© Libro N° 6237.
Luis XIV. Areilza, Jose Maria. Emancipación. Julio 20 de
2019.
Título
original: © Luis XIV. Jose Maria Areilza
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LUIS XIV
Jose Maria Areilza
CONTENIDO
1.
Cómo se engendra un rey
2.
La regencia, el mando de Mazarino y el joven rey
3.
El matrimonio español
4.
Luis XIV toma el mando
5.
El gran escenario de Versalles
6.
Las letras, las artes y las ciencias del reinado
7.
Un día en la vida del Rey
8.
Los amores del Rey
9.
Religión y monarquía
10.
El poderío militar
11.
Las Guerras Interminables
12.
El trono de España
13.
La guerra de sucesión
14.
Los últimos años
15.
La muerte del Rey Sol
16.
Un cronista excepcional
17.
Balance de un reinado
Bibliografía
Luis XIV
Jose Maria Areilza
Prólogo
Mitad
francés, mitad español, cruce genético de las dos grandes dinastías rivales de
Europa. Hijo de Luis XIII, llamado también el Rey justo, y de Ana de Austria,
infanta española pintada por Velázquez, hija de Felipe III y nieta de Felipe
II, el rey Luis XIV llena, a través de su largo reinado -1638-1715-, casi un
siglo que se llamaría con su nombre, en los textos de sus biógrafos. Educado
severamente por su madre, piadosa y discreta, fue un hombre de buena planta,
dotado de un porte majestuoso, de vitalidad arrolladora, convencido de su papel
semidivino, de temperamento sexual desbordante y en ocasiones escandaloso,
reservado total en sus juicios, buen jinete y espadachín, cazador apasionado,
militar valeroso, bailarín ágil y actor notable, enamorado de Francia, a la que
deseaba situar con un papel preponderante en los asuntos de la Europa
cristiana. Para lograr esa rotunda hegemonía luchó denodadamente, dotando a su
país de una superioridad militar considerable y llevándole, también, para
conseguirlo, a una serie de conflictos bélicos interminables.
Su
matrimonio con la infanta María Teresa de Austria, concertado en la histórica
entrevista de la isla de los Faisanes, en 1660, creó otro vínculo renovado
entre las dos dinastías -la de Habsburgo y la de Borbón-, del que salió
-después de un complejo contencioso legal- la designación de Felipe de Anjou,
su nieto, como sucesor del trono de España, vacante a la muerte de Carlos II.
Luis XIV fue un monarca admirado hasta el paroxismo y también combatido y
criticado acerbamente por sus enemigos dentro y fuera de las fronteras de
Francia. Luis XIV hizo del conjunto palaciego de Versalles, invención suya,
centro geográfico de la monarquía y cabeza visible del Estado francés. Quiso
simbolizar el rey en aquellos inmensos y singulares grupos de edificios,
rodeados de jardines y parques, de una belleza suprema, la majestad de la
Corona y el carácter absoluto y omnímodo del poder real. Versalles fue como un
trasunto del Escorial de Felipe II. Se puede afirmar que el espacio
arquitectónico de cada uno de los dos conjuntos tan dispares, el español y el
francés, refleja la personalidad respectiva de ambos soberanos -bisabuelo y
bisnieto- y su diversa manera de entender el papel de rey.
Buscando
los emblemas simbólicos para representar, con fidelidad adulatoria, la figura
del monarca, los arquitectos y artistas franceses de aquel siglo eligieron el
sol como atributo de la grandeza de Luis XIV, equiparando al astro rey de
nuestra galaxia astronómica con el hijo de la infanta vallisoletana. En el
centro de ese disco solar irradiante, los tallistas colocaron la efigie de Luis
XIV en mármoles, bronces, vitrinas, maderas nobles y tapices como otro dios del
repertorio de las mitologías clásicas del paganismo grecorromano.
La
bibliografía sobre este personaje es abundantísima y dispar, enriqueciéndose
constantemente con documentación inédita y juicios novedosos. Nosotros no
entraremos en esa polémica de exaltación o denigración, que nos es ajena.
Tratamos de presentar el perfil del Rey Sol, pero no de relatar la compleja
historia de su reinado.
Capitulo
1
Cómo
se engendra un rey
Era
bastante insólito el régimen matrimonial en que se desenvolvía Ana de Austria
con su marido el rey Luis XIII de Francia. Fue un enlace de interés político
encaminado a mantener la paz entre las dos potencias rivales, o, si se quiere,
las dos dinastías más poderosas de la Europa de aquel tiempo: la casa de
Habsburgo, que unía los intereses de la Corona imperial de Viena con los de la
corte de Madrid y la línea de los reyes Capetos que se hallaba asentada en
Francia. El mariage espagnol trataba de vincular los lazos de las dos
monarquías enemigas y poner fin a un largo período de guerras que se habían
extendido a gran parte de los estados de la Europa occidental. La infanta
española Ana, hija de Felipe III, era una mujer de arrogante porte, rubia,
sonrosada de piel, educada en la piedad religiosa del catolicismo severo de su
padre y absoluta desconocedora del mundo francés y de la corte en la que iba a
actuar, reinar y regentar durante tantos años.
¿Cómo
era Luis XIII, su regio consorte? Los retratos nos lo muestran como un hombre
moreno, alto y huesudo, de larga y rizada cabellera oscura, mirada altiva,
buenas facciones, bigote atusado en puntas y perilla triangular. Su padre,
Enrique IV, quien definió a París como el estipendio de una buena misa, había
sido un monarca valeroso, discutido, de carácter cambiante, aficionado a las
bellas artes y, según fama muy extendida, homosexual notorio. Su esposa, la
italiana María de Médicis, trajo consigo a la corte francesa el aire
renacentista, la cultura romana y el favoritismo tradicional de los cardenales
italianos. Al morir asesinado Enrique IV por un fanático religioso, fue ella
quien asumió el poder político, mientras llegaba el momento de otorgar a su hijo
Luis XIII la soberanía efectiva del ejercicio del poder de la Corona francesa.
Era
este rey un joven introvertido de talante severo, muy dado a la piedad,
valeroso en la guerra, cercanamente vigilado por su madre y, aunque dejaba
hacer a sus ministros todopoderosos -singularmente al cardenal Richelieu-, no
era del todo ajeno a sus decisiones, ya que eran obligadamente consultadas al
soberano antes de su promulgación. Luis XIII, según opinión unánime de
historiadores y memoralistas de aquella época, era hombre poco aficionado al
trato con las mujeres. Tenía, al parecer, escaso entusiasmo por el acto de amor
heterosexual y se hallaba preocupado por escrúpulos de esta índole, con los que
abrumaba a sus sucesivos confesores, que fueron jesuitas en su mayoría.
Este
bosquejo de su carácter es importante tenerlo en cuenta al empezar el relato de
la historia de su hijo Luis XIV. Ana de Austria era una infanta española, de
tendencias normales, que gustaba mucho a los hombres. Contrajo matrimonio con
un marido extranjero, obseso de las cuestiones sexuales -se le llamaba el Rey
casto- y con el que los primeros contactos de esa índole fueron, según todas
las versiones, decepcionantes y negativos.
Luis
XIII y Ana de Austria se casaron en 1615. Durante veintitrés años no tuvieron
descendencia, aunque en dos o tres ocasiones corrió el rumor de que la reina se
hallaba embarazada y más tarde de que se había producido un fracaso, sin
saberse bien las causas del mismo. Ana de Austria recorrió diversos balnearios
franceses, de aguas -más o menos medicinales-, para evitar futuras
interrupciones, pero la esterilidad seguía siendo, durante años, la única y
triste novedad del matrimonio.
Los
tiempos revueltos de la política francesa interior y exterior de ese período
repercutían en el tema de la falta de sucesor directo a la Corona. Hubo un
momento en que se pensó en pedir la declaración de nulidad del matrimonio en
Roma. Y hasta se llegó a indicar el nombre de una posible nueva esposa para el
rey de la castidad. Mas no era este sólo el peligro que acechaba a la pareja
real. Pues de no verificarse la esperada sucesión, se habían producido ya en la
corte movimientos diversos cerca de la parentela inmediata del rey con objeto
de preparar otra línea sucesoria, en el caso de ocurrir la eventual muerte del
monarca. Para complicar más la situación, las intrigas de palacio y las
maniobras de las demás cortes europeas iban encaminadas a romper las treguas
militares pactadas y lanzarse de nuevo, unas y otras dinastías, a las guerras
interminables. La memorable Fronda de los nobles de varios departamentos del
reino francés creaban asimismo una situación explosiva interior de alta tensión
política. Había conspiraciones latentes y, en ocasiones, abiertas, es decir,
públicas. Ana de Austria, alejada de hecho de su marido, se encontró envuelta
en alguna de esas tramas, con documentos, cartas y mensajes suyos que
imprudentemente hizo llegar a través de varios agentes a la corte de Madrid,
donde su propio hermano, Felipe IV, reinaba desde hacía algunos años. La reina,
mal aconsejada por la princesa de Rohan, duquesa de Chevreuse, su dama de
confianza, estuvo a punto de caer en una de esas trampas que pudo costarle el
trono. Pero Luis XIII no quiso llevar adelante el asunto y optó por ignorarlo
para restablecer, al menos, las apariencias de la convivencia nupcial. Ello no
resultaba fácil. Ana de Austria, con su fuerte personalidad, seguía adelante,
sin perder nunca el tono y el ritmo que le imponían sus deberes soberanos.
Ana
de Austria conoció los devaneos del rey, que eran de diversa y aun
contradictoria condición. De una parte, Luis XIII tuvo dos grandes amores
femeninos, de índole platónica y desenlace religioso. Uno de ellos, el más
sonado, fue el de mademoiselle de Lafayette, una joven bellísima, de gran
alcurnia, de la que se enamoró perdidamente y con la que mantenía larguísimas
entrevistas, según afirmaba el rey, en la que se hablaba en exclusiva de «temas
espirituales». Esta sorprendente fórmula, muy del agrado de los confesores y
teólogos consultados sobre el caso, mereció también el aplauso del viejo zorro
Richelieu, a quien la celestial aventura regia debió de sorprender bastante.
La
joven amante, impoluta, del rey solicitó ser admitida en el convento de la
Visitación de la calle San Antonio, en París, a lo que el rey dio su
consentimiento «con la condición de que él sería autorizado a entrar en el
parloir del monasterio, con objeto de proseguir, a través de la doble reja, las
conversaciones "a lo divino" de los dos amantes». Para dar una
impresión directa de lo que este amor platónico significaba, nada mejor que
reproducir una canción del poeta Desmarets referida al episodio:
Je
l'aime sans desir
aussi
jamais langeur.
Ne
vient trouver ma vie.
O
bienhereuse f lamme qui conserven l'amour
et
la paix dans mon áme!
¿Eso
era todo? Nadie se lo creía, ni en la corte, ni en los mentideros de París, en
los que florecía -como casi siempre ocurre en las capitales de los reinos- un
tipo de críticas y de noticias picantes que, dentro de su exageración,
contienen casi siempre un grano de verdad.
¿Era
Luis XIII en realidad un «rey casto», además de un «rey justo», como también le
llamaban los aduladores de turno? Hoy día, hasta los más arduos defensores de
la memoria del monarca admiten que existen serios motivos y múltiples
testimonios que permiten llegar a la conclusión de que Luis XIII era, sobre
todo, un pederasta enragé.
Sus
amores homosexuales tuvieron nombres y apellidos concretos. He aquí algunos de
ellos, repertoriados por más de un historiador: Saint-Amour, el cochero real;
Harán, el perrero; Alexandre, gran prior de Vendóme; el comendador de Souvray;
De Luynes, condestable de Provenza; Barradat, gentilhombre de la corte;
Saint-Simon, padre del memorialista; Henri d'Effiat, marqués de Cinq-Mars, Le
grand écuyer, una especie de Brummel elegante del siglo XVII.
Ana
de Austria no podía ignorar ninguno de esos aspectos de la personalidad
verdadera del rey. Y guardaba las formas hasta donde podía.
En
ese clima de abandono marital, ¿fue impecable su conducta de esposa del rey? ¿O
se vio, en ocasiones, asediada por la tentación de la aventura, tan explicable
en su caso? Tenemos en las historias cortesanas del siglo XVII, y en especial
en las Memorias de madame de Motteville, camarera mayor de la reina, los
testimonios más fehacientes que nos indican los nombres de unos cuantos
personajes que intentaron la aventura regia: el duque de Bellegarde, el duque
de Montmorency y un tercero, George Villiers, el famoso duque de Buckingham.
Todos ellos, según datos fidedignos, trataron al menos de cortejarla con
insistencia, aunque no consta de manera cierta que por su parte hubiera
correspondencia plenaria a los solicitantes. Uno solo de estos hombres fue algo
más allá, y de esta aventura quedó flotando en el ambiente una duda, a la que,
varios siglos más tarde, un gran novelista francés, Alejandro Dumas, que
recogió el episodio, dio pábulo y ancha resonancia en el mundo de las letras y
más adelante en el teatro y en el cine, con sus Tres mosqueteros. Fue el duque
de Buckingham -cuyo nombre va unido al actual edificio del palacio real de
Londres- quien protagonizó el memorable suceso. ¿Quién era Buckingham? Sir
George Villiers, noble británico, favorito de los reyes ingleses, Jacobo I y
Carlos 1, venía a París como enviado directo de la Corona inglesa, a negociar
el matrimonio de su rey con la princesa Enriqueta-María de Francia, hermana del
rey Luis XIII. Tenía entonces el arrogante duque treinta años recién cumplidos.
Su físico era atractivo; su verbo, cáustico y ardiente. Decían que conquistaba
a las mujeres con un diálogo envolvente e insinuante. El encuentro del paladín
isleño con la reina de Francia tuvo lugar en Amiens, donde la novia francesa se
detuvo a pasar la noche, en su viaje hacia Inglaterra, acompañada de
Buckingham. Era el año 1625. La Chevreuse, siempre dispuesta a 'la intriga,
preparó la famosa entrevista de la que tanto se ha escrito y sobre cuyo
contenido no han faltado las interpretaciones más dispares. Ana de Austria se
hospedaba en el palacio episcopal, que disfrutaba de un hermoso jardín con una
pequeña floresta añadida. La Chevreuse se entendía entonces con lord Holland,
que acompañaba a Buckingham. Fueron ellos los que organizaron la venida de los
dos personajes británicos, a saludar a la reina. Al cabo de un tiempo los
dejaron solos, a Ana de Austria y al duque.
¿Trató
de conquistar este último la codiciada plaza asediada? ¿Tuvo lugar la invasión
británica prevista? ¿O pidió Ana de Austria auxilio a voces, ante el ataque
sorpresivo del inglés? Lo cierto es que, enterada del episodio, su suegra,
María de Médicis, ordenó la inmediata salida del cortejo inglés hacia Gran
Bretaña. El duque de Buckingham se despidió de Ana de Austria, visiblemente
alterado y con lágrimas abundantes. Todavía intentó el bellezón británico
volver a la carga unos meses más tarde, aprovechando otro viaje oficial a
Boulogne. Pero aunque intentó entrevistarse de nuevo con la reina, ésta le
recibió en la corte, rodeada de sus damas de honor, y al cabo de unos saludos
protocolarios fue amablemente invitado a que diera por terminada su audiencia.
El
episodio -que se convino mantener en secreto- fue divulgado en un círculo
bastante amplio de la corte y, por supuesto, llegó a oídos del cardenal
Richelieu y del propio rey. Éste montó en cólera, prohibió la entrada de
Buckingham en territorio francés y castigó severamente a los pajes de servicio
que asistieron, como testigos, a la escena de Amiens. Sin embargo, no mostró su
enfado a la reina, guardando silencio sobre lo ocurrido. Buckingham murió tres
años después en Londres, asesinado por un fanático protestante. En la autopsia
se advirtió que llevaba en el dedo anular una hermosa sortija que sujetaba una
miniatura de Ana de Austria, orlada de piedras preciosas, como si fuera un
amuleto con la efigie de la dama de sus pensamientos.
Mientras
tanto, la esterilidad de la reina española seguía constituyendo un motivo de
maniobras cortesanas de toda índole, y el alejamiento, entre sí, de los regios
esposos era cada vez más completo y hacía desesperar a los que deseaban un
sucesor para el trono de Francia. Su suegra, María de Médicis, se llevaba mal
con el todopoderoso Richelieu. Éste tenía declarada la guerra a las damas
españolas que acompañaban a la reina y con las que se desahogaba ésta, así como
al embajador de España, marqués de Mirabel, al que también se le restringieron
las demasiado frecuentes visitas a palacio.
En
la súplica de intercesiones celestiales para obtener el embarazo regio se
produjo una verdadera competencia entre los miembros del santoral, proclives a
escuchar la insistente petición. San Fiacre, patrono de los jardineros y
curador también de blenorragias -que padecían el rey y Richelieu, según
afirmaban los enterados-; san Norberto y las monjas del monasterio parisino de
Val-de-Gráce, a las que Ana de Austria prometió levantar un grandioso templo si
la petición se le concedía, fueron algunos de los contactados. A todo esto, los
médicos recomendaban a la reina que visitara determinados balnearios que
ofrecían garantías complementarias a la tarea de los santos. Las curas de
diversas aguas se sucedieron cada año, sin lograr resultados. Así las cosas, el
supuesto milagro se produjo por una serie de circunstancias fortuitas. El día 5
de diciembre de 1637 el rey Luis XIII acudió a la rejilla del convento de la
Visitación, a celebrar uno de sus diálogos de amor místico con Luisa Angélica
de la Fayette. Parece que esos encuentros provocaban en el monarca una suerte
de confesión íntima de sus problemas, entre los cuales la escasa y mala
relación con la reina figuraba en primer término. La joven novicia le recomendó
que intentara una reconciliación conyugal lo antes posible.
El
temporal de lluvias que arreció esa tarde trastocó los planes del rey. Pensaba
volver desde el convento de París al cazadero de Saint-Maur, distante varias
leguas de la capital y donde había mandado instalar su alcoba. El séquito le
disuadió del viaje y le sugirió que pernoctase en el apartamento en el que
residía Ana de Austria, en el palacio del Louvre. Luis XIII, de mala gana, se
resignó a hacerlo y los cónyuges cenaron juntos y durmieron en una sola cama,
por no existir otra alcoba debidamente acondicionada. La coyunda fue exitosa y
Ana de Austria había concebido, por fin, un heredero. El médico de la corte,
Bouvard, comunicó el 14 de enero al cardenal Richelieu la feliz noticia. La
novedad se propagó como reguero de pólvora en París y en las provincias del
reino. Se hicieron rogativas, se celebraron romerías y bailes populares. Y Luis
XIII en persona se ocupó de los detalles de la ceremonia del parto, al que
deberían asistir reglamentariamente, además del alto personal de la corte, el
canciller Séguier, los superintendentes, el presidente del Parlamento de París
y el preboste de los mercaderes de la capital.
El
rey se encontraba en campaña, pues la guerra se había encendido de nuevo en
Picardía y las tropas españolas amenazaban conquistar la ciudad de San Quintín.
Finalmente, el monarca decidió volver a Saint-Germain para estad presente en el
acontecimiento, dejando al cardenal Richelieu al frente del ejército y
comunicándole con un mensajero cotidiano las novedades de palacio.
El
ansiado heredero nació el 5 de diciembre en medio de la expectación y el
regocijo generales. Era un niño robusto y grande que aparentaba tener una buena
salud. El rey exclamó ante los príncipes de la familia, al mostrarles el recién
nacido: «He aquí, señores, un efecto milagroso de la gracia de Dios, porque es
así como hay que interpretar la llegada de este niño tan hermoso, después de
veintidós años de matrimonio y de los varios abortos de la reina.»
Capítulo
2
La
regencia, el mando de Mazarino y el joven rey
Luis
XIII sobrevivió poco tiempo al nacimiento de sus dos hijos, Luis, el Dieudonné,
y su hermano el príncipe Felipe, llamado «Monsieur». La mala salud del rey, su
carácter reconcentrado y sus aficiones ambiguas, la disparatada alimentación
que le prescribieron los médicos, su obsesión religiosa que le hacía cambiar de
confesores y de obispos a quienes consultar con gran frecuencia, le hicieron
vivir en una hipocondría galopante que desembocó en una grave enfermedad, mal
diagnosticada. Resultó ser una peritonitis infecciosa que le llevó a la muerte
en 1641. Richelieu ya había fallecido, con lo que su enemiga y rival, Ana de
Austria, que iba a ejercer la regencia hasta la mayoría de edad del joven
vástago, tuvo un alivio notable.
El
hombre de confianza de la reina resultó ser otro cardenal, esta vez italiano,
Mazarino, hombre de suaves modales, menos duro que Richelieu y enteramente leal
y aun devoto de Ana de Austria. Luis XIV tenía tres años al convertirse en
presunto rey. Dicen que poco antes de morir, Luis XIII quiso ver a su heredero
para despedirse de él y le preguntó: « ¿Cómo te llamas? A lo que el mozalbete,
con desparpajo, le contestó: «Luis XIV, papá.» Si non e vero… Lo cierto que
resulta de todos los testimonios es que era un mozo que venía muy bien formado
en lo físico; aficionado a los juegos infantiles; que empezó pronto a asistir a
las cacerías y a los desfiles y que mostraba una gran aplicación en aprender
bien la lengua, conocer la historia de su país y de su linaje y hacer que le
explicaran el funcionamiento de la corte y del papel decisivo que en ella había
de ejercer cuando llegara al trono.
Su
educación religiosa fue minuciosamente supervisada por su madre, la regente Ana
de Austria, quien le inculcó los fundamentos religiosos del catolicismo y le
señaló los riesgos de las herejías protestantes y hugonotes, lección que
aprendió bien el futuro rey, cuya fobia a la «religión», como se llamaba al
sector hugonote, iba algún día a manifestarse en forma brutal e inequívoca
durante su reinado. Por lo demás, Luis XIV nunca incurrió en misticismos
equívocos, como los de su padre, Luis XIII. Más bien cabría decir que su
religiosidad católica la asumía como un ingrediente obligado de su condición de
«rey cristianísimo», anejo histórico a la Corona de la monarquía francesa. Sin
embargo, como luego veremos, hizo compatible la misa diaria, que él presidía desde
el coro real de la capilla de Versalles, con los amores, también cotidianos,
que mantenía públicamente con sus favoritas más conocidas y cuya descendencia
espuria legitimó con generosa profusión.
Luis
XIII había sido, dentro de sus notorias limitaciones señaladas, un rey muy
consciente de su deber político. Tenía a medio país sublevado por la rebelión
de los nobles, las conspiraciones y las frondas de diversa condición. Los
ingleses, los españoles, los príncipes germanos y austriacos del imperio de
Viena, disputaban a Francia el predominio en Europa y la superioridad militar
francesa que se revelaba creciente. Richelieu fue el hombre de Estado más
importante que tuvo Francia en el siglo. Su frialdad táctica, su dureza
implacable, su impasible utilización de toda clase de medios -espionaje,
sobornos, atentados, campañas de opinión, guerras por sorpresa-, le permitieron
asentar a Luis XIII en el trono y prevenir los manejos de la corte española,
que torpemente hizo caer a la reina Ana de Austria, hermana de Felipe IV, en
más de una aventura política comprometida, rozando la calificación de «alta
traición».
La
regencia de Ana de Austria, apoyada y ejercida de hecho por Mazarino, se volvía
a enfrentar con el clima de subversión y de Fronda que se palpaba en todo el
país. Ambos lucharon juntos, durante los años de la minoridad de Luis XIV, para
asentar el predominio del trono sobre las sucesivas rebeliones acaecidas.
Mientras tanto los historiadores más severos afirman la gran probabilidad de
que la reina Ana de Austria estuviera enamorada de Mazarino y aun casada en
secreto con él.
Es
difícil realizar, a la distancia de tres siglos, una semblanza verosímil de
cualquier personaje histórico. De Ana de Austria poseemos algunas
descripciones' magistrales: a los cuarenta y un años de edad era una mujer
hermosa, bien formada, ojos grandes, nariz prominente, boca pequeña, apetitosa,
senos bien asentados. Las manos blancas y atractivas. Se vestía sin lujo ni
ostentación y no se pintaba el rostro. Le gustaba despertar la admiración de
los hombres. Tenía un punto de altanería que a veces desembocaba en actitudes
arriesgadas. Dicen que era escasa su cultura, pero inmenso su conocimiento de
la corte y su funcionamiento.
Era
devota «a la española». Rezaba durante horas, celebraba novenas y acudía a
conventos con donativos y promesas de ayudas materiales. La divertía actuar en
los escenarios del teatro de la corte, en los que declamaba su papel con cierto
«aire castellano». Comía mucho y dormía hasta bien entrada la mañana. Nadie
suponía que fuera capaz de gobernar el complejo y revuelto reino, después de la
pareja formada por Luis XIII y Richelieu para defender el Estado. Tal era el
perfil de la madre de Luis XIV descrito por su camarera mayor, madame de
Motteville. (Memorias de madame de Motteville)
Del
otro gran protagonista, Mazarino, hay, asimismo, un abundante repertorio de
retratos decisivos. He aquí un breve resumen de su biografía.
Era
hijo de Pietro Mazarino, siciliano, mayordomo de los Colonna, el antiguo y
noble linaje. Estudió derecho civil y canónico en la Universidad de Alcalá con
gran aplicación. Logró un puesto de capitán en la guardia pontificia; fue
«cliente» de allegados del Papa y diplomático encargado de misiones
ocasionales. Logró ser nombrado canónigo de San Juan de Letrán; legado en
Avignon y finalmente en la corte de Francia. Se ofreció a Richelieu, ganando su
confianza y obtuvo a través de él nada menos que el capelo cardenalicio. A la
muerte de aquél, recibió de Luis XIII, en sus últimos años, el nombramiento de
primer ministro. Era un italiano astuto, de aire humilde, pretendía no ser
nada; decía que tenía siempre listo el equipaje para volverse a Roma; perpetuo
urdidor de combinaciones sabias; sonriente, componedor; el polo opuesto del
cardenal Richelieu que había gobernado despóticamente, con cetro de hierro, el
reinado anterior hasta su muerte.
Fino
psicólogo -Mazarino- adivinó la situación de Ana, la reina regente, abrumada
por la responsabilidad de gobernar la Francia que caía en sus manos: una nación
revuelta, conspiratoria, propicia a la guerra civil, de todos contra todos.
Mazarino, sonriente, aparentemente dúctil, se ofreció a la viuda española para
ayudarla a llevar el peso de la Corona hasta que Luis XIV se convirtiera en el
rey efectivo.
La
reina regente residía en el palacio real de París y se trasladó al cercano
Louvre, que ofrecía mayores comodidades. Su instalación fue regia, con muebles
y cuadros, alfombras y tapices de exquisito gusto. Mazarino compró al poco
tiempo un hotelito cercano. Se abrió una puerta en la parte trasera del jardín
cardenalicio para que pudiera acudir con mayor disimulo a despachar
cotidianamente con la regente. Al cabo de unos meses, la reina anunció al
consejo real que, debido a la mala salud de Mazarino, era conveniente que
viviera más cerca y con más cómodo acceso, para lo cual se proponía habilitar
un recinto en el mismo palacio real que le sirviera de residencia permanente.
¿Fue
un nido de amor de la mujer madura para el ladino aventurero italiano? La
correspondencia de los dos amantes revela bastantes detalles de este romance de
la madre de Luis XIV, confirmando la hipótesis verosímil del matrimonio secreto
verificado entre ambos. Existe incluso una historia verosímil de que fuera san
Vicente de Paúl quien llevara a cabo en la intimidad la bendición de dicho
enlace. Hubo un personaje que fue seguramente informado de lo ocurrido: el
joven Luis XIV. En las numerosas cartas que intercambiaron la reina y el
cardenal en esos años, hay unas palabras claves para encubrir a las
personalidades aludidas en los textos. A Luis XIV le llaman ambos «el
confidente»; es decir, el portador del grande y augusto secreto.
Ernest
Lavisse, en su prodigiosa historia del reinado de Luis XIV, escribe comentando
la situación que «fue un período en el que, a raíz de un cúmulo de
circunstancias, la monarquía francesa cayó en manos de una española y de un
italiano». «Mazarini, como siguió firmando hasta su muerte, era un gran
aventurero, un prodigioso comediante que representaba a la perfección sus
papeles de gobernante, que protegió inteligentemente las artes y las letras,
dando a Francia en su testamento los bienes para levantar el edificio del
"Instituto" y con él la apertura a la cultura con la instalación de
las Academias y la célebre Biblioteca Mazarino.»
Era
también un hombre que amaba las-cosas bellas, las pinturas, los libros de
horas, los incunables, las colecciones de cartografía, las joyas, el dinero y
el juego. Su fortuna, al morir, se calculó en cientos de millones. Supo gozar
de su poderío y rodearse de un aparatoso séquito de guardias, especialmente
trajeados, que desfilaban dando escolta a su lujosa carroza. El joven Luis XIV,
con el que se entendió muy bien en los años de aprendizaje del rey, asistía a
los consejos de la Corona y no perdía ocasión de hacerle preguntas, sin cesar,
sobre los asuntos del Estado. Cuentan que en cierta ocasión, estando con un
grupo de amigos jóvenes, el monarca adolescente vio pasar el ruidoso y
exhibicionista cortejo de Mazarino y exclamó: « ¡Ahí va el gran Turco con su
guardia!»
Muerto
el cardenal, se abrió paso a la entronización definitiva del rey. Tenía el
monarca veintidós años y medio. Era un mozo arrogante, de facciones acusadas.
En sus ojos castaños fulguraba una mirada grave y reposada. Su andar era
mesurado y majestuoso. Daba la impresión a la vez de gracia y seriedad. Pero su
juventud se manifestaba también en juegos, bailes y comedias en los que tomaba
parte, con gentes de su edad, admitidos en la corte.
Escuchaba
con atención a los visitantes y respondía con calma a las peticiones que le
formulaban sin alterar su pasividad. Casi nunca entraba en crisis de cólera o
enfado. Usaba de la muletilla «Ya veremos» cuando no quería rechazar de plano
una cuestión. Era, dicen los que le trataron de cerca, circunspecto, moderado y
enemigo de improvisaciones.
Tenía,
eso sí, una alegría profunda por el placer de ser rey. En sus Memorias hay un
párrafo que dice: «El oficio de monarca es grande, noble y delicioso.» Su deber
principal era el del trabajo oficial. Todos los días, desde la adolescencia,
dedicaba muchas horas a escuchar a los ministros, a oír a los mariscales,
recibir audiencias, aprobar decretos y órdenes. Y controlar minuciosamente los
asuntos de la corte, incluidos los programas de los festejos y de sus viajes
oficiales.
Era
Luis XIV un joven glotón que disfrutaba con las disparatadas minutas de la
época que le provocaban fuertes crisis digestivas. Su salud se resentía y
envejeció pronto, sin que los médicos ayudaran a mejorar la situación. Pero
durante medio siglo laboró sin cesar, entregado a la regia y cotidiana tarea de
dirigir el Estado francés, todavía endeble y gravemente averiado por las
tremendas y continuas guerras exteriores y los quebrantos que la atroz guerra
civil de la Fronda hubo de causar en la riqueza y bienestar económico del
reino.
Llegó
la hora de pensar en el matrimonio del rey. Su madre Ana de Austria, a la que
Luis XIV quería entrañablemente, fue la primera en plantear el problema que
requería urgencia por la necesidad de asegurar la descendencia, impidiendo las
intrigas del hermano del rey, Felipe, duque de Anjou y hombre de mala
reputación en el entorno de la corte.
El
joven rey manifestó muy pronto su decidida afición a las mujeres. Sus primeros
escarceos amorosos de adolescente fueron precisamente con una de las cinco
hermanas Mancini, sobrinas y protegidas del primer ministro, Mazarino. Luis XIV
comenzó su romance de amor juvenil con Olimpia, pero al cabo de unos meses
descubrió que María, su hermana, era su compañera de juegos sexuales preferida.
Ana de Austria, que observaba de cerca las diversiones y enredos de su joven
vástago, se alarmó al comprender que el apasionado cortejador estaba
profundamente enamorado de la bella italiana. Temiéndose lo peor, lo comentó
con el cardenal Mazarino, quien con su ladino talento le prometió que hablaría
con ella y que en ningún caso apoyaría un matrimonio del rey con una sobrina
suya. Esta prudente actitud le valió un inmenso agradecimiento por parte de la
regente, que inmediatamente se dedicó a buscar entre las casas reinantes
europeas una solución matrimonial conveniente para los intereses de la casa de
Francia.
Tal
fue el comienzo de un larguísimo proceso que iba a culminar con el enlace del
joven rey con una prima hermana suya, la infanta Margarita de Austria, hija de
Felipe IV y sobrina de la reina Ana, y a cuyo acontecimiento dedico el capítulo
siguiente. Hubo otras soluciones matrimoniales posibles, propuestas por
personalidades de otras cortes, hostiles a esta idea que volvía a traer una
reina española al trono francés. Incluso se planteó la posibilidad de una
princesa saboyana como candidata. Pero la infanta de Madrid es la que
finalmente se llevó el gato al agua y puede decirse que ella fue la última gran
jugada diplomática de Mazarino, cuyas consecuencias se extendieron a la
historia de Europa de los dos siglos siguientes.
¿Cuál
fue la educación recibida por Luis XIV en los años juveniles? Según opinión de
sus contemporáneos, era un mal alumno. Debido en parte al poco interés de
Mazarino por la pedagogía escolar y la indiferencia de su madre, la reina, por
todo género de estudios. También influyeron en ese déficit de enseñanzas, los
azarosos años de la guerra civil, durante la regencia y su cortejo de
sublevaciones. Fueron tiempos de fugas obligadas de la corte, traslados
urgentes y batallas en toda regla. El adolescente Luis XIV vivió de cerca la
vida militar de las escaramuzas, de los sitios y de los grandes combates. Se
acostumbró a vivir sobre la silla del caballo durante un día entero y demostró
un gran valor personal, inasequible al riesgo de los arcabuces y de los cañonazos
próximos. Se hacía presente en los consejos de guerra de la campaña y escuchaba
con admiración reverente las opiniones del mariscal de Turenne, tenido
entonces, con buenas razones, como una de las primeras espadas de Europa.
Todo
ello le dejó un regusto castrense que acabados esos años de las contiendas
civiles, le hicieron disfrutar de los desfiles, maniobras y revistas de sus
tropas, que eran -por decirlo así- su afición favorita. Conoció a sus pocos
años la esencia de los ejércitos de Francia, su organización interna, su
doctrina de guerra, el sistema de los sitios y la personalidad de sus grandes
jefes. Nunca dejó de tener presente, en su largo reinado, la importancia de ese
instrumento militar para el desarrollo de su política exterior. Era -y lo fue
siempre- un rey soldado.
Mazarino
enseñó también al joven monarca los complejos senderos de la política exterior,
el sacrificio de todo escrúpulo a la llamada razón de Estado. Del fino artista
siciliano aprendería seguramente la brutal realidad de los entresijos de la
Europa de aquellos tiempos, en que la Iglesia de Roma y el emperador de Viena
pastoreaban el gran rebaño de los fieles cristianos y en el que las elecciones
al papado se gestionaban entre las cancillerías de Occidente con recuentos de
votos cardenalicios en los que cabían la influencia, el soborno y la coacción
La
anécdota del cardenal de Retz, implicado de forma activa en las conspiraciones
de la Fronda y encastillado en el palacio del arzobispado de París, es digna de
mención.
