© Libro N° 6129.
Kepler. Banville, John.
Emancipación. Junio 22 de 2019.
Título
original: © Kepler. John Banville
Versión Original: © Kepler. John Banville
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
KEPLER
John Banville
CONTENIDO
1.
Misterium Cosmographicum
2.
Astronomia Nova
3.
Dioptrice
4.
Harmonice mundi
5.
Somnium
Nota
Kepler
John Banville
Preise dem Engel die Welt…
R.
M. RILKE,
Elegías
del Duino
Capítulo
1
Misterium
Cosmographicum
Dormido
con la gola puesta, Johannes Kepler ha soñado con la solución del misterio
cósmico. La cobija en su mente como sostendría en las manos un objeto precioso,
de fragilidad y esplendor sobrenaturales. ¡Oh, no despiertes! Pero despertará.
Con una pizca de torva satisfacción, doña Bárbara le sacudió el pie mal calzado
y de inmediato el huevo fabuloso reventó, dejando tan sólo un trozo de clara y
unas pocas coordenadas de cáscara rota.
Y
0,00429.
Estaba
acalambrado, aterido y en la boca tenía el bolo repugnante del sueño. Abrió un
ojo, vio que su esposa se acercaba una vez más a su pie colgante y le asestó un
delicado puntapié en los nudillos. Bárbara lo miró y Johannes reculó y simuló
estar ocupado con el ala de sombrero prestado bajo esa mirada rechoncha y
rubicunda. Regina la niña, su hijastra, primorosamente sentada junto a su
madre, asimiló la breve escaramuza con su apacible mirada de costumbre. En ese
momento se asomó desde lo alto del carruaje el joven Tycho Brahe y miró a
través de la ventanilla. Era un europeo de pelo oscuro, de piel clara y
brillante, magro de pies y manos, y de mirada maliciosa.
—Hemos
llegado, señor —dijo con sonrisa presuntuosa.
Esa
manera de decir señor. Kepler se limpió discretamente la boca en la manga y se
bajó del carruaje con las piernas temblorosas.
—Ah.
El
castillo de Benatek apareció ante sus ojos, grandioso e impasible en medio del
aire soleado de febrero, más vasto que la negra masa de infortunios que lo
había agobiado durante el viaje desde Graz. Una burbuja de pesimismo ascendió y
estalló en el lodo de su inteligencia ofuscada. Maestlin, hasta Maestlin le
había fallado: ¿por qué esperar algo mejor de Tycho el Danés? Se le obnubiló la
visión a medida que las lágrimas acudían a sus ojos. Aún no había cumplido los
treinta y se sentía mucho más viejo. Se restregó los ojos y se volvió justo a
tiempo de ver que el junker Tengnagel, bestia rubia y engalanada, era arrojado
de culo por su encabritado corcel en el camino embarrado y lleno de baches, y
se maravilló una vez más de la inagotable generosidad del mundo, que siempre
ofrece algún consuelo.
También
fue un consuelo que la imperturbable serenidad de Benatek sólo correspondiera a
su exterior de piedra: el quinteto de viajeros llegó al corazón mismo de la
algarabía una vez franqueadas las puertas que daban al patio empedrado. Los
tablones chocaban con estrépito, los ladrillos se estrellaban, los albañiles
silbaban. Una acémila demasiado cargada, con las orejas echadas hacia atrás y
mostrando los dientes, rebuznaba y volvía a rebuznar.
—
¡El nuevo Uranienburg! —exclamó Tyge con un ademán, y rió.
Al
pasar bajo un combado dintel de granito, en la garganta de Kepler estalló una
oleada de entusiasmo, cual una comilona caliente, teñida con el regusto de su
sueño. ¿Era posible que, después de todo, hubiera hecho bien trasladándose a
Bohemia? Aquí, en el castillo de Brahe, arropado por los pliegues de una
personalidad mucho más grande y delirante que la propia, podría acometer
grandes obras.
Entraron
en otro patio de dimensiones más reducidas, donde no vio a nadie trabajando.
Manchones de nieve con toques de color óxido se adherían a las grietas y a los
alféizares. Un rayo de sol reposaba en la pared rojiza. Todo estaba en calma o
lo estuvo hasta que, como una piedra arrojada a un estanque inmóvil, de debajo
de la sombra de un arco asomó una figura, un enano de manos y cabeza enormes,
piernas cortas y joroba. Sonrió e hizo una reverencia cuando pasaron a su lado.
Frau Bárbara tomó a Regia de la mano.
—Que
Dios os proteja, caballeros —canturreó el enano con su voz aflautada, y nadie
le hizo caso.
Franquearon
una puerta tachonada y entraron en un salón con chimenea abierta. En la
penumbra llameante varias figuras se movían de un lado a otro. Kepler se rezagó
y, por detrás, su esposa jadeó débilmente en su oído. Se quedaron atónitos.
¿Era posible que los hubiesen conducido al alojamiento de los criados? En una
mesa próxima al fuego se encontraba un hombre moreno que comía como un
heliogábalo. A Kepler le dio un vuelco el corazón. Había oído hablar de las
excentricidades de Tycho Brahe y sin duda entre ellas figuraba comer ahí abajo,
y sin duda ese hombre era él, por fin el gran hombre. Pero no era Tycho Brahe.
El hombre alzó la vista y comentó con el hijo de Tycho:
—
¡Vaya, has vuelto! —Era italiano—. ¿Cómo están las cosas en Praga?
—Más
mal que bien —replicó el joven Tyge y se encogió de hombros—. Yo diría que mal.
El
italiano frunció el ceño y añadió:
—Ah,
te he atrapado, te he atrapado. Ja, ja.
Kepler
se impacientó. Seguramente tendrían que haberlo recibido mejor. ¿Lo
menospreciaban deliberadamente o sólo era uno de esos caprichos de los
aristócratas? ¿Debía hacer valer su presencia? Tal vez fuese una burda falta de
tacto. En cuestión de segundos Bárbara comenzaría a regañarlo. Algo lo rozó y
retrocedió asustado. El enano había entrado sin hacerse notar; se plantó
delante del astrónomo y lo escudriñó con serena atención: el rostro blanco y
perturbado, la mirada miope, el pantalón raído, la gola aplastada y las manos
que aferraban el sombrero empenachado.
—Supongo
que usted es el señor Mathematicus. —Hizo una reverencia—. Sea usted
bienvenido, ciertamente sea bienvenido —añadió cual si del dueño de casa se
tratara.
—Éste
es Jeppe, el bufón de mi padre —aclaró el joven Brahe—. Le advierto que es una
especie de bestia sagrada que adivina el porvenir.
El
enano sonrió y meneó su gran cabeza calva.
—Vamos,
amo, no soy más que un pobre tullido, un don nadie. Ha llegado tarde. Durante
la interminable semana pasada hemos aguardado su persona y su… su equipaje.
—Dirigió una mirada de soslayo a la esposa de Kepler—. Su padre está
preocupado.
Tyge
frunció el ceño.
—Sapo
comemierda, no olvides que un día te heredaré.
Jeppe
contempló a Tengnagel que, con la mirada enardecida, se había acercado al
fuego.
—
¿Qué aflige a nuestro pensativo amigo? —preguntó el enano.
—Una
mala caída —respondió Tyge y rió.
—
¿Es verdad? ¿Estaban tan alborotadas las meretrices de la ciudad?
La
señora Bárbara se sintió ofendida. ¡Semejante lenguaje en presencia de la niña!
Hacía rato que sumaba mudamente contra Benatek una serie de detalles que ahora
totalizaron una afrenta intolerable.
—Johannes…
—comenzó a decir con tres semitonos de agorero acento.
En
ese instante el italiano se puso en pie y posó ligeramente un dedo en el pecho
del joven Tyge.
—Dile
a tu padre que lo lamento. Aún está enfadado y no quiere verme, pero no puedo
seguir esperando. No fue culpa mía. ¡El animal estaba borracho! ¿Se lo dirás?
Bueno, hasta pronto.
El
italiano salió deprisa, se cruzó sobre el hombro el extremo de la gruesa capa y
se encasquetó el sombrero. Kepler lo miró.
—Johannes…
Tyge
se había escabullido. Tengnagel seguía meditabundo y enfurruñado.
—Vamos
—propuso el enano y, como algo que se muestra deprisa antes de escamotearlo,
volvió a exhibir su sonrisa maliciosa.
Los
guió por húmedos tramos de escalera, a lo largo de interminables pasillos de
piedra. En el castillo resonaban gritos, fragmentos de canciones procaces,
portazos. Las habitaciones de los huéspedes eran cavernosas y estaban
escuetamente amuebladas. Bárbara frunció la nariz a causa del olor a humedad.
No habían subido el equipaje. Jeppe se recostó en la puerta, con los brazos
cruzados, y se quedó mirando. Kepler se encaminó a la ventana con parteluces y,
de puntillas, contempló el patio, los albañiles y el jinete encapotado que
avanzaba a medio galope hacia las puertas. Pese a los recelos que abrigaba, en
el fondo de su alma esperaba algo espléndido y generoso de Benatek,
habitaciones doradas y aplausos espontáneos, la atención de personas serias y
magníficas, luz, espacio y tranquilidad: no contaba con ese gris, esas
deformidades, el estrépito y la confusión de otras vidas, ese desorden
familiar… ¡oh, tan familiar!
¿Acaso
Tycho Brahe no era espléndido ni generoso? A mediodía Kepler fue convocado. Se
había vuelto a dormir y deambuló por el castillo hasta dar con un hombre grueso
y calvo que, aunque parezca increíble, divagaba sobre su alce domesticado.
Entraron en un salón de techo alto y se sentaron. De pronto el danés guardó
silencio y observó a su huésped. En lugar de elevar lo suficiente su espíritu
para entrevistarse con su eminencia, Kepler se dedicó a hacer una exposición de
sus penurias. Le molestó hasta la nota quejumbrosa que percibió en su voz, pero
no pudo reprimirla. Al fin y al cabo, tenía motivos de queja. Supuso
sombríamente que, por supuesto, el danés nada sabía de preocupaciones
económicas y esas cosas, esas sórdidas cuestiones. Su enorme seguridad estaba
avalada por siglos de educación patricia. Incluso esa estancia, alta y ligera,
de fino techo antiguo, demostraba una grandeza imperturbable. Seguramente el
desorden no osaría asomar su rostro impúdico. Con su silencio y su mirada, la
cúpula resplandeciente del cráneo y la nariz metálica, Tycho parecía
sobrehumano, una máquina enorme y pesada cuyo imperceptible funcionamiento
mantenía firmemente en su rumbo los diversos actos del castillo y sus
innumerables vidas.
—Y a
pesar de que en Graz tuve de mi parte a muchas personas influyentes —decía
Kepler—, sí, incluso a los jesuitas, de nada sirvió, las autoridades siguieron
acosándome sin piedad y querían que renunciara a mi fe. Señor, tal vez no me
crea, pero tuve que pagar una multa de diez florines por el privilegio,
escúcheme bien, por el privilegio de enterrar a mis pobres hijos de acuerdo con
el rito luterano.
Tycho
se revolvió en la silla y se tironeó y acomodó el bigote con el índice y el
pulgar. Con mirada afligida, Kepler se hundió un poco más en el asiento, como
si el yugo de esos dedos se hubiera posado sobre su delgado cuello.
—Señor,
¿cuál es su filosofía? —inquirió el danés.
Sobre
la mesa que los separaba, las naranjas italianas centelleaban en un cuenco de
peltre. Era la primera vez que Kepler veía naranjas. Blasonadas y en perfecta
madurez, resultaban misteriosas por su tensa e inexorable presencia.
—Sostengo
que el mundo es una manifestación de la posibilidad del orden —replicó. ¿Se
trataba de otro fragmento del sueño matinal? Tycho Brahe lo observaba
fríamente. Kepler se apresuró a añadir—: O sea que abrazo la filosofía natural.
¡Si
al menos se hubiese vestido de otra forma! Lamentaba, sobre todo, la gola.
Había pretendido causar una buena impresión, pero le estaba demasiado ceñida.
El sombrero prestado languidecía en el suelo, a sus pies: otro gesto valeroso
pero desmañado, ya que un pisotón inoportuno había hundido la copa. Con la
mirada fija en un extremo del techo, Tycho dijo:
—Cuando
llegué a Bohemia, el emperador nos alojó en Praga, en la casa del difunto
vicecanciller Curtius, donde el infernal tañido de las campanas del cercano
monasterio capuchino fue un tormento noche y día. —Se encogió de hombros—.
Siempre se soportan molestias.
Kepler
asintió. Campanas, claro: sin duda las campanas afectarían gravemente la
concentración, aunque no tanto, imaginó, como los lloros de los propios hijos
sufriendo atrozmente antes de morir. Ese danés y él tenían mucho que aprender
el uno del otro. Miró a su alrededor con una sonrisa que expresaba admiración y
envidia.
—Claro
que aquí…
La
pared junto a la cual estaban sentados era casi una inmensa ventana de arco con
muchos cristales emplomados y daba a una panorámica de viñas y tierras de
pastoreo que se perdían en la lejanía azul y translúcida. El sol invernal
llameaba sobre el Isar.
—El
emperador considera que Benatek es un castillo, pero no lo es —dijo Tycho
Brahe—. Estoy haciendo grandes modificaciones y ampliaciones pues pretendo
convertirlo en mi Uranienburg bohemio. Sin embargo, uno se frustra a cada
instante. Aunque su majestad es comprensiva, no puede ocuparse personalmente de
todos los detalles. El administrador de las propiedades de la corona en los
alrededores, la persona con que trato habitualmente, no está tan bien dispuesto
hacia mí como sería de mi agrado. Se llama Mühlstein, Kaspar von Mühlstein…
—Miró sombríamente el nombre como calcularía el verdugo la longitud de un
cuello—. Creo que es judío.
A
mediodía sonó una campana y el danés pidió el desayuno. Un criado les sirvió
pan caliente envuelto en servilletas y llenó las tazas con un líquido negruzco
y humeante que sirvió de una jarra. Kepler observó la bebida y Tycho preguntó:
—
¿No conoce este brebaje? Viene de Arabia. En mi opinión, agudiza
maravillosamente el cerebro. —Aunque Tycho se expresó a la ligera, Kepler supo
que quería impresionarlo. Bebió, chasqueó los labios apreciativo y Tycho sonrió
por primera vez—.Herr Kepler, debe perdonar que a su llegada a Bohemia no
acudiera a recibirlo personalmente. Como le expuse en mi carta, casi nunca voy
a Praga, a menos que tenga que visitar al emperador. Además, como comprenderá,
la posición de Marte y Júpiter en esta época me llevaron a proseguir el
trabajo. Sin embargo, confío en que comprenderá que ahora lo recibo, no tanto
como huésped, sino como amigo y colega.
Pese
a su aparente calidez, el breve discurso los dejó oscuramente insatisfechos. En
lugar de continuar, Tycho desvió la mirada hacia la ventana y el día invernal.
El criado arrodillado ante la estufa azulejada avivaba el fuego con los leños
de pino. Llevaba el pelo muy corto y tenía las manos carnosas y los pies
despellejados y enrojecidos encajados en zuecos de madera. Kepler suspiró. Se
dio cuenta de que irremediablemente pertenecía a esa clase que repara en el
estado de los pies de los siervos. Bebió otro sorbo del brebaje árabe.
Despejaba la mente y comprobó alarmado que también parecía provocarle
temblores. Temió sufrir una recaída en sus fiebres. Hacía más de seis meses que
lo acosaban y, en las grises horas del alba, había llegado a pensar que estaba
tísico. A pesar de todo tenía la sensación de que estaba engordando: la maldita
gola lo asfixiaba.
Tycho
Brahe se volvió y, con mirada atenta, preguntó:
—
¿Trabaja los metales?
—
¿Los metales…? —preguntó débilmente.
El
danés había sacado una cajita laqueada para bálsamo y se ponía un toque de
ungüento aromático en la piel que rodeaba el falso caballete —fabricado con una
aleación de oro y plata— de su nariz lesionada, desfigurada en un duelo que
libró en sus mocedades. Kepler lo miró asombrado. ¿Acaso le pedirían que
fabricara un órgano nuevo y más fino con el que adornar la carota del danés?
Sintió un profundo alivio cuando Tycho añadió con un deje de irritación:
—Me
refiero al alambique. Me ha dicho que es filósofo natural, ¿verdad?
Tycho
tenía la inquietante costumbre de oscilar en la conversación, como si los temas
figuraran en los contadores de un juego que jugaba ociosamente en su cerebro.
—No,
no, la alquimia no es… no soy…
—Pero
hace horóscopos.
—Sí,
siempre que…
—
¿De pago?
—Bueno,
sí.
Kepler
empezaba a tartamudear. Sintió que lo obligaban a reconocer una esencial
mezquindad de espíritu. Molesto, se preparó para el contraataque, pero Tycho
volvió a cambiar bruscamente la dirección del juego.
—Sus
escritos son muy interesantes. He leído con gran interés Misterium
cosmographicum. Aunque no coincidí con el método, las conclusiones a las que
arribó me parecieron… significativas.
Kepler
tragó saliva.
—Es
muy amable.
—Diría
que el fallo está en que basó sus teorías en el sistema copernicano.
Y no
en el tuyo, eso es lo que quieres decir. Por fin habían llegado al meollo del
asunto. Con los puños cerrados sobre las piernas para evitar que le temblaran
las manos, Kepler buscó febrilmente el mejor modo de abordar de inmediato la
cuestión esencial. Notó con enfado que titubeaba. No confiaba en Tycho Brahe.
Era un hombre demasiado sosegado y circunspecto, como una especie de enorme y
perezoso depredador que caza inmóvil desde la trampa con muelles de su guarida.
(También era, a su manera, un gran astrónomo, lo que resultaba tranquilizador.
Kepler creía en la hermandad de la ciencia). Además, ¿cuál era la cuestión
esencial? Buscaba en Benatek algo más que alojamiento para él y los suyos. Para
Kepler la vida era una especie de entidad milagrosa, casi un organismo viviente
de maravillosa complejidad y gracia, atormentada por una fiebre crónica y
devastadora. De Benatek y su señor esperaba la concesión de un orden perfecto y
una paz que le permitieran aprender a refrenar el ímpetu de la vida, a apaciguar
sus febriles conmociones y a esquivar las acechanzas de la muerte. Mientras
reflexionaba con serena consternación supo que había pasado el momento de
plantear sus aspiraciones. Tycho apartó los huesos roídos del desayuno y se
puso en pie.
—Herr
Kepler, ¿lo veremos durante la cena?
—
¡Pero…! —Kepler buscaba a tientas el sombrero bajo la mesa.
—Así
conocerá a algunos de mis ayudantes y podremos analizar la redistribución de
las tareas ahora que somos uno más. Pensaba encomendarle la órbita lunar. Antes
debemos consultar a Christian Longberg, mi ayudante principal, que como
comprenderá tiene voz y voto en estos asuntos.
Abandonaron
lentamente la estancia. Más que andar, Tycho navegaba como un buque majestuoso.
Presa de una gran palidez, Kepler retorció el ala del sombrero entre los dedos
temblorosos. Era una locura. ¡Vaya amigo y colega! Lo trataban como un vulgar
aprendiz. Distraído, Tycho Brahe lo despidió en el pasillo y se alejó
parsimoniosamente.
Frau
Bárbara lo aguardaba en sus habitaciones. Tenía aspecto de estar siempre
cruelmente abandonada, tanto por su presencia como en su ausencia. Preguntó
atribulada aunque ilusionada:
—
¿Qué nuevas traes?
Kepler
adoptó una expresión de amable perplejidad.
—
Hmmm.
—Habla
—insistió su esposa—. ¿Qué ocurrió?
—En
fin, desayunamos. Mira, te he traído algo. —Con la habilidad de un
prestidigitador, sacó una naranja de la copa del sombrero, que le había servido
de escondite—. ¡Ah, bebí café!
Regina,
que hasta ese momento había permanecido asomada a la ventana, se volvió y se
acercó sonriente a su padrastro. La franca mirada de la niña siempre acentuaba
la timidez del astrónomo.
—En
el patio hay un ciervo muerto —dijo Regina—. Si te asomas, lo verás en el
interior de la carreta. Es muy grande.
—Es
un alce —la corrigió Kepler afablemente—. Se trata de un alce. Se emborrachó y
rodó escaleras abajo cuando…
Habían
subido el equipaje. Bárbara había deshecho las maletas y ahora, con la naranja
brillante en las manos, súbitamente se sentó en medio de los restos dispersos
de sus pertenencias y se echó a llorar. Kepler y la niña la miraron
sobresaltados.
—
¡No has acordado nada! —gimió—. Ni siquiera lo intentaste.
* *
* *
Oh,
cuán familiar era: el desorden había sido la sempiterna condición de su vida.
Si fugazmente lograba algo de calma interior, ya podía esperar que el mundo
externo cayera sobre él. Al final, también había ocurrido lo mismo en Graz. A
pesar de todo el último año —antes de que lo obligaran a huir a Bohemia y a
apelar a Tycho Brahe— había comenzado maravillosamente bien. De momento, el
archiduque se había hartado de perseguir a los luteranos, Bárbara volvía a
estar preñada y, cerrada la Stiftsschule, tenía tiempo de sobra para proseguir
sus propios estudios. Incluso había atemperado su actitud hacia la casa de la
Stepfergasse, que al principio le produjo una profunda aversión cuyo origen ni
se molestó en indagar. Corría el último año del siglo e imperaba la sensación
de alivio porque, después de haber causado mucho daño, por fin agonizaba algo
viejo y maligno.
Con
el corazón henchido de esperanzas, en primavera emprendió una vez más la gran
tarea de formular las leyes de la armonía del mundo. Su taller se encontraba en
el fondo de la casa y era un chiribitil situado a un lado del pasillo húmedo y
embaldosado que conducía a la cocina. En tiempos del difunto marido de Bárbara
había servido de trastero. Kepler había dedicado un día a desprenderse de los
trastos, papeles, cajas viejas y muebles desvencijados que arrojó sin
miramientos por la ventana, hacia el arriate cubierto de hierbajos. Ahí
seguían: un humeante montón de abono que cada primavera engendraba ramilletes
de gencianas silvestres, quizás en memoria del antiguo dueño de casa, el pobre
Marx Müller, pagador y sisador cuyo tétrico espectro aún merodeaba por su
dominio perdido.
Como
la casa era grande, podría haber elegido otras habitaciones más suntuosas, pero
Kepler prefería ese cuchitril. Era un sitio aislado. Por entonces Bárbara aún
tenía pretensiones sociales y casi todas las tardes la casa se llenaba con las
esposas cara de caballo de concejales y burgueses. Los únicos sonidos que
perturbaban el silencio de su refugio con el cerrojo echado eran el cloqueo
quejumbroso de las gallinas en el patio y los canturreos de la criada en la
cocina. La luz tenue y verdosa que se colaba desde el jardín aliviaba sus ojos
enfermos. A veces Regina se presentaba y se sentaba a su lado. El trabajo
avanzaba.
Por
fin había logrado llamar la atención. El italiano Galileo había respondido al
envío de un ejemplar del Misterium cosmographicum. Es verdad que su misiva
había sido decepcionantemente breve y apenas cortés. Pero Tycho Brahe le había
escrito cálidamente y no había escatimado elogios sobre el libro. Además, a
pesar de la agitación religiosa, seguía carteándose con el canciller bávaro
Herwart von Hohenburg. Llegó a creer que se estaba convirtiendo en una persona
importante porque, ¿cuántos hombres de veintiocho años podían decir que entre
sus colegas figuraban semejantes lumbreras? (Kepler no la consideraba una
palabra demasiado fuerte).
Es
posible que esas migajas lo impresionaran, pero fue más difícil convencer a
otros. Recordaba la disputa con Jobst Müller, su suegro. Aunque no sabía bien
por qué, en su recuerdo suponía el principio de aquel período crítico que
concluyó nueve meses después con su expulsión de Graz.
La
primavera de aquel año fue mala y abril estuvo plagado de aguaceros y
vendavales. A principios de mayo se produjo una calma inquietante. Durante días
el cielo se convirtió en una cúpula de extrañas nubes claras y por la noche
caía la bruma. Nada se movía. Daba la sensación de que el aire se había
congelado. Las calles apestaban. Kepler le temía a ese clima devorador que
alteraba el delicado equilibrio de su constitución, le atenazaba el cerebro y
lograba que sus venas se hincharan de una manera alarmante. Corrió la voz de
que en Hungría aparecieron manchas de sangre en todas partes, en las puertas,
las paredes y hasta en los campos. En Graz una mañana descubrieron a una vieja
meando detrás de la iglesia de los jesuitas, no lejos de la Stempfergasse, y la
apedrearon porque la tomaron por bruja. Bárbara, preñada de siete meses, empezó
a irritarse. La ocasión era propicia para que la peste campara por sus
respetos. Y para Kepler fue una especie de pestilencia el hecho de que Jobst
Müller decidiera viajar desde Gössendorf y pasar tres días con ellos.
Müller
era un hombre triste, orgulloso de su molino, de su dinero y de su propiedad en
Mühleck. Al igual que Bárbara, también tenía pretensiones sociales, se
reivindicaba de noble ascendencia y firmaba zu Gössendorf. Y también como
Bárbara, aunque no tan espectacularmente, era un consumidor de cónyuges: su
segunda esposa estaba enferma. Acumulaba riquezas con una pasión ausente en las
demás facetas de su vida. Parecía considerar a su hija como una posesión
material, hurtada por el advenedizo Kepler.
La
visita sirvió, al menos, para levantar un poco el decaído ánimo de Bárbara, que
se alegró de contar con un aliado. Jamás se quejaba abiertamente de Kepler en
su presencia. Su táctica consistía en el sufrimiento mudo. Kepler pasó la mayor
parte de los tres días de la visita encerrado en su taller. Regina le hizo
compañía. La niña tampoco sentía un gran afecto por el abuelo Müller. Entonces
tenía nueve años y era menuda para su edad, pálida y con el pelo rubio ceniza,
que siempre parecía húmedo, aplastado sobre su estrecha cabeza. No era
agraciada, se la veía demasiado demacrada, pero tenía carácter. Tenía un aura
de algo consumado, de bastarse a sí misma; Bárbara le tenía cierto temor.
Regina se sentaba en un taburete del taller, con un juguete olvidado sobre el
regazo, y miraba el entorno: gráficos, sillas, el descuidado jardín, a Kepler
cuando tosía, restregaba los pies o dejaba escapar un gemido involuntario. Era
un extraño modo de compartir y Kepler no sabía a ciencia cierta qué compartían.
Era el tercer padre que Regina conocía en tan pocos años y Kepler suponía que
la niña quería comprobar si resultaba más perdurable que los anteriores. ¿Era
eso lo que compartían, algo reservado para el futuro?
En
aquellos días Regina tuvo más motivos que de costumbre para cuidarlo. Kepler
estaba muy agitado. Fue incapaz de trabajar sabiendo que su esposa y su suegro
—ese par— rondaban por la casa, bebían su aguardiente del desayuno y se
ensañaban con sus defectos. Por eso permaneció sentado ante el escritorio
revuelto, gimió, masculló y anotó cálculos disparatados que, más que
matemáticas, eran una especie de código que en su airada irracionalidad
expresaban su ira y su frustración reprimidas.
Las
cosas no podían seguir de esa manera.
—Johannes,
tenemos que hablar.
Jobst
Müller extendió sobre su cara, como si se tratara de pegajosas natillas, una de
sus excepcionales sonrisas. Rara vez llamaba a su yerno por el nombre de pila.
Kepler intentó escapar.
—Estoy…
estoy muy ocupado.
Esa
respuesta fue un error. No era posible que estuviera ocupado porque la escuela
estaba cerrada. Para ellos la astronomía era puro juego, señal de su profunda
irresponsabilidad. La sonrisa de Jobst Müller se agrió. Ese día no llevaba el
sombrero cónico de ala ancha que casi siempre lucía tanto al aire libre como en
interiores y daba la sensación de que le faltaba un trozo de cabeza. Tenía el
pelo cano y lacio y la barbilla azulada. Pese a su edad, era un hombre elegante
que gastaba chalecos de terciopelo, cuellos de encaje y lazos azules a la
altura de las rodillas. Kepler no quiso mirarlo. Estaban en la galería, encima
del vestíbulo. La tenue luz de la mañana se colocaba por la ventana con
barrotes que tenía detrás.
—
¿Serías tan amable de dedicarme una hora?
Bajaron
la escalera y los zapatos con hebillas de Jobst Müller produjeron una sorda
escala descendente de desaprobación en las tablas enceradas. El astrónomo
recordó sus tiempos de colegial: Kepler, te la has buscado. Bárbara los
esperaba en el comedor. Johannes reparó con desagrado que tenía la mirada
encendida. Bárbara conocía al viejo y lo había abordado: navegaban por las
mismas aguas. La noche anterior Bárbara había hecho pruebas con su cabello (se
le había caído a mechones después del nacimiento del primer hijo de ambos) y
cuando los hombres entraron se quitó la redecilla protectora y un montón de
rizos se desplegaron sobre su frente. Johannes tuvo la impresión de que los oía
crujir.
—Buenos
días, querida —la saludó y, más que sonreír, le mostró los dientes.
Bárbara
se acarició nerviosa los rizos.
—Papá
quiere hablar contigo.
Johannes
se sentó a la mesa, frente a Bárbara.
—Lo
sé.
Esas
sillas, viejos muebles italianos que formaban parte de la dote de Bárbara, eran
demasiado altas para Kepler, que debía estirarse para tocar el suelo con las
puntas de los pies. De todos modos, le gustaban tanto como el resto del
mobiliario y la estancia. Le agradaban la madera tallada, los ladrillos viejos
y las vigas negras del techo, en su totalidad cosas sólidas que, aunque en un
sentido estricto no le pertenecían, contribuían a mantener unido su mundo.
—Johannes
se ha dignado consagrarme una hora de su valioso tiempo —dijo Jobst Müller y se
sirvió un pichel de cerveza.
Bárbara
se mordisqueó el labio.
—Hmmm.
—masculló Kepler.
El
astrónomo sabía perfectamente de qué hablarían. Ulrike, la criada, entró
chapoteando, con el desayuno en una enorme bandeja. El huésped de Mühleck comió
un huevo duro. Johannes estaba inapetente. Esa mañana sus tripas eran un
torbellino. Sus entrañas eran un mecanismo delicado y el clima más Jobst Müller
lo afectaban.
—
¡El maldito pan está seco! —se quejó Kepler.
Ulrike
lo miró desde la puerta.
—Dime,
¿hay indicios de que la Stiftsschule vuelva a abrir sus puertas? —preguntó el
suegro.
Johannes
se encogió de hombros y escapó por la tangente:
—Ya
sabe, el archiduque…
Bárbara
ofreció a su marido una fuente humeante y dijo:
—Johannes,
come un poco de bratwurst. Ulrike ha preparado tu salsa de crema favorita.
Kepler
la miró y la mujer retiró rápidamente la bandeja. Bárbara estaba tan barrigona
que tenía que inclinarse desde los hombros para coger algo de la mesa. Durante
unos segundos su estado lamentable y desgarbado conmovió a Kepler. La había
considerado hermosa cuando llevaba en su seno el primer hijo. Taciturno, Kepler
añadió:
—No
creo que vuelvan a abrir las puertas de la escuela mientras gobierne el
archiduque. —El astrónomo empezó a animarse—. Se dice que tiene la sífilis. Si
ese mal acaba con él, habrá esperanzas.
—
¡Johannes!
Regina
entró en el comedor y ejerció un cambio ligero pero perceptible en el ambiente.
Cerró con suma delicadeza la pesada puerta de roble, como si estuviera montando
un fragmento de la pared. El mundo estaba construido en una escala desmesurada
con relación a Regina. Johannes la comprendía.
—
¿Esperanzas de qué? —preguntó modestamente Jobst Müller y tomó el último bocado
de clara de huevo. Esa mañana era pura zalamería y esperaba el momento
oportuno. La cerveza dejó un ligero bigote de espuma en su labio superior.
Moriría dos años después.
—
¿Cómo? —preguntó Kepler, decidido a crear dificultades.
Jobst
Müller suspiró.
—Has
dicho que habría esperanzas si el archiduque mue… pasa a mejor vida. ¿Podremos
preguntar qué tipo de esperanzas?
—Esperanzas
de tolerancia y un mínimo de libertad para que el pueblo pueda practicar la
religión según los dictados de su conciencia.
¡Ja,
ja! Eso sí que estaba bien. Durante el último estallido de fervor religioso de
Fernando, Jobst Müller se había pasado a los papistas mientras Johannes
resistía y padecía un exilio transitorio. La afabilidad del viejo creó una onda
que recorrió su mandíbula apretada y tensó sus labios exangües.
—La
conciencia, sí, la conciencia está bien para algunos, para los que están tan
engreídos que no se ocupan de asuntos triviales y dejan que otros los alimenten
y alberguen tanto a ellos como a sus familias.
Johannes
depositó la taza con un ligero estrépito. La taza estaba franqueada con el
sello de los Müller. Regina lo observaba.
—Aún
me pagan el salario. —Su rostro, ceroso por la cólera reprimida, enrojeció.
Bárbara hizo un gesto de súplica, pero Kepler la ignoró—. Por si no lo sabe, en
esta ciudad me aprecian. Los concejales… ay, hasta el propio archiduque
reconocen mi valía aunque otros no estén enterados.
Jobst
Müller se encogió de hombros. Se había agazapado y parecía una rata a punto de
entrar en combate. Pese a su porte elegante, exhalaba un lejano olor a carne
sucia.
—Vaya
manera de mostrar su aprecio, si tenemos en cuenta que te expulsaron como a un
vulgar delincuente.
Johannes
arrancó con los dientes una corteza de pan.
—Ve
bervidiedon… —tragó con gran esfuerzo—, me permitieron regresar un mes después.
De los nuestros, fui el único seleccionado.
Jobst
Müller se dio el lujo de esbozar otra débil sonrisa.
—
¿Es posible que los jesuitas no salieran en defensa de los demás? — inquirió
con ligero énfasis—. ¿Es posible que sus conciencias les impidieran buscar el
auxilio de esa congregación católica?
El
rostro de Kepler se inflamó. Guardó silencio, se mantuvo expectante y miró al
viejo con encono. Reinó la calma. Bárbara se sorbió los mocos.
—Regina,
come la salchicha —la reprendió Bárbara suave y pesarosa, como si la
quisquillosa forma de comer de la niña fuera el motivo soterrado del malestar
imperante.
Regina
apartó el plato cuidadosamente.
—Dime
—insistió Jobst Müller, todavía agazapado y sonriente—, ¿a cuánto asciende el
salario que los concejales siguen pagándote a cambio de nada?
¡Cómo
si no lo supiera!
—No
entiendo…
—Papá,
lo han reducido —intervino Bárbara impaciente—. ¡Ascendía a doscientos florines
y han restado veinticinco!
Cuando
hablaba a contracorriente de la cólera de su marido, Bárbara tenía la costumbre
de cerrar los ojos y agitar los párpados para no ver sus tics ni su mirada
feroz. Jobst Müller asintió y dictaminó:
—No
es mucho, claro que no.
—Así
es, papá.
—De
todos modos, doscientos florines por mes…
Bárbara
abrió desmesuradamente los ojos.
—
¿Por mes? —chilló—. ¡Papá, es por año!
—
¿Cómo?
Estaban
montando una comedia.
—Sí,
papá, es así. Si no fuera por mis modestas rentas y por lo que tú nos envías de
Mühleck, bueno…
—
¡Cállate! —ordenó Johannes.
Bárbara
dio un brinco.
—
¡Ay! —Una lágrima furtiva rodó por su mejilla regordeta y sonrosada.
Jobst
Müller observó con interés a su yerno.
—Creo
que tengo derecho a saber cuál es la situación —declaró—. Al fin y al cabo se
trata de mi hija.
Con
los dientes apretados, Johannes emitió un sonido agudo y penetrante que era a
medias aullido y a medias gemido.
—
¡Me niego! —protestó—. ¡No lo permitiré en mi propia casa!
—
¿En tu propia casa? —se regodeó Jobst Müller.
—Basta,
papá, ya está bien —dijo Bárbara.
Kepler
les apuntó con dedo temblón.
—Me
mataréis —dijo con el tono tenso de quien acaba de descubrir algo inesperado y
terrible—. Pues sí, es lo que haréis, me mataréis entre los dos. Es lo que os
habéis propuesto. Os gustaría verme con la salud quebrantada. Seríais felices.
Entonces usted y este engendro que juega a ser mi esposa… emprenderéis el
regreso a Mühleck, lo sé… —Te has excedido, has ido demasiado lejos.
—Cálmate
—pidió Jobst Müller—. Nadie te desea ningún mal ¡Te agradeceré que no te burles
de Mühleck ni de los beneficios que produce, ya que pueden convertirse en tu
salvación cuando el duque decida desterrarte nuevamente, quizá para siempre!
Johannes
dio un ligero tirón a las riendas de su ira galopante. ¿Había percibido un
atisbo de arreglo en esas palabras? ¿El viejo macho cabrío se armaba de valor
para ofrecerse a comprar a su hija? La idea lo enfureció aún más. Rió como un
orate.
—Mujer,
escucha a tu padre —gritó Kepler—. ¡Tiene más celo por sus propiedades que por
ti! Puedo decir lo que quiera de ti, pero no debo siquiera pronunciar el nombre
de Mühleck, pues lo mancillaría.
—Jovencito,
no defenderé a mi hija con palabras sino con actos.
—
¡Su hija! Permítame que le diga que su hija de usted no necesita defensores. Es
mayor, ya ha enterrado dos maridos… y está en camino de meter bajo tierra al
tercero. ¡Oh, has ido demasiado lejos!
—
¡Señor!
Se
incorporaron a punto de llegar a las manos y se dirigieron funestas miradas
entrelazadas como cornamentas. Bárbara soltó una risilla en medio del
asfixiante silencio. Se cubrió la boca con la mano. Regina observó a su madre
con interés. Los hombres se serenaron y respiraron dificultosamente,
sorprendidos de la actitud que habían adoptado.
—Papá,
está convencido de que sus días están contados —dijo Bárbara y lanzó otra
risilla maníaca—. Dice… dice que tiene la señal de la cruz en el pie, en el
mismo sitio donde le clavaron los clavos al Salvador, señal que aparece y
desaparece y que cambia de color según la hora del día… ¿No es verdad,
Johannes? —Se restregó las manos y ya no hubo nada que la refrenara—. Pero yo
no puedo verla, supongo que porque no soy uno de los elegidos o porque no soy
lo bastante inteligente como tú… como tú siempre… —Bárbara guardó silencio.
Johannes
la contempló. Jobst Müller se mantuvo expectante. Se volvió hacia Bárbara, que
apartó la mirada. Se dirigió a su yerno:
—
¿Cuál es la enfermedad que, según supone, te afecta? —Johannes masculló algo
con tono imperceptible—. Disculpa, pero no te he entendido…
—He
dicho la peste.
El
viejo se sobresaltó.
—
¿La peste? Bárbara, ¿hay peste en la ciudad?
—Claro
que no, papá. Se la ha imaginado.
—Pero…
Johannes
alzó el rostro con una mueca mortecina.
—Por
alguien tiene que empezar, ¿no cree?
Jobst
Müller experimentó un gran alivio.
—Seamos
serios, todo esta charla sobre… ¡y en presencia de la niña!
Johannes
volvió a la carga con su suegro.
—
¿Cómo pretende que no me preocupe si tomé mi propia vida en mis manos casándome
con este ángel de la muerte que usted me impuso?
Bárbara
lanzó un quejido y se cubrió el rostro con las manos. Johannes se estremeció,
su cólera se disipó y súbitamente se sintió desfallecer. Se acercó a Bárbara.
Por fin dolor auténtico. Bárbara no le permitió tocarla e, impotente, paseó las
manos por encima de sus hombros agitados, como si masajeara la proyección
invisible de su aflicción.
—
¡Bárbara, soy un perro, un perro rabioso, perdóname! —se disculpó y se mordió
los nudillos.
Jobst
Müller contempló al hombrecillo que se cernía sobre su esposa corpulenta y
sollozante y, disgustado, frunció los labios. Regina abandonó el comedor en
silencio.
—
¡Ay, Cristo! —gimió Kepler y pateó el suelo.
* *
* *
Iba
en pos de las leyes eternas que rigen la armonía del mundo. Acechaba a su presa
fabulosa a través de terribles bosquecillos y en lo más oscuro de la noche.
Sólo al cazador más sigiloso se le había concedido un disparo y él, burdamente
armado con el trabuco de sus defectuosas matemáticas, apenas tenía
oportunidades rodeado de payasos saltarines que gritaban, chillaban y tocaban
las campanillas, que respondían a los nombres de Paternidad, Responsabilidad y
maldita Domesticidad. Pues sí, en una ocasión había visto fugazmente a un
pájaro mítico, un punto, nada más que un punto encumbrado a alturas inefables.
Aquella visión fugaz fue inolvidable.
El
momento aconteció el 19 de julio de 1595, exactamente a las 11 y 27 minutos de
la mañana. Si sus cálculos eran exactos, a la sazón contaba 23 años, 6 meses, 3
semanas, 1 día, 20 horas y 57 minutos, segundo más o menos.
Luego
dedicó mucho tiempo a analizar esos números, a la búsqueda de significados
ocultos. La suma de fecha y hora daba un producto de 1.6 5 2. En esa cifra no
descubrió nada. Combinó las cifras de ese total y obtuvo 14, que equivalía a 7
—el número místico— multiplicado por 2. O tal vez se debía, simplemente, a que
1652 sería el año de su muerte. Para entonces tendría ochenta y un años. (Soltó
la carcajada: ¿con su salud?). Se ocupó de la segunda cifra: su edad en aquel
trascendental día de julio. El resultado también era poco prometedor.
Combinadas sin incluir el año, daban una cantidad cuyo único significado
parecía consistir en que era divisible por 5 y le dejaba el resultado de 22,
edad en la que había salido de Tubinga. No era mucho. Pero si dividía 22 por 2
y restaba 3 (¡de nuevo el 5!), le quedaban 6 y fue a los seis años cuando su
madre lo llevó a la cima de la Colina de la Horca para ver el planeta de 1577.
Y el 3, ¿qué significaba ese 3 insistente? ¡Vaya, era el número de los
intervalos entre los planetas, el número de notas del arpegio de las esferas,
la escala de cinco tonos de la música del mundo… siempre y cuando sus cálculos
fueran exactos!
Hacía
seis meses que trabajaba en la que se convertiría en su primera obra: Misterium
cosmographicum. Entonces su situación era más desahogada. Aún era soltero, no
había oído hablar de Bárbara y vivía en la Stiftsschule, en un cuarto atestado
y frío pero que le pertenecía. Al principio la astronomía sólo había sido un
pasatiempo, una ampliación de los juegos matemáticos que como estudiante había
gustado de practicar en Tubinga. A medida que pasaba el tiempo y que se
frustraban sus ilusiones de una nueva vida en Graz, ese juego exaltado lo
obsesionaba cada vez más. Era algo en sí mismo, un ámbito de orden que podía
contraponer al mundo real y desvencijado del que era prisionero. Graz era una
especie de prisión. Y en esta ciudad a la que gustaban llamar urbe, la capital
de Estiria, regida por mercaderes de miras estrechas y por un príncipe papista,
el espíritu de Johannes Kepler estaba encadenado, esposados sus talentos, sus
grandes aptitudes especulativas sujetas al potro de tormento de la enseñanza…
¡exacto, sí, eso es! Reía, gruñía y se burlaba de sí mismo… ¡por Dios, estaba
encerrado en una mazmorra! Tenía veintitrés años.
La
ciudad era bastante bonita. Quedó impresionado cuando vio por primera vez el
río, las agujas de las iglesias y la colina coronada por el castillo,
desdibujados y brillantes bajo el aguacero de abril. Parecía existir cierta
amplitud y generosidad que incluso creyó percibir en la extensión y el
equilibrio de los edificios, tan distintos a la arquitectura sobresaliente de
las ciudades de su Wurtemberg natal. También la gente le pareció diferente. Los
paseantes eran muy propensos a los discursos y las disputas públicas y Johannes
recordó que había recorrido un largo camino desde su tierra, que casi estaba en
Italia. Pero era pura ilusión. Cuando más tarde observó atentamente las calles
hormigueantes, se dio cuenta de que la inmundicia y el hedor, los tullidos, los
pordioseros y los locos eran los mismos de todas partes. Es verdad que se
trataba de orates protestantes, de inmundicia protestantes y de que las agujas
apuntaban a un cielo protestante, por eso el ambiente de por aquí parecía menos
estrecho. Pero el archiduque era un católico recalcitrante y la ciudad estaba
plagada de jesuitas e incluso entonces en la Stiftsschule se hablaba de la
clausura y de la separación entre la Iglesia y el Estado. A pesar de que había
sido un estudiante genial, Johannes aborrecía la enseñanza. En las clases
experimentaba una extraña frustración. Las lecciones que debía explicar siempre
estaban un poquitín al margen de lo que realmente le interesaba, por lo que se
veía obligado a contenerse del mismo modo que el botero retiene el esquife en
medio de la corriente del río. El esfuerzo lo agotaba, lo dejaba sudoroso y
embotado. A menudo el timón se le escapaba de las manos e, impotente, se dejaba
arrastrar por la marea de su entusiasmo, mientras sus pobres y cortos alumnos
quedaban abandonados en la orilla en lontananza y desde allí saludaban
desganadamente con la mano.
La
Stiftsschule era administrada como una academia militar. Consideraban
negligente a todo profesor que no castigaba a sus alumnos hasta hacerlos
sangrar. (Johannes hizo lo imposible y la única vez que no pudo evitar una
azotaina, la víctima fue un chico fornido y sonriente, casi de su misma edad, y
una cabeza más alto). El nivel de enseñanza era elevado y se encargaban de
sostenerlo el comité de supervisores y sus falanges de inspectores. Johannes
tenía pánico a los inspectores. Se presentaban en las aulas sin avisar, a
menudo de a dos, y escuchaban en silencio desde el fondo, mientras sus escasos
alumnos permanecían con los brazos cruzados, se congratulaban de la situación y
lo miraban jubilosamente atentos, a la espera de que hiciera el ridículo. En la
mayoría de los casos les daba el gusto pues se crispaba y tartamudeaba mientras
luchaba con los hilos enmarañados de su discurso.
—Procure
mantener la calma —le aconsejó el rector Papius—. Tengo la impresión de que se
apresura y tal vez olvida que sus alumnos carecen de su agudeza mental. No lo
siguen, se confunden y luego vienen a mí a quejarse o… —sonrió—, o sus padres
vienen a quejarse.
—Lo
sé, lo sé —reconoció Johannes y se miró las manos. Estaban sentados en el
rectorado, que daba al patio central de la escuela. Llovía. El viento se
acumulaba en el cañón de la chimenea, de la que escapaban bolas de humo que
pendían de la atmósfera y le escocían los ojos—. Hablo demasiado deprisa y digo
cosas cuyo modo de expresión no he tenido tiempo de pensar. A veces, en medio
de una clase, cambio de idea y me pongo a hablar de otro tema o me doy cuenta
de que mis palabras eran imprecisas y empiezo de nuevo para explicar
detalladamente la cuestión. —Cerró la boca y se retorció; cada vez que hablaba
empeoraba un poco más la situación. El doctor Papius contemplaba el fuego
cejijunto—. Verá, Herr Rector, mi cupiditas speculandi me lleva por mal camino.
—Así
es —confirmó moderadamente el hombre mayor y se rascó el mentón—, en usted
parece haber demasiada… pasión. De todas maneras, no quisiera que un joven
reprimiera su entusiasmo natural. Maestro Kepler, ¿es posible que no estuviera
destinado a la enseñanza?
Aunque
Johannes alzó la vista alarmado, el rector sólo lo miraba preocupado y con
cierto regocijo. Era un hombre afable y algo disperso, erudito y médico; sin
duda sabía lo que significaba pasar todo el día en un aula soñando con estar en
otra parte. Siempre se había mostrado amable con el extraño hombrecillo de
Tubinga, que al principio horrorizó a los miembros más imponentes del claustro
con sus pésimos modales y su mezcla desconcertante de amistad, irascibilidad y
arrogancia. En más de una ocasión Papius lo había defendido ante los
supervisores.
—Sé
que no soy un buen profesor —masculló Johannes—. Mis inclinaciones van por
otros derroteros.
—Ah,
sí —dijo el rector y tosió—, la astronomía. —Hojeó el informe de los
inspectores que tenía sobre el escritorio—. Parece que enseña bien astronomía.
—
¡Pero no tengo alumnos!
—No
es su culpa… hasta el pastor Zimmermann dice que la astronomía no es materia
para todos. Recomienda que le demos las clases de aritmética y de retórica
latina de la escuela superior hasta que encontremos más alumnos dispuestos a
convertirse en astrónomos.
Johannes
se dio cuenta de que se estaban burlando de él, aunque fuera afablemente.
—
¡Sólo son bárbaros ignorantes! — Exclamó de súbito y del fuego cayó un leño-.
Lo único que les interesa es cazar, guerrear y buscar dotes elevadas para sus
herederos. Odian y desprecian la filosofía y a los filósofos. Ellos ellos
ellos… no se merecen… —Se interrumpió blanco de ira y preocupación. No podía
permitirse más arrebatos.
El
rector Papius sonrió como un fantasma.
—
¿Los inspectores?
—
¿Los…?
—Suponía
que se refería a nuestro buen pastor Zimmermann y a sus compañeros de
inspección. ¿No hablábamos de ellos?
Johannes
se llevó la mano a la frente.
—Me…
me refería, por supuesto, a los que no envían a sus hijos para que reciban una
enseñanza digna.
—Ah.
Le diré una cosa, creo que entre nuestras familias nobles y también entre los
mercaderes son muchos los que consideran que la astronomía no es un tema de
estudio adecuado para sus hijos. Queman en la hoguera a pobres desgraciados que
han tenido con la luna menos tratos que usted en sus clases. Comprenderá que no
defiendo esa actitud ignorante ante su ciencia y que sólo pretendo llamarle la
atención sobre este hecho, como es mi…
—Pero…
—…
como es mi deber.
Se
miraron, Johannes hosco y el rector firme pero disculpándose. La lluvia gris
golpeteaba la ventana y el humo formaba ondas.
Johannes
suspiró.
—Compréndalo,
Herr Rector, no puedo…
—Pues
inténtelo, maestro Kepler. ¿Hará el esfuerzo?
Aunque
lo intentó y volvió a intentarlo, ¿cómo podía mantener la calma? Su cerebro era
un torbellino. El caos de ideas e imágenes bullía en su interior. En clase
guardó silencio cada vez con más frecuencia y se mantuvo totalmente inmóvil,
sordo a las risillas de sus alumnos, cual un hierofante enloquecido. Deambuló
atontado por las calles y en más de una ocasión estuvo a punto de ser
atropellado por los caballos. Pensó que estaba enfermo aunque más bien tenía la
sensación de estar… ¡enamorado! Enamorado en un sentido general, no de un
objeto definido. La idea, cuando por fin dio con ella, le causó gracia.
A
principio de 1595 recibió una señal que, si no procedía del mismo Dios,
seguramente provenía de una deidad menor, una de aquéllas cuyo destino consiste
en alentar a los elegidos. Su puesto en la Stiftsschule incluía el título de
redactor del calendario de la provincia de Estiria. El otoño anterior, previo
pago de veinte florines procedentes de los fondos públicos, había trazado el
calendario astrológico del año siguiente, prediciendo mucho frío y la invasión
turca. En enero la helada fue tan fuerte que los pastores de las granjas
alpinas murieron congelados en las laderas y el primer día del nuevo año los
turcos emprendieron una ofensiva que, según se dijo, devastó todo el territorio
de Neustadt a Viena. Johannes quedó encantado con la presta reivindicación de
sus dotes (e íntimamente sorprendido). Oh, sí, por supuesto, una señal. Se puso
a trabajar a fondo en el misterio cósmico.
Aún
no había alcanzado la solución: todavía estaba planteando las preguntas. La
primera decía: ¿por qué en el sistema solar hay seis planetas? ¿Por qué no
cinco, siete o, ya que en ello estamos, mil? Por lo que sabía, a nadie se le
había ocurrido plantearlo. Para Johannes se convirtió en el misterio
fundamental. Hasta la formulación de semejante pregunta le parecía un logro
extraordinario.
Era
copernicano. En Tubinga, su maestro Michael Maestlin le había hecho conocer el
sistema del mundo del maestro polaco. Para Kepler había algo sagrado, casi
redentor, en esa visión de un mecanismo ordenado de esferas centradas alrededor
del sol. Sin embargo, desde el primer momento vio un defecto, un fallo básico
que obligó a Copérnico a practicar todo tipo de truquillos y evasiones. Tal
como estaba bosquejada en la primera parte de De revolutionibus, la idea del
sistema era evidentemente una verdad eterna, pero la elaboración de la teoría
contenía una acumulación cada vez mayor de digresiones —los epiciclos, el
ecuante, cosas de esta guisa— exigidas, sin duda, por algún espantoso traspié
original. Era como si de las manos vacilantes del maestro hubiese caído su
maravilloso modelo del funcionamiento del mundo y, una vez en el suelo, se
hubiese adherido a sus radios y al alambre fino de su armazón trocitos de
barro, hojas secas y las cáscaras resecas de conceptos agotados.
