© Libro N° 6128.
Copernico. Banville, John.
Emancipación. Junio 22 de 2019.
Título
original: © Copernico. John Banville
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
COPERNICO
John Banville
CONTENIDO
Agradecimientos
1.
Orbitas Lumen
2.
Magister Ludi
3.
De revolutionibus orbium mundi
4.
Magnum Miraculum
Agradecimientos
En
una obra de esta naturaleza, una bibliografía exhaustiva no sólo no sería
apropiada, sino quizás imposible de recopilar. Sin embargo, debo mencionar unos
pocos libros que, durante los años de composición de Copérnico, merecieron mi
más profundo respeto, y cuyos juicios e información me prodigaron una ayuda
incalculable. Los cito, además, como lectura recomendada para aquellos que
busquen una visión más completa, y tal vez más exacta desde el punto de vista
histórico, de la vida y obra del astrónomo.
* *
* *
La
biografía por excelencia es Nicolaus Copernicus de Ludwig Prowe (2 volúmenes,
Berlin, 1883—1884), aunque, según creo, no ha sido traducida al inglés.
Copernicus, Founder of Modern Astronomy (Londres, 1938) y Sun, Stand Thou Still
(Londres, 1947), ambos de Angus Armitage, son dos breves pero encantadores
relatos de la vida y obra de Copérnico. Nicolaus Copernicus, del profesor Fred
Hoyle (Londres, 1973), presenta una explicación más técnica de la teoría
heliocéntrica, aunque muy interesante y de lectura amena. Sin embargo, las dos
obras en las que me he basado fundamentalmente han sido The Copernican
Revolution de Thomas 5. Kuhn (Harvard) y The Sleepwalkers: A History of Man's
Changing Vision of the Universe (Londres). A estos dos libros maravillosos, inteligentes
y fascinantes debo mucho más de lo que un simple agradecimiento puede pagar.
* *
* *
También
estoy agradecido, por el esclarecimiento de la historia y el pensamiento de la
época, a F. L Carsten, cuyo The Origins of Prussia (Oxford, 1954) constituyó
una gran ayuda para mis investigaciones; a Frances A. Yates, quien en Giordano
Bruno and the Hermetic Tradition (Londres, 1964) reveló las influencias del
misticismo hermético y el neoplatonismo sobre Copérnico y sus contemporáneos; a
W. P. D. Wightman, por Science in a Renaissance Society (Londres, 1972), y a M.
E. Mallett, por The Borgia’s (Londres, 1969).
* *
* *
Sin
embargo, debo señalar que me hago responsable de cualquier error histórico,
voluntario o no, y de todas las interpretaciones cuestionables de este libro,
que de ningún modo deberán imputarse a las fuentes antes citadas.
* *
* *
Además
de los numerosos extractos de los escritos del propio Copérnico incorporados a
mi libro, y que no creo necesario identificar, he citado párrafos de seis
fuentes diferentes, tal como señalo en las notas que se incluyen más adelante.
* *
* *
También
quiero agradecer a las siguientes personas su colaboración y estímulo: David
Farrer, Dermot Keogh, Terence Killeen, Seamus McGonagle, Douglas Sealy, Maurice
P. Sweeney y el personal de la Biblioteca de Trinity College de Dublín. La
última palabra de agradecimiento debo dedicarla a mi esposa, Janet, por su
paciencia y aliento, además de su crítica certera.
Capítulo
1
Orbitas
lumen
Debes
volver a convertirte
en
un hombre ignorante
y
ver el sol con ojos inocentes,
verlo
a la luz de su propia idea
Al
principio no tenía nombre. Era el objeto mismo, algo vivo, y era su amigo. En
los días de viento, danzaba, enloquecido, agitaba sus brazos con vehemencia; o
en el silencio de la tarde se adormecía y soñaba mientras se balanceaba en el
aire azul y dorado. Ni siquiera se iba por las noches; arropado en la cama, él
podía oír sus tenebrosos movimientos, afuera, en la oscuridad durante toda la
noche. Había otros, más cerca de él y todavía más vivos, que iban y venían,
hablando; pero le eran totalmente familiares, casi como si formaran parte de sí
mismo, mientras que éste, inmutable y lejano, pertenecía al misterioso
exterior, al viento, al tiempo y al aire azul y dorado. Formaba parte del
mundo, pero aun así era amigo suyo.
* *
* *
¡Mira,
Nicolás!, ¡qué árbol tan grande! Árbol, así se llamaba, y también (tilo). Eran
palabras bonitas y él las conocía desde mucho antes de saber qué significaban.
Por sí mismas no tenían sentido, ellas solas no eran nada, sólo nombraban aquel
objeto que volaba y danzaba allí afuera. Con el viento, en el silencio, por la
noche, en medio del aire caprichoso, aquel objeto cambiaba; y sin embargo era
el árbol inmutable, el árbol de tilo. Era extraño.
* *
* *
Cada
cosa tenía un nombre, pero a pesar de que los nombres no eran nada sin aquello
que definían, a las cosas no les importaba su nombre, no lo necesitaban, se
limitaban a ser ellas mismas. Y luego estaban las palabras que significaban
algo inmaterial, no como árbol y tilo que describían a aquel oscuro bailarín.
Su madre le preguntaba a quién quería más, y el amor no bailaba, no golpeaba
las ventanas con dedos furiosos y no tenía brazos llenos de hojas para sacudir,
pero, sin embargo, cuando ella mencionaba esa palabra que no designaba nada, en
el fondo de su alma una cosa indefinible pero real respondía como si la
convocaran, como si alguien la hubiese llamado por su nombre. Era muy extraño.
* *
* *
Pronto
olvidó esas cuestiones enigmáticas y aprendió a hablar como los demás, con
convicción, sin detenerse a pensar. El cielo es azul, el sol es dorado, el
árbol de tilo es verde. El día es la luz, luego acaba, cae la noche y entonces
es oscuro. Uno se duerme y por la mañana se despierta otra vez, pero llegará el
día en que no vuelva a despertar; eso es la muerte. La muerte es triste, la
tristeza es lo contrario de la felicidad y así sucesivamente. Al fin y al cabo,
¡qué simple era todo! Ni siquiera había necesidad de pensar, sólo tenía que
limitarse a ser y la vida haría el resto, haría que un día siguiera al otro
hasta que no quedaran más días para él, entonces lo mandaría al cielo y allí se
convertiría en un ángel. El infierno estaba debajo del suelo.
* *
* *
Mateos,
Marcos, Lucas y Juan, bendecid la cama donde duermo y si muero antes de
despertar, pedidle a Dios que se lleve mi alma. A la luz de la vela espiaba a
su madre arrodillada junto a él por encima de las manos unidas en actitud de
rezo. Bajo la brillante mata de cabello recogido, su rostro estaba pálido y
hermoso, como la cara de la Virgen en el cuadro. Tenía los ojos cerrados y sus
labios se movían y pronunciaban para si las piadosas frases que él recitaba en
voz alta. Cuando tropezaba con palabras difíciles, ella lo ayudaba dulcemente,
con una voz tierna y maravillosa. Le dijo que la quería más que a nadie, y ella
lo acunó en sus brazos y le cantó una canción.
* *
* *
Margery
Daw sube y baja, este pequeño polluelo se perdió entre la paja.
* *
* *
Le
gustaba estar despierto en la cama, escuchar los ruidos furtivos de la noche a
su alrededor, los crujidos, gemidos y súbitos estallidos ahogados que a él le
parecían la voz de la casa que se lamentaba bajo el peso de la enorme oscuridad
del exterior y, con sigilo, intentaba cambiar de posición o estirar los
doloridos huesos de su espalda. El viento cantaba en la chimenea, la lluvia
tamborileaba en el techo y el tilo hacía palmas palmitas, clap, clap, clap. Él
estaba abrigado y en la habitación de abajo su padre y su madre hablaban, se
contaban las cosas que habían sucedido aquel día en el mundo exterior. ¿Cómo
podían estar tranquilos y hablar con tanta suavidad, cuando sin duda tenían
tantas historias maravillosas que relatarse? Sus voces eran similares a la del
sueño, que lo llamaba para llevarlo con él. Había otras voces, de campanas
sombrías que daban la hora, de perros que ladraban a lo lejos, y también la del
río, aunque ella más que una voz era un fluir sombrío y poderoso, algo
alarmante, que se precipitaba en la oscuridad y se sentía en lugar de oírse.
Todas lo llamaban, lo llamaban a dormir, y él se dormía.
* *
* *
Pero
a veces Andreas hacia ruidos raros desde la cama del rincón y lo despertaba.
Andreas era su hermano mayor y tenía pesadillas. Los niños jugaban juntos, al
escondite, a los pasos gigantes y a otros juegos que no tenían nombre.
Katharina, que era mayor que Andreas, pronto comenzó a despreciar aquellas
tonterías infantiles. Andreas también se cansó de los juegos, vivía en su
propio mundo, silencioso y lleno de preocupaciones, del que casi nunca salía, y
cuando lo hacía, era sólo para abalanzarse sobre ellos, golpearlos y
pellizcarlos, antes de volver a desaparecer con la misma rapidez con que había
llegado. Sólo Bárbara, a pesar de ser la mayor de los cuatro, se alegraba de
tener una excusa para abandonar su desgarbada altura y perseguir a su hermano
pequeño a gatas por el suelo y debajo de las mesas, mientras sonreía y gruñía
como un alegre galgo, con su hocico, sus patas y su pelaje enmarañado. En
realidad era a Bárbara a quien quería más, aunque no se lo había dicho a nadie,
ni siquiera a ella. Bárbara iba a ser monja y le hablaba de Dios, que
curiosamente se le parecía mucho, pues era una persona amistosa, adorable y
triste que solía perder o tirar los objetos. Había sido Él, mientras intentaba
sostener tantas cosas a la vez, quien había soltado a su madre y la había
dejado caer de su tierno abrazo.
* *
* *
Aquél
había sido un día horrible. La casa estaba llena de viejas y del espantoso
sonido del llanto. La cara de su padre, siempre tan severa e inexpresiva,
estaba impúdicamente desnuda, rosada, sombría y brillosa. Incluso Katharina y
Andreas eran amables entre sí, iban de una habitación a otra despacio y,
siguiendo el ejemplo de los mayores, saludaban con pequeños movimientos de
cabeza, entrelazaban las manos y hablaban con voz suave, en tono formal y
ceremonioso.
* *
* *
Todo
era muy alarmante, su madre estaba tendida sobre la cama y tenía las mandíbulas
atadas con un trapo blanco. Estaba total, absolutamente inmóvil y en esta
inmovilidad total y absoluta parecía haber llegado por fin a la definición
verdadera y concluyente de lo que era, ella misma, su propio y claro yo. Todo
lo que la rodeaba, incluyendo las criaturas humanas que iban y venían, parecía
difuso e incompleto comparado con su presencia contundente. Y a pesar de todo
estaba muerta, ya no era su madre, que, según le habían dicho, estaba en el
cielo. Pero entonces, ¿qué era aquello que seguía allí?
* *
* *
Se
la llevaron y la enterraron, así que con el tiempo olvidó qué era lo que lo
había intrigado tanto. A partir de entonces su padre cobró mucha importancia en
su vida. Tras la muerte de su esposa había cambiado, o más bien el cambio que
su ausencia había provocado en la vida cotidiana lo había dejado perdido en un
mundo viejo y destrozado, así que se ocupaba con torpeza de las nuevas
preocupaciones de la familia como un fantasma en cierto modo cómico, pero
también siniestro y exasperante. Los demás niños le rehuían. Sólo Nicolás
apreciaba su compañía y seguía el rastro del largo hilo de silencio que su
padre dejaba tras él en sus vacilantes paseos por la casa. Pasaban muchas horas
juntos sin decir nada, como si ambos ignoraran la presencia del otro, sumidos
en el bálsamo de la soledad compartida. Pero sólo se encontraban bien juntos
hundidos en aquel manantial de silencio, pues en cualquier otro de sus
inevitables contactos, se comportaban como extraños.
* *
* *
A
pesar del fracaso y del dolor de sus encuentros públicos, su padre se aferraba,
obstinado, al sueño de una sana comunicación hombre a hombre con su hijo, algo
que la ciudad de Torun reconocería y aprobaría. Le explicó el significado del
dinero; era algo más que monedas, mucho más. Las monedas, ya ves, son para los
pobres, los tontos o los niños pequeños. Son sólo una especie de doble del
dinero real, pero el verdadero dinero no se puede ver, ni tocar, ni tintinea.
Cuando
yo hago negocios con otros comerciantes, no necesito esos estúpidos trocitos de
metal y mi cartera puede estar llena o vacía, da igual. Yo doy mi palabra y eso
es suficiente, porque mi palabra es dinero, ¿lo entiendes? No lo entendía y se
miraron con impotencia, en silencio, frustrados e inexplicablemente
avergonzados.
* *
* *
A
pesar de todo, una vez por semana salían de la enorme casa de la calle Santa
Ana a demostrar al mundo la firme y perdurable relación entre el mercader y su
heredero. El chico interpretaba su papel lo mejor que podía, andaba despacio y
serio por las calles estrechas, con las manos entrelazadas en la espalda,
mientras por dentro se retorcía en una agonía de vergüenza y timidez. Su padre,
con ropas de luto, sombrero negro y un bastón muy decorado en la mano, era sólo
una caricatura grotesca del enérgico hombre de negocios que creía ser. Los
saludos locuaces —Grito Gott, Mein Herr!, bonito día, ¿qué tal los negocios?—,
que dedicaba a conocidos y desconocidos por igual con voz resonante e
indiscreta, caían en saco roto sobre las calles, con un sonido sordo y horrible.
Cuando se detenía a hablar con alguien, su lenguaje ampuloso y su irritante
jovialidad hacían que el chico apretara los dientes y hundiera un talón
despacio, muy despacio, en el suelo.
* *
* *
—Y
éste es Nicolás, es el más pequeño, pero ya tiene olfato para los negocios,
¿verdad que lo tienes?, ¿qué dices a eso, pequeño bribón? Él no decía nada,
sólo esbozaba una ligera sonrisa y se volvía en busca del consuelo de los
álamos, los enormes rayos de luz acerada sobre el río y las nubes de bronce en
el alto cielo azul.
Caminaban
a lo largo del muelle, donde el alma temerosa de Nicolas salía de su escondite,
atraída por el alboroto de los hombres y de los barcos, tan distinto de los
parloteos anodinos de las calles.
* *
* *
Aquél
no era un mundo de palabras inútiles, sino de gloriosa algarabía y caos; el
estrépito de los grandes barriles negros al rodar, el roce de las sogas de los
montacargas, los cantos y las maldiciones de os corpulentos estibadores
descalzos mientras iban y venían con sus cargas por las pasarelas de
desembarco. El chico se quedaba extasiado, presa del pánico y de una feroz
alegría, pues en medio de toda aquella precipitación e inmensidad, tenía la
espantosa visión de una aniquilación deslumbrante e irresistible.
* *
* *
A su
padre también lo ponían nervioso el río y los muelles atestados de gente, así
que apresuraba el paso en silencio, con la cabeza gacha y los hombros caídos,
como si buscara protección. La casa de Koppernigk e Hijos se encontraba a un
lado del desembarcadero y contemplaba con obvia satisfacción el frenético ir y
venir del comercio bajo sus ventanas; ante aquella mirada pétrea, incluso el
turbulento Vístula corría y se alejaba sumiso. En las oficinas polvorientas,
las frías y oscuras cavernas de los almacenes, su padre volvía a ponerse la
estereotipada máscara de hombre respetable, mientras el chico miraba todo
fascinado y atónito, aunque por dentro comenzaba a sentir una vez más un dolor
familiar, mezcla de desprecio y compasión.
* *
* *
A
pesar de todo, durante las visitas a la fábrica sentía un secreto placer;
alguna necesidad oculta encontraba su satisfacción en ese pequeño mundo seguro
y hermético. Vagaba como en sueños por aquella madriguera de oficinas
miserables, respiraba los olores indefinidos del polvo y la tinta y espiaba a
los viejos canosos, polvorientos y entintados, agazapados con sus plumas sobre
libros enormes. Gráciles y temblorosas cuchillas de luz herían el aire mientras
el estruendo de los muelles hacía vibrar las ventanas, pero nada podía hacer
tambalear los firmes pilares idénticos del debe y el haber que sostenían la
casa.
* *
* *
Allí
había armonía; en la abrigada y dorada penumbra de los almacenes, sus sentidos
vacilaban, abrumados por colores, texturas y olores; del coñac y del vodka que
dormía en los barriles, de cera y alquitrán, de los toneles de arenques
envasados, de madera, maíz y especias orientales. En sus harapientas envolturas
de tela de saco y cuerdas viejas, las planchas de cobre pulido brillaban con
una oscura llama marrón y la palabra felicidad tenía el mismo color del cobre.
* *
* *
El
nombre de la familia provenía justamente de ese metal, según decía su padre, y
no, como algunos tenían la desfachatez de sugerir, de koper, que en polaco
significa (hinojo). ¡Nada menos que hinojo!
* *
* *
Nunca
olvides que el nuestro es un linaje distinguido, mercaderes, magistrados y
ministros de la Santa Iglesia, ¡todos nobles! Sí, papá. Los Koppernigk eran
originarios de la Alta Silesia, desde donde un tal Nildas Koppernigk, de
profesión albañil, se había trasladado a Cracovia en 1396 y había adquirido la
nacionalidad polaca. Su hijo, Johannes, había sido el fundador del comercio que
al final de la década de 1450 el padre de Nicolás había trasladado a Torun en
la Prusia Real. Allí, entre las antiguas familias de colonos alemanes, los
Koppernigk trabajaron con dureza y diligencia para liberarse de Polonia y de
todo lo que pareciera polaco. No tuvieron demasiado éxito, el alemán de los
niños aún tenía un deje sureño que, como si se tratara de un leve aliento a
coles hervidas, había preocupado muchísimo a su madre durante su corta y
desgraciada vida. Ella era una Waczelrodt, que, si bien eran silesios como los
Koppernigk
—su
nombre procedía de la aldea de Weizenrodau cercana a Schweidnitz—, venían de
una familia bastante distinta— Entre ellos no había habido albañiles, por
supuesto que no. Había habido algún Waczelrodt entre los regidores y consejeros
de Munsterburg en el siglo trece, y más tarde en Breslau. A finales del siglo
habían llegado a Torun donde en poco tiempo se habían convertido en una familia
influyente y habían formado parte del gobierno de la Vieja Ciudad. El abuelo
materno de Nicolas había sido un hombre rico, con propiedades en la ciudad e
importantes bienes en Kulm. Los Waczelrodt estaban emparentados por matrimonio
con los Peckau de Magdeburg y los von Alíen de Torun. Por supuesto, también se
habían emparentado con los Koppernigk, de Cracovia, pero ésa no era una
relación de la que debieran enorgullecerse, tal como la tía Christina
Waczelrodt, una dama noble y formidable, solía señalar.
* *
* *
—Recuerda
—le decía su madre—, tú eres un Waczelrodt tanto como un Koppernigk. Tu tío
será obispo un día. ¡Recuérdalo! Padre e hijo volvían de sus salidas cansados y
de malhumor y se separaban pronto, sin mirarse a la cara; el padre a rumiar en
soledad su decepción y su incomprensible sentimiento de vergüenza el hijo a
soportar el tormento de las provocaciones de Andreas.
* *
* *
—¿Qué
tal han ido hoy los negocios, hermano, eh?
Andreas,
como hijo mayor, era el legítimo heredero, aunque esa idea había provocado en
su padre un desacostumbrado estallido de carcajadas.
—¿Ese
vago? Ah, no, que ingrese en la Iglesia, donde su tío Lucas podrá conseguirle
una suculenta prebenda.
Andreas
se había mordisqueado los nudillos y se había marchado de allí. Andreas odiaba
a su hermano. Su odio era una especie de angustia y a veces Nicolás tenía la
impresión de que podía escucharlo; era como un gemido agudo y ensordecedor.
—Vienen los turcos, hermanito, ya han invadido el sur. —Nicolás se ponía pálido
y Andreas sonreía.— Es verdad, ¿sabes?, créeme. ¿Tienes jalan a su miedo? Nadie
detendrá a los turcos. Dicen que empalan prisioneros con un palo largo y
puntiagudo y los atraviesan justo por el culo. ¡Así!, ¡toma! Iban y volvían
juntos del colegio a pie. Andreas permanecía deliberadamente indiferente a la
modesta presencia de Nicolás, que caminaba a su lado. Silbaba con los dientes
apretados, miraba al cielo, detenía el paso para contemplar algo fascinante que
flotaba en una alcantarilla o lo apuraba para cojear, burlón, detrás de algún
lisiado desprevenido, de modo que, por más que Nicolás intentara prever
aquellas súbitas pausas o avances, al final se veía forzado a bailar con la
estúpida sonrisa artificial de una marioneta, movido por los hilos invisibles
de su caprichoso amo. Y cuanto más intentaba salir del miedo, más feroz se
volvía el desprecio de Andreas.
* *
* *
—¡Rastrero!,
¡no te arrastres detrás de mi todo el tiempo! Andreas era guapo, muy alto y
delgado, moreno, remilgado, frío. Corriera o caminara, se movía con una gracia
lánguida e indiferente, pero era en reposo cuando se lo veía más encantador: al
pie de la ventana, sumido en un sueño melancólico, su rostro delgado y pálido,
erguido hacia la luz, era como un jarrón perfecto o como una concha fuera del
mar, algo frágil y exquisito. Cuando le hablaban, tenía la costumbre de fruncir
el entrecejo y volver la cabeza; entonces, en aquella pose, parecía que su
belleza se debía a la angustia indeleble que habitaba en su interior. En las
hediondas clases y corredores del colegio San Juan se movía con torpeza, como
una criatura vulnerable y etérea que hubiera caído en un sitio extraño. Los
profesores le gritaban y lo azotaban; sus corazones insensibles se enfurecían
ante aquel niño enigmático que no aprendía nada y que luego volvería a casa
para soportar en silencio con la cara vuelta hacia otro lado, los insultos de un
padre decepcionado.
* *
* *
La
alegría lo atacaba como una enfermedad súbita y lo hacía aullar como un loco
por toda la casa, mientras movía sus largos brazos y piernas de modo salvaje.
Aquellos frenéticos arranques de júbilo eran raros y breves y solían acabar de
repente con algo hecho añicos, un juguete, una baldosa o el cristal de una
ventana. Entonces los demás niños se escondían asustados y se acababa el
alboroto.
* *
* *
Elegía
como amigos a los chicos más vulgares y brutos de San Juan y cada tarde se
reunía con ellos a la salida del colegio para organizar peleas, concursos de
pedos y otras diversiones por el estilo. Nicolas se sentía aterrorizado por
aquella pandilla fastidiosa y maligna.
Nepomuk
Muller le sacó la gorra y la agitó en lo alto como un premio.
—¡Aquí,
Nepomuk, tírala aquí!
—¡A
mí, Muller, a mí!
* *
* *
El
disco oscuro volaba de aquí para allí bajo la intensa luz del sol y daba la
impresión de que se mantenía en alto gracias a los aullidos salvajes de los
niños. Una familiar sensación de tristeza embargó el alma de Nicolás, ¡si al
menos pudiera enfadarse! La rabia lo hubiese hecho participar en el juego,
donde incluso el papel de víctima hubiese sido preferible a aquella desdeñosa
indiferencia. Esperó, malhumorado y en silencio, fuera del círculo de niños
vocingleros, mientras hacía dibujos en el suelo con la punta del zapato.
* *
* *
La
gorra pasó cerca de Andreas y éste la cazó en el aire, pero en lugar de tirarla
de vuelta en el acto, hizo una pausa e intentó, como siempre, dar un toque de
gracia al juego. Los demás se quejaron:
—¡Venga,
Andy, tírala!
Se
volvió hacia Nicolás y esbozó su típica sonrisa, comenzó a medir la distancia
que los separaba, hizo amagos de tirar como para embocar una anilla y apuntó
con cuidado.
—¡Mirad
cómo se la planto en el coco! Pero al encontrarse con la mirada de Nicolás,
volvió a dudar, frunció el entrecejo y, con una mirada de soslayo hostil y
desafiante a sus compañeros, dio un paso al frente y le ofreció la gorra a su
hermano.
—Toma
—murmuró—, aquí la tienes. —Pero Nicolás miró para otro lado; podía
entendérselas con su crueldad, pues era predecible. La cara de Andreas
enrojeció.— ¡Coge tu maldita gorra, pequeño mocoso!
* *
* *
Caminaron
despacio rumbo a casa, sumidos en un silencio incómodo. Nicolás suspiraba y
sudaba, enfurecido e impotente ante la reacción de Andreas, que a veces era tan
imprevisiblemente adulto y otras veces tan infantil. Ese asunto de la gorra
había sido ridículo. ¡No puedes pretender que te entienda, a pesar de que lo
hago! No sabía muy bien qué había querido decir, pero tal vez el asunto de la
gorra no hubiera sido tan estúpido. ¡Era desesperante! Había momentos, como
aquél, en que la mezcolanza de sentimientos por Andreas cobraba el alarmante
aspecto del odio.
* *
* *
Ya
no iban hacia casa y Nicolás vaciló.
—¿Adónde
vamos?
—No
te importa.
Pero
él sabía bien adónde iban, su padre les había prohibido pasar más allá de
aquellos muros. Allí estaba la Ciudad Nueva, un laberinto de bóvedas y
callejuelas humeantes, llenas del hedor espeso y rancio de la humanidad. Era el
mundo de los pobres, los leprosos y los judíos, los renegados. Nicolás temía
aquel mundo, se le ponía la piel de gallina con sólo pensar en él. Cuando había
ido allí arrastrado por Andreas, que se deleitaba en la contemplación de
aquellas vidas miserables, la sordidez lo había invadido con oleadas
asfixiantes y nauseabundas, y había tenido la impresión de que se hundía en
ella.
—¿Adónde
vamos? ¡No podemos ir allí! Ya sabes que lo tenemos prohibido, Andreas. Pero
Andreas no le respondió y bajó la colina solo, silbando, hacia la entrada y el
puente levadizo, y poco a poco la distancia lo convirtió en algo tan diminuto
como un cangrejo. Nicolás, abandonado, se echó a llorar.
* *
* *
Se
volvían los pensamientos de Nicolás, como si su mente, horrorizada por ese
bicho que roía allí dentro, trepara cada vez más alto, hacia niveles cada vez
más remotos, en busca de aire fresco. La muerte de su madre lo había intrigado
y la había visto como un accidente desproporcionado con respecto al pequeño
fallo de la máquina que la había causado, pero esta muerte era diferente. Ahora
era obvio que el desperfecto de la máquina era irreversible; para él la vida se
había equivocado de lleno y nada de lo que pudieran decirle podía explicarlo,
ninguna de las palabras que le habían enseñado podía nombrar el motivo. Hasta
el Dios de Bárbara se hizo a un lado, conmovido y silencioso.
* *
* *
La
habitación estaba tranquila, extrañamente silenciosa. Una mosca zumbaba y daba
pequeños golpes contra los cristales romboidales de la ventana. En el suelo, un
libro caído se cerraba despacio, de forma misteriosa, página a página. El ojo
ávido y brillante de un espejo, que reflejaba el dorado resplandor del sol
desde la pared de enfrente, contenía otra habitación en miniatura y otra puerta
donde flotaba una cara pequeña y asustada, con la boca abierta de asombro ante
la imagen de aquella impresionada criatura que se desvanecía como una pestaña
perdida en el marco del espejo. ¡Mirad!, de puntillas, Columpiándose junto al
cristal y suspendido de unos hilos invisibles colgaba un títere increíblemente
grande y completamente negro, que apretaba las garras sobre su corazón,
mientras su cara hinchada se contraía en una mueca de espantoso dolor.
Y
aquí viene el verdugo a cortarle la cabeza.
Se
desplomó, como un saco de patatas, y dio la impresión de que la habitación
entera se desmoronaba con él.
«Niños,
vuestro padre ha muerto de un ataque al corazón.» Los ecos de aquel colapso
siguieron, mudos pero tangibles, y la casa, herida y en carne viva por las
lágrimas derramadas, parecía vibrar por el enorme dolor. La pena cobró la forma
de un roedor gris y regordete que habitaba en su corazón.
* *
* *
El
tío Lucas, canónigo Waczelrodt, vino a toda prisa desde Frauenburg a Ermland
tras recibir la noticia de la muerte de su cuñado. Los asuntos del Capítulo de
los canónigos de la catedral de Frauenburg estaban embarullados como siempre y
no era un buen momento para que un hombre con la vista puesta en el obispado se
ausentara.
El
canónigo Lucas estaba muy disgustado aunque, de todos modos, su vida se
desarrollaba en un permanente estado de intenso disgusto. Los estragos de la
interminable lucha entre sus intenciones y un mundo hostil estaban escritos en
el mapa gris de las venas de su rostro; y sus pequeños ojos, fríos y caídos
sobre una nariz gruesa como la cabeza de un martillo, eran los de un delgado
centinela que se ocultaba detrás de la voluminosa coraza de sus carnes. No
aceptaba las cosas tal cual eran, aunque por suerte para las cosas, tampoco
había tomado una decisión final acerca de cómo debían ser. Se comentaba que
nunca nadie le había visto reír.
* *
* *
Su
llegada fue como el retumbar de un gong de bronce que señaló el comienzo de un
nuevo orden en la vida de los niños. Recorrió la casa en busca de
discrepancias, mientras los cuatro niños corrían detrás, agitados, como un
tropel de ratones asustados. Nicolás se sentía hipnotizado por aquel hombre
duro, de una fealdad fascinante, arrogante y mandón, cuya capa cortaba el aire
tras él sin piedad, tal como Nicolás lo había visto una vez en el estrado del
ayuntamiento hacer añicos los argumentos de sus quejumbrosos demandantes.
Dentro del extraño, incomprensible y a menudo cruel mundo de los adultos, el
tío Lucas era el más adulto de todos.
—En
su testamento vuestro padre me deja a cargo de sus hijos, o sea vosotros. No es
una responsabilidad que me agrade, pero es mi deber satisfacer sus deseos.
Hablaré con cada uno de vosotros por turno; mientras tanto, esperad aquí.
Se
metió dentro del despacho y cerró la puerta tras él. Los niños esperaron en el
vestíbulo polvoriento, sentados en un banco, mientras se mordían las uñas y
suspiraban. Bárbara comenzó a llorar en voz baja y Andreas, con la cara
cubierta de sudor como siempre que se ponía nervioso, golpeaba los zapatos en
el suelo al ritmo de sus atormentados pensamientos. Katharina provocaba a
Nicolás:
—Te
mandarán fuera, ¿sabes? —murmuró—. Si, muy, muy lejos, a un lugar donde no
estará Bárbara para protegerte. Muy, muy lejos.
Ella
sonrió y Nicolás apretó los labios con fuerza; no le daría el gusto de llorar.
El tiempo pasaba lentamente, escuchaban con atención los leves sonidos que
llegaban del interior del despacho; el roce de los papeles, el chirrido de una
pluma y en tina ocasión un fuerte gruñido que les pareció una exclamación de
asombro. Andreas les dijo que no pensaba quedarse más tiempo allí sin hacer
nada y se puso de pie, pero se volvió a sentar de inmediato cuando la puerta se
abrió de repente y apareció el tío Lucas. Los miró con el entrecejo fruncido,
como si se preguntara dónde los había visto antes, luego meneó la cabeza y se
encerró otra vez. La ráfaga de viento que había dejado al salir se desvaneció.
* *
* *
Por
fin los llamaron. Andreas entró primero, tras detenerse en la puerta para
secarse las manos sudorosas en la túnica y ensayar una expresión congraciadora.
Salió poco después, de mal humor, y le hizo un gesto a Nicolás con el dedo
pulgar.
—Te
toca.
—Pero,
¿qué te ha dicho?
—Nada.
Nos mandarán fuera.
—Ah...
Nicolás
entró y la puerta se cerró con estrépito tras él, como si una boca se lo
tragara. El tío Lucas estaba sentado junto a la ventana, con los papeles de la
familia desplegados sobre la gran mesa del despacho. Nicolás pensó que parecía
tina rana enorme e implacable. Una de las hojas de la ventana estaba abierta y
dejaba ver las nubes blancas y la tenue luz dorada de la tarde de verano.
—Siéntate,
niño. La mesa estaba encima de una plataforma y desde la banqueta baja donde se
sentaba Nicolás, sólo se veían la cabeza y los hombros del tío, que se alzaba
sobre él como un busto de piedra. Nicolás estaba asustado y no podía evitar que
le temblaran las rodillas. La voz que le hablaba era un ruido sordo y
estruendoso que no se dirigía tanto a él como a una idea en la mente de tío
Lucas, llamada vagamente «niño», «sobrino» o « responsabilidad »; y Nicolás
podía entender el significado de las palabras, pero no lo que realmente quería
decir con ellas. Era como si su tío desarticulara su vida y la volviera a
armar, de forma irreconocible, con sus propias manos. Miró fijamente hacia
arriba a través de la ventana y una parte de sise separó y flotó libre en el
aíre azul y dorado. Wloclawek. Era el sonido de un ser vivo al que estaban
despedazando...
* *
* *
La
entrevista había concluido; sin embargo, Nicolás seguía allí sentado, con las
manos sobre las rodillas, tembloroso pero resuelto. El tío Lucas le dirigió una
mirada hostil desde la mesa.
—¿Bien?
—Por
favor, señor, yo debo ser comerciante, como mi padre.
¿Qué
dices, chico? Habla más alto.
—Papá
me dijo que algún día yo sería dueño de las oficinas, los almacenes y los
barcos; que Andreas entraría en la Iglesia porque usted encontraría un sitio
para él, pero que yo me quedaría aquí en Torun a atender el negocio, lo dijo
papá.
Ya
ve —dijo débilmente—, la verdad es que no quiero irme de aquí.
El
tío Lucas parpadeó.
—¿Cuántos
años tienes, chico?
—Diez,
señor.
—Debes
terminar tus estudios.
—Pero
ya voy al colegio San Juan.
—Sí,
sí, pero lo dejarás. ¿Es que no me has escuchado? Iréis al colegio de la
catedral de Wloclawek, tanto tú como tu hermano, y luego a la universidad de
Cracovia, donde estudiaréis derecho canónico. Luego ingresarás en la Iglesia.
No te pido que entiendas, sólo que obedezcas.
—Pero,
con todo respeto, yo quiero quedarme aquí. Por favor, señor. Se hizo un
silencio. Tío Lucas dirigió al niño una mirada inexpresiva, luego su enorme
cabeza se volvió hacia la ventana, como si fuera parte de una inmensa máquina
articulada, y suspiró.
—El
negocio de tu padre está en ruinas, Torun está en ruinas, y el comercio se ha
trasladado a Danzig. Eligió bien el momento de su muerte. Estos papeles, estas
cuentas, por llamarlo de algún modo. ¡Estoy pasmado! Es una vergüenza, ¡tanta
incompetencia! Le debía todo a los Waczelrodt, y así es como nos paga. Se
conservará la casa y quedará una pequeña renta, pero habrá que vender todo lo
demás. Ya te lo he dicho, niño, no espero que comprendas, sino que obedezcas.
Ahora puedes retirarte.
Katharina
lo esperaba en el pasillo.
—Te
lo dije: muy, muy lejos. Cayó la tarde, él no podía dormir y le dolía la cara
de intentar contener las lágrimas. Anna, la cocinera, le dio pasteles y leche
caliente en la cocina. Él se sentó en su lugar favorito, debajo de la mesa. Los
últimos rayos del sol brillaban a través de la ventana sobre los cazos de cobre
y los azulejos pulidos. Fuera, las torrecillas de Torun soñaban en medio del
silencio del verano; mirara hacia donde mirase, veía una inefable melancolía.
Anna se agachó y espió en su escondite.
—Eh,
amo, serás un buen chico, ¿verdad? Sonrió, dejando al descubierto las raíces
amarillentas de los dientes, y sacudió la cabeza una y otra vez. El sol se
retiró, furtivo, y una nube de color morado se asomó por la ventana.
—¿Sabes
qué es derecho canónico, Anna?
A
Bárbara iban a enviarla al convento cisterciense de Kulm. Nicolás pensó en su
madre. El futuro era un país extranjero y él no quería ir allí.
—Ach
ja, serás un buen chico.
El
día de su partida soplaba el viento y todas las cosas se agitaban y se
agitaban. El tilo lo saludó: ¡Adiós!
Queridísima
hermana:
Lamento
no haber escrito antes. ¿Eres feliz en el convento?, yo aquí no lo soy, pero
tampoco soy demasiado desgraciado. Os echo de menos, a ti, a Katharina y a la
casa. Los Maestros aquí están siempre Enfadados. He aprendido muy bien latín y
puedo hablarlo muy bien. También aprendemos geometría y a mí me gusta mucho.
Hay uno que se llama Wodka, pero se llama a si mismo Abstemio, es muy gracioso.
Hay otro llamado Caspar Sturm que enseña latín y otras cosas. ¿Andreas te
escribe? Yo no lo veo muy a menudo porque va con los chicos mayores. Me siento
muy Solo. Aquí está nevando y hace mucho Frío. Tío Lucas vino a visitarme y no
recordaba mi nombre. Me examinó en latín y me dio un florín y a Andreas no le
dio ningún Florín. Los Profesores le tienen miedo, dicen que pronto va a ser
Obispo de Ermland, pero a mí no me comentó nada de ese asunto. Ahora tengo que
irme a Vísperas— Me gusta la música, ¿y a ti? En mis oraciones pido por ti y
por todos los demás. Para las vacaciones de Navidad vamos a casa, quiero decir
a Torun.
Espero
que estés bien y me escribas pronto, entonces te escribiré otra vez. Tu querido
hermano:
Nic.
Koppernigk
* *
* *
No
era demasiado desgraciado, sólo esperaba. Había sido despojado de las cosas
familiares y aquí todo resultaba extraño. El colegio era una rueda que giraba
entre ruidos y violencia en cuyo centro inmóvil se escondía él, mareado y
asustado, fascinado ante el equilibrio de sus arrogantes compañeros, de
nudillos como rocas y dientes terribles, que conocían todas las reglas, nunca
tambaleaban y lo ignoraban por completo. Incluso cuando aquella rueda reducía
la velocidad y él se atrevía a acercarse al mismísimo borde, sentía que en
Wloclawek sólo vivía la mitad de su vida y que misteriosamente la otra mitad,
la mejor, estaba en cualquier otro sitio. ¿De qué otro modo podría explicar si
no aquel dolor pequeño y débil que sentía siempre en su corazón?
Era
el mismo dolor pulsátil que deja un miembro amputado, como huella de lo que
fue, sobre el vacío que pende del muñón. A las cinco de la mañana se despertaba
en el dormitorio frío, oscuro y quejumbroso, consciente de que en algún otro
sitio, una parte de él disfrutaba con languidez del sueño encantador y profundo
que su duro camastro nunca le permitiría. En aquellos días, ese otro yo se
cruzaba a menudo en su camino, siempre resplandeciente y risueño, y lo
provocaba con la belleza y la gracia de su fantasmagórica existencia. Así
esperaba, y soportaba con toda la paciencia de que era capaz los años malos,
convencido de que algún día sus dos yo divididos se encontrarían en un lugar
mejor, tal como presentía a veces en el clima templado de abril, en los enormes
despliegues de las nubes o en el esplendor etéreo de la Santa Misa.
Por
extraño que pareciera, los rigores de la disciplina y el estudio le resultaban
reconfortantes. Lo sostenían en aquellas ocasiones en que su mente se quedaba
ausente, después de que la banda de gamberros amigos de su hermano lo
vapulearan, cuando lo azotaban por alguna pequeña travesura o cuando los
recuerdos de su casa lo hacían llorar en silencio.
Las
clases comenzaban a las siete en el paraninfo, después de las oraciones
matinales. A esa hora gris no había nada real, a excepción de su disgusto, y no
estaba despierto ni dormido, sino en un estado intermedio cercano a la
alucinación. El parloteo y los crujidos de los zapatos sobre el suelo
reproducían el sonido exacto que, en su imaginación, producían sus fríos huesos
dentro de las entumecidas articulaciones. Las horas pasaban despacio, el sueño
se desvanecía y la mañana se acomodaba para aguantar hasta el mediodía.
Entonces comían y luego tenían lo que llamaban la hora de juegos. Las tardes
eran horribles, el tiempo se demoraba hasta llegar a un punto muerto y la
órbita del día se extendía hacia el vacío en un arco largo, lento y excéntrico.
El griterío estridente de la docena de clases alineadas en la sala retumbaba en
el aire sofocante y pesado, y los profesores bramaban en medio del estruendo
con creciente desesperación. Al caer la noche, todos los aturdidos miembros del
colegio se entregaban sigilosamente al sueño, convencidos de que no podrían
soportar otro día como aquél. Pero un día seguía al otro con mortal
inevitabilidad y se convertían en semanas que sólo se diferenciaban entre sí
por la aburrida pausa del domingo.
* *
* *
Aprendía
con facilidad, tal vez demasiada, y los profesores se sentían agraviados, pues
asimilaba los conocimientos que tanto les había costado adquirir a ellos, con
rapidez y sin el menor esfuerzo. Era como si en lugar de enseñarle, estuvieran
confirmando lo que él sabía. Nicolás se daba cuenta de hasta qué punto se
sentían insultados, así que fingía ser un poco estúpido. Mirando a sus
compañeros aprendió el gesto, bastante natural en ellos, de dejar caer el labio
inferior y poner los ojos vidriosos cuando surgía alguna dificultad en una
lección. Como era de prever, los profesores se volvieron más considerados y con
el tiempo advirtió, aliviado, que comenzaban a ignorarlo.
Pero
algunos no se dejaban engañar con tanta facilidad. Caspar Sturm era un canónigo
del Capítulo de la catedral de Wloclawek, de la cual formaba parte el colegio,
y enseñaba el trivium de lógica, gramática y retórica. Era alto, delgado,
moreno, de aspecto lívido y caminaba por el colegio al acecho, como un lobo,
siempre solo, siempre en actitud de caza. En el pueblo era famoso por sus
mujeres y sus borracheras solitarias. No le temía ni a Dios ni al obispo y
odiaba un montón de cosas. Algunos decían que tiempo atrás había matado a un
hombre y que había entrado en la Iglesia para expiar su culpa, por eso nunca
había tomado las órdenes. También corrían otros rumores, como que era hijo
ilegitimo del rey de Polonia, que había dilapidado una enorme fortuna en el
juego o que dormía con sábanas de seda escarlata. Nicolás los creía todos.
* *
* *
El
colegio entero temía al genio del canónigo Sturm. A veces sus clases eran las
más tranquilas de la sala; los niños se sentaban mudos y sumisos, fascinados
por su mirada gélida y el hipnótico ritmo de su voz; pero otras veces parecían
tumultuosas asambleas, caminaba golpeando los pies y agitaba los brazos,
bramaba, reía o saltaba entre los bancos para azotar, con el látigo que siempre
llevaba consigo, los huidizos hombros de algún bribón. Los demás profesores
miraban disgustados cómo hacia cabriolas o gritaba, pero no decían nada, ni
siquiera cuando sus bufonadas amenazaban con convertir sus clases en un
manicomio. Lo toleraban en reconocimiento a su díscola brillantez, o tal vez
fuera porque también ellos, como los niños, le tenían miedo.
Elegía
a sus favoritos entre los peores del colegio, chicos corpulentos, musculosos y
llenos de granos, que se repantigaban en los bancos, sonreían o soltaban
risotadas, amparándose en la seguridad que les brindaba su padrinazgo. Sturm
los miraba con una especie de afectuoso desdén. Los chicos le divertían; los
abofeteaba o les daba puñetazos sin miramientos, y dejaba al descubierto su
incorregible ignorancia con crueles sarcasmos, haciéndolos tartamudear y
temblar de humillación ante el resto de la clase. A pesar de todo, los chicos
lo querían y le prodigaban una fervorosa lealtad.
A
Nicolás lo miraba con ojos penetrantes y enigmáticos. El chico se ruborizaba y
agachaba la cabeza, pues Caspar Sturm lo observaba de una forma indecente, como
si le levantara la máscara con suavidad y firmeza al mismo tiempo y se
adentrara en el suave y palpitante centro de su alma. Nicolás apretaba los
puños y una gota de sudor le resbalaba hasta el pecho. ¡No debes comprenderme!
El
maestro rara vez se dirigía a él directamente, pero cuando lo hacía, se
producía un silencio tan íntimo y cargado de una familiaridad inexplicable, que
nadie se atrevía a hablar. Entonces el canónigo Sturm daba un paso atrás y
asentía con la cabeza, como si volviera a corroborar una conclusión a la que
había llegado con anterioridad.
Y
aquí está Andreas, hijo primogénito de la familia Koppernigk. Veamos,
tontorrón, ¿qué puedes decirnos de las reglas de Tulo para el arte de la
memoria, eh? Aprendía con facilidad, tal vez demasiada, y los estudios lo
aburrían. Sólo muy de vez en cuando, en medio de la fría y grave música de las
matemáticas, de la solemne cadencia de un verso latino o de la compleja y
brillante lucidez de la lógica que hacia tambalear levemente sus certidumbres,
alcanzaba a vislumbrar los contornos de algo resplandeciente y fascinante,
formado por bloques de aire cristalino, en el claro cielo azul y etéreo.
Entonces, en su corazón, sonaban los acordes metálicos de la dicha perfecta.
—Herr
Sturm, Herr Sturm —gritaba la clase—, ¡Una adivinanza!
—¿Qué?
¿Estamos aquí para aprender o para hacer juegos?
—¡Por
favor, Herr Sturm!
—¡Muy
bien, muy bien! Veamos: En una habitación hay tres hombres, A y B, que tienen
los ojos vendados, y C, que es ciego. Sobre una mesa hay tres sombreros negros
y dos blancos, o sea, cinco sombreros en total. Entra un cuarto individuo, a
quien llamaremos D, pone un sombrero sobre cada una de las cabezas de A, B y C
y esconde los otros dos. Luego D quita la venda de los ojos de A, que por
consiguiente puede ver los sombreros de B y C, pero no el que él mismo tiene
puesto ni los dos que están escondidos. D le pregunta a A si puede decir el
color del sombrero que él mismo, A, tiene puesto. A reflexiona y responde que
no. Ahora D le quita la venda a B, que por consiguiente puede ver los sombreros
de A y C pero no el que él mismo tiene puesto ni los dos que están escondidos.
D le pregunta a B si sabe de qué color es el sombrero que él mismo, B, tiene
puesto.
B
reflexiona, duda, pero por fin contesta que no. Ahora bien, D no puede quitarle
la venda a C, pues éste no lleva ninguna venda ni puede ver ningún sombrero, ni
los blancos ni los negros, ni los que tienen puestos ni los escondidos, porque
es ciego. D le pregunta a C si sabe de qué color es el sombrero que él mismo,
C, tiene puesto. C reflexiona, sonríe y contesta que sí. Bien, señores —dijo el
canónigo—, ¿de qué color es el sombrero del hombre ciego y cómo lo supo?
* *
* *
Los
bloques de cristal flotaron en silencio en el aire luminoso y encajaron.
¡Listo! Armonía.
—Bien,
joven Koppernigk, ¿lo has resuelto? Desconcertado, Nicolás bajó la cabeza y
comenzó a escribir febrilmente en su pizarra. Estaba acalorado, sudoroso y
temía que su cara pudiera traicionarlo, pero a pesar de todo se sentía
ridículamente satisfecho consigo mismo y tuvo que concentrarse con fuerza en la
idea de la muerte para no sonreír.
—Venga,
hombre — murmuró el canónigo—, ¿lo tienes?
—Todavía
no, señor. Estoy en ello.
—Ah,
estás en ello.
Caspar
Sturm dio un paso atrás y asintió con un breve movimiento de cabeza. También
estaba el canónigo Wodka. Nicolás caminaba con él junto al río Vístula, el
mismo que bañaba en vano el inolvidable pantano de Torun, o al menos el nombre
era el mismo aunque el nombre no significaba nada. Aquí el río era joven, un
rápido y brillante arroyuelo, mientras que allí llegaba viejo y cansado. Sin
embargo, estaba aquí y allí al mismo tiempo, su juventud y vejez no estaban
separadas por los años sino por kilómetros. Nicolás murmuró en voz alta el
nombre del río y sintió que en aquella palabra se desmoronaban los conceptos
del espacio y del tiempo.
—Tienes
alma de religioso, Nicolás —rió el canónigo Wodka. Era cierto, lo que el mundo
daba por sentado para él era fuente de duda y temor, no podía evitarlo. La
sonrisa del canónigo se desvaneció y, preocupado, miró al niño con timidez y
ternura.
—Ten
cuidado con los enigmas, mi joven amigo. Ejercitan la mente, pero no enseñan a
vivir. El canónigo Wodka era un viejo de treinta años de una asombrosa fealdad,
una criatura regordeta y patosa de cabeza esférica, la cara picada de viruela y
una diminuta boca húmeda y roja. Sus manos eran algo fuera de lo común;
marrones y arrugadas como las garras de un murciélago. Sólo sus ojos desolados
y brillantes revelaban el alma tullida y triste que habitaba en su interior.
Para el colegio entero era una curiosa fuente de diversión y a los muchachos
del canónigo Sturm les encantaba seguirlo por los pasillos y burlarse de su
ridícula forma de andar. Hasta su nombre, tan poco apropiado para él ayudaba a
convertirlo en un payaso, papel al que parecía haberse resignado pues no dejaba
de ser una ironía que hubiese elegido el nombre de Abstemio. A veces, cuando lo
llamaban así, se ponía bizco y dejaba caer su enorme cabezota como si estuviera
borracho.
* *
* *
Nicolás
sospechaba que, a pesar de sus quejas, el canónigo encontraba en el simple
pensamiento humorístico el único consuelo que podía permitirse en una vida que
nunca había aprendido a vivir. Enseñaba el quadrivium de aritmética, geometría,
astronomía y teoría de la música. Era muy mal maestro, pues su mente, demasiado
apasionada, carecía de la lógica necesaria para tales asignaturas.
En
medio de una clase de trigonometría, se iba por las ramas y hablaba de la
flecha de Zenón que nunca recorrería las 100 varas que separaban el arco del
blanco, pues primero debía volar 50, antes 25 y aun antes ir 1/2 y de ahí al
infinito, hasta llegar a un punto exasperante.
Pero
cuanto más le costaba alejarse a la flecha, más cerca se sentía Nicolas de su
pobre y ridículo maestro. Se hicieron amigos, con cautela y timidez, con
desconfianza y sobresalto, incapaces de creer en su buena suerte; se hicieron
amigos, e incluso un día, cuando en el solemne silencio de la galería del
órgano de la catedral, el canónigo Wodka puso una de sus arrugadas garras sobre
la pierna de Nicolás, el chico clavó la vista con fijeza en la penumbra bajo el
techo abovedado y comenzó a hablar muy rápido sobre cualquier cosa, como sí no
hubiera ocurrido nada.
* *
* *
En
sus paseos a la orilla del río, el canónigo esbozó la larga y confusa historia
de la cosmología. Al principio se resistía a sembrar nuevas ideas en aquella
mente joven que a su juicio estaba demasiado preocupada por abstracciones, pero
luego la fascinación del tema lo venció, y se dejó llevar y describió con
balbuceos las alturas estelares.
Le
habló del universo en forma de ostra de los egipcios, donde la tierra flotaba
en un recipiente de aguas aciagas bajo una concha viscosa; de las esferas
musicales de los griegos Pitágoras y Herácides; de los padres de la Iglesia,
cuya tierra era un templo rodeado de muros de aire; y de los herejes agnósticos
y su idea de que el mundo era obra de ángeles caídos. Por último le explicó la
teoría de los cielos de Claudio Tolomeo, formulada en Alejandría trece siglos
antes y aún aceptada como válida por toda la humanidad, según la cual la tierra
permanecía inmóvil en el centro mientras el sol y los planetas menores giraban
a su alrededor en su eterna y majestuosa danza. Había tantos nombres, tantas
concepciones, que a Nicolás le daba vueltas la cabeza. El canónigo Wodka lo
miró intranquilo, se llevó los dedos a los labios para silenciarse a sí mismo y
en seguida comenzó a hablar con vehemencia, como si estuviera cumpliendo una
penitencia, de la gloria de Dios, del dogma irrefutable de la Madre Iglesia y
de las maravillas de la ortodoxia.
* *
* *
Pero
Nicolás apenas le escuchaba, todavía no tenía ninguno de los escrúpulos que
atormentaban a su amigo y el firmamento cantaba para él como una sirena. Allí
fuera todo era absolutamente distinto, nada de lo que él conocía en la tierra
podría igualar la prístina pureza que él imaginaba en los cielos, y cuando
miraba hacia arriba en el azul infinito, más allá de la duda y el terror,
contemplaba una embriagadora, maravillosa y majestuosa alegría.
Entre
los dos hicieron un reloj de sol en la pared trasera de la catedral, y cuando
terminaron, admiraron en silencio aquel objeto simple y hermoso. A medida que
pasaba el día, la sombra avanzaba de forma imperceptible sobre la esfera y
Nicolás se estremecía al pensar que habían doblegado las descomunales fuerzas
del universo en aquella nimia e insignificante tarea.
—Entonces,
después de todo —dijo—, el mundo es sólo una máquina, ¿nada más? El canónigo
Wodka sonrió.
—En
Timeo Platón dice que el universo es una especie de animal, eterno, perfecto y
con vida propia, creado por Dios en forma de esfera, que es la más perfecta e
idónea de todas las figuras. Para explicar el movimiento de los planetas,
Aristóteles postulaba la idea de un mecanismo de cincuenta y cinco esferas
transparentes, cada una de las cuales tocaba e impulsaba a otra, mientras la
totalidad era conducida por el movimiento primario de la órbita de las
estrellas fijas. Pitágoras comparaba el mundo con una enorme lira cuyas cuerdas
eran las órbitas de los planetas y que en distintos momentos hacían sonar una
perfecta escala armónica que los oídos humanos no podían apreciar. Y a todo
esto, a este ser cristalino, eterno y musical, ¿tú le llamas máquina?
—No
quise ser irrespetuoso, sólo busco una forma de entenderlo, de saber en qué
creer —vaciló y sonrió con timidez ante la soberbia de sus propias palabras—.
Herr Wodka, Herr Wodka, ¿usted en qué cree?
—Yo
creo que el mundo está aquí —dijo el canónigo abriendo los brazos—, que existe
y que es inexplicable. Todos esos grandes hombres de los que hemos hablado,
¿sabían acaso si lo que suponían era realidad? ¿Creía Tolomeo en aquella
curiosa imagen de ruedas dentro de otras ruedas que postulaba como la verdadera
forma de movimiento de los planetas? ¿Creemos nosotros en esa teoría, aunque
digamos que es cierta? Porque, como verás, cuando tratas estas cuestiones, la
verdad se convierte en un concepto ambiguo. En nuestros días Nicolás de Cusa ha
dicho que el universo es una esfera infinita que no tiene centro; esto es una
contradictio in adjecto, ya que las nociones de esfera e infinito son
incompatibles. Pero, ¿cuánto más extraño es el universo de Nicolás de Cusa que
los de Tolomeo o Aristóteles? Bien, te dejo a ti la respuesta —sonrió otra vez
con tristeza—. Creo que te producirá mucha angustia. —Y luego, mientras
caminaban por los alrededores de la catedral al anochecer, el canónigo se
detuvo de repente, conmovido, y rozó a Nicolás exaltado y con mano temblorosa—.
Piensa en esto, muchacho, escucha: todas las teorías son sólo nombres, pero el
mundo es algo.
* *
* *
A la
luz del atardecer, en medio de una penumbra creciente, fue como si hubiese
hablado una pitonisa. Los sábados, Caspar Sturm instruía a los alumnos en el
difícil arte de la cetrería en los campos que rodeaban las murallas de la
ciudad. Los halcones, fascinantes y temibles, llenaban el aire luminoso con el
clamor de sus muertes inútiles. Nicolás los contemplaba con una mezcla de
horror y exaltación, asustado por la intensidad de su furia y por su cruel
insistencia que, al mismo tiempo, lo hacían vibrar. Los pájaros caían como
flechas disparadas por un arco, impulsados, al parecer, por una angustia ciega
e inquebrantable que nada podía mitigar. Comparado con su vívida presencia,
todo lo demás era vago e insustancial; los halcones eran seres absolutos y sólo
el canónigo Sturm podía igualar su triste ferocidad. Cuando descansaban se
quedaban quietos como piedras y lo observaban con una mirada fija y
atormentada; incluso cuando volaban, su prisa y la brutal parquedad de sus
movimientos parecían deberse sólo a una cosa, al deseo de regresar a la mayor
velocidad posible a aquellas manos, a aquellas sedosas pihuelas, a aquellos
ojos. Y el maestro, objeto de tal amor y terror, se volvía más delgado, más
duro, más moreno, hasta convertirse en otra persona. Nicolás lo miraba
contemplar a sus criaturas y se sentía turbado, confuso y avergonzado.
—¡Arriba,
señor, arriba! —Una garza chilló y cayó en el vacío. ¡Arriba! Criaturas
monstruosas, similares a los halcones, volaban sobre invisibles postes y cables
sobre el cielo lívido, y a lo lejos había un gran tumulto, gritos y rugidos,
chillidos de agonía o de risa, que le llegaban desde aquella enorme distancia
como un gorjeo tenue y terrible.
Incluso
cuando se despertaba, aterrorizado y empapado en sudor, el sueño no terminaba.
Era como si hubiese caído de cabeza en una abominable y oscura región del
firmamento. Tiró de esa palanca que se levantaba caprichosamente entre sus
piernas, tiró y tiró, para volver al mundo real. Tuvo una ligera impresión de
que se acercaba alguien, una figura tenebrosa en la oscuridad, pero ya no podía
detenerse, era demasiado tarde, así que cerró los ojos con fuerza. Los halcones
venían hacia él, reconocía sus enormes y resplandecientes alas negras, sus
garras arrugadas, y sus talones metálicos, sus crueles picos abiertos que
chillaban sin producir sonidos, y bajo aquel violento ataque se contrajo al
borde del punto culminante. Por un instante todo se detuvo, todo quedó
suspendido en el límite de la oscuridad y en una especie de muerte exquisita,
entonces dobló la espalda como un arco y derramó su simiente sobre las sábanas.
Se
hundió más y más, hacia el fondo, y suspiró. Las bestias habían desaparecido,
ahora su cielo interior estaba vacío y tenía un inmaculado color azul. A pesar
de la culpa, de la suciedad y del olor a sangre, leche y flores marchitas,
sintió una lejana, tenue y misteriosa melodía que estaba en todas partes y en
ninguna al mismo tiempo, una especie de música infinita.
Abrió
los ojos. Bajo la luz de la luna distinguió la cara pálida y delgada de
Andreas, que se alzaba implacable sobre él con una sonrisa siniestra. Ahora se
convirtió en un ser insustancial, un tejido de aire que se agitaba al viento
furioso. Sintió que lo habían despojado de una membrana vital y protectora, le
dolía la piel, la carne, las uñas, la cara, las mismísimas fibras de los ojos,
del anhelo por algo que no podía nombrar, ni siquiera imaginar bien. Cuando
estaba en misa, desde la galería del órgano, espiaba a las mujeres del pueblo
arrodilladas entre la congregación. Eran criaturas irremediablemente corpóreas,
ni siquiera las más jóvenes y atractivas tenían nada que ver con los brillantes
y melodiosos espíritus que aparecían en la oscuridad de sus noches febriles.
Tampoco encontraba alivio en los niños pequeños, llorosos y malolientes que
venían arrastrando sus mantas a través del dormitorio y se ofrecían a sí mismos
a cambio del consuelo de compartir la cama. El buscaba algo más que las
vulgaridades de la carne, algo hecho de luz, aíre y un maravilloso e indeleble
regocijo.
* *
* *
La
nieve que caía alivió la herida que se había producido con sus propias manos.
La tormenta duró tres días en medio de un pavoroso silencio, pero luego, al
cuarto día, el amanecer encontró un mundo transformado. El cambio se producía
en la ausencia de las cosas, la nieve misma no era una presencia, sino más bien
la nada sobre un lugar donde antes había habido algo, la calle, una lápida, un
campo verde; y el ojo, perdido en medio de aquel blanco vacío, no podía evitar
dirigirse hacia el horizonte, que entonces parecía mucho más lejano que antes.
Nicolás
subió, con su alma entumecida y ligera a cuestas, las escaleras de caracol de
la torre donde el canónigo Wodka tenía su observatorio, una celda pequeña y
circular con una sola ventana que se abría hacia afuera como una escotilla en
medio del cielo. Allí todo se alzaba hacia las alturas y la torre misma parecía
a punto de levantar vuelo. Subió los siete peldaños de madera que conducían a
la plataforma de observación, y al sacar la cabeza al aire fresco, tuvo la
sensación de que podía continuar hacia arriba sin esfuerzo, más y más alto,
pero entonces se mareó.
El
cielo era una cúpula del más límpido cristal, el sol resplandecía sobre la
nieve y en todas partes había una pureza y un brillo casi imposibles de
soportar. En medio del absoluto silencio que se cernía sobre los campos nevados
y los techos de la ciudad, oyó el aullido de un zorro, un sonido casi perfecto
que hirió la quietud como una aguja fulgurante. Un torrente de estúpida
felicidad le inundó el corazón; todo iría bien, ¡sí, todo iría bien! Lo
aguardaban las infinitas posibilidades del futuro, eso era lo que significaba
la nieve, lo que le decía el zorro. Su alma joven desfalleció y sintió que
volaba y se perdía en el cielo.
Cuando
llevaba cuatro años en la universidad de Cracovia, el tío Lucas le ordenó que
regresara a Torun de inmediato. El chantre del Capítulo de Frauenburg estaba a
punto de morir y tío Lucas, ahora obispo de la diócesis, quería asegurarle el
puesto a su sobrino menor.
* *
* *
Nicolás
hizo solo el largo viaje hacia el norte, en medio de un septiembre dorado y
triste. Tenía veintidós años y se llevaba pocas cosas de la capital de Polonia.
Todavía lo asaltaban recuerdos de ciertos días de primavera en que el viento
cantaba en las torres y aluviones de sol inundaban las calles. De repente su
corazón, embargado por una curiosa preocupación por las nubes, los pájaros y
las voces de los niños, se sintió confuso y perdido en unos parajes que el día
anterior le habían parecido irreprochablemente familiares.
Andreas
y él se habían alojado en la casa de Katharina y su esposo, el comerciante
Gertner. A Nicolás le disgustaba aquella casa pulcra e imperturbable. Ni el
tiempo ni un matrimonio temprano habían cambiado demasiado a su hermana, que,
detrás de la máscara de joven matrona, seguía siendo una niña astuta,
calculadora, cruel y ambiciosa, atormentada por un inexorable descontento.
Nicolás sospechaba que era adúltera. Ella y Andreas se peleaban con la misma
ferocidad que cuando eran niños, aunque entre ellos había nacido un nuevo
entendimiento, producto de compartir los secretos que ocultaban al marido de
Katharina y a Nicolás. Se habían unido en contra de él; se reían de sus
anhelos, de su aspecto andrajoso, de su afán por el estudio y de su ridícula
solemnidad, todo aquello les divertía, pero en el fondo también les molestaba.
Él soportaba sus ataques en silencio, con modestas sonrisas, y descubrió, con
cierta satisfacción de la que no lograba avergonzarse, que la indiferencia era
el arma que más los hería.
* *
* *
Era
cierto que había aprendido mucho en Polonia. Después de cuatro años su cabeza
estaba llena de conocimientos sólidos como el granito, pero saber y percepción
no eran lo mismo. Su mente, que ya se aventuraba por sendas azarosas y hasta
ahora intransitadas, necesitaba una atmósfera ligera y delicada, un aire y un
espacio que Cracovia no podía ofrecerle. Era significativo, tal como
descubriría más tarde, que en una primera impresión la universidad le hubiera
recordado tanto a un fuerte, ya que, a pesar de sus pretensiones, era una pieza
clave en la defensa de la escolástica contra la invasión de nuevas ideas
procedentes de Italia, Inglaterra y Rotterdam. En sus primeros años allí, había
presenciado verdaderas batallas campales entre los escolásticos húngaros y los
humanistas germanos. Aunque aquellas disputas estudiantiles le parecían
intrascendentes e incluso cómicas, no podía evitar reconocer que el duelo entre
la amenazadora multitud de rubios norteños de Wawel Rock y los magiares de
aspecto ceñudo y pieles oscuras era un reflejo de la guerra filosófica que tema
lugar en todo el continente.
* *
* *
El
mundo físico se estaba expandiendo. Buscando una ruta que los condujera a las
Indias, los portugueses habían revelado la alarmante inmensidad de África, y
desde España llegaban rumores sobre la existencia de un mundo vasto y
desconocido en el Oeste. Los hombres viajaban hacia los cuatro puntos
cardinales, ampliando fronteras en todas direcciones, y Europa entera había
caído en las garras de una enfermedad contagiosa cuyos síntomas eran la
avaricia, una monumental curiosidad, la sed de conquista y conversión religiosa
y, por último, algo mucho más difícil de definir: una especie de irresistible
alborozo. Nicolás también se sentía afectado por las llagas benignas de aquella
plaga, pero su océano estaba en su interior. Cuando se aventuraba en la endeble
barcaza de sus pensamientos, se asemejaba a aquellos locos marineros perdidos
en un verde mar de ignorancia, y las imágenes que lo perseguían al regreso de
la tena incógnita eran tan deslumbrantes y fantásticas como las de ellos.
* *
* *
Pero
el mundo era algo más, y algo menos, que el fuego y el hielo de las
especulaciones soberbias; también era su vida y las vidas de los demás, breves,
penosas e inevitablemente ruines. El no podía encontrar un vínculo factible
entre las esferas del pensamiento y la acción, en contra de las ideas de la
época que decían que el cielo y la tierra se asociaban en su propio yo. No era
fácil tomar aquella idea con seriedad, por más que la defendiera para demostrar
su lealtad con la causa humanista. Para él había dos yo, separados e
irreconciliables; el primero era una mente entre los astros, el segundo, una
despreciable horqueta de carne plantada firmemente sobre los excrementos
terrenales. En los escritos de la antigüedad, Nicolás descubrió las penalidades
y la gloria de Grecia y la sangrienta majestuosidad de Roma. Incluso llegó a
creer que en una época el mundo había conocido una unidad casi divina entre
espíritu y materia, causa y consecuencia. ¿Sería aquello lo que buscaban los
hombres en mares extraños y en los espacios infinitos y silenciosos del
pensamiento puro?
Pues
bien, aunque aquella armonía hubiera existido alguna vez, en el fondo Nicolás
temía, a pesar de que era incapaz de admitirlo, que no podrían volver a
conquistarla. Se dedicó a las humanidades y a la teología, tal como el tío
Lucas le había ordenado. Sus estudios lo absorbían por completo y sus gestos se
convirtieron en los modales formales de un académico. Viejo antes de tiempo,
indiferente, seco y remilgado, Nicolás se apartó del mundo. Para ese entonces
ya hablaba el latín con mayor fluidez que el alemán.
Pero
en el fondo se trataba de una verdadera interpretación, una especie de ritual
en que el mundo, su yo y la relación entre ambos se simplificaba y se hacía más
manejable. La erudición transformaba en orden dócil el espantoso clamor y el
caos del mundo exterior, lo distanciaba y al mismo tiempo lo ponía al alcance
de su mano, de modo que, mientras luchaba contra los pavores del mundo, estaba
aterrorizado y milagrosamente tranquilo a la vez. En ocasiones, sin embargo,
ese tranquilo terror no era suficiente, a veces aquella sordidez exigía más,
clamaba por más riesgos, sangre o sacrificios. Entonces, como un actor que
hubiera olvidado su parlamento, se quedaba paralizado, boquiabierto, con la
vista fija en un agujero negro en el vacío.
Creía
en la acción, en su necesidad absoluta, pero al mismo tiempo la acción le
horrorizaba por su inevitable tendencia a convertirse en violencia. Nada
permanecía estable, la política se convertía en guerras, la ley en esclavitud y
la vida misma tarde o temprano se truncaba en muerte. Era imposible contradecir
al mundo real, pues era el verdadero ámbito de acción, pero él sentía que debía
contradecirlo o desesperar, y ése era su problema.
Entre
las cosas de Cracovia que deseaba olvidar estaba el encuentro con el profesor
Adalbert Brudzewski, astrónomo y matemático. Sin embargo, el recuerdo de
aquella tarde insensata y dolorosa era el persistente fantasma de un gigante
con enormes patas peludas que volvía a él a través de los años, una y otra vez,
entre risas y gritos, haciéndolo ruborizar de vergüenza. Si Andreas no hubiese
estado allí para presenciar su humillación, no le habría parecido tan grave.
Por lógica, no debía haber estado presente; no había demostrado ningún interés
en Brudzewski ni en sus clases hasta que, después de semanas de lisonjas y
servilismos, Nicolás había ganado por fin una invitación a la casa del
profesor, ¡a su propia casa! Entonces Andreas había anunciado, en aquel tono
lánguido que lo caracterizaba, que él también iría, puesto que aquel día no
tenía nada mejor que hacer. Nicolás no había protestado, se había encogido de
hombros y había fruncido distraídamente el entrecejo para demostrar lo poco que
le importaba la cuestión, mientras, en su imaginación, una versión maravillosa
y digna de sí mismo le decía a su hermano, con brusquedad y mordaz exactitud,
lo despreciable que era.
* *
* *
Las
clases del profesor Brudzewski eran rigurosas y elitistas y, tal como al propio
profesor le gustaba señalar, una de las razones fundamentales de la impecable
reputación de la universidad. A pesar de ser un seguidor de Tolomeo, sus
recientes comentarios, cautelosos, aunque en cierto modo hostiles, sobre la
teoría planetaria de Peurbach habían provocado sorpresa entre sus colegas
académicos. Aquella sorpresa, sin embargo, se había convertido en la usual y
lamentable apatía con unas pocas embestidas en defensa del dogma de Tolomeo
dirigidas a los eruditos más notables. Los Peurbach de aquellos días podían ir
y venir, pero Tolomeo era absolutamente inexpugnable y el profesor Brudzewski
se encargaría de recordarlo tan a menudo y con tanto énfasis como fuera
necesario.
Nicolás
había leído todo lo que el profesor había escrito sobre la teoría de Tolomeo, y
de aquellas fatigosas horas de vagar entre las tierras áridas de una mente
dogmática, había surgido una diminuta y apreciada pizca de duda. Ya no podía
recordar cuándo o dónde había encontrado una grieta, en qué trayectoria
estelar, en qué peldaño de aquellas firmes escaleras de cálculos tabulados;
pero una vez detectada, había hecho que el edificio entero de una vida de
trabajo se desmoronara, como en un sueño, de un modo lento e inexorable. El
profesor Brudzewski sabía que Tolomeo estaba muy equivocado, pero no podía
admitirlo, ni siquiera ante sí mismo, pues había invertido demasiado esfuerzo
en defenderlo. Nicolás atribuía a aquella falta de coraje el hecho de que un
matemático de primera se rebajara a utilizar engaños para, según las palabras
de Aristóteles, justificar los fenómenos, o sea, esbozar una teoría basada con
firmeza en dogmas viejos y reaccionarios que a su vez tomara en cuenta los
movimientos observados en los planetas. Había fenómenos, como el de la órbita
desatinadamente excéntrica de Marte, que la teoría general de Tolomeo no podía
explicar, pero ante problemas como aquéllos, el profesor, tal como hiciera
antes su magíster alejandrino, hacia uso de su prodigiosa habilidad con las
fórmulas hasta lograr la concordancia necesaria.
* *
* *
Al
principio Nicolás sentía vergüenza por el profesor, pero luego la vergüenza se
trocó en compasión y comenzó a juzgar a aquel viejo desafortunado con una
ternura conmiserativa, casi paternal. ¡Iba a ayudarlo!, si, se convertiría en
alumno suyo y durante las clases lo llevaría con dulzura de la mano, le
enseñaría a aceptar su error y a compensar todos los años de obcecación y
pertinaz ceguera. Y luego aparecería otro libro, aunque muy diferente, tal vez
el último del viejo y la gloria que coronaría su vida, Tractatus contra
Ptolemaeus, con un breve agradecimiento a su alumno —¡tan joven y brillante!—,
cuyas arrolladoras ideas habían desviado al autor, con la fuerza de un rayo, de
su descuidado y ciego camino a Damasco. ¡Sí!, y aunque el texto en sí fuera olvidado,
como sin duda ocurriría, las futuras generaciones de cosmólogos hablarían de
que había sido la primera aparición pública —con la modestia que lo
caracterizaba— de uno de los mayores astrónomos de todos los tiempos. Nicolás
temblaba, embriagado por aquellas extravagantes alucinaciones de gloria,
mientras Andreas lo miraba sonriente.
—Estás
sudando, hermano, puedo olerte desde aquí.
—No
soy tan tranquilo como tú, Andreas, y me preocupo. Tengo muchas ganas de
asistir a sus clases.
—¿Por
qué? ¿De qué sirve contemplar las estrellas y todo eso? Nicolás se sobresalió,
¿qué de qué servía?, era lo único que servía de algo. Pero no podía decirlo y
se contentó con una sonrisa que reflejaba su secreta certeza. Pasaron bajo las
torres de la iglesia de Santa María. La primavera había llegado a Cracovia y
aquel día la ciudad parecía suspendida en el aire, un intrincado objeto etéreo
de varillas y cristal que flotaba bajo la luz del sol a través del espacio
claro y azul.
Andreas
comenzó a silbar, ¡qué guapo era, a pesar de todo!, ¡qué elegante, con su
túnica de terciopelo, su sombrero de plumas y la espada que se balanceaba a su
costado en la Rinda decorada! Nicolás le rozó un brazo con ternura.
—A
mí me interesan estas cosas, ¿sabes? —le dijo—, eso es todo.
No
era consciente de haberle causado ningún daño a su hermano, y sin embargo,
siempre parecía estar disculpándose; era algo muy normal en él.
