino.
En todo caso, insistir ahora en un punto verdaderamente importante en cuanto al
imperio de Carlos V, al que sus contemporáneos, asustados por su propia
grandeza, tachaban de dominador y de atentatorio contra la libertad de los
demás pueblos de la Cristiandad. Evidentemente era impresionante su poderío. La
misma inmensidad de su espacio podía dar la sensación del fruto de una ambición
desordenada, que no se sabía hasta dónde podía llegar. Y esa sensación no la
tenía solo el rey de Francia, pinzado al norte y al sur por los dominios del
Emperador; también le pasaba igualmente al Papa, llamárase León X, Clemente VII
o Paulo III, sobre todo desde que Milán acabó formando parte del Imperio
carolino. Ahora bien, la verdad es que ese Imperio no era agresivo, no se había
formado al filo de la espada, sino como el resultado de pacíficas alianzas
matrimoniales. Un Imperio heredado, no conquistado. Un Imperio, no un
imperialismo[458]. Y por eso
se da el caso singular de que Carlos comience prácticamente su reinado
desmembrándolo, no para repartirlo entre sus hijos legítimos —que todavía,
claro, no tenía—, sino a favor de su propio hermano. Carlos es quien convierte
a Fernando en un príncipe territorial germano, tanto por el ducado de
Wurttemberg como por los dominios familiares austriacos con centro en Viena. Y
si bien se reserva el título imperial, de hecho hace de su hermano su alter
ego en el Imperio. Y como todo cargo ha de ser remunerado, incluso le
concede una renta de 50.000 ducados anuales.
Pero si Carlos, conforme había declarado solemnemente ante las Cortes
castellanas en 1520, no ambicionaba más reinos ni más señoríos, estando
contento con los que tenía, y aunque su afán era presidir los destinos de una
Cristiandad en paz, para defenderla del Islam, e incluso en cuanto fuera
posible, llevarla a la ofensiva contra aquel enemigo común, la realidad que le
estalla en las manos, en aquel año de 1521, iba a ser muy distinta. Esa sería
la gran diferencia entre la Europa soñada y la Europa verdadera. Podría Carlos
poner las bases de una paz perpetua entre los Estados germanos del Imperio, con
un Tribunal Superior de Justicia, pero no estaría en sus manos impedir los
recelos de Francisco I de Francia, en lo que entraba tanto la rivalidad de un
soberano desplazado de sus propios afanes imperiales, como la sensación de
verse argollado por el antiguo conde de Flandes, que se le había mostrado tan
sumiso y que acabaría alzándose con tan extremo poder.
Así las cosas, a nadie sorprendió el súbito ataque de los aliados de Francisco
I a los dominios del Emperador, tanto en los Países Bajos como en España; de
Roberto de la March, señor de Bouillon y de Sedán, atacando la frontera
meridional de los Países Bajos, como del duque de Güeldres, haciéndolo por el
norte, o, en fin, de Enrique de Labrit, al querer recuperar Navarra; todo en
aquel verano de 1521. Afortunadamente para el Emperador, ya la revuelta de las
Comunidades castellanas había sido sofocada en los campos de Villalar, si bien
todavía Toledo mantenía, con la indomable María Pacheco, su insumisión.
Por lo tanto, una situación comprometida, que el Emperador recordaría treinta
años después en sus Memorias, de esta lacónica, pero expresiva
manera:
Por cuya causa —la enemistad de Francisco I— y otras pláticas e
inteligencias que había en Italia y en España con las Comunidades, comenzaron
en el año de 1521 las guerras entre Su Majestad imperial y el rey de Francia…[459]
Daba comienzo así un estado de guerra que duraría, con pequeñas
treguas, a modo de respiro que se tomaban ambos contendientes, durante todo el
reinado, y que incluso se prolongaría hasta el comienzo del siguiente, no
viendo su final hasta la paz de Chateau-Cambresis de 1559. Probablemente Carlos
V no suponía tal continuidad, pero sí se dio perfecta cuenta de que estaba en
juego la supremacía sobre la Europa cristiana, exclamando ante los suyos al
inicio del conflicto:
Muy pronto seré yo un pobre Emperador o él un pobre Rey.
Por lo tanto, el comienzo de la guerra, de una guerra que
duraría años y años, con cientos de miles de muertos, con países arrasados, que
llevaría la ruina y el hambre a miles de hogares. Así que la primera pregunta a
formularnos, de cara a los planteamientos morales de nuestra sociedad —que es a
la que el historiador debe servir— es si los principales responsables se dieron
cuenta de ello, si hicieron algo porque la paz fuera posible. ¿Qué empujó a los
responsables a tomar la vía de las armas? Desde un primer momento, Carlos V
declaró solemnemente que anhelaba la paz; aquello pronunciado ante las Cortes
de Castilla en 1520, por boca del obispo Mota:
… contento estaba con la grandeza de España…, con la mayor parte
de Alemania, con la mejor parte de Italia, con todas las tierras de Flandes y
con otro nuevo mundo de oro hecho para él…
Pero, ¿podría creérsele? ¿Podrían vivir tranquilos franceses o
romanos, al verse cercados por tanto poderío? ¿No trataría el nuevo Emperador
de recuperar, por ejemplo, el ducado de Borgoña perdido por Carlos el
Temerario?
¿Fue eso lo que llevó a Francisco I a desencadenar la guerra? ¿Había también
algo de rivalidad, de celos, de ansias de venganza contra quien le había
vencido en la pugna por la corona imperial? Porque una cosa es cierta: el rey
francés fue quien apoyó a Roberto de la March, al duque de Clèves y a Enrique
de Labrit para que guerrearan en la frontera imperial, y en el caso de Labrit,
para que invadiera y ocupara todo el reino de Navarra. Contra ese ostensible
apoyo militar, puesto que tanto La March como Labrit habían partido de Francia,
donde habían organizado sus tropas, protestó airadamente Carlos V por medio de
su Embajador en París.
Era acudir a la vía diplomática. Es más, como Francisco I quiso ver en ello una
ofensa, tomándolo así en sentido contrario para que le sirviera de casus
belli, Carlos V llegó a más, en un último intento desesperado por salvar la
paz.
Algo que el fidedigno cronista Santa Cruz nos cuenta con todo detalle:
A esta causa —la búsqueda de la paz— determinó escribirle[460], jurándole
que en lo que había escrito no había sido su intención de lastimarle ni
desafiarle, sino que viendo al príncipe de Bearne[461] y a
Roberto de la March hacer sus ejércitos en Francia, pensaba que él era factor y
favorecedor de aquellas guerras; pero esto no obstante, que desde adelante
fuesen amigos y hermanos, y que todo lo que entre ellos estaba capitulado fuese
firme y valedero…[462]
El tono de la carta del Emperador era sumamente conciliador.
Dejando a un lado su preeminencia imperial, hablaba al Rey francés de hermano a
hermano; de forma que el cronista podía añadir su propio comentario personal:
Y caso que el Emperador —añade Alonso de Santa Cruz— en la
primera embajada hubiera en algo excedido, cierto, el rey de Francia con las
palabras de la segunda se hubiera de dar por satisfecho…[463]
Por lo tanto, no es cierto que los pueblos entonces entraran en
guerra alegre y alocadamente, como quien va de cacería. Al menos, había quien
calibraba los daños de la guerra, aquello que hacía exclamar a los erasmistas
que el buen rey —como aquel Polidoro de los Diálogos valdesianos—
debía huir de la guerra como del fuego y que más le valía fundar una ciudad que
intentar conquistar las ajenas.
…A menos costa edificarás una ciudad en tu tierra que
conquistarás otra en la ajena…[464]
Porque esta es la cuestión: ¿podemos aprender del pasado? ¿Dónde
radicó el error que llevó a la guerra?
Por lo tanto, un tema trascendente, un tema de interés permanente. Y en este
caso no puede dejarse tan solo en el simplista argumento de que Francisco I,
ansioso de gloria, como príncipe del Renacimiento, buscó el momento oportuno
para declarar la guerra a Carlos V, aunque no esté falto de verdad. Y por una
razón: porque no es toda la verdad. Indudablemente no ayudó a la paz el hecho
de que el régimen político de aquella Monarquía autoritaria lo dejara todo en
manos del Rey, ni tampoco —y acaso esto sea más cierto— que su educación sobre
los grandes hechos de la Historia le llevara a buscar la gloria y la fama a
través de las gestas militares. Pero tampoco se puede olvidar la excesiva
acumulación de poder en manos de Carlos V, que tenía que provocar la general
alarma en sus vecinos, prestos a acusarle de que aspiraba a la Monarquía
universal; lo que, ciertamente, era una especie de sueño que entusiasmaba a no
pocos españoles del tiempo, pues no todos eran de corte erasmista.
No lo era, en verdad, aquel soldado poeta que escribió el célebre soneto:
Ya se acerca, señor, o es ya llegada
la edad gloriosa, en que promete el cielo
una grey, y un pastor, solo en el suelo,
por suerte a vuestros tiempos reservada.
Ya tan alto principio en tal jornada
os muestra el fin de vuestro santo celo,
y anuncia al mundo para más consuelo
un monarca, un Imperio y una espada.
Ya el orbe de la tierra siente en parte,
y espera en todo vuestra Monarquía,
conquistada por vos en justa guerra:
que a quien ha dado Cristo su estandarte,
dará el segundo más dichoso día
en que vencido el mar, venza la tierra.
Como nos dicen los estudiosos de Acuña, aquel soldado-poeta que
combatió en las banderas imperiales, dejó grabado, en su soneto dedicado al
César, el anhelo, y aun el ansia de ver ya hecho realidad aquel sueño de un
solo imperio, una única Monarquía regida por Carlos V.
Y eso, evidentemente, tampoco ayudaba a la paz, porque no podía generar el
clima de confianza entre los pueblos más directamente afectados. Porque esa era
también otra de las inquietantes interrogantes que se alzaba entonces: ¿era
sincero el Emperador en sus declaraciones de paz? ¿No quería en verdad él
aquella Monarquía universal?
Por lo tanto, afanes de gloria por un lado y excesivo poderío por el otro
constituyeron la pinza hacia 1521 que hizo imposible que la paz prevaleciera. Y
ante los hechos consumados Carlos V, de acuerdo con su mentalidad caballeresca,
quiso participar muy pronto en los combates que se libraban en tierras de
Flandes, acudiendo a uno de los focos de la guerra, a Valenciennes; un gesto de
valentía que pudo costarle caro, pues estuvo a punto de ser cogido prisionero.
Pero no serían solo las armas las que entrarían en juego. También la
diplomacia. Y aquí sí que Carlos V obtuvo sus primeros éxitos, pues mientras
avanzaban los acuerdos con la Inglaterra de Enrique VIII, a confirmar en una
entrevista en la cumbre, sus diplomáticos lograban firmar con el papa León X
una alianza, de la que el Pontífice esperaba sacar buen partido.
En aquel forcejeo diplomático en la Corte romana fue decisivo el papel de un
español, aquel don Juan Manuel, señor de Belmonte, que ya se había mostrado
como uno de los más fervientes seguidores, años atrás, de Felipe el Hermoso, y
a quien Carlos V confiaría delicadas misiones. En 1521 se trataba de fijar la
tornadiza voluntad de León X, tan pronto temeroso del creciente poderío de
Carlos V, tan pronto inclinado al bando español. A favor de la causa imperial
jugaba el importante protagonismo de Carlos V en la cuestión luterana, y de eso
supo aprovecharse don Juan Manuel. A partir de la Dieta de Worms y de la
solemne declaración de fe de Carlos V, proclamando a Lutero fuera de la ley
imperial, León X se inclinaría por su alianza, confiando en que eso daría a los
Estados Pontificios el dominio de Ferrara, Parma y Piacenza.
Tal sería el tratado secreto entre León X y Carlos V del 29 de mayo de 1521,
hecho público un mes más tarde. Eso permitiría, cuando la guerra entre el
Emperador y Francisco I ya se había desencadenado, que los tercios viejos que
guarnecían Nápoles pudiesen desplazarse a Lombardía bajo la dirección de dos de
los mejores soldados con los que contaba entonces Carlos V: el italiano Pescara
y el español Antonio de Leyva. Y con tal fortuna, que pronto los franceses
fueron arrojados de Milán, aquella plaza ganada seis años antes por Francisco I
en los deslumbrantes comienzos de su reinado.
Era el mes de noviembre de 1521. Y aquella victoria iba a despejar también el
horizonte diplomático, decidiendo a Enrique VIII a firmar el 24 del mismo mes
una alianza ofensivo-defensiva con el Imperio y con el Papado; esto es, una
liga en contra de Francia.
Por lo tanto, la situación de cara al nuevo año iba mejorando para Carlos V. De
España le llegaban también noticias más tranquilizadoras, pues el máximo
peligro que habían supuesto las Comunidades de Castilla se había sorteado tras
la derrota comunera de Villalar, el 23 de abril de 1521. Es cierto que todavía
se mantenía en el sur la rebelión de Toledo, pero más como un foco de agitación
residual, sin esperanza alguna de prosperar; también ocurría algo similar con
las Germanías valencianas, desde la toma de Valencia por las tropas imperiales
en el otoño de 1521, aunque todavía resistieran —al igual que en Castilla—
algunos focos aislados, como Játiva y Alcira, amén de Palma de Mallorca que
solo sería dominada tras el regreso de Carlos V a España, como hemos de ver.
Y esa era la medida que ansiaba tomar Carlos V, en parte por cumplir la palabra
que había dado a las Cortes castellanas de que volvería antes de los tres años,
y en parte porque sabía muy bien que en España —y concretamente, en su Corona
de Castilla— estaba la base de su poderío, y que, por lo tanto, le urgía su
completa pacificación. Y para que nada alterase sus planes en el norte, dejó de
nuevo a su tía Margarita como Gobernadora de los Países Bajos[465], y a su
hermano Fernando, como su alter ego en el Imperio.
Era hora de organizar el viaje a España, pero pasando por Inglaterra, para
confirmar con Enrique VIII aquella alianza surgida ya en plena guerra con
Francia.
Y fue entonces cuando ocurrió algo inesperado, y para muchos, como un signo del
apoyo divino al joven Emperador: la muerte de León X, y la inesperada elección
a la suma dignidad pontificia del antiguo preceptor de Carlos V, Adriano de
Utrecht.
§. Los cambios en Italia: Adriano, Papa
En efecto, el 2 de diciembre de 1521, a consecuencia acaso de las fuertes
emociones sentidas con la toma de Milán y la victoria sobre las tropas
francesas que mandaba Lautrec, o bien a causa de una fuerte afección pulmonar,
lo cierto es que el 2 de diciembre de 1521 fallecía el combativo Papa,
abriéndose una peligrosa sucesión, pues si era designado un cardenal proclive a
Francia peligraba el tratado secreto de mayo de 1521, y otra vez la situación
en Italia se volvería incierta.
De allí partió —Carlos V— y continuó su camino hasta Aquisgrán, donde fue
coronado. Y desde allí se tornó Madama Margarita, su tía, a gobernar los dichos
Estados la segunda vez… Había que hacer algo, y pronto. Carlos V daría
instrucciones a su embajador en Roma, don Juan Manuel, para que obstaculizase
por todos los medios la elección del candidato francés, apoyando la candidatura
del cardenal Médicis de Florencia.
Pero don Juan Manuel iría más allá. Considerándose el mejor informado, vio la
posibilidad de que saliera Adriano de Utrecht, el que entonces se hallaba en
Castilla, en función de regente del Reino.
Era una jugada difícil en la que pocos creían. ¿Cómo iba a entregarse la cabeza
de la Iglesia al que había sido confesor de Carlos V y al que en aquellos
momentos estaba gobernando España en su nombre? ¿No sería dar demasiado poder
al Emperador? Y la Iglesia, ¿no quedaría peligrosamente subordinada al Imperio?
Pese a ello, pese inclusive a todos los esfuerzos de Francia y del grupo
cardenalicio que le era afecto, Adriano fue elegido. Y lo que es más curioso:
sin haber hecho ningún intento personal para lograrlo. Antes bien, cuando le
llegó aquella nueva a Vitoria, donde había puesto su corte, para estar atento a
la guerra que los franceses habían desatado en el País Vasco, Adriano de
Utrecht estuvo dudoso. ¿Era él la persona adecuada para dirigir la nave de la
Iglesia, en aquel mundo tan corrompido como el romano? Él se consideraba —y lo
era, sin duda— un hombre sencillo, que se preciaba de cumplir con su deber, sin
mayores ambiciones. Todo lo que entonces tenía, tanto su ascenso al cardenalato
como su puesto de regente en España, se lo debía a la generosidad de Carlos V,
sin haber intrigado para alcanzarlo.
Eso ocurría cuando apuntaba el nuevo año de 1522. Al fin, Adriano acabó
aceptando, y se dispuso a emprender su camino, aunque su ánimo estuviera
confuso. Adivinaba, sin duda, todas las dificultades que habría de vencer, y
acaso, incluso los riesgos mortales que le estarían acechando[466].
Por su parte, Carlos V pudo pensar que la designación de su antiguo capellán
por el cónclave cardenalicio era como un signo del apoyo divino. En España
también produjo notable impacto, especialmente en Castilla, donde tanto arraigo
tenía el sentido providencialista de la Historia; en poco tiempo, en el espacio
de tres años, la designación de las dos dignidades supremas de la cristiandad,
ambas electivas, recaían en su joven señor y en el prelado holandés que le
representaba como su Gobernador en la Corona castellana. ¿No era algo
admirable? ¿No era como un mensaje de lo alto? ¿Quién podía resistirse a los
designios celestiales? ¿No era para que el pueblo estuviese orgulloso? A fin de
cuentas, ambos —Carlos y Adriano—, al ser elegidos, se hallaban en España, y a
España llegó la buena nueva:
… de manera que fue dichosa España en estos tiempos —se lee en
las Crónicas— en que de ella saliese Pontífice y Emperador…[467]
El cónclave cardenalicio reunido en Roma, el 27 de diciembre de
1521 a los 25 días del fallecimiento de León X, tardó dos semanas en elegir el
nuevo Pontífice, haciéndose público el 9 de enero de 1522, llegando la noticia
a Vitoria aquel mismo mes. No debió de tardar mucho más en ser sabida en la
corte imperial de Bruselas, si bien sorprende el que Carlos V no mandara su
parabién a su antiguo servidor hasta bien entrado el mes de marzo[468]; acaso
porque le sorprendiera tanto la noticia que tratara de confirmarla. Y
posiblemente le causó desazón, pues en el plano espiritual era ver convertirse
un antiguo súbdito en aquel otro a quien debía besar el pie, conforme al
protocolo de la época. Pero al fin, le mandó una embajada especial, con uno de
sus íntimos, el señor de La Chaulx, acompañado del noble español don Lope
Hurtado, quienes debían expresarle la alegría del Emperador, contento de que el
cielo los hubiera escogido a los dos, antiguo preceptor y antiguo alumno,
… para darnos señal que su voluntad es establecer y asentar las cosas
públicas de la Cristiandad y unir sus fuerzas para la ampliación de nuestra
católica fe…[469]Hubo
más, y esto es significativo: Carlos V se creyó obligado a desmentir una
especie que corría ya por media Europa: que no le había hecho feliz la noticia[470]. A su vez
Adriano, acaso para demostrar a todos desde el primer momento que el Papa no se
convertiría en el capellán de su antiguo joven señor, le respondió, no sin
altanería, que en todo caso estaba muy contento de que su elección hubiera
ocurrido sin el apoyo imperial[471].
Y por si hubiera alguna duda, cuando todavía estaba en España, a punto de
embarcar en Tarragona en la nave que había de llevarle a Italia, Adriano se
niega a esperar más tiempo en España, tal como le pedía el Emperador.
En efecto, Carlos V hubiera deseado aquella entrevista en la cumbre entre las
dos cabezas de la Cristiandad, algo que hubiera supuesto un nuevo aplazamiento
del viaje del Papa y a lo que Adriano no podía ni quería acceder. Para él
estaba muy claro que una vez que había aceptado el cargo, tenía que asumir toda
su responsabilidad cuanto antes, y eso quería decir también que tenía que estar
en Roma, porque solo en Roma el Papa era Papa.
Pero, además, y como un signo cierto de su independencia, desaira a su antiguo
señor, que le había pedido el cardenalato para tres de sus servidores, entre
ellos, el obispo de Palencia; eso sí, no sin un deje de cortesía, que bien
podría tomarse de otro modo. De forma que terminaba su respuesta a Carlos V
diciéndole:
Y os rogamos que toméis de buen modo si en cosas no convenientes
no condescendemos del todo a vuestros deseos…[472]
Eso ocurría cuando ya Carlos V estaba en España, a los once días
de su desembarco en Santander, que había efectuado el 16 de julio de 1522. De
forma que cuando el Emperador entraba en Castilla, el Papa salía de España. El
uno parecía que perseguía al otro, o bien que el Papa quisiera escapar del
Emperador.
Pero esto será adelantar acontecimientos. Porque de momento tenemos a Carlos V
en Bruselas, tratando de organizar su regreso a España, mientras que Adriano VI
seguiría aún dos meses en Vitoria, antes de emprender su camino a Roma.
§. Equilibrio en el Norte, peligro en el sur, triunfo en Italia.
La proclamación de Adriano de Utrecht pudo asombrar a Carlos V, incluso
desorientándole en un primer momento, y de ahí los rumores que pronto
circularon sobre su descontento que —como hemos visto— llegaron hasta el mismo
Pontífice; ahora bien, una vez confirmada la noticia, estaba claro que ese era
un motivo más para emprender el retorno a España.
El retorno a España, y más concretamente a Castilla, porque el Emperador sabía,
como lo sabían sus consejeros, que en Castilla era donde radicaba su fuerza;
tal como había expresado por él su portavoz en las Cortes de 1520 (el obispo
Mota),
… considerando que este Reino es el fundamento, el amparo y la fuerza de
todos los otros… Y eso tanto más cuanto que la guerra ya se había
encendido con furia por todas partes, atizada por el ansia de Francisco I de
recobrar aquel protagonismo que a principios de su reinado había conseguido,
tras la victoria de Marignano en 1515 y la conquista del Milanesado.
Los hombres del tiempo se admiraron ante la febril actividad del rey francés.
En su crónica posterior, Prudencio de Sandoval recoge todavía ese sentir, ante
la puesta en pie de guerra por Francisco I de tantos ejércitos para acometer
por todas partes al Emperador: un ejército sobre la frontera de Flandes, otro
sobre Navarra y un tercero en el País Vasco; y eso sin contar el esfuerzo
mayor, con las tropas enviadas a Italia bajo el mando de Lautrec, con la misión
de recuperar el Milanesado.
Frente a esa furia bélica del francés, el cronista Sandoval resalta el
pacifismo de Carlos V que solo se limitaba a defenderse de tanto acoso. Vemos a
uno de los contendientes, Francisco I, rompiendo la paz y guerreando sin cesar
aquí y allá; y al otro, defendiéndose como puede, y buscando alianzas, ya en
Roma ya en Londres. Diríase que cada uno reaccionando conforme a su esquema,
tanto vital como ideológico, de muy distinto tono. Lo que nos hace recordar que
entonces coexistían en Europa dos teorías políticas, dos ideologías del poder;
una, realista, basada en un análisis de la experiencia, como el trasunto de una
praxis apenas desmentida por los grandes protagonistas del pasado; y la otra
utópica, que lamentando los males provocados por los abusos del poder, trataba
de encontrar una fórmula, acorde con las exigencias éticas.
Cada una de esas directrices había encontrado, y precisamente a principios del
siglo XVI, la pluma de dos teóricos de primera magnitud: Maquiavelo y Erasmo.
Naturalmente, no es el caso recoger aquí por extenso el pensamiento político de
cada uno de ellos, pero sí el destacar que la polémica estaba servida desde que
Maquiavelo había publicado su obra capital: El Príncipe. Para no
pocos, a partir de ese momento, se convirtió en axioma su sentencia de que el
Príncipe tenía que emplear todos los medios para afianzarse en el poder, y que
para ello tenía que estar sumamente atento, tanto a los sucesos internos como a
los externos; y en cuanto a los internos, la cosa estaba clara: si el Príncipe
tenía que escoger entre ser amado o ser temido por sus vasallos, dado que ambas
cosas era imposible conseguirlas, debía escoger el ser temido. Y por lo que
hacía al peligro exterior, el Príncipe debía estar siempre preparado para la
guerra, e incluso acometerla si veía alguna posibilidad de victoria, porque eso
aumentaría su prestigio; y su mayor prestigio sería a su vez una mayor garantía
de mantenerse en el poder. Por lo tanto, no se trataba de dilucidar entre
guerras justas o injustas, como habían especulado santo Tomás de Aquino y todos
los padres de la vieja escolástica, sino de ceñirse a la descarnada realidad,
como lo enseñaba la experiencia del pasado, remoto o reciente; esto es, tanto
lo que se aprendía de la Historia de la Antigüedad, con las hazañas de los
romanos, como lo que se deducía de los éxitos de los reyes contemporáneos,
entre los que destacaba por méritos propios —al sentir de Maquiavelo— el
español Fernando el Católico.
Eso proclamaba Maquiavelo hacia 1517.
A la contra, un coterráneo —y contemporáneo— ilustre de Carlos V, el holandés
Erasmo de Rotterdam, afirmaba todo lo contrario. En su tratadito sobre el
Príncipe cristiano (Iustitutio Pricipis Christiani), dedicado
precisamente al entonces joven rey de España, en 1516, Erasmo advertía a su
señor que el verdadero príncipe cristiano debía huir siempre de la guerra como
del fuego; y su más renombrado seguidor, el español Alfonso de Valdés,
conociendo sin duda la tesis de Maquiavelo, acuñaría la frase contraria en su
hermoso libro Diálogo de Mercurio y Carón, donde puede leerse:
Procura ser antes amado que temido, porque con miedo nunca se
sostuvo mucho tiempo el señorío…[473]
Pues bien, ante esos dos pensamientos políticos tan dispares,
uno realista, y si se quiere, brutalmente cínico; el otro idealista y hasta
utópico, aquellos dos rivales que llenarían con su enfrentamiento la historia
de la primera mitad del Quinientos en la Europa occidental, se inclinarían cada
uno de ellos por una de esas posturas tan dispares. Francisco I dijo muy pronto
al mundo que anhelaba, como príncipe renacentista, la gloria y la fama a través
de brillantes gestas militares, como la acometida sobre el norte de Italia a
poco de hacerse con el poder; y en esa línea de conducta seguiría después,
ansioso de arrebatar a Carlos V su preeminencia en Europa. De ahí su ofensiva
general contra el Emperador en 1521, cuando creyó que las alteraciones de
comuneros y agermanados en España y la rebeldía de Lutero le daban la
oportunidad para ello.
De esa forma, a partir de la primavera de 1521 la guerra entre Francia y
España, o por mejor decir, entre Francisco I y Carlos V era ya una realidad
insoslayable.
Así las cosas, el conflicto se generalizó por todas partes. Carlos V tanteó sus
posibilidades en la frontera franco-flamenca, que a punto estuvo de costarle
caro, no logrando más que estabilizar el frente. En cuanto a la guerra en
España, Francisco I no consiguió su objetivo en Navarra, pero sí ocupar la
fronteriza plaza de Fuenterrabía; era un motivo de alarma para el Emperador,
como lo era para Castilla entera, y de ahí que Adriano de Utrecht pusiera su
corte en Vitoria, donde ya hemos visto que le sorprendió la noticia de su
elección al Pontificado.
Equilibrio en el norte y peligro en el sur; donde acabaría desnivelándose la
situación, a favor de Carlos V, sería en Italia.
En el norte de Italia, donde los imperiales habían concentrado sus tropas,
haciendo llegar a los tercios viejos que guarnecían Nápoles, y con ellos a su
maestre de campo que pronto se haría famoso: el español Antonio de Leyva. Y
después de tanteos a lo largo del Milanesado, combatiendo contra los franceses
y sus aliados, vénetos y genoveses, al fin lograron una victoria resonante. Y
de tal grado, que el nombre del lugar de la batalla se incorporaría ya al
lenguaje común como algo bueno e inesperado; como un regalo imprevisto. Que de
tal modo se entiende la voz bicoca, tomada de aquel notable triunfo
logrado en La Bicoca por el ejército imperial.
Equilibrio, pues, en el norte, peligro —relativo— en el sur y triunfo en
Italia, situación que era otro acicate para que Carlos V deseara verse pronto
en España.
Y así, dejando a su tía Margarita de Saboya —la «bonne tante»— al frente del
gobierno en los Países Bajos, bien asistida, eso sí, por los dos Consejos
Interior o Privado y de Hacienda, Carlos V abandonó Bruselas e inició su lento
viaje hacia la costa, en dirección, primero a Inglaterra; pues le importaba
asegurar la alianza de Enrique VIII, ya tanteada en su primer viaje a las Islas
Británicas de 1520, pero que ahora quería afianzar, basándose en el Tratado de
Londres promovido por León X que obligaba a la paz entre los príncipes
cristianos, tratado tan claramente roto por Francisco I.
Por lo tanto, lo primero volver a visitar a Enrique VIII y a su tía Catalina.
§. Los amores de un joven Emperador
Este joven Emperador, que al principio parece como ausente —tal el que nos
refleja Conrad Meit en su busto en terracota que posee el Museo Gruuthuse de
Brujas, que ya hemos comentado—, tan envuelto ya en los grandes conflictos de
su tiempo, metido en una infatigable actividad para dejar resueltos los
problemas familiares, para lograr el apoyo de su hermano Fernando a quien deja
como su lugarteniente en Alemania, para recuperar a su tía Margarita de Saboya
—tan humillada anteriormente por Chièvres—, que debe enfrentarse a Lutero en
Worms, negociar la alianza pontificia en Roma, el apoyo inglés en Londres, defenderse
en todos los frentes contra los franceses y recuperar la adhesión de
castellanos, valencianos y mallorquines en España; este joven Emperador tan
trabajado, en suma, ¿tiene tiempo para otra cosa que no sea viajar de una lado
a otro, negociar y combatir?
Hoy sabemos que sí. También su Corte monta saraos, justas y torneos. Y el
Emperador interviene en esos festejos. En la primavera de 1521, cuando ya ha
concluido la Dieta de Worms, en la que se había debatido el problema luterano,
le vemos gustar de los apacibles paseos fluviales por el Rhin:
El 31 de mayo[474] el
Emperador almorzó en Worms, comió y cenó embarcado en el Rhin…
Tal nos dicen las crónicas. E informan poco después sobre sus
viajes entre Maguncia y Koblenz y entre Koblenz y Colonia. Y siempre navegando
por el Rhin[475]. El 3 de
julio recibe y festeja al rey de Dinamarca, Cristián II, su cuñado, en
Bruselas, ya en dificultades por la sublevación de Gustavo Vasa en Suecia. El
30 de noviembre reúne a los caballeros de la Orden del Toisón de Oro en
Audenarde.
Esas cosas y muchas más ocurrían en 1521 y principios de 1522. Fue entonces
cuando Carlos V conoció y tuvo relaciones amorosas con una joven de modesto
linaje: Juana Van der Gheenst, hija de un tapicero de Audenarde, precisamente
la villa donde el Emperador reunió al capítulo de la Orden del Toisón de Oro.
Fruto de esas relaciones sería aquella Margarita que tendría tan importante
papel en la historia de los Países Bajos durante el reinado de Felipe II. Si
hemos de creer a Karl Brandi, solo se trató de unos fugaces amoríos, debiendo
la hija su posterior encumbramiento gracias a Margarita de Saboya, que la tomó
bajo su protección, educándola con ella en su corte de Malinas, de forma que el
que la criatura tomara su nombre ya resulta significativo[476].
Peor suerte tuvo otra hija natural, la niña Juana de Austria, nacida de los
amoríos que entonces tuvo Carlos V con una joven de la clientela del conde de
Nassau, y de la que se sabía muy poco hasta hace unos diez años, gracias a las
investigaciones realizadas por fray Quirino Fernández en el archivo del
convento agustino de Madrigal de las Altas Torres, confrontadas con
documentación custodiada en Simancas. Antes, sí, había una sospecha, que
arrancaba de una carta de la Priora del convento al conde de Nassau[477] y de
un malísimo cuadro de una novicia que cualquier visitante puede contemplar en
su visita al palacio-convento de Madrigal donde había nacido Isabel la
Católica.
En cuanto al cuadro, es de tan mala traza pictórica que resulta de difícil
catalogación temporal por su estilo, aunque seguramente pudiera precisarse por
otros medios técnicos. En todo caso se acompaña con un letrero que reza:
Doña Juana de Austria, hija natural del emperador Carlos V.
Murió novicia.
Confieso que en mis muchas visitas a Madrigal, tanto familiares
como profesionales —y en este caso, en compañía de mis compañeros de la Cátedra
de Historia Moderna de la Universidad de Salamanca y de mis alumnos— jamás di
crédito a lo que aquel cuadro venía a decirnos. Sin embargo, el cronista Alonso
de Santa Cruz, que conoció personalmente al Emperador y que manejó
documentación de la casa imperial, nos afirma que de joven tuvo dos hijas, una
en Flandes (y se refiere, claro, a Margarita), y otra en España, la cual murió
muy joven. Posiblemente, con la de España alude el cronista a esa niña criada
en el convento de Madrigal, que en efecto, murió muy niña. Ahora bien, no había
nacido en España sino en los Países Bajos. Su madre, cuyo nombre desconocemos,
era una modesta mujer del entorno del conde de Nassau, tal como se desprende de
la documentación publicada por fray Quirino Fernández. Así, la madre abadesa,
doña María de Aragón —por cierto, hija natural de Fernando el Católico, como
otra monja del mismo nombre, que vivía con ella en el convento— escribía el 28
de marzo de 1524 al conde de Nassau:
Yo he querido escribir y hacer saber a vuestra merced cómo la
señora doña Juana…
No cabe duda: estamos ante un personaje importante. Pero, ¿quién
es la tal señora? ¿Pensamos en una mujer, hecha y derecha? Esa sería nuestra
primera impresión. Pero no. La madre abadesa al punto nos saca de dudas. Y así
añade:
… como la señora doña Juana está muy linda y muy grande; que,
para la poca edad que tiene, es maravillosa del cuerpo que tiene, y suéltase ya
un poquito a andar, de un mes acá, trayéndola de los bracitos…[478]
Por lo tanto, se trata de una criatura, que a fines de marzo de
1524 tendría entre el año o el año y medio, que es la edad en que los pequeños
dan sus primeros pasos. Pero una criatura muy importante, dado el tratamiento
respetuoso y el mimo con que la madre abadesa la trata. Si añadimos que en
aquel convento se recogían las hijas naturales de los Reyes —tal era el caso de
la misma abadesa—, ya podremos concluir que Carlos V tenía algo que ver con
todo ello.
Aunque no hacen falta muchas cábalas, porque en sus cartas doña María de Aragón
lo acabará precisando:
Parécese de cada día mucho más al Emperador, mi señor —dice—,
que yo recibo gloria de la ver. Y su madre, besa mil veces las manos de vuestra
merced.
Por lo tanto, estamos ante una hija natural de Carlos V, a quien
se le ha puesto el nombre de Juana, acaso en honor de la madre del Emperador. Y
la niña vive en el convento con su madre. Además, ese agradecimiento de la
madre expresado al conde de Nassau, a través de la carta de la madre abadesa,
nos indica, por una parte, su humilde linaje —tanto que no sabe escribir— y su
vinculación a la Casa Nassau.
Algo que doña María de Aragón nos confirma, al decirnos no poco sobre quién
era:
Ella, en verdad —añade—, es muy honrada y, por ser madre de doña
Juana, justo es que Su Majestad lo haga bien con ella. Y a vuestra merced[479]suplica que
se acuerde de ella, que su esperanza en vuestra ilustre persona tiene, que
piensa por su mano le ha de venir el bien, como siempre la hizo mercedes[480].
¿Cuál fue el trato de Carlos V hacia esa hija natural? Ya hemos
visto que con Margarita lo tendría y muy bueno, pero ello fue debido a que
Margarita de Saboya la tomó bajo su protección. En cambio, el destino de Juana
parece que era el de ingresar en el convento, si no fuera porque su temprana
muerte liquidó la cuestión; pero el haberla mandado el Emperador al convento de
Madrigal, donde estaba de abadesa su tía doña María de Aragón, ya es una clara
señal. De ahí que en el convento quedara el recuerdo como de una novicia que
había muerto muy joven. Por otra parte, esa entrega al convento del fruto de
unas relaciones amorosas ilícitas era muy habitual en la época. Ya hemos visto
que así actuaba Fernando el Católico con aquellas doña María de Aragón y su hermana,
lo mismo que también haría más adelante don Juan de Austria con la que, andando
el tiempo, sería protagonista tan destacada en la conjura del pastelero de
Madrigal[481]
Aquella niña debió de entrar en el convento a poco de llegar Carlos V a España
a mediados de julio de 1522. Con lo cual, el Emperador debió dar por resuelto
el asunto.
No así su antigua amante, que conforme pasaban los meses acusaba con pena su
silencio, sintiéndose abandonada:
Está muy triste —es de nuevo la madre abadesa quien informa, en
nueva carta al conde de Nassau— de ver que cuánto ha que Su Majestad aquí envió
a la señora doña Juana, nunca se ha acordado de ella y ni envía a saber de
ella…
Y la madre abadesa, aquella doña María de Aragón que sin duda
había pasado por una situación similar, comenta compasiva:
Y de esto tiene tanta pena, que no puede ser más…[482]
Son confidencias que doña María de Aragón hace al conde de
Nassau, no al Emperador, que a tanto no se atreve; aunque sí da a su sobrino
imperial noticias directas de la niña, su hija. En carta escrita el 7 de
noviembre de 1524 le informa con una frase breve, pero expresiva, como
tratándose de una criatura que andaría por los dos años:
… está muy linda…
Y seis meses después cierra otra carta a Carlos V con esta
afectuosa despedida:
Y las ilustres doña María, mi hermana, y doña Juana, mi
descanso, besan los reales pies de Vuestra Majestad[483]
Nos podemos imaginar a las tías del Emperador con aquella niña,
con aquella doña Juana alegrándoles las ascéticas jornadas conventuales,
aquella criatura que era «su descanso».
Pero no por mucho tiempo. A partir de noviembre de 1525 cesan las referencias a
la niña, y la madre abadesa se despide de Carlos V en sus cartas aludiendo solo
a su hermana.
Evidentemente, aquella hija natural de Carlos V había ya fallecido, lo cual no
tenía nada de extraño, dada la terrible mortandad infantil de la época.
Y de ese modo, el letrero del cuadro que aún puede verse en el convento
agustino de Madrigal de las Altas Torres sale cierto:
Doña Juana de Austria, hija natural del emperador Carlos V.
Añadamos que fue Carlos V quien donó a la congregación agustina
el antiguo palacio regio de Madrigal, que había visto nacer en su seno, setenta
años antes, a la gran reina Isabel. Y a ese gesto de generosidad regia no sería
extraño el hecho de haber albergado a su hija natural.
De ese modo, el paso tan breve de aquella niña por el convento agustino dejó su
huella.
En el Archivo de Simancas se guarda un mazo de documentos que aluden a otra
posible hija natural del Emperador, de nombre Tadea. Según esa documentación,
una hermosa italiana, Ursolina della Penna, conocida como «la bella di
Perugia», había llegado a la corte imperial de Bruselas en 1522, acompañada de
su marido, aunque por poco tiempo, pues pronto enviudó. El joven Emperador supo
de ella, e incluso «tuvo conversación», como puede leerse en el documento, y
tanta que la hermosa italiana «quedó preñada». De vuelta a su tierra, parió una
niña, Tadea, por la que Carlos V se interesaría con frecuencia, en especial
durante su estancia en Roma en 1536; y hasta tal punto, que cuando supo que se
había casado le mandó 3.000 escudos, no sin mostrar su disgusto porque lo
hubiera hecho sin su autorización. Poco más sabemos de esa Tadea, salvo que
tenía unos violentos hermanos que la hicieron padecer, y no poco. No tardó en
perder a su madre, acaso envenenada, y a su marido, viviendo a partir de
entonces muy recogida en Roma. Allí residía todavía en 1562, cuando envía un
emisario a Felipe II pidiéndole que reconociera su filiación con el César. Nada
sabemos de la resolución del Rey; posiblemente, teniendo no muy lejano el caso
de don Juan de Austria, daría carpetazo a la petición de Tadea, temeroso sin
duda de que le salieran otros hermanastros hasta debajo de las piedras[484]
Capítulo 2
El retorno a España
§. La etapa inglesa
El 23 de febrero de 1522 Carlos V anunciaba a la ciudad de Burgos, como Caput
Castellae, su decisión de regresar a España[485]. Sin
embargo, aún tardaría en hacerlo realidad. Su mismo desplazamiento por las
tierras de Flandes, desde su salida de Bruselas, fue muy lento. De hecho, no
salió de Bruselas hasta el 2 de mayo, día en que ya descansa en Malinas, acaso
para llevarse el recuerdo de su época infantil, cuando se criaba en la Corte de
su tía Margarita, a la que ahora dejaba de nuevo al frente de los Países Bajos.
El 5 le vemos ya en Amberes, el gran puerto flamenco. También lo encontramos en
Gante, su villa natal, y en Brujas.
Allí reorganiza su casa, de cara a los contactos internacionales que se le
avecinan. Martín de Salinas, el embajador español que representa en su Corte a
Fernando, su hermano, nos deja el testimonio:
S. M. se parte mañana 23 para ir a Calés, y esto es sin falta…
Ha ordenado su casa y hoy, día 22, se ha hecho publicación dello…[486]
El 24 llega a Dunkerque; era la última plaza de sus dominios. De
allí pasa a Calais, entonces ciudad bajo el dominio de Enrique VIII. Era entrar
ya, como visitante, en la Monarquía inglesa. En una jornada pasaría de Calais a
Dover, donde le aguardaba una cálida recepción.
Ahora bien, sabemos que Carlos V iría a España con una poderosa flota —en torno
a las 150 naves— con un pequeño ejército, entre los que había reclutado a 4.000
landsquenetes alemanes, y con un poderoso tren de artillería, que luego comentaremos.
Naturalmente, no podía presentarse con todo ello en Inglaterra; eso hubiera
sido inadmisible, como un gesto ofensivo que Enrique VIII no hubiera tolerado.
De modo que por una parte se iría montando la flota imperial, que recogería en
su día al Emperador a su salida de Inglaterra, mientras que Carlos hacía su
travesía por tierra, hasta Calais, donde alquilaría algunas naves que le
llevarían, a él y a su séquito, al puerto de Dover, donde sería recibido por la
alta nobleza inglesa. Y así, en la relación de gastos de la casa imperial se
anota el 27 de mayo, que fue el día en que embarcó Carlos V en Calais rumbo a
Dover:
Gasto del día, comprendido el alquiler de 21 embarcaciones
tomadas de extraordinario para el peage de dicho señor Emperador desde Calais a
dicho Douwres…[487]
Era la segunda vez que Carlos V pisaba tierra inglesa. Y todo
ello en poco tiempo, en menos de dos años. Pero la situación era bien distinta,
en no pocos aspectos. Carlos V había dejado de ser el joven soberano gobernado
por Chièvres. La muerte del privado le había dado otra soltura, otro aire, más
aplomo. Es cierto que consigo llevaba, por consejo de su tía Margarita, a
Mercurino de Gattinara, pero limitado a sus funciones políticas, como gran
hombre de Estado que era, versado en el tejemaneje de las relaciones
internacionales. Pero, por lo demás, a Carlos se le verá actuar con más aplomo,
como si la coronación imperial en Aquisgrán le hubiera dado más firmeza.
Sin duda, su enfrentamiento con Lutero en la Dieta de Worms de 1521 le había
hecho dejar atrás, definitivamente, sus aires de indeciso adolescente. Carlos
V, a sus 22 años, sabe ya muy bien lo que quiere. Los tiempos son difíciles, la
guerra con Francia está llena de riesgos y es preciso asegurar la alianza
inglesa, como cobertura marítima para los Países Bajos, ya que su nueva etapa
en España sin duda se prevé larga y no exenta de dificultades.
Por lo tanto, hay que conseguir un buen resultado de la visita a la corte de
Londres. Y eso a todos los niveles. Carlos V puede estar seguro de la buena
disposición de su tía Catalina, de la que sabe que sigue añorando España; no en
vano era la hija de los Reyes Católicos, la hermana pequeña de Juana, por
entonces reina de la Monarquía Católica. Y eso era un excelente punto de
partida, pero había que aprovecharlo, ganándose al pueblo inglés (para que no
le miraran con recelo en su visita), a los grandes de la Corte —y en
particular, al poderoso ministro, el cardenal Wolsey— y, sobre todo, al mismo
Rey, a Enrique VIII.
Y en todo el viaje por tierras inglesas Carlos V mostró pronto sus grandes
cualidades de diplomático. De entrada, tuvo ante la reina Catalina uno de esos
gestos que aseguran el corazón de las gentes: llegado el momento del encuentro,
Carlos bajó de su caballo, hincó su rodilla en tierra y le pidió su bendición[488]. Acaso lo
hizo en un torpe inglés, acaso en español, como lengua materna de la Reina, o
bien en el francés, que era la suya propia, o con una mezcla de todo, pero eso
resultaría indiferente, porque apenas si llegaría a oídos del pueblo, mientras
que lo evidente era el gesto, entre galante y filial, de aquel joven Emperador
que de ese modo pedía la protección de su tía, la esposa del Rey.
Para los ingleses era un huésped bien recibido, el sobrino de la Reina, el
joven Emperador rodeado ya de leyendas, como señor de las nuevas tierras de que
tanto se hablaba, de aquella Nueva España conquistada por Hernán Cortés, de la
que Carlos V llevaba piezas riquísimas, fruto de un arte extraño, tan asombroso
que Alberto Durero exclamaría, ante aquellas muestras del tesoro del emperador
azteca Moctezuma:
Die sutile Ingenia der Menschen in fremden Landen!.[489]
Y con Enrique VIII el comportamiento de Carlos fue igualmente
sencillo y afable. Seguiría siendo, más que el Emperador, un joven soberano
atento siempre a escuchar los consejos de su experimentado tío en las lides
internacionales. De ese modo, aquel mes un poco largo pasado en Inglaterra
resultó muy fructífero para los planes imperiales; por supuesto mucho más que
lo conseguido en las jornadas de 1520, en las que se había visto a Enrique VIII
vacilar entre la alianza con Francisco I o con la de Carlos V. La propia reina
Catalina, ante una gestión de Martín de Salinas, el embajador español de
Fernando I, que recababa ayuda para combatir al Turco, le contestó que en
aquellos momentos el verdadero Turco era el rey de Francia.
De modo que la acogida a Carlos en Inglaterra fue triunfal. Recibió del Rey la
preciada Orden inglesa de La Jarretera[490]. Visitó
los grandes castillos de la Corona, como Windsor y Richmond.
Hubo banquetes y hubo danzas, aspectos bien recogidos por los documentos. Así
sabemos que el 15 de junio, estando alojado en el castillo de Windsor, Enrique
VIII organizó una gran fiesta en honor de su huésped imperial:
Hizo el Rey [Enrique VIII] gran banquete… y danzaron la pavana…[491]
Sin duda, danzar la pavana iba muy bien para aquel joven
Emperador que tenía 22 años.
Se alojó en Londres y en Winchester. Hubo festejos continuos, pero también
tiempo para que trabajasen los diplomáticos, ultimando una alianza militar y
económica, e incluso dinástica, pues allí estaba ya la princesa María; cierto,
una niña de seis años, pero en definitiva, una princesa con la que poder hacer
planes para el futuro, que podía convertirla en emperatriz de Europa, aunque
para ello, y según las costumbres de la época de convertir en esposas a
chiquillas de catorce años, aún faltaran ocho.
Mucho tiempo de espera, sin duda, para que tal promesa se hiciera realidad. En
sus Memorias, Carlos V no alude a ello. De forma escueta recuerda,
eso sí, que con su viaje a Inglaterra era la cuarta vez que se veía con Enrique
VIII[492].
Preocupado sobre todo por hacer el recuento de sus grandes travesías y de sus
entrevistas en la cumbre, se limita a decirnos:
Dejando Su Majestad por tercera vez a Madama, su tía, por
Gobernadora de los Países Bajos, se embarcó en Calais y pasó a Inglaterra la
segunda vez, donde se vio la cuarta con el Rey[493] y,
después de haber estado allí algunos días, se embarcó en Southampton y pasó la
mar de Poniente la tercera vez…[494]
Atrás dejaba una alianza inglesa, válida de momento, garantizada
por el tratado de Windsor, que permitía a Carlos V tener guardadas las espaldas
en el norte, frente a la enemiga francesa, amén de un notable préstamo, siempre
necesario para las agotadas arcas imperiales, en particular en aquellos
primeros años en los que las remesas de las Indias occidentales aún eran poco
sustanciosas.
Ahora bien, aquel mismo Tratado le obligaba a una boda con la princesa María
(la futura María Tudor) que entonces era solo una niña, la cual le obligaría a
un largo aplazamiento de sus esponsales, en torno a los ocho años. ¿No era
demasiado tiempo para aquel joven Emperador? ¿No era demasiada espera para una
Monarquía autoritaria, en la que juega siempre un papel importante la cuestión
sucesoria? Y tampoco era demasiado seguro que las Cortes castellanas, a las que
había que tratar de ganar su voluntad, viesen con buenos ojos tal boda que
anclaría tan fuertemente a su señor con la Europa del norte.
Pues ya era cosa sabida: Castilla prefería por soberana a una princesa
portuguesa.
§. Otra vez en España
Carlos V tuvo una felicísima travesía entre Inglaterra y España. Embarcó a
mediodía del domingo 6 de septiembre y esperó ya embarcado a que se le reuniera
la flota que traía sus mercenarios alemanes y su fuerte equipo artillero. Y al
día siguiente, al contar con vientos favorables, inició su viaje al romper la
mañana:
Alzó velas S. M. —nos refiere Martín de Salinas— a la alba del
día…[495]
Después de una travesía verdaderamente afortunada de diez días,
desembarcaba en Santander el 16 de julio[496]. En esta
ocasión, sus pilotos no equivocaron la ruta, afrontando directamente las costas
«de las Asturias de Santillana».
En Santander le esperaban los Gobernadores de Castilla, el Condestable y el
Almirante, pero no Adriano de Utrecht, pues en vano Carlos V le había rogado
que aplazase su viaje a Roma.
Carlos V venía con un pequeño ejército —aquellos 4.000 mercenarios alemanes, ya
citados—, pero sobre todo, con un impresionante equipo artillero. La relación
que nos hace Sandoval de aquellas piezas, en un siglo que estaba viendo un
rápido avance de aquellas armas de fuego, nos hace pensar en el efecto que
debió producir en España tal alarde de fuerza.
En efecto, aquel desembarco de la artillería imperial que Carlos V traía de los
Países Bajos, adquirida en Alemania —cuya industria de guerra, no hay que
olvidarlo, era ya de primer orden— resultó impresionante. Allí había toda clase
de piezas artilleras de todos los calibres: 28 falconetes, especie de
artillería de campaña, aunque de todas formas por cuya boca
… cabía un puño grande…[497]
Además, 15 cañones, 16 serpentinas, una bombarda de tal tamaño y
peso que precisaba de un tiro de 30 pares de mulas, 2 trabucos (en este caso,
otro tipo de cañón algo menor, tirado por veinte pares de mulas) y 7 más ya de
gran envergadura, que necesitaban algunos de ellos un tiro de 34 pares de
mulas, e incluso el mayor, al que los artilleros habían apodado «el gran
diablo», de tal potencia para la época y tal tamaño que precisaba un tiro de 38
pares de mulas. De forma que, aparte de los artilleros, aquella fuerza bélica
precisaba de más de mil hombres a su servicio, entre muleros y azadoneros,
estos para acondicionar los caminos, poco preparados para soportar el paso de
tan pesados instrumentos de guerra; añadiendo, además, otros mil carros donde
iba la pólvora y la pelotería.
No cabía duda: Carlos V quería hacer una demostración de fuerza. Que nadie
osase oponerse a su mandato. Él era el Rey, el emperador de la Cristiandad, la
suprema cabeza política, y su poderío estaba a la altura de su preeminencia.
Una actitud que no dejaría de poner temor en no pocos, entre tantos que se
habían implicado en las recientes alteraciones de las Comunidades y de las
Germanías.
§. El eco de las Comunidades: fin de la represión, con el perdón general
Carlos V, como había hecho en su primer viaje, tomó la ruta montañesa que le
había de poner en la meseta castellana ascendiendo por Reinosa y Brañosera. En
cinco jornadas se plantó en Aguilar de Campoo, villa de la que debía de tener
buen recuerdo de su primera estancia en 1517, pues allí se tomó un pequeño
descanso, para seguir ya por Herrera y Melgar de Fernamental a Palencia.
Ante su vista se abría de nuevo la inmensidad de la planicie meseteña, el
fulgor de la luz de Castilla, en tan marcado contraste con los cielos
permanentemente anubarrados de los Países Bajos. Pero hay para creer que aquel
joven Emperador estaba demasiado embargado en sus preocupaciones políticas para
poder prestar atención al paisaje que atravesaba con su comitiva. Tenía ante sí
la tarea de desentrañar lo que había ocurrido en la casa real de Tordesillas,
con su madre, la reina Juana, y con su hermana menor Catalina. Tenía que poner
mano, y de una forma directa, en la guerra contra Francia, dado que el francés
había puesto un pie en España, con la ocupación de Fuenterrabía. Y, sobre todo,
tenía que proceder a zanjar de una vez por todas el alzamiento comunero. Pues
aunque la germanía mallorquina siguiera rebelde, los acontecimientos más graves
los habían protagonizado los comuneros castellanos. Las Germanías, en último
término, habían sido conmociones sociales, de extrema gravedad sin duda, pero
que no habían puesto en peligro el fundamento de la Monarquía.
Otra cosa habían sido las Comunidades castellanas, y no solo por haber
intentado forzar la mano del Emperador, con exigencias inauditas, sino por
haberse atrevido a irrumpir en la casona-palacio de Tordesillas, plantándose
ante la propia reina Juana.
Aquello había indignado al Emperador. No era solo el peligro de que la
sublevación se hiciese más y más temible; era, sobre todo, el desacato
intolerable hacia su madre, a fin de cuentas, la reina de España, y la vileza
—según la óptica imperial— de querer manipularla, de tratar de ponerla en su
contra, si bien la Reina madre había sabido responder adecuadamente:
… que no la revolviese nadie con su hijo…[498]
Pena e indignación sentía el César. Y como un eco a su estado de
ánimo, incrementándolo sin lugar a dudas, recibiría aquella información del
condestable de Castilla que ya hemos comentado:
Razón tiene V. M. de penalle lo que acá ha sucedido,
especialmente por lo que toca a la Reina, mi señora, vuestra madre…[499]
Noticias que habían puesto tan fuera de sí al Emperador que,
cuando estando en la Dieta de Worms en la primavera de 1521 le llegó un correo
de las Comunidades, ordenó que fuera puesto en prisión; si bien, reaccionando
días después, conforme a su talante caballeresco, acabara dejándolo en
libertad.
Todo eso estaría rondando por la cabeza del Emperador. Estaba decidido a dar un
perdón general, pero antes tenía que dejar bien claro que era el Rey, y que era
un rey justo. Pues tras la victoria, los Gobernadores habían desplegado una
justicia discutible; mientras habían hecho rodar las cabezas de algunos de los
jefes comuneros más destacados —el caso de los célebres Juan Padilla, Juan
Bravo y Francisco Maldonado—, otros habían salvado de momento la vida, como era
el caso de Pedro Maldonado, gracias a su parentesco con el condestable de
Castilla, que de momento se había librado con su prisión en la fortaleza de
Simancas. Y no era ese el único caso, pues también había ocurrido un signo de
semejante olvido de la justicia con otros siete cabecillas comuneros llevados a
la Mota de Medina.
Por lo tanto, el problema comunero todavía candente. Y para su solución
definitiva, Carlos V se toma su tiempo en Palencia, donde permanecerá veinte
días, entre el 5 y el 25 de agosto de 1522.
Así dejaba para Valladolid, donde pensaba asentar su Corte, la nota más
generosa del perdón general.
Y acaso sea el momento de reflexionar sobre el impacto comunero en la Historia
de España, con su reflejo en la vida del Emperador. En su momento, fue una
cuestión que deliberadamente no tratamos por menudo, entendiendo que nuestro
fin era trazar la biografía de Carlos V y no escribir la historia de España en
toda su complejidad; por lo tanto, solo recoger los trazos fundamentales de
aquella primera revolución moderna, en cuanto a lo que había supuesto como un
rechazo a la primera etapa del gobierno carolino.
Pero ahora importa destacar hasta qué punto el Emperador entendió que se
hallaba ante una formidable insurrección, que precisaba de un adecuado tratamiento.
Que la derrota de Villalar, una batalla por otra parte tan insignificante,
supusiera la caída en vertical de la revolución comunera, ya era algo que no
podía menos de asombrar.
Fue un tema que yo estudié con algún detenimiento, fijándome en una de las
ciudades meseteñas más implicadas en el alzamiento comunero: Zamora[500].
Así pude constatar algo muy significativo: que la atonía comunera tras Villalar
había sido ya antecedida por la que había tenido ante la pérdida de
Tordesillas, a principios de diciembre de 1520, pese a que eso suponía perder
el control de la reina doña Juana, que tanto podía legalizar su movimiento e
incrementar su impulso. Así, por ejemplo, las actas del cabildo municipal
zamorano del otoño de 1520 no reflejan ninguna actividad febril, de formación
de milicias, de preparativos para el enfrentamiento decisivo con el ejército
imperial, de fortalecimiento de los lazos con la Santa Junta, ni —y esto parece
decisivo— el más mínimo planteamiento de que fuera necesaria la recuperación de
Tordesillas; al contrario, limitándose a la expulsión de las figuras que
representaban el poder monárquico-señorial (el corregidor y el conde de Alba de
Liste), caen en la atonía y en el desorden, como si estuvieran amedrentados por
lo que habían conseguido[501].
En definitiva se había tratado de una rebelión que había que reprimir. El
castigo de algunos de los más destacados cabecillas ya se había realizado, solo
que con una discriminación que ofendía al sentido de la justicia. Que otros
cabecillas, tanto o más implicados en la rebelión, se salvaran por el apoyo de
sus poderosos parientes, era algo por lo que no podía pasar el Emperador.
¿Cómo no se reflejan estos acontecimientos en las sesiones municipales
zamoranas? ¿Cómo no hay acuse de correos de la Junta pidiendo socorros e
instando a un esfuerzo común? Diríase que hay poca noción de lo que se está
ventilando, no más que a 60 kilómetros.
¿Qué quiere decir esto? Que en Zamora no constatamos verdadero espíritu
revolucionario. Se ha derrocado el viejo sistema [monárquico-señorial], pero no
se sabe qué poner en su lugar. Y eso no es una revolución; tan solo una
rebelión. Puede hablarse de espíritu revolucionario en algunas élites de
Salamanca o de Toledo, pero no fueron capaces de extenderlo al resto del pueblo
meseteño, en especial a las ciudades de la cuenca del Duero.
De ahí que, con tanta facilidad, Villalar suponga el final.
De esa forma, a poco de poner Carlos V su Corte en Palencia, el Consejo Real
condenaba a muerte a aquel don Pedro de Maldonado, hasta entonces custodiado en
la fortaleza de Simancas. Y el 13 de agosto de 1522 don Pedro Maldonado era
ejecutado en la plaza mayor de aquella villa. Por esas mismas fechas, corrían
igual suerte los otros siete altos personajes comuneros custodiados en la Mota
de Medina, en este caso, en la plaza mayor de Medina del Campo.
Dura lex, sed lex. La justicia imperial imponiéndose a todos, sin
admitir recomendaciones en tan ardua cuestión.
Pero Carlos V no era cruel, no se ensañaría con los antiguos comuneros
vencidos. Al tener noticia de aquellas últimas ejecuciones ordenaría su cese:
Eso basta ya —diría tajantemente—. No se derrame más sangre.[502]
En suma, serían 21 los comuneros ejecutados por la justicia
imperial; cifra verdaderamente moderada, si se tiene en cuenta el modo como el
poder castigaba en el Quinientos tal tipo de rebeliones armadas[503].
Ya podía Carlos V seguir su camino hasta Valladolid, donde aquel mismo año
decretaría el perdón general.
El rey justiciero daría paso al rey pacificador del Reino.
§. La visita a Tordesillas
El 26 de agosto entraba Carlos V en Valladolid, donde asentaría su Corte todo
un año, tiempo no corto para aquel tan continuo ir y venir del Emperador. Allí
convocaría las Cortes de Castilla y allí entendería en el remedio de las cosas
de la guerra. Pero de momento, algo más urgente llamaría su atención: la visita
a su madre y a su hermana Catalina en Tordesillas.
Tordesillas, por lo tanto, en el horizonte.
No era pequeño el problema que se le presentaba al Emperador. Por una parte,
los informes del marqués de Denia, a quien había confirmado en su cargo de
guardián de la reina Juana y de la infanta Catalina, era que la Reina seguía en
sus desvaríos, que los comuneros habían tratado de comprometerla en su causa,
aunque sin lograrlo, y que también lo habían intentado con la Infanta.
Evidentemente, de ello no se podía culpar a la pobre Reina, pues si se la
consideraba incapacitada para gobernar, dada su atonía de voluntad y sus
continuos desvaríos, tampoco se la podía acusar de súbitas ambiciones ni de
participar en las conjuras comuneras.
Otra cosa era la responsabilidad que podía caber a la Infanta. Sobre ella, el
marqués de Denia había lanzado graves acusaciones, y de forma que el César
debería recriminarla con la mayor severidad, para que apartase de su lado a los
malos servidores y para que ella, al fin una muchacha, siguiera los consejos de
los leales al Emperador, de modo que dejara de ser una joven voluntariosa e
hiciera caso a quienes debía:
… y que ha de hacer todo buen allegamiento y tratamiento a los
que han sido vuestros buenos servidores y han de estar apartados de su gracia
los que no lo han sido…[504]
Con tales advertencias, Carlos escribió una carta en los tonos
más duros a su hermana. Y Catalina acusó el golpe, doliéndose por tal afrenta.
Y con una valentía grande para lo que podía esperarse de sus catorce años,
replicó al Emperador:
Yo sé que a V. M. han escrito que le deserví en tiempos que la
Junta [comunera] estuvo en Tordesillas…
Al punto, Catalina aludiría a la afrentosa carta recibida:
… V. M. me escribió sobrello más recio de lo que yo merescía…
¿Era culpable la Infanta? Hoy sabemos que el marqués de Denia,
acaso para hacerse el insustituible, tergiversó los hechos. En realidad, tanto
él como la Marquesa, tiranizaron a aquellas dos pobres mujeres: el Marqués a la
reina Juana, la Marquesa a la Infanta. De entrada, la Reina era maltratada,
incluso de obra, como el propio Marqués confesaría, pues no dudaba en aplicarle
«premias»; y ya sabemos lo que eso suponía, en términos del tiempo. Y en cuanto
a la infanta Catalina, todavía una muchacha, que estaba entrando en la
adolescencia, la Marquesa la trataría como si se hubiera convertido —ella, la
Marquesa— en una mala madrastra de los cuentos infantiles; la despojaba de sus
mejores vestidos y joyas, aun de los que la Infanta recibía de su hermano, y la
menospreciaba en público, posponiéndola a sus propias hijas.
Ya hemos visto como Catalina logró burlar la vigilancia del marqués de Denia,
mandando su queja a Carlos V en diciembre de 1521; pero lo que no pudo evitar
fue que los espías que el Marqués tenía en la Corte le comunicaran lo que había
pasado. Presionado por ello, y para contrarrestar aquellas denuncias, el
Marqués se decidió a jugarse el todo por el todo, escribiendo personalmente al
Emperador: sabía que la Infanta estaba quejosa del trato que recibía, tanto por
parte suya como por la de la Marquesa, su mujer, y pudiera tener razón, pero
todo había sido por servir al Emperador. En suma, aquellas prisioneras de
Estado no podían tener otro trato. Si a la Reina se la apartaba, por ejemplo,
de los corredores, era porque al punto se disparaba dando grandes voces,
llamando a los guardas y amenazando de muerte a unos y a otros.
Ante tales escándalos, ¿qué podía hacerse?
Así que estando S. A. en esta disposición, V. M. puede ver lo que conviene a
su servicio y lo que pasamos los que aquí estamos… En suma, por servir
mejor al Rey le caían esas denuncias:
Si algo se ha dexado o se dexa de hacer en contentamiento de S.
A. ha sido por servir a V. M. y a S. A., y así espero en Dios que cuando S. A.
[la infanta Catalina] tenga más edad, lo conocerá[505].
Hábilmente, el Marqués presentaba al Emperador la situación como
el resultado inevitable de aquella prisión de la Reina, como un auténtico
problema de Estado. Pero Carlos V pudo sospechar que abusaba de su privilegiada
situación y que no faltaba razón a la Infanta para quejarse.
En esas circunstancias, era obligado presentarse cuanto antes en Tordesillas.
Carlos V tenía que ver con sus propios ojos lo que allí estaba ocurriendo.
Y de ese modo, a los pocos días de llegar a Valladolid, dispuso su visita a la villa
del Duero. El 2 de septiembre salió temprano de Valladolid, y tanto que a
mediodía estaba comiendo en Tordesillas. Regresaría a Valladolid dos días más
tarde.
Sin duda, poco tiempo. Lo justo para tener una información directa, para tomar
algunas medidas que aliviasen la situación, sobre todo de su hermana, y para
tener allí, el 3 de septiembre, unos solemnes funerales en memoria de su padre,
Felipe el Hermoso.
Pero no sabemos nada más. No tenemos ninguna referencia precisa de lo que allí
trató con los Marqueses ni de qué forma consoló a su hermana. Mas algo se fue
fraguando en su ánimo: Catalina debía tener otro destino.
Así se fue incubando el que Catalina se convirtiera en reina de Portugal.
En cuanto a doña Juana, la Reina, su situación seguía siendo la misma, o
incluso peor, tras las desvanecidas esperanzas de vivir en un régimen de más
libertad, como había ocurrido durante aquellos cien días en los que los
comuneros habían irrumpido en Tordesillas. El cronista Sandoval refleja bien la
situación, cuando comenta la breve visita de Carlos V:
A los días de Septiembre, siete después que entró en Valladolid,
fue el Emperador a visitar a su madre la reina doña Juana, que estaba en
Tordesillas, y con mucha humildad le besó la mano…
Y añade, como para justificar la breve estancia de Carlos V en
Tordesillas:
Volvió a Valladolid [el Emperador], a 7 de Septiembre, que la
Reina no estaba más tratable>[506].
No estaba más tratable la Reina, esto es, seguía con sus
desvaríos, lo que forzaría a Carlos V a mantenerla en su reclusión. Ahora bien,
para velar por que se las tratara dignamente, incrementaría sus visitas a
Tordesillas. Y que algo fue consiguiendo, se aprecia en la información mandada
por el Marqués, como en la carta escrita a Carlos V desde Tordesillas el 10 de
mayo de 1531, en la que dedica este párrafo a doña Juana:
La Reina, nuestra señora, está muy buena y, con toda su
enfermedad, se huelga de que digo a Su Alteza que V. M. está con salud y
prosperidad. Muy ocupada ha estado estos días en ensartar cuentas de su propia
mano para rezar. Plega a Nuestro Señor encamine y ayude a Su Alteza para esta
obra y para todas las que convienen para su salvación. Está Su Alteza muy buena
de servir; tanto, que ya es poco el servicio que yo aquí hago a V. M. Hame
mandado que le haga hazer algunos crucifixos de oro para sus cuentas; esto, y
todo lo que es servicio de Su Alteza, se haze, y lo que se dexa de hazer es por
más servir. Yo tengo y terné del servicio de Su Alteza el cuidado que V. M.
manda, aunque no tanto quanto yo debria y soy obligado[507].
Evidentemente, estamos ante un mensaje teñido de rosa, hecho por
un servidor del Rey que desea tenerlo contento; tanto más cuando que en esa
misma carta el marqués de Denia le pide al César una merced para un hijo
natural, clérigo, letrado «y virtuoso, y aunque yo no haya sido en tenelle, él
es qual V. M. quiere que sean los que siguen el camino de la Iglesia». Pero es
un testimonio importante, porque nos prueba, sin lugar a dudas, que esa buena
situación era la que Carlos V trataba de conseguir para su madre.
Capítulo 3
Las Cortes de 1523
De regreso a Valladolid Carlos V debió afrontar varios asuntos
urgentes. Estaba, en el plano internacional, la guerra con Francia, muy viva
sobre todo en la región del Milanesado y en el País Vasco, donde los franceses
seguían ocupando Fuenterrabía. Estaba la necesidad de recuperar las buenas
relaciones con el papa Adriano VI, bastante deterioradas a consecuencia del
poco tacto del embajador don Juan Manuel. Urgía convocar las Cortes de
Castilla, para obtener recursos con los que financiar la guerra, así como para
restablecer el diálogo con las ciudades castellanas, superando la grandísima
crisis política abierta por la rebelión comunera. Y, por supuesto, en relación
con esto tenía ante sí Carlos V un primer problema a resolver, una primera
cuestión planteada: la pacificación del Reino.
Por lo tanto, el perdón general.
Además, y en su ánimo eso pesaba y no poco, había otras cuestiones que día a
día iban surgiendo, como las mismas familiares. Carlos V no podía olvidar que
en la próxima corte de Lisboa estaba su hermana mayor, la reina doña Leonor,
reina viuda, puesto que en 1521 había muerto su marido el rey don Manuel el
Afortunado. Carlos V quiere tenerla a su lado y la llama. Doña Leonor obedece,
dejando en la Corte lisboeta a su hija María, una criatura que solo tenía un
año; abandono de las obligaciones maternas que no deja de sorprender, pero que
hay que encuadrar en el marco de las otras obligaciones, las dinásticas, que
sentían aquellos personajes.
Acaso hubo otra razón, si era cierto el rumor que corría por la Corte: el nuevo
rey de Portugal, Juan III, se había enamorado de su madrastra y le había hecho
un hijo. Dantisco, el embajador polaco, se hacía eco de ello:
No sé qué hay de cierto —escribiría al rey de Polonia— en un
rumor que corre sobre Leonor: que está embarazada de su hijastro[508].
Era como si el drama de Medea y de su hijastro Hipólito
renaciera en la Casa de Austria.
Notable fue la llegada a la Corte de aquel prisionero de Estado que Fernando el
Católico había encerrado en el castillo de Játiva, y al que los agermanados, en
las horas más altas y virulentas de su rebelión, habían querido liberar,
haciendo incluso planes sobre su futuro, con proyecto de boda incluido, nada
menos que con Juana de Castilla. Se trataba del duque de Calabria, aquel noble
napolitano con derechos al reino de Nápoles, que a principios de siglo había
sido apresado por el Gran Capitán y enviado a España, siguiendo las órdenes de
Fernando el Católico. Que el duque de Calabria rechazase, no ya solo aquellos
fantásticos planes políticos, sino también su propia libertad recibida de unos
rebeldes al Rey, tenía que impresionar a Carlos V, con su sentido caballeresco
de la existencia, incluida la propia esencia del poder.
Y de esa forma, el duque de Calabria sería muy bien acogido por el Emperador.
Carlos V lo recibió con mucha honra, poniéndole casa y dándole renta.
Es más, como doña Germana de Foix había enviudado de nuevo, ordenó su boda con
la reina viuda, haciendo a los dos virreyes de Valencia[509].
Pero, evidentemente, la cuestión que más afectaba a Carlos V era la
pacificación del Reino. Cumplidas las últimas ocho ejecuciones sobre los
cabecillas presos en Simancas y la Mota de Medina, procedía ya proclamar el
perdón general para el resto de los implicados. Era una amnistía en cuanto al
delito de rebelión contra la Corona, del que se exceptuaban cerca de
trescientos comuneros (293, exactamente), en su mayoría escondidos o fugados.
Ese sería el perdón general, del 1 de noviembre de 1522. Más
adelante, buen número de los exceptuados lograrían la remisión de su culpa
mediante composición por penas pecuniarias. En 1525 hubo nueva amnistía de que
se beneficiaron cerca de 40 comuneros, ampliada dos años más tarde con motivo
del nacimiento del príncipe heredero. En total, fueron 23 los ejecutados, a los
que había que añadir otros 20 que murieron en prisión[510].
De entre los cerca de 300 exceptuados del perdón imperial, la mayoría buscaron
la salvación en la fuga, quienes en el vecino reino de Portugal —como María
Pacheco, la viuda de Padilla—, quienes hasta en la lejana Viena, confiando en
la protección de Fernando[511]. A María
Pacheco, como la más notoria rebelde, la justicia imperial trató de castigarla,
pidiendo a Juan III su entrega, a lo que el Rey portugués se negó noblemente.
En cambio otro noble allí refugiado, el conde de Salvatierra, regresó a España
confiando en ser perdonado, en lo que se engañó, muriendo en prisión[512].
De lo que no escaparían ya sería a la otra muerte, tan dura para la nobleza del
Quinientos: a la pérdida de la gracia del Rey. Todavía entrado el reinado de
Felipe II seguiría teniéndose en cuenta el estigma de haber sido antiguo
comunero.
Pero eso era comprensible. Y como la represión había sido benigna, y como
Carlos V rechazó la otra, la que algunos de sus consejeros querían aplicar
colectivamente a las ciudades más señaladas (como quitar las ferias a Medina
del Campo, la Chancillería a Valladolid o la Universidad a Salamanca), pudo
hablarse de pacificación del Reino. En ese ambiente fueron convocadas las
Cortes castellanas, para afrontar los graves problemas derivados de la guerra
con Francia.
Las Cortes se abrieron en Valladolid la víspera de Santiago[513] , el
24 de julio de 1523. Carlos V tenía necesidad de celebrarlas antes de ponerse
en camino para Navarra. Hasta entonces, permaneció siempre en la villa del
Pisuerga, salvo algunas breves escapadas a los alrededores como a Cigales, y
sobre todo, a Tordesillas, donde volvería a visitar a su madre y a su hermana
Catalina otras tres veces aquel año de 1523: del 9 al 15 de mayo, del 13 al 14
de junio y otra vez en ese mes entre el 18 y el 21[514].
Y para esas frecuentes visitas solo cabe una explicación: el Emperador
vigilaría directamente el trato que recibían su madre y su hermana pequeña, que
al menos en ese año no se verían tan abandonadas. Lo cual se correspondía con
su mentalidad caballeresca, pues no en vano era también el caballero de la
Orden del Toisón de Oro que tenía entre sus lemas la protección de las viudas y
de las huérfanas desamparadas.
Y de cara a las Cortes castellanas, cualquiera podría creer que Carlos V no
tropezaría ya con ninguna resistencia seria. Después de la derrota de Villalar,
después del fracaso de la Junta comunera por aquella reforma constitucional que
hubiera puesto a las Cortes incluso por encima de la Corona y bajo la impresión
de que cualquier enfrentamiento con el vencedor podría ser fatal, todo hacía
prever que aquellas Cortes, o por mejor decir, aquellos amedrentados
procuradores se mostrarían sumisos ante el poder ejecutivo, votando dócilmente
todas sus indicaciones.
Nada más lejos de la realidad. Y hasta tal punto que Carlos se vería obligado a
comparecer personalmente en su seno, lanzándoles un vehemente discurso que es
una de las manifestaciones más interesantes donde queda plasmada su
personalidad; un discurso que hay que poner al lado del que había hecho en la
Dieta de Worms de 1521, para enfrentarse a Lutero, o de los que después haría
—cierto, con mayor resonancia, encontrando más eco— en 1536, ante el Papa en la
misma Roma, o en 1555 ante los Estados Generales, en Bruselas.
De momento, al inicio de sus sesiones, las Cortes castellanas de 1523 pudieron
oír un largo discurso preparado por Gattinara, como canciller del Imperio,
aunque a buen seguro que bien asesorado por los consejeros castellanos del
Consejo Real, dadas las frecuentes alusiones a la historia reciente de
Castilla.
Y una primera cosa para el recuerdo, un primer punto de reflexión: se trataría
del discurso de la Corona más largo de todos los que se leerían en las Cortes
carolinas. Lo cual quiere decir que el Consejo Real —y por ello, Carlos V— algo
debían saber en cuanto al espíritu de oposición que reinaba en aquellas Cortes;
de ahí que se emplearan tan largos razonamientos para convencer a sus
procuradores.
El discurso estaba encaminado a conseguir el tradicional servicio de las Cortes
al Rey que se libraba cada tres años. Esos se habían cumplido, puesto que las
últimas Cortes celebradas lo habían sido en mayo de 1520. Es, por supuesto, un
acto de propaganda interno, para dejar bien claro ante la opinión pública que
la guerra, que al presente castigaba a la Monarquía, no había sido por planes
belicistas del Emperador, sino por las malas artes del rey galo, envidioso de
la grandeza de Carlos V. Se trata, pues, de presentar a un César amante de la
paz, y para ello se hace un recuento de los grandes acontecimientos habidos en
aquel trienio en la Cristiandad. No se olvida en el discurso la referencia al
último desastre sufrido con la pérdida de la isla de Rodas, tomada por el Turco
en 1522, como tampoco se omite la alusión a las últimas alteraciones de las
Comunidades, lo que dará pie a resaltar la clemencia imperial. Y en cuanto al
esfuerzo desplegado en la guerra, se recuerda que Castilla no era la única en
ayudar al Rey-emperador; otro tanto habían hecho los súbditos de los Países
Bajos, para financiar los gastos de la coronación imperial en Aquisgrán, y el
Imperio, para poner en pie de guerra un notable ejército contra los franceses.
Esto, en cuanto a sus trazos principales. Un análisis más detenido del discurso
nos permite adentrarnos de lleno en aquella hora del mundo carolino, a mediados
de julio de 1523.
De entrada, se hace hincapié en la sagrada figura del César. Nada de
mandatarios de la república, nada que sonara a lo que los procuradores
castellanos habían proclamado en 1518: que el Rey era su mercenario y que
existía un contrato callado entre el Rey y el Reino. Aquello de
… mire V. A. si es obligado por contrato callado a los tener e guardar
justicia…[515] Todo
lo contrario. El canciller imperial Gattinara declararía expresamente, desde un
principio, el origen divino del poder real. Los reyes no eran puestos por los
pueblos, sino por el mismo Dios:
Bien sabéis que los reyes y príncipes fueron instituidos y
ordenados de Dios nuestro Señor en la tierra…
Eso sí, ambas concepciones políticas coincidían en algo, pues en
uno y otro caso se proclamaba que los reyes tenían obligaciones para con su
pueblo. Si los procuradores castellanos de 1518 hablaban de justicia, no
quedaría más atrás Gattinara en 1523:
… fueron instituidos… para regir y gobernar sus reinos y
mantener sus pueblos en justicia y paz…
Y, con una expresión poética, reforzaría la imagen de la
intervención divina: la mano de Dios entraba en el corazón de los reyes. O por
decirlo con las propias palabras del discurso:
… tomó el Señor en su mano el corazón de ellos…
Un mismo objetivo, pues: la paz y la justicia. Pero un muy
distinto origen del poder, y aquí veremos que acabará centrándose el forcejeo
entre el Rey y el Reino, entre Carlos V y aquellas Cortes castellanas de 1523.
A continuación se toca el punto más espinoso: el de las alteraciones comuneras.
Y se hace con gran habilidad, aludiendo más a lo que habían sufrido los
súbditos leales, y recalcando la otra virtud que debían tener los reyes: la
clemencia. De forma que el Emperador lo había resuelto todo:
… con aquella clemencia, humanidad y mansedumbre que a tan justo
rey pertenece…
De ese modo, los buenos súbditos, «sosegados sus corazones»,
sabían lo que tenían que hacer, pues en definitiva, Carlos amaba a Castilla y
Carlos era amado por los castellanos. Y un Reino así pacificado podía entender
y atender a los problemas pendientes, para ayudar a su buena solución.
Los problemas pendientes, y el más grave el de la guerra con Francia. Pero
dejando bien sentado que no por haberla querido el César. Carlos amaba la paz,
buscaba la paz, anhelaba la paz en la Cristiandad. Y eso era lo primero que se
quería dejar bien sentado:
… quiere y manda S. A. que se os den a entender dos cosas:
principalmente, la primera demostraros cómo S. M. siempre, desde su
bienaventurada sucesión en estos Reinos, ha entendido y procurado la paz
general en toda la Cristiandad…
No se podía negar que la Monarquía estaba en guerra con Francia,
pero no por culpa del César:
… cómo de las guerras presentes no ha sido ni es la causa…
A continuación Gattinara hace un largo y detallado informe de
todas las peripecias de la vida internacional, desde que Carlos V se había
proclamado rey, subrayando sus continuos intentos por guardar la paz en la
Cristiandad, siendo uno de los principales firmantes del Tratado de Londres de
1518 propugnado por el papa León X, cuyo quebrantamiento, de tan graves
consecuencias, solo cabía achacar a las ambiciones del rey de Francia, pese a
que una y otra vez intentara Carlos apaciguar sus cóleras
… con buenas y dulces respuestas y palabras… Hay aquí una conexión
con los anteriores discursos carolinos ante las Cortes de Castilla: si Carlos V
quería la paz de la Cristiandad era no solo para que sus Reinos viviesen en
orden y sosiego, sino también para poder mejor continuar la guerra contra el
infiel, siguiendo la huella marcada por los Reyes Católicos. Estamos, sin duda,
ante uno de los puntos más interesantes del discurso de Gattinara:
… porque con ella —la paz— Su Alteza teniendo la Cristiandad en
unanimidad y conformidad, viviese gloriosamente en estos sus Reinos y de ellos
mejor pudiese entender en las cosas tocantes a la exaltación de nuestra santa
fe católica y conquista de los infieles africanos, enemigos de ella y de estos
sus Reinos…
Eso era tanto como vincularse a la consigna dejada por Isabel la
Católica en su Testamento:
… e que no cesen de la conquista de África e de pugnar por la fe
contra los infieles…[516]
Palabras que se esperaba, por tanto, que fueran bien escuchadas
por las Cortes castellanas.
