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© Libro N° 6240. Carlos V El Cesar Y El Hombre. Parte II. Fernandez Alvarez, Manuel. Emancipación. Julio 20 de 2019.

Título original: © Carlos V El Cesar Y El Hombre. Manuel Fernandez Alvarez

                                  

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CARLOS V EL CESAR Y EL HOMBRE

Parte II

Manuel Fernandez Alvarez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CONTENIDO

 

Prólogo

Introducción

La Europa recibida: de conde de Flandes a Emperador

El proyecto imperial (ideas, hombres, recursos)

La hispanización del Carlos V

El gran cruzado

El forcejeo por el norte

El hombre de Yuste

Epílogo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

§. Cortes de Castilla de 1537


Después de aquellas Navidades blancas, pasadas con su familia y al lado de su madre, en Tordesillas, Carlos V se trasladó con la Corte a Valladolid el 29 de diciembre de 1536, y allí permanecería hasta entrado el mes de julio[1075]. En un principio, como si sufriera un extraño estado de ánimo cercano a la depresión, se le vio rehuir los asuntos de Estado. Es cierto que en la Corte se suceden las fiestas, los torneos, los saraos y, por supuesto, las corridas de toros, a la usanza de la época. Pero Carlos V, que sufre un fuerte ataque de gota, que aun recordaría pasados los años en sus Memorias[1076], no tiene ánimo para aquellos regocijos cortesanos. Se le ve, por el contrario, aislarse y gustar tan solo de la compañía de su cosmógrafo Alonso de Santa Cruz. Es posible que hubiera llegado a sus oídos la teoría copernicana sobre el movimiento de la Tierra, que en 1527 tanto había asombrado en Roma al papa Clemente VII.

En ese tiempo —nos refiere el mismo Alonso de Santa Cruz—, como S. M. los más de los días estuviese mal dispuesto de la gota, holgábase en platicar con Alonso de Santa Cruz, su cosmógrafo mayor…, en cosas de astrología, y de la esfera, preguntándole siempre muchas cosas de filosofía natural y de la esfera, que trata de los movimientos celestiales, deseando mucho saberlo todo[1077].

En esa línea está su apatía ante las Cortes de Castilla convocadas en Valladolid, y que iniciaron sus sesiones en el mes de abril. Habían pasado los tres años que mandaba la tradición, desde las anteriores de Madrid de 1534, y por lo tanto se podía pedir el nuevo servicio a los procuradores castellanos, tanto más cuanto que la situación internacional no era nada buena. Se temía una contraofensiva francesa, envalentonado Francisco I por la retirada de Carlos V de 1536, así como deseoso de vengar la invasión imperial de Provenza; ataque que tanto podía descargar sobre Flandes como sobre el Milanesado. Desde Bruselas, María de Hungría no cesaba de pedir ayuda, temiendo la ruina de los Países Bajos y que fuesen tomados por los franceses. Ya el 8 de enero de 1537 informaba a su hermano cómo Francisco I, en cuanto supo que el Emperador había licenciado su ejército, había trasladado todas sus tropas a la frontera de Flandes. Y aquella amenaza cogía a la Gobernadora en la peor de las situaciones, desprovista de dinero y endeudada de tal forma que ya se habían gastado en la campaña de 1536 todas las rentas hasta 1539[1078].
Era ya el sistema de vivir sobre un crédito cada vez más alcanzado, con la carga de unos intereses elevadísimos por las sumas adelantadas por los banqueros.
No era mejor la situación en Castilla. Sin embargo, se haría un esfuerzo para mandar alguna partida de dinero a Bruselas. En efecto, el 26 de abril, María acusaría recibo de 100.000 ducados «que habían llegado en muy buena hora», pues ya los franceses habían iniciado sus ataques en la frontera[1079].
De hecho, ya en 1536 la Emperatriz se había visto en grandes dificultades para enviar dinero a Carlos V, logrando al fin despacharle 700.000 ducados. Se había llegado incluso a pedir dinero prestado a los particulares, pero solo entre los más allegados a la Corte: así, el cardenal Tavera había aportado 15.000 ducados, 6.000 el obispo de Sigüenza y 4.000 el conde de Osorno[1080].
Sin duda, las mayores esperanzas seguían puestas en las Indias y en el oro y plata que de allí pudieran llegar, sobre todo desde que en aquellos años se empezaron a sentir los efectos de la conquista del Perú.
Y en ellos confiaba siempre el Emperador, como cuando en 1536 escribía a Isabel:

Busque dineros de todas partes, y si Dios nos visita con unos del Perú, aunque sea de particulares, aprovechémonos dellos…[1081]

Esto es, el dinero que se conseguía de las Cortes, tenía un signo humano; procedía de la buena voluntad de los vasallos. Pero el que llegaba de las Indias, era otra cosa. En ello Carlos V, como ya lo había indicado por su portavoz en las Cortes de 1520, seguía viendo la mano de Dios.
Pero como nada bastaba, hubo que acudir de nuevo a las Cortes de Castilla. Las presidiría el cardenal Tavera, asistido por Francisco de los Cobos. Y fue Tavera el que pronunció el discurso de apertura. Objetivo principal: convencer a las Cortes castellanas que, pese al deseo ferviente del Emperador por acometer la empresa de Argel, la peligrosa animosidad de Francisco I le había obligado a desviar su esfuerzo, con la campaña de castigo sobre Provenza, porque el propósito del rey de Francia era ocupar Saboya —como lo había hecho—, para después invadir el ducado de Milán,

 y todo lo que pudiera de Italia y pasar a Nápoles y Sicilia…[1082]

Como se solía hacer en otras ocasiones similares, Tavera haría un recuento de todo lo que Carlos V había llevado a cabo, tanto para preservar la paz como para acometer la guerra. De ese modo, no faltaría la referencia a su discurso en Roma ante el Papa, el Colegio cardenalicio y el cuerpo diplomático allí representado

 para que fuesen a todos notorias sus justificaciones…

Un habla que ya corría por Castilla, de forma que quien quisiera la podía conocer,

 que está puesta en escrito…[1083]

Y lo que era peor: sin haber conseguido forzar al francés a la paz. Todo lo contrario, pues su alianza con el Turco agravaba la situación. ¡La marina turca había echado anclas en el mismo puerto de Marsella! Era la continua y estrecha inteligencia entre ambos, a la que habían querido incorporar a Venecia, aunque por fortuna encontrando una negativa.
En todo caso, la conclusión era clara: una doble amenaza se cernía sobre los Reinos de Carlos V, por lo que había ordenado nuevas levas de soldados y el tener a punto los presidios militares y las galeras.
Un cuadro sombrío, con una sola pincelada animosa: al menos, todo se hacía para que la guerra se llevase fuera de España:

… allá —en Lombardía— se les haga la resistencia y defensión y se sostenga la guerra fuera destos Reinos…

Eso sí, con unos gastos tan crecidos, que no bastaban las rentas regias, ni los apoyos de los otros Reinos, como Nápoles y Sicilia; máxime cuando era tanto lo que se debía que los intereses se comían ya buena parte de los ingresos:

… se debe grandes sumas de dineros y corren crecidos intereses…

Por ello, y puesto que la amenaza era tan grande y no de uno, sino

 de dos tan poderosos enemigos…

toda ayuda era poca.
Había, pues, que hacer un sacrificio para la seguridad de la Monarquía:

… la ayuda destos Reinos, que son el fundamento de todos los otros de S. M….[1084]

Y las Cortes de Castilla respondieron, otorgando un servicio de 204 millones de maravedíes a pagar en dos años[1085].
Ahora bien, se atrevieron a censurar el comportamiento del Emperador: que se dejara de aquellas aventuras fuera de España y que en lo sucesivo residiera en ella, pues era no poco lo que se había sufrido con su ausencia. La administración de la Justicia había dejado mucho que desear. Se había perdido el cuidadoso sistema selectivo de los funcionarios, que tanto habían cuidado los Reyes Católicos. Ni tampoco era bueno el estado de defensa de las fronteras ni de las costas. Se recuerda al César que era mala política apoderarse del oro de las Indias destinado a particulares,

 porque con el trato de las Indias se aumentan y enriquecen mucho estos reinos…, y haciendo lo contrario no habrá quien querrá tratar en las dichas Indias ni ir a ellas, ni los que allá están osarán ni querrán venir.

Se le advierte sobre el peligroso aumento de bienes en manos muertas, sobre los abusos de los alcaldes entregadores de la Mesta, del abandono en que se hallaban puentes y caminos por todo el Reino, de las excesivas talas de los montes, de los atropellos de los capitanes encargados de levantar nuevos soldados, de la necesidad de un mejor reparto de los tributos, del general encarecimiento de la vida, y de los muchos fraudes que se observaban en la industria de los paños.
Y también añadían aquellos procuradores una referencia a un problema del tiempo, a la vez económico y social: el de los hidalgos pobres

 que por no tener suficiente dote para casar a sus hijas, conforme a sus estados, las meten monjas[1086].

¿Quién no recuerda ahora aquella denuncia de Alfonso de Valdés, en su Diálogo de Mercurio y Carón, escrito pocos años antes, en el que presentaba el caso de «la monja desesperada»? Mas siguiendo con nuestro tema, debemos preguntarnos cómo tomó Carlos V las advertencias de las Cortes: que se corregirían los abusos denunciados, pero en cuanto a su permanencia en España, otra sería su respuesta. Aquello atañía directamente al concepto que el Emperador tenía de su cargo. De modo que, aunque su deseo era vivir en España, eso tenía que estar supeditado a sus deberes imperiales para toda la Cristiandad[1087].
Esto es, una vez más comprobamos que Carlos V, aunque cada vez más consciente de que en Castilla tiene la principal fuente de sus recursos, no se doblegaría nunca a sus peticiones de anclamiento en la meseta; en él primaría sobre todo lo que consideraba su obra imperial.
Él era y se sentirá siempre el Emperador de Europa.
Eso sí, sabía que era Castilla la que le proporcionaba los mejores y más fieles soldados para sus ejércitos y la que le otorgaba más generosamente sus servicios, o dineros; sin olvidar aquello que parecía un milagro: el oro de las Indias. Un oro cada vez más frecuente desde que en aquellos años treinta los conquistadores de las huestes de Pizarro y Almagro se apoderaban del fabuloso imperio de los incas. A partir de ese momento, Carlos lo estará siempre esperando, lo mismo a la hora de iniciar una de sus trepidantes jornadas, como la de Túnez, como cuando debe replegarse en retirada —tal, tras la desafortunada campaña de Provenza— y todo se le torna incierto. A ese respecto, es notable la carta que escribe a sus consejeros flamencos Nassau, Roeulx y Praet desde Génova, a mediados de noviembre de 1536, cuando está tratando de embarcar para España; a España, donde esperaba conseguir el apoyo económico que precisaba.
Y añadía:

… et sommes attendant et en espoir qu’il en viendrá du côté de Perou, que pourra beaucoup servir au propos[1088]

De hecho, las remesas indianas de oro y plata que llegan a Castilla en esos años son ya notables. Si en el lustro de 1526 a 1530 rondaban el millón de pesos de 450 maravedíes, en el de 1536 a 1540 esas cifras casi se cuadruplicarían, rozando los cuatro millones[1089].
Todo sería poco para afrontar la contraofensiva francesa, que se temía poderosa tanto sobre el Milanesado como sobre los Países Bajos. En el Milanesado contaba Carlos V con uno de sus mejores soldados, el marqués del Vasto, que defendería con éxito aquella frontera, recuperando incluso buena parte de las plazas que en el Piamonte había arrebatado Francisco I al duque de Saboya. Más amenazadora parecía la situación en la frontera de Flandes, después del fracaso de la ofensiva lanzada sobre París en el verano de 1536. María de Hungría había hecho sus cálculos sobre la esperanza de una campaña breve, una especie de blitzkrieg, encontrándose con que sus tropas eran incapaces de tomar una plaza secundaria como Peronne[1090]. Y eso cuando las noticias que llegaban de Copenhague tampoco eran buenas, haciendo más difícil el plan de colocar en Dinamarca a su sobrina Dorotea[1091].
Todo lo cual hacía más incierta la situación del frente, cuando apuntaba el verano de 1537. Comprendiéndolo así, Carlos V salió de su postración y, una vez terminadas las Cortes de Valladolid, se decidió a presidir las de la Corona de Aragón, convocadas en Monzón para fines de julio.
Pero antes, y esto es significativo, quiso volver a visitar a su madre en Tordesillas. Pedro Girón nos lo relata:

El Emperador, antes que partiese a las Cortes de Aragón, quiso ir a visitar a la Reina, su madre, y el miércoles cuatro de julio deste año fue a Tordesillas y llegado allá, se fue a su aposento y dende allí envió a decir a la Reina su venida. La Reina se vistió, comió y durmió y después le envió a llamar y estuvieron hablando más de dos horas. Y a la tarde, el Emperador cabalgó y se fue a pasear por la ribera de Duero, y a la noche estuvo con su madre. Otro día, jueves por la mañana, se partió…[1092]

Dejando Valladolid el 23 de julio, entraba el Emperador en Zaragoza diez días después, alojándose en la Aljafería. Cierto, no se resistiría a su pasión favorita de la caza en aquel viaje, pero siempre y cuando no le hiciera perder jornada en su caminar[1093].
¿Olvidamos lo que dejaba atrás? ¿Olvidamos a la Emperatriz que quedaba en Valladolid? ¿Cómo tomaba Isabel la nueva marcha de Carlos V? Pedro Girón, el fidedigno cronista, nos lo dirá:

La Emperatriz sintió mucho la partida de S. M., y ni aquella semana ni la siguiente no quiso hacer consulta de Justicia, y el jueves 19 de julio tuvo un vaguido de cabeza y un vómito, pero luego estuvo buena[1094]

La Emperatriz con vómitos y desmayos. Era lo suyo, pues otra vez estaba embarazada, como el propio Emperador nos recuerda en sus Memorias, con el rudo lenguaje de la época:

S. M., dejando a la Emperatriz preñada, se fue a Monzón, donde tuvo las Cortes…[1095]

El 10 de agosto entraba Carlos V en Monzón, donde se hallaban ya los representantes de los tres Reinos, tanto de las ciudades como de la nobleza y del clero. Fueron unas Cortes laboriosas, difíciles, que pusieron a prueba la paciencia del Emperador. Y hasta tal punto que cuando su hermana María se le quejaba por aquellas fechas de Granvela, Carlos le respondería que muchas veces había que tener paciencia y disimular, como lo hacía él con las Cortes aragonesas,

 que je donne au diable[1096].

Sin embargo, la queja de María respondía a una realidad: la impertinencia que observaba en Granvela, al inmiscuirse en asuntos del gobierno de los Países Bajos, lo que hería a la Reina, como Gobernadora que era de aquellos Estados.
¿Qué estaba pasando en el entorno de Carlos V, para que el César lo permitiera? Porque la realidad sería que el Emperador, en vez de apoyar a su hermana, le echaría una seria reprimenda: con pluma apasionada, incluso airada, le diría que le ofendía si creía que consentía que nadie hablase mal de ella en su presencia, y que aún era peor si le tenía por tan torpe que no supiera cuando tal ocurría, aunque fuese con disimulo.
Se trata de una fricción pasajera entre los dos hermanos sin otro valor que darnos esa pista sobre cómo veía el Emperador las Cortes de la Corona de Aragón, tan distintas a las de Castilla, y también porque nos prueba el grado de privanza que estaba adquiriendo entonces Nicolás Perrenot de Granvela. Y así llega a decir a su hermana:

… et si vous n’en avez le contentement qui est de raison, puisque il[1097] manie mes affaires et je les passe par ses mains, et il les traite avec vous et autres mes ministres[1098]

El malestar de María arrancaba de que aspiraba a representar un papel principal en la nueva paz con Francia, en negociación directa con su hermana Leonor, la Reina Cristianísima, al modo como en 1529 lo había hecho la tía Margarita de Austria con Luisa, la reina madre de Francia. Hubiera sido la justa réplica a la paz de las Damas. Pero Carlos V no iba a conceder a su hermana el protagonismo que había permitido a su tía. En la mente tenía una entrevista personal con Francisco I, y por eso prefiere que los preámbulos fueran llevados desde su propia Corte, delegando en sus consejeros inmediatos, Granvela y Cobos.
Por lo demás, Carlos V ha depositado tanta confianza en Granvela que incluso lo que antes trataba directamente con su hermana María, referente a los Países Bajos, ahora pasa por las manos del ministro, que era lo que tenía tan quejosa a la Reina. No era una privanza exclusiva. Granvela había sabido apoyarse en otro ministro, en este caso español, que además de intervenir en las cuestiones internas de la Monarquía, ahora lo hacía también en la política exterior. Ese ministro era Francisco de los Cobos.
En efecto, por aquellas fechas se ve a los dos ministros en tan perfecta armonía que incluso mandan un memorial al Emperador para marcarle pautas de conducta en las relaciones con el norte de Europa, en particular con el duque de Clèves, con el que no se debía emplear la fuerza.
Y terminan:

Ce que dessus pesé, consideré et examiné entre nous, a semblé convenir[1099]

¿De dónde partía esa armonía? Era el propio Emperador quien había designado a los dos, para que negociasen una posible tregua con Francia. De hecho, tanto el resultado de las armas en los dos frentes italiano y flamenco como la falta de recursos invitaban a ello por las dos partes[1100]. Ya María de Hungría había negociado treguas con el Delfín Enrique, en la frontera belga, con la esperanza de que fuesen generales[1101]. Por su parte, Francisco I había designado a dos de sus principales consejeros, el cardenal de Lorena y a Montmorency, como sus representantes para las entrevistas que habían de tener con la comisión imperial entre Narbonne y Perpiñán.
Ahora bien, lo cierto es que tanto Granvela como Cobos empiezan, a partir de ese momento, una actuación en plena armonía que iba mucho más allá de lo que les correspondía como miembros de aquella comisión.
En esa armonía había también una división de influencias: para Granvela, todo lo que se refería a Europa; para Cobos, todo lo tocante a Castilla. Tal se desprende de lo acordado entre ellos, como lo prueba la documentación de Simancas, referente a cómo se había de despachar al embajador Cornelio Schepper mandado por María de Hungría:

… no hay otra cosa que hacer por agora —se acuerda entre los dos consejeros— sino ordenar el despacho de Cornelio, en el cual entenderé yo, Granvela, entre tanto que yo, Cobos, entiendo de los negocios de Castilla[1102].

Pues una cosa hay que destacar: los grandes consejeros flamencos del Emperador de los años veinte —incluidos el propio Gattinara, tan recomendado por Margarita de Austria—, han dado paso a los españoles y a ese representante de un linaje del Franco-Condado, cabeza de una serie de ministros que seguirían dando juego ya a lo largo del reinado de Carlos V e incluso de su hijo Felipe II; no olvidemos que el hijo de Nicolás Perrenot de Granvela sería Antonio, el futuro y famoso cardenal Granvela. Por supuesto, en los Países Bajos seguiría a su frente y como Gobernadora María de Hungría, con sus consejeros flamencos, en Italia continuaremos viendo a grandes personajes italianos, como el marqués del Vasto y como Ferrante Gonzaga. Pero en España y al lado del Emperador, lo mismo que en los reinos italianos, solo españoles, como Cobos y Tavera, junto con ese linaje de los Granvelas.

§. Cortes de Monzón
Mientras tanto, tenían lugar en Monzón las Cortes generales de los tres Reinos aragoneses, donde Carlos V había llegado el 10 de agosto.
Tres días después, y en la iglesia de Santa María, tendría lugar el discurso de la Corona ante los síndicos de las principales ciudades aragonesas, catalanas y valencianas y ante lo más granado de la nobleza y del clero. Allí estaban el duque de Cardona, los condes de Ribagorza y Cocentaina, junto con los representantes de los más altos linajes: los Palafox, Gurrea y Vilanova. Entre el alto clero, los arzobispos de Zaragoza y Valencia y los obispos de Huesca, Vich y Gerona, junto con los abades de los monasterios de Ripoll y Montserrat, y los procuradores de la Orden militar de Montesa. En suma, un despliegue impresionante de personalidades de aquellos tres reinos de Aragón que llenan cuatro páginas de la Crónica de Dormer[1103]. Tan magna representación, añadida a sus particulares fueros, era lo que hacía tan difíciles las negociaciones del Emperador, tan lentas y desesperantes, hasta el punto de provocarle aquella queja:

… que je donne au diable.

En su discurso ante las Cortes, Carlos V —con el tono personal que solía usar ante ellas— les recordó todos sus esfuerzos y todos sus sacrificios para el buen gobierno de sus pueblos. Destacaría, por supuesto, la peligrosa campaña de Túnez, en su lucha contra el Islam, combatiendo allí a Barbarroja. No escondería que había aplazado la otra gran empresa en el Mediterráneo, la empresa de Argel; el Emperador sabía muy bien que eso era lo que más preocupaba a aquellos súbditos, como los que más sufrían las terribles incursiones de Barbarroja:
Quise volver a estos Reinos —les dirá—, así por estar y descansar en ellos y entender y mirar continuamente en la buena gobernación y tratamiento de nuestros leales súbditos y vasallos, y también para aprestarme para la empresa de Argel
La empresa que tan de cerca tocaba a la Corona de Aragón. Y Carlos lo entiende así y lo reconoce públicamente:
… por acabar de quitar de la vista destos Reinos la molestia que los enemigos desde allí, a causa de estar muy cerca, suelen dar.
No había podido ser. Al igual que ante las Cortes de Castilla, Carlos V recordaría lo que lo había imposibilitado: el estar ya la estación muy gastada («el verano estaba adelante»), el carecer del aprovisionamiento necesario y las enfermedades que habían mermado al ejército. Quedaba en pie la pronta vuelta a España, pero ¿cómo podía dejar sin visitar a sus Reinos de Nápoles y Sicilia, siendo la tercera vez que ponía sus pies en Italia? Eso no hubiera sido justo, si quería proceder
… cumpliendo con la obligación de buen Príncipe…
Y así, las cosas se fueron complicando, pues tras esas dos visitas, con las correspondientes convocatorias de Cortes (eso sí, recibiendo una generosa ayuda, «el mayor donativo que hasta entonces se había hecho»), vino la mala nueva de los aprestos franceses para renovar la guerra; de donde todos los esfuerzos del Emperador para preservar la paz, incluida la visita al Papa en Roma, parecían baldíos.
En ese momento, Carlos V volvería a rememorar su habla ante el Papa de abril de 1536:

… deliberamos de hablar públicamente al Papa, en presencia de todo el sacro Colegio de Cardenales y de los Embajadores del rey de Francia y de otros Príncipes y potentados…

¿El motivo? Dar cuenta pormenorizada de las relaciones entre los dos rivales, con las continuas agresiones del francés desde 1521, para justificar su conducta: de cómo siempre había querido la paz y siempre había sido hostigado con la guerra. De forma que, y puesto que tampoco nada había conseguido en aquella ocasión, había decidido invadir Francia:

… determiné de pasar los Alpes y entrar con mi ejército por la Francia…

En suma, Carlos no escondería nada, ni siquiera la poca venturosa campaña de Provenza, donde había tratado de entablar combate con el rey francés, sin conseguirlo. Y así, regresando a Italia y dejando allí las cosas a buen recaudo, para la defensa del Milanesado, se había vuelto a España. Y ello en pleno invierno.
Aquí importa el testimonio de Carlos V por el peligro pasado:

… aunque el invierno estaba muy adelante para navegar, con todo eso nos embarcamos y pasamos la mar, con las dificultades que sabéis…

Esas eran las últimas peripecias pasadas, y el futuro no se presentaba más prometedor, por la terrible conjunción de las fuerzas del Turco con el francés. Carlos no podía dejar en silencio aquella traición a la Cristiandad, aquella increíble alianza:

… sabíamos que el rey de Francia tenía con el Turco continua y estrecha inteligencia y confederación…

Se intercambiaban embajadas, se unían sus armadas, se repartían el botín que ganaban

 partiendo entre sí los robos que hacían a los cristianos…

Incluso se había visto a las galeras turcas invernar en Marsella.
Por todo ello, y conociéndose los intentos franceses para atacar por todas las fronteras, en Flandes como en Milán, en Navarra como en Cataluña, era necesario acudir a todas partes para poner el debido remedio.
Flandes, Milán y Navarra en peligro. Pero también Cataluña. ¿Cómo no destacar ahora el esfuerzo de Castilla, cuando había sido tan notorio, enviando tropas a aquella frontera? Carlos V lo proclamaría:

De Castilla hicimos venir la gente que habéis visto pasar para la defensa de Perpiñán…

Era como la última reflexión, para invitar a las Cortes aragonesas a una pronta y buena ayuda[1104].
No muy pronta, pues hubo de pasar aquel verano y buena parte del otoño. Pero, al fin, Carlos V algo consiguió: 600.000 libras jaquesas de 340 maravedíes y en esta proporción: 100.000 a cargo del reino de Valencia, 200.000 al de Aragón y 300.000 al Principado de Cataluña. Es cierto que cuatro novenas partes debían dedicarse a pagos de funcionarios y a mercedes varias, pero aun así, restarían 333.000 libras jaquesas para la Hacienda real.
Tras lo cual, Carlos V renovó sus juramentos de observancia de los Fueros de aquella Corona aragonesa y licenció las Cortes.
Era a mediados de noviembre. Fue entonces cuando un correo, despachado a toda prisa desde la corte de Valladolid, daba a Carlos V una noticia inquietante: la Emperatriz había dado a luz un hijo, de cuyo parto no acababa de recuperarse[1105]. Dejándolo todo, Carlos V regresó por la posta a la villa del Pisuerga lo más rápido que pudo: el 19 estaba en Zaragoza, el 20 en Almazán, el 24 en Aranda y el 27 entraba en Valladolid[1106].
Pero no sería por mucho tiempo. Las nuevas que le llegaban de Cataluña eran acuciantes, y para sus planes en política exterior, esperanzadoras: Francisco I se acercaba con su Corte a Provenza. Una entrevista tan deseada por el Emperador, como medio más eficaz de conseguir una pronta y estable paz, resultaba factible.
Y de ese modo, Carlos V dejaría de nuevo su hogar, posponiendo sus sentimientos personales a sus deberes imperiales, no sin gran pena de la Emperatriz, que le suplicaba que al menos pasase aquellas Navidades con ella en Valladolid:

Todo este tiempo la Emperatriz estuvo muy triste…[1107][

Y hasta el punto que dejó sus galas y se vistió de negro como si estuviera de luto. Tal era su pena[1108].

§. Negociando la paz, bajo el arbitraje de Paulo III
María de Hungría, en sus negociaciones de paz con el Delfín Enrique de Francia, había acordado enviar un emisario especial al Emperador, que pudo atravesar toda Francia, con el oportuno salvoconducto. Sería la misión de Cornelio Schepper. A su paso por París, Schepper apreció claros signos de que aquella Corte deseaba la paz, y así se lo hizo saber a Carlos V, quien ya —disipados en buena medida sus recelos iniciales ante la iniciativa de su hermana María—, le autorizó a proseguir sus negociaciones cerca de Francisco I. A su vez, el rey francés mandaría su propio embajador especial a la Corte del Emperador: Claude Dodieu, señor de Vely. El resultado sería acordar treguas por seis meses y entablar conversaciones para la paz entre dos comisiones hispano-francesas en un lugar cercano a la frontera catalana; los comisionados serían el cardenal de Lorena y Montmorency por parte de Francia, y Granvela con Cobos, por la parte imperial. Para entonces, ya se había perpetrado el ataque turco al sur de Italia que tanta repulsa había tenido en la Cristiandad, provocando la necesidad de una Liga para hacer frente a esa amenaza. Para ello, la paz entre los dos Príncipes más poderosos de la Cristiandad era imprescindible, aunque no fuese fácil resolver sus diferencias: Carlos V exigía al francés que devolviese el Piamonte al duque de Saboya, y Francisco I aspiraba a volver a señorear el ducado de Milán, al menos como prenda en manos de uno de sus hijos.
En cuanto a España, los deseos de paz eran tan grandes que llevarían a la Emperatriz a presionar al César con los más apretados términos:

Aunque yo sé que por parte de V. M. —le escribía a principios de 1538— no se dexará de hacer todo lo que la razón y la honestidad pide, todavía le suplico que esté en ello, como tan católico príncipe y tan llegado a la razón; que todo el mundo vea y conozca que por V. M. no se dexa de efectuar cosa de tanto servicio de Nuestro Señor y bien universal de su religión cristiana[1109].

Fueron negociaciones muy laboriosas, encerradas cada una de las partes en sus exigencias y en sus rechazos. Carlos V persistía en su deseo de una entrevista con su rival, a lo que Francisco I se resistía. El Emperador la había tenido por tan segura, que había arrastrado consigo a lo mejor de la nobleza española, junto con un impresionante equipo regio. Nada menos que ciento cincuenta carretas habían sido necesarias para transportar los tapices y todo el equipamiento con que el Emperador quería deslumbrar al francés[1110]; pero para ello era preciso que la entrevista en la cumbre fuera una realidad. Eso sí, conforme a lo que consideraba como su obligación frente a los pueblos que regía, Carlos V aprovechó aquellos meses, de 1538 para visitar Cataluña, acercándose a la frontera francesa y yendo dos veces a Gerona, donde sería aclamado[1111]|.
Pero, de momento, la deseada cumbre parecía un sueño inasequible.
Fue entonces cuando el papa Paulo III se decidió a intervenir, de forma personal y directa[1112]. Ya a principios de febrero de 1538 se había formado la Santa Liga con el Emperador, su hermano Fernando y la propia Venecia, enfurecida esta por los ataques turcos a sus posesiones del mar Egeo. Una Liga que precisaba el respaldo de la paz en la Cristiandad. Animado de ese deseo, Paulo III acudió a Niza convocando allí a los dos rivales. Ya en el mes de marzo el acuerdo con el Emperador parecía era completo, animado además Paulo III porque conocía la decisión de Carlos V de acometer la cruzada contra el Turco, poniendo en ello su propia persona. De forma que hizo saber al embajador francés en Roma que también esperaba ver a Francisco I,

 advirtiéndole que en caso que no viniese, S. M. y la M. Cesárea no faltarían de abocarse y tratar y dar orden en los negocios de la Cristiandad…[1113]

Abocamiento que Carlos V no dudaría, al contrario que Francisco I.
Estaba tan deseoso de dar aquel paso, que de nada servirían las advertencias que desde Castilla le mandaba la Emperatriz, en cuanto a los peligros y gastos que su pasada a Niza traería consigo:

… como V. M. está tan prendado —es el comentario resignado de Isabel—, no hay que decir en ello, sino que quedo con el cuidado que V. M. puede juzgar[1114].

De nuevo se discute en la Corte castellana cuáles serían los medios mejores para mandar dinero al Emperador. Nuevamente se platica sobre la conveniencia de pedir dinero en préstamo a particulares, y de los riesgos de echar mano al dinero que llegaba del Perú. Otra vez se despachan cédulas de cambio libradas sobre mercaderes. A mediados de abril se han enviado al César 177.000 ducados y están a punto de mandársele otros 80.000, aunque existían dudas y se procuraba excusar esta última partida, «porque es grande el interese que estos genoveses ganan en estos cambios, y sería bien que se excusase si ser pudiese»[1115]. Pero aun eso era insuficiente para los gastos del cortejo imperial, y a ese dinero hubo de seguir otra partida de 50.000 ducados. Era la total ruina de Castilla, falta de un estamento que pudiera defenderla de las continuas exigencias imperiales. La Emperatriz anuncia el envío del dinero, al tiempo que se lamenta inútilmente:

Pero es bien que sepa V. M. que todo lo de acá queda acabado, y que esto que agora se toma ha de faltar para el sostenimiento del Estado, y que, como se ha escrito a V. M., ni para ello, ni para las guardas, galeras, África y otras cosas que ordinaria y extraordinariamente se suelen proveer, no hay manera de dónde ni cómo se haga, porque, se ha escrito a V. M., las rentas reales están libradas hasta el año de 1540[1116].

Tampoco había sido bien acogida la decisión del Emperador de tomar a préstamo las remesas indianas que habrían llegado para los particulares:

Escriben de Sevilla —le diría la Emperatriz— que andan por las iglesias retraídos, clamando de lo que con ellos se hace[1117].

Lamentos que no harían mella en el Emperador, siempre imbuido de su creencia de que su obligación era velar por toda la Cristiandad, y que en aquella hora lo que importaba era la paz con Francia para acometer la gran cruzada contra el Turco. Por ello, decide realizar su travesía por el Mediterráneo, para acudir a la cita que le propone Paulo III.
El 25 de abril embarcaba en Barcelona en las galeras de Andrea Doria, acompañado de lo más granado de la nobleza castellana: con él iban los duques de Alba, Alburquerque y Nájera, el conde de Benavente y el marqués de Aguilar. También, por supuesto, sus dos principales consejeros, Francisco de los Cobos y Nicolás Perrenot de Granvela.
Fue un viaje azaroso, por los malos vientos y porque de improviso, al costear el litoral francés, se vio la armada imperial acosada por unas galeras francesas, que rompían de ese modo las treguas acordadas[1118].

§. Treguas con Francia
El 9 de mayo llegaba Carlos V a Villefrance, lugar cercano a Niza. Para entonces, ya estaba Paulo III en Savona. Díez días después, Carlos V se entrevistaría con Paulo III; era la segunda vez que se reunía con el Papa, dos años después de su visita a Roma. Más trabajo le costó moverse a Francisco I, y solo la amenaza del Papa de llegar a un pleno acuerdo con el Emperador sin contar con él, fue lo que le decidió a acercarse con su Corte, poniéndose en Villeneuve. Pero Paulo III no consiguió reunirse con ambos soberanos a la vez, sino solo por separado. Ni tampoco que cedieran en sus pretensiones. Únicamente que acabaran acordando unas treguas por diez años.
Sin duda, Paulo hubiera deseado bastante más, después de tantos esfuerzos personales en pro de una paz duradera. Pero era algo, de modo que aun así se mostró tan contento, casi como cuando había sido elegido Papa[1119].
Eran las tablas diplomáticas, como las enjuiciaría el gran historiador Jover Zamora, en correspondencia con las bélicas a que habían llegado los dos rivales[1120]. Y aunque ambos soberanos no se entrevistaran en Niza, con el Papa, fueron frecuentes los puentes tendidos por Leonor, aprovechando su condición de reina de Francia y de hermana del Emperador. Por dos veces acudió Leonor a Villefrance, «para poder ablandar y conciliar más las voluntades del Emperador su hermano y del rey su marido», como Carlos V recordará en sus Memorias[1121]. Por su parte, Cobos invitaría al cortejo de la Reina, incluida la propia dama favorita del Rey, madame d’Étampes[1122].
En cuanto al Emperador, acompañaría a Paulo III hasta Génova, continuando sus conversaciones sobre el futuro Concilio, así como sobre la suerte de la Santa Liga concertada con Venecia contra el Turco. También se estrecharon los lazos de una alianza familiar, concertándose el matrimonio de su hija natural Margarita —viuda ya de Alejandro de Médicis— con Octavio Farnesio, hijo de Pedro Luis Farnesio y nieto, por tanto, de Paulo III. Además Carlos V obtuvo del Papa los ingresos por cinco años de la Bula de la Cruzada, que se cifraban en unos dos millones de ducados. Pero no consiguió que renunciara a la neutralidad; antes al contrario, su Nuncio hizo saber a Francisco I que estaba dispuesto a establecer parecida alianza familiar con la Corona de Francia[1123].

§. Las vistas de Aigues-Mortes
Lo que no logró Paulo III lo iba a conseguir Leonor de Austria, pidiendo a Carlos V, su hermano, que aceptase la invitación oficial de Francisco I, para que a su regreso, tocara en la costa francesa. Sería, al fin, la entrevista en la cumbre por la que suspiraba Carlos V.
Se fijó el sitio de Aigues-Mortes, pequeña villa enclavada al occidente del gran delta del Ródano. Allí llegaba el 14 de julio la flota imperial. En un principio, no sin grandes dudas por parte de Carlos V. ¿Qué garantías tendría, caso de desembarcar en Francia? ¿No estaría Francisco I tentado a poner mano sobre la persona imperial? No muy seguro de las intenciones francesas, Carlos V envió al duque de Alba, a Cobos y a Granvela, con la misión de proponer a Francisco I que se acercara con su flota, realizándose la entrevista desde las dos galeras soberanas. Pero aquella proposición se vino abajo por un gesto imprevisto del rey francés. Francisco I se aproximó con su cortejo en pequeñas embarcaciones para cumplimentar a Carlos V,

el cual —nos recuerda Carlos V en sus Memorias—, para pagar tan gran cortesía y demostrar la misma confianza, fue también a visitar al rey en la misma villa de Aigues-Mortes, donde estuvo hasta el día siguiente, muy bien tratado y festejado[1124].

De ese modo, el gesto de Francisco I provocó las amistosas jornadas de Aigues-Mortes, que trajeron como una sensación de alivio. Lo que no habían conseguido los diplomáticos de oficio parecía que lo iban a lograr los lazos tendidos entre los dos soberanos. No fueron aquellas jornadas de negociaciones, sino de fiestas y banquetes.
En un ambiente cortesano y caballeresco, se sucedieron los alardes de distinción, como si ambos soberanos quisieran hacer olvidar tantas guerras pasadas y tantas ofensas intercambiadas. Al contrario, ahora rivalizarían en muestras de afecto, incluso más por parte del Rey francés, que llevaría en este caso la iniciativa, tanto en la visita personal que hizo a la galera del Emperador, quedando así a su merced y obligándole a responder con la visita posterior de Carlos V a tierra francesa, como en el trueque de presentes. Y así, sorprendido Carlos V por el regalo de Francisco I de un valiosísimo anillo de diamantes, tendría un gesto propio de él: se quitaría su collar de la Orden del Toisón de Oro para ponérselo a su antiguo rival, quien a su vez daría a Carlos el collar de la Orden de San Andrés[1125].
Como si una euforia general se apoderase de los principales personajes de aquel drama, trascendiendo después al gran coro, todo el mundo se llenó «de una cierta esperanza de paz perpetua», como comenta el cronista[1126] Una gran alegría se difundió por aquellos sufridos pueblos, después de tantos sacrificios como les había reportado la obstinada rivalidad de sus monarcas. Si ahora aquella enemistad se trocaba en alianza, cabía esperar que se sucediera una verdadera edad dorada. Y Carlos V se apresura a comunicárselo a la Emperatriz, aun con los cuidados de aquellas inciertas horas.


He holgado en gran manera —sería el comentario de Isabel— en saber tan particularmente lo que pasó en las vistas con el rey de Francia, en que se conosce bien haber sido guiadas por Nuestro Señor, pues tan buen suceso han tenido… Y V. M. con razón debe tener contentamiento de lo fecho, pues con haberse acabado esta amistad, que tan necesaria era, 
se debe esperar que Dios ha de ser muy servido y la Cristiandad reparada[1127]
.

Unas fiestas cortesanas en las que se entrecruzaron los intereses políticos con los asuntos personales, y aun amorosos, si hemos de creer a testigos de aquella jornada.
En efecto, Francisco I no se recataba en ir acompañado de su amante, la hermosa madame d’Étampes. Y a causa de ello, Leonor de Austria, al sentirse postergada y ofendida, pidió a su hermano que festejara en público a la hermosa francesa. Y Carlos V no lo dudó y en la misma recepción galanteó a madame d’Étampes, diciéndole que también quería rivalizar con Francisco I en aquel dulce terreno[1128].
En todo caso, el cortejo francés causó sensación entre los españoles, por la atrevida moda de sus mujeres principales:
Estas damas —comentaría Pedro de Gante— traen los pechos de fuera… ¡No son tan mesuradas como las nuestras![1129].
Y añadamos una anécdota bien reveladora del sentimiento que provocaban tantas guerras encadenadas entre Francisco I y Carlos V. En una de aquellas entrevistas de Aigues-Mortes, el César no pudo menos de exhortar de este modo al Delfín, el futuro Enrique II:
Señor, no seáis vos y mi hijo tan locos como vuestro padre y yo lo hemos sido[1130].

Capítulo 8
El último cruzado. La Santa Liga

El 20 de julio de 1538 Carlos V desembarcaba en Barcelona. Regresaba satisfecho, no tanto por las treguas conseguidas como porque la doble entrevista con Francisco I le había dado la impresión de haber conseguido su amistad. A fin de cuentas, era la primera vez que se habían entrevistado en libertad, yendo el uno a los dominios del otro, y siendo tratado cada uno por su adversario con la más extrema cortesía y liberalidad. Era todo un mundo caballeresco desplegado, en el que no faltaron las fiestas y los banquetes.
Aquella atmósfera, aparentemente tan cordial, ilusionó al César. Seguro también del apoyo del Papa, pudo pensar en acometer la Cruzada. Se repetían las jornadas de 1535, cuando tras el ataque de Barbarroja al sur de Italia, Carlos V había logrado galvanizar a media Cristiandad, para acometer la empresa de Túnez. Y dado que el nuevo ataque de las galeras otomanas al reino napolitano se había producido en el verano de 1537, y puesto que la diplomacia imperial, junto con la pontificia, había logrado cuajar la Santa Liga (con Venecia y contando con la ayuda del rey de Romanos), todo parecía favorecer los planes de Carlos V: al fin, poder asumir personalmente la gran cruzada contra el Turco.
Como escribiría en la primavera de 1538 el marqués de Aguilar a María de Hungría desde Roma:

… la empresa contra el Turco en la cual S. M. quiere ir en persona…

Pero antes, Carlos debía regresar a España. 1538 sería el año de los tanteos por mar y por tierra en el cuerpo del imperio otomano, a cargo de las galeras de Andrea Doria y de los tercios viejos de Francisco Sarmiento, que luego comentaremos, para la gran acción que se preparaba para 1539. Y antes, Carlos V tenía que volver a Castilla, tenía que convocar las Cortes castellanas, tenía que enfervorizar a sus gentes, a la nobleza para que le acompañase en la empresa, al clero, por sus oraciones, y al pueblo, que a fin de cuentas era el que proporcionaba los formidables tercios viejos. Y a todos, para que diesen, sin escatimar sacrificios, su dinero.
Carlos V había dejado en Castilla a la Emperatriz como Gobernadora. Era la quinta vez que lo hacía, pues a las dos ausencias suyas de 1529 y 1535, hay que añadir las breves salidas de 1537, a las Cortes de Monzón, y las de 1538, con motivo de las entrevistas de Niza y de Aigues-Mortes[1131].
Aquel verano de 1538 Carlos V lo pasó en Valladolid, con su esposa e hijos. Desde allí, convocó Cortes generales en Toledo para el otoño, enviando cartas no solo a las ciudades, sino también a la alta nobleza y al clero[1132].
Y, como ya era costumbre en él, antes de abandonar Valladolid pasó a visitar a su madre, la reina Juana, en Tordesillas, pernoctando allí la noche del 20 de septiembre[1133].
Y eso es algo digno de anotarse pues en ese tiempo vemos al Emperador tomar como costumbre su visita, año tras año, a la pobre reclusa de Tordesillas. Era como si la Reina doña Juana, pese a su postración mental, todavía pudiera bendecir y dar alientos al Emperador, para que prosiguiese con sus esfuerzos en pro de la Cristiandad.
De Tordesillas, Carlos V seguiría con la Emperatriz a Toledo, en aquellos primeros días de otoño de 1538. Pasando Somosierra el 26 de septiembre, entraba el César en Madrid el 2 de octubre, en cuyo alcázar descansaría unos días; no olvidándose, eso sí, de las jornadas de caza que le brindaban los boscajes de El Pardo[1134].

§. Las polémicas cortes toledanas de 1538
El 23 de octubre entraba en Toledo, donde había convocado Cortes generales. El motivo, no solo dar cuenta de sus proyectos de cruzada a toda la nación castellana, sino obtener más y más dineros.
Pues, evidentemente, la situación económica no era buena; tal era el informe dado por Francisco de los Cobos, desde su puesto del Consejo de Hacienda, para presentarlo a las Cortes.
Como si se tratara de un plan quinquenal, Cobos hizo un presupuesto de los gastos e ingresos hasta 1542, inclusive, señalando el creciente empeño de la Corona. Los gastos ordinarios anuales ascendían a 1.030.000 ducados, es decir, 456.256.000 maravedíes, en los que no se incluían los altos intereses que se pagaban a los banqueros por sus préstamos, intereses que alcanzaban 140.000 ducados anuales (42.500.000 maravedíes). Para atender a esos gastos, los ingresos propios de la Corona eran totalmente insuficientes, aun contando con el servicio votado por las Cortes de 1537, que llegaban hasta 1539 inclusive. De forma que en 1538, el déficit era ya de 520.000 ducados, a los que había que añadir los de los años sucesivos, lo que haría que en 1542 alcanzase la cifra de 3.153.000 ducados.
Ahora bien, dado que la Corona adeudaba a los banqueros la cantidad de 1.120.000 ducados, cuyo interés anual ya hemos visto que ascendía a 140.000, el total de la cifra que había que alcanzar para poner la Hacienda real a flote era de 4.273.000 ducados, es decir, 1.601.365.000 maravedíes, cifra verdaderamente alta; y más que alta, inasequible para las posibilidades fiscales de la época. La situación parecía mucho más crítica si se la comparaba con el buen estado de la Hacienda real en el período inmediatamente anterior. En solo cuatro años, la campaña de Túnez, la tercera guerra con Francia y los gastos del desplazamiento imperial a Niza y Aigues Mortes habían provocado aquel tremendo desbarajuste económico[1135]. Ello cuando la perspectiva de acaudillar la Cruzada de la Cristiandad contra el Turco imponía nuevos gastos extraordinarios. ¿Cómo hacerlo, sin antes desentrampar a la Corona? Para ello había un remedio casi desesperado: no solo que los procuradores de las ciudades votasen nuevos impuestos, adelantando la convocatoria del nuevo trienio (correspondiente al período 1540-1542), sino haciendo un llamamiento general al reino de Castilla. Que las clases más poderosas, pese a sus privilegios, cooperasen para liberar al Emperador de aquellas trabas económicas.
Pero ocurrió que la alta nobleza castellana, reunida en Toledo, por una gran mayoría, va a decir al Emperador que el mejor medio de remediar su penuria económica era cambiando su política exterior, que a las continuas guerras sucediera una paz general, a los constantes desplazamientos de la Corte, el afincamiento definitivo en los reinos hispanos, y al derroche del boato imperial, la vuelta a las costumbres más austeras, tradicionales en Castilla.
La expectación provocada por la convocatoria imperial fue grande en Castilla; y también el temor, pues ya se había hecho pública la noticia de la firma de la Santa Liga con Roma y Venecia, y podían sospecharse sus alcances: acción en el Mediterráneo oriental a favor de las amenazadas colonias de la República veneciana. Ahora bien, Castilla suspiraba por el ataque a la plaza de Argel, aquel nido del corsario Barbarroja, que tenía en vilo a las poblaciones del litoral levantino y meridional español.
Por su parte, deseosa de manifestar su descontento, la mayoría de la alta nobleza acudió al llamamiento imperial. Muy pocos fueron los que faltaron, como el Almirante, el duque de Medinaceli, el marqués de Astorga, don Juan Manuel y los condes de Feria y de Alba de Liste, quizá por sus enfermedades o por temor de verse comprometidos. Se hallaron también ausentes aquellos que por sus cargos estaban lejos de Castilla, como don Pedro de Toledo, virrey de Nápoles; el marqués de Aguilar, embajador en Roma y el marqués de Cañete, virrey de Navarra. Pero asistieron los más, encabezados por el condestable de Castilla, don Pedro Fernández de Velasco, y los duques del Infantado, Alba, Medina-Sidonia, Nájera, Béjar, Alburquerque y Sessa; en conjunto, más de setenta personajes de aquella alta nobleza, cuyos nombres nos transmite la documentación del tiempo[1136].
También fueron convocados los representantes del alto clero, en las figuras de sus prelados, indicándoseles de antemano en la carta convocatoria «lo gastado y consumido» del patrimonio real, y la necesidad de saber

lo que vos por vuestra dignidad y vuestra iglesia por su parte, podríades ayudar.

Asistieron veinte prelados, y a su cabeza el arzobispo de Toledo, cardenal Tavera. Sin mayores dificultades aprobaron que el socorro solicitado por el Emperador podía obtenerse a través del impuesto de la sisa, «siendo temporal y moderada y en cosas limitadas». Era proponer la sisa en pesos y medidas, de lo que se vendiera en determinados alimentos y telas para vestidos[1137].
No iban a transcurrir tan fácilmente las cosas en la congregación de nobles.
El Condestable fue el primero que se manifestó en contra de la sisa, considerándola como algo que atentaba a los privilegios de la nobleza y en contra de las leyes del Reino, aunque reforzando esta defensa de los intereses de su clase, con otra más generosa en pro de la gente humilde, muy trabajada y consumida por toda clase de impuestos, y a la que la sisa sobre la comida y vestido acabaría de deshacer. En clara advertencia, que sonaba más bien a amenaza, recordó el Condestable que menores novedades habían provocado anteriores levantamientos, de los que la misma Toledo había sido la principal protagonista, como había ocurrido en tiempo de las Comunidades, con harto peligro de que el César perdiera el reino:

si Dios no lo remediara y en ello nosotros no pusiéramos el cuidado que debíamos.

Que hablara en términos tales la principal espada que había vencido a los comuneros, era indicio claro del espíritu de oposición que anidaba en la nobleza ajena a la Corte, concretado no solo en negar la sisa, sino también en pedir al Emperador que no saliera del Reino. Parecer apoyado por la mayoría y únicamente contrarrestado por aquellos que seguían a Carlos V en sus jornadas; la que podríamos llamar nobleza cortesana.
Una delegación, presidida por el Condestable, llevó la respuesta por escrito al Emperador, leyéndola «toda y muy despacio».
Era como un voto de censura contra Carlos V por su proceder durante los últimos años, que solo aquella altiva y poderosa nobleza podía atreverse a pronunciar ante el César. Decía así:

Los grandes y caballeros que por mandado de V. M. son juntados en Cortes han entendido con gran cuidado en buscar los medios que podría haber para que V. M. fuese servido destos reinos para remedio de la mayor parte de las necesidades por V. M. propuestas. Parécenos que el más importante y más debido a nuestra fidelidad es suplicar a V. M. trabaje por tener suspensión de guerras, y de residir por ahora en estos reinos, hasta que por algún tiempo se repare el cansancio y gastos de V. M. y de otros muchos, que le han servido y servirán, pues es cosa notoria que las principales causas de las necesidades en que V. M. está han nacido de los dieciocho años que ha que V. M... está en armas por mar y tierra, y los grandes gastos que a causa destos recrescen, así a V. M. como particularmente a muchos, universalmente a todos estos reinos, de las grandes sumas que se han sacado dellos. El remedio desto es el camino contrario, reparando estos daños con la residencia de V. M. y quietud en estos reinos, e por evitar los inconvenientes que se podrían recrescer, especialmente a la vida y salud de V. M., en la cual está asentado el bien o el mal destos reinos y naturales dellos, porque sería imposible dejar de sentirse (de) tan continuos trabajos, y para aquellos que tan justamente V. M. se suele emplear, adelante queda tiempo para ello. Suplicamos a V. M. con todo el acatamiento posible, y amor natural que tenemos e debemos, V. M. se quiera inclinar a hacer merced y beneficio a estos reinos en residir por ahora en ellos, y aunque para lo susodicho es necesario, lo es para otros muchos e buenos efectos, y para los grandes y caballeros destos reinos por remedio de muchas vejaciones que suelen causar las ausencias de los príncipes. Y ayudando V. M. con esto al reino, y acomodando sus gastos en lo que fuere moderación se sufre, y con acrecentar oficios de por vida, nos parece que siendo V. M. servido, ayuntados los brazos en ella, se podrían ayudar estos reinos para ayuda al desempeño, con menos daño suyo, con haber V. M. por bien que el reino tenga por algún tiempo algunos derechos en cosas que salen fuera…, y por creer que, comunicados los brazos, estarían en esto, y de común consentimiento V. M. podría ser mejor servido en el remedio de las necesidades propuestas, y porque todos los brazos creemos que lo han así de procurar, habemos suplicado a V. M. que permitiese la comunicación dellos, porque de otra manera no nos parecía que justamente podrían venir en medios los unos sin los otros, por ser cosas nuevas, como parece que forzosamente han de ser las que se concediesen y, por excusar que los medios en que los unos viniesen no fuesen reprobados por los otros, y así se haría mejor el servicio y con mayor concordia, la cual los príncipes deben querer entre sus súbditos…[1138]

Había sido una grave derrota de la Corona. La mayoría de la nobleza, reprobando la política exterior del Emperador, sus gastos constantes, sus ausencias y el tren de vida de la Corte, mostraba el descontento de buena parte del país, por el cambio sufrido con el advenimiento de Carlos V; descontento del que el levantamiento de las Comunidades había sido el primer aldabonazo, y no sin intención lo recordaría el Condestable.
Si hemos de creer a Sandoval, Carlos V recibió tal disgusto con la embajada del Condestable, que llegó a increparle, amenazándole incluso con arrojarle de la estancia en que se hallaban. A lo que el Condestable replicaría, con altivez:

Mirarlo ha mejor V. M., que si bien soy pequeño, peso mucho[1139].

Altiva advertencia que tuvo su efecto, con un Carlos V más conciliador, incluso desagraviando públicamente a otro grande, el duque del Infantado, que había sido ofendido por un imprudente alguacil.
No es fácil decir si se había tratado de Cortes generales, pues aunque en algunos textos carolinos así se indica[1140], lo cierto es que el Emperador no accedió a la petición de la nobleza de reunirse conjuntamente con el alto clero y los procuradores de las ciudades, sino que convocó los tres brazos por separado.
Y al negociar con las ciudades, el discurso de la Corona repitió lo dicho ante la alta nobleza: habían sido constantes las guerras y las ausencias, pero el Emperador recordaba que a ello se había visto obligado y que no había regateado esfuerzo por la paz, poniendo su propia persona en ello, tanto en sus viajes por todos sus Reinos, como en sus campañas al frente de sus ejércitos. Y resaltando que en todo caso, la guerra había sido «lejos destos Reinos», y que su afán era acaudillar la Cruzada contra el Turco, «con ayuda de Nuestro Señor»; para terminar con la petición usual: la necesidad de más recursos

 porque se deben muy gruesas cantidades de dineros… y crece siempre la deuda…[1141]

Ante tal petición de la Corona, tres de las principales ciudades —Burgos, Salamanca y Valladolid— votaron en contra del servicio extraordinario que se les pedía. Ofrecieron seria resistencia Granada, Segovia y Madrid. Otras ciudades aprobaron el servicio ordinario de 300 millones de maravedíes para el trienio 1540-1542, más otros 150 de servicio extraordinario[1142].
En contrapartida, aquellas Cortes pidieron al Emperador que residiera en Castilla, y le recordaron que las anteriores le habían solicitado, en vano, mayor atención a la administración de la justicia y al buen gobierno interior del Reino. En particular, se mostraron quejosas, una vez más, en cuanto al oro de Indias que se incautaba a particulares, a lo que el Gobierno imperial contestaría con una vaga respuesta: ya estaba proveído lo que se había de hacer[1143]. Más significativo del estado de la opinión pública fue la petición de que no se cargasen a Castilla gastos que correspondían a otras partes del Imperio carolino[1144].
¿Estaba bajando la popularidad de Carlos? Aquel continuo guerrear, aquellas prolongadas ausencias, aquellas constantes demandas de dinero (incluidas las remesas llegadas de las Indias para los particulares), y hasta aquellos lloros de la Emperatriz, no podían sino restar crédito al César. A este respecto, Sandoval recoge un suceso bien significativo, a poco de las Cortes de Toledo de 1538: yendo el Emperador de caza, se perdió tras haber cazado un hermoso venado. No sabía qué hacer, cuando divisó por el monte a un rústico, cabalgando en un pollino. Parándole, le ordenó que alzase el venado para llevarlo en el rucio hasta el próximo lugar. Ante su sorpresa, el poderoso Emperador de dos mundos se encontró con la desabrida respuesta del aldeano: ¿Cómo era tan necio para pedirle tal cosa? Pues harto más joven era, que fuese él quien tal llevara a cabo[1145].
Pero atendamos al propio relato, tal como nos lo transmite el cronista, en el más puro estilo castellano viejo que parece sacado de uno de nuestros clásicos:

Gustó el Emperador del labrador, y trabó pláticas con él, esperando alguno que le llevase el venado; preguntóle qué años había y cuántos reyes había conocido. El villano le dijo: «Soy muy viejo; que cinco reyes he conocido. Conocí al rey don Juan el segundo siendo ya mozuelo de barba, y a su hijo don Enrique, y al rey don Fernando, y al rey don Felipe, y a este Carlos que agora tenemos». Díjole el Emperador: «Padre, decidme por vuestra vida; de esos ¿cuál fue el mejor? ¿y cuál el más ruin?». Respondió el viejo: «Del mejor, por Dios que hay poca duda, que el rey don Fernando fue el mejor que ha habido en España, que con razón le llamaron el Católico. Y quién es el más ruin, no digo más, sino a la mi fe, harto ruin es éste que tenemos, y harto inquietos nos trae, y él lo anda, yéndose unas veces a Italia, y otras a Alemaña, y otras a Flandes, dejando su mujer y hijos, y llevando todo el dinero de España, y con llevar lo que montan sus rentas, y los grandes tesoros que le vienen de las Indias, que bastarían para conquistar mil mundos, no se contenta, sino que echa nuevos pechos y tributos a los pobres labradores, que los tiene destruidos. Pluguiera a Dios se contentara con sólo ser rey de España, aunque fuera el rey más poderoso del mundo.
Viendo el Emperador que la plática salía de veras, y que no era del todo rústico el villano, con la llaneza que este príncipe tuvo, le comenzó a contar las obligaciones que tenía de defender la Cristiandad y de hacer tantas guerras contra sus enemigos, donde se hacían inmensos gastos, para los cuales no bastaban las rentas ordinarias que contribuían los reinos; y díjole más (como si él no fuera), que el Emperador era hombre que amaba mucho su mujer y hijos, y también la gloria de estar con ellos, si no le compelieran las necesidades comunes.
Y estando en esto llegaron muchos de los suyos que venían en su busca, y como el labrador vio la reverencia que todos le hacían, dijo al Emperador: «Aun si fuésedes vos el rey; par Dios que si lo supiera, que muchas más cosas os dijera».
Riéndose el Emperador, le agradeció los avisos que le había dado, y le rogó que se satisfaciese con las razones que en su descargo le había dado de sus idas y gastos. Hízole las mercedes que el labrador le pidió para sí y para casar una hija que tenía, aunque fue bien corto en pedirle[1146].

En esta charla con el rústico labriego castellano también se nos retrata Carlos V de cuerpo entero.

§. Pugna con el turco: el enclave de Herzeg Novi
Muy pronto se divulgó la noticia en 1538: se había formado la Santa Liga entre el Papa, Venecia y Carlos V. Ya el 16 de febrero informaba don Luis de Soria (el embajador imperial en Venecia) a María de Hungría, que era una alianza defensiva y ofensiva, y que en ella se acordaba poner en pie de guerra 200 galeras, 100 naves auxiliares, 50.000 infantes, 4.500 caballeros «a la borgoñona»[1147], junto con la artillería y los demás pertrechos de guerra pertinentes. Y para tales fuerzas acordaban contribuir el Papa con un sexto de los efectivos, Venecia con dos sextos, y la otra mitad el Emperador.
Con lo cual, no se dudaba de la inminente ruina del Turco. La Cristiandad dejaba al fin sus agravios y recelos internos y se disponía a recuperar el terreno perdido ante el otro Emperador, el señor de Constantinopla.
Esto explica el entusiasmo de Carlos V y su afán por entrevistarse con Francisco I. Era preciso arrancar al Rey francés su apoyo o, al menos, su conformidad con aquella Cruzada. Se habló de una posible cooperación de 30 galeras francesas, y que acaso pudieran ir el mismo Delfín, o su hermano[1148].
De ese modo, y como preparación a lo que se proyectaba realizar en el verano de 1539, se llevaron a cabo una incursión marítima en el Mediterráneo oriental por la flota de la Liga, al mando de Andrea Doria, y una penetración en la costa dálmata, con ocupación del punto fuerte Herzeg Novi (el Castelnuovo de los documentos de la Monarquía Católica).
Y en Herzeg Novi quedaría de guarnición un tercio viejo al mando de Francisco Sarmiento.
Daba inicio una de las gestas más singulares del ejército español en todo el Quinientos.
Es evidente que la Santa Liga y las considerables fuerzas marítimas y terrestres que ponía en sus manos le hicieron pensar a Carlos V que era llegada la hora de cumplir con uno de sus proyectos más queridos: el de acaudillar la gran Cruzada de la Cristiandad contra el Turco. Sobre las sinceras intenciones del Emperador a este respecto, no tenemos duda alguna. Brandi, el gran historiador alemán, pudo seguir el entusiasmo del César a través de los informes de los embajadores venecianos. Y todos son unánimes: a lo largo del año 1538, Carlos V sigue ilusionado con la idea de ponerse él mismo al frente de la expedición que había de conquistar Constantinopla. Parecía que reverdecían los ideales que habían hecho posible, en la Edad Media, las grandes Cruzadas de la Cristiandad contra el musulmán. En este caso, además, el Emperador esperaba beneficiarse de la experiencia lograda en 1535, cuando se había apoderado de La Goleta y Túnez.
En mayo de 1538, con motivo de las vistas de Niza, el embajador veneciano Tiépolo lo encuentra absorbido por la idea de la Cruzada, esperando una pronta resolución de Venecia, mientras él, Carlos V, promete pasar a España para obtener de ella el máximo esfuerzo en hombres, naves, vituallas y dinero,

de suerte que para el próximo febrero, a más tardar, pudiese estar en Italia, con los preparativos hechos de todas las cosas necesarias a tal empresa, y dar el asalto al enemigo antes de que estuviese completamente preparado en su defensa…
Serenísimo príncipe —comentaba el embajador veneciano lleno de convicción—, doy por cierto que esta petición la hace con ánimo e intención firme de hacer la empresa [de Constantinopla] el año futuro, gallarda, con su propia persona
, en lo cual demuestra tanto deseo, que más no se puede decir. Y no sólo a mí me lo parece, sino a cuantos con él han hablado de esto…[1149]

Pero los resultados no acompañaron a los sueños. Pese a que las treguas de Niza y las cordiales entrevistas de Aigues-Mortes parecían un paso en firme, la realidad es que los aliados no reunieron más que 131 galeras, con 16.000 soldados, de ellos 11.000 españoles veteranos de las últimas campañas. Cifras insuficientes para pretender el dominio del mar, pues ya Barbarroja, con la ayuda del sultán, tenía bajo su mando 130 galeras, con la indiscutible ventaja de una fuerte estructura y de una disciplina férrea. Por el contrario, en el campo aliado crecían los recelos entre los cuatro jefes principales: Doria, Capelo, Grimaldi y Gonzaga. Enunciando esos cuatro nombres, podría tomarse la campaña como una acción exclusivamente italiana; pero hay que tener en cuenta que si Capelo mandaba las 55 galeras venecianas y Grimaldi (patriarca de Aquileya) las 27 pontificias, Andrea Doria iba al frente de la escuadra imperial, fuerte de 49 galeras. En cuanto a Ferrante Gonzaga, entonces virrey de Sicilia, era el general imperial. En teoría, el mando en el mar lo tenía Doria, mientras Ferrante Gonzaga era el que asumía la jefatura de las operaciones terrestres. Pero en la realidad de los hechos, el almirante veneciano Capelo y el patriarca Grimaldi reunían entre los dos casi el doble de las galeras mandadas por Andrea Doria. En tales circunstancias, el caudillaje del almirante imperial resultaba ilusorio. Por entonces ya se habían iniciado las negociaciones entre la Corte imperial y Barbarroja, con el fin de atraer al corsario al servicio del Emperador. Esto, aunque no fue ocultado a los otros aliados, puso una sombra de sospecha respecto a las verdaderas intenciones del César. Contra los deseos de los venecianos, la armada aliada demoró la ofensiva. Hubo un momento en que, sin embargo, pareció que la victoria —y una victoria fulminante, completa— estaba al alcance de la mano: la flota cristiana tenía embotellada a la de Barbarroja en el golfo de Artá.
Fue entonces cuando el ejército imperial ocupó Herzeg Novi, una ciudad en la costa dálmata que impresiona por la fuerza de la Naturaleza, con la cordillera de la región montenegrina a las espaldas, coronado todo por el majestuoso Orjen de 1.895 metros, cayendo casi a pico sobre las bocas de Kotor, donde está emplazada la ciudad. Fue en ese lugar donde un tercio viejo, mandado por el maestre de campo Francisco Sarmiento, aguantó en el verano de 1539 la acometida de todo un ejército acaudillado por Barbarroja, el temible almirante de la flota turca. Un puñado de los llamados entonces soldados viejos, esto es, de veteranos de las campañas de África e Italia; apenas 4.000 hombres, frente al ejército turco, no inferior a los 50.000 guerreros, asistidos además por toda la flota otomana. Y eso un día tras otro, librando encarnizados combates a lo largo de 15 jornadas, desde las vísperas de Santiago hasta el 7 de agosto; combates en los que perecieron casi todos los defensores, luchando «espalda contra espalda» —según se lee en las crónicas de la época—, para mejor rechazar los asaltos que les venían por todas partes. Hasta tal punto que los pocos supervivientes, a la pregunta de cuántos eran, hubieran podido contestar como aquel espartano, defensor bajo Leónidas, del paso de las Termópilas: «Contad los muertos».
Los efectivos españoles dejados en Castelnuovo no eran escasos, dentro de ese panorama de conjunto; pero resultarían mínimos, a la hora de medirse ellos solos con toda la potencia turca, tras el fracaso de la Santa Liga. El maestre de campo, Francisco Sarmiento, contaba en principio con seis banderas del tercio de Florencia, tres del de Lombardía, dos del Nápoles, una del de Niza, y otras tres mandadas por los capitanes Machín de Monguía, Zambrana y Pedro de Sotomayor. En conjunto, por tanto, unas quince banderas, lo que venía a constituir algo más de un tercio viejo, cuya estructura era de doce compañías. Por tanto, de estar completas sus filas, cosa poco frecuente, podrían ser alrededor de los 4.000 soldados. Para Ferrante Gonzaga, el virrey de Sicilia y jefe del ejército imperial, eran 3.500 soldados,

 los mejores y más prácticos.

Su capitán, el maestre de campo Francisco Sarmiento, contaba también con una compañía de caballos ligeros y con una sección de artillería, está harto débil, pues estaba compuesta por quince artilleros, mandados por el capitán Juan de Urres. Incluso contaba Sarmiento con una pequeña marina, aunque más bien era una sombra (una fusta, una fragata y tres barcazas), útil solo para el aprovisionamiento de la plaza, antes de producirse el cerco, o para pedir un socorro, cuando ya la amenaza del asalto turco se hizo evidente. Añádanse algunas formaciones auxiliares que, bajo el título de aventureros, solían acompañar a los ejércitos de la época.
Durante el invierno y la primavera, Francisco Sarmiento mantuvo la plaza con relativa facilidad, con el problema del abastecimiento, para lo que se sirvió de sus pocas naves, que a las veces, en verdad, traspasaron los límites del comercio para entrar en los del corso, contra turcos como contra cristianos[1150].
Y pronto vino la acción de castigo de Barbarroja, con fuerzas muy superiores por mar y por tierra, que hacían imposible cualquier tipo de socorro para los sitiados e inútil cualquier intento de resistencia.
¿Qué ocurrió entonces? El Archivo Real de Bruselas posee un precioso documento a este respecto. Se trata de la relación de dos cabos de escuadra de la compañía del capitán Vizcaíno, unos de los pocos supervivientes a la matanza. Está escrito con un estilo directo, sencillo, propio de soldados. Según ese testimonio, esto fue lo que ocurrió en Herzeg Novi.
El 15 de julio de 1539, se presentó ante Castelnuovo el almirante Barbarroja, con una formidable armada de 130 galeras y 90 naves auxiliares, transportando 20.000 soldados, de los cuales 5.000 eran genízaros; esto es, solo la temida fuerza de choque turca era ya más numerosa, que toda la guarnición española. Al encuentro de Barbarroja llegaba por tierra, además, Ulleman, el gobernador turco de Bosnia, con 30.000 soldados. En otras palabras: se cerraba el cerco, por mar y por tierra. Y se cerraba tanto más implacablemente cuanto que la única ayuda que podía llegarles a los españoles era a través del mar. Y Andrea Doria, el almirante de la flota imperial, solo contaba con 49 naves de combate, en clara inferioridad con la armada turca, al haberse disuelto prácticamente la Santa Liga; de forma que intentar romper el asedio era tanto como arriesgar a la flota imperial a un completo desastre, dejando entonces a toda Italia a merced de los turcos. Consciente de ello, Andrea Doria se refugió en Otranto, teniendo que limitarse a esperar los acontecimientos.
Ahora bien, Francisco Sarmiento tenía la promesa de don Ferrante Gonzaga, el general en jefe del ejército de la Liga y virrey de Sicilia, de ser socorrido cuando fuese atacado por los turcos. Eso lo sabemos por el propio Sarmiento. Cuando la vanguardia turca empieza a combatir a Castelnuovo, el 14 de julio de 1539, manda al punto un correo a Ferrante de Gonzaga; los primeros combates habían sido fáciles, pero una nao que les llevaba provisiones desde el reino de Nápoles, había sido apresada. La situación se tornaba difícil:

… la falta grande que aquí hay de agua y pólvora y todo lo demás, por donde estamos en gran confusión…

Por ello, Sarmiento recordaba al virrey de Sicilia su promesa:

… y pues V. Ex. ha visto lo de aquí y sabe mejor que no yo lo puedo escrebir, por ésta no tengo más que dezir de suplicar a V. Ex. se acuerde de nosotros, conforme a lo que V. Ex. nos prometió quando de aquí fue…[1151]

En un principio, Barbarroja se tomó el asedio con calma. El relato del manuscrito de Bruselas nos refiere cómo Barbarroja se dedicó los primeros días a tomar posiciones sobre Castelnuovo, cerrando con un cinturón de trincheras los accesos a la plaza, y plantando su artillería, que la tenía y muy poderosa, y en la que confiaba para doblegar más fácilmente a los españoles. El 23 de julio, considerando ya ultimada esa fase inicial, mandó un ultimátum al maestre de campo Francisco Sarmiento, para que se rindiera con los suyos, entregando la plaza; un ultimátum con honrosas condiciones: se le facilitaría el paso a Italia con todos sus hombres, y a banderas desplegadas, amén de ofrecerle la golosina de veinte ducados por cada soldado, lo que entonces era una cantidad no despreciable. Solo exigía que abandonase la artillería y las municiones.
Es en ese momento cuando el relato del manuscrito de Bruselas alcanza su máximo interés. Francisco Sarmiento consideró que debía transmitir a sus oficiales las honrosas propuestas de Barbarroja:

El Maestre de Campo comunicó a los capitanes, y éstos a los oficiales, y resolvieron que querían morir en servicio de Dios y de S. M., y que viniesen cuando quisiesen…[1152]

Así de sencillo. Ante una lucha desesperada, sabiendo que no pueden contar con socorro alguno, aquel grupo de españoles prefieren mantener el puesto que se les había confiado. Se les ofrece la vida, y aun en condiciones que a otros podrían parecer honorables. Por otra parte, saben bien que la alternativa supone la muerte y sin embargo:

… se resolvieron que querían morir en servicio de Dios y de S. M….

Así, pues, y quizá no sin cierta jactancia (por otra parte tan española) prestos a todo, añaden la increíble invitación:

… y que viniesen cuando quisiesen…

No tuvo más remedio Barbarroja que lanzar sus hombres al asalto. Para entonces eran las vísperas de Santiago y, ya por la festividad, ya por el ejemplo del Maestre de Campo y de los demás Oficiales, ya por las exhortaciones del obispo de Castelnuovo Jeremías, esos primeros ataques fueron rechazados. La acción del Obispo debió de ser notable:

No hubo soldado en este tiempo —señala el manuscrito de Bruselas— a quien no hiciese confesar y tomar el Sacramento. Andaba con una cruz en la mano en lo más bravo de las baterías, esforzándolos y animándolos como hombre santo.

Los turcos, viéndose rechazados y con sensibles pérdidas, porque habían osado simultanear el fuego artillero con el asalto, con lo cual su propia artillería había matado a no pocos de los suyos («la orden de pelear de estos es extraña —refiere el manuscrito de Bruselas— porque dan asalto y batería juntos, y osan morir como perros»); los turcos, repito, deciden cambiar de táctica. Durante los siete primeros días de agosto, Barbarroja volcó todo su poder artillero sobre el castillo de la plaza, que era la pieza clave de la defensa española, hasta conseguir no dejar piedra sobre piedra:

… tan llano, que podrían entrar a caballo…

Pero aquellos valientes siguieron defendiendo la entrada y los restos que quedaban del castillo; apenas 500 soldados, contra los miles que se les venían encima. Y cuando no pudieron más, se retiraron ordenadamente «en escuadrón», como si estuvieran en una parada militar, hacia el castillo de abajo que defendía el puerto. Aún seguían animándolos el maestre de campo Francisco Sarmiento y los capitanes Juan Vizcaíno, Masquete, Serón, Luís de Haro y Machín de Monguía. Ya no quedaba sino morir, las espaldas contra las espaldas, y así nos lo relata con dramática sobriedad el manuscrito de Bruselas:

Ya la tierra por todas partes era tomada. Y Juan Vizcaino murió allí, peleando como valiente hombre. Y Francisco Sarmiento, andaba a caballo y bien herido. Y queriéndolo [salvar], no quiso, y dio espuelas al caballo, y metióse peleando en la mayor furia de los genízaros. Que no se halló muerto ni vivo, ni saben qué se hizo[1153].

Apenas si hubo supervivientes: algunos pocos que, logrando romper el cerco, encontraron refugio en la cercana República de Ragusa; el resto (tres o cuatro docenas, malheridos los más de ellos) cayeron cautivos como esclavos y fueron llevados como tales a Constantinopla[1154].
Y así acabó la gesta de Castelnuovo. Una gesta que estremece, y que bien puede ponerse entre las más altas y heroicas del heroico siglo XVI español.
¿Fue inútil la gesta de Castelnuovo? No lo creyeron así los contemporáneos. En principio, porque enseñó a Europa entera hasta dónde podía llegar España por defender a la Cristiandad. Cuando Benedetto Croce, el famoso filósofo e historiador italiano, se pregunta el porqué del profundo arraigo de España en Nápoles, señala como una de las razones principales que España era entonces la única que podía proteger a Italia del acoso turco. Y lo cierto fue que ante Castelnuovo desgastó Barbarroja su poderío, cuando ya alardeaba de poner el trono de Solimán sobre Roma. Por eso, ¿nos puede extrañar que los poetas contemporáneos cantasen la gesta de Castelnuovo? Y no solo los españoles, como Gutierre de Cetina, sino también los italianos, como Luigi Tansillo. Pues Tansillo, uno de los poetas más notables vinculados a la Corte del virrey de Nápoles, don Pedro de Toledo, compuso tres sonetos

 in lode di quei tre mila soldati spagnuoli, che furon morti da Turchi a Castel Nuovo della Bosna.

Bastaría recordar el más notable de esos tres sonetos, el que comienza con los versos:

Questi, che’l mondo in riverenza tiene et terrá sempre…

La gesta, pues, de aquellos veteranos de los tercios viejos. A la propuesta de Barbarroja de que se rindieran con todos los honores contestaron simplemente que aquel lugar lo tenían por el Emperador, y que por ello se resolvían

 en morir en defensa de Dios y de su Rey…

Añadiendo escuetamente:

… que viniesen cuando quisiesen…

Lo que nuestro cronista Sandoval comenta:

… murieron espaldas contra espaldas[1155].

Sí: estamos ante uno de los hechos más notables y más heroicos del heroico siglo XVI. Aquel puñado de españoles morían defendiendo una idea: la Europa cristiana. Se entiende que no solo Luigi Tansillo, el poeta napolitano, les cantase en sus versos. También lo haría el español Gutierre de Cetina.
Su soneto se titula «A los huesos de los españoles muertos en Castelnuovo»:

Héroes gloriosos, pues el cielo
os dio más parte que os negó la tierra,
bien es que por trofeo de tanta guerra
se muestren vuestros huesos por el suelo.
Si justo es desear, si honesto celo
en valeroso corazón se encierra,
ya me parece ver, o que sea tierra
por vos la Hesperia nuestra, o se alce a vuelo.
No por vengaros, no, que no dejastes
a los vivos gozar de tanta gloria,
que envuelta en vuestra sangre la llevastes
sino para probar que la memoria
de la dichosa muerte que alcanzastes,
se debe envidiar más que la victoria[1156].

§. Negociando con Barbarroja
Curiosamente, por aquellos años se entablaron negociaciones secretas con Barbarroja por parte de la diplomacia imperial. Acaso engañado por el resultado que años antes habían tenido las realizadas con Andrea Doria, acaso para ganar tiempo en las confrontaciones que se preparaban en el Mediterráneo oriental, lo cierto es que la documentación sita en Simancas no deja lugar a dudas sobre ese intento de convertir a Barbarroja, del más temible enemigo, en otro vasallo del Emperador. Estos documentos prueban que fue Barbarroja quien las inició en 1537, enviando a un cautivo en su poder, Alonso de Alarcón, para que hablara con el virrey de Sicilia, Ferrante Gonzaga. Este, si bien harto receloso respecto a las intenciones verdaderas del corsario, se apresuró a comunicar el hecho al Emperador, al tiempo que daba cuenta de él al virrey de Nápoles, al Embajador imperial en Roma y al príncipe Doria[1157]; considerando el negocio de importancia, despachó en una nave al tal Alarcón, para que personalmente cumpliera su misión en la Corte imperial.
La negociación, llevada lentamente, no fue sin embargo abandonada. En septiembre de 1538 nos encontramos de nuevo con Alarcón, tratando esta vez de ponerse en contacto con Barbarroja. Era el tiempo en que la Santa Liga estaba en marcha, y ya ha quedado señalado el recelo con que los aliados miraron el ir y venir del caballero español. En definitiva, el pobre resultado marítimo de Prevesa, donde Doria dejó escapar la ocasión de destruir a Barbarroja, cabe achacarlo, en buena medida, a que las negociaciones diplomáticas paralizaron la acción bélica.
En 1539, cuando Barbarroja amenaza con todo su poderío a la guarnición española de Castelnuovo, es Ferrante Gonzaga quien intenta renovar las negociaciones, como un medio desesperado para ayudar a los cercados. En 1540, pese al resultado nulo obtenido hasta el momento, de nuevo los imperiales renuevan los tratos, tomando como motivo negociar la liberación de los cautivos de Castelnuovo. Los tratos los toma a su cargo, entonces, el contador Juan Gallego, y en nuestra Biblioteca Nacional, sección de Manuscritos, existe copia de los mismos[1158].
Las ofertas y exigencias de Barbarroja eran las siguientes: pasar al servicio del Emperador con 50 galeras, con tal de que se le diese el reino de Túnez, con La Goleta, Trípoli y Bugía. La contraoferta imperial era bastante similar: los negociadores de Carlos V tenían orden de ofrecer, en última instancia, Túnez, con La Goleta y Trípoli, siempre y cuando se destruyesen sus fortificaciones, pues se confiaba en que la Orden de San Juan no pondría reparos en ceder Trípoli (que poseían desde 1531, por merced del Emperador). A cambio de lo cual, Barbarroja debía obligarse a ser amigo de amigos y enemigo de enemigos del César —la fórmula del tiempo para las alianzas ofensivo-defensivas—, a limpiar el Mediterráneo occidental de naves corsarias, a dejar a su hijo primogénito en rehenes, a permitir el libre comercio de sus puertos con los de los reinos de la Monarquía Católica, a no dar amparo a los moriscos de Granada, Aragón y Valencia, a poner en libertad a los cautivos cristianos, y a cooperar con la armada imperial en una emboscada, donde quedase destruida la flota turca.
¿Cómo proyecto tal podía prosperar? Por otra parte, el secreto anduvo entre tantas manos, que nadie podía creer que el propio Solimán no estuviese advertido. Así lo suponía, con buen criterio, el arzobispo Tavera, quien escribía a Gonzaga:

En lo de Barbarroja paréscenos que, teniendo seguridad que él no anda doblado en este negocio, y que cumpliría lo que ofresce, que sería una cosa muy a propósito a los negocios de S. M.; pero todos estamos muy dubdosos y con pensamiento que el tracto es doble, por haber sido y ser una cosa pública, y haber hablado Barbarroja con Alarcón y con otros en presencia de turcos, que hace creer que lo que trata es con sabiduría de su amo…[1159]

§. Carlos V abandona la cruzada
No puede dudarse del ánimo con que el Emperador entraba en la Santa Liga. Si los resultados fueron muy distintos a lo que podía esperarse en la primavera de 1538, ello hay que achacarlo a una serie de razones. En primer lugar, a la dudosa actitud de Venecia, cuyos ardores de cruzado eran muy relativos, y siempre condicionados a hacer entrar en razón a Solimán. También a la enemiga de Francia, sobre la cual hemos de particularizar con más detalle. Y asimismo, porque en las Cortes de 1538, contra todo pronóstico, Carlos se encontró con una inesperada oposición castellana. En su lugar hemos mostrado la difícil evolución de aquellas Cortes, así como la resuelta negativa de la nobleza de Castilla a contribuir con el impuesto de la sisa a los planes bélicos del Emperador. Aquí baste tan solo el comentario de que si la empresa de Túnez ya había despertado recelos en los castellanos, por entender muchos de ellos que Argel había de ser el objetivo primero, tanto más tenían que alborotarse con el proyecto de una acción nada menos que sobre Constantinopla, acción de difícil ejecución, de infinitos riesgos, de grandes gastos, de casi imposible sostenimiento y de resultados que, en suma, en el mejor de los casos no redundarían en beneficio de España.
La marcha de las operaciones, en el verano de 1538, también desilusionó a Carlos V.
Y estaba, además, el cambio de actitud de Francia, que en unos meses pasó de mostrar deseo por participar en la Cruzada, colaborando con Carlos V, a una decidida oposición a que aquella empresa se realizara.
De ese modo, ya en octubre de 1538, y a instancias de Francisco I, se reunían con él las dos hermanas, Leonor —su esposa— y María de Hungría, como Gobernadora general de los Países Bajos. El Rey Cristianísimo se mantuvo en la línea amistosa iniciada en Aigues-Mortes, pero no dejó de hacer inquietantes referencias a María sobre los proyectos imperiales de ataque al Turco:

… no pasa un día sin que me pida que os suplique —comunicaba María a su hermano Carlos V— que lo penséis bien, especialmente después de las noticias que ha tenido de la retirada de vuestra flota… Y también, por lo que yo he podido comprender de la intención del Rey, de la Reina y de sus ministros…, que V. M. se decida a entrar en esta paz [con Francia] de por vida, o dejar al Rey y a los suyos en duda…[1160]

La cuestión era demasiado importante para confiarla al azar del correo; María manda a un enviado especial, don Diego Hurtado de Mendoza, con particulares instrucciones sobre todo lo que había transcurrido en la entrevista con los reyes de Francia, Francisco I, se insistía, proponía una estrecha alianza familiar, pero en su lenguaje diplomático había que tomar en serio su consejo de renunciar a la empresa contra el Turco; incluso había insinuado que la Liga se había firmado en contra suya[1161].
Por lo tanto, todo conspiraba contra los sueños de cruzado de Carlos V: el descontento de sus vasallos, las dilaciones de los aliados, los pobres resultados de la campaña de 1538 y, finalmente, la inseguridad del panorama internacional. En abril de 1539, María podía respirar tranquila: el Emperador, su hermano, abandonaba el peligroso proyecto[1162].
Definitivamente, el siglo XVI no vería la gran Cruzada de la Cristiandad contra la Constantinopla de Solimán el Magnífico.

Capítulo 9
Los años aflictivos

§. La muerte de la emperatriz
La emperatriz Isabel, tan notable por su delicada belleza y por su firme carácter, nunca había tenido una gran salud. Y esa quebradiza salud se vio aún más afectada desde su mal parto de octubre de 1537.
El propio Emperador lo reflejaría en sus Memorias:

La Emperatriz quedó tan mal de aquel parto que desde entonces hasta su muerte tuvo poca salud[1163].

Tampoco ayudó a la Emperatriz su continuo estado de gestación. Pues en los doce años de matrimonio, si se tienen en cuenta las varias ausencias de Carlos V, puede decirse que siempre iría de embarazo en embarazo y de parto en parto, sin más respiro que el propiciado por las ausencias del Emperador, en particular la primera que duró cuatro años.
Conocemos con detalle la serie de embarazos y partos de la Emperatriz. Tras las bodas en Sevilla, el 10 de marzo de 1526, tiene un primer hijo el 21 de mayo de 1527, por lo tanto, a los 14 meses de consumado el matrimonio. Sería, claro, el príncipe Felipe. Y 13 meses después le nacería la primera hija, María. Con un poco más de tiempo, a los 17 meses, un nuevo hijo; en este caso, Fernando, el tan anhelado por Margarita de Austria para que le sirviera de consuelo y apoyo en su vejez, que moriría a los pocos meses. La primera gran ausencia de Carlos V, entre 1529 y 1533, traería una tregua, hasta el 29 de junio de 1534, en que la Emperatriz tendría su primer aborto. Pero al año, casi, ya se logra la segunda hija, la infanta Juana, nacida el 24 de junio de 1535. La nueva ausencia de Carlos V traerá consigo que Isabel no tenga otro hijo hasta mediados de octubre de 1537: el infante Juan, que moriría a los pocos días[1164]; sería el último, pues el 1 de mayo de 1539 la Emperatriz abortaría de tres meses, y a consecuencia de aquel aborto, moriría.
Veámoslo mejor en el siguiente cuadro:

La descendencia del emperador
A) Sus hijos con la emperatriz Isabel:

Fecha

Nombre

Observaciones

21 mayo

1527

Felipe[1165]

Las bodas imperiales, el 26 marzo 1526.

21 junio

1528

María[1166]

 

9 marzo

1529

 

1ª ausencia de Carlos V (hasta el 22 de abril de 1533)

22 nov.

1529

Fernando[1167]

Muerto a los pocos meses

22 abril

1533

 

Regreso de Carlos V a Barcelona

29 junio

1534

 

Primer aborto[1168] de la Emperatriz

2 marzo

1535

 

2ª ausencia de Carlos V (hasta el 19 diciembre de 1536)

24 junio

1535

Juana[1169]

 

19 dic.

1536

 

Regreso de Carlos V. Navidades en Tordesillas

19 oct.

1537

Juan[1170]

Muerto a los pocos días

22 dic.

1537

 

3ª ausencia de Carlos V (hasta el 28 de julio de 1538)

28 julio

1538

 

Regreso de Carlos V. Encuentro con la Emperatriz el 8 agosto en Valladolid

1 mayo

1539

 

2º aborto[1171] y muerte de la Emperatriz

B) Los hijos ilegítimos:

Fecha

Nombre

Madre

Observaciones

1519 (?)

Isabel

Germana de Foix

Vivía aun en 1536

1522

Margarita[1172]de Parma

Juana Van der Gheenst

 

1522

Juana de Austria

? (del entorno del conde de Nassau)

Juana muere muy niña en el convento de Madrigal

1522

Tadea

Ursolina della Penna, la «bella di Perugia»

Tadea aun vivía en Roma en 1562

1545

Juan de Austria

Bárbara de Blomberg

 


Por lo tanto, los Emperadores tuvieron cinco hijos, logrando solo tres, a los que hay que añadir dos abortos, el último de los cuales costaría la vida a la Emperatriz[1173]. Lo cual, teniendo en cuenta las ausencias del Emperador, y en particular la primera que duró cuatro años, bien se puede afirmar que la Emperatriz pasaba de un embarazo a otro, sin apenas tregua alguna. Lo más frecuente sería que los partos se sucediesen cada trece o catorce meses. Solo entre diciembre de 1529 y abril de 1533 puede decirse que Isabel vivió unas treguas en aquella guerra amorosa.
Y a ese delicado estado físico, a ese continuo combate hay que añadir el quebranto anímico. Los cronistas (Pedro Girón, Alonso de Santa Cruz) nos hablan de las melancolías y de los llantos de Isabel, en particular cuando dos días antes de las Navidades de 1537 no consiguió que el Emperador dejase su proyectado viaje para entrevistarse con el papa Paulo III en Niza y con Francisco I en Aigues-Mortes. Y eso también nos lo transmite el cronista:

… en todo este tiempo, la Emperatriz estuvo muy triste y hacía grandes demostraciones dello en el rostro y atavío de su persona. Nunca se vistió como solía cuando otras veces el Emperador estaba presente, antes se vestía de negro, como andaba cuando estaba ausente…[1174]

Por otra parte, las ausencias del Emperador suponían otras tantas cargas políticas sobre la Emperatriz, que había de encargarse del gobierno de Castilla, aunque estuviera siempre bien asistida por buenos consejeros, en particular por el cardenal Tavera. Pero no fueron fáciles gobiernos, porque a la incertidumbre de la suerte que tuviera Carlos V en empresas tan peligrosas como la defensa de Viena o las campañas de Túnez y de Provenza, había que añadir las alarmas por los continuos ataques de los corsarios berberiscos a las costas de España y las zozobras para conseguir dinero y más dinero que mandar a Carlos V, siempre necesitado de más fondos.
De forma que la salud de la Emperatriz, entre unas cosas y otras, fue quebrantándose. El golpe final lo pondría el aborto en la primavera de 1539.
Sin embargo, los médicos de la Corte diagnosticaron que la Emperatriz mejoraba. Pero no lo debía creer así el famoso doctor Villalobos quien, acaso por su origen converso, no se atrevió a desmentir a sus colegas cristianos viejos, pero quiso guardarse las espaldas con una carta a Francisco de los Cobos, en la que manifestaba sus dudas dos días antes de la muerte de la Emperatriz.
Carta que es todo un testimonio de las limitaciones de la época.
Dice así:

El doctor D’Alfaro y yo escrebimos a S. M. esa carta para dalle cuenta de la disposiçión en que está la Emperatriz, después que convaleçió de sus terçianas. Vuestra merced nos mande avisar si será bien hazer esto muchas vezes, por estar la Emperatriz preñada, como nosotros lo pensamos, porque yo no querría ser tan entremetido que me acusasen de muy agudo, que hay mil maliçiosos que luego echan la culpa al puto de mi agüelo. Esta çibdad se va un poco dañando, y como hay señora preñada y niños tiernos y de tan alta calidad no querría que esperasen a las estremas neçesidades. Creo que estos señores escriben desto al Emperador. Bien será que vuestra merced esté advertido en ello, para interponer su decreto. Mi hijo, el clérigo, besa las manos a vuestra merced mil vezes. De Toledo, 28 de abril. —Las manos de V. M. besa. — El Doctor Villalobos[1175].

A este respecto, tanto la defectuosa información del cronista Pedro Girón, como la del Embajador de Fernando I, Martín de Salinas, llevan a confusión, aludiendo a un parto de la Emperatriz en el mes de abril[1176]. Pero los partes de los médicos de la Corte y el propio relato de Carlos V en sus Memorias, no dejan lugar a dudas.
En efecto, los doctores Alfaro y Villalobos señalarían el curso de la enfermedad que padecía la Emperatriz desde el día 19 de abril, y aludirían que pensaban que había entrado en el tercer mes de su embarazo[1177].
Y los mismos médicos, en su último parte del 30 de abril de 1539, señalan al Emperador cómo curaban a la Emperatriz,

 así en lo que toca a la disposición de las calenturas pasadas como a la conservación de lo que está en el vientre…[1178]

En esas condiciones, lo que sufre la Emperatriz al día siguiente, estando embarazada de tres o cuatro meses, no pudo ser sino un aborto. Y eso es lo que recogerá Carlos V en sus Memorias:

… en cuyo tiempo [1539] creció y apretó tanto el mal de la Emperatriz que, después de abortar su quinto hijo[1179], fue Dios servido de llevársela consigo…[1180]

Moría así aquella notable mujer, la que había protagonizado una auténtica novela de amor con Carlos V, la que, por ello, había sido considerada como la segura prenda de paz entre España y Portugal; la garantía de que, mientras ella alentase, jamás los temibles tercios viejos tomarían la ruta de Lisboa.
¿Era aquello una amenaza vana? A la luz de los documentos íntimos de Carlos V, que hoy conocemos, tal podría entenderse. Ahora bien, la época achacó al Emperador tales ansias de gloria militar como las mismas del antiguo César, que por algo llevaba siempre consigo los Comentarios de aquel gran soldado de la antigua Roma. De todos era sabido que Carlos V amaba la guerra. Martín de Salinas nos lo describe feliz, al pasar los Alpes en el verano de 1536 para atacar Provenza al frente de su ejército: «Va el más alegre hombre del mundo». Alonso de Valdés, aquel secretario de cartas latinas de la Corte imperial, de formación tan erasmista, se cree obligado a inventar un personaje en sus Diálogos, el buen rey Polidoro, que de furibundo amigo de la guerra se convertía en un auténtico príncipe cristiano, amante de la paz; y ello esperando que tal ejemplo pudiera influir sobre su soberano. Por otra parte, no eran pocos los que le incitaban a las grandes empresas bélicas, al dominio efectivo de la Cristiandad, como lo haría Acuña en esos versos tantas veces citados, en los que saluda un nuevo tiempo, una edad gloriosa reservada por los cielos para Carlos V.
Aquello de

 un monarca, un Imperio y una espada.

De esos temores participaba nada menos que la propia Emperatriz. Y lo sabemos por su mismo testimonio, dado en su lecho de muerte. Es el mismo Emperador el que nos lo refiere, de modo que no podemos dudar de su autenticidad. En carta escrita a su embajador en Lisboa, don Luis Sarmiento, le informa:

… la Emperatriz, dos días antes que fallesciese, me dixo y encomendó mucho lo que tocase al dicho serenísimo rey [de Portugal], y que siempre le tuviese el amor que hasta aquí, y sus cosas por tan propias como nuestro deubdo y hermandad lo requerían…

¡Increíble! Nos parece estar viendo a Isabel, postrada en su lecho de muerte, angustiada con la visión de los tercios viejos avanzando sobre su amado Portugal, conducidos por aquel esposo suyo tan amante de la gloria de las armas. De forma que se esfuerza por arrancarle la promesa de que tal «no acaescería», que a su muerte no se rompería la paz entre los dos pueblos. Y lo consigue. El Emperador así se lo transmite a su embajador en Lisboa:

Nuestro Señor sabe que ésta [la paz] ha sido y es nuestra voluntad y que así lo cumpliremos, y que si hasta aquí éramos cuñados, de aquí adelante habemos de ser verdaderos hermanos y ambos una cosa, como es razón…[1181]

Para Carlos V, se había ido algo mucho más que la esposa amante, la madre de sus hijos y la guardiana del hogar familiar. Se había ido también la eficaz colaboradora en las tareas de Estado, sualter ego, la que había gobernado Castilla en sus largas ausencias, la que había demostrado dotes de gobierno, haciéndose querer de sus súbditos españoles, al desempeñar con prudencia y dignidad el papel de lugarteniente imperial, durante las ausencias de Carlos V. Y así lo reconoció públicamente el Emperador en el poder dado a Isabel, con ocasión de su campaña de Túnez de 1535, donde proclama

 las excelentes virtudes, prudencia y grandes calidades que… concurren en la serenísima, muy alta y muy poderosa emperatriz y reina doña Isabel, nuestra muy cara y muy amada mujer, y el amor que a estos Reinos y súbditos tiene, que es el mesmo que nos lo tenemos, que así por consiguiente es dellos amada, reverenciada y acatada, y la experiencia que tenemos de su buena y loable gobernación y administración en la dicha ausencia pasada que hicimos destos Reinos…[1182]

Ahora, todo aquello era ya solo un recuerdo. La muerte, esa fiera adversaria, había cumplido su oficio. Y en el hogar imperial, en la Corte, en la ciudad de Toledo y en todo el Reino, se acusó el golpe. Todo eran lutos y gemidos. Y Carlos V, doblado por el dolor, incapaz de soportar tanto llanto, buscó la soledad de un convento.
Querer decir aquí el pesar que S. M. sintió con su muerte y desastre —nos refiere un testigo de excepción, el cronista Alonso de Santa Cruz—, sería nunca acabar. Y por no oír tantos lloros y llantos de las damas y otras personas que en su Casa real se hacían, y por estar más recogido, contemplando en el trabajo que en aquel día le había venido, se fue a un monasterio de la Sisla…, donde estuvo algunos días que nadie le vio[1183] Un dolor que Carlos V dejaría reflejado en sus Memorias, aunque de forma breve, como si se tratara de un sentimiento que su alma de soldado tenía que ocultar a la mirada de los extraños. Se haría eco del llanto de la Corte, añadiendo:

Fue esta muerte de gran sentimiento para todos, principalmente para el Emperador…[1184].

Pero sería con su hermana María de Hungría, su gran confidente, con la que Carlos V daría rienda suelta a su dolor. La noticia le había cogido desprevenido fuera de Toledo. Nada hacía temer entonces por la vida de la Emperatriz, en aquellos primeros meses de su nuevo embarazo. El 19 de abril Carlos V se había ido con el Príncipe a Madrid[1185]. Allí le llegan noticias confusas. Se hablaba de un mal parto de la Emperatriz[1186]. Pero la muerte no pide permiso para llegar, golpea cuando quiere, y Carlos V se encuentra con lo irremediable. Y con su hermana se atreve a llorar su desconsuelo, a abrirle su alma, a dejar escapar sus sentimientos, la tristeza que le invade:

Je suis en l’anxieté et tristesse que pouvez bien penser, d’avoir fait une si grande et extrême perte…

Como cualquier otro cristiano, el Emperador acude a su fe para encontrar consuelo:

… et si y a rien que m’en puisse consoler que la consideration de sa bonne et catholique vie et la très saincte et religieuse fin qu’elle a fait.

Ruega a sus vasallos de los Países Bajos que pidan por la Emperatriz. En cuanto a él, tratará de conformarse con su voluntad:

Je ferai le mieux que pourrai pour me conformer au sainct plaisir du Createur, auque je suplie la vouloir avoir en so Sainct Paradis…[1187]

Mientras el cuerpo de la Emperatriz es llevado a Granada, a enterrarse en la capilla real donde yacían los Reyes Católicos, en un impresionante cortejo fúnebre que recorre los caminos de España, escoltado por el alto clero y por la alta nobleza (entre ellos, el marqués de Lombay, el del tan famoso retiro del mundo, para ingresar en la Compañía de Jesús)[1188], Carlos sigue apartado del mundo, en el monasterio toledano de La Sisla.
Y de pronto, cuando vuelve a la vida de la Corte, siente entristecido que la imagen de la mujer que tanto había querido empieza a borrársele. Ansioso, busca entre los cuadros del alcázar madrileño, y nada encuentra.
Entonces, una vez más, acude a su hermana María: Que busque en la pinacoteca de la tía Margarita de Austria, y que le envíe al punto lo que halle,

 et de sorte qu’elle ne se gâte au chemin…

Carlos tenía idea de haber visto aquel cuadro en la pinacoteca que Margarita tenía en Malinas[1189]. Y María de Hungría, en efecto, lo encontró y se lo mandó a su hermano. Pero, ¡qué desilusión! Se trataba de un pésimo retrato que en nada se parecía a la dulce Emperatriz[1190].
Y en tan aflictiva situación otra mala nueva le alcanzaría: la rebelión de su ciudad natal de Gante.

§. La regencia de España
Por lo tanto, una nueva ausencia de Carlos V, saliendo otra vez de España. Y ahora —ahora, a mediados de diciembre de 1539— no teniendo ya aquel alter ego que tanto le había ayudado. La muerte de la Emperatriz y la corta edad del príncipe Felipe, con sus 12 años no más, obligan al Emperador a dejar a su hijo con una Regencia nominal, poniendo a su lado a la figura castellana de mayor peso, el cardenal Tavera, como Gobernador efectivo. Y así, las Instrucciones que Carlos V redacta para el Príncipe están pensadas para que, en caso de que él, Carlos, falleciese, pudiera orientarse, en el futuro, en el terreno tan difícil de las relaciones internacionales, y particularmente en el tema de la cesión del ducado de Milán o de los Países Bajos, como dote para la infanta María, en su posible boda con el duque de Orleans, el segundo hijo de Francisco I; pues esa parecía la única forma de superar la constante rivalidad con Francia.
A este respecto, Carlos V —o su consejero más inmediato, posiblemente Nicolás Perrenot de Granvela, pero en todo caso, sintonizando con el Emperador— tendrá un comentario muy revelador, en cuanto a todo lo que le habían hecho sufrir las guerras suscitadas por Francisco I: era hora de olvidar aquello y de pensar en las treguas firmadas. Y así le pide a su hijo:

Y por estas consideraciones señaladamente, el dicho Príncipe olvide enteramente todas las cosas pasadas entre el dicho Rey y Nos, teniendo que Dios lo haya permitido y imputándolo a la desgracia de los tiempos, y persista [Felipe] en la reintegración de la dicha amistad[1191].

La enemistad del rey de Francia había sido una gran desgracia, que había que dar por olvidada. Dios lo había querido así, y había que conformarse, para afianzar una paz más duradera. Y, sin duda, ese sentimiento anima al Emperador a emprender su arriesgado viaje, atravesando toda Francia, exponiéndose tantos días a un cambio de actitud de Francisco I.
Por lo tanto, Felipe II como Regente nominal del Reino, pero a su lado la gran figura de estadista: el cardenal Tavera. Y será a Tavera, como Gobernador efectivo de Castilla, al que Carlos V dejará detalladas instrucciones para el desempeño de sus funciones, de tono similar a las que antes había dejado a la Emperatriz[1192].
Una vez hecho lo cual, el César se dispone a emprender la penosa misión de castigar a Gante.

§. Huésped de París
En efecto, Gante, la cuna de Carlos V, se había enfrentado a la reina gobernadora María de Hungría por los impuestos exigidos en 1537, cuando la amenaza de una invasión francesa se había hecho sentir en todo el país.
A la negativa de los ganteses a contribuir a los gastos comunes de los Países Bajos para defenderse de Francia, se sucedieron una serie de negociaciones por parte de María, quien envió a sus mejores consejeros, como Luis de Schore o el conde de Lalaing. Pero fracasadas las negociaciones, las fricciones entre el gobierno y la ciudad fueron cada vez más intensas, hasta degenerar en declarada rebeldía. El partido radical acabó imponiéndose en Gante, numerosas ejecuciones fueron llevadas a cabo contra figuras de relieve, acusadas de favorecer la política gubernamental, se destruyó públicamente la constitución municipal implantada por Carlos en 1515 y se llegó incluso a solicitar la alianza de Francisco I de Francia. Era algo más que un motín: era una traición de lesa majestad[1193].
No era eso solo lo que preocupaba a Carlos V, ya bien seguro de la lealtad de sus vasallos españoles, sino la urgencia misma del viaje. Franquear el golfo de Vizcaya resultaba arriesgado, de cara al invierno. Rodear por el Mediterráneo y el norte de Italia, demasiado largo.
Quedaba la ruta francesa, aceptando la invitación que le ofrecía, insistentemente, Francisco I, asegurándole que sería tratado con todos los honores y que no se le molestaría con ninguna exigencia política.
Un viaje asombroso. ¿Cómo se podía pensar que el soberano que había tenido a Francisco I tanto tiempo en prisión en Madrid se expusiera a tanto riesgo? ¿Iba el francés a dejar escapar aquella oportunidad de «devolverle el favor», atrapándole durante su travesía entre los Pirineos y Flandes? Y no eran solo las ofensas antiguas. También contaban las recientes. Con ocasión de la muerte del Delfín en circunstancias algo sospechosas, la propaganda francesa había culpado nada menos que al César de haberla instigado. Carlos era entonces el gran agresor, el que había invadido Provenza. ¿Cómo lo recibiría el pueblo francés? [1194].
Por lo tanto, las dudas acometen a Carlos V, pero al fin se decide y acepta la invitación de Francisco I. Será una nueva estampa caballeresca: mientras atraviesa Francia, su antiguo rival se desvivirá en sus muestras de cortesía, para el mayor homenaje a la figura de su imperial huésped. A su entrada en las ciudades francesas se disparaban las salvas de honor de la artillería, mientras resonaban las campanas de todos los campanarios.
Y otro signo de homenaje a su grandeza: los presos eran puestos en libertad, para indicar que en tales jornadas festivas nadie debiera permanecer al margen, todos debían celebrar la fiesta como propia. Carlos V se convertía en el héroe al que todos querían ver de cerca. Aquel que durante tantos años había sido el enemigo a combatir, ahora era el amigo a festejar. Los arcos triunfales, los discursos de bienvenida de los alcaldes, las respuestas corteses de Carlos V; el brillo singular, en fin, de aquella cabalgata, que tanto admiró al mundo de su tiempo.
Un continuo festejo solo ensombrecido por el accidente de Amboise, que conocemos por el propio Emperador: cuando Carlos V entraba en el castillo, la torpeza de unos criados que portaban hachas encendidas provocó un fuego al paso del César, con la consiguiente alarma y la indignación de Francisco I, temeroso de ver manchada su fama con lo que podría creerse que era un atentado permitido por él:

El Rey recibió grande enojo —es el mismo Carlos V quien lo refiere—, porque mostraba tener pena del juicio que se podía hacer contra él, y quería mandar hacer cruda justicia de los que tenían cargo de aquello, pero en fin, lo aplacamos, aunque con dificultad[1195].

Hizo Carlos V su entrada en París el primer día del año, con un recibimiento tal que bien pudo considerar que tantos años de combatir le habían dado al menos una cierta popularidad.

… la presse et multitude estoit si grande —refiere un testigo de vista—,qu’il ne s’en est veue de pareille à Paris de mémoire d’homme, non seulement par la dite Ville, mais aussi parmi leurs champs, depuis le dit St. Antoine des Champs, jusqu’à la porte de la dite Ville par laquelle le dit Empereur entra…[1196]

Otro manuscrito francés presenta a Carlos V severamente vestido de negro, con el solo adorno del collar de la Orden del Toisón de Oro[1197].
Otro testigo del cortejo imperial describe también asombrado lo que supuso aquel viaje de Carlos V por Francia:

… todo el tiempo cazando y monteando y las noches danzando y bailando hasta que era hora de acostar[1198].

Los castillos del Loire, sus fuentes y sus parques maravillan a los españoles, como les llena de admiración y les cautiva la elegancia de la mujer parisina. Y todo el viaje con tantos banquetes, bailes y festejos que el cuerpo ya no podía aguantarlo, hasta el punto de hacer exclamar a otro cortesano español:

¡Ya estamos hartos de fiestas, que las fechas bastan para toda nuestra vida![1199].

Carlos V conoció, pues, también París, el de Notre Dame y la Sainte Chapelle, el París gótico, la ciudad de las mil maravillas que embrujaba ya a quien la veía. Y también la de las hermosas y elegantes mujeres, y tanto, que cuando los españoles dejaron atrás a la capital del Sena y llegaron a la corte de Bruselas, todo les pareció deslucido, y en particular las damas de María de Hungría lo mismo por su porte como por sus tocados:

… en los días de mi vida —comentaría un español del cortejo imperial— vi cosa más fea, ni tanta división de mujeres, cada una vestida a su manera… Ni tampoco se podía decir que estuviesen ricamente vestidas, porque no lo estaban…

Cierto, era la Corte de una viuda, María de Hungría, con la que vivía otra viuda joven, Cristina de Dinamarca, viuda del duque de Milán. Y esa sería la justificación que encontraría el cronista:

 esto se echa —la poca elegancia— a que ambas dos Princesas son viudas, y así es la verdad[1200].

§. El castigo de Gante
Para Carlos V, la entrada en Bruselas suponía otra cosa más penosa, una vez concluidas las fiestas en honor de la nobleza francesa que le había acompañado. La experiencia tenida en su viaje a través de Francia había sido muy grata, pero el César no podía olvidar aquello que le había puesto en marcha, arrostrando notorios peligros. El paso por Francia había sido venturoso, pero ahora se imponía el objetivo marcado desde su partida de Toledo: el castigo de Gante. Y para mostrar pronto a todos quién era el soberano, el 14 de febrero entraba Carlos V en la antigua ciudad rebelde con una verdadera demostración de fuerza: su propio ejército, en cuyas filas se contaban cinco mil mercenarios alemanes.
El 17 de febrero, tres días después de su entrada en Gante, daba comienzo la represión: los procesos a los acusados del gravísimo delito de rebelión armada contra su señor natural, los tormentos, propios del sistema judicial de la época, y las ejecuciones de los condenados por traidores.
Fueron días de auténtico terror, conforme al duro sistema judicial de aquel siglo. Y para remate, una zona de Gante fue arrasada para alzar en ella un castillo; el castillo que en lo sucesivo recordase a los ganteses quién era el señor de la ciudad. Y aún hubo más: Gante quedaba despojada de sus bienes y armas, perdía todos sus privilegios y libertades, quedaba denigrada con la supresión de su propio escudo. En vano la ciudad había pedido la mediación de la reina gobernadora María. El César humilló aún más a los ganteses. A los cuatro días, una dramática procesión fue a pedir perdón al Emperador; era un impresionante cortejo en el que estaban representadas todas las clases sociales de la ciudad: nobleza, burgueses y artesanos, vestidos de negro, la cabeza descubierta, los pies descalzos, amén de cincuenta acusados como revolucionarios con la soga puesta al cuello por la mano del verdugo. Cortejo que fue hasta el Prinzenhofdonde se alojaba Carlos V, para implorar de rodillas su perdón.
Un testigo anónimo nos relata el suceso con gran vivacidad:

Al tercer día, en cumplimiento de la sentencia, volvieron a palacio donde S. M. los esperaba en el patio, porque cupiesen, en un estrado alto y la Reina[1201]con él…, y allí vinieron alguna copia de hombres desnudos en camisa, con sus cuerdas a los pescuezos, y otros vestidos que pasarían de cuatrocientos, y hincados de rodillas, comenzaron de guidar a S. M.: « ¡Misericordia! ¡Misericordia!». La Reina se levantó en pie y suplicó a S. M. los quisiese perdonar. Y así el Emperador mandó al de Palermo, que es el Canciller mayor de acá, que les dixese que los perdonaba, con tal condición que le sirviesen a él y a la Reina y a sus ministros mejor que lo habían hecho por lo pasado…

Pero les dijo más: si en adelante cumplían como buenos, miraría por ellos; en caso contrario, que se preparasen para lo peor:

… que si ecediesen en la menor cosa del mundo, que tuviesen por cierto que no solamente se contentaría con castigarlos, pero que desharía S. M. la villa hasta los fundamentos[1202].

§. La dieta de Ratisbona de 1541
Solucionado, aunque con tanta dureza —«el ejemplar escarmiento» en términos del tiempo— la rebelión de Gante, Carlos intentará de nuevo una solución negociada al problema de la herejía luterana. Desde que había fracasado su petición de que el Papa convocara el Concilio, el César lo había intentado resolver por sus propios interlocutores, una y otra vez, como lo había hecho en la Dieta de Ratisbona de 1532. Entonces pudo comprobar Carlos V que si dejaba al margen la cuestión religiosa conseguía trabar las voluntades de todo el Imperio. El común peligro turco sirvió de puente para la concordia entre los dos partidos religiosos. A principios de agosto, el Emperador podía comunicar satisfecho a Isabel que se había logrado el acuerdo, alabando el comportamiento luterano. Se había logrado la paz religiosa a base de un sobreseimiento de las causas iniciadas por la Reichskammergericht, y proclamando el principio de tolerancia para los luteranos.
Por otra parte, las dificultades encontradas en la Santa Sede volvieron a Carlos V a su propósito de llegar a una solución pacífica en la enojosa cuestión del protestantismo alemán. A eso responden una serie de misiones, desarrolladas con resultado vario y a partir de 1536, por el vicecanciller Matías Held, el arzobispo de Lund y Nicolás Perrenot, señor de Granvela.
Era evidente que la rápida propagación del luteranismo y la constitución de la poderosa Liga protestante de Schmalkalden obligaban a una mayor prudencia y a seguir la vía de las negociaciones en la cuestión religiosa.
Esa sería la misión encomendada por Carlos V al Vicecanciller del Imperio, el católico Matías Held.
Ahora bien, si Carlos V pensaba por entonces en un arreglo pacífico de la cuestión religiosa, no era ese el deseo de los príncipes católicos alemanes. Held pertenecía al grupo católico más intransigente e iba a dar un giro muy particular a la misión que le había sido encomendada. Las instrucciones del Emperador miraban sobre todo a conseguir un entendimiento en la cuestión religiosa. Con el asesoramiento del rey de Romanos debía Held llevar a cabo su misión con los Príncipes del Imperio. Pero Held, excediéndose en sus funciones, se decidió por una política agresiva, provocando la reacción del campo luterano. Años más tarde, al ser preguntado el cardenal Granvela por el historiador italiano Humberto Foglietta sobre aquellos sucesos, los recordaría de ese modo:

Questo Dottore, essendo l’Imperator in Spagna et non potendolo consultar per la distantia, pigliò da se partito, et quantunche li offitii che gli haueuano commesso, di far douessero esser piaceuoli, conforme alla sua instruttione, o trato dal zelo o per altre cause, li volse far altrimente, vsando di minaccie, et procurò di far vna lega fra li catholici, del ch’impauriti li capi delli protestanti cominciarno anche loro di confederarsi con tutti quelli della lor religione che se li volsero attacar, et mandorno gran numero delli lor deputati in vna terra della Germania chiamata Schamalchaldt [1203].

Así surgió la Liga católica de Nüremberg, en 1538, con el duque de Baviera y Jorge de Sajonia como sus principales jefes. Sorprendentemente, Paulo III no la apoyaría.
Por su parte, Carlos V mostraría sus deseos de llegar a una solución sobre el conflicto religioso alemán. De entrada, sustituiría como Vicecanciller del Imperio a Held por el consejero Naves, que era mucho más moderado, y le autorizaría a entablar conversaciones con los Príncipes luteranos.
Así se llegó al acuerdo del 19 de abril de 1539, por el que el Emperador prometía respetar a los firmantes de la Confesión de Augsburgo de 1530, admitía que la Reichskammergericht sobreseyese los procesos religiosos por seis meses y que se pusiese en pie de igualdad a la Liga de Schmalkalden con la católica de Nüremberg.
Todo ello a la par que se mantenían las treguas con Francia, con las esperanzadoras perspectivas que había abierto el viaje de Carlos V por tierras galas en el invierno de 1540. Aunque Carlos V sabía bien que Francisco I no abandonaba sus pretensiones y que algo había que darle para que aquella nueva amistad se consolidase. Y para resolverlo, le propuso una alianza matrimonial, en condiciones que parecían inmejorables: la boda de su hija María con el duque de Orleans. En efecto, el 24 de marzo de 1540, estando en Gante a poco, pues, de domeñar la ciudad rebelde, Carlos V ordenaba a su embajador en Francia, François Bonvalot, que propusiese a Francisco I los términos de una fuerte alianza entre las dos coronas. Su base, la boda de su hija María con el duque de Orleans. María llevaría en dote no solo los Países Bajos, sino también el Franco-Condado y el Charolais, territorios a los que se podían unir el ducado de Güeldres y el condado de Zutphen. Con lo cual, y dada la notoria importancia de aquella masa territorial, se la podía elevar a la dignidad de Reino, constituyéndose así, sin duda, en uno de los mejores de la Cristiandad. Tal sería la herencia del nuevo matrimonio a la muerte de Carlos V, pero en cuanto el matrimonio fuese consumado, podría residir en los Países Bajos e incluso suplir al Emperador cuando estuviese ausente; de ese modo, se habituarían al país y el país a ellos, como sus futuros gobernantes. La única reserva o restricción que imponía Carlos V era que, en caso de muerte de su hija María sin sucesión, el pacto sería nulo. Pero se sugería que el acuerdo fuese la base de una paz general de la Cristiandad, incitando a firmarla al Papa, a los otros potentados de Italia y a los reyes de Inglaterra, Escocia e incluso de Polonia, pactándose otras alianzas matrimoniales: el archiduque Maximiliano con Margarita de Francia; el príncipe Felipe con una princesa de Albrit, el duque de Saboya con la princesa María de Portugal. Eso sí, Carlos dejaba claro que él no desposaría a Margarita de Francia, como se había apuntado a su paso por Francia, pues su voluntad era de no volver a casarse jamás[1204].
Era un sacrificio sincero al que se decidía el Emperador, esperando así resolver de una vez la pugna con Francia. Quizá le llevó a ello el romper de ese modo el peligroso cerco que se fraguaba alrededor de los Países Bajos y el comprobar la dificultad de socorrerlos desde España, en caso de enemistad con Francia, o desde el Imperio, por el poderío de la Liga de Schmalkalden. Pero Francisco I no aceptó, dudando de la sinceridad imperial y persistiendo en sus demandas sobre el Milanesado. Sin embargo, Carlos estaba decidido a aquel sacrificio; de ahí su asombro porque Francisco I, en vez de admitir aquella propuesta, volviera a su tradicional hostilidad; en sus Memorias lo recordaría de este modo tan expresivo:

Y conforme a la intención que llevaba y deseos que siempre tuvo de ver concluida una buena paz, en cuanto que llegó a los dichos Estados (de los Países Bajos) mandó cartas al rey de Francia, ofreciéndole tan grandes partidos, que se maravilló de que no fueran aceptados por él y de que no se siguiese la paz deseada[1205].

En vista del rechazo francés a su plan de paz general, Carlos V tanteó una mayor aproximación a la Casa hermana de los Austrias de Viena. En octubre del mismo año de 1540 convocó a los principales señores de los Países Bajos para plantearles el futuro de aquellos dominios, pidiéndoles su consejo sobre si debían quedar para su hijo Felipe, o bien como dote para María, que había de casar con el segundo hijo del rey de Romanos, su hermano[1206]. Como contrapunto, tomaría una medida que sería poco grata tanto a Francisco I como a los vieneses: la cesión del Milanesado a su hijo Felipe[1207].
Entretanto, sus ministros iniciaron en Hagenau las conversaciones religiosas que se habían aprobado en los acuerdos de Francfort de 19 abril de 1539. Nunca las dos partes estuvieron más deseosas de encontrar una fórmula que alcanzase la unidad. El grupo de teólogos protestantes estaba acaudillado por Butzer, no acudiendo ni Lutero, que miraba con desconfianza aquel intento de avenencia, ni Melanchton, que por entonces se hallaba enfermo; pero sí Calvino, que acompañaba a los representantes enviados por la ciudad de Estrasburgo. Por el lado católico estaban los teólogos Eck, Faber y Cochlaeus. Las conversaciones siguieron pronto en Worms (noviembre de 1540), incorporándose Melanchton y un grupo de políticos, entre los que destacaban los tres Príncipes que buscaban la vía media: Guillermo de Clèves —que por entonces negociaba ya su ingreso en la Liga de Schmalkalden—, y los príncipes electores Luis V del Palatinado y Joaquín de Brandemburgo. El Emperador estaba representado por Fernando y por Nicolás Perrenot de Granvela, su hombre de confianza para los asuntos del Imperio. El papa Paulo III, que tan a mal había llevado los acuerdos de Francfort, hasta el punto de acusar a la reina María de Hungría de protectora de los herejes, envió, sin embargo, a uno de los representantes más dúctiles y más deseosos de lograr una verdadera concordia religiosa; el cardenal veneciano Contarini, que sustituyó al más inflexible Morone. Todo parecía propicio para una solución definitiva.
Pero las reuniones de Worms no dieron más resultado que el de un aplazamiento hasta la Dieta de Ratisbona. En los primeros contactos debatieron los teólogos protestantes Melanchton y Butzer con los católicos Eck y Mensing, siendo los temas principales tratados el posible matrimonio de los sacerdotes, junto con la comunión bajo las dos especies; cuestiones ambas que solicitaban los protestantes, que el propio rey de Romanos apoyaba y que incluso en su tiempo había pensado conceder Clemente VII[1208]. Asimismo, las espinosas cuestiones de la primacía pontificia y de los bienes eclesiásticos secularizados por los príncipes protestantes, que por afectar a tan decisivos aspectos de la vida política —el poder y la economía— resultaban muy difíciles de conciliar. Contra las esperanzas de los católicos, Melanchton —que tan contemporizador se había mostrado en la anterior controversia de Augsburgo— adoptó una actitud más rígida, en lo que se echaba de ver la influencia de Calvino. Sin embargo, acordándose el aplazamiento de las conversaciones para la Dieta de Ratisbona, ya convocada, las esperanzas de un arreglo siguieron vivas.
El 5 de abril de 1541 se inauguraba la Dieta de Ratisbona, convocada por el Emperador, «para la concordia y remedio de las cosas de la religión», como recuerda en sus Memorias[1209], pues se creía en el deber de dirigir aquellas conversaciones religiosas, como cabeza imperial de la Cristiandad, tanto más cuanto que por lo pronto el Concilio —que Paulo III había convocado el 2 de junio de 1536— había sido aplazado.
El Emperador, a poco de entrar en Alemania, suspendió los procesos que tenía incoados la Reichskammergericht contra los protestantes. Era una verdadera llamada a la paz y al espíritu de concordia. El 23 de febrero entraba Carlos V en Ratisbona.
Tuvo aquella Dieta un doble carácter religioso y político, aunque quizá en ninguna predominase tanto la preocupación teológica como en esta. Entre los Príncipes que acudieron al llamamiento del Emperador estaban el duque de Baviera, Enrique de Brunswick, el conde Federico del Palatinado, Joaquín II de Brandemburgo y Felipe, landgrave de Hesse. El príncipe elector de Sajonia, Juan Federico, se hizo representar por su canciller. Acudió también una representación de la ciudad de Estrasburgo, dirigida por Sturm, en cuyo acompañamiento iba Calvino.
Abiertas las sesiones de la Dieta el 5 de abril, la primera cuestión a resolver fue la de las conversaciones religiosas, siguiendo lo acordado por ambas partes en las reuniones previas de Hagenau y Worms. El propio Carlos V proclamó su afán por conseguir una solución satisfactoria, que incluía la gran reforma de la Iglesia, como solicitaba al Legado apostólico; añadiendo cómo a su entender, hasta que se celebrase el Concilio que lo resolviese, era necesario llegar a un acuerdo en el Imperio, tal como lo consiguieran los teólogos designados por ambas partes[1210]. Fue nombrada una Comisión de seis miembros, compuesta de tres teólogos católicos y otros tantos protestantes. Por el lado católico estaban el conocido y enérgico Eck, Gropper y Pflug; mientras el sector protestante lo integraban Melanchton, Butzer y Pistioro. Las sesiones las presidía el conde Federico del Palatinado y sobre ella influían de un modo indirecto, pero decisivo, otra serie de figuras: Contarini —el Legado pontificio—, Granvela y el propio Emperador. Sobre Melanchton continuaba ejerciendo notable influencia la figura de Calvino.
El partido imperial, bien dirigido por Granvela, había comenzado con fortuna. En lugar de la confesión de Augsburgo, que había redactado Melanchton y que los protestantes deseaban como base de partida, fue aceptado el que se conoce como libro de Ratisbona; se trataba de una serie de principios religiosos redactados en la Corte imperial, con la experiencia de los anteriores debates, y en los que se trataban de sentar los principios de la avenencia posible, con los puntos que podían darse por comunes y aquellos otros en los que era preciso llegar a un acuerdo. A ese respecto contamos con un documento verdaderamente valioso, perteneciente al material que había reunido Pedro Girón para su Crónica de Carlos V. Se trata de un informe «sobre los comienzos de la Dieta de Ratisbona» de 1541. En él se anotan los personajes alemanes que acudieron a la Dieta, y se indican «las cosas que S. M. mandó proveer en la dicha Dieta», y la primera de ellas,

 la revisión de las cosas de la fee…

Hubo un momento esperanzador, que registraría el cronista:

Escríbese que en tres veces que se habían juntado —los teólogos de la Comisión sobre las cosas de la fe— estaban concertados en cuatro cosas déstas, las más importantes, las cuales no se publicaban por entonces…

Entre ellas estaban lo del casamiento de los clérigos y lo de «la comunión en dos maneras», esto es, de pan y del vino.
Parecía una puerta abierta a la esperanza, y el documento nos presenta a un Carlos V ansioso de aquella concordia:

Dicen que S. M. lo toma muy prudentemente, porque lo lleva por vía de concordia…

Y añade, sobre el comportamiento del César:

Hace muy gran tratamiento de bueno a todos aquellos Príncipes y señores, por donde se espera muy buen fin. Dios le dé tal cual vee que conviene al ensalzamiento de su santa fe católica[1211].