Aunque
Copérnico llevaba muerto cincuenta años, en ese momento para Johannes se
levantó de la tumba: un ángel plañidero con el que debía combatir antes de
seguir adelante y fundar su sistema. Ya podía burlarse de los epiciclos y el
ecuante, pero no era fácil descartarlos. Sospechaba que el canónigo polaco
había sido mejor matemático de lo que jamás llegaría a serlo el redactor del
calendario de Estiria. Johannes se encolerizó con sus propias insuficiencias.
Ya podía saber que había un defecto, tal vez grave, en el sistema copernicano,
pero encontrarlo era harina de otro costal. Pasaba las noches en vela,
convencido de que había oído al viejo, su adversario, riéndose de él,
aguijoneándolo.
Entonces
hizo un descubrimiento. Se dio cuenta de que Copérnico no había errado en lo
que hizo: había cometido un pecado de omisión. Johannes comprendió que el gran
hombre no se había preocupado por explicar la naturaleza de las cosas,
simplemente se había limitado a demostrarla. Descontento con la concepción
tolemaica del mundo, Copérnico había inventado un sistema mejor y más elegante
que, pese a su aparente radicalismo, sólo pretendía —según las palabras del
escolástico— salvar los fenómenos, crear un modelo que no tenía por qué ser
empíricamente verdadero, bastaba que fuese plausible de acuerdo con las
observaciones.
¿Copérnico
había supuesto que su sistema era una imagen de la realidad o le había bastado
con pensar que coincidía, más o menos, con las apariencias? ¿Se planteó la
pregunta? En el mundo de ese viejo no existía una música sostenida, sólo aires
y fragmentos azarosos, armonías quebradas, cadencias escritas deprisa y sin
cuidado. La tarea de Kepler consistiría en dar cuerpo y ritmo a esa música.
Porque la verdad era la música ausente. Dirigió la mirada hacia la fría luz del
invierno que se colaba por la ventana y se abrazó a sí mismo. ¿No era
maravillosa la lógica de las cosas? Preocupado por la falta de elegancia del
sistema tolemaico, Copérnico había erigido su gran monumento al sol, en el que
estaba encajada la imperfección, la perla que Johannes Kepler debía encontrar.
El
mundo no se había creado con el propósito de que tuviera cuerpo y ritmo. Dios
no era frívolo. Se aferró desde el principio a esa idea: la canción del mundo
era secundaria y nacía naturalmente de la relación armoniosa de las cosas. En
cierto sentido, hasta la verdad era secundaria. Todo estaba en la armonía.
(¡Algo falla, algo falla!, pensó pero no le hizo caso). Como Pitágoras había
demostrado, la armonía era producto de las matemáticas. Por consiguiente, la
armonía de las esferas debía ajustarse a un modelo matemático. A Johannes no le
cabía la menor duda de que ese modelo existía. Según su axioma principal, en el
mundo Dios no creó nada sin designio y su base se encuentra en las cantidades
geométricas. El hombre es divino precisa y exclusivamente porque puede pensar
en términos que reflejan el modelo de Dios. Había escrito: la mente capta la
materia mucho más correctamente cuanto más se aproxima ésta a las cantidades
puras como fuente. En consecuencia, su método para identificar el modelo
cósmico debía basarse, como el modelo mismo, en la geometría.
La
primavera llegó a Graz y, como de costumbre, lo sorprendió. Un día se asomó a
la ventana y la percibió en la atmósfera arrebolada, fue un apresuramiento, una
sensación de vasta y súbita arremetida, como si la tierra se hubiese lanzado
por una curva del espacio cada vez más estrecha. La ciudad centelleaba,
despedía luz de los temblorosos cristales de las ventanas y de las piedras
pulidas, de los charcos de lluvia azules y dorados que cubrían las calles
enlodadas. Johannes pasaba la mayor parte del tiempo de puertas adentro. Lo
perturbó el punto hasta el cual la estación hacía juego con su ánimo de
desasosiego y oscuro anhelo. Las Carnestolendas pasaron bajo su ventana sin que
se apercibiera, salvo cuando una ráfaga de un cómico bugle o el ebrio canto de los
juerguistas interrumpían su concentración, momento en que mostraba los dientes
con un sordo gruñido.
¿Y
si se equivocaba? ¿Y si el mundo no era una estructura ordenada y regida por
leyes inmutables? Después de todo, cabía la posibilidad de que Dios —lo mismo
que los seres de su creación— prefiriera lo temporal a lo eterno, lo
improvisado a lo perfeccionado, los bugles de juguete y los vítores del
desgobierno a la música de las esferas. Pero no, no, a pesar de las dudas, no:
su Dios era, por encima de todas las cosas, un dios del orden. El mundo
funciona por la geometría porque ésta es el paradigma terrenal del pensamiento
divino.
Trabajaba
hasta altas horas de la noche y recorría los días a trompicones, en trance.
Llegó el verano. Había trabajado ininterrumpidamente durante seis meses y todo
cuanto logró —si es que podía considerarse un logro— fue el convencimiento de
que no debía ocuparse de los planetas, sus posiciones y velocidades, sino de
los intervalos entre sus órbitas. Copérnico fijó los valores de esas distancias
y, a pesar de que no eran mucho más confiables que los de Tolomeo, en bien de
su cordura Johannes tuvo que suponer que eran lo bastante válidos para sus
fines. Los combinó y recombinó una y otra vez en pos de la relación que
ocultaban. ¿Por qué sólo hay seis planetas? Era una buena pregunta. Pero
resultaba aún más profundo plantearse por qué existen, precisamente, esas
distancias entre ellos. Aguardó, atento al zumbido de las alas. Y aquella
vulgar mañana de julio se le apareció el ángel que resolvió el enigma. Estaba
en clase. El día era cálido y despejado. Una mosca zumbaba en la alta ventana y
a sus pies yacía un rombo de luz. Atontados de aburrimiento, los alumnos
miraban por encima de su cabeza con los ojos vidriosos. Estaba demostrando un
teorema de Euclides —más adelante, por mucho que lo intentó, no logró recordar
cuál— y había dibujado un triángulo equilátero en la pizarra. Levantó el enorme
compás de madera y en el acto, como siempre, la cosa monstruosa lo pellizcó. Se
llevó el pulgar herido a la boca, giró hacia el caballete y se puso a trazar
dos círculos, uno dentro del triángulo y tocando los tres lados, y el segundo
circunscripto y cortando los vértices. Retrocedió hacia el rombo de luz
polvorienta, parpadeó y de pronto algo, acaso su corazón, cayó y rebotó, como
el atleta que ejecuta una hazaña milagrosa en la cama elástica. Pensó con
desbordante carencia de lógica: viviré eternamente. La relación del círculo
exterior con el interior era idéntica a la de las órbitas de Saturno y Júpiter,
los planetas más lejanos, y allí, dentro de los círculos y determinando la
relación, se inscribía el triángulo equilátero, la figura geométrica
fundamental. Por consiguiente, sitúa un cuadrado entre las órbitas de Júpiter y
Marte, entre Marte y la Tierra un pentágono, entre la Tierra y Venus un… Sí,
claro que sí. El diagrama, el caballete, hasta las paredes del aula se convirtieron
en un líquido trémulo y los afortunados alumnos del joven maestro Kepler
tuvieron el privilegio extraordinario y gratificante de ver que un profesor se
enjugaba las lágrimas y se sonaba ruidosamente la nariz con un pañuelo sucio.
* *
* *
Al
atardecer cabalgó por el bosque de Schönbuch. El soleado día de marzo se había
vuelto ventoso y una luz rojiza teñía el valle. El Neckar rutilaba azul pizarra
y frío. Se detuvo en la cima de una colina y se irguió sobre los estribos para
respirar a fondo ese aire bravío y tempestuoso. No recordaba que Suabia fuera
tan extraña e impetuosa: ¿se debía, quizás, a que él había cambiado? Llevaba
guantes nuevos, veinte florines en el monedero, el permiso para ausentarse de
la Stiftsschule, la yegua torda y moteada que le había prestado su amigo Stefan
Speidel —ministro de la región de Estiria— y, a salvo en la cartera que llevaba
pegada al cuerpo y envuelta en hule, su posesión más preciada: el manuscrito.
El libro estaba terminado y se trasladaba a Tubinga para publicarlo. Cuando
entró en las callejas de la ciudad, caía una lluvia negra y las antorchas
parpadeaban sobre su cabeza, en los muros del bastión de Hohentübingen. Después
de las anunciaciones de julio, había necesitado otros siete meses de trabajo y
la incorporación de una tercera dimensión a sus cálculos para rematar la teoría
y concluir el Misterium. La noche, la tormenta, el viajero solitario y la muda
magnificencia del mundo; una gota de lluvia se le coló por el cuello y sus
omoplatos temblaron cual alas nacientes.
Un
rato más tarde estaba sentado en la cama, en un cuarto marrón y de techo bajo
de El Verraco, tapado hasta el mentón con una manta mugrienta, comiendo tortas
de harina de avena y bebiendo vino caliente con especias. La lluvia
tamborileaba en el tejado. De la parte baja de la taberna llegaban cantos
estridentes… los suabos eran cordiales, campechanos e insaciables bebedores. En
su época de estudiante, Johannes había vomitado sobre muchos renanos que
estaban como una cuba en el local abarrotado. Se sorprendió de lo feliz que se
sentía por haber retomado a su tierra natal. Estaba bebiendo el poso de la
jarra en un último brindis a la salud de doña Fama, esa diosa corpulenta y
garbosa, cuando el mozo de la taberna llamó a la puerta y le pidió que bajara.
Sonriente y con los ojos nublados, borracho a medias y envuelto aún en la
manta, Kepler descendió con dificultad la desvencijada escalera. La taberna
parecía un camarote, los bebedores se bamboleaban, la luz de las velas se movía
de un lado a otro y, más allá de las ventanas cubiertas de vapor goteante, se
percibía el oleaje de la noche oceánica. Michael Maestlin, su amigo y antiguo
maestro, se levantó de la mesa para ir a su encuentro. Se estrecharon las manos
y fueron al grano con inesperada timidez. Johannes informó sin preámbulos:
—He
escrito el libro.
Miró
con el ceño fruncido la mesa sucia y los vasos de cuero: ¿por qué nada se
estremecía ante la noticia?
El
profesor Maestlin contemplaba la manta.
—
¿Está enfermo?
—
¿Cómo? No, tenía frío y estaba mojado. Acababa de llegar. ¿Recibió mi mensaje?
Claro, puesto que está aquí. Ja, ja. Disculpe que lo diga, pero las almorranas
me producen un terrible dolor después del viaje.
—Supongo
que no se alojará aquí… no, no, vendrá a mi casa. Vamos, apóyese en mí, iremos
a buscar su equipaje.
—No
estoy…
—He
dicho que nos vamos. Hombre, está ardiendo, mire cómo le tiemblan las manos.
—No
estoy, le aseguro que no estoy enfermo.
La
fiebre duró tres días. Johannes temió por su vida. Deliró y oró tendido boca
arriba en un sofá de las habitaciones de Maestlin, acosado por visiones de
pavorosa devastación y tormentos. Su carne rezumaba un sudor pernicioso: ¿de
dónde salía tanto veneno? Maestlin lo cuidó con la desmañada ternura de los
solterones y la cuarta mañana Johannes despertó, frágil vasija bordeada de
cristal, vio a través de un ángulo de la ventana nubecillas que recorrían el
manchón del cielo azul y se sintió recuperado.
La
fiebre lo había depurado como el fuego purificador. Volvió a ocuparse de su
libro con una nueva mirada. ¿Cómo osó imaginar que estaba terminado?
Arrodillado en la maraña de sábanas, atacó el manuscrito y lo marcó, lo cortó,
lo empalmó, desmontó la teoría y la volvió a acomodar plano tras plano hasta
que le pareció milagrosa dadas su elegancia y su fuerza renovadas. La ventana
tronó encima de su cabeza, sacudida por la ventolera, y al incorporarse sobre
el codo divisó los árboles que temblaban en el patio del colegio. Tuvo la
sensación de que ráfagas de ese aire eminente y tónico también recorrían su
persona. Maestlin le llevó comida —pescados hervidos, sopas y bofes estofados—
pero, por lo demás, lo dejó solo; le ponía nervioso ese fenómeno excitable y veinte
años más joven, instalado en el sofá con la camisa de dormir manchada y tomando
notas día tras día como un muñeco animado. Le advirtió que tal vez la
enfermedad no estaba superada y que la sensación de lucidez de la que se
jactaba podía ser nada más que otra fase del mal. Johannes estuvo de acuerdo
porque, ¿qué era ese frenesí de trabajo, ese embeleso con un pensamiento
renovado, si no una indisposición?
También
se recuperó del frenesí y una semana después habían retomado las viejas dudas y
temores. Hojeó la nueva versión del manuscrito. ¿Era tan superior al anterior?
¿No se había limitado a reemplazar los viejos desatinos por otros? Buscó
confirmación en Maestlin. Asustado por la intensidad de esa necesidad, el
profesor frunció el ceño a media distancia, como si buscara subrepticiamente un
agujero por el que emprender la retirada.
—Sí
—dijo y tosió—, sí, la idea es, sin duda, eh… ingeniosa.
—
¿Le parece auténtica?
Maestlin
se puso serio. Era domingo por la mañana. Caminaban por el terreno comunal
situado detrás de la sala principal de la universidad. Los olmos se estremecían
bajo el cielo tempestuoso. El profesor tenía la barba cana y nariz de bebedor.
Sopesaba las cosas minuciosamente antes de expresarse. Europa lo consideraba un
gran astrónomo. Anunció:
—Soy
de la opinión según la cual el matemático ha cumplido su propósito cuando
postula hipótesis con las cuales los fenómenos se corresponden lo más
estrechamente posible. Estoy convencido de que usted mismo se desdiría si
alguien planteara principios aún mejores que los suyos. Y en modo alguno
significa que la realidad se ajusta inmediatamente a las hipótesis
pormenorizadas de cada maestro.
Debilitado
y de mal humor, Johannes puso cara de pocos amigos. Era la primera vez que se
atrevía a salir desde que se le había pasado la fiebre. Se sentía transparente.
En el aire se oyó un zumbido y de inmediato, súbitamente, un tañido de campanas
que sacudió sus nervios.
—
¿Para qué desperdiciar palabras? —preguntó, gritó, las campanas, maldita sea.
La geometría existía antes de la Creación, es coeterna con la mente de Dios, es
el propio Dios…
Repique
de campanas.
—
¡Oh! —Maestlin lo miró fijo.
—…
¿acaso existe en Dios algo que no sea el propio Dios? —inquirió mesuradamente.
Un viento gris arremolinó la hierba y fue a su encuentro. Kepler se
estremeció—. Sólo estamos repitiendo citas. Me gustaría conocer su sincera
opinión.
—He
dicho lo que pienso —espetó Maestlin.
—Perdóneme,
maestro, pero no son más que titubeos escolásticos.
—
¡Pues yo soy escolástico!
—
¿Usted, el que enseña a sus alumnos, el mismo que me enseñó a mí la doctrina
heliocéntrica de Copérnico… usted es escolástico? —De todas maneras, Johannes
dirigió al profesor una meditabunda mirada de soslayo.
Maestlin
dio un respingo.
—
¡Ajá, también él fue escolástico y salvador de los fenómenos!
—Sólo…
—
¡Señor, fue un escolástico! Copérnico respetaba a los ancianos.
—Ya
lo sé. ¿Cree que yo no?
—
¡Me parece, jovencito, que usted no siente un gran respeto por nada ni por
nadie!
—Respeto
el pasado —afirmó Johannes con moderación—. Me gustaría saber si es tarea de
los filósofos seguir servilmente las enseñanzas de los viejos maestros.
Se
preguntó realmente si ésa era tarea de los filósofos. Cual monedas de
prestidigitador, las gotas de lluvia salpicaron los adoquines. Se resguardaron
en el porche del aula magna. Aunque las puertas estaban cerradas y con el
cerrojo echado, había lugar suficiente bajo el sello platónico de piedra.
Guardaron silencio, mirando hacia afuera. Maestlin respiraba ruidosamente
porque el malestar lo ponía como un fuelle. Ignorante de la cólera del otro,
Johannes contempló distraído un rebaño de ovejas que paseaba por el terreno
comunal, con sus cabezas lúgubremente nobles y sus ojos apacibles, la forma en
que mascaban la hierba con suma delicadeza como si, además de alimentarse,
estuvieran cumpliendo una tarea ímproba y onerosa: esos seres divinos, mudos e
insignificantes, tantos y tan variados. En ocasiones como ésta, súbitamente el
mundo lo dominaba: todo lo que carece de modelo o forma evidente y simplemente
existe. El viento espantó de los grandes árboles una bandada de grajos. De
lejos llegó el murmullo de un cántico y por la ladera del terreno comunal
marchaba una desgarbada hilera de jóvenes que avanzaban viento en contra. El
canto —un trepidante himno de Lutero— se difundió en el aire tumultuoso. Con
remordimientos Kepler reconoció la túnica amorfa de los seminaristas: así había
sido él en otros tiempos. El espectro multiplicado por diez pasó delante de
ellos y, cuando la lluvia arreció, rompió filas y correteó los últimos metros,
chillando hasta protegerse en la capilla de Santa Ana, bajo los olmos. Maestlin
decía:
—… a
Stuttgart, pues tengo cosas que hacer en la corte del duque Federico. —Hizo una
pausa y esperó respuesta. Había hablado con tono conciliador—. Por orden del
duque he preparado un calendario y debo entregarlo… —Volvió a intentarlo—:
Claro que usted ha hecho cosas parecidas.
—
¿Cómo? Ah, sí, calendarios. No son más que travesuras de nigromantes.
Maestlin
lo miró fijo.
—
¿Nada más que…?
—Sortilegios,
magia estelar, esas cosas. De todos modos —tomó aliento—, estoy convencido de
que las estrellas influyen en nuestros asuntos…
Kepler
se interrumpió y frunció el ceño. El pasado desfilaba en su mente hacia un
futuro sin límites. A sus espaldas las puertas se entreabrieron con un
repiqueteo y se asomó una figura esquelética, que se apartó inmediatamente.
Maestlin suspiró.
—
¿Irá o no conmigo a Stuttgart?
A
primera hora del día siguiente partieron hacia la capital de Württemberg. El
humor de Kepler había mejorado notablemente y cuando arribaron a la primera
escala, Maestlin se había desplomado mudo en un rincón del carruaje postal,
agotado luego de tres horas de disquisiciones sobre los planetas, la
periodicidad y las formas perfectas. Pretendían pasar, como máximo, una semana
en Stuttgart, pero Johannes se quedaría seis meses.
Elaboró
un plan magistral para promover su teoría de la geometría celeste.
—Veréis
—confió a los demás comensales en la trippeltisch del palacio del duque—, he
diseñado un vaso de aproximadamente este tamaño que será el modelo del mundo
según mi sistema, vaciado en plata y con los signos de los planetas trabajados
en piedras preciosas: Saturno el diamante, la Luna la perla y así
sucesivamente… y, fijaos bien, ¡con un mecanismo de vertido a través de siete
espitas pequeñas, correspondientes a los siete planetas, para servir siete
bebidas distintas!
Los
presentes lo miraron. Johannes sonrió y disfrutó de la silente sorpresa de sus
contertulios. Un hombre grueso y de peluca, cuyas facciones coloradas y su
porte erguido expresaban un jupiteriano poder absoluto, se quitó de la boca un
trozo de cartílago y preguntó:
—Por
favor, ¿le molestaría decirme quién costeará su maravilloso proyecto?
—Pues
sí, señor, su excelencia el duque. Para eso estoy aquí. Sé que los príncipes
gustan de entretenerse con juguetes inteligentes.
—
¿De verdad?
Una
mujer desmelenada con el cuello cubierto de encaje bueno y antiguo y algo que
se parecía mucho a un herpes venéreo asomando en su labio superior, se inclinó
para observar atentamente a ese joven estrafalario.
—En
ese caso, debería cultivar la amistad de mi marido —dijo, asintió desconcertada
bajo el peso del rebuscado capotillo y lanzó una enervante carcajada—. Por si
no lo sabe, es el segundo secretario del embajador de Bohemia.
Johannes
ladeó la cabeza con un ademán que, en medio de compañía tan elevada, supuso que
serviría como reverencia.
—Me
sentiría muy honrado de conocer a su esposo, madame —añadió como gesto final.
La
señora sonrió y extendió la mano con la palma hacia arriba por encima de la
mesa presentándole, cual si se tratara de una fuente con manjares, al rubicundo
personaje de la peluca. Éste lo miró y de pronto, como si se tratase del sello
de su cargo, mostró una boca llena de dientes de oro.
—Jovencito,
le aseguro que el duque Federico es meticuloso con su dinero —declaró.
Todos
rieron como si se tratara de un chiste conocido y volvieron a concentrarse en
la comida. Un joven soldado de bigote lo contempló pensativo al tiempo que
deshuesaba un trozo de pollo.
—
¿Ha dicho siete tipos de bebida?
Johannes
ignoró la actitud marcial y replicó:
—Sí,
siete. Agua vitae por el Sol, coñac por Mercurio, hidromiel para Venus y agua
para la Luna —contó ajetreadamente los planetas con los dedos—. Por Marte
vermut, vino blanco por Júpiter y de la espita de Saturno… —rió con disimulo—,
de Saturno sólo saldrá vino agrio o cerveza rancia para que los que ignoran la
astronomía sean expuestos al ridículo.
—
¿Qué…?
La
pata de pollo se separó con un golpe seco. Kepler respondió con una sonrisa
presuntuosa. Tellus, el jardinero mayor del duque —un hombre alegre y grueso,
de cráneo liso y lampiño, cuya presencia en esa mesa de viajeros se debía al
reciente trastrocamiento del protocolo—, rió y exclamó:
—
¡Atrapado, atrapado!
Los
colores treparon al rostro del soldado. Lucía rizos castaños y grasos que
llegaban hasta el cuello de su sobreveste de terciopelo.
Un
hombre parecido a un ave asomó la cabeza por detrás del hombro del vecino de
Kepler y cacareó:
—Bueno,
quiere decir, si no lo he entendido mal, que, por así decirlo, no podremos
conocer su maravillosa… su maravillosa teoría, ¿no? —Rió y rió, mercurial y
enloquecido, agitando sus manos menudas.
—Tengo
intención de pedir discreción al duque —reconoció Johannes—. Cada parte del
vaso será fabricada por un platero y montada más adelante, a fin de garantizar
que mi inventum no sea conocido antes del momento oportuno.
—
¿Su qué…? —gruñó su vecino y se volvió bruscamente.
Era
un individuo atezado y saturnino, con cabeza de campesino —posteriormente
Johannes se enteró de que era barón—, que hasta ese momento había dado la
impresión de que era sordo, consumiendo vorazmente un plato tras otro.
—Es
latín —informó secamente Peluca—. Quiere decir su invento. —Dedicó a Kepler una
severa mirada de reproche.
—Sí,
quise decir invento… —reconoció Johannes con humildad.
De
pronto se sintió acosado por las dudas. Esa mesa y esas personas, la sala
situada a sus espaldas con las jerarquías mezcladas en otras mesas, los criados
que corrían de un lado a otro y el griterío de los comensales, súbitamente todo
se convirtió en expresión de un desorden irremediable. Se descorazonó. Su
alegre petición de una audiencia con el duque, escrita deprisa el día que llegó
a la corte, aún no había obtenido respuesta; cumplida una semana, la gélida
ráfaga de ese silencio lo golpeó de lleno por primera vez. ¿Por qué había sido
tan ingenuo y abrigado esperanzas tan excelsas?
Guardó
los dibujos del vaso cósmico y se dispuso a poner inmediatamente rumbo a Graz.
Maestlin apeló a una última reserva de paciencia, lo retuvo y lo convenció de
que redactara una petición más elaborada. Johannes se dejó persuadir, hinchado
como un pavo real. La respuesta a la segunda carta llegó con asombrosa presteza
esa misma noche y en el margen, con letra infantil, le invitaban a fabricar una
muestra del vaso y cuando nos lo veamos y lleguemos a la conclusión de que
merece la pena su vaciado en plata, medios no faltarán. Maestlin le pellizcó el
brazo y Kepler, fuera de sí, sonrió jubiloso y suspiró:
—
¡Nos…!
Armado
de tijera, engrudo y tiras de papeles de color, tardó una semana en montar la
muestra sentado en el frío suelo de su habitación, en lo alto de un torreón
ventoso. El modelo le gustó, con los planetas en rojo sobre órbitas de color
azul cielo. Lo entregó amorosamente a los complicados vericuetos que lo
llevarían a manos del duque y se dispuso a esperar. Pasaron varias semanas, un
mes, otro y un tercero. Hacía mucho que Maestlin había regresado a Tubinga para
supervisar la impresión del Misterium. Johannes se convirtió en una figura
familiar de la aburrida vida cortesana, otro de esos pobres suplicantes
dementes que, cual un cinturón de satélites, rondaban la presencia invisible
del duque. Recibió una carta de Maestlin: Federico había solicitado su opinión
experta en la cuestión. Le habían concedido audiencia. Kepler estaba indignado:
¡una opinión experta…!
Lo
recibieron en un salón inmenso y espléndido. La chimenea de mármol italiano era
más alta que él. De las enormes ventanas escapaba una gasa de pálida luz. En el
techo, como un milagro colgante de guirnaldas de yeso y cabezas molduradas, un
dibujo oval representaba la vertiginosa escena de un grupo de ángeles que
ascendía en tomo a un dios colérico y barbudo, entronizado en la sombría
atmósfera. El salón estaba atestado y los cortesanos se movían a la vez sin
rumbo y decididos, como si interpretaran una compleja danza cuyos pasos solo se
percibían desde arriba. Un lacayo tomó a Kepler del brazo, por lo que se
volvió. Un hombrecillo delicado se le acercó y preguntó:
—
¿Es usted Repleus?
—No,
sí, yo…
—Me
lo imaginaba. Nos hemos estudiado su modelo del mundo —sonrió dulcemente—. No
tiene sentido.
El
duque Federico estaba regiamente disfrazado con una túnica de tisú de oro y
pantalón de terciopelo. Las joyas resplandecían en sus manos diminutas. Lucía
rizos canos muy cortos, como una multitud de muelles, y en el mentón gastaba un
pequeño cuerno velloso. Era suave y blando y Johannes pensó en la carne dulce y
cerosa de una castaña cobijada en el cráneo lustroso de su cáscara. Percibió la
medida de la zarabanda de los cortesanos pues estaba en su mismo centro.
Intentó barbotar una explicación acerca de la geometría de su sistema del
mundo, pero el duque alzó la mano.
—Sin
duda todo eso es muy correcto e interesante pero ¿en dónde radica el
significado general?
El
modelo de papel reposaba sobre una mesa pintada a la laca. Dos órbitas se
habían despegado. Kepler sospechó que un dedo ducal había toqueteado las
entrañas del modelo.
—Señor,
sólo existen cinco sólidos perfectos y regulares, llamados también formas
platónicas. Se los denomina perfectos porque sus lados son idénticos. —El
rector Papius quedaría impresionado al ver la paciencia que estaba mostrando—.
De las infinitas formas que existen en el mundo de las tres dimensiones, sólo
estas cinco figuras son perfectas: el tetraedro o pirámides, limitado por
cuatro triángulos equiláteros; el cubo, con sus seis cuadrados; el octaedro,
con ocho equiláteros; el dodecaedro, limitado por doce pentágonos, y el
icosaedro, que presenta veinte triángulos equiláteros.
—Veinte
—repitió el duque y asintió con la cabeza.
—Sí.
Como puede ver aquí ilustrado, sostengo que en los cinco intervalos entre los
seis planetas del mundo pueden inscribirse estos cinco sólidos regulares… —Se
sobresaltó. El orate mercurial de la trippeltisch intentaba pasar por encima de
él hacia el duque, seguía riendo y apretaba los labios a modo de silente
disculpa. Johannes dio un codazo en las costillas de la criatura e insistió—:
Pueden inscribirse… —y volvió a insistir—, para satisfacer exactamente
—prosiguió jadeante— las cantidades entre los intervalos, tal como las midieron
y las establecieron los antiguos. —Sonrió: lo había planteado claramente.
El
loco volvió a soltarle zarpazos y vio que todos estaban presentes: la señora de
la venérea, Meister Tellus, el soldado Kaspar, Peluca por descontado y, desde
las lindes del baile, el barón melancólico. ¿Y qué? Estaba poniéndolos en su
sitio. De pronto fue consciente de sí mismo: joven, genial y, por alguna razón,
maravillosamente frágil.
—Como
puede verse —añadió a la ligera—, he situado el cubo entre las órbitas de
Saturno y Júpiter, el tetraedro entre las de Júpiter y Marte, el dodecaedro
entre Marte y la Tierra, entre la Tierra y Venus el icosaedro y… mire, se lo
enseñaré —abrió el modelo cual si fuera una fruta para revelar su interior
secreto—, entre Venus y Mercurio he situado el octaedro. ¡Ya está!
El
duque frunció el ceño.
—Pues
sí, lo que ha hecho y cómo lo ha hecho es evidente —opinó el duque—, pero, si
me permite, ¿podemos preguntar por qué?
—
¿Por qué? —preguntó Kepler paseando la mirada del modelo desmembrado al
hombrecillo que tenía delante—. Bueno… bien, porque…
Un
espumajo de risa enloquecida resonó junto a su oreja.
* *
* *
El
proyecto quedó en agua de borrajas. Aunque el duque estuvo de acuerdo en que se
fabricara el vaso, pronto perdió el interés. El platero de la corte se mostró
escéptico y del tesoro llegaron gritos de consternación. Johannes retomó
atribulado a Graz. Había dilapidado medio año soñando con los favores
principescos. Fue una lección que, según se dijo, debía recordar siempre. De
todos modos, poco después una preocupación mucho más importante apartó de sus
pensamientos esa humillante historia.
Uno
de los inspectores de la escuela, el médico Oberdorfer fue el primero que lo
abordó con sonrisa furtiva y — ¿era posible?— un guiño de ojos y lo invitó a
presentarse cierto día en la casa de Herr Georg Hartmann von Stubenberg, uno de
los mercaderes de la ciudad. Acudió pensando que le pedirían que preparara un
horóscopo o cualquiera de sus famosos calendarios. Pero no hubo encargo. Ni
siquiera conoció a Herr burgomaestre Hartmann y ese apellido resonaría siempre
en su memoria como el retumbo de una catástrofe del pasado. Perdió una hora en
la escalera, agarrado a una copa de vino aguado e intentando pensar en lo que
le diría al doctor Oberdorfer. En el gran salón de la planta baja iban y venían
grupos de personas: mujeres exageradamente atildadas y obesos hombres de
negocios, un obispo y los clérigos asistentes, un rebaño de jinetes de la
caballería del archiduque, calzados con botas altas y torpes como centauros. Se
casaba uno de los hijos de Hartmann. En una habitación alejada una orquesta de
cuerdas tocaba y la música se dispersaba por la casa como el vuelo sin rumbo
fijo de flechas delgadas y brillantes. Johannes se inquietó. No lo habían
invitado oficialmente y lo perturbaban imágenes de desafío y expulsión. ¿Para
qué lo quería Oberdorfer? El médico, hombre corpulento y pálido de mandíbula
colgante y ojos húmedos demasiado pequeños, vibraba nerviosamente expectante,
escudriñaba el gentío que pasaba por debajo y tarareaba a sotto voce, trazando
un inarmónico contrapunto a los deslizamientos argentinos y embelesados de los
músicos. Por fin hundió un dedo en la manga de Kepler. Una joven rolliza
vestida de azul se aproximaba al pie de la escalera. El doctor Oberdorfer la
miró de soslayo y maliciosamente.
—
¿No le parece guapa?
—Sí,
sí —murmuró Johannes, esforzándose por mirar la nada, temeroso de que la dama
los oyera—, sí, claro, es muy guapa.
Para
susurrar de lado como un mal ventrílocuo, Oberdorfer inclinó su cabezota
temblorosa casi hasta apoyarla en el oído de Kepler.
—Por
lo que me han dicho, también es rica. —La joven se detuvo, se agachó para
hablar con un chiquillo pálido y con los labios apretados, vestido de pana, que
volvió su rostro pétreo y tironeó enérgicamente de la mano de su aya. Kepler
recordaría toda su vida a ese arisco Cupido. El doctor siseó—: Su padre… su
padre tiene propiedades en el sur. Por lo que dicen, ha puesto una considerable
fortuna a nombre de la joven. —Bajó aún más la voz—: Por cierto, la mujer
también ha sido bien atendida por su… —titubeó—, por sus… bueno, por sus
difuntos maridos.
—
¿Sus…?
—Sí,
sus maridos. —El doctor Oberdorfer cerró fugazmente sus ojillos—. Es tan
trágico, tan trágico: ha enviudado dos veces. ¡Y es tan joven!
Johannes
se dio cuenta de lo que el doctor tramaba. Se ruborizó y, asustado, subió un
peldaño. La viuda le dirigió una mirada afligida. El doctor apostilló:
—Se
llama Bárbara Müller… de soltera, ja, ja, Müller. —Johannes lo miró y
Oberdorfer tosió—. No es más que una broma, discúlpeme. Se apellida Müller,
Müller zu Gössendorf, y por casualidad también es el apellido de su ultimísimo,
de su último, mejor dicho, de su difunto marido… —Sus palabras se perdieron en
un zumbido hosco.
—
¿De verdad? —Preguntó Johannes con desgana, se apartó de la mirada acuosa de su
compañero y acabó por añadir—: De todas maneras, la encuentro algo gorda.
El
doctor Oberdorfer reculó y replicó, sonriendo valientemente con torpe picardía:
—Más
bien rolliza, maestro Kepler, rolliza. Y los inviernos son muy largos, ¿no? Ja,
ja, ja.
Sujetó
firmemente al joven del codo y lo guió escaleras arriba hasta un hueco donde
aguardaba un hombre elegante, impecable y ceñudo que, sin entusiasmo, miró a
Johannes de arriba abajo y murmuró:
—Mi
querido señor —como si él, Jobst Müller, lo hubiera ensayado.
Así
comenzó el asunto largo, complicado y sórdido de su casorio. Desde el primer
momento le temió a la viuda joven y rolliza. Las mujeres eran un territorio
extranjero cuya lengua ignoraba. Una noche de hacía cuatro años, durante una
visita a Weilderstadt, embotado de cerveza y deseoso de afirmarse después de
haber perdido a las cartas, se lió con una chica flaca y, según le aseguraron,
virgen. Ésa era toda su experiencia del amor. Después la marrana había reído y
probado con sus dientecillos amarillentos la calidad de la moneda que le
entregó. Más allá del acto mismo, ese frenético ejercicio natatorio de ranas
hasta el borde mismo de la catarata, había encontrado algo conmovedor en los
costados delgados y en el pecho frágil de la muchacha, una rosa exuberante bajo
la cofia vellosa. La muchacha era más pequeña que él, pero no podía decir lo
mismo de Frau Müller. No, no, la perspectiva no le parecía halagüeña. ¿Acaso no
era feliz tal como estaba? Suponía que así era más feliz de lo que lo sería con
una esposa. Más adelante, cuando el matrimonio fracasó, responsabilizó de buena
parte del desastre al trueque indecoroso por el cual llegó a celebrarse.
Descubrió
que Graz era un pueblo muy pequeño: al parecer, todos sus conocidos
participaron en los turbulentos preparativos de los esponsales. A veces creía
ver una nota lasciva en el rostro mismo de la ciudad. El doctor Oberdorfer fue
el negociador principal y contó con la asistencia de Heinrich Osius, antiguo
profesor de la Stiftsschule. En septiembre los dos próceres viajaron a Mühleck
para conocer las exigencias de Jobst Müller. El molinero abrió tímidamente la
licitación y declaró que no estaba impaciente por ver casada una vez más a su
hija. El tal Kepler no era un buen partido, ya que estaba escaso de medios y no
tenía un futuro demasiado prometedor. ¿Cuál era su origen? ¿Acaso no era el
vástago de un soldado disoluto? Oberdorfer replicó con un discurso que alababa
la laboriosidad y el prodigioso saber del joven. Su mecenas era ni más ni menos
que el duque Federico de Württemberg. Osius, al que había llevado por su
franqueza, se refirió a la situación de doña Bárbara: ¡tan joven y dos veces
viuda! Jobst Müller frunció el ceño y se le crispó la mandíbula. Estaba harto
de esa cantinela.
Los
negociadores regresaron a Graz rebosantes de confianza. Surgió un obstáculo
grave e inesperado cuando Stefan Speidel, secretario regional y amigo de
Kepler, se mostró contrario a la boda. Conocía a la dama y opinaba que debía
ser mejor atendida. Además, reconoció confidencialmente ante Kepler, prefería
que contrajera matrimonio con un cortesano al que conocía, un hombre de
influencia creciente. Le pidió disculpas y agitó la mano. Supongo que lo
comprendes, Johannes, ¿no? A Johannes le costó trabajo disimular lo aliviado
que se sentía.
—Sí,
claro, Stefan, por supuesto que lo comprendo, se trata de una cuestión de
conciencia y de asuntos de la corte. ¡Lo entiendo perfectamente, perfectamente!
La
impresión del Misterium seguía su curso. Maestlin había conseguido para la obra
el beneplácito del consejo universitario de Tubinga y supervisaba la
composición realizada por los impresores Gruppenbach. Informó fielmente de la
conclusión de cada capítulo y se quejó de los gastos de dinero y energía.
Kepler le respondió con una animada nota en la que afirmaba que, después de
todo, la asistencia a ese parto garantizaría fama inmortal al comadrón.
Kepler
también estaba ocupado. Encolerizadas por su estancia de seis meses en la corte
de Württemberg, las autoridades escolares habían seguido el consejo de los
inspectores y le habían asignado clases de aritmética y de retórica en la
escuela superior. Esas clases eran un verdadero tormento. Pese a sus tibias
amenazas, el rector Papius se había abstenido de incrementar las obligaciones
del joven maestro… pero a Papius lo habían llamado para ocupar la cátedra de
medicina de Tubinga. Su sucesor, Johannes Regius, era un calvinista severo y
enjuto. Kepler y él fueron enemigos desde el primer momento. Regius consideraba
al joven irrespetuoso, mal educado y falto de domesticación: el mocoso debía
casarse. Jobst Müller aceptó con el súbito chasquido de quien se juega un
triunfo porque la propuesta de Speidel no había cuajado en nada real y el
molinero de Mühleck aún tenía una hija que mantener. A Kepler se le cayó el
alma a los pies. En febrero de 1597 se firmaron los desposorios y un día
ventoso de finales de abril, sub calamitoso caelo, doña Bárbara Müller se quitó
los lutos de viuda y casóse por tercera y última vez en su corta vida. A la
sazón Kepler contaba veinticinco años, siete meses y… dada la calamitosa
disposición de los astros, no tuvo ánimos ni valor para calcularlo.
Después
de la breve ceremonia en la colegiata, el banquete de bodas se celebró en la
casa de la Stempfergasse que Bárbara había heredado. Una vez firmado el
acuerdo, en cuanto pudo volver a permitirse el lujo del desdén, Jobst Müller
declaró que no había querido celebrar en su propio hogar, ante sus
arrendatarios y sus criados, esa afrenta al apellido familiar. Asignó a Kepler
una cantidad en efectivo, así como el rendimiento de un viñedo, y un subsidio
para Regina, la niña. ¿No era suficiente? Pasó toda la mañana en silencio, con
el entrecejo fruncido bajo el ala del sombrero, taciturnamente ebrio de su vino
de Mühleck. Al verlo enfurruñado, Kepler extrajo una gota de amarga
satisfacción llamándolo repetidas veces para un brindis, para pronunciar un
discurso, pasándole un brazo por los hombros y apremiándolo para que cantara,
cante, señor, un caluroso coro de buenas y viejas coplas de Gössendorf.
Hostigar
al suegro fue el modo de eludir a la desposada. Apenas habían hablado o se
habían visto durante los largos meses de la negociación y el día de los
esponsales, cuando por casualidad se encontraban frente a frente, el
desconcierto los paralizaba. Johannes notó meditabundo que Bárbara parecía
radiante, ésa era la palabra correcta. Era bonita de una forma vacua. Se
agitaba nerviosa. Cuando en medio del tintineo de las copas en alto Johannes
posó torpemente las manos en la espalda húmeda y temblorosa de Bárbara y la
besó en beneficio de los presentes, abrazó algo inesperadamente vivido y
exótico, un ser de otra especie. Aspiró su aroma cálido y picante y se excitó.
Se puso a beber sin freno y al rato estaba delirantemente borracho. Pero ni
siquiera eso bastó para apaciguar sus temores.
A lo
largo de las semanas y meses siguientes casi se sintió feliz. En mayo llegaron
de Tubinga los primeros ejemplares del Misterium. El delgado volumen le produjo
una enorme satisfacción. Y su satisfacción quedó algo mancillada por una
pequeña y oscura vergüenza, como si hubiese cometido una indiscreción cuya
atrocidad el público distraído aún no había notado. Fue el primer vistazo de su
actitud protectora hacia el libro, que en años posteriores haría que pareciera
la producción de un niño despreocupado pero genial que sólo vagamente recordaba
haber sido. Repartió ejemplares entre una selección de astrónomos eruditos y
unos pocos estirios influyentes a los que conocía; para indignación y
consternación de su parte, ninguno fue generoso en sus manifestaciones de
sorpresa y alabanza.
La
cantidad de libros que se había comprometido a comprar, según las condiciones
del impresor, costaba treinta y tres florines. Antes de casarse no habría
podido pagarla, pero ahora tenía la impresión de ser rico. Además de la cifra
que le había asignado Jobst Müller, le aumentaron el salario en cincuenta
florines anuales. Todo eso era una miseria en comparación con la fortuna de su
esposa. A lo largo de la vida de Bárbara no logró averiguar cuánto había
heredado exactamente, pero la cifra era superior a lo que pudo imaginar el más
impaciente de los casamenteros. Regina contaba con una cifra de diez mil que le
había dejado su difunto padre, el ebanista Wolf Lorenz, la primera víctima de
Bárbara. Y si la niña tenía esa cantidad, ¿cuánto más debía de haber heredado
la madre? Kepler se frotó las manos regocijado y algo escandalizado de su
actitud.
Hubo
otro tipo de riqueza, más palpable que el dinero y que dilapidó con la misma
rapidez: una especie de fortuna creciente de los sentidos. Pese a su nerviosa
estupidez, Bárbara era carne, un mundo corpóreo que Johannes tocó y encontró
sorprendentemente real, algo que era totalmente otro y, al mismo tiempo,
reconocible. Se encendió con su luz, su olor, el sabor apenas salobre de su
piel. Llevó tiempo. Los primeros encuentros fueron un fracaso. La noche de
bodas, en el enorme tálamo con dosel del dormitorio que daba a la
Stempfergasse, chocaron con un crujido en la oscuridad. Johannes tuvo la
sensación de que luchaba cuerpo a cuerpo con un cadáver pesado y ardiente.
Bárbara cayó jadeante sobre él, le hundió un codo en las costillas y lo dejó
sin aliento mientras la cama crujía y gemía como si se lamentara con la voz
espectral de su antiguo inquilino, el pobre y difunto Marx Müller. Cuando por
fin se consumó la unión, Bárbara se dio la vuelta y se quedó instantáneamente
dormida. Sus ronquidos eran una protesta estridente y monótonamente repetida.
Sólo muchos meses después, cuando acabó el verano y de los Alpes llegaron
vientos fríos, se encontraron fugazmente.
Kepler
recordaba aquella noche. Corría septiembre y los árboles empezaban a perder las
hojas. Había concluido un buen día de trabajo y entrado en el dormitorio.
Bárbara estaba metida en la bañera, ante un fuego de brasas marinas, y se
enjabonaba extasiada una pierna extendida y sonrosada a causa del calor.
Johannes le dio rápidamente la espalda, pero ella lo miró y le sonrió
atolondrada. Un estrecho haz de luz solar tardía, del color del bronce viejo,
cruzaba oblicuamente el lecho. ¡Uf!, exclamó Bárbara y se incorporó en medio de
una cascada de jabonaduras y agua resbaladiza. Fue la primera vez que Kepler la
vio completamente desnuda. La cabeza de Bárbara se veía extraña sobre ese
cuerpo descubierto y desconocido: se mostraba radiante envuelta en humos, con
su trasero grande, sus piernas robustas preparadas como si fuera a saltar y una
barba de forzudo del circo y en forma de pala brillante en el corazón del
regazo. Desviados hacia fuera y sorprendidos, sus pechos lo contemplaron,
fruncidas las puntas oscuras. Johannes avanzó hacia Bárbara y sus ropas cayeron
como láminas de carey. La mujer se puso de puntillas para espiar la calle por
encima del hombro de Kepler, se mordió el labio y rió tiernamente.
—Johannes,
alguien nos verá.
Los
omoplatos de Bárbara dejaron una húmeda huella de alas sobre la sábana. La
espada broncínea del sol los golpeó intensamente.
Fue,
a la vez, mucho y demasiado poco. Habían entregado sus texturas más íntimas a
una pura conspiración de la carne. Kepler tardó mucho tiempo en comprenderlo y
Bárbara jamás se apercibió. Era muy poco lo que tenían en común. Bárbara podría
haber tratado de entender su trabajo pero, como la superaba, lo detestó. Él
también podría haberlo intentado, podría haberle preguntado por su pasado, por
Wolf Lorenz el comerciante acaudalado, por los rumores según los cuales Marx
Müller —el pagador del distrito— había malversado fondos del Estado, pero desde
el principio fueron tema prohibido y celosamente guardado por los centinelas de
los muertos. Así, como si fuera lo más natural del mundo, comenzaron a odiarse
esos dos extraños íntimos que no habían estrechado lazos de su propia creación.
Vacilante y tímidamente, Kepler se volcó en Regina y le ofreció todos los
excedentes de su matrimonio porque, congelada en el arquetipo, ella
representaba ese estado del conocimiento y la consideración que Johannes no
había encontrado en su madre. Bárbara, que lo veía todo y no entendía nada, se
volvió caprichosa, empezó a quejarse y ocasionalmente pegó a la niña. Reclamó
cada vez más tiempo a Kepler, lo requirió para conversaciones frenéticas e
incoherentes, fue presa de súbitos ataques de llanto. Una noche Johannes la
encontró agazapada en la cocina, dándose un atracón de pescado en escabeche. A
la mañana siguiente se desmayó en brazos de su marido y a punto estuvo de
derribarlo. Bárbara estaba preñada.
Cumplió
los plazos profusamente, como todo lo que hacía, con muchos sobresaltos y
abundantes lágrimas. Pese a su volumen, se volvió extrañamente bella. Parecía
destinada a ese estado antiguo y elemental: conquistó una especie de armonía
ideal con la barriga y los pechos bamboleantes. Kepler se dedicó a eludirla: en
ese momento lo aterraba más que nunca. Pasaba los días encerrado en el estudio,
enredado con el trabajo, escribía cartas, revisaba sus cuentas desesperadamente
desequilibradas y de vez en cuando alzaba la cabeza para tratar de oír los
pesados pasos de la diosa.
Se
puso de parto antes de tiempo, se lo encontró una mañana y soltó agudos gritos.
Ola tras ola, su marejada de dolor recorrió la casa. El doctor Oberdorfer llegó
jadeante y mascullando y subió dificultosamente la escalera con la ayuda de su
negro bastón, como un remero cansado que lleva una embarcación que se hunde.
Kepler se sorprendió de ver que el hombre estaba incómodo, como si hubiera
pescado en una vil travesura a esa pareja cuyos turbulentos destinos había
contribuido a enmarañar. El parto duró dos días. Cayó la lluvia de febrero,
ensombreciendo el mundo exterior, de modo que sólo existía esa casa palpitante
en tomo a su centro de dolor. En un estado febril de entusiasmo y
consternación, Kepler caminó arriba y abajo sin dejar de restregarse las manos.
El niño nació a mediodía y era varón. En el corazón de Kepler se abrió una gran
flor de inusitada felicidad. Sostuvo en sus manos al crío tembloroso y
comprendió que se había multiplicado.
—Lo
llamaremos Heinrich, como mi hermano —dijo—. Pero tú serás un Heinrich mejor y
más sutil, ¿no? Claro que sí.
Pálida
en medio de la cama ensangrentada, Bárbara lo miró inexpresivamente a través de
una nube de sufrimiento.
Johannes
preparó el horóscopo. Auguraba todas las bondades posibles después de unas
pocas adaptaciones. El niño sería ágil e inteligente, capaz para las
matemáticas y las habilidades mecánicas, imaginativo, diligente y encantador.
¡Oh, sí, encantador! La felicidad de Kepler duró sesenta días. La casa fue
nuevamente penetrada por los gritos, minúsculos ecos de los gozosos gemidos de
Bárbara, y Oberdorfer volvió a impulsarse con el remo escaleras arriba. Kepler
tomó al pequeño en brazos y le ordenó que no, ¡que no muriera! ¡Miró a Bárbara,
ella lo sabía, tanto dolor le había indicado que todo estaba mal, pero no había
dicho nada, ni una sola palabra de advertencia, zorra rencorosa! El médico
chasqueó la lengua de vergüenza, señor, de vergüenza. Kepler se abalanzó sobre
él. ¡Y usted… y usted…! Con los ojos llenos de lágrimas, obnubilada la visión,
Kepler se alejó sin apartar al niño de su abrazo y notó cómo se contorsionaba,
tosía y de pronto, como si se sobresaltara de asombro, moría: su hijo. La
cabeza húmeda y caliente se le escapó de la mano. ¿Qué jugador impío le había
lanzado esa tierna bola de aflicción? Conocería otras pérdidas, pero ninguna
como ésta, como si una parte de su ser reptara a ciegas y lloriqueara rumbo a
la muerte.
* *
* *
Sus
días se ensombrecieron. La muerte del niño agujereó la trama de la vida y la
negrura se coló por ese minúsculo rasgón. Bárbara no tenía consuelo. Le dio por
esconderse en habitaciones con los postigos cerrados, en cubículos, incluso
bajo la ropa de cama, mordisqueando a solas su bocado de angustia, sin emitir
sonido alguno salvo un débil y ocasional gemido seco, semejante a un arañazo,
que ponía a Kepler los pelos de punta. La dejó estar y se apostó en su refugio,
atento a lo que sobrevendría. El juego —y ellos no se habían percatado de que
se trataba de un juego— había concluido; de pronto la vida se los tomaba en
serio. Recordó la primera paliza que le dieron de pequeño, a su madre
convertida en una extraña giganta roja de ira, sus puños, la asombrosa
intensidad del dolor, el mundo pasando bruscamente a una nueva versión de la
realidad. Sí, pero esto era peor: ahora era adulto y el juego había terminado.
Empezó
un nuevo año y acabó el invierno. Este año la primavera no lo engañaría con sus
esperanzas vanas. Algo se estaba organizando subrepticiamente, lo notaba, la
tormenta reunía sus ingredientes a partir de brisas, nubecillas y el canto de
los zorzales. En abril el joven archiduque Fernando, gobernante de toda
Austria, peregrinó a Italia y, presa de un arrebato piadoso, en el santuario de
Loreto juró suprimir de su reino la herejía del protestantismo. Y la provincia
luterana de Estiria tembló. Las amenazas y las alarmas duraron todo el verano.
Hubo movilización de tropas. A fines de septiembre clausuraron iglesias y
escuelas. Por fin se publicó el edicto largamente esperado: los clérigos y los
educadores luteranos debían abandonar Austria en una semana so pena de afrontar
la Inquisición y la muerte.
Jobst
Müller viajó deprisa desde Mühleck. Se había convertido al catolicismo y
abrigaba la esperanza de que su yerno lo imitara sin dilaciones. Kepler bufó.
Señor, no haré nada por el estilo, mi Iglesia es la reformada y no reconozco
ninguna otra. Se abstuvo de añadir: ¡Aquí me planto!, porque habría sido
exagerado. Además, no era tan valiente como esas osadas palabras habrían
sugerido. La posibilidad del exilio lo atormentaba. ¿Adónde iría? ¿A Tubinga?
¿A casa de su madre en Weilderstadt? Con insólita vehemencia Bárbara declaró
que no abandonaría Graz. En ese caso, también perdería a Regina: lo perdería
todo. No, no, era impensable, pero lo estaba pensando: había preparado la
maleta y pedido prestada la yegua a Speidel. Bienvenido o no, iría a ver a
Maestlin a Tubinga. ¡Adiós! El beso de Bárbara, húmedo de pesar, le estalló en
el oído. La mujer depositó en sus manos temblorosas pequeños paquetes de
florines, alimentos y ropa interior limpia. Regina se acercó indecisa y,
hundiendo el rostro en su capa, susurró algo que Kepler no entendió, algo que
ella no quiso repetir, que se convirtió para siempre, para siempre, en un
pequeño eslabón de oro ausente de la cadena de su vida. Anegado en lágrimas,
Johannes titubeó entre la casa y la yegua, sin saber, finalmente, cómo partir,
revolviendo los bolsillos a la búsqueda de un pañuelo con el que restañar su
nariz chorreante y soltando gemidos afligidos y moquientos. Tirado como un saco
húmedo sobre la silla de montar, abandonó la ciudad una tarde de octubre
injustamente gloriosa, dorada y azul.