El
joven rey tenía quince años cuando le llegó la noticia de que Retz venía a
rendirle homenaje en palacio. El rey se dirigió hacia la capilla y el cardenal
le salió al encuentro. Luis XIV le habló de una comedia que tenía pensado
estrenar en el Louvre. «Pero no quiero que haya nadie en el teatro.» Era la
consigna para que la guardia real arrestara al cardenal allí mismo. Fue, en
efecto, «una buena comedia» la que tenía preparada el monarca.
La
atroz experiencia de la Fronda y sus traiciones y sobre todo los consejos de
Mazarino despertaron en el adolescente soberano un recelo universal a las
gentes que le rodeaban o visitaban. Aprendió en seguida a disimular, a mentir y
a desconfiar. Y al mismo tiempo se propuso que no hubiera permisos, ni
libertades, para que existieran «asambleas», ni «reuniones» de signo político
en el territorio del reino y en los castillos de la nobleza. Solamente quedaría
una corte que será poco a poco, a medida que crezca, la que aumentó en número,
cada año, por voluntad real. Quiso tener el rey ante sí -escribe un
historiador- a los príncipes díscolos, a los duques conspiradores, a los
facciosos arrepentidos, a los hijos de los rebeldes, para que abandonasen sus
castillos y sus feudos y poder observarlos cotidianamente, mientras les
proporcionaba ocupaciones, diversiones y placeres, a la vez que les otorgaba en
forma minuciosa y personalísima las mercedes, gracias, títulos, cargos, premios
y subvenciones de toda especie. Pero, eso sí, a condición de que el rey fuera
el mecenas universal, el dispensador que otorgaba todos los bienes. En sus
Memorias, Luis XIV explica que «todos los ojos del reino se fijan en el rey y a
él se dirigen las esperanzas, los respetos, las dádivas y las gracias. Su
voluntad es el origen de todos los bienes. Al acercarse a su persona se eleva
la estimación propia. Todo el resto es materia estéril».
El
gobierno monárquico se convierte así en un inmenso espectáculo en el escenario
de un solo actor, el rey. Para él no existía otro principio ni fin de todas las
cosas. Su endiosamiento fue voluntario y premeditado. «El Estado soy yo.» Esta
frase -que acaso falsamente se le atribuye- era una honda convicción que llevó
consigo hasta su muerte.
Capitulo
3
El
matrimonio español
Desde
1648, la ascendente hegemonía de Francia en Europa comenzó a ser una realidad
indiscutible. A pesar de los desastres interiores y la revelación de la
flaqueza del Estado frente a las rebeliones de la nobleza, la Corona del joven
rey se asentaba sobre el prestigio militar y las sucesivas victorias
conseguidas frente al imperio austriaco y sus aliados en una guerra cruenta que
llevaba diez años de vigencia. Las negociaciones de paz se iniciaron en Münster
y Osnabruck, en 1644, a ritmo deliberadamente lento, con la mirada puesta en el
desarrollo final de la guerra misma. Pero al fin los llamados tratados de
Westfalia se firmaron por los numerosos plenipotenciarios presentes, los
católicos en una ciudad y los protestantes en otra.
La
paz había revelado la grave debilidad del imperio de Viena, al sacudirse los
350 pequeños estados, antiguos vasallos históricos de la Casa de Austria, los
vínculos interiores, para convertirse en casi soberanos, con voluntades
políticas propias. Los Habsburgo se transformaban así, poco a poco, en
emperadores nominales de un inmenso mosaico de principados, ducados, ciudades
libres y obispados independientes. Las fronteras con Francia se definieron esta
vez con rotunda claridad. El reino de España, presente en las conversaciones,
se retiró de la firma de ese tratado porque Felipe IV no perdonaba al reino de
Francia el haber ayudado con dinero y campañas militares a los levantamientos
separatistas de Cataluña y de Portugal.
El
gobierno de Madrid, sin embargo, reconoció la independencia de las Provincias
Unidas, antes de retirarse del Congreso de Westfalia. El antagonismo bélico
entre Madrid y París siguió adelante, y duraría aún varios años. Hubo victorias
y derrotas españolas y francesas por tierra y por mar. En 1656 Mazarino envió,
en secreto, a Madrid a su mejor diplomático, Hughes de Lionne, heredado de
Richelieu, con instrucciones precisas: las de explorar las posibilidades de un
tratado de paz, con España, que pusiera término a un conflicto de tantos años.
Existían, sin embargo, algunos serios obstáculos. Las mujeres, por ejemplo, no
estaban descartadas en la dinastía española, de la sucesión al trono. Por otra
parte, el infante don Carlos, el futuro Carlos II, se adivinaba que venía muy
enclenque de salud y acaso duraría poco. Cayó, en esto, enfermo grave el joven
Luis XIV, y Ana de Austria pensó que era un «aviso del cielo», para que de una
vez se hicieran las paces entre los Austrias de Madrid y los Borbones de Francia.
Mazarino, como siempre, se sometió a la sugerencia de la reina Ana y prometió
agilizar la lentísima negociación entablada en Madrid. El proyecto de boda
saboyana fracasó después de las entrevistas de Lyon entre Ana y Luis XIV con
las princesas saboyanas.
Luis
XIV aceptó, con indiferencia, el encuentro con la princesa Margarita de Saboya.
Era ésta una mujer morena, amable y discreta. Pero el joven rey hizo una de las
suyas, incorporando a su adorada, María Mancini, la Mancinette, al nutrido
séquito de la comitiva. Refieren los cronistas que el posible novio de la
saboyana se escapaba de vez en cuando a caballo, con la hermosa sobrina del
cardenal para hacer excursiones por los alrededores de la ciudad. La noticia
del encuentro prematrimonial con la princesa italiana fue utilizada en Madrid
para hacer saltar la cólera de Felipe IV. «Esto no puede ser y no será»,
exclamó. El diplomático español Pimentel fue enviado, como correo real urgente,
a Lyon para ofrecer la mano de la infanta María Teresa de Austria, hija del rey
de España, como posible esposa de Luis XIV. Este último aceptó sin entusiasmo,
pero como deber ineludible, la solución española. Mientras tanto, de regreso en
París, seguía adelante en su cortejo amoroso con María Mancini. Tuvieron que
intervenir en el asunto directamente Ana de Austria y Mazarino. Las presiones
conjuntas, amenazadoras de ambos personajes, dieron, por fin, resultado. Luis
XIV declaró que seguiría pensando, en silencio, en aquella mujer extraordinaria
que le había revelado el mundo del amor. María fue confinada en el castillo de
Brouage y su tío el cardenal le recomendó que leyera a Séneca, que por lo visto
era entonces un buen remedio para los desengaños de la pasión. Su buena
conducta y actitud obediente fue recompensada con su futura boda, que se
celebró un par de años después, con el duque de Tagliacoli, príncipe de
Castiglione, condestable del reino de Nápoles, perteneciente al ilustre linaje
de los Colonna.
Mientras
tanto, los preparativos de la paz hispano francesa se llevaba a cabo con
minuciosa lentitud. El propio Mazarino, de una parte y don Luis de Haro, primer
ministro, con un nutrido grupo de expertos y acompañantes y un considerable
cortejo militar y civil se dieron cita en la frontera del Bidasoa. La
suspensión de hostilidades se llevó a cabo en mayo de 1659. La tregua se renovó
en junio. Mazarino y Haro decidieron levantar un doble edificio provisional en
la isla de los Faisanes para albergar a las dos delegaciones. La isla
representaba un terreno neutral, a igual distancia de Hendaya y de
Fuenterrabía. Los negociadores se albergaban también en San Sebastián y en San
Juan de Luz, respectivamente.
El
13 de agosto comenzó la conferencia propiamente dicha entre los
plenipotenciarios que duró larguísimo tiempo: casi tres meses. Los asuntos eran
tantos y tan complejos, que llegar a la paz después de diez años de batallas y
combates navales, en múltiples escenarios europeos, representaba un formidable
esfuerzo de componendas, de cesiones mutuas, de reclamaciones y de pleitos
fronterizos. España cedía el Rosellón, la Cerdeña, el Artois, el Luxemburgo
francófono, el ducado de Bar en Lorena y una serie de fortalezas que
garantizaban las fronteras del este de Francia. La frontera no fue tanto un
sistemático imperativo de la orografía como un resultado tardío de la historia.
El Tratado de los Pirineos (1659) fue un mal negocio de la Corona española,
dispuesta a renunciar a casi todo para salvar lo imposible, Flandes, y supuso
la atribución de tierras catalanas a la soberanía francesa. Pedíamos a cambio,
los españoles, algunas cosas que hoy nos parecen absurdas; por ejemplo, que se
readmitiera en la corte de Francia, con todos los honores, al príncipe de
Condé, que durante las revueltas de la Fronda se había pasado a los ejércitos
de Felipe IV y había sido declarado traidor a la Corona. También solicitaba que
Francia no apoyara a Cromwell en Inglaterra, por ser su partido «republicano».
Y que Francia no reconociera en ningún caso ni ayudara al flamante rey de
Portugal.
Pero
la elaboración del tratado iba avanzando hacia su desenlace más importante: le
mariage espagnol. Mazarino vio en este matrimonio una relativa garantía que
evitaría la guerra con España en los años futuros. También adivinó que la
condición de «heredera eventual del trono de España» llevaba consigo la
posibilidad de alcanzar algún día otros objetivos de enorme importancia para la
dinastía francesa y para su porvenir hegemónico en Europa y América.
Felipe
IV exigió que el tratado contuviera explícitamente la renuncia de su hija María
Teresa y de sus descendientes a la sucesión de la Corona de España y sus
pertenecidos. Mazarino lo aceptó para las posesiones de España, Europa, América
y Ultramar. El cardenal exigió en cambio que los territorios españoles de los
Países Bajos quedaran exceptuados. Se aceptó esa petición francesa. Cuando se
redactó el texto de la renuncia, el hábil Hughes de Lionne incluyó un célebre
párrafo que alude a la dote que debe exigirse a España por la Corona de Francia
para que esta renuncia tenga validez. La dote fijada fue considerable: 500 000
escudos de oro, en tres plazos. Mazarino sabía que el tesoro español se halla
exhausto, a pesar de los galeones de Indias y que Madrid no pagaría nunca.
Entonces Lionne propuso un texto que empezaba con el vocablo moyennant,
participio activo -en castellano «mediante»- que anulaba el párrafo de la
cesión, si la suma de la dote no se pagaba. Una vez más, la sutileza del
cardenal y la habilidad del diplomático hicieron posible, diez años más tarde,
la sucesión de los Borbones de Francia, en el trono madrileño de los Austrias,
después de una larga guerra, llamada precisamente la de la Sucesión.
El
duque de Gramont fue el portador a la corte de Madrid de la solicitud oficial,
de la mano de la infanta María Teresa para el rey de Francia. Llevaba un
cortejo lucido y numeroso. Fue recibido en Madrid con toda solemnidad y se
fijaron la fecha y el lugar para el acontecimiento. El cortejo de Felipe IV
salió de Madrid con un cálculo aproximado de muchos días de viaje, dada la
velocidad y la distancia del recorrido. Uno de los miembros del cortejo afirma
que la larguísima expedición de numerosos carruajes, escoltas y repuestos
alcanzaba una cola de algo más de seis leguas. Era lenta y majestuosa su
marcha, como convenía a la severa etiqueta y protocolo de la monarquía de los
Austrias. El rey Luis XIV salió al encuentro de su novia desde París con otro
no menos importante séquito. Se convino por ambas partes en llegar al unísono a
la frontera del río Bidasoa y aprovechar los pabellones de la conferencia de la
paz, que habían firmado siete meses antes Mazarino y don Luis de Haro. El mutuo
diálogo empezó el día 6 de junio y duró hasta el día 7. Diego Velázquez, pintor
de cámara, era uno más de la ceremonia. El rey y su tío, Felipe IV, se
abrazaron con efusión, después de tantos años de feroces contiendas. También
resultó emocionante el saludo de Ana de Austria con su hermano Felipe IV, al
que no veía desde hacía cuarenta años.
En
la iglesia parroquial de Fuenterrabía, y antes de que se iniciaran las
ceremonias de la isla, había tenido lugar, el día 3, la boda «por procuración»
de María Teresa con Luis XIV, representado con mandato especial por don Luis de
Haro, pues así lo exigía el complejo protocolo. Bendijo la unión el obispo de
Pamplona y terminó con un inmenso y clamoroso aplauso de la población. Los
representantes franceses que vinieron a la ceremonia comentaron que la novia
«tenía buen color, debía hallarse en plena salud, era pequeña y respiraba
modestia y sencillez».
La
boda definitiva se verificó en la iglesia de San Juan de Luz con unos actos
deslumbrantes de lujo, exhibición y solemnidad. Los relatos de la ceremonia
hablan de «cuento de hadas» y detallan los aspectos más notorios del suceso. El
uniforme del rey de Francia era de tejido de oro. La novia llevaba una capa de
terciopelo morado y flores de lis bordadas con hilo de oro, con una corona
sobre la cabeza. Buena parte de la corte de París y de Madrid llenaban el
bellísimo templo. Terminada la misa, los reyes de Francia salieron, bajo un
palio, a recibir el homenaje popular. Ana de Austria, con un vestido rutilante,
marchaba en segundo lugar. Hubo grandes problemas de protocolo en lo tocante a
las colas, mantos y demás detalles de la indumentaria femenina, de las
princesas y de las que ejercían jurisdicción en la corte. San Juan de Luz se
hallaba engalanada con tapices y guirnaldas de extraordinaria factura. Los
recién casados se dirigieron a la residencia que tenían preparada para el
estreno nupcial. Ana de Austria acompañó a su hijo y sobrina al lecho conyugal
y cerró simbólicamente las cortinas del mismo. Empezaba un nuevo capítulo de la
historia de Francia y de España.
El
regreso de la pareja real a París se hizo por etapas, mientras la capital se
preparaba al magno recibimiento. Las calles y edificios se engalanaron como
nunca se había conocido. El sol veraniego brillaba sobre la capital. El trágico
recuerdo de la Fronda se había esfumado. La paz con España era el anuncio de un
período que se suponía de tranquilidad y de gloria. En el barrio de San Antonio
comenzó la fiesta del homenaje y sumisión de todas las corporaciones y gremios
y de las llamadas «compañías superiores». El clero de París desfiló en cabeza
con la cruz alzada y los pendones parroquiales. Los doctores de las
universidades con togas de colores y birretes; las cortes de justicia, después
y, cerrando el desfile, el Parlamento en pleno.
Siguió
la entrada oficial de los reyes en su capital. Luis XIV, a caballo, escoltado
por la guardia real y seguido de los príncipes de su casa y altos cargos de
palacio. La reina marchaba en una carroza descubierta seguida de las damas de
la corte y de las princesas. Los cronistas de la época aseguran que nunca el
pueblo de la capital había manifestado tan espontáneo entusiasmo callejero como
en esta ocasión. Los reyes tardaron varias horas en alcanzar el palacio del
Louvre.
El
joven monarca tenía veintidós años, pero esta apoteosis irresistible de su
pueblo debió de hacer mella indudable en sus decisiones ulteriores. La novia
española era discreta y no demasiado agraciada. Las damas más chismosas del
entorno real decían que la reina era enana, oscura de tez -«acaso tuvo
antepasados árabes»-, que carecía de atractivo sexual suficiente para evitar
las tendencias irresistibles y aventuradas del flamante rey. Pero éste
seguramente pensaba en otro aspecto más fundamental entonces para su persona:
cómo ejercer el poder. Hasta entonces había actuado, junto a Mazarino, en un
segundo plano; dejándole hacer y tratando de aprender el arte del gobierno de
Francia, observando al astuto cardenal italiano y preguntándole sin cesar sobre
asuntos, guerras, diplomacias y personajes de la corte. Los últimos éxitos
militares, la paz de Westfalia, el tratado de los Pirineos, la amistad con
España, eran un conjunto de favorables resultados que era preciso reconocer
como extraordinarios.
Su
ambición de reinar y gobernar a un tiempo, de cambiar el orden de los asuntos,
de elegir libremente a sus ministros, de organizar los diversos consejos y
entregarse a los goces y los riesgos del poder absoluto predominaban en su
espíritu. En sus Memorias escribe textualmente estas palabras sobre ese
momento:
«Comencé
a mirar con detalle todos los componentes del Estado, pero no con ojos de
indiferencia, sino con visión de soberano.»
¿Sería
Mazarino un obstáculo a sus juveniles ambiciones? ¿O buscaría, una vez más, una
salida inesperada a su perpetua ambición de ejercer el poder en cualquier lugar
o puesto? Empezó a correr la voz en el mentidero de la corte de que el inquieto
cardenal, intuyendo que la popularidad del rey le haría sentirse tentado de
ejercer directamente el mando del Estado, había explorado en Roma la
posibilidad de recibir las órdenes sagradas y aspirar -dado el enorme número de
contactos políticos que había llevado a cabo en los últimos años en toda
Europa- a ser elegido Papa en el próximo concilio.
La
muerte sin embargo le acechaba, cortando con ello esta última aventura del
inquieto cardenal. A primeros de marzo de 1661 se agravó súbitamente y pidió
que viniera el rey para despedirse de él. Le dio recomendaciones y consejos,
todos ellos de prudencia y moderación en la política interior y externa. Elogió
a Fouquet, el hombre de las Finanzas, por su habilidad en lograr créditos y
dinero para el tesoro exhausto del reino, a Le Tellier, que había creado el
poderío militar de la Francia hegemónica. Y a Hugues de Lionne, el legendario
diplomático, inventor de la «dote» de la reina. El mismo día en que expiraba
Mazarino, el rey convocaba a los ministros del gabinete. Después de elogiar al
difunto y sus principales realizaciones, Luis XIV anunció que pensaba ocuparse
personalmente de los asuntos de Estado y que «era conveniente pensar en
introducir, en muchos de ellos, urgentes cambios y reformas para remediar el
desorden existente».
Los
miembros del gabinete no salían de su asombro ante el tono enérgico y decidido
de aquel muchacho de veintidós años que se proponía actuar «en todo aquello que
el tiempo y la disposición de las cosas me permitan hacerlo». Era una
declaración de pragmatismo regio y también de absolutismo monárquico, doctrina
que se abría paso en varias cortes europeas en aquellos años. Un gran
historiador francés, François Bluche, ha referido en páginas magistrales la
histórica escena que puede llamarse «la iniciación del rey absoluto», en esas
horas que siguieron a la muerte de Mazarino. Reproduce el texto de un testigo
presencial -Lomenie de Brienne, secretario de Estado- de la reunión en la que
el rey comunica su resolución a los reunidos: «El rey había reunido en la cámara
de la reina madre a los príncipes, duques, ministros de Estado para
comunicarles personalmente que había tomado la resolución de mandar en el
Estado bajo su responsabilidad. A continuación los despidió con gran cortesía
diciéndoles que cuando tuviera necesidad de sus consejos los haría llamar para
escucharlos. También me dio el encargo de escribir a iodos los embajadores
extranjeros para hacerles saber la resolución de su majestad de gobernar en
persona el Estado a fin de que lo comunicasen a los reyes o príncipes a quienes
sirven.»
Fue
un comienzo de reinado duro, efectivo, sorprendente, pero útil por lo que tuvo
de aviso, en especial a los nobles, los grandes, los poderosos del reino que
habían demostrado sus deslealtades y sus ambiciones en los trágicos años de la
Fronda.
La
primera parte de esta reforma personal del Estado la llevó a cabo con rapidez
inusitada. No es exacto calificarlo de golpe de Estado, sino más bien como la
búsqueda de un sistema de equilibrio entre el poder real y los hombres de los
colectivos, de diversa índole, que existían en la sociedad francesa de aquel
tiempo. El consejo del rey se transformó con una delimitación mucho más precisa
de lo que antes existía. Los seis grandes departamentos recibieron atribuciones
concretas y su «geometría» alcanzó dimensiones mejor definidas. Séguier, Le
Tellier, Colbert, Fouquet, Lionne, fueron los hombres que utilizó para dar
continuidad a la tarea rectora. Pero su visión iba mucho más allá: quería
evitar conflictos futuros y asentar la omnímoda autoridad suya sobre cualquier
decisión importante. El Estado será él y su voluntad. Y ello iba a durar -como
sistema- cincuenta y cuatro años, de 1661 a 1715; es decir, medio siglo de la
historia de Europa. El más largo reinado de la dinastía capeta desde sus
primeros titulares.
Pero
no me propongo en este libro contar la historia del reinado de Luis XIV, sino
la historia del Rey Sol.
Capítulo
4
Luis
XIV toma el mando
Después
de firmado el tratado de los Pirineos y el compromiso de paz con España,
Francia ascendió a un nivel hegemónico en Europa que hasta entonces no había
conocido. Los Habsburgo del imperio vienés perdieron posiciones decisivas en
Münster y Osnabruck, y el reino francés ganó consolidaciones notables en su
línea fronteriza del Rin y de Flandes. Sin embargo se hallaba latente un grave
fermento de malestar político como residuo de los años tremendos de la Fronda y
cierta resistencia de la nobleza a integrarse del todo en el cuadro político de
la monarquía. Luis XIV intuyó que el deseo de paz y de unidad aconsejaba
establecer el orden y la estabilidad por encima de todo, y a ello dedicó la
frenética actividad de su gobierno durante sus primeros años. Se sintió atraído
por los escritos de Bossuet, quien magnificaba el poder real, apoyándolo en el
derecho divino de los monarcas con citas y argumentos sacados de la Biblia y de
los Evangelios. El rey se consideró un enviado de Dios, ungido por la religión
del Estado; infalible; y como veremos más tarde, convencido de que la misión
suya era también la de apacentar la Iglesia galicana en sus relaciones con el
papado y frente a las, otras religiones o sectas que pululaban en el subsuelo
francés.
Aceptó
el equipo de gobernantes legado por Mazarino, pero quiso pronto dar noticia de
que podía prescindir de cualquiera de ellos en caso de que opinara que lo hacía
mal o que su reputación dejaba que desear. Ello ocurrió con el superintendente
Fouquet, «el mago de las finanzas» -diríamos en lenguaje de hoy-, que se
preciaba de lograr siempre, con malabarismos espectaculares, dinero suficiente
para el tesoro, para los gastos militares, las obras públicas y para los
proyectos, pequeños y grandes, de la monarquía y de sus titulares.
Fouquet
era de familia bretona; su padre fue consejero de Estado y lo introdujo en la
vida pública. Mazarino lo aprovechó para sacar a la Corona de apuros, después
de las guerras de la Fronda. Su reputación era muy discutida, y los fraudes y
manipulaciones que llevaba a cabo llamaron la atención de sus compañeros de
gobierno. Para colmo de males, Fouquet, que era hombre de gran fortuna, decidió
encargar al arquitecto de moda Le Vau, un castillo residencial con las últimas
novedades suntuarias de la época en las cercanías de París. Así surgió un
prodigioso conjunto -Vaux-le-Vicomte- cuyo interior y los parques, fuentes y
jardines que lo rodean siguen siendo, hoy en día, un lugar preferido de
visitantes y turistas. Fouquet, hombre mundano, se creyó al abrigo de toda
investigación, adulando al joven monarca con las invitaciones a su residencia,
en las que celebraba fiestas suntuosas, seguidas de funciones de teatro a las
que concurrían Molière, La Fontaine, madame de Sévigné y gran número de
artistas, como Poussin, Le Vau y Le Brun. Era aquélla una pequeña corte
rutilante de lujo y de ingenio. Uno de esos festejos hizo desbordar la copa de
la envidia del rey, agravada por la indisimulada forma de cortejar que tuvo el
anfitrión a mademoiselle de La Valliére, que era entonces el amor preferido del
monarca.
Los
compañeros de gobierno, especialmente Colbert y Le Tellier, se encargaron de
azuzar el fuego de la sospecha y de la discordia. En medio de la general
estupefacción, Fouquet fue arrestado y sometido a proceso. Se descubrieron
numerosas irregularidades y colosales estafas que había protagonizado. Después
de un proceso escandaloso que duró tres años, fue condenado a destierro y
confiscación de sus bienes. Luis XIV no se conformó con ello y le encerró en la
fortaleza de Pignerol, juntamente con sus dos ayudantes. No se sabe la fecha de
su muerte. Se cree que fue envenenado por agentes del soberano.
Este
episodio dramático fue un aviso del rey a sus gobernantes y subalternos. Quiso
dar prueba de su independencia de criterio y también de su implacable
autoridad. Curiosamente, la construcción del maravilloso recinto de
Vaux-le-Vicomte y la naturaleza de las fiestas que allí se daban despertó en el
rey absoluto el deseo de levantar un conjunto parecido que representara la
apoteosis de las artes y sirviera asimismo de escenario a la floración de las
letras y del teatro francés. La construcción de Versalles fue, en cierto modo,
una consecuencia del esplendor arquitectónico de la caprichosa imaginación del
venal ministro de Finanzas.
Los
restantes miembros del gabinete del rey aprendieron en silencio la lección del
monarca. Colbert, Louvois y Le Tellier fueron el trípode del poder ejecutivo
del reino. Colbert es la figura más importante de la época. Venía de una
familia de la pequeña burguesía de Reims, comerciante de paños. Era minucioso,
cumplidor, ejecutivo, eficaz y siempre disponible para cualquier cargo o
misión. Lo descubrió Mazarino, tomándolo a su servicio como secretario,
encargado de misiones reservadas
La
maledicencia parisina le atribuía la gran fortuna que levantó el cardenal
durante su mandato y que también le sirvió a él para mejorar su situación
económica. A Luis XIV le fascinó la capacidad de trabajo, el orden perfecto de
aquel funcionario del Estado que siempre tenía a mano la solución legal y
administrativa de una decisión.
La
caída de Fouquet -en la que participó con la investigación secreta encargada
por el rey- le convirtió en sucesor suyo en el ministerio de Finanzas. Colbert,
que venía del estamento burgués, supo dar al rey lo que deseaba: un gobernante
eficaz que siempre dejaba al monarca la última palabra. Era de temperamento
frío y sus ataques de cólera eran proverbiales. Luis XIV le confió además la
Marina, le hizo marqués y le ayudó a colocar a sus familiares en los estamentos
de la alta nobleza. Veinticinco años duró el mando de Colbert en Francia. Se le
ha llamado con razón el principal soporte de la grandeza de Luis XIV. Éste
echaba mano de su habilidad burocrática para hacer frente a los torrenciales
gastos militares y civiles que acarreaba la magnificación del soberano. Su obra
económica inspirada en los principios de mercantilismo ha sido llamada con
justicia «colbertismo», en cuya aplicación utilizó un proteccionismo a
ultranza, junto a una industrialización a base de «manufacturas» que fueron
esenciales para estimular la producción francesa y su exportación a Europa
entera. Ello le llevó a crear una gran marina mercante y otra de guerra, a
construir puertos y a desarrollar un comercio exterior poderoso. Colbert fue el
verdadero artífice de la Francia moderna.
Tuvo
otra faceta que es necesario señalar también: como intendente de edificios,
artes y manufacturas, puso al servicio de la Corona el mecenazgo de la cultura.
El rey apoyó plenamente esa actividad. A Colbert se deben las academias de
inscripciones y letras, la de ciencias, la de Roma, las de pintura, de música y
arquitectura, y el Observatorio astronómico de París. Sutilmente fueron todas
ellas orientadas a la adulación y endiosamiento del que iba a llamarse,
finalmente, el Rey Sol.
Michel
Le Tellier fue otro de los grandes políticos del rey. Venía de la burguesía
parisina; era hijo de un alto funcionario, y Mazarino le utilizó nombrándole
ministro de la Guerra. Fue decisiva su intervención en la victoria militar
sobre la Fronda y en las negociaciones para la paz con los nobles -y príncipes-
sublevados. Luis XIV le mantuvo en su puesto y le encargó la formación
administrativa de un ejército moderno. Se llamó a la nueva formación «un
ejército monárquico», y resultó el instrumento favorito del rey para sus
aventuradas y costosas guerras en Europa.
Le
Tellier era un hombre duro, feroz con los subalternos, trabajador infatigable y
muy estimado por el soberano. A la vejez, quiso ser relevado del cargo y fue
nombrado canciller y ministro de Justicia. Dícese que reunió una fortuna
considerable, al abrigo del favor real. Pidió y obtuvo del monarca que su hijo,
el marqués de Louvois, le sucediera en el cargo de ministro de la Guerra, como
así ocurrió.
Louvois
entró a trabajar con su padre a los dieciséis años, en el despacho de la
subsecretaría del Ejército. A los treinta años, conocía hasta el último detalle
la organización militar del reino. Le gustaba halagar la vanidad y las
ambiciones de conquista del soberano y mantenía a raya a los grandes
mariscales, como Turenne, con el que tuvo choques vivísimos que hubieron de ser
solucionados en última instancia por el monarca.
Apoyado
por la incondicional simpatía de Luis XIV, Louvois llevó a término la obra de
su padre: «el ejército permanente». La disciplina fue modernizándose poco a
poco y desapareció el arcaico sistema de «las bandas armadas», creándose una
ordenanza administrativa del ejército para toda Francia. Su célebre Ordre du
Tableau dio acceso a las clases más humildes del reino a los altos grados de la
jerarquía militar. Fue el verdadero fundador del poderío militar francés.
Louvois,
apoyado por el rey, fundó nada menos que tres academias de artillería, en
Douai, Metz y Estrasburgo, y el solemne y pomposo hotel de los Inválidos, que
hoy ocupa uno de los espacios más llamativos de París. Su influencia se dejó
sentir a través de su prestigio, en materia de defensa, en la orientación final
de la política exterior del rey, a quien la costosa pero visible organización
de un gran instrumento castrense despertaba, sin cesar, ambiciones desmelenadas
por emprender nuevas guerras que añadiesen territorios, súbditos y riquezas al
Estado francés.
El
perfil de Louvois fue trazado por los historiadores contemporáneos con trazos
indelebles. «Era duro y brutal. Incitaba al rey a tomar actitudes violentas
para afirmar su poderío e intimidar a sus adversarios. Suya fue la
responsabilidad de ordenar la llamada "guerra de devastación del
Palatinado", en la que el ejército de Luis XIV recibió la orden de ejercer
un acto de genocidio que fue, seguramente, el primero de una serie de acciones
inhumanas que iban a forjar, a través de tres siglos, el fermento del
antagonismo franco-alemán, que todavía en nuestro tiempo hemos conocido.
También fue suya la idea del bombardeo marítimo de Génova y del horrendo
disparate de las dragonnades, o persecuciones militares de exterminio, de los
protestantes franceses, así como la renovación del edicto de Nantes, que fue
iniciativa de Louvois y de su fanatismo católico enloquecido.»
Louvois
era vanidoso en extremo. Saint-Simon cuenta, en su interminable cotilleo, cómo
se ganó totalmente la confianza del rey hasta el punto de que éste le ofreció
ser testigo de su matrimonio «secreto» con madame de Maintenon. Pero con su
buen juicio, se opuso más tarde, enérgicamente, a la iniciativa de la favorita
a comunicar la novedad dinástica a las demás cortes de Europa por entender que
movería a burla a todo el Occidente coronado. Luis XIV aceptó a regañadientes
la opinión de Louvois, pero madame de Maintenon le declaró, a partir de
entonces, la guerra a muerte. Trató de convencer a Luis XIV para que
prescindiese de sus servicios, y en ese período de tiempo, en circunstancias
más que sospechosas, falleció Louvois. El veneno era, en esos tiempos, alimento
de uso frecuente bajo las monarquías absolutas.
Los
personajes que he citado provenían en su casi totalidad de la burguesía media
del pueblo francés. Con ello quiso el rey dar otra prueba de que la nobleza no
iba a ser la que proporcionase exclusivamente los hombres de Estado del
sistema. Los nobles se dieron por aludidos y tascaron el freno que se les
imponía desde las alturas supremas. El monarca pensaba en darles un escenario y
un ámbito propios para que se concentrasen de modo permanente en torno a él. Es
decir, un mundo de ceremonias, diversiones, bailes, juegos, cacerías, teatros,
banquetes, fiestas y cuanto fuera menester para tenerlos contentos, amenizados,
pendientes de su favor, atentos a sus deseos y convencidos, de una vez para
siempre, que su papel de minorías poderosas, capaces de coaccionar el poder
central del soberano e imponerle condiciones había terminado. Eso se llamaría
la vida cortesana, o más sencillamente «la corte». Luis XIV se decidió a
establecer no un protocolo de palacio que se llevara a cabo en las ceremonias
del Louvre o en el castillo de Saint-Germain, sino un lugar geográfico, ajeno a
la capital, que no tuviera antecedentes de esa clase y en el que él fuera
fundador y creador ex novo. Así se fueron abriendo camino la idea y el proyecto
de Versalles. Era la renuncia, de hecho, a que París fuera la residencia del
poder político de Francia. Luis XIV quiso que la corte fuera el lugar
geométrico de la monarquía absoluta y que en ella residiera el único y
verdadero poder del reino. Este proceso duró muchos años y de él me ocuparé en
los próximos capítulos.
Pero
antes quiero señalar lo que fue el logro complementario del rey en materia de
reducir a obediencia todo aquello que suponía fuente de rebeldía o discordia en
el país. Sintéticamente puede decirse que la política seguida en primer término
fue la de amordazar las publicaciones, las gacetas y los libelos, que abundaban
a porfía en las ciudades y que eran impresas en Francia o en los países
limítrofes. Penas durísimas a los libelistas y destrucción de las imprentas
eran encomendadas a las fuerzas de la policía. La censura de los libros se hizo
severísima, muy especialmente en el tema religioso. La Bruyére dice,
cautamente, que «un escritor francés y cristiano no puede hacer sátiras, los
grandes temas no le están permitidos, se escapa hacia las cosas menudas y se
salva haciendo ingenio con la belleza de su estilo. La mordaza a la expresión
del pensamiento iba a ser total.
Las
autonomías provinciales y municipales fueron asimismo objeto de una exhaustiva
y creciente intervención que redujo su funcionamiento a la nada. El cuerpo de
las leyes del reino, el funcionamiento de la Justicia y el cuerpo de la Policía
fueron también reorganizados a fondo, en un sentido ordenancista, unitario y
más modernizado. La tarea del rey era tener en la mano la totalidad de la
máquina del Estado con funcionarios eficaces y, en todo caso, obedientes. La
monarquía de derecho divino se convertía así en absoluta, en totalitaria,
diríamos en nuestro lenguaje actual.
El
Parlamento, que era bastante representativo y que hubiera sido llamado a jugar
un papel importante en el seno de una sociedad, en cambio, como era la
francesa, no fue convocado nunca en todo el reinado de Luis XIV. Quizá ello
fuera también el remoto manantial de los aluviones revolucionarios que contenía
aquel órgano deliberante y que se manifestaron cien años después, en el reinado
de su descendiente, Luis XVI.
Capitulo
5
El
gran escenario de Versalles
La
monarquía absoluta exigía el disponer de un gran escenario, exclusivo, único y
resplandeciente. El rey, convencido de su función, semidivina, pensó en
levantar un conjunto monumental que tuviese un simbolismo capaz de expresar,
con su sola grandeza, el esplendor de la Francia monárquica ante propios y
extraños. El lejano eco que le traían embajadores y viajeros del edificio de El
Escorial, ideado por Felipe II -su bisabuelo-, fue sin duda un estímulo para
llevar a cabo una obra semejante que reflejara la personalidad del soberano
francés. Si la mansión severa, solitaria, poderosa, altiva, geométrica y pétrea
del rey de España era fiel trasunto del talante filipino, el palacio del hijo
de Ana de Austria adoptaría las características humanas del que, a sí mismo, se
llamaba el Rey Sol.