En efecto, la Comisión, trabajando sobre el libro presentado por Granvela, llegó a varios acuerdos en puntos concretos, como el matrimonio de los clérigos y la comunión bajo las dos especies, que venía a constituir lo concedido a los husitas en la paz de Ihilava, ya que el matrimonio de los clérigos era una cuestión de disciplina.
Más sólido pareció el avance en otro punto que se consideraba como muy espinoso: el de la doctrina luterana de la justificación por la fe. Se logró una fórmula que pareció aceptable a los dos partidos. En cambio, al tocar el tema de la transubstanciación, se chocó irreductiblemente. Tanto Melanchton como Eck mantuvieron sus posturas, respaldados por Calvino y Contarini respectivamente. Ello con la desesperación de Carlos V, que se había hecho muy vivas esperanzas. ¿No existía un verdadero espíritu de concordia en ambos sectores? ¿Y no tenían, acaso, todos el mismo Evangelio? Sin embargo, fue imposible encontrar la vía media, bajo la base erasmista. En realidad, los tiempos caminaban hacia un endurecimiento en la cuestión religiosa, que había de caracterizar todo el período posterior. Y así resultó que, tanto los Estados católicos como los protestantes, rechazaron los resultados conseguidos por la Comisión. Incluso la fórmula de conciliación sobre aquella materia de la justificación por la fe, que había parecido el gran triunfo de la Comisión por tocar a la sustancia de la doctrina luterana, fue igualmente rechazada por Paulo III y por Lutero. Los radicales ganaban la partida a los moderados.
Grande fue el desengaño de Carlos V, tanto mayor cuanto que había puesto muchas ilusiones en un resultado favorable. Había llegado a la Dieta con la salud quebrantada. A los ataques de gota se le habían añadido frecuentes catarros aquel invierno, de forma que ya no se encontraba con tantas fuerzas para trabajar como antes; así se lo confesaría a su hermana. Y una nueva señal de alarma: ¡tenía débiles las piernas! Por si fuera poco, su hermana María le planteaba su deseo de dejar el gobierno de los Países Bajos[1212]. ¡Todo se le juntaba! Apremiado por el tiempo, clausuró la Dieta a fines de julio. Tanto él como su hermano Fernando tenían que acudir a la amenaza del Turco; Fernando en Hungría —se ventilaba la suerte de Budapest, que aquel mismo año caería otra vez en poder de Solimán— y Carlos en el Mediterráneo occidental. Pues había demorado mucho una empresa constantemente solicitada por sus reinos hispanos, la empresa de Argel. En 1536, la había dejado para enfrentarse con la agresión de Francisco. En 1538, la Liga ofensiva con el Papa y Venecia había llevado su escuadra a Castelnuovo, plaza perdida en 1539; precisamente el mismo año de la rebelión de Gante, que le había obligado a desplazar su poderío hacia el norte. Sabiendo que no tardaría en complicarse la situación en aquellas regiones nórdicas y que tan solo había conseguido una tregua, quería Carlos V probar antes la suerte de las armas contra el corsario Barbarroja, atacándolo en su propio corazón.
Por lo tanto, y dado que el verano se echaba encima, desilusionado de su papel de árbitro que con tanta fe había desempeñado, firmó Carlos los acuerdos de la Dieta de Ratisbona el 29 de julio de 1541. Se ratificaba la posición alcanzada por los protestantes en la paz de Nüremberg de 1532, se les hacía concesiones en su participación en la Reichskammergericht, y, si bien se protegía a los monasterios, se les exigía una reforma institucional.
Por lo tanto, la Dieta de Ratisbona supondría una gran decepción. Al entusiasmo de Carlos por arbitrar una solución religiosa, contestaron los Príncipes del Imperio con su abstención, casi en bloque. En sus Memorias, Carlos V dejaría constancia de su desilusión: todo aquel esfuerzo había sido en vano[1213].
Pero algo quedaría: el testimonio de su afán por conseguir pacíficamente la solución al magno problema de la escisión de la Cristiandad.

§. La empresa de Argel
En 1541, solucionado el problema político de los Países Bajos y embrollada en cambio la cuestión religiosa del Imperio, tras los pobres resultados de la Dieta de Ratisbona, Carlos V se plantea un objetivo inmediato que le devuelva el pleno apoyo de España. Intuye que Francia está a punto de romper de nuevo, al rechazar su plan de ceder los Países Bajos, en vez del Milanesado. También hay que temer una acción ofensiva de Solimán sobre la desventurada Hungría; de hecho, Fernando le pide un fuerte socorro, en hombres y dinero, con el que hacer frente a la amenaza turca. Por otra parte, Carlos quiere negociar con el papa Paulo III la próxima convocatoria del Concilio, y para presionarle, una vez dejada Ratisbona, se entrevistará con él en Lucca, dado que también estaba pendiente la forma conjunta de combatir al Turco. Se llegó al acuerdo de mandar 5.000 soldados al rey Fernando (2.000 el Papa y 3.000 el Emperador), ayuda insignificante para lo que se le venía encima al rey de Romanos. De ese modo, Budapest se convertiría en una ciudad musulmana en aquel verano de 1541.
El mismo verano en que los agentes franceses Fragoso y Rincón eran asesinados en Lombardía, dando pie a Francisco I para tomarlo como casus belli.
Ante un panorama tan incierto, Carlos V toma una decisión sorprendente: pasar de la defensiva a la ofensiva. La empresa de Argel estaba en marcha. Y eso cuando el otoño ya se había echado encima.

 la estación estaba casi gastada…

Es el propio Emperador quien así lo reconocía. ¿Qué motivos le llevaron a ello? ¿Qué razones le hicieron pensar que era una empresa asequible a su poderío?
En primer lugar, los motivos.
Tenemos a un Emperador que ha cumplido ya los 41 años, y que lleva prácticamente un cuarto de siglo recorriendo los caminos de Europa, debatiendo con los potentados de su tiempo en pro de una Universitas Christiana unida, un Emperador al que le ha tocado vivir al lado de Lutero y de Calvino, con Papas recelosos de su poderío, como León X o Clemente VII, con Reyes tan difíciles de contentar como Francisco I o como Enrique VIII, y teniendo enfrente al poderoso, al temible Islam en el momento de su mayor empuje, con el otro gran Emperador en la cumbre, nada menos que Solimán el Magnífico, el conquistador de Belgrado y de Budapest, cuya espada es la pesadilla de húngaros y de austriacos. Y en el Mar Mediterráneo, en el Marem Nostrum de la Antigüedad romana, el arrojo y la pericia de un hombre de fortuna: Khaired-Din, Barbarroja, el que se apodera de Argel en el mismo año en el que Carlos V inicia su andadura como rey de las Españas.
Argel, un nido de corsarios que devastan las costas del Levante español, refugio de los moriscos rebeldes al poderío imperial. Y su reyezuelo, Barbarroja, alzándose hasta la altura de Almirante, de gran jefe de la poderosísima armada turca, y estableciendo lazos de amistad con los puertos, con los navíos y con los marinos franceses, los sempiternos rivales y enemigos de España.
Primer motivo, por tanto: atender al clamor de España. Porque España entera alzaba su voz pidiendo que Argel fuera domeñada, que una expedición de castigo mejor organizada —y, sobre todo, mejor dirigida— que la que en 1520 había sido encomendada al desventurado Hugo de Moncada, asaltase aquel nido de feroces piratas y terminase con aquella pesadilla.
Era algo prometido por el César, ante los apremios de su pueblo, ante los ruegos de su propia esposa, la emperatriz Isabel. Pues, en efecto, Isabel había hecho presente al Emperador la sinrazón de que mientras Carlos V empleaba los hombres y los dineros de España en combatir al Turco en Viena o en Túnez, con gran alivio de austriacos y de italianos, las galeras argelinas saquearan muy a su placer las costas hispanas, sometiendo a sus poblaciones del litoral a terribles pillajes, como el sufrido por Menorca en 1529.
Cosa en verdad escandalosa.

No se habla de otra cosa en el Reino.

Ese sería el penoso comentario de la Emperatriz.
Por lo tanto, había una deuda contraída por el Emperador. Y la sombra de la Emperatriz parecía recordárselo a cada instante. Y en aquel año de 1541, cuando tan reciente tenía el amargo desengaño de castigar a su ciudad natal, aquella altiva y rebelde ciudad de Gante, cuando todos sus intentos por negociar una solución pacífica al magno problema de la Reforma en Alemania habían resultado inútiles, con el vacío de los Príncipes alemanes que ni siquiera se habían acercado a la Dieta de Ratisbona, con manifiesto desprecio a su poder y a su dignidad imperial, cuando Paulo III seguía mostrándose tan reacio a convocar de una vez por todas el Concilio, y finalmente, ante los signos cada vez más evidentes de que Francisco I deseaba romper la paz y hostigarle ¡otra vez! con la guerra. Y ante todo ese cúmulo de circunstancias adversas, Carlos V miró hacia España como la tierra que era el verdadero fundamento de su poderío y consideró que había llegado el momento tantas veces reclamado por aquellos vasallos suyos: el asalto de Argel.
Cierto, entre unas cosas y otras, el verano estaba muy vencido; la estación «estaba casi gastada». Pero Carlos V confiaba que en aquella lucha contra el Islam, en aquella mini-cruzada no podía faltarle el favor divino:

… considerando que el tiempo estaba en manos de Dios…[1214]

Había, además, algunos signos favorables, que parecían indicar que los encuentros con los argelinos no eran tan temibles. Por una vez parecían volverse las tornas, siendo las galeras españolas las victoriosas. Estaba reciente la búsqueda y captura nada menos que de Dragut, el temible y sanguinario Dragut, el lugarteniente de Barbarroja, sorprendido y apresado por Joanetín Doria en aguas de Córcega. Y en aquel mismo año, en aguas de la isla de Alborán, las galeras de don Bernardino de Mendoza habían derrotado a los argelinos, liberando a cerca de mil galeotes cristianos, puestos al remo de las galeras enemigas.
Todo animaba, pues, al César para acometer una hazaña similar a la conseguida en aguas de Túnez seis años antes.
Sus efectivos no eran pequeños. Del Imperio había traído un buen golpe de alemanes. Contaba con sus fieles tercios viejos de guarnición en Italia, donde además había reclutado 5.000 soldados italianos. A ese ejército, que ya era temible, se incorporaban las formaciones de caballería pesada y ligera, la artillería y las naves convenientes para el transporte y el abastecimiento.
Y había que añadir algo difícil de precisar, tanto por su número como por su eficacia: la nube de aventureros que de pronto se incorporaron al ejército imperial, procedentes sobre todo de España.
Parecía que toda España, en efecto, se ponía en armas y para tomarse la justicia por tantos saqueos sufridos.
Pero no eran solo aventureros. Allí acudían también la pequeña nobleza, los hidalgos y escuderos, y por supuesto, buen número de representantes de la alta nobleza, de aquellos nobles que acompañaban al Emperador en sus viajes y en sus guerras: el duque de Alba, el primero, pero también otros grandes y títulos, como los condes de Feria y de Luna, como don Pedro de la Cueva —el que tenía bajo su mando la artillería—, y como don Martín de Córdoba, el valiente y experimentado soldado de África, como gobernador que era de la plaza de Orán.
Y entre tantos, un personaje de gran relieve, un hombre de la fama, un conquistador ya célebre: Hernán Cortés.
Con tales medios se dispuso Carlos V a emprender la campaña de Argel, entrado ya el verano de 1541.

§. La ruta de la expedición imperial
Con esa confianza, asumiendo a la vez el riesgo de una guerra abierta en la que ponía su propia persona —aquello que decía el poeta:

… puesta la vida
tantas veces por su ley
al tablero…[1215]

después de su entrevista en Lucca con Paulo III, a 20 kilómetros al norte de Pisa, de mediados de septiembre de 1541, se dirigió al puerto de La Spezzia. Allí embarcaría con las tropas reclutadas en Alemania e Italia. La ruta, hacia Palma de Mallorca, para la gran concentración con el resto de la armada y del ejército, procedentes de España, haciendo escala en el puerto corso de Bonifacio, en el sardo de Algher, y en el menorquín de Mahón. Una travesía por fuerza lenta, de modo que hasta el 13 de octubre no fondeaba la escuadra imperial en la bahía de Mallorca. Y el 19, tras el aviso de que el resto de la armada española había llegado ya a Ibiza, Carlos V zarpó con todos sus efectivos rumbo al sur.
Al sur, donde se hallaba en la costa norteafricana, la codiciada plaza de Argel. Apenas 300 kilómetros de mar abierto separaban al Emperador de su última aventura africana, de la prueba de fuego que de él pedía toda España.
El 19 de octubre Carlos V desembarcaba en el cabo Matafú. Argel estaba «a tiro de cañón».
Se iniciaba la gran aventura.
Se trataba de una empresa que parecía asequible. El ejército de Carlos V, con sus mercenarios alemanes e italianos y con los temibles tercios viejos, teniendo el apoyo de aquella fuerte armada al mando del veterano Andrea Doria, parecía mucho más fuerte que aquel con el que Barbarroja contaba para defender la plaza, en el que solo ayudaban un millar de turcos y, eso sí, los moriscos españoles procedentes sobre todo de Valencia y de Granada. Con un emplazamiento fuerte sobre el mar, donde destacaba la famosa Kasba, Argel se había visto beneficiada con el dominio del cercano Peñón —el Peñón de Argel— que habían conquistado en 1529; pero, de todas formas, no podía compararse con Túnez y con la impresionante fortaleza tunecina de La Goleta.
De modo que todo parecía augurar un fácil triunfo imperial. Mas, de pronto, las cosas comenzaron a torcerse.
Oigamos al propio Emperador. Él será el cronista fidedigno que nos detallará el desarrollo de los acontecimientos: el desembarco inicial, los primeros tanteos contra la plaza argelina, el cambio del tiempo alborotando la mar, la tormenta, los desiguales combates con los arcabuces fuera de juego, la penosa retirada, el naufragio de tantos barcos, el consejo de guerra acordando dar por imposible el asalto a la plaza, el reembarque en las galeras y, por último la decisión de volverse a España.
Todo esto escribiría el Emperador, con especial amargura, a uno de sus hombres de máxima confianza: a su embajador en Venecia, don Diego Hurtado de Mendoza.
Veamos sus fragmentos más significativos.
Por ejemplo, el esperanzador embarque en Palma de Mallorca, de cara a Berbería:

Al día siguiente, miércoles 19 por la mañana, nos engolfamos con buen tiempo y aquel día y la noche siguiente se navegó con buen viento, de manera que el jueves amanescimos sobre las costas de Berbería…

§. Tormenta en el mar, desastre en tierra
Pero el buen tiempo duró poco. Ya a las vistas de Berbería comenzó la borrasca:

… el viento se mudó…

El Mediterráneo, de suyo tan sereno, tan en calma, con la furia del viento se encrespó:

… arreció gran viento y gran mar…

Eso obligó ya a dispersarse a la armada, buscando el Emperador el refugio del cabo Matafú, al este de Argel, mientras otra parte de sus naves lo tanteaban al oeste de la plaza. La incertidumbre empezó a campear en los cuadros de mando. No en vano eran bastantes los que habían advertido que esa época del año era muy traidora, y que un fuerte temporal podía resultar temible, si la armada no encontraba un refugio seguro. Con el espejismo de la notable victoria obtenida seis años antes en Túnez, se montó una operación similar sobre Argel. Pero la campaña tunecina se había librado en pleno verano, en el mes de julio, mientras que la empresa de Argel se hacía tan entrado el otoño. De forma que la primera condición era encontrar un puerto que pusiera al abrigo las naves, en caso de temporal, tan propio de la estación. Con lo cual, se ponía de manifiesto que podía haberse seguido un plan alternativo: hacer el desembarco al seguro de los cañones de Orán, la plaza conquistada por Cisneros, y encomendar al ejército la campaña terrestre sobre Argel, con el apoyo siempre que fuera posible de la armada. Pero ese plan también resultaba arriesgado: ¿cómo cubrir los 400 kilómetros que separan ambas ciudades norteafricanas? Imposible lograrlo antes de que se echara el invierno, lo que obligaría al ejército imperial a invernar en territorio argelino. Algo impensable. La técnica bélica del Renacimiento tenía sus limitaciones, que obligaban a una tregua, y no solo en el invierno. De hecho, las campañas solían reducirse a los cuatro meses del verano, y de ahí que las levas de mercenarios, alemanes, suizos o italianos, se hiciesen por ese período de tiempo. Cuando entraba el otoño, los Reyes renacentistas reducían drásticamente sus gastos militares, licenciando la mayor parte de sus efectivos militares. En la Monarquía Católica los únicos soldados que se seguían manteniendo en pie de guerra eran los tercios viejos, que servían de guarnición en los principales dominios italianos.
Por lo tanto, y de cara a la empresa de Argel, dado que se había escogido la acción directa e inmediata sobre la plaza, la clave estaba en que tornase el buen tiempo.
Eso fue lo que pareció a los dos días de que se avistase Argel, como el Emperador recogería en su carta a Diego Hurtado de Mendoza:

El sábado a la noche abonanzó —escribiría el Emperador—, y el domingo 24 del mes por la mañana las galeras… se juntaron…, y se desembarcó la infantería, 6 ó 7 millas de Argel…

Todo parecía enderezarse. Mas, de pronto el tiempo, tornadizo, empeoró otra vez, y tanto que ya fue imposible desembarcar el resto. ¡Y en ese resto estaban los víveres para las tropas! Hubo que buscar un lugar adecuado para acampar, donde al menos hubiera agua, pero ya con las escaramuzas de los caballeros argelinos, manteniendo al ejército en continua alarma, con sus amedrentadores alaridos:

… con grita y vocería…

Para seguridad del campamento, Carlos V hizo tomar un monte cercano por su fuerza de choque: los tercios viejos españoles. Todo dependía de poder abastecer adecuadamente el campo, para ultimar el asalto a Argel.
De nuevo el temporal sería el gran y temible protagonista. Con qué angustia lo sentiría Carlos V se echa de ver en su relato. A fin de cuentas, él había impuesto su criterio de acometer la empresa, frente al consejo de sus capitanes, sobre la base de un ingenuo creyente:

… considerando que el tiempo estaba en manos de Dios…

Ahora bien, no eran menos creyentes los musulmanes argelinos, que podían considerar que Dios estaba de su lado contra aquellos invasores.
Y Carlos V anotaría, entristecido:

A la tarde se comenzó a turbar el cielo, y en anocheciendo comenzó a llover con viento de tramontana…, el cual y el agua fue cresciendo de manera que la noche fue para el campo de tierra[1216] muy trabajoso y para las galeras y armada del mar muy tempestuoso y de gran peligro…

¡Qué oportunidad para el enemigo! Tanto más que con tanta agua como caía, los arcabuceros no podían encender las mechas de sus arcabuces y quedaban a merced de las ballestas argelinas, el arma medieval que en esos momentos resultaba terriblemente efectiva:

… los enemigos, viendo lo que se padescía, así en la tierra como en la mar —sigue Carlos V en su relato—, ayudándose desta ocasión, y conosciendo que con la gran agua que sin ninguna intermisión había llovido y llovía, no podían ser ofendidos de nuestra arcabucería, juntándose todos los alarbes que habían en la tierra, saliendo también los turcos y moros que estaban dentro de Argel en gran número, en un mismo tiempo cargaron con gran ímpetu…

¡De forma que los defensores pasaban a ser los ofensores, llevando la iniciativa del combate! A duras penas el ejército imperial aguantó la acometida, mientras la tormenta seguía creciendo, de modo impresionante

 cresciendo siempre la tempestad del agua y viento y la groseza de la mar…

Se vio a las naves arrojar toda la carga (artillería, incluso provisiones), en un desesperado intento de mantenerse a flote, las que lo lograron; pero imposibilitadas por completo de apoyar al ejército, y menos de abastecerle:

De las naves de la armada dieron en tierra todos los baxeles pequeños y algunas de las gruesas, y de otras cortaron y derribaron árboles y las obras muertas, y de todos echaron a la mar para poderse sostener de la victualla y provisión, artillería y municiones y carga que en ellas había…

De ese modo, los sitiadores se convirtieron en sitiados, y el hambre hizo su presencia en el ejército imperial. Se vio a los soldados desbandarse, para arrancar del campo los modestos palmitos con los que poder sobrevivir, y matando los pocos caballos que habían podido desembarcar.
En otras palabras: la situación pronto se convirtió en desesperada. Solo amainó transitoriamente el temporal el miércoles, para otra vez encapotarse el tiempo. Y Carlos V tuvo que batirse en retirada, hasta el cabo Matafú, siempre perseguido por las fuerzas argelinas. Convocado un consejo de guerra, la opinión de sus capitanes fue unánime: se imponía abandonar la empresa y reembarcar los restos del ejército, antes de que el desastre fuera mayor y de que el propio César cayera muerto o en manos de tan encarnizados enemigos.

Llegados aquí —termina el Emperador su relato—…, por no aventurar todo lo que por la clemencia de Nuestra Señora ha quedado, se ha resuelto, dexando por agora la empresa para otro tiempo que, con su ayuda, se podrá más convenientemente hacer, embarcar la gente en las naves que han quedado y irnos a España…

Ya no se habla de Dios, en cuyas manos estaba el tiempo. Como en el relato humorístico, Carlos V también habría podido exclamar (si es que su estado de ánimo se lo hubiera permitido) ¡que las intenciones de Dios ya estaban vistas! Curiosamente, su fe le hace acudir a la protección de la Virgen, la amparadora de los desventurados mortales, acaso pensando en Nuestra Señora de Guadalupe a quien tanto invocaban los marinos a la hora de los temibles naufragios, como lo había hecho, sin ir más lejos, el propio Colón.
Lo que resultaba evidente es que para los capitanes del ejército imperial lo que contaba era salvar al Emperador, que pudiera volver sano y salvo a España. Y eso también lo recoge Carlos V.
Abandono, por tanto, de una campaña mal proyectada, y reembarque inmediato. Esa sería la decisión postrera, tomada el 2 de noviembre.
Solo una voz discordante: la de aquel soldado incorporado como uno más, pese a su brillante ejecutoria. Pues Hernán Cortés abogó porque el ejército se tomara un tiempo, para el último intento de asaltar Argel. Pero no fue oído. En definitiva, se habían perdido naves, armas y víveres, pero del ejército los más entre la pura tropa.
Y eso, para la mentalidad de la época, no era poco. El propio Carlos V lo señalaría:

La gente de las galeras y naves se recogió y salvó por la mayor parte, y en los que se perdieron y fueron muertos, no hubo hombre de cuenta…

Ya no quedaba más que pensar en salvar el resto y en el regreso a España. Porque a la tormenta del mar podía temerse que sucediera la de la tierra, la de la ofensiva de todos los enemigos del Emperador que, al verle tan derrotado, quisieran aprovechar la oportunidad para acabar de abatirle por completo:

… irnos a España —es ya el deseo de Carlos V— para proveer en las cosas della, y también por el inconveniente que de detenernos más tiempo aquí se podría seguir en las otras [partes] de nuestro Estado y del bien público de la Christiandad, para hallarnos donde mejor podamos atender a todas[1217].

De esa manera daba cuenta Carlos a su embajador en Venecia de lo que había ocurrido, y con tanta prisa, que la escribiría antes que la mandada a España.
Y ello por una razón: urgía minimizar el desastre ante la opinión pública italiana, y por ello, ante Europa entera.
La empresa de Argel había fracasado pero Carlos V, con lo mejor de su ejército, se había salvado.
Y eso era lo que contaba, como advertencia para quienes pretendiesen arrancar leña del árbol caído. Porque el árbol imperial seguía en pie y bien erguido.
O, al menos esa impresión quería dejar el Emperador, cuando todavía se hallaba en la costa argelina.
En adelante, abandonaría ya sus afanes de cruzada. Dejaría el resto de sus fuerzas para intentar solucionar las cosas de la fe, las cosas del Imperio.
El cruzado daba paso al Emperador de la Universitas Christiana.
El combate por la Europa unida animaría los últimos años de aquel infatigable luchador.
África quedaría atrás, como un problema irresoluble.
Europa, la Europa cristiana, era la que aguardaba al Emperador. Sería la última etapa de su quehacer imperial, antes de buscar el retiro de Yuste.

Parte V
El forcejeo por el norte

Contenido:

1. La cuarta guerra con Francia
2. Guerra en Germania
3. En la cumbre
4. Los últimos años del reinado
5. Adiós al poder

Entre Argel y Bruselas, entre el desastre ante el nido de Barbarroja y la jornada de la abdicación imperial, pasan catorce años en los que muchas cosas van a cambiar. Son los últimos años del reinado de Carlos V y también los últimos años de aquella pobre Reina que sigue viviendo su reclusión y su locura en Tordesillas.
De momento, para Carlos V España se ofrece como su anhelado refugio donde cobijarse, tras del duro revés sufrido en la costa norteafricana que a punto estuvo de costarle la vida. Allí ya no le aguarda su amada esposa Isabel, pero es donde sigue teniendo su hogar, donde viven sus hijos y donde está seguro de los vaivenes de la guerra.
No tiene mucho tiempo. El césar Carlos sabe muy bien que su decisión de investir a su hijo Felipe como duque del Milanesado le ha traído aparejada la renovada enemistad de Francisco I de Francia, su sempiterno rival. Atrás van a quedar las jornadas festivas, alegres, amistosas si se quiere, de su paso por Francia y la guerra apunta de nuevo contra él, contra sus aspiraciones de dirigir una Europa en paz y de disfrutar algo de sosiego.
Aun así, Carlos confía en contar con algún respiro, con un poco de tiempo, con unos meses, acaso con un año.
Un poco de tiempo que necesita para convivir con su hijo. Le hace falta construir ya su alter ego, convertir al Príncipe en el atento heredero que se incorpore desde España a las tareas de gobierno.
Un poco de tiempo para hablar con aquel muchacho de catorce años del que tiene que hacer un hombre cuanto antes.
Un hombre y un Rey, en suma.

Capítulo 1
La cuarta guerra con Francia

§. El regreso a España
En las horas difíciles es cuando se miden los grandes hombres. Y eso fue lo que ocurrió en el desastre de Argel. Ante la imperiosa necesidad de abandonar la empresa, el César se encontró con que, al haber sido destruidas no pocas naves por el tremendo temporal sufrido, era preciso sacrificar muchas cosas, entre ellas cientos de caballos, para poder reembarcar a todos los soldados; medida extrema a la que se resistían los caballeros que habían llevado a sus mejores corceles. Pero Carlos V se mostró inflexible: no podía embarcar ningún caballo hasta que no lo hiciese el último de sus soldados:

… antepuso la vida de un hombre y de muchos a la de un caballo, y caballos sin cuento que fueran…[1218]

Para entender bien eso hay que tener en cuenta el valor que tenía entonces el caballo, y que más de un noble llevaba varios, con lo que perderlos de golpe era como desprenderse de una pequeña fortuna, aparte de la especial relación que se opera entre caballero y caballo. Y así es notable lo que el cronista nos añade sobre Carlos V:

Fue muchas veces él mismo de nave en nave a los hacer echar o desjarretar, que por lindos los escondían…[1219]

Más revelador sobre su carácter es el comportamiento que tuvo a la hora de embarcarse; pues como quiera que hubiese arribado Andrea Doria y el César fuese a recibirlo, la tropa entró en sospechas de que al punto les dejaría abandonados a su suerte, y empezó a revolverse. Sintiéndolo Carlos V, les confortó prometiendo que no les abandonaría:

No temáis, amigos —les dijo—, que no me voy. Yo os prometo que el primero que aquí ha de quedar seré yo, y de no salir destos trabajos hasta teneros a todos fuera de ellos[1220].

Y así fueron embarcando según las diversas naciones, primero los italianos, después los alemanes, y por último los españoles. Pero aunque cada grupo llevaba sus rutas precisas, el mal estado de la mar lo alborotó todo. Como recordaría Carlos V en su Memorias aquellas jornadas, que se le habían marcado a fuego:

La tempestad fue tal que cada uno corrió a donde pudo y muchos fueron en dirección por completo opuesta a donde debían ir…[1221]

Las naves que llevan al Emperador avistan por fin las Baleares. La escuadra fondea primero en Palma de Mallorca y después en la hermosa bahía ibicenca de San Antonio. Ya el César está en España, pero todavía ha de navegar para poner pie en Cartagena. Allí se encuentra con un viejo amigo, don Juan Manuel que ha acudido a recibirle. Le consuela y le dice:

Señor, quien no se pone a nada nunca le acaesce nada[1222].

Es ciertamente el consuelo que le puede dar. A fin de cuentas, el desastre pone el contrapunto a la victoria, marca sus riesgos. Ahora podría valorarse en su justa medida lo que había supuesto el combate por Túnez o la cabalgata por Provenza. España había pedido al César que se acometiera la empresa de Argel, y el César lo había hecho, poniendo su propia persona en ello. Y a punto estuvo de ser cogido cautivo o de morir en la acción. Los gastos habían sido muchos, pero los peligros aún mayores. Y si los gastos recaían sobre los modestos pecheros, Carlos V no rehuía su propia participación.
Y acaso, de alguna forma, España valoró más al César, comprendió su tarea, sus afanes, sus sueños. Lo admiró por ello, perdonó las cargas a que sometía a sus vasallos y lo hizo más suyo.
Por ese camino tan extraño, Carlos consumó su hispanización y España logró su sintonía con el Emperador.

§. El César y el Príncipe
Pronto abandonó Carlos V Cartagena. Ansiaba verse con sus hijos, de los que llevaba separado casi dos años, y que tenían entonces su pequeña corte en Ocaña. Fue un encuentro agridulce, porque era la primera vez que a su regreso no estaba allí la Emperatriz para recibirle.
A partir de ese momento Carlos V se plantearía un objetivo: hacerse con el Príncipe, su hijo. Sabía que no tenía mucho tiempo, porque Francia estaba dando demasiados signos de querer aprovechar la oportunidad del desastre imperial ante Argel para reanudar su sempiterna hostilidad.
Poco tiempo. Apenas año y medio. Pero en esos meses, Carlos tendría a su lado al Príncipe. Debía hacer de él su alter ego, aquella alta función que tan bien había desarrollado su esposa Isabel. El Príncipe cumplía quince años en 1542. En esa edad él, Carlos, ya había sido declarado mayor de edad por su abuelo Maximiliano, haciéndose cargo del gobierno de los Países Bajos como conde de Flandes en la plenitud de sus funciones, libre ya de la tutela de su tía Margarita de Austria.
Y de ese modo, teniéndolo a su lado, en aquel ir y venir por Castilla, por Navarra y por Aragón, haciéndole participar de los grandes debates de Estado, de las reuniones de las Cortes de las dos Coronas, de los avatares de la guerra, pronto encendida en la frontera catalana (aunque sea dudoso que le expusiera al riesgo mismo del conflicto bélico), conversando continuamente con él, marcándole normas de gobierno y pautas de conducta, Carlos pudo quedar relativamente tranquilo: en el hijo encontraría al eficaz auxiliar que precisaba, tanto más cuanto que cada vez se iba imponiendo la necesidad de abandonar otra vez España para enfrentarse con la gran ofensiva que contra él preparaba Francisco I de Francia en la frontera de los Países Bajos.
Como es natural, de aquella etapa de convivencia entre padre e hijo apenas si quedan documentos, y mucho menos cartas cruzadas entre ambos, esas cartas que caracterizan el período posterior. Solo algunas referencias indirectas.
Así las que aparecen en sus Instrucciones sobre lo que habían hablado durante su estancia en el alcázar madrileño en los meses de enero y febrero de 1543. Dado que las Instrucciones son del mes de mayo, se trataba de charlas recientes entre padre e hijo, y Carlos V las recordaba perfectamente. La primera vez cuando justifica su partida. Entonces le dice:

… he determinado de ejecutarla, como en Madrid os lo dixe y a los de mi Consejo…[1223]

Y más adelante:

Como os dixe en Madrid, no habéis de pensar que el estudio os hará alargar la niñez…

Igualmente, el César había advertido de viva voz al Príncipe sobre los bandos de la Corte:

Ya se os acordará de lo que os dixe de las pasiones, parcialidades y casi bandos que se hacían o están hechos entre mis criados…

De forma que el Emperador ha tomado muy a pecho iniciar a su hijo en el poder. Y lo hace de persona a persona. Solo más adelante, teniendo escrúpulos de haberse dejado algo, es cuando coge la pluma para añadir o subrayar alguna que otra cuestión, como hemos de ver, y así lo declara entonces:

En lo que me queda que acordaros de lo que os dixe en Madrid…[1224]

§. Preparando la regencia de Felipe II
Carlos V creyó oportuno dejar bien asentadas las cosas del Príncipe, y no solo preparándole para la regencia de España, sino para que se convirtiera en su sucesor, en caso de que el curso de la nueva guerra con Francia le fuera tan contrario que le fuese en ello la vida.
A ese respecto, los temores del César eran grandes. Impresiona el cuadro que presenta a su hijo:

Me meto y hago este viaje, el cual es el más peligroso para mi honra y reputación…

El César va a una guerra de incierto resultado, en la que se jugaba su prestigio frente a Francisco I, su inevitable rival. Pero no solo el prestigio andaba en juego. Después del desastre de Argel cualquier cosa se podía temer. El peligro también alcanzaba a la persona y, por supuesto, a la bolsa:

… para mi vida y hacienda…[1225]

Por ello, Carlos considera que su hijo debe entrar de lleno en la vida, como gobernante y como hombre. Dios le había hecho para cumplir los altos deberes, y así se lo advierte:

… no embargante que vuestra edad es poca para tan gran cargo…

Él mismo, Carlos V, no era mayor cuando se había hecho cargo del gobierno de los Países Bajos.
Por otra parte, considera que es muy conveniente reanudar la alianza matrimonial con Portugal. Ello le depararía una sustanciosa ayuda, con la dote que llevara la Princesa portuguesa, pero además aseguraba la frontera occidental de la Monarquía Católica y mantenía así aquel status que tan beneficioso se había mostrado mientras había vivido la emperatriz Isabel.
Por lo tanto, una boda en perspectiva. ¿No tenían Juan III de Portugal y Catalina de Austria una hija que andaba por los 16 años? ¿Se iba a perder tal oportunidad? Esa era una edad perfecta para el cambio de estado en la mujer, según todas las consideraciones de la época; baste recordar los mismos personajes literarios, paradigmáticos de la vida amorosa, desde nuestra Melibea de Fernando de Rojas hasta la Julieta de Shakespeare.
Fernando de Rojas nos señalará el porqué de aquellos matrimonios tan tempranos. Como no podía ser de otro modo, la cuestión de la honra andaba por el medio. Así oímos razonar al padre de Melibea, sobre el matrimonio de su hija:
Pleberio:

No hay cosa con que mejor se conserve la limpia fama en las vírgenes que con temprano casamiento…[1226]

Un siglo más tarde, la madre de Julieta, al recordar que su hija estaba a punto de cumplir los catorce años, comentará:
Ladi Capuleto:

Bien: tiempo es ya de pensar en el matrimonio. Otras más jóvenes que vos hay aquí, en Verona, damas de gran estimación, que ya son madres. Si no recuerdo mal, yo misma antes de esa edad en que vos sois todavía una doncella…[1227]

Aparte de la evidente exageración de la madre de Julieta, pues nadie podía ser madre mucho antes de la edad de aquella doncella de los Capuletos, que aún no había cumplido los catorce años, nos encontramos con muchos otros testimonios coincidentes en presentarnos a muchas casaderas en torno a esa edad, tanto en casos históricos como literarios; tal ocurriría con Cristina de Dinamarca, casada con el duque Francesco Sforza de Milán, y de esa manera nos describe Cervantes a Isabela, su personaje femenino de La española inglesa, cuando habla de su próxima boda con Roberto:

A esta razón tenía Isabela catorce [años]…[1228]

Por lo tanto, los 16 años cumplidos de María Manuela ya permitían pensar en aquel matrimonio. Era la Princesa de Portugal, la hija de Catalina, aquella hermana tan unida a Carlos V, lo cual venía a ser un factor más de seguridad, de que tal enlace contribuiría de forma eficaz al asentamiento de la alianza entre los dos pueblos y entre las dos Monarquías, como lo había sido diecisiete años antes el del propio Carlos V con la emperatriz Isabel.
Solo que había un inconveniente, y no pequeño: el extremo parentesco entre ambos novios, que eran primos hermanos en doble grado, y descendientes ambos de Juana la Loca, de la que los dos eran nietos; grave circunstancia que tendría funestos resultados[1229]. Qué pudo cegar al Emperador para montar una boda tan peligrosa no es fácil de explicar. Evidentemente se dieron también motivos económicos, pues se esperaba que la dote de María Manuela de Portugal no fuera pequeña, aunque no llegara, ni con mucho, a la que había llevado en su día la emperatriz Isabel; pero bien sabido es que para la precaria hacienda imperial, cualquier ayuda económica era bien recibida. Aun así, el Emperador no podía ignorar el peligro de enlaces matrimoniales entre primos hermanos, que requerían permiso especial de la Iglesia para poder consumarse.
En todo caso, Carlos V prefiere dejar a su hijo casado, como para cumplir su paso de muchachuelo a la plena virilidad. Tenía necesidad de un hombre que le sustituyera y espera conseguirlo de ese modo.
En las Instrucciones íntimas que le deja, se lo diría muy claro:

Habéis de pensar —le advierte— que os hacéis hombre y con casaros tan pronto y dexaros yo en el gobierno que os dexo, anticipáis mucho el tiempo de serlo, antes que por ventura vuestra corpulencia y edad lo requieren…[1230]

§. El último gobierno directo de Carlos V en España
Durante año y medio aproximadamente, entre diciembre de 1541 y mayo de 1543, tendría lugar el último gobierno de Carlos V, de una forma directa, en España. Es la breve etapa que va desde su desembarco en Cartagena, el 1 de diciembre de 1541, tras el desastre de Argel, y su reembarque en Palamós a principios de mayo de 1543.
En ese tiempo Carlos V, cada vez más convencido de que se le avecina un nuevo conflicto con Francisco I, tratará de poner en orden de defensa la frontera pirenaica, desde las Vascongadas hasta Cataluña, pasando por Navarra, conectará con sus vasallos a través de las respectivas Cortes de Castilla y de Aragón y dejará un buen equipo de gobierno al lado de su hijo, para asegurar debidamente su entrada de lleno en el gobierno de la Monarquía hispana.
De hecho, su primer contacto con España había sido en Palma de Mallorca, donde desembarcaba el 26 de noviembre para un breve descanso. Pero urgiéndole la pronta llegada a la Corona de Castilla, a fin de convocar Cortes, apenas si pararía en Palma de Mallorca. El 27 de noviembre estaría otra vez en el mar, tocaría en la hermosísima bahía ibicenca de San Antonio Abad (el Portus Magnus de los antiguos), para costear después las costas alicantinas y desembarcar en Cartagena, como dijimos, el 1 de diciembre de 1541[1231]. Y sin darse punto de reposo entraría en la meseta por Murcia y Albacete, para alcanzar Ocaña el 18 de diciembre.
Allí le esperaban sus hijos, el Príncipe acompañado del cardenal Tavera, y a las puertas de la Villa, las infantas María y Juana. Un testigo del cortejo flamenco del César comentaría:

Ne says qui avoit plus grande joye de se veoir l’ung l’aultre, ou le père ou les enfants[1232]

Para entonces, ya Carlos V tenía convocadas las Cortes de Castilla en Valladolid, donde llegaría el 26 de enero de 1542.
Pero no sin antes acudir a visitar a su madre, doña Juana, en Tordesillas, pasando con ella cuatro días, del 23 al 26 de enero. Por lo tanto, no sería una visita fugaz, dadas las prisas con que ya se movía el Emperador.
Y eso hay que tenerlo en cuenta, para comprender su personalidad. Carlos V intuye que acaso sea la última vez que pueda ver a la pobre Reina cautiva, y le dedica esas jornadas, haciendo un hueco en su apretado calendario político[1233].
Y es que el Emperador estaba entrando en esa fase tan peculiar de la vida en la que empezaba a despedirse de lugares y de seres queridos a los que probablemente ya no volvería a ver. Y él lo sabía.

§. Cortes en Valladolid
Algo similar le ocurriría con las Cortes castellanas. Sería la última vez que Carlos se presentaría personalmente ante ellas. Presididas por Tavera, asistido por Cobos, se reunirían, según la costumbre, en la iglesia vallisoletana de San Pablo. En el discurso de la Corona se justificaría el buen quehacer imperial y su afanoso trajín por media Europa, sin olvidar la referencia a las aciagas jornadas de Argel: el viaje atravesando Francia, como huésped de su Rey, el apaciguamiento de Gante, los intentos negociadores con los luteranos, en la Dieta imperial de Ratisbona, la entrevista en Lucca con Paulo III, cuando ya preparaba la jornada de Argel. Eso le permitió justificar el retraso que llevaba:

… aunque este abocamiento con Su Santidad causó alguna dilación en la embarcación de S. M…[1234]

Curiosamente, también se justificaría la empresa argelina por las noticias que se tenían de estar mal defendida, con Barbarroja fuera, pues se hallaba en Constantinopla. También se aludía a la solidaridad de los Reinos italianos sujetos a la Monarquía Católica, preferentemente a Nápoles y Sicilia, cuya aportación económica había sido tan sustanciosa que había permitido el montaje de la empresa:

… una gran suma de dinero, con los cuales sirvieron los dichos Reinos de Nápoles y Sicilia…[1235]

Empresa desventurada

… por tempestad y fortuna de la mar…

De ese modo el César se había visto forzado a suspenderla, para refugiarse en España

… con la dificultad y trabajos que son notorios…[1236]

Después de lo cual, el discurso de la Corona se centraría en las amenazas que se cernían sobre Castilla, tanto por parte de Francia como del Turco, y la necesidad de que las Cortes votasen los oportunos recursos, como así lo harían, concediendo 300 millones de maravedíes, amén de los servicios extraordinarios, por valor de otros 150 millones de maravedíes[1237].

§. Hacia la guerra
Por lo tanto, un planteamiento de la situación internacional, que iba degradándose de día en día. ¿Qué lo había provocado?
Pues a principios de 1540, después de la triunfal acogida dispensada por Francia a Carlos V, la Europa cristiana podía confiar en que la tregua de las armas acabaría concretándose en una estrecha alianza de los dos antiguos rivales, que pusiera las bases de una paz estable para toda la Cristiandad.
Había pasado la etapa del ímpetu de los años juveniles, y la madurez de ambos monarcas permitía esperar una mayor prudencia en sus decisiones. Aquel terco obstinarse en guerras, que parecían muchas veces inspiradas por razones de prestigio, pero que las mentes más serenas denominaban guerras civiles, pedía un fin. Partidarios de la paz lo eran tanto el poderoso Montmorency en Francia como Granvela en el Consejo del Emperador, y la opinión pública en ambos países estaba cansada del continuo batallar[1238].
Sin embargo, todas las esperanzas resultaron fallidas.
¿Por qué? ¿Dónde radicaba el fallo? ¿Qué era lo que hacía tan irreductibles las posturas de los dos adversarios? Hoy podemos decirlo: Milán.
En efecto, diríase que en el dominio del Milanesado se cifraba la hegemonía sobre Europa. Habiendo fallado sus intentos de conquista, creyó Francisco I en la oportunidad de seguir la vía de las negociaciones. Y aunque durante la estancia de Carlos V en Francia parece ser que solo se habló de una posible boda del Emperador con la princesa Margarita de Francia, sin embargo, tras todos los gestos de amistad y de cortesía del soberano francés se ve apuntar claramente la misma petición: Milán. Cómo soslayar esa petición sin romper la tregua, antes caminando más firmemente hacia la paz, fue la gran cuestión, el gran problema diplomático que tuvo ante sí el Emperador desde el momento mismo en que se puso en camino hacia los Países Bajos. Entonces solo pensaba llegar a un sacrificio relativo respecto a Milán, con tal de contentar a Francia: y era dejarlo en terceras manos, cediéndolo bien al hijo segundo de su hermano Fernando, bien al infante don Luis de Portugal, siempre que el elegido casase con la princesa Margarita de Francia[1239].
Fue después de la rebelión de Gante cuando Carlos V llegó a la conclusión de que era muy difícil mantener sosegados los Países Bajos sin que los gobernara in situsu propio soberano. Y teniendo presente el deseo de la Emperatriz de dejarlos en dote para la infanta María, llega a una conclusión: que Francia se olvide del Milanesado, a cambio de casar al duque de Orleans —segundo hijo de Francisco I— con su hija María, la que tendría como dote no solo los Países Bajos sino también el Franco-Condado e incluso la región de Charolais.
En consecuencia, su embajador en Francia, Francisco Bonvalot, señor de Saint-Vincent, recibe detalladas instrucciones para proponer la paz a Francisco I sobre la base de aquella alianza matrimonial. La oferta se intentaba hacer más deseable mostrando las posibilidades de que el duque de Orleans y María podrían redondear sus Estados con la adquisición del ducado de Güeldres y del condado de Zutphen, con lo que podrían elevar el Estado al título de Reino, que sería uno de los mejores de la Cristiandad. Consumándose el matrimonio, la pareja podría vivir en los Países Bajos, a fin de hacerse con el país, gobernándolo bajo la dirección de Carlos V, «avec bon conseil», y supliendo al Emperador en su ausencia. De ese modo, haciéndose con el país, podrían convertirse en sus soberanos a la muerte de Carlos V.
Pero Francisco I no creyó en la sinceridad de Carlos V, ni tampoco le seducía su propuesta. ¿Podía creerse que el Emperador fuera capaz de ceder las tierras que le habían visto nacer? Por otra parte, lo que siempre había deseado Francisco I, por lo que había combatido desde principios de su reinado había sido Milán. Jamás olvidaría su campaña de 1515, que le había dado su posesión, tras la brillante victoria de Marignano. En cambio, lo que se le ofrecía era un futuro incierto sobre los Países Bajos, a favor de su hijo segundo, quien por el momento había de convertirse en un ministro imperial. De ese modo, Bonvalot no pudo prosperar en su negociación y hubo de notificar a Carlos V que Francisco I rechazaba su propuesta[1240]
Todo ello con asombro de Carlos V, quien creía que había hecho un gran esfuerzo en pro de la paz, lo que nos prueba cuán lejos se hallaban aquellos dos soberanos de llegar a un entendimiento. En sus Memorias —ya lo hemos visto— se sorprende por la negativa francesa.

Y conforme a la intención que llevaba y deseos que siempre tuvo de ver concluida una buena paz, en cuanto que llegó a los dichos Estados [de los Países Bajos] —nos dice—, mandó cartas al rey de Francia, ofreciéndole tan grandes partidos que se maravilló de que no fueran aceptados por él y de que no se siguiese la paz deseada[1241].

Y en parecidos términos se expresa posteriormente, en el discurso de la Corona de las Cortes de 1542, donde se dice que había ofrecido al francés, por beneficio de la Cristiandad y de sus reinos y súbditos,
tan grandes y aventajados partidos, que con razón y honestidad no los debiera rehusar…[1242] Ahora bien, el fracaso del proyecto de Carlos V abría una inquietante interrogante. Ya el cardenal Farnesio pudo escuchar de labios de Francisco I que no podía renunciar a sus antiguos aliados —los turcos y los protestantes— sin saber lo que le deparaba el futuro frente al Emperador. La tregua había dejado de ser un paso para la paz, convirtiéndose en una simple espera para reanudar la lucha en cualquier momento. En octubre de 1540, Carlos V, desengañado de poder conseguir la paz, se decide a ceder Milán a su hijo Felipe, y para compensar la falta de concordia con Francia, piensa en estrechar los lazos con su hermano. En vez de la boda de la infanta María con el duque de Orleans, desposarla con un hijo del rey de Romanos[1243]. A su vez Francisco I, viendo fracasar sus aspiraciones, se consideró burlado por Carlos V. Entendió que el César procedía de mala fe y que su deseo era entretenerle con vagas proposiciones, dilatando una solución tal como apetecía Francia. En consecuencia, decidió renovar su ya tradicional política de alianza con turcos y protestantes; política nunca olvidada, todo lo más soterrada, aun en los días de mayor euforia en las relaciones con Carlos V.
A ese fin se encaminaron los esfuerzos diplomáticos de un español al servicio de Francia, Antonio Rincón, a quien vemos en Constantinopla en el otoño de 1540. Ya para entonces había conseguido Francisco I que, gracias a su mediación, Venecia renovara su tradicional paz con el Turco. En cuanto a Rincón, despachado por Solimán a fines de 1540, hizo su viaje de regreso a Francia por Venecia y Suiza, esquivando el Milanesado. Después de largas entrevistas con Francisco I, tomó de nuevo el camino de Turquía acompañado de otro aventurero, el italiano César Fregoso. Pero esta vez, en lugar de bordear por el norte a Milán, como le aconsejaba el gobernador francés del Piamonte, Du Bellay, se decidió a seguir la ruta más corta, la vía fluvial del Po. En vano Du Bellay le advirtió de que, según sus informes, el marqués del Vasto, gobernador de Milán, tenía tomados los pasos y ejercía una estrecha vigilancia para apoderarse de ellos. Después se perdió su pista. Tardó en saberse que habían muerto cerca de Casal de Monferrato. Era el verano de 1541. Aunque la guerra entre Francia y España tardó aún casi un año en estallar, Francisco I tenía ya el pretexto[1244]. Bastaba solo la oportunidad para que la guerra fuese un hecho. Oportunidad que se la daría el desastre imperial ante Argel.

§. Visita a Navarra y Cortes de Monzón
Acabadas las Cortes de Castilla, partió Carlos V para el Reino de Aragón, acompañado de su hijo Felipe, que debía ser jurado como heredero de aquella Corona. Iban con Carlos V, además del príncipe Felipe, su hijo, el ayo, don Juan de Zúñiga, Cobos y el duque de Alba.
Queriendo dar orden en la fortificación de Pamplona, antes de tener las Cortes de Aragón, visitó Carlos el Reino de Navarra. De Pamplona pasó a Monzón, donde entraba el 22 de junio. Reunidas las Cortes en el habitual sitio, la iglesia de Santa María, leyó el protonotario del Reino, Climent, el discurso real, en el que, de forma aún más extensa y detallada que en el de las Cortes castellanas, se referían a los procuradores aragoneses los principales sucesos acaecidos, la labor realizada por el Emperador en defensa de la Cristiandad y de España, con sus muchas necesidades y la urgencia de ser pronto atendido[1245]. Sin embargo, pese a su impaciencia, hubo de permanecer Carlos V en Monzón todo el verano de 1542, hasta conseguir al fin el servicio acostumbrado de aquellas Cortes generales de Aragón, Cataluña y Valencia, que ascendería a la cifra de 66 cuentos. Al tiempo, aquellos procuradores procedieron al juramento de fidelidad al príncipe Felipe. El viaje de Carlos V, que sigue a continuación por toda la Corona de Aragón, acompañado de su hijo Felipe, formaría parte de su programa preparatorio para la lucha que se avecinaba. Por un lado obtiene de aquellas Cortes los subsidios que le son precisos, mientras por otro pone las bases de su nueva partida. El príncipe Felipe, reconocido y jurado por la ciudad de Zaragoza, acompaña a su padre para serlo igualmente por las de Barcelona y Valencia. Después de lo cual, Carlos V regresa a Castilla.
El tiempo se le echaba encima, tanto más cuanto que Francisco I ya le había declarado la guerra.
Sería la cuarta y última de aquellas guerras entre los dos rivales, que tanto afligirían a sus pueblos.

§. Se desata la guerra
En efecto, el 12 de julio de 1542 lanzaba Francisco I desde Ligny su «grito» o proclama de guerra contra el Emperador: Carlos V era culpable, tanto por no restituir al francés lo que era suyo —alusión clara al ducado de Milán— como por no haber castigado el asesinato de los embajadores Rincón y Fregoso, del que sus ministros no parecían libres de sospecha. En consecuencia, era preciso que el monarca francés vengase aquellas ofensas con la guerra; una guerra total, en la que se daba carta blanca a los franceses para que luchasen por tierra y mar, por todos los medios a su alcance, contra todos los súbditos del Emperador, con una sola excepción: el Imperio. No se respetaba, por lo tanto, la tradicional neutralidad en el terreno comercial, pero se trataba de asegurar a los Príncipes alemanes, para no lanzarlos en brazos del Emperador. La lectura del bando de guerra francés muestra como un odio largo tiempo contenido, al que se le da rienda suelta, como un furor insano del que se veía siempre vencido o burlado por su rival. La réplica de Carlos V, que nos transmite Alonso de Santa Cruz, es más serena, como aquel que solo tiene que justificar su defensa en una guerra que le venía impuesta. Se renovaba una vez más la hostilidad francesa, mostrándose vana la esperanza de una amistad duradera. Dados los caracteres de guerra total con que amenazaba Francisco I, advertía Carlos V a sus súbditos que se abstuviesen de todo trato comercial con Francia, al tiempo que ordenaba el secuestro de los bienes de los franceses que viviesen en sus Estados[1246].
Generalizado el conflicto, solo el papa Paulo III iba a librar una verdadera batalla en pro de la paz. Precisamente se había decidido Paulo III a la convocatoria del tan suspirado Concilio de la Iglesia, fijando su sede en la ciudad de Trento y su fecha para el 1 de noviembre. La guerra suponía un daño irreparable para la Cristiandad, obligando además al aplazamiento del Concilio. Para evitar la ruptura, envió Paulo III a las Cortes de los dos soberanos, a su camarero Juan Ricci; y más tarde, no rindiéndose a la evidencia de los hechos, a los cardenales Sadoletto y Da Silva, como legados pontificios para la paz. Todo fue inútil. Francisco I rechazó, en primer lugar, a Trento como sede del Concilio, y al mismo Concilio, por entender que su celebración beneficiaría la posición de su enemigo, al contribuir a pacificar Alemania. En cuanto a Carlos V, se consideró sumamente agraviado por el hecho de que en la convocatoria pontificia del Concilio se le pusiese en términos de paridad con Francisco I; él, que tantas veces había arriesgado su vida y gastado su hacienda por defender a la Cristiandad contra los ataques del Turco, tratado igual que quien no dudaba en aliarse abiertamente con aquel enemigo, e incluso a incitarle al ataque de la Europa cristiana[1247].
Los franceses desencadenaron la guerra con una triple ofensiva sobre Flandes, el ducado de Milán y Cataluña. Pero fue en este frente donde volcaron sus mayores esfuerzos, presentándose el Delfín Enrique sobre Perpiñán, verdadero portillo del territorio catalán, secundado por el mariscal D’Annebaut, y al frente de un fuerte ejército de 40.000 infantes y 4.000 caballos. Pero ya el duque de Alba había procedido, por encargo y orden expresa del Emperador, a una celosa investigación del estado defensivo de la plaza, haciendo reparar sus muros, completando sus líneas de defensa y acumulando víveres, municiones y soldados en cantidad suficiente como para hacer frente a un largo asedio. Aquello venía a ser como la réplica a la campaña de Provenza de 1536. Ahora se cambiaban los papeles, y frente a la ofensiva francesa y a sus afanes de batalla campal, en la que parecía confiar Francisco I, atento desde Narbona a los movimientos de Carlos V, el ejército imperial se limitará a una acción estrictamente defensiva, con tan buenos resultados como los conseguidos por Montmorency en la anterior protección de la línea del Ródano y en la defensa de Aviñón. El ejército del Delfín, después de cuarenta días de asedio, levantó el campo sin atreverse a un asalto frontal del sólido sistema defensivo organizado por el duque de Alba.
Se temió que Francia intentase un golpe de mano sobre Fuenterrabía o una invasión de Navarra, cuyas defensas quedaron a cargo del Condestable de Castilla, quien puso su cuartel general en Vitoria. En aquella ocasión se pudo comprobar que ya Navarra, pese a que no hacía sino treinta años de su incorporación a la Monarquía Católica, ya estaba plenamente integrada en su seno:

… el reino de Navarra —nos refiere el cronista Sandoval— se mostró tan leal, que los que quedaban en sus casas sustentaban a los que iban a la guerra, dando a cada soldado dos ducados cada mes…[1248]

Para aquella nueva guerra con Francia, que Francisco I le hacía con tanta crudeza, Carlos V pidió el apoyo a toda España. A la nobleza, que pagase cierto número de soldados, en proporción a sus posibilidades, si bien en concepto de adelanto, por lo alcanzada que se hallaba la Hacienda real. El mismo esfuerzo se pidió a los prelados y a las ciudades. Los nobles fueron requeridos, además, para acudir personalmente donde se hallase el Emperador, como lo refleja esta carta de Carlos V al conde de Feria:

… os ruego y encargo —le pide el Emperador— que estéis apercibido y a punto de guerra, para venir en persona a donde quiera que yo estuviere, cuando os tornare a escribir, porque demás de cumplir lo que debéis y sois obligado a defensión del reino, en esto me tendré de vos por muy servido[1249].

En el Milanesado los franceses trataron de sorprender el dispositivo de defensa del gobernador de Milán, marqués del Vasto. Consiguieron la conquista de la plaza de Cherasco, pero a eso se redujeron sus avances.
Fue en Flandes donde la guerra se encendió con más fuerza. El duque de Orleans logró ocupar el Luxemburgo, tomando su capital. El duque de Clèves, como aliado de Francia, reclutó un ejército de 12.000 hombres que, a las órdenes del capitán Martín van Rossen, asoló los Países Bajos meridionales, si bien fracasando en su intento de ocupar Amberes y Lovaina. Puso en grave aprieto al príncipe de Orange, que tuvo que refugiarse tras los muros de Amberes, pero se vio rechazado por los estudiantes de la Universidad de Lovaina, cuyo ardor suplió a las pobres defensas de aquella ciudad. Todo ello produciendo tales estragos en el país que llevarían después a una política de compensaciones económicas por el gobierno imperial, al menos a favor de los personajes más importantes[1250].

§. Carlos V abandona España
Fuerte en sus posiciones meridionales, tanto de España como de Italia, de la frontera pirenaica como del Milanesado, Carlos V comprobó lo que siempre había temido: que sus tierras natales, los Países Bajos, sí que eran sumamente vulnerables ante un vigoroso ataque francés.
Por lo tanto, urgía ponerse en camino, dejando España en manos de su hijo, bien asistido, eso sí, por sus mejores ministros: Tavera —ya para entonces Inquisidor General—, como primera figura y como príncipe de la Iglesia por su capelo cardenalicio, Francisco de los Cobos, el hombre indispensable para todo lo referente a la Hacienda, el fiel Zúñiga, como consejero inmediato del Príncipe para la vida cotidiana de la Corte, y el duque de Alba, como la primera espada de la Monarquía, al que se ponía al frente del ejército, para organizar la defensa ante el ataque que se avecinaba. Ya en la campaña de Cataluña, en torno a Perpiñán, el Duque había dado muestras de su talento militar, en unas acciones en las que se pudo rechazar a los franceses, y en las que, pese a su cercanía, no intervendría Carlos V, como si quisiera así seguir el ruego de las Cortes castellanas: que dejara la aventura de la guerra para sus capitanes[1251].
Tampoco parece probable que permitiera el César que lo hiciera su hijo, el joven Príncipe, lo que hubiera sido un riesgo innecesario y casi temerario[1252].
Carlos V saldría de Madrid, en ruta para Bruselas, el 1 de marzo de 1543. Hasta Alcalá de Henares, en su primera etapa, sería acompañado del Príncipe y de las Infantas[1253]. Siguiendo la ruta aragonesa (Guadalajara, Sigüenza, Medinaceli, Calatayud, La Almunia), a mediados de mes entraba en Zaragoza, donde se detendría cinco días. Después, por sus etapas —Fraga, Lérida— llegaría al santuario de Montserrat, donde pernoctaría ante la imagen venerada.
Con la solemnidad de siempre, Carlos V entraría en Barcelona el 10 de abril, siendo recibido por los concellers y los diputados. Durante veinte días, mientras se aprestaba la armada, el César reposaría en la ciudad condal. Era también la última vez que tal haría. El 30, con vientos favorables, embarca rumbo a Génova.
De pronto, un cambio del tiempo obliga al Emperador a buscar refugio en la pequeña cala de Palamós. Durante unos días ha de permanecer ocioso, esperando a que mudaran los vientos.
Y en esa espera coge la pluma y escribe a su hijo, el Príncipe, unas instrucciones íntimas que constituyen uno de los mejores y más reveladores documentos que nos confirman sobre la carga ética que Carlos V ponía en todas sus acciones.
Es un momento tristísimo. El Emperador se ve como cercado. Desde los Países Bajos, su hermana María le llama angustiada: las tropas francesas y de sus aliados han devastado medio Brabante, la propia Lovaina ha estado a punto de caer, salvándose in extremis por la defensa vigorosa de los estudiantes.
No eran mejores las perspectivas en el Mediterráneo, donde funciona con penosa eficacia la alianza franco-turca, y donde los venecianos —gracias precisamente a la intervención francesa— han hecho las paces con el Sultán. Y en esa situación, las posibilidades de Carlos V de superar tamañas pruebas se tornan más difíciles porque no hay dinero para nada; no lo tiene el César, endeudado hasta las cejas, y no lo tiene Castilla, empobrecida tras tantos años de guerras.
Y eso lo sabe Carlos V. De forma que ve que, a fin de cuentas, todo le ha salido mal y que podría ser que su hijo viniese a heredar menos dominios y estos sin recursos algunos.
Es eso lo que aflige su corazón. A la salida de Barcelona ha firmado las instrucciones generales para el buen gobierno del Príncipe al frente de la Monarquía, durante su ausencia; pero los días que está inactivo en Palamós no hace más que pensar en qué lamentable situación quedaba todo.
Es cuando coge la pluma y se desahoga con el Príncipe, para justificar su salida de España:

Hijo, pues ya mi partida destos Reinos se va allegando y cada día veo cuán forzosa es…

Todo parecía perdido. Con qué tristeza escribe —o dicta— el César las siguientes palabras no es para dicho:

… que sólo este remedio tengo para probar que tal le podré dar en los cargos que Dios me ha dado…

Esto es, a una máxima autoridad, a los mayores títulos y dignidades —conde de Flandes, rey de la Monarquía Católica, emperador de la Cristiandad— se correspondía también una mayor responsabilidad. ¿Y qué había ocurrido? ¿Cuál era la situación? Ruina y quebranto:

… pues tanto contra mi voluntad y forzosamente he empeñado y empobrecido la hacienda que os tengo de dexar, que por mi culpa y por dexar de hacer lo que debía y podía[1254], no os dexase menos herencia que de mis padres heredé…

Es un documento que rezuma tristeza. Y que nos vuelve a confirmar que lo escrito no es sino un remachar lo ya tratado de viva voz. Y así añade el César:

… he determinado de executarla[1255], como en Madrid os lo dixe y a los de mi Consejo…[1256]

A continuación Carlos V particularizará a su hijo cómo debía comportarse en sus nuevas tareas de regente del Reino. Religión y Justicia debían ser sus nortes. Se advertirá contra la herejía, recomendándole que favoreciese «la Santa Inquisición» y le exhortará a ser «muy justiciero», si bien templando la Justicia con la misericordia:

… mezclad estas dos virtudes, de suerte que la una no borre la otra, pues de cualquiera dellas de que se usase demasiadamente, sería hacerla vicio y no virtud.

Teme a los arrebatos de su hijo, a su afán de rodearse de «locos» (esto es, de bufones) y a su despego hacia los estudios. Así le encomienda:

Guardaos de ser furioso y con la furia no executéis nada…

Y más adelante:

No haréis tanto caso de locos como mostráis tener condición a ello, ni permitiréis que vayan a vos tantos como iban…

Y en cuanto a los estudios, Carlos V muestra su pesar por lo poco que había logrado su maestro Silíceo:

En el Obispo de Cartagena conocéisle y todos lo conocemos por muy buen hombre…

Sí, muy buen hombre, pero mal maestro:

Cierto que no ha sido ni es el que más os conviene para vuestro estudio. Ha deseado contentaros demasiadamente…[1257]

Se nota al César preocupado. Su hijo, apenas un muchacho, iba a desposarse. ¿No había allí otro peligro escondido? ¿Y si se le desataba la furia carnal? Al punto le viene el recuerdo de lo que, según la tradición familiar, le había pasado a su tío, el príncipe don Juan, y se lo dice abiertamente: ¡cuidado con la vida amorosa! Qué desgracia, si por esa vía lo fuera a perder:

Y es, hijo, que por cuanto vos sois de poca y tierna edad y no tengo otro hijo si vos no, ni quiero haber otros, conviene mucho que os guardéis y que no os esforcéis a estos principios[1258], de manera que recibiésedes daño en vuestra persona, porque demás que eso suele ser dañoso, así para el crecer del cuerpo como para darle fuerzas, muchas veces pone tanta flaqueza que estorba a hacer hijos y quita la vida, como lo hizo al Príncipe don Joan, por donde vine a heredar estos Reinos…[1259]

El César deja junto a su hijo los mejores ministros con que contaba, llevando solo en su compañía a Nicolás Perrenot de Granvela, como insustituible consejero en política exterior. Con el Príncipe quedan los otros grandes ministros: Tavera, Cobos, Zúñiga, Alba… ¿Es suficiente para que Carlos V quede tranquilo? ¡En absoluto! De pronto, al Emperador le entra una inquietud. ¿No acabará siendo el Príncipe juguete de unos políticos, siempre ambiciosos, siempre deseosos de más y más poder? ¡Habrá que abrirle, pues, los ojos! Que sepa con quién se juega los cuartos.
Y de ese modo le añadirá unas instrucciones íntimas y confidenciales, en las que le pone de manifiesto los defectos y las ambiciones de aquellos personajes. No debía fiarse ni siquiera del cardenal Tavera, aunque entrase «con humildad y santidad». Del duque de Alba y de Cobos incluso le advierte que podían intentar ganarle la voluntad por el sexo:

… y aunque sea por vía de mujeres —le dirá del Duque— creo que no lo dexará de tentar

Y de Cobos:

… como ha sido amigo de mujeres, si viese voluntad en vos de andar con ellas, por ventura antes ayudaría que estorbaría…[1260]

Ahora bien, si conocedor de las debilidades de sus ministros, Carlos V no olvidaba sus buenas cualidades, para cumplir con eficacia sus tareas ni olvida su lealtad. De ahí que les dé siempre su apoyo.
Esa sería una constante en Carlos V: sus principales consejeros, los hombres del Emperador, siempre cuentan con la confianza del César y jamás le traicionan. Desde Chièvres hasta Granvela (padre) y Cobos, pasando por Gattinara, todos siguen en su puesto hasta que les llega la muerte[1261].
En todo caso, documentos que nos prueban el grado de confusión e incertidumbre con que Carlos V dejaba España, para afrontar aquella cuarta guerra con Francisco I de Francia.
Aquella alma de soldado ya estaba cansada de tanto pelear. Era como si no supiera bien por lo que debía hacerlo. Y así termina diciendo al Príncipe:

Bien sé, hijo, que muchas otras cosas os podría y debería decir…; las que debería están tan oscuras y dudosas que no sé cómo decirlas ni qué os debo aconsejar…[1262]

Con ese ánimo tan turbado dejaba Carlos V España.
Ante él tenía una campaña incierta, en la que temía arriesgar, no solo la vida, sino también la honra, como hubiera sido que su gran enemigo le arrebatase los Países Bajos, la preciada herencia de su padre y las tierras que le habían visto nacer.
Esa inseguridad de Carlos V responde a una duda personal, una duda sobre su propia conducta. Dado que había puesto la empresa de Argel en manos de Dios, su fracaso le venía a indicar que algo iba mal, que algo se había hecho contra los designios divinos, y que eso era lo que había traído como resultado la cólera del Señor. ¿Qué podía ser? Pronto salió de dudas: el comportamiento de la Corona en el trato de los conquistadores con los indios. ¿Acaso no protestaban los profesores del Estudio salmantino contra los excesos de «los peruleros»?
Son hechos conocidos que responden a una dinámica del poder. En un principio Carlos V llevó muy mal la intervención reiterada del padre Vitoria, quien tanto en público como en privado no cesaba de denunciar los abusos de los conquistadores, en especial los del Perú (los peruleros, en términos del tiempo). El inicuo apresamiento de Atahualpa y su más inicua ejecución provocó la repulsa de las mentes honradas y la Universidad salmantina actuó entonces conforme a su deber, levantando su voz de protesta. En 1534 escribía Vitoria en contra de la conquista del Perú y, sobre todo, rechazando la forma en que se estaba realizando. Después de largos razonamientos contra la guerra que allí se hacía, terminaba con esta enérgica condena:

Si yo desease mucho el arzobispado de Toledo, que está vaco, y me lo hobiesen de dar porque yo firmase o afirmase la inocencia destos peruleros, sin duda no lo osara hacer.

Y, para que no cupiese duda alguna de sus sentimientos, terminaba:

… Antes se me seque la lengua y las manos que yo diga ni escriba cosa tan inhumana y fuera de toda cristiandad…[1263]

Se trata de una carta escrita por el dominico al padre Miguel Arcos desde Salamanca el 8 de noviembre de 1534, publicada por el benemérito estudioso Vicente Beltrán de Heredia; por lo tanto, a poco de los sucesos que terminaron con la muerte de Atahualpa. Firme en sus ideas, Vitoria acabaría dictando el célebre curso de 1539 sobre la conquista —su famosa relectio De Indis, que con tanta razón se viene considerando como el principio del moderno derecho de gentes—, donde todo parecía ponerse en entredicho, empezando por los títulos del Emperador como señor del Orbe. No puedo entrar, ni siquiera someramente, sobre un tema que nos llevaría no ya unas páginas, sino todo un libro, tema que por lo demás es suficientemente conocido en sus líneas generales. Digamos, eso sí, que la prédica de Vitoria, realizada en enero de 1539, tuvo enorme eco en la Corte y que el Emperador, encolerizado por las repercusiones que podía tener en América, paralizando la conquista, con el cese de las remesas de metales preciosos, llegó a pronunciar públicamente aquella frase, en la que dejaba bien a las claras cuál era su indignación: « ¡Que callen esos frailes!». Y para no dejarlo en un mero desahogo, escribió una amenazadora carta al padre prior de san Esteban el 10 de noviembre de aquel mismo año de 1539, en donde le decía:

… haber sido informado que algunos maestros religiosos de esa Casa han puesto en plática y tratado en sus sermones y en repeticiones del derecho que Nos tenemos a las Indias, Islas y Tierra Firme del Mar Océano, y también de la fuerza y valor de las composiciones que con la autoridad de nuestro muy santo Padre se han fecho y hacen en esos Reinos…

Por todo lo cual, el prior de san Esteban debía tomar declaración a los tales predicadores y enviarla a la Corte[1264]. Era una seria advertencia del poder, siempre receloso ante quienes osan criticarle. Pero esa actitud cambiaría, y eso también es digno de subrayarse, porque nos demuestra lo que antes habíamos afirmado: la carga ética que había en Carlos V, en cuanto a los límites a que debía sujetar su acción política. De ahí que se promulgasen las Leyes Nuevas de Indias de 1542, como un serio intento de frenar las violencias de los conquistadores, en las que la influencia de la doctrina del padre Vitoria es tan evidente. La causa inmediata de esa «conversión» de Carlos V, que de buena gana la hubiera firmado Alfonso de Valdés si hubiera vivido para aquellas fechas, considero que hay que verla en el desastre sufrido ante los muros de Argel por el ejército imperial, acaudillado por el propio Emperador en persona. Aquel fracaso, en una operación que se entendía que debía ser grata a la Divinidad, solo podía comprenderse porque algo iba mal, algo que había provocado la cólera divina y traído la derrota; y ese algo bien podía ser aquel consentir las violencias desatadas de los conquistadores, contra las que predicaban los frailes de Salamanca.

§. El viaje por Italia: entrevista con Paulo III[1265]
Resueltas así las cosas, la salida de España se impone.

Me meto y hago este viaje —le confiesa a su hijo—, el cual es el más peligroso para mi honra y reputación, para mi vida y hacienda que pueda ser…[1266]

Tan grande consideraba Carlos V que era el peligro en que se metía. Incluso de caer prisionero; así, para tal caso dejó unas instrucciones que habían de ser solemnemente leídas en Cortes.
En Palamós Carlos V se encuentra abatido, con la penosa impresión de cómo deja España en manos de su hijo el príncipe Felipe, todavía un muchacho que no ha cumplido los dieciséis años, y con la incertidumbre de lo que le espera en su cuarto enfrentamiento con su eterno rival Francisco I. Sin embargo, pronto cobrará ánimos, como si al ponerse otra vez en acción se reavivara su capacidad de lucha. Pronto presta su atención a todo lo que le rodea. No se le escapa la difícil situación por la que pasa Cataluña, donde un bandolerismo en alza se ve apoyado por lo más alto de la nobleza catalana. Pues la plaga del bandolerismo catalán no es un mal que brote en el reinado de Felipe II[1267]; de hecho, cuando el pequeño cortejo que va con Adriano VI atraviesa la zona, en 1522, ya lamenta sus consecuencias[1268]. Veinte años después el problema se ha agrandado, y Carlos V dejará constancia de ello, ordenando el confinamiento en la Corte nada menos que del duque de Cardona, para romper su vinculación con el bandolerismo de su tierra. Añadiendo el César:

… que no hay dubda sino que él y otros de su calidad dan, como sabéis, gran ocasión para que estos bandoleros hagan lo que hagan, de que se siguen tan grandes daños e inconvenientes, los cuales deseamos en todo caso que se remedien por el beneficio y quietud desta tierra y de los naturales della[1269].

Por lo tanto, Carlos V no olvida lo que debe a sus pueblos, pese a la vorágine en que se ve envuelto. Incluso en cosas que acaso pudieran parecer menores. Como el mal tiempo obliga a su escuadra a refugiarse también en la bahía de Rosas, el ojo atento del César no puede menos de admirar tanta maravilla. Solo tenía un defecto: ¡era de señorío! En efecto, pertenecía al duque de Segorbe. Había que hacer algo para convertirlo en realengo, y así lo ordena a sus consejeros[1270].
Y desde Rosas pasa a Cadaqués y ya, habiendo mejorado el tiempo, Carlos V zarpa para Italia. Como señalan los documentos del tiempo, «se engolfa», terminología precisa, pues en efecto cruza el golfo de León en seis días de navegación. Pasa cerca de las costas francesas, no sin algún peligro, si bien la flota del Emperador es importante y puede repeler cualquier ataque; son 140 naos, de ellas 50 galeras; que nada menos supone el paso del cortejo del Emperador, al que acompaña un buen golpe de la nobleza española y algunos cientos de soldados.
Seis días de navegación. El 23 de mayo la flota avista Savona. El 25, Carlos V desembarca en Génova, la república amiga, bajo el señorío de los Dorias, los más firmes aliados del César en Italia.
Y allí recibe Carlos V una visita imprevista: el duque de Castro. Le trae una embajada especial del papa Paulo III: que ceda el Milanesado a cambio de la entrega de dos millones de ducados. Y para vencer los recelos del Emperador, dada la importancia estratégica del Ducado, le promete que los puntos fuertes del Milanesado, tanto en la capital como en el Ducado, seguirían en sus manos.
Era una propuesta sumamente tentadora, pero el Emperador no quiere dar una respuesta concreta hasta saber el parecer de sus hermanos, Fernando y María de Hungría. Posiblemente en relación con ello está la misión encomendada a Granvela en la Corte de Viena, y la carta urgente mandada a su hijo Felipe II[1271].
Sorprendentemente, el duque de Castro Horacio Farnesio acabaría con una expresión evasiva: no llevaba comisión expresa de Paulo III sino que actuaba por su cuenta.
Admiración de Carlos V:

… hallando extraños estos términos le diximos que aunque no hubiese tenido comisión de S. S., todavía sería con su sabiduría…

¿Era o no verdadera aquella propuesta? Horacio Farnesio respondería con otra evasiva: a fin de cuentas, también el Papa podía pensar que Carlos V no quisiera negociar con él sino entretenerle para ganar tiempo.
Eso era demasiado para el Emperador:

No sabemos Nos usar destas formas, sino clara y sinceramente…[1272]

Y así zanjó aquella entrevista, aunque no la echara en saco roto, pidiendo al punto la opinión de España.
No era el único el Papa a proponerle negocios al Emperador. También el duque de Florencia lo haría, pues deseaba tener en su poder las fortalezas de Florencia y Liorna que Carlos V mantenía en su poder desde su toma en 1530, pues aquella situación parecía marcar una desconfianza de Carlos V y desde luego era signo de escasa reputación, algo tan valorado por los hombres del Renacimiento[1273]. Pero nada comparable a la negociación pontificia sobre el Milanesado, que además estaba afianzada por el hecho de que el duque de Camerino, Octavio Farnesio, era nieto de Paulo III[1274], y estaba casado con Margarita de Parma, la hija natural de Carlos V[1275].
Una propuesta sumamente tentadora: ¡dos millones de ducados! Eso era resolver todos los problemas económicos de Carlos V, en aquel año tan agobiante. Ese mismo verano Cobos, que venía a ser el mago de las finanzas imperiales, se lamentaría desde Castilla, ante las presiones de su señor para que acelerase el envío de dinero:

La dificultad del dinero es tan grande que nunca se oyó lo que pasa, porque crea V. M. que por ninguna vía se puede hallar manera para haber dineros…[1276]

Pero por otro lado, cuestión tan delicada como la cesión del Milanesado, Carlos V no se atreve a decidirla sin oír a sus hermanos: a Fernando, el rey de Romanos, que siempre se había mostrado muy interesado por su dominio; a María de Hungría, por ser acaso su mejor consejera. Y, sobre todo, a su hijo, a quien en principio parecía destinarse aquel territorio, desde los acuerdos imperiales de octubre de 1540.
Era la primera cosa de verdadera importancia que se consultaba al joven Príncipe en su recién estrenada Regencia de España. En su respuesta al Emperador, aunque de la mano del Secretario, se trasluce la emoción que le invade:

Yo hice luego[1277] juntar los del dicho Consejo de Estado, como V. M. me lo envió mandar, y en mi presencia se leyeron las razones que V. M. mandó escribir…

Con todo detalle aquellos consejeros debaten sobre el pro y el contra de aquella negociación sobre el Milanesado. Son más de dos folios del documento. Y la consulta final es digna de destacar, que podríamos resumir en esta palabra: ¡Adelante! Adelante con la negociación, pues que el Papa diera tanto dinero, dejando los castillos en manos imperiales y siendo el Ducado para quien era, parecía algo inmejorable:

… que la negociación es tal y tan aventajada que cuasi paresce que no se puede creer…[1278]

Y a continuación recordaba el Príncipe las dificultades que había para hacerse con algo de dinero:

… cuán gastadas, consumidas y exhaustas se hallan sus rentas y patrimonio real y cómo ya no se hallan expedientes ni formas para haberse dineros…[1279]

Una respuesta que tardaría en llegar a Carlos V; tanto que cuando le alcanza ya había tenido su entrevista con el Papa.
Fue una breve entrevista celebrada a lo largo de cuatro días, en la pequeña localidad de Bussetto, cercana a Cremona. Ambos tenían quejas que reprocharse. Carlos V, porque el Papa había convocado el Concilio, poniéndole en paridad con Francisco I, lo que no se correspondía con la dignidad de ambos, y sobre todo, con el hecho de cuánto había combatido Carlos V al Turco, mientras que el francés mantenía su escandalosa alianza con el común enemigo de la Cristiandad.
A su vez, Paulo III había llevado muy a mal la reciente alianza que Carlos V había firmado con Enrique VIII de Inglaterra. Una alianza que el Emperador había suscrito forzado por la necesidad, pero de la que ya había advertido al Papa, que la haría si este no le ayudaba frente al francés:

… diximos expresamente a S. S. que estando las cosas públicas de la Cristiandad y las nuestras como estaban, si el rey de Francia nos rompiese la guerra y no fuésemos asistidos de S. S., no podríamos quedar solos y miraríamos lo que convenía…[1280]

Tras una semana de estancia en Génova, explicable porque Carlos V esperaba nuevos refuerzos que fueran incrementando su guardia personal[1281], y otra en Pavía, donde el Emperador sería visitado por su hija Margarita, al fin vendría la entrevista en Bussetto con Paulo III. Para el Papa era la ocasión de mostrar al mundo sus afanes de paz, con su papel de intermediario entre Carlos V y Francisco I, marcando su estricta neutralidad; de ahí que negara, contra toda evidencia, que el francés fuera aliado del Turco. Es cierto que aún faltaba algo más de un mes para que las fuerzas coaligadas del duque de Enghien y de Barbarroja tomaran Niza, haciendo miles de cautivos cristianos, que los franceses no disputarían a los turcos. Por lo tanto, nada se podía esperar de aquella entrevista, salvo el cubrir unas apariencias y el tanteo sobre aquella posible venta del Milanesado. En sus Memorias, Carlos V dejaría bien reflejada su decepción:

… viendo el poco efecto que de aquella entrevista resultaba, prosiguió su camino hasta Alemania…[1282]

Por una parte, decepción: Carlos V no podrá verse asistido del Papa en su guerra contra el aliado del Turco. Por la otra, urgencia: el verano ha comenzado y todavía le queda mucho trecho antes de poder acometer su primer objetivo, la lucha contra el duque de Clèves. ¡El tiempo jugaba en su contra!
Por lo tanto, es preciso salir de Italia y dirigirse al frente de guerra. Ya va lo suficientemente armado como para no temer nada, aunque poco antes el pasar por territorios fuera del control español resultaba peligroso. Granvela, que procedente del norte caminaba para reunirse con Carlos V en Trento, no disimulaba su inquietud, pues se hablaba de que los franceses querían vengar la muerte de Rincón y Fragoso atentando contra los ministros del Emperador. Diego Hurtado de Mendoza, el embajador imperial en Venecia y que por sí solo era una verdadera potencia, le tranquilizaría:

No hay inconveniente en la venida de vuestra Señoría desde Innsbruck a Trento por tierras del Rey[1283], aunque por la buena voluntad destos bellacos, no quedaría de tentar cualquier traición.

¿Cómo era eso? Porque el Embajador tenía sus propias partidas que vigilaban aquellos pasos:

Yo tengo tomados los caminos por personas que me avisan, de manera que no puede pasar un hombre que no me caiga en las manos[1284].

Si tal podía Hurtado de Mendoza, sin duda de la estirpe de los mejores capitanes de los tercios viejos, ya se entiende que Carlos V iría seguro. Su problema, evidentemente, era llegar a tiempo para emplear aquel verano en la guerra contra Francia y sus aliados, a cuyo efecto ya había gastado tantos recursos en alzar un ejército y en ponerse él mismo en camino. Eso explica que no hiciera alto alguno en Milán. De Bussetto pasaría otra vez a Cremona y desde allí se dirigiría al norte, franqueando los Alpes por Trento, Bolzano y el paso del Brenner; un espectáculo grandioso, máxime en pleno verano, aunque también harto fatigoso, no hay que decirlo. Acaso por eso, así como por disfrutar de la acogida familiar, Carlos V reposaría cuatro días en Innsbruck, donde pudo conocer a sus sobrinas, las Archiduquesas de Austria, las hijas de su hermano Fernando, que allí le acogieron.
Cuatro días en Innsbruck entre el 9 y el 12 de julio. Era la segunda vez que el Emperador estaba en aquella bellísima ciudad plantada en medio de los Alpes, con cimas con nieve todavía en el estío y que con sus dos mil metros sobre la propia urbe, parecen como enormes gigantes que vigilan sus sueños. Pero Carlos V ya no es el mismo que aquel que en 1530 las había visto por primera vez. Entonces era el Emperador recién coronado por el Papa que aparecía a los ojos de todos como el salvador de la Cristiandad, el que había forzado al francés a la paz de las Damas, el que había sellado la amistad con Clemente VII, el que se esperaba que lograse una avenencia entre católicos y luteranos, el que había de defender a Viena, de una vez por todas, de la amenaza turca.
En cambio, trece años después, ¡cuántas cosas han cambiado! De entrada, el Papa se le muestra hostil y más inclinado al francés, que ha vuelto a desatar la guerra. La amenaza del Turco se mantiene, incluso más fuerte, y pocos creen que Carlos sea capaz ya de lograr la gran reconciliación entre todos los cristianos, mientras su fama de invencible ha sido seriamente tocada tras el desastre de Argel.
Por lo tanto, urge dejar aquel refugio familiar. Se espera la prueba de fuego de poner otra vez en alza su prestigio, el valor de sus armas, el conseguir otra victoria sobre sus enemigos que demuestren a toda Europa que no es un Emperador acabado.
Y, sin embargo, tardará todavía un mes en cruzar Alemania. El 12 de julio sale de Innsbruck. El 22, después de pasar por Ulm, llega a Stuttgart. El 12, al mes justo de su partida de la ciudad austriaca, alcanza Maguncia. En fin, el 20 de agosto ya está en Bonn.
En Bonn. A 50 kilómetros se encuentra Düren, una de las principales plazas fuertes de su enemigo el duque de Clèves, el que había osado hacerle la guerra en Flandes como aliado de Francisco I.
Era una de las principales fortalezas de Europa. Por añadidura, el duque de Clèves ha sido precavido, y la tiene suficientemente protegida, con abundante guarnición y bien abastecida de víveres y municiones. Tiene fama de ser una plaza inexpugnable, que con toda facilidad puede soportar un fuerte asedio, incluso durante toda una campaña, a lo largo de todo un verano. ¡Y aquel verano ya estaba bien avanzado! A Carlos V solo le resta apenas un mes antes de que el otoño obligue a una tregua de las armas.
Por lo tanto, el Duque puede estar tranquilo.
¿Tranquilo? El 22 de agosto Carlos V planta su campo frente a Düren. Ha juntado un ejército en torno a los 45.000 infantes y 6.500 caballos, con un poderoso tren de artillería. Allí están los españoles e italianos que llevaba consigo el César, los alemanes reclutados en el Imperio y los flamencos y valones que le aportó desde los Países Bajos el príncipe de Orange (estos, en torno a los 13.000 infantes y 2.500 caballos). El 24, dos días después, a las primeras luces de la alborada, su artillería de asedio inicia el bombardeo de las murallas. A las dos de la tarde se da la orden de asalto. Y en unas horas, los tercios viejos lanzados al combate imponen su ley: asaltan, penetran, derriban, matan sin piedad. La ciudad es puesta a saco. Solo se salvan las mujeres y los niños, a los que Carlos V da la orden expresa de respetar.
Es una victoria fulminante, una auténtica blitzkrieg. Las demás plazas fuertes del Ducado ya no ofrecieron resistencia alguna: Jülich y Roermond cayeron a los pocos días. Y cuando el Emperador puso su campo sobre Venloo el propio duque de Clèves vino a entregarse.
Fue una escena memorable. El Duque había llegado al campamento imperial el 6 de septiembre, siendo alojado por Granvela. Al día siguiente, a las 10 de la mañana, el Emperador, acompañado de lo más granado de su Corte, lo recibió en su tienda[1285]. Una escena que Carlos V no olvidaría:

… se vino a echar a los pies de S. M. reconociendo su culpa…[1286]

Eso era suficiente para Carlos V, que una vez más quiso demostrar cómo quería vencer: lo repuso en su Estado (con la merma, eso sí, de Güeldres y del condado de Zutphen, incorporados a los Países Bajos) y lo casó con una hija del rey de Romanos, su hermano, sellando así una alianza familiar con el antiguo enemigo:

Con cuyo casamiento se acrecentó la obligación del dicho Duque para con S. M. y el amor de S. M. hacia el mismo[1287].

Carlos V había puesto al mando del ejército a un italiano, por entonces el más destacado de su Corte: Ferrante Gonzaga, virrey de Sicilia. Y entre los españoles, pudo contar con un capitán de verdadero renombre: Álvaro de Sande. Entre las pocas bajas, una cualificada: el príncipe de Orange, al que sucedería un mozo a quien Carlos V distinguiría con su aprecio y que desempeñaría un papel de primer orden en el siguiente reinado: Guillermo de Orange.
Otra vez Carlos V parecía recuperar su prestigio como soldado. En aquel éxito de su ejército multinacional, con alemanes en su mayoría, pero también con valones, flamencos, italianos y españoles, de nuevo había podido contar con aquella máquina militar, acaso la más contundente del siglo: los tercios viejos. De ahí la rendición inmediata de las otras plazas fuertes del Ducado, al solo aviso de la aproximación del ejército imperial; era un auténtico terror. Los pocos supervivientes que lograron escapar del asalto de Düren fueron los primeros que prepararon el terreno de aquella fulminante campaña. Era inútil luchar contra los españoles:

… fueron tan amedrentados los que escaparon de Dura —nos refiere Sandoval—, que en las otras plazas donde se acogieron, que tenía fortificadas el duque de Clèves, decían que ellos no habían peleado con hombres, sino con diablos; que los españoles eran unos hombres pequeños y negros, que tenían los dientes y uñas de un palmo, que se pegaban a las paredes como murciélagos, de donde era imposible arrancarlos[1288].

Para Carlos V supuso, además, recuperar la confianza en sí mismo, rehacer su ánimo tan maltrecho después del revés de Argel: con un instrumento militar tan poderoso, podía atreverse a cualquier empresa.
Así quedaría plasmado en sus recuerdos, cuando años más tarde dictara sus Memorias[1289].
Empezaba a convertirse en realidad lo que Carlos V había prometido al famoso historiador italiano de su tiempo, Paolo Giovio, cuando lo recibió en las jornadas de Bussetto: que afilara bien su pluma, porque pronto tendría mucho sobre qué escribir.
Ya tan solo restaba doblegar a Francisco I para que el éxito de aquella campaña fuera completo.
Tampoco eran malas las noticias que llegaban de España, donde se habían rechazado varias incursiones marítimas realizadas por los franceses.
Era repetir la fortuna que se había tenido en 1542, cuando unas naos francesas habían intentado asaltar la villa asturiana de Luarca. Fernando de Valdés, entonces Presidente del Consejo Real de Castilla, informaría del suceso al secretario Eraso:

El corregidor de Asturias me escribe que tiene cuarenta franceses que allí tomaron en unos navíos, presos hasta que S. M. mande lo que fuere servido.

Y añadía, con sospechoso sentimiento:

Hame pesado mucho que me han dicho que en un puerto de Asturias que se dice Luarca, llegaron unas zabras del armada francesa a combatir, y los del lugar se defendieron y echaron al fondo la una dellas y tomaron nueve franceses, y dícenme que los azotaron y desorejaron, que a mí me paresce fue mal hecho[1290]

Aquellos luarqueses no se las gastaban menos. ¡Que nadie fuera a hacerles cosquillas!
Un año después, la acción ocurría en Galicia, en la cala de Finisterre. Sería Felipe II quien daría la noticia, jubiloso, al Emperador. El autor de la hazaña, un marino que luego llenaría los hechos de la marina de guerra en el siguiente reinado; su nombre, don Álvaro de Bazán:

Estando escribiendo ésta, ha llegado un capitán enviado por don Álvaro de Bazán, capitán general de la armada que anda en el mar de Poniente, con el cual nos escribió que habiendo tenido nueva cómo cierta armada del rey de Francia había saqueado un lugar que se dice Lancha y a Finisterre y otros casales y iglesias y hecho muchos daños, y muerto muchas mujeres y hombres, y rescatado otros y que estaban en plática con un lugar que se dice Muros, que les daba dos mil ducados porque no lo saqueasen; sacó la gente de cinco navíos pequeños y metióla en los deciséis mejores y el día de Señor Santiago por la mañana, se topó con ellos en una cala del Cabo Finisterre, donde conforme al tiempo les paresció que debían estar, y peleó con ellos de manera que los rompió y les tomó deciséis navíos que traían de batalla y en ellos dos compañías de infantería del rey de Francia que estaban en la guarda de Bayona, en que había quinientos y cincuenta arcabuceros, sin la otra gente de pelea que venía en el armada, en la cual tomó alguna artillería y libertó mucha gente que llevaban presa. Ha sido tan buena nueva, que V. M. debe con razón holgarse de ella, que acá ha dado universal contentamiento a todos, y es justo que V. M. escriba a don Álvaro, dándole las gracias dello y ofreciéndole mercedes, como es justo que se le hagan habiendo lugar[1291].

En cambio, no eran tan buenas las nuevas que llegaban del Mediterráneo occidental, donde la conjunción de las galeras de Barbarroja y de los franceses imponía el terror, desde el sur de Italia hasta el Levante español[1292]. Barbarroja, después de saquear Reggio en junio, se unía a la flota francesa mandada por el duque de Enghien, asaltando la ciudad de Niza (entonces del duque de Saboya), aunque sin lograr apoderarse del castillo, bien defendido por su guarnición española.
Tal había ocurrido el 20 de agosto. A poco, la marina turca fondeaba en Tolón, donde invernaría, ante el asombro y la indignación de la Europa cristiana.
Y eso favorecería a Carlos V, para alzarse una vez más como el campeón de la Cristiandad.
Francisco I era el enemigo a combatir.

El avance sobre París
En efecto, ya solo restaba doblegar a Francisco I.
Libre de la guerra de Clèves, Carlos V se dispuso al ataque directo contra Francia. Hizo algunos tanteos en el otoño de 1543, cuando el mal tiempo dificultaba el movimiento de las tropas. Fueron una serie de escaramuzas alrededor de la plaza de Landrecies. Cercada por el ejército imperial, fue socorrida por Francisco I.
Carlos V buscó entonces una batalla decisiva contra Francisco I, yendo él incluso al frente de su ejército. Era un poco el jugarse el todo por el todo, para acabar cuanto antes con aquella pesadilla[1293]. A su hijo se lo diría: entraba con sus soldados en Francia, pese a lo avanzado de la estación, tan entrado el otoño[1294]. ¡Dios estaba con él, y la victoria, si el francés se atrevía, era segura![1295].
Solo una cosa faltaba, y cada día que pasaba se sentía con más urgencia: el dinero. Y Carlos V, para presionar —e impresionar— más a su hijo, cogió él mismo la pluma y escribió en aquella carta del 27 de octubre una larga postdata, donde refleja todo lo que pasaba entonces por su cabeza. Por falta de dinero, ¿se iba a perder todo lo hasta entonces conseguido?

Hijo —le dice—: Vos veréis lo que en ésta os escribo y estoy muy cierto que viendo cuanto me va en ello, que haréis todo lo que podréis, como buen hijo es obligado, para no dexar a vuestro padre en necesidad en tal coyuntura, y así conviene que lo hagáis y os lo encargo mucho y que sea a tiempo que la tardanza no fuese tan dañosa como la falta…

Le recuerda cuántas veces había ocurrido algo similar, aunque se saliera al fin con bien:

Sucedió mejor, mas grandes sobresaltos no son para vivir descansado…

Y razona a lo creyente: Si Dios le había ayudado hasta entonces, ¡ahora era preciso ayudar a Dios! Y lo dirá casi con esas mismas palabras:

Pues Dios lo ha hecho tan bien, es necesario ayudarle para que lo acabe mejor y que con la honra que agora me ha dado me dé en lo de por venir el fruto y provecho que de tal Señor se puede esperar.

Por lo tanto, había que echar el resto. Y así termina:

Para esto, esforzáos por hallar de ayudarnos y no os descuidéis ni dexéis de enviarme el dinero y soldados que os he escrito y escribo…

Porque, además, había otro último argumento: la victoria en la frontera de Flandes era asegurar la vida en España:

Y con esto confío que lo de acá se hará de manera que allá estaréis seguros.

Y firmaba:

Yo, el Rey[1296].

Impresionante y revelador. Carlos V, eufórico ante la reciente victoria sobre Clèves, apremiado por el dinero y queriendo más españoles entre sus filas —aquellos fieros tercios viejos tienen que reforzarse— acude una vez más a España, pero no a sus ministros tan probados, sino al propio Felipe. El Príncipe no tiene más que 16 años, recién cumplidos. Pero es suficiente. Para Carlos, es ya su gran sostén, su esperanza, su apoyo.
Y así tiene sentido ese documento publicado por Keniston, en el que Cobos comenta la reacción del Príncipe ante una frase del duque de Alba; el cual, tratándose en Consejo de Estado sobre la gravedad e incertidumbre de aquella cuarta guerra desatada por Francia, había dicho que entre el Emperador y él presto la acabarían.
La réplica del Príncipe, ofendido en su orgullo, sería inmediata, dejando las cosas en su sitio:

Después del Emperador, mi señor, ninguno ocupa lugar antes que yo. Y soy de parecer que quien esto no sabe entender e se alaba en mi presencia, o no me conoce o procura mi descontentamiento. Y éste [descontentamiento] puede hacer me conozca muy bien[1297].

Estaba claro que aquel muchacho de 16 años había madurado muy pronto. Ya no era solo el Príncipe. Era a todos los efectos, el Regente de España.
Sin embargo, no iba a ser fácil cumplir los deseos del Emperador (más dineros, más españoles). El Príncipe, asistido por el Consejo de Estado, daría otra respuesta: ya que Carlos V llevaba la victoria en la mano y dado que el país estaba tan consumido, ¿no era el momento de proponer la paz? Es una larga carta en la que Felipe trata sobre los negocios de Estado y los familiares, incluida la referencia a su reciente boda. Está fechada en Valladolid a 4 de febrero de 1544, y en ella se debate también, como no podía ser menos, la cuestión de la guerra con Francia; se intentaba hacer acopio de dinero y se le mandaban al César los 5.000 españoles que pedía, pero la paz se imponía:

Consideradas todas estas cosas y el estado en que se halla lo destos Reinos —escribe el Príncipe— y que no hay cosa que no esté exhausta y consumida y que los enemigos de la fee están tan cerca y que para lo que conviene proveer para su resistencia no hay forma de haber ni hallarse dineros, y que V. M. acabados estos que agora se le proveen con la dificultad, trabajo e imposibilidad que está dicha, no tiene de dónde ser socorrido, a lo menos destos Reinos para lo de adelante, porque aunque todos tienen grandísima voluntad para hacello, y así se vee en ellos, no hay forma ninguna para ello, se platicó en Consejo de Estado en mi presencia y todos fueron de parescer que no hacían lo que debían a V. M., si como fieles vasallos y súbditos no le avisaban de todo lo que acá pasa, y de las grandes y extremas necesidades que se ofrescen, y del poco o ningún remedio que hay para ellas, si Dios de su poderosa mano no lo envía, y que debían suplicarle que así, por lo que toca al bien y sosiego de la Cristiandad, que está en el estado que V. M. mejor que nadie sabe, como por evitar los males y daños que se esperan en ella, como también por el beneficio destos y de todos sus Reinos, y aún porque es necesario y forzoso, si V. M. no quiere caer en algún inconveniente irreparable, pues Nuestro Señor había sido servido de tenerle de su mano y darle tan señalada victoria en lo de la recuperación y reductión del ducado y estado de Güeldres y le había querido dar tanta honra contra el rey de Francia, en hacerle huir con tanta vergüenza, tuviese por bien de condescender a una honesta paz o tregua; mayormente, pudiéndola hacer con tanta ventaja y reputación, estando poderoso y con las armas en la mano…[1298]

No lo entendió así Carlos V. Lo que sí tuvo pronto muy claro fue que para vencer a la Francia de Francisco I hacía falta algo más que los coletazos postreros de una campaña. Convencido de ello, Carlos V empleó bien el tiempo durante la tregua a que obligaba el invierno. Estrechó más su alianza con Enrique VIII de Inglaterra, obligándose ambos a un ataque común contra Francia y a no hacer la paz por separado. El ejército inglés debía atacar desde sus bases en el continente, auxiliado por un buen contingente de soldados flamencos mandados por el conde de Buren, y algunos cientos de españoles.
Aprovechando la indignación que produjo en toda la Cristiandad la acogida hecha a la escuadra de Barbarroja en los puertos franceses del Mediterráneo, logró Carlos V atraerse la opinión pública alemana, consiguiendo de la Dieta imperial reunida en Spira una amplia ayuda bastante para pagar un ejército de 24.000 infantes y 4.000 caballos durante seis meses.
De ese modo, podía confiar Carlos V en una operación decisiva, cargando todos los esfuerzos sobre París. Sin embargo el primer éxito fue de los franceses, si bien en otro frente; pues en el norte de Italia el duque de Enghien obtuvo una resonante victoria en Cerisoles sobre el ejército imperial mandado por el marqués del Vasto, en abril de 1544. Por fortuna para Carlos V, el norte de Italia era entonces un frente secundario. De todas formas, el contratiempo no era pequeño, como dejaría reflejado en sus Memorias:

… fue en mal tiempo y ocasión…[1299]

La derrota de Cerisoles no produjo ninguna modificación sustancial del plan de campaña imperial. Un intento francés de marcha sobre Milán fue fácilmente detenido en el río Scrivia, cerca de Tortona, quedando el frente italiano estacionado. Más fecunda en consecuencias fue la reconquista del ducado de Luxemburgo, llevada a cabo por Fernando de Gonzaga, capitán general del ejército imperial, auxiliado por los tercios de don Álvaro de Sande, empresa lograda en los primeros días de junio. Eliminado aquel entrante enemigo en sus Estados, pudo Carlos V desencadenar su ofensiva sobre París. En Metz concentró Carlos V sus fuerzas. Contaba con más de 40.000 soldados, con abundante artillería y escogido servicio de zapadores. Conforme a los diversos Estados que regía, aquel ejército de Carlos V era un verdadero mosaico de nacionalidades: alemanes, flamencos, italianos y españoles. La base numérica más importante la constituía la parte alemana, pero el nervio de aquel ejército lo era el conjunto español, 7.000 hombres de los aguerridos tercios viejos, siempre en vanguardia.
El ejército imperial se fijó un objetivo: París. Una internada rápida le puso sobre Saint-Dizier, a orillas del Marne. Entonces aún constituía un principio intocable de la táctica militar no dejar fortalezas enemigas a la espalda. Reducir a Saint-Dizier, plaza fuerte valerosamente defendida por su guarnición francesa, costó a Carlos V más de un mes. Después de lo cual volvió a ponerse en marcha el ejército imperial, corriéndose a lo largo de la orilla derecha del Marne. Entraba en Épernay el 3 de septiembre, y pocos días después en Château-Tierry. La caballería ligera imperial llegaba hasta las cercanías de Meaux lo cual era tanto como tener París al alcance de una o dos jornadas militares. Eso provocó el pánico en la capital francesa, donde nada estaba preparado para la defensa. Se produjeron entonces esas escenas tan frecuentes en las guerras, en las que la población civil, aterrorizada, puede comprometer un frente militar. Intentando la salvación a través de la fuga, taponando todas las vías de acceso, en su afán de escapar del peligro de un asedio y de un asalto, estuvieron a punto los parisienses de provocar un colapso en la marcha de las operaciones defensivas ordenadas por Francisco I. Fue un momento crítico para Francia, salvado por la pasividad de Enrique VIII. Pues el inglés, quizá celoso de los éxitos imperiales, no acudió a la cita de París, prefiriendo centrar sus esfuerzos en la conquista de la plaza costera de Boulogne. Aquella falta de entendimiento en las operaciones militares entre los aliados dio un respiro a Francisco I. El mismo Carlos V, aunque parecía tener en su mano la conquista de París, no dejaba de comprender los peligros que entrañaba una profunda internada en el corazón de Francia, pues la falta de víveres era cada vez más acuciante en el campo imperial.
Tampoco sobraba el dinero, con lo que se resentían las pagas de la tropa. Ni acababa de llegar la respuesta de Enrique VIII para la acción conjunta sobre París. De ese modo, todo se volvía más incierto, cuando se estaba más a punto de conseguir la victoria decisiva.
Carlos V recordaría aquellos momentos, no sin pena, pocos años después, refiriéndose a sí mismo en tercera persona:

… Todo considerado por S. M., y sobre todo, que a los soldados se les estaban debiendo ya algunas pagas…, casi obligado por la necesidad, determinó… marcharse del dicho Château-Tierry tomando el camino de Soissons…[1300]

Pero más agobiado se hallaba todavía Francisco I, temeroso sin duda de la amenaza que se cernía sobre el mismo París.
Y de ese modo, los emisarios franceses llegaron también a Soissons: Francisco I pedía el cese de la campaña.
La paz parecía cercana.
Y era tiempo. Desde España, Felipe no podía encarecerla más. En un despacho firmado el 17 de septiembre de 1544, y con unos términos que hacen pensar en el cardenal Tavera como principal inductor, el Príncipe diría sin paliativos a su padre cuál era la dura realidad: todo estaba a punto de perderse, si la guerra continuaba. Que el César, pues, viera de acomodar sus grandes ideales a la realidad que se vivía:

Y se reduzga a algunas buenas condiciones de paz, si Dios fuese servido de abrir el camino para ellas. La cual importa tanto para el bien y remedio de la Cristiandad y aún destos Reinos, que están tan necesitados y exhaustos que no sé con qué manera de palabras se lo pueda encarescer, sino con certificarle que sólo ésta y su vuelta a estos Reinos, puede ser el verdadero remedio para todo. Y de otra suerte está en evidente peligro y trabajo, porque todos los medios, formas y expedientes son acabados; los dineros del servicio, así ordinario como extraordinario, consignados; las otras consignaciones del todo consumidas. Y de dónde se haya de proveer lo que no se puede excusar, no se puede alcanzar. V. M., que lo sabe y entiende mejor todo, lo puede considerar si fuere servido, que de acá no paresce que se puede dexar de acordárselo, para que desengañado de lo de adelante, pueda medir las cosas según lo que se podrá y no según sus grandes pensamientos, pues para éstos podrían ofrescerse otras ocasiones cuando V. M. y sus Reinos estuviesen más descansados[1301].

El 18 de septiembre, coincidiendo casi sin saberlo (aunque bien podía estar seguro de ello) con el deseo de sus consejeros españoles, Carlos V firmaba por fin la paz de Crépy con Francisco I.

§. La paz de Crépy
Ya cuando Carlos V entró en Saint-Dizier comenzaron las pláticas de la paz, movidas por los franceses, quienes exigían la boda del duque de Orleans con María, hija de Carlos V, quien había de llevar como dote Flandes y Milán. Era, sin duda, demasiado pedir por quien tenía sobre sí la amenaza de dos ejércitos mandados por sus soberanos. Hay que pensar que el Rey francés conocía bien las dificultades económicas del Emperador, quien al informar a su hijo sobre el último dinero pedido a los banqueros alemanes Fúcar y Welser, a pagar por Castilla —100.000 escudos— empleaba este tono suplicante:

… afectuosamente os rogamos proveáis y mandéis que así se haga, y que sus factores sean bien tratados y se les dé contentamiento en lo que se pudiese, que aunque habemos deseado aliviar los dessos reinos, por tener entendido de la manera que están, no se ha podido excusar, porque están las cosas en tal punto que sería perder lo pasado y aventurar todo el buen suceso desta jornada y nuestra reputación y autoridad, que es lo principal, y no desayudaría poco para las pláticas que se traen[1302].

Carlos V estaba obligado a no hacer la paz con Francia sino de mutuo acuerdo con Enrique VIII. Ahora bien, la inactividad del soberano inglés, dedicado a la conquista de Boulogne y renunciando a la ofensiva sobre París, parecía liberar al Emperador de todo compromiso. Sin embargo, puso buen cuidado en advertirle que aprobase las negociaciones de la paz o que participase más activamente en el esfuerzo de la guerra. Esa fue la misión de un hombre que empezaba entonces su carrera política y que acabaría siendo uno de los principales personajes del siglo XVI: Antonio Perrenot de Granvela, obispo de Arras. Enviado al campo inglés, debía presentar a Enrique VIII las condiciones imperiales:

… avisar al rey de Inglaterra de lo que en verdad pasaba, ofreciéndole que si con sus fuerzas y gente quería por su parte entrar más en Francia, que el Emperador por la suya continuaría su camino y empresa, hasta que se vinieran a juntar los dos ejércitos hacia la parte de París o donde mejor pareciese; o que, en defecto de esto, consintiese en que Su Majestad negociara la paz…[1303]

No menos agobiante era la situación de Francisco I. La profunda internada del ejército imperial, la carencia de una fuerza militar que oponer al enemigo, la amenaza conjunta de Carlos V y de Enrique VIII, el peligro en que se hallaba su propia capital, todo se le unía para hacerle pedir la paz.
Así se llegaría a la paz de Crépy, firmada el 18 de septiembre de 1544. Fue el último intento de aquellos dos soberanos por superar sus viejas rivalidades, mediante el tradicional sistema de la alianza matrimonial: en este caso, la boda del duque de Orleans, segundo hijo de Francisco I, bien con la infanta María, hija de Carlos V, bien con una hija del rey de Romanos don Fernando. La primera aportaría en dote los Países Bajos y el Franco Condado. La segunda el Milanesado. Era volver a la alternativa planteada por Carlos V en 1539-1540. En aquella ocasión el Emperador se había decidido por la cesión de los Países Bajos. Considerada su propuesta como insincera, había provocado la reacción hostil de Francisco I, y con ella todo el desencadenamiento de los males de la guerra; ahora el resultado era volver al punto de partida, y no deja de producir una mezcla de asombro y de agobio ver tan encarnizadas guerras por tan escasos motivos y para tan pobres resultados.
En un plazo de cuatro meses debía Carlos V decidirse entre la cesión de los Países Bajos o del Milanesado. A cambio, Francisco I devolvía sus conquistas de Saboya y del Piamonte, y renunciaba de nuevo a sus derechos sobre Flandes y Artois.
Existían otras cláusulas secretas. Por ellas, Francisco I se obligaba al apoyo de la política imperial, tanto frente al Turco como en el aspecto religioso. De ahí dos consecuencias de verdadero calibre: la inauguración del Concilio de Trento y la guerra de Carlos V contra el protestantismo alemán.
Carlos V envió a España a uno de sus hombres de confianza: el secretario Idiáquez. Este debía informar por menudo al príncipe Felipe de todo lo negociado con Francia, y obtener su parecer, así como el del Consejo de Estado. Pues las dudas de Carlos V no se referían solamente a cuál de los dos Estados había de ceder, sino a cuestión de mayor importancia: a si su sacrificio sería inútil y solo serviría para hacer más poderoso al francés y para ponerle en mejores condiciones de declararle de nuevo la guerra. Por una parte, meter a los franceses en el Milanesado era tanto como despertarles el apetito por Nápoles y Sicilia, tierras a las que siempre se habían mostrado inclinados; sin contar con el descrédito del Emperador y el apartamiento que provocaría en no pocos potentados italianos la presencia de franceses en Milán.
Si arriesgado era ceder Milán, no era más fácil para Carlos V pensar en que sus tierras natales acabarían en manos de Francia. Con la cesión de los Países Bajos se cerraba, además, la boda de María con el duque de Orleans, por donde apuntaba un nuevo peligro; ya que en caso de fallecimiento del príncipe Felipe sin herederos sería María la sucesora, y con ella, su marido el duque de Orleans podía convertirse en el nuevo rey de España.
Ese era el no pequeño problema en que andaba metido el Emperador tras la paz de Crépy, y sobre el que debía indicar su parecer el Consejo de Estado[1304]: había que renunciar a algo para contentar a Francia, aunque no existiera seguridad alguna de que sirviera de mucho. Además, ¿era aconsejable ceder unas tierras tan de siempre unidas a la Casa de Austria, como lo eran las de Flandes, tan ricas, tan importantes, acrecentando con ello el poderío de la rival eterna, la pujanza de Francia? ¿Lo era acaso abandonar Milán, bastión de Italia, puerta de comunicación entre los Estados imperiales, defensa de Nápoles y de Sicilia, dogal frente a las mil ambiciones de los pequeños potentados italianos, territorios, en fin, por cuyo dominio tanta sangre y tanto dinero había derrochado España? 
El Consejo de Estado español se mostró dividido en sus opiniones. Loaysa, el viejo consejero, el antiguo confesor del César, que nunca había tenido reparos en hablar conforme a rigurosos criterios de conciencia, se atrevió a distinguir entre los intereses del soberano y los intereses de España; notable apreciación, que no matiza ningún otro, según la cual a Carlos V podía interesarle más la conservación de Flandes, pero a España le interesaba más la de Milán. Por su parte, los dos principales ministros del Príncipe, los que constituían la cabeza de los dos partidos rivales que luchaban por el poder —Tavera y Cobos—, darían un mismo consejo: ceder Milán. Es la voz del cortesano que no busca sino seguir el gusto de su amo. Con más nobleza, el duque de Alba aporta el criterio del soldado, como antes lo habían hecho don Diego Hurtado de Mendoza, Antonio de Leyva y Mercurino Gattinara: era preciso mantener Milán a toda costa bajo el dominio de la Monarquía Católica.
Pese a todo lo cual, Carlos V acabó adoptando el criterio que más concorde iba con sus interese dinásticos: conservar los Países Bajos y abandonar Milán:

Nos habemos resuelto en dar el Estado de Milán al duque d’Orleans con la hija segunda del dicho Serenísimo rey de Romanos, conforme al tractado de la paz[1305].

Pero con cuánta repugnancia había llegado a tal decisión nos lo demuestra la satisfacción con que acoge la noticia de la muerte del duque de Orleans, que ponía fin a aquel dilema:

… nueve días antes del plazo que se puso en la paz de Crépy… —nos dice en sus Memorias— vinieron nuevas de que el dicho Duque era muerto, la cual muerte vino a tiempo que, siendo natural, pudo parecer que fue ordenada por Dios por sus secretos juicios[1306].

Ya no había lugar a cumplir lo pactado en Crépy. Esa era una ventaja. No había que olvidar, sin embargo, que los mismos motivos que habían provocado las guerras anteriores seguían estando en pie. En cualquier momento podía volver a encenderse la vieja rivalidad. Y lo cierto fue que a partir de 1546 se vio a Francisco I reanudar sus antiguos lazos con todos los enemigos del Emperador, hasta el punto de que a principios de 1547 volvían a correr rumores sobre una nueva guerra inminente entre Carlos V y Francisco I.
Tampoco ayudaba, por supuesto, la pésima situación financiera. Carlos V se entera de que Francisco I había conseguido una ayuda especial de su Reino. ¿Era posible que en Castilla se encontrara tanta resistencia, cuando no había sufrido en su propio suelo la guerra? Así que no puede menos de coger la pluma, para poner esta apretada postdata en su carta del 17 de febrero de 1545:

Hijo, vos veréys lo que arriba digo y creed que sy a esta vez no se haze de lo imposible pusible, que es impusible poder sostener los negocios que tengo en manos y que no puedo soltar ny escusar y no piense nadye que con faltarme en ello y en tal tiempo fuesse esso remedyable, antes serya dar conmigo y con la carga tan redonda en el suelo que nunca nos levantaryamos. Tomen todos exemplo en lo que haze un reyno comido de amigos y enemigos y que ha sostenydo tantos exércytos en él. Y pues los míos no son comidos ny passan estos trabajos, no me la den mayor que mis enemigos me lo han podydo dar. Esforçaos, hijo, y mandad a todos que se esfuerçen porque no cayamos todos en tan grande inconvenyente en el qual verdaderamente cayese sy no soy socorrido y bien presto. Y no lo haziendo no solamente me dan forma como buelua allá, más hazerse ha de manera que será cerrarme el passo de poder bolver y el modo de poder estar ny acá ny en ninguna parte. Vos veréys lo que he mandado añadir sobre la venyda de Juanetín Dorya y la paga y entretenymiento de las galeras del príncipe Dorya. Esto es cosa tan necessarya que no se puede en ninguna manera del mondo [sic] escusar, y por esto hazed y mandad a todos que entiendan en ello de manera que no haya falta.
Yo el Rey[1307].

La comparación era tan injusta que el Príncipe, bien asesorado sin duda por Tavera, le daría una cumplida réplica:

Y porque viene a propósito no quiero dexar de decir a V. M. que la comparación que hace del servicio quel reino de Francia ha hecho agora a su Rey, estando consumido de amigos y enemigos, no es igual para en todos los Reinos, porque demás que la fertilidad de aquel Reino es tan grande que lo puede sufrir y llevar, la esterilidad destos Reinos, es la que V. M. sabe, y de un año contrario queda la gente pobre de manera que no pueden alzar cabeza en otros muchos. Cada Reino tiene su uso, y en aquél es la costumbre servir de aquella manera, y en éstos no se sufriría usar de las misma, porque también se ha de tener respecto a las naciones, y según la cualidad de la gente, así ha de haber diferencia en el tractamiento, mayormente, que estos Reinos sirvieron el año pasado con cuatrocientos y cincuenta cuentos, que es una notable suma, y que con lo que pagan de otras cosas ordinarias y extraordinarias la gente común a quien toca pagar los servicios, está reducida a tan extrema calamidad y miseria que muchos dellos andan desnudos sin tener con qué se cubrir. Y es tan universal el daño, que no sólo se extiende esta pobreza a los vasallos de V. M., pero aún es mayor en los de los señores que ni les pueden pagar sus rentas, ni tienen con qué. Y las cárceles están llenas y todos se van a perder. Y esto crea V. M. que si no fuese ansí, que no se lo osaría escribir[1308].

Entretanto, las cosas en España no sucederían como había esperado Carlos V. Cada vez le llegaban nuevas que le preocupaban, en torno a la vida familiar del Príncipe. Todo apuntaba a que la princesa María Manuela, su esposa, no era el ideal femenino capaz de ilusionar a Felipe II, cuyas salidas nocturnas se empezaban a comentar demasiado[1309]. Y aunque la noticia del embarazo de la Princesa le animó («habéislo hecho mejor de lo que yo esperaba», escribiría a su hijo, no sin humor), aquel mismo año le llegaría la penosa nueva: María Manuela había muerto a causa del parto. ¡Que Dios tuviera de su mano, al menos, al hijo!
A Él plega de guardar lo que queda…[1310] Con esas perspectivas, entre satisfactorias en Europa e inquietantes en España, encaraba Carlos V el nuevo año 1545.
El año en que se iniciaría el Concilio de Trento.

