© Libro N° 6127.
La Carta De
Newton. Banville, John. Emancipación. Junio 22 de 2019.
Título
original: © La Carta De Newton. John Banville
Versión Original: © La Carta De Newton. John Banville
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Miranda
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LA CARTA DE NEWTON
John Banville
Al parecer, yo era entonces sólo un niño
que jugaba a la orilla del mar y se regocijaba allí, una y otra vez, cuando
encontraba un guijarro o una concha más bonita de lo corriente, mientras que el
gran océano de la verdad yacía frente a mí, en su inmensidad, como un enigma
aún sin resolver.
Sir
Isaac Newton
Me
fallan las palabras, Clío. ¿Cómo me has encontrado?, ¿es que dejé manchas de
sangre en la nieve? No voy a intentar pedirte perdón, quiero simplemente
explicarme, para que ambos podamos tal vez comprenderlo. ¡Simplemente! Me gusta
esa palabra. No, no estoy enfermo, no he sufrido una crisis nerviosa. Estoy,
tal vez ésas sean tus palabras, o tal vez sean las mías, apartado de la vida.
Temporalmente.
He
abandonado mi libro. Pensarás que estoy loco. Le he dedicado siete años. ¡Siete
años! ¿Cómo puedo hacerte comprender que un proyecto así me es imposible, ahora
cuando ni yo mismo realmente lo comprendo? ¿Diré que he perdido la fe en la
primacía del texto? Gente de carne y hueso intercepta ahora mi camino, hasta
objetos y paisajes. Todo se ramifica. Pienso, por ejemplo, en la primera vez
que fui a Ferns. Veía desde el tren la oculta y fea parte del revés de las
cosas, cañerías y ventanas rotas, jardines descuidados con su ropa colgada a
secar como la fila de un cuerpo de baile, o un hombre encorvado sobre una
azada. En la bahía de Killiney una vela blanca estaba inclinada formando un
ángulo con el mundo, una nube blanca iba cruzando lentamente el horizonte. Pero
¿qué tiene eso que ver con ninguna otra cosa? Sin embargo, fragmentos así
recordados me parecen poseer abundante significado. Son a un mismo tiempo
ordinarios y únicos, como claves en el escenario de un crimen. Pero aquel día
todo era aún inocente, tan inocente como el mismo cielo azul, así que ¿qué es
lo que nos demuestran? Tal vez justamente eso: la inocencia de las cosas, el
hecho de que no son cómplices en nuestros asuntos. Aun así, estoy convencido de
que esas cañerías y esa nube me necesitan de manera aún más desesperada que yo
a ellos. ¿Comprendes mi dificultad?
Te
podría haber escrito el pasado mes de septiembre, antes de emprender la huida,
con alguna excusa anodina. Tú lo habrías comprendido; ciertamente, al menos, me
habrías compadecido. Pero Cliona, querida Cliona, tú has sido mi maestra y mi
amiga, mi inspiración, durante mucho tiempo. A ti no te podría mentir. Lo cual
no quiere decir que sé cuál es la verdad y cómo decírtela. Me siento confuso.
Me encuentro ridículo y melodramático, y cómicamente al descubierto. He trepado
hasta este alto pedestal y no sé cómo bajarme de él, y entre los espectadores
que me miran desde abajo, algunos se sienten violentos y los demás están a
punto de echarse a reír.
No
debía de haber ido allí. Fue el nombre lo que me atrajo. ¡Fern House! Yo
esperaba... Bueno, esperaba todo tipo de cosas. Resultó ser un gran bloque
sombrío cubierto de hiedra, con paredes desconchadas y un tragaluz roto encima
de la puerta, el tipo de vivienda donde te imaginas a una hijastra loca
encerrada en el desván. Había una avenida de sicómoros y a continuación la
carretera descendía por la colina hasta el pueblo. En la distancia podía ver el
humo del pueblo y un poco más allá un fragmento de mar. Si bien lo pienso,
supongo que eso era lo que esperaba. Por lo menos en lo que se refiere a su
aspecto.
Dos
mujeres se acercaron a mí en el jardín. Una era corpulenta y rubia, la otra una
joven alta con brazos bronceados que llevaba un viejo sombrero de paja. La
rubia habló: me habían visto venir. Señaló la carretera que descendía por la
colina. Deduje que ella era la dueña de la casa y que la joven del sombrero era
tal vez su hermana. Me las imaginé, vigilantemente silenciosas, observando cómo
yo subía penosamente hacia ellas y, por no sé qué razón, me sentí halagado.
Entonces, la joven se quitó el sombrero, y no era una joven, sino una mujer de
mediana edad. Yo casi había adivinado quién era cada una de ellas, pero al
revés. Ésta era Charlotte Lawless y la chica grande y rubia era Ottilie, su
sobrina.
El
pabellón, como lo llamaban, se encontraba en el lado de la carretera, al final
de la avenida. Una vez hubo una pared y un portalón de altas columnas, pero
todo eso había desaparecido hacía tiempo, lo mismo que desaparecen otras
glorias. La puerta rechinó. Un dormitorio y un cuarto de recibir, una cocina
diminuta y escuálida, un cuarto de baño aún más pequeño. Ottilie me siguió
amablemente de habitación en habitación, con las manos metidas en los bolsillos
de atrás de sus pantalones. La señora Lawless se quedó esperando en la entrada
principal. Abrí la alacena de la cocina: tazas desportilladas y excrementos de
ratón. Había un tren que regresaba al pueblo dentro de una hora. Si me daba
prisa lo cogería. La señora Lawless manoseó el borde de su sombrero para
protegerse del sol y miró pensativamente los sicómoros. De los tres, la única
que no manifestó violencia alguna fue la rubia Ottilie. Al pasar por delante de
Charlotte en la puerta principal, noté que olía a leche; y oí mi voz
ofreciéndole un mes de alquiler por adelantado.
¿Qué
se apoderó de mí? Ferns no se parecía nada a aquel Woolsthorpe de mis vagos
sueños, donde, apartado de la pestilencia de la vida universitaria, iba a dar
el toque final a mis propios Principia. El tiempo es diferente en el campo.
Hubo momentos en que creí que me iba a dejar llevar por el pánico, abandonado
en medio de tardes interminables. Había además el ruido, una serie constante de
ruidos, las vaquillas bramando, los tractores rugiendo, los perros ladrando
toda la noche. Algo parecía pasearse por el tejado, escarbar bajo el suelo.
Había un nido de mirlos en los arbustos de lilas al otro lado de la ventana del
salón cuando yo me ponía a trabajar. Y sus peleas hacían que se moviera todo el
arbusto. Una noche una manada de algo, vacas, caballos, no lo sé, vino y pululó
alrededor del césped, respirando y empujándose suavemente unos a otros, como
una chusma que se prepara para el ataque.
Pero
el tiempo en aquellos últimos días de mayo era espléndido, soleado y sereno, y
teñido de tristeza. Pasé días enteros vagando por los campos. Había traído
libros sobre árboles y pájaros, pero no acababa de entenderlos. Las
ilustraciones no eran iguales a los ejemplares reales que tenía ante mí. Todos
los pájaros me parecían estorninos. Pronto me desanimé. Tal vez eso explique la
sensación que tenía de ser un intruso. Entre esos paisajes iluminados por el
sol yo me sentía ajeno, como si yo mismo fuera una mera idea, una ilustración
sutilmente inexacta de aquel que era solamente real en otro lugar. Hasta las
páginas de mi manuscrito, cuando me sentaba con aire preocupado pasándolas una
tras otra, tenían un aspecto desconocido, como si las hubiera escrito, no otra
persona, sino otra versión distinta de mí mismo.
¿Recuerdas
aquella disparatada carta que Newton escribió a John Locke en septiembre de
1693, acusando al filósofo, sin más ni más, de ser inmoral y seguidor de Hobbes
y de haber tratado de mezclarlo en conflictos escandalosos con mujeres? Yo me
imagino al ilustre Locke recorriendo a zancadas el gran jardín en Oates, con
las cejas enarcándosele aún más y los ojos desorbitados al leer estas
disparatadas acusaciones. Me pregunto si sintió la misma punzada que yo al leer
la firma al final de la carta: «Vuestro más humilde y desdichado siervo, Is.
Newton». A mí me parece que esto expresa mejor que todo lo anterior el dolor y
el angustiado desconcierto de Newton. Comparo esta firma a la que utilizó unas
semanas después, con el simple y escueto apellido, en otra —y completamente
distinta— carta. ¿Qué ocurrió en el lapso transcurrido entre una y otra?, ¿qué
idea se le vino a la mente?
Hemos
especulado mucho, tú y yo, acerca de su crisis nerviosa en aquel verano de
1693. Tenía cincuenta años, había terminado su gran obra, los Principia y las
leyes de la gravedad, los descubrimientos en el campo de la óptica. Se estaba
entregando cada vez más al estudio interpretativo de la Biblia y a ese trabajo
más sombrío sobre la alquimia, que tanto avergüenza a sus biógrafos (cf. Popov
et al). Era entonces un gran hombre, su fama estaba ya garantizada, toda Europa
le tributaba los más altos honores. Pero su vida como científico había
concluido. Había empezado el proceso de petrificación, por decirlo así: el
mundo lo estaba convirtiendo en un monumento a sí mismo. Era frío y arrogante,
se sentía solo. Seguía siendo obsesivamente celoso; el odio que sentía por
Locke iba a perdurar, a intensificarse, incluso más allá de la muerte de su
viejo rival. Estaba...
Mírame
a mí, escribiendo historia; las viejas costumbres no se pierden fácilmente. Lo
único que quería decir es que el libro estaba casi terminado.
No
tengo más que atar unos cuantos cabos sueltos y escribir la conclusión; pero en
estas primeras semanas en Ferns algo se ha desintegrado. Era solamente, al
principio, lo que los médicos llaman un malestar general. Me estaba
concentrando, con mórbida fascinación, en el capítulo que había dedicado a su
crisis nerviosa y en esas dos cartas a Locke. ¿Era eso un nudo que sentía ahí,
un nudo pequeño, duro, indoloro...?
La
mayor parte del tiempo, tales temores me parecían ridículos. Había incluso
momentos en que la posibilidad de acabarlo se fusionaba por así decir con mis
nuevos alrededores para formar un gran diseño. Recuerdo un día cuando yo
estaba, apropiadamente, en el huerto. El sol brillaba, los árboles estaban en
flor. Sería un libro espléndido, nuevo y limpio como ese reluciente panorama
que tenía ante mis ojos. Las academias estarían asombradas, tú estarías
orgullosa de mí y Cambridge me ofrecería un gran puesto. Sentí una
extraordinaria sensación de pureza, de tierna inocencia. Así debía de haberse
sentido el propio Newton una bella mañana, en el jardín de su madre en
Woolsthorpe, mientras las manzanas maduras le iban cayendo sobre la cabeza. Me
di la vuelta al oír un violento ruido de ramitas al ser pisadas. Edward Lawless
dio un paso hacia un lado a través de un hueco en el seto, dando una patada al
aire hacia atrás, para sacudirse la vuelta de uno de sus pantalones que se le
había enganchado en las zarzas. Tenía hojas en el pelo.
Yo
le había visto por los alrededores de la casa, pero ésta era la primera vez que
nos habíamos encontrado. No era un hombre muy corpulento, pero daba una
impresión de, ¿cómo lo diría?, volumen. Tenía el cuello corto y macizo y unos
hombros anchos que ejecutaban un movimiento circular al andar, como si tuviera
que luchar constantemente con obstáculos grandes y suaves que le cortaban el
paso. De pie al lado de él, le podía oír jadear, como un hombre preparado para
seguir corriendo entre una intensa carrera y la siguiente. A pesar de la vasta
mole de su cuerpo, había en sus ojos una mirada preocupada, levemente dolorida,
como la mirada que se ve en esas fotografías color perla y tinta de los poetas
de principio del siglo XX, condenados al fracaso. Su cabello, muy rubio, que se
iba encaneciendo atractivamente en las sienes, parecía un casco bruñido; yo me
moría de ganas de extender la mano y quitarle la hoja de laurel en él enredada.
Permanecimos de pie en la empapada hierba, mirando al cielo y tratando de pensar
en algo que decir. El elogió el tiempo que estaba haciendo; hizo tintinear las
monedas que llevaba en el bolsillo. Tosió. Se oyó un grito en la distancia y,
algo más allá, otro en respuesta. «¡Ajá!», dijo Edward, «¡los hombres de las
ratas!», y se lanzó a través del hueco en el seto. Un momento más tarde volvió
a aparecer su cabeza, balanceándose sobre el talud de hierba que rodea la
huerta. Siempre pienso en él así, merodeando o escondiéndose detrás de los
setos o arrastrando los pies a través de un campo lejano, atribulado y algo
enojado, como un hombre que sufre de resaca y está tratando de acordarse de los
delitos de la noche anterior.
Yo
retrocedí a lo largo del sendero bajo los manzanos y salí al césped, en
realidad era más bien un campo mal segado. Dos figuras con botas de agua y
largos abrigos negros sin botones hicieron su aparición por un lado de la casa.
Una llevaba un cepillo de mango largo sobre el hombro, la otra un cubo de color
rojo. Me detuve y las vi pasar antes de hacerlo yo, a la luz del sol
primaveral, y súbitamente me asaltó una imagen de catástrofe, seres golpeados
que salían corriendo en círculos, pieles hendidas, convulsiones, ojos
agonizantes mirando al cielo vacío o a la infinidad a través de ese mismo
cielo. Me apresuré a regresar a mi pabellón, a mi trabajo. Pero la sensación de
armonía y propósito que había experimentado en el huerto desapareció. Vi algo
que se movía fuera, entre la hierba. Pensé que serían los mirlos, hurgando en
busca de comida, porque las lilas estaban aún inmóviles. Pero era una rata.
De
hecho, no era una rata. Porque, de hecho, en todo el tiempo que pasé en Ferns
nunca vi una rata. Era solamente la idea de una rata.
El
cartero del campus, un lapón asmático, me acaba de traer una carta de Ottilie.
Ahora ya me han descubierto. Dice que tú le diste mis señas. Clío, Clío... Pero
me alegro, para qué lo voy a negar. Menos en lo que dice que en su propia letra
liliputiense, oblicua, inclinada de un extremo al otro de unas hojas azules muy
finas, percibo algo de su verdadero ser, su falta de destreza y su
impetuosidad, su inviolable inocencia. ¡Quiere que le preste el dinero para
venir a verme! Nos imagino a nosotros dos, caminando con dificultad por la
nieve acumulada por la ventisca, despotricando y sollozando, abrazándonos por
debajo de nuestros abrigos de pieles, como dos osos polares perdidamente
enamorados.
Vino
a mi pabellón el día después de que yo me instalara en él, con una fuente de
huevos de regalo. Llevaba pantalones de pana y un jersey informe de confección
casera. Su cabello rubio estaba sujeto en la nuca con un elástico. Sus cejas
pálidas y sus ojos azules también pálidos le daban el aspecto de una mujer que
se ha restregado el rostro a fondo. Se quedó de pie con las manos metidas en
los bolsillos y me sonrió. Su luminosidad era la valiente luminosidad de todas
las muchachas grandes y desgarbadas.
—Tienen
aspecto de ser unos huevos estupendos —dije yo.
Los
miramos los dos un momento en pensativo silencio.
—Charlotte
los cría —me contó—. Bueno, quiero decir que cría las gallinas.
Yo
me dirigí de nuevo al paquete de libros que había estado desembalando. Ella
vaciló, mirando a su alrededor. La mesita cuadrada junto a la ventana estaba
cubierta de mis papeles. ¿Es que estaba escribiendo un libro, o qué?, como si
apenas se pudiera defender una cosa así. Yo contesté su pregunta.
—¿Newton?
—dijo ella frunciendo el ceño—. ¿El tipo en cuya cabeza cayó una manzana y que
descubrió la ley de la gravedad?
Se
sentó.
Tenía
veinticuatro años. Su padre fue hermano de Charlotte. Con su mujer al lado y en
una noche helada, cuando Ottilie tenía diez años, había estrellado su coche
contra un muro —«ése, ¿lo ve?, ahí abajo»— y dejado huérfana a la niña. Ella
quería ir a la universidad. ¿A estudiar qué? Se encogió de hombros. Simplemente
quería ir a la universidad. Su voz, inesperada al salir de esa figura
corpulenta, era liviana y vibrante como un oboe, una voz de cantante, y yo me
la imaginé, me imaginé a esta joven grande y poco atractiva, de pie con un
ridículo traje de gala ante el escalonado escenario de una orquesta, con sus
manitas regordetas enlazadas, dejando salir de sus labios un torrente de
desconsoladas canciones.
¿Que
dónde vivía en Dublín? ¿Tenía un piso? ¿Cómo era? «¿Por qué ha venido usted a
este lugar de mala muerte?» Yo se lo dije: para terminar mi libro, y a
continuación fruncí el ceño mirando los papeles, cuyos bordes se rizaban a la
luz del sol sobre la mesa. Entonces noté cómo los sicómoros se estaban moviendo
suavemente, casi a escondidas, en el aire luminoso, como bailarines que están
ensayando mentalmente pasos de ballet. Y algo en mi interior hizo también unas
breves piruetas, y sí, dije, sí, a terminar mi libro. Una sombra oscureció la
puerta. Un niño pequeño de cabellos rubios estaba allí observándonos con las
manos en la espalda. Su mirada antigua, que recordaba a la de los pálidos ojos
de un angelote, me crispaba los nervios. Ottilie suspiró, se levantó
súbitamente y sin volverme a mirar cogió al niño de la mano y se marchó.
Yo
nací allí, en el sur, eso sí lo sabías. Los mejores recuerdos que tengo de
aquel lugar eran los de mis salidas de él. Estoy pensando en viajes a Dublín en
Navidad, cuando era niño, subiéndome al tren cuando era de noche y observando
por la ventana, empañada por mi aliento, el paisaje helado que iba adquiriendo
realidad al rayar el alba. En un lugar determinado cada vez que viajaba en el
tren, me parece estarlo viendo aún, el día terminaba por asentarse. El lugar
era la curva de un río, donde el tren aminoraba la marcha para cruzar un puente
rojo de metal. Más allá del río, un campo llano se extendía hasta llegar a una
frondosa colina, y al pie de la colina había una casa, no muy grande, solitaria
y cuadrada, con un tejado empinado. Yo solía mirar esa casa silenciosa y
preguntarme, en un acceso de curiosidad, qué vidas habían transcurrido allí.
¿Quién apilaba la leña para el fuego, colgaba la corona de acebo, dejaba esas
huellas en la escarcha de la colina? Me resulta difícil expresar el extraño y
punzante placer de aquel momento. Sabía, naturalmente, que aquellas vidas
ocultas no serían muy distintas de la mía. Pero de eso se trataba. No era lo
exótico lo que yo estaba buscando, sino lo común, el enigma más extraño y
esquivo de todos los enigmas.
Ahora
tenía otra casa que contemplar y sobre la que dejar vagar mis pensamientos, con
algo de la misma remota lascivia. El pabellón era como la caseta de un
centinela. Se hallaba a, no sé, digamos que a unos cien o doscientos metros de
la casa, pero a pesar de eso no podía asomarme a la ventana sin ver que estaba
teniendo lugar una u otra forma de actividad. Las condiciones acústicas del
lugar le conferían, por añadidura, una intimidad alarmante. Podía oír con
claridad los frecuentes cataclismos del retrete del piso de arriba, y mi día
empezaba con los pitidos que anunciaban las noticias de la mañana en la radio
de la cocina de Charlotte Lawless. Después veía a la propia Charlotte, con
botas de agua y una rebeca vieja, llevando un cubo de pienso al gallinero.