La
historia de Versalles es, en esencia, reveladora de un empeño tenaz y
costosísimo del monarca juzgado por muchos de sus contemporáneos como empresa
demencial e irrealizable. Versalles era el nombre de un viejo castillo -del que
sólo quedaba una torre desmoronada- que había sido un feudo medieval de ese
mismo apellido. Convertido en aldea campesina miserable, situada en un
altozano, con dos o tres tabernas, veinte casas, una pequeña iglesia con su
aguja puntiaguda y un inmenso paisaje de bosques, lagunas y riachuelos que la
circundaban, era un lugar preferido de caza abundantísima, visitado por los
mejores escopeteros de París.
Un
día del verano de 1607, Luis XIV, entonces delfín del trono, con apenas siete
años de edad, vino con su séquito, en carroza, a debutar en el arte cinegético,
cobrando una liebre y dos perdices. El recuerdo de este episodio infantil quedó
grabado en su memoria adulta de gran cazador. En esa época las dos mansiones
reales que se utilizaban para que saliese de París, la corte, eran
Fontainebleau y Saint-Germain. Las estancias de los monarcas en dichos reales
sitios eran muy largas, duraban a veces meses enteros. El altozano de Versalles
fue el ámbito cinegético preferido de Luis XIII, que llevaba consigo un séquito
de cien halconeros que portaban un nutrido cortejo de halcones de toda especie,
además de los perros, lanzas y escopeteros del acompañamiento habitual.
Fue
este rey quien compró una parte del altozano de Versalles, encargando al
arquitecto Le Roy la construcción de un palacio de dos cuerpos, con una gran
escalera doble de acceso, en el estilo renacimiento, semejante al de la plaza
de los Vosgos de la capital.
En
1626 se inauguró este primer edificio por los reyes Luis XIII y Ana de Austria,
la reina madre, María de Médicis, y las princesas. La corte se instaló allí,
para estrenar los edificios y su adecuación a las necesidades del protocolo
real. La Corona compró cada vez más terrenos en el entorno del primer
Versalles. A pesar de ello, Luis XIII se conformó con el palacete que lucía en
su fachada los tres colores de Francia, el azul de los tejados de pizarra y el
rojo y blanco de los muros de caliza clara y de ladrillo oscuro, y que
Saint-Simon, con su mordiente habitual, llamaba «el castillo de naipes».
Pasados los temores y los episodios trágicos de la Fronda y desaparecido
Mazarino, Luis XIV visitó, una y otra vez, el reducido Versalles paterno y
comenzó a soñar con levantar allí un edificio singular, único, que fuera
asimismo un monumento póstumo a su memoria para las generaciones de los
franceses del futuro.
El
ministro Colbert, a pesar de comprender el enorme costo de tal fantasía, capaz
de hundir el erario público, animó al joven soberano, que le confiaba sus
sueños de grandeza constructora. Hablaban el ministro y el rey de los faraones
egipcios, de los césares romanos y, más cercanamente, del castillo de Chambord,
la obra maestra de Francisco 1 y la del castillo de Chantilly, magnificado por
Condé. Y, por supuesto, de Felipe II, admirado en Europa entera por su última
maravilla del mundo, llamada El Escorial. Entretanto el rey mejoró el palacio
del Louvre, las antiguas Tullerías, el conjunto de Fontainebleau y el castillo
de Saint-Germain, con riquezas decorativas interiores y nuevos pabellones
anejos. Pero de todo lo que había visitado, nada era comparable a lo que en
Vaux-le-Vicomte había construido el ministro Fouquet -ahora en desgracia- para
su regalo, en la época de su poder omnímodo.
Luis
XIV mandó llamar a Le Vau, el arquitecto de Fouquet, y le encargó una
conversión sustancial del palacete de Luis XIII en un inmenso e inacabable
monumento, con dimensiones colosales, numerosísimos pabellones, cuarteles,
residencias, palacetes en los bosques. Y también juegos de aguas, lagos,
fuentes, ríos de cascadas, jardines floridos, balcones, terrazas, avenidas,
parques, praderas, portones y rejas gigantescas de hierro y bronce. A esto se
añadirían traídas de aguas, con artilugios novedosos, un jardín zoológico con
animales exóticos, luces e iluminaciones nocturnas, explanada para juegos
artificiales y teatros al aire libre para conciertos y representaciones. Un
mundo entero de lujo, de diversión y de simbolismo, para celebrar ceremonias
esplendorosas, destinadas a impresionar en primer lugar a los nobles de la
corte, desprovistos ahora de poder y convertidos, de temerarios frondeurs, en
dóciles y aduladores cortesanos. En segundo lugar, Versalles era el lugar para
recibir con un protocolo, pensado hasta el último detalle, a los embajadores o
enviados especiales de las cortes de Europa y épater a los diplomáticos
forasteros con inmenso aparato.
Además,
en ese Versalles grandioso se podía ofrecer a los intelectuales de la época, a
los actores de teatros, a los músicos de moda, a los dramaturgos, cantantes y
poetas, un auditorio de calidad única, capaces de aplaudir su talento, su
ingenio y su destreza escénicos. El rey sería el centro de gravedad de aquella
galaxia de vanidad y orgullo. De ahí que los aduladores de turno hablasen
lógicamente del «Sol» como símbolo astronómico y heráldico del monarca
todopoderoso. La maledicencia pronto encontró una manera de ridiculizar a su
tío y consuegro, Felipe IV, llamándole, por comparación, el «Rey Planeta».
Fue
un grupo muy numeroso de artífices, creadores y expertos de toda clase el que
llevó a cabo la asombrosa tarea de hacer surgir, de las marismas fétidas del
contorno versallesco primitivo, la maravilla del palacio a construir. En 1661
empezó la realización de las primeras obras, que terminaron oficialmente en
1665, aunque los añadidos y novedades se sucedieron quince años más. Se calcula
que en ellas trabajaron casi cuarenta mil hombres que disponían de seis mil
caballos de transporte. Unas cifras que recuerdan al proceso de erección de las
pirámides de Egipto. Le Vau, el arquitecto jefe, había levantado, en París, el
hotel Lambert, el colegio Mazarino, el coro de San Sulpicio, parte del actual
Louvre y los nuevos pabellones de las Tullerías, entre otras muchas obras
maestras salidas de su estudio de arquitecto. Era un genio en imaginar la
adaptación flexible de los edificios existentes, a la moda de lo novedoso. Su
transformación de los edificios militares de Vincennes en palacio residencial
fue, por ejemplo, otro de sus logros más notorios.
Luis
XIV no quería -por respeto a la memoria de su madre- que el primitivo «castillo
de naipes» desapareciera del todo. Le Vau fue el director de la carísima
«envoltura» que le encargaron. Le ayudaron en la tarea los arquitectos Gabriel
y Perrault, Le Pautre y el italiano Vigarini, considerados como los mejores
profesionales del reino. Llegó después el momento de dar paso desde las
estructuras fundamentales, al decorado interior. El hombre clave de esa segunda
operación de gigantesca acomodación interna se llamó Charles Le Brun. Fue un
artista polivalente, una estrella múltiple de muchas vertientes. Era a la vez
pintor de cámara, arquitecto y escultor. Dirigía la manufactura de los
Gobelinos y dibujaba no sólo los cartones de las tapicerías, sino los modelos
de cerrajería, los mosaicos, la ebanistería y las estatuas de todo tipo que
debían llenar parques, fuentes, escaleras y galerías. Le Brun, que tenía la
plena confianza del rey, pidió a éste plenos poderes para que toda la dirección
de obras de las decoraciones interiores residiera en él. En su pléyade de
compañeros había artistas eminentes, los hermanos Coypel, pintores; los seis
mejores escultores de Francia; el forjador y cerrajero Delubes, y decoradores
famosos como Ballin, Boulle, Poitou, Cucci y Caffieri. En muchos casos, les
prohibía a ellos usar sus nombres, que mantenía en el anonimato colectivo de
las obras. Los estudiosos que hoy día analizan el conjunto de Versalles,
subrayan la unidad de estilo que respira el admirable conjunto artístico del
palacio. Quizá sea debido, en parte, a ese enérgico mando de Le Brun, el
artista polifacético.
Al
cabo de los años, otros grandes artistas franceses iban a entrar a tomar parte
en el larguísimo proceso de las construcciones de Versalles. Uno iba a ser Le
Nótre, el jardinero genial que dejó las obras de su talento, presentes en
tantos parques y avenidas de los castillos y palacios de Francia y que forman
parte del cartesianismo profundo del alma francesa, cuyo «espíritu geométrico»
se ha señalado en muchas ocasiones.
Otro
extraordinario profesional fue Mansart, sobrino nieto del autor del
Val-de-Grâce parisino. En 1676 era nombrado primer arquitecto del rey.
Saint-Simon explica, con su malicia habitual, que la habilidad de Mansart fue
la de adular al rey mostrándole proyectos que contenían, deliberadamente,
algunos errores notorios. El monarca los descubría y el arquitecto se deshacía
entonces en zalemas, elogiando el talento artístico del rey, su intuición
arquitectónica y ganando, de ese modo, su entera confianza. Mansart recibió el
encargo, en firme, de reformar el Versalles de la «envoltura» de Le Brun y de
cambiar sustancialmente el itinerario de habitaciones y salones, escaleras y
galerías del palacio. Fue otra etapa tremebunda que dio lugar a la creación de
la Gran Galería, a la histórica «Galería de los Espejos» y a las dos alas
inmensas que añadieron medio kilómetro de longitud al reformado edificio. Es
interesante anotar que Mansart introduce un giro nuevo en la traza de los
edificios, suprimiendo la influencia italiana de la primera reforma y
convirtiéndola en un estilo más francés, manteniendo la vigencia de las
concesiones al columnario grecorromano, pero con profusión decorativa del
barroco, que ya asoma en los elementos decorativos de los interiores.
De
las múltiples edificaciones que enriquecían el conjunto de Versalles, diremos
sólo que el castillo de Clagny -hoy desaparecido- se levantó simultáneamente
por Mansart en 1674, para alojar en él a la marquesa de Montespan, en el
período cenital de su privanza y a los hijos bastardos de Luis XIV que vivían
con ella. Fue aquel edificio, según los testigos de la época, un prodigio de
belleza y de buen gusto, con riqueza interior decorativa comparable al palacio
grande. Sus jardines parecen haber sido los más hermosos y floridos de todo el
conjunto. Se cuenta que fue la Montespan quien dirigió personalmente con Le
Nótre la plantación de los cultivos. Colbert cedió a la amante de moda mil
doscientos obreros del palacio grande para dar fin a la tarea. La pelotilla de
los poetas oficiales dio lugar a odas y sonetos en que se hablaba de Semíramis
en los colgantes jardines de Babilonia y de Dido inspirando la construcción de
los palacios de Cartago.
Pero
la mala suerte, o acaso la envidia de otra favorita, hizo aparecer a la
Montespan complicada en el escándalo de los envenenamientos de París, con lo
que perdió el favor real; fue procesada; hubo de abandonar Clagny y acabó sus
días, triste y solitaria, en un balneario de aguas curativas de melancolías y
contratiempos.
Pero
si Clagny era un pequeño tesoro de elegancia y buen gusto, el castillo y
jardines de Marly fueron construcciones de tal magnificencia que eran
considerados como «otro Versalles» por la importancia de sus edificios y el
esplendor de sus fuentes y jardines. Marly era una pequeña ciudad situada sobre
unas colinas que dominaban el Sena, a. mitad de trayecto entre Versalles y el
castillo de Saint-Germain, que se adivinaba desde allí a simple vista. Marly
tenía uno de los más hermosos conjuntos forestales junto al gran río. Fue
Mansart quien llevó al rey a visitar el lugar para levantar allí el último
capricho del Rey Sol: un lugar de reposo y de relativo aislamiento, no lejos de
la corte y con unos horizontes y paisajes naturales de gran belleza.
Las
obras se empezaron en 1686 y duraron hasta 1703. Costaron tanto como el mismo
Versalles. Luis XIV tenía en Marly su pabellón secreto; es decir, sus
colecciones preferidas de arte y muchas de sus predilecciones menos conocidas:
joyas, diamantes, miniaturas, relojes, tapices y estatuas. Un juego de aguas,
carísimo, hacía caer la «gran cascada» desde un terraplén al parterre, en el
que se levantaba el «pabellón del Sol», como lo bautizó el propio soberano. La
teoría de los «espacios libres» del gran jardinero Le Nótre tenía aquí
aplicaciones notables de perspectiva acuática.
Le
Brun, a su vez, añadió doce cubos que simulaban dados de juego, a los que llamó
«signos del Zodíaco», que rodeaban el pabellón del Sol. Eran un anticipo de los
conjuntos actuales de ciertas urbanizaciones de lujo que ofrecen ese tipo de
cabinas independientes -bungalows- para habitaciones de huéspedes. El rey
invitaba a sus amigos o a magnates extranjeros a disfrutar de estos pabellones
minúsculos que tenían camas, unos servicios bastante satisfactorios para la
época y un sistema de comunicaciones perfectamente organizado. Marly tenía
soluciones originales para sus fachadas. Estaban revestidas de frescos en color
que simulaban pórticos, columnatas, medallones y símbolos mitológicos,
presididos siempre por el Sol. La estatuaria era abundante y evocaba al imperio
romano, a sus senadores e incluso a Agripina, la madre de Nerón. Dicen que Luis
XIV se relajaba aquí con sus amigos de ambos sexos y les permitía olvidarse del
rígido protocolo de palacio.
Para
completar este breve apunte señalaremos que los Trianones, el Pequeño y el
Grande, completaron -sucesivamente- el inverosímil conjunto. El primero se
llamaba el Trianon de Porcelana, y en él los objetos decorativos procedían de
las manufacturas de Saint-Cloud y de las celebradísimas de Delft. Algunos lo
llamaban «el pabellón chino». Servía de punto de llegada del rey en sus largos
paseos semanales y también para los encuentros amorosos, relativamente
secretos, con alguna de sus favoritas. Rodeaba al Pequeño Trianon un prodigioso
jardín de flores que trazó Le Bouteux y en el que dos millones de tiestos de
diversa factura contenían ejemplares prodigiosos de jazmines, narcisos,
jacintos, lirios, heliotropos y claveles. El inmenso conjunto despedía una sinfonía
de perfumes extraordinaria. Miles de naranjos completaban el fantástico jardín.
Veinte
años después, el caprichoso rey decidió derribar el pabellón y levantar otro
palacio cuya traza italiana diseñó Mansart. Eran dos grandes alas unidas por un
espectacular peristilo. La decoración interior fue dirigida por Le Brun y sus
equipos de colaboradores habituales. El Gran Trianon sirvió de escenario a
fiestas y recepciones del rey y su familia con algunos invitados íntimos en un
ambiente relajado y saltándose los severos principios de la etiqueta oficial.
Digamos
ahora dos palabras sobre las fiestas de Versalles. Elegiremos la descripción de
los cronistas contemporáneos para describir, verazmente, aquella pomposa y
disparatada exhibición de lujo, derroche y altanera soberbia. En 1663, sin
terminar las obras, decidió Luis XIV inaugurar el programa festivo. Del 15 al
22 de setiembre se celebraron ocho reuniones de baile, concierto, comedia;
orfeón, con cientos de invitados. Un autor conocido llamado Molière ofrecía las
obras representadas por su compañía, que por cierto se hallaba subvencionada
por Felipe de Orleans, el detestado hermano del rey. El repertorio comprendía
Don García de Navarra, un drama de Corneille, Sertorio, la Escuela de los
maridos, y una pieza de ocasión, El impromptu de Versalles, representada por el
propio Molière.
En
el año 1664, con Versalles terminado, Luis XIV ofrece la primera gran fiesta en
honor de su querida de entonces, mademoiselle de La Valliére, siguiendo la
tradición de erotismo público de su abuelo Enrique IV, que dejó al morir cinco
hijos legítimos y ocho bastardos. Mademoiselle de La Valliére tenía diecisiete
años, cojeaba ligeramente, era menuda, sin busto señalado, la dentadura
averiada y de nariz prominente. Su cabellera rubia, su mirada azul y dulce, y
las grandes cejas arqueadas le daban un aire candoroso. Su piel era clara y
sonrosada. Luis XIV se declaró incapaz de resistir al impulso amoroso de la
marquesa, y María Teresa, la reina, aceptó resignada la situación.
La
celebración consistió en un torneo al aire libre, con desfiles simbólicos; un
teatro en los jardines que ofrecía una comedia de Molière con música de Lulli;
un ballet nocturno con fuegos artificiales; una lotería con soberbios premios
(el premio gordo fue para la reina). Se llamó a este octavario de placeres, «La
isla encantada», y el rey se disfrazó de emperador romano a lomos de un caballo
blanco y sobre su escudo junto al Sol la divisa «Non cesso non erro», que pocos
años más tarde se modificaría por la de «Nec pluribus impar».
En
la siguiente ocasión, otra semana de regocijos reales, ofrecida esta vez a la
nobleza -seiscientos invitados-, apareció un elemento nuevo: una avalancha de
gentes de París, de los sectores sociales más bajos. Se presentó junto a las
verjas y cercas y se subió a los árboles para captar algo de aquellas
diversiones enloquecidas del rey absoluto.
En
1668, otra explosión de fantasías, de formidable conjunto de diversiones tiene
lugar en el palacio de Versalles. Se trata de homenajear a la segunda amante
del rey, una vez que mademoiselle de La Valliére ha legitimado sus dos hijos
bastardos y ha sido galardonada con un ducado. Luis XIV ha caído en las redes
de amor de una dama de la reina, Françoise Athénais de Rochechouart, marquesa
de Montespan. «La "modesta violeta" que era La Valliére, tímida y
encogida, no era lo bastante para saciar el orgullo del rey y su exhibicionismo
erótico -escribe Saint-Simon-. La Montespan tenía veintisiete años y era
hermosa como el sol naciente. Tenía facciones perfectas, caderas atractivas,
ojos algo saltones, andares esbeltos y majestuosos.» No era muy limpia, pero ello
era un defecto de la época. Los perfumes no bastaban a encubrir los aromas
fisiológicos. Decían que era una excelente conversadora, ingeniosa y sutil.
Tenía la lengua viperina y los odios, mortales, empezando por su rival, La
Valliére. La pobre reina española seguía callando y pariendo hijos legítimos
sin cesar, que morían a los pocos años.
La
fiesta de la Montespan fue multitudinaria. Cerca de tres mil invitados, con
disfraces la mayoría, se desparramaron por el parque, camino del estanque del
Dragón, iluminado. De allí se siguió al bosque de la Estrella, donde se alzaban
los colosales buffets. Eran cinco en total. Tenían formas de pirámides, de
montaña rusa, de colina artificial, de rocas puntiagudas, de bosque en
miniatura. Las viandas, los pescados, las bebidas, los postres, se amontonaban
en cada uno de estos puestos gigantescos, iluminados de diversos colores.
Fenelón, buen pelotillero de la corte, utilizó este «sarao» pantagruélico para
escribir más tarde la Isla de las dulzuras, clásico texto escolar de la lengua
francesa. Los reyes y el séquito iniciaron la deglución de la montaña mágica
poco a poco. Cuando terminaron se abrieron las puertas a los tres mil invitados
que se tiraron a lo loco a devorar el festín báquico con las escenas más
brutales que se puede imaginar.
Los
monarcas se rieron a carcajadas de este ataque de bulimia generalizado. El
espectáculo se terminó con una representación del George Dandin o el marido
burlado, que los comensales suponían era un texto dirigido a poner en ridículo
al marqués de Montespan.
No
terminó ahí la diversión. El rey comió en un pabellón con sesenta puestos
ofrecidos a otras tantas damas. El único varón que acompañaba al Rey Sol era su
hermano, «Monsieur», como era llamado. La Valliére, madame de Sévigné y madame
de La Fayette descollaban entre el gentío femenino. La reina comía en una de
las numerosas tiendas de campaña levantadas en el parque. En ella figuraba la
Montespan, que era todavía la luna creciente. «Y en su mesa por casualidad
-dice el cronista Félibien des Avants- se hallaban madame de Ludre, que iba a
ser al poco tiempo -y por poco tiempo- amante real, y madame Scarron, que
resultaría finalmente triunfante sobre todas ellas y acabó casándose con el Rey
Sol, con el nombre de madame de Maintenon.»
Fue
una noche inolvidable que acabó, como siempre, en fuegos de artificio que
duraron hasta el amanecer. Mademoiselle de Sudery la describió magistralmente
en su obra la Promenade de Versailles. Racine, La Fontaine y Boileau figuraban
entre los presentes. Racine utilizó este episodio para escribir Berenice, en
cuyo texto se habló de la fiesta que Tito dio para enaltecer a su padre,
Vespasiano. En él se encuentran los memorables versos que dicen:
En
quelque obscurité que le sort l'eút fair naitre
le
monde en le voyant, eút reconnu son maitre.
Capítulo
6
Las
letras, las artes y las ciencias del reinado
Bajo
el reinado de Luis XIV, los escritores fueron mucho más libres que los
artistas. Estos últimos fueron colocados por el soberano a las órdenes de
quienes manejaban los encargos de arquitectura, pintura y escultura, para las
grandes construcciones que levantaba el Rey Sol. Por otra parte, la moda
grecorromana obligaba en muchos aspectos a ceñirse al estilo clásico sin
atreverse a inventar nuevas formas. Así ocurrió que en ese largo período
brillaran con luz propia creadores de la talla de La Rochefoucauld, la marquesa
de Sévigné, el cardenal de Retz, el obispo Bossuet, Molière, Racine, Boileau y
La Fontaine. A los que había que añadir Descartes, Pascal y Corneille, de la
generación anterior. La Rochefoucauld fue soldado, maestre de campo,
conspirador en la Fronda y hombre de corte; al término de las revueltas,
sometido al rey y adulador. Su antiguo y noble linaje le daba una seguridad en
sí mismo, un repliegue hacia la reflexión íntima que se manifestó, poco a poco,
en torno a los salones literarios de madame de Sablé y de madame de Lafayette.
Ambas eran mundanas y hacían agudas reflexiones -como femeninas- sobre los
repliegues del corazón y el último sentido de los actos humanos. La
Rochefoucauld llamó a estos breves juicios de valor sobre los actos del hombre,
las Máximas, de un desgarrado pesimismo en su conjunto y creando, sin saberlo,
un nuevo género literario. Y también, sin percatarse de ello, dio un impulso
decisivo a un instrumento de máximo valor en la cultura occidental: la lengua
francesa. Retz era otro de los cardenales que pesaron con su personalidad en la
historia del reinado del Rey Sol. En 1660, a pesar de su antagonismo rotundo al
monarca, se había sometido al rey, que le confió, sin demasiado entusiasmo,
legaciones diplomáticas. Su vida aventurera le proporcionó, al retirarse,
materia de reflexión. Hombre cultísimo, refinado, amante de las cosas bellas
-incluidas las mujeres-, decidió redactar unas Memorias plagadas de mentiras y
de fantasías, pero que respiraban la fuerza de las observaciones directas de un
testigo lúcido de su tiempo. Voltaire escribió, de su prosa, que era
arrolladora «por la impetuosidad de su genio y por su grandeza». Madame de
Sévigné merece un lugar destacado en esta pléyade de soberbios escritores. Era
una mujer sencilla, que venía de la provincia, viuda temprana, enamorada de su
hija, que, a pesar de su presencia en la corte, gustaba del París popular, de
los alrededores de la capital, de los paisajes campestres y de las tertulias
literarias. Sus «cartas» son un espléndido retablo de lo que era la vida
francesa en ese reinado. Ella comprendió que el orgullo desmedido del monarca
era funesto, a la larga, para el país y llevaría a la guerra exterior sin
remisión. De ella ha dicho el historiador Lavisse que «era una mujer honesta,
inteligente, cultivada y buena». También su soberbio manejo de la lengua
influyó de modo decisivo en la aparición de la prosa francesa moderna.
Bossuet
es otro de los gigantes de la pluma que florecieron en torno al reinado del
Sol. Discípulo de los jesuitas, predicador elocuente y sabio, obispo y
preceptor del, medio tonto, delfín, fue monárquico de corazón y alimentado,
según los que le conocieron, de la mejor savia del cristianismo. Leal a la
Iglesia, tenía, según un contemporáneo, la capacidad de asimilar, a través de
un concepto estético, los textos sagrados, hasta convertirlos en verdaderos
poemas de rara y espectacular belleza.
Fue
el mejor orador de su tiempo y aún hoy se le tiene como la suprema expresión de
la belleza hablada, en la lengua de Francia. Causaba el pasmo, el asombro de
los fieles a los que se dirigía. Era apasionado y combativo. Denunciaba las
herejías, las sectas, los desvíos numerosos del dogma que entonces pululaban.
Fue, además, historiador y creía en la providencial intervención cotidiana para
justificar las mudanzas de los poderes políticos. Conocía a fondo la historia
de la filosofía, pero rebajaba su importancia frente a las coordenadas
voluntarias de la fe. Pero temía asimismo que el porvenir no iba a ser ni fácil
ni ortodoxo, ya que el protestantismo, por un lado, y el espíritu cartesiano
por otro, acabarían por dominar el mundo. Alguien dijo de él y de su obra que
se parecían a un Versalles monumental de las letras repleto de maravillas que
no dicen gran cosa al lector de hoy.
Todavía
hay algunos nombres más en esta notable galaxia de ingenios de la época.
Diremos unas palabras de Molière, de La Fontaine y de Boileau. Molière era un
muchacho de familia modesta, nacido en el popular barrio de los mercados de
París. Su padre era tapicero y acabó siendo mozo del servicio del rey. Era un
joven despierto, inquieto y aficionado a ver comedias y títeres callejeros. Fue
discípulo de los jesuitas. A los veintidós años fundó una compañía de comedias
que realizó una gira en provincias cuyo fracaso económico le hizo terminar en
la cárcel. Insistió en el propósito y, al cabo de once años de giras por el
país, consiguió del rey representar una de sus comedias en palacio. A partir de
ahí, desarrolló su talento inventivo, en una serie de magistrales composiciones
que obtuvieron la suprema aprobación del rey absoluto.
Su
vida fue conflictiva y difícil. Era un enfermo crónico, tuvo graves conflictos
conyugales, no tenía dinero, sus enemigos eran implacables y lo criticaban con
fiereza. Poseía una excelente cultura teatral que se abrevaba en los clásicos
grecolatinos, en los autos medievales y en las leyendas europeas. Pero sus
fuentes directas, gracias a una prodigiosa agudeza de observación, lo daban los
elementos populares que conoció en sus once años de giras por las provincias y
los años siguientes, en que iba a estrenar en la corte sus mejores comedias.
Aparecieron entonces las Las preciosas ridículas, Los maridos burlados, Los
cazadores de dotes, Los avaros, Los médicos, Los malos poetas y una galería de
arquetipos inventados, como El misántropo, El burgués gentilhombre, El enfermo
imaginario, Tartufo y Don Juan. El genio de Moliere se halla en la precisión
del diálogo. En un par de escenas, el retrato del personaje está logrado. El
lenguaje teatral alcanzó en este autor la cumbre de la eficacia.
No
se paraba en barras al elegir los temas. En La princesa de Élide, la alusión a
La Valliére, era transparente y jocosa. El autor elegía el amor triunfante. En
Amphitrion se ensañó con el pobre marqués de Montespan, cuya mujer había
sustituido a La Valliére en el largo santoral de las_ amantes reales. Moliere
se pone resueltamente del lado del amor, al que llamará, con elogio, «tendencia
arrolladora de la naturaleza». Ello chocaba frontalmente con la religión
cristiana y Molière lo sabía. Por eso eludió la burla directa, que en un
espíritu como el de Luis XIV, de vida licenciosa -y aun escandalosa-, no tenía
cabida, pues no toleraba bromas con la religión por creerla indispensable para
el mantenimiento de la monarquía absoluta. Dicen los críticos que el Tartufo no
es sólo la burla del farsante, sino que quiso sibilinamente presentar a los
beatos hipócritas, que abundaban también en aquella época. La vida de este
prodigioso autor dramático fue triste, amarga y con un final trágico: murió una
noche, después de representar en Versalles, ante el rey, El enfermo imaginario.
Finalmente
es preciso recordar a otros tres extraordinarios escritores de la época. Uno
fue La Fontaine, hombre de vida contradictoria y borrascosa. Rompió su
matrimonio, era odiado por su hijo, derrochó su fortuna y se dedicó al
vagabundeo y a la buena vida. Cultísimo, lector infatigable, odiaba el orden,
la simetría, las reglas estéticas y el respeto a lo establecido. Pero
comprendió astutamente que era preciso respetar las costumbres del tiempo y del
sistema en el que vivía.
La
Iglesia era severa en sus juicios doctrinales. El rey mantenía -e imponía- unas
normas arbitrarias, de conducta y opinión. La Fontaine optó por un género poco
cultivado, pero que resultaba un perfecto sistema de antifaz para la verdad. En
1668 escribió su primer tomo de Fables, dedicado al delfín. Y pocos años más
tarde, otro volumen, dirigido esta vez a madame de Montespan. El éxito fue
notable, bien que el contenido de las fábulas era altamente inmoral y crítico.
Aspiró a entrar en la Academia, que primero le rechazó y más tarde le admitió.
Su mala salud le obligó al retiro y a la meditación y acabó leyendo el
Evangelio y sufriendo el aguijón del cilicio. Era un rebelde, que terminaba su
vida en la sumisión total al poder y la fe establecidos. La Fontaine fue, sobre
todo, un gran poeta que se envuelve en su dominio y riqueza del idioma, al que
extrae su flexibilidad y precisión con suprema maestría. La sociedad le tenía
por díscolo y audaz, pero aceptó la obediencia final de su vida, aunque captó
su mensaje críptico de inconformismo social.
Racine
era hombre de la joven generación. La Academia tenía ya un cuarto de siglo de
existencia y el «método» cartesiano otros tantos años. Corneille había sido un
autor aplaudido y las Cartas de Pascal estaban muy difundidas en sus secretas
ediciones. Racine nació en la Champagne, en una modesta familia de
funcionarios. Fue educado en la doctrina jansenista y en la rígida obediencia
de Port-Royal, en la que su tía, Inés Racine, era monja profesa. Su otra
formación fue la del clasicismo griego. Empezó escribiendo dramas y comedias
aburridas hasta que logró encontrar el rumbo de las grandes tragedias de
nombres históricos: Británico, Berenice, Bayaceto, Ifigenia, Fedra. Fue una
explosión de admiración y de entusiasmo público, aunque una minoría le atacó
duramente. Infortunado en amores, contrajo matrimonio con una mujer medio
analfabeta que no sabía ni los nombres de sus tragedias y que le dio siete
hijos.
La
tradición jansenista le empujó a la vida religiosa hacia el fin de su vida.
Pero fiel a su educación juvenil, no renegó de su simpatía hacia Port-Royal,
atacado a su vez por el rey, los jesuitas y la Iglesia oficial. Es curio so
saber, a través del testimonio de un cortesano, el gran aprecio en que le tuvo
el rey. Era un hombre de físico agradable y aire rubicundo. Tenía el don de la
perfecta declamación de sus propias obras, o a veces leía directamente de un
texto latino que traducía, al vuelo, al francés. Fue nombrado gentilhombre de
cámara, y Luis XIV anunció que designaría a Racine y a Boileau como
historiadores oficiales de su reinado. Era un poeta perfeccionista, purista,
solemne y minoritario. Hoy nos parece lejano y quizá artificial y convencional.
En el escenario de Versalles fue tal vez la más brillante estrella de la
comunidad literaria.
Y
por fin, Boileau. Nacido en un hogar del alto escalafón del Parlamento,
renunció a seguir la carrera eclesiástica y la de derecho para convertirse en
un hombre de letras y en poeta satírico. Se acercó a Molière, a Racine, a La
Fontaine y gozó del apoyo del rey.
Amaba
la verdad y la belleza. Consideraba complementarios ambos principios. La
naturaleza se nutría de lo verdadero y lo bello. Y el buen sentido, al que
llamaba la razón, formaba el cuadrilátero de su filosofía, de la que derivaba
su estética.
Era
hombre de autoridad y de lucha y reprobaba lo que le parecía feo, antiestético
o mal proporcionado. De hecho fue el fundador de la crítica literaria, con
exaltaciones y descalificaciones fundadas en su personal criterio. Asistía a un
cenáculo de amigos que se reunían periódicamente en un café de París o en un
domicilio suyo. Molière, La Fontaine y Racine leían allí sus nuevas obras y
Boileau hacía de «censor» amistoso y crítico a la vez.
Trajo
este censor del Parnaso -como se le llamó- unas normas estéticas que iban a
durar mucho tiempo en el desarrollo de la cultura francesa y en la evolución de
su lengua. Es interesante anotar aquí la rápida aceptación de esos criterios
del gusto literario y su casi exclusiva dedicación a los personajes históricos
del pasado romano y griego y en alguna medida del Oriente y de la misma España,
con exclusión del rico tesoro de la historia de Francia. Ese aspecto lo
mantenía el propio Luis XIV, que apena nombraba en sus manifestaciones a sus
antepasados Capetos. El historiador Lavisse sostiene que la filosofía
cartesiana y la estética de Boileau fueron agentes de la gran revolución que
iba a estallar un siglo más tarde. «La razón -escribe Boileau-, de la que se
habla por los tratadistas de derecho, no es la razón humana sino una
particular, fundada sobre un montón de leyes contradictorias.»
* *
* *
Así
como las letras mantuvieron durante el reinado una relativa autonomía con
respecto a la Corona, en el extendido campo de las artes había tres autoridades
indiscutibles: la primera era la del rey. La segunda, la del ministro Colbert.
La tercera la ejercía por delegación el que llevaba el pomposo título de
«primer pintor del rey», Charles Le Brun.
Luis
XIV supervisaba todo lo relativo a las artes. Estudiaba los diseños. Discutía o
reformaba los proyectos. Aprobaba los honorarios y vigilaba la marcha de las
obras. Los testigos más cercanos a su carácter afirman que no sentía el menor
goce estético, contemplando o analizando las obras maestras de escultura o
pintura o los conjuntos arquitectónicos. Era absolutamente refractario a ello.
Solamente pensaba en que pudieran servir para enriquecer los escenarios de los
palacios, en cuya decoración y trazo señoreaba como dueño absoluto.
El
omnipotente Colbert no era tampoco sensible a la belleza intrínseca de las
colosales obras que controlaba como pagador mayor del reino. Era implacable en
exigir el detalle de los costos, el cobro de los salarios, la entrega de lo
convenido dentro de los plazos, la calidad de los materiales empleados. En sus
papeles y archivos se puede seguir al detalle la enorme tarea constructora del
reinado.
El
pintor de cámara, que fue también el dictador de los artistas que crearon
Versalles, era Le Brun, como ya hemos expuesto. Nacido en París, se educó en
Roma, de donde trajo la devoción a Rafael y su escuela y la admiración hacia la
arquitectura grecorromana. Estudió a fondo la filosofía de las pasiones humanas
a fin de trasladar el dibujo al lienzo o al mármol, el gesto acertado que
revelase la personalidad del retratado.
Además
de pintor, con cientos de cuadros de historia, sentía pasión por los grandes
frescos con batallas y muchos personajes, y dibujaba sin cesar cartones para
realizar tapices o conjuntos monumentales, como la gran galería de Versalles y
las salas de la guerra y de la paz. Pero no era un gran pintor. Le faltaban
corrección, elegancia y, sobre todo, inspiración. Sus figuras son poco
atractivas. Su colorido es pobre. Los fondos de sus cuadros carecen totalmente
de paisajes adecuados. Un crítico le acusaba de ser un autor cuyas obras
monumentales dejaban al espectador indiferente.
Era,
en cambio, un decorador sensacional. Proyectaba todo: mármoles, metales,
esculturas, cerrajería, ebanistería, espejos, lámparas, techos, ventanas,
columnas, tapices y alfombras. Nada quedaba fuera de su previsión.