Capítulo 2
Guerra en Germania

Con la paz de Crépy de 1544 parecía que se habían cerrado las incesantes guerras con Francisco I. Por otra parte, Carlos V había abandonado ya sus afanes juveniles de cruzado. A la altura de 1545, cuando ya estaba cercano al medio siglo, el César sabe que no cuenta con demasiado tiempo, no tanto por sus años como por sus dolencias, como tendremos ocasión de comprobar.
Por lo tanto, hay que escoger. De hecho, lo que Carlos V dejaba atrás era algo que siempre había odiado: la guerra con Francia. ¡Qué gran oportunidad, pues, para resolver, de una vez por todas, el conflicto religioso alemán! Como se comprueba en sus escritos, su gran deseo entonces, hacia 1545, es afrontar de lleno aquella tarea que tenía aplazada desde su encuentro con Lutero en 1521.
Aquello de que se pudiera decir que si en sus tiempos había surgido la herejía luterana, también en ellos se había remediado.
Ahora bien, Carlos V era consciente de que el eco tan favorable que había tenido en Alemania la rebelión del fraile agustino contra Roma tenía una causa: el descontento contra los abusos de Roma y el escándalo que provocaba en los fieles la conducta de la jerarquía eclesiástica. Por lo tanto, que no se podía poner remedio a lo uno sin hallarlo para lo otro. Era preciso, y con urgencia, reformar la Iglesia.
Y también en eso Carlos V creía que tenía una misión que cumplir, tal como había señalado Alfonso de Valdés en sus famosos Diálogos:

… decirse ha hasta la fin del mundo que Jesucristo formó la Iglesia y el Emperador Carlos Quinto la restauró…[1311]

Y para ello era necesario que se celebrase el Concilio de la Iglesia, que diese además las bases ideológicas con las que asentar la paz religiosa en Alemania.
Ese deseo de Carlos V venía a coincidir con el que manifestaban la mayoría de sus consejeros castellanos. Y eso desde muy pronto, pues ya en 1521, con motivo de saberse en España que Carlos V había convocado en la Dieta de Worms a Lutero, se le insta al César para que cumpliera su deber ante la Cristiandad.
En efecto, el 13 de abril de 1521 se había reunido el Consejo Real en Burgos, bajo la presidencia del arzobispo de Granada, don Antonio de Rojas. Asisten los Consejeros don Alonso de Castilla, el marqués de Cuéllar, los doctores Guevara, Cabrera y Beltrán y los licenciados Cruz y Santiago.
Al Consejo Real ha llegado la noticia de la Dieta de Worms, donde ha sido convocado Martín Lutero. Bajo la presión de Roma, que ha movilizado sus recursos diplomáticos hasta la misma Castilla, el Consejo Real acuerda enviar un despacho urgente al Emperador:

Por Breves del nuestro muy Santo Padre y cartas del Cardenal de Tortosa, Gobernador destos Reinos y de otras partes —señala el Consejo Real— habemos entendido los errores y herejías que Martin Luter, alemán, ha levantado contra nuestra sancta fe católica…

Ya está, pues, el nombre de Martín Lutero resonando en el ámbito español. Y con alarma, ocioso es decirlo, pues el Consejo Real subraya a continuación a Carlos V:

Lo que V. A. hizo y lo que Su Santidad contra este hereje proveyó y mandó no ha bastado hasta agora para le apartar de sus errores.

Por todo ello, el Consejo Real, cuidando las formas pero firme en sus obligaciones («… por cumplir con Dios y con V. A. y con la obligación que como cristianos tenemos…»), le recuerda al César sus deberes, primero como rey de España y después como Emperador de Alemania. Notable advertencia donde se echa de ver que Castilla se consideraba entonces la representación genuina de España, y que su puesto no cedía ante el Imperio. Hay algo de esa altivez de un pueblo cuando se considera en su hora de plenitud:

… traemos a la memoria de V. M. la que tiene como rey católico desta nuestra España y después como Emperador de Alemania…

¿Era preciso traerle también la imagen de sus antepasados, en tan crítico momento? Así lo entendieron aquellos consejeros:

… que es también muy grande la obligación que en ello tiene como rey y señor destos Reynos y sucesor en ellos,

como nieto de aquellos gloriosos y cathólicos reyes don Fernando y doña Ysabel, vuestros agúelos…

El redactor del documento —quizá el doctor Guevara— tiene entonces un momento de cierta inspiración. Se sale del camino trillado de denostar al «malvado hereje», para hacer hincapié en algo que había llenado de admiración al mundo entero: la increíble fortuna de Carlos V, con el cúmulo de Estados que había ido recibiendo. Eso tenía un misterio, que no era otro sino el de los designios divinos, lo que obligaba más al César:

… y no sin cabsa y misterio prepuso Dios a V. M. en tan alto trono, sino porque fuésedes más poderoso para defensión de su Iglesia y castigo de los herejes…

Orgullosa Castilla, sí, que se consideraba portavoz de España entera, en su momento de plenitud. Sin embargo, curioso detalle, ya se tenía por cierto que Alemania amaba la guerra — ¡oh manes de Tácito!— y que era conveniente aprovechar su fuerza:

… mande [V. M.] que la belicosa y cristiana gente alemana de vuestro Imperio se levante y mueva poderosamente y con mano armada a prender este hereje y entregarle preso a nuestro muy sancto padre…

Entre tanto, aclaraba el Consejo, se había dado orden de quemar todos los escritos de Lutero, y que nadie osase en tratar sobre sus herejías[1312].
Tordesillas, 14 de abril de 1521. Las tropas imperiales están a punto para el combate decisivo con los comuneros. Estamos a siete días antes de Villalar. Todo el Reino está en gran tensión. Sin embargo, los gobernadores apartan un momento su atención del problema interno y piden al obispo de Oviedo —el único prelado que se hallaba entonces en Tordesillas— que escriba al Emperador instándole a extirpar «la pestífera secta de Martino Lutero», para que se borrase de sus dominios septentrionales y no alcanzase a los meridionales. Y otra vez Castilla vuelve a hablar en nombre de España.

Suplico a V. R. M. —es la carta del prelado de Oviedo[1313]— que como cristiano Emperador, Rey Católico y señor protector y defensor de la Iglesia Católica, procure y mande echar de todos sus Reinos e señoríos setentrionales tan detestable abominación, e no permita ni dé lugar que pase a nuestra región occidental a infiçionar estos sus Reinos e señoríos de España…[1314]

Ambos documentos llegarán a Carlos V, por supuesto, cuando ya él ha condenado públicamente la herejía de Lutero y este ha sido expulsado de la Dieta imperial. Por lo tanto, no cabe hablar de que los españoles —al menos, los que entonces gobernaban España en su nombre— influyeran en la decisión imperial; pero quizá por ello esos testimonios alcancen más valor, dado que demuestran hasta qué punto Carlos sintonizaba ideológicamente con España.
Pero para combatir al luteranismo, con un mínimo de eficacia, era preciso hacerlo en nombre de una Iglesia reformada, para lo cual se imponía la convocatoria del Concilio.

§. El concilio de Trento
Uno de los principales efectos de la paz de Crépy fue la de obligarse Francisco I a pedir al Papa la convocatoria del Concilio, como así lo hizo por su Embajador. Con ello desaparecía la principal dificultad con que hasta entonces había tropezado la idea conciliar. Paulo III, fiel a su programa reformador, lo convocó finalmente el 19 de noviembre de 1544 (bula Laetare Hierusalem, en la que se manifestaba la legítima alegría de la Iglesia). Se fijaba el lugar: Trento. Y la fecha: 15 de marzo de 1545, que posteriores complicaciones retrasarían hasta el 13 de diciembre del mismo año.
Al fin, uno de los más profundos anhelos del Emperador se veía cumplido.
Él mismo nos recuerda en sus Memorias cuánto había batallado por conseguirlo, no dejando de pedirlo insistentemente tantas veces cuantas se había entrevistado con el papa Clemente VII lo mismo que con Paulo III, y haciendo que constantemente mantuvieran vivo el negocio sus embajadores:

… es de saber que…, desde el año 1529, que fue la primera vez que pasó a Italia y se vio con el papa Clemente, nunca dejó de solicitar (todas las veces que se vio así con el mismo papa Clemente como con el papa Paulo, y en todos sus caminos y Dietas que había hecho en la dicha Germania, y en todos los otros tiempos y ocasiones) ora en persona, ora por medio de sus ministros, el Concilio general para remedio de la dicha Germania y de los yerros que se iban multiplicando en la Cristiandad[1315].

En 1530, después de asistir a las sesiones de la Dieta de Augsburgo, envía a Roma aquel Embajador especial, don Pedro de la Cueva, que momentáneamente consigue el triunfo de que el colegio cardenalicio apruebe unánimemente la convocatoria del Concilio; aunque ya García de Loaysa advertía cuán pocas esperanzas cabía albergar por aquel entonces.
La vinculación de Carlos V al Concilio de Trento es verdaderamente impresionante. Ya hemos visto cuántas veces se refiere a él en sus Memorias. Había sido uno de los puntos a tratar permanentemente en sus entrevistas con los Papas, tanto con Clemente VII —siempre reacio a su convocatoria— como con Paulo III, más propenso, aunque también más inclinado a Francisco I, con el asombro y la indignación del Emperador, que no concebía que se tratara con el mismo rasero a quien había expuesto su vida por defender la Cristiandad frente al Turco con quien tantas veces había sido su estrecho aliado.
Para Carlos V, la celebración del Concilio era la mejor solución al conflicto religioso entre el antiguo credo de Roma y las abiertas discrepancias de los reformados, empezando por los que seguían a Lutero. Por lo tanto, y dado que él había sido testigo de aquel gesto de enfrentamiento del gran heresiarca con Roma, en la Dieta de Worms de 1521, puede decirse que el César llevaba un cuarto de siglo esperando y anhelando el Concilio. Que una voz más alta pusiera fin a las discrepancias de unos y otros y que fuera capaz de volver a la Iglesia a su primera vocación austera, de sacrificio y pobreza, abandonando sus hábitos mundanos. Pues era evidente que lo primero para que Roma se hiciera respetar es que fuera digna de ese respeto, que hiciera desechar de una vez por todas el popular dicho italiano: «Roma veduta, fede perduta».
Y hay otra nota a destacar en estas reflexiones en torno al Concilio, y que no suele subrayarse suficientemente: el estrecho lazo que a través del Concilio se conseguiría entre el Emperador y España. Pues se suele hablar del rey-soldado y del rey-viajero, cuando se traza la personalidad de Carlos V; y es justo. Pero debiera añadirse esa otra nota del rey-creyente, del que se sabía cabeza política de la Cristiandad, que tenía que estar muy atento, por ello, a sus problemas religiosos. Y en ese sentido, lo mismo que en el campo de batalla Carlos V confiaba sobre todo en sus fieros tercios viejos, de igual forma en las materias de la fe, que tantos embates estaba sufriendo en la Europa de la Reforma, en esa otra guerra ideológica, tan peligrosa como la que se libraba en los campos de batalla, Carlos V confiaba plenamente en los hombres de religión hispanos, en su teólogos españoles. Curiosamente, unos y otros le daban firmeza, pero también no pocos quebraderos de cabeza. En cuanto a los tercios viejos, tan insustituibles en sus campañas militares como la fuerza de choque de primer orden que eran, porque a la hora de la paz, y cuando habían de servir como guarnición en las ciudades, eran mirados con recelo por sus vecinos.
Veamos cómo nos lo refleja María de Hungría, precisamente en aquel año de 1544 en que se firmaría la paz de Crépy. Se trataba de poner guarnición en la plaza fuerte de Thionville. Los soldados de la tierra eran flojos y los alemanes no habían dado resultado. ¿Podría poner españoles? Dudoso, porque tendrían en contra a los burgueses de la ciudad

… tant pour la façon de vivre, qu’est diverse, que pour non les entendre[1316]

Y podía haber añadido: por sus abusos. De hecho, cuando al fin se llevan españoles, la Gobernadora pediría al Emperador que los pusiera bajo una mano dura, como la de don Álvaro de Sande[1317].
Pues en cuanto a los frailes y teólogos españoles, también ellos daban sus quebraderos de cabeza a Carlos V queriendo convertirse en su conciencia, sobre todo en relación con lo que se estaba haciendo en las Indias. Ya hemos visto cómo el César, encolerizado en una ocasión, ante el eco de lo que se proclamaba en el viejo Estudio de Salamanca contra los excesos de los conquistadores, acabaría dando aquella gran voz:

¡Que callen esos frailes!

Ahora bien, aquellos beneméritos frailes, y entre ellos el famosos padre Vitoria, no se callarían, sino que acabarían por hacerse oír, con el espléndido resultado de las Leyes Nuevas de Indias de 1542.
Por lo tanto, Carlos V valoraba a sus frailes españoles. De forma que cuando Paulo III anunció la apertura del magno Concilio de la Iglesia, que había de tenerse en Trento, al punto daría órdenes a su hijo Felipe para que se pusieran en marcha los mejores teólogos que había en las Universidades hispanas, desde los prelados hasta los frailes profesores universitarios.
¡Trento! Ese era el destino. Lo cual suponía, para los meseteños, atravesar toda España, embarcarse generalmente en Barcelona, cruzar el Mediterráneo occidental para llegar a Génova, y desde allí seguir por tierra, pues aún les esperaban no pocas jornadas hasta alcanzar Trento, a más de 200 kilómetros del puerto genovés.
El Emperador había negociado que fuera aquella ciudad tan cercana a los Alpes la sede del Concilio, como un gesto de buena voluntad para que acudiesen a ella más libremente los teólogos alemanes[1318].
Por lo tanto un viaje difícil, penoso, como lo eran entonces todos ellos —salvo los fluviales— e incluso arriesgado, pues había que exponerse a caer en manos argelinas, al cruzar el Mediterráneo. Viajes más para ser afrontados por rudos soldados, por diplomáticos ambiciosos, por emprendedores comerciantes o por despreocupados estudiantes que por trabajados frailes y viejos Obispos.
Sin embargo, España acudió a la llamada del Papa y del César, y lo hizo con entusiasmo. Incluso en el caso de que la carga de años y los muchos achaques impidieran hacerlo, se aprecia el pesar de los ausentes por no ser capaces de superar una situación tan adversa.
Tal fue el caso de uno de los más famosos, el padre Vitoria, casi un moribundo, cuando le llega la orden de ponerse en camino a Trento. Pero Vitoria más estaba para caminar para el otro mundo que para otro viaje cualquiera, así que haciendo un esfuerzo coge la pluma y escribe al Príncipe de su mano:

Muy alto y muy poderoso Señor:
Yo recebí la cédula de V. Alteza con otra cédula de S. M del Emperador, nuestro señor, en que S. M. me manda que yo vaya a esta santa convocación de Concilio que, con la gracia de Dios, se ha de tener en Trento. Demás del servicio que a S. M. en este trabajo yo hiciera, que fuera grand buena ventura y consolación para my, cierto yo deseaba mucho hallarme en esta Congregación, donde tanto servicio a Dios sé que se hará, y tanto remedio y provecho para toda la Cristiandad; pero, bendito Nuestro Señor por todo, yo estoy más para caminar para el otro mundo que para ninguna parte déste, que ha un año, que no me puedo menear solo un paso, y con grand trabajo me pueden mudar de un lugar a otro, y vengo de quince a quince días a llegar al punto que ningún arte me pueden mudar, y he estado seis meses como crucificado en una cama. Cierto yo no dexaría esta jornada por respecto de ningún trabajo si alguna forma se pudiera tomar en mi ida, pero no la hay. Su Majestad y V. A. serán servidos de aceptar mi excusa, y nuestro Señor la vida de S. M. y la de Vuestra Alteza, siempre prospere para bien de la Cristiandad, con acrescentamiento de mayores estados a su servicio. Besa los reales pies de V. A., Fray Francisco ed Vitoria[1319].

Es un documento venerable. Vitoria es consciente de la importancia del Concilio, «donde tanto servicio a Dios se espera que se hará y tanto remedio y provecho para toda la Cristiandad»; pero él no era otra cosa que un enfermo terminal, como se dice hoy día[1320].
Ahora bien, incluso en esa ausencia y en los términos en que se da, se aprecia el extremo fervor religioso de aquella España. Son legión los santos españoles del Quinientos, cosa que no se destaca lo suficientemente en los manuales al uso —salvo en los de la Historia de la Iglesia, claro—. Los fundadores de nuevas Órdenes, como San Ignacio de Loyola, los misioneros, como san Francisco Javier, los que abandonan la Corte, como san Francisco de Borja, los que se entregan a los desvalidos enfermos sumidos en su dolor y en su extrema pobreza, como san Juan de Dios —aquel portugués afincado en Granada—, los que alcanzan las más altas cotas de lo místico, como Santa Teresa y como san Juan de la Cruz[1321]. Y ese grado de fervor religioso fue valorado por Carlos V, que también aquí encontró el apoyo de una España que cada vez le era más fiel.
También es de señalar la buena información que tenía Carlos V en cuanto a las mejores cabezas de la Iglesia española, de las que esperaba su participación en Trento. Y así ordenaría a Felipe II desde Bruselas:

Por ser, como es, nescesario que vengan otros algunos teólogos particulares y por la buena relación que tenemos del provincial fray Antonio de la Cruz, y del maestro fray Francisco de Vitoria, catedrático de Prima en Salamanca, les screbimos partan y vengan al dicho Concilio, y porque podría ser que el dicho fray Francisco por sus indispusiciones se excusase, en tal caso, converná que venga otro en su lugar, y que sea fray Domingo de Soto, catedrático de Vísperas y prior en Salamanca, y ordenamos que cualquier dellos que sea, que traiga por su compañero, o a fray Bartolomé de Miranda, que está en el colegio de S. Pablo de Valladolid, o fray Domingo de la Cruz que reside en Hita o en Ávila[1322].

De modo que ya aparecen aquí los nombres de aquellas grandes figuras de la Iglesia española. Y aunque a Vitoria su grave enfermedad le impediría acudir a aquella cita histórica, sí lo harían tanto Soto como fray Bartolomé de Miranda; esto es, el venerable profesor del Estudio salmantino y el que luego sería arzobispo de Toledo y protagonista sufrido de una penosa persecución, más conocido con su apellido de Carranza. Felipe II se lo podía asegurar al Emperador en mayo de 1545, en la misma carta en la que aludía a la grave enfermedad de Vitoria:

Fray Domingo de Soto ha respondido que irá…, y espera que le dé licencia la Universidad, sobre lo cual yo les he scripto. Llevará por compañero a fray Bartolomé de Miranda…[1323]

De forma que España respondió a la llamada del Emperador. Y eso pese a que Carlos V exigía esfuerzos cada día más duros, en especial en el terreno económico, pidiendo dineros y más dineros, en particular a sus Reinos de Castilla.
En eso, Carlos V se mostraba insaciable. Lo cual era más grave todavía porque coincidía con unos años particularmente malos en la Corona de Castilla; es la época de la Castilla famélica que se refleja en el relato del Lazarillo de Tormes.
Se trata de una constante ya entre el Emperador y España, entre las exigencias pecuniarias de quien está forjando proyectos sobre Europa que hay que financiar y una España —y sobre todo, Castilla— cada vez más necesitada, más hundida en su penuria.
Veamos cómo aparece esa singular relación en este momento entre guerras, en esos meses que anteceden a la apertura del Concilio de Trento. Para ello tenemos un material informativo de primer orden: la correspondencia cruzada entre Carlos V y Felipe II, entre el gobierno imperial, entonces en Bruselas, y su filial hispana, entonces en Valladolid.
Ya hemos visto cuán apretadamente apremiaba el Príncipe a su padre, a comienzos del otoño de 1544, porque firmara la paz con Francia

… con toda la instancia que es posible…[1324]

Y la paz se firmó, pero los agobios económicos del César no cedieron, y consiguientemente los de Castilla. La penuria es tanta, que la Hacienda real no puede hacer frente a la consignación fijada para la Casa de la princesa María Manuela. Llega a faltar dinero para lo más elemental, para la despensa, y sus oficiales tantean el vender o empeñar sus joyas. Para evitarlo, lo que hubiera sido un escándalo, Francisco de los Cobos adelanta 2.000 ducados, no sabemos si de su bolsillo particular[1325].
Se comprende que el Emperador pidiera que se buscasen medios para remediar la Hacienda. ¿Por qué no anticipar la convocatoria de las Cortes y obtener nuevos servicios?
Respuesta del Príncipe:

… en cuanto al llamar Cortes paresció a todos que se debía dilatar para otro mejor tiempo, pues lo que con ellos en ausencia de V. Md. se podría tratar era solamente servicio ordinario, el qual como V. Md. sabe está otorgado y aún quasi gastado hasta en fin del año quarenta y ocho, y como demás deste servicio cargan en los mismos años quantidades de los pasados, la gente que suele pagar los servicios está con grand necesidad, y no aprovecharía ninguna cosa para que pudiesen pagar más, y aun en lo que está repartido se teme que haurá mucha falta por ser los años contrarios y haber tan falta de moneda que hay infinita gente que han quebrado por esta causa y ni pueden pagar los servicios y encabezamientos ni los arrendamientos ni otras cosas que deben; y esto no solamente es en lo de V. Md., pero en lo de muchos Grandes y Prelados y personas principales destos Reinos[1326].

Había un sistema sencillo y eficaz: moderar los gastos

… porque son tan excesivos que ninguna cosa de cuantas sucediesen bastaría para cumplillos…

El Príncipe había consultado con sus consejeros y estos había sido bien sinceros:

… porque ellos no cumplirían con lo que debían al servicio de V. M. y a su fidelidad si no declarasen y dixesen la verdad del estado en que están las cosas…

Para terminar con esta valiente advertencia al César:

… pues ya iba a lo postrero de todo…[1327]

¡Pero no tan postrero, que para algo estaban las ubérrimas Indias! A Carlos V llegan informes de cómo las naos que venían de las Indias traían un rico cargamento en oro y plata, parte de la Corona, pero sobre todo de los mercaderes y otras personas particulares. Ya estaba la solución: que los Oficiales de la Casa de Contratación de Sevilla se incautasen de todo y no se tocase en ese dinero hasta que se diese nueva orden:

… por ser tan grandes y crecidas las necesidades e importar tanto como importa en nuestro servicio y conservación del estado de las cosas y aun para lo de la paz y los negocios que del tratado della dependen y venida del Turco y bien de lo que se ha de tratar en la Dieta y todo lo demás que se podría ofrescer, va tanto (por todas estas causas y otras muchas que podréis considerar) tener una buena y gruesa suma de dinero junto y de respeto, sin tocarse a ello…[1328]

¡Pero eso hubiera sido el desastre, la ruina de aquellos mercaderes, la destrucción de todo el comercio indiano! Al punto, el Príncipe convoca a sus consejeros:

Luego, a la hora, mandé juntar el mismo día que llegó el correo, a los del Consejo de Estado que aquí se hallaban… y también al Presidente y a los del Consejo de la Hacienda…

Casi todos fueron unánimes: No se podía cumplir esa orden sin la ruina total. Que el César lo reconsiderase[1329].
Y, en efecto, Carlos V lo reconsideró y anuló su orden[1330]. Lo cual, dado el sistema político de Monarquía autoritaria, fue tomado «… como de su clemencia se esperaba…»[1331].
El remedio vendría, en parte, de un pobre indiano que regresaba con un fuerte capital ahorrado por él (en torno a los 100.00 ducados), y que fallecería en la nave que traía a España, acaso a las vistas de sus costas; un drama personal de esos que dan pena, pero que alivió en parte la penuria de la Hacienda regia, que se incautaría de la mitad de esa suma, junto con 180.000 de particulares[1332].

§. La guerra en Germania: la campaña de 1546
De una forma u otra, Carlos V estaba dispuesto a afrontar aquel último reto, la reducción del protestantismo alemán, o por la vía de las negociaciones o por la fuerza de las armas. Y lo tomaba como una obligación de su cargo imperial, que no en vano en su consagración como Emperador de la Cristiandad había jurado que no consentiría herejías en el Imperio.
Era una empresa que se había tenido por imposible, dada la fuerza de la Liga de Schmalkalden, que aglutinaba a los Príncipes alemanes adictos a la Reforma, entre ellos al Príncipe Elector de Sajonia y a Felipe de Hesse. ¡Había, además, que combatir en suelo alemán! Luchar contra aquella aguerrida nación, la temible Germania que traía a la memoria la que había dado tanto que hablar en la Antigüedad y tanto que escribir al gran Tácito. Pero Carlos V, después de su fácil triunfo sobre el duque de Clèves pudo comprobar que tenía en las manos el mejor ejército de su tiempo, con el cual se podía atrever a cualquier hazaña.
Era lo que luego recordaría en sus Memorias, dudando de que diesen resultado las negociaciones entre los teólogos y los diplomáticos:

Pero como Su Majestad tenía entendido y vista la gran soberbia y obstinación de los protestantes, dudaba que de buen ánimo hiciesen cosa alguna que fuese conveniente. Y por cuanto Su Majestad había tenido siempre (y muchos otros tenían para sí) que era imposible dominar por medio de la fuerza un tan obstinado y grande poder cual era el que los protestantes tenían, se hallaba perplejo acerca de lo que podría hacer para remediar cosa que tanto convenía e importaba. Pero Dios, que jamás desampara a los que a El recurren, aun que no lo merezcan, no se contentó de hacer al Emperador la merced que le hizo de darle Güeldres en tan poco tiempo, mas con la experiencia de lo que pasaba le abrió los ojos y le alumbró el entendimiento, de suerte que de allí en adelante no sólo no le pareció imposible poder por vía de fuerza dominar tan grande soberbia, sino que lo tuvo por muy fácil, emprendiéndolo en tiempo y modo conveniente[1333].

Pero había una nota preocupante: su estado de salud. No había sido mala durante la campaña del verano de 1544. Por entonces, la expresión que encontramos en sus cartas a su hijo Felipe era tranquilizadora:
Me hallo bueno…
Tal escribiría desde su campo sobre Saint Dizier a mediados de agosto de 1544, en plena campaña contra Francisco I de Francia[1334].
Pero llegó el húmedo diciembre y pronto se resentiría la frágil salud del César, acaso porque Carlos V no era solo un gotoso, sino también un reumático. Estando en Gante sufriría un fuerte ataque, que anotaría como su undécimo ataque de gota, a la que por primera vez trataría de combatir poniéndose a dieta[1335]. Posiblemente, insistimos, no se trataba de gota sino de ataques reumáticos. Los que los hemos sufrido parece que leemos la descripción de nuestros propios males:

… me dio la gota en un rodilla —escribía Carlos V a Felipe II desde Gante, a mediados de diciembre— y después en la mano y muñeca derecha, tan recio que los primeros días me tuvo con harto desabrimiento y trabajo…[1336]

Eso le llevaría al lecho. Mejoraría y volvería a tener una recaída aún más severa, de lo que se lamentaría con su hijo:

A los 15 del dicho me hallaba entonces más aliviado y empezaba a levantarme, después tornó el dolor de la gota en el brazo y espalda isquierda tan recio que cierto me tuvo algunos días en gran trabajo y sentimiento y de manera que casi no me podía menear, ni sufrir que me tocasen, pero con los remedios que se han usado y con haberme purgado quedo, a Dios gracias, levantado y en buena dispusición y parece se va afirmando y continuando la salud, aunque con flaqueza y nescesidad de convalescer[1337].

Evidentemente, eso no podía menos de afectar a la toma de decisiones políticas, en particular porque en los momentos agudos de la enfermedad todo quedaba bloqueado. El propio Carlos V lo reconocería de ese modo a su hijo en postdata autógrafa a su carta del 13 de enero de 1545, escrita a duras penas y haciendo un gran esfuerzo porque había una buena noticia que celebrar: el embarazo de su nuera, la princesa María Manuela de Portugal:

Hijo, este correo se despacha no con la priesa que convenía mas con la que mi indispusición ha dado lugar, la qual es tal que aún no me la da para responder a vuestras cartas, lo qual haré desde Bruselas, donde placiendo a Dios me partiré después de mañana, para ver si me irá mejor allá que acá. Tampoco scribo a mi hija, la Princesa, por la misma causa, y porque ha mucho que ella no tiene recebida carta mía, haced mis disculpas. Sea mucho enhorabuena su preñado, del qual me he holgado como es razón; habéislo hecho mejor de lo que yo pensaba, porque os daba otro año de término. Plega a Dios de alumbrarla y os enderece en todas vuestras cosas como lo desea vuestro padre.
Yo el Rey[1338].

La dieta alimenticia le alivia, y él mismo lo reconoce[1339], pero no será constante y el mal vuelve, otra vez en diciembre[1340].
Un mal que le hace añorar España. Aún tiene que atender a las cosas de Germania, pero su mente está ya pensando en el asentamiento definitivo en su patria de adopción. Así hablaría de
otras cosas forzosas y muy importantes, que convienen en todo caso dexar remediadas para poder estar y residir en esos Reinos, sin tener necesidad, si fuese posible, de volver a salir más dellos, que según me hallo, ya veis el trabajo y desasosiego que me causaría[1341]. Con este continuo quebrantamiento de sus fuerzas físicas, pero animoso y confiado en que era la ocasión propicia para resolver el magno problema religioso del Imperio, Carlos V abandonó los Países Bajos a principios de mayo de 1545. El 5 entraba en Aquisgrán y el 15 en Worms.
Estaba decidido al empleo de la fuerza si fallaban las negociaciones, de las que poco se fiaba. Para entonces, ya había recibido la promesa de Paulo III de apoyo efectivo, en hombres y en dinero.
¡Gran alarma en España!

Beso las manos a V. M. —le escribiría el Príncipe— por lo que manda avisar del estado de los negocios públicos y de lo que se ha tractado con el Papa, y de la buena voluntad y conformidad que en él se halla para seguir y ayudar a V. M., specialmente en la buena reduçión y remedio de los desviados de la fe, que tanto conviene a la Christiandad, en lo qual V. M. haurá tenido y terná delante las consideraciones y buen parescer que tan grande y arduo negocio requiere. Y de acá no podemos decir más de suplicar a Nuestro Señor que dé a Su Santidad y a V. M. tan camino, medios y fuerzas como son menester para tan grand remedio, y acordar a V. M. que mire mucho, como se cree que lo hace, lo que en esto emprenderá, para que sea con la seguridad y fuerzas que para su buena salida son menester, que aunque sea bien usar, como V. M. dice, de la voluntad y ayuda que agora ofesce Su Santidad, estas cosas a las veces suelen faltar, y después el peso y el trabajo de todo podría quedar sólo a V. M.[1342].

Tan madura reflexión del joven Príncipe, que además saldría tan cierta, no cabe achacársela a él sino más bien a Cobos, el veterano ministro de la Corona, ya que Tavera hacía poco que había muerto.
Pues, en efecto, Tavera, el viejo ministro de tantos años, el puntal más firme del Consejo que Carlos V había dejado junto a su hijo, había fallecido. Dejaba vacante nada menos que el arzobispado de Toledo y el cargo de mayor confianza de la Corona: la presidencia del Consejo de la Inquisición. Todavía, cuando los funerales celebrados por la princesa María Manuela, se encontraba bien. Y, de pronto, unas ligeras calenturas («livianas») inician su galopada y dan cuenta de él en una semana.
Una gran pérdida para España que el Príncipe notificaría a su padre:

El día que se acabaron las honras de la Princesa le sobrevino al Cardenal de Toledo una calentura tan liviana que no se pensó que fuera nada, después le fue cresciendo de manera que le acabó en siete días, y al primero deste por la mañana fue Nuestro Señor servido de llevársele para sí, de que me desplugo, aunque acabó muy bien, porque V. Mag. perdió en él un muy gran servidor y yo le quería mucho por esto, y su autoridad y experiencia ayudaba mucho en los negocios…[1343]

Un personaje difícil de reemplazar. Y en poco tiempo se sucederían, como veremos, las de los otros dos en quienes tanto confiaba Carlos V: Cobos y Zúñiga.
Una nueva etapa se abría para el Príncipe, mientras el Emperador se aprestaba a intentar aquella restauración de la unidad de la Cristiandad quebrantada por Lutero. Eso suponía, de nuevo, afrontar una nueva guerra. Ahora bien, no sin antes apurar las negociaciones para llegar a un acuerdo religioso, tanto en la Dieta de Worms de 1545 como en la de Ratisbona de 1546, a las que hay que añadir el coloquio religioso de Ratisbona, intentado por Carlos V a principios de 1546. La Dieta de Worms se abrió el 15 de diciembre de 1544, pero sus sesiones no tuvieron lugar hasta marzo del siguiente año, prolongándose hasta el 4 de agosto. La cuestión palpitante era la del Concilio de Trento, ya convocado por bula de Paulo III, tras el consistorio cardenalicio del 14 de noviembre de 1544, para el 15 de marzo de 1545. La proposición imperial leída a la Dieta el 24 de marzo de 1545 suponía una seria advertencia para Roma: en caso de que la Dieta terminase sus sesiones sin que el Concilio iniciase las suyas, para remediar de una vez los abusos denunciados y llevar a cabo una verdadera reforma de las costumbres, sería convocada una nueva Dieta imperial que entendería en tales cuestiones, en lo referente a Alemania[1344].
Pero el ambiente no era nada propicio para el diálogo, empezando por la actitud de los grandes heresiarcas, todavía vivos. Pues, tanto Lutero como Calvino habían compuesto sendos y violentos ataques contra el Papa y el Concilio. Detrás de Lutero estaba Federico de Sajonia, como una muestra de la posición de los Príncipes protestantes frente al Concilio. Aquellos libelos, cuyas injurias llegaban a términos increíbles, fueron impresos y repartidos profusamente por los protestantes en la misma Dieta de Worms. Era bastante para dar idea al Emperador de lo que podía esperar de los medios pacíficos.
El 16 de mayo entraba en Worms y al día siguiente lo hacía el cardenal Farnesio, enviado especial de Paulo III. Es entonces cuando Carlos V inicia con Roma unas negociaciones secretas.
Farnesio llevaba una embajada de buena amistad, con oferta de 100.000 ducados para que fueran destinados en la guerra contra el Turco, los cuales fueron depositados en Augsburgo. Sin duda, Paulo III quería atraerse al Emperador para que se mostrara benévolo con sus proyectos de tan marcado nepotismo en favor de su hijo Pedro Luis; probablemente esperando también el apoyo imperial en los problemas que trajese consigo el Concilio. El asombro del cardenal Farnesio fue grande cuando Carlos V y su hermano Fernando le declararon sus propósitos bélicos:

en vista de que los modos y medios suaves y de concordia no tenían lugar y la obstinación e insolencia de los protestantes iba creciendo cada día, de suerte que ya no se podía sufrir…[1345]

Por lo cual, y para dominar la situación por las armas, como estaban dispuestos, pedían la ayuda del Pontífice, dado que iban a reducir la herejía en el Imperio. Con gran asombro oyó el cardenal Farnesio aquella propuesta de Carlos V por cuanto en Roma se tenía por imposible que el César se atreviera a enfrentarse con la Liga de Schmalkalden; de tal modo que no traía poderes suficientes para cerrar aquellos tratos[1346]. Hubo de volverse a Roma, queriendo ser él mismo el mensajero de tan importante misión, para recabar de Paulo III los poderes suficientes. Pero aunque el Emperador había insistido en que se guardara el mayor secreto, a Farnesio le fue imposible conseguirlo. En efecto, al conocer los proyectos imperiales, Paulo III llamó a consistorio, donde se debatió ampliamente por los cardenales el pro y el contra de la alianza que ofrecía el Emperador. Al fin se aceptó: se concedería a Carlos V una ayuda económica de 200.000 ducados —en los que iban incluidos los 100.000 depositados en Augsburgo por el cardenal Farnesio— y una ayuda militar de 12.000 infantes y 500 caballos ligeros, pagados por cuatro meses. Juntamente con esto, Carlos V podría recoger 400.000 ducados de la mitad de las rentas anuales del clero español y otros 500.000 enajenando bienes monacales, también españoles[1347]. El cardenal Farnesio fue designado legado, y su hermano, gonfaloniero de la Iglesia,

y luego se nombraron la mayor parte de los capitanes y se tocaron los atambores para juntar gente de guerra, publicando que iban a esta santa empresa y a tomar venganza del Saco de Roma[1348].

Como no podía ser menos, pronto llegaron a Alemania rumores poniendo en gran alarma a los Príncipes protestantes. Por otra parte, faltaban aún muchos cabos por atar, en particular el de la alianza con Baviera, cuyo Duque se mostraba reacio. Carlos V aplazó su empresa para el año siguiente, enviando el 6 de julio a su sumiller Andelot con orden de indicar en Roma por qué juzgaba el Emperador necesario diferir la guerra. Andelot debía, además, indicar a Paulo III la conveniencia de que el Concilio no iniciara sus sesiones en momento que pudiera precipitar la ruptura de la paz en Alemania, antes de que se hallase preparado para afrontarla, y asimismo, que dedicara su atención en primer lugar a la reforma de la disciplina eclesiástica y a cortar los abusos contra los que clamaba la Cristiandad, antes de proceder al examen del dogma.
Un decreto imperial convocaba a teólogos católicos y protestantes en la ciudad de Ratisbona, donde se había de proseguir la Dieta. Mientras, seguían los preparativos de guerra. Se aseguraba la frontera húngara mediante una tregua con el Turco, firmada en noviembre de 1545, gracias en parte a la mediación de Francisco I. Y como en septiembre de aquel mismo año había muerto el duque de Orleans, lo que ponía otra vez sobre el tapete la cuestión de la paz con Francia, la diplomacia imperial abre negociaciones en París sobre una posible boda del príncipe Felipe —ya viudo de María Manuela de Portugal— con la princesa Margarita de Valois.
Al fin, el 13 de diciembre de 1545 abría sus sesiones el Concilio de Trento, bajo la presidencia de los legados pontificios Del Monte, Cervino y Pole. Estaba en marcha aquella magna asamblea de la Iglesia, por la que tanto había batallado el Emperador y que había de ser decisiva para el afianzamiento del catolicismo en Europa frente a la Reforma.
Por su lado, la Liga de Schmalkalden se reunía en Francfort, entre diciembre de 1545 y febrero de 1546. Felipe de Hesse patrocinaba prepararse para la guerra, sin lograr convencer al Príncipe Elector de Sajonia, Juan Federico, que no creía en los propósitos bélicos de Carlos V.
El César, no teniendo aún a punto su ejército, se decidió a entrar en Alemania con escasísima escolta. Era como ponerse a merced de los Príncipes protestantes, cuyos territorios había de atravesar y que se hallaban mucho mejor armados. Se fiaba sin duda del prestigio que tenía la dignidad imperial y que ninguno se atrevería a tal desacato a su persona. Por otra parte, esa podía ser la mejor prueba de sus intenciones pacíficas. Así pudo enfrentarse con los enviados de los Príncipes protestantes, que habían acudido a Maastricht para preguntarle sobre sus proyectos, porque
habían sido advertidos que Su Majestad venía a mano armada a Germania, cosa nueva y que mucho escandalizaba a la mayor parte de ella… Carlos V les hizo ver el escaso acompañamiento militar que llevaba, asegurándoles que su deseo era remediar las cosas del Imperio por medio de la concordia y no de la guerra, si ello le era posible; y en sus Memorias insiste en la sinceridad de sus palabras[1349]. Era lo mismo que había prometido a su hermana María, antes de despedirse de ella en Flandes[1350].
Ahora bien, conforme a sus temores, el coloquio religioso de Ratisbona fracasaba totalmente, por abandonar la ciudad los teólogos protestantes. La Dieta de Ratisbona, abierta en junio, amenazaba con iguales resultados. Y la conducta rebelde de la Liga de Schmalkalden se manifestaba por la ausencia de sus miembros.
La tensión crecía en Alemania.
En aquella situación, Carlos V supo aprovechar bien el tiempo. El 6 de junio firmaba una alianza secreta con la Casa Wittelsbach de Baviera. El Duque bávaro se comprometía a poner a su disposición sus dominios. No le enviaría soldados, pero eso era suficiente para la libertad de acción que precisaba en la región danubiana. El 7 de aquel mismo mes aceptábala ayuda de Paulo III, casi en los mismos términos propuestos el año anterior: 12.000 infantes y 500 caballos ligeros, pagados por el Papa durante seis meses; 200.000 ducados, la mitad de las rentas anuales eclesiásticas de España —por una vez— y 500.000 ducados a sacar de la venta de bienes monacales españoles.
Era hora. En aquel mismo mes firmaban Francia e Inglaterra la paz de Guines. Eso, sin duda, complicaba las cosas y hacía mucho más indeciso el resultado de la empresa. Antes de aquella paz se temía en España que Francisco I renovase la guerra; temores no compartidos por Carlos V, que ignoraba que Francisco I ya había enviado una sustanciosa ayuda económica a los Príncipes alemanes de la Liga de Schmalkalden. ¿Acaso podía contemplar Francia la ruina de la Liga de Schmalkalden, a la que consideraba como su natural aliada? Cuánto pesaría tal consideración en el ánimo de los políticos franceses no tardaría en comprobarse, si bien no ya con Francisco I, ya acabado y próximo a la muerte, sino con su hijo y sucesor Enrique II[1351]. Sin embargo, el Emperador estaba decidido a correr todos los riesgos. El 20 de julio, un decreto imperial declaraba como proscritos al príncipe elector Juan Federico de Sajonia y al landgrave Felipe de Hesse.
La guerra contra la Liga protestante alemana era un hecho.
La diplomacia imperial había trabajado activamente para atraerse a buen número de aliados entre los Príncipes alemanes, incluidos no pocos de los protestantes; entre ellos los Príncipes de las Casas ducales de Wittelsbach y de Clèves, cuyos representantes desposaron con dos hijas del rey de Romanos, precisamente en aquellas jornadas de Ratisbona que antecedieron a la guerra. Al mismo tiempo se declararon por el Emperador los margraves Hans de Brandemburgo-Kustrin y Alberto Alcibíades de Brandeburgo-Kulmbach, el duque Erick de Brunswick-Kalemberg y el hijo del famoso Sickingen, que había muerto veintitrés años antes en lucha con Felipe de Hesse. El príncipe elector Joaquín de Brandemburgo había prometido su neutralidad. Y, finalmente, el ambicioso Mauricio de Sajonia se había unido a la suerte del Emperador, pese a su estrecho parentesco con los principales caudillos de la Liga de Schmalkalden. La ambición había sido aquí más fuerte que los sentimientos religiosos. Era muy antigua la rivalidad entre las dos Casas de Sajonia, las ramas ernestina y albertina. Tanto Juan Federico como Mauricio codiciaban los obispados de Magdeburgo y Halberstadt. Pero el supremo argumento imperial para seducir al duque Mauricio fue la promesa del electorado sajón. En cuanto a la cuestión religiosa, Mauricio se comprometía, con algunas limitaciones, a aceptar lo que dispusiera el Concilio de Trento, poniéndose bajo la protección del Emperador.
¿Con qué fuerzas contaba Carlos V? Para la campaña de 1546 llegó a juntar un ejército en torno a los 65.000 soldados, ligeramente inferior al que tenía la Liga de los Príncipes protestantes. Se trataba de unas tropas multinacionales, en claro contraste con el germánico de la Liga protestante, como puede apreciarse por el siguiente cuadro[1352]:

Infantería

Alemanes

20.000

Italianos

12.000

Flamencos

10.200

Españoles

10.000

Total

52.200

Caballería

Alemanes

5.000

Flamencos

5.000

Italianos

500

Total

8.500

Artillería

48 piezas, para las que hay que calcular un servicio aproximado de 200 carros, 2.000 caballos y otros tantos artilleros

 
La participación española era superior de lo que podría deducirse por la comparación de las cifras citadas, pues la infantería española solo admitía entonces comparación con la suiza. Su lealtad la hacía doblemente valiosa a los ojos del Emperador, y así lo pudo comprobar Carlos V a lo largo de las dos campañas sucesivas del Danubio y del Elba. Los italianos que pagaba Paulo III actuaban solo durante una campaña; pero ya a mediados de octubre comenzaron las deserciones. A lo largo del invierno desertaron también no pocos alemanes y flamencos, de forma que en la campaña del Elba (primavera de 1547), el ejército imperial no pasaba de 25.000 soldados, de los que por lo menos una tercera parte eran españoles y su nervio indiscutible. En cuanto al soporte económico, ya hemos indicado cuánta importancia tenía la ayuda española. No solo cooperó con las cantidades señaladas, así como con las votadas por las Cortes de Castilla, sino que incluso acudió con un fuerte préstamo otorgado por los Grandes, las ciudades y el clero[1353].
La mayor desventaja de Carlos V, en especial durante las jornadas iniciales de la guerra, estribaba en lo sumamente alejado que estaba de sus principales bases militares. Los soldados procedentes de los Países Bajos habían de pasar el Rhin, línea militarmente ocupada por la Liga de Schmalkalden. Los italianos que enviaba Paulo III habían de franquear los Alpes, lo mismo que los tercios españoles de guarnición en Lombardía y Nápoles. Los alemanes se reclutaban con mil dificultades, por la proximidad de los territorios protestantes. Más facilidad tenían los soldados españoles que defendían Hungría, siendo los primeros que alcanzaron la Corte imperial, donde llegaron en el mes de julio mandados por don Álvaro de Sande[1354].
¿Cuál era el soporte económico del Emperador? Aparte del apoyo pontificio, en dinero contante y en facilidades para obtenerlo de la Iglesia española, Carlos esperaba obtener socorros principalmente de Castilla, pero también de Nápoles y de los Países Bajos. María de Hungría, su hermana, le mandaría 300.000 ducados desde Bruselas[1355]. En Castilla se llegaría al extremo, después no pocas veces repetido, de acudir a los préstamos a particulares: a la alta nobleza, al alto clero y a los hombres de empresa, aquí personalizados en los mercaderes de Sevilla y de Burgos. La relación que custodia Simancas nos permite comprobar la valoración que hacía la Corte de las grandes fortunas del reinado. A los más opulentos nobles, como los duques de Medina-Sidonia y del Infantado, se les pedía 10.000 ducados, al igual que al Almirante de Castilla o al conde de Benavente. Del alto clero solo el arzobispo de Sevilla tenía asignada tan elevada cantidad, pues la reciente muerte del cardenal Tavera dejaba fuera de juego al arzobispado de Toledo. En cuanto a los mercaderes, se esperaba más de los de Sevilla, a los que se les pedían 30.000 ducados frente a los 20.000 asignados a los burgaleses[1356]. Era un procedimiento mal visto en el país que ponía en evidencia la fragilidad de la Hacienda imperial.

§. La guerra en 1546
Pese a la notoria ventaja que tenían sobre el Emperador, los Príncipes de la Liga no se atrevieron a sorprenderle mediante un ataque directo sobre Ratisbona, en los primeros días de la guerra. Se limitaron, por lo pronto, a una mera labor estratégica, para encerrarle en la región danubiana. Vigilando los pasos del Rhin, esperaban rechazar al conde de Buren, que mandaba las fuerzas de los Países Bajos. Adelantándose al Emperador en el sur, confiaban al propio tiempo en dominar los pasos alpinos e impedir la llegada, tanto de las tropas pontificias como de los tercios españoles de Lombardía y Nápoles. En ese forcejeo inicial se puede decir que estribó la esencia de la campaña danubiana de 1546.
La propaganda imperial destacaría por todos los medios que la guerra se hacía no por motivos religiosos, sino políticos. Precisaba hacerlo así Carlos V porque algunos de sus aliados eran protestantes y buena parte de sus levas alemanas estaban sacadas de territorios asimismo notoriamente protestantes. El intento de Carlos V era reducir la herejía, pero hace la guerra so color de castigar a algunos príncipes rebeldes —el elector sajón y el landgrave de Hesse—, y así se lo dice a su hijo Felipe II[1357] mientras a los representantes de la Liga que le preguntaron en Ratisbona si era cierta la fama que corría de que se preparaba para la guerra, les contestó
que él no quería hacer la guerra si no era forzado a conservar su autoridad, contra la cual veía que cada día se atentaba y trabajaba por abatirla[1358]. Por su parte, la Liga desencadenaría una propaganda muy activa contra el Emperador, tildándole de extranjero. Carlos V, en aquellas hojas volanderas difundidas con profusión por casi toda Alemania, ya no era sino Carlos de Gante, o bien el español. Y cuando sus fuerzas marcharon sobre los pasos alpinos en el verano de 1546, proclamaron que querían impedir la entrada en el Imperio de fuerzas extranjeras, tratando así que su causa religiosa se convirtiese en causa nacional:

… publicaron —informaría Carlos V a su hijo— que iban a estorbar el paso a los que han de venir de Italia…

Esto es, a los tercios viejos españoles y a los italianos mandados por Paulo III. Y añadían:

… por no consentir que en sus tierras entren gentes extrañas a hacerles la guerra…[1359]

Por lo tanto, ya tenemos un nuevo factor entrando en juego: el nacionalista. Cuando un lustro después se propague que el príncipe Felipe, español de cuna y formación, aspira al Imperio, ese factor sería decisivo y la gran protesta germana se pondrá en movimiento.
Ahora bien, ambas partes buscaron apoyo en el exterior, pues si Carlos V había conseguido la de Paulo III, la Liga obtuvo la de Francia, aunque solo económicamente: 100.000 escudos facilitados por Francisco I, que les habían ayudado a levantar su ejército[1360].
La guerra tendría dos fases: la campaña del Danubio, realizada en el verano y otoño de 1546, y la del Elba, librada en la primavera de 1547. En cuanto a la campaña por el dominio del Danubio, había para Carlos V un problema previo: el de la concentración de sus fuerzas, que le tenían que llegar de tan distintas y tan distantes partes: de rincones alejados de Alemania, de Flandes, de Italia, de Hungría… Incluso en España se hacían levas para sustituir a los tercios de guarnición en Italia. Ahora bien, aquella dificultad del Emperador estaba contrarrestada por una asombrosa pasividad reinante en el campo de la Liga. Según la doctrina luterana, solo era lícita una defensa pasiva. Debido a ello no se decidieron a ir contra el Emperador en los primeros días de julio, cuando Carlos V no podía oponer más que muy escasas fuerzas a las por ellos reclutadas. También influyó el temor de la Liga a que una invasión de Baviera arrojase al duque Guillermo de Wittelsbach en las filas imperiales; en lo que se echa de ver la importancia de haber guardado en secreto el pacto firmado el 7 de junio entre las Casas de Austria y Wittelsbach.
Al desencadenar los de la Liga su ataque contra los pasos alpinos, solo contaba Carlos V con el tercio español de don Álvaro de Sande, que había acudido desde Hungría a marchas forzadas, las coronelías reclutadas en Alemania por Madruzzi y Renspurg y 700 caballos; en total, un pequeño ejército que no pasaba de los 9.000 hombres, sin nada de artillería.
Poco a poco, aquella desventajosa situación que condenaba al Emperador a una peligrosa inactividad, fue mejorando.
Utilizando otros pasos alpinos —el Tarvis, el Splügen— fueron llegando los tercios viejos procedentes de Nápoles y Milán, así como las tropas pontificias, estas bajo el mando de Octavio Farnesio.
A su vez los protestantes, dirigidos por Schertlin, ocupaban Donauwörth, posición fortísima sobre el Danubio, donde se concentraban todas las milicias de la Liga de Schmalkalden. A fines de julio se hallaban allí el príncipe elector Juan Federico de Sajonia y el landgrave de Hesse con sus tropas en pie de guerra que, unidas a las reclutadas por las ciudades protestantes de la Liga, ascendían a unos 90.000 infantes, 10.000 caballos y 100 piezas de artillería, lo que constituía un poderoso ejército para aquellos tiempos, y desde luego, infinitamente superior al que tenía entonces junto a sí el Emperador. Supo Carlos V que sus enemigos pretendían ocupar la ciudad de Landshut, en Baviera, lo que hubiera supuesto cortar sus comunicaciones con el sur.
El Emperador, comprendiendo que de la unión de todas sus fuerzas estribaba el éxito de la campaña, decidió afrontar el riesgo, pues

se había propuesto y asentado dentro de sí el quedar emperador de Alemania vivo o muerto[1361].

Y así, salió de Ratisbona y ocupó Landshut. Allí hizo su capitán general al duque de Alba, quien organizó la defensa de la ciudad, en previsión de un ataque protestante, antes de que llegaran los refuerzos italianos y españoles que se esperaban. El ejército de la Liga penetró a su vez en tierras de Baviera, en dirección a Ingolstadt. Y como una costumbre de los tiempos medievales, el Príncipe Elector y el Landgrave enviaron a Carlos V una carta ofensiva por conducto de un trompeta y un paje. Era declaración oficial de guerra.
A mediados de agosto Carlos V había recibido los fuertes refuerzos de tropas pontificias y españolas. Ya su ejército ascendía a cerca de 45.000 soldados, con el que se podía intentar alguna empresa de provecho.
Un veterano de casi todas las campañas imperiales dejaría claro testimonio de ello:

Ya había en nuestro campo forma de ejército… [con] harta buena caballería…; mas la infantería no la he visto tal a mi parecer, porque yo vi los alemanes que Su Majestad llevó a Viena, cuando fue contra el Turco, y éstos que agora llevaba eran mejores, y vi los españoles que allí iban entonces, y éstos eran mejores; y ansimismo los italianos, y ésta era más hermosa banda. También vi los alemanes, españoles e italianos que Su Majestad llevó a Túnez, y los que después llevó a Provenza, y los que después llevó a Güeldres, y hizo retirar al rey de Francia con su campo de Cambrasi; mas no me parece que ninguna de las bandas de aquellas tres naciones se igualase con éstas de agora, por buenas que eran. Lo mismo dicen los que con el Emperador se hallaron en la guerra de Sandesi [campaña de 1544] y vieron el campo que en ella tuvo, y parece ser que estos soldados eran mejor gente que la otra, aunque era muy escogida, lo cual yo no vi por estar ausente[1362].

Ante sí tenía el César un objetivo muy concreto: enlazar con las fuerzas que mandaba la reina María desde los Países Bajos, que constituía un buen contingente de cerca de 20.000 soldados, entre los que iban cuatro banderas españolas.
La campaña del Danubio de 1546 se caracterizaría por una serie de marchas y contramarchas, en la que el ejército imperial, mandado por el duque de Alba, demostró poder equiparar su inferioridad numérica con una superior concepción táctica. Sin abandonar la línea del Danubio, yendo y viniendo entre Ingolstadt, Neuburg y Donauwörth, colocando siempre el ejército en disposición ventajosa para el combate, dio oportunidad al conde de Buren para cruzar el Rhin por Bingen, cerca de Maguncia, avanzar a través del Estado de Württemberg, burlando las fuerzas contrarias, y unirse finalmente al Emperador en su campamento cercano a Ingolstadt, el 15 de septiembre. En todo aquel tiempo el propósito de Carlos V había sido estar lo más cerca posible del ejército enemigo, a fin de proteger el avance del conde de Buren. <blockquoteTenía determinado —dice en sus Memorias—, yendo por detrás de los protestantes, hacer jornadas tan adecuadas y ocupar siempre posiciones tan fortificadas, que los protestantes no pudiesen pelear con el Conde sin que súbito no tuviesen también que venir a las manos con Su Majestad; o, si virasen sobre Su Majestad, que el Conde quedase con el camino libre y desembarazado para poder venir a reunirse con Su Majestad[1363]. La parte principal de la campaña del Danubio estaba realizada.
El Emperador había dado constantes muestras de un sereno valor, manteniéndose al frente de sus tropas en toda aquella serie de marchas y contramarchas, y sufriendo con ellas el efecto del fuego enemigo. Notable fue, a este respecto, la acción artillera desplegada en una ocasión por el ejército protestante sobre el imperial, que lo soportó estoicamente en campo raso, animado por el ejemplo del César.
Carlos V dejaría constancia de aquella proeza en sus Memorias. El caso no era para menos:

… desde las ocho de la mañana hasta las cuatro de la tarde arrojaron de ochocientos a novecientos kilos de artillería gruesa, cosa hasta aquel tiempo nunca vista, pues hasta entonces ninguna gente de guerra había sufrido ser de tal modo batida en tierra llana, sin que las trincheras la protegiesen, lo que sin embargo los soldados del Emperador aguantaron y sufrieron tan bien que en ninguno se vio temor…[1364]

Fue el Emperador el primero en arrostrar el peligro del fuego artillero enemigo, lo que le hizo muy popular entre sus soldados. Entonces circularon aquellas alabanzas en lengua alemana sobre el nuevo César que nos recoge Brandi:

Der Kaiser ist ein ehrlich Mann…[1365]

Sí, un hombre de honor porque siempre estaba el primero a la hora del peligro, siempre dando ejemplo, siempre animoso a la hora del combate. Con él, la victoria parecía segura:

Da sprach der edle Kaiser gut:
«Wir wölln uns nit ergeben»[1366].

Superado aquel duro enfrentamiento artillero, en el que la Liga era superior, el ejército imperial fue mejorando sus posiciones, ocupando a fines de septiembre sin demasiadas dificultades las ciudades de Neuburg y Donauwörth, haciendo más fuerte su posición sobre la línea básica del Danubio. Pero el otoño se mostró muy crudo, haciendo padecer a los dos ejércitos. El 18 de octubre abandonó el cardenal Farnesio el ejército imperial, y con él no pocos de los soldados que pagaba el Papa. Las bajas y deserciones minaron la eficiencia del ejército imperial. Carlos V se veía con escasez de medios. Él mismo sufrió un violento ataque de gota en un pie, a consecuencia probablemente de las humedades sufridas, teniendo que cabalgar con la pierna enferma y puesta sobre un lienzo[1367]. La inclemencia del tiempo empezó a hacerse sentir, con lo que la vida del ejército, en campamentos a veces inundados de agua y lodo, se hizo muy penosa. Sin embargo, Carlos V se mantuvo en campaña porque sabía que la Liga pasaba por dificultades semejantes. Esperaba también noticias del norte, pues se había proyectado un ataque conjunto de su hermano Fernando, rey de Romanos, y del duque Mauricio de Sajonia contra las tierras del príncipe elector Juan Federico. Ese ataque se efectuó a principios de noviembre. Pretendía con ello Carlos V escindir el campamento de la Liga, obligando a Juan Federico a salir con sus fuerzas para defender su propio Principado amenazado.
En aquellas condiciones, cuando la época del año impedía ya librar una gran batalla, el triunfo de la campaña había de ser para aquel de los dos contendientes que aguantase más tiempo en pie de guerra y a campo abierto, sin pensar en el descanso de los cuarteles de invierno. En una palabra, el triunfo sería del más tenaz. Y Carlos V pronto demostró serlo. Pese a sus achaques, no consintió en abandonar el campamento. Se le veía constantemente animando a sus soldados. El duque de Alba organizó entonces el único sistema que podía mostrarse eficaz: el de las pequeñas acciones de sorpresa, el de las «encamisadas» nocturnas y otros parecidos ardides de guerra, con el que mantenía a un tiempo alto el espíritu de sus tropas y amilanaba no poco el de las contrarias. En aquel terreno se mostró utilísima la infantería española, tan ducha en tal tipo de guerra.
Y así fue cómo el triunfo de la campaña del Danubio quedó para el Emperador. El Landgrave entró en negociaciones, las fuerzas protestantes comenzaron a dispersarse y, finalmente, el príncipe Juan Federico abandonó la lucha con todas sus fuerzas, para volver a Sajonia. El sur de Alemania quedaba para Carlos V. Las ciudades de Suabia se le rindieron, de forma que pudo despachar al conde de Buren con sus hombres a los Países Bajos y acuartelarse por unos días en Rothenburg.
La campaña del Danubio había terminado.
Ello no había sido sin riesgo. La crudeza del tiempo había sido extraordinaria. He aquí cómo relata el estado del campo en una de las últimas jornadas de 1546, un testigo presencial, el caballero Ávila y Zúñiga:

Era ya amanecido y día claro, mas la nieve que había caído desde antes que amaneciese y caía entonces era tan grande, que estaba sobre la tierra de dos pies en alto, y desta causa toda nuestra infantería estaba tan fatigada y tan esparcida, buscando dónde calentarse, por ser el frío terribilísimo, que eran gran lástima vella; y los caballos estaban muy trabajados de la mala noche, porque allí no habían tenido qué comer y toda ella habían estado ensillados…[1368]

El momento crítico resultó cuando la retirada del enemigo dio al ejército de Carlos V la ilusión de que la primera campaña había terminado. Casi todos sus capitanes fueron de opinión que el ejército invernase sobre Nördlingen y las otras plazas conquistadas en la línea del Danubio. Pero el Emperador, teniendo noticia de que el propósito de los protestantes era ocupar Franconia, para hacerse allí con los recursos de sus obispados, con lo que volverían a rehacerse y quedaría en nada todo el esfuerzo hasta allí hecho, no lo consintió. Y así se puso con todo su campo sobre Rothenburg, cortando el camino de Franconia a los protestantes y obligándoles a retirarse.
En toda esta serie de marchas y contramarchas no se libró ninguna verdadera batalla entre los dos ejércitos. Eso fue de verdadera importancia para el Emperador, que se hallaba con muchas mayores dificultades que sus enemigos para rehacer su ejército. Prácticamente, Carlos V operaba sin reservas. Una batalla, por lo tanto, cuando la fuerza de los Príncipes y de las ciudades rebeldes estaba aún tan entera, podía resultarle fatal, aun en caso de una victoria; tanto más si quedaba indecisa o si le era adversa. El éxito de la empresa estribó, precisamente, en obligar al enemigo a retirarse de la Alta Alemania, mientras el ejército de Carlos V seguía con toda su potencia bélica. Eso ponía a su merced a todas las grandes ciudades de la Liga: Ulm, Augsburgo, Francfort y Estrasburgo, sin contar las otras más pequeñas. Y a tres de los Príncipes más poderosos: el conde del Palatinado, Ulrico de Wurttemberg y el arzobispo hereje Herman de Wied, de Colonia.
La primera en iniciar negociaciones para su rendición fue la rica ciudad de Ulm, que, como las otras de la Liga, había sufrido mucho con la guerra, a causa de la paralización de sus negocios y del crecido gasto en el mantenimiento del ejército. No quería hacerlo sin antes recibir garantías muy expresas en materia religiosa, a lo que accedió Carlos V. Sin embargo, las negociaciones continuaron. En la Corte imperial, Granvela era un decidido partidario de la paz, y en tal sentido aconsejaba a su señor. Carlos V, a su vez, sabía la importancia de mostrarse clemente, porque de su rigor o clemencia estaban pendientes todas las demás ciudades rebeldes, y le importaba no entregarlas a la desesperación; ni estaba tan irritado contra las ciudades como contra los Príncipes, en particular contra Juan Federico de Sajonia y Felipe de Hesse. De esa forma, y después de concederle unas condiciones en cuestión religiosa parecidas a las que se habían estipulado para Mauricio de Sajonia y para los Hohenzollern de Brandemburgo, Carlos V consiguió la rendición de Ulm, que se efectuó el 23 de diciembre. Pocos días después, Buren —que había sido despachado por el Emperador, para que regresara con sus tropas a los Países Bajos— se apoderó al paso de la importante ciudad de Francfort del Main. En el mes de enero se entregaron Augsburgo y Estrasburgo; la primera, gracias a las negociaciones entabladas por los Fugger. Querían los de aquella ciudad que Carlos V perdonara, juntamente con ellos, a Schertlin von Burtenbach, el que había sido general de las milicias alzadas por las ciudades de la Liga y antiguo alabardero del Emperador; pero no lo pudieron obtener, y Schertlin hubo de exiliarse.
De los Príncipes, el conde Federico del Palatinado fue el primero en darse a la merced del Emperador. Y le importaba hacerlo con prontitud, pues tenía pendiente nada menos que la pérdida de su categoría de Príncipe Elector, que ambicionaba la casa de Wittelsbach. En los capítulos del tratado con Baviera, el 7 de junio de aquel año, firmado en Ratisbona, se había estipulado aquel cambio en caso de que el conde Federico mantuviera su rebeldía y hubiera que domeñarlo por la fuerza de las armas.
Notable destino el de aquel Príncipe. La vida le había enfrentado por dos veces con su señor. La primera cuando, hacía treinta años, había pretendido a la princesa Leonor, atrevimiento inaudito por el que no pasó Carlos V, para el que sus hermanas tenían un inconmensurable valor, como bazas seguras en su política dinástica. Y después de tanto tiempo, de nuevo el conde Federico se enfrentaba con su Emperador, y en materia más grave aún, como era la de ayuda armada a los protestantes rebeldes. Y ello pese a estar el Conde estrechamente unido a la Casa imperial, por su casamiento con Dorotea, la princesa danesa sobrina de Carlos V, hija de su hermana Isabel y de Cristián II de Dinamarca. Federico había sido educado en la corte borgoñona, había recibido constantes favores de Carlos y sido uno de los principales personajes de su Corte. Cuando Carlos fue elegido Emperador, el conde Federico le llevó la noticia, en embajada especial, a Barcelona, donde por entonces se hallaba el César. Con motivo de la defensa de Viena, en 1532, contra la amenaza de Solimán el Magnífico, Carlos le designó General en Jefe del ejército imperial. De ese modo, cuando el Conde pidió ser recibido estando el Emperador en Halle (Suabia), pudo Carlos V recordarle todos aquellos extremos en una recepción severa.

Primo —le reprendió el César—, a mí me ha pesado en extremo que en vuestros postrimeros días, siendo yo vuestra sangre y habiéndoos criado en mi Casa, hayáis hecho contra mí la demostración que habéis hecho, enviando gente contra mí en favor de mis enemigos, y sosteniéndola muchos días en su campo; mas teniendo yo respeto a la crianza que tuvimos juntos tanto tiempo y a vuestro arrepentimiento, esperando que de aquí adelante me serviréis como debéis y os gobernaréis muy al revés de como hasta aquí os habéis gobernado, tengo por bien perdonaros y olvidar lo que habéis hecho contra mí. Y así espero que con nuevos méritos mereceréis bien el amor con que agora os recibo en mi amistad[1369]

No cabía duda: el César quería vencer no solo con las armas sino también mostrándose generoso y clemente cuando la ocasión lo pedía, recibiendo y perdonando al antiguo servidor desleal. Fue una escena patética que impresionó a los presentes, como a Luis de Ávila y Zúñiga:

El Conde de nuevo comenzó a dar disculpas, a su parecer muy bastantes; pero las que al mío y al de los que allí estaban más lo eran, fueron las lágrimas y la humildad con que las daba; porque ver un señor de Casa tan antigua, primo del Emperador, y tan honrado y principal, aquellas canas descubiertas, las lágrimas en los ojos, verdaderamente era cosa que daba grandísima fuerza a su descargo y gran compasión a quien lo veía. De allí adelante Su Majestad le trató con la familiaridad pasada, aunque entonces le había recibido con la severidad necesaria[1370].

Otro fue el caso del duque de Württemberg, el mismo duque Ulrico que en el año 1519 había sido expulsado de su Ducado, y a quien las habilidades de Felipe de Hesse se lo habían devuelto por la paz de Kadan de 1534. Fernando, el rey de Romanos, que había tenido el dominio de aquel Ducado, presionó sobre su hermano Carlos para que se anulase lo acordado en la paz de Kadan, a la vista de la ayuda que el Duque había prestado a la Liga de Schmalkalden, como miembro de la misma que era. Para forzarle a la rendición hubo de conquistar el duque de Alba toda la parte llana de su Estado; pero Carlos V, sabiendo que toda Alemania estaba pendiente de sus actos, no quiso que se le achacase que hacía aquella guerra movido de pasiones particulares. Por otra parte, para tomar las principales plazas fuertes del Ducado habría sido preciso mucho tiempo; de ahí que el Emperador, deseoso de una rápida pacificación de todo el sur, accediese al perdón que le pedía el duque Ulrico, con la condición de que entregara tres de sus principales fortalezas y una contribución de guerra de 300.000 florines.
Otros resultados notables de aquella campaña del Danubio fueron el restablecimiento del catolicismo en el principado electoral eclesiástico de Colonia, con la deposición del arzobispo herético Herman de Wied, y el que uno de los más fieles aliados alemanes de Carlos V, el duque Enrique de Brunswick, recuperase su Ducado.
Aquellos sucesos ocurrían en el mes de febrero de 1547. Por entonces Carlos V, aquejado de un fuerte ataque de gota, se había detenido en Ulm para ponerse en cura.
No pudo reposar mucho tiempo. Noticias alarmantes del norte, con los éxitos conseguidos por Juan Federico de Sajonia sobre su hermano y sobre el duque Mauricio, hicieron comprender al Emperador que la lucha contra la Liga de Schmalkalden aún no había concluido.

§. La campaña de 1547
Al comenzar el año 1547, Carlos V, atormentado por la gota, envejecido prematuramente por las ingentes preocupaciones que le ocasionaban sus múltiples Estados y los trabajos de tantos caminos y de tantas jornadas bélicas en que se había visto obligado a empeñarse —a todo lo que habría que añadir el dañino régimen alimenticio, producto de las ideas de la época—, esperaba poder reposar, para reponerse de las últimas fatigas.
En principio creyó que la alianza de Fernando, su hermano, con Mauricio de Sajonia daría buena cuenta del príncipe elector Juan Federico, llevándole la guerra a sus Estados. Mas en contra de tales esperanzas, las noticias que le iban llegando daban cuenta de los éxitos inesperados del duque de Sajonia. En efecto, Juan Federico, desplegando gran actividad y dando muestras de una extraordinaria presencia de ánimo —en contraste con el abatimiento en que había caído la otra cabeza de la Liga de Schmalkalden, el landgrave Felipe de Hesse—, se había dedicado a reconquistar sus Estados, invadidos por Fernando y por Mauricio, y con tal fortuna, que se hizo incluso con casi todas las tierras de su primo, es decir, las de la Sajonia albertina.
En peligro no menor se halló Fernando, ante una peligrosa sublevación de sus vasallos bohemios, excitados por el carácter religioso de la guerra, tan cercana entonces a su frontera. Los utraquistas bohemios llegaron a pedir auxilio a Juan Federico. La muerte de su mujer, la reina Ana, debilitó más la posición de Fernando. Sus propias hijas eran tratadas como prisioneras en el castillo de Praga.
Para remediar aquella situación despachó Carlos V al margrave Alberto Alcibíades de Brandemburgo-Kulmbach con 2.000 caballos y unos 6.500 infantes; pero aquel refuerzo fue interceptado por Juan Federico. En la batalla de Rochlitz, a orillas del río Mulde, Juan Federico derrotó e hizo prisionero al Margrave. Fue un duro descalabro para las armas imperiales. Carlos V, al recibir la noticia, vaciló entre mandar otra parte de su ejército o acudir él en persona. Se hallaba tan enfermo de la gota, que en principio pensó en mandar al marqués de Marignano y a don Álvaro de Sande con sus hombres; pero comprendiendo lo grave que sería dividir su ejército, decidió hacer un esfuerzo:

… viendo el inconveniente que podía resultar de la excesiva tardanza, de esa forma indispuesto, en litera y como pudo, se puso en camino…[1371]

Para ello le fue preciso despreocuparse de las mil llamadas que le venían de las partes más lejanas de sus Reinos. Ya no podía contar con la alianza de Paulo III, quien, al contrario, conspiraba contra él en toda Italia: en Génova como en Venecia, en Siena como en Nápoles. Pese a las súplicas de Carlos V, había retirado sus tropas del ejército imperial, e incluso había mostrado alegrarse de los éxitos de Juan Federico. Se había cumplido el vaticinio de quienes temían que Paulo III vería con gusto a Carlos V meterse en la empresa de la guerra contra los protestantes, para abandonarlo en el momento más crítico.
Tampoco eran tranquilizadoras las noticias que se recibían de Francia sobre las nuevas intrigas de Francisco I, de cuya muerte —ocurrida el 31 de marzo de aquel año— no tendría noticia Carlos V hasta el 10 de abril.

Estando scripto hasta aquí —escribía a su hijo Felipe— ha llegado correo de Francia en que nos avisan de la muerte del rey, y aunque entonces no se sabía nada si había alguna mudanza en las cosas, de lo que avisará el Embajador, todavía dice que piensa que el Delfín terná harto que hacer este año en poner en orden lo que toca a la gobernación y estado de su reino…[1372]

Había muerto el gran rival, el que había puesto tantos obstáculos en su camino; pero también aquel con quien, en más de una ocasión, creyó el César que podía hacer amistad. Y le sucedía en Francia, aquel príncipe Enrique que había estado recluido en Pedraza de la Sierra como rehén tras el Tratado de Madrid. No se podía, pues, confiar en él, y solo que durante un tiempo, como indicaba el Embajador imperial, los propios asuntos de Francia le mantuvieran sujeto.
En cuanto al ejército imperial, era muy inferior al que Carlos V había logrado reunir en su campaña del Danubio. No pudiendo contar ya ni con las tropas pontificias ni con los soldados de los Países Bajos, veía su infantería reducida a tropas exclusivamente alemanas y españolas. De las cuatro coronelías alemanas, dos habían sido dejadas de guarnición en Ulm y Augsburgo, mientras en Francfort quedaban doce banderas de los neerlandeses que mandaba Buren. Para completar aquel mermado ejército mandó hacer Carlos V otro regimiento alemán. Sus fuerzas, cuando abandonó Ulm, se pueden calcular en unos 25.000 infantes y 2.000 caballos. Llevaba consigo todos los españoles: los tres tercios que mandaban don Álvaro de Sande, Arce y Alonso Vivas, junto con las cuatro banderas del sitio de Boulogne, llevadas por Buren, fuerzas españolas que por las bajas sufridas en la anterior campaña, pueden cifrarse en unos 9.000 soldados.
A este pequeño ejército hay que sumar las tropas de Fernando, Mauricio y Juan de Brandemburgo —hijo del príncipe elector Joaquín—, que se reunieron con Carlos V en Eger. Todas estas eran exclusivamente de caballería.
Fernando llevó 1.700 caballos, de ellos 900 húngaros, caballería ligera muy apreciada. Mauricio, 1.000 y el margrave Juan de Brandemburgo 400. En total, 3.100 caballos. Con ellos juntó Carlos V un ejército de unos 25.000 infantes y 5.000 caballos. La proporción española venía a ser la de una tercera parte. Constituía la verdadera columna vertebral del ejército imperial y su acción sería decisiva en aquella campaña.
Pasó Carlos V la Semana Santa en Eger; transcurrida la cual, todo el ejército se puso en marcha en busca del enemigo, adentrándose en el corazón de Sajonia. Daba comienzo la campaña del río Elba.
Iba delante el duque de Alba con toda la infantería y alguna caballería, para limpiar el camino de los destacamentos dejados por Juan Federico, con tal arte, que no quedó ninguno que pudiera inquietar al Emperador. Era el deseo de Carlos V avanzar tan rápidamente, que pudiera sorprender al Príncipe Elector con el grueso de su gente y obligarle a la batalla que decidiera de una vez quién era el dueño de Alemania.
Tenía el Príncipe Elector consigo un ejército que no era inferior en número al imperial, con la ventaja de poder disponer de mayores reservas. Por eso su táctica era esquivar la batalla y gastar al ejército imperial en pequeños combates, haciéndole adentrarse en su territorio, hasta tenerlo a su merced. A mediados de abril se hallaba con su campamento cerca de Meissen, en la orilla derecha del río Elba, que a su crecido caudal ordinario sumaba el propio de la estación. Se creía, por lo tanto, a resguardo de un ataque por sorpresa.

§. La batalla de Mühlberg narrada por el propio Carlos V
Aquí sí que cuentan, más que nunca, las Memorias del Emperador, tantas veces citadas. Pues esas Memorias, aunque arrancando de los tiempos juveniles en los que Carlos se había hecho con el poder en Flandes, estaban pensadas para acabar como un diario de campaña, en el que se recogieran por menudo todos los detalles de la guerra de Alemania.
Con lo cual, Carlos V seguía más que nunca el modelo de Julio César.
¿Cómo vio, cómo sintió, cómo vivió Carlos V la última campaña, la del año 1547? Estaba tan orgulloso de lo conseguido que nos lo dirá con detalle.
Empieza por recordar que, sin darse descanso, en el mes de abril se puso con todo su ejército a perseguir al que mandaba el duque Juan Federico de Sajonia.
Durante nueve días mantuvo esa persecución, al cabo de los cuales ordenó Carlos V acampar para dar descanso a los suyos, cerca del río Elba; pero mandando a la vanguardia que reconociera el terreno, para traerle noticias del enemigo, si es que daban con él.
Los enviados lo hicieron tan bien que vieron cómo acampaban las tropas de la Liga, no muy lejos, como a unos 20 kilómetros,

… en un lugar que estaba en la otra orilla, llamado Mühlberg…

¡Mühlberg! Ya aparece en el escrito carolino el nombre del lugar ceñido a su recuerdo, donde había de ganar su gran victoria. Cuando Carlos V lo supo, ya empezaba a caer la tarde. Era el 22 de abril. Al punto convocó a consejo a la cumbre de su ejército: a su hermano Fernando, al duque Mauricio de Sajonia, y al duque de Alba, a quien había dado el mando del ejército.
Carlos V, excitado con la inminencia del choque, hubiera querido alzar el campo y lanzarse contra el adversario; pero el resto del Consejo fue de contrario parecer. La noche se echaba encima, y eso resultaría temerario:

… como era ya de noche, no podía dejar de haber gran confusión y desorden…

De ese modo, se aplazó la empresa para el día siguiente. Ahora bien, para acometerla a las primeras horas del día.
A más no era capaz de esperar el Emperador. A medianoche ya estaba en pie

… y luego[1373] hizo dar la orden de ensillar y de poner todo en orden para partir en rompiendo el alba.

¿Qué hora era? Hasta eso recordaría Carlos V: las tres de la mañana. Cinco horas después todo el ejército imperial se encontraba a la otra orilla de Mühlberg, frente al ejército de la Liga. Una espesa niebla había favorecido al Emperador, ocultando sus movimientos al enemigo:

… la niebla, que al caminar había sido perjudicial a Sus Majestades[1374], se les volvió favorable, porque lo que había aún era bastante para impedir que los enemigos descubriesen antes de tiempo al ejército imperial…

El ejército de la Liga enfrente y desprevenido. ¡Qué ocasión para iniciar el combate! Solo que había un impedimento, y no pequeño: cruzar el río Elba.
Ahora bien, el Elba es un río caudaloso, y más a fines del mes de abril. Y aunque el ejército imperial tenía ya su sección de pontoneros, eso no bastaba si se quería dar presteza a la acción.
Por lo tanto, era obligado encontrar un vado.
Eso no lo dejaría Carlos V a ningún inferior. Él mismo, acompañado de su hermano, trató de informarse:

Y así Sus Majestades se fueron a una pequeña aldea, la más cercana, para buscar alguna persona que les diese noticia del vado…

Y hubo fortuna, topando con un muchacho que lo había acabado de pasar:

Y tuvieron tanta suerte que encontraron un mancebo del campo sobre un jumento, en el que lo había pasado la noche anterior, que se ofreció a mostrarlo…

Era el momento para que la vanguardia de los arcabuceros españoles diera prueba de lo que eran capaces:

… para que, en cuanto se alzase[1375] la niebla, comenzase la fiesta…

He ahí la expresión de un soldado. En esa frase se nos retrata Carlos V de cuerpo entero, el rey-soldado, el que amaba las armas al modo de los grandes capitanes que en la Historia han sido; si bien él siempre procuraba que la acción militar se subordinara a un fin elevado. Y para Carlos V entonces eso pasaba por su intento de rehacer la unidad de la Universitas Christiana.
Pero volvamos a nuestro relato, o por mejor decir, al relato imperial, cuando nos anuncia lo inminente del combate, en cuanto se alzase la niebla.
Y en efecto, así ocurrió: al levantarse la niebla el ejército de la Liga descubrió lo que no esperaba, la presencia en la otra orilla de Carlos V con todo su ejército, y al punto les acometió el pánico. De forma que en vez de defender el paso del río, que les hubiera sido más ventajoso, levantaron el campo para escapar huyendo:

… cuando vieron lo que no esperaban…, comenzaron a plegar las tiendas y pabellones, a subir a caballo y a ponerse en orden de caminar…

Era la fuga manifiesta, el tratar de evitar el choque inmediato con el ejército imperial. La razón era clara: el tiempo jugaba a favor de la Liga, por cuanto actuaban en su tierra y las reservas para mantener las tropas en sus cuadros completos eran, prácticamente, inagotables; todo lo contrario de lo que le ocurría a Carlos V que había visto cómo los 65.000 soldados con que había iniciado la guerra en 1546, se habían reducido a 25.000, eso sí manteniendo casi todos los contingentes españoles de los tercios viejos.
Carlos V apreció la situación y ordenó que sus arcabuceros «iniciaran la fiesta». Había que acelerar el paso del río:

Entonces el Emperador mandó a su general[1376] que hiciese adelantar los arcabuceros…, los cuales luego volvieron al río, donde muchos entraron bien dentro, y se dieron tanta maña en disparar, que los adversarios, pese a la resistencia que hicieron con su arcabucería y artillería, fueron constreñidos a dejar los puentes, que algunos arcabuceros españoles, lanzándose a nado con las espadas en las bocas, trajeron a la orilla donde estaban Sus Majestades…

Ya aparece en el relato del Emperador aquella increíble hazaña contada después por los cronistas y pintada por los pinceles del tiempo; como en los murales mandados decorar por el tercer duque de Alba en el torreón de su castillo-palacio de Alba de Tormes. Montado después el puente, encontrado también el vado, el ejército imperial franqueó el río Elba para impedir que se les escapara el ejército de la Liga; una operación más sencilla de lo que pudiera temerse, porque el enemigo había desistido de estorbarlo, no pensando más que en la fuga.
Era la ocasión para asestar el golpe definitivo. El César lo vio claro: la victoria era suya:

… conociéndose en el enemigo un cierto pavor y viéndose en el modo de hacer cualquier cosa que andaban como atónitos y pasmados, determinó con la gente de caballo que le acompañaba hacer lo que debía…

Ya solo faltaba el último asalto, el golpe decisivo, la carga postrera:

Sus Majestades con el duque Mauricio y la vanguardia cargaron sobre la caballería adversaria, de suerte que los rompieron, y éstos rompieron a los de a pie, y los que escaparon se pusieron en fuga…[1377]

Era la victoria.
Fue aquella batalla ganada el día 24 de abril de 1547, víspera de san Marcos y pasado san Jorge. Se libró entre las once de la mañana y las siete de la tarde, y el césar Carlos la celebró con su frase famosa, en la que se aunaban el recuerdo de la Antigüedad y su espíritu religioso: «¡Vine, vi y Dios venció!»[1378].
Quedó deshecho, y en buena parte prisionero, el ejército protestante, con escasísimas bajas por parte del ejército imperial. Fue grande el botín de guerra, en especial de piezas de artillería. Pero la más segura prenda de la victoria fue coger prisionero al propio príncipe elector Juan Federico. Mandó Carlos V al duque de Alba que lo llevase a su presencia. Desabridamente contestó al saludo de su prisionero y ordenó al duque de Alba que lo tuviese bajo su custodia.
A los dos días, Carlos V mandaría la noticia, con un correo especial, don Luis Quijada, a su hijo, «como persona que se ha hallado presente a todo».
Es una escueta relación de la batalla, que bien merece la pena ser recogida:

Su Majestad, habiendo juntado su exército en Egre y teniendo allí la Pascua, partió a buscar al enemigo a los 13 de abril y en diez jornadas sin parar, habiéndose usado de toda la diligencia posible, tomándose en el camino catorce banderas que estaban de guarnición repartidas en algunas tierras del contorno, se llegó tres leguas pequeñas del exército del enemigo, donde se reposó un día porque la gente lo había menester, y también por reconoscer el sitio de su campo que a la sazón estaba en Miosén, donde y después en el reconocer el paso de la ribera, hubo algunas escaramuzas y se truxeron aquella noche algunos presioneros. Otro día, a los veinticuatro, que fue día de San Jorge, en amanesciendo partió nuestro campo, habiéndose levantado la noche antes el suyo, de donde estaba y puéstose de la otra parte del río Albis[1379], que es una grande y ancha ribera, para impedir el paso de nuestro exército. Y algunos caballos ligeros que iban en la vanguardia con mucha parte de la arcabucería española que la hicieron adelantar del escuadrón para este efecto, llegaron a la ribera del río con seis piezas de artillería, y estando de la otra parte buen golpe de caballos de los enemigos y parte de su arcabucería con dos o tres piezas de artillería, porque todo lo otro había comenzado a marchar y retirádose desde que el golpe de nuestra gente comenzó a recostarse a la ribera, se tiraron de una parte a otra algunos tiros y jugó el arcabucería por espacio de dos horas, haciéndoles desamparar tres trozos de una puente de barcas que tenían echada y llevaban ya por el río abaxo comenzada a quemar. Y entrando a nado cuatro o cinco soldados españoles que llevan sus espadas desnudas en las bocas, y otros tantos a caballo, tentando el vado con el arcabucería que siempre jugaba desde la orilla, y también lo del enemigo aunque más a su salvo por estar cubierta de unos céspedes y la nuestra en lo raso, se le tomaron los dichos tres trozos con la muerte de algunos soldados que venían dentro dellos, la presteza de lo cual que no fue sin mucho riesgo y peligro, por lo que de la otra parte trabajaban por defenderlo, y la diligencia que algunos caballos se dieron a tentar y pasar el vado, que le hallaron en muchas partes no poco hondo, y que era menester nadar y a escaramuzar de la otra parte con los enemigos, fue causa que se comenzasen a retirar y así su Majestad y el serenísimo rey de Romanos, su hermano, habiendo primero pasado los caballos ligeros y los húngaros con algunos arcabuceros españoles en grupa, y el duque d’Alba con el duque Mauricio y su caballería, pasaron luego con el resto de la caballería con tanta presteza que en espacio de poco más de una hora se halló toda de la otra parte del río. Y sin aguardar a la infantería ni artillería, porque era necesario echar primero puentes, que aunque se usó en ello de todo extremo de diligencia, se perdiera mucho tiempo, caminó en seguimiento de los enemigos a gran trote, yendo la vanguardia escaramuzando siempre con ellos, hasta casi tres leguas, adonde viendo ya los enemigos que nuestra caballería les iba tan cerca y que les era forzado hacer rostro y resistir la furia, antes que aquélla les desbaratase por la demasiada priesa con que se retiraban, se pusieron en escuadrones de batalla para pelear, haciendo uno de infantería y cinco de los caballos, dos de vanguardia y tres de retaguardia, y la infantería con su artillería, teniendo un bosque a las espaldas. Y el duque d’Alba que estaba en la vanguardia, como siempre la ha llevado en toda la jornada, escaramuzando con ellos y entreteniéndolos dio dentro con una gruesa carga de hasta mil doscientos caballos de los del duque Mauricio y la gente d’armas de Nápoles, de tal manera que los enemigos comenzaron a desmayar y a conoscerse de nuestra parte la mejoría, tanto que con moverse el escuadrón de su Majestad y el dicho Serenísimo Rey con el suyo, que ambos iban muy juntos, sin romper lanza, fueron luego rotos y puestos en huida una hora antes que se pusiese el sol, yendo los nuestros en su alcance toda la noche y parte del día seguiente, matando y hiriendo en ellos hasta no quedar hombre en el campo que hiciese resistencia, tomándoseles su artillería y municiones y carruajes. Y fueron muertos, según lo que verisímilmente se puede averiguar, pasados de dos mil hombres y presos muy muchos, y entre ellos el duque Juan Federico de Saxonia, el duque Ernest de Branzuio[1380] que fue el que prendió al Marqués Alberto de Brandamburg, con otros muchos barones y personas principales, sin haber muerto de nuestra parte diez hombres, que no es pequeña señal de lo que Dios Nuestro Señor ha mostrado en esta su causa[1381].

Un tribunal imperial condenó al príncipe elector Juan Federico a la pena de muerte. Algunos, en la Corte imperial, creían que esa era la intención de Carlos V[1382]. Se engañaban. No correspondía al carácter del Emperador llegar a ese extremo de severidad.
Trató el César que su prisionero se comprometiese a reconocer los decretos que formulase el Concilio de Trento en materia religiosa, pero pese a las fuertes presiones sobre él ejercidas, el príncipe Juan Federico dio muestras de una gran presencia de ánimo en el infortunio, así como de la sinceridad de sus sentimientos religiosos, negándose de lleno a ello. Por fin se firmaron las capitulaciones de 19 de mayo, por las que perdía el Electorado y la mayoría de sus bienes, pero conservaba la vida, y en materia de fe se comprometía solo a lo que se acordase en las Dietas imperiales. El día 23 capitulaba Wittemberg, la cuna del luteranismo[1383]. Ya por entonces avanzaban mucho las negociaciones para la rendición del landgrave Felipe de Hesse. En ellas tomaron parte importante el obispo de Arras, Antonio Perrenot de Granvela, y el duque Mauricio de Sajonia, que el 4 de junio aceptaba el Electorado sajón. Probablemente sobre el orgulloso Landgrave influyo más la persuasión de su yerno Mauricio que el dramático desenlace de su aliado el príncipe Juan Federico. Llevado de un error, creyó que el Emperador no le privaría de la libertad. En realidad, los papeles que se cruzaron previamente no le daban pie para considerarlo así; Carlos V nunca se comprometió a ese extremo de clemencia, sino solo a que su prisión no sería perpetua.
Efectuadas las ceremonias de la rendición y leídas públicamente las capitulaciones de la misma, Carlos V ordenó al duque de Alba que lo hiciese prisionero y lo tuviese bajo su custodia. Protestaron el Landgrave y el duque Mauricio, junto con el príncipe elector Joaquín de Brandemburgo, pero el Emperador rechazó sus reclamaciones. No era aquella prisión arbitraria, ni se realizaba atropellando los artículos capitulados. Al contrario, Carlos V estaba en su derecho, y con su característica tenacidad se mantuvo firme en su decisión[1384].
Vencedor en el campo de batalla, le restaba a Carlos V resolver la cuestión religiosa para que su victoria fuera completa.
Sería rehacer la unidad de la Universitas Christiana.
Para ello, el 1 de septiembre de 1547, abría la Dieta de Augsburgo, con un verdadero alarde de fuerza militar, donde figuraban los temibles tercios españoles. Pero pese a ello y a la presencia reverente de los Príncipes Electores, de los demás Príncipes seculares y eclesiásticos y de los representantes de las ciudades imperiales, Carlos V no trataría de imponer sin más el catolicismo en todo el Imperio. Durante medio año trata de que el Concilio regresara a Trento. Al fracasar las negociaciones con Roma, Carlos V considera imprescindible dar paso a su plan de concordia religiosa, en lo que se echa de ver que no habían muerto del todo sus proyectos de 1530 y 1541. Nombró a principios de 1548 una comisión de dieciséis miembros, encargándoles estudiar los medios para conseguir un modus vivendi, hasta que se volviese a reunir el Concilio. Nada efectivo se hizo por aquel procedimiento, y es entonces cuando surge el Interim, del propio seno de la Casa imperial. Su corte erasmista revela bien cuáles eran las ideas carolinas a este respecto. Trabajaron en él los teólogos Pflug, Helding, Billick, Soto, Malvenda y el capellán protestante Agrícola. Constaba el Interim de veintiséis artículos, en su mayoría redactados con sentido católico, aunque buscando en los puntos más delicados aquel lenguaje que menos molestase los sentimientos protestantes. Silenciaba la doctrina católica sobre el purgatorio y hacía caso omiso de la que había forjado ya Trento sobre materia tan crucial como la justificación; pero en cambio sustentaba claramente el punto de vista católico respecto a la obediencia debida al Papa y a los obispos, así como el culto a la Virgen y a los santos. Otra de las cuestiones más espinosas era la de la misa, que en el Interim se trataba de modo poco preciso, y como para contentar tanto a católicos como a protestantes. A estos se les hacían tres concesiones principales: la comunión bajo las dos especies, el matrimonio de los sacerdotes y, a los Príncipes, la posesión de los bienes eclesiásticos. Pudo el mismo Emperador encontrar tales concesiones adecuadas, por cuanto que conocía suficientemente que la Santa Sede, bajo el pontificado de León X, había llegado a pensar en otorgar las dos primeras, que eran las más delicadas. Por otra parte, sobre la comunión bajo las dos especies existía el precedente del pacto de Ihilava, en el que se otorgaba dicho privilegio a los utraquistas bohemios, tras las terribles guerras husitas, en pleno siglo XV.
El Interim fue concluido el 12 de marzo de 1548. Pero si Carlos V tenía muchas esperanzas sobre su resultado, pronto hubo de desengañarse. Las mayores dificultades las encontró en el campo católico, en particular en la Casa Wittelsbach de Baviera. Carlos V fue acusado de atribuirse funciones que solo competían a la Iglesia, haciéndose hincapié en aquellos puntos en que, como en el de la justificación, existía doctrina declarada por el Concilio de Trento. El Emperador prometió que el Interim solo obligaría a los protestantes, declarando que su propósito era atraerlos por aquel medio de modo paulatino al catolicismo, rehaciendo la unidad de la Cristiandad.
En principio consigue la aquiescencia de los príncipes electores Federico del Palatinado y Joaquín de Brandemburgo, así como de las ciudades de Ulm, Augsburgo y Nüremberg. Pero sus forcejeos resultaron inútiles con Mauricio de Sajonia, que solo se obligó a título personal, pero no por su Electorado. A su antiguo aliado en la guerra contra la Liga de Schmalkalden, Hans de Brandemburgo-Kustrin, se ve obligado a expulsarlo de Augsburgo. A las ciudades que se muestran recalcitrantes las amenaza con medidas severas. Logra del landgrave Felipe de Hesse su aprobación, pero nada consigue de su otro principesco prisionero, Juan Federico de Sajonia, que se mantuvo firme en sus principios religiosos en la hora de la adversa fortuna. De todas formas, esperando contentar al grueso de la opinión pública protestante con un proyecto de reforma del clero católico, Carlos V logró que la Dieta declarase el 30 de junio de 1548 el Interim como ley del Imperio. Con ello esperaba resolver, con ayuda del tiempo, aquel magno problema iniciado un cuarto de siglo antes, cuando Lutero se había afianzado en su rebeldía frente a Roma, en la Dieta de Worms de 1521.
Pero el tiempo no jugaría a favor de Carlos V. Él había procurado seguir la vía de la conciliación, incluso después de su victoria en el campo de batalla, como si todavía estuviera presente el espíritu de Erasmo.
Por el contrario, Europa caminaba hacia un radicalismo religioso que arrollaría las buenas intenciones del César.

Capítulo 3
En la cumbre

Entre la primavera de 1547 y la primavera de 1552, en esos cinco años transcurridos desde la que parecía decisiva victoria de Mülberg y la penosa fuga de Innsbruck, transcurre la etapa más ilusionada de la vida del Emperador.
Ilusionada, porque Carlos V podía creer que había logrado razonablemente sus objetivos, planteados treinta años antes, cuando había recibido la primera corona imperial, en las solemnes jornadas de Aquisgrán en el otoño de 1520. Había pacificado los dominios que había heredado, tanto en Flandes como en España y en Italia, y los había defendido con eficacia de los ataques de sus enemigos, ya fueran franceses, ya turcos, ya berberiscos. Era cierto que las guerras con Francia no habían cesado y que sus pueblos apenas si habían gozado los beneficios de la paz, de forma que él mismo se había lamentado con el Delfín francés, en 1538 de cuán locos habían sido él y su rival Francisco I, al haber caído una y otra vez en aquella pesadilla de la guerra. Pero también lo era que siempre se había encendido, no porque Carlos V quisiera atropellar a Francia, sino porque el francés no podía consentir el papel de segundo orden que le había sido asignado, desde que los Príncipes Electores alemanes habían preferido la figura del Rey Católico a la suya para el supremo cargo imperial.
También era cierto que Carlos V no había podido acaudillar aquella magna cruzada contra el Islam, que le hubiera llevado a liberar los Santos Lugares y a recuperar Constantinopla para la Cristiandad, con los territorios de la Europa oriental que habían caído bajo el Imperio turco. Incluso era obligado recordar su fracaso ante los muros de Argel, en las penosas jornadas de 1541.
Pero una cosa era innegable: una y otra vez, Carlos V había puesto su vida al tablero para defender a la Cristiandad de las crueles invasiones turcas, lo mismo en Viena en 1532, que en Túnez en 1535. Que Viena no hubiera sufrido la misma suerte que Belgrado o Budapest, había sido un gran logro del Emperador; asistido, eso sí, por un español digno de ser recordado: su hermano Fernando, aquel hijo que Juana la Loca había dado a la luz en Alcalá de Henares en 1503. Y que el sur de Italia se mostrara, en su conjunto, Sicilia como Nápoles, fiel al Emperador, al que recibían en triunfo tras la campaña de Túnez de 1535, es porque había la evidencia de todo lo que Carlos V había hecho, para ahuyentar al peligro turco de sus tierras.
Por eso, con las treguas firmadas con el Turco en los años cuarenta, Carlos V pudo considerar que en aquella brega por la Europa cristiana había cumplido sobradamente con su deber.
Quedaba la cuestión religiosa. Era otra de las obligaciones imperiales, aquello que había prometido resolver, como Emperador de la Cristiandad: rehacer la unidad de la Universitas Christiana. Y eso se ceñía, particularmente, a la disidencia encabezada por Lutero. Otros grandes heresiarcas del Quinientos también inquietaban Europa, en particular Calvino; pero Carlos V asumió casi exclusivamente lo que afectaba al Imperio, donde lo que campeaba, sobre todo, era la obra de Lutero.
El luteranismo se había extendido rápidamente, en aquellos años de su reinado, por la mayor parte de Alemania. Carlos V podía afirmar que había hecho todo lo posible por lograr una salida negociada desde la Dieta de Worms de 1521, a la que había convocado al mismo Lutero, hasta las discusiones de 1530 y 1541 en Augsburgo y en Ratisbona. El Emperador había incitado a ese acuerdo, convocando a teólogos católicos y protestantes. Su fracaso le llevó al convencimiento de que debía emplear la fuerza, y lo hizo con la moral suficiente para superar la prueba, pese a su precaria salud que le incitaba más al reposo que a la acción.
La victoria le llevó a la soledad de la cumbre; tanto más que los otros dos reyes más importantes del período que acababa de terminar habían fallecido. Enrique VIII moría el 27 de enero de 1547 y dos meses después, casi día por día, Francisco I. Y el año anterior también había fallecido Lutero.
Eso parecía hacer más segura la victoria de Carlos V, más incuestionable su liderato de la Europa cristiana, con un rey-niño en Inglaterra, Eduardo VI, y con un rey-mozo en Francia, Enrique II.
Sería así por cierto tiempo. Hasta que el rey-mozo francés encuentre la oportunidad de golpear en la estructura alzada por Carlos V.
Por lo tanto, solo un corto tiempo estará Carlos V disfrutando de su victoria como Emperador sin discusión de la Universitas Christiana. Un Emperador que entonces rondaba el medio siglo; lo cual no era mucho, si no fuera que su salud estaba tan quebrantada.
De ahí que el problema más grave que se le presenta entonces es el de la sucesión, el de asegurar las cosas para que la Europa que él ha soñado, y que está a punto de forjar, se afiance, sobreviviendo a su reinado.
Que su obra política perdure, he ahí la cuestión planteada a Carlos V, a raíz mismo de su gran, espectacular y deslumbrante victoria de Mühlberg.

§. El mundo hacia 1548
Cuando apunta el nuevo año, Carlos V ve agudizarse sus males. Había pasado un otoño relativamente bueno. En septiembre, había disfrutado de unos días de caza, invitado por el duque de Baviera. Manteniendo su estancia en Augsburgo, se le había visto convocar a los caballeros de la Orden del Toisón de Oro y celebrar el gran banquete dado a los caballeros el 30 de noviembre[1385]. En las Navidades y en el día de Reyes todavía se le vería asistir a las funciones religiosas.
A poco, las fuerzas le faltarían de tal modo que creyó acabar. Y hasta tal punto que, considerando que en cualquier momento le sobrevendría el final, en cuanto sintió un poco de mejoría quiso dejar unos consejos a su hijo, en los que venía a resumir su larga experiencia de la política internacional.
Es lo que viene en llamarse el Testamento político de Carlos V y que nos permite ver cómo era el mundo de las relaciones internacionales, a raíz de la batalla de Mühlberg.
Se trata de un magno documento propio de un gran hombre de Estado, en el que Carlos V da muestras de su dominio de la política internacional y, a la vez, de su profundo sentido ético de la existencia. Ningún alarde de consejos o sugerencias de prácticas realistas, al modo de las que había ya acuñado, veinte años antes, Maquiavelo. Simplemente lo que ocurre es que el César quiere legar a su hijo ese tesoro de conocimientos sobre política exterior que posee[1386].
Desde las primeras palabras, Carlos V sabe dar el tono de gravedad debido a sus instrucciones[1387].
Hijo: Porque de los trabajos pasados se me han recrescido algunas dolencias, y postreramente me he hallado en el peligro de la vida, y dudando lo que podría acaecer de mí, según la voluntad de Dios, me ha parescido avisaros por ésta de lo que para en tal caso se me ofrece…[1388] Carlos V ve muy quebrantada su salud como consecuencia de aquellas difíciles campañas de los años pasados; y no solo de las desarrolladas en tierras alemanas, sino también de las anteriores en los Países Bajos y en Francia.
De hecho, habían sido unos años de trepidante batallar, siempre en campaña, siempre a caballo —bien, no siempre, porque en ocasiones sus males le habían obligado a desplazarse en litera—, siempre exponiendo la vida. La única tregua había sido en 1545, una vez firmada en Crépy la paz con Francia a fines de 1544. Pero en 1546 otra vez en guerra, una guerra que en este caso se alargaría hasta entrado el invierno, pasando calamidades sin cuento.
Esos habían sido «los trabajos pasados» a que se refiere Carlos V. Después de lo cual vendrá la primera advertencia moral: lo hacía para ayudar de ese modo al Príncipe a gobernar bien en el futuro:

… por el amor paternal que os tengo y deseo que acertéis por el servicio de Dios y descargo de mi conciencia y vuestra…

Pero se trata de una advertencia obligada. Lo que verdaderamente está acuciando a Carlos V es ese mismo hecho de haber llegado a la cumbre. Como si dijéramos, el temor de que después del ascenso pueda venir un rápido descenso. Y eso es lo que Carlos V quiere evitar. Como si tratara de fijar la rueda de la fortuna, Carlos cree haber encontrado la fórmula de su predominio en Europa en la firme alianza de las dos ramas de la Casa de Austria. La victoria sobre la Liga de Schmalkalden, que parecía imposible —vencer a los alemanes en su tierra era algo impensable; desde la Antigüedad venía la imagen de la feroz Germania descrita por Tácito, como el pueblo con el que había que pactar y al que no se podía combatir—, se había logrado porque ambos hermanos habían unido sus esfuerzos. La estampa de Fernando cabalgando a su lado para luchar contra los Príncipes de la Liga se había quedado grabada en el ánimo del Emperador. Por ello, y desde un primer momento, lo señalará a su hijo, más como una orden que como un consejo:

La principal y más cierta amistad y confianza que debéis tener —le advierte— es con el rey de Romanos, mi hermano, y mis sobrinos, sus hijos…

Y le añade:

… procuraréis su bien y de los suyos con toda y entera sinceridad y favoreceréis su autoridad imperial y sus cosas como de buen tío…

He subrayado a intento esa referencia de Carlos V a la dignidad imperial, porque yerran, a mi modo de ver, quienes afirman que Carlos V está planeando desplazar a la rama de Viena y que fuera su hijo quien recibiera también el título imperial. Eso, y de una forma escalonada, vendrá después, y como una ambición del Príncipe, no como un solapado proyecto carolino. En 1548 para Carlos V no hay más que un futuro Emperador que le suceda, y ese era su hermano Fernando. De ahí que se refiera a él con su título de rey de Romanos, que era precisamente el que le daba esa categoría. Desde 1531 eso era ya algo fijado, cuando Carlos V había promovido su elección. Y puesto que Fernando sería el futuro Emperador, Felipe tenía que tratarlo como tal, con el mayor respeto, y así se lo dirá textualmente:

… con el respeto que un buen sobrino debe a un tan alto tío…

Carlos declarará también a su hijo los beneficios que esa estrecha alianza y cordial parentesco reportaría a las dos ramas de la Casa de Austria:

… porque demás que es esto lo que conviene, y según Dios y obligación de parentesco tan cercano, esta conjunción y unión será causa que los que no ternán buena voluntad dexen de mostrarlo contra él y vos…

Para terminar la frase con esta sentencia:

… y la grandeza del uno favorecerá y reputará el otro…

Él, Carlos V, era quien había hecho a su hermano Fernando su sucesor en el Imperio, y así se lo recordaría a su hijo:

Y ansí he hecho todo lo que he podido para que fuese elexido en la dignidad de rey de Romanos y establecido en él y enderezado para que en mi ausencia y caso de fallecimiento pueda gobernar esta Germania.

No cabe duda: Carlos V está viendo a su hermano como el futuro Emperador, y se muestra orgulloso de haberlo ayudado en sus dificultades[1389]. Todo lo cual lo había hecho

… para que pueda gobernar en ella [Germania] con debida autoridad…[1390]

Precisamente, para afirmar más y más esa alianza familiar es por lo que Carlos V decide, precisamente entonces, que su hija mayor María despose con el archiduque Maximiliano, el hijo primogénito de su hermano Fernando. Y lo decide con firmeza, imponiendo su voluntad sobre lo que deseaban sus hijos en España; pues María se inclinaba más a no salir de la Península y a que su matrimonio fuera con el príncipe Juan Manuel de Portugal, deseo apoyado por el príncipe Felipe.
Y en eso Carlos V sería terminante, por los altos intereses de Estado que defiende; aparte de que la diferencia en las edades de aquella pareja tampoco lo hacían aconsejable[1391]. En Simancas encontré yo unas instrucciones del Emperador al duque de Alba que muestran claramente la discrepancia de Carlos V con sus hijos, y su firme voluntad de que aquello no siguiera adelante:

Lo primero —le advierte al Duque—, ya tenéis entendido la inclinación que el Príncipe ha tenido a que la dicha Infante [María] casase con el Príncipe de Portugal…[1392]

No era el marido que Carlos V quería para su hija:

… habiendo discurrido y mirado las personas que al presente podría haber que conviniesen con la edad y las otras consideraciones que se deben tener, teniendo larga experiencia de la virtud y loables costumbres del ilmo. príncipe Maximiliano, archiduque de Austria, nuestro sobrino…

Maximiliano llevaba un año a su prima, y a sus 21 años parecía el novio perfecto. En eso Carlos V argumentaría como cualquier otro padre de la época: eran ellos los que mejor sabían con quién habían de casar sus hijos:

Y puesto que soy cierto se conformará [María, su hija] con mi voluntad, como es razón que lo haga, pues yo más que nadie, por lo que la quiero y amo, he de mirar por su descanso y contentamiento…

Aun así, Carlos V no las tenía todas consigo. Teme dificultades en la corte de Valladolid, y encomienda al Duque que apremie al Príncipe para que secunde el proyecto imperial, e incluso le encarga la propia visita a la infanta María, sí aún ofrecía resistencia:

… y si conviniese que vos en persona fuésedes a hablarle en ello de nuestra parte y del Príncipe, tenernos hemos por muy servido queráis tomar este trabajo…[1393]

Y tan ajeno está entonces Carlos V al proyecto de que su hijo se vincule a la sucesión del Imperio que le señala una clara ventaja: no tendrá ninguna obligación económica para la defensa de Germania, aunque la atacara el Turco:

… ni vos menos terníades la posibilidad de asistir al dicho Reino después de mi fallecimiento, ni los Reinos ni Estados[1394] lo querrían hacer, como no sería justo, siendo gastados como están y teniendo aun continuo gasto en otras partes contra infieles, sin los otros vecinos y potentados de quien podréis tener siempre recelo y estar sobre aviso…

Por eso, al final casi de las Instrucciones, declara lo que ya había indicado al duque de Alba: su voluntad de que su hija María casase con el archiduque Maximiliano:

… no veo para ella partido más a propósito, ni aun que convenga, como el del archiduque Maximiliano, mi sobrino…

Por ello, había que rechazar el absurdo proyecto de que casara con el príncipe Juan Manuel de Portugal, aquel enfermizo muchacho que aún no había cumplido los once años:

… porque cuanto a casarla en Portugal con el Príncipe [Juan Manuel], mi sobrino, ni las edades convendrían[1395], ni sería honesto ni razonable ir contra lo que he tratado de su hermana [doña Juana] con el dicho Príncipe…

En su panorámica de las relaciones internacionales, el Emperador pasaría, después de aquella referencia tan destacada a la dinastía, a tratar del estado de las relaciones con Turquía, «Germania», Roma, otras potencias de Italia, Francia y berberiscos. Hace un inciso para referirse a los problemas de las diversas piezas de la Monarquía Católica —Flandes, Franco-Condado, España y sus Indias—, y vuelve a tocar las cosas de Saboya, Inglaterra, Escocia y Dinamarca. Le parece que algo grave ha dejado de tratar sobre las Indias, y torna al tema, para entrar finalmente en la cuestión de los matrimonios de sus hijos. Terminará con una recomendación a favor de sus dos hermanas, Leonor y María.
El talante ético de Carlos V destacaría en su párrafo de alusión a Turquía. ¡El Turco! Aquel cruel imperio otomano que tenía tan aterrorizada a la Cristiandad, pero con el que se había terminado por concertar treguas. ¿Era lícito un doble juego con él? ¿Era lícito tratar de engañarle? Veamos la sentencia del César, el consejo que da a su hijo:

… cuanto a la dicha tregua que he por mí ratificado, miraréis que ella se observe enteramente de la vuestra…

¿Por qué? ¿Lo justificará el Emperador? Cierto que sí:

… porque es razón que lo que tratado y tratéis se guarde de buena fe con todos, sean infieles o otros, y es lo que conviene a los que reinan

y a todos los buenos…
A todos los buenos. Es el rey-caballero, el gran maestre de la Orden del Toisón de Oro el que aquí se pronuncia. Prometidas y firmadas las treguas con Turquía, había que respetarlas, había que ser fiel a la palabra dada.
En cuanto al Imperio —«Germania», en el texto carolino— otra vez dejará constancia Carlos V de que era algo alejado del horizonte político de su hijo.
Aun así, quien había de heredar tantos Reinos y tan distantes, siempre debía mantener las mejores relaciones posibles con los Príncipes alemanes:

… que es cosa que no puede sino convenir y será al propósito del que ternéis[1396], señaladamente en la parte de Italia[1397] y hacia Flandes…

A continuación Carlos V llevaría sus ojos a Italia, empezando por su máxima potencia: el Papa. Todavía lo era aquel Paulo III que tanto le había prometido en 1545, como ayuda para reducir por la fuerza a los Príncipes protestantes alemanes y que después se había echado atrás, incluso ordenando a los padres del Concilio que abandonaran Trento; penosa maniobra más política que religiosa que Carlos V lamentó profundamente, porque era anular radicalmente la posibilidad de cualquier negociación con los reformados alemanes.
Y, sin embargo, Carlos V no mostraría gran resentimiento; no olvidaba lo pasado, pero a fin de cuentas el Papa era el Papa y a él debería tener siempre respeto su hijo:

y cuanto al Papa presente, Paulo III, ya sabéis cómo se ha habido conmigo —diría Carlos a su hijo— y señaladamente cómo ha mal cumplido lo capitulado por esta última guerra y dexándome en ella, y la poca voluntad que ha mostrado y muestra a las cosas públicas de la Cristiandad, y especialmente en lo de la celebración del Concilio…

Y eso pese a que el Emperador había accedido a la boda de su hija Margarita con el duque Octavio, el nieto del Papa. Pero aun así, había que pensar en la dignidad que representaba:

Mas, con todo esto que ha pasado, os ruego que, teniendo más respeto al lugar y dignidad que el dicho Papa tiene que a sus obras, le hayáis todo el tiempo que viviere el debido acatamiento…

Estaba, sí, aquel oscuro suceso de Piacenza, con la muerte violenta de Pier Luigi Farnese, el hijo natural de Paulo III, con la incorporación de la ciudad, rebelada contra el Duque, por el Gobernador de Milán Ferrante Gonzaga; un asesinato del que el Papa había culpado al Emperador, como si hubiera sido hecho por su instigación. Carlos V se mostraría como por encima de tamaña acusación, separando los dos hechos, lamentando el primero pero aprobando el segundo:

y cuanto a lo sucedido en Placencia, hame desplacido de la muerte del duque de Castro; pero cuanto a lo demás hecho por don Fernando de Gonzaga, como mi ministro y en mi nombre, pretendo que con buen derecho y razón la pueda y deba tener…

Pormenorizará sobre las relaciones que se tenían con la serie de pequeños Estados que troceaban entonces el mapa político de Italia, para resumirlo todo en este consejo general:

Con los otros potentados de Italia no ternéis querella ni pretensión alguna que sepa, ni pienso habelles dado ocasión della…

Bastaba, pues, mantener esas buenas relaciones que ya se tenían con ellos, así como el tratado y Liga hecha con Venecia. De ese modo Italia viviría en paz, y los dominios de la Monarquía Católica, desde el Milanesado hasta Sicilia, sin olvidar Cerdeña, estarían a salvo.
Particular mención haría a Francia. Carlos V tenía muy presente cuántas veces había visto la paz hollada por su eterno rival Francisco I, pese a todos sus intentos por llegar incluso más que a un cierto entendimiento, a una franca y sincera amistad[1398]. Pero imposible. Siempre había rebrotado aquella inquina del que no perdonaba haber sido desplazado del Imperio y del Milanesado.
Y así, con un deje de amargura, Carlos le confiesa a su hijo:

Cuanto a Francia, yo he hecho siempre todo lo que se ha podido, desde que comencé a reinar, por vivir en paz con el rey Francisco difunto y muchas buenas obras…

Por eso, había firmado con él no pocas paces y treguas; pero, ¿con qué resultado? Lo dirá al punto:

… las cuales —paces y treguas— nunca ha guardado,

como es notorio…
Era la misma evidencia. A ese respecto, la experiencia del Emperador no podía ser más amarga:

… las cuales nunca ha guardado, como es notorio, sino por el tiempo que no ha podido renovar guerra, o ha querido esperar de hallar oportunidad de dañarme con disimulación…

¿Qué se podía esperar del nuevo monarca, su hijo, aquel Enrique un tiempo rehén retenido en el castillo de Pedraza de la Sierra? Poco o nada, pues por todo lo que negociaba se veía que iba tras las huellas de su progenitor:

… está puesto en seguir las pisadas y heredar la dañada voluntad de su padre…

Era como una constante en la línea de conducta de la Casa de Valois hacia la de Borgoña.
Y aun así, Carlos V pedirá a su hijo que mantuviera la paz con Francia, siempre que le fuera posible; esto es, que nunca fuera el agresor, limitándose en caso extremo a una guerra defensiva, pues la paz con Francia era lo que más necesitaban sus reinos y ese era el verdadero bien para la Cristiandad.
Es una reflexión importante, porque cuando se hace balance del reinado carolino, una de las cuestiones que saltan inmediatamente y que golpean nuestra conciencia es la desatinada serie de guerras entre los dos países, los esfuerzos malogrados, la sangre derramada, la herida siempre abierta en el costado de la Cristiandad, los padecimientos de tantos inocentes; los males sin cuento, en suma, que provoca cualquier guerra. ¿Era de ello consciente el Emperador?
Pues bien, esa pregunta, necesaria, inevitable, nos la viene a responder el César en estas Instrucciones: nada pudo hacer por evitarlo, porque la ambición del rey de Francia no podía consentir el fulgor ascendente de la estrella carolina. Y tal parecía que era la política que iba a seguir el nuevo Rey, Enrique II, hasta el punto de que ya proclamaba que para él carecían de valor las renuncias que su padre había hecho tan solemnemente a los reinos de Nápoles y Sicilia, al ducado de Milán y a los Estados de Flandes.
Eso llevaría a un Carlos V, desengañado, a aconsejar a su hijo que no cediera ninguno de aquellos territorios, bajo la falsa promesa de que obtendría la paz.
Aquí, la acusación de Carlos V parecía fundada:

y si afloxásedes en cosa alguna desto, sería abrir camino para tornar a poner todo en controversia, según la experiencia ha siempre mostrado que estos Reyes, padre y hijos y sus pasados, han querido usurpar de continuo de sus vecinos…

Si esa era la situación, la conclusión no podía ser otra: ya que a la postre había que defenderse de la agresión francesa, mejor hacerlo por el todo que tras haber cedido una y otra parte:

Pues esto es ansí, será mucho mejor y lo que conviene —tal sería el definitivo consejo carolino—, sostenerse con todo, que dar ocasión a ser forzado después a defender el resto y ponerlo en aventura de perderse.

Lo que había que temer del francés era su primer ímpetu, la fuerza con que irrumpía en cada guerra; de ahí la importancia que tenía, para la salvaguarda de Italia, un Milán bien defendido, con abundante artillería, como la que Carlos V había mandado de la capturada en la guerra de Alemania, y un cierto golpe de gente española.
No cabe duda: Carlos V seguía teniendo muy presente lo que los tercios viejos habían supuesto en la formación de su Imperio. De ahí que advirtiera a su hijo que por muy endeudada que estuviera su Hacienda nunca dejara
de tener siempre alguna gente española en Italia… Ese era «el verdadero freno» contra los que quisieren combatir a la Monarquía en tierras italianas. Y por eso precisamente había ordenado que los españoles que tenía consigo en Augsburgo fuesen de guarnición a Milán. De igual modo, para la seguridad del Mediterráneo, era imprescindible mantener la alianza con la república de Génova; entre otras cosas, para que no se pasasen a los franceses, lo que pondría todo aquel mar en peligro, salpicando a los dominios en Italia y a la propia Cataluña y resto del Levante español.
Lástima le daba a Carlos V lo que el duque de Saboya había perdido por las usurpaciones de Francia. El Emperador recordaba así al cuñado de la Emperatriz, al casado con Beatriz de Portugal; pero advertía a su hijo que no fuera a la guerra con Francia por aquel motivo, si bien debía estar advertido de que por aquella vía podían intentar los franceses penetrar en Milán y seguir al sur para invadir Nápoles y Sicilia. En eso no cabían engaños:

Se ve claramente por todas sus pláticas que es ésta su intención y no se podría poner límite a su ambición…

Por eso le parecía tan importante mantener el dominio de Niza, donde entonces había una guarnición española que defendía su castillo.
No tenía gran preocupación Carlos V por Flandes, al que consideraba bastante fuerte y bien fortificado como para poder resistir cualquier ataque francés. Más vulnerable era el Franco-Condado, pero allí confiaba el César en que se mantuviera su tradicional neutralidad, apoyado como se hallaba por su Liga con los cantones suizos. Tampoco la tenía en cuanto a España, incluida Navarra, como se demostraba por lo fácilmente que se había defendido contra las anteriores invasiones galas, de forma que era algo que le inquietaba tan poco que apenas si le dedica unas líneas.
En cuanto a la defensa de las Indias, lo mejor era mantener la estrecha alianza con Portugal, así como hacer frente, desde el primer momento, a cualquier agresión francesa:

y aunque ellos hayan emprendido muchas veces de ir allí, se ha visto que sus armadas no han durado, y demás desto, cuando se les resistiese, luego afloxan y se deshacen, y ansí hace mucho al caso serles presto a la mano.

Después lanza Carlos V su mirada al norte, para referirse a tres pueblos cuyas relaciones importaban como complemento a la defensa de los Países Bajos y a los intereses generales de la Monarquía: los ingleses, los escoceses y daneses. Era preciso seguir manteniendo la buena amistad con Inglaterra, conforme a los últimos tratados con Enrique VIII, aunque solo fuera
para tener suspensos a los franceses. Respecto a los escoceses, para garantizar el comercio y la navegación en aquellos mares, y con los daneses, para evitar un conflicto con aquella nación, de forma que lo mejor era olvidarse de las anteriores pretensiones que pudieran tener sus sobrinas las danesas Cristina y Dorotea.
Después de hacer esas reflexiones sobre la política internacional, Carlos V añadiría aún algo más, que merece la pena recordar, para tocar otras tres cuestiones que le inquietaban: el buen gobierno de las Indias, el futuro de los Países Bajos y los aspectos familiares.