Después sale Ottilie, medio dormida, con el niño de la mano. El niño va al
colegio. Lleva su mochila como la chepa de un jorobado. El último que sale es
Edward; yo estoy ya trabajando antes de ponerme a espiar lo que se trae entre
manos con ese aire tan misterioso. Todo esto tiene el aire de una pantomima
pastoral, con la mujer del pastor y el propio pastor, y Cupido y la doncella, y
escribiendo garabatos dentro de una cueva de cristal, yo mismo, un Damón
ojeroso.
Desde
el primer momento los tomé a todos por miembros de la clase patricia. La casa
grande, los tweeds de Edward, la esbelta elegancia de Charlotte, con la fina
estructura de su cuerpo que no podía ocultar el más descuidado de sus atuendos,
hasta el aspecto desgarbado de Ottilie, todo ello parecía llevar el sello
inconfundible de su clase. Protestantes, por supuesto, terratenientes, con sus
tierras ahora en manos de prestamistas usureros y ellos forzados a venderlas, y
la fortuna de la familia mermada por las tasas, los impuestos de sucesión, la
inflación. Pero ¡con qué valor y con qué elegancia sobrellevaban sus pérdidas!
Al observarlos, comprendí que una buena crianza como la suya es una
preparación, no para el estado de caballeros, sino para ese día distante, que
había llegado ya para los Lawless, cuando han desaparecido los símbolos y el
boato de la gloria y sólo queda el estilo. Todo esto son tonterías,
naturalmente, pero a mí, producto de una educación católica posterior a los
días del campesinado, me parecían criaturas perfectas. ¡No, no me acuses de
esnobismo! Esto era otra cosa, una fascinación ante el espectáculo de un
refinamiento puro. Despojados de la carga de las riquezas y el poder, estaban
ahora libres de ser simplemente lo que eran. Lo irónico era que la forma de
vivir que adoptaba ese refinamiento me resultaba totalmente familiar: botas de
agua, gallineros, jerséis burdos y gruesos. Familiar pero, eso sí,
transfigurada. La sutileza de tono y gesto a la que yo tal vez aspirara, la
conseguían ellos instintivamente, sin hacer ningún esfuerzo. Su sencillez era
inimitable.
Los
domingos por la mañana eran funciones de gala en Ferns. A las diez menos
veinte, cuando las campanas tañían en el pueblo, salía del garaje un coche
grande de un modelo pasado de moda. Se iban todos a la iglesia. Regresaban una
hora más tarde, excepto Edward, con Charlotte al volante. Llegaban a mis oídos
leves acordes de música procedentes de la radio de la cocina. Charlotte está
preparando la comida principal del día; no, lo que prepara es una comida
ligera. Impropias de gente como ellos, las copiosas comidas del mediodía que yo
acostumbraba a consumir en mi infancia, el suculento asado, los guisantes de
gran tamaño, los bloques de helado que se conservaba frío en el antepecho de la
ventana del cuarto de baño. Edward está subiendo la colina, con las manos en
los bolsillos y el movimiento circular de sus hombros. Se detiene un momento
delante de la casa, mira el tragaluz roto y entonces entra, cierra la puerta.
El tren sigue adelante sobre el puente.
Mis
ilusiones acerca de ellos empezaron pronto, si no a desvanecerse, sí a
modificarse. Un día entré, pasado el huerto, en los campos de detrás de la
casa. A mi alrededor se veían los desvaídos bosquejos de lo que debió de haber
sido en otros tiempos un elaborado jardín. Aquí se veía un estanque, con el
agua de un color verde maléfico, y la triste imagen de unos sauces suspendida
sobre ella. Caminé por los altozanos cubiertos de hierba que me llegaba hasta
la rodilla, sintiendo que alguien me estaba observando. El día era caluroso y
había una brisa abrasadora. Todo se mecía. Un enorme abejorro pasó detrás de mi
oreja, atolondrado. Cuando me volví, el único indicio de la casa era una sola
chimenea destacada sobre el fondo del cielo. Me encontré de repente de pie en
lo que quedaba de una pista de tenis. Me llamó la atención el ver un destello
del reflejo de la luz del sol. En una hondonada en el extremo al otro lado de
la pista había un invernadero largo y bajo. Descendí dando tumbos por el
terraplén, como debían de haberlo hecho otros en otros tiempos, riéndose,
detrás de una pelota blanca que rodaba, inexorablemente, hacia el futuro.
La
puerta del invernadero emitió un leve sonido, como de succión, cuando la abrí.
El calor me hizo el efecto de una bofetada en el rostro. Filas y más filas de
macetas de barro sobre mesas plegables se alineaban todo a lo largo del
invernadero, como un ejercicio en perspectiva, convergiendo al final en la
figura de Charlotte Lawless, que estaba de pie dándome la espalda. Llevaba
sandalias y una falda con vuelo, de color verde, una blusa blanca y su vieja
pamela para protegerse del sol. Hablé y se volvió, asustada. Un par de gafas
colgaba de un cordón que llevaba alrededor del cuello. Tenía los dedos
cubiertos de barro. Se frotó la frente con el interior de la muñeca. Noté las
diminutas arrugas alrededor de sus ojos, el leve nacimiento del vello en el
labio superior.
Dije
que no sabía que el invernadero estaba allí, que estaba impresionado, que debía
de ser una jardinera entusiasta. Noté que estaba balbuceando. Ella me miró con
cautela. «Es así como nos ganamos la vida», dijo. Yo le pedí que me perdonara,
no estaba seguro de por qué y entonces me reí y me sentí incómodo. Hay gente
con la que te sientes forzado a dar explicaciones sobre ti mismo. «Me he
perdido», dije, «en el jardín, por difícil que sea creerlo, y entonces la he
visto aquí, y...» Estaba todavía observándome, pendiente de mis palabras; yo me
preguntaba si a lo mejor era un poco sorda. La posibilidad era extrañamente
conmovedora. ¿O sería simplemente que no me estaba escuchando realmente? Nada
se reflejaba en su rostro, a no ser una sensación de que evitaba decir algo. Me
hizo pensar en alguien de puntillas detrás de una barrera de cristal, con todas
las partes de su cuerpo, ojos, labios, hasta los guantes que lleva agarrados en
sus manos, esforzándose por convertirse en la radiante sonrisa que espera la
llegada del amado. Era un cúmulo de posibilidades. En el banco donde había
estado trabajando había un par de tijeras de podar abiertas y una planta
cortada, con flores de color púrpura.
Anduvimos
a través de las mesas, vadeando por un charco de aire muerto y estancado, y
ella me explicó en qué consistía su trabajo, citándome los nombres de las
plantas, las variedades y las híbridas, con un tono de voz neutro. En su mayor
parte era una simple colección para fines comerciales, arbolillos que se
convertirían en manzanos, bulbos, verduras, pero había también algunas cosas
extrañas, como pálidos y exóticos tallos y flores de intensos colores y frutas
con agudas aristas, que dejaban caer su peso entre las pulidas e inmóviles
hojas. El negocio lo había empezado su padre y ella se había hecho cargo de él
cuando su hermano murió en un accidente. «Seguimos llamando a nuestro negocio
Viveros Grainger.» Yo asentí en silencio. El calor, el sombrío silencio, el
contraste entre la paz de allí dentro y el ruido del viento que hacía vibrar
todos los cristales a nuestro alrededor provocaron en mi interior una especie
de excitado temor, como si alguien me estuviera conduciendo, firmemente pero
con infinito tacto, a no sé qué peligro. Una escala de color me rodeaba,
carmesíes, púrpuras, y por todas partes verdes y más verdes, glabros y gomosos
y en cierto modo feroces. «En Holanda», dijo Charlotte, «en el siglo XVII, el
propietario de un semillero podía vender un nuevo tipo de tulipanes por veinte
mil libras.» Sus palabras tenían el tono inexpresivo de algo que se había
grabado en una cinta. Se quedó mirándome con las manos enlazadas, como si
esperara algún comentario por mi parte. Yo sonreí e hice un movimiento de
cabeza, tratando de expresar mi asombro. Llegamos a la puerta. La brisa estival
me pareció un huracán después del silencio de dentro. Se me pegó la camisa a la
espalda, empecé a tiritar. Anduvimos un poco a lo largo de un sendero, bajo un
arco de rododendros. Sus ramas enredadas y artríticas dejaban filtrarse alguna
luz y se percibía un olor de musgosa putrefacción que recordaba al penetrante
olor de la carne húmeda. Entonces, de repente, sin esperarlo, nos encontramos
en la parte de atrás de la casa. Yo me sentía confuso; el jardín me había hecho
trazar un círculo, a escondidas. Charlotte murmuró unas palabras y se marchó.
En el camino, bajo los sicómoros, me detuve un momento y miré hacia atrás. La
casa tenía un aspecto impasible, excepto en el lugar donde la cortina de una
ventana abierta en el piso superior se agitaba frenéticamente movida por la
brisa. ¿Qué esperaba yo? ¿Alguna revelación? ¿Un rostro mirándome a través del
cristal que reflejaba el cielo, una voz llamándome por mi nombre? No había nada;
pero aun así, algo había sucedido.
El
nombre del niño era Michael. No logré conjeturar cuál era su relación exacta
con los otros miembros de la familia. Es cierto que, como Edward, tenía la
costumbre de merodear. Me lo solía encontrar en los senderos de alrededor,
escarbando en el seto y hablando consigo mismo, o simplemente de pie, con las
manos detrás de la espalda como si estuviera escondiendo algo y esperando a que
yo pasara por delante de él. Sentado con un libro en la mano bajo un árbol en
el huerto, una tarde soleada, levanté la vista y lo vi encaramado entre las
ramas, observándome. En otra ocasión, a la hora en que estaba a punto de
ponerse el sol, lo divisé en la carretera, mirando fijamente algo debajo de la
cima de una colina, donde él estaba de pie. No me había oído llegar detrás de
él y yo me detuve un momento, preguntándome qué era lo que merecía esa atención
tan embelesada. Entonces lo oí súbitamente, surgiendo a través de la quietud de
la tarde: era la música metálica de una fiesta de carnaval en el pueblo debajo
de nosotros.
Una
tarde Edward se detuvo en el pabellón a su regreso del pueblo. Tenía la cruda
apariencia de un hombre a quien se le acaba de sacar de la cama a la fuerza y
al haberlo puesto debajo de un chorro de agua fría sus ojos están ribeteados de
rojo, su cabello lacio. Balbuceó y tartamudeó, moviendo con el pie la grava del
suelo, y a continuación y repentinamente dijo: «Venga usted a tomar algo con
nosotros». Creo que era la primera vez que había estado dentro de la casa. Era
oscura y con un vago olor a humedad. Había un palo de hurling —esa modalidad de
hockey que se juega en Irlanda— en un paragüero, y unos narcisos marchitos en
un jarrón sobre la mesa del vestíbulo. En un hueco de la pared un reloj rompía
levemente el silencio y dejaba oír un solitario y tembloroso repiqueteo. Edward
hizo una pausa para mirar su reloj de bolsillo, frunciendo el ceño. A la media
luz de aquella atmósfera viciada, su rostro tenía el color gris del engrudo.
Hipó levemente.
La
comida se desarrolló en la gran cocina encalada, en la parte de atrás de la
casa. Yo había esperado encontrar un adusto comedor, servilletas de hilo con
iniciales bordadas a mano y algo descoloridas y un poco de plata colocada
descuidadamente en la mesa. Y apenas se la pudo llamar comida. Fue más una
merienda, con fiambres y lechuga lacia, y una botella de un aliño parecido a la
mayonesa que tenía el color de unas gachas. El mantel era de plástico.
Charlotte y Ottilie ya habían empezado a comer. Charlotte miró un momento mi
estómago y me di cuenta enseguida de que no debía haber venido. Ottilie puso
plato y cubiertos para mí en la mesa. La ventana, protegida con barrotes, daba
a un huerto y después a un campo y más allá aún al resplandor azulado de los bosques
distantes. La luz del sol que se filtraba a través de las hojas de un castaño
me hacía parpadear incesantemente. Edward empezó a contar una historia que
había oído en el pueblo, pero se embrolló y permaneció sentado, mirando su
plato con expresión adormilada, suspirando. Alguien tosió. Ottilie frunció los
labios y empezó a silbar silenciosamente. Charlotte, con un abrupto movimiento
espástico se volvió hacia mí y en voz alta me dijo:
—¿Cree
usted que renunciaremos a la neutralidad?
—¿Que
renunciaremos...? —El tópico había aparecido en los periódicos—. Pues la verdad
es que no lo sé, yo...
—Sí,
sí, díganoslo ahora —me instó Edward, moviéndose súbitamente en su asiento y
acercando su enorme cabeza hacia mí—, díganos lo que opina usted. Estoy muy
interesado. ¿No es verdad que estamos todos muy interesados? Un hombre como
usted sabrá mucho acerca de estas cosas.
—Yo
creo que seríamos muy...
—Aquí,
por supuesto, no tenemos ni idea. ¡Menuda ralea de irlandeses! — Hizo una
mueca, resoplando y tocando la turba con el pie.
—Yo
creo que no sería una buena idea renunciar a ella —dije yo.
—¿Y
qué me dice usted de esa central eléctrica que quieren instalar ahí en
Carnsore? Una maldita bomba que nos hará explotar a todos, algún estúpido con
una buena resaca puede apretar el botón equivocado, y no necesitamos para nada
a los rusos. ¿Y qué dices tú? —Estaba mirando a Charlotte. Ella no había
abierto la boca—. Bueno, ¿y qué tiene de malo el ser una persona normal —dijo—,
como cualquier otro país, teniendo un ejército para defendernos? Decidme qué
hay de malo en ello. —Nos miró haciendo un mohín, como un niño grande
enfurruñado.
—¿Y
qué tienes que decir de Suiza? —dijo Ottilie; y se rió entre dientes.
—¿Suiza?
¿Suiza? Ja, ja. Lecheros y fábricas de chocolate, y, ¿qué es lo que dijo aquel
tipo?, relojes de cucú. —Volvió a dirigirme la mirada de sus ojos ribeteados de
rojo—. Demasiados malditos neutrales —dijo en tono misterioso.
Charlotte
suspiró y levantó al fin la mirada de su plato.
—Edward
—dijo, sin énfasis alguno en la voz. Él no dejaba de mirarla, pero la luz se
apagó en su rostro y por espacio de un instante casi me dio pena—. Y no es que
me importe un bledo —murmuró y cogió sumisamente su cuchara—.Ya está bien de
temas de actualidad.
Yo
maldije mi presencia en esta casa pero, no obstante, estaba que me moría de
curiosidad. Se había levantado brevemente una trampilla dejando ver unas formas
oscuras y convulsas y ahora se acababa de cerrar otra vez. Observé a Edward con
el rabillo del ojo. El muy borracho. Me había traído aquí como una coartada
para justificar sus ebrias escapadas o para evitar recriminaciones. Ahora lo
veía todo bien claro: era un inútil. Charlotte mantenía en pie el negocio, todo
había sido una equivocación, hasta el niño. Todo tenía ahora su explicación, la
atribulada mirada de sus ojos vidriosos, sus merodeos, los silencios, la
tensión, esa sensación que tuve desde el principio de encontrarme entre gente
que no quería entablar conversación conmigo, concentrados en algo que yo no
podía ver. Hasta podía explicarse el aire de morosa autonomía del niño. Miré la
elegante cabeza de Charlotte, su delgado cuello, la mano que descansaba a un
lado de su plato. La sombra de las hojas se movía de un lado a otro sobre la
mesa como un titilar de lágrimas. ¿Cómo le podría hacer saber que lo comprendía
todo? El niño entró, envuelto en una toalla de baño. Tenía el cabello mojado,
aplastado contra el cráneo. Cuando me vio se echó hacia atrás, después dio un
paso hacia delante, frunciendo el ceño, un César en miniatura, cubierto con su
manto y con el pelo lleno de rizos. Charlotte extendió la mano y el niño se
dirigió hacia ella. Ottilie le guiñó un ojo. En el rostro de Edward había una
expresión maliciosa y torcida, como si una sonrisa destinada a situarse en el
centro de su rostro no hubiera dado en el blanco. Michael dio las buenas noches
entre dientes y desapareció, cerrando la puerta con ambas manos en el pomo. Yo
me volví con avidez hacia donde estaba sentada Charlotte.
—Su
hijo —dije en un tono que vibraba levemente—, su hijo es muy...
Y
entonces la voz me empezó a fallar, al oír, supongo, el leve repique de una
campana que estaba tratando de avisarme. Se hizo el silencio. Charlotte se
ruborizó. De repente me sentí deprimido y... remilgado, ésa es realmente la
palabra. ¿Qué sabía yo que me diera derecho a juzgarlos? Yo no debía estar
aquí. Comí una hoja de lechuga, teniendo a mi espalda ese gran arbusto
enraizado y floreciente y delante de mí el insistente enigma de otras personas.
Me mantendría alejado de ellos, me quedaría en mi pabellón, regresaría si era
preciso a Dublín. Pero sabía que no lo haría. Parecía habérseme presentado una
importante lección.
Ottilie
me acompañó a la puerta. No dijo nada, pero sonrió, divertida y contrita al
mismo tiempo. Y entonces, no sé por qué, algo me vino a la mente. Michael no
era hijo de Edward y Charlotte: era, naturalmente, hijo de Ottilie.
Gracias
por el último libro de Popov, ha llegado hoy. Eres muy astuta, Cliona; pero ni
una biblioteca llena de libros de Popov tendría el poder de incitarme a
publicar. Lo conocí una vez, un hombrecillo espantoso con ojos de hurón y un
traje grasiento. Me recordaba a un embalsamador. Lo cual, bien pensado, es una
comparación adecuada. Me gusta el descargo de responsabilidad a que aspira con
las siguientes palabras: «Ante el fenómeno de Isaac Newton, el historiador,
como Freud cuando fue a contemplar a Leonardo, no puede hacer más que menear la
cabeza y retirarse con toda la elegancia de que sea capaz». Entonces saca la
jeringuilla y la formalina. Y eso es lo que estaba haciendo también yo,
embalsamar el gran cadáver del viejo Newton. Pero yo al menos tuve la elegancia
de retirarme antes de que estuviera debidamente petrificada la mueca en la
cabeza del cadáver.
«Newton
fue el genio más grande que alumbró la ciencia.» Bueno ¿quién estaría dispuesto
a negarlo? Tenía poco más de veinte años cuando resquebrajó el código de la
manera en que funcionaba el mundo. Inventó él sólo la ciencia: antes de él todo
había sido brujería y sueños sudorosos y brillantes errores. Se podría decir,
como dijo el propio Newton, que su mirada llegó tan lejos porque tenía los
hombros de gigantes para apoyarse en ellos; pero también se podría decir que
sin su madre y sin su padre no habría nacido, lo cual es indudablemente verdad,
pero ¿qué queremos decir con esto? Cuando definió las leyes de la gravedad
barrió el mundo entero hasta limpiarlo de gigantes y otros duendes. ¡Oh, sí, lo
sé, tú te puedes imaginar, ¿no es verdad?, el bosquejo de lo que habría sido mi
libro, un elogio de la acción, del científico como héroe, una gozosa aceptación
de las terribles revelaciones de Pandora, una patada al insípido medievalismo y
la restauración de la edad de la razón! Pero ¿podrás creer que todo esto, este
Newton popoviano como el-científico-más-insigne-que-ha-conocido-el-mundo, me
hace ahora sentir unas ligeras nauseas? No es que crea que nada de esto es
falso, en el sentido de que es indudablemente un hecho. Es simplemente que otro
tipo de verdad me ha llegado a parecer más urgente, más apremiante, aunque para
la mente no suponga nada comparada a las elevadas verdades de la ciencia.
