© Libro N° 6238.
Vida De Cervantes. Anonimo. Emancipación. Julio 20 de 2019.
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original: © Vida De Cervantes. Anonimo
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Miranda
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VIDA DE CERVANTES
Anonimo
Vida de Cervantes
Aclaración
Este
texto ha sido íntegramente tomado de la edición del Ingenioso Hidalgo don
Quijote de la Mancha que se identifica en la página que sirve de presentación.
Sólo se han efectuado los cambios idiomáticos indispensables para adecuarlo al
castellano moderno.
01.jpg
Retrato
atribuido a Juan de Jáuregui, también llamado el Pseudo-Jáuregui. No ha sido
autentificado, y no existe ningún supuesto retrato de Cervantes cuya
autenticidad haya sido establecida.
Patricio Barros
Había
trascurrido más de un siglo desde la muerte de Miguel de Cervantes Saavedra, y
estaba excitando la admiración del mundo tan insigne español, cuando todavía
yacía su nombre casi olvidado en su propia patria, donde por lo menos apenas
eran conocidos los sucesos más importantes de su vida. Sensible es decirlo,
pero un eminente personaje inglés, lord Carteret, fue quien, a la par que hacia
un obsequio a la reina Carolina, esposa de Jorge II de Inglaterra, quiso
recordar a los españoles la obligación de honrar el mérito de uno de sus más
ilustres patricios, encargando a D. Gregorio Mayans la biografía de Cervantes.
Si reprensible había sido el olvido, mayor fue quizás el empeño que desde
entonces mostraron los más afamados literatos, como Sarmiento, Iriarte,
Montiano, Pingarron, Nasarre, Cano, Flores, Pellicer y otros de menos
nombradla, todos los cuales procuraron como a porfía esclarecer la verdad. Pero
el que más se ha distinguido en la dilucidación de las principales vicisitudes
de aquella existencia inquieta y atribulada, ha sido D. Martin Fernández de
Navarrete. En su Vida de Cervantes encuentra uno tanta copia de datos, tanta
finura de crítica y tanta pureza de dicción, que para dar una noticia cabal de
la vida y obras del inmortal autor del Quijote, nada nos parece más acertado
que seguir a tan seguro guía, procurando por nuestra parte, al reducir tan
prolijas investigaciones a los estrechos límites que nos hemos trazado, no
omitir ninguno de aquellos hechos que ofrezcan verdadero interés.
La
noble familia de los Cervantes, oriunda de Galicia, se trasladó a Castilla,
donde se extendió e ilustró su origen, mereciendo por sus proezas y virtudes el
favor y estimación de sus soberanos. Hijos de esta generosa prosapia fueron
algunos de los campeones que acompañaron al santo rey D. Fernando a la
conquista de Baeza y Sevilla; y descendientes de estos e imitadores de sus
altos hechos fueron después varios de los conquistadores del Nuevo Mundo, en el
cual se arraigó y propagó también este noble linaje, mientras que por una línea
trasversal procedía de él Juan de Cervantes, corregidor de Osuna, quien dejó
buena memoria de su gobierno, y tuvo por hijo a Rodrigo de Cervantes, que casó
con doña Leonor de Cortinas, señora ilustre, natural, según parece, del lagar
de Barajas. Fruto de este matrimonio fueron Andrea, Luisa, Rodrigo y Miguel de
Cervantes, el menor de tan honrada familia, muy decaída ya de su antiguo
esplendor, a causa de sus escasos bienes de fortuna. Nació Miguel de Cervantes
Saavedra en Alcalá de Henares y fue bautizado en su parroquia de Santa María la
Mayor el día 9 de Octubre de 1547, verdad que hallándose comprobada y
demostrada del modo más auténtico y convincente, deja por consecuencia
desvanecidas y sin valor alguno las pretensiones de Madrid, Sevilla, Lucena,
Toledo, Esquivias, Alcázar de San Juan y Consuegra, que aspiraron algún tiempo
a la gloria de haber sido cuna de un hijo tan ilustre. La tradición señala
todavía los restos de la casa en que dicen se crió, enclavada hoy en la huerta
de los Capuchinos, y reducidos a una pared y puerta tapiada, con indicios de la
pobreza de sus antiguos huéspedes.
Se
ignoran las circunstancias que fijaron en Alcalá la residencia de esta familia,
y tampoco se tienen otras noticias de los primeros años de Cervantes que las
que algún fugaz y casual recuerdo expresa en sus escritos. Parece muy regular
que hiciese los primeros estudios en su pueblo natal y al lado de sus padres,
sobre todo en época tan señalada para Alcalá, emporio en aquel tiempo de las
ciencias y las letras; pero nada de esto consta con certeza, si bien sabemos,
por lo que él mismo declara, que desde sus tiernos años manifestó decidida
inclinación a la poesía, así como una aplicación y curiosidad extremada, que le
inducía a leer aun los papeles rotos que hallaba en las calles.
Con
mayor seguridad sabemos que Cervantes estudió dos años en Salamanca,
matriculado en su famosa universidad y viviendo en la calle de Moros, lo cual
explica el conocimiento exacto con que pinta las costumbres y circunstancias
peculiares de aquella ciudad y de sus estudios generales, especialmente en la
segunda parte del Quijote y en las novelas del Licenciado Vidriera, y de la Tía
fingida. Por entonces, sin duda, o acaso antes tuvo por maestro de gramática y
humanidades al presbítero Juan López de Hoyos, varón piadoso y grande
humanista, que después fue nombrado catedrático de gramática latina en el
estudio de la villa de Madrid. Es de presumir que Cervantes aprendería con
singular aprovechamiento, si se atiende al cariño que le mostró su maestro años
después. En efecto, hallábase Cervantes en Madrid, cuando en 24 de octubre de
1568 celebraba la villa en la iglesia de las Descalzas Reales las solemnes
exequias de la reina Isabel de Valois, esposa de Felipe II. Encargado el
maestro López de Hoyos por el ayuntamiento de componer las historias,
alegorías, jeroglíficos y letras que se habían de colocar en la iglesia,
procuró que se ejercitasen también sus discípulos en estas composiciones, que
se escribieron unas en latín y otras en castellano, siendo Cervantes de los más
aventajados, según lo manifestó el mismo Hoyos en la historia y relación que
publicó de la enfermedad, muerte y funerales de aquella princesa, colmándole de
elogios y llamándole repetidamente su caro y amado discípulo, que debió serlo
sin duda anteriormente, supuesto que a la sazón contaba ya veintiún años.
Estas
muestras de estimación que ahora pasarían por desmedidas, no deben extrañarse
en aquella época en que aun no estaba formado el gusto y apenas corrían en las
manos de la juventud más libros que las primitivas ediciones de los
cancioneros; pues todavía no se vendían las obras de Boscán y Garcilaso por dos
reales, como decía Quevedo más de treinta años después; se hallaban inéditas
las buenas composiciones de la primera mitad del siglo XVI; los mayores
ingenios de aquel tiempo, fray Luis de León, Herrera y otros borroneaban a sus
solas los preciosos ensayos de su juventud; Ercilla, recién venido de Chile,
arreglaba los borradores de su Araucana, y en aquel mismo año y mes nacía
Valbuena.
Por
entonces llegó también a Madrid de Roma y hubo de conocer y cobrar afecto a
Cervantes monseñor Julio Aquaviva y Aragón, hijo del duque de Atri y muy
estimado de la Santidad de Pío V, quien le había enviado con el encargo de dar
el pésame a Felipe II por la muerte del príncipe D. Carlos, y acaso con
instrucciones secretas para arreglar ciertas competencias de jurisdicción
eclesiástica ocurridas en el estado de Milán. Ambos encargos debían ser
entonces de muy difícil desempeño, aun para persona tan distinguida como el
nuncio, el cual no tardó en ser advertido de la prevención hecha por el rey de
que nadie le diese el pésame por la prematura muerte del príncipe en su
prisión, cuyo suceso daba pábulo a la malignidad y a las hablillas del vulgo y
había subido de punto el humor sombrío del monarca. Si se agrega a esto la
extremada entereza con que siempre sostuvo Felipe II sus regalías, en los
estados españoles de Italia, no se extrañará que el legado fuese recibido con
desabrimiento, ni que se le entregasen, con fecha 2 de diciembre del mismo año
1568, sus pasaportes, señalándosele el término perentorio de sesenta días para
que regresase a Italia por vía determinada. Al avisar el embajador de España en
Roma la misión de Aquaviva decía de él que era mozo muy virtuoso y de muchas
letras, y sin duda se refería también al mismo prelado Mateo Alemán, cuando
afirmaba que vio en la corte a cierto monseñor enviado por Pío V para tratar
con Felipe II negocios de la Iglesia, añadiendo que este legado gustó mucho de
algunos cortesanos de ingenio, y se complacía en obsequiarlos magníficamente y
en tratar con ellos de varias cuestiones curiosas de política, ciencias,
erudición y literatura. Tenía entonces Aquaviva poco más de veinte años, y a
los veinticuatro recibió el capelo.
Como
asegura el mismo Cervantes haberle servido en Roma de camarero, es de presumir
que prendado de su ingenio y penetración, y acaso compadecido de su escasa
suerte, le admitió en su familia y comitiva al regresar a Italia, cuyo viaje
emprendía entonces con suma facilidad y frecuencia la noble juventud española,
sin desdeñarse de servir familiarmente a los papas y cardenales, como lo
hicieron D. Diego Hurtado de Mendoza, D. Francisco Pacheco, y otros muchos para
continuar sus estudios en las famosas universidades y colegios de aquella
península, entre los cuales descollaba el que había fundado en Bolonia para sus
compatriotas el cardenal Albornoz.
Quizás
también siguió Cervantes el ejemplo de los que dejaban su patria incitados del
deseo de ver mundo y de probar ventura en el ejercicio de las armas, que si no
brindaba con riquezas, atraía grande reputación y esclarecido nombre en época
tan gloriosa y memorable para el imperio español. Por las descripciones de
países y costumbres que diseminó en numerosos pasajes de sus obras, se puede
casi trazar la ruta que llevó, por Valencia, Cataluña, el mediodía de la
Francia, el Piamonte, el Milanesado y la Toscana, hasta la capital del orbe
católico; demostrando en ellas el sumo provecho que supo sacar de este viaje su
genio observador.
Poco
tiempo pudo permanecer Cervantes en su nuevo servicio doméstico, puesto que sin
género de desagrado dejó el año siguiente (1569) una casa de la cual conservó
siempre gratos recuerdos y sentó plaza de soldado en las tropas españolas
residentes en Italia, abrazando desde entonces una profesión que, según sus
mismas expresiones, aunque arma y dice bien a todos, principalmente asienta y
dice mejor en los bien nacidos y de ilustre sangre.
No
tardó mucho en proporcionársele teatro en que acreditar su heroísmo; porque
faltando el gran Turco Selim II a la fe de los tratados que tenia hechos con la
república de Venecia, invadió en plena paz la isla de Chipre que aquella
poseía. Los venecianos imploraron entonces el auxilio del papa y de los
príncipes cristianos, y aunque por celos y rivalidades no todos ellos
respondieron al llamamiento, el rey Felipe II, excitado por el pontífice,
acudió presuroso al peligro común, uniendo las galeras y tropas de España a las
naves pontificias y venecianas, que juntas se dirigieron en el verano de 1570,
bajo el mando de Marco Antonio Colona, duque de Paliano, a los mares de Levante
para atajar los progresos del enemigo; más suscitáronse disensiones entre los generales
confederados, y aprovechándose de ellas los turcos, tomaron por asalto a
Nicosia, adelantaron sus conquistas, se fortalecieron en Chipre y dieron lugar
a que las tempestades disminuyesen las fuerzas navales, precisándolas a
retirarse a sus respectivos puertos. Entre las cuarenta y nueve galeras de
España que a cargo de Juan Andrea Doria se unieron en Otranto con Colona, se
comprendían veinte de la escuadra de Nápoles que mandaba el marqués de Santa
Cruz, reforzadas con cinco mil soldados españoles y dos mil italianos.