—Te
interesan, claro que sí —respondió Andreas—, aunque también tendrás presente
que nuestro querido tío sigue nuestros progresos con atención, ¿verdad?
Nicolás
asintió sombrío.
—Así
que tú crees que con mi entusiasmo pretendo competir contigo por su atención.
¿Qué
otra cosa podría pensar? Tú no querías que viniera contigo.
—
¡No te han invitado!
—
Bah! Debes saber, hermano, que te conozco y que sé que conspiras e intrigas a
mis espaldas, pero no te odio por ello, sólo te desprecio.
—Andreas.
—
Pero
Andreas había comenzado a silbar alegremente otra vez. El profesor Brudzewski
vivía en una casa grande y antigua a la sombra de la iglesia de Santa María.
Hicieron pasar a los hermanos y los dejaron esperando entre opresivas columnas
de silencio que se elevaban por encima del pórtico, hacia el altísimo techo
decorado con frescos borrosos. Andreas y Nicolás miraron los frescos con
expresión ingenua, como para demostrar la inocencia de sus intenciones a
cualquiera que los observara, y se sobresaltaron al descubrir que de hecho los
espiaba tina figura imprecisa tras las rejas de la izquierda. Se volvieron con
rapidez y oyeron una suave risa demencial y pasos que se alejaban.
Esperaron
mucho rato, como sí se hubieran olvidado de ellos, mientras la sala cobraba
vida a su alrededor de forma misteriosa. Al principio sólo eran puertas que se
abrían para dejar pasar voces incorpóreas que desgarraban el silencio, y
después se cerraban despacio con un evidente aunque inexplicable aire de
amenaza. Luego, cuando ya se habían cansado de dedicar una sonrisa expectante a
cada entrada inconclusa, aparecieron los dueños de aquellas voces, una mezcla
heterogénea de personas curiosamente distraídas y anónimas. Sin embargo, no
venían para quedarse, sino que pasaban en apretados grupos de dos o de tres y
hablaban en murmullos, absortos en su camino hacia otro sitio. Aquellos
enigmáticos peregrinos se cruzarían con Nicolás aquel día sin siquiera revelarle
el secreto de sus misteriosas actividades.
Por
fin llegó el mayordomo, una criatura gorda y blanda con una silueta en forma de
pera, voz casi inaudible, pies torpes y una calva inmaculadamente blanca. Hizo
un gesto con el dedo a los hermanos y los condujo a una habitación adyacente,
inundada por la inesperada luz del sol que se colaba por la ventana. Al entrar,
vieron fugazmente a una joven risueña vestida de verde que salía por otra
puerta y dejaba tras sí, temblando en el aire, una aura de indefinida belleza.
El profesor Brudzewski los observó con desconfianza y dijo:
—¡Ah!
Tenía una cara larga y amarillenta con una pequeña barba gris y puntiaguda que
parecía un colmillo bajo el labio inferior. Su espalda estaba tan penosamente
curvada que la amplia túnica negra que llevaba, fruncida en el cuello, caía
hasta el suelo como una cortina. Por una abertura lateral asomaba una mano
nudosa a la que se ensamblaba, como una pieza en su engranaje, el recio bastón
negro, lo único que al parecer evitaba que se desplomara y se transformara en
un montoncillo de polvo, tela y huesos secos. Pero aquella aparente fragilidad
era engañosa: Brudzewski era un viejo irascible y calculador que despreciaba,
o, en el mejor de los casos, toleraba al mundo, y cuando éste tenía la osadía
de enfrentarse a él, lo castigaba con exaltada y furiosa aversión.
Se
hizo un silencio; era obvio que no tenía idea de quiénes eran sus invitados y
de que tampoco le importaba. Nicolás notó cómo su sonrisa se convertía en una
repulsiva mueca de sarcasmo y no supo qué decir. Andreas dio un paso al frente
con la mano apoyada en la empuñadura de su espada, y ésta hizo un ruido
metálico. De repente ambos hermanos recordaron a la vez, alarmados, que según
el reglamento de la universidad estaba prohibido usar armas en público.
—Magíster,
éste es mi hermano, Nicolás Koppernigk, que por supuesto ya conoceréis, y yo
soy Andreas. Venimos con humildad a este verdadero Olimpo. ¡Ah!, nuestro tío,
el doctor Lucas Waczelrodt, obispo de Ermland, os envía recuerdos.
—Sí,
sí, muy bien —murmuró el profesor—, muy bien. No estaba escuchando y miraba por
encima de ellos, con el entrecejo fruncido, hacia la puerta por donde habían
entrado presurosos tres caballeros que susurraban apiñados en un rincón. Uno
era alto y delgado, otro, bajo y gordo, y el tercero, que estaba de espaldas a
ellos, tenía una constitución intermedia y estaba lleno de verrugas. Tenían
aspecto de conspiradores. El profesor Brudzewski comenzó a resoplar entre
dientes y de repente se disculpó, retrocedió hasta la puerta por donde había
salido la joven del vestido verde, murmuró algo que los hermanos no entendieron
y desapareció. Los conspiradores vacilaron, intercambiaron miradas y se
revolvieron nerviosos apoyándose primero sobre un pie y luego sobre el otro. De
repente todos corrieron hacia la puerta con tanta prisa que estuvieron a punto
de hacer caer a su anfitrión, que regresaba con dos jarras de cerveza,
espumosas e inapropiadamente festivas, que ofreció a sus invitados con muda
amabilidad, dedicándoles una sonrisa triste. Una nube sombría se cernió sobre
la habitación como un enorme pájaro oscuro.
Después,
los hermanos recorrieron la casa despacio, aturdidos, abriéndose paso entre
gente que vagaba sin rumbo. Un hombrecillo extraño y perturbado que llevaba
calzas, capa y una absurda pluma en el sombrero, se les cruzó en medio del
corredor y prorrumpió sin preámbulo en un amargo discurso de censura contra la
incompetencia de los cosmógrafos caldeos, por los cuales parecía sentirse
personalmente agraviado de alguna forma misteriosa. Andreas se escabulló y dejó
a Nicolás solo, sonriendo y asintiendo indefenso bajo una fina lluvia de
saliva. Por fin, el hombrecillo se cansó y se fue, agitado, reforzando sus
propias ideas con ademanes frenéticos. Nicolás se volvió, y al hacerlo,
vislumbró algo verde en el extremo de un espejo biselado que resplandecía con
el reflejo del sol. Otra vez aquella sonrisa, ¡aquella joven! De repente supo
que era un emblema de luz y de inefable belleza, un talismán cuya imagen podría
salvarlo del maléfico caos de aquella ruinosa tarde.
Apuró
sus pasos por el corredor tras la ardiente visión del espejo y giró en una
esquina, pero no encontró a la joven, sino a la negra figura encorvada del
profesor, que caminaba con estrépito hacia él.
—¡Ah,
tú! —dijo el viejo de mal humor—. ¿Dónde has estado? —frunció el entrecejo—,
¿no erais? Bueno, no tiene importancia. Nicolás se lanzó de lleno al discurso
que llevaba días preparando, balbuceó y sudó, fuera de sí, ansioso por
impresionar. ¡Pitágoras, Platón, Nicolás de Cusa! Los nombres de los gloriosos
muertos brotaban de sus labios y se estrellaban entre sí en el estrecho pasillo
como enormes esferas de piedra. Apenas era consciente de lo que decía, sentía
como si estuviera enredado en el engranaje de una máquina espantosa, ridícula e
implacable. ¡Heráclito, Aristóteles, Regiomontanus! ¡Bang, crash, plaff! El
profesor lo miraba con atención, como si estudiara una nueva especie de roedor.
—Tolomeo,
joven, no mencionas a Tolomeo, que como todo el mundo sabe, fue quien dio
respuesta a los misterios del universo.
—Sí,
sí, pero magister, si me permite, ¿no es cierto que han sugerido que hay
ciertos..., cómo podría decirlo, tipos de fenómenos que la teoría de Tolomeo no
puede explicar? El profesor esbozó una sonrisa lánguida y helada y dio pequeños
golpes sobre las baldosas de roble con su bastón como si buscara una
imperfección en el suelo. —¿Y cuáles serían esos fenómenos inexplicables?
—murmuró.
—No,
no es que yo diga que existan esos misterios —se apresuró a responder Nicolás—,
más bien pregunto.
No
serviría, la cobardía no serviría de nada. Lo que ahora debía hacer era
presentar tina exposición clara y valiente de sus opiniones. Pero, ¿cuáles eran
sus opiniones?, ¿y sería capaz de explicarlas? Una cosa era saber que Tolomeo
se había equivocado y que a partir de entonces la ciencia planetaria había sido
una enorme conspiración para justificar los fenómenos, pero otra muy distinta
era describir esa certeza con palabras, sobre todo delante de uno de los
principales conspiradores.
* *
* *
La
órbita de la tarde lo había vuelto a llevar al punto de partida en la sala. Se
sentía confundido y cada vez más desesperado; las cosas no eran en absoluto
como él las había imaginado. El hombrecillo con la pluma en la cabeza, censor
de los caldeos, pasó junto a ellos y les dedicó tina mirada feroz.
Sólo
podía decir lo que no era, no lo que era; podía afirmar que una cosa era falsa,
la otra también y, por consiguiente, que aquello que podía vislumbrar de forma
imprecisa tenía que ser verdad.
—Magíster,
a mí me parece que debemos revisar nuestras teorías sobre la naturaleza de las
cosas. Durante trece siglos los astrónomos han seguido los principios de
Tolomeo sin cuestionarlos, como mujeres crédulas, según dice Regiomontanus,
pero en todo ese tiempo no han sido capaces de discernir o deducir la cuestión
fundamental, o sea la forma del universo y la simetría invariable de sus
partes.
—Hum
—dijo el profesor y abrió la puerta y la ventana de la luminosa habitación.
Esta vez no vio a la chica de verde, sino al ubicuo trío de conspiradores,
cogidos de los hombros, alertas.
—¡Despacio!,
¡mirad quién viene!
El
profesor avanzó agitando la cabeza.
—No
alcanzo a comprenderte —gruñó—. Lo más importante, según tú, es ¿cómo era?,
discernir la forma del universo y sus partes. No lo entiendo, y eso ¿cómo se
hace? Nosotros estamos aquí, y el universo, por así decirlo, está allí. Entre
los dos no hay conexión posible, ¿verdad?
La
habitación era alta y amplia, con toscas paredes blancas por encima de un panel
de madera, un techo sostenido por vigas negras en forma de arco y un suelo de
piedra a cuadros. Había una mesa, sobre la cual reposaba un cuenco de cobre
bruñido rebosante de pétalos de rosas, y cuatro sillas austeras. En una de las
paredes había un relieve de yeso con tres mujeres desnudas cogidas de los
hombros, girando en círculos en una sinuosa danza de ofrenda y gratitud. Más
abajo, en el suelo, reposaba un baúl de madera de peral herméticamente cerrado,
frente a una estufa de hierro en forma de reloj de arena con un pabellón de
latón. Los conspiradores comenzaron a acercarse de un modo imperceptible. Los
cristales romboidales y granulados de la ventana daban a un pequeño patio con
un cerezo en flor. De pronto, Nicolás se sintió fascinado por el absoluto
anonimato de aquellos objetos, la taciturna y en cierto modo rencorosa reserva
de las cosas poco familiares, cuyos contornos habían sido creados o borrados
por la acción de vidas desconocidas. Sin duda cualquier otro vería aquella
habitación como una luminosa red de significados maravillosamente exactos, y
quizás ése fuera el caso de aquellos tres individuos extraños que se acercaban
con sigilo; pero Nicolás pensaba: ¿qué podemos saber que no forme parte de
nosotros mismos?
—Paracelso
dice —continuó— que, en la escala de las cosas, el hombre ocupa el centro, que
es la medida de todo y el punto de equilibrio entre lo grande y lo pequeño. El
profesor Brudzewski lo miró fijamente. —¿Paracelso? ¿Y ése quién es? Sin duda
estará loco. Dios es la medida de todas las cosas y sólo Dios puede entender al
mundo. Por lo tanto, lo que tú pareces sugerir, jovencito, con tu “cuestión
fundamental” suena a blasfemia.
—¿Bla...
bla… blasfemia? —baló Nicolás—, claro que no. ¿No dijo usted, acaso, que en
Tolomeo encontramos la respuesta a los misterios del universo?
—Es
sólo una forma de hablar, nada más. Se abrió la puerta detrás de ellos y
Andreas entró despacio. Nicolás se sobresaltó, empapado de sudor. Aunque no
parecían moverse, los conspiradores marchaban implacables hacia él y tuvo una
desalentadora sensación de fatalidad, como alguien que oye el crujir del hielo
al romperse mientras avanza desesperado, lenta e inexorablemente, sobre un lago
congelado.
—Pero,
magister, usted dijo… —Sí, sí, es cierto, sé lo que dije. —El viejo dirigió una
mirada furiosa al suelo y le dio un golpe con el bastón—. ¡Entiéndelo! Estás
confundiendo astronomía con filosofía, o más bien con lo que hoy en día llaman
filosofía ese holandés, los italianos y gente por el estilo. Estás pidiendo a
nuestra ciencia que cumpla tareas que es incapaz de cumplir. La astronomía no
muestra al universo tal cual es, sino tal como nosotros lo observamos; por lo
tanto, cualquier teoría que describa nuestras observaciones es correcta. La
teoría de Tolomeo es perfectamente o casi perfectamente válida desde el punto
de vista de la astronomía pura, porque justifica los fenómenos. Eso es todo lo
que se le pide, y todo lo que es razonable pedirle. No discierne tu cuestión
fundamental, pues no hay nada que discernir y todos se reirán del astrónomo que
diga lo contrario.
—Entonces,
¿tendremos que conformarnos con meras abstracciones? —gritó Nicolás—. Colón ha
probado que Tolomeo se equivocó en lo referente a las dimensiones de la tierra,
¿debemos ignorar a Colón?
—¡Un
marinero ignorante y, además, español! ¡Bah!
—¡Lo
ha probado, señor!
Nicolás
se llevó la mano a la frente ardiente, tenía que mantener la calma. La
habitación parecía llena de rumores y rugidos, pero era sólo el tumulto de su
espíritu que ensordecía sus oídos. Aquellos tres seguían avanzando sin pausa y
Nicolás prefería no imaginar lo que haría Andreas a su espalda. El profesor,
furioso, caminaba en círculos alrededor de la mesa apoyándose en su bastón, tan
encorvado, que daba la impresión de que en cualquier momento hincaría los
dientes en sus propios pies y se devoraría a sí mismo como una fabulosa
serpiente. Nicolás lo seguía a paso vacilante, soltando graznidos y chasqueando
la lengua con nerviosismo.
—¿Prueba?
—lo increpó el viejo—. ¿Prueba? Un barco recorre una distancia determinada y
regresa, entonces el capitán baja a tierra y enrarece un poco el aire con
palabras, ¿a eso le llamas prueba? ¿Sobre qué bases inmutables se apoya tu
crítica a Tolomeo? Eres un nominalista, jovencito, y ni siquiera lo sabes.
—¿Yo
un nominalista? ¿Yo? ¿No es usted quien piensa que todas las ideas contrarias a
Tolomeo pueden refutarse con la sola mención de su nombre? No, no, magister, yo
no creo en palabras, sino en cosas.
Pienso
que el mundo material es susceptible de una investigación física, y si los
astrónomos no hacen otra cosa que sentarse en sus aposentos a contar con los
dedos están eludiendo sus responsabilidades.
* *
* *
El
profesor se detuvo; estaba pálido y su cabeza temblaba peligrosamente sobre el
tallo frágil de su cuello. Sin embargo, su voz reflejaba más curiosidad que
furia. —La teoría de Tolomeo justifica los fenómenos, ya lo he dicho.
¿Qué
otra responsabilidad podría tener?
Díselo.
Díselo.
—El
conocimiento, magister, debe convertirse en percepción. La única teoría
aceptable es aquella que explica los fenómenos, que explica. — que… Miró
fijamente al profesor, cuyo cuerpo había comenzado a temblar mientras de sus
contraídos orificios nasales salían pequeños resoplidos con un ruido
extraordinariamente bronco y seco: ¡se estaba riendo! De pronto se dio la
vuelta, señaló a su hermano con el bastón y preguntó:
—¿Y
tú qué crees, joven? Danos tu opinión. Andreas estaba apoyado tranquilamente
contra la ventana, con los brazos cruzados y la cara a contraluz. Unas pocas
gotas de lluvia brillaban contra el cristal y un viento suave agitaba en
silencio las flores del cerezo. La belleza inefable del mundo conmovió el
dolorido corazón de Nicolás. Su hermano vaciló un momento y luego, con la más
lánguida de las sonrisas, dijo suavemente:
—Yo
creo, magister, que debemos aferrarnos a la sensatez y a Aristóteles. No tenía
sentido, por supuesto, pero sonaba bien. ¡Si que sonaba bien! El profesor
Brudzewski asintió con un gesto de aprobación. —Ay, sí —murmuró—, exactamente—
—Se volvió otra vez hacia Nicolás:— Creo que te has dejado influir por los
modernos advenedizos que creen que pueden descifrar la maraña de la benévola
creación divina. Nombraste a Regiomontanus; pues yo fui discípulo de ese gran
hombre y puedo asegurarte que él se hubiera mofado de las extravagantes ideas
que has expuesto hoy. ¿Y tú cuestionas a Tolomeo? Ten en cuenta esto: no hay
duda de que las puertas de la ciencia estarán cerradas para aquel que desconfíe
de los antiguos.
Mentirá
en sus umbrales, devanará los sueños de los locos según el movimiento de la
octava esfera y obtendrá lo que se merece por creer que puede sustentar sus
propias alucinaciones calumniando a los antiguos. Por lo tanto, ten en cuenta
el consejo razonable de este joven y aférrate a la sensatez.
En
su desesperación, Nicolás tuvo la impresión de que emitía un sonido, un aullido
agudo y estridente como el chirrido de una tiza contra una pizarra. Sintió un
golpe en la base de la columna, como si se hubiera sentado sin mirar justo en
el momento en que alguien le retiraba bruscamente la silla. Los tres
conspiradores, apiñados tras él, lo miraron con profunda tristeza, solícitos y
siniestros al mismo tiempo. El de las verrugas miraba hacia otro lado, incapaz
de contemplar de frente tanta necedad. Andreas reía en silencio.
—Bruder,
du hast in der Scheísse getreppen —susurró al oído de su hermano. El
conspirador gordo rió. Detrás de las rejas de la sala aguardaba el observador
oculto. Se trataba, ¡por supuesto!, de la chica de verde.
El
profesor le dedicó una mirada funesta, se volvió hacia los hermanos y dijo:
—Caballeros,
tendréis que perdonarme por mi hija. La muchacha está loca. Agitó el bastón en
dirección a ella y la joven retrocedió, convertida en arlequín por las sombras
cruzadas de las rejas, perseguida por los conspiradores que se escabullían de
puntillas, cuchicheando, hacia las escaleras donde los aguardaba el hombrecillo
del sombrero con plumas, entre otros enigmas más inciertos. Todos se saludaron
con una reverencia, ascendieron despacio hacia la penumbra y desaparecieron.
El
profesor Brudzewski, impaciente, dio los buenos días a los hermanos, no sin
antes invitar a Andreas a sus clases. Una llovizna gris caía sobre Cracovia.
—¿Qué? ¿Ese viejo charlatán pretende que me pase las mañanas escuchándolo
hablar sobre los planetas y cosas por el estilo? No es probable, hermano, tengo
cosas mejores que hacer.
Nicolás
llegó a Torun a fines de septiembre. La casa de la calle de Santa Ana lo
recibió silenciosa y solicita, como si compartiera su duelo. La vieja Amia y
los demás sirvientes se habían ido y en su lugar había un mayordomo nuevo, un
tipo arisco, uno de los hombres del obispo, que seguía a Nicolás por toda la
casa con actitud desconfiada.
* *
* *
Fuera,
el soleado día otoñal era todo claridad y distancia, y encima sobre los techos
y las torres, una nube navegaba majestuosa, como un barco en el aire, impulsada
por el viento a través de un cielo altísimo y azul. El tilo estaba cambiando
las hojas.
—Enciende
el fuego, por favor, tengo frío.
—Sí,
señor. Su excelencia su tío me dio a entender que usted no se quedaría.
—No,
no me quedaré.
El
tío Lucas llegó esa noche, iracundo, y saludó a Nicolás con una mirada feroz.
El chantre de Frauenburg había sido lo suficientemente estúpido como para
morirse en un mes impar, cuando el privilegio de cubrir los puestos en la sede
de Ermland pasaba, de acuerdo con la ley de la Iglesia, del obispo al papa.
—Así
que ya podemos olvidarnos de este asunto, sobrino, pues en Roma no me quieren.
—Golpeó el aire en vano con los puños.— ¡Una semana más, eso era todo! Sin
embargo, debemos ser caritativos, que Dios dé descanso a su alma. —Fijó sus
pequeños ojos negros en Nicolás.— Y bien, ¿no tienes lengua?
—Señor.
—
—Por
favor, no te humilles. Después de cuatro años, no conseguiste un título en
Cracovia.
—Fue
usted quien me llamó, señor, cuando aún no había acabado los estudios.
—
Ah! —El obispo se paseó un momento, asintiendo con la cabeza, con las manos
enlazadas en la espalda —. Mm, si —se detuvo—. Permíteme que te dé un consejo,
sobrino, no asumas esa actitud rebelde si quieres disfrutar de mi favor. ¡No lo
consentiré!'¿Lo has entendido? —Nicolás asintió sumiso con la cabeza, el obispo
gruñó y se dio la vuelta, al parecer decepcionado por un triunfo tan fácil. Se
levantó el manto y puso su trasero al calor del fuego
—.
¡Mayordomo! ¿Dónde está ese hijo de puta?, lo que me recuerda que el vago de tu
hermano debe de estar divirtiéndose en Polonia, esperando que yo le encuentre
un trabajo fácil. ¡Qué familia, Dios mío! Viene por parte de padre, desde
luego, nada bueno que heredar por ese lado. Y tú, inútil, mírate, te escondes
como si fueras un perro azotado. Me odias, pero no tienes el valor suficiente
para decirlo. Claro que sí, yo lo sé. Bien, pronto te librarás de mí. Habrá
otros puestos en Frauenburg y una vez que te haya conseguido una prebenda
quedarás fuera de mi control y de mis cuentas, y no me importará un ápice lo
que hagas, ya habré cumplido con mi deber. Sigue mi consejo y vete a Italia.
—O
donde sea, da igual, siempre que sea lo suficientemente lejos.
Y
llévate a tu hermano contigo, no lo quiero cerca de mis asuntos. Y bien,
hombre, ¿por qué sonríes?
¡Italia!
El día de Pascua de 1496 el canónigo Nicolás y su hermano partieron de la
Puerta de Florián de Cracovia en compañía de un grupo de peregrinos. Había
hombres de fe y pecadores, monjes, vagabundos, embaucadores y asesinos, pobres
campesinos y ricos mercaderes, viudas y vírgenes, caballeros mendicantes,
eruditos, perdonantes y predicadores, sanos y lisiados, ciegos, sordos, hombres
saludables y moribundos. Las banderas reales ondeaban a la luz del sol bajo un
cielo azul imperial, las trompetas resonaban con sus melodías metálicas y desde
lo alto de las murallas los ciudadanos los despedían con gritos de júbilo y
agitaban sus gorras y pañuelos mientras los viajeros se adentraban en la
llanura a través del camino polvoriento. Se disponían a cruzar los Alpes en
dirección a Roma, la Ciudad Sagrada.
—El
maldito tacaño podría habernos conseguido un par de caballos —gruñó Andreas—,
en lugar de hacernos caminar como si fuéramos vulgares campesinos. Nicolás no
se hubiera quejado ni aunque el obispo Lucas los hubiese obligado a ir hasta
Italia a gatas. Por primera vez en su vida era libre, o al menos así se lo
parecía. Por fin le habían encontrado un puesto en Frauenburg. El Capítulo,
bajo la dirección del obispo, le había concedido una autorización inmediata
para partir y él se había marchado hacia Cracovia sin demora. Encontró la
ciudad misteriosamente cambiada, ya no era el desolado y taciturno confín que
había conocido en sus años de universitario, sino un bullicioso lugar de paso,
lleno de viajeros y de gritos alborotadores en lenguas extranjeras.
En
realidad, el cambio no se había producido en la ciudad sino en él, que ahora
advertía cosas como viajero que como estudiante había ignorado. Sin embargo,
prefirió considerar su nueva opinión de la vieja capital como una señal de que
por fin había crecido y descubierto su propia identidad y su propio mundo, de
que renunciaba al pasado y se dirigía con valentía hacia la edad adulta. Por
supuesto, eran sólo tonterías, y él lo sabía, pero a pesar de todo se sintió
maduro, experimentado e importante, al menos por unos días.
A
Andreas le enfurecía su recién inaugurada autoestima, aunque fuera muy
incipiente y susceptible de desmoronarse en cualquier momento y convertirlo en
una parodia de sí mismo. A él no le habían asegurado ninguna canonjía
tranquila, y fuera donde fuese, la oscura sombra del obispo Lucas se cernía
sobre él como una maldición. Él no iba a Italia, lo mandaban, y ni siquiera le
habían dado un caballo que lo diferenciara de los vulgares plebeyos.
—Tengo
casi treinta años y todavía me trata como a un niño. ¿Qué he hecho yo para
merecer su desprecio? ¿Qué he hecho? Miró a Nicolás con rencor, desafiándolo a
responder y luego desvió la vista con los dientes apretados de rabia y
angustia. Nicolás se sentía incómodo, como siempre que quedaba al descubierto
el dolor de otra persona. Sentía deseos de andar muy rápido, incluso se
imaginaba a sí mismo huyendo con la cabeza gacha, murmurando entre dientes y
agitando los brazos como alguien perseguido por una plaga de moscas, pero no
podría ir a ningún sitio que lo liberara de la ira y el dolor de su hermano.
Andreas
rió.
—Y
tú, hermano —dijo con suavidad—, te alimentas de mí, me comes vivo. Nicolás lo
miró fijamente.
—No
te entiendo.
—¡Oh,
vete, vete! Me enfermas.
* *
* *
Así
partieron hacia Italia, atados el uno al otro por correas de odio y pavoroso
amor. Iban equipados con dos fuertes varas, chaquetas muy gruesas y forradas de
piel de oveja para protegerse del frío de los Alpes, un yesquero, cuatro libras
de galleta de marinero y un cuñete de cerdo salado. La preparación de aquellas
provisiones les había producido una satisfacción profunda y pueril. En una
herrería italiana cercana a la catedral, Andreas había encontrado una daga
exquisitamente labrada con hoja retráctil que se abría con perverso chirrido
con sólo tocar una palanca oculta. Guardaba aquella ingeniosa arma en una
funda, cosida a tal efecto en el interior de la caña de una de sus botas, y con
ella se sentía maravillosamente peligroso. Bartholomew Gertner, el esposo de
Katharina, les había vendido una muía y sólo los había engañado un poco en la
transacción pues, después de todo, eran parte de la familia. La muía, una
bestia taciturna y vieja, llevaba el equipaje sin dificultad, pero no podría
soportar la afrenta de un jinete, como no tardaron en comprobar.
Nicolás
podría haber comprado un par de caballos, pues antes de salir de Frauenburg
había retirado una buena suma de su prebenda; sin embargo había guardado su
botín en secreto en el forro de su capa para no avergonzar a su mísero hermano,
o al menos eso se decía a sí mismo.
Andreas
miró hacia el sur con melancolía.— ¡Como vulgares y sucios campesinos!
Partieron de la Puerta de Florián hacia la inmensa llanura; tras ellos, los
gritos y el estruendo metálico de las trompetas; delante, el largo camino. El
tiempo se volvió contra ellos y cerca de Braclav se levantó imprevistamente una
tormenta en la llanura y los alcanzó con sus bramidos, como si hiera un enorme
y oscuro animal. Las posadas eran espantosas, llenas de piojos, vagabundos y
rameras sifilíticas. En Graz les sirvieron un caldo de carne podrida y
sufrieron espantosas descomposturas; en Villach el pan estaba lleno de gusanos.
Un niño murió, se desplomó en medio del camino llorando, retorciéndose en su
agonía, mientras su madre gritaba a voz en cuello a su lado.
El
número de peregrinos se reducía día a día, pues muchos de los que habían
partido de Cracovia habían sido, como los hermanos, simples viajeros que
buscaban protección y compañía en el camino a Silesia, Hungría o al sur de
Alemania, de modo que cuando llegaron a los Alpes Cárnicos no quedaban más de
una docena de adultos y algunos niños; y de ese pequeño grupo, sólo eran
peregrinos menos de la mitad. El viejo Félix, un hombre de fe, golpeaba el
suelo con su vara y vituperaba contra aquellos seres profanos que se
aprovechaban de la protección de Dios en aquel viaje sagrado, pues por culpa de
su irreverencia habían tenido tantas desgracias. Era un viejo encorvado y flaco
con una larga barba blanca. Sus ojos encendidos se fijaban sobre todo en las
mujeres.
—Sus
pecados nos han conducido a esta situación.
Krack,
el asesino, sonrió.
—Bah,
danos un descanso, abuelo.
Krack
era un tipo divertido y útil, pues conocía bien las vueltas del camino y podía
embroquetar y asar un pollo robado con destreza. Estaba convencido de que todos
eran fugitivos como él y de que usaban la peregrinación como un práctico
camuflaje para huir. Sus pertinaces protestas de inocencia herían sus
sentimientos, ¿acaso él no los había obsequiado con los detalles de su propio
momento de gloria?
—Sangraba
como un cerdo, me llamaba asesino y pedía piedad a Dios. El viejo bribón era
duro, os lo aseguro, estaba rajado de oreja a oreja y todavía se aferraba a sus
pocos florines como si quisiera arrancarle las pelotas. ¡Santo Dios!
Los
hombres discutían entre si y una vez se metieron en una pelea feroz, donde' una
navaja representó un importante papel. También había problemas entre las
mujeres. Una chica joven, una criatura extravagante y mortalmente enferma que
pasaba la noche con cualquier hombre que la aceptara, fue atacada por otras
mujeres y golpeada con tal bestialidad que murió poco después. Dejaron su
cuerpo a los lobos, pero su fantasma los perseguía y llenaba sus noches con
visiones de sangre y fatalidad.
Una
tarde lluviosa, cuando cruzaban una alta meseta bajo un cielo infernal y
amenazador, una cuadrilla de jinetes se abalanzó sobre ellos a los gritos. —¡Me
cago en el bueno y santo Jesús! ¡Cristo maldito! —murmuró
Krack,
los miró con la boca abierta, dio un manotazo en su propia pierna y rió.
Por
lo visto eran antiguos amigos suyos. El jefe era un sajón pelirrojo y
gigantesco. Le faltaba la mano derecha y en su lugar tenía un gancho de hierro.
—Como veis, somos cruzados —dijo el tal Rufus, mientras el despeinaba su pelo
color zanahoria—, y vamos a pelear contra los Necesitamos comida y dinero para
el largo viaje que tenemos por delante. Cuando lleguéis a Roma podéis decirle
al papa que os encontrasteis con nosotros; somos sus hombres, peleamos por su
causa, así que él os devolverá con creces las donaciones que nos haréis. ¿De
acuerdo, chicos? —Sus compañeros rieron con ganas.— Ahora dadnos la comida y
todo el oro que tengáis, y si alguien intenta engañarnos le sacaremos las
tripas.
El
viejo Félix dio un paso al frente. —Sólo somos pobres peregrinos, amigo. Si os
lleváis lo poco que tenemos tendréis que responder ante Dios por nuestras
muertes, pues está claro que no saldremos vivos de estas montañas.
—Eleva
una plegaria, abuelo —sonrió Rufus—, y Jesús os mandará el maná desde el cielo.
Viento amarillo turcos infieles.
El
viejo levantó su vara con mano temblorosa como para golpearlos, pero Rufus sacó
su espada con una carcajada y le abrió las entrañas. El peregrino se desplomó
en medio de un torrente de sangre, aullando de un modo aterrador. Entonces
Rufus limpió la espada con la manga de su chaqueta y miró a su alrededor.
—¿Alguna
otra queja? ¿No? Sus hombres se abalanzaron como langostas sobre los viajeros y
sólo les dejaron las botas y unos cuantos harapos para cubrirse las espaldas.
Los hermanos contemplaron en silencio cómo se llevaban su mula. Los bribones
rajaron la capa sospechosamente pesada de Nicolás y las monedas se
desparramaron por el suelo. Andreas lo miró.
—Amigos
—gritó Rufus—, muchas gracias y que Dios os acompañe. Montaron los caballos,
pero de repente se detuvieron, murmuraron algo entre sí, sonrieron y volvieron
a desmontar. Luego violaron a las mujeres y a dos niños. Les llevó mucho tiempo
someter a esas masas informes y blancas de carne que chillaban y se retorcían
en el barro. El viejo Félix murió al caer la noche, echado boca arriba en el
suelo bajo la lluvia, con sus descalzos pies callosos extendidos, como una gran
efigie de madera.
—¡Ay,
ay! —lloraba.
Krack
les había dedicado un jovial saludo y se había ido con sus amigos.
—¡Bastardo,
tenias todo ese dinero y no dijiste ni una palabra!
* *
* *
Sin
duda habrían muerto todos si no hubiese sido porque al día siguiente se toparon
por casualidad con un monasterio situado en lo alto de un peñasco, encima de un
valle verde. El viejo monje que cuidaba la huerta fuera de los muros del
monasterio dejó caer su azada y huyó aterrorizado ante la visión de aquellos
muertos vivientes que levantaban sus brazos helados y gimoteaban atemorizados.
Ni ellos mismos podían creer que hubieran sobrevivido, pues la noche había sido
una especie de muerte plateada y helada y la habían pasado escalando la cuesta
rocosa a ciegas, con una prisa frenética, como seres poseídos, vigilados por la
luna impasible. La madrugada había llegado con destellos de un fuego helado.
Los
monjes de San Bernardo los recibieron con amabilidad. Uno de los niños violados
murió y Andreas, todavía resentido por el asunto del oro, no le dirigía la
palabra a su hermano. Nicolás pasaba el tiempo afuera, paseando por los
senderos de montaña con un hábito y capucha de monje, mientras inventaba
historias, murmuraba versos latinos, imaginaba Italia e intentaba liberarse de
los recuerdos de la lluvia y de los gritos, de harapos endurecidos por la
sangre seca y de la sonrisa de Krack. El campo era irreal, tina ardiente y
helada última Thule. En aquel lugar se sentía desorientado, todo era demasiado
grande o demasiado pequeño; aquellas imponentes y rutilantes montañas frente a
las diminutas flores azules del valle. Incluso el clima resultaba extraño, largos
días claros y cálidos de primavera alpina, un sol feroz que daba mucha luz y
poco calor y cielos transparentes horadados por cimas nevadas.
Las
cabras de montaña se alejaban haciendo resonar sus campanas al verlo, asustadas
de aquel personaje con bastón que las miraba fijamente, lleno de dolor y
hastío. No podía olvidar y por las noches lo perseguían sueños cuyo oscuro
resplandor contaminaba sus horas de vigilia y se cernía sobre él como una
sombra en el aire. Comenzó a detectar signos de una vida secreta en todas
partes, en las flores, en la hierba de la montaña, en las piedras que pisaba;
todo estaba vivo y, en cierto modo, todo agonizaba. Las nubes de la tormenta
volaban bajo sobre el cielo, como rugidos de angustia que se alejaban para que
los pronunciaran en algún otro sitio.
Lo
que le dolía no eran los sufrimientos de los vivos y los muertos, sino la
ausencia total de dolor; no podía olvidar aquellas escenas terribles, la sangre
y el barro, los bultos de carne retorciéndose, pero al recordar no sentía nada,
nada en absoluto, y aquel vacío lo horrorizaba.
Los
hermanos se despidieron del resto del grupo en Bolonia, donde debían
matricularse en la universidad. El representante del Capítulo de Frauenburg en
Roma, el canónigo Bernhard Schiller, viajó hacia el norte para encontrarse con
ellos. Era un hombrecillo gris y cauteloso.
—Bien,
caballeros —les dijo—, bienvenidos a Italia. Os habéis demorado, así que espero
que hayáis tenido un viaje agradable, pues está claro que fue lento.
Los
hermanos lo miraron con asombro y Andreas rió.
—No
tenemos dinero —le dijo.
—¿Qué?
—La cara gris del canónigo se volvió aún más gris. Al final, sin embargo,
aceptó adelantarles cien ducados. —Comprended que este dinero no es mío ni de
la Iglesia, sino de vuestro tío. Esta mañana le he escrito para informarle
sobre esta transacción y pedirle que me devuelva el dinero de inmediato.
–Entonces se permitió esbozar una ligera sonrisa. — Confío en que podías darle
una explicación satisfactoria de vuestra pobreza. ¿Y por qué, si me permitís
que os pregunte, lleváis esas ropas de monjes? ¿Habéis estado apostando con
clérigos? Es un pasatiempo peligroso, pero no es asunto mío, así que buenos
días.
Andreas
lo miró partir con una expresión de amargo sarcasmo, mientras Nicolás contaba
su parte de los ducados.
—Será
mejor que los escondas rápido, hermano. Al atardecer, paseaba por las calles
abarrotadas de gente, sumido en frenéticas especulaciones sobre las verdaderas
dimensiones del universo. A su paso, brillantes cabezas morenas y ojos
almendrados se volvían para seguirlo con curiosidad y regocijo. Bolonia era una
ciudad de personajes locos y grotescos, pero aun así él no pasaba inadvertido,
con su capa larga y su cara de fanático. ¡No le importaban las opiniones de
esta gente nudosa y estúpida! Italia lo había decepcionado mucho, odiaba el
calor, el olor rancio e inevitable, el alboroto de los niños, la indolencia, la
corrupción y el desorden. Había imaginado una tierra serena, luminosa,
imponente y melancólica. Los mercaderes le gritaban halagos y amenazas a la
cara, intentaban venderle vino, dulces y ciegos pájaros cantores. Un bufón
gordo, con una cabeza que parecía un trozo de carne cruda, sacudió ante sus
narices una tira de salchichas malolientes.
—¡Bello,
professore, bello, bello! —gramó abriendo el húmedo agujero rojo que tenía por
boca. Un mendigo leproso extendió su mano sin dedos y lloriqueó. Nicolás se
escabulló tras una esquina y un poderoso haz de luz le dio de lleno en la cara.
El sol del crepúsculo se ponía sobre las murallas de la ciudad, flanqueado por
dos ladrones ahorcados por la mañana. De pronto echó de menos aquellos
preciosos atardeceres del norte, pálidos, límpidos y tranquilos, llenos de
silencio y nubes. Desde el suelo le llegó un olor fétido, acababa de pisar una
caca de perro.
Alguien
lo llamó por su nombre desde una taberna y a Nicolás se le heló el corazón,
pero cuando intentaba alejarse a toda prisa, una risueña ramera, negra como el
carbón, se interpuso en su camino, chasqueando sus gruesos labios. Desde la
taberna se oyó una carcajada ebria.
—Únete
a nosotros, hermano, toma una copa de vino —lo llamó Andreas. Estaba sentado
con un grupo de amigos espadachines, todos buenos germanos—. Amigos, mirad qué
pálido y demacrado está. Pasas demasiado tiempo entre libros.
Los
demás lo miraban divertidos, encantados con esta fuente de diversión.
—Tal
vez le dé demasiado a la vara.
—¡Ay!,
has estado haciendo galopar al gusano, ¿verdad, canónigo?
—¿Dándole
al venerable obispo, eh?
—¡Ja,
ja!
—¡Siéntate!
—le increpó Andreas, malhumorado y con la cara roja, pues la bebida no le caía
demasiado bien.
* *
* *
A
Nicolás no dejaba de sorprenderle la misteriosa capacidad de su hermano para
rodearse del mismo tipo de amigos fuera donde fuese. Variaban los nombres y un
poco las caras, pero por lo demás eran los mismos en Torun, Cracovia o Bolonia:
holgazanes y chulos, supuestos poetas, niños de papá con demasiado dinero,
todos gamberros. En aquel grupo en particular no había ninguno de menos de
treinta años, ¡estudiantes eternos! Nicolás sonrió irónicamente para sí, él
mismo no era tan joven como para mofarse de los demás. Pero él era diferente,
lo sabía, pertenecía a una especie distinta, ¿Por qué si no se sentía tan mal
entre ellos, sentado al borde de su taburete, congratulándose a sí mismo en un
acceso de timidez y repugnancia, sonriendo como un idiota?
—Dinos,
hermano, ¿quién era esa hermosa ramera con que te pescamos hace un momento?
¿Acaso estabais discutiendo los movimientos de los astros? ¿La salida de Venus
y cosas por el estilo? —Nicolas se encogió de hombros y se movió intranquilo;
él nunca podría competir con los sarcasmos de su hermano. Andreas se volvió a
los demás con una sonrisa lánguida:— Está muy interesado en mirar las
estrellas, ¿sabéis?, los maravillosos astros, los orbes en la noche, cosas por
el estilo.
* *
* *
Un
joven lleno de espinillas con rizos del color de la paja y una barba espigada,
hijo de un conde de Suahia, sacó su naricilla puntiaguda de la jarra de cerveza
y se apoyó sobre la mesa con expresión solemne.
—Canónigo,
¿has oído hablar del infortunado astrónomo que equivocó sus cálculos y acabó
con dos planetas donde debía haber uno? Bien, pues descubrió unas pelotas en la
órbita de Marte.
Entonces
hubo más risas y carcajadas, más vino y más ¡tabernero!, ¡tabernero!, venga,
hombre, un plato de tu mejor guiso de callos porque, ¡malditas sean!, pero esta
noche me apetecen las vísceras— Por fin dejaron de meterse con Nicolás; en
realidad, era un mal contrincante para su ingenio, un chivo expiatorio poco
apropiado.
* *
* *
La
última luz del crepúsculo se desvaneció, muy pronto cayó la noche y las
estrellas, vacilantes y delicadas, brillaron sobre sus cabezas a través de la
enredadera de hojas de parra. Un chico repartía velas humeantes entre las
mesas. Aquí llega Prometeo, portador del fuego.
¡Qué
culo tan bonito tiene!, miradlo cuando se agacha. ¡Ey, chico!, un ducado por
tus favores. — El chico retrocedió con una sonrisa temerosa. Desde la calle se
oía música, feroces pitidos de pífanos y retumbar de timbales, y una banda de
trovadores entró en el patio de la taberna en busca de vino gratis. Nicolás se
sentía mareado por el ruido y el humo de las temblorosas llamas de las velas,
así que bebió el vino tinto toscano, oscuro y dorado como sangre vieja. Andreas
se subió encima de la mesa, tambaleante y agitado, y comenzó a hablar a voz en
cuello sobre la libertad y el renacimiento, la nueva era, l'uomo nuovo. De
repente tropezó, intentó sostenerse en el aire, dejó escapar un grito y cayó
estrepitosamente en el regazo de su hermano. Nicolas, conmovido de pronto por
un amor triste e inevitable, acunó en sus brazos aquel pesado bulto, húmedo y
ebrio, aquel bebé grotesco que se inclinó junto a la mesa y vomitó —¡Ork!—,
sobre el suelo de juncos, una papilla de callos y vino.
Más
tarde aparecieron en una calle estrecha y oscura, donde alguien pateaba con
furia a un individuo tendido sobre un desagüe. El hijo del conde se acercó,
riéndose tontamente, hasta que un puño sin dueño surgió de la oscuridad y le
asestó un buen golpe. Entonces se desplomó con un grito, sangrando por la
nariz. De repente Nicolás se encontró a sí mismo de rodillas en el suelo de una
habitación estrecha, una especie de choza pequeña, sin saber cómo había llegado
allí.
Sólo
se oían gruñidos y gemidos y sobre el suelo de tierra se retorcía una maraña de
carne ondulante, de luna deslumbrante palidez. Bajo la luz espectral de las
velas podía vislumbrar a una mujer, tendida frente a él con las piernas y los
brazos abiertos como si fuera un espécimen anatómico, sonriente y jadeante.
Olía a ajo y a pescado, pero Nicolás se echó sobre ella y le clavó los dientes
en un hombro. Fue una chapuza, un asunto rápido, y sólo más tarde, tras meditar
seriamente sobre la cuestión, se daría cuenta de que al menos había perdido su
virginidad. Todo había ocurrido exactamente como él lo había imaginado.
* *
* *
A la
mañana siguiente se sentía agotado y pervertido y llegó tarde al Aula Máxima.
Sus compañeros, hombres serios y jóvenes, aunque mayores que él, lo miraron con
reprobación y rencor. El profesor lo ignoró, ¿qué importancia tenía la demora
de un alumno para el astrónomo Domenico María da Novara, erudito en griego,
devoto de Platón y Pitágoras? Encumbrado en su alto púlpito, se sentía, como
siempre, invadido por un supremo y absoluto aburrimiento. La voz seca y tétrica
se paseaba por las palabras de la lección con cansancio e indiferencia, hacia
pausas al final de las frases como si éstas estuvieran separadas entre sí por
un trecho de tierra estéril; y sólo más tarde se pondría de manifiesto el
significado y la peculiar brillantez de sus ideas, cuando sus notas explotaran
despacio, como una flor que se abre en innumerables pétalos, en las modestas
mentes y habitaciones de los alumnos.
Era
un hombre de mediana edad, raro, frío e irascible, alto y moreno, con una
expresión cruel en la cara, como una cuchilla lóbrega y filosa. En Bolonia,
donde no era extraño que un profesor arrogante resultara herido por una lluvia
de piedras o incluso atravesado por un travieso espadín, Novara inspiraba un
temor y un respeto generalizados.
—Koppernigk,
¿me permite unas palabras? —Nicolás se detuvo alarmado. La clase había
terminado y los últimos alumnos salían del aula. Intentó sonreír y aguardó
receloso, descompuesto y tembloroso. El profesor descendió del púlpito con aire
pensativo, se detuvo en el último peldaño y lo miró.— Me he enterado de que ha
estado comentando ciertas..., bueno, no sé cómo decirlo..., ciertas ideas
curiosas. ¿Es eso cierto?
—Perdone,
maestro, no comprendo. —¿No? —Novara esbozó una ligera sonrisa y caminaron
juntos a través del luminoso corredor. A su derecha, delgados arcos de piedra
conducían al patio y a una estatua de mármol con el brazo levantado en un
misterioso saludo hierático. Sombras irregulares se erizaban bajo sus pies.— Es
obvio que me refiero a ideas astronómicas —continuó el profesor—, a
especulaciones sobre la forma y dimensiones del universo, ese tipo de cosas. Me
interesa, ¿sabe? Dicen que usted ha expresado dudas acerca de ciertas partes de
la teoría de Tolomeo sobre el movimiento de los planetas.
—Es
cierto que he participado en algunas discusiones en las tabernas, pero no he
hecho otra cosa que hacerme eco de lo que a menudo han dicho otros, usted mismo
entre ellos. —Novara frunció los labios y asintió, parecía divertido por algo.
— Creo que no tengo nada más que decir —dijo Nicolás—, soy un diletante y esta
mañana no me encuentro muy bien —concluyó débilmente.
Caminaron
en silencio durante un rato. En el pasillo retumbaban los pasos de los
estudiantes, que miraban con disimulada curiosidad a aquella extraña pareja.
Novara meditó y por fin dijo:
—Pero
sus ideas acerca de las dimensiones del universo y las distancias entre los
planetas parecen originales, o al menos prometen ser muy peculiares.
—Intranquilo, Nicolás se preguntó cómo había llegado a enterarse de esas cosas,
pues la entrevista con Brudzewski en Cracovia le había enseñado a ser discreto.
Había admitido su participación en charlas de tabernas, pero la verdad es que
siempre se había limitado a escuchar en silencio. ¿Quién conocía tan bien sus
ideas como para traicionarlo? El profesor lo miró de reojo con una expresión
calculadora.— Lo que me interesa —dijo— es si ha conseguido que las matemáticas
apoyen sus teorías.
Sólo
una persona podía haberlo traicionado; pues bien, no importaba. Se sentía
dolido y encantado a la vez, como si lo hubieran pescado cometiendo un crimen
inteligente. De repente, las pocas ideas que había logrado traducir a palabras,
burdas y torpes parodias de los brillantes e inexpresables conceptos que
bullían en su mente, parecían mucho más respetables que antes, gracias a la
atención del prestigioso Novara.
—Maestro,
yo no soy un astrónomo ni un matemático. —Sí —el profesor volvió a sonreír—,
como dice, es usted un diletante. —Parecía pensar que había dicho un chiste y
Nicolás esbozó una sonrisa melancólica. Llegaron a la escalinata del luminoso
portal y las campanas de San Pietro estallaron en el aire con un potente
estruendo de bronce mientras bandas de palomas irrumpían en el cielo por encima
de las cúpulas doradas. Novara contempló el gentío de la plaza con aire
ausente. De repente se volvió hacia él: — Venga a mi casa —dijo con un
entusiasmo impropio de él—, ¿lo hará? Venga hoy mismo a eso del mediodía,
estarán unas personas que le interesará conocer. Hasta el mediodía, entonces.
Vale. —Y bajó rápidamente las escalinatas.
—Pero,
¿qué...?
—Y
bien, ¿qué ocurrió?
—¿Dónde?
—¡En
casa de Novara!
—¡Ah!,
te refieres a eso. —Estaban sentados en el comedor del patio germano donde se
hospedaban; era la hora del atardecer y, al otro lado de las sucias ventanas,
el Palacio de la Comuna rumiaba bajo la luz del crepúsculo. La sala estaba
atestada de alemanes de cabezas rapadas cenando. A Nicolás le dolía la cabeza.—
No sé qué es lo que Novara pretende de mí, yo no tengo nada que ver con él.
Había más gente, Luca Guarico, Jacob Ziegler, el poeta Calcagnini...
—Bueno,
bueno, estoy impresionado —dijo Andreas tras emitir un suave silbido—. La flor
y nata de los intelectuales italianos, ¿eh? —sonrió con sorna—, y tú, hermano.
—Y
yo, como bien dices. Andreas, ¿has estado hablando por ahí de mis ideas sobre
astronomía? —Cuéntame lo que ocurrió en casa de Novara.
—Porque
preferiría que no lo hubieras hecho, no quiero que hagas estas cosas.
—Cuéntame.
Lo
habían conducido a un patio con naranjos en macetas de barro y una fuente de la
que manaba el agua con una música fresca y ligera. Los invitados estaban
reunidos en la terraza, repantigados con elegancia en sofás y exquisitos
sillones de caña, mientras bebían vino blanco en estilizadas copas de cristal
de Murano y conversaban lánguidamente. Nicolás recordó las jaulas de codornices
que colgaban de los portales de las mejores casas de la ciudad. Receloso e
incómodo, totalmente consciente de su figura enjuta y desgarbada, propia de los
prusianos, permaneció mudo y nerviosamente risueño mientras el profesor lo
presentaba. Allí, con su elegante casa señorial al fondo, Novara tenía aspecto
de patricio. Llevaba unos impertinentes de teatro en forma de tijeras con los
que no dejaba de jugar.
Aquel
objeto, sumado a la luz esplendorosa, las sombras violáceas de la terraza, las
copas burbujeantes, el sonido melódico del agua y el perfume de los naranjos,
ayudaba a crear un aire teatral. Elbing. ¿Elbing? Nicolás se preguntó vagamente
por qué el recuerdo de aquella remota ciudad del norte lo asaltaba de repente.
¿Le
gustaba Italia? El clima si, por supuesto. ¿Y qué estudiaba aquí? ¿De veras?
Hubo un silencio y alguien tosió cubriéndose la boca con una mano enguantada.
Cumplido su deber, volvieron a la conversación que su llegada había
interrumpido. Celio Calcagnini, un individuo esbelto que ya no estaba en la
flor de su juventud, dijo con languidez:
—Entonces
la cuestión es: ¿qué se puede lograr? Bolonia no es Florencia, y supongo que
todos estaremos de acuerdo en que don Juan Bentivoglio no es, y nunca llegará a
ser un Magnifico. —Todos rieron suavemente y sacudieron las cabezas; las
opiniones sobre el duque de Bolonia parecían unánimes. — Y aun así, amigos míos
—continuó el poeta—, debemos trabajar con el material que tenemos, por pobre
que éste sea. El hombre sabio sabe que a veces las concesiones constituyen el
único camino. Cambiando de tema, ésta es una excelente cosecha, Domenico,
envidio tu bodega.
Novara,
apoyado cómodamente contra una columna blanca, levantó su copa con un gesto
sardónico. Nicolás descubrió con un respingo un delgado galgo negro a los pies
del profesor, agitado, con aspecto de esfinge y los colmillos a la vista en una
mueca feroz. Jacob Ziegler, astrónomo de cierta reputación y autor de un
reciente y muy admirado libro sobre Plinio, era un espadachín esbelto y moreno,
con una larga cara pálida, ojos brillantes y un finísimo bigote. Vestía ropas
de seda roja y piel de becerro, exquisitas, aunque tal vez demasiado afectadas,
y a su lado descansaba un sombrero de terciopelo de ala ancha como un enorme y
exótico pájaro negro. El sillón de caña donde se sentaba protestó con un
crujido cuando se echó hacia adelante y gritó:
—¡Concesiones!,
¡cuidado! ¡Yo digo que debemos actuar! Los tiempos no cambian por sí solos,
sino por las acciones de los hombres. Bolonia no es como Florencia, de acuerdo,
pero, ¿qué es Florencia? Una ciudad de gordos comerciantes fascinados por la
buena vida. —Miró con hostilidad a Calcagnini, que arqueó ligeramente las cejas
mientras jugaba con la base de su copa. — Engullen el arte y la ciencia como si
fueran dulces y se felicitan a sí mismos por su cultura y sus ideas liberales.
¿Cultura? ¡Bah! Y sus artistas y científicos no son mejores; una pandilla de
alcahuetes que se dedican a ofrecer sus bonitas fruslerías para enmascarar las
llagas abiertas de su ciudad, que no es más que una cortesana enferma. ¡Pues yo
prefiero mil veces ser un desterrado a ser como ellos, caprichosos adornos de
la decadencia! —Decadencia —repitió suavemente Novara, como si saboreara la
palabra con fruición.
Calcagnini
levantó la vista.
—Un
bonito discurso, Jacob —dijo sonriente—, pero creo que no estoy de acuerdo con
tus conclusiones. A mí me disgusta hacer concesiones tanto como a ti; sin
embargo, sé que hay un tiempo para todo, para la prudencia y para la acción. Si
actuamos ahora, sólo conseguiremos empeorar las cosas. Y ya que estamos en
esto, dinos, ¿qué pretendes que hagamos? La autoridad de Bentivoglio sobre la
ciudad es indiscutible. Aquí hay paz, mientras en el resto de Italia hay
tumultos. Pero ya sé, sé que tú no llamarías a esto paz, sino infatuación. Sin
embargo, lo llames como lo llames, nuestros ciudadanos, igual que los de
Florencia, están bien alimentados y en consecuencia contentos de dejar las
cosas como están. La ecuación es así de simple, puedes arengarlos cuanto quieras,
acusarlos de decadencia, pero sólo conseguirás que se rían de ti porque sólo
eres un astrónomo loco con la cabeza en las nubes. Baja a la tierra y métete en
sus problemas, entonces las cosas cambiarán. Fray Girolamo, el formidable
Savonarola, fue adorado por Florencia durante un tiempo. La ciudad se revolvía
en un éxtasis sagrado bajo su látigo, hasta que comenzó a asustarlos, entonces
lo quemaron. ¿Lo entiendes? No, Jacob, no habrá autos de fe en Bolonia.
Ziegler
frunció el entrecejo y un delicado rubor se extendió desde mejillas hasta su
frente pálida.
—¿Nos
comparas con el monje loco, esa criatura que consideraba a Platón como fuente
de inmoralidad? ¡Merecía que lo quemaran, te lo aseguro! —No, mi querido Jacob
—murmuró Calcagnini, con una sonrisa tolerante—, por supuesto que no hago tal
comparación. Sólo intento demostrarte que una acción precipitada y arriesgada
por nuestra parte podría conducirnos directamente a la ruina.
—Además
—continuó Ziegler con vehemencia—, ¿por qué supones que el poder de los
Bentivoglio sólo puede desafiarse desde el interior de Bolonia? —El galgo
apretó las mandíbulas con un sonido sordo y húmedo y se alejó despacio y con
elegancia. Se hizo un incómodo silencio y Ziegler, acalorado y desafiante, miró
con arrogancia a su alrededor. — ¿Bien? —preguntó sin dirigirse a nadie en
particular.
* *
* *
Novara
lo miró ceñudo y con los labios fruncidos y sacudió levemente la cabeza en
señal de muda reprobación. Un individuo flacucho que respondía al nombre de
Nono, soltó una risita tonta.
* *
* *
—¡E—e—escuchemos
los resultados de los tra trabajos de Lu—Luca! ingenioso, pero los demás no le
prestaron la más mínima —sugirió tención, ocupados en la muda reprobación de la
supuesta indiscreción del impenitente Ziegler. Entonces Nono, ofendido, se volvió
hacia Nicolás y le dijo con una voz deliberadamente alta, como si se dirigiera
a alguien sordo o idiota—: Él ha he—hecho un ho—horóscopo de César, ¿sa—sabes?
II Valentino, como le llaman, ¡ja, ja! —Nicolás le dedicó una gran sonrisa,
como muestra de extraña gratitud y aliento.— Me re—refiero a Bo—Borgia
—concluyó Nono sin convicción y frunció el entrecejo, como si buscara aquella
palabra última y esquiva, la obsesión de los tartamudos, que lo aclararía todo
maravillosamente.
* *
* *
—Sí,
Luca, cuéntanos qué dicen las estrellas de nuestro joven príncipe —intervino
Novara.
Luca
Guarico, aquel con la enorme cabeza y la nariz torcida de un César en
decadencia, simplemente suspiró y se encogió de hombros.
Era
gordo, con la clase de gordura que crea en la imaginación de hombres
quisquillosos y delgados como Nicolás espantosas e irresistibles visiones de
cópulas como terremotos, de maniobras sobrehumanas en los retretes y de
lágrimas incontenibles al soltarse la hebilla de zapato. Se revolvió
ligeramente en el sofá donde se sentaba y, agitado, sacó de entre sus ropas un
arrugado pliego de pergamino.
—Hay
poco que decir —resolló—. Si tuviera todos los datos, sería más fácil, pero no
los tengo. Sin duda tendrá larga vida, buena suerte al principio, como
corresponde al bastardo de un papa —sonrió con melancolía—. Después de los
treinta sufrirá un declive, pero eso no está claro. Liderará una victoriosa
campaña en Lombardía y Romania, como esa puta de Sforza descubrirá a su pesar.
Deberá cuidarse de los franceses, si podemos fiarnos de Marte. —Volvió a
encogerse de hombros, como si se disculpara, y guardó el pergamino.— Eso es
todo.
—¡Brillante,
brillante! —murmuró Ziegler, mesándose con furia el bigote.
Guarico
lo miro.
—Jacob,
hoy estás muy irritable —se apresuró a decir Calcagnini—. Tal como ha dicho
Luca, no tiene los datos necesarios, y podríamos agregar: ¿quién puede conocer
los hechos referentes a esa extraña y secreta dinastía?
Intercambiaron
ligeras sonrisas.
—Pero,
Luca —dijo Novara—, ¿no tienes ninguna información sobre lo que nos interesa?
—Sólo
puedo aseguraros una cosa —respondió el gordinflón con una mirada hostil a su
alrededor—, puedo afirmar que nunca se sentará en el trono de Pedro.
Nicolás
tuvo la impresión de que algo estallaba lentamente y con un sonido suave, y
Ziegler dejó escapar una risita tonta.
—Bueno
—murmuró Novara—, entonces no tenemos que hacer nada.
De
repente todos se relajaron y miraron a Nicolás, quizás con cierta timidez, como
jugadores que aguardaban su aplauso. Él les devolvió la mirada, intrigado e
inexpresivo; tenía la impresión de que se le había escapado algo muy
significativo. Los sirvientes salieron a la terraza con pequeñas bandejas de
plata llenas de exquisiteces, aspic de carne de venado, rodajas de melón,
finísimos trozos de jamón curado de la zona. Nicolás cogió tina porción de
codorniz fría, no sin un ligero y disimulado regocijo— El sol había
desaparecido del cuadrado del cielo que había encima del patio y la luz había
dejado de crepitar con ugor, convertida en un sólido cubo azulado de cálido
fulgor. Nicolas era muy consciente de su condición de extranjero y sentía
nostalgia por el frío norte. Este no era su mundo: el calor, las pasiones
vehementes, el aire rancio y quieto que sofocaba sus pulmones como si fuera el
aliento de otra persona. Aquí nada le afectaba y él no afectaba a nada; era
como una Prusia en miniatura en medio de Italia. Un joven dandi de piel
aceitunada lo miraba de un modo extraño, con la insolencia de un experto.
Después
de comer, la concurrencia cambió la terraza por una enorme sala de techo alto y
paredes azul pálido. A un extremo de la estancia había tina arcada, y al otro,
amplias ventanas con una vista brumosa de esplendorosos cipreses y colinas
verde oliva. De repente, en medio de un clima de expectación~ la charla
inconexa se detuvo para dar paso a un extraño y aturdido personaje con una lira
que parecía el infortunado portador de una carga intolerable de conocimientos,
un profeta con la maldición de secretos inenarrables. Aguardó pacientemente a
un lado, con la mirada turbia fija en alguna visión interior, mientras los
sirvientes le preparaban un asiento de cojines sobre el suelo, en el centro de
la habitación. Luego se acomodó con mucho cuidado, cruzó sus tobillos
patéticamente delgados y comenzó a cantar con una peculiar voz aflautada. La
brisa agitó las cortinas de las ventanas y oleadas de luz nacarada cayeron
sobre el brillante suelo. El perro negro volvió y se echó, jadeante, a los pies
de Novara, con sus húmedas mandíbulas entreabiertas. Sin saber bien por qué,
Nicolás tuvo una ligera sensación de alarma. La canción era un lamento
sostenido, sinuoso e incomprensible, que parecía surgir de lo más profundo del
angustiado cantor, como un delgado hilo de plata que ondulaba y entrelazaba un
efecto hipnótico sobre el tenue rumor oscuro de la lira. El público lo
escuchaba extasiado, con tal atención que parecía que estuvieran colaborando en
la creación misma de aquella música celestial.
Al
fin la canción terminó y el cantante miró a su alrededor con una expresión de
desamparo mientras alisaba, incómodo las hebras lacias y rubias de su cabello.
Los demás se levantaron y se apresuraron a acercarse a él entre susurros y
parloteos, solícitos como mujeres. Le dieron una copa de vino, pero sólo bebió
un sorbo. Después lo acompañaron a la salida y se fue mascullando y suspirando.
La gente parecía agotada y saciada como después de una orgía. Novara se
incorporó, hizo un gesto a Nicolás para que lo siguiera y salieron al pasillo
con el perro negro andando pesadamente tras ellos. El cantante estaba solo en
una antecámara, afligido y desconsolado bajo una luz poderosa. Los miró con
aire ausente a través de sus ojos extraños, claros y amarillentos, pero cuando
Novara le habló, no respondió, agitó levemente la cabeza y les volvió la
espalda. Sin embargo, sonrió al perro como si lo conociera, con actitud
conspiradora. Siguieron andando y Nicolás preguntó:
—¿Quién
es? ¿Está enfermo?
Novara
levantó los gemelos y lo miró intrigado.
—¿No
lo sabe?, ¿no reconoce su música? Era un himno órfico al sol. Él conoció a
Ficino, ¿sabe?, en la Academia de Florencia. No está enfermo, al menos no en el
sentido que usted o yo le daríamos a la palabra. El saber ancestral que ha
heredado lo consume con ferocidad. Grandes pasiones y enorme sabiduría: no son
cosas que los mortales sepamos llevar fácilmente.
Entraron
en la biblioteca y caminaron entre los estantes de manuscritos valiosos,
incunables e inestimables primeras ediciones de Alemania y Venecia. Novara
acarició tiernamente con los dedos los lomos encerados. Estaba como ausente y
casi no hablaba. A través de una ventana estrecha, pasó un afilado rayo de sol
que partió en dos la penumbra. El silencio palpitaba; Novara sacó una diminuta
llave de oro y Nicolás tuvo la vaga impresión de haberla visto antes en algún
sitio. Allí estaba el corazón de la biblioteca, su verdadero tesoro, raras y
magníficas copias del Corpus Hermetzcum junto a las traducciones de Marsilio
Ficino y un montón de notas y comentarios. El profesor comenzó a explayarse con
solemnidad sobre los misterios celestiales, habló de deanes y ángeles, de
talismanes y magia blanca, del spíritus mundz que controla el universo en
secreto. Se operó un cambio en él y habló como un poseído. Por lo visto era una
especie de mago.
—¿Usted
cree, Herr Koppernigk? —le preguntó de repente.
—Yo
no sé en qué creo, maestro.
Nicolás
ya había oído hablar de la extraña filosofía etérea del tres veces grande
Hermes, el egipcio Trimegistus, donde el universo se concibe como una amplia
red de relaciones y acciones simpáticas controlada por los siete planetas, o
los siete gobernadores como los llamaba Trimegistus. Era una teoría demasiado
enmarañada con confusas ideas cabalísticas para el escéptico espíritu nórdico
de Nicolas. Sin embargo, el joven se sentía profunda y misteriosamente atraído
por la desesperada necesidad de los gnósticos de encontrar una unidad universal
y redentora dentro del caos del mundo.
—El
vínculo que une todas las cosas se ha roto por voluntad de Dios —gritó Novara—,
eso es lo que se llama caer en desgracia. Sólo después de la muerte nos
uniremos con el Todo, cuando el cuerpo se divida en los cuatro elementos
básicos que lo componen y el ser espiritual, el alma libre y radiante, ascienda
a través de las siete esferas del firmamento, cambiando en cada estadio una
parte de su naturaleza divina hasta que, privada de toda maldad terrenal,
encuentre la redención en el Empíreo. Allí se unirá con el alma eterna del
mundo que está en todos lados y en todas las cosas. —Fijó su mirada ardiente en
Nicolás. — ¿No es esto, acaso, lo mismo que dice usted, aunque lo plantee de
otro modo y con otros términos? ¡Ah, sí, amigo mío! ¡Yo sé que usted cree!
Nicolás
sonrió con nerviosismo y se volvió, alarmado por la súbita intensidad y
absorbencia de aquel hombre. ¡Era una locura, una verdadera locura! Sin
embargo, cuando imaginaba el alma apasionada volando hacia el cielo, ansiosa
por llegar a la luz, lo embargaba un júbilo indescriptible, y aquella palabra,
la más grande de todas las palabras, resplandecía en su mente como un talismán:
redención.
—Yo
creo en las matemáticas —murmuró—, en ninguna otra cosa.
Entonces
el profesor recobró la calma, abandonó su vehemencia y volvió a su papel de
persona cortés y formal.
—Exactamente,
querido amigo —dijo con una sonrisa—, más a mi favor.
Luego
cogió suavemente a Nicolás del hombro y lo condujo junto al resto de los
invitados.
Luca
Guarico, sentado en cuclillas sobre un delicado sofá de ébano y terciopelo,
levantó su voluminoso cuerpo para hacerle un sitio a Nicolás y lo invitó a
sentarse dando suaves golpecitos sobre los cojines con su mano regordeta.
Nicolás no tuvo más remedio que acomodarse con un escalofrío en el pozo cálido
y ligeramente perfumado que había dejado el gordo. Novara se paseaba perdido en
sus pensamientos mientras tamborileaba sobre la uña del pulgar con los
impertinentes plegados. Nadie hablaba; Nicolás sospechaba que Guarico lo
miraba, pero no se volvió por temor a las pavorosas intimidades que se vería
obligado a compartir si se enfrentaba a aquellos rosados ojos porcinos. El
insolente caballero que había estado observándolo se encontraba ahora sumido en
oscuras y secretas confabulaciones con dos individuos de aspecto similar. Celio
Calcagnini dejó escapar un breve y melancólico suspiro y se puso a contemplar
el techo mientras se sacaba, dedo a dedo, los guantes de hilo inmaculadamente
blancos y el apasionado Ziegler se mordisqueaba las uñas con expresión ausente.
De repente y sin motivo, Nicolás se sintió en medio de una situación absurda,
se incorporó rápidamente, como si lo empujara la fuerza de un pedo que acababa
de escapársele a Guarico. Justo entonces Novara se volvió hacia él.
—Herr
Koppernigk — se interrumpió perplejo al ver que su invitado estaba a punto de
marcharse. Nicolás lo miró como disculpándose y se dejó caer otra vez en el
asiento al tiempo que le parecía oír leves rumores de júbilo celestial justo
por encima de su cabeza—. Herr Koppernigk —continuó Novara—, creo que no me he
equivocado al pensar que es uno de los nuestros. Por supuesto, ya se habrá dado
cuenta de que ésta no es tina reunión informal de amigos; podemos decir que
tenemos un propósito. Hemos notado su interés por la pequeña discusión entre
Celio y nuestro querido e impetuoso Jacob, por lo tanto sospechamos que tiene
alguna idea sobre la naturaleza de ese propósito.
—Claro
que si —dijo Nicolás con vivacidad, bastante aturdido al verse sorprendido
cuando planeaba una huida inmediata—, bueno, quiero decir que creo entender...
—Sí,
sí, ya veo. —Novara agitó su mano lánguidamente y siguió con su paseo.— Déjeme
que le explique. Digo que tenemos un propósito, pero no por eso debe imaginar
que se ha topado con una pandilla de conspiradores. Sin duda en el Norte
contarán historias terribles sobre lo que hacemos en Italia, pero le aseguro
que no llevamos puñales ocultos bajo las capas ni venenos en nuestros anillos
de sello, sólo somos un grupo de hombres disconformes con la situación actual,
asustados de ella. El mundo, mi querido amigo, se encamina directamente hacia
el desastre, conducido por la evidente corrupción de la Iglesia y el Estado.
Asistimos a la decadencia de la aristocracia y, junto con ella, al colapso del
sistema señorial. Han disminuido las exigencias en educación, de modo que los
hijos de simples comerciantes son admitidos en nuestras univers… captó la
mirada de Nicolás y se sobresaltó—. Ejem, en resumen, Herr von Koppernigk, se
trata de la decadencia de esta era. Decadencia, ¡ay! ¿Acaso no deberíamos
temerle tanto? ¿No es una plaga?, ¿no es peor que la guerra? Porque la
decadencia es la matrona de un nacimiento animal, y la bestia que va a nacer
aquí, ahora, en esta misma ciudad, es... Me estremezco al decirlo. —
—Qui—quiere
decir —intervino Nono, ansioso como un colegial listo en una clase— ¡el
co—concepto de la li—li—li—libertad!
Novara
lo miró con frialdad.
—Exactamente
—dijo y se volvió de espaldas.
Calcagnini
seguía abstraído contemplando el techo, donde rosados querubines de yeso con
las nalgas al aíre se entregaban al desenfreno.
—¡Ah,
la libertad! —murmuró chasqueando delicadamente los labios—, la palabra
temible. —Por primera vez aquella noche miró directamente a Nicolás y sonrió.—
Ya ve, buen señor, nosotros creemos que cuando a la gente se le permite
acariciar la idea de la libertad individual, y aun más cuando la incitan a
hacerlo, entonces comienza el rápido declive de los valores civilizados.
Por
algún motivo Guarico rió al escuchar esto último. El corazón de Nicolás se
hundía en las tinieblas; estaba cansado y no deseaba quedarse allí. Su vaso
volvía a estar lleno y había bebido demasiado.
—No
entiendo —masculló con torpeza al tiempo que meneaba la cabeza.
—El
asunto es…—comenzó a decir Novara.
Pero
lo interrumpieron de nuevo, esta vez Ziegler, que se inclinó hacia adelante y
sacudió un dedo frente al pecho de Nicolás.
—¡El
asunto es que la corrupción puede detenerse! Sí, sí, pueden hacerlo unos pocos
hombres decididos, unas mentes inteligentes, nosotros, señor, nosotros podemos
detenerla.
—Pero
¿cómo? —lo increpó Nicolás.
Sentía
un intenso rechazo hacia aquel joven furioso, cuya cara se había vuelto de un
violento color morado a causa de la pasión.
—Jacob
—dijo Novara con tacto—, cálmate, cálmate de una vez.
—Se
volvió hacia Nicolás:— ¿Adviertes qué fuertes son nuestros sentimientos? ¿Cómo
podría ser de otro modo? Somos, como ya ha dicho Jacob, desterrados en nuestra
propia ciudad; no hay conspiraciones contra nosotros, nadie nos presiona, somos
libres de ir y venir, de reunirnos y hasta de urdir conjuraciones si eso nos
place; somos — se sobresaltó— libres. Pero ¿qué significa esta libertad sin
propósito? Sólo que no nos temen, porque en tiempos como éstos a los hombres
como nosotros nadie les hace caso. En las épocas malas a los hombres sabios se
los desprecia. —Hizo un alto en su paso y observó a la concurrencia con una
sonrisa afectuosa y melancólica. Mírenos, señor: somos eruditos, filósofos,
científicos y poetas, pero no somos activistas. Aun así, aquí en Bolonia, en
Italia entera y en toda Europa, la acción es necesaria. ¿Quién actuará si no lo
hacemos nosotros? Como platónicos, sabemos que la justicia y el buen gobierno
sólo son posibles cuando el poder está en manos de los filósofos, por lo tanto
debemos tener poder. ¿Y cómo lo conseguiremos? Herr Koppernigk, permítame que
concrete: señor, buscamos —Calcagnini se movió intranquilo, pero Novara lo
ignoró—, primero, una unión entre nuestra ciudad y Roma, y segundo y
fundamental, una Europa unida bajo la ley del papa. Un nuevo Sacro Imperio
Romano, fuerte y unido, ésa es nuestra meta, nada más ni nada menos.