Creo
que el propio Newton pensó de manera semejante en aquel extraño verano de 1693.
¿Has oído la anécdota de cómo su perrito Diamond tiró al suelo una vela en sus
cuartos de Cambridge y cómo eso provocó un fuego que destruyó un montón de sus
documentos, y cómo el haber perdido éstos casi le hizo volverse loco? Todo son
tonterías, por supuesto, hasta el perro es una ficción; sin embargo, me doy
cuenta ahora de que me lo estoy imaginando, un hombre famoso, de cincuenta
años, de pie y horrorizado en medio del humo y los fragmentos de tizne que
revolotean a su alrededor, y el perro chamuscado apretado entre sus brazos. Lo
gracioso es que no es la pérdida de los valiosos documentos lo que le vuelve
temporalmente loco, sino el simple hecho de que no importa. Puede haber sido la
desaparición del trabajo de toda una vida, los Principia mismos, las Opticks,
todo, en suma, y aun así no significaría nada. Los ojos se le arrasan en
lágrimas, el perro las lame y le seca la barbilla. Un colega viene corriendo,
con los faldones de la camisa al aire. Saca al gran hombre al corredor, blanco
como la cera a consecuencia del susto y cojeando como si llevara una pata de
palo. Alguien apaga las llamas. Otro pregunta qué se ha perdido en el fuego. Se
abre la boca de Newton y sale de ella una sola palabra, como una piedra que cae
pesadamente al suelo: «Nada». Se da cuenta de algunos detalles, la luz temprana
de la mañana filtrándose por los cristales de la ventana, uno de los pies de su
salvador descalzo y con las uñas de los dedos amarillentas, la negrura
aterciopelada del papel quemado. Sonríe. Sus colegas se miran unos a otros.
No
hubiera sido necesaria ya la llama de la vela, eran ya cenizas. ¿Por qué otra
razón se había dedicado a descifrar el Génesis y a tener escarceos con la
alquimia? ¿Por qué otro motivo insistió una y otra vez en que la ciencia le
había costado a él muy cara, en que, si pudiera empezar a vivir otra vez, no
tendría nada que ver con la física? No era modestia, nadie podía acusarle de
eso. El fuego, o lo que quiera que fuera la verdadera conflagración, le había
mostrado algo terrible y atractivo a la vez, como la propia llama. Nada. La
palabra reverbera. Él la está rumiando como un emblema mágico cuya otra cara no
se puede ver pero que sin embargo está indudablemente ahí. Porque la nada
significa automáticamente el todo. No sabe qué hacer, qué pensar. Ya no sabe ni
cómo vivir.
No
hubo ninguna dramática revelación que justificara mi crisis de fe; ni siquiera
hubo lo que se pudiera llamar con propiedad crisis. Lo único es que ahora yo no
estaba trabajando. Pasó el mes de junio y no había escrito ni una letra. Pero
no estaba ya preocupado; todo lo contrario. Era como si hubiera desaparecido
una incurable enfermedad. No te das cuenta de que la sangre se va apaciguando
progresivamente, la cabeza se aclara, una nueva fuerza va invadiendo las
extremidades de tu cuerpo: de lo único que te das cuenta es de que estás
esperando, confiadamente, que la vida empiece otra vez. Sé que no lo vas a
creer: porque ¿cómo puedo abandonar el trabajo de seis años, así como así?
Newton era mi vida, no esta gente pálida y aburrida en una casa que se estaba
viniendo abajo, en el huero corazón del campo. Pero yo no lo veía como esta
mera alternativa: las cosas adquieren una forma definida y simple solamente
cuando miras hacia atrás. En aquel momento yo sólo tenía la sensación de un
movimiento lateral. Mis papeles permanecían sobre la mesa junto a la ventana,
sin que yo los hubiera tocado, adquiriendo un color amarillento al estar
expuestos a la luz del sol; cuando mis ojos descansaban en ellos yo sentía
cierta impaciencia y un vago resentimiento, lo que realmente me interesaba
estaba en otra parte, suspendido en el vacío, dispuesto a entregarse, con una
gozosa exclamación, a lo que estaba por venir.
Y lo
que vino fue inesperado.
Piénsalo:
un día de junio, pájaros, brisas, nubes en movimiento, el olor de la lluvia que
se aproxima. La hora de comer. En la cocina, los hornillos se encogen,
calientes y malhumorados, después de haber cumplido su misión, el aire está
viciado por el humo de grasa quemada. Un leve golpe de los nudillos de una mano
en mi puerta. Yo la abro, maldiciendo para mis adentros. Ottilie está de pie,
fuera, con el niño inconsciente en brazos.
Se
había caído de un árbol. Le salía sangre de una herida en la frente. Yo se lo
cogí de los brazos. Pesaba más de lo que habría creído, tan fláccido y sin vida
como la misma muerte, daba la sensación de que se me podía escapar de entre los
dedos y caer al suelo como un pálido charco. Me asusté y sentí una leve y
curiosa repugnancia. Lo puse en un viejo sofá de crin y entonces tosió y abrió
los ojos. Al principio era sólo el blanco de los ojos, después aparecieron las
pupilas, como algo horrible que desciende en un ascensor. Su rostro era como
mármol traslúcido, con sombras violáceas debajo de los ojos. Le estaba saliendo
en la frente un gran hematoma; la sangre se había espesado hasta adquirir una
consistencia gelatinosa. Hizo esfuerzos para incorporarse. Ottilie se echó
hacia atrás, apoyada en sus talones y suspiró: ¡Uf!
Yo
cogí al niño otra vez en mis brazos. Debíamos de parecer una ilustración de una
novela por entregas de la época de la reina Victoria, avanzando a través del
césped recientemente cortado; ¿tenía Ottilie las manos cruzadas sobre el pecho?
Michael volvió la cabeza, deliberadamente, para no verme. Al llegar a los
escalones se retorció y me obligó a ponerlo en el suelo. Charlotte abrió la
puerta, y por un instante pareció que se iba a echar hacia atrás y volverla a
cerrar. Ottilie dijo: «No pasa nada, está bien», y atravesó al niño con su
mirada. Mi comida se había quedado congelada en su propia salsa.
Una
hora más tarde Ottilie vino otra vez al pabellón. Sí, sí, el niño estaba bien,
no se había roto nada, el muy mocoso. Se excusó por habérmelo traído a mí: mi
puerta era la más próxima. Yo dije que me alegraba, sin saber bien lo que
quería decir. Ella se encogió de hombros. Se había pintado los labios. «Me di
un susto», dijo. Nos quedamos de pie, violentos, mirando a lo que nos rodeaba,
como la gente en un andén de ferrocarril pensando en cómo expresar el adiós
definitivo. La luz del sol se iba extinguiendo en la ventana y empezó a llover.
Una especie de burbuja se formó repentinamente en mi pecho y le puse a Ottilie
las manos en los hombros, y la besé. Había una mota de sangre reseca en mi
muñeca. Su lápiz de labios tenía un sabor que me recordaba a algo de mi
infancia, plastilina, o caramelos baratos.
Cuando
me eché hacia atrás, ella se quedó simplemente de pie, frunciendo el entrecejo
y moviendo los labios, como si estuviera tratando de identificar un sabor
misteriosamente familiar.
—Creo
que no le gusto —dije yo.
—¿Qué?
No. Estaba simplemente apurado, violento.
—¿También
los niños se sienten violentos?
—Sí,
claro que sí —me contestó suavemente, y al fin me miró—. Por supuesto.
Es
extraño que se te entregue, incondicionalmente, un cuerpo que tú realmente no
deseas. Experimentas los sentimientos más inesperados, ternura, por supuesto,
pero también impaciencia, curiosidad, un poco de desprecio, y algo más para lo
cual sólo encuentro un nombre: tristeza. Cuando se quitó la ropa, no era como
si se estuviera simplemente desnudando, sino realizando una operación mucho más
compleja, vaciándose, tal vez, para mostrarme, no su pecho, su trasero, su
rubio regazo, sino sus mismísimas entrañas, los frágiles pulmones, el violado
nido de sus intestinos, el marfil reluciente de sus huesos, y su corazón
latiendo apasionadamente. La cogí en mis brazos y sentí el suave impacto de
haber sido repentina y totalmente habitado.
No
estaba preparado para ser el objeto de su ternura. Al principio me pareció casi
un rechazo. Estábamos tan silenciosos que podía oír el leve susurro de la
lluvia en los cristales de la ventana. En el reino de la carne yo viajo sin
mapas, como un turista preocupado, y Ottilie era una auténtica Venecia. Yo
tropecé y me perdí en el tono azulado de sus pavimentos. Aquí me encontré
primero con una paz soñadora, un balanceo, el salpicar de un remo. Entonces,
cuando menos lo esperaba, entré de repente en la gran plaza, la luz del sol, y
ella era una bandada de pájaros paseándose con suaves gorjeos por mis brazos.
Permanecimos
echados, húmedos y fríos como peces varados, hasta que sus dedos me dieron tres
leves golpes en la nuca y ella se incorporó. Yo me di la vuelta y miré, con una
especie de afectuoso estupor, los dos pliegues de carne sobre el hueso de su
cadera. Se puso los pantalones y su voluminoso jersey y fue a la cocina a
preparar una taza de té. La mancha que habíamos dejado en la sábana tenía la
forma de un tortuga. Invadió mi corazón una gris melancolía. Estaba ya vestido
cuando regresó. Nos sentamos en la cama, inmersos en nuestro propio olor, que
tenía un vago hedor a amoníaco, y tomamos el té muy cargado en tazas
resquebrajadas. El día iba oscureciendo, la lluvia se hizo más tenaz.
—Supongo
que piensas que soy una auténtica puta —dijo ella.
Fue
pura eventualidad desde el principio y lo siguió siendo. Indudablemente, yo
podría bosquejar un mapa de nuestros viajes separados a esa cama. Habría en él
un arbolito estilizado y un Cupido tambaleante y una X de color carmesí para
señalar una mancha de sangre, y líneas azules muy inclinadas para indicar la
lluvia. Pero podría prestarse a una mala interpretación y parecería algo así
como la cartografía del amor. ¿Qué puedo decir? No negaré que su rubio y
barroco esplendor me impresionó. Recuerdo el tacto de sus manos en mi cuello,
la profundidad violeta de sus ojos, el pánico repentino del clímax que se
avecinaba, cuando se aferraba a mí y me apretaba contra su cuerpo, con los
dientes húmedos y los párpados temblorosos, como alguien que está a punto de
caer, inevitablemente, en un sueño. Pero ¿amor?
Se
metió en mi vida en el pabellón con resolución furtiva. Trajo ilustraciones
arrancadas de revistas en color y las colocó en la pared, encima de la cama,
estrellas cinematográficas, el retrato de Newton, de Kneller, la Primavera.
Empezaron a surgir flores a mi alrededor en tarros de mermelada vacíos y botes
de lata. Apareció una tetera nueva y dos tazas de porcelana buena, ambas con
rajas idénticas. Un día llegó con una radio vieja que había rescatado de entre
los objetos relegados al garaje. Trató de hacerla funcionar durante horas y
horas, pasando de una emisora a otra, con los labios entreabiertos y los ojos
perdidos, mientras presentadores húngaros de música popular, o pescadores
escoceses, farfullaban ininteligibles galimatías en sus oídos, y el día iba
pasando y la lucecita verde en el panel de sintonizar avanzaba gradualmente
hasta desaparecer en la oscuridad.
Creo
que más que sexo, tal vez incluso más que amor, lo que quería era compañía.
Hablaba. Yo sospechaba a veces que se había metido en mi cama para poder
hablar. Me contaba los escándalos del vecindario: ¿sabía yo que el hombre de la
taberna de Pierce se acostaba con su propia hija? Me relataba sus sueños con
todo lujo de detalles; yo no formaba nunca parte de ellos. Aunque me habló
mucho de la familia, me enteré de muy poco. La multitud de nombres y fechas
vagas me atontaban. Era como los relatos en un libro de historia, vívidas pero
fáciles de olvidar. Uno de sus tópicos favoritos era el de sus difuntos padres.
En su fantasía eran una especie de Scott y Zelda, bellos y destinados a
sucumbir, con cabellos que el aire echaba hacia atrás y largos echarpes de seda
blanca azotados por el viento, mientras ellos navegaban despreocupadamente,
riéndose, descendiendo por la estela que los llevaría finalmente al desastre.
Lo único que yo podía hacer, a cambio de todo esto, era hablarle de Newton,
vanagloriarme de mis arcanos conocimientos. Hasta traté de leerle en voz alta
pasajes de aquel viejo artículo que escribí sobre Galileo, pero se quedó
dormida. Naturalmente, no hablábamos mucho. Nuestra relación seguía su cauce,
mediante estas cosas anodinas, una historia, un recuerdo, un sueño.
Yo
me preguntaba si la gente de la casa sabía lo que estaba pasando. La idea de
tal posibilidad era misteriosamente excitante. Las meriendas-cenas de los
domingos se convirtieron en costumbre y, aunque yo nunca me sentía a gusto, he
de confesar que disfrutaba de la masonería sexual entre nosotros, con sus
señales secretas, las miradas de reojo, las sonrisas disimuladas, la manera en
que los ojos de Ottilie se encontraban y fundían con los míos, de un lado al
otro de la mesa, tan intensamente que parecía que no tenía más remedio que
surgir un holograma de una pareja de diminutos amantes retozando entre los
objetos y la comida que yacían sobre la mesa de la merienda.
Al
principio hacíamos el amor de una manera curiosamente inocente. Su generosidad
era una especie de sumisión en aras de la pasión. No tenía la menor reserva, ni
la deseaba, no había parte de su cuerpo que ella quisiera ocultarme. Esta
entrega tan absoluta empezó siendo halagadora, y después se volvió oprimente.
La daba por descontada, por supuesto, excepto cuando, agotada o aburrida, se
olvidaba de mí. Entonces, poniendo la radio, rumiando algo junto a la cocina,
sentada en el suelo hurgándose la nariz con soñadora concentración, se apartaba
de mí y parecía súbitamente extraña e incomprensible, lo mismo que ocurre a
veces cuando una palabra, hasta el nombre de uno mismo, se separa brevemente de
su significado y se convierte en un agujero en la malla del mundo. Tenía
también momentos de reafirmación de sí misma. Algo podía llamarle la atención y
entonces me empujaba a un lado distraídamente, como si yo fuera parte del
mobiliario, y fijaba su mirada en la distancia, con una sonrisita sin sentido,
más allá de la cima de la colina, hacia la música minúscula del carnaval que
sólo ella podía oír. Sin previo aviso me daba un golpe en el pecho, un fuerte
golpe, y se reía. Un día me preguntó si yo había tomado drogas alguna vez. «Yo
estoy deseando morirme», decía pensativamente: «te dan esa especie de cóctel de
morfina».
Yo
me reía.
—¿Dónde
has oído decir eso?
—Es
lo que le dan a la gente que se está muriendo de cáncer. —Se encogió de
hombros—. Lo sabe todo el mundo.
Supongo
que yo también la intrigaba. A veces abría los ojos y la encontraba mirando el
nublado espejo de nuestros besos, como si estuviera observando cómo se cometía
un crimen fascinante. Sus manos exploraban mi cuerpo con el cuidado furtivo de
un hombre ciego. Una vez, cuando estaba dejando deslizar mis labios sobre su
vientre, levanté la vista y la sorprendí mirando hacia abajo, con los ojos
llenos de lágrimas. Este apasionado escrutinio me superaba. Notaba algo dentro
de mí arropándose en su sucia capa y alejándose furtivamente. Yo no me había
comprometido a que se me conociera de la manera en que ella estaba intentando
conocerme.
Y
por primera vez en mi vida empecé a ser consciente de mi edad. Parece una
tontería, lo sé. Pero me habían estado pasando cosas, a mí y al mundo, antes de
que ella hubiera nacido. Los años de mi vida en que ella no existía aún me
provocaban la impresión de un hecho insólito, una especie de jugarreta
extraordinaria que me había hecho el tiempo. Yo, un hombre cuya pasión es el
pasado, estaba descubriendo en ella lo que el pasado significa.
Y no
sólo el pasado. Antes de nuestra ¿relación? amorosa —estas palabras me producen
un estremecimiento—, antes de que ésta hubiera empezado propiamente, yo ya
estaba pensando en su conclusión. Te reirás, pero yo solía imaginarme mi lecho
de muerte: una noche cálida y tranquila, el parpadeo de la lámpara y una
polilla revoloteando y tropezando con la bombilla, y yo, un niño marchito,
acordándome con mágica claridad, al mismo tiempo que me falta el aliento, en
este momento y en este dormitorio, a la hora de la puesta del sol, de la brisa
que entraba por la ventana, los sicómoros, el latido de su corazón debajo del
mío, y ese pájaro dejando oír su grito en la distancia desde una tierra
perdida, ¡ay! totalmente perdida.
«Si
esto no es amor», dijo ella una vez, con esa voz suya tan profunda, y, por un
instante y repentinamente, como una persona verdaderamente madura, «santo
cielo, si esto no es amor, ¿qué es entonces?»
La
verdad es que no parecía apenas nada —oigo ahora su risa herida— hasta que, con
tacto, con deferencia, pero inflexiblemente, otra persona, un oculto y secreto
participante, vino a unirse a nuestros siempre, en cierto modo, melancólicos
forcejeos.
El
cumpleaños de Michael era a finales de julio e iba a haber una fiesta. Sus
invitados eran una docena de sus compañeros de clase de la escuela del pueblo.
Correspondían todos a un mismo tipo, criaturas pequeñas y desmedradas, crías de
la misma camada, las niñas con piernecitas flacas y colas de caballo, los niños
con expresión alerta bajo sus crueles cortes de pelo y sus cuellos pálidos
indefensos como el de un conejo. ¿Por qué los había elegido así, eran ésos sus
únicos amigos en esa escuela? Él parecía un gigante rubio entre todos ellos.
Mientras Charlotte ponía la mesa en el salón para el té de los niños, Ottilie
los entretenía con los juegos típicos de las fiestas infantiles, agitando los
brazos y gritando, como un director que blande su batuta para dirigir una loca
orquesta. Michael se quedó atrás, rígido y moroso.
Yo
había ido a la casa con un regalo para él. Me dieron un vaso de cerveza tibia y
me dejaron en la cocina. Edward apareció, blandiendo un palo de hurling. «Se
nos han perdido un par de mocosos, ¿los has visto? Siempre hacen lo mismo,
desaparecen, empiezan a soñar y se olvidan de salir a la luz del día.» Se quedó
mirando, perezosamente, mi cerveza. «Tú también escondiéndote, ¿eh? Excelente
idea. Toma, una bebida como Dios manda». Me cogió la cerveza, la puso en el
fregadero, sacó otros vasos y una botella de whisky. «Eso está mejor. ¡A tu
salud!»
Nos
quedamos de pie como un par de tímidos monigotes, escuchando los ruidos de la
fiesta que bajaban hasta el vestíbulo. Se apoyó en el palo de hurling, mirando
con embeleso su bebida.
—¿Cómo
te las arreglas en el pabellón? —dijo—, ¿va todo bien? El tejado hay que
repararlo; menuda humedad hay ahí en el invierno, no te lo puedes imaginar.
—Estaba representando el papel del terrateniente. Me miró de reojo—. Pero, no
estarás aquí en el invierno, ¿verdad?