Hallábase entre ellos la compañía del valerosísimo capitán Diego de Urbina,
dependiente del tercio de D. Miguel de Moneada, no menos famoso por sus
hazañas, y en ella servía de soldado raso Miguel de Cervantes. En esta calidad
hizo la campaña de aquel verano a las órdenes superiores de Colona, embarcado
probablemente en una de las galeras españolas de la escuadra de Nápoles, en
cuya ciudad quedó de invernada a su regreso, mientras se aprestaba y mejoraba
el armamento de las naves para la empresa del año siguiente. El celo y eficacia
de la corte de Roma, que no desmayó por las desgracias anteriores, logró
concluir el 20 de mayo de 1571 la famosa liga contra el Turco, entre su
santidad, el rey de España y la señoría de Venecia; se nombró además por el
mismo tratado generalísimo de todas las fuerzas reunidas de mar y tierra a D.
Juan de Austria, y se pusieron por obra cuantos medios dictó el celo de la
religión, el amor de la patria y el espíritu de-gloria militar para el buen
éxito de tan grandiosa empresa.
Apenas
se hizo saber a D. Juan de Austria su nombramiento, reunió en Barcelona los
famosos tercios de D. Lope de Figueroa y de D. Miguel de Moneada, que acababan
de darle insignes pruebas de valor y pericia militar en la guerra contra los
moriscos de Granada, y dio con ellos la vela de aquella rada para Génova,
adonde fondeó el 26 de julio con cuarenta y siete galeras, mientras se
comisionaba a Moneada para excitar a la república de Venecia a que cooperase a
la empresa que había provocado. Entretanto, se completaban en Nápoles los dos
mencionados tercios con los soldados nuevos que ya servían en la armada, y así
fue como la compañía de Urbina quedó incorporada al tercio a que correspondía.
Reuniéronse sin tardanza en Mesina las fuerzas marítimas y terrestres de las
naciones aliadas, y en la distribución de tropas en las diferentes escuadras y
bajeles cupo a Cervantes ser destinado con su capitán y compañía a la galera
Marquesa de Juan Andrea Doria, que mandaba Francisco Sancto Pietro. La armada
de los coligados estaba dividida en tres escuadras de combate y dos de
descubierta y reserva, y se asignó a la galera Marquesa su puesto en la tercera
escuadra que mandaba Agustín Barbarigo y formaba el ala izquierda. Después de
haber socorrido a Corfú y perseguido a la armada enemiga, se descubrió esta en
la mañana del 7 de octubre hacia las bocas de Lepanto, y forzada a batirse por
su situación, empezó el ataque por el ala de Barbarigo poco después del
mediodía, y haciéndose general la batalla con gran empeño y obstinación de los
coligados, terminó al anochecer con la victoria más gloriosa de las armas
cristianas que cuentan los anales de los tiempos modernos.
Hallábase
a la sazón Cervantes enfermo de calenturas, por cuya razón quisieron disuadirle
su capitán y otros compañeros de armas de que tomase parte en la acción,
instándole para que se estuviese quieto en la cámara de la galera ; pero él,
lleno de valor y de espíritu militar, les replicó: «Señores, ¿qué se diría de
Miguel de Cervantes? En todas las ocasiones que hasta hoy en día se han
ofrecido de guerra a su Majestad y se ha mandado, he servido muy bien y como
buen soldado; y así ahora no haré menos, aunque esté enfermo e con calentura:
más vale pelear en servicio de Dios e de su Majestad e morir por ellos que no
bajarme so cubierta. » Pidió entonces con las mayores instancias a su capitán
que le destinase al paraje de mayor peligro; y condescendiendo Urbina con tan
nobles deseos, le colocó junto al esquife con doce soldados, donde peleó con
tanto heroísmo, que solos los de su galera mataron quinientos turcos y al
comandante de la capitana de Alejandría, tomando el estandarte real de Egipto.
Rechazando hasta el fin las arremetidas de los enemigos, recibió Cervantes en
tan gloriosa batalla tres arcabuzazos, dos en el pecho y uno en la mano
izquierda que le quedó manca y estropeada, de lo cual hizo honorífico alarde el
resto de su vida, mostrando en testimonio de su valor tan señaladas heridas y
cicatrices, como recibidas, dice, en la más alta ocasión que vieron los siglos
pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros, y como estrellas que
guían a los demás al cielo de la honra y al de desear la justa alabanza;
prefiriendo en fin haberse hallado en tan insigne jornada a tanta costa al
estar sano sin haberse encontrado en ella, porque el soldado, añade, más bien
parece muerto en la batalla que libre en la fuga.
El
mal estado de salud en que se hallaba Cervantes debió influir necesariamente en
la gravedad de sus heridas; pero en medio de este cuidado tuvo entonces la
honorífica satisfacción de que, visitando el día siguiente D. Juan de Austria a
los soldados heridos en el puerto de Petela, adonde se había retirado la
escuadra victoriosa para reparar sus averías, fue atendido por su ilustre
general el príncipe D. Juan de Austria.
Cervantes
permaneció curándose en el hospital de Mesina, donde también mandó socorrerle
D. Juan de Austria en cuatro ocasiones diferentes, ya por la pagaduría de la
armada, ya de gastos secretos y extraordinarios ; y cuando el 29 de abril de
1572 se halló en el caso de volver al servicio, se ordenó a los oficiales de
cuenta y razón que asentasen en sus libros de cargo a Miguel de Cervantes tres
escudos de ventaja al mes en el tercio de D. Lope de Figueroa, que fue a Corfú
en las galeras del marqués de Santa Cruz y se halló en la jornada de Levanté
bajo el mando de Colona, así como en la malograda empresa de Navarino, dirigida
por Alejandro Farnesio, a quien ya se había unido el príncipe generalísimo. Así
lo hace constar en su memorial, y lo confirman algunos testigos en las
informaciones, y por lo mismo pudo referir con tanta prolijidad y exactitud en
su novela del Cautivo los sucesos de aquella campaña, y asegurar con propiedad
en la dedicatoria de la Galatea que había seguido algunos años las banderas de
Marco Antonio Colona.
Frustrado
este plan que tal vez hubiera anticipado más de doscientos cincuenta años la
independencia de la Grecia, se resolvió después de muchas vacilaciones y
consultas emplear aquellas fuerzas contra los estados berberiscos, que tan
cómodo asilo ofrecían en sus puertos a los corsarios. Veinte mil soldados,
entre los cuales se incluían los del tercio en que militaba Cervantes, salieron
de Palermo el 24 de setiembre, y esta expedición se posesionó de la Goleta y de
la ciudad de Túnez. Para guarnecer esta plaza y su alcazaba dispuso D. Juan de
Austria que el marqués de Santa Cruz se apoderase de una y otra con la
prudencia y cautela a que obligaban las circunstancias, y al efecto sacó de la
Goleta dos mil quinientos veteranos, entre los cuales se contaban cuatro
compañías del tercio de Figueroa, que hadan temblar la tierra con sus
mosquetes, según la expresión de Vanderhamen[1]. Es más que verosímil que
Cervantes fue uno de estos veteranos, pues no solo afirmó en su citado memorial
haberse hallado’ en esta expedición de Túnez, sino que resulta la misma
convicción de la exactitud y conocimiento con que refirió en la expresada
novela los sucesos y circunstancias más individuales de aquella jornada.
En
seguida destinó D. Juan á Cerdeña las catorce compañías mandadas por Figueroa,
para que atendiendo a la custodia de aquella isla, se hallasen al mismo tiempo
en mayor proporción de auxiliar a las plazas de África si fuese necesario.
Desde
fines de 1573 hasta principios de mayo del año siguiente estuvo Cervantes con
su tercio de guarnición e invernada en la isla de Cerdeña, y de allí fue
trasportado al Genovesado en las galeras de Marcelo Doria, para quedar en
Lombardía a las órdenes de D. Juan de Austria. A principios de agosto llevó
este consigo aquel tercio a Nápoles y Mesina, y con sus mejores soldados
reforzó las naves con que emprendió, aunque en vano, el socorro de la Goleta.
Después de este suceso quedó Cervantes con su mismo tercio en Sicilia a las
órdenes del duque de Sesa. Restituido a Nápoles el príncipe D. Juan en 18 de
junio de 1575, concedió poco después a Cervantes licencia para volver a su
patria después de tantos y tan señalados merecimientos.
En
estas peregrinaciones acabó Cervantes de visitar las principales ciudades de
Italia, de las cuales dejó tan bellas y exactas descripciones en muchas de sus
obras.
En
aquel suelo, clásico, emporio entonces de las ciencias y del buen gusto en las
artes y las letras, fue donde Miguel de Cervantes, aplicado a la lectura de los
poetas y escritores italianos, y a su trato y comunicación por más de seis
años, adquirió aquel caudal de doctrina y erudición que le hacen tan admirable
en sus escritos.
Tales
fueron las empresas en que se halló Cervantes durante aquellos años militando,
como decía él mismo, debajo de las vencedoras banderas del hijo del rayo de la
guerra Carlos V, de felice memoria.
Pero
viendo que tan distinguidos servicios no habían sido remunerados cual
correspondía, y hallándose estropeado de resultas de sus heridas y trabajos,
obtuvo, como se ha dicho, licencia del señor D. Juan de Austria para venir a
España a solicitar el premio que tan justamente merecía; a cuyo fin le franqueó
aquel príncipe las más expresivas cartas de recomendación para el rey,
suplicando a S. M. le confiriese una compañía de las que se formasen en España
para Italia, por ser hombre de valor y de muy señalados méritos y servicios. D.
Carlos de Aragón, duque de Sesa y de Terranova, virrey de Sicilia, escribió
también a S. M. y a los ministros con encarecida recomendación a favor de un
soldado tan digno como desgraciado, que se había captado por su noble virtud y
apacible condición, por su valor y subordinación el aprecio de sus jefes y
camaradas.
Dispuesto
todo en esta forma, y con las más lisonjeras esperanzas, se embarcó Cervantes
en Nápoles en la galera de España llamada el Sol, en compañía de su hermano
Rodrigo, valeroso soldado también, de Pero Diez Carrillo de Quesada, gobernador
que fue de la Goleta y después general de artillería, y de otras personas de
cuenta que se restituían a su patria; pero habiendo encontrado en la mar el día
26 de setiembre de 1575 una escuadra de galeotas que mandaba Arnaute Mamí,
capitán de la mar de Argel, fue combatida la galera española por tres de
aquellos bajeles enemigos, especialmente por uno de veinte y dos bancos que
gobernaba el arráez Dalí Mami, renegado griego, a quien llamaban el Cojo; y
después de sostener un combate tan obstinado como desigual, en que se
distinguió Cervantes por su valor, hubo de rendirse a fuerzas tan superiores, y
ser llevada a Argel como en trofeo, quedando cautivos cuantos venían en ella, y
tocando a Cervantes tener por amo en el repartimiento al mismo arráez Dalí
Mamí. Es muy probable que en el libro V de la Galatea aludiese a las
circunstancias de este combate, cuando pintó el que sostuvo la nave en que
venía Timbrio a España desde Italia con el mismo Arnaute Mamí, que fue el
caudillo principal de la escuadra que le cautivó.
Se
estremece el ánimo a la relación del indigno trato que hacían sufrir a los
infelices cristianos aquellos desalmados, dentro de aquella madriguera de
piratas que con mengua de la Europa civilizada subsistió por espacio de dos
siglos más, hasta que en 1830 tuvo la Francia la gloria de vengar de tamaño
ultraje a la humanidad. Los cautivos eran adjudicados por tasación a los
partícipes en el atentado, y estos quedaban dueños absolutos de sus personas,
con plena potestad de vida y muerte. Destinábanlos a los trabajos más penosos,
los encerraban en baños pestíferos, cargados de cadenas; los vendían ó trocaban
a su antojo, exigían cuantiosas sumas por su rescate, hasta dejar arruinadas a
sus familias, y a la menor falta ó desmán los ahorcaban con la más fría indiferencia,
ó les imponían castigos todavía más atroces. No por eso descuidaban inducirles
a renegar de su fe, valiéndose de halagos, de promesas y de la perspectiva de
una holgada fortuna.