Sorprendentemente, encontraba en París los artesanos especialistas que
interpretaban fielmente sus deseos. Fue el gran decorador del escenario del Rey
Sol.
Y,
curiosamente, los cientos o miles de artistas y artesanos que ejecutaban los
planos de Le Brun se sometieron a la despótica dirección del pintor de cámara
sin crearle problemas de incompatibilidad.
En
la música, fue Lulli el gran artista de la música real, cuyo imperio gobernó de
1672 a 1687 de forma indiscutida. Lulli tenía el sentido del orden sin perder
de vista la inspiración. Fundó la orquesta que fue en su tiempo la admiración
de las cortes de Europa. También modificó la forma de cantar la ópera y el tipo
de pantomimas que se debían llevar a los escenarios.
Luis
XIV, tan poco sensible a las demás artes, era un hombre de gran afición
musical. Tocaba bien la guitarra, el clavecín y los laudes de la época. Y pedía
el original de las óperas o piezas de Lulli, o de Lalande, para examinarlas con
aire crítico antes de su estreno. Añadió las violas y violines a la capilla de
palacio y le gustaba que los instrumentistas de cuerda le acompañaran
constantemente en sus jornadas diarias, para hacer música de fondo por doquier.
Decía de Lulli, al que ennobleció, que componía con tal amor sus canciones que
no sólo resonaban en los salones, sino que todas las cocineras de Francia
tarareaban sus letrillas durante su trabajo junto al fogón.
* *
* *
El
siglo XVII en su primera mitad fue decisivo en tanto que rompió muchos esquemas
anticuados y reveló sustanciales novedades del universo. Bacon, en Inglaterra,
condenó el apriorismo escolástico y propuso la filosofía de la naturaleza
basada en la observación. Kepler descubrió las leyes de los astros. Galileo, en
1610 y en 1638, relató las observaciones astronómicas y explicó la teoría de la
gravedad. Harvey descubrió la circulación de la sangre en el mundo animal.
Descartes pasó de la geometría al álgebra y de ahí a la unidad de la ciencia.
Cuando Luis XIV llegó al trono, las ciencias habían tomado carta de naturaleza
en la Francia del pensamiento. El rey decidió apoyar a fondo los trabajos de la
Academia de Ciencias y dotar de instrumental moderno el observatorio de París.
Desde él se organizó la medida de un grado del meridiano terrestre, operación
confiada al sabio Picard.
Huygens,
otro sabio polifacético holandés, vino a París como astrónomo reputado. Inventó
el péndulo y sus aplicaciones a la medida del tiempo. También fue suya la
teoría de la rotación de los cuerpos en torno a un eje, con lo cual lanzó la
mecánica racional como nueva ciencia. Otto de Guericke -germano de Magdeburgo-
inventó la máquina neumática, antecedente de la máquina de vapor. El
microscopio ya se había inventado a fines del quinientos, pero fue recibido con
escepticismo y recelo. Un par de holandeses, Swamerdam y Lenverhosck vinieron a
París y descubrieron el sistema capilar y con ello la circulación de la sangre.
Se pensó por el rey en crear una academia general, pero ante las dificultades
personales retrocedió en el propósito.
Sin
embargo, Francia no prosperó lo que debía después de este comienzo rutilante de
su cientificismo. Fue la Iglesia la que frenó la expansión científica por temor
a la filosofía cartesiana, que consideraba peligrosa. Los escritos del gran
pensador Descartes fueron al Índice, y los jesuitas influyeron para que no
hubiese homilía elogiosa en su entierro en París. Luis XIV cooperó en ese freno
a la expansión de la ciencia universal y se sumó a la actitud negativa de la
Iglesia oficial. Así, las ciencias no siguieron avanzando al ritmo que debían
por el camino de la duda y de la experiencia.
Capitulo
7
Un
día en la vida del rey
Averiguar,
con testimonios fehacientes, cómo llenaba su existencia cotidiana un monarca
absoluto, puede ser muy revelador de su carácter, de su talante y de su
personalidad. El historiador Bluche ha investigado, con rara fortuna, los
relatos directos que nos cuentan minuciosamente cuál era la actividad diaria de
Luis XIV, cuando comenzó su tarea a los dieciséis años de edad en 1655. Y,
asimismo, cómo transcurría un día del rey, en 1684; es decir, treinta años
después, a sus cuarenta y seis años. El primer documento lo redactó un camarero
del joven soberano, Dubois, quien apuntó con sobriedad lo que acontecía en la
jornada cotidiana del adolescente. El segundo texto viene del marqués de
Dangeau, que escribió su Journal cuando el monarca era ya el Rey Sol y manejaba
de forma total el enorme poderío interior y exterior del Estado francés.
Estamos
todavía en 1655, en el París del gobierno de Mazarino, quien ha dirigido la
entronización del joven soberano. «Es un joven piadoso -escribe el mayordomo-,
pero no es un beato, ni tampoco un introvertido.» El cardenal lo va iniciando,
poco a poco, en los negocios de Estado, pero quiere dejarle tiempo libre para
el ejercicio físico y la diversión. Es un mozo fuerte, de complexión atlética y
de buen color. Practica la esgrima; se ha estrenado en la caza; baila
garbosamente; le gustan el teatro y la música. Vive en el palacio del Louvre,
que se halla en un período de obras de mejora. Y la gran extensión del parque
de las Tullerías y el Cours, la Reine le dan la impresión de que no se halla
recluido en un castillo, sino en contacto con la vida de la capital.
Cuando
se despierta, reza el oficio del Espíritu Santo y un par de misterios del
rosario. Madame de la Motte, su gobernanta, nombrada por Ana de Austria, le
habla de historia sagrada y del pasado de la historia de Francia para empezar
el día. Una vez en pie, se levantaba del todo y entraban los dos camareros de
servicio. Venía el número de la chaise percée, antecedente público de los
waters privados. Terminado el episodio, pasaba a un salón en el que se hallaban
príncipes, duques y grandes señores que le esperaban para presenciar el grand
lever.
Envuelto
en su bata, saludaba familiarmente a los invitados a la ceremonia. La toilette
regia consistía en lavarse las manos (au moins) -escribe Dubois-, la boca y la
cara. Se quitaba después el gorro de dormir. Dos capellanes se arrodillaban con
él y rezaban una corta oración con los demás presentes. El rey se peinaba
después y se vestía con un traje sencillo, camisola de Holanda y se ponía unas
zapatillas de sarga. Marchaba a su gimnasio-picadero, donde ejercía durante una
hora y media. Volvía al cuarto y se vestía con traje formal y zapatos de
elegante traza y hebillas de plata y desayunaba solo. Subía después a saludar a
Mazarino, quien actuaba de primer ministro y hacía que los secretarios que
despachaban con él fueran explicando al rey adolescente el contenido de los
asuntos de cada día.
De
ahí bajaba a saludar a su madre, Ana de Austria. Los dos esperaban la hora de
la misa de palacio, que era la una en punto. Seguían ambos la ceremonia desde
los reclinatorios de la tribuna. Y volvía a acompañar a la regente a sus
departamentos particulares. Algunos días salía a cazar en Saint-Germain o en
algunos otros lugares cercanos a París. Más tarde llegaba la hora del dîner o
almuerzo tardío, que generalmente compartía con su madre. Después del dîner, el
rey recibía algunos embajadores en audiencia. Les preguntaba muchas cosas con
sagacidad. Era prudente en sus respuestas y no quería comprometerse. Terminadas
esas visitas, salía al Cours la Reine y saludaba al pasar a las gentes que
llenaban el parque y sus senderos, diciendo una frase amable a los transeúntes
que conocía. Volvía a palacio y cenaba en la intimidad con su madre. Más tarde
había una tertulia íntima de gente joven de la real familia en la que se
jugaba, se escuchaba música y se bailaba hasta las doce. A esa hora se retiraba
a su alcoba y se desnudaba para ponerse la camisa y el gorro de dormir. Era el
coucher du roi, semejante en su ceremonial al lever de las mañanas, con
oraciones incluidas
El
afecto del rey a su madre, Ana de Austria, era profundo y se manifestaba, de
modo constante, a lo largo de la jornada. El respeto que tenía hacia Mazarino
no era menos explícito. El cardenal sostenía la tesis de que los reyes no
necesitaban tanto la formación libresca o erudita, sino el trato con gentes que
los instruyeran sobre la marcha de los asuntos interiores o internacionales.
Dubois subraya que el muchacho regio tenía una creciente sociabilidad que se
traducía en una insistente curiosidad por la cosa pública y un rápido
entendimiento para captar lo esencial de los asuntos debatidos por complejos
que fueran. Desde la mañana a la tarde -escribe-, a través de las audiencias y
las visitas, perfeccionaba rápidamente su formación de soberano. Luis XIV aprendió
a dialogar con la corte, entendiendo esta palabra como un conjunto formado por
los ministros, los altos funcionarios, los embajadores foráneos, la jerarquía
episcopal y eclesiástica, los grandes y pequeños nobles y, por supuesto, la
extensa -y difícil- familia real. Y esa corte con la que tan bien se entendía
iba a ser llevada, para manejarla más de cerca, al escenario grandioso de un
conjunto arquitectónico y paisajista, proyecto que acariciaba en su mente y que
sustituiría a París como capital, de facto, de la monarquía francesa durante
siglo y medio.
Han
pasado treinta años desde este primer apunte del día de un rey adolescente.
Luis XIV reina ahora en Versalles con todo su esplendor. Tiene cuarenta años.
Lleva bajo su férula implacable al Estado, a los ministros, a la justicia, a la
cultura, al estamento militar, a la diplomacia y las guerras con la dirección
de las paces exteriores. Pero su vida personal, salvo algunos viajes, partidas
de caza y visitas a los frentes de batalla -cuando hay conflicto en marcha- es,
en general, monótona. Su jornada se halla reglamentada minuciosamente. El
diario de Dangeau nos da noticia exacta de esas ocupaciones cotidianas, de las
que se deduce que el rey tiene muy escaso tiempo dedicado a su vida privada. El
monarca es, ante todo y sobre todo, un servidor de la cosa pública. Trabaja
durante horas, examinando asuntos, tomando decisiones, escuchando opiniones y
recibiendo gentes. Inevitablemente, uno piensa que es bisnieto de Felipe II,
que regía medio mundo desde un despacho en El Escorial, después de haber
examinado hasta la saciedad el dossier correspondiente a cada asunto.
El
rey se levanta tarde y se acuesta tarde. Después del petit lever y el grand
lever, que ya he descrito antes y que no han cambiado en lo esencial en estos
cuarenta años, se reúne a las nueve y media de la mañana con uno de sus
consejos. El más importante es el Consejo de Ministros. En él se toman las
grandes decisiones. Se celebran estas sesiones una o dos o tres veces por
semana, según la premura de los asuntos debatidos. Incluso cuando es necesario,
el domingo. El monarca preside. Le acompañan el delfín, Monsieur, el canciller
Le Tellier, Villeroy, varios ministros y los secretarios de Estado, así como el
contralor general del reino.
El
Consejo de las Finanzas se reúne los martes y el Consejo de las Comunicaciones
de los Intendentes, que examina todos los informes de las provincias del reino,
se reúne los lunes. Los viernes hay un «consejo de conciencia», heredado con
ese nombre desde los tiempos de Richelieu y de Mazarino y que se ocupa de los
asuntos eclesiásticos.
Las
figuras claves de este último consejo eran el arzobispo de París y el confesor
del rey, que era entonces el padre de La Chaize. Como se ve, eran unas mañanas
de verdadero trabajo intensivo, fatigoso y que se extendía a toda la maquinaria
del Estado. Terminaba este género de reuniones a las doce y media en punto. Y
el rey -María Teresa había fallecido ya- iba en busca de la delfina para
acompañarla a la misa diaria, que empezaba a la una en punto. Toda la casa real
y numerosos nobles asistían a la ceremonia. La capilla se iluminaba, la familia
real se instalaba en el coro y la música -seleccionada por el monarca- era
interpretada por la orquesta y el orfeón de palacio.
Terminaba
ese acto a la una y media. El rey -estamos en 1684- se dirige entonces a los
apartamentos que ocupaba la marquesa de Montespan, favorita de turno, y le
hacía una «visita de cortesía». De allí bajaba a la antecámara de la delfina y
almorzaba con ella, en familia. Servían el dîner los tres o cuatro
gentilhombres de turno. Terminada la comida, el rey salía de paseo, a pie, o en
calesa ligera, si el tiempo lo permitía y, en ocasiones, se trasladaba en
carroza hacia el bosque de Marly para tirar unas piezas, como cazador experto
que era o pedir que le acompañasen los halconeros de la casa real con sus
gerifaltes especializados.
El
rey era un entusiasta del ejercicio al aire libre. Diríamos en lenguaje actual
que tenía «talante deportivo». Pero todavía le esperaban en la jornada varias
horas más de trabajo directo con los ministros. El diálogo con el de Marina,
Seignelay, era uno de sus despachos preferidos, ya que la Marina francesa de
guerra fue, en gran parte, obra de Luis XIV y de Colbert. También Louvois, el
ministro encargado de los temas militares y de fortificaciones de frontera,
absorbían buena parte de los despachos semanales vespertinos.
Luis
XIV tuvo el acierto de institucionalizar los despachos del soberano con los
grandes jefes de los servicios públicos, adelantándose, con ello, a las formas
de modernización del Estado absoluto.
Llegada
la noche, el monarca, que había trabajado duramente durante el día con las
reuniones políticas y las discusiones con sus colaboradores, tenía deseo de
relajarse y pasar un buen rato en la intimidad. Para ello inventó un sistema de
lo que se llamó entonces el appartement; es decir, el privilegio de ser
invitado, los martes, jueves y sábados, a un festejo íntimo en los salones
privados del monarca, soberbiamente decorados y repletos de colecciones
artísticas de exquisito gusto. Los que tenían el privilegio de pertenecer al
appartement, sabían que empezaba la reunión a las siete de la tarde. Los
invitados variaban cada día. Dangeau recoge los nombres de una noche
cualquiera: el duque de Vendóme, el conde de Armagnac, el duque de Gramont.
Primero se jugaba una partida de billar, que era una pasión favorita del rey.
Después venía el souper y la fiesta nocturna, a la que asistían tres o cuatro
docenas de personas. Cada noche había un programa diferente: una comedia de
teatro, unos juegos de azar y loterías, conciertos de música, bailes de
disfraces. Todo en petit comité, sin los miles de invitados de las fiestas
solemnes.
El
rey se divertía como el que más. Parecía olvidar los graves asuntos a los que
había dedicado ya horas enteras y tomaba parte en el baile y en alguna ocasión
como actor en las comedias que se representaban. Su salud resistía todo el
vértigo y la fatiga que esa vida representaba. Se cuenta que en cierta ocasión
en la que tuvo una fístula grave, que la medicina de entonces «curaba» con
terapéuticas bárbaras, la delfina le suplicó que suspendiese el appartement de
noche por entender que era incompatible con el grave sufrimiento que padecía.
Luis XIV contestó con la conocida frase de que «nosotros no somos particulares,
nos debemos enteramente al público». El rey se retiraba a las doce en punto de
la noche y empezaba la ceremonia del coucher grande y pequeño. Entre doce y
media y la una se apagaban las velas de la cámara real.
Este
buscar un retiro de diversión, más restringido, se fue acentuando a medida que
pasaban los años, y Versalles iba creciendo en tamaño y en importancia
arquitectónica, y con ello las concurrencias festivas aumentaban en número y
publicidad. La construcción del castillo de Marly tuvo como origen ese deseo
del rey de poner más distancia por medio entre el mastodóntico Gran Versalles y
las pequeñas fiestas nocturnas que le servían de expansión y relajamiento. La
norma de Marly era invitar a no más de cincuenta personas cada noche de
appartement. Había unas listas de invitados permanentes, de la que eran
seleccionados cada noche de diversión unos cuantos. Además de la familia real,
figuraban, en esa relación de privilegiados, los grandes cargos del reino, los
altos funcionarios, el arquiatre, Juan Racine, historiador oficial del reinado
y cierto número de damas de la corte con sus maridos.
Marly
constituyó el rincón escondido que Luis XIV cuidaba con particular esmero y en
el que se divertía alejado de la monótona cantinela de los asuntos de Estado
que se llevaban la mayoría del tiempo de cada día. Es seguro que allí
disfrutaba como hombre independiente que deseaba olvidar los eternos problemas
que su reino le ofrecía y las interminables guerras que amenazaban el horizonte
de sus fronteras, en gran parte desencadenadas por él mismo y sus eternos
sueños de la hegemonía que deseaba para su país.
Cuando
llegaba algún príncipe o dignatario extranjero de alto nivel a Versalles, su
capricho era acercarlo al rincón de Marly y, si el día estaba claro, mostrarle
in extenso las bellezas del bosque inmenso y las verdes ondulaciones de los
valles que concurrían hacia el cauce del Sena.
Se
dijo por algunos historiadores que esta pasión por las jornadas informales de
diversión regia era negativa porque se perdía en ellas el rigor del protocolo
y, como consecuencia, el respeto a la majestad semidivina del monarca. Pero
ello era un error de óptica. Porque el Rey Sol seguía actuando como tal, en
medio del ambiente aparente de llaneza y franquía que reinaba en las noches de
relajo regio. Tales eran las jornadas habituales del monarca contadas por los
testigos. Muchos historiadores se han preguntado cuál era, en realidad, el «yo»
profundo de su personalidad. He aquí un ramillete de esos juicios de valor de
sus coetáneos.
Luis
XIV se hallaba firmemente convencido de su rango excepcional como rey absoluto.
Tenía conciencia de ser a la vez Capeto de Francia y Habsburgo de Austria. Era
descendiente de Enrique IV, el rey galante, y también de Felipe II. Se sentía a
la vez francés y español de sangre. Era físicamente parecido a su madre, bien
entrado en carnes, de tez rosada y de aspecto serio, altanero y grave.
Lujurioso y devoto. Ambicioso y dominante. Orgulloso y endiosado. Su Escorial
se llamó Versalles y la severa melancolía filipeña se hizo lujo, placer y
diversión en el hijo de Ana de Austria.
El
derecho divino propugnado por autores eclesiásticos y laicos para la función
real le hizo sentirse cercano al influjo directo del cielo. Los dos cultos, el
del rey y el de Dios marchaban al unísono en la opinión de la gente, que veía
en el monarca la imagen de un Ser Supremo al que era debida ciega obediencia.
Luis
XIV amaba la gloria por encima de todas las cosas. Lo confiesa rotundamente en
sus Memorias, en las que reconoce que el deseo de glorificar su reinado con
éxitos de toda clase, principalmente militares, le impulsaba a la acción, y al
mismo tiempo le suscitaba el temor de caer en algún fracaso. Confesaba su
especial predilección por las armas y por la guerra. De hecho, ese arrollador
instinto bélico le empujó a conflictos interminables en los campos de batalla
de toda Europa.
Era
un poco maligno en sus juicios; tenía sentido agudo del deber, amaba la
justicia y no era ni culto ni ilustrado. Pero tenía el convencimiento de que su
papel era representar a la perfección el papel semidivino de monarca, en el que
se sentía a gusto. Solía decir, con increíble petulancia, que debía mostrar al
mundo entero que todavía existían, en Europa, reyes de verdad. Deseaba que su
sistema absoluto de poder se imitara por los demás soberanos de Europa. Un gran
historiador lo definió «como un documento testimonial en la historia del
poderío monárquico como forma de Estado, que es también un ejemplo de la
aptitud asombrosa de los demás hombres a caer en la admiración y en la
sumisión».
Pienso
también que en Luis XIV y en su interpretación del gobierno están los
antecedentes directos de los regímenes absolutos y totalitarios de distintas
familias ideológicas, que han llenado la historia de Europa hasta nuestros
días.
Capitulo
8
Los
amores del rey
Los
amores de Luis XIV han dado lugar a crónicas y relatos conocidísimos. Fueron un
capítulo, a la vez brillante y escandaloso, de su biografía. No sería ésta
completa sin abordar el tema por lo que tiene de sustancial y explicativo a la
vez. Revela un aspecto importante de su carácter. Y también la vertiente, a la
vez hipócrita y tolerante, de sus aventuras sexuales más conocidas. Es opinión
unánime de los testigos de aquel tiempo que la reina María Teresa de Austria,
hija de Felipe IV y prima hermana suya, prenda visible del compromiso militar y
político de la isla de los Faisanes, no ocupó nunca un lugar privilegiado en el
corazón de su marido, el Rey Sol. Acaso la novedad del acontecimiento, la
juventud casi infantil de la novia y el auténtico amor que ella sintió hacia su
arrollador esposo, lograron durante algunos años que el monarca la tratara con
cariñosa delicadeza. Pero pronto ese sentimiento se convirtió en respetuosa y
distante cortesía -aunque compartían el lecho conyugal- y en hacer que tuviera un
lugar preeminente en el protocolo de la corte.
Los
miembros de la casa real, y en especial el sector femenino, comenzaron pronto a
criticar acerbamente a la reina española. Decían que era enana, gordita y
envarada. Subrayaban su precario francés, sus errores de pronunciación, su nulo
ingenio, su reserva, que juzgaban como tontera. Se fue convirtiendo a través de
sus partos sucesivos en una figura representativa del conjunto de palacio que
no tenía influencia alguna en las decisiones del soberano.
Las
inclinaciones amorosas de Luis XIV formaban parte esencial de su carácter. Era
un tombeur de femmes irresistible y perseguía sus objetivos femeninos, que eran
en muchas ocasiones «pasadas» episódicas, intrascendentes, en ámbitos de
distintos niveles de sus extensos palacios y servidumbres. Pero al mismo tiempo
gustaba de enamorar a sus parejas más escogidas, con las que tuvo romances
notorios y semipúblicos. Así, por no citar sino a un par de esas aventuras, la
sobrina de Mazarino, Olimpia Mancini, esposa del príncipe de Saboya, condesa de
Soissons y madre del célebre príncipe Eugenio, fue la protagonista de uno de
esos largos trances sentimentales que acabó con la expulsión de la bella
italiana de la corte en la que había logrado ser nombrada para ejercer un cargo
de importancia en el escalafón de las damas de palacio.
Otro
de esos raptos amorosos lo vivió con la princesa Enriqueta de Inglaterra,
casada con su hermano Philippe, duque de Anjou y futuro duque de Orleans,
«Monsieur» por otro nombre. «Henriette», como era llamada, era bellísima y «de
encanto seductor irresistible», según explican los cronistas del suceso. Se
llevaba mal con «Monsieur», desde que éste se inclinó decididamente hacia los
gustos homosexuales. Luis XIV se encaprichó de ella profundamente, con gran
escándalo de la corte. Astutamente, el rey fingió hacer la corte a una de sus
damas de honor para hacer de tapadera. Se llamaba Luisa de la Valliére y el rey
acabó enamorándose de ella. Luis XIV no quiso perder el contacto con Henriette
y le encargó algunas misiones secretas con la corte de Londres. En uno de sus
viajes de regreso, murió repentinamente, al beber un vaso de agua con
achicoria. Bossuet dedicó a «Madame» una memorable oración fúnebre. El
mentidero de Versalles se dedicó unos días a buscar el nombre del probable
autor de la transmutación de la inocente hierba en veneno fulminante.
Luisa
de la Vallière, de la Baume, Le Blanc, duquesa de San Cristóbal y de Vaujours,
era nacida en Tours, en el castillo de Amboise, del que era gobernador su
padre. A los diecisiete años entró al servicio de la princesa Henriette.
Fouquet se enamoró de ella en el período de su apogeo, pero ella resistió el
asedio con fortuna. Luis XIV pensó en utilizarla como pantalla, pero en 1661 la
hizo su amante, manteniendo secreto el amorío, aunque oficializándolo dos años
después. La colmó de bienes y de honores y la embarazó cuatro veces. Dos hijos
fallecieron pronto. Los otros dos, los supervivientes, fueron legitimados por
el rey y recibieron los títulos de Vermandois y de Blois.
Luisa
de la Vallière era, según los contemporáneos, una mujer de grandes dotes
intelectuales, muy dada a temas espirituales y con vocación de claustro. En
pleno romance amoroso regio, organizó una verdadera fuga de palacio y,
aconsejada por su confesor, se escapó de Versalles, buscando asilo en las
monjas benedictinas de Chaillot. Luis XIV, furioso y enternecido a la vez, la
visitó en el convento y, usando de su autoridad, la trasladó de nuevo a
palacio. Al aparecer, en el horizonte amoroso del rey, la intrigantona madame
de Montespan, La Vallière se escapó por segunda vez. En esta ocasión el
soberano envió de emisarios, para lograr el regreso, a dos de sus hombres de
confianza, Lauzun y Bellefonds, pero, como fracasaran, mandó al todopoderoso
Colbert con instrucciones definitivas que resultaron eficaces. Siguió en la
corte, donde tuvo que aguantar una feroz campaña de burlas y críticas por su
vocación monjil, lo que le humilló sobremanera.
A
los treinta años, obtuvo por fin la licencia regia para abandonar Versalles y
entrar definitivamente en el monasterio carmelita de Saint-Jacques de París. Su
nombre en religión fue «Luisa de la Misericordia». Bossuet, que era su director
de conciencia, tomó parte en la ceremonia litúrgica de su profesión. Escribió
un libro de mística titulado Reflexiones sobre la misericordia de Dios.
Françoise-Athénais
de Rochechouart era otra de las damas de la reina, en la que puso sus ojos el
rey durante el período semimístico de La Vallière. Era hija del duque de
Montemart y se había casado con el marqués de Montespan. Los Rochechouart
venían de un antiguo linaje del Poitou. Tenían un esprit de famille que les
hacía ser amenos, alegres, desenfadados, críticos, repletos de humor y bastante
iconoclastas en su trato social. La Montespan era «hermosa como la luz del
día». Sus retratos nos la muestran rubia, de grandes ojos azules, nariz
aquilina, boca breve y apetitosa, dentadura perfecta. No era muy alta, pero sus
andares tenían una cadencia graciosa y un aire de seguridad y de aplomo. Madame
de Sévigné dice también que era «triunfante, capaz de impresionar a los
embajadores extranjeros». Representaba el polo opuesto a madame de la Vallière,
tímida y encogida. La Montespan se hizo famosa por sus críticas a los
personajes de la corte, por sus burlas e imitaciones, por su desenfado y su
enorme capacidad de intriga.
La
coyunda oficial con la Montespan duró diez años. Durante ella, Luis XIV tuvo
con la marquesa ocho hijos. Dos murieron de corta edad. Los seis restantes
fueron legitimados y ennoblecidos por el monarca. El mayor se llamó duque de
Maine; el segundo, conde de Vexin; la tercera fue duquesa de Borbón; la cuarta,
condesa de Tours; la quinta, a la que llamaban «madame Lucifer», se casó con el
duque de Orleans, futuro regente; y el último fue conde de Toulouse. El mando
de la Montespan se hizo más visible al ser nombrada superintendente de la casa
de la reina en 1680.
El
rey, que según Saint-Simon acometía con tremendas passades a otras mujeres,
durante la etapa de la Montespan, llegó a fatigarse de tanta intriga,
prepotencia y ambición como demostraba la favorita. Aprovechó un amorío breve
con otra de las damas de la reina, María Angélica de Scorraille, para insinuar
a la Montespan que estaba cansado de sus impertinencias. La favorita cometió el
error de suponer que la nueva aventura era pasajera y convenía a sus intereses.
Pero se equivocó de medio a medio. A Luis XIV sólo le duró la nueva amante un
año y la liquidó con un nuevo ducado, el de Fontanges, rompiendo la relación
amorosa con ella. La «bella Angélica», enferma y desengañada, se retiró a otro
convento, a la abadía de Port-Royal, que parecía ser destino obligado de las
amantes regias. Murió en seguida. La corte lanzó el rumor de que había sido
envenenada por la Montespan.
La
Fontanges se desvaneció pronto en la memoria de las gentes de la corte. Pero,
dato curioso, perduraron su nombre y su recuerdo en la moda femenina del siglo
XVII y del XVIII. Tenía originalidad en sus peinados y los diseñaba ella misma.
Una de esas coiffures hizo fortuna y la llevaron casi todas las damas de la
corte en señal de adhesión a la fugaz favorita. Una cinta de seda anudaba la
mata del pelo sobre la misma frente, a la cual se añadía un pequeño gorro del
que pendían velos de encaje.
En
pleno reinado de Luis XV, la Angélica hacía furor sin que nadie se acordase de
la hermosa y desventurada duquesa de Fontanges, flor de un día del jardín real
de Versalles.
Pero
su enemiga mortal, la que terminó con la secuela pública de las queridas
oficiales del rey, fue precisamente una viuda, hija de un notable poeta,
Agrippa de Aubigné, que se hallaba encarcelada en Niort, acusada de ser espía
de los ingleses. Françoise d'Aubigny nació en las dependencias de la prisión y
tuvo una juventud triste y desolada hasta que murieron sus padres. Recogida por
varios parientes, fue enviada primero a un colegio protestante y a un colegio
católico de Ursulinas después. Para salir de la miseria en que se encontraba le
obligaron las circunstancias a un matrimonio de conveniencia con un poeta
paralítico que le llevaba muchos años, de apellido Scarron. Su conducta fue
irreprochable y, como tenía una gran formación literaria, dados sus antecedentes
familiares, abrió un pequeño salón en París, al que acudían personalidades como
madame de Sévigné y madame de Lafayette. Al quedar viuda, se agravó su mala
posición y fue recomendada a Ana de Austria con objeto de que recibiera una
pensión. El mariscal D'Albret, concurrente asiduo a su salón, la recomendó a
madame de Montespan como mujer de gran formación y responsabilidad.
La
marquesa, omnipotente, le propuso ser la educadora de los seis hijos bastardos
del rey, manteniéndolo en silencio. La viuda de Scarron se ocupó durante cuatro
años de ese menester con gran éxito. Al ser legitimados los seis por el rey,
salió a relucir en la corte y el monarca en recompensa la ennobleció con el
título de marquesa de Maintenon, en 1674. Saint-Simon hizo de ella admirables
retratos literarios. Era digna, seria, piadosa y serena. El polo opuesto de la
Montespan. Como mujer, tenía más empaque que belleza, más equilibrio que
audacia. Se propuso conquistar al rey y rescatarle a una vida más sosegada.
Descubrió que dentro de la escasa religiosidad profunda del monarca existía en
el fondo de su carácter un terror auténtico a las penas del infierno. La nueva
amante regia pensó en salvar el alma de aquel desbordante y activísimo gigante
sexual. Luis XIV tenía treinta y seis años; la Maintenon, treinta y nueve. Fue
nombrada dama de honor de la delfina, con lo cual entró en el escalafón de
palacio. Poco a poco fue conquistando el corazón del rey.
La
desgracia de la Montespan y la muerte de la reina María Teresa hicieron más
íntima la aventura amorosa de la antigua preceptora de los hijos bastardos con
el soberano.
El
matrimonio secreto de Luis XIV con madame de Maintenon no ofrece la menor duda
a los historiadores de aquel período. Únicamente se discute la fecha exacta del
acontecimiento del que no han quedado pruebas escritas. Saint-Simon,
generalmente bien enterado, lo sitúa en 1684, cuando los eventuales cónyuges
tenían treinta y nueve años el rey y cuarenta y nueve la viuda del poeta
Scarron. Fue la unión de dos seres muy distintos que se amaron mutuamente y que
seguían cohabitando, sexualmente, hasta los últimos años de la vida del rey. La
presencia de esta mujer madura, formada en la tribulación, en la miseria y en
un primer matrimonio atroz, con un viejo marido enfermo, fue un sedante para
los excesos de la corte misma, que a partir de esa fecha mantuvo un tono de
mayor austeridad en los lujos y en el derroche de las fiestas. Como mujer de
profunda piedad, estableció un estrecho contacto con los poderes de la Iglesia,
inclinándola a la lucha contra los protestantes, aunque no es cierto que fuera
la impulsora del disparatado Edicto de Nantes, que tantos desastres trajo
consigo. Los ministros la respetaron mucho y buscaban su consejo. Colbert y los
de su grupo se entendían bien con ella. No así Louvois, al que ella detestaba
porque decía con razón que empujaba al rey a las guerras interminables.
Tenía
la vocación de la enseñanza y fundó varias instituciones pedagógicas. Su obra
preferida fue la casa de Saint-Cyr para la educación de hijas de familia noble
carentes de fortuna. Al morir el rey se retiró a ese instituto, donde falleció
en 1719.
La
serie de estas mujeres tan diversas en su talante y condición, instaladas en la
vida cotidiana del monarca, que tenía acceso a sus habitaciones privadas en el
mismo palacio, fueron objeto de interminables rumores, comentarios, acerbas
críticas y panfletos satíricos. El propio rey ideó en Versalles toda clase de
artilugios y escaleras escondidas que servían para entrar y salir en el
dormitorio de sus amantes, sin complicaciones, y en un relativo ámbito de
secreta intimidad.
Fue
interesante la actitud de la Iglesia ante este largo proceso de adulterios del
rey cristianísimo. Era difícil ignorarlos cuando resultaban del dominio
público. Pero la estrecha vinculación de la Corona y la monarquía absoluta
impedían determinadas decisiones, que de tratarse de simples ciudadanos
hubieran sido fulminadas sin contemplaciones.
El
caso suscitaba preocupación y sugería escapatorias casuísticas. El rey David y
sus concupiscencias, bien reseñadas en los textos bíblicos, sirvió, en
ocasiones, de apoyatura dialéctica al prudente silencio de la Iglesia galicana.
Un
historiador del reinado escribe: «La Iglesia fue clemente hacia los graves
pecados del monarca. Algún que otro predicador aislado hablaba del asunto en
forma velada. Bossuet quiso plantear el tema en una entrevista privada:
"No me digáis nada", fue la cortante respuesta. La magistratura
tampoco abrió la boca ante las legitimaciones sucesivas de los bastardos. Los
ministros servían el interés del rey. Colbert, Louvois y el resto del consejo
adulaban, sin reparo, a cada una de las amantes de turno para no perder el
favor supremo.»
«Los
amores de Luis XIV -escribe Lavisse- revelaban la sumisión universal de la
Francia de aquel tiempo. El rey aparece como un glotón amoroso, sin auténtica
ternura, excitado sensual, saciado hasta el límite.
Cruel
en el abandono y enorme egoísta. Su crónica amorosa revela su absoluto
desprecio a las antiguas tradiciones del reino. Hay momentos en que espera,
simultáneamente, hijos de tres madres diferentes, unos legítimos, otros
bastardos, entremezclando en una misma época seis descendientes legítimos y
once ilegítimos, y haciéndoles vivir juntos en palacio.» Era un espectáculo
único que en la historia de cualquiera de sus súbditos le hubiese llevado a
pena de galeras. Pero él no era un hombre como los demás. Es el «primero de los
mortales. Y si le nace un hijo, no importa de qué madre proviene. Es un
Bortibón y le corresponde tener rango de príncipe. Que la Iglesia y la justicia
se las arreglen como puedan». Sorprendentemente, fue madame de Maintenon la que
consiguió hacer de Luis XIV un rey monógamo, alejándole de nuevas aventuras
amorosas. Su equilibrio, su fuerte personalidad, su trato prudente con la
mezclada y difícil parentela -legítima y legitimada- le hizo conquistar la
voluntad del rey con la ventaja de no tener descendencia directa que proteger.
Fue una reina morganática de Francia que contribuyó al equilibrio final de la
vida del Rey Sol. Voltaire, en su adulatorio Le siècle de Louis XIV, escribe:
«Este príncipe, colmado de gloria, quiso compensar las fatigas del gobierno con
las inocentes dulzuras de una vida privada.»