Cabalgó
hacia el norte por el valle del Mur y observó con aprensión los relucientes
despeñaderos cubiertos de nieve de los Alpes, que parecían tomarse más altos
cuanto más se aproximaba. Los caminos estaban transitados. Trabó relación con
un viajero llamado Wincklemann. Era judío, de oficio pulidor de lentes, y
ciudadano de Linz: el rostro una cuña cetrina, una pizca de barba y ojos
oscuros e irónicos. Cuando entraron en Linz diluviaba, el Danubio parecía acero
picado de viruela y Kepler estaba enfermo. El judío se compadeció de la tos,
los temblores y las uñas azules del atribulado viajero y propuso a Kepler que
fuera a su casa y descansara uno a dos días antes de poner rumbo al oeste,
hacia Tubinga.
La
casa del judío se encontraba en una callejuela próxima al río. Wincklemann
mostró el taller a su huésped: una estancia larga y de techo bajo con el homo
en el fondo, homo atendido por un chiquillo gordo. El suelo y las mesas de
trabajo eran un caos de moldes rotos, arena derramada y manojos de trapos
aceitados, todo lo cual quedaba desdibujado bajo una película azulada de harina
molida. En la penumbra, entre sus pies, destellaban gotas de cristal caídas. La
ventana baja, que daba al empedrado húmedo, los aguilones de madera y a un
atisbo de muelle, dejaba entrar una luz blanquecina y granulosa que parecía
formar parte del trabajo que se cumplía en el taller. Kepler bizqueó para mirar
la librería: Nostradamus, Paracelso, la Magia naturalis. Wincklemann lo miró y,
sonriente, alzó una copa de cristal empañado con su mano del color de una hoja
seca.
—Aquí
tiene la transmutación, una magia comprensible.
Tras
ellos el chiquillo accionó el fuelle y la boca roja del homo rugió. Con la
cabeza embotada por la fiebre, Kepler tuvo la sensación de que algo se posaba
suavemente sobre él, una sombra inmensa y alada.
Subieron
a la planta alta, una colmena de cuartos pequeños y oscuros donde vivían el
judío y su familia. La tímida y joven esposa de Wincklemann, pálida y regordeta
como una paloma y con la mitad de los años de su esposo, les sirvió la cena
compuesta de salchichas, pan negro y cerveza. Un olor extraño y dulzón
impregnaba la atmósfera. Los hijos de la casa, chicos pálidos con trenzas
aceitadas, se presentaron solemnemente para saludar al padre y a su huésped.
Kepler tuvo la impresión de encontrarse en medio de una ceremonia antigua,
aunque atenuada. Después de la cena Wincklemann sacó el tabaco de pipa. Fue la
primera vez que Kepler fumó: por sus venas se difundió una sensación verde, no
del todo desagradable. Le convidaron a vino con unas gotas de destilado de
adormidera y mandrágora.
Esa
noche el sueño fue un corcel brioso que lo lanzó de cabeza por la oscuridad
tumultuosa y cuando por la mañana despertó, cual jinete caído, la fiebre había
desaparecido. Se mostró desconcertado pero sereno, como si a su alrededor se
desplegara un potencial benigno aunque enigmático.
Wincklemann
le mostró los instrumentos de su oficio, las piedras perfectamente afiladas de
las ruedas de pulir y las amoladeras de acero azulado. Sacó muestras de todo
tipo de cristal, de arena a prisma pulido. A modo de agradecimiento, Kepler le
describió su sistema del mundo: la teoría de los cinco sólidos perfectos. Se
sentaron en el largo banco situado debajo de la ventana cubierta de telarañas,
mientras el homo jadeaba a sus espaldas, y Kepler volvió a experimentar aquel
entusiasmo y placer ligeramente incómodo que no había vivido desde sus días de
estudiante en Tubinga y de las primeras e interminables discusiones con Michael
Maestlin.
El
judío había leído la Narratio prima de von Lauchen acerca de la cosmología
copernicana. Las nuevas teorías lo asombraban y divertían.
—
¿Cree que son verdaderas? —inquirió Kepler, asumiendo la eterna pregunta.
Wincklemann
se encogió de hombros.
—
¿Verdaderas? Siempre tengo problemas con esta palabra. —Cuando sonreía era más
judío que nunca—. Puede que sí, que el sol sea el centro, el dios visible, como
dice Trismegistus. Pero cuando el doctor Copérnico lo demuestra en su célebre
sistema, yo me pregunto: ¿lo que ahora sabemos es más prodigioso de lo que
sabíamos?
Kepler
no entendió y dijo enfurruñado:
—Pues
la ciencia… la ciencia es un método de conocimiento.
—Por
supuesto, de conocimiento. ¿Pero lo es de la comprensión? Le diré cuál es la
diferencia entre cristianos y judíos. Ustedes creen que nada es real si no ha
sido verbalizado. Para ustedes las palabras lo son todo. ¡Si hasta Jesucristo
es el verbo hecho carne!
Kepler
sonrió. ¿Le estaba tomando el pelo?
— ¿Y
los judíos? —se interesó.
—Según
uno de nuestros viejos chistes, en el principio Jehová le habló de todo,
absolutamente de todo al pueblo elegido, razón por la cual ahora conocemos
todo… y no comprendemos nada. Pues a mí no me parece un chiste. En nuestra
religión hay cosas de las que no puede hablarse porque verbalizar las cosas
definitivas equivale a… a dañarlas. ¿Cabe la posibilidad de que ocurra lo mismo
con su ciencia?
— ¿A
qué daño se refiere?
—No
lo sé. —El judío se encogió de hombros—. Sólo soy un fabricante de lentes. No
entiendo esas teorías y sistemas y soy demasiado viejo para estudiarlas. Pero
usted, amigo mío —volvió a sonreír y Kepler supo a ciencia cierta que le estaba
tomando el pelo—, usted hará grandes cosas, es evidente.
Fue
en Linz, bajo la divertida mirada de Wincklemann, donde oyó por primera vez,
casi imperceptiblemente, el zumbido del gran acorde de cinco notas de que se
compone la música del mundo. Por todas partes empezó a ver relaciones que
formaban el mundo: en los cánones de la arquitectura y la pintura, en el metro
poético, en las complejidades rítmicas, hasta en los colores, los olores y los
sabores, en las proporciones de la figura humana. Una fina y plateada cadena de
entusiasmo se ciñó sin cesar a su alrededor.
Por
las noches se sentaba con su amigo en las habitaciones de arriba del taller,
bebían, fumaban y hablaban sin tregua. Aunque se había recuperado lo suficiente
para seguir viaje a Tubinga, no dio señales de partir a pesar de que aún estaba
en Austria y los hombres del archiduque podían capturarlo. El judío lo
observaba con una calma y una intensidad peculiares y en ocasiones Kepler,
atontado por el tabaco y el alcohol, imaginaba que con esa mirada, esa espera
reconcentrada y paciente, algo le era extraído lenta y amorosamente, un fluido
precioso e impalpable. Pensó en los volúmenes de Nostradamus y de Alberto Magno
que el judío tenía en su librería, en ciertos silencios, en los murmullos tras
las puertas cerradas, en las formas grises y difusas de los potes lacrados que
apenas había entrevisto en un armario del taller. ¿Lo estaba encantando por
arte de birlibirloque? La idea despertó en su interior una ternura confusa y
culpable, una especie de incomodidad semejante a la que lo llevaba a dar la
espalda a la sonrisa locamente enamorada que a veces el judío mostraba en
presencia de su joven esposa. Sí, esto… esto era el exilio.
Tocó
a su fin. Un amanecer tormentoso un mensajero de Stefan Speidel se presentó al
galope en la puerta de la casa de Wincklemann. Descalzo, con tiritona y
embotado por el sueño, Kepler soportó la húmeda ráfaga de viento de la puerta y
con mano temblorosa rompió el conocido sello de la secretaría. En sus cejas se
posó una mancha de espuma que escapó de la quijada enfrenada del rocín. El
archiduque se había dignado hacer una excepción a la orden de destierro
general: podía volver a Graz.
Posteriormente
tuvo tiempo de evaluar la enmarañada red de influencias que lo salvó. Por
razones propias y de dudosa índole, los jesuitas eran afectos a su obra.
Gracias al sacerdote jesuita Grienberger de Graz, el canciller bávaro Herwart
von Hohenburg —católico y aprendiz de sabio— le había consultado cuestiones de
cosmología de algunos textos antiguos. Intercambiaron correspondencia a través
del embajador bávaro en Praga y del secretario del archiduque Fernando, el
capuchino Pedro Casal. Además, Herwart era empleado del duque Maximiliano,
primo de Fernando, y los dos nobles habían estudiado juntos en Ingolstadt con
el maestro Johann Fickler, gran amigo de los jesuitas y oriundo, como Kepler,
de Weilderstadt. Eran extensos los hilos de la red. ¡Si pensaba en ello, tenía
defensores acá y acullá! Por alguna oscura razón, se inquietó.
Retornó
íntimamente desilusionado. Con un poco de tiempo, podría haber aprovechado el
exilio. La Stiftsschule seguía clausurada y era libre: al menos contaba con
eso. Pero su etapa en Graz estaba cumplida, consumida. La situación ya no
estaba tan mal y otros exiliados habían regresado lentamente y sin armar
alharaca, pero le pareció más prudente permanecer de puertas adentro. En
noviembre Bárbara anunció su embarazo y Johannes se retiró al sanctasanctórum
de su taller.
Se
dedicó a estudiar en profundidad y devoró por igual a antiguos y modernos, a
Platón y Aristóteles, a Nicolás de Cusa y a los académicos florentinos.
Wincklemann le había regalado un libro del cabalista Cornelius Agripa, cuyo
pensamiento era tan extraño y, a la vez, tan afín al suyo. Volvió a las
matemáticas y afiló sutilmente el instrumento que hasta entonces había
esgrimido como un mazo. Se volcó en la música con renovado ímpetu y se
obsesionó con las leyes de la armonía de Pitágoras. Del mismo modo que se había
preguntado por qué sólo existían seis planetas en el sistema solar, entonces
analizó el misterio de las relaciones musicales: por ejemplo, ¿por qué la razón
3:5 produce armonía y no ocurre lo mismo con la 5:7? Hasta la astrología,
durante tanto tiempo denigrada, adquirió nueva relevancia en su teoría de los
aspectos. El mundo era una abundancia de armaduras y formas. Meditó consternado
sobre las complejidades del panal, la estructura de las flores, la extraña
perfección de los copos de nieve. Lo que en Linz comenzó como un juego
intelectual acabó por convertirse en su interés más profundo.
El
nuevo año comenzó bien. Se sentía en paz en el seno mismo de ese súbito
arrebato de especulaciones. Gradualmente adquirió un impulso temible. Las
convulsiones religiosas renacieron con más encono. Promulgaron un edicto tras
otro, cada uno más severo que el precedente. Proscribieron todo tipo de culto
luterano. Sólo se podía bautizar a los niños según el rito católico y sólo
podían asistir a escuelas de los jesuitas. Después se ensañaron con los libros.
Recogieron y quemaron textos luteranos. Un manto de humo cubrió la ciudad. Las
amenazas agitaron el aire y Kepler tembló. Después de la quema de libros, ¿qué
les quedaría salvo quemar a sus autores? La situación se desmandó. Se sintió
atado, con la cabeza y los hombros pegados a la tabla y los ojos fijos presa de
un terror mortal, atado a una máquina ingobernable que rodaba cada vez más
deprisa hacia el precipicio. El nuevo hijo, una niña, nació en junio. La
llamaron Susanna. Johannes soñó con la mar océano. Jamás la había visto
despierto. Le pareció una calma inmensa y lechosa, muda, inmutable y
aterradora, el horizonte cual una línea de belleza sobrecogedora, una grieta
finísima en la corteza del mundo. No había sonido, movimiento ni ser vivo a la
vista, a menos que el océano mismo estuviera vivo. El terror de esa visión
contaminó su mente durante semanas. Una tarde de julio, con el aire claro e
inmóvil como esa mar ilusoria, regresó a la Stempfergasse luego de una de sus
insólitas salidas por la ciudad atemorizada y se detuvo ante la casa. En la
calle un niño jugaba con un aro, del otro lado una anciana cargada con una
cesta se alejaba cojeando y un perro roía un jarrete en la cuneta. Hubo algo en
esa escena que lo aleló, la pulcra inocencia con que se organizó bajo esa luz
ilimitada, como si quisiera darle un suave codazo. El doctor Oberdorfer lo
aguardaba en el vestíbulo y lo contemplaba con expresión tétrica y compungida.
La niña había fallecido. Tuvo fiebre del cerebro, el mismo mal que se llevó al
pequeño Heinrich. Kepler permaneció en pie junto a la ventana del dormitorio y
vio extinguirse el día, oyó como en lontananza los gritos desesperados de
Bárbara y, con profundo respeto, hizo caso a su mente, que por decisión propia
pensó: tendré que interrumpir mi trabajo. Trasladó personalmente el minúsculo féretro
hasta la fosa, acosado por visiones de conflicto y desolación. Del sur llegaron
informes según los cuales los turcos habían acantonado seiscientos mil hombres
al sur de Viena. El consejo católico le puso una multa de diez florines por
haber realizado el funeral según el rito luterano. Escribió a Maestlin: No hay
día que pueda aliviar las congojas de mi esposa y la palabra está próxima a mi
corazón: oh, vanidad…
Jobst
Müller volvió a presentarse en Graz y exigió la conversión de Kepler:
conviértase o váyase, y esta vez no vuelva. Jobst Müller se llevaría a su hija
y a Regina a Mühleck. Kepler ni se molestó en responder. También lo visitó
Stefan Speidel, un hombre de negro, delgado, frío y de labios apretados. Sus
noticias de la corte eran espantosas: esta vez no habría excepciones. Kepler
estaba fuera de sí.
—
¿Qué haré, Stefan, qué haré? ¿Qué será de mi familia? —Tocó la mano helada de
su amigo—. Estabas en lo cierto cuando te oponías al matrimonio, no te lo echo
en cara, tenías razón…
—Ya
lo sé.
—No,
Stefan, te repito… —Calló, dejando que la idea calara y oyó claramente el débil
chasquido de otra cuerda que se parte. El día que se conocieron en las
habitaciones del rector Papius, Speidel le había prestado el Timeo de Platón.
Debía acordarse de devolverlo. Añadió cansinamente—: Sí, claro… Oh, Dios, ¿qué
voy a hacer?
—
¿Puedes contar con Tycho Brahe? —preguntó Stefan Speidel, se quitó una pelusa
de la capa y partió, desapareciendo para siempre de la vida de Kepler.
Sí,
podía contar con Tycho. Estaba en Praga desde junio, era matemático imperial de
la corte de Rodolfo y recibía un salario de tres mil florines. Kepler había
recibido cartas del danés apremiándolo para que fuera a Praga y compartiera la
beneficencia real. ¡Pero Praga estaba a un mundo de distancia! ¿Tenía otra
opción? Maestlin le había escrito para comunicarle que no había posibilidades
de que obtuviera un puesto en Tubinga. El siglo tocaba a su fin. En su visita a
Graz, el barón Johann Friedrich Hoffmann —consejero del emperador y antiguo
mecenas de Kepler— invitó al joven astrónomo a sumarse a su séquito durante su
regreso a Praga. Kepler metió las maletas, su esposa y su hija en un carro
destartalado y el primer día del nuevo siglo, algo sorprendido por la fecha,
partió hacia su nuevo mundo.
La
travesía fue aterradora. Pernoctaron en fortalezas con goteras y en puestos
militares infestados de ratas. La fiebre volvió y soportó kilómetros y
kilómetros en un semisueño embotado del que, presa del pánico, Bárbara lo
arrancaba cerniéndose como una figura surgida de los sueños y lo sacudía,
temerosa de que hubiera muerto. Johannes apretaba los dientes.
—Señora,
si sigues molestándome de esta guisa, por Dios que te tiraré de las orejas.
Entonces ella lloraba y Johannes gemía y se maldecía, llamándose perro sarnoso.
Corría febrero cuando llegaron a Praga. El barón Hoffman los alojó en su casa,
los alimentó, les dejó dinero e incluso prestó a Kepler un sombrero y una capa
decentes para su reunión con Tycho Brahe. Pero de Tycho no había ni noticias.
Kepler detestaba Praga. Los edificios estaban torcidos y abandonados,
apresuradamente construidos con barro, paja y tablas. Las calles estaban
anegadas y el aire era pútrido. Hacia el final de la semana apareció el hijo de
Tycho en compañía de Frans Gransneb Tengnagel, borrachos y resentidos los dos.
Portaban una carta del danés, a la vez formal y obsequiosa, en la que
manifestaba untuosos sentimientos de pesar por no haber acudido personalmente a
recibir al visitante. Tyge y el junker lo conducirían a Benatek, pero
postergaron una semana más la partida pues querían divertirse. Nevaba cuando
por fin emprendieron la marcha. El castillo se encontraba a treinta kilómetros
al norte de la ciudad, en el corazón de un paisaje rural llano e inundado.
Kepler aguardó en las habitaciones de huéspedes durante toda la agitada mañana
y estaba dormido cuando a mediodía lo llamaron. Descendió por la pétrea
fortaleza del castillo envuelto en un estupor de fiebre y temor. Tycho Brahe se
mostró autoritario. Miró con el ceño fruncido al caballero de figura temblorosa
que tenía delante y declaró:
—Mi
alce, señor, mi alce domesticado, aquél por el que sentía tanto amor, fue
aniquilado por los desatinos de un patán italiano. —Con un ademán del brazo
cubierto de brocado hizo pasar a su huésped a la sala de paredes altas en la
que desayunarían. Tomaron asiento—. Rodó por las escaleras del castillo de
Wandsbeck, donde hicieron alto para pasar la noche. Según dice el italiano el
animal bebió un cubo de cerveza, se quebró la pata y murió. ¡Mi pobre alce!
La
enorme ventana, el sol sobre el río, los campos anegados y, más lejos, la
distancia azul. Kepler sonrió y asintió como un juguete de cuerda, pensando en
su pasado desaliñado y en su futuro incierto y en 0,00 algo algo 9.
Capítulo
2
Astronomía
Nova
Estaba
hasta la coronilla. Bajó como una tromba la empinada escalera, se detuvo y,
dominado por una colérica confusión, miró en derredor. Un mozo cojo que
empujaba una carretilla carraspeó y escupió; dos fregonas volcaron una tina con
jabonaduras. ¡Por todos los santos, lo nombrarían dependiente, ayudante de un
ayudante!
—Herr
Kepler, Herr Kepler, le ruego que espere un momento… —El barón Hoffmann jadeó
pesaroso y corrió a su lado.
Tycho
Brahe continuó en lo alto de la escalera, profundamente indiferente, evaluando
una remota posibilidad.
—
¿Qué quiere? —preguntó Kepler.
El
barón, hombrecillo gris y legañoso, le mostró las manos vacías.
—Concédale
un poco de tiempo, dele un respiro para que analice sus peticiones.
—Él
ya ha tenido más de un mes —alzó la voz ante el súbito clamor de los cascos—.
He expuesto mis condiciones y sólo pretendo un mínimo de consideración. Él
nunca hace nada. —Elevó aún más el tono de voz y la arrojó escaleras arriba con
ánimo estentóreo—: ¡Nada!
Con
la mirada perdida, Tycho Brahe enarcó ligeramente las cejas y suspiró. Con un
aullido ululante, la jauría atravesó la puerta baja de las perreras y corrió
por el patio: bestias ávidas, de patas canijas, sonrisa de orate y diminutos y
apretados escrotos de color pardo rojizo. Kepler se lanzó atemorizado hacia la
escalera pero se arredró a mitad de camino, paralizado por Tycho el Terrible.
El danés lo contempló con maliciosa satisfacción y se calzó los guantes. El
barón Hoffmann dirigió una última mirada inquisitiva al amo de Schloss Benatek
y por último, encogiéndose de hombros, preguntó a Kepler:
—Señor,
¿no se queda?
—No
me quedo. —Su voz sonó insegura.
Aparecieron
Tengnagel y el joven Tyge, que entrecerraron los ojos a causa del resplandor,
embotados por la resaca de la cogorza de la noche anterior. Se alegraron de ver
tan nervioso a Kepler. Los mozos acercaron los caballos. Calmados, los perros
se pasaban la lengua por las partes o se apoyaban meditabundos en las paredes,
pero volvieron a entrar en frenesí al oír la ronca llamada de un cuerno. La
bruma de polvo plateado desplegó sus velas al viento y se movió perezosamente
hacia la puerta. Una mujer se asomó sonriente al balcón y en el cielo se abrió
un panel que derramó sobre Benatek el generoso sol de abril, dorando el polvo
arremolinado.
El
barón fue en busca de su carruaje. Kepler se puso a pensar. ¿Qué le quedaba si
renunciaba al mecenazgo a regañadientes de Tycho? El pasado había desaparecido…
Tubinga, Graz, todo se había esfumado. Con los pulgares encajados en el
cinturón y tamborileando los dedos sobre la tensa ladera de la tripa, el danés
se lanzó escaleras abajo. El barón Hoffmann descendió del carruaje y Kepler le
tironeó de la manga al tiempo que mascullaba:
—Quisiera…
quisiera…
El
barón aguzó el oído.
—Hay
tanto ruido que no…
—Quisiera…
—chilló—, quisiera disculparme. —Cerró los ojos un instante—. Perdóneme, yo…
—Vamos,
le aseguro que no es necesario.
—
¿Cómo?
El
viejo sonrió de oreja a oreja.
—Herr
profesor, me encanta ayudarlo.
—No,
no, me refiero a él, a él.
¡Por
todos los santos, estaba en Bohemia, depósito de sus más grandes esperanzas!
Tycho montaba dificultosamente con la ayuda de dos esforzados lacayos. El barón
Hoffmann y el astrónomo lo miraron asombrados cuando con un gruñido se inclinó
sobre el lomo tenso del equino y esgrimió ante sus caras un culo grande
cubierto de cuero. El barón suspiró y se acercó a hablar con él. Sentado y
jadeante, Tycho lo escuchó con impaciencia. Mientras bebían la del estribo,
Tengnagel y el joven danés miraban la escena muy divertidos. La disputa entre
Tycho y su último colaborador había sido la principal distracción del castillo
desde la llegada de Kepler, hacía un mes. Sonó el bugle y, cual una enorme
máquina ruidosa, Tycho avanzó rodeado de cazadores, dejando tras de sí el
moreno regusto de la polvareda. El barón Hoffmann fue incapaz de afrontar la
desesperada mirada de Kepler.
—Lo
llevaré a Praga —murmuró y se metió deprisa en el santuario del carruaje.
Kepler
asintió atontado y un pálido horror se abrió a su alrededor, en el aire
arremolinado. ¿Qué he hecho?
Traquetearon
por el estrecho sendero de la colina. El cielo sobre Benatek lucía una lívida
mancha nublada y los cazadores, que se dispersaron por los campos, seguían
iluminados por la luz del sol. Kepler les deseó para sus adentros una mala
jornada y que, con un poco de suerte, el danés se partiera la crisma. Encajada
a su lado en el estrecho asiento, Bárbara temblaba con muda cólera y acusación
(¿Qué has hecho?). Aunque no quería mirarla, tampoco podía contemplar demasiado
rato el espectáculo traqueteante que se divisaba desde la ventanilla del
carruaje. Ese rodeo campestre de lagunas infinitas y marismas eternamente
anegadas (¡al que en sus cartas Tycho había bautizado como la Venecia de
Bohemia!) afectaba su mala vista con esas perspectivas fracturadas de brillo
azogado y las tremolosas distancias gris azulado.
—…
desde luego —decía el barón— aceptará las disculpas pero… bueno, sugiere que
las presente por escrito.
Kepler
lo miró fijamente.
—
¿Quiere…? —Su ojo y su codo organizaron una demoníaca danza de contorsiones—.
¿Quiere que le presente una disculpa por escrito?
—Ni
más ni menos, sí, es lo que dijo. —El barón tragó saliva y desvió la mirada con
sonrisa enfermiza.
Regina,
que viajaba a su lado, lo observaba atentamente, como miraba siempre a los
adultos, como si de repente el barón pudiera hacer algo maravilloso e
inexplicable: echarse a llorar o inclinar la cabeza hacia atrás y aullar como
un mono. Kepler también lo contemplaba y pensaba apenado que ese hombre era un
vínculo directo con Copérnico: en sus años mozos el barón había contratado a
Valentine Otho, discípulo de Von Lauchen, para que le diera clase de
matemáticas.
—También
exige una declaración de discreción, es decir, que se comprometa bajo juramento
a no revelar a… a otros los datos astronómicos que pueda proporcionarle en el
transcurso del trabajo. Por lo que tengo entendido, cuida celosamente sus
observaciones sobre Marte. A cambio garantiza alojamiento para usted y su
familia y se ocupará de presionar al emperador para que confirme la
continuación de su salario estirio o, de lo contrario, le concederá
personalmente una subvención. Herr Kepler, estas son las condiciones. Yo le
aconsejo…
—
¿Que acepte? Sí, sí, acepto, por supuesto.
¿Y
por qué no? Estaba harto de conceder tanta importancia a su dignidad. El barón
lo miró fijo y Kepler parpadeó: ¿percibió desdén en esos ojos acuosos? Maldita
sea, Hoffmann nada sabía de lo que significaba ser pobre y proscrito, tenía
tierras, título y un lugar en la corte. En ocasiones esos patricios
reblandecidos lo asqueaban.
— ¿Y
qué pasa con nuestras condiciones, nuestras demandas? —preguntó Bárbara, a
punto de atragantarse.
Nadie
respondió. Con cierta culpa, Kepler se preguntó por qué casi siempre los
estallidos más apasionados de su mujer obtenían como respuesta el mismo
silencio carraspeante y de ojos vidriosos. El carruaje se sacudió a causa de un
bache y oyeron que el cochero lanzaba una sarta de improperios al caballo.
Kepler suspiró. Su mundo se componía de las ruinas de una morada inmemorial e
infinitamente más sutil; las piezas eran preciosas y bellas, tanto como para
partirle el corazón, pero no encajaban.
La
casa del barón se alzaba en la colina de Hradschin, junto al palacio imperial
y, por encima de Kleinseit, daba al río, al barrio judío y, algo más distante,
a los suburbios de la ciudad vieja. Había un jardín con álamos, veredas a la
sombra y un estanque pletórico de carpas. Hacia el norte, el lado del palacio,
las ventanas miraban ajardines iridiscentes y un muro de color gamuza, cielos
repentinos atravesados por una aguja y pendones morados que ondulaban en la
intimidada inmensidad. Desde esas ventanas, en una ocasión a Kepler se le
concedió el vistazo inolvidable de un caballo encabritado y un podenco
rampante, armiño y esmeralda, barbinegro, mano pálida y ojos oscuros y
desconsolados. Fue lo más cerca que estuvo del emperador durante muchísimo
tiempo.
La
baronesa estaba sentada ante el escritorio de la biblioteca y, con ayuda de un
cuerno de marfil, espolvoreaba tiza sobre un trozo de pergamino. Se incorporó
cuando entraron, lanzó un suspiro sobre el papel y los observó con un gesto
lejanamente parecido a una sonrisa.
—Vaya,
doctor… y Frau Kepler… han vuelto a nuestro seno.
Era
un águila descolorida, alta como su marido y tan demacrada como él, con un
vestido de raso de color azul metálico, dividida la atención entre los
visitantes y la carta que esgrimía en la mano.
—Querida
—murmuró el barón e hizo una ahíta reverencia.
Hubo
un breve silencio y la baronesa volvió a sonreír.
—
¿El doctor Brahe no los acompaña?
—Señora,
he sido cruelmente utilizado por ese hombre —estalló Kepler—. Me apremió, me
suplicó que viniera a Bohemia. ¡Pues aquí estoy me ha tratado como si fuera un
vulgar aprendiz!
—
¿Ha tenido un desacuerdo con nuestro buen danés? —preguntó la baronesa y
súbitamente concentró toda su atención en los Kepler.
Regina
captó el susurro de ese tono sedosamente agorero y asomó por detrás de su madre
para echar un buen vistazo a la impresionante y alta dama vestida de azul.
—Le
presenté —dijo Kepler—, le presenté una lista con las pocas condiciones que
debe satisfacer si quiere que me quede y trabaje con él. Por ejemplo, exi…
mejor dicho, le pedí alojamiento separado para mi familia y para mí. Le aseguro
que esa morada es una casa de locos. También solicité determinada cantidad de
alimentos…
— ¡Y
leña! —espetó Bárbara.
—Y
leña, expresamente apartada…
—Para
nuestro uso, eso es.
—Sí…
para nuestro uso. —Kepler bufó furioso. Imaginó que le pegaba, sintió en las
raíces de los dientes los dulces golpes de la palma de su mano en el antebrazo
regordete—. También le pedí, déjeme pensar, sí, también le pedí que me
procurara un salario imperial…
—Su
majestad… su majestad es… difícil —se apresuró a intercalar el barón.
—Fíjese,
mi señora —barbotó Bárbara—, mire a lo que nos vemos obligados, a mendigar
alimentos. Y ustedes fueron tan amables cuando llegamos, nos proporcionaron
cobijo…
—Así
es —comentó pensativa la baronesa.
—Señor,
señora, yo me pregunto si nuestras demandas son excesivas —chilló Kepler.
El
barón Hoffmann se sentó lentamente.
—Ayer
el doctor Brahe, el doctor Kepler y yo abordamos la cuestión —dijo el barón con
la mirada fija en el dobladillo del vestido de su esposa.
—
¿De verdad? —preguntó la baronesa, que a cada instante que pasaba se semejaba
más a un águila.
— ¿Y
qué pasó?
—
¡Esto! —gritó Bárbara, como si graznara—. ¡Fíjese, nos han arrojado a la vera
del camino!
El
barón apretó los labios.
—No
es así, gnädige Frau, no es así. Sin embargo, es verdad que el danés está
enfadado.
—Ah
—suspiró la baronesa—. ¿Por qué?
Las
gotas de lluvia tamborilearon en la ventana tocada por el sol. Kepler se
encogió de hombros.
—Yo
no lo sé. —Bárbara lo miró—. ¡Aunque me acusa de ello, jamás dije que el
sistema ticónico partiera de un concepto erróneo! Me… me limité a observar uno
o dos puntos débiles debido, según mi modesto entender, a una aceptación
apresurada de premisas dudosas, del mismo modo que una perra con prisas produce
cachorros ciegos. —La baronesa se llevó rápidamente la mano a la boca para
toser, ademán que, de no haber sabido Kepler que se trataba de una dama noble
plenamente consciente de la gravedad del momento, podría haber confundido con
una risilla—. Además, está mal concebido, es algo monstruoso engendrado por
Tolomeo a partir del egipcio Herakleides. ¡Verá, señora, sitúa la tierra en el
centro del mundo y hace que los cinco planetas restantes giren alrededor del
sol! Funciona, desde luego, en lo que a las apariencias se refiere… pero daría
lo mismo poner cualquier planeta en el centro y el fenómeno seguiría a salvo.
— ¿A
salvo? —La mujer se volvió hacia el barón para que se lo aclarara.
Hoffmann
desvió la mirada y se rascó la barbilla.
—Sí,
el fenómeno —insistió Kepler—. Pero sólo es un truco de nuestro danés, con el
que pretende satisfacer a los escolásticos sin negar del todo a Copérnico… ¡lo
sabe tan bien como yo y prefiero que me cuelguen a pedir disculpas por decir la
verdad! —Se puso en pie y se atragantó con una súbita burbuja de cólera—.
Discúlpenme, la cuestión es sencilla: está celoso de mí, de mi comprensión de
nuestra ciencia… sí, sí… —Caminó atropelladamente alrededor de Bárbara, pese a
que no había hecho ademán de protestar—. Pues sí, está celoso. Y está
envejeciendo, tiene más de cincuenta años… —La baronesa alzó la ceja izquierda
trazando un arco de sorpresa—. Le preocupa su reputación futura y prefiere que
ratifique su teoría sin valor obligándome a convertirla en la base de mi
trabajo. Pero…
Kepler
calló, se volvió y aguzó el oído. La música llegaba de lejos y la melodía se
tomaba suave y extrañamente alegre por la distancia. Se acercó a la ventana sin
prisa, como si acechara una pieza excepcional. El chubasco había pasado y el
jardín resplandecía. Cruzó las manos a la espalda, se balanceó delicadamente y
contempló los álamos y el estanque deslumbrante, las empapadas nubes de flores,
el jardín que cual un rompecabezas intentaba colarse entre las barandillas de
piedra de un balcón. ¡Cuán inocente, qué inanemente bella era la superficie del
mundo! El misterio de las cosas simples lo sobrecogió. Una golondrina festiva
trazó un rizo en medio de una borrasca de humo color lavanda. Volvería a
llover. Tararí, tarará. Sonrió y prestó atención: ¿era la música de las
esferas? Al darse la vuelta, se sorprendió de ver que los presentes seguían
como antes y lo observaban con ligera expectación. Consternada, Bárbara soltó
una exhalación. Bárbara conocía, ay, conocía esa mirada, esa máscara hueca y
afablemente sonriente desde la que un demente concentrado vigilaba con ojos
llameantes. Se apresuró a explicar al barón y a su quisquillosa consorte que
nuestra principal preocupación, como pueden ver, nuestra principal preocupación
es… Kepler suspiró, lamentándose de los balbuceos de Bárbara que movía su boca
minúscula como una lela. Se frotó las manos y se apartó de la ventana, decidido
a ir al grano. Ahogó implacablemente los barboteos de Bárbara, que siguieron
sonando como una confusión de burbujas que escapan de la boca de un pez
sorprendido.
—Escribiré…
escribiré la carta, pediré disculpas, haré las paces. —Sonrió a todos, como si
esperara sus aplausos. La música volvió a sonar, ahora más próxima: era un
conjunto de instrumentos de viento que tocaba en los jardines de palacio—. Sí,
creo que me llamará, lo comprenderá. —Después de todo, ¿qué importancia tenía
esa disputa?—. ¡Un nuevo comienzo! Señora, ¿me permite la pluma?
Al
anochecer estaba otra vez en Benatek. Se disculpó, hizo el juramento de
discreción y Tycho ofreció un banquete, música, juerga delirante y un ternero
engordado chisporroteando en el espetón. El estrépito del comedor era un rugido
constante atravesado por la rotura de algún plato o los chillidos de una criada
a la que una mano audaz había pellizcado. La tormenta de primavera que había
amenazado todo el día chocó súbitamente contra las ventanas, haciendo temblar
los reflejos de las velas encendidas. Tycho estaba en un gran momento, gritaba,
bebía y daba golpes con el bock, con la nariz roja y chorreantes las puntas de
su mostacho pajizo. A su izquierda se encontraba Tengnagel que, con brazo de
propietario, rodeaba la cintura de Elizabeth —la hija del danés—, una chiquilla
conejil de pelo ceniza corto y nariz sonrosada. Su madre, doña Christine, era
una mujer gorda y melindrosa cuyos veinte años de concubinato con el danés ya
no sorprendían a nadie, salvo a ella misma. También estaban presentes el joven
Tyge, siempre burlón, y Christian Longberg, el ayudante principal del danés, un
mocetón sacerdotal, granujiento, ojeroso, ávido y consagrado a Onán. Kepler
volvía a sentirse irritado. Esa jarana despreocupada no le interesaba y deseaba
poner sus manos —ahora mismo, esa misma noche— en el tesoro de observaciones
planetarias de Tycho.
—Usted
me encarga la órbita de Marte… espere un momento, déjeme hablar, me encomienda
esa órbita, uno de los problemas más difíciles que existen, pero no me da
indicaciones sobre el planeta. Por favor, déjeme hablar, ¿cómo quiere que lo
resuelva?, ¿cómo supone que puedo resolverlo?
Tycho
se encogió de hombros y se dirigió a los reunidos alrededor de la mesa:
—De
Tydske Karle ere allesammen halv gale.
El
enano Jeppe, sentado a los pies de su amo, bajo la mesa, rió con disimulo.
—Mi
padre —intervino intempestivamente doña Christine—, mi padre se quedó ciego por
beber toda su vida como un energúmeno. Querido Brahe, bebe otra copa de vino.
Christian
Longberg cruzó las manos como si estuviera a punto de rezar.
—Herr
Kepler, ¿se propone resolver el problema de Marte? —La idea le provocaba una
ligera sonrisa.
Kepler
se dio cuenta de que el joven le recordaba a Stefan Speidel, otro pedante
traidor.
—Señor,
¿acaso no me cree capaz? ¿Quiere que hagamos una apuesta… por ejemplo, de cien
florines?
—
¡Magnífico! —Exclamó el joven Tyge—. ¡Por Laertes, cien florines!
—Prepárese,
Longberg —gruñó Tengnagel—. Será mejor que fije fecha o tendrá que esperar a la
eternidad para cobrar sus ganancias.
—
¡Siete días! —se apresuró a decir Kepler, puro pavoneo y sonrisa al tiempo que
se le retorcían las entrañas. ¡Dios mío, siete días!—. Sí, concédame siete días
libre de cualquier otra tarea y lo haré… un momento, siempre que —se humedeció
los labios nervioso—, siempre que se me garantice acceso total y sin obstáculos
a las observaciones, a todas, a todo.
Tycho
puso cara de pocos amigos porque se apercibió de la añagaza. Se había excedido,
los comensales lo observaban y, para colmo, estaba borracho. Titubeó. Esas
observaciones le concederían la inmortalidad. Acumularlas le había llevado
veinte años de laborioso esfuerzo. La posteridad podía olvidar sus libros,
ridiculizar su sistema del mundo y reírse de su vida extravagante, pero ni
siquiera el futuro más despiadado que quepa imaginar dejaría de honrarlo como
genio de la exactitud. ¿Y ahora tenía que entregar todo a ese joven advenedizo?
Asintió, volvió a encogerse de hombros y reclamó más vino, aprovechando al
máximo la situación. Durante unos segundos Kepler se compadeció de su mecenas.
—En
este caso, señor, la apuesta está hecha —dijo Longberg, con una mirada que
cortaba el aire.
Un
grupo de acróbatas itinerantes se presentó en el comedor, resollando, dando
tumbos y palmas. ¡Siete días! ¡Cien florines! ¡Hurra!
* *
* *
Siete
días se convirtieron en siete semanas y la empresa le estalló en la cara. Había
parecido una tarea nimia, meramente una cuestión de elegir tres posiciones para
Marte y, a partir de éstas, definir mediante geometría simple el círculo de la
órbita del planeta. Hurgó en los tesoros de Tycho, se revolcó entre ellos,
lanzando ladridos de gozo perruno. Escogió tres observaciones realizadas por el
danés en la isla Hveg en un período de diez años y puso manos a la obra. Antes
de saber qué ocurría, retrocedió envuelto en una nube de humo sulfuroso,
tosiendo, zumbándole los oídos, con fragmentos de cálculos rotos clavados en el
cerebro.
Todo
Benatek estaba encantado. El castillo se regodeó con el espectáculo del
irascible hombrecillo golpeado en pleno rostro por sus propios alardes. Ni
siquiera Bárbara pudo disimular su satisfacción y le preguntó dónde podían
conseguir los cien florines que Christian Longberg reclamaba a grito pelado.
Sólo Tycho Brahe guardó silencio. Kepler se retorció, pidió una semana más a
Longberg, alegó pobreza y salud quebrantada y negó haber hecho una apuesta. En
el fondo, los insultos y las risas le importaban un bledo: estaba ocupado.
Desde
luego, se había mentido a sí mismo con tal de hacer la apuesta y embaucar a
Tycho: Marte no era nada sencillo. Había guardado su secreto durante milenios,
desafiando mentes más sutiles que la suya. ¿Cómo podía interpretarse un
planeta, el plano de cuya órbita, según Copérnico, oscila en el espacio y el
valor de la oscilación no depende del sol, sino de la posición de la tierra?
¿Cómo podía interpretarse un planeta que, trazando un círculo perfecto a
velocidad uniforme, tarda distintos períodos de tiempo en cubrir porciones
idénticas de su recorrido? Había supuesto que éstas y otras rarezas no eran más
que bordes irregulares que había de recortar antes de abordar el problema de
definir la órbita. Ahora supo que, por el contrario, era un ciego que tenía que
reconstruir un diseño uniforme e infinitamente complejo a partir de unas pocas
prominencias dispersas que, con engañosa inocencia, cedían al contacto con las
yemas de sus dedos. Así, siete semanas se convirtieron en siete meses.
A
principios de 1601, cuando estaban a punto de cumplir su primer y turbulento
año en Bohemia, llegó de Graz el mensaje de que Jobst Müller estaba agonizando
y reclamaba a su hija. Kepler aprovechó la excusa para interrumpir el trabajo.
Apartó cuidadosamente de su muñeca los colmillos del trabajo —espera, no
aúlles— y se alejó sereno, con la ilusión de que esa bestia esbelta y tensa lo
aguardaba agazapada, dispuesta a saltar, con el giro de una llave, con la
solución del enigma de Marte sujeta entre las garras. Cuando llegaron a Graz,
Jobst Müller ya había muerto.
La
muerte del padre desencadenó en Bárbara una extraña lasitud melancólica. Se
ensimismó, se enroscó en alguna cámara interior y secreta de la que de vez en
cuando dejaba escapar un barboteo quejumbroso, hasta el extremo de que Kepler
temió por su cordura. La cuestión de la herencia la obsesionaba. Machacó sobre
el tema con macabra perseverancia, como si estuviera metiendo las narices en el
cadáver propiamente dicho. Tampoco había motivos que fomentaran sus temores más
sombríos. Seguían en vigor los interdictos del archiduque contra los luteranos
y cuando Kepler quiso convertir en dinero contante y sonante las propiedades de
su esposa, las autoridades católicas lo amenazaron y lo timaron. Sin embargo,
esas mismas autoridades lo aclamaron al son de trompetas en su condición de
matemático y cosmólogo. En mayo, mes en que tuvieron la sospecha de que
confiscarían toda la herencia, invitaron a Kepler a montar en la plaza del
mercado de la ciudad un aparato de su propia factura con el que observar el
eclipse de sol que había pronosticado. Se reunió un gentío numeroso y
respetuoso que miró boquiabierto al mago y su máquina. La ocasión se convirtió
en un gran éxito. Los burgueses de Graz apartaron un ojo desconcertado y
lagrimeante de la imagen rutilante de su cámara oscura, lo golpearon
indulgentemente con sus barrigas y declararon que era genial. Después Kepler se
dio cuenta de que un carterista, aprovechando la penumbra del eclipse a
mediodía, lo había despojado de treinta florines. Fue una pérdida ínfima comparada
con lo que le robaron en impuestos estirios, pero pareció sintetizar lo mejor
del lamentable asunto de despedirse del terruño de Bárbara.
El
día de la partida su esposa estaba hecha un mar de lágrimas. No hubo modo de
consolarla, le prohibió que la tocara, se quedó inmóvil y dejó escapar por su
boca temblorosa una larga y oscura cinta de angustia. Johannes revoloteó a su
alrededor, hendido de compasión rodeando impotentemente el aire con sus brazos
de simio. Al final, Graz había significado muy poco para él y Jobst Müller aún
menos, pero reconoció perfectamente la pena que, bajo el cielo plomizo de la
Stempfergasse, ennobleció durante unos instantes a su pobre, gorda y estúpida
esposa.
Al
retornar a Bohemia, encontraron a Tycho y a su circo provisionalmente alojados
en la Posada del Grifo Dorado, a punto de trasladarse a la casa de Curtius en
el Hradschin, morada que el emperador había comprado a la viuda del
vicecanciller para cedérsela a Tycho. Kepler no podía creerlo. ¿Qué pasaba con
las famosas campanas de los capuchinos? ¿Y con Benatek, con los esfuerzos y los
gastos consagrados a su reconstrucción? Tycho se encogió de hombros: prosperaba
con el derroche, con el majestuoso despilfarro de fortunas. El carruaje lo
aguardaba bajo el letrero de la posada. Había espacio para Bárbara y la niña. A
Kepler le tocaba caminar. Subió jadeante la empinada colina de Hradschin,
hablando para sus adentros y meneando su perturbada cabeza. Una compañía de la
caballería imperial estuvo a punto de atropellarlo. Al llegar a la cumbre se
dio cuenta de que había olvidado dónde se encontraba la casa y al preguntar, le
dieron indicaciones incorrectas. Los centinelas de la puerta de palacio lo
miraron recelosos cuando pasó por tercera vez. Hacía calor y el sol era un ojo
gordo clavado en él con malicioso regocijo; miraba constantemente por encima
del hombro con la esperanza de entrever una calle conocida a punto de
apoderarse rápidamente del complicado paisaje que había montado con el
propósito de desconcertarlo. Podría haber pedido ayuda en casa del barón
Hoffmann, pero no era acogedora la idea de la mirada inflexible de la baronesa.
Giró en una esquina y se dio cuenta de que había llegado. Ante la puerta había un
carro y figuras heroicamente cargadas, con las piernas separadas, subían a
duras penas la escalera. Doña Christine se asomó por una ventana del primer
piso y gritó algo en danés; todos hicieron un alto y la contemplaron con una
especie de sorpresa estupefacta y sin expectativas. La casa despedía una
atmósfera desconsolada y desconcertada. Kepler deambuló por las espaciosas
habitaciones vacías. Lo llevaron de regreso al vestíbulo, como si amablemente
intentaran decirle algo. La tarde estival vacilaba en el umbral y en un gran
espejo un paralelogramo de pared iluminado por el sol mantenía una inclinación
jadeante, con una mancha más clara en el lugar del que habían quitado un
cuadro. El ocaso fue una rúbrica de oro y en los jardines de palacio gorjeaba
un mirlo extasiado. La niña Regina se encontraba al otro lado del umbral con la
mirada perdida, cual la dorada figura de un friso. Kepler se mantuvo en las
sombras, atento a los latidos de su corazón. ¿Qué veía Regina que tanto la
absorbía? Podría haber sido una minúscula novia asomada a la ventana la mañana
de su boda. En la escalera, a sus espaldas, resonaron pisadas y doña Christine
bajó corriendo, sujetándose las faldas con una mano y esgrimiendo un atizador
en la otra.
—
¡No quiero a ese hombre en mi casa!
Kepler
miró atentamente a doña Christine. Cabizbaja, Regina pasó deprisa junto a su
padrastro y entró en la casa. Johannes se volvió y al pie de la escalera vio
que se detenía una figura a lomos de una mula extenuada. El hombre vestía
andrajos y apretaba contra el cuerpo un brazo vendado, como si fuera el sucio
hato de pertenencias de un mendigo. Desmontó y subió la escalera a duras penas.
Doña Christine se plantó en la puerta, pero el hombre la rodeó, mirando
distraídamente a su alrededor.
—Estuve
en Benatek, en el castillo —masculló—. ¡Ya no queda nadie!
La
idea le causó gracia. Se sentó en una silla, junto al espejo, y sin prisa quitó
el vendaje del brazo herido, arrojando al suelo espiral tras espiral de venda
con una mancha de sangre regularmente repetida y cada vez más notoria, mancha
que tenía la forma de un cangrejo cobrizo con un rubí rojo y húmedo en el
centro. La herida, una rajadura de espada, estaba profundamente infectada. El
hombre la observó con asco y presionó con cuidado el lívido cerco.
—Porco
Dio —murmuró y escupió en el suelo.
Doña
Christine alzó los brazos en señal de desesperación y se alejó, hablando para
sus adentros.
—Mi
esposa puede vendarle la herida —dijo Kepler.
De
un bolsillo del jubón de cuero el italiano sacó un trozo de trapos sucios, lo
rasgó con los dientes y envolvió la herida. Alzó las puntas para que alguien
las atara. Al agacharse Kepler percibió el calor de la carne supurante y su
picante hedor.
—Por
lo que parece, aún no lo han ahorcado —comentó el italiano.
Kepler
lo contempló y al levantar lentamente la mirada hacia el espejo, vio a Jeppe a
sus espaldas.
—Todavía
no, amo, todavía no —intervino el enano sonriente—. ¿Y qué hay de usted?
Kepler
volvió a mirar al italiano.
—Fíjese,
está herido, su brazo…
El
italiano rió, se recostó sobre el espejo y se fundió con su propia imagen.
Lo
llamaban Félix. De él se contaban diversas historias. Había luchado contra los
turcos, embarcado con la flota napolitana. Por lo que decía, había sido
alcahuete de todos los cardenales de Roma. Se había cruzado por primera vez con
el danés en Leipzig, dos años atrás, cuando Tycho deambulaba hacia el sur,
rumbo a Praga. El italiano se había fugado, hubo una pelea por una puta y murió
un guardia vaticano. Estaba hambriento y Tycho lo contrató para que escoltara a
Bohemia sus animales domésticos, con lo que mostró un insólito sentido del
humor. De todos modos, la broma salió mal. Tycho jamás le perdonó la pérdida
del alce. Alertado por doña Christine, salió rugiendo al vestíbulo para echarlo
con cajas destempladas. Pero Kepler y el enano ya lo habían hecho desaparecer
en el primer piso.
Daba
la impresión de que moriría. Pasó días enteros tendido en un jergón en una de
las enormes estancias vacías del ático, delirando y blasfemando, enloquecido
por la fiebre y la pérdida de sangre. Temeroso de que estallara el escándalo si
el renegado moría en su casa, Tycho mandó llamar a Michael Maier, el médico
imperial, un hombre discreto y meticuloso. Le aplicó sanguijuelas, le
administró un purgante y jugó ansioso con la idea de amputarle el brazo
envenenado. El tiempo era cálido y no había brisa, la habitación parecía un
horno; Maier ordenó que cerraran la ventana y corrieran las cortinas para
evitar la influencia malsana del aire puro. Kepler pasó muchas horas junto al
lecho del enfermo, secando la frente empapada del italiano o sujetándolo de los
hombros mientras vomitaba los restos verdosos de su vida en una palangana de
cobre que cada noche era enviada a palacio, al arúspice Maier. En ocasiones,
por la noche, sentado ante su escritorio, repentinamente alzaba la cabeza y
aguzaba el oído, creyendo haber percibido un gemido, ni siquiera eso: una
flexión de dolor que rasgaba como una grieta la delicada cúpula de la luz de
las velas, dentro de la cual permanecía sentado. En esas circunstancias,
ascendía por la casa en silencio y permanecía un rato junto a la inquieta
figura tendida en el jergón. En esa penumbra fétida experimentó una vivida y
sobrecogedora sensación de su propia presencia, como si durante unos segundos
le devolvieran una dimensión de sí mismo que la luz del sol y otras vidas no le
concedían. Con frecuencia el enano se le anticipaba y se acuclillaba en el
suelo sin emitir más sonido que el rápido e inequívoco latido de su
respiración. No hablaban, se limitaban a esperar juntos como asistentes al
santuario de una oráculo demente.
Una
mañana el joven Tyge subió al ático, rodeó la puerta con su repugnante sonrisa
y asomó la punta de su lengua sonrosada.
—Pues
aquí está el alegre trío. —Se paseó hasta la cama y estudió al italiano
enredado en la sábana—. ¿Todavía está vivo?
—Está
durmiendo, joven amo —respondió Jeppe.
Tyge
tosió.
—Por
Dios que apesta. —Se acercó a la ventana, abrió las cortinas de par en par y
contempló el magnífico cielo azul. Los pájaros gorjeaban en los jardines
imperiales. Tyge se dio la vuelta y rió—. Dígame, doctor, ¿cuál es su
pronóstico?
—La
ponzoña se ha extendido desde el brazo —replicó Kepler y se encogió de hombros.
Esperaba que el joven se largara de una vez—. Es posible que no sobreviva.
—Ya
conoce el refrán: quien a hierro mata… —La segunda parte se confundió con una
carcajada—. Ay, por Dios, qué cruel es la vida. —Se llevó la mano al corazón—.
¡Miradlo, agoniza como un perro en tierra extraña! —Se dirigió al enano—: Dime,
monstruo, ¿no es suficiente para hacerte llorar?
Jeppe
sonrió.
—Amo,
es usted muy ingenioso.
Tyge
lo miró.
—Ya
lo creo. —Se alejó malcarado y volvió a contemplar al enfermo—. En una ocasión
nos encontramos en Roma, donde él era un gran chulo. Aunque dicen que,
personalmente, prefiere a los donceles. Los italianos son así. —Miró a Kepler
por el rabillo del ojo—. Creo que usted le resultaría demasiado maduro. Pero es
posible que esta rana se adapte a sus debilidades. —Se detuvo antes de salir—.
A propósito, mi padre quiere que se reponga para tener el gusto de echarlo a
patadas Hradschin abajo. Formáis una extraordinaria pareja de cuidadores.
Miradlo.
El
italiano se recuperó. Un día Kepler lo encontró asomado a la ventana, vestido
con una camisa sucia. No quiso hablar, ni siquiera se volvió, como si fuera
incapaz de romper esa absorta contemplación del mundo que había estado a punto
de perder: la lejanía brumosa, las nubes, la luz del verano acariciando su
rostro vuelto hacia el cielo. Kepler se marchó sigilosamente y por la noche el
italiano lo miró como si fuera la primera vez que se encontraban y lo apartó
cuando pretendió cambiarle la venda encostrada que le cubría el brazo. Quería
comida y bebida.