Nicolás
parpadeó y Calcagnini carraspeó.
—Creo,
Domenico —murmuró—, que olvidas lo más importante.
——Miró
a Nicolás.— Es cierto que buscamos una Europa unida, pero sólo si está regida
por un papa que nos guste. Su Santidad Alejandro no nos servirá, de ningún
modo.
Se
oyeron murmullos divertidos y sarcásticos, y Novara asintió con un gesto.
—Por
supuesto —dijo, no sin un deje de fastidio, e hizo una reverencia al poeta—,
sin duda ésa es una cuestión muy importante. Sí, un papa que nos guste. Incluso
hemos tomado en consideración algunos candidatos, ¿le sorprende, Herr
Koppernigk? Estamos ansiosos, como verá. Por ejemplo, hemos pensado en César,
el bastardo de Alejandro, pero el horóscopo de Luca no es muy alentador y
confirma las graves dudas que teníamos al respecto, así que creo que deberemos
buscar en otro sitio.
Miró
con una sonrisa a Nicolás, que tras meditar un momento se incorporó en su
asiento y dijo:
—Pero
no habréis pensado que yo~, no, claro que no.
Todos
fijaron los ojos en él y Novara rió con nerviosismo.
—Ah
—dijo—, una broma, ya veo. Al principio no caí. Muy gracioso. Sumido en sus
pensamientos, Calcagnini daba pequeños golpecitos con las manos juntas sobre
sus labios fruncidos.
—Nosotros
pensamos lo siguiente: ¿Y si descubriéramos que en Bolonia hay un miembro de la
Iglesia que viene del Norte, cuyo tío es obispo de un principado prusiano y una
voz importante en los asuntos de Europa? ¿Y si además ese joven científico
fuera un gran pensador en potencia? ¿No resultaría útil? Para decirlo sin
rodeos: corren tiempos difíciles, y el mundo está desvelando sus secretos a
aquellos que saben buscarlos. ¿Y si llegara a nuestros oídos que ese joven ha
estado esbozando en secreto una teoría planetaria que, de confirmarse, nos
obligaría a reconsiderar nuestra concepción de la naturaleza del mundo físico?
Entonces nos dijimos: ¿Y si ofreciéramos a este astrónomo ciertas facilidades,
como una casa en la tranquilidad del campo y fondos suficientes para estudiar e
investigar durante dos o tres años? En resumen, ¿si le facilitáramos los medios
para perfeccionar su novedosa teoría? Como todos sabemos, ahora la Iglesia es
libre de dedicarse a especulaciones opuestas al dogma, ya que éste es inexpugnable.
¿Y a quién le corresponde la tarea de asegurar la inviolabilidad del dogma?
¡Pues al papa! Ahora bien, ¿y si después de estos dos o tres años de reclusión,
nuestro joven astrónomo viajara a Prusia y le presentara a su tío las pruebas
de su nueva teoría? Es de conocimiento público que el obispo de Ermland no es
simpatizante de Roma, en especial de Alejandro, ese gordo y déspota Borgia.
¿Acaso no es probable que dentro de poco Europa entera hable sobre esta nueva y
aparentemente blasfema teoría? Entonces Alejandro se vería obligado a actuar.
Pero el obispo de Ermland no es el único enemigo del papa, sus enemigos podrían
formar una legión, por lo tanto nos preguntábamos: en la batalla entre una
teoría matemáticamente probada y verificada más allá de cualquier duda y un mal
papa, ¿quién tendría más probabilidades de ganar? Pensamos que la única salida
posible sería un nuevo cónclave del Colegio de Cardenales, lo cual resultaría
útil a la causa de la Iglesia, a la nuestra y, por supuesto, también a la suya,
Herr Koppernigk. Ya ve, éstas son las cuestiones que hemos estado meditando
desde hace un tiempo y pensamos que tal vez usted podría ayudarnos a encontrar
las respuestas, ¿no es así? Pero Nicolás estaba abstraído en la fantasía
maravillosamente ridícula de él y el obispo Lucas discutiendo tenebrosos planes
para derrocar al papa.
—Señor,
usted no conoce a mi tío.
Era
una escueta respuesta tras un discurso como aquél, pero no importaba demasiado
porque, curiosamente, los demás habían perdido todo interés en él. El dandi y
sus amigos intentaban obligar al perro a beber una copa de vino entre
escandalosas carcajadas. Novara estaba de pie junto a la ventana y miraba
abstraído hacia las lejanas colinas. Nicolás pensó que parecían una audiencia
aburrida en medio de una representación teatral. El cantante había vuelto a
entrar con una sonrisa insegura y vacilante, ya no era la misteriosa figura
clerical a quien dedicaban sus atenciones, sino un hombre extraño, sentimental,
triste y sin amor. Guarico se había quedado dormido y Calcagnini sonreía,
confuso, y asentía con la cabeza. Estaba borracho, todos lo estaban. Nicolás se
levantó para marcharse. Temblando de pies a cabeza, el flacucho Nono hizo un
absurdo e infructuoso intento de seducirlo entre risas y tartamudeos.
Andreas
puso a un lado su plato y eructó con amargura. Una camarera pasó junto a la
mesa con una fuente humeante y él se volvió a contemplar sus caderas
cimbreantes.
—Son
todos italianos, por supuesto —y de pronto sonrió a su hermano con frialdad—.
Sí, todos borrachines.
Nicolás
no volvió nunca a casa de Novara y evitó aparecer por sus clases. Para las
vacaciones de Navidad, se fue de Bolonia para siempre.
* *
* *
La
ciudad se agazapaba, sudando de miedo, bajo el signo del toro rumiante. Todos
hablaban de malos presagios; al atardecer llovía sangre y por la noche las
calles desiertas se estremecían con el estruendo de aterradores ruidos de
cascos y el aire se llenaba de gritos misteriosos. En Ostia una mujer dio a luz
una camada de ratas. Algunos decían que había llegado el reino del Anticristo y
que el fin estaba cerca. En febrero, César, el hijo ilegitimo del papa, regresó
victorioso de Romania y su ejército cabalgó triunfante por las calles entre los
vivas de la multitud. Estaba ataviado para la ocasión, todo de negro y con un
reluciente cuello dorado. Sus hombres también vestían de negro, y bajo la luz
brumosa y dorada de aquel día de invierno, parecía que el propio Señor de las
Tinieblas había venido a recibir las aclamaciones del gentío delirante.
* *
* *
Así
era Roma en el jubileo del año 1500. Siguiendo las instrucciones del tío Lucas,
los hermanos se habían mudado a la capital, donde deberían actuar como
embajadores no oficiales del Capítulo de Frauenburg en las celebraciones del
jubileo. Era un puesto ambiguo y durante aquel año sólo cumplieron una tarea
relacionada con la diplomacia: asistir a una cena en el Vaticano como invitados
de un oficial menor del papa, un clérigo astuto y lisonjero, con una mirada
desconcertante en sus ojos estrábicos, que deseaba, según habían podido deducir
los hermanos por sus deliberadamente veladas insinuaciones, asegurarse de que
la lealtad a Roma del obispo Lucas no corría riesgos de ser transferida al rey
de Polonia. Andreas y Nicolás, carentes de toda experiencia en asuntos de esta
delicadeza, podrían haber complicado seriamente la situación, si no hubiese
sido por el sobrio y cauteloso canónigo Schiller, representante del Capítulo de
Frauenburg, que estaba allí para guiarlos mediante puntapiés propinados con
entusiasmo y astuto disimulo por debajo de la mesa.
* *
* *
Vivían
con Schiller en una casa oscura en la zona húmeda de una colina, cerca del
Circo Máximo, donde la comida era sobriamente prusiana, y el aire sofocante,
por su olor a santimonia. Nicolás aceptaba con tristeza la disciplina y los
aburridos rituales de la casa; estaba acostumbrado a ese tipo de vida desde sus
días de colegial y no esperaba nada mejor. A Andreas, sin embargo, lo
enfurecían los ojos vigilantes del canónigo Schiller, donde se reflejaba, desde
la lejana Prusia, el brillo de una mirada mucho más fría y feroz. De un tiempo
a esta parte se había vuelto más arisco que nunca, sus enfados eran peores y
sus ataques de melancolía ya no se aliviaban con los placeres de la vida de
estudiante. Si antes era incompetente, ahora se complacía en destruir las
pequeñas cosas y su alegre cinismo se había convertido en algo parecido a la
desesperación. Decía que estaba enfermo, tenía la cara demacrada y pálida, los
ojos inyectados en sangre y una respiración extrañamente débil y agitada.
Comenzó a frecuentar las consultas de astrólogos y videntes de la peor calaña.
En una oportunidad, llegó a pedirle a Nicolás que le hiciera un horóscopo, a lo
que el joven astrónomo se negó, horrorizado, aduciendo de un modo no muy
convincente su falta de capacidad. El tío Lucas le consiguió una canonjía en
Frauenburg y por un tiempo su economía fue boyante, pero pronto se quedó otra
vez sin un céntimo y, lo que es peor, cayó en manos de los judíos. Nicolás
observaba con impotencia cómo se desintegraba la vida de su hermano; era como
presenciar la caída lenta y terrible del que una vez fuera un ángel glorioso y
maravillosamente ilustre.
A
pesar de todo, Andreas amaba Roma. En aquella ciudad corrupta, amamantada por
una loba, sus peculiares talentos florecieron por completo gracias a la
atmósfera reinante de amenazas e intrigas. Empleaba el lenguaje de aquellos
astutos y mundanos sacerdotes, y en poco tiempo estuvo metido en las camarillas
y conspiraciones que abundaban en la corte del papa. Todo el mundo lo
consideraba un revolucionario brillante, despreocupado y hedonista, destinado a
empresas más grandes. Schiller le advirtió sobre los riesgos de su estilo de
vida, pero él no le hizo caso; para entonces ya había llegado más bajo de lo
que el canónigo hubiera imaginado. Pero pisaba arenas movedizas y su luz se
extinguía: se estaba ahogando.
* *
* *
Nicolás
detestaba la capital; le parecía un león viejo y rojizo que agonizaba bajo el
sol, en cuyo pelaje herido y hediondo, los piojos se criaban y se daban un
desesperado y frenético festín. Los manejos que veía en la Iglesia le
asqueaban; Dios había sido destituido y Rodrigo Borgia reinaba en su lugar. El
domingo de Pascua de resurrección, doscientos mil peregrinos se arrodillaron en
la plaza de San Pedro para recibir la bendición del papa, y Nicolás estaba
entre ellos, apretujado por los pobres y tontos creyentes que suspiraban y
vibraban como un enorme pulmón, con los rostros erguidos confiadamente hacia el
cálido sol de primavera. Se preguntó si los profetas de las tabernas tendrían
razón, si sería el fin y si en aquel momento la ciudad y el mundo estarían
recibiendo una última y terrible bendición.
* *
* *
En
el mes de julio, el marido de Lucrecia Borgia, Alfonso, duque de Bisceglie, fue
salvajemente atacado en las escalinatas de la catedral de San Pedro, y, según
decían, César estaba detrás de aquella afrenta. Los rumores parecieron
confirmarse cuando, unas semanas más tarde, el hombre de II Valentino, Don
Michelotto, irrumpió en la habitación del Vaticano donde convalecía Alfonso y
lo estranguló. Nicolás recordó aquel misterioso día en Bolonia y se preguntó si
habría alguna relación, pero por supuesto era completamente ilógico pensar que
Novara y sus amigos pudieran estar implicados de algún modo en aquellos hechos
sangrientos, al menos eso le había dicho el propio profesor cuando un día, por
pura casualidad, Nicolás lo había encontrado en la calle cerca del anfiteatro
de Vespasiano.
¡No,
no! —susurró Novara con voz ronca mientras miraba nervioso a su alrededor—.
¿Cómo ha podido pensar algo así? De hecho, el duque conocía nuestras ideas y no
estaba del todo en desacuerdo. Lo cierto es que no le deseábamos ningún mal. Ha
sido terrible, de verdad. Y pensar que alguna vez consideramos a este César
como... ¡Oh, qué terrible!
* *
* *
Estaría
unos pocos días en Roma por asuntos de la universidad. A Nicolás le impresionó
su aspecto, estaba encorvado y pálido, con los ojos apagados y las manos
temblorosas, y apenas se asemejaba al pomposo, frío y arrogante patricio que
había sido en el pasado. Frunció el entrecejo, abstraído, y se secó el sudor de
la frente, irritado por el calor, el polvo y el ruido del gentío. Se estaba
muriendo. Lo acompañaba un joven delgado y con cara de aburrido vestido de
escarlata llamado Girolamo. De pie junto a Novara, con la mano apoyada en la
cintura e irrespetuosamente callado, el joven le dedicó una sonrisa. Nicolás,
que de repente recordó dónde lo había visto antes, se ruborizó y giró la
cabeza, sólo para advertir, horrorizado, que Novara lo miraba con lágrimas en
los ojos.
—Usted
me considera un tonto, Koppernigk —le dijo—. Usted vino a mi casa sólo para
reírse de mí. Claro que sí, no lo niegue, su hermano me contó cómo se rió
después de dejarnos aquel día. Supongo que mis proyectos y mi magia le habrán
parecido tontos a alguien como usted, que se ocupa de los hechos, los cálculos
y las leyes del mundo invisible.
Nicolás
refunfuñó para sí. ¿Por qué habría gente como Andreas, y ahora Novara, tan
ansiosa de que pensaran bien de ella? ¿Qué importancia tenía su opinión?
—Mi
hermano mintió —dijo—, es normal en él. ¿Por qué iba a reírme de usted? Usted
es un astrónomo mucho más importante que yo.
—Aquello
era horrible, horrible.— Me fui de su casa porque sabía que no podría servirles
de nada. ¿Qué papel podía jugar yo en sus proyectos...? —no podía resistirlo
más—, yo, el hijo de un vulgar mercader. —.
Novara
asintió con una sonrisa. El sol dejaba caer sus rayos sobre él como si fueran
martillazos y tenía el aspecto de un animal herido.
—Le
falta caridad, amigo mío —dijo— — Debe intentar comprender que los hombres
necesitan respuestas, autos de fe, mitos, mentiras si se quiere. El mundo es
terrible y aun así nos aterroriza dejarlo, ésa es la paradoja que más daño nos
hace. ¿Hay algo que le haga daño a usted, Herr Koppernigk? Vuestra inmunidad es
envidiable, pero me pregunto si durará para siempre.
—¡No
puedo evitar ser frío! —gritó Nicolás, fuera de sí por la ira y la vergüenza—.
Y no he hecho nada para merecer su hostilidad. —Pero Novara había perdido
interés y se alejaba. El joven Girolamo vacilaba en medio de los dos y miraba a
uno y a otro con tina ligera sonrisa burlona. Nicolás temblaba violentamente,
¡no era justo! Aunque se estuviera muriendo, Novara no tenía derecho a
rebajarse así; su deber era ser orgulloso y frío, intimidar en lugar de
quejarse y sollozar, no podía ser débil. ¡Era un escándalo!— ¡Yo nunca le pedí
nada! —gruñó Nicolás a la espalda del otro sin hacer caso a las miradas de los
transeúntes—. Fue usted quien me buscó. ¿Me está escuchando?
—Sí,
sí —murmuró Novara sin volverse—, eso es, muy bien. Ahora adiós. Ven, Girolamo,
ven.
El
joven sonrió lánguidamente por última vez y con un pequeño gesto de tristeza se
acercó al profesor y lo cogió del brazo. Nicolás dio media vuelta y se alejó,
mientras las garras de la furia se aferraban a él como si fuera una bestia
salvaje que se resistía a la cautividad. Estaba asustado, como si al mirarse al
espejo no hubiese visto reflejada su cara, sino algo horrible y abominable.
Nunca
volvió a ver a Novara. Quizá sus caminos se cruzaran una o dos veces, pero el
tiempo y las circunstancias intervinieron para mantenerlos alejados,
afortunadamente, no sólo porque Nicolás temía presenciar otra escena dolorosa,
sino también porque le aterrorizaba la idea de volver a ver la temible imagen
de sí mismo que había vislumbrado en el espejo de aquel incomprensible ataque
de la más pura ira. Cuando se enteró de la muerte del profesor, ni siquiera
podía recordar con claridad qué aspecto tenía aquel hombre, pero para entonces
estaba en Padua y todo había cambiado. Al principio la ciudad le causó una
pobre impresión, pues estaba demasiado ocupado buscando un alojamiento decente
y cumpliendo con los complicados y exasperantes rituales para matricularse en
la universidad, como la elección de asignaturas y profesores. También tenía que
hacerse cargo de Andreas, que para entonces sufría una grave aunque misteriosa
enfermedad y estaba siempre de mal humor. A comienzos del verano, los hermanos
viajaron a Frauenburg pues había expirado su excedencia, y aunque habían pedido
una prórroga por carta, el tío Lucas había insistido en que debían presentar la
petición en persona. La prórroga les fue concedida, por supuesto, y tras algo
menos de un mes en Prusia volvieron a Italia.
Nicolás
se detuvo a visitar a Bárbara en el convento de Kulm. Su hermana no había
cambiado mucho desde la última vez que la viera, unos años antes. A pesar de su
madurez, para él seguía siendo la chica desgarbada que jugaba al escondite con
él en la antigua casa de Torun. Tal vez fuera por esos recuerdos infantiles que
su charla sonaba tan formal e irreal. Entre ellos seguía existiendo una
familiar melancolía, un tierno y vacilante interés; sin embargo, ahora había
algo más, una ligera sensación de ridículo, de dificultad, como si a pesar de
las apariencias, no fueran más que niños jugando a ser mayores. Ella le contó
que la habían nombrado abadesa del convento, para reemplazar a su finada tía
Christina Waczelrodt, pero él no alcanzaba a comprenderlo. ¿Cómo era posible
que Bárbara, su Bárbara, se hubiera convertido en una persona tan importante?
Ella también estaba asombrada de la complicada ficción que él pretendía hacer
pasar por su vida.
—Te
estás convirtiendo en una persona muy famosa —dijo ella—. Incluso aquí, en el
interior, escuchamos hablar de ti.
—Es
todo obra de Andreas —respondió él sonriente y meneó la cabeza—. Le hace gracia
ir diciendo por ahí que estoy formulando en secreto una teoría revolucionaria
sobre los planetas.
—¿Y
no es cierto?
* *
* *
Afuera
caía una llovizna estival y una luz pálida y levemente vacilante entraba
temerosa a través de las enormes ventanas de la sala donde estaban reunidos.
Incluso en su hábito amplio, Bárbara era toda huesos, rodillas, nudillos y piel
sin carne. Ella desvió la mirada con timidez.
—Pronto
vendré a verte otra vez —dijo él.
—Sí.
Cuando
volvió a Padua se encontró con que Andreas, a pesar de estar enfermo y
debilitado por el viaje a Prusia, se preparaba para marchar a Roma.
—No
puedo soportar ni tu repulsivo olor a santo, hermano, ni la maldita presunción
de Padua. Estarás más tranquilo si dejo de avergonzarte delante de tus piadosos
amigos.
—Yo
no tengo amigos, Andreas, y preferiría que no te fueras.
—Eres
un hipócrita. No me hagas vomitar, por favor.
Aunque
intentaba no sentirse así, Nicolás no pudo evitar alegrarse con la partida de
su hermano. Una vez libre de la intolerable presencia de Andreas, tal vez
pudiera ser él mismo y convertirse en la clase de persona que siempre había
querido ser. ¿Pero cómo era esa misteriosa personalidad que siempre lo había
eludido? No estaba seguro, aunque sabía que había llegado a un punto crítico.
* *
* *
Los
primeros meses de soledad en Padua le parecieron extraños, no se sentía feliz
ni triste, no sentía nada, sólo indiferencia. La vida corría junto a él y él
esperaba algo bajo su oleaje, pero no sabía qué, aunque tal vez fuera que lo
rescataran. Se dedicó de cuerpo y alma al estudio, eligió filosofía y derecho,
matemáticas, griego y astronomía. Fue en la facultad de medicina, sin embargo,
donde por fin salió a flote, como un nadador exhausto que emergía a la luz y en
cuyos doloridos pulmones el aire salvador florecía como una enorme y
deslumbrante flor amarilla.
—¿Señor
Fracastoro?
El
joven se volvió con el entrecejo fruncido.
—Sí,
yo soy Fracastoro.
Qué
guapo era, qué altivo, con aquellos ojos negros y la cara morena, delgada y
arrogante. ¡Con qué languidez se repantigaba en el banco entre el grupo de
dandis parlanchines~ con las piernas largas cruzadas con descuido! La clase
apestaba con el olor fétido de un cadáver disecado, de las entrañas y glándulas
que transportaban dos asistentes, pero él mostraba una distinguida indiferencia
ante aquella carnicería y sólo de vez en cuando se dignaba levantar a la cara
el pañuelo empapado en perfume cuyo aroma penetrante a almizcle constituía el
inconfundible distintivo de los estudiantes de medicina. Estaba vestido con
desaliñada elegancia, ropas de seda y piel, botas, espuelas y una camisa de
lino blanca que dejaba al descubierto su pecho frágil. Aquella mañana había
llegado tarde a clase y, ruborizado y sonriente, había traído al ambiente
fétido del aula una limpia y fresca fragancia a caballos, césped fresco y
prados cubiertos de bruma. Él era todo lo que Nicolás no era, así que el joven
astrónomo, adivinando una inminente humillación, se maldijo por haberle
hablado.
—Creo
que nos conocimos el año pasado en Roma —le dijo—. Usted estaba con el profesor
Novara.
—¿Ah
sí?
Los
amigos de Fracastoro se dieron codazos entre sí, divertidos, y miraron a
Nicolás con una seriedad llena de sarcasmo, haciendo esfuerzos para no reír.
También ellos veían venir la humillación.
—Sí,
si, en Roma, y antes de eso en Bolonia, en casa del profesor —comenzó a
balbucear y alguien rió—. Lo recuerdo muy bien, ustedes intentaban emborrachar
al perro de Novara, ¡ja, ja!
—¿Sí?
—dijo el joven arqueando una ceja—, ¿un perro, dice? ¡Qué extraordinario! La
verdad es que no lo recuerdo.
Nicolás
suspiró. ¡Maldito seas, joven presuntuoso! La vida es horrible, de verdad. Dio
un paso atrás, intentando que no pareciera una reverenda.
—Habrá
sido un error —murmuró—; perdóneme.
—Pero
espere, espere —dijo Fracastoro—; ese Novara, me parece que lo recuerdo
vagamente. —Llevó su delgada mano a la frente—. Un matemático, ¿verdad?, muy
dado al misticismo. Sí, sí, lo conozco. ¿Y bien?
—Pero
no recuerda nuestro encuentro.
—No,
pero tal vez lo haga si me concentro. ¿Tiene noticias del profesor?
—No,
no. Yo sólo..., pero no importa.
—¿Pero...?
—No
importa, no importa —repitió y se fue seguido por las risas de los demás.
* *
* *
Volvieron
a encontrarse unos días después, precisamente en el mercado, al amanecer. En
aquella época Nicolás sufría de insomnio y a menudo salía a caminar por la
ciudad para refrescar su mente atormentada y febril con el aire frío de la
noche. El mercado lo atraía de un modo especial, sus colores, sus voces, el
dulce y fuerte olor a fruta madura, todo se unía para despojar de su monotonía
a aquellas horas crueles antes de que apareciera la primera luz. Estaba apoyado
en el húmedo parapeto del Ponte San Giorgio, contemplando ociosamente las
barcazas que, como enormes y torpes ballenas, descargaban sus productos bajo la
azulada penumbra del muelle.
—Koppernigk,
¿verdad? —dijo una voz a su espalda. Estaba arropado en un abrigo pardo y su
larga mata de cabellos rubios estaba escondida bajo un viejo y destartalado
sombrero gacho de color negro; sin embargo, aquel atuendo informal no le
restaba elegancia. Tenía una ligera sonrisa en los labios, pero no miraba a
Nicolas, sino que contemplaba el paisaje, todavía oscuro más allá de las
murallas de la ciudad, como si dijera en silencio: Ven, hiéreme ahora y toma tu
pequeña venganza. Pero Nicolás, también en silencio, rechazó la oferta y el
italiano rió suavemente.
—¿Nicolás
Koppernigk? Ya ve, me he estado concentrando. Con una leve sonrisa, Nicolás
inclinó la cabeza en señal de reconocimiento.
—Signor
Fracastoro.
Entonces
el otro lo miró directamente y volvió a reír.
—¡Oh,
por favor! —dijo—, mis amigos me llaman así, pero usted puede llamarme
Girolamo. ¿Caminamos un poco hacia allí? —Se alejaron del puente y cruzaron la
plaza, donde las verduleras gritaban amigablemente de puesto en puesto.
—Pero
dígame, ¿qué le trae por aquí a una hora tan extraña?
—No
duermo bien —dijo Nicolás encogiéndose de hombros—, ¿y usted?
—Me
temo que el vino y las mujeres no me permiten ir a dormir. Ahora vuelvo a casa
después de una noche desperdiciada. —Lo decía para presumir. Tenía esa edad,
cercana a los veinte, donde el niño que había sido y el hombre que comenzaba a
ser lo dominaban a la vez, de modo que en un mismo instante pasaba de un modo
desconcertante del más frío e irónico cinismo a la más pura necedad.
—Usted
decepcionó mucho a Novara, ¿lo sabía? —decía ahora—, al no tomar en serio sus
grandiosos proyectos para cambiar el mundo. ¡Ah, pobre Domenico!
Ambos
rieron, con un poco de malicia, pero de pronto Nicolás se sintió observado
desde el cielo por los ojos humillados y llenos de rencor del profesor.
—Pero
sus preocupaciones no eran triviales.
—No,
por supuesto, pero eran sólo palabras. Estaba demasiado enamorado de la magia y
despreciaba la acción. Sin embargo, yo ahora la considero como la ciencia que
aplica el conocimiento de las formas ocultas a la producción de fenómenos
sobrenaturales. — Le miró desde abajo del ala de su sombrero negro con una
expresión ingenua e inquisitiva, pero era imposible saber si era sincero o no.
— ¿y usted qué dice, amigo?
Pero
Nicolás sólo se encogió de hombros y murmuró con cautela.
—Quizás,
quizás. —
No
sabía bien cómo catalogar a aquel joven, no se fiaba de él ni tampoco de sí
mismo, por lo tanto decidió ir con cuidado; aunque no sabía bien para qué
necesitaba fiarse, no quería volver a pasar por tonto. Era todo muy extraño,
aquel encuentro, aquella mañana irreal, las figuras borrosas que iban de aquí
para allá a toda prisa y gritaban en la oscuridad. Entraron en una estrecha
callejuela dedicada por entero al comercio de pájaros, donde verdaderas
cascadas de música frenética empapaban el aire oscuro. Cuando llegaron al final
de la calle, se encontraron de repente en una plaza desierta. El cielo tenía un
profundo color azul ilirio que se aclaraba rápidamente hacia el este y las
torres de la ciudad estaban coronadas de oro.
—¿Puedo
invitarle a desayunar? —dijo Fracastoro—, me alojo cerca de aquí.
Vivía
en un palacete destartalado cerca de la basílica de San Antonio, en la casa de
un anciano conde que se había marchado tiempo atrás a una casa en los Alpes
Dolomíticos para reponerse de una enfermedad pulmonar.
—Mi
tío, ya sabe —dijo y le guiñó un ojo. Subieron entre desgastados esplendores y
oropeles, pinturas al temple y polvorientas estatuas de mármol hasta el cuarto
piso, donde una especie de madriguera de estructura irregular, formada por
cinco o seis habitaciones, había sido rescatada del polvo y de los elegantes
escombros producidos por años de abandono. Allí, debajo del tambaleante dosel
de la enorme cama imperial, encontraron a un joven dormido envuelto en sábanas
sucias. Estaba desnudo, con las piernas y los brazos abiertos en una actitud de
infantil abandono, y parecía clavado, como un extravagante espécimen, por la
enorme erección que sobresalía, grotesca, de la negrísima maraña de su pubis.
Fracastoro apenas lo miró, pero al pasar junto a él, levantó tina camisa
arrugada del suelo y se la tiró a la cara.
—¡Levántate,
levántate! ¡Vamos!
En
la habitación principal reinaba el más absoluto desorden, un revoltijo de
libros, ropa y botellas de vino vacías. Casi todos los muebles estaban
cubiertos con sábanas; pero en medio de aquella barahúnda, aún era posible
vislumbrar el esqueleto de glorias pasadas en los paneles de exquisitos
dibujos, en las brillantes columnas de mármol, en las cortinas bordadas en oro
y en la espineta con incrustaciones de palo de rosa, frágil y delicada como un
ciervo. Magníficas ventanas arqueadas enmarcaban la majestuosa arquitectura del
tríptico de San Antonio, que se alzaba, inmutable, sobre el inmaculado cielo
azul. Fracastoro miró a su alrededor, se encogió de hombros e hizo un vago
gesto de impotencia y disculpa con una mano. Nicolás se preguntó cuántas
generaciones de educación aristocrática habrían sido necesarias para producir
aquella indiferencia y despreocupación propia de los nobles. Se acurrucó debajo
de la capa negra, mientras su alma gris y atormentada se llenaba de envidia por
la seguridad y la calma de aquel joven, por su desprecio hacia las
trivialidades de este mundo. Permanecieron un rato en silencio junto a la
ventana, con la vista fija en la calle iluminada por el sol, pendientes del
ruido de las persianas de caña, del estruendo del aguatero y de los gritos del
panadero. No ocurrió nada, no dijeron una sola palabra, pero en el futuro,
mucho después de que tantas otras escenas se hubieran borrado de su memoria,
Nicolás recordaría aquel momento con extraordinaria claridad, como el verdadero
comienzo de su amistad.
Oyeron
un ruido a sus espaldas y Girolamo se volvió.
—¡Ah,
aquí estás, maldito desgraciado!
Era
el atractivo joven del dormitorio. De pie en el umbral de la puerta, vestido
sólo con su camisa, se rascaba la cabeza y los miraba con ojos somnolientos. Su
nombre era Tadziu o Tadzio, Nicolás no lo había entendido bien, pero no
importaba demasiado, pues no volvería a verlo jamás. Aquella misma mañana, el
joven desapareció misteriosamente y Girolamo no volvió a hablar de él, excepto
en una ocasión, mucho tiempo después. Pero aquel día hablaron rápidamente en un
dialecto incomprensible para Nicolás, luego el joven se encogió de hombros y se
marchó. Entonces Girolamo se volvió hacia su invitado con una sonrisa.
—Debo
disculparme, pues al parecer no hay comida en casa. Pero pronto comeremos algo.
—Comenzó a rebuscar inútilmente entre la maraña de papeles que cubrían una
pequeña mesa tallada, mirando a Nicolás de vez en cuando con una expresión
enigmática y divertida. En varias ocasiones Nicolás tuvo la impresión de que
iba a decir algo, pero no lo hizo. Por fin rió y levantó los brazos.
—No
sé qué decir —comentó, desvalido.
Nicolás
no necesitó mirarlo, sabía a qué se refería.
—Yo
tampoco —murmuró confundido y, luego, súbitamente feliz—, ¡yo tampoco!
Entonces
volvió Tadziu o Tadzio, con una humeante barra de pan bajo el brazo, una
botella de champaña en una mano y un plato cubierto con una servilleta en la
otra. Girolamo levantó la servilleta y dejó al descubierto una aceitosa masa de
tortas desmenuzadas.
—¡Qué
asco!, ¡qué asco! —dijo riendo y se sentaron a comer. El joven amigo de
Girolamo miró a Nicolás con una expresión amarga y hostil, pero él no iba a
permitir que lo intimidaran. Ya antes se sentía algo mareado por la falta de
sueño, pero ahora el champaña y el olor a pan caliente y a tortas lo habían
atontado del todo. Se sentía feliz.
—Venga
—dijo Girolamo—, háblenos de su famosa teoría de los planetas.
Sí,
sí, se sentía feliz.
Pero
la palabra felicidad no era del todo apropiada para la transformación que
sufriría aquel verano, pues fue una verdadera metamorfosis. Su corazón se
ablandó, algo grande e inefable creció en su interior y en ocasiones tenía la
sensación de que aquel éxtasis iba a hacerlo estallar, de que su capa se
abriría para revelar la enorme, grotesca, llamativa y absurda flor que brotaba
cómicamente de su pecho. Era ridículo, pero no le importaba, se atrevía a ser
ridículo. Se enamoró de la ciudad, de sus límpidas mañanas, de sus ardientes
mediodías y de sus atardeceres en las plazas donde escuchaba el canto de los
pájaros; para él la ciudad pasó a estar llena de significados ocultos. Nunca
volvería a pasar junto al mercado, a cruzar el Ponte de San Giorgio al amanecer
ni a oler el tufo nauseabundo de las tortas en los puestos de las esquinas, sin
experimentar una extraña punzada de angustiosa ternura.
Sin
embargo, en el fondo, temía que aquel maravilloso frenesí acabara
destruyéndolo, pites era como una enfermedad. Pensó que encontraría el antídoto
en sus estudios, así que leyó a Platón en griego y releyó la obra de Nicolás de
Cusa y el Almagesto de Tolomeo, que ya se sabía casi de memoria. Volvió a
aquellos textos que había conocido gracias a Novara y se internó en la espesura
de la traducción de Trimegistus que Ficino había hecho para Lorenzo de Medici.
Pero era inútil, no podía concentrarse, así que salió y paseó por las calles
desiertas del mediodía a la sombra de los palpitantes plátanos, desconsolado y
asustado. Entonces sus piernas, como si las impulsara una voluntad propia, lo
llevaron hasta aquella desordenada habitación del Palazzo de Antonini con
vistas a la basílica, donde Girolamo le sonrió somnoliento.
—Bien,
amigo mío, ¿qué pasa? Parece muy preocupado.
—Soy
demasiado viejo para todo esto, ¡demasiado viejo!
—¿Para
qué?
—Para
todo esto: usted, Italia, todo. ¡Demasiado viejo!
—Sí,
es usted un viejo ancianito de veintiocho años. ¡Venga, abuelo, siéntese aquí!
No debería salir a las horas de sol, ya lo sabe.
—¡No
es el sol!
—No,
es usted demasiado prusiano, demasiado escéptico y frío. Debe aprender a
apreciarse más a sí mismo.
—Tonterías.
—Pero…—
—
¡Tonterías!
Girolamo
se estiró y bostezó.
—Muy
bien, abuelo —murmuró—, pero ahora es la hora de la siesta.
Apoyó
la cabeza en la cama, junto a la de su amigo, y se durmió en el acto con una
sonrisa en los labios. Nicolás lo miró y se retorció las manos. ¡Estoy loco por
él, completamente loco!
Era
prisionero de una locura voluntaria. Había abandonado con insensata negligencia
las cuestiones que hasta ahora le habían parecido importantes, o merecedoras de
un análisis serio; pero ellas no lo habían abandonado a él, aguardaban en la
oscuridad exterior, impacientes, listas para volver y vengarse brutalmente, él
lo sabía. Lo sabía, pero no le importaba. ¿Acaso no se había independizado de
la dolorosa y miserable hegemonía del intelecto? ¿No había dejado en libertad
al hombre físico que había esperado toda la vida agazapado en su interior? Les
había llegado el turno a los sentidos, se lo merecían. Sin embargo,
misteriosamente, el cuerpo al que había soltado las cadenas no parecía saber
qué hacer con su flamante libertad. Se movía con torpeza bajo la luz
inesperada, como un verdadero lunático hambriento, liberado después de muchos
años en las mazmorras. Sudaba, babeaba y tropezaba, como un espantajo pálido,
largo y delgado de carne y piel, un poco repelente y un poco cómico, pero
completamente absurdo.
Absurdo,
absurdo; recordaba en especial a Ferrara y el día de su conferencia.
Fue
por razones de economía, o según Girolamo de mezquindad, que Nicolás escogió
hacer su doctorado en derecho canónico fuera de Padua, pues cuando llegaba la
hora de la graduación —y sobre todo la del espléndido banquete que debía
ofrecer después— incluso el más solitario de los estudiantes se encontraba
rodeado de amigos hasta entonces desconocidos. Nicolás no permitiría que una
panda de borrachines se embriagara a su costa, por lo tanto, aunque se tratara
de una institución de menor prestigio que la de Padua y nunca hubiera estudiado
allí, se matriculó para el examen en la universidad de Ferrara. Su solicitud
fue aceptada y aquel mismo otoño viajó hacia el sur acompañado por Girolamo.
El
ritual de las conferencias llevaba una semana entera y era espantoso. Su tutor,
que le había sido asignado por la misma universidad, era un tal Alberti, un
especialista en derecho canónico inseguro y servil. Era cojo, y tenía una
salvaje y enmarañada cabellera gris que sobresalía de su pequeño cráneo como un
signo de admiración. Cierta vez, durante una de sus clases, un alumno había
sido apuñalado mientras él hablaba abstraído. A Nicolás le caía bien, pues era
de la misma triste y fascinante tribu de Abstemius de Wloclaweck.
—Bien,
Herr Kupperdik, éste es el procedimiento correcto: primero lo acompañaré a una
asamblea de doctores ante quienes jurará que ha hecho los cursos
correspondientes, que supongo que de verdad habrá hecho, ¿verdad? ¡Ja, ja! Esos
reverendos le darán dos textos de derecho y nosotros nos retiraremos a
estudiarlos. Es una farsa, por supuesto, pues yo ya sé cuáles serán esos
pasajes. No sería un buen tutor si no lo supiera, ¿verdad, Herr Kopperdyke?
Después, tras una ausencia prudencial, volveremos, los doctores lo
interrogaran, votarán y lo nombrarán licenciado. Luego sólo le restará
presentarse a un examen público para el doctorado, pero eso es una mera
formalidad después de la prueba oral, que como ya he dicho, también es una
formalidad. Eso es todo, Doctor Popperdink, ¡nada más fácil!
Sin
embargo, no fue tan simple. Alberti se equivocó con los textos y preparó a
Nicolás, con admirable esmero, para los de otro estudiante. Así pues, el día
del examen, Nicolás pasó una hora en una calurosa antecámara, intentando
memorizar las nuevas respuestas y acallar las perturbadoras disculpas de su
mortificado tutor, mientras los doctores se impacientaban en la estancia de al
lado. Los examinadores, sin embargo, parecían conocer bien el talento de
Alberti para la organización y era evidente que les importaba menos la calidad
de la exposición de Nicolás que el hecho de que el ritual no se hubiera llevado
a cabo según las normas. Votaron, mascullando algo entre ellos, le dedicaron
una feroz mirada a Alberti, y, tras anunciar el resultado del examen, se levantaron
y se fueron con un furioso rumor de togas. Nicolás, empapado en sudor, cerró
los ojos y apoyó suavemente su cara ardiente entre las manos. El tutor,
aliviado, corrió junto a él y le dio unas palmadas tan fuertes en la espalda
que estuvo a punto de tirarlo de la silla.
—¡Enhorabuena,
mi querido amigo, enhorabuena! —Durante todo aquel tiempo, Nicolás no había
podido pensar en otra cosa que en el recibimiento que le haría el tío Lucas si
volvía a Ermland sin el doctorado. — Herr Poppernik, ¿se encuentra bien?
Por
supuesto Girolamo rió al enterarse de lo sucedido, pero luego se quedó callado,
pálido y distante, mientras Nicolás, con amargura y vehemencia, se desahogaba
de la frustración y la ira reprimida durante todo el día. Aquella noche fueron
con Alberti a los barrios bajos y se emborracharon en compañía de un grupo de
rameras gritonas.
La
semana siguió inexorable, como una locomotora gigante que perdiera el control y
se desintegrara, esparciendo sus partículas por todas partes y bombardeando a
Nicolás, un inocente espectador, con rayos y ruedas rotas y salpicaduras de
espeso aceite negro. El artefacto por fin explotó el domingo con un estallido
ensordecedor. Al llegar a la catedral para su conferencia, Nicolás se detuvo en
la entrada, presa del pánico.
—¡Dios
mío!, ¿qué es esto?
El
lugar estaba lleno de estudiantes, cientos de ellos; incluso había algunos
sentados en los peldaños del altar. Alberti se volvió hacia él con una sonrisa
tierna y calurosa.
—¿Si,
doctor?
Se
había acostumbrado a usar el título cada vez que tenía oportunidad, y lo hacía
con una disimulada picardía paternalista que a Nicolas le producía deseos de
golpearlo con todas sus fuerzas.
—¡Toda
esta gente! —gritó—, ¿qué significa esto? Vine a Ferrara justamente para evitar
algo así.
Alberti
estaba desconcertado; como buen italiano, le fascinaban las multitudes y la
algarabía.
—Pero
los estudiantes siempre vienen a escuchar las disertaciones
—dijo
con suavidad—, es la costumbre.
—¡Dios!
Girolamo
inspeccionaba detenidamente la arquitectura con la expresión solemne de alguien
que intenta contener la risa. Se había vestido para la ocasión con una casaca
acolchada de color escarlata, ceñidas calzas negras y tina larga pluma blanca
en el sombrero; como un condenado pavo real, pensó Nicolás.
—Me
imagino que vendrán por los posibles incidentes cómicos, ¿verdad? —dijo
Girolamo sin siquiera volverse.
—Si~
sí —asintió Alberti con entusiasmo—, la comedia, eso mismo.
—¡Dios!
—gimió Nicolás otra vez y recogió los pliegues de su túnica para subir la
escalinata que conducía al púlpito.
En
los estrechos peldaños tropezó con la capucha que colgaba del cuello de la toga
y estuvo a punto de ahorcarse. Se asomó tímidamente por encima del púlpito,
sólo para encontrarse con que lo aguardaba un mar de caras expectantes y
fascinadas. En el fondo de la nave, alguien soltó una frase aguda y florida,
provocando un estruendo de silbidos y aplausos. Nicolás buscó el texto de su
discurso entre los pliegues de la toga y por un instante pensó, aterrado,
que..., pero no, no lo había olvidado, estaba allí, aunque en un espantoso
desorden que sus manos temblorosas se apresuraron a empeorar.
—Reverendísima.
El
resto de sus palabras introductorias fueron ahogadas por gritos y puntapiés,
así que se detuvo desconcertado. Alberti y Girolamo, que estaban sentados
debajo, se inclinaron hacia adelante con las manos ahuecadas alrededor de la
boca.
—¡No
oyen nada! —gritaron.
Después
de un momento se calmaron un poco los ánimos. Entonces Nicolás estiró la cabeza
como una tortuga furiosa y les soltó el texto como si se tratara de una
maldición. El tema era la defensa de la prohibición canónica del matrimonio
entre una viuda y su cuñado. Era una simple declaración formal de una doctrina
aceptada, después de la cual el público debería cuestionarlo de un modo
igualmente formal. Pero Nicolás sospechaba, y con razón, que aquellos
indisciplinados estudiantes no tendrían ninguna intención de comportarse según
las reglas. Incluso antes de que hubiera terminado, una docena o más se habían
puesto de pie y le gritaban insultos o los intercambiaban entre ellos en medio
de una algarabía general. Nicolás trató de distinguir alguna objeción levemente
razonable respecto al contenido de su disertación, pero fue en vano, sus
verdugos sólo soltaban desatinos u obscenidades, o ambas cosas a la vez,
mientras él se tambaleaba en el púlpito como una muñeca de trapo disputada por
dos niños: extendía los brazos, sonreía, abría y cerraba la boca con expresión
de amargura y muda impotencia. Hasta entonces, jamás había vivido una
experiencia tan angustiosa y humillante.
Por
fin perdieron interés en él, y cuando el alboroto comenzó a calmarse y los
estudiantes volvieron la vista hacia una nueva víctima, Nicolás bajó tembloroso
del púlpito. Un par de miembros de la junta parroquial, con sus cabezas
cruelmente rapadas, lo acompañaron a toda marcha hasta un altar lateral y lo
arrojaron sobre la silla académica. Allí le entregaron el gorro, el libro, el
anillo de oro y el diploma de graduado, tras lo cual Alberti, con sus
enmarañados pelos de punta y la apasionada emoción digna de un padre orgulloso,
se acercó cojeando y le plantó un beso de reconciliación, pegajoso y con
aliento a ajo.
—¡Ave,
magíster! —le gritó, y luego, incapaz de contenerse, añadió arrobado—: ¡Doctor
Peppernik!
Nicolás
se miró a sí mismo como si se contemplara desde afuera: era una figura aturdida
y grotesca con el gorro torcido, rebosante de incorregible estupidez; el señor
del anarquismo obligado a sentarse en el trono del heredero. Italia y todo lo
que Italia significaba lo habían convertido en esto. Girolamo se acercó para
besarlo, pero Nicolas le retiró la mejilla.
* *
* *
Aquella
primavera el tiempo había sido malo, había habido viento y lluvia durante
semanas y desde las montañas se oían rumores de tormenta. Enormes fortalezas de
nubes negras rugían sin cesar desde el oeste, y el lago de Garda hervía con una
fina plomiza. Nicolás tenía la sensación de que aquella turbulencia del aire
era un presagio, aunque no alcanzaba a entender lo que significaba. Al
anochecer, llegó con Girolamo a la casa de campo, mojado, cansado y desanimado.
La enorme y antigua casa de madera y piedra, situada sobre una empinada colina
en lo alto de Incaffi y del lago, estaba rodeada de altos cipreses y parecía
muy valiosa. Tenía un amplio patio con baldosas irregulares de mármol, bustos
de los emperadores sobre peanas de mármol y amplios escalones de piedra que
conducían a una entrada con columnas. Nicolás había imaginado un lugar mucho
más modesto.
—¿Su
familia estará aquí? —preguntó, incapaz de disimular su temor.
—Claro
que no —respondió Girolamo—, están en Verona, viven allí. No nos llevamos bien,
así que nos vemos poco. Ésta es mi casa.
—Ah.
—Venga,
amigo mío, no ponga esa cara de susto. Aquí no habrá nadie más que usted y yo.
—No
sabía que era tan...
—¿Rico?
¿Y eso le preocupa?
—No,
¿por qué iba a hacerlo?
—Entonces,
por el amor de Dios, ¡deje de recular! —dijo y, golpeando los guantes de montar
contra su pierna, se volvió y subió los escalones que conducían al vestíbulo,
donde los sirvientes se habían reunido para dar la bienvenida al amo. Había más
de una docena de criados, desde chicas jóvenes a viejos canosos. Todos miraron
a Nicolas en silencio y con expresión hostil. De repente, el joven se sintió
plenamente consciente de su aspecto desaliñado, sus botas gastadas, su pobre y
escaso equipaje y su yegua decrépita que apenas podía mantenerse en pie.
“Conocemos bien a la gente como tú —decían aquellos ojos—.Ya te hemos visto ir
y venir muchas veces, distintas versiones, pero en el fondo la misma persona.”
Y Nicolás se preguntó cuántos otros habría habido.
Girolamo
se apresuró a cumplir con sus deberes de amo, caminó de un extremo a otro de la
fila de atentos criados con una falsa e imperturbable sonrisa y los interrogó
por turno, con un tono distante y formal, acerca de su salud y la de sus padres
o hijos. ¿Había alguna novedad en la Finca? ¿Todo en orden? ¡Espléndido,
espléndido! Nicolas lo contemplaba con envidia; a los veinte años, Girolamo
tenía la seguridad inmemorial de los aristócratas. Dejó caer su capa húmeda y
sus guantes en el suelo y tina joven criada los recogió de inmediato con
diligencia. Luego se tiró en un sillón e hizo señas al mayordomo, un viejo
gotoso y encorvado, para que le ayudara a quitarse las botas. Levantó la vista
hacia Nicolás y le dedicó una ligera sonrisa.
—¿Y
bien, amigo mío?
—¿Qué?
—Caro
Niccoló.
Se
sentaron a la mesa del suntuoso comedor ante tina ternera exquisitamente
preparada y champaña. Un candelabro de cristal veneciano resplandecía sobre sus
cabezas, reflejando sus brillantes destellos en el oscuro estanque de madera
pulida de la mesa, donde navegaba tina flota de fuentes artesanales de oro y
plata. La habitación estaba muda, sumida en la más absoluta quietud, excepto
cuando los cuchillos de hueso y los delicados tenedores apuñalaban y
destrozaban el silencio sobre los platos con diestra y disimulada ferocidad.
Mirara donde mirase, Nicolás encontraba el monograma de Fracastoro; grabado en
láminas de oro en los platos y vinagreras, bordado en las servilletas e incluso
tallado en las superficies y en la parte trasera de la enorme chimenea de mármol
negro.
—Dígame
—preguntó Nicolás—, ¿cuántas casas como ésta tiene?
—No
muchas; los apartamentos en Verona, donde están mis libros, y una casa en Roma.
Y también, claro está, el pabellón de caza en las montañas, que podremos
visitar si mejora el tiempo. ¿Por qué lo pregunta?
—Por
curiosidad.
—¿Aún
sigue pensando en mi insospechada riqueza? No es tan grande como parece
imaginar, se deja usted impresionar fácilmente.
—Sí.
—¿Se
alegra de haber venido aquí?
—Sí.
—¿Eso
es todo lo que se le ocurre decir?
—¿Qué
preferiría que dijera? Por supuesto, mi señor, mi humilde agradecimiento,
venerado señor, estoy deslumbrado. —Apretó los dientes.— Perdóneme, estoy
cansado del viaje y fuera de mi. Discúlpeme.
Girolamo
lo miró con indulgencia, quizás con más curiosidad que rabia o dolor.
—No,
ha sido culpa mía —dijo—. No debí traerlo aquí. Éramos más felices en terreno
neutral, ¿o tal vez sólo debo decir que éramos felices? —sonrió—. Porque ahora
no lo somos, ¿verdad?
—¿Acaso
la felicidad le parece el bien más preciado?
—Venga,
Nicolás —rió el italiano—, nada de falsa filosofía, conmigo no. ¿Me odia por mi
riqueza y por mis privilegios?
—¿Odiar?
—estaba impresionado de verdad, incluso un poco asustado—, yo no lo odio. Estoy
contento de estar aquí, en su…
—Entonces,
¿me ama?
Nicolás
sudaba y Girolamo seguía mirándolo divertido, con afecto y pena.
—Estoy
contento de estar aquí, en su casa; estoy agradecido y me alegro de que hayamos
venido. —De pronto se dio cuenta de que todavía no se tuteaban.— Tal vez
—balbuceó—, tal vez mañana mejore el tiempo...
* *
* *
Pero
el tiempo no mejoró, ni en el mundo ni en la finca. Nicolás, de pésimo humor,
seguía enfrascado en un oscuro silencio. No había motivos para su ira, al menos
ninguno consciente, y sin embargo bullía, como una pócima venenosa, en medio de
una maraña de emociones ardientes. Sentía que lo menospreciaban, Girolamo, sus
curiosos criados e incluso la propia casa, cuyos suntuosos y sibaríticos
esplendores le recordaban que estaba acostumbrada a recibir aristócratas y no
al hijo de un vulgar mercader, como lo había llamado Novara. ¿Pero era cierto
que lo despreciaban tanto? ¿No sería él quien buscaba o incluso cultivaba ese
desdén a su alrededor para satisfacer una necesidad íntima y extraña? Era como
si se sintiera inducido a atar más y más nudos en un látigo que él mismo
esgrimía, como si se azotara así mismo para someterse, limpiarse o prepararse,
aunque, ¿para qué? Padecía un hambre obscena y tenebrosa, mientras su carne se
encogía bajo el látigo, se volvía fría e insensible, hasta que la mente se
escapaba fuera del cuerpo maltratado y humillado y se elevaba despacio hacia el
cielo azul.
* *
* *
Por
fin se percataba de la conspiración, urdida en secreto durante años, que lo
había empujado de forma inexorable a aquel momento de reconocimiento y
aceptación; o tal vez no lo hubiera empujado, pues nadie lo había forzado a
moverse, sino que él simplemente había aguardado impasible a que alguien se
ocupara de las trivialidades y las tonterías. La Iglesia le había ofrecido una
vida tranquila, las universidades, el éxito académico, e Italia incluso le
había obsequiado amor. Cualquiera de aquellas ofrendas lo habría seducido si no
hubiera sido por la sordidez y la pobreza que prometían. En Frauenburg, entre
canónigos decrépitos, se había sentido asqueado por el olor hediondo del
celibato y el rigor religioso; Ferrara había sido una farsa; y ahora Italia lo
estaba convirtiendo en un risueño y angustiado payaso. Iglesia, rendición,
amor: nada. Consumido y purificado, despojado de la pesada carga de la vida, se
quedó al fin como un pino solitario en medio de la crudeza de la nieve,
elevándose, con terrible dolor, hacia el cielo de hielo y fuego. Aquel cielo
era el único interés de una identidad que había logrado eludirlo hasta
entonces. “Cuidado con los enigmas —le había advertido el canónigo Wodka—,
porque no nos enseñan a vivir.” Pero él no quería vivir, al menos no de acuerdo
a los cánones del mundo.
* *
* *
Muchas
veces se había refugiado en la ciencia para protegerse de los horrores de la
vida, y ahora reconocía que había hecho de la ciencia un juguete, al que
recurría en busca de alivio y consuelo. Eso se acabaría, no más juegos. No se
trataba de una retirada, sino de la aceptación consciente, en sus propios
términos, de una estricta e inquietante disciplina. La astronomía tampoco era
la cuestión fundamental; no se había pasado la vida persiguiendo una visión por
los recintos del dolor y la soledad sólo para convertirse en un observador de
estrellas. No, la astronomía era el instrumento, pero él buscaba algo más
profundo, lo más profundo: el meollo, la esencia, la verdad. La lluvia caía sin
parar y el mundo se deshacía en agua. Al atardecer encendían los candiles y un
enorme fuego de leña de pino ardía día y noche en la sala principal. Afuera,
los cipreses oscuros y espectrales temblaban en el viento.
—La
gente del pueblo ha vuelto a las viejas costumbres —dijo Girolamo—. Abandonan
las teorías cristianas y resucitan los antiguos cultos. Ahora le rezan a
Mercurio para que comunique sus súplicas a los dioses del buen tiempo.
Estaban
sentados a la mesa. En aquella época comían cuatro o cinco veces al día, pues
la comida se había convertido en una triste y tétrica obsesión. Llenaban sus
estómagos sin cesar en un vano esfuerzo por calmar las punzadas de un hambre
que ningún alimento podía saciar. La carne tierna del pescado se volvía ceniza
en la boca de Nicolás. Lo conmovían los dulces y misteriosos intentos de
Girolamo para llegar a él a través del abismo que se había abierto entre ellos,
pero sólo sentía un ligero malestar, apenas algo más que una molestia, que cada
día se hacía más débil.
—Es
curioso —meneó la cabeza con aire ausente.
—¿Qué?,
¿qué es curioso?, dígame.
—Ah,
nada. Le rezan a Mercurio, dijo usted, y estoy pensando que Mercurio es el
Hermes de los griegos, y a su vez el Thoth de los egipcios, cuya sabiduría nos
llegó a través de los sacerdotes del Nilo, gracias a Hermes Trimegistus. Por lo
tanto, por vía indirecta, la gente del pueblo le está rezando a aquel mago —lo
miró impasible—, ¿no es curioso?
—Los
pescadores no pueden trabajar con este tiempo —dijo Girolamo—, tres de sus
hombres se perdieron en el lago.
—¿Ah
sí? Pero los pescadores siempre se ahogan, podríamos decir que están para eso.
Todas las cosas y todos los hombres, por humildes que sean, ocupan su lugar en
un gran plan.
—Eso
suena bastante cruel, ¿verdad?
—¿No
sería mejor decir sincero? Esa súbita preocupación parece extraña en alguien
que, como usted, vive del trabajo de la gente humilde. Mire este pescado,
cocinado con tanto esmero y presentado con tan buen gusto, ¿no se le ha
ocurrido que un pescador puede haber muerto para que usted se sentara a
saborear esta espléndida cena?
Guido,
el encorvado mayordomo, detuvo su paso vacilante alrededor de la mesa y lo miró
con descaro. Girolamo se había puesto pálido, pero sonreía.
—¿De
verdad cree que me merezco esto, Nicolás? Guido, ya puedes retirarte, gracias.
—El viejo se retiró con una expresión de desconcierto, asombrado y horrorizado
ante la mera idea de que su patrón fuera a ocuparse del servicio. La mano de
Girolamo temblaba al servir el vino.— ¿Es necesario que se burle de mi delante
de mis criados?
Nicolás
dejó el cuchillo sobre la mesa y soltó una carcajada.
—¿Lo
ve? Le preocupa menos el destino de un pescador que la opinión de sus criados.
—Usted
deforma todo lo que digo, ¡todo! —De repente la compostura del italiano se
desmoronó por completo y, por un momento, se convirtió en un niño mimado y
petulante. Nicolás, muy satisfecho, le dedicó una gran sonrisa y lo miró con
atención y displicente curiosidad, mientras se preguntaba si estaría a punto de
romper a llorar de furia y frustración. Pero Girolamo no lloró; en lugar de
eso, suspiró y murmuró—: ¿Qué quiere de mí, Nicolás, que no le haya dado ya?
—Nada,
amigo mío, nada en absoluto.
Pero
eso no era cierto, quería algo, aunque no sabía bien qué. Algo grande, intenso,
fantástico, quizás violencia, insultos horribles o una espantosa herida
sangrante que los condujera a ambos, llorando, a una total e irremediable
humillación. A ambos, sí. No debía haber vencedor. Tenían que destruirse
mutuamente, o más bien acabar con la parte de sí mismos que había en el otro,
pues sólo a través de la destrucción podrían liberarse. No entendía nada de
aquello, estaba demasiado enceguecido por la ira y la impaciencia para intentar
comprender, y sin embargo sabía que era así. Buscó con desesperación una nueva
arma para arrojar a aquella criatura temblorosa.
—Mi
teoría está casi completa, ¿sabe? —dijo, o más bien gritó, con una alegría muy
mal simulada.
—¿Su
teoría? —Girolamo levantó la vista, intranquilo.
—Sí,
sí, mi teoría del movimiento de los planetas, mi réplica a Tolomeo. Tolomeo...
—Parecía atorarse con el nombre.— ¿No se lo he dicho? Permítame que le hable de
ello. Tolomeo, como verá...
—Nicolás.
—Tolomeo,
como verá, nos engañó, o tal vez nos engañamos a nosotros mismos, no tiene
mayor importancia, al hacernos creer que el Almagesto es una explicación, una
representación, o vorstellung, —¿conoce la palabra alemana?, de lo real. Pero
la verdad, la verdad es que la astronomía de Tolomeo no explica la existencia y
sólo sirve para computar lo que no existe. —Hizo una pausa, agitado.— ¿Qué?
—Nada
—negó Girolamo con la cabeza—. Cuénteme su teoría.
—Usted
no la cree, ¿verdad? Usted no me cree capaz de formular una teoría que revelará
las verdades eternas del universo, no cree que pueda hacer algo grandioso,
¿verdad?
—Nicolás,
tal vez sea mejor ser bueno que grandioso.
—¡No
me cree!
—Yo
creo que en caso de que hubiera verdades eternas, de lo cual no estoy
convencido, podrían conocerse pero no expresarse —sonrió—. Y también creo que
usted y yo no debemos pelear.
—¡Usted!
Usted, usted, usted... Le divierto, ¿verdad? Me conserva porque le sirvo de
entretenimiento. No importa si llueve, Koppernigk hará unas cuantas cabriolas y
nos levantará el ánimo. —Se había levantado de la mesa y caminaba furioso por
la habitación como si estuviera interpretando una grotesca y cómica danza
derviche de dolor y repulsa.— ¡Si, es un tipo divertido, el viejo Koppernigk,
el bueno de Nick!
Girolamo
rehuía su mirada. Por fin, Nicolás se sentó, temblando, y hundió la cara entre
sus manos.
Se
quedaron callados, envueltos por la luz verdosa de la lluvia. Detrás de las
ventanas los árboles temblaban y se agitaban.
—Me
malinterpreta, Nicolás —dijo por fin Girolamo—, yo nunca me he reído de usted.
Nosotros somos distintos y yo no tomo las cosas tan en serio como usted. Tal
vez sea un fallo de mi parte, pero no soy tan estúpido como usted cree. ¿Acaso
se interesó alguna vez por mis preocupaciones? Soy médico y tomo esta ciencia
con seriedad. Mis trabajos sobre contagios, la propagación de las enfermedades,
también tienen valor. La medicina es la ciencia de lo tangible, ya ve. Yo trato
con lo que está aquí, con lo que aflige a la gente. Si de ese modo yo
descubriera una de sus verdades eternas, creo que m siquiera lo advertiría. ¿Me
escucha? Lo expreso muy mal, ya lo sé, pero estoy intentando enseñarle algo.
Aunque supongo que no me creerá capaz de enseñarle nada, pero no importa. ¿Le
interesaría saber a qué me dedico ahora mismo? Estoy escribiendo un poema; sí,
un poema. ¡Es sobre la sífilis! Pero no le interesa, ¿verdad? ¿Recuerda,
Nicolás, la mañana que nos encontramos en el mercado de Padua? Entonces le dije
que regresaba de una juerga, pero no era verdad. Había ido allí a estudiar los
sistemas sanitarios, o tal vez debería decir la ausencia de éstos, en el
mercado de' carne. Sí, ríase... —No había sido una risa, sino más bien un ruido
sordo y repulsivo. — Le parecerá prosaico, tal vez incluso cómico, por eso le
mentí aquella mañana. Usted prefería yerme como un calavera, un rico manirroto,
alguien completamente distinto a usted, un tonto feliz. Yo le di el gusto y
desde entonces le he estado mintiendo. Así que ya ve, Nicolás, usted no es el
único que teme quedar en ridículo o que lo tomen por estúpido. —Hizo una pausa.
Amor... —Era como si levantara la palabra con cuidado con la punta del zapato
para ver las cosas asombrosas que se arrastraban debajo—. Usted hizo que Tadzio
se fuera.
No
había el menor deje de acusación en su tono, sólo tristeza y una ligera
curiosidad. Nicolás, con el rostro todavía oculto tras las manos, apretó las
mandíbulas hasta hacerse daño. Sentía dolor, o al menos eso creía, pues aquella
misma noche la palabra dolor cobraría un nuevo significado para él. La puerta
de la habitación de Girolamo estaba entreabierta y por ella salían sonidos
horribles y vagamente familiares. La escena estaba iluminada por la luz tenue y
vacilante de un candil sin pantalla y se repetía en miniatura, como un
espectro, sobre un espejo colgado en la pared del fondo. Girolamo estaba
sentado en el borde de la cama, con sus largas piernas extendidas, la cabeza
echada hacia atrás y los labios abiertos en una O de éxtasis. Parecía un
desconocido grotesco pero increíblemente adorable, con los ojos vidriosos,
fijos sin ver en el techo lleno de sombras. ¡Ah!, gemía suavemente. ¡Ah! De
repente su cuerpo se curvó, él extendió sus manos frenéticas, agarró por los
pelos a la criada arrodillada frente a él y le metió el pene tembloroso en la
boca. ¡Mira! La joven se retorció, quejándose y haciendo arcadas. Girolamo
cerró sus piernas alrededor de los muslos de la chica y así, unidos en aquel
monstruoso abrazo semejante a una repulsiva estampa de bestiario, comenzaron a
mecerse despacio de atrás a adelante. Daba la impresión de que toda la
habitación se contorsionaba y se balanceaba frenéticamente con ellos bajo la
luz vacilante de la lámpara. Nicolás cerró los ojos y cuando volvió a abrirlos
todo había acabado. Girolamo lo miraba con una mezcla de tristeza y
provocación, de un modo absolutamente concluyente. La mujer se volvió y escupió
en la oscuridad, entonces Nicolás dio un paso atrás y cerró la puerta con
suavidad.
* *
* *
Si
pretendía que la astronomía llegara más allá, no podía conformarse con una
restauración que no fuera novedosa y radical. Esta necesidad lo había
obsesionado siempre y ahora más que nunca. La astronomía era competente por sí
misma: justificaba los fenómenos, explicaba lo inexistente, pero eso ya no era
suficiente, al menos para Nicolás. El sistema cerrado de la ciencia debía
romperse para que ésta trascendiera más allá de sí misma y de sus estériles
preocupaciones. Era la única forma de convertirla en un instrumento para
verificar lo real y no sólo para postular lo posible. Nicolás consideraba aquel
descubrimiento, el de la necesidad de modificar las funciones básicas de la
cosmografía, como su primera contribución valiosa a la ciencia. Había sido como
una declaración de principios, además de la reivindicación de su derecho a
hablar y a que lo escucharan.
* *
* *
Se
trataba de un nuevo comienzo, tina nueva ciencia, objetiva, abierta y sobre
todo honesta. Su objetivo era arrojar con valentía un rayo de luz pura y fría
sobre el mundo tal cual era y no como los hombres deseaban que fuera para
satisfacer su necesidad de tranquilidad, de elegancia matemática o de lo que
fiera. Sólo podría conseguirlo con la formulación de tina teoría fidedigna
sobre el movimiento de los planetas, ahora lo veía claro. Antes, como era
natural, había supuesto que primero había que elaborar métodos y procedimientos
nuevos que le servirían de instrumentos para construir su teoría; pero esto,
por supuesto, era ignorar la cuestión esencial, o sea, que el nacimiento de
tina nueva ciencia debía ser precedido por un acto radical de creación. Tendría
que forjar una explicación de los fenómenos partiendo de la nada, o de casi
nada, juntando trozos y piezas destartalados. La enormidad del problema le
producía pánico, pero sabía que debía intentar resolverlo, pues su intuición
así se lo indicaba. Él se fiaba de su intuición, tenía que hacerlo, ya que era
lo único con que contaba.
* *
* *
Noche
tras noche, durante aquella tempestuosa primavera en la casa de campo, gimió y
sudó sobre sus cálculos mientras, fuera, la tormenta retumbaba y bramaba,
castigando al mundo. Su mente confusa era un torbellino que iba y venía en un
desesperado esfuerzo por recomponer con cierto orden los fragmentos amorfos y
al parecer irreconciliables de los hechos, la especulación y los sueños
fantásticos. Sabía que estaba a punto de alcanzarlo, lo sabía, y una y otra vez
interrumpía el trabajo, reía como un loco y se tiraba de los pelos, convencido
de haber encontrado tina solución, sólo para volver a hundirse un momento
después, abatido, al encontrar un fallo. Temía volverse loco o caer enfermo, y
sin embargo, no podía descansar, pues si abandonaba apenas por un instante su
frenética búsqueda, el cumplido andamiaje que tanto le había costado levantar
se desmoronaría. Además, si permitía que le faltara la concentración, se
hundiría una vez más en el pantano de su otro problema sin resolver, Girolamo.
* *
* *
Pero
por fin vino a él, apareció tras él con un alegre tarareo y le dio un golpecito
en el hombro, como si viniera a averiguar la causa de aquel alboroto. Se
despertó al amanecer y descubrió que había pasado de una agonía de agotamiento
a una inmediata y espeluznante lucidez. Era como si los conductos de su cerebro
hubiesen sido regados con un torrente de agua helada. De pronto, sin
proponérselo, comenzó a pensar con un extraño distanciamiento y una absoluta
concentración que le permitían obtener, según observaría más tarde, una
milagrosa y singular objetividad. Recordó los dos teoremas aparentemente
inconexos que había formulado tiempo atrás en Bolonia, o quizás antes, y que
hasta el momento constituían los cimientos más sólidos de su teoría: que el
sol, y no la tierra, estaba en el centro del universo y, en segundo lugar, que
este último era mucho más grande de lo que Tolomeo o cualquier otro hubieran
imaginado.
* *
* *
El
viento soplaba con fuerza y la lluvia golpeaba contra los cristales de la
ventana. Nicolás se levantó en la penumbra del amanecer y corrió las cortinas.
Las nubes se abrían hacia el este sobre un tenebroso paisaje lacustre entonces
llegó la solución, con calma, como sí un enorme y sereno pájaro dorado se
posara sobre su cabeza agitando sus grandes alas con un sonido monótono. Era
tan simple, tan maravillosamente simple, que al principio no la reconoció.
* *
* *
Todo
ese tiempo había estado analizando el problema desde una perspectiva errónea,
tal vez condicionado por su formación, que siempre había estado en manos de
académicos pusilánimes. En cuanto se daba cuenta de la imperiosa necesidad de
crear algo nuevo, desarrollaba una barrera instintiva e inconsciente contra una
idea tan escandalosa y se encerraba de nuevo en el sistema cerrado de rancias
ortodoxias. Así, como un ciego bobalicón, había intentado llegar a un nuevo
destino viajando por las rutas antiguas, había pretendido crear una teoría
original con métodos convencionales. Pero aquella madrugada, sin saber cómo o
por qué, su cerebro había dado el salto que él no se había atrevido a dar, sin
su ayuda y sin que él mismo lo advirtiera; y fuera, en medio del silencio y de
la absoluta quietud del firmamento, había hecho todo lo necesario: relacionar
aquellos dos simples aunque trascendentales teoremas e identificar con una
lógica irrefutable las consecuencias de aquella relación. Por supuesto, por
supuesto. ¿Cómo no se le había ocurrido antes? Si consideraba al sol como el
centro de un universo inmenso, los fenómenos observados en los movimientos de
los planetas~ que habían intrigado a los astrónomos durante milenios, se
volvían perfectamente racionales y evidentes. ¡Por supuesto! Sabía que la
verificación de su teoría llevaría semanas, meses o tal vez años, pero eso era
un trabajo simple y sin importancia. Lo fundamental no eran los teoremas, sino
la relación entre ellos: el acto de creación. Dio vueltas y vueltas a la
solución, como si hiciera girar entre sus dedos una joya maravillosa y
perfecta. Era la materia misma, la materia viva.
Exhausto,
se arrastró hasta la cama. Se sentía como un viejo agotado y la esplendorosa
lucidez que tenía un momento antes se había esfumado. Necesitaba dormir, días y
días de sueño. Sin embargo, un momento después de acostarse se levantó de nuevo
y corrió con ansiedad las cortinas. Apoyó la cara sobre el cristal granulado y
miró hacia el este, pero las nubes se habían encapotado otra vez, así que aquel
día no habría sol.
Se
despidió de Girolamo en una miserable posada a la orilla del lago; era mejor
separarse en un terreno neutral. No sabían qué decir y se quedaron sentados,
nerviosos y callados, frente a una jarra de vino que no beberían, entre la
peste a orina y al rancio olor a gato de la cerveza derramada. A través de la
diminuta y sucia ventana que había sobre sus cabezas, contemplaron las
tormentosas nubes que se cernían sobre el lago.
—Caro
Nicoló.
—Amigo
mío.
Pero
sólo eran palabras y Nicolás estaba impaciente por irse. Volvía a Prusia, ya no
podía esperar nada de Italia.
(“¡Vete!”),
se dijo a sí mismo, « ¡vete ahora!», y se levantó de repente con su habitual
mueca cadavérica.
Girolamo
lo miró con una ligera sonrisa.
—Adiós,
entonces, abuelo.
Y en
cuanto Nicolás se giró, una parte del pasado volvió a él y recordó que una vez,
no mucho tiempo atrás, no había habido nada en el mundo más preciado que la
compañía discreta y distante, aunque en cierto modo apasionada, de aquel joven.
Salió con rapidez al viento y la lluvia brumosa y cálida y montó en su caballo.
Marcharse de Incaffi era casi como marcharse de Italia. Dejaba atrás un mundo
que había comenzado y acabado, que ya estaba completo y no podía cambiar. Lo
que había sido seguiría en su memoria y algún día, al huir de alguna situación
de angustia o dolor, su espíritu regresaría a aquel lugar esplendoroso y lo
encontraría intacto. Las voces de los fantasmas resonaron a su espalda. «No te
hagas daño —gritaban—, pues todos estamos aquí»
Capítulo
2
MAGISTER
LUDI
Al
morir la noche llega flotando, deslizándose suavemente sobre el brillante
caudal del río, husmeando con el hocico levantado, pasa bajo el puente, junto
al rastrillo, más allá del adormilado centinela. Un leve sonido de garras
rascando los peldaños embarrados, una breve visión de un diente descubierto.
Por un instante, en medio de la oscuridad, tiene una ligera sensación de agonía
y angustia; y la noche retrocede. Ahora trepa los muros, se arrastra sonriente
por debajo de la ventana. — — Envuelto en una capa negra, se agazapa entre las
sombras de la torre y aguarda el amanecer. Luego vienen los golpes, la voz
angustiosa, el peldaño flojo y traicionero de la escalera, ¿y cómo es posible
que sólo yo pueda oír el agua que cae a sus pies? Alguien quiere hablar con
usted, canónigo.
¡No!,
¡no! ¡Dejadlo fuera! Pero él no permitirá que lo echen, se esconde en un rincón
donde aún persiste la oscuridad de la noche y se queda allí, vigilando. Unas
veces se ríe con suavidad, otras deja escapar algún sollozo. Tiene la cara
oculta tras la capa, a excepción de los ojos, pero yo lo reconozco bien, ¿cómo
no iba a hacerlo? Él es lo inefable, lo inevitable, lo peor del mundo. ¡Déjame
ser, por favor!
* *
* *
El
canónigo Koppernigk llegó a Heilsberg al anochecer, agotado, atormentado por la
fiebre; un bulto negro despatarrado sobre la silla de una jaca muerta de hambre
que alguien, en alguna parte, le había obligado a comprar con engaños. Había
salido de Tonm aquella misma mañana y había viajado sin detenerse en todo el
día, pues temía tener que enfrentarse a los terribles fantasmas de la
enfermedad que hervía en sus venas, postrado en una posada infestada de ratas.
Ahora apenas alcanzaba a comprender que el viaje había acabado, ni siquiera
sabía bien dónde estaba. Tenía la impresión de que la marea y el oleaje lo
habían arrastrado hasta una costa extraña y oscura. Ya habían salido las
estrellas, aunque no la luna y las antorchas humeaban en lo alto de los muros—
A su izquierda ardía una hoguera y varías figuras inmóviles se agrupaban a su
alrededor, algunas en cuclillas envueltas en sus capas, otras con alabardas en
actitud vigilante. El río fluía turbulento, hablando consigo mismo en su curso.