Cupo
en suerte nuestro Cervantes al arráez Dalí Mamí, que le había apresado. El
agradable aspecto de su cautivo, el señorío de sus maneras, su bravura en el
combate, el respeto que no obstante sus juveniles años le manifestaban sus
compañeros de desgracia, y sobre todo las encarecidas cartas de recomendación
que le encontró de sus ilustres caudillos, le hicieron creer al arráez que este
cautivo era persona principal de quien podría obtener un gran rescate. Tratóle
pues con todo el rigor compatible con la conservación de su mísera existencia,
teniéndole muy guardado y sujeto, y valiéndose de los padecimientos de un
desdichado para la satisfacción de su codicia; de suerte que las mismas prendas
exteriores y morales con que había dotado el cielo a Cervantes, los testimonios
de aprecio que en una ocasión singular había recibido, sirvieron solo para su
mayor tormento.
Situación
era esta capaz de abatir al más esforzado; pero el alma de Cervantes era
inflexible: desde que se vio privado de su libertad, no pensó ya más que en
recobrar este bien inestimable. Esta es la parte más interesante de toda la
vida de Cervantes: en ella se engrandeció su alma altiva, se aguzó su ingenio y
subieron de punto su heroísmo y generosidad. Parece una novela lo que vamos a
referir; pero ningún suceso de cuantos le atañen se halla más plenamente
justificado que esta serie de tentativas arriesgadas en que a cada paso
comprometió su cabeza para alcanzar su libertad, y cuando no, para salvar la
vida de sus cómplices y clientes en causa tan gloriosa.
Á
pesar de tanta vigilancia no tardó en presentársele oportunidad de fugarse de
la casa de su amo*; y buscando un moro que le sirviese de guía, le indujo a que
le acompañase por tierra basta Oran, plaza de la costa que ocupaban los
Españoles. Reuniéronsele para esta empresa varios cautivos de su predilección,
con quienes, a costa de aumentar su riesgo, quiso compartir el beneficio,
siendo el alma y caudillo de esta expedición, como lo fue siempre de todas las
demás tentativas que trazó y dispuso su fecundo ingenio, estimulado por el
deseo de la libertad. Pero después de haber andado alguna jornada el moro
abandonó 4 los fugitivos, quienes tuvieron que volver a Argel a recibir severos
castigos de sus patrones. El de Cervantes, que según noticias no era de los
menos duros, redobló sus cadenas y estrechó más y más su triste encerramiento
para asegurar la esperanza de un buen rescate.
Tan
pronto como la familia de Cervantes tuvo noticia de la desgracia, no perdonó
medio para el recobro de tan caras prendas: malvendió su corto patrimonio,
empeñó los dotes de las dos hijas solteras, recurrió a los amigos, y
sujetándose a toda clase de privaciones quedó reducida a la mayor estrechez.
Este caudal de lágrimas llegó a Argel más de dos años después del apresamiento;
pero no pudo satisfacer por su cortedad las exigencias de Dalí Mamí, que no
quiso soltar a su cautivo; y así fue aplicado al rescate de su hermano Rodrigo,
quedando Miguel sin más esperanzas de salvación que las que Dios quisiese
depararle. En tan amarga situación, encargó a su hermano que al llegar a las
costas de las Baleares ó de Valencia procurase enviarle una embarcación armada,
que atracando en punto determinado pudiese libertar y conducir a España al
mismo Cervantes y otros cautivos que se hallarían prevenidos para el caso. El
punto de la recalada se designó junto a una casa de campo distante como a tres
millas de Argel, propia del alcaide Azán, renegado griego, y cultivada por un
esclavo suyo natural de Navarra, llamado Juan el Jardinero. Había en el jardín
una cueva muy oculta, donde con mucha anticipación fueron guareciéndose los
cautivos a medida que se fugaban de las casas de sus amos. Juan velaba por su
seguridad, mientras Cervantes dirigía aquella maquinación proveyendo a todo y
ofreciendo este medio de salvación a los cautivos de su confianza. Pero la
depositó muy sobrada en uno que llamaban el Dorador, natural de Melilla, que
después de haber renegado de su fe en su juventud, se había vuelto a
reconciliar con la Iglesia, y había sido posteriormente cautivado. Este cuidaba
de comprar los víveres y conducirlos a la cueva con el recato que es de
suponer, y debía ser uno de los prófugos. Todo estaba dispuesto: la noche
aunque incierta de la libertad se iba acercando, y Cervantes se ocupaba en
recoger a sus amigos más rezagados, con el disgusto de no haber podido atraer
al doctor Antonio de Sosa, su amigo y confidente, eclesiástico de estoica
virtud, que lleno de achaques y guardado con especial vigilancia por su amo no
pudo acompañarle. Por fin llegó la fragata que, manteniéndose lejos de la costa
todo el día 21 de setiembre, se arrimó ya de noche, y su tripulación verificaba
el desembarco, cuando atemorizada por los gritos de unos moros que acertaron a
pasar por allí tuvo que hacerse a la mar. En seguida repitió la tentativa de
acercarse a la costa, pero esta vez con más desgracia aun, pues alarmada la
gente de aquel campo, no solo frustró el plan sino que apresó a toda la
tripulación del bajel. Quedaron en consecuencia los de la cueva privados de
toda esperanza y socorro, y para colmo de infortunio el Dorador, que era un
taimado hipócrita, descubrió al rey Azán el secreto de los cautivos escondidos
y los medios con que Cervantes había dispuesto y manejado aquel asunto.
Hallábanse reducidos a la mayor desesperación, cuando se presentó el comandante
de la guardia de Azán, guiado por el delator, con veinte y cuatro infantes armados
de alfanjes, lanzas y escopetas, y algunos turcos de a caballo. Solo dieron
tiempo a Cervantes para advertir a sus compañeros que descargasen sobre él toda
la culpa, y encarándose con el comandante, le dijo que él solo había fraguado
aquel proyecto y seducido a los demás, y que sobre él solo debía recaer
cualquier castigo. Asombrados los agresores, tanto como los capturados, de
tanta generosidad y presencia de ánimo, despacharon un propio al rey, quien
mandó que aquellos infelices fuesen encerrados en su baño, y que solo a
Cervantes le llevasen a su presencia. Para esto le maniataron, y así tuvo que
entrar el animoso joven en Argel, a pié y perseguido por los insultos de aquel
bárbaro populacho.
Era
el rey Azán hombre muy diferente de su antecesor Uchalí en quien reconocían los
cautivos ciertos rasgos de hidalguía que honran su memoria. La ferocidad de
aquel era sin límites: trataba a sus esclavos peor que a las bestias,
teniéndolos en la mayor desnudez y necesidad; se deleitaba en atormentar a sus
semejantes y a veces ejecutaba con sus propias manos los suplicios a que
caprichosamente los condenaba. Cervantes le caracterizó perfectamente con un
magnífico pleonasmo, diciendo que era natural condición suya ti ser homicida de
todo el género humano. El infame Dorador que, renegando por segunda vez, vendió
a sus compañeros, poco tiempo pudo gozar la recompensa, pues murió
miserablemente tres años después en el mismo día 30 de setiembre, aniversario
de su infame traición.
Es
de advertir que por costumbre de aquella república eran propiedad del rey los
esclavos perdidos ó fugados que prendían sus esbirros, y así es que valiéndose
de este derecho tenía Azán cerca de dos mil encerrados en su baño, nombre que
allí daban a los depósitos de tan lastimosa mercadería.
Presentado
Cervantes ante este monstruo, tuvo que sufrir un capcioso interrogatorio,
acompañado de terribles amenazas. La codicia de Azan le indujo a querer
complicar en este asunto al padre Jorge Olivar, de la orden de la Merced,
comendador de Valencia, que a la sazón se hallaba de redentor en Argel. Avisado
del intento, tomó sus precauciones y trató de salvar en manos del doctor Sosa
los ornamentos y vasos sagrados de la profanación de los infieles, por si
llegaba el caso de prendérsele. Más a pesar de todos los medios que se usaron
para vencer la firmeza de Cervantes, siempre se mantuvo en las mismas
declaraciones dadas en el acto de su prisión: que él solo era el autor de todo,
y que todos eran víctimas de su seducción. Cansado el rey de su constancia, y
sin poder sacar otra respuesta ni noticia, se contentó con apropiarse todos
aquellos cautivos, y entre ellos a Cervantes, a quien mandó encerrar en su
baño, cargándole de cadenas y hierros, con intención todavía de castigarle.
El
otro Azán, el alcaide, dueño de la posesión donde se hallaba la cueva, reclamó
a su cautivo Juan el hortelano, a quien ahorcó por sus propias manos. Dalí
Mamí, usando de su valimiento, recobró también a Cervantes, pero muy poco
tiempo después lo vendió por el precio de quinientos escudos al rey, quien
creyó haber hecho un buen negocio, pues no podía creer que hombre tan
extraordinario no valiese mucho en su patria. Entre los dos mil cautivos
encerrados en el baño del rey, gemían otros tres caballeros, relacionados con
el gobernador español de Oran, donde tenía también Cervantes algunos amigos.
Cinco meses después, juntando las recomendaciones de todos, consiguió ganar a
un moro que se ofreció a llevar las cartas, dirigidas a que se les enviase
algunos espías y personas de confianza con quienes pudiesen realizar la fuga.
El moro salió para cumplir su encargo; pero tuvo la desgracia de que a la
entrada en Oran le interceptasen otros moros las cartas que llevaba,
conduciéndole preso a Argel, donde viendo Azán la firma y nombre de Cervantes,
mandó empalar al moro, que murió sin declarar cosa alguna, y que a Cervantes le
diesen dos mil palos, echándole de entre sus cristianos. Pero alguna gracia
como suya debió de decir Cervantes en aquel conflicto, supuesto que el rey,
desarmada su cólera, revocó la orden del castigo, suerte que no tuvieron otros
a quienes en distintas ocasiones se imputaron iguales conatos. Tantos peligros
corridos y milagrosamente esquivados hicieron más precavido a Cervantes, pero
sin extinguir aquella sed de libertad que le abrasaba. Vino a trabar amistad
con un renegado natural de Granada, llamado Girón, que había tomado el nombre
de Abderramán y deseaba volver a su primitiva creencia y a su patria.
Persuadióle a que adquiriese y armase una fragata bajo el pretexto de hacer el
corso, y que en ella se huyese de Argel llevando consigo una porción de
cautivos de lo más florido. Para los fondos, se acudió a un mercader valenciano
establecido en aquella plaza, por nombre Onofre Exarque, el cual aprontó más de
mil trescientas doblas, y con esto y otros recursos se acudió a lo más
necesario.
Todo
lo tenían preparado y sesenta cristianos iban a romper sus grillos; pero aun
entre ellos hubo un Judas. Cierto Juan Blanco de Paz, que se titulaba doctor y
había sido religioso dominico, mal sacerdote y hombre perverso, revoltoso y
malquisto de todos, supo el proyecto y cometió la villanía de ir a delatarlo al
rey Azán, de quien recibió por todo premio un escudo de oro y una jarra de
manteca. El rey disimuló por el pronto, para hacer extensiva su venganza a
muchos conjurados, y al efecto dio sus disposiciones para sorprenderlos en el
mismo acto. Cuando supieron que se hallaban descubiertos, el terror se apoderó
de todos. Viendo Onofre Exarque comprometida no solo su hacienda sino su vida,
propuso a Cervantes que él daría la suma pedida por su rescate, suplicándole
encarecidamente que aceptase el partido, y salvándose a sí mismo le librase de
aquella angustiosa situación; pero Cervantes, que penetró toda su desconfianza
y cuán indecoroso le era huir del peligro dejando en tanto riesgo a sus
compañeros, no solo no quiso aceptar la oferta, sino que procuró tranquilizarle
diciéndole que ningún tormento, ni aun la muerte misma, bastaría para que él
descubriese a ninguno de sus compañeros, antes bien se culparía a sí mismo para
salvarlos a todos.