Capitulo
9
Religión
y monarquía
Tres
aspectos muy diversos llenaron la crónica de las relaciones de la Corona con el
mundo religioso francés. Fueron importantes y apasionaron en su desarrollo a la
corte, a la nobleza, a la clase dirigente y al pueblo. El rey, que se
consideraba a sí mismo como un representante de Dios en el reino, dedicó al
asunto mucho tiempo, y en sus Memorias se autojustifica de las decisiones
graves que tomó a lo largo de su mando en esa delicada materia. Los enemigos
que era necesario perseguir y eliminar eran, a su juicio, dos sectas poderosas:
el jansenismo y los núcleos protestantes. El tercer asunto era el galicanismo,
es decir, las relaciones de la Iglesia católica de Francia con el papado y con
la Corona.
El
jansenismo, una interpretación rigurosa del antiguo problema de la gracia y de
la libertad del hombre en relación con la salvación final del alma, fue un
verdadero drama interno del catolicismo francés en el siglo XVII. Disminuir la
importancia de esta polémica es no conocer la realidad social de ese siglo. La
chispa inicial la dio un sacerdote llamado Antonio Arnauld, discípulo
predilecto de Jansenius, obispo de Ypres y de Duvergier de Hauranne, abate de
Saint-Cyran. Arnauld publicó en 1643 un tratado de piedad titulado: De la
comunión frecuente.
La
«frecuente», como se llamó a la obrita, era en realidad, más que teológica, un
código de conducta moral y un ataque a la «religión de la gente mundana».
Bossuet, que fue su gran enemigo, declaraba que había gustado al público porque
le encontraba cierto masoquismo predestinatorio y resignado que ignoraba el
lado voluntarista del libre arbitrio. El jansenismo llevaba a un rigor severo
de las normas conventuales. El abate de Saint-Cyran detestaba la primavera, las
flores, la lectura de filósofos, la poesía y se encerraba en el contacto
directo del alma con Dios. Eran signos, según decían los jesuitas, sus grandes
enemigos, de «un calvinismo recalentado». El Papa condenó la doctrina de
Jansenius utilizando textos conciliares. El rey ordenó la persecución en 1661.
Las dos grandes figuras del feminismo francés jansenista fueron la madre
Angélica y la hermana de Pascal, sor Santa Eufemia. Las dos murieron ese mismo
año, probablemente del disgusto del decreto papal. En 1664 el rey ordenó el
cierre definitivo de Port-Royal. Empezó entonces el desmantelamiento final de
los que apoyaban a la secta. Había un grupo de obispos y bastantes núcleos de
sacerdotes y monjas todavía rebeldes. El rey escribió al Papa solicitando su
intervención. Fue un proceso curialesco y largo, lleno de trampas jurídicas y
de fórmulas de retractación que debían firmar los jansenistas. En 1669 se dio
por terminada legalmente la persecución.
Los
jesuitas habían triunfado aparentemente en toda la línea. Pero los perseguidos
fueron ocultados y defendidos por multitud de gentes de la nobleza y de las
clases populares. El jansenismo causó una herida considerable a la unidad de
los cristianos de Francia. Sus seguidores mantuvieron el fuego sagrado de su
interpretación de la fe, en forma clandestina, a lo largo del siglo y aun en
pleno setecientos, con distintos nombres y planteamientos. Pero había otro
enemigo más importante que combatir: el protestantismo.
El
Edicto de Nantes, de 1598, había traído la paz y la libertad religiosa a
Francia. Fue una concesión regia a los hugonotes, que, alarmados por la
abjuración de Enrique IV y su aceptación del catolicismo en 1593, creaban una
situación de peligrosa agitación política y militar en todo el país. El edicto
se había negociado largamente, como un tratado de paz entre beligerantes. Las
concesiones de Enrique IV fueron generosas: libertad de culto, devolución de
los templos, autorización de abrir nuevos, garantías territoriales.
Durante
la Fronda, la gran mayoría de los hugonotes apoyó la causa de Luis XIV; mas, a
pesar de ello, el Rey Sol decidió ir hacia la unificación religiosa por
considerarla necesaria para la unidad política de su monarquía. La campaña
empezó en 1661 con una restricción implacable de cuanto se autorizaba
explícitamente en el edicto a los protestantes.
Otro
de los capítulos qué puso en marcha el rey fue «el negocio» de las conversiones
al catolicismo con una prima en metálico por cada alma que se pasaba de la
reforma al papado. Este método era promocionado desde la Corona y se mejoró
cuando un personaje conocido, el académico Pellison, hugonote de gran
prestigio, anunció su conversión y la creación de una «caja de conversiones al
catolicismo» sufragada por las rentas de los beneficios eclesiásticos vacantes.
Cada cabeza de hugonote que se pasaba a la religión oficial del reino era
subvencionada con seis libras. Sin embargo, Luis XIV no estaba contento con el
ritmo de las conversiones y pensó en fórmulas más expeditivas.
Un
día en que el marqués de Remigny, representante de los consistorios
protestantes del reino, le hacía presente al monarca la serie de presiones,
violencias y abiertas violaciones del edicto que diariamente se producían, Luis
XIV pronunció su célebre respuesta que ha pasado a la historia: «El rey mi
abuelo os amó; el rey mi padre os temió. Yo ni os temo ni os amo.» Fue el
comienzo de lo irreparable. Sin abrigar la menor duda acerca de la legitimidad
moral y teológica de la violencia, empezó por una persecución silenciosa y
sistemática. Se destruyeron, de hecho, las cámaras previstas en el edicto de
Nantes; doscientos templos hugonotes fueron derribados; se prohibió admitir
protestantes en los cuerpos de policía y aduanas; se obligó a los hugonotes
enfermos a recibir la visita de sacerdotes católicos que los exhortaban a la
conversión en el trance final; se prohibieron los matrimonios mixtos. Pero el
ritmo relativamente lento de esas presiones exasperó al rey, cuyo celo
religioso no conocía barreras.
Fue
Louvois, hombre duro, partidario de las guerras y de la violencia, quien animó
a Luis XIV a la última y terrible fase de la persecución. La asamblea general
del clero católico francés votó una comunicación en que se incitaba al soberano
a convertirse en «un nuevo Constantino».
Las
dragonnades, de horrenda memoria, sirvieron de preámbulo a la gran barbarie. En
primer lugar consistieron en obligar por la fuerza a los hogares protestantes a
recibir en sus casas a soldados del cupo ordinario con encargo de que llevaran
a cabo brutalidades sin cuento entre las familias que los albergaban. El precio
a pagar para librarse de esa amenaza era sencillamente abjurar de la fe
protestante y bautizarse en el catolicismo. El intendente de Poitiers,
Marillac, se vanagloriaba de haber logrado con ese método el ingreso en la
nueva fe de treinta mil personas en un año. Las vejaciones y amenazas se
hicieron generales. En ocasiones, la población católica tomaba parte activa en
la represión. En el Languedoc y en el Delfinado fueron los protestantes los que
tiraron contra los dragones, y ello desencadenó la campaña final. Louvois
autorizó al duque de Noailles, gobernador del Languedoc, a hacer un
escarmiento, dejando el país «desolado». La orden se cumplió con creces. Hubo
matanza general y suplicios públicos en Grenoble y otras ciudades. Los dragones
asesinaron en Nimes a toda la población protestante. Noailles, satisfecho,
comunicó a Luis XIV que no quedaba ni un solo habitante hugonote vivo en toda
la provincia.
Se
dio «permiso» después a que los niños de familia protestante pudieran «optar»
por el catolicismo al entrar en la edad de la razón. Ello supuso el «rapto»
literal de miles de adolescentes hugonotes que eran llevados a los asilos y
escuelas para catequizarlos a la fuerza. Se completó la campaña confiscando los
hospitales, asilos y templos, así como los bienes raíces de los perseguidos.
Fue una vuelta a las guerras de religión de antaño. La asamblea del clero de
París quiso poner un freno a tanto disparate, pero hubo quien pensó que, puesto
que una gran masa de los hugonotes había sido exterminada o reducida a la
obediencia católica, el Edicto de Nantes no tenía sentido.
El
rey, tras algunas vacilaciones, decidió revocar el edicto, en octubre del año
1685. Pensó que la conversión del núcleo más resistente sería cuestión de poco
tiempo. Para asegurar el éxito, decidió enviar a todo el territorio francés
unas extrañas misiones mixtas de dragones y de clérigos con objeto de rematar
el asunto. Fue como una vuelta a los peores tiempos de la Edad Media. Los
protestantes resistieron la invasión católica. Las brutalidades de los dragones
desbordaron todo lo imaginable. Cientos de miles de protestantes, con sus
mujeres y niños, se lanzaron entonces al éxodo, fuera de las fronteras y
marcharon al Brandeburgo germano, a Holanda, a Suiza, a Inglaterra y a las
colonias de América. El éxodo hugonote tuvo consecuencias históricas notables.
Fue una ruptura grave de la unidad moral de la nación que desencadenó una
larvada guerra civil interna. Y lo que es más penoso, excitó a los seguidores
de la Reforma en Europa y en América a mantener posiciones duras,
irreductibles, contra el catolicismo. Prusia y Holanda se erigieron en
protectores del exilio holandés. Las flotas rivales de Francia se nutrieron de
miles de marineros expertos. Y los ejércitos enemigos recibieron
inesperadamente refuerzos humanos considerables.
La
mayoría católica francesa no pareció apreciar debidamente ese tremendo saldo
negativo. Es seguro que, de haber sido consultados, los ciudadanos hubieran
aplaudido la eliminación de esa minoría disidente. El propio Bossuet, enemigo
de la violencia, habló de Luis XIV como «un nuevo Teodosio, un nuevo
Carlomagno» que había logrado el milagro de la unidad espiritual del reino.
Philippe
Erlanger, en su admirable obra Luis XIV, subraya, al tratar de ese dramático
acontecimiento, que solamente Saint-Simon, con su pluma cortante y a pesar de
su rigurosa ortodoxia católica, fue capaz de hacer un juicio crítico certero y
clarividente del suceso: «Fue un complot horrendo que despobló una cuarta parte
del reino, lo debilitó gravemente, lo dejó durante un largo período al arbitrio
y saqueo de los dragones, autorizó los suplicios, hizo morir a miles de ambos
sexos, arruinó a un sector numeroso del país, destrozó un mundo de familias,
entregó industrias a los extranjeros y ofreció el espectáculo de un pueblo
entero prodigioso, proscrito, desnudo, fugitivo, errante, sin haber cometido
crimen alguno, buscando asilo lejos de su patria.
El
galicanismo fue otro de los grandes problemas religiosos planteados en esos
mismos años del reinado. La Iglesia de Francia se hallaba estrechamente unida a
su rey y, de hecho, identificada con el Estado. Sostenía la tesis de que la
potestad de la Iglesia católica residía en los concilios ecuménicos, por encima
del Papa, y que el poder episcopal venía directamente de Dios. Al mismo tiempo,
el «Rey cristianísimo» alardeaba de su incondicional adhesión a la Santa Sede.
El rey creía que la Corona había recaído en él por voluntad directa de Dios.
Dentro de sus fronteras, su absolutismo le confería -según él- plena autoridad
sobre el episcopado y mantenía una serie de prerrogativas eclesiásticas que
limitaban rotundamente la jurisdicción del pontífice, según «tradición
inmemorial del reino».
Luis
XIV se encontró con uno de los problemas más agudos y delicados de la política
eclesiástica y de la política internacional: cómo mantener esa autonomía
insólita que invalidaba la autoridad de Roma sin chocar abiertamente con los
sucesivos papas de la Iglesia católica.
Habían
ya comenzado los malentendidos cuando, en la época de la rivalidad militar con
España, Luis XIV tuvo la sensación de que la Santa Sede se inclinaba hacia la
política de los Austrias de Madrid, lo cual le hizo montar en cólera y acentuar
las jurisdicciones exentas de que disfrutaba la Corona en una porción de
aspectos relativos a los beneficios eclesiásticos episcopales vacantes que
manejaba directamente el monarca. Se llamaron estos derechos del rey, la
Regale, y en torno a su vigencia se organizó un verdadero escándalo
político-eclesiástico que trascendió a toda Francia y a la Europa católica en
general.
El
forcejeo de la Regale y su eventual aplicación o derogación llenaron diez años,
desde 1673 a 1683, en términos de gran violencia contenida, por la
imposibilidad de enfrentarse públicamente con el Papa, en materia tan delicada
que llevaba consigo nada menos que la autoridad del Papa de Roma sobre el rey
de Francia. Fue un tira y afloja, lleno de polémicas, casuismos, argumentos
teológicos y silencios deliberados. Los últimos prelados jansenistas del reino
levantaron el primer problema al tomar partido por la Santa Sede contra el
galicanismo. Los jesuitas se pusieron del lado del rey, si bien dentro de su
tradicional respeto y acatamiento a Roma.
Fue
un período lamentable de la historia eclesiástica de Francia y tuvo del lado
romano un personaje extraordinario, el Papa Inocencio XI. Era un hombre joven,
de gran fortaleza física, de linaje noble -los Odescalchi de Como- en el
Milanesado. Sentó plaza de militar y pasó a Nápoles, donde estudió Derecho en
la universidad. Sintió la vocación eclesiástica y, gracias a sus relaciones,
entró en la curia vaticana, donde descolló por su talento, dedicación y buen
sentido. Al abrirse el cónclave, tras la muerte de Clemente X, una multitud
romana entusiasta coreó su nombre. Resultó elegido y adoptó el nombre de
Inocencio XI.
Su
mandato vaticano se recuerda siempre con admiración y respeto. Leopoldo Ranke
le dedica un largo capítulo en su Historia de los papas. Puso orden en el
desbarajuste de las finanzas vaticanas y acabó con el nepotismo. Era austero y
piadoso. Y con todo ello, finísimo y astuto negociador.
Se
enfrentó con Luis XIV, dispuesto a no ceder ni un ápice de terreno. El rey le
hizo ver que perseguía a los hugonotes. El Papa le contestó: «Esos métodos no
eran los de Cristo. Bien está llevar a los protestantes a nuestra Iglesia, pero
nunca a la fuerza.» Luis XIV le envió a su embajador, Estrées, con
instrucciones y un sorprendente séquito: un batallón de dragones de caballería
de escolta que irrumpieron en las calles de Roma. «Viene usted con coche y
caballos. Nosotros vamos a pie, como lo hacía el Señor.»
El
pulso diplomático fue épico y el furor del rey aumentaba sin cesar. En uno de
esos lances, el monarca pidió al Papa que le autorizase a dispensar la edad de
uno de sus hijos, bastardo legitimado, con objeto de que entrase en la carrera
eclesiástica. Probablemente era una trampa que le tendía, esperando un rechazo
que se tomaría en Francia como escándalo y ofensa al rey. El Papa le autorizó,
sin comentario alguno, la dispensa pedida.
El
pleito de la Regale duró hasta 1691, con gran número de incidentes por ambas
partes. Hubo que esperar al pontificado de Inocencio XII -Antonio Pignatelli-
para que el desenlace y la abolición de la Regalese produjeran finalmente. Se
abolieron los privilegios y lentamente las aguas volvieron a su cauce. Luis XIV
aprendió la lección de humildad y la Iglesia galicana dejó poco a poco de ser
una realidad. En rigor no jugó, de ahí en adelante, papel relevante y quedó su
memoria archivada entre los malos momentos del reinado, al que las tres
vertientes de la «monarquía católica» supusieron factores altamente negativos
que se extendieron durante los años restantes, hasta muy entrado el siglo XVII.
Hasta
la Revolución francesa llegaron las salpicaduras de estos tres graves episodios
que pusieron en tela de juicio la firme solidez aparente del catolicismo
francés. Todo un sector del anticlericalismo revolucionario se había nutrido de
estas polémicas y persecuciones y muchos de los descendientes de exiliados y
perseguidos se trocaron en adversarios activos del catolicismo de los reyes.
Capitulo
10
El
poderío militar
Aunque
Francia había sostenido muchas guerras desde siglos atrás, Luis XIV se encontró
con la sorpresa de que no existía un ejército francés organizado como tal. No
había más tropas permanentes que la guardia personal del monarca, llamada
también la «Casa del Rey», un par de batallones de gendarmes y media docena de
regimientos de infantería.
Las
oficinas militares tenían un alto grado de venalidad en su funcionamiento. Se
vendían y compraban compañías y regimientos. Llegado el conflicto, se
reclutaban los soldados por los capitanes y coroneles entre los campesinos, que
recibían una prima de enganche. Terminada la campaña se producía la desbandada
general. Además, en materia de intendencia y venta de ropas de la tropa, se
producían escándalos grandes, con lo que los servicios auxiliares resultaban
inexistentes.
El
soldado, mal pagado y vestido, vivía sobre el país -ajeno o propio- que ocupaba
su regimiento. Robaba y expoliaba a los aldeanos, llevándose cuanto podía: el
ganado, el vino y parte de la cosecha. No había sistema de municionamiento, ni
de víveres, ni de hospitales. El armamento era malo y anticuado. El arma noble
era la caballería. La artillería y los ingenieros formaban sectores separados y
sus mandos respectivos eran independientes del ejército en general. Las
fortificaciones del reino en la frontera del Pirineo y en las del Rin y el
norte flamenco se hallaban en un estado de gran precariedad.
Todos
los autores se hallan de acuerdo en atribuir a tres personajes la puesta en
marcha de los ejércitos del reino. Además de Luis XIV, verdadero promotor de la
idea, fueron los Le Tellier, padre e hijo, y Colbert quienes llevaron a cabo la
enorme e inverosímil tarea.
Le
Tellier fue quien proyectó la gigantesca operación en su conjunto. Había
empezado su carrera, como intendente de la campaña del Piamonte italiano, en
1640 y quedó estupefacto ante el desorden total que existía en el seno de las
tropas francesas. Propuso al rey cambios drásticos y reglamentos nuevos, y tres
años más tarde se le nombró secretario de Estado de guerra. Diez años después,
en 1653, pidió al rey que su hijo, el marqués de Louvois, le sucediera en el
cargo. Luis XIV dispuso que ambos trabajaran juntos en el gran empeño. Le
Tellier era un hombre de Estado de gran visión, un constante buscador de las
novedades castrenses que se producían en los demás ejércitos rivales de Europa.
Su hijo Louvois era un ordenancista implacable, un severo y exigente
reglamentarista, un realizador perfecto de las modernizaciones necesarias, y
tenía un carácter altanero, brutal, violento, temido más que respetado por sus
colaboradores. El rey escuchaba a los Le Tellier y les pedía sin cesar datos,
esquemas, proyectos del gran designio: el ejército permanente. Escribía al
mariscal Turenne, la vieja gloria de las armas del reino: «Tengo todo el nuevo
ejército dentro de mi cabeza.»
La
idea de crear «un ejército nacional» enteramente distinto de los anteriores,
sin trampas venales, sin soldados extranjeros -suizos, alemanes o ingleses-, en
que el servicio de las armas fuera un deber público y en el que la nobleza, la
campesina sobre todo, hubiera ocupado un papel relevante, la había puesto en
marcha Louvois. Él había entrevisto esta posibilidad modernizadora -sin darle
ese nombre, por supuesto- con las llamadas «milicias provinciales», que
levantaron veinticinco mil hombres en su primer ensayo en 1688 y resultaron ser
tropas de primer orden para el combate.
Pero
Luis XIV, en su período de guerras insensatas que refiero en el capítulo
próximo, no quiso renunciar a la recluta de soldados extranjeros, que eran
combatientes profesionales y cuya escala de mandos inferiores era también
foránea. En la disparatada guerra de Flandes, de 1672, Luis XIV sólo disponía
de setenta mil hombres. Encargó a Louvois una recluta implacable dentro y sobre
todo fuera de las fronteras. El ministro le proporcionó ciento veinte mil
hombres, y en 1678 el rey tenía un ejército mixto de doscientos ochenta mil
hombres bajo su mando.
Louvois
fue muy severo en materia de disciplina, incluso con los oficiales que servían
en la corte. La tenue de los jefes y oficiales, después de las reformas,
causaba la admiración de los ejércitos adversarios. La paga, el uniforme, la
subsistencia y el auxilio a los heridos mejoraron de modo extraordinario.
Louvois sustituyó el mosquete, lento y difícil de manejo, por el fusil germano,
más ligero, al que Vauban añadió el sistema de sujetar en él la bayoneta, sin
perder la visión del tiro. Se organizó el cuerpo de granaderos, antes
inexistente, y la infantería montada. El sable sustituyó a la espada. Apareció
la carabina rayada. Con todo ello, la capacidad de fuego del ejército del rey
se multiplicó de forma notable.
La
artillería y los ingenieros militares eran armas separadas del mando supremo de
las campañas; pero Louvois comprendió en seguida que, dándose las batallas
muchas veces, como sitio de una ciudad o como defensa de una fortaleza, era
necesario incorporar ambos elementos al mando unificado. Así se acordó después
de muchas resistencias, a las que puso fin el propio rey.
En
cuanto a las fortificaciones de frontera del reino, las jurisdicciones se
hallaban repartidas entre Colbert y Louvois. Este último designó a Vauban,
quien en 1677 recibió el solemne título de «comisario general de las
fortificaciones». Colbert decía de él «que era el ingeniero más hábil y
enterado que jamás se había conocido en Francia». Los ingenieros tardaron
tiempo en ser admitidos en las filas del ejército, que los consideraba, con
cierto despego, como «un cuerpo extraño formado por hombres de ciencia».
Vauban
fue el que revolucionó de arriba abajo el arte de atacar y defender una plaza.
Sus trincheras paralelas en zigzag, el uso científico de los disparos de
mortero y la minuciosa preparación del asalto final fueron el contenido de esta
técnica que, poco a poco, se extendió a Europa entera. «Plaza sitiada por
Vauban, plaza tomada», era el refrán que se repetía en París y en los salones
de la corte de Versalles. En cuanto a la operación de signo opuesto -es decir,
la defensa de una plaza sitiada-, recibió del mismo jefe la idea de construir
un sistema de bastiones y caminos cubiertos que permitieran a la artillería de
los defensores destrozar a los asaltantes. El otro refrán parejo decía: «Ciudad
defendida por Vauban, ciudad inexpugnable.»
El
rey gustaba de las fortificaciones y las visitaba en persona minuciosamente. El
juego de los dibujos geométricos que sobresalían en el terreno de los
dispositivos ideados por Vauban le cautivaba sobremanera. Los planes de la
fortificación entera de Francia para aniquilar una potencial ofensiva del
enemigo exterior fue otra de las obras maestras de Vauban. Decía en un memorial
famoso que había tres «boquetes» de posible invasión del reino por el norte y
este, que eran las cuencas del río Oise, del Marne y del alto Sena. Había,
pues, que bloquear esas eventuales rutas de ataque construyendo plazas fuertes,
en contacto estratégico con otra serie de fortalezas secundarias y levantar, a
retaguardia, una segunda línea de defensa. Era un lenguaje moderno y realista.
Se artillaron y defendieron en esa operación Dunkerque, Lille, Metz,
Estrasburgo, Besanzon, y detrás, una línea de hasta treinta fortalezas menores.
Briancon defendía los Alpes; Perpignan, el Pirineo. El historiador Lavisse
escribe: «La cadena de los fuertes de Vauban cerraba la puerta a los ataques.
En los últimos años del reinado sirvieron para impedir la invasión de Francia.»
No
tuvo tanta eficacia la vieja idea de Le Tellier de lograr un sistema de
hospitales de campaña. Fue difícil establecer y, más aún, mantenerlos en buen
funcionamiento. En cambio, sí se logró convertir en realidad un proyecto de
Luis XIV para que los inválidos de guerra tuvieran un asilo decoroso que los
albergara vitaliciamente. Louvois ayudó a que ese carísimo proyecto fuera
financiado con diversos fondos. El hotel des Invalides, debido a Mansard, con
su inmensa cúpula, es hoy un punto neurálgico de París que alberga en su
templo, entre otras, la tumba que contiene el corazón de Vauban, el máximo
fortificador de la tierra de Francia. Diremos también dos palabras de la Marina
real, que fue obra exclusiva de dos personas, el rey y su ministro Colbert.
Richelieu fue el primero que, años antes, había comprendido la necesidad
imperiosa de que un reino que se extendía desde el Atlántico hasta el
Mediterráneo debía poseer un mínimo de flota de guerra propia y unos puertos
adecuados para que le sirvieran de base. «No podemos ser una potencia militar
completa si no estamos también presentes en la mar», era su frase favorita. Su
proyecto se hizo realidad cuando asumió el mando del almirantazgo de Francia.
Llegó Richelieu a formar una escuadra de sesenta navíos y veinte galeras. Pero
las guerras civiles ulteriores dejaron la iniciativa a mitad de camino. Y fue
Colbert el que, en un memorial de 1663, expuso al rey el estado lastimoso en
que se encontraba la flota de guerra y la necesidad urgente de que se llevara a
cabo la gran empresa -costosísima- de crear una fuerza naval capaz de completar
la reforma del ejército de tierra.
De
modo análogo al que Le Tellier utilizó a su hijo Louvois para organizar las
fuerzas de tierra, Colbert puso a su hijo, el marqués de Seignelay, al frente
de la ejecución de ese gran proyecto marítimo. Seignelay era un hombre duro,
organizador y trabajador infatigable. Sus enemigos le acusaban de ser un
juerguista empedernido, lo cual era cierto. Pero una vez lanzado a la tarea
encomendada por Colbert, resultó ser uno de los grandes artífices del poderío
naval de Francia.
Colbert
rebuscó en las arcas de la hacienda pública los muchos dineros necesarios para
echar a andar la difícil empresa. No había en Francia ni astilleros, ni
fundiciones capaces de construir un navío de guerra que pudiera enfrentarse con
las otras flotas en ambos mares. En vista de ello, compró en Suecia, Dinamarca
y Holanda una docena de navíos disponibles. Quinientos cañones, con munición
suficiente, y toda clase de elementos de navegación para que estuvieran listos
para entrar en combate en un plazo brevísimo. Y con ese apoyo inicial foráneo
organizó un gigantesco plan de nacionalización de la industria naval, buscando
maderas, minerales, cáñamo, alquitrán, fundiciones, telares para el velamen y
todo lo que sin salir del territorio del reino pudiera servir al audaz
propósito.
En
menos de diez años se logró convertir la industria de la construcción naval de
la flota en un proceso de total autonomía. Se levantaron fábricas en el
Nivernais, en Borgoña, en Forez, en Lyon, en Auvernia, en Provenza, en
Périgord, en Bretaña, en el Delfinado y en el Médoc. Todos los elementos del
navío de guerra eran de procedencia autóctona, lo que garantizaba la autonomía
de la flota del rey. Los embajadores extranjeros comentaban entre sí,
sorprendidos, la milagrosa rapidez con que Colbert había logrado montar una
flota entera.
Complemento
de esta operación, iba a ser también la habilitación frenética de nuevos
puertos y astilleros. Tolón iba a convertirse en la base decisiva para la flota
mediterránea, con capacidad para albergar hasta setenta navíos simultáneamente.
Se instalaron en la ciudad y sus alrededores astilleros, diques, talleres,
almacenes, arsenales, hospitales, depósitos de armas y una cordelería junto a
la sala de velas. En el mar Atlántico, Colbert ofreció al rey la construcción
de dos puertos fortificados, enteramente nuevos, Rochefort y Brest. Y en el
Canal y sus cercanías, mandó a Vauban que fortificase seriamente El Havre,
Calais y Dunkerque. Una nueva configuración de Francia, defendida por mar,
empezó a ser conocida por las marinas rivales: la inglesa, la española, la
holandesa, las escandinavas, la turca, la berberisca y la veneciana. Colbert
conocía «su marina» al pie de la letra. En el memorial de su archivo se guardan
miles de comentarios técnicos de cada navío y los resultados de sus pruebas de
navegación. Soñaba con alcanzar la perfección técnica, el sistema científico de
lograr un modelo de nave superior a todas las demás.
Ya
desde 1665, la flota de Luis XIV se dio a conocer en la mar. «Los ingleses nos
ven con envidia y preocupación.» En 1677, la flota tenía 116 navíos de gran
porte, 28 fragatas, 24 correos y otras embarcaciones menores. En total, 200
unidades con 6460 cañones disponibles.
No
paró ahí el celo constructor de los Colbert, padre e hijo. Para una serie de
acciones menores, sobre todo en el Mediterráneo, eran todavía las galeras un
navío eficaz por su mayor precisión de maniobra y su independencia de los
vientos. Colbert convenció a Luis XIV de la utilidad de estos trirremes
vetustos y, en menos de cinco años, una flota de cuarenta galeras estaba
disponible en Tolón. Ello planteaba el problema de los tripulantes; es decir,
los remeros. Los voluntarios eran pocos por la dureza de la tarea y la mala
experiencia de la tradición secular. Se pensó recurrir de nuevo a la
esclavitud. Se compraron prisioneros turcos, esclavos negros, indios de Canadá,
rusos vendidos por negociantes, bárbaros en Constantinopla; pero finalmente
fueron franceses en su mayoría los seleccionados entre los cuales abundaban los
condenados a esa pena por los tribunales del reino. La Marina real iba a jugar
un papel importante desde entonces no sólo en el reinado de Luis XIV, sino en
la historia de Francia hasta nuestros días, condicionando en gran medida el
proceso de su política internacional en aguas de Europa y América. El rey se
hallaba fascinado por esta nueva faceta de su reinado y de su poderío. Mandó
hacer, para navegar por los lagos de Versalles, réplicas perfectas de sus
mejores navíos a escala reducida y los exhibía en las fiestas como exponente de
su grande novedad militar. Sin embargo renunció, una y otra vez, a embarcarse
en las naves de guerra. Colbert quiso llevarle a Tolón, a Marsella, a Brest para
que viese de cerca lo que se había logrado. Pero una sola vez consiguió hacerle
subir a uno de los grandes navíos en el puerto de Dunkerque. Presenció,
visiblemente emocionado, un ejercicio táctico de la tripulación. «Nunca he
visto unos soldados tan bien instruidos y conjuntados como estos marinos. Ahora
entenderé mejor los expedientes de la Marina que recibo todos los días.»
Colbert,
Le Tellier, Louvois y Seignelay fueron los artífices del poderío militar del
reino de Francia. Luis XIV se percató de que esa fortaleza le daba un puesto de
importancia decisiva en el equilibrio precario de la Europa de fines del siglo
XVII. Y con ello se encendieron en su imaginación posibilidades nuevas de
acción militar que pusieran a prueba los nuevos instrumentos logrados por sus
fieles colaboradores. Pensaba también -y hay constancia escrita de ello- que
una perenne disponibilidad de las fuerzas armadas era también un sistema con el
que la nobleza se consideraba satisfecha de su nueva misión: la de encabezar
los mandos de esos poderosos instrumentos de lucha exterior, olvidando sus
anteriores desvíos hacia las Frondas, las conspiraciones y las guerras civiles
interiores.
Y,
en general, el instrumento armado, dirigido por el rey, fue, poco a poco, la
fuerza coactiva que impedía también cualquier sublevación interna de grandes
ciudades inquietas y en perpetua rebeldía latente, como eran siempre Burdeos o
Marsella.
La
voluntad unitaria del poder real se manifestaba visiblemente a través de los
nuevos ejércitos de índole permanente. Eso en cuanto a la imagen interior. Pero
en el ámbito internacional, la decisión de Luis XIV iba a tener repercusiones
de muy largo alcance histórico. Sus ejércitos, de cientos de miles de hombres,
con carácter permanente, obligaron a los otros Estados a llevar a cabo rearmes
semejantes, con lo que los riesgos de conflictos se convirtieron en un mal
endémico del Occidente europeo que había de durar hasta nuestros días.
A
continuación me propongo enumerar en brevísima síntesis los conflictos de
variada índole que se llevaron a cabo entre 1668 y el fin del siglo, debidos
precisamente a esa puesta a punto, precisa, poderosa e implacable de las
fuerzas armadas del rey de Francia secundando las iniciativas de cuatro
personajes decisivos en la consolidación del reino como poderoso Estado
moderno.
Capitulo
11
Las
guerras interminables
El
poderío militar y marítimo logrado con tanta paciencia y tenacidad habían
convertido a Francia en una potencia de primer rango que poco a poco iba a ser
considerada como una fuerza hegemónica ascendente en toda Europa. Luis XIV,
satisfecho con los ejércitos numerosos y permanentes que se hallaban bajo su
mando, no resistió a la tentación de realizar los sueños de gloria de su
reinado que debían lograrse por la vía de la conquista y de la guerra.
Los
conflictos bélicos que desencadenó entre 1667 y 1700 fueron otras tantas
manifestaciones de esa soberbia autoritaria y expansiva. Alguien ha llamado a
esos treinta y tres años el capítulo de las «guerras interminables», pues fue
tan seguido y provocativo el proceso que perturbó gravemente el relativo
equilibrio logrado tras la paz de los Pirineos y dejó abierta la puerta a una
tremenda y generalizada guerra intereuropea, cuya última parte se disputó en
España, entre 1702 y 1712, con el nombre de «guerra de Sucesión».
El
primer conflicto fue denominado «la guerra de la Devolución» y tuvo por
escenario la frontera norte del reino. Fue una lucha breve, de poco más de un
año, y las tropas de Luis XIV ocuparon la importante ciudad de Lille y un trozo
del Flandes fronterizo. La paz se firmó en Aquisgrán y supuso una «guerra de
ensayo» para lo que iba a venir después.
Henri
de Lionne, el gran diplomático del reinado, ministro de Exteriores, incansable
en el tejer y destejer las alianzas precisas, recibió el encargo del rey de
preparar un conflicto que tuviese como enemigo principal Holanda y, más
concretamente, Guillermo de Orange, que fue en esos años el adversario más
odiado de Luis XIV. La misión de Lionne fue la de aislar al rey holandés y
dejarlo solo en caso de ataque francés. Pero Orange, advertido a tiempo, anudó
una serie de compromisos defensivos con el imperio austríaco, el gobierno de
Madrid y el Brandeburgo germánico. Estalló la guerra, feroz e implacable, con
varia fortuna. A los seis años de combates durísimos, batallas ganadas y
perdidas, ofensivas y retiradas, la guerra quedó en tablas, y una larga negociación
en Nimega, de dos años de duración, llevó a la firma de unos tratados de paz.
Francia hubo de restituir Maastricht a los Países Bajos. Pero logró, en un
largo forcejeo diplomático con España, que ésta cediera el Franco Condado y una
serie de plazas fuertes en el Flandes católico del Sur. Otro protocolo retrajo
la situación con el imperio de Viena a las fronteras anteriores del tratado de
Westfalia con algunas leves modificaciones. La paz de Nimega fue el punto
culminante del poderío francés, al luchar sola con media Europa. El costo en
bajas resultó altísimo, pero la eficacia y el poderío de las armas francesas
resultaban evidentes.
Entre
las víctimas, la del gran Turenne, «monsieur le Maréchal», el más respetado y
admirado jefe militar del reino. Gran estratega, valeroso y audaz en la
sorpresa, conocedor de las argucias del adversario, príncipe de Sedan, por su
línea paterna y nieto -por su madre- de Guillermo el Taciturno, Turenne estuvo
envuelto en las querellas de la Fronda, en su juventud, e incluso luchó en las
filas españolas contra el rey de Francia. Durante la «guerra de la Devolución»,
que antes comenté, realizó una campaña relámpago que le permitió conquistar el
territorio entero de Flandes en tres meses. Fue asimismo responsable de la
ocupación y «devastación» del Palatinado germánico, sembrando el odio
fronterizo que ha durado en aquella rica comarca hasta nuestros días. Otro de
sus últimos hechos de armas que se recuerda como ejemplo histórico de audacia
repentina fue el ataque en pleno invierno de 1675 -época en que se suspendían
de hecho las hostilidades- al ejército imperial austríaco, acampado en sus
cuarteles, que tuvo que abandonar toda Alsacia como consecuencia de su total
derrota.