§. El eco de las Indias
También en este importante documento nos encontramos con una reveladora referencia a las Indias.
Las empresas de Ultramar, en general, y las Indias ya, de forma particular, tienen sobre Carlos V un triple efecto, una triple relación. La primera de ellas es un a modo de seducción: las hazañas de los navegantes y las gestas de los descubridores y de los conquistadores eran de tal calibre, que bien podía decirse que igualaban, e incluso superaban en ocasiones, a los más fantásticos relatos de las novelas de caballerías, que era la apasionante lectura de los hombres del Renacimiento.
Y uno de ellos era Carlos V. De forma que al tiempo que se entretenía con las aventuras de los caballeros andantes —oídas o leídas—, se maravillaba con lo que escuchaba sobre aquellos audaces marinos y descubridores, que en aquellos pequeños barcos de madera eran capaces de internarse por las peligrosas aguas del Océano, rumbo a lo desconocido. A lo que había que añadir, para que el interés fuera mayor, que desde muy niño sus cortesanos le dicen que las tierras de donde eran aquellos hombres, muy pronto serían suyas, y aquellos personajes de tan formidable talante, sus mismos súbditos. Además, y esto no era lo menor, se decía que aquellas tierras, hasta entonces desconocidas, abundaban en oro.
Era ya la estampa de las ubérrimas Indias, volcando generosamente sus riquezas sobre la vieja Europa.
Seducción, pues, incrementada por el brillo del oro, es el primer eco que las empresas de Ultramar despiertan en Carlos V. Algo que muy pronto dejará su huella en los documentos carolinos, como en aquel discurso que, en su nombre, pronunciaría el obispo Mota ante las Cortes de Castilla de 1520, con aquella frase que ya hemos comentado: aquella significativa frase sobre

… otro Nuevo Mundo de oro, fecho para él, pues antes de nuestros días nunca fue nascido…

Pero la seducción fue mutua, porque muy pronto la sintieron, a su vez, nautas y conquistadores, atraídos por la increíble fortuna de su joven señor. Que aquel que había nacido simplemente como conde de Flandes, heredase la pujante Monarquía Católica y que de pronto, en plena juventud, se convirtiese en el Emperador de la Cristiandad, era también como otro libro de aventuras. Se hablaría muy pronto de la nunca vista fortuna del nuevo César. Y bajo esa bandera, bajo esa fortuna tenida ya por cierta, bajo esa confianza, una nueva oleada de nautas y de conquistadores se aprestarían a las más arriesgadas empresas. De forma que no es una casualidad que la época de los Magallanes, los Elcanos, los Hernán Cortés y los Pizarros, por no citar más que a las cumbres, pertenezcan al reinado de Carlos V. Uno de ellos lo dirá por todos: Hernán Cortés, quien anunciaría al César una de sus victorias en tierras aztecas, con esta frase:

… con la ayuda de Dios y de la real ventura de Vuestra Alteza, siempre los desbaratamos[1399].

Porque Carlos V era afortunado. Se le reconocía la suerte de que suelen gozar los vencedores. Y eso cobijaba a sus vasallos, como si algo de esa fortuna fuese también la suya. En los momentos más difíciles, cuando lo más sensato parecía ser abandonar la empresa, renacía en aquellos hombres la esperanza:

Yo les animaba [a los desesperados] —nos dice Hernán Cortés— diciéndoles que mirasen que eran vasallos de Vueltra Alteza…[1400]

De ahí que sea tan importante el recuerdo de los encuentros personales de Carlos V con aquellos nautas y conquistadores, su apoyo directo, el ánimo que fue capaz de insuflarles. Porque la gran expansión por Ultramar fue obra del pueblo español, bien canalizada desde muy pronto por la Corona, a través del Consejo de Indias —por cierto, una creación carolina— y por la Iglesia. Su comentario, por extenso, escapa sin duda a lo que trata de ser una biografía del Emperador. Pero esos contactos, esa creciente ligazón del César con todo lo que se refería a las Indias, es un apartado indispensable de su vida, que siempre hay que tener en cuenta, entre otras cosas porque nos ayuda a precisar su perfil de gobernante.
Y en ese recuento hemos de tener en cuenta, junto con los contactos y los apoyos directos de Carlos V a los nautas y conquistadores, lo que para él empieza a ser como una extensión que se le añade a sus funciones de Emperador de la Cristiandad. Todavía, cuando firma con Magallanes sus capitulaciones para su gran navegación hacia las Indias Orientales, en marzo de 1518, lo hará como rey de la Monarquía Católica; pero cuando recibe a los supervivientes de aquella fabulosa aventura, en 1522, ya lo hará como Emperador, y no sin orgullo podrá conceder a Juan Sebastián Elcano aquel escudo de armas con el glorioso lema: «Primus circundedisti me». Exige a los portugueses que liberen a los trece marinos que habían apresado en Cabo Verde y recibe a todos los supervivientes en su Corte, con la firme creencia de que todo formaba parte de un designio divino; su cronista Pedro Mexía nos lo diría, como algo sentido por toda aquella sociedad:

Esta excelencia y preeminencia, entre otras muchas, tuvo Dios guardada para el Emperador que se hiciese en su tiempo y por su mandado, lo que los hombres nunca habían hecho, ni aun bien entendido, después que Dios creó el mundo.

Porque algo maravilloso se estaba operando ante los hombres del tardío Renacimiento. Era la apertura de lo ilimitado. Era hacer realidad los sueños más atrevidos. Y en ello le cabía buena parte a Carlos V, como aquel que lo había impulsado.
Aquello de que:

se hiciese en su tiempo y por su mandado…

Y que los conquistadores se encontraban tan ligados, en su aventura, a la ventura del Emperador, acaso nos dé la mayor prueba aquel gesto de Gonzalo Jiménez de Quesada, cuando sale en defensa de Carlos V, maltratado por el historiador italiano Paulo Giovio, escribiendo en su defensa su notable obra, cuyo título ya lo dice todo: El Antijovio.
Y junto con esa seducción mutua, que se opera entre el Emperador y los conquistadores, esas otras dos cuestiones que nos hacen sentir el eco de las Indias en la Corte imperial: la llegada, año tras año, de las remesas de oro y plata a la Casa de Contratación, que ayudan a Carlos V en sus empresas del Viejo Mundo y que le dan ese prestigio tan particular ante las demás Cortes europeas —el señor del Nuevo Mundo—, pero también la creciente carga de responsabilidad que el Emperador va asumiendo, en relación con sus deberes frente a sus nuevos vasallos de Ultramar.
Que el oro de las Indias era como una ayuda divina, siempre esperada y siempre —no hay que decirlo— bien recibida, quedaría reflejado en la frase del Emperador cuando está a punto de acometer la campaña de Provenza contra Francisco I:

… si Dios nos visita con unos [dineros] del Perú…

Ahora bien, a partir de 1542, el ansia por ese oro irá acompañado por un sentimiento cada vez más acusado de responsabilidad, bien reflejado en la promulgación de las Leyes Nuevas de Indias de 1542. Se continuará insistiendo a los Gobernadores que le representan en Castilla —sea su hijo Felipe, sean María y Maximiliano—, que arbitren todos los medios posibles para allegar más y más oro, pero añadiendo la advertencia de que por formas y maneras

… que sean lícitas y justas…

Es más: se insistirá en que se cumpliera lo nuevamente legislado:

Del Consejo de las Indias haréis lo mismo, y mandaréis que las Ordenanzas que postreramente hice, sean bien guardadas y executadas…[1401]

Estamos ante algo insólito en la historia del poder: cómo los mismos que lo detentan son capaces de rectificar su comportamiento, sensibles a las denuncias que les llegan de fuera; en este caso, a través del vozarrón del Padre Las Casas, pero también, a mi juicio, por la presión de los frailes del Estudio de Salamanca, y más concretamente del Padre Vitoria.
Porque sabemos que Carlos V llevó muy mal, al principio, la intervención del Padre Vitoria, que en 1539 se había atrevido a dictar su relección De Indis, en que se ponía en entredicho la obra de los conquistadores en las Indias. « ¡Que callen esos frailes!»; así manifestaría su cólera[1402].
Pero esa reacción, tan propia del poder de todos los tiempos, que rechaza las críticas a su gestión, cambió radicalmente, y de tal modo que parecía como si aún viviera Alfonso de Valdés para influir sobre Carlos V.
Es cierto que el Emperador ya se había mostrado sensible a defender la libertad del indio. Durante los meses que pasa en Granada dictará una ley prohibiendo terminantemente la esclavitud del indio:

… mandamos que ninguna persona, en guerra ni fuera della, pueda tomar, aprehender, no ocupar, vender ni cambiar por esclavo a ningún indio, ni tenerle por tal, con título de que le hubo en guerra justa…[1403]

Pero ahora se tratará de poner coto a los excesos de los conquistadores. Y es esa preocupación de sus deberes hacia sus nuevos súbditos lo que rebrota con particular fuerza en las Instrucciones de 1548.
Aquí vemos de nuevo el talante moral del César, la sensibilidad de un Emperador que no ha olvidado las denuncias hechas por frailes como el Padre Las Casas o como el Padre Vitoria. Recojamos in extenso los dos importantes párrafos dedicados a ello, en los que se aprecia cómo Carlos V tiene conciencia de los atropellos cometidos —y no solo por los conquistadores— y lo que importaba conseguir que los indios fueran gobernados con justicia:

Y señaladamente, cuanto al gobierno de las Indias, es muy necesario que tengáis solicitud y cuidado de saber y entender cómo pasan las cosas de allí y de asegurarlas por el servicio de Dios y para que tengáis la obediencia que es razón, con la cual las dichas Indias serán gobernadas en justicia, y se tornen a poblar y rehacer; y para que se obvie a las opresiones de los conquistadores, y otros que han sido allá con cargo y autoridad y so color desto, con sus dañadas intenciones, han hecho y hacen; y para que los indios sean amparados y sobrellevados en lo que fuere justo, y tengáis sobre los dichos conquistadores, y sus haciendas, la autoridad, superioridad, preeminencia y conocimiento que es razón y conviene, para ganar y haber la buena voluntad y fidelidad de los dichos indios, y que el Consejo de las Indias se desvele en ello sin otro respecto alguno particular y como cosa que importa muy mucho.
Y cuanto al repartimiento de los indios, sobre lo cual ha habido diversas informaciones y avisos, se ha platicado muchas veces y tenido diversos respectos y pareceres, y últimamente escripto y mandado a don Antonio de Mendoza como visorrey en la Nueva España, para que se informase y enviase el suyo. Como habréis entendido, la cosa es de mucha importancia para agora y en lo venidero, y será bien que tengáis gran advertencia en la determinación que en esto hiciéredes, por los dichos respectos tocados en este otro capítulo de arriba. Y ansí, no dexaréis, habida la dicha información, de examinarla muy bien y consultar muy bien con hombres de muy buen juicio no interesados, y que entiendan las cosas de allá, y que tengan principal fin y respecto de guardar la preeminencia real, y lo que toca al bien común de las dichas Indias, y con esto el repartimiento que se hará sea moderado y menos perjudicial que ser pueda.

Y yo diría que algo de esa preocupación carolina, algo de sus últimos afanes por proteger al indio le llegó a este, como puede comprobarse por el hecho sorprendente de que todavía en sus danzas ancestrales, en las que salen a relucir las crueldades de la conquista, se presenta al Emperador como la última esperanza frente a la tiranía de los conquistadores[1404].

§. La cuestión sucesoria: El viaje del príncipe
En enero de 1548 Carlos V ha decidido ya varias cosas importantes, aunque en otras aún se muestre dudoso: la primera, que los Países Bajos han de quedar para el príncipe Felipe, y en consecuencia que es preciso que el Príncipe acuda a ellos para ser recibido como heredero; además, ha decidido también que su hija mayor, la infanta María, se case con Maximiliano de Austria, su primo, y no con el príncipe Juan Manuel de Portugal, como se pretendía en la corte de Valladolid.
Todo esto es bien conocido, porque además será lo que se llevará a cabo. No lo es tanto, porque no se ha leído con cuidado la documentación pertinente, que en aquellas fechas Carlos está llamando al tiempo a sus dos hijos mayores, Felipe y María, para que cumplan en Bruselas los cometidos que les ha confiado. Es un plan que luego se abandonará, pero que es importante tener en cuenta para interpretar correctamente el proyecto del Emperador y que, por ello, no podemos silenciar.
En efecto, en las Instrucciones carolinas de 1548, ya comentadas, se dice textualmente:

Demás de esto, ofreciéndose vuestra venida acá, podréis traer con vos la dicha vuestra hermana, y no se podría haber ocasión ni medio más conviniente para que venga honradamente, y como se requiere a vuestra calidad, y aunque no hubiéredes de venir vos, no se debría dejar su venida, ni diferir más el dicho matrimonio; y ansí, os ruego que tengáis por bien que se haga, y os lo encomiendo y encargo cuan encarecidamente puedo[1405].

Por lo tanto, Carlos V está promoviendo entonces el viaje de su hija, incluso aunque hubiera que aplazar el del Príncipe:

… aunque no hubiérades de venir vos…

Y da la razón: para casarla cuanto antes con el archiduque Maximiliano:

… no se debía dejar su venida, ni diferir más el dicho matrimonio…

Ya en las Instrucciones que daba Carlos V al duque de Alba de cómo había de proceder para persuadir al príncipe Felipe de que desistiera de la boda de la infanta María, su hermana, con el Príncipe portugués, el Emperador alude a que ya había concertado con el rey de Romanos Fernando, su hermano, la boda de María con Maximiliano:

… se ha platicado y asentado entre Nos y el serenísimo rey de Romanos, nuestro hermano, lo que toca a este matrimonio…[1406]

Son unas instrucciones del Emperador para precisar los detalles en torno al viaje del Príncipe a los Países Bajos.
Y añade Carlos V:

… lo que toca a este matrimonio, según lo lleváis entendido, para que trayendo acá [el Príncipe] a la dicha Infante doña María, con su gracia y bendición se concluya…[1407]

Que a principios de enero esté obsesionado Carlos V con el próximo viaje de la infanta María, incluso más que con el del príncipe Felipe, tiene una explicación: porque en el matrimonio de la Infanta con el archiduque Maximiliano cifraba la garantía de aquella alianza familiar de las dos ramas de la Casa de Austria; una alianza que había logrado el gran triunfo sobre los Príncipes protestantes.
Y había algo más: porque para entonces, su hermana María de Hungría le había expresado su voluntad de dejar el gobierno de los Países Bajos, y ese puesto era preciso cubrirlo con un Príncipe de la sangre. Y ahí podía entrar en juego la nueva pareja, aunque no sin dudas.
Y todo ello aparece en esa documentación carolina, como si Carlos V pensara en voz alta y, tras acariciar una idea, se alarmara con las peligrosas consecuencias que podía acarrear.
Veámoslo de su mano:

Ansimismo se ha platicado que haciéndose este matrimonio del dicho mi sobrino, el archiduque de Austria Maximiliano, con la dicha vuestra hermana mayor, se le podría encomendar el gobierno de los Estados y tierras de la parte de Flandes, porque, como se ha visto y entendido, los de allí no pueden bien sufrir ser gobernados por extranjeros, ni tampoco entre los suyos de la misma nación se podría hallar persona a este propósito, ni sin envidia y pasión y ansí se ha siempre proveído de alguna de nuestra sangre. Y no se ha dejado de apuntar que metiendo al dicho Archiduque en este cargo, ni faltaría quién pusiese en su cabeza de tener fin y de vuestra dicha hermana y emprender de quedarse con los dichos Estados, y por no poder vos residir en el dicho, ni visitarlos muchas veces, la gente dellos se podría aficionar a los dichos Archiduques y vuestra hermana, quanto más dándoles Dios hijos; aunque es de creer que ellos harían con vos lo que deben, todavía, siendo la cosa tan grande y de tanta importancia, se podrían dexar persuadir con el tiempo. Por este respecto no he querido tomar en ello resolución hasta vuestra venida, y que hayáis visto las dichas tierras, y sepáis la importancia dellas y los humores de allí y que conozcáis y platiquéis al archiduque Maximiliano. Es verdad que si pudiese acabar con la reina viuda de Hungría, mi hermana, que continuase en el dicho cargo, que ha tanto tiempo tenido, sería lo que más convernía, porque ella lo ha hecho muy bien en paz y en guerra. Mas está puesta en descargarse de él; en fin, se determinará todo con vuestra venida, placiendo a Dios[1408].

En definitiva, Carlos V había ya decidido que los Países Bajos quedaran para Felipe y que María casase con Maximiliano. Y en cuanto al futuro Gobernador de los Países Bajos, aplazar la resolución hasta que Felipe II los visitase y valorase y que él mismo tomase el pulso de su primo Maximiliano y viese si era o no de fiar para dejarlo al frente de aquellas tierras.
Ahora bien, el proyecto de que los dos hermanos, Felipe y María, viajasen juntos a los Países Bajos tenía una dificultad, y no pequeña: ¿quién podía quedar en España al frente de la Regencia? No había entonces una figura en el clero de suficiente personalidad. Nada comparable, no digamos a Cisneros, pero ni siquiera al cardenal Tavera. Ni tampoco era posible pensar en la infanta Juana, con sus trece años.
A ese respecto, la opinión de Carlos V era reciamente negativa. A principios de abril de aquel año de 1548 refiere todas sus dudas a Felipe, su hijo, y en cuanto al protagonismo de las Infantas antes de casadas, muestra su decidida repulsa:

… en ninguna manera convernía ni sería cosa decente, no sólo lo de la Infanta doña Juana por su poca edad y otros respectos que en éste se deben tener, pero tampoco aunque se pudiese hacer lo de la Infanta doña María por sí sola, porque en ninguna manera conviene al bien de los negocios, ni jamás me pudo cuadrar que mujer entendiese en gobernación no siendo casada y teniendo edad que hobiese tomado tocas, no olvidado lo que trae consigo la juventud…[1409]

Ahora bien, cuando le llegan nuevas de Castilla de lo mucho que se sentiría la salida del Príncipe y de la infanta María, cambia de plan: que el Archiduque se trasladara a España, realizara allí la boda con la Infanta y que ambos quedaran al frente del gobierno del Reino durante la ausencia del Príncipe. O bien otra variante, pues de pronto el Emperador apunta a sus ansias de regresar a España[1410].
El texto no deja lugar a dudas, y pone las cosas en su sitio: el viaje de Maximiliano a España no es fruto de una maquinación imperial para que Felipe II se alce con la sucesión a la corona imperial. Eso no está todavía en la cabeza de Carlos V:

… y por esto habemos pensado la orden que se podría tener, e mirando en lo que se ofrece nos ha venido a la memoria que así como teníamos determinado que viniese con vos la Infanta doña María, será cosa más conviniente que fuera allá el príncipe Maximiliano, mi sobrino, a efectuar el matrimonio que se ha tratado; lo cual será de mayor contentamiento para ella, porque entretanto que hoviesen destarse tomaría la plática e costumbres de allá, que cabsarían más conformidad e satisfacción entre ellos, y dexar a ambos juntos en la gobernación destos Reinos[1411].

Ese nuevo acuerdo de Carlos V —que sería el que acabaría realizándose— lo había consultado con su hermano Fernando, que lo había dado por bueno[1412]. Aun así, el Emperador esperaba la respuesta de Felipe[1413], apremiándole en ello para que, si lo veía bien, Maximiliano se pusiese cuanto antes en camino. Impaciente, diez días después insta apretadamente al Príncipe para que responda[1414]. Finalmente, el 25 de abril el acuerdo es firme, y se pone en marcha la boda de la Infanta con su primo por poderes[1415], que tendría lugar a mediados de junio[1416].
¿Cuándo piensa Carlos V en que su hijo puede ser algún día Emperador? ¿Y por qué llega a ese proyecto, que hemos visto que no se había planteado en enero de 1548? ¿Por su propio afán de engrandecer a su hijo, actuando con doblez frente a sus parientes vieneses, pretendiendo nada menos que Fernando renunciara a sus derechos a la sucesión imperial? [1417] La documentación aportada por la historiografía de media Europa, desde mediados del siglo XIX, nos dará alguna pista. Sabemos que a principios de 1548 estaban reunidos en Augsburgo los tres hermanos: Carlos, Fernando y María. Eran la cúpula de aquella dinastía, la Casa de Austria, que en aquellos momentos aparecía como la gran dominadora de la Europa cristiana, con el dominio efectivo de España, los Países Bajos, la mayor parte de Italia, el centro de Europa (Austria, Bohemia, y parte de Hungría) y con la dirección del Imperio alemán y la posesión de las Indias occidentales. En tregua con Turquía (el gran Turco estaba entonces más pendiente de lo que ocurría en Asia), habiendo desaparecido Barbarroja en el Mediterráneo y Francisco I, Enrique VIII y Lutero en la Europa occidental, nada ni nadie parecían inquietar al poderío de aquellos hermanos.
Solo el futuro, por su propia esencia, constituía una incógnita. Todo aquel poderío, toda aquella fuerza, todo aquel predominio se cifraba en la alianza familiar, representando a muy diversos y distantes pueblos: María, que como Gobernadora de los Países Bajos aglutinaba y dirigía las energías de un pueblo emprendedor, colmado de riquezas; Fernando —aquel español nacido en Alcalá de Henares—, aglutinando y dirigiendo las energías del belicoso pueblo germano, así como de checos y magiares. Y, en fin, Carlos (tras del cual se pronunciaba cada vez más la sombra de Felipe, el Príncipe nacido en Valladolid), en la cúspide de aquel triángulo familiar, representando y dirigiendo a castellanos y catalanes, a milaneses, sardos, napolitanos y sicilianos; pero también el señor efectivo de los Países Bajos, el Emperador del Sacro Imperio Germánico y el dueño de las Indias occidentales, con sus deslumbrantes tesoros.
La alianza de aquellos tres personajes parecía indestructible e invencible. Pero, ¿qué ocurriría si alguno de ellos fallecía? ¿Cuál sería la situación? ¿Había piezas adecuadas de recambio? Se sabía: detrás de Carlos V estaba su hijo, el príncipe Felipe de España, y detrás de Fernando el archiduque Maximiliano. Pero, ¿sería lo mismo aquella alianza entre Felipe y Maximiliano que entre Carlos y Fernando? ¿Entre dos primos carnales que no se habían visto nunca, que entre aquellos dos hermanos tantas veces reunidos, que habían combatido juntos, que habían cabalgado juntos y juntos habían triunfado en los campos de batalla a lo largo de 1547? Por otra parte, tanto Felipe como Maximiliano ya no eran ningunos chiquillos, ambos eran ya dos hombres de 21 años, ambos nacidos en 1527, pero criados en ambientes totalmente distintos. Y lo que era más significativo: con ambiciones encontradas.
Por lo tanto, la grave enfermedad de Carlos V, que le llevó a sus Instrucciones de 1548, con la decisión de dejar los Países Bajos a Felipe y de llamar allí a sus dos hijos, Felipe y María, también fue la causa de que el Emperador tratara de fijar el futuro, asegurando la continuidad de la alianza familiar, con la boda de Maximiliano y María; de ese modo, se procuraba hermanar a los dos Príncipes, se les convertía en cuñados.
Esos serían los planes del Emperador, tal como se prueba en la documentación que hemos comentado. Ahora bien, su grave enfermedad dispararía otras expectativas, pondría en funcionamiento otras alarmas. Y la primera, en Viena, donde Maximiliano querría ver asegurada su condición de sucesor del rey de Romanos, como hijo que era de Fernando. ¿No sería más factible negociarlo en vida de Carlos V, aprovechando su influencia y su poderío, tan grande en el Imperio tras su aplastante victoria de Mühlberg? Esa sería la petición de Fernando a su imperial hermano, que inquietaría, y no poco al Emperador. De pronto, se ponían en primer plano las ambiciones de unos de los representantes de la nueva generación. Era la voz del Archiduque austriaco. ¿Qué pensaría de todo ello el Príncipe español? Y así Carlos V contestó a Fernando que no podía apoyarle sin oír primero a su hijo[1418].
Fue el comienzo del agrietamiento de aquel muro familiar, que hasta entonces parecía a prueba de cualquier conmoción. Pronto se echó de ver que había no pocas cuestiones que separaban a los dos Príncipes, pues uno y otro ambicionaban los Países Bajos y el Milanesado. En ambos casos, el Emperador lo había resuelto a favor de su hijo. ¿Ocurriría algo similar con la corona imperial?
Y de ese modo, los recelos fueron creciendo y la tensión entre las dos Cortes aumentando. Y eso no escapó al ojo atento del embajador francés, Marillac: algo estaba cambiando, algo grave enfrentaba por primera vez en aquellos años a Viena y a Valladolid: era la sucesión imperial. El príncipe Felipe no es que quisiera desplazar en el futuro a su primo Maximiliano, es que pretendía hacerlo a su mismo tío Fernando[1419].
Y eso lo cuarteaba ya todo.
Filtrada la noticia, propagado el rumor de las ambiciones filipinas por los Príncipes Electores y por el embajador francés Marillac, todos alborozados ante las perspectivas que abría aquella inesperada pugna familiar encendida entre los Austrias, el rumor pronto llegó a oídos de Fernando cuando Felipe ya se había presentado en tierras alemanas; alarmado, creyó lo mejor tantear a María de Hungría el 29 de marzo de 1549. ¿Qué estaba ocurriendo?
María trató de tranquilizar a su hermano: podía estar seguro de que mientras viviese el Emperador nada se innovaría ni se trataría sobre la sucesión imperial sin contar con él.
Pero nos aclara más. En un viejo libro sobre Fernando I, publicado por el historiador austriaco Bucholtz hace casi dos siglos, se recoge esta correspondencia cruzada entre María y Fernando, que custodia el Archivo imperial de Viena. En esas cartas se ve a un Fernando receloso, advirtiendo que si se insiste en cambiar el plan sucesorio al Imperio sería tanto como provocar la ruina de las dos familias; un Fernando indignado por el rumor que había en la Corte de España, y que se había extendido por todo el Imperio, de que el príncipe Felipe pretendía incluso desplazar a Fernando de su dignidad de rey de Romanos; tanta era su ambición.
¿Alarma injustificada? Quizás; en todo caso, que el Príncipe anhelaba un cambio a su favor, al menos en detrimento de su primo Maximiliano, nos lo prueba María de Hungría, que como mediadora entre las dos familias, llamada para ello por el propio Carlos V, sabía bien a qué atenerse. Y en su carta de 1 de mayo de 1550, escrita desde Bruselas a su hermano Fernando, María señala que era la ambición del Príncipe la que lo había movido todo, mientras que el Emperador aún estaba indeciso. Felipe argumentaba que puesto que en su día su padre había preferido para sucederle a su hermano Fernando, por encima de su propio hijo, ahora —ahora, en 1549— era Fernando el que debía hacer un sacrificio semejante, a favor de su sobrino, poniéndolo por delante de su hijo Maximiliano.
He aquí uno de los fragmentos más significativos de esa carta de María de Hungría a su hermano Fernando:

Comenceray par vous donner à connaitre ce que j’ay peu (sic)aprendre de la volonté de S.M. et de mons. le Prince sur ce dit affaire, quy est que, cant audit sgn. Prince, je le vois très encli de aspirer de se asseurer de l’Empire après vous, donnant ses raisons très grandes: qu’il luy semble estre necessaire pour le maintenement de toute nôtre Maison. L’Empereur y trouve plus de pro et contra, par où il a delessé à s’en determiner quy ne foit avec vous pour lors conclure par ensemble…[1420]

Es en ese tenso ambiente, sobrecargado por las ambiciones políticas, donde hay que situar los dos viajes: el primero, el de Maximiliano a España, para desposar a María y para hacerse cargo con ella del gobierno de la Monarquía, y el segundo, el de Felipe a los Países Bajos, pasando por Italia y Alemania; éste tratado por mí recientemente con la extensión que merecía[1421], y que aquí enfocaremos desde el punto de vista del Emperador. Digamos solamente, ante la distorsión que se ha querido dar últimamente al viaje del Príncipe, que no se trató en ningún momento de un viaje cultural sino esencialmente político, aunque se comprende que con tan notable experiencia, al recorrer países tan distintos y al conocer ciudades tan importantes —Génova, Milán, Trento, Innsbruck, Múnich, Augsburgo, Bruselas, por citar las más importantes— Felipe quedaría fuertemente impresionado y todo ello acabaría reflejándose en su formación personal.
Es un viaje que se ha narrado mil veces, con el apoyo del testimonio de los cronistas de aquellas jornadas, como Calvete de Estrella[1422]. En mi reciente libro sobre Felipe II, yo me apoyé en una notable documentación encontrada por mí en la Biblioteca de Palacio de Madrid[1423]. Ahora, naturalmente, no voy a repetir lo allí dicho ni tampoco, claro, a dejar pasar aquel importante viaje; pero lo haré bajo la perspectiva de Carlos V, de cómo el Emperador fue recibiendo noticias de la marcha de su hijo, a través de las cartas publicadas por mí en el Corpus documental de Carlos V, al que tantas veces he aludido.
Felipe II, de acuerdo con la nueva decisión del Emperador, hubo de retrasar su viaje hasta la llegada de su primo Maximiliano, quien llegaría a Valladolid el 13 de septiembre de 1548, para desposarse con la infanta María y hacerse cargo del gobierno de España. Quince días después, Felipe II dejaría la villa del Pisuerga e iniciaría su largo viaje, que le había de poner en Bruselas el 1 de abril de 1549. Un dilatado viaje, pues, durante seis meses, con la vista puesta ya, no solo en que algún día sería el señor de los Países Bajos, sino también en su nueva ambición: convertirse en el futuro Emperador. No queriendo desplazar a su tío Fernando —aunque así lo propalaría la propaganda francesa y la misma de los Príncipes protestantes alemanes—, pero sí al primo Maximiliano.
Por lo tanto, el protagonismo del Príncipe crece de día en día. Carlos V mismo se lo va dando, y en no pocas ocasiones declara que no quiere tomar decisión sin oír su parecer. Pero, por supuesto, las líneas magistrales de conducta a tener en cuenta por Felipe, las espera de su padre. Todavía, estando en Valladolid a punto de iniciar su viaje, escribe al Emperador:

Dios sabe lo que me ha penado ver que S. M. se halla alejado[1424], porque se me habrá de alargar algo más el poder besar las manos a V. M., pero yo entiendo darme tal prisa en el camino que se enmiende en parte la diferencia que hay en las distancias de los lugares[1425].

Y también escribía el Príncipe en la misma carta a su padre:

Y en lo de mi pasada, cuando llegare —placiendo a Dios— a Italia, V. M. será servido de enviarme a mandar cómo me he de haber, para que, conforme a aquello, me rija[1426].

Por el mismo Príncipe sabemos de su triunfal entrada en Milán y de la gran acogida que le habían hecho sus gobernadores, Ferrante Gonzaga y su mujer; hasta tal punto que tuvo que aplazar su salida de la ciudad:

Todavía no quiero dexar de decir con el alegría universal que fui recibido en el estado de Milán…

Las grandes atenciones de los Gobernadores:

… fui muy acariciado y con fiestas, y hospedado de don Hernando de Gonzaga y del la Princesa, su mujer…

Forzoso le fue detenerse más de lo pensado:
… los de la ciudad me lo pidieron con mucha instancia…

Por el Príncipe también confirmamos lo que Tintoretto pintó de forma magistral: su entrada en Mantua:

Llegué a Mantua el domingo, donde el Duque y don Fernando me recibieron con palio…[1427]

Un viaje ostentoso, desplegando toda la magnificencia la Corte española, con la nueva etiqueta borgoñona y con el cortejo de los grandes de Castilla que acompañan al Príncipe en aquella aventura. Pero por supuesto costosa, de forma que hay que conseguir siempre más dinero, con la variante que ahora es el Príncipe quien lo pide. ¡Y en qué términos! Había que satisfacer los cambios hechos por su mandato en Génova, y Vázquez de Molina, que era el nuevo hombre fuerte de las finanzas castellanas, y sucesor en el Consejo de Hacienda del fallecido Francisco de los Cobos[1428], recibirá la apremiante orden:

… tenemos por cierto que viendo lo que importa la conservación del crédito, vos ternéis la mano en que a su tiempo se cumpla. Todavía os lo habemos querido encargar de nuevo para que tengáis más particular cuidado…, porque me pesaría mucho entrar perdiendo crédito, la primera vez que lo pruebo…[1429]

De forma que las resistencias para gastar dinero fuera de España, cuando lo pedía Carlos V, desaparecen. Ahora es el Príncipe quien lo reclama. Había una novedad, y sin duda importante: se trata de su propia persona. Y Carlos V le apoya, pues su hijo ha de aparecer ante Europa como la futura estrella. En el norte de Italia no se presumen dificultades; como se esperaba, todos, grandes y chicos, acudirían a ver y a reverenciar al Príncipe de España. Más problemático era el paso por el sur de Alemania, en especial porque se suponía que Mauricio de Sajonia iba a pedir a Felipe que intercediera con el Emperador para que liberase al Landgrave, Felipe de Hesse.
Eso quiere decir una cosa: que aunque abundasen las fiestas, los recibimientos triunfales, los saraos, e incluso las cacerías, el viaje del Príncipe fue fundamentalmente político. Y eso desde su desembarque en Génova. Ya allí se le plantea un problema: el príncipe Doria le propone una mayor vinculación con la Monarquía —incluso se llegará a sugerir una anexión al Milanesado, que el Emperador rechazará de lleno—, con la construcción de un castillo bajo el control de España. Eso dará lugar a unas difíciles negociaciones, planteadas por Doria, miradas con recelo por Carlos V, y en las que se deja ver el creciente protagonismo de Felipe, hasta el punto de soslayar las advertencias del César.
En ese sentido, los documentos no dejan lugar a dudas. El 5 de febrero de 1549 Carlos V escribía al Príncipe sobre aquello y le decía:

… habemos particularmente entendido la resolución que tomaste cerca de lo de Génova, no obstante las dificultades que de acá se os representaron…

Eso sí, el Emperador se daba por satisfecho con las explicaciones de su hijo[1430].
Lo que parece claro es que todo lo que corresponde a la Monarquía Católica se hace teniendo en cuenta su parecer, ya sea una posible expedición contra Dragut[1431], ya el nombramiento de nuevo Virrey para Cerdeña[1432], ya el tan delicado de Virrey para Perú, que aclarase la situación de aquel importante Virreinato, tras las alteraciones de Gonzalo Pizarro, al fin resueltas por Pedro Lagasca, pero que al regresar este a España obligaba a esa designación. Y el Emperador le pide urgentemente su consejo:

Por ser el negocio de la calidad e importancia que es, os lo habemos querido comunicar. Y así os rogamos que con éste[1433], que no va a otra cosa, nos enviéis vuestro parecer, para que mejor nos podamos resolver…[1434]

Y lo que asoma en esta correspondencia es, no solo el protagonismo del Príncipe, sino su prepotencia. Su paso suscita adhesión en unos, temor en otros, pero en todos la sensación de estar viendo el nuevo poder, la nueva estrella, como el gran heredero de Carlos V. Por decirlo así, todos se precipitan a verlo, todos quieren conocerlo, muchos para ofrecérsele sumisos, otros para observarle preocupados. Las autoridades de Piacenza, deseosos de mantenerse bajo la reciente adquirida protección española, le presentan una preciosa réplica en plata de su ciudad; es un regalo verdaderamente simbólico: Piacenza se declara súbdita del joven Príncipe[1435]. Los de Mantua llegan a más.
Llegan —ya lo hemos dicho, pero el hecho merece su comentario— a recibirlo bajo palio. Ahora bien, eso era tan sagrado, como lo que se hacía al Santísimo Sacramento, que quedaba reservado para las primerísimas autoridades, religiosas o civiles. Era, por tanto, algo desmesurado, hasta tal punto que Felipe se consideraría obligado a justificarse con su mismo padre:

… llegué a Mantua el domingo, donde el duque de Mantua y don Fernando me recibieron con palio, y aunque yo lo quise excusar, todavía como porfiaron en ello, y no había los inconvenientes que en lo de Milán, los dexé hacer como lo quisieron…[1436]

Eso venía a usurpar la preeminencia del Emperador, de modo que él podía ser el ofendido. Y lo cierto es que en su respuesta deja entrever un ligero reproche, aunque al fin todo lo dé por bueno[1437].
En Mantua iría también a reverenciarle el duque de Ferrara, de conocida inclinación francófila. Tenía un deseo: pedir al Príncipe que procurase la paz con Francia y que sobre ello influyese sobre su padre, el Emperador; como si Francia y sus aliados temiesen que el viaje del Príncipe fuera fruto de una gran ambición; acaso, además de conseguir la sucesión a la corona imperial, llevar una guerra de aniquilamiento contra la Francia de Enrique II[1438]. Poco después serían los venecianos, por vía de su Embajador y del Capitán de la guarnición de Verona, los que irían a reverenciarle, acompañándolo en su ida a Trento[1439]. Y en Trento es cuando Felipe recibe la visita de Mauricio de Sajonia, quien llevaba la misión que hemos comentado y que era del dominio público: pedir al Príncipe que intercediera ante su padre, el Emperador, para que liberase al landgrave Felipe de Hesse. El Príncipe, apercibido, le daría una respuesta cortés, pero negativa: que lo mejor era confiar en la justicia del César, quien tenía sin duda graves motivos para mantener prisionero al Landgrave[1440].
Aquel viaje tan ceremonioso del Príncipe tendría un alto cuando Felipe, tras atravesar los Alpes en pleno invierno por el Brenner, entró en Innsbruck; allí se encontró con sus primas, las Archiduquesas de Austria, y por unos días vivió en un ambiente más familiar y relajado. Otra cosa sería su paso por Alemania, donde nunca estaría seguro de las demostraciones de sentimiento de sus habitantes, empezando porque ya sufriría la fastidiosa barrera del idioma, sin olvidar las costumbres, cada vez más distintas. Sin duda, tendría un cierto respiro al ser huésped de los duques de Baviera, como corte de vieja raigambre católica, y al ser invitado por su pariente, el conde Palatino, tan deseoso de congraciarse con la familia imperial, desde la severa reprimenda que le había hecho Carlos V.
Todo eso se lo contaría el Príncipe a su padre:

… yo no pude excusar de venir aquí[1441], por habérmelo enviado a pedir el conde Palatino y la Princesa, su mujer[1442]. Llegué el jueves y heme detenido con ellos hasta hoy. Hanme hospedado muy bien y con mucha demostración de amor…[1443]

Se acercaba el momento del encuentro con su padre, y Felipe piensa en algo emotivo: no aguardar a la entrada oficial en Bruselas, sino anticipar su llegada haciéndolo de incógnito, para abrazar a su padre en secreto y dejar para más tarde todo el ceremonial cortesano. Naturalmente, eso no puede hacerlo sin el consentimiento imperial, y para ello le manda a Carlos V un emisario especial: el Comendador mayor de la Orden de Alcántara, don Luis de Ávila y Zúñiga. Y el César se mostró contrario: agradecía el gesto, como de tan buen hijo, pero lo rechazaba: podía traer complicaciones, porque sería imposible guardar el secreto, y al punto eso daría lugar a toda clase de comentarios[1444].
Por otra parte, el día del encuentro entre padre e hijo estaba próximo. En efecto, el 1 de abril entraba Felipe II en Bruselas, aunque no pudo abrazar a su padre hasta entrar en su misma cámara, pues un nuevo ataque de gota le tenía recluido en su aposento[1445].
Durante más de un año Carlos V disfrutó de la compañía de su hijo en aquellas tierras de Flandes que tanto deseaba que conociera Felipe y también que fuera conocido por sus naturales, como quien había de heredarlos. Serían los meses de las entradas triunfales (las «joyeuses entrées») por los diversos Estados, para ser recibido como heredero y para jurar sus privilegios. Fue también cuando María de Hungría organizó en sus palacios de Binche y de Mariemont las espectaculares fiestas en honor de su sobrino, luego recogidas en pinturas de la época.
Eso ocurriría en pleno mes de agosto de 1549[1446].
Vinieron después los meses de recogimiento en Bruselas, en los que se mantendrían las negociaciones con Fernando de Austria, en torno a la sucesión al Imperio; unas negociaciones que cada vez parecían más difíciles, aunque las relaciones se mantuvieran guardando las apariencias. Así, Felipe II escribiría a su primo y cuñado Maximiliano —que entonces estaba gobernando España en su ausencia— pidiéndole nuevas sobre el preñado de su hermana, queriendo dar a la carta un tono festivo, como si no existiera aquella tensión entre ellos: que se lo preguntaba a él

… porque mi hermana es tan vergonzosa que no me lo querrá decir, aunque hombre se lo pregunte…[1447]

Y por esas fechas, mandaría Carlos V una embajada a su hermano para pedirle que fijara el lugar de la entrevista que debían tener para resolver de una vez la cuestión sucesoria al Imperio, con la inclusión del príncipe Felipe como futuro rey de Romanos; pero también para disipar las dudas que Fernando pudiera tener en cuanto a lo que se estaría tramando en su contra:

… qu’il scet l’amour plus que fraternelle que luy pourtois et que nous tenons pour certain qu’il se confiertant de nous, que nous en vouldrions en rien du monde exceder l’honnesteté en chose quelconque, tant moins en son endroit, et que nous croyons fermement que cela souffit pour luy faire descroire tout ce que l’on pourroit dire en cecy[1448].

Fernando se hallaba entonces en Praga. Los términos de su respuesta, cuyo autógrafo posee el Archivo imperial de Viena, no podían ser más humildes. Era la carta de un obediente y sumiso hermano menor, que firmaba:

Vôtre tres humble et tres obeissant frère, Ferdinandus[1449].

Pero a la hermana común, María de Hungría, Fernando declararía más abiertamente su pensamiento: que no quería que en su presencia se tratase por Carlos V nada que pudiera redundar en perjuicio o disminución de su honor, ni en perjuicio o disminución del Imperio. Y que si tal fuera a ocurrir, que prefería no tener entrevista alguna con el Emperador. Y como ese era el rumor que corría, le pedía que intercediese como buena hermana, para evitarlo[1450].
De día en día se mostraba más abierta la separación entre los dos hermanos. Y como consecuencia, tanto los enemigos de Carlos V como sus dudosos aliados —tal Mauricio de Sajonia— buscaban la amistad de Fernando, quien en agosto de aquel año se pasaría veinte días de cacería, invitado precisamente por Mauricio de Sajonia.
No eran unas jornadas de mero disfrute, unas jornadas inocentes, sino la ocasión para tratar los temas políticos más candentes, como las dificultades en imponer el Interim imperial en materia religiosa, o el dudoso cerco a la rebelde ciudad de Magdeburgo; evidentemente, no podía menos de salir el tema de la sucesión, en unas jornadas que se prolongaban con tantos extremos de amistad de los duques de Sajonia, que así ponían cerco a la voluntad de Fernando:

… la tres instante prière du dit Electeur et de la Duchesse, sa compaigne…

Y así se lo expresaba el rey de Romanos a su hermano Carlos V[1451].
Ese distanciamiento entre los dos hermanos, los crecientes recelos de la rama de Viena y los achaques físicos de Carlos V, cada vez más atenazado por la gota[1452], harían que aquellas negociaciones sobre la sucesión al Imperio se eternizasen. A mediados de noviembre Carlos V decide su ida al Imperio, deseoso de resolver todos los asuntos pendientes antes de su regreso a España, cosa de la que por entonces se mostraba muy ansioso, si bien queriendo mantenerlo en secreto:

… pour eviter les discours que ceuls de l’Empire ont accostumé faire pour conduire leurs négotiations selon leurs desseigns, quant ils saiven que je suis constraint de harter la besoigne pour passer oultre…[1453]

En vista de lo cual, Fernando se resignaría a la entrevista pedida por Carlos V, pero atreviéndose ya a decirle lo que antes había expresado a María de Hungría: que esperaba que en ella no se tratase nada que no fuera en bien de la Cristiandad y que no contribuyese a que se suscitasen los temores, propagados por el Imperio, de que el Emperador quería convertir la corona imperial en hereditaria:

… avoir regard à la jalousie que aucuns Estats du dite Empire ont desià cidevant demostrés, comme se l’on voulut faire icelluy hereditable ou le desmembrer…[1454]

La cuestión se complicaba, porque Carlos V hubiera querido resolverlo todo mano a mano con su hermano, dejando a un lado a Maximiliano. Un notorio abuso, porque él se veía asistido por su hijo Felipe, de cuya ambición política veremos más de una prueba, mientras que entraba en sospechas cuando se entera de que su hermano Fernando mandaba un emisario especial, el conde de Lodrón, para que se viera con Maximiliano en España, lo que obliga a Fernando a una larga serie de disculpas con la eterna intermediaria, María de Hungría: nada había tratado con nadie sobre la sucesión imperial, y sobre ello daba su palabra:

sur nôtre honneur, parolle et verité[1455].

Dos meses después sería otro alto personaje alemán, el duque de Brunschwick, el que iría a España, con el achaque de su pasión por una dama de la Corte de Maximiliano y María; lo cual, claro, provocaría el asombro de Carlos V, reflejado en esta curiosa carta a su yerno:

… según nos han dicho, no debe ser la menor causa lo de las damas, a alguna de las cuales dicen que está aficionado…

Y en postdata, autógrafa, añadía el Emperador a Maximiliano:

Hijo: Los negocios del Duque son, a lo que yo creo, de tan poca importancia que yo quisiera que él excusara este trabajo. Es tan mozo, que lo toma por descanso. Bien será que le enderecéis y que tenga más reposo y mire más por sus negocios, porque si no lo hace, presto se verá al cabo dellos.
Vuestro buen padre
Yo el Rey[1456].

No hemos de menudear más sobre este tema, del que existe tanta documentación que abruma. Diremos que el 31 de mayo Carlos V salía de Bruselas, después de una emotiva despedida de sus hermanas, Leonor y María[1457]. Le acompañaba su hijo Felipe, camino del Imperio. El 1 de mayo, en que se cumplían los diez años de la muerte de su mujer, la emperatriz Isabel, había tenido unos solemnes funerales en el monasterio de Groenendal[1458]. Lo había hecho rodeado de su hijo Felipe y de sus dos hermanas, mostrando así cuán dentro seguía manteniendo el entrañable recuerdo de su esposa.
Ya en Alemania, el Emperador haría aquel viaje por el Rhin, tan plácido, que le permitiría dictar sus Memorias a su ayuda de cámara Van Male.
Estaba en la cumbre de su reinado y tenía el deseo de perpetuar sus recuerdos; en especial, aquellas jornadas militares culminadas en su victoria de Mühlberg.
Pero iba también a entrar, sin saberlo, en un callejón sin salida: el de las reuniones familiares de Augsburgo, para dilucidar la cuestión sucesoria al Imperio. Chocaría con la resistencia de su hermano Fernando, quien en todo caso impuso la condición de que allí fuera llamado su hijo Maximiliano. De ese modo, en un ambiente familiar cada vez más crispado, teniendo que llamarse a la eterna mediadora, María de Hungría, se llegó al forzoso acuerdo de la sucesión alternada al Imperio: a Carlos V sucedería —como ya estaba legislado— Fernando, el cual promovería la elección en su día de Felipe como rey de Romanos, y este, cuando pasara a Emperador, la de Maximiliano, para rey de Romanos.
Era la sucesión alternada entre las dos ramas de la Casa de Austria que provocaría tanto descontento en el Imperio; sin eliminar los recelos de la corte de Viena, que ya no tendría seguridad alguna sobre las verdaderas aspiraciones de Felipe II[1459].
Quedarían, acaso, estas preguntas: ¿Cómo se disparó aquel proceso? ¿Quién fue el primero en querer cambiar lo establecido? Para Gachard, ya lo hemos indicado, todo partió de Maximiliano, quien ante la noticia de la gravedad de Carlos V, a principios de 1548, creyó conveniente apremiarle para que ejerciese su influencia en el Imperio a su favor, como futuro rey de Romanos. Maniobra política que no podía dejar indiferente a Felipe. Él era el hijo del Emperador, y no tenía por qué quedar al margen de tal operación política. Antes al contrario. Y Carlos V le apoyaría.
De esas ambiciones del Príncipe sí tenemos pruebas documentales.
Está, por ejemplo, la intervención de María de Hungría, en la fase última de las negociaciones familiares de Augsburgo, cuando presiona sobre Fernando y sobre su hijo Maximiliano para que cedieran, si no querían provocar la ruina de su casa[1460]. Y está también un texto posterior de Carlos V. El Emperador, en carta a su hijo de 2 de abril de 1553, en la que se debate ampliamente sobre el nuevo matrimonio de Felipe, alaba a su hijo por haber elegido como candidata a la princesa María de Portugal, hija de Leonor de Austria. Pero —le añade— había una dificultad: que según los acuerdos familiares de Augsburgo el Príncipe debía casarse con una Archiduquesa de Viena.
Y es cuando el Emperador escribe estas reveladoras líneas a su hijo:

… mas como el término del cumplimiento desto[1461] está puesto para cuando seáis elegido [1462] y es cosa de que hay al presente poca esperanza, entretanto que lo de acá está tan alterado como agora, demás de que no aclarándose no me determinaría en aconsejaros aceptásedes el Imperio aunque se os diese…[1463]

De modo que el panorama en el Imperio en 1553 era tal, que Carlos V aconseja al Príncipe que renuncie a él aunque se le ofreciera. Y lo hace sin ningún género de disculpas, a las que estaría obligado, si hubiera sido el promotor de la idea. A mi juicio, en el tono de la carta carolina está la prueba de quien decide al fin aconsejar al hijo que desista de su ambición. La decisión es de Felipe. Carlos V, su padre, se limita a dar su consejo. Aquello había entrado en un callejón sin salida, en el que Felipe se había metido por su propia voluntad, de forma que el César ni siquiera se plantea disculparse por un fallo del que no es culpable. Es el hombre de Estado quien al fin da su consejo: que el Príncipe se olvide del Imperio.
Otra cosa era que Felipe llegase en su ambición a querer desplazar a su propio tío, pretensión en la que, en todo caso, encontraría sin duda el rechazo de su padre, el Emperador. Pero el rumor existió, propalado —como era de esperar— por todos los enemigos de Carlos V; por el embajador de Francia y por los Príncipes protestantes preferentemente. Y llegó hasta el mismo Fernando y hasta Maximiliano, que lo creyeron a pie juntillas, con el consiguiente recelo, sintiéndose víctimas de una artera maniobra filipina.
Un recelo difícil de desvirtuar, por cuanto era evidente que, cuando menos, las ambiciones de Felipe dañaban el futuro de Maximiliano. El viaje del Príncipe al Imperio y el apartamiento de Maximiliano a España apuntaban en la misma dirección. La misma representación iconográfica de Felipe II iba decididamente en el mismo camino, como una propaganda subsidiaria; y no tanto por el cuadro pintado por Tiziano en Augsburgo en 1551, en el que aparecía el Príncipe con media armadura, como siguiendo los pasos de su padre, el rey-soldado (a quien el propio Tiziano había ya inmortalizado como el gran vencedor a caballo, cabalgando sobre los campos de Mühlberg), como por la estatua en bronce que le hacían los Leoni en Milán, en la que Felipe se presentaba según el modelo de Augusto, con armadura romana, tal como la que lucía Augusto en la estatua divulgada en la Antigüedad. Eso era emplear un lenguaje sencillo y directo: si a Carlos V se le veía como el nuevo César y Felipe II se presentaba como el renovado Augusto, eso venía a decir que Felipe de España era el que se preparaba para suceder al viejo Emperador.
Y así lo entendió Europa, provocando la natural alarma en el Imperio, bien aprovechada por Enrique II de Francia:

Toda Alemania —informaba el embajador francés Marillac a la corte de París— parece no tener otra esperanza…, y aquí[1464] muchos diputados de las ciudades y Príncipes me han declarado abiertamente que no podían alegrarse bastante de que el Rey[1465] estuviera en paz… para poder enfrentarse con los deseos del Emperador[1466].

A su vez, la resistencia ofrecida por Fernando era mal llevada, tanto por parte de Felipe como por la del Emperador. Del disgusto creciente del Príncipe se haría eco el obispo Granvela, quien el 22 de julio de 1550 escribía a la reina María de Hungría que el peligro estaría que en el futuro la Monarquía Católica se desentendiera de los problemas del Imperio, si no se apoyaban las pretensiones de Felipe II, añadiendo estas significativas palabras:

… et même selon que nôtre jeune seigneur prent les choses…

Y más añadiría:

Or nos deux maitres, et le père et le fils, sont fort ardents en ceste negotiation, et la mènent toutes fois doucement pour ce comencement; mais S. M. Imp. m’a dit que si le Roy n’y marche de bon pied por seconder son désir, qu’il parlera à luy de sorte qu’il luy fera clairement et naifement entendre la faulte qu’il feroit en ceci…[1467]

Era forzar demasiado las cosas y el resultado no podía ser otro que el distanciamiento entre los dos hermanos. De pronto, se vio a Fernando obstaculizar en la Dieta imperial que se celebraba en Augsburgo, las propuestas carolinas.
Una actitud inesperada para Carlos V y que le dolería amargamente, dejando escapar esta queja a su confidente y hermana María de Hungría, en una postdata autógrafa a su carta de 16 de diciembre de 1550:

Madame ma bonne soeur: Je vous eusse voulontiers escript ceste de ma main. Et combien que je me pourroy escuser, que si longue escripture fut estée damgereuse pour ma goutte, je vous veulx confesser que je en l’ay tant laissé à ceste occasion que j’ay fait pour le travail que mon esprit et entendemente eussent souffert à l’escrire. Car je vous puis certifier que je n’ay jamais tan sentie ny en sens chose que le Roy de France mort en me hay fait, en ce que cestuy cy me voudroit faire, ny toutes les braveries dont le connetable use à present, comme je fait et fait veoyr les termes de quoy le Roy, nôtrer frère su envers moy…

Y lo que más le dolía: que cuando se veían no encontraba en su rostro ningún signo de arrepentimiento o de vergüenza. De forma que era urgente que dejara Bruselas para que, si no podía convencer a Fernando, al menos le consolara a él, a Carlos V[1468].
En efecto, de poco sirvió la mediación de María de Hungría. Fue necesario consentir en la exigencia de Fernando, incorporando a Maximiliano a las difíciles negociaciones familiares. Al fin, se llegó al acuerdo de ir traspasando la dignidad imperial entre Viena y Madrid, de forma que a Fernando sucediera el príncipe Felipe, y a Felipe, en su día, Maximiliano, como ya hemos indicado[1469].
Era, hay que insistir en ello, forzar demasiado las cosas. Aparte de que se caía en el grave error de desconocer los deseos de los pueblos, estaba el hecho de que la Casa de Viena no podía ser fiel a unos acuerdos que tanto la lesionaban. Lo natural, dado que se venía a sustituir un sistema electivo por el hereditario, que el heredero fuera un miembro de la siguiente generación. Pero, ¿qué garantía podía haber para Maximiliano de heredar a Felipe II, dado que habían nacido el mismo año? De hecho, el rey de Bohemia moriría veintidós años antes que el príncipe de España.
De ese modo, las ambiciones de Felipe II, pronto secundadas fervientemente por su padre Carlos V, solo servirían para romper aquella alianza familiar que tan eficaz —y tan poderosa— se había mostrado en la guerra contra la liga de Schmalkalden.
Y lo que sería mucho más grave: que de esa forma se propiciaría la ofensiva conjunta del rey de Francia Enrique II y de Mauricio de Sajonia, el otrora aliado de Carlos V, convertido de pronto en rebelde y enemigo.
Eso que conocemos como la crisis de 1552, que ensombreció los últimos años del reinado del Emperador.

Capítulo 4
Los últimos años del reinado

Con un gran esfuerzo, y dejando tras de sí muchos recelos, Carlos V consigue arrancar a su hermano Fernando, y a su sobrino Maximiliano, en marzo de 1551, los acuerdos familiares de Augsburgo que trataban de garantizar una sucesión alternada en el Imperio, a caer de forma rotatoria entre las Casas de España y de Austria. Aunque los signatarios se comprometían al secreto, las filtraciones fueron numerosas, empezando por el rey de Romanos y por el rey de Bohemia, deseosos de justificar su conducta ante la opinión pública alemana y preparándose para un futuro bien distinto al pretendido por Felipe II con la ayuda paterna[1470].
En estos últimos años del reinado, entre el verano de 1551 y el otoño de 1555, veremos al César gozar todavía de unos meses de euforia, aunque cada vez más alarmado por las noticias que le llegaban de Francia y de Alemania. Asistimos a la dispersión familiar de los Austrias. María de Hungría regresa a su corte de Bruselas, Fernando a Viena, Maximiliano irá a recoger a su mujer a España, para regresar también con ella a la corte de Viena, Felipe irá a instalar su corte en Madrid y Carlos V, no sin fuertes dudas, acabará por instalarse en Innsbruck para dar más calor a las sesiones del Concilio de Trento.
Mientras, algo se iba moviendo en Alemania, profundamente alterada ante la noticia de que los acuerdos de Augsburgo iban a suponer que Felipe II se convirtiera en el futuro Emperador.
Se incubaba la gran crisis que arruinaría todo lo conseguido en la guerra contra la Liga de Schmalkalden; una crisis alentada además por Enrique II de Francia, que seguía con ojo atento las reuniones familiares de Augsburgo[1471].

§. La gran rebelión
Después que Carlos V dio por terminada la reunión familiar de Augsburgo, se marcó dos objetivos: el primero, que aquellos nuevos planes dinásticos de sucesión al Imperio fuesen aceptados por los Príncipes alemanes; el segundo, conseguir de la Dieta imperial que se nombrasen representantes alemanes en el Concilio, aprovechando que el nuevo pontífice, Julio III, había accedido a que prosiguiese sus sesiones en Trento; decisión que apoyó inmediatamente ordenando a obispos y teólogos españoles que acudiesen de nuevo a la ciudad del Concilio[1472]. Por un momento parecía que se hacían realidad las esperanzas imperiales. Pero pronto el panorama cambió. Los mismos enviados de Carlos y Fernando, que tenían por misión informar a los Príncipes Electores de lo aprobado en Augsburgo entre los dos hermanos sobre los nuevos planes dinásticos, no obtuvieron la aprobación terminante que buscaban. Entretanto, en el norte se iba fraguando la oposición contra el Emperador. Su triunfo había suscitado no pocos resquemores. La oligarquía principesca, el sentimiento protestante de gran parte de la nación alemana, los deudos y familiares de los Príncipes prisioneros —en particular Guillermo, el hijo del landgrave de Hesse— eran otros tantos enemigos cada vez más irreductibles.
Así las cosas, el 26 de febrero de 1550, los duques Juan Alberto de Mecklemburgo y Alberto de Prusia, junto con el marqués Hans de Kustrin —el antiguo aliado de Carlos V, al que el Emperador había ofendido gravemente, al expulsarle de la Dieta de Augsburgo en 1548 por no sujetarse al Interim—, firmaron una Liga en Könisberg, a la que pronto se unieron Guillermo de Hesse, Alberto Alcibíades de Brandemburgo y Mauricio de Sajonia. Proclamaban su deseo de combatir por la libertad germana, la defensa del protestantismo y la liberación del Landgrave.
Un descontento profundo se extendía por toda Alemania. Las guarniciones españolas esparcidas por las principales ciudades y castillos y la altivez de aquellos viejos tercios daban la impresión a los alemanes de haber caído bajo un poder extranjero. Se divulgó el deseo del Emperador de separar casi por completo a los Países Bajos del Imperio, incorporándolos a la Monarquía Católica. Y sobre todas las cosas estaba el temor de los Príncipes al poderío imperial, agravado por el rumor de que quería imponer a su hijo Felipe, el Príncipe español, como nuevo Emperador.
No tardaron los Príncipes alemanes rebeldes en negociar con Enrique II de Francia, que anhelaba vengarse de sus años de prisionero en España. Contra aquella temible combinación de fuerzas había siempre luchado Carlos V. Mientras había vivido Francisco I, su espíritu se había mantenido alerta. La muerte de su rival hizo que Carlos V se olvidara de aquella amenaza. Con razón Mignet ve en la rivalidad con Francisco I una de las causas de la grandeza del Emperador, que comienza a cometer sus mayores errores cuando su rival desaparece. Eso es lo que ocurre en 1551. En octubre de aquel año un enviado del rey cristianísimo, el obispo de Bayona, firma un tratado con los Príncipes alemanes coaligados, en Lochau (Sajonia); tratado que se ratificaría por Enrique II en Chambord, el 15 de enero de 1552. El Rey francés se comprometía a contribuir con 80.000 coronas mensuales a los gastos de la Liga, durante los tres primeros meses, y con 70.000 los restantes. A cambio, los Príncipes le cedían las plazas del Imperio donde no se hablaba alemán: Metz, Toul y Verdún.
Aun así, les faltaba a los coaligados una cabeza que dirigiese la rebelión con posibilidades de éxito, una figura rodeada de misterio, por los planos contradictorios en que se mueve. De uno de los principales aliados del Emperador y de los que más habían contribuido a su victoria sobre la Liga de Schmalkalden, pasa ahora a ser el principal personaje de la rebelión de los Príncipes. Aunque protestante, puede afirmarse que se mueve exclusivamente por ambiciones políticas y necesidades económicas. Tras haber conseguido del Emperador el Electorado sajón, su ambición llegó a un punto en que el poderío y los planes del propio Emperador le suponían un estorbo. El viaje de Felipe II y su estancia en el Imperio entre 1549 y 1551 le alarmó profundamente. Al aceptar de Carlos V la misión de reducir la ciudad rebelde de Magdeburgo —que se negaba a aceptar el Interim—, en el otoño de 1550, Mauricio pudo organizar, sin sospechas de la Corte, su ejército personal pagado por la Dieta. Pronto se convirtió en el Príncipe más poderoso de Alemania, a lo que contribuían sus notables cualidades de soldado y de diplomático.
Comprendiendo la importancia de una sólida alianza con Francia, Mauricio de Sajonia envió un emisario a la corte de París, Reiffenberg, con el encargo de obtener un fuerte apoyo económico de Enrique II, y comprometiéndose a cambiar la alianza de defensiva en ofensiva.
Mauricio era lo suficiente cauto para iniciar aquellas negociaciones con Francia en un momento favorable. Las divergencias familiares, a partir de 1550, parecían haber anulado al Emperador. No solo no intuía el peligro que sobre él se cernía, sino que se ponía en trance de perder la alianza de su hermano Fernando. Mauricio se mantenía en las mejores relaciones con el príncipe Maximiliano —entonces ya nombrado rey de Bohemia—. Por otra parte, Carlos debilitaba su posición rompiendo las treguas con Turquía, al tomar el virrey de Sicilia la ciudad de Mahdia (Túnez), lo que trajo como réplica la conquista de Trípoli por los turcos. Pues no olvidemos que aquella preciada conquista de Fernando el Católico, que durante más de cuarenta años había sido un bastión de la cristiandad en el Mediterráneo oriental, se perdía en 1551. Todo, pues, parecía favorecer la conjura del duque Mauricio. Además, durante un tiempo siguió un doble juego, negociando al tiempo con el rey francés y con Carlos V. En noviembre de 1551, a poco de firmarse, por lo tanto, el tratado de Lochau, entraba Mauricio en Magdeburgo, que se le había rendido. Oficialmente lo hacía en nombre del Emperador; pero, en secreto, la ciudad le reconocía a él como su señor, a cambio de su protección en la cuestión religiosa, comprometiéndose el Duque a permitirles el mantenimiento del protestantismo. Así, sin tener que forzar un asalto a la ciudad, pudo Mauricio mantener intacto su ejército y aun aumentarlo con parte del de la ciudad sitiada. Continuando su política ambigua, envía sus representantes al Concilio de Trento, conforme al deseo de Carlos V, y continúa sus relaciones con él hasta tal extremo, que sus propios aliados temen que cambie de actitud. Habiendo sido llamado por Carlos V, sale oficialmente hacia la Corte imperial, para cambiar de ruta, dirigiéndose a Hesse, donde en febrero concierta con el representante de Enrique II las bases ya citadas del dinero que había de entregar Francia: 240.000 coronas durante el primer trimestre y después, 70.000 mensuales. Es entonces cuando Mauricio se cree en condiciones de rebelarse abiertamente contra Carlos V, y cuando Enrique II invade la Lorena, al frente de un ejército de 35.000 hombres, y se apodera con la mayor facilidad de las plazas de Metz, Toul y Verdún. Era el mes de marzo de 1552.
A los pocos días, los Príncipes rebeldes concentraban sus fuerzas bajo la dirección del duque Mauricio, constituyendo un ejército de unos 30.000 soldados, que avanzó resueltamente sobre Augsburgo.
Entretanto, ¿qué ocurría con el Emperador? ¿Cómo le sorprendían aquellos sucesos? Se podría recordar la sentencia antigua: los dioses ciegan a los que quieren perder. No escucha los mil avisos que le llegan de todas partes sobre las intrigas de los Príncipes y las negociaciones con Francia. Es cierto que encuentra harto extraña la conducta de Mauricio en el sitio de Magdeburgo; pero basta una carta del Duque-elector para que se disipen sus recelos. Puede decirse que hasta marzo de 1552 no entra en verdadera alarma Carlos V. No es que no supiera ya de la enemistad declarada del Rey francés. De hecho, desde septiembre de 1551 le están llegando muy malas noticias, tanto de los Países Bajos como de España sobre las primeras hostilidades de Enrique II. Así, María de Hungría daba cuenta del secuestro de navíos españoles por los franceses, y en tal número que no podía ser sino una

… clara demostración de querer romper y hacernos guerra…[1473]

Para María de Hungría no era una sorpresa. Sabía que Enrique II estaba esperando una oportunidad, y así había dado la voz de alarma nada menos que un año antes.
En efecto, en el verano de 1550, cuando ya corría el rumor de las divergencias entre las dos ramas de la Casa de Austria, comunicaba María sus temores a la Corte imperial, concretamente a Granvela hijo, obteniendo esta respuesta: que tenía razón en cuanto a los peligros que se cernían,

… y cierto, como V. M. escribe, nuestros vecinos están con los ojos abiertos…[1474]

Cuando Felipe II regresa a España en el verano de 1551, para hacerse cargo de su gobierno, teme que el nublado caiga sobre él y que la ofensiva francesa se vuelque sobre la frontera pirenaica. De forma que nada más llegar a Valladolid convoca a toda urgencia los Consejos de Estado y de Hacienda. La noticia de haber roto la guerra Enrique II le coge en Nava, lo que le hace apresurar su viaje[1475]. Y las conclusiones no pueden ser peores, porque la amenaza era grandísima y faltaba el dinero:

… cuán consumido y gastado está lo de acá…

De forma que el Príncipe se lamenta desconsoladamente ante su padre:

… Dios sabe la pena y cuidado que a mí me queda dello…

No era solo el daño del país. Era también su prestigio lo que andaba en juego:

… demás del daño que podrían rescebir estos Reinos, yo sentiría mucho, hallándome en ellos, no perder resistirlos y ofenderlos como sería razón, siendo hijo de V. M…[1476]

Fue a fines de marzo, ante el empeoramiento visible de la situación, cuando Carlos V envía a España un mensajero: el caballero Juan Manrique de Lara, clavero de la Orden de Calatrava, mayordomo del Emperador, al que recientemente había nombrado Carlos V su capitán general de la artillería. Saliendo a fines de marzo de Innsbruck —sus instrucciones están fechadas a 29 de aquel mes—, debía dirigirse a escape a Génova, donde el príncipe Doria le tendría preparada una nave en que pasar directamente a España, y allí, por la posta, correr a uña de caballo hasta la Corte del príncipe Felipe.
Por entonces, ya Carlos V se halla en Innsbruck. La elección de la capital tirolesa como el nuevo emplazamiento de su Corte la hace en un mar de dudas. Obligado a licenciar buena parte de sus tropas, no se encuentra seguro en Alemania. ¿Dónde ir, entonces? El 18 de septiembre, todavía en Augsburgo, muestra su perplejidad a su hermana María, piensa en Innsbruck y le pide —una vez más— su consejo.
Es una carta larguísima, atribulada, haciéndose eco de los afanes belicistas de los franceses:

… demostrand leur volonté d’entrer en guerre…

Una vez más, Carlos V es el agredido y el francés quien rompe la paz; aquella paz por la que siempre había clamado el Emperador (recuérdese su gran grito en la Roma de Paulo III).
¿Qué hacer? ¿Dónde acudir? ¿Cuál sería el mejor sitio para hacer frente al peligro? Porque ahí radicaba una de las ventajas del enemigo: que al tener frontera con tantos dominios de Carlos V, podía preparar un golpe por sorpresa, cogiendo a contrapié al Emperador:

… je me suis trouvé perplexe de ce que je devroi faire quant à ma personne…

Ese es el lamento de Carlos V, su confidencia a su hermana. Y si se decide al fin por Innsbruck es por estar cerca de Trento, donde se reabría el Concilio, pero también por temer que Enrique II estuviese preparando una invasión de Italia:

… pour voir ce que le Roy[1477] fera quant à sa personne, pour s’il passe en Italie…

Además, Innsbruck formaba parte de los antiguos dominios de la Casa de Austria, era como estar en casa, con su buena residencia palaciega; eso sí, obligando a que sus sobrinas, las Archiduquesas, la dejasen libre. Pero en todo caso, ya cerca de su hermano, y por lo tanto en lugar seguro[1478].
Y en eso se engañaba. En lo primero, porque, como veremos, su hermano le dejaría abandonado. Y también lo estaba en cuanto a la dirección del ataque francés, y sobre todo, al no sospechar nada sobre su alianza con Mauricio de Sajonia.
Al fin, Carlos V se convencía de la traición de su antiguo protegido y aceptando de una vez como buenos los avisos que recibía de su hermana María desde Flandes, así como los que le llegaban de Alemania, de Roma y de Lorena, sobre la conjura y los movimientos de tropas, tanto francesas como de los Príncipes rebeldes. Para entonces, corría ya el mes de marzo. Cuando firma las instrucciones para Juan Manrique, a fines de mes, aún no conocía la pérdida de Metz, Toul y Verdún, pero tenía ya por cierta la Liga entre el duque Mauricio, el marqués Alberto Alcibíades de Brandemburgo y Francia, sospechando que en ella estaban complicados muchos otros Príncipes alemanes, puesto que en la apurada situación en que se hallaba, ninguno le había ofrecido su apoyo. Rumores diversos corrían sobre el objetivo que se propondrían los coaligados: ¿La invasión de Flandes? ¿La captura del Emperador? Indeciso, enfermo, sin dinero y sin fuerzas bastantes para hacer frente a tamaña tormenta, Carlos toma como primera decisión consultar con su hermano Fernando, enviándole a mediados de marzo al señor de Rye: incluso en su desesperación llega hasta a sospechar también de su lealtad[1479]. Nombra capitanes de infantería y de caballería para que estén prontos para levantar gente de guerra en cuanto reciban la orden, pues la falta de dinero le impide por el momento reclutarlos. No lo consigue de sus banqueros habituales —Fugger, Welser— y en ello cree ver la mano de los Príncipes rebeldes. Vacila entre marchar a los Países Bajos, ponerse en Augsburgo, o ir hacia Viena. El viaje a los Países Bajos hubiera sido la mejor medida, pero resultaba irrealizable, ante la amenaza de encontrarse con el camino cortado por los franceses. Aunque Carlos V no lo menciona en estas instrucciones de lo que Juan Manrique de Lara debía decir a su hijo Felipe, es muy probable que temiese caer prisionero de Enrique II, en el que tenía peor enemigo que en su padre Francisco. En cuanto a ponerse sobre Augsburgo o Ulm, con tan escasas tropas como tenía consigo, era estar a merced de los Príncipes rebeldes. En ningún caso quería el Emperador buscar su seguridad en Italia o en España; eso sería dejar el Imperio. Y abandonar el Imperio sabía muy bien que era perderlo totalmente. Si todavía tenía alguna probabilidad de rehacerse sería a base de resistir. Por fin se resuelve a esperar en Innsbruck hasta saber más claramente las intenciones de sus enemigos; y en caso de que fueran contra él, salir a reunirse con su hermano Fernando en Viena. Y dadas las pocas fuerzas armadas que le acompañaban, entretenerlo todo con negociaciones, hasta que se hallase en situación de tomar la ofensiva.
Urgía el apoyo de hombres y de dinero de Castilla, tanto más cuanto que Carlos sabía que no era posible contar con que le llegase nada de Flandes o de Italia. Solo Castilla podía auxiliarle.
El Emperador suspira por el dinero del Perú, del que se había propuesto guardar una fuerte cantidad de oro para atender a un caso de emergencia; pero las últimas guerras de Italia se lo habían llevado todo. Propone Carlos a su hijo, como el mejor arbitrio, la venta de pueblos de la Corona a particulares de sus Reinos de Castilla —grandeza, prelados, caballeros, etc. —. Mas no podía esperar a que se realizasen tales ventas, por el agobio en que se hallaba. De la pronta llegada de dinero contante y sonante dependía que pudiera hacer frente a todo lo que se le venía encima. Por eso manda al Príncipe que pida a los particulares del Reino dinero y que nombrase 20 capitanes de infantería, señalándoles sus términos para que reclutasen cada uno 300 infantes, para tenerlos a punto de emplear donde más fuere necesario. Aparte de estos 6.000, que quedarían como en situación de reserva, se habían de despachar con brevedad los 1.000 que se habían llamado para las guarniciones del Piamonte, y otros 4.000 para el Reino de Nápoles, donde se temía un ataque del Turco. Pues todo parecía ponerse en contra de Carlos V.
Esa sería la misión de Manrique de Lara en España. Un texto tan revelador de la gravedad de la crisis producida que pide la inserción de algunos de sus párrafos más significativos: Después de una larga referencia sobre todos los avisos que le llegaban, añadía el Emperador:

En fin, no hay que dudar sino que la liga entre todos tres está hecha y concluida, y que otros muchos príncipes de Alemania deben ser comprendidos en ella…[1480]

Esos tres eran Enrique II de Francia, el duque Mauricio de Sajonia y el marqués Alberto de Brandemburgo. Y el propio Carlos V reconoce que, aunque le habían llegado avisos desde hacía tiempo, respecto a la traición del Duque, nunca lo había podido creer:

… nunca por entonces nos pudimos persuadir a que tuviese fundamento…[1481]

¿No habían combatido juntos en la campaña de 1546? ¿No habían cabalgado uno junto al otro en los campos de Mühlberg? Para el César —siempre su tono caballeresco—, Mauricio de Sajonia era un compañero de armas, y su lealtad estaba fuera de dudas.
No lo podía creer. No lo quería creer. Solo la inminencia del peligro le abre los ojos, cuando ya los conjurados descubren sus planes.
Y el saberlo le hace prorrumpir en amargas quejas. ¿Cómo era posible que los Príncipes alemanes facilitaran el ataque francés al Imperio? ¿Qué locura había sido esa que había acabado con la paz que se vivía en Alemania desde hacía cuatro años? Además, por mano de quienes él tanto había ayudado:

… siendo la ingratitud de aquellos a quienes he honrado y favorescido tanto, sin habérseles dado causa que bastase para usar de tan aborrecible término, en querer meter e introducir al dicho rey [Enrique II] contra lo que deben a la fidelidad que han hecho en el imperio, con tales títulos, por sus intereses particulares, y revoltar e inquietar lo que estaba pacificado y en buena orden, procurando de deshacer el Concilio y forzar a ello, siendo la cosa que más habemos deseado la conclusión y reformación, por bien de la Christiandad[1482].

No tardaron en llegar noticias a Innsbruck de la entrada de los Príncipes rebeldes en la ciudad imperial de Augsburgo, la sede de los banqueros Fugger. Y de cómo el duque Mauricio, sin tomarse punto de reposo, se encaminaba con su ejército sobre el Tirol. Carlos V no tenía fuerzas suficientes para defender los pasos alpinos. La situación se hacía desesperada:

Ha llegado hoy aviso —diría Carlos V a su hijo, sintiéndose acorralado— que partieron ayer y que vienen la vuelta de Frissen, de donde no se sabe el camino que harán, pero débese creer (según lo que por todas partes se entiende) que será para venir donde estuviere nuestra persona, con propósito de hacernos desamparar lo de Alemaña…[1483]

¡Y a buen seguro que no era para reverenciar al Emperador! Así que Carlos V, volviendo otra vez su mirada a la lejana Castilla, despacha diez días después otro correo que, forzando la marcha, ha de alcanzar a Juan Manrique de Lara y entregarle nuevas instrucciones, más apremiantes aún: el príncipe Felipe no ha de conformarse con reclutar los 6.000 soldados que se le pedían. Era preciso que se hiciesen las mayores levas posibles, encargándolas a gente principal. Asimismo se habían de embargar todas la naves de particulares que hiciesen falta para el paso inmediato de aquellas fuerzas a Italia, aprestando las provisiones correspondientes. Era, en resumen, todo un plan de movilización general, en la medida en que lo permitían los tiempos. Las cosas habían llegado a tales términos, que el Emperador se decide a lanzar sobre el campo de batalla todo el ímpetu de Castilla.
Ya, en esos difíciles momentos, es en lo único que confía.
Y no sin razón.
Y la reacción del Reino de Castilla fue tal como la esperaba su rey y Emperador.
En efecto, como si la traición del duque Mauricio de Sajonia, que tanto debía al Emperador, sublevara a Castilla, una ola de indignación sacudió al país. Por otra parte, ¿no había sido ocasionada la rebelión alemana por la ambición del Príncipe queriendo convertirse en el nuevo Emperador? Pues ahora debía volcarse en ayudar a su padre. Y eso alguien tenía que decírselo.
Alguien, que no sería un político al uso, sino un hombre de conciencia, el obispo de Cuenca, haciéndose eco de lo que se hablaba por todo el Reino. Se lo diría,

… como hombre que le ama más que a sí mismo y que desea que V. A. en todo exceda a todos los Reyes y príncipes del mundo…

Era un sentir general:

V. A. está en trance, según las cosas presentes, de ganar o perder reputación del valor de su persona para siempre, porque por ventura no se ofrecerá en la vida otro tiempo ni ocasión tan grande como agora para mostrar su valor y poder…

Todos —todos en Castilla, se entiende— pendientes de lo que haría el Príncipe:

Y V. A. tenga entendido que se halla en esto y que todos esperan lo que V. A. hará, y que en esto especialmente que en otras cosas, le miran a las manos…

Que pusiese el Reino en pie de guerra, para combatir al francés:

… entrar poderosamente por Francia…

¿Qué es lo que movía al obispo de Cuenca a dar tal consejo, siendo —como era— lego en materias de guerra? Amor al Príncipe y lástima por el César:

… el amor que tengo a V. A. y pena de oír lo que ha sucedido a S. M…[1484]

El Príncipe no echó en saco roto aquellos consejos. Y así, respondiendo con premura a la petición de ayuda de su padre, Felipe hizo volver a Juan Manrique de Lara con medio millón de ducados, tras un requisa de los fondos existentes en la Hacienda y en la Casa de Contratación, a los que añadió otros procedentes de monasterios y aun de particulares, conforme a la indicación del Emperador, destacándose entre estos la aportación del duque de Escalada. Era un primer socorro para atender a las necesidades más urgentes. Al tiempo le anunciaba el envío del duque de Alba con 5.000 soldados. Inmediatamente se alzaron levas de hombres por las dos Castillas y se embargaron las naves de particulares precisas para su paso a Italia[1485]. Al hacer pública la penosa situación en que se hallaba Carlos V, a causa de la rebelión de los Príncipes protestantes y la traición de Mauricio de Sajonia, Castilla entera se aprestó a la lucha. El duque de Alba, pese a que por entonces se hallaba quejoso del trato recibido en la Corte[1486], lo olvidó todo para acudir en auxilio del César, anunciándole su llegada con estas palabras, en las que se halla el eco de las victoriosas jornadas que juntos habían alcanzado:

Plega a Dios que cuando lleguemos hallemos a Vuestra Majestad con la salud que la Christiandad ha menester, que con ella no habrá cosa que no se acabe[1487].

El marqués de Denia, sito en Tordesillas al servicio de la reina doña Juana, le pide licencia para irse también a servirle en aquella jornada y aun para vender dos lugares suyos del Reino de Valencia, por los que le ofrecían 130.000 ducados, que ponía a disposición del Emperador[1488]. El obispo de Cuenca le mandaba 10.000 ducados, recogidos entre sus deudos, familiares y amigos sobre su crédito[1489]. Por una carta de Raimundo de Tassis a Granvela, sabemos que al partir Juan Manrique de Lara en junio llevaba consigo dos millones

en moneda labrada de contado y plata por labrar, de Su Majestad y particulares,

acompañándole en las mismas galeras el duque de Alba y 5.000 soldados, así como otros muchos caballeros que iban a servir a Carlos V con sus vidas y haciendas[1490]. Esfuerzo que Castilla hacía con notorio perjuicio de sus propios intereses cuando la amenaza del Turco en el Mediterráneo era una realidad insoslayable.
Toda Castilla estaba pendiente —como le había indicado el obispo de Cuenca— de lo que decidiese el Príncipe y pronta a seguirle si se proponía sacar al Emperador del aprieto en que le tenían sus enemigos. Felipe II estuvo dispuesto a empeñarse con su persona en tal empresa, y así se lo indicó Juan Manrique de Lara a Carlos V, no yendo en las mismas galeras por no retrasar su regreso, pero estando presto a ponerse en camino, bien por el Mediterráneo, bien por el Océano y Flandes, si la armada turca le estorbaba el paso hacia Italia; para lo cual alzó nuevo ejército, nombrando nuevos capitanes encargados de reclutar las correspondientes compañías de infantería, y dando aviso a Doria para que tuviese las naos aparejadas.
Pero Carlos V no lo aceptó. Empresa tan incierta no la quería para su hijo, más siendo la primera en que se metía, y por ello donde tanto se jugaba su prestigio[1491].
Tan incierto, porque incluso era posible que los conjurados contra su poder contaran con el apoyo del rey de Romanos y de su hijo Maximiliano. De Maximiliano se sabía que había tenido una sospechosa entrevista con el duque Mauricio. Entre ellos dos no se había roto la antigua amistad. Al contrario, Maximiliano de Austria podía contemplar, satisfecho, cómo el compromiso de Augsburgo, que tanto le alejaba del trono imperial, se desbarataba, y eso se debía a Mauricio de Sajonia.
En cambio, la ira de Felipe II no podía ser mayor, y no se recata en manifestarla a su primo, acaso como dándole un aviso:

Algún día —le escribe a principios de junio de 1552— espero que estos nuestros enemigos han de pagar lo que hacen. Y el abrirme las cartas no han sido poca parte para desear esto…

Cierto, dando una de cal y otra de arena, le añade que ya tenía noticias de lo bien que se había comportado en aquella crisis:

… no diré más sino que agradezco [?] a V. A. las mercedes que me ha hecho en estar tan bien en estas cosas que se han ofrecido, como don Juan[1492] me ha dicho. Y sin esto, me sabía yo que lo había V. A. de hacer[1493].

En esas circunstancias, ya se puede comprender que una de las primeras cosas y más urgentes para Carlos V era aclarar la conducta de su hermano Fernando. Para ello le envía a principios de marzo a un hombre de toda su confianza: Roeulx, señor de Balançon, que tantos años llevaba a su servicio inmediato. Las instrucciones del señor de Balançon están fechadas a 3 de marzo de 1552, escritas de puño y letra de Granvela, y probablemente dictadas por el propio Carlos V. La gravedad de su tono da idea del secreto que se quería guardar. Carlos V necesitaba el consejo de su hermano sobre los graves acontecimientos que se habían producido en Alemania. Necesitaba también su pronta ayuda, y Balançon debía hacerle ver cuánto más urgía hacer frente a la rebelión de los Príncipes alemanes que a la lucha contra el Turco en Hungría, pues una vez resuelta la cuestión alemana se podía volver con toda la fuerza del imperio contra Solimán el Magnífico. Pero sobre todo, el señor de Balançon debía observar qué había de cierto en las relaciones de Fernando con Mauricio[1494].
No sin motivo, pues a su vez mandaba Fernando a su canciller Von Plauen a la corte de Mauricio. El 16 de marzo se entrevista Von Plauen con el Duque en Leipzig y acuerda con él una próxima reunión en la ciudad austriaca de Linz.
Pero Mauricio prefiere la rendición de Augsburgo y entra en la ciudad de los Fugger, una de las más agraviadas del sur de Alemania por la presencia de las tropas españolas después de la guerra contra la Liga de Schmalkalden. La alarmante noticia le llega al Emperador a uña de caballo. Lo cierto es que dos días después, el 6 de abril, intentó Carlos V dirigirse a los Países Bajos, abandonando aquella noche Innsbruck en el mayor secreto, disfrazado y sólo en compañía de cinco servidores. Pero ya era tarde. Las tropas de los Príncipes rebeldes tenían tomados todos los pasos.
¿Darían resultado las negociaciones con Mauricio en Linz? El 18 de abril se reunieron en aquella ciudad con el Duque, Fernando y sus hijos Maximiliano y Fernando, el duque de Baviera, el obispo de Passau, representantes del príncipe elector de Brandemburgo y los consejeros de Carlos V, Joaquín de Roeulx, señor de Balançon y Von Schvendi. Los enviados del Emperador propusieron, en nombre de su amo, la libertad de Felipe de Hesse, quince días después de que los Príncipes hubieran licenciado sus tropas y con la promesa de que no engrosarían el ejército francés. En religión, las instrucciones de Balançon eran bien estrictas: ninguna alteración de lo concluido en la última Dieta. Todo lo más, dejarlo en suspenso hasta lo que decidiese la próxima Dieta. Mostrándose admirable en la desgracia, Carlos V no cede una pulgada en lo que le era más caro, la cuestión religiosa, mientras procura apartar a los Príncipes de la alianza francesa. Tiene ya en la mente su contraofensiva contra Enrique II, de la que espera conseguir la recuperación de su dominio del imperio. Ninguna persuasión logra apartarle de estos principios, como no lo lograría después el propio Fernando, durante las negociaciones de Passau.
Mientras, Mauricio prepara un audaz golpe de mano sobre Innsbruck.
Sorprendentemente, Fernando coopera a los planes del príncipe rebelde. Acude a Innsbruck para convencer a su hermano de que acepte el aplazamiento del armisticio hasta el 26 de mayo, al tiempo que ordena a las autoridades del Tirol, bajo su mando, que se mantengan neutrales.
Por su parte, resuelto a llevar hasta el fin su rebelión, Mauricio se dirige el 18 de mayo hacia el sur, al tiempo que deja a su aliado el marqués Alberto Alcibíades de Brandemburgo, frente a Nüremberg. El 18 de mayo toma Fussen. El día 19, sus avanzadas ganan por sorpresa el paso de Ehrenberger, cogiendo por la espalda a la guarnición imperial que lo guardaba, guarnición compuesta de 4.000 soldados alemanes y de una compañía italiana. Solo se salvan, en la retirada sobre Innsbruck, cuatro banderas —unos 1.500 hombres— que provocan el pánico en la Corte imperial. Entonces se produce la dramática fuga del viejo Emperador y toda su Corte, para escapar de las tropas de Mauricio, atravesando los pasos alpinos del Brenner y del Toblach entre una furiosa tormenta de nieve, como si estuvieran en pleno invierno. El cronista Sandoval resume lo precipitado de la fuga diciendo que por una puerta del palacio imperial salía Carlos V con los suyos, mientras entraba Mauricio por la otra. Esquemática visión, pues la realidad fue que Mauricio no entró en Innsbruck hasta el día 23. Para entonces ya Carlos V había pasado del Tirol a la región del Alto Drave. El 24 de mayo se hallaba en Lienz y el 27 en Villach (Carintia). Tremendo esfuerzo para su quebrantada salud y amargas horas al verse amenazado por su súbdito y antiguo compañero de armas, a quien tanto apreciaba.
En Villach, sabiendo ya a qué atenerse, Carlos recupera toda su energía habitual. Desde su residencia envía órdenes a las partes más alejadas de sus Reinos, preparándose a devolver los golpes recibidos, con la confianza de recuperar las plazas ocupadas por Enrique II de Francia y en volver con su antiguo poderío sobre Alemania.
Mientras sus diplomáticos negociaban en Passau con los Príncipes rebeldes, para apartarlos de la alianza con Francia, Carlos V seguía aprestándose para la guerra[1495].
Entretanto, ¿cómo quedaban las relaciones con los Austrias de Viena? Las indudables conexiones de Maximiliano con el duque Mauricio, el desvío de Fernando hacia su hermano, cuando lo ve tan agobiado en Innsbruck, eran ofensas que no podían pasar desapercibidas. Sin embargo, tanto Carlos V como su hijo Felipe procurarán orillarlas, manteniendo las formas. Cuando el Emperador tiene noticias de que Maximiliano está enfermo, se apresura a mandarle su médico, el doctor Cornelio[1496]. Y en cuanto a Felipe, son constantes las cartas mandadas a su cuñado donde nada deja traslucir, como si nada hubiera ocurrido. Sirva de muestra la que le envía desde Madrid a principios de abril de 1552; cierto, cuando todavía no conocía la traición del duque de Sajonia. Después de indicarle que hacía tiempo que no tenía cartas del Emperador, se muestra rendidísimo tanto hacia su tío como al mismo Maximiliano:

Suplico a V. A. —le dice— que, pues ya estará con el Rey[1497], bese a S. M. las manos de mi parte y que le diga V. A. que es…[1498], que se le acuerde de la voluntad que tengo de servirle. Y V. A. no se le olvide que tengo la misma para servir a V. A….[1499]

Es evidente que habla el Príncipe que todavía aspira al Imperio y trata de desvanecer los recelos de la corte de Viena.
En cambio, curiosamente será Maximiliano quien se descubra, mandado continuas disculpas a Carlos V, queriendo desmentir lo que corría sobre su comportamiento. El Emperador, que las recibe en Villach cuando vuelve otra vez a reorganizar su ejército (lo que da qué pensar respecto a la sinceridad de Maximiliano), las acepta:

… y lo que más escribís —le contesta— de que estoy bien cierto, que aunque mons. de Rye no me lo certificara, sé que habéis siempre de corresponder a lo que meresce el amor que os tengo, y en esto no hay más que tratar ni que decir…[1500]

Un año después Maximiliano insiste: es falso que haya obrado contra el Emperador. Y Carlos V lo acepta, pero dejando entrever que estaba bien informado:

He entendido lo que decís cerca de lo que algunos han querido publicar en las cosas que se han ofrescido, y no había necesidad de satisfacerme en este artículo, que yo estoy tan satisfecho de vuestra bondad y del amor que me tenéis, que no hay que suplicar, sino que en mi presencia no se ha tratado cosa desta calidad, ni en ninguna manera lo permitiera. Y en ausencia, ya veis cuán dificultoso es poderlo remediar especialmente en aquellos que con mala intención traen por oficio sembrar estas cizañas, por sus fines y propósitos…

¿Se iban a tomar en consideración tales «liviandades»? También se le achacaban otras al propio Carlos V:

… y así lo conosceréis por lo que en Alemania se certifica que yo hago en lo del marqués Alberto, como lo he dicho a Martín de Guzmán.

¿Qué se debía hacer? ¡Dejar correr esas miserias!

… lo que conviene es pasar por estas cosas, cuando está fundada la buena voluntad y correspondencia, porque no sirven sino de causar descontentamiento…

Y en postdata, ya de su propia mano, añadiría el César:

Hijo: Por satisfacer por ésta a estas liviandades que dicen, no me alargaré más en estos renglones de decir más de aseguraros que siempre me hallaréis vuestro buen padre[1501]

Pero ya la antigua armonía no se recuperaría. De hecho, cuando Carlos V se preparaba para su postrer viaje a España, en 1556, le costaría gran trabajo conseguir despedirse de su hija María, por las dificultades puestas por Maximiliano[1502].

§. La campaña contra Francia: Metz
Por lo tanto, de nuevo alzando un ejército.
Otra vez Francia, una Francia enemiga, obstaculizaba sus planes. Otra vez el Rey francés se mostraba su radical adversario. Ya no era Francisco I, sino su hijo Enrique II, pero con más ímpetu y con más fortuna, para desventura del Emperador, que su padre.
Desde Villach fijaba Carlos a su hijo los términos del ejército que era preciso levantar en armas: en Alemania reclutaba 90 banderas de infantería alemana, que hacían 36.000 soldados; en Italia, 4.000; llamaba al tercio español de guarnición en Württemberg y a la compañía de arcabuceros del capitán Alonso de Vargas. En cuanto a caballería, reclutaba en Alemania 6.000 caballos y 2.000 ligeros en Polonia, haciendo acudir a las cinco compañías de caballos ligeros que guarnecían el Milanesado. Preparaba la artillería, municiones y demás pertrechos de guerra para aquel ejército. Todo ello sin contar la fuerza que esperaba de España: los 5.000 soldados que iban con el duque de Alba. Tal ejército requería grandes sumas de dinero. También a este respecto volvió Carlos a mostrarse el gran catalizador de capitales que había sido durante toda su vida. Antonio Fugger, que le acompañaba en las duras jornadas de Innsbruck a Villach, le adelantó 400.000 ducados. El virrey de Nápoles le envió 200.000 y aún le anunciaba el envío de otra remesa. De Castilla le llegaba, con Juan Manrique de Lara, medio millón de ducados. También acudía el animoso duque de Alba. ¡Era un verdadero respiro para el Emperador!

La llegada del duque de Alba —informaría un español del séquito imperial a Gonzalo Pérez— con los españoles y el dinero nos ha animado y alegrado harto, que estábamos todos muy marchitos…[1503]

Con tal acompañamiento bélico, Carlos V atravesó Baviera y entró en Augsburgo. Engrosando siempre su ejército, caminó hacia las ciudades fieles de Ulm y Estrasburgo. Presentándose a los ojos del Imperio como campeón de la causa alemana, se situó finalmente sobre Metz. Sus efectivos eran entonces 64.000 infantes y 14.000 caballos, de los cuales 6.000 infantes, 200 arcabuceros a caballo y 500 caballos ligeros eran españoles. Llevaba por capitán general al duque de Alba. Ahora bien, aquel ejército ya no era el de las campañas de 1544 o de 1546 y 1547. Los achaques del Emperador le impedían animarlo con su propio ímpetu. Por su correspondencia con Felipe II sabemos los constantes ataques de gota que sufrió el Emperador aquel otoño. Cuando se dirigía sobre Metz se vio precisado a detenerse diecisiete días en Landau. De ese modo no se formalizó el sito de Metz hasta bien entrado el otoño. Ni la tenacidad del Emperador ni los esfuerzos del duque de Alba lograron vencer la encarnizada resistencia que supo oponerles el duque de Guisa. Finalmente, Carlos V reconociendo la inutilidad del esfuerzo, alzó el sitio el 1 de enero de 1553, de lo que se lamentaría con su hijo, quien procuró consolarle:

… beso las manos a V. M. —es Felipe quien le contesta— por la razón particular que me mandó dar de todo ello, y de las causas que le han movido a levantar el campo de sobre Metz, que me parescen harto bastantes, y no es de maravillar que esta jornada no haya sucedido según se esperaba, pues (como V. M. mejor sabe) no todas veces las cosas de la guerra, aunque vayan bien guiadas y se haga en ellas por las que las tractan todo lo posible, que estoy cierto se ha hecho en ésta, tienen el fin que se pretende, mayormente habiendo habido tantas y tan grandes dificultades para no poderse conseguir, a que se puede justamente atribuir no haber salido con ella…[1504]

§. Defendiendo Flandes
Recogido en Bruselas, teme una gran ofensiva de todos sus enemigos. Corren rumores de que el príncipe Mauricio de Sajonia, que ha regresado ya de su campaña en Oriente, está preparando sus tropas en la Alemania occidental. Francia es su aliado, e incluso hay quien afirma que existe un tratado secreto del Príncipe rebelde con Maximiliano, el sobrino del Emperador. Parecen desatadas todas las ambiciones, como si se tratara de los personajes de un drama shakesperiano. En tales condiciones, Carlos V supo resistir.
No le fue fácil alcanzar Bruselas a través de las heladas campiñas belgas. En la primera jornada, tras alcanzar el Mosela en Thionville, se ve obligado, por su estado de salud, a prolongar allí su estancia durante diez días. El día 13 sale para Luxemburgo, donde llega tan enfermo, que ha de permanecer en la capital del Ducado hasta fines de mes. Un poco repuesto, se pone en ruta hacia Bruselas, a través de la desolada región de las Ardenas cubiertas de nieve, por Bastogne —ese pequeño lugar tan combatido en la última guerra mundial— y Laroche. Atraviesa el Mosa por Namur y finalmente entra en su capital de los Países Bajos el 6 de febrero. Había empleado treinta y siete días, lo que en condiciones normales habría hecho en ocho o diez, es decir, cuatro veces más de lo habitual[1505].
Tal era su estado de postración, tales sus achaques.
Durante los primeros meses de 1553, Carlos se muestra como hastiado de los negocios de Estado. Se ve acometido por insomnios y melancolías. Su añeja afición a los relojes se transforma en una manía obsesiva, que no le abandona ni a altas horas de la noche[1506]. Acaso porque sepa que tanto su hermano Fernando como su sobrino Maximiliano están colaborando con Mauricio de Sajonia, con el pretexto de pacificar Alemania, muy alterada por las acciones de bandidaje del típico noble-bandolero rebrotado en la figura del marqués Alberto de Brandemburgo. ¿Le ayudarían después también si Mauricio se revolvía de nuevo contra él? De hecho, pasado algún tiempo, el rey de Romanos se disculparía con su hermano de tales acusaciones[1507]. También Maximiliano se considera obligado a una declaración de lealtad, e incluso pide al Emperador que para salir al paso a los maldicientes le concediera un cargo importante, que fuese como el testimonio vivo de que gozaba de su confianza[1508]. En la respuesta de Carlos V podemos deducir lo que deseaba: busca la paz familiar, pero se libra mucho de hacerse eco de la petición de su sobrino. Sabía deslindar, en una palabra, el aspecto íntimo y familiar de la materia propiamente de Estado[1509].
Y de pronto, la muerte, ese terrible personaje de la Historia, provoca un vuelco de aquella situación. En efecto, con cinco días de intervalo se producen dos fallecimientos que hacen cambiar el panorama político europeo, tanto al occidente como al oriente del Emperador: el 6 de julio fallece en Inglaterra el joven rey Eduardo VI; a poco, en los campos alemanes y después de derrotar a su enemigo el marqués Alberto, muere en el mismo campo de batalla el príncipe Mauricio de Sajonia. Se deshacía la gran conjura contra Carlos V, de la que el ambicioso príncipe elector de Sajonia era la cabeza visible. No solo no cabía ya nada que temer del lado alemán, sino que Enrique II de Francia volvía a quedar aislado. Y junto con todo ello pronto se dibujó en Londres como la rotunda vencedora, tras el simulacro de reinado de Juana Grey, la prima del Emperador: María Tudor. Todo aquello era suficiente para despertar de nuevo las energías del viejo Emperador. Era preciso actuar, y actuar a toda prisa[1510].
Saliendo de aquella peligrosa pasividad en que había caído después del fracaso ante Metz, se decide a cambiar a su Embajador en Londres, John Scheique, hombre gris y poco eficaz, mandando en su lugar a un equipo de diplomáticos, entre los cuales se hallaba la figura clave: el borgoñón Simón Renard. Y cuando el triunfo de María Tudor queda asegurado, Carlos V se decide a proponer a la nueva Reina una alianza matrimonial. Podía recordar que en los primeros años de su reinado los diplomáticos habían considerado la cuestión, y que en los tratados con Inglaterra de aquella época figuraba él mismo como futuro esposo de María Tudor. En 1553, Carlos V, viudo, puede renovar la petición. Pero el Emperador no ve en el matrimonio inglés un medio para fortificar su posición en Europa, sino la oportunidad para preparar el terreno a su hijo. Cuando Carlos se decide a proponer como candidato a su heredero, lo hace sabiendo que él es un hombre acabado. La boda de Felipe II con María Tudor hay que ponerla, por lo tanto, en la misma línea de las jornadas de la abdicación imperial en Bruselas, de 1555, y de su retiro inmediato a Yuste. Y la euforia que siente el Emperador, cuando comprueba que su proyecto se va fraguando, es la propia de quien ve asegurada la continuidad de su política y de quien logra afianzar a su hijo en la vida y ponerle en condiciones de defenderse en un pronto futuro. Cuando Carlos comprueba que todo marcha en Inglaterra conforme a sus deseos, respira tranquilo.
Por primera vez desde hacía años su ánimo se rejuvenece:

Gracias a Dios me encuentro bien[1511].

No cabe duda: el feliz resultado de las negociaciones con Londres consolidan al César.
Otra vez Carlos V parece doblegar un destino adverso.
Y no porque no tuviera que luchar con dificultades. A las previstas —intrigas de los franceses, recelos del partido nacionalista inglés— hubo que añadir la penosa interferencia de la rama menor de los Austrias de Viena. De nuevo, como en las jornadas de Innsbruck, como en la reciente amenaza de Mauricio de Sajonia, también ahora en el negocio de Inglaterra la actitud de Fernando se muestra poco clara. Por los Países Bajos pasa un enviado de Fernando, el licenciado Gámiz —un español, hombre de confianza del rey de Romanos—, que va camino de Inglaterra para negociar la boda de María Tudor con el archiduque Fernando. Es un rival que le ha salido inesperadamente al príncipe Felipe[1512]. Pero Fernando fracasa en su proyecto, intentado a espaldas de su hermano el Emperador. En aquellos momentos el ánimo de María Tudor estaba ya completamente ganado por el partido español. El 29 de octubre, María declara a Simón Renard su firme propósito de aceptar la propuesta imperial. Lo único, pues, que Fernando consigue es aumentar las sospechas de Carlos V, confirmándole en su idea de que a partir de su propuesta reformando la sucesión al Imperio se había roto la leal colaboración de Viena. Carlos no tiene empacho en reprochar a Fernando que desde hacía dos años se le estaba mostrando hostil. ¿Dónde había quedado la fraternal armonía de antaño?[1513].

§. Las últimas campañas
Ahora bien, la alianza inglesa no libró a Carlos V de tener que seguir combatiendo en la raya de Francia. En pleno invierno, el Gobernador francés de Picardía, duque de Vendôme se apoderó de la plaza fuerte de Hesdin, desde donde amenazaba tanto al Flandes occidental como a los dominios ingleses de la zona de Calais.
Entonces inició sus servicios de armas en el ejército imperial un italiano que había de destacar: Manuel Filiberto, duque de Saboya. La réplica imperial, desencadenada por aquel notable soldado, fue rápida. En una breve campaña primaveral se tomaron y arrasaron las plazas de Thérouanne y de Hesdin. La guerra tomó de pronto un giro brutal y despiadado, que había de continuar en la campaña siguiente. Sin duda, el forcejeo por aquella zona, de importancia estratégica de primer orden, había sido tenaz a lo largo de todo el reinado del Emperador. Ya Carlos V en sus Memorias cita, como uno de los primeros hechos de armas que recuerda, la toma de Thérouanne por su abuelo Maximiliano. Pero la destrucción total de la que había sido ciudad floreciente a todo lo largo de la Baja Edad Media, fue un gesto cruel que motivó un terrible endurecimiento de la guerra.
Replicó el ejército francés, dirigido por el condestable Montmorency, amenazando a Cambrai en el mes de septiembre, plaza que defendía el capitán imperial Ponce de Lalain de Bugnicourt. Pero ya Carlos V había salido de Bruselas, pese a sus achaques, para dar calor a las operaciones militares, tanto más cuanto que por parte francesa se había incorporado Enrique II al ejército asediador de Cambrai. Carlos V asentó su cuartel general en Mons y obligó pronto a batirse en retirada al Rey Cristianísimo, no sin que la arcabucería española efectuase algunas de sus temibles emboscadas. El plan del Emperador era librar una batalla decisiva con el monarca francés, que le obligase a una paz duradera, para estar él en condiciones de efectuar su abdicación, y a ello hace referencia en su discurso posterior de 1555; pero no pudo conseguirlo. La monarquía francesa había aprendido en una amarga experiencia a no jugarse el todo por el todo en una batalla campal con el César, cuya pericia y fortuna aún seguían siendo formidables a los ojos de sus adversarios. Y así, Enrique II prefirió iniciar la retirada, buscando el refugio de los fuertes de San Quintín y de Chateau-Cambresis. A poco, lo avanzado de la estación inmovilizó a los dos ejércitos.

Capítulo 5
Adiós al poder

§. El Emperador hace testamento
El 6 de junio de 1554, probablemente por dejar las cosas a punto, de cara a la campaña contra Enrique II de Francia que se mostraba harto difícil, Carlos V decide hacer testamento[1514].
El Testamento del Emperador puede dividirse en tres grandes apartados: el religioso, el dedicado a la política interior y el vinculado a la política exterior. Bien entendido que no siempre guardando un orden riguroso, de modo que las fórmulas de tipo religioso pueden aflorar en cualquiera de sus partes.
Hay que añadir las cláusulas finales, con los testamentarios que aparecen como testigos, lo que nos dará lugar a encontrarnos con los personajes más allegados a Carlos V, entonces en Bruselas.
Se trata del último Testamento de Carlos V, al que el 9 de septiembre de 1558 —pocos días antes de su muerte— añadirá un Codicilo del mayor interés, como veremos, por referirse en él a los últimos graves sucesos ocurridos en la Corona de Castilla.
El Testamento está escrito en dos versiones: en latín y en castellano. Es un dato a tener en cuenta, máxime que el Emperador lo firma en Bruselas. Sin duda, que haya renunciado a su lengua nativa en momento tan solemne, prefiriendo la de sus antepasados maternos, precisamente haciéndolo en Bruselas, es una prueba de su hispanismo creciente, en sus últimos años. Eso permite comprender que la influencia del Testamento de Isabel la Católica sea tan notoria. De todas formas, aparecen algunos galicismos en el texto, que hace pensar en que, algunos párrafos al menos, fueran traducidos de un original francés. Es significativo que refiriéndose a joyas y cosas antiguas se lea en el texto carolino: «Joyas y cosas ancianas».
Carlos V había hecho otros testamentos, el primero de ellos en sus años juveniles. Reciente estaba el penúltimo, firmado también en Bruselas el 19 de mayo de 1550, cuando todavía pensaba que su hijo Felipe podía recibir algún día la corona imperial. Pero en 1554 esas esperanzas se han esfumado y Carlos pensará ya solo en sus dominios hereditarios, en los que considera como problemas principales, como hemos de ver, la cuestión de Flandes y la del ducado de Milán.
Lo que empuja a Carlos V a su nuevo testamento es, como hemos indicado, la guerra abierta con Francia. Dada la dura campaña de 1553, con el arrasamiento de Thérouanne por el ejército imperial, cabía temer una feroz réplica francesa para la campaña de 1554. Había que estar preparados para lo peor. Y una forma de realizarlo es testando de nuevo, teniendo en cuenta las transformaciones políticas operadas en los dos últimos años, en particular el abandono de las aspiraciones sobre Alemania, y las perspectivas abiertas con la alianza matrimonial inglesa.
Es con ese ánimo como Carlos V otorga su último Testamento.
Las fórmulas religiosas que encabezan el Testamento carolino, habituales en la época, van acompañadas de unas mandas pías que, al ser comparadas con las que encontramos en el Testamento de Isabel la Católica, permiten algunas consideraciones. Y la comparación con el Testamento de la reina Católica resulta obligada, porque es el único al que se alude en el del Emperador, y en varias ocasiones.
Hay que pensar, por supuesto, en algún secretario a cuyo cargo queda la redacción material del Testamento, que con Isabel sería Gaspar de Gricio, y con Carlos V, Francisco de Eraso. Pero, en cualquier caso, las fórmulas religiosas se acomodan al modo de ser de cada soberano, pues mientras las de Isabel constituyen a modo de pequeño tratadito de literatura ascética, las de Carlos V se despachan a paso de carga, como corresponde al talante de un soldado.
Así se empieza con una sencilla invocación a la Santísima Trinidad y a la Virgen; sencilla invocación que se completa con la consabida referencia a

… todos los santos y santas de la corte Celestial.

Lo que en Isabel constituye dos páginas del Testamento, aquí se abrevia en tres líneas. Isabel, repetimos, es la inspiradora de la reforma religiosa castellana de fines del XV, y eso aflora en su prosa testamentaria, que alcanza aquí alturas del más alto fervor religioso. Similar es la referencia a la muerte, aunque también más tosca en la versión carolina.
Donde Isabel señala:

Porque así como es cierto que habemos de morir, así nos es incierto quándo ni dónde moriremos, por manera que debemos vivir e así estar aparejados, como si en cada hora hobiésemos de morir.

Carlos, a su vez, lo expresa de esta forma:

Conociendo que no hay cosa más cierta a los hombres que la muerte ni más incierta que la hora della, queriendo hallarme y estar prevenido para ir a dar cuenta a quien me crió siempre que por el fuere llamado, de lo que por su infinita bondad en este mundo me tiene encomendado.

En este caso, la referencia carolina es más larga, y apunta en ella algo que es preciso destacar: su sentido providencialista. Carlos cree en el principio del poder absoluto de la Corona, principio de autoritarismo político que viene templado por el sentido de la responsabilidad de quien considera que el poder lo recibe de Dios, y que a Dios debe dar cuentas de su gestión en la tierra, a la hora de su muerte. Está concorde con la sentencia que los Reyes Católicos expresaban públicamente una y otra vez ante las Cortes, como en las de Madrigal de 1476:

A quien más da Dios, más le será demandado…

Después de esa declaración, que es como la presentación del personaje, en la cual se enumeran todos sus títulos, desde el más alto de Emperador hasta el de señor de pequeñas villas o ciudades, como Molina y Malinas —pasando, naturalmente, por la larga enumeración de sus reinos y dominios en Europa y en las Indias—, viene la solemne declaración de fe, la vinculación de Carlos V a la Iglesia de Roma, que en la edad de la Reforma adquiere particular gravedad:

Lo primero, confesando firmemente, como creemos y confesamos, todo lo que la Santa Madre Iglesia cree, tiene y enseña…

No se crea, por ello, que la confesión de fe de Carlos V es más intensa que la de Isabel, cuyo Testamento en esta fase logra una de las fórmulas religiosas más encendidas y, por decirlo así, menos protocolarias:

… Creyendo e confesando firmemente todo lo que la Santa Iglesia Católica de Roma tiene, cree e confiesa e predica…

Viene a continuación una detallada referencia a lo enumerado en el Concilio de Nicea, y añade Isabel con unos términos tan vehementes y apasionados, que parece ser ella la contemporánea de la Reforma:

… en la cual fe e por la cual fe estoy aparejada para por ella morir, e lo recibiría por muy singular e excelente don de la mano del Señor, e así lo protesto desde agora…

Para concluir con este párrafo de quien con serenidad contempla la muerte ya cercana:

… e con esta protestación ordeno esta mi carta de Testamento e postrimera voluntad, queriendo imitar al buen rey Ezequías, queriendo disponer de mi casa como si luego se hobiese de dexar.

Estas sentidas referencias religiosas están ausentes del Testamento carolino, donde se empalma ya directamente con la recomendación de su alma a la misericordia divina, para lo que se impetra aquí la protección de la Virgen, del arcángel san Miguel y de un grupo de santos. Es naturalmente en esta enumeración de santos donde se percibe la particular piedad del Emperador, que difiere de la de Isabel. La reina Católica era particularmente devota del apóstol Santiago, de san Francisco, de san Jerónimo, de santo Domingo y de María Magdalena, y los enumera como sus particulares abogados. El Emperador no cita a ninguno de ellos, y en cambio enumera a san Felipe, san Andrés, san Carlos, san Jorge y san Jacobo —que no sé si podría identificarse con Santiago—, así como a Magdalena —lo que coincide con Isabel—, santa Ana y santa Catalina.
Este es el preámbulo de le declaración de fe, que Isabel ha de prolongar con otro largo e inspirado párrafo impregnado de religiosidad, ausente del lenguaje castrense, podríamos decir, de Carlos V.
Y, a continuación, se enumeran las disposiciones testamentarias, vinculadas con esa fe religiosa: el lugar del enterramiento, traza de los funerales, el número de misas, las mandas pías, y el pago de las deudas contraídas.
Es en el lugar que prefieren para ser enterrados donde coinciden ambos soberanos. Los dos citan a Granada. Y Carlos se referirá precisamente a los Reyes Católicos, junto con su padre y esposa, por estar allí enterrados. Para Isabel, Granada suponía la clave de su obra política; para Carlos, el panteón familiar. Y así la referencia a su esposa adquiere particular emotividad:

Y cerca de mi cuerpo se ponga el de la Emperatriz, mi muy cara e muy amada mujer, que Dios tenga en su Gloria…

Siguiendo a Isabel, Carlos ordenará a sus testamentarios que sus funerales se hagan llanamente:

… que las obsequias funerarias sean celebradas y fechas devotamente a servicio y honra de Dios, sin pompa…

Segunda cláusula: el número de misas que se habían de oficiar para pedir por la salvación de su alma. Isabel había señalado 20.000 misas. Carlos elevará la cifra a 30.000, prefiriendo las Órdenes reformadas, aunque también podrían hacerse en las parroquias; en todo caso, en España y Países Bajos, y especificando la limosna concreta que había de darse: un real en España, y tres placas en los Países Bajos, que era su valor equivalente. Por lo tanto, Carlos V manda disponer de 30.000 reales para este fin. Veremos que para limosnas señalará diez veces más.
En todo caso, una cuestión a señalar: Isabel la Católica —y quizá su época— precisa menos la cuantía de estos gastos. Para las misas manda que se pague en limosnas lo que a los testamentarios pareciere, y en cuanto al resto de las mandas pías solo marca con exactitud lo que se había de dar para dote de doncellas menesterosas o para las doncellas pobres que quisieran entrar en un convento: un cuento de maravedíes en cada caso; por lo tanto, 2.000.000 de maravedíes. Pero para los apartados clásicos de pobres y de cautivos, solo indica que se vistiere a 200 pobres «porque sean especiales rogadores a Dios por mí», y se redimiera a 200 cautivos «de los necesitados» en poder de infieles, pero sin aclarar la cuantía que para tal operación debía destinarse.
En todo esto, Carlos V es mucho más preciso. Ya hemos visto que deja fijada la cantidad que había de gastarse en las misas: 30.000 reales, esto es, algo más del millón de maravedíes (exactamente, 1.020.000 maravedíes). Y para limosnas, un total de 30.000 ducados; esto es, 11.250.000 maravedíes.
Esa cantidad había de repartirse en partes iguales: 10.000 ducados para redención de cautivos, 10.000 ducados para dote de doncellas pobres y los otros 10.000 ducados para dar a pobres.
Pero existen matices en las mandas pías del Emperador. En primer lugar que aquí sí que aparece el talante del soldado, y en segundo lugar el que de algún modo está influido por las corrientes erasmistas. Y así, de lo primero que se acuerda es de socorrer a los cautivos, cuestión tratada en último lugar por la reina Isabel. Pero como él había emprendido tan señaladas campañas en el Mediterráneo, se acordará especialmente de sus compañeros de armas, que habiéndole seguido en aquellas jornadas habían tenido la desgracia de caer cautivos. Y así ordenará:

Otrosí, ordenamos y mandamos que dentro del dicho año de nuestro fallecimiento, se distribuyan treinta mil ducados de limosna en esta manera: los diez mil para redimir captivos en tierras de infieles, los que más justo pareciere, prefiriendo los que hobieren sido captivos en armadas nuestras, donde nos hayamos hallado presente, y después los que en otras armadas nuestras hobieren sido captivos…

En cuanto a los 10.000 ducados destinados para dotes de mujeres pobres, también Carlos mostrará su personalidad: todo este cuerpo de limosnas será para casar mujeres menesterosas, grave problema social de aquel tiempo, y nada se destinará a las que quisieran ingresar en conventos. Por otra parte, aquel lector de relatos de caballería andante, de cuyos ideales participaba como quien era gran maestre de la Orden del Toisón de Oro, se acordará aquí especialmente de las doncellas pobres:

… las que fueren huérfanas y de buena fama…

¿No estamos aquí ante la estampa del caballero andante, que acude en socorro de las doncellas huérfanas que, acosadas por la vida, podían ver en peligro su buena fama?
Y en cuanto al olvido en que se tiene a las que quisieren profesar en conventos, frente al anterior planteamiento de Isabel la Católica, cabe pensar en la influencia erasmista, conforme a su frase: monachatus non est pietas.
Por último, también una sugerencia respecto a la limosna a dar a los pobres. En el Testamento isabelino esa limosna se reducía a vestir 200 pobres «porque sean especiales rogadores a Dios por mí», quedando al criterio de los testamentarios la calidad del vestuario, que posiblemente sería de ropa vieja. En todo caso, una nota que nos habla de la miseria de los tiempos, de esa estampa de los pobres harapientos, con la ropa hecha jirones.
Ahora bien, esos pobres con frecuencia eran pícaros, que hacían de la mendicidad una profesión, como el ciego del Lazarillo de Tormes. Conforme al sentimiento religioso de la época, bien recogido en el Testamento isabelino, esos pobres no se limitaban a pedir, tenían algo valioso que ofrecer, a cambio de la limosna: su oración; puesto que se tenía por bueno y sentado que sus oraciones eran mejor atendidas en el cielo:

… porque sean especiales rogadores a Dios por mí…

Pero Carlos V, aquí también en la línea ideológica que había marcado Erasmo, y que podía seguirse en tratados de los moralistas de su tiempo, como en el famoso de Luis Vives «Del socorro de los pobres» (De subventione pauperum), en donde se hace cita expresa de aquellos «que soportan como pueden sus necesidades vergonzosamente en sus casas»[1515], quiere que esos 10.000 ducados sean destinados expresamente:

… para pobres envergonzantes, que más necesitados serán.

Ahora bien, ¿en qué medida Carlos V tenía seguridad de que su testamento sería cumplido? ¿No podía ocurrir que sus sucesores lo respetasen tan poco como él mismo había hecho con los de sus antecesores? Esto no se escapa a su juicio, y lo teme particularmente por lo que hacía a sus mandas pías; de forma que al final vuelve sobre el tema, precisando que pare los 30.000 ducados que habían de repartirse entre cautivos, doncellas huérfanas y pobres vergonzantes, se echase mano de los que había mandado depositar en el Archivo de Simancas, para que

… no se difiera, ni en ella —la limosna— haya estorbo, dilación ni impedimento alguno, por ningún respecto ni causa, ni que se diga que no hay dineros prestos para ello y que sean menester que se hayan…

§. Las deudas
Capítulo aparte, aunque con sus naturales conexiones y dentro de esta mentalidad de la época, merece el tema de las deudas. No solo aquellas en que había incurrido Carlos V, que no eran pocas, como es bien sabido, sino el no haber cumplido enteramente con lo ordenado en sus testamentos por Felipe el Hermoso, su padre, y por sus abuelos, tanto los maternos, los Reyes Católicos, que serán citados en primer lugar (lo que no deja de ser significativo), como por los paternos, Maximiliano y María. A este respecto, Carlos recordará expresamente que no había construido la capilla que Felipe, su padre, había mandado levantar en su palacio de Bruselas. A continuación de lo cual ordenará que se pagasen todas sus deudas, dondequiera que las hubiese contraído, afrontando el desembolso con todos sus bienes, haciendo almoneda de ellos. Ahora bien, como entre los mismos había joyas y tapices de valor vinculados de antaño a la Casa Real, esos podían apartarse para el príncipe Felipe, pagando por ellos «un precio moderado».
¡Extraña estampa de la hacienda imperial! Asombrosa estampa para el que no conozca la magna obra de don Ramón Carande sobre Carlos V y sus banqueros[1516] o cualquiera de sus escritos de divulgación del tema, como la conferencia que pronunció en París, con motivo del centenario de la muerte del Emperador[1517]: la Casa imperial puesta en almoneda pública, para con su venta hacer frente a las deudas del César. Estamos, ni más ni menos, que ante la estampa de un hombre arruinado, acosado por las deudas, que debe afrontar vendiendo su propio ajuar. Cierto que el Emperador justifica su conducta: aquellas eran deudas inevitables, en las que había caído por enfrentarse a tantas guerras, bien contra el Turco «enemigo de la Cristiandad», como contra otros Príncipes cristianos, añadiendo en su descargo:

… a nuestro parecer, sin culpa nuestra…

Entre esas deudas había que incluir, y en lugar preferente, los atrasos debidos a los criados, prefiriendo los pobres a los ricos:

… teniendo respeto a que los pobres y personas que tuvieren más necesidad sean preferidos a los ricos, para ser primero pagados…

Por otra parte, no debían establecerse diferencias entre los españoles y los demás —advertencia que marca el temor imperial a que sí se hiciese—; antes bien, se debía tener especial consideración

… que los que estovieren fuera de sus tierras y querrán volver a ellas, sean satisfechos con la mayor presteza que ser pueda…

§. Las directrices de la política interior
Tres son las líneas fundamentales que marca Carlos V en su Testamento, en relación con lo que podríamos denominar política interior: la Hacienda, la Justicia y las relaciones con la Iglesia. A estas líneas principales podrían añadirse, en este capítulo, las instrucciones morales y religiosas que brevemente apunta a su hijo, para su buen gobierno.
De esas directrices fundamentales, las dos primeras están tratadas en el Testamento no tanto como un programa de política interior, sino en función de los problemas de conciencia del Emperador, consciente de los fallos de su gobierno, tanto en la materia hacendística como en la administración de la Justicia. En cambio, las referencias a la religión, lo que podría denominarse el pacto entre la Corona y el Altar, ciertamente ya aparece como una consigna clave, como un eje fundamental del futuro reinado, siguiendo la tradición secular de la dinastía; una tradición reforzada en la época de los Reyes Católicos.
La cuestión de la Hacienda era básicamente la recuperación del patrimonio regio, malbaratado bien por las rentas reales dejadas en poder sobre todo de la alta nobleza, bien por mercedes nuevas, bien por la gran cantidad de juros vendidos o donados, cuyos intereses devoraban buena parte de los ingresos. En este sentido, veremos al Emperador apoyarse en el Testamento de Isabel la Católica. También aquí aludirá a un caso concreto, sin duda por su importancia: a las mercedes de la Corona con la casa ducal de Alba.
Naturalmente, nada nuevo nos enseña a este respecto sobre la Hacienda de Carlos V, nada más que añadir a lo que ya sabemos gracias al estudio de Carande sobre el tema, en su libro ya mencionado (Carlos V y sus banqueros), corroborado por los documentos publicados en el Corpus documental de Carlos V. Si acaso, la conciencia que de ello tenía el Emperador y su deseo de que se pusiera el adecuado remedio. Un testamento es, en buena medida, un balance de lo que ha de heredar el sucesor, y en este terreno la situación era harto difícil. En efecto, en 1554 estamos en plenos «años aflictivos» en el orden económico, por emplear la terminología de don Ramón Carande.
De todas formas, Carlos V puede iniciar el tema con la referencia a un dato positivo, logrado en su reinado: la incorporación a la Corona real de los tres Maestrazgos de las Órdenes Militares de Santiago, Calatrava y Alcántara, conseguida por negociaciones con los papas León X y Adriano VI:

… y así fueron encorporados perpetuamente, lo cual es claro y cierto haber sido y ser en mucha utilidad y provecho de la dicha Corona Real y bien y pacificación de aquellos Reinos…

Por lo tanto, un doble éxito inicial en su reinado, ya que con aquella incorporación, iniciada por los Reyes Católicos —como es bien sabido—, se había obtenido a un tiempo un incremento de las rentas de la Corona y un apaciguamiento de los temibles bandos. Y Carlos V lo recordará para ordenar que se dedicaran las rentas de nueve años para el pago de las deudas en que se hallaba hundido:

… pues que las dichas deudas provienen de lo que habemos sido y somos forzados para gastar por el bien público, defensión y conservación de la Cristiandad y de sus nuestros Reinos…

Ahora bien, en un recuento de las rentas de la Corona, hecho por la burocracia carolina en ese mismo año de 1554, se cifraban los ingresos procedentes de los Maestrazgos de las tres Órdenes Militares en 279.113 ducados; sobre esa base, lo que podría obtenerse en nueve años rondaría los dos millones y medio de ducados, cifra que estaba muy por debajo de las deudas contraídas. El costo de un ejército por una campaña de cuatro meses, de unos 30.000 infantes y 10.000 jinetes, con la artillería correspondiente, superaba ya largamente esa cifra[1518]; si se tiene en cuenta que los gastos y los ingresos ordinarios estaban prácticamente nivelados, se comprende lo que tal gasto extraordinario suponía para la Hacienda Real, dado que en junio de 1554 Carlos V aún ha de afrontar otra campaña militar. Además, aquel año de 1554 había sido particularmente difícil, porque hubo que atender a otro gasto extraordinario de la Corona: el viaje de Felipe II a Inglaterra. Así se puede comprender que la princesa doña Juana, que gobernaba España, por la doble ausencia del padre y del hermano, le tuviera que advertir a su padre a fines de 1554 que todo estaba empeñado hasta 1560.
Por lo tanto, ni siquiera emplear nueve años de rentas de los Maestrazgos de las tres Órdenes Militares bastaba para liberar a la Corona de deudas, y Carlos V lo sabe:

Y porque puede ser que por razón de los grandes gastos y costas que habemos tenido por las dichas guerras, que no habemos podido excusar, por ventura de los sobredichos bienes muebles, frutos y rentas y consignaciones señaladas no bastarían para pagar y satisfacer los cargos y deudas que así debiéremos…

¿Qué debía hacerse, pues? Incorporar a tal cantidad tanta suma del resto de las rentas del Reino como fuere necesario.
Cierto que con ello se podría pagar a los deudores, pero sería desnivelando el presupuesto, ya tan deficitario. Por lo tanto, era preciso aumentar los ingresos de la Corona, rescatando las rentas reales que se hallasen en manos de la alta nobleza, en particular las alcabalas, tercias y pechos. Aquí Carlos se vincula a lo dispuesto por Isabel la Católica en su Testamento:

… la cláusula que dexó en su Testamento la Católica Reina, mi señora y abuela…

Se disculpa de no haberla podido cumplir «a causa de las muchas necesidades que nos han ocurrido». Señala el estamento que las estaba disfrutando, tanto en Castilla como en Aragón:

… algunos Grandes y caballeros…

Y sobre el principio político de su poderío real absoluto «de que en esta parte queremos usar y usamos, como rey y soberano señor, no reconociente en lo temporal superior en la Tierra», revocaba tal tolerancia, a fin de poder él y sus sucesores reincorporar a la Corona las dichas alcabalas, tercias, pechos y derechos reales; eso sí, dando por bueno lo que hasta entonces hubieran obtenido:

… mas por los hacer merced les hago gracia y donación de lo que hasta aquí han llevado, para que en ningún tiempo a ellos o sus herederos les sea pedido ni demandado.