Yo
me encogí de hombros; sigue tratando de adivinar, amigo.
—Me
parece que te estás aficionando a nosotros; ¿me equivoco? —dijo, casi con
timidez.
Me
tocaba a mí ahora el mirar de reojo.
—Paz
y tranquilidad —contesté—: ya sabes lo que quiero decir.
Se
movió una nube y la sombra del castaño avanzó hacia nosotros a través del suelo
de baldosas. Desde el primer momento le había considerado un borracho y un
inútil, un pecador de poca monta, sin ser suficientemente hombre para ser un
monstruo: ¿podía ser esto una máscara tras de la cual se agazapaba un fingidor
sutil, sonriendo mientras hacía sus planes? Imposible. Pero no me gustaba la
expresión de sus ojos. ¿Había estado Ottilie contándole secretos?
—Yo
viví allí una vez, ¿lo sabías? —indagó.
—¿Dónde?
¿En el pabellón?
—Hace
muchos años. Solía estar a cargo de los semilleros, cuando vivía el padre de
Lotte.
Así
que un cazadotes, ¡santo cielo! Me entraron ganas de echarme a reír.
Nos
volvió a llenar el vaso a los dos y salimos fuera, al patio cubierto de grava.
Zumbaba el calor del día. De más allá del bosquecillo, en la distancia, venía
el ruido de un halcón en busca de su presa.
Lotte.
—¿Sigues
trabajando en ese libro tuyo? —continuó Edward—.Yo solía escribir algo de
poesía. —¡Ay, los secretos de la humanidad! Nunca cesará de darnos sorpresas—.
Pero lo dejé, por supuesto, como todo lo demás.—Se quedó meditando un momento,
con el ceño fruncido, y el azul de los Dardanelos resplandeció brevemente en
sus ojos sombríos. Yo me quedé observando al halcón que daba vueltas y más
vueltas. Y ¿qué sabía yo? Tal vez, en el fondo de un cajón, en un lugar
cualquiera, se escondía un fajo de poemas que, si se los revelaba, cautivarían
al mundo. Una idea feliz; empecé a darle vueltas. El se fue otra vez a la
cocina y cogió la botella.
—Aquí
está —me dijo, poniéndomela en las manos—.Tú haces los honores. Yo no debería
estar bebiendo esto.
Llené
los dos vasos, sin remilgos. La primera señal de una borrachera incipiente es
que empiezas a oír tu propia respiración. El me estaba observando; el azul de
sus ojos se había empañado. Daba la impresión, tal vez por esa cabeza suya tan
grande y maciza, de que la mole de su cuerpo se te venía encima.
—No
estás casado ¿verdad? Lo mejor que has podido hacer. Las mujeres, bueno,
algunas de ellas...
Hizo
un gesto de desilusión y poniéndome, sin más ni más, el vaso en la mano, se fue
al castaño y empezó a orinar contra el tronco, cogiendo esa cosa blanquecina y
rugosa que tenía dentro de la bragueta entre el dedo índice y el pulgar de una
mano delicadamente arqueada, como si estuvieran sosteniendo el arco de un
violín. La volvió a meter en su sitio y cogió su palo de hurling.
—Las
mujeres —dijo otra vez—; ¿qué piensas de ellas?
No
me gustaba el cariz que iba tomando la conversación, dos compinches juntos, la
bebida y las paparruchas, el mear al aire libre. No tardaríamos mucho en
empezar a intercambiar chistes verdes. Me cogió la bebida de la mano, se quedó
de pie y me observó, moviendo su cuerpo con inquietud. Tenía dentro de sí un
buen acopio de violencia, pero nunca la dejaría explotar, lo que la hacía aún
más amenazadora, apretada así dentro de su cuerpo, como un puño cerrado.
—Supongo
que las tenemos aquí y aquí se van a quedar —contesté yo, con una risa que
produjo el mismo sonido que una puerta que se abre con dificultad—, Ellas
también tienen que existir, conseguir lo que puedan, luchar, aferrarse a su
modo de vivir. No es culpa de ellas el que...
—¡Súcubo!
¿Conoces esa palabra? Es una gran palabra, me gusta.
Horrorizado,
noté cómo me ponía un brazo sobre los hombros y me llevaba a través de la grava
al campo que estaba más allá del castaño. Llevaba aún el palo de hurling
colgando del lado de su cuerpo por el que me tenía agarrado. Había pequeños
mechones, que parecían de pelo de zorro en sus pómulos y a los lados de su
cuello, detrás de los lóbulos de las orejas. Y le olía el aliento.
—¿Has
leído en el periódico —preguntó— acerca de esa vieja que fue a la policía a
quejarse de que el hombre de la casa de al lado estaba abriendo agujeros en la
pared y metiendo gas en ellos para envenenarla? Le dieron una taza de té y la
mandaron a casa. Una semana más tarde, la encontraron muerta, agujeros en la
maldita pared y el tío de la casa de al lado ido, tubos de goma metidos en la
pared como cañerías, un verdadero loco. —Me dio un golpecito con el bastón—.
Eso te demuestra que a la gente hay que escucharla, ¿no crees? ¿Qué piensas tú?
Se
rió. Nada de eso tenía ninguna gracia. En su lugar, salió de él un suspiro de
congoja que me hizo perder el paso. ¿Qué quería que yo le dijera? Porque no
había duda de que me estaba preguntando algo. Y entonces me di cuenta de una
cosa extraña. Estaba vacío. Quiero decir físicamente, estaba realmente, lo que
acabo de decir, vacío. Sí, por supuesto, su apariencia externa era la de un
hombre bastante robusto, había carne debajo de su ropa de tweed, y huesos, y
testículos, y sangre, todo, en suma, pero por dentro yo me imaginaba un espacio
gris con nada dentro de él, menos ese poquito de rabia, no del tamaño de un
puño, no, sino simplemente una configuración tensada, como un diagrama
tridimensional de estrés. Hasta en la superficie le faltaba algo: un brillo o
lustre esencial. Parecía estar cubierto de una fina capa de polvo, como un ave
disecada en una vasija con forma de campana. No tenía ese aspecto cuando yo
vine aquí. Este descubrimiento me resultaba peculiarmente grato. Porque al
principio yo había tenido cierto miedo de él. Regresamos a la casa. La botella,
medio vacía, estaba en el antepecho de la ventana. Yo me solté de su brazo y
serví otros dos tragos.
—Ahí
tienes —dije—.A tu salud.
Una
furgoneta, con la parte de atrás rebosando de niños, bajaba por el camino de
entrada a la casa. Al llegar a la verja, se paró con un rechinar de frenos, al
mismo tiempo que un coche largo y de elegante línea venía a toda velocidad por
la carretera y, sin aminorar la marcha, bajó hacia la entrada de la casa.
—Jesús,
María y José —dijo Edward—: Los Mitder.
Se
retiró a la cocina. Los visitantes estaban ya en la puerta principal, oímos su
imperioso toque de aldabón y a continuación voces en el vestíbulo.
—Yo
me voy —dije.
—No,
no te vas —alargó la mano para detenerme apurando al mismo tiempo la bebida que
quedaba en su vaso—. Es la familia, interesante; vamos, ven a conocerlos. —Y
con la mueca de un ahorcado me empujó delante de él en dirección al vestíbulo.
Estaban
en el salón una mujer bastante joven vestida de gris, un hombre grueso, de unos
cincuenta años, y dos niñas pequeñas y pálidas, gemelas, con largos tirabuzones
rubios y calcetines blancos.
—Esta
es Bunny —dijo Edward—, mi hermana, y Tom, Tom Mittler; y éstas son Dolores y
Alice.
Una
de las gemelas señaló con un dedo a la otra.
—Esta
es Alice.
Tom
Mittler, arreglándose con el dedo la corbata, inclinó la cabeza hacia mí y
murmuró algo con una risita gorda, y después realizó el curioso truco de
desvanecerse instantáneamente, en el mismo lugar en que estaba. Su mujer me
miró de arriba abajo, impasiblemente. Su falda era de corte severo y los
hombros guatados de su chaqueta se inclinaban hacia arriba, como un par de
alitas perfectamente recortadas. Llevaba un casquete inverosímil sujeto,
formando un ligero ángulo, a los apretados rizos amarillentos de su cabellera.
Resultaba difícil juzgar si su atuendo era algo de última moda, pero lo cierto
era que le daba un aspecto anticuado sorprendentemente siniestro. Sus labios,
pintados de un color bermellón brillante, delineaban su boca y el conjunto daba
la impresión de que un insecto tropical se hubiera asentado en su rostro. Tenía
los ojos azules, como Edward, pero los suyos eran más duros.
—Me
llamo Diana —dijo. Edward se rió. Ella no le hizo caso—. Así, pues, usted debe
de ser el inquilino.
—Sí,
me alojo en el pabellón —contesté yo.
—¿Está
usted cómodo allí? —Y el pequeño insecto rojo alzó ligeramente sus alas. Ella
se volvió—. ¿Sería posible tomar un taza de té, Charlotte? ¿O es una lata tener
que prepararlo?
Charlotte,
que estaba ligeramente apartada de nuestro pequeño círculo, se espabiló.
—Sí,
sí, por supuesto, lo siento...
—Yo
lo prepararé —dijo Ottilie, y se enderezó, dirigiéndome una mirada de
complicidad al pasar delante de mí.
Bunny
miró a su alrededor, obsequiándonos con su sonrisa maquillada, a cada uno de
nosotros por riguroso turno.
—¡Bien!
—dijo—. ¡Qué agradable es esto! —Y se quitó del sombrerito su largo alfiler de
acero—. Pero ¿dónde está el niño del cumpleaños?
—Escondido
—murmuró Edward, y me hizo un guiño. Bunny miró el palo de hurling que llevaba
todavía en la mano—. ¿Vienes de jugar a algo o estás a punto de irte?
Edward
hizo un movimiento con el palo, en broma, en dirección a su hermana.
—El
juego acaba de empezar, hermanita.
—¡Vaya,
vaya!— dijo Tom Mittler, y se esfumó otra vez instantáneamente.
Hubo
una pequeña conmoción cuando Ottilie trajo el té en un carrito desvencijado.
Michael venía detrás de ella, llevando en sus manos la tetera, con la
solemnidad del que sostiene un ciborio. Al verla, Bunny exhaló un gritito y las
gemelas entrecerraron los ojos y se adelantaron; su padre apareció brevemente
para entregarle el regalo, un billete de cinco libras en un sobre. Bunny
levantó los
hombros
en gesto de disculpa.
—No
hemos tenido tiempo de ir de compras. Ottilie, esto es delicioso. ¡Con bizcocho
y todo! ¿Queréis que haga de madre y os sirva el té?
Los
visitantes se agruparon en torno a la chimenea sin leña y comieron con
fruición, mientras que los habitantes de la casa permanecieron indecisos, como
si les hubieran desposeído temporalmente de algo. Edward farfulló unas palabras
y salió del cuarto. Bunny observó cómo la puerta se cerraba tras él y entonces
se volvió con ansiedad hacia Charlotte.
—¿Cómo
está?
Ojos
encendidos, muriéndose de ganas de saber, dime, dime...
Hubo
un momento de silencio.
—Oh
—dijo Charlotte—, no... quiero decir... no está mal, ya sabes.
Bunny
puso la taza en la mesa y se sentó, su rostro podía muy bien ser un estudio de
dolor y compasión, su cabeza se movía de un lado a otro.
—Pobrecita
de ti, pobrecita...—Entonces me miró a mí—. Supongo que usted sabe de qué se
trata...¿no?
—No
—dijo Charlotte instantáneamente.
Bunny
se tapó la boca con la mano.
—¡Ay!
Lo siento.
Edward
volvió con la botella de whisky.
—Aquí
estamos: y ahora ¿quién quiere un trago? —Hizo una pausa, tratando de oír algo
en el silencio. Entonces se encogió de hombros—. Bueno, pues yo sí —dijo—, ¿Y
tú, Tom? Sé que tú sí.—Le sirvió un vaso a Mittler y otro a mí. Tom Mittler
dijo:
—Gracias.
Edward
levantó el vaso:
—¿Por
qué brindamos?
—Por
el veintiocho de agosto —dijo Bunny, con la rapidez del relámpago.
Todos
la miraron con los ojos muy abiertos. Yo me acordé.
—¿Mountbatten?
—dije. Uno de esa banda suya de héroes, que iba gradualmente disminuyendo,
alguien cruelmente asesinado. Yo estaba encantado: sólo ellos se atreverían a
convertir una reunión en un salón en un tributo funerario —.Algo terrible,
terrible.
Pero
pronto me desengañaron. Bunny me dirigió su acostumbrada sonrisita.
—Y
no olvidemos Warrenpoint: dieciocho paracaidistas y un conde, todos en un día.
—¡Cielos,
Bunny! —dijo Edward.
Bunny
seguía mirándome, divertida y resplandeciente.
—No
le haga caso —dijo en tono jocoso—, es un anglófilo, de fabricación propia.
Creo que le debemos dar a una calle ese nombre, como hacen los franceses. ¡El
glorioso veintisiete!
Yo
miré a su marido, que se estaba bebiendo con avidez el té. Alguien había dicho
que era abogado. Le llevaba al menos veinte años. Al notar que yo le estaba
mirando, levantó la vista y, pasándose una mano pecosa por su ralo cabello de
color rubio rojizo, dijo, animadamente:
—¡Ya
ha tomado la palabra!
Bunny
se sirvió otra taza de té, con un gesto de suficiencia.
—Estáis
hablando de hombres muertos —farfulló Edward, con el agrio hastío de alguien
que está cumpliendo su deber en una discusión que ha perdido hace mucho tiempo.
—No
hay nada malo en este país —dijo Bunty— que no puedan curar unos cuantos
cadáveres más como ése. —Levantó su taza delicadamente—. ¡Viva la muerte! ¿Has
hecho tú este bizcocho, Charlotte? Es fabuloso.
Yo
me di cuenta, con la desconcertante claridad que siempre acompaña mi quinta
copa, de que si me tomaba la sexta, estaría totalmente borracho.
Una
de las gemelas dio súbitamente un aullido de dolor.
—¡Mamá,
mamá, me ha dado un pellizco!
Michael
nos miró por debajo de unas cejas fruncidas, sentado en cuclillas sobre la
alfombra, como un corredor que está esperando la señal para salir. Bunny se
rió.
—Bueno,
pues pellízcalo tú a él.
La
cara de la niña se arrugó y los ojos se le llenaron de lágrimas. Su hermana la
observaba con interés.
—Michael
—retumbó la voz de Edward, y le mostró al niño el palo de hurling—. ¿Ves
esto...?
Ottilie
salió a traer más té y yo la seguí. Fuera de la ventana de la cocina, el
castaño exhalaba suaves murmullos en sus verdes sueños. La tarde estaba
empezando a desvanecerse.
—Menuda
señora —dije yo—, esa Diana.
Ottilie
se encogió de hombros, con los ojos puestos en la tetera eléctrica.
—Una
zorra —dijo, como quien no quiere la cosa—. Sólo viene aquí a...
—¿A
qué?
—Da
lo mismo. A regodearse. Ya has oído lo que le ha dicho a Charlotte: pobrecita
de ti. —Su rostro esbozó una sonrisa tonta—. Es que te dan ganas de vomitar.
La
tetera, como un pájaro loco, empezó a lanzar persistentes pitidos.
—No
es tan mala persona —dije yo—, el tal Edward, ¿o me equivoco?
No
me contestó. Volvimos al salón. Reinaba un silencio soporífero. Estaban todos
sentados, mirando al vacío, como figuras víctimas de un encantamiento en un
cuento de hadas. Bunny nos miró cuando entramos y un destello de interés
iluminó sus ojos pequeños y duros. No le faltaría habilidad para husmear
nuestros secretos. Yo me aparté de Ottilie.
—Veo
que se encuentra usted como en su casa —dijo Bunny.
—Son
todos muy amables —contesté, y traté de reírme. Las piernas no parecían
funcionarme bien. Bunny arqueó una de sus cejas socarronamente.
—Es
verdad —dijo.
Estaba
rumiando algo, eso era indudable. Yo perdí interés en ella. Edward hizo chocar
la botella contra mi vaso. Su rostro tenía un color ceniciento. Recibí el pleno
impacto de su aliento, como una nube cálida y oscura. Miré a Charlotte, la
única persona morena entre tantos rubios. Estaba sentada, con la espalda
arqueada y los hombros derechos, brazos extendidos sobre el regazo y manos
enlazadas. Parecía una gacela. Pobrecita. Mi corazón latió. La luz amoratada de
las últimas horas de la tarde me trajo a la memoria otros días; sentía su
textura, pero a ellos en sí no los recordaba. Me parecía estar a punto de
llorar. Edward chasqueó los dedos y se sentó al viejo piano. Tocó
lamentablemente, meciendo los hombros y cantando con suavidad. Bunny trató de
hablar, pero el ruido no nos dejaba oírla. De todas maneras nadie la escuchaba.
Michael estaba sentado en mitad del suelo, jugando con el coche de juguete que
yo le había regalado. Yo cogí las manos de Ottilie en las mías. Ella se quedó
mirándome y empezó a reírse. Bailamos, como un par de duquesas borrachas,
alrededor de la desvaída alfombra, una y otra vez. Bunny nos devoraba con los
ojos. Una vez terminado su repertorio, Edward se puso de pie y llevó a
Charlotte, a pesar de sus protestas, al piano. Ella tocó ligeramente las
teclas, en silencio y por espacio de unos instantes, y después empezó,
vacilantemente, a tocar. Era una música delicada, que parecía proceder de una
larga distancia, del interior de algo, y yo me imaginé una caja de música
puesta en movimiento por una brisa inesperada o por una puerta al cerrarse,
convirtiéndose en una canción solitaria en un lugar olvidado, en el rincón de
una buhardilla. Me paré a observarla, sus cabellos oscuros y brillantes, su
cuello pálido y esas manos que, ahora, en lugar de las de Ottilie, parecían
estar en las mías. La luz de la tarde, las altas ventanas..., ¡oh, una gacela!
Ottilie se separó de mí y se arrodilló al lado de Michael. El cochecito de
juguete se había caído, ebrio, de un lado, runruneando. Michael entrecerró los
ojos. Había pasado todo este tiempo tratando de romperlo. Edward lo cogió y lo
examinó, dándole vueltas entre sus dedos gruesos, con una lentitud torpe y
somnolienta. Yo los miré a los tres, a Ottilie, al niño, al hombre del rostro
ceniciento, y algo se agitó dentro de mí, un eco de algún viejo y oscuro
cuadro. Jesús, María y José. Se fueron apartando lenta, muy lentamente, como si
formaran parte de una oculta maquinaria teatral. Y al fin todos ellos
desaparecieron. Bunny, su obeso marido, sus ridículas niñas, las sillas, las
tazas esparcidas por todas partes, todo en suma, hasta que sólo quedábamos
Charlotte y yo, en este momento al final de un pasado que ahora estaba ya
totalmente revisado. Se me escapó un ligero hipo. En la tapa del piano había un
vaso vacío, un sombrero de papel de la fiesta, los restos de una manzana, ya
oscureciéndose. Estas son las cosas que recuerdo. Y recuerdo también, con
Ottilie suspirando aquella noche en mis brazos, sentir por primera vez la
presencia de otra, y volví a oír aquella musiquita, y me hizo estremecer el
toque fantasmal de unos pálidos dedos en mi rostro.
—¿Qué
pasa? —dijo Ottilie—, ¿qué te ocurre?
—Nada
—contesté—, nada, nada.