—
¿Dónde está el nano? Dígale que venga, ¿eh?
Para
Kepler los días siguientes supusieron el ceniciento despertar de un sueño. El
italiano seguía mirándolo con profundo desconocimiento. ¿Qué esperaba? Afecto
no y menos aún amistad, nada tan insípido como semejantes sentimientos. Tal vez
soñara con una especie de temible camaradería, a través de la cual podría
acceder a ese mundo de acción e intensidad, a la Italia del espíritu, de la que
ese renegado era mensajero. ¡Vida, vida, eso era lo que esperaba! En el
italiano creyó reconocer por fin, aunque vicariamente, la espléndida y
estimulante sordidez de la vida real.
Con
esa hipocresía azarosa que Kepler tan bien conocía, los Brahe celebraron la
recuperación de Félix como si fuera su niño mimado. Lo bajaron de la vacía
habitación, le regalaron un traje nuevo y, sonrientes, lo llevaron al jardín,
donde la familia comía a la sombra de los álamos. El danés lo sentó a su
diestra. Aunque la celebración comenzó con brindis y palmadas en la espalda,
muy pronto se convirtió en un ebrio rencor. Enfermo y medio borracho, Tycho
mencionó una vez más el doloroso tema del alce perdido, pero en medio de
estentóreos vituperios cayó dormido sobre el plato. El italiano comió como un
perro, con celo y prisa circunspecta: también conocía al dedillo a esos daneses
caprichosos. Su brazo reposaba en un cabestrillo de seda negra que había preparado
Elizabeth, la hija de Tycho. Tengnagel amenazó con arrojar al italiano a los
espadachines si no dejaba en paz a Elizabeth, se puso de pie, arrojó la silla y
abandonó la mesa. Félix rió; el junker ignoraba lo que todos sabían: mucho
antes, en Benatek, el italiano ya había pulido el cuerpo de esa mozuela. Y no
había regresado por ella. Por lo que le contaron, la corte praguense era rica y
estaba presidida por un imbécil. ¿Era posible que Rodolfo pudiera aprovechar
los servicios de un hombre de su talento? El enano consultó a Kepler y éste
respondió con irónica gracia:
—Vaya,
tuve que esperar un año para que su amo concertara una audiencia en mi nombre y
desde entonces sólo he estado dos veces en palacio. ¿Cree que tengo alguna
influencia?
—Pronto
la tendrá —susurró Jeppe—, antes de lo que imagina.
Kepler
guardó silencio y desvió la mirada. Las dotes proféticas del enano lo
perturbaban. Tycho Brahe despertó súbitamente.
—Señor,
lo requieren —dijo Jeppe con tono sereno.
—Y
yo te requiero a ti —gruñó Tycho y se frotó los ojos legañosos.
—Pues
aquí estoy.
Tycho
lo observó cansino con una especie de infortunado resentimiento.
—Bah.
Indudablemente
era un hombre enfermo. Kepler tuvo conciencia de que el enano sonreía a sus
espaldas. ¿Qué veía esa criatura en el futuro de todos? Del cielo llegó un
viento cálido y el sol de la tarde adquirió un matiz ocre oscuro, como si la
ventolera lo hubiese magullado. Los álamos se estremecieron. De repente le
pareció que todo temblaba al borde de la revelación, como si esas contingencias
de luz, clima y actividad humana hubieran tropezado casi con un modo de
expresión. Félix hablaba en voz queda con Elizabeth Brahe y se las ingeniaba
para que los lóbulos de sus orejas translúcidas brillaran de agitación. El
italiano partiría antes de que acabara el año, esta vez para siempre, perdido
el interés por el mecenazgo imperial, aunque para entonces la profecía de Jeppe
se cumpliría y el astrónomo se convertiría, por cierto, en un hombre
influyente.
* *
* *
Kepler
volvió a consagrarse a su trabajo sobre Marte. A su alrededor la situación
mejoró. Harto de disputas, Christian Longberg regresó a Dinamarca y no se habló
más de la apuesta. Casi nunca veía a Tycho Brahe. Corrían rumores de peste y de
avanzadas turcas y necesitaban consultar frecuentemente las estrellas. Cada vez
más nervioso, el emperador Rodolfo había sacado a su matemático imperial de
Benatek, pero la casa de Curtius no estaba lo bastante cerca y el danés acudía
constantemente a palacio. Hacía buen tiempo: días de color vino del Mosela y
noches espectaculares y cristalinas. En ocasiones Kepler se sentaba junto a
Bárbara en el jardín o recorría apaciblemente el Hradschin en compañía de
Regina, admirando las casas de los ricos y contemplando el paso de la
caballería imperial. En agosto los rumores sobre la peste obligaron a clausurar
las grandes casas durante la temporada y hasta la caballería encontró excusas
para trasladarse. El emperador levantó el campamento en dirección a su
residencia campestre de Belvedere y llevó consigo a Tycho Brahe. La apacible
melancolía del verano se aposentó en la colina desierta y Kepler recordó que de
niño, al final de cualquiera de sus enfermedades frecuentes, deambulaba sobre
las piernas temblorosas por una ciudad que se volvía mágica en virtud de la
mera ausencia de sus compañeros de estudio por las calles.
Inopinadamente
Marte le ofreció un regalo cuando, con sorprendente facilidad, Johannes refutó
la oscilación copernicana y demostró, gracias a los datos acumulados por Tycho,
que la órbita del planeta cruza el sol en un ángulo fijo con respecto a la
órbita de la tierra. También obtuvo victorias menores. Sin embargo, a cada paso
que daba, invariablemente afrontaba el enigma de la variación evidente de la
velocidad orbital. Se remontó al pasado en busca de consejo. Tolomeo había
salvado el principio de la velocidad uniforme a través del punctum equans, un
punto del diámetro de la órbita desde el cual la velocidad parece invariable
para un observador imaginario (a Kepler le divertía figurarse a ese hombre
viejo y brusco, con el triquetum de bronce, los ojos llorosos y una certidumbre
presuntuosa e ilusoria). Escandalizado por el juego de manos de Tolomeo,
Copérnico había rechazado el ecuante por considerarlo descaradamente chabacano,
pero no había encontrado nada que lo sustituyera salvo la tosca combinación de
cinco movimientos uniformes epicíclicos y superpuestos. También fueron
maniobras inteligentes y sofisticadas y salvaron los fenómenos de una manera
admirable. Kepler se preguntó si los grandes predecesores habían considerado
que representaban el verdadero estado de cosas. La cuestión lo perturbaba.
¿Acaso existía una nobleza innata, ausente en él, que le situaba por encima de
lo puramente empírico? ¿Era irredimiblemente vulgar su búsqueda de las formas
de la realidad física?
Un
sábado por la noche se encontró con Jeppe y el italiano en una taberna del
Kleinseit. Estaban con un par de ayudantes de cocina de palacio, un serbio
tuerto y gigante y un sujeto huraño y bajito, de Württemberg, que afirmó haber
servido en las campañas húngaras codo a codo con el hermano de Kepler. Se
llamaba Krump. El serbio se llevó la mano al bolsillo y sacó un florín para
invitar a una ronda de schnapps. Alguien atacó con el violín y un trío de
colipoterras entonó una canción picaresca y danzó. Krump las miró con los ojos
entrecerrados y escupió.
—Están
infestadas, las conozco —aseguró Krump.
El
serbio estaba encantado y con su único ojo semejante a una ostra devoraba a las
marranas que se contorsionaban y seguía el ritmo de la giga golpeando la mesa
con la mano. Kepler pidió otra ronda.
—Ah
—dijo Jeppe—. Esta noche el señor Matemático está exultante. ¿Acaso mi amo se
ha equivocado y le ha pagado su salario?
—Algo
por el estilo —replicó Kepler y se sintió como un perro dichoso.
Jugaron
a los naipes y siguieron bebiendo. El italiano vestía traje de terciopelo y
sombrero flexible. Kepler lo vio escamoteando una jota. Ganó, sonrió a Kepler,
pidió que tocaran otra giga, se puso de pie, hizo una profunda reverencia e
invitó a bailar a las putas. Las velas de la barra de la taberna temblaron con
las pisadas.
—Es
un hombre muy animado —afirmó Jeppe.
Kepler
asintió y sonrió sin saber a qué carta quedarse. El baile se convirtió en un
tumulto generalizado y súbitamente se encontraron en el callejón. Una de las
putas cayó y permaneció tendida, riendo y agitando en el aire sus fornidas
piernas. Kepler se apoyó en la pared y contempló a los danzantes que, como
cabras, trazaban círculos en el charco de luz que escapaba de la ventana de la
taberna. De repente, de la nada y de todas partes, de la música del violín, la
luz parpadeante y las pisadas, de la danza en círculo y la ebria mirada del
italiano, le llegó el fragmento irregular de un pensamiento: falso. ¿Qué era
falso? Ese principio era falso. Una de las putas le metió mano. Sí, por fin lo
había comprendido. El principio de la velocidad uniforme es falso. Le causó
mucha gracia, sonrió, se volvió de lado y vomitó distraídamente en la cuneta.
Krump le posó una mano en el hombro.
—Oiga,
amigo, si vomita en un aro pequeño, procure que nada se derrame… ¡porque será
el agujero de su culo!
A
sus espaldas, el italiano celebró la ocurrencia. ¡Por Cristo, claro que era
falso!
Visitaron
otra taberna y luego una tercera. El serbio se perdió por el camino y Félix y
el enano se alejaron del bracete en la oscuridad, acompañados por las tres
meretrices. Krump y el astrónomo regresaron tambaleantes al Hradschin, se
cayeron, gritaron y entonaron canciones lloriqueantes de Württemberg, su patria
chica. Entre gallos y medianoche, cuando por fin encontró su esquiva morada,
Kepler —con la imaginación al rojo vivo y fija en la imagen de una zorra
retozona— intentó, con muchos susurros y risillas, colocar en una postura
exótica el cuerpo rígido de Bárbara. Al despertar esa mañana reseca y
angustiada, ya no recordaba los propósitos de la noche anterior, si bien algo
quedaba del experimento abandonado en el perfil de la gruesa cadera de Bárbara
y en el aroma picante de su pis en el orinal de barro que estaba bajo la cama.
Durante una semana Bárbara no le dirigió la palabra.
Más
tarde, cuando se despejaron de su cabeza los vapores del osario, cual un
coleccionista sin blanca al que le han robado su tesoro, Kepler analizó el
entendimiento que le fue concedido, según el cual el principio de la velocidad
orbital uniforme era un dogma falso. Era la única respuesta, la más evidente,
al problema de Marte, probablemente al de todos los planetas, pero durante más
de dos mil años había eludido a los más grandes inquisidores de la astronomía.
¿Y por qué le fue concedida esa anunciación? ¿Qué ángel llegado de los cielos
se la susurró al oído? El proceso lo maravilló, le fascinaba que una parte de
su mente hubiese trabajado en secreto y en silencio mientras el resto de su
persona se emborrachaba, hacía el loco y deseaba a aquellas putas sifilíticas.
Se sintió abrumado por una insólita humildad. Debía ser mejor persona, portarse
bien, hablar con Bárbara y oír sus quejas, tener paciencia con el danés y
rezar… por lo menos hasta el advenimiento de nuevos problemas.
Los
problemas no tardaron en presentarse. Su rechazo de la velocidad uniforme lo
puso todo patas arriba y se vio obligado a empezar de nuevo. No se desalentó.
Al fin y al cabo, era un trabajo real, profundamente digno de su persona. Donde
antaño habían existido especulaciones abstractas, en el Misterium, hogaño
estaba la realidad propiamente dicha. Se trataba de observaciones precisas de
un planeta visible, coordenadas fijas en el tiempo y en el espacio. Eran
acontecimientos. No por casualidad le habían encomendado el estudio de Marte.
Christian Longberg, el idiota celoso, había insistido en quedarse la órbita
lunar. Kepler rió e imaginó las puntas temblorosas de las alas angelicales, el
dedo alzado. En ese momento supo que Marte era la clave del secreto del
funcionamiento del mundo. Sintió que estaba suspendido en el aire tenso y
brillante, convertido en un nadador celestial. Y siete meses se convirtieron en
diecisiete.
Tycho
le dijo que estaba loco: el principio de la velocidad uniforme era
incuestionable. ¡Al cabo de pocos días afirmaría que los planetas no trazan
círculos perfectos! Kepler le restó importancia. Fueron las observaciones del
danés las que mostraron la falsedad del principio. No, no, no. Tycho meneó su
cabezota calva y sostuvo que debía existir otra explicación. Kepler estaba
sorprendido. ¿Por qué buscar otra respuesta cuando había dado con la correcta?
En la escotilla de su mente había un facturador con la pizarra, la pluma y el
hígado enfermo, un facturador que no daba pie a pensar lo mejor. Tycho Brahe
desesperó: se habían ido al traste las pocas posibilidades de que ese orate
suabo resolviera los problemas que planteaba Marte. Kepler lo animó: espere,
mire… ¿dónde está mi brújula?, ¡la he perdido!, ¡la cuestión está prácticamente
resuelta! Aun suponiendo una tasa de velocidad variable, para definir la órbita
le bastaba con determinar el radio del círculo, la dirección con respecto a las
estrellas fijas del eje que conectan afelio y perihelio y la posición de dicho
eje en relación con el sol, el centro orbital y el punctum equans, que de
momento mantendría como instrumento de cálculo. Claro que sólo podía realizarse
mediante un proceso de tanteo, pero… ¡espere un momento! Tycho se largó
mascullando entre dientes.
Hizo
setenta intentos. Al final, de las novecientas páginas de cálculos escritas con
letra pequeña extrajo un conjunto de valores que, con un error de sólo dos
minutos de arco, daban la posición correcta de Marte según las observaciones de
Tycho. Abandonó las temibles profundidades y comunicó su éxito a cuantos
estuvieron dispuestos a escucharlo. Escribió a Longberg a Dinamarca y reclamó
el pago de la apuesta. En ese momento lo dominó, como si fuera un enamorado
demente, la fiebre que había logrado mantener a raya con promesas y plegarias.
Cuando ésta se agotó, retomó a los cálculos e hizo una prueba definitiva. En
realidad, no era más que un juego, un regodeo en su propio triunfo. Escogió
otro grupo de observaciones y las aplicó a su modelo. No encajaron. Hiciera lo
que hiciese, siempre aparecía un error de ocho minutos de arco. Se apartó del
escritorio pensando en puñales, en la copa de veneno, en arrojarse por los
aires desde la alta muralla del Hradschin. En un escondrijo secreto de su
corazón, crecía una felicidad disparatada ante la posibilidad de arrojar por la
borda todo lo que hasta entonces había hecho y empezar de cero. Era el gozo del
fanático en su celda: en la mano el látigo de la flagelación. Y diecisiete
meses se convirtieron en siete años para cumplir la tarea.
Su
cerebro sobrecargado lanzó chispas de energía excedente y se figuró todo tipo
de empresas originales e ingeniosas. Desarrolló el método para medir el volumen
de toneles de vino mediante secciones cónicas: el conservador de las bodegas
imperiales quedó cautivado. Johannes sometió a prueba su vista y se fabricó
unas complicadas gafas con lentes esmeriladas en Linz por su viejo amigo
Wincklemann. El prosaico milagro del agua siempre lo había fascinado: inventó
relojes de agua y diseñó un nuevo tipo de bomba que impresionó a los ingenieros
imperiales. Algunos de sus proyectos provocaron la risa de los Brahe. Diseñó
una barredora automática, que funcionaba por succión a partir de un fuelle de
doble válvula adosado a las ruedas de trinquete del utensilio. Consultó a las
fregonas para su proyecto de una máquina de lavar: una tina enorme con paletas
impulsadas a pedal. Las fregonas escaparon riendo solapadamente. Fueron
pasatiempos divertidos y al final de la jornada lo aguardaba el sempiterno
problema de Marte.
Le
gustaba trabajar de noche y gozaba del silencio, el brillo de las velas y la
despierta oscuridad; el alba siempre lo sorprendía con la sensación de entrever
el otro extremo de las cosas, todavía nuevo e inmaculado. En casa de Curtius se
había refugiado en un cuartucho del ático, donde podía aislarse. Pasó el
verano. A primera hora de una mañana de octubre oyó pisadas al otro lado de la
puerta, se asomó y vio a Tycho Brahe en el pasillo, con los brazos cruzados y
mirando pensativo sus enormes pies desnudos. Vestía camisa de dormir y una capa
apenas echada sobre los hombros. Tras él, junto a la pared de enfrente, se
agazapaba el enano Jeppe. Semejaban buscadores agotados y desalentados en pos
de una nadería definitivamente perdida. Tycho miró a Kepler sin inmutarse.
—El
sueño —dijo el danés—, no consigo conciliar el sueño.
Como
si se tratara de una señal, afuera estalló un sonido vehemente. Kepler aguzó el
oído y sonrió.
—Campanas
—dijo.
Tycho
frunció el ceño.
El
cuarto de Kepler era una caja marrón y repleta, provista de jergón, taburete y
una mesa destartalada y plagada de papeles. Tycho se sentó pesadamente y se
acomodó la capa. Jeppe se deslizó bajo la mesa. Súbitamente la lluvia azotó la
ventana: el cielo se rajaba y caía sobre la ciudad en vendas ondulantes. Kepler
se rascó la cabeza y, casi sin darse cuenta, se miró las uñas: de nuevo tenía
piojos.
—
¿Ha hecho progresos? —preguntó Tycho y señaló los papeles enmarañados.
—Sí,
algunos.
—
¿Sigue aferrado al sistema copernicano?
—Como
base de cálculo no está mal… —Con eso no era suficiente—. Sí, sigo a Copérnico
—añadió con gravedad.
Daba
la sensación de que el danés no lo había oído. Tenía la mirada perdida en
dirección a la puerta, de cuyo gancho colgaba un uniforme cortesano enmohecido,
incluidos el sombrero emplumado y la faja, fláccido espectro del anterior dueño
de casa, el difunto vicecanciller. Jeppe se movió bajo la mesa y masculló.
—He
venido a hablar con usted —añadió Tycho.
Kepler
se dispuso a escucharlo, pero el danés guardó silencio. Miró los enormes pies
amarillos de Brahe, aferrados a las tablas del suelo como un par de animales
cortos de entendederas. En su época Tycho Brahe había establecido la posición
de mil estrellas y creado un sistema del mundo más elegante que el de Tolomeo.
Su libro sobre la nueva estrella de 1572 le había procurado fama a lo largo y
ancho de Europa.
—He
hecho… —explicó Kepler, alzando la pluma y observándola con el ceño fruncido—,
he hecho un modesto descubrimiento relativo al movimiento orbital.
—
¿Es posible que, después de todo, sea invariable? —Tycho rió inopinadamente.
—No
—respondió Kepler—. Sin embargo, parece que el radio vector de cualquier
planeta barre superficies iguales en el mismo tiempo. —Miró a Tycho—. Lo tengo
por una ley.
—Moisés
Matemático —dijo Jeppe y rió.
Aunque
seguía lloviendo, hacia el este las nubes mostraban una hendedura luminosa. Se
oyó un súbito aleteo junto a la ventana. La pluma de acero de Kepler, que no
estaba dispuesta a ser derrotada por el diluvio exterior, depositó sobre sus
papeles, con un crujido parturiento, un manchón de tinta.
—Campanas
—musitó Tycho con voz queda.
Esa
noche lo trasladaron borracho a su morada después de cenar en la ciudad, en
casa del barón Rosenberg, y orinó en la chimenea del salón principal,
despertando a todos con sus alaridos y con el hedor de su meada farfullante.
Pateó al enano y se tambaleó escaleras arriba hasta su cama, de la que doña
Christine, protestando rabiosa, ya había escapado. La casa entera acababa de
conciliar el sueño cuando el amo volvió a despertarla reclamando lumbre, a su
bufón y una comida compuesta de huevos de codorniz y coñac. Al mediodía
siguiente exigió la presencia de Kepler junto a su lecho.
—Estoy
enfermo.
Tycho
tenía una jarra de cerveza en la mano y el lecho estaba cubierto de migas de
pasteles.
—Tal
vez no debería beber tanto —osó decir Kepler.
—
¡Tonterías! Algo ha reventado en mi tripa: ¡mire! —Con profundo orgullo señaló
la palangana de orina ensangrentada que reposaba en el suelo, a los pies de
Kepler—. Anoche, en casa de Rosenberg, aguanté la vejiga llena tres horas, no
me levanté de la mesa por temor a ser descortés. Ya sabe cómo son esos
festines.
—No,
no lo sé —replicó Kepler.
Tycho
frunció el entrecejo y bebió un sorbo de cerveza. Miró atentamente a Kepler
unos segundos.
—Cuídese
de mi familia, intentará entorpecer su labor. Póngase en guardia con Tengnagel,
que es tonto pero ambicioso. Y proteja a mi pobre enano. —Hizo una pausa—.
Acuérdese de mí y de todo lo que he hecho por usted. Que no parezca que he
vivido en vano.
Kepler
subió sonriente a su habitación. ¡Todo lo que ha hecho por mí! Bárbara se le
había adelantado y estaba revolviendo sus cosas. La rodeó hasta llegar a la
mesa y, sin dejar de protestar, se lanzó sobre sus papeles.
—
¿Cómo está? —preguntó Bárbara.
—
¿Qué? ¿Quién?
—
¡Vaya preguntas!
—Ah,
no es nada. Se excedió con el vino.
La
mujer guardó silencio unos instantes, permaneció detrás de Johannes cruzada de
brazos y acumuló resentimientos. Finalmente añadió:
—
¿Cómo puedes… cómo puedes ser tan… ser tan…?
Kepler
se volvió para mirarla.
—
¿De qué estás hablando?
—
¿Se te ha ocurrido pensar qué será de nosotros cuando muera?
—
¡Mujer, por Dios! Estuvo cenando con sus amigos elegantes, bebió más de la
cuenta, como de costumbre, tuvo pereza de ir a mear y se fastidió la vejiga.
Mañana lo habrá superado. Permíteme que te diga que sé lo suficiente de
asistencia a enfermos como para reconocer una enfermedad mortal de necesidad
cuando…
—
¡Tú no reconoces nada! —Al chillar Bárbara, un fino rocío de saliva humedeció
la cara de Kepler—. Crees que estás vivo con tus estrellas, tus queridas
teorías y tus leyes de esto, aquello y lo de más allá… —Los lagrimones
escaparon de sus ojos, se le quebró la voz y escapó corriendo del cuartucho.
Tycho
empeoró vertiginosamente. Una semana más tarde Kepler volvió a visitarlo en sus
aposentos. Estaba rodeado de familiares, discípulos y emisarios de la corte,
suspendidos y mudos como los reunidos en la penumbra de las aristas del sueño.
Tycho estaba entronizado en su alto lecho, rodeado por la luz de una antorcha.
La piel le colgaba en bolsas alrededor del rostro encogido y tenía la mirada
perdida. Aferró la mano de Kepler.
—Acuérdese
de mí y que no parezca que he vivido en vano.
A
Kepler no se le ocurrió respuesta alguna y sonrió sin poderse controlar,
asintiendo y volviendo a asentir. Doña Christine tironeó del paño de su vestido
y miró atontada a su alrededor, como si intentara recordar algo. Cubierto de
lágrimas, el enano intentó saltar sobre la cama, pero alguien se lo impidió.
Kepler reparó en que Elizabeth Brahe estaba encinta. Tengnagel se ocultaba
detrás de ella. Se oyó una baraúnda al otro lado de la puerta y Félix entró
hecho una tromba, hablando en italiano por encima del hombro con alguien que
permanecía fuera. Se acercó a la cama y, apartando a Kepler, tomó la mano del
danés. Pero Tycho Brahe ya había muerto.
Después
del oficio utraquista, lo enterraron en la Teynkirche de Praga. La casa del
Hradschin estaba rodeada por un halo de dolida sorpresa, como si un ala se
hubiese derrumbado brusca y silenciosamente. Una mañana descubrieron que el
italiano había partido y se había llevado a Jeppe. Nadie supo dónde fueron.
Kepler también pensó en largarse pero ¿adónde podía ir? Después llegó un
mensaje de palacio, en el que le informaban que lo habían nombrado sucesor del
danés como matemático imperial.
* *
* *
Todos
decían que el emperador Rodolfo era inofensivo, a pesar de que estaba un poco
loco. Cuando por fin llegó el momento de que Kepler lo viera por primera vez,
un espasmo de temor atenazó el corazón del astrónomo en su puño ígneo. Aún
faltaban diez meses para la muerte del danés. Para entonces Kepler llevaba casi
un año en Bohemia, pero los modales grandilocuentes de Tycho no hacían casi de
indirectas. Se encogía de hombros y empezaba a tararear cada vez que Kepler
osaba decirle que había postergado demasiado su presentación.
—Su
majestad es… difícil.
Subieron
penosamente por el Hradschin y giraron entre las altas murallas que conducían a
la puerta. A su alrededor se extendía la economía de la nieve: una blancura
infinita y sólo los surcos negros del camino, la pared sin color. El cielo
había adquirido el matiz del pellejo de una liebre. El caballo tropezó sobre el
hielo acumulado y un mendigo rastrero se acercó corriendo y los miró
boquiabierto a través de la ventanilla del carruaje, como en una muda
imprecación. Resbalaron pesadamente hasta detenerse sobre el puente de madera
que llevaba a la puerta. El caballo piafó y bufó, arrojando conos de vapor por
los ollares ensanchados. Kepler asomó la cabeza por la ventanilla. El aire era
cortante. El portero, un individuo gordo y envuelto en pieles salió de la
caseta, habló con el cochero y les franqueó el paso. Tycho le arrojó una
moneda.
—Ah
—suspiró el danés—, ah, cuánto detesto este país. —Acomodó la piel de oveja con
que se cubría las rodillas. Se habían internado por los jardines palaciegos.
Los árboles negros se deslizaban despacio, alzadas las ramas desnudas como
asombradas del frío—. ¿Por qué me fui de Dinamarca?
—Porque…
—
¿Por qué? —Tycho lo miró funestamente y lo desafió a que siguiera hablando.
Kepler
suspiró.
—No
lo sé. Cuéntemelo.
Tycho
dirigió su mirada a la brumosa atmósfera exterior.
—Nosotros,
los Brahe, hemos sido maltratados por la familia real. Mi tío Jorgen Brahe
evitó que el rey Federico se ahogara en el Sund, en Copenhague, y murió en el
intento, ¿no lo sabía? —Kepler lo sabía. Se trataba de una anécdota narrada a
menudo. Poco a poco el danés montaba un buen rapto de ira—. Y el jovencito
Cristian tuvo el descaro de desterrarme de mi santuario isleño, de mi fabuloso
Uranienburg, que me fue concedido por cédula real cuando él aún era un mocoso
lloriqueante en el regazo de su ama de cría… ¿sabía esto? —Oh, lo sabía, sabía
esto y mucho más. Tycho había gobernado en Hveg como un turco despótico, hasta
que se volvió intolerable incluso para una persona tan moderada como el rey
Cristian—. ¡Ay, Kepler, la perfidia de los príncipes! —Miró furibundo el
palacio que se aproximaba a su encuentro en medio de la luz gélida de la tarde.
Los
hicieron esperar a las puertas de la sala de audiencias. Otros habían llegado
antes, figuras difusas, deprimidas y propensas a suspirar y a cruzar y
descruzar las piernas. Hacía un frío impío y Kepler tenía entumecidos los pies.
Su aprensión dominó el peso gris del tedio cuando el ayuda de cámara —un
hombrecillo fofo e inmaculadamente vestido— se acercó deprisa y habló en voz
baja con el danés. El pecho de Kepler ya estaba dominado por un ardiente
estrangulamiento, como si sus pulmones, asustados una fracción de segundo antes
de la llegada del momento tan anhelado y temido, hubiesen aspirado una rápida
bocanada de aire para amortiguar la sorpresa. Necesitaba hacer pis. Creo que
debo irme y… ¿me disculpáis…?
—
¿Sabe… sabe qué nos ha dicho uno de nuestros cuatro matemáticos? —Preguntó el
emperador—. Nos dijo que si se trasponen los dígitos de cualquier número doble
y el resultado de la trasposición se resta del original, o a la inversa, según
cuál tenga mayor valor, en todos los casos el resultado es divisible por nueve.
¿No le parece una operación maravillosa? Siempre por nueve. —Era un hombre
bajo, rollizo y maduro, de mirada melancólica. La barbilla voluminosa
nidificaba como una paloma en una especie de barba rala. Su actitud era una
mezcla de impaciencia y de cansina indiferencia—. Señor, sin duda usted, en su
condición de matemático, considera que no hay nada extraordinario en el hecho
de que los números se comporten de una manera que para nosotros resulta extraña
y maravillosa.
Kepler
estaba ocupado, trasponiendo y restando mentalmente. ¿Acaso se trataba de una
prueba a la que sometía a todos los que visitaban la corte por primera vez? De
mandíbula fofa y jadeando suavemente el emperador lo contempló con
desconcertante avidez. Kepler tuvo la impresión de que lo devoraban lenta y
meditabundamente.
—Matemático,
pues sí, su majestad, eso soy. —Sonrió inseguro—. De todas maneras, reconozco
que no puedo explicar ese fenómeno… — ¡Hablaba de matemáticas con la cabeza
visible del Sacro Imperio Romano, el ungido de Dios y el portador de la corona
de Carlomagno!—. ¿Podría su majestad ofrecemos la solución?
Rodolfo
negó con la cabeza. Durante unos instantes meditó en silencio, palpándose el
labio inferior con el índice. Finalmente suspiró.
—Los
números contienen una magia que está fuera de toda explicación racional. Sin
duda, es consciente de ello cuando realiza su trabajo. ¿Es posible que en
ocasiones utilice esta magia?
—Jamás
pretendería —replicó Kepler con un ímpetu y una brusquedad que lo
sorprendieron—, jamás pretendería demostrar algo a través del misticismo de los
números, ni me parece posible hacerlo.
En
medio del silencio que se instauró, Tycho Brahe tosió a su espalda.
Rodolfo
llevó a su visitante de paseo por el palacio y sus prodigiosas estancias.
Mostraron a Kepler todo tipo de aparatos mecánicos, figuras de cera que
parecían vivas, muñecos de cuerda, monedas y estampas raras, tallas exóticas,
manuscritos pornográficos, un par de macacos y una enorme bestia larguirucha
procedente de Arabia, con joroba, pelaje pardo y una imborrable expresión de
melancolía; inmensos y oscuros laboratorios y cavernas alquímicas, un
hermafrodita y una estatua de piedra que cantaba si se la exponía al calor del
sol. A Kepler le dio vueltas la cabeza de sorpresa y de alarma supersticiosa.
Al pasar de una maravilla a la siguiente, a su paso acumulaban un séquito de
cortesanos murmurantes, hombres delicados y mujeres emperifolladas a los que el
emperador ignoraba, pero que dependían de él como los hilos de las marionetas;
aunque se mostraban exquisitamente cómodos, pese a su fina languidez Kepler
tuvo la sensación de que estaba muy estirada una cuerda de dolor sordo, a
través de la cual cada uno producía, lo mismo que el cristal golpeado, una
suave nota que armonizaba con el tono de los gritos ahogados de los macacos y
la mirada muda del andrógino. Prestó suma atención y creyó oír, procedente de
todos los recovecos del palacio, los débiles cantos lastimeros de todos esos
prisioneros encantados por el hechicero real.
Llegaron
a una amplia estancia con colgaduras, muchos cuadros y un extraordinario techo
abovedado. El suelo era un dibujo a cuadros de baldosas de mármol blanco y
negro. Las ventanas daban a la ciudad bloqueada por la nieve, de la que el
suelo embaldosado era un eco curioso, salvo que afuera, bajo la brumosa luz
invernal, parecía existir una maraña de ruinas. Había unas pocas personas,
inmóviles como figurillas, maravillosamente ataviadas en amarillo, azul cielo,
tonos de color carne y encaje: era la sala del trono. Sirvieron copas de un
licor marrón pegajoso y bandejas con dulces. El emperador no probó bocado ni
bebió. Parecía incómodo y miraba el trono de soslayo, haciéndole fintas, como
si se tratara de algo vivo y agazapado que debía pescar con la guardia baja y
someter antes de tomar asiento.
—
¿Está de acuerdo en que, más que por las instituciones y las costumbres, los
hombres se diferencian por la influencia de los cuerpos celestes? Señor, ¿está
de acuerdo con esta opinión? —preguntó el emperador.
Había
algo conmovedor en ese hombrecillo regordete, de boca floja y mirada
atormentada, en esa ávida atención. ¡Y era el emperador! ¿Era tal vez un poco
sordo?
—Sí,
sí, estoy de acuerdo —contestó Kepler—. Pero le aseguro, su majestad, que
preparar horóscopos y esas cosas es un trabajo desagradable y sucio. —Calló.
¿Qué estaba diciendo? ¿Quién había hablado de horóscopos? Según el danés,
Rodolfo ya había accedido a la petición de Kepler de contar con remuneración
imperial. Pero el emperador debía comprender que un puñado de florines anuales
no comprarían otro genio que sumar a su colección. Retomó la palabra—: Sí,
claro que creo que los astros nos influyen y es permisible que, ocasionalmente,
se permita al gobernante aprovechar dicha influencia. Sin embargo, señor, si me
lo permite, existen algunos peligros… —El emperador aguardó, sonriendo apenas y
asintiendo, pero ingeniándoselas para transmitir un débil e inequívoco
escalofrío de advertencia—. Su majestad, quiero decir que existe… —hizo gran
hincapié en sus palabras, mientras Tycho Brahe mezclaba los ingredientes de
otra tosecilla admonitora—, existe el peligro de que el gobernante se deje
dominar por quienes lo rodean y que hacen de la magia de los astros su oficio.
Estoy pensando en los ingleses, Kelley y el conjurador de ángeles Dee que, por
lo que me han dicho, últimamente engañaron a su… a su corte… con sus
supercherías.
Rodolfo
había girado lentamente, sin abandonar la sonrisa hueca y dolorida, sin dejar
de asentir. Tycho Brahe intervino deprisa y se puso a hablar estentóreamente de
otro tema. ¿Qué esperaban de él? ¡No era un cortesano rastrero, de los que se
dedican a besar manos y a hacer reverencias!
Se
desplomó la tarde, encendieron las teas y sonó la música. Por fin Rodolfo ocupó
el trono. Era el único asiento de la sala. A Kepler le dolían las piernas. Se
había hecho tantas ilusiones y todo salía mal. Hizo todo cuanto pudo por
mostrarse honrado y honesto. Aunque tal vez no fuera eso lo que querían.
Johannes Kepler no encajaba en ese imperio de ceremonias imposibles y
espectáculos sin fin. Cual un crujido discreto, los instrumentos de cuerda
suspiraban.
—Fue
la predictibilidad de los acontecimientos astronómicos lo que me atrajo de esta
ciencia porque, como es lógico, vi que esas predicciones serían muy útiles para
navegantes y creadores de calendarios, así como para reyes y príncipes… —decía
el danés, pero sus esfuerzos eran vanos porque Rodolfo hundía la barbilla en el
pecho y no prestaba atención.
El
emperador se incorporó, tomó a Kepler del brazo y lo llevó hasta el ventanal. A
sus pies la ciudad se fundía con los últimos fulgores del crepúsculo. Guardaron
silencio unos instantes, contemplando las lucecillas que palpitaban acá y
acullá. Súbitamente Kepler sintió una ráfaga de ternura por ese hombre débil y
tristón, el deseo de protegerlo de las perversidades del mundo.
—Nos
han dicho que ha realizado obras maravillosas —murmuró el emperador—. Esas
cuestiones son de nuestra incumbencia. Si hubiera tiempo… —suspiró—. El mundo
me desagrada. Siento cada vez más el ansia de trascender estas… éstas… —abarcó
con ademán displicente la sala que se extendía a sus espaldas—. En ocasiones
pienso que podría vestir harapos y mezclarme con el pueblo. Como comprenderá,
nunca lo veo. Y ahora dígame, ¿qué puedo hacer para encontrar harapos aquí?
—miró a Kepler con una ligera sonrisa culpable—. Hágase cargo de nuestras
dificultades.
—Por
supuesto, lo comprendo.
Rodolfo
frunció el ceño, molesto consigo mismo más que con su invitado.
—
¿Qué decía? Ah, sí. ¿Considera una empresa digna de atención las tablas que
Herr Brahe se propone redactar?
Kepler
se sintió como un malabarista chapucero que hacía denodados esfuerzos para
impedir que las pelotas se le escaparan de las manos.
—Su
majestad, abarcarán todo cuanto nuestra ciencia conoce.
—
¿Se refiere a hechos, a cifras?
—A
todo lo que se sabe.
—
¿De verdad?
—Las
tablas ticónicas serán la base de la nueva ciencia celeste. Herr Brahe es un
observador sutil y diligente. El material que ha reunido es un tesoro
inapreciable. Las tablas deben redactarse, se redactarán y los que nos sucedan
bendecirán el nombre de todo aquel que haya participado en su elaboración.
—Comprendo,
claro, comprendo —tosió—. Herr Kepler, ¿es usted austríaco?
—Vi
la luz en Suabia, pero pasé varios años en Graz antes de…
—Ah,
en Graz.
—Me
expulsaron. El archiduque Fernando…
—Graz
—repitió Rodolfo—. Sí, nuestro primo Fernando es tenaz.
Kepler
cerró los ojos: su primo, naturalmente.
Cesó
la música y ofrecieron una última copa. Tycho tomó a Kepler del brazo, como si
pretendiera rompérselo. Hicieron una reverencia y retrocedieron hacia las
puertas que se abrían lentamente tras ellos. Kepler hizo un alto, frunció el
ceño y, mascullando entre dientes, se adelantó antes de que el danés pudiera
impedírselo.
—
¡Los nueves, por supuesto, los nueves! Su majestad, aguarde un momento. Verá,
señor, tiene que ver con los nueves, mejor dicho con los dieces, porque
contamos de a decenas y, por consiguiente, el resultado siempre es divisible
por nueve. Si contáramos por nueves, sería por ocho, quiero decir, divisible
por ocho y así sucesivamente. ¿Se da cuenta?
Dibujó
triunfal un ocho en el aire, pero el emperador Rodolfo se limitó a mirarlo con
cierta tristeza y permaneció callado. Cuando volvieron a encaminarse hacia la
salida, Tycho Brahe apretó los dientes y atacó airadamente a Kepler.
—
¡Ha dicho algo erróneo, siempre dice algo erróneo!
Al
llegar a la puerta vieron caer unos pocos y desganados copos de nieve. Los
cascos del caballo rebotaron en el empedrado helado y la guardia preguntó quién
vive. El danés bufaba y temblaba junto a Kepler, intentando dominar el
voluminoso fardo de su cólera.
—
¿No tiene el menor sentido de de de de de… —jadeó—, no entiende… absolutamente
nada? Hoy hubo momentos en los que pensé que intentaba… intentaba
encolerizarlo.
Kepler
guardó silencio. No era necesario que Tycho le contara lo mal que había
actuado. Pero no podía enfadarse consigo mismo pues ni era él quien infligió
los daños, sino ese otro Kepler que se arrastraba a sus pies, el demente, cuyas
improntas en su vida eran las negras heridas que aparecían inevitablemente en
los puntos donde Johannes el Moderado apenas había dejado una huella de
protesta.
—En
última instancia, no tiene importancia —concluyó Tycho cansino—. A pesar de su
torpeza, le convencí de que usted debe trabajar conmigo en la compilación de
las tablas. Las llamaré Tabulae Rudolphinae. ¡Está convencido de que los que
nos sucedan bendecirán su nombre!
—
¿En serio?
—Le
ha concedido doscientos florines anuales, aunque sólo Dios sabe si alguna vez
los verá, ya que no es famoso por su generosidad ni su prontitud.
El
carruaje se detuvo en el puente y durante largo rato Kepler paseó la mirada por
el ilusorio vacío exterior. ¿Cuál sería su futuro atado a un protector que
estaba necesitado de protección? Pensó en ese monarca inconsolable, emparedado
bajo una eterna vigilancia en su gélido palacio. Furioso, Tycho le asestó un
codazo en las costillas.
—
¿No tiene nada que decir?
—Oh…
gracias. —El carruaje avanzó en la oscuridad—. El mundo no le gusta.
—
¿Cómo?
—El
emperador me dijo que el mundo no le gusta. Ésas fueron sus palabras. Me
parecieron extrañas.
—
¿Extrañas? ¿Extrañas? Señor, está usted tan loco como él.
—Es
verdad, en algunos sentidos nos parecemos…
Aquella
noche enfermó. Una fiebre insidiosa se originó en su vesícula biliar, rodeó las
entrañas y llegó a la cabeza. Bárbara lo obligó a darse un baño caliente, pese
a que Johannes opinaba que la inmersión total era una práctica antinatural y
temeraria. Para gran sorpresa suya, esa medida le produjo un alivio momentáneo.
Sin embargo, el calor le oprimió las entrañas, por lo que tomó un potente
purgante y se practicó una sangría. Después de un minucioso examen de sus
excrementos, llegó a la conclusión de que era uno de esos casos en los que la
vesícula biliar desemboca directamente en el estómago. Aunque fue un
descubrimiento interesante, sabía que, por regla general, las personas de esas
características viven poco. En ese período el cielo era catastrófico. ¡Y aún le
quedaba tanto por hacer! El emperador hizo votos por su recuperación. Ese hecho
lo llevó a tomar una decisión: no moriría. Finalmente la fiebre cedió. Se
sintió como una de esas moscas perfectamente cortadas que adornan las
telarañas. La parca lo reservaba para un festín futuro.
¿Acaso
esa última enfermedad le había dado una lección? Sabía que no vivía como debía.
Su yo racional insistía en que aprendiera a contenerse de pensamiento y de
palabra: a ser servil. Se puso a trabajar diligentemente en las Tablas
rudolfinas, organizando y transcribiendo infinitas columnas de observaciones
extraídas de los papeles de Tycho. En el fondo, para él la predictibilidad de
los fenómenos astronómicos no tenía el menor significado. ¿Qué le importaban
navegantes o fabricantes de calendarios, príncipes y reyes? El iluso demente
que había en él se rebeló. Recordó la visión que tuvo en el jardín del barón
Hoffmann y otra vez lo dominó el misterio de los tópicos. ¡Dad al ángel las
loas de este mundo! Apenas tenía de lo que eso significaba. También recordó la
disputa que estalló cuando conoció a Tycho, la farsa de la partida de Benatek y
el retomo ignominioso. ¿Ocurriría lo mismo con Rodolfo? Escribió a Maestlin: No
hablo como escribo, no escribo como pienso, no pienso como debería pensar y por
eso todo transcurre en la más negra oscuridad. ¿De dónde procedían esas voces,
esos extraños decires? Era como si el futuro hubiese encontrado expresión a
través de él.
Capítulo
3
Dioptrice
Se
detuvo en medio de las conocidas calles de Weilderstadt y miró a su alrededor
ligeramente sorprendido. Allí seguían las casas estrechas, el estuco, las
agujas y los techos de tablillas, aquella veleta. Por alguna razón, todo seguía
intacto, ignorante de que mucho tiempo atrás su memoria lo había reducido a un
modeló en cera. El aire matinal era una mezcla de olor a pan, a estiércol y a
humo — ¡ese olor!— y por doquier un clamor turbio intentaba pregonar, sin
éxito, una noticia trascendental. Los tilos de la calle Klingelbrunner
desviaron su tímida mirada de los charcos de capullos pegajosos que por la
noche habían dejado caer. Lo desconcertaron los rostros que vio por las calles,
conocidos y al tiempo demasiado jóvenes, hasta que finalmente se apercibió de
que no eran sus antiguos compañeros de estudio sino sus hijos. Ahí está la
iglesia, más allá la plaza del mercado. Y aquí la casa.
Cuando
el carruaje se detuvo estalló el pandemónium: los niños reñían y el bebé
chillaba en el regazo de Bárbara. Kepler pensó que era una manifestación más
del mundo retumbo que agitaba su corazón. La puerta de calle estaba cerrada, lo
mismo que los postigos del primer piso. ¿Acaso la magia de su prolongada
ausencia había actuado por fin en este lugar, liado el petate y desaparecido?
La puerta ya se abría y apareció su hermano Heinrich, con su torpe sonrisa,
inclinándose y balanceándose en un paroxismo de timidez. Se abrazaron y
hablaron al unísono. Kepler retrocedió y echó un rápido vistazo a las puntas
almidonadas de su cuello de pajarita de encaje. Regina, ahora una joven mujer,
llevaba en brazos al bebé protestón mientras Bárbara intentaba atrapar a Susanna
para darle un azote y ésta, que escapaba ágilmente, derribaba al pequeño
Friedrich, que se hirió las rodillas con el escalón y luego de un instante de
azorado silencio se puso a aullar. Un perro negro que trotaba por la calle se
acercó y les ladró a modo de frenético estímulo. Heinrich rió, dejó al
descubierto sus restos dentales amarillentos y les hizo señas para que pasaran.
La vieja inclinada junto a las ascuas miró por encima del hombro y acto seguido
se dirigió a la cocina mascullando. Kepler fingió que no la había visto.
—
¡Qué bien…! —exclamó, sonrió a los que lo rodeaban y se palmeó los bolsillos
distraído, como si buscara en su persona la llave capaz de abrir esa maraña de
emociones. Era una casuca oscura y baja, escasamente amueblada. Predominaba el
olor temeroso del gato, que poco después se concentró en el enorme felino macho
rojizo que se frotó con truculento ardor en la pierna de Kepler. Sobre el fuego
de espino de la chimenea abierta reposaba una perola negra—. ¡Qué bien!
Con
la lengua trabada y sonriendo de oreja a oreja, Heinrich cerró la puerta y se
apoyó en ella. Súbitamente los niños adoptaron un aire solemne. Bárbara miró el
entorno con sorpresa y desagrado. Con el corazón en un puño, Kepler recordó las
anécdotas que tiempo atrás le había contado acerca de Kaspar von Kepler, su
famoso antepasado, y el escudo de armas familiar. Sólo Regina estaba cómoda y
acunaba al bebé. Heinrich intentaba observarla sin llegar a la osadía de
mirarla a la cara. ¡Pobre Heinrich, triste e inofensivo! Kepler notó que una
máquina interior se ponía lentamente en marcha: oh, Dios mío, no debía llorar.
Frunció el ceño y se dirigió decidido a la cocina. La vieja, su madre,
manipulaba un capón sujeto con brocheta que estaba sobre la mesa.
—Como
puedes ver, hemos llegado —dijo Johannes.
—Lo
sé. —No desvió la vista de su faena—. Aún no soy ciega ni sorda.
Su
madre no había cambiado. A Kepler le pareció que era así desde que tenía
memoria: menuda, encorvada y vieja, con cofia y mandil marrón. Sus ojos eran de
un azul muy pálido. En su barbilla asomaban tres pelos grises. ¡Y sus manos!
* *
* *
Irrisorio,
irrisorio: bastó que ella lo mirara para que su terciopelo, su fino encaje y
sus botas puntiagudas se convirtieran en un disfraz de bufón. Simplemente
vestía como correspondía al matemático imperial y, salvo para impresionarla,
¿por qué otro motivo se había cuidado minuciosamente durante el largo trayecto
hasta allí, cual si fuera un maravilloso huevo enjoyado? Y ahora se sintió
ridículo. El sol se colaba por la pequeña ventana que se abría tras ella y
Johannes vio el huerto, los frutales, el gallinero y el destartalado banco de
madera. El pasado volvió a darle un suave golpe de soslayo. Ahí afuera había
estado su refugio de las interminables discusiones y palizas, ahí afuera había
holgazaneado, soñado y deseado el futuro. Su madre se secó las manos en el
mandil.
—
¡Entonces entrad, entrad! —exclamó como si fuera él quien se había demorado.
Miró
a Bárbara al tiempo que soltaba un bufido y luego se concentró en los niños.
—Ésta
es Susanna —dijo Kepler— y aquí tienes a Friedrich. Vamos, desead a vuestra
abuela que Dios la bendiga. —Frau Kepler los examinó como si estuvieran en
venta. Kepler sudaba a raudales—. Susanna ya ha cumplido los siete y Friedrich
tiene tres o cuatro, sí, cuatro, es un niño grande… —Como un pregonero de
feria, exclamó—: ¡Aquí está el último, Ludwig, el benjamín! Como sabes, su
padrino es Johann Georg Gödelmann, el embajador de Sajonia en la corte de
Praga.
Regina
dio un paso al frente y mostró al pequeño.
—Se
lo ve muy pálido —opinó la vieja—. ¿Está enfermo?
—Claro
que no, claro que no. ¿Te acuerdas de Regina? Es mi… nuestra…
—Sí,
la hija del ebanista.
Todos,
incluidos los niños, contemplaron unos segundos en silencio a la joven mujer,
que sonrió.
—Estamos
de regreso de Heidelberg —añadió Kepler—. Allí imprimirán mi libro. Y antes
estuvimos en la feria de Fráncfort, me refiero a la feria del libro, quiero
decir, en… en Fráncfort.
—
¡Ay, los libros! —masculló Frau Kepler y se sorbió los mocos.
La
vieja se agachó para revolver la burbujeante perola y en el incómodo silencio
que se instauró todos cambiaron repentinamente de sitio, haciendo ligeras
arremetidas y frenazos bruscos hasta el extremo de provocar dentera a Kepler.
Se maravilló de lo bien que aún se movía la vieja. ¡Qué teatro de marionetas!
Heinrich avanzó sigilosamente y se detuvo junto a su madre. Al incorporarse, la
vieja se aferró al brazo de Heinrich y, con un respingo de sorpresa, Kepler
notó la embarazosa sonrisa orgullosa y protectora de su hermano. Frau Kepler
miró bizqueante el fuego.
—Me
sorprende que, con lo ocupado que estás, hayas venido a visitamos.
Heinrich
soltó una carcajada.
—
¡Ya está bien, mamá! —Se frotó enérgicamente la coronilla casi calva y sonrió
como excusándose—. Sabes que ahora Johannes es un gran hombre. —Repitió como si
Kepler estuviera sordo—: Digo que ahora, con los libros y todo lo demás, te has
convertido en un gran hombre, ¿eh? ¡Y además trabajas para el emperador! —Sí,
claro —musitó Kepler y dio la espalda a la madre y al hijo que tenía delante,
juntos. Experimentó una súbita y débil oleada de disgusto ante el espectáculo
del parecido familiar: las piernas flacas, los pechos hundidos y las caras
pálidas y consumidas, chapuceros prototipos de los propios que, aunque no eran
bonitos, al menos estaban completos—. Sí, claro —repitió e intentó sonreír,
pero sólo logró retroceder—. ¡Soy un gran hombre!
* *
* *
Todos
estaban famélicos y en cuanto despacharon el capón atacaron el guiso de alubias
de la perola de tres patas. Mandaron a Heinrich a la panadería y regresó con un
saco de hogazas, bollos para los niños y una botella de vino. Se había
entretenido en la bodega y su sonrisa era más tortuosa que antes de salir.
Intentó persuadir a Bárbara de que bebiera una copa, pero ésta negó con la
cabeza y apartó el rostro. No había pronunciado palabra desde que llegaron. El
bebé dormía despatarrado en su regazo. La vieja se sentó en un taburete junto
al fuego, aferró su cuenco de alubias, musitó para sus adentros y en ocasiones
sonrió furtivamente. Los niños se habían sentado en tomo a la mesa de la cocina
bajo la supervisión de Regina. De pronto Kepler recordó un soleado Domingo de
Resurrección de hacía mucho, su abuelo aún vivía, uno de aquellos días que no
se alojó en su memoria por algo determinado, sino por todos los fragmentos
dispersos, la luz brillante, el tacto picante del abrigo nuevo, el tañido agudo
y demencial de las campanas, todo lo cual había compuesto una figura casi
palpable, un enorme signo aéreo como la nube, el viento o el aguacero, situado
más allá de toda interpretación y al tiempo impregnado de significación y
promesas. ¿Era eso… la felicidad? Perturbado y desconcertado, se ensimismó,
viendo cómo se desplazaban las sombras por el tenso menisco de su copa de vino.
Por
aquel entonces estaba en Maulbronn, la última de las numerosas escuelas a las
que asistió. El azar, que adquirió la forma del patrocinio impersonal de los
duques de Wurtemberg, le dio acceso a una buena educación. A los quince años
sabía latín y griego y tenía conocimientos de matemáticas. Sorprendida por el
niño cambiado e introducido en su seno, la familia declaró que tanta sabiduría
no era buena, que echaría a perder su salud, como si su salud hubiese sido la
única preocupación que tenían. La verdad es que consideraban su erudición como
una traición a la ilusoria imagen que entonces los Kepler tenían de sí mismos
en tanto personas de robusta cepa burguesa. Fue la época más próspera de la
familia. El abuelo Sebaldus era alcalde de Weilderstadt y su hijo Harry —padre
de Kepler— había vuelto de sus vagabundeos disolutos y llevaba una posada en
Ellmendingen. El auge familiar duró poco. La posada fracasó y Harry Kepler y
familia retornaron a Weil, donde el alcalde ya había entrado en litigios poco
claros que, a la larga, le acarrearían la mina. Poco después Harry volvió a
partir, en esta ocasión a los Países Bajos, para sumarse a los mercenarios del
duque de Alba. Johannes no volvió a verlo. El abuelo Sebaldus se convirtió en
su tutor. Viejo réprobo, gordo y rubicundo, consideraba a Johannes un mocoso
caprichoso.