En el discurso aparecen otras notas de la concepción política carolina: su
mandato no era arbitrario, ateniéndose al dictamen de los miembros de su
Consejo regio. Además, aparece su idea de que debía ir a todas las partes de
sus Reinos, tanto por conocerlos como porque lo conocieran:
… y así quisiera S. M., luego acabadas las Cortes, discurrir
particularmente por todas las ciudades principales…, por conocer y ver su
grandeza [y] darles a entender por su real persona el grande y entrañable amor
que les ha tenido y tiene, y porque ellos asimismo vieran y conocieran a S. M.,
y con la vista de su real persona, que tan cara y tan deseada tenían,
recibieran alegría y consolación…[517]
Se pedía el apoyo de las Cortes castellanas, y para alentarlas,
se mencionaba expresamente lo concedido por los otros Reinos; así, al Imperio
había votado el pago de un ejército de 20.000 soldados y 4.000 caballos por
medio año, lo que había permitido al conde de Nassau, como capitán general del
ejército imperial, combatir a Roberto de la March y a los otros enemigos del
Emperador. También los Estados Generales de los Países Bajos le habían servido
anteriormente con un millón de florines
… para ayuda de los gastos de su coronación… Lo cual se decía para
que las Cortes castellanas entendieran que no habían sido las únicas a la hora
de pagar la coronación imperial en Aquisgrán.
Y en cuanto a la guerra con Francia, se relataban los más importantes
enfrentamientos tenidos en la frontera de los Países Bajos, en el Milanesado y
en Navarra, sin olvidar el revés sufrido con la ocupación de Fuenterrabía. La
villa ahora conocida por Hondarribia, era entonces considerada como una plaza
de España, y como tal, por la que el Emperador lamentaba su pérdida, a la que
no se resignaba:
… cosa que S. M. sintió mucho y siente y sentirá más que ninguna
cosa, hasta la recobrar…
Y más adelante se insiste de nuevo:
… y teniendo, como tiene fija y asentada en su corazón y
pecho real la pérdida de Fuenterrabía, en la recuperación de la cual siempre se
desvela y piensa…
Y todavía, a las postres ya del discurso de la Corona:
… por manera que con el ayuda de Dios nuestro Señor espera S.
M., no solo de refrenar los ímpetus del dicho rey de Francia y tomar a
Fuenterrabía, que por la honra suya y destos Reinos tanto deseaba…
También se reitera la preocupación de Carlos V por satisfacer a
Castilla y cumplir su palabra de volver a ella antes de los tres años de su
partida, tal como había prometido en las Cortes de Santiago de 1520; quedando
aquí constancia de que Carlos V entendía que era preciso hacerlo así para que
no tornaran las graves alteraciones comuneras. Y así, cuando en 1521 se le
instaba a ir a Italia, para ser coronado por el Papa —lo que le hubiera
permitido además visitar sus reinos de Nápoles y Sicilia y organizar el socorro
de Hungría, tan amenazada por el Turco— no lo quiso hacer, por el peligro que
entrañaba el dilatar su regreso a España:
… de que los malos tomarían osadía y atrevimiento para continuar
sus yerros…
Cuáles yerros eran esos, bien se podía entender. Carlos no
olvidaba todo lo que había pasado en Castilla, a poco de su partida:
…, acordándose de los trabajos y fatigas que habían recibido
[los súbditos de Castilla], en las alteraciones y movimientos pasados, y que
aquellas crecerían si con su breve venida no lo remediase…
Por lo tanto, si importante era su coronación en Roma, su visita
a los reinos de Nápoles y Sicilia y en especial el socorro a Hungría, aún lo
era mucho más la pacificación de Castilla. ¿Y por qué? Porque Castilla era la
base y el fundamento de toda su grandeza. Y así, de nuevo el discurso de la
Corona, como años antes lo había hecho el obispo Mota, ahora por boca de
Gattinara, volvería a cantar a Castilla, pues el Emperador:
… teniendo, como tiene, a estos Reinos por cabeza, la grandeza y
fuerza y poder de los cuales basta, no solo para sostener los otros que Dios le
dio, mas aún para ganar otros de nuevo, y en acrecentamiento de nuestra santa
fe católica poner plus ultra sus columnas…[518]
Como se ve, un intento de atraerse a los procuradores
castellanos, halagando su orgullo nacional. Y no se olvidaba Gattinara de
destacar lo mucho que Carlos V había hecho por su hermano Fernando, dejándolo
como su lugarteniente en el Imperio y haciéndole señor de
… todos los Estados y señoríos que S. M. tenía en ella[519], que son
seis títulos de archiduque y duque[520] y
muchos marquesados y condados y baronías y señoríos… Todo ello con una
renta de 800.000 florines de oro, amén de otros 60.000 ducados que le había
asignado en el reino de Nápoles, y dejándole el servicio de armas que la Dieta
imperial le había otorgado.
Asimismo, vuelve al final en su discurso Gattinara sobre las Comunidades, para
hacer hincapié en el perdón general concedido por Carlos V, aunque reconociendo
que con algunas limitaciones:
… en cierta manera…
Era una buena medida para tranquilizar a los castellanos:
… porque los corazones de sus súbditos estuviesen quietos y
seguros de los yerros pasados…
Seguros, esto es, que no serían ya castigados, porque el César
ya no tendría memoria de aquello:
… para siempre jamás nunca se acordará de ellos, lo puso en
olvido…
Y había una razón: no había sido traza humana, el demonio lo
había provocado. Es esta una notable explicación propia de aquella mentalidad,
y que sin duda ayudaba a solucionar espinosos conflictos, como el de aquella
rebelión, dejando a salvo la lealtad de los súbditos. Para ello, nada como
echar todas las culpas al espíritu maléfico:
… porque S. A. tiene que aquellos [alborotos] fueron hechos por
persuasiones y sugestiones diabólicas y falsas de algunas personas
particulares…
Unas pocas personas, ganadas por el demonio, eran las que habían
engañado a las buenas gentes de Castilla. Castigadas aquellas, desengañadas
estas, volvía a renacer la armonía entre el Rey y el Reino.
Finalmente, y en la extensa relación de las cuestiones internacionales, Carlos
V no podía silenciar el penoso resultado de que la Cristiandad estuviese en
aquella fratricida guerra, bien aprovechada por el Turco para apoderarse de
Rodas. Ese había sido el suceso más destacado del año anterior, llorado por
toda la Cristiandad, porque Rodas suponía el antemural en pleno Mediterráneo
oriental, para que las fuerzas del Turco no se arrojaran sobre Italia. Carlos V
había intentado su socorro, ordenando al virrey de Nápoles que así lo hiciera,
y pidiendo al nuevo Papa, Adriano VI, que lo apoyara.
Todo en vano:
Así Rodas, por falta de socorro se perdió, en gran daño y
vergüenza de toda la Cristiandad…
Y aún había más, porque Adriano VI, a la vista de aquel
lamentable suceso, había pedido a los reyes cristianos que acordasen al menos
una tregua de tres años, a lo que tanto Enrique VIII de Inglaterra como Carlos
V habían accedido, siendo en cambio rehusada por Francisco I de Francia, que
confiaba entonces en adueñarse de Sicilia.
Por lo tanto, la guerra seguía, aunque fuera muy a pesar del Emperador. Y así
las cosas, y dado que era preciso defender la Monarquía y recuperar
Fuenterrabía, era por lo que se pedía a las Cortes que concedieran el servicio
acostumbrado,
… como siempre habéis hecho con S. A. y con los reyes sus
antecesores y progenitores…[521]
Bien podría creerse que, después de tan largo como elocuente
discurso, aquellos procuradores, bajo los efectos además de la derrota de
Villalar, aprobarían al momento y por unanimidad el servicio pedido por el Rey.
Todo lo contrario. Vamos a asistir ahora a un forcejeo increíble entre Carlos V
—o sus mandatarios— y las Cortes, entre el Rey y el Reino. En vano Gattinara se
había referido también a los otros esfuerzos del Emperador por el buen gobierno
de Castilla: el cuidado de las fronteras, la recta administración de la
justicia, la adecuada selección de las figuras para cubrir las vacantes en el
gobierno central y territorial, e incluso algo que era muy popular: el ahorro
en los gastos de la Corte. Sin faltar además la regia promesa de que en un
plazo breve, a lo más de veinte días, la Corona daría su respuesta a las
peticiones y quejas que formulasen las Cortes.
Y, sin embargo, tanto esfuerzo no fue bastante. Lo primero que hicieron
aquellos procuradores fue nombrar una comisión de seis de sus miembros para que
pidiera a Carlos V que ante todo diera respuesta a los capítulos que habían
aprobado, de acuerdo con los poderes que tenían de sus ciudades, después de lo
cual se reunirían para votar el servicio. Por lo tanto, lo primero que la
Corona atendiese a sus quejas. Su portavoz sería el licenciado Juan Rodríguez
de Pisa, procurador por Granada. En su intervención ante Carlos V le rendiría
homenaje, le tributaría las mayores alabanzas, pero a la postre le hizo saber
que las Cortes tenían mal recuerdo de lo que había ocurrido en 1520, en las
celebradas en Santiago y terminadas en La Coruña. Y también Rodríguez de Pisa
aludiría a las anteriores alteraciones de las Comunidades, para señalar
valientemente al Emperador que lo primero que la Corona debía hacer para evitar
tamaños males, era tener contentos a los pueblos con buen gobierno y con
oportunas mercedes; y siendo esto así, lo debía ser también que el César
atendiera la petición de las Cortes, dando justa respuesta a las peticiones y
agravios que se le presentaban. Después de eso, el votar el servicio se haría
de inmediato, como correspondía a súbditos fieles y leales.
Situación inesperada. Y fue entonces cuando se produjo la reacción del César
que sorprendió a su vez a todos, por su espontaneidad y viveza. Vamos a asistir
a uno de aquellos discursos personales del Emperador que más nos ayudan a
comprender su personalidad. Y tan vivo es que nos da la impresión de estar
escuchando al propio Carlos V, como si el escribano de las Cortes, Francisco
Salmerón, hubiera sido capaz de recogerlo taquigráficamente.
Con un tono personal y un estilo directo, Carlos V hablaría a las Cortes al día
siguiente de su convocatoria, y de este modo:
Yo amo y quiero tanto estos Reinos y los súbditos y vasallos
dellos como a mí mismo, y con este amor a los procuradores que estáis juntos en
esta villa, se os dijo ayer particular y generalmente todas las cosas que
oisteis, que creo que nunca jamás se dijeron en ningunas Cortes tan
especificadamente, y por ellas habéis entendido las necesidades que se han
ofrecido, por donde me he movido a juntar Cortes; y en verdad que desde que
desembarqué en Santander me determiné de hacellas, para proveer las cosas que cumplen
al bien de todos estos Reinos, y con otras grandes necesidades que han
ocurrido, no lo he podido hacer más presto. Yo quisiera excusarme de pediros
servicio, porque querría levar a todos los pueblos de los gastos que fuese
posible, a deseo de aumentarlos y acrecentarlos; pero como os es notorio, por
inducimiento de algunos malos que fueron ocasión de los levantamientos pasados,
hánseme ofrecido tan grandes gastos y costas como sabéis, y por esto no me he
podido excusar dello; ayer os hablé pidiéndoos el servicio, y ahora quiero
pediros, y pues es el primer consejo que os pido, yo os ruego que me le deis
bueno, como de vosotros espero; ¿cuál os parece que sería mejor; que me
otorgaseis luego el servicio, pues como ayer os lo prometí y ahora de nuevo os
lo prometo, yo no alzaré las Cortes hasta haber respondido y proveído todas las
cosas que me pidiereis, como sea justo y más cumpla al bien de estos Reinos, y
que parezca que lo que proveo y las mercedes que hiciere, lo haga de mi buena
voluntad, o que primero os respondiese á los capítulos que traéis, y se dijese
que lo hacía porque me otorgaseis el servicio? Y pues sabéis que siempre se
acostumbra hablar primero en lo del servicio, y así se hizo con los Reyes mis
antecesores, no es justo que pierda la costumbre que hallé; en cuanto a esto
les quiero parecer y pasar adelante, y hacer mejores mercedes a estos Reinos,
de lo que no podéis tener duda ni lo podéis juzgar hasta ver el fin, y si así
lo hiciere me besaréis las manos, y si no, nunca más me creáis. Y pues yo os
amo tanto como los Reyes mis predecesores, y como os he dicho, deseo hacer todo
bien y merced a estos Reinos, ¿por qué se hará conmigo tan gran novedad? A mí
no me va nada en que otorgaseis el servicio de aquí a tres u ocho días; pero
por las causas que os he dicho y porque no hay ninguna cosa que todos no lo
sepan, y viniendo esto a noticia de los Príncipes, así del Turco como de
cristianos, para mi reputación parecería muy mal, que no se hiciese conmigo lo
que se ha hecho siempre con los otros Reyes mis predecesores, y los malos se
holgarían y tendrían ocasión de decir que lo que os concediere y otorgare lo
hago porque me deis el servicio; no me parece que lo debéis hacer, y pues las
necesidades que a esto me mueven fueron causa de muchos males, vosotros, que
sois buenos y leales, las remediéis haciendo lo que debáis, como yo de vosotros
espero[522].
Como puede verse, Carlos V basaba su razonamiento en dos puntos
sobre todo: en que se haría novedad si primero la Corona atendía a las
peticiones de las Cortes antes de recibir el servicio, y que además, si tal se
hiciera, sería con grave perjuicio de su prestigio:
… para mi reputación parecería muy mal…
A buen seguro que Carlos V creyó que su intervención, tan
personal, acabaría venciendo la oposición de aquellos procuradores, y en eso se
equivocaría. Sería preciso que las Cortes se reunieran otras tres veces, por
orden de Gattinara, para que al fin cedieran, votando el servicio que les pedía
el Emperador. Eso sí, consiguiendo de Carlos V que sus peticiones se leyeran
públicamente, como ocurrió en la plaza de Zocodover de Toledo, el 15 de
septiembre de aquel año de 1523.
¿Qué pedían sustancialmente aquellas Cortes castellanas de 1523, las primeras
después de Villalar? En política interior, que Carlos V castellanizase su Casa
y Corte, afincándose de una vez por todas en Castilla, casándose con princesa
portuguesa y reservando todos los oficios del Reino para sus naturales; una
renovada Corte castellana en la que se hiciese buena la promesa carolina de
reducir sus gastos. Y en cuanto a política exterior, que se sujetase a dos
principios fundamentales: paz en la Cristiandad y guerra con el infiel, en
particular contra los corsarios berberiscos que tanto atemorizaban en el
Mediterráneo.
En general, pues, coincidiendo con lo que Carlos V ya había prometido en el
discurso de la Corona, a través de Gattinara.
Salvo en un punto. Pues en cuanto a que castellanizase su corte, Carlos V se
mostraría tajante:
A esto vos respondemos que, pues no conviene hacer apartamiento
de los miembros que Dios quiso juntar en un cuerpo, entendemos, como es razón,
de servirnos juntamente de todas las naciones de nuestros Reinos y señoríos,
guardando a cada uno de ellos sus leyes e costumbres[523].
Carlos, el Señor de los Países Bajos, el rey de tantos reinos
hispanos e italianos, el Emperador de la Cristiandad, no podía responder de
otro modo. Si acaso, podía aumentar la representación castellana, como la pieza
más destacada. Pero nada más.
Y de ese modo, con respuesta tan sincera, Carlos V demostró otra vez que era el
Emperador de la Europa cristiana.
Todo un Emperador para Europa.
Capítulo 4
Una guerra que no cesa: Pavía
A lo largo de su reinado Carlos V verá cómo se encadenan las
guerras con Francia, casi todas bajo el signo de su rivalidad con Francisco I,
pero sin que la muerte de su rival supusiera el final de aquel largo conflicto
entre los dos países. Por eso, antes de relatar aquel incesante batallar, es
necesario hacernos unas reflexiones previas. Y la primera cuestión, si es que
para algo sirve la Historia, debiera ser preguntarnos si pudo evitarse la
guerra; o, para no caer en descripciones futuribles, de qué forma se produjo el
estallido, de modo que nos pueda servir para eludir situaciones similares.
Porque una entrada sin más en el relato de las acciones bélicas parece que es
la peor educación que pueda darse al lector. La brillante historia de las
heroicas victorias es la mejor manera de preparar el ánimo para futuras
guerras.
Con lo cual tenemos ya un resultado: la formación de aquellos príncipes
descansaba, en gran medida, en los relatos de una historiografía triunfalista,
en la que se destacaban las acciones bélicas de los grandes capitanes de la
Historia, empezando por los de la Antigüedad, desde Alejandro el Magno hasta
Aníbal o Julio César. Y en esas condiciones, aquellos jóvenes príncipes cuando
alcanzaban la hora de las decisiones regias, estaban deseando adquirir fama y
prestigio con alguna acción sonada. Así es cómo acomete Francisco I en 1515 su
invasión del norte de Italia, y así es cómo celebra su primera victoria en
Marignano, a poco de ascender al trono de Francia.
No menos ansioso de la gloria militar andaba Carlos V; si acaso, bajo una
cierta influencia de la corriente erasmista, tan fuerte en sus Países Bajos
natales en los principios de su reinado, sueña con canalizar esos afanes
bélicos hacia una gran Cruzada, en la que él, como Emperador, acaudillara a la
Cristiandad en una guerra santa contra el Islam. Y eso es lo que le daba un
tono de elevación moral sobre su adversario; pues al contrario, para Francisco
I la alianza con Turquía se alzaba como una necesidad, a fin de contrarrestar
mejor el poderío alcanzado por el Emperador. De esa forma, la paz resultaba
inviable. No podía serlo cuando los mismos pueblos no la reclamaban. Sería
preciso que la guerra estallase una y otra vez, con sus secuelas de miserias,
de destrucción, de hambres y de muertes, para que se oyesen voces, y más que
voces, como el clamor popular por una paz entre Francia y España. De ahí que,
cuando al fin se firma la que parecía duradera, la de Chateau-Cambresis, se
produjera aquel estallido de júbilo bien reflejado en el nombre que el pueblo
español dio a su nueva soberana, a la que llegaba de Francia como prenda del
fin de la guerra: Isabel de la Paz.
Pero para que llegara ese momento sería preciso casi cuarenta años de guerras,
que superarían incluso la vida del César.
¿Presintieron los hombres de aquel tiempo el cúmulo de males que se les echaba
encima? Es difícil de saber. Un reflejo encontramos en Sandoval, si bien con la
perspectiva de quien escribía medio siglo después de aquellos sucesos. Pero es
digno de recoger aquí su reflexión, que acredita su historia carolina como algo
más que una crónica del reinado del Emperador:
Quieta estaba la Cristiandad en Europa —nos dice— y con grandes
esperanzas de una larga paz, de un siglo feliz y bienaventurado.
Esas eran las perspectivas, hacia 1520. Pero, ¿qué había
ocurrido?
Mas la inconstancia de la vida humana en un punto lo alteró, inquietando el
mar de pensamientos de los príncipes y repúblicas cristianas con tan larga
tempestad de continuas y sangrientas guerras, que duraron todos los días del
Príncipe que escribimos, que fueron casi cuarenta años, en que murieron más de
quinientos mil personas, la flor de España…[524] Por
lo tanto, la guerra entre Francia y España como la gran desgracia, y eso es lo
primero que hay que anotar.
Para Carlos V era, además, continuar la última tenida en España, a causa de las
alteraciones de las Comunidades de Castilla y los movimientos sociales de las
Germanías de Valencia y Mallorca. Tal coincidencia ya la había constatado el
Emperador, en especial en cuanto a los contactos entre Francia y los comuneros:
Por cuya causa —la enemistad de Francisco I— y otras pláticas e
inteligencias que había en Italia, y en España con las Comunidades, comenzaron
en 1521 las guerras entre S. M. imperial y el rey de Francia…[525]
Las Comunidades ya habían sido sometidas, tras Villalar en abril
de 1521, y tras la rendición de Toledo, en febrero de 1522; de forma que cuando
Carlos V regresó a España aquel verano, ya solo le quedaba cumplir los últimos
castigos y pronunciar el perdón general, que ya hemos comentado.
En cambio, todavía seguían vivos algunos rescoldos de las Germanías. No en
Valencia, cuya resistencia había sido dominada en el otoño de 1521, mientras
Alcira y Játiva —los últimos reductos de los agermanados valencianos— lo habían
sido en mayo de 1522; pero sí en Mallorca, en cuya isla, salvo la plaza fuerte
de Alcudia, aún se mantenía viva la rebelión en el verano de 1522. Precisamente
en el mismo mes de julio en el que Carlos V llegaba a España, entraba en el
puerto de Palma el almirante genovés Andrea Doria, entonces al servicio del rey
de Francia. Por lo tanto, el peligro de perder la isla era notorio, de ahí que
Carlos V ordenara una inmediata expedición militar para recuperar su dominio;
no serían muchos, apenas un millar de soldados, y acaso por eso se tardó unos
meses en sofocar los últimos reductos agermanados, incluida la capital, Palma,
que se entregaba al Emperador el 8 de marzo de 1523.
El duro castigo que recibieron los cabecillas del alzamiento dejó tan
atemorizada a la isla, que ya no volvería a levantarse contra el Emperador[526].
Eso permitiría a Carlos V centrar su atención en la guerra contra la Francia de
Francisco I.
§.La ofensiva diplomática
No era una guerra fácil, eso lo sabía perfectamente el joven Emperador. ¿Podría
él acometerla con sus únicas fuerzas? ¿Qué le había ocurrido a su antepasado
Carlos el Temerario, en sus luchas con Luis XI? La pérdida del ducado de
Borgoña, ese había sido el balance. Era cierto que Carlos V poseía más reinos,
pero también que estaban más dispersos, más alejados, y, por ende, más
indefensos. Desde España, malamente podía dirigir la defensa de los Países
Bajos o evitar la acometida de su rival sobre Italia.
Por lo tanto, se imponían las oportunas alianzas. En su larga visita a
Inglaterra del verano de 1522, Carlos V había asegurado la de Enrique VIII. Eso
había dejado más protegido a sus países natales, a las tierras de Flandes. Pero
la situación en Italia no era tan clara, con la actitud recelosa de Roma y la
enemiga de Venecia.
Y eso era lo asombroso. ¿Cómo la Roma de Adriano VI se negaba a romper su
neutralidad? ¿Cómo era posible que aquel que tanto le debía, al que había
sacado de su rincón de Lovaina para hacerlo nada menos que regente de Castilla,
se le mostrara ahora tan reacio a cerrar filas como su aliado frente al
francés?
Sin duda, había ayudado poco la torpe intervención de su embajador don Juan
Manuel al tratar al Pontífice como si fuera el antiguo capellán de Carlos V;
sin olvidar que el oficio hace al hombre, y que ya no era con Adriano de
Utrecht con el que había que tratar, sino con el Papa de Roma, el Papa de toda
la Europa cristiana. Tampoco había sido mucho más hábil el propio canciller
imperial Gattinara. El 18 de diciembre de 1522 había escrito una dura carta al
Papa en la que le reprochaba su neutralidad y en la que llegaba a una clara
amenaza si persistía en su actitud, tan contraria de lo que cabía esperar del
antiguo vasallo y criado del Emperador[527].
Pero lo que no estaba consiguiendo la diplomacia imperial lo haría el cardenal
de Médicis[528], al
descubrir una conjura del partido francés en contra de Adriano VI. Eso decidió
al Papa a romper su neutralidad, entrando en la gran liga italiana al lado del
Emperador, a la que se sumaría Venecia. Y dado que Génova había sido tomada,
como resultado de la victoria lograda en Bicoca, y que los Sforza habían sido
repuestos en Milán, la ofensiva diplomática imperial parecía haber logrado sus
propósitos, de cara a una posterior ofensiva bélica contra Francia, tanto más
que se producía por entonces la defección de uno de los nobles más poderosos de
Francia: el duque de Borbón.
Estamos ante un punto que bien merece alguna reflexión. Ante aquellas
circunstancias bien podría creerse que la suerte de Francia estaba echada, y
está claro que eso fue lo que pensaron los aliados. Nada más lejos de la
realidad. Ante aquella grave amenaza, Francia supo responder aglutinándose en
torno a su soberano. Ya el espíritu nacional era lo bastante fuerte, como para
permitir que resentimientos o ambiciones personales de un noble, por muy alto
que fuese, superase al sentimiento del espíritu nacional, tan fuerte en Francia
desde los tiempos de Juana de Arco.
De ese modo en Francia, aquella guerra que parecía iniciada a causa de las
rivalidades de dos Reyes, se convirtió en una guerra patriótica, demostrando
pronto que los resabios de los señores feudales habían pasado. Los señoríos,
con sus privilegios, podrían perdurar todavía, pero no a costa de la nación. En
ese sentido, la Corona se manifestaría más fuerte y más poderosa.
Ni tampoco los aliados lograron sus propósitos en la invasión de Francia.
Quizás sea excesivo afirmar, como hace Roger Bigelow Merriman, que en su
denuedo defensivo, Francia iba a demostrar, una vez más a lo largo de la
Historia, que era el baluarte de la civilización occidental[529]. Pero era
evidente que otra vez Francia sabía responder al reto de aquella hora, y en
este caso al intento de sus enemigos por deshacer la nación, con una Francia
occidental en manos de Inglaterra, otra oriental como premio para el duque de
Borbón, y una Borgoña recuperada por Carlos V. De entrada, el ejército
anglo-flamenco que penetró por el norte, teniendo como objetivo París, dirigido
por el duque de Norfolk y por el conde de Buren, fracasó estrepitosamente. Por
su parte, Bonnivet, el almirante francés, lograba mantener una situación de
equilibrio en el Milanesado, mientras la amenaza española por la frontera
pirenaica resultaba demasiado remota.
Pues, en efecto, Carlos V creyó que podía concentrar sus fuerzas en Navarra,
para entrar en Francia por el paso de Roncesvalles. A tal fin se trasladó a
Pamplona, rechazando el consejo de quienes trataban de disuadirle, porque la
estación ya estaba gastada y el mal tiempo obligaba a una tregua de las armas.
¿Qué era lo que movía a Carlos V a mostrarse tan decidido en una empresa tan
difícil? Si hemos de creer a Sepúlveda, a todos los razonamientos de los suyos,
desaconsejándole de que tal hiciera, les contestó brevemente
que no los había convocado para deliberar, sino para exhortarlos[530]. En
suma, estaba decidido a invadir Francia por aquella frontera pirenaica, tomando
él mismo la dirección de la campaña; decisión que hay que tomar como un sentido
de obligación ante sus aliados. Pero los obstáculos resultaron invencibles. Una
tormenta de nieve, cerrando aquellos puertos de montaña, impidió el avance del
ejército imperial.
El Emperador tomó entonces el buen acuerdo de poner su real en Vitoria. Ya que
la invasión de Francia había fracasado, había que tantear la recuperación de
Fuenterrabía.
Ya para entonces los vaivenes de la guerra en el Milanesado habían obligado a
los franceses a retirarse del norte de Italia, y en aquella acción, defendiendo
la retaguardia francesa, moriría uno de los soldados más famosos del tiempo: el
caballero francés Bayardo. Y es digno de recordarse cómo un noble flamenco,
Adrián de Croy, señor de Beaurain, daría la noticia a Carlos V:
Señor —le diría—, aunque el dicho Bayardo era servidor de
vuestro enemigo, ha sido una gran pérdida su muerte, porque era un gentil
caballero, bien amado de todos…[531]
Se podría pensar: he ahí una guerra caballeresca, como si se
tratara de un lance sacado de las novelas de caballerías. De hecho, el marqués
de Pescara, que mandaba las tropas imperiales, devolvió el cadáver de Bayardo a
Francia con todos los honores militares debidos a tan gran soldado[532].
Y sin duda la anécdota merece ser recogida, siempre que no olvidemos que era
una nota particular, dentro de una guerra que, como todas, estaba llena de
violencias, de muertes y de miserias.
En cuanto al Emperador, su cambio de objetivo tendría su recompensa. En pleno
invierno, a fines del mes de febrero de 1524, Fuenterrabía era recuperada. No
por la fuerza de las armas, sino empleando las negociaciones. El condestable de
Castilla, que era el que mandaba las tropas imperiales que asediaban la plaza,
entró en tratos con su defensor, Pedro Navarro.
Pedro Navarro era hijo de aquel famoso soldado del mismo nombre que tanto había
brillado en la guerra de Granada y en las empresas españolas sobre el norte de
África, como en la toma de Orán, de Bugía y de Trípoli, entre 1508 y 1511. Y
acaso ese origen hispano facilitó las gestiones del Condestable, quien mandó a
un joven soldado para que se hiciera cargo de la villa y su fortaleza, en
nombre de Carlos V. Se trataba de don Fernando de Toledo, el futuro III duque
de Alba.
En cuanto a lo que supuso su recuperación para Carlos V, basta comprobar cómo
dio la noticia a su hermano Fernando y cómo lo recuerda en sus Memorias.
En sus Memorias, Carlos V dedica un breve párrafo a los
acontecimientos más importantes ocurridos en 1523 y destaca dos: en el
exterior, el paso a su servicio del duque de Borbón, y en el interior, la
recuperación de Fuenterrabía[533]. En la
carta a su hermano, el Emperador es mucho más explícito. Y tanto, que por los
detalles que da podemos seguir los diversos pasos del asedio a una plaza
fuerte. Durante cuatro días seguidos, Fuenterrabía había sido bombardeada por
60 grandes piezas de artillería, no dejando prácticamente piedra sobre piedra.
Faltaba la segunda fase para proceder al asalto: el vaciado del agua de los
fosos, tarea dificultada por lluvias torrenciales, y hasta tal punto que hubo
que proceder al empleo de las minas, hasta lograr que los sitiados accedieran a
la rendición. Carlos V terminaba aludiendo a la importancia de aquella
victoria, por lo que suponía Fuenterrabía para la defensa de Castilla y de
Navarra[534]. Pero,
acaso porque considerase que eso mermaba el prestigio de aquella reconquista,
no alude para nada a las negociaciones entabladas para su rendición. Lo que sí
resulta evidente es el aire nacional que toma la empresa: Fuenterrabía era el
primer baluarte de España frente a la enemiga francesa, y así era tenido por
toda Europa.
Un sentimiento bien resumido en la crónica de Sandoval, bien ajeno a que
andando el tiempo hubiera quien pusiese en duda que toda aquella tierra era
hispana:
Pues desta manera —nos dice— se cobró Fuenterrabía y se hizo en
toda España gran demostración de alegría, porque tenían estos reinos por
afrenta y ignominia que franceses tuviesen un palmo de tierra en ellos[535].
Recuperada Fuenterrabía, todo el interés de Carlos V se
centraría aquel verano en lo que podía dar de sí la defección del duque de
Borbón, a quien el Emperador había dado el mando supremo del ejército que tenía
en el norte de Italia. Se esperaba que su entrada en Francia iba a provocar
poco menos que un alzamiento general contra Francisco I. Por el contrario, la
invasión de Provenza realizada por el noble francés al servicio de Carlos V
fracasó completamente, pese a que los invasores llegaron a las vistas de
Marsella. Para tal conquista hubiera hecho falta un acompañamiento por el mar,
pero la armada imperial, mandada por Hugo de Moncada, mostró ser muy inferior a
la francesa. La única conquista lograda en aquella empresa fue la plaza de
Tolón, y aun esa hubo que abandonarla apresuradamente. La causa, una nueva
amenaza de Francisco I sobre Milán, que obligó al duque de Borbón a volver
sobre sus pasos.
En efecto, Francisco I había pasado los Alpes con un fuerte ejército, entrando
de nuevo en Milán el 26 de octubre de 1524. Y con el vuelco que tal victoria
suponía, tanto Roma —donde ya era papa Clemente VII— como Venecia abandonaron
la liga firmada con Carlos V para congraciarse con el vencedor, con el que
cerraban nueva alianza el 12 de diciembre de 1524.
Todo volvía a estar en el aire. De hecho, solo Antonio de Leyva resistía al
empuje francés, atrincherado en la plaza de Pavía.
Pavía: un nombre evocador, donde pronto se daría una de las grandes batallas de
aquel siglo y de mayor resonancia.
§. La boda de la infanta Catalina.
Cuando empieza el otoño de 1524 Carlos V ya sabe que la invasión aliada contra
Francia, por tantos frentes acometida, había fracasado. Lo mismo el avance
sobre París de ingleses y flamencos como la acometida en Provenza del duque de
Borbón, no habían hecho más que demostrar la fuerza del espíritu nacional
francés y cuán vanas habían sido las esperanzas de acabar de una vez por todas
con el poderío de Francisco I, cuya figura se alzaba como el símbolo de aquel
pueblo.
Tampoco había sido más afortunado Carlos V en su intento desde Navarra, pero al
menos la campaña se había cerrado con un éxito, sin duda importante, de cara a
satisfacer la opinión pública hispana, en particular la de Castilla: la citada
recuperación de Fuenterrabía.
Fue entonces cuando acudió de nuevo a Tordesillas.
Sería una larga estancia —la mayor de todas las que el Emperador tuvo en la
Villa—, que duraría más de un mes, pues el 3 de octubre entraba Carlos en
Tordesillas y allí estaría hasta el 5 de noviembre.
¿Qué es lo que entretiene tanto tiempo al Emperador en la Villa del Duero? Las
visitas, entre afectivas y protocolarias, a su madre nunca duraban más de unos
pocos días; como ya hemos visto que indicaría en una ocasión el cronista
Sandoval, el estado mental de doña Juana no daba para más.
Pero ahora era distinto. Ahora —ese ahora del otoño de 1524— Carlos V tiene
necesidad de saber toda la verdad sobre su hermana pequeña. Los embajadores
portugueses le acosan para que dé su conformidad a un doble enlace entre las
dos dinastías de los Austrias y los Avis; un doble enlace que supondría un
reforzamiento de aquella vieja alianza entre las cortes de Lisboa y de
Valladolid, que la muerte de Manuel el Afortunado y el abandono de la Corte
lisboeta por Leonor de Austria parecía que habían enfriado.
Un doble enlace, porque se estaba poniendo ya sobre el tapete la boda de Carlos
V con la princesa portuguesa Isabel, y la de Catalina de Austria con el rey
Juan III de Portugal. Sobre la suya propia, ya lo veremos, Carlos V aún tiene
que sopesar muchos factores, entre otras cosas porque todavía está vigente su
compromiso con los Tudor de Inglaterra, firmado en Windsor en el verano de
1522, que le había asignado a una niña —María Tudor—, como su futura esposa.
Por lo tanto, eso todavía era preciso sopesarlo, y no poco.
Pero nada había que pensar en el caso de Catalina.
Nada, no. Había que despejar por completo aquellos rumores de su comportamiento
irresponsable frente a los comuneros, había que comprobar si aquella Infanta,
que se había hecho mujer entre tanta desventura, era capaz de asumir el papel
político que Carlos V le tenía asignado.
Hace algunos años lo señalaba yo:
… es en 1524 cuando podemos afirmar que Carlos V trata de
afrontar de lleno los problemas suscitados en la Casa de su madre, hasta el
punto de que durante más de un mes establece su Corte en Tordesillas…
Y añadía:
Es cuando se convence de quién es su hermana, para ese tiempo
toda una mujer a sus 17 años, a la que dará ya toda su confianza: Catalina
puede convertirse en la nueva Reina de Portugal…[536]
Y de esa manera, el 2 de enero de 1525 Catalina saldría para la
corte de Lisboa, donde sería un personaje ya de primera fila, incluso después
de la muerte de su marido, el rey Juan III. Puede decirse que hasta su
fallecimiento en 1578, por lo tanto, a lo largo de más de medio siglo, Catalina
juega un papel de primer orden en Portugal, incluso por lo tanto veinte años
más tarde del óbito de Carlos V en Yuste. Atrás dejaba, en Tordesillas, a la
pobre loca, a la reina Juana, su madre, abandonada ya a su soledad. Cambiaba su
cautiverio de Tordesillas por la corona portuguesa; una merced inesperada,
conseguida gracias a la intervención de su hermano; algo que Catalina ya nunca
olvidaría y de lo que daría pruebas constantes en su correspondencia con el
Emperador. En realidad, para Catalina, Carlos era algo más que su hermano
mayor; era su rey y emperador, y además el que hacía las veces de aquel padre
que no había conocido.
A este respecto, los extremos de afecto hacia Carlos V son bien expresivos.
Así, con motivo de una grave enfermedad que padece en 1528, recibe la visita de
un enviado especial del Emperador, lo que la embarga de emoción, y con esa
emoción coge la pluma y escribe:
Don Miguel de Velasco me visitó de parte de V. M. y me dio su
carta. Fueron tantas mercedes juntas que no digo mal tan pequeño como el mío,
mas otros mucho mayores fueran bastantes para los quitar.
¿Qué podría ofrecerle ella a su hermano? Pero no su hermano
… pues en todas las cosas que podría decir tengo tamaña obligación como a
verdadero padre y señor… Las muestras de cariño del Emperador le
llenan de gozo. Carlos V le decía que estaba con pena por saber que estaba
enferma, y le decía que le pidiera lo que necesitase. Y Catalina se enternece:
… con tantos favores me espanto cómo puedo caber en mí…[537]
Desgajada del resto de su familia, sin haber conocido a su
abuelo paterno Maximiliano, olvidada por su abuelo materno Fernando el
Católico, desvinculada del resto de sus hermanos, con la triste orfandad vivida
en Tordesillas, con la angustiosa compañía de su pobre madre, Catalina veía en
Carlos V el único asidero afectivo, hasta que forma su propia familia. Y eso lo
resumiría en una breve frase, conmovedora dentro de su sencillez:
… como V. M. me conoció niña…[538]
Una niña harto desvalida, convertida de pronto en reina de la
Monarquía más rica de Europa. Y ese cambio tan profundo había sido obra del
Emperador; algo que Catalina nunca olvidaría:
… cuando V. M. me casó y mandó para este Reino, de que me hizo
Reina…
Reconocimiento que le había de durar toda la vida:
… los días que viviere terné el conocimiento que a V. M. debo…[539]
De ese modo convirtió Carlos V a su hermana, la Infanta olvidada
de Tordesillas, en reina de Portugal. Y lo que es más, en una de sus más
eficaces colaboradoras en aquel entramado dinástico que tanto le ayudó a su
tarea imperial, en particular consiguiendo que la frontera portuguesa fuera una
frontera muerta para la guerra y viva para los tratos comerciales y políticos.
En realidad, había sido una boda planteada de antiguo por la corte de Lisboa.
Ya en 1522, con motivo del regreso de Carlos V a España, llega a la Corte
imperial una lucida embajada portuguesa, de la que nos dará cuenta Martín de
Salinas, el enviado de Fernando que con tanto cuidado seguía las novedades de
la hora. El 6 de diciembre de aquel año de 1522 Salinas informaba a Fernando:
Ya hice saber a V. A. cómo de parte del rey de Portugal era
venida en esta Corte… gran embajada…
¿Qué trataba de negociar Juan III? La doble boda de Carlos V con
su hermana Isabel y la suya propia con Catalina. Pero también algo más, pues no
hemos de olvidar que estamos en 1522, el año en el que aquel audaz navegante
español de Guetaria, Juan Sebastián Elcano, volvía a España después de haber
dado por primera vez la vuelta al mundo, provocando un tremendo impacto por su
descomunal hazaña.
Pues Elcano había tocado en las islas de las Especias. Gran alarma en Portugal.
Y a eso también se referiría Martín de Salinas:
… la tercera —misión de la embajada portuguesa— que S. M. se
dejase de la Especiería…[540]
Pero, de momento, atrapado todavía por las cláusulas del Tratado
de Windsor que le comprometían con María Tudor, el Emperador solo se decidiría
a formalizar la boda de su hermana pequeña con el rey portugués, cediendo —como
veremos— en la cuestión de las Molucas, a cambio de una compensación económica,
siempre bienvenida para las exhaustas arcas imperiales.
Y de ese modo, la infanta Catalina salió de Tordesillas el 2 de enero de 1525
camino de Lisboa, cuando todavía no había cumplido los 18 años[541]. Y no de
cualquier manera, sino como infanta de Castilla, la hermana del Emperador y
futura reina de Portugal. Y su rico cortejo sería llevado por los duques de
Béjar y de Medina-Sidonia, siendo entregada en Badajoz al cortejo portugués
encabezado por el infante don Fernando, hermano del Rey.
§. Las zozobras de un joven Emperador
El triple fracaso de la invasión de Francia, tanto por la frontera norte
intentada por el ejército anglo-francés como la realizada por el duque de
Borbón en Provenza —que era la que más prometía—, como la dirigida por Carlos V
desde Navarra, vino a demostrar la fuerza de la nación francesa. Pero, además,
la réplica fulminante de Francisco I, al irrumpir en Lombardía y ocupar de
nuevo Milán, puso al descubierto cuán frágil podía ser el dominio de aquella
Italia del norte, máxime con la defección de venecianos y pontificios, que
olvidándose de su alianza con el Emperador, negociaban a toda furia nuevos
acuerdos con el francés.
Por lo tanto, todo iba a decidirse en Italia.
¡Italia! Para los hombres del Renacimiento, artistas, políticos, escritores
—humanistas en suma— y soldados, esa era una palabra mágica. Evocaba la
grandeza de la Antigüedad, pero también el magisterio de las grandes figuras de
aquella hora, cuando Florencia y Venecia rivalizaban con Roma en las artes y en
las letras.
Para Carlos V, además, Italia venía a ser la consagración de su magistratura,
el poder recibir la tercera corona imperial de manos del Papa, convirtiéndole
en verdadero emperador de la Cristiandad, la consagración que le permitiría
proponer en vida la elección de su sucesor; esto es, aspirar a una continuidad
política, a que su obra perdurase, aparte de lo que suponía contar ya con tal
auxiliar en el Imperio: un nuevo rey de Romanos —ese era el título—, que podría
proponer a los Príncipes Electores germanos, conforme la Bula de Oro. Era la
forma de estrechar más la alianza familiar, consiguiendo que los Príncipes
Electores designasen a su hermano Fernando.
Por lo tanto, la idea de ir a Italia ganaba cuerpo cada vez con más fuerza en
el ánimo de Carlos V. Esa necesidad ya se había discutido en el seno de su
Consejo en 1522, antes del regreso a España. Entonces Carlos V consideró más
urgente reencontrarse con los españoles. Estaban demasiado recientes las
conmociones de comuneros y agermanados (en realidad, estos todavía sin someter
del todo). Estaba pendiente la pacificación de aquella parte de sus dominios
que consideraba como la base de su poderío. Y estaba, además, su promesa,
aquella palabra dada en las Cortes de Castilla de 1520 de que volvería antes de
los tres años. ¿Y cómo podría cumplirla, a poco que se complicaran las cosas en
su viaje a Italia?
Y de esa forma, lo de Italia quedó postergado, pero no olvidado. Su propio
canciller Gattinara se encargaría de recordárselo en un Memorial que
le presentó, en el que se le advertía que podía ocurrirle lo que a su abuelo
Maximiliano, que había acometido muchas empresas, pero que no había logrado
casi ninguna. Era verdad que para el viaje imperial a Italia hacía falta
disponer de unos fondos y que el problema económico no era pequeño, de forma
que había que intentar atraerse a las Cortes de Castilla para que colaborasen.
En todo caso, el viaje a Italia tenía un objetivo: lograr su dominio. Y eso
había que realizarlo con gran habilidad, poco a poco, empezando por el ducado
de Milán, de forma que nadie sospechara que se fuera a intentar[542].
Es dudoso que el Memorial de Gattinara, donde dejaba al
descubierto su maquiavélico proyecto de hacerse con Milán, influyera
decisivamente en el ánimo de Carlos V, al menos por los tortuosos
procedimientos que aconsejaba, tan distantes de la mentalidad caballeresca del
Emperador. Pero cuando le llegó la noticia de la contraofensiva de Francisco I
sobre el Milanesado, de la apurada situación de su ejército en el norte de
Italia, con Leyva defendiendo el que parecía el último reducto imperial, en
Pavía, y con el agravamiento de cómo se empeoraban las relaciones
internacionales, el joven Emperador tuvo una crisis de desaliento.
Es algo que conocemos muy bien porque —conforme a un hábito suyo, de que daría
muestras repetidas veces en su vida— plasmaría sus preocupaciones en el papel.
Se trata de unas reflexiones íntimas, y por ello del mayor interés. El escrito,
conservado en el Archivo de Viena, fue encontrado y estudiado por Brandi,
constituyendo una de las aportaciones más notables de su biografía sobre el Emperador.
Ante la azarosa situación en que se hallaba, el primer pensamiento de Carlos V
iría hacia la paz. Conseguir la paz con Francia sería una bendición, pero ¿cómo
lograrla? La paz no dependía solo de su buen deseo: era preciso que también la
otra parte se aviniera a ello. Por lo tanto, era preciso hacer un esfuerzo.
¿Qué quería expresar Carlos V con ello? ¿Qué podemos entender? ¿Qué era para él
ese esfuerzo? Sin duda, contestar a la guerra con la guerra, hacer cara a su
enemigo. Pero bien sabía Carlos V que eso era más fácil de decir que de hacer,
y así lo expresa en su escrito; pues para ello era preciso un dinero que no
tenía, con el que poder sostener su ejército.
Y además le estaban fallando sus aliados, empezando por Enrique VIII que no le
ayudaba como él esperaba, y siguiendo por los demás, en lo que hay que ver una
alusión al papa Clemente VII y a los venecianos; al contrario, todos ellos
parecía que deseaban verlo en los mayores apuros.
Por lo tanto, lo más urgente era mandar dinero al virrey de Nápoles, Lannoy,
para que pudiera mantener en pie de guerra el ejército con el que dar batalla
al francés, para vencerlo y obligarle a que abandonase el Milanesado. ¿Y cómo
hacerlo? En suma, ni la paz era posible ni la guerra fácil de afrontar.
Ante esa situación, Carlos V tiene como un desfallecimiento, que traslada al
papel: el tiempo se pasaba, el tiempo de hacer algo glorioso que quedara como
un recuerdo de su vida.
Era la idea de la imagen que dejaría a la posteridad, la fama de sus hechos,
ese bien tan valorado por los hombres del Renacimiento, y que ahora Carlos V,
en la intimidad de su cámara, hace como suyo. De ahí su afán de hacer algo
grande, algo que le hiciera famoso ya para siempre.
Y para eso no había más que un camino: su campaña personal en Italia; ser, por
tanto, el capitán de sus ejércitos. Y como para ello le hacía falta dinero y le
era preciso dejar bien gobernada España en su ausencia, la única solución que
encontraba era su pronta boda con la princesa de Portugal, que podía
facilitarle ambas cosas: su dote, el dinero con que financiar la empresa
italiana; y su persona, la posibilidad de dejarla como regente de Castilla.
Naturalmente, eso suponía negociar algunos puntos, pues el acuerdo con Portugal
no podía lograrse sin darles satisfacción en lo que pedían sobre la ruta de las
islas de las Especias. Y para tratar de boda, había que negociar con Enrique
VIII, de forma que él, Carlos, se viese libre de su antigua promesa de casarse
con María Tudor, no fuera que el inglés, despechado, la casase con el príncipe
de Francia, convirtiéndose de aliado en enemigo.
Ese podía ser el camino para acometer su honrosa empresa en Italia, pasando
primero a Nápoles, para preparar desde allí su gran ofensiva, si es que no se
conseguía antes una honrosa paz con Francia, que sería el objetivo más deseable[543]. Y en ese
momento, cuando tanta zozobra embargaba el ánimo de Carlos V, en aquel mes de
febrero de 1525, le llegaría la inesperada nueva: contra todo pronóstico, sus
armas no solo habían vencido a Francisco I de Francia, sino que le habían hecho
prisionero. Una batalla que sus generales se habían visto obligados a buscar,
pues por falta de dinero estaban abocados a tener que licenciar sus tropas
mercenarias:
Sire —le escribiría Carlos de Lannoy desde el mismo campo de
batalla—, nous donames yer la batalle et plut à Dieu vous donner vitoire,
laquelle fut suive de sorte que aves le roy de France prisonier et luy en mes
mains…[544][
Y eso ocurriendo en el mismo día en el que el César celebraba su
cumpleaños. ¿No era maravilloso?:
Sire, la vitoire que Dieu vous a donné a etté le jour Saint
Matieu, quy est jour de votre nativité…[545]
§. De Pavía al Tratado de Madrid
Pavía. He ahí una de las victorias más sorprendentes, más espectaculares y
menos definitivas. Para el orgullo de la Historia patria, Pavía resuena en
todos los tratados escolares como una de las más gloriosas batallas ganadas por
España. Y en parte no sin razón. ¡Ahí era nada! Que tres soldados españoles,
Juan de Urbieta —ojo, un vasco—, Diego Dávila y Alonso Pita, cogieran
prisionero en el campo de batalla nada menos que al mismísimo rey de Francia, a
Francisco I, al brillante y todopoderoso vencedor diez años antes en Marignano
y reciente conquistador de Milán, resultaba tan increíble, que el hecho se
divulgó al punto por toda Europa y quedaría ya recogido en los textos escolares
como uno de los acontecimientos más raros del siglo, y en España como prueba de
su gran Historia.
Ahora bien, si renunciamos por unos momentos a la historia triunfalista, con
esa nube que impide ver las cosas con claridad, al punto nos encontramos con lo
siguiente: en primer lugar, que esa resonante victoria —resonante, de eso no
hay duda— no fue aplastante ni decisiva. No fue el resultado de una
superioridad absoluta entre las dos naciones que con más denuedo pugnaban por
el dominio de Italia, del que esperaban conseguir la supremacía del mundo cristiano.
Por el contrario, la batalla se inició bajo el signo de la supremacía francesa,
y ese poderío no quedaría destruido en aquella acción, si bien resultaba
evidente la fuerte posición conseguida por Carlos V, más que porque sus
soldados ganaran la batalla, por tener en Madrid y bajo su poder al regio
prisionero. Estaba claro que eso le daba una notoria ventaja a la hora de
negociar la paz, aunque también podía ofuscarle y llevarle a conclusiones
equivocadas.
Pero la victoria podía tener mucho de pírrica si desbarataba el laborioso
entramado internacional alzado por la diplomacia imperial para aislar a
Francisco I. Hasta entonces, esa diplomacia presentaba al francés como a un rey
agresivo, lleno de ambición, que con su afán de dominio amenazaba la seguridad
de grandes y pequeños, alterando la paz de Europa.
Ese Rey amenazador había dejado de serlo. Desde el momento en que se había
convertido en el prisionero de España, y se había visto reducido a los
estrechos límites de su prisión madrileña en la Torre de los Lujanes, ese Rey
lo que suscitaba era compasión. Y a la contra, quien lo tenía en su poder era
el que aparecía como una amenaza para los demás.
Ese sería el aspecto pírrico de la victoria de Pavía, que más adelante hemos de
comentar. Ahora bástenos con añadir que Pavía no fue una victoria exclusiva de
España. Eso sería una conclusión inexacta. De hecho, nos encontramos ante un
conglomerado plurinacional de soldados españoles, italianos y alemanes, con
jefes asimismo de todas las nacionalidades: Charles de Lannoy, de los Países
Bajos, y por entonces, virrey de Nápoles; el marqués de Pescara, un italiano;
el soldado Frundsberg, el alemán que mandaba los mercenarios alemanes enviados
por Fernando de Austria. Y al frente del ejército imperial un francés, el
tránsfuga duque de Borbón. Cierto que también estaba allí Antonio de Leyva, al
mando de algunos miles de españoles, y que desde su posición de Pavía se
convertiría en uno de los héroes de la jornada. Pero, en definitiva, Pavía hay
que verla como lo que fue: una victoria del ejército imperial, tan variopinto,
más que una victoria del ejército español.
Lo cual no es una consideración vana, no es una mera elucubración fruto de un
ensayismo más o menos fácil; es una precisión necesaria para entender el alcance
de aquel suceso y para comprender el significado de la personalidad de Carlos
V, que una vez más se mostraría como el emperador de Europa, por encima de las
limitaciones nacionales.
Dicho todo esto, señalemos los trazos más destacados de aquella victoria
imperial.
Lo primero que advertimos fue el vuelco espectacular de un ejército, al que
todo el mundo daba por perdido, que acabaría convirtiéndose en vencedor.
En efecto, la situación del ejército imperial, después de la desordenada
retirada de Provenza, cuando estuvo a punto de verse copado por el ejército
francés que mandaba el mismo rey Francisco I, no podía ser más peliaguda,
hallándose en verdadero aprieto; tanto, que el marqués de Pescara tuvo que
salir a escape de Milán, refugiándose en Lodi, mientras que Leyva se
atrincheraba con un puñado de españoles —apenas los contingentes de un tercio
viejo— en Pavía. Eso era dejar el Milanesado a merced del poderoso ejército
francés, que ocupó sin la menor dificultad Milán.
Había, pues, un nuevo amo y señor del norte de Italia, con tan solo pequeños
reductos imperiales que todavía resistían. De forma que el entramado de
alianzas italianas, tan arduamente tejido por la diplomacia imperial, se vino
abajo. Tanto Venecia como la Roma de Clemente VII se apresuraron a unirse al
nuevo vencedor. Con lo cual Francisco I, viéndose tan dueño de la situación,
creyó que era llegado el momento de arrojar a todos los españoles de Italia,
empezando por el reino de Nápoles, contra el cual mandó a una parte de sus
tropas, acaudilladas por el duque de Albany.
Había llegado el momento crítico en el que se decidiría quién iba a ser el
verdadero señor de Italia, si Carlos V o Francisco I. Y acaso, de algo más,
pues se tenía por evidente que el dominio de Italia reportaba el predominio
sobre toda la Europa occidental.
Y es esa situación la que valora también Carlos V en aquel mes de febrero de
1525 desde Valladolid. Sabe que todo se va a decidir en las próximas horas,
pero mientras él se ve tan lejos en Castilla, y sin posibilidad alguna de
desplazarse con la urgencia que pedía aquella hora a la Italia amenazada por su
enemigo, el rey de Francia, este se hallaba ya allí, al frente de un poderoso
ejército, dictando su ley desde la ciudad clave de la Lombardía, desde Milán.
Es cuando hay que tener en cuenta las dificultades de las comunicaciones, ese
factor tan decisivo, hoy como ayer, en cualquier guerra. Pues aun cuando Carlos
V hubiera podido desplazarse en aquel momento a Italia, habría tardado como
mínimo más de un mes en organizar su propio ejército y no menos de veinte días
en desembarcarlo en la costa ligur. Eso contando con tener ya a punto los
hombres, las armas, y el dinero necesarios.
Eso quería decir que estaba fuera de su alcance llegar puntual a aquella cita
histórica. De ahí sus zozobras, bien reflejadas en las que trasladó al papel,
que ya hemos comentado.
Y sucedió lo imprevisto, Francisco I prefirió comenzar la liquidación de los
reductos imperiales cercando a Leyva, que se defendía en Pavía, contando con
que su poderosa artillería lo resolvería en pocos días. Por el contrario, la
desesperada defensa de aquel puñado de españoles, con sus auxiliares italianos,
dio tiempo a que el marqués de Pescara reorganizara el ejército imperial, desde
su refugio de Lodi. Desde Nápoles llegó el virrey, Carlos de Lannoy, mientras
el duque de Borbón reclutaba en Alemania 13.000 alemanes y Fernando mandaba
también socorros desde Viena.
Y todavía quedaba un escollo que superar: la falta de dinero. Pues ante la
imposibilidad de pagar aquellas tropas mercenarias toda la campaña, el ejército
imperial se vio obligado a provocar una batalla, so pena de tener que licenciar
a la mayoría de aquellos soldados, con tanto esfuerzo reclutados.
Y así fue cómo los imperiales fueron al encuentro de los franceses,
entretenidos todavía en el sitio de Pavía.
Lo demás está en todas las historias militares, acaso porque el rey francés
cometió algunos de esos errores que en todas las academias militares se
destacan para evitarlos. Y el primero, el verse cogido entre dos frentes,
teniendo ante sí a los tenaces defensores de Pavía, y a las espaldas, al resto
del ejército imperial. Y el segundo, y más funesto, el lanzar su caballería al
ataque prematuramente, impidiendo que su poderosa artillería siguiera
machacando al enemigo, so pena de que fueran los propios franceses los
castigados. Y en el ardor del combate, lo imprevisible: que Leyva, con aquel
puñado de defensores de Pavía, saliesen de su reducto para pasar de una
defensiva desesperada a una audaz ofensiva, provocando la pinza sobre el
ejército francés.
De ese modo los cazadores fueron cazados, empezando por el propio rey
Francisco, que se vio de pronto descabalgado y rodeado de españoles, a quienes
debió entregar su espada. Y aún tuvo cierta suerte, dentro de su desgracia,
porque cuando aquellos españoles reñían más ásperamente sobre quién tenía más
derecho sobre tamaña presa, apareció en escena el virrey de Nápoles, Carlos de
Lannoy, resolviendo el temible pleito prometiendo a todos mercedes y haciéndose
cargo del regio prisionero.
Una victoria, pues, tal como nadie podía esperar, empezando por Carlos V, a
quien llegó la noticia el 10 de marzo de 1525; por lo tanto, unos quince días
después del suceso.
Del impacto provocado por aquella victoria es buena muestra el informe del
embajador imperial en la república de Génova, Lope de Soria. Se trata de una
carta escrita a Carlos V dos días después de la batalla, en que da la noticia
de la derrota francesa.
En principio, Lope de Soria no sabe más que algunos detalles:
… cómo a los 24 del presente, dos horas antes del día, el
exército de V. M. asaltó al del rey de Francia y fue con tanta orden y esfuerzo
que muy poco pelearon los franceses y luego se pusieron en rota…
La desbandada francesa había sido general, buscando salvación
los supervivientes en algunos lugares cercanos como Piacenza. Y con un rumor
general: que Francisco I había caído prisionero:
… todos decían cómo el campo del rey de Francia era roto y que
pensaban que fuese preso el Rey…
De forma que Lope de Soria tenía presta una galera, para que
llevase la información al Emperador, y esperando la orden del virrey de
Nápoles. Y en esa espera, le llega a Lope de Soria la confirmación de la
estupenda nueva, que anota en postdata a su señor. Era cierto: el rey de
Francia había caído prisionero.
Y Lope de Soria, jubiloso, comenta a Carlos V:
A Él —a Dios— damos muchas loores y gracias de la natividad de
V. M., que fue en el día de Sancto Matías, y en su mismo día ha sido esta tan
noble victoria…
Pero no una victoria más, sino una victoria decisiva:
… tan noble victoria con la cual V. M. puede agora poner
ley y usar de su preeminencia imperial en toda la Cristiandad[546].
Y esa era la impresión general, sentida por todos, empezando por
los que rodeaban a Carlos V.
Que esa fuera la consecuencia inmediata, es lo que hemos de ver. Empezando por
los que trasladarían al punto aquella victoria al terreno religioso, y no solo
por entender que allí se había visto la mano divina —esa tendencia, tan de
todos los tiempos, de meter a Dios en cualquier conflicto—, sino además (lo que
sería más significativo) de entender que eso pedía una correspondencia por
parte de los beneficiados; un agradecimiento mostrado en buenas obras, lo que
curiosamente venía a ser, a esos niveles, una réplica a la tesis luterana. De
ese modo fray Francisco de los Ángeles advertiría a Carlos V desde Roma:
… las victorias y favores tan grandes que Dios ha dado a V. M.
no se acaben todas en vos, sino que se dé parte alguna a Dios, con obras y no
con palabras y deseos, lo cual no bastará a la hora de la muerte sin obras. No
se olvide V. M. de alzar los ojos y el cuidado de la reformación de la Iglesia,
porque sé que podéis hacer mucho, si queréis. Yo fui tan bien recebido del
Papa, que S. S. me dio atrevimiento a darle ciertos artículos sobre esta
materia. El trasumpto dellos imbié al Arzobispo de Sevilla. V. M. lo podrá ver,
si fuere servido, y enderezarlo todo al servicio de Nuestro Señor[547].
Una advertencia del fraile español que tendremos que recordar
cuando asistamos al súbito interés de Carlos V por reducir a los moriscos
valencianos al cristianismo.
Pero de eso hablaremos más adelante. Ahora interesa recoger el testimonio del
virrey de Nápoles, el flamenco Carlos de Lannoy, como uno de los principales
protagonistas de la victoria, por el modo cómo resalta ante Carlos V la parte
que en ella había correspondido a los tercios viejos españoles; lo cual, dicho
por aquel noble de los Países Bajos, adquiere más valor:
Les espagnols —informaba
Lannoy a Carlos V— ont soufferte trois mois sans avoir paye, et en combatant
ont fait merveille et ont eté chargé de gagner la bataille…[548]
En este sentido, sí cabría afirmar que Pavía fue una victoria
imperial ganada en gran medida gracias a la participación de los tercios
viejos, lo mismo que entre los jefes de las distintas formaciones había
destacado Antonio de Leyva, el héroe español de aquella jornada.
No quedaba ahí la carta de Lannoy. El virrey de Nápoles también creía adecuado
dar su opinión sobre lo que procedía hacer al día siguiente de la victoria:
Carlos V debía presentarse en Italia lo antes posible para coronarse allí
Emperador por el Papa. Para tal fin Lannoy tenía preparadas las galeras
necesarias. Era cierto que también hacía falta dinero, pero eso no le faltaría
al César cuando se encontrase en Italia.
En suma, Dios mandaba a cada hombre en su vida un buen agosto, y eso había que
aprovecharlo cogiendo en el momento oportuno tal cosecha, no fuera que no se
repitiese.
También Fernando de Austria se creería obligado a aconsejar a su hermano desde
su refugio de Innsbruck, y en este caso apoyando una acción inmediata contra
Francia: era la hora de aniquilarla[549].
Fernando había cooperado eficazmente en la guerra en Italia, y aunque entre los
dos hermanos había habido últimamente algunas diferencias —apreciables en la
correspondencia publicada por Bauer—, ahora quiere hacer constar lo que ha
valido su apoyo, para lo que da unas detalladas instrucciones a su embajador en
la Corte imperial, Martín de Salinas: de cómo se había trasladado a Innsbruck,
para dar más amparo al bando imperial, en cuanto había sabido que Francisco I
había cruzado los Alpes; del dinero y tropas enviadas por él al ejército
imperial; de sus negociaciones con los grisones, para que se pasasen del bando
francés al imperial, como lo había conseguido.
Después de lo cual, da su opinión sobre cómo debía su hermano, el Emperador,
aprovechar su gran victoria. Martín de Salinas debía decírselo claramente a
Carlos V, trayéndole el recuerdo de Aníbal, no fuese que se adormeciera en los
laureles. Y siendo el francés tan poderoso, nada como recortarle las alas para
que no volase ya tan alto como en el pasado:
Iten, decir a S. M. que el parecer de S. A. sería no perder tal
oportunidad contra el enemigo, sino executar la victoria, porque no le
aconteciese como a Aníbal, cuando venció la batalla de Cana contra los romanos,
porque lo cierto es que quedando el enemigo en aquellas fuerzas que hasta aquí,
ni dos horas olvidará la afrenta que ha recibido, y procurará de recobrarla;
pues decir que se obligará y prometerá, por lo de hasta aquí se puede juzgar
cuanto aprovechan sus obligaciones y promesas; y la verdadera promesa sería
quitalle algunas plumas de las alas, porque aunque quisiese volar no pudiese, y
desta manera sería el Emperador y sus sucesores seguros de haber después
perpetua paz[550].
Era la hora de que Carlos V saliera a escena, tanto más que la
situación en el Imperio era caótica, con la terrible conmoción social provocada
por el alzamiento de los campesinos contra sus señores, que tanto recordaba el
que se había producido en Castilla, al calor de las Comunidades:
Iten, debaxo del color desta secta, que ellos llaman evangélica,
se han juntado y conjurado pasados 200.000 labradores, e cada día se juntan más
e dizen que quieren vivir en ella, y que a sus señores quieren pagar solamente
lo que el Evangelio les manda, lo cual ellos declaran a su voluntad, que es no
pagar nada a nadie, y que quieren ser libres y que también son hombres de carne
y hueso, como los Príncipes y señores…
Y añadía:
No hay infante[551] que
quiera por ningún sueldo servir contra los dichos labradores, de manera que
están las cosas en harto peligro…
Un argumento más, en efecto, para que Carlos V deseara salir de
España, pero no aniquilando a su antiguo adversario, como de tantas partes se
le pedía, máxime siendo, como era, su prisionero. Contra eso se rebelaba su
alma caballeresca. A su aliado Enrique VIII expresaría su pensamiento, a través
de su embajador en Londres Luis de Praet: tenía que ser generoso. Que Francisco
restituyese a los aliados —entendiéndose, a Enrique VIII y al Emperador— lo que
Francia había usurpado, pero negociándolo cortésmente:
… car il sera beacoup plus honnête l’avoir par douceur, s’il est
possible, que par plus grand force et rigueur, faisant la guerre à un
prisonnier qui ne peut deffendre, que sembleroit sonner mal[552].
Aquí estaría la clave del comportamiento posterior de Carlos V
con Francisco I: estamos ante el rey-caballero, ante el señor de la Orden del
Toisón de Oro. ¿Cómo hacer la guerra a un prisionero? ¿Cómo invadir el Reino de
quien no podía defenderse? ¿Qué se diría entonces de Carlos V? Ese «sonaría
mal» nos define al Emperador y nos hace comprender su actitud hasta lograr el
posterior tratado de Madrid de 1526.
A tono con eso está la reacción del Emperador cuando le llega, estando en
Madrid, la noticia: nada de grandes festejos ostensibles, pues si Dios le había
dado aquella victoria, no se podía olvidar que había sido a costa de la vida de
muchos cristianos, y así, como nos transmite el cronista Juan Ginés de
Sepúlveda:
… con la gravedad que le era característica, moderó su gozo[553].
Lannoy había informado con toda prontitud a Carlos V, enviándole
la noticia con un correo singular: el comendador Peñalosa. Es más, para hacerlo
más pronto y más seguro, Peñalosa atravesó Francia, con un pasaporte firmado
por el propio Francisco I, y entrevistándose con la reina madre Luisa de
Saboya, que a partir de aquel momento tendría un papel tan importante en las
negociaciones entre los dos reyes rivales.
Era un buen momento, además, para que se hiciera perdonar en Inglaterra el
incumplimiento de aquella cláusula del Tratado de Windsor de 1522, por la que
se obligaba a casar con María Tudor. En 1525 el Emperador está ya decidido a
atender los ruegos de las Cortes castellanas: su matrimonio con la princesa
Isabel de Portugal. Eso era seguir la política de sus abuelos los Reyes
Católicos, lo cual aseguraría aún más la frontera portuguesa, le daría una
buena aportación económica con la dote de la Princesa (que no en vano era hija
de aquel Manuel el Afortunado, que se había convertido en el rey más rico de la
Cristiandad), y le permitiría contar de inmediato con quien le representara en
España a la hora de su anhelado viaje a Italia; aspectos y cuestiones que no
podría conseguir mediante su boda con María Tudor, aparte de que la corta edad
de la princesa inglesa, que había nacido en 1516, hubiera obligado a Carlos V a
demorar su boda como mínimo cinco años; una espera demasiado larga para el
Emperador, que se consumía ya por verse coronado por manos del Papa.
Asegurar la paz con Francia negociando con el regio prisionero era también el
consejo que le daba entonces su canciller Gattinara: convertir a Francisco I en
amigo, incluso mediante una alianza matrimonial, exigiéndole solo la devolución
de Borgoña, pero mostrándose generoso con el regio prisionero; lo cual obligaba
a disuadir a Enrique VIII de un plan conjunto de desmembramiento de Francia[554].
En todo caso, unos sentimientos caballerescos muy vivos en Carlos V, sobre los
que supo actuar la reina madre de Francia, Luisa de Saboya, con una carta
personal que le mandó a través del comendador Peñalosa. En ella, Luisa de
Saboya apelaba a la generosidad del joven Emperador y le apuntaba el bien que
se podría alcanzar si de enemigos se convertían en aliados y amigos:
… el gran bien que universalmente puede venir a toda la
Cristiandad por la amistad y unión de vosotros dos…[555]
Por lo tanto, una tregua de las armas y abrir la vía de las
negociaciones diplomáticas; lo cual parecía lo más sensato, dado que continuar
la guerra con una ofensiva sobre Francia era una dudosa aventura, teniendo en
cuenta el cansancio del ejército imperial. Además, ¿no enseñaba la reciente
experiencia, con el fracaso del duque de Borbón sobre Marsella, cuán aventurado
resultaba invadir Francia? De forma que Carlos V, una vez que tuvo noticia de
que el ejército francés mandado por Albany, con la misión de tomar Nápoles,
había sido obligado a embarcar en Civitavecchia, de regreso a Francia, ordenó a
todas sus tropas un alto el fuego, absteniéndose de cualquier ataque al país
galo.
Fue el momento en que Carlos V daría muestras de su nota religiosa. Tenía que
expresar, públicamente, su agradecimiento a lo que consideraba como un gran
favor divino. Los cielos estaban con él. Había sido combatido injustamente, y
en el momento más crítico, cuando sus tropas parecían perdidas, habían logrado
aquella resonante e increíble victoria. Por lo tanto, había que dar gracias a
Dios, con una peregrinación a un lugar santo. ¿Cuál sería el escogido? El
extremeño santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, conforme por otra parte a
una vieja tradición mariana de los españoles; no olvidemos que allí había
acudido Colón en 1493, después de salvar el tremendo temporal sufrido a su
regreso del gran descubrimiento de las Indias, y que allí iría también Hernán
Cortés, en 1527, para dar gracias por su conquista de México.
La noticia de la victoria le llegó a Carlos V a principios del mes de marzo.
Sabemos que el 12 ya se lo comunica a la ciudad de Ávila[556]. Veinte
días le vemos dejar el alcázar madrileño, camino de Guadalupe[557]. Haciendo
su peregrinación en seis jornadas, cabalgaría en torno a seis leguas diarias,
con un solo descanso a mediodía para la comida, pernoctando sucesivamente en
Casarrubios, Santa Olalla, Talavera de la Reina, El Puente del Arzobispo y
Villar Pedroso. El lunes 10 de abril franquea el Tajo para encararse con las
primeras estribaciones de la sierra de Guadalupe. Al día siguiente entraba
Carlos V en el santuario. Y de ese modo pudo admirar el paisaje incomparable
del monasterio guadalupano enriscado en la entraña de aquella sierra.
Era la primera vez que pisaba tierras extremeñas. Aún estaba lejos de pensar
que en ellas acabaría su vida.
El Emperador prolongó su estancia en Guadalupe durante siete días,
probablemente coincidiendo con la Semana Santa[558]. El 18
saldría para Toledo, donde tenía convocadas las Cortes de Castilla.
§. La prisión de Francisco I
¿Dónde debía permanecer prisionero Francisco I? Su primera prisión, en el
castillo milanés de Pizzighettone, bajo la custodia del capitán español
Alarcón, era poco segura; de forma que el virrey Carlos de Lannoy decidió
llevárselo a España, desembarcando con él en Barcelona, el 19 de junio de 1525,
pasando después, siempre por mar, hasta Valencia. Todavía puede admirarse en
las cercanías de Valencia el castillo que sirvió de morada a Francisco I, antes
de su paso a la meseta.
Por su parte, Carlos V envió un lucido cortejo, presidido por el obispo de
Ávila, para recibir a su regio prisionero en Requena. En lentas jornadas,
dejaron atrás las tierras valencianas, entraron en Madrid el 12 de agosto, con
las gentes agolpadas en las calles. ¡Ahí era nada! ¡Todo un rey francés
prisionero de Carlos V! Esa era una caza mayor que no se conseguía todos los
días.
Encerrado al principio en la Torre de los Lujanes, según una tradición que ya
se oía medio siglo después en el Madrid de las mocedades de su cronista
Jerónimo Quintana[559], fue
trasladado después al alcázar madrileño, ausente el César pues tenía entonces
su Corte en Toledo.
No fueron fáciles las negociaciones. Francisco I se resistía a ceder a las
exigencias imperiales. ¡Devolver el ducado de Borgoña! Era tanto como hacer
retroceder la historia de Francia en más de medio siglo, llevarla a los tiempos
anteriores al reinado de Luis XI. Por su parte, Carlos V consideraba que ese
era el precio mínimo para que el Rey recobrara la libertad. Era para él la
justa recompensa por la victoria obtenida, el pago por haber desechado la idea
de la invasión de Francia. Para él, era la hora de recobrar lo perdido por su
bisabuelo Carlos el Temerario.
Dos posiciones antagónicas que resultaba difícil conciliar. De forma que fueron
pasando los meses. Y aunque Francisco I estuviera bien atendido, incluso
permitiéndosele jornadas de caza que aliviaran su prisión, a fin de cuentas
carecía de libertad. Y la fecha de su liberación nunca llegaba.
Y para aquel Rey, prototipo de personaje del Renacimiento, la libertad lo era
todo. De modo que enfermó, y enfermó de cuidado. Tanto que su guardián,
Hernando de Alarcón, avisó urgentemente a Carlos V: se temía por la vida de
Francisco I.
Situación gravísima. Si el Rey francés moría, ¿dónde quedaba la victoria de
Pavía? Y, sobre todo, ¿qué se pensaría del Emperador? ¿No aparecería a toda la
Cristiandad como un cruel carcelero? Así que Carlos V, volviendo a mostrar su
sentido caballeresco de la existencia, cogió la posta y acudió a Madrid para
consolar a su rival.
Algo que no podía menos de recordar en sus Memorias, aunque fuese
con el lacónico estilo de aquel diario de un soldado:
… fue llevado el Rey a España, a Madrid, donde enfermó,
y el Emperador le visitó, que fue la primera vez que se vieron…[560]
Los cronistas, como Sandoval, narran la escena con más detalle,
como memorable que era: de cómo en cuanto Carlos V supo de la enfermedad del
Rey, estando con algunos grandes señores de su Reino, decidió con ellos que era
necesario ir a consolarle, poniéndose a punto en camino por la posta. Y al
llegar al alcázar madrileño, sin darse reposo, tal como venía de camino, pasó a
visitar a su prisionero. Y entrando en su cámara, quitándose el sombrero, llegó
a abrazarle en su lecho. Y Francisco I, medio incorporándose, le hizo
reverencia, reiterándose una y otra vez como su esclavo; a lo que el César,
conmovido, le replicaba:
No, sino libre amigo y hermano[561].
De momento, le indicó el Emperador que no pensase más que en
ponerse bien, que todo se arreglaría.
Tal ocurría a fines de septiembre de 1525.
Lo cierto es que Francisco I mejoró ostensiblemente. No fue poco el que llegara
por entonces su hermana, Margarita de Angulema, duquesa viuda de Alençon. Traía
además poderes para negociar con el Emperador la próxima paz, con liberación
del Rey prisionero; pero no en la medida que exigía Carlos V, de forma que todo
volvió a quedar en punto muerto.
Y eso también llama nuestra atención: la tenacidad con que Francisco I resiste,
rechazando las condiciones que se le imponen. Hace más de treinta años
comentaba yo:
Hay algo de verdadera grandeza en aquel rey prisionero que ni
siquiera en su grave estado quiere acceder a las exigencias de Carlos V…[562]
Desesperado, Francisco I intentaría la fuga, con una trama
sencilla: sobornar a un esclavo negro que entraba en su cámara por las tardes
llevándole leña para la chimenea; el esclavo ocuparía su puesto en el lecho del
enfermo, y el Rey, tiznada la cara, buscaría la libertad. Pero hubo delación, y
la fuga fracasó. Y entonces Francisco I pidió a Carlos V que estabilizara su
situación como prisionero perpetuo, ya que jamás podría avenirse a la entrega
del ducado de Borgoña, como pretendía el César.
§. El Tratado de Madrid
Mas, de pronto, Francisco I cambió de táctica. A mediados de noviembre empezó a
dar muestras de que aceptaba las condiciones imperiales para su libertad. Solo
había una dificultad: que para entregar Borgoña era forzoso hacerlo desde
Francia, y en plena libertad, pues era imposible que se hiciese de otra forma.
Y para garantizar que cumpliría lo pactado, estaba dispuesto a entregar sus dos
hijos mayores en rehenes, aparte de que, por supuesto, la alianza entre los dos
Reinos quedaría asegurada mediante la boda del Rey con Leonor de Austria, la
hermana mayor de Carlos V.
¿Se trataba de una celada? Carlos V, no teniéndolas todas consigo, exigió más
garantías: jurar lo pactado sobre el Evangelio y la palabra de honor de
caballero de que se restituiría como prisionero, si a los seis meses la
devolución de Borgoña no se había efectuado, por las trabas que a ello pusieran
los Estados Generales de Francia.
Tal sería, en sustancia, el Tratado de Madrid, firmado el 14 de enero de 1526.
Pero Francisco I se había guardado las espaldas con una protesta notarial,
hecha en secreto, solo ante algunos de sus servidores franceses que le
acompañaban, dando por nulo aquel Tratado que se había visto obligado a firmar
en prisión.
Desde mediados de febrero de 1526, las entrevistas entre los dos soberanos
fueron constantes. El 15, el Emperador comió y cenó con Francisco I en Madrid[563]. Y de
Madrid salieron juntos, pues el Emperador quiso acompañar a su regio huésped en
su primera jornada hasta Illescas, como nos señala la documentación del tiempo:
Llegó con el rey de Francia, donde encontraron —en Illescas— a
la reina de Francia[564], y a la
reina Germana, acompañadas de la marquesa de Zenete, condesa de Nassau y otras
señoras. Fueron a visitarlas después de comer. Las Señoras salieron a recibir
al Emperador y al Rey al pie de la escalera, y después de haberlas saludado,
subieron juntos a un salón donde, sentados los cuatro bajo un dosel, hablaron
mucho entre sí…[565]
Los cuatro, porque a Carlos V y a Francisco I se incorporaron
Leonor de Austria y Germana de Foix. Y todos hablando en francés, que
curiosamente era su lengua común.
Firmado el tratado de paz, Francisco I es puesto en libertad. Cinco días más
tarde se efectuaba su boda con Leonor de Austria en Illescas, si bien Carlos V
veló porque no quedasen nunca solos:
El Emperador estuvo muy sobre aviso para que solo les dejasen
hablar, pero que no se pudiesen apartar…
¿Por qué? La razón era clara: Carlos V aún tenía sus dudas sobre
la sinceridad del francés. El propio cronista nos lo explica:
… porque si después el rey de Francia, puesto en libertad, no
quisiese cumplir lo pactado, no quedase la Reina, su hermana, disfamada y él
afrentado…[566]
En Illescas, antes de separarse los dos soberanos el 20 de
febrero de 1526, volvió Francisco I a prometer a Carlos V que cumpliría todo lo
pactado. Es más, le animó a una empresa común en Italia, para someter a Venecia
e incluso para repartirse los Estados Pontificios, propuesta rechazada por el
Emperador: no quería apoderarse de nada que no fuera suyo.
El 8 de marzo llegaba Francisco I a Fuenterrabía. Para entonces, Carlos V ya se
hallaba en Toledo, mientras que Leonor de Austria esperaba en Vitoria a que el
Rey cumpliese sus promesas, antes de internarse en Francia. Llegaban, a poco,
los hijos del Rey que habían de quedar como rehenes, y Francisco I pudo
embarcar en el viaje marítimo más corto y más anhelado de su vida. Y con tanta
ansia desembarcó en su Reino, que lo hizo antes de tiempo, cayendo al agua.
Pero no importaba. Eran aguas de Francia y estaba en libertad. De forma que
lleno de gozo gritaba sin cesar.
¡Yo soy el Rey! ¡Yo soy el Rey![567].
§. Una consecuencia inesperada de Pavía: La “conversión” de los
moriscos valencianos
Las Germanías valencianas habían provocado una situación harto extraña: pues
los agermanados, como cristianos intolerantes, habían forzado a los moriscos
sujetos a su dominio a ser bautizados. Vencidas las Germanías, los moriscos
volvieron a practicar sus ritos religiosos musulmanes, haciendo buena la
sentencia de que conversiones forzadas son conversiones falsas. Pero a los
inquisidores valencianos se les planteó un problema: conforme a los privilegios
de los moriscos, estos no caían bajo su jurisdicción; ahora bien, dado
que, velis nolis, habían sido bautizados, la situación había
cambiado. Convocada en 1524 una Junta de teólogos, esta acabó sentenciando que,
en efecto, los tales moriscos estaban ya obligados a mantenerse en el
cristianismo y que la Inquisición podía proceder contra los reacios. Y el
Emperador, puesto al tanto de todo, aprobó las decisiones de fuerza en 1524.
Eso produjo ya una primera rebelión de los moriscos valencianos, que se alzaron
al monte, dispuestos a defender sus creencias con las armas en la mano. Y a
ello le ayudaban sus señores que, aunque cristianos, temían el cambio porque
con él perdían los tributos que los moriscos les pagaban, en su condición de
musulmanes. Eso llevó a las autoridades a entrar en negociaciones, ante la
dificultad de someterlos por la fuerza.
Tal ocurría en el otoño de 1524. Pero la sorprendente e inesperada victoria de
Pavía hizo reflexionar a Carlos V. Para él resultaba evidente que Dios le había
favorecido, dándole aquel triunfo cuando más abatido se hallaba. En
consecuencia, de alguna forma tenía que mostrar su agradecimiento a la
divinidad. Y hallándose, como estaba, tan caliente el asunto de la conversión
de los moriscos valencianos, consideró que era allí donde podía y debía mostrar
su agradecimiento a Dios por todo lo que le había concedido. Y no solo
ordenando el bautizo de los moriscos valencianos, sino también del resto de
España.
Una medida de la que el Consejo de Aragón trató de disuadirle. De hecho, ni
siquiera los Reyes Católicos la habían intentado. ¿Hizo reflexionar ese
argumento al Emperador? Las crónicas nos traen su respuesta que, teniendo en
cuenta su carácter, parece fidedigna:
Las cosas que en sí son grandes —replicó Carlos V a sus
consejeros aragoneses— no pueden dejar de tener grandes inconvenientes…
Eso había que darlo por descontado. Pero, ¿había por ello que
renunciar a realizarlas? ¡Antes al contrario!