En otro párrafo posterior vuelve a aludir al Testamento de Isabel la Católica, para anular como ella las mercedes de las cosas que se hubieren hecho pertenecientes a la Corona Real.
En esa línea está también la orden de rescatar la mayor parte de los juros y bienes vendidos o empeñados, tanto en las Coronas de Castilla y Aragón, como en los Países Bajos.
A este respecto, aunque ya en las cláusulas finales del Testamento hay que insertar la referencia que el Emperador hace al duque de Alba, y a la merced que le había hecho de perpetuarle el juro de un millón de maravedíes, sobre las rentas de las Indias, que después de la guerra contra la Liga de Schmalkalden, y para premiar sus servicios en dicha guerra, le había consignado: 136.000 ducados sobre las rentas de las Indias. Suma asombrosa (51.000.000 de maravedíes), que permite a Carlos ordenar que se rasgue el juro que la Casa ducal de Alba venía disfrutando.
Tales términos vienen a demostrarnos la mala conciencia que Carlos tenía, en cuanto a cómo había malbaratado la hacienda regia; y precisamente por ello busca su disculpa en las guerras que por defender la Cristiandad había tenido. Pero lo cierto es que la recomendación que hace a su hijo Felipe, para que mirase por la conservación del patrimonio real, quedaba ya como mera fórmula; Carlos V no tenía autoridad moral para pronunciarse en estos términos:

Otrosí, encargo al dicho príncipe, mi hijo y heredero, que mire mucho por la conservación del patrimonio real…, y que no venda, ni enajene ni empeñe alguna de las cibdades, villas y lugares, vasallos, jurisdicciones, rentas, pechos y derechos ni otra cosa alguna perteneciente a la Corona Real…

La norma era buena, pero el Emperador la había vulnerado tantas veces que dada por él carecía de valor. ¿Acaso creía Carlos que su hijo podría realizar lo que él no había conseguido?
Lo que no cabe duda es que el Testamento refleja claramente el pobre estado de la Hacienda imperial, y la mala conciencia que el Emperador tenía sobre ello. Es como una falta, como un pecado cometido, y que reconoce como quien ha de dar cuentas ante un más alto Tribunal.
Algo similar observamos en la administración de la Justicia, ese Norte de todo Estado, y más cuando ha de justificar así la necesidad de una estructura política autoritaria, en donde el rey hace declaraciones de principios absolutistas, y donde gobierna asesorado por Consejos, sin más limitaciones que las costumbres, fueros y privilegios que ha jurado respetar al asumir la Corona. Una monarquía autoritaria, pues, con marcada tendencia al absolutismo, en particular en la Corona de Castilla, donde las Cortes ya habían sido relegadas, desde 1523, a un plano de sumisión y de control prácticamente completo por parte de la Corona.
En este terreno, Carlos parece ceñirse únicamente a lo que estaba ocurriendo en Castilla. Por una parte se refiere a «algunos Grandes y caballeros», como atropelladores de los vasallos de señorío; y por la otra, a las chancillerías, que eran —como es notorio— los más altos Tribunales de Justicia que tenía la Monarquía en Castilla. El problema residía en que los vasallos de señorío pleno caían bajo la administración de la Justicia señorial, con lo que su situación frente a los desmanes señoriales era casi desesperada. Tenían, eso sí, derecho de apelación ante los superiores Tribunales de Justicia del rey; esto es, en Castilla, ante las Audiencias y chancillerías respectivas. Siempre dudé, por la documentación manejada, que ese derecho fuera accesible a los vasallos de señorío, temerosos de las represalias señoriales. Y el Testamento carolino lo viene a confirmar, en términos a mi juicio inequívocos:

Otrosí, por cuanto yo he sido informado que algunos Grandes y caballeros de mis reinos y señoríos, por formas y maneras que han tenido, han dado, hecho y puesto impedimento a los vecinos y moradores de sus tierras, para que no apelasen dellos ni de sus ministros de Justicia para Nos y nuestras Chancillerías…

Ahora bien, el Emperador conoce esa situación, y no ha hecho nada por remediarla. Hoy día calculamos que aproximadamente dos terceras partes de España caían bajo la jurisdicción señorial, de forma que la situación de atropello ante la Justicia afectaba a varios millones de vasallos. Carlos V reconoce tal situación de hecho y su gravedad, tanto por la disminución del poderío regio como por el daño de los mismos súbditos. ¿En qué medida él mismo era responsable de no haber puesto el adecuado remedio? También aquí se aprecia en el Testamento una situación de mala conciencia:

… por ende, por descargo de mi conciencia digo y declaro que si algo de lo susodicho ha pasado y quedado sin remediar, ha sido por no haber claramente venido a mi noticia. Y encargo y mando al príncipe, mi hijo, y mis herederos, o sus tutores, que no consientan, ni permitan, y pongan diligencia en saber la verdad de lo que en esto ha pasado y lo remedien y enmienden como convenga…[1519]

Lo que no queda claro es por qué el propio Carlos V no había puesto la misma diligencia que pide a su heredero en saber la verdad y en remediar tales desmanes, pues podía producirse además otra consecuencia: que al pasar tanto tiempo sin que el vasallo de señorío pudiese apelar a la Justicia real, la costumbre se convirtiese en nuevo privilegio señorial. Al reconocerlo así, Carlos está dando la prueba de que los abusos señoriales en materia de Justicia —que venían, sin duda, de más atrás— se habían prolongado a lo largo de su reinado. De ahí que se vea obligado incluso a invocar el principio del poderío absoluto de la Corona, para ponerle coto:

Y por la presente, de mi propio motu y poderío real absoluto, caso, anulo y doy por ninguno y de ningún efecto y valor cualquier uso y costumbre que sobre esto haya habido, para que de él no se puedan los dichos Grandes, caballeros ni otras personas aprovechar, ni alegarlo en tiempo alguno, para efecto de prescripción, ni dejar de incurrir en las penas en que caen los que usurpan o impiden la jurisdicción real.

En relación con estos límites que trata de poner a los abusos señoriales nos encontramos con el apoyo que proclama en pro de uno de los grupos sociales en clarísima crisis: el de los hidalgos. Se trata de una referencia breve, pero no por ello menos significativa. Carlos ordena a su hijo:

Que guarde y mande guardar a los hijosdalgos sus libertades y exemptiones, como su gran lealtad y fidelidad lo merecen…

Finalmente, dentro de estas normas de política interior cabe recoger las que Carlos V da a su hijo Felipe de tipo religioso y moral. Son muy breves. Están contenidas en un único párrafo. De ellas se deduce, por un lado, lo que podría denominarse el pacto del trono con el altar, que Carlos V había por supuesto heredado, y que vuelve a poner de manifiesto: Felipe debía amparo a la Iglesia, mostrándose buen católico: lo que suponía cumplir sus mandamientos, proteger las libertades —esto es, los privilegios— del estamento eclesiástico. Se debía favorecer la reformación de las Órdenes religiosas, lo cual era seguir las directrices marcadas por Isabel la Católica. Y de igual modo la Inquisición, cuyo apoyo es recomendado particularmente por Carlos V:

Especialmente le encargo que favorezca y haga favorecer el Santo Oficio de la Inquisición contra la herética pravedad y apostasía, por las muchas y grandes ofensas de Nuestro Señor que por ella se quitan y castigan.

En el Codicilo, como veremos, será más explícito, porque los supuestos brotes luteranos de que se le informa a principios de 1558 le ponen en gran alarma. Por otra parte ya sabemos que, con la Inquisición, la Corona contaba con un formidable instrumento de control ideológico sobre la sociedad española, y Carlos advierte así a su hijo de la necesidad de mantenerlo, puesto que lo que también heredaba Felipe —y esto es una consideración nuestra— era el caudillaje católico de la pugna religiosa a nivel europeo, entre ortodoxos y protestantes. Y el apoyo que Carlos V quiere conceder a la Inquisición se revela en su proyecto de darle una autonomía económica. Bien sabido es que el sistema de financiar el Tribunal de la Inquisición con los ingresos procedentes de sus procesos era harto dudoso. Carlos pretende que los Inquisidores tengan rentas propias, asignándoles las correspondientes canongías:

… procurar con nuestro Santo Padre que se disputasen y afectasen tantas canongías en las iglesias catedrales de España, en los obispados principales donde residen los inquisidores contra la herética pravedad, para que cada uno dellos toviese una prebenda en el Obispado principal del partido donde residiese…

Por lo demás, la brevedad de las referencias al buen gobierno que debía tener el Príncipe se explica por las extensas instrucciones que a este respecto le había dejado en mayo de 1543, y algo similar podremos ver en cuanto a la política exterior, que había sido objeto de particular atención por Carlos V en enero de 1548[1520].
De todas formas, y dentro de esa brevedad, sí creo que puede destacarse el espíritu caballeresco, a que antes hemos aludido, como de quien sentía los ideales de la Orden del Toisón de Oro. Y así le dice a su hijo:

… que con todo corazón ame la Justicia, la cual haga a todos administrar sin acepción de personas, teniendo, como es obligado, mucha vigilancia y cuidado de la buena gobernación de los Reinos y Señoríos, en que después de Nos sucederá, y de la paz y sosiego dellos, y que sea muy benino y humano a sus súbditos y naturales, y no consienta que sean fatigados ni les sean hechos agravios.

Y añade:

… Y señaladamente le encomiendo la protección y amparo de las viudas, huérfanas, pobres y miserables personas, para que no permita que sean vexados o presos, ni en manera alguna maltratados de las personas ricas y poderosas, a lo cual los reyes tienen grande obligación[1521][

Frente a frente el puñado de poderosos y la muchedumbre de «las miserables personas», Carlos viene a reconocer los atropellos de los primeros, y proclama el deber de la Corona de proteger a los segundos.

§. La política internacional
Lo que es de destacar, como variantes principales frente a la panorámica de 1548 —año en el que Carlos se considera el árbitro indiscutible de los destinos europeos—, es la renuncia al bloque hispano-alemán, y la tendencia a segregar los Países Bajos de la Monarquía Católica, mediante el traspaso a los descendientes que Felipe II tuviera con María Tudor.
Por lo demás, junto con esa normalización que se da a la integración de Navarra en la Monarquía Católica, cabría destacar otros dos aspectos, siendo el primero las interesantes referencias que se encuentran sobre Italia, y en particular sobre el ducado de Milán, y la anexión de Piacenza; y el segundo, la omisión, que asombra, sobre las plazas africanas.
En cuanto al ducado de Milán, Carlos V tiene que justificar ante la opinión pública su cesión a su hijo Felipe, realizada en 1546. Las razones que da son la muerte sin descendencia del último duque soberano, Francisco Sforza, la dificultad de que el Ducado se defendiera por sus propias fuerzas contra las apetencias de sus poderosos vecinos, el hecho de que por ello rebrotara constantemente la guerra en la Cristiandad, el dinero que España había gastado y los súbditos que de todo su imperio habían muerto en su defensa:

… considerando lo mucho que la sustentación del dicho Estado ha costado a nuestros reinos de la(s) Corona(s) de Castilla y Aragón, y los muchos vasallos y súbditos muertos de todas partes que sobre la defensa dél han muerto y derramado su sangre…

Para llegar a tal resolución, Carlos asegura en el Testamento no haberla tomado arbitrariamente, sino después de consultar con personalidades de Alemania y de otras partes,

… todas devotas y aficionadas al Sacro imperio y deseosas de la paz y bien de la Cristiandad…

¿Es preciso que nos dé sus nombres? La fórmula sirve para cubrir, con un legalismo no muy claro, una decisión personal del Emperador. Desde luego que contó con el parecer de Antonio Perrenot de Granvela, futuro Cardenal, y que en 1546 había tratado el asunto con su padre, el famoso Nicolás Perrenot, sin duda su hombre de confianza para las materias de política internacional. Por otra parte, las largas deliberaciones tenidas en 1544 con motivo de la paz de Crépy con Francisco I de Francia, que permitieron a Chabod un estudio tan lleno de sugerencias[1522], hacía buena la expresión imperial de que había celebrado amplias consultas sobre el futuro del ducado de Milán. Su decisión, en todo caso, se ratifica en 1554, como una garantía para su hijo de que aquella pieza estratégica de primer orden aseguraría a España el dominio de Italia, y no solo frente a las ambiciones francesas. Esto es, en 1554 ya se perfilaba un imperio bajo los Austrias de Viena, cuyas ambiciones de expansión hacia el sur italiano eran bien conocidas.
En esa ratificación de la cesión del ducado de Milán a Felipe II, se hace mención expresa de sus principales ciudades: Milán, Cremona, Alejandría, Lodi y Pavía. También se inserta la reciente adquisición de Piacenza,

… si al tiempo de nuestro fallecimiento estoviere, como ahora están, en nuestro poder y gobierno…

Pero la ocupación de Piacenza había constituido uno de los episodios más turbios de aquellos últimos tiempos. Había existido una conjura, cuyo resultado había sido un alzamiento popular contra su señor Pier Luigi Farnese —hijo del papa Paulo III—, con asesinato del mismo. En tales sucesos había intervenido el Gobernador imperial de Milán, Ferrante Gonzaga. El mismo Carlos V tuvo noticia de lo que se preparaba, si bien no contaba con la muerte de Pier Luigi Farnese, aunque el dolorido Papa se la atribuyese. La ciudad, liberada así del dominio de la Casa Farnese, se entregó en manos del Emperador. Todo eso había ocurrido en 1547, uno de los años más tensos en la historia de las relaciones entre Carlos V y Roma.

El suceso lo recordaba el emperador en sus Memorias en estos términos:

… Su Majestad… tuvo nuevas de cómo algunas gentes de Piacenza, por el rigor y malos tratamientos, según ellos decían, que el duque Pedro Luis, hijo del dicho Papa Paulo, les hacía, se levantaron contra él y, matándolo, se hicieron señores de la dicha ciudad, prometiendo darla a quien les asegurase mejor partido; de lo que siendo avisado el Gobernador del Estado de Milán, de parte de Su Majestad, antes que otros entrasen, aceptó el partido que le ofrecían. Después Su Majestad, por las causas dichas, y también por conservar y guardar el derecho del imperio, aceptó y confirmó el dicho tratado…[1523]

Pero Carlos V no tenía la conciencia tranquila de la forma en que había adquirido aquella plaza. Y eso se refleja en el Testamento, donde después de referirse al suceso, y a las negociaciones posteriores de Paulo III para que se devolviese Piacenza a la Casa Farnesio, se añade:

Todavía, por descargo de nuestra conciencia y porque no es ni ha sido nuestra intención ni voluntad que por Nos, ni por los que de Nos hobieren título e causa, sea retenida cosa alguna sin justo título, y deseamos que en esto de Plasencia se aclare la verdad y se haga lo que fuere justicia, ordenamos y mandamos, y así afectuosamente lo encargamos al dicho Serenísimo príncipe don Felipe, nuestro hijo, que si al tiempo de nuestro fallecimiento no estoviere determinado y dado asiento en lo que toca a la dicha ciudad de Plasencia y sus pertenencias, que con la mayor brevedad que ser pueda se averigüe, determine y declare lo que se debe hacer de justicia. Y siendo conforme a ella determinado que Nos no la podemos retener ni dexar a nuestros sucesores, ni pertenece al dicho Estado de Milán, se haga luego della restitución llanamente a la Iglesia romana y sus ministros, en su nombre, y no a otra persona particular alguna, por conjunta que sea a Nos, haciendo en esto el recado que conviene, con la solemnidad que se requiere.

Cosa extraña: el Emperador marca ya las líneas de la sentencia, como si de antemano supiera que su acto de fuerza no podía tener otra respuesta.
Nada más digno de mención se encuentra en el Testamento de Carlos V, en relación con la política exterior. Podría llamar la atención que se omita toda referencia a la defensa de la Cristiandad contra el Turco, y que tampoco aparezca ninguna referencia a los dominios africanos de la Monarquía. Tal omisión podría explicarse, en parte, porque Carlos V había tocado el tema suficientemente en sus Instrucciones de 1548, sobre todo en relación a Solimán el Magnífico. Y en cuanto a los propios dominios africanos, lo cierto es que después del desastre de Argel de 1541 la atención imperial se había desviado de África, centrándose en la Europa germánica. Fruto de ello fue el empeoramiento de la situación hispana en el Mediterráneo, con pérdidas tan importantes como Trípoli (1551) y Bugía (1555).
Finalmente habría que considerar el peso de España en el ánimo imperial, reflejado en el Testamento, tanto a la hora de recordar a los Grandes y sus abusos señoriales, como a la de pensar en proteger a los hidalgos, grupo social netamente hispano.

§. Referencias personales
Muy poco es lo que cabe anotar a este respecto. Carlos V era de carácter reservado, y así se refleja hasta en su propio Testamento. La única referencia personal que hace es a su hija natural, Margarita de Parma, subrayando que la había tenido en sus años mozos:

Iten, por cuanto estando en estas partes de Flandes, antes que me casase ni desposase, hube una hija natural que se llama Madama Margarita…

Por lo tanto, el Emperador declara esa hija natural, cosa que era conocida y notoria, pero cuidando mucho de matizar que la había tenido cuando aún no estaba casado; es decir, como una nota de respeto hacia la memoria de la Emperatriz.
También aquí cabe destacar una omisión: la de don Juan de Austria, el secreto de cuya existencia solo conocía, por entonces, su íntimo don Luis de Quijada, el señor de Villagarcía de Campos.

§. Cláusulas finales: los testamentarios
El Emperador designa dos equipos de testamentarios, según se trate de los dominios de la Monarquía Católica o de Flandes. El primero está encabezado por su propio hijo Felipe, y el segundo por su hermana María de Hungría, como Gobernadora durante tantos años de los Países Bajos, aunque también incluyendo al Príncipe. Y con ellos, a sus altas personalidades, entre las que encontramos algunos de los personajes más allegados a Carlos V, pero no a todos; así, para el caso de España, no aparecen ni don Luis de Quijada ni don Luis Ávila y Zúñiga.
El equipo castellano aparece menguado, por las últimas pérdidas de algunos de sus más íntimos colaboradores: Francisco de los Cobos, el Secretario y Consejero de Estado, muerto en 1547: Juan Pardo de Tavera, el Cardenal, dejado como Gobernador en 1539, muerto en 1545, y Zúñiga, el que había sido ayo del Príncipe y su reloj-despertador. Estos son los principales personajes castellanos, recordados en las Instrucciones de 1543, que en 1554 habían desaparecido. Y así, Carlos V los sustituirá por estas otras figuras, sin duda de menor relieve, pero que ocupaban en 1554 los cargos más destacados: Fernando de Valdés, el primero, como Inquisidor General —aunque sabemos que Carlos V no tenía muy buen concepto de él—; Antonio de Fonseca, como Presidente del Consejo Real; el Regente Juan de Figueroa, como personalidad política vinculado a la Corona de Aragón; Juan Vázquez de Molina, el sobrino de Francisco de los Cobos, y su sucesor en la burocracia castellana; el consejero y licenciado Diego Briviesca de Muñatones, y el duque viejo de Gandía. En este último caso sí nos encontramos con uno de los personajes más queridos de Carlos V, pues no cabe duda de que se está refiriendo a san Francisco de Borja, el cual ya por entonces había ingresado en la Compañía de Jesús, renunciando a su título; por eso el Emperador lo designa de esa curiosa manera: «el duque viejo». Sabido es que Carlos V no había sentido ninguna simpatía hacia la nueva Orden religiosa de la Compañía de Jesús, pero seguía manteniendo gran afecto y amistad hacia san Francisco de Borja, al que poco después, cuando se halle en Yuste, le confiará delicadas gestiones diplomáticas en la corte de Lisboa.
Por lo que hace al equipo de Flandes, sí nos encontramos con los más allegados a Carlos V, empezando por el entonces obispo de Arras, Antonio Perrenot de Granvela —después cardenal Granvela—, seguido por don Luis de Praet, varias veces embajador de Carlos V en Londres y en París; por el conde de Lalaing, por Jean de Lannoy, señor de Molembais (hijo de uno de los primeros consejeros flamencos de Carlos V, Charles de Lannoy); por Odoardo de Brissac, preboste de Saint-Omer, y por el conde de Berlaymont, uno de los personajes que poco después Felipe II destacaría más, al nombrarlo en 1559 presidente del Consejo de Hacienda en los Países Bajos.
En cambio no aparecen ni Guillermo de Nassau, al que encontramos entre los testigos, ni tampoco el conde de Egmont, que había representado a Felipe II en la ceremonia inicial de la boda por poderes con María Tudor.
Lo que se aprecia, en su conjunto, es que el Testamento carolino es como una ventana abierta que permite ver la Europa de su tiempo y asomarnos a los afanes del Emperador en el último tramo de su reinado.

§. Adiós al poder: El último discurso del Emperador
En la primavera de 1555 la muerte de una desvalida mujer, en una villa perdida de Castilla, haría que Carlos V tomase una decisión que ya estaba pensando hacía algún tiempo: su abandono del poder.
¿Quién era esa mujer? Juana la Loca, la desventurada Reina recluida en Tordesillas, cuyo fallecimiento se había producido el 12 de abril de 1555[1524]. Desaparecía aquella dualidad en la cumbre de las Coronas de España. Ya Carlos V se convertía en el único rey de Castilla y de León, de Aragón y de Valencia, etc., etc. Podía disponer libremente de su futuro. Por otra parte, abandonado el Imperio en manos de Fernando, defendidos los Países Bajos, asegurada Italia y establecida la alianza firme con Inglaterra, nada parecía impedir que Carlos V llevase a cabo su viejo proyecto de abdicación.
¡El adiós al poder de Carlos V!
Estamos ante una de las grandes jornadas de la Historia, comparable con la muerte de Julio César o con la patética escena de Napoleón en Fontainebleau, despidiéndose de sus compañeros de armas. Solo que la jornada de Bruselas está nimbada con el círculo luminoso que se desprende de las renuncias, cargando los actos de un hondo sentido emotivo. Brandi piensa, por ello, que únicamente una época como la del Renacimiento era la adecuada para encuadrar tan magno suceso; en cierto modo más bien cabría encajarlo en un barroquismo incipiente, como una función teatral a la que han sido invitados los más destacados personajes de aquella brillante Corte imperial, dentro del marco social de los ricos Países Bajos. Una función teatral cuyo principal protagonista, por no decir único, es el propio Emperador. Ciertamente no está solo. Viene rodeado de sus familiares y servidores. En primer lugar de su hijo Felipe II, el heredero, representante de un futuro incierto, contra el que ya empieza a formarse en aquellas tierras un serio partido de oposición. También le acompaña su hermana María, la que durante un cuarto de siglo se ha mostrado tan fiel como eficaz compañera en el gobierno de los Países Bajos; y asimismo su hermana mayor Leonor, figura de menos relieve, pero tiernamente amada por el César. De aquella tropa infantil que hacía medio siglo había crecido bajo la atenta mirada de la tía Margarita, solo falta Isabel, la desgraciada reina de Dinamarca, muerta en plena juventud. Es, por tanto, como la despedida de toda una época que, con un profundo sentido del ritmo de la historia, deja paso a las nuevas generaciones.
Carlos entraría apoyado sobre el hombro de Guillermo de Orange, esto es, en quien se había de convertir en la cabeza más tenaz, más irreductible y más lúcida de la oposición contra el heredero español. ¿Ironías de la historia? ¿Fue una casualidad que el César tuviera aquel gesto con el futuro gran enemigo de su hijo? ¿No habría querido, con ello, obligar y como ceñir a sus planes al personaje más inquieto y del que más podía temer que acabase desbaratándolos? Hacía más de un año que Carlos había denunciado a su hijo la existencia de un peligroso partido de oposición en los Países Bajos, contrario a la unión con la corona hispana y tan fuerte, que Carlos creía de todo punto necesaria la inmediata presencia de Felipe[1525]. ¿Y no había advertido antes el fiel secretario Eraso a su señor de aquel riesgo? El 23 de diciembre de 1553 le escribía desde Bruselas estas significativas palabras:

Hay señales mortales de que, si Dios dispusiese de S. M., estando V. A. ausente de aquí, esto correría peligro…[1526]

Por lo tanto, una situación tensa, porque todos los presentes saben que con la marcha de Carlos V una etapa de la Historia quedaba irremisiblemente atrás, y con el nuevo gobierno de Felipe II, el rey nacido en Valladolid, todo se tornaba incierto. Estaba, por otra parte, la renuncia voluntaria al poder de quien durante tanto tiempo había sido la primera figura de la Europa occidental. Tales renuncias son siempre miradas como algo insólito. De forma que todos los presentes se hallaban inquietos.
Asombrados también. Los allí convocados se preguntan por las razones del Emperador para tomar aquel paso. ¿Su salud, tan quebrantada? ¿Impaciencias del heredero por hacerse con el poder? ¿O acaso que en el viejo César —más que viejo, envejecido— se estaba operando un proceso de melancolía, como el que había apartado a su madre del trono, cincuenta años antes? Se rumoreaba que los Cardenales romanos, moviendo burlonamente la cabeza, se decían los unos a los otros: « ¡Cómo se ve que es el hijo de Juana la Loca!».
Y, sin duda, hubo un poco de todo eso: la salud, más que débil, agotada, consumida; impaciencias de las nuevas generaciones; melancolías heredadas. Todo ello pesó, en cierto grado, sobre el Emperador, al iniciar su gesto de despedida. Pero lo que realmente resultó decisivo fue su fuerte sentido ético de la existencia y el considerar que, en lo político, su obra estaba cumplida. Su presencia en el tablado europeo ya no era necesaria; al contrario, en los últimos años más de uno pudo pensar que constituía una rémora. Cuando a fines del verano de 1552 un fuerte ataque de gota le imposibilitó realizar una rápida marcha sobre Francia, para recuperar por las armas la perdida plaza de Metz, su médico trató de disuadirle de cualquier nuevo intento de ponerse en campaña,

porque entiende que no tiene salud para ello —es de nuevo el secretario Eraso quien nos informa—, y que embaraza y porná mayores impedimentos que si no estuviese presente[1527].

Es evidente que aquel médico no hacía sino hacerse eco de un estado de opinión dominante en el ejército imperial. Se comprende que el Emperador quisiese jugar aquella última baza para restablecer la situación.
S. M. le respondió —continúa informándonos Eraso— que como quiera que sea determina ir y seguir su camino[1528]. A Carlos V, empeñar su salud, ya tan gastada, no le importaba. Sin embargo, algo le faltaba por aprender. La lección de Metz sería decisiva, por cuanto que comprendió que más que su salud lo que ponía en riesgo era la victoria. Por eso desde entonces llama una y otra vez a Felipe. Incapaz de recuperar el terreno perdido en Alemania, manteniendo un difícil forcejeo con Francia, observando cómo se ensombrecía la situación en Italia, el Emperador ya no tenía más esperanzas sino que la generación nueva viniese a hacer frente a los viejos problemas. Su hijo era el refuerzo, el príncipe cuidadosamente preparado, el discípulo formado en largos años de intervención en los negocios públicos. Eso era una tranquilidad, una garantía. Y, por supuesto, las razones de tipo religioso. Carlos hace años que está deseando desligarse del mundo. Un deseo que ha de esperar a ver cumplido, porque muchas circunstancias se lo impedían. Pero en 1555 las ligaduras habían ido soltándose. La vocación del claustro crece. El afán de levar anclas, en busca de una nueva singladura, se impone definitivamente. Es la despedida, el adiós solemne al mundo, para el cual el mundo ha sido convocado.
Pero no todos los convocados estaban presentes, pues faltaba su hermano, el rey de Romanos, que no se deja conmover por las patéticas llamadas del Emperador, poniendo así un gesto final de disensión, poco paliado con el envío de su hijo Fernando. Están, eso sí, junto con su hijo y sus hermanas, sus sobrinos la duquesa de Lorena y el duque Manuel Filiberto de Saboya. Están también los caballeros de la Orden del Toisón de Oro, la amada Orden de la que Carlos es soberano. Están sus consejeros y ministros, y como más principal entre todos ellos, el obispo de Arras, después cardenal Granvela. Están los Gobernadores de las diecisiete provincias, la nobleza, el alto clero, los representantes de las principales ciudades de aquellos Estados de los Países Bajos. Está, en fin, el cuerpo diplomático en pleno, como gran notario que ha de registrar para el mundo entero aquel suceso; para la posteridad, también.
El 25 de octubre, a las cuatro de la tarde de un húmedo día otoñal, cruza el Emperador el parque de su palacio de Bruselas. Va caballero en pacífica mula, pues sus achaques no le permiten otros alardes; cabalgadura que es, por otra parte, como un anuncio de su próximo despojo de las grandezas del mundo. En la sala del palacio, donde todo está preparado para el acto público, los espectadores son tantos que desbordan por pasillos y corredores. Al fondo de la sala está, algo en alto, el trono imperial. Aparece Carlos V apoyándose en las juveniles fuerzas de Guillermo de Orange. Va vestido de negro. Sobre el negro destaca no más que el brillo del collar de la Orden del Toisón. La multitud, expectante, acoge con un murmullo el paso del Emperador. Al sentarse el César, inicia el juego escénico Filiberto de Bruselas. Es el presidente del Consejo de Flandes y a él le incumbe, como tal, exponer las razones que han llevado al Emperador a la abdicación. Habla primero de su amor a la paz y, pese a ello, de cómo las guerras constantes le han ido envolviendo. Refiere los peligros en que no ha dudado en ponerse, por amor a sus vasallos y del agradecimiento que les tiene, por el amor y fidelidad con que le han servido. Les habla después de cómo el Emperador hubiera deseado acabar su vida por ellos y entre ellos, si las fuerzas no le faltaran; no por la edad, sino por la enfermedad que le acosa, enemigo invencible que no soltaba su presa ni de día ni de noche. Y siéndole los aires húmedos de Flandes contrarios, ha de partir en busca del sol de España. Le duele apartarse de las tierras que le vieron nacer, pero le consuela saber que entre ellos queda su hijo, para bien gobernarlos. Una cosa sobre todas les encarece: que conserven intacta la fe de sus mayores.
De la emoción de los asistentes nos da buena idea el cuadro que nos pinta Sandoval:

Admirados y con los ánimos suspensos —nos relata—, mirándose, unos a otros sin hablar, espantados de la determinación nunca pensada del emperador[1529][.

Se alzó entonces el César, nuevamente apoyado sobre el príncipe de Orange, e inició su discurso. Conforme a su añeja costumbre llevaba en la diestra un papel, donde tenía apuntado a guisa de guión todo lo que tenía que decir. De tal modo había actuado hacía ya treinta y cinco años ante la Dieta de Worms, y no otro había sido el sistema seguido ante la Corte pontificia en 1536, cuando pronunció su asombroso discurso en español. De igual modo sabemos que actuó de esa manera ante las Cortes de Castilla.
Estamos ante uno de los momentos más solemnes del reinado de Carlos V, ante una de sus decisiones más graves y de mayores consecuencias, como fue la de apartarse del poder voluntariamente, tres años antes de que la muerte le forzara a ello.
De los tres discursos imperiales más conocidos, el que ahora pronuncia tiene un particular significado. En 1521, y ante Lutero, el gran heresiarca, Carlos V proclama rotundamente su fe religiosa, su vinculación a la fe de sus mayores. En 1536, y ante Paulo III, Carlos V proclama su ansia de paz y denuncia ante el Colegio cardenalicio al gran perturbador, el rey de Francia Francisco I. Ahora, en 1555, tiene que justificar su abandono del poder, tiene que explicar ante sus súbditos de los Países Bajos —y en realidad, ante el mundo entero, y si se quiere, ante la misma posteridad— las razones que tiene para tomar una decisión tan insólita, como es la dejar voluntariamente el poder.
Conocemos ese discurso en sus grandes rasgos. Lo hizo en francés y ya hemos visto que sirviéndose, conforme su costumbre, de un apunte anotado en un papel que llevaba en su mano diestra.
Oigamos su propia voz, tal como la transmitieron pronto los cronistas, en la versión castellana que recogería medio siglo después el fidedigno Sandoval.
Empezó el Emperador agradeciendo al Presidente del Consejo, Filiberto de Bruselas, sus palabras en que anunciaba aquella decisión imperial, pero pronto dio muestras, como en él era habitual, de que también entonces quería expresar su propio pensamiento:

… os quiero decir algunas cosas por mi propia boca…

Y también, conforme su costumbre —tal había hecho al dictar sus Memorias sobre la guerra de Alemania—, se remontaría a los principios de su carrera política, cuando cuarenta años antes su abuelo Maximiliano le había emancipado, sacándole de la tutela de su tía Margarita de Austria. Entonces recordaría cómo un año después moría su otro abuelo, Fernando el Católico, dando así comienzo su reinado en España

… porque mi muy amada madre, que ha poco que murió, desde la muerte de mi padre quedó con el juicio estrazado, de manera que nunca tuvo salud para poder gobernar…

Hagamos un alto en este momento, porque esas palabras del Emperador lo están pidiendo: Carlos V nos da el testimonio de cuál había sido la causa de la locura de su madre: su hondo pesar por la muerte de Felipe el Hermoso, su marido. Por lo tanto, una desgracia tan grande que la había sumido en la mayor postración, lo cual era dignificar, por la vía del dolor, aquella apatía de la Reina, y era dejar bien sentado, de una vez por todas, que eso, y no cualquier otra razón interesada y vituperable, era lo que le había obligado al César a salir de su patria camino de su nuevo destino:

Y así, en el año diecisiete de mi edad, por este nuestro mar Océano fui a España.

De igual modo, a la muerte de su otro abuelo, Maximiliano, se había producido la vacante imperial, cuando él era todavía casi un muchacho:

… era muy mozo…

Muy mozo, pero el elegido como nuevo Emperador. Y ante aquel recuerdo, Carlos V rememora aquellos momentos y proclama, con la sinceridad que siempre había sido la norma de su conducta, el porqué había aceptado la nueva y suprema corona:

No la pretendí con ambición desordenada de mandar muchos reinos, sino por mirar el bien y común salud de Alemaña, mi patria muy amada, y de los demás mis reinos, particularmente los de Flandes, y por la paz y concordia de la Cristiandad…

No podía faltar, en ese momento, una alusión a sus afanes de cruzado:

… en aumento de la religión cristiana contra el Turco.

Objetivos bien claros, bien precisos: la paz en la Cristiandad, la cruzada contra el Turco. Esa era la Europa soñada por Carlos V. Pero la realidad sería muy otra:

… no pude ejecutarlo como quisiera…

Las guerras desatadas por sus enemigos y el desasosiego producido en las tierras del Imperio por el crecimiento de la herejía había trastocado todos sus planes, obligándole a un continuo ir y venir por toda la Europa occidental.
Sería entonces cuando Carlos V haría el recuento, no sin cierto orgullo —como el que está bien seguro de haber cumplido una gran hazaña—, de los muchos viajes que había hecho en su vida, tantos como ningún otro soberano, ni antes, ni en su tiempo, los había acometido.
Sería una relación impresionante, uno de los momentos cumbres de su discurso, porque por todos era sabido lo que tales viajes suponían, no ya en cuanto a molestias, sino de verdadero riesgo para la misma vida.
Pero oigamos al Emperador:

Nueve veces fui a Alemaña la alta, seis he pasado en España, siete en Italia, diez he venido aquí a Flandes, cuatro, en tiempo de paz y de guerra, he entrado en Francia, dos en Inglaterra, otras dos fui contra África, las cuales todas son cuarenta…

¡Y eso que no había dicho todas sus jornadas, sino las principales!

… sin otros caminos de menor cuenta, que por visitar mis tierras tengo hechos…

De todo lo cual destacaría, como más arriesgados, las muchas veces que había navegado:

… ocho veces el mar Mediterráneo y tres el Océano de España, y agora será la cuarta…

No podía faltar la referencia a la realidad permanente de su reinado: la guerra. Las constantes guerras que se habían ido encadenando. Carlos V era un rey-soldado, era notorio que amaba la milicia y que admiraba a los grandes capitanes de la gloriosa Antigüedad, y en particular a Julio César. Sin embargo, sabía también y lo había comprobado una y otra vez, cuántos desastres provocaban las guerras. De forma que tenía que justificarse ante su pueblo:

La mitad del tiempo tuve grandes y peligrosas guerras, de las cuales puedo decir con verdad que las hice más por fuerza y contra mi voluntad que buscándolas ni dando ocasión para ellas…

¡Él había sido el agredido, no el agresor! Por lo tanto, continuos esfuerzos, continuos quebrantos y no pocas pesadumbres. Y, con todo, la mayor estaba por llegar: el tener que despedirse de sus tierras natales.
Aquí el tono del discurso imperial se hace más íntimo, mostrando su dolor:

Digo que ninguno de estos trabajos me fue más penoso ni afligió tanto mi espíritu como el que agora siento en dejaros…

Pero, ¿qué remedio? Las fuerzas le faltaban, lo que iba en perjuicio del gobierno. Por lo tanto, el abandono del poder se imponía por puro sentido de la obligación, de la responsabilidad que tenía como gobernante ante su pueblo. Asistamos a la impresionante sinceridad de Carlos V:

Sé que para gobernar y administrar estos Estados y los demás que Dios me dio ya no tengo fuerzas, y que las pocas que han quedado se han de acabar presto…

No era algo nuevo, pero mientras su madre seguía en su triste estado y su hijo era demasiado mozo, había sacado fuerzas de flaqueza. Mas en aquel otoño de 1555 otra era la situación: la Reina madre doña Juana había muerto, con lo que Carlos V podía disponer libremente de las coronas de España, y su hijo Felipe era ya el rey de Nápoles y Sicilia, el Príncipe que con sus 28 años había dado pruebas evidentes de su capacidad para gobernar, tras muchos años de ser el alter egodel Emperador en los reinos hispanos.
Y así vino la despedida del Emperador, su adiós al poder y su adiós a aquella asamblea que con profundo respeto y en un impresionante silencio, le estaba escuchando.
Tras aludir a los últimos hechos de armas, con sus postreros esfuerzos por defender aquellas tierras de los ataques franceses, Carlos V manifestó cuán agotado estaba por el esfuerzo hecho. Y eso dicho con una voz tan quebrada que ponía más dolor en los que le escuchaban:

Y porque ya en este tiempo me siento tan cansado, que no os puedo ser de ningún provecho, como bien veis cuál estoy tan acabado y deshecho, daría a Dios y a los hombres estrecha y rigurosa cuenta si no hiciese lo que tengo determinado, dejando el gobierno…[1530]

He ahí la razón suprema, que le había inspirado como gobernante: el poder no estaba para su provecho y disfrute, sino que era él quien estaba al servicio del poder. Y si las fuerzas le faltaban para cumplir bien su oficio, lo justo era dejar el poder. ¿No advertimos aquí el claro sentido ético del príncipe cristiano? ¿No nos parece estar escuchando aquellas reflexiones de Alfonso de Valdés cuando hacía decir al buen rey Polidoro palabras similares?
Si no pudieres defender tu reino sin gran daño de tus súbditos, ten por mejor dexarlo, ca el príncipe por la república y no la república por el príncipe fui instituido[1531]. Sí, hay un cierto sabor entre senequista y erasmista en esta despedida de Carlos V. El cual, después de volverse a su hijo para pedirle que fuera un buen príncipe para sus súbditos, se volvió a estos para acabar con un gesto de humildad: pidiendo perdón si en algo había faltado, acaso en un principio por sus verdes años, o después por estar mal informado, pero nunca con deseo expreso de agraviar a nadie:

… y si alguno de esto se puede quejar con razón, confieso y protesto aquí delante de todos que sería agraviado sin saberlo yo y muy contra mi voluntad, y pido y ruego a todos los que estáis presentes me perdonéis…[1532]

¿Quién podría resistir la emoción? Después de la misma tensión provocada por la convocatoria a que habían sido llamados, tras un discurso tan emotivo, aquel postrero ruego del Emperador provocó ya la general descarga. Nadie era capaz de mostrarse insensible, y como si se tratara de un general contagio, la asamblea rompió en lágrimas y en sollozos por pocos contenidos. Sandoval nos transmite la emoción de aquellos momentos:

Oyeron todos lo que el emperador dijo con mucha atención y lágrimas, que fueron tantas y los sollozos y suspiros que se daban, que quebraban corazones…

Una emoción que iba de una parte a otra, de Carlos V a la asamblea, y de la asamblea a Carlos V:

… y el mismo emperador lloró con ellos, diciéndoles: «Quedaos a Dios, hijos, quedaos a Dios que en el alma os llevo atravesados»[1533].

De ese modo dejaba Carlos V la política y las armas. Era su adiós como rey-soldado y como rey-viajero.
Era su adiós al poder.
No se iba solo. Le acompañaban, en su retirada del mundo, sus dos hermanas Leonor y María. Y aunque Leonor podía decirse que se había visto obligada por la misma fuerza de los acontecimientos, al enviudar de Francisco I y al tener que dejar tan desairadamente la corte de Francia, donde era tan mal vista por el nuevo rey Enrique II, la marcha de María era también como otra abdicación, otra despedida del poder, otra renuncia al mundo.
Algo que Brandi comentaría de forma magistral:

Wo erlebt es die Weltgeschichte sonst, dass eine ganze Generation freiwillig vom Schanplatz abtritt? Und in solcher Form. Das Jahrhundert der Hochrenaissance gab auch seinen Weltgeschichtlichen Szenen ihren Stil.[1534]

Parte VI
El hombre de Yuste

Contenido:

1. El último viaje
2. Atravesando España
3. La etapa de Jarandilla
4. La entrada en Yuste
5. El séquito imperial
6. Las relaciones con la comunidad jerónima
7. Las visitas
8. Otra vez la gran política
9. La muerte del Emperador

Capítulo 1
El último viaje

El 25 de octubre es la jornada de la abdicación de Carlos V, con toda la solemnidad que ya hemos marcado. Políticamente, y en sentido literal, solo había sido la renuncia de los Países Bajos en favor de su hijo Felipe. El de las coronas hispanas de Castilla y Aragón se aplazaría formalmente hasta el mes de enero de 1556 y algo más tarde el de la corona imperial, a la que accedería su hermano Fernando, como rey de Romanos[1535]. Pero, de hecho, Carlos V ha dejado ya el poder, aunque todavía tarde en abandonar los Países Bajos y en realizar su último viaje, en busca de su anhelado refugio de Yuste, en la extremeña Vera de Plasencia.
Podría llamar a engaño el tiempo que todavía pasa Carlos V en Flandes; casi un año, pues no embarcaría en Flesinga hasta mediados de septiembre de 1556. ¿Cómo pudo ocurrir, dada la impaciencia de Carlos V por dejar el poder? Precisamente por eso, dado que cuando se realiza la ceremonia de la abdicación, el 25 de octubre, ya no se puede pensar en una marcha inmediata a España. El otoño ya está tan avanzado que obligaría a esperar a la primavera, y bien avanzada, para encontrar una mar en bonanza y vientos favorables. De hecho, por lo tanto, lo que había ocurrido era que la abdicación había sido aplazada. La noticia de la muerte de la reina Juana, su madre, no le llegó a Carlos V hasta entrado el mes de junio, y aunque a partir de entonces trató de acelerar su abdicación, para partir hacia España aquel mismo verano como le indica a su hermano Fernando, eso resultó imposible. El Emperador había animado al rey de Romanos a que acudiera a Bruselas, para darle el abrazo de despedida, pero Fernando se desentendió, acaso temeroso de caer en una trampa, pues desde la crisis de 1552 el recelo de la corte de Viena seguía vivo[1536]. Cierto que esa ausencia no obstaculiza los planes del Emperador, pero sí que Felipe, su hijo, no pueda dejar Londres hasta el 9 de septiembre, y claro está que sin Felipe no había ceremonia, puesto que lo que se trataba de poner en marcha no era un mero abandono de Carlos V sino todo un relevo en el poder.
Por lo tanto, había que esperar.
No ayudaba tampoco el que las obras del palacete de Yuste, donde había de alojarse Carlos V, estuviesen paralizadas, por haber castigado el General de la Orden jerónima a fray Juan de Ortega y a fray Melchor de Pie de Concha, que eran los que las dirigían[1537]. Ni, por supuesto, los muchos achaques del Emperador[1538]. Después vendrían, además, las dificultades de encontrar un buen tiempo, aquello de los vientos favorables que en el verano de 1556 se hicieron esperar más de lo corriente. Ni tampoco era posible embarcarse, sin más, en cualquier nao que se dirigiera a España. El Emperador, aunque ya hubiera abdicado, tenía que hacerlo en una flota correspondiente a su dignidad y seguridad, y eso requería también tiempo y dinero.
De forma que Carlos V hubo de esperar todo aquel invierno, la primavera e incluso los primeros meses del verano, antes de salir de Bruselas. Unos largos meses que, al menos, le ayudaron para poder despedirse de su hija María, que parecía secuestrada en Viena.
Fue un penoso asunto familiar, coletazo del distanciamiento entre las dos Cortes, desde las crispadas negociaciones de Augsburgo de 1551. Aparentemente, las relaciones se mantenían afectuosas, pero los hechos decían otra cosa. Para muchos efectos, Carlos V era como si hubiera muerto y como si sus herederos se disputaran su herencia. La política ya había quedado fijada, con la cesión a Felipe II de los Países Bajos y de la Monarquía Católica y con los Estados patrimoniales de Austria y el Imperio para Fernando y sus herederos.
Pero quedaban otras cosas, de mucha menor cuantía, aunque significativas para permitirnos calibrar la tensión familiar existente. Cosas, por supuesto, mucho más personales.
Una de ellas era la capilla musical que el Emperador tenía en Bruselas. Era de suponer que quien se había desasido del poderío del mundo dejara también detrás de sí aquel tesoro[1539]. Todos los Austrias, de una y otra rama, eran unos melómanos de primer orden, de forma que Maximiliano, el yerno, se atrevió a pedirla, y acudió para ello a su primo y cuñado Felipe, encontrándose con esta respuesta:

Señor: Este criado de V. A. me dio una carta suya de 26 de Octubre sobre lo de los cantores de Su Majestad. Y aunque Su Majestad se piensa ir y no llevar su capilla, me ha mandado que yo la tenga en pie, como se está, sin disminuir [nada] della. Y por esto no puedo hacer luego lo que V. A. me escribió sobre esto.

Eso sí, tal negativa no impedía mantener las formas correctas en la despedida:

V. A. vea lo que manda, pues sabe que en todo le tengo de obedecer. Guarde Nuestro Señor la real persona de V. A. como deseo. De Bruselas, a 29 de Noviembre de 1555.
Buen hermano de V. A.
El Rey. [rubricado][1540].

Más doloroso era para Carlos V que aquellas diferencias familiares impidieran a su hija María acudir a Bruselas. Las cosas llegaron a tal punto que Felipe II se decidió en mayo de 1556 a presionar sobre Maximiliano. Es una carta en la que se alude a las dudas sobre si María acompañaría a Maximiliano en su viaje a Bruselas:

Y suplico a V. A. —decía Felipe II a Maximiliano II— que tome a buena parte lo que escribo a mi hermana. Cierto, yo lo digo muy llanamente, como siempre trataré con V. A. Y si la venida pudiere ser en Junio, sería grandísimo contento el mío, y si viniese mi hermana, no había más que pedir…[1541]

Esa carta se cruzaba con otra de Maximiliano, enviada desde Viena el 21 de mayo, en la que anunciaba su salida con María, pero con una velada amenaza: acaso, si el tiempo apremiaba por ser inminente la partida de Carlos V, iría él a toda prisa, dejando a María en Innsbruck, dado que ir con la Reina y su cortejo de damas siempre hacía más lento el viaje:

… el embarazo de llevar mujeres podría causar estorbar algo… dexaré la Reina atrás, la cual irá entonces a Yspruque…[1542]

Tres días después, Maximiliano volvería a insistir en la conveniencia de ir solo a Bruselas, sin que le acompañara su esposa[1543] Que al fin cambiara de parecer hay que achacarlo, en buena medida, a las presiones de Felipe II, sin duda también deseoso de verse con su hermana. Maximiliano se disculpaba con que era la propia María la que se mostraba contraria al viaje, lo que en la corte de Bruselas no se podía creer. De ahí la insistencia de Felipe II con Maximiliano:
Suplico a V. A. cuanto puedo —le escribiría ya en marzo de 1556— que procure de traer consigo a mi hermana, que a todos será de grandísimo contentamiento y a mí el mayor que en este mundo puedo tener. Y suplico a V. A. me mande luego avisar de lo que V. A. y el Rey en esto determinaren.
Felipe II no podía engañarse. Era claro que la negativa partía de Fernando y de Maximiliano, de forma que a ellos iría su ruego:
Y suplico a V. A. me mande luego avisar de lo que V. A. y el Rey[1544] en esto determinaren, y que me perdone osar suplicarle esto. Yo creo bien que será cosa que se podrá acabar con mi hermana, si V. A. mucho se lo ruega…[1545]
Al fin, ambos llegarían a Bruselas. Una noticia esperada por toda la familia imperial y de la que se haría eco hasta la propia María Tudor desde Londres, en una curiosa carta escrita en español, a mediados de julio[1546].
Poco después, el Emperador dejaba Bruselas. Era el 8 de agosto de 1556. Bien sabía que era una despedida definitiva y que lo que sus ojos estaban viendo serían estampas familiares que ya no se repetirían, que quedarían ya para el recuerdo. Acaso por eso, será un viaje lento hacia la costa flamenca, un viaje amoroso, como si el Emperador tratara de despedirse de aquellas tierras natales suyas. En Gante, hasta donde le acompaña su hijo Felipe, pasará veinte días[1547]. El 15 de septiembre embarca al fin en Flesinga, donde ya está concentrada la flota de 56 navíos que le ha de llevar, a él y a su cortejo, todavía de 150 personas, sin contar los de sus hermanas Leonor y María. Pero los vientos aún le son contrarios, lo que permite a Felipe II volver a visitarle, como sabedor de que sería la última vez que le viera en vida.
El 17 de septiembre el tiempo cambia. Soplan vientos favorables y zarpa la escuadra imperial. Pronto Carlos V ve cómo quedan atrás las costas de su patria flamenca. Él va ya hacia otras tierras, hacia otras luces, hacia otros paisajes. Atrás queda el imperio del mundo, con todo su trasiego.
Le espera la paz de un lugar perdido en el corazón de Extremadura, el sosiego de Yuste.
A la altura de Dover, una escuadra inglesa mandada por su prima María Tudor, rinde homenaje a su paso, con las salvas de su artillería. Era como el último reconocimiento del mundo oficial a la grandeza de aquel Emperador.
El 28 de septiembre, tras doce días de feliz navegación, Carlos V desembarcaba en Laredo, treinta y nueve años después de aquel primer viaje suyo a España, casi día por día.
Pero, ¡cuánto habían cambiado las cosas! Entonces se trataba de un adolescente de 17 años que llegaba ilusionado para reinar en unas tierras desconocidas, iniciando así un reinado lleno de esperanzas.
Ahora —ahora, en 1556— se trataba del retorno de un Emperador, más que viejo, envejecido, en busca de paz y de sosiego, anhelante de olvidarse de las inquietudes y de las responsabilidades del poder.

Capítulo 2
Atravesando España

Al desembarcar en Laredo, Carlos V tendría un gesto que pronto se convertiría en leyenda, pues se postraría y besaría aquella tierra de España, diciendo la famosa frase:

¡Dios os salve, oh mi querida madre! Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo me vuelvo a ti, como mi segunda madre[1548].

Y para hacer más ciertas sus palabras, apenas había nada preparado en Laredo para recibirle, descuido grande achacable a su hija Juana.
Ningún alto personaje estaba allí para acoger al César, pese a que desde mediados de junio Juana de Austria tenía noticias ciertas de que el viaje de su padre ya estaba a punto para aquel verano[1549]. Hasta el 2 de octubre no recibiría don Luis Quijada la orden de incorporarse al séquito imperial para hacerse cargo del mismo. Así no es de extrañar que el Emperador se mostrase dolido con tales muestras de olvido, de lo que su secretario, Martín de Gaztelu, nos dejaría un testimonio bien rotundo:

S. M. está bien mohíno —escribiría al Secretario de Estado, Juan Vázquez de Molina, entonces la primera figura de política en Valladolid, al lado de la princesa Juana de Austria— del mucho descuido que ha habido en no haberse proveído muchas cosas que fuera razón, y de ahí discanta y dice otras cosas bien sangrientas…[1550]

De pronto, después de tanto tiempo esperando aquel suceso, la llegada del Emperador les había cogido a todos desprevenidos. Y no porque su travesía fuera más rápida de lo corriente. De hecho, había durado dos días más que su primer viaje a España[1551].
Pero, por una u otra razón, en 1556 solo estaba en su puesto un alcalde de casa y corte, Durango, quien se encargaría de poner en marcha la impedimenta del César, con el acopio de todas las cabalgaduras y carros que eran necesarios.
Todo ello llevando un tiempo, de forma que Carlos V no se adentraría en España hasta una semana después.
Para entonces Luis de Quijada, su antiguo compañero de armas y uno de los nobles más allegados a su persona, ya le había alcanzado en Laredo[1552]. El fiel caballero había cumplido su promesa, haciendo en cuatro días las 44 leguas que le separaban de su señor, lo que entonces solo se podía hacer por la posta, lo cual a sus años no era poco[1553].
En cuanto a Carlos V, le vino bien la semana que hubo de esperar en Laredo antes de ponerse en camino hacia Yuste. Los doce días de navegación le habían fatigado, y aún tenía muchas jornadas por delante hasta llegar a su destino, que por el momento sería Jarandilla, dado que las obras de su palacete de Yuste todavía no habían terminado.
Unas obras sobre las que hacía proyectos, anhelando ya verse calentado por el sol de aquellos parajes de que tanto le habían hablado:

Quiere que el sol bañe las piezas —indicaba Quijada a Vázquez de Molina—, y también quiere sombra para salir alguna vez…[1554]

Esto es, cámaras soleadas donde reposar, pero asimismo buenas sombras por donde pasear en el buen tiempo; he ahí el sueño de un hombre fatigado por los incesantes problemas de Estado, que anhela vivir sus últimos días como un hombre cualquiera:

Viene tan recatado de tratar[1555] ni que le hablen negocio, que ni los quiere oír ni entender…[1556]

Hemos hablado algo del cortejo imperial: en torno a las 150 personas —aparte la pequeña guardia de alabarderos—, en su mayoría integrantes del servicio personal de Carlos V (casi todos ellos flamencos) y junto con ellos un puñado de nobles, entre los que destacaban tres de los Países Bajos: Jean Poupet, señor de La Chaulx, Florys de Montmorency, señor de Hubermont[1557], y el conde de Roeulx. Un pequeño cortejo a cuyo frente se pondría don Luis Quijada, señor de Villagarcía de Campos, en quien tanto fiaba Carlos V hasta el punto de confiarle entonces su gran secreto: aquel hijo, Jeromín, a que antes hemos aludido.
Todo a punto, pues, para el último viaje, para adentrarse en España, con un otoño que se anunciaba lluvioso.
Carlos V afrontó las molestias del camino con buen ánimo. No en vano se había convertido en el mayor viajero que recordaba la historia, acostumbrado a las inclemencias del tiempo y a las molestias que entonces suponía cabalgar o andar, cambiando cada noche de alojamiento, encontrándose con desiguales albergues y afrontando lo que cada jornada podía deparar de viento, lluvia, lodos o calores. Para el Emperador ya todo importaba poco, porque tenía la vista puesta en su etapa final: Yuste.
Y de ese modo fue franqueando la cordillera cantábrica, saliendo de Laredo el 8 de octubre y llegando a Medina de Pomar el 9. En Medina hubo de descansar, indispuesto por una indigestión, pero el 11 ya estaba otra vez en camino, para llegar a Burgos el 13, donde sería alojado regiamente por el Condestable.
Venía a ser como un desagravio hacia el otrora tan poderoso Emperador, que llegaba tan parco de cortejo:

Viene solísimo —exclamaría Quijada—. Espántame ver la poca gente que trae…[1558]

Pues nadie ha querido nunca —nadie en la política, se entiende— quedarse con los que abandonan el poder, sino los que se ven obligados a ello, y aun estos no ven la hora de desertar, salvo raras excepciones. No otra cosa pasaría con los que entonces seguían a Carlos V, una situación que no se podía escapar al afligido Quijada:

Todos éstos vienen descontentísimos —observa— y ninguno sabe qué ha de ser de sí…[1559]

Por lo tanto, un cortejo reducido y descontento. Incluso algunos caen enfermos, como les ocurriría a los tres nobles flamencos La Chaulx, Roeulx y Montmorency. Cosa que no podía ocurrir, al menos en ese número, a los españoles, pues Quijada sería el único en seguir al Emperador[1560]. De ese modo, cualquier atención hacia su figura (incluso rústicos presentes de comidas) era muy bien acogida por el fiel Quijada, quien comentaría a Vázquez:

… al menos, por las gentes…[1561]

Al entrar en la meseta las cosas fueron cambiando. En Medina de Pomar la mano solícita de la hija, la princesa Juana, acaso pesarosa del descuido anterior, le tenía preparada una grata sorpresa: dos baúles de víveres. El César al punto mandó abrirlos para disfrutarlos a su sabor; pues en él podía más su ansia de comida, muestra evidente de su propia enfermedad. Y hasta tal punto que en ocasiones no quería compartir con nadie —ni siquiera con su íntimo Quijada— de lo que la hija le iba obsequiando, lo que provocaba los naturales comentarios:

No dio ninguna parte a Luis Quijada, ni a ninguno de los otros, como algunas veces suele…[1562]

Estamos, por lo tanto, ante uno de los temas que podrían parecer menores: la comida del Emperador. En Burgos se siente bien y muestra antojo por las truchas[1563]. Y, en contraste, su fastidio por la vida mundana. Acepta, mal que bien, las atenciones que el Condestable le depara en Burgos; pero cuando el virrey de Navarra se anuncia, pretendiendo ser recibido en audiencia, se niega rotundamente, teniendo que conformarse el Virrey con ser recibido en visita privada, al margen de todo protocolo. Quizá por eso, cuando se avecina la entrada en Valladolid, Carlos V muestra su deseo de pasar desapercibido.
A partir de Burgos el itinerario del Emperador sería el más directo, adelantándose generalmente al cortejo de sus hermanas Leonor y María: Torquemada, Dueñas, Cabezón… En Cabezón, a la vista como si dijéramos de Valladolid, se plantea la cuestión del protocolo, pues Carlos V insiste en que quiere pasar de incógnito. Y Quijada tiene que hacerle reflexionar. Le hace ver que en la villa donde había tenido tantos años su Corte, la villa donde había nacido su hijo Felipe, todo el mundo esperaba su visita. La noticia de la llegada de Carlos V, del Emperador que había dejado el poder y que se dirigía a un rincón perdido en la Vera de Plasencia, se había corrido por media España. Y la gente quería ver, por última vez, a quien había llenado con sus hechos la historia de Europa durante casi cuarenta años, al sempiterno viajero que ahora hacía su último viaje.
El pueblo quería verlo y tenía derecho a ello:

Yo le dije ayer —es Quijada quien informa al secretario Vázquez de Molina— que S. M. mirara que lo deseaban ver y que no era justo que entrase tan escondido, sino que todos le viesen…

Y Carlos V accedió, porque aquellas razones eran para él irrebatibles, ya que se había pasado media vida recorriendo sus reinos para ver y ser visto por sus súbditos:

… y ansí le pareció que yo decía bien, y se resolvió conmigo que le llevase por donde quisiere, con tal que no fuese por la Puerta del Campo…[1564]

En Valladolid descansaría el César dos semanas, antes de reanudar su viaje. Era la última vez que vivía unas jornadas familiares, con su hija Juana, con sus hermanas Leonor y María y hasta con su nieto Carlos, al que conocería precisamente en aquella ocasión.
Para el Emperador era un momento deseado. Allí estaba su nieto preferido, el que llevaba su nombre, el que se suponía que algún día heredaría toda la Monarquía Católica. Sin embargo, no sacó buena impresión. El alocado muchacho, que entonces contaba once años, de enclenque desarrollo, preocupaba y no poco por las intemperancias de su carácter, y el Emperador tuvo ocasión de comprobarlo; pues al preguntar al César por sus campañas de soldado, cuando Carlos V acabó refiriéndose al peligro pasado en Innsbruck en 1552, cuando había estado a punto de ser cogido prisionero por las tropas rebeldes de Mauricio de Sajonia, logrando su salvación mediante la fuga, el nieto no lo pudo sufrir. ¿La fuga ante el enemigo? En vano Carlos V le hacía presente que él se hallaba desarmado, sin fuerza alguna con la que poder resistir a sus enemigos.
En vano. Una y otra vez el muchacho replicaría tercamente:

¡Yo jamás me habría fugado![1565]

Fue allí, cuando ordenó a don Luis Quijada que fuera a Villagarcía a por el hijo que cuidaba doña Magdalena de Ulloa, y que lo tuviera por paje, para así verlo ya a su lado.
En Valladolid, donde sería aclamado por el pueblo y donde sería reverenciado por la alta nobleza castellana, Carlos V recibió también una visita especial: la de tres monjes jerónimos, fray Francisco Tofiño, General de la Orden, fray Juan Ortega, el antiguo General, y el que había de acompañarle ya durante su estancia en Yuste, el prior del monasterio. Con ellos trataría, sobre todo, una cuestión que interesaba mucho al Emperador: la recomposición de la capilla musical que no le hiciese echar demasiado en falta la que había dejado en Flandes[1566].
Entraba ya el temido mes de noviembre, en el que el otoño, tras algún que otro resplandor, empieza a mostrar su rostro húmedo y desapacible. ¿Convendría esperar en la cálida corte familiar vallisoletana a la llegada de la primavera? Tal se atrevía a indicar algún que otro consejero. Pero el Emperador está demasiado ansioso de representar su nuevo papel. Para él es en Valladolid, en la antigua Corte, donde ya no encaja, donde está a disgusto.
Yuste gravitaba ya sobre su ánimo.
Así, tras despedirse de los suyos, de su hija, de su nieto y de sus mismas hermanas —que tomarían la ruta de Castilla la Nueva, para asentarse en el palacio que en Guadalajara poseía el duque del Infantado[1567]—, Carlos V salió de Valladolid y en Valdestillas tomaría ya solo su personal destino. Objetivo, Yuste. Ya nada le arredraba, aunque de pronto los días se cargaron de lluvias. «El peor tiempo del mundo», se lamentaría Quijada[1568], pero no el animoso Emperador a quien verse ya cada vez más cerca de su destino, parece rejuvenecer[1569]. En Medina tiene su último alojamiento digno de un César, como le prepara el consejero de Hacienda Rodrigo de Dueñas. Atraviesa la meseta por una ruta cuajada de pinares: Madrigal —de tantos recuerdos[1570]—, Paradinas, Peñaranda de Bracamonte. En Peñaranda duerme el sábado, 7 de noviembre. Y sin tomarse descanso, el domingo 8 ya está en Alaraz, el lunes 9 en Gallegos Solmirón, dejando a Piedrahíta a Levante. Todo en etapas en torno a las cuatro leguas (unos 25 kilómetros). El 10 de noviembre alcanza El Barco, al pie del impresionante sistema montañoso que es la cordillera de Gredos. La altura del lugar y lo avanzado de la estación hace que reciba con gratitud unas fuertes prendas de abrigo. ¡Hay que aprestarse a subir el Puerto de Tornavacas, a casi 1.300 metros! Por supuesto, lo hará en litera. Al anochecer del 11 de noviembre duerme en el pueblo del mismo nombre, a la vera del río Jerte, del que podrá saborear unas ricas truchas.
¡Ya se podía decir que estaba a la vista de Jarandilla! Su primera mansión, dado que las obras del palacete de Yuste aún no están concluidas.
En efecto, entre el pueblo de Tornavacas y la villa de Jarandilla apenas si hay 15 kilómetros, o dos leguas y media si empleamos las medidas del tiempo; distancia que se transforma en más de 100 kilómetros si hay que ir por el camino llano, hasta Plasencia, cogiendo desde allí la ruta de La Vera. ¡Pero eso serían como mínimo tres jornadas, acaso cuatro! Demasiado tiempo para un Emperador que está ansioso por alcanzar su destino.
Y de ese modo da una de sus últimas órdenes, que recuerdan al soldado a quien ningún obstáculo arredraba en sus campañas: atravesar el puro monte, por malos caminos, franqueando la fragosa sierra de Tormanto, entre alturas que bordean los 2.000 metros, para llegar en una durísima jornada a Jarandilla.
No podría hacerlo en litera, sino en silla de manos, y en ocasiones, a cuestas de los propios lugareños. Pero lo haría. Y por el entonces llamado Puerto Nuevo.
Es cuando pronunciaría otra de sus frases ya legendarias:

¡Ya no franquearé otro puerto que el de la muerte!

Y de ese modo, agotado[1571] pero feliz a su manera, Carlos V llegaba al castillo-palacio del conde de Oropesa, en Jarandilla, que aquel magnate había puesto a su disposición hasta que pudiera pasar a Yuste.
Era al caer la tarde del 12 de noviembre de 1556.
Comenzaba la etapa de Jarandilla. Y parecía comenzar con buen pie, porque allí le entregaría un presente de doña Magdalena de Ulloa aquel muchacho cuya vista tanto alegraba al Emperador: Jeromín, el futuro don Juan de Austria.

Capítulo 3
La etapa de Jarandilla

He vuelto a Jarandilla. He vuelto a alojarme en el viejo castillo que fue del conde de Oropesa, el mismo que recibió a Carlos V en aquella tarde otoñal del 13 de noviembre de 1556. He querido así revivir las últimas jornadas del Emperador, evocar sus últimos días, porque también hay que tener en cuenta la geografía, como un documento más que nos lleva al pasado, en especial cuando las cosas permanecen prácticamente intactas.
Y tal es el caso de los formidables muros del castillo, y tal es el caso de las impresionantes cimas de esta zona de la Sierra de Gredos en cuya falda se recuesta Jarandilla, con picos como la Cruz del Fraile, Picorzo o El Bercial, todos rondando los 1.500 metros.
En Jarandilla, donde le esperaba para rendirle homenaje y ofrecerle su mansión, el conde de Oropesa, Carlos V pudo respirar tranquilo; quien había andado tantos caminos, quien había cruzado Flandes, navegado por el mar de Poniente y atravesado media España —incluida aquella Sierra de Gredos—, podía dar por seguro que su objetivo, alojarse en el cercano palacete de Yuste, que apenas si distaba dos leguas, era cosa resuelta.
Y, sin embargo, tardaría más tiempo en cubrir aquellas dos leguas que en todo el recorrido anterior. La causa, la demora en las obras de su palacete, debido como siempre a la escasez del dinero.
Un mal que lo complicaba todo, pues incluso terminado Yuste, Carlos V se encontró con que le faltaban recursos para dar la última paga a todos los que debía licenciar, en su mayoría flamencos que regresaban a su patria. Eso prolongó más de lo debido la estancia imperial en Jarandilla, a lo largo de aquel invierno, hasta los primeros días de febrero de 1557.
Y ocurrió que el mal tiempo sacudió también a La Vera. Lluvia y niebla. Durante dos días no dejó de llover[1572]. Eso en un pequeño lugar hacía la vida insufrible para quienes no tuviesen el ansia de soledad de Carlos V. ¿Qué no sería en pleno extravío, como se aparecía Yuste?
Hoy ha esclarecido algo el tiempo, pero todos reprueban la estada aquí y ninguno aprueba la ida a Yuste…[1573] Todos menos uno: el Emperador. Incluso ante su fiel Quijada, que consideraba todo aquello un desatino, se mantenía en su decisión:

No responde sino que en todas partes en España ha visto hacer frío en invierno y llover, y con esto se nos salva…[1574]

Para defenderle contra el frío, sobre todo cuando caía la tarde, se le abrió una chimenea en su cámara, pudiendo así disfrutar de un buen fuego en aquel desapacible invierno, en el que la nieve blanqueaba las cercanas montañas. A la contra, cuando empezó a ceder el frío, el Emperador comprobó que no era falsa la información que le había llegado sobre el clima excepcional de La Vera. Su cámara daba a una galería bañada por el sol, desde la que se veía una hermosa campiña, con la flora mediterránea creciendo al pie del castillo. Y de tal forma que el propio secretario Gaztelu, de suyo tan prosaico, se siente inspirado y nos manda, a través de los siglos, como un perfume de las tierras donde crecen el naranjo y el limonero. Vemos al Emperador, al viejo o envejecido Emperador, disfrutando aquellos momentos ante la exuberante naturaleza de La Vera, y lejos del trepidante gobierno del mundo.
Tiene [el César] junto, pegado con su cámara, un corredorcillo donde bate el sol todo el día —es Gaztelu quien nos lo cuenta— y se está la mayor parte del [tiempo] allí, de donde tiene bien larga y alegre vista de huertas y verdura… Y añade, ya en plena inspiración:

… y debajo dél, un jardín, cuyo olor de cidras, naranjos, limones y otras flores se siente arriba…[1575]

¿Quién no es capaz de evocar ahora a Carlos V tomando el sol en aquel corredorcillo, mientras la vista se lanza hacia la lejanía y mientras le llegan desde abajo todos los olores de la incomparable flora mediterránea?
Sí, allí estaba, en su mirador de Jarandilla, reposando a su placer, el hombre que había recorrido medio mundo, que había combatido en los tórridos arenales de Túnez en pleno julio, cabalgado en las campiñas de Mühlberg o cruzado los puertos nevados de los Alpes, siempre yendo presuroso de un lado a otro, siempre inquieto, acosado por sus enemigos, bombardeado sin cesar por las novedades que sobre él caían; buenas, malas, increíbles algunas, pero todas obligándole a un esfuerzo de concentración, a una lucha constante para afrontarlas.
Ahora todo eso quedaba atrás.
Definitivamente, parecía que el Emperador había dado paso a un hombre sencillo que podía disfrutar, a su antojo, tomando el sol y dejando pasar el tiempo plácidamente, conformándose con la vista de la campiña de La Vera y con el perfume de sus cidras, sus naranjos y sus limones.
Por lo tanto, nada de renunciar a su retiro. El 25 de noviembre Carlos V se acercó a Yuste, para ver por primera vez aquel sitio «tan aislado» y comprobar la marcha de las obras, que parecía que nunca habían de acabar.
Volvió contento a Jarandilla:

¡No es tan fiero el león como lo pintan!

Tal fue su animoso comentario[1576].
¡El Emperador en La Vera! La noticia, como antes por Castilla la Vieja, corrió ahora también por Extremadura. Y los Grandes, pero también la gente menuda de los pueblos, dieron en mandarle presentes. Pero, ¿qué se podía mandar a aquel César que lo había tenido todo y que lo había dejado todo? ¿Qué a quien había sido el dueño de medio mundo y ahora vivía en casa ajena?
Muy sencillo: comida. En Carlos V, dejado el manto imperial, subsistía el hombre. Y un hombre a quien gustaba la comida, en ocasiones que comía con ansia, con voracidad; probablemente por efecto de una enfermedad[1577].
De modo que pronto empezaron a circular por los caminos de La Vera correos portando paquetes, más que cartas, para la cocina del Emperador.
Los envíos llegaban de sitios próximos, como la misma Plasencia, pero también de los más alejados, pues pronto la hija Juana, desde su Corte y centro de gobierno de Valladolid, procuraría hacerlo con asiduidad, y con ella empezaron a competir Grandes y prelados: el duque de Béjar, el arzobispo de Toledo —aquel Silíceo a quien Carlos V había confiado las primeras letras del príncipe Felipe—, el marqués de Denia. Llegaron presentes hasta de Zaragoza y de Sevilla, e incluso de Lisboa, donde su hermana Catalina le recordaba con tanto cariño. Pero, sobre todo, del monasterio jerónimo de Guadalupe, como hemos de ver.
A partir de esos momentos, uno de los capítulos que mejor conocemos es el de la mesa imperial.
Abundancia de platos exquisitos (carnes, pescados, confituras) que excitaron la añeja gula del Emperador. Con lo cual se le agravó su vieja enfermedad: la gota. En vano Quijada le repetía a su amo (tal el término del tiempo) que había un viejo refrán castellano: «la gota se tapa con la boca». Al César le sobrevino un fuerte ataque en diciembre, afectándole a medio cuerpo, y sobre todo a las piernas, para las que Carlos V encontró un remedio: baños de agua rosada y vinagre. Y eso lo sabemos, una vez más, por su fiel Quijada:

Halla descanso —le diría a Vázquez de Molina— en lavárselas con vinagre y agua rosada; y con esto, y con mojar unas calcetas de lienzo y ponérselas, descansa…[1578]

No fue solo la gota a mortificar al Emperador. También tuvo un ataque de hemorroides. Y como no cedían, el César acudió a un médico italiano, Giovanni Andrea Mola, que lo primero que ordenó fue la supresión de la cerveza. Con poco acierto, pues la cerveza estaba demasiado arraigada en la dieta imperial. Y así obtuvo la inevitable respuesta:

Y S. M. respondió que no lo haría[1579].

Así las cosas, entre achaques y atisbos de mejorías, vino lo que entonces más anhelaba el Emperador: el dinero. Y eso cuando avisaban del monasterio que las obras del palacete imperial estaban concluidas.
Era a fines de enero de 1557. Se podía organizar el traslado a Yuste.
Se podía pensar: ¿tan apartado estuvo ya Carlos V de la política que todo lazo quedó roto entre el Emperador y los negocios de Estado? Veremos que ese será uno de los temas principales de su estancia en Yuste hasta su muerte. En Jarandilla lo que le preocupó, sobre todo, fue atender a un requerimiento de su hermana Leonor. En efecto, Leonor de Austria recordó de pronto que en Portugal había dejado una hija: aquella princesa María, hija última de Manuel el Afortunado, que vivía en la corte de Lisboa, al lado de su hermanastro el rey Juan III y de su tía, Catalina de Austria.
Doña Leonor pretendía que María le acompañase en los últimos días de su vida; anhelo cada vez más fuerte en ella, pensando que era su única hija.
Pero había algunos inconvenientes, y no pequeños, pues María estaba demasiado ofendida. Ya podía considerarse un agravio, desde su punto de vista, el que su madre la hubiera abandonado a los pocos años de edad, para volver a la Corte imperial. Entre unas cosas y otras, hacía más de treinta años que María no veía a su madre; habría crecido como una huérfana, si no hubiera sido por el trato afectuoso de su hermanastro, el rey Juan III, y de su tía Catalina de Austria. Y lo que aumentaba más el agravio era el trato último recibido, cuando aquella Princesa había sido requerida para que se aprestase a ser la nueva esposa del príncipe Felipe y futura reina de España. Y eso había ocurrido recientemente, entre fines de 1552 y principios de 1553. Y las cosas habían llegado tan lejos, que se habían discutido pormenorizadamente los detalles del contrato matrimonial, la dote de la Princesa, etcétera. Y, de pronto, la bomba: la Corte imperial, ante la subida al trono inglés de María Tudor, había cambiado de idea; de forma que la Princesa se veía desplazada por la Reina.
Que, con tales antecedentes, se esperase que la corte de Lisboa atendiese a los deseos de Leonor de Austria, era harto problemático, aunque lo pidiese Carlos V[1580].
Sin embargo, el César lo hizo. De hecho, esa fue la primera y única misión que tanteó desde Jarandilla, el mismo día 12 de noviembre en que llegó al castillo del conde de Oropesa[1581]. Como resultado, el 14 de enero una embajada portuguesa entraría en Jarandilla. A su frente, el embajador Lorenzo Pires, el cual llevaba una contraproposición: que la Infanta saliera de Portugal, pero para casarse con un miembro de la Casa de Austria de Viena, ya con el mismo emperador Fernando I, dado que era viudo, o ya con cualquiera de sus hijos, los Archiduques todavía solteros[1582].
Por lo tanto, no faltaron a Carlos V los problemas incluso en su etapa de Jarandilla. De hecho, parecía que los echaba en falta, si hemos de creer a su secretario Gaztelu, cuando a fines de 1556 empezó a complicarse la situación internacional, tanto en la frontera de Flandes con Francia, como en Italia. Los rumores llegan hasta Carlos V, quien pide más y más información:

Porque huelga de entender estas cosas, y aun otras desta calidad[1583].

El viejo Emperador, aquel que se había pasado toda su vida entre los más graves problemas de Estado, volvía por sus fueros.

Capítulo 4
La entrada en Yuste

Antes de salir de Jarandilla Carlos V procedió a licenciar a todos los que ya no le habían de acompañar en su retiro de Yuste. Casi un centenar de antiguos servidores flamencos que habían de regresar a los Países Bajos, fueron despedidos, entre ellos los tres nobles que hasta entonces le habían acompañado: La Chaulx, Roeulx y Hubermont[1584].
Fue una despedida cargada de emoción. Como diría Quijada, testigo de excepción:

Es lástima ver partir una compañía de tantos años…[1585]

No menos emotiva fue la marcha de la escolta de 99 alabarderos que hasta entonces habían acompañado al Emperador. Los cuales, al ser licenciados del servicio imperial, arrojaron sus alabardas al suelo. Era el rudo lenguaje de la milicia, pero expresivo: a nadie más servirían, después de haberlo hecho a Carlos V.
De ese modo, aquellos soldados rendían su último homenaje al César.
Por fin, Carlos V en litera —que no de otra manera podía viajar—, abandonó Jarandilla, para salvar las dos leguas que le separaban de Yuste. A su lado, el conde de Oropesa, La Chaulx y Quijada, como representantes de la alta nobleza. Su cortejo, unos 50 criados para su servicio personal.
Lentamente, como lo exigía su quebrantada salud, fue avanzando Carlos V hacia su retiro. A las cinco de la tarde, entre el repiqueteo de las campanas del monasterio que anunciaban aquel acontecimiento, Carlos V alcanzaba el monasterio de Yuste. Su primera medida fue ir a la iglesia del monasterio para dar gracias por haber cumplido finalmente su viejo deseo, tan firmemente mantenido.
Allí estaba, ante la puerta de la iglesia, para darle la bienvenida, el padre Prior con toda la comunidad jerónima. Y tanta fue la emoción del Prior que al ver ante sí a personaje tan famoso, tanto se turbó que solo fue capaz de saludarle al modo frailuno:

Vuestra paternidad…

De ese modo tan gracioso, en momento que pudiera esperarse tan solemne, Carlos V hizo algo más que llegar a su destino: ingresar, aunque fuera únicamente por esa vía indirecta e inesperada, en la misma Orden jerónima.
Y sin duda todo ello le haría sonreír, benévolamente.
A continuación entró en la iglesia, rezó ante su altar mayor[1586], pasó al convento que visitó detenidamente, para al fin retirarse cansado a su nueva morada.
Por fin, Carlos V estaba verdaderamente en Yuste.
Era el 3 de febrero de 1557.

* * * *

También yo he vuelto a Yuste. ¿Cómo iba a faltar a esa cita?
Sí, he vuelto a Yuste. Ahora mismo contemplo, desde la mesa que mis amigos Rafael y Adolfo me han preparado, el pequeño jardín, los árboles centenarios y, si me asomo al mediodía, dejando por un momento la pluma y el cuaderno, el mismo estanque que el propio Emperador mandó construir al pie de su palacete.
Estoy en Yuste, hoy 23 de junio de 1999 para escribir desde aquí sobre los últimos momentos del César. Marcharé cuando termine lo que estoy haciendo, que es evocar los últimos momentos de Carlos V.
Si lo quieres, amigo lector, es mi homenaje personal al Emperador. Porque eso está claro: el mejor documento que nos habla de Carlos V en Yuste no está en Simancas, ni en las cartas recogidas por Mignet o por Gachard hace ya más de un siglo, y después tantas veces citadas por unos y otros. No. Todo eso es necesario e importante, pero nada puede compararse a la fascinación que provoca esta reliquia histórica: el palacete imperial adosado a la iglesia jerónima, en este perdido rincón de La Vera.
Aquí, en esta paz, en este sosiego, es como si uno se zambullera en el pasado y como si el Emperador surgiera de pronto para hablarnos de sus últimos anhelos.
De esa forma, una cosa se impone: el mismo Yuste.
Hablemos, pues, de Yuste; de su entorno, del palacete carolino, de la iglesia y del convento jerónimos.

§. El lugar
Yuste está a un cuarto de legua del lugar más cercano, Cuacos, y a siete leguas de Plasencia.
Por lo tanto, un lugar perdido, como lo fue hasta hace muy poco; no hay que insistir hasta qué punto lo sería a mediados del siglo XVI. De forma que las preguntas se disparan. ¿Por qué Yuste? ¿Cómo decidió el Emperador que ese era el lugar adecuado para su retiro? Y esta otra: ¿Desde cuándo dio en ello el César? Confieso que no poco tiempo estuve sin encontrar unas razonables respuestas. Y, sin embargo, están en los antiguos y recogidas por algunos de los modernos.
En efecto, Sánchez Loro en su libro La inquietud postrimera de Carlos V, comenta un texto de fray José de Sigüenza en su historia de la Orden Jerónima en el que dice cómo el César había ya ordenado en 1542 que una comisión eligiese un sitio y un convento adecuados para retirarse del mundo; y examinando varios (entre ellos el de Salvatierra de Barros), se decidieron por Yuste, como más apartado y de clima menos riguroso[1587]. Y lo cierto es que en ese año de 1542, estando Carlos V en las Cortes aragonesas de Monzón, tuvo la visita del duque de Gandía, aquel noble tan prendado de la Emperatriz y que había acompañado su cadáver desde Toledo hasta su primer enterramiento de Granada. Y ambos, el César y el Duque se hicieron sus confidencias, de cómo cada vez les pesaban más las cargas mundanas y cómo ambos deseaban cambiar de vida.
Acaso, también, el Emperador prefirió Yuste, sin conocerlo, por ser convento jerónimo y por las alabanzas que de La Vera le hizo alguien en quien mucho confiaba y que conocía bien la tierra; con lo cual estoy apuntando a don Luis de Ávila y Zúñiga, el compañero de armas de Carlos V en la guerra de Alemania[1588], marqués de Mirabel y vecino de Plasencia, donde tenía un hermoso palacio, que todavía hoy podemos admirar en la ciudad del Jerte. Pues Ávila y Zúñiga conocía bien La Vera y el César a buen seguro que habló con él inquiriéndole información sobre el lugar, sobre su apacibilidad y sosiego y sobre la bondad de su clima.
Insisto, y más ahora cuando escribo estas líneas de cara al jardín que se extiende a los pies del palacete imperial de Yuste, bajo la sombra de sus gigantescos árboles centenarios, hijos a buen seguro de aquellos otros que vieron los ojos del César: Yuste está inmerso en la Naturaleza. Un arroyo o garganta que baja de la sierra de Tormanto da nombre al monasterio, que se construye al refugio inmediato de esa sierra, de forma que el monte está literalmente encima de su cara norte. Es más, la sierra de Tormanto hace aquí un recodo para más abrigo del convento, tanto hacia el norte como hacia poniente, mientras el cerro de San Simón, que se alza al mediodía, entre Cuacos y Yuste, acaba de completar lo que podríamos denominar casi un circo natural en que se refugia el monasterio.
El refugio que buscaba el Emperador.
Un lugar en verdad paradisíaco.
El verde del follaje te envuelve por todas partes. Brilla el sol y ningún ruido rompe la armonía. Nada discanta. Solo se siente, como una música lindísima, el piar de los pajarillos. Aquí el naranjo, el limonero y el olivo se dan por doquier. El término medio de días soleados es muy alto, mientras que los arroyos corren y la arboleda es espesa. Lo cual quiere decir que el invierno depara muchas tardes soleadas y el verano sombras frescas y acogedoras.
Hace años, impresionado ante su vista, pude escribir:

… el sitio es de una agreste belleza y tiene un aire de paraíso perdido lo que, sin duda, era lo que el César andaba buscando y lo que acabó por atraerle…[1589]

§. El palacete de Carlos V
Yuste era un lugar perdido, ya lo hemos dicho, al que había que llegar tras un cuarto de legua de continua ascensión, donde solo había un convento de la Orden Jerónima con su iglesia construida en la Baja Edad Media, bajo el patrocinio de los condes de Oropesa. Y nada más. Ni siquiera cuatro casuchas de aldeanos. Por lo tanto, vida monacal en medio de la Naturaleza. Por lo tanto, soledad.
Allí, adosado a la iglesia conventual, ordena Carlos V alzar su nueva y postrera morada. Se asciende a ella por una rampa, no por escalinata alguna; no para subirse a caballo, como en alguna ocasión se ha dicho por gente escasamente informada[1590], sino como últimamente se traslada en sus viajes: en litera o en silla de mano.
El palacete[1591] consta de dos plantas semejantes, alta y baja, con una misma distribución: cuatro piezas en cada una, separadas por un pasillo central con el que todas se comunican. Por lo tanto, nos basta con describir la más alta, en principio pensada para el invierno, pero que sería prácticamente la usada casi todo el año. A la izquierda del pasillo están la antecámara y la cámara imperial; esta con ventana dando sobre el interior de la iglesia, de forma que el Emperador pudiera asistir a los oficios divinos los días en que sus achaques le tenían postrado en el lecho. Al otro lado del pasillo nos encontramos con otras dos piezas, más luminosas, como dando al mediodía: la que serviría de comedor y la que sería utilizada como sala de audiencias. Y, de cara al estanque, la solana desde donde gozaba el César de la vista hacia el mediodía, entre árboles bien espesos, con el estanque al pie, y con algún arroyuelo más al pie todavía, donde según la leyenda gustaba de pescar sus buenas truchas.
Otras cuatro piezas puede contemplar el visitante: dos de ellas a un lado y otro de la solana; se trata de dos piezas pequeñas, una que serviría de retrete y otra donde pudiera el César aislarse con algún visitante que pidiera conversación más secreta.
La tercera pieza obliga a pasar por otra terraza. Es muy recogida y fácil de caldear. Era la estufa, donde Carlos V combatía mejor el frío. Se encuentra al sudeste, adosada al segundo retrete[1592].
La cuarta pieza que falta por reseñar es la que pudo servir como dormitorio a Felipe II cuando, al visitar el lugar, tras la muerte del Emperador, no quiso utilizar la cámara de su padre, como un homenaje a su memoria. Está al pie de la antecámara y debió de tener igual destino para quienes velasen el sueño del Emperador día a día.
En cuanto al cortejo más vinculado al servicio cotidiano de Carlos V, se habilitó una parte adosada al claustro nuevo, en el ángulo nordeste del palacete, pero cegando sus accesos al monasterio; alojándose el resto de la servidumbre en los lugares cercanos, en particular en Cuacos, donde también se instalaría en el verano de 1558 doña Magdalena de Ulloa con aquel muchacho, Jeromín, de trece años de edad[1593], que tanto alegraría alguna de las últimas jornadas imperiales.
Como hemos dicho, la parte alta del palacete se alcanza por una rampa, que permitía al Emperador subirla en litera. Está a poniente, con amplia marquesina sustentada por graciosas columnas y adornada con una graciosa fuentecilla; de forma que no solo servía de cómoda entrada a las piezas destinadas al Emperador, sino también para que en ella pudiera reposar al aire libre y a la sombra en los días calurosos del verano; de lo que tenemos buena constancia, puesto que comiendo en ella el postrero día de agosto de 1558, le acometió el mal del que ya no sería capaz de recuperarse.
En conjunto, estamos ante una pequeña mansión, que se adornaría con ricos tapices flamencos, pero que por su traza nos recuerda más a las villas de campo que la nobleza italiana alzaba entonces cerca de sus ciudades. En todo caso, un palacete que asombra más por su sencillez que por otra nota, como señalarían los mismos que en sus principios la vieron, comparándola con el suntuoso castillo-palacio de Jarandilla.
Un palacete, en suma, de traza sencilla, conforme al coste total de su obra: algo más de cinco millones de maravedíes[1594]. Pero en su conjunto, parecía englobar algo de los cuatro pueblos más vinculados al Emperador: adornado con el águila imperial que recordaba las tierras germanas, tenía una traza de villa renacentista italiana, estaba profusamente adornado con tapices flamencos y se hallaba asentado en ese corazón de España que es el Yuste extremeño.
De ahí que todo este Epílogo pueda llevar este título: El hombre de Yuste.

Capítulo 5
El séquito imperial

Un notable documento recogido por el cronista Sandoval nos permite asomarnos con gran fiabilidad a la vida cotidiana del Emperador en Yuste. Se trata de la nómina de los servidores que hasta allí le habían seguido, y que Carlos V envía a su hijo, para que, en su día, le fuesen pagados sus servicios. En esa nómina aparecen no solo los nombres, marcando su nacionalidad, sino también sus oficios.
En su conjunto, interesa confrontar ambas cosas: los oficios, porque eso nos da una visión de la vida cotidiana del Emperador, y las nacionalidades, lo que sin duda merece también su comentario. Teniendo en cuenta que la vida religiosa de Carlos V iba por otros cauces, quedando a cargo de la comunidad jerónima del monasterio, así como la que podríamos denominar su pasión musical. Pero el resto de las necesidades del César quedarían a cargo de ese cortejo. De ahí que su análisis sea tan revelador.
Nos encontramos con 51 personas. Empecemos por lo que podría denominarse pequeño Estado Mayor, presidido por don Luis Méndez de Quijada, el señor de Villagarcía de Campos. Es el único miembro de la alta nobleza que acompaña en Yuste a Carlos V, un noble castellano plenamente entregado al Emperador y en quien el César confía tanto que hasta le hace depositario de su gran secreto[1595], como ya hemos indicado. Con don Luis, o con Quijada, como es frecuente que aparezca en la documentación, Carlos V será con quien comente los sucesos más graves de la Monarquía, cuando muy pronto empiece esa información a llegar a Yuste.
A ese pequeño Estado Mayor hay que incorporar a Martín de Gaztelu, a quien Carlos V señala con este importante título: «mi secretario». Asimismo, al que ponía en limpio las cartas imperiales, otro Martín —Martín de Soto—, «que me sirve de escribiente», como especifica el Emperador. Por lo tanto, un pequeño Estado Mayor de tres personas y todas españolas.
El cuidado de la salud de Carlos V corría a cargo del doctor Enrique Mathys, «mi médico», un flamenco, como lo eran los cuatro barberos que, conforme a los usos del tiempo, hacían algo más que cuidar de las barbas del Emperador; una prueba más, entre otras muchas que tenemos, del valor que se daba entonces a la Medicina de los Países Bajos. También eran flamencos el boticario, Van Overstraeten, si bien tenía por ayudante a un español: Pedro Guillén.
Los aspectos culturales caían bajo la jurisdicción de un ayuda de cámara, hombre de letras, el flamenco Guillermo Van Male, a quien ya hemos visto ayudando al Emperador a escribir sus Memorias, en aquella jornada fluvial sobre el Rhin en junio de 1550; y el hecho de que le veamos acompañando al César a Yuste nos hace pensar en que Carlos V tenía el propósito de continuar aquellas Memorias, si bien no lo acabaría haciendo. Y junto con Van Male, hay que citar ahora a un italiano, el matemático Giovanni Torriano, experto en algo que atraía fuertemente al César: los relojes. De forma que Carlos V, cuando se refiere a él en la nómina de los criados, que le acompañan en Yuste, diga de él «mi relojero», y que aluda al
… pie de reloj que me ha hecho… Este Torriano tenía su ayudante, probablemente otro italiano, Jorge de Diana «mozo de Juanelo, mi relojero». Habría que añadir otro relojero flamenco, Jean Balin, que nos prueba que Carlos V quería tener bien atendida su colección de relojes.
Los servicios palatinos estaban todos a cargo de flamencos: cuatro ayudas de cámara —incluido el citado Van Male—, con un ayudante; Guyón de Morón, «mi guardarropa», y Jean Martin Ester, su «guardajoyas».
Y entramos ya en todo lo concerniente a la mesa del Emperador. Aquí nos encontramos con la gruesa de su servidumbre: dos cocineros, tres panaderos, uno al frente de la cava (esto es, del agua y del vino), un cervecero, un tonelero, un pastelero, un salsero, un frutero, un gallinero, un cazador y un hortelano, en su mayoría con sus ayudantes respectivos. En total, veinte personas, casi todas ellas flamencas, salvo dos de los panaderos, uno alemán y el otro español. También eran españoles uno de los cocineros (Enrique de la Puerta), con su ayudante, el cazador Juan Ballestero, y el hortelano Pascual Gómez (estos dos últimos, acaso de La Vera). Por lo tanto, 16 flamencos, 6 españoles y un alemán.
Quedaban algunos otros servicios, como el cerero (tan indispensable en aquella época), a cargo del flamenco Jean Geatan. Caso aparte era todo lo concerniente a la lavandería, donde aparecen las dos únicas mujeres del servicio de Carlos V en Yuste, una de ellas la esposa de Van Male, Hipólita Reynier, que cuidaba de lo que se llamaba lavandería de «corps», mientras la segunda, Isabel Plantin, lo hacía con la «lavandería de boca».
Además hay que citar los encargados de los traslados de Carlos V, quien, como tan gotoso, apenas si se podía mover más que en litera. La nómina nos da aquí tres nombres (dos de ellos españoles y el otro flamenco), con el título de «ayuda de litera».
Aún restan otros cuatro personajes, en cierto sentido no tan vinculados al servicio directo del Emperador: el franciscano Jean de Hals, «natural de Flandes», que era el confesor de la servidumbre flamenca; y los tres que en Cuacos velaban por la Justicia, los cuales, por supuesto, eran todos españoles: el licenciado Murga, el escribano Juan Rodríguez y el alguacil Francisco de Malaguilla.
Lo reseñado sirve para dejar esclarecido que la mesa de Carlos V estaba bien servida, de una forma directa, sin más conexión con el monasterio jerónimo que algún esporádico intercambio[1596]. La cocina imperial en Yuste tenía su propia estructura. También sus propios aprovisionamientos, ya de la comarca misma (de ahí ese hortelano y ese cazador que aparecen en la nómina), ya gracias a los envíos, con frecuencia suculentos, llegados de diversas partes. Estaban los mandados por la princesa doña Juana a su padre desde Valladolid, los hechos por el arzobispado de Toledo, los ofrecidos por magnates de la zona, como el conde de Oropesa y como don Luis de Ávila y Zúñiga (este desde Plasencia), y, sobre todo, los notables presentes que hacía de modo regular, cada semana, la comunidad jerónima de Guadalupe, que se sentía tan vinculada al Emperador[1597].
Curiosamente, también nos encontramos aquí con los cuatro pueblos sobre los que gobernó Carlos V: flamencos, españoles e italianos y un alemán. Ahora bien, como en su ejército, tampoco asistimos a una mayoría española, pues las cifras son palmarias: 34 flamencos, 14 españoles, 2 italianos y un alemán.
Y ya, precisando la participación nacional en cada oficio, añadir que la asistencia médica, las ayudas de cámara y la cocina estaban prácticamente en manos flamencas, que lo que hemos denominado pequeño Estado Mayor, así como la Justicia y el transporte lo acaparaban los españoles (con alguna inserción en la cocina y en esas dos funciones tan de la zona, como era la caza y la huerta), quedando la participación italiana y la alemana reducida a los casos singulares del matemático Giovanni Torriano (con su ayudante), y del panadero alemán Martin Arch[1598].
Y una última consideración: esa nómina no era para el abono de los haberes de aquellos «criados»[1599]del Emperador, sino para marcar las cantidades que se les debía pagar anualmente de por vida, a raíz de la muerte del César. Y así se lo indicaba Carlos V a su hijo:

… la pensión que… les he mandado señalar, para que gocen de ella durante su vida, desde el día que Nuestro Señor sea servido de disponer de mí en adelante…[1600]

Tal pedía Carlos V a su hijo Felipe II.
De ese modo quería recompensar el César a quienes le habían seguido hasta su retiro de Yuste.

Capítulo 6
Las relaciones con la comunidad jerónima

La comunidad jerónima de Yuste cubriría dos necesidades del Emperador: la fundamental de atender a su vida religiosa, más otra muy reveladora de su personalidad, como era su pasión musical. Para esos dos cometidos fueron cuidadosamente escogidos los 38 frailes jerónimos llevados a Yuste.
En cuanto a la vida religiosa, puede decirse que quedaría a cargo sobre todo de cinco frailes. El primero, y sin duda el más destacado, fray Juan Regla, con la delicada misión de ser el confesor. El segundo, fray Bernardino de Salinas, tenía a su cuidado las lecturas piadosas; era el lector. Los otros tres se turnaban como predicadores: fray Francisco de Villalba, fray Juan de Azaloras y fray Juan de Santander. A citar también el que fue Prior, fray Martín de Angulo, a quien la princesa Juana encargaría que escribiese la crónica del Emperador en Yuste[1601]. De todos ellos, y con mucho, el que vivió más estrechamente con Carlos V fue, como se puede suponer, su confesor, el citado fray Juan Regla, un hombre sencillo y, a la vez, de notable formación teológica, que ya había estado en las primeras sesiones del Concilio de Trento.
La otra cuestión, la capilla musical que Carlos V quiso tener en Yuste, trató de lograrse escogiendo y llevando allí a los frailes jerónimos de los distintos monasterios hispanos con fama de buena voz. De forma que en una relación mandada por Quijada y Gaztelu al Rey, sobre los jerónimos de Yuste dignos de recompensa, aparecen tres frailes tenores, dos contraltos, dos contrabajos y hasta dos de voz atiplada; y, por supuesto, un organista[1602].
¿Asistió Carlos V a las sesiones de música sagrada de aquellos frailes jerónimos? Sin duda alguna, ya yendo a la iglesia, ya desde su propia cámara, en los días en que estuviera más aquejado de sus dolencias; otra cosa es que acudiera al coro, para escuchar allí a los frailes cantores, sentándose a la derecha del padre Prior, como quiere la tradición de la Orden[1603]. Quizá lo haría alguna vez, y de forma muy excepcional, en cuyo caso tendría que haber sido bien asistido para subir aquellos escalones; pues no se puede pensar de otro modo, dada su quebrantada salud y la dificultad que tenía para moverse, atenazado como estaba por la gota. Pero, de una forma u otra, disfrutó de la música religiosa cantada por aquellos jerónimos, y bien se puede creer que alabase o censurase sus diversas actuaciones, como se desprende del testimonio de fray Martín de Angulo, tal como nos lo transmite Sandoval:

… y, si alguno se erraba, decía consigo mismo: « ¡Oh, hideputa Bermejo, que aquel erró!», o otro nombre semejante[1604].

§. Un día de Carlos V en Yuste
Podemos evocar un día cualquiera de Carlos V en Yuste, uno de aquellos en los que, relativamente liberado de sus dolencias, hacía lo que podríamos entender como una vida, hasta cierto punto, normal.
Ante todo conviene recordar, a este respecto, que el interior de su palacete estaba confortablemente amueblado, dentro de lo que permitía la época; con habitaciones abrigadas con profusión de tapices flamencos y adornadas con algunos cuadros —entre los que destacaba nada menos que «La Gloria», de Tiziano—, conteniendo abundancia de mapas y, sobre todo, de relojes; y también donde podían verse algunos libros, en su mayoría piadosos, pero con algún otro profano, como El caballero determinado, de Olivier de la Marche, y como Los Comentarios de Julio César.
Pues bien, con los debidos matices, según fuese la estación del año y según amaneciese el tiempo, podríamos presentar así un día en la vida del Emperador en Yuste. Al despertar, lo primero era una colación, y no pequeña; tal lo exigía su enfermedad, esa ansia de comer y beber, fruto probablemente de la diabetes que presumiblemente le afectó en sus últimos años; y eso hasta tal punto que gozaba de un Breve pontificio para hacerlo en los días en que comulgaba, pese a que entonces —como hasta hace bien poco— la norma eclesiástica exigía el ayuno antes de comulgar, como es tan sabido. A continuación entraba fray Juan Regla en su cámara, para rezar con él las primeras oraciones. Después de lo cual se entretenía frecuentemente con sus relojes: era la hora de Giovanni Torriano. A las diez se aseaba y vestía, auxiliado por sus barberos y sus ayudas de cámara. La primera salida que hacía por la mañana era para oír la misa en la iglesia del convento. Comía a mediodía, bajo la vigilante mirada del doctor Mathys. Era una hora de conversaciones profanas, tanto con Mathys como con Van Male, a quien ya hemos visto que hacía las veces de secretario privado. A continuación entraba fray Juan Regla, quien le leía algún texto piadoso, para comentarlo más tarde con el Emperador. Sobre las dos de la tarde, Carlos V se echaba una ligera siesta, conforme a la costumbre española, más imperiosa sobre todo en la época estival. A las tres se levantaba. Los miércoles y viernes había sermón en la iglesia del monasterio, y Carlos V gustaba de asistir a ellos; los otros días de la semana corría a cargo de fray Bernardino de Salinas cumplir con su tarea de lector. A partir de aquella hora, los cuidados del jardín, la pesca en el estanque, en ocasiones, y, sobre todo, las visitas, llenaban las más de las tardes del Emperador, que a buena hora se retiraba para hacer su última colación y descansar.
La tradición entre la comunidad jerónima señala que Carlos V, en los días buenos, se acercaba a visitar la ermita de la Virgen. En cuanto a su afición a la pesca, no es fácil que lo pudiera hacer desde la solana, ya que el estanque queda algo apartado; en todo caso lo haría sobre un regatillo que entonces discurría al mediodía del palacete.
¿Gustaba de cabalgar por aquellos alrededores tan hermosos, por el boscaje que hay entre la sierra de Tormanto y el cerro de San Simón? Que tuviera ese deseo es una cosa; que pudiera realizarlo, otra muy distinta. De hecho, se desprendió prácticamente de todos sus caballos, salvo una jaquilla, quedándose solo con algunas mulas. Y si hemos de creer a fray Martín de Angulo, una vez que quiso montar la jaquilla lo pasó tan mal, que al punto pidió auxilio:

… comenzó a dar voces que le bajasen, que se desvanecía, y como iba rodeado de sus criados le quitaron luego[1605]

Con lo cual, se le quitaron al Emperador las ganas de volver a cabalgar. En ese sentido, el texto es bien preciso:

… y desde entonces nunca más se puso en cabalgadura alguna…[1606]

Ya no parecen tan seguras otras anécdotas, que nos transmite Sandoval, como la de celebrar sus funerales en vida, aunque resulte chispeante su conversación con el barbero:

—Nicolás, ¿sabes qué estoy pensando?
Respondió: — ¿Qué señor? —Que tengo ahorradas dos mil coronas y quería hacer mis honras con ellas.
Y como Nicolás replicase (que era hombre decidor): —No se cure S. M. de eso, que si muriese, nosotros le haremos las honras.
Díjole: —Oh, cómo eres necio; igual es llevar el hombre la candela delante que detrás…[1607]

Más apariencia de verdad tiene la llegada de los visitadores generales a la Orden, para hacer su inspección al monasterio de Yuste; los cuales hicieron también sus cargos al Emperador, en particular por los presentes, en comida o en dinero, que había hecho a los monjes; lo cual turbó no poco a Carlos V[1608].

Capítulo 7
Las visitas

Al principio, la vida en Yuste era de infinita soledad, mejor apreciada por Carlos V que por los que le acompañaban, en particular por Quijada, triste por la separación de su esposa[1609] y por tener que dejar todas sus cosas. De ahí su lamento, a poco de llegar a Yuste:

Muy sola es la vida de aquí y muy triste. Si S. M. ha buscado soledad, a fe que la ha hallado[1610].

Pero pronto empezaron a llegar las visitas.
Los más asiduos visitantes de Carlos V fueron los nobles cercanos: el conde de Oropesa don Fernando Álvarez de Toledo, atraído por la personalidad de Carlos V desde su estancia en Jarandilla, donde había sido su huésped, y don Luis de Ávila y Zúñiga; que tenía su casona-palacio en Plasencia. Particularmente, Carlos V gustaba de la conversación del noble placentino, su antiguo camarada de armas, con quien podía recordar las comunes hazañas bélicas, en particular las campañas de la guerra de Alemania. El fiel soldado era un gran entusiasta de Carlos V, lo que le llevaba a exagerar desmesuradamente sus victorias, y esto hasta tal punto que el propio Emperador tenía que irle a la mano. Así, Zúñiga le dijo cómo estaba decorando su casona de Plasencia con unos murales[1611], en los que se pintaban escenas de las últimas campañas contra los franceses de 1554 en torno a Renty, con su desordenada y humillante retirada; y el César le pidió que mandase al artista rectificar la escena, pues no cabía hablar de retirada vergonzosa de los franceses sino, por el contrario, de muy honrosa. Y lo cierto es que la documentación sita en Simancas prueba el alivio que aquel día sintió el César cuando, ante su sorpresa, los franceses abandonaron la lucha[1612].
De igual modo podrían recordarse otras dos visitas, en este caso de dos santos: san Pedro de Alcántara, el gran santo extremeño fundador de la congregación de Franciscanos Descalzos de tan extremado rigor, y san Francisco de Borja. El santo extremeño debió de admirar a Carlos V por su vida tan austera, siendo fama que le pidió que se aviniera a quedar a su lado, para tenerlo como confesor[1613].
En cuanto a san Francisco de Borja, todo contribuía para que Carlos V disfrutara con su compañía, ya que era un viejo conocido, como caballero que había sido de su Corte, desde los tiempos en que vivía la Emperatriz. La estrecha vinculación del santo a la casa imperial se probó cuando fue el encargado de acompañar el cuerpo de la Emperatriz desde Toledo hasta su enterramiento en Granada. También debía de ser notoria su admiración por aquella mujer que tenía enamorada a toda la Corte, desde el Emperador hasta el último de los pajes, y bien conocida es la leyenda de la forma en que su muerte afectó al futuro santo, llevándole a dejar el mundo. De forma que si con Zúñiga departía gustoso el César sobre sus hechos de armas, con san Francisco de Borja —aparte de los asuntos de Estado, que más adelante hemos de ver— gustaba de hablar sobre temas espirituales. Hacía años —en 1542— que ambos se habían hecho la confidencia de su hastío del mundo. Carlos V veía en el noble duque de Gandía a quien, como él, había sabido despreciar las galas cortesanas. En aquel terreno, ambos habían hecho una promesa y ambos la habían cumplido. Fue a san Francisco a quien el Emperador confesó sus escrúpulos por haber caído en el pecado de vanidad, si tal se podía llamar por haber escrito sus Memorias[1614].
A partir del verano de 1558 otra visita, y muy especial, animaría a Carlos V: la de aquel muchacho, criado primero toscamente en Leganés y puesto más tarde en las amorosas manos de doña Magdalena de Ulloa, aquel Jeromín que entonces ya era un muchacho de gentil aspecto con sus trece años cumplidos, a quien ya hemos visto entregarle un presente en Jarandilla. En aquel verano, el Emperador ordenaría a Quijada que fuera en busca de su esposa y que volviera a traer a Jeromín, con gran sentimiento del fiel cortesano, por la dificultad que había en alojar debidamente a doña Magdalena en aquellos contornos. Pero a todas las evasivas de Quijada, Carlos V insistía con su deseo, contestándole

… que es verdad todo lo que digo, y más otras cosas, mas que conviene a su servicio que yo venga, y con mi casa…[1615]

Ese debate ya se tenía en 1557, de forma que Carlos V tardó en conseguir su deseo, hasta que al fin lo vería logrado meses antes de su muerte. Procurando, eso sí, el mayor de los secretos sobre la paternidad de aquel muchacho, aunque estuviese ya en boca de todos; pero el buen Quijada lo procuró, de forma que en su correspondencia, incluso con Felipe II, nada deja escapar, salvo alguna velada alusión, como cuando le informa de estar ya en Cuacos con su esposa doña Magdalena de Ulloa:
Después de haber hecho en Valladolid lo que S. M. me envió a mandar…, me volví a mi casa, de donde partí lo más brevemente que pude…
Y añadía, con cierta ingenuidad:

… con doña Magdalena y lo demás…[1616]

Nunca, en dos palabras tan sencillas, se metió una personalidad tan grande. En todo caso, Carlos V pudo recibir a doña Magdalena acompañada del futuro don Juan de Austria, siendo aquella visita uno de sus últimas alegrías. Y como era algo que tenía tan en su corazón (asegurar su noble linaje), fue también una de las últimas misiones que encargó a Quijada; de forma que, cercana ya su hora postrera, ordenó salir a todo el mundo para quedarse a solas con su fiel amigo e indicarle lo que había de pedir en su nombre al Rey, su hijo. Y Quijada se lo adelantaría por carta a Felipe II:

… lo que más sobre esto me dijo[1617] y sobre lo que V. M. sabe que está a mi cargo, quedará para cuando V. M. venga…[1618]

De esa forma procuraba Quijada guardar el secreto del Emperador.
En vano. Cuando muerto Carlos V se presenta con su casa en Valladolid comprueba acongojado que era algo del dominio general, y así se lo expresa, apenado, a Felipe II:

Hallo tan público aquí lo que toca a aquella persona que V. M. sabe que está a mi cargo, que me ha espantado…[1619]

Capítulo 8
Otra vez la gran política
[1620]

Aunque Carlos V tuviera tan sincero deseo de abandonar el mundo y que el mundo se olvidase de él, pronto las cosas ocurrieron de otra manera. Es un tema muy bien señalado por los historiadores del siglo XIX, en particular por el belga Gachard y por el francés Mignet, que pudieron utilizar el acopio documental que sobre Carlos V en Yuste custodia el Archivo de Simancas y que había copiado aquel infatigable archivero de principios de siglo que se llamó Tomás González. Yo mismo estudié el tema con cierto detenimiento[1621], recogiendo, en suma, lo siguiente:
En primer lugar que se aprecian dos focos diferentes que enumeraré conforme fueron apareciendo (luego se entrecruzarían): el portugués, entre familiar y político, que afectará al Emperador desde un principio, y el de la complicación internacional, con la alianza de Roma y Francia contra su hijo (que recordaba la que él mismo había padecido treinta años antes).
La cuestión portuguesa arrancó desde el primer momento en el que Leonor de Austria decidió acompañar a su hermano a España, junto con María de Hungría; pues la que había sido reina de Portugal y esposa de Manuel el Afortunado dio en pensar que allí había dejado una hija, la princesa María, y que ya que ella había decidido pasar los últimos años de su vida en España, bueno sería que aquella hija abandonase la corte de Lisboa para vivir con su madre.
Ahora bien, las relaciones con la corte de Lisboa se habían enfriado desde que el Emperador había negociado la boda de la princesa María con su hijo Felipe; boda rota, cuando estaba a punto de consumarse, porque en el horizonte diplomático apareció una nueva estrella, María Tudor, reina de Inglaterra. Y sabido es que las princesas por muy ricas (y la portuguesa lo era) y por muy hermosas que sean, palidecen todas ante una Reina. Así las cosas (Felipe II convertido en rey-consorte de Inglaterra y la Princesa portuguesa compuesta y sin novio), bien se puede comprender que tal cambio provocó un profundo malestar en la corte de Lisboa. Sarmiento, el embajador imperial, no sabía cómo allanar las cosas. De hecho, no era nada fácil, y el propio Carlos V lo resumiría a Felipe II con este juicio sobre lo que había contestado al embajador portugués Bernardino de Zamora:

Y en lo de la infanta doña María, en que también habló, apuntando su descontentamiento y la causa que tenía, habiendo pasado tan adelante la plática del matrimonio, le replicamos lo necesario, sin querer justificar ni ahondar la materia, en lo del cumplimiento de la dote ni en lo demás…

Era evidente: de cara a Portugal la situación era sumamente embarazosa y Carlos V la resumiría con esta frase:

… porque cuando estas cosas son pasadas, lo mejor es disimular…[1622]

Eso refleja bien la situación. Para Carlos V lo mejor era olvidar aquel desaire; estaba por ver si la parte agraviada pensaba lo mismo. En todo caso, la petición de su hermana Leonor, tan deseosa de verse con su hija, sería apoyada por el César desde un principio, y para tal fin mandaría un emisario especial a Lisboa nada más llegar a Jarandilla el 12 de noviembre de 1556. Sería la misión de don Sancho de Córdoba, a que antes hemos aludido.
No tardaría en llegar la respuesta de Portugal: la princesa María solo abandonaría Lisboa si era para casarse como su dignidad requería. Y eso, a juicio de Juan III, solo podía ser nada menos que con el nuevo Emperador, Fernando de Austria (¿acaso no había enviudado?) o, en su defecto, con cualquiera de sus hijos, los Archiduques austriacos. Juan III se hacía solidario, de ese modo, con la postura de su hermanastra[1623], que sentía viva repugnancia a entrar como princesa soltera en un país al que había sido designada para hacerlo como la futura reina.
Pese a tales dificultades, Carlos V tomó muy a pecho apoyar a su hermana. Fue un forcejeo diplomático, en el que el tacto político de Carlos V logró el triunfo: al fin Juan III accedió a consentir en la salida de la infanta María.
En ello tuvo gran efecto la gestión del Emperador con la reina Catalina, su hermana, a quien escribiría en estos apretados términos:

… le ruego, cuanto puedo que, pues ha trabajado tanto en este negocio y la Reina, nuestra hermana, viene en su edad hacer lo que dice por ver a su hija, que ponga V. A. la mano en ello tan de veras que se consiga lo que pretende con la brevedad que ella desea, que en ello recibiré mucho placer[1624].

Cuando las negociaciones habían llegado a ese buen término, la muerte del soberano portugués vino a demostrar que otra voluntad más difícil de reducir se oponía a la solución deseada por la reina Leonor. Todas las presiones realizadas sobre la Princesa fueron inútiles. Lo más que se pudo lograr fue que consintiera en tener una entrevista con su madre en Badajoz, la cual se celebró a principios de 1558, pero sin que por ello la reina Leonor —que había ido acompañada de su hermana, la reina María de Hungría— lograse enternecer a su hija, que regresaría a Lisboa.
La triste decepción acabó por quebrantar la salud de la reina Leonor; el 18 de febrero de 1558 moría en el pequeño lugar extremeño de Talaveruela[1625], sito a una jornada de camino de Badajoz. Tal desgracia había de repercutir dolorosamente en el ánimo de sus hermanos Carlos y María:

Halo sentido la majestad de la reina de Hungría de manera que es lástima vella —nos informa Quijada, a quien Carlos V había enviado con toda urgencia, cuando tuvo noticia de la grave enfermedad de su hermana mayor—, porque habiendo de comunicar conmigo cosas que S. M. mandaba, y deseándolo S. M., jamás pudo hablar, porque las lágrimas y los sollozos eran tantos que nunca pudo acaballo consigo[1626].

Un golpe que también afectó vivamente a Carlos V, pues no en vano había sido Leonor la hermana preferida, la compañera de los juegos infantiles en la Corte de su tía Margarita en Malinas, la que le había acompañado, gozosa, en aquel primer viaje a España de 1517, tan lleno de esperanzas e ilusiones.
Ahora, doña Leonor había muerto:

Sintiólo cierto mucho —escribe Gaztelu, que fue quien le dio la noticia— y se le arrasaron los ojos, y me dijo lo mucho que él y la de Francia se habían siempre querido, y por cuán buena cristiana la tenía, y que le llevaba quince meses de tiempo y que, según él se iba sintiendo, de poco acá podría ser que dentro dellos le hiciese compañía…[1627]

Fue entonces cuando María de Hungría se alojó, con cuatro de sus damas, en la misma morada de Carlos V en Yuste, en los aposentos de la parte baja del palacete imperial; la única que tal consiguió, por el deseo del Emperador de consolarse con su hermana.
Al cabo de unos días, María de Hungría abandonó Yuste, para instalarse en Cigales, el lugar cercano a Valladolid, dejando aquel palacio de Guadalajara que de tan mala gana les había cedido —a ella y a su hermana doña Leonor— el duque del Infantado, cuando la princesa Juana se lo había pedido, como Gobernadora del Reino[1628].
Por entonces, la muerte de Juan III de Portugal en 1557 traería consigo dos problemas que Carlos V trataría de resolver: el primero, quién había de hacerse cargo de la Regencia del Reino, dado que también había muerto el príncipe Juan Manuel de Portugal y dada la corta edad del nuevo rey don Sebastián, un niño entonces de tres años.
También en aquel caso la corte de Lisboa tenía sus agravios, pues la princesa Juana no había tenido reparos en dejar a su hijo, con solo unos meses[1629], cuando había sido llamada para gobernar España, por la ausencia de Felipe II, camino de Inglaterra, como futuro esposo de María Tudor. Ahora, Juana de Austria aspiraba a sustituir el interino gobierno de España, que había de abandonar cuando Felipe II regresase, como se esperaba en breve, por la Regencia portuguesa de tan larga duración, dada la tierna edad de su hijo don Sebastián. Pero ocurría que aquella Regencia la había empezado a ejercer, con el contento de todo Portugal, la abuela del Rey-niño, doña Catalina de Austria, que tan querida era por los portugueses: eso era, además, lo que había ordenado en su testamento el difunto rey Juan III.
Y ahora Juana de Austria, creyéndose con mejores derechos, como madre de don Sebastián, tantea hacerse con la codiciada Regencia. A tal fin, despacha un embajador, don Fadrique Enríquez de Guzmán, para negociar en Lisboa con la reina Catalina y con los más altos personajes de la Corte portuguesa. Pero Carlos V seguía siendo la indiscutible cabeza de familia de los Austrias hispanos, y don Fadrique tenía orden de pasar por Yuste antes de entrar en Portugal. Es posible que doña Juana esperara contar con el apoyo de su padre. En todo caso, no fue así. El Emperador sabía muy bien el prestigio que había logrado su hermana menor en el Reino vecino, y qué gran aliada tenía en ella la Monarquía Católica. Nada más impopular y menos hacedero que pretender desbancarla en el puesto en que la había dejado el difunto Rey, para sostener la candidatura de quien había abandonado hijo y Reino, atraída por la Regencia de Castilla. En consecuencia, Carlos V anuló las instrucciones de su hija y despachó a Enríquez con otras más pertinentes. Nunca había dejado de estar al tanto de cómo se desarrollaba la crisis de Lisboa, y el secretario Juan Vázquez había recibido órdenes suyas de informarle muy particularmente de todo lo que supiera[1630]. Y a su hija reprocharía la inhábil maniobra política que había pretendido. Como señor indiscutible, cuyas normas en el orden familiar no admitían réplica alguna, anuncia a su hija que, muy lejos de apoyarle en sus pretensiones, había dado a su embajador instrucciones contrarias, pero más en consonancia con el respeto que debía Juana a la hermana del Emperador, que además había sido su suegra. De esa forma, don Fadrique Enríquez, de ser embajador de la princesa doña Juana, se transformó en embajador del Emperador:

Hija: con otro que despacharé brevemente responderé a vuestras cartas; ésa se hace solamente para decir que habiendo llegado aquí don Fadrique Enríquez y oído a la letra la instrucción que le distes de lo que ha de hacer en Portugal, le dixe y ordené que en ninguna manera me parecía que tratase de vuestra parte con la Reina, mi hermana, ni con los demás para quien le distes cartas, ni usase dellas en lo que toca a lo de la gobernación de aquel Reino durante la menoridad del Rey, vuestro hijo, ni de la casa que se le ha de poner, ni criados que ha de tener, porque esto podría traer en este principio muchos inconvenientes y no convernía; pero por la instruçión que lleva mía, cuya copia se os envía, le ordeno en este caso lo que debe hacer, porque para lo demás tiempo habrá adelante. Y es bien en estas cosas y entre hermanos ir con mucho miramiento por todos respectos. Y más vos, siendo hija[1631].