Hasta
ver el aspecto que tomaban las cosas, huyó del baño, acogiéndose bajo el amparo
de un antiguo camarada, el alférez Diego Castellano ; pero como pocos días
después se mandó con público pregón buscar a Cervantes, imponiendo pena de la
vida a quien le tuviese oculto, temió ocasionar algún daño a su amigo, ó a
algún otro cristiano, y resolvió presentarse espontáneamente, fiándose para
ello de un renegado murciano llamado Morato Raez, por sobrenombre Maltrapillo,
amigo íntimo del rey, por cuyo medio esperaba salir mejor del apuro. Azán se
mostró muy irritado cuando le vio, mandó que le pusiesen un cordel a la
garganta y le atasen las manos atrás, como para ahorcarle, si no confesaba ;
pero Cervantes, siempre impávido, echó toda la culpa sobre sí y sobre otros
cuatro caballeros que estaban ya en libertad, hasta que cansado Azán de la
inutilidad de sus pesquisas, ó cediendo a la fascinadora influencia de un
esclavo cuya superioridad no podía menos de reconocer, mandó que encerrasen a
Cervantes en la cárcel de los moros, que estaba en su mismo palacio, donde le
tuvo cinco meses aherrojado con grillos y cadenas, y desterró a Girón al reino
de Fez. Así terminó esta tentativa desgraciada, que hubiera podido serlo más,
sin una misteriosa disposición de la Providencia. Por una acción tan noble
cobró Cervantes, según la expresión del alférez Luis de Pedrosa, gran fama, loa
y honra y corona entre los cristianos.
No
se limitaban los designios de Cervantes a recobrar su libertad y la de sus
compañeros de infortunio. Alentado por el ejemplo de dos valientes españoles
que le habían precedido en empresa tan ardua y temeraria, y el considerable
número de más de veinte y cinco mil cautivos con quienes podía contar para su
ejecución, concibió el plan de alzarse con Argel para entregarlo a Felipe II y
destruir aquel asilo de los piratas del Mediterráneo. Hubiéralo conseguido,
según las atinadas disposiciones que había tomado, si la ingratitud y
malevolencia de algunos conjurados no descubriera sus intentos, frustrándolos
para siempre, y exponiendo su vida a ser víctima de tan abominable perfidia. El
mismo Cervantes decía que estas empresas quedarían por muchos años en la memoria
de aquellas gentes, y aseguraba el P. Haedo que con ellas se pudiera hacer una
particular historia. No era por consiguiente la opresión y custodia en que
tenia a Cervantes el rey Azán un mero efecto de su condición severa y
destemplada, sino una medida de precaución por su propia seguridad y la de su
república; y por eso solía decir que como tuviese bien guardado al estropeado
español, tendría segura su capital, sus cautivos y sus bajeles.
Mientras
ideaba medios tan arriesgados para obtener su libertad, sus desvalidos padres,
arruinados ya con el rescate de su hermano mayor, hacían en Madrid las más
activas diligencias con el objeto de conseguir el de Miguel. Para hacer constar
sus servicios, solicitaron una información judicial. D. Juan de Austria, que de
ellos había sido testigo y justo apreciador, había muerto ya; el duque de Sesa
expidió una certificación muy expresiva citando sumariamente los méritos de
Cervantes, y otros muchos testigos de sus hazañas en el ejército y en el
cautiverio los declararon ante la autoridad. Entre estos pasos vino a fallecer
agobiado por tantas pesadumbres su padre Rodrigo, cuya viuda doña Leonor de
Cortinas los continuó sin descanso con todo el amor de una madre, hasta que
ayudada de su hija Doña Andrea pudo entregar a los religiosos de la orden de la
Trinidad trescientos ducados. Una persona piadosa, Francisco Caramanchel,
doméstico de un consejero, dio cincuenta doblas, y otras cincuenta se le
aplicaron de la limosna general de la orden Redentora. Para acrecentar esta
cantidad dirigió al rey Doña Leonor de Cortinas una súplica, apoyada con la
información judicial y la certificación del duque de Sesa, para que S. M. en
consideración a los méritos de su hijo y a la pobreza en que ella estaba, le
concediese alguna gracia para rescatarle. Atendió el rey a esta instancia,
concediendo a Doña Leonor en 17 de enero de 1580 permiso para que del reino de
Valencia se pudiesen llevar a Argel dos mil ducados de mercaderías no
prohibidas, con tal que su beneficio e interés sirviese para el rescate de su
hijo; pero fue tal la mala suerte de esta familia, que no llegó a tener efecto
esta gracia, porque tratando de beneficiarla, no daban por ella sino sesenta
ducados.
Entre
tanto los padres de la santísima Trinidad, cuya gloriosa expedición dirigía el
padre fray Juan Gil, acompañado del padre fray Antonio de la Bella, ministro
del convento de Baeza, emprendieron su viaje a Argel, adonde llegaron el 29 de
mayo de 1580 y empezaron a tratar desde luego del rescate de los cautivos. La
dificultad que tuvieron en el de Cervantes le retardó algún tiempo, porque Azan
pedía por él mil escudos para doblar el precio en que le había comprado, y
amenazaba que si no le aprontaban esta cantidad le llevaría consigo a
Constantinopla. Había Azán finalizado su gobierno, que por orden del Gran Turco
entregó a Jafer-bajá, e iba a partir para aquella capital con cuatro bajeles
suyos y de su mayordomo, armados todos con esclavos y renegados propios,
llevando además la escoltado otros siete buques que regresaban a Turquía, y ya
tenía a bordo a Cervantes, asegurado con grillos y cadenas. Compadecido el P.
Gil de su situación, y temiendo se perdiese para siempre la ocasión de lograr
su libertad, rogó e instó con la mayor eficacia hasta conseguir rescatarle en
quinientos escudos de oro en oro de España, buscando para ello dinero prestado
entre los mercaderes, y aplicándole varias cantidades de la redención y de las
limosnas particulares hasta completar aquella suma. Concluido este concierto, y
gratificados con nueve doblas los oficiales de la galera por sus derechos, fue
desembarcado Cervantes el 19 de setiembre, en el momento mismo en que dio la
vela Azán Agá para su destino.
Recobrada
su libertad, todavía permaneció Cervantes en Argel hasta fines de aquel año,
agasajado de cuantos conocían sus bellas prendas. Solo su delator, el
mencionado Juan Blanco de Paz, que como todos los perversos aborrecía
preferentemente a los que más había agraviado, puso en juego cuanto pudo
sugerirle su infernal ingenio para desacreditar y perder a quien no había
podido asesinar. Temía tal vez que de regreso a España Cervantes descubriese su
infame proceder, y así es que trató de formarle secretamente una causa criminal
sobre su conducta, seduciendo a unos testigos con dádivas y promesas de su
libertad, y sorprendiendo la sencillez de otros con aparatos de gran autoridad
y valimiento.
Con
tan dañado propósito fingió y divulgó ser comisario del santo Oficio, con
cédula y comisión del rey para ejercer allí sus funciones, y aun se atrevió a
requerir a los padres redentores de España y de Portugal, al respetable doctor
Sosa y a otros eclesiásticos que le reconociesen por tal y le prestasen
obediencia; pero exigiéndole estos sus despachos, vieron que no los tenía, y
reprendieron severamente tan ruin intención y tan enorme delito.
En
tales antecedentes fundaba Cervantes la necesidad de acrisolar su conducta para
acreditarla en España ante el rey y sus tribunales de un modo que desvaneciese
toda sugestión maligna de sus émulos. Nada le quedó que desear en esta parte,
porque la información que recibió el P. Gil, y que por fortuna existe original
en el archivo general de Indias establecido en Sevilla, es la apología más
completa, donde resaltan, como en la pintura las luces entre las sombras, las
nobles prendas y virtudes de su corazón al través de los vicios y viles
maquinaciones de sus calumniadores.
En
este precioso documento dieron sus declaraciones los cautivos más autorizados
que existían entonces en Argel, exponiendo los hechos que hemos referido y
alabando su ocupación virtuosa y cristiana en hacer bien a los pobres cautivos,
y en distribuir entre ellos lo poco que tenia y podía allegar para mantenerlos
y satisfacer sus jornales, evitando por este medio que los maltratasen sus
patrones. Aparece además y consta en la información por testimonio uniforme de
tantas personas calificadas y veraces, que Cervantes fue siempre exacto en
todas las obligaciones y prácticas de un cristiano católico; que su celo
fervoroso y su instrucción sólida en los fundamentos de la fe, le empeñó muchas
veces en defenderla entre los mismos infieles con grave riesgo de su vida; que
con el mismo espíritu animaba para que no renegasen a los que veía tibios y
desalentados; que su nobleza de ánimo, sus buenas costumbres, la franqueza de
su trato, y su ingenio y discreción le granjeaban muchos amigos, complaciéndose
todos en reconocerle por tal; que su popularidad y beneficencia le captaban
igual concepto y aprecio entre la muchedumbre; que sin embargo de esto conservó
aun en su esclavitud todo el decoro propio de sus circunstancias, tratando y
conversando familiar y amigablemente con los sujetos más distinguidos por su
estado y condición; y que los mismos padres redentores, conociendo su talento y
buenas prendas, no solo le trataron con singular aprecio, sino que consultaban
y comunicaban con él los asuntos y negocios más arduos de sus encargos y
comisiones.
En
vista de todo esto no es de admirar que Cervantes diese, durante su vida, tanta
importancia a los acontecimientos que promovió en Argel y a los trabajos y
persecuciones que padeció por esta causa; ni menos debe extrañarse que
conservara tan viva su gratitud a los padres redentores y a su caritativo
instituto, del cual hizo un digno elogio en la no. vela de La Española inglesa.
El padre Haedo confiesa que el cautiverio de Cervantes fue de los peores que
hubo en Argel, y también él decía muchos años después que en aquella escuela
aprendió a tener paciencia en las adversidades. Estas no pudieron con todo
marchitar la lozanía de su ingenio, ni sofocar su amor y su pasión a las
letras. Consta que allí escribió versos, algunos de ellos sobre asuntos de
piedad, y acaso deben referirse a esta época los romances infinitos de que
habla él mismo en su Viaje al Parnaso.
Concluidas
las diligencias que le habían detenido en Argel, recogió testimonio de ellas, y
partió para España lleno de las más halagüeñas esperanzas a fines del mismo año
1580, logrando según él mismo dice, uno de los mayores contentos que en esta
vida se puede tener, cual es el de llegar después de largo cautiverio, salvo y
sano a su patria: porque no hay en la tierra, añade, contento que se iguale a
alcanzar la libertad perdida.
Al
tiempo de su llegada estaba Felipe II ocupado enteramente en la conquista de
Portugal, y el ejército castellano permanecía en aquel reino, tanto para
conservar la tranquilidad pública como para preparar la reducción de las islas
Terceras. Continuando Rodrigo Cervantes su carrera militar, se hallaba en aquel
ejército, ya en clase de alférez, y su hermano Miguel conoció que las
circunstancias no le proporcionaban medio más oportuno de conseguir sus
pretensiones que el de volver a servir en las tropas que estaban en Portugal,
donde esperaba nuevas ocasiones de distinguirse. Reunióse pues a su antiguo
tercio que subsistía a cargo de D. Lope de Figueroa, y se componía de soldados
veteranos ejercitados en las guerras de Levante y de Flandes. Por entonces las cortes
de Francia e Inglaterra que disimuladamente apoyaban las pretensiones de D.