Porque
¿cómo le podía decir que ella no era la mujer que yo tenía en mis brazos?
A la
mañana siguiente, además de la resaca, sentí inevitablemente, al despertar, un
lento resquemor de alarma. ¿Había dicho alguna cosa que no debía haber dicho,
dejado que se me notara algún gesto forzado? ¿Había hecho el ridículo? Recordé
las muecas de Bunny, ese ligero temblor en la punta de su naricita, pero eso
había sido cuando yo estaba todavía con Ottilie. Ni siquiera una observadora
tan aguda como ella podría haber notado mi breve y solitaria orgía al lado del
piano. ¿O sí la podría haber notado? Y más tarde, en la oscuridad, no había
nadie que hubiera podido verme, salvo Ottilie, y ella no veía las cosas así
¿Qué quiero decir con esto? En todas las borracheras llega ese momento de
locura y euforia cuando todo nuestro acumulado conocimiento de la vida, del
mundo y de nosotros mismos parece un ridículo malentendido, y nos damos cuenta
de repente de que somos un genio, o de que estamos terminalmente enfermos, o
enamorados. El hecho es obvio, simple e indudable: ¿cómo no nos hemos dado
cuenta antes? Cuando al fin estamos sobrios, todo se evapora, y somos de nuevo
los que realmente somos, figuras frágiles, irresponsables, con dolor de cabeza.
Pero aquella mañana me quedé tumbado en la cama esperando en vano que la
realidad se ajustara a sí misma. Sin embargo, había un hecho que no quería
desaparecer: estaba enamorado de Charlotte Lawless.
Naturalmente
me quedé estupefacto, pero experimenté también un bien conocido estremecimiento
de temor y una indignación no del todo desagradable. Era como el momento, en el
juego de la gallina ciega, en una fiesta infantil, cuando, acalorado y trémulo,
con los nervios a flor de piel, le quitas a otro la venda que le tapa los ojos,
para darte cuenta de que la cálida y temblorosa presa que has cogido en tus
brazos no es esa niña de los rizos morenos y el corpiño atractivamente
ajustado, cuyo nombre no pudiste oír bien, sino un chico gordo, o tu hermana
mayor desternillándose de risa, o simplemente uno de los brazos, llenos de
manchas y pecas, de la tía Hilda. O una mujer de edad madura, enfáticamente
casada, con las manos propias de su edad, arrugas alrededor de los ojos y el
leve esbozo de un bigote, que no me había dirigido más de veinte palabras y que
me miraba como si fuera, si no transparente, al menos traslúcido. Y ahí estaba
todo, todo exactamente igual, sentado en la cama conmigo, todavía con sus ropajes
de fiesta y con una sonrisa descarada: amor.
Se
reveló entonces el secreto de los meses pasados. Me podía ver a mí mismo aquel
primer día a la entrada del pabellón, ofreciéndole a Charlotte el alquiler de
un mes, dando traspiés al bajar la pendiente de hierba que conducía al
invernadero, sentado en su cocina a la luz del sol, observando las sombras de
las hojas moviéndose alrededor de su mano. Yo era como un artista que
comprobaba con deleite el plan de un trabajo que ha llegado inesperadamente a
sus manos, completo, con todos los detalles, tocando suavemente, aquí y allí,
la maravillosa y todavía húmeda creación, con los suaves dedos de su
imaginación. Ottilie era sólo un esbozo, en el oboe, del tema mayor que estaba
por venir, Edward el cómico alivio y el desgalichado villano de la pieza,
Michael todavía un Cupido cuyas sutiles intenciones había, no obstante,
subestimado. Hasta el ininterrumpido buen tiempo del verano era parte de la
trama.
Naturalmente,
no podía por menos de haber momentos cuando todo me iba a parecer una falsa
ilusión. Yo me daría cuenta de que la vida que realmente llevaba —chuletas
quemadas, el cuarto de baño en apremiante necesidad de limpieza— estaba muy
lejos de ese ideal que, por no sé qué razón, yo creía a veces que era el timón
de mi vida: el tranquilo investigador, solo con sus libros, su pipa, la luz de
su lámpara, levantando de vez en cuando los ojos al brillante fragmento de
noche encuadrado por el marco de mi ventana y suspirando por dieferne Geliebte.
Cuando Ottilie venía a mí, yo me consideraba uno de esos trágicos caballeros de
las novelas antiguas que se consuelan con la compañía de una dependienta de
comercio, o una actriz de poca monta, una especie de muñeca semianimada, con
modales de niña y sin nombre, un papel que no le iba enteramente bien a mi
robusta joven rubia. Pero entonces las dudas se disipaban con la misma rapidez
con que habían venido, y los sueños alzaban de nuevo sus alas hacia el empirio,
cuando la veía venir del invernadero con flores en los brazos o la vislumbraba
perdida en sus elucubraciones detrás de una alta ventana en la cual se
reflejaba un árbol y una nube de bronce. Una vez, escuchando distraídamente en
la radio el pronóstico para la entrada y salida de los barcos, la vi salir a
los escalones de la entrada de la casa, a la rojiza luz de la tarde, y la oí
llamar al niño, y siempre, aún ahora, pienso en ella cuando oigo la palabra
Finisterre.
En
momentos así puedes sentir que la memoria recoge el material que son sus
recuerdos, con ojos abiertos de par en par y brillantes, y un apetito voraz,
como un fotógrafo demente. No me refiero a las grandes escenas, las puestas de
sol y los accidentes de coches, sino a arrugadas fotos en blanco y negro,
tomadas con luz insuficiente, con un horizonte torcido y la marca borrosa del
dedo pulgar del fotógrafo en primer plano. Así son en mi mente las fotografías
de Charlotte. En las mejores ni siquiera está presente, alguien me movió el
codo o el carrete de fotos era defectuoso. O tal vez estaba presente y se
retiró, con una sonrisa dolida. Sólo queda su resplandor. Aquí hay una silla
vacía, a la luz de la lluvia, flores cortadas abandonadas en un banco, una ventana
abierta con un relámpago parpadeando en la oscuridad, allá en la distancia. Su
ausencia palpita en estas escenas con más fuerza, más conmovedoramente que su
presencia.
Cuando
busco palabras para describirla, no puedo encontrarlas. Porque palabras así no
existen. Tendrían que ser nada más que conatos de expresión, balanceándose en
el mismo borde del acto de pronunciarlas, una versión más del silencio. Cada
vez que la menciono es como un fracaso. Hasta cuando digo simplemente su
nombre, suena como una exageración. Cuando lo escribo parece aumentar de
volumen, como si mi pluma le hubiera añadido ocho o nueve letras innecesarias.
Su misma presencia física parece también exagerada, una torpe representación de
su ser esencial. A ese ser esencial habría que mirarlo solamente de forma
oblicua, desde el borde exterior de la visión, una imagen siempre fugaz aquí y
allí, como el destello que irradia la retina después de haberla iluminado una
luz brillante.
Si
ella no estaba nunca totalmente presente para mí en carne y hueso, ¿cómo podía
tenerla y contemplarla allí, en el pabellón, por la noche, en mis paseos
solitarios por el campo? Tenía que concentrarme en cosas a las que, con su
contacto, había conferido la misma esencia de la pasión. Cualquier cosa
serviría, su pamela de paja, un par de botas de agua cubiertas de barro, que
había dejado colocadas, una al lado de la otra, en la puerta de atrás. La misma
normalidad de estos recuerdos es lo que los hacía valiosos. Eso y el hecho de
que eran completamente míos. Ni siquiera ella sabría su significado secreto.
Dos retazos más brillantes, en forma de corazón, en la parte interior de esas
botas de agua, causados por su manera de andar con las rodillas ligeramente
juntas. La sutil red de luz y sombra que jugueteaba en su rostro a través de la
delgada paja del ala de su sombrero. ¿Quién se iba a dar cuenta de cosas así, a
no ser que la contemplara con las lentes del amor?
Amor.
Esa palabra. Me parece oír que va entre comillas como si fuera el título de
algo, un soneto artificioso, por ejemplo, obra de un poeta de plata. ¿Es
posible amar a alguien de quien uno posee tan poco? Porque a través de la
neblina yo entreveía, por muy fugazmente que fuera, el hecho de que lo que
tenía de ella era apenas suficiente para sostener el gran peso de una pasión.
Llámalo tal vez concentración, entonces, la concentración del pintor deseoso de
trazar la imagen viviente con el instrumento de una mera pintura. Yo la
convertiría en algo encarnado, viviente. Por la fuerza de mi inquebrantable,
meticulosa atención, saldría de su concha a través de las aguas y sería.
Pero
no hice nada, por supuesto, ni dije nada, ni di el menor paso. Era una pasión
de la mente. Había renunciado a toda pretensión de estar trabajando en mi
libro. ¿Te das cuenta de la relación?
Me
preguntaba si ella se daba cuenta de que se la observaba tan apasionadamente.
De vez en cuando me parecía que se escurría, como si hubiera notado que mi
aliento le rozaba la carne. Tenía la costumbre de regalarme repentinamente con
fragmentos de información que yo no le había pedido, como pedazos de comida que
se arrojan para distraer la atención de un perro a fin de evitar la mordedura
que se teme. Solía volver la cabeza, posar momentáneamente su mirada en mi
hombro derecho, o en una de mis manos, con esa mirada suya extraña y vacía, y
decir: «Mi padre importó ese árbol de América del Sur». Yo asentía
reflexivamente, frunciendo el ceño. Aprendí de ella las cosas más extrañas. Por
qué se llama así un ha-ha —una zanja con una pared en el interior, bajo el
nivel del suelo, que forma la frontera a un parque o jardín, sin obstruir la
vista—; se llama así por la expresión de sorpresa al descubrirlo. Que Finlandia
fue el primer país europeo que concedió a las mujeres el derecho al voto. A
veces podía relacionar estas crípticas revelaciones con algo que yo había dicho
o preguntado días antes, pero en la mayor parte de los casos no tenían conexión
evidente. Después de hablar se quedaba mirándome un momento más, como si
estuviera esperando alguna manifestación por mi parte de que ella era una
persona de enjundia, de que sabía cosas, como las sabe la gente real; o
sencillamente que era demasiado árida o seca para que este peligroso perro se
molestara en quererla morder.
Me
acuerdo de un sábado, cuando ella iba a la ciudad a entregar productos de los
semilleros y yo le pregunté si me podía llevar en el coche. Estaba lloviendo,
los campos tenían un color azulado detrás de las ventanillas empañadas.
Habíamos pasado el pueblo cuando ella quitó el pie del pedal y dejó que el
coche diera unos tumbos lentos hasta pararse. «Un pinchazo», dijo. Pero no
salió del coche. Nos quedamos mirando en silencio un manzano salvaje titilando
ante nuestros ojos en el parabrisas, sobre el que chorreaba la lluvia. Las
ruedas del lado donde yo iba habían remontado el borde de hierba y todo estaba
ligeramente torcido. No había ningún pinchazo. Fue un momento extraño, lo
recuerdo bien, la lluvia, el sonido de la lluvia, la sensación pegajosa del asiento
del coche. Se quitó las gafas y un mechón de pelo le cayó sobre la cara. ¿En
qué estaba pensando? No me gustaba la manera en que llevaba las gafas
pendientes de un cordón, la hacían parecer más vieja. Algo dentro de mí, como
una vieja bruja, murmuró: «Tiene por lo menos cuarenta años», e hice que se
callara en el acto. Pasó un minuto. Bajé el cristal de la ventanilla y dejé que
entrara el olor de madreselva y tierra mojada. Charlotte frotó el empañado
parabrisas con la yema del dedo. «Tal vez debamos regresar», dijo, y después,
con la vista en mis rodillas: «Edward no está bien». La sibila había hablado.
Yo asentí, como un perplejo sacerdote de su santuario. ¿Que se esperaba de mí?
Fuera lo que fuera, yo no podía darlo, y ella se volvió con vaga impotencia
hacia las plantas y cestas de fruta apiladas en el asiento de atrás. Sus ojos,
¿de qué color eran sus ojos? Puso el coche en marcha. Y seguimos adelante.
Y
así, siempre, todo se tambaleaba en el borde, a punto, sólo a punto, de
convertirse en algo.
Al
principio yo tenía miedo de descubrir el pastel, arrebatarle la mano y
besársela, o de emborracharme otra vez y caer a sus pies llorando a gritos, o
algo parecido. Pero, naturalmente, no lo hice. Yo era como una joven desposada
que ha regresado apresuradamente a casa a contarle a su maridito que se ha
confirmado el embarazo, para sentirse después súbitamente tímida y extraña al
ver las cosas que le son bien conocidas, el sombrero de su marido, ese nuevo
sofá, la pila de la cocina. En mitad de la vieja vida apreté contra mi pecho,
para ocultarlo, este secreto totalmente nuevo. Esto me daba una curiosa
sensación de dignidad, de reposada sabiduría. ¿Es esto para lo que realmente es
el amor, para prestarnos un nuevo concepto de nosotros mismos? Mi voz tenía
para mí un sonido más suave, todas mis acciones parecían estar imbuidas de una
melancólica grandeza. Mi sonrisa, levemente salpicada de tristeza, era una
serena bendición que yo confería al mundo.
Temía
también revelar mis sentimientos en presencia de Ottilie, al comportarme de una
manera repentinamente fría. Pero de hecho, sentía más afecto ahora por ella. Mi
afecto se extendió incluso a Edward; y casi adoraba (a una distancia
prudencial) al niño. Estaban más cerca de Charlotte, en el mundo normal de
desayunos y horas de acostarse, de lo que yo podría nunca estar. Y eran
custodios de algo sumamente valioso: su pasado. Que no pudieran concebir la
esperanza de lograr jamás la proximidad a su persona que yo había logrado con
mi amor era algo que no se les podía reprochar, sino sólo compadecer. Yo pasaba
horas, como una araña sonriente, tejiendo mi tela para atraparlos y hacerlos
hablar de ella, de manera que pareciera siempre que eran ellos los que habían
sacado la conversación. Lo más difícil era impedirles que se desviaran a otros
temas. Entonces me veía forzado a tomar medidas desesperadas y, adoptando una
actitud deliberadamente casual, solía decir algo como: «Pero lo que estabais
diciendo acerca de Charlotte era interesante. ¿Tuvo realmente un novio antes de
Edward?».Y una abrasadora sensación de pánico ardía brevemente por detrás de mi
esternón cuando Ottilie hacía una pausa y me miraba, supongo que sorprendida
ante la incongruencia de poner juntas dos palabras como Charlotte y novio.
El
ser un hombre que escondía un secreto era tan duro como verse forzado a
desempeñar un papel a todas las horas del día. Había veces en que casi me
olvidaba de la mujer amada, abrumado como estaba por la exuberante relevancia
de mi misión. Cuando tenía a Ottilie en mis brazos, ponía especial cuidado en
no hablar, por temor a pronunciar el nombre que no debía; pero había también
momentos cuando no sabía cuál era el que debía pronunciar, momentos cuando los
dos se fundían en uno solo. Al principio había invocado la presencia de
Charlotte para que fuera sólo un testigo de las acrobacias en mi estrecha cama,
para que se inclinara sobre nosotros, Ottilie y yo, con la perpleja atención de
un puro espíritu de la noche, inmune a las exigencias de la carne, pero, no
obstante, lleno de ternura para con estos desdichados mortales que luchaban
entre las sábanas; sin embargo, conforme iba pasando el tiempo, eso dejó de ser
suficiente, el duendecillo tuvo que doblar sus delicadas alas, quitarse sus
mechones de seda y con un suspiro de divertida resignación unirse a nosotros.
Entonces, a la luz de la luna, el cabello rubio de mi joven de carne y hueso se
volvía negro, sus dedos pálidos, y toda ella se convertiría en algo distinto,
nuevo, que no era ni ella ni la otra, sino una tercera: ¡Charlottilie!
Había
también un cuarto personaje, que era la otra versión de mí mismo, que se
mantenía aparte, observando el fenómeno de este amor y de esas absurdas
acciones mías que lo acompañaban con una sonrisa sardónica, perpleja y a veces
embarazada. Fue él quien continuó, no diré amando, pero sí valorando a Ottilie,
su alegría y generosidad, su paciencia, la acongojada pasión que me prodigaba.
¿Había allí también otra Ottilie, una compañera autóctona para ese otro yo?
¿Estaban todos en Ferns dividiéndose y multiplicándose así, como amebas? En
este semillero de múltiples yo, me parecía ver la formidable fuerza de mi amor,
que servía a su vez para convencerme de nuevo de su autenticidad.
Tal
vez este sentimiento de sustitución sirva de explicación para el fenómeno más
extraño de todos y el más difícil de expresar. Era la noción de un tiempo fuera
del tiempo, de este verano como una unidad independiente y separada del tiempo
del mundo común. Los acontecimientos que yo leía en los periódicos, no es que
fueran irreales, pero sí eran sólo reales allí e irreparablemente ordinarios;
Ferns, por otra parte, sus nimiedades cotidianas, era un lugar extraño e
imposible de expresar, irreal y sin embargo vivo e hipnotizador en su realidad.
No había la sensación de una vida creándose desordenadamente a sí misma momento
a momento. Todo se había vivido ya y estábamos meramente siguiendo las pautas
ya establecidas, como si no estuviéramos en realidad viviendo, sino recordando.
Igual que con Ottilie me había visto prematuramente a mí mismo en mi lecho de
muerte, ahora veía este verano como parte ya del pasado, inmutable, cristalino
y perfecto. El futuro había dejado de existir. Yo iba a la deriva, tumbado sin hacer
nada, como un nadador en el Mar Muerto, lamido y balanceado de un lado a otro
por un cálido líquido azul de atemporalidad.
En
cierto modo, puedo decir que volví a mi libro. Necesitaba algo en lo que
concentrarme, un ancla en este mundo a la deriva. ¿Y qué mejor puntal para un
amante sin esperanza que un libro grande y gordo? Sentado frente a mi mesa
delante de la ventana y de las lilas iluminadas por el sol, pensaba en el
canónigo Copérnico en Frauenburg, en Nietzsche en la Engadina, en el propio
Newton, en todos esos excelsos y fríos héroes que renunciaron al mundo y a la
felicidad humana para dedicarse al gran juego del intelecto. Un bonito
escenario, pero era difícil aceptar que fuera verdadero. Trabajé poco. Escribí
una o dos frases, cambié el orden de un párrafo, corregí unos cuantos
solecismos e, inevitablemente, volví una vez más a la segunda y más larga de
esas dos extrañas cartas a Locke, aquella en la que Newton habla de haber
buscado una «manera de explicar la naturaleza de la dolencia, si dolencia era,
que me afligió este verano pasado». La carta me parece ahora estar situada en
el meollo de mi trabajo, tal vez también en el de Newton, reflejando y
conteniendo todo el resto, lo mismo que la imagen de Charlotte contenía, como
en un espejo convexo, el universo entero de Ferns. Es el único ejemplo en toda
su correspondencia de un esfuerzo para comprender y expresar lo más íntimo de
su ser. Y es cierto que algo se expresa, se comprende, hasta se perdona, si no
en las mismas líneas, sí en los espacios que median entre ellas, donde palpita
una extraordinaria y dolorosa tensión. Deseaba con tal fuerza saber qué era lo
que le había pasado, y decirlo, como si el mero acto de decirlo fuera en sí una
redención. Menciona, con inusitada calma, el desafío de Locke de las categorías
absolutas de espacio, tiempo y movimiento en las cuales se funda la
representación del universo mecanicista de los Principia, y sale de nuevo, pero
sin la misma convicción, con la defensa de que tales absolutos existen en Dios,
que es todo lo que se les pide. Pero entonces, de repente, se pone a hablar de
las excursiones que hace esos días a lo largo de las orillas del Cam, y de sus
encuentros no con los grandes genios académicos, sino con los comerciantes,
vendedores y fabricantes de unas mercancías u otras. «Parece que tienen algo
que decirme, no de sus negocios, ni siquiera de cómo viven su vida; nada, creo
yo, en palabras. Son, si puedes comprenderlo, ellos mismos las cosas de que tal
vez me quieren hablar. Son todos ellos una forma de decir», y aquí el
razonamiento se interrumpe, porque el resto de la página es ilegible (¿tal vez
por una quemadura?). Lo único que queda es la breve conclusión: «Mi querido
doctor, no espere más filosofía de mi pluma. La lengua en la cual tal vez
pueda, no sólo escribir, sino pensar, no será ni latín ni inglés, sino una
lengua cuyas palabras no me son conocidas, una lengua en la cual me hablan las
cosas comunes y corrientes y en la que tal vez tenga que justificarme, algún
día, ante un juez desconocido». Entonces viene esa fría, esa brava, esa casi
esculpida firma: NEWTON. ¿Qué quería decir, qué era lo que le decían esas cosas
comunes y corrientes, qué secreto le revelaban? Así que permanecí sentado a la
sombra de las lilas, alimentando un amor no correspondido y leyendo el
testamento de un hombre viejo, tratando de comprenderlo.