Eso sí, no lo podría hacer con carta personal y autógrafa, como pedirían las circunstancias para herir menos a la Princesa, porque otra vez la gota le había dejado inútil la mano diestra; de lo que se lamentaría, disculpándose, en esta reveladora postdata sobre sus achaques:

Hija: ésta no va de mi mano, porque se me han tornado a abrir los agujeros del dedillo, que casi estaban cerrados, y duéleme harto…[1632]

Otro problema, y sin duda más importante, inquietaba a Carlos V respecto a Portugal; la posible unidad peninsular, desde el punto y hora de que el trono de Lisboa estaba ocupado por aquel niño de tres años. ¿Qué pasaría si fallecía? Que se rompería la sucesión directa. Por lo tanto, podía abrirse ahí una oportunidad para el hijo de Felipe II, como hijo de la Princesa portuguesa María Manuela, nieto de Juan III y biznieto del gran Rey, don Manuel el Afortunado. Ese cuidado de Carlos V daría lugar a otras negociaciones con Portugal verdaderamente importantes, y la prueba de que el Emperador seguía siendo en Yuste muy sensible para todas aquellas cuestiones relacionadas con la más alta política de su tiempo.
En efecto, las muertes sucesivas del príncipe don Juan Manuel —padre de don Sebastián— y de Juan III dejaban a la dinastía Avis sin más descendencia directa que la del niño rey don Sebastián. Dada la quebradiza salud de aquel niño, en tiempos en que la mortandad infantil era tan elevada, no era muy temerario suponer que en Portugal podía abrirse un grave problema de sucesión. Para salir al paso de cualquier eventualidad, realizó Carlos V una importante maniobra política desde Yuste, encomendando al padre Borja una secreta misión: se trataba de conseguir un reconocimiento de los derechos del príncipe don Carlos a la sucesión de Portugal por parte de la Corte lusa. Mucho confiaba el Emperador, para lograr su propósito, en los buenos oficios de su hermana Catalina, a la que sabía muy sensible a su influencia. De suyo se comprende cuánto desbarataba planes tan ambiciosos la inoportuna pretensión de la princesa Juana a la Regencia de Portugal; sin eficaz resultado alguno, se ponía en trance de perder la mejor aliada con que Carlos V podía contar en Lisboa.
El padre Borja logró un éxito completo en sus gestiones: Catalina prometía su apoyo a los planes de su hermano, añadiendo que creía muy factible el reconocimiento portugués a los derechos sucesorios del príncipe don Carlos, así como un posible enlace en el futuro entre don Sebastián y una nieta de Carlos V, hija de los reyes de Bohemia. Cierto que Catalina se engañaba en cuanto a sus posibilidades de maniobra política, frente al suspicaz nacionalismo portugués, y cierto también que los acontecimientos tomaron muy distinto rumbo al pretendido por Carlos V, sobre todo en el terreno de los esponsales del rey don Sebastián. Pero, al menos, cuando surgió la crisis de Alcazarquivir en 1578 —al año precisamente de la muerte de la reina Catalina, lo cual no deja de ser significativo—, y se abrió el problema sucesorio de Portugal, es evidente que la sombra de Carlos V se proyecta sobre su hijo, y que éste tuvo muy en cuenta los designios imperiales a la hora de tomar sus decisiones. De ese modo puede afirmarse que Carlos V abrió el camino para uno de los hechos más importantes del siglo XVI: el de la unidad peninsular.
Es más, para estrechar en todo caso las relaciones entre las dos dinastías, Carlos V propondría un plan que no acabaría cuajando: que el Rey-niño se prometiera ya con una hija de la reina de Bohemia[1633][, y que la que fuese elegida, fuera enviada a Lisboa para criarse en la Corte portuguesa; de todo lo cual, Carlos V daría cumplida cuenta a su hijo Felipe[1634].
Ahora bien, diríamos que el frente diplomático portugués no era el primordial. Era importante, por supuesto, mantener la firme alianza con Lisboa y seguía considerándose correcto el aprovechar cualquier oportunidad que pudiese deparar la unidad peninsular; pero, en general, no resultaba una fuente de preocupaciones, ni mucho menos de conflictos insalvables.
Otra cosa era lo que ocurría con Francia. Y eso afectaba a Carlos V, rompiendo su deseo de reposo y sosiego, su afán de retirarse del mundo. Ya a poco de estar en Jarandilla quiere saber qué cosas están pasando en el Norte y de qué manera está peligrando la seguridad de Felipe II. De momento, la información le llega indirectamente, a través de lo que sabe su secretario Martín de Gaztelu, que mantiene correspondencia frecuente con la corte de Valladolid, en particular con el secretario Juan Vázquez de Molina. Así conoce cómo se había formado una peligrosa alianza del rey Enrique II de Francia con el papa Paulo IV; era como si volvieran los difíciles tiempos de la Liga clementina que tantos quebraderos de cabeza le había dado a él treinta años antes:

Conozco que la resolución de Flandes y lo de Italia le tienen puesto en algún cuidado, y ansí será bien que habiendo algo desto lo mande vuestra merced avisar —indica Gaztelu a Vázquez de Molina—, porque todavía huelga de entender estas cosas, y aun otras desta calidad[1635].

De pronto, vuelve el Emperador a sentir el tirón de la política, y acosa a Gaztelu con sus preguntas:

Siempre en estas cosas —dirá el secretario— dice que si no hay más…[1636]

Fue entonces cuando Antonio de Borbón, duque de Vendôme, le mandó un emisario, un navarro llamado Ezcurra, proponiéndole una alianza para combatir a Francia. Sería una alianza ofensiva-defensiva, por la que Vendôme pretendía el Milanesado, a cambio de su renuncia al reino de Navarra, al que se consideraba con derecho, como heredero de la Casa Albret. Ezcurra se puso en contacto con Carlos V cuando el Emperador llegaba a Burgos, en su camino hacia Yuste. Y aunque la propuesta resultara poco fiable, las negociaciones quedaron abiertas hasta que la victoria de San Quintín pareció tan decisiva. Según aquel plan, el duque de Vendôme invadiría Francia desde su reino navarro, esperando que Carlos V le apoyara haciendo lo mismo desde España.
La noticia, hecha pública por la princesa Juana, se extendió rápidamente. Castilla creyó por un momento que el Emperador volvía otra vez por sus fueros de viejo soldado. Don Luis de Ávila y Zúñiga, dejándose engañar probablemente por sus propios deseos, exclamaba que el Emperador se había criado en la guerra, y que no podía por menos de volver a ella. Sin embargo, no hay que creer mucho en los propósitos bélicos de Carlos V, sino más bien en una estratagema de diversión. Quijada, que conocía entonces mejor las intenciones de su señor, reflejaba el estado de ánimo del César en términos bien contrarios a los del comendador mayor de Alcántara:

En lo demás que por esas calles dice el vulgo —escribía a Vázquez de Molina, desde Yuste, a fines de agosto de 1557—, del salir de aquí, yo no hallo novedad ninguna, antes muy gran reposo y asiento en todo; y podría ser —añade con certero juicio— que si alguna cosa se ha dicho, será por manera de cumplir, y no para más, si no es a más no poder.[1637]

Eso sí, el viejo soldado volvía a revivir, con las noticias de la guerra, tanto del frente de Flandes como de Roma. En particular, criticaba lo que en el frente romano estaba haciendo el duque de Alba, máxime cuando supo que se le había escapado el duque de Guisa, con el grueso del ejército francés[1638]. Era como si brotara la vieja rivalidad de quién de los dos era el mejor soldado, el César o el Duque, ya visible en la guerra contra la Liga de Schmalkalden.
Conocida es la reacción imperial contra la lentitud del avance español sobre París después de la victoria de San Quintín. Lo cierto es que le hubiera gustado saber que su hijo se había hallado presente en la batalla:

Siento dél —nos informa Quijada, en carta a Juan Vázquez de Molina— que no se puede conortar de que su hijo no se hallase en ello, y tiene razón. ¡Malhayan los ingleses que le hicieron tardar! [1639]

Hace constantes cábalas sobre cuál sería la ruta que tomaría Felipe II para caer sobre París, y espera ansioso los correos que le han de traer noticias[1640].
Cuando supo que Enrique II reorganizaba sus fuerzas en el otoño de 1557, al punto teme un golpe de audacia del francés, incluso en pleno invierno. Y escribe, alarmado, a su hija Juana:

Podría ser que, juntando el rey de Francia su campo, quisiese este invierno… recuperar alguna de las plazas que ha perdido, o ganar otras de nuevo…[1641]

Por lo tanto, el abandono del poder no había hecho a Carlos V perder su olfato de político y, en este caso, de soldado. A poco, la pérdida de la plaza de Calais, el 8 de enero de 1558, vino a confirmar sus temores. Lo consideró como un desastre, adivinando sin duda lo que dañaría a la alianza con Inglaterra que tan trabajosamente había forjado:

Lo sintió como quien lo entiende y me dijo a solas —es Quijada quien así escribe a Vázquez de Molina— (esto va para vuestra merced), que aunque en su vida había tenido malas nuevas, ninguna a su parecer tanto como ésta…[1642]

Más importa ver a Carlos V como consejero de su hijo y como su mejor auxiliar, cuando Felipe II se hallaba en aprietos y acudía al socorro de España. Entonces será frecuente la llegada de emisarios especiales, mandados por Felipe II a Yuste, para solicitar el apoyo de su padre. En dos ocasiones lo haría el que podríamos denominar privado de Felipe II, el portugués Ruy Gómez de Silva. Y también lo haría, en el verano de 1558, el propio arzobispo de Toledo, el célebre fray Bartolomé de Carranza.
Por su parte, vemos alterarse a Carlos V cuando tiene noticia de la llegada de buenas remesas de plata indiana a Sevilla, sin que los oficiales de la Casa de Contratación consigan apartar sumas importantes con las que socorrer al Rey. Ciego de cólera, Carlos V escribirá a su hija Juana para que lo remedie:

… yo estaba para escribiros sobre esta negra suelta de este dinero que estaba en Sevilla —le dice— y dejélo de hacer hasta agora, así para saber dél [de Ruy Gómez de Silva] si era posible que fuese verdad tan gran bellaquería como ésta, como por ver si con el tiempo se me pasase la cólera que desde que lo supe he tenido, la cual, por ser tan justa, no solamente no se me pasa, mas cada día se me acrescienta más, y se me acrescentará hasta que yo sepa que los que tienen culpa en ella lo remedien de manera que el Rey, mi hijo, no venga a recibir la afrenta que recibirá, si no se remedia, y muy de veras y de raíz y muy presto.

Es una de las pocas veces que amenaza con salir de su retiro, para realizar personalmente en Sevilla la indagatoria necesaria que pusiese en claro aquellas ocultaciones, descubriendo los culpables y recuperando el dinero, y no por vía ordinaria de justicia, sino por los procedimientos más expeditivos, con los que juzgaría a los culpables, confiscándoles su hacienda como primera medida. Con lo cual recordaba el César situaciones análogas por las que él había pasado, y así exclama:

Digo esto con cólera y con mucha causa, porque estando yo en mis trabajos pasados, con el agua hasta encima de la boca, los que acá estaban muy a su placer, cuando venía un buen golpe de dinero nunca me avisaban de ello, que juntamente no me avisasen que ya él era suelto…[1643]

Pero no solo el remedio, sino el severo castigo de los culpables, en términos como nunca había ordenado en sus tiempos de rey-emperador:

Me dijo que escribiese —transmite Gaztelu a Vázquez de Molina— que en prendiéndolos [a los oficiales de la Casa de Contratación que se encontrasen culpables] los metiesen en la cárcel, y que luego con grillos y cadenas, en bestias y a mediodía, por afrentarlos, los traigan a Simancas, y metan, no en cámara ni en torre, sino en una mazmorra…[1644]

Los esfuerzos de Carlos V no fueron vanos. Puede decirse que cuando Ruy Gómez de Silva regresó a Flandes con buena cantidad de dinero, ello se debió, en buena parte, a los apremios del Emperador ante los responsables.
En cuanto a la visita del arzobispo de Toledo, aparte que con ella Felipe II quisiera tenerle en Castilla, para que pudiese ser controlado por la Inquisición[1645], su misión era muy distinta a la de Ruy Gómez de Silva. Se trataba de conseguir que el Rey encontrase un representante que le sustituyese en el gobierno de los Países Bajos, dado que Felipe II estaba ya planeando su regreso a España. Y para tal función, nadie mejor que la antigua Gobernadora, la reina María de Hungría. Ahora bien, la Reina había declarado expresamente que jamás volvería a la política. Y solo había una persona que pudiera convencerla de lo contrario: Carlos V.
Era materia ingrata para el César, pues había prometido a su hermana respetar su voluntad. Pero ante los apremios de su hijo, acaba pidiéndoselo. Y lo consiguió, después de muerto.
En efecto, sería el 8 de octubre de 1558, a las dos semanas largas del fallecimiento de Carlos V, cuando María de Hungría aceptaría volver a ocupar su antiguo puesto de Gobernadora de los Países Bajos[1646].
Era, evidentemente, un rasgo generoso, en memoria de su hermano. Pero la muerte, una vez más, cambiaría las cosas. Pues diez días más tarde fallecía en Cigales aquella gran Reina, obligando a Felipe II a buscar otro personaje para recomponer el cuadro de sus estructuras políticas en el norte de Europa.
Sería la oportunidad de su hermanastra Margarita de Parma. ¿Le apuntó esa posibilidad Carlos V a su hijo? No lo sabemos.
En verdad, lo que agobiaba a Carlos V en sus últimos días era otro problema: la noticia de que en Castilla y en Andalucía habían surgido brotes luteranos.

Capítulo 9
La muerte del Emperador

De los dos grandes apartados de la política exterior que todavía afectan a Carlos V, las relaciones con Portugal y la guerra, siempre renovada con Francia, Carlos V pudo controlar todavía, con su figura de jefe indiscutible de la dinastía, los conflictos portugueses, en particular la pugna por el poder que estalla entre su hermana Catalina y su hija Juana. Más dificultad tuvo con respecto a la guerra con Francia y Roma, porque eran acontecimientos que escapaban a su control, por lo que todas las noticias que de aquel conflicto le venían le alteraban profundamente, viéndose incapaz de ayudar a su hijo como él quisiera; por eso cuando tiene noticia de que los oficiales de la Casa de Contratación no se habían mostrado tan eficaces, como él hubiera querido, a la hora de juntar del dinero de las remesas indianas, que había de mandarse a Bruselas, entra en ese estado de viva indignación que ya hemos señalado.
Y eso iba dañando, cada vez más, su salud, ya de por suyo tan quebrantada. Bien lo sabían tanto Quijada como Gaztelu, que procuraban silenciarle los sucesos más graves, como cuando fueron llegando malas noticias del norte de África, donde el repliegue de la Monarquía parecía irremediable. En 1551 se había perdido Trípoli —si bien era plaza cedida a la Orden de san Juan— y en 1555 Bugía. En 1557 el peligro se cernía sobre la misma Orán, la preciada conquista del cardenal Cisneros. Eso ya eran palabras mayores, así que el secretario Gaztelu, que es el primero en saberlo, trata de ocultárselo:

No le he querido decir que los turcos de Argel estaban cabe Orán porque sé que daña a su salud…[1647]

Pero Carlos V se entera y se alarma profundamente: ¿Viviría para conocer aquel desastre? Con su hija Juana comenta su pena:

… si se perdiese, no querría hallarme en España…

¿En España? Ni siquiera en el Nuevo Mundo, ese viaje que jamás se planteó Carlos V y que ahora podría parecer un cierto refugio. Pero no, ni siquiera allí podría esconderse Carlos V:

… no querría hallarme en España ni en las Indias, sino donde no lo oyese, por la grande afrenta que el Rey recibiría con ella y el daño destos Reinos…[1648]

De igual modo ocurrió cuando se perdió la plaza de Calais. Entonces fue Quijada el que trató de ocultarle la mala nueva al César:

No se le ha dicho nada de este correo, porque duerma S. M. con más reposo y porque sentirá mucho esta nueva…[1649]

Pero era inútil, pues Carlos V acababa por enterarse, ya que los servidores flamencos —si hemos de creer a Gaztelu— no tenían el mismo cuidado[1650].
Por disgusto menor hemos de considerar el robo de un audaz ratero, que se atrevió a entrar en la cámara imperial, llevándose la bolsa que aquel día Carlos V iba a repartir como limosna a los pobres que periódicamente acudían a Yuste[1651]. En cambio, sí le enojó vivamente el desacato del corregidor de Plasencia, que se atrevió a poner la mano sobre el alguacil imperial asentado en Cuacos, so pretexto de que aquel lugar entraba bajo su jurisdicción. Hubo que hacer intervenir al presidente del Consejo Real, que lo era entonces don Juan de Vega, solucionando el conflicto desgajando a Cuacos y su término de la jurisdicción del Corregimiento de Plasencia[1652].
Gran brecha hizo en su organismo la muerte de su hermana doña Leonor. Pero lo que más acongojó su espíritu, entrado el año 1558, fue el conocer los brotes luteranos en Castilla y Andalucía. El pesar que siente Carlos V estaba en relación con todo lo que había supuesto su pugna con la Reforma en el Imperio, donde al fin había tenido que ceder, dejando a su hermano Fernando que negociase la paz religiosa de Augsburgo en 1555, el mismo año de su abdicación.
Hoy sabemos que Carlos V, cuando regresa a España en 1556, lo hace no solo buscando reposo y un clima mejor, sino también por acabar sus últimos días en unas tierras que consideraba libres de toda sospecha de herejía. De forma que, sin entrar ahora en los móviles que llevaron al Inquisidor General Valdés a exagerar el problema, lo cierto es que el Emperador sufrió un duro golpe, y así se lo diría entre indignado y entristecido, a su hija doña Juana:

… creed, hija, que este negocio me ha puesto y tiene en tan grande cuidado y dado tanta pena, que no os lo podría significar…[1653]

Desde el primer momento en que le llega la noticia, pide el más severo de los castigos, conforme la legislación de la época marcaba contra los herejes, y que se pusiera todo en manos del Inquisidor General Fernando de Valdés, que así pasaba de ser persona non grata[1654], a indispensable como quien había de dirigir la cruel represión:

… os ruego quan encarecidamente puedo —escribiría Carlos V a su hija Juana— que, demás de mandar al arzobispo de Sevilla que por agora no haga ausencia desa Corte, pues estando en ella se podrá proveer y prevenir a lo de todas partes, le encarguéis y a los del Consejo de la Inquisición muy estrechamente de la mía que hagan en este negocio lo que veen que conviene y yo dellos confío para que se ataje [sic] con brevedad tan gran mal. Y que para ello les deis y mandéis dar todo el favor y calor que fuere necesario, y para que los que fueren culpados sean punidos y castigados con la demostración y rigor que la calidad de sus culpas merecerán. Y esto sin excepción de persona alguna, que si me hallara con fuerzas y dispusición de podello hacer, también procurara de esforzarme en este caso a tomar qualquier trabajo, para procurar por mi parte el remedio y castigo de lo sobredicho, no embargante los que por ello he padecido[1655].

A partir de ese momento, el conflicto luterano se convertirá en una grandísima obsesión para Carlos V, que se agranda día tras día, hasta llegar a los extremos de su carta de 25 de mayo y de lo que expresará en su Codicilo. Carlos V no olvidaba lo que la Reforma le había hecho sufrir en Alemania. ¿Y ahora le asaltaba en aquella España que había tomado como su refugio postrero para bien morir?

…agora, que he venido a retirarme y descansar a ellos[1656]y servir a Nuestro Señor, sucede en mi presencia y la vuestra —le dice a su hija— una tan gran desvergüenza y bellaquería, y incurrido en ello semejantes personas, sabiendo que sobrello he sufrido y padecido tanto en Alemaña tantos trabajos y gastos y perdido tanta parte de mi salud que ciertamente si no fuese por la certidumbre que tengo de que vos y los de los Consejos que ahí están[1657] remediarán muy de raíz esta desventura…, no sé si toviera sufrimiento para no salir de aquí a remediallo…[1658]

No menos indignado se mostraba el César con su hijo, el Rey:

Hijo, este negro negocio que acá se ha levantado me tiene tan escandalizado cuanto lo podéis pensar y juzgar…

Y le añadía, como cabeza ya del Reino:

Es menester que escribáis y que lo proveáis muy de raíz y con mucho rigor y recio castigo…[1659]

Y el 9 de septiembre, cuando las ansias de la muerte crecen, firma el Codicilo a su Testamento, renovando la exigencia de los más recios castigos contra aquellos luteranos:

Primeramente, puesto que luego como entendí lo de las personas que en algunas partes destos reinos se habían preso y pensaban prender por luteranos, escribí a la princesa mi hija lo que me pareció para el castigo y remedio dello, y que después hice lo mismo con Luis Quijada, a quien envié en mi nombre a tractar desto. Y aunque tengo por cierto que el Rey, mi hijo, y ella y los ministros a quien toca, habrán hecho y harán las diligencias que les fueren posibles, para que tan grande daño se desarraigue y castigue, con la demostración y brevedad que la calidad del caso requiere, y que la Princesa, conforme a esto y a lo que últimamente le escribí sobre ello, mandará proseguir en ello hasta que se ponga en execución, todavía por lo que debo al servicio de Nuestro Señor, ensanchamiento de su fee y conservación de su Iglesia y religión cristiana, en cuya defensión he padescido tantos y tan grandes trabajos y menoscabo de mi salud, como es notorio, y por lo mucho que deseo que el Rey, mi hijo, como tan católico, haga lo mismo, como lo confío de su virtud y cristiandad, le ruego y encargo con toda la instancia y vehemencia que puedo y debo, y mando como padre que tanto le quiere y ama, por la obediencia que me debe, tenga desto grandísimo y especial cuidado, como de cosa más principal y en que tanto le va, para que los herejes sean pugnidos y castigados con toda demostración y rigor, conforme a sus culpas, sin excepción de persona alguna, ni admitir ruego ni tener respeto a nadie…[1660]

¿Es en este contexto en el que hay que colocar el comentario de Carlos V con el prior de Yuste, fray Martín de Angulo, lamentándose por haber respetado el salvoconducto dado a Lutero en 1521? Estando incluso pesaroso de no haberlo mandado ejecutar:

… yo erré en no matar a Lutero…[1661]

Aunque tengamos dudas de todo lo que Sandoval recoge del manuscrito de fray Martín, parece verosímil que, en aquel estado de encolerizamiento en que le habían puesto los brotes luteranos en la Corona de Castilla, Carlos V pronunciara esa frase, u otra similar.
Ahora bien, era el Carlos V de Yuste, el hombre ante la visión de la muerte, el agobiado por verse de nuevo ante un problema, como el de la Reforma, que tanto confiaba haber alejado de sí, al escapar del norte de Europa.
Nada que ver, en suma, con aquel otro personaje, con el joven Emperador que en 1521 había sido fiel a su palabra y fiel también al sentido ético que se había impuesto como norte en su quehacer imperial.

§. La muerte del Emperador
Penas familiares tan grandes como la muerte de su hermana Leonor, preocupaciones sin cuento que le alteraban el sueño, como la caída de Calais o la amenaza turca sobre Orán, pesadumbres inesperadas, como que la sombra de Lutero le persiguiera hasta Yuste: todo fue quebrantando, más y más, aquel cuerpo ya tan lastimado por la gota —y acaso por otras enfermedades—, como le ocurría a Carlos V.
La gota del Emperador. Un mal terrible que comienza su labor destructiva muy pronto. De hecho, Carlos V la recordaría en sus Memorias, como si se tratara de un huésped cada vez más incómodo que se iba apoderando de su cuerpo. Entonces, en 1550, creía que el primer ataque que había sufrido había sido en 1528. Después recordaría otros dieciséis ramalazos de gota, cada vez más dolorosos. De forma que le habían ido convirtiendo en un tullido, incapaz casi de andar e incapaz de manejarse con sus manos.
Conocida es la anécdota de cómo en 1556, antes de salir de Flandes, le había sido imposible abrir las credenciales que le presentaba el almirante Coligny, para concertar las treguas de Vaucelles.
Es cierto que pasaba días más tranquilos, como cuando, ya en Yuste, decidió hacer una ofrenda con gran fiesta religiosa, en la iglesia de Yuste, el 24 de febrero de 1557, para celebrar, así no solo su cumpleaños, sino también los otros aniversarios de la victoria de Pavía y de su solemne coronación en Bolonia. En aquella ocasión se había atrevido a entrar por su pie en la iglesia para hacer su ofrenda en el altar,

… es verdad que ayudándole un poquito…

como refería Quijada al secretario Juan Vázquez de Molina[1662]. Pero lo más frecuente es que se viese aquejado por aquellos crueles ataques de gota, en una época en que no se conocían buenos remedios, no ya para la enfermedad[1663], sino además para el dolor, que había que sufrir sin que el enfermo se viese aliviado por ningún tipo de anestesia. De ahí los frecuentes lamentos del enfermo, que se deslizan en sus cartas, como cuando se disculpaba con su hija Juana por no escribirle de su mano,

… porque se me han tornado a abrir los agujeros del dedillo, que casi estaban cerrados…

añadiendo el sufrido Emperador:

… y duéleme harto[1664].

Aquel «duéleme harto», que nos trae directamente la imagen atormentada del César, iba a ser un lamento cada vez más frecuente. Mediado el mes de agosto de 1558 sufrió otro ataque de gota. También padecía de hemorroides, sin que fuera capaz por ello de abandonar su costumbre de beber cerveza en las comidas. Por otra parte, su falta de dientes le impedía masticar bien lo que le provocaba muy laboriosas digestiones. Era todo un proceso irreversible de ruina de su organismo. Sin embargo, no serían esos males los que acabarían con él, si bien contribuyeron a debilitarle, sino una enfermedad muy frecuente entonces en La Vera: el paludismo. El postrero día de agosto[1665] Carlos V quiso comer al aire libre, a la sombra de la marquesina sita a la entrada de su palacete. Y allí estuvo después reposando la comida, cuando de pronto, a las cuatro de la tarde[1666], se sintió muy indispuesto, con un fuerte dolor de cabeza, pesadez de estómago y mucha sed, acaso por el calor propio de la época del año. La noche la pasó mal, con sueño intranquilo. Al día siguiente los ramalazos de frío, con fuertes temblores, se fueron alternando con una fiebre alta, haciéndole delirar[1667].
Eso no era ya la gota. Eran las fiebres palúdicas, que acabarían con su vida. Para ayudar al doctor Mathys acudió desde Valladolid otro antiguo médico del Emperador, el doctor Cornelio. Por desgracia, el remedio que le aplicaron fue el tan habitual de la época como demoledor: las sangrías. Y de ese modo, Carlos V fue debilitándose más y más. Las calenturas arrecian, las tercianas se tornan en dobles y los accesos febriles siguen alternando con fríos intensos.
Es cuando Carlos V, consciente de que se acerca el final, ordena su Codicilo, firmado el 9 de septiembre. Ese mismo día quiere dejar resuelta su deuda con todos sus servidores, enviando al Rey, su hijo, la nómina de su pequeño séquito de Yuste que ya hemos comentado.
Era también una forma de ponerse en paz con los que le asistían y le cuidaban, de ponerse en paz con su alma.
Poco a poco el enfermo deja paso al moribundo, despreocupado ya hasta de su propia presencia física, hasta el punto de que el fiel Quijada le vea casi desnudo. Y lo que peor era: tan consumido que mostraba bien a las claras cuán poco faltaba para el final. A mediados de mes ya no es capaz de probar bocado. El fiel Quijada le apremia, pero en vano:

Apretándole para que coma —informaría Quijada a Vázquez de Molina—dice que hace la fuerza que puede, y que no puede más[1668].

Los delirios cada vez son más frecuentes. En un momento de lucidez pide que le lean su Testamento y afronta la cuestión de su enterramiento, que en principio desea que fuera en la iglesia de Yuste, debajo de su altar. Incluso pide que sea llevado allí el cuerpo de la Emperatriz.
Quijada procuraría disuadirle:

… por no tener esta casa las calidades que se requieren para dos Príncipes tan grandes…

Al fin, Carlos V lo dejará al criterio de su hijo, aunque de momento quedara en la iglesia de Yuste.
El 18 aparece una ligera mejoría. Era como una tregua antes de la batalla postrera. El 19 recibe la extremaunción, con gran dolor de Quijada que ve cómo en el Emperador asoma el temor físico a la muerte. El 20 entra en la agonía. Pide que los monjes le lean los salmos. Se toma el pulso y lo halla tan débil que él mismo comprende que ya nada tiene remedio. Pide el crucifijo con el que había muerto su mujer, la Emperatriz, y ordena que se enciendan las velas de los moribundos, entre el dolor de todos los que le rodean.
A poco, muere[1669].
Eran las dos de la madrugada del 21 de septiembre de 1558, día de san Mateo. Y de ese modo, su vida transcurre entre dos apóstoles: san Matías presidiendo su nacimiento, san Mateo su muerte.
Así acabó en Yuste el que tanto había luchado en Europa por defenderla contra sus enemigos de dentro y de fuera.
Así murió Carlos V, el último Emperador de Occidente, el único Emperador del Viejo y Nuevo Mundo.

Epílogo

He vuelto a Yuste, es cierto. Lo hice muchas veces, a lo largo de mi vida. La primera en los años cincuenta — ¿1955, 1956? no lo recuerdo con precisión, pero sí que entonces monasterio y palacete eran una auténtica ruina—. La naturaleza era el único testimonio auténtico, con el formidable murallón de la sierra de Tormanto a las espaldas y el cerro de San Simón alzándose a mediodía.
La vista de las ruinas producía desolación, un no sé qué de tristeza por un mundo desaparecido, acaso glorioso, acaso deslumbrante, pero que apenas si se podía vislumbrar a través de aquel abandono.
Sí, aún tengo fresca en la memoria aquella mi primera visita a Yuste. Era en el mes de mayo. Al fondo se alzaban los picos, aún nevados, de la sierra. En el valle, en hermoso contraste, bajo un sol espléndido, se desplegaba la flora mediterránea: almendros, naranjos, olivos… Así caminé por La Vera hasta llegar a Cuacos, nombre sonoro y familiar donde reposé la jornada. Al día siguiente, en cuanto amaneció, cogí el camino, monte arriba, que me llevaba a Yuste, bordeando la sierra de Tormanto. El monte se hacía cada vez más y más cerrado. De pronto, en un muro que cerraba un bosquecillo hacia Levante, divisé un gran escudo de piedra. Allí, entre ramajes, se veían el águila bicéfala, el collar de la Orden del Toisón de Oro y las columnas de Hércules.
No cabía duda: era el escudo del César, mandado grabar, poco después de su muerte, por su hijo, el rey Felipe. En la gastada piedra centenaria pude deletrear esta leyenda:

En esta santa casa de San Hierónimo de Yuste se retiró a acabar su vida el que toda la gastó en defensa de la fe y en conservación de la Justicia, Carlos V, emperador, rey de las Españas, cristianísimo, invictísimo. Murió a 21 de Septiembre de 1558.

¡Carlos V cristianísimo, invictísimo! El emperador y rey de las Españas, así, en plural, algo para meditar. El soberano que, habiendo nacido en Flandes, deja su tierra natal para buscar el rincón más perdido de Extremadura donde aguardar sosegadamente a la muerte.
Ahora he vuelto a Yuste. He vuelto a su iglesia, me he asomado a los dos claustros de su monasterio y he subido por la rampa que lleva a la parte alta del palacete de Carlos V, a ese amplio pórtico de esbeltas columnas con una fuentecilla en un costado, ese pórtico o galería cubierta, donde una inscripción nos recuerda que allí fue donde al César le acometió el mal que había de llevarle a la sepultura.
Yo, entrando en su casa-palacio, apoyado sobre el barandal de su solana, con el tranquilo estanque del Emperador a mis pies, viendo el jardín y el bosquecillo que se abren a mediodía, me preguntaba si la paz que allí se respiraba, explicaba el ansia de Carlos V por alcanzar Yuste, o si había algo más. Por ejemplo, si Carlos V había sentido muy pronto que algo muy especial le ligaba a los hombres y a las tierras de España. ¿No había sido en España cuando había librado su gran batalla para ser proclamado Emperador, como si la tierra hispana le diera más seguridad, incluso más, como si se lo exigiera? Porque, aparte las resistencias iniciales de los comuneros, hay una frase de Alonso de Santa Cruz, el fidedigno cronista del Emperador que lo conocía bien, el cual nos dice que Carlos V:

…tenía por afrenta que sus abuelos hubiesen alcanzado el imperio con sólo ser señores de la casa de Austria, y que él lo perdiese, teniendo el mismo señorío, y más siendo rey de España…

Y en 1523, tras su regreso a España y ante las Cortes de Castilla, Carlos V proclama que tenía a los Reinos hispanos por cabeza de todos sus dominios, que en ellos estaba la base de todo su poder; de igual modo que antes había declarado que anhelaba el título imperial, no por afán de poseer más y más tierras, pues tantas eran las que ya tenía, sino para poner su esfuerzo en pro de una Europa unida, en paz y armonía, para combatir al enemigo de la Cristiandad y para restaurar la unidad de la Universitas Christiana.
Y pienso que ese fue el gran legado de Carlos V: la unidad espiritual de Europa, en cuya defensa consumió su vida entera, y no solo como el esforzado soldado, poniendo siempre su vida al tablero, sino también como el infatigable viajero.
Porque, en verdad, durante cuarenta años Europa entera contempló cómo aquel Emperador recorría sus caminos, acudía a sus fronteras y atravesaba sus naciones. Lo vio plantarse ante Viena, en 1532, para ahuyentar al Turco, siempre agresivo. Pero también lo vio avanzar sobre las ardientes arenas de Túnez, para combatir a Barbarroja. Y entrar como amigo en Londres o en París, para buscar la alianza de sus soberanos, Enrique VIII de Inglaterra o Francisco I de Francia.
A lo largo de su reinado se le vio pasar del Tajo al Sena, del Danubio al Elba, de las aguas del Atlántico hasta las del Mediterráneo. La galera y la nao en el mar, el caballo o la litera en tierra; todos los sistemas de transporte de la época para este Emperador que año tras año, casi día a día, se esfuerza de ese modo por soldar los fragmentos de la Europa libre que tiene entre sus manos. Y así, su ir y venir sin tregua es como un hilo invisible con el que tratará de coser la vieja túnica europea.
Pues en verdad que se puede hablar de una geografía histórica y sentimental del César que abraza toda la Europa occidental. La orgullosa águila bicéfala de su escudo contempla desde hace medio milenio lo mismo al viajero que franquea la Porta Capuana de Nápoles que la toledana Puerta de la Bisagra. Y en esa geografía carolina, ¡cuánta parte corresponde a España!
De aquí arranca para sus grandes empresas: para la coronación imperial en Aquisgrán, cuando corría el año 1520, como para la de Bolonia diez años más tarde; para la conquista de Túnez, en 1535, como para sus grandes campañas del norte de Europa, en 1543. Y es a España donde se retira en la hora triste de los desastres, lo mismo cuando vuelve desalentado de Argel, que cuando decide abdicar en los Países Bajos.
Sin embargo, minimizaríamos su quehacer imperial si lo viéramos tan solo como el rey de las Españas, pues Carlos V siempre sintió su misión europea. Es un estadista que no puede medirse a nivel nacional, sino a nivel continental.
Dos notas se aprecian en su quehacer político: la caballeresca, con el cumplimiento de la palabra dada, y un sentimiento ético de la existencia. Eso es lo que le hace aspirar a la paz en la Cristiandad y a gobernar con justicia en sus reinos y señoríos. Y cuando siente que las fuerzas le faltan y que ya no es capaz de ser el rey-soldado que defiende a Europa, ni el rey-viajero que vela por sus súbditos, comprende y acepta que le ha llegado la hora del relevo, la hora de dar paso a la nueva generación.
La hora, en suma, de su adiós al poder.
Y fue entonces cuando el pueblo español lo admiró más, comprendiendo el alcance supremo de aquella magna lección del buen gobernante. El pueblo español que se agolpa a su paso, cuando franquea la meseta camino de Yuste. Nadie recuerda ya a los rebeldes comuneros. Ya todos están entregados a ese hombre que, habiendo cumplido su misión en Europa, en la medida en que sus fuerzas se lo habían permitido, aspiraba sólo a morir en silencio, sin ruido alguno.
Y esa, al final, sería la épica grandeza de Carlos V.
La grandeza de aquel enamorado de una Europa espiritualmente unida, cifrada en el signo de Roma y basada en el esfuerzo de todos sus pueblos: el flamenco como el italiano, el alemán como el español.
En ese sentido, los contemporáneos —ávidos como todos los hombres del Renacimiento de la gloria de las armas— destacaron los pros y los contras de sus hechos de armas. Sin embargo, Carlos V no pasa a la historia como uno de los grandes capitanes que en el mundo han sido. Algunas de sus victorias más espectaculares —como la Bicoca o como Pavía— las consiguieron sus capitanes. Él las tuvo notables, cierto, como en Túnez y sobre todo, la lograda en los campos de Mühlberg, aunque bien sabido es que el duque de Alba la ponía en su haber. Pero no se puede ocultar que tuvo reveses y de magnitud: la mal preparada empresa de Argel, la fuga de Innsbruck, el fracaso ante los muros de Metz, que minaron su prestigio de soldado.
Eso sí, en todo caso nunca dudó, sano o enfermo, joven o ya cuarentón, e incluso cincuentón, en poner su vida al tablero, tomándolo como un deber, y que casi siempre cogió las armas o para defender a Europa acosada por el Turco o para defenderse él mismo de sus enemigos.
Más penoso fue que dejara escapar la oportunidad de gobernar a sus súbditos respetando sus ideas religiosas. Y no cabe decir aquí que la tolerancia no era fruto de la época; ya hemos probado que su confesor, García de Loaysa, le aconsejaba precisamente eso: que se limitara a gobernar los cuerpos, dejando libres los espíritus. Algo a tener en cuenta porque aunque la tendencia general fuera de intolerancia, en eso se distinguen los grandes hombres de Estado: en ir por delante de su tiempo. De todas formas, hay que recordar que antes de emplear la violencia contra los luteranos alemanes, buscó con ahínco la vía negociadora. Y también que aquí hay que recordar solo en su medida el rigor que pide a gritos desde Yuste, contra los supuestos luteranos españoles; para entonces, Carlos V no era ya el Emperador lúcido, en la plenitud de sus funciones, sino un moribundo aterrado por los tendenciosos informes del Inquisidor General Fernando de Valdés, ansioso de asegurarse en el poder y de hacerse perdonar su falta anterior por su desasistencia económica a la Corona[1670]. Y una cosa a resaltar, en cuanto a las obras pías marcadas en el Testamento, que también nos viene a reflejar la personalidad del Emperador. Para hacerlas efectivas, así como para pagar sus deudas, Carlos V había depositado 30.000 ducados en Simancas, y había ordenado a sus testamentarios que hiciesen almoneda de sus bienes. Tres meses después de su muerte, el 10 de enero de 1559, los tres testamentarios, Juan de Figueroa, Juan Vázquez de Molina y el licenciado Briviesca de Muñatones, despacharon a Martín de Gaztelu para que informase a Felipe II de cómo se estaba procediendo a cumplir lo ordenado por Carlos V y para pedirle que permitiese continuar aquella tarea.
Por ese despacho sabemos que ya se había dado parte de la limosna señalada para los pobres «envergonzantes» y que se estaba tomando información respecto a las doncellas pobres y para el rescate de los cautivos. Asimismo queda claro que en Yuste, salvo alguna joya y los cuadros —no olvidemos que había varios de Tiziano—, lo demás no valía mucho; la misma plata estaba muy gastada —«es blanca y muy usada»—, los muebles eran «de poco valor», y en cuanto a la ropa, «todo es traído y vale muy poco»; lo cual nos prueba que, salvo tapices y cuadros, en Yuste no había lujos. Pero más importante es comprobar que, estando detenida la testamentaría por orden del Rey, los testamentarios le pedían que la desbloquease para que se pudiera seguir cumpliendo la voluntad del César y para descargo de su conciencia y la de ellos mismos.
Y añadían (lo que no deja de ser significativo, en cuanto a cómo Castilla seguía recordando a Carlos V) que también había que contentar a la gente:

…satisfacer al pueblo, que está a la mira de lo que en esto se hace…[1671]

De forma que, como si tomara otra vez de modelo a Julio César, Carlos V hace del pueblo su principal heredero.
¿Qué es, pues, lo que destacaríamos, en este juicio final sobre Carlos V? Su comportamiento caballeresco, su respeto a la palabra dada, su sacrificio personal en pro de sus pueblos, demostrado tanto en aquel modo de vivir como el rey-soldado que como el rey-viajero. En suma, su sentido ético de la existencia, que tanto llamó la atención a Menéndez Pidal, tan por encima del comportamiento de sus brillantes rivales —Francisco I como Enrique VIII—, y que pondría a prueba hasta el final, con su patético adiós al poder, cuando ya reconoce que le faltan las fuerzas para gobernar como él creía que un Emperador debía gobernar a su pueblo.
Y es por esa razón por la que Carlos V sigue siendo tan importante en la historia de Europa. Por eso sigue teniendo tanto que decirnos a los hombres del siglo XXI, a los hombres de la generación del año 2000.
Por eso podemos seguir titulándolo como lo hice yo hace un cuarto de siglo; algo que recuerdo ahora con orgullo.
En efecto, en 1976 decía de él:

«Carlos V. Un hombre para Europa».

Pues bien, hoy, de cara al nuevo milenio, entiendo que podemos recordarlo de modo similar:

«Carlos V, el único Emperador del Viejo y Nuevo Mundo; un hombre para la Europa del año 2000».

 

La gran reina Isabel seria, reflexiva, consciente de su papel histórico, la verdadera fundadora del Imperio. Óleo de Juan de Flandes. Academia de la Historia (Madrid).

 

Fernando el Católico el más astuto de su tiempo y el que admiró a Maquiavelo. Óleo anónimo. Museo de Bellas Artes (Poitiers)

 

Esta hermosa mujer de generoso escote nada hace prever su dramático destino. Juana la loca, por Juan de Flandes, Museo de Historia (Viena)

 

Margarita la tía de Carlos V, en cuya corte de Malinas creció y se educó el emperador. Óleo de Bernard van Orley. Colección de Mme. Tudor Wilkinson (París)

 


La cuna de Carlos V, Gante, ciudad donde el 24 de febrero de 1500 nacía el Emperador. Óleo conservado en el museo Byloke


Los seis hijos de Juana la Loca juntos, sin duda, por un deseo materno pues Fernando y Catalina crecieron separados de sus hermanos. Anónimo flamenco. Museo de Santa Cruz (Toledo)


Primera representación conocida del Emperador, de niño, con sus hermanas Leonor e Isabel. Anónimo flamenco. Museo de Historia (Viena)


En Malinas puso su corte Margarita de Austria, la tía de Carlos V y en ella pasó su niñez el Emperador. Grabado de la época.

El grupo familiar de los Austrias presidido por el emperador Maximiliano. Óleo de Bernard Strigel en la Academia de Bellas Artes de San Fernando (Madrid)


Este es el pequeño puerto asturiano de Tazones, el que vió Carlos V en su primer viaje a España en 1517.

Carlos V sentirá un particular afecto por su hermana pequeña, quien tan penosamente se había criado en Tordesillas, luego gran reina de Portugal. Grabado de Franz Huys, Biblioteca Nacional (Madrid).

 

Fernando I es el hermano en quien Carlos V confía para mantener la hegemonía de la casa de Austria sobre Europa, pero tras la crisis de 1552 todo se vuelve incierto. Óleo de Bernard van Orley. Colección particular (Madrid)


Carlos V quería mostrarse como el heredero del legendario Carlomagno, quien tenía en Aquisgrán su corte y donde Carlos V fiel a la tradición pidió ser coronado. Vista general de la catedral

Enrique VIII pasó de ser uno de los más fieles aliado de Carlos V como marido de Catalina de Aragón a uno de sus adversarios, hasta que la muerte de Ana Bolena permitió entablar nuevas relaciones. Óleo de Hans Holbein, Museo Tyssen, Bornemisza (Madrid).

 

La rebelión de las comunidades de Castilla fue el suceso más grave ocurrido en España a comienzos del reinado de Carlos V. En el documento se lee la sentencia de muerte es sus cabecillas, Padilla, Bravo y Maldonado. Archivo de Simancas.

 

Lutero el gran heresiarca, uno de los personajes más importantes del siglo, cuya doctrina tanto repercutió en la Europa de su tiempo. Óleo de Lucas Cranah. Museo de Nüremberg


Momento histórico: la presencia de Lutero en Dieta imperial de Worms, en 1521, donde surgió su definitivo aparcamiento de Roma. Salvoconducto expedido en favor de Martín Lutero.

Guillermo de Chièvres fue el único valido quien tuvo Carlos V. Cuando muere, en 1521, el emperador se convertirá en su propio valido. Óleo anónimo. Museo de Bellas Artes (Bruselas)

 

Nicolás Perrenot de Granvela afianzó su carrera tras su paso como embajador imperial en París. Fue el consejero de Carlos V para la política exterior. Óleo de Tiziano en el Museo de Bellas Artes de Besançon

 

El que sería cardenal Granvela bajo Felipe II, también tuvo un destacado papel en la corte imperial en los últimos años del reinado de Carlos V. Retrato de Antonio Perrenot de Granvela. Grabado de Lambert Suavius. Biblioteca Real (Bruselas)

 

Francisco de los Cobos fue la figura que dirigió la Hacienda Imperial ayudando eficazmente al Emperador aunque también a su casa. Tuvo fama de corrupto. Óleo anónimo. Colección de los duques de Alba (Madrid)

 

El duque de Alba. Óleo de Antonio Moro. Museo Real de Bruselas

 

El cardenal Tavira en la figura más importante en la Corte hispana, en especial durante la primera regencia de Felipe II, en 1543. Grabado de la época. Biblioteca Nacional de Madrid

 

La increíble victoria de Pavía, con procesamiento del mismo rey Francisco primero en Francia, suscitó las más diversas reacciones. En su carta al emperador, el almirante de Castilla le advierte sobre el peligro de no aprovecharla al fondo archivo de Simancas

 

En la geografía sentimental de Carlos V, la villa de Tordesillas tendría una importancia especial por estar allí recluida su Madre Juana la Loca

 

Hermoso bajorrelieve de Jean Mone, en el castillo de Gaesbeck, en el que aparece el emperador abrazando a la emperatriz mientras su diestra busca la mano de la amada


La villa de Madrid todavía no se había convertido en la capital de la monarquía, pero en su alcázar vivió muchas jornadas Carlos V y en ella firmó con Francisco I el tratado que lleva su nombre. Grabado del siglo XVI.


Sevilla nos trae al punto la imagen de la boda imperial celebrada en la primavera de 1526 grabado de la obra Civitatis Orbis Terrarum, de Jorge Braun

La natural elegancia de la emperatriz Isabel quien la patente en esta soberbia escultura de León Leoni que custodia el museo del Prado (Madrid)


En Granada y como prueba de su admiración por la Alhambra, Carlos V mandó edificar un hermoso palacio renacentista que sigue llevando su nombre. Vista de la ciudad en el siglo XVI. Grabado de Heylan


Don Carlos y la emperatriz Isabel en un lienzo que Rubens copió de Tiziano. Colección de los duques de Alba (Madrid)

Francisco I, el rey renacentista, el protector de Leonardo da Vinci, pero también el sempiterno rival de Carlos V. Museo del Louvre (Paris)


Roma, como capital de la cristiandad, tenía que atraer al Carlos V. Allí pronunciaría ante el Papa y el colegio cardenalicio su famoso discurso en español en 1536. Grabado que representa el asedio al castillo de Sant'angelo 1527, Biblioteca Nacional de Madrid

Este grabado de Nicolás Hogenberg nos muestra las dos cabezas de la cristiandad, Clemente VII y Carlos V en su triunfal desfile en Bolonia con motivo de la coronación imperial de 1530

 

Felipe II, en los tiempos en que el príncipe heredero aspirante al imperio. Óleo de Tiziano museo del prado (Madrid)


Bruselas nos evoca las jornadas de 1555 cuando Carlos V abandonó el poder más vencido por los achaques que por sus enemigos. Vista de la ciudad en el siglo XVI. Grabado en la Biblioteca Real de Bruselas.


Viena nos trae el recuerdo del terrible cerco sufrido en 1529 frente a Solimán el Magnífico. Tres años después el César acudiría Viena ante la amenaza de un nuevo asalto turco, convirtiéndose así en el defensor de la universitas Christiana. Grabado de Cuerenhert en la biblioteca real de Bruselas

El retrato que convierte a Tiziano en el pintor de Carlos V. Es la gallarda postura del que acaba de liberar a Viena del acoso turco. Museo del Prado (Madrid)


Las tropas desfilan en Barcelona ante el emperador, prestas para el combate que habían de protagonizar las ardientes arenas de Túnez, en aquel verano de 1535. Tapiz de la conquista de Túnez. Palacio Real (Madrid)

Delicioso retrato de María de Austria cuando todavía era joven reina de Hungría. Después se convertiría en la mejor consejera de Carlos V. Óleo de Hans Knell en el Museo del Estado de Baviera

 

La muerte del emperatriz Isabel fue el golpe más duro sufrió por Carlos V. En su carta a Cobos el médico de la corte Villalobos deja traslucir su reservas sobre cómo se trataba a la enferma temiendo que por hablar más se le acusara "de agudo" y el que se acordasen del "puto de mi agüelo". Archivo de Simancas


Toledo fue la principal cabeza de la rebelión comunera. Sin embargo, el César escogió con frecuencia para su morada y el asiento de España. Grabado de la obra Civitatis orbis Terrarum, de Jorge Braun


Visita de Argel en el siglo XVI documento conservado en el archivo de Simancas

Iglesia vallisoletana de San Pablo, donde se reunieron las primeras Cortes de Castilla, convocada por Carlos V en 1518.

 

La reina Germana de Foix en su juventud con esbelta figura muy lejos de la obesidad que más tarde padecería. Museo de Bellas Artes (Valencia).

 

El secretario de turno recoge "los cabos" del testamento de la reina Germana de Foix, poniendo en segundo lugar el collar de perlas dejado "a la Serenísima Señora Infanta doña Isabel, hija de su majestad". Archivo de Simancas


La mayor gesta de todo el siglo: la vuelta al mundo realizada por Magallanes y Elcano, patrocinada por Carlos V. Mapa del viaje de Magallanes por Batista Agenese, 1545


Paralelo al vuelo imperial en Europa es el despliegue de los nautas y conquistadores en América, y no ajeo a ellos Carlos V, que si en 1519 había apoyado a Magallanes en 1528, lo hace nada menos que a los dos principales figuras de la conquista, Hernán Cortés y Francisco Pizarro, que coinciden en España en ese año, siendo bien recibidos por el emperador. Galeón del siglo XVI, por Brueghel


El concilio de Trento, de tanta importancia en la historia de la iglesia, fue apoyado con toda su fuerza por Carlos V, con el envío de obispos y teólogos españoles. En este caso, siendo imposible que acudiera Vitoria aquejado ya de enfermedad mortal. Grabado de la época.

Aunque Carlos V logró que Pablo III convocara el concilio de Trento, jamás consiguió que se apartara de la neutralidad en las guerras con Francisco I. Óleo de Tiziano en la Galería de Arte Antiguo en Roma

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La obra maestra de Tiziano. Carlos V a caballo galopando lanza en ristre por los campos de Mühlberg a solas con su victoria. Museo del Prado (Madrid)

 

Tiziano nos deja también la estampa del emperador postrado en un sillón más que viejo envejecido por tantos achaques y tanto bregar en los campos de la Media Europa. Óleo en la pinacoteca de Münich.


De Innsbruck tan vinculada a su abuelo Maximiliano I, hubo de salir Carlos V en 1552, ante el peligro de ser cogido prisionero por Mauricio de Sajonia. Interior de la iglesia palatina o de los franciscanos


Este es el postrer refugio de César: Yuste, un lugar perdido en la región extremeña de la Vera. Al lado del palacete de Carlos V, el convento jerónimo para mostrarnos los profundos sentimientos religiosos del emperador




Notas:

[1] Cit. por Francisco de Laiglesia: Estudios históricos, I, pág. 376; es un texto revelador, que en su momento glosaremos con el detalle que merece.

[2] Un problema tremendo para la juventud universitaria de entonces, en cuyo Bachillerato lo normal era estudiar solo la lengua francesa.

[3] G. Heine, Briefe an Kaiser Karl V, geschrieben von seinen Beichvater in dem Jahren 15301532(Berlin, 1848).

[4] J. J. Döllinger, Dokumente zur Geschichte Karls V und Philipps II und ihre Zeit (Ratisbona, 1862).

[5] A. von Druffel, Beiträge zur Reichsgeschichte (1546-1555)(Múnich, 1873-1882, 4 vols).

[6] L. Gachard, Correspondence de Charles V et d’Adrien VI(Bruselas, 1859).

[7] Del mismo, Retraite et mort de Charles Quint au monastère de Yuste: Lettres inédites (Bruselas, 18545-1855, 3 vols).

[8] W. Bradford, Correspondence of the Emperor Charles V and his ambassadors at the Courts of England and France (Londres, 1850).

[9] Reiffenberg, Lettres sur la vie intérieure de l’Empereur Charles Quint de Guillaume van Male(Bruselas, 1843).

[10]Isabel de Portugal (Madrid, 1951, con largo Apéndice documental en que recogen 114 cartas de la Emperatriz a Carlos V entre 1528 y 1538, sitas en el Archivo de Simancas).

[11]Korrespondenz Ferdinands I (Viena, 1912-1977, 5 vols).

[12] Lisboa-París, 1994.

[13]El emperador Carlos V y su Corte, según las cartas de don Martín de Salinas, 1522-1539 (Madrid, 1903).

[14] Madrid, Alianza Editorial, 1994

[15]Codoin, vol. XIV, págs. 5-284 y XCVII, págs. 213-284

[16]Ibídem, vol. LXXXVIII, págs. 512-521.

[17]Ibídem, vol. LI, págs. 563 y 574.

[18]Memorial Histórico Español, tomos XXXV a XL. Para la autoría de Tomillo véase el importante estudio de Juan Ignacio Gutiérrez Nieto, Las Comunidades como movimiento anti-señorial, Barcelona, 1973, pág. 82. Se trata de un caso muy frecuente en que el historiador de turno acude al archivero para que realice esa tarea como experto, sin después mencionarlo. Hay ahí materia suficiente para toda una Tesis Doctoral, el día en que un joven (o una joven, claro) archivero de Simancas se decida a ello. De ahí el marcado contraste que ofrecen no pocos estudios de esta época, entre el anodino texto y el suculento apéndice documental, como es el caso de la obra de Mazarío Coleto ya mencionada.

[19]Cortes de los antiguos reinos de León y de Castilla publicados por la Real Academia de la Historia, Madrid, 1882-1903, vols. IV y V.

[20] Francisco de Laiglesia, Estudios Históricos (1515-1555), Madrid, 1918, 3 vols.; en particular, para los discursos carolinos ante las Cortes, el vol. I, págs. 335-486.

[21] La breve, pero personalísima intervención de Carlos V ante la Dieta de Worms está publicada por A. Wrede en: Reichstagsakten, II, (Gotha, 1896), págs. 594-596. Es el texto francés escrito por el propio Emperador, según la copia, confrontada con el original, realizada por el secretario Jean Lallemande.

[22] A. Morel-Fatio, «L’espagnol, langue universelle» (en Bul. Hispanique, 1913, XV, págs. 207225). Salvador de Madariaga corrigió este texto, incorporándolo como documento anejo a su ensayo sobre el Emperador, Carlos V, Barcelona, ed. 1980, págs. 137 a 142.

[23] Puede seguirse el texto recogido por el cronista Sandoval,Historia del emperador Carlos V, Madrid, ed. Carlos Seco, 1956, III, págs. 478-481.

[24] Madrid, 1914. El lector podrá apreciar en qué medida soy deudor de la ingente tarea de aquel benemérito estudioso carolino, gracias al ejemplar que me facilitó desde el primer momento la Fundación Academia Europea de Yuste. Recordemos que el constante viajar de Carlos V ya había sido recogido por Jean de Vandenesse entre 1510 y 1551, publicado por W. Bradford (Londres, 1850).

[25] Pedro Mejía, Historia de Carlos V, ed. crítica con estudio preliminar de Juan de Mata Carriazo, Madrid, 1945.

[26] Alonso de Santa Cruz, Crónica del emperador Carlos V, ed. Blázquez y Beltrán, Madrid, 19201925, 5 vols. Para las relaciones entre Carlos V y Alonso de Santa Cruz, véase la obra del profesor Carriazo, Alonso de Santa Cruz. Crónica de los Reyes Católicos, ed. crítica, Sevilla, 1951, vol. I.

[27] Sandoval, Crónica del emperador Carlos V, ed. con estudio preliminar de Carlos Seco, Bibl. Aut. Esp., vols. LXXIX-LXXXII, Madrid, 1956.

[28] Juan Ginés de Sepúlveda, Historia de Carlos V, ed. crítica y traducción de Elena Rodríguez Peregrina; estudio histórico y notas a la traducción de Baltasar Cuart Moner (Pozoblanco, 19951996, 2 vols. aparecidos, que llegan hasta 1532; la Real Academia de la Historia publicó la ed. latina).

[29] Gonzalo de Illescas, Jornada de Carlos V a Túnez, Bibl. Aut. Esp., vol. XXI, págs. 451-458

[30] Luis de Ávila y Zúñiga, Comentario a la guerra de Alemania, Bibl. Aut. Esp., vol. XXI, págs. 409-449.

[31] César Girón, Crónica del Emperador, ed. crítica de Juan Sánchez Montes, Madrid, Escuelas de Historia Moderna, 1964.

[32] Francisco López de Gomara, Anales del emperador Carlos V, ed. crítica de R. B. Merriman, Oxford, 1912.

[33] Francisco de Zúñiga, Crónica de Carlos V, Bibl. Aut. Esp., vol. XXXVI, págs. 9-62; reed. crítica, con introducción y notas de Diane Pamp de Avalle-Arce, Barcelona, 1981.

[34] L. Dolce, Vita dell’Imperatore Carlo Quinto, Venecia, 1561.

[35] Florencia, 1550-1552, ed. castellana de Gaspar de Baeza, Salamanca, 1562-1563, 2 vols.

[36] Gonzalo Jiménez de Quesada, El Antijovio, ed. dirigida por Rafael Torres Quintero, con prólogo de M. Ballesteros Gaibrois, Bogotá, 1952.

[37] Pierre de Bourdeille, Señor de Brantôme, fue un curioso personaje de la segunda mitad del siglo XVI (1537-1614), de vida aventurera. Su obra ha sido recientemente traducida, con estudio crítico, por Juan Quiroga (seud.), Gentilezas y bravuconadas de los españoles, Madrid, ed. Mosand, 1996.

[38]Relazioni degli ambasciatori veneti al Senato (ed. por Alberi, Florencia, 1839-1836). Informes muy divulgados a través de la obra de Gachard, Relations des ambassadeurs vénitiens sur Charles Quint et Philippe II (Bruselas, 1856), si bien en ella no se recoge la del embajador Contarini (véase mi estudio «Cuatro semblanzas de Carlos V», en Cuadernos Hispanoamericanos, Madrid, 1958, núms.107-108, págs. 183-194).

[39] Leipzig, 1877.

[40]Rivalité de François Ier et de Charles Quint, París, 1875, 2 vols.

[41]The history of Charles V, Londres, 1897, 2 vols.

[42]Charles-Quint, publicado en la colección belga Biographies nationales, III, Bruselas, 1872, págs. 523-960.

[43]Carlos V, el emperador y el Imperio español en el Viejo y Nuevo Mundo, Buenos Aires, 1940.

[44] Karl Brandi, Kaiser Karl V: Werden und Schickal einer Persönlichkeit und eines Weltreiches(Múnich, 1.ª ed. 1937, 2 vols.); existe trad. Española del vol. I de M. Ballesteros Gaibrois (Madrid, 1943), pero no del II, dedicado a las fuentes carolinas.

[45] Aparecidas en las Nachrichten von der Gesellschaft der Wissenschaften zu Göttingen desde 1930 y recogidas después con el título Berichte und Studien zur Geschichte Karls V (Göttingen, 1941-1942, 2 vols.) con trabajos, entre otros, de F. Walser, Otto Adalbert Graf Looz-Corswaren, Franz Stick y el propio Karl Brandi. Para mí resultó de inestimable valor la regesta de la correspondencia de Carlos V con Felipe II entre 1539 y 1556, sita en Simancas, realizada por LoozCorswaren (Berichte…, op. cit., II, 1936, págs. 227-268). Útil también el estudio de Franz Stix sobre varias claves de la correspondencia cifrada de Carlos V (Ibídem, 1936, págs. 207-226 y 1937, págs. 61-70).

[46] Madrid, Espasa Calpe (Col. Austral), 1942; 1.ª ed. inglesa, 1938.

[47] Göttingen, 1957.

[48] París, Albin Michel, 1969; con un Apéndice a cargo de Gérard Walter sobre las fuentes carolinas que no aparece en la traducción española de Ignacio Gaos (Barcelona, ediciones Grijalbo, 1980). También se adjuntan las Memorias del Emperador, posiblemente por decisión de la editorial, pero teniendo en cuenta la pobre edición de Kervyn de Lettenhove (Bruselas, 1862); cf. mi estudio «Las Memorias de Carlos V», en Poder y sociedad en la España del Quinientos, Madrid, Alianza Universidad, 1995, págs. 138-141.

[49] Henri Lapeyre, Carlos V, Barcelona, ¿Qué sé?, 1972.

[50] Londres, 1956; ed. española, El Emperador Carlos V, Barcelona, Editorial Juventud, 1976.

[51] Martyn Rady, Carlos V (Madrid, Alianza Editorial, 1991; 1ª ed. inglesa, 1988). Sobre algunos defectos en cuanto a las fuentes, cf. que utiliza la edición de Leonard Simpson de las Memorias del Emperador (Londres, 1862), orillando las posteriores de A. Morel-Fatio y la mía misma; caso similar del traductor español, que recurre a la versión de Luis de Olona, también de aquellos años (véase sobre esto lo que indico en mi libro Poder y sociedad…, op. cit., págs. 138-141).

[52] H. G. Koenigsberger, «El Imperio de Carlos V en Europa» (Historia del mundo moderno, de la Universidad de Cambridge, ed. española, Barcelona, ed. Sopena, 1970). Son solo 25 páginas, pero verdaderamente excelentes, en un tomo dedicado a la época de la Reforma que tuve el privilegio de poder prologar para la edición española.

[53] Pierre Chaunu, L’Espagne de Charles Quint (París, 1973); ed. española, La España de Carlos V, Barcelona, 1976-1977, 2 vols

[54] Joseph Pérez, Carlos V, Madrid, 1999. También J. Pérez intenta realizar algo más que la biografía del Emperador, hasta tal punto que el capítulo dedicado a las Indias supone la quinta parte del libro.

[55] Buenos Aires, Espasa Calpe (Col. Austral), 1946; 1.ª ed., 1937. En el mismo tomito se incluyen otros estudios dedicados a Carlos V, Felipe II y el príncipe don Carlos, de forma que la parte dedicada a la Reina apenas abarca 80 páginas.

[56] Michael Prawdin, Juana la Loca, Barcelona, Juventud, 1953.

[57] En todo caso, véanse las págs. que le dedico en mi reciente libro Felipe II y su tiempo, Madrid, Espasa Calpe, 1998; 9ª ed., abril, 1999, págs. 19 y sigs.

[58] Garrett Mattingly, Catalina de Aragón, Buenos Aires, 1942; 1.ª ed. inglesa, Boston, 1941.

[59] Hayward Keniston, Francisco de los Cobos, Secretario de Carlos V, Madrid, Editorial Castalia, 1980.

[60] Sevilla, 1997; se trata de un trabajo premiado por la Diputación Provincial de Sevilla en 1958, con motivo del IV Centenario de la muerte del Emperador, y ahora publicado con Introducción de Antonio Domínguez Ortiz. Es un estudio muy erudito, aunque no fácil de leer.

[61] Barcelona, Crítica, 1992; 1.ª ed. inglesa, 1988

[62] Madrid, Espasa Calpe, 1940; publ. en la Col. Austral con otros ensayos. De ahí arranca la célebre polémica en torno al idearium político de Carlos V (véase, sobre esto, mi estudio Política mundial de Carlos V y Felipe II, op. cit., págs. 51 y sigs.

[63] R. Menéndez Pidal, «Un Imperio de paz cristiana» (Introducción al t. XX de la Historia de Españade su nombre, Madrid, Espasa Calpe, 1996, 6ª ed.; 1ª ed. de 1966, págs. XI-LXXII. ¿Cómo no recordar yo ahora aquel verano de 1964 en el que pasé jornadas tan emotivas con el insigne maestro, cuando don Ramón tenía en sus manos el Prólogo a mi libro carolino? Con una agilidad increíble para su edad —pues ya había cumplido los 95 años—, aún era capaz de subir los peldaños necesarios para alcanzar cualquier libro que deseara mostrarme, en aquel amplio despacho cuyos ventanales daban a un hermoso jardín; tan hermoso que un día le dije: «¡Qué gran jardín para sus paseos!». Y me contestó, de inmediato: «Para mí, no. Yo no tengo tiempo para eso. Para mis nietos». O acaso me dijo que para sus biznietos, ya no lo recuerdo bien.

[64] En Cuadernos Hispanoamericanos (Madrid, 1958, núm. 113, págs. 93-117).

[65] Madrid, Inst. Est. Políticos, 1958. No puedo menos de aprovechar esta oportunidad para rendir mi homenaje personal a aquel gran historiador, a quien encontré con apoyo decisivo, en dos momentos importantes de mi vida intelectual: cuando me fue concedido el Premio Nacional Historia de España en diciembre de 1985 (como supe después por otros miembros del Jurado), sin que ni siquiera entonces tuviéramos trato alguno, y al ser el primer firmante para mi candidatura como académico (en unión de otros dos eminentes historiadores, los profesores José María Jover Zamora y Carlos Seco Serrano), el 9 de mayo de 1986.

[66] Un tema, el de las Comunidades castellanas alzadas contra Carlos V a principios de su reinado, al que por otra parte dediqué tantas horas y no pocas investigaciones, y que está además unido al recuerdo de la primera Tesis Doctoral que dirigí: la del catedrático hoy de la Universidad Complutense, el profesor Juan Ignacio Gutiérrez Nieto, defendida en 1971 y publicada poco después con el título Las Comunidades como movimiento antiseñorial (Barcelona, Planeta, 1973), que tuve la satisfacción precisamente de prologar. En todo caso, a recordar la magistral obra de Joseph Pérez, La revolución de las Comunidades de Castilla(Madrid, 1971; 1ª ed. francesa de 1970) así como para las Germanías valencianas el mejor estudio es el de Ricardo García Cárcel, Las Germanías de Valencia (Barcelona, 1975) que, como en el caso de Gutiérrez Nieto, constituyó su Tesis Doctoral. Y en cuanto a Mallorca, los estudios de José Juan Vidal, empezando por «Una aproximación al estudio de las Germanías de Mallorca» (Bol. Cámª. de Comercio, Ind. y Nav. de Mallorca, 1973, núm. 681, págs. 141-188).

[67]The cloister-life of the emperor Charles the Fifth (Londres, 1851).

[68]Charles Quint; son abdication, sa retraite, son séjour et sa mort au monastère de Yuste (París, 1852).

[69]Retraite et mort de Charles Quint au monastère de Yuste(Bruselas, 1854). Gachard aporta además otra documentación simanquina.

[70]La inquietud postrimera de Carlos V (Cáceres, 1957-1958).

[71] El ocaso del Emperador (Madrid, 1995).

[72]Miscelánea Comillas, 1958.

[73] Afortunadamente todas publicaron magníficos Catálogos: Charles-Quint et son temps, Gante, Museo de Bellas Artes, 1955.Sonderausstellung Karl V, Viena, Kunsthistorisches Museum, 1958.Carlos V y su ambiente, Toledo-Madrid, 1958. Añádase la exposición organizada en Barcelona por la Dirección General de Archivos y Bibliotecas, con su publicación Carlos V y su época: Exposición bibliográfica y documental, Barcelona, 1958.

[74] He aquí el índice de sus trabajos: Bataillon, La Cour découvre la Nouveau Monde; Terlinden, La politique de Charles-Quint et les enseignements d’Erasme; F. A. Yates, Charles Quint et l’idée d’empire; P. du Colombier, Les triomphes en images de l’empereur Maximilien Ier; S. Anglo, Le Camp du Drap d’Or et les entrevues d’Henri VIII et de Charles-Quint; Paul Kast, La musique et les musiciens de la chapelle de Fancois Ier au Camp du Drap d’Or; H. Baillie, Les musiciens de la chapelle d’Henri VIII au Camp du Drap d’Or; H. Heusch, Le Sacre de Charles-Quint à Aix-la-Chapelle; J. Robertson, L’Entrée de Chales-Quint à Londres en 1522; A. Rodríguez-Moñino, Vasco Díaz Tanco témoin du couronnement de Charles-Quint; A. Chastel, Les Entrées de Charles-Quint en Italie; V. L. Saulnier, Charles-Quint traverse la France: ce qu’en dirent les poètes français; N. Bridgman, La participation musicale à l’entrée de Charles-Quint à Cambrai en 1540; P. Brachin, La «Fête de Rhétorique» de Gand (1539); A. van Eislander, Les Chambres de Rhétorique et les fêtes du règne de Charles-Quint; L. van Puyvelde, Les Joyeuses Entrées et la peinture flamande; M. Lageirse, La Joyeuse Entrée du Prince Philippe à Gand en 1549; A. Corbet, L’Entrée du Prince Philippe à Anvers en 1549; D. Devoto, Folklore et politique au Château Ténébreux; D. Heartz, Un Divertissement de palais pour Charles-Quint à Binche; S. Speth-Holterhoff, Le Palais des Bergen op Zoom; S. Williams, Les Ommegangs d’Anvers et les cortèges du Lord-Maire de Londres; C. A. Marsden, Entrées et fêtes espagnoles au XVIe siècle; J. Jacquot, Panorama des fêtes et cérémonies du regne. (Fêtes et cérémonies au temps de Charles-Quint, París, CNRS, 1960).

[75]Charles-Quint et son temps, París, 1958

[76]Karl V. Der Kaiser und seine Zeit, Colonia, 1960

[77] El Instituto de Cultura Hispánica tiene recogidas las principales ponencias en volumen tirado a multicopista (Madrid, 1958), que merecería la pena fuesen impresas, al menos en su mayoría.

[78] Libros de homenaje a Carlos V fueron impresos por las Universidades de Granada y Barcelona. Asimismo las revistas de Archivos, Bibliotecas y Museos, Cuadernos Hispanoamericanos e Historialanzaron números especiales. Una relación muy completa de los estudios aparecidos fue publicada por E. Benito Ruano, Hispania, LXXXIII, Madrid, 1958, págs. 742-782.

[79]Carlos V (1500-1558). Homenaje de la Universidad de Granada, Granada (1958). Estudios carolinos, Universidad de Barcelona, 1958.

[80]Charles-Quint et son temps (París, 1959).

[81]Karl V. Der Kaiser und seine Zeit (Colonia, 1960).

[82]Carlos V…, op. cit., págs. 219-232.

[83]Ibídem, págs. 111-208.

[84]Ibídem, págs. 41-77.

[85]Ibídem, págs. 461-467

[86]Ibídem, págs. 257-270

[87]Ibídem, págs. 595-641.

[88]Ibídem, págs. 331-372.

[89]Ibídem, págs. 17-25.

[90]Ibídem, págs. 26-39.

[91]Estudios carolinos, op. cit., págs. 53-65.

[92]Ibídem, págs. 37-51.

[93]Ibídem, págs. 95-113.

[94]Charles Quint…, op. cit., págs. 1-8.

[95]Ibídem, págs. 9-22.

[96]Ibídem, págs. 61-76.

[97]Ibídem, págs. 203-225.

[98]Ibídem, págs. 77-92.

[99]Ibídem, págs. 37-50.

[100]Ibídem, págs. 191-202.

[101]Ibídem, págs. 93-112.

[102]Ibídem, págs. 177-190.

[103]Karl V…, op. cit., págs. 1-20.

[104]Ibídem, págs. 21-37.

[105]Ibídem, págs. 104-117

[106]Ibídem, págs. 138-143.

[107]Ibídem, págs. 94-103

[108]Ibídem, págs. 211-217. Un ensayo brillante, como de aquel gran maestro, si bien con algunos errores en la cronología carolina, a salvar por el lector.

[109] Madrid, Rialp, 1987 (1.ª ed., 1963). Un libro que tuve la fortuna de prologar, gracias a la generosa amistad de su autor, con el que me unían grandes lazos de admiración y afecto, desde la etapa en que fui su profesor adjunto, cuando el profesor Jover se incorporó como Catedrático de Historia Moderna a la Universidad Complutense

[110] Madrid, Sociedad de Estudios y Publicaciones, 1943-1967, 3 vols. Difícilmente se podrá expresar lo que fue la obra de Carande, no ya para el mejor conocimiento del reinado de Carlos V, sino como un nuevo modo de enfocar el pasado. A partir de entonces, Carande se convirtió en el maestro de muchos historiadores españoles; yo mismo por tal lo tuve, aun sin conocerle. De ahí que me atreviera a pedirle que aceptase el ser propuesto como Doctor Honoris Causa por la Universidad de Salamanca en 1984, cuando ya don Ramón andaba por los 96 ó 97 años. Y don Ramón aceptó, por pura bondad. ¿Qué suponía en su Curriculum aquella distinción, cuando estaba tan cargado de honores y distinciones? Pero aceptó, y así pude tener el privilegio de ser su padrino en aquel acto (véase la publicación de la Universidad de Salamanca, Doctorado Honoris Causa del Excmo. Sr. Don Ramón Carande y Thovar, Salamanca, 1984, donde se inserta acaso el último discurso pronunciado por aquel tan eminente como longevo historiador).

[111] A quien le interese esta cuestión con más detalle puede ver las páginas que le dedico en mi reciente libro Poder y sociedad en la España del Quinientos (op. cit., págs. 117 a 141).

[112] Exactamente de 1620.

[113] Kervyn de Lettenhove, Commentaires de Charles Quint (Bruselas, 1862).

[114] Leipzig, 1862.

[115] Londres, 1862.

[116] Madrid, 1862.

[117] Alfred Morel-Fatio, Historiographie de Charles Quint. Première partie suivie des Mémoires de Charles Quint (París, 1913).

[118] Leopold Ranke, «Bemerkung über die autobiographischen Kaisers Karls V» (en Deutscher Geschichte im Zeitalter der Reformation, ed. por P. Joachimsen, Múnich, 1926, VI, pág. 79; ensayo que apareció por primera vez en 1868).

[119] Karl Brandi, «Die Politischen Testamente Karls V» (en Berichte und Studien zur Geschichte Karls V, op. cit., Gotinga, 1930, pág. 288).

[120] Como indico en mi libro Poder y sociedad…, no se puede ser severo con lo hecho por Luis de Olona, un escritor de mediados del siglo XIX especializado en la traducción de «vaudevilles» franceses para atender la demanda del público madrileño de la época, y sin la menor preparación como historiador para acometer aquella tarea. Había sido movido por la notoria oportunidad del tema, al conocer la noticia en aquel mismo año de 1862.

[121] Por pena, con el dolor de que el profesor Alcázar no pudiese verlo (m. en 1958). Por eso se lo dediqué a su memoria: Manuel Fernández Álvarez, Carlos V. Memorias, Madrid, Ediciones Cultura Hispánica, 1960, con una Introducción de 33 págs., 96 notas al texto e índices de personas y lugares citados por Carlos V.
En 1979 las incorporé al Corpus documental de Carlos V, en el vol. IV, págs. 459 a 567, elevando su aparato crítico a 209 notas.
Hemos citado ediciones en francés, alemán, inglés y español. Desde 1976 también contamos con otra en italiano, a cargo de Bruno Anatra (Florencia, 1976), con breve, pero importante Introducción. Finalmente debemos a un infatigable investigador, Vicente de las Cadenas, la reproducción fotográfica del manuscrito portugués custodiado en la Biblioteca Nacional de París, en su estudio Las supuestas «Memorias» del Emperador Carlos V, Madrid, 1988.
Y una observación postrera: pese a tantos esfuerzos, con frecuencia editores y autores siguen basándose en las malas ediciones del siglo XIX, como en el caso citado de la editorial francesa que publicó el ensayo de Madariaga sobre Carlos V, sea en la breve biografía inglesa de Martyn Rady todavía ceñida a lo hecho en 1862 por Simpson, sea en la traducción española de ese libro, donde se cambia la versión de Simpson por la de Olona con esta ingeniosa explicación: «El deficiente conocimiento del portugués de Lettenhove, unido a la “retraducción” de Simpson han hecho que para ajustarnos lo más posible a la intención del autor hayamos escogido la edición de Olona y no ediciones más modernas y más ajustadas al manuscrito original» (op. cit., pág. 109, nota).
Para terminar, añadiré que dediqué muchas jornadas a investigar en los principales archivos españoles, tratando de encontrar el original u otra copia de las Memorias del Emperador (cf. mi libro citado, Política mundial de Carlos V y Felipe II, págs. 5 a 12), sin resultado alguno.

[122] Especialmente, en los Archivos Generales del Reino

[123] En los fondos de ms. españoles de la Biblioteca Nacional parisina.

[124]Política mundial de Carlos V y Felipe II, con importante Prólogo del profesor Vicente Palacio Atard, Madrid, Escuela de Historia Moderna del CSIC, 1966.

[125] Era importante, en efecto, confrontar la veracidad o falsedad de las supuestas Instrucciones de Carlos V a Felipe II de 1555, que tanto juego habían dado en la educación de los príncipes de la Europa moderna. Publicadas en 1699, en versión francesa, por Teissier (Instruccions de l’Empereur Charles V à Philippe II, del que nuestra Biblioteca Nacional posee la segunda edición de La Haya, 1700), auténticas según el profesor austriaco Bruno Stübel, quien a su vez publicó en 1905 una copia alemana de las mismas, con ligeras variantes (en la revista Archiv für östereichische Geschichte, Viena, 1905, t. XCIII, pág. 181-248), habiéndose preocupado anteriormente por el tema en su estudio publicado en la rev. Mitteilungen des Instituts für österreichische Geschichtsforschung (t. XXII, 1902, págs. 611-638); pero falsas según E. W. Mayer que hizo un erudito estudio de las mismas, a través de todas las copias manuscritas que se conocían (en la rev. alemana Historische Zeitschrift, 1919, t. CXX., págs. 452-494). Poco más tarde, Josef Karl Mayr vuelve sobre estas Instrucciones de Carlos V, de 1555, manteniendo la tesis de un núcleo original del texto, con interpolaciones posteriores (en Historische Bläter, herausgegeben von Haus - und Staatsarchiv Wien I/2, págs. 218-251). Esa es también la opinión de otros notables historiadores, como Häbler y Merriman. La controversia tiene tanta más importancia cuanto que de ser auténticas las Instrucciones de 1555, habría de enfocarse de modo muy distinto la personalidad del Emperador y su idea imperial. Eso llevó a Karl Brandi a un nuevo análisis del problema en Berichte und Studien zur Geschichte Karls V (publ. en Nachrichten von der Gesellschaft der Wissenschaften zu Göttingen, I, págs. 258-293), donde llega a conclusión semejante a la de E. W. Mayer respecto no solo a su falsedad, sino también a lo poco probable de que hayan existido jamás otras cualesquiera instrucciones, a raíz de la abdicación de Carlos V. Ahora bien, que Teissier quisiera adoctrinar a mediados del siglo XVII a su principesco discípulo luterano con unas supuestas instrucciones políticas de Carlos V nos demuestra, al menos, el alto magisterio que seguía manteniendo el Emperador un siglo después de su muerte, en el terreno de la ética política.

[126] Contrato que firmaban, por la Fundación Juan March, D. Cruz Martínez Esteruelas, por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, D. Ángel González Álvarez, y por la Universidad de Salamanca, D. Pablo Beltrán Heredia (en representación de otro gran Rector, D. Julio Rodríguez Villanueva).

[127] En total, más de 800 documentos inéditos, en su gran mayoría transcriptos por mí mismo; esta aportación documental llena cuatro volúmenes, sumando unas 2.500 páginas. Cada volumen lleva su estudio introductorio. Procuré anotar cada documento, para resaltar sus puntos principales o para aclarar sus partes dudosas. Las 2.700 notas que empleé a tal fin prueban la seriedad con que tomé mi trabajo y el tiempo dedicado a ello. De ese modo, fueron saliendo los tomos, uno cada dos años. Y como la tarea se inició en 1958 y no se concluyó hasta 1981, puede decirse que tardé casi un cuarto de siglo en culminarla. Y lo señalo porque los historiadores jóvenes tienden a citar el Corpus sin más, como si fuera un fruto de la Naturaleza, olvidándose del tremendo trabajo que hay detrás de esa publicación.

[128] Madrid, Editora Nacional, 1982.

[129] Manuel Fernández Álvarez, El siglo XVI. Economía, Sociedad, Instituciones (Historia de España Menéndez Pidal, t. XIX, Madrid, Espasa Calpe, 1989, XXVIII + 749 págs.).

[130] Manuel Fernández Álvarez, La España del Emperador Carlos V (Historia de España Menéndez Pidal, t. XX, Madrid, Espasa Calpe, 1996, 6.ª ed. —la 1.ª de 1966—, con LXII págs. de la Introducción de don Ramón Menéndez Pidal, y 999 de mi texto.

[131] Madrid, Inst. Cult. Hisp., 1976; reeditado recientemente por Espasa Calpe en su Colección Austral, Madrid, mayo, 1999, 3.ª ed. (1.ª ed., febrero de 1999).

[132] Manuel Fernández Álvarez, Charles V. Elected emperor and hereditary ruler, Londres, Thames and Hudson, 1975.

[133] Manuel Fernández Álvarez, Imperator Mundi: Karl V. Kaiser des Heiligen Römischen Reiches Deutscher Nation, Stuttgart y Zúrich, 1977. Esta biografía tuvo muy diversa suerte. En España, pese a que ya habían aparecido los dos primeros tomos de miCorpus documental carolino, puede decirse que pasó prácticamente desapercibida, durmiendo los ejemplares en los sótanos del Instituto de Cultura Hispánica. En Inglaterra encontró una buena acogida y en Alemania se sucedieron las ediciones, sin que la editora alemana me lo notificara, por tratar el asunto directamente con la editora inglesa; ello aceptando el inevitable inconveniente: el de retraducir de la traducción inglesa en vez de acudir al original español; esa fue la tarea encargada por la editorial alemana a Ulrich Bracher, auxiliado por Ursel Bracher. Y aunque mi compensación económica por ese interés alemán fue prácticamente nula, tuve al menos la satisfacción de que mi libro circulara por todo el mundo germánico, tanto en la edición de lujo como en la de bolsillo.

[134] Manuel Fernández Álvarez, Juana la Loca (Palencia, 1994; agotado. La editorial Espasa Calpe está preparando una segunda edición).

[135]España y los españoles en los tiempos modernos (Salamanca, Universidad, 1979).

[136]La sociedad española del Renacimiento (Salamanca, Anaya, 1970; 2.ª ed., 1974).

[137]La sociedad española en el Siglo de Oro (Madrid, Editora Nacional, 1984; 2.ª ed., editorial Gredos, Madrid, 1989, 2 vols.). Esta obra recibió el Premio Nacional Historia de España en 1985.

[138] «María de Hungría, consejera imperial» (en Economía, Sociedad y Corona. Ensayos históricos sobre el siglo XVI, Madrid, 1963)

[139] «El Memorial de Luis de Ortiz» (Economía, Sociedad y Corona, op. cit., págs. 52-68. El mismo Memorial, en el Apéndice, págs. 375-462).

[140] «La época de Carlos V» (en Poder y sociedad en la España del Quinientos, Madrid, Alianza Universidad, 1995, págs. 117-225).

[141] El ya citado de Política mundial de Carlos V y Felipe II.

[142] Quiero salir así al paso a un reproche que hizo a mi Felipe II y su tiempo un destacado profesor, Gelabert: Yo no conocía bien la obra de otros historiadores, ¿en particular de los jóvenes? Y acaso no le faltase razón, pues de igual manera que a principios de la carrera —pongamos por ejemplo la Tesis Doctoral— toda la bibliografía acumulada, en especial la de los grandes maestros, nos parece poca, cuando la carga de los años es tan grande, lo que se anhela es dar a conocer lo que uno mismo lleva dentro. Ahora bien, esa experiencia es fruto, en gran medida, de los cambios de impresiones que se han ido teniendo, curso tras curso, con los compañeros de cátedra y los colaboradores. De ahí que ahora quiera y deba citarlos.

[143] También llama la atención que la Embajada alemana decidiera reunir los restos de los soldados alemanes muertos en España en las dos guerras mundiales y enterrarlos en las primeras laderas de Yuste, como para ponerlos al amparo y a la sombra del gran Emperador.

[144] Manuel Fernández Álvarez, Juana la Loca, Palencia, Diputación Provincial, 1994, págs. 61 y 62.

[145] Véase mi libro Juana la Loca, op. cit., pág. 41.

[146] En Gante

[147] O acaso no tan ingenuamente.

[148] El rey Fernando el Católico.

[149] Isabel la Católica.

[150] Lorenzo de Padilla, Crónica de Felipe I, llamado el Hermoso (en Colección de documentos inéditos para la Historia de España—Codoin—, vol. VII —Madrid, 1846—, págs. 67 y 68).

[151] El Rey, puesto que Felipe el Hermoso ya lo había sido de Castilla, como marido de Juana.

[152] Véase mi libro La España del emperador Carlos V [en Historia de España Menéndez Pidal(HEMP)], t. XX, Madrid, 1981 —5.ª ed.—, págs. 47 y sigs.

[153] Ese era uno de los pocos libros que Carlos V tenía en Yuste. El Emperador había leído también otras obras de Olivier de la Marche, como la Vida de Felipe el Atrevido (Vie de Philipe le Hardi). (Augustín Redondo, Antonio de Guevara, Ginebra, 1976, pág. 305, nota 7.)

[154] Huizinga, El otoño de la Edad Media, Madrid, Revista de Occidente, 1945, pág. 372.

[155] Cit. por mí en Juana la Loca, op. cit., pág. 58.

[156] Manuel Fernández Álvarez, Juana la Loca, op. cit., pág. 59.

[157] Así lo señala, certeramente, Karl Brandi: «Karls wesenhafte Frömmigkeit kann wohl nur hier ihre Wurzeln haben.» (Karl Brandi,Kaiser Karl V. Werden und Schicksal einer Persönlichkeit und eines Weltreiches, Múnich, 1964-7.ª ed., pág. 39).

[158] Instrucciones de Carlos V a Felipe II, Palamós 4 de mayo de 1543 (en Corpus documental de Carlos V, ed. crítica de Manuel Fernández Álvarez, Salamanca, 1973-1981, 5 vols., II, pág. 99).

[159] Luis Vives, De disciplinis (en Obras Completas, ed. Lorenzo Riber, Madrid, Aguilar, 1948; II, pág. 339).

[160] Chièvres.

[161] Carlos V a Cisneros y Adriano, 7 de septiembre de 1517 (B. N., Ms., leg. 1.778, fol. 28 v); cf. Manuel Fernández Álvarez, Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, pág. 76.

[162] Así conocida como viuda, en último término, del duque de Saboya.

[163] Pedro Mártir de Anglería, «Epistolario», ed. López de Toro, en Documentos inéditos para la historia de España, vol. X, Madrid, 1955, pág. 164.

[164] Isabel la Católica, Testamento, Valladolid, ed. 1944, pág. 28.

[165] El segundo, abuelo del famoso III duque de Alba.

[166] Cit. por Nicomedes Sanz y Ruiz de la Peña, Doña Juana I en Tordesillas, Valladolid, 1984, pág. 13.

[167] Se dijo que por tomar algunas hierbas, con la esperanza de lograr sucesión de Germana de Foix. Y acaso no las hierbas, pero sí el abuso carnal con su joven esposa tuvo la culpa del funesto resultado.

[168] Alonso de Santa Cruz, Crónica del emperador Carlos V, ed. Blázquez y Beltrán, Madrid, 1920-1925, 5 vols.; vol. I, pág. 93.

[169] Alusión a la Chancillería de Valladolid, que era la más antigua e importante, con jurisdicción sobre toda la Corona de Castilla al norte del Tajo.

[170] En realidad algunos menos, si contamos desde 1474.

[171] La carta de Valladolid a Carlos V, de 1516, recogida por Sandoval en su Crónica del emperador Carlos V, Madrid, ed. Carlos Seco, 1956, 3 vols.; vol. I, pág. 120.

[172] Sanz y Ruíz de la Peña, Doña Juana I en Tordesillas, op. cit., pág. 14.

[173] Es mi propio caso. Véase mi libro Juana la Loca, op. cit., pág. 154.

[174] Recordemos, en efecto, que la hija póstuma de Felipe el Hermoso había nacido el 14 de enero de 1507.

[175] Véase mi Juana la Loca, op. cit., págs. 154 y 155.

[176] En efecto, Cisneros había nacido en 1436. Un hombre, pues, de pleno siglo XV que prolongaba su longevidad hasta bien entrado el siglo XVI.

[177] Como tal lo titula Joseph Pérez, en su estudio La revolución de las Comunidades de Castilla, Madrid, 1977, pág. 115.

[178] Jerónimo Quintana, Historia de la grandeza de Madrid, ed. facsímil, Madrid, 1984, fols. 306 y 307.

[179] Pedro Navarro había caído cautivo de los franceses en la batalla de Rávena, en 1512; Fernando el Católico se negó a pagar el rescate exigido por Francia, lo que empujó a Pedro Navarro a pasarse al servicio de la corte de París. Fue una mezquindad del tacaño Rey Católico, olvidado de los notables servicios que le había prestado Pedro Navarro en las campañas de África

[180] Laurent Vital, Relación del primer viaje de Carlos V a España(en García de Mercadal, Viajes de extranjeros por España y Portugal, Madrid, 1952, pág. 662).

[181] Los otros dos fueron, para el ilustre historiador, el desembarco de los árabes en Andalucía en el 711 y el de Colón, claro, en América en 1492.

[182] La frase en la Crónica de Laurent Vital, op. cit., pág. 675.

[183] Laurent Vital, op. cit., pág. 678: «Un gran aguacero refrescó al cortejo…»

[184]Ibídem, pág. 691.

[185] Laurent Vital, op. cit., pág. 694.

[186] Manuel Fernández Álvarez, Juana la Loca, Palencia, 1994, pág. 163.

[187] Carlos V, Memorias, ed. crítica cit., pág. 49.

[188] Así sabemos que durante el primer viaje de los archiduques a España, en 1502, doña Juana sirvió de intérprete en la primera entrevista que Fernando el Católico tuvo con su yerno Felipe el Hermoso.

[189] En Laurent Vital, Relación del primer viaje de Carlos V a España, op. cit., pág. 700.

[190] Laurent Vital, op. cit., pág. 700

[191] Laurent Vital, op. cit., pág. 703.

[192] «Eius viri obitus hoc gravior castellanis et molestior accidit…» (Juan Ginés de Sepúlveda, Historia de Carlos V, ed. de E. Rodríguez Pereña y Baltasar Cuart, Salamanca, 1995, vol. I, pág. 38; sigo, pues, la traducción del texto latino ofrecido en esta edición crítica, a cargo de Rodríguez Peregrina)

[193] De Cisneros con Carlos V.

[194] Santa Cruz, Crónica de Carlos V, op. cit., I, pág. 161.

[195] «… luego que llegó esta carta al Cardenal recibió tanta alteración y le tomó tan recia calentura que en pocos días lo despachó…» (Alonso de Santa Cruz, op. cit., I, págs. 161 y 162; Sandoval sigue aquí, casi al pie de la letra, la versión de Santa Cruz).

[196] Vicente de la Fuente, Cartas de los secretarios de Cisneros, Madrid, 1875, pág. 193

[197] Fernando el Católico.

[198] Carlos V, Memorias, ed. crítica de Manuel Fernández Álvarez, Madrid, 1960, pág. 49; cf. Corpus documental de Carlos V, vol. IV, Salamanca, 1979, págs. 487 y 488.

[199] Juana la Loca.

[200] Carlos V a Fernando, su hermano, Middelburg, 17 de septiembre de 1517 (Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, págs. 71-74).

[201] «… mostró la buena y humilde voluntad que hacia el Rey, su hermano, mostraba». (Laurent Vital, op. cit., pág. 704).

[202] Error del cronista, pues eran nietos de Maximiliano I.

[203] Maximiliano I.

[204] Puede que se refiera aquí, más que a Fernando el Católico, a Felipe el Hermoso, pues Laurent Vital está recordando a las grandes figuras de su patria flamenca.

[205] Laurent Vital, op. cit., pág. 704

[206] Laurent Vital, op. cit., pág. 708.

[207] Su carta postrera a Carlos V es para recordarle que, habiendo podido disponer de sus reinos de Aragón de otra manera, se los había dejado a él; que lo único que le pedía, a cambio, es que cuidara de aquella viuda que dejaba, Germana de Foix, de forma que las rentas que le había señalado en el reino de Nápoles, le fueran satisfechas. (Real Academia de la Historia, fondo Salazar, A 16, fol. 4; copia)

[208]Calendar of State Papers, Spanish, II, pág. 281; doc. 246; cf.Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, pág. 49, nota 4.

[209]Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, pág. 50, nota 4.

[210]J Jerónimo López de Ayala, conde de Cedillo, El cardenal Cisneros, Gobernador del Reino, Madrid, 1921, II, doc. 277.

[211] J. Ernesto Martínez Ferrando, Privilegios otorgados por el Emperador Carlos V en el reino de Nápoles, Barcelona, 1943; cf. José Martínez Cardós, «La política carolina ante las Cortes de Castilla» (Revista de Indias, julio-diciembre 1958, núm. 73-74, págs. 357 y sigs.).

[212] Esa es la versión que nos da en su Crónica Pedro Mexía, Historia de Carlos V, Madrid, 1945, ed. Juan de Mata Carriazo, pág. 90.

[213] Laurent Vital, op. cit., pág. 723.

[214]Ibídem, pág. 746.

[215]Ibídem, pág. 747.

[216] Cortes de 1518, discurso de la Corona (en F. de Laiglesia, Estudios históricos, Madrid, 1918, I, pág. 336).

[217] Se entiende, pues, que Carlos estaba presente en la primera sesión de las Cortes, si bien fuera Mota, como presidente de las mismas, el que hablara en su nombre.

[218]Cortes de los antiguos reinos de León y Castilla, Madrid, 1882, IV, pág. 261.

[219]Cortes de los antiguos reinos de León y Castilla, op. cit., IV, págs. 262 y sigs.

[220] Una medida que estaba en estrecha relación con la seguridad del país, como ahora podía tratarse de las armas de guerra.

[221] Véanse sobre esto las sugestivas páginas de Merriman, Carlos V, Madrid, Espasa Calpe, 1960, págs. 39 y 40.

[222] Así lo declara Carlos V en su discurso a las cortes de Zaragoza el 20 de mayo de 1518: «… fuimos subvenidos del dicho reino de Castilla en doscientos cuentos…» (Laiglesia, Estudios Históricos, op. cit., pág. 435).

[223] Laurent Vital, op. cit., pág. 755

[224] Véase mi estudio Juana la Loca, op. cit., págs. 167 y sigs.

[225] Laurent Vital, op. cit., pág. 774

[226] Sandoval, Historia del Emperador Carlos V, op. cit., I, pág. 134.

[227] Fernando el Católico a Carlos V, Últimas recomendaciones a su nieto, enero de 1516 (en Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, pág. 49).

[228] Laurent Vital, op. cit., pág. 711. Lo cual viene a coincidir con la confidencia que por aquellas fechas hacía Carlos V a su amigo Heinrich von Nassau: su interés por una dama (Karl Brandi: Kaiser Karl V, op. cit., I, pág. 68).

[229] Laurent Vital, op. cit., pág. 711. 

[230] Archivo Simancas, P. R., leg. 29-59; cf. mi libro Fray Luis de León, Madrid, 1991, págs. 75 y sigs.

[231]Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, pág. 56.

[232]Ibídem, pág. 51.

[233] Merriman, Carlos V, op. cit., pág. 40.

[234]  Era lo pactado en el tratado de Noyon, al que ya hemos hecho referencia, pronto olvidado.

[235] Segismundo I el Viejo, casado con Bona Sforza, duquesa de Bari, feudataria del reino de Nápoles.

[236] El discurso de la Corona, en Laiglesia, Estudios históricos, op. cit., págs. 435-438.

[237] Merriman, Carlos V, op. cit., pág. 40.

[238] Laiglesia, Estudios históricos, op. cit., I, pág. 480.

[239] Alonso de Santa Cruz, Crónica del emperador Carlos V, op. cit., I, pág. 200; cf. mi estudio Poder y sociedad en la España del Quinientos, Madrid, Alianza Universidad, 1995, págs. 171 y sigs.

[240] Puede verse una notable reproducción en el libro-catálogoCharles Quint et son temps, Gante, 1955, ilustración 119.

[241] Robert-Hermann Tenbrock, Historia de Alemania, Múnich, 1968, págs. 83 y sigs.

[242] Los recibiría en 1521, el año en el que casaría con Ana de Jagellón, la hermana de Luis II de Hungría.

[243] Alonso de Santa Cruz, Crónica del emperador Carlos V, op. cit., I, pág. 193

[244] Santa Cruz, op. cit., I, pág. 193.

[245] Roma hubiera preferido la candidatura sajona, en parte para que se diera un mayor equilibrio, buscando un trípode continental (imperio, Francia, España), en parte para obtener su apoyo para combatir a Lutero, cuya doctrina se estaba difundiendo rápidamente por el ducado de Sajonia (Ludwig Pastor, Historia de los Papas, VII, págs. 260 y sigs.; cf. Ranke, Deutsche Geschichte im Zeitalter der Reformation, Múnich, 1925, I, pág. 284).

[246] Pastor, op. cit., VII, pág. 262.

[247] Solo Joaquín de Brandemburgo mostró una cierta discrepancia, al indicar que lo votaba por temor, más que por conciencia. (Karl Brandi, Kaiser Karl V, op. cit., pág. 92).

[248] Citados por Karl Brandi, Kaiser Karl V, op. cit., pág. 90.

[249] Exactamente 845.692. (Véase la nota detallada en mi libro La España del emperador Carlos V, op. cit., pág. 178).

[250] Cit. por Juan Reglá, «Carlos V y Barcelona» (en Estudios carolinos, Barcelona, 1959, págs. 40 y 41).

[251] Esto es, al momento.

[252] Carlos V al virrey de Cerdeña, Ángel de Vilanova, Barcelona, 6 de julio de 1519 (Real Academia de la Historia, Fondo Salazar, A-18, fol. 71)

[253] El Memorial de Gattinara estaba fechado a 12 de julio de 1519, seis días después, por tanto, de la llegada de la noticia (Karl Brandi, Kaiser Karl V, op. cit., pág. 93).

[254] Un lance que había provocado en 1516 la rápida intervención de Carlos, que desde un principio tuvo a sus hermanas como bazas para las alianzas matrimoniales con las casas reinantes europeas

[255] Pedro Mexía, Historia de Carlos V, ed. Juan de Mata Carriazo, Madrid, 1945, pág. 112

[256] Fernando Valls-Taberner y F. Soldevila, Historia de Cataluña, Barcelona, 1957, II, págs. 166 y 167.

[257] Los concellers de Barcelona a Carlos V, Barcelona, 20 de noviembre de 1520 (cit. por Juan Reglá, «Carlos V y Barcelona», en VV. AA., Estudios carolinos, Barcelona, 1959, pág. 42)

[258] Cortes de Barcelona de 1519, en Laiglesia, Estudios históricos, op. cit., I, pág. 483.

[259] Cit. por Merriman, Carlos V, op. cit., pág. 43.

[260] Sandoval, Historia del emperador Carlos V, ed. cit. de Carlos Seco Serrano, I, pág. 374.

[261] «… el rey de Francia.., habiendo sentido grandemente la elección ya dicha, pensando todavía estorbar el efecto della, escribió a Carlos e movió tratos en Italia contra el Emperador, de las cuales algunas vinieron a sus manos. Y con pensamiento de poder hacer algún movimiento en Nápoles y Sicilia y ocupar aquel Reino, con color de hacer guerra a los infieles, envió al conde Pedro Navarro con una gruesa armada, con la cual vino a desembarcar muy cerca del dicho reino de Nápoles. A cuya causa fue necesario que don Hugo [de Moncada] con la suya se retirase a defender los dichos Reinos…» (Pedro Mexía, Historia de Carlos V, op. cit., págs. 111 y 112).

[262] Sobre esa llegada tan oportuna del primer oro mejicano enviado por Hernán Cortés, véase el libro de Roger Bigelaw Merriman,Carlos V, op. cit., pág. 45, con las notas por él señaladas. Pero no puede ser el descrito por el conquistador en su primera carta-relación, que sería entregado a Carlos V en Valladolid el 1 de abril de 1520.

[263] Pedro Mexía, Historia de Carlos V, op. cit., pág. 117.

[264] Alonso de Santa Cruz, Crónica del emperador Carlos V, op. cit., I, pág. 203.

[265] Alonso de Santa Cruz, Crónica del emperador Carlos V, op. cit., I, pág. 221.

[266]Ibídem, I, pág. 206.

[267] Pedro Mexía, Historia de Carlos V, op. cit., pág. 124

[268]Ibídem, pág. 136.

[269] Pedro Mexía, Historia de Carlos V, op. cit., pág. 137.

[270]Cortes de los antiguos reinos de León y Castilla, op. cit., IV, págs. 285 y sigs.

[271] Discurso de Mota ante las Cortes de Santiago de 1520 (en Laiglesia, Estudios históricos, op. cit., I págs. 338 y sigs.).

[272] Recogido por Laiglesia, Estudios históricos, op. cit., págs. 342 y 343.

[273] Ahora bien, no pensaban así las Cortes, como lo dirían los procuradores de Córdoba: Era un claro reproche a Carlos V. ¿Acaso no había en Castilla nadie que fuera digno de representarle en su ausencia?

[274]Cortes de León y Castilla, op. cit., IV, pág. 316.

[275] Garrett Mattingly, Catalina de Aragón, Buenos Aires, 1942, págs. 176 y sigs.

[276] Carlos V, Memorias, ed. crítica de Manuel Fernández Álvarez, op. cit., pág. 48.

[277] Secretarios y embajadores rondaban ávidos por las afueras de aquel cerrado círculo familiar, pero no cazaron ni una frase…» (Garrett Mattingly, Catalina de Aragón, op. cit., pág. 257)

[278] Carlos V, Memorias, ed. cit., pág. 50.

[279] Cit. por Garrett Mattingly,Catalina de Aragón, op. cit., pág. 258.

[280] Edward Hall (cit. por Mattingly, Catalina de Aragón, op. cit., págs. 261 y 262).

[281] Sigo aquí la detallada descripción hecha por el historiador alemán Hermann Heutsch en su ponencia «La coronación de Carlos V en Aquisgrán», presentada en el Congreso Conmemorativo del IV Centenario de la muerte de Carlos V celebrado en Madrid en 1958.

[282] La primera corona de emperador electo, pues la coronación definitiva quedaba reservada al Papa, cosa que ocurriría diez años después.

[283] Recogido por Hermann Heustch, ponencia cit. del Congreso de 1958 del IV Centenario de la muerte de Carlos V.

[284] Citado por E. G. Rupp, «Lutero y la Reforma en Alemania hasta 1529» (en Historia del Mundo Moderno de la Universidad de Cambridge, Barcelona, 1970, II, pág. 49).

[285] Lucien Febvre, Martín Lutero, un destino, México, ed. Fondo Cultura Económica, 1966

[286]Ibídem, págs. 42 y 43.

[287] Prólogo a la edición de sus Obras Completas de 1545, en la ed. de Teófanes Egido, Lutero: Obras, Salamanca, 1977, pág. 370.

[288]Ibídem, pág. 371.

[289] Ranke, Deutsche Geschichte im Zeitalter der Reformation, ed. Joachimsen, Múnich, 1925, I, pág. 364.

[290] «¡Dios me ayude! Amén». El texto en Karl Brandi: Kaiser Karl V, op. cit, pág. 108.

[291] El texto de Carlos V, transcripto por su secretario Jean Lalemand, está publicado por A. Wrede en Deutsche Reinchstags Akten, II, Gotha, 1896, págs. 594-596.

[292] El Consejo Real a Carlos V, Burgos, 13 de abril de 1521 (A. G. Simancas, E., leg. 9, fol. 1)

[293] Creo que se trata de D. Diego de Muros (cf. González de Novalín, Fernando de Valdés, Oviedo, 1968, I, pág. 79)

[294] A. G. Simancas, E., leg. 9.

[295] Manuel Fernández Álvarez, «La Zamora comunera en 1520» (en Studia historica, núm. 3, 1983, págs. 12 y sigs.). Trataremos aquí los aspectos más relevantes de las Comunidades castellanas, en cuanto a su embate contra la Monarquía carolina, dado que lo que ahora intentamos presentar es una biografía del Emperador; en cambio, cuando se trató de escribir la historia de España en la época de Carlos V, le dimos entonces mucha mayor extensión, al igual que al tema de las Germanías valenciana y mallorquina. (Véanse mis capítulos «Las Comunidades» y «Las Germanías», en la Historia de España Menéndez Pidal, op. cit., t. XX, Madrid, 1996 —6.ª ed.—, págs. 215-278 y 279-297).

[296] Danvila, Historia crítica y documental de las Comunidades de Castilla, Madrid, 1897, I, págs. 520 y 521.

[297] Para todo esto véase mi biografía Juana la Loca, Palencia, 1994, págs. 183 y sigs.; cf. Joseph Pérez, La revolución de las Comunidades de Castilla, Madrid, 1977, págs. 180 y sigs.

[298] Danvila, Historia crítica y documental de las Comunidades de Castilla, op. cit., I, págs. 37 y sigs.; cf. Juan Ignacio Gutiérrez Nieto, Las Comunidades como movimiento antiseñorial, Barcelona, Planeta, 1973, págs. 160 y sigs.

[299] «Poder de Carlos V a los Gobernadores», Malinas, 22 de septiembre de 1520 (Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, págs. 83 y 84).

[300] Las otras dos veces habían sido con dos hijas de los Reyes Católicos, Isabel y María.

[301] Instrucciones de Valladolid a sus procuradores en la Santa Junta (Danvila, El poder civil en España, t. V, págs. 223 y sigs.; cit. por Joseph Pérez: La revolución de las Comunidades…, op. cit., pág. 534).

[302] En Manuel Danvila, Historia crítica y documental de las Comunidades de Castilla, op. cit., II, pág. 5.

[303] Germana de Foix

[304] El discurso de doña Juana, en Nicomedes Sanz y Ruiz de la Peña, Doña Juana I en Tordesillas, Valladolid, 1948, pág. 24.

[305] Cit. por Joseph Pérez, La revolución de las Comunidades…, op. cit., pág. 192.

[306]Ibídem, pág. 195, nota 36.

[307] En ese sentido se manifestaban también los capítulos de Valladolid. Véase lo recogido por Joseph Pérez, La revolución de las Comunidades…, op. cit., págs. 559 y sigs.

[308] José Antonio Maravall Casesnoves, Las Comunidades de Castilla. Una primera revolución moderna, Madrid, Alianza Editorial, 1979.

[309] Al menos, no lo haría Felipe II con el enviado flamenco Montigny, en la época de las alteraciones de los Países Bajos.

[310] Adriano de Utrecht a Carlos V, 16 de noviembre de 1520 (Archivo de Simancas, Patronato Real, leg. 2, fol. 1; cf. mi Juana la Loca, op. cit., págs. 199 y sigs).

[311] Cit. por A. Rodríguez Villa, Bosquejo biográfico de la reina doña Juana, Madrid, 1874, pág. 127

[312] Todavía en fecha tan tardía como en 1558 se seguiría recordando a aquellos que se habían significado en el movimiento comunero, al debatirse en la secretaría regia las mercedes que debían repartirse entre los procuradores de las Cortes castellanas. (Corpus, op. cit., IV, págs. 372 y sigs).

[313] Cit. por Félix de Llanos y Torriglia, Doña Catalina de Austria, discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia, Madrid, 1923, pág. 21

[314]Ibídem; cf. mi estudio, Juana la Loca, op. cit., pág. 208 y sigs

[315] A Tordesillas.

[316] Cit. por A. Rodríguez Villa, Bosquejo biográfico de la reina doña Juana, op. cit., págs. 134 y 135.

[317] El Memorial de Catalina a su hermano, en A. Rodríguez Villa,Bosquejo biográfico de la reina doña Juana, op. cit., págs. 137 a 142

[318] Véase sobre esto mi comentario, en mi libro Juana la Loca, op. cit., págs. 216 y sigs.

[319] Carlos V, Memorias, en Corpus documental de Carlos V, op. cit., IV, pág. 490.

[320] Está en el Museo de Bellas Artes, de Besançon.

[321] Alonso de Santa Cruz, Crónica del Emperador Carlos V, ed. de A. Blázquez y R. Beltrán, Madrid, 1920, II, págs. 37-40.

[322] Laurent Vital, Relación del primer viaje de Carlos V a España,op. cit., pág. 630.

[323] Laurent Vital, Relación del primer viaje…, op. cit., pág. 632.

[324]Wenn die alte Sage ihre Helden schildert, gedenkt sie zuweilen auch solcher, die erst eine lange Junge hindurch untätig zu Hause sitzen, aber alsdam, nachdem sie sich einmal erhoben, nie wieder ruhen, sondern in unermüdlicher Freudigkeit von Unternehmung zu Unternehmung fortgehen. Erst die geammelte Kraft findet die Laufbahn, die ihr angemessen ist. Man wird Karl V mit einer solcher Natur vergleichen könnte… (Ranke, Die Osmanen und die spanische Monarchie im sechszehnten und siebzehnten Jahrhundert, 3.ª ed., Berlín, 1875, pág. 131)

[325] Traduzco directamente del texto italiano publicado por Alberi, «Relazioni degli ambasciatori veneti al Senato», ser. I, vol. II, Florencia, 1840, págs. 60 y sigs.
Esta relación de Contarini no se inserta en la obra de GachardRelations des ambassadeurs vénitiens sur Charles-Quint et Philippe II (Bruselas, 1856), aunque comenta en el prólogo algunos aspectos de la misma. Sí la recoge, en cambio, traduciéndola, García de Mercadal, en su Viajes de extranjeros por España y Portugal (Madrid, ed. Aguilar, 1952), aunque con algunos defectos de bulto; así cuando Contarini dice de Carlos V que no era nada inclinado a los placeres (alle voluttà), juicio que García de Mercadal traduce por «nada inclinado a la voluntad» (pág. 907); frase que en mal castellano parece entenderse por falto de voluntad, cosa tan contraria al carácter del César. Algunas más podían señalarse.

[326] Pedro Mexía, Historia del Emperador Carlos V, ed. crítica de Mata y Carriazo, Madrid, Espasa Calpe, 1945, págs. 3-5.

[327]Relazioni degli ambasciatori veneti…, op. cit., ser. I, vol. III, Florencia 1853, págs. 222 y sigs.; por la extensión de la descripción de Badoaro traduzco solo algunos fragmentos. Cf. Gachard, Relations des amhassadeurs vénitiens…, op. cit., pág. 19 y sigs., quien recoge la relación de Badoaro según los Mss. de la Biblioteca Nacional de Madrid, de la Bibl. Real de Bruselas y de la Bibl. Nat. de París (trad. española del Dr. Pérez Bustamante, Madrid, 1944 pág. 23 y sigs.).

[328] Alonso de Santa Cruz, Crónica del Emperador Carlos V, ed. de la Real Academia de la Historia, por A. Blázguez y R. Beltrán y Rózpide, Madrid, 1920, II, págs. 37-40. (Los pasajes incompletos o de sentido dudoso se deben al deterioro del ms).

[329] Al advertir Carlos V a Felipe II que vele por mantener Italia al margen de las apetencias francesas, le dice: «Y aunque os sea necesario mirar en ahorrar quanto pudiéredes, según quedaréis adeudado y vuestros Estados alcançados, no por esto se podrá excusar de tener siempre alguna gente española en Italia…, porque será el verdadero freno para ynpedir ynnovamiento de guerra y que no se hagan ympressas para cobrar tierras…» (Instrucciones de Carlos V a Felipe II, Augsburgo, 18 enero 1548; publs. por Ch. Weiss, «Papiers d’Etat du Cardinal de Granvelle», en Collection de documents inédits su l’histoire de France, 44, III, París, 1842, pág. 290; cf. Laiglesia, Estudios históricos, 1515-1555, I, pág. 105; cf. mi Corpus documental de Carlos V, op. cit., II, pág. 581.

[330] Carta del cardenal Sigüenza a Granvela, Roma, 18 de noviembre de 1558: «Esta muerte del Emperador que aya gloria, será causa para que S. M. abreuie su yda a Spana. Cada día siento más su muerte, y tengo mucha razón por las merçedes y buen tratamiento que siempre me hizo, y el mundo conocerá aora quien era Carlos Quinto, Nuestro Señor le tenga en su gloria, que allá deve de estar». Biblioteca de Palacio. Ms. Papeles de Granvela, leg. 2260, fol. 122.

[331] Reitero aquí, básicamente, lo indicado en algunos estudios míos sobre la personalidad y la obra de Carlos V, en particular en mi libro Política mundial de Carlos V y Felipe II, Madrid, CSIC, 1966.

[332] Huizinga, El otoño de la Edad Media, Buenos Aires, 1947, págs. 91 y sigs.

[333] La frase cit. por Croce, La Spagna nella vita italiana durante la Rinascenza, Bari, 1949, pág. 126.

[334]Cortes de los antiguos reinos de Castilla y de León, IV, pág. 294.

[335] Pedro Mexía, Historia del Emperador Carlos V, Madrid, ed. crítica de Juan Mata Carriazo, 1945, pág. 117.

[336] Carlos V a María, Colonia, 28 de enero de 1532 (A. G. R., Bruselas, E. A., leg. 47, folio 36; cop. del siglo XVIII).

[337] «Don Fadrique de Toledo, duque de Alba, al tiempo de bautizar al príncipe y que preguntaron cómo ha nombre, siempre él respondía: Hernando ha nombre, porque él y otros muchos quisieran que se llamara así, por la buena memoria del rey don Fernando el Católico, y por la de los demás reyes de este nombre que ha habido en Castilla, que ellos y los once Alonsos merecen este amor y estar como natural en los corazones de los verdaderos castellanos». (Sandoval, II, 248).

[338] Fernández Alvarez, Pensamiento y acción en la política imperial de Carlos V, en Rev. Arch., Bibl. y M., LXIV, 2-1958, pág. 398; cf. mi Política mundial de Carlos V y Felipe II, op. cit., págs. 29 y sigs.

[339]Cortes de los antiguos Reinos de Castilla y León, IV, 293; cf. Martínez Cardós, La política carolina ante las Cortes de Castilla, en Revista de Indias, núms. 73-74, págs. 357 y sigs.

[340] Archivo de Simancas, Estado, leg. 1.564, fol. 509.

[341] Manuel Gómez Moreno, Las águilas del renacimiento español (1517-1558), Madrid, 1941.

[342] Sandoval, III, pág. 11.

[343] Higinio Anglés, La música en la corte de Carlos V, Barcelona, 1944, pág. 84.

[344] Gachard, Retraite et mort de Charles V, Bruselas, 1854, I, págs. 424 y sigs.

[345] «De donde, mirando a su alrededor, por si estaba presente el Canciller…»

[346] En el libro de Antonio Fontán y Jerzy Axer, Españoles y polacos en la Corte de Carlos V, Madrid, Alianza Universidad, 1994, pág. 172.

[347] Rodríguez Villa, El Emperador Carlos V y su Corte según las cartas de don Martín de Salinas, embajador del Infante don Fernando (1522-1539), Madrid, 1903, pág. 717.

[348] Un tema que traté con particular detalle hace años en mi libroPolítica mundial de Carlos V y Felipe II, ya citado; recogeré aquí, glosándolo, lo más sustancial.

[349] En Nachrichten von der Gesellschaft der Wissenschaften zu Göttingen, 1933, págs. 219-260.

[350] «Die ‘Kaiseridee Karls V.’ist diejenige Gattinaras —nos dice—, und die Rede von 1528 ist im besten Fall bei Karl der Durchbruch in dem motorischen Untergrunde seiner Vorstellungen und Handlungen». (Brandi, op. cit., pág. 239).

[351] «Seine Kaiseridee ist immer zuerst auf Italien bezogen, aber doch zugleich universal, alles wie bei Dante. Die Universalmonarchie und die Pflichten gegen die Kirche liegen für den Erben der Römer selbsverständlich mit darin». (Ibídem, pág. 255)

[352] Ramón Menéndez Pidal, «Idea imperial de Carlos V», conferencia dada en La Habana, 1937, y publicada por primera vez en la Colección Austral, 1941; reed. en su España y su historia, Madrid, 1957. Para una crítica más detallada de la tesis de Menéndez Pidal, véase mi estudio citado Política mundial de Carlos V y Felipe II, págs. 52 y sigs.

[353] Carlos V, Memorias, ed. crítica de Manuel Fernández Álvarez, Madrid, Instituto de Cultura Hispánica, 1960; reed. más ampliamente comentada en el Corpus documental de Carlos V, vol. IV (Salamanca, 1979, págs. 459-567. Véase también mi último estudio, Poder y sociedad en la España del Quinientos, Madrid, Alianza Editorial, 1995, en especial las págs. 138-141

[354] Carlos V, Memorias, ed. cit. (Salamanca, 1979), págs. 535 y 536, nota 158.

[355] Es cierto que Quintanilla alude a la guerra que estaba en marcha («la guerra que hay»), pero nada permite asegurar que se refiera con esa expresión a la guerra de Granada. Podría muy bien tratarse de la campaña napolitana, iniciada por el Gran Capitán en 1495.

[356] Andrés Bernáldez, Memorias del reinado de los Reyes Católicos, ed. Gómez Moreno y Carriazo, Madrid, 1962, págs. 516 y sigs.

[357]Ibídem, pág. 519.

[358] Pedro Mártir de Anglería, Epistolario, ed. López de Toro, vol. X, pág. 178.

[359] Felipe Ruiz Martín, «La población española al comienzo de los tiempos modernos» (en Cuadernos de Historia, anexos de la Revista Hispania, 1, Madrid, 1967, págs. 189-202).

[360] Véase su artículo, «Demografía eclesiástica» (Diccionario de Historia eclesiástica de España, Madrid, 1972, págs. 682 y sigs)

[361] Podía pensarse en otra explicación: que la Contaduría Mayor de Cuentas solo hubiera hecho el recuento de los lugares de realengo; pero a este respecto, la investigación realizada por Felipe Ruiz es terminante. Los empadronados eran tanto los pecheros de los lugares de realengo como de señorío. (Estudio cit., pág. 192).