Todo parecía confuso e irreal, como si la enfermedad sólo le permitiera
distinguir la cara oculta y misteriosa de las cosas, mientras el mundo real, el
importante, quedaba hiera del alcance de su mente afiebrada— Una rata,
iluminada un instante por el reflejo del fuego sobre el río, trepó los peldaños
embarrados del muro y desapareció.
Temblaba
violentamente y oía sus propios gemidos, como si llegaran de una enorme
distancia— Maximilian, su criado, lo miró con el entrecejo fruncido mientras
mascaba cebolla y masculló algo.
—¿Qué?,
¿qué has dicho? Pero el sirviente se limitó a encogerse de hombros y señalar
hacia la puerta. El carro de un campesino se arrastraba por el puente con una
rueda rota. Bajo aquella luz mortecina, parecía una enorme rana perversa.
—Adelante,
adelante —dijo el canónigo—, hay sitio suficiente. Pero se vieron obligados a
acercarse peligrosamente al borde, entonces miró hacia el agua brillante y
negra de abajo y se mareó.
¡Con
qué rapidez corre! Con muda irritación, el campesino azotaba con un palo a la
muía, que, impasible, se había quedado atrapada entre los postes. Max saludó
formalmente al tipo y rió entre dientes. En el reducto de la torre de entrada,
un centinela somnoliento se acercó arrastrando los pies.
—¿Qué
os trae por aquí, extraños? Max, el buen alemán, se puso inmediatamente de mal
humor, indignado por el hecho de que un nativo prusiano, tm bárbaro
despreciable, le hablara con tal grosería y en su jerga vulgar.
—El
doctor Copérnico —anunció con solemnidad e hizo ademán de seguir, pero el
prusiano lo detuvo apoyándole la punta roma de su lanza en la barriga.
—Nicolás
Koppernigk —se apresuró a decir el canónigo—, fiel servidor de nuestro obispo.
Dejadnos pasar, muchacho, y te daré una moneda.
Max
levantó la vista hacia él y Nicolás percibió, asombrado a pesar de que no era
la primera vez que lo notaba, la extraña mezcla de amor y desprecio que su
criado sentía hacia él.
* *
* *
En
el patio desierto las patas de su caballo resonaban firmes y claras sobre las
baldosas. Los perros comenzaron a ladrar. Nicolás levantó sus ojos palpitantes
hacia los arcos con columnas de las galerías y el enorme castillo apenas
alumbrado por la luz de las estrellas, y pensó que aquel lugar se parecía mucho
a una cárcel. Se suponía que a partir de ese momento Heilsberg sería su casa,
cuando ya ni siquiera Prusia lo era.
* *
* *
—Max.
—Ja,
ja —rezongó el criado y dejó de hacer ruido—, no hay que molestar al obispo, ya
lo sé.
Luego
aparecieron luces y se oyeron voces en la oscuridad. Una mujer decrépita y casi
ciega se acercó y lo acompañó adentro mientras lo reñía afectuosamente, como si
fuera un hijo descarriado. No lo esperaban hasta el día siguiente. Un fuego de
madera de abedul ardía en la chimenea de la sala principal, donde le habían
preparado un camastro. Se alegraba de no tener que subir escaleras porque
sentía que las piernas no le respondían. La fiebre le estaba subiendo otra vez
y temblaba con violencia, así que se echó en seguida en el camastro y se cubrió
con la capa. Max, celoso de la autoridad de la vieja, empezó a discutir con
ella.
* *
* *
—Amo,
ella dice que debemos avisar a su tío, pero usted está enfermo y llega antes de
lo previsto.
—No,
no —se quejó el canónigo—, por favor, no. —Y, en un susurro, con una risa
tétrica:— ¡Que no aparezca por aquí!
La
vieja siguió mascullando, pero él cerró los ojos y ella se marchó con sus
protestas. Max se acuclilló a su lado y comenzó a silbar suavemente entre
dientes.
—Max,
Max, estoy enfermo.
—Lo
sé. Lo vi venir y le avisé. ¿No le dije que pasáramos la noche en Allenstein?
Pero usted no quiso escucharme y ahora está hecho una piltrafa.
—Sí,
sí, tenías razón. —Max era un buen remedio para la autocompasión. — Tenías toda
la razón.
No
podía dormir, hasta su pelo parecía palpitar de dolor. Pensó que la enfermedad
era un recuerdo de Italia y sonrió con ironía. Largas sombras hacían cabriolas
sobre las paredes como criaturas enloquecidas. Un perro se acercó a olerlo,
pero Max le gruñó y el animal levantó las orejas y se marchó. El canónigo
Koppernigk fijó la vista en el fuego, donde las llamas entonaban una pequeña
canción cuya melodía no alcanzaba a recordar.
—¿Max?
—¿Sí?
Aún
seguía allí, un pequeño atado de huesos y carne acurrucado junto al fuego, con
la mirada perdida en el vacío. El perro volvió, se acomodó tranquilamente junto
a ellos, se lamió con fruición y se durmió. El canónigo rozó con la punta de
los dedos su piel manchada y áspera. De repente encontraba consuelo en las
pequeñas cosas, el calor del fuego, aquel perro lleno de pulgas, el amargo
respeto de Max y, además de todo aquello, la hoguera del campo y los vigilantes
que había a su alrededor, el carro del campesino, la pobre mula fastidiosa e
incluso la rata de los escalones. Eran cosas perdurables, vulgares, míseras y
cálidas, con las cuales el yo esencial construía un hogar provisional, por más
oscuro y extraño que pareciera el lugar.
El
tío Lucas vino a verlo más tarde aquella misma noche; lo miró, y agitó su
enorme cabeza con expresión sombría.
—¡Menudo
médico he contratado!
El
titulo no significaba gran cosa. Él no era un verdadero médico, no había tenido
suficiente fe en el arte de curar y mucho menos en sí mismo como para
ejercerlo. En Padua le habían enseñado muy bien a disecar cadáveres, pero eso
lo convertía en mejor carnicero que médico. Sin embargo, había aceptado el
puesto sin protestar. A su regreso de Italia había ido directamente a
Frauenburg con la idea de asumir sus funciones como canónigo del Capítulo, pero
aún no estaba preparado para aquella vida. El recuerdo de Italia todavía estaba
demasiado fresco, así que tras asegurarse sin dificultad una nueva e indefinida
licencia, se había marchado a Torun. Después de muchas negociaciones, Katharina
y su marido le habían comprado al obispo la vieja casa de Santa Ana y se habían
mudado allí desde Cracovia. No tendría que haberse alojado con ellos, por
supuesto, ya que la compañía de su malhumorada hermana y de su violento marido
le molestaba, y ellos, por su parte, tampoco lo recibían con agrado. Había
contratado a Max más como aliado que como sirviente, pues era un compañero
apropiado para aquel hogar taciturno x' deprimente.
Entonces
lo llamó el obispo: el canónigo Nicolás debía acudir de inmediato a Heilsberg
para incorporarse como médico residente en el castillo. Así lo compensaría,
aunque de modo insuficiente, por sus años de estudio en Italia.
El
trabajo le gustaba bastante; la medicina era una especie de escondite, desde
donde podía dedicarse clandestinamente y por vía indirecta a sus verdaderas
aficiones. Para unos ojos ingenuos no había demasiada diferencia entre una
tabla astronómica y una prescripción de boticario, o entre un cálculo
geométrico y un horóscopo. Pero a pesar de que en Heilsberg podía trabajar con
libertad, se sentía atrapado y se retorcía como tina rata vieja. Tenía treinta
y tres años y se le estaban cayendo los dientes. Hacía tiempo la vida había
sido un intenso y esplendoroso sueño que lo aguardaba en algún sitio, pero
ahora, cuando miraba en aquel maravilloso cuenco dorado de posibilidades, sólo
veía una criatura borrosa que nadaba hacia él con las extremidades cortadas. No
era la muerte, sino algo mucho más difícil de reconocer; suponía que el
fracaso. Cada día se acercaba un poco más y cada día le resultaba un poco más
fácil llegar, porque, al fin y al cabo, ¿no era su trabajo —su verdadero
trabajo, o sea la astronomía un proceso progresivo de fracaso? Avanzaba con
dificultad, penosa a penosa línea, un cálculo erróneo tras otro, presa de un
silencioso pánico. Observaba cómo su desatinada pluma manchaba y mutilaba los
conceptos que, antes de ser expresados, habían palpitado con inmaculada pureza
y belleza. Era un barbarismo a gran escala. Edificios matemáticos de
desconsoladora fragilidad y delicadeza se hacían añicos de un golpe. Nicolás
había pensado que la elaboración de su teoría no sería nada, un simple trabajo
de poda, y en cierto modo había tenido razón, pues había tenido que cortar a
hachazos, había sido una sangrienta carnicería. Se inclinaba sobre su
escritorio a la luz mortecina de una vela y sufría: era una especie de lenta
hemorragia interna, pero apenas si conseguía comprender la naturaleza de su
drama. La teoría en si no era errónea, pero por alguna razón se estaba
contaminando en el proceso de elaboración y tenía la impresión de que faltaba
alguna conexión fundamental. El universo de planetas danzantes estaba allí
afuera, él estaba aquí, y entre las dos esferas no había lugar para palabras o
figuras de papel. Alguien alguna vez había dicho algo similar, ¿quién y
cuándo?, ¡no importaba! Mojó su pluma en la tinta y sangró.
Aun
así, paradójicamente, era feliz, si el estado en que se encontraba podía
llamarse así. A pesar del dolor y de las reiteradas decepciones, a pesar del
vacío de su vida gris, ninguna felicidad del mundo podía compararse con el
éxtasis de su pena.
Pero
su trabajo en Heilsberg implicaba algo más que curar los forúnculos, los
intestinos y los arcos vencidos del obispo; también incluía hacer política. A
los sesenta años, a pesar de sus numerosas enfermedades y de que doblaba a
Nicolás en edad, el obispo Lucas tenía mucha más vitalidad que su sobrino. Como
un príncipe implacable y frío, un hombre importante, dedicaba la mayor parte de
sus prodigiosas energías a la tarea de liberar a Ermland de la monstruosa red
de intrigas políticas europeas. El canónigo no llevaba mucho tiempo en el
castillo cuando descubrió que, además de ser médico, secretario y factótum,
tendría que actuar como aliado en las conspiraciones de su tío. Estaba
consternado, pues la política lo desconcertaba y las incesantes luchas entre
estados y príncipes le parecían descabelladas. No quería tomar parte en aquel
sórdido mundo público, pero a pesar de todo, azorado como alguien que se cae de
repente, no pudo evitar hundirse en sus arenas.
Comenzó
a dejarse ver al lado del obispo en las asambleas prusianas o en el circuito
otoñal por las ciudades de Ermland. Intentaba pasar desapercibido, pero su
rostro pálido y serio, su sobria capa negra, su silencio y su timidez
contribuían a darle un aura de importancia. Lo perseguían aduladores y
parásitos, se pegaban a sus talones, lo esperaban en los pasillos, con sus
sonrisas características que dejaban al descubierto sus pequeños dientes
afilados, convencidos de que él era un canal perfecto para conseguir los
favores del obispo. El apuntaba las peticiones que le hacían en arrugados
trozos de papel y escuchaba con atención sus murmullos, sintiéndose un tonto y
un fraude al mismo tiempo. Les aseguraba que no podía hacer nada, con una voz
que hasta a él mismo le sonaba falsa, y advertía, desesperado, que se estaba
forjando enemigos en media Europa. Lo presionaban por todos lados; su cuñado,
Bartholomew Gertner, el fervoroso patriota, le retiró la palabra porque un día,
durante su estancia en Torun, el canónigo se había negado a declararse a sí
mismo un verdadero alemán por inclinación, si no por nacimiento. ¡Le
cuestionaban hasta su propia nacionalidad! Así descubrió que ni él mismo sabía
lo que era, aunque el obispo Lucas le resolvió aquella duda de inmediato.
—No
eres alemán, sobrino, ni tampoco polaco, ni siquiera eres prusiano. Simplemente
eres un ciudadano de Ermland, recuérdalo.
De
aquel modo se convirtió con sumisión en lo que le ordenaron ser. Pero sólo se
trataba de una máscara más; tras ella, él era alguien que ningún clan ni nación
podría reclamar para sí: era el doctor Copérnico.
El
obispo Lucas no estaba al tanto de su doble vida, o si lo estaba
—pues
en el castillo no ocurría nada sin que él se enterara—, había elegido
ignorarla. Tenía grandes planes para su sobrino y~ sin embargo, nunca hablaba
de ellos abiertamente, pues creía que era mejor dejarlos que se hicieran
evidentes más adelante. Era obvio que pensaba que le quedaba mucho tiempo y aún
tenía que convencerse de que también él, al igual que los hombres vulgares,
algún día se vería obligado a morir. Estaba dividido entre su obsesión innata
por los secretos y la suprema necesidad de meter en la mente deliberadamente
obtusa del canónigo las sutilezas de las intrigas políticas. La diplomacia y el
gobierno público no estaban mal, cualquier tonto podía desenvolverse con
habilidad e incluso con elegancia en esos ámbitos, pero los planes y conspiraciones
que de verdad movían el mundo eran algo muy distinto y requerían un
entrenamiento intensivo y experto. El problema era que el obispo no confiaba
demasiado en su sobrino, pues el canónigo tenía una expresión que le
preocupaba, aunque no alcanzara a comprenderla. Sin duda no era simple
estupidez lo que hacía que su mandíbula colgara así y que sus ojos de ratón se
nublaran con aquel extraño velo gris.
—Tienes
la cabeza en las nubes, sobrino. ¡Vuelve a la tierra! —El canónigo se apresuró
a esconder los papeles con que había estado trabajando y espió a su tío con una
sonrisa lánguida y aprensiva. El obispo le dirigió una mirada funesta. (“¡El
muy tonto! ¡No le diré nada, que se las arregle!”)— He dicho que esperamos un
invitado. ¿Te estás quedando sordo?
—No,
señor, lo escuché muy bien y bajaré pronto. Tengo que... acabar de escribir
algunas cartas.
El
obispo se había girado para irse, pero de repente retrocedió, ceñudo y con
actitud amenazante. Como buen bravucón nato, sabía bien que para mantener su
poder sobre los demás no debía dejar pasar ningún desafío, por débil que éste
fuera.
—¿Cartas?,
¿qué cartas? —Estaba todo vestido de púrpura, incluyendo los guantes y llevaba
la mitra y la vara bajo el brazo rechoncho. Resultaba alarmante y ligeramente
cómico a la vez. El canónigo se preguntó, intranquilo, por qué se le habría
ocurrido subir en persona hasta su habitación, en lo más alto de una torre
asolada por el viento, sólo para llamarlo a cenar. Era evidente que se trataba
de un invitado importante.— ¡Ven ahora, hombre!
Bajaron
a prisa por las oscuras escaleras y atravesaron pasajes húmedos y malolientes.
La tormenta bramaba alrededor del castillo como un toro enloquecido. Las
enormes puertas de entrada estaban abiertas de par en par y en el portal una
multitud silenciosa de curas anónimos y oficiales subalternos murmuraban en
sordina, apiñados, a la luz de la llama vacilante de una antorcha. Afuera, la
noche era un enorme torbellino de viento y lluvia. Entre las ráfagas de viento
se oyeron las vagas pisadas de caballos aproximándose y el soplido estridente
de una trompeta. En el portal se intercambiaron murmullos de entusiasmo; las
patas de los caballos retumbaron sobre las lajas del patio y unos jinetes
vestidos de negro surgieron de repente de la envolvente oscuridad. Entonces se
oyeron muchas voces a la vez, hasta que una tapó a las demás:
—¡Trompetas
y clarines, por Dios! Y mirad aquí, un maldito ejército esperándonos.
El
canónigo escuchó a su tío quejarse entre dientes con rabia y desazón. De
repente, ambos se encontraron frente a frente con una cara gris de ojos
penetrantes y una barba que chorreaba agua.
—Bien,
obispo, ahora que ha anunciado nuestra llegada a todos los espías alemanes en
Prusia, supongo que podemos dejar a un lado este maldito disfraz, ¿verdad?
—Majestad,
perdóneme, yo creí que. —
—Sí,
sí, muy bien.
En
el portal se oyó el sonido de unos pies arrastrándose y el canónigo contempló
cómo los miembros del comité de bienvenida se arrodillaban con dificultad en
señal de homenaje. Algunos tropezaban con la gente y sus desesperados intentos
por sujetarse provocaban risas ahogadas. El obispo Lucas jugueteaba con la
mitra y la vara y, de repente, con un ademán ridículo, ofreció el anillo
episcopal para que lo besaran; pero su alteza se limitó a contemplarlo.
Entonces el obispo se giró rápidamente hacia su sobrino y lo regañó:
—¡Grosero,
arrodíllate ante el rey de Polonia!
En
la sala de los caballeros, mil velas ardían sobre nueve enormes mesas. Primero
entraron los galgos, los portadores de antorchas y los trovadores con sus
llamativos trajes, luego el obispo con su invitado real seguido por los nobles
polacos, los jinetes de miradas implacables y, por último, la turba local, que
empujaba, peleaba y aullaba por su comida. Cuando llegó la hora de bendecir la
mesa, se hizo un poco de silencio, y al llegar al amén, el obispo hizo un
rápido gesto jaculatorio con la mano y subió las gradas hacia la mensa
prinzceps, donde se sentó con el rey a la derecha y el canónigo a la izquierda.
Desde allí, con la enorme papada hundida en el pecho, contempló con hostilidad
las payasadas de la gente. Todavía seguía enfadado por la humillación que había
tenido que soportar a la entrada. Malabaristas y charlatanes de feria hacían
cabriolas y saltaban, animados por los aullidos de Toad, el bufón, una criatura
maligna y enana con una permanente sonrisa lunática. Sirvientes calzados con
sandalias iban y venían con aguamaniles y toallas, y las doncellas traían
fuentes con viandas humeantes de los fogones, donde un montón de cocineros
trabajaban afanosamente. De pronto se oyó una exclamación de fastidio: uno de
los acróbatas se había caído y se retorcía de dolor mientras se lo llevaban.
Toad hizo una broma sobre la desgracia del individuo y un anciano coplero de
barba blanca se adelantó, tambaleante, y recitó una epopeya en honor a Ermland.
El público lo recibió con una lluvia de migas de pan.
—¡Venga,
Toad, una canción!
* *
* *
Mirad
como vuela, ¡oh, joven y hermoso zorzal!
¡Ay,
sauce, canta!
Brindemos
a la salud del pájaro del arbusto.
* *
* *
¡Algarabía
y carne!, ¡dicha brutal! El rey Segismundo se reía a carcajadas largas y
estridentes, mesándose la enmarañada barba negra. —¡Una fiesta muy divertida,
obispo! —gritó de mejor humor. Se había quitado el empapado disfraz de chaqueta
y capa de paño (“¡Al fin y al cabo, quién iba a tomarme por un campesino!”) y
ahora estaba vestido con el burdo esplendor de piel de vaca y armiño. Sin
embargo, sin su corona, aquella cabeza puntiaguda era como un busto sin
esculpir, carente de relevancia. Sólo sus modales dominantes, crueles y un
tanto extravagantes delataban su condición de rey. Si había hecho el largo
viaje de Cracovia a Prusia en pleno invierno y disfrazado era porque, al igual
que el obispo, estaba alarmado por la reaparición de los Caballeros Teutónicos—
— ¡Ah, sí, muy divertida!
Pero
el obispo Lucas no estaba de humor para cumplidos, así que se encogió de
hombros con expresión hosca y no le contestó nada. Era obvio que estaba
preocupado. Los caballeros, que en un tiempo habían dominado toda Prusia y
luego habían huido hacia el este, ahora volvían a levantarse, con el apoyo de
Alemania, contra la Prusia Real, cuya alianza con el trono de Jagellon, aunque
poco entusiasta, le había concedido a Polonia un papel preponderante en la
costa del Báltico. En el centro de aquel turbulento triángulo se encontraba la
pequeña Ermland, presionada por todos lados, con su precaria independencia
gravemente amenazada tanto por Polonia como por los caballeros. Había que hacer
algo y el obispo tenía un plan, pero desde el comienzo, desde la tempestuosa
entrada de aquella noche, había tenido la impresión de que no iba a salir bien.
Segismundo pretendía pasar por un palurdo, pero no era tonto. Tal vez fuera un
loco, pero muy astuto. El embajador murmuró algo al oído del obispo y la
expresión de éste se ensombreció.
—Soy
un hombre normal —gruñó—, un sacerdote, y me gusta el lenguaje llano. Yo
sostengo que los caballeros son una amenaza mucho más grande para Polonia que
para nuestro pequeño estado.
* *
* *
El
embajador dejó de susurrar y se removió incómodo en su silla. El obispo y él
eran antiguos enemigos. Era un hombrecillo avinagrado con un absurdo bigote,
mejillas pálidas y pómulos prominentes: un eslavo cuya principal y secreta
preocupación era conseguir un puesto ambicioso lejos de las vulgaridades de
Ermland, en París, la ciudad de sus sueños, donde un año después sería
estrangulado por un loco en un burdel.
—Sí,
sí, señor obispo —se atrevió a decir—, pero, ¿no sería preferible que
tratáramos con estos indisciplinados caballeros de otro modo y no en
confrontaciones abiertas y, me atrevería a añadir, peligrosas? Yo tengo una
enorme fe en la diplomacia —agregó con una sonrisa tonta—, y estoy bastante
dotado para ella.
—Señor,
usted estará familiarizado con la diplomacia, pero no conoce a los Caballeros
Teutónicos. Son una horda vil y feroz, una maldición de Dios. ¡Infrstimmws
hostis Ordinis Theutonzci! Hasta hace poco cazaban y mataban a los nativos
prusianos por deporte.
* *
* *
El
rey Segismundo levantó la vista, interesado de repente por la conversación.
—¿De
veras? —preguntó con aire melancólico, pero luego se compuso y frunció el
entrecejo—. Bueno, por nuestra parte sólo vemos una amenaza real, los turcos,
que ya están en nuestra frontera sur. ¿Qué dice usted de esa horda vil, obispo?
Era
justo el preámbulo que el obispo necesitaba para exponer su plan, pero, ya sea
porque su intenso odio hacia los caballeros lo traicionó o porque subestimó al
rey y a su rastrero embajador, se le nubló la mente y vaciló.
—¿Acaso
mi idea no está clara? —los increpó—. ¿No son los caballeros, al menos en
teoría, una orden de cruzados? Digo que los enviéis hacia vuestra frontera del
sur, ya sea con un señuelo o por la fuerza, para que defiendan esos territorios
de los infieles. —Se hizo un silencio. Se había precipitado demasiado, hasta el
canónigo se dio cuenta, pero él mismo acabó por advertirlo y se apresuró a
salvar la situación.— ¿Quieren pelear? —gritó—, pues dejadles que lo hagan, y
si los destruyen, no seremos nosotros quienes salgamos perdiendo. —Pero lo
único que había logrado era empeorar las cosas, sembrando en la imaginación de
los horrorizados polacos imágenes del sanguinario ejército turco enardecido por
la victoria, avanzando hacia el norte por encima de los cadáveres de uno de los
mejores ejércitos de Europa. ¡Ah, no, no! Evitaron la mirada ferozmente ansiosa
del obispo, pues aunque conocían de antemano la naturaleza de su plan, la
información no lo era todo. El canónigo miró a su tío de soslayo y se preguntó,
no sin cierta satisfacción maligna, cómo un experto ritualista como él se había
expresado con tanta torpeza, pues el rito era fundamental.
—Qué
bufón tan divertido, obispo —dijo el rey Segismundo—. ¡Canta más alto,
señorito! Y traed más vino. Este vino del Rin es buenísimo, lo único bueno que
ha salido de Alemania. ¡Ja, ja!
Todos
rieron por compromiso, a excepción del obispo, que lo miraba estupefacto, rojo
de furia y disgusto.
—Yo
creo, señor —dijo el embajador con calma y dirigiéndole una mirada astuta—, que
debemos analizar el problema de los caballeros con mucho cuidado. La solución
que usted propone me parece..., ¿cómo le diría?, demasiado simple. Destruir a
los turcos o ser destruidos, ésas parecen ser las únicas opciones que usted ve,
pero, ¿y sí la Orden destruyera Polonia? Ah, no, señor obispo, yo creo que no
es así.
El
obispo Lucas parecía estar a punto de morderlo, pero sacando ánimos de su
nerviosismo, se volvió hacia el rey e hizo ademán de hablar, justo cuando entró
corriendo un criado y le dijo algo al oído.
—Ahora
no, hombre... ¿Qué? ¿Quién? —Se volvió hacia el canónigo, con la papada roja y
bamboleante.— ¡Tú!, ¡tú lo sabías!
El
canónigo retrocedió asustado y meneó la cabeza.
—¿Qué,
señor?, ¿qué es lo que sabía?
—¡El
hijo de puta! ¡Id, id y decidle, decidle…! —la mesa entera estaba pendiente de
él—, ¡decidle que si no se ha marchado por la mañana, haré que cuelguen su
inmundo cadáver en la puerta del castillo!
El
canónigo huyó por los pasillos, tropezando con la túnica en la oscuridad y
lamentándose en voz baja. Un lejano recuerdo de la infancia se repetía en su
mente una y otra vez: ¡Los turcos empalan a sus Prisioneros! ¡Los turcos
empalan a sus prisioneros! En el portal aguardaba una figura oscura, envuelta
en una capa negra, bajo la luz vacilante de una antorcha. El viento bramaba y
lo arrastraba todo en el remolino de la tempestad: turcos y Toad, el cetro y la
Cruz, migas, polvo, viejos harapos, una corona vencida, todo.
—¡Tú!
—Sí,
hermano, yo.
El
declive del obispo Lucas comenzó misteriosamente la noche de la llegada de
Andreas a Heilsberg. No enfermó, ni le empezó a fallar la cabeza, pero sufrió
una especie de parálisis intangible pero devastadora que al final acabaría con
su férrea voluntad. El vicioso rey de Polonia, encolerizado, no quiso escuchar
ni una palabra más acerca de los caballeros y partió con sus hombres antes de
amanecer a pesar del mal tiempo. El obispo se quedó perplejo, quejumbroso,
angustiado por una furia impotente y azotado por una lluvia atroz, contemplando
cómo sus esperanzas de seguridad para Ermland se esfumaban junto con la
comitiva real en medio de la tormenta y la oscuridad. Si hubiese sido otro
hombre se podría haber dicho que se estaba haciendo viejo, que había encontrado
un rival de su talla en el rey y el embajador, pero en su caso estos
razonamientos simples no servían. Tal vez dentro de él también aguardara una
funesta criatura, y su silueta imprecisa había cobrado una repulsiva forma de
vida con la llegada de Andreas.
—¿Se
ha ido por fin ese bastardo hijo de puta?
—No,
señor, pero está enfermo, no puede echarlo así.
—¿Que
no puedo? ¡Claro que puedo! —Estaba rojo, agitado y temblaba de rabia como una
enorme vejiga llena. — Ve a buscarlo a la ratonera donde se esconde y dile,
dile. —. Ach!
El
canónigo subió las escaleras de la torre hasta su celda, donde su hermano,
sentado en el borde de la cama y con la capa sobre los hombros, comía una
salchicha.
—Veo
que has estado hablando con el obispo, estás sudando.
—Dejó
escapar tina risa seca y ronca. A la luz de la vela, su cara era horrible y
fascinante a la vez, aún peor de lo que le había parecido en el portal, una
imagen cadavérica y fatal, tina máscara de barro con ojos que emitía una voz
terriblemente familiar. Por encima de su frente prominente y purulenta, estaba
casi calvo, y su labio superior se había reducido a la mitad, de modo que tenía
la boca torcida en una mueca que no llegaba a ser tina sonrisa ni tampoco un
gruñido. Una de sus orejas era una masa blanca de carne machacada, pero la otra
había quedado intacta y era una concha rosada de tan increíble perfección, que
resultaba aún más espeluznante. La nariz estaba pálida e hinchada y tenía un
aspecto irreal y cadavérico, como si allí, en aquellos orificios destruidos, el
bufón de la muerte hubiera señalado el lugar por donde entraría cuando llegara
la hora. Con heridas como éstas, era sorprendente la ausencia de sangre.
—Hermano,
creo que el tío no me quiere.
El
canónigo asintió con la cabeza, incapaz de hablar. Experimentaba una especie de
desdoblamiento, como si su mente y su cuerpo se hubieran separado, y mientras
la primera se retorcía de impotencia y horror, el segundo seguía en pie, como
un muñeco de madera y paja que asentía igual que un autómata. Una cúpula de
tempestuosa oscuridad, sostenida sólo por la débil luz de la vela, se cernía
sobre la pequeña habitación. Acercó una silla y se sentó muy despacio. Entonces
se dijo a sí mismo que aquello no era Andreas, no podía ser, sólo se trataba de
un fantasma escapado de un sueño. Pero era Andreas, él lo sabía, y lo que más
le sorprendía era no estar sorprendido: ¿conocía acaso, sin ser consciente de
ello, la naturaleza de la enfermedad su hermano? De repente sus desdobladas
mitades se unieron con un espantoso chasquido; entonces se retorció las manos y
gritó:
—¡Andreas,
Andreas, cómo has caído tan bajo!
Su
hermano lo miró entre divertido y conmovido por su dolor.
—Sospechaba
—dijo— que no dejarías de notar el pequeño cambio que se produjo en mí desde la
última vez que nos vimos. ¿Crees que he envejecido?, ¿eh?
—Pero,
¿qué, qué...?
Lo
sabía perfectamente, claro que sí. Andreas volvió a reír.
—Pues
sí, es la sífilis, hermano, el Morbus Gallicus, o como tu querido amigo
Fracastoro la llama en su famoso poema, Syphilis, el hermoso niño enviado por
los dioses. Puedo asegurarte que se trata de una enfermedad bastante molesta.
—¡Andreas,
por Dios!
Andreas
frunció el entrecejo, si podía llamarse así a aquel pliegue de su cara tullida.
—¡Maldito
seas, no quiero tu compasión —dijo—, ni tu falsa preocupación! He caído bajo,
¿verdad?, ¡payaso adulador! Prefiero pudrirme con la sífilis antes que ser como
tú, un muerto del cuello para abajo. ¡Yo he vivido! ¿Puedes entender lo que
significa eso? ¡Muerto en vida, polaco desgraciado!, ¿puedes comprenderlo? Ni
siquiera cuando esté muerto y enterrado habré caído tan bajo como tú, hermano.
Dentro
del globo de luz que los rodeaba los acechaban sombras indefinidas, una silla
arrinconada, la cama y una pila de libros que parecían dientes apretados;
objetos mudos y tímidos, inertes y a la vez aparentemente ansiosos por hablar.
El canónigo miró a su alrededor, incapaz de sostener el peso de la mirada
ardiente de su hermano, y se preguntó vagamente si aquellas cosas con las que
vivía lo habían despojado de algo esencial, algo intenso y absolutamente vital,
para huirse de una modesta forma de vida indirecta. Porque era verdad —¡Andreas
tenía razón!— que en cierto modo estaba muerto; que era frío e insensible.
Incluso ahora no sentía pena por Andreas, sino por su propio dolor, y eso debía
de tener algún significado. Entre el objeto y el sentimiento siempre debía
mediar un tercer fenómeno. Sí, eso tenía un significado, aunque él no supiera
cuál. Pero entonces, todas sus visiones contradictorias y casi clarividentes se
desvanecieron y se encontró de nuevo en el o sano.
—¿Por
qué me odias así? —preguntó sin rencor ni tristeza, sólo intrigado y con un
temor reverente.
Andreas
no contestó. Sacó de entre sus ropas un trozo de queso rancio, lo miró con
desconfianza y lo dejó a un lado.
—¿Hay
vino? —gruñó—, dámelo. —Y el fantasma de la criatura arrogante, rebelde,
brillante y hermosa que había sido alguna vez apareció un instante bajo la
aterciopelada luz amarilla, hizo una jactanciosa reverencia y desapareció.
Andreas cogió un trozo de caña hueca, se volvió con el cuidado escrupuloso de
un animal herido, insertó una punta de la caña entre sus labios y sorbió un
trago de vino. — Supongo que te parecerá justo —masculló— que ya no tenga una
boca con la que beber, pues nunca te gustó que lo hiciera. —Se limpió los
labios con cuidado con la muñeca.— Pero ya basta de hurgar en el pasado,
hablemos del presente. ¿Así que por fin te vendiste al tío Lucas, eh? Me
pregunto por cuánto. ¿Otra prebenda importante? Me han dicho que te ha dado una
canonjía en Breslau, supongo que serán un buen botín, aunque nunca hubiera
imaginado que bastara para comprarte. ¿O acaso te ha prometido el obispado de
Ermland?, aunque para eso tendrías que ordenarte. Bueno, no me cuentes nada, no
importa. Tú te pudrirás aquí tanto como yo en cualquier otro sitio. Es probable
que vuelva a Roma, allí tengo amigos influyentes. Ya veo que no me crees, pero
eso tampoco me importa. ¿Qué otra cosa puedo decirte? Ah, sí, que soy padre.
—De repente sus ojos brillaron con rencor. El canónigo se sobresaltó. — Sí, la
puta que me contagió se redimió dándome un hijo. ¿Te lo imaginas, hermano? ¡Un
hijo!, ¡un pequeño Andreas! Eso debe de horrorizar a una alma casta como tú,
¿verdad?
Claro
que lo horrorizaba, mucho más de lo que él mismo hubiera imaginado. Las
intenciones de Andreas eran imponderables, y él se sentía tan seco como una
mujer estéril.
—¿Dónde
está tu hijo ahora? —preguntó.
Andreas
tomó otro sorbo de vino y levantó la vista, con una sonrisa angustiosa.
—Es
difícil saberlo, supongo que en el purgatorio, teniendo en cuenta su estado
deplorable. No podía sobrevivir, no con unos padres así. —Suspiró y miró
abstraído alrededor de la habitación oscura, luego rebuscó otra vez entre sus
ropas y sacó una zanahoria, con tallo y todo. — Le pedí a tu criado que me
diera algo de comer y mira lo que me trajo, el muy cerdo.
—¿Max?
—se sobresaltó el canónigo—, ¿era Max? ¿Pudo ver tú..., te vio con claridad? Le
dirá al obispo en qué estado estás, Andreas.
Pero
Andreas no lo escuchaba. Dejó caer la zanahoria al suelo y la miró como si se
tratara de toda la esperanza y la felicidad perdida.
—Nuestras
vidas, hermano, son un breve viaje por las tripas de Dios. Pronto nos cagarán.
Aquellas colinas no son colinas, sino almorranas divinas, y el mundo es una
masa de caca sagrada en la que al final nos hundiremos. —Volvió a sonreír—Bien,
¿qué dices a eso? ¿No es una idea divertida? El mundo es la barriga de Dios:
ahí tienes una imagen para confundir a tus doctores en astronomía. Ve, bebe un
poco de vino. ¿Que por qué te odio? Pero si no te odio; detesto al mundo, y tú,
por decirlo de algún modo, estás en medio. Ven, bebe un poco de vino, será
mejor que nos emborrachemos— ¡Escucha cómo sopla el vientre! ¡Ah, hermano,
estoy sufriendo!
Un
frío amargo invadió las venas del canónigo. Había pasado de la pena y el horror
a una cruda cordura
—No
puedes quedarte aquí, Andreas. Sin duda Max hablará con el obispo. Él sabe que
estás enfermo, pero no tiene idea de que sea tan grave, tan. — — obvio. Te
echará, ya ha amenazado con colgarte. Debes irte ahora, esta misma noche. Le
diré a Max que te acompañe a la ciudad; él te encontrará alojamiento. —Y en el
mismo tono seco y comedido agregó:— Perdóname.
Andreas
había cogido su bastón de ébano y se apoyaba en él con todas sus fuerzas
mientras se columpiaba en su silla. Estaba borracho.
—Pero
dime lo que tú piensas del mundo, hermano —masculló—. ¿Crees que es un lugar
digno? ¿Somos ángeles incandescentes que habitan en un paraíso? Venga, dilo,
¿qué piensas del mundo?
El
canónigo hizo una mueca y meneó la cabeza.
—Nada,
no pienso nada. ¿Ahora te irás, por favor?
—¡Dios!
—gritó Andreas y levantó el bastón como si fiera a golpearlo. El canónigo no se
inmutó, y se quedaron sentados con el bastón temblando entre los dos—. ¡Dímelo,
maldito seas! ¡Dime lo que piensas!
—Pienso
—dijo el canónigo Koppemigk con calma— que el mundo es absurdo.
Andreas
bajó el bastón y asintió, esbozando una media sonrisa, casi dichosa.
—Eso
es todo lo que quería que dijeras, ahora me iré.
Se
fue. Max le encontró un agujero donde esconderse, y el obispo, creyendo o
queriendo creer que había abandonado el país, dejó bien claro que no quería
volver a oír una sola palabra acerca de él. Pero una ira y un dolor tan grandes
como el de Andreas no podían con facilidad. Su llegada había contaminado el
castillo y una parte maligna de su presencia seguía allí, en forma de
desolación, enrareciendo el aire. El canónigo fue a visitarlo una vez y lo
encontró echado en la cama de una buhardilla en penumbras. Andreas fingió estar
dormido y no le habló. La parte superior de su cabeza, todo lo que podía verse
de él por encima de las sábanas mugrientas, estaba escamosa con costras viejas,
suciedad y pegajosas capas de pelo; era un espectáculo horrible y desolador.
Cuando bajó, el posadero lo miró con una repulsiva expresión de complicidad y,
tras limpiarse las manos en el delantal, aceptó las monedas que le ofrecía el
canónigo.
—Debe
darle mejor comida, nada de sobras. Si es necesario, mande a buscar provisiones
al castillo. No le diga que hablé con usted ni que le di dinero.
—Oh,
sí, su excelencia, punto en boca. Y haré lo que dice con la comida.
—Sí.
—Miró a aquel tipo rastrero y cobarde y se vio así mismo.— Si. Asuntos
eclesiásticos lo llevaron a Cracovia con su tío y por una vez se alegró de
tener que hacer un largo viaje. Mientras viajaban hacia el sur, a través de la
llanura prusiana, sintió cómo el poder de aquel espantoso fantasma se
debilitaba hasta desvanecerse por completo.
* *
* *
En
Cracovia, pasaba todo el tiempo libre que le permitían sus tareas como
secretario de su tío en la librería de Haller. Éste estaba publicando sus
traducciones al latín del griego bizantino del Episties de Simocatta. Era un
libro mediocre y aburrido, y el texto misterioso y alarmantemente desnudo de
las galeradas le provocaba náuseas. Si obtuvieran maestría a través de vuestro
dolor, errarían entre las tumbas. —¡Oh! Pero la obra en sí no tenía
importancia, lo que contaba era la dedicación. Estaba empeñado en conquistar al
obispo.
* *
* *
Para
esta delicada tarea buscó la colaboración de un viejo conocido, Laurentius
Rabe, un poeta y erudito delirante que le había dado unas pocas clases en la
universidad de Cracovia. Rabe, que de vez en cuando asumía el pomposo nombre
latinizado de Corvinus, era un viejo enérgico con piernas delgadas, torso
voluminoso y ojos vidriosos de color azul claro. Le gustaba vestirse de negro y
todavía lucía con orgullo el sombrero de la graduación. No se parecía a un
cuervo, a pesar de su nombre,* sino a un pajarillo remilgado y ágil, quizás una
golondrina o un vencejo, en cuyo pequeño y afilado pico relucía una joya.
Quisiera
unos versos para halagar a mi tío, ¿sabe? —dijo el canónigo—. Se lo agradecería
mucho.
Estaban
en la caseta del fondo de la librería de Haller, entre lindos y parloteos. Rabe
se apresuró a asentir, restregándose los dedos llenos de sabañones como si
fueran atados de ramas secas.
—Por
supuesto, por supuesto —gritó con su voz estridente—. Dime lo que quieres.
—Algo
breve, sólo unas pocas líneas —dijo el canónigo Nicolás encogiéndose de
hombros—. Digamos algo del estilo de Eneas y Acates, sobre lealtad y devoción,
ya sabe. Los versos no importan...
—Ah.
—Pero
lo fundamental es que haga alguna mención a la astronomía. Tengo intenciones de
hacer un pequeño trabajo sobre el movimiento de los planetas, un simple boceto,
ya me entiende, de algo mucho más grande que tengo en mente. Este comentario
preliminar será un proyecto modesto, pero temo que despierte controversias
entre académicos, y por consiguiente debo ganarme el apoyo del obispo, ¿me
entiende? —balbuceó, nervioso y avergonzado. Hablar de su trabajo con los demás
le resultaba increíblemente obsceno—. Bueno, usted ya sabe cómo son estas
cosas, ¿me hará el favor?
Rabe
se sentía halagado, tan conmovido que no podía hablar, así que asentía con la
cabeza y susurraba algo entre dientes. Estaba preparando uno de sus floridos
discursos, pero el canónigo no tenía tiempo de escucharlo.
—Perdóneme
—se apresuró a decir—, pero debo hablar con Haller. El editor, un hombre
corpulento y silencioso vestido con un delantal de piel, caminaba entre las
mesas de trabajo, mientras se rascaba la barba con un pulgar regordete y
examinaba un pergamino.
—Meister
Haller, quisiera imprimir unos versos con una dedicatoria. ¿Podría hacerlo
usted?
Haller
frunció el entrecejo, reflexionó y luego asintió.
—Podemos
hacerlo —dijo muy serio.
Rabe
miraba al canónigo con una expresión amable, hasta cierto punto abatida e
inquisitiva.
—Ha
cambiado, mi querido Koppernigk —murmuro.
—¿Qué?
—Se
ha convertido en un hombre público.
—¿—De
veras? Quizá sí. —¿Qué intentaba decirle? Bueno, no importaba.— ¿Me hará ese
favor? Le pagaré, por supuesto.
Desvió
su atención hacia las galeradas, y cuando volvió a levantar la vista, Rabe ya
se había ido. Tenía la sensación clara y ligeramente inquietante de que había
puesto al viejo en su lugar, apartándolo sin demasiados rodeos, como si cerrara
un libro aburrido. Pero no tenía tiempo para preocuparse por trivialidades.
* *
* *
Tenía
todo el tiempo del mundo, no había prisa. En el fondo sabía que el obispo se
impresionaría tanto con el Commentarious de la teoría de los planetas del
doctor Copérnico (¿no sonaba, acaso, como el nombre de una medicina inventada
por un curandero?) como con el pesado de Simocatta. Aunque tal vez la impresión
fuera tan grande como para prohibir su publicación. Los tiempos no eran muy
favorables, en Alemania se atacaba a la Iglesia y se repudiaba a los
humanistas, y el canónigo suponía que la traducción de Simocatta podría ser
considerada una empresa humanista, por absurda que esta idea le pareciera a él.
El obispo Lucas ya tenía bastantes problemas fuera del país, para que encima lo
acusaran de ser demasiado liberal en su propia casa. Con un sobrino escandaloso
tenía suficiente.
—¿Qué
voy a hacer con él? —rugía golpeándose la frente con los puños—. Tú eres mi
médico, dime cómo librarme de esta maldita enfermedad que es tu hermano.
—Está
enfermo, señor —dijo el canónigo Nicolás con suavidad—. Debemos ser
caritativos.
—¿Caritativos?,
¿caritativos? ¡Por Dios Santo, hombre, no me hagas vomitar! ¿Cómo puedo ser
caritativo con ese... ese... corrupto, ese engendro purulento? Tú lo has visto,
se está pudriendo, ¡el muy animal se está pudriendo en vida! ¡Dios mío!, si en
Roma se enteraran de este escándalo...
—Él
dice que tiene amigos influyentes en el Vaticano, señor.
—¡Y
en Königsberg! ¡Ay! —Se sentó, súbitamente desolado.— Si se enteran en
Königsberg... Los caballeros serían capaces de cualquier cosa con esa
información. Debemos hacer algo. Me desharé de él, sobrino, entiéndelo, me
libraré de él.
Estaban
en la biblioteca, una sala grande y fría de piedra que antes había sido un
dormitorio y donde ahora se llevaban todos los asuntos del castillo y de
Ermland. Había pocos muebles, unas sillas austeras, un reclinatorio, una mesa
italiana extrañamente refinada y el enorme escritorio frente al cual se sentaba
el canónigo con una pluma y una pizarra. Una de las paredes estaba cubierta por
un gran tapiz desde donde se asomaba la cara tiesa, severa y vigilante del
obispo con distintos disfraces, como si se tratara de un complicado
rompecabezas, mientras en el medio, como por casualidad, se retrataba el
martirio de san Esteban. Un candelabro de siete brazos irradiaba una luz
pardusca y turbia. Los nerviosos oficiales subalternos convocados allí durante
años habían dejado su estela en el aire, una sensación vaga y muda de pena,
culpa y fracaso. Era la habitación favorita del obispo Lucas. Allí se hinchaba,
inspirando grandes bocanadas de aire viciado, y se sentía seguro, mientras
afuera asolaba la peste, aquella plaga del espíritu que se había hecho patente
con la llegada de Andreas. Al volver de Cracovia lo habían encontrado
atrincherado en el castillo, lleno de malicioso regocijo y decidido a quedarse.
Max lo había alojado con todas las comodidades en la torre de su amo, donde
Andreas esperó el regreso de su hermano y de su tío leyendo las notas y
borradores del libro secreto del canónigo... Un clima de fatalidad se cernía
sobre Heilsberg.
* *
* *
El
obispo se paseaba de un lado al otro con pasos furiosos. Su túnica amplia y
larga le daba el aspecto de una enorme campana tronando de miedo y frustración.
Se detuvo ante la pequeña ventana de barrotes y se quedó mirando a través de
ella con los puños apretados a su espalda. Los cristales estaban escarchados y
la luna pálida brillaba sobre los campos nevados como una enorme calavera con
forma de queso. —Podría hacerlo matar —musitó—. ¿Puedes conseguirme un asesino
de confianza? —Sé volvió, ceñudo.— ¿Puedes?
—Señor
—el canónigo Nicolás cerró los ojos, fatigado—, su carta al rey Segismundo...
—¡Al
diablo con el rey Segismundo! Te he hecho una pregunta.
—Estoy
seguro de que no hablaba en seno.
—¿Por
qué no? ¿No estaría mejor muerto? En realidad ya lo está, pero su sucio corazón
sigue palpitando gracias al rencor.
—Sí
—murmuró el canónigo—, ya está muerto.
—Exacto.
Por consiguiente...
—¡Es
mi hermano!
—Sí,
y mi sobrino, el hijo de mi hermana. Tiene mi misma sangre, pero no me
importaría que le cortaran el cuello, siempre que se hiciera sin alboroto.
—No
puedo creer. —
—¿Qué?
¿Qué es lo que no puedes creer? ¡Es un ser execrable y voy a librarme de él!
El
canónigo frunció el entrecejo.
—Entonces,
señor obispo, también se librará de mí.
Su
tío se acercó despacio y lo miró con interés. Parecía agradecido, como si
obtuviera una siniestra satisfacción con la idea de que la larga lista de
calamidades que le había deparado un mundo cruel ahora quedaba exquisitamente
rematada.
—¿O
sea que tú también me traicionarás? —dijo con brusquedad—. Bien, bien, así que
ésas tenemos, después de todo lo que he hecho por ti. Bien, ¿y adónde irás?
—A
Frauenburg.
—¡Ah!
¿Y te pudrirás allí, junto con las ratas de la catedral? Eres un tonto,
sobrino.
Pero
el canónigo ya no le escuchaba, absorto en la contemplación de la nueva e
irreconocible personalidad que había surgido de la nada, desafiante, agitando
los puños y exigiendo un apocalipsis. Sin embargo estaba tranquilo, muy
tranquilo. Era una actitud lógica, por supuesto. Si, se iría de Heilsberg, no
podía evitar aquel destino, lo sentía cantar en sus venas como un acorde
potente y tenebroso. Se exiliaría, lo dejaría todo por Andreas, sería la última
prueba irrefutable de afecto que le ofrecería a su hermano, y ya no habría
necesidad de palabras. Sí, sí. Miró a su alrededor y parpadeó, fascinado por la
lucha entre la dicha y la consternación que tenía lugar en su confuso corazón.
Después de todo, ¡era tan simple! El obispo levantó los brazos y gritó:
—¡Idiota!
—Eres
un tonto, hermano —rió Andreas—, ¿crees que puedes escaparte de mi
escondiéndote entre los venerables canónigos?
—Está
hablando de asesinato, Andreas.
—¿Y
qué? Una daga en la garganta no es lo peor que puede pasarme. ¡Oh, vete! Tu
falsa preocupación me da náuseas, nada te gustaría tanto como yerme muerto. Te
conozco hermano, te conozco. —El canónigo calló, pues no podía decirle lo que
se merecía. ¿No habría necesidad de palabras? Ah! Se giró para irse, pero
Andreas lo detuvo, cogiéndolo de la manga con expresión maliciosa.— A nuestro
tío le interesará saber en qué te has entretenido todo este tiempo bajo su
patronazgo, ¿no crees?
—Te
ruego que no le hables de mi trabajo. No debiste leer mis papeles, sólo son
tonterías, un simple pasatiempo.
¡Eres
demasiado modesto! Creo que es mi deber ponerlo al tanto de las teorías tan
interesantes que has formulado. ¡Un universo heliocéntrico! Se quedará pasmado.
Y bien, ¿qué me dices?
—No
puedo evitar que me traiciones, pero ahora no tiene importancia. Andreas, hazme
caso y vete de Heilsberg o te hará daño.
Andreas
sonrió haciendo rechinar los dientes.
—Tú
no lo entiendes —dijo—. ¡Yo quiero morir!
—Tonterías,
lo que quieres es vengarte.
Los
dos se asombraron de aquellas palabras, el canónigo tanto como Andreas, quien
retrocedió con expresión ofendida.
—¿Y
tú qué sabes? —murmuró con hostilidad—. ¡Corre, vete con tus amigos beatos de
Frauenburg! —Pero cuando el canónigo bajaba las escaleras, se abrió la puerta
de la habitación y apareció Andreas, que a la luz de la vela parecía una araña
negra suspendida en el aire. — ¡Sí, sí, me vengaré!
Esa
noche, el canónigo Koppernigk, una silueta negra envuelta en una capa y
repantigada en una yegua endeble, partió rumbo a Frauenburg. Iba solo, pues Max
había preferido quedarse para servir a Andreas, pero no le importaba. Por más
que lo intentaran, nunca conseguirían quitárselo todo, no. Si el centinela lo
detenía, iba a anunciarse con todas sus fuerzas, iba a gritar su nombre y a
estamparlo como un sello sobre la pálida oscuridad para que lo escuchara todo
Heilsberg: ¡Doctor Copérnico! Pero el centinela estaba dormido.
En
el Báltico el día amanecía con una tempestad de fuego petrificado. Él nunca
había visto amaneceres así, imponentes y algo alarmantes, pero no le gustaban
nada. Había aprendido a detestar los extremismos y aquí el cielo era demasiado
extenso, demasiado alto y demasiado dado a tempestuosas ostentaciones sin
sentido; todo era superficial. Él prefería el mar, cuyas remotas profundidades
comunicaban una sensación de poderosa y lúgubre calma. Pero a veces el mar
también le molestaba, como cuando por un truco de la marea o de la luz se
elevaba hasta su ventana y se agitaba como el lomo de alguna bestia acuática,
de color azul pizarra, amenazador e irresistible.
Había
pedido la torre del extremo noroeste de la catedral. Los miembros del Capitulo
pensaban que estaba loco. La verdad es que era un sitio tétrico y vacío, pero a
él le servía. Eran tres habitaciones 'con paredes blanqueadas situadas una
encima de otra. En el segundo piso, una puerta conducía a una especie de
plataforma que se proyectaba en lo alto del muro y que le serviría como
observatorio. Tenía una buena vista a la enorme llanura hacia el sur, al
Báltico más allá del lago de agua dulce llamado Frisches Haff hacia el norte y
oeste, y a las estrellas por la noche. El mobiliario consistía en un camastro,
una mesa, dos sillas y un atril. La segunda silla le preocupaba, pues sugería
la posibilidad de una visita, pero la dejó allí, consciente de que la perfección
no es un bien de este mundo. De todos modos, el escritorio superaba en oropel a
cualquier cantidad de sillas. Era el escritorio que había pertenecido a su
padre en Torun y que le había pedido a Katharina como recuerdo. Era un
armatoste de roble con cajones, herrajes de bronce y la mesa tapizada de una
raída piel verde. Tal vez no fuera lo más apropiado para aquella celda austera,
pero era parte de su pasado y con el tiempo se acostumbró a verlo allí. Pensaba
que hubiese sido preferible dejar las habitaciones completamente vacías. No era
un fanático, pero en aquella torre gris, en aquel rincón insignificante, había
descubierto una imagen de su yo más íntimo que los muebles, posesiones y
comodidades sólo conseguían difuminar. Perseguía la esencia misma, sin adornos,
la verdad implacable.
El
Capítulo le exigía poco y sus quince compañeros canónigos lo consideraban un
tonto aburrido. Ellos vivían a lo grande, en fincas fuera de los muros de la
catedral, con criados y caballos, y consideraban aquella torre como símbolo de
una incomprensible y sospechosa humildad. Sin embargo, lo trataban con
estudiada deferencia, razón por la cual Nicolás suponía que tenían miedo de él
o de lo que representaba; después de todo era el sobrino del obispo. De todos
modos, se alegraba de que el miedo los mantuviera a una distancia considerable,
pues lo último que quería era compañía. En cuanto llegó a Frauenburg lo
nombraron visitador oficial, con una prisa casi indecente. Era un cargo
esencialmente honorífico y por lo visto se lo habían concedido para paliar, al
menos temporalmente, la codicia que los demás canónigos imaginaban en aquel
severo y peligroso recién llegado. Se obligaba a sí mismo a asistir a las
reuniones del Capítulo, y aunque las presenciaba sin pronunciar palabra,
escuchaba con: atención las interminables charlas sobre diezmos, impuestos y
política eclesiástica. Las misas diarias en la catedral se le hacían mucho más
llevaderas, pues como canónigo sin ordenar estaba obligado a asistir pero no,
por supuesto, a oficiar el servicio. Mientras en las reuniones del Capítulo, su
actitud muda y pensativa estaba mal vista, en la iglesia su reserva era el
contrapunto ideal al imponente e implacable silencio de Dios e incluso se
diluía en él.
Sólo
en contadas ocasiones viajaba más allá de las afueras de Frauenburg. Le gustaba
la ciudad; era vieja, somnolienta, segura, y le recordaba su lugar de
nacimiento; con eso tenía suficiente. Una vez viajó a Torun a ver a los Gertner
y a Kulm a visitar a Bárbara. Ninguna de las dos visitas valió la pena, pues
Bárbara, y él todavía no eran capaces de reconocerse en su papel de adultos, y
Kathanna... seguía siendo Katharina. Decidió no volver a arriesgarse y rechazó
con cortesía las invitaciones de sus colegas para acompañarlos en sus
frecuentes y presuntuosos recorridos por la diócesis. Por fin había conseguido
llegar a un punto muerto, o al menos eso era lo que creía. Las olas del mundo
rompían en medio del clamor y la tormenta lejos del estanque de quietud donde
él flotaba.
Pero
no lo ignoraron del todo y la corriente removió la suciedad en el fondo de su
estanque. Se enteró de la muerte de Rabe —¡pobre Corvinus!— el mismo día en que
recibió de vuelta desde Heilsberg, sin abrir y sin ninguna nota explicatoria,
la traducción de Simocatta que le había enviado a su tío. Una tarde apareció
Max, avergonzado y taciturno, con la noticia de que Andreas se había marchado a
Italia con mil doscientos florines de oro húngaros que le habían dado para
tareas eclesiásticas del Capítulo de Frauenburg.
—¿Qué?
—preguntó el canónigo estupefacto—, ¿qué dices? ¿Estuvo aquí? ¿Cuándo?
—Sí,
estuvo aquí —respondió Max encogiéndose de hombros—. Le dieron el oro y se
marchó. Me dijo que me fuera al diablo. Su tío también le dio dinero para
librarse de él. Su hermano es un mal tipo, amo, si me permite que se lo diga.
El
canónigo se sentó. ¡Mil doscientos florines de oro! Eso ya era malo, pero peor,
mucho peor, era que Andreas hubiera estado en Frauenburg y que a nadie se le
hubiera ocurrido prevenirlo. ¿Prevenirlo? Examinó aquella palabra y le dio
vueltas y vueltas en su cabeza.
* *
* *
Estaba
claro que no iban a dejarlo en paz, lo perseguirían fuera a donde fuese.
Enviaban misteriosos emisarios, disfrazados con astucia; el desconocido de
aspecto más inocente, o incluso alguien a quien creía conocer, de repente se
traicionaba con un gesto o una palabra y le revelaba el mensaje secreto:
cuidado. Había despojado su vida de todas las comodidades, pero no era
suficiente con aquella renuncia. ¿Acaso su pecado era la pasividad? Se dedicó a
trabajar para el Capítulo, aceptando sólo las tareas más serviles y
desagradables. Escribía cartas, recaudaba las rentas, escribía informes que
nadie leería, iba de un extremo al otro de la diócesis para ocuparse de
pequeñas tareas, enloquecido, como un marinero que corre en medio de un
naufragio tratando de cerrar inútilmente agujeros que se abren un instante
después de ser taponados. Los miembros del Capítulo habían acabado por
convencerse de que era un lunático. Negociaba prácticamente de rodillas con
altivos oficiales de Cracovia o Königsberg y atendía a los enfermos, aunque en
ocasiones incluso estos últimos lo horrorizaban, revelando alguna información
traicionera.
Era
extraño que la gente tuviera tanta fe en él. Le enviaban los más enfermos, los
desahuciados, niños leprosos, novias abandonadas, viejos. Él no podía hacer
nada, y sin embargo aconsejaba y bendecía pacientemente, hacía pases en el aire
y fruncía el entrecejo bajo el peso de una sabiduría absolutamente falsa.
Cuanto más extravagante era su tratamiento y más grotescas las pócimas que les
hacia tragar, más satisfechos parecían. ¡Algunos incluso se curaban! Así ganó
una importante reputación en Ermland, pero en ningún momento dejó de
considerarse a sí mismo como un fraude.
* *
* *
Un
día del mes de abril le trajeron a una jovencita de apenas quince años llamada
Alicia. Aquel día el tiempo alternaba entre la lluvia y el sol y las nubes
cubrían el brillante Báltico. La joven llevaba un vestido verde y la torre no
sabía cómo albergaría, pues su encanto era mucho más de lo que aquellas piedras
grises y sombrías podían soportar. Su padre era un hombre gordo, ligeramente
ridículo y vestido con ostentación, un comerciante de forraje y miembro del
ayuntamiento. Tenía un aserradero dentro de las murallas y viñedos en los
suburbios. Según decía, su familia era oriunda de la baja Sajonia, hecho que él
parecía considerar impresionante. Dejó bien claro que sabía leer y escribir,
pero evitó mirar al canónigo directamente a los ojos. La madre era una mujer
corpulenta, de aspecto triste y retraído, con una cara ancha y pálida, arrugada
e hinchada como si estuviera siempre a punto de llorar. Ambos eran bastante
viejos y le confesaron al doctor que Alicia había venido como regalo de Dios
justo cuando habían perdido todas las esperanzas. Se contemplaron el uno al
otro con timidez y asombro, luego volvieron la vista hacia su hija, con tan
angustiosa ternura, que el canónigo sintió que la amargura del celibato le
subía a la garganta como si fuera bilis y tuvo que desviar la mirada.
—¿Por
qué han venido a verme?
—Creemos
que ella no está bien, padre —respondió el mercader. Luego vaciló y miró a su
esposa. La mujer se retorcía las manos pálidas y regordetas y sus labios
temblaban.
—Tiene
unas...ronchas, padre, y también un flujo...
—Por
favor, no me llame padre, que no soy sacerdote. —Pretendía ser amable, hacerlos
sentir cómodos, pero sólo logró intimidarlos aún más. Él mismo estaba
intranquilo, sentía deseos de marcharse, de abandonar a aquel gordo mercader, a
su angustiada esposa y a su hija enferma; deseos de escapar. Una brillante
llovizna golpeaba contra el cristal de la ventana y el mar centellaba. No le
gustaba la primavera; era una estación inquietante. Levantó la cara de la joven
con el pulgar y el índice y la estudió un momento en silencio. Un leve rubor
subió por su rostro desde el cuello delgado y puro. Ella también le tenía
miedo, ¿o no? De repente le pareció detectar en aquellos oscuros ojos violáceos
y aterciopelados una expresión sarcástica, penetrante y familiar. Dio un paso
atrás, con el entrecejo fruncido.
—Ven
—le dijo. La madre dejó escapar un leve gemido de pena e hizo ademán de
tocarla, pero Alicia ni siquiera la miró—. Ven, niña, no tengas miedo.
La
condujo por las estrechas escaleras hasta su observatorio, donde los enfermos
solían acobardarse ante el astrolabio y la gran cantidad de libros
polvorientos. Aquella vez, sin embargo, no era la paciente quien más miedo
tenía, sino el médico. El extraño e imperturbable silencio de la joven
resultaba inquietante. Parecía abstraída, apartada del mundo, como si fuera
portadora de un secreto que hacía su vida interior totalmente autosuficiente,
como si acabara de iniciarse en un culto.
—¿Dónde
tienes esa erupción, niña? Ella no contestó, vaciló un momento como si luchara
consigo misma y luego se inclinó de prisa y se levantó la falda. El canónigo no
se sorprendió; se horrorizó, incluso se asustó, pero no se sorprendió. Sin
lugar a dudas era portadora de algo, y ahora sabía en qué rito había sido
iniciada. ¡Qué extraño! El sol brillaba sobre el Báltico, los tilos estaban en
flor, el agua, el aíre y el mar temblaban en complicidad con el fuego de la
estación que despertaba, y aun así, aquella joven estaba infectada. Una vez más
advirtió la imposibilidad de relacionar las cosas con el tiempo. El mundo
estaba allí, Alicia aquí, y entre los dos se abría un abismo. Ella lo miraba
con sus ojos exquisitos e inexpresivos sin temor ni vergüenza, sólo con una
especie de curiosidad. Allí, entre aquel rostro angelical y la espantosa flor
que crecía en secreto entre los delicados muslos de la joven, había otra
relación imposible.
—¿Con
quién has estado? —le preguntó. Ella dejó caer la falda y con pequeños
movimientos descendentes alisó cuidadosamente las arrugas de la seda verde.
—Con
nadie —dijo—, no he estado con nadie, padre.
—Entonces
habrá sido Ulises —murmuró el canónigo y se sintió un poco molesto consigo
mismo por hacer un chiste en un momento como aquél, pero no se le ocurría nada
más que decir. Le cogió la mano y advirtió su penosa fragilidad—. ¡Ay, niña,
niña!
No
podía hacer ni decir nada y lo embargó una sensación de fracaso.
Los
padres estaban tal como los había dejado, inmóviles, como barcos sin viento,
esperando un milagro. Lo supieron con sólo mirarlo, en realidad ya lo sabían en
el fondo de sus corazones. El silencio era aterrador.
—Sugiero...
—dijo el canónigo.
Pero
el mercader y su esposa comenzaron a hablar al mismo tiempo y luego se
interrumpieron, confundidos. La madre lloraba sin poder evitarlo.
—Hay
un joven, padre —dijo ella—, que quiere casarse con Alicia.
—De
repente su cara se arrugó y gimió:— ¡Es un chico tan bueno, padre!
—Nosotros…
—comenzó el mercader inflando el pecho, pero no pudo seguir y miró a su
alrededor, perdido y desolado, como si buscara algo firme en qué apoyarse,
aunque sabía que no lo encontraría, ni aquí ni en ningún sitio—. Nosotros.
—Mi
hermana es abadesa del convento cisterciense de Kulm —dijo rápidamente el
canónigo— y puedo conseguir que la alojen allí. No es necesario que tome los
votos, por supuesto, a no ser que ustedes lo deseen. Pero las monjas la
cuidarán y quizás. —¡Para!, ¡no lo digas! Quizás con el tiempo, cuando esté
curada…, cuando ella…, tal vez ese joven… no podía soportarlo más.
Lo
sabían, todos lo sabían, la entrepierna de la niña estaba repleta de bichos,
tenía la sífilis, nunca se casaría y lo más probable era que no llegara a los
veinte. ¡Ellos lo sabían! ¿Entonces por qué aquella farsa? El canónigo se
aproximó a la familia y ellos recularon, golpeados por el viento de su ira y
desesperación. La joven ni siquiera lo miraba. Él sentía deseos de sacudirla,
de cogerla entre sus brazos, de estrangularía, de salvarla; en realidad no
sabía lo que quería. Al abrir la puerta, un bloque sólido de sol cayó sobre
ellos y todos vacilaron un momento, deslumbrados. Luego madre e hija salieron a
la calle y el mercader dio un puntapié contra el suelo.
—Es
brujería —jadeó—, ¡lo sé!
—No
—dijo el canónigo—, no se trata de ninguna brujería. Ahora vaya a consolar a su
esposa y a su hija. Hoy mismo escribiré a Kulm.
Pero
el mercader no lo escuchaba. Asentía distraído, de forma mecánica, como un
enorme muñeco desamparado.
—Tiene
que haber un culpable —murmuró y por primera vez miró al canónigo a los ojos—,
¡tiene que haberlo!
Sí,
sí, en algún lado.
* *
* *
La
corriente se hizo más intensa, hasta formar verdaderas olas. Le llegaron
rumores de que en Roma lo consideraban el inventor de una nueva teoría
cosmológica. Decían que el mismísimo Julio II había demostrado interés en él.
«Tiene que haber un culpable»: volvió a oír la voz que clamaba venganza en las
escaleras. Lo invadió una desesperante sensación de pánico, pero no tenía
adónde escapar, la única opción que le quedaba era una corriente lateral.
* *
* *
Un
día, de repente, Dios lo abandonó, aunque es probable que hubiera ocurrido
mucho tiempo antes y sólo se diera cuenta entonces. La crisis vino
inesperadamente, pues él nunca había cuestionado su fe, y se sintió como un
transeúnte que se detiene, despreocupado, a mirar una pelea y lo derriban por
error con un golpe terrible. Y sin embargo no era exactamente una crisis, pues
en su alma no había ni una gran confusión ni dolor, sólo una falta de
sensibilidad, un atontamiento. Y aunque pareciera extraño, su fe en la Iglesia
no tambaleaba, sólo su fe en Dios. La misa, la transmutación, el perdón de los
pecados~ la concepción de la Virgen; ni por un momento dudó de todo aquello,
pero detrás del ritual ahora sólo encontraba un vacio blanco y silencioso que
estaba en todas partes, en todas las cosas y era eterno.
Se
confesó al chantre, el canónigo von Lossainen, más por curiosidad que por
remordimientos. El chantre, un viejo enfermo e infeliz, suspiró y dijo:
—Quizás,
Nicolás, todos creamos sólo en los signos exteriores. ¿No eres demasiado duro
contigo mismo?
—No,
no. No creo que se pueda ser demasiado duro con uno mismo.
—Es
probable que tengas razón. ¿Debo darte la absolución?, no estoy seguro.
—La
desesperación es un gran pecado.
—¿La
desesperación? ¡Ah!
También
dejó de creer en su libro. Durante un tiempo, en Italia y en Cracovia, había
logrado convencerse a sí mismo de que (¿cómo era?) el mundo físico era
susceptible de una investigación física, de que lo principal podía deducirse,
de que podía expresarse, pero aquella fe también se había desvanecido. Ahora el
libro había pasado por dos revisiones completas, casi reescrituras, pero sabía
que en lugar de acercarse a lo esencial, volaba hacia el vacío en una feroz
órbita excéntrica; y en lugar de aproximarse a la palabra, a la Palabra
crucial, se dirigía de cabeza hacia un elocuente silencio. Le había parecido
posible decir la verdad, ahora veía que todo lo que podía decirse eran
palabras. El libro no hablaba del mundo, sino de sí mismo. Más de una vez cogió
aquel horrible manuscrito dispuesto a tirarlo al fuego, pero no tuvo el valor
para cometer aquel acto definitivo.
Por
fin, de forma misteriosa, llegó una espantosa liberación. Una tarde ventosa e
infernal de marzo, vino a buscarlo un criado de Katharina para llevarlo a
Torun, donde su tío yacía enfermo. Cabalgó toda la noche, en medio de la
tempestad y de la lluvia, hasta el amanecer sombrío y amarillento, que más
parecía un crepúsculo. En Marienburg un sol de tormenta surgió débilmente entre
la penumbra, mientras el Vístula corría taciturno. Al anochecer llegó a Torun
agotado y casi delirante por la falta de sueño. Katharina se mostraba solícita
y eso, más que ninguna otra cosa, le indicó que la situación era grave.
El
obispo Lucas había viajado a Cracovia para la boda del rey Segismundo. En el
camino de regreso había enfermado gravemente, y como se encontraba más cerca de
Torun que de Heilsberg, había pedido que lo llevaran a la casa de su sobrina.
Ahora estaba echado, sudoroso, retorciéndose de dolor en la misma cama donde
había nacido el canónigo Nicolás y donde probablemente había sido concebido. Y
el obispo mismo, gimiendo de dolor y con un miedo mortal, parecía un enorme y
gordo bebé tratando de nacer en un agónico parto. Lo atormentaban terribles
fluxiones, que según decía él le hacían sentir que estaba cagando las tripas. Y
lo estaba. Una sola vela adumbraba la habitación, pero la rabia y el dolor del
obispo parecían irradiar una luz más potente y tenebrosa. El canónigo aguardó
un largo rato en la penumbra, contemplando las pequeñas y variadas escenas
interpretadas alrededor de la cama. Sacerdotes y enfermeras iban y venían en
silencio, un médico de barba gris meneaba la cabeza, Katharina ponía una cruz
entre las manos del obispo, que él dejaba caer, Gertner se limpiaba las uñas.
—
Nicolás!
—Sí,
tío, estoy aquí.
Los
ojos atormentados buscaron en vano los suyos y una mano temblorosa lo cogió con
fuerza de la muñeca.
—Me
han envenenado, Nicolás. Sus espías estaban en el palacio, por todas partes.
¡Que Dios los maldiga! ¡Ay!
—Está
delirando —dijo Katharina—, no podemos hacer nada.
El
canónigo recorrió la casa sombría, había cambiado tanto que casi no la
reconocía. Tema el mismo aspecto de siempre, sin embargo todo lo que rozaba con
su inquisitiva presencia, le respondía con un obtuso y taciturno silencio, como
si el centro blando y vivo de las cosas se hubiera muerto, hubiera quedado
petrificado. La visión de la agonía del obispo había desatado un brutal
desenfreno y por todas partes había extrañas escenas de libertinaje. En la
pequeña habitación que había compartido con Andreas, un par de perros, una
hembra y su compañero, se levantaron de la cama y le gruñeron, dejando al
descubierto en la oscuridad sus dientes fosforescentes. Debajo de una
desordenada mesa del comedor encontró a su criado Max y a Toad, el bufón del
obispo, borrachos y dormidos, cogidos en un grotesco abrazo, cada uno con la
mano en el regazo del otro. En las escaleras había un olor fétido, similar al
del agua estancada, y desde las habitaciones de los criados se oían risas y
ruidos de una fiesta clandestina. Se llevó la mano a la cara y notó que sus
propios dedos olían a podrido. Se sentó en el salón, junto al fuego consumido,
y cayó en una especie de trance entre el sueño y la vigilia, lleno de fantasmas
furiosos.
Poco
antes del amanecer, a aquella hora muerta, lo llamaron a la habitación del
enfermo. En la esfera de luz que iluminaba la cama había una especie de muerte
aparente, como un dedo alzado a los labios ante la entrada del príncipe negro.
El moribundo era el único que parecía ignorar que había llegado la hora. Ahora
apenas se movía, y sin embargo parecía frenéticamente ocupado. La vida se había
reducido a un rápido torbellino en su interior, la última rueda que aún giraba
mientras la máquina se acercaba al colapso final. El canónigo se sintió
invadido por una fuerte sensación de incongruencia, como si no estuviera
vestido de la forma apropiada o estuviera completamente fuera de lugar. De
repente el obispo abrió los ojos y los fijó en el techo con expresión de
asombro.
—¡No!
— gritó con una voz potente y clara. Todos los presentes se quedaron quietos y
callados, como si fueran niños jugando a la escondida y temieran que los
descubrieran y los obligaran a cumplir alguna espantosa prenda—. ¡No! ¡Que no
se acerque!
Pero
al oscuro visitante nadie puede negarle la entrada, así que, apaleado e
informe, como un bulto irreconocible de dolor y desconcierto, golpeado y sucio,
el obispo Lucas Waczelrodt cayó en la oscuridad bajo la negra ala extendida de
aquella capa envolvente. El sacerdote untó su frente con óleo bendito.
Katharina sollozó, Gertner levantó la vista y el canónigo se volvió.
—Enviad
de inmediato un mensajero a Heilsberg para avisar que el obispo ha muerto.
Las
campanas dieron la noticia.
Asqueado
por el falso dolor que aparentaban todos los miembros de la casa, el canónigo
Nicolás se escabulló por las habitaciones de los criados y salió al jardín. La
mañana, resplandeciente de sol y escarcha, parecía hecha de un cristal
exquisitamente labrado. El jardín estaba abandonado y su memoria apartó con
dificultad las malezas y la basura hasta devolverle el aspecto que había tenido
una vez. Aquí estaban los frutales, el pequeño sendero de piedra, el reloj de
sol..., ¡sí, sí!, lo recordaba. Aquí había jugado alegremente cuando era
pequeño, sosegado y tranquilo por la familiaridad de aquel desorden: estacas
desgastadas por la intemperie, fogatas humeantes, los inexplicablemente
acogedores jardines traseros de otras casas, la alegría de las coles. Y cuando
era un poco mayor, ~cuántas mañanas como ésta se había quedado allí, a la luz
quebradiza y fresca del sol, extasiado y tembloroso, pensando en las infinitas
posibilidades del futuro, soñando con jóvenes mujeres misteriosas vestidas de
verde que caminaban sobre la hierba cubierta de rocío bajo los enormes árboles?