Se
hallaba Turenne, a sus sesenta y cinco años, enfermo de melancolía, y pidió al
rey su relevo, que el soberano no le concedió. En la batalla de Salzbach se
enfrentó de nuevo a los austríacos mandados por el general Montecuccoli y murió
alcanzado por una bala de cañón. Luis XIV lo hizo enterrar en el panteón de
reyes de Saint-Denis, pero Bonaparte, siglos después, lo mandó sepultar en el
panteón de la iglesia de los Inválidos de París.
La
guerra había dejado exhausto al tesoro francés. El rey decidió operar en el
terreno diplomático, utilizando los servicios de dos personalidades de gran
prestigio en la carrera, conocedores al último detalle de los complejísimos
entramados que se habían producido en Europa occidental con motivo de la
devastadora y costosísima guerra de Holanda. Arnauld de Pomponne fue uno de
ellos; Colbert de Croissi, el otro. El rey, personalmente, llevaba el hilo de
las intrigas exteriores, mientras llegase la hora de un nuevo e inevitable
conflicto. Croissi fue el que sugirió al rey un terreno de juego menos
peligroso que la guerra, pero que podía dar resultados positivos. Croissi había
sido presidente del Consejo de Alsacia y del Parlamento de Metz, y durante su
mandato conoció el hecho de que de las señorías territoriales cedidas a Francia
en la paz de Westfalia habían sido desgajados territorios y derechos,
reclamados y obtenidos por los duques de Lorena y de Bar y otros nobles del
territorio. La maniobra de Pomponne y de Croissi, hábiles juristas, fue la de
reclamar legalmente esos territorios usurpados para la Corona de Francia.
Los
procesos reivindicatorios se llevaron a cabo en los Parlamentos locales y en
los Consejos regionales. En 1679 se «reunieron» a la Corona francesa ochenta
pueblos del Montbéliard. Los demás agrupamientos de la Baja Alsacia siguieron,
al poco tiempo, su ejemplo. En Lorena se «reunieron», con más dificultades, un
número importante de villas y señoríos. Estrasburgo se resistió durante meses a
la «reunión». Pero después de una serie de fintas militares, llevadas a cabo
por las tropas imperiales sobre la ciudad, Luis XIV actuó por la tremenda y
marchó en persona a Estrasburgo, después de haberse celebrado una ceremonia
religiosa, tres días antes, presidida por el obispo católico y previa ocupación
militar y rendición de Estrasburgo a las tropas francesas de Louvois.
El
rey entró en la ciudad en una carroza dorada. tirada por ocho caballos. El
tedeum fue solemne y en la oración final se invocó, por el obispo, a Clovis y a
Dagoberto, fundadores de la catedral, llamándole al rey de Francia «tercer
fundador del rosado templo». El mismo día en que Estrasburgo se «reunía» a la
Corona de Francia, las tropas del rey entraban en Casal, capital del
Montferrato, feudo de los duques de Mantua. Casal era una de las llaves
estratégicas del Piamonte y del Milanesado español. «La corte de Mantua no se
ocupaba entonces sino de amor», escribió un célebre historiador hablando del
asunto.
El
duque Carlos, en efecto, reinaba bajo la tutela de su madre, la archiduquesa
Isabel Clara, que se hallaba liada con su secretario, Bulgarini. Carlos, que se
había casado con una hermosa princesa del linaje Gonzaga, se dedicó después a
la buena vida y se instaló en Venecia, donde cobró fama de generoso y mujeriego
notable. Se decía que había cobrado un altísimo precio por dejar invadir' la
ciudad-fortaleza y «reunirla» a la Corona de Francia. El condado de Chiny,
próximo a Luxemburgo, pertenecía a la Corona de España y, mediante la presión
de fuerzas militares francesas situadas en las cercanías, con aire amenazador,
hubo de plegarse también a las reclamaciones de París. El malestar se acrecentó
en toda Europa, porque coincidió con la grave amenaza turca contra Viena, y el
rey de Francia fue acusado de insolidario por las naciones católicas ante el
peligro del ejército herético que sitiaba la capital del imperio.
Una
vez más, Luis XIV maniobró con gran audacia, fingiendo negociaciones para
buscar un arreglo y avanzando sus peones en las fronteras del norte y oeste del
reino, para justificar el supuesto rescate jurídico de sus derechos soberanos.
El emperador de Viena declaró entonces la guerra a Francia y a España también.
Intervinieron las demás potencias, sugiriendo conferencias para superar la
grave crisis. Francia propuso una tregua de veinte años, en vez de un tratado
formal de paz. En Ratisbona se negociaron ambas treguas, las de la Corona
francesa con el rey de España y con el emperador de Viena.
Luis
XIV consiguió que durante la tregua se mantuviese su soberanía sobre
Estrasburgo, Kehl, las señorías de Alsacia, Luxemburgo, Beaumont y Chimay. El
proceso entero fue una maniobra conjunta de astucia y violencia, dirigida por
el propio soberano. En Francia se celebró la noticia de la tregua como un
triunfo político sin precedentes. Racine, el poeta, dramaturgo y cronista de
Versalles, cantó las excelencias de esta política de reuniones, como «un
círculo estrecho y cerrado» en que la habilidad regia había encerrado a sus
adversarios.
Pero
sus adversarios, que eran muchos y poderosos, se consideraron burlados y, lo
que era peor, amenazados por Francia. Empezó un tejer y destejer de
conversaciones, pactos, entendimientos secretos y proyectos de alianzas
militares futuras, al día siguiente de firmarse los protocolos de Ratisbona.
Los dos monarcas más activos en esta tarea fueron el emperador de Viena y el
rey de Inglaterra, Guillermo de Orange, que se consideraban amenazados en
territorios neurálgicos de sus Estados. Los holandeses temían los avances de
Francia por sus fronteras de Flandes. Y el emperador veía con enorme
preocupación la tendencia francesa a ocupar el puesto más relevante en la
hegemonía militar y política de Europa.
Así
nació una curiosa operación de engaños mutuos, que se llamó la Liga de
Augsburgo, ya que se firmó dicho pacto el año 1685 en esa ciudad. Se declararon
partícipes del instrumento diplomático, el emperador austríaco, el rey de
España, Suecia, el príncipe elector de Baviera, la Casa de Sajonia, el círculo
de Franconia, el del Alto Rin y el del Palatinado. El texto era puramente
defensivo. Los Estados alemanes querían protegerse contra cualquier intento de
alterar la tregua de Ratisbona. En realidad fue un pacto de solidaridad por si
Luis XIV intentaba alguna operación militar de sorpresa. Inglaterra y Holanda
lo vieron nacer con simpatía, pero sin firmarlo, y el rey de Prusia prometió su
ayuda militar en caso de agresión directa francesa. Luis XIV observaba el
desarrollo de la liga y trató de torpedearla desde fuera con diversos
pretextos.
Al
cabo de dos años, el rey de Francia decidió pasar a la acción, después de
mantener una fuerte disputa con el Papa, al que acusaba de entenderse
secretamente con el emperador de Viena. En octubre de 1688, las tropas
francesas entraron en territorios del Imperio, ocupando las plazas fuertes de
Colonia, Lieja, Philippsburgo, el Palatinado, Maguncia y Heidelberg. Fue una
invasión en toda regla. Luis XIV pensó que Guillermo de Orange evitaría que
Inglaterra y Holanda entrasen en la contienda. Se equivocó de medio a medio. La
brutal destrucción de las ciudades del Palatinado renano, desde Heidelberg a
Mannheim, pasando por Spira y Worms, dejó para siempre una estela de odio en
esas poblaciones germanas, reducidas a escombros y ceniza. La muerte de la
reina de España, María Luisa de Orleans, en Madrid, inclinó a Carlos II a
ponerse del lado del emperador austríaco, con lo que España entró también en la
guerra. Y poco después, Guillermo de Orange optó asimismo por tomar parte en la
guerra contra el enemigo común: el rey de Francia.
Fueron
dos años más de batallas sangrientas en torno al Rin y a las fronteras de
Flandes. Ninguna fue decisiva. Se organizó una coalición militar anti francesa.
Viena pactó con Holanda y, a su vez, el duque de Saboya se unió a los
coligados. La alianza era considerable y militarmente poderosa por tierra y por
mar.
Francia
se vio rodeada de un enorme círculo armado de países enemigos. Y logró sostener
el pulso militar y naval contra todos. Llegó a tener trescientos mil hombres
armados, bajo sus banderas, y doscientos veinte navíos de línea en los dos
mares. Sus militares -una vez muertos Condé y Créqui- eran de la nueva hornada:
Catinat y Luxembourg sobresalieron como grandes jefes. Y en la mar, Tourville,
Renault, Jean Bart, Dugay-Trouin dejaron muy alto el pabellón de las lises.
Los
aliados tenían unos ejércitos de doscientos veinte mil hombres, heterogéneos,
poco conjuntados, a los que faltaba la unidad de mando. Ésta fue una de las
razones de que la interminable y sangrienta guerra de la llamada Liga de
Augsburgo no encontrase una pronta decisión militar. Es difícil explicarlo con
motivos racionales, pero la «Guerra de la Liga» duró hasta 1697, en que ambos
beligerantes, destrozados, cansados, arruinadas sus tesorerías, muertos en
combate sus mejores jefes, sin encontrarse salida militar al conflicto, que
duraba ya diez años, llegaron a la conclusión de que era necesario abrir
negociaciones para buscar un camino a la paz.
El
reino de Suecia se ofreció como mediador debido a su lejanía y neutralidad.
Turín había hecho por su cuenta la paz con el rey de Versalles. En mayo se
reunió un congreso de plenipotenciarios en el castillo de Niewbourg, de los
príncipes de Orange, en las afueras de Ryswick, no lejos de La Haya. Hasta
octubre no se llegó al acuerdo total. Fueron unos diálogos largos y complejos,
interrumpidos, sin continuidad permanente, debido al gran número de consultas
que había que evacuar para requerir la opinión de los reyes y príncipes
involucrados en la contienda.
Luis
XIV fue el responsable único de esta atroz y estúpida lucha intereuropea. Creyó
posible lograr sus objetivos nacionales sin que se produjera el conflicto
total. Pudo demostrar que la Francia militar era un poder formidable, capaz de
hacer ella sola frente al resto de Europa. Pero al mismo tiempo se vio claro
que Francia no podía vencer a la no menos fuerte coalición.
Es
muy verosímil que el ánimo negociador que finalmente prevaleció en la voluntad
del soberano francés fue debido a la situación en que se hallaba entonces el
reino de España, según las muchas y seguras informaciones que de su embajada en
Madrid recibía Luis XIV. Por si se abría pronto la sucesión al trono de Carlos
II, moribundo, Luis XIV quería tener las manos libres para lograr una solución
favorable a sus intereses en la problemática sucesión al eventual trono
vacante. Deseaba el rey que al menos los dos grandes poderes marítimos,
Inglaterra y Holanda, no se opusieran a sus maniobras, jugando la carta
sucesoria del emperador de Austria. `Y que las casas de Saboya y de Lorena
pudieran ponerse también a su lado, en la gran operación política sucesoria, cuando
llegara el momento de llevarla a cabo.
El
mapa de la Europa política occidental se alteró, sin embargo, en detrimento de
Francia. Los austriacos, a través de la guerra de la Liga, lograron granjearse
el apoyo de muchos príncipes alemanes protestantes, en los que el reflejo
patriótico germano pudo más que el prejuicio religioso católico. La devastación
del Palatinado fue el hecho decisivo para acentuar dicha situación.
La
otra gran novedad del conflicto fue la aparición del poderío británico en los
mares, por encima de Holanda y de la escuadra francesa construida por Colbert.
Y con ello se produjo otra inesperada novedad ideológica en Europa, que fue la
siguiente: la Inglaterra de Guillermo III era la de una monarquía en que el rey
se apoyaba en la voluntad de la nación. El Parlamento británico definió y
precisó sus poderes y sus derechos, frente a los del monarca. Las Cámaras de
Londres se reunían periódicamente y controlaban en buena medida al poder
ejecutivo. Las libertades políticas y personales eran garantizadas, incluida la
de prensa, que fue libre por primera vez en el reino. El triunfo del
parlamentarismo estaba asegurado y la monarquía de derecho divino de los Estuardo
había desaparecido para siempre. En el pulso militar del poderío naval entre la
Inglaterra de Guillermo III y la Francia dé Colbert, la balanza se había
inclinado en favor de los isleños. La joven marina de Luis XIV hizo un glorioso
papel en los múltiples combates que se libraron en los distintos mares entre
las lises y las armas de Inglaterra. Pero el gran esfuerzo y el sueño marítimo
de Colbert no salieron adelante, como él esperaba.
La
paz de Ryswick dio paso en Francia al gran problema que plantearía el trono
vacante de España, del que dependían los pueblos de medio mundo. La sucesión de
Carlos II y los conflictos militares que desencadenó iban a llenar los últimos
años del reinado del Rey Sol. España, como problema, se convirtió en
protagonista europea durante quince años, hasta los pactos de Utrecht. A
continuación relato sintéticamente lo que fueron ambos procesos que
condicionaron muchas cosas del futuro de nuestro país.
Capitulo
12
El
trono de España
Carlos
II era el último vástago varón de la dinastía española de la casa de Austria.
Era menudo de estatura, poco agraciado de rostro, narigudo, el belfo abultado,
la frente estrecha, la mirada perdida y la salud más que precaria. Tenía
accesos frecuentes de fiebre y cierta tendencia a la epilepsia. Era un típico
fin de raza y, según afirmaban los médicos, incapaz de engendrar herederos del
trono. En su profunda melancolía cayó en manos de curanderos y de religiosos
que le aportaban reliquias de santos para curar sus males. Creía en los
espíritus demoníacos y tomaba extrañas iniciativas, como la de acudir a El
Escorial y exigir que se abriese la sepultura de su primera esposa, María Luisa
de Orleans, para contemplar sus restos mortales, años después de su fallecimiento.
Su segunda mujer, Mariana de Neoburgo, no era guapa como la primera, sino
altanera, inteligente y con gran capacidad de intriga. Lo que tuvo la reina
francesa de atractiva, le granjeó una gran simpatía en la corte, a pesar de que
en los últimos veinte años Luis XIV había guerreado con España y saboteado los
tratados de paz con ánimo de obtener ventajas. La reina bávara, en cambio, cayó
mal a la corte y al público en general, por la prepotencia de los germanos en
su séquito y también por su avaricia con la gente que le servía. La
descendencia del emperador de Viena -los archiduques José y Carlos- eran del
linaje Neoburgo, por su madre, y de ahí que la reina se inclinara abiertamente
por la solución no del elector de Baviera, sino hacia el emperador de Austria,
Leopoldo.
La
muerte del rey era esperada por todos: la corte, los ministros, la reina, la
Iglesia y, en último término, el pueblo español, que no se hallaba al corriente
de las infinitas y complejas maniobras que se llevaban a cabo en la Europa
occidental, en los últimos dos años del siglo XVII, para resolver el enigma de
la sucesión del moribundo rey de España. Con objeto de aclarar el texto que
sigue, he juzgado útil para el lector ofrecerle un esquema genealógico de la
espesa madeja de enlaces dinásticos que se planteaban en esos años en torno a
la herencia de la Corona de Madrid.
01.jpg
Había
nada menos que cinco pretendientes al trono que alegaban parentescos cercanos
para reclamarlo: el duque de Saboya, el duque de Orleans, el príncipe electo de
Baviera, el emperador de Austria y Luis XIV. Los derechos más claros eran los
de Francia, Baviera y Austria. Luis XIV y Leopoldo eran nietos de Felipe III y
yernos de Felipe IV.
El
gran delfín era hijo de Luis XIV y sobrino de Carlos II. El príncipe de
Baviera, sobrino nieto de Carlos II. Y los archiduques de Viena eran sobrinos
nietos de Felipe IV.
Por
orden de edad, la descendencia francesa cesa era preferente. Pero existía la
renuncia expresa a los derechos hereditarios de la Corona de España, aceptada
en su día por las dos infantas. Con ello, el mejor derecho se situaba en el
elector de Baviera. Pero también allí había existido renuncia previa a la
Corona de España, con lo cual el emperador Leopoldo se sintió vencedor legal en
la polémica genealógica desencadenada en torno al difícil problema.
Se
invocaron precedentes jurídicos, y entre ellos – ¡cómo no!– el famoso texto de
la renuncia de la infanta María Teresa con el vocablo «moyennant», cuyo
propósito antes relaté. España no había, en efecto, pagado un solo céntimo de
la dote de la infanta, con lo que la renuncia no tenía validez jurídica. Si ese
criterio fuera aceptado, el orden de prelación hubiera sido: Francia, Baviera y
Austria. Parecía que el candidato que menos polvareda levantara en el resto de
Europa era el príncipe de Baviera, al que no se le conocían pretensiones
hegemónicas ni ambición militar. Carlos II, que se había planteado el problema,
convencido de que se hallaba en un estado muy precario de salud, con riesgo de
morir en cualquier momento, redactó un testamento en el que nombraba heredero
universal al elector de Baviera. La reina se enteró de la existencia del
documento y le obligó, bajo amenazas, a romperlo y a no hablar del intento a
nadie. En la corte de Madrid las damas maledicientes aseguraban que en las
frecuentes broncas semipúblicas que se producían en palacio, entre los regios
cónyuges, el tono y la destemplanza de la reina eran tales que «al rey le
temblaba el esqueleto».
Pero
a partir de la paz de Ryswick, que puso fin a «la guerra de la liga», es cuando
empezó la gran partida de ajedrez europeo destinada a lograr el premio mayor de
la inmensa herencia española.
Es
oportuno enumerar someramente el índice de la soberanía territorial del reino
de Carlos II. Además de la España peninsular y las islas Baleares y Canarias,
había, bajo el pabellón hispano, la isla de Cerdeña, el ducado de Milán, el
reino de las Dos Sicilias, el marquesado de Finale, junto a Génova y los
«presidios» fortificados de la Toscana. En el norte de Europa, los Países Bajos
católicos. Además el Nuevo Mundo central y meridional, menos Brasil, las
Grandes Antillas en América, las islas Filipinas y Marianas en Asia y los
presidios africanos de Orán, Ceuta, Melilla, Larache y Mehdiga.
Los
embajadores respectivos rivalizaban en Madrid en buscar buenos asideros
cortesanos, información verídica en las alturas y círculos de influencia en la
nobleza y en las clases populares. El agente diplomático de Baviera, Bertier,
era un personaje ceremonioso y cortés. Su tesis era la de asustar a sus
comensales explicándoles que los candidatos francés y austríaco significaban la
guerra general inevitable y que el príncipe bávaro sería la única solución
pacífica.
El
conde de Harrach era el embajador enviado desde Viena en favor del archiduque
Carlos. Su apoyo central era la reina, y ello le enajenó mucha opinión de la
clase dirigente madrileña, que era hostil a la Neoburgo. A los pocos años
Harrach fue llamado a la capital y lo sustituyó su hijo, diplomático también.
El
marqués de Harcourt fue el enviado francés. Demostró una gran habilidad en
ganarse a un grupo de personalidades del gobierno y a personajes del alto
clero. El cardenal Portocarrero no ocultaba su simpatía por el candidato
francés. Aconsejó al marqués que se hiciera presente en las corridas de toros y
que utilizara carrozas de gran lujo que se destacaran, frente a las mal tenidas
de los reyes, debido a la avaricia de la reina.
Sin
embargo, el rey hechizado no soltaba prenda. Escribía cartas reservadas a Luis
XIV y al emperador para alentar sus esperanzas respectivas, pero no redactaba
testamento alguno. Luis XIV, viejo marrullero, buen conocedor de las artes del
engaño, no se fiaba de las buenas palabras de su cuñado, ni tampoco de los
despachos optimistas del embajador. Y entonces empezó la parte más inverosímil
y escandalosa de la cuestión que iba a durar hasta poco antes de la muerte del
rey.
El
proyecto, o mejor dicho los proyectos, de reparto del patrimonio soberano de
los territorios de la Corona de España por los países aspirantes al festín del
despiece fue un episodio increíble de audacia, inverecundia y vergonzoso
pisoteo de las normas internacionales de la época. Se habían modificado años
antes fronteras y conquistado territorios en Europa como resultado de guerras
abiertas o larvadas. Pero aquí no se trató de conflictos armados con vencedores
y vencidos, sino de repartirse el botín de las tierras y pueblos de un imperio
en decadencia, aprovechando la circunstancia de un rey sin descendencia directa
que se hallaba en trance de muerte.
Luis
XIV fue el iniciador de las conversaciones -luego negociaciones- para acordar
un reparto que evitase la posible guerra generalizada, si no existía un
consenso entre los herederos en disputa.
Inglaterra
y Holanda manifestaron su conformidad a la iniciativa. Deseaban promover la
candidatura del elector de Baviera para eliminar a Francia y Austria
respectivamente de conseguir el trono español.
Y a
partir de 1698 empezó un vertiginoso intercambio de visitas y documentos de
Francia con Inglaterra y Holanda. Unas veces se repartía España e Indias al
duque de Anjou; al archiduque austríaco, el Milanesado. Otro proyecto era
otorgar Luxemburgo y las Dos Sicilias al hijo del delfín; el Milanesado al
archiduque y el resto de la monarquía española al príncipe de Baviera.
A
partir de ahí, el año entero se pasó en discusiones sobre las distintas
fórmulas de reparto. En esto hubo una propuesta holandesa más ingeniosa:
Francia se quedaría con Navarra y Guipúzcoa y el resto de la península española
sería para Baviera. Se desechó esta idea y cruzaron la siguiente combinación:
Luxemburgo se cambiaba por la provincia de Guipúzcoa, la que se «añadía», en el
texto, Fuenterrabía, San Sebastián y Pasajes. Fue un juego diplomático del que
el emperador de Austria quedó excluido por suponer que no renunciaría en ningún
caso a las posesiones de Italia: el Milanesado y las Dos Sicilias.
Lo
cierto es que de tantas idas y venidas llegó a Madrid el rumor o la noticia de
haberse concertado un pacto de partición del Imperio español a espaldas de
Carlos II y, por supuesto, del pueblo español. La corte entera vibró de cólera
y la reina misma no pudo defender la causa del archiduque. Carlos II tomó la
decisión de redactar un testamento a favor del príncipe elector de Baviera como
heredero universal de sus Estados y de sus derechos. El documento tenía fecha
de 14 de noviembre de 1698.
La
noticia del testamento se propagó en seguida en Europa. El emperador amenazó
con invadir Baviera y propuso organizar una gran alianza. Luis XIV, ladino
supremo, propuso protestar colectivamente en Madrid y acudir al duque y
príncipe de Baviera, haciéndole ver que aceptara la partición para evitar más
conflictos en lo sucesivo. Pero dos meses después, en febrero de 1699, ocurrió
lo imprevisto: murió repentinamente el candidato bávaro, el joven príncipe
elector. Malas lenguas aseguraron que había sido envenenado por un agente del
emperador Leopoldo. Francia y Austria quedaban prácticamente solas en el duelo
final. Se habló de la posibilidad de una guerra de sucesión larga e inevitable.
Luis XIV, siempre lúcido y maniobrero, volvió a sugerir repartos con diferentes
soluciones para enredar las cartas del naipe europeo y fingir que en ningún
caso dejaría de tener en cuenta los intereses rivales de la herencia y los
puntos de vista de las dos potencias marítimas, Inglaterra y Holanda.
En
junio de 1699 se llegó a un protocolo de acuerdo sobre el reparto más
equitativo de las posesiones de Carlos II. Luis XIV fingió solicitar ciertas
modificaciones para aceptarlo. Por fin, el tratado de reparto del imperio
español se firmó en marzo de 1700 y fue registrado en el Parlamento de París.
El emperador Leopoldo fue notificado de lo acordado y se le dio dos meses de
plazo, después de que ocurriera el fallecimiento del rey de España, para
adherirse al mismo.
Las
reacciones al documento se produjeron en cadena. El duque de Saboya pidió el
Milanesado para garantizar su independencia frente al poderío austríaco. El rey
don Pedro de Portugal aprovechó la ocasión para solicitar la anexión de
Alcántara y Badajoz a la soberanía lusitana. Los príncipes del norte italiano
se declararon ajenos al documento. Asimismo, la Iglesia de Roma, que temía la
presencia de Austria en el sur de la península italiana y las potencias del
norte, Suecia y Rusia, se manifestó como ajenas al documento.
En
Madrid, el embajador de Francia se consideró fracasado en su misión de lograr
el triunfo de su candidato, el duque de Anjou, y pidió su relevo al rey. Luis
XIV estaba convencido de que finalmente el pretendiente austríaco se saldría
con la suya.
Pero
ocurrió otra vez lo imprevisto, lo que volvió a torcer el desenlace del enorme
pleito internacional. Carlos II montó en cólera al saber que se había firmado
el reparto de su patrimonio, y en la corte madrileña se formó un partido que
para defender la integridad del imperio español declaró en un memorial dirigido
al rey que el duque de Anjou era quien tenía mejores posibilidades para
hacerlo. El manifiesto lo firmaron el marqués de Villafranca, el cardenal
Portocarrero y un gran número de nobles y personalidades de la vida política
del reino. Carlos II vacilaba todavía y quiso conocer la opinión del Papa
Inocencio XII. El pontífice no veía con buenos ojos la solución imperial
austríaca, pero pidió consejo a varios cardenales: Spínola, Albano y Spada. Los
tres fueron favorables al duque de Anjou. Todavía, a pesar de la respuesta
papal, Carlos II dudaba. Pero la opinión unánime del Consejo de Estado de
España en favor del candidato francés inclinó por fin su voluntad a redactar el
esperado testamento. Escribió el histórico documento el secretario de Despacho
Universal del Rey, don Antonio de Ubilla, de noble linaje marquinés, de
Vizcaya, en su calidad de notario mayor de Castilla, el 2 de octubre de 1700.
Este protocolo fue depositado en Simancas, pero luego se sacó de allí y fue a
parar a los Archivos Nacionales de Francia.
El
rey murió cuatro semanas después, el 2 de noviembre. La embajada francesa en
Madrid no tuvo noticia del trascendental testamento. Probablemente Luis XIV lo
supo por otro conducto. Se puso a reflexionar con una reunión del gabinete de
urgencia a la que asistió madame de Maintenon, Tallard y Torcy, jefes de la
diplomacia real. Hubo todavía dudas sobre el pacto del reparto y su vigencia,
pero en una segunda reunión se consideró que era imposible dar marcha atrás y
convenía aceptar públicamente el testamento sin ninguna salvedad. El delfín,
padre del duque heredero del trono español, fue el más resuelto en aceptar el
histórico legado.
El
12 de noviembre se comunicó, desde París a Madrid, la conformidad del rey de
Francia y del joven duque de Anjou, hijo del delfín. El día 16 de noviembre se
avisó al embajador español, marqués de Castelldosrius, para que acudiera al
palacio de Versalles, después del lever del rey. El joven duque se hallaba
junto a su abuelo. «Podéis saludarle, señor embajador, como vuestro rey.» El
embajador se arrodilló y besó la mano del joven príncipe, dirigiéndole una
larga salutación en castellano. Luis XIV dijo: «No conoce todavía el
castellano. Pero yo contestaré en su nombre.» El rey ordenó entonces abrir las
puertas del despacho que comunicaban con la Gran Galería, que se hallaba
repleta de nobles y cortesanos. «Señores, he aquí al rey de España; su
nacimiento le llamaba a esta Corona; la nación entera me lo ha pedido y yo se
lo he concedido con gran alegría; ha sido una orden venida del cielo.» Y luego,
dirigiéndose al duque de Anjou: «Sed buen español; ése es vuestro primer deber.
Pero acordaos también que habéis nacido francés para reforzar la unión de las
dos naciones, único medio de que sean felices y de que se conserve la paz de
Europa.
El
duque de Anjou saldrá para Madrid el primero de diciembre.» El embajador
replicó: «Es un viaje que se ha convertido en sencillo. Ahora los Pirineos se
han fundido.»
En
la carta que enviaba Luis XIV al embajador Harcourt -exaltado al ducado del
mismo nombre-, y repuesto en su cargo en Madrid, le insistía sobre la alianza
estrecha de las dos monarquías en la futura política internacional.
El
trono vacante estaba provisto. Europa reaccionó con estupor en Viena. Con
sorpresa en Londres y en Holanda. Con malestar en Baviera. Con diversidad de
opiniones en los principados italianos. Con preocupación en muchos círculos
militares, que suponían inevitable a corto plazo, alguna chispa inicial de
guerra en una de las muchas fronteras intereuropeas. Viena hubiese empezado el
conflicto en seguida, pero miraba de reojo a Inglaterra y Holanda, quienes no
parecían inclinadas a lanzarse a una guerra larga, costosa y de resultados
indecisos.
Sin
embargo, Luis XIV se hallaba, según los testimonios de esos días, como un
hombre en la plenitud de su gloria, que había recibido en su familia la
herencia completa de la gran dinastía rival. Todavía no se divisaban los
primeros resplandores de la luz de las batallas. Ni los frenéticos movimientos
de los futuros protagonistas de la más sangrienta, difícil y cruel guerra de
coalición, contra Francia y su flamante aliada, España, que se desarrolló
durante una larga década, entre varios grandes ejércitos y flotas, dejando un
saldo de bajas y destrucciones de proporciones extraordinarias.
Capítulo
13
La
guerra de sucesión
La
herencia de Carlos II, rey de España, parecía haber sido resuelta de forma
definitiva a comienzos de 1701. El testamento del último vástago de la dinastía
Habsburgo de España era terminante y no ofrecía dudas en cuanto a la solución
que daba al trono vacante. Por supuesto, representaba un considerable aumento
en el poderío de la casa de Borbón en la Europa occidental y tenía que
despertar, lógicamente, odios, recelos y sospechas sin cuento. Pero los
historiadores franceses más imparciales reconocen que las decisiones y
actitudes tomadas por Luis XIV, una vez hecha pública la decisión testamentaria
de Madrid, fueron erróneas y provocadoras, creando un clima de rechazo hacia
Francia y una generalizada sospecha de que el «tándem» de los dos reyes, abuelo
y nieto, iba a convertirse en una alianza política poderosísima que
establecería rápidamente una hegemonía militar y económica, manejada desde
Versalles.
Fueron
una serie de golpes de efecto que en el ambiente de la euforia y la soberbia
del Rey Sol, en esos momentos, significaban otras tantas advertencias a las
demás naciones, de que la arrogancia política iba a ser el talante de la
política exterior de Francia. Por de pronto, en el registro de documentos
públicos del Parlamento de París se estipulaba que Felipe de Anjou no
renunciaba a sus derechos hereditarios a la Corona de Francia en caso de
fallecimiento del delfín y del duque de Borgoña. Es decir, que la vía teórica a
la unión personal de las dos Coronas era una hipótesis verosímil. Esta noticia
produjo una actitud de sospecha generalizada en la corte de Viena, en la de
Baviera, en el gobierno inglés y en las Provincias Unidas.
Pocas
semanas más tarde se produjo un incidente de mayor gravedad en la zona
fronteriza de la Holanda protestante y el Flandes católico. Existían unos
acuerdos firmes que delimitaban las llamadas «barreras» de plazas fuertes que
tenían guarnición de soldados holandeses. Luis XIV ordenó que fueran evacuadas
y sustituidas por tropas suyas. La disputa se fue agravando, y el rey francés
movilizó unidades de su ejército para ocupar las ciudades en litigio. Fue una
provocación directa a los «perdedores» del pleito de la herencia de la Corona
española y, uno tras otro, fueron dándose por aludidos. Se empezó a fraguar una
gran coalición contra Francia y España que acabaría pronto en una guerra
general.
Las
tropas del emperador, mientras tanto, iban tomando posiciones sobre los Alpes
para invadir el Milanesado. Desde Versalles se impartían instrucciones a Madrid
sobre movimientos de la flota francesa en el Mediterráneo y en las costas de la
América española; y el marqués de Bedmar, jefe de las tropas españolas en
Flandes, recibía las órdenes directamente desde París. La alianza militar
contra Francia y España se constituyó en La Haya en 1701. Era, en realidad, un
nuevo «reparto» de los territorios del Imperio español, como los anteriores a
la muerte de Carlos II. La guerra formal empezó ese mismo año, con el
emperador. Holanda e Inglaterra se situaron a la expectativa. La campaña,
dirigida por el príncipe Eugenio, fue un éxito completo de los imperiales, que
derrotaron a los contingentes francés, español y saboyano, conquistando gran
parte del ducado de Mantua.
Irritado
Luis XIV por los contratiempos, cometió un grave error político. Habiendo
fallecido en su exilio francés el rey Jacobo II, de la dinastía católica de los
Estuardo, el soberano de Francia reconoció como rey legítimo de Inglaterra a su
hijo Jacobo III. Toda la Inglaterra protestante se alzó contra esa decisión y
acusó a Luis XIV de injerencia en sus asuntos internos. Muere Guillermo III en
esas fechas y ocupa el trono inglés la reina Ana. Luis XIV piensa que la
desaparición de su gran rival «es un regalo del cielo». Pero en mayo de 1702,
Inglaterra y Holanda se unen al emperador de Viena y la guerra de Sucesión
empieza en diversos frentes. Casi todos los príncipes alemanes y los reyes de
Prusia y de Dinamarca se sumaron con sus fuerzas a la coalición antiborbónica.
Los financiadores del colosal empeño militar fueron los holandeses y los
banqueros de Londres, que pagaban los ejércitos y esperaban resarcirse con
creces, logrando, después de la derrota franco-española, el «derecho de
asiento» en América y los privilegios comerciales de la trata de negros
africanos, pues la esclavitud era ya uno de los grandes negocios de las dos
potencias marítimas.
Se
calcula en trescientos mil soldados los que formaban parte de los ejércitos
coligados en Europa. El mando militar y político lo constituían tres personajes
de notorio relieve: un holandés, Heinsius; un príncipe italiano, Eugenio de
Saboya, y un militar inglés, Márlborough. Ellos dirigieron la liga en la guerra
de Sucesión. Heinsius era un gran político holandés, diputado de los Estados
generales y más tarde encargado de las relaciones exteriores de Holanda. Era el
hombre de confianza de Guillermo III y, al desaparecer éste, siguió al frente
de la política exterior de La Haya. Era un protestante austero; vivía
modestamente; trabajaba sin cesar y examinaba cuidadosamente todos los
expedientes. Fue el cerebro político de la liga y tomó parte en las negociaciones
finales del largo conflicto. Odiaba a Francia y especialmente a Luis XIV, al
que calificaba de «insolente».
El
príncipe Eugenio, uno de los grandes generales del siglo, era descendiente del
duque de Saboya-Carignan y de Olympia Mancini, una de las guapas y divertidas
sobrinas del cardenal Mazarino. No quiso utilizarlo Luis XIV en su ejército
porque no le caía bien y se ofreció entonces al emperador de Viena. Su
fulgurante carrera le convirtió, muy joven, en mariscal, después de luchar con
éxito contra turcos y magiares. Tenía una intuición prodigiosa para captar la
situación del adversario y atacarlo con rapidez fulgurante. En la guerra de
Sucesión conquistó la Lombardía y el Milanesado para el emperador. Y ganó en
los frentes de Alemania y Francia las batallas de Hóchstadt, de Malplaquet y de
Oudenarde, entre otras. También fue hábil negociador en los tratados de paz de
Rastadt.