Por
aquel entonces la casa estaba llena hasta las vigas. Allí estaba su hermano
Heinrich, un niño torpe y retraído; su hermana Margarete y Christoph, el bebé
que nadie esperaba que sobreviviera; y los cuatro o cinco hijos e hijas adultos
de Sebaldus: el jesuita renegado Sebald el Joven, encerrado en un cuarto del
primer piso y delirando a causa de la sífilis; tía Kunigund, cuyo loco marido
incluso entonces la envenenaba en secreto, y la pobre y condenada Katharine,
amante de las cosas bellas, convertida ahora en una pordiosera errabunda. Todos
estaban infectados de la misma vena delirante. ¡Y el mido que hacían apiñados
en esa casa pequeña y apestosa! Toda la vida Kepler había padecido
intermitentemente zumbidos en los oídos, estaba convencido de que era el eco de
aquellos años que aún retumbaba en su cerebro. La mala vista era otro recuerdo
semejante que le habían dejado los frecuentes puñetazos que le propinaban todos
los habitantes de la casa, incluso los más jóvenes, cuando no tenían nada más
interesante a mano. ¿Felicidad? ¿La felicidad había encontrado un hueco en
medio de todo ese caos?
* *
* *
Algo
mareado, con una jarra de vino en la mano y húmeda sonrisa de conspirador,
Heinrich se agachó junto a la silla de su hermano.
—Vaya
fiesta, ¿no? —preguntó sonriente—. Deberías visitarnos con más frecuencia.
De
los hermanos sobrevivientes, Kepler sólo quería a Heinrich. Margarete era una
pelma, lo mismo que el sacerdote con que se casó, y Christoph, maestro estañero
en Leonberg, fue un pedante insufrible incluso de pequeño. De todos modos, eran
almas inocentes: ¿podía decir lo mismo de Heinrich? Aunque parecía una bestia
feliz e inofensiva, el enano de la camada a quien la indulgente mujer del
campesino salva de una muerte segura, había participado en varias guerras. ¿Qué
espectáculos inimaginables de pillaje y desolación habían presenciado en su
época esos ojos pardos y tiernos? Kepler apartó su mente de esas
disquisiciones. Necesitaba, sobre todo, a éste Heinrich: un crío de cuarenta
años, impaciente, poco querido y siempre divertido ante un mundo que nunca aprendió
a dominar.
—De
modo que has publicado un libro… ¿Se trata de un libro de cuentos?
—No,
no —respondió Kepler y miró su copa de vino—. No sirvo para narrar cuentos. He
inventado una nueva ciencia de los cielos. —Parecía absurdo. Heinrich asintió
solemne y cuadró los hombros al tiempo que se disponía a arrojarse al mar
embravecido de la genialidad de su hermano. Kepler añadió—: Y en latín.
—
¡En latín! Ja, ja, aquí me tienes, ni siquiera sé leer en nuestro alemán.
Kepler
lo miró y buscó en vano un deje de ironía en la sonrisa contrita de su hermano.
Heinrich se mostró aliviado, como si el latín lo exonerara de toda
responsabilidad.
—Estoy
escribiendo otro libro sobre lentes y catalejos, sobre la forma en que pueden
utilizarse para contemplar las estrellas… —Preguntó en voz baja—: Dime,
Heinrich, ¿cómo va tu salud?
Heinrich
fingió no haberlo oído.
—Esos
libros que estás escribiendo son para el emperador, te paga para que los
escribas, ¿no es así? En una ocasión vi al viejo Rodolfo…
—El
emperador no cuenta, es como una vieja incapaz de gobernar —espetó Kepler.
Heinrich era epiléptico—. ¡No me hables de ese hombre!
Heinrich
desvió la mirada y asintió con la cabeza. De todos los males con que lo habían
maldecido, la epilepsia era el que más lo hacía sufrir. El padre había
intentado curarlo a golpes. Esas escenas eran las más tempranas que Kepler
recordaba: el niño tendido en el suelo, los talones tamborileantes y la boca
cubierta de espumarajos y al militar borracho arrodillado sobre el pequeño,
asestándole golpes y ordenando al demonio que diera la cara. En una ocasión
intentó vender el pequeño a un turco errante. Heinrich huyó a Austria y Hungría
y, de allí, a los Países Bajos; fue cantante callejero, alabardero y mendigo.
Por fin, a los treinta y cinco años, él y su demonio retornaron a casa de su
madre en Weilderstadt.
—Heinrich,
¿cómo va tu enfermedad?
—Bueno,
no está mal, no está mal, ya sabes. Los viejos ataques… —Sonrió con humildad y
volvió a frotarse el pelón de la coronilla.
Kepler
le pasó la copa vacía.
—Heinrich,
tomemos otra copa de vino.
* *
* *
Los
niños salieron al huerto. Los contempló desde la ventana de la cocina mientras
se paseaban caprichosamente entre los groselleros y los tocones de las berzas
del año anterior. Friedrich tropezó y cayó de bruces sobre la hierba. Segundos
después se incorporó paulatina y trabajosamente: una mano diminuta y regordeta,
un mechón de pelo en el que se había enredado una hoja marrón, la boca
fruncida. ¿Cómo soportan esa salida imposible a un mundo de gigantes? Susanna
se detuvo y lo observó con una mueca complacida. La niña tenía una vena de
crueldad. Había salido a Bárbara: esa galanura abotargada, la boca pequeña y
brillante, los ojos descontentos. El crió se limpió los mocos en la manga y
siguió tenazmente a su hermana. Una tara del cristal lo convirtió súbitamente
en nadador y en el ocular del corazón de Kepler algo se extendió y onduló
fugazmente. En el preciso momento en que había renunciado a la esperanza de
tener hijos, Bárbara floreció con una abundancia casi indecorosa. Johannes ya
no confiaba para nada y estaba convencido de que morirían como los anteriores;
la realidad de su supervivencia lo dejaba patidifuso. A pesar de todo, se
sentía impotente y torpe con ellos, como si el nacimiento no hubiera puesto fin
al proceso del parto y, simplemente, se lo hubiera traspasado: estaba preñado
de amor.
Evocó
a su padre. No había mucho en que pensar: la mano callosa que le pegaba, cuatro
estrofas de una canción de borrachos, una espada rota y oxidada que, por lo que
decían, contenía la sangre de un turco. ¿Qué lo había impulsado, qué anhelos
imposibles habían tensado y golpeado sus entrañas? ¿Había amado? ¿Y entonces
qué? ¿Las pisadas durante la marcha, el hedor metálico del miedo y la
expectación en el campo de batalla, al alba, el calor de las bestias y el
delirio de la posada a la vera del camino? ¿Qué? ¿Era posible amar la pura
acción, la exaltación producida por un acto tras otro? El cristal de la ventana
se reacomodó ante sus ojos melancólicos. Eso era el mundo: el huerto, sus
hijos, las amapolas. Soy un ser pequeño y mis horizontes están próximos. A
continuación, como el súbito vaciado de un cubo de agua fría, lo asedió la idea
de la muerte, en su puño el roce de una espada herrumbrada.
—Bueno…
¿qué hacemos?
Kepler
pegó un brinco.
—
¿Qué has dicho?
—
¡Ah! Nunca escuchas. —El bebé que sostenía en sus brazos lanzó un chillido
amortiguado y de tanteo—. ¿Nos alojamos en… en esta casa? ¿Hay espacio
suficiente?
—En
cierta ocasión aquí vivió toda una familia, varias generaciones…
Bárbara
lo miró atentamente. Había echado una cabezada mientras estaba sentada a la
mesa. Tenía los ojos hinchados y una señal lívida marcaba su barbilla.
—
¿Piensas alguna vez en…?
—Sí.
— ¿…
en estas cosas, te preocupas por ellas?
—Sí.
¿Acaso no dedico cada hora que estoy despierto a preocuparme, a organizar y a…?
¿No lo hago? —Un nudo de pena de sí mismo le atenazó la garganta—. ¿Qué más
quieres?
A la
mujer se le llenaron los ojos de lágrimas y, como quien sigue una pista, el
bebé se puso a berrear. La puerta de la sala parecía una oreja ávidamente
inclinada sobre ellos. Kepler se pasó la mano por la frente.
—No
peleemos.
Los
niños regresaron del huerto e hicieron un alto al percibir ciertos latidos en
el aire. El bebé chillaba y Bárbara lo acunaba espasmódicamente, con un
mecánico simulacro de ternura. Kepler le volvió la espalda y aterró a los niños
con su mueca de orate.
—Susan,
Friedrich, ¿os gusta la casa de vuestra abuela?
—Hay
una rata muerta en el jardín —comentó Susanna.
Bárbara
sollozó y Kepler pensó que todo eso ya había ocurrido antes, en alguna parte.
* *
* *
Sí,
todo, absolutamente todo había ocurrido antes. ¿Por qué cada vez que regresaba
al hogar esperaba encontrar todo transformado? ¿Acaso su amor propio era tan
grande como para suponer que los acontecimientos de la nueva vida debían
ejercer un efecto mágico y redentor en la vieja vida, la que había dejado atrás
en Weil? Bastaba mirarlo. Se había disfrazado con galas imperiales y descendido
con enfado sobre su pasado, convencido de que el mero ascenso de categoría
bastaría para que en el estercolero floreciera una exuberancia de rosas. Apenas
franqueó la puerta, se dio cuenta de que el truco no había servido de nada. Y
ahora sólo podía soportar y sudar, sacando conejos y flores de papel de debajo
de su capa salpicada de lentejuelas, número cómico que perturbaba tanto a su
público de ojos vidriosos como para impedirle reír.
Sin
embargo, Heinrich estaba impresionado y, por lo que le había dicho, también su
madre.
—Habla
permanentemente de ti… ¡cómo lo oyes! Se lamenta de que no sea como tú.
¡Justamente yo! Le dije: «Mamá, deberías saberlo, Johannes es… ¡Johannes!».
—Palmeó el hombro de su hermano y resolló con los ojos llenos de lágrimas, como
si acabara de hacer una broma rara e ingeniosa.
Kepler
sonrió apesadumbrado y comprendió que, más allá de todo, ésa era la cuestión,
lo que lo carcomía: para los suyos sus logros no eran más que algo que le había
ocurrido por casualidad, un genial y ridículo golpe de suerte que a su Johannes
le había caído del cielo.
Bostezando,
subió la estrecha escalera. ¿Habría vertido la vieja en el vino… o tal vez en
las alubias, una de sus extrañas pociones? Sin dejar de reír entre dientes,
bostezar y secarse los ojos, pasó al pequeño dormitorio del fondo. Esa casa fue
expresamente construida para los Kepler, sin duda, pues todo era en miniatura:
los techos bajos, los taburetes, la pequeña cama. El suelo estaba cubierto de
juncos verdes y alguien había dispuesto una jofaina con agua y toallas.
¡Toallas! En consecuencia, la vieja no había sido totalmente indiferente a su
visita. El sol de la tarde se deslizaba sigilosamente siguiendo el alféizar de
la ventana mugrienta. Bárbara dormía, tendida boca arriba en el centro de la
cama, como una efigie influyente, con actitud de ligero desconcierto en su
rostro vuelto hacia el techo. El bebé, repantigado a su lado, parecía un
diminuto puño rosado envuelto en pañales. Susanna y Friedrich se acomodaron
como mejor pudieron en la cama baja con ruedas. Friedrich dormía con los ojos
ligeramente entreabiertos, las pupilas dirigidas hacia la cabeza y entre los
párpados se divisaban extrañas lunas azuladas. Kepler se inclinó hacia el niño
y, con resignados presentimientos, pensó que seguramente llegaría el día en que
le harían pagar la felicidad que ese mocoso le daba. Friedrich era su
predilecto.
Estuvo
un buen rato entre el sueño y la vigilia, con las manos cruzadas sobre el
pecho. Una mosca atrapada bailaba contra el cristal de la ventana cual una
minúscula máquina que realiza una tarea monstruosamente compleja y a lo lejos
mugía quejumbrosa una vaca que reclamaba a su ternero, tal vez el mismo que el
vaquero le había quitado. Pese a lo reconfortantes y hogareños que eran esos
sonidos, transmitían pánico y dolor. ¡Es tan poco lo que sentimos! Suspiró. A
su lado, el bebé se agitó y barbotó en sueños. Los años caían como lazadas en
un pozo. Por debajo de él se extendía la oscuridad, la insinuación de las
aguas. En ese momento podría haber sido un bebé. De pronto, como una estatua
que se asoma por la ventanilla de un carruaje en movimiento, el abuelo Sebaldus
se alzó ante él, más joven y vigoroso de lo que Johannes lo recordaba. Hubo
otros seres, una galería de figuras inmóviles y rígidas que lo contemplaron. Se
hundió a una profundidad cada vez mayor. El agua estaba tibia. En medio de la
oscuridad encamada, empezó a latir un pulso lento y resonante.
* *
* *
Confuso
y en guardia, sin saber dónde estaba, luchó por aferrarse al sueño. De pequeño,
cuando despertaba presa de un pavor sin nombre, yacía inmóvil, le temblaban los
párpados, intentaba convencer al observador imaginario del cuarto que no estaba
realmente despierto y en ocasiones, gracias a esta especie de magia compasiva,
lograba internarse imperceptiblemente en el mundo más benigno del sueño. Esta
vez el truco no funcionó.
Había
soñado con su infancia. Y con agua. ¿Por qué soñaba tan a menudo con agua?
Bárbara ya no reposaba a su lado y la cama baja con ruedas estaba vacía. El sol
seguía colándose por la ventana. Se levantó, protestó y se salpicó la cara con
agua de la jofaina. Hizo un alto, inclinado, sin mirar nada concreto. ¿Qué
hacía en casa de su madre? De todas maneras, hallarse en otra parte sería
igualmente inútil. Era un saco de carne fofa en un mundo carente de esencia.
Endilgó la culpa al vino y al descanso agitado que habían perturbado su sentido
de las proporciones, pero la explicación no le satisfizo. ¿Cuál era la realidad
más real: las certidumbres necesarias de la vida de cada día o esa desapacible
indefensión?
De
pequeño, a primera hora de un día estival había visto desde la cocina un
caracol que trepaba por el lado externo de la ventana. Recordó aquel instante
con sorprendente claridad: el huerto bañado por el sol, el rocío, los pimpollos
de rosa en el ruinoso excusado, el caracol. ¿Qué se apoderó del bicho y lo
llevó a trepar tan alto, qué imposible y triste visión del vuelo reflejada en
el cristal? El niño había pisado caracoles para saborear el crujido y el suave
susurro, los había coleccionado, les había hecho correr carreras y los había
cambiado con sus amigos, pero hasta entonces jamás los había observado con
atención. Aplastado contra el cristal en un abrazo exuberante, el ser expuso a
la mirada del niño sus calzones verdigrises con volantes, mientras la cabeza se
apartaba del cristal, moviéndose ciegamente de un lado a otro, y agitaba los
cuernos como si tanteara formas enormes en el aire. Lo que embelesó a Johannes
fue su modo de reptar. Esperaba algún tipo de torpe convulsión y se encontró
con una serie de ondulaciones uniformes, cortas y rítmicas que fluían
incesantemente hacia arriba, como un pulso visible. La economía y la
despreocupada belleza del caracol lo pasmaron.
A
partir de aquel momento se dedicó a mirarlo todo con atención: moscas y pulgas,
hormigas, escarabajos, los segadores que al atardecer caminaban por el
alféizar, con sus extremidades imposibles y semejantes a hilos, las alas
diáfanas en las que se dibujaban mapas fabulosos… ¿para qué servían esos
insectos cuyas vidas no parecían más que una forma de torpe agonía? El mundo se
demudaba y fluía: en cuanto el niño lograba fijar algún fragmento, éste ya se
había convertido en otra cosa. Súbitamente una ramita sacaba alas pegajosas y
malévolas y emprendía el vuelo con un empujón y un salto embotado; una hoja
pobre y carmesí caída sobre un sendero moteado se demudaba en una mariposa
borracha y algo loca, con dos ojos fijos sobre las alas y el cuerpo del color
de la sangre seca. Su visión deficiente acrecentaba la confusión. Los contornos
de las cosas se difuminaban y ya no sabía en qué punto la vida sensible daba
paso a un puro ser vegetal. ¿Estaban vivos los girasoles, con los rostros
vueltos hacia la luz? Sólo sabía con certeza que las estrellas estaban muertas
pero eran los astros, con su orden luminoso, los que les proporcionaban el
sentido más vivido de la vida.
Se
sacudió como un perro mojado. Un sonoro bostezo lo obligó a detenerse y a abrir
las mandíbulas hasta que los goznes crujieron. Cuando Regina asomó la cabeza en
la habitación, encontró a Johannes balanceándose boquiabierto y con los ojos
cerrados, como si estuviera a punto de romper a cantar a pleno pulmón.
* *
* *
La
miró a través de los ojos surcados de lágrimas y sonrió.
—Mamá
me pidió que te despertara —explicó Regina.
—Ah.
Kepler
se preguntó por qué la cándida mirada de la muchacha siempre le resultaba
agradable. ¿Cómo se las ingeniaba para que pareciese un gesto de solidaridad y
comprensión? Regina era como una obra de arte maravillosa y enigmática que a él
le bastaba contemplar con sonrisa soñadora, sin tomar en consideración las
intenciones del artista. Intentar explicarle lo que sentía sería tan superfluo
como hablar con un cuadro. Su espiritualidad —que de pequeña tanto había
intrigado a Kepler— se había convertido en una especie de equilibrio
serenamente espléndido. No se parecía en nada a su madre. Era alta, muy rubia,
con la cara fuerte y estrecha. Aunque parezca extraño, a través de Regina
ocasionalmente Kepler imaginaba con admiración y pesar al padre muerto que nunca
conoció. Regina habría sido guapa si ser guapa le hubiese parecido un esfuerzo
que valía la pena. A los diecinueve años era una aventajada alumna de latín y
hasta sabía los rudimentos de las matemáticas, el propio Kepler le había
instruido. Había leído sus obras y jamás exteriorizó su opinión ni Kepler la
presionó a que la diera.
—Además,
quiero hablar contigo —añadió, entró y cerró la puerta.
—
¿De verdad? —preguntó Johannes ligeramente inquieto.
Entre
ambos se instauró una pasajera incomodidad. No había dónde sentarse, salvo la
cama. Se acercaron a la ventana. A sus pies se extendía el huerto y, más lejos,
el pequeño ejido con el olmo y el estanque de los patos. El sol y las nubes en
movimiento iluminaban la tarde. Un hombre que llevaba a dos críos de la mano
cruzó el ejido. Kepler, que aún estaba soñoliento, intentó aferrarse al
fragmento de otro recuerdo. Una vez había botado un barco de papel en ese
estanque, lo acompañaron su padre y Heinrich, era una tarde de verano como la
de hoy, hacía mucho tiempo… En ese instante, como si todo estuviera astutamente
organizado, las tres figuras se detuvieron en la orilla barrosa y, como si una
lente se colocara por fin en su sitio, reconoció a Heinrich, a Susanna y al
niño. Rió.
—Mira
a esos tres, acabo de recor…
—Voy
a casarme —lo interrumpió Regina y lo miró con sonrisa atenta y extraña.
—A
casarte —repitió Kepler.
—Sí.
Se llama Philip Ehem, pertenece a una distinguida familia de Augsburgo y es
representante del elector palatino en la corte de Federico… —Hizo un alto y
enarcó las cejas muy divertida al oír la mención del gran pedigrí del novio—.
Quería decírtelo antes de…
Kepler
asintió.
—Sí.
Sintió
que lo manipulaban como a una marioneta. Oyó débilmente las voces de los niños
que se elevaban como vencejos desde el ejido. Bárbara montaría una escena si se
mojaban los pies. Los pies húmedos eran una más de sus objeciones cada vez más
numerosas. Detrás de la cabeza de Regina, de un ángulo del techo colgaba una
espiga color negro haya.
—Has
dicho que se apellida Ehem.
—Sí.
Y es luterano, por supuesto.
—Comprendo.
Kepler
apartó la cara: estaba celoso.
Oh,
qué extraño, qué extraño: se escandalizaba de sí mismo, estaba horrorizado pero
no sorprendido. Donde antes sólo hubo ternura —si acaso sospechosamente
significativa— y en ocasiones un ansia vaga y sin objeto, en su corazón ahora
se irguió súbitamente una criatura adulta, completa hasta el último detalle y
poseedora de un pasado, parpadeando a causa de la luz y tironeando vacilante
del todavía intacto cordón umbilical. Había estado en su interior a lo largo de
todos esos años y crecido sin que se diera cuenta hasta alcanzar esa repentina
encamación. ¿Y ahora qué podía hacer con esa diosa espontánea que había
ascendido por su caparazón festoneando para emerger de un mar de inocencia? ¿Y
qué otra cosa podía hacer salvo sonreír a duras penas, rascarse la cabeza,
mirar bizqueante la ventana, simular que era Heinrich?
—Sí,
claro, te vas a casar, sí, eso es… eso es —balbuceó.
Los
rubores surcaron el rostro de Regina.
—Reconozco
que parece que se nos ha ocurrido de repente y tal vez sea así. Pero yo…
nosotros… lo hemos decidido y ya no hay motivos para postergarlo. —El color de
su frente adquirió un tono aún más intenso. Añadió en un rápido murmullo—: No
existe… no existe la menor necesidad de darse prisa, como sin duda ella pensará
y dirá.
—
¿Ella?
—Sí,
ella, la que montará un gran alboroto.
La
ceremonia ya había tenido lugar en la mente de Kepler, la vio ante sí como un
cuadro vivo en tonos heráldicos: la novia solemne y el novio alto y serio, un
banderín al vuelo y el cielo arrojando sus rayos gruesos y benignos tras el
pergamino que decía factum est; más abajo, en un infierno ventoso
exclusivamente suyo, Kepler inconsolable y agazapado, con la pezuña de un
demonio jorobado sobre su cuello. Se apartó de la ventana desalentado. Regina
lo había observado con suma atención, pero en ese momento bajó la mirada y se
contempló las manos cruzadas. Sonreía, satisfecha de sí misma, algo incómoda y
al mismo tiempo orgullosa, como si hubiese ejecutado una hazaña fabulosa y, a
la vez, ligeramente ridícula.
—Me
gustaría pedirte que… —titubeó.
—
¿Sí? —Antes de que Kepler pudiera captarlo, algo salió volando hacia Regina en
las alas vibrantes de esa palabrita.
La
joven frunció el ceño y lo estudió con más atención. Oh, Dios mío, ¿acaso había
sentido en la mejilla el febril aleteo?
—
¿No estás… de acuerdo? —inquirió.
—Yo,
yo, yo…
—Pensé
que podrías, me hice la ilusión de que hablarías con ella en mi favor, en
nuestro favor.
—
¿Con tu madre? Sí, por supuesto, hablaré con ella. —Pasó volando junto a
Regina, sin dejar de hablar, e hizo un alto en la escalera—. Claro que hablaré
con ella, sí, y le diré… ¿qué le digo?
Regina
lo miró perpleja desde la puerta.
—Bueno,
que quiero casarme.
—Ah,
sí, que quieres casarte. Claro.
—Me
parece que no estás de acuerdo.
—Por
supuesto que sí… por supuesto…
Kepler
bajó la escalera de espaldas, sosteniendo entre sus brazos extendidos una
enorme y lustrosa bola negra de pérdida y culpa.
* *
* *
Bárbara
estaba arrodillada junto a la chimenea y cambiaba las gasas del bebé,
frunciendo la nariz para defenderse del olor arcilloso. Ludwig agitaba sus
piernas delgadas y balbuceaba. Miró a Kepler por encima del hombro y se limitó
a comentar:
—Lo
sospechaba.
—
¿Lo sabías? ¿De quién se trata?
Bárbara
suspiró y se sentó sobre los talones.
—Lo
conoces —respondió apática—. Y, como de costumbre, no lo recuerdas. Estuvo en
Praga y lo conoces.
—Claro
que lo recuerdo. —Kepler no tenía la menor idea—. Por supuesto que lo recuerdo.
—Cuánto tacto había mostrado Regina sabiendo que lo había olvidado—. ¡Ella es
tan joven!
—Yo
tenía dieciséis años cuando me casé por primera vez. ¿Qué quieres decir?
—Kepler guardó silencio—. Me sorprende que te preocupe.
Kepler
se apartó enfadado de su mujer y al abrir la puerta de la cocina se encontró
con una bruja de cofia negra. Se miraron y la arpía retrocedió confundida.
Había otra junto a la mesa de la cocina, una bruja rechoncha, bigotuda, que
tenía delante una jarra de cerveza. Su madre trabajaba ante el fogón de hierro.
—Katharina
—gorjeó la primera bruja.
La
rechoncha lo observó unos instantes sin inmutarse y bebió un sorbo de cerveza.
El gato, sentado alerta en una mesa próxima, agitó la cola y parpadeó. Frau
Kepler ni siquiera hizo el esfuerzo de mirarlo. Kepler se retiró en silencio y
cerró la puerta lenta y sigilosamente.
—
¡Heinrich…!
—Johannes,
sólo son unas viejas comadres que vienen a visitarla. —Sonrió pesaroso y metió
las manos en los bolsillos del pantalón—. Le hacen compañía.
—Heinrich,
dime la verdad. ¿Ha vuelto…? —Bárbara había hecho un alto en las tareas y
estaba inclinada sobre el bebé con un imperdible en la boca. Kepler asió el
brazo de su hermano y lo llevó hasta la ventana—. ¿Aún se dedica a ese viejo
asunto?
—No,
no. De vez en cuando asiste a un enfermo, pero nada más.
—
¡Dios mío!
—Johannes,
no lo hace por encargo. —Volvió a sonreír, guiñó un ojo y dejó que el párpado
cayera como un postigo flojo—. Aunque el otro día apareció un individuo…
—No
quiero…
—…
era herrero, grande como un buey, se trasladó desde Leonberg, al verlo no se te
ocurría pensar que tenía algún problema…
—
¡Heinrich, no quiero saberlo! —Miró por la ventana y se mordió el pulgar.
Volvió a exclamar—: ¡Dios mío!
—Venga,
no pasa nada —insistió Heinrich—. Te aseguro que mamá es más útil que tus
estrafalarios médicos. —El resentimiento lo volvía áspero, notó Kepler
decepcionado, y se preguntó por qué le fue negada esa lealtad simple—. Preparó
para mi pierna una pasta mucho más útil que todo lo que hizo el médico militar.
—
¿Tu pierna?
—Sí,
en Hungría sufrí una herida supurante, nada del otro mundo.
—Dejarás
que le eche un vistazo a tu pierna.
Heinrich
lo miró bruscamente.
—No
es necesario, ya se cuida mamá.
La
madre salió de la cocina arrastrando los pies.
—Me
gustaría saber dónde, dónde lo he dejado —masculló. Señaló a Bárbara con su
delgada nariz—. ¿Lo has visto?
Bárbara
la ignoró.
—Madre,
¿qué buscas? —quiso saber Kepler.
La
vieja sonrió inocentemente.
—Lo
tenía hasta hace un momento y de repente lo he perdido. Estoy buscando mi
saquito con alas de murciélago.
En
la cocina estalló un carcajeo. Se veía a las dos brujas desternillándose de
risa y empujándose divertidísimas. Hasta el gato podría haber reído.
* *
* *
Regina
bajó la escalera profundamente preocupada.
—
¿Estáis discutiendo por mí?
Todos
la miraron sin comprender. Sonriente, Frau Kepler volvió a meterse en la
cocina.
— ¿A
qué se refiere cuando habla de alas de murciélago? —preguntó Bárbara.
—Es
una broma —replicó Kepler—. ¡Por Dios, sólo es una broma!
—Alas
de murciélago, ni más ni menos. Y después, ¿qué?
—Nadie
le toma el pelo —intervino Heinrich resueltamente, e hizo esfuerzos por no
reír.
Kepler
se dejó caer sobre la silla contigua a la ventana y tamborileó los dedos sobre
la mesa.
—Esta
noche dormiremos en la posada —murmuró—. Queda en el camino de Ellmendingen.
Mañana emprenderemos el regreso a casa.
Bárbara
sonrió triunfal y tuvo la sensatez de no hacer el menor comentario. Kepler la
observó con el ceño fruncido. Las viejas abandonaron la cocina. Había un
semicírculo de espuma en el bigote de la gorda. La delgada intentó dirigirse al
gran hombre que mascullaba sus penas junto a la ventana, pero Frau Kepler la
empujó.
—
¡Oh! ¡Ja, ja! ¡Señor, creo que su madre quiere librarse de nosotras!
—
¡Bah! —exclamó Frau Kepler y le dio un empellón aún más enérgico. Las arpías se
fueron. La vieja se volvió hacia su hijo y comentó—: Muy bien, has logrado
echarlas. ¿Estás satisfecho?
Kepler
la miró fijamente.
—No
les dije esta boca es mía.
—Por
eso mismo.
—Estarías
mucho mejor si personas de esa índole no aparecieran por aquí.
— ¿Y
tú qué sabes?
—Las
conozco, conozco a la gente de su calaña. Deberías…
—Cierra
el pico. Tú no sabes nada y te presentas aquí a dártelas de gran hombre. Lo que
pasa es que no somos lo bastante valiosos para ti.
Heinrich
tosió.
—Ya
está bien, mamá. Johannes sólo se preocupa por tu propio bien.
Kepler
estudió el techo.
—Madre,
corren malos tiempos. Deberías tener cuidado.
— ¡Y
tú!
Kepler
se encogió de hombros. De pequeño había abrigado la feliz idea de que una noche
todos morían limpia y rápidamente, por ejemplo a causa de un terremoto, y se
quedaba libre y aliviado. Bárbara lo observaba, lo mismo que Regina.
—El
día de San Miguel quemaron viva a una mujer —dijo Heinrich con la intención de
cambiar de tema. Se palmeó la rodilla—. Por Dios, cuando avivaron el fuego la
anciana dama casi se puso a bailar. ¿No es verdad, mamá?
—
¿Quién era? —se interesó Kepler.
—Una
tonta de tomo y lomo —se apresuró a responder Frau Kepler y miró enfadada a
Heinrich—. No se le ocurrió mejor idea que dar un bebedizo a la hija del
pastor. Se ganó la hoguera.
Kepler
se cubrió los ojos con la mano.
—Quemarán
a más gente.
La
madre se lanzó sobre él.
—
¡Ay, claro que sí! Y no sólo aquí. ¿Qué me dices del sitio dónde vives,
Bohemia, que está plagado de papistas? He oído que por esos lares mandan a
montones de gente a la hoguera. ¡Tú deberías tener cuidado! —se dirigió a la
cocina cojeando. Kepler la siguió—. Viene a casa y me suelta un sermón
—protestó—. ¿Y tú qué sabes? Yo ya curaba a los enfermos cuando eras más
pequeño que tu hijo y te cagabas encima. Mírate ahora, vives del bolsillo del
emperador y le dibujas cuadrados mágicos. Yo me meto con el mundo, pero tú
vuelves los morros al cielo y crees que estás a salvo. ¡Puaj! Hijo, me das
asco.
—Mamá…
—
¿Qué quieres?
—Solamente
me preocupo por ti.
La
vieja lo miró.
* *
* *
Todo
lo exterior era inmanente con una suerte de sigilosa deliberación. Estuvo un
rato junto a la fuente de la plaza del mercado. Las gárgolas de piedra tenían
un aire de regocijo contenido y arrojaban gruesos chorros de agua por los
labios verdes y apretados, como si se tratara de una rebuscada sandez que
interrumpirían en cuanto les diera la espalda. El abuelo Sebaldus siempre decía
que una de las tres caras de piedra fue tallada a su imagen y semejanza. Kepler
siempre lo creyó. La familiaridad se alzaba a su alrededor como un espectro que
ríe disimuladamente. ¿Qué sabía? ¿Era posible que la vida, su propia vida
continuara sin su participación activa, del mismo modo que sigue funcionando la
máquina del cuerpo mientras la mente duerme? Al caminar intentó verse tal cual
era, observó receloso sus propias dimensiones, buscó el bulto revelador donde
quizá se almacenara toda esa vida secreta. Las oscuras emociones desatadas por
los desposorios de Regina sólo eran una parte. ¿Qué otras extravagancias
existían y a qué precio? Se sintió traicionado pero no descontento, como un
viejo banquero ingeniosamente desfalcado por su amado hijo. Una ráfaga de olor
a pan caliente lo invadió al pasar delante de la tahona; el panadero aporreaba
en solitario una descomunal montaña de masa. Desde una ventana del primer piso,
una criada arrojó un suspiro de agua sucia del que Kepler escapó por los pelos.
Alzó la vista furioso y la moza lo miró unos segundos, se tapó la boca con la
mano y, riendo, se dirigió a alguien oculto tras ella, el hijo de la casa,
Harry Völiger, joven de diecisiete años prodigiosamente granujiento que se
aproximaba a la muchacha con mano temblorosa… Kepler siguió su camino y meditó
sobre todos esos años de cuentas engañosamente llevadas.
Llegó
al ejido. Allí reposaba la tarde, broncínea y de lenta respiración, gozando del
sol como un acróbata extenuado después de realizar maravillosas proezas de luz
y aire. El olmo se erguía decidido sobre su propio reflejo en el estanque y
escuchaba majestuoso. La chiquillería seguía en el ejido. Lo saludaron con
miradas hoscas, lamentándose de conocerlo: se habían divertido. Susanna se
alejó despacio, con las manos cruzadas a la espalda, sonriendo con
bienaventurada estupidez a la fila de patitos confundidos y cómicamente
preocupados que le pisaban los talones. Friedrich se tambaleó hasta la orilla
acarreando una piedra voluminosa. Tenía los zapatos y los calcetines empapados
y se las había ingeniado para llenarse de barro hasta las cejas. La piedra golpeó
el agua con un chasquido sordo.
—
¡Papá, mira la corona! ¡Mira, mira…! ¿La has visto?
—Ahí
está el rey, sin duda —proclamó Heinrich, que había ido a buscar a los niños—.
Cuando arrojas algo al agua, pega un salto y puedes ver su corona tachonada de
diamantes. ¿No es así, Johannes? Yo se lo he dicho.
—No
quiero volver a casa —dijo el niño, hundió amorosamente un pie en el barro y lo
extrajo con un delicioso sonido de succión—. Quiero quedarme con tío Heinrich y
con mi abuela. —Entrecerró los ojos pensativo—. Tienen un cerdo.
La
superficie del estanque alisó sus sedas rizadas. Diminutas moscas transparentes
formaban una red invisible en el reflejo de las ramas del olmo y los tejedores
salían de los bajíos con patas tan delicadas que apenas mellaban el agua.
¡Cuánta vida innumerable y profusa! Kepler se sentó en la hierba. El día había
sido largo y pictórico de pequeños descubrimientos. ¿Qué hacer con Regina? ¿Y
con su madre, que aún se metía en artes peligrosas? ¿Qué podía hacer? Como si
el recuerdo significara algo, se acordó de Félix el Italiano danzando con las
rameras ebrias en un callejón de Kleinseit. La enorme y ruidosa carga de las
cosas lo codeaba, la vida misma se inclinaba sobre su brazo. Sonrió y alzó la
mirada hacia las ramas. ¿Era posible, acaso era esto, era esto la felicidad?
Capítulo
4
Harmonice
Mundi
Loretoplatz
Colina
del Hradschin
Praga
Miércoles
de Ceniza de 1605
David
Fabricius: en Friesland
¡Honrado
amigo! Ya puede abandonar la búsqueda de una nueva teoría de Marte: está
determinada. Sí, mi libro está acabado… o casi. Le he dedicado tantos desvelos
que podría haber muerto diez veces. Con la ayuda de Dios he resistido y he
llegado al punto en que me doy por satisfecho y tengo la seguridad de que la
nueva astronomía ha nacido realmente. El hecho de que no me alegre
positivamente, no se debe tanto a las dudas en cuanto a la verdad de mis
descubrimientos, sino a la visión de que de repente se han aclarado ante mí las
profundas consecuencias de lo que he forjado. Amigo mío, nuestras ideas sobre
el mundo y su funcionamiento no volverán a ser las mismas. Se trata de un
pensamiento fulminante que provoca en mí un estado de ánimo sombrío y
reflexivo, concordante con las generales del momento. Como prometí, incluyo la
receta del pastel de Pascua de mi esposa.
Camarada
de armas, usted sabe perfectamente cuál es mi situación. Seis años he
permanecido bajo el ardor y el fragor de la batalla, cabizbajo, desesperándome
por lo particular. Por fin ahora puedo dar un paso atrás y tener una panorámica
general. Como ya he dicho, no dudo de que he ganado. Lo que me preocupa es qué
tipo de victoria he conseguido y qué precio yo y nuestra ciencia, quizá todos
los hombres tendremos que pagar. Copérnico postergó treinta años la publicación
de su obra majestuosa, en mi opinión porque temía el efecto que ejercería sobre
las mentes humanas el hecho de que quitara la Tierra del centro del mundo y la
convirtiera sólo en un planeta más entre planetas. Estoy convencido de que lo
que he hecho es aún más radical pues he transformado la forma misma de las
cosas: me refiero a que he demostrado que el concepto de la forma y el
movimiento celestiales, concepto que hemos defendido desde Pitágoras, está
profundamente equivocado. El anuncio de esta novedad también se demorará, no
por una timidez copernicana de mi parte, sino en virtud de la tacañería de mi
señor, el emperador, que me impide pagar a un impresor digno.
Mi
propósito en la Astronomia nova consiste en demostrar que la máquina celeste no
es un ser vivo y divino, sino una especie de reloj (y quien cree que el reloj
tiene alma atribuye la gloria del hacedor a la obra), en la medida en que
prácticamente todos los movimientos múltiples responden a una simple fuerza
magnética y material, del mismo modo que los movimientos del reloj se deben a
una simple pesa. Empero, y aún más importante, lo que más me preocupa no es la
forma o la apariencia de ese reloj celeste, sino su realidad. Insatisfecho con
la representación matemática del movimiento planetario, como creo que durante
milenios ha estado la astronomía, me propuse explicar dichos movimientos a
partir de sus causas físicas. Antes de mí, nadie había intentado semejante
cosa, nadie había concebido sus pensamientos de esta manera.
¡Vaya,
señor, tiene un hijo! Para mí ha sido una gran sorpresa. Interrumpo brevemente
esta epístola porque tengo asuntos acuciantes que atender —mi esposa vuelve a
estar enferma— y en el ínterin desde Wittenberg me escribe un tal Johannes
Fabricius para referirse a ciertos fenómenos solares y se recomienda a sí mismo
a través de mi amistad, con usted, su padre. ¡Confieso mi sorpresa y cierta
inquietud porque en las cartas siempre me he dirigido a usted como si fuera un
hombre más joven! ¡Me pregunto si en ocasiones no he adoptado el tono de un
maestro que se dirige a su discípulo! Le pido mil disculpas. Tendríamos que
habernos conocido. Temo que soy corto de vista no sólo en el sentido físico.
Siempre me llevo este tipo de sorpresas cuando lo que tengo ante las narices se
convierte súbitamente en algo distinto a lo que yo creía. Lo mismo aconteció
con la órbita de Marte. Volveré a escribirle y le resumiré la historia de mi
lucha con el planeta, pues podría divertirle.
Vale
Johannes
Kepler
Casa
Wenzel
Praga
Noviembre
de 1607
Hans
Geo. Herwart von Hohenburg: en Münich
Entschuldigen
Sie, mi queridísimo señor, por la larga demora en responder a su última carta,
calurosamente recibida. Como de costumbre, los asuntos de la corte devoran mi
tiempo y mis energías. Cada día que pasa, Su Majestad se muestra más
caprichosa. Por momentos olvida mi nombre y me mira con enojo, gesto tan
conocido por cuantos lo conocen, como si no me reconociera. De pronto llega una
convocatoria urgente y debo precipitarme a palacio con mis gráficos astrales y
mis cartas astrológicas. Concede mucha fe inocente a la interpretación de los
astros que, como usted bien sabe, yo considero un asunto sórdido. Reclama
informes escritos sobre diversas cuestiones, por ejemplo, el horóscopo del
emperador Augusto y el de Mahoma, el sino que puede esperarse del imperio turco
y, desde luego, aquello que hoy todos practican en la corte, la cuestión
húngara: su hermano Matías se muestra cada vez más osado en su afán de poder.
También está el agotador asunto del llamado Trígono Ardiente, la traslación de
la Gran Conjunción de Júpiter y Saturno, que supuestamente señaló el nacimiento
de Cristo, el de Carlomagno y por la cual ahora, transcurridos 800 años, todo
el mundo pregunta qué gran acontecimiento se avecina. Osé decir que el gran
acontecimiento ya había tenido lugar con la llegada de Kepler a Praga: no creo
que Su Majestad haya celebrado la ocurrencia.
Dado
el ambiente, la Nueva Estrella de hace tres años provocó una profunda conmoción
que aún perdura. Como cabía esperar, se habla de una conflagración universal y
del día del juicio final. Al parecer, lo mínimo que se aceptará es la llegada
de un grande y nuevo monarca: nova stella, novus rex (¡opinión que, sin duda,
Matías alienta!). También debo producir muchas palabras sobre esta cuestión. Es
una tarea agobiante y desagradable. Acostumbrada a las demostraciones
matemáticas, la mente se resiste tanto como puede a contemplar las
imperfecciones de los fundamentos de la astrología, mente como una pertinaz
bestia de carga, pero al final, compelida por los golpes y las invectivas,
también mete el pie en el barro. Mi posición es inestable. Rodolfo ha caído muy
pronto en manos de hechiceros y de toda índole de charlatanes. Más que
instrumento profético, considero que la astrología es un arma política de la
que debemos cuidamos y no sólo debe ser desterrada del senado, sino de las
mentes de quienes asesoran al emperador en pro de sus más legítimos intereses.
¿Y yo qué puedo hacer si Su Majestad insiste? En el presente es prácticamente
un ermitaño en palacio y pasa los días a solas, entre sus juguetes y sus
bonitos monstruos, ocultándose de la humanidad de la que teme y desconfía, nada
dispuesto a tomar siquiera la más nimia de las decisiones. Por las mañanas,
mientras el mozo de cuadra pasea a sus corceles españoles e italianos por el
patio, el emperador mira taciturno desde la ventana de sus aposentos, cual un pagano
impotente que se come al harén con los ojos, y luego llama a esto su ejercicio.
Reconozco que, pese a todo, no es nada ineficaz. Parece actuar regido por una
especie de movimiento de Arquímedes, tan delicado que apenas se nota pero que,
con el paso del tiempo, produce el movimiento de toda la masa. Hasta cierto
punto, la corte funciona. Es posible que la energía nerviosa, común a todos los
organismos, mantenga en marcha los asuntos, del mismo modo que la gallina sigue
correteando después de que le han cortado el gañote. (Este comentario se
considera una felonía).
Huelga
decir que mi salario está dolorosamente atrasado. Calculo que me deben
alrededor de dos mil florines. No tengo la más mínima esperanza de que la deuda
sea saldada. Las arcas reales están casi vacías por la manía imperial del
coleccionismo, así como por la guerra con los turcos y sus intentos de proteger
los territorios de sus turbulentos parientes. Me duele depender de las rentas
de la modesta fortuna de mi esposa. Mi estómago hambriento mira como un
perrillo hacia el amo que antaño le dio de comer. Como siempre, no me desanimo
y deposito mi confianza en Dios y en mi ciencia. Por estos pagos el clima es
atroz.
Su
sirviente, señor,
Joh:
Kepler
Aedes
Cramerianis
Praga
Abril
de 1608
Dr.
Michael Maestlin: en Tubinga
Salud.
El canalla de Tengnagel. Estoy tan furioso que apenas puedo sostener la pluma.
La perfidia de este hombre no tiene límites. Claro que no es peor que los demás
miembros de la maldita pandilla ticónica… sólo un poco más escandaloso. Es un
asno rebuznón, vanidoso, presumido e irredimiblemente estúpido. Que Dios me
perdone, pero lo mataría. El único punto de luz en la horrorosa oscuridad de
este asunto consiste en que aún no le han pagado, ni es probable que cobre
jamás, los 20.000 florines (¡o 30 piezas de plata!) por los que vendió al
emperador los inestimables instrumentos de Tycho Brahe cuando el cadáver del
danés todavía no se había enfriado en la tumba. (Recibe mil florines por año
como intereses de la deuda, el doble de la suma a que asciende mi salario de
matemático imperial). Confieso que a la muerte de Tycho aproveché rápidamente
la falta de circunspección de sus herederos para poner bajo mi amparo sus
observaciones o, podríamos decir (y sin duda ellos lo dicen), las hurté. ¿Quién
puede culparme? Los instrumentos, antaño una de las maravillas del mundo, hoy
están dispersos por media Europa, oxidados y a punto de romperse. El emperador
los ha olvidado y a Tengnagel le basta con su cinco por ciento anual. ¿Debo
permitir que sufra el mismo sino la masa de observaciones maravillosamente
exactas e inestimables que Tycho recogió a lo largo de toda su vida?
Motiva
esta disputa la naturaleza recelosa y la falta de modales de la familia Brahe
y, por otro lado, mi carácter apasionado y burlón. Debemos reconocer que en
todo momento Tengnagel tuvo sobrados motivos para recelar de mí: las
observaciones estaban en mi poder y me negué a entregarlas a los herederos. Sin
embargo, no tiene motivos para perseguirme como lo hace. ¿Sabía que se hizo
católico para que el emperador le concediera un puesto en la corte? Este hecho
muestra con toda claridad el carácter del hombre. (Su señora, Elizabeth, lo
aguijonea… pero no, no hablaré de ella). Lo han nombrado consejero de apelación
y, en consecuencia, puede imponerme sus condiciones con fuerza imperial. Me
prohibió imprimir cualquier obra basada en las observaciones de su suegro antes
de acabar las tablas rudolfinas. A continuación me dio libertad de imprimir,
siempre y cuando incluyera su nombre con el mío en la portada, para llevarse la
mitad de los honores sin haber hecho el menor esfuerzo. Accedí a cambio de que
me otorgara la cuarta parte de los 1000 florines que recibe del emperador. Fue
una jugada astuta por mi parte porque, fiel a su naturaleza, Tengnagel
consideró que 250 florines anuales era un precio demasiado elevado a cambio de
la inmortalidad. Acto seguido, en su cuadrada cabeza se metió la idea de que
emprendería personalmente la extraordinaria tarea de acabar las tablas.
Maestro, ría conmigo pues se trata de una tontería, dado que el junker no tiene
la capacidad ni la tenacidad que la tarea requiere. Ya había notado que muchos
creen que podrían hacerlo tan bien, no, mejor que yo, si tuvieran tiempo y
ganas de ocuparse de los insignificantes problemas de la astronomía. Me río
cuando se desfogan: pura fanfarronería y bufidos. ¡Que lo intenten!
Por
fortuna, Tengnagel fue lo bastante presuntuoso para prometer al emperador que
acabaría la tarea en cuatro años: durante ese período, se apoderó del material
como el perro del hortelano, incapaz de utilizar el tesoro al tiempo que
impedía que otros lo hicieran. Los cuatro años han transcurrido y no ha movido
un dedo. En consecuencia, avanzo con la Astronomia nova, cuya impresión por fin
ha comenzado en la casa Vogelin de Heidelberg. No está mal. ¡Y ahora el idiota
quiere que el libro lleve el prefacio escrito y firmado por él! Soy incapaz de
pensar en las tonterías que dirá. Dice temer que haya utilizado las
observaciones de Tycho para refutar su teoría del mundo, pero sé que lo único
que le interesa es el tintineo de las monedas. Ay, se trata de un imbécil
despreciable y nefasto.
K
Gutenbergplatz
Heidelberg
Víspera
de San Juan de 1609
Helisaeus
Röslin, médico de Hanau-Lichtenberg: en Buchsweiler, Alsacia
Ave.
Tengo tu interesante e instructivo Discurs von heutiger Zeit Beschaffenheit
que, además de muchas especulaciones, despierta en mí múltiples recuerdos
agradables y nostálgicos de aquellos debates fraternales que sosteníamos en
nuestra época de estudiantes en Tubinga. Pretendo responder con un Antwort
público a mis opiniones sobre la Nova de 1604 que pones en cuestión con tanta
vehemencia y arte, pero antes me gustaría hacerte algunos comentarios privados,
no sólo en honor de nuestra prolongada amistad, sino con el propósito de
clarificar algunas cuestiones que prefiero no poner en letra de molde. Cada día
que pasa se vuelve más precaria mi posición en Praga. El personaje real ya no
confía en nadie y, en concreto, está muy atento a todo lo que se refiere a la
ciencia que tú defiendes con tanto ímpetu, a la que asigna un gran valor. Yo
preferiría llamarla pseudociencia. Por favor, destruye esta carta
inmediatamente después de leerla.
Reconozco
en ti, mi querido Röslin, la presencia del instinctus divinus, una claridad
especial para la interpretación de los fenómenos celestes que, de todas
maneras, nada tiene que ver con las reglas astrológicas. Al fin y al cabo, es
verdad que en ocasiones Dios da lugar a que simplones puros anuncien cosas
extrañas y prodigiosas. Nadie puede negar que cosas inteligentes e incluso
sagradas pueden salir de la tontería y el ateísmo, del mismo modo que de
sustancias sucias y viscosas surgen el bonito caracol o la ostra, o el gusano
de seda a partir de la mugre de la oruga. La gallina laboriosa puede extraer un
grano de oro incluso del estercolero apestoso. Opino que la mayoría de las
reglas astrológicas son estiércol y que es más difícil decidir cuáles son los
granos dignos de recuperar.
Expresaré
con sencillez la esencia de mi posición. Se ve claramente que los cielos
ejercen alguna influencia en la gente, pero sigue en pie el misterio de qué es,
concretamente, lo que hacen. Estoy convencido de que los aspectos —es decir,
las configuraciones que los planetas configuran entre sí— tienen un gran
significado en la vida de los hombres. Empero, sostengo que es disparatado
hablar de aspectos buenos y malos. En el firmamento no se plantea la cuestión
del bien ni del mal: sólo son válidas las categorías de armónico, rítmico,
bello, fuerte, débil y desordenado. Los astros no obligan, no anulan el libre
albedrío ni deciden el destino particular de cada individuo, aunque impriman
determinado carácter en el alma. En el primer encendido de su vida, la persona
recibe el carácter y el modelo de todas las constelaciones celestiales o de la
forma de los rayos que caen sobre la tierra, modelo que perdura hasta su
muerte. Este carácter crea rasgos perceptibles en las formas de las carnes, así
como en los modales y los gestos, las propensiones y simpatías. Así, alguien se
convierte en un ser agudo, bueno y alegre, y otro en una persona soñolienta,
indolente y oscurantista. Estas cualidades pueden parangonarse con las
configuraciones bellas y exactas o extensas y desagradables de los planetas,
así como con sus colores y movimientos.
¿En
qué se basan esas categorías de bello y feo, fuerte y débil, etcétera? Ni más
ni menos que en la división de los círculos hecha mediante los polígonos
regulares cognoscibles, es decir, que pueden construirse, como me propuse
demostrar en Misterium cosmographicum, o sea, en las relaciones armónicas y
primordiales prefiguradas por el ser divino. Así, todas las cosas animadas,
humanas y de otro tipo, además del mundo vegetal, quedan influidas desde el
cielo por el instinto geométrico adecuado que les compete. Todas sus
actividades están afectadas, individualmente conformadas y guiadas por los
rayos de luz presentes aquí abajo y percibidos por todos esos objetos, amén de
por la geometría y armonía que tiene lugar entre ellos en virtud de sus
movimientos, de la misma manera que el rebaño es influido por la voz del
pastor, los caballos de un carruaje por los gritos del cochero y la danza de
los campesinos por el sonido de las gaitas. Esto es lo que creo y ninguna de
tus diabluras me persuadirá de lo contrario.
Mi
querido Röslin, confío en que esta sincera charla germánica no te ofenda.
Siempre estás vivo en mi afecto, aunque por momentos muerda y gruña, como es
costumbre en
tu
amigo y colega,
Johannes
Kepler
Edificios
Cramer
Praga
Septiembre
de 1609
Frau
Katharina y Heinrich Kepler: en Weilderstadt
(Para
ser leída en su presencia por el notario G. Raspe. Se incluyen emolumentos).
Queridos
míos: Escribo para avisaros que hemos llegado a casa sanos y salvos. Friedrich
tiene tos pero, por lo demás, sigue fuerte. Están muy avanzados los
preparativos para la boda de nuestra querida Regina: es extraordinariamente
hábil para atender este tipo de cosas. Su futuro marido es un hombre admirable,
honorable y bien situado. Esta semana vino a presentamos sus respetos. Había
estado antes en casa, pero no como prometido. Lo encuentro algo formal y me
pregunto si no resultará inflexible. Todo fue de lo más amable. No me caben
dudas de que Regina será bien tratada por él y hasta es posible que sea feliz.
Después de los desposorios se trasladarán a Pfaffenhofen, en el Alto
Palatinado. Dicen que en esa región hay peste.