Pasó a través de un hueco en la cerca de madera y salió a una callejuela
estrecha que pasaba por atrás de los jardines, donde las zarzas crecían al pie
de un muro alto y blanco. El aire despedía un suave olor a abono, dulzón y no
del todo desagradable. Una vieja envuelta en una capa negra y con una canasta
de huevos en el brazo pasó junto a él y lo saludó dejando escapar un Grüss Gott
de su boca desdentada. Reinaba una quietud misteriosamente clandestina, como si
un hecho muy significativo esperara que él se fuera para ocurrir en medio de
una soledad perfecta. Ahora todo quedaba demasiado lejos, la noche, las velas,
los murmullos, la atormentada criatura moribunda en su cama; todo parecía irreal.
Sin embargo, había formado parte del mundo tanto como la luz del sol, la
quietud y aquellas pinceladas de humo azul que se difuminaban despacio en el
azul más claro del cielo, ¿era todo irreal? Se volvió y miró el tilo durante un
largo rato. Gertner le había dicho que iban a cortarlo porque estaba viejo y
corría el riesgo de caerse. El canónigo meneó la cabeza con una ligera sonrisa
y atravesó el resucitado jardín en dirección a la casa.
No
podía llorar sinceramente la muerte de su tío. Sentía la culpa, por supuesto,
pena por las oportunidades que creía haber perdido (¿quizás lo hubiera
malinterpretado?), pero éstos no eran verdaderos sentimientos, sino rituales
vacíos, ceremonias de purificación interpretadas para conjurar su fantasma;
pues ahora advertía que la muerte produce un súbito vacío en la tierra, un
agujero en el tejido del mundo, con el cual los supervivientes tienen que
aprender a convivir, y el hecho de que el muerto fuera amado u odiado no tiene
ninguna importancia, el aprendizaje sigue siendo difícil. Durante mucho tiempo
se sintió acosado por una feroz e implacable ausencia, marcada por el sello
inconfundible del obispo.
Más
tarde, como era de esperar, llegó la sensación de alivio. Comprobó con cuidado
los barrotes de su jaula y no los encontró tan firmes como antes. Incluso
comenzó a mirar su trabajo con más benevolencia y se dijo que sin duda lo que
él veía como un trabajo pobre e imperfecto al mundo le parecería una maravilla.
Terminó el Commentariolus y, entusiasmado y asombrado a la vez por su propio
atrevimiento, ordenó copias a un calígrafo de la ciudad y las distribuyó entre
los pocos eruditos que consideraba favorables y discretos. Luego, con los
dientes apretados, esperó la explosión que sin lugar a dudas despertarían los
siete axiomas que constituían la base de un universo centrado en el sol. Temía
al ridículo, a las impugnaciones, a los insultos, pero sobre todo temía a los
compromisos. Lo sacarían a rastras ante el público, a pesar de sus patadas y
sus gritos; lo harían subir a una plataforma como a una atracción de feria y le
pedirían que expusiera las pruebas. ¡Era absurdo, horrible, intolerable! Otra
vez comenzó a preguntarse si no haría mejor en destruir su trabajo y acabar por
fin con todo ese asunto. Pero el libro era lo único que le quedaba, ¿cómo iba a
quemarlo? Sin embargo, ¿y si vinieran a burlarse, quejarse o a exigir pruebas?,
¿si tiraran la puerta abajo y arrancaran el manuscrito de sus manos? ¡Por
Dios!, ¿qué ocurriría entonces?
No
era a los académicos a quien más temía, pues creía saber cómo manejarlos, sino
a la pobre gente normal y desilusionada, que estaba a la expectativa de una
señal, un mensaje, una palabra que anunciara la inminente llegada del milenio y
de todo lo que ello significaba: libertad,, alegría, salvación. Se apropiarían
de su trabajo, o más bien de una versión deformada de éste, con espantoso
fervor, fuera de sí en sus ansias por creer que lo que les ofrecía era una
explicación del mundo y de sus vidas en él. Y cuando tarde o temprano
descubrieran que habían sido traicionados una vez más, que no existía un cuadro
simple y completo de la realidad ni había ninguna renovación posible, se
volverían contra él. Pero ése tampoco era el problema; si bien era cierto que
él no quería ser rechazado, por sobre todas las cosas no deseaba engañar a la
gente. Debía hacerles entender que al desplazar a la tierra, y con ella al
hombre, del centro del universo, no estaba elaborando ningún juicio, ni
exponiendo ninguna filosofía, sino simplemente enunciando los hechos. El juego
que dirigía podía servir para ejercitar la mente, pero no iba a enseñarles a
vivir.
Sus
preocupaciones fueron inútiles, no hubo explosión, no vino nadie, ni siquiera
llamaron a la puerta. El mundo lo ignoró. Mucho mejor, se sentía aliviado. Les
había ofrecido el Commentariolus, o sea un prólogo, y no le habían dado ninguna
importancia. Ahora podría seguir escribiendo su libro en paz, sin que lo
molestaran los idiotas, pues sin duda serían todos idiotas, si se permitían
ignorar el desafío que él había lanzado a sus pies; idiotas y cobardes, si no
alcanzaban a reconocer el asombroso esplendor y la osadía de sus ideas. ¡Él les
enseñaría, claro que sí! Así, taciturno, consumido por el desencanto y la
frustración, se sentó a su mesa para enseñarles. Las enormes esferas daban
vueltas en el firmamento cristalino de su mente y cuando en alguna ocasión
(¡muy rara vez!) miraba hacia el cielo de la noche, se sentía turbado por una
vaga sensación de reconocimiento que lo intrigaba, hasta que descubrió que era
ese cielo, esas frías y blancas partículas de luz, las que habían dado forma al
mundo de su mente. Luego, cuando luchó en vano por encontrar una conexión entre
el mundo real y el imaginario, lo asaltó una familiar sensación de
incongruencia. De un modo inevitable e inexplicable, la cara de Andreas
aparecía ante sus ojos con una sonrisa irónica. ¡La constelación de Sífilis
borraba todo lo demás!
—Hay
alguien que quiere hablar con usted, canónigo.
El
canónigo Koppernigk levantó la vista y meneó la cabeza con vehemencia en una
muda negativa. No quería que lo molestaran. Max se encogió de hombros y se
retiró tras hacer una breve y sarcástica reverencia. Incluso antes de que
entrara su visitante, el canónigo lo reconoció por sus pasos ligeros e
inimitables. Suspiró y guardó en un cajón el manuscrito en que había estado
trabajando.
—Mi
querido doctor, discúlpeme, espero no molestarlo.
El
canónigo Tiedemann Giese era un hombre alegre, bastante corpulento y con una
cara cuidadosamente aniñada. Tenía una cabeza grande y rubia, la nariz torcida
y absurdamente austera, manos cuadradas y torpes y unos ojos grandes e
inocentes que conferían un peculiar y tierno interés a todo lo que miraban. A
pesar de venir de una familia noble, desaprobaba las vidas opulentas de sus
colegas del Capítulo, desaprobación que expresaba —6 exhibía, según decían
algunos— vistiéndose siempre con camisas y pantalones vulgares y toscas botas
de montar. Sus logros académicos eran impresionantes, sin embargo tenía cuidado
de emplear sus conocimientos con prudencia. De algún modo había conseguido una
copia del Commentariolus, y a pesar de que nunca había mencionado el trabajo
directamente, dejaba claro a través de comentarios astutos y miradas
significativas que sobresaltaban al canónigo Koppernigk, que estaba
completamente de acuerdo con la teoría heliocéntrica. El canónigo Giese era uno
de los entusiastas natos de este mundo.
—Siéntese,
por favor —dijo el canónigo Koppernigk con una sonrisa helada—. ¿Puedo hacer
algo por usted?
Giese
rió con nerviosismo; era sólo unos siete años más joven que el canónigo
Koppernigk, pero en su presencia se comportaba como un colegial tímido, aunque
también ansioso y brillante.
—Pasaba
por aquí, ¿sabe?, y pensé que podría entrar y... —dijo con fingida
despreocupación.
—Sí.
Los
ojos desconcertados de Giese se desviaron y recorrieron la habitación baja y
completamente blanca; hasta las vigas del techo eran blancas. En la pared de
atrás del escritorio del doctor había un reloj de arena enmarcado, un sombrero
de ala ancha colgado de un gancho y un atril de madera con unos cuantos
instrumentos médicos. Una ventana pequeña con un gran alféizar y paneles de
vidrio verde daba al Frisches Haff y, más allá, al gran arco del Báltico. La
puerta desvencijada que conducía a las murallas estaba abierta y a través de
ella se veían el reloj de sol vertical y el triquetrum, una especie de ballesta
rudimentaria de unas cinco anas de alto que servía para medir los ángulos
celestes, como un ser de aspecto curiosamente aturdido con los brazos inmóviles
y extendidos hacia el cielo. Giese se preguntó si el doctor habría formulado su
maravillosa teoría sólo con la ayuda de aquellos modestos instrumentos. Una
gaviota se detuvo en el marco de la ventana y por un instante Giese observó uno
de los ojos claros del pájaro aumentado por el vidrio verde (¿aumentado?...,
no, no, ¡qué idea estúpida!).
—A
mí también me interesa la astronomía, ¿sabe, doctor? —dijo—. Por supuesto, yo
sólo soy un aficionado, pero creo que sé lo suficiente como para reconocer la
grandeza cuando la encuentro, como he hecho últimamente. —Lo miró de reojo. La
expresión del canónigo Koppernigk permaneció imperturbable; sin lugar a dudas
era una persona fría e introvertida y era difícil llegar a él. Giese suspiró.
—En realidad, doctor, sí hay algo de lo que me gustaría hablar con usted. El
asunto es, ¿cómo podría decirlo?, algo delicado, incluso doloroso. Quizás ya
sepa a qué me refiero. ¿No? —Estaba sentado en una silla baja y dura frente al
escritorio del doctor y comenzó a inquietarse. En ocasiones como éstas se
arrepentía de todo corazón de haber aceptado el puesto de chantre del Capítulo
de Frauenburg como sucesor del canónigo von Lossainen, ascendido a obispo tras
la muerte de Lucas Waczelrodt. En realidad, no estaba hecho para este tipo de
cosas.— Se trata de su hermano, ¿sabe? —dijo con cautela—, el canónigo Andreas.
—¿Si?
—Sé
que esto será doloroso para usted, doctor, y por eso vine a verlo
personalmente, no sólo como chantre, sino, espero, como amigo. —Hizo una pausa.
El canónigo Koppernigk levantó una ceja, intrigado, pero no dijo nada.— El
obispo, como verá, y por supuesto también el Capítulo, creen que la presencia
de su hermano, en su lamentable situación, no es.., quiero decir...
—¿Presencia?
—dijo el doctor—. Pero si mi hermano está en Italia.
Giese
lo miró fijamente.
—¡Oh,
no doctor! Suponía que usted... ¿No se lo han dicho? Está aquí, en Frauenburg,
ya lleva varios días aquí. Supuse que habría venido a verlo. Él no está… — no
está bien, ¿sabe?
* *
* *
No
estaba bien, era la viva imagen del horror. En el tiempo transcurrido desde la
última vez que se vieran, el aspecto de Andreas se había rendido al de su
enfermedad, de modo que ya no era un hombre sino sólo un memento mori, una
criatura mustia, retorcida y jorobada, en cuya cara destruida se dibujaba una
imperturbable sonrisa cadavérica. El canónigo se enteró de todo esto por
terceras personas, pues su hermano le rehuía, no por tacto, por supuesto, sino
porque le parecía más divertido acosarlo a distancia, por ya indirecta,
convencido de que resultaría mucho más doloroso que otros llevaran noticias de
sus vergonzosas hazañas hasta la austera torre blanca del canónigo. Se alojaba
en una posada de los barrios bajos (¿dónde sino?), pero durante el día paseaba
su espeluznante cuerpo por los alrededores de la catedral, asustando a los
niños y a sus madres por igual. En una ocasión, un domingo por la mañana,
incluso se atrevió a entrar en la nave central de la iglesia durante la misa y
se arrodilló con una elaborada genuflexión ante el comulgatorio, tras el cual
el pobre y achacoso obispo von Lossainen, sentado en su trono púrpura, se quedó
petrificado de horror.
Como
era de esperar, no pasó mucho tiempo antes de que se empezaran a oír
habladurías sobre magia negra, vampirismo y hombres lobos; y aparecieron cruces
en las puertas de la ciudad. Se rumoreaba que en la montaña habían encontrado a
una joven degollada, que al caer la noche un demonio de capa negra vagaba por
las calles, y que en la oscuridad se oían aullidos y risas pavorosas. Decían
que Toto, el idiota, que tenía el don de la clarividencia, había visto un
pájaro enorme con la cara morada y contrahecha de un hombre, chillando y
volando sobre los techos la víspera de Todos los Santos. El histerismo se
extendió por todo Frauenburg como la peste, y durante aquel otoño sombrío y
nuboso, pequeños grupos de hombres ceñudos se reunían en las esquinas a la hora
del crepúsculo y murmuraban misteriosamente, y las madres interrumpían los
juegos de sus hijos para que volvieran a casa temprano. Los judíos que vivían
al otro lado de las murallas comenzaron a fortificar sus casas, temerosos de
que se aproximara una masacre. Las cosas no podían continuar así.
Caían
las primeras nieves del invierno cuando los canónigos se reunieron en la sala
de conferencias de la casa capitular, resueltos a terminar de una vez por todas
con aquella situación. Ya habían decidido un plan de acción en privado, pero
necesitaban una asamblea general para darle validez oficial. La reunión tenía
un propósito adicional: hasta el momento, el canónigo Koppernigk se había
mantenido al margen del problema, como si la situación de su hermano no fuera
de su incumbencia, y los miembros del Capítulo, enfurecidos por su silencio y
aparente indiferencia, estaban resueltos a hacerle asumir su responsabilidad.
De hecho, había tanto rencor entre los canónigos que muchos de ellos no tenían
claro cuál de los dos hermanos merecía un tratamiento más duro, e incluso
algunos estaban a favor de expulsarlos a ambos para acabar con aquella
problemática familiar de una vez y para siempre.
El
canónigo llegó tarde, bien abrigado y con el sombrero de ala ancha hundido
hasta la frente. La delgada y tétrica figura vestida de negro avanzó despacio
por la sala y ocupó su lugar en la mesa, se quitó el sombrero y los guantes, y
tras persignarse en silencio cruzó las manos delante y alzó la vista hacia el
oscuro cielo morado que se asomaba por las altas ventanas. Sus colegas hicieron
silencio al verlo entrar y ahora se movían, intranquilos, y miraban en vano
alrededor de la mesa, insatisfechos y secretamente decepcionados. En el fondo
esperaban otra cosa de él, algo dramático y desagradable, un grito de desafío o
una súplica humillante por indulgencia, quizás incluso amenazas o alguna
maldición; pero nunca esta indiferencia, como si ni siquiera estuviera allí.
* *
* *
Giese,
que presidía la mesa, tosió y continuó el discurso que la llegada del canónigo
Nicolás había interrumpido.
—Caballeros,
la situación es delicada. El obispo nos ordena que tomemos medidas e incluso la
gente pide que el canónigo enfermo, eh… —, se vaya. Sin embargo, yo no
aconsejaría una solución muy apresurada ni muy drástica. No debemos exagerar la
gravedad de este asunto. El obispo mismo está enfermo, como sabemos, y no puede
esperarse que tome una postura demasiado razonable en esta cuestión. —
—¿Está
sugiriendo que von Lossainen tiene la sífilis? —preguntó alguien en un murmullo
alto, y se oyó un rumor de risas ahogadas.
—La
gente, desde luego —continuó Giese imperturbable—, se deja llevar por
supersticiones y habladurías alarmantes, así que debemos ignorarla. Debemos
reconocer, hermanos, que nuestro hermano, el canónigo Andreas, está enfermo de
muerte, pero que él no ha elegido esta terrible maldición. En resumen, debemos
intentar ser caritativos. Ahora…Si bien antes no había mirado para nada al
canónigo Koppernigk, ahora empezó a evitar sus ojos de forma premeditada, con
grandes esfuerzos, y revolvió nervioso la pila de papeles que tenía enfrente—
He solicitado las opiniones de algunos de vosotros y me han hecho ciertas
sugerencias bastante extremistas, al menos para mí. Sin embargo, estas
proposiciones.., estas proposiciones..., ah...
Entonces
miró al canónigo, palideció y no fue capaz de continuar.
Hubo
un silencio y luego el canónigo Heinrich Snellenburg, un hombre corpulento y
agresivo, soltó un bufido de enfado y dijo:
—Proponemos
romper todas las relaciones personales con el enfermo, exigir que devuelva la
suma de mil doscientos florines de oro confiadas a él por este Capítulo,
confiscar su prebenda y cualquier otro ingreso y concederle una modesta renta
anual con la condición de que salga del medio de inmediato. Herr chantre,
caballeros, ésta es nuestra propuesta. —Y volvió su mirada oscura y hosca hacia
el canónigo Koppernigk. — Si alguien está en contra, que hable ahora.
El
canónigo seguía mirando la nieve que caía tristemente contra los cristales.
Todos esperaron en vano que hablara. Su indiferencia hacia la discusión parecía
genuina, y eso molestaba al chantre mucho más que si hubiese sido fingida, pues
todos hubiesen podido comprender que fingiera. ¿Acaso aquel hombre no tenía
sentimientos? No decía nada, sólo de vez en cuando tamborileaba los dedos con
suavidad en el borde de la mesa. Pero aunque no hablara, los demás estaban
resueltos a obtener alguna respuesta de él, así que resolvieron, con muda
unanimidad, tomar su silencio como protesta. El canónigo von der Trank, un
alemán aristócrata que parecía un perro lebrel por su figura delgada y su
nerviosismo, frunció sus labios y pálidos para decir:
—Hagamos
lo que hagamos, caballeros, está claro que debemos hacer algo. Hay que
solucionar este asunto, debemos poner punto final a esta intolerable situación
de forma rápida y definitiva. El chantre piensa que las medidas que proponemos
son demasiado extremistas, nos dice que esta…—crispó la punta de su remilgada y
afilada nariz— esta persona no eligió la enfermedad que padece, en cuyo caso
debemos preguntarnos: ¿quién sino él la eligió? Todos conocemos la naturaleza
de la dolencia que contrajo en los burdeles de Italia. Nos piden que seamos
caritativos, pero nuestra caridad y nuestros cuidados deben dirigirse ante todo
a los fieles de esta iglesia, y es a ellos a quienes debemos proteger de esta
atroz fuente de escándalo. Además, hay que considerar la reputación de este
Capítulo, pues cualquier monje luterano estaría encantado de enterarse de algo
así y tener otro motivo para atacar a la Iglesia. Por lo tanto, os ruego que no
volváis a mencionar la caridad ni la cautela; nuestra obligación está bien clara,
ahora llevémosla a la práctica. ¡El apestado debe ser declarado anatema y
expulsado de aquí sin demora!
Un
rugido de asentimiento siguió a aquella proposición y todos, con expresión
resuelta, volvieron los ojos a Giese, que se movía intranquilo y se secaba el
sudor de la frente mientras dirigía una mirada suplicante al canónigo
Koppernigk.
—¿Usted
qué piensa, doctor? Sin duda querrá dar alguna respuesta.
De
mala gana, el canónigo desvió los ojos de la tenebrosa ventana y miró alrededor
de la mesa. (“Snellenburg, me debes cien marcos; von der Trank, me odias porque
soy hijo de un mercader y sin embargo más listo que tú, Giese… pobre Giese.”)
¿Qué importaba? En los últimos tiempos había comenzado a sentir que estaba
desapareciendo, como si su cuerpo se estuviera evaporando y se volviera
transparente; pronto sólo quedaría su mente, una especie de ameba gris y
espectral que flotaría en silencio sobre el aire inerte. ¿Qué importaba? Giró
la cabeza, ¡con qué suavidad caía la nieve!
—Creo
—murmuró— que no vale la pena preocuparse demasiado por lo que diga o piense el
padre Lutero, pues él seguirá el camino de todos los de su clase y será
olvidado como los demás.
Todos
lo miraron atónitos. ¿Acaso creía que ésta era una discusión teológica? ¿Los
había escuchado? Durante un largo rato nadie habló, pero luego el canónigo
Snellenburg se encogió de hombros y dijo:
—Bueno,
si el propio hermano del sujeto no va a decir una palabra en su defensa.—Por
favor, por favor, caballeros —gritó Giese, como si creyera que la mesa entera
estaba a punto de levantarse y atacar al canónigo a puñetazos—, ¡por favor!
Doctor, me pregunto si comprende las consecuencias de lo que se está
proponiendo. El Capitulo tiene intenciones de despojar a su hermano de todos
sus derechos y privilegios, de... ¡de expulsarlo como a un mendigo!
Pero
el canónigo Koppernigk no le prestaba atención. ((¡Míralos! Primero me culpan
porque se trata de mi hermano, ahora me desprecian porque no lo defiendo.
Espera, Snellenburg, espera, ¡pronto me devolverás los cien marcos!»
Justo
entonces encontró un inesperado aliado, pues uno de los canónigos, un tal
Alexander Sculteti, un individuo delgado y de nariz roja, se puso de pie y
prorrumpió en una estruendosa y desarticulada defensa del canónigo Andreas.
Nadie lo escuchó, ya que Sculteti era un réprobo que tenía una mujer y una casa
llena de niños fuera de las murallas y para colmo estaba borracho. El canónigo
Koppernigk cogió su sombrero, se envolvió en su capa y salió a la nieve en
medio de una creciente oscuridad.
Como
si hubiese estado esperando una señal, Andreas visitó a su hermano el mismo día
en que se enteró de la decisión de expulsarlo del Capítulo. A pesar de la
gravedad de su estado, subió las escaleras de la torre con sorprendente
agilidad y las únicas señales de su llegada fueron su respiración agitada y el
leve y fastidioso golpeteo de su bastón. Su aspecto era realmente deplorable,
pero lo que más impresionó a su hermano fueron las señales de envejecimiento
que ni siquiera el deterioro causado por la enfermedad podía disimular. Las
escasas hebras de pelo que aún le quedaban se habían vuelto de un color gris
amarillento, y los ojos, que antes centellaban ardientes, ahora se veían
cansados, fríos y quejumbrosos. Sin embargo, su misteriosa intuición no lo había
abandonado.
—¿Por
qué me miras así, hermano? —dijo—. ¿Esperabas que me hubiese compuesto? Tengo
casi cincuenta años y ya no me queda mucho tiempo, gracias a Dios.
—Andreas.
—
—No
empieces con tus Andreas, ya me he enterado de los planes que tiene el Capitulo
para mí. Y ahora vas a contarme cómo suplicaste de rodillas por mí, hablaste de
mi valioso trabajo en Roma en beneficio de la pequeña Ermland, donde continué
con la lucha comenzada por nuestro querido tío Lucas contra los Caballeros
Teutónicos. —. ¿Si, hermano, ibas a contarme eso?
El
canónigo meneó la cabeza. —No estoy al tanto de tus hazañas, así que, ¿cómo
podría hacer esas súplicas?
Andreas
levantó la vista rápidamente, sorprendido a pesar de sí mismo de la frialdad
del tono de su hermano.
—Bueno,
no importa —gruñó y miró ociosamente las paredes desnudas— — Aún sigues
contemplando las estrellas, ¿eh, hermano?
—Sí.
—Bien,
bien, es bueno tener algún pasatiempo. —Se sentó ante el escritorio de su
hermano y juntó sus manos destrozadas sobre la empuñadura del bastón. Su boca,
completamente carcomida en los extremos, tenía una expresión horrible y
estática. Era extraordinario que alguien pudiera seguir vivo a pesar de
aquellos estragos; sin duda seguía en pie gracias al rencor y a la maldad. Miró
a través de los cristales de botellas de la ventana el azul borroso del
Báltico. – Me obligarán a irme –dijo—, me echarán a puntapiés, como a un perro;
pero soy un canónigo de este Capítulo y tengo derechos. No podéis obligarme a
marchar, hagáis lo que hagáis, así que ya puedes decírselo a los benditos
canónigos. Me iré de Frauenburg, si, y de Prusia; regresaré muy contento a Roma,
pero sólo cuando levanten mi castigo y me restituyan la prebenda y todos mis
ingresos. Hasta entonces me quedaré aquí, asustando a los campesinos y bebiendo
la sangre de sus hijas.
—De
pronto soltó una carcajada, un familiar ruido ronco y seco.— ¿Sabes?, me siento
muy halagado por esta inesperada fama. ¿No te parece extraño que tuviera que
empezar a pudrirme de forma notoria para lograr que me respetaran? La vida,
hermano, es muy misteriosa. Ahora, buenos días, confío en que comuniques mis
condiciones a tus colegas. Creo que tomarán mi mensaje con mayor seriedad si
procede de ti, que estás tan ligado a este asunto.
Era
obvio que Max había escuchado detrás de la puerta, pues entró de repente sin
que lo llamaran, con una leve sonrisa en su cara delgada. Al llegar abajo, él y
Andreas se detuvieron e intercambiaron unas pocas palabras en susurros; por lo
visto habían hecho las paces después de la pelea de Heilsberg. El canónigo
tembló, tenía frío.
* *
* *
La
batalla continuó durante tres semanas. Las sesiones del Capítulo se volvieron
cada vez más violentas, y en una de ellas apareció el propio Andreas borracho,
atravesó tambaleante la sala de reuniones y se sentó entre los horrorizados
canónigos, riendo, mascullando y babeando por su destrozada boca. Al final los
canónigos se asustaron y cedieron; se retiró el embargo de su prebenda y se
subió su subvención anual. Un frío día de febrero abandonó Frauenburg para
siempre, sin despedirse de su hermano, al menos de un modo convencional. Max,
el otrora criado del canónigo, se fue con él diciendo que estaba harto de
Prusia, sólo para volver aquella misma noche, aunque no por el camino, sino
flotando boca abajo en el río como un enorme saco inflado y negro, con la cara
hinchada y amoratada y los ojos vidriosos muy abiertos de asombro,
grotescamente muerto.
Llegaron
por el este como una negra humareda, pisotearon las tierras como un gigante
furioso, guiados por la máscara de bronce de la cara tenebrosa y cruel de
Albrecht von Hohenzollern Ansbach, último Gran Maestre de la hermandad de la
Orden Hospitalaria de Santa María de los Germanos en Jerusalén, también
llamados los Caballeros Teutónicos. Una vez más estaban avanzando hacia el
oeste, resueltos por fin a terminar con el poder de Polonia sobre la Prusia
Real y unir los tres principados del sur del Báltico bajo el gobierno de
Albrecht; una vez más el ciclo se cerraba en la pequeña Ermland. En 1516 los
caballeros, apoyados por mercenarios germanos, entraron por la frontera del
este. Asolaron los campos, quemaron las granjas y saquearon los monasterios,
violaron y asesinaron, todo con el fervoroso entusiasmo de un ejército que ya
estaba harto de paz. Todavía no se trataba de una guerra propiamente dicha,
sino de una especie de deporte, un simple calentamiento para la verdadera
batalla con Polonia, por lo cual respetaron las ciudades más grandes de
Ermland, al menos por el momento.
En
noviembre de aquel turbulento año, el canónigo Koppernigk fue nombrado
prepósito de tierras y se mudó al gran fuerte de Allenstein, situado en medio
de una enorme llanura, unas veinte leguas al sudeste de Frauenburg. Era un
cargo difícil y pesado, pero durante los tres años en que lo desempeñó, se
probó a si mismo que podía hacerlo bien. Sus obligaciones incluían la
supervisión de Allenstein y del cercano castillo de Mehlsack y los territorios
correspondientes. También estaba a cargo de los diezmos pagados al Capítulo de
Frauenburg por las dos ciudades y los pueblos y estados circundantes. A fin de
año tenía que presentar ante el chantre un informe escrito de todos los
asuntos, a cuya redacción se dedicaba con escrupuloso esmero y también, por
cierto, con honestidad.
Pero
su labor fundamental era asegurarse de que las tierras bajo su control
estuvieran siempre arrendadas. Con el crecimiento de las ciudades en el último
siglo, la población del campo era cada vez más escasa, pero ahora, con los
caballeros alborotando en las fronteras y aterrorizando a la gente, el éxodo
desde el campo a los centros urbanos se había acrecentado de modo alarmante. El
Capitulo de Frauenburg sabía que si no había arrendatarios no habría impuestos,
pero al margen de aquel peligro inminente, temían que la estructura misma de la
sociedad se estuviera desmoronando. Ya en 1494 las leyes de Prusia habían
impuesto restricciones a los campesinos convirtiéndolos en verdaderos esclavos,
¿pero qué ley serviría para encadenar a un granjero a una choza quemada y a los
campos devastados? Durante sus tres años como prepósito, el canónigo Koppernigk
resolvió setenta y cinco casos de arrendamientos de terrenos abandonados,
aunque con eso sólo logró una solución provisional del problema. Fueron años
difíciles y desalentadores para el canónigo, que hasta entonces había vivido en
la torre de marfil de la especulación científica. A los rigores de su tarea
administrativa se sumaba la agotadora necesidad de mantener a una distancia
prudente, por así decirlo, al mundo tétrico y vulgar, obligado por su trabajo a
un constante contacto con él. Era imprescindible defenderse del mundo para que
no contaminara su visión y evitar que su omnipresente y obstinada inmoralidad
fructificara en lo más profundo de sus pensamientos y manchara de mundanalidad
la pureza trascendente de su teoría del cielo. Sin embargo, no podía evitar
conmoverse ante la situación de la gente, cuyo dolor y angustia recordaría
siempre condensados en el recuerdo del cuerpo de una joven campesina que había encontrado
en las rumas humeantes de un pueblo saqueado y cuyo nombre ni siquiera conocía.
Como le contaría años más tarde a su colega y amigo, el canónigo Giese:
—La
criatura (pues era apenas una niña) había sido torturada hasta morir por los
soldados. No voy a describirle, me querido Tiedemann, el estado en que la
dejaron, a pesar de que la imagen de aquel pobre ser destrozado ha quedado
grabada de un modo indeleble en mi memoria. Habían trabajado durante horas, con
extremo cuidado, casi con una especie de amor obsceno, si me permite que lo
llame así, para asegurarle la muerte más dolorosa que pudieran imaginar.
Entonces advertí, tal vez por primera vez, me da vergüenza admitirlo, la
gratuita capacidad de perversión que hay en el hombre. Luego me pregunté, y me
sigo preguntando ahora, si seres capaces de cometer actos así contra su prójimo
pueden tener esperanzas de ser perdonados.
Además
de prepósito de tierras, durante un tiempo el canónigo Koppernigk fue director
de Broteamt, u Oficio del Pan, en Frauenburg, y en tal condición estuvo a cargo
de las panaderías del Capítulo, los almacenes de malta y maíz, las fábricas de
cerveza y el gran molino al pie de la Colina de la Catedral. En varias
ocasiones ocupó el puesto de canciller, supervisando los registros del
Capítulo, la correspondencia y los documentos legales. Durante un breve período
fue también mortuarius, con la misión de administrar las numerosas sumas, a
menudo considerables, heredadas por la Iglesia o donadas por las familias
acaudaladas tras la muerte de uno de sus miembros.
Al
margen de sus cargos públicos, comenzaban a llamarle desde otros círculos, los
de la astronomía, para que expusiera sus teorías al mundo. Su fama crecía a
pesar de la innata humildad y timidez que lo habían mantenido en silencio
durante tanto tiempo, mientras otros, con mucho menos talento, hacían alboroto
con insensatas charlatanerías. El canónigo Bernhard Wapowsky, de la universidad
de Cracovia, un hombre instruído e influyente, le pidió su experta opinión
sobre el mediocre tratado astronómico presentado por el nuremburgués Johann
Werner, a lo cual accedió el canónigo con agrado, contento de la oportunidad de
castigar a aquel arrogante y estúpido colega que había tenido la osadía de
cuestionar a Tolomeo. Más adelante recibió una carta del cardenal Schönberg, de
Capua, uno de los consejeros personales del papa, solicitando al erudito doctor
que se apresurara a dar a conocer al mundo sus maravillosos descubrimientos. Y
como si todo esto friera poco, en 1514 recibió una invitación desde Roma del
canónigo Schiller —que ya no era el representante del Capítulo de Frauenburg,
sino nada menos que capellán privado de León X— para participar en la
modificación del calendario. Koppernigk se rehusó a asistir, sin embargo,
aduciendo que tal reforma no. podía llevarse a cabo hasta que conocieran con
más precisión los movimientos del sol y de la luna. (Aquí podríamos señalar
que, aunque su negativa a aceptar una invitación que sin duda partía del papa
—¡al fin y al cabo, ipse dixit!— debe ser respetada, teniendo en cuenta la
fecha y el estado en que se encontraba su trabajo, no podemos evitar sospechar
que el erudito doctor, tal como lo llamaba el cardenal Schönberg, aprovechó la
ocasión para adelantar una cautelosa pista sobre la revolución que treinta años
más tarde alteraría el curso de la astronomía computacional.)
Es
evidente que aún contra su voluntad, se había convertido en un hombre público.
El Capítulo estaba muy contento con él y por fin lo trataba como a un verdadero
miembro. Sin embargo, algunos no abandonaron sus sospechas, pues no olvidaban
la extraña e inexplicable conducta que había adoptado ante la expulsión de su
escandaloso hermano. Ese grupo del Capítulo, que por supuesto incluía al
canónigo Snellenburg y a von der Trank, no acababa de decidir si debían
considerarlo un villano por su conexión con el italiano sifilítico —como von
der Trank llamaba a Andreas, con la nariz fruncida— o una bestia fría y
despreciable, incapaz de defender a su propio hermano. A pesar de que esas
opiniones podían atribuirse a la envidia y al desprecio, había algo en el canónigo
Koppernigk que todos veían, Giese inclusive. Era una especie de carencia, una
transparencia, que iba más allá de la naturaleza retraída y distraída de todo
científico brillante. Era como si dentro del hombre público vigoroso y
competente hubiera un vacío, como si detrás del ritual todo fuera hueco a
excepción de un hilo tirante y fino de firme e inexplicable angustia que se
extendía sobre la nada.
La
primavera de í 519 trajo el súbito colapso de la situación política y militar
en los territorios del sur del Báltico. Segismundo de Polonia, tal vez
reconociendo por fin el acierto de la antigua idea del obispo Waczelrodt,
convocó al Gran Maestre Albrecht a Torun para hablar de paz. Albrecht se negó a
negociar~ así que Polonia se movilizó de inmediato y marchó sobre Prusia. La
guerra parecía inevitable, pero los caballeros sugirieron que el obispo de
Ermland mediara entre ellos y Segismundo. Sin embargo, la salud del obispo von
Lossainen estaba muy desmejorada, y el Capítulo, consciente de que Ermland
podía ser escenario de la próxima guerra, decidió que el chantre, canónigo
Tiedemann Giese, y el prepósito de tierras, canónigo Koppernigk, viajaran a Königsberg
e intentaran mediar entre las partes.
¿No
eran los hombre adecuados para aquella misión? A esa conclusión llegaría más
tarde el chantre Giese— Pensaba que había ido a Königsberg con una actitud
demasiado inocente, demasiado confiado en los valores fundamentales del hombre,
y había fallado donde un hombre frío y calculador hubiera tenido éxito. ¿O en
el fondo de su corazón siempre había sabido que su misión estaba condenada al
fracaso y aquella certeza había afectado su capacidad de negociación? Bien,
¿quién podría asegurarlo? Él nunca había creído que Albrecht, a pesar de ser
luterano, fuera tan malo como lo pintaban. Se rumoreaba que era un perverso
imperdonable, un monstruo, peor incluso que el infame húngaro Víad Drakulya, el
Empalador. Pero no, el buen chantre no podía creerlo, y cuando se lo dijo a su
compañero, mientras cabalgaban por la costa al frente de la comitiva de
mercenarios prusianos, en medio de la bruma del amanecer, el canónigo
Koppernigk lo miró extrañado y respondió:
—Estoy
de acuerdo con usted en que no será ni mejor ni peor que cualquier otro
príncipe... ¡Pero todos son malos!
—Tiene
razón, doctor, sin embargo...—, quizás. —
—Ejem,
tiene razón, sí, mucha razón.
—¿Y
bien?
El
chantre Giese sentía miedo ante el doctor Koppernigk, aunque tal vez la palabra
miedo sea demasiado fuerte, quizás fuera mejor decir nerviosismo; si, lo ponía
un poco nervioso. En ocasiones, aquellos que se acercaban a él, aunque no eran
muchos los que podían hacerlo, percibían una fuerza silenciosa o incluso una
especie de ferocidad que los alarmaba. Aquella mañana, inclinado sobre la
montura y envuelto con la capa hasta la nariz, de modo que sólo se le veían los
ojos, fijos con ansiedad en la bruma, parecía más agotado que nunca bajo el
peso de un saber secreto e insoportable. Tal vez fuera aquella estoica actitud
del canónigo, propia de un hombre marcado por algún peculiar sufrimiento, lo
que llenara el corazón de Giese de comprensión y afecto por su amigo, eso en el
caso de que Giese pudiera llamar al canónigo amigo, cosa que estaba empeñado en
hacer, con razón o sin ella.
Pero,
dejando a un lado la amistad, el chantre Giese no podía evitar preguntarse si
habría sido una decisión inteligente enviar al canónigo con él en esta delicada
misión. A pesar de su actividad pública
—que
por supuesto había desarrollado con excelente..., etcétera...—, Koppernigk
siempre había sido un solitario, siempre había mantenido a los demás a una
distancia prudente; y si bien ese aspecto de su carácter no podía considerarse
un fallo y parecía lógico en alguien dedicado a un trabajo tan importante y
exigente, significaba, por así decirlo, que no tenía práctica en las sutilezas
de la diplomacia. Sin embargo, era evidente que su falta de tacto, si podía
llamarse así, era sólo una prueba de su encantadora inocencia y ausencia de
astucia. Bueno, tal vez no fuera inocencia. El canónigo Giese echó un vistazo a
la oscura silueta que cabalgaba a su lado; no, era obvio que no podía hablarse
de inocencia.
¡Oh,
Dios! El chantre suspiró; todo resultaba muy duro.
Al
anochecer llegaron a las puertas de Königsberg, donde tuvieron que dejar la
escolta. El castillo de Albrecht era un enorme fuerte y estaba situado en lo
alto de una colina. Los dos emisarios fueron conducidos a una gran sala blanca
y dorada llena de gente: soldados, diplomáticos, clérigos, mujeres lujosamente
vestidas, todos vagaban sin rumbo. El canónigo Koppernigk aguardó en silencio,
envuelto en su capa negra y con el sombrero puesto, mientras el canónigo Giese
se mostraba impaciente. Un grupo de cortesanos, algunos de ellos armados,
entraron a toda prisa dentro de la sala y se pararon en seco. El Gran Maestre
Albrecht era un hombrecillo ágil con apariencia de reptil, una delgada cara
morena y orejas puntiagudas pegadas a la cabeza. Su pesado jubón acolchado y
sus calzas ceñidas le daban el aspecto de un lagarto bien alimentado. Llevaba
una pesada cadena alrededor del cuello con un medallón de oro con la insignia
de la Orden. (Se rumoreaba que era impotente.) Sonrió ligeramente mostrando sus
dientes largos y amarillos.
—Respetables
señores —dijo en alemán—, bienvenidos. Por aquí, por favor.
Todos
se volvieron y marcharon con elegancia fuera de la sala, abriéndose camino
entre la obsequiosa multitud. En el pasillo de mármol ardían las velas y sus
botas resonaban sobre la piedra fría. Entraron en una pequeña habitación llena
de mapas colgados y un enorme retrato del Gran Maestre de pie en una pose
heroica ante su descomunal ejército. Albrecht se sentó frente a un escritorio
de roble y los miembros de su escolta se acomodaron detrás con los brazos
cruzados. Los lacayos trajeron sillas y Albrecht los invitó a sentarse con un
breve gesto. Un diplomático vestido de seda se inclinó y le habló al oído,
Albrecht asintió con un ademán escueto y los labios fruncidos y levantó la
vista.
—Exigimos
un voto de lealtad de parte del obispo de Ermland y del Capítulo de Frauenburg
—dijo—. Sin embargo, ésta es una condición de negociación, no un acuerdo.
Estamos dispuestos a hablar con Polonia por mediación vuestra sólo cuando
estemos seguros de vuestra lealtad. —No era una bravata ni una amenaza, sólo
una simple enunciación de los hechos. — ¿Y bien?
El
chantre Giese se quedó estupefacto; él había venido a negociar, no a recibir un
ultimátum, y prefirió no creer lo que oía.
—Mi
querido señor —dijo—. Creo que usted no entiende la situación. Ermland es un
principado soberano y debe lealtad a su príncipe—obispo, a los clérigos y a
nadie más. Como recordará, nuestra mediación fue idea suya. Ahora...
—No,
no —dijo Albrecht meneando la cabeza—; creo, Herr canónigo, que es usted el que
no entiende cómo están las cosas. Ermland es una pequeña y débil provincia.
Usted prefiere creer, o quiere hacérmelo creer a mí, que usted es un
intermediario honesto y que observa las cosas con total objetividad. Pero esta
guerra tendrá lugar en sus tierras, en las calles de sus ciudades y pueblos, de
modo que incluso si no vencemos a Polonia, lo cual es muy posible, ni dominamos
la Prusia Real, cosa que me temo también es bastante probable, lo que está
claro es que sí tomaremos Ermland. Segismundo no os protegerá. Por lo tanto,
¿por qué no nos unimos ahora y nos ahorramos muchos disgustos? Los hombres que
desean ganar los favores de un príncipe se presentan ante él con sus bienes más
preciados, y como ustedes desean mi apoyo en estas negociaciones y como es
obvio que valoran mucho vuestra lealtad, ¿no deberían ser leales a nosotros?
—¡Pero
esto es absurdo! —gritó Giese, mirando a su alrededor en busca de apoyo; pero
sólo encontró la mirada fría de los hombres del Gran Maestre, alineados en
silencio detrás del escritorio—. Absurdo —repitió, aunque bajando el tono de
voz.
Albrecht
levantó las manos con un gesto de pesar.
—Entonces
no tengo nada más que decir —dijo. Hubo un silencio y luego, por primera vez,
volvió su mirada sarcástica y ligeramente divertida hacia el canónigo
Koppernigk. Sus ojos brillaban—. Herr canónigo, nos sentimos honrados con su
presencia. La fama del doctor Koppernigk no nos es ajena ni siquiera en estas
remotas tierras. Hemos oído hablar de su teoría celeste y estamos ansiosos por
escuchar más al respecto. ¿Cenará usted con nosotros esta noche? —Esperó un
momento. — No dice usted nada...
El
canónigo se había puesto un poco pálido. ¡Ahora aquel insolente caballero
recibiría el tipo de respuesta que merecía! Sin embargo, en voz tan baja que
era apenas audible, el canónigo Koppernigk respondió:
—No
hay nada más que decir.
Albrecht
asintió con la cabeza y esbozó una ligera sonrisa.
—Por
supuesto, Herr Koppernigk, cuando dije lo que acaba usted de repetir, o sea que
no había nada más que decir, me refería a nuestras, eh..., negociaciones. Sin
duda tendremos mucho que discutir sobre otros temas en que tengamos más puntos
en común. Venga, mi querido doctor, bebamos un vaso de vino como hombres
civilizados.
Luego
siguió un curioso intercambio que el chantre Giese siempre recordaría con
perplejidad y serio recelo. El canónigo Koppernigk hizo una mueca, como si
sintiera dolor.
—Gran
Maestre —dijo—, usted está planeando una guerra como si se tratara de un
deporte. ¿Qué significan Ermland o la Prusia Real para usted?, o ¿qué es
Polonia?
Albrecht
ya esperaba algo así, pues respondió de inmediato:
—¡Significan
la gloria, Herr doctor, la posteridad!
—No
entiendo.
—Yo
creo que si entiende.
—No.
La gloria y la posteridad son conceptos abstractos y yo no los comprendo.
—¿Usted,
doctor, no entiende los conceptos abstractos? ¿Usted, que ha expresado las
verdades eternas del universo exactamente en esos términos? —Por favor, señor!
—No
quiero participar en una discusión inútil. Hemos venido a Königsberg para
pedirle que tome en cuenta los sufrimientos que está ocasionando a la gente y
los sufrimientos aún mayores que supondría una guerra con Polonia
—¿La
gente? —dijo Albrecht con el entrecejo fruncido—, ¿qué gente?
—La
gente corriente.
—~Ah,
la gente corriente! Pero ellos siempre han sufrido y siempre lo harán, en
cierto modo para eso están. ¿Se asombra? ¡Herr doctor, no me decepcione! La
gente corriente, ¡bah! ¿Qué significan ellos para nosotros? Usted y yo, Mein
Freund, somos los amos de la tierra, los grandes, los mejores, los creadores de
ficciones supremas. Mire a estos pobres y aburridos animales. —Señaló con su
mano delgada y morena al grupo de cortesanos que tenía detrás, a los criados,
el chantre Giese y al cuadro del ejército.— Ni siquiera saben de qué estamos
hablando. Pero usted entiende, sí, sí. La gente sufrirá como siempre lo ha
hecho, y suplicará con docilidad compasión y clemencia, pero sólo usted y yo
sabemos lo que significa el verdadero sufrimiento, el encumbrado dolor del
héroe. ¡No me hable de la gente! Son la cara bestial de la guerra, pero la
guerra misma es el sufrimiento que ellos expresan pero nunca comprenderán, pues
sus ojos están siempre en el suelo, mientras usted y yo miramos hacia arriba,
siempre a lo alto, hacia el firmamento— La gente —campesinos, soldados,
generales— es mi instrumento, así como el suyo son las matemáticas, y a través
de ellos llego directamente a la verdad, lo eterno, lo real. Ah, sí, doctor
Copérnico, usted y yo, usted y yo! Las futuras generaciones podrán maldecirnos
por lo que hicimos, pero nosotros y aquellos pocos hombres iguales a nosotros,
los habremos convertido en lo que serán…—Entonces se interrumpió y limpió con
un pañuelo las comisuras de sus labios finos. Tenía aspecto de estar tan
complacido y satisfecho que el preocupado chantre se encontró comparándolo con
un soldado abrochándose los calzones después de una violación especialmente
brutal y placentera. El canónigo Koppernigk se levantó, pálido y en silencio, y
se giró para retirarse.
—Yo
hice envenenar a su tío, ¿sabe? —dijo Albrecht en un tono casual, como si
estuviera haciendo un comentario sobre el tiempo. Los hombres que estaban tras
él se movieron inquietos y Giese, que en ese momento se levantaba de su silla,
se sentó de nuevo bruscamente. El canónigo Koppernigk vaciló, pero no se
volvió—. Ya ve, doctor, qué impresionados están todos —observó con jovialidad,
casi en broma, dirigiéndose a la espalda negra y encorvada del canónigo—. Pero
usted no se impresiona, ¿verdad? Bueno, no diga nada, no tiene importancia.
Adiós; volveremos a encontrarnos y tal vez sea en tiempos mejores.
Cuando
bajaban la colina del castillo, guiados a través de la centellante oscuridad
por un mar de temblorosas antorchas, el chantre Giese, confundido y apenado,
intentó hablar con su amigo; pero el doctor no parecía oírlo y no respondió.
* *
* *
Ya
casi amanecía cuando llegaron al castillo de Allenstein unos cien hombres, los
mejores de Polonia. Cruzaron con estrépito el puente enarbolando el estandarte
de su rey, pasaron bajo el rastrillo, junto al somnoliento centinela, y
desmontaron en el patio con un gran estruendo de cascos y sables tintineantes,
además de los rugidos del sargento Tod, un duro y experimentado soldado con
cicatrices de guerra, un hombre de enorme valor.
—Bien,
muchachos —gritó—, esta noche no tendréis descanso —y los envió sin más a las
murallas.
—¡Ah,
maldito sea, sargento! —gruñeron los hombres.
Sin
embargo, se acomodaron en sus puestos con presteza, pues sabían que no estaban
allí sólo para proteger aquel miserable castillo y un atajo de malditos
prusianos cobardes, sino que el honor de Polonia estaba en juego. Su capitán,
un atractivo joven procedente de una de las mejores familias polacas, ocultó
tras su capa una sonrisa arrogante al ver a los hombres amontonándose en las
almenas. Luego, tras una breve pausa para pellizcar la mejilla sonrosada de una
tímida criada que aguardaba en la puerta, subió con largas y rápidas zancadas
las enormes escalinatas que conducían a la sala de cristal donde el prepósito
de tierras Koppernigk tenía una urgente conversación con sus desolados colegas.
El capitán se detuvo en el umbral de la puerta y chocó los talones en un
elegante saludo que hubiese enorgullecido a su comandante.
El
canónigo levantó la vista, molesto.
—¿Sí?
Qué pasa ahora? ¿Quién es usted?
—Capitán
Chopin, señor, a sus órdenes.
—¿Capitán
qué?
—Soy
oficial de su excelencia el rey Segismundo de Polonia, de la Primera Caballería
Real, y he venido desde Mehlsack con cien de los mejores hombres de su
majestad. Tengo órdenes de defender hasta el último hombre que se encuentre
entre los muros de este castillo.
—¡Que
Dios nos proteja! —gritaron varias voces a la vez.
—Nuestro
ejército avanza hacia el oeste y espera alcanzar al enemigo mañana. Los
Caballeros Teutónicos están bombardeando las murallas del fuerte de Heilsberg.
Como usted sabrá, Herr prepósito, ya han tomado las ciudades de Guttstadt y
Wormditt en el norte y se espera un inminente ataque a Allenstein. Esos
demonios y Satanás, el Gran Maestre Albrecht, deben ser detenidos, ¡y lo serán,
lo juro por la sangre de Cristo! Perdone el lenguaje de un soldado, señor.
Recordará usted el sitio de Frauenburg, cómo incendiaron la ciudad y asesinaron
a la gente sin compasión. Sólo la valentía de nuestros mercenarios prusianos
evitó que destruyeran los muros de la catedral. Su Capítulo huyó a Danzig, Herr
prepósito, y lo dejó a cargo de la defensa de Allenstein y Mehlsack. Sin
embargo, temo que debo informarle que Mehlsack ha sido saqueada, señor, y...
Entonces
fue interrumpido por la rápida entrada de un hombre moreno y corpulento vestido
con ropa de canónigo.
—¡Koppemigk!
—gritó el canónigo Snellenburg, pues de él se trataba—, están bombardeando
Heilsberg y dicen que el obispo está muerto.., —Se detuvo al ver al arrogante
joven que se interponía en su camino.— ¿Quién es usted?
—Capitán
Chopin, señor, a sus...
—¿Capitán
qué?
(“¡Cielos!
—pensó el capitán—, ¿están todos sordos?”)
—Soy
oficial de su excelencia...
—Sí,
sí —respondió Snellenburg y sacudió sus grandes manos—, otro maldito polaco, ya
lo sé. Escúcheme, Koppernigk, esos bastardos están en Heilsberg y mañana
llegarán aquí. ¿Qué piensa hacer?
El
prepósito de tierras miró con calma al canónigo, al capitán, a sus colegas
acurrucados alrededor de la mesa, secretarios, pálidos clérigos,
administradores de poca monta y a los asustados criados alineados con
impaciencia detrás de él.
—Supongo
que nos rendiremos —dijo, encogiéndose de hombros.
—¡Por
el amor de Dios!
—¡Herr
prepósito!
Pero
el canónigo Koppernigk parecía misteriosamente alejado de aquellas apremiantes
cuestiones. Se puso de pie despacio y se alejó con una expresión de infinito
cansancio y tristeza. Sin embargo, al llegar a la puerta se detuvo y se volvió
hacia Snellenburg.
—Ya
que estamos, canónigo, me debe usted cien marcos.
—¿Qué?
—Hace
unos años le presté cien marcos, confío en que no lo haya olvidado, ¿verdad? Lo
digo sólo porque como es probable que nos maten a todos mañana por la mañana,
deberíamos darnos prisa en dejar las cosas en orden, saldar viejas cuentas —me
refiero a las deudas—, y cosas por el estilo. Pero no deje que esto le
preocupe, por favor. Capitán, buenas noches, ahora debo irme a dormir.
Los
caballeros no atacaron, sino que marcharon hacia el sudoeste, saquearon Neumark
y mataron a dos mil trescientas cuarenta y una personas. Uno de los primeros
días del año, el prepósito de tierras Koppernigk se sentó en lo que quedaba del
municipio y apuntó en su libro de registro, en su letra pequeña y clara, los
nombres de los muertos, tal como era su deber. Una ráfaga de viento helado
trajo un fuerte olor a humo de las ruinas incendiadas del pueblo. Tenía frío,
nunca en su vida había sentido tanto frío.
Frau
Anna Schillings tenía ese tipo de belleza que parece encontrar alivio en las
ropas modestas; era una mujer alta y esbelta, con muñecas delicadas y los
pómulos prominentes característicos de los nativos de Danzig, y daba la
impresión de que se sentía cómoda y atractiva vestida con un simple vestido
gris con encaje en el corpiño y, quizás, una cinta francesa al cuello. Los
adornos y volantes no eran lo suyo, como tampoco los zapatos de pedrería y los
sombreros puntiagudos de la época. Aquel atributo, la esencial modestia de
apariencias así como de espíritu, ahora se hacía más evidente que nunca, pues
las circunstancias habían reducido su otrora lujoso guardarropas a sólo uno de
los vestidos descritos. Y fue con esta misma vestimenta, una capa echada sobre
los hombros para protegerse del frío y el pelo negro azabache oculto bajo un
viejo pañuelo, como llegó a Frauenburg con sus dos pobres hijos, Heinrich y la
pequeña Carla, al comienzo de aquel año terrible —aún no sabía hasta qué punto
lo sería—, 1524.
Así
como su apariencia mejoraba en la desgracia, también su espíritu se enaltecía
en la adversidad. Las lágrimas y rabietas tan propias del sexo débil no eran
para Frau Schillings. Su lema era: «Así es la vida y uno debe aprovechar lo
mejor de ella». No siempre le había resultado fácil mantener aquella estoica
fortaleza; la temprana muerte de su padre, seguida de la enfermedad mental de
su madre, la habían despertado con brusquedad del sueño feliz de su primera
infancia. Tampoco el matrimonio fue la vía de escape hacia la seguridad y la
felicidad que ella había imaginado. Georg—,¡el pobre, el irresponsable de
Georg! Incluso después de que se hubiera largado con aquellos rufianes,
dejándola sola con los pequeños para que se las arreglara como pudiera, no encontraba
odio en su corazón para su injustificable conducta. Si algo podía decirse a su
favor, era que nunca la había maltratado, como muchos maridos solían hacer, o
al menos nunca le había pegado; en cualquier caso, no demasiado.
* *
* *
—Sí
—decía con aquella tierna sonrisa que sus amigos conocían bien—, ¡hay muchos
hombres en el mundo peores que mi Georg!
Y
qué maravilloso y alegre podía ser, e incluso qué afectuoso, cuando estaba
sobrio. Bien, ahora se había ido, era muy probable que para siempre, y no debía
rumiar sobre el pasado, debía encontrar una nueva vida para ella y los niños.
La
guerra es una invención de los hombres, y tal vez sean las mujeres las que más
sufren en tiempos de disputas entre naciones. Frau Schillings lo había perdido
casi todo en la espantosa guerra que supuestamente había terminado: su casa, su
felicidad, incluso su marido. Georg era sastre, un verdadero artesano, con una
buena y solvente clientela entre las mejores familias de Danzig. Todo había
sido maravilloso: tenían unas bonitas habitaciones encima de la tienda,
suficiente dinero para satisfacer sus modestas necesidades y dos niños; primero
había llegado Heinrich y poco después la pequeña Carla. ¡Oh, sí, todo era
maravilloso! Pero luego estalló la guerra y a Georg se le metió en la cabeza la
idea de que podría hacer una fortuna haciendo trajes para los mercenarios. Ella
debía admitir, por supuesto, que podría haber tenido razón, pero poco después
empezó a hablar con vehemencia de la necesidad de seguir a la clientela, como
él decía, lo cita] significaba —como ella advertiría desconsolada— convertirse
en una especie de séquito de los soldados, siguiendo a aquella panda de
pelagatos que los prusianos llamaban ejército. Ella no podía consentirlo, de
ningún modo. Era una mujer fuerte, pero al fin y al cabo era mujer, así que
Georg, por supuesto, se salió con la suya. Cerró la tienda, consiguió un carro
y un par de caballos y antes de que ella se diera cuenta, se encontraron los
cuatro en camino.
Como
era de esperar, fue un verdadero desastre. Georg, aquel pobre soñador, había
imaginado la guerra como una especie de danza sublime en la cual dos ejércitos
con suntuosas (¡y caras!) vestimentas hacían maniobras rituales al frescor de
la mañana, antes del desayuno. La grotesca, absurda y espantosamente cruel
realidad fue un golpe terrible. Sus fantasías de uniformes engalanados con
cintas y brocados se desvanecieron en poco tiempo, mientras se pasaba los días
haciendo parches en calzones y chaquetas manchadas de sangre. Incluso llegó a
dedicarse a remendar zapatos —¡él, un maestro en sastrería!— a cambio de unos
pocos céntimos. Una vez golpeó a Carla y a menudo sacudía al pobre Heinrich,
que no era un niño fuerte, hasta que le castañeteaban los dientes. No podía
seguir así, y una mañana, el día del cumpleaños del príncipe de la paz, Frau
Schillings se despertó en el inmundo cuartucho de la posada donde se alojaban
para encontrarse con que su marido había huido llevándose consigo el carro y
los caballos, la bolsa con el poco dinero que les quedaba e incluso sus ropas y
las de los niños: ¡todo! El posadero, un corrupto y tosco bruto, le dijo que
Georg se había ido con un grupo de desertores, capitaneados pero un tal Krock o
Krack, un nombre vulgar por el estilo, ¿y haría ella el favor de pagarle lo que
debía por ella y los niños? ¿No tenía dinero? Bueno, pues entonces tendría que
pensar en otra forma de pagarle, ¿verdad? Debido a su proverbial santidad —¡no
dudamos en decirlo!—, la mujer no alcanzó a comprender lo que aquel tipo
bestial le estaba proponiendo, y cuando él le explicó exactamente lo que
quería, dejó escapar un pequeño grito y rompió a llorar de inmediato. ¡Nunca!
Mientras
yacía sobre el lecho del oprobio —ya que al fin se había visto obligada a
permitir que ese animal se saliera con la suya—, pensó con amargura que toda la
desgracia que había caído sobre ella no se debía a la flaqueza de Georg, sino a
una tonta disputa entre el rey de Polonia y ese asqueroso Albrecht. ¡Cómo
odiaba a príncipes y políticos!, ¡los odiaba a todos! ¿Y acaso no tenía razón?
¿Acaso nuestros jefes no son a menudo culpables de irresponsabilidades mayores
que las de los pobres Georg Schillings del mundo? Y no se puede decir que ese
desprecio fuera sólo el amargo rencor de una mujer estúpida que buscaba
caprichosamente un símbolo en el mundo de los hombres a quien culpar de las
desgracias provocadas por su propia falta de carácter, pues Anna Schillings
había sido educada como si hubiese sido el hijo que su padre deseaba. Sabía
leer y escribir, conocía algo del mundo de los libros y podía defender sus
ideas con lógica en cualquier discusión con un hombre de su clase.
Las
semanas que siguieron a la partida de Georg fueron las peores de su vida. No
vale la pena describir cómo hizo para sobrevivir durante aquella época
espantosa, dejaremos caer un velo sobre el asunto y nos limitaremos a decir que
descubrió que en el mundo hay villanos mucho más crueles que el posadero de
quien ya hablamos. Pero sobrevivió; de algún modo se las arregló para
alimentarse y alimentar a los niños, y después de aquel terrible viaje hacia el
norte de Ermland, cruzando la Prusia Real, después de aquella via dolorosa,
llegó a Frauenburg, como dijimos antes, en enero de 1524.
* *
* *
Su
mejor y más fiel amiga de la infancia, Hermina Hesse, era ama de llaves de uno
de los canónigos del Capítulo de la catedral. Hermina había sido una joven
enérgica y voluntariosa, y a pesar de que los años habían suavizado su
brusquedad, seguía siendo una persona activa, llena de bien intencionada
jovialidad y dispuesta a reírse con la más mínima excusa. Nunca había sido una
belleza y sus encantos residían en su naturaleza sencilla y tranquila; pero
tampoco podía decirse, como hacían algunos, que hablaba como una tabernera, que
su vida era un escándalo y que su alma estaba irremediablemente perdida. Estos
comentarios provenían de los “estirados” del clérigo, tal como ella los llamaba
con su típica forma desafiante de erguir la cabeza. ¡Maldito atajo de sodomitas,
como si sus vidas estuvieran libres de pecado! ¿Tenía ella la culpa de que Dios
la hubiera dotado de una gran fertilidad? ¿Acaso esperaban que repudiara a sus
doce hijos? ¡Repudiarlos!, ¿por qué?, si ella sentía el mismo amor, o más, que
el que cualquiera de las respetables señoras casadas prodigaba a sus hijos
legítimos y hubiera luchado por ellos como una tigresa si cualquiera se hubiese
atrevido —¡cosa que nadie hizo!— a separarlos de ella. ¡Un verdadero escándalo,
bah!
Las
dos amigas se saludaron con conmovedor afecto y ternura. No se habían visto
desde..., bueno, desde hacía más tiempo del que deseaban recordar.
—¡Anna!
Pero Anna, ¿qué te ha pasado?
—¡Oh,
querida! —dijo Frau Schillings—, mi querida, ¡ha sido tan terrible!, ¡no puedes
imaginártelo'
Hermina
vivía en una acogedora casa de piedra blanca a unas tres leguas de las murallas
de Frauenburg. Sin duda era una casa bien equipada, pero ¿no estaba algo
alejada?, se preguntó Frau Schilhings en voz alta cuando estaban en la cocina
bebiendo un vaso de vino y saboreando un bollo de semillas de amapola recién
horneado. El vino era maravillosamente agradable y, sumado al calor del horno y
al habitual buen talante de su amiga, la animó mucho, tanto que pronto comenzó
a sentir que la agonía de la pobreza y el exilio estaba a punto de terminar. Y
así era, aunque no del modo que ella imaginaba.
Sus
pequeños se acercaban con timidez y vacilación a los niños de la casa. ¡Oh,
Dios!, de pronto sintió que estaba a punto de llorar, pues todo era tan... tan
hermoso.
—¿Alejada,
eh? —dijo Hermina con expresión sombría, interrumpiendo los tiernos sueños de
Frau Schilhings—. Mientras esté aquí, es como si no existiera. El canónigo
tiene sus habitaciones en la ciudad, pero a mí me mantienen alejada, no él, por
supuesto, que jamás se atrevería a imponerme una restricción así, sino otros.
Sin embargo, querida Anna, creo que mis problemas carecen de importancia
comparados con los tuyos. Tienes que contármelo todo. Ese bribón de Schillings
te dejó, ¿verdad?
Frau
Schillings le relató su penosa historia con toda crudeza, sin quitar los
detalles impresionantes ni embellecer aquellos que demostraban su entereza; en
pocas palabras, fue brutalmente franca. Hablaba en voz baja, con la vista baja
y el entrecejo fruncido en un gesto de concentración; y Hermina Hesse, aquella
mujer buena, amable, regordeta y valiente de mejillas sonrosadas, aquel pilar
de fortaleza, aquella luz en la oscuridad de un mundo díscolo, sonrió para sí y
pensó: “¡La querida Anna, siempre tan escrupulosa!”).
Y
una vez que hubo oído toda aquella desgarradora historia, cogió las manos de
Frau Schillings en las suyas, suspiró y dijo:
—Bien,
querida, me apena muchísimo tu desgracia y desearía poder ayudarte de algún
modo.
—Puedes
hacerlo Hermina, sí que puedes.
—¿Sí?
Frau
Schillings levantó la vista y apretó el labio inferior entre sus pequeños
dientes blancos y perfectos. Era evidente que luchaba para contener las
lágrimas que, a pesar de sus esfuerzos, se agolpaban en sus ojos oscuros.
—Hermina
—dijo con una voz maravillosamente firme—, yo soy una persona orgullosa, como
tú bien sabes desde los felices días de nuestra juventud y como sabe cualquiera
que me conozca un poco; pero como ahora he caído tan bajo, debo tragarme ese
orgullo. Te pido, te ruego, por favor...
—Espera
—dijo Hermina mientras palmeaba las manos que aún reposaban como tórtolas
cansadas entre las suyas—, espera, querida Anna. Creo que sé lo que intentas
decirme
—¿De
veras lo sabes, Hermina?
—Sí,
mi querida niña, lo sé, así que deja que te evite el mal trago; quieres un
préstamo.
—~Oh,
no! —dijo Frau Schillings frunciendo el entrecejo—. ¡Qué pensarás de mí si
imaginas algo así! No, Hermina, queridísima Hermina, me preguntaba si podrías
alojarnos a mí y a los niños durante una semana o dos, sólo para ayudarnos a
salir del apuro hasta que...
Hermina
desvió la vista con expresión dolorida y comenzó a menear la cabeza. Justo
entonces oyeron los cascos de un caballo y un momento después entró el canónigo
Sculteti por la desvencijada puerta trasera. Era un hombre bajo y delgado, iba
vestido de negro y llegó soplando sus manos heladas y maldiciendo entre
dientes. Tenía la nariz roja y ojos pequeños y alertas. Se detuvo al ver a Frau
Schillings y luego miró a las dos mujeres con desconfianza.
—¿Quién
es ésta? —gruñó.
Cuando
Hermina empezó a explicar la presencia de su amiga, agitó los brazos con
impaciencia y se metió a grandes zancadas en la otra habitación tras apartar
bruscamente de un puntapié a un bebé de su camino. No era una persona
agradable, decidió Frau Schilhings, así que no pensaba suplicar ante ¿1 por un
lugar donde alojarse. Sin embargo, ¿qué iba a hacer si Hermina no podía
ayudarla? El crudo tiempo de febrero se adivinaba a través de la ventana. ¡Oh,
Dios! Sin embargo, Hermina le hizo un guiño para animarla y siguió al canónigo
a la otra habitación, desde donde pronto se oyó una discusión. A pesar del
alboroto de los niños —los pequeños diablos, a juzgar por los ruidos, ahora que
habían entrado en confianza parecían estar tirándose unos a otros por las escaleras—,
y de que llegó a taparse los oídos, no pudo evitar escuchar parte de lo que
decían. Aunque sin duda luchaba con todas sus fuerzas para defender a su amiga.
Hermina hablaba en voz baja, pero era evidente que al canónigo Sculteti no le
importaba que escuchara sus malévolos comentarios.
—¿Alojaría
aquí? —gritaba—, ¿para qué le digan al obispo que he instalado otra puta? —Frau
Schillings se llevó las manos a la boca para silenciar un grito de vergüenza y
dolor.— ¿Estás loca, mujer? Ya tengo suficientes problemas contigo y con estos
condenados críos. ¿Te das cuenta de que no sólo corro el riesgo de perder mi
prebenda, sino también de ser excomulgado? Escucha, tengo un plan —se
interrumpió y soltó una risita aguda—, envíasela a Koppernigk; sólo Dios sabe
la falta que le hace una mujer. ¡Ja!
Anna
Schillings hizo acopio de todo su valor y se dirigió a la habitación donde
discutían el canónigo y su amiga.
—¿Se
refiere a Nicolos Koppernigk? —preguntó con voz fría y digna.
El
canónigo Sculteti, de pie en el centro de la habitación y con las manos en las
caderas, se volvió con una sonrisa irónica y desagradable.
—¿Qué
pasa, mujer?
—No
pude evitar oírlo. Usted mencionó el nombre de Koppernigk, ¿se trata del
canónigo Nicolás Koppernigk? Pues si así fuera, debo decirle que es primo mío.
Si,
ella era prima del famoso Nicolos Koppernigk, o doctor Copérnico, como todos lo
llamaban ahora. Su parentesco era lejano y venía a través de la rama materna,
pero aun así fue la salvación para Anna Schillings. A pesar de que había oído
hablar de él en la familia, nunca lo había conocido, aunque tenía un vago
recuerdo de que había estado mezclado en un escándalo, ¿o había sido su
hermano? Bueno, no tenía importancia, pues, ¿quién era ella para repudiar un
escándalo?
Su
primer encuentro resultó poco alentador. El canónigo Sculteti la llevó a
Frauenburg aquella misma noche y fue lo suficientemente pillo como para hacerle
ciertas proposiciones por el camino, que por supuesto ella rechazó con el
desprecio que merecían. Dejó a los niños con Hermina, pues según decía Sculteti
con la brusquedad que lo caracterizaba, no debían matar de un susto al «viejo
Koppernigk» con la perspectiva de una familia completa. La ciudad se veía
oscura y amenazadora y aún tenía signos evidentes de la guerra: casas
incendiadas, vagabundos mutilados y olor a muerte. El canónigo Koppernigk vivía
en una especie de torre de retiro cuadrangular, un lugar frío y poco acogedor,
y a Frau Schillings le dio un vuelco el corazón al verla a la luz de las estrellas.
Sculteti golpeó la sólida puerta de roble. Un instante después se abrió una
ventana muy despacio y se asomó una cabeza.
—Buenas
noches, Koppernigk —gritó Sculteti—. Aquí hay alguien que necesita hablar
urgentemente con usted. —Rió entre dientes, y, a pesar de su nerviosismo, Frau
Schillings volvió a pensar que aquel canónigo era un hombre depravado y
desagradable.— ¡Pariente suya! —agregó y volvió a reír.
El
individuo de arriba no respondió y se apartó en silencio de la ventana. Un
largo rato después, oyeron unas lentas pisadas en la escalera, la puerta se
abrió despacio y apareció el canónigo. Koppernigk alzó una vela encendida
frente a ellos, como si quisiera espantar a un par de demonios.
—¡Aquí
estamos! —dijo Sculteti con falsa jovialidad—. Frau Anna Schillings, su prima,
viene a hacerle una visita. Frau Schillings, Herr canónigo Koppernigk —y tras
aquellas palabras, se perdió en la oscuridad de la noche, riéndose mientras se
alejaba.
El
canónigo Koppernigk, que entonces contaba cincuenta y un años, se hallaba
abrumado por las responsabilidades de los asuntos de Estado. Al comienzo de la
guerra entre los polacos y los Caballeros Teutónicos, la casi totalidad del
Capítulo de Frauenburg había huido a las ciudades seguras de la Prusia Real,
sobre todo Danzig y Torun. Él, sin embargo, se había metido en el centro mismo
del campo de batalla, por así decirlo, o sea en el castillo de Allenstein,
donde desempeñaba el puesto de prepósito de tierras. Luego, después del
armisticio de 1521, había regresado a Frauenburg en abril de ese mismo año, con
el cargo de canciller otorgado por el obispo von Lossainen —por fortuna, los
rumores de su muerte habían resultado falsos—, con la misión de reorganizar la
administración de Ermland. Al principio, aquella tarea había parecido
imposible, pues de acuerdo con el armisticio, los caballeros se habían
apropiado de los territorios del principado que ocupaban en el momento del cese
de hostilidades, y a esto se sumaba la presencia en aquellas tierras de todo
tipo de renegados y desertores, que propagaban la anarquía y el desorden por el
interior. Sin embargo, en un año el prepósito de tierras tuvo tanto éxito en su
empresa de restablecer la normalidad, que sus miedosos colegas salieron de sus
escondites y regresaron a sus tareas.
Aun
así, las exigencias de la función pública no disminuyeron, pues con la muerte
del obispo von Lossainen en enero de 1523, el Capítulo se vio obligado a tomar
las riendas del gobierno del turbulento obispado, devastado por la guerra. Una
vez más recurrieron al canónigo Koppernigk que fue elegido administrador
general, cargo que desempeñó hasta octubre, tras el nombramiento de un nuevo
obispo. Durante todo ese tiempo, el canónigo trabajó en un informe detallado de
los estragos de la guerra en Ermland, que luego sería un documento de vital
importancia en las negociaciones de paz en Torun. También elaboró un complejo
tratado para la reforma del desvalorizado sistema monetario de Prusia, que
había sido solicitado por el rey de Polonia. Tampoco le faltaron problemas
personales, pues poco después de enterarse de la muerte de Bárbara en Kulm,
recibió noticias desde Italia de que su hermano Andreas había sucumbido, por
fin, a la terrible enfermedad que sufriera durante años. No es de extrañar
entonces, con esos antecedentes, que Koppernigk apareciera a los ojos de Frau
Schillings como un ser reservado, distraído, frío, extraño y solitario.
Aquella
primera noche, cuando Sculteti la abandonó en la puerta para gastarle al
canónigo una broma de mal gusto, Koppernigk la miró con una mezcla de terror y
perplejidad, como si fuera un fantasma escapado de una pesadilla. Retrocedió
hacia las estrechas y oscuras escaleras, todavía con la vela en la mano y el
brazo extendido, como si agitara un talismán ante la cara del diablo. Por
segunda vez en el mismo día, Frau Schillings relató la historia de sus
calamidades, aunque esta vez cavilando, omitiendo muchas cosas. Tenía las manos
cruzadas sobre el regazo, y él la miraba con una mezcla de horror y
fascinación, pero ella se dio cuenta de que no escuchaba ni la mitad de lo que
le decía. A pesar de su reserva, le pareció un hombre amable.
—No
me andaré con rodeos, Herr canónigo —dijo ella—. He mendigado, me he
prostituido y he sobrevivido; pero ya no me queda nada. Usted es mi última
esperanza, y, si me rechaza, moriré.
—Criatura...
—comenzó él, pero se interrumpió, indefenso y avergonzado—, criatura...