[362] Guillermo Céspedes del Castillo los fija en 1.587 (América Hispánica, t. VI de la Historia de España dir. por M. Tuñón de Lara, Barcelona, Labor, 1983, pág. 180).

[363] Ramón Carande, Carlos V y sus banqueros, Madrid, 1965, I, págs. 70 y 71.

[364] Manuel Fernández Álvarez, Corpus documental de Carlos V, II, Salamanca, 1975, págs. 209 y sigs.

[365] Archivo de Simancas, Estado, leg. 59, fol. 185.

[366] El presupuesto de 1544 solo anota el de las galeras del Mediterráneo, cifrado en 220.000 ducados. Había que añadir las cantidades asignadas para los galeones de Indias. En el presupuesto de 1555 eso suponían otros 235.000 ducados.

[367] Véanse esos datos en mi edición crítica de las Memorias de Carlos V, op. cit., IV, pág. 535, nota 158.

[368] Remito al lector, a tales efectos, al estudio magistral de Ramón Carande, ya citado, Carlos V y sus banqueros, Madrid, 3 vols., 1965-1967. Referencias generales en mi libro, España y los españoles en los tiempos modernos, Salamanca, 1979, y en mi último estudio Felipe II y su tiempo, Madrid, Espasa Calpe,

[369] Véase el presupuesto del tesorero Morales en el libro de Tarsicio Azcona, Isabel la Católica, Madrid, BAC, 1964, pág. 732.

[370] Earl. J. Hamilton, El tesoro americano y la revolución de los precios en España, 1501-1650, Barcelona, Ariel, 1975, pág. 47; advierto que doy los precios ligeramente redondeados.

[371] Sobre ese tanteo, al final rechazado, por estimar los teólogos consultados que era en monopolio con perjuicio de los demás negreros, véase mi estudio, La sociedad española del Renacimiento, Salamanca, 1970, págs. 183 y sigs.

[372] H. G. Koenigsberger, «El Imperio de Carlos V en Europa» (enHistoria del Mundo, Cambridge University, II, Barcelona, Sopena, 1970, pág. 207).

[373] Anteriormente lo había sido del príncipe don Juan, el malogrado hijo de los Reyes Católicos.

[374] Karl Brandi, Kaiser Karl V, op. cit., pág. 152.

[375] Véase mi libro España y los españoles en los tiempos modernos, Salamanca, 1979, pág. 138.

[376] La obra clave, para su estructura, es la de Salustiano de Dios, El Consejo Real de Castilla, Madrid, 1982. Del mismo autor, Fuente para el estudio del Consejo Real de Castilla, Salamanca, 1986.

[377] Cierto, también podría ser recordado como el fundador de la Universidad de Oviedo. Sobre Valdés, el mejor estudio sigue siendo el de González Novalín, El Inquisidor General Fernando de Valdés, Oviedo, 1968-1971, 2 vols.

[378] De las Órdenes Militares.

[379] Manuel Fernández Álvarez, «Valdés y el gobierno de Castilla a mediados del siglo XVI» (en el libro de VV. AA., Simposio «Valdés-Salas», Oviedo, 1968, pág. 84).

[380]Ibídem, pág. 85.

[381] Archivo de Simancas, Pat. R., leg. 26, fol. 23.

[382]Ibídem.

[383] Con el cardenal Tavera y con Cobos, en el Consejo Real.

[384] Y, por tanto, en el Consejo Real.

[385] Instrucciones secretas de Carlos V a Felipe II, Palamós, 6 de mayo de 1543 (Corpus documental de Carlos V, II, Salamanca, 1975, pág. 109).

[386] El secretario Juan Vázquez de Molina a Felipe II, Valladolid, agosto de 1554 (Archivo Simancas, Estado, leg. 103, fol. 196)

[387] Esto es, del Consejo Real.

[388] La renuncia a tal pretensión de entrar en el Consejo con aquel noble.

[389] Felipe II a Vázquez de Molina, Londres, 2 de septiembre de 1554 (Archivo Simancas, Estado, leg. 103, fol. 212).

[390] Véase mi estudio cit., «Valdés el Gobierno de Castilla a mediados del siglo XVI», pág. 85.

[391]Ibídem, pág. 86.

[392] Sobre esto, cf. mis observaciones en mi obra citada, El siglo XVI. Economía, Sociedad, Instituciones (en Historia de España Menéndez Pidal, XIX, Madrid, 1989, págs. 539 y sigs.).

[393] Cierto que la situación de la Monarquía era ya tan desesperada, que también se oyeron voces de protesta (véase mi estudio «La política exterior de las Cortes de Castilla en el siglo XVI», en Las Cortes de Castilla y León en la Edad Moderna, Valladolid, 1989, pág. 364).

[394] En el Consejo Real de Castilla el presidente solo tenía un voto de calidad frente a los consejeros, mientras que los inquisidores eran hechuras del Inquisidor General, acatando sin más sus decisiones, ratificadas por la Corona.

[395] Véase mi estudio El siglo XVI. Economía, Sociedad, Instituciones, op. cit., págs. 570 y 571

[396] Cit. por Juan Antonio Llorente, Memoria histórica acerca del Tribunal de la Inquisición, Madrid, 1812; reed. por Valentina Fernández Vargas, Madrid, 1967, pág. 161.

[397] Carlos V a Fernando de Valdés, Ratisbona, 31 de julio de 1546 (cit. por González Novalín, El Inquisidor General Fernando de Valdés, op. cit., II, pág. 104)

[398] Carlos V a Felipe II, Augsburgo, 11 de febrero de 1548 (enCorpus documental de Carlos V, op. cit., II, pág. 598).

[399] Véase mi libro El siglo XVI, op. cit., págs. 575 y sigs.

[400] Felipe II al presidente y oidores de la chancillería de Valladolid, 8 de marzo de 1553 (Archivo Histórico Nacional, fondos de la Inquisición, I, leg. 245, fol. 58 v.; cop.).

[401] A la reina doña Juana y a las Infantas.

[402]Corpus documental de Carlos V, op. cit., pág. 49. La advertencia se mantiene por el Emperador a su hijo Felipe II, en las Instrucciones de 1543 (Ibídem, II, pág. 89).

[403] Cobos a Carlos V, Valladolid, 7 de agosto de 1543 (Corpus documental de Carlos V, op. cit., pág. 152).

[404] Archivo de Simancas, Castilla, leg. 14, fol. 7; original.

[405] Instrucciones de Carlos V a Maximiliano y María, Bruselas, 29 de septiembre de 1548, Corpus documental de Carlos V, op. cit., III, pág. 33: «Que el Consejo Real se haga siempre en palacio, como se acostumbra, y asimismo los Consejos de Estado…». Y también se indica una cierta periodicidad: «Quanto toca de juntarse los del Consejo de Estado algunos días por ordinario, fuera de los que será necesario, según la exigencia de los negocios que ocurrirán…».

[406] En 1554 Carlos V dejó como consejeros de Estado al lado de su hija doña Juana al Inquisidor General y arzobispo de Sevilla, Fernando de Valdés, al presidente del Consejo Real y obispo Antonio de Fonseca, a los marqueses de Mondéjar y de Cortes y a otros dos nobles: don Antonio de Rojas y don García de Toledo, este seguramente a petición de la Princesa, dada la privanza con que le honraría.

[407] En la Recopilación de leyes de los Reinos de Indias, libro II, título II, leg. 1; cf. reedición del Instituto de Cultura Hispánica, Madrid, 1943, I, pág. 228.

[408] Véase mi libro España y los españoles en los tiempos modernos, op. cit., pág. 139.

[409] Martín de Salinas al tesorero Salamanca, ministro de Fernando I, Valladolid, 8 de febrero de 1523 (en A. Rodríguez Villa, «El Emperador Carlos V y su Corte (1522-1539)», en Boletín de la Real Academia de la Historia, XLIII, págs. 84 y 85).

[410] Biblioteca del Monasterio del Escorial, signª &II, 7, fol. 122

[411] Ramón Carande, Carlos V y sus banqueros, op. cit., II, pág. 70

[412] Ibídem, pág. 74.

[413] Véase mi estudio El siglo XVI, op. cit., págs. 694 y sigs.

[414]Corpus documental de Carlos V, op. cit., II, pág. 574. (El subrayado es mío).

[415] Primero había estado casada con el duque de Florencia, Alejandro de Médicis.

[416] Bien sabido es que después de la crisis de 1552 se produjo un distanciamiento entre Carlos y Fernando.

[417]Memorias de Carlos V, ed. crítica cit., Corpus documental de Carlos V, IV, pág. 517; recuérdese que las Memorias van redactadas en tercera persona.

[418] Instrucciones de Carlos V a Felipe II, Augsburgo, 18 de enero de 1548 (Corpus documental de Carlos V, op. cit., II, pág. 573).

[419] Los que poseía de la Monarquía Católica.

[420] Las cosas del Imperio, y en particular la amenaza turca.

[421] Sigo aquí el texto de Sandoval, pues Carlos V parece referirse a su hermano Fernando.

[422] De España, se entiende.

[423] Instrucciones cits., de 1548 (Corpus documental de Carlos V, op. cit., II, pág. 574). Obsérvense los continuos galicismos, acaso por influencia de Nicolás Perrenot de Granvela, que recogiera al dictado las Instrucciones del Emperador.

[424]Ibídem, pág. 580

[425] Particularmente en el de la emperatriz Isabel.

[426] Todo este párrafo subrayado debe ir seguido; corrijo así la transcripción hecha en 1975

[427] Instrucciones de 1548 (Corpus documental de Carlos V, op. cit., II, pág. 591).

[428] Los datos sobre la aportación de los Países Bajos (las tropas mandadas por el conde de Buren, en la crónica de Sandoval, Historia del emperador Carlos V, op. cit., III, pág. 258. Las otras referencias en Ávila y Zúñiga, Comentarios de la guerra de Alemania (en Biblioteca de Autores Españoles, XVI, págs. 412 y sigs.). Para Brandi, las cifras eran inferiores: 40.000 infantes y 10.000 caballos. Merriman, en cambio, da un recuento bastante aproximado, tras la incorporación del conde de Buren con sus 20.000 soldados aproximadamente. (Sobre esto, ver mi comentario en la ed. crítica de las Memorias de Carlos V, Corpus documental de Carlos V, op. cit., IV, pág. 535, nota 158).

[429] Archivo de Simancas, Estado, leg. 34, fols. 16-18.

[430] Real Academia de la Historia, Fondo Salazar, A-48, fols. 156 y 157, or.

[431] Datos que algunos historiadores destacan como una novedad, pero que ya los había puesto yo de manifiesto hace cerca de cuarenta años, que se dice pronto.

[432] Instrucciones de Carlos V a Felipe II de 1548 (Corpus documental de Carlos V, op. cit., II, pág. 581).

[433] Así lo anunciaba la emperatriz Isabel a Carlos V en diciembre de 1535 (Carmen Mazarío, La emperatriz Isabel, op. cit., págs. 24 y 35).

[434] Véase supra, fol. 322

[435] Así ocurre en las levas mandadas hacer en 1548 (Arch. Simancas, Estado, Castilla, leg. 135, fols. 196 y sigs.; véase también, para la movilización hecha en 1542, el leg. 56 de la misma Sección de Simancas).

[436] Véase mi trabajo, para los años cuarenta, «Valdés y el gobierno de Castilla», op. cit., págs. 85 y 86.

[437] Al otro día, al romper el alba, el Emperador puso en orden su ejército y marchó sobre la dicha ciudad de Túnez, y ni Barbarroja, ni su gente pudieron impedir que Su Majestad entrase en ella…» (Carlos V, Memorias, ed. crítica cit., en Corpus documental de Carlos V, op. cit., IV, pág. 502).

[438] Francisco Escudero y Pedroso, Tipografía hispalense, Madrid, 1864; cf. mi estudio La sociedad española del Renacimiento, Salamanca, 1970, pág. 43

[439] Segunda carta-relación de Hernán Cortés a Carlos V (ed. crítica de Mario Hernández-Sánchez Barba, Madrid, Historia 16, 1985, pág. 80).

[440] Hernán Cortés, Cartas de relación, ed. cit., pág. 169.

[441] Luis Vives a su amigo Cranevelt, Brujas, 10 de junio de 1526 (en sus Obras Completas, ed. Lorenzo Riber, Madrid, Aguilar, 1948, II, pág. 1774).

[442] «… con la experiencia de lo que pasaba [la rápida conquista de Güeldres]…, no solo no le pareció imposible poder por vía de fuerza dominar tan grande soberbia [de la Liga de Schmalkalden], sino que lo tuvo por fácil…» (Memorias de Carlos V, ed. cit. ,Corpus documental de Carlos V, IV, pág. 527).

[443] Brantôme, Gentilezas y bravuconadas de los españoles, ed. crítica de Juan Quiroga, Madrid, ed. Mosand, 1995, pág. 34; lo entrecomillado, en español en el texto francés.

[444] Ávila y Zúñiga, Historia de la guerra de Alemania, op. cit., págs. 442 y 443.

[445] J. H. Elliott, The old World and the New, Cambridge, 1970. Cito por la edición inglesa que es la que recoge íntegra la imagen de aquel español del siglo XVI, el compás en la diestra sobre un globo terráqueo, la siniestra sobre el pomo de la espada, y al pie esa sugestiva leyenda.

[446] Tal la que sintió aquel noble de su Corte, el extremeño Luis de Ávila y Zúñiga, que tan patente dejaría en el patio de su casona-palacio de Plasencia, cuyo patio renacentista haría coronar con un busto del Emperador.

[447] Una niña, si hemos de creer al cronista Andrés Bernáldez: «… mal parió sin días una hija…» (Memorias del reinado de los Reyes Católicos, Madrid, ed. Gómez Moreno y Carriazo, 1962, pág. 378)

[448] Las de la princesa Isabel y la del príncipe don Miguel, su hijo

[449] Aunque es difícil la equiparación con la moneda actual, no bajaría de los 6.000 millones de pesetas.

[450]  Carlos V a sus vasallos de Castilla, Madrid, 1 de marzo de 1535, (en Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, pág. 411).

[451] Catalina de Austria a Carlos V, 12 de febrero (s. a.) [A. G. S., E., leg. 369, fol. 122; publ. por Aude Viaud, Lettres des souverains portugais à Charles Quint et à l’Impératrice (1528-1532), París, 1994, pág. 70].

[452] Fonseca a Carlos V, Madrid, 10 de julio ¿1530?: De cómo por merced antigua de los Reyes de Castilla el cargo de Canciller estaba vinculado al Arzobispo de Toledo. No lo había suplicado antes por estar designado Gattinara y porque «V. M. holgaba de servirse dél he dejado de hablar en ello. Hagora que el oficio es vaco, parésceme faltaría mucho a la obligación que tengo a esta dignidad sino trujexe eso a la memoria de V. M…». (Real Academia de la Historia, colección Salazar, G-23. 96, cop.)

[453] Por algo existe una copia de la época en el Archivo de Besançon, la capital del Franco-Condado, de donde eran oriundos los Granvela.

[454] Recordemos que Carlos V dicta sus Memorias hablando en tercera persona.

[455] La de Worms de 1521.

[456]Memorias de Carlos V, ed. cit., pág. 490.

[457] Para el gran historiador alemán Karl Brandi la generosidad de Carlos V con su hermano Fernando era seguir la pauta marcada por el canciller Gattinara; más bien hay que pensar en una actitud personal del Emperador, que se inspiraría en todo caso en las directrices marcadas en su día por el abuelo Maximiliano. (Karl Brandi, «Der Ratgeber war Gattinara…»; en Kaiser Karl V. Werden und Schicksal einer Persönlichkeit und eines Weltreiches, Múnich 1964, 7.ª ed., pág. 111).

[458] «… sie war von Haus nicht imperialistich im Sinne der Eroberung». (Karl Brandi, op. cit., pág. 110).

[459] Carlos V, Memorias; ed. crítica de Manuel Fernández Álvarez, en Corpus documental de Carlos V, t. IV, pág. 490.

[460] Carlos V a Francisco I.

[461] Enrique de Labrit.

[462] Alonso de Santa Cruz, Crónica de Carlos V, op. cit., I, pág. 433.

[463]Ibídem.

[464] Alfonso de Valdés, Diálogo de Mercurio y Carón, ed. J. F. Montesinos, Madrid, Clásicos Castellanos, 1954, pág. 183.

[465] Suele afirmarse que Carlos V procedió así a la muerte de Chièvres, su tan destacado privado, que era enemigo de Margarita; sin embargo, en sus Memorias, Carlos asegura haber puesto a su tía Margarita en los Países Bajos a raíz de la coronación en Aquisgrán, por tanto cuando todavía vivía el valido: (Carlos V, Memorias, ed. cit., pág. 409)

[466] Existe un notable testimonio de uno de sus familiares, el canónigo Blas de Ortiz, que nos puntualiza las zozobras de Adriano VI cuando le llegó a Vitoria la nueva de su elección al papado, en su obra Itinerarium Adriani Sexti (Vitoria, ed. de 1950 a cargo de I. M. Sagarna)

[467] Manuel Fernández Álvarez, La España del emperador Carlos V(en Historia de España Menéndez Pidal, t. XX, op. cit., pág. 350)

[468] El 7 de marzo de 1522 (Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., pág. 198)

[469] Instrucciones de Carlos V a don Lope Hurtado de lo que debía decir al papa Adriano (B. N., sección de Ms., leg 9442, fol. 51 v. a 53 v).

[470] Carlos V a Adriano VI, 7 de marzo de 1522 (en Lanz, op. cit., I, pág. 58).

[471] Adriano VI a Carlos V, Zaragoza, 3 de mayo de 1522 (Lanz, I, pág. 60). Es posible que en el distanciamiento de Adriano VI jugara también la desafortunada gestión de don Juan Manuel, el embajador imperial en Roma, que orgulloso por haber hecho triunfar a su candidato, se creyó que podía recomendar al nuevo Papa sus pautas de comportamiento, como príncipe temporal; esa es la tesis de Karl Brandi (en su libro Kaiser Karl V, op. cit., pág. 137).

[472] Adriano VI a Carlos V, Tarragona, 27 de julio de 1522 (Lanz,op. cit., I, pág. 63).

[473] Alfonso de Valdés, Diálogo de Mercurio y Carón, ed. J. F. Montesinos, Madrid, Clásicos Castellanos, 1954, pág. 178.

[474] De 1521.

[475] Las referencias en Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., pág. 191.

[476] «Das Kind trug Margaretes Namen —nos dice Brandi—, und wir wissen, dass sie sich seiner auch im kleinen annahm». (K. Brandi, Kaiser Karl V, op. cit., pág. 136).

[477] Archivo de Simancas, Estado, Castilla, leg. 5; publicada en CODOIN, op. cit., LXXXVIII, págs. 510 y 511.

[478] Cit. en mis diálogos luisianos patrocinados por la Universidad de Salamanca, Fray Luis de León, Madrid, Espasa Calpe, 1991, pág. 72.

[479] El conde de Nassau.

[480] En mi Fray Luis de León, op. cit., pág. 73.

[481] Para el que quiera conocer la última documentación, hasta ahora inédita, sobre esa doña Juana de Austria, véase el libro de María Remedios Casamar, Las dos muertes del rey don Sebastián, Granada, 1995; cf. mi último estudio Felipe II y su tiempo, Madrid, 1998, págs. 931 y sigs.

[482] En Fray Luis de León, op. cit., págs. 73 y 74.

[483] Archivo de Simancas, Estado, leg. 12, fol. 270, original; cit. por Quirino Fernández, «Las dos agustinas hijas de Fernando el Católico» (en Analecta agustiniana LI —1988—, págs. 44-46); cf. mi estudio Fray Luis de León, op. cit., pág. 74.

[484] Archivo de Simancas, Estado, leg. 142; documentos publicados en CODOIN, op. cit., t. LXXXVIII, págs. 512-519.

[485] Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., pág. 198

[486] Martín de Salinas a Gabriel de Salamanca, Brujas, 22 de mayo de 1522 (cit. por Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., pág. 201).

[487] Cit. por Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., pág. 201.

[488] Garrett Mattingly, Catalina de Aragón, Buenos Aires, 1942, pág. 267.

[489] Cit. por K. Brandi, Kaiser Karl V, op. cit., pág. 139.

[490] Un día, de Corpus Criste, se celebró la fiesta de La Jarretera… S. M. vino a misa y traía vestido el manto de la Orden». (Martín de Salinas a Gabriel de Salamanca, tesorero de Fernando I, Windsor, 21 de junio de 1522; cit. por Foronda, op. cit., pág. 203)

[491] En Foronda, op. cit., pág. 203.

[492] La cuarta porque la primera había sido en 1515, cuando Enrique VIII estuvo en los Países Bajos como aliado de Maximiliano I en la guerra que entonces tenía el emperador con Francisco I; y las otras dos, las ya comentadas tenidas en 1520.

[493] --------

[494] Carlos V, Memorias, ed. cit., pág. 491.

[495] Cit. por Foronda, op. cit., pág. 202. Martín de Salinas era simplemente el hombre de confianza de Fernando I en la Corte de España, pero todo lo que tiene contacto con las cosas de la mar, al punto adquiere una carga poética, como si aquí el diplomático adivinara el relato cervantino; aquello de «la del alba sería…»

[496] Carlos V a los concellers de Barcelona, 16 de julio de 1522, anunciándoles su llegada a Santander (cit. por Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., pág. 205).

[497] Sandoval, Historia del emperador Carlos V, op. cit., II, pág. 8.

[498] Sobre esto, véase mi Juana la Loca, Palencia, 1994, pág. 199.

[499] Cit. por Manuel Danvila, Historia crítica y documentada de las Comunidades de Castilla (en Memorial histórico español, tomos XXXV-XL, Madrid, 1897-1900, vol. II, pág. 5).

[500] Y lo hice zambulléndome en la documentación inédita de su archivo, unos fondos documentales ignorados por los tres principales estudiosos del tema: Maravall, Joseph Pérez y Gutiérrez Nieto. Algo comprensible, pues se trata de unos documentos de dificilísima lectura, pero que por ello me atraían más, como si se tratara de un tesoro guardado en caja fuerte con cerradura en clave que había de descifrar.

[501] (En «La Zamora comunera en 1520», Studia Historica, 1983, I, 3, págs. 7 a 27)
Algo que yo comentaba, tras el detenido examen de las actas zamoranas de diciembre de 1520:
De ese modo, aquel estudio de las fuentes zamoranas, orilladas por los estudiosos de la época, demasiado centrados en la investigación de la documentación que emanaba del poder, me hacía llegar a esta conclusión:
Lo que me llevaba al juicio postrero.

[502] La frase en la crónica de Pedro Mexía. Para Joseph Pérez, en todo caso Carlos V la haría buena (La revolución de las Comunidades de Castilla, op. cit., pág. 588).

[503] De gran moderación, a juicio de Joseph Pérez, el mejor conocedor del tema (op. cit., pág. 588). Compárese este comportamiento con las miles de ejecuciones llevadas a cabo por orden de Felipe II en los Países Bajos (en torno a 12.000 para algunos autores, como Koenigsberger), durante los primeros años del gobierno del duque de Alba, con juicios en los que intervenían Vargas y Del Río, dos jueces que condenaban a sus víctimas sin entender francés ni flamenco, manejando en todo caso un mal latín macarrónico, del que dejarían el grotesco recuerdo de aquella frase suya frente a las reclamaciones de la Universidad de Leuven por el secuestro del hijo de Guillermo de Orange: Non curamos privilegios vestros (cit. por Pieter Geyl, The revolt of the Netherlands, Londres, ed. 1966, pág. 102).

[504] Cit. por Félix de Llanos y Torriglia, Doña Catalina de Austria, discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia, Madrid, 1923, pág. 21.

[505] Marqués de Denia a Carlos V, Tordesillas, 25 de enero de 1522 (publ. por A. Rodríguez Villa, est. cit., págs. 143-146).

[506] Prudencio de Sandoval, Historia del emperador Carlos V, op. cit., II, pág. 10.

[507] Archivo de Simancas; documento fotocopiado en mi estudio, junto con Ana Díaz Medina, Los Austrias mayores y la culminación del Imperio (1516-1598) (en Historia de España, de VV. AA., Madrid, Gredos, 1987, pág. 177).

[508] Dantisco a Segismundo I, Valladolid 25 de febrero de 1523 (publ. por Antonio Fontán y Jerzy Axer, Españoles y polacos en la Corte de Carlos V, Madrid, 1994, pág. 154).

[509] Sandoval, op. cit., II, pág. 19.

[510] Joseph Pérez, La revolución de las Comunidades de Castilla, op. cit., págs. 567-628.

[511] Un examen de los fondos españoles del archivo imperial de Viena permite comprobar un goteo de españoles, antiguos comuneros; no en vano habían mirado a Fernando como su señor natural, el infante nacido en Castilla.

[512] Juan Ginés de Sepúlveda, Historia de Carlos V, ed. crítica de Rodríguez Peregrina y Cuart Moner, Salamanca, 1995, I, pág. 101.

[513] El cronista Sandoval las sitúa en Palencia, pero el acta del escribano de las Cortes, Francisco Salmerón no deja lugar a dudas.

[514] Foronda, Estancias y viajes… op. cit., págs. 217 y 219.

[515] Véase mi estudio «La España del Emperador Carlos V» (enHistoria de España Menéndez Pidal, t. XX, Madrid, 1996, sexta ed., pág. 149).

[516] Isabel la Católica, Testamento, ed. Valladolid, 1944, pág. 28.

[517] Cortes de Castilla de 1523, discurso de la Corona (publ. por F. de Laiglesia, Estudios históricos, op. cit., Madrid, 1918, I, pág. 347).

[518] Cortes de 1523, discurso de la Corona (en el est. cit. de Laiglesia, I, pág. 355).

[519] En Alemania, pero también en Austria.

[520] Los archiducados austriacos y el ducado de Württemberg.

[521] Todo el discurso de Gattinara, en la obra de Francisco de Laiglesia, Estudios Históricos, op. cit., I, págs. 345-360.

[522] Recogido por F. de Laiglesia, Estudios Históricos, op. cit., I, págs. 361 y 362.

[523]Cortes de los antiguos Reinos de León y de Castilla (Madrid, Real Academia de la Historia; 1882, vol. IV, pág. 366).

[524] Prudencio de Sandoval, Historia del Emperador Carlos V, op. cit., I, pág. 457.

[525] Carlos V, Memorias, ed. crítica cit., pág. 490.

[526] Los doce considerados más culpables fueron atormentados con hierros candentes, hechos cuartos sus cuerpos y sus cabezas expuestas en el rollo de la plaza mayor de Palma (Sandoval, Historia del Emperador Carlos V, op. cit., II, pág. 12).

[527] Gattinara a Adriano VI, 18 de diciembre de 1522 (publ. por Gachard, Analectes historiques, VII, pág. 210).

[528] El futuro papa Clemente VII.

[529] R. B. Merriman, Carlos V, el Emperador, y el Imperio español en el viejo y nuevo mundo, Madrid, 1960, pág. 159.

[530] Sepúlveda, Historia de Carlos V, ed. cit., I, pág.106. La noticia también en Santa Cruz, de quien posiblemente la tomaría Sepúlveda (véase mi estudio La España de Carlos V, op. cit., pág. 356).

[531] Cit. por Gachard, Analectes historiques, op. cit., IV, pág. 56.

[532] Santa Cruz, Crónica del Emperador Carlos V, op. cit., II, pág. 70.

[533] Carlos V, Memorias, ed. cit., en Corpus documental de Carlos V, IV, pág. 492.

[534] Carlos V a Fernando, Vitoria de 2 de marzo de 1524 (publ. por Karl Lanz, Korrespondenz des Kaisers Karls V, op. cit., pág. 95).

[535] Sandoval, Historia del emperador Carlos V, op. cit., II, pág. 40.

[536] Véase mi libro Juana la Loca, op. cit., pág. 218

[537] Catalina a Carlos V, Almeirín, 24 de marzo de 1528 [publ. por Aude Viaud, Lettres des souverains portugais à Charles Quint et à l’Impératrice (1528-1532), París, 1994, pág. 92].

[538]Ibídem, pág. 73

[539] Cit. por Aude Viaud, op. cit., pág. 70.

[540] Cit. por Juan de Mata Carriazo y Arroquia, La boda del Emperador, reed., Sevilla, 1997, pág. 78.

[541] Recuérdese que había nacido el 14 de enero de 1507.

[542] Comentado por Brandi, Kaiser Karl V, op. cit., págs. 169 y sigs.

[543] Karl Brandi traduce al alemán casi por entero el escrito de Carlos V. (Véase su op. cit., I, págs. 181 y sigs).

[544] Carlos de Lannoy, virrey de Nápoles, a Carlos V, Pavía, 25 de febrero de 1525 (publ. por K. Brandi, en Berichte und Studien zur Geschichte Karls V, XVII, pág. 185).

[545]Ibídem, pág. 187.

[546] Lope de Soria a Carlos V, Génova, 26 de febrero de 1525 (P. A. de 27); en Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, págs. 96-98.

[547] Fray Francisco de los Ángeles a Carlos V, Roma, 26 de agosto de 1526 (A. Simancas, Estado, Roma, leg. 847, fol. 172; original).

[548] Lannoy a Carlos V, febrero de 1526 (cit. por Lanz, op. cit., I, pág. 151).

[549] Fernando a Carlos V, Innsbruck, 14 de marzo de 1525 (publ. por Bauer, Korrespondenz Ferdinands I, Viena, 1912-1938, 3 vols., I, pág. 131).

[550] Instrucciones de Fernando a Martín de Salinas sobre lo que debía tratar con el Emperador, Innsbruck, 2 de abril de 1525 (en Bauer, op. cit., I, pág.136; cf. Lanz, I, pág. 683). Fernando aconsejaría también a Carlos V que aprovechase la oportunidad para pasar a Italia, para recibir la tercera corona imperial de manos del Papa, si bien con las debidas garantías para que no se recrudeciera el alzamiento comunero.

[551] En el sentido de soldado.

[552] Carlos V a Luis de Praet, Madrid, 26 de marzo de 1525 (en Lanz, op. cit., I, pág. 157).

[553] Juan Ginés de Sepúlveda, Historia de Carlos V, ed. cit., I, pág. 122. También Alonso de Santa Cruz se hace eco del gesto imperial: «No consintió que en su Corte se hiciesen alegrías profanas…» (Alonso de Santa Cruz, Crónica de Carlos V, op. cit., II, pág. 102).

[554] Brandi, op. cit., I, pág. 185. Quedaba en pie la satisfacción que se debía al duque de Borbón, para el que se asignaría la Provenza.

[555] La carta de Luisa de Saboya, traducida al español, en Santa Cruz, Crónica del emperador Carlos V, op. cit., II, pág. 102.

[556] Archivo Municipal de Ávila, leg. 258; cit. por Foronda, Estancias y viajes del Emperador, op. cit., pág. 251.

[557] Foronda, op. cit., pág. 252.

[558] Acaso por ello vemos también por esas fechas en Guadalupe a una dama de la Corte de la categoría de doña María de Mendoza, la esposa del secretario Cobos (Keniston, Francisco de los Cobos, op. cit., pág. 106). Añadamos que esta peregrinación a Guadalupe, tan significativa de la personalidad de Carlos V, pasó desapercibida a Karl Brandi.

[559] «Así lo dice Gil González en su Teatro, y es tradición recibida…» (Jerónimo Quintana, De la grandeza de Madrid, Madrid, ed. facsímil de 1984, fol. 336).

[560] Carlos V, Memorias, Corpus documental de Carlos V, op. cit., IV, pág. 492.

[561] Prudencio de Sandoval, Historia del Emperador Carlos V, op. cit., II, pág. 109.

[562] Véase mi estudio «La España del emperador Carlos V» (en Historia de España Menéndez Pidal, t. XX, op. cit., pág. 378).

[563] Foronda y Aguilera, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., pág. 267.

[564] Así titulaban ya los cronistas a Leonor, la hermana de Carlos V.

[565] Foronda, op. cit., pág. 268.

[566] Santa Cruz, Crónica del emperador Carlos V, op. cit., II, pág. 221.

[567] Tal nos lo describe Santa Cruz, y es bien posible que esa frase, u otra muy similar, la pronunciara Francisco I (Santa Cruz, op. cit., II, pág. 224.

[568] El discurso de Carlos V, en Sandoval, crónica cit., II, pág. 122.

[569] Juan de M. Carriazo y Arroquia, La boda del Emperador, Sevilla, reed. 1997, pág. 74.

[570] Cit. por Brandi, Kaiser Karl V, op. cit., pág. 134.

[571] Cit. por Carriazo y Arroquia, op. cit., pág. 78

[572]Ibídem.

[573] José Martínez Cardós, «La política carolina ante las Cortes de Castilla» (en Revista de Indias, núms. 73 y 74, julio-diciembre 1958, págs. 374 y 375).

[574] Cit. por Carriazo y Arroquia, op. cit., pág. 79.

[575] Eran primos carnales, dado que las madres, Juana y María, eran hermanas. Por lo tanto, los dos contrayentes eran nietos, por vía materna, de los Reyes Católicos.

[576] Las capitulaciones, firmadas en el mes de octubre de 1525, publicadas en el Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, págs. 100-115.

[577] Cit. por María del Carmen Mazarío, Isabel de Portugal, op. cit., pág. 36.

[578] Carriazo y Arroquia, La boda del Emperador, ed. cit., pág. 83.

[579] Cit. por Carriazo y Arroquia, op. cit., pág. 88.

[580] El curioso, pero significativo lamento del héroe de la novela La ciudad y las sierras, la obra póstuma de Eça de Queiros, en la que la malquerencia a España es la nota constante del autor.

[581] Mazarío, op. cit., pág. 42.

[582] Posiblemente el patio de las Doncellas.

[583] Cit. por Carriazo y Arroquia, op. cit., pág. 107.

[584] María del Carmen Mazarío, op. cit., pág. 46. Carriazo también comenta el desaire sufrido por la Emperatriz (op. cit., pág. 107).

[585] Cit. por Carriazo y Arroquia, op. cit., pág. 108.

[586]Ibídem

[587] Carriazo y Arroquia, op. cit., págs. 109 y sigs.

[588] La crónica de Fernández de Oviedo, en Carriazo y Arroquia, La boda del Emperador, op. cit., págs. 113 y sigs.

[589] Cit. por Carriazo y Arroquia, op. cit., pág. 115.

[590] La traducción de la carta portuguesa, en Mazarío, op. cit., pág. 48.

[591] Azevedo Continho al conde de Vimioso, carta traducida del portugués por Carmen Mazarío, Isabel de Portugal, op. cit., pág. 48.

[592] Carlos V dice en sus Memorias haber tenido la noticia durante su viaje a Sevilla (Memorias, ed. crítica cit., en Corpus documental de Carlos V, IV, págs. 492 y 493: «… en el camino tuvo nuevas de la muerte de la reina de Dinamarca…»). Pero posiblemente se trataría de algún anuncio de su enfermedad postrera. El marqués de Villarreal alude en sus cartas al 21 de marzo (cit. por Carriazo y Arroquia, op. cit., pág. 120).

[593] Cit. por Carriazo y Arroquia, op. cit., págs. 118 y 119

[594] No de otra manera, siguiendo así el ejemplo paterno, haría Felipe II con sus amantes de cierto rango, como Eufrasia de Guzmán, casada con el príncipe de Ascoli, o como con la misma princesa de Éboli

[595] Cit. por mí en mi libro Relatos de viaje desde el Renacimiento hasta el Romanticismo, Madrid, 1956, pág. 72.

[596]Ibídem.

[597] En Sandoval, Historia del emperador Carlos V, op. cit., II, pág. 173.

[598] Ya hemos visto cómo Nassau era el protector de aquella mujer que en 1522 había dado una hija a Carlos V; su influencia sobre Carlos V era muy mal vista por los españoles, y de ella diría pestes el confesor imperial García de Loaysa (véase sobre esto mi estudio La España del emperador Carlos V, op. cit., págs. 332 y 333).

[599] Sandoval, op. cit., pág. 173.

[600] Foronda y Aguilera, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., pág. 281.

[601] La referencia en el viejo, pero sugestivo estudio de Rambaud, «El Imperio Otomano. El apogeo» (en Historia Universal, dir. por Lavisse y Rambaud, IX, Valencia, s.a., pág. 435).

[602] Luis Vives a Cranevelt, Brujas, 10 de junio de 1526 (en «Epistolario», en Obras Completas, ed. Lorenzo Riber, Madrid, Aguilar, 1948, II, pág. 1774).

[603] Largos fragmentos de ese folklore recogidos en la Historia Universal de Lavisse-Rambaud (op. cit., IX, pág. 380).

[604] Aunque hay indicios para considerar que el Consejo de Estado inicia algo antes su andadura (y concretamente, cuando las capitulaciones matrimoniales del Emperador), lo cierto es que su primera gran intervención, como veremos, es con motivo del desastre de Mohacs (véase, sobre esto, mi estudio Política mundial de Carlos V y Felipe II, op. cit., págs. 82 y sigs. y en especial la pág. 287, donde publico esa primera consulta del Consejo de Estado).

[605] En 1526.

[606] Carlos V, Memorias (en, Corpus documental de Carlos V, op. cit., IV, pág. 493).

[607] Alfonso de Valdés, Diálogo de Mercurio y Carón, ed. de J. F. Montesinos, Madrid, Espasa Calpe, 1954, pág. 49.

[608]Ibídem, pág. 56.

[609] Alonso de Valdés, Diálogo de Mercurio y Carón, ed. cit., pág. 56.

[610]Ibídem, pág. 55.

[611] De Fernando y Ana, como señores de Viena, a unos 250 kilómetros de Budapest, pero a no más de 100 kilómetros de las correrías turcas.

[612] Consulta del Consejo de Estado, Granada, otoño de 1526. (Publ. en mi libro Política mundial de Carlos V y Felipe II, op. cit., pág. 287).

[613] «… enviando el traslado de las Cartas del señor Infante…» No olvidemos que entonces todavía Fernando era el sucesor de Carlos V, caso de que el Emperador muriese sin hijos.

[614] Recuérdese que un cuarto de siglo después también el autor anónimo del Lazarillo indicaría la carestía de Toledo.

[615] En mi libro Política mundial de Carlos V y Felipe II, op. cit., pág. 288. (El documento en el Archivo de Simancas, Estado, Castilla, leg. 14, fol. 7; or).

[616] Ibídem. La biógrafa de la Emperatriz, María del Carmen Mazarío, coincide en el gran gasto de Isabel en su vestuario (véase su estudio Isabel de Portugal, op. cit., pág. 89).

[617] Obispo de Cuenca a Carlos V, Cuenca, 12 de diciembre de 1526 (en mi estudio Política mundial de Carlos V y Felipe II, op. cit., pág. 289).

[618] Consulta citada del Consejo de Estado, Granada, otoño de 1526 (en Política mundial de Carlos V y Felipe II, op. cit., pág. 287).

[619] En el sentido de carta, por supuesto.

[620] Obispo de Cuenca a Carlos V, Cuenca, 12 de diciembre de 1526 (en Política mundial…, op. cit., pág. 289).

[621] Véase, por ejemplo, la del obispo de Palencia, en la misma obra, Política mundial…, op. cit., pág. 290.

[622] Distancia formidable entonces, que medida en jornadas a caballo rondaban el medio centenar, y por la posta, no menos de treinta.

[623] Obispo de Palencia a Carlos V, Valladolid, 12 de diciembre de 1526 (en Política mundial de…, op. cit., págs. 290 y 291).

[624] Véase el estudio de Emilio Orozo y J. Bermúdez-Pareja, «La Universidad de Granada desde su fundación hasta la rebelión de los moriscos (1532-1568)». (En la obra Carlos V. Homenaje de la Universidad de Granada, Granada, 1958, pág. 571).

[625] Así, informando a los grandes personajes, como el condestable, y también a las ciudades de Castilla, como lo hizo a la de Ávila (Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., pág. 280).

[626] Carlos V a Fernando, Granada, 30 de octubre de 1526 (cit. por Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., pág. 280).

[627] Carlos V al comendador Aguilera, Que enviase a Roma a César Ferramosca para negociar con el Papa una paz universal (cit. por Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., pág. 280).

[628] En mi obra Felipe II y su tiempo, Madrid, Espasa Calpe, 1998, págs. 619 y sigs.

[629] Estas referencias, como todas de los viajes de Carlos V, en la valiosísima obra tantas veces citada de Foronda y Aguilera, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., págs. 281 y sigs.

[630] J. Martínez Cardós, «La política carolina ante las Cortes de Castilla», est. cit., pág. 376.

[631] Carta de 12 de diciembre de 1526, cit. (Política mundial de Carlos V y Felipe II, op. cit., pág. 290).

[632] Que había dejado la ciudad de Granada «donde, con la Emperatriz y reina, nuestra señora, tenía acordado invernar…» (Discurso de la Corona publ. por Laiglesia, Estudios históricos, op. cit., pág. 379).

[633] Laiglesia, Estudios históricos, op. cit., pág. 373.

[634] Laiglesia, Estudios históricos, op. cit., pág. 378.

[635]Ibídem, pág. 379.

[636] Sandoval, Historia del emperador Carlos V, op. cit., II, pág. 235.

[637] La referencia nos la da el embajador polaco Dantisco (Antonio Fontán y Jerzy Axer, Españoles y polacos en la Corte de Carlos V, Madrid, 1994, pág. 196).

[638] Véase, por ejemplo, la carta de Carlos V a la ciudad de Úbeda, que posee su archivo municipal, publ. por Fernández y Fernández de Retama en su libro La España de Felipe II (en Historia de España Menéndez Pidal, XXI-1, Madrid, Espasa Calpe, 1954, pág.

[639] Esos textos, comentados en mi obra Felipe II y su tiempo, op. cit., págs. 621 y sigs.

[640] Así lo indicaba Martín de Salinas al infante don Fernando (María del Carmen Mazarío, Isabel de Portugal, op. cit., pág. 60)

[641] Se ha dicho que para sortear problemas de jurisdicción parroquial, dado que la puerta del palacio quedaba bajo otra feligresía.

[642] Carlos V a la ciudad de Barcelona desde Valladolid, a 23 de mayo (en mi libro Felipe II y su tiempo, op. cit., págs. 622 y 623)

[643] Recojo el texto completo en Corpus documental de Carlos V, op, I, pág. 124, nota 44.

[644] Prudencio de Sandoval, Historia de Carlos V, op. cit., II, pág. 248.

[645] Para más detalles de aquella fastuosa ceremonia, aparte de la prolija narración de Sandoval, véase mi libro Felipe II y su tiempo, op. cit., págs. 619 y sigs.

[646] La proclama de Francisco I publicada por A. Rambaud, «El Imperio otomano» (en Historia Universal de Lavisse y Rambaud, op. cit., IX, pág. 436, nota).

[647] Gracias a la intervención de Fernando, que para el pronto reclutamiento de aquellos mercenarios alemanes llegó incluso a empeñar sus joyas (véase mi estudio La España de Carlos V, op. cit., XX, pág. 404).

[648] L. Pastor, Historia de los Papas, Barcelona, 1921, IX, págs. 268 y sigs.

[649] La expresión es de Brandi, Kaiser Karl V, op. cit., I, pág. 209.

[650] Alfonso de Valdés, Diálogo de las cosas ocurridas en Roma, ed. J. F. Montesinos, Madrid, Col. Clásicos Castellanos, 1956, págs. 11 y 12.

[651] Brandi, Kaiser Karl V, op. cit., I, pág. 207.

[652] Carta de Luis Vives a Juan III de Portugal, en la introducción de su discurso «De disciplinis» (en Obras completas, ed. de Lorenzo Riber, Madrid, Aguilar, 1948, II, pág. 339).

[653] Carta de Luis Vives a Juan III de Portugal, en la introducción de su discurso «De disciplinis» (en Obras completas, ed. de Lorenzo Riber, Madrid, Aguilar, 1948, II, pág. 339).

[654] Carlos V, Memorias, ed. crítica de Manuel Fernández Álvarez, Madrid, Ediciones Cultura Hispánica 1960, pág. 54; puede verse también en mi ed. del Corpus documental de Carlos V, Salamanca, 1979, IV, pág. 494.

[655] Eso, que en cuanto al juicio de Dios que se suponía implícito, podría parecer muy medieval, también es muy moderno, porque viene a recoger algo que está en el ánimo popular: que las guerras dinásticas se las ventilen los poderosos. ¿No encontramos tal sugerencia nada menos que en la obra maestra de Remarque, en Sin novedad en el frente? Recordemos con qué fruición dialogan aquellos soldados alemanes, en una jornada de tregua, sobre si en vez de combatir ellos contra los franceses, que nada les habían hecho, lo hicieran el Kaiser y el presidente de la República francesa. Pues algo de tal actitud encontramos en los diálogos valdesianos, si bien anotándolo como mérito personal de Carlos V.

[656] Alfonso de Valdés, Diálogo de Mercurio y Carón, op. cit., pág. 205. Por supuesto, el subrayado es nuestro.

[657] Alfonso de Valdés, Diálogo de las cosas ocurridas en Roma, op. cit., pág. 14.

[658]Ibídem, pág. 155.

[659]Diálogo de Mercurio y Carón, op. cit., pág. 172.

[660] Marcel Bataillon, Erasmo y España, op. cit., I, pág. 470.

[661]Diálogo de Mercurio y Carón, op. cit., pág. 180.

[662]Ibídem, págs. 92 y 93.

[663] La «lunga risposta» de Castiglione, que ocupa 52 páginas, puede verse en la edición que hace Bruno Maier de Il libro del Cortegiano (Turín, 1969).

[664] Algo que viene a ser, en suma, una lección permanente. Algo que nos prueba que la Historia no solo nos enseña los errores en los que no debemos volver a caer, sino también las audacias que podemos afrontar.

[665] Fernando a Carlos V, Praga, 30 de mayo de 1527 (publicada por Bauer-Lacroix, Korrespondenz Ferdinands I, Viena, 1912-1938, 3 vols.; II, págs. 67 y sigs.

[666] Carlos V a Fernando, Palencia, 27 de agosto de 1527 (Bauer-Lacroix: op. cit., II, pág. 95).

[667] Pastor, Historia de los Papas, op. cit., IX, pág. 341; cf. Brandi, págs. 215 y sigs.

[668] A Lannoy

[669] Leyva a Carlos V, Milán, 4 de agosto de 1527 (en Lanz, Korrespondenz des Kaisers Karls V, Leipzig, 1844-1846, 3 vols.; I, pág. 235).

[670] Carlos V a Fernando, carta cit. desde Palencia, a 8 de septiembre de 1597.

[671] Salinas a Fernando, Palencia, 31 de agosto de 1527 (cit. por Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., pág. 295).

[672] Foronda, op. cit., pág. 296.

[673] Alonso de Santa Cruz, op. cit., II, págs. 326-331. En términos muy parecidos lo recoge Alfonso de Valdés en su Diálogo de Mercurio y Carón (ed. cit., págs. 144-146).

[674] El discurso regio ante las Cortes de 1528, en Laiglesia,Estudios históricos, op. cit., págs. 381-383; la referencia a la reina Catalina, en la pág. 383.

[675] Santa Cruz, Crónica del emperador Carlos V, op. cit., II, pág. 404.

[676] Brandi, Kaiser Karl V, op. cit., pág. 232

[677] Debemos destacar aquí el notable protagonismo de Margarita de Austria (o de Saboya), por su noble afán de lograr aquella paz. Bien merecedora, por ello, de ser recordada, como lo está en el Palacio de Justicia de Brujas, junto con los bustos de Carlos V y de Lannoy; en una sala en que se quería conmemorar el triunfo del Emperador, no podía faltar el recuerdo a su tía y tan notable colaboradora.

[678] Esto es, la corona del reino lombardo, y la que le consagraba como Emperador efectivo, a manos del Papa.

[679] «… para poder resistir al Turco, que se decía que venía contra toda la Cristiandad». (Carlos V, «Memorias», en Corpus documental de Carlos V, op. cit., IV, pág. 495).

[680] El discurso está recogido en la crónica de Santa Cruz, y en estilo tan pulido y literario, que para Menéndez Pidal es un trasunto de lo que en aquella reunión del Consejo de Estado existió, pero ni siquiera de la mano de Santa Cruz, sino de un escritor de la Corte más cultivado, que para don Ramón no pudo ser otro que fray Antonio de Guevara, el célebre autor del Relox de Príncipes, precisamente un libro conocido por el Emperador, que lo había leído en 1524; de ese modo, sería posible que fray Antonio de Guevara hubiese recibido el encargo imperial de redactar aquel discurso para tal ocasión. (Véase la «Introducción» de R. Menéndez Pidal a mi libro La España del Emperador Carlos V, t. XX de la Historia de España Menéndez Pidal, op. cit., págs. XLVI y XLVII).

[681] Embajador May a Carlos V (Archivo de Simancas, Estado-Roma, leg. 848, fol. 27; original).

[682] Leyva a Carlos V, Milán, 13 de mayo de 1529 (Archivo de Simancas, Estado, leg. 1553, fol. 322; original).

[683] Tavera a Carlos V, otoño de 1529 (Bibl. Nac., ms., leg. 1778, fol. 155). El arzobispo incluso llegaba a tramar casi una conjura, para hacer regresar a Carlos V de Italia: «Digo más —le añadía a Cobos— que cuando no seamos merecedores deste bien que S. M. se quiera volver luego, que procuréis todos de sacalle de Italia, y seáme Dios testigo desto, y holgara que vuestra merced lo comunique con el señor Confesor y con el señor García de Padilla…»

[684]Toutes fois il fault pousser oultre de manière que, à l’aide de Dieu, n’y aure avantaige à nos ennemis contre nous deux, qui sommes aussi puissans que eulx et si avons tant bonne et juste cause de nous deffendre de leur vindication desraisonnable… (Carlos V a Fernando, Madrid, 20 de marzo de 1528, en Bauer y Lacrois, op. cit., II, pág. 164).

[685] Bauer y Lacroix, op. cit., II, pág. 149.

[686] Los reyes de Francia e Inglaterra, que le habían mandado un cartel de desafío, que ya hemos comentado.

[687] El discurso de la Corona en las Cortes de Monzón de 1528 recogido por F. Laiglesia, Estudios históricos, op. cit., págs. 439-442.

[688] Discurso de la Corona en las Cortes de Monzón de 1528, en F. Laiglesia, Estudios históricos, op. cit., pág. 441.

[689] Alfonso de Valdés, Discurso de Mercurio y Carón, op. cit., pág. 204.

[690] El que había mandado Francisco I.

[691] Alfonso de Valdés, Discurso de Mercurio y Carón, op. cit., págs. 206 y 207.

[692] Real Academia de la Historia, col. Salazar, 44, fols. 322 y sigs.; cf. mi libro La España del Emperador Carlos V, op. cit., pág. 433.

[693] Alfonso de Valdés, Discurso de Mercurio y Carón, op. cit., págs. 216-219. Parece claro que el secretario de cartas latinas, pero también el notorio humanista, es el que recoge el pensamiento caballeresco de su señor, redactando la carta que luego firmará el César; eso sí, con su nombre inicial («Charles»), que recuerda los anteriores documentos enviados por el Emperador al rey de Francia cuando todavía no era más que conde de Flandes.

[694] Calderón de la Barca, El alcalde de Zalamea, jornada II, escena 21, vv. 722-735.

[695] La referencia en la Crónica de Santa Cruz.

[696] Primero se le alivió de su condena de destierro, iría a Bruselas para impetrar la gracia imperial, volvería a España y después a Borgoña, aunque nunca consiguió recuperar su cargo de secretario (Keniston, Francisco de los Cobos, op. cit., págs. 108 y 109).

[697] K. Brandi, Kaiser Karl V, op. cit., II, págs. 193 y 194.

[698]Ibídem, II, pág. 194.

[699] «Portaos bien conmigo esta vez y yo también lo haré con vos. Carolus» (en Brandi, op. cit., I, págs. 221 y 222).

[700] «8 de marzo de 1529: comió en Toledo, cenó y pernoctó en Aranjuez» (Foronda y Aguilera, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., pág. 321)

[701] En esos mismos términos se expresa el documento imperial.

[702] Proclama de Carlos V a sus vasallos de la Corona de Castilla (en Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, págs. 137-142).

[703]Ibídem, I, págs. 138 y 139.

[704]Ibídem, I, pág. 139.

[705] Instrucciones de Carlos V a la Emperatriz, Toledo, 8 de marzo de 1529 (Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, pág. 148). En realidad la ausencia había sido al revés: primero había ido Carlos V a Valencia y más tarde a las Cortes de la Corona aragonesa tenidas en Monzón, como ya hemos reseñado.

[706] Instrucciones de Carlos V a la Emperatriz de cómo había de regirse en el despacho de los negocios de Estado en su ausencia (Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, págs. 148-150).

[707] Restricciones de Carlos V a los poderes de la Emperatriz (Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, págs. 151-154).

[708] Sandoval, Historia del emperador Carlos V, ed. de Carlos Seco cit., II, pág. 328.

[709]Ibídem, II, pág. 329.

[710] María del Carmen Mazarío Coleto, Isabel de Portugal, Emperatriz y Reina de España, op. cit., pág. 244.

[711] Una de las claves de la expansión española por Europa en el Quinientos imperial se basó en esa frontera dormida con Portugal; algo que se perdería a mediados del siglo XVII y que ya no se recuperaría en toda la Edad Moderna.

[712] Catalina de Austria a Carlos V, Lisboa, 23 de marzo de 1529 (en Aude Viaud, Lettres des souverains portugais à Charles Quint et à l’Impératrice [1528-1532]), Lisboa-París, 1994, doc. 42, pág. 127).

[713] Catalina a Carlos V, Lisboa, 8 de marzo de 1529 (en la op. cit. de Aude Viaud, doc. 48, pág. 133).

[714] Catalina a Carlos V, carta cit. de 2 de julio de 1529.

[715] Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., págs. 324-327.

[716] «En este día —30 de abril— los honorables Concellers salieron a recibir a S. M…, que entró a las 5 de la tarde con gran solemnidad…» (En Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., pág. 324).

[717] «En el discurso del Trono —4 de mayo— dijo el Emperador que su venida la había motivado el designio que tenía de pasar a Italia con la armada…» (Ibídem).

[718] K. Brandi, Kaiser Karl V, op. cit., I, pág. 235.

[719] Carlos V al príncipe de Orange, Barcelona, 9 de junio de 1529 (en Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., pág. 325).

[720] K. Brandi, op. cit., pág. 227.

[721] La aglomeración producida en Barcelona provocaría una demanda de bastimentos con la consiguiente subida de los precios que se notaría hasta en la lejana Zaragoza, y de tal forma que cundió el descontento entre el pueblo: «Cada uno se alza con lo que tiene —informaba don Juan Jacobo de Bolonia a Carlos V, ya desde Zaragoza el 25 de mayo de aquel año— y lo esconden y ponen los precios que quieren. Y habiendo mucha carestía…, si no se remediase por V. M. se podrían seguir inconvenientes y alborotos…» (Archivo de Simancas, Despachos Diversos, leg. 1554, fol. 334, original)

[722] Legitimación hecha el 9 de julio de 1529 (Foronda, op. cit., pág. 327).

[723] Instrucciones de Fernando al conde de Noguerol, de lo que había de informar a Carlos V (Corpus documental de Carlos V, ed. cit., I, págs. 159 y sigs).

[724] Así lo haría constar en sus Memorias: «Y por quedar Su Majestad más libre para resistir al Turco y por dejar quieta Italia, tomó sus coronas en la dicha ciudad de Bolonia…» (Corpus documental de Carlos V, IV, pág. 496).

[725] Pastor, Historia de los Papas, op. cit., X, pág. 36.

[726] Instrucciones de la Emperatriz a Cobos de lo que debía decir al Emperador, Toledo, 18 de julio de 1529 (Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, págs. 156 y ss).

[727] Pedro Mexía, Historia de Carlos V, op. cit., pág. 535.

[728] Así lo ordenaban los bandos del Ayuntamiento del 14 de octubre de 1529. (Arch. di Stato di Bologna, Regg. Provv. Años 1529-1535, fol. 22).

[729] La descripción, en Pedro Mexía, Historia de Carlos V, op. cit., pág. 536. Asombrosamente, Sepúlveda, que con tanto detalle nos refiere otros lances, pasa de largo sobre la entrada imperial, limitándose a una mera alusión, pese a que él había sido testigo de todo ello.

[730] Así lo recoge el bien informado Pastor (Historia de los Papas,op. cit., X, pág. 42).

[731] La sala del Palacio de Justicia de Brujas está dedicada a conmemorar esta paz, que suponía el triunfo de los altos personajes de Flandes en aquella pugna con Francia; allí pueden verse, junto al busto de Carlos V, los de Lannoy y Margarita, esto es, del que había recibido en Pavía la espada de Francisco I y de la que había negociado la paz de Cambrai

[732] Uno de esos apuntes fue encontrado por Karl Brandi en Simancas; se anotaban cuestiones tan diversas como la situación en que se hallaba la reina de Inglaterra, Catalina de Aragón, la confirmación del maestrazgo de las tres Órdenes Militares castellanas o incluso beneficios espirituales para la hora de su muerte (Karl Brandi, Kaiser Karl V, op. cit., I, pág. 239). También lo sabemos por el Papa, quien comentaba ese cuidadoso proceder del Emperador.

[733] Recordemos que Clemente VII era un Médicis.

[734] Carlos V a Isabel, Innsbruck, 29 de mayo de 1530 (Corpus documental de Carlos V, ed. cit., I, pág. 214).

[735] Carlos V a Isabel, carta cit. de 29 de mayo de 1530 desde Innsbruck.

[736] Carlos V a Fernando, Bolonia, 11 de enero de 1520 (cit. por K. Brandi, Kaiser Karl V, op. cit., I, págs. 236 y sigs.). Para Brandi, esa reflexión era propia del canciller imperial Gattinara.

[737] «Nunca hubiera creído, César Carlos, que nos habíamos de ver abocados a aprietos tales…». Tal era el comienzo de la queja de Leyva ante el Emperador, «en un incontenible ataque de cólera». (Juan Ginés de Sepúlveda, Historia de Carlos V, ed. cit., II, págs. 86 y sigs).

[738] Arch. Est. Bolonia, Regg. Provv., años 1529-1535, fol. 25 v.; cf. Pastor, Historia de los Papas, op. cit., X, pág. 46.

[739] Pedro Mexía, Historia de Carlos V, op. cit., pág. 520.

[740] Una posterior alianza matrimonial reforzaría aquel acuerdo, con la boda del Duque con una sobrina de Carlos V, Cristina de Dinamarca, hija de Isabel de Austria, que estaba educándose en la corte de Bruselas, con María de Hungría.

[741] Frente al silencio de Sepúlveda, toda la ceremonia es contada detalladamente por Pedro Mexía,Historia de Carlos V, op. cit., págs. 554 y sigs.

[742] Una colección de esos grabados, en la Biblioteca Nacional. Se imprimieron cuidadosamente con motivo del IV Centenario de la muerte de Carlos V (La coronación imperial de Carlos V, Madrid, 1958).

[743] Así, por ejemplo, la carta dirigida al Condestable de Castilla el 7 de marzo (Bibl. Nacional, ms. 991, fol. 557; original). Las cartas dirigidas por esas fechas a la Emperatriz, tan magistralmente estudiadas por José María Jover Zamora en uno de sus libros más brillantes (Carlos V y los españoles, Madrid, Rialp, 1987, 2.ª ed.), en el Arch. Simancas, Estado-Italia, leg. 1455.

[744] Memorial a la Emperatriz de lo que se había de cumplir con asentistas y otros gastos, Bolonia, 16 de enero de 1520 (Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, pág.199). Lo que más preocuparía a Carlos V sería la paga puntual a Doria: «Para el cumplimiento desto —escribía a la Emperatriz el 7 de mayo— se tomen los dineros de cualquier parte que los haya y con cualquier interese que sea menester, de manera que no haya falta ni dilación». (Corpus documental de Carlos V, I, pág. 211).

[745] Isabel a Carlos V, Madrid, 29 de marzo de 1530 (en María del Carmen Mazarío, Isabel de Portugal, op. cit., pág. 269).

[746] Isabel a Carlos V, Madrid, 1 de abril de 1520 (en Mazarío, op. cit., pág. 271).

[747] Isabel a Carlos V, Madrid, 9 de julio de 1530 (en Mazarío, op. cit., pág. 285). Los recelos hacia la sinceridad de Francia eran tan grandes, que en un principio se dudaba en Castilla si Leonor de Austria debía ser enviada: «… a todos comúnmente parece que la Reina va en la mayor peligro del mundo, y esto se habla por todo el Reino…» (Isabel a Carlos V, Madrid, 25 de febrero de 1530; en Carmen Mazarío, Isabel de Portugal, op. cit., pág. 265).

[748] Isabel a Carlos V, Madrid, 16 de noviembre de 1529. Se trata de una de las pocas cartas inéditas, no recogidas por María del Carmen Mazarío (Archivo Simancas, Guerra Antigua, leg. 2, fol. 16; carta en parte en cifra).

[749] Cit. por J. M.ª Jover Zamora, en su espléndido estudio Carlos V y los españoles, Madrid, 1987, 2.ª ed., pág. 96.

[750] Isabel a Carlos V, Madrid, 22 de junio de 1530 (en María del Carmen Mazarío, Isabel de Portugal, op. cit., pág. 284).

[751] Isabel a Carlos V, Madrid, 22 de junio de 1530 (en María del Carmen Mazarío, Isabel de Portugal, op. cit., pág. 284)

[752] Carlos V a Isabel, Innsbruck, 7 de mayo de 1530 (Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, pág. 209).

[753] La cita, en Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., pág. 342.

[754] Carlos V a Isabel, carta cit. de 7 de mayo de 1530.

[755] Carlos V a Isabel, Innsbruck, 29 de mayo de 1530 (Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, pág. 213).

[756] Alonso de Fonseca a Carlos V, Madrid, 10 de julio de [1530] (Real Academia de la Historia, Col. Salazar, G-23, fol. 96).

[757] Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., pág. 342.

[758] Margarita de Austria a la emperatriz Isabel, Bruselas, 15 de diciembre de 1530 (Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, págs. 185 y 186).

[759] Carlos V a Isabel, Augsburgo, 8 de julio de 1530 (Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, pág. 217).

[760]Ibídem.

[761] Carlos V a Isabel, Augsburgo, 8 de julio (Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, pág. 220).

[762] Sería su relección titulada De Matrimonio, dedicada a defender la causa de Catalina de Aragón (Vicente Beltrán de Heredia, Francisco de Vitoria, Barcelona, 1939, págs. 78 y sigs.).

[763] Karl Brandi, Kaiser Karl V, op. cit., I, pág. 254.

[764] Sandoval, Historia del Emperador Carlos V, op. cit., II, pág. 397.

[765] Carlos V a Isabel, Augsburgo, 8 de julio de 1530 (Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, pág. 217).

[766] Teófanes Egido, «La Reforma», en V.V. A.A., Gran Historia Universal, XIV, pág. 160.

[767] Carlos V a Isabel, Augsburgo, 8 de julio de 1530 (Corpus documental de Carlos V, op. cit., pág. 218).

[768] Isabel a Carlos V, Madrid, 22 de junio de 1530 (en María del Carmen Mazarío, Isabel de Portugal, op. cit., pág. 281).

[769] Carlos V a Clemente VII, Augsburgo, 14 de julio de 1530 (Corpus documental de Carlos V, op. cit., pág. 228).

[770] «… que aunque de derecho lo soy —juez— y de hecho lo podría mandar, la execución de lo que se acordase sería dificultosa, así por los muchos que están en ello, como por no ver ni entender los otros algunos de los hierros que tienen…» (Ibídem).

[771]Ibídem, pág. 230. Brandi comenta también ampliamente este revelador documento carolino (Kaiser Karl V, op. cit., I, págs. 257 y sigs.). El texto también en G. Heine, Briefe an Kaiser Karl V(1530-1532), Berlín, 1848, pág. 283. El manejado por mí es una copia sita en el Archivo de Simancas (Estado, leg. 635, fols. 85 y sigs.).

[772] Véase supra, pág. 435.

[773] Brandi, op. cit., I, pág. 260.

[774] Carlos V a don Pedro de la Cueva, Instrucciones de lo que había de tratar en Roma, Augsburgo, 30 de octubre de 1530 (Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, pág. 243).

[775] Instrucciones cits. a Pedro de la Cueva, Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, pág. 244.

[776] Carlos V a Clemente VII, Augsburgo, 30 de octubre de 1530 (Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, pág. 248).

[777]Ibídem, págs. 249 y 250.

[778] Los médicos de la Corte Doctor Alfaro y Doctor Villalobos a Carlos V, Madrid, 22 de noviembre de 1529 (Corpus documental de Carlos V, op. cit.,

[779] «… en el mismo lugar —Bolonia— supo cómo la Emperatriz había parido a Fernando, su segundo hijo, de cuya muerte tuvo nuevas el año siguiente en Augsburgo». (Memorias de Carlos V, enCorpus documental de Carlos V, op. cit., IV, pág. 496).

[780] «… y allí murió —en Ratisbona— su sobrino, el Príncipe de Dinamarca». (Memorias, en Corpus documental de Carlos V, op. cit., IV, pág. 499).

[781] Carlos V a Isabel, Augsburgo, 31 de julio de 1530 (Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, pág. 232).

[782] García de Loaysa a Carlos V, Roma, 18 de noviembre de 1530 (en CODOIN, op. cit., XIV, págs. 100 y sigs.).

[783] Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., pág. 350.

[784]Ibídem.

[785] Karl Brandi la comenta ampliamente en su Kaiser Karl V, op. cit., pág. 266; cf. Gachard, Analectes belgiques, op. cit., pág. 378, y en Lanz, I, pág. 408.

[786] Carlos V a María, Augsburgo, 18 de junio de 1530 (Arch. G. du Royaume, Bruselas, E. A., leg. 47, fol. 5).

[787]Ibídem.

[788] Carta cit. de Carlos V a María de 18 de junio de 1530.

[789] Archives Gen. du Royaume, Bruselas, E. A., leg. 47, fol. 8.

[790] Según Brandi, en 1518 (Brandi, Der Kaiser Karl V, op. cit., I, pág. 266); error manifiesto, pues en ese año todavía Carlos V no había llegado a la ciudad condal.

[791] «Cierto, Señor, vos no estáis solo, mientras que yo lo estaré tanto que no podrá ser más…» María a Carlos V, Bruselas, 22 de enero de 1532 (A. G. R., Bruselas, E. A., leg. 47, fol. 34).

[792] Carlos V a María, 28 de enero de 1532 (ibídem, leg. 47, fol. 36).

[793] Brandi las comenta en su biografía, anunciando su publicación como algo importante para el estudio del Emperador. Sin embargo, la vida se le acabó antes de que pudiera llevarlo a cabo. El lector interesado en ello puede verlas en nuestra edición crítica de la documentación carolina, tantas veces citada (Corpus documental de Carlos V, Salamanca, 1973-1981, 5 vols., I, págs. 292 y sigs.). Y, por cierto, para Brandi nada asoma en ellas de la vida íntima del Emperador; considero que el lector formará otra opinión, si las lee atentamente. Cierto que sus confidencias personales las tenía preferentemente con su hermana María. Al día siguiente de esta carta a Isabel, manda otra a María en la que toma a risa su riña porque corriera demasiado a caballo —en las cacerías, se entiende—, pues no otra cosa hacían ambos hermanos cuando cazaban juntos (A. G. R., Brus, E. A., leg. 47, fol. 42) y dos meses después le cuenta su vida cotidiana en términos sencillos y familiares: «… je me leve matin et couche tempré, dine à dix heures et soupe. Je vais à la chasse sans courir trop, et ait fait ce matin demie lieue à pied, qu’est un bon miracle et le plus beau de tous, si par ce moyen je devenais diligent. Je ne sais si durera, mais j’en ai bone volonté…» (Carlos V a María, Ratisbona, 7 de mayo de 1532; A. G. R., Brus, E. A., leg. 52, fol. 72). No por ello dejaba de tratar con su hermana María los más serios asuntos de Estado. Poco después y ante la hostilidad de la Hansa, le ordena tomar las debidas represalias contra las naves, personas y bienes de los naturales de Lübeck y sus confederados, y aprestar naves de guerra por si era preciso forzar el paso para el tráfico marítimo de los Países Bajos en el Báltico (Carlos V a María, Ratisbona, 10 de julio de 1532; ibídem, leg. 47, 81). Y es que siempre tenía ante sí los problemas de cada uno de sus dominios, y muy particularmente los de su país natal, de forma que cuando María se lamenta por su ausencia, con una pena que cree invencible, la consuela recordándole la suya, aún mayor, puesto que había dejado atrás la tierra que le había visto nacer (María a Carlos V, Bruselas, 22 de enero de 1532: «… certes, monsieur, vous ne l’étes pas seul, car de notre coté le sommes si très qu’il n’est posible de plus…»; A. G. R., Brus, E. A., leg. 47, fol. 34. Y la respuesta de Carlos V, desde Colonia a 22 de enero de 1532: «…ne laisse-t-il de me desplaire de alonger celles que j’ai tant de raison de desirer et être toujour present, qu’est vous et le pays où naquis et ai pris ma nourriture…»; ibídem, leg. 47, fol. 36.

[794] Carlos V a María, Gante, 13 de junio de 1531 (Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, págs. 292-294).

[795] Carlos V a Isabel, Bruselas, 17 de enero a 1532 (Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, págs. 341 y 342).

[796] Carlos V a Isabel, Ratisbona, 7 de marzo de 1532 (Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, págs. 342 y 343)

[797] Carlos V, Memorias, ed. cit. (Corpus documental de Carlos V, op. cit., IV, pág. 498).

[798] Doctor de Escoriazo a Isabel, Ratisbona, s. f. (Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, págs. 334 y 335). Aunque sin fecha, debe de ser de 7 u 8 de marzo de 1532, a tenor de la carta que sobre el mismo tema escribía Cobos a la Emperatriz el 8 de marzo, haciendo referencia al informe del doctor Escoriazo (Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, págs. 344 y 345). Una vez más comprobamos que con quien muestra más confianza es con su hermana María. Al menos en cinco cartas le da cuenta de la evolución de su mal; a la erisipela se le había añadido un ataque de gota a las piernas, y tan fuerte que —no sin cierta dosis de humor— le hace pensar si no sería mejor tenerlas de madera, aunque acabe confesando que prefería las suyas propias. (Carlos V a María, cartas de 18 de febrero, 8 y 12 de marzo, 5 de abril y 3 de mayo de 1532; A. G. Royaume, Bruselas, E.A., leg. 52, fols. 17 y 64; y leg. 47, fols. 42, 48 y 62).

[799] Real Academia de la Historia, col. Salazar, A-44, fol. 245; cop. del siglo XVI.

[800] García de Loaysa a Cobos, Roma, 21 de diciembre de 1530 (Arch. Simancas, Estado-Roma, leg. 849, fols. 121 y 122; or.).

[801] Isabel a Carlos V, Medina del Campo, 13 de mayo de 1532 (en Mazarío, Isabel de Portugal, op. cit., pág. 338).

[802] Carlos V, Memorias, ed. cit. (Corpus documental de Carlos V, IV, pág. 499).

[803] «… pues lo conocía más y era ya mucho mayor y lo tenía como tal». (Carlos V a María, Ratisbona, 13 de agosto de 1532; en Arch. Gen. du Royaume, Bruselas, E. A., leg. 47, fol. 116)

[804] Véase el amplio comentario, con la documentación de la Corte, que hago en mi libro La sociedad española en el Siglo de Oro, op. cit., I, págs. 443 y sigs.

[805] Carlos V a Isabel, Ratisbona, 6 de abril de 1532 (Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, pág. 349).

[806] Véase mi comentario a este respecto sobre una Venecia que era algo más que una República de mercaderes, pues en esa labor de espionaje había no poco riesgo (Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, pág. 363, nota 181).

[807] Escribía siempre del «Lieben Kaiser Carolus» (Karl Brandi, Kaiser Karl V, op. cit., I, pág. 271).

[808] Carlos V a Isabel, Ratisbona, 22 de abril de 1532 (Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, págs. 356 y 357).

[809] Carlos V a Isabel, Ratisbona, 11 de junio de 1532 (Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, pág. 361).

[810] «Mes espagnols seron cette semaine à Innsbruck et j’attende les italiens avant la fin de ce mois». (Carlos V a María, Baños de Ratisbona, 13 de agosto de 1532; A. G. Royaume, Bruselas, E. A., leg. 47, fol. 116). Los contemporáneos ya tenían bien presente dos cosas, respecto a los tercios viejos: que su participación numérica era menor, en el conjunto del multinacional ejército imperial, y que era muy apreciada por su calidad. Tal lo vemos en la crónica de Sepúlveda refiriéndose precisamente al ejército formado por Carlos V en 1532: «estos —los tercios viejos—, aunque eran pocos numéricamente, pues no pasaban de ocho mil, sin embargo, infundían no poca confianza a los nuestros e inspiraban no poco temor al enemigo, tanto por su experiencia bélica y porque los más de ellos iban armados de mosquetes de mayor tamaño, llamados “arcabuces”, y eran muy diestros en su manejo…» (J. G. de Sepúlveda, Historia de Carlos V, ed. cit. de Rodríguez Peregrina y Baltasar Cuart, II, pág. 109).

[811] Garcilaso, Égloga segunda, vv. 1502/1504

[812] Isabel a Carlos V, Medina del Campo, 21 de julio de 1532 (en Mazarío, Isabel de Portugal, op. cit., pág. 343).

[813] Carlos V a Isabel, Ratisbona, 9 de agosto de 1532 (Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, pág. 376).

[814] Naturalmente, por orden de Carlos V, que pedía el máximo secreto, para que se le siguiese creyendo señor de aquel tesoro; a lo que la Emperatriz advertía que eso era muy difícil de conseguir: «es dificultoso tener secreto en cosa de tal calidad». (Isabel a Carlos V, Medina del Campo, 13 mayo de 1532; en Mazarío, Isabel de Portugal, op. cit., pág. 340).

[815] Isabel a Carlos V, Segovia, 4 de septiembre de 1532 (ibídem, pág. 352).

[816] Isabel a Carlos V, Madrid, 19 de noviembre de 1532 (ibídem, pág. 365). La razón era clara: se les pedía arguyendo la peligrosa ofensiva turca sobre la Europa cristiana, cuando se sabía que el Turco se había puesto en retirada.

[817] Juan III de Portugal a su embajador en la Corte imperial Pedro Mazcarenhas, s. f. (1532) (Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, pág. 336).

[818] «No quería que se dijera que la dejaba por miedo a Carlos de España»; respuesta de Solimán a la embajada de Rincón. (Cit. por Rambaud, «El Imperio otomano», en Historia Universal, dir. por E. Lavisse y A. Rambaud, IX, pág. 438).

[819] Güns.

[820] El príncipe Felipe y la infanta María.

[821] Carlos V a Isabel, Linz, 21 de septiembre de 1532 (Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, pág. 399).

[822] Carlos V a Isabel, Linz, 21 de septiembre de 1532 (Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, pág. 400).

[823] Isabel a Carlos V, Medina del Campo, 8 de agosto de 1532 (en Mazarío, Isabel de Portugal, op. cit., pág. 346).

[824] Isabel a Carlos V, Segovia, 4 de septiembre de 1532 (en Mazarío, Isabel de Portugal, op. cit., pág. 352).

[825] Isabel a Carlos V, Segovia, 17 de septiembre de 1532 (ibídem, pág. 355).

[826]Ibídem, carta cit. de 17 de septiembre.

[827] Las cartas de Carlos V en que le avisaba sobre la retirada del Turco.

[828] Isabel a Carlos V, Segovia, 13 de octubre de 1532 (ibídem, pág. 362).

[829]Ibídem, carta cit. de 13 de octubre.

[830] Isabel a Carlos V, Madrid, 19 de noviembre de 1532 (en Mazarío, Isabel de Portugal, op. cit., pág. 365).

[831] Se ha puesto en duda la estancia de Carlos V en Viena, pero existen pruebas documentales irrefutables. Así es el propio César quien alude a ello en sus cartas de 11 de octubre de 1532, escritas desde Leoben a la Emperatriz y al cardenal Tavera (Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, págs. 402 y 403). También Isabel se hace eco del viaje del Emperador a Viena (carta cit. de 13 de octubre). Por otra parte, tenemos las fechas precisas que nos consigna Foronda y Aguilera: Carlos V entró en Viena el 23 de septiembre donde estaría hasta el 4 de octubre (Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., pág. 365). Pero sobre todo contamos con un mazo de cartas escritas por Carlos V desde Viena a su hermana María de Hungría, que custodia el Haus, Hof und Staatsarchhiv de la capital austriaca (Belgie, P-A, 25); son las cartas originales escritas por el Emperador en francés a su hermana, de que hay copias en los A. G. R. de Bruselas. En la de 27 de septiembre —e insisto, desde Viena— Carlos V anuncia a su hermana la retirada del Turco, y firma «Votre bon frère, Charles». En la del 4 de octubre le avisa de que ya puede volver a España, de forma que daba órdenes a Doria para que se dirigiese a Génova, donde embarcaría (aunque tardaría medio año en hacerlo). (A. G. R., Bruselas, G. A., leg. 47, fol. 149; cop. del siglo XVIII).

[832] Carlos V a María, Leoben, 11 de octubre de 1532 (A. G. R., Brus., E. A., leg. 47, fol. 163; cop. del siglo XVIII).

[833] Una ayuda poco eficaz, pues la mayoría de los italianos prefirieron desertar a servir a Fernando en la campaña de Hungría (Carlos V a María, 11 de octubre de 1532, A. G. du Royaume, Bruselas, E. A., leg. 47, fol. 163).

[834] Así le indicaba María de Hungría desde Bruselas: Enrique VIII buscaba apoyos en su forcejeo por divorciarse de Catalina de Aragón, al tiempo que Francisco I quería volver a su antiguo protagonismo. (María a Carlos V, Binche, 15 de octubre de 1532; A. G. du Royaume, Bruselas, E. A., leg. 47, fol. 166).

[835] Carlos V a María, Bolonia, 20 de diciembre de 1532 (A. G. du Royaume, Bruselas, E. A., leg. 52, fol. 93).

[836] L. Pastor, Historia de los Papas, op. cit., X, pág. 150.

[837] María a Carlos V, Mons, 27 de noviembre de 1532, y respuesta de Carlos V a María, Mantua, 6 de diciembre de 1532 (A. G. du Royaume, Bruselas, E. A., leg. 47, fols. 180-182).

[838] Carlos V a María, 27 de enero de 1533 (A. G. du Royaume, Bruselas, E. A., leg. 53, fol. 95). No sin razón se alarmaba María, pues su sobrina Cristina apenas si tenía doce años.

[839] ¡Y cómo olvidar ahora que quien esto escribe se pasó todo un curso yendo y viniendo entre esas dos ciudades, cuando era un joven doctorado de la Universidad boloñesa, como colegial del Colegio San Clemente de los españoles de Bolonia! Tal ocurrió en el curso 1950. Todas las mañanas cogía el tren que me dejaba en Módena donde estaba investigando en su Archivo de Estado, para regresar a mediodía al viejo Colegio de España.

[840] Sandoval, Historia del Emperador Carlos V, ed. cit., II, pág. 455.

[841] «Embarcó para España» (Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., pág. 373).

[842] «Su Majestad, continuando su camino por la provincia de Friul, llegó a Bolonia y se vio con Su Santidad la segunda vez, donde no resultó el efecto completo de lo que S. M. pretendía…» (Carlos V, Memorias, ed. cit., Corpus, IV, pág. 500).

[843] Carlos V se mantendría a bordo de su galera, donde sería cumplimentado por el Gobernador francés de Provenza. Sí pasarían a Marsella, festejados por el Gobernador, algunos de los principales ministros que le acompañaban, como el marqués de Vasto y Cobos (Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., pág. 373).

[844] Carlos V a María de Hungría, Barcelona, 25 de abril de 1533: Que había desembarcado en Rosas porque los vientos contrarios y la mar tan alterada le habían obligado a ello (Arch. G. R., Bruselas, E.A., leg. 48, fol. 16).

[845] «Me partí de Madrid a 17 del pasado…» (Isabel a Carlos V, Almunia, 2 de marzo de 1533; en Mazarío, Isabel de Portugal, op. cit., pág. 376).

[846]Ibídem, pág. 377.

[847] Isabel a Carlos V, Madrid, 19 de noviembre de 1532 (en Mazarío, Isabel de Portugal, op. cit., pág. 365).

[848] Isabel a Carlos V, Madrid, 5 de enero de 1533 (ibídem, pág. 368).

[849] Isabel a Carlos V, Madrid, 20 de enero de 1533 (ibídem, pág. 371).

[850] Carlos V, Memorias, ed. cit. (Corpus, IV, pág. 499).

[851] Instrucciones de Carlos V a Isabel, Toledo, 8 de marzo de 1529 (Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, pág. 148).

[852] Ese era entonces el cardenal Tavera.

[853] Instrucciones cits. de 28 de marzo de 1529 (Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, pág. 148).

[854] Véase mi estudio La España del emperador Carlos V, op. cit. (HEMP, XX, pág. 481).

[855] Isabel a Carlos V, Madrid, 22 de diciembre de 1529 (en Mazarío, Isabel de Portugal, op. cit., pág. 257).

[856] El peligro argelino.

[857] Cardenal Tavera a Carlos V, Madrid, 15 de noviembre de 1529 (Corpus, op. cit., I, pág. 173).

[858] Véanse las cartas de Isabel a Carlos V de 16 de septiembre, y 10 de diciembre de 1529; 29 de marzo, 14 de abril, 22 de junio, 9 de julio, 16 de agosto, 16 de septiembre, 13 de octubre y 27 de noviembre de 1531; 12 de enero y 5 de diciembre de 1531; 19 de febrero, 27 de marzo y 17 de septiembre de 1532, en la cit. de Mazarío, Isabel de Portugal, op. cit., págs. 250 y sigs.

[859] Isabel a Carlos V, Madrid, 20 de enero de 1533 (en Mazarío, op. cit., pág. 372).

[860] «El Viernes siguiente, que fueron veinticinco de abril, llegó toda el armada de S. M., que eran 34 galeras…» (Pedro Girón, Crónica del Emperador Carlos V, ed. J. Sánchez Montes, Madrid, C. S. I. C., 1964, pág. 31).

[861] Isabel a Carlos V, Madrid, 5 de enero de 1533 (en Mazarío, Isabel de Portugal, op. cit., pág. 368).

[862] «S. M. estuvo tan enojado que se quiso armar y salir al ruido, pero por consejo de todos lo dexó…» (Pedro Girón, Crónica del Emperador Carlos V, ed. cit., pág. 32).

[863] Carlos V a Fernando, Barcelona, 11 de mayo de 1533 (cit. por Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., pág. 375).

[864] Carlos V a Fernando, Barcelona, 20 de mayo de 1533 (ibídem).

[865] Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., pág. 374.

[866]Ibídem, pág. 375.

[867] Cortes de Monzón de 1533, discurso imperial (cit. por F. Laiglesia, Estudios Históricos, op. cit., págs. 44 y sigs.).

[868]Ibídem, pág. 445.

[869]Ibídem, pág. 446.

[870] «Luego que comenzó las Cortes, vínole nueva cómo la Emperatriz estaba muy mala, y partió por la posta y llegó a Barcelona, donde halló a la Emperatriz muy mala y de unas calenturas muy recias. Y habíasele hecho un apostema cabe el oído y llegó a tanto su mal que los médicos no le daban más de dos horas de vida…» (Pedro Girón, Crónica del Emperador Carlos V, ed. J. Sánchez Montes, Madrid, C. S. I. C., 1964, pág. 33).

[871] Cit. por Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., pág. 376.

[872]Ibídem.

[873] Un viaje más tranquilo, que haría ya en cuatro jornadas y en silla de postas saliendo de Barcelona el 12 de julio y llegando a Monzón el 15 (ibídem, pág. 377).

[874] «El Emperador nuestro Señor está muy bueno y con algún trabajo por la ocupación y largueza que han tenido estas Cortes». (Martín de Salinas al rey Fernando, Monzón, 27 de diciembre de 1533; cit. por Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., pág. 381).

[875] María a Carlos V, Bruselas, 31 de mayo de 1533: «… les desplaisirs qui m’a fallu passer de la mort du Roi mon mari et depuis, m’ont comme lors vous dis tellement affaibli l’entendement…, que à la verité, Monseigneur, je ne sai supporter ce que pour ma charge dois faire». (A. G. R., Bruselas, E. A., leg. 48, fol. 18).

[876] Carlos V a María de Hungría, Monzón, 19 de junio de 1533 (A. G. R., Bruselas, E. A., leg. 48, fol. 23; autógrafa).

[877] Antoine de Croy a Carlos V, Bruselas, 18 de diciembre de 1533 (A. G. R., Bruselas, E. A., leg. 48, fol. 51).

[878]Ibídem.

[879] Carlos V a María, Medina del Campo, 25 de enero de 1534 (A. G. R, Brus., E. A., leg. 48, fol. 51).

[880] Carlos V a María, Toledo, 27 de marzo de 1534 (ibídem, pág. 66).

[881] Indignado por aquel motín popular, Carlos V daría instrucciones secretas a María: que reclutase tropas con las que dominar a los rebeldes, castigando ejemplarmente «très bien ces vilains». (Carlos V a María, Baños de Ratisbona, 21 de agosto de 1532, A. G. R., Brus., E. A., leg. 47, fol. 118; autógrafa de Carlos V, cop. en el siglo XVIII).

[882] María a Carlos V, Binche, 15 de octubre de 1532: graves inundaciones en Frisia, Holanda, Zelanda, Flandes y Over-Yssel. La mayor parte de Frisia y Zelanda estaba bajo el agua, y en Holanda seis de las ocho partes. Y los embates del mar tan fuertes que se habían llevado hombres, animales y muebles, de forma que la desolación era general. Que había mandado a sus principales consejeros a las partes más afectadas. Necesidad de dinero para reconstruir los diques (A. G. R., Brus., E. A., leg. 47, fols. 166-168). Toda la correspondencia de ese año refleja aquel desastre, con las medidas tomadas por el Emperador, mandando a María que se trasladase a Gante o Brujas para llevar directamente las tareas de reparación del mal sufrido (Carlos V a María, Bolonia, 17 de diciembre de 1532; ibídem, fol. 193 v.).

[883] Se trata de una larga recapitulación del César sobre las posibilidades de Dorotea, como candidata al trono danés, que Carlos V manda a su hermana María desde Monzón el 29 de noviembre de 1533 (A. G. R., Brus., E. A., leg. 48, fol. 59).

[884] Carlos V a María, Monzón, 9 de septiembre de 1533 (A. G. R., Brus., E. A., leg. 48, fol. 30; cop. del siglo XVIII).

[885] Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., pág. 381.

[886] Arch. H. Prov. de Zamora, Libros de Acuerdos Municipales, V, fols. 2 y sigs.

[887] A. M. Guilarte, El obispo Acuña, Valladolid, 1979.

[888] A. H. P., Zam., Libr. Ac. Mun. V, fol. 4.

[889] Guilarte, El obispo Acuña, op. cit., pág. 75.

[890] C. Fernández Duro, Memorias históricas de la ciudad de Zamora, II, pág. 231.

[891] A. H. P., Zam., Libr. Ac. Mun. V, fol. 187.

[892]Ibídem, fol. 194.

[893]Ibídem

[894]Ibídem, fol. 195 v. Orden que se reitera el 15 de mayo (ibídem, fol. 197 v.).

[895] «Acordaron e mandaron que se derribe el baluarte que está en la puente para caer, por la venida del Emperador». (A. H. P., Zam., Libr. Ac. Mun. V, fol. 196). Su estado ruinoso debía de ser tal que el procurador por la Tierra del Vino, Cepeda, también pediría su demolición, porque impedía el paso de las carretas y constituía un peligro, dado ese pésimo estado (ibídem)

[896]Ibídem, fol. 197.

[897] Así se dispone con la calzada del Sepulcro y con la calle de la Plaza (ibídem).

[898] A. H. P., Zam., Libr. Ac. Mun. V, fol. 205 v.

[899] «Cometieron del poner de los arcos para la entrada de S. M. a los señores Francisco Ruiz y Juan Mella, regidores, para que vean de la manera que se han de hazer y lo provean e se hagan…» (Ibídem, 197 v.)

[900]Ibídem.

[901]Ibídem, fol. 198 v.

[902]Ibídem, fol. 199.

[903] Así hizo, por ejemplo, con Ávila, «mandando que en el recibimiento no hiciesen gastos ni exceso alguno, que sería su llaneza el mayor servicio que le podían hacer». (Sandoval, Historia del Emperador Carlos V, ed. cit. de C. Seco, II, pág. 476).

[904] A. H. P., Zam., Libr. Ac. Mun. V, fol. 204.

[905] He podido constatar reuniones los días 8, 10, 12, 15, 16, 17, 19, 20 y 22; todo un récord.

[906] A. H. P., Zam., Libr. Ac. Mun. V, fol. 207 v.

[907]Ibídem, fol. 198.

[908]Ibídem, fols. 202 y 208.

[909]Ibídem, fol. 204 v.

[910]Ibídem, fol. 210.

[911]Ibídem, fol. 207.

[912] Pedro Girón, Crónica del Emperador Carlos V, ed. cit., pág. 42.

[913]Ibídem, pág. 43

[914] Archivo Simancas, Registro del Sello, 1534, fol. 141.

[915] Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., pág. 390.

[916] Foronda, op. cit., págs. 391 y 393.

[917] Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., págs. 390 y 391.

[918] Pedro Girón, Crónica del Emperador Carlos V, op. cit., pág. 44.

[919] «La pestilencia comenzó a crescer de tal manera que S. M. determinó de salirse de Valladolid…» (Pedro Girón, op. cit., pág. 44). Es lo que nos confirma Carlos V en sus Memorias: «De allí —de Valladolid—, a causa de la peste que había en dicho lugar, se fueron a Palencia…» (Memorias, ed. cit., Corpus, op. cit., IV, pág. 500).

[920] Esas tres causas son apuntadas por Pedro Girón, Crónica del Emperador Carlos V, ed. cit., pág. 44.

[921] Carlos V a su embajador en Venecia Lope de Soria, Palencia, 2 de septiembre de 1534 (Corpus, I, pág. 405).

[922] «S. M. mandó a todos los señores y caballeros que tenían tenencias de las fortalezas de la costa que se fuesen a ellas y tuviesen en ellas el recaudo de gente y bastimentos y armas y otras cosas necesarias para la defensa dellas…» (Pedro Girón, Crónica del Emperador Carlos V, ed. cit., pág. 47).

[923] Se refería aquí a la ofensiva de la armada imperial mandada por Andrea Doria, y tomando Corón y Patrás en las costas griegas.

[924] F. Laiglesia, Estudios Históricos, op. cit., pág. 387

[925]Ibídem, pág. 388

[926]Ibídem, pág. 390.

[927]Ibídem, pág. 391.

[928] Keniston, Francisco de los Cobos, op. cit., pág. 160.

[929] Alonso de Santa Cruz, Crónica de Carlos V, ed. cit., III, pág. 224.

[930] E. J. Hamilton, El tesoro americano y la revolución de los precios en España, 1501-1650, Barcelona, Ariel, 1975, pág. 47.

[931] Keniston, Francisco de los Cobos, op. cit., pág. 168.

[932] Martín de Salinas a Castillejo, 7 de marzo de 1535: «Ha ordenado [el Emperador] de venir en esta cibdad [Barcelona] los monederos de todos sus reinos y hecho traer el oro y plata de las Indias, para que aquí se labre por escudos, y desta moneda será proveído y servido. Aquí se han traído las tinajas del oro y plata para ser labrada la moneda». (En A. Rodríguez Villa, Bol. R. Ac. H., XLV, pág. 66).

[933] Carlos V a María, Barcelona, 12 de mayo de 1535 (A. G. R., Brus., E. A., leg. 52, fol. 125).

[934] Carlos V a sus vasallos de la Corona de Castilla, Madrid, 1 de marzo de 1535 (en mi Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, págs. 408 y sigs.).

[935] Véase infra, la parte dedicada a la estancia de Carlos V en Sicilia, Nápoles y Roma.

[936] Santa Cruz, Crónica del emperador Carlos V, ed. cit., III, pág. 237.

[937] «Como los del Consejo le respondiesen, no muchos conformándose con su voluntad, les tornó Carlos V a replicar cómo él estaba determinado, con la ayuda de Dios, de ir en persona a la ciudad de Barcelona para proveer en la armada…» (Santa Cruz, ibídem).

[938]El Memorial de Tavera publicado en 1932 por F. Walser, Berichte und Studien zur Geschichte Karls V, op. cit., págs. 167-172.

[939] La armada que se preparaba en Barcelona para la empresa de Túnez.

[940] Isabel a Carlos V, Madrid, 24 de mayo de 1535, en respuesta a la carta del Emperador del 18 (en Mazarío, Isabel de Portugal, op. cit., pág. 395). También hay que tener en cuenta el avanzado estado en que se hallaba la Emperatriz. Recuérdese que un mes después, el 24 de junio, nacería su hija Juana.

[941]Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, pág. 410.

[942] Martín de Salinas a Fernando I, Madrid, 21 de febrero de 1535 (Rodríguez Villa, op. cit., Bol. Ac. H., XLV, pág. 49).

[943] Carlos V a María, Barcelona, 12 de mayo de 1535 (A. G. R., Brus., E. A., leg. 52, fol. 125).

[944] L. Pastor, Historia de los Papas, op. cit., XI, pág. 208, nota 3

[945] Carlos V a María, Barcelona, 19 de abril de 1535 (A. G. R., Brus., E. A., leg. 48, fol. 111). Las Instrucciones al conde de Roeulx publicadas por Weiss, Papiers d’Etat du cardinale de Grandvelle, II, págs. 337 y sigs.

[946] En Weiss, op. cit., II, pág. 267.

[947] Santa Cruz, Crónica del emperador Carlos V, op. cit., pág. 224.

[948] Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., pág. 401.

[949] Se refiere a las anteriores jornadas de Bolonia, Augsburgo, Bruselas, Ratisbona y Viena, entre 1529 y 1532.

[950] «Y juntamente ser con apresuración la partida por donde no han tenido lugar de se proveer de lo necesario». (Salinas a Castillejo, Barcelona, 7 de marzo de 1535; en Rodríguez Villa, op. cit., Bol. R. A. H., XLV, pág. 54).

[951] «V. M. escrebió que estuviese el armada para los 8.400 hombres presta para fin de Henero…» (Isabel a Carlos V, Madrid, 1 de abril de 1535; en Mazarío, Isabel de Portugal, op. cit., pág. 387). No sería con tanta presteza, sino a principios de abril.

[952] Sandoval, Historia del Emperador Carlos V, ed. cit., II, pág. 492.

[953] Santa Cruz, Crónica del emperador Carlos V, ed. cit., III, pág. 255.

[954] En el est. cit. de Rodríguez Villa, Bol. R. A. H., XLV, pág. 66.

[955] Carlos V, Memorias (en Corpus, op. cit., IV, pág. 501).

[956] Salinas, en el est. cit. de Rodríguez Villa, pág. 70.

[957] Sandoval, Historia del Emperador Carlos V, ed. cit., II, pág. 492.

[958] Santa Cruz, Crónica del emperador Carlos V, ed. cit., III, pág. 257.

[959] Sandoval, Historia del Emperador Carlos V, ed. cit., II, pág. 495.

[960] «Partió con tanta música que dio grandísimo gusto a todos…» (Ibídem).

[961] «… se ha scripto —a los reinos— para que continuamente hagan plegarias y oraciones y devociones a Nuestro Señor…» (Isabel a Carlos V, Madrid, 17 de junio de 1535; en Mazarío, Isabel de Portugal, op. cit., pág. 398).

[962] Carlos V al marqués de Cañete, virrey de Navarra, Cagliari y en su galera capitana, 12 de junio de 1535 (en Sandoval, Historia del Emperador Carlos V, ed. cit., II, pág. 496).

[963] Santa Cruz, Crónica del emperador Carlos V, ed. cit., III, pág. 263

[964] Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., pág. 404.

[965] Cartago es el nombre que la Emperatriz recoge en sus cartas de esas fechas, «… su buena llegada en salvamento a Cartago…» (Isabel a Carlos V, Madrid, 26 de julio de 1535; en Mazarío, Isabel de Portugal, op. cit., pág. 403).

[966] Sandoval, Historia del Emperador Carlos V, op. cit., II, pág. 511.

[967] Sandoval, Historia del Emperador Carlos V, op. cit., II, pág. 538.

[968] Santa Cruz, Crónica del emperador Carlos V, op. cit., III, pág. 271.

[969] Santa Cruz, op. cit., III, pág. 274.

[970]Ibídem, pág. 275.

[971] Garcilaso de la Vega, Elegía primera, vv. 85-90. Más pesimista que su imperial señor, Garcilaso dudaría de aquella gloria, (Elegía primera, vv. 91-93)

[972] Carlos V a Lope de Soria, 14 de julio de 1535 (Corpus, op. cit., I, pág. 434).

[973] El César no podía dejar de recordarlo en sus Memorias. Así, tras referirse a la conquista de La Goleta, añade: «En este tiempo, el Emperador tuvo nuevas de cómo la Emperatriz había parido a la Infanta doña Juana, su segunda hija». (Memorias, ed. cit., Corpus, IV, pág. 501). Algo que no podía omitirse en las crónicas del tiempo, como en la de Pedro Girón, en la que podemos leer en el texto dedicado a 1535: «A 24 de junio, miércoles, víspera de San Juan, entre las doce y la una del día, parió S. M. una hija que llamaron doña Juana». (Pedro Girón, Crónica del Emperador Carlos V, ed. cit., págs. 56 y 57).

[974] El propio César se disculparía con su hermana María por tardar tanto en escribirle, puntualizándole el porqué de la tardanza, así como el nuevo sistema que emplearía: «Madame ma bon soeur, J’ai reçu tant de vos lettres que, outre ma negligence acoustumé, il faut que je vous confesse la presente est survenue par laquelle il m’est impossible de pouvoir plus écrire comme je soulais, et à cette cause ne réponds à icelles de ma main, mais ayant baillés les points à Grantvelle pour y répondre et dire mon intention, lui ai commandé le faire par autres lettres, aux quelles me remets, vous priant les tenir comme si elles étaient écrites de ma main…» (Carlos V a María, Castelnuovo de Nápoles, 21 de enero de 1536, A. G. R., Bruselas, E. A., leg. 49, fol. 8, copia).

[975] «… toutesfois je ne le trouvais bon, comme ne faissaient plusieurs de l’armeé de mer, que voulait que mieux se fit…»

[976] A. G. R., Bruselas, E. A., leg. 48, fol. 128; cop. del siglo XVIII; publ. por Lanz, op. cit., II, pág. 194. Cf. también en Pastor, Historia de los Papas, op. cit., XI, pág. 210.

[977] Luis de Ávila y Zúñiga al obispo de Orense, de la Alcazaba de Túnez a 23 de julio de 1535 (en Pedro Girón, Crónica del Emperador Carlos V, ed. cit., pág. 180).

[978] Carlos V a Lope de Soria, desde la Alcazaba de Túnez, 25 de julio de 1535 (Corpus, ed. cit., I, pág. 439).

[979] Al castillo o alcazaba de la ciudad

[980] Carta cit. al obispo de Orense, en la Crónica de Pedro Girón, ed. cit., pág. 180.

[981] Isabel a Carlos V, Madrid, 26 de agosto de 1535 (en Mazarío, Isabel de Portugal, op. cit., pág. 407).

[982] Isabel a Carlos V, Madrid, 24 de septiembre de 1535 (en Mazarío, Isabel de Portugal, op. cit., págs. 410 y 411).

[983] Sigo aquí mi texto en La España del Emperador Carlos V, Madrid, Espasa Calpe, 1996, en la H. E. M. P., t. XX, 6ª ed., pág. 555.

[984] María a Carlos V, Bruselas, 31 de agosto de 1535: Alegría con que se habían visto las dos hermanas, sin estar presente Francisco I. Cómo Leonor sacó al punto la cuestión de la tensa relación entre los dos soberanos, tocando lo del Milanesado: que Carlos V debía hacer alguna oferta al francés, como la posible boda de Cristina con el duque de Angulena, contestando María que cómo se podía tratar tal asunto viviendo el duque Francisco Sforza. (A. G. R., Brus., E. A., leg. 48, fol. 137; cop).

[985]Ibídem

[986] Carlos V a Lope de Soria, su embajador en Venecia, La Goleta de Túnez, 16 de agosto de 1535 (Corpus, op. cit., I, págs. 441 y 442).

[987] El tratado con el rey de Túnez, por el que se declaraba Muley Hacén vasallo de Carlos V.

[988] Isabel a Carlos V, Madrid, 30 de septiembre de 1535 (en Mazarío, Isabel de Portugal, op. cit., pág. 413).

[989] Keniston, Francisco de los Cobos, op. cit., pág 166.

[990] Cit. por Benedetto Croce en su precioso estudio, ya clásico, La Spagna nella vita italiana durante la Rinasceza, Bari, 1949, págs. 236 y 237.

[991]Ibídem, pág. 216.

[992] Cit. por Benedetto Croce, op. cit., pág. 259

[993] «El Parlamento deste Reino —informaría Carlos V a la Emperatriz desde Nápoles, el 18 de febrero de 1536— se ha ya concluido y nos ha servido y socorrido con quinientos mil ducados, que se pagarán este año, par ayuda a los gastos pasados y presentes, y con un millón de ducados en ciertos años venideros…». Y añadía Carlos V, satisfecho: «… que ha sido buen servicio, según los trabajos que el Reino ha tenido…» (Corpus, op. cit., I, pág. 471). (Cf. Keniston, Francisco de los Cobos, op. cit., pág. 171).

[994] El divertido lance, en Leti, recordado por Keniston, Francisco de los Cobos, op. cit., pág. 168.

[995] De todas formas, Isabel ya hacía un mes que tenía noticia de que el Emperador, en vez de regresar de inmediato a España, visitaría antes al Papa: «Dice V. M. que el Papa hace gran instancia para la ida de V. M. a Roma, para tratar y dar orden el las cosas públicas de la Cristiandad». (Isabel a Carlos V, Madrid, 27 de enero de 1536; en Mazarío, Isabel de Portugal, op. cit., pág. 436).

[996] Carlos V a la Emperatriz, Nápoles, 2 de febrero de 1536 (Corpus, op. cit., I, pág. 474).

[997] Beatriz. Y véase que Carlos V vuelve al estilo indirecto.

[998] «Y por una manera o por otra no dejaré de hacer por ellos más que lo posible, por ser la Infanta quien es y su hermana y quererla yo tanto». (Ibídem, págs. 475 y 476). Entre el Emperador y los duques de Saboya existía una relación directa, como lo prueba el amplio epistolario cruzado entre los dos por estas fechas (Fornaseri, Beatrice di Portogallo, duchessa di Savoia, 15041538, Cuneo, 1957; cf. el notabilísimo trabajo de José María Jover Zamora, Carlos V y los españoles, Madrid, 1987, 2ª ed., pág. 257, nota 7).

[999]Ibídem, pág. 476.

[1000] Garrett Mattingly, Catalina de Aragón, op. cit., págs. 509 y sigs.

[1001] Curioso error, pues era su prima.

[1002] Carlos V a Isabel, Nápoles, 1 de febrero de 1536 (Corpus, op. cit., I, pág. 463).

[1003] En plural, porque se está refiriendo al nuevo marqués y a su madre, la viuda de don Bernardino.

[1004] Carlos V a Isabel, Nápoles, 5 de marzo de 1535 (Corpus, op. cit., I, págs. 481 y 482). Obsérvese el estilo directo que aflora en este párrafo, como en otros de esta carta.

[1005] El infante don Luis de Portugal, hermano de la Emperatriz, al que vimos acompañar a Carlos V en la jornada de Túnez.

[1006] A. G. S., Estado, Castilla, leg. 35, fol. 266.

[1007] Carlos V al conde de Cifuentes, Nápoles, 6 de enero de 1536 (A. G. Simancas, Estado, Despachos Diversos, leg. 1.564, fol. 2; minuta). En cuanto a Leyva, acompaña su memorándum con una relación del armamento preciso para la empresa, en el que se hace patente que para la artillería, la Monarquía dependía en buena parte del Milanesado (Corpus, op. cit., págs. 447y sigs.).

[1008] Así lo refieren Cobos y Granvela, en un despacho mandado al conde de Cifuentes, desde Nápoles el 24 de marzo de 1536, poco antes de la salida del cortejo imperial hacia Roma (A. G. Simancas, Estado, leg. 1.564, fol. 37).

[1009] Véase un buen relato de la entrada del César en Roma, en L. Pastor, Historia de los Papas, op. cit., X, págs. 222 y sigs.

[1010] Carlos V a Lope de Soria, Roma, 8 de abril de 1536 (Corpus, op. cit., I, pág. 483).

[1011] Lo era entonces Enrique, el que acabaría siendo Rey a la muerte de Francisco I.

[1012] Esas quejas ya las señalaba Carlos V a María desde Nápoles. (Carlos V a María, Nápoles, 2 de marzo de 1536; A. G. R., Bruselas, E. A., leg. 49, fol. 29).

[1013] Carlos V a Lope de Soria, Roma, 8 de abril de 1536.

[1014] Así se refería a su embajador en Venecia, añadiéndole que debía instar a la República a que colaborase con el Emperador, en conformidad con lo pactado en la Liga defensiva de Italia. (Carta cit. de 8 de abril).

[1015] «Anduvo disfrazado por Roma y, para mejor poder mirar su antigua grandeza, subió encima de la Redonda, maravillado de tan suntuoso edificio». (Sandoval, Historia del Emperador Carlos V, ed. cit., III, pág. 11).

[1016]Ibídem. No sería la única vez, de lo que hay pruebas documentales.

[1017] Sandoval, Historia del Emperador Carlos V, op. cit., III, pág. 12.

[1018] Pastor, Historia de los Papas, op. cit., XI, pág. 228. En cuanto al discurso de Carlos V la mejor versión es la hecha por A. Morel-Fatio, en su estudio «L’espagnol langue universelle» (en Bul. Hispanique, XV, págs. 212 y sigs.).

[1019] Para Keniston, tanto Cobos como Granvela se quedaron tan sorprendidos como contrariados por el arranque de Carlos V (Keniston, Francisco de los Cobos, op. cit., pág. 175).

[1020] Referido por Brantôme en sus célebres «rodomontades» (Pierre de Bourdeille, señor de Brantôme, Gentilezas y bravuconadas de los españoles, ed. crítica de Juan Quiroga [seud.], Madrid, 1995, págs. 85 y 86).

[1021] Francisco de los Cobos.

[1022] Salinas a Fernando I, Roma, 22 de abril de 1536 (en Rodríguez Villa, El Emperador Carlos V y su Corte según las cartas de don Martín de Salinas, Madrid, 1903, pág. 713).

[1023] Que, ante las falsedades que sobre él decían en Roma los Embajadores de Francisco I, para malquistarlo con el Papa y el Colegio cardenalicio, «nos paresció convenir hablar y hablamos a Su Santidad lo que, Señora, verá por la copia…; lo cual era necesario par manifestar nuestra justificación. Y a lo que hemos podido comprender ha sido tomado y juzgado en bien de todos, y se han quitado muchos de la inclinación que, por no saber las cosas pasadas, tenían de ocurrir a Francia…» (Carlos V a Isabel, Roma, 18 de abril de 1536; en Corpus, op. cit., I, págs. 488 y 489).

[1024] El conflicto con Francia, por su invasión de Saboya.

[1025] Carlos V, Memorias (en Corpus, op. cit., IV, pág. 503). Ya hemos indicado que la mejor edición del discurso imperial, es la de Morel-Fatio. La versión resumida que Carlos V mandó a su embajador en Francia, Hannart, el 17 de abril de 1536, la publicó Karl Lanz, Korrespondenz des Kaisers Karls V (op. cit., II, págs. 223 y sigs.). Un buen resumen en L. Pastor, Historia de los Papas (op. cit., XI, págs. 225 y sigs.). Cf. asimismo Karl Brandi, Kaiser Karl V, II: Quellen und Erörterungen, op. cit., págs. 258 y 259. Para Menéndez Pidal este discurso, pieza clave en el ideariumpolítico de Carlos V, viene a demostrar que el Emperador ha hecho ya de España la base de su Imperio, al tiempo que reprocha al Papa su neutralidad, y el no romper con una Francia que de tal forma obstaculizaba y rompía la armonía de la Universitas Christiana (en HEMP, t. XX, Introducción, págs. L a LII).

[1026] Así, respondía Isabel a Carlos V el 20 de mayo de 1536: «Rescibí la carta de V. M. de XVIII del pasado cerrada a XXV dél, y la que después me screbió de XXVI del mismo, y la copia de las que V. M. mandó scribir a su embaxador en Francia; y por ella he entendido el buen recibimiento que se hizo a V. M. en Roma, así por Su Santidad como por el colegio de los cardenales y pueblo romano, y lo que V. M. allí trató sobre los negocios públicos de la cristiandad, remedia de la fe, provisión contra el turco, común paz de la cristiandad, y la buena respuesta y voluntad que V. M. halló en Su Santidad para todo ello, y cómo, mostrando aquélla, havía determinado otro día en consistorio la conbocación del concilio, para lo cual tenía la voluntad del rey de Francia. De lo que he holgado, por el bien unibersal que dello se podrá seguir a la cristiandad. Nuestro Señor lo enderece como vea es menester». (Isabel a Carlos V, Madrid, 20 de mayo de 1536; en Mazarío, Isabel de Portugal, op. cit., pág. 469).

[1027] María a Carlos V, Bruselas, 19 de mayo de 1536 (A. G. R., Bruselas, E. A., leg. 49, fol. 46). Adviértase cómo casi coinciden en sus fechas las respuestas al Emperador de la Emperatriz y de la reina María de Hungría.

[1028] A. G. Simancas, Estado, leg. 1.564, fol. 503.

[1029] Jean de Hannart a Carlos V, Montboisson, 1 de mayo de 1536: «El dicho señor Rey decía que se maravillaba que queríades favorecer la parte del duque de Saboya contra él por ser vuestro cuñado, y que él lo era también, y más cercano que no él…» (Corpus, op. cit., I, pág. 494).

[1030] A. G. Simancas, Estado, leg. 1.564, fol. 183.

[1031] Sandoval, Historia del Emperador Carlos V, ed. cit., III, pág. 13.

[1032] Así lo indicaba María a su hermano, replicando Carlos V que sería una neutralidad engañosa, pues Francisco I solo la observaría mientras le fuese útil; aparte que solicitarla ya era dar un signo de debilidad y como un incentivo para el ataque enemigo. Y, sobre todo, era perder reputación, esa obsesión de los hombres del Renacimiento. (Carlos V a María, Nápoles, 2 de marzo de 1536; A. G. R, Bruselas, E. A., leg. 49, fol. 20).

[1033] «Y por decir la verdad misma, nos ha invadido como enemigo y saqueado algunas de mis tierras de Flandes…» (Carlos V a los cardenales Trivulcio y Caracciolo, 9 de julio de 1536; Corpus, op. cit., I, pág. 510).

[1034] A. G. Simancas, Estado, leg. 1.564, fol. 57.

[1035]Ibídem, fol. 509.

[1036] «De manera que el campo imperial era de sesenta mil infantes y cien piezas de artillería…» (Sandoval, Historia del Emperador Carlos V, ed. cit., III, pág. 15).

[1037] A. G. Simancas, Estado, leg. 35, fol. 269.

[1038] Antoine Perrenin a María de Hungría, 30 de mayo de 1536 (A.G.R., Bruselas, E. A., leg. 52, fol. 173)

[1039] Así se expresaría Antoine Perrenin en la carta cit. a María de Hungría de 30 de mayo de 1536.

[1040] José María Jover Zamora, Carlos V y los españoles, op. cit., págs. 326 y sigs.

[1041] Esto es, los alemanes reclutados por Francisco I.

[1042] Consulta del Consejo de Estado, con anotaciones marginales dictadas por Carlos V (Corpus, op. cit., I, pág. 499).

[1043] A. G. Simancas, Estado, leg. 1.564, fol. 147

[1044] G. Mattingly, Catalina de Aragón, op. cit., págs. 510 y sigs

[1045] Carlos V a Isabel, Burgo de Saint-Clonin, 18 de mayo de 1536 (Corpus, op. cit., I, pág. 505). Es de notar que un día después de escrita esa carta, rodaba la cabeza de Ana Bolena.

[1046] Cit. por Rodríguez Villa, El Emperador Carlos V, op. cit., pág. 717.

[1047]Ibídem, pág. 765. Tan gran ejército, para la época, era difícil poner en marcha para atravesar los Alpes, por su excesiva impedimenta, no escaseando las cortesanas, tal como señalaba el propio Salinas: «S. M. ha traído su ejército en orden y nosotros nos desordenamos, porque es tanto el bagage y putas, que son más que las estrellas». (Ibídem).

[1048] «… la más resuelta subordinación que cabe imaginar de la concepción técnica de la batalla, propia de los tiempos modernos, a una concepción caballeresca de la misma que parece escapada de un cantar de gesta». (J. M.ª Jover Zamora, Carlos V y los españoles, op. cit., pág. 333).

[1049] María de Hungría a Carlos V, Bruselas, 21 de agosto de 1536. Dificultades del avance de Nassau sobre París, con unas tropas indisciplinadas que sometían al campesinado a terrible pillaje. Por otra parte, María insistía en la gravedad de la situación en el Báltico, donde Copenhague era atacada por el duque Holstein (A. G. R., Bruselas, E. A., leg. 49, fol. 87). En efecto, Copenhague caería diez días después, pese a la ayuda de Federico del Palatinado, que había puesto en ello sus esperanzas, como marido de Dorotea de Dinamarca, la sobrina de Carlos V.

[1050] Carlos V a Enrique de Nassau, Aix, 4 de septiembre de 1536 (en Lanz, Correspondenz..., op. cit., II, pág. 248).

[1051] Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., pág. 430.

[1052] Sobre la campaña de Provenza, Bourrilly, «Charles Quint en Provence» (Rev. Hist., t. 127, 1918, págs. 236 y sigs.).

[1053] Karl Brandi, Kaiser Karl V, op. cit., I, págs. 316 y 317. Era como la misma réplica caballeresca con que los españoles se habían comportado a la muerte de Bayardo en 1524.

[1054] Carlos V a su embajador el conde de Cifuentes, Zaes, 5 de septiembre de 1536 (Corpus, op. cit., I, pág. 524).

[1055] En mi estudio La España del Emperador, op. cit., pág. 590.

[1056] Sobrino de otro importante personaje de la Corte, el marqués de Pescara; más tarde sería designado Gobernador de Milán (1538), donde seguiría hasta su muerte en 1546.

[1057] Keniston, Francisco de los Cobos, op. cit., págs. 180 y 181.

[1058] Pedro Girón, Crónica del Emperador Carlos V, ed. cit., pág. 82.

[1059] «Y ansí subió [Carlos V] hasta el corredor, y a la puerta de la escalera estaban el señor Príncipe don Felipe y los dos Cardenales, y allí el Príncipe besó la mano a S. M. y él se la dio con señales de amor, y lo mismo hizo a los Cardenales…» (Ibídem).

[1060] Carlos V con el Príncipe y los Cardenales.

[1061] Pedro Girón, Crónica del Emperador Carlos V, ed. cit. pág. 82.

[1062] Llama la atención que de toda la documentación que el cronista recogió sobre aquellos años, nada tuviera sobre la jornada del César en Tordesillas en 1536; a mi entender, porque la podía transmitir como testigo de vista de los sucesos; lo que concuerda, además, con la frescura con que están recogidas algunas escenas, como la de los nobles precipitándose escaleras abajo cuando sienten que ha llegado el Emperador. O la del Príncipe, ya muchacho de nueve años, recibiendo gravemente a su padre en lo alto de la escalera y entre los dos Cardenales.

[1063] Carlos V a Burgos, 21 de diciembre de 1536 (cit. por Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., pág. 433, nota).

[1064] Pedro Girón, Crónica del Emperador Carlos V, ed. cit. pág. 82.

[1065] Quizás mejor «cuando».

[1066] Tavera, cardenal, y Fernando de Valdés, obispo de Oviedo.

[1067] Pedro Girón, Crónica del Emperador Carlos V, ed. cit., pág. 83.

[1068]Ibídem.

[1069]Ibídem.

[1070] «… que alguaciles fuesen a los lugares a hacer traer bastimentos, y a los molinos a que moliesen pan para la Corte, y con esto cesó la necesidad…» (Pedro Girón, Crónica del Emperador Carlos V, ed. cit., pág. 84).

[1071]Ibídem, pág. 81; lo resaltado es mío.

[1072] Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., pág. 433.

[1073] Rectifico aquí la fecha, pues en el texto publicado en 1994 se pone 1537, lo que es un notorio error. Cf. Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., pág. 433.

[1074] Manuel Fernández Álvarez, Juana la Loca, op. cit., pág. 219.

[1075] Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., págs. 433-442.

[1076] «… fue la sexta vez muy gravemente atacado por la gota…» (Carlos V, Memorias, ed. cit., Corpus, IV, pág. 504).

[1077] Alonso de Santa Cruz, Crónica del emperador Carlos V, op. cit., II, pág. 465.

[1078] María de Hungría a Carlos V, Bruselas, 8 de enero de 1537 (A. G. R., Bruselas, E. A., leg. 49, fol. 158), donde da cuenta de algunas concesiones de dinero de varios de los Estados, Hainaut, 60.000 florines; Artois, 41.000, Lille y Douay, 20.000, y Brabante, 1 florín por fuego y vecino.

[1079] María de Hungría a Carlos V, Bruselas, 26 de abril de 1537 (A. G. R., Bruselas, E. A., leg. 49, fol. 171).

[1080] Isabel a Carlos V, Valladolid, 17 de agosto de 1536 (en Mazarío, Isabel de Portugal, op. cit., pág. 487).

[1081] Carlos V a Isabel, Nápoles, 20 de febrero de 1536 (Corpus, op. cit., I, pág. 474).

[1082] F. de Laiglesia, Estudios Históricos, op. cit., pág. 395.

[1083] Esto es, impresa. Recuérdese que ya la Emperatriz había ordenado su publicación.

[1084] El discurso de Tavera en la obra cit. de F. de Laiglesia, Estudios Históricos, op. cit., págs. 393-400.

[1085] Martínez Cardós, «La política carolina ante las Cortes de Castilla» (en Rev. de Indias, núms. 73-74, 1958, pág. 380).

[1086]Cortes de los antiguos reinos de León y de Castilla, IV, págs. 635 y sigs.

[1087] «A esto vos respondemos que vos agradecemos y tenemos en servicio vuestra voluntad, y que deseamos lo mismo, y siempre miraremos lo que más convenga al servicio de Dios, Nuestro Señor, y bien de la Cristiandad y de nuestros reinos y señoríos» (ibídem).

[1088] Carlos V a Nassau, Roeulx y Praet, Génova, 14 de noviembre de 1536 (A. G. R., Bruselas, E. A., leg. 49, fol. 103).

[1089] Exactamente, según las cifras establecidas por Hamilton, 3.937.892. (E. J. Hamilton, El tesoro americano y la revolución de los precios en España, 1501-1650, op. cit., pág. 47).

[1090] María a Carlos V, Bruselas, 21 de agosto de 1536 (A. G. R, Bruselas, E. A., leg. 49, fol. 87).

[1091]Ibídem. En efecto, quince días después María avisaría a Carlos V de la rendición de Copenhague (A. G. R., Brus., E. A., leg. 49, fol. 93).

[1092] Pedro Girón, Crónica del Emperador Carlos V, ed. cit., pág. 109.

[1093] En tres ocasiones la documentación nos recogerá esas cacerías en Valbuena, en Ventosilla y en Aranda, pero añadiendo siempre «no perdiendo jornada». (Cf. Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., págs. 442 y 443). También Pedro Girón recoge en su crónica esas cacerías de Carlos V, «… andubo cazando…» (Crónica del Emperador, ed. cit., pág. 109).

[1094] Pedro Girón, Crónica del Emperador Carlos V, ed. cit., pág. 110

[1095] Carlos V, Memorias, ed. cit., Corpus, IV, pág. 504.

[1096] Carlos V a María de Hungría, Monzón, 6 de noviembre de 1537 (A. G. R, Bruselas, E. A., leg. 50, fol. 23).

[1097] Granvela.

[1098] Carlos V a María de Hungría, carta cit. de 6 de noviembre de 1537

[1099] Cobos y Granvela a Carlos V, Barcelona, 26 de julio de 1537 (A. G. R, Bruselas, Audience, leg. 73, fol. 56, or.).

[1100] Sobre esas negociaciones, cf. Keniston, Francisco de los Cobos, op. cit., págs. 186 y sigs.

[1101] María a Carlos V, Brujas, 11 de agosto de 1537 (A. G. R, Bruselas, E. A., leg. 50, fol. 10).

[1102] Simancas, Estado, K., leg. 1484, fols. 97 y 98; cit. por Keniston, Francisco de los Cobos, op. cit., pág. 198.

[1103] Dormer, Anales de la Corona de Aragón, Zaragoza, 1697, págs. 659 y sigs.