Sintiera
lo que sintiera por Ottilie al principio, ahora no quedaba ya mucho, a no ser
mera concupiscencia, irritación y una especie de mezquina compasión. Ella notó
el cambio, naturalmente, y empezó a indagar la razón. Venía al pabellón más a
menudo, como para poner a prueba mi resistencia. Decía que se quería quedar a
pasar la noche, que no le importaba lo que pensaran de ello en la casa.
Entonces me miraba, sin escuchar mis excusas, sino observando la expresión de
mis ojos y sin decir nada.
Yo
empecé cautelosamente a intentar retraerme. Hablaba mucho acerca de la
libertad. ¿Por qué atarnos el uno al otro? Este verano llegaría a su fin. Ella
era demasiado joven para desperdiciar los mejores momentos de su vida en un
investigador viejo y árido. Sus ojos se entrecerraban. Yo mismo me preguntaba
qué era lo que intentaba decirle; pero no, eso no es verdad, lo sabía muy bien.
Era taimado, despiadado y despreciablemente placentero. ¿Quién conoce mejor el
dulce hedor del poder que el amante desilusionado que rechaza toda demanda de
lealtad? Yo me imaginaba su bien conocida carne, manchada por algún otro hombre
sin rostro, y no obstante me gloriaba en el conocimiento de que no tenía más
que tirar levemente de las riendas para que ella volviera corriendo a mí, con
la pasión desbordándose de su regazo.
Me
contemplo a mí mismo en aquellos días y no me gusta lo que veo.
Pasábamos
horas en la cama, tardes enteras entre las húmedas sábanas. Inventábamos nuevas
posturas, absurdas variaciones que nos dejaban jadeantes, con los músculos y
tendones temblorosos. Me hacía atarle las manos y sujetarla a las sillas, a las
patas de la cama. Hacíamos el amor en el suelo, contra las paredes. Y si no
hubiera sido probable que Michael surgiera repentinamente de la maleza, me
habría arrastrado desnudo para hacer el amor en la hierba. Cuando menstruaba,
inventamos un completo manual de acuerdos mutuos. No había bruja en el mundo
capaz de hacer uso de sus maléficas artes con más perfección que ella.
A
veces esta desenfrenada hechicería de los sentidos me causaba terror. Sentado
delante de ella con mi rostro en su regazo, contemplando en silenciosa
fascinación los volantes de color rojo oscuro y los pliegues teñidos de
tonalidades violeta de su sexo, yo sentía súbitamente algo que se apartaba de
mí dando tumbos, como una semicriatura que nosotros habíamos creado, dañada y
dolorida, arrastrando una extremidad ennegrecida por el suelo y sollozando
suavemente. Era una imagen de culpabilidad, de mi vergüenza y de su
desesperación, el simple temor de que se quedara embarazada y también de otras
cosas más hondamente sepultadas. Su contrapartida, como lo es la luz para la
oscuridad, era la pálida presencia de una tercera persona, siempre con
nosotros, que era mi íntimo truco de conjurador. «¡Mírame!», decía Ottilie.
«¡Mírame cuando lo estamos haciendo, quiero que me veas!» Yo la miraba, eso era
fácil. Pero después de estos fantasmales episodios de actividad sexual con tres
participantes, no tenía valor para mirar cara a cara a Charlotte.
Aunque
parezca extraño, veía a Ottilie con más claridad ahora que nunca. Retirada de
mí, presentaba el evidente aspecto de una figura vista a través del extremo
incorrecto de un telescopio, fija, diminuta, completa en todos sus detalles. De
una manera u otra, yo había asumido desde el principio que la comprendía
totalmente, así que no había necesidad de especular mucho acerca de ella.
Supongo que ésa era la razón por la que nunca le pregunté nada acerca del niño.
Ahora me parece increíble el no haberlo hecho. No podía haber tenido más de
dieciséis años cuando el niño nació. ¿Quién era el padre: algún mozo de
labranza, o algún hombre joven de la localidad, o tal vez un vendedor ambulante
que había llamado un día a la puerta y la había cautivado con su labia y su
picara mirada? De que ella era la madre, yo no tenía la menor duda. Pero no
dijo nada, ni yo tampoco, y conforme fueron pasando las semanas y los meses, la
pregunta no formulada se desvaneció, como una de esas señales de carretera tan
gastadas de tanto mirarlas que su mensaje se ha quedado mudo.
No
recuerdo cuándo fue exactamente el momento en que este secreto vergonzoso, este
esqueleto, empezó a hacer traquetear sus huesos con una nueva urgencia en el
hogar de los Lawless. Pudo haber sido el día de la fiesta de Michael, cuando me
volví, arrobado, del piano y los vi a los tres juntos, Ottilie, Edward y el
niño, iluminados junto a la ventana por una luz procedente del norte, como
modelos para la Madona de las Rocas, pero probablemente me estoy dejando llevar
por mi imaginación. Y, de todas maneras, fue más tarde, cuando empecé a rumiar
en serio, cuando mi amor por Charlotte exigía otras conspiraciones más
flagrantes para que le hicieran compañía. Entonces todo estaba en un estado de
cambio constante, y cualquier cosa era posible. Un domingo, por ejemplo,
Ottilie dijo, sin darle importancia, que no se había unido a la expedición
familiar para asistir a misa porque quería estar conmigo. ¿Misa? ¿Es que eran
católicos? Tendría que revisar el concepto que me había formado de ellos.
Y
después, aquel día en el que me hizo víctima de esa estratagema tan
extraordinaria. Vino al pabellón, jadeante y sonriendo maliciosamente. Edward y
Charlotte estaban en Dublín, Michael en el colegio. «¿Bueno?», dijo, «no has
visto nunca mi cuarto». Subimos por el camino bajo los sicómoros. Era un día
típico del siglo XVIII, azotado por el viento pero soleado; las distancias
parecían todas cortas y claramente definidas, como si estuvieran pintadas sobre
porcelana. Los árboles tenían ese color verde seco y cansado que anuncia su
inminente cambio. Impulsado por estos indicios de melancolía otoñal, la cogí de
la mano, y recordé súbita y vívidamente, como la puedo recordar aún, la primera
vez que la vi desnuda. Se paró en el vestíbulo y miró a su alrededor, el reloj,
el espejo, el palo de hurling en el paragüero. Suspiró. «Odio este lugar»,
dijo, y yo besé su boca abierta con una placentera sensación de pecado. La
visión del cuarto del niño nos serenó; pasamos por él. Al llegar a la siguiente
puerta, vaciló, se mordió los labios, y después la abrió. La cama parecía una
bestia enorme y achaparrada, con arabescos y tiradores de madera. Había un olor
a ropa usada una y otra vez, y a polvos para la cara. En uno de los rincones,
una burbuja en el papel pintado indicaba la presencia de un lugar donde se
había asentado la humedad. ¿Hay algo más empalagosamente íntimo que la
atmósfera de las alcobas de otras personas? La ventana daba, a través del
césped, al pabellón. «Veo que puedes vigilarme», le dije y reí sin muchas ganas,
como un viajante de comercio en un prostíbulo. Ella dirigió una vaga mirada a
la ventana. Se había quitado ya la mitad de la ropa. Había un pelo negro en la
almohada, como una raja diminuta en un esmalte.
Nos
quedamos echados un largo rato sin movernos, en silencio, sin deseo. Un
paralelogramo de luz del sol se iba moviendo furtivamente a lo largo del suelo,
por debajo de la ventana. Destacándose del pálido cielo, vi una bandada de
pájaros revoloteando silenciosamente a gran altura, sobre los campos. Un
recuerdo de la infancia pasó por mi mente, se demoró un instante, mostrando el
oro de sus aletas que se movían perezosamente, y entonces volvió a bajar, sin
romper la superficie. Yo besé el espeso bosque de su axila. Ella me acarició la
mejilla. Empezó a decir algo, se detuvo. Yo tenía la certera impresión de que
lo estaba ensayando en su mente. Esperé, sabía que lo diría. Hay momentos como
éste, iluminados por el sol e inmóviles, cuando el peor y más hondo temor del
corazón empezará a moverse, empujado por la corriente, con la soñadora
inocencia de un esquife de papel en un
estanque.
—Has
perdido interés —me dijo—, ¿me equivoco?
Una
nubecita, como una blanca bocanada de humo, apareció en uno de los extremos de
la ventana. El verano es la estación más tímida.
—¿Por
qué dices eso?
Ottilie
sonrió.
—¿Así
que me estás diciendo que no es verdad? —Tenía una manera de mirarme, vacilante
e impasible a un mismo tiempo, como si hubiera descubierto un pequeño defecto
en la pupila de mis ojos y estuviera dudando si debía decírmelo o no.
—No
es verdad.
—¿Así
que puedo suponer que eso ahora quiere decir que me amas?
—¡Ay,
todo eso del amor! —dije, en un tono que evidentemente indicaba cierta fatiga
emocional.
—¿Todo
eso de qué amor? —me contestó, como lanzándose sobre mí, como si ella tuviera
la expresión triunfadora en un juego de palabras.
—¿Ves
esa nube? —le dije—. Eso es amor: se mueve a través del azul del firmamento, y
entonces...
—Desaparece.
Silencio.
Se
incorporó, cubriéndose el pecho con la sábana.
—Pues
bien —dijo con tono de eficiencia—, ¿quieres que te diga algo? —Su rostro,
encima del mío, en escorzo, brillante por el reflejo de la luz del sol, parecía
momentáneamente una máscara oriental—. Este no es mi cuarto.
—¿Qué?
¿Entonces de quién...?
Sonrió
burlonamente.
—¡Cielo
santo, Ottilie! —Di un salto como un gato escaldado y me puse de pie, desnudo y
horrorizado, clavando en ella la mirada. Se rió.
—Ojalá
pudieras verte la cara —dijo—, te has sonrojado.
—Estás
loca.
Era
una sensación extraordinaria: indignación y una especie de pánico, y, por
increíble que parezca, tumescencia. Me di la vuelta, buscando mi ropa. Tenía la
sensación de que me había convertido en cristal, como si el mundo brillara a
través de mí sin impedimento alguno: como si ahora fuera una sombra de azogue
en la fantasía del espejo de otra persona. ¿Qué se había apoderado de ella para
traerme aquí? ¿Tal vez no era yo el único que se entretenía en representar
papeles de riesgo sexual y renunciación?
—Voy
a orinar —farfulló Ottilie, y salió de la habitación.
Yo
me vestí y me quedé acorralado, respirando por la boca para no absorber el olor
penetrante de las intimidades ajenas. Lo único en que se me ocurrió pensar fue
en las desmañadas maneras de Edward, el modo en que sus gruesos dedos manejaban
y hurgaban las cosas. Por ejemplo, podía tener un libro entre las manos e
instantes después el libro empezaba a resbalarse, inquieto, como un pájaro
asustado, las páginas emitían un sonido semejante a un zumbido, la
sobrecubierta aleteaba, mientras que él, Edward, estaba mirando en otra
dirección, hablando con alguien por encima de su hombro, hasta que al final el
libro caía al suelo, sin vida, con un golpe crujiente y el lomo roto, y
entonces Edward se quedaba mirándolo con una especie de culpable perplejidad.
¿Cómo podía yo estarle haciendo eso a un hombre así? ¿Haciendo el qué? Me di
cuenta de que mis sentimientos eran iguales que si le hubiera estado poniendo
los cuernos. Ottilie volvió. Se sentó a un lado de la cama y se apretó los
brazos contra el pecho.
—Tengo
frío.
—Por
lo que más quieras, Ottilie.
—Pero
al fin y al cabo ¿qué importa? —dijo—. No se enterarán nunca. — Levantó la
cabeza y me miró con resentimiento, haciendo un mohín, como una niña grande,
desnuda—. Pensé que a ti te gustaría..., aquí..., eso es todo.
—Estás
loca.
—No,
no lo estoy. Sé cosas —añadió maliciosamente—. Te podría contar
cosas.
—¿Qué
quieres decir con eso?
—Tendrás
que averiguarlas tú mismo. Tú no sabes nada. Crees que eres muy listo, pero no
sabes absolutamente nada.
Le
di una bofetada. Ocurrió con tal rapidez, con una precisión tan sorprendente y
satisfactoria, que no estaba seguro de si fue producto de mi imaginación. Ella
se quedó sentada, inmóvil, y se llevó una de las manos a la mejilla, que se le
estaba poniendo ya roja.
—Lo
siento —dije.
Salí
de la habitación y cerré la puerta cuidadosamente tras de mí, como si la más
leve violencia pudiera esparcir los fragmentos de algo ya destrozado allí
dentro pero que todavía era una unidad precaria. Fuera, a la simple luz de la
tarde, seguí sintiendo mi irrealidad, pero al menos podía respirar libremente.
Esa
tarde iba a contaminarlo todo. Miraba a los demás albergando en mi mente nuevas
conjeturas, lleno de sospechas. Habían cambiado, de la manera en que alguien a
quien has conocido toda tu vida puede cambiar después de haber aparecido, en
actitud amenazadora y riéndose como un demente, en un sueño que sólo recuerdas
a medias. Hasta ahora cada uno de ellos era una entidad separada de las otras
.Yo no había pensado en ellos como marido y mujer, sobrina, tía —¡tía! — pero
ahora, de repente, constituían una familia, un organismo cerrado y misterioso.
Se me venían a la mente preguntas asombrosas. ¿Qué significaban el uno para el
otro? ¿Qué sentía Charlotte por el niño? ¿Resentían ella y Edward la presencia
de la huérfana Ottilie? ¿Estaban las mujeres celosas la una de la otra?, ¿daban
vueltas, cautelosamente, una en torno a la otra, como lo hacíamos Edward y yo?
Y ¿qué pensaban todos ellos de mí?, ¿cómo se comportaban cuando yo no estaba
allí?, ¿hablaban de mí? ¿Qué veían cuando me miraban? ¿Acaso una especie de sombra,
un truco de luz, un fantasma que ya se habían acostumbrado a tener entre ellos
y del cual ya no tienen miedo? Sentía una timidez nueva cuando estaba en su
presencia, un cierto embarazo. Era como un antropólogo que se encuentra
violento al darse cuenta de que lo que durante meses ha considerado ser la
ordinaria confusión de la vida tribal es realmente una ceremonia enormemente
intrincada, en la cual el más ligero gesto está planeado de antemano y tiene
una importancia vital, una ceremonia en la que él es la única pieza que no
encaja con el resto.
Todas
estas preguntas me volvían a llevar a la cuestión más relevante: ¿por qué había
elegido Ottilie esa habitación? ¿Impulso? ¿Una simple travesura? ¿O tenía
algunas sospechas de la delicada danza que yo ejecutaba con Charlotte en mi
mente? («Pensé que te gustaría..., aquí...») Y si era así, ¡cielos!,
¿sospecharía la propia Charlotte, adivinaría cuando me acercaba a ella y la
tocaba tímidamente, la más pálida manifestación de mi deseo? Hay personas que
uno no puede, uno no se los puede imaginar haciéndolo, pero ahora yo no podía
dejar de especular y meditar sobre el mundo nocturno de Ferns. ¿Por qué no
tuvieron hijos Charlotte y Edward? ¿Cuál de ellos era...? Los nombres tejían
una red de confusión en mi mente. Empecé a tener morbosos sueños en los cuales
los cuatro habitantes de Ferns se resbalaban y deslizaban, uniéndose y
apartándose, cambiando nombres, rostros, voces, como en una obscena fantasía
surrealista .Yo estaba en mi cama en el pabellón e intentaba imaginarme a
Edward aquí, más joven, menos obsesionado, observando al anciano padre de
Charlotte, esperando a que muriera, estableciendo su derecho a Ferns mediante
la seducción de la hija, tal vez en este mismo colchón... Me incorporé, tan
súbitamente como lo había hecho aquel día en esa otra cama. Estaba sudando. La
joven que mi febril imaginación había puesto en los brazos de Edward no era
Charlotte. Lejos, en los bosques, cantaba un pájaro nocturno. ¡Dieciséis años,
por Dios, si no tenía más que dieciséis años!
Imposible.
El
tiempo empeoró. Me despertó en mitad de la noche el ruido de un naufragio, un
mástil roto, marineros destinados a perecer, rasgando el aire con sus gritos.
Por la mañana, cuando miré por la ventana de la cocina, el escenario había
cambiado totalmente. La tormenta había arrancado de raíz un árbol. Yacía, como
un gran cadáver abandonado, en una maraña de zarzas y ramas retorcidas, a menos
de un pie de la entrada del pabellón. El día tenía un aire abatido, había barro
por todas partes y nubes color de granito se cernían sobre los campos. Los
caracoles rechinaban al aplastarlos las suelas de mis zapatos. El verano había
terminado.
Edward
se acercaba por la avenida, ataviado con un impermeable viejo y un ridículo
sombrero de tweed. «Vaya nochecita, ¿eh?» Miró el árbol caído. «¡Santo Cristo,
te has salvado de milagro, casi se te cae encima!» Me resultó difícil mirarle
de frente y me concentré, en su lugar, en las extremidades: los zapatos bajos
de cuero, los pantalones de sarga, los puños de su impermeable. ¿Me lo
imaginaba yo o es que se estaba encogiendo? Su ropa parecía hecha para alguien
un poco más grande. Tenía muy mal aspecto, rostro ceniciento y moteado de
manchas realzadas por el frío. Otra mala noche. ¿A dónde iba a beber? Le había
visto una o dos veces entrar en el bar del hotel del pueblo, pero últimamente
se había quedado en casa. Tal vez tenía botellas escondidas debajo de las
tablas del suelo, como se dice que lo hacen los borrachos domesticados. O tal
vez bebía abiertamente, haciendo caso omiso de la triste mirada de Charlotte.
«Ese árbol lo planté yo», dijo. «Lotte y yo, un día.» Alzó el rostro, sonriendo
tímidamente, encogiéndose de hombros. «Se nos ha ido el verano.» Algo parecía
salir de él, una especie de súplica muda. ¿Una súplica de qué? ¿De comprensión?
Yo temía que empezara otra vez a divagar sobre las mujeres, la vida y el amor.