La
luna brilla a través de la ventana semicircular y la llama de la vela tiembla.
Los libros, la cama, el escritorio, todos se agazapan como personajes
encantados, inmóviles en medio de una danza secreta; y aquellos extraños
instrumentos espectrales levantan sus brazos amortajados entre las sombras
hacia las estrellas, esos objetos misteriosos, hieráticos e inexplicables. Todo
se desvanece y desciende la obscuridad.
* *
* *
Canónigo
Nicolos Koppernigk, Frauenburg:
Reverendo
señor:
Me
atrevo a escribirle movido por el recuerdo de nuestras interesantes
conversaciones de hace unos años en Cracovia. En ese entonces, yo era consejero
del rey de Polonia y usted, si mal no recuerdo, secretario de su difunto tío,
el excelentísimo obispo Waczelrodt, por cuya muerte me permito presentarle
tardías condolencias. Yo admiraba mucho a aquel hombre, a pesar de no haberlo
conocido en persona, y me gustaría saber más de su vida y obra. Su muerte fue
una verdadera tragedia para Ermland, tal como los hechos han probado luego.
Deseo de corazón que sus muchas funciones públicas no lo alejen de la gran
empresa en que estaba embarcado. Han llegado hasta mí excelentes comentarios de
su teoría, en especial a través del cardenal Schoenberg de Roma, a quien creo
que ya conoce. Tiene usted la fortuna de contar con aliados que sin duda lo
ayudarán a enfrentarse a los insultos de ignorantes académicos y tantos otros
que usted ha enfurecido con la osadía de sus ideas. Yo, por mi parte, tengo tan
poco poder, que dudo en manifestarle mis mejores deseos para su magnífico e
importante trabajo, y ruego a Dios que lo bendiga en el nombre de la Verdad.
Dudo, como ya dije antes, y sin embargo, ¿quién puede asegurarnos que la
amistad de alguien tan humilde como yo no pueda servir de algo en el futuro?
Temo que en estos peligrosos tiempos la Iglesia no pueda mantener la generosa
liberalidad que hasta ahora ha prodigado a sus ministros (liberalidad que, debo
agregar, yo mismo he agradecido en más de una ocasión). Se acercan épocas
malas, Herr canónigo, y todos estamos amenazados. Sin embargo, estoy convencido
de que, siempre que mantengamos una vida ordenada y no demos pie a las
acusaciones de corrupción y lujuria de los luteranos, estaremos a salvo, por
más revolucionarias que sean nuestras ideas. Le ruego, señor, que me considere
su más fiel amigo.
Lobau,
11 de noviembre de 1532
Johannes
Dantiscus
Obispo
de Kulm
Visitador
Tiedemann Giese, Allenstein:
Apreciado
Giese:
Le
remito una carta que me ha enviado Dantiscus; por favor, dígame lo que piensa
de ella y cómo debería contestarle. No me fio de ese hombre; dicen que tiene
una hija en España. ¿Considera probable que nuestro propio obispo le haya
pedido que me escriba? Sospecho que hay una conspiración en mi contra. Destruya
esta carta, pero devuélvame la otra con sus sugerencias sobre cómo debo
proceder. No me encuentro bien, estoy enfermo del estómago y no puedo mover los
intestinos. Yo creo que no debo contestarle; por favor, dígame qué debo hacer.
Frauenburg,
16 de diciembre de 1532
Mc.
Koppernigk
Johannes
Dantiscus, obispo de Kulm, Lobau:
Su
excelencia:
Su
carta llena de humanidad y simpatía me recuerda la amistad que nos unió en mi
juventud y que me consta ha permanecido igual de fuerte hasta ahora. Con
respecto a la información que me pide sobre los años que vivió mi tío Lucas
Waczelrodt, que Dios tenga en su gloria, le diré que vivió 64 años y cinco
meses, fue obispo durante 23 de ellos y murió en el penúltimo día de marzo,
anno Christi 1512. Con él llegó a su fin una familia cuya insignia puede
encontrarse en los antiguos monumentos de Torun. Ofrezco mi obediencia a su
reverendísima excelencia.
Frauenburg,
ir de abril de 1533
Canónigo
Nic. Koppernigk
Johannes
Dantiscus, obispo de Kulm, Lobau:
Mi
señor:
Le
escribo en nombre de alguien muy querido para ambos, id est doctor Copérnico,
astrónomo y canónigo de este Capítulo. Como usted ya sabe, los canónigos de
Frauenburg se reunirán esta semana con el propósito de elegir un obispo para el
trono de Ermland, tras la lamentada muerte de su reverendísima excelencia
Mauritius Ferber. La lista de candidatos, elaborada como es costumbre por su
majestad Segismundo de Polonia, comprende cuatro nombres: canónigos Zimmermann,
von der Trank, Snellenburg, y un cuarto nombre que usted, por supuesto, ya
conoce. Aunque no tengo intención de intervenir en un asunto tan importante,
creo que es mi deber sugerirle que uno de esos nombres, el del canónigo
Heinrich Snellenburg, sea retirado de la lista, para evitar poner en ridículo
al Capítulo y proteger al trono polaco (cuyos intereses aprecio tanto como su
reverendísima excelencia) de acusaciones de haber hecho una elección errónea.
Su excelencia sabe qué clase de hombre es el canónigo Snellenburg; no es un
gran pecador, pero la trivialidad de sus faltas (deudas sin pagar, etcétera)
sin duda justifica que se lo retire como candidato para el más alto oficio. Por
lo tanto sugiero que se lo excluya de la lista y que su nombre sea reemplazado
por el del canónigo Nicolás Koppemigk. Debo decir que el reverendo doctor no
aspira al obispado de Ermland (y puedo asegurarle que tampoco conoce esta
petición), sin embargo, yo creo —y pienso que no soy el único que opina así—
que el mero hecho de proponerlo como candidato sería una muestra de la alta
estima en que lo tienen tanto la Iglesia como el trono de Polonia. También
sería una forma de defenderlo de sus enemigos, que por desgracia son muchos. El
doctor Copérnico ya es un anciano y tiene mala salud; no duerme bien y vive
abrumado por las alucinaciones: a menudo habla de oscuros personajes que se
ocultan en los rincones de su habitación. Todo esto indica hasta qué punto se
siente amenazado y burlado por un mundo hostil. La elogiosa opinión de su
excelencia sobre su magnífico trabajo (¡que aun ahora se niega a publicar por
temor a la reacción que pudiera provocar!) no es compartida por todo el mundo.
Poco tiempo atrás, el rector luterano de la Escuela de Latín en Elbing, un tal
Ludimagister Gnapheus, ridiculizó las teorías astronómicas del maestro (o las
degradadas versiones de ellas que este ignorante Gnapheus puede entender) en su
así llamada comedia Moros ophum, o tonto ilustre, representada en público en
aquella ciudad como una farsa de carnaval. Sin embargo, tal como el propio
reverendo doctor señaló, Gnapheus nunca debe de haber oído hablar de la gran
obra de De Cusa De docta ignorantia, pues de haberlo hecho hubiera advertido la
ironía de elegir ese título para su insolente farsa. Espero que su excelencia
me perdone por mencionar este absurdo y doloroso incidente que sólo relato como
un ejemplo más de la persecución de que es víctima el doctor: hace unos diez
años le trajeron una joven para que la tratara, en su carácter de médico, de
una vergonzosa enfermedad que no sabemos cómo había contraído. Él no pudo hacer
nada, por supuesto, pues la enfermedad ya estaba demasiado avanzada y la joven
murió en el convento cisterciense de Kulm. Ahora su padre, sin duda enloquecido
por el dolor, hace correr el rumor de que el reverendo doctor es el culpable de
esta muerte pues, según afirma él, su hija le dijo que mientras la examinaba
Koppemigk la había hechizado, haciendo pases con las manos, pronunciando una
extraña palabra que ella no había comprendido, etcétera. Es obvio que se trata
de una acusación absurda, pero su excelencia comprenderá cómo son estas
cuestiones y las cosas han llegado tan lejos que los enfermos ya no quieren
atenderse con él. Supongo que a esta altura debo de estar abusando de la
paciencia de su excelencia con mis divagaciones, pero déjeme acabar diciéndole
que, a la luz de todos los factores que he mencionado, su excelencia reconocerá
que nuestro querido canónigo Nicolás merece cualquier honor que esté en
nuestras manos concederle, además de cualquier pequeño consuelo del espíritu o
de la carne, para poder luchar contra un mundo cruel.
Frauenburg
10 de septiembre de 1537
Canónigo
Tiedemann Giese
Tiedemann
Giese, obispo de Kulm, Lobau:
Señor
obispo:
Siguen
llegándome informes desagradables sobre el reverendo doctor y su relación con
esa mujer, Anna Schillings. Se dice que la tiene como focaria y que desempeña
todo tipo de tareos, o sea ama de llaves y además concubina. Yo complací sus
deseos de poner su nombre en la lista del rey en lugar del de Snellenburg, a
pesar de las serias dudas que albergaba en su momento, pues confieso que la
sustitución del nombre de un pecador por el de otro no me pareció una acción
acertada. Sin embargo, lo hice movido por la gran admiración que tengo a la
obra del doctor, y no a su personalidad. Ahora pienso que debí haberme dejado
guiar por mi intuición y no por sus argumentos y súplicas. De todos modos, todo
eso ya pertenece al pasado y sólo lo menciono para rogarle que me devuelva el
favor hablando con él y pidiéndole que eche a esa mujer. Debe obedecer, pues
ahora hay muchas más cosas en juego que la reputación del Capítulo de
Frauenburg. Se ha hecha muy amigo de Sculteti y ésa es mala señal. Adviértale
que esas relaciones y amistades son malas para él, pero no le diga que el
consejo proviene de mí. Sin duda usted estará enterado de que Sculteti tiene
una mujer y de que se sospecha que es ateo.
Heilsberg,
4 de Julio de 1539
Johannes
Dantiscus
Obispo
de Ermland
Johannes
Dantiscus, obispo de Ermland, Heilsberg:
Apreciado
señor obispo: El doctor Nicolás estará unos pocos días con nosotros junto con
un joven discípulo. He hablado seriamente con él, de acuerdo con los deseos de
su excelencia y le he expuesto los hechos con claridad. Él pareció muy afectado
porque, a pesar de haber obedecido sin dudar la voluntad de su excelencia, hay
gente maliciosa que todavía hace falsas acusaciones de encuentros secretos y
cosas por el estilo; pues él niega haber visto a esa mujer desde que la
despidió. He reparado en que no está tan enfermo como muchos piensan; su
avanzada edad y sus interminables estudios me convencieron de ello, así como
también de la valía y respetabilidad de este hombre. Sin embargo, le rogué que
rehuyera cualquier situación que pudiera parecer corrupta y creo que lo hará.
Una vez más le repito que su excelencia no debería confiar demasiado en su
informador, teniendo en cuenta que los grandes hombres suelen despertar
envidias y que éste no vacila ni siquiera en preocupar a su excelencia. Me
encomiendo a usted. —etcétera.
Lobau,
12 de agosto de 1539
Tiedemann
Giese
Obispo
de Kulm
Johannes
Dantiscus, obispo de Ermland, Heilsberg:
Su
excelencia:
Con
respecto a la mujer de Frauenburg, Sculteti la escondió unos días en su casa,
pero ha prometido que se irá junto con sus hijos. Sculteti signe en la curia
con su focaria, que parece una tabernera capaz de todo tipo de pecados. La
mujer del doctor Nicolás envió su equipaje a Danzig, pero ella signe en
Frauenburg. —
Allenstein,
20 de octubre de 1539
Visitador
Heinrich Snellenburg
Nicolás
Koppernigk, Frauenburg:
Señor:
Le
escribo directamente para intentar hacerle comprender la peligrosa posición en
que se ha puesto con su pertinaz negativa a obedecer sobre el asunto de Anna
Schillings. ¿Se da usted cuenta de los riesgos que esto supone? Si sólo se
tratara de esta focaria, yo no me mostraría tan intransigente, pero es más que
eso, mucho más, como usted debe saber. Por recomendación mía, el canónigo
Stanislas Hosius ha sido nominado para el puesto de chantre del Capítulo de
Frauenburg. Seré franco con usted, querido doctor: no me gusta Hosius ni lo que
él representa, pues es un fanático.
Usted
y yo, amigo mío, somos hijos de una época más civilizada y refinada, pero que
forma parte del pasado. Hace unos años le advertí que se avecinaban malos
tiempos y éstos ya están aquí, encarnados en el canónigo Hosius y los suyos:
los inquisidores, los fanáticos. A mí no me gusta, se lo repito, pero yo le
concedí una canonjía en Frauenburg y lo nombraré chantre porque, me guste o no,
debo aceptarlo. Ermland tiene dos opciones para el futuro: este territorio se
volverá prusiano y luterano o polaco y católico, no hay otra elección. Pronto
nos despojarán de la autonomía que su tío construyó y cuidó, por lo tanto la
opción está bien clara, debemos sometemos al trono de Jagellon o perecer. Ahora
el Capítulo de Frauenburg, dejándose guiar equivocadamente por fuerzas
contrarias al bien de Ermland y de Frauenburg, ha elegido como chantre al
impresentable Sculteti, desbaratando así mis cuidadosos planes. Esto es
intolerable. ¿Acaso esos malditos clérigos con los cuales usted ha elegido
convivir no se dan cuenta de que Sculteti está amparado por los seguidores del
papa que creen que Ermland debería estar bajo el control directo de Roma?
Incluso si esto fuera factible —y no lo es—, el gobierno de Roma sería
desastroso para todos nosotros. ¡Debemos adherirnos a Polonia!, es nuestra
única salida. Necesito a Hosius, y por consiguiente, debo destruir a Sculteti.
Me enfrentaré a él con todas las armas de que dispongo. Su escandalosa forma de
vida es una de esas armas, tal vez la más poderosa. Confió en que estas confesiones,
que no debería haber llevado al papel, dejarán claro por qué durante tantos
años lo he instado a abandonar a esa mujer. Éste será mi último aviso; si lo
ignora, correrá el riesgo de hundirse junto con Sculteti cuando éste caiga.
Esto es todo lo que tengo que decir. Vale.
Hedsberg,
13 de marzo de 1540
Johannes
Dantiscus
Obispo
de Ermland
Johannes
Dantiscus, obispo de Ermland, Hedsberg:
¡Reverendissime
in Christo Pater et Domine Clementissime!
He
recibido la carta de su excelencia. Reconozco perfectamente la benevolencia y
buena voluntad que su excelencia se ha dignado prodigar no sólo a mí, sino a
otros hombres de gran valía, y que creo no se deben a mis méritos sino a m
conocida bondad. Ojalá algún día llegue a ser merecedor de esos bienes. De
verdad me regocijo por haber encontrado un señor y protector como usted. He
hecho lo que no podía ni quería dejar de hacer, por consiguiente espero haber
satisfecho la voluntad de su reverendísima excelencia.
Frauenburg,
3 de Julio de 1540
El
más devoto fiel de su reverendísima excelencia
Nicolás
Kappernigk
Tiedemann
Giese, obispo de Kulm, Ltibau:
Apreciado
Tiedemann:
Sculteti
ha sido expulsado del Capítulo y desterrado mediante un edicto real. Creo que
se irá a Roma, como todos los deportados. Su focaria, la mujer llamada Hesse,
ha desaparecido. ¡Cuántos problemas ha causado! Creo que nuestro Frauenburg
hace honor a su nombre.
Yo
he dictado un edicto en contra de Frau Schillings, pero se niega a irse. La
verdad es que estoy conmovido por su devoción hacia un hombre viejo y enfermo y
no me atrevo a decirle que lo mejor sería que se fuera. Además, ¿adónde podría
ir? Así que espero con gran interés la próxima medida de Dantiscus. ¿Parezco
tranquilo?, pues no lo estoy. Tengo miedo, Tiedemann, miedo de lo que el mundo
pueda hacerme que no me haya hecho ya.
Este
asqueroso mundo que no me permite ser yo mismo y siempre me persigue como un
monstruo negro, arrastrando sus mutiladas alas a su paso. Ah, Tiedemann!
Frauenburg,
31 de diciembre de 1540 Can tus Mundi
* *
* *
Al
morir la noche llega flotando, deslizándose suavemente sobre el brillante cauce
del río, husmeando con el hocico levantado, pasa bajo el puente, junto al
rastrillo, más allá del adormilado centinela. Un leve sonido de garras rascando
los peldaños embarrados, una breve visión de un diente descubierto. Por un
instante, en medio de la oscuridad, tiene una ligera sensación de agonía y
angustia; y la noche retrocede. Ahora trepa los muros, se arrastra sonriente
por debajo la ventana… – Envuelto en una capa negra, se agazapa entre las
sombras de la torre y aguarda el amanecer. Luego vienen los golpes, la voz
angustiosa, el peldaño flojo y traicionero de la escalera y, ¿cómo es posible
que sólo yo pueda oír el agua…?
* *
* *
Yo,
Georg Joachim von Luachen, apodado Rheticus, voy a describir cómo Copérnico dio
a conocer la música secreta del universo a un mundo que se revolvía en la
ignorancia. No todos están dispuestos a admitir que si no fuera por mí el viejo
tonto nunca se hubiera atrevido a publicar. Cuando llegué a Frauenburg, yo era
casi un niño —¡un niño genial, por cierto!—, pero aun así él reconoció mi
talento y me escuchó. Príncipes de la Iglesia y del Estado le habían rogado en
vano que hablara, pero él sólo escuchó mis argumentos. Para vosotros, él es
Copérnico, un titán distante e inescrutable, pero para mí era simplemente el
canónigo Nicolás, maestro y por supuesto amigo. Dicen que estoy loco, pero me
da igual. ¿Qué pueden importarme las injurias de un mundo envidioso? Me
hicieron a un lado, me negaron la fama y mi honroso nombre, me expulsaron para
que me pudriera aquí, en este rincón de Hungría olvidado por Dios que llaman
Cassovia, pero qué más da? Al menos aquí tengo paz, después de todos aquellos
años de ignominia. Ahora soy un viejo; si, un vagabundo solitario y cansado que
llega al final de su camino. Ya no me importa nada, ¡pero no los perdono! ¡No!,
¡que el demonio se cague en todos vosotros! Mi amo, el conde, es un caballero
noble, culto, refinado, brillante y extremadamente generoso; en cierto modo, me
recuerda a mí mismo cuando era joven. Hablamos la misma lengua, me refiero, por
supuesto, a la lengua de caballeros, pues su latín es un poco.. — torpe. No
como Koppernigk, que hablaba el impecable latín de un erudito, a pesar de
proceder de una familia de simples comerciantes— El conde reconoció en mí a
alguien de su clase y me acogió en su castillo —como médico de la familia—,
mientras que otros prefirieron olvidarme, a mí y a mi magnífico trabajo. Él
desprecia con su característica arrogancia las viles calumnias con que me
atacan y se ríe cuando le dicen al oído que estoy loco. Por desgracia, el
propio conde está un poco loco. Creo que viene de parte de madre; sin duda no
tenía nada bueno que heredar por ese lado. Sí, debo andar con cuidado, pues es
un caprichoso; debo ser menos orgulloso en su presencia y rebajarme de vez en
cuando, sí, sí. Sin embargo, él me necesita y ambos lo sabemos. Me pregunto con
quién conversaría si no estuviera yo, quién le daría el estímulo intelectual
que necesita para no perder la poca razón que le queda. Este país está lleno de
cerdos, brujas y sacerdotes cretinos, por lo tanto yo fui como una estrella en
su firmamento desierto. De todos modos, ¿por qué iba a preocuparme?, en el mundo
sobran los condes, pero sólo hay un doctor Rheticus. Bueno, en realidad no
sobran los condes, así que tranquilo. ¿De qué estaba...? —Ah, sí! De Copérnico.
Lo conocí hace cuarenta años, ¡cuarenta años!
* *
* *
Fue
en Frauenburg, ese pueblo de mala muerte que cuelga de la costa del Báltico en
el último rincón del mundo, y que ruego a Dios algún día se caiga como la
costra de una herida. La primera vez que vi los muros de aquel fuerte gris, mi
corazón dio un vuelco. Fue en 1539, supuestamente en verano, aunque llovía a
cántaros y desde el mar soplaba un viento suave y frío. Recuerdo que las casas,
como puños cerrados, se crispaban detrás de las puertas. Cerrados, ésa es la
palabra, Frauenburg estaba encerrada dentro de su propia ignorancia, amargura y
catolicismo. ¿Y por un sitio así había abandonado Wittenberg, la universidad,
mis amigos y compañeros? No es que Wittenberg fuera mucho mejor, pero sus
mezquindades eran distintas. En los pasillos de la universidad, todavía se
discutía sobre la libertad, el cambio y la redención, y se imitaban los roncos
graznidos del Reformador, pero detrás de todos esos parloteos se ocultaba el
antiguo terror, la desesperación de aquellos que saben muy bien que el mundo
está podrido y que es irredimible. Entonces yo pensaba, o al menos intentaba
convencerme de ello, que estábamos en el umbral de una nueva era, por eso
participaba con gusto en el juego y discutía con los más destacados personajes.
¿Acaso podría haber hecho otra cosa? A los veintidós años estaba a cargo de la
cátedra de astronomía y matemáticas de la gran universidad de Wittenberg.
Cuando el mundo lo favorece a uno tan temprano y con tanta generosidad, uno se
siente en la obligación de aplaudir sus patéticas farsas. Ya he atravesado las
puertas de Frauenburg.
Una
vez dentro de Frauenburg, fui directamente a la catedral, arrastrando mis
bolsos llenos de libros por las calles empapadas. De la catedral me enviaron a
la casa particular, donde tuve grandes problemas para entrar, pues allí
hablaban un dialecto bárbaro, y para colmo, el portero era sordo. Después de un
rato el sujeto abandonó sus intentos por descifrar mi impecable alemán y me
hizo pasar de mala gana a una habitación oscura y cavernosa donde sus
sanguinarios ídolos —su Virgen y personajes por el estilo— espiaban desde todos
los rincones de las paredes. En seguida se oyó un ruido en la puerta, entró un
viejo clérigo de aspecto avinagrado y me miró con recelo a través de sus ojos
vidriosos. En medio de aquella penumbra, debí de haberle parecido un extraño
fantasma, pues sonreía como un mascarón y chorreaba agua sobre el suelo pulido.
Avanzó con aprensión, poniendo por medio la gran mesa de roble que había en el
centro de la habitación. Su mirada era misteriosamente similar a la de las
estatuas que tenía detrás: precavida, desconfiada, incluso hostil, pero en el
fondo indiferente. Cuando mencioné el nombre de Copérnico, tuve la impresión de
que iba a salir corriendo —¿o sea que incluso sus colegas trataban al astrónomo
como a un leproso?—, pero disimuló lo mejor que pudo su consternación y sonrió,
si podía llamarse sonrisa a aquella mueca, y me envió —¿adónde?— a la catedral.
Traté de contenerme. El clérigo frunció el entrecejo, ¿así que ya había estado
en la catedral? Pues entonces lo sentía mucho, pero no podía ayudarme. Le
pregunté si podía esperar allí hasta que volviera Copérnico. ¡Oh, sí, por
supuesto!, aunque ahora que lo mencionaba, tal vez sería mejor que lo buscara
en la casa del canónigo Suchandsuch, al otro extremo de la ciudad, pues a
aquella hora el doctor solía estar allí. Y así fue como me encontré de nuevo en
la calle.
* *
* *
¿Sabéis
cómo es el tiempo en el norte gris? No es que tenga nada contra la lluvia —de
hecho me parece un brillante vínculo entre el aire, los ángeles y nosotros,
pobres criaturas terrenales—, pero allí llueve como si cayera la noche,
oscureciendo el mundo, y en medio de aquella húmeda penumbra todo parece viejo
y sin brillo y a uno le duele el alma. Ni siquiera en primavera hay chubascos
gloriosos, a diferencia del resto del mundo, donde las lluvias de abril limpian
el aire como si fueran cascadas de luz; sólo se escucha un fino y monótono
goteo, una llovizna de accidie tangible, hora tras hora. A pesar de todo, aquel
día caminé impasible por aquellas calles miserables, con los pies en el lodo y
la cabeza cubierta por una bruma dorada que —¡ay, sí!— me ha acompañado desde
entonces. Cuando me concentro en algo, todo lo demás desaparece, y hoy sólo
puedo ver aquella confrontación histórica —pues yo había imaginado nuestro
encuentro como una piedra preciosa engarzada en la rutilante rueda de la
historia— entre tauchen de Rhaetia y el doctor Copérnico de Torun. Pero el Herr
doctor estaba resultando muy esquivo; en la casa del canónico Suchandsuch
(ahora recuerdo que su nombre era Snellenburg), el bobo del mayordomo me miró
de un modo extraño y meneó despacio su gruesa cabeza de derecha a izquierda,
como si estuviera tratando con un muchachote lunático.
No
importa cómo, pero por fin lo encontré. Ya he dicho lo suficiente como para
demostrar a qué extremos llegaba el doctor para protegerse del mundo. Vivía en
una torre de la catedral, un nido horrible y desolado donde se escondía como un
pájaro viejo y malhumorado, con el pico y las garras prontos. Puse el pie en la
puerta antes de que su ama de llaves, Anna Schillings, su focaria, esa puta (ya
hablaré de ella más adelante), la cerrara en mis narices; y juro por Dios que
si lo hubiera hecho la habría tirado abajo con la cabeza, herrajes de bronce,
bisagras, llamador y todo incluido, pues estaba desesperado. Le mostré los
colmillos con una sonrisa feroz y ella retrocedió y se perdió en las estrechas
escaleras. Poco después reapareció en lo alto y me hizo un gesto para que
subiera, y me abandonó allí arriba ante una puerta baja, en la penumbra (ya
anochecía), tras dedicarme una mirada hostil. Esperé allí. La puerta se
entreabrió con un crujido, y una cara, que para mi asombro reconocí, espió
furtivamente y se retiró de inmediato. Dentro se oían ruidos de pisadas. Llamé,
pues no se me ocurrió qué otra cosa podría hacer; entonces una voz me invitó a
pasar y le obedecí.
La
primera vez que lo vi, quiero decir la segunda —en realidad la tercera—, pero,
bueno, la primera vez que lo vi oficialmente, me sorprendí de que fuera más
pequeño de lo que yo había imaginado, pero supongo que esperaba que fuera un
gigante. Estaba de pie frente a un atril con las manos apoyadas en las páginas
abiertas de una biblia, al menos me pareció que era una biblia. En una mesa
cercana había instrumentos astronómicos y a través de la ventana abierta a su
espalda se veía el Báltico y la gran cúpula luminosa del cielo de la tarde
(había parado de llover, las nubes se disipaban. lo típico). Tenía una
expresión de amable curiosidad, mezclada con una ligera sorpresa. Olvidé el
discurso que había preparado y supongo que me quedé con la boca abierta. Era el
mismo viejo que había encontrado en la casa capitular, o sea él y Copérnico
eran la misma persona, ¡sí, sí!, la misma; y allí estaba, contemplándome con
aquella mirada vidriosa, simulando que no me había visto nunca antes. ¡Ay,
todavía me deprime recordarlo! ¿Acaso imaginó que no lo reconocería en aquella
pose ridícula, en aquella presuntuosa actitud de científico? ¡No le importaba!
Si bien su expresión cuidadosamente compuesta no carecía de un leve toque de
intranquilidad, ésta se debía a su preocupación por la efectividad de su
interpretación y no a ninguna consideración hacia mí, ni tampoco a la vergüenza
porque hubiera descubierto su despreciable truco. Era como si hubiese estado
haciendo muecas frente a un espejo. Copérnico no creía en la verdad. No tenía
fe en la verdad. ¿Estáis sorprendidos? Pues escuchad...
¡Oh!,
pero en realidad todo esto no es digno de mí ni de este tema. Dos de las más
grandes mentes de la época (una al menos era grande, es grande) se encontraron
aquel día, y yo estoy describiendo aquella importante ocasión como si se
tratara de una farsa de carnaval. Lo estoy haciendo mal. La lluvia, la
dificultad de encontrarlo, aquella absurda interpretación, no era mi intención
mencionar ninguno de estos detalles. ¿Por qué me resulta imposible hablar de
las cosas con calma y precisión? Me duele la cabeza. Yo nunca podré lograr un
estilo clásico, para eso uno debe tener un carácter serio, un sentido solemne y
espectacular de la vida, una fe absolutamente inquebrantable en la idea del
orden. ¡Orden! ¡Ah! Aquí debo hacer una pausa, es demasiado tarde y está
demasiado oscuro para seguir. Los lobos aúllan en las montañas. Después de tan
grandes esplendores, ¡Dios mío!, ¿cómo he acabado en esta soledad?
Bueno,
¿dónde estaba? Ah, había dejado al pobre canónigo Nicolás petrificado toda la
noche frente a su atril y su biblia, como si posara para un retrato. A sus
sesenta y seis años era un hombre viejo, y sus ropas, creadas para alguien más
joven y fuerte, le colgaban con tétricos pliegues, como una especie de lodo
sedimentado por el tiempo. Su cara —casi no quedaban dientes en su boca
entreabierta, y la piel parecía estirada sobre sus nórdicos pómulos
prominentes—, ya tenía aquel aspecto impreciso y difuso que precede a la
muerte. Así es como deben ver otros mi propia cara. Ah... No tenía barba, pero
el afeitado matinal con su mano temblorosa había dejado unos pocos pelos grises
en la barbilla y en la profunda hendidura que había encima de su labio superior.
Sobre su cabeza reposaba una gorra de terciopelo como si se tratara de una
cataplasma. Sin duda éste no podía ser el doctor Copérnico, aquel gran hombre
que me había traído hasta Frauenburg. Los ojos, sin embargo, intensos e
infinitamente inteligentes, llenos de algo que sólo podría describir como una
exaltada astucia, lo identificaban como la persona que yo buscaba.
* *
* *
Tampoco
su observatorio era como yo pensaba que sería. Había esperado un pequeño cuarto
acogedor y lleno del desorden propio de un erudito —libros y manuscritos,
pergaminos repletos de cálculos complejos, todo envuelto en la obligatoria
membrana de polvo—. También de modo inexplicable había esperado calor, un calor
espeso y amarillo como una especie de queso inspirativo en medio de cuya añeja
blandura estada el maestro, un viejo distraído y espiritual, pero perspicaz,
muy perspicaz, dando los últimos retoques a su obra maestra antes de
descubrirla ante un mundo ignorante. Sin embargo, daba la impresión de que me
encontraba en una habitación escapada del siglo pasado, o incluso del anterior,
y parecía más la celda de un alquimista que el despacho de un magnifico
científico moderno. Las paredes blancas y el techo de vigas estaban desnudos
como los huesos de un esqueleto. Sólo vi unos pocos libros, y los instrumentos
que había sobre la mesa tenían el aspecto tímido de las cosas puestas en
exposición. Las ventanas dejaban pasar una luz potente y despiadada, ¡además
del frío! La ciencia aquí no era la búsqueda feliz y confiada de certezas que
yo conocía, sino la antigua confusión de hechizos, talismanes y símbolos
secretos. No me hubiera sorprendido encontrarme con una calavera de mirada
socarrona o un puñado de alas secas de murciélagos. El aire apestaba al sudor
frío de la culpa.
En
un primer momento no percibí todos estos detalles, a pesar de que fue tal mi
impresión que todos quedaron registrados, porque al principio me distraje
esperando que me diera alguna excusa, o al menos una explicación con respecto a
nuestro primer encuentro. Cuando advertí, sorprendido y perplejo (recordad que
yo aun no lo conocía como llegué a hacerlo más tarde), que no tenía intenciones
de hacerlo, supe que no me quedaba otra opción más que interpretar del mejor
modo posible el papel de tonto risueño que obviamente él me había atribuido. En
tales circunstancias, era necesaria una acción dramática. Atravesé la
habitación, mejor dicho volé a través de la habitación, y con la cara alzada en
una actitud de servil veneración, me acerqué a él gritando:
—¡Domine
praeceptor! Él retrocedió estupefacto, mascullando algo entre dientes y
evitando mirarme, pero yo lo perseguí, todavía de rodillas, hasta que chocó con
un extremo de la mesa y se detuvo sobresaltado. Los instrumentos que había
sobre la mesa vibraron por el golpe, produciendo un pequeño repiqueteo metálico
que, en medio del súbito silencio, parecía expresar con exactitud el pánico y
la confusión del viejo. ¿Lo veis? ¿Cómo pueden pretender que sea serio?
—¿Quién
eres? —preguntó él con petulancia, aunque no pareció interesado cuando le
repetí mi nombre por segunda vez—. No te manda el obispo, ¿verdad?
—Yo
no tengo obispo, ni rey, ni príncipe. Soy un súbdito del mayor de los señores,
la ciencia.
—Sí,
sí, muy bien, levántate, por favor, levántate.
Me
incorporé y, al hacerlo, recordé las palabras de mi discurso y las pronuncié a
toda velocidad y sin aliento. ¡Muy florido! Sat verbum.
A lo
largo de este encuentro anduvimos en círculos alrededor de la habitación en una
persecución lenta pero implacable, él al frente, manteniendo las distancias por
temor a un súbito asalto, y yo pegado a sus talones profiriendo estridentes
gritos de adoración y súplica, alzando mis brazos hacia él y tropezando con los
muebles por el nerviosismo. Nos comunicábamos (¡comunicábamos!) en una especie
de jerga macarrónica, pues mientras que para mi hablar en alemán era lo más
natural, el canónigo solía hablar en latín, y en cuanto yo me unía a él,
acabábamos otra vez balbuceando el lenguaje vernáculo. ¡Era muy divertido, de
verdad! Misteriosamente, él no se mostró impresionado por mi currículum
académico; por el contrario, su cara tenía una expresión de verdadero horror
cuando le dije que era luterano. ¡Dios Santo, uno de ésos! ¿Qué diría el
obispo? Pero mantente firme, Rheticus, ahora mantente firme. Debes ser justo
con él. Si, debes ser justo con él. En justicia no puedo culpar a un clérigo
timorato, que por encima de todas las cosas deseaba pasar desapercibido, por su
temor ante la llegada a su torre fortificada de un revolucionario de la
Wittenberg protestante. Tres meses antes de mi llegada, el obispo, Dantiscus el
blando, había promulgado un edicto ordenando que todos los luteranos salieran
de Ermland bajo pena de ser despojados de todos SUS bienes o incluso
asesinados. Poco después, promulgaría otro que disponía que todos los libros y
panfletos heréticos, o sea luteranos, fueran quemados en público. Dantiscus el
incendiario de libros, un agradable caballero. Más adelante volveré a él.
(Para
Ser justo conmigo mismo, debo agregar que en Wittenberg consideraban a
Copérnico en el mejor de los casos como un loco, y en el peor, con un
anticristo. El mismo Lutero, en uno de sus famosos discursos entre eructos y
pedos después de una comida, se había burlado de la teoría heliocéntrica del
universo, dejando claro, una vez más, su criterio infalible. Incluso Melanchton
se reía de las ideas de Copérnico, ¡hasta Melanchton, mi primer maestro! Es
evidente que el Meister era muy poco popular en el lugar de donde yo venía, y
si me permiten ir a visitarlo fue a causa de mis propios méritos y no porque
las autoridades de Wittenberg aprobaran las teorías de aquel ciudadano de
Ermland. Quería dejar claro este punto para hacer honor a la verdad.
Así
que, como dije antes, él no estaba impresionado; de hecho, estaba tan poco
impresionado que ni siquiera parecía consciente de mi presencia y continuó lo
que estaba haciendo rehuyéndome como si apartara un recuerdo desagradable,
pellizcando su túnica con dedos nerviosos Y haciendo muecas para sí. Él no
pensaba en mí, sino en las consecuencia que yo le traería, por decirlo de algún
modo (¡qué diría el obispo!). Yo estaba muy decepcionado, o más bien era
consciente de que roe estaba ocurriendo algo muy decepcionante, porque yo
mismo, mi yo esencial, apenas estaba allí. Ya sé que no suena muy claro, pero
no importa. El doctor Copérnico, que antes había representado Para mí la
encarnación del espíritu de una nueva era, ahora se me revelaba como una bestia
vieja, cautelosa y fría, obsesionada por las apariencias y por la seguridad de
su prebenda. ¿Es posible sentirse tan desconcertado como para romper a llorar?
Pero
sí, había algo que me decía que no todo estaba perdido, que tal vez mi
Peregrinaje no hubiera sido en vano: se trataba de una leve inseguridad en su
expresión, una pequeña tensión, como si en lo más profundo de su ser hubiera
una palanca que esperaba ser pulsada. Yo le había traído regalos: unas
excelentes ediciones de Tolomeo, Euclides, y otros. ¡Oh!, en total debía haber
una docena de volúmenes que yo había hecho encuadernar (a un precio que
prefiero no recordar) con un grabado de sus iniciales y un bonito monograma de
Oro en el lomo. Yo había desparramado los libros por todo el equipaje, por
temor a ser asaltado, así que cuando recordé que los tenía y me abalancé sobre
mis bolsos con un frenético y definitivo arranque de esperanza, los libros
cayeron como diamantes entre cenizas, .en medio de un revoltijo de camisas,
zapatos y ropa sucia.
—Aquí
tiene, ¡aquí tiene! —grité, desafiante y próximo a las lágrimas.
No
tendría valor para rechazar esta última muestra de homenaje.
—¿Qué
hace? —dijo él—, ¿qué es esto?
Yo
junté los libros entre mis brazos y me levanté tambaleante.
—Para
usted, para usted, domine praeceptor.
Vacilante,
cogió el Almagest de encima de la pila, y tras dirigirme una mirada
desconfiada, se lo llevó hacia la ventana.
Parecía
una vieja rata gris huyendo con un mendrugo. Se acercó el libro a la nariz y lo
examinó con atención, abriéndolo y ronroneando; las profundas arrugas de su
cara se alisaron y no pudo evitar sonreír, mientras se mordía el labio, como
una rata vieja, gris y feliz; y entonces, click, casi pude escuchar cómo se
pulsaba la palanca. —Una buena edición —murmuró— ¡muy buena, de verdad,
excelente!, y supongo que también cara. ¿Cómo dijo que era su nombre, Herr...?
Entonces
creo que si lloré, recuerdo las lágrimas, gemidos de adoración, yo estaba de
rodillas y él me rehuía aunque con menos disgusto que antes, o al menos eso
imaginé. Tras él las nubes se abrieron por un instante sobre el Báltico y el
sol de la tarde brilló súbitamente como un pequeño milagro. Entonces recordé
que después de todo era verano y que yo era joven y tenía toda la vida por
delante. Poco después me fui, aunque con una invitación para volver al día
siguiente. Caminé torpemente por las calles en tal estado de éxtasis, que
incluso la plomiza luz del crepúsculo, la mugre de las alcantarillas, el barro
y las caras rojas y boquiabiertas de los campesinos no pudieron ensombrecer mi
espíritu. Encontré alojamiento en una posada próxima a la catedral y allí tomé
una comida nauseabunda que hasta el día de hoy recuerdo en detalle. Completé la
jornada con una puta gorda, sucísima y curiosamente andrógina.
A la
mañana siguiente me levanté temprano. El sol estaba bajo sobre Frisches Haff,
la tierra transpiraba un tenue vapor, el viento había refrescado y las calles
estaban inundadas de luz y de los gritos estridentes de los mercachifles. ¡Ay,
y mi pobre cabeza a punto de estallar por los efectos de aquel asqueroso veneno
que se atrevían a llamar vino! Al llegar a la torre, la puta Schillings me
recibió con otra mirada hostil, pero me dejó pasar sin decir palabra. El
canónigo me estaba esperando en el observatorio en un estado de extremo
nerviosismo. Apenas traspasé el umbral, comenzó a farfullar excitado y se
acercó a mí agitando las manos y forzándome a retroceder. Era la escena
exactamente opuesta a la del día anterior. Intenté comprender lo que decía,
pero los vahos de la juerga de la noche anterior aún no se habían disipado y
por mis venas corría perezosamente flema en lugar de sangre, así que sólo
alcancé a descifrar algunas palabras: Kulm..., el obispo…, Lóbau…, el
castillo…, ¡veinte! Nos íbamos de Frauenburg, íbamos a Lóbau, en la Prusia
Real, donde estaba el obispo Giese, un amigo suyo. Era el obispo de Kulm.
Partiríamos hacia el castillo de Lobau (¿qué quería decir?) aquella misma
mañana, en aquel mismo momento. ¡Ahora! Salí corriendo como en un sueño y
recogí mis cosas de la posada. Cuando regresé, el canónigo ya estaba en la
calle, metiéndose en un destartalado carro alquilado. Creo que si no hubiese
llegado en ese momento, se habría ido sin pensarlo dos veces. La Schillings
asomó su fiera cabeza por la puerta. El canónigo gruñó levemente y se arrellanó
en el asiento mohoso. Cuando nos íbamos la focaria gritó como una verdulera
algo así como que no la encontraríamos cuando regresáramos, lo cual, debo
confesarlo, me alegró mucho.
La
excesiva vergüenza puede producir una especie de parálisis, y aquella mañana, a
medida que avanzábamos por las calles de Frauenburg, me sentí víctima de esa
enfermedad. Yo era joven, tal vez inocente, pero podía adivinar con bastante
facilidad el motivo de nuestra prisa y del modo en que partíamos. Después de
todo no faltaban razones; Lutero había atacado a Roma por su hipocresía y el
falso celibato de sus clérigos, y sin duda el obispo Dantiscus habría asestado
un nuevo golpe contra la indecencia entre el clero, tal como hacían
continuamente los católicos en aquellos primeros días del cisma, ansiosos por
demostrar su voluntad de reforma a un mundo escéptico. No es que ese tipo de
tonterías me importaran en lo más mínimo. El estado de cosas entre el canónigo
Nicolás y la Schillings no me preocupaba (al menos no demasiado), pero sí el
espectáculo del doctor Copérnico en la calle, en público, envuelto en una
sórdida escena doméstica. Como ya he dicho, me sentía incapaz de hablar, así
que desvié la mirada hacia la gris Ermland con tal concentración que cualquiera
hubiera pensado que estaba contemplando las maravillas de las Indias. ¡Ah, qué
intolerantes son los jóvenes ante las debilidades de los viejos! El canónigo
también permaneció callado hasta que alcanzamos la llanura. Entonces se movió
nervioso y suspiró.
—Dígame,
joven, ¿qué dicen de mí en Wittenberg? —preguntó con una voz cargada de
cansancio.
Aquella
maldita llanura prusiana, la recuerdo muy bien. Las enormes nubes se cernían
sobre el Báltico, seguían nuestros pasos mientras avanzábamos despacio hacia el
sur y sus sombras caminaban con grandes zancadas a través de la tierra
desierta. Un extraño silencio se extendía por millas y millas delante de
nosotros, como si el paisaje no nos mirara y prefiriera dar la cara a una
distancia sin límites, y el apagado clamor de nuestro paso —el crujir de las
ruedas y el sonido monótono de los cascos de los caballos— no pudiera vencer
aquella imperturbable tranquilidad, aquella indiferencia. No vimos a nadie en
el camino, si es que a aquello podía llamársele camino, pero de repente, a lo
lejos, apareció un grupo de jinetes que galopaban con ímpetu en silencio. A
través de una estrecha ranura que tenía delante, veía la espalda ancha del
conductor, moviéndose y rebotando, pero a medida que pasaba el tiempo perdía su
forma humana y se convertía en piedra, en un pilar de polvo o en el ala de un
pájaro enorme. Atravesamos pueblos desiertos, donde las casas eran caparazones
chamuscados, el polvo volaba por las calles, y la ausencia de murmullos humanos
era como un agujero en el mismo aire. Así viajamos en los sueños. En una
ocasión, cuando pensé que el canónigo estaba dormido, lo encontré mirándome
fijamente y, otra vez, cuando me volví hacia él me dirigió una sonrisa
maliciosa e inexplicablemente alarmante. Confundido y asustado desvié la vista
hacia el paisaje que se movía lentamente a nuestro paso, pero tampoco allí encontré
consuelo. La llanura se extendía interminable, bruñida por la extraña y frágil
luz del sol, y el viento cantaba con dulzura. Estaríamos a unas mil leguas de
cualquier parte, perdidos en la órbita de las estrellas fijas. Él seguía
sonriendo, como un viejo hechicero, y tuve la impresión de que su sonrisa
hablaba: Este es mi mundo, ¿lo ves? Aquí no hay Anna Schillings, no hay
campesinos boquiabiertos, no hay malditas estatuas, ni Dantiscus, sólo la luz,
el vacío y aquella misteriosa música en lo alto que tú no puedes escuchar,
aunque sepas que está ahí. Entonces, por primera vez lo vi tal cual era; ya no
como la imagen que había traído de Wittenberg, sino como el verdadero Copérnico
—su auténtico yo—, un sujeto frío y brillante como un diamante (no exactamente
como un diamante, pero tengo prisa), de repente cercano y familiar, pero aun
así, intocable. No muchos hombres tienen la fortuna de conocer a otro con
aquella espantosa claridad; cuando esta visión aparece, es efímera, la
experiencia dura sólo un instante pero el conocimiento que entonces ilumina
permanece para siempre. Por fin, arribamos a Lobau, y en la confusión de
nuestra llegada, sentí que despertaba de un sueño. Esperé que el canónigo
reconociera lo que había ocurrido en la llanura (fuera lo que fuese), pero no
lo hizo, no iba a hacerlo, y yo me sentí decepcionado. Bien, por lo que sé,
aquel viejo demonio pudo haberme hechizado allí, pero siempre recordaré aquel
pavoroso viaje, sí.
El
castillo de Lobau era un enorme fuerte de piedra blanca situado sobre una
colina. Sus torres y torrecillas se alzaban sobre una cuesta arbolada y daban a
los apiñados techos del pueblo. Allí arriba corría un aire fresco con olor a
pinos y a abetos, y tuve la impresión de que estaba de vuelta en Alemania.
Entramos en el patio y fuimos recibidos por los gritos de los sirvientes y los
mozos de cuadra y los ladridos de los perros histéricos. Un viejo canoso con
chaqueta de piel y calzones remendados vino a recibirnos. Lo tomé por un
mayordomo o algo así, pero me equivocaba, era el propio obispo Giese. Saludó al
canónigo con una expresión seria y solícita y a mí apenas si me miró, sólo me
ofreció el anillo para que lo besara. Sin embargo, yo le estreché la mano y
esto provocó una mirada ansiosa de su parte. Los dos se alejaron juntos, el
canónigo andando despacio con la cabeza gacha y el obispo cogiéndolo suavemente
del codo con la mano.
—Ah,
Tiedemann, problemas, problemas —gruñó el canónigo. A mí me dejaron solo, como
siempre, hasta que uno de los criados se compadeció de mí y dio un brinco bajo
mis narices con una sonrisa sarcástica grabada en la cara. Raphael, que así se
llamaba el criado, era casi un niño, un chico atractivo con un culo que parecía
un melocotón. ¡Oh!, ya sabía lo que ese ángel se traía entre manos, pero lo
seguí de buena gana y no sin gratitud. Mientras retozaba ante mí, parloteando y
mirándome de reojo con su actitud infantil, se me ocurrió que antes de irme
debía tener una charla en privado con él sobre las virtudes del matrimonio y
advertirle sobre las tribulaciones que le aguardaban si continuaba inclinándose
en la dirección en que obviamente se inclinaba a tan tierna edad. ¡Si yo
hubiese sabido las tribulaciones que me esperaban a mí por culpa suya!
Así
comenzó nuestra extraña estancia en Lobau, donde permanecimos todo aquel largo
verano. El hechizo mágico, cuyos primeros efectos había sentido en las
desiertas llanuras prusianas, se cernía sobre todo el blanco castillo, donde
nosotros, como en un sueño encantado, vagábamos en medio del orden luminoso y
la música de los planetas imaginando milagrosas fantasías. Lutero se había
burlado de Copérnico llamándolo el loco que quiere poner patas arriba toda la
ciencia de la astronomía, pero Lutero debería haberse limitado a opinar sobre
teología, porque ni empapado de sudor en la peor de sus pesadillas podría haber
imaginado lo que haríamos durante aquellos meses en Lobau. Pusimos el universo
entero cabeza abajo, y digo pusimos, porque sin mí el canónigo hubiese seguido
en silencio, incluso después de muerto. Había intentado destruir su libro:
¿cuántos de vosotros sabíais esto?
¡Cuán
torpemente estoy relatando esta historia! El obispo Giese no era el viejo
grosero y pedante que yo había imaginado. Sin duda, no era un tipo divertido,
pero tampoco carecía de un cierto..., ¿cómo lo diría?, un cierto sentido de la
ironía. Es mejor llamarlo así que hablar de humor, porque ninguno de esos
nórdicos era capaz de reír. En su actitud hacia el canónigo, una mezcla de
temor reverente y solicitud y, ocasionalmente, un inevitable pero amistoso
enojo, revelaban su naturaleza leal y amable. Era una especie de astrónomo y
tenía una esfera armilar de bronce para observar los equinoccios y un poderoso
gnomon inglés que yo envidiaba. Sin embargo, se notaba que mostraba estos y
otros instrumentos con falso entusiasmo y sospecho que los tenía sobre todo
para probar la sinceridad de su interés en el trabajo del canónigo. Entonces
tenía casi sesenta años, había sido canónigo del Capítulo de Frauenburg y
estaba destinado a ocupar algún día el lugar del obispo Dantiscus en el
obispado de Ermland. De estatura media, ni corpulento ni demasiado delgado, era
uno de aquellos hombres de mediana edad que parecen los legítimos propietarios
del mundo. Era un individuo decente, modesto, diligente, en resumen, un buen
hombre. Yo lo aborrecía y todavía lo hago. Sufría fiebres intermitentes que
había contraído en el desempeño de sus funciones en algún remoto lugar de aquel
enorme pantano que era Prusia. El canónigo Nicolás, jugando a ser médico (tal
como yo hago ahora), lo había estado tratando de esta dolencia y ésa era, al
menos oficialmente, la razón de nuestra presencia en Lobau. Pero el canónigo no
sólo prodigaría su talento en el obispo…
La
noche de nuestra llegada, después de que yo me hubiera echado a descansar un
rato, me desperté empapado en sudor y presa de un inexplicable pánico. Me
castañeteaban los dientes, me levanté y vagué vacilante por el castillo
estrujándome las manos y quejándome, asustado, perdido en aquellos extraños
pasillos de piedra y galerías silenciosas. Entonces supuse, aunque no de un
modo consciente, lo que presagiaba aquel humor de creciente impaciencia y
alarma. Durante toda mi vida yo había sido víctima de prolongados ataques de
melancolía, que en su forma más grave venían acompañados de desmayos y dolores
desgarradores, y a veces incluso de ceguera temporaria y otra serie de síntomas
más leves. Pero lo peor era la angustia, la accidie, que en más de una ocasión
me hizo sentir al borde de la muerte. Lo más intolerable era el temor de que
por fin la vida me abandonara en medio de esa espantosa oscuridad, aunque por
fortuna las estrellas me tenían destinado un fin mejor y más sencillo. El
ataque que tuve aquella noche fue uno de los más extraños que haya conocido y
siguió allí, mudo pero inmutable, durante toda mi estancia en Lobau. Ya he
hablado del encantamiento: ¿sería quizás producto del efecto de ver los
incidentes de aquel verano a través de la membrana de la melancolía? La comida
en el castillo solía ser un ritual agotador y repulsivo, pero aquella primera
noche fue un verdadero tormento. La concurrencia se había dispuesto por orden
jerárquico en una enorme sala, cuyas ventanas de vitrales atrapaban los turbios
matices de la moribunda luz del sol y controlaban su grosero avance sobre la
piadosa penumbra, tan apreciada por los clérigos santurrones. El obispo entró
en medio de un estruendo de campanas y música, de punta en blanco, y se acomodó
en su lugar a la cabecera de la mesa principal. Criadas con las manos
enrojecidas y los talones mugrientos traían enormes bandejas de cerdo, canastos
de pan negro prusiano y jarras de vino. Entonces comenzó la algarabía y los
mentecatos sacerdotes y clérigos desconfiados metieron sus hocicos en la
comida, engullendo, roncando y eructando, profiriendo insultos y dándose
codazos, llenando el aire sofocante con estallidos de risa salvaje. En una de
las mesas inferiores se armó una pelea a puñetazos, pero el obispo, que estaba
a mi izquierda en su trono, mantuvo una actitud plácida —¿y por qué no?—. Para
los cánones de la Iglesia romana era un modelo de buena conducta. Sí, para él,
para todos ellos, las cosas iban perfectamente, y sólo yo era capaz de
distinguir al simio agazapado entre nosotros y escuchar los aullidos. Incluso
si lo hubieran visto, lo habrían tomado por un mensajero de Dios, un arcángel
de sobacos apestosos y pelotas amoratadas y, sin duda, tras unas pocas
plegarias dirigidas al techo por la concurrencia, la pobre bestia se habría
quedado señalando hacia lo alto, con un dedo angelical, una nueva anunciación
(¡y la Palabra se hizo Cerdo!). Así es como Roma convierte en ritual los
horrores del mundo, con el objeto de mantener sus propias ficciones. Los odio a
todos, a Giese con su melosa hipocresía, a Dantiscus y sus bastardos; pero por
encima de todo odio a…, no, Rethicus,¡ espera, espera!
El
obispo me hablaba —sin duda de alguna soberana estupidez, como siempre—
mientras el pan se volvía barro en mi boca y el plato de carne que tenía
enfrente parecía el cuenco de vísceras de un aurispice, significativo destino.
No podía soportar un minuto más en aquella sala, así que me levanté con un
gruñido y me largué.
Afligido
y cansado, permanecí echado en la cama durante horas en aquella ratonera que me
habían dado por habitación. Fuera, en la llanura, se divisaban unas luces
tenues y vacilantes. El cielo estaba misteriosamente incandescente, pues en los
veranos nórdicos la verdadera oscuridad no llega nunca, y una pálida luz
crepuscular alumbra durante toda la noche, desde el atardecer al amanecer.
Deseaba una muerte piadosa; me dolían los ojos, tenía el ano apretado, y mis
manos apestaban a cera y cenizas. En aquel clima bárbaro, no había sitio para
mí. Las lágrimas caían en torrentes por mis mejillas. En aquel momento, toda mi
vida parecía inexplicablemente transfigurada, sombría e inútil, y no encontraba
consuelo en ningún lado. Me cogí la cara con las manos como si fuera una pobre
criatura herida y angustiada y lloré como un bebé.
Entonces
oí un golpe al que no di importancia, creyendo que se trataba del viento o de
un escarabajo, pero entonces se abrió un poco la puerta y el canónigo metió su
cabeza y espió. Llevaba la misma túnica con que había viajado, un harapo negro
e informe, pero sobre su cabeza reposaba una gorra de dormir increíblemente
cómica con una borla. En su mano temblorosa llevaba un quinqué, y su luz
vacilante proyectaba sombras que saltaban en las paredes como fantasmas
enloquecidos. Parecía sorprendido, incluso un poco consternado, por encontrarme
despierto, pues sospecho que había venido a espiarme. Murmuró una disculpa y
comenzó a retroceder, pero luego se detuvo, como si acabara de recordar que al
fin y al cabo yo no era un mueble y que una criatura despierta y sollozante
podría sentirse con derecho a una explicación de por qué un viejo caballero
irrumpía en su habitación a medianoche. Entró con un pequeño suspiro de
impaciencia y cerró la puerta tras él, dejó la lámpara en el suelo con
exagerado cuidado y luego, desviando cuidadosamente sus ojos de mis lágrimas,
me habló así:
—Herr
von Lauchen, el obispo Giese piensa que está usted enfermo porque se marchó con
tanta precipitación de la mesa, así que he venido a preguntarle si puedo
ayudarle en algo. La naturaleza de su dolencia está bastante clara: Saturno, un
planeta maligno, gobierna su existencia, que sin duda ha estado llena de
fructíferos estudios, pensamiento abstracto y profunda reflexión, todo lo cual
sirve para alimentar una mente hambrienta, pero mina la voluntad y conduce a la
melancolía y al abatimiento. Nada lo calmará, señor, hasta que, como recomienda
Ficino, se abandone usted al cuidado de las Tres Gracias y se una a las cosas
según sus designios. Incluso el simple azafrán amarillo florece y la flor
dorada de Júpiter puede traerle consuelo; también es buena la luz del sol, por
supuesto, y los campos verdes al amanecer; de hecho, cualquier cosa verde, el
color de Venus. Haga esto, Mein Herr, huya de todas las cosas saturninas y en
su lugar rodéese de las influencias que conducen a la salud, a la alegría y a
los espíritus benignos; entonces la enfermedad no volverá a vencer sus
defensas. Ejem... El obispo lo sentó a su lado en la cena, y ése es un honor
concedido sólo a unos pocos, así que levantarse con prisas, como hizo usted, es
un insulto. Quizá en Wittenberg usted haya adoptado los modales del padre
Lutero, pero por favor comprenda que aquí, en Prusia, hacemos las cosas de otro
modo. Vale. Ya veo que pronto amanecerá.
Se
quedó inmóvil con la cabeza inclinada hacia un lado, como si esperara que su
voz agregara algo por sí sola; pero no, ya lo había dicho todo; levantó el
quinqué y se dispuso a marchar.
—Me
iré hoy mismo —dije yo.
Se
detuvo ante la puerta y me miró por encima del hombro.
—¿Ya
nos deja, Herr von Lauchen?
—Sí,
Meister, me voy a casa, a Wittenberg.
Reflexionó
sobre aquella inesperada decisión, hundiéndose en sí mismo como un caracol
viejo y perplejo en su caparazón, y luego se alejó mascullando algo entre
dientes en medio de un trance introspectivo, acompañado por las sombras
espectrales que retozaban a su alrededor. Yo me comporté como un idiota; debí
preparar mi equipaje e irme en aquel momento, mientras el castillo dormía. Que
él publicara su libro o no lo hiciera, que lo quemara, que se limpiara el culo
con él, que hiciera lo que se le antojara. Incluso imaginé mi partida y volví a
llorar de compasión imaginando cómo mi figura solemne y triste se perdía en la
madrugada sombría y fresca. Había venido en calidad de aprendiz, con humildad,
yo, Rheticus, doctor en matemáticas y astronomía en la famosa universidad de
Wittenberg, y él me había rehuido, me había ignorado y me había sermoneado como
si fuera un niño travieso del coro. Pero en lugar de marcharme, me arropé con
las mantas y acuné a mi pobre alma desolada hasta que me venció el sueño.
Ahora
me doy cuenta de que los dos eran muy astutos, Giese y el canónigo, viejos
conspiradores arteros; pero entonces no lo advertí. A la mañana siguiente me
desperté tarde y encontré a Raphael junto a mí, con pan caliente, miel y una
jarra de vino aromático. Agradecí la comida, pero me habría bastado con la sola
presencia de aquel muchacho saludable, pues sentía un hambre mucho más cruel
que la del estómago, echaba de menos la compañía de jóvenes, las mejillas
sonrojadas y los ojos brillantes que había dejado desde que abandonara
Wittenberg para unirme a aquellos viejos de barbas grises. Juntos pasamos un
rato agradable, y él, tímido, se retorcía los dedos, se apoyaba en un pie y
luego en otro y parloteaba en un vano esfuerzo por disimular su rubor. Al final
le di una moneda y se alejó saltando, y a pesar de que la vieja oscuridad
regresó en cuanto se hubo marchado, ya no era tan pesada como antes. Después
recordé la sensata charla que hubiera querido tener con él, pero era demasiado
tarde y ya nunca hablaríamos de ello. Una casa llena de clérigos, todos hombres
—¡y para colmo católicos!—, era un lugar peligroso para un chico como aquél...,
tan joven, tan hermoso. (Estuve a punto de decir “inocente”), pero no sería
sincero si lo hiciera. Sin embargo, sé que si este adjetivo no se emplea para
describirlo a él, debería desaparecer de la lengua, pues carece de sentido. Sé
que me explico con acertijos que hay que descifrar. ¡Mi pobre Raphael!, nos
destruyeron a los dos.)
Me
levanté y fui a buscar al canónigo, que, según me dijeron, estaba en el
arborelum. Aquel nombre presagiaba un lugar agradable lleno de árboles
frutales, sombra verde moteada por la luz y pequeños senderos cubiertos de
hojas donde los astrónomos pasearían discutiendo los fenómenos del universo.
Sin embargo, me encontré con un campo irregular al pie de una colina, con unos
pocos arbustos marchitos y una huerta de coles. Por supuesto, allí no se veía
ni rastro del canónigo. Cuando me alejaba, harto de que me mandaran a lugares
equivocados, una figura se alzó entre las coles y me detuvo. Aquel día el
canónigo Giese vestía de nuevo sus harapos de campesino, y la sola visión de su
chaqueta y de sus calzones me enfureció. Me pregunté si aquellos malditos católicos
harían otra cosa además de disfrazarse y actuar. Sus manos estaban llenas de
barro, y cuando me acerqué, noté un fuerte olor a abono de caballo. Estaba de
un humor campechano, supongo que el que correspondía a su atuendo.
—¡Gríiss
Gott, Herr von Lauchen! El doctor me ha dicho que está usted enfermo; espero
que no sea nada grave, ¿no es así? Nuestro clima prusiano es inclemente, sin
embargo aquí, en la colina del castillo, no respiramos los aires poco
saludables de la llanura, que a su vez son mejores que los de Frisches Haff de
Frauenburg ¿verdad, Mein Herr? ¡Ja, ja! Déjeme que lo mire, hijo mío. Bueno, la
causa de su enfermedad está clara: Saturno, que es un planeta maligno...
Y
repitió palabra por palabra el pequeño sermón del canónigo en honor a las
Gracias— Yo lo escuché en silencio, con los labios fruncidos, divertido y
atónito a la vez: divertido ante la visión de aquel payaso que plagiaba las
palabras de su maestro y las hacía pasar por propias; y atónito por la idea que
me asaltaba de repente de que tal vez el canónigo no se había estado burlando
de mí y hubiese hablado en serio con respecto a las tonterías cabalísticas de
Ficino. ~Oh!, conozco bien la maléfica influencia de Saturno sobre mi vida, sé
que las Gracias son buenas, pero también sé que ni una hectárea entera de
azafrán podría aliviar mi angustia en lo más mínimo. ¡Azafrón! Sin embargo,
como descubriría más tarde, el canónigo ni creía ni dejaba de creer en las teorías
de Ficino ni en la multitud de prefabricados discursos con que se había armado
hacía tiempo y gracias a los cuales tema una respuesta pronta para cualquier
problema. Todo lo que le importaba era el discurso, no su significado; las
palabras eran rituales vacíos que le servían para mantener a raya al mundo.
Copérnico no creía en la verdad, creo que ya lo he dicho antes.
Giese
me cogió del brazo con una de sus sucias manos y me condujo a un sendero debajo
de los muros del castillo. Cuando acabó su disertación sobre mi estado de
salud, hizo una pausa y me observó con una mirada extraña y pensativa, como si
fuera un sepulturero que contempla con ojos especulativos a un hombre enfermo.
Las últimas partículas del rocío matinal se adherían a nosotros como viejos
harapos y el sol que ascendía lentamente irradiaba una luz débil y húmeda sobre
las almenas del castillo. El mundo parecía viejo y cansado. Yo quería encontrar
al canónigo para arrebatarle sus secretos, para coronar con la fama su cabeza
reacia. Yo era joven y quena acción.
—Tengo
entendido que viene de Wittenberg, ¿verdad? —dijo el obispo.
—Sí,
soy luterano.
Mi
sinceridad lo tomó por sorpresa, sonrió levemente y meneó la cabeza de arriba
abajo, como para espantar la horrible palabra que yo había pronunciado; luego
retiró con cuidado su mano de mi brazo.
—Así
es, amigo, así es —dijo—; usted es luterano, tal como admi..., tal como dice.
No tengo intención de discutir con usted los pormenores del trágico cisma que
ha dividido a la Iglesia, se lo aseguro; pero debo recordarle que el padre
Lutero no fue el primero en proponer la necesidad de una reforma. De cualquier
modo, no vamos a polemizar. Un hombre debe vivir de acuerdo con su propia
conciencia, al menos en eso creo que estoy de acuerdo con usted. Usted es
luterano y lo admite, dejémoslo así. Sin embargo, debo reconocer que su
presencia en Prusia resulta incómoda, no para mí, ya me entiende, pues el mundo
no presta mucha importancia a lo que ocurre en la humilde Lóbau. No, Herr von
Lauchen, me refiero a alguien muy querido por los dos; por supuesto, al domine
praeceptor, el doctor Nicolás. Para él su presencia no sólo es una incomodidad,
sino tal vez también un peligro. Pero no pretendía ofenderlo, permítame que me
explique, pues usted no ha estado mucho tiempo en Prusia y por lo tanto no sabe
cómo son las cosas aquí. Dígame, ¿no le sorprende la reticencia del canónigo
para comunicar sus descubrimientos al mundo y publicar su magnífica obra? Creo
que le sorprenderá saber que no es la certeza de sus conclusiones lo que lo
hace dudar, sino el miedo. Eso es, Herr von Lauchen: miedo.
Hizo
una pausa, durante la cual seguimos andando en silencio por el sendero. He
dicho que Giese era un tonto, pero eso no fue más que un insulto, pues no tenía
nada de tonto. Nos alejamos de las murallas del castillo y descendimos un poco
por la cuesta arbolada de la colina. Los árboles eran altos. Tres conejos
escaparon al acercarnos y yo tropecé con un tronco caído. Los pinos tenían un
color plateado, pues cada una de sus finas agujas estaba decorada con una
delicada filigrana de nacarado rocío. Es extraño que recuerde ese momento con
tanta claridad. Era como un gorrión, que a pesar de ver al halcón bajando en
picada, echa un último vistazo a su mundo. El obispo Giese volvió a apoyar su
garra sobre mi brazo y comenzó a hablar en latín como si recitara un salmo.
—La
tarea que debo cumplir es penosa, pues debo describir, nada menos que a alguien
de Wittenberg, las tormentas de envidia que se ciernen sobre nuestro sabio
amigo. Mein Herr, le suplico que escuche con atención y paciencia y que no vea
en estos simples hechos un complot tramado en los pasillos de Roma. Esta
perversión es obra de una sola persona: ¿conoce usted a Dantiscus, obispo de
Ermland, un bobalicón de Danzig cuyo verdadero nombre es Johannes Flachsbinder?
Él odia a Copérnico y durante todos estos años lo ha estado acosando movido por
la envidia. ¿Por qué?, dirá usted. Pues, la respuesta no está a mi alcance.
¿Por qué siempre los peores detestan a los mejores y los hombres mediocres
quieren ver derrotados a los más grandes? Así es el mundo. Además, este hijo de
Zelos, a pesar de ser un estúpido patán, cree que en Prusia sólo hay lugar para
una gran mente…, ¡la suya! El tipo está loco de atar. Ahora bien, para
conseguir sus objetivos y arruinar al maestro, ensucia su nombre, hace correr
el rumor de que éste se acuesta con su focarza, a quien dice que ha arrastrado
al pecado para satisfacer su lujuria. Amigo, me mira usted como si no pudiera
creer lo que digo; ¡pues ésta es sólo una de las tantas calumnias de este
hombre de Danzig! Ha destrozado la reputación del doctor, por lo cual el
canónigo cree que el mundo condenará su libro o se burlará de él. Hace unos
años, en Elbing, unos campesinos ignorantes se mofaron de una estatua de cera
de Copérnico expuesta en una farsa de carnaval. De este modo Dantiscus gana,
nuestro amigo permanece callado y teme comunicar sus brillantes teorías al
malicioso populacho. Así, Mein Herr, es como el trabajo de tantos años sigue
oculto y desconocido. Por lo tanto le suplico que no nos deje todavía. ¡Tenemos
que hacerlo entrar en razón! Pero, silencio, que aquí viene el doctor. Por
favor, no le diga que le he contado estos secretos. ¡Ah, Nicolás!, buenos días.
Habíamos
salido del bosque y entrábamos en el patio por una pequeña puerta trasera. Si
Giese no lo hubiera señalado, yo no habría notado la presencia del canónigo,
que remoloneaba bajo una glorieta y nos miraba fijamente con una sonrisa
extraña e impasible en su cara sombría. Ahora, tras lo que me había contado
Giese, lo miré con nuevos ojos y pude ver en él, o al menos eso pensé entonces,
a un hombre prisionero, cuyas acciones se veían limitadas por la poderosa
necesidad de discreción y cautela. Sentí una furia tremenda por la situación a
la cual lo habían empujado. Me habría arrodillado a sus pies, si no fuera
porque aún tenía fresco el recuerdo de la última vez que lo había hecho. En su
lugar, me contenté con ofrecerle una mirada terrible, a través de la cual
deseaba demostrarle que, bajo sus órdenes, sería capaz de enfrentarme a un
ejército entero de hombres como Dantiscus. (Sin embargo, estaba confundido e
incluso desconfiaba: ¿qué era exactamente lo que querían de mí?)
Había
olvidado mis intenciones de irme aquel día, pues en realidad lo había dicho
sólo para provocar una respuesta sincera de aquel brujo con gorra de dormir que
había en mi habitación y de ningún modo había imaginado que la precipitada
amenaza pudiera provocar el pánico que por lo visto había provocado. Resolví
proceder con cuidado, pero como era un jovencito estúpido, olvidé la prudencia
sólo un momento después de decidir emplearla y me eché de cabeza en el lodo.
—Meister
—dije—, debemos regresar de inmediato a Frauenburg, pues quiero hacer una copia
de su gran obra y llevársela a un editor que conozco en Nüremberg. Es un hombre
discreto y se especializa en este tipo de libros. ¡Debe confiar en mí y no
dejar pasar más tiempo!
Estaba
tan entusiasmado que esperaba una reacción absurdamente dramática de parte del
canónigo ante este evidente desafío a su discreción, pero él se encogió de
hombros.
—No
hay necesidad de ir a Frauenburg, el libro está aquí.
—Pero,
pero, pero…— dije yo.
—¡Pero
Nicolás...! —exclamó Giese.
—Supuse
que Herr von Lauchen no habría venido desde Wittenberg sólo para divertirse
—respondió el canónigo y nos miró a los dos con una mezcla de desprecio y
disgusto—. Usted vino aquí para conocer mi teoría sobre los movimientos de los
astros, ¿verdad? Pues así lo hará. Tengo el manuscrito aquí, venga conmigo.
Los
tres entramos en el castillo y el canónigo fue a su habitación a buscar el
manuscrito. Aquella mañana todo había ocurrido tan de prisa que mi pobre
cabeza, ya abrumada por la enfermedad, no podría resistir más. Me encontraba en
un estado de shock, y sin embargo no pude dejar de notar que el viejo intentaba
en vano parecer indiferente al mostrarme el trabajo de toda su vida y que, por
un instante, sus manos se aferraron temblorosas al manuscrito, como si dudaran
sobre la conveniencia de pasármelo. Cuando por fin lo hizo, retrocedió un paso
y en su rostro volvió a aparecer esa sonrisa espantosa e incontrolable,
mientras el obispo Giese, que aguardaba en suspenso junto a nosotros, dejó
escapar un suspiro de alivio. Yo me incorporé de inmediato y me acerqué a la
ventana, temiendo que el canónigo cambiara de opinión e intentara arrebatarme
aquellas páginas.
Capítulo
3
De
revolutionibus orbium mundi
(Sólo
para matemáticos)
No
sé cómo expresar lo que sentí entonces, la extraña mezcla de emociones que
bullían dentro de mí al contemplar el mito viviente que tenía entre las manos,
la llave de los secretos del universo. Durante años, este libro había aparecido
en mis sueños y me había obsesionado en las horas de vigilia de tal modo que
ahora apenas podía comprender la realidad y tenía la impresión de que las
palabras del enmarañado manuscrito cantaban en lugar de hablar. La vibrante
majestuosidad del título resonaba como los acordes de trompetas celestiales,
acompañada por la mundanal música de violines de su cauta advertencia. No pude
evitar sonreír como un tonto ante el inexplicable milagro de la música del
Cielo y la Tierra. Luego pasé las páginas y encontré el diagrama del universo,
en cuyo centro estaba el sol resplandeciente y eternamente inmóvil; entonces la
música desapareció junto con mi sonrisa estúpida y me invadió una sensación
nueva e inesperada: ¡la pena! Pena de que la tierra fuera destronada y
desplazada hacia la oscuridad del firmamento, para moverse y girar a las
órdenes de un mudo y tiránico dios del fuego. ¡Si, amigos, sufrí por nuestra
destitución! Yo ya sabía que la teoría de Copérnico postulaba un universo
heliocéntrico —todos lo sabían— y también había leído la manoseada copia del
Comentariolus que tenía Melanchton. Además, como todo el mundo sabe, Copérnico
no fue el primero en situar al sol en el centro del universo. Sí, conocía desde
hacía mucho tiempo las teorías de aquel prusiano, pero recién aquella mañana,
en el castillo de Lóbau, descubrí las verdaderas consecuencias de su
cosmografía con una mezcla de horror y fascinación. ¡Amada tierra!, él te
expulsó para siempre a la oscuridad. Sin embargo, ¿qué importancia tenía
aquello? Yo sé que el cielo siempre será azul, que la tierra florecerá en
primavera y que este planeta continuará siendo el centro de todo lo que
conocemos.
De
vez en cuando releo el manuscrito entero; por supuesto, no lo leo palabra por
palabra, sino que lo abro, como un cirujano opera un gano, hundiendo la afilada
cuchilla de mi intelecto en sus centros vitales para dejar al desnudo las
palpitantes arterias que conducen a su corazón. Luego, en las intrincadas
fibras de aquel corazón, hago un extraño descubrimiento..., pero no diré nada
más por el momento. Cuando por fin levanté la vista de aquellas páginas,
descubrí que estaba solo. La luz palidecía a través de las ventanas, caía la
noche. El día se había marchado inadvertidamente, al igual que Giese y
Copérnico. Me dolía la cabeza, pero la obligué a pensar, a buscar una idea
insignificante y persistente que había estado allí desde la mañana, aguardando
la oportunidad para salir a la luz. Se trataba del recuerdo de Copérnico en el
instante en que yo le había pedido que me mostrara el manuscrito; entonces,
sólo un instante, su timorata máscara clérigo se había caído para revelar un
profundo desdén y una fría y de cruel arrogancia. No entendí por qué me
acordaba de eso ni la razón de que pareciera algo tan significativo; ni
siquiera estaba seguro de que no hubiese sido producto de mi imaginación, pero
me preocupaba. ¿Qué es lo que pretenden que haga? Ve con cuidado, Rheticus, me
dije, sin saber muy bien lo que quería decir...