Los Príncipes —añade el César, descubriéndose de cuerpo entero—, cuando
quisiéremos emprender alguna que sea grave, no hemos de mirar a los
inconvenientes do podemos tropezar. Esto digo porque no dejo de reconocer que
la conversión de los moros de Valencia me puede dar enojo y engendrar en aquel
Reino escándalos; mas, junto con esto, sé que hago a Nuestro Señor servicio…De
esa forma, la decisión era clara:
Venga lo que viniere —concluye el Emperador— y suceda lo que
sucediese, que yo estoy determinado, que, pues Dios trajo al rey de Francia, mi
enemigo, a mis manos, he de traer yo los moros, sus enemigos, a su fe. Porque
no puedo yo dar gracias cumplidas a Dios con alguna cosa, por tantos y tan
grandes beneficios como he recibido de su mano, como es de limpiar de infieles
y herejes todos mis Reinos[568].
Iniciada la tarea de conversión en la capital valenciana, con
relativa facilidad, no ocurrió igual en las villas cercanas, con el resultado
de que muchos fueron los moriscos rebelados, alzándose a la Sierra de Espadán,
y en tal número y con tanto denuedo que no bastó con las fuerzas que el
Emperador tenía en Valencia para dominarlos, siendo preciso llamar a 4.000
soldados alemanes, entonces de guarnición en Perpiñán.
Con ese refuerzo, en octubre de 1525 las posiciones moriscas de la Sierra de
Espadán fueron tomadas por asalto, con muerte de muchos de los defensores.
El decreto imperial obligaba en adelante a la conversión o al exilio a los
moriscos valencianos antes del 31 de diciembre de 1525. Pero la política
religiosa adoptada por el Emperador no quedaría ahí. No tenía sentido tal
medida represiva llevada solo en el reino de Valencia. Y de ese modo, un
decreto posterior extendía esa obligación al resto de los moriscos hispanos,
poniendo por tope el 31 de enero de 1526.
Era la tendencia a uniformar la población hispana bajo el punto de vista
religioso. De hecho, resultaba extraño que aquel Emperador que tan celoso se
mostraba de las cosas de la religión en toda Europa, tuviese en el seno de sus
reinos hispanos tan fuertes reductos musulmanes.
Sin embargo, Carlos V acabaría por transigir, cuando conoció de cerca lo que
estaba pasando con los moriscos granadinos. Y ello ocurrió cuando estaba en
plena luna de miel.
Y es algo que pronto hemos de ver.
Capítulo 5
Las bodas imperiales
¿Era sincera la diplomacia imperial cuando cerraba en 1522 la
alianza con Inglaterra, en el tratado firmado en Windsor con Enrique VIII? Sí,
en líneas generales, porque la alianza inglesa era ya como una tradición en la
política de la Monarquía Católica desde los tiempos de Fernando e Isabel, y
buena prueba de ello era que la esposa de Enrique VIII fuese Catalina de
Aragón. Más dudoso resulta que se tomara como muy en firme la boda allí
contemplada entre el joven emperador y la jovencísima princesa. Carlos, con sus
22 años, podía desposarse en cualquier momento; pero era evidente que María, la
novia inglesa que había nacido en 1516, aún tendría que esperar entre ocho y
diez años. Y eso era demasiado tiempo. ¿Qué podía pasar en tantos años? Incluso
no parecía prudente, en aquellos tiempos de monarquías autoritarias, en las que
la cuestión sucesoria resultaba tan importante, que Carlos V se mantuviera
soltero tantos años y sin dar un heredero a la Corona. De hecho, ya antes de
partir de los Países Bajos se había planteado la posibilidad de una boda
distinta, para afianzar la amistad portuguesa, una boda que era de esperar que
supusiese una fuerte inyección económica, tan necesaria siempre para las
exhaustas arcas imperiales. Eso, además, suponía dar gusto a las Cortes
castellanas que no cesaban en pedirla, siendo por otra parte sumamente sencillo
negociarla, porque Portugal ya la estaba solicitando. Era la que había sugerido
en su Testamento el propio don Manuel el Afortunado a su hijo Juan III[569].
En cambio, aquel personaje tan influyente en la corte carolina, su tía
Margarita de Saboya, otra vez además con el cargo de Gobernadora de los Países
Bajos, no ocultaba su abierta inclinación por la alianza inglesa a ultranza
como confesaría por entonces a uno de sus allegados más fieles, Berghes:
Vous savez bien que j’ai toujours esté et suis bonne englese…[570]
Por lo tanto, el dilema era: ¿María o Isabel? La princesa
inglesa, con el apoyo del poderoso Enrique VIII, siempre tan necesario para la
seguridad de los Países Bajos, o bien aquella otra princesa de Portugal, hija
del más rico rey de la Cristiandad, aquel a quien ya las crónicas de la época
habían titulado como O Venturoso, esto es, como el afortunado. Y
ambas expectativas habían provocado notables reacciones. Si María, en la Corte
inglesa, ya no quería vestirse más que «a la española», Isabel había adoptado
en Lisboa aquel lema del Borgia:
Aut Caesar, aut nihil
La elección estaba en manos de Carlos, quien ya en España
parecía mostrarse cada vez más inclinado a la boda portuguesa, si bien con la
duda de no saber cómo dar satisfacción a Enrique VIII, cómo evitar su reacción
al ver desairada a su hija y considerarse él mismo como agraviado, por el
flagrante quebranto de lo estipulado tan solemnemente en el tratado de Windsor.
Por su parte, Portugal hacía su labor desde muy pronto. Ya en 1522, a poco de
la llegada de Carlos V a España, informaba Martín de Salinas a Fernando de
Austria sobre la llegada a Valladolid de una nutrida embajada portuguesa. Y
añadía:
A lo que vienen es a tratar casamientos, así por su Rey como por
Su Majestad. Lo que fuere sonará[571].
Pero era muy pronto para forzar la mano del Emperador. Y el
propio Martín de Salinas lo recogía un mes más tarde:
La respuesta que se le ha dado no sé qué tal es, pero presumo
que con buenas palabras.
Buenas palabras tan solo; esto, en el lenguaje diplomático
quería decir que el Emperador mantenía abierta la negociación pero que aún
vacilaba, con el consiguiente enfado de los enviados portugueses:
… no van muy contentos…[572]
Sería dos años más tarde, en el otoño de 1524, cuando Carlos V
decidiría dar un primer paso, con la boda de su hermana Catalina con Juan III
de Portugal, tras aquella prolongada estancia que tuvo en Tordesillas —la mayor
de su reinado—. La victoria de Pavía acabaría de decidirle. Cada vez le urgía
más y más su paso a Italia, lo que a su vez implicaba su pronta boda, para
dejar a su esposa al frente de la regencia evitando así un rebrote del espíritu
comunero en Castilla.
Una boda urgente: eso excluía ya a la princesa inglesa, dado que María Tudor
aún no había cumplido los diez años. Por otra parte, era la forma de dar
satisfacción a las Cortes castellanas, que no cesaban de pedir que la novia
fuera portuguesa. En ese sentido, los procuradores de las Cortes de 1525
volverían a la carga, dando ya al Rey la indicación precisa: la infanta Isabel.
Curiosamente, los primeros en alabarla habían sido los comuneros; para ellos,
la Infanta portuguesa era
… muy excelente persona e muy hermosa… Tenía a su favor el hablar
la lengua:
… habla nuestro castellano…
Su carácter era grave y prudente, tanto que recordaba a su
abuela Isabel la Católica. Y ese era el mejor elogio[573].
De ese modo, Carlos V decide cerrar las negociaciones de su boda con Portugal.
En abril de 1525 envía a su sumiller de corps, el señor de La Chaulx, a la
corte de Lisboa.
Pero eso no bastaba. Tal decisión obligaba a un arreglo previo con Inglaterra,
que liberase a Carlos V de los compromisos contraídos con Enrique VIII. Y de
nuevo Martín de Salinas nos da la más cabal información:
Su Majestad —escribe Salinas a Fernando de Austria el 7 de mayo—
ha enviado al comendador Peñalosa en Inglaterra, para hacer saber la voluntad
de S. M…
La voluntad de renovar la guerra con Francia, y para ello,
contar con cuatrocientos mil ducados ingleses, a cuenta de la dote que en su
día habría de percibir la princesa María. Y caso contrario, que tuviese por
bien de liberar a Carlos V de sus compromisos, para poderse casar en Portugal.
Se daba por supuesto que Enrique VIII jamás entregaría el dinero pedido, lo que
lleva a Martín de Salinas a su particular y divertido comentario:
El rey de Inglaterra, V. A. sabe y conoce cómo no dará un real…[574]
Con lo cual, la solución portuguesa se afianzaba. Isabel
desplazaba a María.
Ahora bien, otro suceso vendría a dificultar la tarea de los diplomáticos
imperiales y portugueses. Pues en aquel mismo año de 1525, y a la sombra del
éxito de la empresa de Magallanes-Elcano, zarpaba de La Coruña, el 24 de julio,
una importante expedición con rumbo a las Molucas, al mando de Jofre de Loaisa,
llevando por lugarteniente a Juan Sebastián Elcano; noticia que alarmó a la
corte de Lisboa, poniendo sobre el tapete lo negociado en el Tratado de
Tordesillas en 1494, y hasta qué punto aquella navegación, así como los tratos
con las islas de las Especias estaban vedados a los castellanos.
De todas formas, era tan aventurada la empresa de García de Loaisa, a tan largo
plazo y de tan inciertos resultados (de hecho, tanto García de Loaisa como
Elcano morirían en el intento) que, a la postre, pudieron firmarse las
capitulaciones matrimoniales el 17 de octubre de 1525.
§. Las capitulaciones matrimoniales
Las capitulaciones matrimoniales fijaban con precisión los aspectos económicos
de aquel enlace, y en especial la dote que había de recibir la infanta de
Portugal: 900.000 doblas de oro castellanas de 365 maravedíes la dobla.
Asimismo, Juan III de Portugal se comprometía a que su hermana llevara un ajuar
acorde con su alta posición y con su nueva dignidad:
… vestidos y atavíos de su persona y cámara y casa, según cuya
hermana es y con quien casa…
Esto es, no solo temiendo en cuenta su status de
infanta de Portugal, sino con el nuevo y más encumbrado de emperatriz de la
Cristiandad.
A su vez, el Emperador, aparte del pequeño gasto que supusiera el conseguir de
Roma las oportunas dispensas, dado el estrecho parentesco de los novios[575], se
obligaba a dar a la Emperatriz en arras la tercera parte de aquella suma; por
tanto, 300.000 doblas de oro castellanas, que en caso de finado o separado
dicho matrimonio siempre serían suyas, salvo si la Emperatriz moría antes que
el Emperador. De hecho, una cifra más simbólica que real, si el matrimonio
transcurría por los cauces normales, y solo exigible si el Emperador moría
antes que la infanta Isabel, en cuyo caso esta podía volverse libremente a
Portugal
… queriéndolo hacer… Lo que sí se cobraría Juan III, restándolo de
la dote de su hermana, eran las cantidades que Carlos V le debía, tanto el
préstamo hecho en tiempo de las Comunidades como lo que faltaba por pagar de la
dote de su hermana Catalina. En total, 239.668 doblas de oro, lo que dejaba
reducida la cifra de la dote de la Emperatriz a la cantidad de 660.332 doblas
de oro; sin duda, todavía una bonita suma. ¿Cuál sería su valor actual? He ahí
una pregunta que siempre se plantea el lector. Es difícil dar una respuesta
precisa, dadas las diferencias del coste de vida, tanto de las necesidades como
de las cosas superfluas; diferencias marcadas por el impresionante desarrollo
técnico de nuestros tiempos. Fijándonos en los puntos básicos de la comida, del
vestido y de los salarios mínimos, podríamos cifrar la paridad entre 1 maravedí
y 25 pesetas 1998. En ese caso, la cantidad que recibía el Emperador por la
dote de su esposa sobrepasaría los 5.000 millones de pesetas.
Por lo tanto, y en principio, un bonito negocio, y como tal se capitulaba[576]. Lo
firmaron primero los comisionados portugueses en la villa de Torresnovas el 17
de octubre de 1525 y siete días después los imperiales, en Toledo. Por su
relación se puede comprobar cuál era en esas fechas lo que podríamos llamar el
Estado Mayor del Emperador: Mercurino, conde de Gattinara, el primero, y a su
lado, Carlos de Lannoy, virrey de Nápoles, el señor de La Chaulx, Juan de
Zúñiga y Hugo de Moncada; a los que podrían añadirse algunos miembros de la
alta nobleza, en particular el duque de Calabria que, como veremos a la hora de
que la Emperatriz fuera recibida en Castilla, tendría un destacadísimo
protagonismo.
En todo caso, las capitulaciones matrimoniales probaban que la Infanta
portuguesa procedía del reino más rico de la Cristiandad. Como diría el
cronista portugués Damiao de Goes, su dote
… nunca mujer que no fuese heredera trajo tanto en casamiento a
su marido[577].
Pero lo que las capitulaciones no podían recoger, en su árida
prosa, sería el papel que aquella mujer acabaría desempeñando en la Monarquía
Católica. Ese papel, en el otoño de 1525, era una incógnita. Mas en cuanto se
celebraron las bodas en Sevilla, pronto se pudo adivinar que sería
verdaderamente importante.
Y eso por una razón: porque Isabel lograría enamorar a Carlos V hasta un grado
como pocas veces se vería en los matrimonios de Estado de la Europa del
Quinientos.
§. Las bodas imperiales
Hay quienes consideran que este aspecto del pasado no merece la pena de ser
recogido más que en dos o tres líneas.
Eso carece de sentido. Y por una razón: porque nos hallamos ante uno de los
sucesos más importantes en la vida del Emperador. Lo que Isabel, aquella
Infanta portuguesa que ya había hecho suya la divisa aut Caesar, aut
nihil, supuso en adelante para Carlos V nunca será bastante valorado. Y no
solo en el plano afectivo y familiar, sino también en el político.
Por primera y única vez en la historia de los tiempos modernos un rey de
España, coronado emperador, se casaba en nuestra tierra con una princesa de
Portugal.
Y eso provocaría una formidable expectación.
Era algo vivamente deseado por la corte de Lisboa, desde los tiempos de Manuel
el Afortunado. Desde el momento en que Carlos es elegido Emperador por los
Príncipes Electores alemanes, el rey de Portugal concibe el proyecto de que su
hija Isabel —que por entonces tenía 16 años— se convirtiera en emperatriz. Y
ese deseo lo hizo suyo Juan III cuando llega al trono. Y dado que las Cortes de
Castilla también lo habían pedido a Carlos V, todo hacía pensar que se acabaría
realizando. Pero como tuvieron que pasar seis años antes de que se formalizara,
la expectación fue creciendo.
El viaje de la novia a España arrancó de la villa portuguesa de Almeirim. En
las fiestas de despedida, se estrenó en la Corte portuguesa una tragicomedia de
Gil Vicente, el gran poeta luso, alusivo al nuevo destino de la Emperatriz.
En especial lo eran los versos del romance final:
En el mes era de Abril,
de Mayo antes de un día,
cuando lirios y rosas
muestran más su alegría…[578]
Isabel saldría para la frontera de Castilla con un impresionante
cortejo, en el que se hallaban sus hermanos Luis y Fernando,
…e con ellos toda la flor de Portugal…
En la frontera esperaba, para recibirla, el otro cortejo
castellano, presidido curiosamente no por un magnate de Castilla o de los
Países Bajos, sino por el duque de Calabria; que hasta ese extremo quiso Carlos
V señalar cuánto había valorado que aquel antiguo prisionero de Estado se
negase a recibir la libertad de manos de los rebeldes agermanados.
La entrega se haría el 7 de febrero de 1526. Veamos cómo la describe la pluma
del cronista Gonzalo Fernández de Oviedo:
Iba la Emperatriz dentro de una litera de brocado muy rico…
Dos caballos muy hermosos la traían…[579]
El encuentro en la raya de los dos cortejos, el portugués que
acudía a entregar a Isabel, presidido por los infantes don Luis y don Fernando,
y el español que se presentaba a la cita para recibirla, presidido por el duque
de Calabria, el arzobispo de Toledo y el duque de Béjar, fue un espectáculo de
los que dejan recuerdo: La suntuosidad de los trajes, el lujo desplegado por
las dos noblezas, empeñadas en rivalizar en riqueza, el estruendo de las
músicas de trompetas y chirimías, todo contribuía a resaltar la ceremonia.
Particularmente emotiva fue la despedida, cuando la nobleza portuguesa rindió
su homenaje a la infanta que se convertía en emperatriz.
Porque Isabel alcanzaba el más alto estado, pero dejaba atrás su patria, las
tierras que la habían visto crecer, sus familiares y amigos y hasta el dulce
sonido de su lengua materna.
Todo eso quedaba atrás. Y enfrente, Castilla y un matrimonio del que nada
sabía, empezando por desconocer al mismo novio. Como el escritor de su tierra
diría siglos después,
¡Y ahora, adiós a todo! ¡España comienza![580]
Porque, por encima y por debajo de los acuerdos políticos, la
realidad era que existía un profundo recelo entre los dos pueblos, agravado por
las agresiones de una y otra corona en los siglos XIV y XV. En Portugal seguía
vivo el recuerdo de la batalla de Aljubarrota (1385), en la que había sido
vencido el ejército castellano del rey Juan I, y en Castilla no lo era menos la
de Toro (1476), con la que Fernando iniciaría la serie de sus espectaculares
triunfos, y en este caso derrotando a las tropas portuguesas de Alfonso V.
Y algo de eso tenía que repercutir en el ánimo de Isabel, aunque aquel nuevo
destino que se le abría fuera el escogido por ella misma.
Aut Caesar, aut nihil.
Un mal presagio fue la llegada de un correo imperial con la
orden del Emperador de que el cortejo se adentrase lentamente, en cortas
jornadas, por España, en dirección a Sevilla, para dar tiempo al Emperador a
resolver antes de sus bodas los graves asuntos de Estado en que se hallaba
inmerso; se trataba de las negociaciones con el rey de Francia y la despedida
entre los dos soberanos en Illescas, a la que antes nos hemos referido, que se
había realizado el 20 de febrero de aquel año de 1526. Como el 7 de aquel mes
había tenido lugar la ceremonia de la entrega, el retraso de Carlos V era
notorio. Es dudoso que esa fuera la razón por la que Sevilla desplazara a
Toledo como la ciudad de los esponsales regios, dado que estando Carlos V tan
cerca de la ciudad del Tajo había podido de ese modo llegar puntual a la cita,
a poco que la Emperatriz demorase su viaje. Más bien da la impresión de que el
César quisiese cambiar totalmente de escenario: hasta entonces las dos mesetas
habían sido su alojamiento habitual, entre Valladolid, Madrid y Toledo. Para su
boda lo había de ser Andalucía, entre Sevilla y Granada.
Pero de momento, la orden de que la Emperatriz alargase su viaje podía parecer
un desaire. ¿Estaba el Emperador tan poco ilusionado? ¿Era como aplazar algo
indeseado? ¿Acaso la presencia de la Emperatriz podía suponer un obstáculo para
las graves cuestiones de Estado? De ahí la airada réplica del marqués de
Villarreal, jefe del séquito portugués que acompañaba a Isabel: si aquellos
eran sus negocios, respondería al Emperador, esta era su esposa, que no venía a
estorbarlos, antes bien a ayudarlos
con su talento y su dote[581].
La primera ciudad española que acogió a Isabel fue Badajoz,
entre un gentío venido de todas partes, ansioso de contemplar a su nueva
señora, aquella princesa de Portugal de cuya belleza y de cuyas riquezas tanto
y tanto se hablaba.
En lentas jornadas, tal como había ordenado Carlos V, la Emperatriz siguió
adentrándose en su ruta a Sevilla por Talavera la Real, Almendralejo, Llerena,
Guadalcanal, Cazalla y Cantillana. Su última estancia, antes de entrar en
Sevilla, fue en el monasterio de San Jerónimo de Buenavista.
Era ya el 2 de marzo y estaba a las vistas de Sevilla, de la que le separaba
apenas una legua de distancia.
El 3 de marzo fue la solemne entrada de la Emperatriz en la ciudad del
Guadalquivir. Lo hizo por la puerta de la Macarena, bajando de su litera y
subiéndose a una hacanea blanca. Iba hermosísima, toda vestida de raso blanco y
oro, tocada con una gorra de raso blanco, y en ella una pluma de lo mismo. Las
calles y plazas por donde pasaba, todas henchidas de gente, así como ventanas y
balcones, y hasta las terrazas atestadas de un público curioso, especialmente
de mujeres. Sin duda, la sevillana de la época quería saber cómo era su nueva
reina y emperatriz, de cuya belleza y elegancia tanto se hablaba; de forma que
pronto como hemos de ver, Isabel impondría la moda. A su vez la Emperatriz, no
menos curiosa de conocer cómo eran las damas de Sevilla, aquella inquietante
ciudad de que tanto se hablaba en todas partes («quien no ha visto Sevilla no
ha visto maravilla»), pidió a un alcalde de la Corte que se despojasen de los
sombreros, para contemplarlas mejor.
Para ella, la entrada triunfal en Sevilla era como el primer acto que la
vinculaba a su nuevo destino. Escoltada a un lado y al otro por el duque de
Calabria y el arzobispo de Toledo, recorrió la calle Real hasta llegar a la
Catedral, donde la esperaba su cabildo «con todo el clero y cruces de todas las
iglesias de la ciudad». Ante ella se alzaba la imponente traza de la Giralda.
Después de rezar en la Catedral pasó al alcázar contiguo, para aposentarse en
la torre del Aceite.
Ya por entonces Sevilla era lugar famoso, al que los Grandes de la época
querían conocer. Y también la Emperatriz, empezando por aquel fastuoso alcázar
alzado por Pedro I con tanto derroche de riqueza:
Otro día, domingo —nos refiere Gonzalo Fernández de Oviedo—, en
la tarde, salió [la Emperatriz] de su aposento para ver lo alto del alcázar,
vestida de terciopelo negro, y delante della los Grandes, y junto a ellos don
Jorge, que era alcaide del alcázar…
Fue entonces como el primer encuentro, fuera del protocolo, de
la Emperatriz con el pueblo sevillano. Y así añade el cronista:
Y cómo S. M. salió a unos Corredores que caían sobre el crucero[582]…, el cual
estaba tan lleno de gente que apenas cabían de pie, y como vieron asomar a S.
M., todos se quitaron los bonetes, y S. M. se rió, porque pareció holgarse de
ver tanta gente como allí estaba junta[583].
Por lo tanto, Isabel en Sevilla y alojada en su soberbio
alcázar. Lugar espléndido, donde los haya, y bueno para la espera, si es que
estas alguna vez son buenas. Porque Carlos V aún tardaría siete días en hacer
su entrada.
Pues eso no ocurriría hasta el 10 de marzo de 1526.
De forma que otra vez, aunque por diversos motivos, el hijo tendría un
comportamiento similar al padre. En efecto, treinta años antes, en 1496, Felipe
el Hermoso no se había presentado a la cita, cuando su prometida Juana, infanta
de Castilla, había desembarcado en los Países Bajos. Entonces Felipe, conde de
Flandes, tardaría un mes en verse con la madre de Carlos V; este, al menos solo
haría esperar a la que ya era su esposa por poderes, una semana.
Aun así, demasiado tiempo. En bodas corrientes lo obligado parece que sea el
novio quien aguarde a la novia a la entrada de la iglesia; y cuando la espera
se prolonga más de media hora, la gente se asombra. Y no sin razón. En los
enlaces oficiales la puntualidad es norma exquisita. Es cierto que en el
Quinientos la dificultad en los desplazamientos, cuando la novia procede de un
país extranjero, podía alterar las cosas, pero más bien en disculpa de quien
salía de su patria y, por lo tanto, en cuanto a lo que podía suceder a la
futura Emperatriz. De modo que sus siete días de espera tuvieron que enojarla,
encontrándose desairada[584].
Pues el desaire fue evidente y hemos de añadir, deliberado. No de otra manera
se puede comprender el que Carlos V, despidiéndose el 21 de febrero de
Francisco I, y quedando ya libre para acudir a la cita de sus esponsales en
Sevilla, en vez de dirigirse a marchas forzadas hacia el sur, atravesando La
Mancha, para penetrar cuanto antes en Andalucía, prefiera dar un rodeo yendo
hacia el oeste, en busca de las tierras extremeñas. El 22 dormiría en Talavera
la Real, no llegaría a Trujillo hasta el 1 de marzo y el 3 —la fecha en que
Isabel hacía su entrada en Sevilla— Carlos V lo haría en Mérida. A partir de
ese momento seguiría ya la ruta recorrida por la Emperatriz, por Almendralejo.
Por lo tanto, una dilación calculada. La Emperatriz debía esperar. ¿Era como
una norma de la dinastía, doblegar la voluntad de la esposa desde el primer
momento, dejar bien claro quién tenía el poder? En Sevilla debían verse dos
entradas triunfales, pero la segunda más impresionante que la primera. La
entrada de la Emperatriz era como la anunciadora de la que haría más
clamorosamente todavía el Emperador. Sevilla tenía que recibir en triunfo a la
novia de su rey, pero precisamente por ese título. Aún más debía hacerlo, y lo
haría, para vitorear al gran vencedor del rey francés, al rey de las Españas,
al emperador de la Cristiandad.
Y para eso, había que dar un respiro al propio pueblo.
No era un desaire, era una táctica, para que la dinastía saliera reforzada. Era
un momento único para que el Emperador recibiera el baño popular, el clamor de
la multitud, y eso había que prepararlo.
Eso explica la demora de Carlos V. Al fin, haría su entrada en Sevilla el 10 de
marzo:
Venía el Emperador en cuerpo —nos informa Ortiz de Zúñiga—,
vestido de un sayo de terciopelo con tiras de brocado…, y con una vara de olivo
en la mano y en un caballo rodado…[585]
Saludado por las autoridades sevillanas en el monasterio de San
Jerónimo, entró bajo palio por la puerta de la Macarena y así fue llevado hasta
la Catedral, acompañado por el Nuncio extraordinario mandado por Clemente VII,
y por el arzobispo de Sevilla. Y todo entre un gentío inmenso, llegado de todas
partes:
Tanta multitud de gente por el campo desde Sevilla a La
Rinconada, donde S. M. partió para entrar en la ciudad, que son cerca de dos
leguas, que por el camino no había quien pudiera andar, y por defuera de él con
mucho estorbo[586].
En aquella entrada Carlos V pasó por debajo de siete arcos
triunfales, todos con leyendas cargadas de simbología de lo que el pueblo
esperaba de su reinado; no en vano era emperador del viejo mundo y señor
afortunado del nuevo. En el primero se celebraba ese inigualable poderío:
Invicto César, gran señor del mundo…
Los sucesivos destacaban las diversas virtudes del príncipe
cristiano: Fortaleza, Clemencia, Justicia…; pero también aquellos valores por
los que suspiraban los pueblos, como la Paz y —en aquella sociedad tan
impregnada de lo religioso— la Fe. Por último, el séptimo arco estaba dedicado
a la Gloria, como un intento de hacerla perenne, de que la rueda de la Fortuna,
siempre tan veloz, siempre tan mudable, se mantuviese quieta para el Emperador,
como se pedía en su lema:
Tu alto merecimiento
que te levantó en mi rueda, me manda tenerla queda[587].
Esto nos prueba hasta qué punto se había imperializado España,
en un proceso paralelo a la hispanización de Carlos V. Su clamoroso triunfo
sobre Francisco I, aquel hecho inaudito de tenerlo su prisionero, junto con
tantos asombrosos acontecimientos que se iban sabiendo —las gestas de Hernán
Cortés en Méjico, la primera vuelta al mundo lograda por Elcano—, todo hacía
pensar y creer que con Carlos V estaba ocurriendo algo muy especial, algo de lo
que la gran historia habría de hablar, porque Carlos V estaba haciendo
historia.
Pero puesto que de bodas se trataba, asistamos al encuentro de los novios.
Cuando Carlos V llegó a la Catedral, tras tantos ofrecimientos y tantas
ceremonias, ya era entrada la noche. Tampoco la ceremonia religiosa fue breve.
Y en todo ese tiempo la Emperatriz aguardaba en su cámara.
Y ahora dejemos la palabra al cronista, que nos hace evocar con más fuerza
aquel momento irrepetible; porque hasta ese instante y por encima de todos los
compromisos oficiales, estaba latiendo para ellos dos la gran pregunta: ¿Cómo
sería su cónyuge? ¿Surgiría el atractivo mutuo, esa chispa casi mágica
provocadora de las grandes pasiones? Para mí que lo que en el Emperador era
curiosidad —una curiosidad excitante, por supuesto—, en la Emperatriz era
ansiedad, por todo lo que se jugaba. ¿Sería capaz de sujetar bajo su atractivo
a hombre tan poderoso y tan inquieto? Se decía de él que nunca paraba más de un
mes en lugar alguno de la tierra. ¿Qué pasaría, pues?
Pero asistamos ya a ese primer encuentro, de manos del cronista Fernández de
Oviedo:
Cuando entró [Carlos V] en el alcázar era ya dos horas de la
noche, y entró con muchas hachas. Y cuando llegó al aposento de la Emperatriz e
se vieron, la Emperatriz se hincó de rodillas e porfió mucho por le besar la
mano. El Emperador se abajó mucho a la levantar, abrazándola, e la besó e la
tomó por la mano e se entraron en otra cámara e se sentaron…
¡Pero Carlos V iba con su ropa de camino! Y aunque la ropa de un
emperador siempre sea cosa fina, no era, claro está, la de un novio tan
principal:
… el Emperador —continúa el cronista— se pasó a su aposento e se
quitó la ropa de camino que traía e se vistió muy ricamente, e tornó donde la
Emperatriz estaba, e se desposó con ella…, por manos del Cardenal Salviati,
legado del Papa.
Aún faltaba la misa de velaciones, antes de que el matrimonio se
consumara, pero ya era tan tarde que el Emperador se retiró a su cámara, y toda
la Corte hizo lo mismo:
… e todos los Grandes se fueron a sus posadas a reposar.
Y fue entonces cuando surgió lo inesperado. Con astucia —la
expresión es del cronista— se aparejó un altar en la cámara de la Emperatriz,
cuando ya era la medianoche. ¡Aquella pareja no podía esperar más! Volvía a
repetirse la historia, aquel enlace apresurado de los padres de Carlos V, de
Felipe el Hermoso y Juana de Castilla:
E como el relox dio las doce, se aparejó un altar en la cámara
de la Emperatriz, e dijo la misa e los veló el arzobispo de Toledo, e fueron
padrinos el duque de Calabria e la condesa de Haro, viuda, camarera mayor de la
Emperatriz. Estuvieron en la misa muy pocos caballeros…
¿Por qué? El cronista nos lo dirá:
… porque fue cosa no pensada, sino ansí fecha de improviso,
aunque astutamente…
Acabada la misa, los cónyuges se retiraron a sus aposentos,
dando tiempo el Emperador a que su mujer se acostara:
E desque fue acostada, pasó el Emperador a consumar el
matrimonio, como católico príncipe…[588]
Y la gran pregunta: ¿cómo era la novia? Ya hemos hablado de su
belleza, en términos generales. Pero, sin duda, querríamos saber más. Tenemos
la idea general que nos da el retrato de Tiziano, una obra maestra, dentro de
los límites en los que trabajó el genial pintor, dado que no llegó a conocerla
en vida.
Acudamos, pues, otra vez a los cronistas, y en este caso a quien sí la conoció
personalmente, Alonso de Santa Cruz:
Era la Emperatriz blanca de rostro y el mirar honesto… Tenía los
ojos grandes, la boca pequeña, la nariz aguileña, los pechos secos, de buenas
manos, la garganta alta y hermosa…[589]
Así era, pues, la Emperatriz. Y aquellos ojos grandes, aquellas
blancas manos y aquel cuello de cisne fueron suficientes para cautivar al
Emperador. Y eso, a las primeras de cambio, y de forma tan acusada, que el
embajador de Portugal, Azevedo Continho, bien atento a lo que en la Corte
imperial sucedía, comentaría a su compatriota, el conde de Vimioso:
Entre los novios hay mucho contentamiento…
Y aún más, pues nos describe la ceguera de los enamorados, solo
atentos el uno para el otro, como si el resto del mundo desapareciera:
En cuanto están juntos —añade Azevedo Continho—, aunque todo el
mundo esté presente, no ven a nadie…
Amor pleno, pues, desde el primer momento. El juego amoroso
desbordando en felicidad. Algo que no se puede ocultar, que provoca continuas
manifestaciones de alborozo incontenible. Y así el embajador-cronista nos da el
detalle más revelador:
… ambos hablan y ríen, que nunca hacen otra cosa…[590]
Bien se puede comprender la satisfacción de la Corte de Juan
III. ¡Ya tenían en España al mejor de los embajadores! Bastaba con escuchar lo
que se contaba de Carlos V, de lo que él mismo hacía público, sin disimulo
alguno:
El Emperador está muy satisfecho del Rey, nuestro señor, por el
bien que le hizo en darle a la Emperatriz, que le sale por la boca a
borbotones, y se ofrece a tanto, que cumplido en la mitad nos bastaba. Y esto
no lo dice a nosotros solos, sino a todo el mundo.[591]
Sería un amor que duraría lo que la vida de la Emperatriz. Y de
ello daría constantes muestras Carlos V, y tales, que en sus prolongadas
ausencias se le vería melancólico y como enfermo. Era el mal de amores, como
hemos de ver.
De momento, los tenemos en Sevilla, en una felicidad plena.
Al fin Carlos V había accedido a las peticiones de las Cortes castellanas de
que casara con aquella princesa de Portugal.
Era como la primera nota ostensible de su creciente hispanización.
Y en cuanto a Isabel, había logrado su gran deseo:
Aut Caesar, aut nihil
Mas de pronto, una mala nueva les llega: la muerte en los Países
Bajos de Isabel, reina de Dinamarca y hermana del Emperador.
La Corte se llenó de lutos[592]. Pasados
aquellos días, el marqués de Villarreal tanteó a Carlos, tratando de conseguir
que reconociera, de una vez por todas, que las Molucas pertenecían a Portugal.
Era evidente: a la corte de Lisboa le inquietaban grandemente las noticias que
le llegaban de la expedición a las Molucas de García Jofre de Loaisa y Elcano,
que para entonces ya se habían adentrado en el Pacífico. Pero Carlos V no
permitió que su vida sentimental interfiriese sobre los problemas de Estado. Si
los cosmógrafos portugueses, y solo entonces, demostraban que las Molucas
entraban en la jurisdicción marcada por el Tratado de Tordesillas a favor de
Portugal, accedería a ello.
Carlos V e Isabel continuaron su estancia en Sevilla hasta entrado el mes de
mayo. Fue entonces cuando el Emperador invitó al duque de Calabria a que se
desposase con la reina viuda Germana de Foix (viuda por segunda vez, pues ya lo
era también del marqués de Brandemburgo), a lo que el Duque ofreció
resistencia.
Y no era para menos, pues aquella gentil princesa gala había engordado
espantosamente. Dantisco, el embajador polaco, tendría ocasión de hacer uno de
sus comentarios más mordaces:
este buen Príncipe, que cuenta entre sus antepasados ochenta
reyes de la Casa de Aragón, forzado por la penuria, ha venido a caer con esta
corpulenta vieja, y a dar en un escollo tan famoso por sus naufragios…[593]
¿Cómo era eso? Ya sabemos que Carlos V, reconocido al gesto del
Duque de no admitir la libertad de manos de los rebeldes agermanados, le premió
largamente convirtiéndole en uno de los principales personajes de su Corte. Y
de pronto, le forzaba a un matrimonio tan penoso. ¿Por qué?
Hay una frase, en el comentario de Dantisco, que puede darnos la pista:
… un escollo tan famoso por sus naufragios…
Pues Germana de Foix había sido la amante de Carlos V, desde que
el Emperador había llegado a España en su primer viaje, como ya hemos indicado.
Y conforme a una vieja tradición, amantes de tal rango había que colocarlas
«honrosamente», casándolas con altos personajes de la Corte. Era una forma de
licencia generosa, como cabía esperar del Rey-emperador. Y Germana de Foix lo
había sido con el marqués de Brandemburgo en 1519. Pero la muerte prematura del
Marqués volvía a plantear la cuestión, resuelta de ese modo por el César[594].
§. Luna de miel en Granada
Entrado el mes de mayo los calores arreciaron de pronto en Sevilla, como es
frecuente en aquella ciudad por tales fechas, y el Emperador decidió
trasladarse a Granada. El viaje lo harían pasando por Córdoba, como si se
tratara de unos turistas modernos. Y de hecho sabemos que los personajes que se
animaban a viajar, tenían en España como objetivos principales, aparte del
camino de Santiago (y en este caso, por motivos religiosos), el conocer las
tres principales ciudades andaluzas: Sevilla, Córdoba y Granada.
Granada. La ciudad cantada por todos los poetas, la que describen todos los
viajeros que llegan a España en el Renacimiento.
Granada, esto es, y sobre todo, La Alhambra. Jerónimo Münzer, que la había
visitado a fines del siglo XV, nos dice:
Vimos salas con pavimento de blanquísimo mármol, jardines
deleitosos con limoneros, arrayanes, estanques de marmóreos muros…, tazas de
mármol con surtidores de agua…
No se olvida del Patio de los Leones:
… un patio que sostiene en su centro una gran fuente de mármol
sostenida por doce leones de la misma piedra, que echan el agua por la boca…
Lo que le haría exclamar:
No creo, en fin, que en Europa se halle nada semejante, puesto
que todo es magnífico, tan majestuoso, tan exquisitamente labrado, que ni el
que lo contempla puede cerciorarse de que no esté en un paraíso…[595]
Un paraíso perdido, al pie de las soberbias montañas de Sierra
Nevada. Esa era La Alhambra, cuya fama corría por toda Europa. Y Navagero, el
exquisito humanista contemporáneo de Carlos V, después de su cuidadosa
descripción, piensa que ha encontrado el lugar perfecto para el estudioso que
quisiera entregarse a los placeres del espíritu; tanta era su hermosura y la
paz que en ella anidaban:
En suma —dirá con un deje de pesadumbre, al tener que abandonar
tanta belleza—, me parece que no falta a lo apacible y bello de estos lugares
sino quien los aprecie y goce, viviendo entregado en reposo y tranquilidad al
estudio y a los placeres que convienen a un hombre honrado, sin tener otros
deseos[596].
Algo de eso debieron pensar Carlos V e Isabel, pues prolongarían
su estancia en Granada hasta fines de aquel año de 1526.
E incluso habrían pasado allí el invierno, si los graves acontecimientos
ocurridos en Europa no se lo hubieran impedido. Pero para dejar testimonio de
lo que había supuesto su estancia en Granada y hasta qué punto les había
enamorado La Alhambra, Carlos V mandaría alzar allí un espléndido palacio
renacentista, la obra insigne de Pedro Machuca que, sin embargo —y acorde con
sus perennes problemas financieros—, el Emperador no lograría ver terminado.
Y algo más germinó en Granada.
Que fue en Granada donde Carlos V e Isabel engendrarían su primer hijo, a
mediados de agosto, aquel Felipe que nacería en Valladolid y que tanto juego
daría en la historia de España, y aun en la de toda la Cristiandad, si bien de
signo muy diverso.
§. Los moriscos granadinos
Pero en Granada, donde vivió su espléndida luna de miel, tampoco le faltaron
problemas a Carlos V. Y uno de los más curiosos fue el de tener que afrontar
otra vez el problema morisco.
En aquella ocasión Carlos V lo vivió de cerca, de un modo inmediato, no a
través de informes burocráticos. Granada estaba entonces, a los 33 años de su
conquista por los Reyes Católicos, plenamente inmersa en la cultura musulmana.
El mismo hecho de que muchos de los granadinos que Carlos V conoció en 1526,
fueran descendientes de los que habían hecho la maravillosa obra de La
Alhambra, tenía que jugar a su favor. Ya no se trataba de rústicos campesinos,
como aquellos valencianos que se habían refugiado en la Sierra de Espadán,
contra los que se había tenido que emplear a fondo el ejército imperial.
Así que Carlos V escuchó a sus vasallos, los moriscos granadinos. Recibió de
ellos un memorial en el que se detallaban todos sus agravios, todos los
atropellos que sufrían, acosados por las autoridades cristianas, las civiles y
aún más las eclesiásticas. Un memorial tan lastimoso, que Carlos V mandó que
una comisión averiguase qué había de cierto en aquellas acusaciones.
El memorial se lo habían entregado al Emperador tres caballeros del patriciado
urbano de Granada, dos de ellos de notoria vinculación con la antigua nobleza
nazarí: don Fernando Venegas, don Diego López Benajara y don Miguel de Aragón.
Y sin duda, eso también influyó sobre Carlos V, llevándole a exigir una
investigación.
Sabemos que entre los comisionados por el Emperador estaba uno de los
humanistas más destacados de su Corte imperial: fray Antonio de Guevara. Él y
sus compañeros hicieron bien su deber, andando y preguntando por buena parte
del Reino granadino.
El resultado fue esclarecedor:
Anduvieron visitando el Reino —es Sandoval quien lo refiere— y
hallaron ser muchos los agravios que se hacían a los moriscos, y junto con esto
que los moriscos eran muy finos moros…
La inmensa mayoría seguían siendo musulmanes:
… 27 años había que eran bautizados, y no hallaron 27 dellos que
fuesen cristianos, ni aun 7…
Para poner remedio se nombró una Junta, con dos de los prelados
de más renombre: el arzobispo de Sevilla e inquisidor general Alonso de
Manrique, y García de Loaysa, confesor del Emperador. Por lo tanto, nada menos
que el Inquisidor y el confesor, dos auténticos pesos pesados del estamento
eclesiástico. Y las conclusiones de la Junta no pudieron ser más pesimistas:
imposible sería adoctrinar a la población adulta granadina. Había que fiarlo
todo en la evangelización de la juventud, a través de colegios donde se educara
a los niños moriscos.
…porque de los padres, ninguna esperanza se tenía…[597]
Por lo tanto, un proceso lento y costoso, ya que la Monarquía no
tenía entonces a su cargo la enseñanza pública, en especial la primaria.
Para una plena asimilación de la población morisca había que obligarles a dejar
sus usos y costumbres y su misma lengua; solo de ese modo se podría conseguir
que abandonasen su religión musulmana. Y temiendo los moriscos granadinos que
se tomasen esos actos de fuerza contra ellos, acordaron hacer un supremo
esfuerzo económico, entregando al Emperador una fuerte cantidad: 80.000
ducados.
A cambio, pedían que se les permitiera vivir al modo de sus antepasados. Y
lograron su intento, pues Carlos V ordenó que se les concediera un largo plazo,
antes de que aquellas nuevas leyes se pusieran en vigor; un plazo tan largo que
se fijó en cuarenta años.
Evidentemente, era tanto como dejar ese delicado legado a su heredero, salvo
que en ese período de tiempo las autoridades eclesiásticas lograran la
conversión de aquellos hispano-musulmanes, para lo que Carlos V creyó
conveniente que fueran socorridas por un tribunal de la Inquisición con sede en
la capital.
En todo caso, hubo un notorio soborno de los granadinos, y no solo con esos
80.000 ducados para las arcas imperiales, siempre tan exhaustas, sino para los
principales consejeros, y entre ellos el conde de Nassau, que por entonces era
uno de los mayores privados de Carlos V[598].
Pero lo cierto es que el propio César estaba inclinado favorablemente hacia
Granada, y eso tenía que notarse en su clemente actitud con sus habitantes:
… como mirase con curiosidad los edificios antiguos —nos relata Sandoval—,
obras moriscas, y los ingenios de las aguas y la fuerza del sitio y la grandeza
del pueblo, si bien de todas las ciudades de su reino mostró tener gran
contento, de esta en particular recibió mucho gusto…[599]
Por otra parte, aquel pueblo morisco mostró serle fiel al Emperador. Y tanto
que, perdido el César en aquellas abruptas montañas, en una desafortunada
jornada de caza, a la que era tan aficionado, solo y desamparado de su gente,
encontró un guía morisco que le sacó de su apuro, llevándole sano y salvo a
Granada. De forma que entre unas cosas y otras, Carlos V cogió tal afición a la
tierra, que lo primero que hizo con aquel dinero recibido fue disponer de
18.000 ducados para iniciar el palacio renacentista que deseaba emplazar en
plena Alhambra.
Se podía pensar: ¡Qué agravio a tal conjunto monumental! Pero nosotros también
hemos de verlo como el signo de la admiración del César, de su deseo de tener
allí, si no para siempre (lo que le resultaba imposible), sí para largas
estancias, un lugar de refugio y de paz en medio de tanta belleza. Pero lo que
ocurrió fue que de nuevo la guerra, encendida en media Europa, le obligaría a
salir de aquella ciudad encantada.
Un largo viaje, pues, para él y para la Emperatriz, cuando ya se sabía que
Isabel llevaba en su seno un hijo, lo que hacía el viaje tan aventurado,
afrontado como se afrontaba de cara al invierno.
En efecto, Carlos V dejaría Granada el 10 de diciembre de 1526, y ya no
volvería a verla jamás[600].
Atrás quedaba una etapa feliz, de apenas cinco meses. Acaso la más feliz de su
vida.
Pero eso quedaba atrás. Ahora el deber le llamaba. Que no en vano él, Carlos V,
era el emperador de la Cristiandad.
Capítulo 6
Roma anhelada, Roma violada
§. Los enemigos se reagrupan: La Liga clementina
La Francia derrotada en Pavía que parecía abocada al desastre, con tantas
pérdidas en aquella batalla y con su rey Francisco prisionero, sacó fuerzas de
flaqueza. Mostrándose a la altura de su historia, supo acudir al terreno en
donde ganaría tantos triunfos: en la diplomacia. Su propia debilidad fue su
primera arma, pues nadie podía ya temer sus agresiones, mientras que todos se
preguntaban preocupados qué pasaría en Europa si aquella gran nación
desaparecía. Sus propios antiguos enemigos, como Enrique VIII de Inglaterra,
cambiaban de signo, y de invasores se convertían en aliados.
Y no era el único caso. Aliados se mostraron también súbitamente los pequeños
potentados italianos, temerosos del formidable poder que había alcanzado el
Emperador; por supuesto, Venecia —siempre recelosa de la pujanza hispana—, pero
hasta la misma Roma de Clemente VII. Y eso ocurriendo tan pronto que los
enviados vénetos y romanos mandados a Cognac, donde se hallaba Francisco I, para
felicitarle por su liberación, llevaban ya instrucciones precisas para montar
en torno suyo una formidable alianza con la que poder hacer frente a Carlos V.
Y como primer objetivo, expulsarle de la Italia peninsular, tanto de Milán
—donde se restauraría plenamente al duque Francisco Sforza— como de Nápoles,
que había de quedar en manos de un príncipe italiano. Francia tendría como
recompensa que ambos territorios fueran sus feudatarios, con el pago de sendos
tributos de 50.000 y 75.000 ducados anuales, y el dominio de Génova. Y para
hacer más fuerte su posición, los aliados reunían una poderosa fuerza naval,
juntándose, a las galeras de Francia, las pontificias, las venecianas y las que
mandaba el genovés Andrea Doria, que ya destacaba como uno de los mejores
marinos de aquella hora.
Y, por si fuera poco, ese círculo hostil a Carlos V se cerraba con la
intervención del Turco, Solimán el Magnífico. Y ese sí que era un cambio
mayúsculo. Unos años antes, cuando lo que se debatía en la Cristiandad era la
elección del nuevo emperador, con la duda entre Francisco I y Carlos V, el rey
francés había prometido que, en caso de ser elegido, su gran proyecto sería
dirigir una impresionante cruzada contra el Turco, en la que esperaba aglutinar
a toda la Europa occidental.
Fue entonces cuando se le oyó exclamar:
Si me eligen emperador, dentro de tres años entraré en
Constantinopla o habré perecido.
Naturalmente, la elección de Carlos V cambió sus ideas sobre la
cruzada. Con Carlos V al frente del Imperio, el Turco dejaba de ser el enemigo
potencial de Francia para convertirse en su aliado, y en su aliado más
poderoso, sobre todo después del tremendo desastre de Pavía. De forma que a
nadie sorprendió que, a los pocos días de la derrota, saliese una misión
diplomática francesa camino de Constantinopla para recabar la ayuda de Solimán.
Por lo tanto, incitar al Turco a que renovara, y con todas sus fuerzas, la
guerra contra la Cristiandad dominada por el Emperador. Era un remedio que
parecía casi sacrílego, pero el único que parecía eficaz para frenar el poderío
carolino. Y, aunque con diversas vicisitudes, el mensaje francés acabó llegando
a manos de Solimán. ¡Qué oportunidad se abría al Turco! ¡Entrar a saco en la
Cristiandad, y no como invasor, sino como liberador! La respuesta dada a
Francia es digna de uno de esos relatos orientales cargados de poesía:
Tú que eres francés y rey del país de Francia has enviado a la
Sublime Puerta, asilo de soberanos, a tu fiel agente Frangipani…
Alude después a la triste situación en que había caído Francisco
I, no solo derrotado sino incluso prisionero, y le anima a mantenerse firme. Y
puesto que ha pedido su ayuda para liberarle, estaría presto para hacerlo:
Estamos noche y día con el caballo ensillado y el sable ceñido[601].
Situación tan sorprendente como lamentable, que tendría sus
prontas y funestas consecuencias para Europa.
No resultaba menos asombroso que el papa Clemente VII, hasta entonces aliado de
Carlos V, abandonase la paz y fuera uno de los primeros en ponerse en pie de
guerra. Pues aunque no había sido el primer Papa del Renacimiento en hacerlo
—ni sería el último—, siempre provocaba un escándalo que el pastor de la
Cristiandad abrazase el camino de la guerra.
Y de tal forma, que la Liga anti imperial firmada en Cognac toma también el
nombre de Liga clementina, por haber tenido a Clemente VII como uno de sus más
decididos promotores. Y de ese modo se dio la increíble paradoja de que el
Turco y el Papa, al guerrear contra el mismo enemigo, el Emperador, se convirtiesen,
de hecho, en aliados.
Todos contra Carlos V: esa parecía la nueva consigna. Algo que un español, que
veía con ojo atento la disparatada situación en que estaba cayendo la
Cristiandad, enjuiciaría de este modo, con tono profético:
Ese es el destino de Carlos: no poder vencer sino enemigos en
gran número, para que su victoria sea más sonada[602]
De esa forma daría su comienzo la segunda guerra
hispano-francesa. A Francisco I no le impediría acometerla el hecho de haber
entregado en rehenes a sus dos hijos, custodiados entonces en Pedraza de la
Sierra.
Y es que el Tratado de Madrid había nacido muerto. El Rey francés lo había
firmado forzado en su condición de prisionero, mientras en secreto dejaría
constancia de que no se vería obligado a cumplirlo. Algo que Carlos V tomaría
como un engaño, dado que Francisco I había jurado sobre los Evangelios y dado
su palabra de caballero de que cumpliría lo pactado, lo que le obligaba a la
entrega del ducado de Borgoña.
Demasiado para que la orgullosa Francia lo consintiera. Al rechazar el Tratado
y al vincularse a la Liga clementina, Francisco I no haría sino responder a los
deseos de Francia entera.
De ese modo, concitando las mayores fuerzas de entonces contra Carlos V,
provocaría dos sucesos de la máxima gravedad: la caída de Budapest en manos
turcas y el saco de Roma.
§. El asalto turco a Hungría
No tardó Solimán el Magnífico en cumplir su promesa a Francia, que era tanto
como su amenaza a la Cristiandad. Para el Turco, era una ocasión única: ¡el
propio Rey cristianísimo le pedía su intervención! Y claro es que no se
trataría de una ayuda desinteresada. Al socaire de acudir al amparo del
francés, Solimán confiaba en obtener una buena ganancia personal: la ampliación
de su Imperio musulmán a costa de la Europa cristiana.
De ese modo, cuando apuntaba la primavera de 1526, Solimán dejaba
Constantinopla al frente de un poderoso ejército (en torno a los 100.000
combatientes, asistidos por un fuerte tren artillero de 300 cañones), muy por
encima del que podían poner en pie de guerra las naciones cristianas.
Objetivo: Budapest.
Solimán contaba con un excelente punto de apoyo para reorganizar sus tropas
para lanzarlas a la ofensiva decisiva: aquella ciudad de Belgrado conquistada
en 1521, al comienzo de su reinado. Desde allí resultó fácil la penetración en
Hungría. El 18 de julio tomaba Peterwarden, aguas del Danubio arriba. Y a poco,
la ciudad fuerte de Esseg, sobre el Drave. Ya era el portillo para irrumpir en
la gran llanura húngara, donde había de darse la batalla definitiva en Mohacs.
En Mohacs, donde el animoso rey Luis II de Hungría esperaba con lo mejor de su
gente para combatir al invasor.
Una lucha tremendamente desigual que afectaba a toda la Cristiandad. Pues la
amenaza no era solo sobre Budapest. Antes había caído Belgrado, sin que la
Cristiandad hubiera reaccionado; al contrario, olvidándose del enemigo común,
Francisco I había desencadenado la primera de sus guerras contra Carlos V.
Cinco años después, no solo mantenía su hostilidad sino que incluso él mismo
incitaba al Turco a la gran invasión, cegado por su ansia de desquite contra
Carlos V.
Al cual, por otra parte, y en contrapartida, afectaba mucho aquella ofensiva
turca, puesto que el reino húngaro era limítrofe con Austria, de modo que
Budapest venía a ser como el antemural de Viena. Eran tres las principales
ciudades asentadas sobre el gran río Danubio: Belgrado, Budapest y Viena.
Belgrado ya era turca. Ahora la amenazada era Buda, a 400 kilómetros, Danubio
arriba. Si Buda caía, Viena quedaba tan solo a 250 kilómetros del poderío
turco. ¡Y era Viena, la capital de Austria, la cuna de la dinastía!
Recordaremos, además, que Carlos V tenía un estrecho parentesco con el Rey
húngaro, pues siguiendo la consigna del abuelo, el emperador Maximiliano, se
había establecido un doble enlace entre las dos Casas de Austria y de Jagellón;
de esa forma, sus hermanos Fernando y María habían casado con aquellos otros
dos hermanos, Ana y Luis II de Hungría.
Las dos jóvenes princesas eran amigas. María y Ana habían coincidido en
Innsbruck. Sus bodas se concertaron en 1515. Entonces, María de Austria, la
hermana de Carlos V, a la que la Historia conoce ya por María de Hungría, sólo
tenía 10 años, puesto que había nacido en 1505. Su prometido, Luis II, ni
siquiera eso (n. 1506). Las bodas se consumaron en 1520. Aquellos dos
chiquillos, de 14 y 15 años, se enfrentaron de ese modo con su difícil destino.
Desde su corte de Budapest sintieron ya, al año de sus bodas, la terrible
amenaza turca. Y en 1526 la afrontaron con heroica decisión. Hungría se
consideraba el antemural de Europa y tenía que actuar como tal.
Así se llegó a la gran embestida, a la terrible batalla de la llanura de
Mohacs, el 28 de agosto de 1526.
Una batalla con dos fases: la primera, bajo el signo de una desesperada
acometida de la caballería húngara, con el intento de alcanzar el centro del
ejército turco y coger prisionero al propio Solimán; intento desbaratado a la
postre, por el fuego de la artillería turca. A partir de ese momento, los
genízaros no hicieron más que matar y matar.
Para Solimán la victoria, con el hundimiento de la nación húngara.
Para Luis II la derrota, con la pérdida de su Reino y de la vida. Y con él, más
de 20.000 húngaros, dejando la nación inerme, a merced del turco.
Desastre de tal calibre no podía menos de quedar reflejado en el folklore
húngaro. Véanse algunas muestras:
¡Mohacs, Mohacs! Antigua
llanura cubierta de sangre.
Cuando me acuerdo de ti,
lloro lágrimas de ira,
noble patria que fuiste
baluarte de Europa…
O bien:
¡Oh, desdicha! Luis, Luis,
¿dónde estás, rey joven,
tan lleno de vida y
de encanto?[603].
A tal desgracia llevó la ceguera de los príncipes cristianos,
enzarzados en sus luchas personales. Un desastre de tal magnitud, que la misma
España, la más alejada del conflicto, lo acusó. Fernando de Austria envió un
correo a uña de caballo para advertir al Emperador, a quien cogió la mala nueva
en Granada, cuando se hallaba en su plena luna de miel.
Era la culminación de las consecuencias del Tratado de Madrid. Primero había
sido la actitud de Francisco I, atropellando su palabra de caballero; después
el Papa, desenvainando la espada, tan en contra de sus deberes de pastor de la
Cristiandad. Y, finalmente, la mala nueva de aquel desastre en las llanuras de
Mohacs.
Se comprende que Carlos V convocara con urgencia su Consejo de Estado para
afrontar la grave situación planteada.
El Consejo de Estado: un nuevo órgano político, quizás como reconocimiento del
error político cometido en la personal resolución del Tratado de Madrid, y como
una afirmación del Emperador de que en el futuro gobernaría los asuntos de la
paz y de la guerra, contando con el consejo de sus ministros más allegados[604].
§. La reacción imperial
En poco tiempo Carlos V, tan jubiloso por aquel doble acontecimiento de haber
firmado la paz con Francia y de su propia boda con la mujer de la que se vería
tan profundamente enamorado, pasó a la aflictiva de la indignación por el
comportamiento de Francisco I y de dolor y consternación ante la mala nueva del
desastre de la desventurada nación húngara en Mohacs, en cuyo campo de batalla
su hermana María había perdido el esposo y la corona.
En cuanto al cambio de Francisco I, olvidándose de la palabra dada sobre la
devolución de Borgoña, actitud agravada con su vuelta a la guerra, era algo
difícilmente comprensible para Carlos V, desde su sentimiento caballeresco de
la existencia. Para él, dar la palabra era algo sagrado que había que mantener,
y le resultaba inconcebible que un rey pudiese quebrantarla. En sus Memorias,
expresaría sus sentimientos:
En este mismo tiempo[605] trocó
al rey de Francia por dos de sus hijos, conforme a las condiciones de los
conciertos hechos en Madrid; el cual, inmediatamente después tornó a renovar la
guerra…[606]
Esto es, al recobrar la libertad orilló el francés todo lo
prometido.
Pero la indignación del César la conocemos mejor por el testimonio de su
secretario de cartas latinas, Alfonso de Valdés.
Estamos ante una página viva del Emperador, contada por su secretario. Antes de
separarse de Francisco I, cuando había de partir para sus esponsales en
Sevilla, se apartó con el rey de Francia y le dijo cuánto bien esperaba para la
Cristiandad de aquella paz que habían firmado y, a la contra, cuántos males
sobrevendrían si otra vez se rompía, y de nuevo se encendía la guerra.
Y le añadió, con más ingenuidad de lo que el caso pedía, pero dando muestra de
su sentido caballeresco de la existencia:
Y pues estamos aquí juntos donde todo lo podemos remediar, y
sabéis cuánto somos a ello obligados, yo os ruego que muy claramente, como de
hermano a hermano, digáis lo que sentís acerca desto…
¡De hermano a hermano! ¿Podía ser el Emperador más ingenuo?
Alfonso de Valdés hace hablar a su personaje, conforme a lo que se contaba en
la Corte: ¿Había alguna duda en su prisionero? ¿Deseaba que algo se
rectificase? Que fuese sincero, que lo aclarase todo antes de la separación,
cuando todo podía solucionarse entre ellos, para que al fin pasasen de enemigos
a amigos:
… digáis lo que sentís acerca desto, y si tenéis intención de
serme buen amigo y guardarme lo que habéis prometido o no, porque antes que nos
partamos el uno del otro lo dexemos todo concertado, de manera que no quede más
causa de rompimiento…[607]
¿Era una trampa que el vencedor tendía al vencido, antes de su
liberación? ¡No! Era el caballero, el hombre del Toisón de Oro que se sinceraba
con su antiguo prisionero.
El fragmento que sigue es muy probable que en verdad lo pronunciase Carlos V.
Solemnemente le declara a su regio y asombrado interlocutor:
… yo os prometo e doy mi fe y palabra real que no por eso dexe
yo de poneros en vuestra libertad, hablando vos libremente lo que en esto
pensáis hacer[608].
Una postura de absoluta ingenuidad, muy propia del joven
Emperador y que mantendría a lo largo de su vida. Correspondía a lo que en
verdad sentía: si todo dependía, la paz o la guerra, de la voluntad de ambos,
¿por qué no allanar todas las dificultades? ¿Por qué no cerrar de una vez por
todas una estrecha amistad? Cierto que para que eso fuese posible tendría que
haber exigido menos de su regio prisionero, haberse olvidado del ducado de
Borgoña, renunciar a ser el vengador de su antepasado, Carlos el Temerario. En
pura espiral bélica, no le faltaban motivos para ello; pero querer la Borgoña y
la amistad de Francisco I, todo aunado, era sin duda demasiado.
Ahora bien, si esa conversación existió, en esos o en parecidos términos, lo
que es bien probable dado el carácter de Carlos V, hay para pensar que por un
momento el Emperador fue consciente de que exigía demasiado, y queriendo lograr
aquella amistad, tanteó a su rival dispuesto a ceder algo para dejarlo contento
y amigo. Pero frente a él tenía a un rey del puro Renacimiento, a un príncipe
tal como lo podía haber soñado Maquiavelo. ¡La palabra es un gran don, por
supuesto, pero para ayudarnos, para protegernos, y, por tanto, para que nos
permita disimular nuestros pensamientos!
Y también aquí, por lo que sabemos, y concordando con la reacción posterior de
Carlos V, la versión de Alfonso de Valdés parece reflejar la realidad. ¿Qué
contestó, pues, Francisco I, ante los apremios del Emperador?
Hizo mil juramentos que tenía entera voluntad de conservar aquella amistad y
de cumplir muy enteramente lo que en la capitulación de Madrid había prometido… Y
de tal forma, que para asegurar más a Carlos V, viendo una cruz en el sendero
por donde cabalgaban, haría su postrer juramento:
Y así lo juró ante una cruz que topó en el camino.
Fue un gesto teatral. Carlos V acusó el golpe, contestando
acorde con el tono que le daban:
Lo mesmo os prometo y juro yo de seros buen hermano y amigo y
guardaros todo lo que por mi parte se os ha prometido…
Pero, respirando en él siempre el alma caballeresca, le añadió
lo que entendía que podía ser la mayor amenaza, no de llevar la guerra a sangre
y fuego a sus dominios o de anunciarle otros mil desastres y desventuras;
simplemente de descalificarlo como caballero:
También os prometo de teneros por vil y ruin si vos no me
guardáis lo que me prometéis…[609]
Eso quería decir, según las reglas de la Caballería, que lo que
se planteaba era un duelo personal entre los dos soberanos, un duelo entre
Carlos y Francisco, como si fueran dos caballeros cualesquiera. Y así, cuando
estando ya en Granada le llegó al Emperador una embajada francesa para pedirle,
en nombre de Francisco I, que dejase en libertad a sus dos hijos, a cambio de
un rescate, Carlos V se negó airado, diciendo públicamente al embajador
francés:
Embaxador: Decid al Rey vuestro amo que lo ha hecho muy
ruinmente y vilmente en no guardarme la fe que él mesmo me dio estando él y yo
solos, y que esto lo manterné yo de mi persona a la suya. [[610]
§. La noticia de la ruina de Hungría
A poco llegó a Granada el correo de Fernando, el hermano de Carlos V, con la
noticia del desastre de Mohacs, de la muerte del rey Luis II, cuñado del
Emperador, y de la caída de casi todo el Reino húngaro en manos del Turco. La
gravísima amenaza sobre toda la Cristiandad era evidente. ¿Dónde pararía la
ofensiva de Solimán?
Carlos V convocó al Consejo de Estado, el nuevo organismo de la Monarquía, que
de ese modo iniciaba sus funciones, al menos de cara a la política
internacional.
El Archivo de Simancas guarda el acta de lo que allí se decidió. Lo primero,
dar cuenta al Reino de la gravísima situación en que se hallaba la Cristiandad.
Que salieran cartas para la alta nobleza, el alto clero y las ciudades para
darles la mala nueva:
… la infeliz nueva de la muerte del rey de Hungría y perdimiento
de aquel Reino y el peligro de sus hermanos[611] y de
las otras provincias de cristianos que son comarcanas…[612]
Y para que todos fueran conscientes de aquel peligro, se debían
mandar también los despachos de Fernando[613].
Para dar calor a todo ello, Carlos V debía salir de aquel paraíso granadino y
ponerse en el corazón de Castilla, o bien en Toledo, o bien en Valladolid,
aunque los consejeros se inclinaban por la villa del Pisuerga, y por una
sencilla razón:
… porque en Toledo valen muy caros los mantenimientos…[614]
Y como una de las primeras medidas era socorrer al infante don
Fernando con dinero, el Consejo de Estado pide al Emperador que le mandase de
inmediato 100.000 ducados.
Por supuesto, debían ser convocadas las Cortes de Castilla. Y ya que la guerra
era santa, como contra el enemigo de la Cristiandad, que así lo predicase todo
el clero por todo el Reino. Lo cual, y para ser consecuentes, obligaba a
suspender toda otra acción bélica.
Es un punto verdaderamente importante, un consejo valiente dado al Emperador:
Otro sí, suplican —los consejeros— a V. A. tome apuntamiento con
el rey de Francia, y sino fuese cual sería razón, que se tome conforme al
tiempo y a lo que se debe a Dios en semejante perturbación…
Pero también haciendo un llamamiento al resto de la Cristiandad:
a los reyes de Inglaterra y Portugal
…y a otros Príncipes cristianos y Señoríos…
Y para dar ejemplo, la Monarquía Católica debía ser la primera,
mandando a toda urgencia los tercios viejos que guarnecían Italia «en socorro
del señor Infante». Y la razón era clara:
… porque es grandísimo el daño que se sigue de tener guerra,
aunque sea justa y justísima, contra cristianos, entrando los enemigos de la fe
y estando tan adelante…
No se les ocultaba a los consejeros que desguarnecer Italia,
sacando de allí los temibles tercios viejos, podía ser un peligro para el
dominio imperial; pero había que establecer prioridades. Lo primero era lo
primero, y en aquella hora lo que importaba era socorrer a Fernando de Austria,
tan en peligro en Viena:
… porque aunque V. M. reciba daño al presente, hará grandes
efectos en servicio de Dios y defensión de la fe y del antiguo patrimonio de
sus pasados…
De todas formas, al final el Consejo se cubría las espaldas,
añadiendo esta coletilla:
… siendo esto sin notable perjuicio de los negocios de V. M.[615].
También recomendaba el Consejo de Estado que, puesto que la
empresa era santa, así se pregonase por todo el Reino, que las fuerzas de
guerra estuvieran prestas y que se movilizaran todos los recursos; lo que
obligaba a un mayor ahorro, para dar ejemplo, en los gastos de la Casa real,
que todo parece indicar que se habían disparado con la Emperatriz:
Parece asimismo que V. A. debe tener por bien —añaden los
consejeros, con un toque de alarma ante lo que estaba ocurriendo— de ordenar
los gastos de su Casa y Corte y mesa y vestidos della, porque a exemplo desto
se ordenará todo el Reino…[616]
Porque había que afrontar lo que se venía encima, y el gasto se
suponía enorme. Se pidieron préstamos, acaso por primera vez en el reinado, a
Grandes y prelados. El alto clero que se hallaba entonces en Granada,
acompañando al Emperador, ofreció 30.000 ducados. El obispo de Cuenca prometió
5.000, como resultado de las presiones de la Corte,
…porque en tal caso no conviene alegar pobreza ni otros gastos…[617]
§. Traslado de la corte a Valladolid
Por otros documentos podemos comprobar la exaltación que se produjo en toda
Castilla, ante las noticias divulgadas desde la corte del Emperador. Una
propaganda eficaz, gracias a la cerrada red eclesiástica, con las pastorales de
los obispos y las predicaciones de los párrocos en ciudades, villas y aldeas.
De ese modo, las consignas dadas desde lo alto llegaban a los más recónditos
lugares.
El púlpito probaba su influencia. La consigna recibida desde las más supremas
instituciones la conocemos por la mandada por el Consejo de Estado en aquel
otoño de 1526:
Que se escriba a los Prelados y a los Superiores de las Órdenes
para que hagan que los predicadores y confesores prediquen a los pueblos el
peligro de la Cristiandad y las crueldades que los enemigos de la fe hacen en
la Cristiandad, para los incitar y mover al remedio…
Y no bastaba con la consigna. Era preciso también escoger a los
mejores para aquella prédica:
… y que para ello elijan tales predicadores y personas que sean
de santa vida y buen exemplo…[618]
Eso produjo un formidable movimiento de la opinión pública. Por
toda Castilla se repetían las procesiones, las plegarias, las oraciones. La
gente acudía con donativos. El país se ponía en pie de guerra. El obispo de
Cuenca informaría al Emperador de lo que ocurría en su obispado, el 12 de
diciembre de 1526:
Lo que manda por su primera letra[619] se ha
puesto luego en obra, y en todo este Obispado se hace y hará plegaria a Nuestro
Señor para que quiera perdonar nuestras culpas y dar favor en esta causa, pues
es suya…
¿A quiénes afectaban aquellas medidas? ¿Al mundo del clero? Nada
de eso. Salvo los niños, todo el mundo, de un modo u otro, era movilizado:
Todas las personas deste Obispado que tienen uso de razón, harán
todos los días sacrificio a Nuestro Señor de oración, ayuno o limosna…[620]
Y todo, para mandar hombres y dinero a Viena, donde se hallaba
el infante don Fernando, el que nadie olvidaba que había nacido en plena
Castilla, hacía apenas veintitrés años. Y en el mismo tono respondían el resto
de los obispos de la Corona de Castilla a Carlos V[621].
Y esto sí que es digno de subrayarse, porque constituye una página
prácticamente desconocida de esa historia de Europa que deberíamos escribir
algún día: Castilla, la Castilla de Carlos V, la Castilla imperial si se
quiere, pero no sobrada de recursos, poniéndose en pie de guerra y vaciando sus
bolsillos, no para emprender la conquista de otros Reinos cristianos, sino para
acudir en defensa de Viena, amenazada por el Turco.
Viena, una ciudad tan distante, a 2.000 kilómetros[622] de
Valladolid o de Toledo, cuya suerte sin embargo era sentida como propia por
aquellos castellanos.
Pocas veces Castilla fue más europea que entonces. Una ola de solidaridad con
el afligido pueblo húngaro y con el amenazado pueblo austriaco se extendió por
todo el país.
Y el artífice de ello, la persona cuyo solo nombre aunaba los ánimos
europeístas de Castilla incitándola a los mayores sacrificios, era Carlos V, a
quien se veía como el gran Emperador de la Cristiandad.
Como diría el obispo de Palencia:
… que en sus bienaventurados días sea un ovil y un pastor.
Lo cual era como aspirar a una Cristiandad unida, por encima de
los estrechos nacionalismos; desear una Europa sin fronteras y sobre todo, sin
conflictos. Y así, el buen Obispo añadiría su vivo deseo:
… que los Príncipes cristianos se junten con V. M. en amistad y
paz verdadera, como con monarca y señor que es del mundo, para que sean en
exterminar y perseguir los paganos e infieles…[623]
Sobre esa Castilla enfervorizada caminaría Carlos V, abandonando
su sueño granadino para afrontar la dura realidad desde Valladolid, tal como le
había propuesto el Consejo de Estado.
Un viaje largo, afrontado en pleno invierno que además resultaba más arriesgado
porque la Emperatriz ya llevaba en su seno el que sería el heredero de la
Monarquía.
Carlos V saldría de Granada el 10 de diciembre de 1526, pero antes dejaría
constancia de su protección de la cultura. En efecto, sería imperdonable
olvidar que promovió un Colegio que albergase y adoctrinase a cien niños hijos
de moriscos y que dio la pauta para la fundación de su Universidad, que al fin
abriría sus puertas seis años más tarde, en 1535, con su cédula real de 7 de
noviembre de 1526 enviada al arzobispo don Pedro de Alba, en que le autorizaba
a dictar las ordenanzas
… acerca de la forma e manera como ha de ser el Estudio… que
habemos acordado hacer y edificar en la ciudad de Granada…[624]
El Emperador había recibido la noticia del desastre de Mohacs
muy entrado el mes de octubre. La tardanza se explica no solo por la distancia,
sino porque no le llega directamente, sino a través de su hermano Fernando, que
es quien le pide angustiosamente socorro, al tiempo que le da detalles sobre la
pérdida del Reino húngaro. Posiblemente el César temiera algo, hasta que le
llega la confirmación de la grave amenaza turca desde Italia; lo cierto es que
a fines de octubre empieza a reaccionar, difundiendo la mala nueva por España[625], y
contestando a Fernando sobre algo muy importante: sus intentos por deshacer la
Liga enemiga de Cognac y al tiempo, de negociar con el propio rey de Francia un
nuevo acuerdo[626]. En ese
notable gesto de Carlos V hay que situar también sus tanteos con el propio papa
Clemente VII[627].
Por lo tanto, y eso hay que subrayarlo, Carlos V, abrumado por la magnitud del
desastre húngaro, atendió de inmediato a las indicaciones de su Consejo de
Estado, tratando de frenar la guerra renovada entre los Príncipes cristianos,
para hacer frente al común adversario.
Y en esa línea hay que situar también su traslado a Valladolid, con toda la
Corte y, por supuesto, con la emperatriz Isabel, embarazada ya de más de tres
meses.
Recientemente detallé ese viaje imperial[628]. En él,
Carlos V se adelanta con frecuencia al cortejo que custodia a la Emperatriz,
acaso porque no soporte sus lentas jornadas, acaso por los problemas de
alojamiento de corte tan numerosa; pero con frecuencia desandará lo andado,
para terminar el día al lado de la Emperatriz. El 10 de diciembre pernocta en
Pinos-Puente, el 13 ya está en Jaén, el 16 hace noche en Úbeda. El 23 avista
Toledo, donde descansará cuatro días. Lo mismo hará en Aranjuez, donde lo
encontramos en los primeros días de enero de 1527; no en vano, tanto Toledo
como Aranjuez, poseían palacios regios. Del 5 al 10 de enero estará entre
Madrid y El Pardo. Franqueará el sistema central a mediados de enero por
Somosierra, y el 24 duerme al fin en Valladolid[629]. Se
anticipa a su mujer y, conforme a su costumbre, volverá por ella —que ya estaba
en Segovia— para acompañarla ya hasta la villa del Pisuerga, aunque entrasen
por separado.
Y desde allí, desde ese corazón de Castilla, Carlos V se dispone a afrontar la
temible crisis abierta en tantos frentes, convocando a las Cortes del Reino.
§. Las Cortes de Valladolid en 1527
La gravedad de la situación se reflejaría en la llamada a Cortes generales por
parte del César, cosa muy poco frecuente, y que no se había hecho desde las de
1480 con los Reyes Católicos[630], pero de
lo que no nos cabe duda, por la respuesta de algunos de los convocados. Así, el
obispo de Cuenca se disculpa de acudir por su enfermedad y dice:
… si es posible, yo querría y suplico que sea relevado
deste camino, pues los que concurrirán en las Cortes generales sabrán más de lo
que en tal caso conviene que yo. Pero si a V. M. todavía parece que yo no debo
rehusar el camino, haré lo que manda, aunque se ponga la vida en peligro…[631]
Es particularmente importante el discurso de la Corona,
inspirado sin duda por el gran canciller Mercurino de Gattinara, como
presidente de aquellas Cortes. Por él nos enteramos, o si se quiere mejor, nos
confirmamos en la idea de que Carlos V pensaba pasar aquel invierno en Granada[632]. Pero
sobre todo, dándonos la visión de aquella Europa aterrada por el avance turco.
En el discurso se da cuenta también, como era habitual, de los últimos sucesos
más destacados que habían ocurrido en la Monarquía. Es notable, a este
respecto, la referencia que se hace a la liberación del Rey francés, dado que a
poco había removido otra vez la guerra, y podía tomarse como una ligereza de
Carlos V. Y así nos dice cómo el Emperador se mostró clemente, pero previa
consulta con sus ministros y con la alta nobleza que se hallaba en la Corte:
… habido sobre ello el consejo y parecer de algunos Grandes de
estos Reinos que a la sazón en esta Corte se hallaron y de otras personas de su
Consejo…[633]
¿Cómo podía Carlos V haberse fiado tan ingenuamente del Rey
francés? También para esto se daba una respuesta honorable:
… juzgando por su corazón el ajeno…
El resultado había sido que Francisco I «pospuesto su honor», se
había aliado con el Papa y con otros potentados de Italia para hacerle la
guerra, cuando el enemigo común entraba por Hungría. En ese orden de cosas,
Carlos V en cambio se comprometía a esforzarse en hacer
… todas las otras cosas que convengan para la paz universal de
la Cristiandad…
No se olvida Gattinara de contar a los procuradores lo que había
ocurrido con el desastre húngaro de Mohacs: Buda tomada, la tierra asolada, la
propia Austria amenazada. Uniéndose a ello la despiadada acción del vencedor:
muerte de todos los hombres y mujeres mayores de los trece años, cautiverio de
los niños para ser llevados a Constantinopla, la tierra quemada, los templos
profanados, las mujeres forzadas primero y después descabezadas. Y lo que era
peor: un futuro de nuevas incursiones con nuevos desastres, pues bastaba hacer
el recuento desde los pocos años que gobernaba Solimán: 1521, toma de Belgrado;
1522, toma de Rodas; 1523, Moldavia y finalmente Hungría. Nunca se había visto
tal poder, ni en los tiempos antiguos, con Alejandro el Magno y con los emperadores
romanos, de forma que se podía temer de él que quisiere
la monarquía de todo el mundo…
Y es en ese momento cuando Gattinara extrema su elocuencia, que
en otra parte hemos comentado, con ánimo de enfervorizar a las Cortes
castellanas para que ayuden a la gran hazaña, puesto que aquella empresa de
combatir al Turco en el centro de Europa tanto les afectaba.
… por donde a Su Majestad por la sangre y a sus súbditos y a
España principalmente parece este negocio pertenecer…
Empresa arriesgada, dificilísima, asaz aventurada; pero la que
solo España podía acometer:
… tanto, que se podrá lícitamente decir aquello: no podrá acabar
lo que no quisiere comenzar, y de la gloria que dejare de alcanzar, no a la
natura ni a la fortuna, mas a sí misma podrá culpar…[634]
Es más, como la tiranía del Turco era tan grande y los pueblos
que había sometido estaban tan desesperados, bastaría una sola victoria para
ganar aquel Imperio, incluida la Tierra Santa:
… con sola una batalla ganaría Su Majestad todas las provincias
que el Turco posee, y entre ellas, aquella Tierra Santa donde fue el principio
de nuestra religión cristiana…[635]
¿Cuál fue el resultado? Solo el brazo eclesiástico se mostró
pronto al esfuerzo económico que se le pedía, pero no la alta nobleza ni las
mismas Cortes. La alta nobleza porque aquello sería vulnerar sus privilegios,
que las dejaban al margen de pagar los servicios. Y las Cortes, porque aún no
se habían acabado de pagar los servicios votados en 1525.
Porque esa era la cuestión: las Cortes se reunían cada tres años, y ese plazo
no se había cumplido todavía en 1527.
La resistencia de la alta nobleza hay que matizarla: la respuesta que aquellos
magnates dieron al Emperador es que no rehusaban acudir con sus armas al
servicio del César si se ponía en campaña «con personas y hacienda»; pero que
pagar tributo por imposición de las Cortes era contrario a los privilegios
ganados por sus antepasados con tantas hazañas libradas en el campo de batalla.
En cuanto al clero, si bien tuvo otro comportamiento (30.000 ducados ofrecidos
desde el primer momento en Granada por los prelados que estaban en la Corte,
5.000 del obispo de Cuenca, 1.000 del de Palencia, 12.000 por la Orden
benedictina), al fin enfriaron su entusiasmo porque al estar Carlos V en guerra
con Roma, bien se podía temer que aquello sirviera más para combatir al Papa
que al Turco.
Quedaba el pueblo llano, el pueblo pechero, en definitiva, el que solía pagar
los servicios votados por las Cortes. Y en aquel caso no eran disculpas por uno
u otro signo, sino auténtica penuria. Y de tal modo era así, que los
procuradores hicieron ver al Emperador que ni siquiera se había podido pagar el
servicio de 400.000 ducados con que se le había servido con motivo de sus
bodas, aprobado en las Cortes pasadas de 1525.
Y Carlos V hubo de comprenderlo. Aquí es notable el comentario que Sandoval nos
transmite:
… no les dijo palabra desabrida, ni aun les mostró mal rostro…[636]
De ese modo, el entusiasmo inicial del otoño de 1526 para acudir
a la guerra contra el Turco fue enfriándose. ¿Por qué? Sin duda, por la
presencia de Roma entre los enemigos de Carlos V.
Eso confundió a Castilla.
§. El nacimiento del heredero
La emperatriz Isabel hizo su entrada en Valladolid el 22 de febrero, ante la
expectación popular que la vio pasar por sus calles en litera, llevada a
hombros de 24 porteadores que se iban rotando. Y con tal gravedad en su marcha,
cuidadosos de lo que llevaban, con la Emperatriz ya en estado, que más bien
parecía un cortejo fúnebre.
Un testigo comentaría asombrado:
Nunca vi un espectáculo semejante[637].
Y al fin llegó el día tan esperado. Y al punto, Carlos V daría
cuenta de ello a la opinión pública. Era la alegría de todo padre de familia,
pero era también dar la buena nueva tan anhelada por España entera: había
nacido el príncipe de las Españas, y lo había hecho en el corazón de Castilla
la Vieja.
En este momento el historiador se ve obligado a alzar su pluma para
reflexionar. No puede, sin más, dar cuenta de algo que tan profundamente afectó
a la vida de Carlos V.
Aquel joven Emperador de 27 años iba a pasar por uno de los momentos decisivos
de su vida: la paternidad. Algo siempre formidable y a la vez inquietante, que
nos asombra, nos alegra y nos estremece a un tiempo. Y eso a cualquier ser
humano, pero con un significado especial para quien era emperador y rey de las
Españas. Incluso más como soberano de la Monarquía Católica que como César,
pues era donde aquel nacimiento suponía la sucesión a la Corona.