Antonio, prior de Ocrato, a la corona de Portugal, sostenían la rebeldía de las
Terceras e intentaban apoderarse de los tesoros que de las colonias españolas
conducían las flotas, con cuyas miras recorría los mares una poderosa escuadra
francesa. Para combatirla fue puesto al frente de la española D. Álvaro de
Bazán, marqués de Santa Cruz, quien embarcó en sus naves los aguerridos tercios
de
Figueroa
y Bobadilla, por lo cual se cree que Cervantes concurrió a la batalla naval
ganada el 25 de julio de 1582 en las aguas de la isla de San Miguel, así como
al sangriento desembarco verificado en la isla Tercera, en 15 de setiembre del
año siguiente; pero no hay noticias positivas de sus aventuras y hechos de
armas durante sus tres campañas de 1581 a 1583: solo sabemos que por aquel
tiempo estuvo en Mostagán de donde fue enviado con cartas y avisos del alcaide
de aquella plaza para Felipe II, quien le mandó pasar a Oran, sin duda por
hallarse allí de guarnición el tercio ó la compañía en que todavía militaba. En
alabanza del ínclito marqués de Santa Cruz compuso un buen soneto que publicó
algunos años después el licenciado Cristóbal Mosquera de Figueroa en sus
Comentarios de la jomada de las islas Azores.
También
con esta época debieron coincidir ciertos amores de Cervantes con una dama
portuguesa, de quien tuvo una hija natural llamada Doña Isabel de Saavedra, la
cual siguió a su padre en sus varios destinos y vivió en su compañía y en la de
su mujer, formando parte de su familia.
Concluida
la guerra con la completa reducción de las posesiones portuguesas, se retiró
Cervantes del servicio militar, después de quince años de vicisitudes y
adversidades. En medio de una vida tan agitada y de tan varios viajes y
destinos había compuesto y concluido para fines de 1583 La Galatea, novela
pastoral, que fue la primera obra suya que publicó, y en que satisfaciendo su
inclinación a la poesía y al cultivo de su lengua propia, quiso acreditarla
fecundidad de su ingenio, dar a conocer algunas de sus aventuras ó sucesos
particulares y alabar a los poetas que entonces florecían. Dióse a luz esta
obra a principios del año inmediato, y como al mismo tiempo que Cervantes
publicaba estas aventuras, galanteaba con fines honestos a una dama principal,
no puede quedar duda de que esta fue la verdadera heroína de su novela. Poco
tiempo después de publicada, es decir en 12 de diciembre de 1584 contrajo
Cervantes matrimonio con doña Catalina de Palacios Salazar y Vozmediano, de una
ilustre familia de Esquivias. Debían de ser de tiempo atrás muy estrechas las
relaciones entre las familias de los desposados, por cuanto el padre de
Cervantes había nombrado por albacea en su testamento a la madre de la que vino
a ser después su nuera. Cervantes estableció el domicilio conyugal en la misma
villa de Esquivias, al parecer muy modestamente, pues no daban para más ni la
dote de su mujer ni los bienes del marido. Como la carrera de las armas le
había reportado más gloria que provecho, fuéle preciso aguzar el ingenio para atender
a sus nuevas obligaciones; sea por esto ó porque su genio franco y sociable no
se acomodase a la vida de un hacendado lugareño, la proximidad a Madrid le
proporcionó residir a temporadas en la corte adónde iba a activar sus
pretensiones y cultivar sus amistades. Túvolas muy estrechas con los más
afamados ingenios de aquel tiempo, cuya benevolencia se había granjeado ya por
los elogios que acababa de prodigarles en el Canto de Calíope, inserto en el
libro sexto de su Galatea.'
Entonces
fue cuando Cervantes vio representar con general aplauso en los teatros de la
corte Los Tratos de Argel, La Numancia, La Batalla naval y otros dramas que
había compuesto; pero sus triunfos no podían ser permanentes, porque, como él
mismo dice, inmediatamente entró a dominar el teatro el monstruo de naturaleza,
el gran Lope de Vega, y se alzó con la monarquía cómica, y avasalló y puso
debajo de su jurisdicción a todos los farsantes, llenando el mundo de comedias
propias, felices y bien razonadas, y eclipsó por consiguiente no solo las que
Cervantes había visto celebradas, sino las de los demás escritores que le
precedieron. De casi todas estas comedias ignoramos hasta los títulos, pues
únicamente han llegado a nosotros El Trato de Argel y La Numancia, habiéndose
perdido todas las demás, inclusa La Confusa, que él tenía por la mejor. No hay
para qué analizar estas producciones; basta que digamos que en ellas erró su
vocación por segunda vez.
Otro
género de ocupaciones alejaron a Cervantes de la escena literaria por espacio
de cerca de veinte años. Pasemos rápidamente y como sobre ascuas por este
período desagradable. La situación en que se hallaba iba empeorando cada día:
veíase agobiado con las obligaciones que trae consigo el matrimonio, y la
manutención de sus hermanas e hija; advertía desatendidos sus méritos y
servicios sin haber obtenido la menor recompensa, y se miraba con más de
cuarenta años de edad y estropeado de la mano izquierda, pareciéndole
dificultoso en tales circunstancias emprender otra carrera, ó aspirar a un
empleo que le sostuviese con la decencia que correspondía. Para lograrlo aceptó
el encargo de temporal comisario ó factor de provisiones para la armada; se
trasladó con este motivo a Sevilla en 1588, allí prestó sus fianzas, desempeñó
este cargo hasta 1592 y rindió sus cuentas. Miraba naturalmente esta ocupación
nada más que como escala para mayores ascensos, y no descuidaba por lo tanto
sus pretensiones. En efecto, el año 1590 solicitó de S. M. un oficio de los que
se hallaban vacantes en Indias, señalando particularmente la contaduría del
nuevo reino de Granada, la de las galeras de Cartagena, el gobierno de la
provincia dé Soconusco en Guatemala, y el corregimiento de la ciudad de la Paz.
Esta resolución manifiesta bien cuál era la situación de Cervantes cuando se
acogía, como él mismo decía, al remedio a que otros muchos perdidos en aquella
ciudad (Sevilla) se acogen y que es el pasarse a las Indias, refugio y amparo
de los desesperados de España. Este recurso lo pasó el rey en 21 del mismo mes
al presidente del consejo de Indias; y por decreto fecho en Madrid a 6 de junio
se contestó que buscase Cervantes por acá en que se le hiciese merced.
Fiado
tal vez en esta promesa, volvió Cervantes a Madrid en 1594; pero solo pudo
conseguir otra comisión del consejo de contaduría mayor para la cobranza de
ciertas cantidades que procedentes de tercias y alcabalas reales debían varios
pueblos del reino de Granada. En estas y otras comisiones semejantes visitó la
mayor parte de los pueblos de Andalucía, cuyos caminos, costumbres y las más
menudas circunstancias describió en sus obras como testigo ocular,
particularmente en sus Novelas, que casi todas las escribió en esta época,
aunque no las publicó hasta mucho después. De aquel estado, ya que no próspero,
algo tranquilo al menos, le sacó la desgracia ó mala fe de un mercader llamado
Simón Freire de Lima, a quien había entregado, para su giro a Madrid, siete mil
cuatrocientos reales procedentes de lo recaudado en Velezmálaga y su partido.
Con motivo de haber vuelto protestada esta letra tuvo que pasar Cervantes en
1595 a Sevilla; Freire se había declarado en quiebra y se había fugado de
España, y de aquí se originaron para Cervantes una serie de disgustos y
calumnias, como también una larga prisión. En 1597, según las cuentas formadas
por las oficinas, resultó contra él un descubierto de dos mil seiscientos
cuarenta y un reales, y por real provisión se dio orden a un juez de Sevilla
para que le prendiese y a su costa le enviase preso a la corte, a disposición
del tribunal de contaduría mayor; pero el encarcelado representó y se le puso
en libertad bajo la fianza de presentarse dentro de treinta días en Madrid a
rendir cuentas y pagar el alcance.
Terminada
su segunda comisión, todavía residió en Sevilla, donde desempeñó algunas
agencias de particulares, y el año 1598 compuso su célebre soneto sobre el
túmulo erigido en aquella catedral con ocasión de las exequias de Felipe II, a
pesar de su posición subalterna, trató familiarmente con las personas más
distinguidas por su clase y su saber que existían en Sevilla, ciudad culta y
poderosa y patria entonces de clarísimos ingenios. Allí vio morir al divino
Herrera, cuya memoria honró, con un soneto, y fue uno de los más asiduos
concurrentes a las reuniones tenidas en el estudio del amable pintor y poeta
Francisco Pacheco, quien sacó su retrato entre los muchos de personas eminentes
que tuvo la laudable curiosidad de recoger.
Faltan
documentos para saber los sucesos de Cervantes desde fines de 1598 hasta
principios de 1603, y es esto tanto más de sentir cuanto más interesante seria
conocer las circunstancias que le dieron ocasión e impulso para escribir su
libro inmortal: El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Todos convienen
en que por aquellos años estuvo en la Mancha, de lo cual se conserva allí una
tradición constante y general, siendo cierto que tenia enlaces y conexiones de
parentesco con varias familias ilustres establecidas en aquella provincia. Unos
aseguran «que comisionado para ejecutar a los vecinos morosos de Argamasilla a
que pagasen los diezmos que debían a la dignidad del gran priorato de San Juan,
lo atropellaron y pusieron en la cárcel; otros suponen que esta prisión dimanó
del encargo que se le había confiado relativo a la fábrica de salitres y
pólvora en la misma villa, para cuyas elaboraciones empleó las aguas del
Guadiana en perjuicio de los vecinos que las aprovechaban para beneficiar sus
campos con el riego; y no falta en fin quien crea que este atropellamiento
acaeció en el Toboso por haber dicho Cervantes a una mujer algún chiste
picante, de que se ofendieron sus parientes e interesados. La fama de linajudos
y quisquillosos de que gozaban los pueblos de aquel distrito, la tradición que
todavía subsiste en Argamasilla de que en la casa llamada de Medrano estuvo el
encierro donde permaneció Cervantes padeciendo largos trabajos, y sus mismas
expresiones de que su libro fue engendrado en una cárcel, donde toda
incomodidad tiene su asiento, dan lugar a multitud de conjeturas que en vano se
ha pretendido apurar. Que la prisión que sufrió en Argamasilla debió ser
injusta, se infiere además de que Cervantes no solo no se recató, sino que hizo
gala de ella. Como quiera, debemos deponer todo resentimiento por aquella
dichosa prisión, que tanto gusto y entretenimiento ha dado y dará aun al género
humano.
La
corte se hallaba establecida en Valladolid hacia dos años, cuando Cervantes
tuvo que trasladarse en 1603 a aquella ciudad, según se cree para responder a
las nuevas notificaciones que todavía le hizo la contaduría mayor, pues aun
andaba a vueltas el fastidioso expediente del antiguo descubierto. Sin duda
debieron ser satisfactorios sus descargos, puesto que continuó residiendo en la
corte el resto de su vida, a vista del mismo tribunal que tanto le había
molestado por un débito tan corto. Como quiera, no debió ser nada ignominioso
el delito de Cervantes, cuando vemos la tranquilidad de ánimo que manifestó
siempre, apoyada en el testimonio indudable de su conciencia y honrado
proceder, y comprueba esta conjetura el silencio que guardaron en este punto sus
enemigos y rivales, aun mencionando aquel suceso con la dañada intención de
zaherirle.