Una cálida oleada de desprecio surgió como una arcada dentro de mi garganta. Él
lo debió de notar, porque se rió, meneando la cabeza, y dijo: «Eres un hombre
duro». De momento no comprendí lo que tan enfáticamente me quería decir, pero
después me di cuenta de que lo que estaba haciendo era compadecerme por lo
ocurrido. ¡Maldita sea! Le miré fijamente — ¡arrodíllate, bellaco!—, pero lo
único que hizo fue volverse a reír y marcharse.
Al
entrar en la casa esa noche, me encontré en el vestíbulo con un hombre
corpulento, de rostro enrojecido y vestido con un traje azul marino. Me hizo un
guiño y se alisó la bragueta. Por encima de nuestras cabezas, el retrete estaba
aún recuperándose ruidosamente de su visita. «¡Menudo tiempo tenemos»!, dijo
con desenvoltura. Entramos juntos en el salón; estaban sirviendo allí el té en
honor del visitante. Edward estaba apoyado en la repisa de la chimenea con su
ropa de hacendado, en tweed y sarga, con una mano en el bolsillo de los
pantalones, retorciéndose como el conejo de un prestidigitador. Intenté
imaginármelo como un seductor. Fue sorprendentemente fácil. Más joven, con el
pelo bien alisado hacia atrás, echándose sobre ella. «Venga, hala, dame un beso.
Se lo diré a Charlotte. ¡Ah, que no quieres ahora! ¡Vamos, vamos, relájate!
¡Uy, qué tetitas tan lindas...!» Charlotte me estaba mirando consternada, pero
sin decir nada: se le había olvidado que era domingo. Mala suerte. Las visitas
escasean, yo no me iba a perder ésta. Se dirigió a nosotros rápidamente, con
las manos extendidas, como alguien que interviene para evitar una pelea.
—El
señor Prunty tiene un negocio de semillas.
Yo
miré al señor Prunty con interés. Y él volvió a guiñar el ojo.
—Toma
una copa —dijo Edward.
Charlotte
se volvió en el acto.
—El
té está ya preparado.
Él
se encogió de hombros.
—Bueno,
está bien.
Entraron
Ottilie y el niño.
El
señor Prunty hablaba mucho y comía aún más; sus carcajadas hacían temblar la
mesa. Estaba, al parecer, tratando de comprar los semilleros. Sospecho que
tenía ya a los Lawless, como quien dice, metidos en el bolsillo. Cuando se
mencionaban asuntos de negocios, se ponía exageradamente tímido. Yo lo observé.
Lo había visto antes: pertenecía a un tipo inconfundible. Una vez hecho su
dinero, lo que ahora buscaba era estilo y clase. Miraba a los Lawless con una
especie de afectuosa indulgencia. Le caían bien, eran un mercado maduro, a
punto de caer. No habría manera de pararlo. Suave y afectuosamente les quitaría
la carga de Ferns. Y finalmente se convertiría en un patricio, cambiaría de
nombre, tal vez, engendraría una prole de hijas pálidas y neuróticas que se
sentarían en esta misma habitación haciendo punto de cruz y escribiendo novelas
histéricas. «Es una oferta justa», dijo con gran seriedad, mirando alrededor de
la mesa y con un tenedor lleno de comida, suspendido ante él. «Creo que es una
oferta justa.» Y se volvió a reír.
Ellos
estaban sentados, mirándole, cabizbajos, hasta con una expresión estúpida en
sus rostros, como una pequeña banda de suplicantes que vienen de la ciudad
saqueada a la tienda del emperador para pedirle clemencia. Yo no había hablado
con Ottilie desde la tarde que me llevó al dormitorio de los Lawless. Edward
tosió.
—Bien
—empezó.
Charlotte,
que había estado mirando al corpulento hombre vestido de azul con una
fascinación que rayaba en la hipnosis, hizo un esfuerzo por salir de su—Está
escribiendo, ¿sabe usted? —le dijo al señor Prunty, señalándome a mí —, está
escibiendo un libro. Sobre Newton. El astrónomo.
Todos
los ojos se volvieron hacia mí, como si hubiera descendido en aquel mismo
momento del cielo para quedarme entre ellos.
—¿De
verdad? —contestó el señor Prunty.
La
mirada de Charlotte se dirigió a mí, en busca de confirmación de lo
dicho.
—¿No
es verdad?
Yo
me encogí de hombros.
—Lo
estaba escribiendo. —Esperaron en silencio. Yo me empecé a sonrojar—. Me parece
que estoy desistiendo de hacerlo...
—¿Sí?
—interrumpió Ottilie, fríamente expresiva—. ¿Y qué está usted haciendo en su
lugar?
Yo
no quise mirarla.
—Sí
—dijo Prunty, después de una pausa—: Bueno, como estaba...
—¿Desistiendo
de hacerlo? —dijo Charlotte. Con esos ojos tan tristes, su rostro pálido, en
forma de corazón, y esas manos suyas, bien podría haber salido de un jardín de
oscuros deleites pintado por Cranach.
—Igual
que Newton —dije yo—. El también lo dejó.
—¿De
verdad?
—No
se trata del dinero —dijo Edward—, no es lo más importante, —y el señor Prunty,
quitándole la parte grasienta a un trozo de jamón, frunció los labios y fingió
estar intentando no sonreír.
—Sí
—contesté yo—, su trabajo, su astronomía, todo. Tenía cincuenta años; se volvió
un poco loco.
—Eso
no lo sabía yo —dijo ella. Michael miró cautelosamente a su alrededor y se
metió la hoja del cuchillo, llena de mermelada, en la boca—. ¿Y por qué ocurrió
eso?
—Ferns
es un asunto familiar —dijo Edward, malhumorado—, aquí hay una tradición.
—Porque...
—¡Quítate
el cuchillo de la boca —le dijo Ottilie, enfadada. Michael así lo hizo,
mirándola.
—Claro
que sí, eso es verdad —dijo el señor Prunty suavemente—. Los Graingers han
vivido en esta casa desde hace muchísimos años.
Charlotte,
llevándose una mano a la garganta, se estremeció ligeramente. ¡Oh, Isaac,
apresúrate a ayudarme!
—Porque
tenía que tener ciertas categorías absolutas —contesté yo, mírame, sigue
mirándome—, ciertas categorías de..., de..., de espacio, tiempo y movimiento,
como base para sus teorías. Pero espacio, tiempo y movimiento —palpitaciones,
suaves palpitaciones—, sólo pueden ser relativos para nosotros y él lo sabía,
tenía que reconocerlo, tenía que dejarlos desaparecer, y cuando se fueron —¡Oh,
amor mío!—, todo lo demás se fue con ellas.
—¡Ah!
Una
inmensa nube oscura pasó por la ventana.
—Bueno
—dijo el señor Prunty, finalmente derrotado—.Yo he presentado mi oferta y
espero que le concedan la debida consideración.
Charlotte,
como si no hubiera pasado nada, se volvió hacia él fríamente y le
dijo:
—Por
supuesto, muchas gracias.
Continuaron
charlando, sobre el tiempo y las cosechas, y, pasado un rato, se marchó.
Charlotte le acompañó a la puerta. «Maldito usurero», dijo Edward, y bostezó.
Por debajo de la mesa, el pie de Ottilie tocó el mío, se apartó y volvió a
acercarse después, sin el zapato. Supongo que notó un tufillo de celo y pensó
que iba dirigido a ella. Charlotte, cuando volvió, se detuvo en la puerta.
«¿Era eso un relámpago?» Miramos por la ventana, para comprobarlo. Lluvia, una
luz gris, una rama temblorosa. ¿Por qué recuerdo con tanta precisión estas
escenas? Porque parecían en cierto modo preparadas, lo mismo que ciertas
escenas de la calle, en las tranquilas afueras de una ciudad, en las soñadoras
tardes estivales, pueden parecer preparadas, prefijadas, ese buzón, una
camioneta aparcada, un árbol dentro de su protectora jaula de alambre y una
pelota roja que rueda inocentemente hacia la carretera por la que el camión
pasa a toda velocidad. Una tremenda explosión de trueno se dejó oír sobre
nuestras cabezas.
—¡Santo
Cristo! —exclamó Edward suavemente. Se volvió a Charlotte. Un vaso de whisky
había aparecido en su mano, procedente no se sabe de dónde.
—Bien
—dijo—. ¿Qué te ha parecido?
Ella
movió la cabeza.
—Tendrás
que vender Ferns, ¿sabes?, antes o después.
Se
hizo un profundo silencio y una vez más experimenté aquella sensación de que
todos se alejaban de mí hacia algún negro y horrible promontorio que sólo ellos
podían ver.
—Nosotros
—dijo Charlotte en voz tan baja que apenas pude oírla—, quieres decir nosotros.
Los
oí pelearse toda la tarde, dando portazos, con la radio puesta a todo volumen y
acto seguido apagada, y Edward gritando entre una pausa y otra, durante las
cuales me imaginaba a Charlotte hecha un mar de lágrimas, con su rostro como
una flor empapada por la lluvia y alzando su tallo, en un ademán de súplica
hacia el de él. En más de una ocasión me levanté para ir a la casa, con alguna
idea irracional de llamar a Edward para que saliera, y entonces calmado y sin
poder hacer nada, con puños como caricaturas apretados frente a mí. Cesó la
lluvia, la postrera luz del sol iluminó brevemente el jardín y a través de la
tarde empapada, un mirlo, fuera de lugar, empezó a cantar. Yo me encontraba
vagamente indispuesto. Un nudo de nervios me producía un desagradable ardor en
el estómago. Al fin oí cómo la puerta principal se cerraba con un portazo y
cómo el coche bajaba dando tumbos por el camino de entrada y se dirigía a toda
velocidad hacia la ciudad. Me bebí una copa de coñac y me metí en la cama.
Estaba todavía despierto cuando llamaron a la puerta. Me incorporé de un salto.
Pero era solamente Ottilie. Sonrió con forzada timidez.
—¿Se
me permite entrar?
Yo
no dije nada y le serví otro coñac. Ella me observaba, aún sonriendo y
mordiéndose los labios.
—Siento
—dijo—, lo del otro día. Fue una estúpida...
—Olvídalo.
Yo siento el haberte pegado. —Me senté en el sofá, apretando la copa contra mi
estómago aún dolorido. Hice un movimiento de cabeza, señalando la casa—. Fuegos
artificiales.
—Edward
está borracho —dijo Ottilie. Iba de un lado para otro, sin rumbo fijo, mirando
las cosas, con las manos metidas en los bolsillos—.Yo he salido del cuarto.
Ella se ha quedado ahí sentada, drogada perdida, haciéndose la mártir, como de
costumbre. Es difícil compadecerla todo el tiempo... —Me miró—: ¿Sabes lo que
quiero decir?
La
luz se desvanecía deprisa. Ottilie encendió una lámpara, pero la bombilla se
fundió inmediatamente.
—¡Demonios!
—dijo con un tono de cansancio. Se sentó a la mesa y se llevó una mano a la
cabeza.
—¿Qué
pasa? —dije yo—, ¿van a vender la casa?
—Tendrán
que hacerlo, supongo. Pero no les gusta el tal señor Prunty. A pesar de eso lo
conseguirá, está podrido de dinero.
—¿Y
tú qué harás entonces?
—No
lo sé. —Se rió entre dientes y dijo en el tono de voz que ella describía como
una mezcla de ginebra y niebla—: ¿Por qué no me haces un ofrecimiento? ¡Venga,
no pongas esa expresión de hombre asustado, estoy hablando en broma!
Se
levantó y se fue al dormitorio. Yo oía desde donde estaba el suave deslizarse
de su ropa al desnudarse. Me dirigí hacia la alcoba y me quedé en la puerta.
Ottilie estaba ya en la cama, sentada y mirando fijamente frente a ella a la
luz de la lámpara, con las manos agarradas a la manta, como una efigie. Volvió
el rostro hacia mí.
—¿Bueno?
¿Por
qué cuando se quitaba la ropa, pensé yo, su rostro parecía más desnudo que el
resto de su cuerpo?
—No
tiene dotes de vendedor —comenté yo.
—¿Edward?
Antes era diferente.
—¿Antes
de qué?
Continuó
mirándome fijamente. Supongo que yo tenía un aspecto extraño, ojos casi
cerrados, mandíbula prominente; sospecha, cólera, celos —¡celos!—, picores que
no me podía rascar. Ella dijo:
—¿Por
qué pareces estar tan interesado, así, de repente?
—Simplemente,
me preguntaba lo que pensabas de él. Nunca lo mencionas.
—¿Qué
quieres que diga? Ahora lo que le pasa es que está triste.
Me
metí en la cama junto a ella. El mirlo seguía cantando en la oscuridad,
desahogando su inconsciente corazón.
—Yo
me voy a marchar —le dije. Se quedó totalmente inmóvil. Carraspeé—. He dicho
que me voy a marchar.
Ottilie
asintió.
—¿Cuando?
—Pronto.
Mañana, el fin de semana, no estoy seguro.
Estaba
pensando en Charlotte. Marcharme: parecía tan irreal.
—Así
que eso es todo.
Su
cara estaba arrasada en lágrimas. La estreché entre mis brazos. Estaba caliente
y húmeda, como si cada uno de sus poros fuera un diminuto conducto lacrimal.
—Quiero
decirte —continuó, pasados unos instantes—, que cuando me diste aquella
bofetada el otro día y te marchaste, yo me quedé en la cama durante un largo
rato, masturbándome y sollozando. No podía dejar de pensar que volverías a
decirme que lo sentías, a darme un paño frío para la cara. Estúpida de mí.
—¿Quién
es el padre de Michael?
No
manifestó sorpresa alguna. Hasta se rió: ¿era eso lo único que yo podía
decir?
—Un
tipo que solía trabajar aquí —contestó.
—¿Cómo
se llamaba?
—No
me acuerdo.
—¿Qué
fue de él?
—Se
marchó. Como lo hizo la madre. Y Charlotte adoptó al niño. Ella no podía
tenerlos.
No.
No.
—Estás
mintiendo.
Pero
no me estaba escuchando, sólo escuchaba el incesante goteo de sus propias
amarguras que había surgido en el interior de sí misma. Apoyó su frente en mi
mejilla.
—A
veces, ¿sabes? —empezó a hablar—, me parece que no existes, que eres
simplemente una voz, un nombre; no, ni siquiera eso, sólo una voz, que sigue
hablando. ¡Oh, cielos, no! —Furiosa consigo misma y sin embargo incapaz de
detener los profundos sollozos que empezaron a agitar su cuerpo—, ¡Oh, no!—y
gimiendo, se deshizo totalmente en mis brazos, apretando su rostro contra el
mío, con los hombros moviéndosele convulsivamente. Yo estaba horrorizado; no,
digamos que simplemente sorprendido, que es lo peor de todo. A su espalda, se
veía la noche a través de los cristales de la ventana, silenciosa, suavemente
inquisitiva. Se separó de mí, volviendo la cara a un lado.
—Lo
siento —dijo, jadeando entrecortadamente—, lo siento, pero jamás me había
entregado a nadie de esta manera, y es muy duro —y los sollozos continuaban
sacudiendo su cuerpo—, es realmente muy duro.
—Vamos,
vamos —dije como un tonto que no sabe qué decir—, vamos, vamos. —Me sentía como
un hombre que, descuidadamente, ha dejado caer algo y se da cuenta demasiado
tarde, al ver todos los fragmentos a su alrededor, de lo valioso que era el
objeto, después de todo. El destello de la luz de un relámpago iluminó la
ventana, y empezó a llover otra vez con un suave repiqueteo. Se enjugó la nariz
con el dorso de la mano. Las lágrimas seguían cayendo, como si no pudieran
dejar de hacerlo, pero ella ya no se daba cuenta.
—Supongo
que estás ya harto y cansado de mí —dijo, y se volvió a echar, volviéndose
hacia su lado de la cama. No tardó en quedarse dormida, dejándome a mí solo
para reponerme de la impresión y cuidar de mi frío corazón.
Hemos
de suponer que Edward fue aquella noche a la ciudad y no al pueblo, como se
sugirió después. La evidencia contra esta última posibilidad es doble. Primero,
la dirección en la cual yo le había oído salir en el coche. Si hubiera ido al
pueblo, el ruido del coche se habría dejado de oír tan pronto como bajó la cima
de la colina; en su lugar, se siguió oyendo durante bastante tiempo, hecho que
concordaba con el motor viajando en dirección oeste, por la carretera
principal, cuya pendiente es mucho menos pronunciada que la de la carretera de
la colina que lleva al pueblo. En segundo lugar estaba la considerable cantidad
de alcohol que había consumido, como se comprobó más tarde. Para entonces, los
taberneros, tanto en el hotel como en los bares del pueblo, de los cuales hay
muchos, sabían muy bien que no debían servirle los interminables whiskys dobles
que él exigía.
No
obstante, el que hubiera ido a la ciudad no sería suficiente explicación del
considerable lapso de tiempo entre la hora de cerrar los bares (las once y
media de la noche, en horario de verano) y su regreso a Ferns a,
aproximadamente, las dos y media de la madrugada. Sólo podemos especular acerca
de lo que sucedió en esas horas «perdidas». ¿Se encontró con un amigo (¿tenía
amigos?) a cuya casa pudieran haber ido? La ciudad no se puede vanagloriar de
tener un prostíbulo, por lo tanto hay que descartar esa posibilidad. Entonces,
¿habría que pensar en el muelle, el coche aparcado, sus luces totalmente
encendidas, la radio hablando tristemente consigo misma y, detrás del
oscurecido parabrisas, la mirada fija del suicida? ¿Podría haber estado sentado
allí, solo, durante unas tres horas? Tal vez se quedó dormido. Eso es lo que
uno desearía.
No
puedo continuar. He dejado de ser un historiador.
Lo
primero que noté cuando me desperté es que Ottilie se había ido. La cama estaba
caliente, la almohada todavía húmeda de sus lágrimas. Entonces oí el coche,
subiendo trabajosamente por la avenida de entrada, en primera marcha.
Probablemente volví a quedarme dormido unos instantes, porque las voces que se
oían en la distancia parecían parte de un sueño. Entonces abrí bien los ojos y
me quedé en la cama escuchando en la oscuridad, con el corazón palpitando con
fuerza. El silencio auguraba desastre: no era tanto un silencio como una
secuela de algo. Me dirigí a la ventana. Se iban encendiendo luces en la casa,
una tras otra, como si alguien fuera corriendo como un ser demente de un
interruptor a otro. Me puse unos pantalones y un jersey. La noche era oscura
como boca de lobo y serena, y había un olor a laurel y tierra empapada. La
hierba me hacía cosquillas en mis desnudos tobillos. El coche parecía haber
patinado y caído a través del paseo de entrada, como un animal herido; el motor
seguía en marcha. La puerta delantera de la casa estaba abierta. Y no se veía a
nadie.
Encontré
a Edward en el salón. Estaba sentado, inconsciente, en el suelo, apoyado contra
el sofá y con la cabeza caída en un cojín y las manos inertes, con las palmas
hacia arriba, a ambos lados de su cuerpo. Una gran mancha de vómito con vetas
de sangre cubría la parte de la alfombra entre sus piernas despatarradas. La
entrepierna de sus pantalones estaba también manchada en el lugar donde se
había ensuciado. Yo me quedé mirándole, con una actitud que oscilaba entre asco
y triunfo. Sí, triunfo, por supuesto. De repente, Charlotte y Ottilie entraron
por puertas opuestas, como figuras mecánicas en el reloj de una torre. Me
vieron y se pararon.
—Oí
voces —dije yo.