De ese modo las horas previas fueron interminables con la preocupación añadida
de aquellos alumbramientos tan peligrosos. Los primeros síntomas del parto se
iniciaron a medianoche del 21 de mayo. Un parto que se prolongó a lo largo de
aquella noche y de la mañana siguiente, ¡durante dieciséis horas!
Un parto laborioso, pues, y por supuesto, doloroso. Sin embargo, nadie oyó un
solo quejido a la Emperatriz. Con la mentalidad propia de la época de que los
altos cargos tenían también servidumbres, tenía bien presente que ella, como
Emperatriz, había de sobreponerse al dolor, no podía mostrarse como una parturienta
cualquiera. De ahí que su respuesta tenga un cierto significado por encima de
lo anecdótico, cuando al ser instada a que no reprimiese sus gritos (lo que,
además, le ayudaría al parto de su hijo), replicó:
Antes morir.
Y añadió en su lengua
Eu morrerey, mais non gritarey.
Al fin, a las cuatro de la tarde de aquel 21 de mayo de 1527,
Isabel paría su primer hijo. ¡Y era varón! Con qué alborozo recibiría Carlos V
la noticia se puede entender; quedaría reflejada en las cartas que
inmediatamente hizo circular por toda España:
Porque sé el placer y alegría que dello haréis…
Así empezaban sus cartas, de las que tenemos abundantes muestras[638]. Eran el
placer y la alegría que él también sentía, como padre y como rey. No era solo
un sentimiento familiar. La nueva tenía una gran carga política, y Carlos lo
sabía:
Espero en Dios que sea para su servicio y gran bien destos Reinos…
Pero adviértase que Carlos V no dice nada, en esta primera información, sobre
el estado de la Emperatriz; solo la noticia escueta del parto:
… os hago saber que ha placido a Nuestro Señor de alumbrar a la
Emperatriz y Reina, mi muy cara e muy amada mujer: parió hoy martes, veinte y
uno del presente, un hijo…
Y ello, porque había quedado tan quebrantada que cualquier cosa
se podía temer.
Dos días más tarde, cuando el peligro ha pasado, Carlos da ya la noticia
completa:
Amados y fieles nuestros —escribiría el Emperador a la ciudad de
Barcelona, el 23 de mayo—: A Nuestro Señor ha placido alumbrar a la Serenísima
Emperatriz, nuestra muy cara y muy amada mujer, con un hijo, que parió a los
XXI del presente…
Y añade más tranquilo:
La cual —la Emperatriz—, aunque ha pasado harto trabajo, queda
ya, loores a Dios, muy buena. [639]
No cabía duda: la Emperatriz había pasado «harto trabajo» en
aquella tarea suya de dar al Emperador su primer hijo, que había durado nada
menos que dieciséis horas. Pero a la postre, todo había salido bien, y Carlos,
Carlos el hombre y Carlos el rey, reventaba de gozo y no paraba en hacer
proyectos de las más resonantes fiestas. Por lo pronto, en aquella Corte
caballeresca, torneos y más torneos con centenares de participantes. ¿Acaso no
había nacido el hijo y heredero del emperador de la Cristiandad? Pues en algo
se tenía que notar[640].
Por lo pronto, la primera de ellas, la fiesta cristiana: el bautizo del
Príncipe. Así se hizo a los quince días de su nacimiento, el 5 de junio y en la
cercana iglesia de San Pablo, sacando la criatura por la ventana de su aposento
que daba a la iglesia y cuyas rejas cortadas nos dan todavía el testimonio de
aquel episodio[641].
Fue un acontecimiento celebrado fastuosamente, para maravillar al pueblo. En
realidad, no se trataba de una mera función religiosa, sino que estaba doblada
con otra de signo político: ya la Monarquía tenía su heredero, y eso había que
hacerlo público y con el mayor boato posible. Era una de las formas posibles de
hacer propaganda del sistema, afianzando la Corona en las Españas, al proclamar
que se estaba hispanizando la dinastía.
Y, en el fondo, de eso se trataba. En tal cuestión coinciden la propaganda oficial
y los testimonios más modestos, lo que está ocurriendo en la Corte y el eco que
se produce en los rincones más perdidos del perdido mundo rural. Carlos V lo
indicaría en sus cartas del momento; de aquel hijo se originaría
… mucho servicio [de Dios], establecimiento de beneficio
público y reposo de nuestros Reinos y Señoríos…[642]
Por lo tanto, el bien común más preciado: la paz, el reposo del Reino, dejando
ya para el olvido alteraciones tan graves como las provocadas por las
Comunidades castellanas.
Era como si, habiendo dado al país aquel heredero, tenido con la Princesa de
Portugal tal como le habían pedido los castellanos, Carlos V hubiera firmado ya
un pacto callado con sus súbditos de paz y concordia. Algo que el buen pueblo
reflejaría también a su modo, como cuando el humilde párroco rural de
Villoruela insertaba la noticia en sus libros sacramentales, a principios de
junio de aquel año, diciendo que había nacido:
… el Príncipe de Castilla… [643]
Alborozo general, pues, culminado el 5 de junio cuando el
Príncipe fue bautizado en la cercana iglesia de San Pablo.
Un fastuoso cortejo se puso en marcha, ante un público expectante, y por un
doble motivo: por asistir a espectáculo tan llamativo, de cuyo calado histórico
se daba cuenta, y porque la pregunta que estaba en el aire era cuál había de
ser el nombre del nuevo cristiano. Si hemos de creer al cronista Sandoval,
todos esperaban y deseaban el sonoro de Fernando, que lo ligaba a la figura
legendaria de Fernando III el Santo, el conquistador de Sevilla, y al tan
reciente de Fernando el Católico, el conquistador de Granada.
Y para hacer fuerza, el duque de Alba lo decía en voz bien alta:
¡Fernando ha el nombre![644][
Pero eso era desconocer a Carlos V y lo fiel que era a sus
principios. En su hijo quería rendir el homenaje al padre que tan joven se le
había ido.
Y de ese modo, la elección era segura: daba comienzo la historia de Felipe II[645].
Y, en un principio, con tal alborozo, que Carlos V —ya lo hemos visto— no
paraba de proyectar más y más festejos, y de los más sonados.
Cuando de pronto, la Corte se vio sacudida por una noticia sorprendente, de
esas que confunden y que escandalizan a un tiempo.
Pues había ocurrido que las tropas imperiales habían puesto cerco a Roma y la
habían asaltado. El propio Papa había sido cogido prisionero. Y todo se podía
temer de un ejército sin control, pues su jefe, el duque de Borbón, había
muerto en el empeño.
De ese modo, bruscamente, las luces se tornaron en sombras.
§. Roma anhelada, Roma violada
Por lo tanto, el gran escándalo enturbiándolo todo.
¿Qué había pasado? ¿Cómo había sido posible que las tropas del Emperador de la
Cristiandad, que al tiempo era el rey católico de las Españas, hubieran
realizado tamaño disparate? A principios del año, hacia enero de 1527, todo
apuntaba a que el ejército imperial acudiría a marchas forzadas a la frontera
húngara. Eso era lo que se traslucía de la propaganda que hemos comentado, lo
que había anunciado el canciller Gattinara ante las Cortes de Castilla.
Entonces, ¿qué había ocurrido?
De entrada, el frente húngaro se había estabilizado. La siguiente ofensiva
turca que se temía para la campaña de 1527 no se puso en marcha. Es más, el
pretendiente al trono húngaro Juan Zapolya, rival de Fernando I, fue derrotado
en la acción de Tolday, mientras la Dieta proclamaba en Presburgo como su
legítimo rey a Fernando. Zapolya era el usurpador; un usurpador que,
desesperado, buscaría ya abiertamente la protección del Turco.
Por su parte, Francisco I sufriría un proceso distinto. Agobiado por la
responsabilidad que le cabía por la ruina de Hungría, permanecería como
paralizado, dando un respiro al Emperador. De momento, se mostró más activa su
diplomacia que su ejército. Conforme a un esquema casi tan viejo como el hombre
para casos similares, presentó a la opinión pública la ruina de Hungría como
una consecuencia de la actitud del Emperador. Escondiendo sus tratos con la
Puerta, se dolió del desastre de Mohacs donde solo había un culpable: Carlos V.
Es una proclama de Francisco I que muestra hasta qué punto la política del Renacimiento
conocía bien la técnica de pasar de ser acusado al papel de acusador:
Carlos ha rechazado condiciones de paz honrosas —declararía el
Rey—. Ni las calamidades públicas, ni la muerte de su cuñado, el rey Luis, ni
los infortunios de su hermana, la desventurada viuda, logran conmoverle…
Un Emperador, por tanto, inhumano, capaz de sacrificar a su
propia familia, de espaldas a los sufrimientos de la Cristiandad, y solo atento
a lograr sus ambiciones políticas. Diríase que era Carlos V el que había
instado a Solimán a llevar a cabo su ofensiva sobre Hungría.
Y de ese modo, Francisco I concluiría:
Habríamos podido rechazar al infiel reuniendo todas nuestras
fuerzas, solo con que el Emperador hubiera querido…[646]
La inactividad del Turco en aquel año; el afianzamiento,
momentáneo al menos, del frente húngaro, y el encogimiento de Francisco I,
intimidado porque le salpicara la sangre cristiana derramada en Hungría, dejó
en libertad de acción al ejército imperial mandado por el duque de Borbón.
El Duque, tras engrosar sus fuerzas con un importante contingente de
landsquenetes alemanes, mandados por el luterano Frundsberg[647],
desarrolló una fuerte ofensiva: recuperó Milán —la desventurada capital de
Lombardía, pasando tantas veces de manos imperiales a las francesas y
viceversa— y, repentinamente, tomó rumbo al sur.
Su objetivo, a partir de ese momento, era claro: Roma.
A su vez, otro personaje imperial, Hugo de Moncada, había acudido a la Ciudad
Eterna con una misión del Emperador: hacer entrar en razón al papa Clemente VII
o, en caso contrario, aliarse con sus enemigos los Colonnas, para hacer la
guerra, si fuera necesario, al propio Pontífice.
Hugo de Moncada había obtenido un primer éxito ya en septiembre de 1526,
entrando por la fuerza en Roma y obligando a Clemente VII a una tregua de
cuatro meses, que le venía a sacar de la Liga de Cognac[648].
No por mucho tiempo. En aquel tejer y destejer, Clemente VII, en cuanto se vio
libre de la presión española, rehízo su poder en Roma, fortificó
apresuradamente la gran ciudad y procedió a una dura persecución de los
Colonnas y sus aliados.
La tirantez entre las dos cabezas de la Cristiandad llegó a tales extremos, que
el 12 de diciembre de 1526 el secretario de la embajada imperial en Roma
entregó al consistorio cardenalicio un escrito del Emperador exigiendo la
convocatoria de un Concilio, como el remedio mejor para salir de aquella
crisis.
El Concilio: ese era el fantasma que más asustaba al Papado, y concretamente a
Clemente VII, tan vulnerable por su belicosa actitud, que le apartaba de sus
sagradas obligaciones de pastor de toda la Cristiandad.
Entretanto, Carlos de Lannoy, el entonces virrey de Nápoles, reuniría un
pequeño ejército entre españoles de los tercios viejos y mercenarios alemanes,
con el que amenazaba a Roma por el sur.
Y eso fue lo que confundió a Clemente VII, más atento a combatir ese peligro
meridional, cuando el gran nublado era el que se iba formando en el norte,
donde el duque de Borbón había reunido un temible ejército que, si nos atenemos
a las cifras que nos da el fidedigno cronista Santa Cruz, estaba integrado por
18.000 mercenarios alemanes, 10.000 españoles (unos tres tercios viejos), 6.000
italianos y 5.000 suizos, amén de 6.500 caballos y el correspondiente tren de
artillería. Y aunque parte de esas fuerzas quedaron con Antonio Leyva de
guarnición en Milán, todavía el duque de Borbón pudo acaudillar en torno a los
25.000 soldados, con los que emprendió una audaz incursión hacia el sur. Y con
él, otros capitanes destacados: Frundsberg, al mando de los landsquenetes
alemanes; el marqués del Vasto, al frente de los tercios viejos españoles;
Orange, dirigiendo la caballería ligera y Fernando Gonzaga, comandando los
mercenarios italianos.
Una amenaza tan fuerte sobre una Italia prácticamente inerme suponía conquistas
fáciles de las opulentas ciudades italianas. Era el señuelo del botín a manos
llenas, así que aquel ejército pronto se engrosó con gran número de
aventureros, a modo de gigantesca bola de nieve[649].
Un ansia de botín incrementada por la falta de pagas, lo que llevó al
amotinamiento de los mercenarios alemanes. En vano se dirigió a ellos
Frundsberg para apaciguarlos; sus propios soldados se revolvieron contra él. A
partir de ese momento, el ejército imperial, cada vez más enfurecido, se
convirtió en una temible banda armada que arrastraba a sus propios jefes.
Atravesó Toscana, sorteando Florencia, devastando todo el territorio, con un
objetivo fijo: Roma.
Ante la ciudad santa exigieron un fuerte rescate al Papa: 300.000 ducados.
Clemente VII solo pudo ofrecerles 150.000. Resultado, el asalto a Roma. Y para
colmo de males, en el asalto pereció el duque de Borbón dejando ya Roma a
merced de un ejército sin jefe, convertido así en un terrible cuerpo de bandidos:
profanaciones de templos, violaciones de mujeres, matanzas indiscriminadas de
los romanos, incendios y pillajes sin cuento.
Un auténtico horror que parecía no tener fin, con el Papa cercado en el
castillo de Sant’ Angelo.
Sería el saco de Roma, que quedaría ya en el recuerdo de las gentes como uno de
los acontecimientos más sangrientos de todo el Renacimiento.
Aquella Roma, tan anhelada por Carlos V, había caído arrasada y violada por sus
propios soldados.
Un horror, un error también, un escándalo. Y de todo ello, Carlos V tendría que
justificarse.
En los Diálogos de Alfonso de Valdés, el personaje que toma a
su cargo la acusación de la Iglesia contra Carlos V, nos da buena idea del
estupor producido en la grey cristiana. Después de recordar que los bárbaros
habían respetado Roma, añade:
… agora nuestros cristianos (aunque no sé si son dignos de tal
nombre) ni han dexado iglesias, ni han dexado monasterios, ni han dexado
sagrarios. Todo lo han violado, todo lo han robado, todo lo han profanado, que
me maravillo cómo la tierra no se hunde con ellos…
Si tal había hecho el ejército imperial, ¿qué podían pensar los
enemigos de la Iglesia, fuesen turcos, moros, judíos o luteranos? De donde el
Arcediano del diálogo valdesiano vuelca sus reproches contra Carlos V:
¿Esta era la defensa que esperaba la Sede apostólica de su
defensor? ¿Esta era la honra que esperaba España de su Rey tan poderoso? ¿Esta
era, la gloria, este era el bien, este era el acrecentamiento que esperaba toda
la Cristiandad? ¿Para esto juntaron tantos reinos y señoríos debaxo de su
señor?
Y el reproche máximo, el reproche postrero, el que estaba en
todas las bocas:
¿Para esto fue elegido emperador?[650].
Ante esa situación tan, tan difícil, era preciso, y a la máxima
urgencia, justificar la política imperial. En suma, aplicar el remedio de una
propaganda eficaz. Fue la orden que recibió Gattinara, quien encontró el hombre
adecuado: el humanista Alfonso de Valdés.
§. La justificación imperial
En efecto, es entonces cuando alcanza todo su protagonismo el hasta entonces
modesto secretario de cartas latinas de la cancillería imperial, Alfonso de
Valdés. Hoy sabemos que fue al erasmista español al que Gattinara confió la
respuesta que el 17 de septiembre de 1526 dio el Emperador al Breve pontificio
del 23 de junio en que Clemente VII acusaba tan grave e injustamente a Carlos V[651].
Fijémonos, pues, unos instantes en la figura de ese humanista, en quien va a
recaer la defensa del Emperador en momento tan delicado.
Con Alfonso de Valdés nos encontramos con un intelectual integrado en el poder.
Evidentemente, para un hidalgo de escasos recursos económicos, el entrar en la
nómina del Estado como secretario de cartas latinas —posiblemente gracias al
apoyo del prepotente canciller Gattinara— era algo muy deseable, si bien su
cargo burocrático era de tono menor, con escaso —o más bien, nulo— poder
decisorio. No se trata, pues, de alguien al que se le ofrezca el poder a manos
llenas, como sería el caso de su contemporáneo, el inglés Thomas More. Pero en
cierta medida podemos afirmar que estaba cercano al poder, lo que hizo que en
un momento dado sintiera la tentación —como le ha ocurrido a tantos otros
intelectuales, antes y después de su tiempo— de intervenir en el curso de la
gran Historia.
La gran Historia, de acuerdo. Pero de momento yo me referiré a otra más
modesta, la de aquellos intelectuales que quisieron probar fortuna metiendo su
mano en los destinos de los pueblos; una tendencia que tenía ya cerca de dos
mil años de existencia cuando Alfonso de Valdés asoma en el panorama político
español, desde que el divino Platón lo había intentado en el siglo IV antes de
Cristo. Porque, ¿acaso no debe tratar el intelectual de poner un poco de orden
en el ámbito político que le toca en suerte vivir? ¿No es su obligación
racionalizar, en definitiva, el proceso político? La política es algo muy serio,
como suele decirse, para dejarla sin más en manos de los políticos de turno.
Añádase que, en el caso de Valdés, subyacía otra inquietante cuestión: ¿es
lícito colaborar con un régimen con el que no se está plenamente identificado?
Está claro que él no lo haría por ambición, sino forzado por la necesidad, pero
también que era consciente de que la Monarquía autoritaria que regía Carlos V
no respondía al ideal político marcado por Erasmo en aquella Institutio
principis christiani que había dedicado a su señor en 1516, cuando le
vio heredar la Monarquía Católica y convertirse en el soberano más poderoso de
la Cristiandad. Aun así, la pregunta resulta inexcusable: ¿le era lícito
colaborar con un poder autoritario y belicista, que chocaba frontalmente con sus
principios cristianos? ¿Es que sus intentos de cambiarlo, por otra parte
claramente ilusorios, no eran más que una justificación para su conciencia?
No intentaremos responder, de momento al menos, a estas interrogantes. Ya
veremos, en todo caso, que cuando el poder le utiliza, Valdés se dejará
manejar, pero pasando una factura: poniendo en circulación lo mejor y más
granado de su idearium erasmista. Y que, desde luego, eso lo
haría con alto riesgo, que no en vano acechaba entonces en España los pasos y
andaduras de todo intelectual la poderosa Inquisición.
Porque el intelectual, el sabio si se quiere, es el que establece
cuidadosamente cuáles son las condiciones que deben darse y cuáles los
requisitos que deben pedirse a la República ideal. Y en cuanto eso hace, con
gran frecuencia siente la tentación de ir a la aplicación directa de sus
fórmulas, interviniendo de lleno en la cosa pública.
Era y será aquello que se lee en La República de Platón:
Construyamos de palabra una ciudad desde sus cimientos.
Para que el pensamiento, claro, preceda a la acción.
Por lo tanto, el pensador convirtiéndose en hombre de acción. Pero también
cabía otra fórmula: aquella de la alianza entre ambos. Tal nos lo señala nada
menos que Luis Vives, en una reveladora carta dirigida al rey Juan III de
Portugal, en la que hace referencia:
… a la convivencia obligada entre los estudiosos y los
príncipes, que no son dos clases de hombres que vivan desconocidos e
independientes, sino que se impone que estén ligados por una tan estrecha
solidaridad, que los unos sean apoyo de los otros y se presten ayuda recíproca…[652]
Y los hechos iban a dar pronto la razón a Luis Vives, cuando se
desencadenó en mayo de 1527 la furia del saco de Roma. Pues fue entonces cuando
se puso de manifiesto lo que de verdad había en la carta de Luis Vives a Juan
III de Portugal; esto es, la importancia que tenían las buenas relaciones entre
los príncipes y los humanistas. Pues los príncipes, con su mecenazgo, hacían
posible el estudio de los sabios, pero estos estaban en condiciones de dar algo
a cambio: los servicios de su pluma.
Evidentemente ese papel de los humanistas, en situaciones como las provocadas
por el saco de Roma, adquiría particular importancia. Porque el escándalo
producido en toda la Cristiandad había sido de tal magnitud —ahí era nada, que
las tropas imperiales hubieran asaltado Roma, poniéndola a infernal saqueo—,
que se imponía saltar a la palestra para descargar a Carlos V de tan penosa
responsabilidad. Sabemos, por ejemplo, que Juan III de Portugal, que tan
entrañablemente estaba unido al Emperador, tanto por su matrimonio con Catalina,
la hermana menor del César, como porque su propia hermana Isabel fuera la misma
Emperatriz, no se cansa de pedir a su embajador en la Corte imperial, Antonio
d’Azevedo, que le dé más y más detalles: ¿Había censurado Carlos V el
comportamiento de su ejército? ¿Cuál sería su proceder con el Papa? Y quizá la
pregunta más significativa de todas, en relación con el alcance de aquella
noticia a nivel europeo: ¿Cómo se suponía que iban a reaccionar las dos grandes
potencias de la Cristiandad, Francia e Inglaterra? Tales eran las preguntas que
el rey portugués formulaba a su embajador desde Lisboa, el 19 de julio de 1527[653].
El propio Carlos V muestra su disgusto, no exento de un cierto sentimiento de
culpabilidad, cuando en sus Memorias recuerda aquellos hechos
diciendo:
… que lo que había ocurrido sobre su detención —la del papa
Clemente VII— había sido más por culpa de los que le habían obligado a mandar
para defenderse tanta gente de guerra (de la que no había sido bien obedecido),
que de la suya…[654]
Está claro que el pesar, y no solo el pesar sino también la
perplejidad, habían embargado a Carlos V. Al punto mandaría cartas a todos los
príncipes de la Cristiandad, cartas escritas en el lenguaje cancilleresco de la
época, el latín, en las que daría su propia versión de los acontecimientos,
justificándose por supuesto, pero también condoliéndose. Precisamente fue a
nuestro humanista Alfonso de Valdés al que correspondió, como secretario de
cartas latinas, redactar dichas cartas, de una de las cuales nos daría su
versión romance en su Diálogo de Mercurio y Carón, tantas veces
citado. Y en ella terminaba haciendo decir a Carlos V:
… que verdaderamente quisiéramos mucho más no vencer que quedar
con tal victoria vencedor.
En tal carta el humanista pondría, orgulloso, su nombre debajo
del de su señor. El saco de Roma puso a Carlos V en la imperiosa necesidad de
defenderse ante la opinión pública. Pues aquel acontecimiento no se podía
esconder. Que las tropas imperiales hubieran asaltado la ciudad santa de la
Cristiandad, ante cuyos muros se habían detenido con respeto los más fieros
invasores de Italia, era algo que resultaba verdaderamente increíble y que, por
ello, podía volverse peligrosamente en su contra.
Entonces entraría en juego el humanista. Y así fue cuando Alfonso de Valdés
puso su pluma al servicio imperial, creando esos dos monumentos de nuestra
lengua del Quinientos, sus célebres escritos: el interesantísimo Diálogo
de las cosas ocurridas en Roma, que resulta además una fuente única para el
conocimiento de los entresijos de la diplomacia carolina, y el espléndido Diálogo
de Mercurio y Carón, sin duda su obra maestra.
Pero el humanista haría algo más que defender a su señor. Comprendiendo que
tenía a su alcance una ocasión inmejorable para poner en circulación todas sus
ideas de corte erasmista, tanto sobre religión como sobre política, lo llevaría
a cabo con notable arrojo. Lo cual le traería no pocos quebraderos de cabeza,
como tendremos ocasión de comprobar.
§. Alfonso Valdés al servicio del poder: La defensa de Carlos V
Comunicar a las demás Cortes europeas lo que había ocurrido en Roma era del
todo punto necesario, pero no suficiente. Era preciso añadir una hábil tarea de
propaganda, sobre todo en función del mercado interior. Pues los Estados
siempre se han visto obligados a atender la información pública. De la
abrumadora serie de noticias que llegan a su seno —muchas engendradas por él
mismo— tiene que devolver lo más urgente a la sociedad que le sustenta. En
cuanto a las buenas nuevas, se entiende que no hay mayores problemas, si no es
el de magnificarlas adecuadamente, para la mayor gloria de quienes detentan el
poder; pero con las adversas, otro es el cantar. De buena gana el poder las
silenciaría, pero a poco talento que tenga el príncipe —o quien haga sus veces—
sabe que eso es más peligroso todavía, porque a la postre la noticia se cuela,
y el daño es mayor. Por lo tanto, el problema consiste en devolver lo más
hábilmente posible esa noticia. En otras palabras, no se dice todo, y aun lo
que se dice se expresa con particular cautela. Porque la propaganda es un arma
que hay que saber manejar, dado que el poder ha de tener en cuenta a la opinión
pública, y debe asegurársela a su favor, para actuar con un mínimo de eficacia.
De otro modo, pueden ser muy problemáticas sus victorias, tanto en el campo de
la diplomacia como en el de la misma guerra.
De todo ello existen numerosos ejemplos, algunos que podrían sacarse del propio
siglo XVI. Bastaría el contraste entre cómo se orienta ese escándalo del saco
de Roma por la Cancillería imperial y cómo lo hace la filipina cuando ha de
afrontar otro gravísimo suceso; en este caso, el de la prisión y muerte del
príncipe don Carlos. La imagen que todavía campea sobre uno y otro monarca
—sobre Carlos V y sobre Felipe II—, tan favorable al primero como dudosa
(cuando menos) respecto al segundo es, en buena medida, fruto de una batalla en
el campo de la información, resuelta con mejor suerte en los tiempos carolinos
que en los de su hijo Felipe.
Con estas consideraciones, comprenderemos mejor que Alfonso de Valdés, bien a
petición de sus amigos —como le escribe a Erasmo—, bien bajo la presión del
poder — ¿Gattinara?—, tome a su cargo la defensa imperial, a través de sus
dos Diálogos ya señalados.
Sabemos cuál será su técnica y cuál su planteamiento. Así, en el dedicado al
saco de Roma, tras resaltar la inocencia del Emperador, irá más allá; buscará
la verdadera causa de aquel desastre, encontrando los designios de Dios, que de
ese modo castigaría las iniquidades de Roma. En el Diálogo de Mercurio
y Carón, Alfonso de Valdés busca la defensa de Carlos V por su actitud en
un asunto que podría parecer de menor cuantía: en el desafío de que había sido
objeto por parte de los reyes de Francia y de Inglaterra. En el fondo, se
debate un tema mucho mayor: el de la paz. Y, además, con unos argumentos que se
nos antojan muy actuales: sustituir en todo caso la guerra de los pueblos por
el combate personal de sus príncipes[655].
Pues habiendo recibido el Emperador un desafío de Francisco I, conforme a los
usos caballerescos, pero con el defecto de forma de que el francés no lo podía
llevar a cabo, puesto que se hallaba en la situación de libertad condicionada
al cumplimiento de lo pactado en el Tratado de Madrid, el Emperador contestaría
en estos términos al emisario del monarca galo:
Rey de armas: Aunque por muchas causas y razones el Rey, vuestro
amo, debe ser tenido y es inhábil… para un acto como este contra cualquier
hombre, quanto más contra mí, todavía por el deseo que yo tengo de averiguar
por mi persona estas diferencias, evitando mayor derramamiento de sangre
cristiana, consiento que el Rey, vuestro amo, haga este acto y desde agora lo
habilito solamente para él[656].
En cuanto al espinoso tema de las responsabilidades por el saco
de Roma, el razonamiento de Valdés será terminante: no había sido su señor el
culpable, pues siempre había deseado la paz en la Cristiandad, sino quienes
declarando la guerra habían desatado todos aquellos males. Y en el Diálogo
de las cosas ocurridas en Roma, después de que el Arcediano que viene de
allí, contando todos los horrores del saqueo, y después de zaherir fuertemente
al Emperador (« ¿Esta era la honra que esperaba España de su Rey tan poderoso?
¿Esta era la gloria, este era el bien, este era el acrecentamiento que esperaba
toda la Cristiandad? ¿Para esto adquirieron sus abuelos el título de
Católicos?»), Valdés sale en defensa de su señor, diciendo:
… cómo el Emperador ninguna culpa tiene en lo que en Roma se ha
hecho. Y lo segundo, cómo todo lo que ha acaecido ha seído por manifiesto
juicio de Dios, para castigar aquella ciudad, donde con grande inominia de la
religión cristiana, reinaban todos los vicios que la malicia de los hombres
podía inventar…
Lo cual, además, tenía un fin: que despertasen los cristianos, y
que de una vez por todas viviesen como tales, «pues tanto nos preciamos deste
nombre»[657].
Una vez descargado el Emperador de toda culpa, Valdés toma a su cargo hacer su
elogio. Los españoles tenían la rara fortuna de ser regidos por el mejor de los
príncipes, tanto por su dignidad como por sus sentimientos: «Tiene —España— tal
príncipe, que él es causa de toda su felicidad». Tanto imponía su aspecto, pese
a su juventud —pues contaba entonces solo veintisiete años—, que nadie osaba
reírse en su presencia. Amante de la paz, solo entraba en la guerra cuando era
empujado a ella por sus enemigos. Y, en fin, era tanto lo que podía esperarse
de él, que Valdés volcará sobre su soberano el desmedido elogio, que tanto
censurarían sus enemigos: si Jesucristo había fundado la Iglesia, él, Carlos,
era solo quien podía restaurarla. Dicho con sus propias palabras:
… decirse ha hasta la fin del mundo que Jesucristo formó la
Iglesia y el emperador Carlos V la restauró…[658]
Se comprende que el nuncio Castiglione reaccionara con tanta
indignación ante tales afirmaciones, y que pidiera para su autor el mayor de
los rigores inquisitoriales.
§. El erasmismo español intenta captar a Carlos V
Dentro de aquella furia guerrera que trastorna a Europa, se aprecia un curioso
intento del erasmismo español por captar a Carlos V en ese final de la década
de los años veinte que es digno de recogerse, por lo que nos aclara sobre el
Emperador. Tal intento correría a cargo de Alfonso de Valdés. Se ha dicho que
de ese modo Valdés no hacía sino seguir los pasos marcados por Erasmo en
aquella Institutio principis christiani que el humanista
holandés había dedicado a Carlos V en 1516. Pero debemos anotar una diferencia,
y no pequeña, pues cuando Erasmo escribe su tratadito se limita a la tarea de
un consejero para quien el Rey es un libro en blanco. No hay nada que censurar,
puesto que aún no ha comenzado a reinar; mientras que Alfonso de Valdés
criticará valientemente el modo de gobernar de quien a los doce años de su
reinado no había cesado de guerrear, con notorio daño de la República.
Naturalmente, para tal osadía Valdés se servirá de un hábil recurso: pone en
escena la figura de un atolondrado monarca, siempre metido en guerras, que
acaba convirtiéndose, merced a los consejos de un criado —en el que adivinamos,
sin dificultad, al propio Valdés—, en el modelo del perfecto príncipe
cristiano. Tal será lo que nos cuenta del buen rey Polidoro.
La paz y la justicia eran las dos normas principales a que debía sujetarse el
buen príncipe; el cual, en el gobierno de su pueblo, debía sobre todo amparar a
los pobres y a la menesterosa gente, huyendo de convertirse en el portavoz y en
el brazo represor de los poderosos[659].
Para lograr esos resultados Valdés no rechaza la monarquía autoritaria; la
acepta, no al modo del despotismo ilustrado del siglo XVIII, como nos advierte
Bataillon, sino como un tipo de «realeza iluminada»[660]. En todo
caso, siempre que se sujetara a los principios cristianos. En ese sentido,
sería censurado el soberano que dejara el poder en manos de terceros; y dado
que tenía precisión de ser auxiliado, debería escoger bien sus ministros. ¿Qué
ocurriría si no tenía talento para ello? La conclusión era clara: debía dejar
el poder. Ya hemos visto que tal indica para el Papa, y ésa era evidentemente
una norma que también podía aplicarse a cualquier monarca.
El defecto del sistema anhelado por Valdés estriba en que no encuentra ningún
procedimiento de control que permitiese corregir las posibles caídas en la
arbitrariedad del príncipe; es, por supuesto, el magno problema de las
monarquías autoritarias. Alfonso de Valdés apelará a la justicia divina, al
tribunal de la Historia —a la fama, algo a lo que eran tan sensibles los
hombres del Renacimiento— y al pacto callado que existía entre el rey y el
pueblo:
Cata —es el buen rey Polidoro el que así habla en su lecho de
muerte a su hijo y heredero— que hay pacto entre el príncipe y el pueblo; que
si tú no haces lo que debes con tus súbditos, tampoco son ellos obligados a
hacer lo que deben contigo.
El buen rey Polidoro —esto es, el muy ricamente dotado— añadirá
con razón algo que estaba en el forcejeo constante entre los reyes y los
pueblos, como era el pago de los tributos:
¿Con qué cara les pedirás tus rentas si tú no les pagas a ellos
las suyas?[661].
Diríase que seguía abierto el conflicto dialéctico con las
Comunidades de Castilla, cuando las Cortes castellanas pedían a Carlos V que
primero atendiera a remediar sus quejas, y después votarían los servicios que
habían de pagarle. Y lo cierto es que, para el caso del rey obstinado en su mal
gobierno, Alfonso de Valdés dará una solución desesperada:
… el [príncipe] malo hace mucho daño con el mal exemplo, y debe,
por tanto, ser de los suyos aborrecido, castigado y aun del reino privado[662].
Aunque la pregunta se mantiene: ¿a través de qué mecanismos
pueden los pueblos conseguir eliminar al tirano? ¿Por medio de la rebelión,
pura y llana, con los riesgos que tal actitud siempre conlleva? La referencia
implícita a la rebelión contra el mal príncipe, que se aprecia en los textos
valdesianos, es como una grave advertencia al señor, pero no la cristalización
de un sistema adecuado de gobierno. Aquí, lo apuntado por el humanista se nos
antoja muy poco para una eficaz transformación de las estructuras políticas
cuyos fallos denunciaba.
Pues hay que recordarlo, para dejar la cuestión en sus justos límites: el sueño
erasmista de Alfonso de Valdés (ver a su señor convertido en el buen rey
Polidoro) jamás se cumpliría. En ese sentido, se mostraron más radicales los
comuneros castellanos y los frailes de la escuela de Salamanca, como pudo
comprobar el gran historiador Maravall. ¿Por qué? ¿Cómo se entiende esa mayor
timidez de Alfonso de Valdés? ¿Acaso porque el humanista del Quinientos, como
hemos apreciado en la carta de Luis Vives al rey Juan III de Portugal, dependía
entonces en demasía de los poderes constituidos? El humanismo, como la
corriente cultural entonces con más futuro —cobijando la que podríamos
denominar «progresía» de la época— tenía que refugiarse en una Monarquía
fuerte, aspirando solamente a que el príncipe gobernara con el mayor tino
posible, poniéndole delante la responsabilidad que tenía ante Dios y el temor
por el fallo del tribunal de la Historia. Procurando, en último término, infundir
al príncipe respeto por aquello del pacto callado que había con el pueblo, y
con la grave advertencia de que si no cumplía con sus deberes y se deslizaba
por la pendiente de la descarnada tiranía, podía amanecer un día con el pueblo
alzado en armas. Y se nos antoja que eso era lo único que Valdés podía hacer
con su pluma.
Ya se puede comprender que Alfonso de Valdés arriesgó mucho al mostrarse tan
valiente, pero no porque provocase el enojo de Carlos V, sino por sus opiniones
religiosas, que desataron las iras del nuncio Castiglione.
El nuncio acusaría a Valdés de impío hereje, lo que era ya de sospechar por su
linaje, con una clara alusión a su ascendencia judía (E se pur nasceste in
così mal punto e foste formato dalla natura di così perversa condizione…),
reflejada en la palidez de su asqueroso rostro, en sus venenosos ojos y en su
hipócrita sonrisa (vi si vede dipinta nella pallideza di quel volto
pestilente ed in quegli occhi velenosi e risi sforzati), y como tal lo
había denunciado al Emperador y con él volvería a insistir, para el debido
castigo, no solo por la justicia imperial, sino también por la misma
Inquisición. Castiglione lanza contra Valdés las mayores amenazas, con una
cascada de horribles males que se abatirían sobre él: cuervos le sacarían los
ojos y canes le devorarían la lengua, las mismas piedras se alzarían para
lapidarle y, en fin, en una extraña alianza de los poderes divinos e
infernales, encontraría su merecido castigo, pues Dios mandaría contra él todo
el fuego del cielo y los espíritus inmundos ascenderían para sumirle en los
abismos. Y, por si aún faltaba algo, quedaba la última y más grave, si se
quiere —por más real—, de las amenazas: las llamas de la hoguera inquisitorial.
Y así, tomando como idea que Valdés hace hablar a sus personajes del Diálogo
del saco de Romaen la iglesia vallisoletana de San Benito, concluye
Castiglione:
… penso che sia pronostico che un sanbenito abbia da venire a
voi e che con quello abbiate da finire la vita[663].
He aquí, pues, cómo Alfonso de Valdés arriesgó, y no poco, al
poner su pluma al servicio del poder, pero sin olvidar sus obligaciones
sociales y lo que debía a sus propias ideas y a su formación erasmista[664].
§. Equilibrio de fuerzas
Una de las consecuencias del saco de Roma fue legitimar la alianza del francés
con el turco. Si el ejército imperial había sido capaz de saquear la cabeza de
la Cristiandad, ¿cómo podía escandalizarse Carlos V porque Francisco I
estuviera en tratos con Solimán?
Por otra parte estaba el hecho de lo que había ocurrido en los últimos tres
años. Si entre 1525 y 1527 las tropas imperiales habían sido capaces de
derrotar y de hacer sus prisioneros nada menos que al rey de Francia y al propio
Papa, ¿quién sería capaz de oponerse en la Cristiandad a tan formidable
poderío? Para nivelar aquella balanza nadie podía encontrar fuerza suficiente
entre el resto de los príncipes cristianos. He ahí otro argumento para que el
francés buscase su aliado natural más allá de Europa, en sus confines
orientales, llamando a las puertas de Constantinopla.
Eso por una lado. Por el otro, resultaría rota la antigua alianza de Carlos V
con Inglaterra. Ahora se vería andar estrechamente unido a Francisco I con Enrique
VIII. Lo cual suponía para el francés que desapareciese el temido frente norte
y poder volcar todos sus efectivos de nuevo sobre Italia.
Curiosamente, la victoria sobre Clemente VII traería otras complicaciones para
Carlos V. Pues su hermano Fernando, al verle dueño de Italia, le recordaría que
el duque Francisco Sforza se le había mostrado contrario, lo que le permitiría
disponer a su antojo del ducado de Milán. Ahora bien, puesto que él, Fernando,
había contribuido tan decisivamente al triunfo imperial, aportando tan
oportunamente el contingente de mercenarios alemanes mandados por Frundsberg,
bien merecía una recompensa. Y esperaba que fuera, por supuesto, la
incorporación de Milán a sus dominios[665].
Lo cual puso a Carlos V ante un fastidioso dilema: ¿Qué debía hacer? ¿Conceder
a su hermano lo que le pedía, recompensando así a su más firme aliado en el
centro de Europa? ¿O bien mostrar su generosidad con el vencido, demostrando a
todo el mundo que él no quería nada que no fuera suyo, tal como siempre había
pregonado? Con el sentido ético de lo que debía a su cargo imperial, Carlos V
no tendría duda: rechazaría la petición de su hermano y restauraría al duque
Sforza en su dominio. Que toda Europa comprobase que al llevar la guerra a
Italia no le había movido ningún interés de medro personal[666].
Y como Clemente VII seguía preso en Roma, bajo la custodia de Alarcón, el
Emperador envió una embajada especial con Pedro de Veyre, señor de Mont Saint
Vicent, con las instrucciones para que Lannoy —que seguía como virrey de
Nápoles— negociara un acuerdo con el Papa.
En un principio Clemente VII se mostró reticente, confiando en el apoyo de
Francia, pues en efecto, Francisco I había enviado una fuerte expedición
militar a cargo del duque de Urbino. Pero, a pesar de que el Duque llegó a las
puertas de Roma, no se atrevió a librar batalla con los imperiales.
Abandonado a su suerte, Clemente VII se avino a negociar: pagaría 400.000
ducados en tres plazos, repondría en todos sus cargos a los Colonnas y
entregaría las plazas de Ostia, Civitavecchia, y las ciudades de Parma,
Piacenza y Módena[667]. Era un
alivio para el Emperador. De todas formas, ante la imposibilidad de llevar todo
en la mano desde Valladolid, a tanta distancia de los tres frentes principales
que se le abrían —en la frontera de los Países Bajos, en Milán y en Nápoles—,
Carlos V dejó en libertad a sus principales ministros en aquellos territorios:
a su tía Margarita, para que negociara como pudiere la paz, y a Leyva y a
Lannoy para que movilizaran sus recursos y llevaran la guerra como les
pareciese mejor.
Y esto es interesante consignarlo. Carlos V demuestra aquí la gran confianza
que tenía, tanto en su tía Margarita como en Leyva y Lannoy, y prueba que era
capaz de dejarse convencer por sus consejeros, y en este caso, por Leyva.
En efecto, el veterano héroe de Pavía le había pedido más libertad de acción,
frente a cualquier imprevisto, protestando de que se le sujetase a las órdenes
de Lannoy, entonces virrey de Nápoles.
La protesta de Leyva es la de un soldado que no tiene pelos en la lengua:
V. M. me remite al Virrey,[668] que
proveerá a las necesidades de aquí.
Eso era absurdo, y Leyva lo dirá:
V. M. debe saber que el Virrey está tan lejos de aquí como V.
M., y entretanto que la respuesta va y viene, puede perderse el todo. El
crédito es perdido con todo el mundo…
Claro, Carlos V estaba con la confianza de quien acumulaba
victoria sobre victoria. Pero Leyva sabía mejor que nadie hasta qué extremo
había estado todo a punto de irse a pique, tanto en 1525 como en 1527. La
suerte había acompañado al Emperador, ¿pero iba siempre a ser así?
V. M. se fía sobre su suerte y tiene razón; pero sería bueno
ayudarla y tener en cuenta que Dios no hace cada día milagros.[669]
Un mes más tarde Carlos V atendería tan razonable consejo,
pues por la confianza que tengo en ellos, les remito todo a cada
uno en su jurisdicción.
De ese modo expreso se lo comunicaba a su hermano Fernando[670].
§. Campaña de 1528
Aquel verano combatió la peste a Valladolid; y el verbo combatir está
cuidadosamente elegido, pues de combate se trataba, y de un combate a muerte,
con centenares de bajas. En consecuencia, la Corte luchó contra el mal con uno
de los pocos recursos que había en el tiempo: escapando. Carlos V se trasladó
con toda presteza a Palencia:
S. M. partió de Valladolid —informaba Salinas a Fernando de
Austria— a 23 del presente, porque morían de peste[671].
Y como las dificultades de alojamiento para toda la Corte eran
insalvables, se envió al Consejo Real y al resto del Gobierno a Becerril, y los
embajadores a Dueñas. Y así se pasó el verano. En octubre, comprendiendo la
necesidad de afrontar la situación internacional mejor instalado, Carlos V pasó
a Burgos, donde estaría aquel otoño y prácticamente el invierno, negociando
previamente, eso sí, que la ciudad aceptase el acomodo de la Corte, dado su
privilegio de exención de alojamiento[672].
Era todo un problema para la época, que nos habla de los trastornos que podían
surgir en la vida cotidiana de los tiempos con aquella Corte ambulante.
Mientras tanto, el panorama internacional se agravaba por momentos. Y tanto,
que Carlos V, ante el temor de un gran descalabro, viéndose cercado por todas
partes, optó por negociar a la desesperada con Francia: estaba dispuesto a
renunciar a su derechos al ducado de Borgoña y a devolver los Príncipes
franceses —que custodiaba como rehenes en Pedraza de la Sierra— por dos
millones de ducados, siempre y cuando Francisco I retirase su ejército del
norte de Italia.
Eso era aceptar lo ofrecido por Francisco I cuando estaba preso en Madrid, lo
cual nos da idea del cambio operado en Carlos V, o lo que viene a ser igual,
cuán grave se había vuelto la situación en Italia.
En efecto, un poderoso ejército francés, mandado por Lautrec, penetraba en el
norte de Italia por Génova —donde Francisco I contaba con la alianza del
poderoso marino Andrea Doria—, se apoderaba de Asti y de Alejandría y ponía en
apuros al propio Leyva, asentado en Milán con escasas fuerzas, pues solo
contaba con 10.000 soldados y en gran parte dispersos en pequeñas guarniciones
por las principales ciudades del Milanesado y tierras limítrofes; así en
Pizzighettone, en Novara, pero también en Trento y en Como, guardando los pasos
alpinos, por donde le podían llegar los refuerzos de Fernando. El resto de las
tropas imperiales se hallaban sobre Roma, al mando del príncipe de Orange (en
torno a 15.000 soldados), y los que defendían Nápoles, bajo Lannoy y Hugo de
Moncada, que no pasaban de 10.000.
Tal dispersión de fuerzas pudo resultarle funesta al Emperador si otra vez la
fortuna no jugase a su favor.
De momento lo que se produjo fue una declaración formal de guerra contra Carlos
V, mandando los aliados (Francia, Inglaterra y Venecia) sus reyes de armas a la
Corte imperial.
Sería un momento solemne, que nos refleja muy bien la época, tan cargada de
símbolos caballerescos, y que nos presenta además a Carlos V con los rasgos de
su fuerte personalidad.
Pues el Emperador recibió sentado en su trono a aquellos heraldos y no solo oyó
sus discursos, sino que les replicó al punto, improvisando sus respuestas, como
en él era habitual. Un acto que sería comentado por toda Europa. Por parte de
los aliados, se trataba de intimidar públicamente a Carlos V; pero también era
la gran ocasión para que Carlos V dijese ante Europa entera quién era él y qué
era lo que había pasado.
Por supuesto, a la petición de los heraldos de hablar con entera libertad, para
dar el mensaje de sus Reyes, sin que por ello se les hiciese fuerza alguna,
Carlos V dio la licencia pertinente:
El Emperador les respondió que dixesen lo que les era mandado,
que sus privilegios les serían guardados, y en sus tierras ningún enojo les
sería hecho.
El casus belli principal de los aliados era la
prisión del Papa, cuya libertad exigían, como Príncipes cristianos; junto a
eso, la liberación también de los Príncipes franceses, a los que, si llegado el
caso era, el propio Enrique VIII amenazaba con libertarlos por la fuerza.
Carlos V reaccionó de forma adecuada, en términos muy bien recogidos por el
cronista Alonso de Santa Cruz. Al heraldo francés replicó que no poco le
extrañaba que su amo se decidiese entonces a tal declaración de guerra, cuando
hacía tantos años que se la estaba haciendo; y puesto que hasta entonces se
había defendido tan bien, mucho mejor lo haría estando ya prevenido.
Paréceme ser cosa nueva ser desafiado dél —replicó al heraldo francés—
habiendo seis o siete años que me hace guerra sin ser desafiado, y pues que por
gracia de Dios, me he defendido de él, como él y cada uno ha visto, sin que me
hubiese avisado, y considerada la justificación en que yo me he puesto, en que
no pienso haber ofendido a Dios, yo espero que ahora que me avisáis mucho mejor
me defenderé… Para terminar con un arrebato de arrogancia:
De manera que ningún daño me hará el Rey, vuestro amo, porque
pues me desafía, yo me tengo por medio asegurado.
El razonamiento de Carlos V tenía sentido, de cara a la opinión
pública, pues venía a poner de manifiesto la contradicción de Francisco I al
querer presentarse en 1527 como un rey sujeto a las normas de Caballería —de
tanta influencia en la época—, no entrando en guerra sin previa declaración
formal, dado el tiempo que llevaba guerreando contra el Emperador, y siempre
por propia iniciativa.
Pero todavía nos refleja mejor el carácter y la personalidad de Carlos V la
réplica que dio al heraldo inglés, en particular por su amenaza a que iría a
liberar a los Príncipes franceses rehenes en España, con las armas en la mano:
Ahora que me decís que el Rey vuestro amo me los hará dar por
fuerza —le contestó—, yo responderé de otra manera que hasta ahora he
respondido…
Esto es, ante la amenazas ya no cabían respuestas corteses. Y
así Carlos V añadió:
… y espero guardarlos de suerte, con el ayuda de Dios y de la
lealtad de mis súbditos, que no los restituiré por fuerza, porque no acostumbro
yo a ser forzado en las cosas que hago[673].
Altiva respuesta que nos da idea, además, de hasta qué punto
estaba orgulloso Carlos V y bien seguro de la lealtad de sus súbditos hispanos.
La hispanización del Emperador era cada vez más manifiesta.
Entre tanto, las negociaciones emprendidas por Clemente VII, a través de fray
Francisco de los Ángeles, general de la Orden franciscana, habían dado sus
frutos, obteniendo el Papa la libertad, después de siete meses de prisión.
Carlos V se había mostrado en principio dudoso, escarmentado por el mal
resultado de la liberación de Francisco I, pero accedió al fin, con las
condiciones de que el Papa dejase en manos del Emperador la fortaleza de Sant’
Angelo en Roma, y las plazas de Civitavecchia y Ostia, así como el pago de
300.000 ducados. Una liberación del Papa que había tenido lugar antes de la
declaración formal de guerra de Francisco I y de Enrique VIII, y que venía a
echar por tierra su argumento principal, exigiendo la libertad de Clemente VII.
En febrero de 1528 Carlos V se trasladó a Madrid, donde convocó Cortes. Lo
podía hacer, respetando el plazo habitual de los tres años, dado que en las de
Valladolid de 1527 nada se había otorgado y dado que las últimas, también en
Madrid, se habían celebrado en 1525. Además estaba el motivo, tan importante,
de la declaración del príncipe Felipe como heredero de la Corona. Y las Cortes,
en este caso, oyeron sus razones, concediendo el servicio acostumbrado de
400.000 ducados.
No silenciaría Carlos V, en el discurso de la Corona, el desafío que había
recibido de los reyes de Francia y de Inglaterra; eran los Reyes
«desafiadores», como reza el texto. Y el César recordaría justamente el
comportamiento, tan lejos de los dictados caballerescos, de Francisco I,
mientras que frente a Enrique VIII informaría que existía una nueva causa
contra él, por cuanto estaba tratando de romper su matrimonio con la tía del
Emperador, Catalina de Aragón[674].
Porque, en efecto, se iniciaba el drama de aquella desventurada Reina, tan
desventurada o más aún, si cabe, que su hermana Juana. Y Carlos V se haría eco
de ello, conforme a su doble condición de su tan estrecho parentesco, como su
sobrino carnal, y de su condición de emperador de la Cristiandad.
Entretanto, la guerra seguiría en todo su furor. Por fortuna para Leyva, el
poderoso ejército de Lautrec tomaría rumbo al sur, con la meta puesta en la
toma del reino de Nápoles, donde esperaban el apoyo de los poderosos barones,
deseosos de verse libres del dominio español. Y la situación llegó a ser
verdaderamente alarmante, pese a que Orange se replegó con sus tropas a
Nápoles, para ayudar a su defensa. Con el Reino alzado por los barones, con la
capital cercada por Lautrec y con el dominio del mar en manos de Andrea Doria
—todavía aliado de Francia—, todo parecía perdido. Máxime cuando se habían
acabado los recursos para pagar las tropas.
Ante aquella desesperada situación, Carlos V tuvo una de sus reacciones personales,
que tanto admiraron a los contemporáneos, por las lealtades que suscitaban:
prometió solemnemente a sus soldados que sus pagas les serían entregadas, junto
con los socorros necesarios. Y el correo imperial pudo entrar en la ciudad
cercada, burlando el bloqueo francés, siendo leído el mensaje imperial al
ejército, y con tal fortuna, levantando la moral de los asediados,
…que juraron los alemanes, españoles e italianos de antes morir allí todos
que entregar una almena a los enemigos[675]. Aquí
se podría repetir lo que Braudel nos dice de su hijo don Juan: que también
Carlos V era un poco brujo y sabía, cuando era preciso, desplegar sus encantos.
Porque con aquella promesa Carlos V venía a basarse en su palabra de caballero,
tanto más que en la de rey y emperador; algo en lo que marcaba el contraste con
su adversario, el Rey francés, que tan notoriamente había faltado a la suya.
Y Nápoles resistió. Ciertamente la situación resultó tan agobiante que Hugo de
Moncada forzó un combate naval en aquellas aguas napolitanas contra las galeras
de Andrea Doria, para tratar así de romper aquel estrecho cerco; aunque poco
tendría que hacer contra la pericia de uno de los mejores marinos de aquellos
años. Resultado, no solo la marina imperial fue derrotada, sino que además Hugo
de Moncada perdió la vida y el marqués del Vasto —otro de los grandes
personajes carolinos— fue hecho prisionero.
¿Todo perdido, pues, para Carlos V? ¡Al contrario! Con un golpe increíble de la
fortuna, de pronto la derrota se convirtió en victoria. El marqués del Vasto
entró en negociaciones con Andrea Doria, poco contento de su alianza con
Francisco I, y logró lo que parecía imposible: un vuelco de aquella alianza y
la vinculación de Andrea Doria a la causa imperial, lo que venía a ser un
portillo abierto por mar a favor de los sitiados.
A la inversa, el ejército francés mandado por Lautrec se vio acometido por una
peste tan mortífera y tuvo que levantar el asedio.
Sería la última amenaza contra el Nápoles hispano en todo el siglo XVI. Y otra
vez para el Emperador la victoria sobre sus enemigos.
§. Hacia la paz de las Damas
Al liberar Carlos V a Clemente VII en diciembre de 1527, después de medio año
de tenerlo custodiado en el castillo romano de Sant’ Ángelo, daría comienzo una
nueva etapa. En realidad ambos personajes, tanto el Papa como el Emperador,
tenían necesidad de llegar a un acuerdo que pusiera fin a la Liga clementina.
Habría una compensación económica para el Emperador y la garantía de unas
plazas en su poder; pero a su vez, Carlos habría de pagar un precio: el que
Florencia, rebelada contra la familia de los Médicis, volviera a caer bajo su
servidumbre.
Por supuesto que el rotundo descalabro del ejército francés parecía ayudar al
proceso de paz, pero todavía era dudoso que Francisco I desistiese de su
belicismo.
¡Y estaba la molesta postura de Inglaterra! Pues precisamente iniciaba entonces
Enrique VIII los intentos de anulación de su matrimonio con Catalina de Aragón.
Ahora bien, eso suponía un enfrentamiento de Inglaterra con Roma, o lo que es
lo mismo, la ruina completa de la Liga clementina.
Y fue entonces cuando se montó el primer intento de invasión de Inglaterra,
como nos indica Brandi. En efecto, Gattinara esbozó un ambicioso plan, con
colaboración de naves castellanas, portuguesas y flamencas que habían de
transportar a mercenarios alemanes[676].
Un proyecto muy problemático, que además estaba en contra de los deseos y de
los intereses de los pueblos, en particular del flamenco.
Interpretando esas aspiraciones populares actuó Margarita de Saboya; como
gobernadora de los Países Bajos cerraba, en junio de 1528, unas treguas con
Inglaterra.
Era el primer paso hacia la paz.
Porque aunque todavía Francisco I mandara otro pequeño ejército, al mando del
conde de Saint-Pol, con la misión de recuperar al menos el Milanesado, y aunque
Carlos V se aprestara a una intervención personal en la contienda —de lo que
daría pruebas con su vigoroso y encendido discurso ante su Consejo de Estado,
de que daremos cuenta en la cuarta parte de esta obra—, la derrota del francés
a manos del invicto soldado español Antonio de Leyva (en la batalla de
Landriano, el 21 de junio de 1529) aseguró ya la tarea de los diplomáticos que
laboraban por la paz.
Una paz que sería el resultado del buen quehacer de dos grandes mujeres:
Margarita de Saboya, la tía del Emperador, y Luisa de Saboya, la madre de
Francisco I. De forma que aquella paz, firmada en Cambray en el verano de 1529,
bien pudo llamarse también, o conocerse popularmente con toda justicia,
como La paz de las Damas[677]. En sus
términos, venía a ratificar lo estipulado en el Tratado de Madrid de 1526, con
la excepción de que Carlos V renunciaba ya a sus pretensiones al ducado de
Borgoña. Esa era la concesión imperial. Por su parte, Francisco I lo haría a
los derechos que hasta entonces había sostenido sobre Milán, Génova y Nápoles,
e incluso al señorío sobre Flandes.
De ese modo se daba fin a una doble situación carente de sentido: a los
ilusorios planes carolinos sobre Borgoña, pero también a que el Emperador, como
conde de Flandes, fuera vasallo del Rey francés.
Otros puntos eran consignados, como la cesión por Francia de algunas plazas (en
particular, la de Tournay) y, sobre todo, la liberación de los dos Príncipes
franceses retenidos como rehenes en Pedraza de la Sierra, a cambio del fuerte
rescate de dos millones de ducados.
Y aún había algo más: que Francisco I accediera a que todo se ratificase con
una alianza matrimonial; la que ponía a Leonor de Austria, la hermana mayor de
Carlos V, en el trono de Francia.
En definitiva, eran las premisas para hacer viable el gran proyecto de Carlos
V: su viaje a Italia.
Italia, la Italia del Renacimiento, la Italia siempre opulenta y tentadora, que
se presentaba ahora ante sus ojos como la gran aventura.
Pues habiendo dado un príncipe a las Españas y habiendo puesto su hogar en
Castilla, Carlos V había proclamado a los españoles que era su rey verdadero,
que el proceso de su hispanización era cierto y se estaba cumpliendo.
Ahora era preciso dar un paso más para decir al mundo entero que él era el
auténtico Emperador de la Cristiandad.
Y eso solo podía hacerlo plantándose en Italia.
Contenido:
1. Italia en el horizonte
2. El regreso al Imperio
3. El último cruzado: Viena
4. El reencuentro con España
5. El último cruzado: Túnez
6. La guerra que no cesa
7. ¿Paz o treguas con Francia?
8. El último cruzado. La Santa Liga
9. Los años aflictivos
Capítulo 1
Italia en el horizonte
§. La emoción de Italia
Desde un primer momento, desde cuando había sido elegido Emperador, Carlos V
tenía el proyecto de pasar a Italia. Eso suponía seguir los pasos del gran
Carlomagno (y perdónesenos la redundancia). De igual modo que impuso su primera
coronación imperial en Aquisgrán, estaba ahora deseando seguir las huellas de
su antecesor y presentarse en Roma. Veremos que tendrá que conformarse con
hacerlo en Bolonia. Pero en todo caso sería en Italia, y eso ya era importante,
porque uno de los objetivos que pretendía alcanzar Carlos V con ese viaje era
el de pacificar la Península, alejando ya de ella las guerras por su dominio
que tanto habían disturbado a la Cristiandad. Sabía que eso costaría un precio,
que lograr la alianza con Clemente VII era un requisito previo imprescindible,
y que el Papa exigiría bastante a cambio.
Lo cual quería decir que había que negociar.
Y no eran los únicos objetivos políticos del Emperador. Estaba todavía sin
cumplir su sueño de cruzado. Y estaba también aquel gran problema que había
aplazado en su calendario desde 1521, cuando le había asaltado en la Dieta de
Worms; el problema del luteranismo, que de año en año se hacía más grande.
Y en un plano distinto, no tan grave ni tan acuciante, pero como algo muy
anhelado por Carlos V, estaba su deseo de encontrar un buen pintor de cámara al
que incorporar a su Corte y que dejara su efigie para la posteridad.
De la necesidad de presentarse en Italia alude en sus Memorias, con
la concisión, eso sí, en él tan habitual.
En efecto, al aludir en ellas a la gobernación de su mujer, la Emperatriz, nos
cuenta:
… allí —en Toledo— dejó a la Emperatriz para gobernar en su
ausencia todos sus reinos de España…
Y añade:
… de donde luego determinaba marcharse, por el deseo que tenía
de poner en orden, lo mejor que le fuese posible, los yerros antedichos de
Alemania que S. M. había dejado mal remediados a causa de las guerras que le
habían sido movidas…
Como se ve, no piensa en la violencia para resolver el problema
luterano, sino en la negociación. Y a continuación, alude a las otras
cuestiones, que todavía recordaba con viveza cuando dicta sus Memorias en
1550: superar las guerras de Italia, coronarse emperador («las coronas que le
faltaban»)[678] y
afrontar la ofensiva turca que se anunciaba como verdaderamente temible[679].
Carlos V, conforme a uno de sus rasgos más destacados, haría pública su
decisión ante el Consejo de Estado, pronunciando aquel discurso tan comentado
por Menéndez Pidal.
Estamos en el viejo alcázar madrileño. Es el 16 de septiembre de 1528. El César
habla largamente a sus consejeros. Les dice cuánta es su necesidad de pasar a
Italia, pero no por capricho personal o por mero afán de vanagloria, sino
porque así lo exige el buen gobierno de Europa, pues había de poner paz en
Italia, tan maltratada por las guerras pasadas, y había de remediar la herejía
luterana, de forma que así como la Historia consignaría que en sus tiempos se
había iniciado, también recogiese que en los mismos, y por su mano, se había
resuelto y acabado. Y para ello promovería con el Papa la celebración de un
Concilio general que reformara debidamente la Iglesia. En fin, su propósito no
era ir como conquistador de otros Estados ni como tirano, sino como
pacificador, para establecer sobre Italia una paz perpetua. Y ante las muestras
de disconformidad de algunos consejeros, terminaría diciendo que no pedía su
aprobación y consejo, sino que les informaba de su decisión, para que le
ayudasen a llevarla a buen puerto[680].
Que Carlos V estaba deseando verse en Italia era evidente. Y algo debió de
entenderse pronto en Roma, causando general alarma, según informaba Micer May,
entonces embajador imperial en la Corte pontificia; acaso porque temieran otra
acción violenta como la sufrida en 1527[681]. En cuanto
a España, aparte el natural pesar de la Emperatriz, destacaban dos partidos,
encabezados por Gattinara, el canciller piamontés, y por el castellano Tavera,
entonces arzobispo de Santiago de Compostela y presidente del Consejo Real de
Castilla. Para el canciller, la principal preocupación era el predominio sobre
Europa, y a él estaban vinculados las principales cabezas de la milicia, como
Antonio de Leyva, el héroe de Pavía, quien desde Milán animaría a Carlos V a
emprender su viaje a Italia con estos animosos términos, cuando todavía no se
habían callado las armas:
V. M. venga en nombre de Dios en Génova, porque de allí se podrá
dar orden en lo que más fuere su servicio…
Y eso, pese a que los franceses tratasen de impedirlo:
… y aunque los enemigos fuesen tan gruesos que V. M. no pudiese
pasar, se podrá hacer venir tanta gente de Alemania, que por fuerza se echarán
los enemigos. Y estando V. M. en Génova está como fuerte en Barcelona.
Leyva se apoyaba en la fortuna del César, al conseguir que los
Dorias genoveses, hasta entonces aliados de Francia, se pasaran al bando
imperial; de ahí que diera tanto valor a la presencia de Carlos V en Génova:
Y puesto el pie allí, verá V. M. volver toda Italia —concluye—
como si se moviese de una parte a otra…[682]
Otra era la opinión de Tavera, cabeza del partido que podríamos
llamar africano. Y no porque fuera partidario de la paz, por la que clamaban
los erasmistas. En realidad, en aquellos años España —y más concretamente
Castilla— estaba inmersa en una atmósfera de expansión imperial, de la que era
buena muestra el empuje de los conquistadores lanzados a la aventura indiana.
En cuanto a Tavera, su pensamiento estaba puesto en África. Y para acometer esa
empresa, el puesto de su señor no estaba en Italia, sino en España, y así se lo
diría al prepotente Cobos, tratando de captarlo, para convencer entre todos al
Emperador: en España debía hallarse Carlos V,
… donde podrá emplear sus grandes pensamientos y la magnanimidad
de su corazón real en conquistar eso de África, donde podrá emplear mejor su
juventud y poder y con mayor gloria…
África, y no Italia, según Tavera, en lo que puede rastrearse la
influencia de los Reyes Católicos, con el mensaje isabelino dejado a sus hijos
en su Testamento:
… e que no cesen de la conquista de África…
Máxime, cuando Argel se mostraba tan amenazadora:
Mayormente agora que la guerra destos moros le es necesaria y
aun forzosa…
¿Europa o África? Para Tavera no había duda, apoyado en la
secular tradición de su tierra de Castilla:
… y reniegue —Carlos V— de toda [la guerra] de Italia y de
Francia, que al cabo esto es lo que ha de durar y quedar a sus sucesores, y lo
de allá es gloria transitoria y de aire…[683]
Sin duda, con la amarga experiencia de las correrías de las naos
argelinas por las costas mediterráneas españolas, incluido el desastre sufrido
por Portuondo (del que en su momento hablaremos), eran no pocos los que
pensaban como Tavera. De forma que Carlos V tuvo que escoger entre las dos
opciones.
Europa o África, esa era la cuestión, ese era el debate ya hacia 1528, esa era
la doble opinión, sin abandonar la proyección indiana, cuando ya el Imperio
azteca había caído bajo las huestes de Hernán Cortés. En pura geopolítica la
tesis africana parecía la más razonable, la proyección que podía traer
conquistas más razonables, y además hechas sobre los infieles y respondiendo
con más claridad al título de Católicos heredado de Fernando e Isabel.
Pero Carlos V escogió Europa.
Algo a tener en cuenta, para valorar adecuadamente su personalidad.
De hecho, cuando todavía se mantenía la guerra con Francia, Carlos V apremia a
sus dos máximos auxiliares, a su hermano Fernando y a su tía Margarita de
Saboya, para un último esfuerzo que doblegase a Francisco I. A Fernando le
había hecho un vivo llamamiento ya en marzo de 1528: con la ayuda de Dios,
nadie podría contra los dos, puesto que juntos eran tan poderosos como sus
enemigos y su causa era la mejor[684]. De modo
que, para acabar con la resistencia del francés, nada mejor que una ofensiva
sobre el mismo París, coincidiendo con el viaje de Carlos V a Italia.
Eso sería descongestionar el frente italiano, facilitando la aventura italiana
del Emperador. Por su parte, Margarita de Saboya —o de Austria— desde su puesto
de gobernadora de los Países Bajos, debía colaborar con una activa propaganda
en Inglaterra, para que se apartara de su alianza con Francia, minando el
prestigio del gran Canciller Wolsey[685].
No eran las únicas medidas de Carlos V. Sabía muy bien que en España sería muy
mal vista su nueva ausencia si no dejaba medianamente arreglados algunos
problemas pendientes, tales como su visita al reino de Valencia, que había
tomado como un grave desaire su olvido en su primera etapa hispana. Estaba
también la jura de su hijo Felipe como heredero de la Corona y, por lo tanto,
la convocatoria de Cortes, tanto en Castilla como en Aragón.
De ese modo, asistimos a un frenético viajar de Carlos V a lo largo de 1528,
que le puso en contacto con sus súbditos españoles de las dos Coronas,
señalando su creciente hispanismo.
Había pasado el otoño anterior y la mayor parte del invierno en Burgos, después
de abandonar Valladolid por un brote de peste en la villa del Pisuerga. El 19
de febrero se dirigía a Madrid donde llegaría el 7 de marzo. Allí había
convocado Cortes para la jura del príncipe Felipe como heredero del Reino,
requisito obligado antes de pensar en abandonar España camino de Italia.
No era el único acto a realizar antes de su viaje. Estaba también el dar
satisfacción a los valencianos, donde todavía no había puesto su planta el
César. A ese fin, Carlos V deja Madrid el 23 de abril llegando a Valencia diez
días después, para estar en la capital del Turia algo más de dos semanas. No
mucho tiempo, ciertamente, pero al menos lo suficiente para conocer in
situ sus problemas, para ver y para ser visto por los valencianos,
superando así los anteriores agravios.
Restaba al César presidir otro acontecimiento: las Cortes generales de la
Corona de Aragón convocadas en Monzón, donde llegaría el 30 de mayo. Tendría
allí una larga estancia de casi dos meses, pues no regresaría a Castilla hasta
el 19 de julio, fecha en la que saldría para Madrid, no sin detenerse en Zaragoza
cinco días, entre el 22 y el 26 de julio.
§. Las Cortes de Monzón de 1528
Parémonos ahora en esas Cortes del verano de 1528 tenidas en Monzón, porque el
discurso de la Corona nos da un testimonio de gran valor para evocar aquel
momento, con los principales problemas planteados a Carlos V y los objetivos
inmediatos que proyectaba acometer.
Y lo primero que deducimos es que Carlos V sabe muy bien la deuda que tiene
pendiente con la Corona de Aragón, porque con su política de ver y ser visto
por los vasallos, que era una obligación que tenía muy asumida, era evidente al
trato de favor que había dado a la Corona de Castilla, desde su regreso a
España en 1522. La misma estancia en Valencia en el mes de mayo de aquel año de
1528 no había llegado a las tres semanas. Un aire de prisas son las que
confiesa ante las Cortes generales de Monzón; casi al final del discurso de la
Corona, se disculpa Carlos V por ello, pues la guerra que no cesaba, (la
enemiga «de los desafiadores») le obligaba a tales urgencias:
… por estar más desocupado para resistir las invasiones y
empresas de los desafiadores[686], no
podemos detenernos tanto como quisiéramos…
De tal forma que Carlos V delegaría en el duque de Calabria, que
entonces gozaba de su máxima confianza para los asuntos de España, para que le
sustituyera, hasta la conclusión de las Cortes[687].
No se trató de un largo discurso; también, bajo este sentido, el proceder de
Carlos V tiene ese tono de prisa que hemos comentado. Se refiere, eso sí, a la
guerra que le hacían sus enemigos, contrariando su voluntad de que hubiese paz
en la Cristiandad, para de ese modo poder combatir al Turco:
… que nuestras armas fuesen contra infieles…
Como no podía faltar, se hacía referencia a la victoria de
Pavía, con la presa del propio rey Francisco I, llevado a España, donde había
sido tratado con toda consideración por el César.
Y he ahí un punto que merece la pena ser comentado. Carlos V querrá dejar bien
sentado el contraste entre su caballeroso comportamiento con el Rey vencido,
frente a la que tendría Francisco I, una vez puesto en libertad. El Emperador
lo trató como un hermano, y como tal le casó con su hermana doña Leonor:
Cierto que si fuera nuestro verdadero hermano, no pudiéramos
hacer más con él de lo que habemos hecho, todo a fin de paz, por el buen estado
y quietud de la Cristiandad toda.
¿Y cómo había correspondido Francisco I? ¿Cumplió tantas
promesas de verdadera amistad, y aun hermandad como había jurado? Antes al
contrario, hollaría todas las normas de la caballería:
… olvidándose de la obligación que tenía como rey y caballero…
Encendida de nuevo la guerra, Carlos se había visto en gran
necesidad, siendo socorrido de los demás Reinos. Ahora se lo pedía a la Corona
de Aragón, puesto que también aquellos Reinos estaban amenazados:
… conviene entendáis con suma diligencia, sin dilación alguna,
en que se nos haga el servicio…; teniendo atención, como es muy justo y
razonable, a que todo es para la defensión de los reinos de la misma corona de
Aragón[688].
§. El desafío
Fue precisamente entonces cuando Carlos V recibió el cartel de desafío de
Francisco I, un hecho muy propio de la época y del cual nos hablan los
contemporáneos. Ambos soberanos se creían con derecho a ofender públicamente a
su adversario. Los agravios personales se tradujeron en ofensas de palabra, sin
duda de forma espontánea (al menos, al principio), si bien a la postre se
acabara en una verdadera guerra de propaganda. Así, cuando Carlos V comprobó
cuán lejos estaba Francisco I de cumplir lo pactado en el Tratado de Madrid, no
lo pudo soportar y empleó los más duros términos ante el embajador francés: su
amo había roto todos los compromisos caballerescos, había actuado como un
hombre sin honor. A su vez Francisco I, junto con Enrique VIII (recordemos el enojo
del soberano inglés por la ruptura de la alianza matrimonial entre Carlos V y
su hija María Tudor, unido ya a un declive en la influencia de Catalina de
Aragón), había mandado sus heraldos o reyes de armas, cuando el Emperador
estaba en Burgos, declarando la guerra a quien se había atrevido a poner las
manos sobre el Papa. En aquellos dimes y diretes, y como consecuencia de las
declaraciones públicas de Francisco I ante toda la Corte, en París, el
embajador imperial (que lo era entonces Nicolás Perrenot de Granvela) acabó
pagando los platos rotos, siendo encarcelado por el Rey; era como si Francisco
I quisiera vengarse en la figura del Embajador de aquellos largos meses pasados
en su cautiverio madrileño. Por su parte, Carlos V había llegado a desafiar personalmente
a su rival, como alternativa a la guerra entre los dos pueblos; desafío
desatendido por Francisco I, el cual a su vez, al cabo del año, sería quien
desafiase al Emperador, mandándole su rey de armas en el mes de junio de 1528,
cuando Carlos V se hallaba en las Cortes de Monzón.
Un testigo excepcional, Alfonso de Valdés, nos detalla el suceso con un verismo
impresionante. En su Diálogo de Mercurio y Carón, a la pregunta de
Carón (« ¿Viste tú aquel acto?») contesta Valdés, en figura de Mercurio:
Mira si lo vi.
Hay en esa afirmación un dejo de orgullo, del que se sabe
testigo de hechos que después había de recoger la Historia.
Y así, Valdés añade:
Estaba el Emperador en su estrado imperial, y a sus lados todos
aquellos señores que le acompañaban. En esto llegó el rey de armas, vestida su
cota con las armas del rey de Francia, y fechas cinco reverencias hasta el
suelo, se hincó de rodillas ante el Emperador, suplicándole le diese licencia
para usar de su oficio, y después facultad para que libre y seguramente pudiese
volver al Rey, su amo. El Emperador se la dio muy liberalmente…[689]
Entregado por el rey de armas el cartel de desafío, el canciller
Gattinara dio la réplica oficial: nada de aquello disminuía las obligaciones
que el Rey francés tenía por lo estipulado en el Tratado de Madrid. Pero a
Carlos V no le bastó con ello. A fin de cuentas, se entraba ya en el terreno
caballeresco, de forma que sin poder contenerse, dio su propia y personal
respuesta, que antes hemos recogido: que aunque Francisco I quedaba fuera de
las normas de la caballería por haber faltado a su juramento, aceptaba aquel
desafío
… por el deseo que yo tengo de averiguar por mi persona estas
diferencias, evitando mayor derramamiento de sangre cristiana… Estamos
ante un momento muy singular en la vida del Emperador, en que se nos retrata de
cuerpo entero. Carlos V, como empujado por una fuerza superior, rompió a
hablar.
No estamos ante el político astuto que calla y calla para sorprender con sus
actos. Antes al contrario, seguro de la justicia de su causa, se levantará
indignado para proclamarla ante todos los presentes, con uno de sus discursos
que irán jalonando su quehacer imperial.
Aquí, el relato de Alfonso de Valdés nos refleja de forma viva e incomparable
la escena:
Leído, pues, el cartel[690], vieron al
Emperador hacer una habla con tanta gravedad, humanidad y bondad que quedaras
enamorado de sus dulces e cristianas razones.
Y a la pregunta de Carón (« ¿Qué decía?»), contesta largamente
Valdés, como quien todo lo había visto y oído:
Contóles allí brevemente lo mucho que por el rey de Francia
había fecho y las malas obras que en lugar de agradecimiento dél había
recebido, y que habiendo ya tentado todos los medios que le habían sido
posibles para vivir con él en paz, e no habiéndola podido alcanzar, le parecía
ya no quedar por hacer…
¿Qué cosa? El combate personal, el desafío entre Rey y Rey, de
hombre a hombre:
… ya no quedar por hacer sino que ellos dos por sus personas
determinasen estas diferencias, y que por su parte él estaba determinado a
poner su vida al tablero, por redemir y rescatar, con derramar su propia
sangre, los males y daños que padece la Cristiandad.
Pero añadió más Carlos V. Siendo la materia tan grave, entendía
que no debía tomar resolución alguna sin antes oír el parecer de sus
consejeros, pues
… él no era de aquellos que por su sola cabeza se quieren gobernar…[691] En
efecto, Carlos V tomó consejo, y no solo de quienes estaban en la Corte,
escribiendo a los Grandes de sus reinos. Y conocemos la respuesta de uno de
ellos, el duque del Infantado, para quien
… esta ley de honra se extiende a los Príncipes, por
grandes que seáis, y a los caballeros, que somos de una mesma manera…[692]
Pocos días después contestaría Carlos V a Francisco I con su
propio cartel. Es uno de los documentos más reveladores, tanto por lo que
supone aquella época tan cargada de reminiscencias caballerescas, como por lo
que respecta a la personalidad de Carlos V. Dicho cartel rezaba de esta manera:
«Cartel del Emperador al rey de Francia»
Carlos, por la divina clemencia e[lecto] Emperador de romanos,
Rey de Alemaña y de las Españas &c., hago saber a vos, Francisco, por la
gracia de Dios Rey de Francia, que a ocho días deste mes de junio por Guiena,
vuestro rey de armas, recebí vuestro cartel fecho a xxviii de março, el qual,
de más lexos que hay de París aquí pudiera ser venido más presto, y conforme a
lo que de mi parte fué dicho a vuestro rey de armas os respondo. A lo que dezís
que en algunas respuestas por mí dadas a los embaxadores y reyes de armas que
por bien de la paz me havéis embiado, queriéndome yo sin causa escusar os haya
a vos acusado: yo no he visto otro rey de armas vuestro que el que me vino en
Burgos a intimar la guerra, e quanto a mí, no os haviendo en cosa alguna
errado, ninguna necessidad tengo de escusarme; mas a vos vuestra falta es la
que os acusa. Y a lo que dezís tener yo vuestra fe, dezís verdad, entendiendo
por la que me distes por la capitulación de Madrid, como parece por escrípturas
firmadas de vuestra mano, de bolver a mi poder como prisionero de buena guerra
en caso que no cumpliéssedes lo que por la dicha capitulación me havíades
prometido; mas haver yo dicho, como dezís en vuestro cartel, que estando vos
sobre vuestra fe, contra vuestra promessa os érades ido y salido de mis manos y
de mi poder, palabras son que nunca yo dixe, pues jamás yo pretendí tener
vuestra fe de no iros, sino de bolver en la forma capitulada, y si vos esto
hiziérades, ni faltárades a vuestros hijos ni a lo que devéis a vuestra honra.
Y a lo que dezís que para defender vuestra honra, que en tal caso seria contra
verdad muy cargada, havéis querido embiar vuestro cartel, por el qual dezís que
aunque en ningún hombre guardado puede haver obligación de fe, y que ésta os
sea escusa harto suficiente, no obstante esto, queriendo satisfazer a cada uno
y también a vuestra honra, que dezís queréis guardar y guardaréis, si a Dios
plaze, hasta la muerte, me hazéis saber que si os he querido o quiero cargar no
solamente de vuestra fe o libertad, mas aun de haver jamás hecho cosa que un
cavallero amador de su honra no deva hazer, dezís que he mentido y que quantas
vezes lo dixere mentiré, seyendo deliberado defender vuestra honra hasta la fin
de vuestra vida: a esto os respondo que, mirada la forma de la capitulación,
vuestra escusa de ser guardado no puede haver lugar, mas, pues tan poca estima
hazéis de vuestra honra, no me maravillo que neguéis ser obligado a cumplir
vuestra promessa; y vuestras palabras no satisfazen por vuestra honra, porque
yo he dicho, y diré sin mentir, que vos havéis echo ruinmente y vilmente en no
guardarme la fe que me distes conforme a la capitulación de Madrid. Y diziendo
esto no os culpo de cosas secretas ni impossibles de provar, pues parece por
escripturas de vuestra mano firmadas, las quales vos no podéis escusar ni
negar. Y si quisierdes afirmar lo contrario, pues ya os tengo yo habilitado
solamente para este combate, digo que por bien de la christiandad y por evitar
efusión de sangre y poner fin a esta guerra, y por defender mi justa demanda,
manterné de mi persona a la vuestra ser lo que he dicho verdad; mas no quiero
usar con vos de las palabras que vos usáis, pues vuestras obras, sin que yo ni
otro lo diga, son las que os desmienten, y también porque cada uno puede desde
lexos usar de tales palabras más seguramente que desde cerca. A lo que dezís
que, pues contra verdad os he querido cargar, de aquí adelante no os escriva
cosa alguna, mas que assegure el campo y vos traeréis las armas, conviene que
hayáis paciencia de que se digan vuestras obras e que yo os escriva esta
respuesta, por la qual digo que acepto el dar del campo e soy contento de
assegurároslo por mi parte por todos los medios razonables que para ello se
podrá[n] hallar, y a este efecto, y por más prompto e expediente, desde agora
os nombro el lugar para el dicho combate, sobre el río que passa entre
Fuenterrabía y Andaya, en la parte y de la manera que de común consentimiento
será ordenado por más seguro y conveniente, y me parece que de razón no lo
podéis en alguna manera rehusar ni dezir no ser harto seguro, pues en él
fuistes vos soltado, dando vuestros hijos por rehenes y vuestra fe de bolver,
como dicho es, y también visto que, pues en el mismo río fiastes vuestra
persona y las de vuestros hijos, podéis bien fiar agora la vuestra sola, pues
porné yo también la mía y se hallarán medios para que, no obstante el sitio del
lugar, ninguna ventaja tenga más el uno que el otro; y para este efecto y para
concertar la elección de las armas, que pretendo yo pertenecerme a mi, y no a
vos, y porque en la conclusión no haya(n) longuerías ni dilaciones, podremos
embiar gentiles hombres de entramas partes al dicho lugar, con poder bastante
para platicar y concertar, assí la igual seguridad del campo como la eleción de
las armas, el día del combate y la resta que tocará a este efecto. Y si dentro
de quarenta días después de la presentación désta no me respondéis ni avisáis
de vuestra intención, bien se podrá ver que la dilación del combate será
vuestra, que os será imputado y ayuntado con la falta de no haver cumplido lo
que prometistes en Madrid. Y quanto a lo que protestáis que si después de
vuestra declaración en otras partes yo digo o escrivo palabras contra vuestra
honra, que la vergüença de la dilación del combate será mía, pues que venidos a
él cessan todas escripturas, vuestra protestación sería bien escusada, pues no
me podéis vos vedar que yo no diga verdad, aunque os pese, e también soy seguro
que no podré yo recebir vergüença de la dilación del combate, pues puede todo
el mundo conoscer el afición que de ver la fin dél tengo. Fecha en Monçón, en
mi reino de Aragón, a veinte y quatro días del mes de junio, de mill y
quinientos y veinte y ocho años.