Seguimos
en nuestras habitaciones de los viejos Edificios Cramer y creo que, de momento,
no nos mudaremos. Es un alojamiento satisfactorio porque estamos sobre el
puente y contamos con el beneficio del río. Como el edificio es de piedra, no
hay tanto peligro de que estalle un incendio, algo que, como sabéis, siempre he
temido. Nos encontramos en un buen barrio de la ciudad. En el Colegio Wenzel,
en la Ciudad Vieja, donde vivíamos antes, todo era distinto: allí las calles
son fatales, están mal empedradas y siempre están cubiertas de todo tipo de
porquerías; las casas son fatales, con techo de paja o de zarzos y el hedor es
tal que expulsaría a los turcos. De todas maneras, nuestro casero de aquí es un
rufián descortés y tengo grandes diferencias con él, lo que perturba mi
digestión. Bárbara me aconseja que no le haga caso. Me gustaría saber por qué
las personas se portan tan mal las unas con las otras. ¿Qué se consigue con
tormentos y disputas? Creo que en el mundo hay algunos que viven de hacer
sufrir a los demás. Es tan cierto respecto del casero que persigue a sus
inquilinos como del infiel que tortura a sus esclavos hasta matarlos: la
diferencia no está en la calidad, sino en el grado de perversidad. Pienso en
estas cosas cuando mis deberes en la corte y mis estudios científicos me dejan
un poco de tiempo libre para pensar. No es que ahora me dedique mucho al
trabajo científico, ya que mi salud flaquea, tengo fiebres frecuentes, una
inflamación intestinal y la mayor parte del tiempo mi mente cae postrada en una
frialdad lamentable. Pero no me quejo. Dios es bueno.
Aquí,
en Praga, nos codeamos con la sociedad distinguida. Johann Polz, consejero
imperial y primer secretario, tiene un gran afecto por mí. Su esposa y toda su
familia destacan por su elegancia austríaca y sus modales nobles y
distinguidos. Sería gracias a su influencia que en el futuro yo hiciera
progresos en este sentido aunque, desde luego, aún estoy muy lejos (existen
diferencias entre ser un matemático de nota y alcanzar la dignidad social).
Pese a la pobreza de mi morada y a mi poca categoría, soy libre de entrar y
salir de casa de los Polz como me plazca… ¡y eso que se considera que
pertenecen a la nobleza! También tengo otras relaciones. Las esposas de dos
guardias imperiales fueron madrinas de bautismo de Susanna. El tesorero
imperial Stefan Schmid, el abogado de la corte Matthäus Wackher y su excelencia
Joseph Hettler, embajador de Baden, abogaron por nuestro Friedrich. En las
ceremonias por el pequeño Ludwig estuvieron presentes los condes palatinos
Philip Ludwig y su hijo Wolfgang Wilhelm von Phalz-Neuburg. ¡Cómo veis,
comenzamos a ascender en el gran mundo! De todos modos, no me olvido de los
míos. Pienso en vosotros a menudo y me preocupo por vuestro bienestar. Cuidaros
y sed buenos. Madre, recuerda las advertencias que te hice la última vez que
hablamos. Heinrich, honra a tu madre. Y en vuestras plegarias recordad a
vuestro
hijo y hermano
Johannes
(Herr
Raspe, sólo para usted: como le pedí, vigile las actividades de Frau Kepler y
manténgame informado. Le pagaré este servicio).
Aedes
Cramerianis
Praga
Marzo
de 1610
Signor
Prof. Giorgio Antonio Magini: en Bolonia
Es
como si al despertar uno descubriera dos soles en el cielo. Desde luego, sólo
se trata de una figura retórica. Dos soles serían un milagro u obra de la
magia, mientras que esto fue forjado por la mente y el ojo humanos. Me parece
que hay momentos en los que, de repente, después de siglos de estancamiento,
todo empieza a fluir al unísono como con asombrosa premura, momentos en los que
por todas partes afloran torrentes que unen sus aguas y esa gran confluencia
corre cual un río caudaloso, arrastrando en su discurrir los restos partidos y
patéticos de nuestras concepciones erróneas. Así, no ha pasado un año desde que
publiqué mi Astronomia nova, la cual cambió definitivamente nuestra idea del
funcionamiento celeste: ¡y ahora de Padua llega esta noticia! Sin duda ustedes,
en Italia, ya la conocen y reconozco que en poco tiempo hasta las cosas más
sorprendentes se tornan vulgares. Pero para nosotros sigue siendo algo nuevo,
maravilloso y un poco aterrador.
Me
enteré por mi amigo Matthäus Wackher, abogado de la corte y consejero privado
de Su Majestad, que lo supo por el recién llegado embajador de Toscana. Wackher
acudió a verme de inmediato. Hacía un día límpido y ventoso, que contenía la
promesa de la primavera, y siempre lo recordaré como sólo se recuerda un puñado
de días de toda una vida. Desde la ventana de mi estudio divisé el coche del
consejero traqueteando sobre el puente y al viejo Wackher, con la cabeza
asomada por la ventanilla, azuzando al cochero. ¿Agitaciones como la que él
sentía aquel día transmiten emanaciones palpables? Al verlo llegar, experimenté
perturbaciones nerviosas en mi interior, a pesar de que nada sabía de lo que
venía a contarme. Bajé corriendo y acudí a recibir el carruaje que había
frenado ante mi puerta. Wackher balbuceaba incluso antes de que yo pudiera
entender lo que decía. Galileo de Padua había dirigido al firmamento un
perspicillum de dos lentes —de hecho, un catalejo holandés común y corriente—
y, gracias a sus 30 aumentos, había descubierto cuatro planetas nuevos.
Mientras
escuchaba la extraña nueva, experimenté una emoción excelsa. Me sentí conmovido
en lo más hondo de mi ser. Wackher estaba pletórico de gozo y era presa de
febril agitación. En cierto momento ambos reímos a causa de la confusión y al
siguiente mi amigo prosiguió su narración y le presté suma atención: la
explicación no tenía fin. Estrechamos nuestras manos, bailamos y el perrito de
Wackher corrió en círculos a nuestro alrededor, ladrando agudamente hasta que,
dominado por nuestra hilaridad y fuera de sí, dio un salto y me agarró la
pierna amorosamente, como hacen los perros, se lamió los belfos y sonrió como
loco, lo que nos hizo reír aún más. Entramos en casa y, más serenos, nos
sentamos a dar cuenta de una jarra de cerveza.
¿Es
verídico el informe? En caso afirmativo, ¿de qué tipo son esos cuerpos celestes
recién descubiertos? ¿Son compañeros de las estrellas fijas o forman parte de
nuestro sistema solar? Aunque católico, Herr Wackher comparte la opinión del
infortunado Bruno, según la cual las estrellas son soles, infinitas en número,
que ocupan el espacio infinito; está convencido de que el descubrimiento de
Galileo es prueba de ello y que los cuatro cuerpos nuevos son compañeros de las
estrellas fijas: en síntesis, que el paduano ha descubierto otro sistema solar.
Empero, como bien sabe, para mí es impensable la idea del universo infinito.
También me parece imposible que esos planetas giren alrededor de nuestro sol
porque la geometría del mundo planteada en mi Misterium sólo incluye los cinco
planetas del sistema solar. Por consiguiente, creo que lo que Galileo ha visto
son lunas que giran alrededor de otros planetas, del mismo modo que nuestra
luna gira en tomo a la tierra. Es la única explicación verosímil.
Como
se encuentra más próximo al escenario de los hechos, es posible que usted
conozca la explicación correcta… ¡quizás ha sido testigo de los nuevos
fenómenos! Ah, lo que daría por estar en Italia. De Medici, el enviado toscano
que dio la noticia a Wackher, ha regalado un ejemplar del libro de Galileo al
emperador. Espero verlo pronto. ¡Y después hablaremos!
¡Escríbame
y cuénteme todas las novedades!
Kepler
Praga
Abril
de 1610
George
Fugger, legatus imperatorius: en Venecia
Por
miedo a que el silencio y la tardanza lo llevaran a pensar que coincido en todo
lo que dice en su última carta y en virtud de que su posición es sumamente
relevante en estas cuestiones —ya que Galileo está al servicio de la República
de Venecia—, consideré prudente interrumpir mis estudios y escribirle de
inmediato. Mi querido señor, le aseguro que estoy profundamente conmovido por
sus comentarios relativos a las pretensiones de preeminencia entre el paduano y
yo. Empero, no libro con él una carrera pedestre que sólo podría interesarme
por los aplausos y la difusión partidaria. Sin duda, es verdad lo que usted
sostiene: que el paduano reclama urgentemente que sus descubrimientos y
pretensiones cuenten con la bendición del matemático imperial. Como usted
sostiene, es posible que éste sea el único motivo por el que se ha dirigido a
mí. ¿Y por qué no? Hace unos doce años, antes de que me hiciera famoso, cuando
acababa de publicar el Misterium,yo me dirigí a él. Es verdad que por aquel
entonces no se tomó demasiadas molestias en mi nombre. Tal vez estaba demasiado
ocupado con su obra o no sintió una gran estima por mi librillo. Sí, estoy
enterado de su fama de arrogante e ingrato: ¿y qué? Señor, la ciencia no es
como la diplomacia, no progresa mediante gestos de asentimiento, guiños y
calculados cumplidos. Siempre he tenido por costumbre alabar aquello que, en mi
opinión, otros han hecho bien. Jamás desdeño la obra de otros en razón de los
celos, nunca minimizo el conocimiento de otros si es mi carencia. Por la misma
regla, nunca me olvido de mí mismo si algo he hecho mejor o si he descubierto
antes algo. Es verdad que me hice muchas ilusiones con respecto a Galileo
cuando apareció mi Astronomia nova, pero el hecho de que no recibiera nada no
me impide tomar ahora la pluma contra los agrios críticos de todo lo nuevo, que
consideran increíble todo lo que les es desconocido y que consideran una
terrible percepción aquello que se encuentra más allá de los límites de la
filosofía aristotélica. No pretendo sacar a relucir sus defectos, como usted
dice, simplemente me propongo reconocer lo valioso y poner en duda lo que es
cuestionable.
Excelencia,
nadie debe confundirse ante la brevedad y simplicidad aparente del libro de
Galileo. Como una mera ojeada a sus páginas demuestra, Sidereus nuntius es una
obra altamente significativa y admirable. Es cierto que no todo lo que contiene
es completamente original, como él afirma… ¡hasta el emperador ha dirigido un
catalejo a la lima! También otros han conjeturado —sin presentar pruebas— que,
en un examen más minucioso, la Vía Láctea podría disolverse en una masa de
incontables estrellas reunidas en enjambres. Ni siquiera la existencia de los
satélites planetarios (creo que, en realidad, eso son sus cuatro planetas
nuevos) es tan sorprendente dado que, si la luna gira alrededor de la tierra,
¿por qué los demás planetas no habrían de tener lunas? Empero, existe una gran
diferencia entre especular sobre la existencia de miríadas de estrellas
invisibles y anotar sus posiciones en el mapa, entre mirar distraídamente la
luna a través de una lente y anunciar que no se compone de la quinta essentia
de los escolásticos, sino de una materia muy similar a la de la tierra.
Copérnico no fue el primero en afirmar que el sol ocupa el centro del mundo,
pero sí fue el primero en crear en tomo a ese concepto un sistema que
matemáticamente se sustenta, poniendo fin de esta forma a la era tolemaica.
Como Galileo, ha planteado clara y serenamente (¡con una serena precisión de la
cual, reconozco a mi pesar, podría aprender mucho!) una visión del mundo que
asestará tal puñetazo en la barriga de los aristotélicos que se quedarán sin
aliento durante mucho tiempo.
En
la corte no se habla más que de Sidereus nuntius, como supongo que ocurre en
todas partes. (¡Ojalá Astronomia nova hubiese llamado tanto la atención!). El
emperador tuvo la gracia de dejarme hojear su ejemplar y por lo demás tuve que
esperar hasta la semana pasada, cuando recibí el libro que me envió Galileo,
así como la petición de que le exprese mi opinión que, supongo, se propone
publicar. El correo regresa a Italia el 19, por lo que sólo tengo cuatro días
para concluir mi respuesta. Por lo tanto, ahora debo despedirme con la
esperanza de que perdone mis prisas… y de que no tome a mal mi respuesta
precedente a su apreciado y conmovedor gesto de apoyo a mi persona. En las
cuestiones de la ciencia, no se trata tanto del individuo como de la obra.
Galileo no me gusta, pero lo admiro.
A
propósito, me gustaría saber si durante su reciente estancia en Roma oyó algo o
vio al enano de Tycho y a su compañero, al que llamaban Félix. Si tiene
noticias de ellos, me gustaría conocerlas.
Señor,
soy su servidor,
Johannes
Kepler
Aedes
Cramerianis
Praga
Marzo
de 1611
Dr.
Johannes Brengger: en Kaufbeuren
Todo
se ensombrece y tememos lo peor. Una gran tragedia ha caído sobre el pequeño
mundo de nuestra casa y, dada la malsana confusión de nuestra pena, pensamos
que de alguna manera está relacionada con los espantosos acontecimientos del
gran mundo. Creo que en ocasiones Dios se cansa y el Demonio aprovecha la
oportunidad, se lanza sobre nosotros con toda su furia y su maldad cruel y
causa estragos a diestro y siniestro. Mi querido doctor, ¡qué lejanos parecen
esos días felices en que nos escribíamos con tanto entusiasmo y deleite sobre
la recién nacida ciencia de la óptica! Gracias por su última carta pero temo
que, de momento, soy incapaz de ocuparme de las interesantes cuestiones que
plantea: es posible que en otra ocasión les dedique mi mente y responda con la
energía que requieren. Ahora no tengo valor para trabajar. Casi todo mi tiempo
se consume con los deberes de la corte. Las excentricidades del soberano se
parecen cada vez más a la pura demencia. Se encierra en palacio, se oculta de
sus despreciados congéneres y, mientras tanto, su reino se desmorona. Su
hermano Matías ya lo ha despojado de Austria, Hungría y Moravia y se dispone a
apoderarse del resto. Durante el verano pasado y el otoño en la ciudad se
celebró un congreso de príncipes que aconsejó la reconciliación entre hermanos.
Pese a sus antojos y peculiaridades, Rodolfo muestra una férrea testarudez. Con
la idea de frenar a Matías y a los príncipes, y tal vez con el propósito de
dejar de lado las libertades religiosas que los representantes luteranos de
aquí le arrebataron con la Carta Real, intrigó con su pariente Leopoldo, obispo
de Passau y hermano del venenoso archiduque Fernando de Estiria, mi antiguo
enemigo. Vil y traidor como el resto de la familia, Leopoldo dirigió su
ejército contra nosotros, los que estamos aquí, y ha ocupado parte de la
ciudad. Las tropas bohemias se concentraron contra él y se habla de terribles
excesos por ambos bandos. Corre el rumor de que Matías viene acompañado del
ejército austríaco, a petición de los representantes… ¡y del propio Rodolfo!
Esta situación sólo puede tener un fin: el emperador perderá el trono. Por eso
he empezado a buscar refugio en otra parte. Algunas personas influyentes han
insistido en que me traslade a Linz. En lo que a mí respecta, miro con ansias
hacia mi Suabia natal. He enviado una petición al duque de Württemberg, mi
antiguo mecenas, pero abrigo pocas esperanzas. ¡Qué duro es saber que no te
quieren en tu propia tierra! También me han ofrecido la antigua cátedra de
Galileo en Padua, dada su partida a Roma. Galileo en persona me ha recomendado.
No soy ajeno a la paradoja de semejante situación. Italia… la idea no me
regocija. En consecuencia, Linz parece la perspectiva más prometedora. Se trata
de una ciudad provinciana y de miras estrechas, pero conozco a alguna gente y
también tengo un amigo peculiar. A mi esposa le encantaría dejar Praga, que
nunca le gustó, y retornar a la Austria que la vio nacer. Ha estado muy enferma
de fiebres húngaras y de epilepsia. Soportó con entereza estos males y todo
habría ido bien si poco después nuestros tres hijos no hubiesen contraído la
viruela. La mayor y el benjamín sobrevivieron, pero Friedrich, nuestro querido
hijo, sucumbió. Tenía seis años. Fue una muerte muy dura. Era un niño
encantador, un jacinto matinal de los primeros días de la primavera, nuestra
esperanza, nuestro gozo. Doctor, confieso que a veces no comprendo los
designios del Señor. Mientras el pequeño yacía en su lecho de muerte, del otro
extremo de la ciudad nos llegaba el fragor de la batalla. ¿De qué modo puedo
expresarle adecuadamente todo lo que siento? Esta pena no se parece a nada de
lo que existe en el mundo. Debo despedirme.
Kepler
Gasthof
zum Goldenen Greif
Praga
Julio
de 1611
Regina
Ehem: en Pfaffenhofen
¡Ay,
mi querida Regina! Frente a los desastres que nos han agobiado, huelgan las
palabras y el silencio es la expresión más veraz de los sentimientos. Sin
embargo, al margen de mi situación, debo hacerte el relato de las últimas
semanas. Si me muestro torpe o parezco despiadado o frío, comprende que son la
pena y la vergüenza las que me impiden expresar adecuadamente todo lo que
siento.
¿Quién
puede decir cuándo comenzó realmente la enfermedad de tu madre? La suya fue una
vida plagada de dificultades y pesares. Es cierto que jamás quiso cosas
materiales, por mucho que me culpara de mi falta de éxito en el gran mundo
social, mundo del que siempre quiso formar parte. Sin duda ser doblemente viuda
a los veintidós años fue muy duro, lo mismo que la pérdida de nuestros primeros
hijos y ahora de nuestro amado Friedrich. Últimamente le había dado por las
devociones secretas y andaba de aquí para allá con su devocionario. Su memoria
ya no era la de antaño, a veces reía por nada o súbitamente estallaba en llanto
como si algo la afligiera. Su envidia se había agudizado y no hacía más que
lamentarse de su sino, se comparaba con las esposas de los consejeros y de los
funcionarios menores, que parecían moverse en un esplendor muy superior al
suyo, pese a ser la consorte del matemático imperial. Claro que todo esto sólo
ocurría en su mente. ¿Y yo qué podía hacer?
Su
enfermedad del invierno pasado, la fiebre y la epilepsia, le preocuparon mucho,
pero se mostró muy valiente y fuerte, con una determinación que dejó atónitos a
cuantos la conocían. La muerte del niño en febrero fue un golpe demoledor.
Cuando a fines de junio retomé de una visita a Linz, había vuelto a caer
enferma. Las tropas austríacas trajeron enfermedades a la ciudad y tu madre
contrajo tifus exantemático o fleckfieber, como lo llaman aquí. Podría haberse
debatido, pero ya no le quedaban fuerzas. Azorada por los horrorosos actos de
la soldadesca y por el espectáculo de los sangrientos combates que se libraban
en las calles, consumida de desesperación por un futuro mejor y por el anhelo
insaciable de su amado hijo perdido, exhaló su último suspiro el tercer día del
mes presente. Al final, mientras le ponían una bata limpia, pronunció unas
últimas palabras para preguntar: ¿Es la túnica de la salvación? En sus últimas
horas te recordó y a menudo habló de ti.
La
culpa y los remordimientos me corroen. Nuestro matrimonio se frustró desde el
principio porque se realizó contra nuestra voluntad y bajo un cielo calamitoso.
Tu madre era de naturaleza pesimista y resentida. Me acusaba de burlarme de
ella. Interrumpía mi trabajo para hablar de sus problemas domésticos. Tal vez
fui impaciente cuando me hacía infinidad de preguntas, pero jamás la llamé
tonta, aunque quizá considerara que la tenía por tal ya que, en algunos
sentidos, era una mujer muy susceptible. En los últimos tiempos y debido a sus
repetidas enfermedades, había perdido la memoria y yo la encolerizaba con mis
recordatorios y consejos, porque no quería señor alguno y, a menudo, no daba
abasto consigo misma. Con frecuencia fui más impotente que ella pero, en mi
ignorancia, seguí discutiendo. En síntesis, desarrolló una naturaleza cada vez
más irritable y, aunque lo lamento, la provoqué, pues en ocasiones mis estudios
me volvieron desconsiderado. ¿Fui cruel con ella? Cuando comprendí que tomaba a
pecho mis palabras, habría preferido arrancarme el dedo a mordiscos antes que
seguir ofendiéndola. En lo que a mí atañe, tampoco recibí mucho amor. Pero
nunca la odié. Y ahora, como comprenderás, ya no tengo con quien hablar.
Mi
querida niña, piensa en mí y recuérdame en tus oraciones. Me he trasladado a la
posada — ¿recuerdas el Grifo Dorado?— porque la casa se me hizo insoportable.
Las noches son muy tristes y no puedo conciliar el sueño. ¿Qué haré? Soy viudo,
tengo dos hijos pequeños y a mi alrededor se extiende el turbulento desorden de
la guerra. Si puedo te haré una visita. Me encantaría que vinieras a verme,
pero los riesgos son excesivos. Firmo, como en los viejos tiempos,
Papá
Post
scriptum. He abierto el testamento de tu madre. No me dejó nada. Saludos a tu
marido.
Kunstadt,
en Moravia
Abril
de 1612
Johannes
Fabricius: en Wittenberg
Salud,
noble hijo de noble padre. Disculpe mi prolongada demora en responder a sus
numerosas cartas, tan bien acogidas y fascinantes. Estos últimos meses estuve
muy ocupado con asuntos tanto privados como públicos. Sin duda está enterado de
los trascendentales acontecimientos que se han producido en Bohemia y que, amén
de otras consecuencias, han provocado mi práctico destierro de Praga. Estaré
unos pocos días en Kunstadt, en casa de una conocida de mi difunta esposa, una
viuda de buen corazón que se ha ofrecido a cuidar de mis hijos huérfanos de
madre hasta que halle alojamiento y me establezca en Linz. Pues sí, a Linz me
dirijo para ocupar el cargo de matemático regional. Ya ve cuán bajo he caído.
El
año transcurrido ha sido el peor de mi vida. Rezo por no ver nunca más otro
semejante. Era impensable que a un hombre le acontecieran tantos infortunios en
un período tan breve. Perdí a mi amado hijo y, poco después, a mi esposa.
Podríamos decir que ya era suficiente pero, a lo que parece, cuando aparecen
las desgracias, se presentan cual espantosos ejércitos. Fue la entrada de las
tropas de Passau en Praga la que trajo las enfermedades que se llevaron a mi
hijito y a mi esposa. Al cabo de poco tiempo se presentaron el archiduque
Matías y sus secuaces y mi mecenas y protector fue destronado: ¡el pobre,
triste y bueno de Rodolfo! Hice cuanto pude por salvarlo. Ambos bandos en pugna
estaban muy influidos por las profecías astrales, algo que siempre ocurre con
soldados y estadistas, y fueron ansiosamente solicitados mis servicios como
matemático imperial y astrónomo de la corte. Sinceramente, aunque más me habría
convenido compartir la suerte de sus enemigos, fui leal a mi señor y llegué al
extremo de fingir ante Matías que los astros favorecían a Rodolfo. Pero todo
fue en vano. El resultado de la batalla estaba decidido antes de que comenzara.
Después de la abdicación, en marzo, me mantuve junto a Rodolfo. A pesar de los
pesares, fue bueno conmigo y no quise abandonarlo. El nuevo emperador no me es
hostil y el mes pasado llegó al extremo de confirmarme en el cargo de
matemático. Sin embargo, Matías no es Rodolfo y estaré mejor en Linz.
Estaré
mejor: no dejo de repetírmelo. Al menos en la Alta Austria hay seres que
valoran mi persona y mi trabajo. Es más de lo que puedo decir de mis
compatriotas. ¿Está enterado de mis intentos de regresar a Alemania? Apelé una
vez más, hace poco, a Federico de Württemberg y le supliqué que, si no una
cátedra de filosofía, al menos me concediera un humilde cargo político para
disponer de alguna paz y de un espacio reducido en el que proseguir serena y
tranquilamente mis estudios. La oficina del canciller no hizo oídos sordos e
incluso sugirió que me apuntaran entre los aspirantes a ocupar la cátedra de
matemáticas en Tubinga, dado que el doctor Maestlin ya cuenta con muchos años.
Pero el Consistorio fue de otra opinión. Sus miembros recordaron que en una petición
anterior tuve la honestidad de advertir que no podía suscribir
incondicionalmente la Fórmula de la Concordia. También sacaron a relucir la
vieja acusación de que soy proclive al calvinismo. A la larga, todo significa
que soy definitivamente rechazado por la tierra que me vio nacer. Que se
olviden de mí si quieren, pero desde aquí los envío al fondo del infierno.
Tengo cuarenta y un años y lo he perdido todo: mi familia, mi honroso nombre,
hasta mi país. Ahora afronto una vida nueva, sin saber qué problemas me
aguardan. Pero no desespero. He realizado grandes obras que algún día serán
reconocidas en su auténtico valor. Mi trabajo aún no está cumplido. La visión
de la armonía del mundo siempre está ante mis ojos y me anima a seguir
adelante. Dios no me abandonará. Sobreviviré. Llevo conmigo una copia del
grabado del gran Durero de Núremberg que se titula El caballero, la muerte y el
demonio, imagen de grandeza estoica y entereza que produce en mí un gran solaz:
así debemos vivir, afrontando el futuro, indiferentes a los terrores y sin
dejamos engañar por vanas esperanzas.
Incluyo
una vieja carta que encontré entre mis papeles. Alude a cuestiones de interés
científico y quiero que la tenga porque imagino que pasará un tiempo antes de
que tenga ánimos para volver a dedicarme a ese tipo de especulaciones.
Su
colega,
Joh:
Kepler
Praga
Diciembre
de 1611
Johannes
Fabricius: en Wittenberg
Ah,
mi querido y joven señor, cuánto me alegra saber de sus investigaciones sobre
la naturaleza de las misteriosas manchas solares. No sólo me siento lleno de
admiración por el rigor y el ingenio de sus investigaciones, sino que también
me recuerdan un período más dichoso de mi vida y me apartan de esta época
odiosa. ¿Es posible que sólo hayan transcurrido cinco años? ¡Afortunado de mí,
que fui el primero en observar esas manchas en este siglo! No lo digo con la
pretensión de robar su fuego, si me permite que lo exprese así (ni pretendo
sumarme a la agotadora disputa entre Scheiner y Galileo en tomo a la prioridad
del descubrimiento), sino para convencerme de que hubo una época en que podía
proseguir felizmente y con inocencia mis estudios científicos, antes de que
acontecieran los desastres de este año espantoso.
Observé
por primera vez el fenómeno de las manchas solares en mayo de 1607. Hacía
semanas que contemplaba seriamente Mercurio en el firmamento. Según los
cálculos, el planeta debía entrar en conjunción inferior con el sol el 29 de
mayo. Como la noche del 27 se desató una gran tormenta y tuve la impresión de
que ese aspecto era el motivo de semejante perturbación climática, pensé que la
conjunción debía fijarse antes. En consecuencia, la tarde del 28 me decidí a
observar el sol. Por aquel entonces me alojaba en el Colegio Wenzel, cuyo
rector, Martin Bachazek, era amigo mío. Aficionado donde los haya, Bachazek
había construido una torreta de madera en uno de los desvanes del colegio y
allí nos retiramos aquel día. Los rayos del sol se colaban por las delgadas
grietas de las tablillas y pusimos un trozo de papel bajo uno de los rayos,
papel en el que se formó la imagen del sol. Y patapán. En la trémula imagen del
sol divisamos una manchita muy negra, aproximadamente como una pulga reseca.
Convencidos de que observábamos la culminación de Mercurio, fuimos presa de una
gran agitación. Para evitar errores y comprobar que no era una mácula del
papel, lo desplazamos de un lado a otro para que la luz se moviera: la manchita
negra apareció en todas partes con la luz. Inmediatamente redacté un informe y
pedí a mi colega que lo confirmara. Corrí hasta el Hradschin y envié la noticia
al emperador por intermedio de un ayuda de cámara, ya que esa conjunción era
del máximo interés para Su Majestad. Después acudí al taller de Jost Bürgi,
mecánico de la corte. Como había salido, tapamos la ventana con uno de sus
ayudantes y, a través de una minúscula apertura, dejamos que la luz iluminara
una plancha de hojalata. La manchita volvió a aparecer. Busqué la confirmación
de mi informe y pedí al ayudante de Bürgi que lo firmara. Tengo el documento
sobre el escritorio y veo la firma: Heinrich Stolle, oficial relojero, de mi
puño y letra. ¡Con cuánta claridad lo recuerdo!
Claro
que, como tan a menudo, me equivoqué. Como usted sabe, no había presenciado la
culminación de Mercurio, sino una mancha solar. Me pregunto si ha desarrollado
alguna teoría acerca del origen del fenómeno. Aunque desde entonces lo he visto
a menudo, aún no he encontrado una explicación satisfactoria. Tal vez se trata
de una formación nubosa, como en nuestro cielo, pero maravillosamente negra y
densa y, por consiguiente, fácil de percibir. ¿Serán emanaciones de gas
candente que se elevan de la superficie al rojo vivo? En lo que a mí respecta,
no son del máximo interés por su causa, sino por el hecho de que, en virtud de
su forma y de su movimiento evidente, demuestran satisfactoriamente la rotación
del sol, rotación que había postulado sin pruebas en mi Astronomia nova. Me
asombra todo lo que pude hacer en ese libro sin la ayuda del telescopio,
instrumento al que usted ha dado tan buen uso en su trabajo.
¿Qué
haríamos sin nuestra ciencia? Incluso en estos tiempos de temor supone un gran
consuelo para mí. Cada día que pasa, mi señor, Rodolfo, se muestra más extraño:
no creo que sobreviva. En ocasiones parece no darse cuenta de que ya no es
emperador. No lo desengaño. El mundo es un lugar muy triste. ¿No sería mejor
ascender a las cumbres diáfanas y silentes de la especulación celestial?
Le
ruego que no tome a pecho mi mal ejemplo y que vuelva a escribirme pronto.
Señor, quedo con usted,
siempre
suyo,
Johannes
Kepler
Gasthof
zum Goldenen Greif
Praga
Septiembre
de 1611
Frau
Regina Ehem: en Pfaffenhofen
Mi
querida Regina, solía parecerme que la vida es una materia informe y siempre
mudable, digamos que una bola de cristal fundido que hemos arrojado y que, sin
disponer siquiera de los instrumentos más burdos, con la sola ayuda de nuestras
manos, debemos moldear hasta formar una esfera perfecta a fin de contenerla en
nosotros mismos. Pensaba que ésa es nuestra tarea, me refiero a la
transformación del caos externo en una armonía y un equilibrio perfectos en
nuestro interior. Qué error, qué error: son nuestras vidas las que nos
contienen, nosotros somos la imperfección en el cristal, la mancha de arenisca
que debe ser expulsada de la esfera giratoria. Se dice que el que se ahoga ve
pasar toda la vida ante sus ojos un instante antes de sucumbir: ¿por qué sólo
habría de ocurrir en la muerte por inmersión? Sospecho que tiene lugar
cualquiera que sea el modo de la muerte. En el último instante percibiremos por
fin la forma secreta y esencial de todo lo que hemos sido, de todas nuestras
acciones y pensamientos. La muerte es el medio perfeccionador. Esta verdad
—estoy convencido de que es una verdad— se me ha manifestado con todas sus
fuerzas a lo largo de los últimos meses. Es la única respuesta que confiere
sentido a esos desastres y dolores, a esas traiciones.
Mi
querida niña, no te considero responsable de nuestras actuales diferencias.
Entre los que te rodean, y me refiero a alguien en concreto, hay quienes ni
siquiera dejan en paz a un hombre desconsolado y enfermo en la hora de su
agonía. Tu madre apenas se había enfriado en la tumba cuando llegó la primera
misiva autoritaria de tu marido, como un puñetazo en el estómago, y ahora tú me
escribes en ese tono inusual. No es tu tono de voz, que recuerdo con ternura y
afecto, ni el modo en que te dirigirías a mí si pudieras elegir. Estoy
convencido de que esas palabras te fueron dictadas. Por consiguiente, ahora no
me dirijo a ti sino que, a través de ti, me dirijo a otra persona a la que no
me resigno a escribir directamente. Más le vale aguzar el oído. Quiero que esta
sórdida cuestión se aclare para satisfacción de todos.
¿Cómo
osas insinuar que demoro el pago de ese dinero? ¿Qué me importa el dinero
contante y sonante, de qué me sirve a mí, que he perdido lo que me era más
precioso que los tesoros de oro del emperador, es decir, mi esposa y mi amado
hijo? El que mi esposa Bárbara prefiriera no mencionarme en su testamento me
supone un dolor profundo, pero estoy decidido a cumplir sus deseos. Aunque de
momento no tengo valor para investigar a fondo cuál es la situación, en un
sentido general estoy al tanto del estado de la fortuna de Frau Kepler o de lo
que queda. Cuando murió su padre y se dividieron las propiedades en Mühleck,
tenía alrededor de 3.000 florines en propiedades y bienes. Por lo tanto, no era
tan rico como nos hicieron creer… pero esto es harina de otro costal. A la
muerte de Jobst Müller, viajé con Frau Kepler a Graz y dediqué mucho tiempo y
esfuerzos a convertir su herencia en dinero contante y sonante. Los impuestos
de Estiria eran, lisa y llanamente, medidas punitivas contra los luteranos y
sufrimos grandes pérdidas al sacar su dinero de Austria. Por eso ahora no
existen esos miles de los que, según piensan algunos, yo pretendo apropiarme.
Nuestra vida en Bohemia fue difícil, el emperador nunca fue un pagador puntual
y, pese a la extrema parsimonia de Frau Kepler, en ocasiones tuvimos que apelar
inevitablemente a su capital. Tuvo muchas enfermedades, siempre insistió en
usar ropa fina y nunca se dio por satisfecha con alubias y salchichas. ¿Crees
que vivimos del aire?
Después
de mis nupcias y a pesar de una gran oposición, logré que me nombraran tutor de
la hijita de mi esposa, nuestra querida Regina, porque la quería tal como era
entonces y porque temía que, entre los familiares de su madre, se viera
expuesta a los peligros del catolicismo. Jobst Müller me prometió 70 florines
anuales para la manutención de la niña: jamás me pagaron nada de esa asignación
ni me permitieron tocar la considerable fortuna de Regina. Por lo tanto, me
siento justificado si resto de la herencia una recompensa justa y adecuada.
Tengo dos hijos propios de los que cuidar. Mis amigos y mecenas, la Casa de
Fugger, se ocuparán de traspasarte la suma restante. Confío en que no los
acusarás de transacciones poco claras.
Johannes
Kepler
Praga
Diciembre
de 1610
Dr.
Johannes Brengger: en Kaufbeuren
Hoy
he recibido, de Markus Welser de Colonia, las primeras pruebas de mi Dioptrice.
La impresión se ha atrasado y ahora que por fin ha comenzado existen problemas
para la financiación del proyecto. Temo que pasará mucho tiempo antes de que la
obra esté terminada. La concluí en agosto y de inmediato se la presenté a mi
mecenas, el elector de Colonia Ernst, que lamentablemente se ha mostrado menos
entusiasta y rápido que el autor y que no parece tener prisas por ofrecer al
mundo esta obra importante que le fue dedicada. De todas maneras, me alegra ver
estas pocas páginas en letras de molde ya que, dado mi actual estado de
perturbación, agradezco la ligera distracción que proporcionan. Qué lejanos
parecen aquellos meses estivales en los que mi salud pareció mejorar y en los
que trabajé con tanta energía. Una vez más soy víctima de ataques febriles y,
en consecuencia, no tengo energías y mi espíritu se resiente. Abundan las
preocupaciones y corren rumores de guerra. Al contemplar una vez más la forma
de este librillo, me sorprende el pensamiento de que quizá, sin darme cuenta,
tuve indicios de los problemas que iban a llegar, porque sin duda se trata de
una obra extraña, extraordinariamente severa y muda, de tono frío y ejecución
precisa. En nada se parece a mí.
Se
trata de un libro difícil de comprender y que no sólo requiere una mente
inteligente sino, sobre todo, la alerta intelectual y el deseo extraordinario
de averiguar las causas de las cosas. En él me he propuesto esclarecer las
leyes por las que se rige el telescopio de Galileo. (Podría añadir que para la
tarea he recibido muy poca ayuda, como cabía imaginar, de aquel que ha dado su
nombre al nuevo instrumento). Creo que se puede decir que con este libro y con
la Astronomia pars optica, de 1604, he sentado las bases de una nueva ciencia.
Mientras que el libro precedente era una inmersión alegre y especulativa en la
naturaleza de la luz y el funcionamiento de las lentes, Dioptrice es una sobria
exposición de reglas al estilo de un manual de geometría. Oh, me encantaría
enviarle un ejemplar porque ardo en deseos de conocer su opinión. ¡Malditos
sean los tacaños! Consta de 141 reglas, divididas esquemáticamente en
definiciones, axiomas, problemas y proposiciones. Comienzo por la ley de
refracción y reconozco que su expresión no es mucho menos inexacta que las
anteriores, aunque no me ha ido tan mal en virtud de que los ángulos de
incidencia que se tratan son muy pequeños. También he hecho una descripción de
la reflexión total de los rayos de luz en un cubo y en un trilátero de cristal.
Obviamente, he abordado con más profundidad que nunca la cuestión de las
lentes. Creo que en el Problema 86, en el que demuestro que con la ayuda de dos
lentes convexos los objetos visibles pueden agrandarse y volverse más definidos
aunque invertidos, he definido el principio que sirve de fundamento al
telescopio astronómico. Asimismo, al tratar las combinaciones adecuadas entre
una lente convergente y una divergente en lugar de una simple lente objetiva,
he allanado el terreno para un gran perfeccionamiento del telescopio de
Galileo. Creo que al paduano no le gustará.
Mi
querido doctor, puede ver hasta qué extremos he llevado nuestra ciencia.
Ciertamente, estoy convencido de que he llegado tan lejos como era posible y
reconozco con cierto pesar que estoy perdiendo el interés por el tema. El
telescopio es un instrumento maravillosamente útil y sin duda prestará grandes
servicios a la astronomía. Yo me harto enseguida de contemplar el firmamento,
por muy maravilloso que sea lo que puede verse. Dejemos que otros tracen el
mapa de los nuevos fenómenos. Mi vista deja mucho que desear. Sospecho que no
soy el Colón del firmamento, sino un modesto y hogareño visionario de butaca.
Los fenómenos que ya conozco son lo bastante extraordinarios y fantásticos. Si
los nuevos astrónomos descubren hechos novedosos que ayuden a explicar la
verdadera causa de las cosas, me parece bien. Pero, en mi opinión, las
verdaderas respuestas al misterio cósmico no se encuentran en el cielo, sino en
ese otro firmamento infinitamente más pequeño pero no menos misterioso que
contiene nuestro cráneo. En síntesis, mi querido amigo, estoy chapado a la
antigua, como también soy,
su
amigo de toda la vida,
Kepler
Aedes
Cramerianis
Praga
Octubre
de 1610
Georg
Fugger: en Venecia
Permítame
ofrecerle una vez más mi cálido y más sincero agradecimiento por su leal
defensa de mi persona y de mi obra. También quiero agradecerle sus amables
palabras con respecto a mi Dissertatio cum nunciu sidero y sus esfuerzos por
dar a conocer en Italia las opiniones expresas en esa modesta obra. Pero una
vez más me veo obligado a protestar por su defensa demasiado entusiasta de mí,
en contra de Galileo. No me opongo a él. A pesar de lo que usted sostiene, mi
Dissertatio no le arranca la máscara del rostro. Si lee mi opúsculo con
atención verá claramente que, con ciertas reservas, he dado mi beneplácito a
sus descubrimientos. ¿Le sorprende? ¿Se siente tal vez desilusionado? Estoy
seguro de que se pregunta cómo puedo ser cálido con alguien que ni siquiera se
digna escribirme directamente. Como he sostenido en anteriores ocasiones, soy
amante de la verdad y la acojo de buena gana y la celebro proceda de donde
proceda. Por momentos sospecho que los que se ocupan de esta disputa sobre la
veracidad de los hallazgos de Galileo no están tan interesados por la verdad
objetiva como por armarse de argumentos para utilizarlos contra un hombre
arrogante e inteligente, un hombre que no es lo bastante sutil ni astuto para
mostrar falsa humildad a fin de satisfacer a la gente. En su presunta
Refutación, el joven payaso Martin Horky, el ayudante de Magini, tuvo el
descaro de citarme… no, de citarme falsamente para apoyar sus bastardas
diatribas contra Galileo. No tardé en poner fin a mi trato con ese petimetre
imberbe.
De
todas maneras, reconozco que es difícil querer a Galileo. Por si no lo sabe, en
todo el tiempo transcurrido sólo me ha escrito una carta. En lo que se refiere
a lo demás, a las noticias de sus nuevos descubrimientos e incluso las que
aluden a su reacción ante mi Dissertatio (¡que, al fin y al cabo, era una carta
abierta que le dirigí!), tengo que basarme en la información de segunda mano
del embajador toscano en Praga y de otras personas por el estilo. ¡Cuán
sigiloso y desconfiado es el paduano! Si me envía una miaja, la oculta dentro
del disfraz más imposible y estrafalario que quepa imaginar. Por ejemplo, el
verano pasado me envió el siguiente mensaje por intermedio del embajador:
Smaismirmilmepoetaleumibunenugttaurias.
Al
principio me causó gracia: después de todo, a veces a mí también me da por
jugar con anagramas y juegos de palabras de esta índole. Cuando me puse a
descifrar el código, creí que me volvía loco. Cuanto conseguí fue una especie
de verso en latín macarrónico que no tenía sentido. Sólo el mes pasado —cuando
Galileo se enteró de que había despertado incluso la curiosidad del embajador—
se dignó dar la solución: en ese galimatías anunciaba el descubrimiento de lo
que parecen ser dos lunas pequeñas que rodean Saturno. He recibido otro
acertijo que parece referirse a una mancha roja de Júpiter que rota
matemáticamente. Me pregunto si la mancha roja será verdadera o sólo un
pretexto para desviar la atención. ¿Cómo responder a este tipo de tonterías? En
mi próxima carta le tiraré de las orejas.
¡A
pesar de todo, es un científico extraordinario y atrevido! ¡Ay, ojalá pudiera
viajar a Italia y conocer al Titán! No permitiré que se burlen de él en mi
presencia. En su misiva comenta que Magini y el temible Horky (se merece el
apellido), además de usted, se sintieron encantados con el fragmento de la
Dissertatio en el que digo que el principio del telescopio fue establecido hace
veinte años por Della Porta y también en mi propia obra sobre óptica. ¡Galileo
no ha reivindicado la invención del instrumento! Además, esas anticipaciones
fueron puramente especulativas y no restan importancia a la fama de Galileo. Yo
sé cuán largo es el camino que va del concepto teórico a su consecución
práctica, de la mención de las antípodas en Tolomeo al descubrimiento del Nuevo
Mundo por Colón, y de los instrumentos de dos lentes empleados en este país al
instrumento con el que Galileo ha penetrado el cielo.
Permítame
manifestar claramente y sin lugar a equívocos que mi Dissertatio no es la obra
maestra de la ironía, por la que muchos la toman (¡ojalá poseyera tanta
sutileza!), sino un apoyo claro y explícito a las afirmaciones de Galileo.
Gracias por las naranjas. Lamento comunicarle que el paquete llegó roto y que
se pudrieron.
Su
servidor, señor,
Joh:
Kepler
Praga
Septiembre
de 1610
Profesor
Gio. A. Magini: en Bolonia
Noticias
extraordinarias, mi querido señor: Ernst, elector de Colonia y mi mecenas, que
pasó el verano en el Consejo de príncipes, regresó la semana pasada de una
rápida visita a Viena y trajo un telescopio, el mismo con que Galileo obsequió
al archiduque de Baviera. De esta forma, el mezquino paduano queda frustrado en
sus celos por la generosidad de mis amigos y mecenas. Es posible que, después
de todo, en el mundo haya justicia.
He
tenido graves dificultades con este Galilei (creo que su padre poseía una mente
más sutil: ¿ha leído sus obras?). Con su autoritarismo consuetudinario, envía
mensajes a través de sus compatriotas en la corte, exige que lo apoye en sus
afirmaciones sobre Júpiter porque al parecer no está satisfecho con mi
Dissertatio y quiere que me reitere en las afirmaciones cada vez más
contundentes de su genialidad… pero, pese a mis infinitas súplicas, no me envía
el instrumento que me permita comprobar sus afirmaciones a plena satisfacción.
Dice que los gastos y la dificultad de fabricación se lo impiden, pero sé que
ha repartido telescopios a todos sin excepción. ¿Qué es lo que le produce tanto
miedo como para excluirme? Confieso que llego a pensar que sus enemigos tienen
algo de razón cuando lo tildan de fanfarrón y charlatán. Lo conminé a que me
enviara los nombres de los testigos dispuestos a declarar que habían visto
aquello que él defiende en Sidereus nuntius. Replicó que el gran duque de
Toscana y cualquiera de los numerosos Medici respondía por él. Y yo me
pregunto, ¿de qué sirven? No me cabe la menor duda de que el gran duque de
Toscana defendería la santidad del demonio si le conviniera. ¿Dónde están los
científicos dispuestos a corroborar los descubrimientos? Galileo dice que los
considera incapaces de identificar Júpiter, Marte o incluso la luna y que no
podemos esperar que reconozcan un nuevo planeta nada más verlo.
Empero,
ahora todo se ha resuelto gracias al elector Ernst. Desde el 30 de agosto,
fecha en que regresó de Viena, con ayuda del telescopio he podido contemplar
con mis propios ojos esos fenómenos nuevos y maravillosos. A diferencia del
paduano, quise contar con el apoyo de testigos dignos de confianza e invité a
mi casa al joven matemático Ursinus y a otros notables para que,
individualmente y mediante registro bajo juramento, proporcionáramos pruebas
irrefutables de las afirmaciones de Galileo. Para evitar errores e
imposibilitar toda acusación de complicidad, insistí en que cada uno dibujara
con tiza en una tablilla lo que había visto a través del telescopio para
comparar posteriormente las observaciones. Fue realmente satisfactorio.
Compartimos un buen vino y una cesta con alimentos —pasteles de carne de caza y
unas excelentes salchichas— y pasamos una velada muy animada, si bien debo
reconocer que el vino, sumado a mi mala vista, provocó en mí una visión extraña
y peculiarmente coloreada del fenómeno. Sin embargo, a grandes rasgos los
resultados coincidieron y durante los días siguientes pude contratarlos en
repetidas ocasiones. ¡Galilei tenía razón!
¡Ah,
con cuánta agitación apoyé mi rostro en el magnífico instrumento! ¿Qué
ocurriría si los nuevos descubrimientos sólo sirvieran para demostrar que me
equivoqué en mis caras pretensiones sobre la verdadera naturaleza de las cosas?
El pavor era infundado. Sí, Júpiter tiene lunas; sí, en el firmamento hay
muchas más estrellas que las que el ojo percibe con la ayuda de instrumentos;
sí, sí, la luna está hecha de materia parecida a la de la tierra: de todos
modos, la forma de la realidad sigue siendo tal como siempre me pareció. La
tierra ocupa el lugar más distinguido en el universo porque rodea el sol en el
espacio intermedio entre los planetas y, a su vez, el sol representa el sitio
intermedio de reposo en un espacio esférico rodeado de estrellas fijas. Todo
está regulado según las leyes eternas de la geometría, que es única y eterna,
imagen de la mente de Dios. He visto todo esto y me siento en paz… pero no
tengo nada que agradecerle a Galileo.
Vivimos
tiempos extraños y maravillosos porque estas transformaciones se forjan en
nuestra perspectiva de la naturaleza de las cosas. Pero debemos ceñimos al
hecho de que sólo se trata de una visión que se expande y se altera, sin ser la
cosa misma. Es curiosa la facilidad con que nosotros, pequeñas criaturas,
confundimos la apertura de nuestros ojos con la aparición de una nueva
creación: semejamos niños que cada mañana, al despertar, imaginan que el mundo
se rehace.
Su
amigo, señor,
Johannes
Kepler
Edificios
Cramer
Praga
Abril
de 1610
Frau
Katharina y Heinrich Kepler: en Weilderstadt
Madre
mía: no importa por qué canales, pero he recibido informes malsanos y
espeluznantes sobre tu conducta. Aunque ya habíamos hablado de esta cuestión,
parece que debo intervenir nuevamente y por la fuerza. ¿No estás enterada de lo
que se dice de ti en Weil y sus cercanías? Aunque tu propia seguridad no te
preocupe, piensa al menos en tu familia, en mi posición y en la de tus hijos e
hija. Sé que Weil es un lugar pequeño y que le darán a la lengua sin tener en
cuenta si el escándalo es real o inventado por mentes perversas, razón de más
para tener cuidado. En estos días nos enteramos que cada vez llevan más gente a
la hoguera en Suabia. No te engañes: nadie está a salvo de la amenaza de las
llamas.
Ursula
Reinbold, la esposa del vidriero, ha hecho correr la voz de que una vez,
después de beber en tu casa, enfermó de horribles flujos y afirma que la
envenenaste con un bebedizo mágico. Sé que está desequilibrada, que tiene mala
fe y que su enfermedad probablemente se debió a un aborto… pero este tipo de
historias comienza con gente como ella y, con el paso del tiempo, adquieren la
apariencia de verdad en la mente de la mayoría. Al enterarse de la acusación de
la señora Reinbold, otros opinan que también tienen motivos de queja contra ti.
En momentos como éste, en que los astros son desfavorables, surge una especie
de locura que se apodera de la gente. Además, ¿qué mal le hiciste a la esposa
del vidriero? Asegura que la engañaste y aparentemente ahora abriga un odio
profundo contra toda nuestra familia. También me han dicho que Christoph estuvo
liado con ella… ¿qué hace el joven tonto relacionándose con mujeres como la
señora Reinbold?
Hay
algo más. El maestro Beutelspacher dice que bebió algo en tu casa y que ese
trago provocó su debilidad. (A propósito, ¿en qué consiste esa bebida con la
que parece que has emborrachado a todo el pueblo?). Bastian Meyer afirma que
diste una loción a su esposa y que, después de aplicársela, sufrió una
enfermedad persistente y murió. Christoph Frick, el carnicero, asegura que un
día, después de cruzarse contigo por la calle, súbitamente sintió dolores en la
pierna. El sastre Daniel Schmid te acusa de la muerte de sus dos hijos porque
entraste en su casa sin motivo y, en una lengua extraña, susurraste
invocaciones sobre la cuna. Schmid también afirma que cuando sus hijos
enfermaron enseñaste a su esposa una plegaria que debía pronunciar con luna
llena, bajo el cielo, en el campo santo, plegaria que curaría a los niños que,
a pesar de todo, murieron. ¡Lo más disparatado que me han dicho es que tú,
Heinrich, declaraste que nuestra madre había provocado la muerte de un ternero
y que luego quiso preparar el asado con el cadáver! ¿Qué está pasando? Ah, sí,
madre, algo más: un sepulturero de Eltingen sostiene que durante una visita a
la tumba de tu padre, le pediste que desenterrara el cráneo para montarlo en
plata y regalármelo convertido en copa. ¿Es verdad? ¿Te has vuelto loca?
Heinrich, ¿qué sabes de estos asuntos? Estoy fuera de mí de inquietud. Me
pregunto si no será mejor que me traslade a Suabia e investigue personalmente.
La situación es cada vez más difícil. Madre, te suplico que permanezcas en
casa, no hables con nadie y, sobre todo, te dejes de curaciones y de preparar
pociones. Envío esta carta directamente a Herr Raspe, como haré en el futuro,
porque me han dicho que antes, pese a mis instrucciones, habéis pedido a
Beutelspacher — ¡ni más ni menos que a él!— que os leyera mis cartas.
Cuídate
de una buena vez y reza por aquel que es
tu
amante hijo,
Johannes
(Herr
Raspe: le agradezco la información. ¿Qué puedo hacer? ¡Estoy tan seguro como de
que hay Dios que la enviarán a la hoguera! Adjuntos los emolumentos de
costumbre).
Praga
Noviembre
de 1609
H.
Röslin: en Buchsweiler, Alsacia
Después
de haber leído tu última carta se me ocurren varias ideas, pero he de guardarme
la mayoría por miedo de encolerizarte un poco más. Me duele recibir la
hostilidad de tu reacción a mi Antwort auff Röslini discurs: amigo mío, te
aseguro que no pretendía ser un ataque ad hominem. Temo que por momentos mi
lengua adquiere un filo brusco y grosero, sobre todo si estoy nervioso o
simplemente entusiasmado por el tema en cuestión, como es el caso en esta
última instancia. En mi opúsculo pretendía definir lo más claramente posible mi
actitud hacia la astrología. Ni se me pasó por la cabeza que estaba condenando
ni condonando dicha ciencia, de la que eres adalid tan ardiente. ¿Realmente
dije en mi última carta que sólo era una nueva argucia? ¡No sé qué hay en mí
que me lleva a decir semejantes cosas! Por favor, acepta mis disculpas. En ésta
intentaré, lo más breve y concisamente posible, reparar la ofensa y expresarte
mi más sincera opinión sobre el asunto.