Encontré
a Copérnico y a Giese en la gran sala del castillo, sentados en silencio en las
sillas altas y talladas que había a ambos lados de la enorme chimenea, donde
ardía ferozmente un atado de leña, a pesar del clima benigno de la tarde. Las
altas ventanas apenas dejaban pasar la claridad de la tarde, y en la penumbra,
las túnicas de las dos figuras inmóviles parecían flotar y fundirse en las
intrincadas acanaladuras de sus tronos, de modo que para mis ojos cansados no
tenían extremidades, y eran sólo un par de cabezas separadas del cuerpo,
suspendidas en el resplandor carmesí del fuego. Copérnico se había puesto lo
más cerca posible de las llamas, pero aun así daba la impresión de que tenía
frío. Al entrar en el arco de la luz vacilante que irradiaba la chimenea,
advertí que me miraba. Yo estaba cansado y me sentía incapaz de entrar en
sutilezas, así que una vez más olvidé mi propia decisión de actuar con
prudencia. Levanté el manuscrito y dije:
—Lo
he leído y pienso que es todo lo que esperaba encontrar, o incluso más de lo
que había deseado. ¿Me permitirá que se lo lleve a Petreius, el impresor de
Nüremberg?
Tardó
en contestar y el silencio se extendió a nuestro alrededor hasta que pareció
crujir.
—Esa
es una cuestión que todavía no puedo discutir —dijo por fin. Tras aquellas
palabras, el obispo se movió inquieto y puso fin a nuestra discusión
(¿discusión?). ¿Había comido? Entonces debía hacerlo. Le diría a Raphael que me
llevara la cena a mi habitación, pues sin duda debía retirarme; era tarde, yo
estaba enfermo y necesitaba dormir.
Demasiado
cansado para protestar, obedecí como una criatura somnolienta que se deja
conducir a la cama, y salí de la habitación abrazado al manuscrito, el juguete
preferido de este bebé. Miré a Copérnico, y su cabeza cortada sonrió y asintió
como si dijera: “Duerme, pequeño, ahora duerme”. Tuve la impresión de que mi
habitación tenía un aspecto diferente, aunque no atiné a precisar por qué,
hasta que a la mañana siguiente advertí que el escritorio estaba lleno de
plumas y papel, que alguien había puesto allí sin mi conocimiento.
¡Oh,
qué astutos!
Entonces
se me cruzó un pensamiento asombroso: en el castillo era feliz, tal vez más
feliz de lo que había sido en el pasado o sería en el futuro. ¿Sería verdad?
Felicidad, felicidad, escribo la palabra, la miro fijamente y no significa
nada. La felicidad, qué cosa extraña. Cuando el mundo, que en su mayor parte
está poblado por tontos e hipócritas, habla de ella, sólo alude a la
gratificación de una necesidad de amor, de venganza, de dinero o cosas por el
estilo—, pero no es eso a lo que yo me refiero. Nunca he amado a nadie y si
tuviera dinero no sabría qué hacer con él. La venganza, por supuesto, es otra
cuestión, pero a mí no me haría feliz. Lo cierto es que en Lobau yo no sabía
nada de la venganza y ni siquiera sospechaba que un día la desearía. ¿Pero de
qué estoy hablando? Ni siquiera puedo entenderme a mí mismo, estas
alucinaciones. — — Sin embargo, aquella idea no se desvanece: aquel verano en
Lobau, yo era feliz. Es como una especie de mensaje que alguien me envía desde
un lugar desconocido, como un enigma. Bien, entonces permitidme que intente
descubrir qué era lo que me hacía feliz; tal vez así pueda comprender qué es la
felicidad.
Pronto
los días adquirieron una rutina. Por la mañana me despertaban las melancólicas
campanadas que llamaban a la misa oficiada por el obispo. La idea de aquel
extraño ritual secreto de sangre y sacrificio ejecutado allí mismo, bajo la luz
pálida del amanecer, me parecía a la vez cómica y grotesca, y sin embargo me
procuraba un misterioso consuelo. Después de misa venía Raphael, con ojos
somnolientos pero llenos de infalible alegría, a alimentarme y rasurarme. Era
una criatura muy agradable y siempre estaba dispuesto a charlar o a permanecer
callado según conviniera a mi estado de ánimo. Incluso su silencio era jovial.
En varias ocasiones intenté que me diera una descripción exacta de sus
obligaciones en el obispado, pues era evidente que gozaba de una posición
privilegiada, pero sus respuestas eran siempre vagas. Se me había metido en la
cabeza la idea de que podría ser un hijo ilegítimo del obispo (¿lo sería?,
espero que no). A veces le pedía que me acompañara a tomar el aire en el bosque
cercano al castillo, pero después desaparecía de mi lado hasta la noche, pues
yo le había advertido que tenía que trabajar y que no quería que me distrajera.
El
astrónomo que estudia los movimientos de las estrellas es como un ciego que,
con la sola ayuda del bastón de las matemáticas, debe hacer un enorme,
interminable y peligroso viaje, pasando por innumerables parajes desolados. ¿Y
cuál será el resultado? Avanzará nervioso un trecho y andará a tientas
golpeando el bastón contra el suelo, pero llegará un momento en que se apoyará
en él y suplicará al cielo, a la tierra y a todos los dioses que lo ayuden en
su angustioso camino. Así, día tras día durante diez semanas, acosado por la
enfermedad, y lo que es aún peor, por las dudas sobre el objetivo de mi
trabajo, luché por descifrar la maraña de las teorías de Copérnico sobre el
movimiento de los planetas. La segunda lectura del manuscrito fue muy distinta
de aquella primera y engañosa visión cuando, extasiado por la música, fui
directamente al meollo de la cuestión e ignoré de buena gana los detalles. ¡Ah,
los detalles! Inclinado ante mi escritorio, con la cabeza entre las manos,
libré una furiosa batalla contra ellos, quejándome y murmurando, sollozando y
en ocasiones incluso riendo de forma incontrolable. Me acuerdo en especial de
los problemas que me causó la órbita de Marte, el señor de la guerra. ¡Ese
planeta es un coñazo y casi me vuelve loco! Un día, convencido de que nunca
podría comprender el misterio de su órbita, me levanté y caminé en frenéticos
círculos por la habitación, golpeando mi cabeza contra las paredes. Al final,
cuando me había dado tantos coscorrones que estaba a punto de perder el sentido,
me desplomé en el suelo mientras una risa ensordecía mis oídos y una voz
burlona —que juro procedía de la mismísima cuarta esfera— me gritaba: ¡Bien,
Rheticus, muy bien! Has encontrado lo que buscabas, porque Marte gira en el
cielo del mismo modo que tú das vueltas alrededor de esta habitación.
Como
si todo esto fuera poco, todas las noches, en lugar de descansar, me enredaba
en interminables discusiones con Copérnico, intentando convencerlo de que
publicara su obra. Estas batallas tenían lugar en la sala principal después de
la cena, donde habían puesto un tercer sillón tallado para mí frente al fuego.
Dije batallas, pero tal vez «asaltos» fuera una palabra más apropiada, pues
mientras yo atacaba, Copérnico se escondía tras un muro de imperturbable
silencio y parecía inconmovible. Permanecía sentado, envuelto en los pliegues
de su túnica, como una figura lejana y sombría, con la vista fija en el vacío y
las mandíbulas apretadas como una trampa. Por más fuerte que estuviera el
fuego, él siempre tenía frío, era como sí él mismo lo generara desde algún
helado desierto interior. Sólo cuando mis súplicas alcanzaban su mayor
intensidad, cuando fuera de mí, lleno de fervor mesiánico, me levantaba y
gritaba vehementes exhortaciones agitando los brazos, sólo entonces sus fuertes
defensas dejaban entrever alguna señal de debilidad. Entonces meneaba la cabeza
de un lado a otro, en un gesto rítmico y vehemente de negativa, mientras
aquella pavorosa sonrisa se hacía más y más amplia, el sudor resbalaba por su
frente, y como una jovencita que se excita con fantasías de violación, espiaba
en las profundidades del abismo al que yo le invitaba a saltar y se abrazaba a
sí mismo con una mirada horrorizada, llena de pánico. A veces lo acosaba tanto
que me contestaba, pero sólo para arrojar un obstáculo en el camino de mi cruel
avance, o se concentraba con atención en algún pequeño detalle de mis
argumentos, desviándose adrede de la cuestión fundamental. Por ejemplo, cuando
le dije que tenía el deber de publicar su obra, aunque sólo fuera para
demostrar los errores de Tolomeo, negó con un dedo tembloroso y gritó:
—Debemos
seguir los métodos de los antiguos, pues aquel que no confíe en ellos
permanecerá agazapado para siempre en el desierto frente a las puertas cerradas
de la ciencia, soñando los sueños de los locos sobre los movimientos de las
esferas. Allí obtendrá lo que se merece por pensar que puede sustentar sus
propias alucinaciones calumniando a los antiguos.
Giese,
por otra parte, se atribuía a sí mismo el papel de sabio mediador en aquellos
debates unilaterales y de vez en cuando intervenía con algún comentario
irrelevante, que por lo visto él consideraba inmensamente erudito y persuasivo,
y que Copérnico y yo escuchábamos con un silencio compasivo y cortés, antes de
continuar como si el viejo payaso no hubiera abierto la boca. Sin embargo, él
se contentaba con que le dejáramos decir su parlamento, pues, como todos los de
su clase, no reconocía la diferencia entre palabra y acción, y sentía que
cuando algo se decía era como si se hubiese hecho. Pero él no era el único
espectador en el campo de batalla, pues en el castillo e incluso en el pueblo
se había corrido el rumor de que en la sala principal cada noche había un
espectáculo gratuito y pronto atrajimos una audiencia de clérigos, oficiales
del castillo, prósperos comerciantes del pueblo, charlatanes en misiones
diplomáticas de paso hacia el trono de Kulm y Dios sabe cuánta gente más. Hasta
los sirvientes entraban subrepticiamente a escuchar la función de aquel loco de
Wittenberg. Al principio me molestaba tener delante a aquella masa anónima que
respiraba sigilosamente, se movía y dejaba escapar risitas ahogadas; pero con
el tiempo acabé acostumbrándome. En realidad comenzó a gustarme, y en el
círculo mágico de la luz del fuego, encerrado en aquel fuerte inexpugnable en
lo alto de la llanura, sentí que había ascendido por encima del mundo de los
seres vulgares hasta un ámbito etéreo y esotérico, donde la suciedad no podía
alcanzarme y donde yo no podía tocar la suciedad. Afuera era verano, los
campesinos trabajaban en el campo y los emperadores libraban sus guerras, pero
aquí no había nada de aquello, ni sangre ni abono, ni plantas que crecían, ni
placeres bucólicos, ni hombres que morían; en resumen, nada en absoluto, éramos
ángeles recreándonos con un juego eterno y celestial. Y yo era feliz.
Pero
si eso es la felicidad, entonces no la quiero.
* *
* *
Sí,
sí, ya llego, pero todavía estoy en Lobau. Al final mis ideas vencieron, y a
pesar de que fue a su manera y en sus propios términos, Copérnico se rindió.
Por primera vez dio señales de querer negociar en serio la noche en que
inesperadamente, sin que viniera a cuento, comenzó a farfullar con entusiasmo
acerca de un plan que según él contaría con mi más entusiasta aprobación. Yo no
debía pensar que su reticencia a publicar se debía a que sentía desprecio por
el mundo; por el contrario, como yo bien sabía (¿lo sabía?), él guardaba un
gran afecto por los hombres vulgares y no deseaba dejarlos sumidos en la
ignorancia de rerum natura, teniendo en sus manos la posibilidad de
iluminarlos. También tenía una responsabilidad para con la ciencia y el
perfeccionamiento de los métodos científicos. Tomando todo aquello en
consideración, por lo tanto, se proponía elaborar unas tablas astronómicas con
nuevas reglas para trazar el curso de las estrellas, que constituirían una
incalculable ayuda no sólo para los astrónomos sino también para los marineros,
cartógrafos, etcétera; y una vez que las tuviera listas, me permitiría
llevárselas a mi impresor de Nüremberg. Sin embargo, había algo que debía dejar
claro: que si bien las tablas computacionales tendrían reglas nuevas y exactas,
en ellas no habría pruebas. Él estaba convencido de que la publicación de la
teoría sobre la cual se fundarían las tablas trastornaría las ideas
convencionales sobre el movimiento de los astros y que, por consiguiente,
provocaría una gran conmoción; y no estaba dispuesto a ser el artífice de
aquella conmoción (la cursiva es mía). Pitágoras sostenía que los secretos de
la ciencia estaban reservados a unos pocos, los iniciados, los sabios, y
Pitágoras era un antiguo y tenía razón. En conclusión: reglas nuevas, pero
ninguna prueba que las sustentara.
Esto
no serviría de nada y él lo sabía bien, pues tan pronto como comencé a exponer
mis objeciones asintió, admitió rápidamente que era una idea estúpida y dijo
que la abandonaría. Confieso que hasta el día de hoy no he logrado comprender
por qué tramó aquel ridículo plan, si pensaba retirarlo de inmediato; a no ser
que quisiera indicarme, con sus típicos métodos indirectos, que ya estaba
dispuesto a doblegarse. El canónigo dio el asunto por concluido, pero este
pequeño detalle no iba a evitar que el obispo Giese expresara sus objeciones,
cuya formulación le costaría un enorme esfuerzo que no querría ver
desperdiciado.
—Pero,
doctor —dijo—, esas tablas serán un obsequio incompleto para el mundo si usted
no revela las teorías que las sustentan, tal como prudentemente hiciera
Tolomeo, a quien usted respeta tanto.
Copérnico,
que otra vez se había encerrado en sí mismo con aire ausente, le dio una
respuesta extraordinaria:
—La
astronomía de Tolomeo no revela nada acerca de lo existente y sólo es útil para
computar lo inexistente.
Sin
embargo, tras pronunciar aquellas palabras, recobró su compostura y adoptó una
expresión que pretendía ser de franca ignorancia, pero que en realidad le daba
aspecto de imbécil; como si no fuera consciente de haber dicho algo que, si de
verdad lo creía, hacía que todo el trabajo de su vida careciera de sentido.
Recordad que digan lo que digan ahora sobre su obra, su teoría estaba basada
por completo sobre la astronomía tolemaica y era, como él mismo señalara, sólo
una revisión de Tolomeo, al menos en sus comienzos. Acababa de admitir algo tan
importante, que en su momento no llegué a advertir su verdadero alcance y sólo
sentí el roce ligero de su ala negra en mi cara cuando pasó volando. Pero debo
de haber notado que algo trascendental acababa de suceder, que parte del muro
se desmoronaba, pues de inmediato me puse de pie y grité:
—Déjeme
llevar el manuscrito a Nüremberg. Debemos actuar ahora o callar para siempre,
¡confíe en mí!
Él
tardó en contestar. Tengo la impresión, aunque es probable que me equivoque, de
que aquella noche había muchísimo público, pues el silencio era enorme, el tipo
de silencio que se produce cuando una multitud calla por un momento,
boquiabierta ante un prodigio llamativo y artificioso. Incluso Giese guardó
silencio. Copérnico estaba sonriendo, y no me refiero a su mueca habitual, sino
a una verdadera sonrisa, tímida, bastante serena y llena de astucia.
—Dice
que debo fiarme de usted y por supuesto lo hago, claro que sí; pero el viaje a
Nüremberg es largo y peligroso y quién sabe con qué desgracias podría toparse
en el camino. ¿Qué pasaría si por desgracia perdiera el manuscrito, si se lo
robaran o lo destruyeran? Entonces toda mi obra estaría perdida y este libro me
ha llevado treinta años.
¿Qué
estaba tramando? Me miraba con una expresión fría y divertida (¡juro que era
divertida!) mientras yo me revolvía como un~ pez perdido en busca de la
respuesta correcta, la única respuesta al enigma que me planteaba. Esto era muy
distinto de todo lo que había sucedido antes, esto iba en seno.
—Entonces
haré una copia del manuscrito y la llevaré conmigo
—dije
con mucho cuidado—, usted se quedará con el original. De ese modo el libro
estará a salvo y será publicado. No veo que haya ningún problema más.
—Pero
usted podría perder la copia, ¿verdad? ¿Y qué pasaría entonces? Tengo una idea
mejor: váyase a Nüremberg y allí escriba una glosa del libro, cosa que sin duda
podrá hacer muy bien de memoria, y publíquela.
—Pero
eso ya se hizo —grité yo—. Usted mismo escribió un resumen en su
Commentariolus.
—Eso
no fue nada, nada de nada, pues estaba lleno de errores. Usted debe escribir
una descripción más precisa de mi obra. Esto tendría ventajas para ambos: usted
ganará fama en el mundo de la ciencia y preparará el camino a la publicación de
mi libro. Usted será una especie.. —volvió a sonreír—, una especie de Juan el
Bautista, el profeta.
Había
ganado y lo sabía, así que agaché la cabeza, derrotado.
—De
acuerdo —dije—, escribiré una glosa, si soy capaz de hacerlo.
¡Ah,
su sonrisa, su pequeña sonrisa, qué bien la recuerdo!
—Creo
que es un plan estupendo, ¿y usted?
—Sí,
sí... Pero ¿cuándo publicará De revolutionibus?
—Bueno,
ahora que lo pienso, no veo la necesidad de publicarlo, si su glosa es lo
suficientemente completa.
—Pero,
¿y su libro?, ¿su obra de treinta años?
—El
libro no es necesario. —
—¿E
intenta...?
—Destruirlo.
—¿Destruirlo?
—Pues
sí.
¡Con
qué sencillez y ligereza lo decía!, ¡qué convincente sonaba! Así fue como
concebí mi Narratio prima, la obra que en los treinta y seis años transcurridos
desde su publicación ha ganado tanta fama (para él, y no para mi, pues el
trabajo era suyo). No he pretendido presentar un relato estrictamente literal
de cómo me engañaron para que lo escribiera, sino que me he contentado con
demostrar la astucia con que se aprovecharon de mi entusiasmo juvenil y de mi
ingenuidad para sus propios y sospechosos fines. Aquella sugerencia estúpida de
que me fuera de inmediato a Nüremberg y escribiera un resumen de memoria, era
sólo parte de la trampa, por supuesto, pues era una concesión y por lo tanto lo
hacía parecer generoso. De todos modos, tenía que ceder, pues yo no tenía
intenciones de apartarme de él tras oírle amenazar con quemar su libro (aunque
debo confesar que no podía creer en su amenaza, aun así...).
Comencé
a escribir aquella misma noche. El libro de Copérnico está estructurado en seis
partes, cada una más compleja y difícil que la anterior. Para entonces yo ya
estaba totalmente familiarizado con las tres primeras, comprendía bastante bien
la cuarta y sólo tenía una idea general de las dos últimas. Pero lo logré, ¡lo
logré!, y la Narratio prima, como podréis observar, aunque no sea todo lo
elegante que me gustaría, es una obra brillante. ¿Quién otro —lo pregunto con
toda modestia— podría haber hecho en tan poco tiempo una versión tan
condensada, tan sucinta de aquella enredada trama de teorías astronómicas?,
¿quién sino yo? ¿Y acaso me ayudó en la tarea el domine praeceptor?, ¡pues
claro que no! Cada tarde, cuando acababa el trabajo del día, él venía con
alguna excusa estúpida y se llevaba el valioso manuscrito. ¿Tendría miedo de
que me lo comiera? ¡Y cómo temblaba, se agitaba y se preocupaba!, me tiraba de
la manga con nerviosismo, acosándome con advertencias y prohibiciones. Decía
que no debía mencionar su nombre; pero entonces, ¿cómo tenía que hacerlo? ¿Una
teoría sin creador? ¿Tenía que decir que el trabajo era mío? ~Ah, eso sí que
tendría que pensarlo dos veces! Se fue, meditó un par de días y volvió para
decirme que si era necesario que lo citara, que lo hiciera con el nombre de
doctor Nicolás de Torun. Muy bien, ¿a mí qué me importaba? Por mí como si
quisiera que lo llamara el Loco Kaspar o Mandricardo el Terrible. Así fue como
escribí el siguiente título:
Al
Ilustrísimo Doctor Johannes Schöner, un resumen del Libro de los Movimientos
Celestes del más ilustre y excelente matemático, el reverendo padre doctor
Nicolás de Torun, canónigo de Ermland, en la versión de un joven estudiante de
matemáticas.
¡Qué
susto iba a pegarse el viejo Schöner, que me había enseñado matemáticas y
astronomía en Nüremberg!, al verse así mismo como blanco involuntario, por
decirlo de algún modo, de aquella polémica obra. La dedicación era una
artimaña, pues el nombre de Schöner no podía otorgar respetabilidad a un
trabajo que, como yo bien sabía, iba a alborotar el adormecido panal de abejas
académicas y hacerlas zumbar. Además, por añadidura y en cierto modo para
aplacar a Dantiscus, agregué el Encomium Borussiae, una aduladora descripción
de Prusia, de sus grandiosos intelectuales, su riqueza en ámbar y otros
materiales preciosos, sus gloriosas vistas a los pantanos y al mar gris
pizarra, que me hizo devanar los sesos buscando metáforas bonitas y alusiones
de estilo clásico. Y como había decidido imprimir en Danzig en lugar de en
Nüremberg, pues estaba sólo a un día de viaje y el alcalde, un tal John de
Werden, me había invitado a visitarlo, aproveché la oportunidad para dedicarle
unas pocas palabras de afecto a la ciudad y al poderoso Aquiles que tenía por
alcalde.
Terminé
la Narratio prima el 23 de septiembre de 1 539. Para entonces ya habíamos
vuelto a Frauenburg, y aunque no puedo decir que estuviera encantado de
encontrarme otra vez en aquella espantosa ciudad, al menos sentí un gran alivio
al librarme del tonto de Giese y del hechizado castillo de Lóbau (dejar a
Raphael fue mucho más difícil, por supuesto…). Solo con Copérnico en su fría
torre, las cosas quedaron claras y pude ver el abismo que había entre su temor
a los cambios y mi firme fe en el progreso. Pero ya hablaré de eso luego. Dije
que estábamos solos en la torre, pero ¿cómo pude olvidar esa otra presencia que
se alzaba entre nosotros como un pavoroso basilisco cuya mirada funesta
vigilaba todos mis movimientos y cuyo furioso silencio nos envolvía como una
mortaja? Me refiero a Anna Schillings, aquella horripilante mujer. No había
cumplido la promesa de marcharse antes de que volviéramos y estaba allí,
aguardándonos con actitud sombría, con los brazos cruzados bajo aquel enorme
pecho. ¡Oh, no, Anna, nunca te olvidaré! No debía de ser mucho más joven que
Copérnico, pero tenía una gran fortaleza, alimentada por la amargura y el
rencor, que disimulaba su edad. A mí me odiaba con toda su alma, pues estaba
celosa. No me hubiera extrañado que intentara matarme y confieso que cuando
tenía frente a mí aquellos potajes verdosos con que nos alimentaba, la idea de
un envenenamiento se cruzaba a menudo por mi cabeza. Hablando de
envenenamiento, creo que Copérnico debe de haber considerado la posibilidad de
librarse de aquella molesta mujer, pues recuerdo haberlo visto preparar una
pócima apestosa para curarla de alguna de sus innumerables dolencias. Mientras
mezclaba la medicina en el mortero una y otra vez, tenía una pequeña sonrisa
melancólica y maligna, como si le estuviera arrancando los ojos. Por supuesto,
nunca hubiera soñado con una solución tan drástica, pues más que a la bruja
misma creo que temía a la idea de que su fantasma viniera a perseguirlo.
Insistió
para que me alojara con él en la torre y yo me sentí halagado, hasta que
descubrí que no me quería allí para disfrutar de mi compañía, sino para tenerme
de aliado contra Anna Schillings. Sin embargo, debo admitir que en ese aspecto
no pude ayudarlo mucho. Sin duda, yo la controlaba y pronto aprendió a tratarme
con cuidado; pero cuando no conseguía nada de mí, se dedicaba a atormentar al
desafortunado Copérnico, de modo que mi presencia no hacía otra cosa que
aumentar sus problemas. Cuando ella se le acercaba, él se sobresaltaba y se
hundía en la coraza de su túnica, como si temiera que fuera a tirarle de las
orejas. A mí no me inspiraba compasión, pues sólo tenía que armarse de coraje
(¡qué frase tan curiosa!) para echarla a patadas, denunciarla como bruja o
envenenaría, y todo se hubiese arreglado. Al fin y al cabo, ¿por qué tenía
tanto poder sobre él? Decían que la había rescatado de una situación sórdida y
que era prima lejana suya. Debo confesar que especular sobre este asunto me
producía náuseas, pero deduje que años atrás, cuando aún serían capaces de algo
así, ella habría utilizado el sexo para someterlo a su voluntad. Ya había visto
antes cómo los hombres se convertían en esclavos bajo la tiranía de un coño.
¡Mujeres! No tengo nada contra ellas mientras guarden su lugar, pero soy
consciente de que sólo tienen que dominar unos pocos trucos circenses en la
cama para convertirse en verdaderas Circes. ¡Ah, déjalo, Rheticus, déjalo!
Cuando
digo que no me compadecía de su situación, tampoco quiero decir que me
resultara indiferente. Había acabado mi Narratio prima, estaba listo para
marchar a Danzig y de ahí debía seguir hacia Wittenberg, pues ya había estado
fuera más días de lo que me correspondía. Esto significaba que no podría volver
a Frauenburg antes del verano siguiente, y sólo Dios sabía cuántas desgracias
podrían ocurrir en ese tiempo. Copérnico era un viejo poco saludable y su
voluntad se estaba debilitando, Dantiscus había vuelto a atacar y casi todas
las semanas enviaba alguna carta referida a Amia Schillings, llena de amenazas
veladas disfrazadas de afecto y falsa preocupación por la reputación del
astrónomo. En el semblante intranquilo y sombrío de Copérnico, yo notaba que
cada carta nueva ponía en peligro la supervivencia del manuscrito. Sabía que,
tal como Giese me había contado aquel día en el bosque de Lobau, cuando
Dantiscus hablaba de su obligación de desterrar el vicio de su diócesis, se
refería a algo completamente distinto, a la feroz envidia que sentía hacia
Copérnico. ¿Resistiría el Meister hasta que yo volviera?, ¿o las afrentas de la
Schillings y las amenazas de Dantiscus lo conducirían a quemar el libro y
encerrarse en su madriguera para conseguir paz y silencio? Era un riesgo que yo
no quería correr. Si no podíamos librarnos de la Schillings —y pronto me di
cuenta de que era imposible deshacerse de aquella repulsiva masa de carne y
furia—, entonces aquel a quien utilizaba como arma debía convencerla de que la
guerra que peleaba ya estaba perdida (otro acertijo, la solución viene
enseguida). Hice un último y simbólico esfuerzo por arrancar el manuscrito de
las garras del viejo; pero él me miró con expresión apenada y acusatoria y no
dijo una palabra, así que preparé mi equipaje y me despedí de Frauenburg.
No
voy a extenderme sobre mi estancia en Danzig. El alcalde, mi anfitrión, el
gordo Jack de Werden, era un burgués grosero y pedante que se deleitaba con
todo tipo de comidas y con la elaboración de ampulosos discursos de
autoveneración. Estaba encantado de tener como invitado a la más exótica de las
bestias, o sea a un erudito luterano alemán, así que no perdía oportunidad de
lucirme ante sus amigos y, en especial, ante sus enemigos. ¡Oh, me divertí
mucho en Danzig! Sin embargo, el impresor al que llevé el manuscrito de mi
Narratio era un individuo bastante educado y sorprendentemente competente para
ser un trabajador, sobre todo en un lugar así, en medio de la selva. La primera
edición se terminó de imprimir en febrero de 1540. Se enviaron copias a Frauenburg
y al castillo de Lóbau, desde donde Giese despachó una hacia Königsberg para el
duque luterano Albrecht de Prusia del Este. Fue una jugada astuta, como yo
mismo descubriría más tarde, pero sin embargo molestó muchísimo al canónigo,
pues entre ellos se interponía un antiguo rencor. Yo, por mi parte, también
tuve una idea inteligente que sería bien recompensada: mi amigo Perminius
Gassarus, tras recibir la copia que yo le había enviado, se apresuró a sacar
una segunda edición en Basilea financiada con su propio dinero, lo cual me
ahorraría muchos gastos. Estas publicaciones resultaban onerosas, y digan lo
que digan, yo nunca recibí ayuda —ni un céntimo— de aquel viejo tacaño de
Frauenburg, a pesar de que él era el único que se beneficiaba con todo esto. Recordad
que los volúmenes enviados al duque y a los demás eran gratuitos (a pesar de
que Perminius, el muy tonto, no sólo compensó mi regalo del modo que comenté
antes, sino que me envió una moneda de oro, para mi secreto alborozo); y además
de Giese y el propio Copérnico, también recibieron copias Schöner, Melanchton y
muchos otros eruditos y clérigos; incluyendo a Dantiscus, ante cuya presencia,
en el castillo de Heilsberg, vi por primera vez mi libro impreso... Si, fue en
Heilsberg donde vi por fin la Narratio prima encuadernada. Así fue como
sucedió: como el impresor me pareció un hombre de fiar, dejé el trabajo en sus
manos, preparé mi equipaje, me despedí del gordo Jack y sus amigos y emprendí
el largo camino hacia Heilsberg. Fue una locura hacer un viaje tan espantoso
por el bien de alguien que no lo merecía y que me lo agradecería con una feroz
retahíla de insultos. Pero como ya he dicho antes, entonces yo era joven y no
tan listo como ahora. De todos modos, a pesar de mi delicado estado de salud y
de las insalubres emanaciones de los pantanos prusianos en invierno, además de
las lamentables condiciones en que tuve que viajar (caballos cojos, posadas
asquerosas, etcétera), llegué a Heilsberg a principios de marzo, no mucho peor
de lo que salí. Impetuoso como siempre, fui directamente al castillo y pedí ver
al obispo. Por supuesto había olvidado que uno no puede acercarse a estos
príncipes del papa y cogerlos afectuosamente del brazo. ¡Oh, no!, primero hay
que cumplir con las formalidades. Pues bien, no voy a entrar en de talles,
baste con decir que pasaron varios días antes de que una mañana pudiera
traspasar la puerta y entrar en el enorme patio del castillo. Allí me esperaba
un clérigo adulador, un subalterno de mejillas mal afeitadas que me inspeccionó
con largas miradas furtivas, frunciendo la punta de su nariz roja y agrietada,
y me dijo que el obispo acababa de llegar de caza, pero sin embargo tendría la
bondad de recibirme sin más demora. De camino a su santuario, pasamos junto a
un carro, aparcado en una de las galerías abovedadas del patio, donde yacían
las presas del día: un par de jabalíes —uno de ellos todavía retorciéndose en
su agonía— y una pobre gama destrozada con las tripas afuera. Aún ahora, cuando
pienso en Dantiscus, la primera imagen que me viene a la cabeza es la de
aquella carne caliente y lacerada.
Esperaba
ver a alguien como Giese, un viejo tonto, pomposo y pesado, un miserable
provinciano con menos clase que una carreta de bueyes, pero me equivoqué.
Johannes Flachsbinder tenía cincuenta y cuatro años cuando yo lo conocí y era
un hombre fuerte y atractivo que llevaba muy bien su edad; y a pesar de ser el
hijo de un simple fabricante de cerveza, andaba con la gracia de un
aristócrata. En su juventud había sido soldado, estudiante, diplomático y poeta
y había viajado por toda Europa, Arabia y la Tierra Santa. Contaba entre sus
amistades a príncipes y emperadores, además de algunos de los más importantes
científicos y exploradores de la época. Sus aventuras amorosas eran famosas,
tanto por los rumores como por sus propios versos, y era difícil encontrar un
rincón del mundo civilizado que no se enorgulleciera de albergar a uno de sus
hijos ilegítimos. Decían que su preferida era una hija que había tenido con una
noble toledana y que derrochaba amor y dinero en aquella criatura sin
importarle lo que dijera Roma. No temía a nadie, y en lo más álgido de la
polémica con Lutero, siguió manteniendo relaciones con importantes
protestantes, incluso cuando el mismísimo papa amenazaba con cortar sus
cabezas. Sí, Dantiscus era un hombre brillante, valiente y elegante. Y también
un marrano, un fraude, un hijo de puta mentiroso y vengativo. Lo encontré en
una sala dorada, desayunando carne de venado con vino tinto, rodeado por una
curiosa pandilla de cazadores, aduladores y músicos. Las ropas de campesino de
Giese me habían parecido ridículas, pero el atuendo de aquel tipo era
carnavalesco: estaba vestido de seda y terciopelo, botas altas de piel fina, un
cinturón con incrustaciones de plata y… —¡no les miento!— un par de ajustados
guantes de color púrpura. Uno podía imaginar a un príncipe o a uno de esos
dandis italianos saliendo a cazar con tales perifollos…¡pero a un obispo
prusiano! Es increíble el valor que los clérigos romanos le atribuyen a la mera
exhibición, sin ella, o sea sin sus sedas y cosas por el estilo, parece que se
sintieran desnudos. Pero aquellos atavíos, la música y el lujo florentino de la
sala no podían disimular la verdadera naturaleza de ese autócrata duro y
despiadado. Era un hombre corpulento, de constitución robusta, medio calvo, con
una frente alta y brillante, nariz corva y ojos de color azul clarísimo que
parecían los de un pájaro extraño y desconfiado. Cuando me vio entrar, se
levantó e hizo una reverencia acompañada de una amable sonrisa, aunque la
mirada con que me contempló de arriba abajo fue tan punzante como la punta de
un cuchillo. Era un hombre de modales educados y cálidos, con apenas un leve
deje de arrogancia, y mientras hablaba o escuchaba, una ligera sonrisa se
dibujaba en sus labios y en sus ojos, como si detrás de mí tuviera lugar un
incidente ridículo que yo no advertía y él no se atrevía a hacerme notar. ¡Oh,
sí, era un individuo muy refinado! Volvió a su sitio y me invitó a sentar con
un gesto pomposo.
—Herr
von Lauchen —dijo—, nos sentimos honrados con su presencia. En estos remotos
confines de la tierra, no solemos recibir visitas de personajes famosos. ¡Oh,
sí, por supuesto que había oído hablar de usted!, aunque confieso que no había
imaginado que fuera tan joven. ¿Puedo preguntarle qué lo trae por Heilsberg?
Me
había hecho esperar tres días por una audiencia, pero no iba a dejarme
impresionar por sus empalagosas palabras. Lo miré a los ojos y dije sin rodeos:
—He
venido a hablar con usted, obispo.
—¿Ah,
sí?, me siento halagado.
—¿Halagado,
señor? No veo por qué. Yo no he hecho el viaje hasta este... lugar para halagar
a nadie. Eso le puso la sangre en el ojo, al fin y al cabo no todos los días
alguien le habla así a un obispo. Su sonrisa desapareció con tal rapidez que
juro que oí el ruido sibilino que produjo su partida. Sin embargo, su
perplejidad no duró mucho, chasqueó la lengua con suavidad, se incorporó y
dijo:
—Mi
querido señor, me parece muy bien, pues detesto a los aduladores. Pero ahora
venga, quiero enseñarle algo que le interesará.
La
concurrencia se puso de pie al vemos marchar, y al llegar a la puerta,
Dantiscus reflexionó un momento, se volvió con expresión de impaciencia,
destinada seguramente a ganar mi aprobación luterana, y agitó la mano por el
aire en una bendición apresurada. Subimos en silencio las escaleras que
conducían a su estudio, una habitación larga y de techo bajo con paredes
cubiertas de frescos otra vez en tonos azules y dorados, situada en una torre
del ala izquierda del castillo. Aquella ventana, pensé, daba a la misma
extensión de cielo que la lejana torre de Copérnico. Me quedé asombrado,
incluso bastante confuso, pues así era como yo había imaginado el observatorio
de Copérnico antes de llegar a Prusia. El lugar estaba repleto de instrumentos
habidos y por haber para el arte de la astronomía: globos de cobre y bronce,
astrolabios, cuadrantes, una especie de triquetrum mucho más complicado que los
que yo conocía y, en el lugar principal, una representación del universo
exquisitamente elaborada con varillas y esferas de oro, ante la cual me quedé
boquiabierto, pues estaba basada en la teoría de Copérnico propuesta en su
Commentariolus. Dantiscus, sonriente, fingió no notar mi consternación, fue
directamente hacia su escritorio, sacó un libro de un cajón y me lo dio. Ésa
fue otra gran sorpresa: era mi Narratio prima, fresca como el pan recién sacado
del horno y todavía oliendo a las prensas y al material de encuadernación. Esta
vez el obispo no pudo contenerse y dejó escapar una carcajada, sin duda mi cara
merecería aquella risa.
—Perdóneme,
amigo —dijo—, no debería haberlo sorprendido así. ¿Es la primera vez que ve el
libro impreso? Tiedemann Giese, a quien creo que ya conoce, tuvo la amabilidad
de enviarme una copia. El mensajero me lo trajo ayer, pero ya lo he leído casi
todo y lo encuentro fascinante. Me ha impresionado la claridad de la obra y su
precisa comprensión de la teoría.
¡Giese!,
el mismo que fruncía la nariz sólo con mencionar el nombre de Dantiscus, el que
me había hablado de la deslealtad de aquel hombre, de las conspiraciones que
habían atormentado durante años a nuestro domine praeceptor; el mismo Giese
había enviado, por propia iniciativa, aquel extraordinario obsequio a nuestro
antiguo enemigo. ¿Por qué? Una frase surgió de la nada en mi cabeza: ¿qué
quieren de mí? Pero entonces me regañé a mí mismo y aparté las vagas sospechas
que comenzaban a cobrar forma dentro de mí. Sin duda todo tendría una
explicación muy simple. Era probable que el viejo y torpe Giese, convencido de
actuar como un astuto diablillo, hubiera considerado que valía la pena
contratar un mensajero y enviar a toda prisa el libro a Heilsberg para ablandar
el duro corazón del obispo. Aquella fantasía me conmovió y me pregunté si mi
primera impresión de Tiedemann Giese no habría sido errónea y si, después de
todo, no sería un tipo amable e inteligente que sólo pretendía favorecer a mi
magister. ¡Oh, Rheticus, qué tonto eres! El obispo seguía hablando y mientras
lo hacia se movía entre los instrumentos, apoyaba sus manos suavemente sobre
ellos, como si acariciara las cabezas aterciopeladas de sus hijos bastardos.
—Esta
habitación pertenecía al canónigo —dijo—, cuando era secretario de su difunto
tío, mi predecesor aquí en Heilsberg. Yo soy sólo un aficionado a la noble
ciencia de la astronomía, y sin embargo poseo algunos instrumentos, como puede
usted ver. Así que cuando vine aquí por primera vez, se me ocurrió que esta
pequeña habitación sería el lugar más apropiado para guardarlos ya que, sin
duda aún albergará los ecos de los pensamientos del gran maestro. Pienso que
fue una sabia elección, pues tal vez estos ecos pueden rozar las ideas de una
mente humilde como la mía e inspiraría, ¿no lo cree?
No,
no creía en nada por el estilo. Aquel lugar estaba muerto, era una especie de
cadáver decorado; había olvidado a Copérnico y las huellas de su sombría
presencia habían sido borradas por frescos llamativos.
—Señor
—le dije—, me alegro de que haya sacado el tema de mi domine praeceptor, pues
es de él de quien quiero hablar con usted. —Él hizo una pausa en su paseo y me
dirigió una mirada penetrante y desconfiada. Tuve la impresión de que iba a
decir algo, pero vaciló y me hizo señas de que continuara. — Ya que su
excelencia, el obispo Giese —dije—, ha estado en comunicación con usted, tal
vez le haya comentado que pasé unos meses en el castillo de Lobau con el doctor
Copérnico; pero lo que no le habrá explicado, seguramente, es el motivo de
nuestra visita. —Aquí desvié la vista para no tener que enfrentarme con su
mirada mientras continuaba hablando, pues cuando miento se me nota en la cara y
estaba a punto de decirle una mentira.— Fuimos a Lobau, señor, para discutir
con tranquilidad y en soledad la inminente publicación del libro del doctor, De
revolutionibus orbium mundi, una obra de la que ya habrá oído hablar.
No
pareció reparar en la ironía de la última frase, pues me miró un instante y
luego, ante mi asombro e incluso horror, vino hacia mí con los brazos abiertos.
Debo confesar que me asustó, pues tenía una sonrisa de maníaco que daba a su
nariz corva un aspecto aún más espantoso, como si su punta corriera peligro de
perderse entre los dientes que ahora dejaba al descubierto. Por un instante
tuve la impresión de que iba a abalanzarse sobre mí y devorarme. Sin embargo,
sólo apoyó sus manos sobre mis hombros y dijo:
—¡Pero,
señor, ésa es una noticia espléndida!
—¿Eh?
—¿Cómo
ha logrado persuadirlo? Le aseguro que llevo años intentando convencerlo, como
tantos otros, y nunca he tenido éxito. Sin embargo, ahora viene usted desde
Wittenberg y lo consigue a la primera. ¡Espléndido! ¡Maravilloso!
Entonces
retrocedió, como si se diera cuenta de que todos esos gritos y palmadas en la
espalda no eran la conducta más apropiada para un obispo, y volvió a esbozar
aquella ligera sonrisa, aunque esta vez con cierta timidez.
—Me
alegra que se muestre tan contento con la noticia.
Él
frunció el entrecejo, sorprendido por la frialdad de mi tono.
—Claro
que sí, estoy muy contento. Y repito que debo felicitarlo a usted por haberlo
conseguido.
—Muchas
gracias.
—Por
favor, no tiene nada que agradecer.
—Sin
embargo, lo hago.
—Bueno,
pues gracias a usted también.
—Señor.
—Señor.
Nos
separamos y depusimos las armas, como si estuviéramos librando un combate, pero
entonces yo hice un súbito avance y le asesté un fuerte golpe.
—Sin
embargo, señor obispo, me han dicho que Roma no recibirá con mucho entusiasmo
la publicación de este libro. ¿Me han informado mal?
Me
miró y soltó una pequeña risita.
—Tomemos
una copa de vino, amigo —dijo.
Así
terminó el primer asalto. Yo no estaba del todo disconforme con mi actuación
hasta ese momento, pero cuando trajeron el vino fui tan tonto como para beber
demasiado, y poco después me creía el mejor espadachín del mundo. Aquel vino y
la arrogancia que despertó en mí fueron culpables de la humillación que siguió.
—Mi
querido von Lauchen, empiezo a entender por qué ha venido a Heilberg. ¿Es
posible que no me crea cuando le digo que la noticia que me ha dado hoy me
llena de satisfacción? ¡Oh!, ya sé que el canónigo piensa que lo odio y que,
Dios sabe por qué, no me interesa que publique su libro. Ya veo que él le ha
dicho todo eso, pero créame, amigo, está equivocado y comete una grave
injusticia. A estos falsos cargos yo le contesto así —pero venga, permítame que
le llene la copa—: ¿acaso ha olvidado que durante los últimos seis años he
insistido en que hablara, en que hiciera pública su teoría? Meinherr Lauchen,
para serle sincero, Copérnico ya me tiene cansado y no puedo evitar sentirme
ofendido cuando usted llega y me dice que una sola palabra suya bastó para convencerlo.
Yo
me encogí de hombros.
—¿Y
qué hay de Amia Schillings, señor? Dicen que usted lo acusa de llevársela a la
cama, ¡y ella es su prima! Yo creo, amigo, que en lugar de con amor usted lo
juzga con malicia.
—~Ah!,
estoy de acuerdo con que es un asunto muy desagradable
—dijo
con la cabeza gacha—, pero, Mein Herr, como obispo de este trono, tengo la
absoluta obligación de asegurarme de que los sacerdotes de la santa Iglesia
abandonen todos los vicios. ¿Qué puedo hacer? El doctor insiste en que esta
prima siga en su casa, y la cuestión es mucho más complicada de lo que usted
cree, como usted mismo advertirá si me permite explicárselo. Para empezar,
corren malos tiempos y la Iglesia, amigo mío, teme las calumnias de Lutero y
debe defender su mancillada reputación. En segundo lugar, mis ataques no iban
dirigidos especialmente hacia el canónigo Nicolás, sino hacia un tal Sculteti,
también canónigo de Frauenburg, un individuo muy astuto; pues no sólo vive en
pecado, sino que también conspira en contra de la Iglesia y hace correr falsos
rumores. Además tiene contactos con los alemanes... ¡Ejem! ¿Más vino? Pero esto
no tiene nada que ver con lo que quiero decirle; mi intención es dejar claro
que siento un gran afecto por el doctor y que haría cualquier cosa por
ahorrarle cualquier dolor. Ah, por favor, no piense mal de la Iglesia. Todas
estas cuestiones... triviales, son producto de la mala época que estamos
pasando; sólo son locuras pasajeras y como tales desaparecerán, mientras que la
magnífica obra del maestro perdurará, de eso si estoy seguro. Y ahora, amigo
mío, brindemos: ¡por usted!, ¡por todos nosotros!, ¡y por De revolutionibus!
Vacié
la copa, y cuando miré a mi alrededor, me sorprendió advertir que habíamos
dejado la torre y estábamos al aire libre, en un alto balcón. Debajo de
nosotros estaba el patio, inundado por una intensa luz de color limón y lleno
de extrañas criaturas reducidas que iban y venían de aquí para allí de forma
cómica. Tenía la impresión de que me fallaba el equilibrio pues mi cuerpo se
inclinaba completamente hacia un lado. Dantiscus, que cada vez se parecía más a
un estúpido principillo italiano, seguía hablando. Por lo visto yo había dejado
de escucharlo hacia un buen rato, pues no entendía muy bien lo que decía.
—¡Ciencia!
¡Progreso! ¡Renacimiento! ¡La Nueva Era! ¿Y usted qué dice, amigo?
—Sssí,
¡oh, sí!
Luego
hubo más vino, charla, música y muchas carcajadas. Yo me puse cada vez más
contento y pensé que, después de todo, Dantiscus era un tipo formidable, —tan
educado e inteligente! Más tarde me homenajearon en medio de una multitud
ruidosa, ante la cual hablé de diversos temas como la ciencia, el progreso, y
la nueva era, hasta que acabé poniéndome en ridículo. Al amanecer me desperté
en una habitación extraña, con un espantoso dolor de cabeza y deseos de morir.
Me escabullí del castillo sin ver a nadie y hui de Heilsberg para no volver
nunca más.
¿Qué
podía pensar de Dantiscus, bajo la intolerable luz del día? Me había atosigado
de bebida y halagos, me había homenajeado y había brindado por una publicación
que, según Giese, deseaba que nunca se llevara a cabo. Después de mucho
discutir conmigo mismo, decidí que a pesar de todo era un bribón. — ¿No había
ordenado la quema de libros? ¿No había amenazado con quemar o torturar a los
luteranos? ¿No había acosado sin piedad a mi domine praeceptor? Ni el vino, ni
los halagos, ni la charla sobre el progreso podrían borrar aquellos crímenes.
¡Tunante! ¡Víbora! ¡Oh, sí!
Antes
de seguir, me gustaría comentar algo más, aunque hasta el día de hoy no estoy
seguro de si lo que voy a relatar ocurrió de verdad. Al día siguiente, cuando
ya estaba lejos de Heilsberg, me preguntaba con temor si Dantiscus, al ver que
me había ido sin decirle nada, enviaría a buscarme y me arrastraría de nuevo al
castillo para otra sesión de bebida y juerga. Entonces, como si un alga enorme
cayera sobre mí desde un cielo que un momento antes había estado claro,
irrumpió en mi cabeza el recuerdo —lo llamo recuerdo por conveniencia— de haber
visto a Raphael la noche anterior en el castillo. ¡Sí, Raphael, el muchachito
risueño de Lobau! Lo había visto en el patio, rodeado de la luz color limón y
las figuras que iban y venían, montado en un caballo negro. ¡Con qué claridad
lo recordaba, o al menos creía hacerlo! Había crecido un poco desde la última
vez que lo viera, pues se hallaba en esa edad en que los niños dan un estirón
como los árboles, y estaba muy elegante con capa, botas y sombrero. Parecía un
pequeño caballero, pues era Raphael, sin lugar a dudas, lo hubiese reconocido
en cualquier sitio y a cualquier edad. Todavía puedo ver aquella escena, la luz
y los rizos de los flancos negro—azulados del caballo, la mano del jinete en
las bridas su figura delgada, con la capa, el gorro carmesí, las botas, ¡qué
hermoso chico! Todavía veo aquella escena y me pregunto si algo tan frágil y
tierno como ese recuerdo no habrá sobrevivido tanto tiempo sólo para darme
consuelo y volverme a la juventud, aquí, en este horrible lugar. Raphael.
Escribo el nombre despacio, lo pronuncio con suavidad y escucho ecos etéreos de
cantos de serafines. Raphael. Todavía se me llenan los ojos de lágrimas. ¿Por
qué estaba allí, tan lejos de casa? Lo llamé, demasiado tarde porque ya estaba
en la puerta, camino a casa, y entonces Dantiscus me había cogido del brazo y
me había dicho: «Amigo, debe tener cuidado», con una mirada extraña. ¿O no me
lo había dicho? ¿Lo habré imaginado todo? ¿Era un sueño del que aún no había
despertado? Si así fuera, si sólo se trataba de una alucinación provocada por
el alcohol, entonces debo decir que fue una imagen hasta cierto punto
profética, como demostraré en su momento.
Volví
a casa en Wittenberg sólo para descubrir que ya no era mi casa. ¿Cómo explicar
esta extraña sensación? Estoy seguro de que la conoceréis bien. La universidad,
mis amigos y profesores, mis libros, todos estaban tal cual los había dejado; y
sin embargo, ya no era lo mismo. Era como si una plaga imperceptible hubiera
contaminado todo lo que conocía, el corazón, el centro esencial de las cosas,
mientras la superficie seguía intacta. Me llevó algún tiempo descubrir que no
era Wittenberg la contaminada, sino yo mismo. El mago de Frauenburg me había
hechizado y sabía bien que sólo había una cosa capaz de liberarme del
encantamiento. Aunque parezca extraño, después de mi deshonrosa huida de
Heilsberg, el interés por la obra de Copérnico me abandonó por completo, y a
pesar de la mentira que le había contado a Dantiscus sobre mi imaginario
triunfo en Lobau, no tenía intenciones de persuadir a Copérnico de que
publicara. Digo que el interés me abandonó y no viceversa porque fue realmente
así; mi voluntad no intervino para nada: la idea de regresar a Frauenburg y
librar otra batalla con él simplemente desapareció y fue como si nunca hubiese
estado allí. ¿Sería un sexto sentido que me avisaba del peligro que me
aguardaba en Prusia? En tal caso, la advertencia no fue lo suficientemente
fuerte, pues poco tiempo después de mi llegada a Wittenberg, comencé a
escribirme con Petreius, el impresor. Me mostré dudoso y le dije que no era el
momento de publicar la obra principal, pero que estaba preparando una Narratio
secunda (cosa que no era cierta) y que como contendría muchos diagramas y
tablas sacadas directamente de De revolutionibus, necesitaba saber si sus
tipógrafos y artesanos serían capaces de hacerlo con todo detalle, etcétera.
Sin embargo, a pesar de toda mi cautela y de mis circunloquios, Petreius, sin
malicia y con toda su buena intención, ignoró mi mención de una segunda
Narratio y contestó ofendido que, como yo ya debía saber, nadie podía superar a
sus artesanos en lo referente a obras científicas. Agregaba que confiaba en
hacer un buen trabajo y que para él sería un placer publicar el tratado de
Copérnico del que tanto había oído hablar.
A
pesar de que aquella pomposa carta me hizo sentir molesto y confundido, pronto
la consideré como un presagio y volví a acariciar la idea de ir a Frauenburg—
Como comprenderéis, no pretendía salir disparado hacia el norte otra vez,
precipitadamente, jadeando de entusiasmo, sólo para volver a hacer el ridículo.
¡Oh, no!, esta vez viajaría por mi propio bien, para encontrarme a mí mismo y
liberarme del hechizo. Luego volvería a casa, a mi amada Wittenberg, la
encontraría entera otra vez y recuperaría la paz. Por lo tanto, me armé de
valor y partí en cuanto pude, viajando en carros de correo, a caballo e incluso
a veces a pie. Llegué a Frauenburg a fines del verano de 1540 y fue un alivio
descubrir que Copérnico seguía vivo y en posesión de sus facultades, o al menos
de casi todas. Me recibió con su característico entusiasmo, o sea: un respingo,
una mirada de búho y un frío apretón de manos. La Schillings seguía con él, y
Dantiscus, no necesito decirlo, continuaba insistiendo para que se fuera,
aunque ya hacía tiempo que utilizaba a Giese para que transmitiera sus amenazas
Sculteti, el aliado de Copérnico en el asunto de las focarias que había
mencionado Dantiscus, había sido expulsado del Capítulo y había huido a Italia.
Su partida, sumada a la actitud cada vez más acuciante de Dantiscus, había
obligado a Copérnico a hacer un último y desesperado esfuerzo —aunque inútil—
para librarse de ella. Habían tenido una pelea terrible (lo típico, supongo:
platos rotos, gritos y una vasija que rompería el cristal de la ventana yendo a
dar contra la cabeza de un transeúnte), tras la cual la Mádchen había hecho su
equipaje y lo había enviado a Danzig pagando un elevado precio (con dinero del
canónigo). Allí, uno de los pocos familiares que le quedaban tenía una posada o
un burdel, no recuerdo bien— Sin embargo, parecía considerar esa partida
simbólica, por llamarla de algún modo, como un castigo lo suficientemente
severo por la malevolencia de Copérnico y no tenía la más mínima intención de
seguir a sus pertenencias, que con el tiempo regresaron como una espantosa e
inevitable maldición. De este modo, los tres acabamos instalados en la torre
donde la convivencia era apenas, sólo apenas, tolerable. Yo me mantenía a una
distancia prudente de la Schillings, no porque le tuviera miedo, sino porque
temía acabar estrangulándola; mientras el viejo se agazapaba entre los dos,
mascullando, suspirando y haciendo lo posible por morir. Yo sabía que pronto
conseguiría su deseo, pues la muerte se cernía sobre él, con su gran saco negro
preparado. Si quería arrebatarle el libro antes de que se perdiera con él en
aquella sofocante oscuridad, tendría que darme prisa. Sin embargo, aunque su
cuerpo se debilitaba, su mente todavía era capaz de posponer, con una voluntad
de hierro, aquello por lo cual yo había viajado: la decisión de publicar.
Permanecí
junto a él más de un año, atormentado por el aburrimiento, la frustración y el
inexorable mal humor que me producían aquel viejo loco y sus manías. Aceptó que
hiciera una copia del manuscrito, y eso al menos me dio algo que hacer; hasta
hubiera servido para calmar mi ansiedad, si no se hubiera empeñado en
recordarme todos los días que el hecho de que hubiera accedido a hacerlo no
significaba que fuera a ir más lejos, y que nunca me permitiría llevar la copia
a Petreius. Por lo tanto no saqué nada en limpio de la reproducción de aquellos
garabatos, al margen de unos dedos doloridos y el placer ocasional y malicioso
de corregir sus errores (saqué aquella frase absurda en que especulaba sobre la
posibilidad de órbitas elípticas, ¡Orbitas elípticas, por el amor de Dios!).
Entre las numerosas tareas a las que me entregué para matar el tedio, estaba la
de completar un mapa de Prusia que el viejo había comenzado, junto al
desgraciado Sculteti, por orden del anterior obispo de Ermland. Le envié este
mapa y otras pequeñas cosas a Albrecht, duque de Prusia, que me recompensó con
la regia suma de un ducado. ¡Vaya con el mecenazgo aristocrático! Sin embargo,
el dinero no fue el motivo de mi contacto con aquel duque luterano, sino la
esperanza de que utilizara en mi beneficio su considerable influencia entre el
clero y la nobleza de Alemania, que presentía me traerían problemas si recibía
el consentimiento de Copérnico y aparecía entre ellos con un manuscrito lleno
de peligrosas teorías bajo el brazo. Pude observar que el duque era mucho más
generoso con pluma y papel que con sus ducados, pues escribió a Johann
Friedrich, elector de Sajonia, y a la universidad de Wittenberg, manifestando
su satisfacción por la Narratio prima (¡el viejo de Giese!) y solicitando que
me permitieran publicar lo que él llamaba un admirable libro de astronomía, o
sea De revolutionibus. Hubo algunos malentendidos, por supuesto, como suele
suceder. Por lo visto, Albrecht —al igual que Petreius— consideraba
inconcebible que yo estuviera tan ansioso por publicar el libro de otro, por lo
tanto supuso que se trataba de una artimaña para publicar mis propias teorías
en secreto. ¿Pensaba que podía engañar al duque de Prusia?, se preguntaba el
arrogante Albrecht, y por lo tanto escribía en sus cartas lo que para él era
obvio: que el libro era obra mía en su totalidad. ¡El muy cretino! Me volví
loco intentando aclarar ese embrollo y al mismo tiempo escondiendo mis
maniobras al canónigo, que solía escupir ante la sola mención del nombre del
Gran Maestre Albrecht, como se empeñaba en llamarlo.
Ésta
no era la única conspiración en que me había embarcado en secreto, trastornado
por la angustia, pues temía que si Copérnico lo descubría todo, se apresurara a
quemar el manuscrito. Aun así, había momentos en que olvidaba la discreción que
había aprendido de él. Un día, por ejemplo, poco después de mi llegada a
Frauenburg, le hablé de mi visita a Dantiscus en un arranque de franqueza.
Aquella fue una de las pocas veces en que vi cómo el rubor invadía la palidez
cadavérica de su rostro; montó en cólera y empezó a farfullar, bañándome en
saliva y gritando que no tenía derecho a hacer una cosa así, ¡que no tenía
derecho! Me dijo que era igual que Giese, ese maldito entrometido, que había
enviado una copia de la Narratio prima a Heilsberg, después de que él dejara
bien claro que no se le ocurriera hacer algo así. Lo más sorprendente de este
ataque de ira no era la furia, sino el miedo que era evidente detrás de su
rubor. Sí, tenía razones para ser cauteloso con Dantiscus, pero aquella
expresión de verdadero terror parecía demasiado exagerada. Lo que en realidad
temía, aunque entonces yo no podía adivinarlo, era que algo de lo que le había
dicho a Dantiscus pudiera arruinar la conspiración contra mí que él y Giese
llevaban años preparando en secreto... Pero espera, no seas impetuoso,
espera...
Hubo
otras cosas que me intrigaron y sorprendieron. Por ejemplo, descubrí un nuevo
aspecto de su pasión por los secretos: la Schillings estaba tan poco informada
de sus asuntos, que creía que su trabajo astronómico era un simple pasatiempo,
una forma de descansar de los esfuerzos que le exigía su verdadera vocación,
que, según ella, lera la medicina! ¡Y pensar que aquella mujer compartía su
casa, su cama! Aunque tal vez en el fondo considerara a la astronomía como un
entretenimiento; no lo sé, pues admito yo nunca pude entender a aquel hombre. A
pesar de mi falta de fe, era —y todavía soy— una persona que mira al futuro
como una forma de redención; aunque por supuesto me refiero a la redención
frente al mundo, lo cual no tiene nada que ver con las ridículas promesas de
Cristo, sino con la inteligencia del hombre. Somos capaces de hacer cualquier
cosa, de vencer cualquier obstáculo, ¿no soy yo mismo una prueba viviente de
ello? Conspiraron contra mí, intentaron arruinarme y sin embargo vencí, aunque
ni siquiera ahora quieran reconocer mi victoria. ¿Qué estaba diciendo...? ¡Ah,
sí! Tengo la vista puesta en el futuro, vivo en el futuro; así que cuando hablo
del presente, es como si mirara atrás, hacia algo que para mí ya forma parte
del pasado. ¿Lo comprendéis? Copérnico era diferente, muy diferente. Si bien
creía que el hombre podía redimirse a sí mismo, él veía en... —¿cómo podría
expresarlo? en la inmovilidad el único camino posible hacia ese fin. Su mundo
se movía en círculos eternos y cada circuito era una repetición exacta de los
demás, pasados y futuros, hasta el fin de los tiempos, lo cual implica una
ausencia absoluta de movimiento. ¿Cómo podía comprender, entonces, a alguien
encerrado en unos esquemas tan obsoletos? Hablábamos lenguas distintas, y no me
refiero a mi alemán y a su latín, aunque a veces pienso que aquella diferencia
de idiomas representa muy bien el problema de fondo. En una ocasión estábamos
caminando por el pequeño sendero dentro de los muros de la catedral. Él hacía
el mismo trayecto cada día a una hora fija y a un paso fijo, como si en lugar
de salir a tomar el aire, estuviera cumpliendo una penitencia. Entonces comencé
a hablar de Italia con entusiasmo y del melancólico sur donde había pasado mi
juventud. Él me escuchó con atención, asintiendo con la cabeza, y luego dijo:
—Ah,
sí, Italia, yo también pasé un tiempo allí, antes de que usted hubiera nacido.
¡Qué tiempos aquellos! Parecía que un nuevo mundo estaba a punto de nacer.
Cualquiera que fuera fuerte, joven y vigoroso se revelaba contra el pasado y
las autoridades sociales nunca apoyaron un movimiento intelectual con tal
unanimidad. Daba la impresión de que entre ellos no quedaban más conservadores;
todos se movían en la misma dirección, las autoridades, la sociedad, la moda,
los políticos, las mujeres, los artistas y los humanista. En el extranjero
había una confianza sin límites, una fervorosa alegría, y la mente rompía las
cadenas de la autoridad para vagar libremente por donde quisiera. Se abolió el
monopolio del saber y éste pasó a manos de la comunidad entera —¡Ah, sí!
Por
supuesto me quedé fascinado de oírlo hablar así, fascinado y feliz, pues éste
era el Copérnico que yo había venido a ver a Frauenburg y que hasta entonces no
había encontrado. Me volví hacia él con los ojos llenos de lágrimas y comencé a
aullar y hacer cabriolas como muestra de mi aprobación por todo lo que había
dicho. Pero cuando reparé en su pequeña sonrisa sombría y en el malicioso
brillo de sus ojos, ya era demasiado tarde, ya había caído de cabeza en su
trampa. Él retrocedió, como alguien que se aparta de un loco baboso, y me miró
con un desprecio tan grande que parecía a punto de vomitar.
—No
hablaba en serio, por supuesto —dijo—. Italia es el país de la muerte. Usted a
veces me recuerda a mi difunto hermano, pues él también solía hablar del
progreso, del renacimiento y de la nueva era que estaba a punto de nacer. Al
final murió de sífilis en su amada Italia.
No
eran las palabras, como comprenderéis, sino el tono en que las pronunció, lo
que pareció reunir y examinar brevemente todo lo que yo era, antes de volverlo
a dejar, sangre, huesos, juventud, lágrimas y entusiasmo, sobre el montón de
estiércol que era el enjambre de la humanidad. No me odiaba, ni siquiera me
despreciaba; creo que sólo me encontraba… — desagradable. ¿Y a mí qué me
importaba? Es cierto, cuando me acerqué a él por primera vez, no se me había
cruzado por la cabeza conseguir fama ni fortuna para mí; entonces sólo tenía un
deseo: hacer pública la obra de un magnífico astrónomo. Ahora, sin embargo,
todo había cambiado; yo era mayor, él me había hecho envejecer una década en un
año. Ya no era el jovenzuelo tonto dispuesto a caer a los pies de un héroe
prefabricado, y ya había reparado en ello. ¿Tal vez debería agradecérselo? ¿No
había sido su desprecio lo que me había obligado a mirarme a mí mismo con más
atención y me había permitido comprender que yo era mejor astrónomo que él?
¡Sí, sí, mucho mejor! Burlaos si queréis, escandalizaos todo lo que queráis,
pero yo..., yo sé la verdad. ¿Por qué creéis que seguí a su lado, soportando
sus burlas, su mezquindad, su hastío? ¿Creéis que me gustaba vivir en aquella
torre sombría, congelándome en invierno y asándome en verano, estremeciéndome
por las noches mientras las ratas danzaban sobre mi cabeza, gimiendo en aquella
inmunda pocilga, con las tripas pegadas entre sí por la argamasa de las
papillas de su roñosa zorra; creéis que me gustaba? En comparación, este lugar
donde hoy me encuentro desterrado es un verdadero paraíso.
Ahora
os preguntaréis por qué seguía si todo era tan terrible, por qué no huía y
dejaba que Copérnico se perdiera en el olvido, rodeado de sospechas y amargura.
Pues bien, he dicho que yo era mejor astrónomo que él, y lo soy, pero él poseía
un bien preciado del que yo carecía: su reputación. Oh, sí, era desconfiado y
de verdad temía y despreciaba al mundo, pero también era astuto y sabía que la
curiosidad es una erupción que los hombres se rascan y se rascan hasta volverse
locos por encontrar una cura. Durante años había dejado caer, a intervalos
seleccionados con cuidado, pequeñas porciones de su teoría —el Commentariolus,
la Carta contra Werner, mi propia Narratio—, cada una de las cuales era como un
grano de sal en las ronchas que había provocado en sus colegas astrónomos. Se
habían rascado y la erupción se había convertido en una llaga que crecía, hasta
que toda Europa estuvo infectada y clamó por la única cosa que terminaría con
la plaga: De revolutionibus orbium mundi, por el doctor Nicolás Copernicus, de
Torun, a orillas del Vístula. Y les daría su medicina, pues estaba decidido a
publicar, yo lo sabía y él sabía que yo lo sabía, pero lo que no imaginaba es
que, al publicar, no estaría coronando su propia reputación, sino fabricando la
mía. ¿No comprendéis? Esperad, ya lo explicaré.
Pero
antes debo recordar otras pequeñas cuestiones; por ejemplo, cómo conseguí por
fin que me diera su autorización para publicar. Sin embargo, digamos que para
iluminar mejor aquella escena, me gustaría reproducir una conversación que tuve
con él y que, más tarde, resumiría para mí su actitud hacia la ciencia y el
mundo, la sandez, la esterilidad de esa actitud. Recuerdo que estaba hablando
de las siete esferas de Trimegistus por las cuales pasa el hombre en su ascenso
hacia la redención en la octava esfera de las estrellas fijas. Me impacienté al
escuchar ese galimatías y dije algo así:
—Pero
su trabajo, Mezjter, se refiere a este mundo, al aquí y al ahora; le habla a la
gente de lo que tienen posibilidad de comprobar y no de misterios en los que
deben creer ciegamente o no creer.
Él
meneó la cabeza con impaciencia.
—No,
no, no, no. Usted cree que mi libro es una especie de espejo donde se refleja
el mundo real, pero debe admitir que se equivoca. Para construir un espejo así,
yo debería ser capaz de recibir al mundo como un todo, íntegramente y en su
esencia. Pero nuestras vidas tienen lugar en un espacio tan reducido, tan
limitado y en medio de tal desorden, que esa percepción no es posible. No hay
ningún contacto —al menos ninguno digno de mención— entre el universo y el
lugar donde vivimos.
Me
sentía perplejo y molesto; este nihilismo era incompatible con todo lo que yo
consideraba útil y verdadero.
—Pero
si eso es cierto —le dije—, ¿cómo es posible que seamos conscientes de la
existencia del universo y del mundo real? ¿Cómo podemos ver sin percibir?
—¡Ah,
Rheticus! —Era la primera vez que me llamaba por mi nombre.— ¡No me entiende,
ni siquiera se entiende a sí mismo! Usted cree que ver y percibir es lo mismo,
pero escuche, escuche: ¡ver no es percibir! ¿Cómo es que nadie se da cuenta?
Levanto la vista y veo las estrellas, tal como hicieron los antiguos, y digo:
¿qué son esas luces? Algunos dicen que son antorchas transportadas por ángeles;
otros, pequeños agujeritos en el sudario del cielo; otros más, científicos como
nosotros, los llaman estrellas y planetas que forman una especie de máquina que
aún luchamos por comprender. ¿Pero no entiende que sin la percepción todas
estas teorías son igualmente válidas? Estrellas o antorchas son la misma cosa,
un simple nombre distinguido, pero esos objetos siguen brillando sin
importarles el nombre que les demos. Mi libro no es ciencia, es sólo un sueño;
ni siquiera estoy seguro de que la ciencia sea posible. —Hizo una pausa para
reflexionar y luego continuó:— Sólo concebimos pensamientos que podemos
expresar con palabras, pero admitimos esta limitación con la idea,
obstinadamente estúpida, de que las palabras significan más de lo que dicen. Es
un bonito truco de magia que mantiene el engaño maravillosamente, hasta que
llega el momento en que la verdad irrumpe con toda su fuerza ante nosotros.
Nuestras vidas —sonrió— son un breve viaje a través de las tripas de Dios. Su
voz se había convertido en un susurro y era evidente que hablaba para sí, pero
de repente se acordó de mí y se volvió con una expresión feroz, sacudiendo un
dedo frente a mi cara.— Su padre, Lutero, advirtió esta verdad hace mucho
tiempo, pero no tuvo el valor de enfrentarse a ella; intentó negarla mediante
su patético y vano intento de aniquilar la forma para llegar al contenido, a la
esencia. Su mente era un poco torpe, por supuesto, y no alcanzó a comprender la
necesidad del ritual, por lo tanto atacó a Roma por su supuesta blasfemia y por
la veneración que hace de los ídolos. Traicionó a la gente; se llevó su becerro
de oro, pero no les dio las tablas de la ley en su lugar. Ahora que los
campesinos se revelan en toda Europa, estamos viendo los resultados de la
estupidez de Lutero. ¿Se pregunta por qué no quiero publicar? La gente se reirá
de mi libro, o de la embarullada versión de él que les llegará desde las
universidades. En una primera impresión, el pueblo siempre confunde lo
terrorífico y lo cómico. Pero pronto comprenderán que lo que he hecho, o, mejor
dicho, lo que ellos imaginarán que he hecho, es degradar a la tierra, hacer de
ella un planeta más entre los planetas. Entonces comenzarán a despreciar al
mundo y algo morirá, y de esa muerte surgirá la muerte. No sabe de qué hablo,
¿verdad, Rheticus? Usted es tan tonto como los demás. — —, como yo mismo.
Recuerdo
muy bien aquella tarde: el sol sobre el Báltico, pequeños botes en el Frisches
Haff y un gran silencio por todas partes. Yo estaba terminando la copia del
manuscrito y cuando apuntaba las últimas palabras, el canónigo bajó de su
observatorio, como si un trueno final hubiese hecho vibrar e] aire de la torre,
y apareció en el umbral, con una expresión inquisitiva. Yo no dije nada, sólo
lo contemplé con aire ausente. El silencio de la tarde era un estanque de paz
sobre el cual estaba suspendida mi alma, como un frasco vacío flotando sobre el
agua, y con mucho, mucho cansancio, caí en un desmayo consciente. Sólo quería
estar así un momento, bañar mi corazón agotado, pero en aquel brillante y
rebosante menisco había tanta calma, tanta quietud, que no podía despertar de
aquella minúscula y acogedora forma de muerte. El canónigo estaba de pie junto
a mí. Afuera, el cielo era azul, luminoso y enorme. Cuando habló, las palabras
llegaron lentamente, como si vinieran de muy lejos.
—Si
en la base de todo hay un poder ferozmente desbordante que, retorciéndose entre
oscuras pasiones, produjo todo lo grande y todo lo insignificante, si un
insondable vacío sin fondo yace oculto debajo de todo, ¿qué será? la vida sino
desesperanzas —dijo.
—Sostengo
que es verdad que el pensamiento puro puede comprender la realidad, tal como
soñaban los antiguos —dije yo.
—La
ciencia pretende constituir un mundo que sea una representación simbólica del
mundo de las experiencias cotidianas —dijo él.
—Si
uno quiere conocer la verdadera naturaleza de las cosas, debe destruir las
apariencias, y cuanto más se aleje de éstas, más cerca estará de lo esencial.
—Es
fundamental que el mundo exterior represente algo absoluto e independiente de
nosotros con lo cual podamos compararnos.
—La
muerte de un dios es la muerte de todos —dije yo.
—
Vita brevis, sensus ebes, negligentiae torpor et mutiles occupationes, nos
paucula scire permittent. Et alquotiens scita excutit ab animo per temporum
lapsum fraudatrix scientiae et mímica memoriae praeceps oblivio —replicó.
Cayó
la noche y oscureció las amenazantes aguas del Báltico, pero el aire aún estaba
claro, y en medio de aquel aire claro, vivo pero sereno, brillaba Venus.
—Una
vez que uno ha visto el caos, debe construir algo para ponerlo entre uno y esa
terrible visión, entonces crea un espejo, pensando que en él reflejará la
realidad del mundo, pero luego comprende que el espejo sólo refleja las
apariencias y que la realidad está en otro sitio, detrás del espejo; entonces
recuerda que detrás del espejo sólo está el caos.
Oscuro,
oscuro, oscuro.
—Pero,
Herr doctor, es preciso revelar la verdad —dije yo.
—¡Ah,
la verdad!, ésa es una palabra que ya no entiendo mas.
—La
verdad es aquello que no se puede ocultar.
—No
me ha escuchado, no ha entendido nada.
—La
verdad es un bien indudable, eso es todo lo que sé.
—Soy
un viejo y usted me agota.
—Entonces
deme su consentimiento y déjeme marchar.
—¡Escuche!,
el espejo se rompe, ¿no lo oye?