CHARLES[693].
Espectáculo único: que todo aquel batallar de una y otra
Monarquía por el predominio de Italia se resolviese en el combate de hombre a
hombre entre sus dos soberanos. Pero el rey de armas mandado por Carlos V hubo
de esperar casi dos meses en Fuenterrabía, como entonces llamaban los
documentos a la actual villa de Hondarribia, a que Francisco I le diese
licencia para presentarse en su Corte. Y también en aquella ocasión el Rey tuvo
una larga habla ante los suyos para rechazar aquel cartel de desafío, aduciendo
que lo único que admitiría era la seguridad del campo, dejando ya las palabras
para entrar en las acciones; cosa muy contraria al Emperador, quien quería
dejar bien manifiesto a todos cuál había sido el comportamiento de ambos y las
claras razones por las que luchaba.
Pues, como si se anticipara un siglo a los versos inmortales de Calderón,
también Carlos V parecía pertenecer a aquel linaje de hombres, como aquel Pedro
Crespo, el alcalde de Zalamea la Serena, quien advertía a Juan, su hijo:
No riñas por cualquier cosa:
que cuando en los pueblos miro
muchos que a reñir enseñan,
mil veces entre mí digo:
Aquesta escuela no es
la que ha de ser, pues colijo
que no ha de enseñarse a un hombre
a reñir, sino a por qué
ha de reñir; que yo afirmo
que si hubiera un maestro solo
que enseñara prevenido,
no el cómo, el por qué se riña,
todos le dieran sus hijos[694].
Pero a Carlos V algo le quedó como frustración por no cumplir
aquel enfrentamiento armado con su rival. Ya no sabía a qué atenerse. Lo había
tenido como el envidiado rey-soldado, a quien había visto al frente de sus
ejércitos, lo había tenido también como su prisionero, llegó en una ocasión a
esperar trocarlo de enemigo en amigo, de adversario en aliado, de rival en
hermano. Y, de pronto, rompía sus juramentos, lo que resultaba increíble para
su mentalidad caballeresca. Le desafiaba y le esquivaba. ¿Quién era en verdad
Francisco I? Cuando regresa Granvela, su embajador en París, liberado al fin
por el rey francés, Carlos V le acosa a preguntas:
No dejaba de preguntarle qué era lo que sentía del corazón del
rey de Francia…[695]
§. Preparando el viaje
Carlos V abandonó las Cortes de Monzón, dejando allí para representarle al
duque de Calabria, no solo por el gran afecto que le había cogido —recordemos
que había sido su padrino de boda—, sino también por el alto cargo que tenía en
la Corona de Aragón, como virrey de Valencia.
El 19 de julio dejaba Monzón el César. El 22 entraba en Zaragoza, donde
reposaría cuatro días en el palacio-fortaleza de la Aljafería, donde pudo
disfrutar de la suntuosidad de sus salones, en particular del mandado construir
por sus abuelos los Reyes Católicos, el por ello denominado de Santa Isabel,
con su hermosísimo artesonado mudéjar. Continuando su regreso a Castilla en
pleno verano, el 3 de agosto llegaba a Madrid y el 16 de octubre a Toledo,
donde se reuniría con su esposa, la Emperatriz, y con sus hijos Felipe y María,
estos muy niños aún, pues el Príncipe no tenía todavía el año y medio, y la
Infanta apenas unos meses.
Y fue entonces cuando una noticia escandalizó a la Corte: el secretario
imperial Jean Lalemand había sido detenido, acusado de traición por trato con
los franceses y de corrupción, por recibir sobornos. Aunque sería absuelto del
primer cargo, Lalemand perdería su alto puesto, con pena de destierro a cinco
leguas de la Corte. Pero Carlos V, y eso es digno de tener en cuenta, nunca se
ensañó con él, permitiéndole vivir libremente donde quisiera[696].
§. «En medio del camino de su vida»
En medio del camino de su vida, a los 28 años de su existencia, Carlos V puede
hacer un balance de lo que había sido su existencia. Era cierto que la opinión
pública, dentro y fuera de España, se hacían lenguas de su increíble fortuna,
pues si había sufrido algunos graves contratiempos, todos los había superado.
Así, en 1521 el temible alzamiento de las Comunidades de Castilla se había
resuelto en apenas una escaramuza entre la caballería realista y los infantes
comuneros, en un rincón de la estepa castellana de nombre Villalar. Cuatro años
más tarde sus tercios viejos, que parecen condenados a la derrota, se alzan con
la sorprendente victoria de Pavía, donde logran además apresar nada menos que
al rey de Francia. Dos años más tarde el que cae prisionero es un personaje aún
más destacado en la Cristiandad: el propio papa Clemente VII. Y aunque Francia
no se diera por vencida, mandando otro fuerte ejército sobre Nápoles en aquel
mismo año de 1528, el resultado sería que, en este caso, la peste daría buena
cuenta de él, de forma que todas las fuerzas, las de los hombres y las que
estaban por encima de ellos parecían aunarse a favor del César. Como exclamaría
desde su refugio de los Países Bajos Luis Vives, parecía que los adversarios
incrementaban sus fuerzas para hacer más grandes las victorias del Emperador.
Y todo ocurriendo mientras un puñado de españoles, como Hernán Cortés y sus
huestes, hacían más grande su Imperio conquistando el de los aztecas en México,
y cuando aquel navegante portugués a su servicio, Magallanes, acompañado entre
otros valientes por el vasco Sebastián Elcano, era capaz de iniciar la primera
vuelta al mundo, sin duda la mayor hazaña de todo el Quinientos, a la altura de
las gestas colombinas, y una de las mayores de la Historia.
Y, sin embargo, Carlos V no estaba del todo satisfecho. ¿Por qué? Porque en
ninguna de aquellas acciones había participado directamente.
Y ahora —ahora, a fines de 1528— es cuando cree llegada su hora de presentarse
en medio de Europa, imponiendo su personalidad, jugando como el primer
protagonista de su tiempo.
Era algo para lo que se había preparado concienzudamente, haciéndose con lo que
eran a todas luces las bases más firmes de su poderío: con los Países Bajos,
sus tierras natales, tan ricas, tan exuberantes y tan bien situadas en el
corazón de Europa (donde podía contar, además, con el concurso de una gran
mujer, su tía Margarita, instalada ya en Bruselas como gobernadora general de
aquellas tierras), y asimismo con España, y más concretamente con la Corona de
Castilla, que Carlos ha sabido pacificar, no solo con un amplio perdón a las
antiguas ciudades comuneras, sino y sobre todo poniendo allí su hogar. Su boda
con la princesa portuguesa que le habían pedido las Cortes castellanas, y el
nacimiento de aquel príncipe Felipe, en medio de Castilla, habían asegurado ya
esa alianza entre el César y su pueblo castellano. Buen signo de ello sería,
como ya hemos consignado, que aquel modesto párroco de un rincón rural cercano a
Salamanca, el párroco de Villoruela anotara en su libro sacramental la noticia
del nacimiento del primogénito de Carlos V de esta manera:
… nasció… el príncipe de Castilla don Felipe…
Los Países Bajos, pues, asegurados primero, con el gobierno
firme e inteligente de Margarita de Austria, y después España bajo el control
del gobierno imperial. Era como iniciar un círculo en torno a la Europa
cristiana.
Sería el momento de tender el siguiente arco hacia Italia, que permitiera
cerrar más adelante aquel círculo con el postrero arco sobre Alemania.
¡Italia, por tanto, en el horizonte! El gran objetivo para todas las
Cancillerías europeas incluida la turca. La Italia renacentista, la de las Cortes
fastuosas y brillantes, la que parecía que su dominio suponía el dominio del
mundo. Italia que con Roma tenía la aureola de la Antigüedad y con Florencia y
Venecia aportaba además el brillo del Renacimiento. Y los recuerdos del pasado,
junto con los estímulos del presente se agolpaban sobre Carlos V que tenía
entonces la misma edad que Aníbal cuando había partido de España para franquear
los Alpes e irrumpir en Italia. Por entonces, Carlos expresaba así sus afanes
más profundos: realizar aquel viaje, que le había de reportar honor y gloria:
J’ai ceste chose autant au coeur… Je diz: ce voyage.
Y añadía, precisando la idea que era ya como una obsesión:
Mon intention se pourra executer selon mon desir, que est: de me
trouver en lieu ou je puisse gagner et acroissir honneur et reputation[697].
Ahora bien, tamaña empresa requería dinero, mucho dinero, junto
con los máximos apoyos para contrastar las resistencias, en particular de los
franceses. Y tras tantos años de guerra los recursos del Emperador, en
particular los que recibía de Castilla, eran cada vez menores. A su hermano
Fernando se lo diría sin reservas, con una frase que bien podría firmar,
pasados los siglos, el propio Napoleón:
Mais, bon frère, vous savez que telles grandes choses ne se
peuvent exécuter sans grosse provision d’argente, qu’est le fondement et le
nerf pour achever telle emprinse à nostre honneur et prouffit[698].
Antes, ya había solicitado apoyos a los mismos príncipes
alemanes, como el que pidió al Elector del Palatinado el 3 de febrero de 1528
con estos expresivos términos que nos recoge Brandi, escritos en alemán por el
propio Emperador:
Thut auf diesmal bey myr das best, das Wyl ich bei Euch auch
thun.
Y firmaba:
«Carolus»[699].
Porque todo parece poco para asegurar aquel viaje a Italia,
contra el que se oponen algunos de sus consejeros, pero que él está dispuesto a
emprender por encima de todo.
Eso sí, dejando en Castilla al frente del Reino a su esposa la Emperatriz, con
detalladas instrucciones de gobierno.
§. Los poderes de la Emperatriz
Con todo dispuesto para su marcha, Carlos V firmaría en Toledo, el 8 de marzo
de 1529, el mismo día en que emprendería su viaje[700], los
poderes marcando la sucesión a favor de su hijo Felipe y dejando a la
emperatriz Isabel como Regente del Reino, o como indican los documentos
imperiales, lugarteniente general, gobernadora y administradora. Lo hace
dándole toda la formalidad que pediría el acto en situación normal, «como si
fuese fecha y promulgada en Cortes». Se trata, por tanto, de un gesto
absolutista («de nuestra cierta sciencia y propio motuo e poderio real
absoluto, de que en esta parte queremos usar e usamos, como reyes y señores
naturales, no reconocientes superior en lo temporal»), pero justificándolo como
algo que cumplía al servicio de Dios y al bien general del Reino[701]. Pero lo
que importa es comprobar cómo justifica Carlos V aquella medida: los franceses
habían invadido el reino de Nápoles con tal fuerza que estaba en peligro de
perderse, y con él todos los otros Reinos que Carlos tenía en Italia. Y aún
más: el propio Turco amenazaba con invadir aquellas tierras. De forma que de
aquellas partes se le urgía para que se presentase en ellas:
… porque sola la presencia de mí, el Rey, es la que lo puede
remediar…
Pues tanto los capitanes como los ministros que en Italia tenía
eran unánimes a pedírselo:
… los cuales nos envían a suplicar y requerir, con mucha
instancia… vaya con mucha brevedad a socorrer aquello, a donde hay tanta
necesidad que sin ella —la presencia de Carlos V— no se puede sostener ni
conservar…[702]
Esa era la razón que llevaba a Carlos V a ponerse en aquellos
trabajos y peligros; los trabajos de los viajes, y los peligros de la guerra,
pues no se olvide que cuando Carlos V iniciaba su ida a Italia, todavía no se
había firmado la paz de las Damas con Francia. Ahora bien, no dejaba de
apuntarse, además, que existía otra gran amenaza, como era la de la herejía que
cada vez tomaba más cuerpo en Alemania, asimismo amenazada por el Turco. Y esa
era una grave cuestión que no podía dejarse de lado:
… que aunque los dichos Reinos y Estados no fuesen nuestros,
siendo de la religión cristiana, tengo obligación de poner en ello el remedio
que pudiese…[703]
De forma que el Emperador ya marca dos objetivos para su viaje:
pacificar Italia, luchando contra franceses y turcos, y aquietar Alemania,
conturbada por herejías y asimismo amenazada por el Turco. Ahora bien, deja
constancia de que, tras cumplir esos deberes, él desea regresar.
En efecto, Carlos V prometerá en aquella proclama su vuelta a España tan pronto
como le fuera posible, asentada la paz en la Cristiandad, de modo
… que pueda volver a estos Reinos y estar y vivir en
ellos como lo deseo…[704]
Junto con esa proclama a sus vasallos de Castilla, Carlos V
dejaba también unas Instrucciones a la Emperatriz para la buena ejecución de
sus tareas de gobernadora, en especial las de la Justicia; y por ellas sabemos
que no era la primera vez que Isabel lo hacía, dado que le insta a que
procediera
… como yo lo he acostumbrado y fecho siempre y ella lo
hizo el tiempo que yo estuve absente el pasado año de quinientos e veinte y
ocho en Aragón y Valencia[705].
Con lo cual, algo a tener en cuenta: la frontera que se
establece en la propia España entre las dos Coronas de Castilla y Aragón, de
forma que al dejar Castilla, aunque no abandonara España, Carlos V ya se cree
obligado a nombrar un lugarteniente para Castilla. Pero está claro que eso era
mucho más obligado, cuando se trataba de salir de España.
El documento nos da otras referencias nada desdeñables, para conocer el buen
gobierno de aquella Monarquía carolina: por ejemplo, la norma de no admitir a
nadie en el Consejo Real; a nadie, se entiende, de cualquier miembro de la alta
nobleza, siempre tratando de ganar cotas en el poder.
En segundo lugar se cita «el Consejo que dicen de Estado», en el cual coloca
Carlos V a cuatro ministros: Fonseca, arzobispo de Toledo; Tavera, arzobispo de
Santiago; don Juan de Zúñiga, conde de Miranda y don Juan Manuel, señor de
Belmonte; por lo tanto, dos miembros del alto clero y otros dos de la alta
nobleza. Él llevará consigo los que entonces gozaban de su máxima confianza: el
canciller Gattinara, Nicolás Perrenot de Granvela y Francisco de los Cobos. Es
de resaltar también el tono personal de esas Instrucciones desde el primer
momento:
La orden que yo deseo que la Emperatriz y Reina, mi muy cara e
muy amada mujer, mande que se guarde y tenga durante mi absencia en la
gobernación destos Reinos es la siguiente…[706]
No cabe duda: ese alejarse de los términos mayestáticos es lo
que da mayor fuerza al documento; Carlos V afirma así, de forma categórica,
cuál es su voluntad de cómo se tenía que gobernar Castilla.
Unas Instrucciones, por otra parte, de tipo general, que irían acompañadas de
otras ya restrictivas, en particular respecto a las gracias que solía conceder
la Corona, en especial en la provisión de oficios que quedasen vacantes, de los
cuales el Emperador se reservaba los más importantes, con referencia expresa a
una serie de ciudades. Y es aquí donde podemos conocer cuáles eran para Carlos
V las más importantes: en Castilla la Vieja, Valladolid, Burgos, Segovia y
Salamanca; en Castilla la Nueva tan solo Toledo; en fin, en el sur, las cuatro
andaluzas cabezas de otros tantos Reinos: Jaén, Córdoba, Sevilla y Granada[707].
Y dio comienzo aquel gran viaje, aquella empresa que tenía por fin pacificar
Italia, recibir la corona imperial de manos del Papa (pasando así de emperador
electo a emperador consagrado, con facultad de promover en vida la elección de
su sucesor, con título de rey de Romanos), conciliar las cosas de la religión,
tan alteradas en Alemania, y defender a toda la Cristiandad de las temibles
oleadas turcas.
§. En ruta hacia Italia
El 8 de marzo salía de Toledo el Emperador, camino de Italia. Era la segunda vez
que dejaba España y también, como en la primera, a la búsqueda de una corona
imperial. Pero añadiendo otros afanes. Y, sobre todo, en gran contraste.
¡Cuánta diferencia, en efecto, con su marcha en 1520! Entonces Carlos V había
dejado una España revuelta, con Castilla tan alterada por el continuo atropello
de la camarilla flamenca, con Valencia tan ofendida por el olvido que había
sufrido y con la imagen de un soberano extranjero que ni parecía querer a
España y que, desde luego, no era querido por España. Y como punto principal
del contraste, la propia Toledo, que en 1520 ya estaba en armas contra el César
y que ahora, en 1529, no solo lo veía salir en paz sino dejando en su seno y a
su confianza y protección a la joven Emperatriz con sus dos hijos de tiernísima
edad.
Y ese sí que era un signo claro de la profunda transformación ocurrida: que la
principal ciudad comunera, la primera en alzarse en armas y la última en ser
domeñada fuera ahora el asiento del hogar imperial.
Por otra parte, el vencedor de Pavía y de Roma se disponía a presentarse en el
gran escenario del mundo, y no como un jovenzuelo desorientado y mal asistido
por consejeros rapaces, sino como el César triunfante.
Iban a ser unas jornadas cargadas de Historia y la nobleza castellana quiso
acudir a la cita. Aquí, el testimonio del cronista es sucinto pero preciso:
Partió de Toledo —Carlos V—…, acompañado de toda la nobleza de
Castilla…[708]
Sin duda iba ansioso de arrebatar al destino toda la gloria
posible; no diremos que alegre, pues atrás dejaba a la Emperatriz, con la que
tan tiernamente estaba unido, y a sus dos hijos tan pequeños, que el mayor aún
no había cumplido los dos años. Y, a la contra, no es ocioso añadir que quien
quedaba triste y afligida —y acaso agobiada por aquella ingente tarea de
gobernar Castilla en ausencia del Emperador— era Isabel, su mujer. De forma que
no sería una casualidad que a los pocos días enfermara de cuidado, hasta el
punto de hacer testamento[709]. Y todavía
el 2 de abril, aunque ya se iniciara su mejoría, Isabel no puede escribir de su
mano al Emperador, y solo ponerle esta postdata en su dulce lengua portuguesa:
Não estoa tão mal que via poder fazer ista por minha mão, mas
por ficar esvazzida da calentura, fiz não deter este coreo sin que fosse asy.
La Reina[710].
Era el 2 de abril de 1529.
Para entonces, Carlos V estaba ya en Zaragoza, donde había llegado el 23 de
marzo y donde permanecería casi un mes, hasta el 18 de abril. Los casi 400
kilómetros entre Toledo y Zaragoza los había hecho en 15 días, casi de un
tirón, descansando solo dos días en Aranjuez, uno en Calatayud y otro en La
Almunia. Por lo tanto, en 12 jornadas, a una media de 5 leguas y media (unos 33
kilómetros).
¿Qué llevó a Carlos V a tan prolongada estancia en Zaragoza, dada su prisa por
llegar a Italia? Por supuesto que todavía sería más larga la que tendría en
Barcelona, por esperar noticias de la paz que se negociaba con el papa Clemente
VII. ¿Y en el caso de Zaragoza? Aquí también nos encontramos con Portugal, en
torno al derecho de la navegación hacia las Molucas.
Veámoslo con algún detalle.
Para ello debemos remontarnos a la primera llegada de los españoles a tales
tierras, con la famosa expedición iniciada por Magallanes. El marino portugués
al servicio de Carlos V había tenido la fortuna —y el arrojo— de descubrir y
franquear el estrecho que lleva su nombre, pasando así del Atlántico al
Pacífico; pero había muerto ya, antes de que su flota anclase en las Molucas;
una flota que había quedado reducida a dos naves —Trinidad y Victoria—,
de las que solo la Victoria seguiría rumbo a Occidente,
después de cargar abundantes especias en el puerto de Tidore. La llegada de
Elcano a Sanlúcar de Barrameda, con solo 18 hombres de los 265 que habían
zarpado tres años antes de España, causó sensación, como ya hemos indicado en
su momento. Desde entonces, y en parte por las nuevas expediciones que salieron
de Castilla y de las Indias hacia las islas de las Especias, el pleito estaba
abierto con Portugal, que se creía con derecho al monopolio de aquella navegación.
Todo dependía de la medición del globo y de su reparto, conforme al Tratado de
Tordesillas de 1494, que si favorecía a los portugueses de cara a su
penetración en Brasil, tenía la contrapartida de hacer más problemáticos sus
derechos sobre las Molucas, en el Extremo Oriente. De ahí los roces de las dos
Coronas. Pero Carlos V resultaba entonces muy vulnerable, porque en 1529, y de
cara a su viaje a Italia, le resultaba imprescindible tener asegurada su
frontera occidental con los portugueses. No le bastaba con que su hermana
Catalina fuese entonces la reina de Portugal ni con que una portuguesa, su
esposa Isabel, quedase como gobernadora de Castilla. Nada de eso parecía bastar
a Carlos V, ante la imperiosa necesidad de dejar bien seguras sus espaldas[711].
Y estaba también la otra imperiosa necesidad, la de conseguir dinero y más
dinero, para financiar la empresa de Italia. De ese modo se llegaría al Tratado
de Zaragoza, por el que Carlos V cedía sus derechos a las Molucas, contra el
pago de 380.000 ducados, aunque con el acuerdo de retroventa.
¿Qué papel jugó en el Tratado su hermana Catalina? Podría pensarse que ayudando
a vencer las resistencias de su marido Juan III de Portugal, que entonces
aducía dificultades monetarias, negándose por ejemplo a mandar ninguna ayuda a
Fernando, tan agobiado por la amenaza que se le venía encima desde Oriente;
pues recordemos que sería en el verano de 1529 cuando Solimán el Magnífico
lanzaría su tremenda ofensiva sobre Viena, y que de eso ya se tenían sospechas
en la primavera. La propia Catalina daría cuenta a Carlos V de la negativa del
Rey, si bien, eso sí, añadiéndole su ruego personal: que el Emperador no dejase
de la mano a Fernando:
V. M., por amor de Dios, se acuerde que no tiene otro [hermano]
y cuanto siempre le ha servido, y a mí me perdone este atrevimiento, que el
mucho amor me lo hace hacer…[712]
El examen de la documentación cruzada entre las cortes imperial
y de Lisboa, publicada por Aude Viaud, permite comprobar que no resultó fácil
alcanzar un acuerdo, y que Catalina se mostró más bien como lo que era, la
reina de Portugal, antes que como favorecedora de los intereses del Emperador.
De modo que tratándose de un asunto que movía tantas pasiones en Portugal,
Catalina le ruega una y otra vez a Carlos V que acceda a las peticiones de Juan
III:
… por lo que mí en eso va…[713]
Esto es, Catalina se estaba jugando su prestigio, y acaso algo
más, en la Corte lisboeta y en el mismo seno familiar, si no apoyaba
eficazmente a su marido Juan III en sus pretensiones sobre las Molucas:
… me llegaría al alma ver que no se haría cosa tan justa…[714]
Y todo hace pensar que Carlos V no fue ajeno a esa presión de su
hermana.
Ese sería, en resumen el Tratado de Zaragoza de 1529, por el que Carlos V cedía
sus derechos sobre las Molucas a Portugal; un Tratado mal visto por Castilla,
pues como el propio príncipe Felipe señalaría años más tarde, cuando se hizo
con el gobierno de España, aquel comercio de las especias rentaba más año tras
año que lo que el Emperador había recibido por una sola vez. Ahora bien, sin
duda estaban en juego otras consideraciones, aparte de las económicas.
Con ese sentimiento, Carlos V continuó su viaje a Barcelona, de donde tenía
proyectado zarpar para Génova. Llegaba a la ciudad condal el 30 de abril y
permanecería en ella casi tres meses, hasta su embarque en la armada que le
había de llevar a Italia el 27 de julio[715].
Antes de llegar a Barcelona, Carlos V rindió su homenaje mariano al santuario
de Nuestra Señora de Montserrat, en cuyo albergue pasaría la noche del 28 de
abril. Dos días después hacía su solemne entrada por la tarde en la ciudad
condal, a cuyas puertas acudieron a recibirle los Concellers[716]. Una vez
más, conforme con su propósito de comunicarse con sus súbditos, tendría su
discurso público («el discurso de la Corona»), para manifestar también allí
cuáles eran los motivos que le llevaban a emprender viaje a Italia[717].
Y allí, mientras se iban aparejando las galeras que habían de llevarle a
Génova, Carlos V va teniendo buenas noticias, tanto de la marcha de la guerra,
como de las negociaciones diplomáticas. Pues por una parte, Antonio de Leyva se
encargaba de batir, una vez más, a los franceses, en este caso en Landriano,
derrotando a su jefe, el conde Saint-Pol; mientras que al fin se firmaba la paz
con Clemente VII y se avivaban las conversaciones en Cambray entre Margarita de
Austria, por la parte imperial, y Luisa de Saboya, la madre de Francisco I, por
la de Francia.
Todo eran, pues, buenos augurios, hasta el punto que el canciller Gattinara
exclamaría que parecía
… como si las cosas del Emperador fueran guiadas
maravillosamente por el mismo Dios…[718]
Sin embargo, Carlos V estaba demasiado escarmentado por los
reiterados ataques de Francisco I para confiarse del todo. Por aquellas fechas,
al autorizar desde Barcelona las negociaciones de su tía Margarita con la Reina
madre de Francia, no podía menos de expresar sus dudas sobre los resultados[719]. Pero de
lo que no las tenía era sobre su viaje. Aunque tuviera que vender la ciudad de
Toledo, lo haría, exclamaría ante las dificultades económicas que se le
presentaban[720]. Está
claro que era una exageración, una forma de expresar su decisión.
En los meses de junio y julio fueron llegando las galeras de España y las
genovesas conforme aquella alianza recién estrenada. Todo estaba a punto para
el embarque, cosa lenta por otra parte dada la gran cantidad de nobles que
acompañaban a Carlos V con su clientela, sin contar los 12.000 soldados de su
séquito armado, en su mayoría españoles de las dos Castillas, de Extremadura y
de Andalucía[721].
Antes de zarpar, Carlos V procedió a cumplir un ruego de su tía Margarita: la
legitimación de aquella hija suya que se criaba en la corte de Bruselas, la que
la Historia conoce con el nombre de Margarita de Parma[722].
El 28 de julio salía Carlos V de Barcelona. Con algunos vaivenes, pues le vemos
desembarcar en Palamós el 30, al fin se adentra con su escuadra en el mar,
bordea la costa francesa y desembarca el 12 de agosto en Génova.
Era la primera vez que el César cruzaba el Mediterráneo y la primera también
que llegaba a Italia. Para él, un momento cargado de emociones, de lo que
dejaría escueta referencia en sus Memorias.
Para entonces, ya se había firmado la paz de Cambrai con Francia que ponía fin
a la segunda guerra con Francisco I. Se sucederían seis años de relativa
concordia con la otra gran potencia de la Cristiandad, que Carlos V
aprovecharía debidamente.
De momento, le permitiría asentar las cosas de Italia, conforme al plan que
llevaba.
Solo una noticia le inquietaba: los turcos habían desencadenado una peligrosa
ofensiva sobre la misma Viena, y su hermano Fernando le urgía, pidiéndole
socorro. ¿Debería, pues, abandonar su plan inicial, posponiendo su coronación y
su entrevista con el Papa?
En efecto, Fernando urgía desesperadamente desde Linz, a mediados de agosto,
para que su hermano le asistiese: el Turco avanzaba, Danubio arriba, con
temible ejército y Viena estaba en peligro:
… se tiene por cierto que quiere venir derecho a la ciudad de
Viena…
Y con un ejército aún mayor que el que había llevado para tomar
Hungría en 1526. Con lo cual no ya Viena, sino todo el Imperio estaba en
peligro:
… si el tiempo le fuere propicio, entiende pasar adelante…
De forma que el peligro era cierto, tanto más cuanto que los
recursos del rey de Hungría eran escasos. Y Fernando apela a su hermano:
… me quiera socorrer y ayudar en tan grande necesidad…
E insiste, viéndose sin remedio:
… llegando la, como dicen, agua a la boca…[723]
Carlos V no cambiaría por ello sus planes de entrevistarse con
el Papa, de recibir las dos últimas coronas imperiales y de pacificar Italia. A
lo único que renunciará, por el momento, sería ir a Roma, demasiado alejada.
Decide que su encuentro con Clemente VII sea en Bolonia para que, si las cosas
se torcían demasiado, poder acudir al Imperio[724]. Eso le
obligaría a otra negociación con el Papa, pues ni Clemente VII ni sus
consejeros querían salir de Roma[725].
No era Fernando el único alarmado; también la Emperatriz lo estaba, sobre todo
después de la noticia de que Barbarroja se había apoderado del Peñón de Argel.
¿No caería el temible corsario sobre las plazas norteafricanas que poseía la
Monarquía? ¿Podrían defenderse Orán, Mers-el-Kebir y Bugía? El propio mediodía
español, de Cartagena a Cádiz, pasando por Almería y Gibraltar, estaba en
peligro. ¿No sería bueno emplear en su defensa a las Órdenes Militares? Tal
sería la misión encomendada a Cobos por Isabel cuando todavía Carlos V se
hallaba en Barcelona[726].
De forma que no le faltaron a Carlos V los problemas. Confiando en su buena
suerte, esperando que Viena aguantara la ofensiva turca y sin agobiarse por las
amenazas que se cernían sobre España, Carlos V mantuvo la cabeza fría: lo
primero, salvo un imprevisto mayor y más grave, era su tarea italiana,
convertirse en Emperador con pleno derecho, llegar a un acuerdo con el Papa,
sosegar de una vez las cosas de Italia.
Y tuvo fortuna. Antes de su entrada en Bolonia le llegó la buena nueva: el
Turco había alzado el asedio de Viena y se retiraba a Constantinopla. Quizás
habituado a la facilidad con que había emprendido sus otras dos campañas de
1521 y 1526, en esta ocasión Solimán el Magnífico había llegado demasiado tarde
a las puertas de Viena. A fines de septiembre se hallaba ante ella. Para
entonces ya era el otoño, y un otoño particularmente lluvioso, lo que
dificultaría sus conexiones con la retaguardia y el debido aprovisionamiento de
sus tropas. Por otra parte, Fernando había preparado cuidadosamente la defensa
de Viena, que pudo rechazar los desesperados asaltos de los turcos. El 14 de
octubre Solimán ordenaba la retirada. Por aquellas fechas, Carlos V caminaba
lentamente por el norte de Italia. En Piacenza se encontraría con Leyva y sus
tercios viejos. Para Carlos V fue una jornada muy emotiva:
El Emperador —nos refiere el cronista Pedro Mexía— honró mucho e
rescibió con grande alegría [a Leyva], como su persona e sus fechos lo
merescían[727].
En Piacenza permanecería Carlos V casi todo el mes de octubre.
Esperaba dos noticias: la primera, la retirada de Solimán el Magnífico de
Austria; la segunda, la entrada de Clemente VII en Bolonia. Cuando le llegan
ambas nuevas, se pone en camino para su encuentro con el Papa.
En sosiego España, confirmada la paz con Francia, asegurada Austria y las
tierras del Imperio, era la hora de Italia, la hora de la concordia con el Papa
y de decir al mundo entero con sus hechos cómo era el Emperador, cómo era en
verdad Carlos V.
Entretanto, Bolonia se aprestaba para recibirle. Hace medio siglo, durante mi
propia etapa boloñesa, como colegial del Colegio de San Clemente de los
españoles de Bolonia, pude constatar en su Archivo el despliegue de la ciudad
para ofrecer su mejor cara a su imperial visitante, y no solo con la limpieza
de sus calles y plazas o con el adorno de sus viviendas, pues también sus
vecinos habían de ponerse sus mejores galas[728].
Y llegó el día de la entrada triunfal de Carlos V, que fue el 5 de noviembre de
1529. Rompían la marcha 200 hombres de armas con sus caballos bien enjaezados y
haciendo sonar sus trompetas. Era el anuncio jubiloso del magno desfile. Seguía
un tren artillero de 16 cañones. A continuación la infantería, con 4.000
soldados, y en su centro su capitán, el hombre de leyenda, Antonio de Leyva,
llevado en silla, pues que los achaques sufridos en tantos combates así le
habían dejado. Luego, otro buen golpe de caballeros borgoñones y flamencos,
muy bien armados e sus lanzas en caxa…
Le seguía parte del séquito imperial, anunciando ya la presencia
de Carlos V
… en un muy grande caballo encubertado…,
bien acompañado de los magnates de todas las partes del Imperio
que se habían sumado a su gloria. Cerraban el desfile la guarda imperial y
3.000 veteranos de los temibles tercios viejos[729].
En la alta plaza de San Petronio y en lo alto de las gradas de la iglesia,
esperaba ya Clemente VII, rodeado del colegio cardenalicio. Ante el cual Carlos
V pronunciaría su salutación —y esto es algo a destacar— en español[730].
§. La pacificación de Italia
Carlos V podía negociar con Clemente VII en Bolonia, afianzado por la situación
internacional, tanto por la paz firmada con Francia como por la retirada turca,
tras su fracaso en el asedio de Viena.
La paz con Francia, o paz de las Damas había sido ventajosa para el Emperador,
como no podía ser menos, dadas las continuas victorias de sus armas frente a
las francesas; venía a ser como un reconocimiento de lo pactado en el Tratado
de Madrid, con la ventaja de que al firmarse con Francisco I en libertad podía esperarse
que fuera más duradera. Y una de las señales de que todo iba más en serio sería
el matrimonio del Rey francés con Leonor de Austria. Por otra parte, el rescate
de los dos hijos de Francisco I, hasta entonces custodiados en Pedraza de la
Sierra, de dos millones de coronas (menos las 350.000 que Carlos V debía a
Enrique VIII), supuso una notable aportación económica a las arcas imperiales,
siempre tan necesitadas, al tiempo que se liquidaba la fastidiosa deuda con
Inglaterra. Eso sí, Carlos V renunciaba a sus derechos al ducado de Borgoña[731].
En cuanto a las negociaciones de Bolonia con el Papa, suponen un nuevo intento
de Carlos V de llegar a un acuerdo con esas entrevistas en la cumbre que
prodigaría en su reinado y que es una de sus características más marcadas. Ya
lo había intentado con Enrique VIII y ahora lo haría con Clemente VII.
Y lo haría de un modo concienzudo, llevando consigo un papel donde tenía
anotado todo lo que debía negociar con el Papa[732].
No serían fáciles. De hecho, se prolongarían hasta bien entrado el mes de
marzo, con el paréntesis de la jornada dedicada a la coronación imperial. Como
requisito previo, Clemente VII exigió que el ejército imperial sometiese a la
rebelde Florencia, que se había alzado contra el señorío de su familia[733]. Fue una
penosa contienda, que dejó mala impresión en el ejército imperial. Malo era que
el Emperador diese la imagen de un conquistador que sojuzgase otros pequeños
Estados, pero que lo hiciese en beneficio de un tercero tampoco era crear una
buena estampa. Allí murieron, en aquellos combates, no pocos españoles, y entre
ellos uno de los capitanes más nombrados, Juan de Urbina. También perdería la
vida el propio general en jefe imperial, príncipe de Orange. Cierto que al
menos se procuró que la gran ciudad, maravilla del Renacimiento italiano,
sufriese los menores daños posibles, procurando su rendición por asedio y
renunciando a la vía rápida de la conquista por asalto. Y aquí es obligada la
referencia a Carlos V, consciente de lo que estaba en juego, como lo indica su
carta a la Emperatriz de 29 de mayo de 1530:
… en la empresa de Florencia, que aún no es acabada, hase
acordado dexar la execución de la fuerza porque es muy bien reparada y tienen
mucha gente de guerra…
Por lo tanto, un asalto de dudoso resultado. Pero había algo
más, y el Emperador se lo marca a la Emperatriz:
… y no podría sino recibirse gran daño, aunque se
entrase, ni excusarse la perdición della acabándose desta manera…[734]
Se diría que Carlos V era plenamente consciente de que hubiera
sido terrible que su ejército produjera en Florencia otro saco similar al que
había sufrido Roma tres años antes. Asoma en él un complejo de culpabilidad
ante aquella guerra florentina, y de ahí su disculpa ante la Emperatriz, pues
estaba en juego la amistad con el Papa, requisito imprescindible para conseguir
la tan anhelada pacificación de Italia:
Todo lo de Italia está muy sosegado —es también Carlos V quien
así escribía a la Emperatriz— y en nuestra devoción y amistad y la de nuestro
muy Sancto Padre se confirma cada día más; espero que se conservará, porque por
mi parte no se faltará a ninguna cosa de las que para ello convengan…[735]
También hay que añadir que antes de poner en marcha las
operaciones militares sobre Florencia, Carlos V tanteó un posible acuerdo del
Papa con los florentinos, o bien una compensación a favor de Alejandro de
Médicis en el ducado de Milán que evitase aquella penosa guerra contra los
florentinos, y a tal fin encomendó al duque de Sessa que lo negociara con
Clemente VII, encontrándose con la negativa del Papa.
Y no era solo la pacificación de Italia lo que estaba en juego; también la
quietud de toda la Cristiandad, pues la única forma de que franceses e ingleses
respetaran a Carlos V era viéndole seguro en Italia; así razonaba el Emperador
con su hermano Fernando[736].
La alianza, pues, con Clemente VII, como base de su política italiana; pero
también llegar a un acuerdo con Venecia y solucionar de una vez el conflicto
sobre el ducado de Milán, por cuyo dominio tanto habían forcejeado franceses e
imperiales. En cuanto al acuerdo con Venecia, se logró a través de una
operación diplomática de alto calado: la Liga defensiva de Italia, en la que
entraban, junto con el Papa y el Emperador, la misma Venecia, Fernando (que no
en vano se esperaba de él que se convirtiese pronto en rey de Romanos), las
repúblicas de Génova, Siena y Lucca, el duque de Saboya y el marqués de Mantua
y Monferrato, al que convertiría Carlos V en duque.
Y aún faltaba por integrarse otro Estado, en una operación diplomática que
sería clave en aquellos momentos: el ducado de Milán. Había sido el objetivo
principal de franceses y españoles, desde que Francisco I lo había conquistado
en 1515. Diez años después, la batalla de Pavía parecería haber resuelto la
cuestión favorablemente para la Monarquía Católica, pero la Liga de Cognac o
clementina, que había coaligado a media Europa occidental contra Carlos V, lo
puso todo otra vez en entredicho. Entre los aliados estaban Venecia y el mismo
duque Francesco Sforza, cuya casa era la que había señoreado aquel Ducado antes
del comienzo de las hostilidades. Ahora bien, dado que Milán era feudataria del
Imperio y, sobre todo, dado que las últimas victorias habían sido otra vez
favorables al Emperador, podría pensarse ya en una incorporación lisa y llana
del Ducado a la Monarquía Católica; era lo que pedían los tercios viejos
españoles y su principal capitán, Antonio de Leyva. Si fuésemos a creer al
cronista Sepúlveda, contemporáneo de aquellos sucesos y que entonces se hallaba
en Italia, Leyva había pronunciado un largo y vehemente discurso ante el
Emperador, protestando enérgicamente porque los diplomáticos deshiciesen todo
lo que habían conseguido los soldados con su sangre y su esfuerzo[737].
Pero Carlos V pensaba de otro modo: no era el momento de aumentar tan
ostensiblemente sus dominios en Italia, sino de conseguir la paz en la
Península y de ganar crédito ante aliados y adversarios. Toda la propaganda
imperial había estado encaminada a presentarlo como el defensor de la
Cristiandad, el César que no quería nada que no fuese suyo, el que deseaba
aunar la voluntad de las potencias cristianas, grandes y chicas, para combatir
al enemigo común. ¿Dónde quedaría todo eso si se beneficiaba ahora de las
victorias de su tropas para desposeer a personajes como el duque de Milán?
Antes al contrario, reponiéndole en su puesto daba la mayor prueba de su
magnificencia y de su justicia.
De ese modo, Carlos V consiguió algo que tendría después notables
consecuencias: la formación de la Liga defensiva de Italia que la liberase de
nuevas invasiones, a la que ya hemos aludido; liga que se proclamaría pública y
solemnemente en Bolonia el 31 de diciembre de 1529, señalando aquel objetivo
primordial, que era
… para la defensa y quietud de Italia[738].
Era la paz para Italia, después de tantos años de guerras. Era
una buena manera de acabar el año. Carlos V lo había logrado no dejándose
llevar de la presión de los acontecimientos cotidianos. Se había encaminado a
Italia con aquel objetivo: pacificar Italia. Y eso cuando todavía Francisco I
persistía en la guerra y cuando los turcos amenazaban Viena. Y en el momento de
firmar los acuerdos con los potentados italianos, Carlos renunciaba a las
ventajas conseguidas por sus armas; tan solo obligaría al duque Sforza a una
alianza matrimonial y a la presencia de fuerzas españolas en algunas de sus
plazas fuertes.
Pero, en conjunto, podía presentarse en verdad como el Emperador de toda la
Cristiandad, como el pacificador y liberador, no como el odioso usurpador y
conquistador.
Pues lo notable del caso es que Francesco Sforza siguió luchando contra el
Emperador hasta que, viéndose totalmente perdido y que todas sus plazas y
villas iban siendo tomadas por el ejército imperial, acudió a Bolonia para ver
si, con la mediación del Papa, Carlos le perdonaba. Y así fue, como nos refiere
el cronista Pedro Mexía:
El Emperador —nos dice— imitando a Julio César, de cuyo nombre
se preciaba, tenía determinado de vencer perdonando; entonces lo oyó e trató
con mansedumbre y le dio buena esperanza[739].
Y tanta, que en efecto a principios de octubre lo reponía en su
ducado de Milán, con la sola garantía de mantener bajo su control con soldados
españoles los castillos de la capital milanesa y de Como[740].
Faltaba ya tan solo la jornada de su coronación imperial a manos de Clemente
VII para seguir su ruta a las tierras del Imperio.
§. La coronación imperial
Recordemos el ritual: Carlos V ya había recibido en octubre de 1520 en
Aquisgrán la primera de las coronas imperiales. De eso hacía, pues, casi diez
años. Ahora se trataba de recibir, de manos del Papa, las otras dos, la corona
de hierro de Lombardía y la definitiva corona imperial, que le convirtiera en
Emperador con la plenitud de sus derechos, incluido el importantísimo de
promover en vida la designación de su sucesor, con el título de rey de Romanos.
Dos coronaciones, pues, en dos días distintos. La primera, la de la corona
lombarda, realizada el 22 de febrero. La segunda, y más solemne, se haría el 24
de febrero de 1530. Dado que Carlos V llevaba ya casi cuatro meses en Bolonia,
la tardanza era notoria, pero en este caso no por dificultades puestas por el
Papa, sino por deseo personal del Emperador de hacerla coincidir con el día de
su cumpleaños.
Y también eso es algo a tener en cuenta para ir fijando su personalidad.
Asistamos a esa coronación, considerando que estamos ante uno de los momentos
estelares de la vida del Emperador. Asistamos como lo hicieron en su día los
boloñeses y, entre ellos, un grupo muy particular de españoles: los colegiales
del Colegio de San Clemente de los españoles, entre cuyos muros todavía parece
oírse el eco de la visita realizada por Carlos V.
El Papa había ordenado el alojamiento de Carlos V cerca del suyo, en el palacio
del Podestà, que se alza soberbio en un costado de la iglesia de San Petronio y
en la plaza del mismo nombre, incluso con una comunicación directa entre los
dos alojamientos, de forma que se pudieran entrevistar reservadamente cuantas
veces quisieran. Un puente de madera, galanamente adornado con flores y
tapices, unía el palacio con la iglesia.
Nada más apuntar el día, fueron acudiendo a la plaza los soldados españoles de
los tercios viejos y los landsquenetes alemanes para montar la guardia en la
plaza. Para entonces, toda Bolonia se hallaba engalanada con leyendas en que se
cantaban las gestas imperiales.
El primero en salir fue el cortejo pontificio; se vio entonces a Clemente VII,
rodeado del Colegio Cardenalicio y de numerosos Obispos. A continuación lo hizo
el cortejo imperial, yendo Carlos V entre dos Cardenales y seguido de lo más
granado de la nobleza española y flamenca.
Fue un momento de suma expectación, y tanta que el gentío, que ya llenaba la
plaza, se agolpó sobre el puente, estando a punto de provocar una tragedia,
pues el puente acabó cediendo, a poco de pasar el César, con la consiguiente
confusión. Afortunadamente no hubo muertos, lo que se tomó como una buena señal
de la fortuna que acompañaba al César en todas sus acciones.
¿Cómo revivir aquellos sucesos? ¿Cómo imaginar lo que aquello suponía para el
pueblo de Bolonia, y en particular para los colegiales del Colegio de San
Clemente de los españoles vinculado al viejo Estudio boloñés? Es una vivencia
muy particular, que aún se siente, como si el colegial de nuestro siglo fuera
un eslabón más de una secular experiencia. Salir del almenado Colegio de
España, que es a modo de ciudadela dentro de la ciudad, ir por las calles de
Bolonia en un día de finales de febrero —aunque sea cuatro siglos después—,
desembocar en la plaza de San Petronio, ascender por sus gradas, contemplar,
ante la puerta de la iglesia los hermosos bajorrelieves de Jacopo della
Quercia, que tanto admiraron al mismo Miguel Ángel, y leer a su entrada la
lápida que recuerda el paso de Carlos V, es como incorporarse de pronto a la
gran Historia, como si de repente todos aquellos sucesos volvieran a desfilar
ante nosotros.
La lápida reza así:
Ad dì 24 febraio 1530, Carlo V, devanti a questa capella,
indosava il manto imperiale, prima di recarsi, accompagnato da Cardinali e’
sequito da Principi e da grande stuolo di dignatari di varie nazione, all
altare maggiore per recivere la corona dalle mani di Papa Clemente VII.
Previamente, antes de entrar incluso en San Petronio, Carlos V
hizo su promesa, con juramento solemne, de constituirse en defensor y amparo de
la fe católica y de la Iglesia de Roma. Y no era un mero acto ritual. Para el
Emperador era asumir desde aquel momento un sagrado deber, que le llevaría a
combatir, a lo largo de su reinado, tanto contra turcos como contra luteranos,
si bien no rehuyera, llegado el caso, el llegar a unas treguas con el primero o
a negociar un compromiso religioso con los segundos.
Ungido con el óleo consagrado por el cardenal Farnesio, Carlos fue recibiendo
después, de manos del Papa, los símbolos de su poder: la espada, el globo, el
cetro y, finalmente, la corona imperial. Una consagración que fue seguida desde
el exterior por el pueblo, mientras sonaban trompetas y hacían su salva los
cañones.
Y el pueblo gritaba, en honor del Emperador:
¡Imperio, Imperio!
Y los españoles replicaban:
¡España, España![741]
Acabada la ceremonia religiosa, tuvo lugar la espectacular
cabalgata, que Hoghenberg nos ha transmitido en sus soberbios grabados[742], en los
que vemos desfilar a los Príncipes de la Iglesia y de la milicia, a los altos
dignatarios de las dos Cortes, la pontificia y la imperial, a lo más granado de
la nobleza, tanto de la romana como de todos los pueblos que gobernaba Carlos
V, a los fieros soldados de los tercios viejos —y, entre ellos, a su héroe
Antonio de Leyva—, a los landsquenetes alemanes, y en medio de todos, a las dos
cabezas de la Cristiandad, al papa Clemente VII y al emperador Carlos V,
pregonando así a todos los vientos que los antiguos adversarios eran ya amigos
y aliados y que la paz volvería otra vez a la Cristiandad.
Y todo ello entre trompetas y tambores.
Era el gran día del Emperador, el de su triunfo.
De todo ello Carlos V daría cuenta a la Emperatriz, a la nobleza y a las
ciudades de sus reinos de España[743].
Era como preparar su nueva etapa. Sosegada Italia, creada la Liga defensiva
italiana, y realizada aquella anhelada coronación por manos del Papa, resultaba
obligado para Carlos V encaminarse al Imperio, para asegurar su defensa frente
al Turco, y para negociar con los heresiarcas luteranos, el restablecimiento de
la unidad de la Iglesia. Nada, pues, de regresar a España. No, todavía. Ahora
le tocaba la vez al Imperio.
Pues aún faltaba trazar el cuarto arco, para que el gobierno de sus cuatro
grandes dominios —el flamenco, el español, el italiano y el alemán— se cerrara
armoniosamente en un círculo del que él, Carlos V, suponía el centro.
§. El eco en España
¿Cómo se vivía en España toda aquella grandeza imperial? Ya conocemos la
opinión de los consejeros que acompañaban a Carlos V y de los soldados que
integraban los fieros tercios viejos, y hasta nos hemos podido imaginar lo que
sentían aquel puñado de colegiales del Colegio de San Clemente de los
españoles. Pero, ¿cómo tomaban aquellas jornadas los que seguían en España, los
pecheros castellanos que pagaban los servicios, los levantinos o andaluces,
siempre acostándose con la amenaza de una visita por sorpresa de las fustas
argelinas, que les llevaban la desolación, cuando no les traía el terrible
cautiverio para los que no habían huido a tiempo? Algo de ello encontramos en
las cartas que Isabel, la Emperatriz, mandaba entonces a Carlos V, desde
Madrid, donde la vemos residir durante aquellos meses.
La realidad para esa España era doble: un gran gasto, por una parte, pues el
Emperador no cesaba de pedir dinero y más dinero; y un tremendo peligro por la
otra, dado el poderío de Barbarroja en el mar.
Un gran gasto, lo primero.
El 16 de enero de 1530 Carlos V mandaba una detallada relación a la Emperatriz
de los asientos que se habían de cumplir de inmediato («agora») con los
banqueros, en especial con los Grimaldi, así como los pagos que habían de
hacerse para las galeras de Andrea Doria, con un monto total de 400.000 ducados[744]. Para
conseguirlo se acudiría, en principio, al clero castellano. Sus representantes
fueron convocados por la Emperatriz. Se les pidieron 700.000 florines; solo
ofrecieron 300.000. Después de fuertes presiones acordaron dar 420.000 y ni uno
más,
… con determinación de dexarse antes executar con todo
rigor que dar más cantidad, porque dicen que hacen mayor servicio y más
señalado que nunca se hizo ni pensaron hacer…[745]
Pero como todo era poco, cuando en la primavera de 1530 hubo que
enviar 50.000 ducados pedidos por el Emperador y añadir otros 15.000 para la
paga de las galeras de Andrea Doria, solo se pudo acudir a los préstamos, y en
la misma Corte:
… los quales se buscaron con tan gran trabajo como V. M. podrá
saber, porque fue nescesario pedir mucha parte dellos prestados a vuestros
criados y servidores que aquí están…[746]
Menos mal que al fin Francisco I pagó el rescate de los
Príncipes franceses, retenidos hasta entonces en Pedraza de la Sierra, que
aunque en cantidad algo menor de la esperada, supuso una sustanciosa ayuda:
1.200.000 escudos, que se recibieron el 1 de julio, en la misma fecha en que
con los Príncipes franceses entraba en Francia, como su reina cristianísima,
doña Leonor de Austria, la hermana mayor del César[747].
En cuanto al peligro de los corsarios, era la nota de cada día, en especial
desde el desastre de la pequeña armada que llevaba Portuondo. Pues la brillante
cabalgada de Carlos V por Italia estaba en notorio contraste con su debilidad
en el mar, como lo puso de manifiesto Barbarroja, al mandar a uno de sus
lugartenientes —al que los documentos españoles denominan Cachidiablo, y el
apelativo ya es bien significativo— que hiciera una razzia por la costa del
Levante español. Cachidiablo no se limitó a la zona costera, sino que se
atrevió a penetrar en el interior, asaltando y saqueando villas como Murla y
Parcent, a unas tres leguas de la costa. En su audaz incursión, Cachidiablo se
vio asistido por la población morisca, que poblaba en su mayoría aquel territorio.
No pocos de ellos embarcaron en sus naves, prefiriendo vivir libres en Argel;
pero Cachidiablo no solo llevó consigo aquellos correligionarios, sino también
no pocos cautivos. Contento con aquel botín, recaló en Formentera, cuando
regresaba de Italia Portuondo con ocho de las galeras que habían pasado a
Carlos V y a su cortejo a Italia. Portuondo, al saber que Cachidiablo se
hallaba en Formentera, decidió combatirle.
Todo eso lo contaba la Emperatriz a Carlos V:
… e yendo su viaje, las cinco galeras encallaron y él
—Portuondo— con las tres, sin aguardar a que le siguiesen las otras, fue su vía
adelante y peleó con los enemigos…
Pero Dios, como se lamentaría la Emperatriz, no estaría de su
lado:
Plugo a Nuestro Señor de dalles a ellos la victoria, y muerto
Portuondo y perdidas las tres galeras, juntáronlas [los argelinos] con la otra
armada y dieron sobre las otras cinco y tomaron las cuatro, de manera que solo
una, y esa desbaratada, se salvó…[748]
La alarma que aquel revés produjo fue tan grande que se extendió
por todo el reino de Valencia, e incluso alcanzó a Castilla:
Ya puede V. M. juzgar la pena y congoxa en que debo quedar…
Así escribía Isabel a Carlos V. La única solución, y por la que
suplicaba todo el Reino, era destruir Argel:
… echar de allí a Barbarroja, que sería el verdadero remedio…[749]
¿Comprendió Carlos V las angustias de España? Sin duda, pues
decidió que aquel verano se acometiese la empresa de Argel. Pero algo lo vino a
impedir: la obstinada resistencia de Florencia, donde no entraría el ejército
imperial hasta septiembre, con lo que tuvo que aplazarse el ataque a
Barbarroja.
No sin sentimiento de España, de lo que se haría eco Isabel: el abandono de la
empresa había sido por no tomar las medidas adecuadas a su tiempo. Así, pues,
que se viese la forma de ser más eficaces en el futuro. Y aun marcando una
fecha precisa, en 1531:
Porque esto sería cosa necesaria que V. M. diese orden cómo para
el año venidero se haga la dicha armada, y que desde luego[750] se
entendiese en ello, porque no acaesca lo que este año, que por no estar
aparejado un tiempo se dexe de efectuar cosa tan necesaria y provechosa como
fuera tomar Argel…[751]
Por lo tanto, a seguir la petición de la Emperatriz, Carlos V
habría acometido la empresa de Argel en 1531. No fue así, como es tan notorio.
Antes al contrario, otros graves asuntos fueron llamando la atención del César.
Y pasaría el tiempo y moriría la Emperatriz, sin que lo de Argel se realizase.
Hasta que en 1541, diez años más tarde por tanto, Carlos V al fin haría un
hueco para cumplir la promesa hecha.
Demasiado tarde.
Por otra parte, lo que Carlos V tiene ante sí en 1530, una vez cumplidas sus
jornadas de Bolonia, coronación imperial incluida, era la ida al Imperio, su
paso a las tierras alemanas tan amenazadas por el peligro turco y por la
escisión interna generada por la Reforma luterana.
De ese modo, España será la sacrificada, en beneficio del resto de Europa.
Capítulo 2
El regreso al Imperio
Decidido a encarar el problema luterano en Alemania, Carlos V
salió de Bolonia el 21 de marzo. Tardaría dos meses y medio largos en llegar a
Augsburgo, donde había convocado a la Dieta imperial. Su viaje fue, pues, de
etapas no muy largas, con paradas en las ciudades más importantes: en Mantua,
donde permanecería 23 días, entre el 26 de marzo y el 18 de abril; en Trento,
donde reposaría cuatro días; en Innsbruck en donde, como ciudad de su dinastía,
estaría todo un mes; en Múnich, en fin, donde descansaría otros cuatro días,
alojado y festejando por el duque de Baviera.
Para Carlos V sería la primera vez que franquearía los Alpes centrales,
cruzándolos por Bolzano. Particularmente emotiva fue su estancia en Innsbruck,
la hermosísima ciudad metida en el corazón de los Alpes y que tanta impresión
provoca en los viajeros.
Sin duda también en Carlos V, como su paso por el puerto de Brenner; una
belleza que no atenuaba la fatiga de la jornada, como reconocería el propio
Emperador a su esposa, a su llegada a Innsbruck:
… el camino ha sido recio y trabajoso…[752]
Y tanto, que el gran canciller Mercurino de Gattinara no lo
soportaría, falleciendo el mismo día de la llegada de Carlos V a Innsbruck, el
4 de mayo[753].
En Innsbruck aguardaba a Carlos V su hermano Fernando. Eso explica la larga
estancia imperial en la ciudad alpina, pues se trataba de llegar a un acuerdo
en cuanto a la política a seguir en el tema religioso que se había de debatir
en Augsburgo. Fue también, como se puede comprender, un grato reencuentro entre
los dos hermanos, después de tantos años sin verse:
El martes salió al camino el Serenísimo Rey, mi hermano, con
quien holgué mucho…
Tal comentaría Carlos V a la Emperatriz[754].
Innsbruck sería un lugar de encuentro, además, con otros príncipes alemanes,
que acudieron a rendir homenaje al Emperador; entre ellos, el duque de Baviera.
Acompañaban por otra parte a Carlos V el cardenal Campeggio, que iba como
legado del Papa, y el cardenal de Trento. Se trataba de llevar bien trazado el
plan operativo a desarrollar ante la Dieta imperial de Augsburgo[755].
Pero una cosa le faltaba a Carlos V: llevar la promesa del Concilio, que había
de convocar el Papa para el remedio de la Iglesia, pues estaba claro que la
protesta luterana no era solo por cuestiones relativas a la fe. Y ese Concilio
Clemente VII no lo convocaría, temeroso de que surgiera de su seno una censura
contra la Corte pontificia y contra el espíritu monárquico que la presidía.
Fue importante la reunión familiar de Innsbruck, juntándose allí también con
los dos hermanos María, la reina viuda de Hungría. Se formalizó un acuerdo de
cooperación que resultaría sumamente eficaz en los siguientes años, hasta que
la crisis por la sucesión al Imperio de 1551 la pusiera en entredicho. Pero que
para el caso de María, se mantendría hasta el final de los días del Emperador.
En Innsbruck consiguió Carlos V asegurar la colaboración de su hermana. Se
trataba de «colocar» a quien, desde el desastre de Mohacs, había perdido al
tiempo marido y reino. María se convertiría, a partir de entonces, en una
valiosísima pieza de recambio, de la que pronto podría echar mano Carlos V
cuando en el otoño de aquel mismo año se produjo la muerte de su tía Margarita
de Austria, que dejaba así una vacante de primer orden: el gobierno nada menos
que de los Países Bajos. Eso sí, siempre que María abandonase sus simpatías
hacia la Reforma, como hemos de ver.
Peor sustitución tenía, en cambio, la vacante del puesto de Canciller,
producida a la muerte de Gattinara, altísimo cargo que pretendería Alonso de
Fonseca, como arzobispo de Toledo, alegando que era algo vinculado desde los
tiempos medievales por la Corona de Castilla al arzobispado toledano[756]; petición
rechazada por Carlos V, aparte de que tal tradición no era vinculante al
Imperio, porque a partir de ese momento preferiría ser su propio Canciller,
aunque de hecho ordenara a Nicolás Perrenot de Granvela que se hiciera cargo de
los papeles de la Cancillería[757].
Muertes y nacimientos, renovándolo todo. Y entre los nacimientos, uno muy
esperado: Fernando, el segundo hijo varón de Carlos V, que había nacido el 22
de noviembre, estando ya Carlos V en Bolonia. Al punto, Margarita de Austria
acoge la nueva con gran alegría. ¿Por participar, sin más, del alborozo
familiar? No, porque era, según sus propias declaraciones, el Infante que
Carlos V le había prometido, el que había de educarse en la corte de Bruselas,
como futuro gobernante de los Países Bajos. ¡Y que Isabel la Emperatriz
accediera a ello! Pues ya presionaría Margarita a su imperial sobrino, para que
volviese pronto al hogar familiar y para que fuese diligente en hacerle nuevos
hijos a la Emperatriz.
Es una carta deliciosa, y al propio tiempo muy ilustrativa respecto al
planteamiento del futuro del Imperio, en especial a la necesidad de que el día
de mañana los Países Bajos tuvieran su propio señor natural criado y educado en
su seno.
La carta de Margarita de Austria a la Emperatriz, fechada a 15 de diciembre de
1530, reza así:
Señora, humildemente me encomiendo en vuestra buena gracia.
Señora, yo he sabido cómo ha plazido a Dios os dar un lindo hijo a los XXII de
noviembre, y que vos y vuestro fruto estáis en buena dispusición, de lo cual yo
doy muchas gracias a Nuestro Señor que ha fecho esta gracia al Emperador y a
vos, de que ciertamente todos le somos obligados. Y por mi parte no me pudieran
venir nuevas que tanto deseara…
¿Por qué se mostraba Margarita tan alborozada? Lo dirá al punto:
Porque, según lo que prometió S. M., yo tengo esperanza que este
será mi hijo y caña para mi vejez, que me vendrá a consolar de la pena que yo
tengo cada día. Así os ruego, Señora, que no me queráis contradecir. Y yo
solicitaré tanto más a S. M. quando le viere, que os vaya a ver para que
comience otro, que gracias a Dios él no ha menester otra cosa sino hijos, para
poseer los grandes Reinos y tierras que Dios le ha dado[758].
El 6 de junio salía Carlos V de Innsbruck, después de prolongar
su estancia en ella un mes por varias razones, y «no la menor, por falta de
dinero»[759]. En su
ruta hacia Augsburgo pasó por el ducado de Baviera, donde fue «muy servido y
festejado» por los Duques «que son ciertos debdos y servidores míos»[760].
El 15 de junio entraba Carlos V en Augsburgo. Daría comienzo una larga estancia
en la que Carlos V intentaría una negociación con la facción luterana, que cada
vez estaba tomando más cuerpo. Después de dejar tan bien asentadas las cosas de
España e Italia, Carlos V confiaba en lograr lo mismo en Alemania, lo que le
permitiría afrontar la amenaza turca con mayor firmeza.
Una esperanza engañosa. Pronto comprendió que no pisaba el mismo terreno. En
tierras de la Monarquía Católica podría hablar como un monarca con plenos
poderes, con expresiones tan de marcado sabor absolutista como las que hemos
comentado, cuando proclamaba a su mujer, la Emperatriz, como gobernadora de
Castilla y su lugarteniente general,
… de nuestra cierta ciencia e propio motu e poderío real
absoluto…
En Alemania era el Emperador, cierto, pero un emperador elegido
por los Príncipes Electores y tras jurar unas estrechas capitulaciones que
condicionaban su mando.
Era el regreso al Imperio, después de aquellas jornadas de Worms, en 1521,
cuando había tenido el primer enfrentamiento del Imperio. Sin duda, la
situación para Carlos V era más favorable en 1530, manteniendo los Países Bajos
en su obediencia, sosegadas Castilla, Valencia y Mallorca, con una Italia que
había reconocido su predominio y a la que había sabido aunar en una Liga
defensiva y tras llegar a la Paz de las Damas con Francia, una paz que por el
momento parecía estable. Ya el hecho de que los antiguos protagonistas de la
Liga de Cognac, tanto Clemente VII como Francisco I, hubieran dejado las armas,
le daba a Carlos V una mayor firmeza, como hasta entonces no había tenido.
Era una estrella ascendente a la que todos miraban, no pocos pidiendo su
protección. De entre ellos, Cristián II de Dinamarca, su antiguo cuñado, que
buscaba los medios de recuperar su reino. El propio Enrique VIII, obsesionado
por verse divorciado de Catalina de Aragón, tanteó la ayuda imperial, para
conseguir el dictamen favorable de Clemente VII; en lo cual se engañaba, pues
antes al contrario, Carlos V redoblaría sus esfuerzos en favor de su tía
Catalina,
… porque esta cabsa tenemos por propia nuestra, y demás del
debdo que hay entre Nos y la Reyna, toca a toda la religión cristiana…[761]
Y tanto sería así que, sabedor Carlos V que Enrique VIII buscaba
el apoyo de Universidades que dieran el voto a su favor, procurará que las
españolas de las dos coronas de Castilla y Aragón lo diesen en apoyo de
Catalina; así se lo encarga a la Emperatriz, teniendo pronto el del viejo
Estudio salmantino, con intervención del mismo fray Francisco de Vitoria que
dedicaría su cuarta relección a ese tema[762].
§. La Dieta de Augsburgo de 1530
Por lo tanto, vemos a Carlos V entrar en Alemania bajos buenos auspicios. Tiene
como meta primera resolver la cuestión luterana, confiando en que ya que se
había iniciado bajo su reinado, también pudiera decirse que con él se había
solucionado. Había tres opciones: un arreglo pacífico, a través de
negociaciones; la convocatoria del Concilio General, y que en dicho Concilio se
resolviese, y en tercer lugar, el empleo de la fuerza contra los
recalcitrantes. La segunda alternativa, la del Concilio, no estaba en su mano,
y la tercera, la de la fuerza, era sin duda problemática, dado el gran poderío
militar del pueblo alemán. Así que restaba la vía de la negociación, y Carlos V
se aplicará a ella con todas sus fuerzas.
Así lo daría a entender en la Convocatoria de la Dieta imperial del 31 de enero
de 1530.
Era una llamada a la concordia, a superar las anteriores discrepancias, a oírse
los unos a los otros para vivir en armonía dentro de la misma Iglesia:
… alle Meinungen zu einer einigen christlichen Wahrheit zu
vergleichen.[763]
Compartir una única verdad cristiana: he ahí el sueño del
Emperador. Y no fueron pocos los que, de un lado y del otro, se dejaron llevar
por esa ilusión, entrando sinceramente en el terreno de las
negociaciones.
Era como si los ideales conciliadores de Erasmo sobrevivieran, por encima de
los radicalismos.
Pero no todos se mostraban inclinados a la negociación. La propia ciudad de
Augsburgo trató de impresionar al Emperador con la aparatosa acogida que le
hizo el día de su entrada en la ciudad, el 15 de junio de 1530. A tal fin,
montó un desfile marcial, con intervención de las tres armas: infantería,
caballería y artillería. Todo un pequeño ejército con cerca de 12.000 soldados,
lo que llevaría al comentario del cronista Sandoval:
Parece que hicieron tanta demostración de gente de guerra con
cautela y malicia, porque, como muchos de ellos eran luteranos, recelábanse del
católico Emperador, cuya cristiandad era ya muy sabida…[764]
De todas formas, las primeras impresiones del Emperador no
fueron malas. No trató de engañar a nadie, respecto a sus sentimientos; antes
al contrario, celebrándose a poco de su llegada la fiesta del Corpus Christi,
Carlos V participó:
… anduve en ella como lo acostumbro hacer…
A su ejemplo, muchos Príncipes alemanes le acompañaron:
… porque muy más son los que están como deben en la fe que los
otros…[765]
En la convocatoria de la Dieta imperial se planteaban tres
grandes cuestiones: la religiosa, la amenaza turca y la reorganización del
gobierno de Alemania. De ella, la religiosa era la prioritaria, porque se tenía
conciencia de que se estaba fraguando una peligrosa escisión que podía derivar
en una guerra civil. No se olvide que, al calor de la rebelión espiritual
promovida por figuras de la talla de Lutero y de Zwinglio, se fueron
produciendo una serie de conmociones sociorreligiosas que sacudieron gran parte
de la nación alemana. Así, los desórdenes de Wittemberg, al principio de los
años veinte; después, la guerra de los caballeros, con Franz von Sickingen
luchando abiertamente contra el arzobispo de Tréveris, y por último, la
gravísima guerra de los campesinos (1524-1525), que puso al descubierto cómo el
movimiento liberador de la Reforma podía sacar de su letargo a la masa
campesina tan explotada. Por lo tanto, parecía de interés general para los
grupos dirigentes de aquella sociedad (y particularmente para los príncipes
territoriales, el alto clero y el patriciado urbano) llegar a un acuerdo para
mantener el orden social sobre el fundamento de la disciplina religiosa.
Un clima propicio, pues, para las negociaciones que permitieran llegar a un
acuerdo entre los teólogos de los dos grandes sectores: los católicos y los
luteranos. Sobresalía entre los primeros Juan Eck y entre los segundos, como
representante más cualificado de Lutero —el cual tenía prohibido el acceso a la
Dieta imperial, por la sentencia en su contra de la anterior Dieta de Worms— la
figura de Melanchton.
Fue Melanchton el autor de la propuesta religiosa presentada a la Dieta por los
principales príncipes adictos a la Reforma el 25 de junio de 1530, entre los
que estaban Juan, príncipe elector de Sajonia, Jorge de Brandemburgo y Felipe
de Hesse, así como algunas ciudades ya vinculadas al movimiento luterano, como
Nüremberg. Sería «la Confesión de Augsburgo», que podemos considerar como el
mayor intento de sincera aproximación de los reformados a la antigua fe[766]. Poniendo
en el primer plano las cuestiones más fáciles de armonizar, como la comunión de
los fieles bajo las dos especies, hizo posible los primeros intentos de
conciliación.
Había, pues, una esperanza, y Carlos V la reflejaría en su correspondencia con
la Emperatriz:
Espero en Nuestro Señor —le escribía el 8 de julio— que en todo
se hará lo que cumpla a su servicio y bien de la Cristiandad…
Y además, en poco tiempo, lo cual era importante, para así poder
atender los otros negocios de sus Estados.
En poco tiempo:
… darse ha en ello toda la priesa que ser pueda, para que con
mayor brevedad pueda salir de aquí [767] .
Tan buenas noticias serían bien recibidas por Isabel. Eso quería
decir que el Emperador, desembarazado ya de los graves problemas que le habían
sacado de España, no tardaría en regresar. Todo parecía seguir conforme a los
planes esbozados por Carlos V en Innsbruck, con gran satisfacción entonces de
la Emperatriz:
He holgado en gran manera de saber la salud de V. M. —escribía
Isabel desde Madrid— y el estado en que están los negocios, así de Alemania
como de Italia…
Y añadía, esperanzada:
Plega a Nuestro Señor que tengan el fin que todos queríamos para
que con más brevedad V. M. pudiese volver a estos Reinos, con la salud y
prosperidad que yo deseo…[768]
Pero las cosas no serían tan fáciles. Para tomar postura frente
a la Confesión presentada por los Príncipes luteranos, Carlos V reunió a su
Consejo de Estado. Dadas las divergencias entre las dos facciones, se
presentaban tres salidas: que ambas partes aceptaran el arbitraje imperial, que
se esperara hasta que un Concilio diese las respuestas debidas, o bien, y en
último término, aplicar la fuerza contra los disidentes. La primera fórmula
pedía mantener vivas las negociaciones, y a tal fin Carlos V ordenó la
formación de una Comisión integrada por cuatro Príncipes con sus consejeros
respectivos, amén de seis teólogos, tres católicos y tres luteranos.
Pronto las dificultades fueron creciendo. En el fondo, frente a los intentos
conciliadores tan claros en Melanchton, estaba la postura más radical, lo mismo
de Lutero que de Roma. A mediados de julio Carlos V consideró que se imponía
acudir a la segunda vía: al Concilio. De ello dejaría constancia en uno de los
documentos más importantes de ese período, que además nos refleja, una vez más,
toda su personalidad. Se trata de una carta autógrafa de Carlos V a Clemente
VII, enviada desde Augsburgo el 14 de julio.
Carlos V hace un análisis de la situación religiosa, cuando la Dieta entraba en
su segundo mes: los Príncipes alemanes fieles a la antigua fe no eran pocos,
pero flojos en imponer su credo:
… yo hallé y conocí en los Electores y Príncipes y pueblos del
Imperio que se muestran buenos en nuestra fe, mucha voluntad para servirme y
muy grande floxedad y tibieza para el remedio de las herejías…
Precisamente, todo lo contrario de lo que ocurría en la facción
contraria:
… y en los Electores y Príncipes y villas que están de otra
opinión, tanta voluntad y obstinación para llevar adelante su mal propósito…
Resultado, que de ninguna manera aceptarían el arbitraje
imperial:
… según lo que de su intención se ha podido sentir y alcanzar,
no vernán en ninguna manera en aprobarme por juez en este negocio…[769]
Y aunque de derecho lo fuera y lo podría hacer, estaba la
dificultad de la prueba clara de los yerros deslizados en la fe[770].
En resumen, se imponía el Concilio:
… a todos les parece que es el verdadero remedio…
De sobra sabía Carlos V, por haberlo negociado con el Papa
durante las largas jornadas de Bolonia, que Clemente VII era reacio a tomar
aquella medida; de ahí que terminara su carta con una larga exhortación de
fidelidad:
… enteramente se puede confiar en mí que le obedeceré y serviré
como obediente hijo…
Pero no basta con ser fiel a Roma. Carlos V sabe perfectamente
cuáles son los recelos del Papa, lo que puede suponer la convocatoria del
Concilio para su preeminencia en la Iglesia. ¿Quién está por encima, el
Pontífice o la santa asamblea de los padre conciliares? Así que tratará de
tranquilizarle:
… y miraré y procuraré su autoridad y de la Santa Sede…
Era algo, por otra parte, que ya le había asegurado, y de esa
forma se lo recuerda. ¿Cuándo y dónde? Evidentemente en las pasadas jornadas de
Bolonia:
… como ge lo tengo prometido de palabra y agora gelo torno a
certificar…[771]
Pero Clemente VII no se dejó impresionar por las vehementes
razones del Emperador. No tardó en contestarle, antes bien, lo hizo
prácticamente a vuelta de correo, pues su respuesta es del 31 de julio de 1530,
pero no se compromete a convocar el Concilio tan deseado por Carlos V. Al
contrario, solo se expresará con evasivas.
Por aquellas fechas el pintor Amberger nos dará un retrato de Carlos V, en que
se nos aparece grave y concentrado, como consciente de la oportunidad que se le
estaba escapando de conseguir la recuperación de la unidad de la Universitas
Christiana, de que cada vez se hacía más y más difícil aquel anhelo con que
se había iniciado la Dieta de Augsburgo, el conseguir que prevaleciera, para
todos, la única verdad cristiana:
Einer einigen christiliche Wahrheit zu vergleichen…[772]
Y pasaría todo el mes de agosto sin lograr ningún avance en el
terreno religioso. Para entonces, ya Carlos V sabía que el Papa no se avendría
a la convocatoria del Concilio. Ante aquella doble presión, el Emperador
tendría una reacción muy personal y que repetiría más de una vez a lo largo de
su reinado en situaciones similares: dirigióse de forma directa a los Príncipes
católicos alemanes, en un texto escrito por él mismo en francés y traducido
después al alemán con la ayuda del conde Palatino y de su hermano: los
Príncipes protestantes se negaban a ceder, aduciendo razones de conciencia.
Pues bien, esas mismas podía presentar él, dada su responsabilidad como
Emperador. Y a continuación daría el mismo testimonio de su fe que había dado
nueve años antes en la Dieta de Worms: que para cumplir con sus deberes
imperiales en defensa de la antigua fe, estaba dispuesto a empeñar su vida y
todo lo que poseía[773].
En ese estado de ánimo es cuando Carlos V envía a Roma a un mensajero especial:
don Pedro de la Cueva. En sus instrucciones, aquel emisario debía señalar al
Papa que Carlos V, habiendo ya desesperado de llegar a un acuerdo negociado con
los luteranos en materia de la fe, estaba dispuesto al empleo de la fuerza, si
se veía asistido por los demás Príncipes católicos y en particular,
naturalmente, por el propio Papa.
En sus instrucciones a Pedro de la Cueva Carlos V muestra su desencanto por la
actitud de los Príncipes luteranos:
… cómo después de haber trabajado tanto tiempo en la negociación
para atraerlos por medio a que se desistiesen y apartasen de sus errores, han
faltado todas las esperanzas que dello había y se ha rompido…[774]
Evidentemente, de cara ya al invierno nada se podía hacer por la
vía del rigor, pero en adelante sería preciso la convocatoria del Concilio, por
una parte, y hacerse con buena copia de dineros, por la otra, para las
necesarias fuerzas armadas con que aplicar la represión y castigar a los
disidentes; copia de dineros que podían obtenerse vendiendo bienes de la
Iglesia,
... pues es para convertirlo y distribuirlo en defensión y
acrecentamiento y sostenimiento tan necesario de la fe…[775]
Es cierto que el Papa podría poner el reparo de que en la
siguiente campaña se esperaba una temible ofensiva turca contra la Cristiandad;
pero Carlos V saldría al paso de ese inconveniente señalando que, antes bien,
así podría encontrar la Cristiandad el medio más adecuado para enfrentarse a
esa amenaza:
… para el mismo efecto sería el Concilio muy necesario…[776]
Ni tampoco pondría objeciones el Emperador respecto al sitio del
Concilio; aquel que escogiera el Papa, ese sería bueno para él; si bien sus
consejeros le señalaban Mantua o Milán los mejores, por su cercanía a la
Germania, para que los Príncipes alemanes mejor lo aceptasen. Y en cuanto a él
mismo, allí estaría, pese a que tanta necesidad tenía de volver a España:
… que aunque por las causas que yo tengo, para el bien de mis
Reinos y a todos mis particulares negocios me sería necesaria la breve tornada
en ellos, todavía, posponiendo mis cosas de mis Reinos por el bien universal de
la Christiandad, estaré presto y aparejado a emplear con mi persona y bienes a
todo lo que convenga al buen efecto desta causa[777].
No eran vanas palabras. Era el ánimo decidido de Carlos V por
remediar, de una vez por todas, la cuestión religiosa alemana. Pero para
cumplir su deseo era preciso el apoyo del Papa, a fin de que el Concilio
abierto diese el debido apoyo moral al Emperador.
Ahora bien, Clemente VII jamás convocaría el Concilio. Como diría entonces el
anciano cardenal García de Loaysa, entonces en Roma:
… lo que yo alcanzo de la mente del Sumo Pontífice es que le
aborresce el Concilio, que ni oír no le querría…
Rotas las negociaciones con los disidentes luteranos, en que
tanto confiaba Carlos V, desvanecida de momento la vía del Concilio como algo
que solo estaba en manos del Papa su convocatoria, ¿qué restaba a Carlos V?
¿Emplear unilateralmente la fuerza contra los herejes? ¿O bien limitarse a su
papel político de Emperador, desligado de deberes religiosos, dado que el Papa
le negaba su apoyo?
Interesante disyuntiva. Y la segunda cuestión le sería propuesta a Carlos V
nada menos que por un cardenal de la Iglesia, fray García de Loaysa.
Se trata de uno de los documentos más importantes de todo este período.
§. La muerte del Infante don Fernando
No había sido bueno, por tanto, el saldo de las negociaciones de Augsburgo,
teniendo que limitarse Carlos V a conseguir algunos avances en los otros
terrenos del gobierno de Alemania y de la común defensa del Imperio frente al
Turco.
Tampoco, a nivel familiar, habían resultado mucho mejor las cosas. En plena
Dieta le alcanza al Emperador una mala nueva: su segundo hijo varón, Fernando,
había muerto. El Infante había nacido el 22 de noviembre de 1529, estando
Carlos V en Bolonia, donde le llegó la noticia. Su muerte ocurrió el 13 de
julio, de forma que aquella criatura, en quien tantas esperanzas tenía puestas
Margarita de Austria, apenas si vivió siete meses. El parto había sido bueno y
los informes de los médicos esperanzadores:
Nació un infante grande y gordo y hermoso, con una voz tan
formada y unos ojos tan abiertos como si fuese de tres meses nacido. Dios sea
loado…[778]
Que una criatura recién nacida tuviera «la voz tan formada», y
que se expresen así médicos tan sesudos como los de la Corte imperial (uno de
ellos nada menos que el famoso doctor Villalobos), no hace sino confirmarnos en
la idea de que el halago al poderoso es fruta de todos los tiempos.
En todo caso una criatura que tanto prometía sería víctima de la tremenda
mortandad infantil de la época. Esa realidad con la que había que contar,
porque ningún hogar estaba a salvo de ella, y el hecho de no haberlo conocido,
explican la serenidad con que Carlos V tomó la mala nueva:
El fallescimiento del Infante, nuestro hijo, habemos sentido,
como era razón…
De esa forma protocolaria se hace eco de ello. En sus Memorias deja
tan solo un sucinto recuerdo[779]. Ahora
bien, no mayor sería la referencia a la muerte del Príncipe de Dinamarca, que
se criaba con él, y que sabemos que le afectó profundamente[780]. En todo
caso, la alarma por la noticia sería grande, puesto que los otros dos hijos
eran de tan corta edad que el príncipe Felipe solo tenía tres años y dos la
infanta María. Así que Carlos V busca el consuelo y el conformarse con la
voluntad divina, confiando en que no habría más muertes en aquella pequeña
tropa infantil. Y así añade:
El fallescimiento del Infante, nuestro hijo, habemos sentido,
como era razón, pero pues Nuestro Señor que nos lo dio, lo quiso para sí,
debemos conformarnos con su voluntad y darle gracias y suplicarle que guarde lo
que queda…
Claro, que para una madre poco valen esos argumentos, de forma
que Carlos V aludirá al dolor de la Emperatriz, exhortándole en todo caso a que
reprimiese sus sentimientos. ¿Estamos ante la exigencia de la suprema potestad?
Los que representan al Estado, ¿no pueden mostrarse humanos, como si eso fuera
un signo de debilidad que minara su prestigio? Tal parece deducirse del consejo
de Carlos V:
Y así os ruego a vos, Señora, muy afectuosamente, que lo hagáis
y olvidéis y quitéis de vos todo dolor y pena, consolándoos con la prudencia y
ánimo que a tal persona conviene…[781]
§. Los consejos de Loaysa
Fracasadas las negociaciones religiosas con los protestantes en la Dieta de
Augsburgo, desvanecidas las esperanzas de que Clemente VII convocase el
Concilio, imposibilitado Carlos V de emplear la fuerza para reducir a los
herejes luteranos, ¿qué otra salida había? ¿Disimular y aguardar a que
cambiasen las circunstancias? Ese era un camino a seguir, puesto que, entre
otras cosas, la amenaza de una próxima ofensiva turca a todos afectaba, iba
contra toda la Cristiandad, contra el pueblo católico como contra el luterano.