El
famoso duque de Lerma, gran valido de Felipe III, era entonces el árbitro
dispensador de los empleos y de la fortuna ó desgracia de los españoles:
halagüeño y mañero más que bien entendido, según decía Quevedo, usó de su
privanza en provecho propio más que en el común. De aquí nació que el mérito,
el talento y la virtud fueron desatendidos, no sin censura y sentimiento de los
buenos. El P. Sepúlveda, que escribía entonces en el Escorial cuanto ocurría y
observaba, se lamentaba con patriótico celo y santa indignación de ver
arrinconados y sin premio alguno tantos y tan famosos capitanes y valerosos
soldados, mientras que a su vista eran colmados de mercedes hombres sin
servicios ni méritos, por solo el favor que accidentalmente gozaban de los
ministros ó cortesanos, ó por estar colocados en ocupaciones sedentarias de
pocos días. Si Cervantes, como es de presumir, tuvo entonces necesidad de
presentarse a aquel inepto valido para exponerle sus servicios, sus méritos y
sus desgracias, no es extraño que le recibiese con desdén y le tratase con
menosprecio, según refieren algunos escritores de aquel siglo. Con tan amargo
desengaño halló Cervantes cerrada la puerta a sus esperanzas, de modo que,
abandonando sus solicitudes de recompensa, se vio obligado a buscar otros
medios de subsistir, ya ocupándose en varias agencias y negocios, ya trazando y
escribiendo algunas obras de ingenio, ó ya finalmente limando y perfeccionando
las que tenia para dar al público. Con tan mezquinos arbitrios, y el favor que
después pudo granjearse por medio de sus amigos de otros protectores más justos
e ilustrados, señaladamente del conde de Lemos y del arzobispo de Toledo,
Sandoval, vivió Cervantes el resto de su vida, aunque pobre y oscuramente,
siendo admirable la cordura y moderación que distinguió su conducta en este
último período. Si alguna vez depositó en el seno y confianza de la amistad las
quejas y resentimientos que tenia con el duque, siempre habló en sus obras
públicas con el decoro y miramiento que la prudencia tributa a los que tienen
en sus manos la suerte de los pueblos y la prosperidad ó miseria de muchas
generaciones.
Tal
vez la situación apurada en que le pusieron estos desvíos y desengaños hicieron
a Cervantes acelerar la publicación del Quijote para que los lectores juiciosos
e imparciales, midiendo por esta obra la elevación y amenidad de su ingenio, y
recordando por la novela del Cautivo los méritos de su juventud, compadeciesen
su mala suerte, y este sentimiento excitase su indignación contra la
indiferencia e injusticia de los que la causaban. La primera parte del
Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha salió a luz publicada en Madrid a
principios de 1605. ¿Cómo es posible que elogiemos debidamente este esfuerzo
del ingenio, este libro asombroso, el más festivo que ha producido el espíritu
humano, la admiración del mundo durante más de dos siglos, la envidia de las
naciones extranjeras, el recreo del vulgo, la medicina de los mal humorados, y
el repertorio inmenso de todas las gracias de la conversación? La posteridad lo
contempla atónita, sin atreverse a decidir cuál sea más admirable en él, si la
fuerza de la fantasía que lo inventó, el gusto con que se ejecutó ó la dicción
con que se expresó. Las prensas no cesan de reproducirle en todas partes, los
doctos y los indoctos no se cansan de leerle, los eruditos lo comentan y
analizan, ya entusiasmándose con sus perfecciones hasta la idolatría, ya
haciendo notar algunos de sus defectos, que parecen puestos allí para abonar
sus bellezas.
Supónese
no obstante que el público recibió el Quijote con indiferencia, y que
conociendo Cervantes que su obra era leída por los que no la entendían, procuró
excitar la curiosidad valiéndose de las ingeniosas y discretas revelaciones del
Buscapié, obra anónima en que aparentando hacer una crítica del Quijote, se
indicaba que era este una sátira llena de instrucción, y que los
interlocutores, aunque de mera invención, no dejaban de tener alguna semejanza
con ciertos personajes ó vivos ó recientes que habían tenido a su cargo el
gobierno de la monarquía. Como ignoramos si el Buscapié salió a luz al mismo
tiempo que el Quijote, ó si fue muy posterior, no podemos graduar el influjo
que tuvo para que esta obra fuese recibida desde luego cotí tan general aplauso
de las gentes, como manifestó su autor en la segunda parte. Consecuencia de
esta aceptación fue el haberse hecho a lo menos cuatro ediciones en el mismo
año de 1605 en que se publicó la primera, y haberse multiplicado en los
inmediatos por Francia, Italia, Portugal y Flandes.
Del
entusiasmo público no participaron algunos escritores, entre los cuales es de
lamentar los hubiese de verdadero mérito, como Espinel, Villegas y Góngora, que
cediendo a la mala tentación de censurar hasta las obras más acabadas,
manifestaron que muy lejos de ser el celo de corregir y mejorar los hombres el
que les dictaba, obedecían a las inspiraciones de la vanidad, a los estímulos
de su amor propio y al agudo pesar con que miraban las glorias ajenas. Del
mismo Lope de Vega hay indicios de resentimiento, que algunos han procurado
negar; pero por lastimoso que sea ver a dos hombres tan eminentes descender de
su altura al campo de las vulgares miserias, preciso es confesar que si no hubo
rompimiento, hubo por lo menos cierto desvío. Verdad es que quisieron
recíprocamente invadir el patrimonio que la naturaleza les había señalado. Se
empeñó Cervantes en escribir comedias y cayó en un punto más abajo de la
medianía; quiso Lope escribir novelas y apestó.
Un
acontecimiento funesto e imprevisto vino a turbar la tranquilidad de Cervantes
y su familia pocos meses después de publicado el Don Quijote. No parece sino
que una tenaz fatalidad le perseguía por todas partes. Residía en la corte un
caballero navarro, de la orden de Santiago, llamado D. Gaspar de Ezpeleta,
aficionado según la costumbre del tiempo a justas, torneos y galanteos, el cual
en la noche del 27 de junio de 1605 se encontró a la orilla del Esgueva con un
hombre armado, que se empeñó en alejarlo de allí, por cuya razón después de
algunas contestaciones sacaron las espadas y se dieron de cuchilladas, quedando
mal herido B. Gaspar, que comenzó a pedir socorro y pudo refugiarse con trabajo
a una de las casas que estaban más próximas. Cabalmente vivía en uno de sus dos
cuartos principales Doña Luisa de Montoya, viuda del célebre cronista Esteban
de Garibay, con dos hijos suyos, y en el otro Miguel de Cervantes con toda su
familia, a las voces de D. Gaspar acudió uno de los hijos de Garibay, y viendo
que entraba un hombre en el portal derramando sangre, con la espada
desenvainada en la una mano y en la otra el broquel, llamó a Cervantes, que
estaba ya recogido. Entre ambos le subieron al cuarto de Doña Luisa de Montoya,
donde falleció en la mañana del 29.
Para
la averiguación del caso se procedió a las diligencias judiciales, y si bien no
pudo descubrirse el matador, hubo algunos indicios de que las heridas y muerte
de D. Gaspar habían provenido por competencia de obsequios y galanteos
dirigidos bien a la hija ó a la sobrina de Cervantes, ó bien a otras señoras de
las varias que habitaban los dos cuartos segundos y otro tercero de la misma
casa; por lo que fueron puestas en la cárcel diferentes personas, y entre ellas
Miguel de Cervantes, su hija, su sobrina y su hermana viuda; pues es de
advertir que de las declaraciones tomadas a los testigos en aquella
circunstancia, resulta que tenía entonces en su compañía a su mujer Doña
Catalina de Palacios Salazar, a su hija natural Doña Isabel de Saavedra,
soltera, de más de 20 años, a Doña Andrea de Cervantes, su hermana, viuda, con
una hija soltera llamada Doña Constanza de Ovando, de 28 años, y a Doña
Magdalena de Sotomayor, que también se llama su hermana, y era beata, de más de
40 años de edad. También resulta de las mismas declaraciones que Cervantes se
empleó en Valladolid, según lo había hecho durante su mansión en Sevilla, en
agencias particulares, como un arbitrio para mantener su numerosa familia. Poco
después de recibidas las confesiones salieron de la prisión bajo fianza
Cervantes, su hija, hermana y sobrina.
En
el año siguiente de 1606 se restituyó la corte a Madrid, y es muy regular que
la siguiese Cervantes, fijando su residencia en esta villa, no solo para
continuar sus agencias, ó proporcionarse otros medios de subsistir, sino para
estar más inmediato a Esquivias y a Alcalá, donde tenía sus parientes. Así lo
testifican cuantas memorias se han conservado, de las cuales consta que a
mediados de 1608 se reimprimió a su vista la primera parte del Quijote,
corregida de algunos defectos y errores, suprimiendo unas cosas y añadiendo
otras, con lo que mejoró conocidamente esta edición, que por lo mismo es la más
apreciada de los literatos y bibliógrafos; que en junio de 1609 vivía en la
calle de la Magdalena, a espaldas de la duquesa de Pastrana; que poco después se
mudó a otra casa que estaba detrás del colegio de Nuestra Señora de Loreto; que
en junio de 1610 moraba en la calle del León, casa número 9, manzana 226; que
en 1614 residía en la calle dé las Huertas; que también vivió en la calle del
Duque *de Alba, próximo a la esquina de la del Estudio de S. Isidro, de la cual
le desalojaron judicialmente, y por último, que en 1616 habitaba otra vez en la
calle del León, esquina a la de Francos, número 20, manzana 228,
Cervantes,
anciano ya, reunido a toda su familia, escaso de medios para mantenerla,
perseguido de sus émulos, desatendido a pesar de sus servicios y de sus
talentos, y colmado de desengaños por su experiencia del mundo y conocimiento
de la corte y de los cortesanos, abrazó desde esta época una vida retirada y
filosófica, cual convenía a su situación; y volviendo, como decía él, a su
antigua ociosidad, se dedicó enteramente al comercio y trato de las musas para
ofrecer después al público nuevos y más copiosos frutos de su ingenio y
aplicación, dando campo al mismo tiempo a la práctica de aquellas nobles
virtudes a que le inducía su religioso corazón, y que sostenidas en su juventud
con heroico denuedo entre infieles bárbaros y sanguinarios, debían brillar más
y más en el ocaso de sus días para ejemplo y confusión de sus émulos y
detractores.
Estos
principios le condujeron a alistarse en algunas congregaciones piadosas,
especialmente en laque todavía subsiste en el oratorio de la calle del Olivar.
Se cree que entonces se incorporó también Cervantes, como lo hizo Lope de
Vega,[en la congregación del oratorio del Caballero de Gracia, mientras que su
mujer y su hermana Doña Andrea se dedicaban a semejantes ejercicios de piedad
en la Orden Tercera de San Francisco, cuyo hábito recibieron en 8 de junio del
mismo año. No debe omitirse el singular y muy constante cariño fraternal que
recíprocamente se conservaron siempre Cervantes y Doña Andrea, a los
testimonios de desprendimiento y afecto que esta le demostró en varias
ocasiones, correspondió él con el aprecio y consideración con que la trató,
hasta que falleció en Su misma casa a 9 de octubre de 1609, de edad de 65 años,
y se enterró en la parroquia de San Sebastián a expensas de su hermano.
Entretanto
iba Cervantes disponiendo y perfeccionando algunas de sus obras para darlas a
luz; y así es que pudo publicar en agosto de 1613 la colección de Novelas
ejemplares que dedicó al conde de Lemos por medio de una carta digna del mayor
aprecio por la urbanidad, gratitud y moderación con que está escrita.
Cervantes
había visto el aplauso con que corría esta clase de composiciones en Italia,
principalmente las del Bocado; pero advirtió que sin embargo de su estilo
encantador, y de la elegancia, pureza y singulares gracias del lenguaje, eran
en gran manera nocivas y perjudiciales a las costumbres por la indecencia,
obscenidad y libertinaje de las ideas y argumentos. Procuró pues corregir este
abuso y adoptar en su plan aquellas acciones que sin ofender el pudor fuesen
características del genio de su nación, y prestasen materia para la corrección
de los vicios más comunes en la sociedad. Un año después dio a luz su Viaje al
Parnaso, imitando al que había publicado en Italia César Caporali, natural de
Perusa, poeta parecido a él, no menos en su agudo y festivo ingenio, que en su
triste y desdichada suerte. Alabó en esta obra a los poetas dignos de este
nombre, dándoles el lugar eminente que merecían en el Parnaso español, y
desterró de él a la muchedumbre de copleros corruptores de la noble poesía y
del idioma castellano, de aquellos que hablaban unos latín y otros algarabía, y
eran la idiotez y la arrogancia del mundo, según sus propias expresiones.