Charlotte
pestañeó. Llevaba una vieja bata de cuadros. Tenía los pies descalzos. Menos un
Cranach, ahora, que un Greco. Nos quedamos los tres casi inmóviles y a
continuación todo el mundo empezó a hablar al mismo tiempo.
—No
pude ponerme en contacto —dijo Ottilie.
Charlotte
se llevó una mano a la frente.
—¿Qué?
—No
contestaba nadie.
—¡Ah!
—Tendremos
que...
—¿Llamaste
al número...?
—¿Qué?
En
el vestíbulo, apareció una mano bajando las escaleras, un pie pequeño y
desnudo, unos ojos.
—Tendré
que ir a la ciudad —dijo Ottilie—. ¡Maldita sea! —Me miró. Tenía aún el rostro
en carne viva, de tanto llorar. Yo me volví. Me volví.
—Tú
¡vete a la cama! —gritó. Y la figura que estaba bajando las escaleras
desapareció.
Ella
salió dando un portazo e instantes después oímos partir el coche. Piedrecitas
de la grava surcada por la velocidad de las ruedas salpicaron la ventana. «Esa
ventana, ¿ve usted?, ahí.» Charlotte suspiró.
—Se
ha ido a...—reflexionó un momento, frunciendo el ceño— ...a buscar al médico.
Se
paseó por la habitación como en un trance, recogiendo cosas, mirándolas un
momento, como para comprobar algo y dejándolas caer al suelo otra vez. Edward
soltó un eructo, o tal vez era un gruñido. Ella se detuvo y se quedó de pie,
inmóvil, escuchando; a él no le miró. Entonces se dirigió al interruptor de la
luz junto a la puerta y, cuidadosamente, como si fuera una acción enormemente
complicada y necesaria, apagó las luces centrales. La lámpara sobre una mesa
baja, junto al sofá, estaba todavía encendida. Cruzó la habitación y se sentó
en una silla de respaldo alto, frente a la ventana. Todo tenía el aspecto de un
rito que había llevado a cabo muchas veces. Algo, tal vez la luz de la lámpara,
el curioso aspecto, como de juguete, de todas las cosas, los impotentes gestos
meticulosamente realizados, evocaron en mí un antiguo recuerdo de otra
habitación donde, cuando era niño, había estado jugando con dos primas
pequeñas, mientras sobre nuestras cabezas, pisadas de adultos iban y venían,
con el andar ceremonioso de los que están cercanos a alguien moribundo.
—¿Está
lloviendo? —preguntó Charlotte en un murmullo. Creo que se le había olvidado
que estaba yo allí. Me adelanté lentamente y me quedé de pie detrás de ella. Su
rostro se reflejaba en la oscura ventana. Yo miré la pálida, indefensa raya que
dividía su cabello; por la abertura de su bata podía ver el suave declive de
uno de sus senos. ¿Cómo te puedo describir aquel momento, a la luz de la
lámpara, en mitad de la noche, con el hedor de vómito mezclado con el perfume
de su pelo, que despedía un leve olor a leche, y ese bulto sentado contra el
sofá, grotesco y cómico, como un artista que traza dibujos en las aceras con
tizas de colores y a quien han asesinado, y nadie más a nuestro alrededor, sólo
la vasta oscuridad que se extendía por doquier? Todo era posible, todo estaba
permitido, como en un loco sueño. Podía sentir su calor contra mis muslos. Miré
su reflejo en el cristal de la ventana: mi rostro debía de estar allí también,
para que ella lo viera.
—Señora
Lawless —murmuré—, esto no puede continuar así, nadie puede esperar que usted
lo siga soportando.
Mi
voz sonaba ronca, una especie de confuso gemido. Dile algo, cuéntale un hecho
real, un fragmento del mundo exterior, una piedra de color, un trozo de cristal
verde empañado. Que los hombres de la tribu de Ipo, en la cuenca del Amazonas,
prestan juramento sobre los trozos cortados de las uñas de sus antepasados.
¡Oh, cielos! Estaba empezando a sentir las pequeñas llamaradas de pánico.
—Escúcheme
—dije—, escúcheme. Le daré mis señas, mi número de teléfono, para que si alguna
vez quiere algo..., necesita algo... —Le puse las manos en los hombros y una
sacudida de calor me recorrió los nervios, como si lo que estuviera tocando no
fuera tela, carne y hueso, sino los rebordes de lo más íntimo de su ser, y
entonces susurré—: Charlotte, ¡oh Charlotte! —y se me hizo un nudo en la
garganta, tan grueso como mi propio corazón, y se me arrasaron los ojos en
lágrimas, y los tambores de la tribu de Ipo empezaron a redoblar, y por todas
partes, por encima del ruido de la lluvia, se oían los chillidos de los pájaros
del bosque, con picos amarillos y ojos pequeños, negros y brillantes.
Ella
se movió y volvió el rostro hacia mí, pestañeando:
—Perdone
—dijo—, no le estaba escuchando. ¿Qué decía usted?
Oímos
que volvía el coche. El médico era un viejo malhumorado, con el pijama aún
puesto y un impermeable echado sobre los hombros. Me miró fijamente, como si
todo fuera culpa mía.
—¿Dónde
está? ¿Qué? ¿Por qué no lo han puesto ustedes en la cama?
Tosco,
bueno con los niños, las mujeres viejas seguramente lo adorarían. Se arrodilló,
gruñendo, y le tomó el pulso a Edward.
—¿Dónde
ha estado bebiendo?
Charlotte
empezó, distraídamente, a llorar.
—Probablemente
en el pueblo —contestó Ottilie. Se quedó de pie, con las manos detrás de la
espalda, apoyada contra la puerta, con sus hinchados ojos cerrados. Michael
estaba sentado en las escaleras, observando atentamente por los huecos del
pasamanos. ¿Habría estado ya allí cuando yo le estaba haciendo mis promesas a
la pobre Charlotte, que no las escuchaba?
El
médico y yo, con la ayuda de Ottilie, levantamos a Edward del suelo y subimos
con él por las escaleras. Abrió los ojos brevemente y dijo algo. El hedor, el
mero contacto con su cuerpo eran terribles.
—Déjenle
dormir —dijo el médico—, no hay que hacer nada. —Se volvió a Charlotte, mirando
desde la puerta—.Y usted, señora Lawless, ¿está bien? ¿Tiene usted sus
píldoras? —Charlotte continuaba mirando la cabeza de Edward hundida en las
almohadas. Hizo un gesto de asentimiento, lentamente, como si fuera un niño—.
Intente dormir ahora. —El médico nos dirigió una mirada, inexplicablemente
tímida, a Ottilie y a mí. ¿Estaba también enamorado de Charlotte?— Se pondrá
mejor. Yo volveré mañana por la mañana.
Ottilie
y yo le acompañamos a la puerta. Al abrirla, la noche entró en el vestíbulo con
un olor de humedad y del distante mar.
—¿Quiere
usted que le lleve a su casa en el coche? —me ofrecí yo.
Ottilie
me empujó un poco para empezar a bajar los escalones.
—Yo
lo haré.
—Tienen
ustedes que vigilarlo —dijo el médico, lanzándome una mirada de pocos amigos—.
Después de esto, su salud se deteriorará rápidamente.
La
gaseosa luz del alba se iba filtrando por el jardín cuando Ottilie volvió. Yo
salí a recibirla. Me había quedado de pie junto a la ventana esperando su
regreso, escuchando, casi sin aliento, por si se oía un ruido en el piso de
arriba, con miedo de irme, pero temiendo también que volviera y me encontrara
dentro de la casa, me atrapara, me hiciera tomar una taza de té y hablar sobre
el significado de la vida. Aún ahora, la estaba juzgando injustamente. Subió
los escalones de entrada, protegiendo su cuerpo del frío y se paró, sin
mirarme, dando unas vueltas a las llaves del coche. Le hice una pregunta acerca
del médico, por tener algo que decir.
—Viejo
farsante —dijo con frialdad, frunciendo el ceño.
—¿Qué
quieres decir con eso?
Mantuvimos
lo dos una actitud recelosa, como dos extraños sorprendidos por un chaparrón y
cobijados en el portal de una tienda. Una gaviota cruzaba el césped con aire
arrogante, dejando huellas verdes en el húmedo gris de la hierba.
—Dándole
todo eso.
Dejó
de hablar. Era mi turno.
—Pues,
¿qué le da? —Tenía yo mismo la impresión de estar hablando como un hombre serio
y respetable.
—Valium,
Seconal, no lo sé, alguna cosa así. Lleva seis meses tomándolo. Está atontada.
¿No te has dado cuenta? —dijo con un leve gesto de desprecio.
—Sí,
me lo preguntaba —dije yo.
Me
lo preguntaba es ciertamente la expresión.
Un
resplandor rojo como la sangre iba aumentando de tamaño entre los árboles. No
sé lo que sentía. Tenía frío y un sabor a ceniza en la boca. Algo había
terminado, con un suave golpe.
—En
los países del norte llaman a esta hora la hora del lobo —dije yo. ¡Qué cierta
era esa definición! Era una pena que Charlotte no estuviera allí para oírme,
enterándose al fin del truco—. ¿Qué es lo que tiene?
—¿Edward?
—Me miró entonces con desprecio, casi con lástima—. ¿Realmente no lo sabías
—dijo—, después de todo este tiempo?
—¿Por
qué no me lo dijiste?
No
contestó, solamente sonrió, una especie de mueca y apartó la mirada. Sí, había
sido una pregunta estúpida. Me sentí como un niño que aprieta su rostro contra
el frío y rígido cristal de la sabiduría adulta. Ella era la persona madura. Yo
me encogí de hombros y bajé los escalones. La gaviota levantó el vuelo,
esparciendo sus gritos, semejantes a maullidos, por el aire de la madrugada.
No
queda mucho que contar. Esa misma mañana metí en mis maletas todas aquellas
posesiones mías que era capaz de transportar y cerré el pabellón con la llave.
La dejé metida en un sobre que sujeté a la puerta. Pensé en escribir unas
letras, pero ¿a quién se las iba a dirigir y qué iba a decir? Me detuve un
momento en la verja de entrada, temiendo que Ottilie me viera y viniera detrás
de mí —no lo habría podido soportar—, dirigiendo una última y breve mirada a la
casa, los sicómoros, ese tragaluz roto que nunca iban a reparar. Michael andaba
por los alrededores. Él también había crecido y los rasgos de lo que llegaría a
ser algún día eran ya perceptibles en su postura: indomable, silencioso,
inviolablemente reservado. Ya no era un Cupido. No un arco de oro y una flecha,
sino una espada llameante era el atributo que habría sido más adecuado para él
.Yo le saludé con un movimiento de la mano, pero él fingió no verme. Bajé por
la carretera al pueblo. El sol brillaba, pero brillaba demasiado: eso anunciaba
lluvia. Las hojas estaban cambiando. ¡Adiós, campos felices!
Un
coche largo y bajo subía por la colina. Estuve a punto de echarme a reír: eran
los Mittlers. ¿Habría vuelto Bunny su naricita al viento, y éste le trajo un
tufillo de desastre? O tal vez Charlotte los había llamado. ¿Qué sabía yo?
Pasaron por delante de mí, saludándome con un pitido de su sonora bocina,
mirándome a través del cristal ahumado, la familia completa, como maniquíes.
Bunny vio mi maleta. Antes de seguir adelante, se había vuelto para hablar con
su marido y su boca se movía con irreprimible avidez.
En
el tren viajé como si tuviera enfrente un espejo. Allí estaba todo: la parte de
atrás de las casas, los tubos de desagüe, una nube en la bahía, lo mismo que la
primera vez, pero en orden inverso. En el coche restaurante me encontré con el
señor Prunty: la vida insiste en atar cabos sueltos. Recordaba mi rostro, pero
no dónde lo había visto. «Fue en Ferns, ¿no es verdad?», exclamó, «¡eso es!», y
me clavó un dedo en el pecho. Me agradó el verlo. En cierto modo, no era un mal
tipo: lleno de vitalidad pero intrascendente y ligeramente absurdo. Habló de
Edward en voz baja, moviendo la cabeza.
—Lo
tiene en el intestino, según creo, ¡pobre desgraciado! ¿Sabía usted eso?
—Sí
—dije—, lo sabía.
En
el piso me esperaban dos cartas, una citándome para una entrevista en
Cambridge, la otra ofreciéndome el puesto aquí. El contrato es sólo por un año.
¿Cometí una locura al venir? Mis alrededores son agradables. No me falta nada,
excepto... pero no, nada. La primavera es una estación feroz y ligeramente loca
en esta parte del mundo. Por la noche oigo cómo desempacan el hielo en la
bahía, un ruido mezcla de gruñidos y de un tremendo y profundo retumbar, como
si algo inmenso estuviera naciendo allí. Y he oído también manadas de lobos,
allá en la lejanía en los yermos helados, aullando a coro, como orquestas. El
paisaje, si así se le puede llamar, tiene una peculiar belleza descolorida que
le va bien a mi gusto actual. Flores diminutas aparecen en la tundra, esbeltas
y pálidas, como las almas de jóvenes muertas. Y he presenciado las auroras.
Ottilie
escribe todas las semanas. Yo espero con impaciencia oír el ruido que hace el
cartero al subir, rezongando, las escaleras. Ella me dijo una vez en Ferns que
cuando estaba separada de mí le parecía que le faltaba un brazo; pero a mí
ahora me parece que llevo el peso de una extremidad más, algo grande e
incómodo. No sé qué hacer con ello, o dónde ponerlo, y no me deja dormir por la
noche. Me mandó una fotografía. En ella está sentada en el tronco de un árbol
caído, a la luz de un sol invernal. Su mirada es firme y serena y tiene las
manos sobre las rodillas; se ve la línea de un muslo que es inimitablemente el
suyo. Hay algo aquí, en esta actitud, esta mirada a la vez cándida y tierna,
que cuando estaba con ella no supe ver; creo que es el sentido de su esencial
alteridad, que resulta conmovedor y valioso porque parece estar ofreciéndomelo
para que yo se lo guarde. Está ahora en Dublín. Ha abandonado su plan de ir a
la universidad y está trabajando en una tienda. Le parece que su vida está
solamente empezando.
De
todas las fotografías mentales que tengo de ella, he escogido una. Una noche de
verano, una de esas noches blancas de julio. Habíamos estado bebiendo, se
levantó para ir a orinar. El retrete no funcionaba bien, como le ocurría a
menudo, y había traído del garaje, para unirlo a sus otros tesoros, una ornada
vasija de porcelana que ella llamaba, pintorescamente, «el alegre puchero». Yo
la miraba, agachada sobre él a la luz del ocaso, con los codos apoyados en las
rodillas, una mano en el pelo, los ojos cerrados, tocando una ligera música de
cámara. Con los ojos aún cerrados volvía tambaleándose a la cama y,
arrodillándose, me besaba, farfullando unas palabras en mi oído. Entonces se
volvía a acostar, con su cabello esparcido por todas partes, exhalaba un suspiro
y se dormía, rechinando levemente los dientes. No es una escena fascinante
¿verdad? Pero Ottilie figura en ella, de forma indeleble, y yo la valoro de una
manera especial.
Está
embarazada. Sí, el desenlace más banal de todos y sin embargo el que yo menos
esperaba. Bueno, eso no es verdad, tengo que hacer una confesión. Aquella
última noche que pasé en la cama con ella, cuando sollozó en mis brazos..., yo
te dije que se durmió enseguida, pero te mentí. No pude resistir su desnudez
cubierta de lágrimas, las apasionadas convulsiones de sus sollozos. Que Dios me
perdone. Porque creo que fue entonces cuando concibió; ella también lo cree.
¿Más sentimentalismo, más autoengaño? Probablemente. Pero al menos este engaño
tiene una base en la realidad. El niño está ahí. La noción de esta vida
extraña, secreta en su cálida cuna de aguas, provoca en mí un deseo de vivir;
de vivir para siempre, quiero decir, si es necesario. El futuro tiene ahora la
misma resonancia que el pasado tuvo una vez para mí. Yo estoy también
embarazado, en cierto modo. Una existencia extranumerosa me invade el corazón.
Empecé
a escribirte para explicarte a ti, Clío, y a mí mismo, por qué había sepultado
mi libro. ¿Lo entiendes ahora? Hay tanto que no se puede explicar: todas las
cosas importantes. Pasé un verano en el campo, me acosté con una mujer y creí
estar enamorado de otra; me entretuve en vivir en sueños un drama horrible y no
me di cuenta de la ordinaria tragedia que estaba sucediendo en la vida real. Te
estarás preguntando: ¿qué relación hay entre todo eso y el abandono de un
libro? No lo sé, o al menos no lo puedo decir en unas cuantas palabras .Yo era
como un hombre que vive bajo tierra y a quien, al salir en busca de aire, le
deslumbra la luz y no puede encontrar el camino de vuelta a su refugio. Camino
pesadamente de
adelante
hacia atrás, por terreno familiar, refunfuñando. Estoy perdido.
Edward
sobrevivió el invierno. Está muy débil, recluido en la cama; «no lo
reconocerías», me dice Ottilie. Como si le hubiera conocido alguna vez.
Recuerdo un día que intentó hablarme de la muerte. No directamente, por
supuesto. No me acuerdo de lo que dijo, de qué palabras usó. El tema era el
campo, la labor de cultivarlo, de criar ganado en él, algo trivial. Pero
supongo que de lo que estaba hablando era de su sentido de identidad con todas
las cosas humildes y mudas, un caballo, un árbol, una casa, que sufren sus
vidas en silencio y en resignado desconcierto, y mueren sin que apenas nadie se
dé cuenta. Ojalá hubiera podido erigirle a Edward un monumento mejor del que le
he dedicado en estas, tal vez excesivas, páginas; pero tenía que decirte lo que
pensaba de él entonces, cómo me comporté yo, a fin de que tú pudieras ver la
crueldad de este comportamiento, la deliberada ceguera.
A
Charlotte no la menciona. Eso era de esperar. Yo reflexiono sobre ciertas
palabras, estos símbolos. Succubus, por ejemplo.
¿Qué
haré? ¿Encontrar esa grieta en las rocas, bajar otra vez a esa tumba amplia y
espaciosa? Espero que no. ¿Empezar de nuevo entonces, aprender a vivir aquí
arriba, en la luz? Algo se está moviendo debajo del hielo. No, no estoy
desesperado, ni mucho menos. Siento la primavera que me rodea, su banalidad, el
inconsciente poder. Las emociones florecen en estos yermos helados. A veces me
detengo, contemplando la blanca colina, con la tierna porcelana del cielo
detrás de ella, y experimento tal sensación de..., de algo, no sé de qué. Todo
tipo de cosas aparecen en esa blanca pantalla: una casa, un castaño, una
ventana oscura con un rostro reflejado en ella. ¡Oh, y otras cosas, demasiadas
para mencionarlas! Estas proyecciones privadas parecen una invitación. Volver a
Ferns, instalarme allí, llevar a cabo algún proyecto importante, con Ottilie,
la pobre Charlotte, los dos niños — porque tengo el presentimiento de que será
un niño, tiene que serlo—, convertirte en el dueño de un semillero y vestirte
de tweed, hablar del tiempo, pasear por tus tierras, mordiendo una pajita.
Imposible. A pesar de todo, volveré. Y al final, se me ha pasado por la mente
en este momento, reanudaré mi trabajo en el libro y lo terminaré. Una renuncia
así no es propia de este mundo. Sin embargo, siento ciertos recelos. ¿Tendré
que marcharme otra vez, abandonando mi investigación, y dejando mi libro y todo
lo demás sin terminar? ¿Me despertaré dentro de unos meses, unos años,
destruido y engañado, en mitad de unas nuevas ruinas?


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