Además había otro planteamiento, y de un tono tan moderno, tan de nuestros
días, que llena de asombro: el que Carlos V, desligado como estaba de meterse a
fondo en la cuestión, puesto que no se daba la premisa obligatoria de la
convocatoria del Concilio, se olvidase de la represión religiosa, permitiese a
cada cual vivir conforme a sus creencias y se limitase a ser la suprema cabeza
política de todos, fueren católicos, fueren protestantes.
Tales consejos no se los daría al Emperador ningún humanista de corte
erasmista, aunque posiblemente los sintieran así hombres como el secretario de
cartas latinas Alfonso de Valdés. No. Se los daría un fraile, ascendido a la
categoría de príncipe de la Iglesia: el cardenal García de Loaysa, y nada menos
que desde el centro de la Cristiandad, desde la propia Roma, donde entonces
vivía apartado de la Corte imperial y considerándose un desterrado.
García de Loaysa, sabedor de todo lo ocurrido en las conversaciones religiosas
de Augsburgo así como de la actitud del Papa respecto al Concilio, creyó ver en
ello una oportunidad de oro para que Carlos V se liberase de aquel problema,
así que cogió la pluma y escribió al César el 18 de noviembre de 1530:
Señor: Suplico a V. M. se acuerde que pocas veces fuisteis
engañado siguiendo el parecer de este Vuestro siervo, porque el amor suele
despertar el entendimiento para que acierte en sus consejos…
El buen Cardenal quiere asegurarse de que va a ser oído por el
Emperador. Su mensaje es importante, y además es insólito. Desde Castilla el
alto clero pide a Carlos V que arremeta sin contemplaciones contra los herejes.
Sin duda, García de Loaysa lo sabe. Para él, otro es el cantar: que el César se
limite a una ponderada persuasión, y que no pase de ahí:
… y si quieren ser perros, seánlo, y cierre V. M. los ojos, pues
no tenéis fuerza para el castigo ni manera alguna para sanarlos…
Carlos V debía limitarse a su papel político:
Conténtese V. M. con que os sirvan y os sean fieles, aunque a
Dios sean peores que diablos…
¿Y la conciencia? ¿Quedaba dañada con ello la conciencia del
Emperador por no cumplir sus deberes? En absoluto:
Vuestra conciencia es segura. Trabajad como vuestro Estado no se
pierda…
Que pidiera al Papa el Concilio estaba bien, pero si no lo
conseguía, que al menos él quedara dueño de Alemania, dejando ya las presiones
sobre la religión:
Hasta que se fueron los herejes de Augusta, yo acepté que V. M.
hiciese fieros y amenazas algunas veces; pero ya que habéis visto que son
palabras inútiles, piense V. M. que todos os obedezcan y sirvan cuando lo
hovierdes menester, y no os déis un clavo que ellos lleven sus almas al
infierno…
Y por si acaso no estuviera clara su idea, García de Loaysa
insiste una y otra vez:
… y cuando ansí lo sean en las obras [buenos súbditos] y os
reconozcan por su verdadero señor, y las conciencias sean de turcos…
Al contrario, si Carlos V intentaba perseguirlos, esa podía ser
su ruina completa, tanto para él como para el infante don Fernando su hermano:
… y que sea menester no solo dejar Alemaña, pero que vuestro
hermano, con toda su Casa, se vaya a vivir a Castilla…
Ese era el gran peligro, que toda Alemania se alzase contra la
Casa de Austria:
De forma, señor, que es mi voto que pues no hay fuerzas para
corregir, que hagáis del juego maña, y os holguéis con el hereje como con el
católico, y le hagáis merced si se igualase con el cristiano en serviros…
En definitiva, nada de conversiones forzadas:
Quite ya a V. M. [la] fantasía de convertir almas a Dios.
Ocupaos de aquí adelante, en convertir cuerpos a vuestra obediencia…
Su alma se salvaría con sus propias acciones, no se perdería
porque otros se perdieran. Y termina, con firmeza:
Este es mi consejo y ansí lo firmaré de mi nombre[782].
¿Hizo caso Carlos V a su prudente consejero? Sí, de momento al
menos. Admitió que no tenía fuerza suficiente para una operación de castigo sin
el decidido apoyo del Papa y sin la convocatoria del Concilio. Tendría que
cambiar la figura que regía la Iglesia en Roma y tendría que conseguir el César
más confianza en sí mismo, con una experiencia directa de las cosas de la
guerra —de la cual carecía en absoluto en 1530— para que Carlos V se decidiera
a enfrentarse con tamaño enemigo.
El dolor fue que en aquel debate religioso no se llegase a un consenso entre
los teólogos católicos y luteranos y que Roma persistiera en su condena de la
doctrina luterana de la justificación del cristiano por la fe; precisamente el
acuerdo recientemente propugnado por el papa reinante Juan Pablo II y firmado
en esa misma ciudad de Augsburgo entre las dos familias cristianas el 31 de
octubre de 1999.
Un acuerdo notabilísimo, pero que a Carlos V llegaba con casi medio milenio de
retraso. Y uno no puede menos de volver a exclamar: ¡Qué dolor! Y también, ¡qué
horror! Porque, ¡cuántas desgracias se habría ahorrado la Cristiandad, si se
hubieran evitado las absurdas guerras religiosas de aquel siglo!
§. La reorganización del gobierno en Alemania y en los Países Bajos
La Dieta de Augsburgo supone un serio revés para el Emperador. Habiendo
conseguido la alianza de Clemente VII, en paz con Francisco, respaldado por la
Liga defensiva de Italia y teniendo en sosiego tanto a las Españas como a sus
dominios natales de los Países Bajos, Carlos había confiado en persuadir a los
protestantes alemanes. ¡Sus quejas sobre los abusos de la Iglesia serían
atendidas! Y en las cuestiones de la fe, puesto que todos anhelaban la verdad y
suspiraban por la armonía, que los teólogos buscaran una fórmula de entendimiento.
La verdad solo era una. Y esa debía ser para todos.
Era el deseo formulado al comienzo de la Dieta:
Zu eine einigen christlichen Wahrheit zu vergleichen…
La cuestión era, pues, llegar a un acuerdo sobre la única verdad
cristiana. Pero ese acuerdo que parecía razonable y en lo que se esforzaron
algunos de los mejores hombres de un lado y de otro (entre ellos, el famoso
Melanchton) acabó siendo inalcanzable. Y Carlos V tuvo que conformarse con una
ratificación unilateral de los principios de la fe católica, con algunos
arreglos gubernativos en torno a la suprema cámara de Justicia del Imperio, con
aunar voluntades para la defensa del Imperio frente al Turco y con preparar la
elección de su hermano Fernando como rey de Romanos.
De momento, eso sería lo más positivo, porque daría más capacidad de maniobra
al César. Carlos V tenía que confiar en alguien que le representara en el
Imperio cuando se viese obligado a ausentarse, por ir a los Países Bajos, a
Italia y sobre todo, a la lejana España.
Una elección de rey de Romanos que colocaba a Fernando en la línea sucesoria al
Imperio, prerrogativa dada por la Bula de Oro al Emperador consagrado con las
tres coronas imperiales. Ahora bien, para entonces Carlos V tenía ya un hijo y
heredero, el príncipe Felipe, de forma que era consciente de que su magno
Imperio, al norte y al sur de Europa, quedaría fragmentado, en manos de sus
sucesores. Lo cual podía tener sus dificultades, porque claro era que el
Príncipe niño quedaba al margen de aquel acuerdo, y nadie sabía cuál sería su
reacción cuando le llegase la hora de su propio protagonismo.
En todo caso, la elección se realizó en Colonia el 5 de enero de 1531,
venciendo las dificultades puestas por el sector luterano; no olvidemos que el
Príncipe Elector de Sajonia era marcadamente protestante. Seis días más tarde,
el 11 de enero de 1531, Fernando era coronado en Aquisgrán rey de Romanos,
acontecimiento que Carlos V festejó de forma solemne, incluido un impresionante
banquete ofrecido a su hermano, de 24 platos[783].
Por lo tanto, algo se había salvado. Y en cuanto a la lucha contra el Turco, la
Dieta había sido generosa, concediendo al César una ayuda para sostener un
ejército de 40.000 soldados y 8.000 caballos por seis meses[784], que no
sería necesario emplear en 1531, año en el que Solimán el Magnífico daría un
respiro a la Cristiandad, pero que serviría de precedente para la siguiente
campaña de 1532.
No serían solo los asuntos del Imperio los que había que atender. De pronto,
una amarga noticia golpeó a Carlos V: la muerte de su tía Margarita de Austria
Madame, ma bonne tante, est norte Margarita era la última
representante de la vieja generación que le restaba a Carlos V, si descontamos
el caso de Catalina de Aragón, por otra parte ya fuera de juego, desde hacía
algún tiempo, por la pasión amorosa de Enrique VIII hacia Ana Bolena. Otra cosa
era Margarita de Austria, a cuyo lado se había criado Carlos V desde que sus
padres habían salido para España en 1505. Desde entonces, y con el paréntesis
de los años en que Chièvres había protagonizado su privanza, Margarita de
Austria fue uno de los personajes más destacados y que más influyeron en el
Emperador. En los años de su niñez, porque el hogar de Margarita fue su hogar,
y allí creció junto con sus tres hermanas: Leonor, Isabel y María. Y a partir
de 1521, porque ella fue la gran Gobernadora de los Países Bajos, a los que
rigió de excelente modo, culminando sus tareas de gobierno con aquella Paz de
las Damas, tan importante en el reinado de Carlos V.
Existe una última carta de Margarita a Carlos V, escrita el mismo día de su
muerte, el 30 de noviembre de 1530, que es como un balance de su obra política,
y que al propio tiempo tiene una gran carga moral y humana. Margarita se siente
morir y dicta su postrera carta a su imperial sobrino. Su gran dolor es que ya
no lo volvería a ver, pero muere tranquila porque ha cumplido con la misión que
se le había confiado: el buen gobierno de los Países Bajos. Y le da un último
consejo: la paz, especialmente con Francia y con Inglaterra.
Una carta conmovedora de una gran mujer[785]. Pero
también otro problema, y no pequeño, a resolver: cubrir aquella vacante dejada
por su muerte en el gobierno de los Países Bajos. Un cargo que exigía ciertos
requisitos, pues representar a la Corona en los Reinos de Aragón o en las
piezas italianas podía hacerse —y de hecho, se hacía— por miembros de la alta
nobleza o del alto clero; pero no en los Países Bajos, como tampoco en
Castilla. Por lo tanto, era preciso un miembro de la familia real; a ser
posible, además, que fuera natural de aquellas tierras, y que conociese así su
lengua y sus costumbres. Y no cabe duda de que en aquella ocasión Carlos V fue
afortunado, pues contaba con la figura adecuada: su hermana María, que había
nacido en Bruselas en 1505. María contaba, pues, 25 años, y estaba en la edad
adecuada para asumir aquella tarea. Por otra parte, su etapa de Reina de
Hungría, en época tan difícil, le había proporcionado una valiosa experiencia.
Y también había que valorar en aquel tiempo su título de Reina viuda, porque le
daba prestigio.
Solo había un reparo, a los ojos de Carlos V: su hermana, y en particular
algunos de los miembros de su cortejo, habían mostrado sus simpatías hacia la
Reforma. Es más, el propio Lutero había dedicado a María en 1526 la versión que
había hecho de cuatro salmos, lo cual había dado que hablar. De hecho, en las
conversaciones familiares de Innsbruck de la Reina con Carlos V y Fernando,
algo debió de comentarse, como se deduce de los propios escritos carolinos[786]. Pero
sobre las dudas que hubiere, María supo dar las oportunas explicaciones, de
modo que Carlos V la llamó a su lado, a mediados de junio de 1530[787]. Y eso
cuando nada podía predecir que cinco meses después fallecería Margarita de
Austria, dejando la vacante de su cargo como Gobernadora de los Países Bajos.
Eso prueba que Carlos V valoraba altamente a su hermana y que la quería tener
como consejera[788].
Clausurada la Dieta imperial de Augsburgo y elegido su hermano rey de Romanos,
a Carlos V le apremiaba su presencia en los Países Bajos. También aquí, sin
embargo, sabe establecer prioridades. Aunque tiene noticia de la muerte de su
tía Margarita a principios de diciembre, pospone el paso a sus tierras natales
hasta dejar concluidos los asuntos de Alemania con la consagración de su
hermano como rey de Romanos en Aquisgrán. Cuatro días más tarde ya toma la ruta
de Bruselas por Maastricht, Lieja y Namur. El 24 de enero llegaba a la capital
belga, siempre acompañado de su hermana.
Ese aplazamiento no había supuesto abandono de tema tan importante. En
realidad, todo el mes de diciembre de 1530 Carlos V había mantenido una viva
correspondencia con sus consejeros de los Países Bajos y con la alta nobleza,
que le ratifica en su decisión: nombrar a la Reina viuda de Hungría como
sucesora de su tía Margarita. En sus consultas, Carlos quiere preparar
debidamente el terreno a su hermana, pues ya tenía claro qué era lo que debía
hacer. Y el 3 de enero de 1531 así se lo comunica a María, instándole vivamente
a que acepte.
Asombroso: Una Reina viuda, que ha perdido su Reino y su hogar, que se ha
quedado, como quien dice, en el paro político, poniendo reparos a esa propuesta
de su hermano, el Emperador, para desempeñar un cargo de la mayor importancia
que le ponía otra vez en el primer plano de la política europea. Ello era
porque María hubiera preferido, sin más, estar en la Corte imperial a la sombra
de su hermano. Por otra parte, temía que se le exigiera una boda de Estado (de
hecho se hablaba de un posible enlace con el rey de Escocia Jacobo V), boda que
rechazaba María, bien por el amoroso recuerdo que guardaba de su marido, Luis
de Hungría, bien porque temiera la sujeción que conllevaba entonces el
matrimonio y sus peligros, de los que era buena prueba lo que le estaba
ocurriendo a su tía Catalina de Aragón. Y Carlos V hubo de prometer a su
hermana que la respetaría en su condición de viuda. A su vez, eso sí, le indicó
la conveniencia de que dejara a sus antiguos servidores, de los que se tenían
sospechas de simpatizar con la Reforma: esas serían las instrucciones que el
Emperador dio al señor de Bossu, en su misión cerca de María, que se conservan
en los Archivos Generales del Reino de Bruselas[789].
Y de ese modo, María acudió a los Países Bajos, obedeciendo al requerimiento de
su hermano.
Todo el año de 1531 se vio a Carlos V ir y venir por sus Estados de los Países
Bajos. Conforme a su modo de entender sus responsabilidades como gobernante,
las obligaciones que tenía con sus súbditos de conocerlos y de ser conocido,
estaría en continuo viaje. Le forzaba más a ello el ser consciente de que,
cuando se ausentara, pasarían muchos años antes de que pudiera regresar.
Visitaría así Lovaina, Malinas, Amberes y, por supuesto, su ciudad natal de
Gante. Pero a partir de mediados de junio residiría ya en Bruselas.
Durante aquel año pasado en los Países Bajos, Carlos V aprovecharía para
reorganizar su gobierno. Mientras vivió su tía Margarita, confió en ella y
respetó su forma de llevar las cosas, sabedor de su lealtad y de su afecto.
Evidentemente la situación de María era totalmente distinta, no porque no
hubiera afecto ni porque dudara de sus condiciones de gobernante, sino porque
ya no tenía Carlos ante sí aquella figura (Madame ma tante) que tanto
había respetado, y que en realidad, durante su niñez, había sido como una madre
para él. En cambio, María era su hermana pequeña. Y, sobre todo, él era el
Emperador, el jefe de la dinastía, el señor de los Países Bajos. De forma que
condicionará el quehacer político de su hermana, poniendo a su lado tres
instituciones de verdadera importancia: el Consejo de Estado, el Consejo
privado y el Consejo de Hacienda.
Un sistema que se mostraría tan eficaz que se mantendría ya a lo largo de la
Edad Moderna.
El 4 de marzo recibía Carlos V a su hermana María en Lovaina y el 1 de julio le
daba posesión de su cargo de forma solemne, ante los Estados Generales.
Antes de salir de los Países Bajos, Carlos V convocó a capítulo a su querida
Orden del Toisón de Oro. Habían pasado muchos años desde la última reunión de
la Orden —la tenida en Barcelona el 7 de marzo de 1519—[790]. Allí hubo
de escuchar severas recriminaciones: su lentitud en tomar acuerdos, la dudosa
competencia de algunos magistrados, la poca valoración del Consejo de Estado e,
incluso, la pobre retribución de sus ministros. Pero no todo fueron censuras.
Carlos pudo ver recompensados algunos de sus fieles cortesanos, entre ellos —y
resulta significativo— el duque de Calabria. Y no debemos perder de vista a los
designados con el Toisón de Oro fuera de sus dominios, porque nos da la pista
de sus objetivos políticos: así, los reyes Juan III de Portugal y Jacobo V de
Escocia. Con ello Carlos V trataba de reafirmar su alianza con el vecino reino
peninsular, por un lado, y establecer relaciones con una Escocia que podía
servir de contrapunto a la Inglaterra cada vez más hostil de aquel Enrique VIII
ya separado de Catalina de Aragón.
Por supuesto, también serían recompensados con el Toisón los Príncipes alemanes
que le habían ayudado en la Dieta de Augsburgo, como los Príncipes Electores
del Palatinado y de Brandemburgo. En Italia distinguiría a su nuevo aliado,
Andrea Doria, y a Ferrante Gonzaga. En los Países Bajos a Luis de Praet, a
Felipe Lannoy y a Carlos Lalaing. Finalmente, en España, por supuesto a su
hijo, el príncipe Felipe —pese a su corta edad de cuatro años— y a Zúñiga, que
por entonces era uno de los nobles castellanos que gozaban de la mayor
confianza del Emperador (recordemos que era ayo del Príncipe), y a los duques
de Frías y de Alburquerque, junto con el ya citado duque de Calabria.
Eso ocurría en diciembre de 1531.
A poco, Carlos V abandonaba los Países Bajos, dejando en aquel gobierno a su
hermana María.
La despedida fue tiernísima.
Era el mes de enero de 1532. Carlos V volvía a tierras alemanas. Había
convocado a la Dieta imperial en Ratisbona, pues se tenían informes fidedignos
de que Solimán el Magnífico preparaba otra gran ofensiva, Danubio arriba,
contra Viena, queriendo vengar su derrota de 1529.
Por lo tanto, el deber llamaba al Emperador para enfrentarse al enemigo común
de la Cristiandad. Era una campaña que se anunciaba incierta, llena de
peligros. Y María, su hermana, lo acusaría. ¿Volvería a ver a su hermano?
Bruselas, donde quedaba al frente del gobierno, era su ciudad natal y los
Países Bajos su patria. Pero en su puesto de mando, alejada ya de su hermano,
¡cuánta soledad! Carlos, tras su campaña, iría a España con su familia. Y
entonces, llena de pena, coge la pluma y le escribe:
Certes, monseigneur, vous ne l’estes pas seul, car de nôtre coté
le somes si très qu’il n’est posible de plus…[791]
El Emperador procuraría consolarla, contestándole a vuelta de
correo: También era grande su pena. También le afligía no llevarla consigo,
dejándola atrás. Y además, él era quien abandonaba a los Países Bajos, la
tierra que le había visto nacer. Mas así estaban las cosas y era preciso
conformarse con ello, confiando en que Dios permitiría que volvieran a reunirse[792].
De momento, lo que era cierto es que su deber le obligaba a volver al Imperio.
El Turco amenazaba y Carlos V lo sabía.
Daría comienzo su primera campaña militar al frente de sus ejércitos. Solimán
el Magnífico, Solimán el Señor de Constantinopla, el otro Emperador que
dominaba el Oriente, se preparaba. ¡Qué gran ocasión, pues, para que Carlos
demostrase al mundo quién era!
Aspirando a la gloria de los antiguos emperadores de Roma, Carlos V se
aprestaba de ese modo a afrontar su propio destino.
Capítulo 3
El último cruzado: Viena
§. Las cartas de la Emperatriz
Estando el Emperador todavía en Gante, el 13 de junio de 1531, comenzó una
serie de cartas a la Emperatriz[793] que
nos reflejan con todo detalle su estado de ánimo frente a los problemas
acumulados en el Imperio, agravados por la rebelde actitud de los Príncipes
protestantes, la falta de asistencia de un Papa que no quería saber nada del
Concilio y la amenaza, siempre latente, de otra ofensiva turca; todo lo cual
obligaba a Carlos V al aplazamiento de su regreso a España:
… la cosa que más deseo…
De pronto, en una extraña mezcla de estilos, conforme a su modo
de ser, pasando del directo al indirecto, y como si al Emperador se le
deslizara un sentimiento íntimo, incapaz de contenerlo más tiempo, dicta a su
secretario
… porque demás que por mi contentamiento es la cosa que más deseo mi
vuelta, principalmente por verla y estar con ella… Íntima
confesión de sus ansias personales que completa con una referencia al hogar,
tan lejano:
… y ser ahí mi verdadera casa y entero reposo…
El viajero perpetuo, el que ha de cambiar de morada cada mes,
cada semana, e incluso frecuentemente cada día, añora la paz y la quietud, el
sosiego de la vida familiar que le está vedado. Pues esa paz y ese sosiego, ese
volver al seno familiar, de momento queda lejano. El Papa y el rey de Francia
impiden el Concilio, con todos los males que eso supone:
… como ya los de Alemaña ven que el Concilio se dilata, no
solamente los malos continúan sus errores, pero cada hora los abmentan y con
los dudosos ganan crédito y los buenos no pueden dexar de estar en gran
confusión…
En resumen, lo de la religión estaba tan mal y se ponía tan mal
remedio que todo amenazaba ruina:
… está todo muy al canto de perderse…
Es más, lo logrado con la elección de su hermano Fernando como
rey de Romanos también era incierto, porque había surgido la fuerte oposición
del duque Juan de Sajonia, Príncipe-Elector; de forma que su hermano le
apretaba para que no le dejase tan a solas con el peligro. Por lo tanto, otra
razón para quedarse:
… viendo de la manera que dexaría al Rey, mi hermano, que sería
a punto de perderse, y que la electión que tanto trabajé y tanto me conviene
fuese en balde, y el deshonor…
El deshonor: he ahí otra poderosa razón para el caballero que
siempre vive en Carlos V. Aplazamiento, pues, del viaje a España, pero no más
allá de marzo de 1532[794]. Meses más
tarde, a punto de salir de Alemania, reitera el Emperador a Isabel su propósito
del pronto regreso[795].
El 28 de febrero hacía Carlos V su entrada en Ratisbona, donde había convocado
a la Dieta. Ya le aguardaba allí su hermano Fernando. Carlos contaba con el
apoyo de los Príncipes Electores católicos, pero dado que cada vez era más
cierta la amenaza de una ofensiva turca, tantea también el de los luteranos:
… se trata con el duque de Sajonia y con los otros sus
adherentes…[796]
Fue entonces cuando le ocurrió al Emperador aquel accidente que
tanto alarmó a Isabel, y que Carlos V recuerda en sus Memorias,
dándonos una prueba más de su fiabilidad:
En este camino —nos dice—, cayó debajo del caballo, andando de caza, y se hizo
mal en una pierna, donde le dio después erisipela, de la que estuvo trabajando
todo el tiempo que se detuvo en la dicha ciudad de Ratisbona…[797]
El accidente del Emperador nos lo confirma el doctor Escosiazo, médico de
Carlos V, que mandaría su pertinente informe a la Emperatriz:
… en el camino, el caballo cayó con S. M….
Pero eso no había sido lo malo, porque pronto empezó a
recuperarse. Lo peor vino después:
… una noche tuvo S. M. comezón en la pierna y se la
rascó recia y a la mañana, cuando los médicos venimos a la hora que solemos,
hallámosela colorada, con algunas ronchas en las partes adonde se había
rascado, y más hinchada que antes…
Tuvo, pues, que guardar reposo Carlos V y aun extremar el
cuidado en su comida, cuando ya le habían permitido hacer la que acostumbraba:
… aves y carnero y ternera y vino…
Así que se habían puesto serios con el imperial paciente, aunque
ya estaba mejor y podía andar en su aposento. Y podría hacerlo fuera, pero
todavía no se lo permitían, porque
… si los médicos le diésemos lugar para poco, sospechamos que S. M. la
ampliaría a mucho. Acordamos de nos resistir todo lo que podemos… Una
referencia que nos permite imaginarnos al Emperador impaciente en su cámara,
por hallarse bloqueado cuando tantas cosas se le agolpaban. ¡Y además con aquel
malestar en todo el cuerpo! Malestar de que el bueno del doctor Escoriazo deja
también notoria referencia:
También le ha quedado comenzón en todo el cuerpo, que se rasca
de buena gana[798].
No anduvo bueno el César aquella primavera de 1532 en Ratisbona,
tardando en recuperarse más de la cuenta, acaso porque sus males le cogían
fuera de su hogar. ¿O porque lo que padecía era otro tipo de males? Así lo
creían sus inmediatos seguidores, si hemos de creer a un testimonio escrito en
aquellas fechas desde Ratisbona por un cortesano cuyo nombre ignoramos y que,
al comentar la ofensiva turca que se avecinaba y cómo eso impedía a Carlos V su
regreso a España, confiaba en que el Emperador obtuviese una pronta y sonada
victoria.
Y añadía:
Porque con doblado contentamiento pueda volver a gozar de su
dulce compañía [de la Emperatriz], que ya estaría en camino para allá, si estas
nuevas no lo estorbaran…[799]
A continuación, nuestro anónimo cortesano hace una singular
alabanza de su Emperador, que acaso pueda parecer excesiva, o ingenua, pero que
nos da idea de la excelente imagen que ofrecía Carlos a los suyos:
La verdad, la bondad, la justicia deste hombre no se escribe…
Y añade, maravillado:
Por fe tienen acá que antes desta tierra salga han de ver sus
milagros…
Lo cual coincide con los términos con los que García de Loaysa
hablaba de Carlos V: un hombre inocente al que era fácil engañar. No de otra
forma expresa sus temores cuando ocurre la muerte de Margarita de Austria:
¿Quién sería el sucesor? ¿Acaso Nassau?
En la provisión de Flandes —es Loaysa el que escribe a Cobos desde
Roma, cuando conoce la muerte de la Gobernadora Margarita— lo que yo
puedo decir es que S. M. ponga la virtud delante de sus ojos y sin mirar a una
parte ni a otra dexe gobernar con quien descargue su conciencia, y no le pida
Dios los pecados ajenos. Deseo yo que Nassau estuviera lexos de la cámara y
conversación de ese nuestro ángel…[800] Pues
bien, para el anónimo testigo de Ratisbona, una nota a destacar de Carlos V era
su castidad:
Pues casto no lo cumple decir…
Y tanto, que sus males los achacaban sus médicos a la fidelidad
que guardaba a la Emperatriz. Como si dijéramos: he ahí un Emperador que se
consumía de amor:
Y así le aconsejan los médicos que trabaje de volver a España
para que acabe de sanar…
Era, en verdad, una pareja enamorada. De ahí la preocupación de
Isabel cuando le llega la noticia de aquel accidente:
De saber que la indisposición que V. M. tuvo pasase adelante —le
escribe el 13 de mayo— me ha dado mucha pena y cuidado, como quiera que en
escribirme V. M. que ya quedaba bueno me ha sosegado algo; pero no por eso
estaré sin mucha congoxa hasta saber que la salud se continua…
De forma que le pide al Emperador que al punto le conteste sobre
cómo se mejoraba su salud, con lo cual
… nos dé alegría y descanso a todos[801].
Superado su mal, Carlos V pudo aplicarse a lo que entonces
importaba: conseguir el mayor apoyo posible para afrontar la amenaza turca.
Fue entonces cuando Carlos V sufrió una dolorosa pérdida familiar: la de su
sobrino Juan, Príncipe de Dinamarca. Una muerte que al cabo de los años todavía
recuerda en sus Memorias[802]. Era
el hijo mayor de su hermana Isabel, la casada con Cristian II de Dinamarca.
Isabel ya había muerto en 1526 y dada la tumultuosa vida de su cuñado —que para
entonces había perdido ya su corona—, Carlos V había acogido bajo su protección
al muchacho como si se tratara de su hijo; un muchacho que entonces tenía ya 12
años. Para el Emperador, era el único familiar que vivía con él en su corte
itinerante, de forma que sintió más el golpe, tanto o más que la muerte de su
propio hijo Fernando, fallecido con apenas unos meses y que no había llegado a
conocer; unos sentimientos que al propio Carlos asombran, comentándolos con su
hermana María, que por entonces era —ya lo hemos comentado— su gran confidente:
… car je le connaissais plus et était déjà plus grand et le
tenait comme pour tel[803].
Por supuesto, algunas otras cuestiones menores también
preocupaban al Emperador; así, la boda de un sobrino de Garcilaso de la Vega
con Isabel de la Cueva, una dama de la alta nobleza. Una chiquillada —Isabel de
la Cueva tenía doce años—, pero que al intervenir como testigo de la boda el
gran poeta, le supuso el destierro de la Corte y su confinamiento en una isla
del Danubio, donde compondría su hermosa Canción tercera:
Con un manso ruido
de agua corriente y clara,
cerca el Danubio una isla…[804]
Pero, por supuesto, lo que centra preferentemente la atención de
Carlos V es la amenaza turca, de cuya ofensiva sobre Viena ya se tenían
noticias fidedignas. El 6 de abril el Emperador se lo dice a Isabel:
… las nuevas de la venida del Turco se continúan y por todos los
avisos que se tienen se certifica y averigua que hace muy grandes aparejos, así
de armada de mar para enviar en los nuestros reinos de Nápoles y Secilia, como
de exército de tierra, para venir (con) su persona por la parte de Hungría…[805]
Eran avisos que mandaba el embajador de Venecia en
Constantinopla, el cual, además de realizar sus gestiones diplomáticas como tal
Embajador, llevaba a cabo ese utilísimo espionaje en favor de la Europa
cristiana. Algo que se olvida con frecuencia, respecto al papel de Venecia en
la Europa cristiana del Quinientos[806].
§. La Dieta de Ratisbona
A Carlos V se le presentaba, por tanto, la oportunidad de mostrarse a los ojos
de Europa como el defensor de la Cristiandad. De toda la Cristiandad, lo que le
permite solicitar el apoyo del Imperio, tanto de los Príncipes católicos como
de los luteranos. De hecho, el propio Lutero no se le mostraba muy disconforme.
Antes al contrario, por entonces hablaba de él como «el querido Emperador
Carlos»[807]. En la
Dieta anterior de Augsburgo se habían reconocido sus esfuerzos por la paz. Al
renovarlos en Ratisbona, Carlos consiguió el apoyo de todo el Imperio.
Pero no solo del Imperio. Carlos V tenía que montar un ejército como hasta
entonces no se había visto en su reinado, preferentemente de las dos armas
principales: infantería y caballería. Y eso había que financiarlo.
Porque lo que no cabía duda era que Solimán, acaudillando su ofensiva Danubio
arriba, lo haría con fuerzas temibles. El propio Carlos, no sin cierta emoción
que se trasluce en sus escritos, se lo diría así a la Emperatriz:
… la potencia deste enemigo es tan grande, como es notorio, y si
nos hallase desapercibidos, esto de acá y todo lo demás de la Christiandad
vernía en mucho peligro…
Así informaba Carlos V desde Ratisbona, entrado ya el mes de
abril[808]. Pero dos
meses después ya respira más tranquilo: la Dieta le había concedido una ayuda
verdaderamente importante, de forma que con los golpes de tropas que le
llegaban de las otras partes de la Cristiandad podría superar los 100.000
hombres.
Jubiloso, el Emperador lo comunicaba a su esposa:
Y para la resistencia que se la ha de fazer por tierra, he
concluido en esta Dieta que el imperio ayuda con 29.000 mil infantes y cinco
mil de caballo, sin otras ayudas particulares que spero que harán los príncipes
y cibdades. Ponerse ha diligencia en juntarlo todo y yo de mi parte haré fasta
30.000 infantes y veinte mil de caballo, en cuyo número entrará la infantería
española que tengo en Italia y alguna quantidad de italianos, y asimismo hay
otro buen golpe de bohemios que agora, en la Dieta que el Rey mi hermano ha
tenido, le han ofrescido, que dizen que serán hasta treinta mil hombres, que
junto todo (en que se usará de toda diligencia que se pudiere), será un muy
buen exército y con el ayuda de Nuestro Señor que en cabsa tan justa y santa,
como ésta es, confío que me la dará, y que se le hará la resistencia que es
menester[809].
§. El ejército imperial
Aquel joven Emperador de 32 años se aprestaba a poner en orden su ejército. Se
veía apoyado por sus Reinos y dominios, y también por el Imperio. Flamencos y
alemanes, italianos y españoles. Hasta su hermano Fernando colaboraba con un
buen golpe de soldados checos.
Adelante pues.
De los Países Bajos le llegaban los refuerzos que despachaba María de Hungría
al mando del conde de Buren y del príncipe de Condé. De Italia, los italianos
allí reclutados y los tercios viejos acaudillados por el marqués del Vasto y el
ya famoso Antonio de Leyva. El ejército pagado por el Imperio se formaba a las
órdenes de Federico del Palatinado. Y ya hemos visto la aportación tan
importante de Chequia, donde el protagonista era Fernando. De entre ellos, si
no los más numerosos, sí entre los más destacados, los tercios viejos que
avanzaban desde Italia. Era la fuerza de choque del Emperador, quien anuncia
orgulloso su llegada. A María de Hungría le informaba a mediados de agosto:
Mis españoles estarán esta semana en Innsbruck.
Y a continuación añadía que también se esperaba a las tropas
italianas[810].
De España no solo acudían los tercios viejos acantonados en Italia; también
destacados representantes de la alta nobleza, con sus seguidores. En primer
lugar habría que recordar al duque de Alba que, acompañado de Garcilaso de la
Vega, había cruzado toda Francia, para estar al lado del Emperador en
Ratisbona. Y así pudo cantar el poeta:
Con amorosos ojos adelante,
Carlos, César triunfante, lo abrazaba
Cuando desembarcaba en Ratisbona[811].
No fue el único el duque de Alba. La Emperatriz anunciaba por
entonces a Carlos V:
El duque de Béjar habrá ocho días que partió por la posta a
servir a S. M. en esa empresa del turco, y como quiera que otros grandes y
caballeros del reino estaban movidos a hacer lo mismo, esta ida del Duque les
ha puesto mayor voluntad; y porque en irse muchos del reino y sacar tantos
caballos y dineros hay los inconvenientes que con el dicho correo escribí a V.
M., yo le suplico me mande avisar con brevedad de su voluntad y dé la orden que
es servido con ellos se tenga[812].
Pero también hubo quienes se quisieron apuntar a última hora,
como si quisieran participar del prestigio del triunfo más que del peligro.
Carlos ordenaría a Isabel que procurase disuadirlos con habilidad, para no
ofenderles:
Quanto a lo que escribe que, sabiendo la certinidad de la venida
del Turco, muchos grandes y caballeros desos Reynos se han movido y mueven para
venir a servirnos en esta jornada y que, como quiera que holgaría que todos
viniesen, paresce que sería inconviniente por las causas que dize y pide que le
escriba la orden que en esto se terná y lo que se ha de hazer en lo de los
caballos y dineros que quieren traer, parésceme muy bien las consideraciones
que allá scribe que se han platicado cerca desto; pero yo creo que los que
vernán, especialmente de personas que allá podrían hazer falta, si alguna cosa
se ofresciese, serán muy pocas, porque los que quando este despacho llegare no
fueren partidos, no podrán ya llegar a tiempo que aprovechasen, y lo que los
otros ofrescían es para hazer cumplimiento y por esto me paresció que vos,
Señora, quando alguna persona que sea de calidad que viniendo acá allá podría
hazer falta os pidiere o enviare a pedir licencia para venir acá,
agradeziéndole su voluntad, les podréis responder conforme a lo que está dicho,
que ya segund las cosas del Turco están acá tan adelante, no podrían llegar a
tiempo que no esté hecho lo que se ha de hazer, y el trabajo de su venida sería
sin servir y será bien escusarlo; que esto paresce que bastará para que se
queden, porque en ninguna manera quiero que por agora se diga determinadamente
a ninguno que no venga, si no fuese a alguna persona que estuviese ocupado y
con cargo en las fronteras cuya venida pudiese hazer falta. Y será bien que las
respuestas que a causa desto se dieren sean de palabra, porque ninguno pueda
después mostrar carta para tener escusa de no haber venido[813].
A ese tenor estuvo la cooperación económica. Fueron enviados al
emperador 500.000 ducados, que aún quedaban en Simancas del rescate de los
príncipes franceses[814]. Las
Cortes concedieron ciento ochenta millones de maravedíes, pagaderos en dos
años. Se despacharon 70.000 ducados que obraban en poder del virrey de
Cataluña. Incluso se acudió al recurso de los préstamos de particulares: la
duquesa de Medina-Sidonia dio 50.000 ducados[815]. De Roma
se obtuvo bula para que la Iglesia española concediera la mitad de sus rentas,
si bien la Emperatriz encontró tan fuerte resistencia en el clero, que hubo de
renunciar a ponerla en ejecución:
Dicen que los clérigos están muy puestos en resistir y no pagar…[816]
No fueron los únicos socorros económicos que obtuvo Carlos V. Ya
hemos visto lo aportado por la Dieta imperial de Ratisbona. Igual esfuerzo
realizaron los Países Bajos, ante los apremios de María de Hungría.
Incluso el propio rey de Portugal contribuyó con 100.000 ducados; eso sí,
precisando que únicamente en el caso de que aquella empresa fuera dirigida
personalmente por el Emperador:
… habiendo de dar batalla al Turco o yendo en persona a
descercar Viena…[817]
Que sería precisamente lo que haría el César.
§. A liberar Viena
En septiembre, Carlos V pone en marcha su ejército, pues se tenía noticias de
que las avanzadas turcas llegaban a las inmediaciones de Viena. Pero la heroica
defensa de Güns, una fortaleza apenas a 100 kilómetros al sur de Viena, que
soportó un duro asedio del 3 al 28 de agosto, salvó a la capital de sufrir un
segundo cerco turco. Por otra parte, Viena se hallaba bien pertrechada y
defendida, y la situación del ejército turco cada vez resultaba más difícil,
tan lejos de sus bases de aprovisionamiento. De forma que cuando Nicolás
Jurichitz, el defensor de Güns, entregó la plaza, Solimán se tuvo que conformar
con devastar la Estiria y no avanzó sobre Viena, donde solo llegaron a sus
cercanías algunas de las vanguardias turcas.
Acaso desanimó también a Solimán la inesperada embajada que recibió de Francia.
En efecto, cuando todavía se hallaba en Belgrado se le presentó el diplomático
Rincón.
Rincón era un hábil diplomático español al servicio de Francisco I. Llevaba la
misión de pedirle al Sultán que anulase su ofensiva sobre Austria. Solimán se
negó, pues habiendo iniciado la campaña, podría pensarse que la abandonaba tan
pronto por miedo a Carlos de España[818].
¡Carlos de España! Es notable que así conociera ya Solimán al Emperador. Y
cuando ordenó la retirada propagó que había iniciado la campaña para guerrear
con Carlos de España, y al no encontrarlo, dejaba su avance. Lo cierto es que
decidió la retirada entrado ya el mes de septiembre, cuando Carlos V se dirigía
a Linz. Por lo tanto, era el Emperador quien avanzaba decidido hacia Viena y el
Turco el que se retiraba.
Carlos llegaba a Linz a mediados de septiembre. Desde allí daría cuenta a la
Emperatriz de cómo se estaba desarrollando la campaña, con los intentos de
Solimán y el castigo que había recibido, cuando su vanguardia se había acercado
a Viena.
Pero veamos el propio relato de Carlos V, con su alusión a los heroicos
defensores de Güns:
Sereníssima muy alta y muy poderosa Emperatriz y Reina, mi muy
chara y muy amada mujer: Ya le screbí mi partida de Ratisbona y la diligencia
que se ponía en juntar el exército para que con brevedad yo pudiese salir en
campo a resistir al Turco que estaba con el suyo sobre un lugar que se llama
Quinz[819] que
es doze leguas de Viena. Jorge de Melo me alcançó después, seis leguas de
Ratisbona y holgué mucho de saber dél de vuestra salud y del Príncipe y Infante[820], y porque
a todo lo que me ha scripto tocante a negocios tengo respondido, despacho este
correo para hazelle saber lo que después ha subcedido. Luego a las dichas seis
leguas de Ratisbona llegó nueva cómo, después de hauer estado el Turco con su
exército veinte y cinco dias allí, y habiéndole dado treze combates y hecho
muchas ruinas, y viendo que no le podía tomar y el tiempo y reputación que
había perdido, por no perder más hizo tomar asiento con el Capitán del dicho
lugar, el qual estaua herido y la mayor parte de su gente muerta; asegurándose
dél que no haría daño a las gentes de su exército y prometiéndole que de su
parte no le rescibiría y así comencó a mover hacia Víena diziendo que la quería
cercar, y vinieron sus corredores hasta dos leguas della, los quales
rescibieron harto daño de alguna gente del serenísimo rey Romanos, nuestro
hermano, que salió de la dicha ciudad. Y como aquella estaba tan bien proveída
y fortalescida y mucha gente de la de nuestro exército allí cerca (porque eran
llegados la mayor parte de los del Imperio, mucha della del Rey y de la mía los
españoles y algunos italianos y hasta tres mil de caballo y los alemanes míos
muy cerca y los otros italianos, asy de caballo como de infanteria, venían a
grand priesa) paresce que el Turco, aunque trae tan grand exército de mucha
gente, no se atrevió a llegar a Viena, antes comenzó a caminar hazia la
provincia de Stiria, que es otro camino que él que truxo para ir a su tierra, y
envió algunos caballos para hazer el mal que pudiesen por la comarca, que
algunos dellos llegaron cerca de Cremes. A los quales salió de nuestra gente y
no los esperaron. Y como él seguía su camino, estando dello certificado el Rey,
mi hermano, que había venido delante a Linz, volvió con diligencia hasta Pasao,
donde llegamos juntos, a hazerme entender lo que se ha dicho y para que
viésemos lo que se debía proveer para el bien de la empresa, dexando proveído
que el Capitán General que estaba en Viena fuese a las espaldas del exército
del Turco, siguiéndole como lo hizo que fue con hasta quatro o cinco mil de
caballo, y asy va en su reçaga, haziéndole el daño que puede. Y como quiera que
se tuvo por cierto que él se retiraba, todavía yo acordé de pasar adelante y
llegar hasta Viena, por acabar de echar los enemigos de la tierra[821].
El 27 de septiembre Carlos podía dar la buena nueva: el Turco se
retiraba.
No se había librado la gran batalla entre los dos Emperadores, pero Carlos
podía proclamarse justamente vencedor.
La Europa cristiana podía respirar tranquila. Ya tenía quien defendiera su
causa.
Y lo cierto es que a partir de entonces cesó la amenaza del Turco sobre Viena.
Solimán el Magnífico cejaría ya en su empeño de domeñar a la perla del Danubio.
Y Carlos podía proclamar, como escribiría jubiloso a la Emperatriz:
… la honra y victoria que Dios nos ha dado en haber comenzado a
echar de la tierra [a] este común enemigo de la Christiandad…[822]
Capítulo 4
El reencuentro con España
§. Las congojas de la Emperatriz
Con qué alborozo se recibieron en la Corte de la Emperatriz aquellas noticias,
no hay que decirlo. El Turco era la gran amenaza, el gran coco, el que parecía
invencible. Un enemigo temible y además crudelísimo. Su ejército era tan
numeroso que arrasaba por donde quiera que pasara. La prueba estaba en sus
avances fulgurantes de años anteriores, Danubio arriba: 1521, toma de Belgrado;
1526, engullimiento de Hungría, con muerte del propio Luis II, el joven Rey
cristiano que osó presentarle cara combatiendo con sus tropas en campo abierto.
Era cierto que en 1529 había fracasado en su asedio de Viena, entre otras cosas
porque aquel año las lluvias habían sido tan fuertes en el centro de Europa que
los ríos húngaros se habían desbordado, y las tropas del Sultán habían avanzado
lentamente, para llegar ante Viena cuando ya apuntaba el otoño. Pero la fuerza
del enemigo era increíble. Y siempre con resultados escalofriantes: la tierra
asolada, las ciudades arrasadas, los hombres descabezados, las mujeres violadas
y los niños cautivos, como base de los futuros —y temibles— genízaros. Era una
técnica diabólica, tal decían los contemporáneos, por la cual los hijos de los
cristianos se convertían en los mayores verdugos de esa misma Cristiandad.
Así que la sola referencia al Turco provocaba algo más que miedo: pánico. Y eso
se refleja en las cartas de la Emperatriz. ¡Era el Emperador quien se ponía
ahora a ese riesgo increíble!
En lo del Turco —escribía Isabel el 8 de agosto de 1532, cuando ya el
combate parecía inminente—, Dios sabe el cuidado en que me tiene su venida, y
ver a V. M. en esas partes con tantos trabajos…[823] Y
la Emperatriz rezaba. De hecho, lo haría toda España:
Me ha puesto en congoxa —la carta de Isabel es de 4 de
septiembre, cuando el gran combate parecía inminente— y no poco cuidado de ver
que el exército del Turco estoviese ya tan cerca de Viena…
Y añadía, la acongojada Emperatriz:
Las plegarias y oraciones en las iglesias y monasterios destos
Reinos y en los de Aragón y Valencia por la salud de V. M. y por su victoria
contra ese enemigo, se continúan…[824]
Conforme pasaban los días, la inquietud de Isabel no hacía sino
crecer. Dos semanas más tarde le alivia saber que Güns había resistido
valientemente contra las arremetidas del Turco, lo cual había elevado la moral
de Viena:
Razón ternán los de Viena, estando tan bien en orden, de no le
temer [al Turco], en especial esperando tan buen socorro como el de V. M….
Pero no se trataba de una mera crónica de batallas pasadas. Se
trataba de la lucha día a día, en la que cualquier cosa podía ocurrir. Carlos V
estaba allí, en el corazón de Europa, para hacer frente a tan terrible amenaza.
Era el Emperador, y ese era su deber.
Eso era así y había que aceptarlo, pero para Isabel eran todos los temores. En
cualquier momento, podía sobrevenir la catástrofe, máxime cuanto que las
noticias sobre la salud del César no eran buenas. Había que confiar en que Dios
mirase por los suyos:
Espero en Nuestro Señor que, pues la causa es suya, Él ayudará y
favorecerá a V. M. de manera que, con mucha gloria suya, haya la victoria dese
enemigo…[825]
Ahora bien, todo eso estaba pasando muy lejos de España. Viena
quedaba tan apartada de Madrid o de Toledo, que los correos tardaban veinte y a
veces hasta veinticinco días en llegar a la Emperatriz.
Y ese era otro cuidado, una congoja más, una angustia mayor:
Y porque según el estado en que V. M. quedaba para le salir a
resistir —es la Emperatriz quien así escribe—, yo estaré con gran cuidado y
congoxa por saber cada día nuevas de V. M. y de lo que allá se hace…
Y la afligida Isabel añadía, anhelante:
Yo le suplico que me las mande enviar muy a menudo, porque de
otra manera no podré tener descanso…[826]
Y esa era la realidad: para Carlos V las fatigas y los riesgos,
para Isabel el no tener descanso, las noches en vela, los días rezando.
Así se puede entender mejor con qué alborozo acoge Isabel la buena nueva de que
aquella pesadilla había terminado, que el fiero Turco estaba de retirada, y que
el Emperador, «su» Emperador, podía estar de regreso a España, volver a su
lado. A mediados de octubre a la Emperatriz le llegan las buenas nuevas,
confirmando la retirada del Turco, e Isabel estalla de gozo:
Dios sabe cuánta alegría y placer he yo recibido con ellas[827], así por saber de la salud de V. M. como el estado en que allá
quedan las cosas, que siempre tove esperanza en Él que las había de guiar así,
para que V. M., con mucha honra y reputación, echase ese enemigo de la tierra[828].
Carlos le anunciaba que pasaría a Viena y a Isabel le parecía
bien, pues allí el Emperador podría verse con su hermano Fernando. La entrada
en Viena era la culminación de aquella empresa santa, la consagración de Carlos
V como el liberador de Viena, como el escudo de la Cristiandad.
Y había más, algo que correspondía ya a los íntimos sentimientos de la
Emperatriz: ¡Carlos podía regresar a España!
… proveídas las cosas desas partes, podrá V. M. tomar su
camino, como escribe, para estos Reinos, a darnos alegría a todos[829]
A mediados de noviembre, Isabel —que cuenta los días— sabe que
Carlos V está ya en Italia:
… la alegría que tengo de saber que ya V. M. esté en Italia, y
la esperanza que me da de su breve venida a estos Reinos…
Pero como tantas cosas pueden pasar y como Isabel está hecha a
tantos aplazamientos, le pide que eso no ocurra ahora:
… suplico a V. M. no dilate [su regreso] por manera alguna…[830]
Aun así, y pese a tan insistentes ruegos, Carlos V sí tendría
otra demora. No haría directamente su viaje a España, pues necesitaba
entrevistarse de nuevo con Clemente VII aprovechando su obligado paso por el
norte de Italia.
§. Nuevas vistas con el papa Clemente VII
Carlos V llegaba a Viena el 23 de septiembre, donde estaría unos días[831]. Con ello
marcaba la culminación de su empresa, dado que era la salvaguarda de aquella
gran ciudad de la Cristiandad lo que le había movido a ponerse en pie de
guerra.
Pero Viena sufría entonces otro ataque casi tan grave como el del Turco: la
peste, la temible peste. De hecho, y a consecuencia de ello, allí moriría el
gran humanista español Alfonso de Valdés, que como Secretario de cartas latinas
había seguido a su señor; y la peste obligaría a Carlos V a dejar Viena[832].
Para Fernando, había sido la gran ocasión para perseguir al Turco y recuperar
toda Hungría, pero el Emperador entendió que esa tarea ya no era propia de su
persona, pudiendo en cambio perder parte o todo del gran prestigio ganado. Solo
accedió a traspasarle los italianos que habían sido reclutados[833]. A él le
apremiaba ya el regreso a Castilla, si bien antes decidió entrevistarse de
nuevo con Clemente VII, lo que haría otra vez en Bolonia.
Y ello por una razón: se decía que Clemente VII volvía a negociar con Francisco
I, y que incluso se hablaba de una alianza formal, mediante la boda de Catalina
de Médicis, su sobrina, con un hijo del rey de Francia. Además, Carlos V quería
conseguir del Papa la convocatoria del Concilio, que permitiese poner orden en
las cosas de la fe. Y le interesaba también ratificar aquella Liga defensiva
con los potentados italianos que había logrado firmar en 1530.
De los tratos entre el Papa y Francisco I le informaban desde Roma tanto su
embajador, Micer May, como el cardenal de Osma, García de Loaysa. La diplomacia
francesa se había movido, y no solo en Italia, sino también de cara a
Inglaterra[834].
A fines de diciembre de 1532 entraba Carlos V en Bolonia, entre los cardenales
Cibo y Grimaldi, enviados por el Papa, que ya se hallaba en la ciudad. Clemente
VII le hizo una solemne acogida, volviéndole a hospedar en el palacio del
Podestá[835]. Pero en
las negociaciones entre las dos cabezas supremas de la Cristiandad abundaron
los recelos. Clemente VII estaba quejoso de Carlos V porque había apoyado las
pretensiones del duque de Ferrara a las ciudades de Módena y Reggio. Por su
parte, Carlos V quería apartar al Papa de la alianza matrimonial que platicaba
con Francisco I, mediante la boda de su sobrina Catalina de Médicis con el
segundo hijo del rey francés, Enrique (el que por muerte del delfín acabaría
sucediendo en la Corona a Francisco I). Llevaban el peso de las negociaciones
por parte del Emperador Granvela, Cobos y el señor de Praet, mientras por parte
de Clemente VII actuaban el cardenal Hipólito de Médicis, Guicciardini y
Salviati[836].
Finalmente el 24 de febrero, día tan señalado en la vida de Carlos V, se ajustó
un tratado secreto entre el Papa y el Emperador, por lo que se ponían de
acuerdo en las siguientes materias: en lo religioso, a promover la convocatoria
de un Concilio; en lo político, a no concertar alianzas separadas con otras
potencias, a mantener elstatu quo italiano y a mutuo auxilio frente al Turco.
Ratificada a poco una nueva Liga defensiva entre el Papa, la casa de Austria
(Carlos y Fernando) y las principales potencias de Italia, salvo Venecia, con
fines defensivos, Carlos V consideró cumplida su misión en Italia, y partió
para España.
En cuanto a Clemente VII, se entrevistaría poco después en Marsella con
Francisco I y ajustaría con él la citada alianza matrimonial. De lo mucho que
desconfiaba Carlos V ya por aquel entonces de las intenciones de Francisco I da
una idea el hecho de que prohibiera a su hermana María tener una entrevista con
su hermana Leonor, a pesar de que Leonor prometía que no sería con miras
políticas[837].
Lo que sí logró el Emperador fue la alianza con el ducado de Milán, mediante la
boda de su sobrina Cristina de Dinamarca con el duque Francisco Sforza; boda a
la que inútilmente trató de oponerse María de Hungría. Pues María, que estaba
entrañablemente unida con las huérfanas de su hermana Isabel, a las que tenía
consigo en su corte de Bruselas, temía por su sobrina, dada su corta edad; a lo
que Carlos V replicó que en todo caso por quien habría que temer era por el
viejo duque Sforza[838]. Y así fue
en verdad, pues Francisco Sforza no tardaría en fallecer.
§. El encuentro con Tiziano
No sería corta la segunda estancia de Carlos V en Bolonia, pues duró desde el
13 de noviembre hasta el 28 de febrero; por lo tanto, tres meses y medio. Ese
tiempo le permitió algo que sería de más alcance que la inestable alianza con
el Papa: el encuentro con Tiziano.
No era la primera vez que el César trataba con el pintor. De hecho, existe un
apunte de Tiziano de 1530 que se conserva en el Museo de Bellas Artes de
Besançon en el que aparece Carlos V en su trono tocado con una gorra, y a quien
un cortesano presenta al genial pintor.
No parece una casualidad, no parece una escena de rutina
cortesana. Diríase que Carlos V, entre los proyectos que tiene in mente cuando
decide su viaje a Italia, está el de conseguir los servicios de un pintor de
cámara que sepa cumplir bien su oficio de dar a la posteridad la imagen del
César. Para su etapa de adolescente había cubierto esa tarea con dignidad Van
Orley, como puede comprobarse en el cuadro que posee la National Gallery de
Edimburgo. Van Orley era, desde 1518, el pintor de cámara de Margarita de
Austria. Suyo es también el que se encuentra en el Museo del Louvre, un cuadro
que se ve con agrado, pero no con admiración. Van Orley no era un gran
retratista, destacando más en sus pinturas religiosas. Además, era sospechoso
de simpatizar con las corrientes reformadoras, lo cual le dejaba fuera de juego
como pintor de cámara del Emperador.
Otros pintores del norte a contar por su calidad, en los
principios del reinado de Carlos V, eran Lucas Cranach, el Viejo, y por
supuesto, el más destacado, Alberto Durero. Lucas Cranach hizo un retrato de
medio busto a Carlos V, que puede contemplarse en el Museo Thyssen de Madrid:
el joven Emperador, tocado con un gorro puntiagudo, parece que va a salirse de
los estrechos límites del marco. Se trata de uno de los cuadros más
desafortunados de Cranach, tanto como para que no se volviera a pensar en él.
Quedaba, sí, Durero, el gran Durero que hacia 1519 había hecho un excelente
grabado sobre el Carlos V recién elegido Emperador. Ahora bien, Durero moriría
en 1528, cuando todavía Carlos V tenía pendiente su anhelado viaje a Italia.
Y de ese modo, uno de los objetivos del Emperador desde su primer contacto con
las tierras de Italia, con la deslumbrante Italia de las ricas ciudades
renacentistas, sería encontrar un pintor digno de su Corte, un pintor capaz de
recoger para la posteridad su imagen, como la del nuevo César redivivo. Y es a
poco de su llegada a Bolonia, en 1530, cuando el duque de Mantua le presenta a
Tiziano; una audiencia que el pintor querrá recordar con un apunte —sin duda,
el esbozo de un futuro cuadro— que es el que custodia el Museo de Besançon.
Pero de momento pasan algunos años sin que Carlos V decida nada, y acaso por
eso el cuadro deje de realizarse.
Era comprensible el silencio de Carlos V en aquellos años tan decisivos de 1530
a 1532, con las dos Dietas imperiales de Augsburgo y de Ratisbona, la primera
con el gran debate de la Reforma tan extendida ya en Alemania, y la segunda
enfrentada con la amenaza de la invasión turca Danubio arriba, que ponía en
peligro a la propia Viena.
Pero en 1533, aparcado el problema religioso alemán hasta la convocatoria del
Concilio y rechazado el Turco a las puertas de Viena, Carlos V podía volver a
pensar en su proyecto de encontrar un pintor digno de su persona, a quien
incorporar a su Corte como pintor de cámara.
En 1533 Tiziano estaba en la madurez de su genio. Autor de
retratos tan admirables como El hombre del guante (Museo del Louvre, 1523) y
como el del duque de Mantua (Museo del Prado, 1525), se había convertido ya en
el gran maestro de la pintura veneciana. De forma que Carlos V pudo recordar la
recomendación del duque de Mantua, haciéndole el encargo de un retrato de
cuerpo entero, a lo cortesano, con perro incluido, que podemos admirar en
nuestro Museo del Prado.
El encargo era como a modo de un concurso, porque el artista
debía atenerse a las líneas de otro cuadro pintado ya por el austriaco Jacob
Seisenegger, durante la reciente estancia de Carlos V en Linz en 1532, y que
hoy podemos contemplar en el Museo de Bellas Artes de Viena (el
Kunsthistorisches Museum vienés): la misma actitud, pierna diestra avanzada, el
cetro en la mano derecha y acariciando a un hermoso perro con la siniestra,
idéntico ropaje y tocado con gorra similar, sin olvidar el regio adorno del collar
de la Orden del Toisón de Oro.
El resultado fue decisivo. El cuadro de Tiziano hizo olvidar al de Seisenegger.
Mientras el austriaco no consigue más que una figura histórica, fría, carente
de vida, Tiziano logra ya un capolavoro, un retrato luminoso, en el que puede
admirarse al Emperador de Europa, al reciente vencedor en la pugna con el
Islam, al César reflexivo que se había convertido en el primer personaje de la
Cristiandad, y no solo por su título sino también por su heroico protagonismo.
Siendo una obra de encargo es ya algo más que eso: es la obra de un artista de
genio. El pintor de la Señoría de Venecia, el que se disputaban las pequeñas
cortes renacentistas italianas, y aun de toda la Europa occidental (recordemos
su Francisco I del Louvre, pintado en 1538, o el del papa Paulo III, de la
Galería Nacional napolitana, de 1543), se convertirá ya en el pintor favorito
de Carlos V, así como lo seguiría siendo después de Felipe II.
Y el hecho tendría espléndidas consecuencias para la historia del Arte y para
la historia política. Gracias a ese hecho podemos conocer mejor a nuestro
Emperador, penetrar en su intimidad, casi entrar en diálogo con él, siempre que
nos plantamos ante los cuadros que pintó Tiziano.
Del retrato de 1533 que comentamos se desprende ya el sentimiento de la
firmeza, incluso de la arrogancia de quien está convencido de que tiene una
gran misión histórica que cumplir y que pondrá en ella todo su afán.
Se comprende que Carlos V, entusiasmado, incorpore a Tiziano de forma solemne a
su Corte, y no solo como pintor de cámara, sino dándole el título nobiliario de
consejero áulico.
El gran encuentro entre el César y el artista de genio se ha producido. Y
cuando quince años después Carlos V necesite a quien ha de perpetuar su
espléndida victoria de Mühlberg, su batalla más preciada, acudirá al genial
veneciano, pese a sus años.
Algo que en su momento tendremos ocasión de comentar ampliamente.
§. De regreso a España
Al fin, Carlos V inicia su camino de regreso a España. Hacía cuatro años que
había abandonado su lugar. Había llegado la hora de volver.
Conocemos bien su itinerario, gracias a la obra capital de Foronda y Aguilera.
El César sale de Bolonia el 28 de febrero y va por sus etapas, pero no
directamente hacia Génova, que es su puerto de embarque, sino pasando primero
por Milán. Y ello porque cualquier movimiento, cualquier viaje, cualquier
jornada del Emperador no puede librarse de su carga política correspondiente.
Carlos no puede abandonar Italia sin esa visita al duque de Milán, del que ha
hecho su nuevo aliado y hasta su pariente, merced a la boda con su sobrina
Cristina de Dinamarca.
Así que vemos al cortejo imperial pasar por esa ruta milanesa, de Bolonia a
Módena[839], de Módena
a Reggio, Parma y Cremona. ¡Y atención en Cremona! Porque Carlos V sabe que
tiene ya, al alcance de la mano, aquella villa de Pizzighettone. Y en su
castillo, en el castillo de Pizzighettone, sus capitanes habían tenido preso,
tras su captura en Pavía, a Francisco I. Y naturalmente, Carlos V pasará su
jornada en Pizzighettone, rememorando aquellos hechos.
Y todavía es más significativo que cuando reanuda su viaje y llega a Lodi el 8
de marzo, teniendo ante sí y a una sola jornada, a Milán, donde quiere hacer su
entrada triunfal, Carlos V se desvía con toda intención, aplazando esa entrada
por un día. ¿Qué es lo que le mueve a hacerlo? Bien puede comprenderse. Al
suroeste, y solo a unas cinco leguas, está Pavía.
¡Pavía! ¿Cómo se va a resistir el Emperador a entrar en ella, a evocar todo lo
que allí había ocurrido en la memorable batalla que había empezado a cimentar
su fama en Europa?
Y, en efecto, el 9 de mayo vemos a Carlos V entrando en Pavía. Era domingo, lo
cual era como un motivo más para descansar, o acaso para reflexionar entre
aquellos campos donde sus tropas, y en especial «sus españoles», habían
asombrado al mundo.
Es un momento muy bien recogido en la crónica de Sandoval:
Quiso —Carlos V— ver Pavía y el parque donde fue preso el rey
Francisco, en su ventura y nombre. Holgóse de ver por menudo aquellos pasos…[840]
Al día siguiente entraba Carlos V en Milán. Y de Milán por
Alejandría, seguiría a Génova. Su estrecha alianza con la casa Doria, que
entonces poseía el señorío de la cuidad, explica que allí permaneciese diez
días, aparte de que siempre había que esperar que el tiempo permitiese la
travesía.
Al fin, el 9 de abril pasaría a la galera capitana. Embarcaba para España[841].
El Emperador dejaba atrás Italia y sus intentos de afianzar su
amistad con el papa Clemente VII. Hubiera querido apartarle de su alianza con
Francia, en lo que fracasó, pues a poco se produciría la boda de Catalina de
Médicis, sobrina del Pontífice, con Enrique de Valois, hijo segundo de
Francisco I de Francia. Por eso, el César no guardaría buen recuerdo de
aquellas jornadas, y así lo haría constar en sus Memorias.[842]
De todas formas, algo positivo sacaba de su segunda estancia en
Italia: la renovación de la Liga defensiva, con inclusión del duque de Milán
Francisco Sforza.
Después de una travesía accidentada, con parada ante las costas de Marsella
—donde sería cortésmente tratado por las autoridades francesas[843]—, Carlos V
desembarcaría finalmente en Rosas, forzado a ello por el mal tiempo[844][.
A partir de ese momento, todo lo que no fuese reunirse lo más presto posible
con la Emperatriz, quedaría borrado de su mente. En veinticuatro horas,
cabalgando prácticamente toda la jornada, se plantaría Carlos V en Barcelona.
Eran cerca de 20 leguas, que Carlos V haría, «a toda furia», por la posta.
La ocasión lo merecía. En Barcelona ya le estaban aguardando la Emperatriz
Isabel y sus dos hijos Felipe y María.
Pues a su vez la Emperatriz había salido de Madrid el 17 de febrero para
aquella cita de Barcelona; cuando Carlos V todavía se hallaba en Bolonia[845]. La
Emperatriz llevaba en su acompañamiento media nobleza de Castilla. En Madrid
habían quedado los nobles que integraban el Consejo de Estado, bajo la
presidencia del cardenal Tavera, para mantener el gobierno del país. Pero casi
todas las otras grandes figuras de la alta nobleza acompañaban a Isabel: el
Condestable, los condes de Miranda, de Salinas y de Chinchón, los marqueses de
Aguilar, Cañete y Lombay, el clavero de Calatrava y, por supuesto, aquel señor
de Belmonte, don Juan Manuel, a quien tanto apreciaba Carlos V, así como «otros
caballeros mancebos». Y por todas partes, en su viaje a Barcelona pasando por
el reino de Aragón, la Emperatriz fue festejada y aclamada:
… he sido recibida con mucha demostración de amor…[846]
Era el viaje tan esperado por la Emperatriz, iba al encuentro
que tanto anhelaba. Aquello que pedía Isabel a Carlos V desde que había tenido
noticia del buen final de las jornadas de Viena:
… la esperanza que me da de su breve venida a estos Reinos, la
cual suplico a V. M. no dilate por manera alguna…[847]
Dos meses después, creciendo su ansiedad conforme se acercaba el
regreso del Emperador, Isabel le pediría:
V. M. se desocupe de lo de allá y no se detenga un solo día…[848]
Y cuando tiene ya noticias ciertas de que en Génova se estaba
aparejando la armada imperial, Isabel no puede contener su alegría, que se
transmite a las cartas que cruza con el Emperador:
V. M. puede juzgar con el alegría y regocijo que yo debo quedar…[849]
Alegría y regocijo de la Emperatriz, camino ya de Barcelona, al
encuentro de Carlos V. Anhelo apasionado del Emperador, que le hace tomar la
posta nada más poner pie en tierra, a su llegada a Rosas. Es otra nota más de
aquella pareja tan singularmente unida, que había trocado un matrimonio de
Estado por una relación profundamente amorosa.
Como recordaría Carlos V, pasados los años, en sus Memorias: aquello era
… cosa que deseaba mucho, porque hacía cuatro años que estaba
separado de la Emperatriz, su mujer…[850]
¿Con qué se encontraba Carlos V a su regreso a España? Había
dejado nominalmente a su frente a su mujer, la Emperatriz; pero de hecho, al
gran político español del momento, el cardenal Tavera. Eso en cuanto a los
asuntos de Estado. Para la propia Corte, Carlos V contó en seguida con un
hombre de suma confianza y de suma lealtad: don Juan de Zúñiga, señor de
Peñaranda de Duero y conde de Miranda.
Empecemos por el propio gobierno de España. Era una incógnita cuál podía ser el
comportamiento de la Emperatriz. De hecho, Carlos V, le señalaría con toda
precisión sus funciones, en particular cómo debía administrar la Justicia, a
través del Consejo Real: debía convocarlo todos los viernes, no debía consentir
que nadie estuviese presente salvo su Presidente y consejeros (sin duda, el
temor a la presión de la alta nobleza está aquí funcionando) y, sobre todo,
debía dejar actuar al Consejo Real, sin admitir recomendación alguna:
… no tenga respeto a persona ni suplicación alguna…[851]
Y en cuanto a las cuestiones de las que el Emperador solía
tratar, «con los del Consejo que dicen de Estado», esto es, de guerra y defensa
del Reino, la Emperatriz debía convocar a sus consejeros: dos miembros del alto
clero (los arzobispos de Toledo[852]y de
Santiago) y dos miembros de la alta nobleza: don Juan de Zúñiga y don Juan
Manuel, el señor de Belmonte:
… y con su parecer, proveer lo que convenga…[853]
En esas tareas de gobernante, Isabel había tenido un breve
aprendizaje en 1528 cuando Carlos V se había ausentado de Castilla, para
visitar el reino de Valencia y tener las Cortes de la Corona de Aragón, que
había convocado en su lugar habitual de la villa de Monzón[854].
No era solo el gobierno de Castilla. Isabel, como lugarteniente del Emperador
en España, debía también atender a los problemas que se suscitasen en la Corona
de Aragón
… cuyo gobierno me dexó a cargo…[855]
En aquella etapa, aparte de las negociaciones con Francia en
torno al rescate de los príncipes franceses, que llevaría muy en la mano el
Emperador, lo que más destaca es la amenaza de los corsarios norteafricanos, y
sobre todo de los argelinos. Y ello sobre todo porque resultaba patente que la
ausencia del Emperador y el empleo de la mayor parte de los recursos de la
Monarquía en el viaje de Italia, en la coronación imperial y en la defensa de
Viena frente al Turco, había sido bien aprovechada por Barbarroja para atacar
las indefensas costas españolas. Ya hemos comentado cómo Portuondo, al regresar
con sus ocho galeras de acompañar al Emperador en su ida a Italia, había sido
sorprendido y desbaratado por las argelinas de Drub el Diablo, con pérdida de
siete de aquellas galeras. Con lo cual, el peligro de un asalto de los
argelinos a las costas de las Baleares y del Levante español era tan recio que
había obligado a una movilización.
Y, sobre todo, cundía cada vez más la opinión de que contrastaba dolorosamente
las empresas imperiales con el abandono de las que más interesaban a España.
Algo que Tavera se había atrevido a señalar al César, a raíz del desastre de
Portuondo: que había que tomar medidas, pues la situación, de alarmante, podía
convertirse en grave. Y lo hace con toda la fuerza que puede:
A V. M. suplico por amor de Nuestro Señor —le insta
encarecidamente— que entre las grandes cosas que tiene entre las manos no tenga
ésta por la menor…
¿Acaso no lo sabe Carlos V?
Cuáles sean estos inconvenientes dexo de decir, pues V. M. los
ve y conoce mejor que nadie…
¡Pero sí que se lo dirá! <blockquoteSolamente diré una
cosa que es clara —le añade, valientemente—: que todo el comercio de la mar se
perderá desde el Estrecho adelante, sin poderse remediar, si este no se
deshace, sin el manifiesto peligro que tienen todos los lugares de África. Y no
están sin él los de Granada y toda la costa de Valencia, Islas y el Andalucía…[856] Para
Tavera, solo había una solución: acometer enérgicamente a Barbarroja en su nido
de Argel, para deshacerlo «por mar y por tierra»[857].
Esa era la cuestión planteada a Carlos V, la más importante y la más acuciante
de todas las que presentaba la España a la que llega en 1533. Algo que afectaba
a todo el país, pero sobre todo a los Reinos de la Corona de Aragón.
Y eso tenía que reflejarse en las Cortes aragonesas. Carlos V tenía que dar una
explicación a sus súbditos, aparte de que intentase también conseguir a cambio
alguna compensación económica.
En el mismo sentido se había expresado la Emperatriz. Apenas si hay una carta
suya en la que no le plantee el problema de Argel. Anunciada la empresa para
1530 sin que se llevara a cabo, Isabel se pasaría todo el año pidiendo que se
tomaran las medidas necesarias con tiempo, para que no ocurriese lo mismo en
1531[858]; pero
aquel año también pasó sin que nada se hiciera. 1532 quedaría señalado como el
año de la ofensiva de la armada imperial, al mando de Andrea Doria; pero en el
Mediterráneo oriental, y en puntos tan lejanos como Corón y Patrás, de forma
que lo de Argel tuvo que volver a esperar. Finalmente, la Emperatriz ve una
salida: puesto que tenía que levantarse una fuerte armada en 1533 para el paso
de Carlos V de Italia a España, que se aprovechase, para a continuación
acometer la toma de la plaza argelina:
Ya muchas veces se ha scripto y V. M. está informado —es Isabel
quien eso escribe a Carlos V— quánto importa a su servicio y al bien y descanso
destos Reynos, que Argel se tomase y aquel corsario se echase de allí. Y pues
con poca más costa de la que V. M. ha de hacer en el armada para su pasada,
podría dar orden para que, desembarcado en Barcelona, enviar la dicha armada a
efectuar la empresa…
Era ganar tiempo y ahorrar dinero. Era una oportunidad única que
no debía perderse:
… yo le suplico lo vea y mande proveer, porque si se perdiese
tan buena coyuntura sería a muy gran costa de V. M. y daños destos Reynos[859].
Ahora bien, la escuadra imperial, que entraría en Barcelona
cinco días después[860], mandada
por Andrea Doria, y en la que venía el resto del cortejo imperial (entre ellos,
el cardenal García de Loaysa), solo estaba compuesta de 34 galeras; una fuerza
suficiente como escolta de la capitana que llevaba al Emperador, pero no tanto
como para acometer la toma de Argel.
Y así, aquella empresa hubo de ser aplazada una vez más.
Tampoco parecía adecuado mantener una guarnición fija en lugar tan apartado
como Corón, después de la incursión de Andrea Doria en el Mediterráneo
oriental, durante el verano de 1532. Aquello había tenido su objetivo, como era
el descongestionar al frente turco en el Danubio, preocupando a Solimán con ese
ataque a su Imperio. Pero una vez liberada Viena, mal se podía defender Corón,
tan lejos de las bases hispanas, aunque allí hubiese quedado un tercio viejo, a
las órdenes de Jerónimo de Mendoza. Se trataba de un esfuerzo que no podía
mantenerse, y sobre ello también los consejeros de la Emperatriz (y entre ellos
Tavera) le harían mostrar su desacuerdo:
… débese mucho mirar —escribiría Isabel a Carlos V— cómo se
podrán sostener aquellas cibdades, estando tan lexos…[861]
Por lo tanto, parecía obligado que Carlos V diese una
explicación a la opinión pública.
Y eso es lo que haría en las Cortes de Aragón de 1533, convocadas para el mes
de junio.
§. Cortes de Monzón
Entretanto, el Emperador reposaría aquella primavera en Barcelona, teniendo a
su lado a su mujer y a sus dos hijos.
Un descanso relativo, porque nunca lo hay del todo para un estadista. Dejando
aparte un tumulto provocado en la ciudad, alborotado el pueblo contra los
soldados imperiales, y tan fuerte que a punto estuvo el César de salir a
sofocarlo[862], hay que
anotar las nuevas, nada buenas, que le venían de Italia y de Inglaterra; así,
del cambio de actitud de Clemente VII, quien seguía adelante con su proyectada
alianza con Francisco I, mediante la boda de su sobrina Catalina de Médicis con
el futuro Enrique II[863]. Más grave
aún era la situación en Inglaterra, de donde llegaban las malas nuevas de la
boda de Enrique VIII con Ana Bolena, con la injuria que sufría su tía Catalina
de Aragón, la desventurada hija de los Reyes Católicos[864].
Pero bajo el punto de vista sentimental, para ese Emperador que acaba de
cumplir los 33 años, era como vivir su segunda luna de miel con la Emperatriz,
en una de las ciudades españolas por él preferidas. Se ve festejado por la
ciudad. El 23 de abril, al día siguiente de su llegada, asiste a una solemne
ceremonia religiosa en la catedral para dar gracias por su feliz regreso, y a
ella asisten y le acompañan los concellers de Barcelona. Cuatro días después,
el 27 de abril, día de san Jorge, se celebra la gran fiesta catalana, y se ve
al Emperador cabalgar, siempre acompañado de los concellers[865]. El 25 de
mayo preside, acompañado de la Emperatriz, una hermosa justa montada por el
marqués de Astorga[866]. Y no se
olvida de la tradicional visita a la Virgen de Montserrat, cuando sale de
Barcelona, camino de Monzón.
Detrás dejaba a la Emperatriz, que quedaba algo indispuesta.
Para Barcelona, había sido la seguridad de tener en su puerto la escuadra
imperial y sentirse durante unas jornadas capital del Imperio carolino.
El 19 de junio Carlos V abría las Cortes de Monzón con un notable discurso. E
insistimos en esa peculiaridad del Emperador. En las Cortes de Castilla suele
dejar hablar en su nombre al Presidente de turno, sea el obispo Ruiz de la
Mota, como en las de Santiago de 1520, sea el canciller Gattinara, como en las
de Valladolid de 1523, sea el comendador Francisco de los Cobos, como en las de
Toledo de 1525, o bien sea Juan Pardo de Tavera, entonces arzobispo de
Santiago, en las de Madrid de 1528. Excepcionalmente, en una ocasión, en las de
Valladolid de 1523, se verá intervenir directamente al Emperador, para tratar
de vencer la resistencia de los procuradores castellanos, con aquel breve
discurso suyo, tan vehemente, que ya hemos comentado, y que empezaba:
Yo amo y quiero tanto estos mis Reinos…
En cambio, en las Cortes aragonesas, y concretamente en las de
Monzón de 1533, el estilo será directo, lo que hace pensar que fuera el mismo
Emperador quien leyera el discurso de apertura:
Referiros particularmente lo que ha sucedido en las cosas que
habemos tratado, en que nos ocupamos después que partimos de estos Reinos,
parecería cosa muy larga y superflua…
Pese a ello, se referiría a su paso a Italia, a sus entrevistas
con el Papa, a la pacificación de Italia y a las paces suscritas con Francia
por su tía Margarita y, en fin, a todos los sucesos más destacados de los que
él había sido protagonista, como la elección de su hermano Fernando como rey de
Romanos, o como la feliz defensa de Viena, nuevamente acosada por el Turco,
aquel
… enemigo común y perpetuo de la Cristiandad… Sería, en esa
referencia a su protagonismo en la defensa de la Cristiandad, donde el discurso
carolino tomaría más aliento, llevando a las Cortes toda la carga heroica de
aquellas jornadas, en las que había aventurado su persona:
Y para resistir por tierra al Turco junté un grueso ejército de
infantería y caballería, que se formó de españoles, alemanes e italianos, el
cual marchó a Viena, cerca de la cual hizo alto con sus gentes el enemigo
común…
Un enemigo común que, temeroso ante el ejército imperial que se
les acercaba, decidió retirarse sin presentar batalla:
… sabiendo que nuestro imperial ejército iba determinado de
acometer al suyo, el cual se retiró y puso en vergonzosa huida…[867]
Era contar aquellos sucesos bélicos como si se tratara de un
relato de los libros de caballerías, tan en boga entonces por España entera, y
a los que era tan aficionado el propio Emperador.
Después de esa crónica imperial, Carlos V indicaría cómo había sido su deseo
expreso el poner su Corte en Barcelona, llamando a su lado a la Emperatriz y a
sus hijos:
… habemos hecho venir a ellos —los Reinos de la Corona de
Aragón— a la serenísima Emperatriz y Reina, nuestra muy cara y muy amada mujer,
y a los ilustrísimos Príncipe e Infanta, nuestros hijos…
¿Y con qué propósito? Para avivar el mutuo conocimiento, que
también será uno de los principios del gobierno carolino:
… para que los vieseis y ellos tuviesen conocimiento de
vosotros…[868]
Tras de lo cual sería fácil razonar cuántos gastos había tenido
el Emperador y justificar así la petición de ayuda por parte de los Reinos de
la Corona aragonesa.
Y también quería pedir otra cosa el Emperador: que en caso de nueva ausencia
suya, la Emperatriz pudiera convocar Cortes, como lo había hecho en 1510 la
reina Germana, en vida de Fernando el Católico.
Tras de lo cual vendría la promesa imperial de su buen gobierno y justo trato a
sus súbditos:
… en todos los tiempos nos acordaremos para favoreceros y tratar
bien las cosas destos Reinos, general y particularmente, como es razón y
vosotros merecéis[869].
Y de pronto, la bomba: un correo jadeante da al Emperador la
mala nueva. Pues a poco de su partida, el mal de la Emperatriz se había
agravado, y los médicos temían por su vida[870]. Con el
susto en el cuerpo, Carlos V regresó urgentemente a Barcelona cabalgando noche
y día. Y con tanta furia que en menos de dos jornadas salvó la distancia que le
separaba de su esposa; aquellos cerca de 250 kilómetros —o si se quiere, en
términos de la época, de 40 leguas— que hay entre Monzón y Barcelona. Celeridad
increíble para la época, pero que está registrada documentalmente:
junio, 19: S. M. salió en postas para Barcelona donde se hallaba
enferma la Emperatriz[871].
junio, 20: En la tarde de este día vino por la posta S. M. el Emperador,
acompañado de algunos caballeros, para visitar a la Srma. Emperatriz[872].
Pero, felizmente, la Emperatriz se recuperó. El 2 de julio
Carlos V acudiría a la catedral para oír la misa dando gracias por ello, y diez
días después regresaría a las Cortes de Monzón[873].
Unas Cortes que se alargarían ya todo el año y que obligaron a permanecer a
Carlos V en Monzón hasta fines de diciembre, no sin pesadumbre[874].
§. Los problemas de María de Hungría
Como se puede comprender, tantos meses pasados en la villa aragonesa no podían
tener a Carlos V descolgado de los problemas internacionales. Particularmente
preocuparía a Carlos V la situación del norte, por las noticias que le llegaban
de Bruselas y por lo que atañía a Dinamarca.
En efecto, en Bruselas aconteció que su hermana María, con una caída depresiva
que hace pensar que no en vano era hija de Juana la Loca, dio en que era
incapaz de gobernar: la muerte de su marido —y atención a este hecho, que le ponía
en paralelo con su madre— le había debilitado el entendimiento de tal forma,
que no le era posible afrontar la carga del gobierno de aquel pueblo.
Era la propia María quien así se expresaba tan afligidamente a Carlos V[875]. El
Emperador trataría de animarla. Desde Monzón mantendría una frecuente
correspondencia con ella. Ya el mismo 19 de junio (hay que suponer que antes de
que llegara la noticia de la gravedad de la Emperatriz) Carlos V le contestaba,
y de su propia mano, para consolarla, y para asegurarle que tenía toda su
confianza[876].