Siguió
a esta obra la Adjunta al Parnaso, diálogo en prosa, en que pintó con sumo
donaire el encuentro y conversación que tuvo con un poeta novel que le traía
una carta del dios Apolo. En esta obra anunció Cervantes su propósito de dar al
público sus comedias, las cuales ni los cómicos las querían representar, ni los
libreros comprárselas para imprimir. a fuerza de instancias, acabó por
tomárselas el librero Juan de Villaroel, el cual se las pagó razonablemente,
pero no sin haberle manifestado con franqueza que un autor de título le había
dicho que de su prosa podía esperarse mucho, más de su verso nada, declaración
que le llegó al alma, aunque sin convencerle. Todas estas curiosas
circunstancias las refiere el mismo Cervantes en un discreto prólogo que embelesa
por su ingenuidad y es tan erudito como importante para la historia del teatro
y de la comedia española.
Ya
porque Lope de Vega había inundado el teatro con sus maravillosas
composiciones, y otros muchos escritores muy apreciables e ingeniosos le
ayudaban a sostener esta gran máquina con suma aceptación y aplauso de las
gentes, ya porque realmente era escaso el mérito de las comedias de Cervantes,
lo cierto es que el público las miró con suma indiferencia. Mayor aprecio
merecieron respectivamente los entremeses, diálogos breves, jocosos y
burlescos, que para dilatar y hacer más varias y agradables las representaciones
teatrales, se intercalaban entre los actos ó jornadas de las comedias. En estos
entremeses repitió algunos asuntos yo tocados en sus novelas, y dejó de
publicar otros no menos graciosos y discretos, como el de los Habladores, que
salió a luz en Sevilla el año de 1624. Algunos han creído que escribió también
autos sacramentales, y aun le atribuyen el titulado las Cortes de la muerte de
que habla en el capítulo XI de la parte II del Quijote; pero hasta ahora no se
ha hallado fundamento que acredite estas presunciones.
Entre
las costumbres dignas de alabanza que entonces se conservaban para estimular
los talentos en todas las ocasiones de celebridad pública, deben contarse
aquellas concurrencias llamadas justas poéticas, en cuyos certámenes hallaban
los ingenios un medio de darse a conocer con honrosa emulación. Así sucedió en
las que se celebraron en Madrid el año 1614, con motivo de haber beatificado el
papa Paulo V a Santa Teresa de Jesús, y en las cuales compitieron los más
floridos ingenios de España. Ocho eran los certámenes que se anunciaron al
público, y en el tercero se proponían tres premios a los que con más gracia,
erudición y elegante estilo, guardando el rigor lírico, compusiesen una canción
castellana a los divinos éxtasis de la Santa, en la medida de aquella de
Garcilaso, El dulce lamentar de dos pastores, con tal que no excediese de siete
estancias. Uno dejos jueces del certamen era Lope de Vega, el cual abrió la
sesión ante un auditorio tan numeroso como distinguido, recitando un discurso
en alabanza de Santa Teresa, que causó sumo placer y moción en el ánimo de los
circunstantes. Miguel de Cervantes compitió al citado argumento, y aunque no se
llevó ningún premio, mereció que se publicase su canción, entre las más
selectas, en la relación que de las fiestas hechas en toda España publicó fray
Diego de San José, y se imprimió en Madrid en el año de 1615.
Estos
ligeros desahogos de su afición a la poesía no le impedían atender a la
composición de otras obras más vastas, instructivas y deleitables. La que
principalmente tenia comprometida en gran manera su reputación, era la segunda
parte del Quijote, ofrecida desde 1604, anunciada como próxima a publicarse en
1613, y precedida sin embargo por otra segunda parte de un autor desconocido e
inepto, que intentó desacreditar de un golpe el ingenio y las costumbres de
Cervantes. Nos referimos al Quijote de Avellaneda, publicado cuando aquel
estaba finalizando su obra, y que fue un poderoso estímulo para que la
concluyese con mayor celeridad y la presentase a la censura a principios de
1615, solicitando el permiso para su impresión.
Es
digna de la mayor alabanza la generosidad y circunspección con que procedió
Cervantes en aquella ocasión. A los necios ultrajes ó insolentes calumnias de
su rival, al conjunto de improperios de una obra insípida, vulgar y obscena, él
opuso la templanza y urbanidad de su prólogo, que puede ser modelo de
contestaciones literarias, y las ingeniosas y festivas invectivas que
entretejió con las aventuras de su héroe, alusivas a la flamante historia del
disfrazado aragonés. Pero ninguna más oportuna y discreta que la apología que
hizo de sí y de su Quijote en la dedicatoria al mismo conde de Lemos, donde,
tratando de cuán deseada era su libro, se explica en estos términos: «Es mucha
la priesa que de «infinitas partes me dan a que le envíe, para quitar el ámago
y la náusea que ha causado otro D. Quijote, que con nombre de segunda parte «se
ha disfrazado y corrido por el orbe: y el que más ha mostrado desearle ha sido
el grande emperador de la China, pues en lengua chinesca habrá un mes que me
escribió una carta con un propio, pidiéndome ó por mejor decir, suplicándome se
le enviase, porque quería «fundar un colegio donde se leyese la lengua
castellana, y quería que «el libro que se leyese fuese el de la historia de D.
Quijote: juntamente «con esto me decía que fuese yo áser el rector del tal
colegio. Preguntéle al portador, si su majestad le había dado para mí alguna
ayuda «de costa. Respondióme que ni por pensamiento. Pues, hermano, le
«respondí yo, vos os podéis volver a vuestra China a las diez, o a las «veinte,
ó a las que venís despachado, porque yo no estoy con salud para «ponerme en tan
largo viaje ; además que sobre estar enfermo, estoy «muy sin dineros, y
emperador por emperador, y monarca por monarca, en Nápoles tengo al grande
conde de Lemos, que sin tantos titulillos de colegios, ni rectorías me
sustenta, me ampara, y me hace «más merced que la que yo acierto a desear. »
El
objeto de esta ficción fue no solo renovar la memoria de su pobreza, tributando
su gratitud a su bienhechor y Mecenas, sino encarecer particularmente su obra y
vindicarla de las atroces e injustas censuras de sus émulos. Lo más notable que
le achacó Avellaneda recayó sobre que su estilo ó idioma era humilde, y que
hacia ostentación de sinónimos voluntarios; y Cervantes, a quien no le era
decoroso contestar abiertamente a este reparo, quiso contraponer la elegancia y
pureza de su estilo a la incultura y vulgaridad del de Avellaneda, suponiendo
que de los países más remotos le pedían ansiosamente su obra, para que por ella
se leyese la lengua castellana, como el texto más propio y conveniente para
aprenderla: opinión calificada en el discurso de cerca de tres siglos por el
voto unánime de los mayores sabios de la nación.
Fue
en efecto constante el conato de Cervantes en cultivar y mejorar la lengua
castellana, la cual comenzaba por este tiempo a decaer de aquella dignidad y
elegancia que había adquirido y conservado en el siglo anterior.
La
segunda parte del Quijote, si bien adolece de los defectos propios de la
precipitación en el componer y de la pereza en el corregir, lleva
indudablemente grandes ventajas a la primera. El héroe es consecuente en su
locura, y Sancho Panza de cada vez más gracioso; un nuevo personaje de carácter
admirablemente descrito, el bachiller Sansón Carrasco, contribuye del modo más
decisivo al desenlace. Aquí se ve que el talento de Cervantes se engrandecía
con los años y que su ardiente imaginación en nada se resentía de los hielos de
la vejez.
Censuró
esta obra el licenciado Francisco Márquez de Torres, capellán y maestro de
pajes del arzobispo de Toledo, quien nos ha conservado un testimonio que vamos
a trascribir del extraordinario aprecio que tributaban a Cervantes fuera de su
patria, en tanto que en ella recibía desaires y desengaños y sus émulos le
perseguían con tanto encono. «Certifico con verdad, dice el censor, que en 25
de febrero de «este año de 1615, habiendo ido el ilustrísimo señor D. Bernardo
de «Sandoval y Rojas, cardenal, arzobispo de Toledo, mi señor, a pagar la
«visita que a su ilustrísima hizo el embajador de Francia, que vino a «tratar
«.osas tocantes a los casamientos de sus príncipes y los de España, muchos
caballeros franceses de los que vinieron acompañando «al embajador, tan
corteses como entendidos, y amigos de buenas letras, se llegaron a mí y a otros
capellanes del cardenal mi señor, deseosos de saber qué libros de ingenio
andaban más validos; y tocando «acaso en este, que yo estaba censurando, apenas
oyeron el nombre de <t Miguel de Cervantes, cuando se comenzaron a hacer
lenguas, encareciendo la estimación en que así en Francia como en los reinos
sus «confinantes se tenían sus obras, La Galatea, que alguno dellos tiene «casi
de memoria, la primera parte desta y las novelas. Fueron tantos «sus
encarecimientos, que me ofrecí llevarles que viesen autor «dellas, que
estimaron con mil demostraciones de vivos deseos. Preguntáronme muy por menor
su edad, su profesión, calidad y cantidad. «Halléme obligado a decir, que era
viejo, soldado, hidalgo y pobre: a «que uno respondió estas formales palabras:
¿ pues a tal hombre no le «tiene España muy rico, y sustentado del erario
público ? Acudió otro de «aquellos caballeros con este pensamiento y con mucha
agudeza, y «dijo: si necesidad le ha de obligar a escribir, plega a Dios que
nunca <c tenga abundancia para que con sus obras, siendo él pobre, haga rico
a todo «el mundo. »
En
la citada dedicatoria al conde de Lemos escrita en 31 de octubre de 1615,
manifestándole ya la suma decadencia de su salud le ofrecía sin embargo los
Trabajos de Persiles y Sigismundo: libro que, según dice, tendría concluido
dentro de cuatro meses. Habíale anunciado al público desde el año de 1613,
poniéndole en competencia con el de Heliodoro, a quien se propuso imitar,
haciendo émulos de los castos amores de Teágenes y Cariclea los de Periandro y
Auristela.
Además
de las obras mencionadas, escribía al tiempo de su muerte Las Semanas del
jardín, la segunda parte de la Galatea, El Bernardo y la comedia El engaño a
los ojos; pero con él acabaron estos frutos prometidos de su ingenio, sin que
se haya conservado más que sus títulos.
La
única obra suya que puede llamarse póstuma por haberse publicado después de su
fallecimiento fueron los Trabajos de Persiles y Sigismundo* Su viuda Doña
Catalina de Salazar solicitó y obtuvo privilegio para imprimirlos y darlos a
luz en Madrid, como lo verificó en 1617, y en el mismo año se repitieron las
ediciones en Valencia, Barcelona, Pamplona y Bruselas.
Cervantes
tuvo en grande estimación esta reciente obra como al último parlo de su
entendimiento ; pero su juicio no ha sido confirmado por la posteridad, si se
exceptúan algunos pocos que la han preferido al Don Quijote, fundándose en
consideraciones de orden secundario, como la belleza de estilo y la gallardía
en la narración.