[1104] No solo para él, sino para el bien público de la Cristiandad. (Véase el estudio de F. de Laiglesia, Estudios Históricos, op. cit., págs. 447-454).

[1105] «No esta bien dispuesta después de su alumbramiento e que podía llegar a tiempo que su persona fuese necesaria…» (Pedro Girón, Crónica del Emperador Carlos V, ed. cit., pág. 124). Sandoval nos precisa más sobre la suerte de aquel Infante: de nombre Juan, había nacido en Valladolid el 19 de octubre, muriendo en marzo de 1538 (Sandoval, Historia del Emperador Carlos V, ed. cit., III, pág. 49). Carlos V lo recordaría en sus Memorias: «Acabadas las dichas Cortes, S. M. se tornó por la posta a Valladolid para ver a la Emperatriz, que acababa de alumbrar a su cuarto hijo, el Infante don Juan, el cual murió poco después, y casi en el mismo tiempo murió también la Infanta doña Beatriz de Portugal, duquesa de Saboya. A su vez, la Emperatriz quedó tan mal de aquel parto que desde entonces hasta su muerte tuvo poca salud». (Carlos V, Memorias, ed. cit., Corpus, op. cit., IV, pág. 504).

[1106] Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., pág. 446.

[1107] Pedro Girón, Crónica del Emperador Carlos V, ed. cit., pág. 125.

[1108] Ibídem. También Santa Cruz recoge la pena de la Emperatriz: «Y la partida del Emperador sintió mucho la Emperatriz, porque nunca pudo hacer con S. M. que siquiera se detuviese a estar con ella las fiestas de las Pascuas, que se venían cerca, y así todo el tiempo que el Emperador con ella estuvo ni hizo sino llorar…» (Crónica, ed. cit., III, pág. 467).

[1109] Isabel a Carlos V, Valladolid, 2 de enero de 1538 (en Mazarío, Isabel de Portugal, op. cit., pág. 511).

[1110] Keniston, Francisco de los Cobos, op. cit., pág. 201.

[1111] Battle y Prats, «Viaje de Carlos V a Gerona en 1533 y la pequeña tregua hasta junio, antecedente de la de Niza», en Hispania, 1949, XXXIV, pág. 88.

[1112] Era la coronación de todas sus gestiones mediatorias, desde las iniciadas en diciembre de 1535, cuando se abre la crisis que da paso a la tercera guerra entre los dos soberanos rivales. Entonces había mandado Paulo III a su hijo, Pedro Luis Farnesio, para que influyera sobre Carlos V en pro de la paz. A poco le envía a los cardenales Piccolomini y Cesarini. En abril de 1536, aprovechando la estancia de Carlos V en Roma, presiona sobre su imperial huésped. En junio trata de evitar la guerra que se perfila cada vez más amenazadoramente, despachando al cardenal Caracciolo a la Corte de Carlos V, y al cardenal Trivulzio a la Corte francesa. En agosto, en plena guerra, cuando el ejército imperial ha invadido ya la Provenza, envía a los dos contendientes a su secretario Ricalcati y al letrado Manetti. En octubre, nuevamente Pedro Luis Farnesio llega con misión de paz a la Corte imperial, entonces en Génova. En febrero de 1537, cuando la amenaza del turco se hace sentir, por los avisos que llegan de Constantinopla de sus grandes preparativos contra Italia, Paulo III envía al obispo de Rieti y a César de’Nobili, para hacer presente a los dos soberanos cuán grande es su responsabilidad si persisten en poner sus querellas particulares por encima de los intereses generales de la Cristiandad. Confirmados los temores del Papa, realizado el ataque turco al sur de Italia a fines de julio de 1537, llevando en sus naves al embajador francés, Paulo III mueve sus hilos para concitar al menos la común voluntad de las principales potencias italianas afectadas. En noviembre envía a Miganelli y al Baldassare y un mes después a los cardenales Pío de Cargoi y Jacobazzi; tales fueron sus esfuerzos en pro de aquella paz (Pastor, Historia de los Papas, op. cit., XI, pág. 215). Eso sin contar las constantes gestiones encomendadas por el Papa a su dos Nuncios en ambas Cortes.

[1113] Marqués de Aguilar, embajador imperial, a María de Hungría, Roma, 11 de marzo de 1538 (A. G. R, Bruselas, E. A., leg. 50, fol. 51).

[1114] Isabel a Carlos V, Valladolid, 21 de mayo de 1538 (Mazarío, Isabel de Portugal, op. cit., pág. 518).

[1115] De la misma al mismo, Valladolid, 17 de abril de 1538 (Mazarío, Isabel de Portugal, op. cit., pág. 521).

[1116] De la misma al mismo, 26 de mayo de 1538 (Mazarío, Isabel de Portugal, op. cit., pág. 525).

[1117]Ibídem.

[1118] El suceso sería ampliamente recordado por Carlos V en sus Memorias, dando muestras de su indignación: la armada imperial replicaría apoderándose de cuatro de las galeras francesas atacantes, «y reprendió gravemente a los capitanes de las galeras tomadas por la culpa que cometieron…» (Carlos V, Memorias, ed. cit., Corpus, IV, pág. 506).

[1119] Pastor, Historia de los Papas, op. cit., XI, págs. 256 y sigs.

[1120] J. M.ª Jover Zamora, Carlos V y los españoles, op. cit., págs. 371 y sigs.

[1121] Carlos V, Memorias, ed. cit., Corpus, IV, pág. 506.

[1122] Keniston, Francisco de los Cobos, op. cit., pág. 211.

[1123] L. Pastor, Historia de los Papas, op. cit., XI, pág. 260.

[1124] Carlos V, Memorias, ed. cit., Corpus, VI, pág. 506

[1125] Keniston, Francisco de los Cobos, op. cit., pág. 205.

[1126] P. de Sandoval, Historia del Emperador Carlos V, ed. cit., III, pág. 52.

[1127] Isabel a Carlos V, Valladolid, 25 de julio de 1538 (Mazarío, Isabel de Portugal, op. cit., pág. 535).

[1128] Keniston, Francisco de los Cobos, op. cit., pág. 203.

[1129] Pedro de Gante, Relaciones (en Keniston, op. cit., pág. 203).

[1130] Citado por Keniston, Francisco de los Cobos, op. cit., p. 206

[1131] Los poderes dejados por Carlos V a la Emperatriz, tanto en 1537 como en 1538 pueden verse en el Corpus documental de Carlos V, ed. cit., I, págs. 533 y 542. Está claro que Carlos V ya lo había hecho también en 1537, pensando en una posible salida de España.

[1132] Pedro Girón, Crónica del Emperador Carlos V, ed. cit., pág. 142.

[1133]Ibídem.

[1134] Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., pág. 460.

[1135] F. de Laiglesia, Estudios Históricos, II, pág. 263. En 1525, el embajador veneciano Contarini valoraba los ingresos de la Corona en 1.100.000 ducados, y los gastos ordinarios, en 700.000. El superávit, y aún más, se derrochaba en los gastos extraordinarios, haciendo este gráfico comentario: «… si che si può dire a capo dell’anno essersi a capo dell’entrata, massime ora che le cose non sono ordinate, anzi da poi che Cesare ebbe questi regni, s’è proceduto di disordine in disordine, da questi in guerre civili, e dalle guerre civili in guerre esterne» (Relazioni, ed. de Alberi, 1.ª serie, II, pág. 439).

[1136]Cortes de León y Castilla, op. cit., V, págs. 27 y sigs. Pedro Girón también recoge los presentes y los más destacados de los ausentes (entre estos, don Juan Manuel), Crónica del Emperador Carlos V, ed. cit., págs. 143 y sigs.

[1137] Sandoval, Historia del Emperador Carlos V, ed. cit., III, pág. 61.

[1138] Texto recogido por el conde de Coruña, publ. en Cortes de León y Castilla, op. cit., V, pág. 89. Cf. Sandoval, Historia del Emperador Carlos V, ed. cit., III, pág. 67, que lo reproduce, probando que con frecuencia tiene acceso a las fuentes de la época.

[1139] Sandoval, Historia del Emperador Carlos V, op. cit., III, pág. 70.

[1140] Tal, en el discurso de Tavera ante la corporación de la alta nobleza: «ha mandado —Carlos V— convocar y celebrar Cortes generales del Reino» (en F. de Laiglesia, Estudios Históricos, I, pág. 405).

[1141]Ibídem, págs. 401-405.

[1142]Cortes de León y Castilla, op. cit., V, pág. 101.

[1143]Ibídem, op. cit., V, pág. 140

[1144]Ibídem, op. cit., V, pág. 156.

[1145] «Respondióle el labrador con donaire, diciendo: “¡Por Dios, hermano, que sois muy necio!… Veis que el ciervo pesa más que el borrico y la leña, ¿y queréis que lo lleve a cuestas? Mejor haréis vos, que sois mozo y recio, tomarlos a entrambos a cuestas, y caminar con ellos”». (Sandoval, Historia del Emperador Carlos V, ed. cit., III, pág. 73).

[1146]Ibídem

[1147] Esto es, la caballería pesada.

[1148] La rf. en Keniston, Francisco de los Cobos, op. cit., pág. 206.

[1149] Tiépolo, Relazioni… (ed. Alberi, Florencia, 1840, 1.ª serie, II, págs. 101 y 102). Ya el marqués de Aguilar anunciaba lo mismo a María de Hungría desde Roma el 11 de marzo de 1530 (A. G. R., Bruselas, E. A., leg. 50, fol. 51)

[1150] Prof. Budor, «La gesta de Castelnuovo» (Rev. del Dept.º de Español, Univ. de Zágreb, 1990 (?), págs. 128-148).

[1151] A. G. de Simancas, E., leg. 1.030, fol. 122; original.

[1152] «Avisos de lo de Castelnuovo», (A. Simancas, E., leg. 1.030, fol. 133, cf. A. G. B., Brus., E. A., leg. 1520, fol. 278, que recoge la misma información).

[1153] A. G. R., Bruselas, E. A., leg. 1.520, fol. 278.

[1154] A. G. Simancas: «Memorial de los esclavos que están en poder del Gran Turco en Constantinopoli y de Barbarroja…, que se perdieron en Castilnovo» (A. G. S., Nápoles, leg. 1.036, fol. 4). Cf. J. Graciliano González Miguel, Presencia napolitana en el Siglo de Oro español: Luigi Tansillo (1510-1568), Salamanca, Universidad, 1979, pág. 342, nota 10. Carlos V se interesaría por la suerte de aquellos cautivos. Todavía en 1546 el virrey de Nápoles, don Pedro de Toledo, contestaba al Emperador: «En lo que toca a los presos de Castilnovo se hará lo que V. M. me envía a mandar, y ya a Luis de Haro y a su padre que lo solicitaba aquí, se han pagado hasta mil y quinientos ducados por lo de su rescate…» En su carta, el Virrey da otras noticias sobre aquellos míseros cautivos (A. Simancas, E., leg. 1.036, fol. 3). Y es de recordar que en su Testamento, Carlos V dejaría una manda de 10.000 ducados para redimir cautivos «prefiriendo los que hubiesen sido captivos en armadas nuestras donde nos hayamos hallado presente, y después los que en las otras armadas nuestras hubiesen sido captivos…» (Testamento de Carlos V, ed. crítica de M. Fernández Álvarez, Madrid, 1982, pág. 5).

[1155] P. de Sandoval, Historia del Emperador Carlos V, ed. cit., III, pág. 80.

[1156] Sobre esta gesta de Castelnuovo versó mi conferencia en la Real Academia de la Historia, en acto presidido por don Juan de Borbón, el 31 de enero de 1985. Una referencia más completa puede encontrarse en mi estudio «La gesta de Castelnuovo» (Historia 16, núm. 111 —julio 1985—, págs. 37-42). Cuando se estaba preparando aquel acto, que había organizado con gran entusiasmo mi buen amigo D. Félix Rodríguez Madiedo, en homenaje a nuestro Ejército, y para el que había pedido mi colaboración como conferenciante, me llamó el entonces Secretario perpetuo de la Real Academia, D. Dalmiro de la Válgoma, para indicarme que había una dificultad, para él insalvable, pues nunca se había autorizado que en la Casa diese conferencia alguna quien no fuese académico (yo no lo sería hasta dos años después). Le contesté que me parecía muy razonable, y que por mí no se preocupase, pues no tenía más interés que el de prestar la colaboración que se me había pedido; aunque dudaba que la Academia se negase a dar su autorización para acto de tal significado, presidido además por don Juan de Borbón. Y así sería, de lo que la Prensa nacional daría amplio testimonio

[1157] Ferrante Gonzaga a Carlos V, 24 de abril de 1537 (cit. por Capasso, «Il goberno di don Ferante Gonzaga in Sicilia dal 1535 al 1543», en Arch. St. Siciliano, XXXI, 1906, págs. 432 y sigs).

[1158] B. N., Ms. 783, 1-18; cf. Col. Doc In., op. cit., I, pág. 207.

[1159] Cit. por Lafuente, Historia General de España, Madrid, ed. 1869, XII, pág. 187, nota. Lafuente considera haber sido el primero en conocer estos tratos imperiales con Barbarroja; sin embargo, ya se habían publicado documentos sobre ellos en la célebre Col. Doc. In. para la Hist. de España, I, págs. 207 y sigs.

[1160] «Et aussi de que j’ai pu comprendre de l’intention du seigneur Roi, Reine et de ses ministres et guit le tout, Monseigneur, à ce qu’il me semble, que V. M. se determine d’entrer en cette paix à vie, ou de laisser le dit Roi et les siens en doubte…» (María de Hungría a Carlos V, Avesnes, 28 de octubre de 1538; A. G. R., Brus., E. A., leg. 50, fol. 98).

[1161] Instrucciones de María de Hungría a Diego Hurtado de Mendoza de lo que había de decir a Carlos V sobre la entrevista de la Reina con Francisco I y doña Leonor: Que había tenido una gran acogida por Francisco I, pero que le había insistido en que el Emperador debía renunciar a su campaña contra Turquía, aplazándola para mejor ocasión. Se trató de posibles alianzas matrimoniales, en relación con la cesión del Milanesado, y de una posible nueva entrevista entre los dos soberanos en Francia; en cuyo caso, Francisco I iría a recoger a Carlos V a Burgos (Avesnes, 29 de octubre de 1538; A. G. R., Brus., E. A., leg. 50, fol. 101, doc. extractado por Lanz —II, pág. 686—, que no da idea de su importancia)

[1162] María de Hungría a Carlos V, 4 de abril de 1539 (ibídem, leg. 50, fol. 137).

[1163] Carlos V, Memorias (Corpus, op. cit., IV, pág. 504).

[1164] Carlos V, Memorias, «… la Emperatriz que acababa de alumbrar a su cuarto hijo (varón), el Infante don Juan, el cual murió poco después…» (ed. cit., Corpus, IV, pág. 504).

[1165] Todos los partos y abortos de la Emperatriz los recuerda Carlos V en sus Memorias. Recogeré textualmente las citas en cada caso, que en el de su heredero es así: 1527: «… nació su hijo Felipe, príncipe de España». (Carlos V, Memorias, en Corpus documental de Carlos V, op. cit., IV, pág. 493).

[1166] 1528: «La Emperatriz, que hacía poco que había parido a la infanta doña María, su primera hija…» (Ibídem, pág. 495).

[1167] 1529: «Supo —en Bolonia— cómo la Emperatriz había parido a Fernando, su segundo hijo, de cuya muerte tuvo nuevas al año siguiente, en Augsburgo». (Ibídem, pág. 496).

[1168] 1534: «… se fueron a Valladolid, donde la Emperatriz abortó un hijo…» (Ibídem, pág. 500).

[1169] 1535: «En este tiempo, el Emperador tuvo nuevas de cómo la Emperatriz había parido a la infanta doña Juana, su segunda hija». (Ibídem, pág. 501).

[1170] 1537: «S. M. se tornó por la posta a Valladolid, para ver a la Emperatriz, que acababa de alumbrar a su cuarto hijo, el infante don Juan, el cual murió poco después…» (Ibídem, pág. 504.). Obsérvese que va especificando el número de hijos varones o de hijas. Y es el cuarto hijo varón, porque en 1534 la Emperatriz había parido un hijo. Así, Pedro Girón, en su Crónica del Emperador, nos dice: «1534: Este día de san Pedro parió la Emperatriz un hijo muerto» (Pedro Girón: Crónica del emperador Carlos V, op. cit., pág. 44).

[1171] 1539: «… en cuyo tiempo creció y apretó tanto el mal de la Emperatriz, que después de abortar su quinto hijo, fue Dios servido de llevársela consigo…» (Ibídem, pág. 507).

[1172] Legitimada por Carlos V, a petición de su tía Margarita de Saboya, el 9 de julio de 1529.

[1173] Siempre me llamó la atención que Carlos V se refiriese a los dos últimos partos de la Emperatriz como su cuarto y quinto hijo, creyendo que había una confusión del César. No hay tal. El Emperador recordaría en sus Memorias los siete partos de la Emperatriz, incluyendo los dos abortos, distinguiendo las dos hijas de los cinco varones, Felipe, Fernando, Juan y los dos abortados.

[1174] Pedro Girón, Crónica, ed. cit., pág. 125.

[1175] Dr. Villalobos a Francisco de los Cobos, Toledo, 28 de abril de 1539 (Corpus, op. cit., I, pág. 548; la carta a que alude Villalobos también en el cit. Corpus, I, pág. 547).

[1176] Confusión reflejada en la obra de María del Carmen Mazarío, Isabel de Portugal, op. cit., págs. 186 y 187.

[1177] Doctores Alfaro y Villalobos a Carlos V, Toledo, 25 de abril de 1539 (Corpus, ed. cit., IV, pág. 547).

[1178] Doctores Alfaro y Villalobos a Carlos V, Toledo, 30 de abril de 1539 (Corpus, ed. cit., I, pág. 549).

[1179] Quinto hijo varón, se entiende: Felipe, Fernando, Juan y los dos abortos citados.

[1180] Carlos V, Memorias (ed. cit., Corpus, IV, pág. 507). También Sandoval recogerá en su crónica el malparto de la Emperatriz: «Parió un niño muerto y con él dio el alma a Dios…» (P. de Sandoval, Historia del Emperador Carlos V, ed. cit., III, pág. 75).

[1181] Carlos V a su Embajador en Lisboa Luis Sarmiento, Toledo, 4 de mayo de 1539 (Corpus documental de Carlos V, op. cit., I, pág. 550).

[1182] A. Simancas, P. R., leg. 26, fol. 36; cf. Corpus, ed. cit., I, pág. 411.

[1183] Alonso de Santa Cruz, Crónica del emperador Carlos V, op. cit., IV, págs. 24 y sigs.

[1184] Carlos V, Memorias, ed. cit., Corpus, IV, pág. 507. En cuanto a la Corte, a los lamentos por la muerte de la Emperatriz sucederían los no menos grandes por el cierre de su casa, que dejaban en la calle a no pocas familias: «Hubo grande llanto —refiere Pedro Girón— y tanto que fue mayor que el día que enterraron a la Emperatriz». (Pedro Girón, Crónica del Emperador Carlos V, ed. cit., pág. 307).

[1185] Martín de Salinas informaría a Fernando I de unas jornadas imperiales de caza en Aranjuez, cosa no muy segura; en todo caso, hubiera sido El Pardo (la noticia cit. por Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., pág. 466).

[1186] Así lo dice el propio Emperador a su hermana María, en carta del 2 de mayo, asombrosa confusión pues los partes médicos no dejan lugar a dudas. (Carlos V a María, Toledo, 2 de mayo de 1539; en Gachard, Analectes historiques, V, pág. 29).

[1187] Carlos V a María de Hungría, carta cit. de 2 de mayo de 1539.

[1188] Una notable descripción de aquella marcha fúnebre en la crónica de Sandoval, Historia del Emperador Carlos V, ed. cit., III, págs. 75 y 76.

[1189] Carlos V a María de Hungría, 1 de julio de 1539 (A. G. R., Brus., E. A., leg. 50, fol. 147, cop. de la carta autógrafa sita en Viena)

[1190] Carlos V a María, Madrid, 3 de noviembre de 1539: Que no había merecido la pena el envío del cuadro, porque no tenía ningún parecido con Isabel (A. G. R, Bruselas, E. A., leg. 52, fol. 250).

[1191] Instrucciones de Carlos V a Felipe II, Madrid, 5 de noviembre de 1539 (Corpus, op. cit., II, págs 32 y sigs. Se trata del documento existente en Simancas, cf. con el publicado por Ch. Weiss de los fondos de Granvela, Papiers d’Etat du cardinal de Granvelle, París, 1841-1843, 4 vols., II, págs. 549-561).

[1192] Poderes, instrucciones y restricciones de Carlos V a Tavera para el gobierno de Castilla (Corpus, op. cit., II, págs. 43-53). Rectifico aquí lo indicado por mí en el Corpus como instrucciones «para el gobierno de España». El texto dice claramente para todos los Reinos «de la corona de Castilla».

[1193] Karl Brandi, Kaiser Karl V, op. cit., I, pág. 357.

[1194] Saulnier, «Charles-Quint traversant la France» (en Fêtes et céremonies au temps de Charles Quint, París, 1960, págs. 207 y sigs.)

[1195] Carlos V a Tavera, Orleans, 21 de diciembre de 1539 (Corpus, op. cit., II, págs. 56 y 57).

[1196] Bibl. Nacional de París, Ms., Franc. 18515, fols. 49-53.

[1197] «… vestu de drap noir, ayant son petit Ordre de la Toison, monté sur un cheval noir caparossonné de drap noir…» (Bibl. Nac. de París, Ms., Franc. 4328, fol. 86).

[1198] Relación del viaje de Carlos V por Francia, recogido en la ed. de la Crónica de Pedro Girón, ed. cit., págs. 336 y sigs.

[1199] Carta anónima recogida en la Crónica de Pedro Girón, ed. cit., pág. 344.

[1200] Carta cit. recogida en la Crónica del Emperador, de Pedro Girón, ed. cit., pág. 344.

[1201] María de Hungría.

[1202] Carta anónima al cardenal Loaysa, inserta en los documentos de Pedro Girón, Crónica del Emperador Carlos V, ed. cit., págs. 351 y 352. La sentencia contra Gante publicado por Ch. Weiss, Papiers d’Etat…, op. cit., págs. 352-355.

[1203] «Este doctor, estando el Emperador en España y no pudiendo consultarle por la distancia, siguió su criterio y, aunque la misión que se le había encomendado debía ser de atracción, conforme a sus instrucciones, bien arrastrado por su celo o por otras causas, actuó de modo muy distinto, empleando amenazas. Procuró hacer una liga entre los católicos, de lo que se espantaron los jefes protestantes…, que comenzaron también a confederarse con todos aquellos de su religión que se quisieron unir, y mandaron gran número de diputados a un lugar de Germania llamado Schmalcalda…» (Granvela a Humberto Foglietta, Abadía de Cercamps, 5 de noviembre de 1558; Bibl. de Palacio, Madrid, ms. de Granvela, t. 2304 —sin fol.—, min).

[1204] Ch. Weiss, Papiers d’Etat du cardinale de Grandvelle, op. cit., II, pág. 562.

[1205] Carlos V, Memorias, ed. cit. (Corpus, op. cit., IV, pág. 510). Ya a principios de junio Carlos V tenía noticia del rechazo francés a su propuesta (Carlos V a François de Bonvalot, Bruselas, 9 de junio de 1540; publicado por Ch. Weiss, Papiers d’Etat du cardinale de Grandvelle, op. cit., II, pág. 597).

[1206] Propuesta de Carlos V a la alta nobleza de los Países Bajos, Bruselas, 2 de octubre de 1540 (A. G. R, Bruselas, E.A., leg. 53, fol. 252).

[1207] Ch. Weiss, Papiers d’Etat…, op. cit., II, pág. 599.

[1208] L. Pastor, Historia de los Papas, op. cit., X, pág. 106.

[1209] Carlos V, Memorias (Corpus, op. cit., IV, pág. 510).

[1210] Propuesta de Carlos V a la Dieta de Ratisbona de 1541 (A. G. R., Bruselas, E. A., leg. 53, fol. 25).

[1211] Informe inserto en la ed. cit. de la Crónica de Pedro Girón, op. cit., págs. 356-358.

[1212] Carlos V a María de Hungría, Spira, 5 de febrero de 1541: Que si dejaba el gobierno de los Países Bajos le causaría un gran trastorno, pues tanto sus hijos Felipe como María eran todavía muy jóvenes para regir aquellos dominios (A. G. R, Bruselas, E. A., leg. 51, fol. 10).

[1213] Carlos V, Memorias (Corpus, op. cit., IV, págs. 510 y 511).

[1214] Carlos V, Memorias, ed. cit. (Corpus, IV, pág. 511).

[1215] Jorge Manrique, Coplas por la muerte de su padre, vv. 385-388.

[1216] Esto es, para el ejército desembarcado.

[1217] Carlos V a don Diego Hurtado de Mendoza en su galera, en el cabo Matafú argelino, a 2 de noviembre de 1541 (Real Ac. Historia, Col. Salazar, A-48, fols. 12 a 14; publ. en Corpus, op. cit., II, págs. 71-75). Carta muy similar a la enviada el día siguiente por el Emperador al cardenal Tavera (publ. en CODOIN, op. cit., I, pág. 234).

[1218] Sandoval, Historia del Emperador Carlos V, ed. cit., III, pág. 112.

[1219]Ibídem.

[1220]Ibídem.

[1221] Carlos V, Memorias, ed. cit. (Corpus, VI, pág. 512).

[1222] Fernández Duro, La Armada española, Madrid, 1895, I, pág. 259

[1223] Instrucciones personales de Carlos V a Felipe II, Palamós 4 de mayo de 1543 (Corpus, op. cit., II, pág. 92).

[1224] Carlos V a Felipe II, Instrucciones secretas, Palamós 6 de mayo de 1543 (Corpus, op. cit., II, pág. 108). De forma que en tres ocasiones se refiere Carlos V a sus conversaciones en Madrid con su hijo.

[1225]Instrucciones de Carlos V a Felipe II (Corpus, op. cit., II, págs. 105 y sigs.; cf. mi Felipe II y su tiempo, op. cit., pág. 661).

[1226] Fernando de Rojas, La Celestina, ed. Julio Cejador. Clásicos Castellanos, Madrid, 1954, II, pág. 146.

[1227] W. Shakespeare, La tragedia de Romeo y Julieta, salón en casa de Capuleto, Acto I, escena III.

[1228] Miguel de Cervantes, La española inglesa, ed. Avalle-Arce, Madrid, Castalia, 1982, pág. 52.

[1229] Sobre esto, véase lo que indico en mi reciente libro Felipe II y su tiempo, Madrid, Espasa Calpe, 1998, págs. 398 y 677.

[1230]Corpus documental de Carlos V, ed. cit., II, pág. 99.

[1231] M. Foronda, Estancias y viajes del Emperador, op. cit., pág. 505.

[1232]Ibídem, pág. 507.

[1233] Véase mi estudio Juana la Loca, op. cit., pág. 219.

[1234] Discurso de la Corona ante las Cortes de Valladolid de 1542 (en F. de Laiglesia, Estudios Históricos, op. cit., pág. 413).

[1235]Ibídem, pág. 413.

[1236]Ibídem, pág. 414.

[1237]Cortes de León y de Castilla, op. cit., V, pág. 258.

[1238] J. Sánchez Montes, Franceses, protestantes y turcos. Los españoles ante la política internacional de Carlos V, Pamplona, 1951, pág. 54.

[1239] F. de Laiglesia, Estudios Históricos, op. cit., I, pág. 36.

[1240] De ello se haría eco el Emperador con su embajador (Carlos V a Bonvalot, Bruselas, 9 de junio de 1540; en Weiss, Papiers d’Etat…, op. cit., II, pág. 597).

[1241] Carlos V, Memorias (Corpus, op. cit., VI, pág. 509).

[1242] F. de Laiglesia, Estudios Históricos, op. cit., I, pág. 412.

[1243] Eso como alternativa a que quedasen para Felipe II, confiando que en su día tuviese hijos varones que fueran los señores naturales de aquellos dominios. (Proposición de Carlos V a los príncipes señores de los Países Bajos; Bruselas, 2 de octubre de 1540; Arch. G. du Royaume, E. A., leg. 52, fol. 252).

[1244] Carlos V había lamentado aquella violencia de sus ministros en el Milanesado, hasta el punto de declarar a Canciano, secretario de Paulo III, al referirse a la represalia de Francisco I mandando detener al arzobispo de Valencia y fijando su rescate en 25.000 escudos, «… que lo habían detenido por causa de César Fragoso y Rincón, los cuales [25.000 escudos] y muchos más hubiéramos pagado de buena voluntad por ello y por excusar los daños y retornar a la guerra que se han seguido…» (Carlos V a Canciano, Génova, 30 de mayo de 1543; A. G. R., Bruselas, E. A., leg. 434, fol. 46).

[1245] F. de Laiglesia, Estudios Históricos, I, pág. 455.

[1246] Alonso de Santa Cruz, Crónica, ed. cit., IV, págs. 160-167.

[1247] L. Pastor, Historia de los Papas, op. cit., XII, pág. 117. La carta de Carlos V a Paulo III, mostrándose agraviado por aquel trato paritario con el francés, enviada desde Monzón el 25 de agosto de 1542 (Pastor, ibídem, XII, pág. 122). Su mal recuerdo reflejado en sus Memorias (ed. cit., Corpus, IV, págs. 513 y 514).

[1248] Sandoval, Historia del Emperador, ed. cit., III, pág. 124.

[1249] Carlos V al conde de Feria, Monzón, 20 de julio de 1542. De igual forma a otros Grandes y Títulos (Santa Cruz, Crónica del emperador Carlos V, ed. cit., IV, pág. 171)

[1250] Ya se había hecho tras las treguas de Niza, aunque de forma desigual. Carlos V advertiría a su hermana María que se tuviera cuidado en aquella nueva ocasión, pues anteriormente había salido injustamente beneficiado el duque de Arschot (Carlos V a María, Barcelona, 3 de noviembre de 1543; A. G. R, Bruselas, E. A., leg. 51, fol. 152).

[1251]Cortes de León y Castilla, op. cit., V, pág. 223.

[1252] Rectifico aquí lo indicado en mi Felipe II y su tiempo, op. cit., pág. 660.

[1253] Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., págs. 540 y 541.

[1254] Culpa, si no procuraba poner el debido remedio, afrontando la situación con aquel viaje a los Países Bajos.

[1255] La empresa de pasar a los Países Bajos.

[1256] Instrucciones personales de Carlos V a Felipe II, Palamós, 4 de mayo de 1543 (Corpus, op. cit., II, págs. 90 y sigs).

[1257]Ibídem, págs. 92 y sigs.

[1258] En la vida conyugal.

[1259]Corpus, op. cit., II, pág. 100.

[1260] Instrucciones secretas de Carlos V a Felipe II, Palamós, 6 de mayo de 1543 (Corpus, ed. cit., II, pág. 109 y sigs.). Este notabilísimo cuerpo de instrucciones quedará en poder de Cobos, que aún permanecería algún tiempo en Barcelona; y, por eso, se las mandaría inmediatamente al Príncipe. Pero lo haría enviándoselas primero a Zúñiga, que se hallaba junto al Príncipe en Madrid. Rectifico aquí el error deslizado en mi Corpus carolino, donde señalaba que Cobos mandaba a Zúñiga con las Instrucciones. No es Zúñiga el que viaja (no se movería del lado del Príncipe), sino el que recibe aquella importante documentación, como se deduce de una carta de Cobos a Felipe II desde Barcelona, a raíz de la partida del César, «… envío al Comendador mayor de Castilla los poderes principales e instrucciones que para ello [la gobernación de Castilla] dexa a V. A. Y a los Consejos…» (Cobos a Felipe II, Barcelona, 20 de mayo de 1543; Corpus, ed. cit., II, pág. 123).

[1261] Algo bien visto por Keniston, Francisco de los Cobos, op. cit., pág. 249

[1262]Ibídem, II, pág. 117.

[1263] Vicente Beltrán de Heredia, Francisco de Vitoria, Barcelona, 1939, pág. 121.

[1264]Ibídem, pág. 131

[1265] Básicamente sigo aquí mi texto La España del Emperador Carlos V, op. cit., págs. 704 y sigs.

[1266] Carlos V a Felipe II, Instrucciones secretas cits. de 6 de mayo de 1543 (Corpus, ed. cit., IV, pág. 105).

[1267] Esa fue la tesis de Juan Reglá, Bandoleros, piratas y hugonots, Barcelona, 1969.

[1268] Blas de Ortiz, Itinerarium Adriani Sexti, Vitoria, ed. crítica de Sagarna, 1950.

[1269] Carlos V al duque de Alba y a Francisco de los Cobos, Palamós, 10 de mayo de 1543 (Corpus, ed. cit., IV, págs. 119 y 120).

[1270] «Habemos visto este lugar, el cual nos parece muy importante…» (Carlos V al duque de Alba y a Francisco de los Cobos, Corpus, ed. cit., II, pág. 121).

[1271] Carlos V a Felipe II, Cremona, 19 de junio de 1543 (Corpus, ed. cit., II, págs. 125-134).

[1272]Ibídem.

[1273] El Duque ofrecía entre 150.000 y 200.00 ducados a las vacías arcas del Emperador (Carlos V a Felipe II, Cremona, 19 de junio de 1543; Corpus, ed. cit., II, pág. 129).

[1274] Era hijo de Pier Luigi Farnese, a su vez hijo natural de Paulo III.

[1275] Margarita de Parma (n. 1522) había casado en 1536, cuando tenía 14 años, con Alejandro de Médicis; matrimonio brevísimo, pues su marido sería asesinado en 1537. Al año siguiente, la jovencísima viuda de 16 años casaría en segundas nupcias con Octavio Farnese, o Farnesio, después duque de Parma, de cuyo enlace nacería el famoso Alejandro Farnesio, una de las personalidades más importantes del siguiente reinado.

[1276] Cobos a Carlos V, Valladolid, 7 de agosto de 1543 (Corpus, ed.cit., II, pág. 150).

[1277] Esto es, al momento.

[1278] Felipe II a Carlos V, Valladolid, 7 de agosto de 1543 (Corpus, ed. cit., II, pág. 140).

[1279]Ibídem.

[1280] Carlos V a Canciano, secretario de Paulo III, Génova, 30 de mayo de 1543 (A. G. R, Bruselas, E. A., leg. 434, fol. 46).

[1281] Solo había traído 1.000 españoles con las galeras, incorporándosele a poco el tercio de Sicilia y el maestre de campo Luis Pérez de Vargas con sus hombres; en total, unos 4.000 españoles, a los que se sumarían 4.000 italianos reclutados por aquellas fechas (Carlos V a Felipe II, carta cit. de 19 de junio;Corpus, ed. cit., II, pág. 130).

[1282] Carlos V, Memorias (Corpus, ed. cit., IV, pág. 510).

[1283] El rey de Romanos, Fernando.

[1284] Diego Hurtado de Mendoza a Granvela, Venecia, 15 de mayo de 1543 (A. G. R, Bruselas, E. A., leg. 434, fol. 32). Tres días antes ya había avisado don Diego a Carlos V de las amenazas de los amigos de Francia: «El conde de Mirándola y Pedro Strozi y el Embajador de Francia que está aquí, tienen orden de prender o matar todos los ministros que pudieren haber de V. M., y señaladamente spiar a mons. de Granvela, cuando venga, y a mí cuando vaya a V. M.» (Ibídem, fol. 44).

[1285] Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., pág. 552.

[1286] Carlos V, Memorias (Corpus, ed. cit., IV, pág. 517).

[1287]Ibídem.

[1288] Sandoval, Historia del Emperador Carlos V, ed. cit., III, pág. 149.

[1289] Carlos V, Memorias, ed. cit. (Corpus, IV, pág. 527).

[1290] Fernando de Valdés a Eraso, Valladolid, 20 de septiembre de 1542 (cit. en mi estudio «Valdés y el gobierno de Castilla a mediados del siglo XVI», Simposio Valdés-Salas, Oviedo, Universidad, 1970, pág. 86).

[1291] Felipe II a Carlos V, Valladolid, 7 de agosto de 1543 (Corpus, ed. cit., II, pág. 145).

[1292] En España se temía que invadiesen Cataluña e incluso atacasen Barcelona, «… paresció que el rey de Francia principalmente importaba era hacer la empresa de Rosellón y Cataluña y que teniendo agora el armada del turco a su disposición…, no le faltaría medio para juntar exército y venir a cercar a Perpiñán o a Barcelona…» (Felipe II a Carlos V, carta cit. de 7 de agosto de 1543, ibídem, pág. 146).

[1293] Granvela a María de Hungría, Avesnes, 29 de octubre de 1543: Que pese a sus consejos en contra, el Emperador estaba decidido a ponerse al frente de sus tropas si Francisco I pasaba de Cambrai (Gachard, Analectas historiques, V, pág. 216).

[1294] La carta era de 27 de octubre de 1543.

[1295] «Así el dicho campo camina la vuelta de Francia y esperamos en Nuestro Señor que guiará y enderezará nuestras cosas de manera que tengamos el buen suceso que deseamos y que viniendo el rey de Francia a darnos la batalla, como dan a entender que lo quiere hacer (aunque lo dudamos) será servido de darnos la victoria…» (Carlos V Felipe II, Avesnes-les Aubert, 27 de octubre de 1543;Corpus, ed. cit., II, pág. 170).

[1296] Larga postdata autógrafa de Carlos V a su carta cit. de 27 de octubre de 1543 (Corpus, ed. cit., II, págs 172 y 173). Tres semanas después, en otra postdata similar, Carlos V volvería a insistir en lo mismo con su hijo (Carlos V a Felipe II, Cambrai, 15 de noviembre de 1543; Corpus, ed. cit., II, pág. 183).

[1297] Keniston, Francisco de los Cobos, op. cit., pág. 258.

[1298] Felipe II a Carlos V, Valladolid, 4 de febrero de 1544 (Corpus, ed. cit., II, pág. 192).

[1299] Carlos V, Memorias, ed. cit. (Corpus, IV, pág. 520).

[1300] Carlos V, Memorias (Corpus, ed. cit., IV, pág. 524).

[1301] Felipe II a Carlos V, Valladolid, 17 de septiembre de 1544 (Corpus, ed. cit., II, págs. 270 y 271).

[1302] Carlos V a Felipe II, 14 de agosto 1544 (A. Simancas, Estado, leg. 500, fol. 44).

[1303] Carlos V, Memorias (ed. cit., Corpus, IV, pág. 523).

[1304] Carlos V envió, en efecto, al secretario Idiáquez a España, para dar cuenta a Felipe II de todo lo negociado con Francisco I y para que se le mandara la consulta del Consejo de Estado y el parecer del propio Príncipe, manteniendo el César ese tono de confianza y de querer apoyarse en su hijo, algo que Felipe agradecería en extremo: «Y beso las manos de V. M. —le contestaría— quán humildemente puedo, por querer entender mi parecer y voluntad en cosa tan importante, en lo cual V. M. ha mostrado el amor y respeto que me tiene, y yo lo estimo en lo que es razón». Y a continuación le da el parecer de los consejeros de Estado, convocados para ello como Carlos V había pedido (Felipe II a Carlos V, Valladolid, 24 de diciembre de 1544; Corpus, ed. cit., II, págs. 299-311). Sobre aquella alternativa versó un excelente estudio de uno de los mejores especialistas italianos de la época, Federico Chabod, «¿Milán o los Países Bajos? Las discusiones en España sobre la alternativa de 1544». (En el libro de VV. AA., Carlos V. Homenaje de la Universidad de Granada, Granada, 1958, págs. 331-372).

[1305] Carlos V a Felipe II, Bruselas, 17 de febrero de 1545; enCorpus, ed. cit., II, pág. 337.

[1306] Carlos V, Memorias; Corpus, ed. cit., IV, págs. 529 y 530.

[1307] Carlos V a Felipe II, Bruselas, 17 de febrero de 1545 (Corpus, ed. cit., II, pág. 343)

[1308] Felipe II a Carlos V, Valladolid, 25 de marzo de 1545 (ibídem, pág. 357).

[1309] Sobre esto, véase mi capítulo «Un galán desta Villa, la boda» (en mi libro Felipe II y su tiempo, op. cit., págs. 677 y sigs.).

[1310]Ibídem, pág. 686. Y lo guardaría, en efecto, pero para acrecentar sus preocupaciones, conforme a la sentencia popular, «hijos criados, desvelos doblados».

[1311] Alfonso de Valdés, Discurso de las cosas ocurridas en Roma, op. cit., pág. 155.

[1312] Consejo Real a Carlos V, Burgos, 13 de abril de 1521 (A. G. Simancas, E., leg. 9, fol. 1).

[1313] Creo que se trata de D. Diego de Muros (cf. González de Novalín, Fernando de Valdés, Oviedo, 1968, I, pág. 79)

[1314] A. G. Simancas, E., leg. 9.

[1315] Carlos V, Memorias (Corpus, ed. cit., IV, pág. 525).

[1316] María de Hungría a Carlos V, Cambrai, 2 de febrero de 1544 (A. G. R., Bruselas, E. A., leg. 55, fol. 44).

[1317] De la misma al mismo, 17 de febrero de 1544 (ibídem, leg. 55, fol. 74).

[1318] Trento caía entonces dentro de las circunscripciones del Imperio.

[1319] Fray Francisco de Vitoria a Felipe II, [Salamanca, 1545], Archivo Simancas, Estado, leg. 72; fol. 60; autógrafo (cf. Corpus, ed. cit., II, pág. 322).

[1320] De hecho, moriría el 12 de agosto de 1545, antes de que el Concilio abriera sus puertas. Una notable visión de aquellos últimos momentos del padre Vitoria, en la biografía de Vicente Beltrán de Heredia, Francisco de Vitoria, Barcelona, Labor, 1939, págs. 143 y sigs. La carta de Vitoria va sin fechar, pero sabemos que es de mediados de marzo, porque el 25 escribía Felipe II a Carlos V: «A fray Francisco de Vitoria envié la carta de V. M. y le escribí lo que me paresció convenir. Responde lo que podrá V. M. mandar ver por su carta que irá con ésta, y sé cierto que no tiene salud para levantarse de una cama…» (Corpus, ed. cit., II, pág. 363)

[1321] Véase sobre estos dos santos mi ensayo: «Teresa de Jesús y Juan de la Cruz» (en Poder y sociedad en la España del Quinientos, Madrid, Alianza Editorial, 1995, págs. 324 y sigs.).

[1322] Carlos V a Felipe II, Bruselas, 17 de febrero de 1545 (Corpus, ed. cit., II, pág. 341).

[1323] Felipe II a Carlos V, carta cit. de 25 de marzo de 1545 (Corpus, II, pág. 363).

[1324] Felipe II a Carlos V, Valladolid, 28 de septiembre de 1544 (Corpus, ed. cit., II, pág. 282).

[1325] «Quanto al gasto de la casa de la Princesa paréscenos bien la orden que distes en proveer de aquellos dos mil ducados para la despensa, porque no se tratase de vender o empeñar sus joyas como dezís que sus oficiales lo querían hazer y ellos lo trataban de manera que qualquier reprehensión que les hiziésedes lo merescen muy bien». (Carlos V a Cobos, Bruselas, 30 de noviembre de 1544,Corpus, ed. cit., II, pág. 295).

[1326] Felipe II a Carlos V, Valladolid 13 de diciembre de 1544 (Corpus, ed. cit., II, págs. 312 y 313).

[1327] Felipe II a Carlos V, carta cit. de 13 de diciembre de 1544.

[1328] Carlos V a Felipe II, Gante, 15 de diciembre de 1544 (Corpus, ed. cit., II, pág. 316).

[1329] «Y aunque algunos fueran de parescer que sería bien consultar a V. M., sin renovar la orden que estaba dada, por ser esto en tan grandísimo daño destos Reinos y total destrucción y perdición de los mercaderes y de muchos particulares pobres y viudas cuyos dineros traen, y de otros que deben ya las cuantidades que les vienen, todos los demás fueron de parescer que de efectuarse esto que V. M. manda, no podrían dexar de seguirse grandísimos inconvenientes, mayormente revocándose lo que yo con tanto acuerdo, consejo y deliberación había proveído tan poco había. Y que podría ser causa de algún escándalo, viendo que se les hacía tan presto novedad en ello, y que era hacer quebrar a todos los mercaderes y toda la contratación deste Reino, que con la falta que hay de dineros está en lo último, demás del daño que se seguiría a las Indias, porque no habría ninguno que quisiese aventurarse a ir a ellas, creyendo que se había de usar lo mismo que agora, y sería en disminución grandísima de las rentas de V. M. Y aunque habiéndose de dar juros por este dinero importarían a lo menos cerca [de] veinte cuentos de renta, los cuales sería dificultoso de hallar donde se pudiesen consignar, y otras muchas dificultades que sería prolixidad decillas…» (Felipe II a Carlos V, Valladolid, 27 de diciembre de 1544; Corpus, ed. cit., II, pág. 318)

[1330] Carlos V a Felipe II, Gante, 13 de enero de 1545 (Corpus, ed.cit., II, pág. 326, «… tenemos por bien que se execute lo que estaba acordado, antes que llegase nuestra carta de 15 del pasado…»

[1331] Felipe II a Carlos V, Valladolid, 8 de febrero de 1545 (Corpus, ed. cit., II, pág. 332).

[1332] «… que se podrían tomar hasta ciento ochenta mil ducados de todos en universal, y en particular hasta otros cincuenta mil, de cien mil que traía un tal Arnani que murió viniendo de las Indias en esta armada…» (Felipe II a Carlos V, carta cit. de 26 de diciembre de 1544).

[1333] Carlos V, Memorias, ed. cit. (Corpus, IV, pág. 527).

[1334] Carlos V a Felipe II, Campo sobre Saint Dizier, 14 de agosto de 1544 (Corpus, ed. cit., II, pág. 258).

[1335] Así lo recordaría en sus Memorias: «… le dio la gota de tal suerte que desde principios de diciembre hasta la Pascua estuvo siempre muy trabajado, por más que se puso en régimen y dieta, que fue la primera vez que la usó y la undécima vez que tuvo la gota». (Carlos V, Memorias, ed. cit., Corpus, IV, pág. 525). Es reveladora la correspondencia de esos textos de las Memorias, con las cartas de Carlos V, otra prueba grandísima de la autenticidad de las Memorias del Emperador. La impresión que da es que Carlos V tenía a la mano las minutas de la correspondencia con su hijo, cuando dicta sus Memorias a Van Male en el verano de 1550.

[1336] Carlos V a Felipe II, Gante, 15 de diciembre de 1544 (Corpus, ed. cit., II, pág. 316).

[1337] Del mismo al mismo, Gante, 13 de enero de 1545 (Corpus, ed.cit., II, pág. 325).

[1338] Carta cit. de Carlos V a Felipe II, Gante, 13 de enero de 1545 (Corpus, ed. cit., II, pág. 332).

[1339] «… estos días pasados me tornó un poco el dolor al hombro izquierdo; ya, a Dios gracias, quedo sin él y me siento más aliviado y conozco que este beneficio que se me hace es causa de mucho provecho…» (Carlos V a Felipe II, Bruselas, 3 de marzo de 1545,Corpus, ed. cit., II, pág. 348).

[1340] «Me dio un dolor algo recio en el brazo izquierdo y especialmente en el codo, que me tuvo trabajado, y con los beneficios que se me han hecho, me hallo en buena disposición…» (Carlos V a Felipe II, Bois-le-Duc, 17 de diciembre de 1545;Corpus, ed. cit., II, pág. 440). Diríase que el Emperador solo se ponía a dieta cuando sufría algún ataque de gota, o de lo que él y sus médicos tenían por tal.

[1341] Carlos V a Felipe II, Bruselas, 17 de febrero de 1545 (Corpus, ed. cit., II, pág. 339).

[1342] Felipe II a Carlos V, Valladolid, 3 de septiembre de 1545 (Corpus, ed. cit., II, págs. 418 y 419).

[1343] Felipe II a Carlos V, Valladolid, 13 de agosto de 1545 (Corpus, ed. cit., II, pág. 408).

[1344] L. Pastor, Historias de los Papas, op. cit., XII, pág. 172.

[1345] Carlos V, Memorias (ed. cit., Corpus, II, pág. 528).

[1346]Ibídem.

[1347] L. Pastor, Historia de los Papas, op. cit., XIII, pág. 181

[1348] Carlos V, Memorias, ed. cit., pág. 528.

[1349] «… y que esto era cosa cierta, conforme a su intención y deseo, porque jamás quiso usar de las armas sino después de haber desesperado de todos los otros medios y de verse forzado y constreñido a usarlas». (Carlos V, Memorias, ed. cit., pág. 531).

[1350] Karl Brandi, Kaiser Karl V, op. cit., I, pág. 451. Sin embargo, Brandi cree que no era del todo sincero con los representantes de los Príncipes alemanes pues en su fuero interno estaba ya decidido a la guerra como lo escribía a Felipe II. Juzgo que aquí existe un matiz que conviene considerar: Carlos V pensaba en la guerra porque suponía que los Príncipes protestantes no se avendrían a negociaciones, y, con una elemental prudencia política, no dejó traslucir sus pensamientos; lo que no quiere decir que si en Ratisbona hubiera visto mayor sumisión en los confederados de Schmalkalden siguiese pensando en la guerra. No cabe hablar de la historia que no fue, pero, en todo caso, sí recordar que Carlos V fue a la guerra después de más de un cuarto de siglo de negociaciones, lo que deja fuera de duda su buena voluntad respecto a la paz.

[1351] De hecho, Felipe de Hesse se consideraba tan obligado a Francia, que cuando no tiene más remedio que rendirse al Emperador, como hemos de ver, se disculpará ampliamente con Enrique II, ya rey de Francia (Lanz, Korrespondenz des Kaisers Karls V, op. cit., II, pág. 653).

[1352] Las cifras que da un veterano de aquella guerra, Luis de Ávila y Zúñiga, son en torno a los 40.000 infantes, 3.000 caballos y 36 piezas de artillería; a los que habría que añadir el contingente a las órdenes del conde de Buren, enviado desde los Países Bajos por María de Hungría (Comentarios de la guerra de Alemania, Bibl. Ant. Esp., XXI, págs. 441 y sigs.). Para Brandi, habría que cifrarlas en 30.000 infantes y 5.000 caballos (Kaiser Karl V, op. cit., I, pág. 460).

[1353] Carlos V a Felipe II, Campamento imperial, 24 de octubre de 1546 (Archivo Simancas, Est., leg. 642, fol. 82; original).

[1354] Carlos V a Felipe II, Ratisbona, 31 de julio de 1546 (Archivo Simancas, Est., leg 642, fols. 71 y 72). Las dificultades de la empresa en que se metía el Emperador quedan bien reflejadas en una carta posterior del cardenal Granvela, en la que describe al historiador Humberto Foglietta aquellos sucesos: la nación alemana era grande y belicosa, con mejores condiciones y aptitudes que ninguna otra para levantar ejércitos y para armarlos; los protestantes controlaban con su Liga buena parte del país, y el Emperador se veía obligado a formar su ejército con gran número de alemanes, no estando muy seguro de los italianos mandados por el Papa y teniendo lejos de sí a los flamencos y españoles.

[1355] Todavía, en noviembre de 1546 se debatía en la corte de Bruselas el modo de pagar los 339.000 ducados que se debían por los 300.000 enviados al Emperador (Memoria sobre dicho pago, A. G. R, Bruselas, E. A., leg. 70, fol. 140).

[1356] Relación de los préstamos pedidos en Castilla en 1546 (Corpus, ed. cit., II, págs. 494-499).

[1357] Carlos V a Felipe II, Landshut, 10 de agosto de 1546 (Simancas, Est., leg. 642, fol. 82; orig.).

[1358] Carlos V, Memorias, ed. cit. (Corpus, ed. cit., IV, pág. 536).

[1359] Carlos V a Felipe II, Ratisbona, 31 de julio de 1546 (Corpus, ed. cit., II, págs. 480 y sigs).

[1360] Todavía cuando Felipe de Hesse se disculpa con Enrique II por verse obligado a rendirse a Carlos V, le agradecería aquel apoyo (Felipe de Hesse a Enrique II de Francia, Kassel, 15 de junio de 1547; en Lanz, Korrespondenz des Kaisers Karls V, op. cit., II, pág. 643).

[1361] Carlos V, Memorias, ed. cit. (Corpus, IV, pág. 538)

[1362] Luis de Ávila y Zúñiga, Comentarios de la guerra de Alemania, op. cit., pág. 415.

[1363] Carlos V, Memorias, ed. cit. (Corpus, IV, pág. 543).

[1364] Carlos V, Memorias, ed. cit. (Corpus, IV, pág. 541)

[1365] «El Emperador es un hombre de honor…» Brandi recoge la balada completa (Kaiser Karl V, op. cit., I, pág. 462).

[1366] «Allí habló bien el noble Emperador: “Nosotros no nos rendiremos”

[1367] Carlos V, Memorias: «Mas la gota le atormentaba de tal manera que fue forzado a poner un lienzo sobre el arzón de la silla en que reposase el pie, y así lo tuvo todo el día». (Ed. cit., Corpus, IV, pág. 544). Luis de Ávila y Zúñiga, testigo de aquellas jornadas, también recogería el accidente: «Su Majestad cabalgó luego, y por tener la pierna derecha muy mala de su gota, llevaba por estribo una toca de camino; y desta manera anduvo todo el día». (Comentarios…, op. cit., pág. 423).

[1368]Comentarios, op. cit., pág. 430.

[1369] Luis de Ávila y Zúñiga, Comentarios, op. cit., pág. 432.

[1370]Ibídem.

[1371] Carlos V, Memorias, ed. cit. (Corpus, IV, pág. 556).

[1372] Carlos V a Felipe II, Eger, 19 de abril de 1547 (Arch. Simancas, Estado, leg. 644, fol. 8; or.).

[1373] Recordemos su sentido de «pronto, inmediatamente».

[1374] En plural, pues el rey Fernando cabalgaba al lado de Carlos V.

[1375] Corrijo aquí mi traducción de 1960. No se esperaba a que la niebla cayese, sino evidentemente a que se alzase.

[1376] El duque de Alba.

[1377] Carlos V, Memorias, ed. cit., Corpus, IV, págs. 557-562.

[1378] Luis de Ávila y Zúñiga, Comentarios, op. cit., pág. 444.

[1379] Elba.

[1380] Ernesto de Brunswick.

[1381] Archivo Simancas, Estado, leg. 644, fols. 9 y 10 (Corpus, ed.cit., II, págs. 531 y 532).

[1382] Señor de Bavé, Secretario imperial a María de Hungría, Campamento del Elba, 25 de abril de 1547, le informa sobre la batalla, con elogio a Juan Federico por su valor en el combate y por la arrogancia con que se había presentado al Emperador, añadiendo que creía que Carlos V tenía intención de que se le degollara (A. G. R, Bruselas, E. A., leg. 64, fol. 113).

[1383] No sin algunas tensiones en el ejército imperial, pues Carlos V había prometido 16.000 infantes al duque Mauricio para aquella acción pero los soldados de los tercios viejos protestaban por ello, siendo constantes las fricciones entre los soldados alemanes y los españoles (Antonio Perrenot de Granvela a María de Hungría, Campamento imperial ante Wittemberg, 20 de mayo de 1547; A. G. R, Bruselas, E. A., leg. 125, fol. 2).

[1384] Así lo recuerda en sus Memorias: «… el Emperador pudo hacer lo que hizo y que lo que hizo fue conforme al documento…» (Corpus, ed. cit., IV, pág. 563). Cf. Brandi, Kaiser Karl, op. cit., I, pág. 477: «Der Kaiser bestand auf seinem Recht». Sin embargo, a muchos les pareció entonces que la prisión vulneraba lo estipulado previamente para la rendición del Landgrave. Al menos, los príncipes intermediarios Joaquín de Brandemburgo y Mauricio de Sajonia, no la esperaban. «Da fuhren die beldem Vermittler mit heftigen Vorwürfen auf, dass der Kaiser sein Wort gebrochen, den Landgrafen nicht gefagen zu halten; aber bei einer näheren Erörterung der Sachlage musste sie selbst es anerkennen, dass sie den Kaiser nur dazuverpflichtet hatten, den Landgrafen nicht für immer gefangen zu halten» (Maurenbrecher, Karl V, und die deutschen Protestanten. 1545-1555, Düsseldorf, 1865, pág. 144; donde por cierto, el historiador alemán no utiliza el testimonio del Emperador, a través de sus Memorias, quizá porque todavía muchos dudaban de su autenticidad).
Tenemos otra prueba evidente de la sinceridad de Carlos V; su carta a Fernando, su hermano, de 28 de junio de 1547 en la que alude largamente a la prisión del Landgrave, con la reclamación de los príncipes electores Joaquín de Brandemburgo y Mauricio de Sajonia, y cómo les convenció de que no había fallado a su palabra (la carta en el Haus Hof und Staats Archiv, de Viena, publ. por Druffel, op. cit., I, pág. 106).

 

[1385] Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., pág. 596.

[1386] De ese modo, estas Instrucciones de 1548 vienen a completar las que en 1543 había dejado Carlos a su hijo, entonces de tono personal y ceñido al gobierno de España y a las relaciones con sus consejeros.

[1387] Posiblemente dictándolas al que hacía las veces de Canciller, su ministro Nicolás Perrenot de Granvela. Eso explicaría que una de la copias más completas de esas Instrucciones (cuyo original se ha perdido) se hallen en los papeles de su hijo, el cardenal Granvela, que publicaría Ch. Weiss, Papiers d’Etat du Cardinale de Granvelle (op. cit., III, págs. 267-318).

[1388] Instrucciones de Carlos V a Felipe II, Augsburgo, 18 de enero de 1548 (en Corpus, op. cit., II, pág. 569).

[1389] Recuérdense las recientes alteraciones de Bohemia, pacificada con la ayuda del Emperador a su hermano.

[1390] Carlos V, Instrucciones cits. de 1548 (Corpus, II, pág. 573).

[1391] En 1548, don Juan Manuel de Portugal (1437-1554) tenía solo once años; Carlos V rechazaba que su hija María, una mujer ya de 20 años, se casara con aquel muchacho, casi un niño.

[1392] Carlos V al duque de Alba, Instrucciones sobre su misión con el príncipe Felipe en 1548 (Arch. Simancas, P. R., leg. 26, fol. 97, cop.; en Corpus, ed. cit., II, págs. 564-569).

[1393]Ibídem.

[1394] De la Monarquía Católica hispana.

[1395] Es cierto que Carlos V no pondría reparos pocos años después, todo lo contrario, a la boda de su hijo con la reina María Tudor, que le llevaba once años; ahora bien, Felipe era ya un hombre con 27 años, lo que hacía cambiar las cosas por completo.

[1396] El dominio, se entiende.

[1397] El Milanesado, la parte de Italia cercana al Imperio.

[1398] Véase sobre esto mi cap. «Francia vista por Carlos V» (en Poder y sociedad en la España del Quinientos, op. cit., págs. 152 y sigs.).

[1399] Hernán Cortes Cartas de relación, ed. Mario Hernández, Madrid, 1985, pág. 169.

[1400]Ibídem, pág. 96.

[1401] Carlos V a María y Maximiliano, Restricciones al poder dado en 1548 (Corpus documental de Carlos V, op. cit., II, pág. 95).

[1402] Vicente Beltrán de Heredia, Francisco de Vitoria, op. cit., pág. 131.

[1403] Recopilación de las Leyes de los reynos de Indias, Madrid, 1791, libro VI, título II, ley 1; ed. facsímil, Madrid 1943, II, pág. 201.

[1404] Nathan Wachtel, Los vencidos. Los indios del Perú frente a la conquista (1530-1570), Madrid, Alianza Editorial, 1976, pág. 68.

[1405] Instrucciones carolinas cits. de 1548, Corpus, ed. cit., II, pág. 591.

[1406] Instrucciones de Carlos V al duque de Alba sobre el viaje del Príncipe (Corpus, ed. cit., II, pág. 564).

[1407] Asombra que esta documentación, que es el punto de arranque de todo lo que después vendrá, en relación con la cuestión sucesoria, haya sido pasada por alto por investigadores de la talla de Gómez-Centurión y de Mía Rodríguez-Salgado. Para Gómez-Centurión, Carlos V había decidido la boda de la Infanta con el Archiduque, para que quedaran como Regentes de España, supliendo a Felipe. Pero no fue así. Eso adelanta algo que se decidiría posteriormente (Carlos Gómez-Centurión, «El felicísimo viaje del Príncipe Felipe. 1548-1551», en VV.AA., Felipe II, un monarca y su época, Madrid, 1998, pág. 82). Por el contrario, Carlos lo que quería solucionar entonces era el gobierno de los Países Bajos, barajando la posibilidad de dejar en ellos al joven matrimonio. Pero no es de extrañar la confusión, porque Gómez-Centurión ni siquiera cree necesario asomarse al Corpus documental de Carlos V, para realizar su estudio. En cuanto a la profesora Mía Rodríguez-Salgado, autora de trabajos tan excelentes sobre el siglo XVI, tampoco parece haber manejado el Corpus para las páginas que dedica a este tema en su, por otra parte, notable estudio, Un Imperio en transición. Carlos V, Felipe II y su mundo (Barcelona, Crítica, 1992, pág. 67). Ninguno de los dos conoce mi trabajo ¡de 1961! publicado en la revista Hispania, «María de Hungría y los planes dinásticos del Emperador» (Hispania, 1961, LXXXIII, págs. 45-56; recogido después en mi libro Economía, Sociedad y Corona, Madrid, 1963, págs. 117-149). Así, en estos estudios de ambos historiadores, se superponen dos cuestiones, los planes de Carlos V hacia enero de 1548, como lo que se decide meses después, con el viaje de Maximiliano a España y el de Felipe —sin su hermana— a los Países Bajos; comprensible en el caso de la profesora Rodríguez Salgado porque se trata de una síntesis introductoria de lo que es el verdadero cuerpo de su trabajo. Para ello, no cabía suponer que le fuera útil un trabajo mío publicado treinta años antes. Eso sí, con su peculiar sentido del humor, el profesor Gelabert (en ¿Qué leer?) invierte los términos: soy yo el que me he olvidado de los trabajos de mis jóvenes colegas, que en 1961 no sé si habían nacido.

[1408] Instrucciones cits. de 1548 (Corpus, ed. cit., II, págs. 591 y 592).

[1409] Carlos V a Felipe II, Augsburgo, 9 de abril de 1548 (en Corpus, ed. cit., II, pág. 612).

[1410] «… puesto que mi intención es de abreviarlo todo lo posible —el dejar resueltas las cosas del Imperio—, por lo que deseo tornar a esos Reinos y asentar y dar orden en las cosas dellos, y reposar de los trabajos tan continuos que se han pasado por acá…» (Ibídem, pág. 613).

[1411]Ibídem, págs. 612 y 613.

[1412] «Y así, habiendo comunicado y dado parte de todo lo sobredicho al serenísimo rey de Romanos y las otras personas que ha parecido, se han conformado ser esto lo más conveniente y acertado…» (Ibídem, pág. 613).

[1413] «… no he querido acabarme de resolver sin tener primero vuestro parecer…» (Ibídem).

[1414] Carlos V a Felipe II, Augsburgo, 19 de abril de 1548 (Corpus, ed. cit., II, pág. 621).

[1415] Del mismo al mismo, Augsburgo, 25 de abril de 1548 (Corpus, ed. cit., II, págs. 622 y 623).

[1416]Ibídem, pág. 636.

[1417] Esa es la tesis de la profesora Mía Rodríguez-Salgado: «Carlos solicitó que Fernando renunciara a sus pretensiones a la sucesión imperial…» (Un Imperio en transición…, op. cit., pág. 69).

[1418] P. Gachard, Charles Quint (en Biographies Nationales, Bruselas, 1872, págs. 523-960; pág. 787). Quiero destacar aquí esta notabilísima biografía del gran historiador belga, uno de los que mejor y más a fondo conoció el mundo documental carolino, cuya obra bien merecería la pena que fuera más divulgada, con la oportuna reedición crítica. Es una tarea que sugiero a los jóvenes historiadores belgas, si es que no han decidido ya (como bien podría ser) acometer tal empresa.

[1419] Según Gachard, esa había sido la ambición despertada en Felipe, cuando se puso en viaje hacia Alemania y los Países Bajos, en 1548 (Gachard, Charles Quint, op. cit., pág. 788).

[1420] F. B. von Bucholtz: Geschichte der Regierung Ferdinands des Ersten, aus gedruckten und ungedruckten Quellen, Viena, 1831-1838, 9 vols.; vol. IX, págs. 495 y sigs.; en cuanto a los posibles defectos en la transcripción del documento, se deben tener en cuenta las peculiaridades del francés de la época.

[1421] Véase mi estudio Felipe II y su tiempo, Madrid, Espasa Calpe, 1998; op. cit., págs. 695 y sigs.

[1422] J. C. Calvete de Estrella, El felicísimo viaje del príncipe don Phelippe, Amberes, 1552.

[1423] M. Fernández Álvarez, Felipe II y su tiempo, Madrid, Espasa Calpe, 1998 (9. ª ed.), págs. 695 y sigs.

[1424] Alejado, porque Carlos V le había anunciado al Príncipe que dejaba Alemania y se refugiaba en los Países Bajos.

[1425] Felipe II a Carlos V, Valladolid, 25 de septiembre de 1548 (Corpus, ed. cit., II, pág. 663).

[1426]Ibídem.

[1427] Felipe II a Carlos V, Dolce, 20 de enero de 1549 (Corpus, ed.cit., III, págs. 63 y 64).

[1428] Pertenecía a su clientela familiar, pues era sobrino de Cobos.

[1429] Felipe II a Juan Vázquez de Molina, Trento, 29 de enero de 1549 (Corpus, ed. cit., III, pág. 76).

[1430] «… a que habéis abundantemente satisfecho…» (Carlos V a Felipe II, carta cit. de 5 de febrero de 1549; Corpus, ed. cit., III, pág. 87).

[1431] Carlos V a Felipe II, Bruselas, carta cit. de 11 de enero de 1549 (Corpus, ed. cit., III, pág. 60).

[1432] Carlos V a Felipe II, Bruselas, 5 de febrero de 1549 (Corpus, ed. cit., III, pág. 89).

[1433] Correo.

[1434] Carlos V a Felipe II, Bruselas, 26 de enero de 1549 (Corpus, ed. cit., III, pág. 71). Y ciertamente, el recomendado por Felipe II, don Antonio de Mendoza, sería el elegido (ibídem, págs. 85 y 86).

[1435] Felipe II a Carlos V, Dolce, 20 de enero de 1549 (Corpus, ed.cit., III, pág. 64: «Lo que me pidieron en sustancia fue que los tuviese por muy encomendados y los favoreciese con V. M. para que no les dexase de su mano.»).

[1436] Felipe II a Carlos V, carta cit. de 20 de enero de 1549.

[1437] «La causa porque os detuvistes en Mantua y permitistes ser rescibido con palio nos ha parescido suficiente…» (Carlos V a Felipe II, Bruselas, 1 de febrero de 1549; Corpus, ed. cit., III, pág. 82).

[1438] Felipe II a Carlos V, carta cit. de 20 de enero de 1549.

[1439]Ibídem.

[1440] Felipe II a Carlos V, carta cit. de 20 de enero de 1549. Carlos V se mostraría complacido, aunque creía que el Duque no haría aquella gestión (Carlos V a Felipe II, carta cit. de 1 de febrero de 1549, Corpus, III, págs. 82 y 83). En eso se engañaba, pero el Duque no conseguiría el apoyo del Príncipe a sus deseos, «Petición de Mauricio de Sajonia al príncipe Felipe de España y respuesta de Felipe» (en Karl Lanz, Korrespondenz des Kaisers Karls V, op. cit., II, pág. 622). Allí se larvaría la enemistad que luego se manifestaría entre ambos.

[1441] A. Heidelberg.

[1442] Dorotea de Austria, hija de Isabel, la hermana de Carlos V.

[1443] Felipe II a Carlos V, Heidelberg, 10 de marzo de 1549 (en Corpus, ed. cit., III, pág. 103).

[1444] «Cuanto a lo que de vuestra parte me dixo —el Comendador mayor de Alcántara— cerca del adelantaros por verme, y tornar a salir para ser recibido aquí, aunque lo decís muy bien y como quien me tiene tanto amor, parece que lo podéis excusar, pues no importa la dilación del poco tiempo que pasará de lo uno a lo otro, mayormente que no podríades entrar tan secretamente que no fuese luego público y causaría alguna manera de hablar y aun quitaría parte de lustre en lo de vuestra entrada en esta tierra». (Carlos V a Felipe II, Bruselas, 18 de marzo de 1549; en Corpus, ed. cit., III, pág. 107).

[1445] Sobre ese emotivo encuentro, véase mi libro Felipe II y su tiempo, op. cit., págs. 708 y sigs.

[1446] Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., pág. 611.

[1447] Felipe a Maximiliano, Bruselas, 11 de julio de 1549 (Haus, Hof und Staats Archiv, Viena, Spanische Hof Korrespondenz, leg. 1, fol. 140; autógrafa).

[1448] Instrucciones de Carlos V a Chantonay para su misión en Viena (Haus, Hof und Staats Archiv, Viena, Belgien, P. A., 6, leg. 2, fol. 112; publ. por Druffel, Beiträge zur Reichsgeschichte (1546-1555), Múnich, 1873-1882, 4 vols.; I, núm. 315).

[1449] Haus, Hof und Staats Archiv —Viena—, Belgien, P. A., 9, fol 99, autógrafa en francés; un breve extracto en Druffel, op. cit., I, núm. 320.

[1450] Fernando a María de Hungría, Praga, 27 de julio de 1549 (Druffel, op. cit., I, núm. 321).

[1451] Fernando a Carlos V, Praga, 21 de agosto de 1549: Que nada más marcharse Chantonay, el enviado imperial para tratar la cuestión sucesoria, se había ido veinte días de caza, invitado por Mauricio de Sajonia. Es una notable carta en francés, cuyo original pude leer en el Archivo imperial de Viena. Está en Druffel (op. cit., I, núm. 330).

[1452] Carlos V a Fernando, Bruselas, 10 de noviembre de 1549: Que entre las visitas a los Países Bajos y sus indisposiciones físicas por la gota que sufría, le habían impedido resolverse sobre la respuesta mandada por Fernando a la embajada de Chantonay. Que en cuanto había podido, se había reunido con su hijo Felipe «et aultres qu’il ma semblé convenir». (Druffel publica íntegra esta reveladora carta, op. cit., I, núm. 347).

[1453]Ibídem.

[1454] Fernando a Carlos V, Praga, 25 de noviembre de 1549; carta original que también custodia el citado Archivo imperial de Viena (Belgien, P. A., 9, fajo 3.º, fol. 106. Está publ. por Druffel, op. cit., I, núm. 354, págs. 304-306).

[1455] Instrucciones de Fernando a su embajador en Bruselas, Praga, 2 de diciembre de 1549 (A. G. R, Bruselas, E. A., leg. 97, fol. 149; documento que está en uno de los pocos mazos que escaparon a la requisitoria hecha por el gobierno austriaco, cuando se llevó a Viena los documentos fernandinos, sitos en su mayoría en el cit. Archivo imperial).

[1456] Carlos V a Maximiliano, 11 de febrero de 1550 (Haus, Hof und Staats Archiv, Viena, Spanische Hof Korrespondenz, 1, fol. 151; original).

[1457] Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., pág. 617.

[1458]Ibídem, pág. 616.

[1459] Sobre esta cuestión, que tanto daño haría al Emperador, puede verse con más detalle mi capítulo «Aspirante al Imperio» (en mi libro Felipe II y su tiempo, op. cit., págs. 713 y sigs.).

[1460] Gachard, op. cit., pág. 801; cf. mi estudio Política mundial de Carlos V y Felipe II, op. cit., pág. 140.

[1461] La boda con una Archiduquesa.

[1462] Rey de Romanos.

[1463] Carlos V a Felipe II, Bruselas, 2 de abril de 1553 (Corpus, III, pág. 583).

[1464] En Augsburgo.

[1465] Enrique II.

[1466] Druffel, op. cit., I, pág. 454; traduzco el texto francés.

[1467] Granvela a la reina María de Hungría, Augsburgo, 22 de julio de 1550 (Druffel, op. cit., I, pág. 450).

[1468] Carlos V a María, 16 de diciembre de 1550 (Karl Lanz, Korrespondenz des Kaisers Karls V, op. cit., III, pág. 15).

[1469] Véase sobre esto, y para más detalle, mi capítulo «Aspirante al Imperio», en mi libro Felipe II y su tiempo, op. cit., págs 713 y sigs.

[1470] Que Felipe II había estado detrás de ello lo prueba, aparte de las referencias documentales que ya hemos aportado, esta confidencia de Antonio Perrenot de Granvela (el futuro cardenal) a María de Hungría: «… msr. nôtre Prince dit très prudentement qu’il confesse qu’il desire parvenir à son prentendu extrêmement, main qu’il vouldrait qu’il se fit du bon grey du Roy [Fernando] et des siens, et donnant le moins de peine qu’il seroit possible et d’alteration à S. M. Imp». (Granvela a la reina María de Hungría, Augsburgo, 29 de julio de 1550; en Druffel, op. cit., I, pág. 447).

[1471] Enrique II a su embajador Marillac: Que veía difícil oponerse a los designios de Carlos V en la Dieta imperial de Augsburgo, salvo que sobreviniese un conflicto entre el Emperador y su hermano Fernando, a consecuencia de la sucesión al imperio (carta de 10 de agosto de 1550; en Druffel, op. cit., I, pág. 468).

[1472] La mayoría de los obispos españoles no debía de tener demasiado entusiasmo por el Concilio, como se observa por la respuesta que dan en febrero de 1551 a María, la hija mayor de Carlos V, entonces gobernadora del Reino por la ausencia de Carlos, Felipe y Maximiliano. Mientras los simples teólogos aceptan la orden de ponerse en camino hacia Trento, sin discusión, la mayoría de los obispos lo hace con disgusto, señalando estos inconvenientes principales: su falta de salud, o su pobreza, o sus muchos años, con la incomodidad de los caminos para sus achaques, así como el daño que su ausencia haría en sus diócesis. De dieciséis respuestas que he podido estudiar en Simancas, la cuarta parte contesta negativamente (Toledo, Zamora, Coria y Plasencia); dos esperan nuevas órdenes (Canarias y Málaga), y ninguno muestra un encendido entusiasmo (A. G. S., Estado, leg. 81, fols. 98-142; or.). Sin duda, en muchos casos las razones de los obispos eran de peso. Pero tan general resistencia indica la poca confianza en los resultados del Concilio, evidentemente por la experiencia de cómo había terminado la primera etapa. Y lo quiero destacar para que resalte la más alta visión del Emperador.

[1473] María de Hungría a Carlos V y Felipe II, 1 de septiembre de 1551 (Corpus, ed. cit., III, pág. 356).

[1474] Granvela a María de Hungría, Augsburgo, 10 de agosto de 1550 (Druffel, op. cit., I, pág. 467).

[1475] «Y sabida esta nueva y que los franceses habían quebrado la paz…, me di prisa en mi camino… Y así llegué a Valladolid a primeros del presente y luego mandé juntar a los del Consejo de Estado y a los de Hacienda…» (Felipe II a Carlos V, Toro, 27 de septiembre de 1551; en Corpus, ed. cit., III, pág. 360).

[1476]Ibídem, pág. 361.

[1477] Enrique II.

[1478] Carlos V a María de Hungría, Augsburgo, 18 de septiembre de 1551 (A. G. R, Bruselas, E. A., leg. 64, fol. 177; original en francés, dictada por Carlos V a Granvela). En postdata autógrafa indica el César también sus dudas sobre volver a los Países Bajos. Y María le contesta no menos perpleja, en otra larguísima carta, seis días después (ibídem, leg. 664, fol. 189; ambas extractadas en Lanz, op. cit., III, págs. 75 y 76).

[1479] Karl Brandi, Kaiser Karl V, op. cit., I, pág. 506

[1480] Instrucciones de Carlos V a Manrique de Lara de lo que debía decir al príncipe Felipe, Innsbruck, 28 de marzo de 1552 (en mi libro Política mundial de Carlos V y Felipe II, Madrid, C. S. I. C., 1965, págs. 306-317; pág. 309).

[1481]Ibídem.

[1482] Instrucciones cits. de Carlos V a Manrique de Lara.

[1483] Carlos V a Felipe II, Innsbruck, 9 de abril de 1552 (Corpus, III, pág. 421).

[1484] Obispo de Cuenca a Felipe II, Valladolid, 25 de junio de 1552 (Corpus, op. cit., III, págs. 459 y 460).

[1485] Felipe II a Carlos V, dándole cuenta del socorro que se le mandaba, Madrid, ¿mayo de 1552? (Corpus, op. cit., III, pág. 422 y sigs.).

[1486] Parecer de Felipe II sobre el dinero que se había de dar al duque de Alba, fechado el 30 de junio de 1551 (A. G. S., Estado, Flandes, leg. 504, fol. 115; min. autógrafa del Príncipe). En él recomienda a su padre dar al Duque lo que pedía, «para no tener con él más importunidades de las que ha tenido, que han sido hartas»; cfr. con carta de Ruy Gómez de Silva a Eraso, fechada en Madrid el 5 de abril de 155: «El duque de Alba se vuelve a su casa y Su Alteza le dio licencia con intención de llamalle si fuere menester. El duque anda descontento y no tiene razón, porque el Príncipe le hace harto favor y le da parte de todo lo que hay, sin faltar nada, y lo de su casa lo comunica con él…» (Ibídem, leg. 89, fol. 129; cop. autógrafa)

[1487] Duque de Alba a Carlos V, Madrid, 11 de mayo de 1552 (A. G. S., Estado, Castilla, leg. 89, fol. 310; or.).

[1488]Ibídem, leg. 80, fol. 340; or.

[1489] Obispo de Cuenca a Felipe II, Cuenca, 27 de mayo de 1552 (A. G. S., Castilla, leg. 89, fol. 349; or.).

[1490] Tassis a Granvela, Madrid, 9 de junio de 1552 (Biblioteca Nacional, ms., Papeles de Granvela, leg. 7.915, caja 12; carta or.).

[1491] Instrucciones de Carlos V a Juan de Figueroa (Archivo Simancas, Estado, Castilla, leg. 89, fol. 109; minuta).

[1492] Manrique de Lara.

[1493] Felipe II a Maximiliano, Madrid, 8 de junio de 1552 (Haus, Hof und Staats Archiv, Viena, Spanische Hofkorrespondenz, 1-3.º, fol. 52; autógrafa).

[1494] Las instrucciones de Carlos V al señor de Balançon publicadas por Lanz, Korrespondenz des Kaisers Karls V, op. cit., III, pág. 107 y sigs.

[1495] Las negociaciones de Passau se desarrollaron entre el 1 y el 24 de junio de 1552. A ellas acudieron Fernando, rey de Romanos, los duques Mauricio de Sajonia y Alberto de Baviera, el joven landgrave Guillermo de Hesse, el marqués Hans de Kustrin, los Príncipes eclesiásticos arzobispo de Salzburgo, obispo de Wurzburgo y obispo de Eichstadt, y representantes de los príncipes electores de Brandemburgo, Palatinado, Colonia, Maguncia y Tréveris, así como de los duques de Württemberg, Jülich, Brunswick y Pomerania. A Carlos V vuelve a representarle Rye, señor de Balançon, al que se le une el vicecanciller del imperio Seld. Por su parte, Enrique II envió a Juan de Fresse. Ni el tremendo trance de la fuga de Innsbruck ha doblegado al Emperador. Sus condiciones son las mismas que en Linz: libertad de Felipe de Hesse quince días después del licenciamiento de las tropas por los príncipes, ruptura de estos con Francia y aplazamiento de la cuestión religiosa hasta la próxima Dieta. De estos tres puntos el más factible resultó el de la separación de los Príncipes de la alianza francesa, cuyo Embajador acabó abandonando Passau. Aunque discrepaba en la cuestión del landgrave, era punto sin duda accesorio. De mayor trascendencia y verdadero caballo de batalla fue el tema religioso. Mauricio de Sajonia, a todas luces la figura principal del congreso, comprendiendo la imposibilidad de un triunfo radical del protestantismo alemán, dada la oposición irreductible del Emperador, y quizá temeroso ya de sus preparativos, propuso y consiguió de la mayoría de los otros Príncipes, la fórmula de avenencia entre las dos religiones, luterana y católica, que había de tomarse como modelo para la paz posterior de Augsburgo. Pero Carlos V, fiel a su conciencia, no la aceptó. Se mantuvo firme en que la cuestión religiosa quedara aplazada para la próxima Dieta, y fue Mauricio quien acabó por ceder.

[1496] Carlos V a Maximiliano, Innsbruck, 30 de enero de 1552 (Corpus, op. cit., III, pág. 402).

[1497] Fernando, rey de Romanos.

[1498] Ilegible, por roto del documento.

[1499] Felipe II a Maximiliano, Madrid, 5 de abril de 1552 (Haus, Hof und Staats Archiv, Viena, Spanische Hofkorrespondenz, 1-3.º, fol. 44; autógrafa).

[1500] Carlos V a Maximiliano, Villach, 12 de junio de 1552 (Haus, Hof und Staats Archiv, Viena, Spanische Hofkorrespondenz, 1-3.º, fol. 54; original).

[1501] Carlos V a Maximiliano, Valenciennes, 20 de septiembre de 1553 (Haus, Hof und Staats Archiv, Viena, Spanische Hofkorrespondenz, 1-4.º, fol. 5).

[1502] Así se lo pediría muy vivamente, en carta autógrafa, Felipe II desde Bruselas, entrado el mes de marzo de 1556 (Haus, Hof und Staats Archiv, Viena, Spanische Hofkorrespondenz, 1-3.º, fol. 95, original)

[1503] Luis de Orejuela a Gonzalo Pérez, 28 de julio de 1552 (Archivo Simancas, Estado-Alemania, leg. 647, fol. 30, original).

[1504] Felipe II a Carlos V, Madrid, 17 de mayo de 1553 (Corpus, op. cit., III, pág. 564).

[1505] Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., págs. 639 y sigs.

[1506] R. B. Merriman, Carlos V, op. cit., pág. 266.

[1507] Karl Lanz, Korrespondenz des Kaisers Karls V, op. cit., III, pág. 580.

[1508] J. J. von Döllinger, Dokumente zur Geschichte Karls V und Philipps II und ihre Zeit, op. cit., pág. 208.

[1509] Véase la carta cit. de Carlos V a Maximiliano de 20 de septiembre de 1553.

[1510] Véase, sobre este aspecto de las perspectivas abiertas con la subida al trono inglés de María Tudor, mi reciente libro Felipe II y su tiempo, el cap. 10 de su tercera parte titulado «La aventura inglesa» (págs. 710 y sigs.).

[1511] R. B. Merriman, Carlos V, op. cit., pág. 269.

[1512] La noticia en carta de Fernando a Carlos V, Viena, 29 de diciembre de 1553 (Lanz, Korrespondenz des Kaisers Karls V, op. cit., III, pág. 596).

[1513] Carlos V a Fernando, Bruselas, 2 de febrero de 1554 (Lanz, op. cit., III, pág. 605).

[1514] Estudiamos el original español que conserva el Archivo de Simancas, cuya edición crítica publicamos en 1979 (Corpus, ed. cit., IV, págs. 66-98). No estamos ante ninguna copia, sino ante el ejemplar auténtico, firmado por el Emperador, así como por los principales personajes de su Corte (Antonio Perrenot, obispo de Arras, después cardenal Granvela, Guillermo de Nassau, don Fernando de la Orden, el señor de Montmorency, don Luis de Zúñiga y don Juan de Figueroa). Igualmente lo confirman las firmas de los secretarios imperiales, que aquí actúan como notarios públicos: Francisco de Eraso, Diego de Vargas y Joos Bane. Finalmente, como requisito obligado en tal tipo de documentos, por su tono solemne, aparece estampado en su última hoja el sello imperial. Ese es el Testamento de Carlos V que su hijo Felipe mandará depositar en el Archivo de Simancas, junto con el de la gran reina Isabel y con el suyo propio. Otra prueba podría añadirse, en cuanto a la originalidad del Testamento, y es su estilo. Pues también en él encontramos el típico giro de los escritos carolinos —Instrucciones a su hijo Felipe, cartas—, ya advertido por Karl Brandi; es un estilo peculiar del Emperador, por el que la idea se completa mediante el pareamiento de sinónimos: «hacer y ordenar», «ordenamos y mandamos», «ni cumplir ni executar», «digo y declaro», «tolerancia y disimulación», «formas y maneras», etc. De este Testamento existen varias copias manuscritas del siglo XVI, que pueden encontrarse en las principales bibliotecas. Sánchez Alonso cita una existente en nuestra Biblioteca Nacional (B.N., ms. 18642). Yo mismo localicé otra copia en la Bibliothèque Nationale de París («Fondos españoles», ms. 23038, fols. 189-246). El cronista Sandoval lo tuvo sin duda en sus manos, insertándolo así en su conocida Historia de la vida y hechos del emperador Carlos V, aparecida por primera vez en Valladolid en 1604-1606, reeditada en 1956 por Carlos Seco Serrano, con notable estudio preliminar (Madrid, BAE, 1956, 3 vols.); pero inexplicablemente, Sandoval cometió no pocos errores en su publicación, alterando incluso el orden de algunas partes del Testamento, como señalo en mi edición crítica citada, publicada en el Corpus documental de Carlos V. No fue el único Testamento del César. El primero que conocemos lo firmaría en Brujas, el 22 de mayo de 1522. El segundo en Toledo, el 3 de marzo de 1529, al que añadiría un codicilo en Bruselas, el 14 de enero de 1532. El tercero en Metz, el 21 de junio de 1544, poco antes de su ofensiva contra París, con un codicilo en español. Si tenemos en cuenta el llamado «Testamento político» de 1548, estaríamos ahora ante el quinto y postrero Testamento del Emperador.

[1515] Luis Vives, «Del socorro de los pobres», en Obras Completas, ed. Lorenzo Riber, Madrid, Aguilar, 1974, vol. 1, pág. 1392.

[1516] R. Carande, Carlos V y sus banqueros, Madrid, 2. ª ed., 3 vols., 1965-1967.

[1517] R. Carande, «Carlos V: viajes, cartas, deudas», en Charles Quint et son temps, París, 1959, págs. 203-225.

[1518] Véase mi España y los españoles en los tiempos modernos, Salamanca, 1979, pág. 176.

[1519] El subrayado es nuestro.

[1520] Véase mi estudio «Las instrucciones políticas de los Austrias Mayores. Problemas e interpretaciones», en Gesammelte Aufsatze zur Kulturgeschichte Spaniens, v. XXIII, Münster, 1967, págs. 171-188.

[1521] El subrayado es mío.

[1522] Federico Chabod, «¿Milán o los Países Bajos? Las discusiones sobre la alternativa de 1544», en Carlos V. Homenaje de la Universidad de Granada, Granada, 1958, págs. 331-372.

[1523]Memorias de Carlos V, ed. de M. Fernández Álvarez, Madrid, 1960, págs. 129 y 730; cf. Corpus, op. cit., IV, págs. 565 y 566 y nota 206.

[1524] Véase mi reciente biografía Juana la Loca, Palencia, 1994. También en el Corpus carolino recojo varios documentos en relación con la muerte de la desventurada Reina: por supuesto, la carta de la entonces gobernadora de Castilla, Juana de Austria, a Carlos V, al día siguiente de su muerte, fechada en Valladolid a 13 de abril de 1555; pero también otra de san Francisco de Borja al Emperador, tanto o más notable, cuanto que el santo la atendió en sus últimos momentos. Asimismo, la que podría llamarse notificación oficial dada por el marqués de Denia desde la misma Tordesillas (Corpus, op. cit., IV, págs. 206, 214 y 216). Curiosamente, a quien no quería ver la Reina era a su nieta y tocaya, como sabemos por la propia Princesa: «Con los correos pasados escribió a V. Md. el marqués de Denia la indispusición en que quedaba la Reina, mi señora y como yo vi que estaba así envié a pedir licencia a Su Al. para irla a visitar y aunque se excusó dello, todavía (viendo que el mal iba tan adelante) fui allá y la vi. Y porque parescía que recibía pesadumbre con mi estada allí me volví con su licencia…» (Carta cit. a Carlos V de doña Juana, Corpus, IV, pág. 206).

[1525] Carlos V a Fernando, Bruselas, 28 de junio de 1554 (A. Simancas, Estado, leg. 508, fol. 154).

[1526] Eraso a Felipe II, Bruselas, 23 de diciembre de 1553 (ibídem, Estado, leg. 90, fols. 147 y 148).

[1527] Eraso a Felipe II, Landau, 27 de septiembre de 1552 (A. Simancas, Estado, leg. 90, fols. 97 y 98).

[1528]Ibídem.

[1529] Sandoval, Historia del emperador Carlos V, ed. cit., III, págs. 478-481.

[1530] Sandoval, Historia del emperador Carlos V, ed. cit., III, págs. 478-482.

[1531] Alfonso de Valdés, Discurso de Mercurio y Carón, ed. cit., págs. 179 y 180.

[1532] Sigo aquí la versión de otro hombre del siglo XVII, Francisco González de Andía, marqués de Valparaíso, en su obra El perfecto desengaño (Madrid, ed. de María Dolores Cabra Loredo, 1983, págs. 24 y 25).

[1533] Sandoval, Historia del emperador Carlos V, ed. cit., III, pág. 481

[1534] Karl Brandi, Kaiser Karl V, op. cit., I, pág. 529. «¿Cuándo ha ocurrido en la historia de la humanidad que toda una generación se retire voluntariamente del poder? ¡Y de qué modo! También así el siglo del gran Renacimiento marcó su sello, con esta impresionante escena propia de la gran historia mundial».

[1535] El 16 de enero de 1556, en un acto sencillo realizado en la casita del parque del palacio de Bruselas, donde se alojaba, en presencia tan solo de sus dos hermanas Leonor y María, de Manuel Filiberto de Saboya y de algunos Grandes de España, entregó Carlos V al Secretario Francisco de Eraso el acta de abdicación a favor de su hijo de todos sus reinos de la Monarquía Católica, junto con los dominios de las Indias. Felipe II sería proclamado rey por su hijo don Carlos en Valladolid, el 28 de marzo de 1556. En cuanto a la corona imperial, Carlos V enviaría su cese a Fernando, su hermano, el 12 de septiembre de 1556, pero se demoraría su reconocimiento hasta la Dieta imperial celebrada en Frankfurt en marzo de 1558; de lo que Carlos V tendría noticia estando ya en Yuste, en mayo de aquel año.

[1536] Fernando a Carlos V, Augsburgo, 9 de julio de 1555 (en Lanz, Korrespondenz des Kaisers Karls V, op. cit., III, pág. 662).

[1537] Juan Vázquez de Molina a Felipe II, Valladolid, ¿enero?, 1556 (Corpus, ed. cit., IV, pág. 253).

[1538] Juana de Austria a Felipe II, Valladolid 11 de febrero de 1556: Que había recibido su carta, de 24 de diciembre, dándole cuenta que el Emperador aplazaba su viaje por sus indisposiciones (Corpus, ed. cit., IV, pág. 258).

[1539] Bruselas era entonces, junto con Roma, uno de los centros musicales de mayor importancia, y la capilla musical del Emperador justamente famosa.

[1540] Carta encontrada por mí en 1960 en el Archivo imperial de Viena, que pude mostrar al P. Sopeña, que le dio un gran valor (Haus, Hof und Staatsarchiv, Viena, Spanische Hof-Korrespondenz, leg. 1, 3. º, fol. 138, original; Corpus, ed. cit., IV, pág. 249). En todo caso, que al día siguiente de la fecha señalada para la abdicación imperial, se lanzara Maximiliano a esa petición, ya dice bastante sobre los apetitos despertados sobre las posibles herencias.

[1541]Ibídem, Spanische Hof-Korrespondenz, leg. 1-4. º, fol 11; autógrafa.

[1542] Maximiliano II a Carlos V, Viena, 21 de mayo de 1556 (Archivo de Simancas, Estado, leg. 112, fol. 106, autógrafa; Corpus, ed. cit., IV, pág. 267).

[1543] Maximiliano a Carlos V, Viena, 24 de mayo de 1556 (ibídem, leg. 112, fol. 108, original).

[1544] Fernando, rey de Romanos, pues ya hemos visto que todavía Carlos V no había renunciado a la corona imperial.

[1545] Felipe II a Maximiliano II, Bruselas, 18 de marzo de 1556 (Archivo imperial de Viena, Spanische Hof-Korrespondenz, 1, 4. º, fol 11; autógrafa).

[1546] María Tudor a Maximiliano II, Londres, 16 de julio de 1556 (ibídem, Spanische Hof-Korrespondenz, 1, 4.º, fol. 20, original en español)

[1547] Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., pág. 655.

[1548] En estos términos recordaría aquella frase el señor de Brantôme: Gentilezas y bravuconadas de los españoles, ed. cit. de Juan Quiroga, Madrid, 1995, pág. 37. De forma parecida reza la inscripción en piedra con que la villa de Laredo recuerda el hecho.

[1549] «El Serenísimo rey, mi hermano, me ha scripto por sus últimas cartas la determinación con que V. M. estaba de venirse a estos Reinos y que se embarcaría V. M. por Julio…» (Juana de Austria a Carlos V, 13 de junio de 1556; Corpus, ed. cit., IV, pág. 270). En esa carta Juana de Austria proponía al Emperador que aplazase su viaje cuarenta o cincuenta días para que lo hiciera acompañado de Felipe II: «podrían venir juntos, que sería lo mejor y más acertado, y excusarse ha la costa de otra armada…».

[1550] Cit. por L. P. Gachard, Retraite et mort de Charles Quint au monastère de Yuste, Bruselas, 1854, pág. 6.

[1551] En efecto, en su primer viaje la flota de Carlos V había zarpado el 8 de septiembre alcanzando la costa asturiana de Tazones el 17.

[1552] Foronda, Estancias y viajes de Carlos V, op. cit., pág. 656.

[1553] «… me partí al punto y por la posta…» (Luis de Quijada a doña Juana de Austria, carta cit. de 2 de octubre de 1556).

[1554] Quijada a Vázquez de Molina, 8 de octubre de 1556 (cit. por Gachard, op. cit., pág. 11).

[1555] Se entiende: de política.

[1556] Quijada a Vázquez de Molina (cit. por Gachard, op. cit., pág. 70).

[1557] Más tarde caballero del Toisón de Oro y barón de Montigny, que bajo Felipe II tendría tan trágico destino, a raíz de las alteraciones de los Países Bajos.

[1558] Cit. por Gachard, Retraite et mort…, op. cit., pág. 83.

[1559]Ibídem, pág. 9. De las no pocas obras dedicadas a esta etapa última de Carlos V, aparte las ya citadas publicadas en el siglo XIX —como las de Mignet y Gachard, sobre todo—, cabría recordar la muy erudita de Domingo Sánchez Loro, La inquietud postrimera de Carlos V (Cáceres, 1957) y la más reciente y de mejor estilo de Agustín García Simón, El ocaso del emperador (Madrid, 1995). En todo caso, ambas apoyándose con provecho en la documentación carolina publicada por los grandes historiadores decimonónicos citados. A recordar también la reedición que hizo M.ª Dolores Cabra Laredo del manuscrito del marqués de Valparaíso, El perfecto desengaño (Madrid, 1983), incorporando no poca documentación, sacada en buena parte de mi Corpus documental de Carlos V.

[1560] «Españoles, no viene ningún caballero —comentaría Gaztelu, añadiendo escandalizado—: que en esto lo hicieron cortamente muchos». (Ibídem, pág. 18).

[1561] Quijada a Vázquez de Molina, cit. por Gachard, op. cit., pág. 26.

[1562] Gaztelu a Vázquez de Molina, 11 de octubre de 1556 (cit. por Gachard, Retraite et mort…, op. cit., pág. 17).

[1563] «S. M. llegó aquí muy bueno y tal que, trayendo antojo de truchas las cenó y de muy buen apetito…» (Ibídem, pág. 21).

[1564] Evidentemente, el Emperador no había olvidado la afrenta de 1520, con la algarada popular y el intento del pueblo vallisoletano, apostado en aquella Puerta del Campo, de impedir la salida de Carlos V camino de Galicia, para embarcar hacia el Imperio. La carta de Quijada a Vázquez de Molina, en Gachard, Retraite et mort…, op. cit., pág. 31.

[1565] Esa es la versión que nos da el embajador veneciano Badoaro, que parece muy verosímil (cit. por Mignet, Charles Quint, son abdication, son séjours et sa mort au Monastère de Yuste, París, ed. 1957, pág. 151).

[1566] Mignet, op. cit., pág. 152.

[1567] En efecto, a petición de doña Juana el Duque lo cedería a las dos Reinas, si bien con un enfado descomunal.

[1568] Cit. por Gachard, Retraite et mort…, op. cit., pág. 33.

[1569] «Siempre la lleva —la salud— buena y come y duerme muy bien…» (Quijada a Vázquez de Molina, ibídem, pág. 36).

[1570] Y no tanto por estar allí el convento de las agustinas que había regentado su tía María de Aragón como por estar enterrada allí su hija natural Juana de Austria.

[1571] … aunque algo cansado…» (Gachard, op. cit., pág. 115).

[1572] «Aquí ha llovido dos días sin que, de la gran niebla, se viesen los hombres a dos pasos…» (Gaztelu a su colega Vázquez de Molina, cit. por Gachard, Retraite et mort…, op. cit., pág. 46).

[1573]Ibídem.

[1574]  Ibídem, pág. 52.

[1575] Cit. por Gachard, op. cit., pág. 42.

[1576] Mignet, op. cit., pág. 63.

[1577] Acaso la diabetes.

[1578] Cit. por Gachard, Retraite et mort…, op. cit., pág. 93.

[1579]  Cit. por Mignet, op. cit., ed. española, pág. 190, nota 1.

[1580] Ya Juan III había dejado bien sentado que no consentiría tal cosa, considerándola como una ofensa: su hermana, a la que había criado como una hija, no podía salir de la Corte sino para casarse. Tal hacían las infantas de Portugal. Y si Leonor de Austria tenía tanto anhelo por vivir con su hija, la solución la tenía en la mano: que se trasladase a la corte de Lisboa (Mignet, El emperador Carlos V, su abdicación, su residencia y su muerte en el monasterio de Yuste, ed. española, Cádiz, 1855, págs. 199 y 192). 

[1581] Envió para ello un emisario especial, don Sancho de Córdoba

[1582] Mignet, Carlos V…, ed. esp. cit., págs. 193 y sigs. Doña Leonor no acudió solo a Carlos V, sino también a su hermana Catalina, como Reina entonces de Portugal; aunque, eso sí —lo que no deja de ser extraño— a través de María de Hungría, a la que Catalina contestaría cuán imposible era aquello en una interesantísima carta publicada por mí hace veinte años:
«Señora: V. A. me escribió sobre la ida de la señora Infante, mi sobrina, que la señora Reina, su madre, deseaba tanto ver para su consolación. En todo deseo yo mucho servir a V. A., mas es ésta materia de tal cualidad que, siendo estos mis deseos tan grandes, tengo por mucho mayores las razones della. Y puede V. A. creer que en muy pocas cosas confesaría yo esto, ni puedo dexar de pensar que después que V. A. las oyere no le parezca que tengo yo razón. Y porque yo escribo largamente a la señora Reina lo que en esta materia entiendo, hacerme ha V. A., muy gran merced querer ver mi carta, porque por excusar enfadamento a V. A. lo dexo de escribir en ésta. Y pues en las cosas de la señora Reina V. A., con razón, es tan gran parte, yo sé muy bien cuanto en ésta y en todas puede hacer. Besaré las manos de V. A. por quererle persuadir lo que el rey, mi señor, manda decir y lo que yo le pido, en lo cual hará S. A. y a mí muy gran merced. Y certifico a V. A., que estimarlo ansí es más por lo que importa a la señora Infante que por lo que puede tocar a S. A., y con esto acabo rogando a Nuestro Señor, etc.» (Corpus, ed. cit., IV, págs. 287 y 288).

[1583]Ibídem

[1584] La Chaulx todavía permanecería algunos días más en Yuste.

[1585] Cit. por Mignet, op. cit., ed. esp., págs. 207 y 208, nota 5.

[1586] Es posible, por supuesto, que hubiera el obligado Te Deum reservado para tales visitas.

[1587] Domingo Sánchez Loro, La inquietud postrimera de Carlos V, Cáceres, 1957, sobre todo las págs. 40 y 67.

[1588] Y recordemos que sobre aquellas campañas escribiría don Luis un libro muy divulgado entonces por Europa entera: Comentarios de la guerra de Alemania (Amberes, 1. ª ed., 1550).

[1589] Véase mi estudio La España del emperador Carlos V, op. cit., pág. 915.

[1590] Hacía tiempo que el César no estaba para ningún alarde caballeresco. Por otra parte, ha desechado ya los caballos, salvo una jaquilla, prefiriendo las mulas.

[1591] Un buen estudio es el del Prof. Juan José Martín, «El palacio de Carlos V en Yuste» (en Arch. Esp. de Arte, 1950, XXVIII, págs. 27 y sigs.

[1592] Atención. Sueñan las campanas del monasterio cuando esto escribo. Tal las oiría el César cada jornada.

[1593] Recordemos que había nacido el 24 de febrero de 1545.

[1594] La cifra exacta del coste del palacete de Yuste nos la da el Prof. Juan José Martín González: 5.360.068 maravedíes («El palacio de Carlos V en Yuste», art. cit., pág. 47).

[1595] El de su hijo natural, el futuro don Juan de Austria. 

[1596] Al menos, hay referencia de un obsequio culinario del Emperador a la comunidad jerónima.

[1597] «… retirado a nuestro monasterio de Yuste, le visitaba el Prior una vez todos los meses…, y porque su cesárea Majestad gustaba de los carneros que le cebaban en ella, tuvo el cuidado de enviarle todas las semanas el número competente para que no le faltase este regalo». (Fr. Francisco de San José, Historia… de Nuestra Señora de Guadalupe, Madrid, 1743, pág. 127, referencia que debo a mi buen amigo fray Sebastián García, archivero-bibliotecario del Real Monasterio de Guadalupe).
Por su parte, fray Arturo Álvarez, en su comunicación presentada al congreso del IV Centenario de la muerte del Emperador, en 1958, recogía este texto de fray Hernando del Corral: «… casi a cada día, el convento y prior de Guadalupe… cada semana le enviaba un carnero criado a pan y cada quince días una ternera y hasta las guindas y otras frutas…» (IV Congreso de Cooperación Intelectual, Instituto de Cultura Hispánica, Madrid, 1950, pág. 159; ejemplar tirado a ciclostil. Cf. con su artículo: «Carlos V y el Real Monasterio de Guadalupe», en Miscelánea Comillas, 1958).

[1598] Esta interesantísima nómina, que tanto esclarece sobre la vida de Carlos V en Yuste, fue recogida por Sandoval en su Historia del emperador Carlos V (ed. cit. de Carlos Seco, III, págs. 559561), y está fechada en Yuste y firmada por el Emperador, a 9 de septiembre de 1558, por lo tanto cuando ya arreciaba su mal, prueba de que Carlos V quería cumplir, como un deber moral, con lo que se debía a los que allí le servían. Pero no está en el Codicilo; rectifico, así, lo que señalé en mi edición crítica del Testamento del Emperador (Madrid, 1982, pág. XXXVI). Se observará que en ella no aparece ningún soldado. Eso podría llamar la atención, máxime cuando la tradición local nos muestra en Garganta la Olla un prostíbulo —«la Casa de las Muñecas»—, ya de aquella época, como fruto de las necesidades eróticas de los soldados del Emperador. Sin duda existió pero correspondiendo a la primera etapa, la de Jarandilla, cuando Carlos V tenía todavía aquella guarda de alabarderos. Licenciados estos, en febrero de 1557, el prostíbulo pudo seguir funcionando con la nueva clientela, el resto de la servidumbre imperial, cuyos varones a buen seguro tenían poco de monjes, viviendo muchos de ellos en la cercana villa de Cuacos.
Lo que no hay duda es de que, cuando Carlos V abandona Jarandilla, desaparece el elemento militar de su entorno. El Emperador no precisaba de guarda alguna en Yuste, ni eso correspondía al nuevo estado por él escogido.

[1599] En el sentido que entonces se daba a esa voz, sin ninguna carga peyorativa. 

[1600] Sandoval, Historia del emperador Carlos V, ed. cit., III, pág. 556.

[1601] Esa crónica serviría a Sandoval para escribir las últimas páginas de su Historia del emperador Carlos V, como él mismo nos dice: «La misma relación original que fray Martín envió a la Princesa y firmada de su nombre tengo, y la quisiera poner aquí como el Prior la escribió; mas temo usar tanto de este estilo y entiendo que ya se dará entero crédito a mis relaciones como a los originales…» (Op. cit., III, pág. 493).

[1602] Gachard, Retraite et mort…, op. cit., págs. 424 y sigs.

[1603] Así me lo refirió el hermano Alfonso en la última visita que hice al monasterio el 24 de junio de 1999. Y he de confesar que no resistí a la tentación de sentarme yo también en la silla del coro, tallada por Rodrigo Alemán, tal como la tradición jerónima decía que lo había hecho Carlos V.

[1604] Sandoval, Historia del emperador Carlos V, ed. cit., III, pág. 498; rectifico aquí el texto, que escribe bermejo, con minúscula, como si se tratara de un color, cuando parece claro que el Emperador se refiere a un monje determinado.

[1605] Esto es, inmediatamente.

[1606] Sandoval, Historia del emperador Carlos V, ed. cit., III, pág. 494.

[1607] En Sandoval, ibídem, III, págs. 495 y 496.

[1608] «… le parecía que nunca había habido tanto temor como cuando le vio —al visitador más viejo— el papelejo en la mano y le dijo que le quería hacer cargos…» (Ibídem, III, pág. 498).

[1609] Recordemos que Magdalena de Ulloa no iría a Cuacos hasta el verano de 1558.

[1610] Cit. por Gachard, Retraite et mort…, op. cit., pág. 126.

[1611] Recordemos lo ya dicho: de cómo, en su veneración por Carlos V, Zúñiga nos ha dejado un buen testimonio, como puede comprobar cualquiera que visite hoy día su palacio de Plasencia donde, adornando su gran escalera, se puede contemplar un busto del Emperador.

[1612] La referencia en Mignet, op. cit., pág. 282. En cuanto a la documentación de Simancas, véase la carta de Carlos V escrita desde su campamento a Felipe II de 25 de agosto de 1554. En su postdata, Carlos V añadía alborozado: «Hijo: Dios ha guiado esto como suele hacer todas mis otras cosas, y si algún yerro ha habido ha sido nuestro, e todavía lo ha remediado mejor que sperábamos que se pudiera remediar, sino pusiera la mano en ello. Bendito Él sea por todo, y Él os dé su favor, como os lo desea vuestro buen padre. Yo, el Rey». (Corpus, op. cit., IV, pág. 121).

[1613] Debo esa información a fray Sebastián García. No sería de modo permanente, pues resulta dudoso que Carlos V procediera de ese modo, con inevitable ofensa para la comunidad jerónima de Yuste; pero sí pudo serlo de forma ocasional, aprovechando el César algo más aquella visita, deseando que se repitiera.

[1614] P. Ribadeneyra, «Vida de San Francisco de Borja» (en Historias de la Contrarreforma, Madrid, BAC, 1954, pág. 739).

[1615] Cit. por Gachard, Retraite et mort…, op. cit., pág. 168.

[1616] Quijada a Felipe II, Cuacos, 28 de julio de 1558 (cit. por Gachard, Retraite et mort…, op. cit., pág. 511).

[1617] Carlos V, se entiende.

[1618] Quijada a Felipe II, Yuste, 30 de septiembre de 1558 (cit. por Gachard, Retraite et mort…, op. cit., pág. 411). Recuérdese que entonces Felipe II se hallaba todavía en Bruselas

[1619] Cit. por Gachard, Retraite et mort…, op. cit…, pág. 450. Añadamos que Carlos V, a la espera de lo que decidiese «a mayores» Felipe II, había dejado un legado para don Juan y también para su madre, Bárbara Blomberg, asegurando así su futuro. (Karl Brandi, Kaiser Karl V, op. cit., I, pág. 535. En el especial afecto del Emperador hacia su último hijo natural, de los cinco que había tenido, influyó sin duda, más que su condición de varón, el hecho de que hubiera nacido el mismo día que él, el 24 de febrero de 1545.

[1620] Una de las cosas que más sorprenden del cronista Sandoval, en general tan bien informado, es que silencie por completo la actividad política desplegada por el Emperador desde Yuste. Y esa fue una de las más sorprendentes revelaciones de los investigadores de la historia carolina, cuando en el siglo XIX, al estudiar la documentación de Simancas, se encontraron con que la realidad había sido que Yuste se había transformado en un centro importante de la política europea, adonde iban y venían los correos, así como personajes principales con importantes misiones, para pedir consejo y orientación al viejo Emperador.
Era natural que así ocurriese, dado el respeto y la admiración que Felipe había demostrado siempre por su padre. ¿Cómo iba a renunciar a su orientación en los graves conflictos en que se vio metido a poco de dejar Carlos V los Países Bajos? En iguales circunstancias se hallaba su hija, la Regente, en Valladolid. La guerra con Francia, la enemiga de Paulo IV, los focos luteranos de Castilla, la escasez de dinero y tantos otros acuciantes problemas, estaban pidiendo el consejo del Emperador.
Ahora bien, ¿cómo es posible que Sandoval, que manejó tan abundante y fidedigna documentación sobre el César, nada supiese a este respecto? Más bien hay que creer que este cronista, tan verídico en lo demás, quiso atenerse en el período de Yuste, a la estampa de un asceta desligado por completo del mundo. En esa estampa no encajaba un Carlos V manejando aún los hilos de graves asuntos. ¿Es esa la razón por la cual Sandoval prefirió ignorar tales documentos? ¿Acarició la idea de que la posteridad se hiciese la imagen del soberano convertido en asceta? Es muy posible; con ello encajaría la descripción que hace de la morada de Carlos V, muy lejos de la verdad; una morada desnuda de toda comodidad. Y, sin embargo, no hacía tanto tiempo de la muerte de Carlos V. Todavía existía la tradición oral, al menos en grado suficiente para que el cronista la tuviese en cuenta, como, por ejemplo, en el caso de los enseres del Emperador, vendidos en almoneda a poco de su fallecimiento.

[1621] Véase mi estudio La España del emperador Carlos V, op. cit., págs. 927 y sigs.

[1622] Carlos V a Felipe II, Bruselas, 13 de marzo de 1554 (Corpus, ed. cit., III, pág. 667).

[1623] Recuérdese que los dos eran hijos de Manuel el Afortunado.

[1624] Carlos V a Catalina de Austria, Yuste, 13 de noviembre de 1557 (Corpus, ed. cit., IV, pág. 362).

[1625] Talaveruela, y no Talavera la Real, como por error se indica en mi texto cit. La España del emperador Carlos V, pág. 932.

[1626] Quijada a Vázquez de Molina, 21 febrero de 1558 (cit. por Gachard, Retraite et mort…, op. cit., pág. 273).

[1627] Gaztelu a Vázquez de Molina, Cuacos, 21 de febrero de 1558 (ibídem, pág. 271).

[1628] «Con Felipe de Atienza —contesta el Duque a la princesa Juana— recibí la carta de V. A. y con ella muy grand merced en mandarme en qué la sirva. Y aunque esto es tan recia cosa, como V. A. puede pensar, andar yo agora de nuevo a buscar donde vivir, pues V. A. lo manda y el emperador nuestro señor pienso que también dello es servido, no hay cosa que para mí no sea ligera, y así digo que daré la casa a las señoras reinas, como V. A. lo manda…» (Duque del Infantado a la Princesa Juana de Austria, Guadalajara, 10 de noviembre de 1557; Archivo de Simancas, Estado, leg. 135, fol. 8.)

[1629] Don Sebastián había nacido el 20 de enero de 1554.

[1630] Gachard, Retraite et mort…, op. cit., pág. 156.

[1631] Carlos V a Juana de Austria, Yuste, 5 de julio de 1557 (Corpus, ed. cit., IV, pág. 333

[1632] Carlos V a Juana de Austria, Yuste, 5 de julio de 1557 (Corpus, ed. cit., IV, pág. 333).

[1633] María, la hermana de Felipe II.

[1634] «Ya sabréis lo que los días pasados os scribí sobre la ida del padre Francisco a Portugal; y lo que demás de aquello hay que decir es que, habiendo venido aquí, le mandé que allende de visitar a la Reina, mi hermana, de mi parte le dixese las cosas que había entendido que decían en aquel Reino sobre lo de la sucesión del Príncipe, mi nieto, y la dispensación del rey don Manuel con la reina doña María, en que el cardenal de Viseo me habló, como os dixe, poniendo duda de no ser bastante, y el impedimento que por esta causa había; lo qual siendo así el rey don Joan y sus hermanos y los demás no podrían pretender el Reino. Y que porque asimismo decían quel embaxador de Francia, que en aquella sazón había ido a residir en aquella corte, llevó comisión de tractar casamiento entre una hija del Rey, su amo, con el rey don Sebastián, mi nieto, que también le diese a entender que me parecía sería bien quéste fuese con una de sus hijas de la reina de Bohemia, vuestra hermana, qual pareciese. Y que efectuándose se podría traer a aquel Reino para que se criase en él, hasta que fuese de edad, y que procurase d’encaminar la venida de la Infanta para estar con su madre, porque aunque en vida del Rey hice instancia en ello por dar contentamiento a la Reina, su madre, visto después de la muerte del Rey que lo que yo pensé que era muy secreto que había dicho el dicho Cardenal es tan público en Portugal y que esto había hecho levantar los pies a la Infanta, para persuadirse a creer algunas cosas que no debría, me paresció que era más conveniente su venida por quitar estos embarazos. Y habiendo el dicho padre Francisco propuesto lo sobredicho, volvió aquí y me dio quenta dello y de su viaje y de lo que la Reina le respondió que es:
Que en lo que toca a la dispensación del rey don Manuel con la reina doña María, es bastante y que no tiene ella duda ninguna. Ni tampoco en lo de la sucesión del príncipe don Carlos, mi nieto, por estar muy claro, y que así lo tienen todos entendido, y que dentro de pocos días se publicará la Pregmática que sobrello estaba hecha y aprobada por los del Consejo». (Carlos V a Felipe II, Yuste, 31 de marzo de 1558; Corpus, ed. cit., IV, pág. 413). En el curso de aquellas importantes negociaciones se cruzó una correspondencia en cifra entre san Francisco de Borja y Carlos V. Y es interesante consignar que el nombre que en la misma se daba a Felipe II era el de Santiago de Madrid. Parecía como si de ese modo se anticipase la estrecha unión que había de existir entre Felipe II y la villa que él había de transformar en capital de España.

[1635] Gaztelu a Vázquez de Molina, Jarandilla, 15 de noviembre de 1556 (cit. por Gachard, Retraite et mort…, op. cit., pág. 42).

[1636]Ibídem, pág. 45.

[1637] Gaztelu a Vázquez de Molina, Jarandilla, 15 de noviembre de 1556 (cit. por Gachard, Retraite et mort…, op. cit., pág. 167).

[1638] Gachard, Retraite et mort…, op. cit., pág. 212.

[1639]Ibídem, pág. 170

[1640]Ibídem, pág. 176.

[1641]Ibídem, pág. 210.

[1642] Gachard, Retraite et mort…, op. cit., pág. 256.

[1643]Ibídem, pág. 137.

[1644] Gachard, Retraite et mort…, op. cit., pág. 148.

[1645] Es posible, como algo muy propio de la forma de gobernar de Felipe II, como daría después tantas pruebas a lo largo de su reinado.

[1646] María de Hungría a Felipe II, Cigales, 8 de octubre de 1558 (cit. por Gachard, Retraite et mort…, op. cit., pág. 417).

[1647] Cit. por Gachard, Retraite et mort…, op. cit., pág. 272.

[1648] Carlos V a su hija doña Juana, Jarandilla, 31 de enero de 1557 (Corpus, ed. cit., IV, págs. 296 y 297).

[1649] Cit. por Gachard, Retraite et mort…, op. cit., pág. 254.

[1650] «… estos flamencos —se quejaba Gaztelu— tienen poca cuenta con ello y mucha con decille lo que ven y oyen, y aun lo que no; que es causa y el mayor contrapeso de los que aquí se padecen…» (Gachard, Retraite et mort…, op. cit., pág. 272).

[1651]Ibídem, pág. 245.

[1652]Ibídem, págs. 241 y sigs.

[1653] Carlos V a doña Juana, Yuste, 25 de mayo de 1558 (Corpus, ed. cit., IV, pág. 425, nota 700).

[1654] Persona no grata porque se había negado a prestar dinero con que ayudar a Felipe II en su guerra contra Francia en 1557, por lo tanto unos meses antes de que se aireasen aquellos conflictos religiosos en Castilla, que en principio no se reducían a focos luteranos, sino que se hablaba también de problemas con los moriscos castellanos, e incluso con un foco de judaísmo en Murcia (véase sobre esto el libro de José Luis González Novalín, El Inquisidor General Fernando de Valdés, Oviedo, 1971, II, págs. 187 y sigs.; y sobre el conflicto entre la Corte y Valdés, en este caso como rico arzobispo de Sevilla que no quería dar ninguna ayuda, las págs. 172 y sigs.

[1655] Carlos V a doña Juana, Yuste, 3 de mayo de 1558 (Corpus, ed. cit., IV, págs. 424 y 425).

[1656] Los reinos de España

[1657] Por lo tanto, no solo el de la Inquisición, sino también el Consejo Real.

[1658] Carlos V a doña Juana, Yuste, 25 de mayo de 1558 (Corpus, ed. cit., IV, pág. 425, nota 700).

[1659] Cit. por Gachard, Retraite et mort…, op. cit., pág. 303.

[1660] Véase mi edición crítica del Testamento y Codicilo del emperador, Madrid, Editora Nacional, 1982, págs. XXXIV y 97.

[1661] Sandoval, Historia del emperador Carlos V, ed. cit., III, pág. 499.

[1662] La cita en Gachard, Retraite et mort…, op. cit., pág. 127.

[1663] Al menos, para la gota sí se conocía el más sencillo: la dieta, evitando las comidas copiosas, en particular la carne. Ya hemos mencionado el dicho de la época: «La gota se tapa con la boca».

[1664] Carlos V a Juana de Austria, carta cit. de 5 de julio de 1557.

[1665] Rectifico aquí la fecha que señalo en mi estudio La España del emperador…, op. cit., pág. 950.

[1666] En ese lugar, y sobre un busto del Emperador, puede leerse la inscripción en piedra que recoge ese momento: «Su Magd el emperador estaba asentado quando le dio el mal, a los treinta y uno de Agosto, a las quatro de la tarde. Fallesció a los veinte y uno de Setiembre, a las dos y media de la mañana. Año del Señor de 1558».

[1667] Relación del doctor Mathys, cit. por Gachard, Retraite et mort…, op. cit., pág. 322.

[1668] Quijada a Vázquez de Molina, Yuste, 15 de septiembre de 1558 (cit. por Gachard, Retraite et mort…, op. cit., pág. 367).

[1669] Acompañaban a Carlos V, en sus últimos momentos su confesor, fray Juan Regla, con otros monjes de Yuste, su médico, el doctor Mathys, su fiel mayordomo, don Luis Quijada, los nobles don Luis de Ávila y el conde de Oropesa, y otro gran personaje cuya particular actuación provocaría no pocos comentarios: Carranza. El arzobispo de Toledo estaba puesto bajo sospecha, después de las acusaciones del Inquisidor Fernando de Valdés. El propio Carlos V había prohibido su acceso a Yuste; pero cuando el César entró en la agonía, nadie se atrevió a impedir su entrada en la cámara imperial al arzobispo de Toledo. Carranza trató entonces de consolar al moribundo con palabras piadosas, que para algunos de los presentes tenían marcado sabor herético. Don Luis de Ávila y Zúñiga le oyó decir, cogiendo un crucifijo: «Este es quien pagó por todos. Ya no hay pecado, todo es perdonado». Eso pondría una sombra en los últimos momentos del Emperador, que podría explicar la enemiga posterior de Felipe II contra el Arzobispo, si bien para Tellechea, máximo especialista sobre el tema, nada hubo de reprochable en el comportamiento de Carranza ante la muerte de Carlos V. Tellechea, «Así murió el emperador», (Bol. R. A. Historia, 1958, CXCM, pág. 166).

[1670] De igual modo, no es lícito corregir al Carlos V de Worms, cuando en 1521 respeta el salvoconducto de Lutero, con el que en Yuste se muestra arrepentido ante los frailes del convento, por creer entonces que tenía que haberlo mandado matar; entre otras cosas, porque a los políticos, como a cualquier hombre, hay que juzgarlos por sus hechos, no por sus intenciones.

[1671] Instrucción de los testamentarios de Carlos V a Martín de Gaxtelu sobre lo que había de decir a Felipe II. (Archivo de Simancas, P. R., leg., 32, fol. 38, cop.; cf. Corpus documental de Carlos V, op. cit., IV, págs. 454-457)

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