Pero el estado de salud de María y no solo del cuerpo, se agravó. La
información que mandó desde Bruselas uno de los hombres de confianza de la
Reina, Antoine de Croy, parece como si describiera un cuadro patológico de los
que había sufrido treinta años antes su madre, Juana la Loca: Tampoco María
hacía nada por curarse, sin hacer caso de los médicos y sin tomar sus
medicinas, cayendo en un estado de postración. Y cada día era peor que el
anterior, de forma que Croy temía ya por su vida, pues la Reina no quería
vivir:
… de jour à autre on la voit décliner…[877]
La única solución que veía Croy era que Carlos V mandase alguien
de calidad a la Reina que la consolase:
Sire —le apremia—, il me semble que V. M. ferait fort bien de la consoler…[878]¿Se iba a
repetir la evolución sufrida por la madre? ¿Estaría Carlos V ante una situación
similar que pusiese fuera de juego a su hermana? A buen seguro que al Emperador
le vinieron a la imagen las profundas depresiones de la reina Juana, incluso
aquellas que había empezado a padecer (¡precisamente en Bruselas!), cuando
Carlos andaba por los cinco años. Así que, impresionado por lo que le decían
desde la Corte belga, mandó a su hermana un embajador especial, uno de sus
íntimos consejeros flamencos, Charles de Poupet, Señor de la Chaulx, su primer
sumiller de Corps. Su misión: instar a la reina María para que se pusiera en
cura, siguiendo cuidadosamente todas las indicaciones de los médicos. Y
haciéndole ver que su curación era deseada fervientemente por el Emperador:
… une des choses de ce monde que singulierement je desire…[879]
Y para no agobiarla, le permitiría que se despreocupase de los
asuntos de Estado, dejándolos de momento en manos de sus consejeros[880].
Y el recurso funcionó. Liberada de la presión que había sufrido, María fue
recuperándose. Sobre ella habían actuado demasiados contratiempos. A los
esfuerzos por mandar a su hermano hombres y dinero en 1532, ayudando a la
liberación de Viena, se habían sumado los graves alborotos populares que
estallaron en la misma Bruselas en agosto de 1532[881]y las
catastróficas lluvias torrenciales que sufrieron los Países Bajos en el mismo
año[882].
Otra cuestión preocupaba también a Carlos V sobre la evolución de aquella
Europa nórdica: la posibilidad de renovar la amistad con Dinamarca, con lo que
ello supondría para el comercio de los Países Bajos en el Báltico. Para tal fin
Carlos V pensó que podía jugarse una carta: la candidatura de su sobrina
Dorotea, como futura Reina de aquel país[883].
Por lo tanto, no faltaron a Carlos V cuestiones que resolver y asuntos graves
que negociar durante su forzosa estancia en Monzón. En aquellos meses tuvo la
suerte de ser visitado por la Emperatriz, repuesta ya de su mal, aunque su
salud siempre se mostrara frágil. Eso ocurría el 9 de septiembre de 1533[884]. Pero,
acaso porque el alojamiento imperial no fuese el adecuado, la Emperatriz salió
antes que Carlos V de Monzón, esperándolo en Zaragoza.
Carlos V dejaría Monzón el 30 de diciembre, llegando a Zaragoza el último día
del año. Como vemos, sus jornadas de viajero, cuando el destino era encontrarse
con la Emperatriz, siempre serían a uña de caballo, pues la distancia entre
ambos lugares, y por los malos caminos de entonces, rondaría las 15 leguas[885].
§. La visita a Castilla la Vieja de 1534
Quince días descansaría el Emperador en Zaragoza, para trasladarse después a
Toledo, donde permanecería quieto hasta su deseado viaje por Castilla la Vieja
y Reino de León.
Era el momento de encontrarse con aquellas tierras de Castilla que, a la
postre, le estaban mostrando su fidelidad. El 13 de mayo Carlos V anunciaba su
pronta visita a la ciudad de Ávila. De allí iría conociendo a Salamanca y
Zamora, para pasar después a Valladolid y Palencia.
Por lo tanto, las tierras más sacudidas en su día por la furia comunera.
Pero por un momento, vamos a invertir los términos. Vamos a presentar esa gira
carolina por la meseta norte no bajo la óptica imperial, sino bajo la de las
ciudades que visita, tomando un modelo precisamente bien comunero: el caso de
la ciudad de Zamora.
Sin duda, el gran acontecimiento que vive la ciudad en los años treinta —y
acaso en todo el siglo— es la visita de Carlos V. Interesado por ver cómo una
ciudad con un pasado tan comunero acogía al Emperador, acudí a su archivo.
¿Con qué me encontré? Y en primer lugar ¿cómo era aquella Zamora, hacia 1530?
Según los censos de población que poseemos sobre la Castilla del sigloXVI,
Zamora contaba con unos 1.700 vecinos, de los cuales pertenecían al patriciado
urbano y a la nobleza (caballeros e hidalgos) en torno a los 80. Eso quiere
decir que no llegaba a los 10.000 habitantes, lo que señala un notorio declive
desde los tiempos medievales. Pero tenía dos factores a su favor: un cierto
poder político, por su representación en las Cortes de Castilla, privilegio
solo compartido en la meseta norte por otras ocho ciudades, y el ser sede de un
Obispado.
Otra cuestión contaba a su favor: que enseñoreaba un ámbito rural importante;
lo que los documentos de la época denominan «la tierra de la ciudad», con más
de 10.000 vecinos.
Pues bien: Es esa Zamora, algo decaída sin duda, a la que llega Carlos V en
1534. Una Zamora que estaba recobrando la vida tranquila que la había
caracterizado antes de las Comunidades. Pero no del todo. De hecho, la alta
nobleza había sacado partido, logrando un mayor protagonismo urbano. Así vemos
que el conde de Alba de Aliste, don Diego Enríquez de Guzmán, mantiene su plaza
de regidor de la ciudad, y que la influencia del linaje se hace mayor, con otra
regiduría hereditaria vinculada a su familia; de forma que en la sesión del
Cabildo municipal del día 7 de abril de 1531, sesión a la que asiste el Conde,
se presenta una provisión de la Emperatriz en la que se ordenaba que se diera
posesión del puesto de regidor a don Enrique Enríquez Guzmán, por renuncia de
su padre, don Pedro Enríquez de Guzmán[886].
¿Cuáles eran las relaciones del Cabildo municipal con la otra gran potencia de
la ciudad, el Obispo? Esta es una cuestión que, pese a su notorio interés,
suele omitirse en los estudios de las ciudades en el Antiguo Régimen. Para el
caso del obispo de Zamora hemos de tener en cuenta que seguía pesando en los
años treinta el recuerdo de la fuerte personalidad del obispo Acuña, el Obispo
comunero[887]. Quizá por
ello, y para atraerse la voluntad de sus fieles, el nuevo Obispo que rige la
diócesis de Zamora en 1531, va a tomar una decisión verdaderamente insólita:
nada menos que la de hacerse cargo de los pechos que había de pagar la ciudad
al Rey. Tal será la generosa medida que toma el prelado don Francisco de
Mendoza, con el consiguiente júbilo de los zamoranos. El Ayuntamiento lo
celebraría con las típicas «alegrías» de la época, consistentes en luminarias
nocturnas por calles y plazas, gastándose 4.600 maravedíes en cera:
…la noche de las alegrías —reza el acta capitular— que se
hizieron esta Çibdad, por la merçed de que el señor Obispo de Zamora fizo a los
buenos honbres çibdadanos desta Çibdad de los pechos que han de pagar de aquí
adelante, para los pagar por ellos…[888]
Parece claro que aquella generosidad era inusitada. Quizá el
Obispo, a fin de cuentas un Mendoza, se podía permitir tamaño gesto, gracias a
su fortuna personal, pues por lo demás, la mitra zamorana no era de las más
ricas de España, pues se le calculaban tan solo unas rentas entre 15.000 y
20.000 ducados anuales[889].
Pero el gran acontecimiento que vive la ciudad en los años treinta es
evidentemente, la visita del Emperador. Inexplicablemente Fernández Duro,
generalmente tan bien informado, la coloca en 1522, a raíz del regreso de
Carlos V de su coronación imperial en Alemania, y a poco, por tanto, de la
derrota de las Comunidades[890].
Evidentemente, no fue entonces cuando el César se dedicó a recorrer las
principales ciudades meseteñas, sino doce años más tarde. En 1522 aún estaba
muy reciente el espinoso conflicto comunero y las tensiones aún eran muy
fuertes. Ese año estaba marcado en Castilla por el signo de la represión contra
los que habían inquietado el Reino. En cambio, en 1534 Carlos V puede
considerar que su prestigio está sólidamente consolidado: se ha expulsado a los
franceses de Navarra, se ha recuperado Fuenterrabía, se ha mantenido el sur de
Italia bajo el predominio español y los éxitos en el exterior han sido
continuos, recordando incluso la serie de triunfos ininterrumpidos de la época
de los Reyes Católicos: La Bicoca, Pavía, Roma y Viena eran ya otros tantos
nombres gloriosos en donde las armas imperiales habían vencido al rey de
Francia, al Papa y al Turco. Por otra parte, por esas fechas Carlos V está
pensado en lanzar una ofensiva contra Argel y le hacía falta contar con el
apoyo de sus pueblos de la Corona de Castilla.
Aunque la visita de Carlos V no se produce hasta bien entrado el mes de junio
de 1534, algo se debe saber bastante antes, pues ya en el mes de febrero el
Concejo toma medidas de seguridad, sin duda porque, ayer como hoy, las visitas
de los Jefes de Estado traen consigo, de inmediato, la exigencia de un mayor
control del orden. Y así, en el acta del día 16 de febrero puede leerse:
Acordaron que Holmedo entiende en ber los pobres y bagamundos y
mochachos que stán sin amos y ladronçillos…[891]
Esa referencia a «los mochachos que stán sin amos» parece sacada
del Lazarillo. («Tú, bellaco y gallofero eres. Busca, busca un buen amo a quien
sirvas»); pero no es esa referencia la que llama la atención, ni tampoco la
preocupación por la recogida de pobres y vagabundos, que venía a ser una
constante del tiempo. No. Lo que me llama la atención es esa alusión a «los
ladroncillos». ¿No está anunciando que se quieren evitar sorpresas, de cara a
la visita de la Corte?
Dos meses después, posiblemente porque el viaje del Emperador sufre un
aplazamiento, la ciudad quiere salir de dudas, escribiendo nada menos que a
Francisco de los Cobos, el todopoderoso ministro de Carlos V, y al zamorano
Francisco de Ledesma, que ya estaba en la Corte:
…para que hagan saber a esta ciudad quándo ha de ser la venida
del Emperador…[892]
Y siguen los preparativos. Se empieza a tratar sobre «los toros
que son menester», pues estaba claro que la visita imperial suponía una gran
fiesta y que no podía haber fiesta sin toros[893]. Se piensa
en adecentar la ciudad, derribando los muchos saledizos que tenía la Rúa «desde
la entrada de la puente»[894]. Y se
ordena algo similar en el mismo puente, donde había una especie de castillete o
baluarte, medio en ruinas[895]. Y como la
visita de la Corte obligaba a puntualizar no pocas cosas (en especial, los
alojamientos de los cortesanos), se envía como mensajero al hidalgo Juan
Osorio, «para queluego(esto es, pronto) vaya con cierto despacho a Su Mag.
sobre su venida a esta Çibdad»[896].
Por supuesto, si el orden había que controlarlo, la limpieza había que
extremarla. Puede decirse que Zamora se pone en estado de revista, allanándose
las calzadas y limpiándose las calles principales[897]. Se toman
medidas para asegurar el incremento extraordinario del abastecimiento que iba a
precisarse en pan, vino, carnes, caza «y otras provisiones»[898]. Y Zamora
se engalana, con los correspondientes arcos triunfales[899]. A
mediados de mayo se acuerda la compra de toros «para el recibimiento de Su
Mag.»[900]. Pero de
pronto alguien dice que eso no basta y que Carlos V está acostumbrado a
festejos más refinados. Estaba bien que hubiera toros, pero no podían olvidarse
otros entretenimientos tan propios de la Corte, como los juegos de cañas. Lo
cual complicaba sobremanera las cosas, porque los caballeros zamoranos que
participaran en ellos tenían que ir decorosamente vestidos, lo que en muchos
casos parecía que estaba por encima de sus posibilidades económicas. De pronto,
muchos regidores encuentran que en aquello iba el todo del prestigio de la
ciudad, que estaba en juego «la honra» de Zamora. Con lo cual ya se había
pronunciado la palabra clave, que tan en vilo tenía a los hombres del
Quinientos:
Acordaron e mandaron los dichos señores Justicia e regidores —se
lee en el acta 15 de mayo— que para la venida de Su Mag. e honra de la Çibdad
se den, para el recoçijo, treinta libreas, e se den a treinta caballeros, para
que regocijen la fiesta, e para la manera que han de ser, con tanto que sean de
los colores de Su Mag.[901].
Con lo cual Zamora tiene que meterse en gastos no pequeños,
incluso endeudándose, dado el alto costo de las suntuosas telas que pedían
aquellas libreas cortesanas: terciopelo carmesí, paños de brocado, damasco
blanco. Eso produce un fuerte debate en el seno del Concejo. Curiosamente
serían los regidores del linaje de los Enríquez, encabezados por el mismo conde
de Alba de Aliste, los que se opondrían, dando lugar a un conflicto que
saltaría a la misma Corte imperial:
El ylustrísimo señor conde de Alba —señala el acta del 18 de
mayo— contradixo que no se sacasen para el vestir de los regidores terciopelo
carmesí porque es muy costoso e la Çibdad está pobre, e dello recibiría mucho
perjuicio…, e ansí lo requirió al señor Corregidor lo probea e mande e no
consienta se saque de otra manera, sino que protestaba de se quexar dél a Su
Mag[902].
De esa opinión era también don Pedro Enríquez de Guzmán,
razonando que si la ciudad estaba pobre y se metía en gastos el Rey se daría
por deservido. Y como el Regimiento no atendiese a esas razones, antes bien
mandaron dos regidores a Valladolid y a Medina del Campo para comprar los paños
de brocado y el terciopelo carmesí anhelados, los Enríquez llevaron su queja a
la misma Corte, encontrando un eco favorable en Carlos V, como se puede
comprobar a través de la documentación que custodia el Archivo de Simancas, en
su sección del Sello.
Era una instrucción general dada por el Emperador a todas las ciudades que iba
a visitar, para evitar gastos inútiles cuando los tiempos que corrían distaban
de ser buenos[903]. Pero era
algo difícil de evitar, porque ¿cómo resistirse a tirar la casa por la ventana,
como suele decirse, ante la próxima llegada del César? De hecho, siguieron los
preparativos en Zamora para la entrada triunfal de Carlos V. Como su entrada
había de ser por el puente románico, dado que venía de Salamanca, no solo lo
desembarazaron, sino que aprestaron barcas de particulares para que fuese más
lucida la acogida.
Y no solo eso. Vamos a asistir, además, a un curioso intento de resaltar el
folklore zamorano, en los trajes de las mujeres de la región, ya fuesen de la
Tierra del Pan, de la Tierra del Vino o de la comarca de Sayago. Estaba bien
que los regidores vistiesen a la moda cortesana, pero las lugareñas debían dar
la nota de sus galas tradicionales, anunciándose premios para las que más
galanas se presentasen:
Acordaron e mandaron que a la más galana muger o moça que
biniere a las fiestas del Emperador les den cuatro baras de grana de Toledo,
ansí la que biniere del partido de Tierra del Vino, y otro tanto a la que fuere
de Tierra del Pan o Tierra de Sayago, que les dé otras quatro baras…[904]
En conjunto, se aprecia una febril actividad en Zamora. Puede
decirse que a partir del 8 de junio el Cabildo municipal está reunido en sesión
permanente[905]. Y cuando
se teme que los preparativos no estén a punto, las medidas del mayor rigor se
disparan.
Se ordena la compra de pólvora[906]. Se alzan
los arcos de triunfo previstos, a la entrada de la ciudad[907]. Se
requisa toda la madera de pino y de álamo para levantar los tablados desde los
que el Emperador había de presenciar los festejos[908]. Se hacen
obras en la alcazaba, sin duda para aposentar más dignamente al Emperador o al
Consejo Real[909]. Y, sobre
todo, sabiéndose que Carlos V quería visitar el sepulcro de san Ildefonso, se
ordena su limpieza[910].
El viaje del Emperador, arrastrando a buena parte de la Corte (el resto
permanecía con la Emperatriz y con el Príncipe y las infantas, pues la familia
imperial no solía acompañar al César en sus continuas idas y venidas por
España) obligaba a una técnica peculiar, para afrontar el problema de los
alojamientos. Que de repente se descolgaran sobre una pequeña ciudad —y no
digamos sobre los modestos lugares en que a veces había que hacer un alto en el
camino— la comitiva imperial, con su aparato burocrático y sus cientos de
personajes, era algo que provocaba un agudo problema de difícil solución. Para
afrontarlo, con las menores quejas posibles del vecindario afectado, existía
una antigua institución: el cuerpo de aposentadores regios. Sus representantes
llegan a Zamora el 16 de junio, siete días antes que el Emperador, y el mismo
en el que Carlos V hacía su entrada en Salamanca[911].
Carlos V venía de Toledo, donde había pasado aquel invierno. Entrando en
Castilla la Vieja por Ávila, le vemos el 12 de junio en Paradinas de San Juan.
El 16 está ya en Salamanca, donde permanece una semana. El 22 de junio sale de
Salamanca, camino ya de Zamora, pernoctando a mitad de camino en el convento de
Bernardos de Valparaíso. El 23 entra en Zamora, donde estará cuatro días (hasta
el 26 de junio). De allí saldría para Valladolid, pasando por Toro y, dato
curioso, por Villalar. Todo ello conforme a su política de conocer a sus
súbditos y de ser conocido por ellos, que practicaría a lo largo de todo su
reinado, y que le llevaría a sus continuos viajes por todos sus reinos.
Fue precisamente en Zamora cuando Carlos V terció en un conflicto surgido en el
Estudio de Salamanca, donde un Profesor ciego muy popular, el maestro Hernando
de la Torre, estaba siendo postergado por otro Profesor de gran influencia: el
comendador Hernán Núñez.
Sin duda, Carlos V había tenido noticia, durante su reciente visita a Salamanca,
un conocimiento de las camarillas del Estudio y de sus antagonismos, empezando
por los existentes entre sus dos cabezas: el Rector (que lo era entonces don
Diego de Córdoba) y el Maestrescuela, don Juan Quiñones. Incluso hubo disputa
por quién había de hacer el discurso de bienvenida al César[912]. Por otra
parte, Carlos V hizo una visita detenida al Estudio, y no meramente formularia,
pasándose toda una mañana yendo de un aula a otra, para escuchar a los
distintos catedráticos, entre las 10 y las 2[913].
Pero sería desde Zamora donde Carlos V trataría de proteger al maestro ciego
Hernando de la Torre. El hecho está consignado en el fidedigno Registro del
Sello, del Archivo de Simancas, y es un documento digno de conocerse, tanto por
lo que nos revela sobre la Universidad de Salamanca como por lo que nos viene a
corroborar en cuanto al sentido ético del Emperador:
Don Carlos, etc. A vos, el Maestrescuela de la Vniversidad del
Estudio de la çibdad de Salamanca, salud e gracia: Sepades que el maestro
Hernando de la Torre, ciego catedrático de prima en la dicha Universidad, nos
hizo relación que siendo como es çiego de anbos ojos, lee y enseña en el dicho
Estudio en la Facultad de Gramática, Poesía y Oratoria, con más concurso e
fruto de oyentes que hasta agora se ha visto. E como quiera que por esta cavsa
llevó la cátedra de prima, por votos de los oyentes, e que según derecho e
constituçiones dese Estudio, se le debe el grado de magisterio, pues tiene
avilidad y suficiençia para leer y regir la dicha cátedra, aunque no tiene
vista corporal, y que vos no le quereys admitir al esamen, diziendo que es
ciego e ansy lo haveis pronunciado. Lo qual diz que havéis hecho a ynstancia
del comendador Hernán Núñez, que enseña en la mesma Facultad y le tiene odio
porque le llevó la dicha cátedra; de la qual dicha sentencia él tiene apelado.
Por ende, que nos suplicaba e pedía por merced vos mandásemos que le
admitiésedes al esamen, y siendo él ábil e sufiçiente, le diéredes el grado de
magisterio, o que sobre ello proveiésemos como la nuestra merced fuese. Lo
qual, visto por los del nuestro Consejo, fue acordado que devíamos mandar dar
esta nuestra carta para vos en la dicha razón, e Nos tubímoslo por bien, porque
vos mandamos que dentro de quinze días primeros siguientes, después que con
esta nuestra carta fuéredes requerido, enbiéys el proceso que sobre lo
susodicho havéis hecho, al nuestro Consejo, para que en él se vea e provea lo
que es en justiçia. E no fagades ende al. Dada en la cibdad de Çamora, a veynte
e cinco días del mes de junio de mill e quinientos y treynta y quatro años. El
licenciado Aguirre, dotor Guevara, Acuña Licenciatus, el dotor Montoya, el
Licenciado Leguízano. Castillo». (Rubricado)[914]
Por lo tanto, Carlos V trató de poner freno, desde Zamora, a los
atropellos que en el Estudio salmantino estaba sufriendo un profesor venerable,
el maestro ciego Hernando de la Torre; el cual, pese a su incapacidad física,
era capaz de atraer a numerosos alumnos a su clase de Poesía y Oratoria.
Entiendo que es un notable gesto del gobierno imperial que bien puede salvarse
del olvido.
Camino de Valladolid, habiendo salido de Zamora el 26 de junio, y tras reposar
dos días en Toro, Carlos pasaría por Villalar[915]. ¡Cómo no
detenerse a contemplar el escenario de aquella batalla que le había hecho
vencedor de las peligrosas Comunidades castellanas! Y no es difícil imaginar al
César, silencioso ante aquella explanada, con los grises cerros testigos que la
enmarcan.
En aquel viaje, dos lugares serían los preferidos por el César: Valladolid y
Palencia. Su estancia en Valladolid duraría casi un mes. Más larga fue la de
Palencia, donde Carlos V pasaría prácticamente todo el verano, entre el 27 de
julio y el 5 de octubre[916]. De
Palencia saldría ya para Castilla la Nueva, donde tenía convocadas Cortes en
Madrid.
Esa fue la notable visita de Carlos V a Castilla la Vieja y León realizada en
1534.
Pero antes de cerrar este apartado debiéramos formularnos dos preguntas. La
primera, en torno a doña Juana, la pobre Reina reclusa en Tordesillas. La
segunda, en cuanto al objetivo buscado por Carlos V con su peregrinar por
aquellas tierras castellanas.
Y en cuanto a doña Juana, porque sorprende que el Emperador no acudiera a ver a
su madre, pasando por las cercanías de Tordesillas. En cambio, cuando abandonó
Valladolid, no fue directamente a Palencia sino que se desvió hacia el sur,
para pasar dos días en una pequeña villa, de nombre Mojados[917]. ¿Por qué
ese interés? El cronista Pedro Girón nos dará la respuesta:
Otro día siguiente, que fue día de San Pedro, vino [Carlos V] a
Mojados a ver a la Reina, su madre.[918]
En cuanto a su marcha de Valladolid, para poner su Corte en
Palencia el resto del verano, también Girón nos lo aclara: porque habían
surgido brotes de peste en la villa del Pisuerga[919]. Y esa
puede ser también la explicación de porqué doña Juana había dejado su encierro
habitual de Tordesillas.
Por último, el objetivo: Carlos V quiere algo más que ver y ser visto por sus
súbditos castellanos. Tiene que pedirles un nuevo esfuerzo, aunque conozca que
están ya muy alcanzados. Y eso ha de conseguirse en las próximas Cortes, donde
aquellas tierras tenían la mitad de los votos.
De forma que, a la postre, nos encontramos con una especie de gira
electoralista, de todo un Emperador que trata de ganarse la voluntad de sus
súbditos.
Y eso es con lo que nos sorprende Carlos V una y otra vez: él, a quien llamamos
el último cruzado, puede ofrecernos también ese tono de modernidad, como si
estuviera próximo a nosotros, a nuestros afanes y a nuestros planteamientos.
Bien es cierto que algo le apremiaba. Porque de pronto, el correo le trajo una
muy mala nueva: Barbarroja se había apoderado de Túnez y sus naves asolaban el
mediodía de Italia.
Por si fuera poco, sufre por entonces Carlos V otra desgracia familiar, pues la
Emperatriz, que llevaba con dificultad un nuevo embarazo, acabaría pariendo un
hijo muerto; acaso por su débil constitución, dañada aún más con el traqueteo
de tantos viajes como sufría aquella Corte nómada, acaso por el sobresalto de
la Emperatriz ante la noticia de que la peste hacía estragos en Valladolid,
acaso porque tuviera un traspié y una desafortunada caída en el mismo palacio,
cuando acudía a ver a su hijo el Príncipe[920].
Capítulo 5
El último cruzado: Túnez
§. La situación en el Mediterráneo
El brillante despliegue de la Monarquía Católica por el norte de África, desde
Orán hasta Trípoli, llevado a cabo en los últimos años del reinado de Fernando
el Católico, había tenido un parón en 1516 cuando la muerte del Rey había sido
aprovechada por un enérgico corsario musulmán para hacerse con Argel; su
nombre, Khair-ed-Din, Barbarroja. A partir de ese momento las incursiones de
las naves argelinas en las costas hispanas menudearon, con la creciente alarma
en la población, pues esas incursiones no se traducían solo en saqueos y
devastaciones, sino también en el cautiverio de hombres, mujeres y niños. A
partir de esas fechas, el cautivo se convierte en uno de los personajes más
desventurados de aquella sociedad. Y todos los esfuerzos por acabar con Argel
se mostraron impotentes, desde el fracaso de la expedición mandada por don Hugo
de Moncada en 1518.
Estando Carlos V en Barcelona en 1519, las naves argelinas llevaron su audacia
a presentarse ante las costas catalanas, lo que decidió a Carlos V a ordenar
una operación de castigo, encomendada también a Moncada, y que se dirigió a las
Djelbes, sin demasiados resultados prácticos. La larga estancia del Emperador
en España, entre 1522 y 1529, dio mayor confianza a la Monarquía en cuanto a
ese forcejeo que mantenía con el mundo musulmán norteafricano. Pero el paso del
César a Italia en 1529 se reflejó de inmediato en una mayor agresividad de las
naos argelinas. Buena prueba sería el desastre de Portuondo, con parte de las
galeras que habían llevado a Carlos V a Italia, sorprendidas y tomadas por
Cachidiablo, cuando regresaban a España. Por entonces, se perdía también el
Peñón de Argel, con lo que la fuerza de Barbarroja se hacía más temible.
Ya hemos visto cómo a lo largo de aquellos años una de las peticiones más
fervientes de la Emperatriz al César sería que, como complemento a su lucha
contra el Turco, decidiese la campaña de Argel; sin embargo, Carlos V en 1532
(y sin duda, para forzar más al Turco a replegarse ante Viena) había ordenado
que la marina imperial atacase en el Mediterráneo oriental, lo que había traído
consigo la toma de Corón y Patrás y el establecer un presidio militar en Corón,
con un tercio viejo.
De ese modo, la empresa de Argel quedaba nuevamente aplazada. La Emperatriz
Isabel había sugerido que la misma gran armada imperial que había de proteger
en 1533 el paso de Carlos V de Génova a Barcelona, podía afrontar a
continuación la toma de Argel, pero no fue escuchada.
Y a poco, en 1534 dos sucesos volvieron a poner de relieve que la situación no
era buena. Pues la guarnición de Corón tuvo que abandonar aquella plaza, que ya
en 1533 había sufrido un duro embate turco, mientras que Barbarroja, después de
una audaz incursión en las costas del sur de Italia, se había apoderado de
Túnez, cuyo rey, Muley Hassan, era feudatario de Carlos V. Eso ocurría el 2 de
agosto de 1534.
Para entonces, ya Barbarroja era Almirante de la armada turca, con lo que su
amenaza era aún mayor que antes.
A Carlos V le llegaron aquellas malas nuevas cuando estaba en Palencia. Que
Barbarroja se hubiera atrevido al asalto de la villa napolitana de Fondi,
arrasándola y haciendo cautivos a sus habitantes, le afectó vivamente:
… lo qual lo habemos sentido mucho, y especialmente los
cristianos que llevó cautivos…[921]
Que Túnez hubiera caído en manos de Barbarroja agravaba todavía
más la situación.
Barbarroja ya no era un mero corsario, el dueño de Argel, sino el Almirante de
la flota turca en el Mediterráneo. Con lo cual, todo el poderío de la Monarquía
Católica en el sur de Italia quedaba amenazado.
Era demasiado. Carlos V ordenaría de inmediato, una movilización general, para
que todas las costas estuviesen apercibidas[922].
Pero había que hacer algo más. Algo que fuese la réplica adecuada a tamaña
provocación.
Estaba en germen la campaña personal de Carlos V contra Barbarroja, en su nuevo
nido de Túnez. Dado que era el Almirante de la flota turca, aquella empresa era
propia de su prestigio. Y para ir canalizándola, convoca al punto las Cortes
castellanas.
Las cortes de Madrid de 1534
Las Cortes de Castilla celebradas en Madrid en 1534 eran las primeras que
convocaba Carlos V después de su jornada de Viena. Por lo tanto, y como era
habitual, los procuradores pudieron oír el discurso de la Corona con todas las
particularidades de la gesta imperial: su coronación en Bolonia, su
pacificación de Italia, sus esfuerzos por conseguir que el Papa convocase un
Concilio general de la Iglesia, su paso al Imperio, con las sucesivas Dietas de
Augsburgo y de Ratisbona, sus negociaciones con los Príncipes alemanes para
llegar a un entendimiento en las cosas de la fe, y finalmente, y sobre todo, la
victoria habida sobre el Turco, tanto por mar[923] como
por tierra:
… y lo que en lo último de su jornada hizo en hacer retirar y
huir al Turco, enemigo común y perpetuo de nuestra santa fe católica y de la
república cristiana…[924]
Es cuando se resalta lo que era algo notorio en la época: que en
el ejército imperial la participación española no era grande, aunque sí lo
fuera por la calidad de aquellos tercios viejos. De ese modo, en aquella
victoria la gloria para España no había sido poca
… porque aunque el número de la gente de los ejércitos
que S. M. juntó para resistir y ofender al dicho enemigo, como se hizo, fuese
grande, la que tenía de la nación española daba mucha reputación y ánimo a toda
la demás y ponía temor a los enemigos, y fue de las primeras en seguir y
alcanzar los que de ellos fueron muertos, desbaratados y perdidos por tierra…[925]
Y es notable cosa que cuando de tal modo se expresa el discurso
imperial ante Castilla se hable de la nación española. Esto es, de puertas
adentro podía haber muchas diferencias entre Aragón y Castilla; pero de cara al
exterior, lo que contaba era el todo: la nación española.
A través de ese discurso podemos colegir lo que había pasado en las Cortes
aragonesas de Monzón, pues el César aludirá a cómo se habían asentado bien las
cosas de la Justicia, pero silenciará su fracaso en cuanto a la obtención de
unos servicios, que sería precisamente lo que pediría a los más sacrificados
súbditos de Castilla.
Bien es cierto que en aquel otoño Carlos ya podía informar de la nueva amenaza
turca, con la terrible incursión de Barbarroja por el reino de Nápoles y con la
toma de Túnez
… el cual dicho Reino es muy cercano y vecino a los
nuestros Reinos de Sicilia y Nápoles, y desde allí podría hacer mucho daño en
ellos…
Pero no solo en Italia. Carlos V es consciente del agravio que
se hacía a España volcando todos sus esfuerzos en empresas lejanas, dejando al
descubierto la seguridad de las costas hispanas; de forma que haría hincapié,
con habilidad, que tanto poderío de Barbarroja también era un peligro para los
Reinos hispanos:
… y en las islas de Cerdeña, Mallorca, Ibiza y en las costas de
Cataluña y Valencia[926].
Aquello era puramente la Corona de Aragón; por lo tanto, se
viene a declarar la primacía de Castilla, y que también debía afrontar ese
peligro como propio.
Fue el momento de hacer público parte de su proyecto: el formar una armada tan
fuerte que pudiera medirse con la de Barbarroja y destruirla:
Su Mag. ha determinado de hacer una armada gruesa de muchas
galeras…, de manera que sea tan poderosa o más que la de los enemigos, para que
se pueda ir a buscar aquella y, con ayuda de Nuestro Señor, romperla y
deshacerla, o echarla de los mares de sus Reinos y de la Cristiandad para que
queden libres y limpios…[927]
Lo que no desvelaría aún Carlos V era la otra parte de su
proyecto, porque sabía que no sería bien visto por aquellos procuradores
castellanos: que él mismo quería ponerse al frente de aquella cruzada.
Lo que sí les haría saber era que tamaña empresa requería mucho dinero, de
forma que para eso les llamaba: para obtener de Castilla un buen servicio. Y
las Cortes, bien gobernadas por Tavera y Cobos, acordaron una ayuda no pequeña:
un servicio extraordinario de 200.000 ducados[928].
Carlos V trató también de movilizar, para aquel fin, los hombres y los recursos
de las Órdenes Militares. La de Santiago fue convocada a Capítulo en la iglesia
de san Jerónimo. Pero el César no encontró el apoyo deseado. De hecho, sus
consejeros castellanos más inmediatos, como Tavera y Cobos, se mostrarían
reacios.
Afortunadamente para Carlos V una de las cuestiones previas, conseguir dinero
bastante para financiar la empresa, le vino facilitada súbitamente, y de forma
maravillosa.
Pues de pronto, las naves de Indias vendrían cargadas como nunca de oro y de
plata.
Era cuando se daba cima a la conquista del Perú, con sus fabulosos tesoros, muy
por encima de lo que habían supuesto los conseguidos por Hernán Cortés en
México.
De pronto, en España solo se hablaba de Pizarro y de sus hazañas.
§. El oro del Perú
Así nos lo refiere el cronista Alonso de Santa Cruz:
En este año vinieron de la provincia del Perú, en las Indias
Occidentales, muchas naos, y vino en ellas mucho oro y plata, así de Su
Majestad como de particulares conquistadores que se habían hallado en la
conquista de aquella tierra…, y el emperador mandó tornar a volver a Hernando
Pizarro al Perú…, y la ida de Hernando Pizarro fue para recoger del gobernador
y de Diego de Almagro…, y de personas particulares españoles y de indios, como
por vía de empréstito, todo el más oro y plata que pudiese, y Su Majestad mandó
labrar en Sevilla mucha moneda de reales y ducados con las armas acostumbradas
que se solían poner en tiempo del rey don Fernando[929].
No olvidemos que en 1533 Pizarro se había apoderado del fabuloso
tesoro de los incas y que aquel mismo año de 1534 le había mandado a Carlos V,
por su hermano Hernando, la parte que correspondía a la Corona. Aquello fue de
un efecto deslumbrante.
A partir de entonces se iban a incrementar de forma notable los envíos de oro y
plata de las Indias a España. Para el período 1531-1535, las cantidades
recibidas fueron de 1.650.230 pesos (y recuérdese que un peso equivalía a 450
maravedíes), y para los cinco años siguientes, de cerca de cuatro millones de
pesos (exactamente, 3.937.892 registrados en Sevilla)[930]. Esto hace
una media anual de 300 millones de maravedíes a partir de 1535. Buen momento,
que traía consigo la consiguiente euforia en la sociedad hispana. Y el primero
en verse afectado por esa corriente optimista era el propio Emperador. Por
primera vez parecía que había dinero, y dinero en abundancia, para hacer frente
a todas las necesidades y para acometer alguna gran empresa: he ahí uno de los
fundamentos de la costosa campaña de Túnez. Los ingresos de Indias
pertenecientes a la Corona, el fuerte préstamo recibido de los particulares,
que Keniston hace subir a la cifra de 800.000 ducados, el servicio votado por
las Cortes de 200.000 ducados, las fuertes cantidades aportadas por el clero y
las Órdenes Militares —en particular, la de Santiago—, así como por la Mesta, y
el impuesto sobre la seda de Granada; todo hacía un conjunto verdaderamente
excepcional para la época, no muy lejos de los dos millones de ducados[931].
El señor de las Indias, era el señor también de sus tesoros. Se hacía buena
aquella especie de profecía, cuando el obispo Mota había proclamado ante las
Cortes de Castilla que Dios, además de haberle hecho rey de tantos Reinos y
Emperador de la Cristiandad, le había dado
… otro nuevo mundo de oro hecho para él.
Y era tanto el oro, que Carlos V ordenó a todos sus monederos
que acudiesen a Barcelona, donde se había llevado y donde se estaba aparejando
la armada imperial, para que lo convirtiesen en escudos[932]. Y acaso
por primera vez podía decir a su hermana María que el dinero no le faltaba.[933]
§. El proyecto secreto de Carlos V
El hecho de que Barbarroja se hubiera convertido en Almirante del Turco animó a
Carlos V a dirigir en persona la campaña para recuperar Túnez, librando de este
modo a Italia de tan peligroso vecino, y así lo proclamaría desde Madrid, antes
de su partida:
Considerando la importancia desta empresa —señala el escrito
imperial— y lo que en ella va a toda la Cristiandad y principalmente a nuestros
reinos y estados, autoridad y reputación, aunque por el gran amor que tenemos a
estos dichos nuestros reinos y a los naturales dellos, por su grandeza, nobleza
y fidelidad y por el entrañable amor que nos tienen, sienta la soledad, que es
razón, de partirnos dellos, he determinado de ir a la ciudad de Barcelona, así
para acabar de expedir y poner en orden la dicha armada, como para darla favor
y esforzarla y estar más cerca y poder mejor mirar, proveer y hacer desde allí,
según las empresas que los enemigos querrán y podrían hacer, lo que conviniere
al bien, defensión, seguridad y reposo de nuestros reinos y de la Cristiandad,
y para obviar a los inconvenientes y daños que de otra manera podrían subceder,
y deenbarcarme si viere ser necesario, para estos efectos u otros que se
podrían ofrescer[934].
Por lo tanto, cuando apenas si llevaba dos años en España, el
César se disponía de nuevo a otra gran empresa; grande, costosa y peligrosa.
Cómo lo tomaría la Emperatriz, no hay que decirlo. Carlos V le prometería su
pronto regreso, nada más concluir aquella campaña, y por sus disculpas al no
cumplir lo prometido nos podemos imaginar el resto[935].
Tampoco le secundaban sus consejeros, en especial Tavera y Cobos, sin lograr
disuadirle. Conforme a su modo de ser, Carlos V los convocó, no para pedirles
consejo, sino para mostrarles ya su decisión, pues acometer personalmente
aquella guerra era su deber:
… hizo una gran habla, diciéndoles las cosas tan justas que le
movían a querer pasar a África…[936]
Aquellos consejeros no se lo podían creer. ¡Otra vez ponerse en
camino! ¡Otra vez dejar España! Trataron de quitarle aquella idea de la cabeza,
pero en vano[937]. Quien más
lo intentó fue el cardenal Tavera, en un largo memorial en el que presentaba al
César todas las dificultades de aquella guerra, a la que en todo caso bien
podía mandar a sus capitanes, sin exponer su persona; aparte de que conquistar
un reino tan lejano era empresa inútil, pues aunque se consiguiese la victoria,
no sería posible mantenerla. Y, sobre todo, el riesgo de su vida, con lo que se
vendría encima en caso de que ocurriese lo peor:
… mire lo que pende de su persona —le insistía Tavera— y cuáles
dexaría estos Reinos si, por nuestros pecados, le acaesciese algún desastre, lo
que Dios no permita…
Claro que no era fácil disuadir al César con la imagen de los
peligros que afrontaba; eso, al contrario, era como un acicate para su espíritu
caballeresco. Por eso Tavera emplearía otro argumento más poderoso: cuán niño
era todavía el Príncipe que dejaba tras de sí:
… e ya que no se mueva por sí, con el esfuerzo y animosidad de
su corazón real, acuérdese que dexa a su hijo niño…[938]
Curiosamente para un hombre tan transparente, en aquella ocasión
Carlos V inició sus preparativos tan en secreto que su decisión de acaudillar
él mismo la empresa no la comunicó ni siquiera a su mujer. Hasta pocos días
antes de su partida de Barcelona no le anuncia Carlos su determinación de
embarcarse con la armada que iba contra Túnez, de forma que sale de Madrid el 2
de marzo de 1535 y no se lo dice ya de forma precisa hasta su carta desde
Barcelona el 18 de mayo. Acaso el Emperador quiso evitarse los lloros de la
Emperatriz, tal como se trasluce en la respuesta de Isabel:
Y pues V.M. ha determinado su pasada en ella[939], aunque
tengo la pena y congoxa que puede juzgar…[940]
Así, en las Instrucciones que deja a la Emperatriz, con fecha de
1 de marzo, solo indica su propósito de ir a Barcelona para mejor vigilar la
puesta a punto de la armada:
… para darla favor y esforzarla y estar más cerca y poder mejor
mirar…
Eso sí, ya se apuntaba algo más, quizás la conveniencia
… de embarcarme, si viere ser necesario…[941]
En todo caso, un secreto difícil de guardar, de modo que el
astuto embajador de su hermano Fernando, Martín de Salinas, advertía a su
señor, una semana antes de que Carlos V dejase Madrid:
Toda esta corte está alborotada y creen y afirman que S. M.
quiere pasar en la dicha armada. Yo por conjeturas creo que será verdad…[942]
A su hermana María, que seguía siendo su gran confidente, le
daría más detalles: su proyecto era, además de combatir a Barbarroja, visitar
sus reinos de Nápoles y Sicilia, para demostrar que quería liberarlos de tan
mala vecindad; que no en vano era también el Rey de aquellos Reinos, con los
que debía cumplir su deber:
Et la raison veut —añade a su hermana— que pour chacun de mes
Royaumes et pays je fasse mon devoir du mieux que en moi est…
Por otra parte, todos sus Reinos debían apoyarse y sostenerse,
no vivir aislados:
Tous se doivent aider, les uns et les autres…[943]
Una empresa, por tanto, que era un deber y en la cual tenía que
estar asistido por sus demás Reinos y Estados, aunque se hiciera sobre todo por
aliviar a Nápoles y Sicilia, librándoles de tan mal enemigo. Pero también una
empresa divinal, una guerra santa contra el enemigo de la Cristiandad, puesto
que Barbarroja se había convertido en el Almirante del Turco, y de ese modo lo
que él amenazaba era como si lo hiciera el mismo Solimán, y sus conquistas, las
del terrible señor de Constantinopla.
Y fue con ese sentido de cruzada con el que el César inició sus preparativos.
Emisarios imperiales fueron despachados a todas las partes de sus dominios. Se
pidió un esfuerzo conjunto. Se presionó sobre los aliados, y la mayoría
respondió al llamamiento del Emperador. El Papa, el primero. Paulo III sentía
muy vivos los afanes de cruzada contra el infiel. Su ayuda material se tradujo
en el envío de seis galeras, y no más por falta no solo de dinero, sino también
por escasez de remeros, hasta el punto que fue preciso ordenar a las justicias
de los Estados pontificios que los criminales fuesen condenados a galeras[944]. Pero de
otro modo, quizá más eficaz, ayudó Paulo III a Carlos V; y fue presionando
sobre Francisco I —pues no se le escapaba que estaba preparando su revancha
contra el Emperador— para que no rompiese la paz de la Cristiandad.
Cierto que Carlos V buscó de alguna otra forma asegurarse las espaldas contra
el posible asalto francés de que le prevenía su consejero Tavera. En primer
lugar, envió 120.000 ducados a su hermana María, para que los tuviese a punto
para el caso de que los franceses moviesen la guerra en Europa, lo cual hay que
poner en el haber del esfuerzo económico desplegado por Castilla. No contento
con eso, despachó al conde de Roeulx con la específica misión de concertar la
buena voluntad de los príncipes alemanes, de forma que Francisco I tuviera que
temer una ofensiva alemana, si llevaba adelante sus planes bélicos. Para ello
había que zanjar la penosa cuestión del ducado de Württemberg, en los últimos
años ganado y perdido por su hermano Fernando. Era un sacrificio necesario, y
esa fue la aportación indirecta de Fernando a la empresa de Túnez, así como sus
negociaciones de alianza con la casa ducal de Baviera[945]. Al
tiempo, María tenía órdenes de llevar adelante la boda de su sobrina Cristina
de Dinamarca con Federico, conde del Palatinado, y de apoyar sus pretensiones
al trono danés.
Esto en cuanto al despliegue diplomático. Al mismo tiempo, en las Vascongadas,
en Andalucía y en Cataluña se aprestaban buques y provisiones, mientras se
procedía a una leva de 8.000 soldados nuevos en el reino de Castilla, y se
reclutaban otros 8.000 landsquenetes alemanes. Igual actividad se desplegaba en
las posesiones hispanas de Italia: Leyva en el Milanesado y los virreyes de
Nápoles y Sicilia recibían orden de preparar bastimentos, naves y soldados. Los
tercios viejos que guarnecían Italia, los probados en la lucha contra el turco
en la empresa de Corón, se encaminaban hacia los puertos de embarque, al tiempo
que miles de soldados italianos se acogían también a las banderas imperiales.
Conforme a la costumbre del Emperador, también aquí se perfilaba un ejército
multicolor, en el que tenían cabida la mayoría de los pueblos de la Europa
occidental: un ejército que venía a ser un trasunto de la vasta monarquía
supranacional regida por el César. A lo que hay que añadir las fuerzas
incorporadas por los aliados de Carlos V: por el Papa, como hemos visto; por la
Orden de San Juan, que con razón miraba la acción sobre Túnez como cosa propia,
y que no hacía sino responder a la relación de vasallaje que mantenía con el
Emperador, después de que en 1530 le había cedido la isla de Malta y la plaza
de Trípoli. Por Portugal, donde el infante Luis, hermano de la Emperatriz,
ardía en deseos de cabalgar a la par del Emperador, y donde el rey Juan
mandaría a su doble cuñado 22 naves y un grueso galeón formidablemente
artillado, especie de acorazado del tiempo. Por ser la empresa que era, no sin
cierta ironía, Carlos pidió al rey Francisco I que le secundase con su armada,
si bien conocía de antemano que la respuesta había de ser negativa[946].
Al lado de aquel ejército, que podríamos llamar regular —el ejército del rey,
pagado por él—, y cuyas cifras pueden valorarse en unos 30.000 hombres (8.000
alemanes, 8.000 italianos y 14.000 españoles, de ellos 4.000 soldados viejos o
veteranos), hay que añadir las mesnadas que llevaban los señores de la corte y
los aventureros, es decir, los que se alistaban sin paga alguna, por afán de
aventura, con la esperanza del botín. De los caballeros de su Corte, Carlos
pudo hacer en Barcelona un fructuoso recuento: sobre los 1.500. Se contaban
entre ellos los viejos apellidos de la nobleza española, representados por los
duques de Alba y de Cardona, los condes de Benavente, Chinchón, Niebla,
Buendía, Ribagorza, Luna y Olivares; los marqueses de Aguilar, Mondéjar,
Astorga, Lombay, Mostesclaros y Zenete. Allí también acudió don Luis de Ávila y
Zúñiga, típico representante del caballero castellano ganado por la gloria de
las gestas imperiales. Allí el inmortal Garcilaso. Y el poderoso Francisco de
los Cobos, comendador mayor de León, si bien no tanto por su amor a las armas
como por mantener bien caliente su privanza. Quizá por la misma razón vemos
entre ellos a un sobrino del arzobispo Tavera.
Pero no solo la nobleza española y portuguesa, sino también la flamenca y
borgoñona y la italiana acompañó al Emperador. Los cronistas citan los nombres
de Nicolás Perrenot de Granvela, Luis de Praet, Nassau, Orange, entre los
primeros, y de Doria, Vasto, Finale y Sarno, entre los italianos[947].
El clero también se hallaba representado. A su cargo estaba el hospital de
campaña, con 250 camas, incipiente servicio de sanidad militar que aparece ya
en la guerra de Granada con los Reyes Católicos. Santa Cruz nos habla de la
presencia de los obispos de Mondoñedo y Guadix, y de cuatro capellanes como
mayordomos del hospital.
Así, pues, la movilización del Emperador obligaba a una gran movilización
general. Incluso del cuerpo diplomático. El nuncio, por supuesto. Pero también
los embajadores de las repúblicas y señoríos de Italia, como Venecia, Génova,
Florencia, Mantua, Milán y Ferrara, junto con los de los reyes de Francia e
Inglaterra.
Y aquí el cronista podría recordar lo que los cronistas de la Reina Isabel
solían decir: «Cuanto el Rey Enrique IV, el Rey jugaba a los dados y todos
jugábamos. Ahora Isabel, la Reina, estudia y todos estudiamos».
Pues bien, en 1535 Carlos V se calzaba las botas de soldado y todos, mal que
bien, se convirtieron en soldados.
§. Atravesando España
Poniendo a Barcelona como el puerto donde debían concentrarse las naves
españolas y portuguesas, Carlos V salía de Madrid el 2 de marzo, atravesando
media España por la ruta de Zaragoza, donde descansaría cinco días[948]. Había
impuesto su decisión, con desigual adhesión del país. Los cortesanos, en su
mayoría, con disgusto, deseosos como estaban de algo más de descanso, después
de aquellos cuatro años que habían pasado por el norte de Italia y entre
Bruselas, Augsburgo y Viena. Ya hemos visto el contrario parecer del cardenal
Tavera, por motivos de altas consideraciones políticas. Ciertamente, él no se
movería de España. Su puesto era, y seguiría siendo, al lado de la Emperatriz.
De forma que si aun así mostraba sus dudas, cuánto más los que tenían que
seguir al César.
Ese era el caso del poderoso Cobos. Con gracia, la pluma del embajador Martín
de Salinas nos refleja su decaimiento:
… está tan desabrido desta jornada que no sabe donde tiene pies
ni cabeza…
Y no era el único caso. Todo lo contrario:
En esta jornada —es el mismo Salinas quien tal escribe— hay
pocos que vayan contentos, porque de lo pasado[949] estaban
bien cansados y gastados, y bien descuidados de lo que se ofrece…
Por lo tanto, una empresa que les cogía por sorpresa, que les
obligaba a ir de cualquier manera[950].
Otro era el sentir del pueblo, si hemos de creer al cronista Sandoval. El
entusiasmo de las clases humildes desbordó todos los cálculos.
La orden de Carlos V había sido que la armada andaluza estuviese a punto a
fines de enero, para transportar 8.400 soldados[951], cifra que
se superó con creces. Solo de la recluta oficial se llegó a los 9.500; pero se
enroló también otro verdadero ejército, sin más esperanza de premio que el afán
de aventura y, sin duda también, por el olor del posible botín. Eran los
«aventureros». De forma que no pocos abandonaron sus oficios para seguir a las
banderas imperiales. Es posible que muchos de ellos pensaran que era buen
momento de ejercitarse en el servicio de las armas, si querían más tarde
convertirse en conquistadores, lo que entonces era el sueño de media España y
la envidia de la otra media.
Otra gente sin paga —nos refiere Sandoval—, aventureros,
caballeros y gente de bien, fueron más cuatro mil y quinientos, y más
setecientos jinetes andaluces; ¿que iban [de] oficiales de diversos oficios,
mercaderes, religiosos y clérigos? Venían todos con tanta voluntad y deseo de
hallarse en esta jornada, que sin comparación fueran muchos mas si los
admitieran, teniendo por santa esta empresa y que se ganaba con ella el cielo[952].
Por lo tanto, dejando aparte la nota religiosa con que termina
el cronista, y que responde al indudable aire de cruzada que tenía aquella
gesta, lo cierto es que el español medio vivía en un ambiente cargado de
aventura que le electrizaba. Los políticos podían considerar harto arriesgada
la conquista de Túnez y poco fecunda, los cortesanos mirarla con el fastidio de
quien ha de dejar sus comodidades para exponerse a mil rigores y peligros, pero
ese mismo riesgo y el aire de grandeza que presidía la gesta atraía a la
juventud.
El 3 de abril entraba Carlos V en Barcelona, punto designado para la primera
concentración: la de las fuerzas que habían de partir de todos los reinos
hispanos, incluidas las de Portugal. Precisamente fue la armada portuguesa la
primera en acudir a la cita, y en forma tal, que se echaba de ver que no lo
hacía por mero compromiso. El 28 de abril entraban en el puerto de Barcelona 23
carabelas portuguesas, dos naos y un galeón «tan grande, que puso admiración a
todos porque traía 36 tiros gruesos por banda, sin otros muchos pequeños de que
no se hacía cuenta»[953]. A su
frente iba el capitán portugués Antonio de Saldaña, y en sus filas buen número
de nobles portugueses, que un testigo de vista —el embajador Salinas— cifraba
en 2.000 caballeros[954]. Lo más
granado tomó el camino interior, acompañando al infante don Luis, hermano de la
Emperatriz, que quiso seguir al César en aquella jornada; acontecimiento que
Carlos V recordaría en sus Memorias, con mayor detalle de lo en él
habitual, dejando así constancia de lo que le había impresionado el gesto de su
cuñado, y de esta forma:
… habiendo entendido el señor Infante don Luis de Portugal, su
cuñado, la dicha jornada que quería hacer Su Majestad, y que era contra los
infieles, como príncipe cristiano y de gran ánimo se quiso hallar en ella, y
así se vino por la posta, con algunas personas principales del reino de
Portugal a la misma ciudad de Barcelona donde estaba el Emperador, que fue la
segunda vez que se vieron…
Y añade Carlos V, recordando aquel suceso quince años después:
Su Majestad le recibió y trató durante el tiempo de aquella
jornada como un hermano debe tratar a otro, y lo mejor que le fue posible[955].
Poco después se acogían al puerto barcelonés las galeras de
Andrea Doria, sujetas a la paga imperial que costeaba Castilla: eran 16
galeras, entre ellas la capitana que albergaría al César. No tardaron en
hacerlo las 12 galeras de España que mandaba don Álvaro de Bazán, y las velas
que había reunido en Málaga el marqués de Mondéjar, procedentes de Andalucía,
de Vizcaya y de Flandes: 90 naos, 20 urcas, 20 pinazas y 6 galeones «con mucha
artillería».
Y un dato a señalar: sería Milán, con su industria de guerra, la que
suministraría las armas ligeras con que se armarían los más de los caballeros.
Y de tan lucido ejército, quiso hacer un alarde Carlos V, tan vistoso que sería
recogido en los tapices que después rememorarían la gesta. Tras de lo cual
vendría el desfile triunfal por Barcelona:
Acabada la muestra —nos cuenta Salinas—, los puso en orden y
entró [Carlos V] con ellos en la cibdad, la guarda de pie delante, y los
oficiales y caballeriza tras ellos; y luego un estandarte grande y colorado y
en él pintado un crucifixo con la divisa de Plus ultra. Fue esta muestra muy
lucida…[956]
Con qué expectación acogería Barcelona aquella concentración es
fácil de suponer:
Era tanta la gente noble y común —nos cuenta Sandoval—, que no
cabían en la ciudad ni se podía andar por las calles; unos, que venían a ver
aquella hermosa armada; otros, que querían ir en ella[957].
Fue entonces cuando Carlos V quiso acallar algunas murmuraciones
de los grandes, deseosos de saber bien adónde iban, y sobre todo, a quién
pondría el Emperador como jefe de tan notable ejército; distinción ansiada por
la mayoría de ellos, deseosos de que al menos el riesgo trajera como
compensación el prestigio y la gloria. Pero Carlos V, que otra cosa tenía in
mente, les salió al paso con una hábil arenga, si hemos de creer al
fidedigno cronista Santa Cruz:
El Emperador se puso delante del escuadrón de los grandes y les
dijo cómo ellos le habían enviado a decir que les hiciese saber dónde era su
voluntad de ir y que aquello les respondía: que no quisiesen saber el secreto
de su señor. Y a lo que más querían saber de quién había de ser su capitán
general, que él se lo mostraría. Y a la hora mandó desplegar sus banderas y
estandartes y les mostró un rico y devoto crucifijo que en él estaba figurado,
y les dijo que aquél había de ser su capitán general y que a él —a Carlos V—
habían de obedecer por su alférez…[958]
Dando, pues, a la empresa esa profunda nota religiosa, como de
cruzada, Carlos V acudió a la Virgen de Montserrat para impetrar su apoyo.
Después de lo cual, estaba ya listo para embarcar.
Al romper la mañana del 30 de mayo las trompetas imperiales anunciaron la hora
de zarpar:
Era tanta la priesa de los barcos a recoger la gente —nos dice
Sandoval— y de la gente a entrar en ellos, que casi no se entendían[959].
Al día siguiente, la flota imperial zarpó de Barcelona, entre
músicas y vítores[960]. Era una
jornada de pura caballería, era como un lance sacado de aquellos relatos
caballerescos, tan del gusto de la época, hechos realidad.
Carlos V, el último cruzado, salía de nuevo en defensa de la Cristiandad
amenazada por el Turco. Y la emoción estaba en que todo aquello era incierto y
que cualquier cosa, incluso un desastre, podía sobrevenir.
Atrás dejaba una España en suspenso, entre la esperanza y el temor, desde la
Emperatriz hasta el último vasallo, con las plegarias propias de una sociedad
tan religiosa.
Al fin la Emperatriz, como España entera, se conformaba con la voluntad del
Emperador y ya solo pensaba en que, pues era misión santa, empresa en pro de la
Cristiandad, el Dios de las batallas velaría por él:
Y aunque por una parte he sentido su partida quanto es razón
—escribiría la Emperatriz—, por otra, viendo cuand grandes son sus fines y que
van enderezados en servicio de Dios y bien de la Cristiandad, le doy muchas
gracias por las que da a V. M. para las emprender…
Y todo ello, acompañados de rezos por toda la ancha España[961].
§. Las fuerzas imperiales
Como tantos otros grandes capitanes de la Historia, Carlos V era consciente de
estar protagonizando una gran jornada, digna de ser conmemorada. De ahí que
llevara en su cortejo a un notable pintor, el flamenco Juan Vermeyen, con la
misión de recoger en una serie de dibujos los principales sucesos de aquella
campaña. De allí saldrían los espléndidos tapices que más tarde encargaría
María de Hungría a Pannemaker en Bruselas, una serie de los cuales puede
admirarse en el Alcázar de Sevilla. Y el primero de ellos ya alumbra nuestro
deseo de conocer los efectivos imperiales. Sobre un mapa del Mediterráneo
occidental invertido, Vermeyen nos presenta la armada imperial: las naves de
Vizcaya y los galeones de Portugal embocando el estrecho de Gibraltar, los
navíos surtos en Málaga, la concentración en Barcelona y la postrera cita en
Cagliari (Cerdeña) antes del asalto al reino de Túnez. Con lo cual se echa de
ver cuán importante era aquella consigna dada por Carlos V, como señor de tantos
y tan dispares Reinos: que los unos se ayudasen a los otros. Y de ese modo el
puerto sardo, tantas veces olvidado y orillado, adquirió de pronto un gran
protagonismo. En él confluyeron las fuerzas que llevaba el Emperador desde
Barcelona con las que aportaba el marqués del Vasto desde Italia, entre las que
se hallaban los landsquenetes reclutados en Alemania, las levas hechas en
Italia, algunas galeras pontificias, otras tres de la Orden de San Juan, y
sobre todo, los tercios viejos desplegados en Italia, junto con los veteranos
de Corón y Patrás.
El propio Carlos V nos hará su relación:
De manera que son por todas las galeras que aquí se hallan 74, y
habrá otras 30 galeotas, bergantines y fustas de remos, y los navíos serán
cerca de 300, con las carabelas, galeón y naos del serenísimo rey de Portugal,
nuestro hermano, entre los cuales hay 10 ó 12 galeones muy bien armados y
artillados, y otras carracas y naos gruesas también en orden…[962]
No cabía duda: Carlos V había sabido aglutinar todas las fuerzas
de las dos grandes penínsulas, la ibérica y la italiana. Allí se darían cita
los nuevos galeones del Océano con las viejas galeras del Mediterráneo.
Era la Cristiandad latina dispuesta a no ceder más ante el empuje otomano en el
mar. Y en cuanto al peligro de su falta de unidad y a los recelos y diferencias
entre tan diversas naciones, Carlos V lo salvó ordenando una tregua, pues él
tomaría sobre sí «todas las pasiones»[963].
Carlos V había hecho su ruta hacia Cagliari haciendo escala en las islas
Baleares. También aquí se mostró importante el hecho de que la Monarquía
Católica tuviese tan notable dominio de aquella parte del Mediterráneo
occidental. En los primeros días de junio faltó el viento, y la galera capitana
tuvo que navegar a fuerza de remos[964], pero el 3
de junio se alcanzaba Alcudia, en la punta Nordeste de Mallorca, y el 5 se
entraba en el puerto de Mahón, donde se haría un alto durante una jornada. El 6
se tomaría ya la ruta de Cerdeña, entrando en el hermoso golfo de Cagliari.
¡Cagliari! A 200 kilómetros al sur, en mar abierto, Túnez esperaba a los
expedicionarios. Por lo tanto, la guerra, la empresa incierta y difícil, la
victoria o la derrota, el triunfo o la propia muerte. Pero también la gloria de
combatir contra el infiel por una causa tenida por santa, no contra otros
pueblos cristianos, sino en defensa de ellos.
Sin duda, una emoción especial para aquellos cruzados.
§. La toma de La Goleta
El 14 de junio, a primera hora de la mañana, la flota imperial dejaba las aguas
de Cagliari, rumbo a las costas tunecinas. Y al día siguiente avistaban ya las
tierras africanas.
Era el momento inicial, el de establecer una sólida cabeza de puente que
permitiese el desembarco de todo el ejército para la posterior campaña sobre
las dos plazas fuertes de La Goleta y de la misma capital tunecina. Se ocupó
así, con poca resistencia de Barbarroja —que prefirió una resistencia ulterior
en La Goleta—, Puerto Farina, ante las ruinas de Cartago.
¡Cartago! Era como revivir toda la Historia antigua de la gran Roma, como si
Carlos V fuera un nuevo Escipión el Africano[965].
La memoria y la gloria de la antigua Roma, por tanto, unida a la heroica acción
de un cruzado. Era cierto que también estaba presente aquella desventurada
expedición de san Luis IX de Francia, que partiendo precisamente de Cagliari y
desembarcando igualmente a la vera de las ruinas de Cartago, había tenido tan
mal fin, con muerte del propio Rey.
Pero de eso hacía más de dos siglos y medio. Y Carlos V confiaba en heredar la
gloria del romano y esquivar la desventura del francés, de forma que no san
Luis sino él, Carlos, se convirtiese en el último cruzado.
El desembarco imperial se llevó a cabo en dos fases, los días 16 y 17 de junio.
El primer día saltó a tierra la infantería veterana que, con la ayuda de
algunas piezas de artillería de campaña y de caballos ligeros, logró consolidar
la cabeza de puente:
Así como iban desembarcando —nos cuenta Sandoval—, se iban
apartando y alargando de la marina con buena ordenanza.
Solo hubo combates aislados con las fuerzas de reconocimiento
enviadas por Barbarroja para observar la potencia de su enemigo. Ya en aquel
día, sin duda deseoso de entrar en combate, desembarcó el propio Emperador, y
con él casi toda la nobleza que le acompañaba. Al día siguiente lo hicieron los
soldados españoles bisoños, con el resto de la artillería y de la impedimenta.
La suerte estaba echada. Para el Emperador, que ya tenía en el ánimo su próxima
visita a los reinos de Sicilia y Nápoles, era mucho lo que estaba en juego. Una
victoria suponía reforzar las razones morales de su predominio sobre Italia.
Podría presentarse como el escudo de aquellas regiones, tan amenazadas por
las razziasturcas y de Barbarroja. En cambio, una derrota podía
poner en peligro todo su poderío hasta extremos casi irreparables.
Afianzada la cabeza de puente, era importante mantener abierta la comunicación
marítima, pues por el mar esperaba el Emperador aprovisionar a su ejército. Ese
era uno de los problemas claves, y en el embotellamiento de la flota de
Barbarroja en el puerto de La Goleta, logrado por la eficaz vigilancia de
Doria, hay que ver una de las razones del triunfo imperial. La armada auxiliar
imperial trabajó sin tregua, transportando bastimentos de Sicilia, Nápoles,
Cerdeña, e incluso de España. Sin embargo de lo cual, era tal el consumo de
aquel ejército, que la escasez hizo su aparición, y con ella un verdadero
mercado negro, como nos lo refleja esta descripción de Sandoval:
Llegó a valer una gallina dos ducados, y de ordinario uno; una
vaca pequeña, diez; un carnero, flaco y malo, cuatro; pan fresco ninguno, sino
que se valían del bizcocho de los navíos; daban tocino y cecina. Hubo día que
los huevos se vendieron por un real. De aquí resultaron diversas enfermedades
entre los soldados y gente pobre, por las malas comidas y peores aguas que
bebían, y del continuo trabajo que sufrían[966].
Por lo tanto, el tiempo apremiaba a Carlos V. Sin embargo, el
avance sobre La Goleta desde la cabeza del puente imperial fue lento. Fue, en
primer lugar, una guerra del tiempo; así ocurrió que el propio infante se
transformó en gastador. Era preciso acercar el campamento imperial a los muros
de La Goleta, para preparar el asalto final. En aquella operación se tardó
cerca de un mes, período de tiempo en el cual las escaramuzas con los asediados
se hicieron cada vez más frecuentes. Se iba endureciendo la guerra, al tiempo
que el calor era cada vez más intenso y las necesidades en el campo imperial
mayores. Los soldados se abrasaban de día, la sed les aquejaba constantemente,
las molestas armaduras se ponían de tal modo calientes, que derretían a los
caballeros; por contraste, las noches eran relativamente frías. Comenzó a
apuntar la disentería, al tiempo que los numerosos cadáveres insepultos
amenazaban con provocar el estallido del más temible enemigo: la peste.
Aquel peligro, tan cierto, obligó al Emperador a una medida extrema: el asalto
de la fortaleza enemiga. Y allí entonces se probaría que la presencia del
Emperador no era vana, pues para alentar a sus hombres, Carlos V les arengó con
encendidas razones,
… pidiéndoles que si en las ocasiones pasadas, que
habían sido suyas, se habían mostrado valientes, en esta, que era solo de Dios,
cuyo alférez él era, se mostrasen valentísimos, donde el morir sería glorioso;
que él sería con ellos en los saltos el primero y en los bastiones y baterías
delante. Y vuelto a los españoles, dijo que mirasen hoy a su rey peleando
contra los enemigos y corsarios de las costas de España, y procurasen con obras
cumplir sus obligaciones, satisfaciendo al nombre que entre todas las gentes
del mundo tenían. Tales y otras semejantes razones dijo el Emperador a los
suyos, con que se encendieron sus ánimos, deseando ya verse en la pelea[967].
Una intervención del Emperador muy propia de su temperamento,
que nos corrobora el otro gran cronista suyo, Alonso de Santa Cruz:
… no dejaré de decir aquí —nos cuenta— con cuánta solicitud y
cuidado vino el Emperador a ver la orden que tenían los soldados viejos y las
que los otros soldados en su ejércitos,
animándolos a todos y a cada nación en su lengua, porque todas las sabía muy
bien, con tales palabras que a todos ponía muy grande ánimo…[968]
De todas formas, no se trataría de un asalto alocado a las
murallas de La Goleta, que tenían fama de inexpugnables, sino que sería
precedido de un fuerte ataque artillero, verdaderamente formidable para la
época, porque a los cañones de tierra se unieron los de la armada imperial.
Durante seis horas, todos los cañones imperiales estuvieron machacando los
muros de La Goleta desde tierra, mientras la armada lo hacía por el mar. Fue
preciso, para su mayor eficacia, esperar a que mejorase el tiempo y que la mar
se hallase tranquila. La armada se situó de manera que pudo bombardear la plaza
ininterrumpidamente, relevándose las galeras de ocho en ocho, «y de esta manera
jamás dejaron de batir (La Goleta) por mar y por tierra»[969]. Destacó
allí, entre todos los buques, el famoso galeón portugués. Cuatro mil disparos
se hicieron en seis horas, cifra ridícula para nuestros días, pero grandísima
para aquellos tiempos, y desde luego, la suficiente para cubrir su objetivo
militar: abrir brecha en las murallas de la fortaleza y abatir el torreón.
Era el momento del asalto, en el que los españoles más que ningunos otros
ansiaban distinguirse a los ojos del Emperador. Tras de obtener su venia, se
lanzaron con grandísima furia a la batalla, salvando el foso de la plaza y
colocando las escalas para penetrar en la muralla. No sin gran riesgo, por la
resistencia que ofrecieron los defensores con todas sus armas disponibles:
artillería, arcabuces, y también el consabido aceite hirviendo. Allí se vieron
combatir las armas más modernas de la época con las tradicionales, aún en uso
en África: los escopeteros turcos al lado de los flecheros berberiscos. Pero
fue tal la presteza y la furia en el ataque de los tercios viejos españoles,
que nada pudo detenerlos. Como tantas veces en la historia, como antes en la
campaña de Granada y como lo habían de probar más tarde en la campaña de
Clèves, demostraron también aquí los españoles que eran inestimables como
fuerza de choque:
Las primeras personas que entraron en La Goleta fueron Alonso de
Toro y un Juan de Herrera y Miguel de Salas, todos tres buenos soldados, y las
dos primeras banderas que entraron en La Goleta —nos cuenta con toda
particularidad el cronista Santa Cruz— fueron de españoles…[970]
Y un español sería también el que pondría la bandera imperial en
lo alto del castillo de La Goleta, proclamando así la completa victoria del
Emperador. Su nombre, Pedro Gaitán.
En verdad, no sin que no pocos fueran heridos y otros quedaran para siempre en
el camino. ¿Y cómo no recordar ahora los versos del inmortal Garcilaso en
su Elegía primera, dedicados a su gran amigo y compañero de armas,
don Bernardino de Toledo, hermano del duque de Alba?
Aquellos versos que hablan del reverso de la medalla de las guerras: de las
ruinas y de las muertes:
¡Oh miserables hados! ¡Oh mezquina suerte…
Y que aluden a la propia experiencia del poeta, herido
precisamente en aquel avance imperial sobre La Goleta:
¿Quién no vio desparcir su sangre al hierro
del enemigo? ¿Quién no vio su vida
perder mil veces y escapar por yerro?
¿De cuántos queda y quedará perdida
la casa y la mujer y la memoria
y de otros la hacienda despendida?[971].
Pero para Carlos V, con la euforia del triunfo, sí había gloria
para dar y tomar. Véase si no con qué detalle contaría lo sucedido a sus
embajadores, para que la noticia se esparciese por toda la Cristiandad, como lo
hizo a don Lope de Soria, su embajador en Venecia:
Don Lope de Soria, del nuestro Consejo y nuestro embaxador en
Venecia: A XXX del pasado os scribimos nuestra llegada aquí y lo que hasta
entonces se había hecho en esta empresa. Después se continuaron las trincheras
y bastiones para llegar y assentar la artillería sobre la fuerça de la Goleta,
acabados los cuales y hechos todos los otros proveimientos neçessarios para
semejante cosa, porque los enemigos la tenían fortificada con muy buenos
reparos y bastiones y mucha gente y mucha y muy gruesa artillería, más de lo
que se pensaba, aunque no era poco lo que se entendía y conoscía, habiendo los
tiempos por lo que se había de hazer con el armada, dilatándolo algund día,
finalmente hoy miércoles, día de la fecha desta, se començó a dar la batería,
al puncto del día, por tierra y por mar y se continuó syn cessar muy rezia por
seys o siete horas, defendiéndose los enemigos con su artillería todo lo que
les fue possible; en cabo de las cuales, con ayuda de Nuestro Señor, se entró y
ganó la dicha fuerça por los nuestros por combate y batalla de manos, y los
enemigos fueron constreñidos y forçados a desamparalla y huyr quien más podía,
syn ninguna orden, parte dellos por tierra, passando una puente que tenían
hecha desde la fuerça a tierra firme, y parte lançándose por el estagno que va
a Túnez. De los quales en la batería, en el combate y en la huyda, siendo
seguidos de los nuestros, han sido muertos y ahogados grand número; y aunque no
se sabe de cierto, dizen los que lo han visto que serán más de dos mill. Hanse tomado
entre galeras, galeotas, bergantines y otras fustas, hasta setenta o ochenta, y
en ellas y en los reparos y fortificaciones, muy grand quantidad de artillería
y muy gruessa y buenas pieças. Por tanto, habemos dado y damos muchas graçias a
Nuestro Señor, que syn dubda, según el sitio, dispusición, fortificación y
fuerças de gente y artillería que había, aunque fueron muy reziamente
apretados, ha sido obra de mano de Nuestro Señor haberse assy acabado y con tan
poca pérdida de los nuestros, que no passaron de treynta hombres. Esta noche,
después de haber reposado la gente, partiremos con nuestro campo para yr a
Túnez siguiendo la victoria, y speramos que sy hobiere resistencia, nos la
dará, como lo ha hecho en esto. Y os avisaremos de lo que más succediere.
Y firmaba, orgulloso:
En nuestro campo, de La Goleta de Túnez[972].
Añádase que por entonces recibía Carlos V la buena nueva del
nacimiento de su hija Juana. Por lo tanto, un triunfo sobre otro triunfo[973].
§. ¡A por Túnez!
La conquista de La Goleta, que era la plaza marítima más fuerte de Túnez,
planteó un debate en el ejército imperial. ¿Bastaba con aquello? ¿Debieran
limitarse a lo hecho, que les daba ya por vencedores, con el prestigio y la
honra inherentes? Aquello de la fama, que tanto alentaba a los hombres del
Renacimiento y que con tanta ansia buscaban en el campo de batalla, parecía
conseguido. Además, con La Goleta bajo el dominio del Emperador, se aseguraba
ya que no partieran de la costa tunecina las naves musulmanas con las que
Barbarroja había asolado el sur de Italia en 1534.
Sin embargo, a Carlos V no le pareció suficiente. Para él resultaba insufrible
que apenas a dos leguas siguiese Barbarroja enseñoreando la ciudad de Túnez,
capital de aquel Reino. En principio, se conformó con la opinión de la mayoría
de sus consejeros, «por ser capitán nuevo». Pero pronto cambió de opinión. Y
eso lo sabemos por él mismo, gracias a una carta que escribió a su hermana
María de Hungría.
Es una carta verdaderamente notable, y por muchas razones. Entre otras, porque
es la última que escribiría de su puño y letra, antes de que la gota le
imposibilitase para seguir haciéndolo[974].
Es la carta de un capitán victorioso, rezumando orgullo por la difícil gesta
conseguida, incluso imponiendo su criterio contra la opinión de la mayoría. Una
larga epístola en francés, autógrafa del Emperador —como ya hemos indicado— que
en un momento determinado adquiere un tono de literatura castrense, al modelo
del gran César romano, como si se tratara de un nuevo fragmento de La
guerra de las Galias.
Escogeremos, para deleite del lector y para incorporar así unos textos que tan
claramente nos reflejan la personalidad del Emperador, sus fragmentos más
significativos, añadiendo que está escrita desde la misma ciudad de Túnez al
día siguiente de la victoria imperial, cuando la batalla ganada estaba todavía
bien caliente.
Empieza Carlos V refiriéndose a la toma de La Goleta, detallando el botín allí
conseguido, y aludiendo al debate del consejo de guerra sobre si debía seguirse
adelante, combatiendo la misma ciudad de Túnez:
… le conseil de tous fut determiné laisser le voyage et
m’embarquer, pour ce pricipalement qu’ils disaient que j’avais achevé ce à quoi
était venu, qu’était de desarmer Barberousse…
Todo ello confirmado por el hecho de que le había apresado al
temible corsario 85 barcos y más de 200 cañones. Y en principio Carlos V aceptó
dicho consejo,
… pour être capitain nouveau
Pero no pareciéndole buena la decisión tomada y encontrando el
apoyo de los marinos[975], cambió de
propósito. Y de ese modo, el 20 de julio, cuatro días después de la toma de La
Goleta, se puso con su ejército en marcha sobre Túnez.
Estaba claro que la gran dificultad para el ejército imperial estaba en la
misma fecha del año, con el terrible calor africano en puro verano, lo que
hacía insufribles las armaduras. Estaba también la gran enemiga de la sed, que
obligaría a un combate desesperado por unos pozos de agua, que era en lo que
confiaba Barbarroja para desbaratar y repeler el ataque imperial.
Es esa parte del combate donde la prosa del Emperador nos recuerda la de Julio
César:
Nous marchions en bon ordre et fîmes de notre bataille et avant
garde tout avant garde, et de notre arrière garde bataille, notre bagage au
milieu. Il nous tira de son artillerie, nous lui répondîmes, il tira de son
arquebuserie, nous fîmes le même, il chargea et nous aussi. Il se retira…
Carlos, después de seguir detallando toda aquella empresa, manda
su carta a María con un mensajero que, como testigo de todo lo ocurrido, podía
seguir informándole, añadiéndole que ella también había tenido parte en la
victoria, por sus oraciones:
Madame ma bonne soeur, qu’il me semble qu’il a plu à Dieu ouir
les bonnes prières que par votre lettre du 16 Mai faisiez afin qu’Il me donnâit
victoire…
Y terminaba:
Et je fais fin en me récommandant du meilleur de mon coeur à
vous, Madame ma bonne soeur, priant Dieu vous donner ce que desirez.
C’est de Tuniz à 26 de Juillet.
De la main de votre bon frère, Charles[976].
El buen hermano Carlos había tenido su bautizo de fuego «como
capitán nuevo», y había obtenido aquella sonada victoria. Uno de los caballeros
españoles que con él había cabalgado hablaría de su comportamiento en el campo
de batalla: en el momento decisivo del combate por los pozos de agua, había
cargado con su guardia a caballo contra el enemigo. Y este sería su curioso
juicio:
… está muy valiente soldado y muy buen capitán y mayor
trabajador en la guerra que en la caza…[977]
Y, sin embargo, ganada la batalla en torno a los pozos de agua,
aún faltaba lo principal: la toma de la ciudad de Túnez, donde era de suponer
que Barbarroja ofreciera una desesperada resistencia.
Y entonces ocurrió lo inesperado, lo verdaderamente asombroso: que los miles de
cautivos cristianos que allí tenía Barbarroja, aprovechando la salida del
corsario con su gente cuando la batalla de los pozos de agua, lograran romper
sus cadenas y alzarse con la fortaleza. Y aquí podemos seguir al propio César,
tal como lo refería a su embajador en Venecia, Lope de Soria:
… al puncto de día, veynte y vno del presente, hicimos salir la
gente del alojamiento y puesta en sus escuadrones movimos con ellos en orden de
batalla para darla, sy a los enemigos hallássemos fuera de la ciudad y para
combatirla sy la quisiesen defender. Y llegando cerca della, se entendió que
Barbarossa, con los corsarios que estaban con él, se habían salido y huydo,
llevando todo lo que pudo de lo que aquí tenía, y que los captivos christianos
que en el Alcaçaba estaban, que eran más de quatro o cinco mill, siendo
avisados dello por vn renegado con quien tenían intelligencia y plática para
libertarse con su medio y ayuda, se habían salido de las prisiones y apoderado
della y la tenían por Nos. El exército caminó hasta llegar a los muros de la
ciudad, y hallando las puertas cerradas, y visto que aunque no mostraban los de
dentro por tener ánimo para defenderla no las abrían, permitimos a la gente que
la entrasen y saqueasen, y assí entró mucha de la que venía en los primeros
squadrones por los muros, sin ninguna o poca resistencia, y abrieron las
puertas para que entrase todo el campo, y se saqueó el Alcaçaba y toda la
ciudad[978].
Por lo tanto, el saqueo también, el terrible «saco» en términos
del tiempo (recuérdese el de Roma ocho años antes), aquí referido sucintamente,
pero que debió de ser así: terrible. Ávila y Zúñiga lo expresaría más
gráficamente:
S. M. se vino a él[979] y dio
la ciudad a saco, la cual se ha saqueado y se han tomado hartos esclavos y
esclavas y mucha ropa y poco dinero…[980]
Una victoria, pues, una gran y sonada victoria. Pero algo
faltaba para que fuese completa: la captura de Barbarroja, o al menos el
hacerse con su último reducto, como era la ciudad de Argel. Andrea Doria lo
persiguió hasta Bona, pero ya Barbarroja había huido de allí con las galeras
que en aquel puerto tenía, refugiándose en Argel, y la persecución cesó, sin
que sea fácil explicar el porqué. En situaciones similares siempre vemos a
Carlos V desistir de apurar su victoria, como si a su espíritu caballeresco le
repugnase combatir a un enemigo vencido y en retirada, como si eso ya no fuera
digno de su grandeza.
Lo cierto es que, tras de reponer en el trono de Túnez a su vasallo, el rey
Muley Hacén, Carlos V abandonaría aquellas tierras para embarcar en dirección a
Sicilia.
En La Goleta dejaba, eso sí, una fuerte guarnición de «soldados viejos»
españoles, los temibles veteranos de los tercios viejos, al mando de don
Bernardino de Mendoza.
¿Cómo tomó España aquella decisión imperial? Después de conocer el triunfo sobre
Túnez se esperaba con ansiedad la noticia de que seguiría la marcha de Carlos V
sobre Argel. La propia Emperatriz lo expresaría así, cuando le llegaron las
cartas del Emperador, en las que le daba cuenta de lo pasado:
Quedo con gran deseo de saber la determinación que V. M. había
tomado después de la venida de Jorge de Melo, así con el rey de Túnez como en
lo demás que se había de hacer en el armada. Espero en Dios —añade— que será lo
que más convenga a su servicio, que lo que acá deseamos es que se acabase de
destruir ese corsario, y se le tomase a Argel, pues yendo tan desbaratado
paresce que se podría hacer agora con más facilidad que en otro tiempo, demás
de acabar de limpiar la mar de las galeras que le quedaron y otras fustas que
andan haciendo daño por estas costas. Lo cual se podrá bien efectuar sin poner
V. M. en ello su imperial persona[981].
Pero no sería así. Y no tardaría Barbarroja en vengar su
afrenta, cayendo sobre Menorca y asolando la isla, mientras Carlos V descansaba
ya en Sicilia. Cómo tomaría España tal contraste es fácil de imaginar. En todo
caso, la Emperatriz nos lo hará saber:
Me ha desplacido cuanto es razón, así por el daño que se podría
rescibir de aquellos enemigos como por ser en tal coyuntura…
Y añadía, haciéndose eco del malestar general:
… lo cual se ha sentido en el reino mucho , porque como las
victorias que Nuestro Señor ha dado a V. M. en la empresa de Túnez han gozado
más particularmente los reinos de Nápoles y Sicilia y toda Italia, por haberles
echado de allí tan mal vecino, así en el daño que se hace en éstos por este
enemigo se siente más agora que en otro tiempo. Y de manera que no se habla en
otra cosa[982]
En efecto, Barbarroja al frente de 24 galeras y 6 galeotas que
aún le restaban se había presentado ante Mahón y había conquistado la plaza,
saqueando la isla de Menorca a su placer, llevándose no pocos cautivos. De
forma que la réplica a los cautivos cristianos liberados por Carlos V en Túnez
y la seguridad que conseguía desde allí para Sicilia y Nápoles, era pagada con
ese duro precio de las costas españolas dejadas a merced del enemigo, y con
esos cautivos españoles caídos en poder de Barbarroja.