Supongo
que te interesará saber que en este mismo momento estoy ocupado en la redacción
de otra Respuesta, ¡en esta ocasión, a un ataque a los astrólogos! Feselius,
médico de cabecera de la persona a la que está dedicado tu Discurs, ha
presentado un acerbo ataque a la totalidad de la astrología, a la que repudia.
¿No te sorprende saber que en mi última Antwort intervengo en defensa de esas
andanadas? En contra de lo que pareces pensar, te aseguro que no sustento que
la totalidad de dicha ciencia sea inútil. Feselius, por ejemplo, afirma que
astros y planetas fueron colocados por Dios como señales para determinar el
tiempo y, por consiguiente, al escudriñar las estrellas los astrólogos asignan
una intención errónea al Señor. También sostiene que la teoría de Copérnico se
opone a la razón y a las Sagradas Escrituras. (Supongo que en esta última
afirmación coincides con él. Perdóname, amigo, el sarcasmo me resulta
irresistible). Lo antedicho es pura tontería. Feselius es un individuo necio y
pomposo y me propongo despacharlo de una rápida estocada. Sólo lo menciono para
que te des cuenta de que no soy del todo indiferente a tus opiniones.
Me
interesa tu afirmación de que, detrás del mundo visible, existe otro mundo de
la magia que no nos es dado ver salvo en los pocos casos en que se nos permite
presenciar actividades mágicas en plena acción. No estoy de acuerdo. Röslin,
¿no te das cuenta de que, por ejemplo, la magia del así llamado cuadrado mágico
no es más que disponer números de cierta manera para que produzcan
configuraciones maravillosas… y que eso es todo? Ningún efecto de esa magia se
traspasa al mundo. El verdadero misterio y milagro no consiste en que los
números influyan sobre las cosas (¡que no es así!), sino en que expresan la
naturaleza de las cosas; que el mundo inmenso, variopinto y aparentemente
regido por el azar, en sus reglas básicas está sujeto a la precisión y el orden
rigurosos de las matemáticas.
Para
mí lo importante no es que el firmamento estimule el instinto innato, sino el
intelecto humano. La búsqueda del conocimiento encuentra relaciones geométricas
en la naturaleza, que Dios, a la hora de crear el mundo, extrajo, por así
decirlo, de sus propios recursos. Por consiguiente, investigar la naturaleza
consiste en rastrear relaciones geométricas. Como en su infinita bondad Dios no
pudo descansar de su trabajo, jugó con las características de las cosas y se
copió a sí mismo en el mundo. Ésta es una de mis ideas, al margen de que toda
la naturaleza y toda la elegancia celeste estén o no simbolizadas en la
geometría. (Supongo que es la base de todas mis convicciones). Y así,
instintivamente o a sabiendas, el creado imita al Creador: la tierra al hacer
cristales, los planetas al organizar sus hojas y sus flores, el hombre con su
actividad creativa. Todos estos actos son como un juego de niños, sin propósito
ni designio, manan de un impulso interior, de un gozo simple. Y el espíritu que
lo contempla se encuentra y se reconoce en aquello que crea. Sí, Röslin, sí:
todo es juego.
Vale
Johannes
Kepler
Praga
Día
de los Difuntos de 1608
Dr.
Michael Maestlin: en Tubinga
He
recibido su bella y conmovedora carta, por la cual le estoy muy agradecido,
aunque confieso que me ha apenado profundamente. Durante mucho tiempo, y a
pesar de que le escribí con frecuencia, no he tenido noticias suyas. De
repente, como si el resentimiento y la irritación lo incitaran, llega esta
extraña despedida. ¿Acaso he alcanzado un escalón tan elevado y una posición
tan distinguida que, si se me antojara, podría mirarlo por encima del hombro?
Vamos, señor, ¿qué significa esto? Es usted mi primer maestro y mecenas y me
gustaría seguir pensando que es mi amigo más antiguo. ¿Cómo podría mirarlo por
encima del hombro? ¿Por qué lo haría? Asegura que en ocasiones mis preguntas
han sido demasiado sutiles para que su sabiduría y sus dotes las captaran: maestro,
estoy convencido de que si hubo cosas que no entendió, la falta fue mía, mi
expresión se tomó torpe y confusa o tal vez mis propios pensamientos eran
insensatos. ¿De modo que sólo entiende su modesto oficio? En este sentido, sólo
diré lo siguiente: comprendió la obra de Copérnico en una época en que otros,
cuyos nombres posteriormente han sondado mucho en el mundo, ni siquiera habían
oído hablar, del habitante de Ermland ni de sus teorías. ¡Vamos, mi querido
doctor, basta de tonterías, no las acepto!
De
todas maneras, en el tono de su carta hay algo que resulta imposible negar.
Estoy convencido de que, a este respecto, la culpa es de mi temperamento.
Siempre me ha ocurrido lo mismo: pese a mis esfuerzos, me cuesta trabajo hacer
amigos y cuando los encuentro soy incapaz de retenerlos. Cuando conozco a los
que creo que podría amar, actúo como un perrillo, meneo la cola, dejo colgar la
lengua y muestro los blancos de los ojos. Pero tarde o temprano me enfurezco y
gruño. Soy rencoroso y muerdo a los demás con mi sarcasmo. ¡Pardiez, si hasta
me gusta roer cosas duras y desechadas, huesos y mendrugos de pan, y siempre he
sentido un horror perruno por los baños, las tinturas y las lociones! Así,
¿cómo puedo pretender que la gente me quiera por lo que soy si lo que soy es
tan despreciable?
Quise
a mi manera a Tycho el Danés, aunque creo que jamás se enteró: por cierto,
nunca intenté decírselo pues estaba muy ocupado intentando morder la mano, su
mano, la que me daba de comer. Fue un gran hombre cuyo nombre perdurará por los
siglos de los siglos. ¿Por qué no quise decirle que reconocía su grandeza?
Discutimos desde el principio y entre nosotros nunca hubo paz, ni siquiera el
día de su muerte. Es verdad que deseaba que yo basara mi trabajo en su sistema
del mundo y no en el de Copérnico, algo que me resultaba imposible. Sin
embargo, ¿no podría haber disimulado, mentido un poco por su propio bien,
apaciguado sus temores? Desde luego que fue un hombre arrogante, lleno de
dobleces y malicia y que me trató mal. Pero ahora comprendo que era su modo de
ser, como el mío es el mío. Pero no me llamo a engaño: sé que si ahora
resucitara y volviera a estar a mi lado, se repetirían las viejas disputas. No
me expreso bien. Intento explicar qué me pasa, que sólo gruño para proteger lo
que considero precioso y que preferiría menear el rabo y ser amigo de todos.
En
su opinión, me considero un personaje excelso. Pues se equivoca. Nunca he
tenido cargos ni honores grandes. Vivo en el escenario del mundo como un simple
particular. Si logro sacar de la corte una parte de mi salario, me alegro de no
vivir exclusivamente de mi peculio. En cuanto a lo demás, defiendo la actitud
de no servir al emperador, sino a toda la raza humana y a la posteridad. Con la
esperanza de que así sea, desdeño con secreto orgullo todos los honores y los
cargos y también las cosas que conllevan. Considero como único honor el hecho
de que, por decreto divino, me he encontrado cerca de las observaciones de
Tycho.
Le
suplico que olvide todo desaire infligido por la ignorancia de
su
amigo,
K
Casa
Wenzel
Praga
Navidades
de 1606
Hans
Georg Herwart von Hohenburg: en Münich, Salve.
Me
temo que ésta será una breve misiva para desear a usted y su familia la
felicidad digna de fecha tan señalada. Como la corte está ajetreada con los
preparativos de las festividades, de momento se ha olvidado de mí y dispongo de
un poco de tiempo para continuar mis estudios privados sin temor a ser
importunado. ¿No es extraño que en el momento más inesperado la facultad
especulativa, que acaba de aterrizar de un vuelo largo y fatigoso, emprenda
súbita e inmediatamente el vuelo una vez más y se encumbre a alturas aún
mayores? Después de terminar la Astronomia nova y a la espera de uno o dos años
de tan necesario descanso y recuperación, aquí me tiene, retomando con renovado
fervor aquellos estudios de la armonía del mundo que interrumpí hace siete años
con el propósito de resolver la tareílla de fundar la nueva astronomía.
Como
estoy convencido de que desde el principio la mente contiene en su seno las
formas básicas y esenciales de la realidad, no es sorprendente que, antes de
tener una idea clara sobre el contenido, ya haya concebido la forma del libro
que proyecto. Siempre me pasa lo mismo: ¡en el principio está la forma! Por
consiguiente, preveo una obra dividida en cinco partes que se corresponden con
los cinco intervalos planetarios, al tiempo que la cantidad de capítulos de
cada parte se basará en las cantidades significativas de cada uno de los cinco
sólidos regulares o platónicos que, según mi Misterium, encajan en dichos
intervalos. Además, como adorno y para presentar los debidos respetos, propongo
que las iniciales de los capítulos contengan en forma de acróstico los nombres
de ciertos famosos. Aunque es posible que, en el calor de la composición, haya
que abandonar el grandioso diseño. No tendrá importancia.
He
adoptado como lema aquella frase de Copérnico en la que se refiere a la
maravillosa simetría del mundo y a la armonía existente en las relaciones del
movimiento y la magnitud de las órbitas planetarias. Y me pregunto en qué
consiste dicha simetría. ¿Cómo es posible que el hombre perciba esas
relaciones? Creo que esta última pregunta halla rápida respuesta: acabo de
darla hace un momento. El alma contiene en su naturaleza intrínseca las
armonías puras en tanto prototipos o paradigmas de las armonías perceptibles
por los sentidos. Puesto que esas armonías puras son una cuestión de
proporciones, deben existir figuras comparables entre sí: deduzco que son el
círculo y esas partes del círculo que se derivan al cortar arcos. En
consecuencia, el círculo es algo que sólo ocurre en la mente: el círculo que
dibujamos con el compás no es más que la representación inexacta de una idea
que la mente llevaba dentro de sí como realmente existente. En este punto,
estoy firmemente en desacuerdo con Aristóteles, que afirma que la mente es una
tabula rasa en la que se escriben las percepciones sensoriales. Es un error, un
error. La mente aprende de sí misma todas las ideas y figuras matemáticas y
mediante signos empíricos sólo recuerda lo que ya conoce. Las ideas matemáticas
son la esencia del alma. A partir de sí misma, la mente concibe la
equidistancia desde un punto y entonces hace, por sí misma, la representación
del círculo, sin la menor percepción sensorial. Permítame plantearlo de la
siguiente manera: si la mente no hubiese compartido nunca un ojo, para concebir
las cosas situadas fuera de sí reclamaría un ojo y prescribiría leyes propias
para su formación. El reconocimiento de cantidades, innato en la mente,
determina cómo debe ser el ojo y, en consecuencia, el ojo es así porque la
mente es así y no a la inversa. La geometría no se recibió a través de los
ojos: ya estaba dentro.
Éstas
son algunas de mis preocupaciones actuales. En el futuro tendrá mucho que decir
sobre el tema. De momento, mi esposa desea que el gran astrónomo vaya al pueblo
a comprar una oca.
Fröhliche
Weihnachten!
Johannes
Kepler
Loretoplatz
Colina
del Hradschin
Praga
Domingo
de Resurrección de 1605
David
Fabricius: en Friesland
Como
he postergado tanto mi promesa de enviarle una carta, está bien que me siente
ahora, en la celebración de la redención, para hablarle de mi triunfo. Mi
querido Fabricius, ¡cuán ciego he sido! En todo momento tuve en mis manos la
solución del misterio de la órbita de Marte y me habría bastado con abordar las
cosas desde el ángulo correcto. Transcurrieron cuatro largos años desde el
momento en que reconocí la derrota por aquel error de 8 minutos de arco hasta
mi retomo al problema. En mi ínterin, sin duda, adquirí mucha habilidad en
geometría e inventé muchos y novedosos métodos matemáticos que resultaron de un
valor incalculable para la renovada campaña marciana. El ataque decisivo llevó
dos, casi tres años más. Si mis circunstancias hubiesen sido mejores, tal vez
lo habría hecho más rápido, pero sufrí una infección de la vesícula biliar y
estuve ocupado con la Nova de 1604 y el nacimiento de un hijo. De todas
maneras, la verdadera causa del atraso fue mi necedad y mi ceguera. Me duele
reconocer que, incluso después de resolver el problema, no reconocí la
solución. ¡Mi querido doctor, así progresamos, a golpe de errores, como en un
sueño, como niños sabios sin desarrollar!
Una
vez más intenté atribuirle a Marte una órbita circular y fracasé. La conclusión
fue, lisa y llanamente, que la órbita del planeta se curva hacia adentro por
ambos lados y vuelve a curvarse hacia afuera en los extremos. No vacilo en
reconocer que esa figura oval me aterrorizó. Era contraria al dogma del
movimiento circular, que los astrónomos han defendido desde los inicios de
nuestra ciencia. Pero las pruebas que acumulé eran innegables. Sabía que lo que
valiera para Marte también se aplicaría al resto de los planetas, incluido el
nuestro. La perspectiva era abrumadora. ¿Quién era yo para contemplar la idea
de rehacer el mundo? ¡Y qué trabajo! Ciertamente, había despejado las tablas de
epiciclos, movimientos retrógrados y todo lo demás y me encontré con una única
carretera de estiércol, es decir, ese óvalo… ¡y qué hedor despedía! ¡Me tocaba
situarme entre los varales y acarrear personalmente la fétida carga!
Luego
de unos trabajos preliminares llegué a la conclusión de que el óvalo tenía
forma de huevo. Ciertamente, dicha conclusión exigía algunos malabarismos
geométricos, pero no se me ocurrió otro modo de imponer una órbita oval a los
planetas. En mi opinión, era maravillosamente plausible. Para hallar la
superficie del dudoso huevo, calculé 180 distancias entre Marte y el sol y las
sumé. Repetí 40 veces la operación. Y volví a fracasar. A continuación pensé
que la verdadera órbita debía rondar la figura del huevo y la circular, cual si
se tratara de una elipse perfecta. A esa altura estaba frenético y me aferraba
a cualquier idea peregrina.
Entonces
sucedió algo extraño y maravilloso. Las dos formas de hoz o de pequeño satélite
que existían entre los lados aplastados del óvalo y la órbita circular ideal
presentaban en su punto más espeso un ancho que equivalía a 0,00429 del radio
del círculo. Ese valor me resultó extrañamente conocido (no sé explicar por
qué: ¿fue una premonición entrevista en un sueño olvidado?). Me interesé por el
ángulo que formaban la posición de Marte, el sol y el centro de la órbita y
comprobé azorado que el secante ascendía a 1,00429. La reaparición del valor
0,00429 me permitió saber en el acto que existe una relación fija entre dicho
ángulo y la distancia entre el sol, relación que se sustenta en todos los
puntos de la órbita del planeta. Por fin, mediante el empleo de esa proporción
fija disponía de un medio de calcular la órbita marciana.
¿Piensa
que ahí acabó la historia? Esta comedia tiene un último acto. Al tratar de
construir la órbita utilizando la ecuación que acababa de descubrir cometí un
error geométrico y volví a fracasar. Desesperado, deseché la fórmula con el
propósito de probar una nueva hipótesis, es decir, que la órbita fuera una
elipse. Después de construir dicha figura mediante medios geométricos, comprobé
que ambos métodos producían el mismo resultado y que, de hecho, mi ecuación era
la expresión matemática de la elipse. ¡Doctor, figúrese mi asombro, alegría y
azoramiento! ¡Había tenido la solución ante mis ojos y no la había reconocido!
Por fin pude expresar la cuestión en forma de ley sencilla, elegante y
verdadera: Los planetas se desplazan en elipses con el sol en un foco.
Dios
es grande y yo soy su siervo, como también soy
su
humilde amigo,
Johannes
Kepler
Capítulo
5
Somnium
Languidecía
la tarde cuando por fin llegó a Ratisbona. La lluvia delgada caía oblicuamente
en medio del ocaso de noviembre y cubría con una piel plateada su capa, el
pantalón y las lacias crines del rocín. Cruzó el Steinerne Brucke para salvar
el taciturno oleaje del Danubio. Difusas figuras sin rostro y decididas se
cruzaron con él por las calles. En sus oídos resonaba un zumbido agorero y le
temblaban las manos al sostener las riendas escurridizas. Se convenció de que
todo era producto de la fatiga y el hambre: no podía darse el lujo de enfermar,
ahora no podía. Había ido para abordar al emperador, para reclamar el pago de
lo que le debían.
Los
faroles estaban encendidos en casa de Hillebrand Billig. De lejos divisó las
ventanas amarillas, al ventero y a su esposa. Era una imagen surgida de un
sueño: la luz que brillaba en medio de la penumbra amarronada y la lluvia, y
las personas que aguardaban su llegada. El viejo caballo tosió y chacoloteó
hasta detenerse. Hillebrand Billig lo contempló desde la puerta.
—Vaya,
señor, no lo esperábamos hasta mañana.
Siempre
igual: demasiado tarde o demasiado pronto. No sabía con certeza cuál era el día
de la semana.
—
¡Pues aquí estoy! —Golpeó contra el suelo sus pies entumecidos, con los ojos
llenos de lágrimas a causa del frío.
Lo
pusieron a secar en la cocina, junto al fuego, provisto de una bandeja con
jamón y alubias, una jarra de ponche, de medio litro, y un cojín para sus
almorranas al rojo vivo. A sus pies un perro anciano echaba una cabezada y
jadeaba y gruñía en medio del sueño. Billig, hombre corpulento, de barba negra
y vestido con ropa de cuero, revoloteaba a su alrededor. Frau Billig estaba
paralizada de timidez delante del fogón y sonreía a sus trastos. Kepler ya no
recordaba cómo ni cuándo había conocido a esa pareja. Daba la impresión de que
estaban allí desde siempre, como los padres. Sonrió vacuamente al fuego. Los
Billig eran veinte años más jóvenes. El año próximo cumpliría sesenta.
—Me
dirijo a Linz —explicó.
Acababa
de recordarlo. Tenía que cobrar los intereses de unos bonos austríacos.
—
¿Pasará unos días en casa? —preguntó Hillebrand Billig. Añadió con pesada
tunantería—: Ja, como sabe, la tarifa es barata. —Era el único chiste que sabía
y no se hartaba de repetirlo—. ¿No es verdad, Arma?
—Sí,
claro —logró responder Frau Billig—. Doctor Kepler, aquí siempre será bien
recibido.
—Gracias
—murmuró Kepler—. Pues sí, pasaré unos días aquí. Tengo que ver al emperador,
me debe dinero.
Los
Billig quedaron impresionados.
—Su
majestad regresará muy pronto de Praga —dijo Hillebrand Billig, que se
enorgullecía de estar al tanto de esos asuntos—. Por lo que me han dicho, el
congreso ha terminado sus sesiones.
—Indudablemente
daré con él. Lo que no sé es si estará dispuesto a saldar su deuda conmigo. —Su
Majestad estaba ocupada con cuestiones más importantes que el salario adeudado
al matemático imperial. De pronto Kepler se incorporó inquieto y derramó el ponche.
¡Las alforjas! Se puso de pie y echó a andar hacia la puerta—. ¿Dónde está mi
caballo? ¿Qué se ha hecho de mi caballo? —Billig lo había enviado a las
cuadras—. ¡Y las alforjas, las las… mis alforjas!
—El
mozo las traerá.
—Ay
—gimió Kepler y se movió de un lado a otro. Todos sus papeles estaban en esas
carteras, incluida la orden imperial timbrada y sellada del pago de 4000
florines que la corona le debía. La ínfima punta de algo inefable se dejó ver
fugazmente con una mueca correcta y se esfumó. Kepler volvió a sentarse
espantado—. ¿Cómo?
Hillebrand
Billig se inclinó a su lado y dijo con toda claridad:
—He
dicho que iré personalmente a buscar sus alforjas, ¿de acuerdo?
—Ah.
—Doctor,
¿se encuentra mal?
—No,
no… gracias.
Johannes
tiritaba. Evocó un repetido sueño de la infancia en el que sin prisa se
desplegaba ante él la serie de torturas y catástrofes más atroces, mientras
alguien a quien no podía ver observaba sus reacciones con regocijo y atención
casi amistosa. En ese momento la visión —por llamarla de algún modo— se pareció
a la de otrora, con el mismo floreo hábil y la misma sensación de encubierto
regodeo. Seguramente se trataba de algo más que mero miedo por sus
pertenencias. Tembló. — ¿Cómo? —Frau Billig le había dicho algo—. Disculpe,
señora, pero no la he oído.
— ¿Y
su familia? —Repitió en voz más alta, sonrió nerviosa y se alisó el mandil—. ¿Y
Frau Kepler y los niños?
—Ah,
están muy bien, muy bien, sí. —Un ligero espasmo, casi una punzada de dolor lo
recorrió de la cabeza a los pies. Tardó un instante en identificarlo: ¡la
culpa! Como si a estas alturas aún no la conociera—. Últimamente hemos
celebrado una boda.
Hillebrand
Billig regresó con la barba mojada por la lluvia y depositó las alforjas junto
al hogar.
—
¡Ah, qué bien! —Masculló Kepler—. Ha sido muy amable. —Puso los pies sobre las
alforjas y dirigió los dedos hacia las llamas: que sus sabañones sufrieran un
poco, se lo merecían—. Sí, una boda. Nuestra querida Regina nos ha dejado.
—Miró a los Billig que, desconcertados, guardaron silencio—. ¿Pero qué estoy
diciendo? Me refiero, por supuesto, a Susan. —Tosió y lanzó un escupitajo. Le
daba vueltas la cabeza—. El matrimonio se estableció en el cielo, cuando Venus
habló al oído de mi joven ayudante, Jakob Bartsch, también astrónomo y doctor
en medicina. —Cuando la diosa se dio por vencida al ver que ese Adonis era un
ejemplar realmente tímido, el propio Kepler asumió la tarea. También entonces
había sufrido punzadas de culpa. ¡Cuántas intimidaciones! Se preguntó si había
actuado correctamente. Había mucho de su madre en esa niña. ¡Pobre Bartsch!—.
El joven Ludwig, mi hijo mayor, también estudiará medicina. —Hizo una pausa—.
Yo tampoco estuve ocioso: el último abril he tenido otro hijo, una niña —añadió
y miró al fuego con timidez.
Frau
Billig sacudió las perolas sobre el fogón: desaprobaba a la joven esposa de
Kepler, lo mismo que Regina. Ésta le había escrito: Sería un matrimonio si mi
Herr Padre no tuviera hijos. ¡Vaya modo curioso de expresarlo! Había visto
demasiadas cosas en esa carta, era excesiva. Sueños insensatos y pecaminosos.
Regina aludía una vez más a la condenada herencia. Le había contestado que se
ocupara de sus asuntos, que se casaría en el momento que quisiera y con quien
le diera la gana. Pero… ah, Regina, lo que no pude expresar es que me recordaba
a ti.
El
nombre Susanna había aparecido tres veces en su vida: dos hijas, una muerta en
la infancia y otra casada ahora y, por fin, una esposa. Alguien había intentado
decirle algo. Quienquiera que fuese, tenía razón. La había escogido entre once
candidatas. ¡Once! Sólo después se dio cuenta de la parodia. Ya no las
recordaba a todas. Le habían ofrecido varias candidatas: la viuda Pauritsch de
Kunstadt, que intentó aprovecharse de sus hijos sin madre en propio beneficio;
las madre y la hija, ansiosas cada una de venderle a la otra; María, la gorda
de los rizos; la mujer de Helmhard, con formas de atleta, y otras con títulos,
cuyo nombre ya no recordaba, una Gorgona de tomo y lomo: todas con ventajas,
casas y padres ricos y, pese a la oposición universal que encontró, eligió a
una huérfana pobre de pedir, Susanna Reuttinger de Eferding. Hasta su tutora,
la baronesa Von Starhemberg, la consideró una pareja demasiado humilde para
Kepler.
Susanna
tenía 24 años la primera vez que la vio en casa de los Starhemberg en Linz: era
una muchacha alta, ligeramente desgarbada, guapa y de mirada vivaz. Su silencio
lo perturbó. Aquel primer día apenas pronunció palabra. Kepler había imaginado
que se reiría de él: un hombre menudo, maduro y tiquismiquis, con mala vista y
la barba salpicada de gris. Pero lo atendió con una especie de tierna
intensidad, le dedicó sus solemnes ojos grises y su boca curvada hacia abajo.
No se trataba de que se parecía mucho a Regina, sino de que había algo, un aire
de ordenada reserva que lo conmovió. Era hija de un ebanista, como tú, como tú.
—Hemos
puesto a la niña el nombre de Anna María —dijo y Anna Billig se dignó sonreír—.
Creo que es un nombre muy bonito.
Susanna
le había dado siete hijos. Los tres primeros murieron poco después de nacer. En
ese momento se preguntó si había contraído matrimonio con otra Barbará Meller,
de soltera también Meller. Susanna se dio cuenta de lo que pensaba al
contemplarlo con esos ojos tristes y temerosos. Kepler tuvo la sospecha, y la
idea lo llenó de asombro, de que ella no estaba dolida por ese pensamiento,
sino preocupada por él y por su pérdida, su sentimiento de traición. ¡Pedía tan
poco! Susanna le había dado la felicidad. Y ahora la había abandonado.
—Sí,
un nombre muy bonito —repitió.
Cerró
los ojos. Las ráfagas de viento sacudieron la casa y creyó oír el ruido más
allá del tamborileo de la lluvia. El fuego le dio calor. Los gases atrapados
entonaron una débil melodía en lo más profundo de sus entrañas. Ese alivio
instintivo lo llevó a pensar una vez más en la niñez. ¿Por qué? En casa del
viejo Cebadlas había habido muy pocos y preciosos fuegos de troncos y vasos de
ponche. Acarreaba en su interior la visión de la paz y el orden perdidos, una
esfera de armonía que jamás existió pero para la cual la idea de la infancia
era una especie de aproximación. Eructó y rió para sus adentros por el
espectáculo que estaba dando: un viejo bobo y embrutecido por el alcohol, que
dormitaba con las botas puestas y divagaba acerca de los años perdidos. Debería
quedarse dormido con la boca burbujeante entreabierta y soltando un hilillo de
saliva, así completaría la imagen. Pero el fuego ardiente que rugía en su
trasero lo mantenía en vela. El perro aulló mientras soñaba con ratas.
—Bueno,
Billig, ¿ha dicho que el congreso de los electores concluyó sus sesiones?
—Así
es. Los príncipes ya han partido.
—Ya
era hora, han tardado seis meses. ¿Está garantizada la sucesión del joven
calavera?
—Eso
dicen, señor.
—En
ese caso, debo darme prisa para que su padre me abone lo adeudado.
Los
Billig celebraron la chanza, pero a desgana. Kepler se dio cuenta de que no se
dejaban atrapar por su estilo campechano. Se morían de ganas de saber el
verdadero motivo por el cual había huido de su casa y de su familia para
emprender esa aventura de locos. A él también le habría gustado saberlo. ¿Acaso
buscaba una compensación? La promesa de los 4.000 florines seguía en sus
alforjas y el lacre estaba intacto. Probablemente en esta ocasión le darían
otro trozo de pergamino igualmente inútil que haría compañía al anterior. Había
conocido a tres emperadores: al pobre Rodolfo; al usurpador Matías, hermano del
anterior, y ahora la rueda del infortunio había trazado un círculo completo y
ostentaba la corona su viejo enemigo Fernando de Estiria, azote de los
luteranos. Kepler jamás se habría acercado a él de no mediar la deuda impagada.
Habían transcurrido diez meses desde la última vez que lo abordó.
* *
* *
La
mañana había sido fría, el cielo parecía una glándula amoratada, en el cielo se
respiraba un regusto metálico y todo contenía la respiración bajo el asombro de
la nieve caída. Por el río se deslizaban blancos pero manchados cantos rodados
de hielo. Había permanecido despierto en la penumbra que precede al alba,
temerosamente atento a los témpanos que chocaban con la proa, a los crujidos,
los gemidos y las súbitas ráfagas de restallidos como lejanos disparos de
mosquetes. Atracaron con las primeras luces. En el muelle no había nadie, salvo
un perro mestizo de barriga hinchada que perseguía la resbaladiza guindaleza.
El gabarrero miró a Kepler con el ceño fruncido y su aliento a cebolla superó
el hedor que llegaba de la carga de pieles que trasladaba en la bodega. «A
Praga», había dicho con un ademán desdeñoso, como si en ese instante hubiese
fabricado la ciudad muda que se alzaba a sus espaldas, en medio de la helada
bruma. Kepler había regateado el precio de la travesía.
Acababa
de llegar de Ulm con los primeros ejemplares impresos de las Tabulae
Rudolphinae. Durante el viaje había hecho un alto en Ratisbona, donde Susanna
estaba alojada en la venta de los Billig. Era Navidad y hacía casi un año que
no veía a su esposa y a sus hijos, pero no podía quedarse de brazos cruzados.
Los jesuitas de Dillengen le habían mostrado cartas de sus sacerdotes en China,
cartas en las que solicitaban noticias sobre los últimos descubrimientos
astronómicos. De inmediato decidió componer un breve tratado para uso de los
misioneros. Los niños apenas lo recordaban. Hacía un alto en el trabajo cada
vez que percibía los ojos de los críos clavados en su espalda y en cuanto se
volvía los niños se escabullían, susurraban alarmados y se protegían en la
cocina de Anna Billig.
Había
querido seguir viaje solo, pero Susanna no se lo permitió. No se amilanó al
oírle hablar de tormentas de nieve y del río helado. Su vehemencia sorprendió a
Kepler:
—Me
da lo mismo que vayas a Praga caminando: caminaremos contigo.
—Pero…
—Nada
de peros… —insistió. Repitió con más ternura—: Querido Kepler, no quiero oír
más peros… —Sonrió.
Kepler
supuso que Susanna pensaba que no era bueno que pasase tanto tiempo solo.
—Eres
muy amable —musitó—, muy amable.
Johannes
siempre creyó a pies juntillas que los demás eran mejores que él: más
reflexivos, más honorables, un estado de cosas que no compensaba la apología
eterna de su vida. Su amor por Susanna era una especie de angustia inexpresable
que le comprimía el corazón, pero no bastaba, no bastaba, como todo lo que él
era y hacía. Le tomó las manos con los ojos llenos de lágrimas e, incapaz de
articular palabra, expresó con un asentimiento su embotada gratitud.
En
Praga se alojaron en La Ballena, junto al puente. Los niños tenían tanto frío
que ni siquiera lloraban. Los portuarios hicieron rodar desde el muelle, a
través de la nieve y la mugre, su querido barril con libros. Afortunadamente
los había envuelto con guata y había taponado las duelas con hule. Las Tablas
rudolfinas eran un bonito volumen tamaño folio. ¡Intermitentemente había
dedicado veinte años a esa obra! Sabía que contenía la mayor parte de su
persona, aunque no la mejor. Sus vuelos más excelsos estaban en La armonía del
mundo y en la Astronomia nova, incluso en el Misterium, su primer libro. Sabía
que había dedicado demasiado tiempo a las Tablas. Habría bastado un año, dos
como máximo, si se hubiese concentrado cuando murió el danés y dispuso de las
observaciones. Podría haber sido su salvación. Y ahora que todos estaban
demasiado ocupados cortándose mutuamente los cuellos para atender a obras de
ese tipo, podría considerarse afortunado si recuperaba los gastos de edición.
Aún quedaban algunos interesados… pero ¿qué les importaba convertir a los
chinos o, en este sentido, a los papistas? De todas maneras, marineros,
exploradores y aventureros honrarían su nombre. Siempre le había atraído la
idea de los audaces nautas desentrañando los gráficos y los diagramas de las
Tabulae, escudriñando con sus ojos penetrantes las páginas descoloridas. No
eran los astrónomos, sino los navegantes, los que daban vida a su obra. Durante
unos segundos su mente moraba en las inmensidades, sentía la quemazón del sol y
del viento salobre, oía aullar la tempestad en los aparejos: ¡y eso que él
nunca había visto el océano!
No
estaba preparado para los acontecimientos de Praga, para el nuevo espíritu que
campaba por sus respetos en la ciudad. La corte había retomado de su sede
vienesa para la coronación del hijo de Fernando como rey de Bohemia. Al
principio Kepler se mostró encantado y creyó que volvía la era de Rodolfo.
Había tenido miedo de ir a Praga, no sólo por el hielo que cubría el río. La
guerra era favorable a los bandos católicos y Kepler recordaba que, treinta
años antes, Fernando había perseguido a los herejes protestantes hasta
expulsarlos de Estiria. En palacio imperaba el ajetreo y una confusión casi
desenfrenada, justo donde esperaba encontrar sosiego y sigilo. ¡Y las
vestimentas! Las capas amarillas y los calcetines escarlata, los brocados, las
galas y las cintas púrpura: nunca había visto semejantes vestidos, ni siquiera
en tiempos de Rodolfo. Era como si se encontrase en medio de un engendro de
franceses. Y fue a través de la vestimenta como comprendió rápidamente cuánto
se había equivocado. No existía ningún espíritu nuevo, todo era un espectáculo,
un frenético homenaje que nada tenía que ver con la grandeza, sino con la
fuerza pura. Esos rojos y esos púrpuras sólo eran el sangriento distintivo de
la Contrarreforma. Y Fernando no había cambiado un ápice.
Si
Rodolfo le había recordado a una madre que chochea —sobre todo al final—, su
primo Fernando parecía una esposa insatisfecha. Pálido y barrigón, de piernas
frágiles, se mantuvo a distancia del astrónomo con actitud tensa y preocupada,
como si aguardara la llegada del catador para que probara un bocado antes de
correr el riesgo de acercarse. Era propenso a silencios interminables e
inquietantes, truco heredado de sus predecesores, oscuras charcas en cuyas
profundidades nadaban las formas indiscernibles del recelo y la acusación. Los
ojos miraban como centinelas precavidos que guardaban esa nariz gorda y
ridícula, su mirada era empañada y clara y, más que atravesado, Kepler se
sintió palpado. Se preguntó vanamente si la hosquedad imperial tenía que ver
con un estómago flatulento, ya que Fernando expulsaba suaves y ligeros eructos
que atrapaba con las yemas de los dedos como un prestidigitador que palmea
baratijas ilusorias.
Logró
mostrar un mórbido esbozo de sonrisa cuando Kepler se presentó ante él. Las
Tablas le gustaron: tenía pretensiones de sabiduría. Llamó a un secretario y,
con un ademán, dictó una orden por el pago de 4.000 florines en reconocimiento
a los esfuerzos del astrónomo y para cubrir los gastos de edición, añadiendo
incluso un memorándum en el sentido de que aún se le adeudaban 7.817 florines.
Musitando y sonriendo como un lelo, Kepler pasó el peso del cuerpo de un pie a
otro. La magnanimidad imperial siempre era una mala señal. Aunque Fernando lo
despidió con un ademán no poco amistoso, Kepler no se dio por enterado.
—Su
majestad ha sido muy amable y generosa —dijo—. No sólo me refiero a la pródiga
concesión. Denota un espíritu noble el hecho de que me mantenga en mi cargo de
matemático pese a profesar una fe que en su reino es anatema.
Sobresaltado
y algo alarmado, Fernando lo miró furtivamente. El título de matemático
imperial, que Kepler tenía desde la época de Rodolfo, ya no era más que una
formalidad pero, en medio de la guerra de confesiones, se proponía conservarlo.
—Sí,
sí… —dijo el emperador sin comprometerse—. Bien… —calló. El secretario miró a
Kepler con bronco regocijo y mordisqueó la punta de la pluma. Kepler se
preguntó si había cometido un error táctico. Ése era el tipo de solicitud de
que gustaba Rodolfo, indirecta y almibarada con halagos, pero estaba hablando
con Fernando. El emperador añadió—: Sí, bueno, su religión es… ah, una
incomodidad. Tenemos entendido que está pensando en la conversión. —Kepler
suspiró: la misma mentira de siempre. Permaneció en silencio. El regordete
labio inferior de Fernando se irguió hasta mordisquear una punta del bigote—.
En realidad, no tiene demasiada importancia. Todo hombre tiene derecho a
profesar aquello que… aquello que… —Reparó en la mirada impaciente y acosada de
Kepler y no tuvo arrestos para concluir la frase. El secretario tosió y ambos
se volvieron para mirarlo. Kepler se alegró de ver la rapidez con que de su
rostro se borró la mueca presuntuosa—. Pues no, no tiene importancia —insistió
el emperador y alzó una mano enjoyada—. Claro que la guerra crea dificultades.
El ejército y el pueblo nos miran en busca de guía y ejemplo y debemos ser…
cuidadosos. Supongo que lo comprende.
—Sí,
su majestad, por supuesto.
Claro
que lo comprendía. En la corte de Fernando no había espacio para él. De pronto
se sintió muy viejo y cansado. En el otro extremo del salón se abrió una
puerta. Entró una figura que caminó hacia ellos con las manos cruzadas a la
espalda e inclinada la cabeza para mirar las botas altas, negras y brillantes
que recorrían el mármol a cuadros del suelo. Fernando lo observó con algo
parecido al desagrado.
—Sigue
aquí —dijo como si le hubieran jugado una mala pasada—. Doctor Kepler, le
presento al general Von Wallenstein, nuestro comandante en jefe.
El
general hizo una reverencia y dijo:
—Señor,
me parece que lo conozco.
Kepler
lo miró sin entender.
—El
general cree que lo conoce —comentó Fernando y la idea le causó gracia.
—Creo
que sí, me parece que hemos tenido algún contacto —insistió el general—. Hace
mucho tiempo… diría que veinte años, por rutas sinuosas envié a cierto
astrónomo de Graz, cuya reputación conocía, la petición de que hiciera mi
horóscopo. El resultado fue impresionante: una relación completa y
sorprendentemente exacta de mi carácter y mis actos. Y fue aún más
impresionante porque pedí a mis agentes que no revelaran mi nombre.
Las
altas ventanas de la izquierda permitían la panorámica desde el Hradschin hasta
la ciudad bloqueada por la nieve. En una ocasión Kepler había estado
exactamente en el mismo sitio, ante la misma panorámica, junto al emperador
Rodolfo, evaluando el proyecto de las Tabulae Rudolphinae. ¡Cuán arteramente se
organiza todo! Lo recordaba.
—Señor,
como sabe, no fue difícil averiguar nombre tan eminente —comentó y sonrió
inseguro.
—Ah,
en ese caso sabía quién era yo. —Meneó la cabeza desilusionado—. Aun así, hizo
su trabajo maravillosamente bien.
El
emperador masculló y se alejó taciturno, abandonándolos con la actitud de un
chiquillo a quien un peleón le ha arrebatado la pelota. De todos modos, no era
un juguete muy apreciado.
—Vamos
—propuso el general y tomó a Kepler del hombro—. Me gustaría que habláramos.
Así
comenzó lo que se convertiría en una relación fugaz y tormentosa. Kepler se
admiró de la elegancia de la situación: había ido a buscar el mecenazgo del
emperador y le concedieron el de un general. No desagradeció la organización de
los destinos. Necesitaba amparo. Un año atrás había dicho su último y amargo
adiós a Linz.
* *
* *
No
es que Linz fuera el peor sitio del mundo. Es verdad que esa ciudad había sido
su desesperación durante catorce años y que al partir había pensado que sólo
sentiría alivio. Sin embargo, cuando llegó el día, una astilla de duda se clavó
en la carne viva de sus expectativas. Al fin y al cabo, en Linz estaban sus
mecenas, los Starhemberg y los Tschemembl. También tenía amigos, por ejemplo,
el pulidor de lentes Jakob Wincklemann. En aquella vieja casa oscurantista a la
vera del río había pasado muchas noches joviales bebiendo y soñando. Y Linz le
había dado a Susanna. Le apenaba pensar que él, matemático imperial, quedaría
reducido una vez más a enseñar a sumar a los mocosos y a los hijos duros de
mollera de los mercaderes, a dar clases en una escuela regional, pero aún en
eso había algo, la extraña sensación de que le daban una segunda oportunidad,
como si volviera a vivir los días de Graz y la Stiftsschule.
La
Alta Austria era un refugio para los exiliados religiosos del oeste. Linz casi
era una colonia de Württemberg. Allí estaban el jurista Schwarz y el secretario
regional Baltasar Gurald, ambos oriundos de Württemberg. Incluso apareció
fugazmente el médico Oberdorfer, un espectro corpulento y perturbado, con su
bastón, sus ojos claros y su aliento ponzoñoso; no aparentaba un día más que
aquella ocasión en la cual, hacía veinte años, había celebrado el oficio por la
muerte de los hijos de Kepler. Para demostrar que no le guardaba rencor, Kepler
ofreció al médico que hiciera de padrino en el bautismo de Fridmar, el segundo
hijo superviviente habido con Susanna. Oberdorfer abrazó a su amigo con los
ojos llenos de lágrimas y barbotó su agradecimiento. Kepler pensó que estaban
dando un espectáculo: el viejo impostor y el papá canoso fundidos en un abrazo
y soltando sandeces junto a la cuna del bebé.
Y en
Linz también vivía Daniel Hitzler. Era el pastor principal. Más joven que
Kepler, había estudiado en las mismas escuelas de Württemberg; por el camino
había atado los cabos de la escandalosa reputación que fue dejando su
turbulento predecesor. Kepler se sintió halagado porque Hitzler lo consideraba
muy peligroso. El pastor era un hombre rígido, que cultivaba la apariencia de
gran inquisidor. Sin embargo, había pequeñas señales que lo desmentían: la capa
negra era demasiado negra y la barba demasiado puntiagudamente puntiaguda.
Aunque Kepler solía tomarle el pelo, le tenía afecto y no le guardaba rencor,
lo cual resultaba extraño porque fue Hitzler quien lo hizo excomulgar.
En
todo momento Kepler había sabido que se toparía con semejante situación. En
cuestiones de fe no cedió un ápice. Como no estuvo plenamente de acuerdo con
ningún bando, fuera católico, luterano o calvinista, los tres lo consideraron
enemigo. Sin embargo, se consideró en comunión con todos los cristianos, se
llamaran como se llamasen, mediante el vínculo cristiano del amor. Observó la
guerra con la que Dios premiaba a una Alemania pendenciera y supo que tenía
razón. Siguió la Confesión de los Augsburgo y no quiso firmar la Fórmula de la
Concordia, que desdeñó por considerarla una negociación política, pura
palabrería que nada tenía que ver con la fe.
Efectos
y consecuencias lo obsesionaban. ¿Existía algún vínculo entre su lucha interior
y la crisis confesional tan extendida? ¿Era posible que, por alguna razón, sus
tormentos íntimos provocaran al enorme gigante negro que acechaba Europa? Su
fama de cripto-calvinista le había impedido acceder a una cátedra en Tubinga,
su luteranismo lo había obligado a desplazarse de Graz a Praga y de ésta a
Linz, y muy pronto esas temibles pisadas sacudirían los muros del palacio de
Wallenstein en Sagan, su último refugio. Durante el invierno de 1619 asistió
desde su atalaya de Linz al frustrado intento del palatino calvinista Federico
de arrancar a los Habsburgo la corona de Bohemia. Tembló tan sólo de pensar en
sus relaciones, tan débiles, con ese desastre. ¿Había contribuido a desviar la
mirada penetrante del gigante permitiendo que Regina se casara en el Palatinado
y dedicando Harmonice mundi a Jacobo de Inglaterra, suegro del monarca
Federico? Parecía un sueño de ésos en los que gradualmente comprendes que tú
has cometido el crimen. Sabía que se trataba de nociones burdamente
solipsistas, pero…
Hitzler
no estaba dispuesto a darle la comunión a menos que accediera a ratificar la
Fórmula de la Concordia. Kepler se sintió agraviado.
—
¿Reclama esta condición a todos los comulgantes?
Hitzler
lo miró con sus ojos acuosos, preguntándose quizá si vadeaba profundidades en
las que ese hereje nervioso podía ahogarlo.
—Señor,
se lo reclamo a usted.
—Si
fuera porquero o príncipe de sangre, ¿me lo exigiría?
—Usted
ha negado la omnipresencia del cuerpo de Cristo y ha reconocido que está de
acuerdo con los calvinistas.
—Hay
algunas cuestiones, escúcheme bien, algunas cuestiones en las que no disiento.
Rechazo la bárbara doctrina de la predestinación.
—Lo
caracteriza su acto de considerar la comunión como una señal de la fe
establecida en la Fórmula de la Concordia, al tiempo que contradice dicha señal
y defiende su contraria.
Hitzler
se consideraba orador. Kepler sintió un asco profundo.
—
¡Tonterías! Señor cura, mi argumento se limita a sostener que los predicadores
son demasiado altaneros y no acatan la simplicidad de toda la vida. ¡Lea a los
Padres de la Iglesia! El peso de la antigüedad será mi justificación.
—Doctor,
no es usted caliente ni frío, sino tibio.
La
controversia duró años. Se encontraban en casa de Kepler o en la de Hitzler y
discutían hasta la madrugada. Paseaban junto al río, Hitzler muy severo con su
capa negra y Kepler agitando los brazos y gritando. A pesar de todo,
disfrutaban y, hasta cierto punto, jugaban el uno con el otro. Cuando los
representantes de la Iglesia de Linz actuaron para destituir a Kepler de su
puesto en la escuela regional —de la que sólo lo salvó la influencia de los
barones, que coincidían con su posición—, Hitzler no hizo el menor intento de
ayudarlo, a pesar de que era inspector escolar. Entonces acabó el juego. Lo que
más enfureció a Kepler fue la hipocresía. Cuando salía de la ciudad y visitaba
las aldeas de los alrededores, nadie le negaba la comunión. En los pueblos
encontró sacerdotes amables y sencillos, demasiado ocupados en curar a los
enfermos o asistir al parto de los temeros de los vecinos para interesarse por
las sutilezas doctrinarias de los Hitzler de este mundo. Kepler apeló al
Consistorio de Stuttgart. Lo vetaron. Sólo le quedaba acudir personalmente a
Tubinga y recabar el apoyo de Matthias Hafenreffer, rector de la universidad.
Michael
Maestlin había envejecido mucho desde la última visita del antiguo discípulo.
Iba distraído, como si constantemente llamara su atención algo más acuciante.
Mientras Kepler relataba sus últimos contratiempos, el anciano se movía,
pidiendo disculpas furtivamente y haciendo esfuerzos por concentrarse. Meneó la
cabeza y suspiró.
—
¡Cuántas dificultades carga sobre sus espaldas! Recuerde que ya no es un
estudiante que discute en las tabernas y que proclama la rebelión. Hace treinta
años le oí decir las mismas cosas y nada ha cambiado.
—No,
nada ha cambiado —reconoció Kepler—, ni el mundo ni yo. ¿Prefiere que niegue
mis convicciones o que mienta y diga que acepto la moda del momento con tal de
estar cómodo?
Maestlin
apartó la mirada y apretó los labios. Bajo su ventana, en el jardín de la
universidad, el sol carmíneo de finales de otoño bruñía las hojas de los
árboles.
—Me
considera un viejo tonto y un alcahuete, pero he vivido honradamente y con
honor, lo mejor que pude —dijo Maestlin—. No soy un gran hombre ni he alcanzado
las cumbres por usted holladas… ya puede reír, pero es la verdad. Tal vez su
desdicha y la causa de sus problemas reposan en que hizo grandes cosas y
destacó. A los teólogos les trae sin cuidado que yo me burle de los dogmas,
pero si usted lo hace… bueno, eso es harina de otro costal.
Kepler
no tenía respuesta para ese comentario. Un rato más tarde llegó Hafenreffer.
Había sido profesor de Kepler en Tubinga y casi amigo. Kepler nunca lo había
necesitado tanto como en este momento, motivo por el cual entre ambos se
instauró una gran cautela. Si lograba poner de su parte al rector —y con él a
la Facultad de Teología—, el Consistorio de Stuttgart tendría que ceder porque
Tubinga era el centro de la conciencia luterana. Incluso antes de que el rector
hablara, Kepler comprendió que estaba perdido. Matthias Hafenreffer también
había envejecido y en él la acumulación de los años había sido un proceso de
refinamiento que lo afiló como un cuchillo. Era todo aquello que Hitzler jugaba
a ser. Aunque su saludo fue apático, dirigió a Kepler una aguda mirada.
Maestlin se puso nervioso por su antiguo discípulo y se paseó de aquí para
allá, llamando quejumbrosamente a sus criados. Como no aparecieron, se levantó
y preparó para los invitados una jarra de vino y una bandeja con pan. Pidió
disculpas por el humilde alimento. Hafenreffer sonrió al mirar la mesa y
comentó:
—Profesor,
es un banquete realmente adecuado. —Desconcertado, Maestlin lo miró nervioso.
El rector se dirigió a Kepler—: Dígame, doctor, ¿qué significa todo lo que me
han contado?
—Ese
hombre, Hitzler…
—Sí,
es muy entusiasta, pero también escrupuloso y un buen pastor.
—
¡Se ha negado a darme la comunión!
—A
menos que ratifique la Concordia, ¿verdad?
—
¡En nombre de Dios, me excluye por la sinceridad con que en un único artículo
reconozco que, en lo que se refiere a la omnipresencia del cuerpo de Cristo,
los Padres primitivos son más concluyentes que la Concordia! Puedo citar en mi
defensa a Orígenes, Fulgencio, Virgilio, Cirilo, Juan de…
—Sí,
sí, no me cabe la menor duda, conocemos la amplitud de su erudición. Pero en la
doctrina de la comunión se decanta por la concepción calvinista.
—Para
mí es evidente que la materia no es capaz de transmutación. El cuerpo y el alma
de Cristo están en el Cielo. Señor, Dios no es alquimista.
En
el silencio que se desencadenó, surgió la impresión de testigos fantasmagóricos
que miraban escandalizados y se cubrían las bocas con las manos. Hafenreffer
suspiró.
—De
acuerdo. Lo que dice es claro y honesto. Doctor, me pregunto si ha analizado
las repercusiones de lo que sustenta. En concreto me refiero a la consecuencia
de que, según esta… esta doctrina, convierte el sacramento de la comunión en un
mero símbolo.
Kepler
meditó.
—Yo
no diría mero. ¿No es el símbolo algo sacro, siendo a la vez sí mismo y otra
cosa más grande? ¿Acaso no podría decirse otro tanto del mismísimo Jesucristo?
Más
tarde llegó a la conclusión de que ese comentario lo decidió todo. La cuestión
duró un año más pero, al final, Hitzler ganó, Kepler fue excomulgado y
Hafenreffer rompió sus relaciones con él. El rector escribió: Si algún afecto
siente por mí, evite ese entusiasmo apasionado. Era un consejo sensato pero sin
pasión Kepler no habría sido Kepler. Lió el petate y partió rumbo a Ulm, donde
imprimirían las Tabulae Rudolphinae.
* *
* *
También
en otro sitio los Kepler habían atraído la mirada inyectada de sangre del
gigante. El invierno de 1616, después de años de murmuraciones y amenazas, las
autoridades suabas se decidieron a actuar oficialmente y a juzgar a su madre
por brujería. Frau Kepler huyó a Linz, con su hijo Christoph. Kepler estaba
horrorizado.
—
¿Por qué has venido? Lo tomarán como un reconocimiento de culpa.
—Hay
cosas peores —comentó Christoph—. Madre, díselo.
La
vieja desvió la mirada y se sorbió los mocos.
—
¿Puede haber algo peor? —Preguntó Kepler, que en realidad no deseaba
enterarse—. ¿Qué ocurrió?
—Intentó
sobornar al magistrado Einhorn —informó Christoph y se alisó una arruga del
jubón.
Kepler
buscó a tientas una silla y se sentó. Susanna le apoyó una mano en el hombro.
Einhorn. Toda su vida lo habían perseguido personas con ese tipo de apellidos.
—
¿Intentó sobornarlo? ¿Por qué? ¿Cómo?
Christoph
se encogió de hombros. Era quince años más joven que el astrónomo, bajo,
prematuramente barrigón, con la frente corta y los ojos de un extraordinario
matiz violeta. Había ido a Linz básicamente con el propósito de ver el mal rato
que pasaba su hermano al recibir las nuevas.
—Una
fulana, la hija de la Reinbold, asegura que empezó a sufrir dolores después de
que nuestra madre le tocó el brazo. Einhorn estaba preparando un informe para
el tribunal de justicia cuando madre le ofreció una copa de plata si lo
olvidaba. ¿No es así, mamá?
—
¡Jesús bendito! —exclamó Kepler débilmente—. ¿Y qué pasó?
—Como
era previsible, Einhorn se mostró encantado porque ha hecho muy buenas migas
con la facción de Reinbold y denunció inmediatamente el intento de comprar su
silencio, así como otros cargos. La situación es bastante grave.
—Nos
alegra ver que la situación no es tan grave como para preocuparte profundamente
—comentó Susanna.
Christoph
la contempló sorprendido. Ella afrontó su mirada y Kepler notó que los dedos de
su mujer se tensaban en su hombro.
—Calma,
calma, no discutamos —pidió y palmeó la mano de Susanna.
Katharina
Kepler tomó la palabra:
—Pues
no, Einhorn no está tan enfadado porque tú, tu hermana Margarete y su sagrado
marido, el pastor, habéis jurado que me abandonaréis voluntariamente si se
comprueba que estoy equivocada. Es lo que le habéis dicho al magistrado. ¡Qué
mala pasada!