Y
finalmente, Marlborough, el tercer hombre del mando de la liga, era uno de los
militares de mayor reputación. Hijo de Winston Churchill, ardiente partidario
de los Estuardo, protegido del futuro Jacobo II, era el amante de su hermana
Arabella. Inició su aprendizaje con Turena y, al llegar al trono, el rey le
colmó de honores. Pero al triunfar Guillermo de Orange, se pasó al bando del
vencedor, que le hizo conde de Marlborough y, más tarde, duque.
Era
un hombre corpulento y de gran arrogancia física. Le llamaban el «guapo inglés»
y también «el demonio británico». Tenía apoyos formidables en la corte y en el
Parlamento y manejaba mucho dinero, gracias a su predicamento con los banqueros
de la City. Audaz y valeroso, no perdía nunca la calma en los combates más
difíciles. Este triunvirato llevó la dirección de la feroz y larguísima guerra,
en los escenarios europeos de Flandes y la frontera francesa, y en las batallas
por el dominio de la Italia del Norte.
Francia
había sufrido mucho, en pérdida de hombres y de riquezas, durante las guerras
de la liga; Turenne y Condé habían muerto ya. También en este bando existía un
triunvirato militar importante: el duque de Vendóme, el duque de Berwick y el
mariscal de Villars.
Vendóme
-Luis José de Borbón- era bisnieto de Enrique IV y ejerció sus primeros mandos
en las guerras de la liga con notable éxito. En la guerra de Sucesión mandó,
primero en Italia, con varia fortuna y más tarde en la frontera del norte de
Francia, donde fracasó en Oudenarde. Luis XIV lo envió a España para ayudar a
Felipe V, que pasaba entonces sus peores momentos. Gracias a su pericia y
valentía rescató la capital para Felipe V y derrotó en dos jornadas decisivas
-Brihuega y Villaviciosa de Tajuña- al ejército austro-británico, en 1710,
poniendo, de hecho, final victorioso a la guerra en la península. Murió en
Vinaroz. Felipe V lo mandó enterrar en el panteón de El Escorial como príncipe
de la sangre.
Berwick
era otro de los generales ilustres de los ejércitos británicos. Hijo ilegítimo
de Jacobo II y de Arabella Churchill, cuñado de Marlborough. Por razones
personales se ofreció a Luis XIV, quien lo envió a España, logrando la gran
victoria de Almansa, que dio entrada a Felipe V en Madrid, y conquistó también
Barcelona en 1714, último reducto de los partidarios del archiduque Carlos.
El
mariscal de Villars, en fin, se destacó por su valentía en los combates y su
serenidad ante los contratiempos. Fue criticado por la dureza de las
represiones y saqueos que ordenaría en las ciudades ocupadas de Europa. Cuando
todo parecía adverso en el campo de Luis XIV, obtuvo la rotunda e inesperada
victoria de Denain sobre el príncipe Eugenio, en 1712, lo que permitió a Luis
XIV que no fuera invadida Francia y negociar la paz en mucho mejores
condiciones que las que temía.
Tales
fueron las figuras claves del tablero militar. Diremos ahora algunas palabras
sobre las tensas y difíciles relaciones entre el Rey Sol y Felipe V durante el
conflicto, lo que llevó a los dos monarcas a situaciones inverosímiles y de
gran tirantez, que estuvieron a punto de hacer fracasar el todavía breve
reinado de Felipe de Anjou en España.
La
guerra en la península fue desastrosa desde sus comienzos para la causa del
nieto de Luis XIV. Los asesores de Felipe V, el francés Louville, la princesa
de los Ursinos y los sucesivos embajadores del Rey Sol, no supieron ponerse de
acuerdo y el rey se encontró casi sin ejército y sin generales de prestigio
para hacer frente a las tropas del archiduque. Su abuelo le mandó, en 1705,
doce mil hombres al mando del duque de Berwick y ordenó a la flota de Tolón que
apoyase por mar las operaciones. No pudo impedir que la flota inglesa tomara
Gibraltar al asalto y que el archiduque ocupara Barcelona y Cataluña se
levantara en armas a su favor. Valencia y Murcia siguieron su ejemplo y a fines
de ese año de 1705 media España se hallaba en manos del pretendiente austríaco.
Luis
XIV, sin recursos financieros y escaso de tropas para hacer frente a tantos
enemigos, decidió iniciar negociaciones secretas con Holanda para explorar un
arreglo pacífico. Se volvió a estudiar un reparto de territorios en Europa
entera. Pero ese diálogo fracasó. En vista de ello, se reanudó con ímpetu la
guerra en 1706. Villeroy, un general con muchos años, fue literalmente
arrollado por Marlborough en Ramillies, dejando abierto un portillo para una
eventual invasión de Francia. La corte de Versalles quedó muda de estupor. Luis
XIV recibió al mariscal derrotado y le dijo -según la leyenda-: «A nuestra edad
no se puede ser feliz.» Saint-Simon escribe que «había pasado la época en que
las frases, el aire de soberbia y las sacudidas de la peluca ocupaban el lugar
del razonamiento».
En
las calles de París se cantaban canciones derrotistas. Bélgica entera se perdió
y proclamó al archiduque como su rey. En Madrid Felipe V hubo de abandonar la
capital y en junio de 1706 las tropas del archiduque ocuparon la Villa y Corte
proclamando a «Carlos III» como rey de España. Pero el pueblo recibió a los
«austríacos» con frialdad, y en Castilla, los soldados del pretendiente eran
atacados por guerrillas populares al grito de « ¡Viva Felipe V!». En agosto,
Madrid fue evacuado por los anglo-germanos. A pesar de ello, Luis XIV seguía
buscando el camino de la negociación pacífica a base del reparto de los
territorios de la Corona de España.
1707
fue un año favorable a las armas de Felipe V gracias a la victoria de Berwick
en Almansa, lo que le permitió rescatar las provincias mediterráneas y poner
sitio a Barcelona, último baluarte del archiduque en España. Sin embargo,
Nápoles y Sicilia fueron ganadas por los austríacos y la invasión de Francia
detenida en las fronteras. La caída de Lille en manos de Marlborough resonó, en
cambio, como una campanada de aviso del peligro mortal en que se hallaba el
reino francés. Las críticas ya no eran sólo hacia los duques de Orleans y de
Borgoña, encargados de la defensa de la ciudad, sino que iban contra la persona
del rey, a quien se hacía responsable de todos los reveses. Saint-Simon
escribe: «… la ceguera en las decisiones, el orgullo de querer hacerlo todo,
los celos hacia ministros y generales para no compartir la gloria de los éxitos
son un sistema deplorable de gobernar que nos lleva al desastre…».
En
1709, la negociación de paz se reanudó a través de los holandeses. Éstos
presentaron sus exigencias, que eran implacables, como de vencedores de la
contienda. En ellas figuraba, en primer término, la desposesión de Felipe V de
su corona de España. «Nunca aceptaremos, los aliados de la coalición, que
Felipe V sea rey de España, ni que se le dé compensación alguna de otro
territorio.»
La
situación de Francia era tan desesperada que Luis XIV no rechazó del todo esa
propuesta y decidió estudiarla. El frío y las cosechas perdidas de ese mismo
año crearon en Francia una situación de verdadera gravedad. Luis XIV envió a
sus ministros Torcy y Rouillé a entrevistarse con el príncipe Eugenio y
Marlborough en La Haya. El Memorándum de los aliados contenía cuarenta puntos y
fue analizado por Luis XIV y sus consejeros íntimos en Versalles. Entre sus
cláusulas había una que obligaría a Luis XIV a desposeer a su nieto Felipe V de
la Corona de España, incluso por la vía de la presión militar, es decir, de la
guerra de Francia contra su nieto, el rey de España. Luis XIV estuvo a punto de
convocar los Estados Generales para darles cuenta de la situación. Pero no se
atrevió, finalmente, a llevarlo a cabo. Los detalles de la exigencia aliada,
sin embargo, trascendieron y causaron escándalo e indignación en toda Francia,
que reaccionó en favor del rey.
Mientras
tanto se había reñido la batalla de Malplaquet, en la que tomaron parte
Marlborough y el príncipe Eugenio de una parte y Boufflers -un mariscal francés
viejo y heroico- y Villars de la otra. Triunfaron los aliados, pero la
resistencia francesa, durísima, les costó veintitrés mil bajas, demostrándoles
además que las tropas de Luis XIV se hallaban bien de moral.
En
marzo de 1710, las conversaciones se iniciaron de nuevo. El rey envió a formar
parte en los diálogos a «un mariscal taciturno, Huxelles, y un futuro cardenal,
el abate Polignac, un espíritu brillante y elocuente», según escribió Voltaire.
En Gertruidenburg, una pequeña fortaleza de los Países Bajos, tuvo lugar la
reunión. Los holandeses exigieron la renuncia de Felipe V al trono de Madrid,
incluso obligándole por la fuerza. Los franceses tomaron nota de la sugestión,
pero sin comprometerse. Alguien sugirió que los aliados podrían financiar las
operaciones destinadas a obligar al rey de España a abandonar su trono. Luis
XIV ordenó aceptar la propuesta, pero sin comprometerse del todo. La guerra iba
a continuar. Luis XIV declaró a su Consejo que «prefería continuar haciendo la
guerra a sus enemigos que a sus descendientes».
Sin
embargo, en ese año de 1710, en que parecía inevitable la victoria de los
coligados, se produjeron situaciones inesperadas, favorables al interés de Luis
XIV. En la frontera norte de Francia y en los Alpes, la guerra se hizo
estacionaria. Y fue precisamente en los campos de batalla de la península
Ibérica donde se produjo el revirement total de la angustiosa situación. Felipe
V se encontraba abandonado a sus propias fuerzas. El archiduque recibió
refuerzos considerables de su hermano el emperador José en Cataluña. Los
generales Starhemberg, austríaco, y Stanhope, inglés, lanzaron la que pensaban
ofensiva final contra Felipe V. Éste fue derrotado junto a Lérida y más tarde
en Aragón. Felipe V no pudo quedarse en un Madrid indefenso y trasladó la corte
y el mando militar a Valladolid. En setiembre de 1710 el archiduque volvió a
Madrid, como rey. Pero el pueblo español manifestó de nuevo su violento
rechazo.
Los
soldados de la coalición austro-inglesa eran perseguidos y asesinados por
grupos de guerrilleros organizados de modo espontáneo, sobre todo en Castilla.
Felipe V, desde Valladolid, autorizó una leva de voluntarios, a la que
acudieron miles de españoles. Luis XIV, para congraciarse con su nieto, que
había sabido de las negociaciones de Holanda, le envió al duque de Vendóme y a
un contingente importante de soldados franceses. El archiduque Carlos,
denominado Carlos III, se situó en el Tajo para taponar las fronteras de
Portugal cuando recibió noticia de que tropas francesas del Rosellón entraban
en Cataluña por la frontera. Se dirigió a Barcelona con su hueste ligera por
una ruta difícil sembrada de emboscadas y paisanos armados hostiles. El grueso
del ejército anglo-germano con sus generales marchó más lentamente, en la misma
dirección. Vendóme, que había preparado su ejército, formado por españoles y
franceses en su casi totalidad, siguió los pasos de las columnas enemigas.
Starhemberg iba en vanguardia y Stanhope en retaguardia. Un ejército español
mandado por Valdecañas realizó un hábil ejercicio táctico en Torija, mientras
Stanhope se quedó en Brihuega. Vendóme dirigió el asalto a la ciudad, que duró
varias horas y en la que hizo cinco mil prisioneros, incluido el general
Stanhope.
Al
día siguiente, Vendóme atacó al otro cuerpo de ejército, que mandaba
Starhemberg, en Villaviciosa de Torija y le causó cerca de siete mil bajas. El
general austríaco se retiró hacia Barcelona, donde sólo le quedaban al llegar
cinco mil soldados supervivientes. Esta fulminante campaña decidió, con los
hechos, que la «desposesión» de Felipe V no era un empeño fácil, ni que se
pudiera decidir en unas conversaciones secretas en Holanda. La opinión del
pueblo español era rotunda en favor de Felipe V.
La
reina Ana adivinó que la opinión pública británica estaba también dividida en
cuanto a proseguir la sangrienta y estéril guerra. La City se quejaba de los
gastos cuantiosos del conflicto y las elecciones dieron la mayoría al partido
tory.
Como
siempre ocurre, los acontecimientos imprevistos dieron un giro definitivo al
conflicto en dirección a la paz negociada. En abril de 1711, el emperador José
de Austria falleció a los treinta y tres años de edad. Su heredero universal
era su hermano el archiduque Carlos, que se había hecho proclamar en Madrid
como rey de España. Las Coronas de España y de Austria recaían, pues, en la
misma persona, como en tiempos de Carlos V. Ni Inglaterra ni Holanda podían
aceptar cosa semejante. La coalición se veía obligada a entablar de nuevo
conversaciones de paz con el rey de Versalles. Luis XIV, gran experto en
engaños y maniobras secretas, inició esta vez el diálogo en Londres, en agosto
de 1711. Inglaterra quería entenderse a solas, con Francia, en un protocolo
secreto y dejar luego al Rey Sol que lidiase sus problemas con el imperio y los
príncipes alemanes e italianos.
El
primer texto, que se llamó «embrión preliminar del Tratado de Utrecht», se
firmó en Londres en octubre de ese año. Luis XIV reconocía a la reina Ana y a
la dinastía protestante; le ofrecía ventajas comerciales; le cedía la isla de
San Cristóbal, en las Antillas; le garantizaba que Gibraltar y Mahón quedaran
en su poder y le apoyaría para obtener la concesión de un acuerdo «de asiento»
de la trata de negros de África, en todos los puertos y plazas de la América
española; es decir, el negocio de la venta de los esclavos.
El
ritmo de la guerra menguó notablemente. Todos se hallaban al corriente del
clima negociador que existía por doquier. Cada beligerante pensaba en obtener
alguna ventaja del acuerdo final. Por fin, el 12 de enero de 1712 se abrieron
las sesiones del Congreso de la paz de Utrecht. Todos los plenipotenciarios
fueron admitidos, menos los de España y de Felipe V. Las discrepancias fueron
grandes y el congreso aplazó las sesiones. Pero Inglaterra y Francia llegaron a
un acuerdo provisional y firmaron un armisticio de cuatro meses, a cambio de
que Felipe V renunciara sin condiciones a ser heredero de la Corona de Francia.
La batalla de Denain, ganada por Villars y el ejército francés, dio nuevas alas
a Luis XIV y retrasó los acuerdos para la paz general.
Francia
firmó la paz de Utrecht en tratados diversos con Inglaterra, Holanda, Portugal,
Prusia y Saboya. El emperador se negó a firmar. Él y Felipe V habían quedado al
margen de las negociaciones. Felipe V estaba profundamente dolido al saber que
Luis XIV entregaba a los países rivales trozos importantes del patrimonio
español. Pero como Barcelona no había sido aún rescatada, sino que se hallaba
todavía sitiada por la tropa francesa, hubo de admitir la componenda general.
Felipe V firmó la paz con Inglaterra en julio de 1713, cediendo Gibraltar y
Menorca. Cedió Sicilia al duque de Saboya. Y firmó la paz con Holanda y
Portugal.
En
noviembre, Carlos VI se resignó a pedir la paz. En Rastadt se reunieron el
príncipe Eugenio y el mariscal de Villars. Hubo un grave forcejeo y el
emperador no quería a ningún precio abandonar su título de «rey de España».
Villars amenazó al príncipe diplomático con romper el armisticio. Por fin, en
marzo de 1714 se firmó la paz. Y los Estados generales de Holanda obtuvieron
grandes ventajas territoriales y políticas de su nuevo soberano limítrofe, el
emperador de Viena.
Todavía
se luchaba en Cataluña, y Barcelona resistiría a Berwick y a la flota franco
española hasta setiembre de 1714. En 1715, Felipe V ocupó las Baleares y la
guerra de Sucesión llegó a su fin.
Capitulo
14
Los
últimos años
Desaparecidos
los grandes ministros del reinado -Colbert, Louvois, Barbezieux-, el rey tomó
sobre sí la responsabilidad directa de los, asuntos del Estado. Creyó que,
habiendo despachado durante tantos años con los ministros, podía con éxito
convertirse en su propio primer ministro. Los hechos demostraron lo erróneo de
su razonamiento. El absolutismo total de sus quince últimos años de reinado
condujo a notables desastres políticos exteriores e interiores. Trabajaba más
horas que nunca en su despacho de Versalles. Cuatro horas por la mañana y otras
cuatro o cinco por la tarde. Suprimió las comidas nocturnas del apartamento y,
en ocasiones, la tertulia familiar del fin de jornada. Cuando había campañas de
guerra es decir, casi siempre despachaba correos a los mandos militares con
instrucciones minuciosas y recibía los partes de campaña cotidianos, los
despachos de los embajadores, las cartas de familiares, entre ellas las muy
frecuentes de Felipe V, desde España. Y tres veces a la semana recibía, en
audiencia, a arzobispos, comisiones de provincias y personalidades, a los que
dirigía breves palabras, siempre bien medidas, en un francés impecable que
causaba gran impresión. Los cortesanos y la real familia se llenaban de
admiración ante tanta dedicación.
La
Bruyére, en su lenguaje adulador, escribía que cuando las luces de Versalles se
apagaban, continuaba encendida una de las ventanas del inmenso palacio, «donde
el espíritu tutelar de Francia velaba sobre todos nosotros y protegía al
Estado». El rey de las escandalosas aventuras sexuales se había refugiado para
siempre en la maternal envoltura de madame de Maintenon. No era reina de
Francia, pero reinaba de hecho en Versalles y en el ánimo del rey. Se vestía
con elegancia discreta y no trataba de imponerse o disputar un puesto
protocolario a las damas tituladas o a las princesas de la corte. Se comentó
mucho, cuando en una gran parada militar de los ejércitos, después de la paz de
Ryswick, el rey, que presidía el acto, hizo que se hallara en una silla de manos
junto a él, y de vez en cuando se acercaba a la ventanilla para explicarle en
detalle las características de cada regimiento.
En
su salón privado de Versalles, la marquesa ocupaba un sillón preferente. El
enjambre de los cortesanos le rendía homenaje. Y asistía a ciertos despachos
con ministros y generales, sentada junto al rey. De vez en cuando desaparecía
para buscar su refugio preferido: el colegio de Saint-Cyr, cercano a París,
fundación para educar mujeres jóvenes de la nobleza carentes de medios de
fortuna. Fue su obra favorita, a la que el rey también protegía generosamente.
La Maintenon tenía siempre a flor de piel su antigua afición educativa y
catequística. Sus enemigos decían que hablaba en el tono y con vocabulario de
institutriz. Era sumamente piadosa y recibía las visitas, frecuentísimas, de su
director espiritual. Ello le hizo cometer torpezas considerables, tomando
partido en las luchas interiores de la Iglesia católica francesa, no siempre
con acierto, pues carecía de buen juicio en los graves asuntos políticos.
Su
jornada era dura: empezaba a las siete de la mañana y, a medida que avanzaba en
años -tenía los ochenta bien cumplidos- se cansaba de esperar al rey para la
tertulia última de la noche, frente a la chimenea. Era frugal en la comida y
despachaba un plato único y algo de fruta en pocos minutos. La desvestían sus
doncellas y se metía en el lecho conyugal. Cuando llegaba el rey, ella misma
corría las cortinas de la cámara regia.
¿Qué
clase de influjo, seducción, arte o ciencia poseía esta -aparentemente-
mediocre y vulgar mujer, de extracción modestísima, de religiosidad profunda,
para convertir a un irresistible y prolífico amador universal, en marido
ejemplar? El misterio Maintenon no ha sido nunca desvelado. Ella se quejaba a
sus confesores de las exigencias conyugales, que eran por lo visto cotidianas e
implacables y le producían agobio y rechazo. A lo que los clérigos le
replicaban que ofreciese a Dios las incomodidades del débito solicitado, puesto
que de esa manera, el apetito de su marido -ya que estaban casados- se
satisfacía dentro de un espacio legítimo sin causar pecado. La Maintenon se
proponía ofrecer al cielo su éxtasis pasivo de cada noche pasada con el Rey
Sol.
¿Era
sincera en su fe, en su devoción, en su beatería ostensible? ¿O se trataba de
una conveniencia obligada, de un matiz público que compensaba el sorprendente
éxito de su ascenso social y político a la cumbre del Estado? Hay opiniones
diversas en los textos de la época. Saint-Simon, agudo y perverso, decía que su
pasado de mujer atractiva y picante se había recubierto con el barniz de la
importancia social y de la devoción que se convirtió en su cualidad primordial,
siendo necesaria para poder intervenir y manejar la cosa pública.
El
hermano de la Maintenon, el conde d'Aubigné, libertino y juerguista que se
hacía llamar «cuñado del rey», la visitaba con frecuencia y escuchaba sus
quejas y sus escrúpulos monjiles con humor y paciencia. «Hay veces -le dijo la
Maintenon- que me gustaría morir.» El conde le replicó: « ¿Piensas casarte con
el Padre Eterno?»
El
delfín, heredero del trono, era un bon vivant, tragón, bebedor, cazador y
dormilón, «sumido siempre en su gordura y su torpeza de expresión», decía
Saint-Simon. Quiso su padre darle mando militar, pero no servía para ese
oficio. No le gustaba tampoco despachar con los ministros. Enviudó de María Ana
de Baviera y, después de muchas aventuras femeninas, se lió con una dama de
honor de la princesa de Conti, mademoiselle Chouin. El cronista la describió
así: «Es una joven gorda, fea, ordinaria y maloliente, pero audaz y violenta.»
Mademoiselle Chouin no iba mucho a Versalles porque odiaba a su suegra, la
Maintenon. En el revoltijo de los descendientes bastardos que pululaban en
Versalles, la llamada mademoiselle Chouin manejaba enteramente al delfín, que
carecía de todo prestigio en la corte y en el país.
Un
día del carnaval de 1711, moría de viruelas, en Meudon, el oscuro y tétrico
personaje. Luis XIV se declaró muy satisfecho de saber, a través del confesor,
que la conciencia, de Monseigneur se hallaba «en perfecto estado» para el
supremo tránsito. Se plantearon los problemas de protocolo y títulos. El hijo
del delfín, hasta entonces duque de Borgoña, pasaba a ser heredero del trono y
a denominarse «delfín» en lo sucesivo. La «delfina» sería María Adelaida de
Saboya, su mujer, personaje alegre, infantil, lleno de simpatía vital, capaz de
hacer reír a la corte entera con sus invenciones, sus juegos, sus bailes y sus
carantoñas a los más viejos. Luis XIV y la Maintenon adoraban a esta
jovencísima princesa destinada a ser reina de Francia el día de mañana.
El
nuevo delfín, anteriormente duque de Borgoña, era en cambio un ser
reconcentrado y extraño. De andares poco airosos, una leve cojera y cierta
tendencia a la gibosidad de la espalda, estudiaba ciencias y filosofía.
Era
un joven piadoso. Tenía un ánimo severo y violento. Amaba frenéticamente a su
princesa Adelaida. Era impopular por el aire huraño de su carácter, y muchos
cortesanos comentaban el contraste de la joven pareja y se preguntaban sobre la
capacidad del nuevo delfín en dirigir la inmensa y difícil nave del Estado
francés. La delfina dio a luz a tres hijos, los que llamó con el mismo nombre
de su abuelo Luis. El primero falleció muy pronto. El segundo, duque de
Bretaña, era el presunto heredero del trono.
Sus
padres, los delfines, murieron fulminantemente de una escarlatina infecciosa en
el curso de una semana de febrero de 1712. Fue una de las pocas veces que se
vio llorar en público al Rey Sol. La epidemia continuó llevándose por delante
la descendencia del monarca, y en marzo fallecía el tercer delfín, niño de
pocos años que llevaba también el título de duque de Bretaña.
Pasó
a ser el cuarto delfín un niño, llamado también Luis, que con los años reinaría
en Francia como Luis XV. Sin embargo tenía muy poca salud y la gente le
auguraba una escasa supervivencia. Ante esa perspectiva de que la línea mayor
se extinguiera, empezaron las intrigas de todo género con miras a ese probable
sucesor.
Por
de pronto comenzaron los rumores de que tantas muertes seguidas no eran debidas
a enfermedad, sino a una siniestra conjura en la que el veneno sería
protagonista. Los envenenamientos habían sido centro de un gran escándalo en
París años antes, y ello salpicó de lleno a la entonces favorita del rey, la
marquesa de Montespan, que fue objeto de investigación y sospecha en el
tenebroso affaire. En esta ocasión el rumor buscó un culpable y lo situó en el
regente, Felipe de Orleáns, sobrino de Luis XIV, hombre de mala reputación,
ateo manifiesto, famoso por sus escándalos y que, enviado a España, en la
guerra de Sucesión, se propuso traicionar a Felipe V. El rumor aseguraba que en
el palacio real de París, donde residía, había un gabinete o laboratorio secreto
dirigido por un extranjero que fabricaba filtros amorosos y pócimas mortales de
efectos inmediatos. El regente se había casado con mademoiselle de Blois,
Françoise de Borbon, hija ilegítima de la Montespan y de Luis XIV, a la que por
su capacidad de intriga y las opiniones nada convencionales se la conocía por
«Madame Lucifer». El duque de Berry, hijo del delfín, nieto del rey, era un
buen partido, por ser posible sucesor de la Corona. Madame Lucifer trató por
todos los medios -y consiguió- casarla con su hija María Luisa. Era ésta una
mujer bellísima y se reveló como una joven descocada, bebedora, capaz de
mantener amores con los lacayos del servicio y finalmente tratando de enamorar
a su propio padre, el regente. El incesto fue la última novedad en los usos
sexuales de la corte de aquel reinado. Pero en mayo de 1714 había de ocurrir el
último de esos fallecimientos inesperados que azotaban a la dinastía. El duque
de Berry se sintió indispuesto en una reunión familiar de Versalles, y en pocas
horas murió allí mismo, en medio de la consternación general. Ya no quedaban
como herederos del trono más que Felipe V, impedido de serlo por sus obligadas
renuncias a la Corona francesa, y el niño de cuatro años y de endeble
constitución, Louis, bisnieto de Luis XIV.
La
consternación se apoderó del ánimo del rey, quien fingió una serenidad aparente
ante aquella cadena de duelos en la familia. El confesor le hacía reflexiones
sobre esos terribles y seguidos golpes que recibía de la Providencia,
asegurándole que estos sufrimientos se los enviaba Dios para evitar los
castigos del purgatorio a sus pecados anteriores. Y Fenelón, el célebre
arzobispo de Cambrai, águila resplandeciente de la oratoria sagrada, polemista
notable, rival de Bossuet, inspirador de un monarquismo conservador, crítico de
los malos usos de palacio y preceptor del fallecido duque de Borgoña, íntimo de
Saint-Simon, alertaba sobre el peligro que se cernía sobre Francia si el duque
de Orleáns se convirtiese en regente del reino, llevando a ese puesto decisivo
el escándalo de su vida sexual incestuosa y su conocido ateísmo, sugiriendo
que, de ser ciertas las maquinaciones criminales que se le suponían, nada le
había de impedir que envenenara también al niño que era el heredero legítimo
del trono.
Lo
cierto es que el rey, convencido de que la situación era grave y podía llegar a
plantear después de su muerte una etapa de confusión dinástica capaz de sumir
al país en una sangrienta guerra civil, decidió, después de largas reflexiones
y seguramente también de sus conversaciones con la Maintenon, ordenar por un
edicto de julio de 1714, que los hijos del duque de Maine -hijo suyo y de la
Montespan- fueran también legitimados y admitidos como eventuales herederos de
la Corona de Francia. Era un documento escandaloso que subvertía todas las
leyes antiguas de la monarquía francesa, confirmando que en Francia no había
más ley que la voluntad del monarca absoluto. Pero el Parlamento, que recibió
el edicto, no hizo la menor observación sobre él y lo registró sin dificultad.
Hubo un momento en que Luis XIV vaciló, consciente de que la eventual regencia
de Orleáns, su sobrino, podía acarrear grandes convulsiones a la monarquía
futura. Entonces pensó en convocar los Estados generales para elegir, en vida
suya, otro regente para después de su muerte, con la esperanza de que lo
hicieran en la persona del duque de Maine, su hijo bastardo, legitimado. Pero
después de pensarlo bien, desistió del proyecto, por recelo hacia aquel cuerpo
constituido al que no había nunca convocado, deliberadamente, para demostrar
así que la monarquía era, en su opinión, el Estado, y que los cuerpos
constitutivos de opinión eran piezas superfluas que no debían ser tenidas en
cuenta.
Entonces
decidió elegir otro camino, el testamentario. El 2 de agosto de 1714 redactó un
largo documento con su última voluntad, que entregó al presidente del
Parlamento para ser abierto después de su muerte. El Parlamento lo selló y
depositó en un nicho, tallado en una de las columnas del viejo palacio
parisino, que era su sede oficial. Este testamento instituía un consejo de
regencia de catorce personas. Entre ellas figuraban sus dos hijos legitimados,
el duque de Maine y el conde de Toulouse. El consejo de regencia decidiría
todos sus acuerdos por el voto mayoritario de sus componentes. El duque de
Orleáns tan sólo ejercería la regencia nominalmente. El duque de Maine asumiría
la guarda y educación del rey y la Casa Real quedaba bajo su mando.
Era
un verdadero desafío al regente Orleáns. Con este consejo formado por gentes
incondicionales, el riesgo de que el sospechoso y mal reputado sobrino suyo
llegara con malas artes a ocupar el trono parecía eliminado. Luis XIV, sin
embargo, no las tenía todas consigo, recordando que, siendo niño, su padre,
Luis XIII, también había enviado un testamento que modificaba los poderes de la
regencia al Parlamento y que fue anulado por la institución representativa. Un
Parlamento, como el de su tiempo, que no había sido tenido en cuenta durante
todo el reinado, podía acaso buscar la revancha de su larga humillación
anulando el documento, como así había de ocurrir.
Capitulo
15
La
muerte del Rey Sol
El
rey declinaba de forma visible en el verano de 1715. Se le veía ojeroso,
pálido, adelgazando rápidamente, y arrastrando los pies con una leve cojera.
Los médicos le aconsejaron reposo y una dieta moderada, con purgantes y
sangrías que entonces estaban de moda en la terapéutica más avanzada.
Siempre
había sido glotón y aficionado a los condimentos más indigestos. La noticia del
estado ruinoso de su salud corrió como la pólvora por París y alcanzó, a través
de los despachos de los embajadores, a las capitales de Europa. En Londres se
tomaban apuestas en la City sobre la fecha eventual de su muerte. El embajador
de Felipe V, Cellamare, tenía instrucciones precisas de vigilar al duque de
Orleáns e impedir sus maniobras, como regente que iba a ser del reino, en caso
de fallecimiento. Madame de Maintenon vigilaba a su vez los movimientos de las
distintas facciones políticas que se disponían a disputarse el poder en cuanto
el rey desapareciese.
Luis
XIV, consciente del ambiente que se estaba formando, trataba de mantenerse en
la normalidad de sus habituales jornadas. Salía en una carretela a recorrer el
bosque; recibía una o dos visitas; escuchaba las músicas de los regimientos;
otorgaba audiencias; en alguna de ellas, se volvía colérico si se le llevaba la
contraria, y organizó, en los jardines, una gran desfile de la guardia real,
que presidió, teniendo a su derecha al delfín, de pocos años, y a su izquierda
al duque de Orleáns, con el que departió amablemente.
Los
cortesanos, conscientes de la tragicomedia que representaba cotidianamente
aquel hombre moribundo, quisieron darle una última oportunidad teatral que
fuera placentera y brillante. Había llegado a París, desde la lejana Persia, un
agente del sophi, o sha, para negociar un convenio comercial con el gobierno.
Pontchartrain se reunió con madame de Maintenon y sugirió que se inventara la
farsa de anunciar que había llegado un embajador extraordinario de aquel reino
y que era preciso recibirle con todos los honores, dignos del fabuloso monarca
oriental que representaba. La falsa presentación de credenciales tuvo lugar en
la Galería de los Espejos, y Luis XIV, consumado actor, se encargó un terno
negro y oro, revestido de diamantes de su suntuosa colección y aguantó toda la
ceremonia, de pie, en medio de las personalidades de la corte y amenizado con
las músicas militares protocolarias. Fue la última escena pública del gran
actor que era el monarca.
En
su espléndida biografía, Philippe Erlanger describe con detalle la secuela de
esos últimos días, a la que titula Los adioses de un gran artista. Y, en
efecto, Luis XIV lo fue hasta el último minuto de su vida. Talleyrand definió a
los hombres públicos como «hombres de teatro», es decir, conscientes de
representar un papel ante un escenario. El monarca se preparó minuciosamente a
clausurar la enorme y dilatada tragicomedia de su vida con un último acto que
rebosara tranquilidad, grandeza de espíritu, ánimo templado y conformidad con
la Providencia. Saint-Simon añadió en sus descripciones precisas de estas horas
finales un ingrediente de humor y poesía que le dan al acto un relieve
singular.
El
rey era valeroso de temperamento y sereno ante lo inevitable. Tenía el
convencimiento de que su misión era conocida y bendecida por Dios y de que el
rey de Francia tenía, entre otras cosas, la obligación de proteger y dirigir la
Iglesia de su país. Así, por ejemplo, persiguió con saña a los protestantes, a
los jansenistas, a los quietistas, al arzobispo de París, Noailles, y a los
seguidores puritanos de Fenelón. Creía no haber hecho lo suficiente en este
delicado terreno y que el Eterno le pediría cuentas rigurosas de ello por ser
un asunto de responsabilidad de la Corona.
También
le agobiaban los rumores que circulaban sin cesar en Versalles sobre las
maniobras de su sobrino el duque de Orleans, cuya futura e inminente regencia
daba lugar a especulaciones sin fin. Se incitaba al rey a tomar nuevas medidas
a fin de evitar que diese un golpe de Estado, inmediatamente después de su
muerte. Pero el rey prodigaba públicamente sus atenciones al temido y odiado
pariente con objeto de no crear incidentes prematuros en la expectante corte.
Los
médicos celebraron, de nuevo, una consulta, presididos por Fagon, médico mayor
de la Casa Real. Esta vez se le recetaron cuarenta higos y tres vasos de agua
helada a continuación. Los doctores le recetaron también quinquina, vino
aromático y un baño con leche de burra. Unas manchas en la pantorrilla
revelaron la presencia de la temida gangrena senil, síntoma definitivo de la
cercanía de la muerte.
Las
prácticas religiosas no se hicieron esperar. El 25 de agosto, día de su santo,
el rey ordenó que se celebrara con el ritual de costumbre, desfile, concierto
de músicas militares y comida real en presencia de los cortesanos. Por la noche
se reunió con madame de Maintenon y su confesor y redactó un codicilo secreto
en virtud del cual confería el mando de la casa civil y militar del delfín
heredero al duque de Maine y, en su defecto, al mariscal Villeroy, hombre de
escaso relieve en el ambiente de la milicia, pero favorito del rey. En virtud
de este último texto del anciano monarca, el regente se vería abocado a no
tener ninguna influencia verdadera sobre los puestos claves del futuro reinado
de Luis XV.
Muchos
historiadores se preguntan si el viejo y enfermo soberano no estaba, en su
fuero interno, convencido de que Orleáns buscaría por todos los medios de
lograr la nulidad de ese documento, como lo haría con el testamento, guardado
en el nicho del palacio del Parlamento.
Después
de la agotadora jornada del San Luis, el rey tuvo un síncope. Pidió recibir los
sacramentos y previamente hacer una confesión general. Mademoiselle de Aumale,
testigo y cronista del acontecimiento, nos cuenta que la Maintenon le ayudó a
hacer el examen de conciencia, «recordándole numerosos pequeños pecados que
había olvidado».