En verdad que el Imperio español, en una de sus horas cenitales, daba ese
asombroso comportamiento: los mayores beneficios, para las piezas periféricas
de la Monarquía; los grandes sacrificios, recayendo sobre la misma España.
Un asombroso resultado.
¿Se puede reprochar a Carlos V que desoyera las voces localistas de Castilla,
aun con todo su valor? Él se movía en un plano más elevado. Hubiera podido
argüir, con razón también, que la defensa de Nápoles y de Sicilia interesaba
igualmente a Castilla. Y que la preponderancia hispana tenía un precio, y ese
precio era el sacrificio de los intereses personales. Con un gesto muy habitual
en él, no había apurado la victoria. Se diría que había algo, cuando se llegaba
a ese extremo, que repugnaba a su naturaleza caballeresca. ¿Había que dar un
respiro al vencido? Lo mismo en Pavía que en Roma, como ahora en Túnez, el
Emperador había cedido a la tentación de aflojar su presión, como si para él
careciese de interés el acorralar a sus enemigos.
En todo caso, una vez más el enemigo se rehacía y otra vez se encendía la
guerra por todo el ámbito del Mediterráneo occidental. Pero no sin que el
Emperador quedase en deuda con España. La empresa de Argel quedaba aplazada.
Como en tiempos de Fernando el Católico, la lucha por el predominio en Italia
desplazaba a la lucha por el dominio del norte de África.
Estaba en marcha la operación de castigo sobre Francia, la Francia de Francisco
I que no había dudado en advertir al infiel: de ahí la empresa imperial sobre
Marsella.
Y antes, como compensación a todos los sacrificios de Castilla, el Emperador
pronunciaría su memorable discurso en español en la corte de Roma.
De ese modo, a raíz de la conquista de Túnez y de su estancia en Sicilia y
Nápoles (otoño de 1535 e invierno de 1535 a 1536), Carlos V no abandona los
proyectos que se había forjado, en consideración a los deberes que creía tener
con todos sus pueblos y con su dignidad imperial; y, obligado por ello, no
satisface plenamente a su pueblo hispano. Pero, pese a todo, con justicia puede
afirmar Menéndez Pidal que el Emperador se había profundamente hispanizado.
Y no fue uno de los factores menos importantes la admiración que se despertó en
su alma de soldado, al ver el comportamiento de aquellos veteranos españoles,
cuando llegó la hora de lanzarse al asalto de La Goleta, cuando comprobó el
ardor que su presencia encendía en las tropas españolas. Para Carlos la empresa
de Túnez fue su bautizo de soldado, y reconoció, entre sus heterogéneas tropas,
que en los españoles estaban sus compañeros de armas preferidos. Por algo en
los tapices que recuerdan aquella gesta —los diseñados por Vermeyen— es a los
españoles a los que se destaca constantemente.
Al César hispanizado hay que añadir, para que la estampa sea completa, la de la
España andariega y aventurera que militaba en sus filas, imperializada y
orgullosa de acometer las gestas que el Emperador le encomendaba. Pues frente a
las quejas de importantes sectores de Castilla, ciertas sin duda alguna, y que
habían de reflejarse en las Cortes castellanas, hay que poner este ardor de la
España extravertida, a su vez plenamente ganada por el Emperador: la España
imperializada[983].
Capítulo 6
La guerra que no cesa
El triunfo sobre Barbarroja no era visto con igual satisfacción
por la Europa mediterránea. Solo Italia lo celebraría de inmediato, titulando a
Carlos V, Carolus africanus; y con razón, por lo mucho que suponía
para su seguridad en particular los reinos de Sicilia y Nápoles. Ya hemos
visto, en cambio, cuánto sintió España que aquella campaña sobre Túnez no se
redondeara con la toma de Argel, omisión que tendría como contrapartida la
asolación de Menorca por Barbarroja. Y en cuanto a la otra nación de la Europa
cristiana mediterránea, la poderosa Francia, hubo de sentir con pesar la
derrota de Barbarroja, porque debilitaba el eje Marsella-Argel, al tiempo que
fortalecía la posición imperial.
Porque lo cierto era que Francisco I solo había firmado la paz de las Damas, de
1529, obligado por los acontecimientos, y como necesitado de tiempo para
recobrar fuerzas y volver otra vez sobre su gran designio de agrandar su
poderío, con la incorporación del Milanesado. Aquella había sido su preciada
conquista en 1515, y veinte años después la seguía añorando. Lo cual suponía, a
la corta o a la larga, un nuevo enfrentamiento con Carlos V.
Por lo tanto, la guerra otra vez en el horizonte. Y para ello, una febril
reorganización interna y una trepidante diplomacia en el exterior. Es a esta
época a la que corresponde la puesta a punto de un ejército nacional francés,
las legiones que oponer a los tercios viejos, al tiempo que se fortalecía la
posición en el escenario europeo con alianzas con los vecinos más importantes:
con la Inglaterra de Enrique VIII, a la que se le prometió la ayuda de la
Sorbonne, en el espinoso caso del divorcio del Rey con Catalina de Aragón; con
los Príncipes alemanes, a través de la Liga protestante de Schmalkalden y
apoyando la ocupación del ducado de Württemberg, donde Felipe de Hesse reponía
al duque Ulrico expulsando a las tropas del rey Fernando; y, en fin, con el
mismo Papa, logrando la boda de su hijo Enrique (el futuro Enrique II) con
Catalina de Médicis, la sobrina de Clemente VII. Siguiendo su política de
presionar a Carlos V, Francisco I forzó una entrevista de Leonor de Austria, su
esposa, con María de Hungría. Objetivo: indicar a Carlos V que se aviniera a
una boda de Cristina de Dinamarca, ya duquesa de Milán, con un hijo de
Francisco I. Y eso incluso cuando todavía vivía el duque Francisco Sforza. Con
razón pudo María rechazar tal negociación, por mucho que se supusiera que
Cristina no tardaría en enviudar[984]. La muerte
del duque de Milán el 24 de octubre de 1535 lleva a Leonor de Austria a
insistir, escribiendo a Carlos V e informando de ello a María.
Para la Gobernadora de los Países Bajos no podían aceptarse esos tratos, porque
permitir que los franceses volvieran a poner su pie en Italia traería
gravísimas consecuencias, ya que jamás se contentarían con el Milanesado:
… no cumplen sus promesas…[985]
Las exigencias de Francisco I estaban en consonancia, no solo
con su fortalecimiento en el panorama internacional sino también con un
debilitamiento del César en el norte de Europa. En efecto, al no ayudar con
todas sus fuerzas al rey Fernando, para que recuperase Hungría, y al
abandonarle en el forcejeo por el ducado de Württemberg, sin que tampoco
Fernando se viese recompensado por el ducado de Milán —una vieja aspiración
fernandina, desde la batalla de Pavía—, aquella alianza fraterna parecía
debilitada.
Ahora bien, de momento Carlos V tenía ante sí su visita a los reinos de Sicilia
y Nápoles y su entrada en Roma. Y lo hacía cubierto de gloria, como el Dux
africanus, como lo había hecho en la Antigüedad aquel héroe romano
domeñador de Cartago, aquel Escipión el Africano. Carlos iba a cumplir una de
sus obligaciones más profundamente sentidas: visitar aquellos dominios suyos,
conocer y ser conocido por sicilianos y napolitanos, entrar en sus ciudades,
oír a sus tan antiguos vasallos, administrarles directamente justicia, reparar
sus agravios y, por supuesto, recibir sus tributos. Pero también disfrutar de
la gloria deparada por su gran victoria, ser homenajeado y festejado, recibir
el homenaje de los pueblos, el aplauso de los grandes, la admiración también
—¿por qué no?— de las damas, de cuya belleza y de cuya pasión tanto se hablaba.
Por lo tanto, Italia de nuevo en el horizonte. Ahora bien, eso era dar de lado
a la empresa de Argel, y algo había que decir a la opinión pública.
Y Carlos V lo haría. Cierto que parecía el momento indicado para deshacer, de
una vez por todas, a Barbarroja, que había quedado tan mermado en sus fuerzas.
Pero había tres dificultades para ello: la primera, la gran distancia que
separaba a Túnez de Argel, estando además la estación tan gastada:
… ser la navegación larga para estar el verano tan adelante…
La segunda, el cansancio del Ejército:
… estar la gente cansada y fatigada…
Y, sobre todo, la tercera: carecer prácticamente de bastimentos:
… gastada… tanta provisión de la armada…[986]
Así se expresaba Carlos V, así informaba a sus Embajadores, para
la oportuna divulgación de los motivos por los que se había aplazado la empresa
de Argel. Pero, por supuesto, lo comunicaría con más detalle a la sociedad
española, mediante la impresión de hojas volanderas, en las que se comentaba el
triunfo sobre Túnez y el porqué de no ir sobre Argel. Algo que tomaría sobre sí
la Emperatriz:
… porque estos Reinos viesen la memoria… y sepan particularmente
lo contenido en él[987], mandé que
se imprimiese y se enviase a todas las ciudades, Grandes y Pueblos dellas…
haciéndoles saber la resolución que V. M. había tomado y las causas que tuvo
para no hacerse este año la empresa de Argel…[988]
§. Por tierras de Sicilia y Nápoles
Justificando así su decisión, todo hace suponer que Carlos V salió gozoso de
Túnez en dirección a Italia, para saborear las mieles de su triunfo con el
pueblo que mejor podía valorar su gesta.
Los primeros días de agosto se pasaron en recoger el ejército imperial, salvo
la guarnición que quedaba en La Goleta, al mando de Bernardino de Mendoza. El
17 de agosto era el propio Emperador el que embarcaba, dejando atrás África.
Cinco días después desembarcaba en Sicilia, donde sería acogido con entusiasmo.
A su entrada en las ciudades (Trapani, Palermo, Mesina), los arcos triunfales
ensalzaban al Carolus Africanus. En Palermo, donde el Emperador
reposaría un mes, los Estados del Reino le concedieron 150.000 ducados[989].
Aún sería más espectacular la acogida que el Emperador tuvo en el reino de
Nápoles donde, desde 1532, gobernaba otra vez un español, después de los
Virreyes flamencos impuestos por Carlos V al principio de su reinado. Un
español que se haría justamente famoso: don Pedro de Toledo, el «Vicerè di
ferro», el Virrey de hierro, que el pueblo de Nápoles todavía recuerda
asociando su nombre a la calle principal del Nápoles antiguo.
Aquel cantado por el poeta italiano Luigi Tansillo:
S’io desio di saper come si regga
un Regno ed un esercito…,
o come possa un signore, s’egli è discreto,
farsi immortale…
mirerò l’opre del maggir Toleto
ne le cui man può Cesare deporre
mille regni non che uno, e star quieto[990].
Nápoles, ese Nápoles regido por don Pedro de Toledo, acogió
jubiloso a Carlos V, porque sentía su triunfo en Túnez como suyo; que no en
vano habían sido muchos los napolitanos que le habían seguido en aquella
empresa, en la que el marqués del Vasto había tenido el mando en jefe del
ejército de tierra (y el de la marina otro italiano, el genovés Andrea Doria),
y en donde habían combatido numerosos soldados napolitanos bajo las órdenes de
Sanseverino, príncipe de Salerno[991].
Porque ese Nápoles se veía entonces orgullosamente unido a España bajo un común
Emperador, cumpliendo «el antiguo sueño» —la frase es de Croce— cantado por
tantos, pero también por el poeta Luigi Tansillo:
… un pastor solamente ed un ovile[992].
Así se entiende que el Reino concediese al Emperador una suma
tan grande: 1.500.000 ducados[993].
Y también que menudearan los homenajes, las fiestas, los bailes; y posiblemente
también, los lances amorosos, como los que gozaron tantos españoles que
estuvieron en tierras napolitanas, desde Garcilaso a Cervantes, pasando por don
Juan de Austria. Leti nos dice que Carlos V provocó tanto entusiasmo en las
damas como celos en los hombres. Y cuenta cómo disfrutó durante días de la
hospitalidad de los Príncipes de Bisigniano, dando lugar a un lance que merece
la pena ser recordado.
Pues ocurrió que se llegó a tanta intimidad, compartiendo Carlos V la litera de
la Princesa (que, por cierto, era una hermosísima mujer) que esta se atrevió a
suplicar al Emperador, que fuese perdonado un amigo suyo que estaba preso.
Carlos V, conforme a su modo de ser, distinguiendo entre sus placeres y sus
deberes, separando al hombre del gobernante, se excusó indicando que en cosas
tocantes a la Justicia nada podía hacer. La Princesa no se resignó a tal
negativa, y le replicó que de siempre la clemencia era tenida como una virtud y
un privilegio de los Reyes. A lo cual, Carlos V, no sabiendo bien cómo zafarse,
daría esta respuesta evasiva:
Consultaré con Cobos.
Así las cosas, llegó el carnaval, y el César asistió al baile de
disfraces, donde no le fue difícil descubrir, tras su máscara, a la hermosa
princesa de Bisigniano, que portaba en la diestra unas flores. El César
galantemente se las pidió, y la pícara Princesa encontró la justa respuesta:
Señor, consultaré con Cobos.
Vencido Carlos V, más por el ingenio que por la hermosura, hubo
de apresurarse a decir a la Princesa que aquella antigua petición suya estaba
concedida[994].
Pronto hubo Carlos V de abandonar la gloria de Nápoles para enfrentarse con la
hosca realidad. Pues todos los avisos advertían sobre la enemiga Francisco I y
sus aprestos de guerra: había invadido el ducado de Saboya, cuyos Duques eran
aliados de Carlos V, incluso con alianza matrimonial, pues la Duquesa, Beatriz
de Portugal, era hermana de la Emperatriz.
Esa grave nueva le llegaba a Carlos V el 19 de febrero. Al día siguiente,
vibrando todavía de indignación, escribe a la Emperatriz una carta de la que conocemos
la minuta, más expresiva aún porque en ella se mezclan el estilo indirecto,
propio de las cartas imperiales, con arrebatos espontáneos, propios del
Emperador, cuando dictaba los puntos sobre los que debía extenderse la misiva.
En gran medida se trata de una carta disculpatoria: Carlos V había prometido a
la Emperatriz su regreso al año de su partida, y cuando ya estaba para vencer
el plazo (recordemos que había dejado Madrid el 5 de marzo de 1535), saltaba
aquel conflicto que le obligaba a cambiar los planes[995].
Pero la carta del Emperador tiene también otro valor, más destacado: nos prueba
la amorosa relación de aquella imperial pareja. Después de aludir a las malas
noticias de la ruptura de la paz, con el forzoso aplazamiento de su regreso a
España, Carlos tiene un arranque personal, en su afán de consolar a la
Emperatriz, abandona el estilo indirecto, y de pronto se vuelca con todo lo que
lleva dentro:
… y por eso, Señora, no son menester aquí soledades ni
requiebros. Ensanche ese corazón para sufrir lo que Dios ordenare…[996]
¡Cuántas cosas hacen adivinar esas dos palabras: soledades y
requiebros! Parecen sacadas de los poemas de Garcilaso. La soledad del amante,
cuando se ve lejos de su amada, los requiebros incesantes, cuando se halla en
su presencia. Es como adentrarnos en la intimidad de aquella pareja imperial,
como asomarnos a los amores que tanto admiraron los contemporáneos. Pues puede
afirmarse que buena parte de la popularidad que iría consiguiendo el César,
barriendo la primera imagen de un gobernante extranjero y entregado a ministros
extranjeros, la daría con ese visible enamoramiento hacia aquella princesa de
Portugal que Castilla le había pedido que hiciese su esposa.
No deja el Emperador de consolar también a Isabel por lo que le estaba
ocurriendo a Beatriz, su hermana:
Bien sé que sentirá terriblemente lo del Duque (de Saboya) y su
hermana[997], mas ¡qué
remedio!, contra malos hombres sin temor de Dios, honra mi fe…
La fuerte censura al proceder de Francisco I venía justificada
no solo por el ataque por sorpresa a Saboya, sino también porque el Emperador
se había apoderado en Túnez de unas comprometedoras cartas del francés a
Barbarroja, que probaban la alianza que había concertado con aquel enemigo de
la Cristiandad, que ponían de manifiesto el eje Marsella-Argel que ya hemos
comentado.
Carlos prometía a la Emperatriz defender a su hermana Beatriz[998] y
añadía esperanzado, anunciándole lo que ocurriría en la guerra que se avecinaba
con Francia:
Bien creo que será esto de Francia como suele, que a los
principios tendrán alguna (ventaja), mas a la postre, con ayuda de Dios, les
quebraremos las cabezas…[999]
Otros sucesos, y en este caso dos muertes, iban a afectar a
Carlos V, tanto fuera como dentro de España. Pues el 7 de enero de 1536 moría
en Kimbolton aquella desventurada Reina apartada del trono por Enrique VIII:
Catalina de Aragón. Y no mucho más tarde lo hacía en Tordesillas el marqués de
Denia, aquel a quien Carlos V había encargado la custodia de su madre, Juana la
Loca. Cada uno de esos fallecimientos traería cambios. Para Carlos V la muerte
de su tía Catalina supuso, en cierto sentido, una liberación. De todas formas,
de momento el impacto fue grande, pues a Carlos V le habían llegado noticias de
un envenenamiento de la Reina[1000],
y del gran desamparo en que se hallaba su hija, María Tudor:
De la Princesa, nuestra sobrina[1001] —escribe
Carlos V a la Emperatriz— no nos escriben otra cosa sino que queda con el
dolor, desconsuelo y pérdida que se puede considerar, mayormente con las obras
que le ha hecho, y espera de su padre… Yo me he puesto luto… y no lo dexaré
hasta llegar a Roma[1002].
En cuanto a la muerte del marqués de Denia, Bernardino de
Sandoval y Rojas, que desde 1518 había tenido la custodia de doña Juana en
Tordesillas, planteaba a Carlos V un problema: ¿a quién escoger para
reemplazarle? La cuestión la trata con la Emperatriz. De momento, podía hacerse
cargo de aquella misión el hijo, el nuevo marqués de Denia. Pero en el modo de
tratar el problema por Carlos V se comprueban sus dudas. La designación sería
provisional y sin título expreso:
… sea de manera que por lo que escribiere no se les[1003] atribuya
nuevo título…
Y concluía advirtiendo el Emperador:
Y vos, Señora, pensaréis en la persona que para adelante os
paresce que allí debría estar…[1004]
Y en cuanto a la guerra que se avecinaba con Francia, ¿cómo
actuaría el nuevo Papa, Paulo III? Era importante conseguir su alianza y que
públicamente proclamase quién era el defensor de la Cristiandad y quién turbaba
su paz. A Carlos V le llegaban avisos de que el Papa quería actuar de árbitro
entre los dos. De hecho, para conseguir la aquiescencia de Carlos V, le había
invitado a su Corte pontificia. Carlos, a su vez, encarga al General de la
Orden franciscana una misión: saber a qué atenerse con Roma. Y al menos, el
franciscano obtiene algo: Paulo III había conseguido que el francés no
comenzara la guerra contra Carlos V hasta saber en qué paraba la mediación
pontificia entre las dos partes.
Y ahora viene bien la pregunta, si es que la Historia nos ha de servir para
algo más que para un divertimento.
¿Cómo se establece la confianza o cómo se introduce el recelo entre los
poderosos de la tierra? He ahí una cuestión que surge frecuentemente ante el
examen de cómo se fraguan los conflictos bélicos. ¿Desde un principio los
contendientes se lanzan a la lucha, como algo que desean? ¿La creen inevitable?
¿Cuántas veces ocurre que el que da el primer paso hostil lo hace pensando que
el adversario está a punto de desencadenarlo? Desde el momento en que se sienta
como norma de la diplomacia que el buen diplomático es aquel que sabe disimular
sus pensamientos, es imposible asegurar un mínimo de confianza. Así vemos que a
poco de esta primera misión del general de los franciscanos, es cuando corren
rumores sobre ocultas intenciones de Carlos V, quien, para afirmar más su
poderío en Italia, maquinaba entregar el Milanesado —prácticamente en sus
manos— «al infante de Portugal», como rezan los despachos de Lunel[1005].
Existe en Simancas un documento sin fecha, que corresponde a los finales de
1535. Se trata de una minuta del hombre que mandaba la guarnición imperial del
Milanesado, y que gozaba de la más alta estima del Emperador, don Antonio de
Leyva. En ella indicaba aquel gran soldado, a petición de Carlos V, cómo
consideraba la situación, dando por cierta la guerra con Francia. A poco que se
le ayudara en hombres y dinero, Leyva esperaba aguantar bien la arremetida del
francés. Y una vez que Francisco I se hubiera desgastado en Saboya y el
Milanesado, podría pasar Carlos V a la ofensiva en Provenza, al tiempo que
Leyva obstaculizaba al francés en su retirada.
Leyva confiaba en defender bien Milán contra un primer ataque francés, sobre
todo si se le permitía guarnecer la plaza de Vercelli que pertenecía al duque
de Saboya. Y añadía:
Proveído esto, es bien dexar que el rey de Francia dé de cabeza
en aquel Estado, porque no podrá sino perder mucho tiempo y gastar muchos
dineros, y confía que no saldrá con su intención.
De modo que cuando el francés hubiese sufrido tal desgaste sería
la ocasión del César, quien debía estar bien provisto de dinero — ¡que España
respondiese!— y de soldados, reclutados en Flandes y Alemania. Entonces podría
Carlos contraatacar en Francia, al tiempo que la marina imperial, dirigida por
Andrea Doria, lo haría por la costa de Provenza.
Consulta que merecería esta anotación marginal ordenada por Carlos V:
Le parece muy bien todo este parecer suyo, como de su prudencia[1006].
Se trataba de una concepción estratégica de guerrear al
contraataque, opuesta a la que iba a utilizar el César. Pero nos sirve para
comprender lo poco que Carlos V confiaba en la paz, desde el principio de la
crisis con Francia. El Emperador nos descubre aún más su pensamiento en su
correspondencia con su embajador en Roma, conde de Cifuentes. A las gestiones
de los legados pontificios designados para mediar en pro de la paz, cerca del
Emperador y de Francia, Carlos responde que por su parte
Dios y todo el mundo conoscerán siempre que no pretendemos ni deseamos
ninguna cosa más que el bien común de la Christiandad. Pero añade a su
embajador:
Y ha parescido, en cualquier caso, esta respuesta ser
conveniente para justificarnos siempre, cuando no se pudiere esperar otra
mejoría, de manera que no nos ha obligado ni ligado…[1007]
Por lo tanto, Carlos V acepta entrar en las negociaciones de paz
que propugnaba Paulo III, pero desconfiaba notoriamente de su resultado.
Con ese ánimo se dirige a Roma. Sabe que Paulo III ha hecho algo más que
mantenerse neutral, pues los preparativos militares de Francisco I han sido
posibles, en buena parte, gracias a que había podido disponer de los diezmos
eclesiásticos sin protesta del Papa, mientras que se prohibía a Leyva que, pese
a su condición de capitán general de la Liga defensiva de Italia, hiciese levas
en tierras pontificias. De ahí una tempestuosa audiencia concedida por Carlos V
al Nuncio pontificio, en la que apoya a lo hecho por Leyva, mientras que a los
intentos apaciguadores del Nuncio, Carlos acababa la entrevista con una velada
amenaza:
… hasta agora no había visto sino palabras y que no podía sufrir
con paciencia ser tratado desta manera…[1008]
§. La entrada triunfal en roma
Y vino el viaje a Roma, al que Carlos V iba obligado por la presión diplomática
de Paulo III, pero que por otra parte ansiaba de todo corazón por el trasfondo
renacentista que en él había.
Porque hay dos aspectos de ese viaje bien distintos que hemos de tratar.
Veremos al César, amante de la Antigüedad, el Carolus Africanus, el
que entra triunfalmente en la Ciudad Eterna, como si se tratara de uno de los
héroes de la Roma antigua —tal el mismo Julio César, tal Trajano—, pero veremos
también al diplomático, al que tiene otra entrevista en la cumbre con el Papa,
y en este caso con Paulo III, protagonizando uno de los sucesos más llamativos
de su reinado: su impetuoso —tan impetuoso como inesperado— discurso ante el
colegio cardenalicio y el cuerpo diplomático para justificar su actuación,
increíble discurso que además haría en español.
Veamos ambas cosas por separado.
El anuncio de que el Emperador se acercaba a Roma, aunque hubiera sido invitado
por el Papa, no dejó de alarmar al principio a los romanos, sabedores de que el
César llegaba con fuerte acompañamiento bélico. ¡No hacía tantos años del
terrible saco sufrido en 1527! De forma que el mismo Paulo III
tuvo que tranquilizar públicamente a su pueblo.
Superado ese momento, Paulo III se preparó con tiempo para recibir
adecuadamente a su imperial huésped. Para ello impuso a la población romana un
impuesto especial, del que obtuvo 50.000 ducados, y durante algunos meses dio
las órdenes precisas para embellecer la entrada de Roma por la Vía Apia hacia
el Coliseo. Encargó realizar las obras precisas a Latino Giovenale Manetti.
Según las referencias de Rabelais, que se hallaba entonces en Roma, Manetti
abatió más de doscientas casas y algunas iglesias, para dejar la vía libre,
entre la puerta de San Sebastián y el Foro romano; eran, en su mayoría,
casuchas de suburbio, y no de la Roma propiamente habitada. Ante todo, se tuvo
buen cuidado de limpiar los alrededores del Coliseo, a fin de que aquel
grandioso monumento pudiera admirarse en toda su magnificencia. Por todas
partes, a lo largo del trayecto que había de seguir el cortejo imperial, se
alzaron arcos triunfales profusamente adornados, con poemas alusivos al que se
consideraba como la espada de la Cristiandad. El 4 de abril, Carlos V llegaba a
San Pablo Extramuros, donde le esperaba el delegado pontificio para darle la
bienvenida. El día 5 la comitiva imperial, como en los cortejos magníficos de
los emperadores antiguos, hizo su entrada en la Ciudad Eterna.
Estamos ante uno de los momentos cumbres del reinado de Carlos V. En 1530 se
había tenido que conformar con ser coronado por el Papa en Bolonia, dados los
graves sucesos que se desencadenaban en el mundo germano, y en particular dada
la amenaza turca sobre Viena. Pero ahora —ahora, en 1536—, la amenaza otomana
se había hecho sentir en el Mediterráneo, y esa amenaza, tan viva sobre Italia,
había sido zanjada con el imperial triunfo de Carlos V en Túnez, con lo que
había sido además su bautismo de fuego.
Era el Carolus Africanus el que entraba en Roma. Y lo haría el
5 de abril, en esas fechas en que la primavera hace de Roma una ciudad
luminosa, refulgente, embriagadora.
Asistamos a esa entrada triunfal.
Abría la marcha una escogida tropa de la infantería imperial: 4.000 veteranos
de la campaña de Túnez, entre los que se encontraban algunas formaciones de los
famosos tercios viejos españoles, por hallarse sus capitanes en el cortejo
imperial, como el duque de Alba y el conde de Benavente; pero también, sin
duda, representantes de aquel mosaico que era el ejército imperial, como los
infantes italianos y los landsquenetes alemanes. Seguía una representación de
la caballería, de 500 jinetes. A continuación iban la nobleza romana y los
embajadores acreditados en Roma, que habían acudido a rendir homenaje al
Emperador, entremezclados con la nobleza española del cortejo imperial. Luego,
como anunciando al Emperador, lo más granado de la juventud romana: cincuenta
adolescentes, vestidos de seda violeta.
Era como el anuncio de la figura imperial, que se presentaba aislado, acompañado
tan solo de los cardenales Sanseverino y Cupis, que iban explicando al César
las singularidades de los monumentos a cuyo lado iba caminando el cortejo. Tras
Carlos seguían los demás cardenales, cabalgando pareados. Cerraban la marcha
200 soldados de la guardia imperial. Todos magníficos, todos suntuosos, en
particular la nobleza y los cardenales. Todos, salvo el propio Carlos V, que de
mano maestra supo dar la nota de la sencillez en su atuendo, aumentando por
contraste la grandeza de su personalidad, puesta por encima de la galas
cortesanas. Montado en caballo blanco, iba atendiendo cuidadosamente a las
indicaciones de sus guías sobre las ruinas y curiosidades de la Roma antigua,
conforme a ese aspecto de su carácter renacentista[1009].
Una entrada triunfal comentada brevemente por el Emperador en su carta escrita
tres días después a su embajador Lope de Soria:
Entramos a cinco del presente y de Su Santidad y de los
Reverendísimos cardenales y de todos los romanos fuimos rescebido con gran
demostración de alegría…[1010]
En efecto, a su paso por el Foro romano el pueblo, agolpado en
todo el trayecto del cortejo imperial, aclamó a Carlos V. Ya no era la
pesadilla de Roma, era su escudo y protector, era el Dux africanus.
En la plaza de San Pedro aguardaba Paulo III al César, entrando con él en la
basílica, asistiendo conjuntamente a una función religiosa. Al día siguiente
tendría lugar la primera entrevista. En ella, el Emperador presentó todas las
quejas que tenía contra Francisco I: mientras el César había empleado su persona
y sus recursos y los de tantos cristianos en domeñar a Barbarroja, el francés
mantenía tratos con él, se armaba a sus espaldas, invadía Saboya y exigía el
Milanesado, primero por medio de la boda de su tercer hijo, el duque de
Angulema, con la Duquesa viuda Cristina de Dinamarca, para cambiar después
planteando que la boda debía ser con su segundo hijo, el duque de Orleans[1011].
Y se vanagloriaba de hallarse tan armado, que podría conseguir el Milanesado
por la fuerza, si es que no se atendían sus pretensiones. Y Carlos V no podía
consentir algo tan en perjuicio de su reputación[1012].
Sin embargo de lo cual, Carlos aceptaría negociar, pero con dos condiciones:
que la boda a tratar fuera la de Cristina de Dinamarca, su sobrina, con el
duque de Angulema, y que Francisco I retirase sus tropas de Saboya[1013].
De hecho, Carlos V tenía ya la guerra como cosa cierta.
Paresce que será inevitable>[1014].
Por lo tanto, desde el primer momento de su estancia en Roma los
más graves asuntos de Estado embargan a Carlos V. No en vano estaba ya en juego
la paz o la guerra, y cada vez se dibujaba con más fuerza el nuevo conflicto
con Francisco I.
Ahora bien, Roma es Roma, y aun con aquella carga, eso no podía olvidarlo
Carlos V, así que pasaría dos días visitándola de incógnito, para mejor
disfrutar viendo sus maravillas[1015].
También pasó en Roma aquella Semana Santa, y con tanta devoción que el Jueves
Santo lavó los pies a doce pobres, conforme a un gesto tan cristiano que hacía
que la grandeza imperial se allanase en tal jornada con los desheredados del
mundo[1016].
Y transcurrida la Semana Santa, cuando se esperaba ya la salida del Emperador
de Roma, surgió lo inesperado: su discurso en español ante el Papa, el Colegio
cardenalicio y el cuerpo diplomático, denunciando a Francisco I como
perturbador de la paz en la Cristiandad y como aliado del Turco y de
Barbarroja.
Un discurso tan vehemente, tan encendido y tan apasionado que provocó un
impacto tremendo y que pronto fue divulgado. ¡Además en español! Sería uno de
los jalones más señalados del reinado de Carlos V.
§. El discurso imperial en Roma de 1536
En efecto, de pronto el lunes de Pascua 17 de abril Carlos convoca ante el Papa
y el Colegio cardenalicio, a los representantes de las naciones extrajeras
sitos en Roma. Y ante ellos, y ante su cortejo y multitud de personajes
romanos, pronuncia su discurso, que hay que entender como un supremo esfuerzo
del Emperador por ganar a Paulo III a su causa, demostrando sus afanes
pacíficos y acusando a Francisco I de ser el eterno violador de la paz. Pero no
solo intenta Carlos V impresionar al Pontífice, sino también ganarse la opinión
pública de Italia. Es un discurso directo, lleno de fuerza, conforme al modo de
ser del César. Y lo más notable para los presentes: un discurso pronunciado en
español.
Ocurre que Carlos V está indignado con su sempiterno rival, que siempre vuelve
a la carga para disputarle su liderato de la Cristiandad, como si se tratara de
un soberano más, olvidando un hecho: que él, Carlos, él es el Emperador.
Francisco había pretendido la corona imperial, pero había sido derrotado. Y
jamás lo había admitido. También había sido derrotado en Pavía e incluso había
sido cogido prisionero. Carlos le había devuelto la libertad, por medio de un
Tratado que había prometido, solemnemente, respetar cuando volviera a Francia.
Y lo que había hecho era renovar la guerra y azuzar al Turco para que invadiera
Hungría y después Viena. Derrotado en todos los frentes, accedía —y ahora
siendo libre— a una nueva paz, aquella de las Damas, que parecía el final de
todas las guerras. Y sin embargo, cuando Carlos ponía su vida en el tablero por
la causa del mundo cristiano, en la dura, peligrosa y temible campaña de Túnez,
en pleno infierno del verano africano, en las jornadas del corazón de julio,
cuando había vencido al enemigo común y liberado a tantos miles de cautivos
cristianos —entre ellos, incluso franceses—, ¿con qué se encontraba el César?
Con las pruebas inequívocas de la alianza de Francisco I con Barbarroja y con
que, a sus espaldas, invadía las tierras de su aliado, el duque de Saboya. Y
ahora, ante la inminente guerra entre ambos, Paulo III no hacía distingos, no
apreciaba quién era el defensor de la Cristiandad y quién era el que hacía
causa común con el Turco, y pretendía permanecer neutral.
Había algo más: como en los juicios medievales, Carlos apelaría a la sentencia
divina. Pues, ¿qué otra cosa querían decir las continuas victorias que en
aquellas guerras había logrado? Así diría al Papa en aquel improvisado
discurso:
… Porque las cosas que en nuestro tiempo han pasado, V. S. y
todos son buenos testigos si de ellas yo he sido causa, para lo cual no queráis
más pruebas y testimonio de las grandes victorias que Dios de continuo nos ha
dado, y muchas veces con tanta desigualdad de gente…, de las cuales cuasi todas
más han sido en nuestros señoríos que de nuestros enemigos. De los cual, aunque
otra cosa no fuese, cada uno podría colegir [haber sido] las dichas cosas
hechas por nuestra parte, más por necesidad de defender lo nuestro que por
[que] el deseo de adquirir lo ajeno nos moviese…
Con ello, Carlos V se enfrentaba a la acusación de que era
objeto, que quería ser dueño del mundo. En cuanto a la guerra contra el infiel,
allí estaba la prueba de cuán distinto había sido el proceder de uno y otro en
la campaña de Túnez:
También creo que V. S. sabrá, y si no sépalo, que al tiempo que
quisimos partir a hacer la empresa de Túnez, le enviamos a rogar para sólo este
efecto nos prestase sus galeras. A lo cual respondió que no lo podía hacer por
cuanto Barbarroja era su amigo, y no solamente esto, más yo propio con mis
manos tomé en la Goleta estas cartas que tengo en la mano, que las enviaba a
Barbarroja en una fragata el rey de Francia, en las cuales hay palabras de tan
familiar amistad cuanto en ellas podrá ver quien ver lo quisiere.
No dudaría Carlos V en afrontar el pleito sobre el Ducado de
Milán, que tanto ansiaba Francisco I: pues bien, estaba dispuesto a que pasara
al duque de Angulema, o incluso al de Orleans, siempre y cuando hubiera
garantías suficientes de que no sería abrir la puerta para que el Rey francés
ambicionase a continuación Florencia, o cualquier otro Estado italiano. Por lo
tanto, haría concesiones Carlos, y no por temor al francés, pues tenía tales
vasallos… Pero oigamos al propio César:
Y esto si algunos piensan que yo lo hago por temor, están muy
errados, porque yo tengo tales vasallos y que tan bien me han servido y ayudado
que, si el rey de Francia los tuviese, a mí sería forzado venir con las manos
atadas a lo que él quisiese. Y que esto sea verdad, nos dan testimonio las
obras que de sus manos han salido.
Un discurso que parece anunciar la guerra. Sin embargo, había
otras salidas, como la planteada en ocasiones anteriores, conforme al espíritu
caballeresco de Carlos V: la lucha personal, el desafío entre los dos
soberanos, el combate de caballero a caballero:
Y por tanto, yo prometo a V. S., delante de este sacro Colegio y
de todos estos caballeros, que presentes están, si el rey de Francia se
quisiere conducir conmigo en campo de su persona a la mía, de conducirme con
él, armado o desarmado, en camisa con la espada y un puñal, en tierra o en mar,
o en una puente o en isla, o en campo cerrado o delante de nuestros ejércitos,
o do quiera y como quiera que él querrá y justo sea.
Carlos V, que llevaba un papel en la mano con el apunte de lo
que había de decir, para no olvidar nada, terminaría dando un plazo de veinte
días a Francisco I para devolver al duque de Saboya su Estado, con esta seria
advertencia:
Y con esto, yo me parto mañana para Lombardía, donde nos
toparemos para rompernos las cabezas. Espero en Dios que será para el rey de
Francia pejora prioribus, y con esto acabo diciendo una vez y tres: ¡Que quiero
paz, que quiero paz, que quiero paz!
El asombro con que Paulo III, lo mismo que los Cardenales
presentes, así como el cuerpo diplomático, oiría aquellas apasionadas razones
del Emperador, no es para dicho. El cronista Sandoval, cuando escribe sobre
aquel suceso medio siglo después, describiría al César «encendido en cólera»[1017].
Lo cierto es que el Papa, creyendo que Carlos V había terminado, y tras de
expresar su deseo de que el desafío entre los dos soberanos no se realizase,
quiso dejar bien sentado su intención de permanecer neutral; eso sí, procuraría
calmar al Emperador, reconociendo que siempre se había mostrado amante de la
paz. No pudo terminar. Contra todo protocolo, Carlos V le interrumpió, y
mirando al apunte que llevaba en la mano para guiarse en su discurso, añadió
que se había olvidado algo muy importante: reclamar de Paulo III que
públicamente expresara cuál de los dos tenía razón. Si consideraba que la tenía
Francisco I, que le apoyase. En caso contrario, él, Carlos V
…invocaba contra Francia a Dios, al Papa y a todo el mundo[1018].
Estamos, lo señalábamos antes, frente a uno de los momentos
cumbres del reinado de Carlos V y también ante una de las ocasiones en que el
César muestra más claramente su personalidad. Como lo había hecho antes en la
Dieta de Worms, nos encontramos con una reacción espontánea del Emperador,
posiblemente tras una crisis nocturna y que sorprende incluso a sus dos
consejeros más cercanos, Granvela y Cobos[1019].
Sin embargo, el gesto imperial tenía su sentido, pues de ese modo justificada
su postura ante la opinión pública de la Cristiandad, y además en su caja de
máxima resonancia: en Roma, ante el Papa, los Cardenales y los Embajadores.
Sabía que su discurso llegaría a todas las Cortes, y muy en particular a las
italianas; unas Cortes italianas que le eran muy propicias, como quien había
librado aquella terrible batalla contra Barbarroja en tierras de Túnez. Por eso
tiene buen cuidado Carlos V de expresar que él no quiere hacer guerras de
conquista, y que para él Milán no es prenda de guerra sino de paz. De modo bien
ostensible quedaba probado que sus victorias sobre el francés —signo de la
justicia de su causa— lo habían sido por defenderse; mientras él, Carlos, había
querido siempre la paz de la Cristiandad, Francisco I no había cesado jamás de
perturbarla. De ese modo justificaba el Emperador la expedición de castigo que
tenía ya proyectada contra Francia, al tiempo que libraba una batalla
diplomática, a fin de forzar al Papa a declararse como su aliado. El proceder
de Francisco I le convertía en el enemigo interno de la Cristiandad y en una
amenaza para el sosiego de Italia. ¿No exigía tal realidad que el Papa la
reconociese, saliendo de su neutralidad?
Es de destacar que Carlos V empleara en aquella ocasión tan señalada la lengua
española, signo de su hispanismo cada vez más creciente, y que hay que tomar
como un gesto de reconocimiento hacia la nación que mejor le estaba sirviendo,
que sería la respuesta dada por él al embajador francés, el obispo de Maçon,
cuando se atrevió a protestar por ello, aduciendo que era lengua que no
entendía:
Señor Obispo, entiéndame si quiere, y no espere de mí otras
palabras que de mi lengua española; la cual es tan noble, que merece ser sabida
y entendida de toda la gente cristiana[1020].
Carlos V no conseguiría sacar a Paulo III de su neutralidad. Su
comportamiento en Roma, tan fuera de los usos diplomáticos, llenó de asombro a
los contemporáneos, entre otras cosas porque el César estuvo más de la hora
hablando, lo cual siendo en español no sería bien entendido de todos, incluido
el propio Paulo III.
Una de las referencias mejores que tenemos es la del embajador de Fernando I,
Martín de Salinas, quien mandaría a Viena un resumen del discurso con este
comentario:
Y para con V. M. ella no va tan larga como S. M. la refirió,
porque así conviene para se poder mostrar y si fuese menester, imprimir.
Y en ella no se hace mención de las palabras que S. M. dixo en forma de
desafío, que fueron que S. M. holgaría, para evitar las muertes de tantas
gentes, sería mejor librarlo de persona a persona, con espadas, capas y
puñales.
Por lo tanto, los consejeros de Estado que estaban con Carlos V,
y sin duda con su conformidad, prepararon un escrito en que se resumía el
discurso orillando lo del desafío. Por otra parte, Salinas insistiría en algo
evidente: que había sido excesivamente largo, lo cual también iba contra las
costumbres diplomáticas del siglo. No había memoria de que un soberano hubiera
actuado jamás de ese modo:
La habla fue muy larga —es el mismo Salinas quien nos lo dice—
porque en ella se narró desde el tiempo que las guerras fueron criadas en
Italia hasta la presente, justificando nuestra partida y narrando los excesos
hechos por el rey de Francia…
Que había sido un gesto personal del Emperador, sin consulta ni
previo aviso o sus consejeros, también nos lo confirma Salinas:
De esta forma no fueron sabidores el Comendador mayor[1021] ni
Granvela y de su propio motu la hizo S. M.
Y añade esta censura:
Yo creo que fuera más limitada si dello fueran sabidores, o a lo
menos las palabras del desafío se excusaran…
Terminaba Salinas con un comentario contradictorio:
El Papa y Cardenales y caballeros y todo el resto quedaron muy
espantados cómo S. M. la dixo, y a todos ha parecido muy bien, porque lo tienen
ser así verdad[1022].
El propio Emperador la referiría a la Emperatriz como algo que
había creído necesario hacer para su justificación[1023].
Pero, ¿qué necesitaba justificar Carlos V ante la opinión pública, y
precisamente en Italia? Sin duda, la guerra que proyectaba desencadenar contra
Francia. Por una vez, él iba a ser el que invadiese el Reino de su enemigo, e
iba a llevarlo a cabo partiendo de Italia. Y eso había que explicarlo, había
que «justificarlo», por emplear la propia expresión imperial, tanto más cuanto
que Carlos V quería estar respaldado por aquella Liga defensiva italiana que
tanto trabajo le había costado levantar en 1530.
Ahora bien, si hemos de atenernos a tal como lo recordaría pasados los años en
sus Memorias, el Emperador no había quedado del todo satisfecho:
En Roma se trató y platicó esta materia[1024] y
pasaron muchas cosas, que no fueron más que palabras sin efecto, de que se
siguieron ciertos escritos que S. M. no quiso tomarse el cuidado de responder,
como muy poco serios, sino que se determinó de seguir su camino[1025][.
En España, la Emperatriz y sus consejeros vieron con
satisfacción lo ocurrido, sobre todo porque se creía que el Papa había aceptado
la convocatoria del Concilio[1026].
De igual modo se tomó en Bruselas, pareciendo muy bien al Consejo de Estado la
justificación carolina, por lo que hacía a su honor y reputación. Un solo
reparo ponía la reina María de Hungría: que su imperial hermano pusiese en
peligro su vida desafiando en combate de hombre a hombre al rey Francisco I[1027].
§. La guerra que no cesa
Un desafío que no era la primera vez que se planteaba, y que una vez más
quedaría sin cumplir. En cambio, lo que ya parecía inevitable era la nueva
guerra entre los dos soberanos, la guerra otra vez encendida con Francia,
aquella guerra que nunca cesaba. Ya en febrero, cuando el Emperador tiene
noticias en Nápoles de la invasión de Saboya por el Rey francés, la da por tan
segura que ordena a la Emperatriz que pusiera en estado de alarma a España
entera. Y ya continuaría sus preparativos para la próxima campaña. Ha dado un
ultimátum al francés de veinte días, en su mismo discurso de Roma, ampliado a
veinticinco en su orden transmitida a su embajador en París, Hannart, pero está
bien seguro de que la vía de las negociaciones está cegada y que solo cabe
acudir a las armas, para reducir a su sempiterno adversario.
Y con ese ánimo, deja Carlos V Roma para enlazar con su ejército, mandado por
Antonio de Leyva, en Lombardía. El 18 de abril se despedía de Paulo III.
A lo largo de su marcha hacia el Norte, Carlos continúa su personal
intervención en la política. A su paso por Siena, en los últimos días de abril,
le alcanza el cardenal de Lorena, enviado especial de Francisco I. No es que el
francés cambie sustancialmente sus condiciones para llegar a un acuerdo pacífico
con el Emperador, pero en el tono de su embajador se observa una mayor
flexibilidad, mientras que ahora es Carlos el que se muestra más irreductible.
El cardenal de Lorena recordó a Carlos V que había prometido entrar en
negociaciones con Francia en torno a Milán, siempre que se dieran seguridades
respecto a la quietud de Italia, añadiéndole que él, como embajador de
Francisco I, tenía poderes para darle todas las seguridades precisas. El
Cardenal trató de disuadir al Emperador, apelando a su deseo de acometer una
cruzada contra el Turco. ¿Acaso no le era necesario para ello contar con la
amistad del rey de Francia, su señor? Sin ella
… no podríamos emplearnos contra el Turco, ni tampoco
hacer la empresa de Argel[1028].
Es como un último esfuerzo francés por desviar la acometida
imperial. Al embajador imperial Hannart se quejaba por entonces Francisco I de
que en el pleito que tenía con el duque de Saboya, Carlos defendiese al
saboyano, que por su boda con la princesa Beatriz de Portugal era su pariente,
cuando Francisco como cuñado lo era más cercano[1029].
El embajador imperial Hannart tenía, en verdad, una delicada misión: dar a
Francisco I la versión del discurso de Carlos V en Roma. Obsérvese que
Francisco I estaba ya bien informado, hasta el punto de tener una relación en
castellano (la que Carlos V mandó a Hannart estaba en francés) y por lo tanto,
más directa que la que el propio Hannart poseía. Así puede ironizar con él
respecto a que si Carlos V había escrito la primera parte de la Crónica, a él
le tocaba acabar la otra mitad. No orilla la cuestión del desafío propuesto por
el Emperador, aunque lo trate en burla: las espadas de ambos eran demasiado
cortas «para combatir desde tan lejos», por lo que a su vez reta a Carlos V a
que se acerque, («si acaesciese que os acercásedes más y le pidiésedes un golpe
de él, no os lo rehusaría…»). Estamos ante el contrapunto al discurso de Roma.
La carta tiene tanto más valor cuanto que nada aparece sobre ella en Lanz, ni
en Brandi.
Pero Carlos V, con la tenacidad que le caracterizaba, no se dejaba apartar de
sus preparativos bélicos, disponiendo los detalles de un doble ataque marítimo
y terrestre contra Francia. El 4 de mayo envía a Garcilaso de la Vega a
entrevistarse con Doria y Leyva, sucesivamente, para ultimar el plan de
operaciones[1030].
En Florencia, su yerno el duque Alejandro de Médicis y su hija Margarita de
Parma le hicieron un magno recibimiento. Se aposentó el Emperador en el palacio
de Cosme de Médicis y estuvo muy atento a ver cómo se aseguraba su yerno en su
nuevo Estado, por ser pieza tan importante dentro del mosaico italiano. Con la
experiencia que iba teniendo de la política italiana, advirtió Carlos al Duque
de los peligros que le acechaban por ser nuevo su señorío y por las intrigas
que no dejarían de hacer los desterrados, como si de ese modo —nos dice
Sandoval— profetizara Carlos V el triste fin del duque Alejandro[1031].
Mientras tanto, sigue los preparativos de la guerra contra Francia. Moviliza
sus fuerzas en España e Italia y recluta 35.000 landsquenetes en Alemania.
Ahora bien, los landsquenetes no estarían listos para entrar en acción hasta el
mes de abril, de los cuales no todos engrosarían su propio ejército con el que
pensaba invadir Francia, pues parte tenía que mandarlos a su hermana María de
Hungría.
Y esa era otra cuestión, no del todo fácil. Carlos V pretendía crear un segundo
frente a Francia en la frontera belga, contrariando los deseos de sus vasallos
de los Países Bajos, que hubieran preferido mantenerse neutrales[1032].
En su avance hacia Lombardía, Carlos llegó a la pequeña villa de Asti donde
pondría su campamento. La villa, asentada sobre la orilla izquierda del río
Tanaro, estaba en las inmediaciones de la línea de fuego. Era el mes de junio.
A 60 kilómetros, en las primeras estribaciones de los Alpes, Leyva había puesto
cerco a Fossano, donde se defendían algunos miles de franceses.
Por su parte Paulo III nombraba, en el Consistorio del 9 de junio, dos legados
para mediar en la contienda: los cardenales Trivulcio y Caracciolo. Gestión
vana. Ambos contendientes iban a recordar los agravios y a poner en primera
línea la cuestión de los prestigios personales, conforme a la mentalidad de la
época. En cuanto a Carlos V, señalaría a los legados la marcha que tomaban los acontecimientos:
su ultimátum desoído, la invasión de Saboya consumada, el embajador imperial
expulsado de la corte francesa, e incluso los primeros actos de hostilidad
iniciados por el francés,
por donde cada uno puede bien entender cómo de más de lo que había sido ya
desde Roma tan provocado y forzado a la guerra, ha sido después constreñido a
ella sin poderlo evitar…[1033] Después
de lo cual, las últimas declaraciones de que «con seguridades convenientes»
estaba dispuesto a la paz, eran una pura ilusión, en la que ni el propio Carlos
V creía. Carlos quería no solo que el francés devolviera al saboyano lo que le
había arrebatado, sino además, «reducirle a que dexe de molestar a Italia y a
la Cristiandad»[1034].
Para ello únicamente había un medio: la guerra. Y comprendiéndolo así, el
Emperador mueve su diplomacia, al tiempo que se apresta a la campaña. Ascanio
Colonna, gran Condestable del reino de Nápoles, es enviado a todas las cortes
italianas, incluida Roma, para dar los últimos toques a la Liga italiana, en la
que Carlos quería aparecer como un miembro más, es decir, no como Emperador o
rey de España, sino con el título nacional de rey de Nápoles. Él, pacificador
de Italia en 1530, veía ahora amenazada su obra por la agresión francesa. Y
Ascanio Colonna debía indicar que el propósito imperial de llevar la guerra a
Provenza, no era sino un intento por alejar de Italia aquella amenaza. En todo
lo cual procede, y así lo declara, «no como Emperador, o como rey de España»,
sino como rey de Nápoles. Evidentemente, Carlos sabía hablar a sus distintos
pueblos en su propio lenguaje[1035].
¿Cuáles eran los efectivos militares con que contaba Carlos V?
Tal ejercito estaba integrado por un núcleo principal de infantería que llegaba
a los 60.000 soldados, de ellos 24.000 alemanes, 26.000 italianos y 10.000
españoles aparte la caballería pesada y ligera y la artillería[1036].
Sobre la artillería poseemos detalles más completos. Se aprestan 70 cañones,
entre piezas grandes y pequeñas, sacadas de las que había en Milán y Génova con
algunas cedidas por el duque de Mantua, y añadiendo las cogidas en La Goleta a
Barbarroja. Para tal artillería se llevaba de munición nada más que 9.900
«pelotas» de hierro y 600 de piedra. Por lo tanto, aparte lo que pudiera
hacerse con la artillería de la armada —que también entraba en los cálculos del
Emperador, como veremos—, la artillería imperial no podía hacer más de 10.500
disparos, cifra ridícula para poder influir en una batalla en campo abierto,
pero que no lo era tanto para la misión que por entonces tenía asignada la
artillería: la de abrir brecha en las murallas de las fortalezas enemigas, para
permitir el posterior asalto de la infantería. Era, por lo tanto, una
artillería de asedio, en la que a cada cañón se le asignaban 150 disparos.
Para arrastrar esa artillería eran precisos más de 1.000 caballos, y para la
munición y pólvora, 300 carros tirados por otros 1.500 caballos. Lo cual,
considerando lo que suponía el caballo en la economía de la época, nos prueba
una vez más hasta qué punto la guerra desbordaba el marco nobiliario. Solo el
príncipe podía acometer gastos de tal calibre[1037].
Acompañaban al Emperador grandes figuras de la época: Antonio de Leyva y Andrea
Doria, como jefes respectivos del ejército de tierra y de la marina, los duques
de Saboya y de Alba, don Fernando de Gonzaga y el marqués del Vasto, entre los
principales. El rey Fernando, su hermano, se había ofrecido a servirle con un
pequeño ejército de 3.000 infantes, 800 caballeros de los llamados de armas,
200 de caballería ligera y 12 piezas de buena artillería, oferta en parte
aceptada por Carlos V, pero solo en cuanto a los efectivos militares de
infantes y caballeros, no de la artillería por contar ya con suficiente. Y en
cuanto a su propia persona, el Emperador le pide a su hermano que siguiera en
el Imperio, donde le haría más falta[1038].
Pero sobre todo, lo que animó al campamento imperial fueron los últimos envíos
en hombres y dinero llegados de España: 4.000 soldados y 600.000 ducados, que
habían traído las galeras imperiales, y que a un cortesano flamenco provocaría
este comentario:
Tout se porte bien en Espagne, et y attend l’on merveilleux
nombre d’or des Indes…[1039]
§. La ofensiva imperial sobre Provenza
El Emperador celebró un Consejo de guerra en Asti, para decidir el mejor plan
de campaña contra Francia. Para Leyva, sin duda la mejor cabeza militar con que
contaba entonces, la guerra se debía limitar a dos fases: la primera, expulsar
a los franceses del Piamonte; la segunda, recuperar Saboya. De ese modo se
despojaba a Francisco I de la plataforma en que se había colocado con su ataque
por sorpresa, y se le arrebataban las bazas con que esperaba contar a la hora
de entrar en las negociaciones de la paz. Por lo tanto, Leyva quería una guerra
subordinada a resolver una crisis política «estrictamente localizada».
Frente a Leyva, Doria sostenía un plan más ambicioso, que no en vano era
marino: la toma de Marsella. Andrea Doria se basaba en el decisivo papel que
había representado la marina imperial en la jornada anterior de Túnez, y la
importancia de la posesión de punto tan clave para el predominio naval en el
Mediterráneo occidental; era el natural contrapunto a la conquista tunecina.
¿Aceptó Carlos V el plan de Doria porque estaba más en consonancia con las
promesas que había hecho a la Cristiandad en su discurso de Roma, el solemne
castigo al quebrantador de la paz de la Universitas Christiana?[1040].
Una minuta de Carlos V nos permite comprobar cuál fue el plan primitivo
acordado en el Consejo de guerra de Asti, un plan verdaderamente ambicioso: no
se trataba solo de acometer la empresa de Turín y de echar a los franceses de
Italia, sino de seguir más adelante, pasando el puerto alpino de Mont-Genèvre,
para caer sobre Grenoble e incluso sobre Lyon, la gran ciudad francesa que las
referencias de los espías daban como centro principal de donde había partido la
última ofensiva gala. Es posible que con ello Carlos V quisiera herir a su
rival en uno de sus centros vitales. Quizá pretendiera, asimismo, aproximarse
de esa forma al Franco Condado, por cuya seguridad andaba entonces temeroso
Carlos V, hasta el punto de que poco antes anotaba marginalmente en una
consulta del Consejo de Estado:
… no conviene fiarse ni asegurarse mucho en las provisiones que
se han enviado al mariscal y al campo de los alemanes franceses[1041],
que me hace temer lo del condado de Borgoña, sobre el cual podría descargar el
exército de Francia, visto lo poco que
puede hacer en otra parte…[1042]
Pero también hay que tener en cuenta ese duelo personal que
Carlos V tenía con Francisco I. Con el plan de Lyon —que fue el primero
aceptado—, el Emperador se lanzaba a una valiente ofensiva, que cubría su
prestigio personal, por el que tanto miraba. Por ello, y por descongestionar la
amenaza que pesaba sobre el Franco Condado (o condado de Borgoña), la última de
las herencias de Carlos V, que había pasado a su poder a la muerte de su tía
Margarita de Austria, es por lo que el Emperador concierta con su Consejo ese
plan de ambiciosa ofensiva.
Pero de pronto surge un serio contratiempo: Fossano. La fuerte resistencia que
ofrecía la guarnición francesa al cerco de Leyva amenazaba prolongarse. ¿Qué
hacer? ¿Seguir adelante con los planes de invasión de Francia, dejando sobre
Turín y Fossano una fuerza de cobertura para salvaguardar sus posibles intentos
contra Milán o Génova? Esa solución, sobre ser arriesgada, enflaquecía el
grueso del ejército imperial. Por otra parte, esperar a su conquista era perder
un tiempo precioso. Carlos, indeciso, envía el 11 de junio a Roeulx, señor de
Balançon, desde Asti donde se halla, al campamento de Leyva sobre Fossano.
Carlos V piensa en cambiar todo el plan de campaña, pero quiere antes conocer
la opinión que más valora en materia militar. Recuerda a Leyva que el plan
primitivo era dejar 10.000 soldados y 300 caballos sobre Turín, facilitar
12.000 infantes y otros 300 caballos a Doria para que efectuara incursiones en
la costa del sur de Francia, y seguir el Emperador con el grueso del ejército
(40.000 soldados y el resto de la caballería, más 50 piezas de artillería),
atravesando el Mont-Genèvre para caer sobre Grenoble y Lyon.
Un plan cuidadoso para el que todo estaba a punto: los tercios viejos
castellanos, las levas de italianos y landsquenetes, la artillería que dirigía
don Pedro de la Cueva, las naves de Doria. Para ponerlo en marcha, un
impedimento: la resistencia de Fossano. Era preciso ganar previamente aquella
plaza porque «será ganar o perder toda la reputación de lo que adelante
habremos de hacer», escribe Carlos V.
Yo soy cierto —añade el Emperador con una entonación personal
que su secretario transforma en la fórmula protocolaria nos— que con lo que
tiene (Leyva) no dexará de hacer todo lo que pudiere, mas porque podría ser que
esto no bastase y que fuese menester más gente y artillería, para lo cual es
menester tiempo, le diréis que parece a algunos que habiendo probado las
fuerzas que agora él tiene, si con aquéllas él no lo acabase, que sería mejor
aguardar a juntar todo lo que para la expugnación sería menester, y todo junto
y de un golpe dar en ellos con tales fuerzas, que o las de los enemigos no
fuesen bastantes a sufrirlas o ya quedásemos desengañados de ver la
imposibilidad de acabar esto por ella…
Incluso cabía el peligro de que los franceses socorriesen a
Fossano, presentándose en Italia con tales fuerzas que desbaratasen por
completo la ofensiva imperial sobre Francia:
Y quedaría yo —comenta Carlos V— con poca reputación de no haber
hecho más.
Por lo tanto, estaba el prestigio del Emperador en juego,
aquella reputación militar ganada en Túnez que será en adelante uno de sus
mayores cuidados. Carlos, siguiendo probablemente el consejo de algún otro
capitán de su cortejo, piensa en otro plan de campaña:
por ser tan adelante el verano y haber dificultades en el camino
de León (Lyon) y Grenoble, que para poder dañar al rey de Francia este año, en
todos casos será juego forzado tomar el [camino] de Niza o Largentera, para dar
en la Provenza.
De esa forma se podría eludir el pasar la artillería por los
Alpes, embarcándola en las naves de Doria. Todo lo expone Carlos V a Leyva,
esperando su opinión con impaciencia. pues ahora ve dificultosa la campaña y su
prestigio de soldado en entredicho[1043].
Por lo tanto, la prolongada resistencia de Fossano le obliga a cambiar el plan
primitivo de caer sobre Grenoble por la ofensiva en Provenza, que era la
propugnada por Andrea Doria; confiando Carlos V en que tanto desde los Países
Bajos como desde Cataluña se ayudara, abriendo otros tantos frentes de combate
al francés.
Curiosamente es entonces cuando Carlos V tantea una maniobra diplomática. Pues
de pronto, le llega la noticia más deseada de Londres: su embajador, Chapuys,
le informaba de la detención de Ana Bolena y su llevada a la Torre londinense[1044].
Para Carlos V, allí se podía ver la mano divina:
Dios ha querido abrir camino…
Y apuntaba a su esposa Isabel, dando por segura la ejecución de
Ana Bolena, la posibilidad de nuevas negociaciones con Enrique VIII, con una
estrecha alianza matrimonial: la doble boda de Enrique VIII —puesto que ya se
habría librado de Ana Bolena— con María de Portugal (la hija de Leonor de
Austria) y de María Tudor con el infante don Luis. Esto es, un doble enlace
anglo-portugués. Y con un increíble optimismo, incluso confiaba Carlos V
conseguir que de ese modo Inglaterra tornara al catolicismo, en lo cual tendría
el inglés el apoyo imperial:
… dándole ciertas esperanzas que Nos, por soldar la dicha
amistad y estrecharla, ternemos la mano en todo…[1045]
Evidentemente una pura fantasía que nunca tendría lugar. En
cambio, seguiría su curso la campaña contra Francia.
Entre el 17 y el 25 de julio franquearía Carlos V los Alpes marítimos, por el
collado de Tenda, al pie de punta Argentera. Lo hizo como un soldado más.
Holgaría vuestra merced —nos relata Martín de Salinas— de ver
cómo S. M. camina esta jornada. Va vestido de soldado, en calzas y jubón y su
corselete vestido y una cuera de seda toda acuchillada y labrada de recamado y
sin otra ropa encima, y una banda de tafetán colorado, que es la seña que todos
llevamos. Quiere pasar los puertos en compañía de los soldados y a la causa va
de este atavío. Es muy grande placer verle tan sano y alegre en estos trabajos,
y no es el que menos parte dellos toma. Dios le dé salud y victoria que todos
se la deseamos. Sé decir a vuestra merced que va la gente de guerra y la que no
lo es, la más alegre del mundo, como si fuesen a jubileo[1046].
¿Recordaba Carlos V las gestas de los grandes Capitanes? ¿Acaso
aquel camino de Aníbal, si bien a la inversa, desde Francia sobre Italia? La
empresa no sería fácil, siendo el ejército más grande hasta ahora alzado por
Carlos V. Delante, abriendo el camino, iba la caballería ligera mandada por
Ferrante Gonzaga. Le seguía el duque de Alba con la caballería pesada («la
gente de armas»). Finalmente iba el Emperador con la infantería. Las tres
formaciones dejaban entre sí un día de marcha. Las jornadas se hacían muy de
madrugada, para evitar el calor de aquellos días de mediados de julio:
De día me aso —refiere el embajador Salinas a su compatriota
Castillejo— y de noche me hielo, de sereno que hace… Traemos tan gran ejército
de pie y caballos que se cubre la tierra; y hasta pasar los montes, o por mejor
decir, los infiernos, venimos repartidos [para] rehacernos en Niza… Desde que
pasamos Fossano hasta aquí, donde estamos, no ha quedado persona ni ropa en
lugar ninguno, y con tan buen hospedaje mire vuestra merced qué vida se
pasaría. S. M. mandó, al tiempo que llegamos al pie de la montaña, que todos
llevásemos bastimentos para seis días, lo cual se hizo, cada cual como pudo. Y
comenzamos a pasar la montaña, lo cual no hay seso de hombre que pueda decir lo
que es, así de trabajos como de peligrosa, y de jornadas excesivas de grandes…
Y era necesario partir a medianoche y caminar con hachas. Y como el camino
fuese tal, una acémila que caía nos impedía, para estar dos horas quedos… Las
trompetas empezaban dentro de dos o tres horas antes del tiempo, y desde aquel
momento es más que necesario ponerse hombre en orden[1047].
El día de Santiago entraba Carlos V en Niza, mientras su
ejército acampaba en las cercanías. En Niza le acogió su cuñada Beatriz,
duquesa de Saboya. Tras un breve descanso, se inició la marcha sobre Provenza,
siguiendo al principio la línea costera, para ayudarse de la armada imperial
que mandaba Doria. Fueron tomadas las pequeñas plazas de Antibes y Cannes, el
corazón de la costa azul, entonces convertido en un desierto quemado, por la
táctica ordenada por Montmorency, jefe del ejército francés.
El 2 de agosto el ejército imperial entraba en Fréjus, donde Carlos V hizo
desembarcar la artillería que mandaba don Pedro de la Cueva. Su designio era
avanzar derecho sobre Marsella, abandonando la costa, que a partir de Fréjus se
inclina bruscamente hacia Mediodía. Si el francés salía a su encuentro tanto
mejor: sería ocasión de librar una batalla decisiva en la que se pusiera de
manifiesto la justicia de la causa imperial. Pues Carlos V buscaba el juicio
divino, al modo medieval[1048].
Claro es que también buscaba el Emperador castigar a su enemigo, llevando la
guerra a sus dominios. Y que esperaba arrebatarle prendas suficientes para
forzarle a la paz.
A partir de Fréjus, el alejamiento de la costa impidió a Carlos V contar con la
ayuda de la armada de Doria. No pudiendo abastecer su ejército por mar, y
encontrándolo todo arrasado a su paso, en su avance por el interior, las
dificultades de la intendencia imperial crecieron alarmantemente. Se llegó a
estar sin carne ni pan para los soldados y sin forraje para la numerosa
caballería. Fue preciso buscar las vituallas lejos del centro de operaciones,
con gran peligro. El paisanaje facilitaba a Montmorency abundante información
de los movimientos del ejército imperial. Con facilidad, los destacamentos
enviados por Leyva en busca de víveres caían en emboscadas preparadas por las
guerrillas francesas. Era peligroso apartarse del grueso del ejército en
aquella tierra hostil y desértica, pero también era peligroso dejar que el
tiempo hiciera su obra. Cada día crecía la penuria en el campo imperial. Los
caballos morían a centenares. Un calor africano —propio del mes y del lugar—
hacía más penosa la situación. Cualquier intento por buscar víveres tenía que
realizarse lejos y con fuerte escolta.
Y otro mal, no pequeño: muchos correos eran capturados por los franceses, con
lo que el mando imperial se vio aislado, carente de la necesaria información. Y
la táctica francesa de la tierra quemada produjo sus efectos, al no poder el
ejército imperial ser abastecido por la marina. Los soldados llegaron a comer
la uva, verde aún, y grano sin moler. Resultado, una terrible disentería que
amenazaba fundir al ejército antes de que entrase en combate. Sobre Avignon
tenía el generalísimo francés Montmorency su campo, formidablemente guarnecido.
Los intentos por hacerse con Marsella fracasaron. Y las noticias que llegaban
de Flandes no eran mejores, habiendo sido rechazado el conde de Nassau en su
marcha sobre París[1049].
Tampoco lo eran las de Italia, donde los aliados de Francia, como el conde
Guido Rangone, habían intentado un golpe de mano para apoderarse de Génova.
§. La retirada
Carlos V tuvo que rendirse a la evidencia: era obligado ordenar la retirada,
antes de que sus fuerzas se vieran tan mermadas que quedasen a merced del
enemigo. ¡Y qué afrenta hubiera sido convertirse en el prisionero del francés,
en sufrir el reverso de la medalla de lo que había pasado Francisco I tras
Pavía! Eso sí que hubiera sido una pérdida de prestigio irreparable.
De ese modo, el 4 de septiembre Carlos V decidía la retirada y así lo
comunicaría a Flandes[1050],
aunque sorprendentemente no la iniciara hasta ocho días después[1051].
Lo haría sin contratiempos mayores, sin verse hostigado por el enemigo, todavía
aferrado a su consigna de no presentar batalla en campo abierto al Emperador.
Era como si todavía flotase en el ambiente el recuerdo de Pavía. Y de ese modo
Carlos V pudo alcanzar Italia sin novedad, viendo como a esos efectos seguía
funcionando la Liga defensiva con las Cortes del norte de Italia, incluida
Venecia[1052].
Pero no del todo sin contratiempos mayores, puesto que en aquella retirada
perdería buena parte de su ejército y alguno de sus capitanes más nombrados.
En efecto, sintió mucho la muerte de Antonio de Leyva, quien recibiría el
homenaje hasta de sus enemigos, que enviarían una litera para alivio de aquel
capitán en su penosa retirada[1053].
Más grave aún sería para España la muerte de otro personaje no menos
importante: el tierno poeta Garcilaso de la Vega, muerto en Muy, en un
encuentro de escaso relieve, que no lo sería para él.
Por lo demás, y ocultando los escasos resultados de su ofensiva, Carlos podría
proclamar algo cierto: la guerra se había librado en aquella ocasión en
Francia, lejos de Italia. Algo que Carlos V resumiría en estas palabras:
Sienta —el rey de Francia— el efecto desta guerra en su propio
Reino…[1054]
Además, el enemigo no se había atrevido a librar combate en
campo abierto; con lo que, en términos caballerescos, la gloria había sido para
él y la deshonra para sus enemigos.
Era un juicio, cierto, poco convincente. Así pude comentar yo un día:
Aquella guerra caballeresca no había dado más de sí[1055].
Capítulo 7
¿Paz o treguas con Francia?
En su retirada a Italia Carlos V pasaría por Niza, donde sería
alojado por los duques de Saboya. Allí quedaría guarnición española, para
salvaguardar la plaza frente a los hostigamientos franceses.
Siguiendo su viaje a Italia, llegaría el Emperador a Génova. Le importaba pasar
pronto a España, pero aún permanecería mes y medio en Génova. Le era preciso
dejar bien afianzadas sus relaciones con sus aliados italianos, ya que era de
temer una contraofensiva francesa. Y había que reorganizar su ejército, empezando
por el nombramiento de un nuevo General en jefe que sustituyera a Leyva, puesto
que recaería en Alfonso de Ávalos, marqués del Vasto[1056],
que ya lo había sido en la empresa de Túnez; acertada elección, como más
adelante tendremos ocasión de ver.
No sería fácil el regreso a España, por los malos tiempos propios de la
estación, estando ya tan entrado el mes de noviembre. Pero aun así, juntada ya
la armada imperial con 30 galeras y algunas otras naves, el Emperador zarpó
para cruzar otra vez el Mediterráneo hacia las costas catalanas.
Tenía prisa por llegar a España, prisa por reunirse con la Emperatriz, prisa, y
aun ansia, por encontrar el refugio familiar, tras la penosa experiencia
sufrida en Francia. Además, le movía otro deseo: el conocer a su nueva hija,
Juana, que había nacido cuando él se hallaba en plena campaña de Túnez.
Y también quería otra cosa, que no deja de llamar la atención: tener una
verdadera reunión familiar, incluida su madre, doña Juana, en Tordesillas. ¡Y
eso en el mes de diciembre, en plenas Navidades!
El 5 de diciembre desembarcaba Carlos V en Palamós. Al día siguiente, cogiendo
la posta, entraría en Barcelona. Pero no tendría en la ciudad condal a la
Emperatriz para esperarle, como había ocurrido tres años antes. Al contrario,
la Emperatriz tendría orden de ir con sus tres hijos a Tordesillas. Allí la
buscaría Carlos V, sin darse tregua en el camino, hasta tal punto que solo
estuvo un día en Barcelona.
En efecto, en la ciudad condal quedarían Nicolás Perrenot de Granvela y
Francisco de los Cobos, para hacerse cargo de los asuntos de gobierno, y
Carlos, dejando durante unos días, por así decir, el poder en sus manos[1057],
siguió su camino, siempre por la posta, para plantarse cuanto antes en
Tordesillas. El 9 estaba en Lérida, el 12 en La Almunia, entraba en Castilla
por Almazán y ya, siguiendo sus jornadas diarias, pasaría por Burgo de Osma,
Aranda, Peñafiel y Tudela de Duero, para lograr el encuentro familiar tan
anhelado el 19 de diciembre, siempre por la posta, y siempre a uña de caballo.
§. Navidades en Tordesillas
¿Estamos simplemente ante un esposo amante y ante un buen padre de familia,
anhelante de abrazarse con los suyos?
Por supuesto. Pero sin duda había algo más: el guerrero herido, o al menos,
maltratado por la lucha sostenida, está ansiando el meterse en aquel refugio y
olvidarse de los negocios de Estado. No es el Emperador que vuelve triunfante,
como en 1533 cuando podía jactarse de haber rechazado al Turco, salvando Viena.
Es el soberano que ha emprendido una empresa mal calculada y que teme lo peor.
Porque el fracaso de la expedición sobre Provenza podía suponer la
contraofensiva francesa en sabe Dios qué frente: acaso descargando sobre los
Países Bajos (donde su hermana María de Hungría daba la voz de alarma), acaso
de nuevo sobre Italia, como tantas veces, pero ahora con más dudoso resultado,
puesto que había muerto el héroe de Pavía, aquel que parecía invencible
soldado, Antonio de Leyva. Y por si fuera poco, se perdía la opción de ver a su
sobrina Dorotea reinando en Dinamarca y se esfumaban los cálculos diplomáticos
de una doble boda anglo portuguesa.
Por lo tanto, una tregua para el Emperador que le haga olvidar las amargas
horas pasadas, una tregua a disfrutar en el seno familiar, como un hombre
cualquiera.
Sería una de las estancias más largas pasadas por Carlos V con su madre, la
reina doña Juana, y las únicas Navidades que pasaría con ella, acompañado de su
mujer, la Emperatriz, y de sus tres hijos. Unas escenas familiares que podemos
evocar muy bien gracias al detalle con que nos las refiere el cronista Pedro
Girón.
Cuando llegó Carlos V a Tordesillas, a las cuatro de la tarde del 19 de
diciembre, se hallaban allí, conforme a sus órdenes, la Emperatriz y sus hijos
y lo más granado de la Corte: los cardenales Tavera y García de Loaysa, el
Condestable de Castilla, el ayo del Príncipe (don Juan de Zúñiga) «y otros
muchos caballeros». Pero debió de llegar demasiado pronto, cogiéndolos por
sorpresa, si hemos de creer al cronista:
Y como se dixo que S. M. entraba, comenzaron a salir y ir a
recibirle abaxo al patio, y como eran tantos, cuando los primeros eran llegados
al pie de la escalera, ya S. M. era apeado, y llegaba al escalera y allí le
comenzaron a besar todos las manos, a quien S. M. las daba muy alegre…[1058]
Carlos V se ve ante sus fieles nobles castellanos, y ante aquel
agolpamiento en que se salta el protocolo, expresa su alegría. En lo alto de la
escalera le aguarda su hijo Felipe, el Príncipe, ya todo un personaje a sus
nueve años, en medio de los dos cardenales Tavera y García de Loaysa. Son,
pues, los únicos que han sabido mantener el protocolo cortesano, sin
descomponer la figura[1059].
Restaba lo principal: el saludo a la Reina, su madre, y el abrazo a la
Emperatriz. Ambas le esperaban en la sala de la casona-palacio donde residía
doña Juana. Lo que sigue del relato del cronista, que se nos aparece aquí como
testigo de vista, es una prueba del respeto que Carlos V manifestaría siempre
hacia su madre, aun con todo que la mantuviera en aquella situación de forzada
reclusión:
Pues añade el cronista:
Y fuese ansí hablando con ellos[1060] hasta
la sala donde estaban la Reina y la Emperatriz. S. M. se hincó de rodillas y
pidió la mano a la Reina, su madre. Ella respondió que se levantase, que ya
sabía que no daba la mano. El Emperador se levantó y abrazó a la Emperatriz.
Ella le hizo una reverencia baxa. S. M. la alzó y tornó a hablar con la Reina,
con quien estuvo un poco hablando…[1061]
¿De qué podría hablar Carlos V con su madre? Evidentemente, no
de asuntos de Estado y sí, con toda seguridad, de su salud y de cómo era
tratada. En el siempre difícil tema del enclaustramiento de la Reina, estas
Navidades que el César quiere pasar con su madre, llevando además a sus seres
queridos, nos da la estampa de un hijo respetuoso con aquella pobre mujer que
está enferma de un mal que la época no sabe tratar bien. Y siendo como es la
Reina, hay que tener sumo cuidado con ella. Ni se la puede suprimir ni se la
puede dejar en libertad. Ni puede, ni quiere Carlos aparecer como el hijo que
se levanta contra su madre, ni puede ni debe dejarla a merced de cualquier
intrigante. Debe tenerla «a buen recaudo», como se lee en los documentos del
tiempo; pero nunca dejará de expresarle su respeto. De ahí que esa imagen del
César, que nos transmite el cronista Pedro Girón —sin duda, presente en aquel
acto—[1062],
de un Carlos V hincando su rodilla, reverenciando a su madre, es de gran valor.
También aquí la carga ética de Carlos V se pone de manifiesto.
En todo caso, el estado de ánimo de Carlos V por hallarse en el seno familiar
queda bien reflejado en las cartas que entonces escribe a las ciudades de
Castilla, como la enviada a Burgos, en la que diría:
Yo, a Dios gracias, llegué y estoy bueno, y así hallé a la
Reina, mi Señora, y a la Emperatriz y nuestros hijos…
Y añadía el César:
… y estoy con el contentamiento que podéis considerar[1063].
Después de un viaje tan largo y tan fatigoso, Carlos V se retira
a descansar; pero aquella noche ha de cenar en público con la Emperatriz y sus
hijos[1064].
Era como una servidumbre que tenían entonces los Reyes: ser vistos por el
pueblo, al menos, claro, por la Corte.
Al domingo siguiente, por la tarde, Carlos es reverenciado por los magistrados
de la Audiencia de Valladolid, con su Presidente a la cabeza —que lo era
entonces Fernando de Valdés, el que andando el tiempo se convertiría en el
temible Inquisidor General—. Hallaron a Carlos V, como si se tratara de un
capitán cualquiera, relatando con entusiasmo la empresa de Túnez; no,
ciertamente, la de Provenza, de tan pobres resultados, sino la tunecina de la
que estaba legítimamente tan orgulloso. Y también aquí la referencia directa
del cronista resulta preciosa:
Hallaron a S. M. en pie, cabe una chimenea. Estaban con él el
señor Príncipe, don Felipe, el Condestable, conde de Miranda, conde de Sirvela,
don Juan de Zúñiga, ayo del Príncipe. Contábales S. M. lo de Túnez, y como[1065][ el
Cardenal y el Obispo[1066] y
los otros entraron, besaron las manos a S. M. sin hablar otra cosa, y
apartáronse y S. M. tornó a contar lo de Túnez…[1067]
Por lo tanto, el César tiene a su auditorio pendiente de su gran
hazaña, de forma que cuando irrumpen en la sala aquellos visitantes, en cuanto
cesan las reverencias, Carlos V vuelve al hilo de su discurso preferido: no,
claro, la malaventurada (aunque más reciente) campaña sobre Provenza, sino las
gloriosas jornadas de Túnez, que habían supuesto, además, su bautismo de fuego,
y en las que había participado de forma activa junto con sus soldados.
Pero todo ello no sin riesgo, y además ausentándose tanto tiempo —casi otros
dos años— de sus reinos de España. Y así no nos extraña que, acabada su charla,
los magistrados tuvieran un aparte con él para darle cuenta de las cosas
tocantes a la Justicia y al buen gobierno de Castilla, y que entonces Valdés le
hiciera un ruego:
… que ya fuese servido de reposar en estos sus Reinos[1068].
En todo caso, unos días de reposo para el César, que ya no
olvidaría. Además, para que la estampa navideña fuese completa, el día de
Navidad se pasó nevando:
Amanesció nevando y nevó dos días y medio quasi sin cesar, que
fue cosa que los hombres viejos dicen que había más de cuarenta años que nunca
se había visto en esta tierra…[1069]
Y fue tanta la nieve caída, que hubo que organizar cuadrillas de
hombres para que abriesen caminos por entre la nieve y tomar medidas para el
aprovisionamiento de la Corte en Tordesillas, que había quedado como cercada
por el temporal[1070].
Pero esto no importó demasiado. Carlos V había querido pasar las Navidades con
su familia en Tordesillas para reverenciar a su madre, como recordaría más
tarde en sus Memorias. También aquí la cita de Pedro Girón es muy
precisa:
Escribió el Emperador a la Emperatriz que se fuese a esperarle a
la villa de Tordesillas, porque
quería ir allí a besar las manos a la Reina, su madre…[1071]
Y su motivo también nos lo atestiguan otros documentos del
tiempo:
S. M. se detuvo en Tordesillas para se holgar…[1072]
Y así pude comentar yo en mi biografía sobre doña Juana:
Después de tan azarosas jornadas, en aquellas Navidades de 1536[1073],
Carlos V quiere vivir de lleno la vida familiar, y escoge para ello a
Tordesillas, para estar también con su madre…
Y añadía:
Eso no se puede silenciar[1074].


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