Christoph
se ruborizó. Kepler lo observó con pesar, mas sin sorpresa. Nunca había llegado
a querer a su hermano.
—Debemos
pensar en nuestro buen nombre —declaró Christoph y se hizo fuerte—. ¿Qué cabía
esperar? Mamá estaba advertida. Durante el año pasado en nuestra parroquia han
quemado a una veintena de brujas.
—Que
Dios os perdone —murmuró Susanna y les dio la espalda.
Christoph
se fue poco después sin dejar de protestar. La vieja se quedó nueve meses. Fue
una temporada penosa. Ni la vejez ni el infortunio había mellado su lengua
afilada. Kepler la observaba con dolorosa admiración. Su madre no se hacía
ilusiones sobre el peligro que afrontaba y él estaba convencido de que, de una
manera retorcida, disfrutaba de todo. Nunca antes había recibido tantas
atenciones. Frau Kepler mostró un vivo interés por los detalles de la defensa
que Kepler se ocupó de organizar. No negó las pruebas en su contra, simplemente
cuestionó las interpretaciones.
—Sé
que esta zorra de Ursula Reinbold y los demás, Einhorn incluido, sólo buscan
apoderarse de mis pocos florines en cuanto perdamos el proceso. Como sabes,
Reinbold me debe dinero. Propongo que los ignoremos. Ya se hartarán de esperar.
Kepler
puso reparos.
—Madre,
ya te he dicho que el proceso fue enviado al tribunal ducal de Württemberg. —No
supo si reír o llorar con la llamarada de orgullo que iluminó los ojos de su
anciana madre—. En lugar de esperar, debemos reclamar una pronta audiencia. Son
ellos los que dan largas al asunto porque saben que penden de un hilo y
necesitan más pruebas. Ya han causado bastante daño. ¡Si hasta me acusan a mí
de interesarme por las artes prohibidas!
—Oh,
sí, claro, también tú debes pensar en tu buen nombre.
—
¡Por amor de Dios, mamá!
La
vieja giró el rostro y se sorbió los mocos.
—
¿Sabes cómo empezó todo? Porque defendí a Christoph ante la zorra de la
Reinbold.
—Sí,
ya me lo has dicho.
La
anciana pretendía volver a contárselo.
—Christoph
tenía algunos negocios con esa tribu y estalló una disputa. Por eso lo defendí.
Y ahora dice que me dejará en la estacada.
—Cálmate,
yo no te abandonaré.
Johannes
lanzaba cañoneos en todas direcciones: a Einhorn y a su pandilla, a sus
conocidos de la Facultad de Derecho de Tubinga, al tribunal de Württemberg. Las
respuestas fueron evasivas y lejanamente amenazadoras. Llegó a tener la
convicción de que los sumos poderes conspiraban para hacerle daño a través de
su madre. Tras ese miedo había otro aún más difícil de afrontar.
—Madre…
—Intentó aclararse y se retorció en el asiento—. Madre, hablemos claro, júrame
que… que…
La
vieja lo miró.
—
¿No me has visto pasear de noche por la ciudad a lomos de mi gato?
El
tribunal decidió que el juicio se celebrara en septiembre en Leonberg.
Christoph, que vivía allí, apeló de inmediato al tribunal ducal y logró que
trasladaran el proceso a la aldea de Güglingen. Cuando Kepler y su madre
llegaron, se llevaron a la vieja y la encadenaron, en compañía de dos guardias,
a una habitación de la torre de entrada. Los carceleros eran hombres alegres
que disfrutaban con su trabajo. Eran bien pagados con fondos de la propia
detenida. Al ver que los futuros daños y perjuicios mermaban, Ursula Reinbold
reclamó que sólo hubiera un guardia, al tiempo que Christoph y su cuñado, el
pastor Binder, le reprochaban a Kepler que los gastos se dispararan: Johannes
había insistido en que cambiaran todos los días la paja en que dormía su madre y
en que por la noche encendieran fuego. Se tomó declaración a los testigos y
enviaron las transcripciones a Tubinga, donde los amigos de Kepler de la
Facultad de Derecho llegaron a la conclusión de que, con esas pruebas, la
anciana debía ser nuevamente interrogada bajo amenaza de tortura. Un rojizo día
de otoño la condujeron a la cámara situada detrás del tribunal. La brisa
agitaba perezosamente la hierba, como un aleteo de alas invisibles. Se
encontraban presentes el magistrado Einhorn, un hombre menudo pero enjuto y
fuerte de la punta de cuya nariz colgaba una gota, así como varios empleados y
funcionarios judiciales. El grupo avanzó lentamente porque Frau Kepler aún
estaba bajo los efectos de las cadenas. Kepler la ayudó y, en vano, intentó
encontrar palabras de consuelo. En el trayecto desde Linz había leído Diálogo
sobre la música antigua y moderna, del padre de Galileo, y ahora recordaba
fragmentos de esa obra, cual si fueran melodías grandiosas y solemnes. Pensó en
las tristes canciones lanzadas al viento por los mártires que iban a la
hoguera.
Entraron
en un cobertizo bajo y con techo de paja. Estaba oscuro por contraste con la
luz del sol, salvo el rincón donde un brasero, cual algo vivo, palpitaba
impaciente y decidido. Súbitamente a Kepler le dolieron las muelas. Aunque el
aire era asfixiante, tuvo frío. El cobertizo le recordaba una capilla a raíz
del silencio, del arrastramiento de pies, las toses acalladas y la sensación de
espera ensimismada. Percibió un olor acre, mezcla de sudor y de brasa, y algo
más amargo y metálico que, supuso, era el hedor del miedo. Los instrumentos se
encontraban en una baja mesa de caballetes, agrupados según sus fines: las
empulgueras y los cuchillos relucientes, las varas de quemar, las tenazas. Eran
los útiles de un artesano. El torturador dio un paso al frente; se trataba de
un hombre fino, alto y de barba tupida, que también cumplía las funciones de
dentista en la aldea.
—Grüss
Gott —murmuró, se llevó un dedo a la frente y dirigió una mirada severa e
inquisitiva a la vieja.
Einhorn
carraspeó y soltó un agrio soplo que apestaba a cerveza. Con dificultades para
repetir la fórmula, se dirigió al torturador:
—Señor,
le encomiendo que presente a la mujer que aquí comparece los instrumentos de
percusión para que, por la gracia de Dios, recapacite y confiese sus delitos.
—Tenía el labio superior ancho y manchado, como una especie de aleta prensil, y
la gota que colgaba de la punta de su nariz brilló bajo el resplandor del
brasero. Los días que duró el proceso, ni una sola vez había mirado cara a cara
a Kepler. Titubeó, ese labio buscó palabras inútilmente y al retroceder un paso
chocó con un ayudante—. ¡Proceda, hombre, proceda!
En
silencio y amorosamente, el torturador exhibió sus instrumentos uno tras otro.
La vieja apartó la mirada.
—
¡Mírelos! —Ordenó Einhorn—. ¡Cómo han comprobado, esta criatura no llora ni
siquiera en este momento!
Frau
Kepler meneó la cabeza.
—En
mi vida he llorado tanto que ya no me quedan lágrimas. —De repente gimió y cayó
de rodillas en una grotesca parodia de súplica—. ¡Hagan lo que quieran conmigo!
Aunque me arranquen una tras otra todas las venas del cuerpo, no tendré nada
que reconocer.
La
vieja cruzó las manos y gimió un Paternoster. Sin saber qué hacer, el
torturador miró a su alrededor.
—
¿Tengo que traspasarla? —inquirió al tiempo que alzaba un hierro.
—Ya
está bien —intervino Kepler como quien pone fin a un juego infantil que se ha
desmadrado.
La
sentencia establecía que sólo fuera amenazada. Hubo movimientos y murmuraciones
generalizadas. Einhorn se escapó por la tangente. Así llegaron a su término
varios años de litigio. Lo absurdo de la situación abrumó a Kepler. Al salir
apoyó la cabeza en la pared de ladrillos calentados por el sol y se echó a
reír. Al cabo de unos momentos se dio cuenta de que estaba llorando. Su madre
permaneció a su lado, azorada y algo incómoda, palmeándole el hombro. Las
seráficas alas del viento los rodearon.
—Y
ahora, ¿adónde irás? —preguntó Kepler y se sonó la nariz.
—A
casa. O a Heumaden, a casa de Margarete.
Menos
de un año después moriría en su lecho en casa de Margarete, en medio de grandes
quejas y llantos.
—Sí,
sí, vete a Heumaden. —Se frotó los ojos y miró impotente los árboles, el cielo
vespertino, una aguja lejana. Comprendió sorprendido y con una punzada de
malestar que se sentía, sí, era la única palabra que lo expresaba, se sentía
desilusionado. Al igual que todos los demás, incluida probablemente su madre,
había querido que pasara algo; no necesariamente la tortura, sino algo, y por
eso estaba decepcionado—. ¡Dios mío, madre!
—Calla.
Fue
declarada inocente por decreto del duque de Württemberg e inmediatamente la
dejaron en libertad. Einhorn, Ursula Reinbold y los demás recibieron la orden
de pagar las costas de juicio. Para los Kepler supuso una gran victoria. Pero,
extrañamente, también una derrota. A su regreso a Linz, Kepler se enteró de que
se había largado su viejo amigo Wincklemann, al pulidor de lentes. Su casa
contigua al río estaba tapiada y vacía y estaban rotos los cristales de todas
las ventanas. Kepler no logró quitarse de encima la convicción de que en algún
sitio, en algún taller invisible del mundo, habían enlazado el sino del judío y
el fallo del juicio con la ayuda de instrumentos relucientes y bajo la luz
blanquecina de un brasero. Después de todo, algo había ocurrido.
* *
* *
Transcurrieron
semanas, meses y nada se supo del judío. Kepler se sintió impelido a visitar
una y otra vez la casita de la calle del río. Era un pinchazo de alfiler sobre
la superficie de un mundo conocido, agujero a través del cual, si lograba poner
el ojo correctamente, vería atrocidades. Desarrolló un ritual: pasaba deprisa
dos o tres veces por delante de la tienda, a la que sólo dirigía una mirada de
reojo, se detenía bruscamente, llamaba a la puerta y esperaba hasta que,
dándose por vencido, ahuecaba las manos alrededor del rostro y dirigía una
larga e inexplicablemente satisfactoria mirada por las grietas de los postigos.
La penumbra interior estaba poblada de formas grises e indiscernibles. ¡Y si
algún día se movían…! Luego retrocedía, meneaba la cabeza y se alejaba
pensando, aparentemente desconcertado. Se rió de sí mismo: ¿en beneficio de
quién montaba esa estupidez? ¿Acaso se figuraba que había una conspiración en
su contra y que por doquier había espías que lo vigilaban? Aunque al principio
la tomó a broma, la idea acabó por dominarlo. Ni siquiera en sus peores
momentos de temor y presentimientos imaginó que tras la trama se ocultara un
poder humano. Hasta los fenómenos azarosos crean pautas que, en virtud de la
tensión de su mera existencia, generan efectos e influencias. Así razonaba y
entonces se inquietaba un poco más. Una cosa habría sido un enemigo palpable,
pero eso, esa inmensa e impersonal… Cuando procuró información entre los
vecinos del judío, obtuvo la callada por respuesta. El cerrajero de al lado, un
gigante rubio con pata de palo, lo miró furibundo largo rato, apretó los
dientes y se alejó diciendo:
—Caballero,
aquí sólo nos ocupamos de nuestros asuntos.
Kepler
miró al bruto internarse en su tienda y pensó en la esposa rolliza y joven del
pulidor de lentes hasta que su mente, incapaz de soportar las posibilidades,
tomó otro rumbo.
Un
día algo se movió con un estrépito casi audible de ruedas dentadas y palancas y
pareció que se trataba de un intento de compensar su pérdida.
Lo
reconoció de lejos por su modo de andar: los laboriosos hombros encorvados y el
balanceo, como si a cada paso modelara una compleja forma en el aire que se le
resistía para luego pisarlo delicadamente. De pronto Kepler recordó un salón
atestado de Benatek y al susodicho bajando de la mesa de su amo y diciendo
afablemente, como hacía tan a menudo, Señor, lo requieren, con la gran cabeza
sonriente desde su fuente de sucio encaje y una mano sigilosamente posada en el
borde de la mesa cual si fuera la mandíbula de un saurio. Sin embargo, algo
había cambiado en él. Su paso era torturado más que viejo y avanzaba con el
rostro cansinamente inclinado, agarrado celosamente al estribo de un caballo
pío.
—Vaya,
señor matemático, ¿es usted? —Palpó el aire con la mano extendida. Sólo le
quedaba la clarividencia pues sus cuencas oculares eran asteriscos vacíos: lo
habían cegado.
Dieciséis
años atrás se habían visto por última vez en el funeral de Tycho en Praga.
Jeppe no había envejecido. La ceguera había vaciado su rostro de todo lo que no
fuera una especie de atención pueril, por lo que parecía atender constantemente
a algo que se encontraba muy lejos, más allá de lo inmediato. Vestía como un
mendigo.
—Es
un disfraz, por supuesto —comentó y rió disimuladamente.
Iba
de camino a Praga. El encuentro no pareció sorprenderlo. Kepler pensó que cabía
la posibilidad de que en esa inmutable oscuridad el tiempo operara de otra
manera y para Jeppe dieciséis años no fueron nada.
Fueron
a una taberna del puerto. Kepler escogió un lugar donde no lo conocían. Dio a
entender que también estaba de paso. No supo por qué sintió la necesidad de
disimular. El rostro inerte de Jeppe estaba atentamente inclinado hacia el suyo
y sonrió al oír la mentira. Kepler se ruborizó como si esas heridas fruncidas
lo miraran. En la taberna reinaba la calma. En un rincón dos viejos jugaban una
aburrida partida de dominó. El tabernero les sirvió dos jarras de cerveza.
Observó al enano con curiosidad y cierto disgusto. La vergüenza de Kepler fue
en aumento. Tendría que haberlo invitado a su casa.
—
¿Se ha enterado de que Tengnagel ha muerto? —Preguntó Jeppe—. Por lo que
recuerdo, le jugó una mala pasada.
—Sí,
tuvimos nuestras diferencias. No sabía que había muerto. ¿Qué hay de su esposa,
la hija del danés?
El
enano sonrió y meneó la cabeza, como si saboreara una broma íntima.
—También
murió doña Christine. Son tantos los muertos, señor, y usted y yo seguimos
aquí.
En
la ventana de la taberna apareció súbitamente la vela color rojo óxido de una
goleta que hacía el trayecto río arriba. Las fichas de dominó cayeron y uno de
los viejos lanzó un juramento.
— ¿Y
qué sabe del italiano? —preguntó Kepler.
De
buen principio pareció que el enano no lo había oído, pero poco después
respondió:
—Hace
muchos años que no lo veo. Me llevó a Roma a la muerte del maestro Tycho. ¡Qué
tiempos aquéllos! —Era una historia llamativa. Kepler imaginó los pinos, las
columnas y los leones de piedra, el sol sobre el mármol, y oyó la risa de las
putas pintarrajeadas—. En aquella época era un bravucón propenso a los duelos y
las refriegas, un gran jugador de dados que pasaba de una partida a otra con la
espada al lado y este bufón, su humilde servidor, señor, tras él. —Estiró la
mano en busca de la jarra de cerveza y Kepler se la acercó sigilosamente—.
Señor, ¿recuerda cuando lo cuidamos en casa del danés? Aquella herida nunca
cicatrizó del todo. Juraba que a través de ella percibía los cambios del clima.
—Estábamos
convencidos de que moriría —rememoró Kepler.
El
enano asintió.
—Señor,
usted le tenía estima, veía su valía tanto como yo.
Kepler
se sorprendió. ¿Era así?
—Rebosaba
vida. Y, a pesar de todo, también era un sinvergüenza.
—
¡Ya lo creo! —Hicieron una pausa y repentinamente Jeppe rió—: Le contaré algo
para que se divierta. ¿Sabía que el danés permitió que Tengnagel se casara con
su hija porque la moza estaba en estado de buena esperanza? El mocoso no tuvo
nada que ver con Tengnagel. Félix estuvo en esa gruta antes que él.
— ¿Y
el junker estaba enterado?
—Por
supuesto, pero le importaba un bledo. Sólo le interesaba compartir la fortuna
de los Brahe. Señor, usted debería apreciar más que nadie esta broma. Lo que
Tengnagel le estafó fue heredado por el bastardo del italiano.
—Sí,
es una idea muy divertida —reconoció Kepler y rió incómodo. Entre el cornudo y
el majadero no había dónde elegir. Experimentó un desasosiego archiconocido:
ese enano sabía demasiado—. ¿Y ahora dónde está el italiano? ¿En la cárcel o
prófugo?
Jeppe
pidió otra cerveza y dejó que Kepler pagara.
—Por
decirlo de alguna manera, en ambas situaciones. Ese hombre nunca fue capaz de
quedarse tranquilo. En Roma pudo ser un caballero pues tenía amigos y mecenas e
incluso gozaba del favor del Papa, Su Santidad Clemente. Pero bebía en exceso,
apostaba demasiado a los dados, se iba de la lengua y se granjeó enemigos. Un
día, en una pelea por la puntuación de una partida de raqueta, le abrió el
gaznate a un jugador y lo mató. Huimos de la ciudad y pusimos rumbo a Malta,
pues el italiano pensaba que los Caballeros nos concederían asilo. Lo metieron
preso. Como puede imaginar, era un huésped pendenciero y una semana después lo
dejaron escapar de buena gana. —Con ágil gracia un gato saltó sobre la barra en
la que el tabernero apoyaba los codos mientras escuchaba. Jeppe bebió un trago
de cerveza y se limpió la boca en la manga—. Deambulamos durante meses por los
puertos del Mediterráneo mientras los espías del Vaticano nos pisaban los
talones. Entonces nos enteramos de que había un perdón papal y, pese a que le advertí
que era una trampa, sólo le interesó volver a Roma. Los de la aduana de Port’
Ercole, esos patanes españoles, lo tomaron por contrabandista y lo metieron en
chirona. Cuando por fin lo soltaron, ya había zarpado nuestro barco para Roma.
Se quedó en la playa mirando cómo se alejaba. Aún recuerdo la vela roja. Lloró
de rabia y por sí mismo, definitivamente derrotado. Habían subido a bordo su
equipaje y no tenía nada.
Salieron
de la taberna. Del río llegaba un viento impío y los copos de nieve se
arremolinaban en el aire. Kepler ayudó al enano a subir al caballo.
—Adiós,
no creo que volvamos a encontramos —dijo Jeppe. El caballo piafó y bufó
nervioso, olisqueando la inminente tormenta. Jeppe sonrió y frunció su rostro
de invidente—. Señor, murió en la playa de Port’ Ercole, maldiciendo a Dios y a
los españoles. Se habían reabierto viejas heridas y tenía fiebre. Le sostuve la
mano hasta el final. Me dio un ducado para que pagara una misa en su nombre.
Kepler
desvió la mirada. La tristeza lo dominó, una tristeza intensa y sobrecogedora.
—Rebosaba
vida —añadió.
Jeppe
asintió.
—Señor,
creo que era algo que le envidiaba.
—Sí,
sí, lo envidiaba por esa cualidad —reconoció Kepler ligeramente sorprendido y
dio un florín al enano.
—
¿Para otra misa? Señor, es usted muy amable.
—
¿De qué vivirá en Praga? ¿Encontrará algún trabajo?
—Yo
ya tengo trabajo.
—
¿De verdad?
—De
verdad. —Jeppe volvió a sonreír.
Al
verlo alejarse lentamente en medio de la nieve, Kepler se dio cuenta de que no
le había preguntado quién lo dejó ciego. Tal vez fuera mejor ignorarlo.
Esa
noche tuvo un sueño, una de esas tramas involuntarias, enormes y oscuras que de
vez en cuando maquina la mente dormida, una trama complicada, enigmática y
plagada de sentidos inexplicables. Aparecían figuras conocidas, tímidas y algo
enloquecidas, actores oníricos que no han tenido tiempo de aprender sus
papeles. El italiano se presentó ataviado como Caballero Rosacruz. Portaba en
el brazo una pequeña estatua dorada que de pronto cobró vida y habló. Tenía el
rostro de Regina. Se celebraba una ceremonia compleja y solemne y Kepler dedujo
que era el matrimonio alquímico entre la oscuridad y la luz. Despertó en medio
del brillo mortecino del amanecer invernal. La nieve caía copiosamente y su
vaga sombra se deslizaba por la pared contigua a su cama. En su corazón reinaba
una extraña felicidad, como si por fin se hubiera resuelto un problema que lo
acució toda la vida; una felicidad tan firme y sutil que no se disipó ni
siquiera al recordar que seis meses antes, en el Palatinado, en su vigésimo
séptimo año de vida, Regina había muerto de fiebres cerebrales.
* *
* *
La
perdurable imagen de ese sueño nunca desapareció del todo. Su brillo argentino
estuvo misteriosamente presente en todas las páginas de su obra sobre la
armonía del mundo que, presa de un súbito frenesí, concluyó en la primavera de
1618. El imperio se había lanzado de cabeza a la guerra, pero apenas se enteró.
Durante treinta años había acumulado el material y los instrumentos para esa
síntesis definitiva. Cual un pescador desaforado recogió las líneas de la red,
líneas que había arrojado a los cuatro vientos. Estaba extasiado. Por momentos
se encontraba ante la mesa o deambulando junto a la muralla de la ciudad, bajo
la lluvia, y casi no sabía cómo había llegado. Al responder a un comentario de
Susanna, se daba cuenta de que había transcurrido una hora desde que ella le
dirigiera la palabra. Por la noche las espirales giratorias de su cerebro caían
sobre un saco de sueño y por la mañana forcejeaban por salir, enredadas en los
mismos pensamientos, como si no se hubiese producido la menor interrupción. Ya
no era joven, su salud dejaba mucho que desear y por momentos imaginaba que era
una cosa de harapos y paja que colgaba fláccidamente de una enorme cabeza
bulbosa, como esas marionetas que de pequeño había codiciado al verlas colgadas
del pelo en la juguetería.
La
Harmonia mundi supuso para él un nuevo tipo de trabajo. Hasta entonces había
viajado a través de lo desconocido y los libros que trajo a su regreso fueron
gráficos fragmentarios y enigmáticos que evidentemente no guardaban la menor
relación entre sí. En ese momento comprendió que no eran mapas de las Islas de
las Indias, sino de distintos tramos de la orilla de un único e inmenso mundo.
Y la Harmonia era la síntesis. La red que recogía se convirtió en las líneas de
la cuadrícula del globo. Le pareció una imagen adecuada porque, ¿no eran la
esfera y el círculo el fundamento mismo de las leyes de la armonía del mundo?
Años atrás había definido la armonía como aquello que el alma crea al percibir
la forma en que determinadas proporciones del mundo se corresponden con
prototipos que ya residen en el alma. En todas partes abundan las proporciones,
en la música y en los movimientos de los planetas, en las formas humanas y en
las vegetales, incluso en la fortuna de los hombres, pero son pura relación y
no existen sin alma que las perciba. ¿Cómo es posible dicha percepción?
Campesinos, niños, bárbaros y hasta animales sienten la armonía del tono. Por
consiguiente, la percepción debe ser instinto del alma, debe basarse en una
geometría profunda y esencial, la geometría que se deduce de la simple división
del círculo. Exactamente lo que había defendido durante tanto tiempo. Entonces
dio el corto paso hacia la fusión de símbolo y objeto. El círculo es el
portador de las armonías puras, las armonías puras son innatas para el alma y,
por ende, círculo y alma son lo mismo.
¡Cuánta
simplicidad, cuánta belleza! Esas cualidades lo mantuvieron en pie ante el
agotamiento y las rabietas periódicas por la dificultad que planteaba el
material. Los antiguos habían intentado explicar la armonía mediante el
misticismo de los números y se habían hundido en la complejidad y en la magia
inútil. El motivo por el que algunas proporciones producen concordia y otras
discordia no corresponde a la aritmética, sino a la geometría, concretamente a
la división del círculo mediante polígonos regulares. Ahí moraba la belleza. Y
la simplicidad residía en que sólo producen resultados armoniosos los polígonos
que podemos construir con la única ayuda del compás y la regla, utensilios de
la geometría clásica.
Demostraría
que el hombre era el auténtico magnum miraculum. Sacerdotes y astrólogos
sostienen que sólo somos barro, ceniza y humores. Sin embargo, Dios creó el
mundo de acuerdo con las mismas leyes de la armonía que el porquero alberga en
su corazón. ¿Nos influyen los aspectos planetarios? Sí, pero el Zodíaco no es
un arco que existe realmente, sino una imagen del alma proyectada sobre el
cielo. Actuamos en lugar de sufrir, somos las influencias en lugar de ser
influidos.
Se
movía por esas alturas etéreas. Acabó mareándose. Su vista empeoró y cuanto
miraba temblaba como si estuviera bajo el agua o envuelto en humo. El sueño se
convirtió en una especie de acrobacia imposible en el espacio negro. Al posarse
luego de un gran salto de pensamiento, descubría que Susanna lo sacudía
preocupada, cual si fuera un sonámbulo al que acababa de salvar del abismo.
—
¿Qué? ¿Qué pasa? —barboteaba y pensaba que se había desencadenado un incendio o
una inundación, que los niños estaban muertos o que le había robado los
papeles.
Susanna
le cogía el rostro con las manos y murmuraba:
—Oh,
Kepler, Kepler…
Se
metió de lleno en el Misterium y en la teoría que a lo largo de los años había
sido su dicha y su esperanza constante: la incorporación de los cinco sólidos
regulares en los intervalos de los planetas. Aunque su descubrimiento de la ley
de la elipse en la Astronomia nova había asestado un golpe a esa idea, no fue
lo bastante contundente para destruir su fe. De alguna manera, las reglas de la
armonía del plano debían explicar las irregularidades de ese modelo del mundo.
El problema le encantaba. Como la nueva astronomía que había inventado destruyó
las viejas simetrías, debía encontrar otras nuevas y más sutiles.
En
principio, intentó asignar a los tiempos de revolución de los planetas las
proporciones armónicas que dictaban las medidas musicales. No funcionó. Luego
intentó extraer una serie armónica de las magnitudes o los volúmenes de los
planetas. Volvió a fracasar. A continuación intentó incorporar a la escala las
distancias solares menor y mayor, examinar las proporciones de las velocidades
extremas y de los tiempos variables que cada planeta requería para rotar una
unidad de longitud de su órbita. Por fin dio con la solución mediante la bonita
estratagema de no situar el puesto de observación en la tierra, sino en el sol
y calcular desde allí las variaciones de las velocidades angulares que
supuestamente vería el observador situado en el astro rey. Al contrastar los
dos extremos de velocidad así observados y al combinarlos de a pares con los
demás planetas, dedujo los intervalos de la escala completa, las claves mayor y
menor. Entonces pudo escribir que los movimientos celestes no son más que un
canto continuo para varias voces, un canto que no percibe el oído sino el
intelecto, una música figurada que pone mojones en el inconmensurable fluir del
tiempo.
Aún
no había terminado, en absoluto. En el Misterium se había preguntado cuál es la
relación entre el tiempo que un planeta tarda en recorrer su órbita y la
distancia desde el sol, y no había encontrado una respuesta satisfactoria. La
cuestión volvió a plantearse con más urgencia. Puesto que el sol rige el
movimiento planetario, tal como Johannes sostenía, dicho movimiento debe
relacionarse con las distancias solares, ya que de lo contrario el universo es
una estructura arbitraria y carente de sentido. Aquélla fue la hora más oscura
de su larga noche. Elaboró el problema durante meses, esgrimiendo las
observaciones ticónicas como si fueran los enormes artilugios de un cabalista.
Cuando la solución llegó, como de costumbre arribó por la puerta de servicio de
la mente, vacilando con timidez, un ángel anunciador deslumbrado por la
inmensidad del camino recorrido. Una mañana de mediados de mayo, mientras
Europa se doblaba bajo la espada, Kepler sintió que lo rozaba el extremo de un
ala y oyó la suave voz que decía: Aquí estoy.
Parecía
una nadería, una verdadera fruslería. Se instaló en la página con el mismo aire
modesto de las cosas simples: una nota de Euclides a pie de página, un anagrama
de Galileo, una tontería surgida de la pesadilla de un escolar. Y, sin embargo,
era la tercera de sus leyes eternas y el puente que enlazaba las proporciones
armónicas con los sólidos regulares. Decía que los cuadrados de los tiempos de
la revolución de los planetas son proporcionales a los cubos de su distancia
media al sol. Fue su triunfo. Le demostró que las discrepancias de distancia
que persistían después de insertar los polígonos regulares entre las órbitas de
los planetas no eran un defecto de sus cálculos, sino consecuencia ineludible
del principio de armonía dominante. Comprendió por fin que el mundo es una
estructura infinitamente más compleja y sutil de lo que él o cualquier otro
habían imaginado. Había buscado una melodía y ahí había sinfonías. ¡Cuánto
había errado al buscar un cosmos geométricamente perfeccionado y cerrado! El mejor
reloj no era nada comparado con la realidad, que es lo más armónico que existe.
Los sólidos regulares son materiales y la armonía es forma. Los sólidos
describen las masas descamadas y la armonía establece la estructura sutil por
la cual la totalidad se convierte en lo que es: una obra de arte perfeccionada.
Concluyó
el libro dos semanas después de formular esa ley. Se propuso imprimirlo de
inmediato porque fue presa del pánico, como si un incendio, una inundación —sus
mayores terrores— o cualquier otro duende pudieran abatirlo antes de dar a
conocer su testamento. Además la impresión era otro tipo de trabajo y ya no
había nada que lo detuviera. La trayectoria que había trazado mucho tiempo
atrás tardaría en agotarse y lo llevaría por nuevos libros, ásperos extremos de
su carrera. Aunque hubiera podido descansar, el reposo no le habría sido
permisible porque en esa temible quietud habría tenido que afrontar el demonio
que trepaba por su espalda y cuyo aliento ardiente ya sentía en la nuca.
Durante
años la Armonía del mundo lo había obsesionado, era como un peso descomunal que
lo aplastaba. En ese momento reparó en una extraña sensación de ligereza, casi
de levedad, como si hubiese bebido una dosis de vino con droga de Wincklemann.
Ése era el demonio. Lo reconoció. Ya lo había tratado, había experimentado la
mismísima sensación cuando en Astronomia nova descartó alegremente años de
trabajo a raíz de un error de pocos minutos de arco y no lo hizo porque todos
esos años había estado equivocado —aunque lo estuvo— sino con el propósito de
aniquilar el pasado, ese pasado humano e indefectiblemente imperfecto, para
reemprender el intento de alcanzar la perfección: esa misma sensación osada y
eufórica de titubear al borde del abismo mientras la animada voz le susurraba
al oído Salta.
* *
* *
A
sus pies se abrieron otros precipicios mucho menos tentadores. El mundo que
antaño había parecido tan ancho se estrechaba cada día que pasaba. Aunque el
ejército palatino fue aniquilado en la batalla de Weisser Berg y los católicos
recuperaron Bohemia, la guerra de las religiones siguió causando estragos. El
imperio ardía en llamas y Johannes se encontraba en el último piso. Oía el
crepitar del fuego bajo sus pies y el estrépito de la mampostería y de los
maderos partidos cada vez que se desmoronaba una escalera. Ante sí sólo tenía
la ventana hecha añicos y el súbito y frío aire azulado. Cuando en el otoño de
1619 el elector Federico y su esposa, la princesa Isabel, entraron en Praga y
aceptaron la corona que le ofrecían los protestantes bohemios, la Armonía del
mundo estaba en prensa y Kepler apenas tuvo tiempo de suprimir de los últimos
ejemplares la dedicatoria a Jacobo de Inglaterra, padre de la princesa. Sólo
faltaba que ese gesto lo convirtiera en sospechoso. Ni siquiera sus ataques a
los Hermanos de la Rosa Cruz y su disputa con el rosacruz inglés Robert Fludd
le proporcionaron elogios: por lo que le contaron, las facciones imperiales se
preguntaban qué tenía que ocultar para hacer alarde de su fidelidad
excesivamente entusiasta a Fernando, el emperador católico. Johannes desesperó:
la política no era lo suyo. Para entonces ni siquiera sabía quién luchaba
contra quién en la guerra. Los barones bohemios no aceptaron la derrota de
Weisser Berg y se convirtieron en una perturbación local: se hablaba de participación
francesa o incluso danesa. Kepler estaba desconcertado. ¿Era posible que esos
reinos tan lejanos se preocuparan tanto por la religión y el destino de la
pequeña Bohemia? Seguramente se trataba de una conjura. Y los responsables eran
los rosacruces o el Vaticano.
Poco
después, tal como imaginó que ocurriría, la vieja rueda volvió a girar:
expulsaron de Linz a los luteranos. En su condición de matemático del
emperador, al menos nominalmente, Kepler abrigó la esperanza de que le
concedieran inmunidad. Suspendió sus peregrinaciones a la tienda abandonada de
Wincklemann y se mantuvo al margen de todo oficio religioso. Pero los
conspiradores invisibles no se dieron por vencidos con tanta facilidad. Las
autoridades católicas confiscaron su biblioteca. Admiró con gran amargura la
precisión a la hora de dar en el blanco: fue un revés difícil de soportar. A
continuación, de una forma cómica, el luteranismo vomitó su propio atormentador
en la figura del pastor Hitzler. Kepler se sintió arrinconado como una rata
vieja y desconcertada.
El
desorden público estaba en consonancia con la penumbra de su corazón, en el que
se libraba una batalla personal. No sabía cuál era la causa de la contienda ni
el premio por el que se combatía. De un lado se encontraba todo lo que para él
tenía un valor inapreciable: su trabajo, el amor por su esposa y sus hijos, su
tranquilidad de espíritu; del otro se alzaba aquello que no podía nombrar, un
poder ebrio y anónimo. Se preguntó si seguía siendo el demonio surgido de las
últimas páginas de la Harmonia mundi, demonio que había engordado con los
infortunios del mundo. En ese momento intuyó que había una relación entre sus
furores íntimos y la guerra europea y temió por su cordura. Huyó del campo de
batalla hacia el trabajo penoso y embotador de las Tabulae Rudolphinae. Logró
ocultarse entre las columnas de la obra maestra de Tycho Brahe, columnas que
parecían marchar disciplinadamente. El escondite no duró mucho. La maniobra
dejó de surtir efecto. Entonces emprendió el primero de sus vagabundeos
extraños y frenéticos. Una vez en camino se sintió más sereno y durante un
tiempo los dolores y la frustración del trayecto acallaron el fragor de la
batalla interior. Al parecer, era lo que el demonio quería.
Le
sirvió de excusa el dinero que la corona le debía. La impresión de las Tablas
sería costosa. Partió hacia Viena y la corte de Fernando. Después de cuatro
meses de regateos obtuvo, a regañadientes, el pago parcial de 6000 florines.
Sin embargo, el Tesoro —más inteligente y cuidadoso que el emperador— trasladó
inmediatamente la responsabilidad del pago a las ciudades de Núremberg, Kempten
y Memmingen. Kepler partió una vez más y tuvo la sensación de que a sus
espaldas Viena rompía a reír al unísono. A finales del invierno había recaudado
en la roñosa trinidad de ciudades la suma de 2.000 florines. Le alcanzaba para
comprar el papel de las Tablas. El esfuerzo lo extenuó y, agotado, emprendió el
regreso a casa.
Al
llegar a Linz, descubrió que la ciudad se había convertido en un campamento
militar. La guarnición bávara enviada por el emperador estaba acantonada en
todas partes. En la imprenta de Plank, un pelotón de soldados comía repantigado
entre las prensas y su hedor era más penetrante que los conocidos olores de la
tinta y del aceite de las máquinas. Todo el trabajo estaba interrumpido. Lo
contemplaron sin curiosidad mientras iba de aquí para allá presa de una cólera
irrefrenable e inútil. Si por ellos fuera, podría haber llegado de otro
planeta. En su mayoría eran hijos de campesinos sin tierras. Cuando por fin
empezaron a imprimir, la soldadesca mostró un interés infantil por el trabajo:
casi nadie había visto antes una máquina en funcionamiento. Formaban corrillos
mudos en tomo a los trabajadores de Plank, miraban boquiabiertos y bufaban como
el ganado en fila. El súbito floreo blanco de una tirada siempre provocaba un
suspiro colectivo de sorpresa y contento. Más adelante, cuando penetró en sus
entendederas el hecho sorprendente de que Kepler era la única causa de ese
esfuerzo mancomunado, volcaron en él su respetuosa atención. Se codeaban por
llegar a su lado cuando estaba en los bancos de trabajo o en el escritorio del
corrector y en sus comentarios sobre fundiciones, colofones y ojos intentaban
encontrar alguna pista que los llevara a desvelar el secreto de esa magia. De
vez en cuando se armaban de valor y le ofrecían una jarra de cerveza o un
andullo, mirándose las botas con sonrisa bobalicona y sudando a raudales.
Johannes se acostumbró a su presencia y dejó de hacerles caso, salvo cuando
alguien de esa cálida y ruidosa masa de vida que se apiñaba a sus espaldas le
dirigía la palabra de una manera débil y perseverante a un tiempo. Entonces
montaba en cólera, gritaba en dirección a esos rostros sorprendidos y, agitando
los brazos, salía de la imprenta presa del frenesí.
Por
primavera el campesino luterano se alzó en armas, harto de que lo acosaran, de
pasar hambrunas y, sobre todo, hastiado del arrogante emperador. Ebrios de
éxito e incapaces de creer en sus propias fuerzas, recorrieron la Alta Austria.
A comienzos de verano llegaron a las murallas de Linz. El asedio duró dos
meses. La ciudad no estaba preparada y en pocos días se vio obligada a
alimentarse de carne de caballo y sopa de ortigas. La casa de Kepler daba a la
muralla y desde el taller veía, más allá del foso, los suburbios donde se
libraban los combates más encarnizados. Desde la altura los combatientes se
veían muy pequeños, pero cuán vividas eran la sangre y las entrañas derramadas.
Trabajaba impregnado del olor a sangre. En su casa se alojaba un destacamento.
Reconoció entre sus miembros a algunos soldados que estuvieron acantonados en
la imprenta. Había imaginado que sus hijos se aterrorizarían, pero consideraban
la situación como un juego glorioso. Una mañana, en medio de una espantosa
escaramuza, los niños subieron para decirle que en su lecho había un soldado
muerto.
—
¿Decís que está muerto? No, no, sólo está herido. Vuestra madre lo acostó para
que descansara.
Cordula
cabeceó. ¡Era una chiquilla tan seria!
—Está
muerto —declaró con toda firmeza—. Tiene una mosca en la boca.
Una
noche de finales de junio las fuerzas campesinas abrieron una brecha en la
muralla e incendiaron varias calles antes de que los rechazaran. Destruyeron el
taller de Plank y con éste todas las planchas impresas de las Tablas. Kepler
llegó a la conclusión de que era hora de partir. En octubre, acabado hacía
mucho el asedio y arrasados los campesinos, embaló cuanto tenía y partió a Ulm,
excomulgado y sin dinero, para no volver jamás.
Durante
una temporada en Ulm fue casi feliz. Había dejado a Susanna y los niños en
Ratisbona y, a solas una vez más después de tantos años, tuvo la impresión de
que el tiempo había retrocedido mágicamente y que de nuevo estaba en Graz o en
Tubinga, donde la vida no había comenzado de verdad y el futuro era ilimitado.
El médico municipal Gregor Horst, al que conocía de su época praguense, le
alquiló una casita en el callejón Raben. Encontró impresor, un tal Jonas Sour.
Al principio el trabajo fue bien. Kepler seguía soñando con que las Tablas le
permitirían amasar una fortuna. Pasaba el día entero en el taller de impresión.
Los sábados por la noche se emborrachaba serenamente en compañía de Gregor
Horst, discutiendo de astronomía y política hasta altas horas de la madrugada.
Pero
Johannes no podía estar tranquilo mucho tiempo. El viejo tormento volvía a
bullir en su interior. El impresor Sour era tan avinagrado como su apellido y
surgieron divergencias. Una vez más, Kepler dirigió sus expectativas a Tubinga
y a Michael Maestlin. ¿Cabía la posibilidad de que Gruppenbach, impresor del
Misterium, acabara la edición de las Tablas? Escribió a Maestlin y, como no
obtuvo respuesta, partió a pie a Tubinga. Corría febrero, el tiempo era
inclemente y dos días más tarde se detuvo en la encrucijada, en medio de un
campo de nabos, exhausto y desesperado, pero no tan desequilibrado para no ver
con paradójica gracia que toda su vida se sintetizaba en esa imagen de sí
mismo: un hombrecillo cansado y calado hasta los huesos que tiembla en un cruce
de caminos. Emprendió el regreso. El ayuntamiento de Esslingen le obsequió un
caballo que pertenecía al hogar municipal para enfermos. El noble bruto lo
llevó valientemente hasta Ulm, donde murió bajo su peso. Una vez más reparó en
lo apto de esa entrada triunfal, a lomos de un jamelgo reventado, en una ciudad
que apenas lo conocía. Hizo las paces con Jonas Sour y por fin, después de
veinte años, se completaron las Tablas.
Un
día lo visitaron en su morada del callejón Raben dos parientes de Tycho Brahe:
Holger Rosenkrands, el hijo del estadista, y el noruego Axel Gyldenstjern. Se
dirigían a Inglaterra. Kepler evaluó su propia situación. En una ocasión
Wotton, embajador del rey Jacobo en Praga, había insistido para que se
trasladara a Inglaterra. A Rosenkrands y a Gyldenstjern les encantaría
llevarlo. Algo lo retuvo. ¿Cómo podía abandonar sus patrias, por muy fuertes
que fueran las sacudidas de la guerra? Sólo podía ir a Praga. Al menos tenía
las Tablas para ofrecérselas al emperador. Probablemente no bastarían. Su
ocasión había pasado. En sus últimos tiempos hasta Rodolfo se había hartado del
matemático. Pero a algún sitio tenía que ir, algo tenía que hacer y por eso
tomó una gabarra rumbo a la capital donde, sin que ninguno de los dos lo
supiera, lo aguardaba Wallenstein.
* *
* *
Mientras
calentaba sus sabañones en la chimenea de la venta de Hillebrand Billig,
meditaba sobre la temporada pasada en Sagan. Al menos había sido el refugio
donde, durante un tiempo, se había quedado tranquilo, mientras el desasosiego
de su corazón se alimentaba vicariamente de las actividades de su nuevo amo. El
mundo de Wallenstein era puro ruido y acontecimientos, un incesante ir y venir
al son de los cañoneos distantes y el chacoloteo de los cascos a medianoche:
como si también él escapara de su demonio inexorable. Kepler jamás había
conocido a alguien que encajara tan bien en el espacio que le había asignado.
¿Qué hueco podía existir en él como para que un demonio acechante lo escogiera
como morada?
Billig
llevaba laboriosamente las cuentas de la taberna sobre la mesa de la cocina,
mordisqueaba el lápiz y suspiraba. Frau Billig estaba sentada a su lado y
zurcía los calcetines de los niños. Parecían una pintura de Durero. Una
corriente de aire se coló por la ventana y estremeció la luz de la vela. Hasta
ellos llegaba el rumor del viento y de la lluvia, los rugidos asordinados de
los juerguistas de la noche del sábado en la taberna, el crepitar del fuego,
los ronquidos del perro anciano. Por detrás de todos reinaba un silencio
profundo, secreto e inviolable; tal vez el silencio de la tierra misma. Amado
Jesús, ¿por qué abandoné el hogar y emprendí esta descabellada aventura?
Al
principio se había cuidado de Wallenstein. Temía que lo compraran como juguete,
ya que era célebre la obsesión del general por la astrología. Kepler ya era
demasiado viejo y estaba demasiado cansado para reiniciar ese juego de
conjeturas y disimulo. Durante meses se había resistido, preocupado por las
ofertas de Wallenstein y deseoso de averiguar qué querría a cambio.
Conversación, respondió Wallenstein, afabilidad, su compañía, el beneficio de
su erudición. Con mal disimulado entusiasmo, el emperador lo apremió para que
aceptara el puesto que le ofrecían y aprovechó la ocasión para traspasar a
Wallenstein la considerable deuda de la corona con su matemático. Wallenstein
no protestó y tanta amabilidad descorazonó a Kepler. Al astrónomo también se le
concedía un estipendio anual de 1000 florines que saldrían de las arcas de
Sagan; una casa en Gitschin, donde el general tenía su palacio, y el uso de una
imprenta con papel suficiente para todos los libros que le apeteciera publicar,
todo ello sin condiciones ni impedimentos. Kepler osó hacerse ilusiones. ¿Era
posible que, por fin…era posible…?
No
fue posible. A decir verdad, Wallenstein creyó que había comprado un astrólogo
sumiso. Con el tiempo, después de muchos disgustos, llegaron a un acuerdo
mediante el cual Kepler suministraba los datos a partir de los cuales magos
mejor dispuestos elaboraban horóscopos y calendarios. Por lo demás, era libre
de hacer lo que le viniera en gima. No vio indicios de que saldaran la deuda
imperial ni de la imprenta y el papel que le habían prometido. La situación
podría haber sido aún peor. Al menos tenía la casa y esporádicamente le
abonaba, a cuenta, parte de su salario. Aunque no era feliz, tampoco estaba
desesperado. Recordó una palabra de Hitzler: tibio. Sagan era un lugar salvaje,
extrañas y frías sus gentes e ininteligible su dialecto. Existían pocas diversiones.
En una ocasión viajó a Tubinga y pasó un mes gloriosamente ebrio con Maestlin,
que se había convertido en un viejo chocho y sordo pero no había perdido la
alegría. Un día Susanna fue a verlo con una expresión mezcla de regocijo y
sorpresa y le comunicó que estaba preñada.
—
¡Por Dios! —Exclamó Kepler—. Entonces no soy tan viejo como pensaba ¿eh?
—Mi
querido, mi queridísimo Kepler, de viejo no tienes nada.
Susanna
lo besó, rieron y guardaron silencio unos instantes, algo torpes, casi
incómodos, compartiendo una vieja complicidad. Cuán feliz había sido aquel día,
tal vez el mejor de todos los días de ese matrimonio divertido y respetuoso,
mal emparejado y espléndido.
Wallenstein
dejó de interesarse por él, incluso por su conversación. Las llamadas de
palacio se tomaron raras y luego cesaron definitivamente. El mecenas de Kepler
se convirtió en una presencia estilizada e intermitente entrevista cada tanto a
lo lejos, más allá de una perspectiva de árboles o bajando la larga ladera de
una colina una tarde bañada por el sol, al galope en medio de sus ayudantes,
una figura rígida que asentía rítmicamente, como una efigie sagrada paseada en
fugaz procesión un día de fiesta mayor. Más adelante, como si algo hubiera
sacudido la memoria de una deidad mundana, un día un grupo de trabajadores que
arrastraban un carro se acercaron a la puerta de la casa de Kepler y
descargaron una máquina inmensa: la imprenta.
Podía
volver a trabajar. Tenía la posibilidad de ganar dinero con almanaques y
calendarios para navegantes. Pero ese invierno enfermó, estaba mal del estómago
y padeció por culpa de la arenilla y la gota. Los años le pesaban. Necesitaba
un ayudante. En la página de la dedicatoria de un librillo que le enviaron de
Estrasburgo encontró una carta pública que el autor, Jakob Bartsch, le dirigía
y en la que ofrecía sus humildes servicios al astrónomo imperial. Kepler se
sintió halagado, contestó e invitó al discípulo a que lo visitara en Sagan.
Bartsch fue, al mismo tiempo, bendición y maldición. Era joven y estaba deseoso
de aprender, pero agotaba a Kepler con su infatigable entusiasmo. De todas
maneras, Kepler le tomó cariño y no habría sentido tantos temores de que pasara
a formar parte de su familia si Susanna —su hija y novia de Bartsch— no hubiese
tenido tantos elementos de la estirpe Müller.
El
joven aceptó de buena gana el pesado trabajo de los almanaques y Kepler pudo
reanudar un proyecto muy querido: su sueño de un viaje a la luna. Dedicó la
mayor parte del último año en Sagan al Somnium. Ningún libro le había
proporcionado un placer tan peculiar. Fue como si por fin se desatara un viejo
nudo de ansia y amor. La historia del muchacho Duracotus, de su madre —la bruja
Fiolxhilda— y de los seres extraños, tristes y achaparrados de la lima,
desencadenó en Johannes una sosegada risa interior, risa por sí mismo, por su
ciencia y por la afable ridiculez de todo.
—Doctor,
¿pasará la noche aquí?
Frau
Billig lo observaba con la aguja en el aire.
—Sí,
por supuesto. Muchas gracias.
Hillebrand
Billig alzó su embotada cabeza de las cuentas y rió con pesar.
—
¡Ojalá pudiera ayudarme con estos números, pues soy incapaz de aclararme!
—Claro,
encantado.
En
realidad, desean saber qué me trae por aquí. Oh, sí, eso es lo que quieren.
Cuando
acabó el Somnium estalló otra crisis, pero ya sabía que ocurriría. ¿Qué era ese
deseo desenfrenado de destruir el trabajo de su intelecto y emprender viajes
descabellados al mundo real? En Sagan había tenido la sensación de que no era
acosado por un espectro, sino por algo semejante a un recuerdo tan intenso que,
por momentos, parecía adquirir presencia física. Daba la sensación de que había
extraviado una cosa preciosa y pequeña y lo había olvidado, pero la pérdida lo
atormentaba. De pronto recordó a Tycho Brahe descalzo ante la puerta de su
habitación, mientras el alba surcada de lluvia rompía sobre el Hradschin, su
expresión desolada y desconcertada, el moribundo que buscaba demasiado tarde la
vida que se había perdido, la vida que su obra le había arrebatado. Kepler
tembló. ¿Era la misma expresión que ahora los Billig veían en su rostro?
Susanna
lo había contemplado incrédula. No fue capaz de mirarla a los ojos.
—
¿Por qué? ¿Por qué? —inquirió—. ¿Qué ganarás?
—Debo
irme. —En Linz tenía que cobrar los bonos. Wallenstein había caído en desgracia
y lo despidieron. El emperador estaba con la Dieta en Ratisbona para garantizar
la sucesión de su hijo—. Me debe dinero, he de concluir algunas cosas, debo
irme.
—Amor
mío, si te vas, supongo que veré el día del Juicio Final antes de tu regreso
—añadió Susanna, intentando bromear. Ninguno sonrió y la mujer apartó su mano
de la de Kepler.
Johannes
viajó hacia el sur en medio del cruel clima invernal. No reparó para nada en
los elementos. Si era necesario, estaba dispuesto a llegar a Praga, a Tubinga…
¡a Weilderstadt! Pero Ratisbona quedaba muy lejos. Sé que nos encontraremos
allí, lo reconoceré por la Rosa Cruz que luce en el pecho, estará acompañado de
su señora. ¿Estás aquí? Si ahora me asomo a la ventana, ¿te veré en medio de la
lluvia y la penumbra… os veré a todos, reina y caballero intrépido, muerte y
demonio…?
—Doctor,
doctor, debería acostarse y descansar, está enfermo.
¿Cómo?
—Está
temblando…
¿Enfermo?
¿Estaba enfermo? Le chisporroteaba la sangre y su corazón era un trueno con
sordina. Estuvo a punto de soltar la carcajada: sería digno de él, convencido
como había estado toda la vida de que la muerte era inminente, morir en medio
de una dichosa ignorancia. Pues no.
—Supongo
que me quedé dormido.
Luchó
hasta incorporarse en la silla, tosió y extendió las manos temblorosas hacia el
fuego. Muéstrales, demuéstrales a todos que jamás moriré. No había acudido allí
a recibir la muerte, sino algo totalmente distinto. ¡Levanta una piedra plana y
allí la verás, innumerable y pródiga!
—Billig,
he tenido un sueño, ¡qué sueño he tenido! Es war doch so schön.
¿Qué
decía el judío? Se nos dice todo, pero nada se nos explica. Sí, tenemos que
aceptarlo todo a ojos cerrados. Ahí reside el secreto. ¡Qué sencillo! Sonrió.
Así, no fue un simple libro lo que arrojó, sino el fundamento del trabajo de
toda una vida. Al parecer, no tenía la menor importancia.
—Ah,
amigo mío, qué sueños…
La
lluvia tamborileó sobre el mundo exterior. Anna Billig se levantó y le sirvió
más ponche. Johannes le dio las gracias.
No
mueras nunca, no mueras nunca.
Nota
Las
biografías clásicas son Kepler, de Max Caspar (Londres, 1959) y Tycho Brahe, de
J. L. F., Drayer (Edimburgo, 1890). Quiero mencionar una vez más mi deuda y mi
admiración con Los sonámbulos, de Arthur Koestler (Londres, 1959). Otra obra
que me proporcionó ideas valiosas sobre la vida y el pensamiento a comienzos
del siglo diecisiete es The Rosierucian Enlightenment, de Frances A. Yates
(Londres. 1972).
Por
su ayuda y estímulo, deseo dar expresamente las gracias a Don Sherman, a Ruth
Dunham y a mi esposa Janet.
Johannes
Kepler murió en Ratisbona el 15 de noviembre de 1630.


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