Decidió
recibir al duque de Orleáns, su sobrino y yerno. Sus palabras fueron afectuosas
y han sido recogidas con fidelidad por varios testigos presenciales. «No
encontréis nada molesto ni negativo para vos en mi testamento. Me habéis
servido bien y espero que también lo hagáis con mi bisnieto, el niño rey. A él
os confío su protección y educación. Y si un día viniese él a faltar, sin
descendencia, a vos corresponde, en primer lugar, la herencia de la Corona,
según las leyes del reino. Yo he procurado dejar las cosas arregladas de la
mejor manera, pero si hay algo que reformar o cambiar que se haga lo que sea
necesario…»
Este
increíble texto, lleno de duplicidad y dejando abierto el camino para anular el
testamento secreto -como así ocurrió en efecto-, revela hasta qué punto el
sentido del egoísmo dinástico familiar predominaba sobre el interés general en
el ánimo del Rey Sol.
La
despedida fue digna de un drama de Corneille: «Estáis ante un rey en la tumba y
otro rey en la cuna. Tened presente el recuerdo del uno y el servicio del
otro.» Orleáns, en las páginas, le juró proceder con lealtad hacia el delfín
convertido en soberano. La aspiración de Felipe V de convertirse en tutor del
futuro Luis XV quedaba eliminada. El Tratado de Utrecht sería respetado en uno
de sus artículos esenciales.
Todavía
quedaba otra visita pendiente: la de los cardenales de Rohan y Bissy. Se habló
del problema de la bula papal y de la pasión con la que el rey había tomado
partido en la polémica. (La maledicencia sostenía que el cardenal de Rohan era
hijo ilegítimo del soberano.) El rey les soltó esta andanada: «En esa materia
yo no he hecho otra cosa sino seguir vuestros consejos. Si hice algo mal será
culpa vuestra y responderéis de ello ante Dios.»
Entonces
comenzó la gran escena final del genial actor, la de las despedidas. Con voz
sonora, palabra elocuente y serenidad absoluta empezó por los dignatarios y los
servidores. «Os doy las gracias. Os pido excusas. Os he pagado poco y mal, pero
el mal estado del tesoro no daba para más. Servid al rey niño como a mí. Mi
sobrino -Orleáns- va a gobernar el reino. Obedeced sus órdenes. Siento que me
voy a emocionar. Adiós, señores; acordaos alguna vez de mí.» La emoción duró
poco. Los dignatarios y servidores se precipitaron hacia los apartamentos del
duque de Orleáns a ofrecer sus servicios, pues el rey había sido explícito en
decir que iba a gobernar el reino. Sus primeras órdenes fueron las de bloquear
la llegada a la corte de Versalles de todo correo procedente del extranjero.
Había sobre todo que impedir el que Felipe V reclamara la regencia, cosa que en
efecto quedó descartada. Los príncipes y princesas de la sangre, los Berry,
Condé, Conti, entraron a continuación. Para todos tuvo palabras de amor y afecto.
Después llamó al pequeño delfín y le espetó un largo párrafo: «Vas a ser el
mayor rey del mundo. No olvides tus obligaciones para con Dios. Y no me imites
en el gusto que yo he tenido de emprender guerras. Haz que el pueblo francés
mejore su condición precaria. Toma por confesor al padre Tellier, que ha sido
el mío.» A continuación besó y bendijo a su bisnieto.
Más
tarde el monarca ordenancista organizó su propio entierro y funeral: el orden
del cortejo, el número de las carrozas, el tamaño de las gualdrapas, el
acompañamiento de músicas y regimientos y su traslado al panteón de
Saint-Denis. El día siguiente fue el la despedida conyugal. Por orden del rey,
madame de Maintenon destruyó papeles, abrió carpetas, quemó en la chimenea los
centenares de cartas y pequeños «billetes» amorosos del rey a ella y viceversa.
Se perdió -escribe Erlanger- una preciosa y trascendental documentación que, de
ser conocida, podría desvelar muchos secretos políticos del largo reinado.
Saint-Simon cuenta que «la voz de institutriz de la Aubigné» cortaba, con
sentencias que parecían máximas de un libro de piedad, las palabras cansadas del
moribundo. «No tengo que restituir a nadie en particular. En cuanto a lo mucho
que debería restituir a mi reino, confío en la misericordia de Dios.»
«En
cuanto a vos, no os he dado siempre lo que debía, pero os he querido y
respetado siempre.» El rey sollozaba. La antigua gouvernante se mantenía en
silencio. En esto se oyó la voz del rey que decía: « ¿Y vos? ¿Qué será de
vuestro futuro? No tenéis nada.» La madame contestó: «Ocupaos de Dios, no de
mí.» En un desesperado esfuerzo de buscar una protección última, pidió al rey
que dijera una palabra al duque de Orleáns, su mortal enemigo. Pero ella, con
sus ochenta años, se hallaba también exhausta y quería huir de aquel escenario
en el que el telón iba a caer de un momento a otro. Pidió consejo al padre
Tellier y en una carroza protegida por un destacamento marchó a Saint-Cyr, el
orfanato de su predilección, dos días antes de la muerte del rey.
El
moribundo resucitó al día siguiente a la plena lucidez y reclamó la presencia
de la Maintenon. Fue obligada a volver y a prestar compañía al monarca. «Os
agradezco vuestro coraje y vuestra paciencia.» La «Sainte Françoise» consultó a
su confesor, el padre Briderey qué debía hacer. El fraile se acercó al enfermo
y volvió diciendo estas palabras de doble intención: «Ya no le sois necesaria.»
La marquesa de Maintenon volvió a Saint-Cyr, donde se encerró en un total
mutismo y falleció pocos años después.
Esta
mujer de insólita biografía fue enterrada en la capilla de Saint-Cyr. En la
segunda guerra mundial, Saint-Cyr fue destruido y los restos de la institutriz
y amante de Luis XIV fueron llevados a Versalles y se encuentran hoy día en una
sepultura de la capilla real del palacio.
El
Rey Sol se acercaba a su fin. Recibió la comunión y la extremaunción y entró en
la agonía, rodeado exclusivamente de médicos, frailes y los mayordomos de
servicio. Se rezaban en voz alta las preces de los agonizantes. A ratos, la
potente voz del rey resonaba unos instantes uniéndose al coro: « ¡Oh Dios mío!
¡Venid a mi encuentro, Ayudadme en este trance!» A las ocho y cuarto de la
mañana del 1 de setiembre de 1715 se cernía el ocaso vital sobre el Rey Sol. La
noche anterior, el duque de Maine celebraba, con una comida alegre de amigos de
uno y otro sexo, su inminente entrada en escena y el logro quizá de sus
pretensiones máximas. En otra reunión culinaria más severa y siniestra, el
duque de Orleans se preparaba para dar un golpe de Estado en cuanto se hiciera
público el testamento secreto.
La
conducción de los restos del rey difunto a Saint-Denis tuvo un signo
sorprendente. El entierro de Luis XIII había dado lugar, años antes, a
manifestaciones populares de respeto y simpatía unánimes. En torno al cortejo
del Rey Sol se produjo algo inesperado. El pueblo cubrió de insultos, burlas,
chacotas, bailes y canciones atroces el féretro del rey. Se producía una
especie de repulsa al monarca absoluto que había mantenido tantas guerras, que
arruinó al tesoro y que convirtió a Versalles en un escenario desafiante de
lujo, placer, diversión y escándalo, en medio de un país de nivel bajo de vida.
Las escenas revelaban un malestar profundo que llevaba dentro el signo de la
violencia. Hubo algunos que, setenta y cuatro años después, en 1789, recordaban
este brote de rechazo póstumo al Rey Sol como un anticipo de las conmociones
revolucionarias que acabaron con la monarquía absoluta.
Capitulo
16
Un
cronista excepcional
De
forma semejante a lo que ocurriría varios siglos después con el novelista
Marcel Proust, que retrató de mano maestra al mundo francés, de la Belle
Époque, la corte de Versalles del Rey Sol había de pasar en buena parte a la
historia literaria a través de la pluma egregia de Louis de Louvroy de
Saint-Simon, en sus Memorias. Éste era un noble de antiquísimo linaje cuyo
padre había sido, durante varios años, favorito del rey Luis XIII. Cayó en
desgracia ante el cardenal Richelieu y perdió su alta posición palatina. Quiso
probar fortuna su joven vástago, con Luis XIV, y entró, por la vía militar, en
el ascenso hacia un papel importante en la corte. Tomó parte, como oficial de
caballería, en las guerras con el imperio austro-germano de 1691 y compró, a
sus expensas, un regimiento entero de caballería. Fue nombrado duque y par de
Francia. Pero no llegó a disfrutar nunca de la confianza del Rey Sol. Acaso
este recelo se debía a la estrecha amistad del joven duque con los hijos del
duque de Borgoña y con el futuro regente, el duque de Orleans, que no dejaba de
preocupar a Luis XIV.
Saint-Simon
entró por fin, al cabo de varios años, en la corte de Versalles, pero sin
ejercer especial relieve en las funciones importantes del palacio. Era tenido
por un noble advenedizo, y al propio tiempo resultaba un duque y par de Francia
picajoso y protestón que suscitaba, sin cesar, cuestiones de protocolo y de
prelación de puestos en las numerosas ceremonias que tenían lugar cada día. Lo
curioso del caso era que sus peleas no lo eran tanto por motivos de vanidad o
de envidia con otros personajes, sino por su íntimo convencimiento del papel
que debía corresponder a la antigua nobleza francesa en el mecanismo
institucional de la monarquía. Saint Simon creía en el honor, en la amistad, en
la lealtad y suponía que esas virtudes eran suficientes por sí solas para
gobernar el reino. Consideraba un error de tipo absolutista la Corona
personalista del Rey Sol, de exaltación innecesaria de la figura del monarca,
quien, a su vez, había traído a muchos nobles de provincias al recinto de
Versalles para corromperlos, «sujetándolos» con fiestas, bailes y aventuras
sexuales, manteniéndoles al mismo tiempo alejados de sus tierras, castillos y
feudos para evitar que armasen frondas y entrasen en conspiraciones. De otra
parte, se hallaba Saint-Simon convencido de que el rey gobernaba, de hecho, con
las gentes de la «burguesía», como los Colbert, los Louvois, los Fouquet, que
se enriquecían de forma escandalosa y manejaban los asuntos públicos con desdén
absoluto hacia las viejas familias de la aristocracia histórica sin hacer
ningún caso de sus eventuales opiniones.
Saint-Simon
era, por otra parte, un hombre de profunda religiosidad; apegado al catolicismo
más conservador, recelaba de los jesuitas y veía con simpatía a figuras como el
abate de Saint-Cyr y al abate Rancé, austero reformador de la orden de la
Trapa. Los escándalos sexuales de Luis XIV y la oficialización de sus amantes,
la serie interminable de sus aventuras de ocasión y la legitimación de los
bastardos del rey habidos con sus favoritas encendían cada día su cólera y su
reprobación. En definitiva, su situación en la corte -al cesar en su breve
actividad militar- venía a ser la de un noble rancio, del viejo estilo,
cultísimo y lector impenitente, mal visto por el rey y desdeñado por sus
colegas de la nobleza, que lo consideraban, en el mejor de los casos, como un
tipo estrafalario, dedicado a las letras, petulante, intransigente y crítico,
lenguaraz y burlón hacia los personajes más destacados de la corte.
El
duque tenía, junto a estas facetas de su personalidad, una gran pasión secreta
que alimentaba en silencio. Temperamentalmente era un observador implacable,
atento y minucioso. Cotidianamente recogía todo aquello que en la rumorosa
colmena de la corte de Versalles se comentaba sin cesar: es decir, las noticias
políticas de Francia y de Europa; los adulterios más recientes y más
escandalosos; las enfermedades de la real familia; las fiestas deslumbrantes,
frecuentísimas; las miradas penetrantes del rey a determinados personajes en
las audiencias y la hermenéutica de las mismas, que confirmaban los expertos;
las opiniones de los médicos de palacio sobre las alteraciones de la fisiología
del soberano y sus enfermedades habituales; el número y rango de las audiencias
concedidas a determinados embajadores; los cambios de habitación y de piso en
el palacio de la Montespan y de la Maintenon y los significados de esas
mudanzas; la privanza del obispo Bossuet; la rivalidad de éste con el obispo
Fenelón; la aparición de una secta quietista francesa, seguidora de Miguel de
Molinos, el autor de la Guía espiritual; la piedad aparente -o real- del rey
cuando seguía el oficio de la misa diaria desde lo alto del coro de la capilla
de palacio. El duque de Saint-Simon iba anotando en cientos de libretas,
celosamente guardadas, cuanto recogía su infinita curiosidad, a lo largo de
muchos años. Era grande su cultura histórica; había leído a los clásicos y a
los maestros de la lengua francesa y de otras lenguas de la civilización europea.
Iba poco a poco almacenando, en su memoria y en sus cuadernos, un gigantesco
tesoro, puntual, certero, implacable, cotidiano, de todo aquello que veía,
escuchaba y recogía o adivinaba en el tráfago de la colmena rumorosa del
palacio.
Pronto
intuyó que el inmenso conjunto de Versalles era lo más parecido a un recinto
secreto en el que se decidían las guerras, las campañas militares, las
batallas, la política exterior del reino y la redacción de tratados,
concordatos, cambios de alianzas, paces futuras, matrimonios regios, fortunas y
privanzas, así como también persecuciones siniestras, además de las sentencias
de muerte y los crímenes horrendos. También se dispensaban muchos favores y
prebendas cada día, y no sólo por decisión del, nivel máximo del rey, sino en
multitud de los escalones inferiores a los que llegan, aunque fuera en
proporciones mínimas, las últimas gotas de la voluntad del rey absoluto.
Saint-Simon
no vaciló en tomar las medidas necesarias para saber más de lo que se hallaba
al alcance de la vista y del oído. Organizó un complejo y extenso servicio de
espionaje que le traía, cada mañana y cada noche., un conjunto de noticias que
le permitía seguir cuidadosamente el hilo de los acontecimientos. Pajes,
criados, soldados, sirvientes y ayudantes bien remunerados entraron a formar
parte de la enorme trama informativa del duque.
Al
morir Luis XIV, Saint-Simon creyó llegado el momento de servirse de su amistad
con el regente para influir en la política. Aunque fue nombrado miembro del
Consejo de la Regencia, no pudo nunca entrar en el alto nivel de las decisiones
y aceptó la embajada de España, en 1721, para llevar a cabo un proyecto de
nuevos matrimonios entre las dos Coronas reales, que no prosperó. La muerte del
regente en 1723, le hizo retirarse de la vida pública y residir en París
primero y más tarde en su castillo de la Ferté-Vidame, dedicado a poner en
orden el inmenso archivo de sus papeles personales. Seis años después, en 1729,
cuando un amigo suyo le envió confidencialmente una copia del Diario de
Dangeau, que revelaba numerosos detalles íntimos de la corte de Versalles, que
juzgaba poco fiables, es cuando tomó la decisión de escribir sus propias
Memorias. Empezó la monumental tarea con tal brío y novedad, que el lector de
hoy se queda pasmado de la magnitud de esa obra maestra de las letras
francesas, que por cierto pudiera haber quedado inédita o perdida para siempre.
Un eminente historiador francés, José Luis Cabanis, en un bello trabajo sobre
Saint-Simon, le llama con justicia «Saint-Simon el admirable». Es, en efecto,
prodigioso el esfuerzo que revela este memorial. Se trata de un relato
apasionado pero riguroso, que arrastra al lector en su torbellino de estilo
inconfundible, con una serie interminable de anécdotas, estampas, retratos,
episodios, juicios de valor, confidencias, divagaciones y ojeadas históricas.
Todo ello se halla insertado en una prodigiosa galería o escenario de
sucedidos, de los personajes y de las grandezas y miserias de la corte del Rey
Sol.
¿Cómo
escribe Saint-Simon? De una forma insólita, no conocida antes de él. Inventó en
realidad un estilo o quizá un género nuevo. Elevó lo anodino a categoría y lo
mezquino a valor universal. Es a un tiempo arrollador y severo. No tiene
respetos humanos. Desnuda. Fustiga. Critica. Un ingenio español llamaba a las
Memorias del duque «un tratado de chismografía trascendental». Y recordaba, con
acierto, que el hecho de que no pensara que fueran «publicables» antes de su
muerte, conferían a la pluma del autor una total libertad para despacharse a su
gusto.
Así
sucedió, en efecto. Esta versión del Versalles del Rey Sol, con su feroz
realismo, situó al «gran siglo» francés, acaso, en su verdadera dimensión e
imagen. Ni ditirambos excelsos, ni denigración sistemática. Un espejo, ni
convexo, ni cóncavo, a lo largo de un reinado. No lo pudo saborear el lector
francés hasta un siglo más tarde, en 1829, en vísperas de la Revolución de
julio que trajo a Luis Felipe de Orleans al trono. A partir de ahí, empezó el
lento degustar de los textos del prodigioso escritor. Fue leído, al comienzo,
con curiosidad, ensalzado por unos, atacado por otros. Pero, al fin, el juicio
resultó unánime: la primera versión moderna, crítica, auténtica, atroz y
justificada del Versalles del Rey Sol estaba servida. En vano dijeron sus detractores
que el autor era un enfermo melancólico y resentido que daba rienda suelta a su
rencor.
Hoy
día, Saint-Simon es un autor de consulta obligada para quien desea analizar con
elementos de juicio fehacientes el siglo que fascinó a Voltaire y que aún sirve
de exaltada referencia a los integristas del capetismo absolutista, dispuestos
a la adoración del tabú, antes de que se enciendan las velas de tan disparatada
liturgia. A continuación, doy un ramillete de opiniones sacadas del «océano»
saint-simoniano para que el lector pueda saborear el regusto agridulce de la
prosa del «pequeño duque», vencedor desde la tumba, que por cierto fue
profanada en las jornada de la Revolución francesa.
«Los
guardas suizos formaban parte esencial del cuerpo de policía, que lo escuchaba
y vigilaba todo en palacio. Estos hombres s hallaban encargados de rondar por
la noche y de madrugada, en las galerías, pasillos, corredores y pasajes y en
los rincones más oscuros. No hablaban, ni contestaban, si se le dirigía la
palabra. Su misión era escuchar, seguir y esperar a los cortesanos. Y redacta:
después, minuciosamente, la actividad o el visiteo de cada uno. Versalles era,
pues, un inmenso recinto vigilado por los espías del soberano.»
El
sistema de las visitas cotidianas del rea a sus queridas es descrito
minuciosamente por el memorialista como si de una novela policíaca a lo Agatha
Christie se tratara. Sólo falta en la relato un dibujo adjunto para explicar
gráficamente el laberinto de las escaleras descansillos, desvanes, cuartitos de
espera y dormitorios que se utilizaban para cubrir, hipócritamente, los
supuestos teóricos del ejercicio táctico, con el que se iniciaba cotidianamente
la regia batalla amorosa. Pero no es eso sólo lo que nos cuenta Saint-Simon,
sino también nos refiere los infames cubículos y buhardillas que se asignaban,
en ocasiones, a personajes influyentes que aceptaban la feroz encerrona, con
tal de acercarse físicamente al que consideraban representante de Dios en la
monarquía versallesca. «Los cortesanos se superaban unos a otros en adulaciones
y bajezas infinitas.» «Ser un buen cortesano era como carecer de humor y de
honor al mismo tiempo.» El duque trazó los retratos a fustazos. «El cardenal
Dubois tiene aire de hiena, cara de barbián, movimientos de serpiente venenosa
y, cuando empezó a intrigar, parecía un polluelo recién nacido, al que se le
veían en la piel trozos de su cascarón.» Al duque de Lauzun, hombre violento y
peligroso, que se enfrentó con el rey a propósito de un mando militar no
conseguido y que acabó casándose con una cuñada de Saint-Simon, lo describe
así: «Era un hombrecillo rubicundo, con aire de gato desollado, ingenioso,
arrogante, ambicioso, lleno de caprichos, analfabeto, descontento, amargo,
solitario, salvaje, valiente, audaz, peligroso, adulador, insolente, burlón y
servil, temido, salaz. Y no respetaba a nadie.»
He
aquí la descripción de un desfile de personajes en una ceremonia de la corte:
«Madame de Montchevreuil, larga criatura seca y lívida, con dientes de
caballo.» Mademoiselle de Ponchartrain: «Una araña venenosa.» El noble Nogent
«semeja un caballo de carroza»; el duque de Maine, «una serpiente de cascabel»;
Villeroy, «un perro rabioso»; el obispo de Boulogne «vivió y murió como un
lobo»; el anciano duque de la Rochefoucauld, que vivía en un pabellón en el
bosque de Versalles, era «el viejo perro sarnoso que se distinguió en la ralea
y al que se le da de comer en vez de matarlo. Es un ave de presa, una mosca
perseguida por la araña, un viejo gorila, con cara de rana aplastada». La
marquesa de Montespan «había engendrado un enjambre de bastardos». Parecía una
colección de los animales protagonistas de las fábulas de La Fontaine, señala
con acierto Cabanis.
Y
así podríamos ir entresacando decenas, cientos, miles de siluetas rotundas,
apasionadas y decisivas para conocer una sociedad, una época, un reinado, un
período decisivo de la historia de Francia y del Occidente europeo. Saint-Simon
era, sobre todo, observador y escuchador. Comprendió que su testimonio de
narrador visceral era necesario, para contrapesar en el porvenir la avalancha
de adulaciones y falsedades que se escribirían después de la muerte del Rey
Sol. Y quiso contribuir a ese esclarecimiento póstumo.
Su
vocación de escritor ya estaba en marcha cuando fue enviado a la corte de
Felipe V en Madrid, probablemente para ser alejado de la corte de Luis XV, en
la que se encontraba mal visto y desplazado. Sus Memorias correspondientes a la
etapa española son densas, irreverentes y sabrosas. Sus descripciones de la
corte, de los personajes reales y del cardenal Alberoni son, en algunos
aspectos, magistrales.
Existe
una transcripción del manuscrito del embajador Saint-Simon que figura en el
Archivo de Estado en París titulado Cuadro de la corte de España hecho a fines
de 1721 y comienzo de 1722, realizada por don Vicente Castañeda y publicada en
1933 en Madrid, donde el lector puede conocer el implacable bisturí literario
del duque francés.
Capítulo
17
Balance
de un reinado
Se
han llevado a cabo infinidad de trabajos sobre Luis XIV y su obra como rey.
Unos, laudatorios hasta el ditirambo; otros, negativos, de censura total. La
polémica sigue abierta en nuestros días. La rebusca y hallazgo de nuevos
documentos y papeles en distintos archivos de la época han arrojado luz sobre
capítulos oscuros y personajes mal conocidos, con lo que la bibliografía
disponible aumentó en forma considerable. Si se quiere hacer un balance
objetivo del reinado habrá que mirar, en perspectiva, los setenta años de
duración de esta etapa decisiva para la historia de Francia.
La
monarquía absoluta, como sistema de gobierno, no duró más allá que otros
setenta y cinco años después de la muerte de Luis XIV. El Rey Sol desgastó el
conjunto de las instituciones del reino, dejándolas heridas de muerte, sin
posibilidad de resurrección. Las guerras continuadas, costosísimas en hombres y
dinero, fueron una sangría de riqueza interminable. El lujo escandaloso de la
corte, los errores del régimen fiscal, el escaso estímulo de mejora social de
la clase baja, el disparate político y humano de la persecución a los
protestantes, que provocó el exilio de cientos de miles de franceses de alto
nivel profesional, fueron otros tantos factores que llevaron a la miseria a
extensos sectores de la población. La gestión de las finanzas públicas del Estado
estaba planteada en términos de permanente déficit, con apelaciones a gestos
vacíos de oportunismo como la venta de las vajillas de oro y plata de Versalles
o la hipoteca de las joyas de la Corona para sostener los gastos de una guerra
exterior.
Luis
XIV llevó la tesorería del Estado a una creciente ruina. Otro error enorme fue
la convicción, públicamente manifestada, de que se creía obligado a defender la
fe católica con ideas propias, no siempre acordes con la palabra y definición
de Roma. Frente al Papa ecuménico, se sentía como un Papa francés, alentando
así el galicismo autónomo y desafiando una y otra vez las censuras del
Vaticano. Luis XIV se consideraba sinceramente instrumento de Dios para
mantener la fe cristiana de su pueblo. Las persecuciones contra los hugonotes y
jansenistas y el pleito galicano dejaron un rastro considerable de enemigos
mortales en la intelectualidad del país que iba a manifestarse como fermento
activo de discordia en los movimientos filosóficos y doctrinales que desembocarían
en la Revolución francesa. Los odios religiosos son siempre un elemento de
extensa duración y no tardaron en reaparecer después de la muerte del rey.
El
dato más positivo del largo reinado fue el sometimiento de los discrepantes o,
dicho de otro modo, la obediencia civil impuesta por la fuerza y la sumisión.
El Parlamento, el clero y la nobleza fueron también sometidos, duramente, a la
voluntad del soberano. Luis XIV no concebía otra forma de Estado que la de
imponer su voluntad omnímoda de arriba abajo. Sus ministros, los intendentes,
los funcionarios, los alcaldes, imitaron el sistema despótico en cascada. Todos
eran pequeños reyes absolutos en el área de su jurisdicción. Fenelón, en sus
cartas y escritos, hablaba de los errores del despotismo que conducía
finalmente a la violencia y proponía una estructura de poder equilibrada, en
que los cuerpos sociales diesen el contrapunto debido al poder de la monarquía.
Pero el rey se reía de las ideas de Fenelón, al que llamaba «espíritu
quimérico». En cuando al papel de esos estamentos enmudecidos del pasado de la
historia de Francia, el monarca los consideraba «residuos del ayer» que no
tenían cabida posible en una monarquía como la suya. Sin exageración, cabe
definir a Luis XIV como uno de los primeros estadistas totalitarios de la
historia de Europa, en el que la razón de Estado se identificaba con su
pensamiento y su voluntad.
Cabe
preguntarse si esa dictadura real no producía rechazos, malestar social,
revueltas e insurrecciones. Las crónicas mencionan una serie de motines
populares en París y en las provincias, durante el reinado, que se conocen mal.
Los detalles de estas asonadas refieren que enarbolaban peticiones concretas,
casi siempre de orden económico. Fueron brutalmente reprimidas, en ocasiones
disparando la tropa contra los amotinados o pasándolos a cuchillo. Y en otros
casos llevándolos al patíbulo o condenados de por vida a remar en las galeras.
Generalmente los rebeldes eran «particulares» de escasísimo nivel social -los
«miserables» de la época-, seres pobres y desconocidos, por lo que ha sido
difícil a los investigadores averiguar el contenido detallado de sus peticiones
y el alcance y la profundidad de esos movimientos. Lavisse sostiene que esos
alzamientos aislados fueron como un rumor subterráneo que anunciaba la gran
revolución futura. Pero nadie, en aquel momento, era capaz de adivinar que
dentro del mismo siglo XVII, el reinado de Francia iba a conocer, en su propia
carne, el acontecimiento subversivo político de mayor trascendencia histórica
de la edad moderna: la Revolución francesa.
Luis
XIV fue un rey despótico. Pero el suyo no fue un despotismo ilustrado, ni
reformista, proyectado hacia el porvenir. El Ancien régime fue, en sus manos,
un conjunto de sistemas arcaicos de poder que no funcionaban en absoluto y se
hallaban vaciados de todo contenido.
Luis
XIV extendió los límites jurisdiccionales de Francia. Obtuvo el Franco-Condado,
mejoró la frontera del norte, y con el sistema de las «barreras» militares
desplegó una serie de plazas fuertes como una cortina de protección contra las
invasiones. Ese campo defensivo frente a la agresión de las potencias rivales
funcionó, con varia fortuna, durante todas las guerras siguientes hasta nuestro
siglo. En cambio, la idea colbertiana de hacer de Francia una gran potencia
naval no resultó hacedera por un cúmulo de motivos. No parece tampoco que el
Rey Sol tuviese gran entusiasmo por lograr el poderío marítimo, ni por
convertir a Francia en «nación anfibia».
Su
política exterior no fue tanto inspirada por la fría consideración de obtener
ventajas geográficas o políticas para su reino, sino que los sueños de gloria
personales eran, en él, la motivación fundamental de sus decisiones. Examinando
el contenido político de sus guerras interminables, se sorprende uno de que
gozara más en humillar a un rival exterior que en lograr un resultado
favorable. En las negociaciones de paz o en los planes de coalición para
emprender una guerra, se recreaba en urdir trampas, fingir acuerdos, engañar a
los interlocutores o desdecirse de promesas anteriores, con lo que sus
adversarios iban aumentando en número. Puede decirse sin exageración que en la
guerra de Sucesión española, Luis XIV luchó contra Europa entera, la cual había
sido empujada a coligarse contra él. Un gran historiador militar escribió,
analizando las campañas de su reino, que el Rey Sol «no era ni un gran general,
ni un buen soldado, sino, a lo sumo, un buen oficial de Estado Mayor».
El
Rey Sol fue admirado en vida y sus palabras escuchadas como las de un oráculo.
Los escritores y artistas que se beneficiaron de su poderío le rindieron
tremendos homenajes de adulación y servilismo. En la glorificación del rey, el
pueblo francés se sentía satisfecho en su patriotismo. Al morir y sucederle un
monarca frívolo e insignificante como Luis XV se trató de hacer una política
distinta, pero no se logró nada, sino la confusión de los espíritus. Voltaire,
que había conocido el reinado de Luis XIV en su juventud, volvió hacia el
personaje su mirada y cantó sus excelencias y las grandezas en su prosa
centelleante y cautivadora. Su panegírico quedó ahí como la pieza maestra del
monumento al Rey Sol, del que se olvidaron sus errores y limitaciones, para
aceptar, en cambio, los resplandores de su prestigio, su empaque, su altanería;
su serenidad, su lenguaje sonoro y escogido, y su mecenazgo artístico que
inventó Versalles, ayer lujo y locura, y hoy motivo de asombro para millones de
visitantes del mundo entero.
El
Rey Sol ha entrado en la historia de Francia y en la historia de Europa como un
personaje singular que representó un papel determinado en un momento preciso.
No fue un genio, pero tampoco un monstruo de maldad.: Era probablemente un ser
de buenas cualidades, convencido de su misión providencial. Tenía un apego
constante y ejemplar a su responsabilidad de mando político. Sentía a Francia
como cosa propia. Si las cosas iban mal, fingía una serenidad que devolvía la
confianza a los demás. Nunca aceptó la derrota o la humillación de su pueblo.
Encarnaba, físicamente, con su majestad corpulenta, su aire dominador, su
actividad deportiva de cazador cotidiano al monarca todopoderoso. Sus aficiones
musicales y teatrales le convertían en un tipo de rey que daba una brillante y
alegre imagen a su pueblo. Y, aún hoy, la Francia republicana de nuestros días
considera al Rey Sol como un punto de referencia obligado que pertenece a
todos.
Versalles
fue un gran escenario inventado por él, sobre un terreno inhóspito y pantanoso,
como dando testimonio con ello de lo que puede hacer la voluntad humana, para
poblar la tierra con monumentos extraordinarios de la historia del arte. En ese
conjunto teatral y gigantesco se representó la gran función del Rey Sol. Empezó
en alegre comedia, siguió adelante con dramas y amores encontrados. Fue
decayendo su salud y alcanzó en la tragedia final el más alto grado de
emocionada despedida. El protagonista había llenado el tablado, durante muchos
años, para asombro de su pueblo y envidia de actores dinásticos foráneos. Una
inmensa compañía de actores y actrices, secundarios y brillantes, y los
cortesanos completaban el reparto, como un coro de tragedia griega sirviendo de
trasfondo musical a la función.
Hay
otro aspecto muy importante a recordar en la forma de gobernar su Estado
autocrático. Luis XIV cometió el error de concebir la realeza como un agobiante
ejercicio de poder que representaba un fardo de imposible pesadez para un
hombre normal. Al concentrar en el oficio de rey absoluto tantas y tan
delicadas responsabilidades, hizo del trono un eje de innumerables
prerrogativas, pero que no era posible ejercitar eficazmente en la tarea de una
sola persona. De ahí los validos, los sucedáneos de los reyes, los generales
ambiciosos, la forzosa dejación del exceso de poder en manos ajenas.
Francia
perdió la hegemonía a la que aspiraba en Europa, después de tantos conflictos y
batallas. Pero también hay que apuntar en el haber de Luis XIV el lograr el
éxito de librar a Francia de la doble tenaza del imperio de los Austrias de
Viena y de los Austrias de Madrid. En un momento dado -en 1715, terminada la
guerra de Sucesión-, tuvo la intuición de proponer al emperador austríaco la
idea de establecer una alianza permanente de Viena, Madrid y París, lo que él
llamaba «las viejas naciones de Europa». El propósito era el de mantener la paz
del continente y frenar el empuje de las «naciones nuevas», las recién llegadas
al poderío militar, como Prusia, Rusia y, por supuesto, Inglaterra. Este
proyecto hubiera sido, de llevarse a cabo, un cambio decisivo en la historia de
Occidente. El Rey Sol nombró un embajador, el conde de Luc, con el único
propósito de explorar esa idea ante Carlos VI. Pero el antiguo pretendiente a
la Corona de España albergaba todavía un profundo recelo hacia su rival directo
en la guerra de Sucesión.
¡Qué
serie de episodios históricos negativos de los siglos siguientes hubieran
seguido un curso distinto del que hemos conocido! Pero la historia es
implacable y no se detienen el «pudo ser» de las elucubraciones de los que la
estudian y la cuentan. La muerte de Luis XIV, ese mismo año, dejó olvidado este
proyecto. Luis XV lo quiso resucitar años después, pero las circunstancias eran
distintas y la guerra de Sucesión de Austria cambió drásticamente los términos
del problema.
En
este ramillete final de opiniones encontradas que recojo sobre la personalidad
del Rey Sol, quiero transmitir un juicio que, como colofón de su libro, redactó
el eximio escritor y académico francés Michel Don. Su obra, aparecida en 1983,
se titula Louis XIV, par luí meme. Con un gran sentido autobiográfico, ha
recogido de Luis XIV, apoyándose en las Memorias, una serie de reflexiones del
monarca sobre personas y problemas que fueron claves y decisivas en los
episodios más interesantes de su largo mandato. Las Memorias son, como casi
siempre ocurre, autojustificadoras, pero despiden un aire de veracidad
indiscutible. Éste es su gran interés. Déon resume su juicio crítico en un
párrafo que reproduzco aquí: «Luis XIV fue el padre de la Francia moderna, la de
las industrias, la de las letras y las artes. Le dio a Francia sus fronteras
geográficas naturales; obligó a Europa a respetar sus ejércitos y su Marina.
Rompió y forjó alianzas que, en algunos casos, llegaron hasta nuestros días,
con frutos considerables. Dotó al país entero de una administración pública
desconocida antes de él; sujetó para siempre el espíritu revoltoso y
conspirador de la nobleza. Resistió las presiones que le empujaban a caer en la
tentación de un cisma religioso. Levantó palacios, jardines y monumentos que
parecieron excesivos y lujosos, pero cuyo esplendor es todavía hoy una de las
glorias de universal alcance de Francia en el mundo.
»Sus
errores sustanciales se debieron, sobre todo, al aislamiento en que se fue
encerrando a medida que entraba en años. Sin contacto con la nación y ni con
quienes debieron ser sus voceros, fallecido Colbert, que fue su extraordinario
asesor y hombre de Estado, Luis XIV no se dio cuenta de que la auténtica
revolución política, moral e industrial de la que fue iniciador, había de tener
unas enormes consecuencias en la sociedad francesa que era preciso prever.
Cometió el mismo error dramático en el que caen, casi siempre, los gobernantes
autoritarios cuando envejecen en el ejercicio del poder.»
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