Según
su promesa tenía concluida esta obra para la primavera de 1616, cuando ya la
gravedad de sus males no le permitió componer la dedicatoria ni el prólogo. Tal
era su situación el sábado santo 2 de abril, que por no poder salir de su casa
hubieron de darle en ella la profesión de la Orden Tercera de San Francisco,
cuyo hábito había tomado en Alcalá en 1613. Pero como al mismo tiempo la
naturaleza de su enfermedad le dejaba algunos intervalos de alivio creyó
conseguirle más radical y permanente con la variación de aires y alimentos, y
resolvió pasar en la semana inmediata de pascua al lugar de Esquivias, donde
estaban avecindados los parientes de su mujer. Desengañado después de algunos
días de la ineficacia de este arbitrio, y deseoso de morir en su casa, ó con
más esperanza de aliviarse en ella, regresó a Madrid con dos amigos que
pudiesen cuidarle y servirle por el camino. En él tuvo un encuentro que le
prestó materia para escribir su prólogo, y para darnos la única noticia
circunstanciada que tenemos de su enfermedad.
Volviendo
pues de Esquivias sintieron que por la espalda venia uno picando con gran prisa
y dando voces para que se detuviesen. Esperáronle en efecto, y llegó sobre una
borrica un estudiante quejándose de que caminaban tanto que no podía
alcanzarlos para ir en su compañía: a lo que contestó uno de los acompañantes,
que la culpa tenía el caballo del señor Miguel de Cervantes por ser algo
pasilargo. Apenas oyó el estudiante el nombre de Cervantes, de quien era
apasionado, aunque no le conocía, cuando apeándose de su cabalgadura arremetió
a él, y asiéndole de la mano izquierda le dijo: si, si, este es el manco sano,
el famoso todo, el escritor alegre, y finalmente el regocijo de las musas.
Cervantes que tan impensadamente se vi ó colmado de tales alabanzas, correspondió
con su natural modestia y cortesía, abrazándole y pidiéndole volviese a montar
en su burra para seguir juntos y en amigable conversación lo poco que restaba
del camino. Hízolo así el comedido estudiante, con quien pasó el coloquio que
nos da idea de la enfermedad de Cervantes, y que refiere él mismo en estos
términos: «Tuvimos algún tanto más las riendas, y con paso asentado seguimos
nuestro cace mino, en el cual se trató de mi enfermedad, y el buen estudiante
me «desahució al momento diciendo: esta enfermedad es de hidropesía, «que no la
sanará toda el agua del mar Océano que dulcemente bebiese vuesa merced, señor
Cervantes, ponga tasa al beber, no olvidándose de comer, que con esto sanará
sin otra medicina alguna. Eso «me han dicho muchos, respondí yo; pero así puedo
dejar de beber a «todo mi beneplácito, como si para solo eso hubiera nacido ;
mi vida «se va acabando, y al paso de las efemérides de mis pulsos, que a mas
«tardar acabarán su carrera este domingo, acabaré yo la de mi vida. En «fuerte
punto ha llegado vuesa merced a conocerme, pues no me queda «espacio para
mostrarme agradecido a la voluntad que vuesa merced «me ha mostrado en esto
llegamos a la puente de Toledo, y yo entré «por ella, y él se apartó a entrar
por la de Segovia. Lo que se dirá de «mi suceso tendrá la fama cuidado, mis
amigos, gana de decillo, y yo «mayor gana de escuchallo. Tornéle a abrazar,
volvióseme a ofrecer: «picó a su burra, y dejóme tan mal dispuesto como él iba
caballero en «su burra, quien había dado gran ocasión a mi pluma para escribir
«donaires, pero no son todos los tiempos unos ; tiempo vendrá, quizá, «donde
anudando este roto hilo, diga lo que aquí me falta, y lo que «convenía a Dios,
gracias: a Dios, donaires: a Dios, regocijados amigos, que yo me voy muriendo,
y deseando veros presto contentos en la «otra vida.»
Todo
el contexto de este prólogo, su desaliño, sus interrupciones y su conclusión
están manifestando cuán deplorable era la situación de Cervantes cuando le
escribía. Fluctuaba entonces entre el temor y la esperanza; pero sin desmentir
por esto su genio festivo y donoso, como lo prueba la pintura que hizo del
traje, montura y ademanes del estudiante. Poruña parte anunciaba el término de
su vida para el domingo próximo, que era el 17 de abril, y se despedía para
siempre de sus amigos, de sus gracias y de sus donaires; y por otra confiaba
continuar y extender este discurso en mejor ocasión para decir lo que en esta
hubiera sido conveniente y oportuno. La enfermedad disipó todas estas ideas,
porque agravándose considerablemente, y no quedando esperanza de remedio, se
administró a Cervantes la extremaunción el lunes 18 de aquel mes.
Todavía
conservaba al día inmediato serenidad de espíritu, firme y fecunda la
imaginación, y tiernamente impresa en el corazón la memoria de su bienhechor el
conde de Lemos, cuya venida de Nápoles a ser presidente del consejo de Italia
estaba muy próxima. Ansiaba Cervantes este momento de ofrecerle personalmente
los respetos de su gratitud; pero ya que no era posible conseguirlo, le dirigió
como último obsequio los Trabajos de Persiles y Sigismunda, con una carta
digna, como observa Ríos, de que la tuviesen presente todos los grandes y todos
los sabios del mundo, para aprender los unos a ser magníficos, y a ser
agradecidos los otros. «Aquellas coplas antiguas, le dice Cervantes, que fueron
en su tiempo celebradas, que comienzan: Puesto ya el pié en el estribo,
quisiera yo no vinieran tan a pelo en esta mi epístola, porque «casi con las
mismas palabras puedo comenzar diciendo:
»
Puesto ya el pié en el estribo,
»
Con las ansias de la muerte,
»
Gran señor, .esta te escribo.
«Ayer
me dieron la extremaunción, y hoy escribo esta: el tiempo es «breve, las ansias
crecen, las esperanzas menguan, y con todo esto llevo «la vida sobre el deseo
que tengo de vivir, y quisiera yo ponerle coto «hasta besar los pies a V. E.,
que podría ser fuese tanto el contento de «ver a V. E. bueno en España, que me
volviese a dar la vida; pero si «está decretado que la haya de perder, cúmplase
la voluntad de los cielos, y por lo menos sepa V. E. este mi deseo, y sepa que
tuvo en mí «un tan aficionado criado de servirle, que quiso pasar aun más allá
de «la muerte mostrando su intención. Con todo esto, como en profecía «me
alegro de la llegada de V. E., regocíjome de verle señalar con el «dedo, y
realégrome de que salieron verdaderas mis esperanzas, dilatadas en la fama de
las bondades de V. E. Todavía me quedan en el «alma ciertas reliquias y asomos
de Las Semanas del jardín y del famoso «Bernardo, si a dicha, por buena ventura
mía, que ya no sería ventura «sino milagro, me diese el cielo vida, las verá y con
ellas fin de La Galatea, de quien se está aficionado V. E., y con estas obras
continuado mi «deseo. Guarde Dios a V. E., como puede. De Madrid a diez y nueve
de «abril de mil y seiscientos y diez y seis años.
«Criado
de Vuesa Excelencia,
«Miguel
de Cervantes. »
La
situación de Cervantes al escribir ó dictar tan tiernas y nobles expresiones
les da tal energía y sublimidad, que las hace dignas de la misma veneración y
respeto con que se escucharon en Grecia y Roma los últimos discursos de
Sócrates y de Séneca.
Con
igual serenidad de ánimo otorgó su testamento, dejando por albaceas á su mujer
Doña Catalina de Salazar y al licenciado Francisco Núñez, convecino en la misma
casa de la calle del León. Mandóse enterrar en las monjas trinitarias, que se
habían fundado cuatro años antes en la del Humilladero, ya por la predilección
que siempre tuvo a esta sagrada orden, ya porque se hallaba de religiosa
profesa su hija Doña Isabel, y acaso alguna otra persona de su particular
consideración. Después de haber hecho estas disposiciones y otras sobre los
sufragios para su alma, terminó su vida, con la tranquilidad que inspiran la
religión y la cristiana filosofía, el sábado 23 del mencionado mes de abril y
año de 1616.
El
cuerpo de Cervantes fue conducido humildemente a su última morada por cuatro
hermanos de la Orden Tercera, con la cara descubierta, según era la costumbre.
Cuando en el año de 1633 se establecieron las religiosas trinitarias en el
nuevo Convento de la calle de Cantaránas, exhumaron y trasladaron a él los
huesos de las religiosas que habían fallecido desde su fundación, y los de
aquellos parientes suyos que por costumbre ó devoción se habían enterrado en la
iglesia de su primitiva residencia. Es natural que los restos de Cervantes
tuviesen igual suerte y paradero.
Por
igual deplorable negligencia han perecido los retratos que hicieron D. Juan de
Jáuregui y Francisco Pacheco, que nos mostrarían al natural la fisonomía y
talle de Cervantes. Solo una copia ha llegado a nuestros días, que siendo
indudablemente del reinado de Felipe IV, se atribuye por unos a Alonso del
Arco, creyendo otros descubrir en ella el estilo de las escuelas de Vicencio
Carducho ó de Eugenio Caxes. Pero de cualquiera mano que sea, es cierto que
conforma en todo con la pintura que Cervantes hizo de sí mismo en el prólogo de
las Novelas diciendo: «Este que veis aquí de rostro aguileño, de cabello
castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos, y de nariz corva,
aun-«que bien proporcionada, las barbas de plata, que no ha veinte años «que
fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes «no crecidos,
porque no tiene sino seis, y esos mal acondicionados y «peor puestos, porque no
tienen correspondencia los unos con los otros, «el cuerpo entre dos extremos,
ni grande pi pequeño, la color viva, antes blanca que morena, algo cargado de
espaldas, y no muy ligero de «pies: este digo que es el rostro del autor de la
Galatea y de D. Quijote de la Mancha, y del que hizo el Viaje del Parnaso a
imitación del de «César Caporali, perusino, y otras obras que andan por ahí
descarriadas, «y quizá sin el nombre de su dueño llámase comúnmente Miguel de
Cervantes Saavedra. » Confiesa además que era tartamudo, y es preciso apreciar
esta descripción por el candor e ingenuidad que la dictó, y por la gracia
inimitable con que está escrita.
Las
altas prendas y virtudes que tan digno le hacen del aprecio y de la memoria de
la posteridad se encuentran en sus escritos y en sus acciones. Como verdadero
filósofo cristiano, supo ser religioso sin superstición, celoso de sus
creencias sin fanatismo, amante de su patria sin preocupación, valerosísimo
soldado sin temeridad, generoso sin jactancia, agradecido sin adulación,
ingenuo y sencillo hasta apreciar tanto que le advirtiesen sus errores como que
le alabasen sus aciertos, indulgente con sus émulos hasta el punto de contestar
a sus sátiras e invectivas sin descubrirlos ni herir a sus personas; en suma
hombre lleno de pureza y honradez, tipo perfecto del antiguo caballero español.
No solo no supieron sus contemporáneos apreciarle como merecía, sino que le
miraron con lamentable indiferencia; pero ¿qué nación no tiene que culparse de
injusticias semejantes ó mayores? En cambio la posteridad le ha dado una
compensación justa, aunque tardía. En una de las plazas de la capital de España
se le ha erigido una magnífica estatua de bronce; los soberanos han honrado a
porfía su memoria, los magnates amantes de las letras y los sabios le han
levantado monumentos y colmado de elogios, las artes todas, nacionales y
extranjeras, han reproducido su efigie y las creaciones de su fantasía bajo mil
formas; la imprenta multiplica las ediciones de sus escritos y los difunde por
todo el ámbito del mundo civilizado, y el pueblo venera su nombre con una
especie de culto, contemplándole como a uno de aquellos seres privilegiados que
el cielo concede, de cuando en cuando a los mortales para consolarlos de su
miseria y pequeñez, y a quienes reserva la exclusiva prerrogativa de ilustrar a
sus semejantes, influyendo poderosamente en la reforma de sus opiniones y
costumbres.
Notas:
[1]
Historia de D. Juan de Austria, lib. IV


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