—Sí,
lo oigo, y sin embargo no le temo.
La
luz del día se había desvanecido y había llegado ese momento concluyente en que
los ojos, acostumbrados al sol, ya no pueden distinguir las fuentes de luz más
humildes y la penumbra parece absoluta. Pero todavía no estaba lo
suficientemente oscuro para él, que se alejó de mí y de la ventana y se perdió
entre las sombras de la habitación como una criatura tétrica, encorvada y
herida.
—La
brevedad de la vida, el embotamiento de los sentidos, la apatía provocada por
la indiferencia y las tareas inútiles, sólo nos permiten conocer pocas cosas; y
con el tiempo, el olvido, ese estafador del conocimiento y enemigo de la
memoria, nos despoja incluso de lo poco que sabíamos. Soy un viejo y usted me
agota, ¿qué es lo que pretende de mí? El libro no significa nada, menos que
nada. Primero reirán y después llorarán, pero usted quiere el libro. No
significa nada, menos que nada. Soy un viejo. — Lléveselo.
Ésa
fue la última vez que lo vi, al menos en este mundo, aunque espero no volver a
verlo en ningún otro. Dejé la torre aquella misma noche y me llevé conmigo mis
libros, mis pertenencias y mi amarga victoria. No hice ningún comentario sobre
la precipitación de mi partida y él tampoco; parecía la forma más adecuada de
hacerlo. La posada adonde me marché era un chiquero, pero el aire era más puro
que en la cripta que acababa de dejar, y los cerdos, a pesar de su inmundicia,
estaban vivos y se revolcaban con alborozo en su querido estiércol. Pero a
pesar de que me fui de la torre sin pensarlo dos veces, dejar Frauenburg no me
resultó tan fácil; esto ocurrió en agosto y recién en septiembre partí de allí.
Me pasé aquellas últimas semanas vagando por las calles del pueblo, bebiendo
demasiado y acostándome con putas sin encontrar ningún placer en ellas. Una vez
volví a la torre, decidido a verlo otra vez, aunque no sabía qué más podía
decirle. Tal vez fuera una suerte que la Schillings se plantara en la puerta y
me dijera que el viejo no me vería, que estaba enfermo y que le había dado
órdenes estrictas de no dejarme pasar en caso de que me atreviera a volver. Aun
así no me fui y esperé otra semana, aunque tendría que haber vuelto a
Wittenberg mucho antes. ¿Qué era lo que me retenía allí? Tal vez advertía,
aunque no con demasiada claridad, que al marcharme de Prusia dejaría tras de mí
lo que sólo puedo llamar otra versión de mí mismo, pues Frauenburg mató lo
mejor de mí, mi juventud, mi felicidad y mi fe. Sí, mi fe, pues desde entonces
no he vuelto a creer en nada, ni en Dios ni en el Hombre. ¿Os preguntáis por
qué? Os reis, decís que soy un pobre tonto por dejarme afectar así por la
amargura y la desesperación de un viejo enfermo. ~Oh, sí! Todos vosotros
habláis, os preguntáis por qué, cómo, con qué motivo; todos sois muy listos,
pero no sabéis nada...,—¡nada! Escuchad.
Tenía
intención de ir directamente a ver a Petreius, pero si deseaba conservar mi
puesto en Wittenberg, debía volver allí de inmediato, pues las autoridades de
la universidad comenzaban a refunfuñar amenazantes sobre mi ausencia
inexplicablemente larga. En efecto, parecieron alegrarse mucho con mi regreso,
pues poco después de llegar me nombraron ¡decano de la facultad de matemáticas!
Podría haber tenido la tentación de creer que tal honor se debía a mi propia
brillantez, pero no era tonto y sabía muy bien que el nombramiento no era por
mí, sino por mi relación con el Gran Hombre de Frauenburg, al que homenajeaban
con su característica y recelosa actitud. De todos modos no me importaba, pues
estaba convencido de que en poco tiempo la diosa Fama volvería su tierna mirada
hacia mí. Sin embargo, el ascenso implicaba nuevas tareas, nuevas
responsabilidades y me di cuenta de que hasta la primavera no podría ir a
Nüremberg a ver a Petreius. ¿Se cansaría la diosa de tanto esperarme? Con esta
idea en la cabeza, decidí imprimir de inmediato, en el mismo Wittenberg, un
breve extracto del manuscrito, que no revelaría el alcance de la obra entera,
pero daría una vaga idea de ésta. (¿Veis cómo había aprendido del maestro?) Así
nació De lateribus et angulis triangulorum, que causó un gran alboroto en la
universidad, e incluso en el pueblo, y me ayudó a conseguir valiosas cartas de
recomendación de comerciantes, clérigos e incluso del mismísimo Melanchton, que
llevé conmigo a Nüremberg.
Llegué
allí a comienzos de mayo y en seguida encargué la impresión de De
revolutionibus orbium mundi en su totalidad. Los artesanos de Petreius
trabajaban de prisa, y mientras tanto, yo me alojaba en la casa de Johann
Míllíer, un comerciante luterano a quien había conocido por mediación de
Melanchton. Era un tipo soportable, pomposo por supuesto, como todos los de su
clase, pero con cierta educación; incluso demostró interés en el trabajo que
estaba haciendo. Además sus camas eran blandas, y su mujer, extraordinariamente
atractiva, aunque algo gorda. En realidad, me sentía bastante bien en
Nüremberg, incluso podría decir que era feliz, si no fuera porque en mi sombrío
corazón seguía aquel indeleble dolor del recuerdo de Prusia. Desde allí no
llegó una sola palabra de aliento ni de oposición, hasta que Petreius abordó el
tema económico y yo le contesté que ése no era asunto mío y que escribiera a
Frauenburg. Así lo hizo y unas semanas más tarde llegó la respuesta, no de
Koppernigk, sino del obispo Giese, que decía que acababa de llegar de Lobau y
que Anna Schillings lo había llamado porque el canónigo estaba al borde de la
muerte. Esta noticia no me conmovió; vivo o muerto, Koppernigk ya no formaba
parte de mis planes. Es cierto que pasé una semana llena de ansiedad cuando a
Petreius le dio un ataque de nervios al advertir que, con el autor moribundo,
tendría que hacerse cargo del costo de la publicación. Sin embargo, decidió
seguir adelante, decisión de la que no se arrepentiría, pues el muy avaro fijó
el precio de cada una de las mil copias que imprimió en 28 ducados con 6
peniques.
¡Qué
astutos eran mis planes!, ¡qué fríos e inteligentes!, pero al final, con qué
facilidad se desmoronaron ensordeciendo mis oídos con el estrépito. Los
primeros síntomas del inminente desastre llegaron unos dos meses después de mi
llegada a Nüremberg. Petreius ya había preparado unas treinta y cuatro páginas,
aproximadamente las dos terceras partes de la obra, y comenzó a invitar a
algunos ciudadanos importantes para que vieran el progreso del trabajo, se
impresionaran y hablaran bien de él. Por lo tanto, supuse que lo primero que
pedirían aquellos hombres influyentes sería conocerme a mí, el promotor de
aquella nueva y atrevida teoría; pero a pesar de que pasaba casi todo el día en
la sala de corrección de la imprenta, advertí con sorpresa y con cierta alarma
que me rehuían como si fuera la peste y algunos incluso se escapaban si yo
hacía ademán de acercarme. Hablé de esto con Petreius, pero él se encogió de
hombros, como si no me entendiera, y desvió la vista. Intenté restarle
importancia y me dije que los comerciantes temían a los eruditos por sus
conocimientos, pero no sirvió de nada; intuía que algo no iba bien. Luego, una
tarde, el bueno de Muller se me acercó retorciéndose las manos, con la
expresión de un condenado a muerte y una sonrisa falsa en los labios, y me dijo
que si no me parecía mal, si no me ocasionaba muchos problemas~ que no lo
tomara a mal, etcétera, etcétera, pero que tenía que pedirme que abandonara su
casa. Justificó su inesperada petición con una excusa estúpida, algo así como
que necesitaba la habitación para la inminente visita de unos parientes, pero
yo estaba tan enfurecido que no le oía y le dije que si no le parecía mal y no
le causaba muchos problemas que se fuera a la mismísima mierda. Sólo me demoré
para informarle que estaba agradecido por el uso de la joya que tenía por
esposa, a quien había follado con mucho placer durante las últimas semanas.
Luego preparé mi equipaje y me fui a una posada, adonde poco después vino a
visitarme Osiander.
Andreas
Osiander, teólogo y erudito, un importante luterano amigo de Melanchton, había
mantenido correspondencia con el canónigo Nicolás durante un tiempo (a pesar de
su filiación religiosa) y era uno de los que, como yo, había intentado
convencerlo de que publicara. Debo agregar que también era una criatura fría,
cautelosa, melancólica y sin sentido del humor. Sin duda habían sido estos
rasgos de su personalidad los que le habían hecho congeniar con el canónigo.
¡Oh, sí!, hacían una buena pareja. Al principio creí, tonto de mi, que había
venido a saludar a un gran astrónomo (o sea a mí) y a felicitarme por conseguir
el consentimiento de Copérnico para publicar De revolutionibus, pero Osiander
pronto disipó mis frívolas ideas. Cuando llegó yo estaba enfermo, afiebrado,
con la cabeza hirviendo y el cuerpo dolorido, sin duda como consecuencia de mi
dramática partida de lo de Müller; así que cuando lo trajeron a mi habitación
creí que se trataba de una alucinación. Las persianas estaban cerradas para
difuminar la deslumbrante luz de primavera. Osiander se plantó a los pies de mi
cama, y con la cabeza en la sombra y el pecho surcado por las rayas de luz que
se colaban por las rendijas de las persianas, era el vivo retrato de una abeja
gigante. Yo ya estaba asustado antes de que abriera la boca, pues tenía ese
aire inconfundible de autoridad. Miró con disgusto la habitación y luego, con
mucho más disgusto, posó su vista sobre mí y dijo con su voz punzante (¡un
zángano!) que cuando le habían dicho que me alojaba allí no lo había creído,
pero que ahora no tenía más remedio que hacerlo. ¿Es que no sabía que, en
cierto modo, era un embajador de Wittenberg en esta ciudad? ¿Y me parecía
apropiado que el nombre del mayor centro de enseñanza de Wittenberg fuera
asociado con aquel..., aquel lugar? Comencé a explicarle que un hombre a quien
el mismo Melanchton me había recomendado me había echado de su casa, pero no
demostró ningún interés por mi relato y me interrumpió para preguntarme si
tenía algo que decir en mi defensa. ¿Defensa? Me empezaron a temblar las manos,
no sé muy bien si por el miedo o por la fiebre, e intenté incorporarme en vano.
Había algo en Osiander que me recordaba a un inquisidor. He llegado hoy de
Wittenberg —dijo— donde fui convocado por ciertos asuntos de los que creo que
está usted al tanto. Por favor, Herr von Lauchen, preferiría no escuchar
protestas de inocencia, eso sólo provocaría demoras y deseo, mejor dicho
pretendo, terminar con este desafortunado incidente lo más pronto posible para
evitar que el escándalo trascienda aún más. El hecho es que desde hace bastante
tiempo hemos estado observando su conducta, me refiero a mí y a otras personas
cuyos nombres no creo necesario mencionar, con creciente inquietud. No
pretendemos que sea perfecto, pero sí esperamos, exigimos, que al menos sea
discreto; y usted, amigo mío, no lo ha sido en lo más mínimo. En la universidad
siempre se ha tolerado su conducta, y empleo esta palabra con premeditación, en
realidad se le toleraba a usted; pero que se vaya a Prusia, a Ermland, el
mismísimo bastión de los católicos, y allí deshonre, no sólo a su propia
persona y a la reputación de la universidad, sino también a su propia religión,
eso Herr von Lauchen, eso, no lo vamos a tolerar. Le hemos dado muchas
oportunidades para que mejorara su conducta, cuando volvió de Frauenburg le
concedimos uno de los más grandes honores que podíamos ofrecerle nombrándole
decano de su facultad, ¿y cómo nos lo paga? ¿Cómo? Escapándose y dejando detrás
una prueba viviente y parlante, tal vez debería decir parlanchina, de sus
perversas indulgencias. Me refiero, por supuesto, al chico, de cuya presencia
afortunadamente nos avisó el amo que había abandonado, de modo que pudiéramos
silenciarlo.
—¿Chico?,
¿qué chico?
Pero
por supuesto lo sabía, ya empezaba a ver claro, lo sabía. Osiander dejó escapar
un gran suspiro.
—Muy
bien, Herr von Lauchen —dijo—, hágase el tonto si así lo de sea. Usted sabe a
quién me refiero, y yo sé que usted lo sabe. Usted cree que va a ganar tiempo
poniendo a prueba mi discreción, cree que si me fuerza a hablar abiertamente de
esos desagradables asuntos me sentiré avergonzado y me retiraré, ¿verdad? Pero
no lo conseguirá. El nombre del chico es Raphael y es, o mejor dicho era,
criado del obispo de Kulm, Tiedemann Giese, en Lóbau, donde usted estuvo algún
tiempo en compañía del canónigo Koppernigk, ¿no es cierto?
Nos
hemos enterado de su conducta allí y su... relación con ese joven, gracias al
propio obispo que, debo añadir, fue lo suficientemente caritativo para
defenderlo (al igual que el canónigo Koppernigk) a pesar de que usted había
llevado el escándalo a su propia casa. Pero lo que quiero preguntarle sólo por
curiosidad personal, es por qué, ¿por qué permitió que ese joven cruzara
Alemania entera para seguirlo?
—No
me siguió —dije yo—, lo enviaron.
Ahora
comprendía, ahora lo veía todo.
—¿Lo
enviaron? —bramó Osiander y sus alas de abejorro zumbaron y retumbaron en la
oscuridad—. ¿Qué quiere decir con que lo enviaron? El chico llegó a Wittenberg
vestido con harapos y con los pies vendados, su caballo murió en el camino y
dijo que usted le había dicho que viniera, que lo mandaría al colegio y que
haría de él un caballero. ¿Ni siquiera es capaz de sentir un poco de compasión
por esa desgraciada criatura a quien ha destruido, a quien no quería
enfrentarse, y por eso huyó antes de que llegara? ¿Y cree que va a salvarse con
esa acusación infundada y perversa? ¿Que lo enviaron? ¿Quién, por favor?
Yo
volví la cabeza hacia la pared.
—No
importa, no me creería si se lo dijera. Sólo le aseguro una cosa: no soy un
sodomita, me han difamado y desacreditado; lo que le han contado es sólo una
sarta de mentiras.
—¡No
pienso escucharlo, no pienso escucharlo! —gritó mientras comenzaba una especie
de danza frenética—. ¿Quiere saber lo que me dijo el chico?, ¿quiere saberlo?
Pues éstas son sus propias palabras, sus propias palabras, nunca podré
olvidarlas: «Todas las mañanas le llevaba el desayuno y él me obligaba a
masturbarlo a pesar de que yo lloraba y le suplicaba que me dejara ir». ¡Un
niño, señor, un niño! Y usted puso esas palabras en su boca y lo obligó a hacer
esas cosas y sabe Dios qué más. ¡Que el Señor lo perdone! Pero ya es
suficiente, he dicho más de lo que pretendía, más de lo que debía. Si
estuviéramos en Roma seguramente ya lo hubiera envenenado y se hubiera llevado
el secreto consigo, pero en Alemania somos más civilizados. Hay un puesto libre
en la universidad de Leipzig, la cátedra de matemáticas, y hemos hecho arreglos
para que usted lo ocupe. Hará su equipaje hoy mismo, de inmediato, y se
marchará hacia allí. No tiene derecho, ¡silencio!, no tiene derecho a
protestar, ya es demasiado tarde para protestas. El propio Melanchton ha
ordenado su destitución y debo añadir que fue él quien sugirió que lo
enviáramos a Leipzig, lo cual no es un verdadero castigo, pues si de mí hubiera
dependido, lo hubiera desterrado de Alemania. Y ahora prepárese para partir; si
no ha acabado su trabajo aquí, yo me haré cargo de él. Tengo entendido que se
ocupa de la publicación de una obra de astronomía del canónigo Koppemigk. Él
mismo ha solicitado que yo supervise los últimos detalles de esta tarea. A los
demás les diremos que usted ha tenido que abandonar el trabajo por razones de
salud y que lo ha dejado en mis manos. Ahora váyase.
—El
chico —dije—, Raphael, ¿qué fue de él?
Recordé
la escena en el castillo de Heilsberg, donde estaba vestido con capa y
sombrero, montado en un caballo negro; ese mismo aspecto debía de tener al
salir de Lobau para ir a yerme a Wittenberg.
—Lo
enviamos de vuelta al castillo de Lóbau, por supuesto —dijo Osiander—. ¿Qué
esperaba que hiciéramos?
¿Sabéis
lo que hacen en Prusia con los criados que se escapan? Les clavan una oreja a
la picota y les dan un cuchillo para que se suelten. Me pregunto con qué
castigo peor que ése pudo amenazar Giese al chico para lograr que me siguiera y
contara las mentiras que me destruyen.
Al
principio no podía comprender por qué Koppemigk y Giese me harían algo así y
partí hacia mi exilio en Leipzig pensando que sin duda se había producido un
terrible error. Sólo más tarde, cuando vi el prólogo que Osiander agregó al
libro (que acabaría llamándose De revolutionibus orbium coelestium), comprendí
que había sido usado, como un pobre payaso ridículo, para que llevara de
contrabando la obra hasta el corazón de la Alemania luterana, se la diera al
mejor impresor luterano con las mejores cartas de recomendación luteranas en mi
poder, y cómo, una vez que había hecho todo eso, se habían desecho de mí para
dejar sitio a Osiander y al imprimátur de su prólogo, lo cual haría que el
libro estuviera a salvo de la jauría de Roma y de Wittenberg a la vez. Como
comprenderéis, no confiaban en mí, excepto para el trabajo duro.
¿Merecía
yo aquella traición?, me preguntaba. Me parecía increíble que pagaran todos mis
esfuerzos de aquel modo sin que yo hubiera cometido un terrible pecado; pero
por más que lo intenté, no pude encontrarme culpable de ningún crimen tan
horroroso como para merecer aquella sentencia. En todo el libro no hay una sola
mención de mi nombre. Nombran a Schoenberg y a Giese, pero no a mí. Era como si
yo no hubiera existido durante aquellos últimos años. ¿Acaso aquél habría sido
mi crimen, me refiero a una falta esencial de presencia, acaso no había estado
allí de una forma lo suficientemente real? Ésa es la única razón que se me
ocurre; Frauenburg había sido una especie de muerte, pues la muerte es una
ausencia de fe. No sé muy bien lo que digo y sin embargo tengo la impresión de
que no me equivoco. ~Dios mío! Esperé pacientemente el momento de mi venganza y
ahora lo estoy arruinando. ¿Por qué culparme a mí mismo?, ¿por qué buscar un
pecado en mi actitud?, ¿por qué todas estas tonterías? No hay necesidad de hacerlo,
todo fue obra suya, suya, suya, ¡suya! Calma, Roberticus.
Aquí
llega mi venganza, aquí está, por fin. El libro de las revoluciones es una
sarta de mentiras del principio al fin. —. No, eso no servirá, es demasiado. —
, demasiado algo, no sé. Además, no es verdad, o no exactamente, y la verdad es
la única arma que tengo para execrar su maldita memoria.
El
libro de las revoluciones es una máquina que se destruye a sí misma, sí, sí,
eso está mejor.
El
libro de las revoluciones es una máquina que se destruye a sí misma, lo que
quiere decir que cuando su creador terminó con ella, cuando, por decirlo de
algún modo, colocó el último tornillo, aquel objeto se hizo añicos ante él.
Admito que me llevó tiempo darme cuenta, o al menos comprender la verdadera
magnitud del hecho. ¡Cómo sudé y maldije aquellas noches de verano de Lóbau,
intentando dar sentido a una teoría en la cual cada conclusión o hipótesis
sucesiva parecía poner en duda todas las anteriores! Me preguntaba dónde
estaban la belleza y la simplicidad, el orden celestial prometido por el
Commentariolus, dónde estaba aquel objeto puro y prístino. El libro que tenía
en mis manos era un revoltijo, una mezcolanza inútil y sin sentido. Pero
permitidme que concrete, dejadme dar algunos ejemplos de lo que lo convertía en
una terrible equivocación. Koppernigk nos dice que su profunda insatisfacción
con la teoría del movimiento de los planetas que Tolomeo presentaba en el
Almagesto lo indujo a buscar otro sistema, uno que fuera matemáticamente
correcto, que coincidiera con las reglas de la física cósmica y, sobre todo,
que justificara los fenómenos. ¡Oh, los fenómenos estaban justificados, sin
duda!, ¡pero a qué costo! En sus cálculos no se necesitaban 34 epiciclos para
explicar la estructura del universo, como decía el Commentariolus, sino 48, ¡o
sea 8 más de los que había empleado Tolomeo! Este pequeño truco, sin embargo,
no significaba nada, es una simple voltereta comparado con los que ahora voy a
relatar. Vosotros imagináis que Koppernigk situó al sol en el centro del
universo, ¿verdad? ¡Pues no lo hizo! El centro del universo, de acuerdo con su
teoría, no es el sol, sino el centro de la órbita de la tierra, que como el
magnífico, el fabuloso, el sabelotodo Libro de las revoluciones admite, está
situado en cierto punto del espacio a una distancia del sol equivalente a tres
veces la longitud del diámetro de éste. Todas las hipótesis, todos los
cálculos, las tablas estelares, los mapas y diagramas, la maraña entera de
mentiras, verdades a medias y autoengaños de De revolutionibus orbium mundi (o
coelestium , como supongo que debería llamarlo ahora), fueron reunidos sólo
para probar que en el centro del universo no hay nada y que el mundo gira en
medio del caos.
¿Te
estás removiendo en tu tumba, Koppernigk? ¿Te retuerces en el barro frío?
Cuando por fin, una funesta noche en el castillo de Lóbau, comprendí la
magnitud del absurdo que proponía, reí con todas mis fuerzas hasta que no pude
más, y entonces lloré. Copérnico, el mayor astrónomo de la época, según decían,
era un fraude cuya única preocupación era salvar las apariencias. Como dije,
reí, lloré y algo murió en mi interior. No admito esto de buena gana, pero debo
admitirlo: si su libro tenía algún poder, era el de destruir. Destruyó mi fe en
Dios y en el Hombre, aunque no en el Demonio, pues Lucifer habita en el corazón
mismo de su libro, con una familiar sonrisa fría y gris. Eras perverso,
Koppernigk, y llenaste el mundo de desesperación.
Por
supuesto él lo sabía, sabía que había fallado y que yo lo había advertido, y
por eso tenía que destruirme; él y Giese, el discípulo del Diablo.
Os
preguntaréis por qué, si me di cuenta de su fracaso cuando todavía estaba en
Lobau, seguí rogándole con tanta insistencia que publicara. Pues, veréis,
quería que hiciera pública su teoría, sólo para poder refutarla. Un deseo
innoble, sin duda, lo admito. Confieso sin ambages que planeé construir mi
reputación sobre las ruinas de la suya. ¡Qué tonto fui! El mundo no puede
soportar la verdad: la gente recuerda el heliocentrismo (¡aún hoy hablan de la
revolución de Copérnico!), pero olvidan la teoría errónea en que se basaba este
concepto. Recuerdan y veneran su nombre, mientras yo me pudro en este espantoso
lugar. ¿Cómo fue que me dijo?... «Primero reirán y luego llorarán al ver a la
tierra degradada, girando en el vacío...» El lo sabía, lo sabía. Ir Ahora
lloran abrumados por la carga de desesperación que él les legó. Yo también
estoy llorando, pues no creo en nada y el espejo se ha roto. Es el caos.
¡Caramba,
quién lo hubiera creído!
Ehúnde!
¡Qué alegría! Ha ocurrido algo extraordinario, algo increíble: ¡ha venido Otho!
¡Oh, Dios, creo en ti, lo juro! Perdóname por haber dudado de ti. ¡Por fin
tendré un discípulo! Él divulgará mi nombre por todo el mundo. Ahora puedo
volver a mi gran obra, a la que proyecté hace tanto tiempo: la formulación de
un verdadero sistema del universo, basado en los principios de Tolomeo. No lo
nombraré, ni siquiera mencionaré ese otro nombre. O tal vez lo haga, tal vez
haya sido injusto con él. ¿Acaso no vislumbró, aunque con su característica
torpeza, el orden majestuoso del universo, cuyas ruedas giran de forma
misteriosa y vuelven a traer el pasado una y otra vez, así como el pasado
regresó aquí hoy? Copérnico, canónigo Nicolás, domine praeceptor, te perdono,
si, incluso a ti te perdono. Dios, creo en la resurrección, en la redención, en
todo. ~Ah, la página tiembla ante mis ojos! ¡Qué dicha!
Lucius
Valentine Otho ha llegado hoy desde Wittenberg para ser mí amanuense, mi
discípulo. Cayó de rodillas ante mí y yo me comporte como corresponde a un gran
científico. Le hablé con cortesía, le hice preguntas sobre Wittenberg y sobre
su trabajo y sus ambiciones. ¡Pero cuántas emociones se agolpaban detrás de mi
frialdad y de mi reserva! Por supuesto, sentí que no podía disimular la dicha,
y cuando le pregunté su edad, no pude evitar agarrarlo de los hombros y
sacudirlo hasta que le castañetearon los dientes, pues muchos años antes, a esa
misma edad, yo había ido a Frauenburg a ver a Copérnico. El pasado vuelve
transfigurado, ¿también yo enviaré a un Raphael a destruir a Otho? Pero venga,
Rheticus, confiésalo; la verdad es que nunca hubo ningún Raphael. Ya lo sé, ya
lo sé, fue espantoso que inventara todo ese asunto, pero, como comprenderéis,
tenía que crear algo terrible y tangible que representara todo el daño que me
hizo Copérnico. ¡Ni una palabra sobre mí en su libro!, ¡ni una sola! Me trató
peor que a un perro. Bueno, ya lo he perdonado y he confesado mi pequeña broma
sobre el asunto de Raphael. Ahora comienza una nueva era. Ya no soy el viejo
Rheticus, expulsado a Cassovia, que se consume de odio y furia impotente; ¡no!,
soy algo mucho mejor: ¡el doctor Rheticus! Soy un creyente. Entonces alza tu
cabeza, extraña y nueva criatura gloriosa, ángel incandescente y contempla la
tierra. ¡No ha sido degradada! Hasta en eso se equivocó. El cielo es azul y
siempre lo será, la tierra florecerá en primavera y este planeta siempre será
el centro de todo lo que conocemos. De verdad lo creo…—, al menos eso pienso.
Vale.
Capítulo
4
Magnum
Miraculum
Al
amanecer, el sol recobró de la oscuridad los pocos fragmentos de vida que aún
le quedaban y los trajo de nuevo al presente. Miró con desconfianza cómo el
mundo se recomponía a su alrededor; no podía creer que el viaje de regreso
hubiera terminado, pues venía de muy lejos, había recorrido una distancia
inconmensurable. Fuera, en el extremo este del cielo, una tormenta de fuego
bramaba entre las nubes, iluminando el enorme arco de acero del brillante
Báltico con una lluvia de flechas ardientes. Pero ya nada era real, sólo un
simple melodrama, frío y estático. El mundo se había reducido al tamaño de su
cráneo; y sin aquella esfera consumida todo era una serie versátil de imágenes
superficiales en el vacío, sin el más mínimo sentido. Sólo cobraban significado
en las contadas ocasiones en que una imagen en particular servía para confirmar
la realidad, como ahora los fragmentos de su celda elegidos por la mañana
incipiente eran entidades luminosas que formaban una constelación en la
penumbra circundante. Era una fórmula etérea que expresaba con precisión, como
no podrían hacerlo las palabras, los restos de lo que había sido en el pasado,
todo lo que quedaba de su vida anterior. Una mañana muy similar a ésta, un
fuego ardiente como el mismo sol había estallado en su cabeza, y cuando aquel
terrible deslumbramiento se hubo desvanecido, todo quedó transformado. Así
habían comenzado sus últimos extravíos; había viajado al pasado porque no tenía
otro lugar a donde ir. Se moría.
La
enfermedad lo había atacado furtivamente. Al principio sólo era un pequeño
mareo ocasional, un paso en falso o un tropezón en las escaleras. Luego
comenzaron las jaquecas, truenos atrapados en su cabeza, que le obligaban a
quedarse echado durante horas en la oscuridad de su celda con cataplasmas de
vinagre en la frente, mientras cascadas de cristales multicolores formaban
astilladas imágenes agónicas ante sus ojos. Aun así, él insistió en negar lo
que el médico que llevaba en su interior reconocía sin dudar, que había llegado
el fin.
(“Un
ataque de fiebre, nada más —se decía a sí mismo—; tengo setenta años, esto es
normal a mi edad.”)
Luego,
una mañana de la primera semana de abril, intentó levantarse de la cama y de
repente todo el costado derecho de su cuerpo le dolió muchísimo, como si
alguien hubiera volcado un montón de proyectiles o bolitas de mercurio caliente
del cráneo al corazón y desde allí fueran bombeadas hasta obstruir las arterias
de su brazo, de su pecho y de su pierna. Se volvió a echar en la cama gimiendo,
con enorme cuidado, como una madre que deja a su hijo sobre la cuna. Bajo la
luz tenue del amanecer, una araña trepaba con dificultad en el trampolín de su
tela, suspendida de las vigas del techo. Desde fuera llegó el creciente
alboroto de un caballo que se acercaba. Inmovilizado por aquel angustioso dolor
esperó la funesta catástrofe con calma, casi con ansiedad. Pero el jinete pasó
junto a su ventana y no se detuvo; entonces él comprendió, sin sorpresa y con
una sensación similar a la desilusión, que no lo dejarían ir antes de que
sufriera una última chanza; y en lugar de la muerte, el sueño, la trivialidad
por excelencia, lo envolvió sin ceremonia con su ala y se lo llevó rápidamente
de allí.
Era
el sueño, sí, y sin embargo algo más: una apasionada lucidez, una pausa sobre
una costa desierta en el crepúsculo, un último vistazo hacia atrás a la tierra
que pronto abandonaría. Sí, sí, seguía aguardando ¿Qué?, no lo sabía.
Silencioso y expectante escudriñaba la sombría lontananza; todos los muertos
olvidados estaban allí, invisibles pero tangibles. Una punzada de nostalgia
atravesó su corazón. ¿Pero por qué estaban detrás de él?, ¿por qué no adelante?
¿Acaso no estaba en camino para reunirse con aquella silenciosa muchedumbre? ¿Y
por qué esperaba allí, en esa orilla solitaria? Un cielo brumoso y amarillento,
lleno de ruinas, se hundía despacio a lo lejos, mientras la oscuridad se cernía
sobre él. Entonces miró de soslayo a la figura que se acercaba, con hombros
anchos, una cara enorme y bruñida que parecía esculpida en piedra pulida, ojos
saltones y una boca cruel y extravagante.
—¿Quién
eres? —gritó mientras intentaba en vano levantar las manos para protegerse de
la aparición.
—Yo
soy el que buscas.
—¡Pero
dime quién eres!
—Estoy
muerto como mi padre, y como mi madre, pero sigo vivo y llegaré a viejo. Vengo
a llevarte de viaje. Tienes mucho que aprender y muy poco tiempo para hacerlo.
—¿Y
qué vas a enseñarme?
—Cómo
morir.
—¡Ah!..
Entonces eres la Hermana Muerte.
—No,
todavía no. Yo soy el que viene antes, podrías decir que soy el dios de la
algazara y el olvido. Yo vuelvo locos a los hombres. Ahora, por un tiempo
estarás en mi remo. Ven conmigo, aquí comienza el descenso hacia el infierno.
Ven. —Tras aquellas palabras, el dios se volvió y comenzó a andar hacia la
tierra oscura. — ¡ven!
El
moribundo volvió a mirar hacia adelante, hacia el mar invisible e irresistible,
ansioso por continuar, incapaz de continuar, volviéndose hacia atrás contra su
voluntad, hacia la multitud que lo aguardaba.
—
Ven...
Y
como el soldado que se aleja de mala gana de la conmovedora visión del hogar y
el amor solo para recibir el disparo fatal en medio de la frente, se volvió y
en el acto la enorme y abrasadora esfera de fuego explotó en su cabeza
despertándolo.
* *
* *
El
dolor era en el costado derecho, aunque él parecía intuirlo más que sentirlo,
pues estaba paralizado desde la oreja al tobillo. Abrió los ojos con miedo,
como si no quisiera enterarse de lo que ocurría. Envió unas sencillas órdenes
al brazo y la cadera de ese lado, pero fue inútil, los canales de comunicación
estaban rotos. Era como si la mitad de su cuerpo se hubiera separado y
estuviera echada a su lado, como una sombría bestia caída, tétrica, inmóvil y
peligrosa. Peligrosa, sí, debía tener cuidado de no provocar a aquella bestia,
pues sin duda podría alzar la poderosa pata acolchada del dolor y destrozarlo
con ella. La brillante luz de abril resplandecía al otro lado de la ventana;
alcanzaba a ver el Báltico, tranquilo y de color gris acerado, que traía hacia
la orilla un barco con una vela negra. ¿Era demasiado pretencioso esperar que
lo despojaran de aquella abrumadora claridad, de aquella lucidez? ¿No podrían
haberle concedido al menos ese respiro? Abajo, Anna Schillings se movía, ponía
en marcha el decrépito mecanismo de un nuevo día. A pesar del dolor, lo que más
lo atormentaba ahora era una sensación de ansiedad y recelo y, aunque pareciera
extraño, una vergüenza abrumadora. No había sentido una aflicción tan
desoladora desde su infancia, cuando, después de haber cometido una travesura,
como romper un plato o decir una mentira, aguardaba, con todos los pestillos
cerrados y encogido de miedo, en el camino del espantoso e inevitable vehículo
de la retribución. ¡Para que lo descubrieran!, era absurdo. Anna vendría de un
momento a otro con las gachas y el vino caliente y lo descubriría. Con cuidado
comprobó si sería capaz de sonreír y entonces, sin poder evitarlo, comenzó a
llorar en silencio. Después de todo, era un pequeño lujo y lo hizo sentir mucho
mejor.
Cuando
por fin ella llegó arriba, jadeante, él ya se había secado las lágrimas; pero
de todos modos intuyó el desastre en el acto. Lo traicionó el olor de su
vergüenza, el mismo hedor de una criatura que se ha hecho pis en los calzones,
de un animal tullido temblando sobre un colchón de hojas. Despacio, evitando
mirarlo a los ojos, dejó la humeante taza de vino y el plato de gachas en el
suelo.
—¿Aún
no se ha levantado, canónigo?
—No
es nada, Anna, no debe preocuparse, estoy enfermo. —Le costaba hablar y sus
palabras sonaban confusas, como si tuviera una piedra blanda en la boca.—
Informe al Capítulo, por favor, y pídale al canónigo Giese que venga. —No, no,
Giese ya no estaba allí, sino en Lobau; debía tener cuidado, pues si divagaba
de ese modo, ella pensaría que estaba peor de lo que realmente estaba. Ella
seguía inmóvil, con la cara inclinada hacia un lado y los brazos cruzados en su
pecho, aunque todavía con la vista en otro lado, como si no quisiera, o no
pudiera, enfrentarse a la calamidad que descendía sobre su vida. Tenía la
expresión ofendida y sorprendida de alguien que ha sido grave e
inexplicablemente despreciado, pero sobre todo parecía perpleja e incapaz de
reaccionar. Él la comprendía, conocía aquel sentimiento; no hay lugar para la
muerte en el complicado mecanismo de un día normal. Deseaba decir algo que le
diera sentido a aquella situación nueva y caótica.— Me muero, Anna.
Por
supuesto, en seguida se arrepintió de haberlo dicho. Ella comenzó a llorar en
silencio, con una discreción, una especie de cautela, que lo conmovió mucho más
de que lo hubieran hecho los previsibles aullidos de dolor. Salió un momento,
sollozando, y volvió poco después con agua para lavarlo y un orinal para
aliviar sus necesidades. Lo atendió con destreza, sin decir una sola palabra, y
él admiró su habilidad, su capacidad de adaptación; realmente era una mujer
admirable. Una pequeña llama de aquel viejo y casi olvidado afecto se avivó en
su interior.
—¿Anna?
Pero ella no dijo nada. Tal vez aprendiera de él a no confiar en las palabras y
se conformaba con que aquellas pequeñas atenciones expresaran todo lo que era
incapaz de decir. Él la miró con una mezcla de asombro y tristeza. ¿Qué
importancia había tenido en su vida?, ¿qué había significado para él? Por
primera vez le pareció extraño que en todos estos años nunca hubieran llegado a
tutearse.
La
enfermedad avanzaba con todo tipo de altibajos, lo azotaba y lo hundía en una
tremenda oscuridad, sólo para alzarlo otra vez hasta la hiriente luz,
sacudiéndolo hasta que oía el repiqueteo de sus huesos; o cerraba sus
intestinos por la noche y a la mañana siguiente abría las compuertas de sus
orificios, obligándolo a yacer durante horas, asqueado e impotente, en medio de
la inmundicia de sus propios desperdicios. Lo recorrían brillantes y
centellantes punzadas de dolor, como si la enfermedad fuera un sastre perverso
que desplegaba, con un melindroso sentido del gusto, las sedas cada vez más
sutiles y exquisitas de su tortura. Instintivamente, siempre había creído que
se consumiría de una forma rápida y sin complicaciones, pero las fiebres
duraban días, hacían que su carne ardiente rezumara un sudor constante y lo
despojaban de aquella preciosa lucidez que al principio le había parecido una
carga.
A
veces, sin embargo, su mente estaba lo suficientemente clara para sorprenderse
e incluso fascinarse por su propia actitud equilibrada ante la muerte. Todavía
recordaba el terror que lo había acompañado en su viaje hasta allí, como una
sombra inmóvil presente en cada paisaje, por brillantes y distintas que fueran
sus escenas. Y sin embargo no tenía miedo, sólo sentía una ligera melancolía,
pena y ansiedad ante la posibilidad de perder la última y seguramente la más
excelsa experiencia que el mundo le ofrecería. Estaba convencido de que le
concederían un momento de comprensión, una visión con un significado profundo
antes del final. ¿Era por eso que estaba tranquilo y no tenía miedo?, ¿porque
ese algo misterioso hacia lo cual avanzaba anhelante ocultaba el verdadero
semblante de la muerte? ¿Y sería ésa la razón de que su agonía se prolongara,
porque en realidad no se trataba de la antesala de la muerte, sino de una forma
de purificación, un sufrimiento ritual que tendría que superar antes de su
iniciación en el conocimiento trascendental? A pesar de que ya había llegado
demasiado lejos como para poder aprovechar en vida la lección que iba a
aprender, creía que eso no restaba importancia a su experiencia. Entonces, ¿la
redención todavía era posible, incluso en circunstancias tan extremas?
Mientras
buscaba respuesta a aquella extraordinaria pregunta, su mente afiebrada
rebuscaba como un vagabundo entre la basura de su vida, desenterrando
caprichosamente los restos y desechos inconexos que quedaban. No le encontraba
sentido ni razón de ser a nada. Sin embargo, a veces se hundía en un sueño
calmo y profundo y vagaba en paz entre los campos y palacios de la memoria.
Allí el pasado seguía maravillosamente intacto; estaba asombrado por la riqueza
de detalles sobre su infancia y su juventud que había conservado durante tantos
años, almacenados como la fruta de invierno. Visitó la casa de la calle de
Santa Ana y volvió a recorrer las calles y callejuelas del pueblo en un
silencioso estado de éxtasis. Allí estaba San Juan, la puerta del colegio, los
niños jugando entre el polvo. Las escenas parecían iluminadas por un brillo
tenue y dorado, una versión estilizada de la luz del sol. La ternura y la
nostalgia le atravesaron el corazón. ¿Había dejado Torun alguna vez? Tal vez su
verdadero, su auténtico yo se había quedado allí para siempre, esperando
pacientemente que regresara, como ahora, a recobrar su forma genuina. Y allí
está el tilo, lleno de hojas, inmutable y encantador, el vivo retrato del
verano, del silencio y de la felicidad.
Regresaba
de sus viajes al pasado cansado y desanimado, sin respuestas; y la
desesperación brotaba en él como una flor espantosa y fétida. Entumecido por
una sobredosis de aguardiente, por una inesperadamente efectiva mezcla de
hierbas o por simple fatiga, se marchaba del ámbito de la vida y se quedaba
inmóvil, como un trozo informe de carne, sudor y flema. Estaba en el estado más
primitivo y rudimentario del ser, con una respiración superficial y monótona,
casi muerto. Esos períodos eran los peores.
En
otras ocasiones el pasado venia al presente, en la forma de pequeñas criaturas,
pintorescos hombrecillos que entraban en su habitación, andaban con presunción
alrededor de su cama, regañándolo por todo el daño que les había hecho, o se
posaban sobre su hombro y le hablaban, ofreciéndole explicaciones,
justificaciones y denuncias. Resultaban cómicos y tristes a la vez. Así vino el
profesor Brudzewski, Novara y los italianos, incluso el tío Lucas, pomposo como
siempre, y el rey de Polonia, tambaleante y con la corona torcida. Al principio
pensaba que eran alucinaciones, pero luego advirtió que se trataba de algo
mucho más importante: eran reales, tan reales como cualquier cosa que no es
parte de uno mismo, que pertenece al mundo exterior. ¿No había creído siempre
que no conocemos a los demás, sino que los inventamos?, ¿y que el mundo está
formado sólo por uno mismo, pues todo lo demás es necesariamente una quimera?
Por lo tanto tenían derecho a regañarlo, pues ¿quién, sino él, era culpable de
lo que eran? Pobres, deleznables y jactanciosas criaturas, inquilinos de su
mente que él había inventado y que se llevaba con él a la muerte. Ahora, poco
antes del final, tenía la última palabra. Girolamo era el único que no hablaba;
estaba de pie en la penumbra a una distancia prudencial de la cama, con aquella
expresión inimitable entre indiferente y afectuosa, sonriendo irónicamente con
una ceja levantada. ¡Ah, sí, Girolamo! Tú me conocías —no tan bien como aquel
otro, es verdad, pero me conocías— y yo no podía soportar que alguien me
conociera tan bien.
¿Dónde?
Se
había hundido en una espantosa oscuridad donde todo estaba en silencio y en la
más absoluta quietud. Estaba asustado. Aguardó, y después de un rato largo, al
menos le pareció muy largo, a una enorme distancia, vislumbró algo minúsculo en
la oscuridad. No podía llamársele luz, pues era algo insignificante, el mínimo
absoluto imaginable; y desde todavía más lejos oyó un chillido casi
imperceptible, un diminuto grano de sonido que apenas servía para definir el
infinito silencio que lo rodeaba. Luego ocurrió algo extraño, como si el tiempo
se hubiera partido en dos, como si el ahora y el aún no sucedieran de forma
simultánea, pues era consciente de ver algo acercándose a través de la oscura
distancia y al mismo tiempo ya había llegado. Era un enorme y brillante pájaro
acerado que se elevaba, amenazante, con sus inmóviles alas extendidas. ¡Oh, era
tan terrible que no se podía describir con palabras, y al mismo tiempo
magnífico! Llevaba un fragmento de fuego deslumbrante en su temible pico. Él
intentó gritar, pronunciar la palabra, pero fue inútil, pues al descender del
largo arco de su vuelo, la criatura giró, ya encima de él incluso cuando
parecía que se aproximaba, y grabó el sello ardiente sobre su frente.
¡La
palabra!
¡Oh,
la palabra!
¡La
palabra tuya que a mí me falta!
* *
* *
Y de
nuevo estaba en la orilla oscura, con el mar a su espalda y la tierra a la vez
misteriosa y familiar delante. Allí estaba aquel dios cruel que lo alejaba del
mar donde lo esperaban los demás, tantos otros, todos. No veía nada y sin
embargo conocía aquellas cosas, sabía que la tierra sobre la cual descendía era
la suma de todas las tierras que había conocido en su vida. ¡De todas! Los
pueblos y ciudades, las llanuras y los bosques, Prusia, Polonia, Italia, Torun,
Cracovia, Padua, Bolonia y Ferrara. También el dios, que ahora volvía hacia él
su enorme y vidriosa cara de piedra, era muchas personas en uno: Caspar Sturm,
Novara, Brudzewski, Girolamo y muchos más, su madre, su padre y sus madres y
padres, eran innumerables millones y al mismo tiempo ese otro, el inevitable
otro.
—Aquí
está lo que buscabas —dijo el dios—, esa cosa que es ella misma y no otra. ¿La
reconoces?
¡No,
no, no era así! Allí sólo había oscuridad y caos, el poderoso clamor de
incontables voces que reían, gritaban de dolor o maldecían; él no podía
reconocer nada tan perverso y anárquico.
—¡Déjame
morir!
—Todavía
no —respondió el dios.
Entonces
sintió que algo lo empujaba rápida y penosamente hacia arriba, hacia el mundo,
y allí estaba su celda, el amanecer en el gran arco del Báltico y la primavera.
Se sentía dolorido y sus miembros estaban muertos, pero por primera vez en
varias semanas, su mente tenía una lucidez maravillosa. Sin embargo, aquella
claridad era extraña, distinta de cualquier otra sensación que hubiera
experimentado antes, no confiaba en ella. A su alrededor reinaba una inmensa y
fría quietud, como si estuviera a una inmensa altura en medio del espacio
infinito. ¿Era posible que lo hubieran alzado hasta allí para que fuera testigo
de la desolación? Pues ya no soportaba más la lucha y la angustia. ¿Así era,
por fin, la verdadera desesperación? En tal caso, se trataba de un fenómeno muy
poco distinguido.
Durmió
un rato, pero Anna vino con la navaja y la palangana para afeitarlo y lo
despertó. ¿No podía dejarlo en paz ni siquiera un momento? Pero entonces se
reprendió a sí mismo por su ingratitud; ella había sido muy amable con él
durante las largas semanas de su enfermedad. Lo afeitaba, lo alimentaba, lo
limpiaba, lo lavaba; cumplía con todos los rituales necesarios para ahuyentar
la idea de que pronto se quedaría sola. Él la miraba trabajar con ahínco
alrededor de su cama, levantando la palangana, afilando la navaja, embadurnando
con espuma sus mejillas hundidas, mientras murmuraba para sí. Era una mujer
alta, gorda, de rostro ceniciento y vestido oscuro. De un tiempo a esta parte,
esa efigie gris e inconmovible había comenzado a gritarle como si fuera un
sordomudo o un niño, sin rabia ni impaciencia, sino con una especie de
desesperada alegría, como si creyera que de ese modo lo traería de vuelta desde
la oscura orilla. Él no podía soportar aquella actitud, sobre todo por las
mañanas, así que intentaba articular ruidos furiosos y a veces incluso pegarle
lleno de furia e impotencia. Aquel día, sin embargo, estaba tranquilo e incluso
logró esbozar una sonrisa asimétrica, que por lo visto ella no interpretó como
tal, pues lo observó con aprehensión y le preguntó si estaba dolorido. ¡Pobre
Anna! La contempló maravillado. ¡Cómo había envejecido! La mujer madura y
atractiva que había llegado a la torre veinte años antes se había convertido,
sin que él lo notara, en una matrona tímida, nerviosa y algo tonta. ¿Había tenido
tan poco interés en ella que ni siquiera había advertido el vulgar fenómeno de
su envejecimiento? Ella había sido su ama de llaves y en tres ocasiones algo
más, tres extraños y ahora completamente irreales encuentros a los que lo
habían conducido la desesperación, la insoportable conciencia de sí mismo y el
abandono. En tres ocasiones había sido algo más, pero no mucho más, desde luego
no lo suficiente para merecer la persecución disparatada e implacable de
Dantiscus. Sin embargo, ahora se preguntaba si aquellas tres noches tendrían un
significado más profundo del que él estaba dispuesto a concederles. Tal vez
para ella habían sido motivo suficiente para seguir a su lado; pues podría
haberlo dejado. Sus hijos habían crecido; Heinrich, el hijo, acababa de
terminar su aprendizaje en la panadería de la catedral y Carla servía en la
casa de un comerciante. Si hubiese querido dejarlo, ellos la habrían mantenido,
pero había elegido quedarse, había resistido.
¿Era
esto lo que significaba? Recordó sus días jóvenes, tormentas en primavera,
humores de otoño y pesares en invierno. Debería haberle demostrado más
consideración, pero ya era demasiado tarde.
—¿Anna?
—¿Sí,
canónigo?
—Du,
Anna.
—Si,
Herr canónigo. ¿Sabe que hoy viene el doctor? Viene de Nüremberg, lo recuerda,
¿verdad?
¿De
qué hablaba? ¿A qué doctor se refería? Entonces recordó.
¡Así
que por eso se le concedía aquella última lucidez! Todo había perdido sentido,
su trabajo, la publicación, todo. Recordaba sus esperanzas y sus temores con
respecto al libro, pero ya no podía sentirlos. Sí, había fracasado, ¿pero qué
más le daba? Aquel fracaso era una insignificancia comparado con el desastre
general de su vida.
Andreas
Osiander llegó esa misma tarde. Anna, nerviosa por la llegada de alguien tan
importante, subió las escaleras corriendo para anunciarlo y tartamudeó y se
retorció las manos con ansiedad.
El
canónigo recordó, demasiado tarde, que había pensado en mandarla afuera para
aquella visita, pues la presencia de Anna ante los nances del remilgado doctor
de Nüremberg avivaría otra vez toda la ridícula cuestión de la focarza. No es
que al canónigo siguiera importándole lo que Dantiscus o cualquier otro pensara
o dijera de él, pero no quería que Anna sufriera más humillaciones; no, de
ningún modo. Apenas había anunciado el nombre del visitante, cuando Osiander
pasó bruscamente junto a ella y comenzó a hablar con su característico tono
rudo y arrogante. Sin embargo, ante la imagen de aquella figura consumida sobre
la cama, balbuceó, interrumpió su discurso y se volvió vacilante hacia Anna,
que estaba de pie junto a la puerta.
—Es
parálisis, Herr doctor —dijo Anna meneando la cabeza—; dicen que fue provocada
por una hemorragia cerebral.
—~Oh!,
ya entiendo. Bueno, eso es todo, señora. Ya puede retirarse, gracias.
El
canónigo quería que se quedara, pero ella le hizo un gesto tranquilizador y se
retiró sin protestar. Él se puso tenso al escuchar los pesados pasos de Arma en
la escalera, pues de repente aquel sonido parecía condensar el poco consuelo
que le quedaba en el mundo; pero Osiander había comenzado a gritar otra vez,
mientras Anna se marchaba en silencio de su vida.
—No
esperaba encontrarlo tan mal, amigo Koppernigk —dijo Osiander, en tono
acusatorio, como si sospechara que le habían mentido deliberadamente sobre el
estado de salud del canónigo.
—Me
estoy muriendo, doctor.
—Sí,
pero el final nos llega a todos, así que debe ponerse en manos de Dios. Es
mejor así que morir de repente durante el sueño, sin tiempo para preparar el
alma, ¿verdad?
Aquel
luterano ruidoso, pomposo e insensible era un hombre imponente y arrogante, un
ególatra; y en el fondo, al canónigo nunca le había gustado. Comenzó a pasearse
por la habitación con paso solemne, esgrimiendo su abultado pecho de paloma
como un escudo contra cualquier oposición, y habló de Nüremberg, de la imprenta
y de sus generosos esfuerzos para publicar la obra del canónigo. A Rheticus lo
llamaba aquella detestable criatura. ¡Pobre Rheticus!, otra víctima sacrificada
ante el altar del decoro. El canónigo suspiró, debería haberle dado a su
discípulo el reconocimiento que merecía. ¿Y qué si era un sodomita? No era el
peor crimen imaginable, tal vez no fuera peor que su vil ingratitud.
* *
* *
Osiander
buscaba algo en el amplio bolso que colgaba a su costado, y de repente sacó un
bonito volumen encuadernado en cuero con un grabado dorado en el lomo. El
canónigo se estiró para verlo mejor; pero Osiander, aquel despreciable
individuo, pareció olvidar que estaba en presencia del autor y que éste seguía
vivo a pesar de las apariencias. En lugar de acercarle el libro a la cama, lo
llevó junto a la ventana, se mojó un dedo con saliva y comenzó a pasar las
hojas bruscamente, con la despreocupada negligencia de alguien que cree que
todos los libros, a excepción de la Biblia, carecen de valor.
—He
cambiado el título —dijo con aire ausente—. Tal como creo haberle informado,
sustituí la palabra mundz por coelestium, ya que me parecía más seguro hablar
del cielo, que implica distancia y separación, antes que del mundo, un término
mucho más inmediato.
—No,
amigo, no recuerdo que usted me haya informado nada, pero ya no tiene
importancia. — Por supuesto, también he agregado un prólogo, tal como habíamos
convenido. Creo que fue una buena idea, pues como ya le dije en mis cartas,
podremos tranquilizar fácilmente a los aristotélicos y a los teólogos si les
decimos que varias hipótesis pueden explicar los mismos movimientos aparentes,
y que estas hipótesis en particular no son enunciadas porque sean verdaderas,
sino porque son las más convenientes para calcular los aparentes movimientos
mixtos. —Alzó su rostro imperturbable hacia la ventana con expresión de ensueño
y una pequeña y presuntuosa sonrisa de admiración por la precisión y el estilo
de su discurso. El canónigo adivinó que ésa sería su actitud cuando daba sus
verborreicas clases en Nüremberg.— Por mi parte —continuó el luterano—, siempre
he creído que las hipótesis no son artículos de fe, sino bases de cálculo; de
modo que ni siquiera tiene importancia el hecho de que sean falsas, siempre y
cuando justifiquen los fenómenos... Y a la luz de esta creencia he elaborado el
prefacio.
—No
deben hacerlo —dijo el canónigo, con sus ojos sombríos fijos en el techo.
Osiander
lo miró fijamente.
—¿Qué?
—No
deben hacerlo, no quiero que se publique el libro.
—Pero...,
pero señor, ya está publicado. Mire, aquí tengo una copia impresa y
encuadernada. Petrieus ha hecho una edición de mil ejemplares, tal como
convinimos con usted. Ahora está siendo distribuida.
—¡Digo
que no deben hacerlo!
Osiander,
perplejo, reflexionó un momento en silencio, luego se acercó, se sentó despacio
en una silla junto a la cama y escudriñó al canónigo con una sonrisa
inquisitiva.
—¿Se
encuentra mal, amigo?
Si
su cuerpo se lo hubiese permitido, el canónigo se hubiera reído.
—¡Soy
un moribundo! —gritó—. ¿Acaso no se lo he dicho? Pero no estoy delirando,
quiero que se retire el libro. Vaya a Petreius y dígale que pida que le
devuelvan los volúmenes que ya ha enviado. ¿Lo entiende? ¡No deben hacerlo!
—Cálmese,
doctor, por favor —dijo Osiander, asustado por la vehemencia contenida del
paralítico, su mandíbula tensa y su mirada furiosa y angustiada—. ¿Necesita
algo?, ¿llamo a esa mujer?
—No,
no, no haga nada —respondió el canónigo, un poco más tranquilo al tiempo que su
cuerpo dejaba de temblar. Sentía que le subía la fiebre y que un dolor más
fuerte que todos los anteriores le estallaba en la cabeza. El pánico extendió
un fino y oscuro tentáculo en su interior—. Discúlpeme —balbuceó—. ¿Hay agua?
Déjeme beber. Gracias, es muy amable. ¡Ah!
Osiander
frunció el entrecejo y dejó la jarra de agua en su lugar. Su expresión era una
mezcla de vergüenza y curiosidad; quería escapar de aquel moribundo indigno,
pero al mismo tiempo deseaba conocer el motivo de aquel extraordinario cambio
de opinión.
—Quizá
sería preferible que volviera más tarde —arriesgó—, cuando esté más tranquilo.
Entonces discutiremos el asunto del libro.
Pero
el canónigo no lo escuchaba.
—Dígame,
Osiander —dijo—, dígame la verdad, ¿es demasiado tarde para detener la
publicación? Pues yo la detendría.
—¿Por
qué, doctor?
—¿No
ha leído el libro? Entonces ya debe saber por qué. Es un fraude; fracasé en lo
que pretendía hacer: descubrir la verdad, el significado de las cosas.
—¿La
verdad? No lo comprendo, doctor, estoy de acuerdo en que su teoría tiene
algunos errores, pero…
—No
me interesa la mecánica de la teoría. —Cerró los ojos. ¡Oh, habría que
quemarlo!, ¡quemarlo!— Es el proyecto mismo, su totalidad... ¿Es que no me
entiende? Usé cien mil palabras, mapas, tablas estelares, fórmulas, y sin
embargo no dije nada...
No
podía continuar. Después de todo, ya no le importaba nada. Osiander suspiró.
—No
debería preocuparse así, doctor —dijo—. Sólo son escrúpulos, y si hay algo más,
entonces debe darse cuenta de que el tipo de éxito que usted buscaba, o que
ahora cree que buscaba, no puede obtenerse. Su trabajo, por imperfecto que sea,
será la base sobre la cual otros podrán construir, puedo asegurárselo. Y con
respecto a su fallido intento por descubrir la verdadera naturaleza de las
cosas, como usted dice, creo que reconocerá que yo me he ocupado de aclararlo
en el prefacio. ¿Quiere escuchar lo que he escrito?
Era
evidente que estaba orgulloso de su trabajo, y como buen orador nato, ansioso
por exponerlo. El canónigo sintió pánico, no quería escucharlo, ¡no! Pero se
hundía, no podía hablar y sólo atinaba a gruñir y chasquear los dientes en un
desesperado ademán de negación. Osiander, sin embargo, tomó aquellos gestos
como una señal de anticipado regocijo. Dejó el libro, y con la lánguida y
penosa sonrisa de alguien que se ve forzado a tratar con un idiota, metió las
manos bajo las axilas del canónigo y lo incorporó, acomodándolo con cuidado
contra el respaldo de almohadas manchadas, como si estuviera preparando una
diana. Luego comenzó a pasearse otra vez con solemnidad, y con el libro abierto
al final de su brazo extendido, comenzó a leer en voz alta con un tono
estremecedor, más digno de un púlpito.
—Como
la novedad de la hipótesis de esta obra, que pone a la tierra en movimiento y
considera al sol como un astro inmóvil situado en el centro del universo, ya ha
sido objeto de gran atención, sé a ciencia cierta que algunos eruditos se han
sentido agraviados y acusan al autor de crear confusión en las disciplinas
liberales, establecidas hace muchos años sobre bases correctas. Sin embargo, si
estos eruditos examinan la cuestión escrupulosamente, descubrirán que el autor
de este libro no ha hecho nada que merezca tal acusación, pues es obligación de
un astrónomo basarse en la difícil y experta observación de los astros para
resumir la historia de los movimientos celestes. Por lo tanto, como ningún tipo
de razonamiento puede descubrir las verdaderas causas de esos movimientos (ésa
es su idea, ¿verdad, doctor?), debe concebir y elaborar cuantas causas o
hipótesis desee, ya que, si damos por sentadas esas causas, los mismos
movimientos pueden calcularse por los principios de la geometría igualmente
válidos para el pasado que para el futuro. Este artista se destaca en ambos
sentidos, pues no es preciso que las hipótesis sean verdaderas, ni siquiera
probables, sino que provean un cálculo coherente con las observaciones...
El
canónigo lo escuchaba maravillado. Aquella negación, la destrucción del trabajo
de toda su vida, ¿podía justificarse? Realidad o ficción..., ritual...,
necesidad. No podía concentrarse, estaba ardiendo. Andreas Osiander entraba y
salía del resplandor de la ventana, se transformaba cada vez en la oscuridad
andante, una nube de fuego, un fantasma; y afuera todo cambiaba de forma
misteriosa, el sol no era luz y calor frente al mundo inerte, sino que el mundo
era un nimbo de fuego ardiente, y el sol, una bola muerta y helada suspendida
en el cielo occidental.
Pues
es evidente que este arte ignora por completo las causas de los movimientos
aparentes, y que si elabora e inventa causas, de hecho ha inventado muchas, no
lo hace para convencer a nadie de que son verdaderas, sino sólo para que sirvan
como base adecuada a los cálculos. Pero como un mismo movimiento puede requerir
distintas hipótesis en distintos momentos, como la excentricidad y el epiciclo
del movimiento del sol, el astrónomo elegirá la más fácil de comprender. Tal
vez el filósofo prefiera buscar la verdad, y sin embargo, tampoco entenderá ni
dará algo por cierto, a no ser que le sea revelado a través de la divinidad.
Las paredes de la torre habían perdido su solidez, eran planos de la oscuridad
desde donde ahora surgía el terrible pájaro de acero agitando sus terribles
alas, dejando una estela de llamas a su paso y llevando la feroz esfera en la
boca. Ya no estaba solo, sino que volaba al frente de una banda de criaturas de
su misma especie que sallan chillando de la oscuridad, todas en llamas, brillantes,
terribles y majestuosas.
—Y
en lo referente a las hipótesis, que nadie espera ninguna certeza de la
astronomía, ya que la astronomía no puede ofrecerlas; y que no confunda con la
verdad ideas concebidas con otro propósito, pues cuando acabe este estudio será
más tonto que al comenzarlo.
¡No!
Oh, no! Arrojó su muda negativa hacia el mundo en llamas. Andreas, me has
traicionado, tú.
¿Andreas?
La
figura se acercó y de repente agachó su cabeza mutilada hasta tocar su cara.
—¡Tú!
—Sí, hermano, soy yo. Volvemos a encontramos.
Andreas
rió, se sentó en la silla que había al lado de la cama y apoyó el libro sobre
su regazo bajo su capa negra. Era tal como el canónigo lo había visto la última
vez, un cadáver andante que los gusanos devoraban prematuramente.
—Estás
muerto, Andreas, sólo estoy soñando.
—Sí,
hermano, pero de todos modos soy yo. Soy tan real como tú, pues en este lugar
fatal en que nos encontramos, yo estoy tan cerca de la vida como tú de la
muerte, así que es lo mismo. Debo agradecerte esta breve reencarnación.
—¿Quién
eres?
—¡Andreas,
desde luego! Así me has llamado tú. Sin embargo, si insistes en encontrarle un
sentido a todas las cosas, podemos decir que soy un ángel redentor. Un ángel
poco común, lo admito, con las alas espantosamente mutiladas, pero redentor al
fin.
—Eres
la muerte.
Andreas
esbozó su característica y angustiosa sonrisa.
—¡Oh,
también, hermano, también! Pero eso no es lo más importante. Pero ya está bien
de sofismas metafísicos, sabes que siempre me resultaron aburridos. Mientras
tengamos tiempo, hablemos con calma de las cosas importantes. Ya ves, tengo tu
libro...
Detrás
de la oscura y sonriente figura, una luz deslumbrante se colaba por la ventana,
desde donde se veía el lecho azul acero del Báltico levantándose como el lomo
de una bestia submarina, ubicua y amenazante. Arriba de su cama, en la penumbra
los pájaros de metal planeaban y bajaban en picado, volaban sobre postes y
cables invisibles, llenando el aire lúgubre con su furioso clamor. La fiebre
subía de forma inexorable por sus venas, como una marea. Clavó las uñas en la
sábana húmeda y fría, intentando aferrase a este mundo.
Tenía
miedo; ésta era la muerte, sí, sin lugar a dudas ésta era la hora señalada e
inconfundible. Lo asaltaron pequeños recuerdos del pasado: una calle desierta
en Cracovia una oscura noche de invierno, un niño idiota mirándolo desde el
umbral de una choza en los suburbios de Padua, una ruinosa torre de Polonia
habitada por una bandada de palomas blancas. Aquéllas habían sido las señales
secretas de la muerte. Andreas lo miraba con su sonrisa sardónica, pero
comprensiva.
—Espera,
hermano, Todavía no es la hora, aún no. ¿Por qué no hablamos de tu libro y de
las razones de tu fracaso? Pues no voy a discutirte que has fracasado. Incapaz
de discernir la cuestión fundamental, no te conformaste con menos; eres tan
orgulloso que preferiste un fracaso heroico antes que un triunfo prosaico.
—¡Esto
es inadmisible! ¿Qué sabes tú de estas cuestiones? Tú, que sólo demostrabas
desdén por la ciencia y los productos de la mente, todo aquello que yo amaba.
—Venga,
venga. Has dicho que estás soñando, por lo tanto debes aceptar lo que digo,
pues si no es cierto lo que digo, eres tú quien lo pone en mi boca. Pero tú ya
no mientes, ¿verdad? Ya no te quedan mentiras, las has usado todas. Ésa es la
razón de mi presencia aquí, porque por fin estás dispuesto a ser... — sincero.
Por ejemplo, ya no sientes vergüenza por mí. Ésa fue siempre tu emoción más
intensa, la vergüenza teñida de pánico frente al desorden y la vulgaridad de
las trivialidades que tú despreciabas.
Vio
que alguien se movía en la habitación, y las llamas vacilantes de velas,
insólitas a plena luz del día. Siluetas borrosas y sin rostro se le acercaban
murmurando. Estaban llevando a cabo una ceremonia, un ritual familiar y extraño
al mismo tiempo; entonces advirtió con un sobresalto, el mismo tipo de
sobresalto de alguien que se cae en un sueño, que lo estaban preparando para
los últimos sacramentos.
—No
prestes atención —dijo Andreas—. Todo esto es un mito, la fe a la que
renunciaste hace muchos años. Aquí no habrá consuelo para ti.
—Quiero
creer.
—Pero
no puedes.
—Entonces
estoy perdido.
—No,
no estás perdido porque yo he venido a redimirte.
—Entonces
dime, ¿y mi libro...?, ¿y mi trabajo...? —querías discernir la cuestión
fundamental, las verdades eternas, las formas puras que se ocultan detrás del
caos del mundo. Miraste hacia el cielo, ¿y qué viste?
—Vi...
danzar a los planetas y los escuché cantar en sus trayectorias.
—Oh,
no, hermano! Eso sólo lo imaginaste. Yo te diré cómo fue: apuntas el triquetrum
a una luz que brilla en el cielo, creyendo que de ese modo contemplas un
fragmento inmutable, inconfundible y constante de la realidad, pero no es así.
Lo que veías era una luz que brillaba en el cielo, cualquier otra cosa que
creyeras era sólo producto de tu fe y de tu convicción de que podías aprehender
la realidad.
—¿qué
tontería es ésa? ¿Cómo podríamos vivir si no creyéramos que somos capaces de
conocer?
—Lo
que importa es la forma de conocer. Conocemos el significado de una cosa en
particular sólo si nos contentamos con percibirla en medio de otros
significados; pues en cuanto intentamos separarla, todo su significado se
desvanece. Ya ves, lo que cuenta no son las cosas, sino la interacción entre
ellas y por supuesto, los nombres...
—Predicas
la desesperación.
—¿Sí?
Llámalo mejor desesperación redentora, o mejor aún, llámalo aceptación. El
mundo no puede admitir otra cosa más que la aceptación. Mira esta silla, está
formada por madera, astillas, fibras, las partículas de que se componen las
fibras, y las partículas más pequeñas de esas otras partículas y luego, al
final, nada, una confluencia de fuerzas etéreas, una especie de sueño vívido e
involuntario en el vacío. ¿Lo ves?, el mundo no podría soportar este apasionado
análisis.
—¿Crees
que puedes seducirme con esa filosofía de ignorancia feliz, de esclavitud y
abyecta aceptación de un mundo perverso? ¡No puedo admitirlo!
—Y
no lo admitirás...
—Te
ríes de mí, pero dime, tú que sabes tanto: ¿cómo podremos percibir la verdad si
no intentamos descubrirla y comprender nuestros descubrimientos?
—No
hay necesidad de buscar la verdad, pues la conocemos incluso antes de que
empecemos a pensar en buscarla.
—¿Cómo
que la conocemos?
—Es
muy simple, hermano: nosotros somos la verdad; el mundo y nosotros, ésa es la
verdad. No hay otra, o si la hay, sólo nos sirve como ideal, para brindarnos un
poco de tranquilidad y de consuelo de vez en cuando.
—Y
si nosotros mismos somos la verdad, ¿cómo podemos expresarla con palabras?
—No
podemos expresarla, hermano, aunque tal vez podamos...demostrarla.
—¿Cómo?,
dímelo.
—Aceptando
lo que hay.
—¿Y
entonces?
—Eso
es todo, no hay nada más.
No,
Andreas, no me engañes! Si lo que dices fuera verdad, yo hubiese tenido que
vender mi alma a un mundo deleznable y aceptar con sumisión su sordidez, ¡pero
yo nunca lo hice! Al menos puedo decir que yo nunca vendí…
—¿Tu
alma? ¡Pues claro que la vendiste!, ¡y al mejor postor! ¿Cómo podríamos
llamarlo?, ¿ciencia?, ¿conocimiento trascendental? Sólo fue vanidad, todo
vanidad. Y si hubo algo más, fue una especie de cobardía provocada por la
negativa a aceptar que lo único que realmente importa son los nombres, una
cobardía que significa verdadera e inevitablemente desesperación. Si hubieses
tenido un enorme valor y hubieses hecho grandes esfuerzos, tal vez lo habrías
conseguido; pues la única forma de triunfar es disponer las trivialidades, los
nombres, en un modelo hermoso y metódico que demostraría, mediante su belleza y
su orden, la acción de las verdades espirituales sobre nuestro pobre mundo.
Pero tú intentaste desechar las verdades triviales y reemplazarlas por ideas
trascendentes; por eso fracasaste.
—No
te entiendo.
—Claro
que me entiendes. Sólo decimos las cosas que podemos expresar con las palabras
de que disponemos, es suficiente.
—
¡No!
—Es
suficiente, debemos contentamos con esto.
Las
llamas de las velas le herían la vista como cuchillas ardientes, y la poderosa
voz que entonaba la bendición final retumbaba sobre su cabeza.
¡Demasiado
tarde!
—querías
trascender al mundo, pero antes de aspirar a algo tan excelso debiste
conformarte con..., bien, hermano, ¿con qué? ¡Demasiado tarde! El sello
abrasador de la muerte ya estaba grabado sobre su frente y ya no podría
recuperar nada de lo que había desechado. ¡La luz! ¡Oh! ¡Y aquellos pájaros
terribles! ¡El enorme arco ardiente detrás de la ventana!
—¡Conmigo,
hermano! Debiste luchar contra mí.
—¿Tú,
Andreas? ¿Qué había en ti? Me despreciabas y me traicionaste, me hiciste la
vida imposible. Fuera donde fuese, tú estabas allí para arruinar mi trabajo, mi
vida. —Exacto. Yo era lo único absolutamente necesario en tu vida, pues siempre
estaba allí para recordarte que debías trascender. Yo era el arco torcido
gracias al cual te lanzabas más allá de este mundo inmundo.
—¡Yo
no te odiaba!
—Es
cierto, sentías una pequeña estima, la estima que la flecha siente hacia el
arco, pero nada más. Nunca lo otro, lo esencial, ese algo vivo que no se
encuentra en ningún libro, ni en el firmamento, ni en las formas absolutas. Ya
sabes lo que quiero decir, hermano. El gran milagro, todo lo que en realidad
importa, es ese algo que viene de muy lejos, salvaje, apasionado y al mismo
tiempo tranquilo, ese algo fabuloso y sin embargo vulgar. Apenas lo
vislumbraste en nuestro padre, en nuestra hermana Bárbara, en Fracastoro, en
Anna Schillings, en muchos otros y sí, incluso en mí. Lo viste y escapaste,
perplejo y.. — avergonzado. Llámalo aceptación o amor, como quieras, pero éstas
son pobres palabras y no pueden expresar nada de tal magnitud.
¡Demasiado
tarde! Había vendido su alma y ahora le exigirían el pago íntegro. La voz del
sacerdote lo absorbía.
—Sólo
después de la muerte nos uniremos con el Todo, cuando el cuerpo se separe en
los cuatro elementos básicos que lo forman y el hombre espiritual, el alma
libre y ardiente, ascienda a través de las siete esferas de cristal del
firmamento, despojándose en cada etapa de una parte de su naturaleza mortal,
hasta que, libre de toda perfidia terrena, encuentre la redención en el Empíreo
y allí se una con el alma del mundo que lo es todo, está en todas partes y es
eterna.
Andreas
meneó lentamente la cabeza. —No, hermano, no escuches la voz del pasado. No
encontrarás redención en el Empíreo.
¡Demasiado
tarde!
—No,
Nicolás, no es demasiado tarde. No soy yo quien ha dicho todas estas cosas,
sino tú.
Le
sonreía y su cara estaba curada. Las terribles cicatrices habían desaparecido y
volvía a ser como antes. Se levantó y apoyó su mano sobre la frente ardiente de
su hermano. Los terribles pájaros se perdieron en silencio en la oscuridad, la
luz deslumbrante se hizo más suave y los muros de piedra de la torre se
levantaron otra vez. El Báltico brillaba y sus aguas centelleantes arrastraban
un barco con una vela negra. Andreas sacó el libro de abajo de su capa, lo
apoyó sobre la cama y guió la mano de su hermano hasta que sus dedos laxos
tocaron las hojas agitadas.
—Soy
el ángel redentor, Nicolás. ¿Vendrás conmigo ahora?
Y
tras estas palabras sonrió una vez más, la última, alzó su cara delicada y
exquisita hacia la luz de la ventana, como si oyera un sonido inmensamente
lejano y tenue, la música de la tierra, el aire, el agua y el fuego, que estaba
en todas partes, en todas las cosas y era eterna. Nicolás se esforzó para oír
la melodía y escuchó las voces de la tarde que se alzaban por recibirlo: la
llamada del pastor, los gritos de los niños al jugar, el traqueteo de los
carros al volver del mercado, las campanadas que daban la hora, los ladridos
lejanos de los perros, el mar, la tierra misma cambiando su curso, y el viento,
en el inmenso aire azul, suspirando entre las hojas del tilo. Todos lo llamaban
y lo llamaban, lo llamaban para llevarlo lejos.
D.
C.


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